© Libro No. 741. El Buque Fantasma. Marryat, Frederick. Colección E.O. Mayo 3 de 2014.
Título original: © El Buque
Fantasma. Capitán Marryat
Versión Original: © El Buque Fantasma. Capitán Marryat
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca
Emancipación: Guillermo Molina Miranda
RESEÑA
El buque fantasma
La grandeza de Marryat es
innegable. Joseph Conrad
El libro: Un castigo Divino a un capitán
blasfemo, Guillermo Vanderdecken, condicionará la vida de su hijo Felipe, que jura
cumplir la condición impuesta para salvar el alma de su sacrílego padre,
llevarle una reliquia del Lígnum Crucis.
Dos mujeres pagarán aún más caro
las penalidades del castigo, Catalina la esposa de Guillermo, una vida
atormentada con el secreto que debe transmitir a su hijo, pero no quiere
hacerlo sabedora de sus fatales consecuencias. Amina, la dulce Amina, que por
amor a Felipe abraza, sin creer en ella, la fe católica, cumpliendo un terrible
destino. Un enigmático piloto, Schriften, recorre todo el relato hostigando a Felipe
con un insoldable designio. Un buque, capitaneado por Guillermo, que aterroriza
a los conocedores de su leyenda, cuando surge de entre las aguas anuncia un
inminente naufragio con la muerte de la mayoría de ocupantes del navío al que
se aparece. La minuciosa descripción de unas lejanas y exóticas tierras; la
dura vida del marino en sus singladuras luchando contra la adversidad en forma
de tormentas, naufragios, motines, piratas... la ignominiosa actividad de la
“Santa” Inquisición contra los que no compartían la fe católica; junto con unos
personajes secundarios bien perfilados; incluso un cuento de terror, La loba
blanca, completan esta novela de trágicas aventuras, sin ningún hálito de
esperanza para sus protagonistas. No acta para almas cándidas y predispuestas
al sofoco.
El autor: Capitán Frederick Marryat Nació
el 10 de julio de 1792 en Londres, falleció en Langham, Norfolk el 2 de agosto
de 1848. Novelista inglés famoso por sus emocionantes cuentos de aventuras en
el mar.
Su madre nacida en Boston, con el
apellido de soltera de Geyer, formaba parte del grupo de americanos que
permaneció fiel a la corona inglesa en la guerra por la independencia. Su
padre, Joseph Marryat, descendía de unos Huguenotes —calvinistas— que se refugiaron
en Inglaterra después de la matanza del día de San Bartolomé en 1572. Esto
explica la animadversión al catolicismo por parte del Capitán Marryat,
olvidando que Miguel Servet fue cremado por los propios calvinistas por tratar
de racionalizar el misterio de la santísima trinidad. En relación con esto, es
aplicable el refrán castellano: “En todas partes cuecen habas”, “En todas
partes creman almas”
Ingresó a los catorce años en la
Armada Real británica y dio sus primeros pasos en el mar a bordo del buque
Impériouse capitaneado por Lord Cochrane, cuyo valor inspiró a Marryat futuros
personajes de sus novelas, el propio Marryat llevo a cabo actos de indudable
heroísmo, salvó la vida de varios marineros, lanzándose al agua para
rescatarlos, lo que le valió el sobrenombre de “bote salvavidas”. En 1814 fue
nombrado teniente de navío del Newcastle y en 1825 capitán del Tees. Su labor
no sólo se limitó a servir en barcos de guerra, intervino de modo destacado en
el desarrollo del código internacional de señales marítimas con banderas, en
uso en la actualidad, esto le valió ser nombrado miembro de la Royal Society
en 1817 y miembro de la Legión de Honor —francesa— en 1833. A los treinta y
ocho años se retiró del servicio con el rango de capitán y se dedicó por entero
a escribir (como Conrad, como Melville) narraciones de aventuras en el mar con
gran vigor, batallas, tormentas y naufragios, no exentas de un fino sentido del
humor, contando para ello con su enorme conocimiento de primera mano de la vida
marinera.
Su
obra:
Frank Mildmay; o, the Naval
Officer (1829)
The King’s Own (1830)
Newton Forster - Aventuras de
Newton Forster (1832)
Peter Simple (1834)
Jacob Faithful (1834)
The Pacha of Many Tales (1835)
Japhet in Search of a Father
(1836)
Mr. Midshipman Easy (1836)
The Pirate and the Three Cutters
(1836)
Snarleyyow, or, the Dog Fiend -
El perro diabólico(1837)
The Phantom Ship - El Buque
Fantasma (1839)
A Diary in America (1839)
Olla Podrida Título original
en la versión inglesa(1840)
Poor Jack (1840)
Masterman Ready (1841)
Joseph Rushbrook (1841)
Percival Keene (1842)
Monsieur Violet (1842)
The Settlers in Canada (1843)
The Privateer’s Man (1844)
The Mission o Scenes in Africa -
Cuentos Africanos (1845)
The Children of the New Forest -
Los Cautivos del Bosque(1847)
The Little Savage publicado
después de su muerte(1848)
Valerie publicado después de su
muerte (1848)
El Buque Fantasma
Frederick Marryat
Gráficas Ramón
Sopena, S. A. (10937) Barcelona - 1966
Impreso en
España - Printed in Spain Editorial Ramón Sopena, S.
A.
Depósito
Legal: B. 1.712-1960. N.º R.°: 4.659-58-66
índice
A mediados del
siglo XVII, alzábase[1] una casita de agradable
aspecto sobre la margen derecha del Scalda, casi enfrente de la isla de Walcheren,
cerca de Terneuse, pequeña ciudad fortificada.
La minúscula
vivienda había sido construida a estilo de la época, y se destacaba, por el
color anaranjado de su fachada y el verde claro de sus ventanas, de entre el
grupo de pequeños edificios que estaban en su derredor.
Un zócalo de
baldosas blancas y azules, hábilmente combinadas, corría a lo largo de sus
paredes exteriores hasta una altura de tres pies, lo que inducía a suponer que
el dueño primitivo de la finca habíase esmerado en embellecerla, tanto como el
propietario actual se descuidaba en repararla, porque muchas de aquellas
baldosas yacían por tierra, la pintura de la fachada empezaba a desaparecer, y
la madera de las puertas y ventanas reclamaba urgentemente una reparación.
Adosado a la
casita, por la parte de atrás, extendíase un pequeño jardín defendido por una
espesa cerca de espinos, y circundando a éste, un ancho foso lleno de agua, que
no era fácil salvar de un salto.
Daba acceso a
la finca un puente de poca anchura, provisto de barandillas de hierro, tendido
sobre el foso, frente a la puerta principal.
La casa sólo
tenía, en cada uno de los dos pisos de que constaba, cuatro habitaciones, dos
de las cuales estaban provistas de ventanas a la fachada, mientras que las
otras dos recibían la luz del jardín.
Las primeras
medían, cada una, veinte pies cuadrados; las dos restantes eran más pequeñas y
estaban destinadas a lavadero y depósito de trastos inútiles respectivamente.
Uno de los
departamentos mayores servía de cocina; y el otro, herméticamente cerrado desde
diez años atrás, era inaccesible aun para los mismos habitantes de la casa.
Esto, en
cuanto al piso bajo, pues en el principal, las cuatro estancias de que se
componía eran dormitorios.
Dos personas
ocupaban la cocina, cuyos muebles eran escasos, pero en la que se advertía una
limpieza tan esmerada, que las paredes y el suelo, entarimado, brillaban como
si fueran de reluciente metal.
Una de las
citadas personas era una mujer, en cuyo rostro, que en otro tiempo debió ser de
extremada belleza, advertíanse los estragos de enfermedades y disgustos.
Representaba
unos cuarenta años de edad; tenía la frente despejada, y sus ojos eran negros y
rasgados. Su palidez la asemejaba a un cadáver, y la infeliz se encontraba tan
escuálida que parecía que las carnes se le transparentaban. Profundas arrugas
surcaban su rostro, y sus ojos despedían un fulgor tan extraño, que sugería la
convicción de que estaba demente.
A juzgar por
su indumentaria, aquella mujer debía ser viuda, pues en aquella época las que
tenían la desgracia de perder su consorte vestían de un modo especial que
revelaba su estado. No debía nadar en la abundancia, pues su ropa, aunque
extremadamente limpia, estaba descolorida y deteriorada por el mucho uso.
Sentada en un
sofá, que con dos sillas y una mesa de pino constituían todo el mueblaje de la
estancia, en cuyas paredes veíanse colgados algunos utensilios de cocina, la
pobre mujer parecía contristada. Su aspecto era el de una persona que sufre una
prolongada angustia, que sólo puede extinguirse con la muerte.
Sobre la mesa
de pino estaba sentado un hermoso y fornido joven de unos diecinueve o veinte
años. Sus facciones eran bellas y atrevidas, su desarrollo extraordinario, y
su mirada penetrante revelaba valor y osadía. Todo su aspecto inducía a creer
que tenía un carácter resuelto y aventurero.
—No vayas al
mar, Felipe[2]; prométemelo por Dios, hijo
mío —dijo la mujer cruzando las manos con voz y gesto suplicantes.
—¿Y por qué no
he de embarcarme, madre? —repuso el interpelado que, con las piernas cruzadas,
había estado hasta entonces, silbando distraídamente—. Permaneciendo aquí sólo
conseguiré morirme de hambre. ¡Por el cielo! Lo primero es preferible, ¿Y en
qué otra cosa he de ocuparme? Mi tío Van Brennen me ha prometido recibirme en
su buque y pagarme con esplendidez. Así viviré feliz a bordo y con mis
ganancias atenderé a las necesidades de usted.
—Felipe,
Felipe, óyeme. Me moriré si me dejas. No tengo a nadie en el mundo más que a
ti. ¡Oh, hijo mío! Te suplico que no me abandones y, si lo haces, en último
caso que no sea para embarcarte.
Felipe
permaneció callado y continuó silbando algunos segundos, mientras su madre
sollozaba.
—¿Será, quizá
—dijo el joven al fin—, porque se ahogó mi padre en el mar, por lo que me ruega
con tanto interés que no me embarque?
—¡Oh, no, no!
—exclamó la angustiada mujer—. ¡Quiera Dios...!
—¿Qué ha de
querer Dios, madre?
—Nada, nada.
Apiadaos de mí, Señor —contestó la angustiada mujer, deslizándose del sofá y
arrodillándose en el suelo, en cuya actitud permaneció algunos instantes orando
con fervor. Al fin, volvió a sentarse, algo más tranquila.
Felipe, que
había permanecido silencioso y meditabundo, volvió a tomar la palabra.
—Escúcheme
usted, madre. Su deseo es que no me embarque y que me muera de hambre; dos
cosas a cual peor; ahora voy a hablar claro. Aquella habitación de enfrente la
he visto siempre cerrada y nunca me ha dicho usted el motivo. Recuerdo que en
una ocasión en que no teníamos absolutamente qué comer, ni esperanza de que mi
tío regresara pronto, en uno de sus frecuentes accesos de su enfermedad dijo
usted...
—¿Qué dije,
Felipe? —preguntó la madre temblando de pies a cabeza.
—Que había en
aquella habitación dinero suficiente para satisfacer todas nuestras
necesidades, pero comenzó usted a llorar enseguida, afirmando que moriría antes
que abrir la puerta. Y yo pregunto: ¿qué hay en esa habitación, y por qué está
cerrada tanto tiempo? O me lo dice usted o ahora mismo voy a embarcarme.
Mientras el
joven hablaba así la fisonomía de la madre sufrió una completa transformación.
Al principio quedó aterrorizada y muda como una estatua, sus labios se entreabrieron,
brillaron sus ojos, y pareció haber quedado muda; oprimió con una mano el pecho
como para aplacar algún dolor interior, y, desplomándose del sofá con la cabeza
adelante, empezó a arrojar sangre por la boca.
Felipe corrió
presuroso a prestarle ayuda llegando a tiempo de sostenerla y evitar que rodara
al suelo. Cuando la hubo colocado nuevamente en el sofá, advirtió con espanto
que continuaba el vómito de sangre.
—Madre mía,
madre de mi alma, ¿qué le sucede? —gritó sobresaltado.
Transcurrieron
algunos instantes sin obtener contestación. La enferma varió algo de postura,
sin duda para no sofocarse con la sangre que arrojaba, y pronto las blancas
tablas del entarimado se tiñeron de color de rosa.
—Hable usted,
madre, hable usted si puede —repitió Felipe con voz preñada de angustia—.
¿Necesita usted alguna cosa? ¡Oh Dios mío! ¿Qué será esto?
—Me muero, hijo
mío, me muero —dijo al fin la madre quedando enseguida en un estado de absoluta
insensibilidad.
Felipe,
enteramente alarmado, salió a la puerta para pedir socorro a los vecinos.
Acudieron dos o tres, y cuando los vio ocupados en hacer volver en sí a la
enferma, corrió con toda la ligereza que sus piernas le permitían en busca de
un médico que no lejos de allí vivía. Llamábase éste Mynheer[3] Poots, hombre pequeño y
avaro, que, como facultativo, gozaba de merecida fama. Felipe le encontró en su
casa y le rogó que le acompañara inmediatamente.
—No tengo
inconveniente en ir —replicó Poots, que hablaba el idioma con exagerado
acento—; pero, antes, necesito saber, señor Vanderdecken, si piensa usted
pagarme.
—¡Pagarle! Mi
tío lo hará tan pronto como regrese.
—¿Se refiere
usted al capitán Van Brennen? Ese me debe cuatro guilders hace ya mucho tiempo.
Además, su buque podría naufragar...
—Respondo que
satisfará su deuda y lo que valga esta visita —dijo Felipe con impaciencia—;
venga usted conmigo, mientras disputamos podría morirse mi madre.
—Pero, señor
Felipe, ahora recuerdo que me es imposible acompañarle. Tengo precisión de ir
a Terneuse a visitar a un hijo del burgomaestre —replicó Mynheer Poots.
—A mí no me
engaña usted, caballero —contestó Felipe, rojo de cólera—. O viene usted
voluntariamente o le llevo a la fuerza.
El médico
sobresaltóse al oír estas palabras, pues conocía perfectamente él carácter de
su interlocutor.
—Le prometo ir
dentro de un rato si me es posible —respondió.
—Vendrá usted
ahora mismo, viejo ruin y miserable —gritó Felipe agarrándole por el cuello y
obligándole a salir a la calle.
—¡Que me
asesinan! ¡Socorro! —exclamó Poots, cayendo al suelo y dejándose arrastrar por
el impetuoso joven.
Este, al
advertir que el rostro del doctor tomaba un tinte violáceo, se detuvo y dijo:
—¿Quiere usted
que le estrangule? ¿No sabe que estoy decidido a llevarle muerto o vivo a mi
casa?
—Bueno —replicó
el vejete—, iré; pero esta noche la pasará usted en la cárcel. En cuanto a su
madre, me es imposible hacer nada por ella.
—¡Cómo
imposible! Le juro que, si no viene, le ahogo ahora mismo, y si, cuando estemos
en mi casa, no salva a mi madre a toda costa... ¡oh! Entonces lo mataré como a
un perro. Demasiado le consta que cumplo siempre lo que prometo; por lo tanto,
siga mi consejo; acompáñeme buenamente y le pagaré la visita, aunque para ello
necesite vender la camisa.
Esta última
observación de Felipe produjo mucho más efecto que sus amenazas. Poots era
débil y no podía oponer resistencia a las hercúleas fuerzas del joven; la casa
en que él vivía, estaba completamente aislada y no había vecino alguno, por
aquellos contornos, que pudiera prestarle ayuda en caso de que fuese agredido,
por lo cual resolvió visitar a la enferma. Era el mejor partido que podía
adoptar, y, en su consecuencia, el joven y el médico pusiéronse inmediatamente
en marcha. Cuando llegaron junto al lecho de la viuda la encontraron en brazos
de dos vecinas que le humedecían las sienes con paños de agua y vinagre. Había
recobrado el conocimiento, pero permanecía muda. Poots dispuso que se
trasladara al piso principal y a una cama más cómoda. Después de hacerle
ingerir algunas gotas de cierto ácido, volvió a salir con Felipe en busca de
otros medicamentos.
—Debe usted
hacer que tome esto su madre cuanto antes, amigo mío —dijo Poots entregando a
Felipe una botellita—. Yo voy a ver al hijo del burgomaestre y regresaré
pronto.
—¿No me engaña
usted?— preguntó el joven dirigiéndole una mirada amenazadora.
—No, no. Si su
tío Brennen hubiera de dar el dinero, quizá no volviese, porque no me inspira
confianza el fiador; pero usted ha prometido pagarme y sé que cumple siempre su
palabra. Dentro de una hora nos veremos; apresúrese ahora a volver a su casa.
Felipe corrió
con todas sus fuerzas. En cuanto administró a su madre el contenido de la
botella, cesó la hemorragia, y media hora más tarde la enferma suspiró
débilmente.
Conforme había
prometido, no tardó en presentarse de nuevo el diminuto doctor, examinó a la
paciente con atención y dirigióse a la cocina acompañado de nuestro héroe.
—Amigo Felipe
—dijo Poots—, aseguro a usted que he hecho cuanto me ha sido posible por salvar
a su madre, pero no debemos abrigar esperanza alguna de que recobre la salud;
me atrevo a afirmar que no se levantará más de la cama; vivirá uno o dos días,
tres quizás, pero su enfermedad es incurable. Bien quisiera prolongarle la
vida; pero la ciencia es impotente.
—Le creo a
usted, pues yo también he perdido la esperanza. ¡Sea lo que Dios quiera!
—contestó Felipe con profunda tristeza.
—¿Y me pagará
usted? —preguntó el doctor después de una pequeña pausa.
—¡Sí, por vida
mía! —replicó el joven con voz atronadora.
Transcurridos
algunos instantes, volvió a decir el médico:
—¿Desea usted
que vuelva mañana? Ya sabe que cada visita vale un guilder. Para nosotros el
tiempo es oro y lo cobramos.
—Venga usted
mañana, hoy, a todas horas y pida después cuanto se le antoje —respondió
Felipe mirándole despreciativamente.
—Bien, como
usted guste. Cuando muera su madre, la casa y todo cuanto hay en ella será suyo
y podrá venderlo. Volveré, desde luego, puesto que ya lo considero rico. ¡Ah!
Si piensa usted alquilar la casa, acuérdese de mí.
—¡Salga de aquí
inmediatamente, miserable! —gritó indignado el joven, ocultándose el rostro con
las manos y cayendo casi trastornado sobre el catre, manchado con la sangre
todavía fresca de su madre.
Cuando se
recobró un tanto, subió a ver a la enferma, a la que encontró algo más
aliviada; los vecinos aprovecharon ésta ocasión para despedirse dejándole solo.
Debilitada por la pérdida de la sangre, la infeliz mujer dormitó algunas
horas, durante las cuales permaneció Felipe escuchando acongojado aquella
penosa y difícil respiración.
A la una de la
madrugada despertóse la viuda. Había recobrado casi por completo el uso de la
palabra y pudo preguntar a su hijo:
—¿Cuánto tiempo
hace que estás aquí aprisionado?
—¡Oh! Lo hago
con mucho gusto, madre mía. No la confiaré al cuidado de personas extrañas,
mientras no se cure por completo.
—Eso no
ocurrirá, hijo mío. Siento ya que se acerca la muerte y te aseguro que, si no
fuera por ti, abandonaría este mundo con alegría. ¡He sufrido mucho y he pedido
a Dios con frecuencia que acelere mis tormentos!
—¿Y por qué,
madre? —-replicó Felipe ásperamente—. ¿No he cumplido siempre con mi deber?
—Sí, hijo mío,
y Dios te colme de bendiciones por ello. Muchas veces te he visto refrenar tus
pasiones y dominar tu carácter sólo porque yo no sufra; únicamente el hambre te
ha inducido a la desobediencia. Siempre me he opuesto a que te separes de mí y
jamás te he dado razón alguna; tal vez me habrás creído demente, pero ahora voy
a confesarte las razones que para ello he tenido.
La viuda
volvió la cabeza y guardó silencio algunos minutos; al fin prosiguió:
—Me parece que
padezco accesos de enajenación mental, ¿no es verdad, Felipe? Pero Dios sabe
que el secreto que me abruma es suficiente para trastornar otra cabeza más
fuerte que la mía. Oprime mi pecho, ofusca mi entendimiento, perturba mi razón
y va a llevarme a la sepultura... ¡Cúmplase la voluntad de Dios! Sólo me resta
decirte lo que... pero no debo; podrías volverte loco también.
—Madre —repuso
ansiosamente el joven—, revéleme ese secreto terrible. No temo al infierno ni
al cielo; éste no persigue jamás a los justos, y en cuanto a Satanás lo
desafío.
—Conozco tu
valor. Si alguien en el mundo puede oír con tranquilidad el sombrío relato,
eres tú solamente. ¡Ah! Mi cabeza está muy débil, pero no debo ocultarte nada.
La viuda
detúvose un momento para reflexionar y algunas lágrimas corrieron por sus
hundidas mejillas. Cuando recobró las fuerzas, prosiguió:
—Felipe, voy a
hablarte de tu padre. La creencia general es que pereció ahogado.
—¿Pues no murió
de ese modo? —interrumpió el joven sorprendido.
—¡Oh, no!
—¿Pero falleció
hace ya mucho tiempo?
—Tampoco
—contestó la mujer cubriéndose el rostro con las manos.
—Algún acceso
de locura —pensó Felipe; pero, sin embargo, volvió a interrogar:
—¿Y dónde está
mi padre?
La enferma se
incorporó: un temblor convulsivo corrió por todos sus miembros y repuso:
—Cumpliendo un
castigo impuesto por Dios.
Desplomóse la
enferma en el lecho y escondió la cabeza entre las sábanas como si pretendiera
ocultarse. Felipe, atónito y perplejo, permanecía mudo. Siguió un silencio de
algunos minutos al que puso término el joven diciendo con voz apagada:
—El secreto,
madre; revélemelo pronto.
—Óyeme, hijo
mío —dijo la enferma con acento solemne.
»Tu padre
tenía un carácter muy semejante al tuyo. ¡Ojalá su triste suerte te sirva de
provechosa lección! Según decían todos era un marino excelente, sufrido y de
gran valor. Había nacido en Ámsterdam, pero abandonó aquella población porque
pertenecía a la religión católica y los holandeses son, como tú sabes, herejes
en su inmensa mayoría. Hace diecisiete años, poco más o menos, que se embarcó
con rumbo a la India en su hermoso buque El Amsterdammer[4]
con un cargamento valioso. Era el tercer viaje que hacía a Oriente, y
habría sido el último, si Dios no hubiera dispuesto lo contrario, pues, además
de haber comprado el barco con el producto de las ganancias de sus viajes
anteriores, había redondeado nuestra fortuna. ¡Oh! ¡Cuántas veces formábamos
juntos planes para lo porvenir y cómo me consolaba con ellos durante sus
ausencias! Le amaba con ternura, Felipe, porque siempre fue bueno y cariñoso
conmigo, así es que aguardaba ansiosa su regreso.
»La suerte de
la esposa de un marino es poco envidiable. ¡Abandonada y sola durante largas
temporadas, pasa en vela las noches de tempestad, escuchando el ruido del
viento y el fragor de la tormenta y creyendo ver por doquiera peligros,
naufragio y viudedad! Hacía ya seis meses que había partido tu padre y aún
necesitaba esperarle un año entero cuando, una noche, hijo mío, mientras tú
dormías profundamente y yo velaba tu sueño, ocurrió una cosa terrible. ¡Cómo
había de sospechar que en aquel momento mi esposo había sido terrible y
fatalmente maldecido!
La enferma
detúvose para tomar aliento. Felipe permanecía mudo; tenía los labios secos y
miraba fijamente a su madre como si quisiera adivinar sus palabras, antes de
que se pronunciasen.
—Te dejé en la
cuna y dirigíme[5] a esa habitación que desde
aquella noche permanece cerrada, y me puse a leer porque no podía conciliar el
sueño. Era más de la media noche y llovía mucho. Sentí cierto temor extraño
inexplicable; me levanté de la silla, y, mojando la mano en agua bendita, me
persigné. Una fuerte ráfaga de viento azotó las paredes de la casa y me llenó
de espanto. Tenía tristes presentimientos; de pronto abriéronse de par en par
las ventanas, se apagó la luz y quedé en la más profunda obscuridad. Llena de
terror, empecé a gritar, pero reponiéndome, en seguida, me dirigía a cerrar
las ventanas, cuando presentóse ante mí tu propio padre.
—¡Santo Dios!
—murmuró Felipe con una voz que semejaba un suspiro.
—No supe qué
pensar; él estaba a mi lado y, a pesar de que la obscuridad era absoluta,
distinguía sus facciones tan perfectamente como si fuese de día. El miedo me impulsaba
a huir, pero el amor que le profesaba, me contenía.
»Luchando con
estos dos sentimientos, permanecí inmóvil. Después que tu padre hubo entrado,
cerráronse nuevamente las ventanas y la luz se encendió por sí misma; creyendo
que aquello era una aparición perdí el conocimiento.
»Cuando
recobré el sentido, estaba sentada en un sofá y una mano fría y húmeda
estrechaba la mía (¡Oh, cuán helada estaba!). Sin embargo, no tardé en
reponerme y, dando al olvido las circunstancias sobrenaturales que acompañaron
a la aparición, creí que tu padre había sufrido algún contratiempo en su viaje,
y regresaba al hogar. Tenía delante a mi esposo y me arrojé en sus brazos. Sus
vestidos estaban empapados en agua y helados como la nieve. Recibió mis
caricias sin devolvérmelas y sin pronunciar una palabra; parecía triste y
pensativo. —Guillermo,
Guillermo —exclamé—, habla, di alguna cosa a tu
amada Catalina.
»—Voy a
hacerlo —replicó con solemnidad—, porque dispongo de poco tiempo.
»—No te irás
de manera alguna, ni te embarcarás de nuevo. Si el buque se ha perdido, tú te
has salvado; nada importa, puesto que estamos otra vez juntos.
»—¡Ay de mí!
He perdido mi buque y también a mí... Escúchame, porque tengo necesidad de
marcharme en seguida. No estoy muerto, y, sin embargo, no vivo; mi destino es
permanecer entre el mundo de los hombres y el mundo de los espíritus. Atiende:
»—Durante
nueve semanas estuve intentando, sin conseguirlo, abrirme paso a través de los
borrascosos mares que circundan el cabo de las Tempestades y lancé juramentos
horribles. Pasé otras tantas semanas luchando incesantemente contra vientos y
corrientes sin adelantar un palmo de terreno y, desesperado, tuve la desgracia
de blasfemar. Sin embargo, persistí en doblar el cabo. La tripulación, fatigada
con tanto trabajo, me rogó que regresara a Table Bay; pero, lejos de
acceder a su deseo, cometí un asesinato, que, aunque sin intención, no dejó de
ser un gran crimen. El piloto, no queriendo ir más adelante, persuadió a los
marineros a que me ataran, y yo, encolerizado al verme sujeto por el cuello,
le di un golpe terrible que le hizo tambalearse. En aquel momento, el buque
cabeceó espantosamente y el infeliz, al perder el equilibrio, cayó al agua.
Este triste accidente no puso término a mi obstinación, tan ciego estaba; por
lo contrario, continué jurando, hasta por los fragmentos de la Santa Cruz
guardados en el relicario que llevas al cuello, que doblaría el cabo a pesar de
las tempestades, del mar, del rayo, del cielo y del infierno, aunque
necesitara luchar hasta el día del juicio.
»—Dios oyó mi
juramento formulado entre truenos y relámpagos. El huracán azotó al buque, las
velas volaron hechas jirones, altísimas montañas de agua nos envolvían, y en el
centro de una nube que de pronto se formó sobre nuestras cabezas obscureciendo
todo el firmamento, vi escritas con caracteres de fuego estas palabras
terribles:
»—Hasta el
día del juicio.
»—No me queda
más que una esperanza, y por esto se me ha permitido que venga a verte,
Catalina. Toma esta carta —prosiguió colocando sobre la mesa un papel lacrado—;
léela y ve si puedes prestarme alguna ayuda.
“¡Adiós,
esposa mía, hasta la eternidad!
»La estancia
quedó nuevamente a obscuras y tu padre desapareció en las tinieblas. Corrí tras
él con los brazos abiertos y mis deslumbrados ojos contempláronle a la luz de
un relámpago, llevado en alas del huracán, hasta que, al fin, desapareció por
completo. Cerráronse por tercera vez las maderas de las ventanas, volvió a
brillar la luz en la bujía y quedé sola como antes.
»¡Apiádate de
mí, Señor!; ¡mi cabeza, mis sienes! ¡Felipe, Felipe —gritó la infeliz mujer—,
no me abandones, no te embarques, por el Cielo!
Mientras
lanzaba estas exclamaciones, la enferma se había incorporado en el lecho, pero
no tardó en caer exánime en los brazos de su hijo.
Felipe intentó
incorporarla nuevamente; pero bien pronto advirtió que la cabeza se le caía
hacia atrás, que los ojos estaban sin brillo y que las manos se habían
crispado: la viuda Vanderdecken había pasado a mejor vida.
Aunque Felipe
Vanderdecken era un joven muy valeroso, abatióse profundamente cuando se
convenció de que su madre había dejado de existir, y permaneció junto a la cama
con los ojos fijos en el cadáver y con la imaginación perturbada por completo.
Poco a poco fue tranquilizándose; cerró los ojos de aquel querido cuerpo y le
cruzó las manos, mientras derramaba abundantes lágrimas que surcaban su rostro
varonil. Luego, besó solemnemente la pálida y helada frente de la difunta, y
corrió las cortinas del lecho.
—¡Infeliz
madre! —exclamó con amargura—. Al fin, has encontrado el reposo; pero me dejas
un triste legado.
En su
imaginación vio nuevamente desarrollarse las escenas a que acababa de asistir,
y el terrible relato de su madre pesaba sobre su corazón y le hacía perder el
juicio. Apretóse fuertemente las sienes e hizo grandes esfuerzos por
tranquilizarse. Necesitaba adoptar una resolución cualquiera y sabía que no
tenía tiempo para llorar. Su madre descansaba en paz pero, ¿dónde estaba su
padre?
Recordó sus
palabras: «Sólo resta una esperanza». Su padre había dejado una carta sobre la
mesa, ¿no estaría aún en el mismo sitio? Sí; allí debía hallarse, porque su madre no se había atrevido a
leerla. Aquel papel, que nadie había tocado durante diecisiete años, constituía
una verdadera esperanza.
Resolvió
entrar en la habitación fatal para saberlo todo de una vez. ¿Debía hacer esta
operación en aquel mismo momento, o esperar a que amaneciera? Pero la llave,
¿dónde estaba? Sus ojos tropezaron con un secreter antiguo que estaba junto al
lecho; jamás lo había abierto su madre en presencia suya, y era un mueble a
propósito para ocultar cualquier objeto. No tardó mucho en decidirse, y, aproximando
una luz, comenzó a examinarlo. El secreter estaba abierto y registró todos los
cajones, uno después de otro, sin encontrar lo que buscaba. Sospechó que
hubiera cajones secretos, pero, por mucho que examinó el mueble, no los
encontró. Entonces, los sacó todos, y colocándolos en el suelo, levantó en alto
el armazón del secreter sacudiéndolo con fuerza. Cierto ruido especial le hizo
comprender que, probablemente, estaba oculta allí la llave que necesitaba.
Renovó sus tentativas para apoderarse de ella, pero nada consiguió. Ya la luz
del día, entrando por los intersticios de las ventanas, iluminaba el aposento,
y Felipe no había obtenido ningún resultado, hasta que al fin, aburrido, resolvió
forzar la parte posterior del mueble; subió de la cocina un fuerte cuchillo de
partir carne y un martillo, y cuando más distraído estaba, arrancando las
tablas del mueble, sintió que una mano se apoyaba en su hombro.
Felipe se
estremeció: tan embebido estaba en su trabajo, que no había oído los pasos que
se acercaban. Levantó la cabeza y vio detrás de él al párroco, señor Leysen[6], que le miraba con
severidad. El digno sacerdote, enterado del peligroso estado de la viuda
Vanderdecken, había madrugado mucho para hacerle una visita y administrarle los
santos sacramentos.
—¿Cómo se
entiende, hijo mío? —preguntó al joven—. ¿No temes turbar el reposo de la
enferma? ¿te entretienes forzando los muebles y saqueándolo todo, antes de que
fallezca tu desdichada madre?
—No temo turbar
su reposo, señor cura —replicó Felipe poniéndose de pie—; la infeliz duerme ya
el sueño eterno. Tampoco saqueo ni robo nada. No es dinero lo que busco, sino
una llave largo tiempo escondida, según mi creencia, en este cajón secreto, y
que ignoro cómo se abre.
—¿Tu madre ha
muerto sin recibir los auxilios espirituales? ¿Por qué no hiciste que me
llamaran?
—Murió de
repente en mis brazos, hace unas dos horas. Su alma está seguramente entre las
de los bienaventurados, aunque siento que no haya usted podido auxiliarla en
los últimos momentos.
El buen
sacerdote descorrió con lentitud las cortinas del lecho y contempló el cadáver,
que roció con agua bendita. Durante algunos minutos sus labios se movieron como
si rezara, y al fin, preguntó a Felipe:
—¿Por qué te
afanas tanto en buscar esa llave? Más valía que lloraras y pidieras a Dios
misericordia por el alma de tu desgraciada madre. Tientes los ojos secos y,
antes de que se enfríe el cadáver, te dedicas a registrar los muebles. Esto no
me parece bien, Felipe, ¿qué llave es ésa que te interesa tanto?
—Padre, no
tengo tiempo para llorar ni para hacer lamentaciones. Por lo contrario, me veo
obligado a hacer otras cosas que ocupan por completo mi imaginación. Bien sabe
usted que amaba a mi madre con delirio.
—¿Pero esa
llave que buscas, Felipe...?
—Es la de una
habitación que permanece cerrada desde hace muchos años y que necesito abrir
aun a costa de...
—¿De qué, hijo
mío?
—Iba a decir un
desatino; perdone usted, señor cura. Sólo quería dar a entender que me es
indispensable y absolutamente preciso entrar en ese aposento.
—Algo he oído
de ese misterio, que tu madre jamás quiso revelarme, aunque la interrogué con
frecuencia; pero, conociendo que era importuno, no volví a molestarla. Algo
terrible debe haber en él, cuando siempre rehusó confesármelo. ¿Te lo ha
revelado a ti quizá antes de morir?
—Sí, padre
Leysen.
—¿Te negarás tú
también a confiármelo? Yo podría aconsejarte, dirigirte...
—Comprendo que
no es mera curiosidad, sino un fin laudable lo que le induce a dirigirme esa
pregunta; pero no sé todavía si lo que me ha dicho mi madre es un hecho cierto
o sólo un desvarío de su extraviada mente. Si es lo primero, le enteraré de
todo y compartiré con usted el peso enorme de tan terrible secreto. Mas, por
ahora al menos, no puedo revelarlo; necesito cumplir mi deber y entrar solo en
ese aposento fatal.
—¿Y no
temes...?
—No temo nada.
Tengo una misión que cumplir, verdaderamente triste, y le ruego que no me haga
más preguntas, pues creo que perderé el juicio, como mi infeliz madre, si me
sigue usted hablando del asunto.
—Siendo así, no
insisto. Tiempo llegará, tal vez, en que pueda prestarte algún servicio. Adiós,
hijo mío; no te ocupes por ahora en forzar más cajones, pues voy a disponer que
vengan algunos vecinos a velar el cadáver de tu desgraciada madre, cuya alma creo
que ha subido al Cielo.
El sacerdote
miró a Felipe, y al advertir que no le escuchaba y que su imaginación parecía
perturbada, retiróse moviendo tristemente la cabeza.
—Tiene razón
—murmuró Felipe, al quedarse solo, dejando el secreter en su sitio—. Lo mismo
da una hora antes que una hora después. Descansaré un rato, porque siento
vértigos en la cabeza.
Dirigióse en
seguida a la habitación inmediata, se acostó y pocos momentos después dormía
con un sueño profundo, pero tan agitado como el del reo que está en capilla y
espera ser ejecutado.
Mientras
tanto, llegaron algunos vecinos e hicieron los preparativos necesarios para el
sepelio del cadáver, cuidando de no despertar a Felipe, pues respetaban como
sagrado el sueño del que sólo despierta para verter lágrimas. Con ellos se
presentó Mynheer Poots, que, informado de la muerte de la enferma, y
disponiendo de una hora de tiempo, creyó que podía aprovecharla en hacer una
nueva visita para ganar otro guilder. Entró en la habitación en que reposaba
el cadáver y, después, en la que ocupaba el joven, al que sacudió bruscamente
un brazo.
Despertóse
éste, e, incorporándose en el lecho, vio que el doctor estaba a su lado.
—Buenos días,
querido Vanderdecken —dijo el cínico hombrecillo—, veo que todo ha terminado,
según le pronostiqué. Me debe otro guilder, puesto que ha ofrecido pagar con
exactitud; las visitas y la medicina suman tres y medio. Esto si me devuelve la
botella, pues en caso contrario...
—Le pagaré a
usted los tres guilders y medio, y le entregaré, además, la botella, para que
vuelva a utilizarla.
—Me consta que
tiene usted intención de pagarme, pero no se me oculta que ha de transcurrir
algún tiempo antes que venda usted la casa, porque no se encuentra fácilmente
comprador, y, como no me gusta apurar a los pobres, podemos hacer otra cosa.
Del cuello de su difunta madre pende una alhajita que sólo tiene valor para un
buen católico: me quedaré con ella y estamos en paz.
Felipe le
escuchó con aparente tranquilidad; conocía la alhaja a que se refería el avaro
médico. Era la reliquia que llevaba su madre al cuello, y sobre la cual había
hecho su padre el terrible juramento. No la habría vendido por todo el oro del
mundo.
—Salga usted de
esta casa ahora mismo —gritó encolerizado—. Le pagaré la deuda.
Mynheer Poots había comprendido a primera vista que la reliquia, encerrada en un
marco de oro puro, valía mucho más que los tres guilders y medio, sabía que el
valor extrínseco de la alhaja era grande como prenda religiosa y abrigaba la
convicción de poder enajenarla pronto. Cuando entró en la habitación en que
yacía la difunta, dominado por la tentación, la arrancó del cuello del cadáver
y la guardó en el bolsillo.
—Creo que mi
proposición es muy ventajosa para usted —repuso— y que debe aceptarla.
—De ningún modo
—gritó Felipe lleno de cólera.
—En ese caso,
la retendré en mi poder hasta que usted me pague lo que me debe; esto es muy
justo, amigo Vanderdecken. Cuando me lleve usted a casa los tres guilders y
medio y la botella, le devolveré la alhaja.
La indignación
de Felipe no tuvo límites. Agarró a Mynheer Poots por el cuello, y lo
arrojó fuera del aposento, gritando:
—Márchese usted
inmediatamente, o de lo contrario...
No pudo
concluir su imprecación. El doctor se apresuró a huir tan rápidamente, que
bajó rodando las escaleras y atravesó cojeando el puente. Hubiera deseado
devolver la reliquia, pero en la precipitación de la fuga no le fue posible
volver a colocarla en el cuello de la viuda.
Esta
conversación hizo pensar naturalmente al joven en la reliquia, y fue al
aposento de su madre para recogerla. Descorrió las cortinas del lecho, destapó
la cara del cadáver, y, cuando ya se disponía a soltar el negro cordón,
advirtió que la alhaja había desaparecido.
—¡Me la han
robado! —exclamó—. Los vecinos no son capaces de cometer semejante villanía.
Indudablemente, ha sido el miserable Poots; ¡infame! Pero la recobraré, aunque
se la haya tragado y aunque necesite arrancarle uno a uno todos los miembros.
Precipitóse
escaleras abajo, salió de casa, franqueó de un salto el foso, y, sin sombrero
ni chaqueta, echó a correr hacia la casa de Mynheer Poots. Los vecinos,
al verle pasar como un relámpago, movieron tristemente la cabeza creyendo que
había perdido el juicio. El médico sólo había recorrido la mitad del trayecto,
porque, habiéndose herido en un tobillo, le era imposible caminar muy aprisa.
Temeroso de lo que pudiera ocurrir, si se descubría su robo, volvía frecuentemente
la cabeza hacia atrás; y su terror al ver a Felipe que volaba en persecución
suya fue enorme. El miedo le hizo perder la serenidad, y el desdichado no sabía
que 'partido tomar; su primer impulso fue pararse y devolver la alhaja robada;
pero no se atrevió a ello temiendo un acto de violencia por parte de
Vanderdecken. Decidió por lo tanto seguir huyendo hasta llegar a su casa,
encerrarse en ella y retener la alhaja, o, al menos, imponer algunas
condiciones para su devolución.
Comprendiendo
que necesitaba correr todavía más, así lo hizo; pero Felipe, viendo en esta
fuga la prueba de culpabilidad, redobló sus esfuerzos y pronto estuvo cerca de
él. Cuando sólo le faltaban unas cien varas para llegar a la puerta de su casa,
Mynheer Poots percibía claramente el ruido de los pasos de su
perseguidor, y aumentó la velocidad de su carrera, pero inútilmente, pues cada
vez era más distinto el sonido de las pisadas, y hasta creía sentir el aliento
de su enemigo; Poots entonces, lleno de angustia, dio un salto, cual la liebre
que se encuentra acosada por los perros que lá persiguen. Al extender Felipe el
brazo para sujetarle, el fugitivo cayó al suelo aterrorizado, pero el ímpetu de
Vanderdecken era tan grande, que pasó sobre él, y, tropezando con su cuerpo,
rodó por el suelo sin conseguir mantener el equilibrio. Esta circunstancia
salvó al pequeño doctor, que efectivamente había puesto en práctica una
estratagema de liebre. Levantóse rápidamente y, antes de que Felipe pudiera
reanudar la carrera, Poots llegó a su casa y se encastilló en ella.
Vanderdecken parecía, no obstante, dispuesto a rescatar su importante tesoro, y
jadeante de cansancio, miró en su derredor buscando algo con que forzar la
puerta. Pero, como la casa del médico estaba, según ya hemos dicho, completamente
aislada, se habían adoptado todo género de precauciones para asegurarla, de un
golpe de mano; las ventanas del piso bajo tenían interiormente gruesas barras
de hierro, y las del principal estaban a mucha altura para hacer imposible un
escalo.
Debemos hacer
constar que, aunque Poots disfrutaba de cierta consideración por su reconocida
competencia profesional, su reputación de hombre cínico y desalmado estaba muy
bien sentada. No permitía jamás entrar en su casa a nadie, aunque realmente a
pocos se les ocurrió hacerlo. Vivía solo y únicamente se le encontraba junto al
lecho del dolor y de la muerte. Se ignoraba, además, si tenía familia; cuando
fijó su residencia en la casa que a la sazón habitaba, una vieja decrépita
recibía los recados de los que solicitaban sus servicios, pero había fallecido
hacía largo tiempo, y desde entonces, los que llamaban a su puerta, o eran recibidos
por el mismo Mynheer Poots en persona, o tenían que volverse sin recibir
contestación alguna cuando el médico estaba ausente. Por esta razón, se
murmuraba que vivía solo, pues era sobrado ruin para mantener una criada. Esta
era también la creencia de Felipe, quien, cuando recobró el aliento, comenzó a
idear la manera de recuperar la alhaja de su madre y de vengarse al mismo
tiempo cruelmente.
La puerta de
la casa del médico era sólida y difícil de forzar.
Felipe
reflexionó durante algunos minutos, y, a medida que reflexionaba, fuese
aplacando su ira, hasta que, al fin, decidió rescatar la reliquia robada sin
apelar a la violencia.
—Mynheer Poots
—gritó—, sé que me está usted oyendo. Devuélvame lo que me ha robado, y no le
ocasionaré mal alguno. De lo contrario, aténgase a las consecuencias, pues su
vida me responderá de todo.
El médico oyó
claramente esta proposición, pero al miserable le había pasado ya el susto, y
creyéndose seguro, resistíase a devolver la reliquia. No contestó, pues,
confiando en que se agotaría la paciencia de Felipe y que con sacrificar por
su parte algunos guilders, que tanto necesitaba su enemigo, quedaría
tranquilamente en posesión de una alhaja, que estaba seguro de enajenar a alto
precio.
Vanderdecken,
al ver que no le contestaba, se dejó de invectivas y recurrió a medios mucho
más eficaces.
Había junto a
la casa un montón de heno seco, y contra la pared una pila de leña. Felipe se
dispuso a incendiar la casa, y si no rescataba la reliquia, tendría al menos el
placer de achicharrar al ladrón. Llevó algunas brazadas de heno al lado de la
puerta, y colocó encima gran cantidad de maderos. Sacó en seguida yesca,
pedernal y eslabón, utensilios que jamás faltan en el bolsillo de un holandés,
y pronto elevóse una brillante llama. El humo ascendió en columnas hasta los
aleros del tejado, y el fuego empezó a rugir. Momentos después ardía también la
puerta, añadiendo nueva fuerza al incendio, y Felipe, lleno de satisfacción
por el feliz resultado de su diabólica idea, gritó con toda la fuerza de sus
pulmones:
—Ahora, infame
despojador de muertos, desalmado ladrón, vas a sentir los efectos de mi
venganza; si permaneces dentro, mueres abrasado, y si intentas salir, perecerás
a mis manos. ¿Me oyes, Mynheer
Poots, me oyes?
No había el
joven terminado aún de pronunciar estas palabras, cuando se abrió de par en par
una de las ventanas del piso principal que estaba muy distante del fuego.
—¿Irá a
pedirme perdón? Pero no, no —pensó Felipe, al contemplar, no al médico, sino a
una de las más hermosas criaturas que había visto hasta entonces.
Era ésta una
niña angelical de diecisiete a dieciocho años, que parecía tranquila y resuelta
en medio del peligro que le amenazaba. Sus largos cabellos negros, peinados en
dos trenzas, estaban graciosamente sujetos a su linda cabeza; sus ojos eran
grandes e intensamente obscuros, sus labios sonrosados y finos y su nariz
pequeña y recta. Era imposible concebir un rostro más encantador; parecía una
de esas sublimes concepciones que los grandes pintores han trasladado al lienzo
en un momento de inspiración; era, en fin, una divinidad. Cualquiera la habría
creído una mártir al verla tan resignada, próxima a perecer asfixiada por el
denso humo y amenazada por las rugientes llamas que casi llegaban a la ventana.
—¿Qué se
propone usted, joven? ¿Qué daño le han hecho los habitantes de esta casa, para
que pretenda sacrificarlos a su venganza? —preguntó la niña con perfecta calma.
Felipe
contemplóla embelesado algunos momentos, sin articular palabra, y arrepentido
de su arrebato, que iba a ocasionar la muerte de tan bella criatura. Olvidó su
venganza, y, apoderándose de una de las largas pértigas que le servían para
avivar el fuego, comenzó a separar los candentes leños hasta que sólo continuó
ardiendo la puerta, que no había sufrido mucho daño, pues estaba construida con
gruesos tablones de roble, por cuya causa no tardó mucho en apagarse también.
Mientras duraron estas maniobras de Felipe, la joven lo observó en silencio.
—No corre ya
peligro, señorita —dijo nuestro héroe—; Dios me perdone el haber atentado
contra una vida tan preciosa. Sólo pretendía vengarme de Mynheer Poots.
—¿Y qué
motivos le ha dado ese caballero para que le odie tanto? —preguntó la niña.
—Un motivo muy
poderoso: ha ido a mi casa, ha despojado a un muerto, ha robado del cuello del
cadáver de mi madre una reliquia que para mí es de un valor ilimitado.
—¡Que ha
despojado a un cadáver! Eso es imposible, usted se ha equivocado.
—No, no. El
hecho es positivamente cierto, señorita. En cuanto a la reliquia, me es
indispensable recobrarla. No sabe usted cuántas cosas dependen de ella.
—Espere un
momento, joven, que pronto vuelvo —contestó la niña.
Felipe esperó
algunos minutos, lleno de asombro, por haber encontrado a tan hermosa criatura
en casa de Mynheer Poots. ¿Quién podría ser? Mientras pensaba en esto,
volvió a oír la argentina voz y vio a la joven que se asomaba a la ventana,
llevando en la mano un cordón negro del que pendía la tan deseada alhaja.
—He aquí su
reliquia —dijo—. Siento mucho que mi padre haya cometido una acción tan
villana, que merece la justa cólera de usted. Tómela —continuó, dejándola caer
junto a Felipe—, puede marcharse.
—¡Su padre de
usted, señorita! ¿Puede él ser su padre? —exclamó Felipe, olvidándose de
recoger la reliquia, que permanecía en el suelo.
Ella se había
retirado de la ventana sin replicar, pero Vanderdecken insistió:
—Espere usted
un momento mientras le pido que me perdone mi acción loca y arrebatada. Juro
por esta reliquia —continuó, llevándola a los labios— que si hubiera sabido
que vivía en esta casa un ser tan adorable, jamás habría procedido como lo he
hecho y que me alegro muchísimo de que no haya usted sufrido daño alguno. Pero
todavía no ha desaparecido el peligro; es necesario abrir la puerta y apagar
completamente los barrotes que están ardiendo y que amenazan incendiar de nuevo
la casa. No tema por su padre, señorita, pues, aunque me hubiera hecho mil
veces más daño, usted le protege y jamás tocaré un solo cabello de su cabeza.
Bien me conoce él y demasiado sabe que cumplo mi palabra. Permítame usted que
repare el daño que he ocasionado, y me marcharé luego tranquilo.
—¡No, hija mía,
no te fíes! —dijo la voz de Mynheer Poots, dentro de la habitación.
—Me inspira
confianza —repuso la niña—, y considero muy necesarios sus servicios porque,
¿qué podemos hacer en este apuro una débil mujer como yo y un padre todavía más
débil? Abra usted, pues, la puerta, y permítale que apague el fuego.
La joven,
dirigiéndose después a Felipe, agregó:
—Mi padre
abrirá la puerta, caballero; le agradezco sus ofrecimientos y espero que
cumplirá su promesa.
—Jamás he
faltado a mi palabra, señorita; pero que se apresure su padre, porque veo otra
vez llamas.
Las
temblorosas manos de Mynheer Poots abrieron la puerta, y el acobardado
médico, tan pronto como hubo descorrido el cerrojo, subió huyendo las
escaleras. Lo que había asegurado Felipe era cierto; muchos cubos de agua
fueron necesarios para dominar el incendio; pero, mientras estuvo ocupado en
esta tarea, ni la hija ni el padre aparecieron por ninguna parte.
Concluida su
penosa operación, cerró Vanderdecken la puerta y miró hacia la ventana. La
hermosa joven asomóse a ella, y Felipe, haciéndole un profundo saludo, le
aseguró que nada había ya que temer.
—Le quedo
profundamente agradecida —dijo ella—. Su conducta ha sido digna, aunque, al
principio, pecó mucho de inconveniente.
—Diga a su
padre que toda animosidad de mi parte ha cesado, y que no tardaré en venir a
satisfacer la deuda que con él tengo contraída.
Cerrase la
ventana, y Felipe, todavía más impresionado que cuando había venido, aunque por
distintos sentimientos, miró por última vez el sitio en que había estado la
hermosa joven, y regresó, muy preocupado y pensativo, a su casa.
Felipe
Vanderdecken quedó profundamente impresionado por el descubrimiento de la
bella hija del médico Mynheer Poots.
Al llegar a su
casa, subió el joven, aheleado por este nuevo sentimiento, las escaleras y
arrojóse sobre la cama en que antes había dormido y que abandonó para salir en
persecución del médico. Al principio recordó la escena que hemos descrito, las
facciones de la preciosa niña, sus ojos, su expresión, su argentina voz y las
palabras que había pronunciado; pero, recordando que el cadáver de su madre
yacía en el aposento inmediato, y que el secreto de su padre permanecía oculto
en la sala del piso bajo, olvidóse de la encantadora imagen que tan honda
impresión le había producido.
El entierro
estaba dispuesto para la mañana siguiente, y Felipe, cuyo interés por examinar
el aposento misterioso había disminuido desde que conocía a la bella hija de Mynheer
Poots, decidió no abrirlo hasta que terminara la fúnebre ceremonia. Con esta
resolución y fatigado con tanto trabajo material y mental quedóse dormido
hasta que le despertó el párroco para que acompañara el fúnebre cortejo. Una
hora después todo había terminado, se disolvió la multitud, y Felipe regresó a
su casa y, cerrando la puerta para que no le interrumpiera nadie, sintióse
feliz al encontrarse solo.
Subió en
seguida a la estancia en que una hora antes estuvo expuesto el cadáver y
sintióse consolado. Nuevamente volvió a apoderarse del secreter y reanudó su
tarea; pronto quedó arrancada la parte posterior del mueble y descubierto el
cajón secreto, en cuyo interior encontró algo que supuso sería el objeto de sus
pesquisas; era una gran llave cubierta enteramente con una espesa capa de
herrumbre. Debajo había una carta cuyos caracteres estaban borrosos: la letra
era de su madre y estaba redactada en los siguientes términos:
“Hace dos
noches ocurrió un terrible suceso, del que me acuerdo aún con espanto y que me
indujo a cerrar la puerta de la sala baja. Si durante mi vida no refiero a
nadie lo sucedido, sepa el que leyere las presentes líneas, que la llave que
hay con esta carta es la del aposento de referencia. Cuando por última vez salí
de ella, subí al piso principal y pasé toda la noche al lado de mi hijo; al
otro día tuve, sin embargo, bastante valor para volver a bajar, echar la llave
y ocultarla en este secreter. La sala está actualmente cerrada y así
continuará hasta que la muerte cierre a su vez mis ojos. Ni privaciones ni
sufrimientos me obligarán jamás a abrirla, a pesar de que el armario de hierro
que hay debajo del aparador que está más lejos de la ventana, encierra dinero
suficiente para satisfacer todas mis necesidades; este dinero lo dedico a mi
hijo, el cual, si no le revelo el fatal secreto, debe darse por satisfecho
sabiendo que es tan terrible que me ha obligado a proceder como lo hago. Las
llaves del armario y de los aparadores se encontraban, si no me es infiel la
memoria, sobre la mesa o en mi canastillo de labor, cuando abandoné la sala.
También había sobre la mesa una carta. Está lacrada. Que nadie la abra sino
Felipe y sólo en el caso de que el secreto le haya sido revelado por mí.
Después que la queme el párroco, porque está maldita; y, si mi hijo decide
leerla, ¡oh! que medite y reflexione mucho antes de romper el sobre, porque
sería preferible que no averiguase nada.»
—¡Que no
averigüe nada! —pensó Felipe con los ojos clavados en el papel—. Precisamente
deseo todo lo contrario: saberlo todo. Perdóname, madre querida, que no
reflexione antes como tú previenes; sería perder tiempo, puesto que estoy
decidido a ello.
Luego, con
ternura filial, besó la firma, dobló la carta y guardósela en el
bolsillo. Después tomó la llave y comenzó a bajar las escaleras.
Era mediodía,
el sol brillaba esplendoroso en el espacio azul, en el cielo no había una sola
nube y la naturaleza toda respiraba alegría y contento. Como la puerta de la
casa permanecía cerrada, el pasadizo estaba envuelto en una semiobscuridad, y
Felipe tardó algunos momentos en introducir la llave por el ojo de la
cerradura, consiguiendo darle una vuelta con bastante trabajo.
Cuando empujó
la puerta de la estancia, Felipe no estaba tranquilo sino que, por el
contrario, sintióse alarmado y su corazón palpitaba con violencia, pero él
tenía valor sobrado para dominar el sobresalto que pudiera producirle la contemplación
de lo que encontrara dentro. Abrió, al fin, y quedóse clavado en el portal,
cual si temiera profanar el retiro de un espíritu, que podía reaparecer al
turbar su reposo. Todavía tardó otro minuto para recobrar el aliento que había
perdido y miró por último hacia el interior.
Desde el lugar
en que se encontraba, distinguió, aunque imperfectamente, algunos objetos; pero
tres rayos de sol, que atravesaban las junturas de los postigos, le impulsaron
a retroceder, creyéndolos sobrenaturales, un poco de reflexión bastó, sin
embargo, para tranquilizarle. Después de un momento de indecisión, Felipe fue a
la cocina, encendió una bujía y, lanzando algunos suspiros, hizo un llamamiento
a su valor, pues estaba ya decidido a penetrar en el funesto aposento. Desde la
puerta practicó un ligero reconocimiento a la débil luz de la bujía; todo
estaba tranquilo; la hoja de la puerta ocultaba la mesa sobre la cual había
dejado su madre la carta.
—Es preciso
hacerlo —pensó Felipe—, pues, cuanto más pronto, mejor —y, haciendo un poderoso
esfuerzo de voluntad para dominar su inquietud, fue resueltamente a abrir los
postigos.
No es extraño
que temblara su mano al tocar aquella ventana que en otra ocasión se había
abierto tan sobrenaturalmente; somos mortales y nos estremecemos al ponernos
en contacto con lo que, según nuestra creencia, pertenece al mundo de los
espíritus. Cuando, quitadas las aldabas y descorridos los pasadores, pudo
abrir la ventana, un torrente de luz iluminó la estancia y, ¡Cosa extraña! la
brillante claridad del día impresionó a Felipe mucho más que las tinieblas
anteriores y, con la bujía en la mano, huyó precipitadamente a la cocina, donde
permaneció algunos instantes con el rostro oculto entre las manos y
profundamente pensativo.
Acordóse
entonces de la encantadora hija de Mynheer Poots, e infundiéndole esté
recuerdo valor y confianza se puso de pie y encaminóse resueltamente hacia la
sala. No describiremos los objetos que contenía por el orden con que los
contemplaron los ojos de nuestro héroe sino de un modo más detallado y completo.
Medía aquella
estancia doce o catorce pies cuadrados, con una sola ventana; frente a la
puerta había una chimenea a cada uno de cuyos lados veíase un alto aparador de
madera obscura. El suelo estaba limpio relativamente, aunque las arañas habían
tendido sus redes por todas partes. Del centro del techo pendía un globo de
cristal azogado, según la moda de aquel tiempo, pero la mayor parte de su superficie
estaba opaca, y envuelto todo él completamente por telarañas, como si estuviera
dentro de una funda. Sobre la chimenea había dos o tres cuadros; pero el polvo
empañaba los cristales hasta el punto de ocultar por completo las estampas. En
el centro de la cornisa del hogar veíase una imagen de la Virgen María, de
plata, dentro de una especie de relicario del mismo metal, pero tan enmohecida
que parecía de hierro o de cobre; a uno y otro lado había algunas figuritas
indias. Los cristales de los aparadores estaban también tan sucios que, a
través de ellos, era imposible ver el interior. La luz y el calor, al penetrar
en la estancia, secaron en seguida la humedad y el polvo comenzó a caer cual
menuda lluvia sobre las vidrieras, haciéndoles perder su natural transparencia;
pero, esto no obstante, aunque con alguna dificultad, podía distinguirse dentro
de los aparadores el brillo de algunas vasijas de plata que, aunque de igual
modo enmohecidas, no habían perdido el color por completo.
De la pared
frente a la ventana pendían otros cuadros análogos a los anteriores; pero, como
ellos, llenos de polvo y telarañas, y, por último, dos jaulas. Felipe acercóse
a examinar estas últimas comprobando que los que las ocuparon en otro tiempo
habían sucumbido; los pequeños montones de plumas amarillentas y los diminutos
esqueletos que se veían en ellas revelaban claramente que fueron canarios;
pájaros raros y de mucho precio en aquella época. Felipe parecía dispuesto a
examinarlo todo antes dé buscar lo que más ansiaba y temía encontrar. En aquel
aposento había, además, varias sillas y sobre una de ellas algunas prendas de
ropa blanca, que Vanderdecken supuso que le habían pertenecido cuando era
niño. Al fin, volvió los ojos hacia la pared opuesta a la de la chimenea y en
la cual estaba la puerta, detrás de cuya hoja debía encontrarse el sofá, la
costura de labor y la «carta fatal». Al mirar en la citada dirección, un
temblor nervioso agitó todo su cuerpo; pero, haciendo un gran esfuerzo de
voluntad, consiguió tranquilizarse. Fijóse primero en la pared de la que
pendían espadas, pistolas, arcos y flechas de varias clases, casi todas de origen asiático, y otras
muchas máquinas de destrucción. Bajó poco a poco los ojos hacia la mesa y el
sofá en que estuvo sentada su madre cuando su esposo le hizo la terrible
visita, según ella le había referido. La costura, con todos sus accesorios,
permanecía sobre la mesa, del mismo modo que la dejó la viuda. Las llaves a que
hacía referencia en su carta, también estaban allí; pero Felipe, a pesar de
registrarlo todo minuciosamente, no encontró carta alguna; levantó el
costurero por si la encontraba debajo, pero inútilmente; removió, por último,
los almohadones del sofá y el resultado fue el mismo. La carta no se encontraba
tampoco allí. Sintió entonces como si un enorme peso desapareciera de su
palpitante pecho.
—Sin duda
alguna —dijo apoyándose en la pared—, todo ha sido una visión de la extraviada
mente de mi pobre madre. Quizá se quedara dormida y viera en sueños lo que,
después, tomó por realidad. Siempre creí que lo que me contó no era posible, o
al menos, así lo esperaba. Habrá ocurrido lo que supongo; el sueño debió ser
tan terrible como la realidad y perturbaría el juicio de la infeliz.
Felipe
continuó reflexionando y concluyó por convencerse en absoluto de que sus
conjeturas eran ciertas.
—Necesariamente
debió de ocurrir lo que supongo —continuó diciendo—. ¡Pobre madre, cuánto has
sufrido! Pero ya has obtenido tu recompensa y estás gozando de Dios.
Transcurrieron
algunos minutos, que invirtió en examinar la habitación con más tranquilidad y
quizá con indiferencia, pues se había persuadido de que la sobrenatural
historia sólo había existido en la imaginación enferma de su madre, y Felipe,
sacando del bolsillo la carta que había encontrado con la llave, leyó este
párrafo: «El armario de hierro colocado debajo del aparador que está más lejos
de la ventana, contiene dinero suficiente para satisfacer todas mis
necesidades». Entonces tomó el manojo de llaves que' estaba sobre la mesa y
abrió las puertas de hierro, quedando atónito al contemplar una suma
considerable que, según sus cálculos, no bajaría de diez mil guilders, contenidos
en sacos amarillentos.
—¡Pobre madre
mía! —pensó Felipe—, ¿ha bastado un simple sueño para conducirte a la más
espantosa miseria, siendo poseedora de una suma tan grande?
Tomó luego de
uno de los talegos, que estaba medio vacío, algunas monedas para sus gastos
inmediatos, y cerró nuevamente el armario. Abrió después los aparadores con
otra llave, y en ellos encontró numerosas tazas y platos de plata y de
porcelana de gran valor. Cuando todo estuvo otra vez cerrado, colocó el manojo
de llaves sobre la mesa.
La posesión
repentina de aquel tesoro, confirmó a Felipe en la creencia de que no había
existido tal aparición, cuya creencia hízole cobrar nuevos ánimos, y le
infundió tal valor que casi estuvo tentado de soltar la carcajada. Sentado en
el sofá, empezó a pensar en la linda hija de Mynheer Poots y a fabricar
castillos en el aire, que terminaban en una vida de absoluta felicidad. Pasó
dos horas en tan agradable ocupación, hasta que, acordándose, de pronto, de la
reciente muerte de su madre, dijo en alta voz y poniéndose de pie:
—Aquí estabas
sentada, madre mía, arrullando mi sueño, pensando en mi ausente padre y
pronosticando peligros para él, cuando creíste ver que se te aparecía su
espíritu. Indudablemente dormías, porque hay aquí en el suelo un bordado que
dejarían caer tus inertes manos. ¡Querida madre! —continuó, mientras que una
lágrima se deslizaba por sus mejillas, al inclinarse a recoger el pedazo de
muselina—; grande debió ser tu sufrimiento al... ¡Santo Dios! ¡Aquí está, aquí
está... la carta!
Como agobiado
por un peso abrumador, inclinó la cabeza, lleno de angustia, sin que sus
labios pudieran, articular una palabra más.
Era, sin
embargo, cierto; allí estaba la carta fatal de Guillermo Vanderdecken. Si la
hubiese encontrado sobre la mesa, como esperaba al entrar en la sala, la habría
tomado con más tranquilidad seguramente; pero verla cuando se había plenamente
convencido de que todo era una ilusión de su madre, cuando creía que lo
sobrenatural y extraordinario sólo había sido una quimera y después de haber
acariciado esperanzas y formado planes de futura felicidad, era un golpe
terrible que le dejó durante algunos instantes inmóvil, aterrorizado y
sorprendido. Cayeron, reducidos a la nada, los castillos en el aire que había
formado, y a medida que iba recobrándose del susto, fue sintiéndose acometido
de una profunda melancolía. Cuando pudo levantarse, se apoderó de la carta y
huyó de aquella fatídica estancia.
—No puedo, no
quiero leerla aquí —exclamó—. Este mensaje debo abrirlo bajo la bóveda del alto y
ofendido cielo.
Y, dichas
estas palabras, púsose el sombrero, salió a la calle y, después de cerrar la
puerta, echó a andar sin rumbo fijo.
No es fácil
dar al lector una idea del estado de ánimo en que se encontraba Felipe
Vanderdecken cuando, después de haberse apoderado de la carta de su padre,
abandonó la casa y se encontró bajo la bóveda del cielo.
A semejanza
del reo condenado a muerte que recibe en capilla la noticia de que ha sido
perdonado y, cuando se entrega al júbilo que la remisión de su pena le produce,
vuelve a tener luego la seguridad de que ha de ser conducido al patíbulo,
Felipe sufrió las alternativas de sus esperanzas de felicidad y de certidumbre
de su infortunio con gran abatimiento.
Durante largo
tiempo vagó con la carta en su crispada mano y apretando con fuerza los
dientes. Poco a poco fue tranquilizándose y, falto de aliento por la rapidez de
la marcha, sentóse en el suelo en cuya postura permaneció un rato, absorto en
la contemplación del papel funesto, que sostenía sobre sus rodillas con
entrambas manos.
Instintivamente
dio media vuelta a la carta, cuyo sello era negro; suspiró, se puso de pie y
prosiguió su incierto camino, murmurando:
—No, no debo
leerla aquí.
Todavía anduvo
errante otra media hora; el sol estaba ya a punto de desaparecer del horizonte.
Felipe se paró entonces y, contemplando con fijeza el astro rey, exclamó:
—Dios me está
contemplando; pero, ¿por qué, misericordioso Creador, me has elegido a mí
entre tantos millones de hombres, para que emprenda tarea tan penosa?
Después miró
en torno suyo buscando un sitio a propósito para ocultarse, romper el sello y
leer aquel mensaje que venía del mundo de los espíritus, y vio no lejos de allí
un pequeño espacio cubierto de arbustos y rodeado de grandes árboles, al cual
se encaminó, y donde tomó asiento oculto entre el follaje de modo que nadie
pudiera observarlo. Contempló nuevamente el brillante astro del día y se sintió
más tranquilo.
—Esta es tu
voluntad y éste es mi destino —dijo—; cúmplanse ambas cosas.
Tocó, al fin,
el sello, y sintió que le hervía la sangre al reflexionar que aquella carta
había sido entregada por un ser extraordinario, y que encerraba el secreto de
un condenado por Dios. Recordó que aquél era su propio padre y que en la carta
revelaba la única esperanza de redención que tenía el infeliz, que imploraba su
auxilio, y cuya memoria le habían enseñado a amar.
—Es una
cobardía perder tantas horas —exclamó Felipe—; hasta el sol parece que no
quiere ocultarse hasta haber alumbrado mi lectura.
Reflexionó
luego un rato y volvió a ser el atrevido Vanderdecken. Rompiendo entonces el
lacre, que llevaba las ¡iniciales del nombre de su padre, leyó el contenido de
la carta, que decía así:
“A Catalina:
»Dios ha
permitido a uno de esos espíritus compasivos que constantemente están
impetrando el perdón para los pecados de los hombres, que me revele cuál es el
medio de que se conmute mi sentencia.
»Si consigo recibir
en la cubierta de mi propio buque la misma reliquia sobre la que hice el fatal
juramento, besarla humildemente y llorar profundamente arrepentido, entonces el
Todopoderoso me permitirá descansar en paz.
“Ignoro de qué
modo podrá esto verificarse ni quién será el osado que acometa tan temeraria
empresa. Nosotros tenemos un hijo, Catalina, pero no, no; es preferible que
jamás conozca la suerte de su desdichado padre.
»Adiós y ruega
por mí.
»G.
Vanderdecken.
—¡Conque es
cierto! ¡conque es, por desgracia, cierto! —pensó Felipe—; ¿y mi padre se
encuentra sufriendo su condena? Habla de mí en la carta, ¿de qué otro podría
hablar? ¿No soy su hijo? ¿No es ése mi deber? Sí, padre mío —añadió en voz alta
y cayendo de rodillas—, no has escrito estas líneas inútilmente. Voy a leerlas
de nuevo.
Levantó la
mano en que tenía la carta, pero ésta había ya desaparecido; sus dedos sólo
apretaban la nada. Miró al suelo, por si la encontraba entre el césped, pero no
la encontró. ¿Sería todo aquello una visión? No, él había leído todas las
palabras una por una.
—Según esto
—exclamó—, yo soy el llamado a desempeñar tan terrible misión; pues bien, la
cumpliré. Óyeme, padre querido, si Dios te lo consiente; oye a tu hijo que por
esta sagrada reliquia jura obtener tu perdón o sucumbir en la demanda. Todos
los días de su vida los dedicará a tan noble objeto y, cuando haya cumplido su
deber, morirá tranquilo. Cielos, que escuchasteis el impío juramento del
padre, oíd ahora el que hace su hijo sobre la misma reliquia y, si soy perjuro,
castigadme todavía con mayor severidad que a él.
Felipe
prosternóse besando el sagrado símbolo. El sol ocultó su dorado disco tras las
cumbres de las montañas lejanas y la noche lo cubrió todo con su negro manto;
el joven permanecía aún en la misma postura orando y entregado a profundas
reflexiones.
De pronto,
atrajo su atención el rumor que producían las voces de varios hombres que
estaban sentados en el mismo bosquecillo muy cerca del sitio en que él se
ocultaba. Dio al principio poca importancia al hecho, y se ocupó únicamente en
regresar a su casa para hacer sus planes; pero, aunque los hombres hablaban
bajo, llegó a sus oídos repetidas veces el nombre de Mynheer Poots.
Entonces se decidió a prestarles atención, comprendiendo en seguida que eran
unos cuantos desertores que proyectaban asaltar aquella misma noche la casa
del médico, que, según sus cálculos, debía ser muy rico.
—He propuesto
lo mejor —dijo uno de ellos—; sólo vive con él su hija.
—A mí —replicó
otro—, me seduce la joven más que el dinero; y advierto a ustedes antes de ir
que la reclamo como mía.
—Si la compras,
te la cederemos gustosos —objetó un tercero.
—Conforme; ¿y
cuánto debo dar, en conciencia, por una niña llorona?
—Quinientos
guilders —dijo otro de los bandidos.
—Los daré, pero
con la condición de que si mi parte del botín es inferior a esa suma, tendré
derecho a quedarme con la chiquilla por lo que me toque.
—Negocio
arreglado —interrumpió otro—; pero sufriría una gran decepción si en el arca
del vejete, no encontramos lo menos dos mil guilders.
—¿Están todos
conformes en ceder la chica a Baetans?
—Sí
—contestaron los demás.
—Perfectamente
—repuso el que anhelaba la posesión de la hija de Poots—, soy dé ustedes en
cuerpo y alma. Yo amaba a esa joven y ofrecí casarme con ella, pero ese viejo
avaro me despreció a pesar de ser oficial. Ha llegado la ocasión de vengarme y
me las pagará todas juntas.
—Bueno, bueno
—replicaron los oyentes.
—¿Vamos ahora
mismo, o esperamos que sea más tarde? Dentro de una hora sale la luna y
conviene que nadie nos vea.
—¿Y quién nos
ha de ver, como no sea alguno que vaya a solicitar los servicios de Mynheer
Poots para que asista a un enfermo? Creo que cuanto más tarde vayamos, será
mejor.
—¿Qué se
necesita para ir a su casa? Sólo unos treinta minutos; por consiguiente, si
emprendemos la marcha dentro de media hora, llegaremos justamente a tiempo de
contar los guilders a la luz de la luna.
—Tienes razón;
mientras tanto pondré al gatillo de mi fusil un pedernal nuevo y lo cargaré
después. Yo trabajo muy bien en la obscuridad.
—Como que
estás acostumbrado a ello, Jan.
—Es verdad.
Señores, dedico esta bala a la cabeza de ese viejo espantajo.
—Me alegro;
más vale que lo mates tú que yo —replicó uno de los otros—, porque me salvó la
vida en Middleburgo, cuando todos me habían ya desahuciado, y le estoy agradecido.
Felipe no
necesitó oír más. Deslizóse por entre los arbustos y saliendo a la alameda, la
atravesó con el mayor silencio que pudo para evitar el ser descubierto. Sabía
muy bien que aquellos desalmados pertenecían a una banda de desertores que
infestaba el país. Sin otra preocupación que la de salvar a Poots y a su hija,
olvidó por un momento a su desgraciado padre y la carta que acababa de leer.
Conocedor del país, no tardó en hacerse cargo de la dirección que debía tomar
para ir a la solitaria casa del médico; echó a correr con toda la ligereza de
sus piernas y a los veinte minutos se detenía, falto de aliento junto a la
puerta.
Como de
costumbre, allí no se percibía ningún ruido. Llamó y no obtuvo respuesta;
repitió el llamamiento varias veces, pero obtuvo el mismo negativo resultado. Mynheer
Poots debía de haber ido a visitar algún enfermo y no estaría en casa. Felipe
entonces, gritó:
—Señorita, si
su padre ha salido, como presumo, escúcheme usted. Soy Felipe Vanderdecken. He
oído casualmente la conversación de cuatro criminales que pretenden asesinar
y robar al anciano Poots. Dentro de una hora y quizá antes estarán aquí y he
venido a proteger a ustedes en cuanto me sea posible. Juro a usted por la
reliquia que me ha devuelto esta mañana que es cierto cuanto llevo dicho.
Transcurrió un
largo rato sin que nadie contestara.
—Señorita
—volvió a decir—, contésteme si aprecia su honra, que debe ser para usted más
preciosa que el oro para su padre. Abra esa ventana y oiga lo que voy a referirle;
ningún peligro hay en ello.
Al fin se
abrió la ventana, y Felipe pudo contemplar en ella, a través de la obscuridad,
la graciosa figura de la hija de Mynheer Poots.
—¿Qué desea
usted a esta hora tan inoportuna? ¿Qué es lo que me iba usted a decir hace un
minuto, cuando llamó a la puerta?
Felipe refirió
entonces detalladamente cuanto había escuchado y concluyó rogando que le
permitiera entrar para defenderla.
—No olvide,
señorita, lo que le he dicho. Ha sido usted vendida a uno de esos canallas,
llamada, según creo, Baetans. El oro supone bien poca cosa, pero permítame que
entre para defender su honor que es el mayor tesoro y no crea ni por un solo
instante que la engaño. Le juro que es verdad por el alma de mi pobre madre.
—¿Ha dicho
usted Baetans?
—Si no he oído
mal, así le llamaban los otros; hasta aseguró haber amado a usted en otro
tiempo.
—Recuerdo ese
nombre; pero ignoro qué hacer ni qué decir. Mi padre ha ido a asistir a un
enfermo y acaso tarde mucho en volver. ¿Cómo puedo abrir a usted la casa de
noche, estando él ausente y yo sola? Ni debo ni puedo hacerlo, y, sin embargo,
me inspira usted confianza. No lo supongo en manera alguna capaz de inventar
una fábula para sorprenderme.
—Jamás juego
con la honra y la vida de una señorita; permítame que entre.
—Pero, aun
cuando lo permita, ¿qué va usted a hacer contra tantos? Ellos son cuatro, lo
arrollarían, y, en vez de una vida, sacrificarían dos.
—No ocurrirá
semejante cosa, si tiene usted armas; creo que su padre no vivirá en este
retiro sin ellas. En cuanto a mí no temo, y bien sabe usted que tampoco soy
cobarde.
—Me consta;
pero me sorprende que arriesgue su vida por salvar la de aquellos a quienes no
hace mucho intentaba matar. Le doy, pues, las gracias de todo corazón, pero no
me atrevo a abrir la puerta.
—En ese caso,
señorita, si no me permite usted entrar no me moveré de aquí y sin armas mal
podré defenderme contra cuatro bandidos que no carecen de ellas; me dejaré
matar para demostrar que es sincero mi juramento a una persona a quien de todos
modos defenderé aun a costa de...
—¡Dios mío!
¿voy, entonces, a asesinarlo yo? No puedo permitirlo. Júreme por lo que más
quiera en el mundo que no me engaña.
—Lo juro por
usted misma, que es para mí lo más sagrado.
Seguidamente
cerróse la ventana y dos minutos después se abrió la puerta, apareciendo en
ella la encantadora joven. Llevaba una luz en la mano derecha, y sus mejillas
pasaban, alternativamente, del rojo más subido a la más extremada palidez.
Tenía el brazo izquierdo extendido hacia abajo y en la mano una pistola medio
oculta. Felipe, aunque vio el arma, hízose el desentendido, y fingió no
advertir su precaución.
—Señorita
—dijo antes de pasar del umbral—, si aún abriga usted la menor duda, si aún
cree que no debe permitirme la entrada, puede cerrar de nuevo la puerta; pero,
por su propia salvación, le ruego que no lo haga. Antes de que salga la luna
llegarán aquí los ladrones. Protegeré a usted; respondo de ello con mi vida.
¿Quién osará tocar uno solo de sus cabellos?
La joven era
realmente bella y digna de ser admirada. Sus facciones, alumbradas de vez en
cuando por la luz de la bujía que el viento hacía oscilar, la simetría de sus
formas y la gracia de su traje, eran otros tantos atractivos que realzaban sus
encantos y justificaban la admiración de Felipe. Llevaba la cabeza descubierta
y el pelo peinado en gruesas trenzas que le caían por la espalda; su estatura
era mediana; sus formas, perfectas y el vestido, sencillo y elegante, aunque en
nada parecido al que a la sazón usaban las jóvenes de aquella provincia. Todo
en ella revelaba a primera vista que corría por sus venas sangre árabe, como
así era efectivamente.
Miraba de hito
en hito a Felipe como si pretendiera adivinar sus pensamientos, pero había tal
ingenuidad en las palabras de éste y tanta sinceridad en sus maneras, que la
joven se tranquilizó. Después de un momento de reflexión, dijo:
—Entre usted,
Vanderdecken, creo que puedo confiar en usted.
Felipe entró,
cerrando en seguida la puerta.
—No podemos
perder tiempo, señorita; dígame usted su nombre para poder llamarla por él.
—Mi nombre es
Amina —replicó la joven retirándose un poco.
—Gracias por
la confianza que deposita usted en mí; pero no nos entretengamos. ¿Tiene usted
armas y municiones?
—Tengo ambas
cosas. Sólo siento que mi padre esté ausente.
—Yo también
desearía que se encontrara aquí. Ojalá llegue antes que los criminales; no
permita Dios que se presente mientras estén aquí, porque han cargado una
carabina para atravesarle el cráneo, y sólo le perdonarían la vida a cambio de
su dinero y de la persona de usted. ¿Dónde están las armas?
—Venga usted
conmigo —replicó Amina, guiando a Felipe hacia una sala interior del piso
alto, que era el retiro del médico y contenía varios estantes llenos de
botellas de drogas. En un rincón veíase un arca de hierro y sobre ella dos
carabinas y tres pistolas.
—Todas están
cargadas —añadió Amina mostrándoselas y poniendo sobre la mesa la que ella
llevaba en la mano.
Felipe las
tomó una a una y examinó los cebos. Luego, agarró la pistola que había dejado
la joven y miró la cazoleta. Estaba cargada también.
—Esta la
destinaba usted para mí, ¿no es cierto? —preguntó Felipe.
—No para
usted, sino para un traidor.
—Ahora, Amina,
voy a colocarme en la ventana que usted abrió antes, pero la habitación debe
quedar a obscuras. Permanecerá usted aquí y se encerrará con llave, si así lo
reclama su seguridad.
—¡No me conoce
usted bien! —respondió Amina—. No soy cobarde y, por consiguiente, cargaré las
armas, cosa que sé hacer perfectamente.
—De ningún
modo —arguyó Felipe—; podrían herirla.
—Ciertamente;
¿pero supone usted que permaneceré ociosa, pudiendo ayudar al que expone su
vida por mí? Conozco mi deber y he de cumplirlo.
—No se exponga
usted, Amina —dijo Vanderdecken—; mi puntería será insegura mientras usted
corra peligro. Pero traslademos las armas a la otra habitación porque el tiempo
vuela.
Felipe, con
ayuda de la joven, condujo las carabinas y las pistolas al aposento inmediato,
y Amina entonces se retiró llevándose consigo la luz. Tan pronto como nuestro
héroe se vio solo, abrió la ventana y miró hacia fuera, pero no vio a nadie;
escuchó con atención y no percibió el menor ruido. La luna comenzaba a
mostrarse tras de los lejanos montes, pero empañaban su brillo blanquecinas
nubes; Felipe esperó todavía algunos minutos hasta que, al fin, oyó un ligero
rumor abajo. Volvió a mirar detenidamente y distinguió a través de la
obscuridad a los cuatro bandidos que conversaban junto a la puerta de la casa.
Retiróse de la ventana en silencio y fue a la sala contigua en la cual
encontró a Amina muy ocupada en preparar municiones.
—Amina, ya
están ahí, y me parece que estudian la manera de atacarnos mejor. Puede usted
verlos sin peligro; me alegro mucho de que así sea, porque de este modo se
convencerá por sus propios ojos de que no he mentido.
La joven, sin
replicar una palabra, asomóse a la ventana. No tardó en volver y, apoyando la
mano sobre el brazo de Felipe, dijo:
—Perdóneme
usted que haya dudado; sólo temo ahora que mi padre llegue de un momento a otro
y se apoderen de él.
Felipe volvió
a la ventana e hizo un nuevo reconocimiento. Los ladrones, considerándose
impotentes para forzar la puerta cuya solidez desafiaba todos sus esfuerzos,
apelaron a una estratagema. Dieron varios aldabonazos y, al ver que nadie les
respondía, los repitieron. El resultado negativo de esta segunda tentativa les
indujo a consultarse de nuevo; aplicaron después un fusil al agujero de la
llave, y lo dispararon consiguiendo hacer saltar la cerradura, pero las barras
de hierro que aseguraban la puerta por dentro, se mantuvieron firmes.
Aunque Felipe
habría procedido cuerdamente disparando sobre los bandidos cuando los vio por
primera vez, no quiso, sin embargo, intentarlo, porque tienen un sentimiento
generoso las almas nobles que les impide quitar la vida a un semejante suyo a
no ser absolutamente necesario, y este sentimiento le impulsó a esperar que sus
enemigos rompieran las hostilidades.
Apuntó, al
fin, a la cabeza de uno de los ladrones que se ocupaba en examinar el destrozo
ocasionado en la cerradura y disparó la carabina; el desgraciado cayó muerto en
el acto y los restantes alejáronse, sorprendidos de aquella resistencia
inesperada. Pero repuestos en seguida, dispararon a su vez tres pistoletazos
contra Felipe, que continuaba apoyado contra la repisa de la ventana; pero,
afortunadamente, no lo hirieron. Vanderdecken sintió que lo arrastraban hacia
dentro para apartarlo del peligro, y al volverse vio a Amina que había
permanecido a su lado sin que él lo advirtiera.
—No se exponga
usted, por Dios, Felipe —dijo ella en voz baja.
—¡Me llama
Felipe! —pensó él en silencio.
—Probablemente,
estarán esos desalmados acechando por si vuelve usted a asomarse —agregó
Amina—; tome usted la otra carabina y baje al pasadizo. Si la cerradura ha
saltado, como presumo, podrán meter los brazos por el agujero y quitar las
barras de hierro; quizá no lo consigan, pero no me atrevo a asegurarlo. De
todos modos vaya usted allí que es el sitio más fácil de atacar.
—Dice usted
bien —contestó Felipe bajando.
—Pero no
dispare más que una vez; si cae otro, ya no quedarán sino dos y les será
imposible acechar la ventana y forzar al mismo tiempo la puerta. Baje usted,
pues, y, entretanto, cargaré esta carabina.
Felipe
descendió las escaleras en silencio y a obscuras. Dirigióse a la puerta y
advirtió que uno de los ladrones había introducido en efecto el brazo por el
hueco que ocupó la cerradura y forcejeaba por quitar la barra superior. Vanderdecken
entonces levantó la carabina y ya se disponía a descerrajarle un tiro por el
sobaco, cuando oyó fuera varias detonaciones.
—Amina se ha
expuesto —dijo entre sí, y acaso se encuentre herida.
El deseo de
vengarse le impulsó a disparar atravesando con el proyectil el cuerpo del
criminal, y a subir en seguida, de un salto, las escaleras para enterarse del
estado de Amina. No estaba en la ventana, la buscó en las otras habitaciones, y
la encontró cargando tranquilamente las armas.
—¡Dios mío, qué
susto me ha dado usted, Amina! Cuando oí los disparos, creí que había cometido
usted la imprudencia de asomarse a la ventana.
—No se me ha
ocurrido semejante cosa; pero supuse que, al disparar a través de la puerta,
ellos podrían hacerlo también y herirle; y, por lo tanto, corrí a la ventana y
asomé un palo con algunas prendas de mi padre, las cuales quedaron en seguida
atravesadas por dos balas que dispararon los que estaban en acecho.
—¡Bravo, Amina!
¿Quién iba a suponer tal valor y serenidad a una joven tan bella?—exclamó
Felipe entusiasmado.
—¿Por ventura,
sólo son valientes los feos? —replicó Amina sonriendo.
—No he querido
decir eso. Pero estamos perdiendo tiempo; voy a reconocer nuevamente la
puerta. Déme esa carabina y cargue mientras tanto esta otra.
Felipe empezó
a bajar, pero no había llegado aún a la puerta cuándo oyó a alguna distancia la
voz de Mynheer Poots. Amina, que también la había oído, apresuróse a
unirse a su defensor, con una pistola en cada mano.
—No tema usted,
Amina —dijo Vanderdecken quitando las barras de hierro—; sólo quedan dos
enemigos y salvaré a su padre.
Cuando la
puerta estuvo abierta, Felipe se apoderó de la carabina y lanzóse fuera,
encontrando al desdichado Poots en el suelo y rodeado de los dos bandidos, uno
de los cuales levantaba ya el brazo, armado de un cuchillo para herirle;
disparó sobre el criminal y la bala atravesó la cabeza del asesino. El otro
malhechor acometió a Felipe entablándose entre ambos una lucha desesperada a la
cual puso término Amina adelantándose con valentía y disparando a boca de jarro
su pistola contra el bandido.
Retrocedamos
ahora unos momentos para informar al lector de cómo el avaro médico llegó a
encontrarse en la situación a que lo vio reducido el joven Vanderdecken, cuando
éste acudió a prestarle auxilio.
Al regresar a
su domicilio Mynheer Poots, oyó el estampido de las armas de fuego y,
no acordándose más que de su dinero y de su hija, a la que amaba mucho, olvidó
que era un débil anciano y, cual si le hubiesen nacido alas, echó a correr.
Llegó a su casa sin aliento y se encontró de repente en poder de los ladrones,
uno de los cuales estaba ya a punto de asesinarlo, cuando la llegada oportuna
de Felipe se lo impidió.
En cuanto cayó
herido el último de los criminales, Vanderdecken desembarazóse de él y corrió
a ayudar a Mynheer Poots, levantándole en sus brazos y conduciéndole a
la casa como si se tratara de un niño. El anciano era todavía presa del delirio
que le produjo el temor.
Algunos
momentos después, se tranquilizó un tanto.
—¡Mi hija!
—exclamó—, ¡mi hija! ¿Dónde está mi hija?
—Aquí, padre,
y sana y salva —replicó Amina.
—¡Ah, hija mía!
¿conque no estás herida? —preguntó Poots, mirándola atentamente—. ¿Y mi dinero?
¿dónde está mi dinero? —añadió incorporándose.
—Nadie ha
tocado a él, padre.
—¿Tienes
seguridad de ello? Quiero verlo.
—Ahí lo tiene
usted completamente en salvo, gracias a una persona a quien no ha tratado usted
con mucha cortesía.
—¿A quién
aludes? ¡Ah! ya le veo: es Felipe Vanderdecken. Por cierto que me debe tres
guilders y medio y, además, una botella. ¿Y dices, hija mía, que te ha salvado
a ti y ha evitado que roben mi dinero?
—Sí, señor,
arriesgando su vida.
—Bien, bien;
entonces le perdonaré toda la deuda, ¿lo entiendes? toda la deuda. Pero, como
él no necesita la botella, que me la devuelva. Dame agua.
Todavía
transcurrió algún tiempo antes de Mynheer Poots recobrara por completo
el uso de la razón. Felipe le dejó con su hija, y apoderándose de un par de
pistolas, salió para enterarse del estado de sus enemigos. Como la luna,
desaparecidas ya las nubes que la empañaban, brillaba esplendorosa en el
espacio, pudo ver con claridad. Los dos ladrones que yacían junto a la puerta,
habían dejado de existir. Los otros dos que hicieron prisionero a Mynheer
Poots vivían aún, pero el uno estaba expirando y el otro se desangraba por
momentos. Felipe hizo algunas preguntas a este último, sin obtener contestación
y, quitándoles las armas, volvió a entrar en la casa donde encontró al viejo
médico que, auxiliado por su hija, parecía más tranquilo.
—Doy a usted un
millón de gracias, señor Vanderdecken. Ha salvado usted a mi hija y mi dinero,
que es bien poco porque soy muy pobre. ¡Ojalá disfrute usted una vida larga y
feliz!
—¡Una vida
larga y feliz! No, no —murmuró Felipe, moviendo involuntariamente la cabeza.
—Yo también se
lo agradezco con toda mi alma —dijo Amina, mirándole fijamente—. ¡Oh! Tengo
mucho que agradecer a usted.
—Sí, sí; mi
hija es muy agradecida —interrumpió Poots—; pero en cambio somos extremadamente
pobres. Yo pregunté en seguida por mi dinero, porque, como tengo poco, sentía
mucho perderlo; sin embargo, le perdono los tres guilders y medio; estoy
resuelto a perderlos, señor Felipe.
—¿Y por qué ha
de perderlos usted? He prometido pagarle y cumpliré mi palabra. Soy ahora
rico, poseo millares de guilders y no sé qué empleo darles.
—¡Que tiene
usted millares de guilders! —exclamó el médico—. ¡Bah! Está usted delirando.
Eso no puede ser.
—Le aseguro a
usted, Amina —dijo Felipe—, que efectivamente poseo un gran capital y bien
sabe usted que no la engaño nunca.
—Lo creo desde
luego —replicó la joven.
—Entonces,
puesto que usted es tan rico y yo tan pobre, podríamos, señor Vanderdecken, si
le parece bien...
Pero Amina
puso la mano sobre los labios del viejo impidiéndole concluir la frase.
—Padre —dijo—,
es tiempo de que nos retiremos. Usted, Felipe, debe marcharse también.
—De ninguna
manera; ustedes acuéstense y duerman tranquilos —replicó Vanderdecken—. Buenas
noches, Mynheer Poots; adiós, Amina; yo velaré por ustedes. Sólo necesito
una luz.
—Buenas noches
—contestó Amina tendiéndole la mano—; le repito las gracias por este nuevo
favor.
—¡Millares de
guilders! —quedóse murmurando el viejo, mientras Felipe bajaba las escaleras.
Felipe tomó
asiento en el portal y, separándose el cabello de la frente, lo dejó ondular a
impulsos de la brisa, porque la constante excitación de los tres días
anteriores le había producido tal fiebre y confusión en sus ideas, que se
sentía anonadado. Necesitaba descansar, pero sabía que no había reposo para él.
Tenía presentimientos horribles y sólo veía en lo porvenir una interminable
cadena de peligros y desastres, cuyo último eslabón sería la muerte, y, sin
embargo, contemplaba estas futuras desdichas sin abrigar temor alguno. Su
pensamiento no se apartaba de la fatal carta, cuyo extraordinario modo de
desaparecer probaba su origen sobrenatural; y no se olvidaba un momento de que
él solo era el elegido para cumplir aquella triste misión. La reliquia que
llevaba encima le confirmaba todavía más en su creencia.
—Es mi destino,
es mi deber —pensó Felipe; y, conforme ya con estas conclusiones, su
imaginación volvió a recrearse contemplando la belleza, valor y presencia de
ánimo que había demostrado la hija de Mynheer Poots—. ¿Será posible que
el destino de esta hermosa criatura haya de unirse al mío? —volvió a decir
entre sí, contemplando la luna que brillaba en el firmamento— Los sucesos de
estos tres días casi confirman mi suposición; Dios sabe lo que ha de ocurrir;
pero, de todos modos, cúmplase su voluntad. He jurado consagrar mi existencia a
conseguir el perdón de mi infortunado padre; ¿pero está esto en oposición con
mi amor a Amina? ¿Procederé con rectitud procurando obtener el cariño de un
ser que, si me ama, será con pasión y a prueba de contratiempos? ¿Debo
exponerla a compartir su suerte con la mía que ha de ser tan precaria? ¿No es
también desdichada la vida de todos los marineros, en lucha constante con las
irritadas olas, y con sólo una pulgada de tabla entre ellos y el abismo?
Además, yo debo realizar una peligrosa empresa, y no puede ocurrirme desgracia
alguna, mientras no la termine. ¿Cuál será el término de mi tarea? Acaso la
muerte. ¡Ojalá estuviese más tranquilo y pensara con mayor cordura!
De tal modo
reflexionó durante largo rato Felipe Vanderdecken, hasta que, al fin,
principió a amanecer, y rendido por tanta emoción, quedóse dormido, sentado
como estaba. De pronto, sintió una suave presión en el brazo, y dando un salto
amartilló una pistola que llevaba en el pecho; pero, al volver la cabeza,
encontróse frente a frente con Amina y su alma se inundó de gozo.
—¿Esa pistola
estaba destinada para mí? —preguntó la joven sonriéndose y repitiendo las
mismas palabras que en circunstancias idénticas había pronunciado Felipe la
noche anterior.
—¡Para usted,
Amina! Sí, para defenderla una vez más, si hubiera habido necesidad de ello.
—Lo creo; ha
sido usted muy bueno, al velar durante esta interminable noche, después de
tantas fatigas.
—Hasta que ha
amanecido he vigilado cuidadosamente.
—Pero ahora
debe usted retirarse y descansar un rato. Mi padre ha abandonado ya el lecho y
puede usted acostarse en él.
—Agradezco el
ofrecimiento, pero no es mi propósito dormir por ahora; hay que hacer mucho.
Es necesario enterar al burgomaestre de lo ocurrido, porque esos cadáveres
deben permanecer ahí, hasta que la justicia los levante.
—Eso
corresponde a mi padre como dueño de la casa; usted permanezca aquí, y puesto
que no desea dormir, le daré algún refresco. Mientras tanto, hablaré con mi
padre, que ya se ha desayunado.
Amina
desapareció, no tardando en volver acompañada le Mynheer Poots, que
parecía resuelto a ver al burgomaestre. Saludó muy afectuosamente a Felipe, y
dando un ligero rodeo para no tropezar con los cadáveres, a cuya vista se
encogió de hombros, encaminóse a buen paso hacia la ciudad inmediata, donde
residía el magistrado.
Amina suplicó
a Felipe que la acompañara, y así lo hizo en efecto, entrando ambos en la
habitación del médico, donde, con sorpresa, vio Vanderdecken una taza de café
dispuesta para él, cosa extraordinaria todavía en aquellos tiempos, y más
extraordinaria todavía en casa del miserable Poots; pero el café constituía
para el avaro una necesidad, pues acostumbrado a él desde sus primeros años no
podía dispensarse de tomarlo a pesar de su ruindad.
Felipe, que
hacía cerca de veinticuatro horas que no tomaba alimento, ingirió ansiosamente
cuanto le pusieron delante. Amina, sentada enfrente de él, no pronunció una
palabra durante el almuerzo.
—Amina —dijo
al fin Felipe—, he reflexionado mucho durante toda la noche, mientras he estado
de centinela en la puerta. ¿Me permite usted que le exponga mi pensamiento?
—¿Por qué no?
—contestó la joven—. Creo que no dirá usted nada inconveniente, o que no pueda
ser oído por una doncella.
—Me hace usted
justicia. He pasado toda la noche pensando en usted y en su padre, y abrigo la
convicción de que no deben permanecer en esta casa tan solitaria.
—Es cierto;
aquí no estamos seguros. Pero no conoce usted bien a mi padre; le agrada la
soledad, el alquiler es muy barato y él es muy amante del dinero.
—Todo hombre
que quiera conservar sus riquezas, debe guardarlas en lugar seguro, y esta
morada no reúne esas condiciones. Óigame usted, Amina. Poseo una casita,
rodeada de otras muchas cuyos habitantes nos prestamos mutua protección y
ayuda. Voy a abandonarla, quizás para siempre, porque debo embarcarme en el
primer buque que salga para el mar de las Indias.
—¡Para el mar
de las Indias! ¿Y por qué? ¿No nos dijo usted anoche que poseía millares de
guilders?
—Es cierto;
pero, de todos modos, debo partir; es mi destino. No me pregunte usted más, y
escuche lo que ahora voy a decirle. Su padre de usted debe irse a vivir a mi
casa y cuidar de ella en mi ausencia; me prestará con esto un señalado favor, y
espero que usted le convenza. Allí puede estar completamente seguro y yo le
entregaré, además, cuanto dinero poseo para que me lo guarde. No me es
necesario por ahora, ni puedo llevármelo conmigo.
—A mi padre no
puede confiársele dinero ajeno.
—Pues,
entonces, ¿por qué es tan avaro? Tiene que dejarlo todo en este mundo, y usted
será su heredera. Si esto es así, ¿qué peligro hay en que sea mi depositario?
—Es preferible
que me deje usted a mí de tesorera, y desempeñaré el cargo fielmente. Pero,
¿qué necesidad tiene usted de arriesgar su existencia en el mar, siendo rico?
—Siento no
poder contestarle, Amina. Cumplo un deber filial, y no puedo dar más
explicaciones, al menos por ahora.
—Si ése es su
deber, no insisto. No ha sido la curiosidad femenina, sino un sentimiento más
laudable el que me ha inducido a preguntarle.
—¿Y cuál ha
sido ese sentimiento?
—No puedo
explicarlo; quizás muchos de ellos reunidos, gratitud, aprecio, respeto,
confianza, cariño... ¿no son suficientes?
—En efecto,
Amina; pero yo también siento todo eso por usted, y quizá otro más. Por
consiguiente, si tanto me aprecia, persuada a su padre a abandonar esta casa y
a irse a vivir a la mía.
—Y usted,
mientras tanto, ¿dónde piensa residir?
—Si su padre no
me admite como huésped durante los pocos días que he de permanecer aquí,
buscaré otro alojamiento; pero si accede, le pagaré bien; esto es, si usted no
se opone a que yo viva bajo el mismo techo.
—¿Por qué había
de oponerme? Nuestra morada no es segura, y usted nos ofrece la suya. Sería una
injusticia y una ingratitud al mismo tiempo arrojarle de su propia casa.
—Convenza
entonces a su padre, Amina. Nada intereso por ello; por lo contrario, lo
agradezco como un favor. No me marcharía tranquilo si la dejara a usted
expuesta al menor peligro. ¿Me promete persuadirle?
—Haré cuanto
pueda para conseguirlo; hasta me atrevo a asegurar que lo conseguiré, porque
ejerzo gran influencia sobre él. He aquí mi mano en prenda. ¿Está usted
satisfecho?
Felipe
estrechó la diminuta mano que le alargaba la joven, y dejándose llevar por el
amor que le inspiraba, la aproximó a sus labios. Miró, sin embargo, a Amina,
por si ésta hacía alguna manifestación de desagrado, y sólo vio que sus
obscuros ojos lo contemplaban con insistencia como pretendiendo leer en lo más
íntimo de su pensamiento. Sin embargo, no retiró la mano.
—Amina
—prosiguió Felipe—, puede usted tener confianza en mí.
—No lo he
puesto en duda —replicó la joven.
Felipe soltó
la mano de Amina que volvió a tomar asiento, y durante un largo rato
permaneció silenciosa y meditabunda. El joven, por su parte, también estaba
pensativo. Al fin, dijo Amina:
—Me parece
haber oído a mi padre que su madre de usted era muy pobre y que había una sala
en su casa que no se ha abierto durante muchos años.
—Ha estado
efectivamente cerrada hasta ayer.
—¿Y encontró
usted en ella dinero? ¿Sabía su madre que estaba allí guardado?
—Sí, lo sabía y
me lo reveló antes de morir.
—Habrá tenido
motivos poderosos para no abrir esa habitación.
—Ciertamente.
—¿Y cuáles han
sido? —preguntó Amina en voz baja y con tono suave.
—No puedo
revelarlos; al menos, no debo. Baste a usted saber que fue por temor a una
aparición.
—¿Qué aparición?
—Mi madre
aseguraba que se le había aparecido su esposo.
—¿Y cree usted
que se le apareció realmente?
—No tengo la
menor duda; pero me es imposible dar más explicaciones, Amina. La sala baja
está ya abierta, y no hay temor de que se aparezca nadie en ella.
—Yo no lo temo
—replicó Amina pensativa —. Pero —continuó—, ¿se relaciona esto con su secreto?
—Sólo puedo
contestar que sí; estoy resuelto a embarcarme, y le suplico que no me dirija
más preguntas respecto al particular. Me es muy doloroso no poder enterarla por
completo; pero mi deber me impide hablar con más claridad.
Ambos quedaron
luego silenciosos, hasta que volvió a decir Amina:
—Ha demostrado
usted tanto interés por recobrar la reliquia, que supongo que también
desempeña su papel en el misterio. ¿No es así?
—Voy a
responder por última vez, Amina. Efectivamente no se ha equivocado.
No pasó
inadvertida para Amina la manera brusca con que Felipe había cortado la
conversación.
—Tan absorto
está usted —agregó la joven— en sus propios pensamientos, que ni siquiera
agradece el interés que usted me inspira.
—Se equivoca
usted, pues, por lo contrario, se lo agradezco con toda mi alma. Perdóneme mis
modales groseros, pero no olvide que el secreto no es mío, o, al menos, así lo
creo. Dios sabe que desearía haberlo ignorado siempre, porque ha destruido
todas mis esperanzas y todas mis ilusiones.
Felipe volvió
a guardar silencio, y cuando de nuevo levantó la cabeza, vio que los ojos de
la joven lo contemplaban con fijeza.
—¿Quiere usted
adivinar mis pensamientos, o pretende descubrir mi secreto, Amina?
—Los
pensamientos, quizá; el secreto, no. Sin embargo, siento mucho que este último
le aflija de tal modo. Debe ser terrible, cuando tanto preocupa a una persona
del temple de usted.
—¿Dónde ha
aprendido usted a ser tan valiente?— preguntó Felipe variando el tema de la
conversación.
—Las
circunstancias hacen a las personas valientes o cobardes. Los que estamos
acostumbrados a los peligros y a los contratiempos, no los tememos.
—¿Y dónde ha
sufrido usted peligros y dificultades?
—En mi país
natal; no en esta tierra pantanosa y triste.
—¿Quiere usted
referirme su infancia? Le guardaré el secreto si así lo desea.
—Estoy
convencida de que sabe usted guardar los secretos hasta contra su voluntad
—replicó Amina sonriendo—; por lo demás, tiene usted perfecto derecho a conocer
la vida de la que ha salvado. No diré mucho, pero será bastante. Mi padre,
siendo joven, iba embarcado a bordo de un buque mercante; fue hecho prisionero
por los moros, y vendido como esclavo a un hakim, o médico de su nación. Al
verlo tan listo, su amo hízolo ayudante suyo, y bajo la dirección de aquel
hombre aprendió la medicina. Pocos años después sabía tanto como el maestro;
pero su condición de esclavo no le permitía trabajar en beneficio propio. Usted
conoce la avaricia excesiva de mi padre, quien, deseando poseer tantas riquezas
como su amo, y obtener la libertad, abrazó la religión de Mahoma, y de ese
modo consiguió verse libre y ejercer su profesión por cuenta propia. Contrajo
matrimonio con una joven árabe, hija de un jefe a quien había salvado la vida y
se estableció en el país. Yo fui el fruto de este matrimonio; mientras tanto,
él iba acumulando riquezas y conquistando cada día mayor celebridad; pero no
pudo curar al hijo del bey, y éste fue el pretexto para perseguirlo. Púsose a
precio su cabeza, mas logró escapar, aunque le costó la pérdida de todos sus
bienes. Mi madre y yo fuimos con él, refugiándonos entre los beduinos, con los
cuales vivimos algún tiempo. Allí me acostumbré a marchas rápidas, a ataques
fieros y salvajes, a victorias y derrotas, y hasta vi con frecuencia matar a
los hombres sin piedad ni misericordia. Como los beduinos no pagaban bien los
servicios de mi padre, cuyo ídolo era el oro, cuando supo que el bey había
fallecido, regresó al Cairo para dedicarse nuevamente al ejercicio de la
medicina. Se hizo otra vez rico, hasta que su fortuna excitó la codicia del nuevo
bey, pero en esta ocasión enteróse a tiempo de los propósitos del gobernante y
consiguió fugarse con una parte de sus riquezas y ganar la costa de España,
aunque no conservar su dinero. Antes de establecerse en este país se lo
robaron casi todo, y hace tres años que ha empezado a ahorrar de nuevo. Hemos
vivido un año en Middleburgo, y finalmente nos hemos trasladado a esta casita.
Esta es toda la historia de mi vida.
—¿Y continúa
siendo todavía mahometano su padre de usted, Amina?
—Lo ignoro;
pero parece que no cree en nada, al menos no me ha enseñado religión alguna. Su
Dios es el oro.
—¿Y el de
usted?
—El mío es el
creador del universo, el Dios de la naturaleza, cualquiera que sea el nombre
que se le dé. Esto es lo que creo, y supongo que todas las religiones son
senderos, más o menos largos, que conducen al cielo. La de usted es la
cristiana, Felipe; ¿es ésa la verdadera? Todos creen que la suya es la mejor,
por mala que sea.
—La mía es la
única verdadera, Amina. Si pudiera revelar... ¡Tengo pruebas tan terribles!
—Si su religión
es la mejor, tiene usted el deber de revelar esas pruebas. ¿Acaso está usted
obligado a guardarlas?
—No; y, sin
embargo, es lo mismo que si lo estuviera. Pero oigo voces, deben ser su padre y
las autoridades; voy a recibirlos.
Felipe bajó
las escaleras y Amina le siguió con la vista hasta que hubo desaparecido por
completo.
—¡Será posible!
—exclamó ella apartando con la mano los cabellos que caían sobre su blanca
frente cuando Vanderdecken se hubo alejado—. Compartiría con él sus sufrimientos,
peligros y hasta la muerte, mejor que la dicha y la felicidad con otro.
Procuraré conseguirlo. Esta noche mi padre trasladará su residencia a la casa
que le ha ofrecido y lo prepararé todo.
Las
autoridades tomaron declaración a Felipe y a Mynheer Poots, y examinaron
los cadáveres siendo dos de ellos reconocidos e identificados. El burgomaestre
ordenó su traslado y Felipe y el médico quedaron en libertad, pues no
resultaba ningún cargo contra ellos, que no habían hecho sino defenderse.
Es innecesario
reproducir la conversación que Felipe Vanderdecken, Mynheer Poots y su
hija Amina sostuvieron después durante largo rato, bastando consignar que el
médico quedó convencido por los argumentos empleados por sus dos jóvenes
interlocutores, y aceptó el ofrecimiento que se le hizo, si bien es verdad que
la razón más poderosa que tuvo para ello fue la de no pagar alquiler. Buscóse
un carruaje para trasladar los muebles y los medicamentos, y aquella tarde
quedó hecha la mudanza. Sin embargo, hasta que obscureció no se transportó la
pesada arca del médico, que fue escoltada por el mismo Felipe Amina y su padre
marchaban también junto al carro.
Cuando todo
estuvo dispuesto y los tres personajes pudieron retirarse a descansar, era ya
una hora muy avanzada de la noche.
—¿Es ésta la
sala que ha permanecido cerrada tantos años? —preguntó Amina entrando en ella a
la mañana siguiente, mucho antes que Felipe se hubiera despertado del profundo
sueño que las fatigas de la noche pasada le habían producido—. Sí,
indudablemente tiene el aspecto de haber estado sin abrirse largo tiempo.
La joven miró
luego en torno suyo y examinó los muebles; las jaulas le llamaron la atención.
—¡Pobres
animalitos! —exclamó—. ¿Sería aquí donde se apareció el padre a la madre? Bien
puede ser verdad, puesto que Felipe asegura que tiene pruebas. ¿Por qué no
había de aparecerse? Si Vanderdecken hubiera muerto, yo me alegraría mucho de
ver su espíritu; esto, al menos, sería algo. ¿Pero, que habláis labios
traidores que así descubrís mis secretos? La mesa está colocada, hay además una
costura con todos los utensilios de labor esparcidos por el suelo; esto se
deberá al espanto que sufrió la madre, y que acaso fuera motivado por algún
ratón. Sin embargo, el simple hecho de no haber atravesado esta puerta un ser
vivo durante tantos años entraña gran solemnidad. Hasta esa mesa derribada, que
nada ofrece de particular, impresiona la imaginación. No me maravilla que
Felipe crea tan terrible el secreto que encierra esta sala; pero así no debe
permanecer, es necesario habitarla.
Amina, que
estaba muy acostumbrada a cuidar a su padre, y que, además, sabía muy bien el
manejo de la casa empezó en el acto su tarea.
Barrió toda la
habitación, limpió los muebles uno por uno, y quitó las jaulas de los pájaros.
El polvo y las telarañas desaparecieron y la mesa y el sofá fueron colocados en
el centro de la estancia. Terminado aquel trabajo de limpieza, el sol penetró
por las abiertas ventanas, adquiriendo la sala un nuevo aspecto, en la que
reinaban por doquier la alegría y claridad.
Amina
comprendía perfectamente que las fuertes impresiones se debilitan cuando los
objetos que las motivan desaparecen de nuestra vista, y decidió contribuir a
tranquilizar a Felipe, cuya imagen se había grabado en su corazón con toda la
violencia propia de su raza. Continuó, pues, su faena con ardor, hasta que los
cuadros que pendían de las paredes y todos los demás adornos quedaron tan
limpios como si fueran nuevos.
También sacó
de la sala la costura y el bordado, cuyo contacto había hecho retroceder a
Felipe, como si hubiera pisado una víbora. El joven había dejado las llaves en
el suelo y Amina pudo abrir con ellas los aparadores; limpió las empolvadas
vidrieras y se ocupaba ya en frotar algunos objetos de plata, cuando presentóse
su padre en la estancia.
—¡Santo Dios!
—exclamó Mynheer Poots—, ¿es todo eso plata? Entonces debe ser muy rico
Felipe. Y, ¿dónde tiene los guilders?
—No se ocupe
usted de eso, padre; piense sólo en conservar lo suyo y en agradecer a Felipe
sus servicios.
—Sí, pero, como
va a vivir con nosotros, me interesa saber si come mucho y cuánto me pagará.
Debe hacerlo bien, puesto que es rico.
Amina sonrióse
despreciativamente, pero no contestó.
—No sé dónde
guardará su dinero cuando se embarque. ¿Quién quedará encargado de su custodia,
durante su ausencia?
—Yo me he
comprometido a ello, padre.
—¡Ah, bien,
bien; perfectamente! Nosotros nos encargaremos de eso; el buque podría
naufragar y entonces... nosotros nos quedaremos con todo.
—Seré yo,
padre. Usted nada tiene que ver.
Amina volvió a
colocar la plata en los aparadores, cerró las vidrieras, guardóse la llave en
el bolsillo y se encaminó a la cocina para preparar el almuerzo, mientras el
viejo contemplaba admirado las bandejas y demás objetos del brillante metal.
No apartaba la vista de aquellas bandejas y parecía clavado en el suelo. De vez
en cuando murmuraba:
—¡Todo plata,
todo plata!
Al fin bajó
Felipe y, al pasar por delante de la puerta de la sala, vio a Mynheer
Poots absorto en la contemplación de los aparadores, y penetró en el aposento.
Quedó admirado y complacido de la variación introducida en ella por Amina, lo
que le proporcionó una alegría extraordinaria.
Momentos
después apareció la joven con el almuerzo y los ojos de ambos se hablaron con
más elocuencia que lo habrían hecho los labios. Vanderdecken sentóse a
desayunarse sin que obscureciera su ancha frente la más ligera sombra de
disgusto.
Cuando se
levantaron los manteles, dijo Felipe:
—Mynheer Poots, he
pensado dejar a usted en posesión de mi casa, que espero encontrará de su
gusto. Ya diré a su hija, antes de marcharme, cuáles son las mejoras que creo
necesario introducir en ella.
—¿De modo que
nos abandona usted para navegar? Debe ser divertido el viajar por países
extraños; mucho mejor, seguramente, que permanecer aquí. ¿Y cuándo emprende el
viaje?
—Saldré esta
misma tarde para Ámsterdam con objeto de hacer mis preparativos y buscar barco,
pero quizá vuelva antes de embarcarme.
—¡Ah! ¿piensa
usted volver? Ya comprendo que es necesario contar el dinero, que guardaremos,
como si fuera nuestro. ¿Y dónde lo tiene usted encerrado, señor Felipe?
—De todo
informaré a Amina, antes de irme. Repito que regresaré, según creo, dentro de
tres semanas a lo sumo.
—Padre
—interrumpió Amina—, ha prometido usted ir a visitar al hijo del burgomaestre y
ya es hora de ponerse en marcha.
—Sí, sí, es
cierto; pero no corre prisa. Es más agradable permanecer al lado del señor
Vanderdecken, porque tenemos que hablar mucho antes que se marche.
Felipe se
sonrió acordándose de lo que había ocurrido cuando llamó a Mynheer
Poots, dos días antes, para que visitara a su madre, y este triste recuerdo le
produjo en seguida gran consternación.
Amina, que
adivinaba el pensamiento de Felipe y el de su padre, trajo a éste el sombrero,
y le acompañó hasta la puerta. Mynheer Poots, por tanto, vióse obligado
a salir contra todo su deseo, porque jamás contrariaba la voluntad de su hija.
—¿Tan pronto,
Felipe? —preguntó Amina, cuando se quedaron solos.
—Sí, en
seguida; pero confío en volver a verle a usted antes de que el buque se haga a
la mar. Por si así no ocurriera, le daré mis últimas instrucciones. Entrégueme
usted las llaves.
Entonces abrió
el armario que estaba debajo del aparador y después las puertas de la
caja de hierro.
—Aquí está mi
dinero, Amina —dijo—. No necesitamos contarlo, como su padre pretendía. Ahora
se convencerá usted de que no la engañaba al asegurar que era dueño de muchos
miles de guilders. Actualmente, para nada los necesito, puesto que voy a
aprender la profesión de marino. Ignoro cuál será mi suerte...
—¿Y si no
vuelve usted jamás? —preguntó Amina gravemente.
—Entonces todo
será suyo, los guilders, los muebles y hasta la casa.
—¿Tiene usted
parientes? ¿No es cierto?
—Solamente uno,
que es riquísimo; un tío que nos ha ayudado bien poco, por cierto, en nuestras
necesidades y que no tiene hijos. No existe en el mundo nadie más que usted,
Amina, que haya inspirado interés a mi corazón. Considéreme como a hermano, y
yo por mi parte la amaré a usted como a una hermana.
Amina
permaneció callada. Felipe tomó del mismo saco que estaba empezado algún
dinero, para los gastos del viaje, y volviendo a cerrar las puertas de la caja
y del armario, entregó nuevamente las llaves a Amina. Ya iba a dirigirle otra
vez la palabra, cuando se presentó el padre Leysen, el párroco, después de
llamar suavemente en la puerta con los nudillos de los dedos.
—Dios te
bendiga, Felipe, y a usted también, hija mía, a quien hasta ahora no había
tenido el gusto de conocer. Supongo que es usted la hija de Mynheer
Poots.
Amina inclinó
la cabeza en señal de asentimiento.
—Veo, Felipe
—añadió el cura—, que ya has abierto la sala y he oído, además, cuanto acabas
de decir. Desearía conversar contigo y ruego a esta señorita que nos deje un
momento solos.
Amina abandonó
la estancia y el sacerdote, tomando asiento en el sofá, suplicó a Felipe que se
colocara a su lado. La conversación que siguió fue demasiado larga para que nos
permitamos aburrir al lector consignándola aquí. El eclesiástico intentó
primeramente enterarse del secreto, pero no consiguió averiguar nada. Felipe le
dijo lo mismo que había dicho ya a Amina; pero ni una palabra más. Expuso su
propósito de embarcarse y de dejar sus bienes al médico y a su hija, en el
caso de que no volviese. Respecto a Mynheer Poots, el párroco preguntó
cuáles eran sus creencias, pues nunca se le había visto en la iglesia y se
aseguraba que era hereje. A esto contestó Felipe con su franqueza habitual,
agregando que la hija, al menos, estaba ansiosa de conocer los misterios de la
religión y que esperaba que empezase cuanto antes a instruirla, por no creerse
él persona capaz de hacerlo. El padre Leysen, comprendiendo en seguida la pasión
que sentía Vanderdecken por Amina, accedió gustoso. Dos horas duraba ya la
entrevista, cuando los interlocutores fueron interrumpidos por la llegada de Mynheer
Poots, que huyó de la habitación al ver al cura. Felipe llamó entonces a Amina
y le rogó que recibiera las visitas del digno sacerdote, quien se marchó
después de bendecirlos.
—¿Le ha dado
usted algún dinero, señor Felipe? —preguntó Mynheer Poots, cuando el
párroco hubo desaparecido.
—No: y siento
mucho que se me haya olvidado.
—No le pese a
usted. El dinero vale más que cuantos servicios pueda él prestarle. Ya me
encargaré yo de evitar que vuelva.
—¿Y por qué no
ha de volver, si Felipe no se opone? Esta es su casa —dijo Amina.
—Si el señor
Vanderdecken lo quiere así... Pero ya se ha marchado.
—Imagínese
usted que él lo manda. Además, el padre Leysen ha quedado en venir a visitarme
con frecuencia.
—¡A visitarte a
ti, hija mía! ¿y para qué? Bien; si vuelve, no le daré un céntimo y verás como
se marcha con la música a otra parte.
Felipe no tuvo
ocasión de hablar con Amina, aunque realmente tenía bien poco que decirle. Una
hora después se despedía de ella en presencia de su padre, el cual no los dejó
un momento solos, con la esperanza de enterarse del sitio en que Felipe
guardaba el dinero.
Dos días
necesitó Vanderdecken para llegar a Ámsterdam y, al hacer indagaciones,
enteróse de que, hasta pasados algunos meses, no zarparía buque alguno con
rumbo a la India. Hacía ya mucho tiempo que se había constituido la Compañía
Holandesa de las Indias orientales, y el comercio particular había decaído mucho.
Los barcos de esta Compañía se daban a la- vela en las estaciones más
favorables para doblar el cabo de las Tempestades, nombre con que designaron
los primeros navegantes al cabo de Buena Esperanza. Uno de los buques que
habían de componer la escuadrilla que primero abandonaría el puerto de
Ámsterdam, se llamaba el Ter Schilling y, a la sazón, encontrábase reparando
sus averías.
Felipe buscó
al capitán y le reveló su propósito de embarcarse para aprender náutica. Al
capitán agradó el aspecto del joven y, como éste no exigió sueldo alguno
durante el viaje, sino que, por lo contrario, prometió pagar cierta cantidad
como alumno práctico, dióle un camarote a bordo, con categoría de oficial,
ofreciéndole, además, que comería en su propia mesa y que le avisaría con
anticipación el día en que el barco había de levantar anclas. Felipe, que no
podía por entonces hacer más para cumplir su juramento, regresó a Terneuse y
encontróse una vez más al lado de Amina.
Durante los
dos meses que siguieron, Mynheer Poots siguió practicando la medicina,
por lo cual estaba casi siempre fuera de casa, y los dos jóvenes amigos se
quedaban solos con frecuencia. El amor de Felipe por Amina era tan intenso como
el que ésta le profesaba a él. Era más que amor, una especie de idolatría por
parte de ambos, que cada día iba en aumento. Algunas veces la frente de Felipe
se contraía recordando su triste porvenir, pero una sonrisa de Amina disipaba
su disgusto y el joven, al contemplar a su amada, lo olvidaba todo. Ella no
procuraba ocultar su amor; sus miradas, sus palabras y sus ademanes lo
demostraban claramente. Cuando Felipe le estrechaba la mano, rodeaba su esbelto
talle, o besaba sus labios de coral, ella se abandonaba a sus caricias con
confianza; era demasiado noble y confiada, sentía que toda felicidad radicaba
en su amor y sólo se creía dichosa en presencia de Felipe. Dos meses más tarde,
el padre Leysen, que los visitaba con frecuencia y demostraba gran interés en
la instrucción de Amina, entró un día en la habitación, cuando Felipe
estrechaba a la joven en sus brazos.
—Hijos míos
—dijo—, hace mucho tiempo que os observo y vuestra conducta es altamente
reprensible. Felipe, si tienes propósito de casarte, como parece, no continúes
en este estado peligroso; voy a uniros las manos.
Vanderdecken
levantóse vivamente.
—No, no, señor
cura, todavía no; vuelva usted mañana y todo estará resuelto. Es preciso que
antes hable con Amina.
El sacerdote
se retiró y ambos jóvenes volvieron a quedar solos. Amina variaba de color a
cada momento y su corazón palpitaba violentamente. Comprendió que su felicidad
pendía de un hilo.
—El padre
Leysen tiene razón —dijo Felipe tomando asiento a su lado—. Esta situación no
puede prolongarse; ojalá pudiera vivir siempre junto a usted. ¡Cuán cruel es mi
suerte! Adoro hasta la tierra que usted pisa, Amina; pero no me atrevo a
suplicarle que sea mi esposa porque sería lo mismo que casarse con la miseria y
con la desgracia.
—No opino del
mismo modo, Felipe —replicó ella con los ojos bajos.
—Me parece que
no procedería yo muy bien y que sería muy egoísta.
—Hablaré
claramente —repuso la joven—. Dice usted que me ama; ignoro cómo aman los
hombres, pero sé cómo amo yo. Si usted me abandona, entonces sí que sería
egoísta e ingrato porque me dará la muerte. Quiere usted embarcarse porque ése
es su destino; embárquese en hora buena; pero, ¿por qué no me lleva consigo?
—¡Conmigo,
Amina! ¿Quiere que la conduzca a la muerte?
—La muerte no
es otra cosa que el descanso eterno. No le temo; lo que me aflige es perderte.
Voy a decirte más. ¿No están nuestras vidas en manos de Dios? ¿por qué entonces
tienes tal seguridad de perecer? Tú me has asegurado que has sido elegido para
cumplir una triste misión; si esto es así, ¿cómo has de perecer hasta que la
termines? Desearía conocer tu secreto; quizá mi consejo te fuera útil, y aun
cuando de nada te sirva, ¿no se experimenta gran placer compartiendo la dicha,
lo mismo que la desgracia, con las personas amadas?
—Amina, mi
violenta pasión me coloca en situación indecisa, porque ¡cuál no sería mi felicidad
si estuviéramos ya unidos! Ignoro qué hacer, ni qué decir. Si fueras mi esposa,
te revelaría mi secreto, pero tampoco puedo casarme contigo sin que lo conozcas
antes. Voy, pues, a enterarte de todo. Cuando me hayas oído, verás cuán
desdichado soy, aunque no por mi culpa, y decidirás; pero no olvides que mi
juramento está registrado en el Cielo y que no debes inducirme a faltar
a él. Escucha con atención, y si quieres unir tu suerte con la de un infeliz
cuyo porvenir es tan sombrío, cúmplase tu voluntad. Disfrutaré de mi corta
felicidad y en cuanto a ti...
—Revélame el
secreto cuanto antes, Felipe —gritó Amina impaciente.
Vanderdecken
refirió entonces todo cuanto ya saben los lectores. Amina escuchaba en
silencio, sin que se le contrajera un solo músculo del rostro durante la
relación. Felipe se estremecía recordando su terrible juramento y concluyó
diciendo:
—Lo hecho es
irremediable.
—Acabas de
contarme una historia extraordinaria —replicó Amina—, y, antes de contestar, te
ruego que me permitas examinar la reliquia. ¿Es posible que una cosa tan
pequeña pueda tener tal virtud y encerrar al mismo tiempo tantas desgracias? Me
parece extraño y perdóname que no preste en absoluto crédito a este cuento de
Eblis. Bien sabes que no estoy todavía muy versada en la nueva religión que el
señor cura me está enseñando. No quiero decir que sea tu relación falsa, pero
no quedo completamente convencida. Concedo hasta que es verdadera; en ese caso
debes cumplir tu deber y no formar tan mal juicio de mí, suponiendo que he de
disuadirte de lo que es justo. De ningún modo, Felipe; busca a tu padre y
sálvalo, si te es posible. ¿Pero crees que una tarea tan grande la vas a
terminar con un solo esfuerzo? ¡Oh, no! Si estás destinado a ello, escaparás de
todos los peligros, hasta que hayas terminado tu misión. Volverás muchas veces
y tu Amina te consolará y animará a proseguir. Cuando Dios te llame a su lado,
bendeciré tu memoria si sobrevivo. Me has dicho también que resuelva: soy tuya.
Arrojóse Amina
a los brazos de Felipe, quien la estrechó contra su corazón. Aquella misma
noche la pidió por esposa a Mynheer Poots y éste, tan pronto como
Vanderdecken abrió la caja de hierro y le mostró sus riquezas, apresuróse a
concedérsela.
Al día
siguiente fue informado el párroco, y tres días más tarde se celebraba el
matrimonio de Amina Poots y Felipe Vanderdecken, mientras las campanas de la
pequeña iglesia de Terneuse repicaban alegremente.
Estaba ya muy
avanzado el otoño, cuando un aviso del capitán del buque en que iba
a embarcarse Felipe, despertó a éste de su sueño de amor, volviéndole a la
realidad.
Felipe no
había vuelto a acordarse de la penosa misión que había jurado cumplir; la
posesión de Amina y su felicidad presente le hacían olvidar sus desgracias
futuras; algunas veces acudían a su memoria, pero inmediatamente desechaba la
idea y hasta conseguía olvidarla. Creía hacer bastante cumpliendo su misión
cuando llegara el momento; pero, mientras, transcurría el tiempo con la
maravillosa rapidez que acompaña siempre a una vida plácida y dichosa. Felipe,
pues, olvidó su juramento en los brazos de Amina, quien cuidaba de no recordar
cosa alguna que pudiera empañar la felicidad de que disfrutaba. Una o dos
veces, solamente, aludió Poots a la partida de Felipe, pero el ceño de su hija
le hizo callar en seguida viéndose el anciano obligado a emplear sus horas de
tedio en pasear por la sala, contemplando con ojos avariciosos la vajilla de
plata encerrada en los aparadores y que relucía con todo su primitivo brillo.
Cierta mañana,
en, el mes de octubre, dieron algunos golpecitos en la puerta con los nudillos
de los dedos. Esta precaución revelaba que era un desconocido el que llamaba y
Amina acudió a abrir.
—Deseo hablar
con el señor Felipe Vanderdecken —dijo el recién llegado, con una voz que
parecía un eco.
El sujeto que
hablaba, era un hombrecillo vestido con el traje que usaban en aquella época
los marineros holandeses y con un gorro de piel de tejón, calado hasta las
cejas. Sus facciones eran ásperas y diminutas; su rostro, de una palidez mate;
los labios, blanquecinos, y el cabello, rubio con algunas canas. Su barba
estaba poco poblada, y su aspecto no revelaba su edad. Lo mismo podía ser un
joven decrépito, que un viejo bien conservado, aunque enjuto. Pero lo más
singular de este raro personaje eran los ojos, que despertaron en seguida la
atención de Amina. El párpado derecho lo tenía cerrado y caído, y la pupila
debía haberse consumido, pero el ojo izquierdo era, por lo contrario,
extraordinariamente grande, muy saliente, de una claridad acuosa repugnante y
sin pestaña alguna. Tan extraño era, que cuando se miraba a aquel hombre sólo
se le veía aquel órgano. No era un hombre con un ojo, sino un ojo con un
hombre; su cuerpo semejaba la torre de un faro, del que sólo ve el marino la
luz que le guía, sin fijarse para nada en el edificio que la sostiene. Esto no
obstante, aquel individuo, aunque pequeño, era bien formado; sus manos tenían
una suavidad impropia de un hombre de mar, y sus facciones, a pesar de ser
ásperas, no estaban exentas de cierta regularidad. Sus modales obsequiosos y
atentos revelaban superioridad, y en su persona advertíase algo inexplicable
que infundía miedo.
Amina lo
contempló con fijeza, y experimentó un estremecimiento interior, que no pudo
reprimir al invitarle a entrar en la casa.
No sorprendió
menos a Felipe la facha del recién llegado, quien, al penetrar en la estancia,
tomó asiento, sin decir una palabra, precisamente en el mismo sitio que acababa
de dejar Amina en el sofá. A Vanderdecken parecióle un mal augurio el hecho de
que ocupara aquella persona el lugar de su esposa y creyó que esta
circunstancia era un aviso del Cielo para arrancarle de aquella tranquila y plácida
existencia lanzándolo a los peligros, desastres y sufrimientos.
Cuando el
recién llegado sentóse junto a él, experimentó Felipe una sensación de frío que
corrió por todos sus miembros. El tuerto miró en torno suyo, y, después de
examinar los aparadores, fijó su ojo único en Amina. Felipe palideció
intensamente, pero no habló una palabra.
Durante
algunos minutos reinó un profundo silencio, que rompió el desconocido
pronunciando con cierta sorna estas palabras:
—Felipe
Vanderdecken, ¡eh! ¡eh! Felipe Vanderdecken, ¿no me conoce usted?
—No, señor
—contestó éste malhumorado.
La voz del
pequeño personaje se asemejaba a un gemido y su timbre continuaba oyéndose, aun
después que había concluido de hablar.
—Me llamo
Schriften —dijo mirando a Amina—; soy uno de los pilotos de Ter Schilling
y he venido, ¡eh! ¡eh! a separarle del amor, de las comodidades y hasta de
la tierra firme —añadió dando una patada en el suelo—, para que perezca tal
vez en el mar. Esto es muy agradable —prosiguió Schriften mirando a Felipe de
una manera significativa.
Vanderdecken
experimentó deseos de poner de patitas en la calle a aquel impertinente; pero
Amina, que lo comprendió, se cruzó tranquilamente de brazos y lanzando al
desconocido una mirada despreciativa, repuso;
—Todos somos
víctimas del destino y, en la mar o en la tierra, hemos de morir. Felipe mirará
la muerte cara a cara y jamás se pondrán sus mejillas tan pálidas como las de
usted.
—Puede ser
—replicó Schriften, a quien contrarió grandemente la resuelta actitud de
aquella joven tan bella; y, después, fijándose en el relicario de la Virgen que
estaba en la cornisa de la chimenea, exclamó—: Es usted católico, según parece.
—En efecto
—contestó Felipe—, pero, ¿a usted qué le importa? ¿Cuándo abandona el puerto el
buque?
—Dentro de una
semana. Sólo una semana para hacer los preparativos necesarios para el viaje;
únicamente siete días y, después, es preciso abandonarlo todo. ¿Mala noticia,
eh?
—Es suficiente
tiempo —replicó Felipe—; diga usted al capitán que no faltaré. Ven, Amina, no
quiero perder un minuto.
—Voy —repuso
ésta—, pero nuestro primer deber es la hospitalidad. Caballero, ¿desea usted
tomar un refrigerio antes de marcharse?
—Hasta dentro
de ocho días —repitió Schriften sin contestar a Amina y dirigiéndose a Felipe.
Este movió la
cabeza en señal de asentimiento, y el piloto, girando sobre sus talones,
abandonó rápidamente la estancia.
Amina cayó
desplomada en el sofá. Aquel golpe asestado a su felicidad era tan repentino y
tan, violento, que le fue imposible resistirlo. Las palabras del tuerto
revelaban mala intención y su aspecto no era el más a propósito para tranquilizar
a nadie. La joven cubrióse el rostro con las manos, mientras que Felipe paseaba
agitado por el aposento, recordando con toda la viveza del colorido las
escenas que tenía ya casi olvidadas. Creyó entrar nuevamente en la habitación
fatal y ver otra vez el funesto bordado; este recuerdo le hacía temblar.
Los jóvenes
acababan de despertar de un sueño venturoso y les estremecía el sombrío
porvenir que se les presentaba. Pocos momentos bastaron, sin embargo, a Felipe,
para recobrar su habitual sangre fría. Tomó asiento junto a Amina y la estrechó
en sus brazos. Los dos permanecieron silenciosos; conocían mutuamente sus
pensamientos y se esforzaban por convencerse de que había llegado el momento
de separarse, quizás para siempre.
Amina fue la
primera que habló; arrancándose a los brazos de su esposo y poniéndose la mano
sobre el corazón como para contener sus violentos latidos, dijo:
—Ese mensajero
no parece un ser humano. ¿No sentiste correr por tus venas un frío glacial
cuando se sentó junto a ti? A mí eso fue lo que me ocurrió.
Felipe pensaba
del mismo modo; pero, no queriendo alarmarla. Contestó con cierta confusión:
—¡Qué
tontería! Lo repentino de su aparición y lo extraño de su conducta te han
sobresaltado... Ese hombre, por su excesiva deformidad, es un desterrado de la
sociedad, privado de toda alegría doméstica y de las sonrisas del bello sexo;
porque, ¿cuál será la mujer que se deje abrazar por esa horrible criatura? Sin
duda, ha sentido envidia al verte en mis brazos tan hermosa y se habrá
complacido en poner término, con su mensaje, a una felicidad, que a él está vedada.
Te repito, amor mío, que no hay nada de particular en esto.
—Y, aunque mi
conjetura fuera cierta, ¿qué importa? Tu situación es verdaderamente terrible y
desesperada. Ahora que soy tu esposa, Felipe, siento menos valor que cuando te
entregué mi mano. Entonces ignoraba lo mucho que iba a perder. Pero —continuó
poniéndose la mano sobre el corazón—-, no te apures; aunque lo siento mucho,
estoy preparada y tengo verdadero orgullo de ser la esposa del elegido para
cumplir una misión tan grande.
Amina hizo una
pequeña pausa, y, luego, prosiguió:
—¿No podrías
estar tú también equivocado, Felipe?
—Me parece que
no, Amina; esto es un aviso del Cielo, pero tengo valor y una excelente esposa
—contestó Felipe tristemente, volviendo a abrazarla—. ¡Hágase la voluntad de
Dios!
—Cúmplase en
buen hora —repuso Amina, levantándose del sofá—. Ya ha pasado la primera
explosión de dolor; ya me encuentro más fuerte, pues sé cuál es mi deber.
Vanderdecken
permanecía silencioso, y Amina, a los pocos momentos, añadió:
—Pero una sola
semana, Felipe...
—Quisiera que
sólo faltara un día y aún me parecería largo. Ese maldito monstruo ha venido
demasiado pronto.
—No opino del
mismo modo, Felipe; por lo contrario, le doy las gracias por esa semana, a
pesar de que es un plazo muy breve para decir adiós a mi felicidad. Si yo te
hubiera de afligir o molestar con mis lágrimas, súplicas o reconvenciones
(como cualquiera mujer lo haría en mi caso), un día sería más que suficiente
para tal escena de debilidad por mi parte, y de cobardía por la tuya. Pero no,
Felipe, tendré valor. Debes lanzarte al peligroso combate, resuelto a morir,
como los antiguos caballeros; tu esposa te vestirá, como a ellos, la armadura,
te probará su cariño cerrando cuidadosamente los ajustes para protegerte del
peligro y te verá partir llena de esperanza y confiando en tu próximo regreso.
Una semana es realmente muy breve si la empleo, como me propongo, en oír tu
voz, en escuchar tus palabras (cada una de las cuales quedará para siempre
grabada en mi corazón) y en alimentar con ellas mi amor, durante tu ausencia y
mi soledad. Agradezcamos a Dios que nos conceda estos siete días para gozar de
nuestra felicidad, Felipe.
—Dices bien,
Amina; después de todo no ignorábamos que esto tenía que ocurrir.
—Pero mi amor
era tan violento que me lo había hecho olvidar.
—Y, sin
embargo, durante esta separación, nuestro amor sólo vivirá de recuerdos.
Amina exhaló
un suspiro. En aquel momento llegó Mynheer Poots, quien, admirado al ver
el cambio que habían sufrido las radiantes facciones de Amina, exclamó:
—¡Santo
profeta! ¿qué ocurre?
—Nada que nos
haya sorprendido —contestó Felipe—. Voy a partir; el buque se hace a la mar
dentro de una semana.
—¡Cómo! ¿Se
marcha usted tan pronto?
El viejo
avaro, esforzándose por disimular, en presencia de su hija y de Felipe, el
placer que le causaba el viaje de su yerno, no pudo borrar de su rostro la
expresión de complacencia que la noticia le producía.
Afectando una
gravedad, que distaba mucho de ser sincera, agregó luego:
—Verdaderamente
es una mala noticia.
Los siete días
siguientes fueron empleados en hacer los preparativos de marcha. Amina dominó
su emoción, a pesar de la mortal agonía que le causaba la partida de su querido
esposo, mientras Felipe luchaba con encontrados sentimientos, al verse
obligado a abandonar comodidades, dicha y amor para ir a buscar los peligros,
las privaciones y la muerte. Algunas veces, para poner término a su angustia,
resolvía quedarse, pero la reliquia le recordaba su juramente y nuevamente se
decidía a partir. Cuando Amina caía dormida en sus brazos, contaba los pocos
días que podía permanecer a su lado, y, si al despertarse oía silbar el viento,
se estremecía pensando en las tempestades que iba a arrostrar Felipe. Fue una
semana interminable para ambos, aunque creían que el tiempo volaba, así es que
experimentaron un verdadero placer cuando, llegado el momento de la
separación, dieron salida a sus sentimientos.
—Felipe —dijo
Amina tomando asiento junto a él y estrechándole la mano—, cuando te hayas
marchado mi sufrimiento no será tan grande. No olvido que me enteraste de -
todo antes de casarnos, pero repito que mi amor me hizo arrostrarlo todo. El
corazón me dice con frecuencia que volverás, pero es fácil que me engañe;
puedes, efectivamente, volver, pero quizás muerto. En esta sala te esperaré, en
este sofá, que voy a colocar en su primitivo sitio, me sentaré y si no regresas
vivo, prométeme que te aparecerás a tu esposa, aunque sea en espíritu. No
temeré a la tempestad ni me asustará que la ventana se abra con estrépito, no.
Que yo vuelva a verte y sepa si has perecido; porque, entonces, no teniendo
nada que hacer en este mundo, me apresuraré a reunirme contigo en el Cielo.
Prométemelo, Felipe.
—Cumpliré tu
deseo si Dios me lo permite —respondió el joven, cuya voz temblaba. Y, después,
continuó—: ¡Estoy sufriendo una prueba terrible! ¡Dios mío, ayúdame a soportarla!
Los negros
ojos de Amina se fijaron en él; le era imposible pronunciar una palabra; sus
facciones se contrajeron; la naturaleza era impotente para dominar tal exceso
de dolor y cayó en los brazos de Felipe sin movimiento. Este, al besar sus
pálidos labios, advirtió que estaba desmayada.
—Ahora no
sientes —murmuró recostándola en el sofá—; preferible es que así sea, porque
pronto te despertarás para padecer.
Felipe llamó
en su ayuda a Mynheer Poots, que estaba en la habitación inmediata, tomó
su sombrero y dando a Amina un segundo y apasionado beso en la frente, alejóse
de la casa, perdiéndose de vista mucho antes que aquélla hubiera podido
recobrar el conocimiento.
Tan pronto
como Felipe hubo franqueado los umbrales de su morada, comenzó a correr, como
huyendo de sus terribles pensamientos. Dos días después llegó a Ámsterdam, y
lo primero que hizo fue comprar una pequeña y fuerte cadena de acero para
reemplazar el cordón que hasta entonces había suspendido el relicario de su
garganta. Luego, se apresuró a embarcarse con su equipaje a bordo del Ter
Schilling. Llevaba consigo la cantidad que, según lo convenido, había de
pagar al capitán por su admisión en el buque como alumno, más bien que en
concepto de marinero. Además, iba provisto de otra pequeña suma, destinada a
satisfacer sus necesidades. Cuando pisó la cubierta del Ter Schilling, fondeado
entre los otros buques que componían la escuadra de la India, estaba
anocheciendo. El capitán, llamado Kloots, después de recibirle afectuosamente e
indicarle su camarote, bajó a la bodega a resolver una cuestión relativa a la
carga, dejando a Vanderdecken a solas con sus recuerdos.
—¿Conque éste
es el barco en que he de dar principio a mi empresa? —monologaba Felipe,
contemplando las azuladas ondas marinas—. ¿Cómo han de sospechar mis nuevos
compañeros el objeto de mi viaje? ¡Qué diferencia entre mi propósito y el suyo!
¿Voy a buscar fortuna? No. ¿Voy a satisfacer la curiosidad de un espíritu
aventurero? Tampoco. ¡Sólo busco la comunión con los muertos! ¿Y cómo podré
encontrarlos, sin exponerme a mil peligros, y exponer también a todos los que
me rodean? Si éstos adivinaran mis intenciones no permanecería un minuto a
bordo. Supersticiosos, como la mayoría de los marinos, si conocieran mi
misión, no sólo tendrían un pretexto que justificara su fanatismo, sino una
excelente excusa para desembarazarse de una persona condenada a correr tras un
imposible, semejante al Judío Errante. ¡Triste suerte la mía! ¡Cuánta perseverancia
necesito para realizar mi empresa!
Luego,
acordándose de Amina, cruzó los brazos y, dirigiendo una vaga mirada al cielo,
sumióse en profunda meditación.
—¿Por qué no
se acuesta usted, joven? —preguntóle una voz dulce, cuyo eco despertó a
Vanderdecken de su estupor.
Quien le decía
esto era Hildebrando, segundo del buque, hombre de corta estatura, bien
proporcionado y de unos treinta años de edad. El cabello le caía en largos y
blondos bucles sobre los hombros; su aspecto era agradable, y tenía los ojos de
un azul suave; aunque no tenía nada de la rudeza peculiar del marino, pocos
conocían mejor que él su profesión.
—Mil gracias
—replicó Felipe—; estaba tan abstraído, que me había olvidado de cuanto me
rodea y hasta de mí mismo; mis pensamientos me habían llevado muy lejos. Le
agradezco mucho que se interese por mí y le deseo buenas noches.
El Ter
Schilling, como todos los navíos de aquella época, diferenciábase mucho, en
su construcción y equipo, de los actuales. Estaba aparejado de fragata y
tendría unas cuatrocientas toneladas próximamente. Sus fondos eran casi planos
y los costados estaban tan deprimidos desde la línea de flotación, que la
cubierta era mucho más estrecha que el sobrepuente.
La Compañía de
las Indias tenía armados todos sus buques, y el que nos ocupa montaba seis
cañones de a nueve en cada banda; las portas eran pequeñas y ovaladas. En el
alcázar se elevaba la popa a una altura extraordinaria, y el bauprés, casi
paralelo al trinquete, parecía un cuarto mástil; con tanto mayor motivo, cuanto
que llevaba dos vergas para cebadera y sobrecebadera. No gastaba cangreja ni
escandalosa en el palo de mesana, sino una vela latina provista de su antena
correspondiente Es inútil agregar, después de esta descripción, que los
peligros de una larga travesía se aumentaban considerablemente por la peculiar
estructura de estos buques, que si bien navegaban con regularidad cuando
soplaba una brisa favorable, ceñían muy mal el viento y tenían muy poca
defensa, si el tiempo los empujaba hacia la costa.
Componían la
tripulación del Ter Schilling un capitán, dos contramaestres, dos
pilotos y cuarenta y cinco marineros. El sobrecargo no se encontraba aún a
bordo. La cámara de popa estaba destinada a él, y la del entrepuente al capitán
y a los contramaestres.
Cuando Felipe
despertó a la mañana siguiente, habían sido ya izados los masteleros de gavia,
y todo revelaba la proximidad de la partida. Algunos otros buques se encontraban
en la bocana del puerto. El tiempo estaba hermoso; la mar, tranquila, y el
movimiento y la novedad de la escena animaron a Vanderdecken. El capitán
permanecía en la popa con un pequeño anteojo de cartón en la mano mirando ansiosamente
hacia la playa. El señor Kloots, como de costumbre, tenía la pipa en los
labios y las bocanadas de humo que de vez en cuando lanzaba al aire obscurecían
los cristales del catalejo. Felipe aproximóse a saludarle.
Mynheer Kloots era un hombre de formas atléticas, que el corte especial de su
traje hacía parecer mayores aún. Llevaba una gorra de gruesa piel de zorra, por
debajo de la cual asomaba el extremo de un gorro de dormir encarnado; un
chaleco de felpa del mismo color con gruesos botones de metal, una chupa de
paño verde, y un gabán azul que le llegaba hasta los pies. Las piernas iban
cubiertas con calzones cortos de panilla negra, luciendo en las pantorrillas
medias de seda verde bastante deterioradas por el uso. Adornaban sus zapatos
unas enormes hebillas de plata, completando el traje cierta especie de
tunicela en la cintura y un gran cuchillo de ancha hoja, con vaina de cuero,
que pendía del tahalí. Tal era la indumentaria del capitán del Ter
Schilling, señor Kloots.
Su elevada
estatura armonizábase bien con su gran corpulencia. Tenía la cara ovalada y
las facciones pequeñas en relación con el resto del cuerpo. La brisa hacía
ondular su crespo cabello, y la nariz, aunque recta, estaba sumamente encarnada
en la extremidad, a causa no sólo de las frecuentes libaciones, sino también
del constante calor que despedía una pequeña pipa, que llevaba siempre en la
boca, de la que no la separaba sino para dar una orden o para rellenarla de
tabaco.
—Buenos días,
hijo mío —dijo el capitán—. Estamos detenidos por el sobrecargo, quien, por lo
visto, no tiene muchos deseos de venir a bordo; hace ya una hora que el bote le
aguarda en la playa y probablemente seremos los últimos de la escuadra que
salgamos del puerto. Sería preferible que la Compañía nos permitiera navegar
sin esos caballeros que, en mi opinión, son un verdadero estorbo en los buques,
aunque en tierra suponen lo contrario.
—¿Qué tiene
que hacer a bordo? —preguntó Felipe.
—Cuidar del
cargamento y llevar la contabilidad; pero se mete, además, en todo sin entender
de nada y únicamente se preocupa de su comodidad. En pocas palabras, es el rey
a bordo, porque nadie se atreve a contradecirle, puesto que una sola queja suya
impediría que el buque volviera a fletarse en lo sucesivo. La Compañía nos
obliga a recibirle con todos los honores y a disparar cinco cañonazos a su
llegada a bordo.
—¿Conoce usted
a la persona que esperamos?
—No lo he
visto nunca; pero me han hablado de él. Ha navegado con un capitán compañero
mío y éste me aseguró que su presunción es ilimitada y que es sujeto sumamente
peligroso.
—Ojalá
estuviera ya aquí —replicó Felipe—, pues deseo emprender el viaje cuanto antes.
—Tiene usted
un espíritu aventurero, hijo mío; me han asegurado que deja usted una bonita
casa y una esposa todavía más bella.
—Ansío ver el
mundo —contestó Felipe—, aprender la náutica y comprar luego un buque para
buscar con él la fortuna que ambiciono.
—El Océano
hace la fortuna de unos y se traga la de otros —dijo el capitán—. Si me fuera
posible convertir este buque en una casita y algunos miles de guilders con que
satisfacer mis necesidades, no me vería usted seguramente aquí. He doblado ya
dos veces el Cabo, que no es poco para un marino; la tercera, quizá no sea tan
afortunado.
—¿Tan
peligroso es, entonces, eso? —preguntó Felipe.
—Mucho. Allí
la mar es gruesa; los vientos, huracanados, y abundan las mareas y corrientes,
los escollos y los bancos de arena. Aun anclado en la bahía a la parte de acá
del Cabo, no hay un momento de sosiego, pues la más ligera ráfaga puede en
menos de cinco minutos estrellar el buque contra aquellas playas, habitadas por
salvajes. En cambio, una vez doblado el Cabo, desaparece todo peligro: las tranquilas
aguas parecen danzar iluminadas por los rayos de sol y se navega durante
semanas enteras bajo un cielo sin nubes y empujado por vientos favorables, sin
tener necesidad de tocar una cuerda ni aun de quitarse la pipa de los labios.
—¿En qué
puerto vamos a tocar, capitán?
—No estoy muy
bien informado respecto a ese particular. Gambroon, en el golfo de Persia, será
quizá el primer punto de reunión de toda la escuadra. Allí volveremos a
separarnos; unos para ir a Bantam, en la isla de Java, y otros a los Estrechos
en busca de alcanfor, goma, benjuí y cera. Aquellos insulares cambian también
con nosotros colmillos de elefante y oro, pero no se puede tener confianza en
ellos, porque son traidores y crueles, y sus corvos puñales tienen la punta
excesivamente aguda y emponzoñada con un mortal veneno. En aquellos mares he
presenciado terribles combates con portugueses e ingleses.
—¿Ahora
estaremos en paz con ellos?
—Sí; pero
después de haber doblado el Cabo, no debe confiarse mucho en los papeles
firmados en la metrópoli. Los ingleses nos hostilizan frecuentemente y nos
persiguen por doquier. Sospecho que nuestra escuadra es tan numerosa y va tan
bien equipada, para evitar una sorpresa.
—¿Cuánto
tiempo cree usted que durará el viaje?
—Depende de
las circunstancias; pero supongo que unos dos años. Sin embargo, si no nos
detienen los factores, como acostumbran para algún servicio militar, quizás
podamos estar antes de regreso.
—¡Dos años!
—pensó Felipe—, ¡dos años separado de Amina! —y, creyendo que aquella
separación iba a ser eterna, suspiró profundamente.
—No, hijo mío
—observó Kloots al ver la nube que obscurecía la frente de Felipe—; dos años
se pasan pronto. Yo estuve en una ocasión cinco años ausente con tan mala
fortuna, que no sólo no traje a casa un solo guilder, sino que también perdí mí
buque. Habíanme enviado a Chittagong, en la costa oriental de Bengala y allí
permanecí anclado en el río durante tres meses. Los caciques de aquellas tribus
me detuvieron por la fuerza, negándose a aceptar proposición alguna para el
cambio de mi cargamento e impidiéndome buscar otro mercado. La pólvora estaba
en tierra y me era imposible resistir. Los gusanos y carcoma taladraron, al fin
los fondos del buque, que se fue a pique sobre sus anclas. Ellos esperaban que
esto ocurriese para apoderarse del cargamento gratis y sin oposición alguna.
Otro buque nos recogió y nos trajo a Holanda. Si no hubiera tenido entonces
tan mala suerte, no hubiera necesitado hacer este viaje; ahora mis ganancias
serán menores porque la Compañía prohíbe a los capitanes todo comercio particular...
Ya viene la persona a quien estamos esperando, ya ondea la bandera en el asta
del bote, se aproxima al fin. ¡Eh! ¡Señor Hildebrando! Mande usted que los
condestables estén preparados junto a los cañones, con las mechas encendidas
para saludar al sobrecargo.
—¿Qué debo yo
hacer? —preguntó Felipe—, ¿puedo prestar algún servicio?
—Todavía no,
como no sea en algún temporal, en cuyo caso todos los hombres son útiles. Por
ahora debe limitarse a ver y aprender; después le iré ocupando en escribir el
diario que llevamos a bordo para que lo inspeccione la Compañía y, a medida
que vaya desapareciendo el fastidioso mareo que ataca siempre a los que se
embarcan por vez primera, me irá usted siendo de mayor utilidad. Le
recomiendo, que se ate fuertemente un pañuelo alrededor del estómago y acuda
frecuentemente a mi botella de aguardiente que está siempre a su disposición.
Ahora vamos a recibir al representante de la muy poderosa Compañía.
Hildebrando, disponga usted que hagan fuego.
Disparáronse
los cañones y, apenas hubo desaparecido el humo, atracó el bote al
costado del buque. Felipe creía que el sobrecargo iba a subir en seguida a
bordo, pero no lo hizo hasta que estuvieron embarcadas varias cajas con las iniciales
y armas de la Compañía, y al fin se presentó sobre cubierta.
Era un hombre
pequeño, de rostro repulsivo, que llevaba un sombrero de tres picos galoneado
de oro, por debajo del cual asomaba una enorme y flotante peluca, cuyos rizos
le llegaban hasta los hombros. La casaca era de terciopelo carmesí con largos
faldones, y el chaleco, de seda blanca, bordado con flores, llegábale casi
hasta las rodillas. Los calzones eran de satén negro y las piernas ostentaban
medias blancas de seda. Unas descomunales hebillas de oro en los zapatos, puños
de encaje en las mangas y una caña de Indias con empuñadura de plata
completaban la indumentaria de Jacobo Jans Stroom, representante de la muy
poderosa Compañía, a bordo del Ter Schilling.
Al verle sobre
cubierta, rodeado a una respetuosa distancia por el capitán, oficiales y
tripulación del buque, todos descubiertos, recordábase el célebre cuadro de «El
mono que regresa de ver el mundo, rodeado por su tribu». Los marineros no
tenían, sin embargo, maldita la gana de burlarse, aunque su rara facha y
ridícula peluca provocaban la risa; pero en aquella época era muy respetado el
traje, y el señor Stroom era nada menos que el sobrecargo de la Compañía. Fue,
por consiguiente, recibido con todos los honores debidos a tan importante
personaje.
Él no
parecía muy dispuesto a permanecer sobre
cubierta. Mandó que se le condujera a
su cámara y siguió al capitán, abriéndose
paso por entre los muchos rollos de cuerda que le obstruían el
camino. El buque levaba anclas en aquel momento; ya los marineros habían
abandonado el cabestrante y ocupábanse en sujetar el ancla a los pescantes de
proa, cuando de pronto la campanilla de la cámara de popa, que ocupaba el
sobrecargo, comenzó a sonar con extraordinaria violencia.
—¿Qué
ocurrirá? —preguntó Kloots, que estaba a proa, quitándose la pipa de la boca—.
Vanderdecken, ¿quiere usted enterarse de lo que ocurre?
Felipe
encaminóse a la citada cámara, donde encontró al sobrecargo que, encaramado
sobre una mesa, tiraba del cordón de la campanilla con manifiestas señales de
espanto. La peluca había desaparecido y su desnuda calva dábale un aspecto
extremadamente ridículo.
—¿Qué sucede,
señor? —preguntó Felipe.
—¡Qué sucede!
—replicó Stroom—. Llame usted en seguida a todos los soldados que se
encuentran a bordo. Pronto, caballero. ¿Voy a ser asesinado, devorado, y hecho
pedazos? Por piedad, no me mire usted más, muévase. ¡Oh, Dios mío! ya sube a
la mesa. ¡Socorro! ¡Socorro! —continuó, sumamente aterrorizado.
Felipe, cuyos
ojos no habían visto hasta entonces más que al espantado personaje con quien
hablaba miró en torno suyo y, lleno de admiración, distinguió un oso pequeño,
que se entretenía en destrozar la peluca del sobrecargo, oliéndola de vez en
cuando. Aquel inesperado encuentro asustó a Felipe al principio, pero
reflexionando después que el animal debía ser inofensivo, pues de lo contrario
no andaría suelto por el buque, se tranquilizó.
Sin embargo,
no estaba dispuesto a acercarse al oso, cuyas disposiciones ignoraba, cuando la
entrada del capitán Kloots puso término a la embarazosa situación.
—¿Qué es lo
que ocurre? —preguntó—. ¡Hola! ya veo, es Joannes —continuó,
dirigiéndose hacia el oso, al que aplicó un soberbio puntapié, mientras
recobraba la peluca —. ¡Fuera de la cámara Joannes, fuera! —gritó Kloots
al animal que se escabulló por la puerta—. Señor Stroom, crea usted que
lamento mucho este percance. Tome su peluca. Cierre usted la puerta,
Vanderdecken —añadió— pues el animalito me quiere mucho y podría volver.
En cuanto
Stroom vio el oso fuera y la puerta cerrada, se arrellanó en un sillón, volvió
a colocar sobre su cabeza la deteriorada peluca, cuyos rizos limpió
cuidadosamente, compuso los arrugados encajes de los puños y, dándose gran
importancia, mientras golpeaba el suelo con el bastón, dijo:
—Señor Kloots,
¿qué significa esta falta de respeto al representante de la Compañía?
—No ha habido
aquí falta ninguna de respeto; el animal es un oso, como ha visto, y manso
hasta con los extraños. Está en mi poder desde que era joven. Todo es debido a
una equivocación. Mi segundo, Hildebrando, lo encerraría seguramente para que
no anduviera sobre cubierta embarazado la maniobra y, sin duda, se ha olvidado
de que estaba aquí cuando usted ha entrado. Repito que lamento mucho el percance,
pero respondo que no volverá usted a ver el animal, a no ser que desee usted
jugar con él algún rato.
—¡Jugar con
él! ¡Cómo se entiende! ¡Yo! ¡El representante de la Compañía jugar con un oso!
Señor Kloots, es preciso que arroje en seguida ese animal al agua.
—Jamás
arrojaré al animalito a quien quiero tanto, señor Stroom; pero le garantizo
que no le molestará más.
—En ese caso,
capitán, tendrá usted que entenderse con la Compañía, a la cual me quejaré de
su conducta. El buque no volverá a fletarse en lo sucesivo y usted perderá la
cantidad que le corresponda.
Kloots era
terco como buen holandés y el tono imperativo del sobrecargo le revolvió la
bilis y repuso:
—No hay en mi
contrato condición alguna que me prohíba tener animales a bordo.
—Los estatutos
de la Compañía —añadió Stroom arrellanándose en el sillón con aire de
importancia y cruzando sus delgadas piernas—, sólo permiten a los capitanes
conservar en sus buques los animales raros y curiosos que los gobernadores
envían a Holanda para obsequiar a los reyes, tales como tigres, leones,
elefantes, etc.; pero no se les tolera que lleven a bordo por cuenta propia
ninguna clase de animales, porque esto equivaldría a un comercio privado, que
la Compañía prohíbe en absoluto.
—Yo no tengo
el oso para comerciar con él, señor Stroom.
—Pues es
necesario que lo envíe usted ahora mismo a tierra, señor Kloots. Lo mando, y de
lo contrario...
—En ese caso
voy a disponer anclar de nuevo. El consejo de la Compañía resolverá la cuestión
y si se me ordena que quede el oso en Ámsterdam, me resignaré. Pero tenga usted
en cuenta, señor Stroom, que vamos a perder la protección de la escuadra y
tendremos que navegar solos, privados del auxilio de los demás buques. ¿Mando
que echen el ancla o no, caballero?
Esta
observación del capitán puso término a la terquedad del sobrecargo que no
quería viajar en aquella forma, y el temor de este nuevo peligro venció al que
le había inspirado el oso.
—Señor Kloots
—dijo—, no quiero ser intolerante. Si encadena usted a la fiera para que jamás
se me acerque, permitiré que permanezca a bordo.
—Respondo que
no molestará a nadie; pero, si atamos al animalito, no cesará de gruñir un
momento y le será a usted imposible dormir.
Stroom conoció
que Kloots no cedía y que le importaban poco sus amenazas, en vista de lo cual
adoptó el partido de todo hombre que se considera vencido; juró interiormente
vengarse y dijo en todo de condescendencia.
—Con esas condiciones,
capitán, puede el oso permanecer en el barco.
Kloots y
Felipe salieron de la cámara; el primero aburrido y murmurando entre dientes:
—Si la
Compañía manda monos a bordo, debe tolerárseme el tener osos.
Y, satisfecho
de haber triunfado, Kloots recobró el buen humor que le era habitual.
La escuadra
partió, al fin, con dirección al Cabo y, pocos días después, encontrábase ya
Felipe Vanderdecken en disposición de prestar algún servicio a bordo.
Estudiaba con verdadero ahínco, porque con el estudio olvidaba la causa de su
embarque, y trabajaba con exceso, porque el demasiado ejercicio le procuraba
algunas horas de sueño, que de otro modo, le era imposible conciliar.
Sus
condiciones de carácter, y su honradez y laboriosidad le conquistaron las
simpatías de casi toda la tripulación, no tardando en llegar a ser el favorito
del capitán y el íntimo amigo de Hildebrando, que, como sabemos, era el segundo
del buque. En cuanto al señor Jacobo Jans Stroom rara vez se atrevía a salir de
su cámara. El oso andaba en libertad y el sobrecargo tenía por esta razón que
permanecer encerrado; sin embargo, apenas pasaba día alguno sin que leyera por
centésima vez una carta que había escrito a los jefes de la Compañía,
introduciendo en ella las variaciones que consideraba oportunas para reforzar
sus argumentos y perjudicar al capitán Kloots.
Mientras tanto
éste fumaba en su pipa, bebía sendos tragos y jugaba con Joannes, ignorante
de lo que contra él se fraguaba en la cámara de popa.
Al piloto
tuerto, Schriften, le eran igualmente antipáticos Felipe y el oso. Como
Vanderdecken tenía el rango de oficial, no le demostraba francamente su falta
de afecto; pero se vengaba en el oso al que maltrataba con frecuencia.
Schriften no
era estimado por nadie en el buque; pero todos los marineros le temían, merced
a lo cual había conseguido aquél adquirir cierta superioridad sobre ellos.
En este estado
se encontraban las cosas a bordo del Ter Schilling cuando un día,
juntamente con otros dos buques, ancló a muy corta distancia del Cabo. Era
verano y hacía un calor sofocante; Felipe se quedó dormido bajo el toldo de
lona que cubría la popa. Cierta impresión de frío desconocida le despertó de
pronto, y, al abrir los ojos, vio a Schriften que, inclinado sobre él, tiraba
suavemente de la cadenita de que pendía de su cuello la sagrada reliquia que
había sido de su madre. Volvió a cerrar los ojos para averiguar las
intenciones de aquel hombre, y su sorpresa no tuvo límites al verle decidido a
robarle su tesoro. Levantóse de un salto y le agarró por el cuello.
—¿Qué
significa esto? —preguntó indignado Felipe, cuyos ojos lanzaban chispas.
Schriften no
parecía turbado al ser sorprendido in fraganti; por lo contrario,
mirando maliciosamente al joven con su ojo único, contestó con sorna:
—¿Es su
retrato, eh?
—Le prohíbo a
usted la curiosidad para lo sucesivo, pues tendría que arrepentirse de ello.
—¿Si contendrá
la uña de algún santo? O acaso sea algún pedazo de Lignum Crucis.
Felipe se
estremeció.
—¡Eso es, eso
es! —gritó Schriften corriendo hacia la proa donde desapareció entre un grupo
de marineros que estaban junto a la escotilla—. ¡Noticia fresca, muchachos!
—dijo—. Llevamos a bordo un pedacito de la Santa Cruz, con el que podemos
desafiar al mismo diablo.
Felipe había
seguido instintivamente al piloto, merced a lo cual pudo oír las palabras que
éste dirigió a los marineros.
—¡Ah, ah!
—contestó el más viejo a Schriften—. No sólo podemos desafiar al demonio, sino
aún al mismo Volador Holandés.
—¡Volador
Holandés! —pensó Felipe—. ¿Aludirán a...?
Y avanzó
algunos pasos ocultándose tras el palo mayor para enterarse, sin ser visto, de
lo que hablaban aquellos hombres.
—Encontrarse
con él es, según dicen, peor que ver al mismo demonio —observó uno de los
marineros.
—Nadie lo ha visto
aún —agregó otro que parecía más incrédulo.
—Sí lo han
visto —repuso un tercero—; y desdichado del buque en cuyo camino se atraviese.
—¿Y en qué
mares navega?
—Casi siempre
cruza por las inmediaciones del Cabo.
—Me
complacería oír esa historia —dijo el más joven.
—Sólo puedo
referir lo que sé. Ese buque está condenado; componen su tripulación unos
piratas que degollaron a su capitán.
—Por lo
contrario —interrumpió Schriften—; el capitán vive todavía, y por cierto que
era un malvado. Se asegura que, como cierta persona que se encuentra a bordo,
había dejado en tierra a su bella esposa a la cual amaba apasionadamente.
—¿Cómo ha
podido usted enterarse de todo eso, piloto?
—Porque él
siempre ha intentado enviar cartas a su casa con los buques que encuentra a su
paso. Pero ¡desgraciado el barco que se encarga de llevarlas! Se va a pique
seguramente y no se salva ni uno solo de los que lo tripulan.
—Ese relato me
asombra —interrumpió uno de los oyentes—. ¿Ha visto usted alguna vez ese
famoso buque?
—Sí, por
cierto —murmuró Schriften. Y añadió luego:
—Pero nada
teman ustedes porque tenemos aquí nada menos que un pedazo de la Santa Cruz.
Dichas estas
palabras y sin duda para evitar nuevas preguntas, separóse del grupo,
encontrándose de pronto con Felipe, que, como sabemos, escuchaba detrás del
palo mayor.
—¿De manera
que no soy yo el único curioso de a bordo? Dígame usted, señor Vanderdecken:
¿lleva usted esa reliquia por si tropezamos con el Volador Holandés?
—No creo esas
patrañas —contestó Felipe algo confuso.
—¡Qué
casualidad! Usted tiene el mismo apellido, porque aseguran que aquél se
llamaba también Vanderdecken.
—Ha habido
muchos Vanderdeckens en este mundo —replicó el joven, que ya había recobrado
su sangre fría.
Y sin dignarse
mirar siquiera a su interlocutor, dirigióse hacia la popa.
—Cualquiera
creería que este maldito tuerto conoce el motivo de que yo me haya embarcado
—pensó—, y, sin embargo, no es posible. ¿Por qué me estremezco cuando se
aproxima a mí? Ignoro si sucederá lo mismo al resto de la tripulación, o si
esto sólo será una simple ilusión mía y de Amina. Es extraño, no obstante, que
me tenga tal antipatía no habiéndole inferido el menor daño. Lo que acabo de
oír confirma mis sospechas. ¡Dios mío —añadió suspirando—, tened piedad de mí,
pues creo que voy a perder el juicio!
Tres días
después, el Ter Schilling y consortes fondeaban en la Bahía de la Tabla,
donde estaban ya esperándoles los otros buques. En aquella época, los
holandeses habían establecido una colonia en el cabo de Buena Esperanza, donde
los buques que iban a la India hacían la aguada y se aprovisionaban de carne,
pues las tribus hotentotas que vivían cerca de la costa, comerciaban con ellos
dándoles un buey magnífico por botones de metal o bagatelas por el estilo. No
tardó la escuadra mucho tiempo en estar despachada y, después de recibir las
últimas instrucciones del almirante respecto al lugar en, que debían de
reunirse si cualquiera circunstancia les obligaba a separarse, todos los buques
zarparon de nuevo.
Durante los
dos primeros días, el viento fue flojo y avanzaron poco; pero al tercero, la
brisa refrescó gradualmente hasta convertirse en huracán, empujando a las
embarcaciones hacia el Norte. Al séptimo día el Ter Schilling encontrábase
solo en la inmensa superficie del mar, pero el temporal había amainado. Púsose
la proa al Este y, completamente cargado de vela, el buque no tardó en
acercarse a la costa.
—Es una
desgracia el vernos separados de los demás —dijo Kloots a Felipe—; pero debe ya
ser mediodía y voy a tomar altura. Ignoro a dónde nos han arrojado las corrientes
y el temporal. Tráigame usted, Vanderdecken, la ballestilla y procure no
golpearla.
La ballestilla
era entonces el único instrumento que se usaba para averiguar la latitud; y un
buen observador podía hacerlo con cuatro o cinco millas de error. Los
cuadrantes y sextantes son invención mucho más moderna. Y, sin embargo,
considerando los reducidos conocimientos que tenían de náutica y las
variaciones de la aguja que computaban, apenas se concibe que los antiguos
navegantes se atrevieran a navegar por el Océano.
—Estamos 3o
al Norte del Cabo —dijo Kloots, en cuanto hubo terminado sus cálculos—. La
corriente es muy violenta, el viento disminuye, y, si no me equivoco, creo que
tendremos un cambio.
Y,
efectivamente, por la tarde sobrevino la calma, oyéndose a lo lejos las olas
que se estrellaban contra la costa. Una multitud de focas rodeaban al buque,
saltando y zambulléndose bajo las aguas; el Océano parecía lleno de vida,
mientras que el sol desaparecía del horizonte.
—¿Qué ruido es
ése? —preguntó Felipe—. Suena como el trueno.
—Ya lo oigo
—contestó el capitán, agregando en voz alta—: ¡Que suba uno en seguida a las
cofas! ¿Ves tierra?
—Sí, señor
—respondió el marinero que trepaba por los obenques—. Hacia la proa hay bancos
de arena, que bate el mar incesantemente.
—Ese será el
ruido que hemos oído. La corriente es muy violenta y hace mucha falta que
refresque el viento.
El sol iba
ocultándose mientras tanto, la calma continuaba todavía, el Ter Schilling era
arrastrado violentamente hacia la costa y percibíanse ya con claridad las
rompientes cuyo estruendo era ensordecedor.
—¿Conoce usted
la costa, piloto? —preguntó el capitán a Schriften que estaba junto a él.
—Perfectamente,
señor; la mar rompe en un fondo de 12 brazas y si no refresca la brisa, antes
de media hora se estrellará el buque.
Y, dicho esto,
Schriften se sonrió como si el dar aquella noticia le causara gran regocijo.
Kloots no pudo
disimular su ansiedad y la pipa se le cayó de la boca. Los marineros se
agruparon en el castillo de proa para escuchar aterrorizados el rugido de las
rompientes. El sol había ya desaparecido por completo y las sombras de la noche
acrecentaban la alarma de la acobardada tripulación del Ter Schilling.
—Es preciso
arriar los botes —dijo el capitán a su segundo—, e intentar sacar el buque a
remolque. Acaso sea esto ineficaz; pero, de todos modos, los botes estarán
dispuestos para embarcarnos en el momento oportuno. Disponga usted la maniobra,
mientras entero al sobrecargo de lo que ocurre.
Stroom estaba
sentado con toda la gravedad que requería su empleo y, como era domingo,
habíase puesto una peluca nueva. Leía por milésima vez la célebre carta a la
Compañía, denunciando la estancia del oso en el buque, cuando presentóse
Kloots informándole en pocas palabras de que la situación era desesperada y de
que, probablemente, el buque se estrellaría antes de treinta minutos. El
desdichado Stroom, al oír esta noticia, saltó de la silla tan violentamente,
que arrojó al suelo la bujía que alumbraba la cámara.
—¿Estamos en
peligro, señor Kloots? ¿Cómo puede ser eso si está la mar tranquila y no sopla
una ráfaga de aire? ¿Dónde están mi sombrero y mi bastón? Voy a subir a cubierta.
¡Pronto! Una luz, señor Kloots, es imposible encontrar nada a obscuras. ¿Por
qué no responde usted, capitán?
Kloots había
salido en busca de una luz y pronto volvió con ella; ambos abandonaron entonces
la cámara. Ya las lanchas se habían botado al agua y el buque había virado en
redondo; pero la noche era muy obscura y sólo se veía la blanca línea de espuma
que formaban las rompientes al estrellarse en ellas las olas con ímpetu
furioso.
—Capitán, si
le parece, voy a abandonar inmediatamente el buque. Necesito el mejor bote para
el servicio de la honorable Compañía, para los papeles y para mí.
—No puede ser,
señor Stroom —replicó Kloots—; los botes apenas podrán contener a la
tripulación y la vida de cada marinero vale tanto como la de usted.
—Yo soy el
sobrecargo de la Compañía. Además, se lo mando, y no creo que se atreva a
desobedecerme.
—Pues sí,
señor; le desobedezco —contestó el capitán.
—Bien, bien
—dijo Stroom completamente asustado— tan pronto como lleguemos... daré la queja
de usted.
—¡Suelten los
cabos del remolque! —gritó entonces Kloots —; no hay tiempo que perder. En
seguida, Felipe, embarque usted las brújulas, el agua y las provisiones; dentro
de cinco minutos abandonaremos el buque.
Tan formidable
era el estruendo de las rompientes que apenas se oían las órdenes del capitán.
Entretanto, el sobrecargo que había tropezado con el oso, permanecía sobre
cubierta pataleando y pidiendo socorro.
—Sopla una
ligera brisa del lado de tierra —dijo Felipe levantando la mano.
—En efecto,
pero me parece que llega demasiado tarde. Coloquen todo en los botes y
serenidad, muchachos. Si refresca el viento, aun podemos tener esperanza.
Encontrábanse
ya cerca de los escollos que veían en el extremo de aquella inmensa línea de
espuma; la brisa era cada vez más fuerte y, sin embargo, el buque permanecía
inmóvil. Todo el mundo estaba en los botes y sólo quedaron a bordo Kloots,
Hildebrando, los contramaestres y Stroom.
—Me parece que
avanzamos algo ahora —dijo Felipe.
—Quizá nos
salvemos —contestó el capitán—. ¡Firme, Hildebrando! —continuó, dirigiéndose al
segundo que estaba en el timón—. ¡Dios quiera que el viento dure diez minutos!
El Ter
Schilling fue poco a poco apartándose de las rompientes, al impulso de la
brisa que cada vez era más fuerte, hasta que, al fin, hendió las olas con
rapidez. La tripulación abandonó los botes, y una hora después el peligro había
desaparecido por completo.
Ahora a izar
los botes y, antes de dormirse, dé cada cual gracias al Todopoderoso por
habernos salvado.
Aquella noche
el Ter Schilling anduvo unas 20 millas hacia el Sur. Por la mañana
volvió a cesar el viento, quedando el mar en calma completa.
Kloots
encontrábase sobre cubierta hablando con Hildebrando del peligro que habían
corrido y del egoísmo y cobardía de Stroom, cuando oyeron de pronto un gran
ruido en la cámara de popa.
—¿Qué es eso?
—inquirió el capitán—; ¿si el miedo habrá hecho perder el juicio a ese pobre
hombre? Parece que va a echar abajo la cámara.
En aquel
momento el criado del sobrecargo apareció por la escotilla.
—¡Señor
Kloots, corra usted a socorrer a mi amo, lo va a matar el oso, el oso!
Pero, antes
que Kloots hiciese el menor movimiento, vio al señor Stroom que salía huyendo
en ropas menores.
—¡Dios mío,
Dios mío! —gritaba—, me van a devorar, a comer vivo.
Y al mismo
tiempo que daba voces, procuraba trepar por los obenques.
Kloots miraba
lleno de asombro los movimientos del representante de la Compañía, y, al verle
subir por la arboladura, dirigióse a la cámara en la que Joannes continuaba
haciendo destrozos.
Las vidrieras
del armario principal estaban hechas pedazos y todas las pelucas del
sobrecargo yacían en tierra, revueltas con fragmentos de vasijas de barro.
El oso
regalábase saboreando la miel que en abundancia corría por el pavimento, y que
había sido adquirida por Stroom en la Bahía de la Tabla cuando el buque se
detuvo en aquel puerto. El sirviente del sobrecargo guardó la miel en tarros
para que su amo la fuera consumiendo durante el viaje, y aquella mañana,
creyendo el ayuda de cámara que era necesaria otra peluca abrió el guardarropa.
Joannes, que no andaba muy lejos, olfateó la miel, y, como era a ella
muy aficionado, lo mismo que todos los de su especie, guiado por el olor,
penetró en la cámara. Ya se dirigía el oso a la cama del sobrecargo, cuando el
criado cerró la alcoba; el animal rompió las vidrieras del guardarropa y forzó
la entrada, destrozando las cajas que contenían las pelucas, antes de encontrar
la miel; y cuando el sirviente quiso arrojarle fuera, le mostró dos enormes
filas de dientes para demostrarle que estaba decidido a todo. Entonces el
pobre mozo apeló a la fuga, y Stroom, al verse solo, huyó también en paños
menores, dejando a Joannes dueño del campo y en posesión de un abundante
botín.
Kloots
comprendió a la primera ojeada lo ocurrido, y dando un puntapié al animal,
mandóle salir fuera, pero el oso gruñó furiosamente sin abandonar su presa.
—Esta broma es
demasiado pesada, señor Joannes —dijo el capitán—, y ahora vas a salir
de veras del buque porque el sobrecargo tiene motivos sobrados para quejarse.
Perfectamente —añadió—, come la miel que te plazca, que después ajustaremos
cuentas.
Dicho esto, el
capitán salió de la cámara yendo en busca de Stroom, a quien pudo encontrar al
fin en el castillo de proa, arengando en camisa a la tripulación.
—Lamento mucho
lo ocurrido, señor; en lo sucesivo, no le molestará más el oso.
—Sí, sí, señor
Kloots; pero esto ya lo arreglará la Compañía. Las vidas de sus representantes
no pueden estar a merced de los necios caprichos de un capitán. He estado a
punto de perecer.
—El animal no
pretendía hacerle daño —replicó Kloots—; todo lo que él necesitaba era la miel
que ya es imposible sacarle del vientre ¿Quiere usted entrar un momento en mi
cámara, mientras dispongo que lo aten?
Stroom,
considerando que su indumentaria no convenía a su dignidad, aceptó el
ofrecimiento en seguida. No sin gran trabajo lograron los marineros encadenar
al oso, el cual estaba ya chupando la miel que había empapado las pelucas. Fue
inmediatamente reducido a prisión, como reo de flagrante delito de robo en alta
mar. La aventura sirvió de tema a todas las conversaciones de aquel día, porque
la calma duraba aún y el buque permanecía sin movimiento en medio del mar que
parecía de aceite.
—Hay muchos
arreboles en el cielo —dijo Hildebrando al capitán, que estaba en la popa con
Felipe—; tendremos viento pasado mañana, o antes, según parece.
—Opino del
mismo modo —replicó Kloots—. Es raro que no hayamos visto a ninguno de los
otros buques.
—Habrán tomado
otro rumbo.
Un confuso
rumor de voces oyóse entonces entre los marineros, que tenían los ojos fijos
en el mismo punto.
—¡Es un buque!
—Sí.
—No.
Tales fueron
las voces que se oyeron.
—Creen ver una
embarcación —dijo Schriften dirigiéndose al capitán.
—¿Dónde?
—Allá, entre
la bruma —contestó el piloto, señalando el punto más lejano del horizonte.
El capitán,
Hildebrando y Felipe miraron hacia aquel sitio y distinguieron, efectivamente,
algo que parecía un barco. Poco a poco fue disipándose la bruma y una pálida
claridad iluminó aquella parte del horizonte. No soplaba la más ligera ráfaga
de aire y el mar semejaba un espejo. El buque en cuestión apareció, sin
embargo, cada vez más visible y pronto pudieron distinguirse con toda claridad
el casco, los mástiles y las vergas. Todos se frotaban los ojos, pues apenas se
atrevían a dar crédito a lo que veían. En el centro de aquella tibia luz, que
se extendía unos 15° sobre el horizonte, había en realidad un buque; pero,
aunque la calma era completa, parecía luchar con un temporal, siendo tan
espantosos sus balances, que algunas veces enseñaba la quilla. Las gavias y
mayores iban cargadas presentando sólo al viento un foque con varios rizos y
las velas de estay. Era un barco de poco andar y, esto no obstante, se
aproximaba rápidamente, empujado sin duda por el huracán. A cada momento se le
distinguía mejor. Al fin viró de bordo y, al hacerlo, pasó tan cerca del Ter
Schilling, que los tripulantes de éste distinguieron bien los hombres que
llevaba y la blanca espuma que hacía su tajamar al hendir las olas, y oyeron el
silbido de los pitos de los contramaestres y el gemir de los tablones y
mástiles, en los balances. Una densa bruma que se levantó en aquel momento
envolvió al misterioso barco, y algunos segundos después todo había
desaparecido.
—¡Santo cielo!
—exclamó Kloots.
Felipe sintió
que se posaba en su hombro una mano y que un estremecimiento singular corría
por todo su cuerpo. Cuando volvió la cabeza encontróse frente al piloto Schriften,
quien murmuró a su oído:
—Ese barco es
el Volador Holandés, Felipe Vanderdecken.
La tripulación
del Ter Schilling encontróse, de repente, envuelta en una súbita
obscuridad que acrecentó el terror que experimentaban aquellos hombres avezados
a todos los peligros, y en los primeros momentos nadie se atrevió a pronunciar
una palabra. La luz había desaparecido por completo, y, sin embargo, algunos
tenían los ojos fijos en el punto en que había surgido la fantástica
aparición, mientras los otros los apartaban llenos de funestos presentimientos.
Hildebrando
fue el primero que interrumpió aquel silencio trágico. Vio brillar en el
horizonte un resplandor súbito y preguntó a Felipe, agarrándole por el brazo:
—¿Qué es
aquello?
—La luna que
rasga las nubes —repuso éste con tristeza.
—Bien —observó
Kloots, limpiándose el sudor que inundaba su frente—; había oído hablar antes
de esto; pero hasta ahora lo había creído siempre una fábula.
Felipe, que
conocía la realidad de la visión, permaneció callado. Mientras tanto, la luna
alumbraba ya claramente la tersa superficie del mar.
Desde que
surgió la aparición, el piloto Schriften había permanecido en la popa; y, en
aquel momento, acercándose gradualmente a Kloots, le dijo:
—Capitán, como
piloto de este buque, le advierto que se prepare para sufrir muy mal tiempo.
—¡Mal tiempo!
—contestó Kloots saliendo de su estupor.
—Sí, señor; el
buque que ha encontrado en su camino lo que acabamos de ver nosotros, no ha
vuelto jamás a disfrutar de buen tiempo. El solo nombre de Vanderdecken es
fatal.
Felipe intentó
responder a este sarcasmo; pero la lengua se le había pegado al paladar y le
fue imposible pronunciar un apalabra.
—¿Qué tiene
que ver con esto el nombre de Vanderdecken? —inquirió Kloots.
—¿No ha oído
usted decir nunca que se llama Vanderdecken el capitán del Buque Fantasma, que
hemos visto hace un momento?
—¿Cómo sabe
usted eso, piloto? —preguntó Hildebrando.
—Como sé otras
muchas cosas que callo por ahora —replicó Schriften—; he pronosticado el mal
tiempo, porque éste es mi deber.
Y, dicho esto,
abandonó el alcázar de popa.
—¡Santo Cielo!
Jamás he estado tan asustado en mi vida —observó Kloots—. No sé qué hacer ni
qué decir. ¿Qué le parece a usted, Felipe? ¿No ha sido esto una cosa
sobrenatural?
—Sí —contestó
el interpelado, con profunda tristeza—. Es indudable.
—Creía que el
tiempo de los milagros había pasado —añadió el capitán—. Estamos abandonados a
nuestros propios esfuerzos. ¡Cúmplase la voluntad de Dios!
—Miren aquella
barrera de nubes que acaba de levantarse en menos de cinco minutos y que no
tardará en obscurecer la luna —dijo Hildebrando—, vean ustedes ya los
relámpagos hacia el Noroeste.
—Señores, he
luchado contra los elementos con tanto valor como el que más; he visto
tempestades terribles con serenidad; pero confieso que lo que hemos presenciado
esta noche me aterroriza horriblemente. Tengo un peso enorme en el corazón.
Felipe, envíe usted por la botella, que es lo único que puede despejarme la
cabeza.
Vanderdecken
que deseaba estar solo cinco minutos para reflexionar, aprovechó gustoso la
ocasión que se le presentaba para abandonar la popa. La aparición del Buque
Fantasma le había impresionado profundamente; creía en su existencia y,
sin embargo, le espantaba el haber visto el buque en que su padre cumplía la
terrible condena y en el cual tenía la seguridad de que él mismo había también
de morir. Al escuchar el sonido del pito del contramaestre, creyó oír la voz de
su mismo padre que daba una orden y había procurado con ansia ver la fisonomía
y traje de los que tripulaban aquella condenada nave. En el momento, pues, que
envió a Kloots la botella que éste había pedido, encerróse en su camarote y
estuvo rezando hasta que recobró su habitual energía y creyóse con bastante
fuerza para afrontar el peligro y someterse a su destino con el valor de un
mártir.
Media hora
después volvió a subir a cubierta, y vio que el tiempo había cambiado otra vez
por completo. Antes, el buque flotaba sin movimiento sobre las azuladas ondas y
sus velas pendían inertes a lo largo de los palos, reflejando la luna los
contornos del Ter Schilling sobre el dormido Océano. Ahora, todo era
obscuridad; las velas altas se habían aferrado, la mar, muy picada, estaba
cubierta de espuma y la fragata hendía rápidamente las encrespadas olas. Violentas
ráfagas de viento azotaban la superficie de las aguas y los marineros se
ocupaban, disgustados, en reducir el velamen. Qué les había dicho a éstos el
piloto Schriften, era cosa que Felipe no sabía; pero indudablemente todos le
miraban con horror y evitaban su presencia.
—El viento no
es fijo —dijo Hildebrando—, no se sabe de qué lado sopla, puesto que no cesa de
variar de dirección. Felipe, no me gusta el aspecto de las cosas y repito, con
el capitán, que siento el corazón oprimido.
—A mí me
sucede lo mismo —respondió Vanderdecken—; es necesario confiar en la
Providencia.
—¡Cierra el
timón a la banda! ¡Carga mayores! ¡En seguida! —gritó Kloots mientras que una
ráfaga empujó al buque de través, inclinándolo de un modo horrible.
La lluvia
empezó a caer a torrentes y tanta era la obscuridad, que los tripulantes no se
veían los unos a los otros.
Un resplandor
siniestro rasgó las nubes y el trueno retumbó en el espacio.
—Aferrad
pronto todas las velas —volvió a decir el capitán.
Algunos
marineros, sacudiendo el agua que empapaba sus ropas, se apresuraron a ejecutar
la orden, pero los demás, aprovechando la obscuridad, escabulléronse de la cubierta
llenos de terror pánico.
El Ter
Schilling perdió todas sus velas y, esto no obstante, avanzaba con
celeridad fantástica hacia el Sur, impelido por el vendaval; enormes olas
coronadas de espuma se estrellaban contra sus costados; la noche era
excesivamente obscura y los marineros refugiáronse bajo el puente para librarse
de la lluvia. Algunos habían abandonado su deber; pero ni uno solo se atrevió a
bajar a los camarotes en noche tan tempestuosa. No estaban reunidos, como de
costumbre, sino que cada cual andaba por su lado, profundamente pensativo. El Buque
Fantasma no se apartaba de sus imaginaciones, aterrorizándoles
completamente.
El tiempo
transcurría con desesperante lentitud; parecía que no iba a amanecer nunca,
pero, al fin, las tinieblas fueron disipándose poco a poco y los primeros
resplandores del día asomaron por el horizonte. Todos estaban desesperanzados;
todos se creían condenados y permanecían inmóviles y silenciosos.
El mar estaba
furioso y el buque cabeceaba de una manera espantosa. Estaban Kloots en la
bitácora, y Felipe e Hildebrando afianzados al timón cuando una ola enorme, entrando
por la popa, estrellóse con fuerza irresistible sobre cubierta, después de
barrer cuanto encontró a su paso. El capitán y sus dos oficiales rodaron por el
suelo sin sentido, la bitácora y la brújula se hicieron mil pedazos, el timón
quedó abandonado, el barco no gobernaba, las olas le cubrieron por completo y
el palo mayor cayó estruendosamente.
Todo era
confusión a bordo. El capitán continuaba sin conocimiento y a Felipe costóle
mucho persuadir a dos marineros a que le ayudaran a conducir a su lecho a
Hildebrando, que se había roto el brazo izquierdo y tenía un sinnúmero de
contusiones graves. Después volvió a subir a cubierta para intentar
restablecer el orden.
Aunque no era
todavía un buen marino, dominó con su valor y energía a todos aquellos hombres,
que obedecieron, al fin, aunque de mala gana, y media hora más tarde el buque
huía delante del temporal, libre ya del enorme peso del palo mayor y gobernado
por los mejores timoneles de la tripulación.
¿Dónde se
encontraba el señor Jacobo Jans Stroom? Acurrucado en la cama, cubierto el
rostro con las sábanas, temblando de pies a cabeza y jurando solemnemente que,
si alguna vez lograba poner el pie en tierra firme, todas las Compañías del
universo juntas no serían capaces de volver a embarcarlo. Ciertamente esta
resolución era la mejor que podía adoptar aquel desdichado.
Las primeras
órdenes de Felipe fueron obedecidas, pero pronto se vio a todos los marineros
que hablaban acaloradamente con el piloto tuerto y, después de un cuarto de
hora de consulta, dispersáronse yendo cada cual por su lado y quedándose
solamente sobre cubierta los dos que estaban en el timón. Algunos volvieron en
seguida con vasijas llenas de aguardiente y otros licores, que habían sacado de
la cámara de las provisiones forzando la puerta. Felipe permaneció todavía
media hora sobre cubierta tratando de persuadir a aquellos hombres para que no
se embriagaran, pero fue todo en vano; los del timonel aceptaron algunos tragos
y la falta de dirección del buque demostró que el licor había surtido efecto.
Vanderdecken bajó entonces a toda prisa para averiguar si Kloots había
recobrado los sentidos y estaba en estado de subir a contener a los marineros.
Le encontró profundamente dormido, y cuando a duras penas logró despertarle,
le refirió lo ocurrido y la situación desesperada del buque. Kloots acompañó a
Felipe, pero todavía sufría mucho de la caída, pues se mareaba al andar, y
tropezaba como si también estuviese borracho. Cinco minutos después volvió a
perder el conocimiento y cayó sobre cubierta. Hildebrando estaba gravemente
herido y Felipe comprendió que nada podía él hacer. La luz del día iba
desapareciendo lentamente y las tinieblas de la noche hacían aún más terrible
la escena. El buque continuaba corriendo delante del temporal, pero sin duda
los timoneles habían variado la dirección porque momentos antes recibía el
viento por babor y ahora por el lado contrario. La brújula había desaparecido;
pero tampoco hacía falta porque los marineros estaban decididos a no obedecer
a Felipe.
—Tú —le
decían— no eres marinero y no puedes enseñarnos el modo de gobernar un buque.
La lluvia
había cesado, pero el viento soplaba cada vez con más fuerza, azotando al Ter
Schilling que, en cada uno de sus enormes y espantosos balanceos, embarcaba
considerable cantidad de agua; pero la tripulación reía y gritaba, haciendo
coro al ensordecedor ruido de la tempestad.
Schriften
parecía capitanear al resto de la tripulación. Con una botella de aguardiente
en la mano bailaba, cantaba, castañeaba los dedos y dirigía miradas
provocativas a Felipe; a veces caía rodando por el suelo lanzando estruendosas
carcajadas. Al que pedía una botella, se le daban tres o cuatro. Por doquier se
oían juramentos, gritos y risotadas; los timoneles habían abandonado sus
puestos, para seguir a los demás, y el desgraciado buque, abandonado a su
suerte, sin más vela que un pequeño foque, era juguete de las olas, que le
asaltaban furiosas y embravecidas.
Algunas horas
después abonanzó el tiempo y la mar cesó de rugir. El Ter Schilling había
sido empujado hacia el Sur hasta la Bahía de la Tabla, mas por la alteración de
su rumbo, entró en False Bay, donde las montañas que la forman
protegiéronle en cierto modo contra las acometidas del viento y de las olas.
El buque atravesó la entrada de la bahía, sin que Felipe, en medio de la
obscuridad que le rodeaba, lo advirtiese siquiera. Cinco minutos más tarde, una
terrible sacudida le reveló que el barco había encallado en la arena y a los
pocos minutos cayeron con estrépito los dos palos que se mantenían aún
derechos.
La violencia
del choque, que desprendió muchos tablones, y el ruido que producía el agua al
entrar en la bodega, acallaron los gritos de la embriagada tripulación. El
buque quedó, al fin, acostado sobre su banda de babor. Felipe estaba a
barlovento y se asió a uno de los cabos de los obenques, mientras que los
marineros, sumergidos por completo, procuraban ganar el costado de estribor.
Kloots cayó al agua, hundiéndose en seguida sin que hiciera esfuerzo alguno
para salvarse; el infeliz había desaparecido para siempre. Vanderdecken se
acordó entonces de Hildebrando y, deseando salvarlo, voló en su ayuda; costóle
gran trabajo poder sacarle de la cama y conducirle a cubierta, colocándole tendido
en el bote mayor, que era el único que podía ser utilizado. La tripulación, al
verle, apoderóse de esta embarcación y cortó las amarras que la sujetaban, a
los pescantes. Una enorme ola los separó del Ter Schilling llenando de
agua la mitad del bote; pero aquellos borrachos, al verse flotando de nuevo,
renovaron sus cantos y carcajadas. El viento los empujaba hacia la costa y
Felipe, apoyado en la batayola, les contemplaba ansiosamente, viéndoles tan
pronto sobre la espumosa cresta de las olas como en el fondo del abismo. Las
voces eran cada vez menos perceptibles y, al fin, se extinguieron por
completo. Cuando por última vez los vio balancearse sobre una ola gigantesca,
cerró los ojos.
Comprendía que
era indispensable intentar salvarse en una tabla, pues el Ter Schilling
no podía durar mucho tiempo sin deshacerse; ya comenzaban a falsearse las
cubiertas y a cada golpe de mar la frágil embarcación sufría mayores destrozos.
Cierto ruido que oyó hacia popa recordóle que el sobrecargo permanecía aún en
su cámara. Después de quitar con mucho trabajo la escala de popa, que se había
atravesado en la puerta, consiguió Felipe llegar hasta el atemorizado Stroom,
a quien encontró agarrado a los tablones del tabique con las ansias de la
agonía y lleno de terror. Le habló, y, no obteniendo respuesta, intentó
moverle; pero fue imposible desprenderlo del sitio a que estaba asido. Una
enorme cantidad de agua que se precipitó en la bodega, acompañada de fuertes
crujidos, hizo comprender a Felipe que el buque se había destrozado, por lo que
tuvo precisión, contra su voluntad, de abandonar a su suerte al infeliz sobrecargo.
Cuando atravesó la escotilla vio algo que se movía; era Joannes, el
oso, que pugnaba por romper la cuerda que le aprisionaba. Felipe entonces la
cortó con su cuchillo, dejando en libertad al animal; pero, apenas lo hizo, una
ola furiosa destruyó la popa y él se encontró, de pronto, luchando con la mar
embravecida. Pudo, sin embargo, asirse a un tablón de los que formaban la
cubierta y, abrazado a él, pudo llegar a la playa; pero las olas, al volverse,
le impedían hacer pie y le llevaban y traían incesantemente. Rendido ya y
próximo a perecer tocó un objeto con la mano y se asió a él como último
recurso. Era la peluda piel de Joannes, que intentaba ganar la costa y
le condujo a tierra. Felipe, entonces, se arrastró fuera del alcance de las
olas y, extenuado de fatiga, perdió el conocimiento.
Cuando
despertó de su letargo, sintió un dolor agudo en los ojos, que no había abierto
aún, sin duda por haber permanecido muchas horas bajo los rayos de un sol
ardiente. Procuró abrirlos, pero vióse obligado a cerrarlos en seguida de
nuevo, porque la luz, al herirle, le había producido el efecto que la aguda
punta de un cuchillo. Poco a poco, sin embargo, fue recobrando la vista y pudo
contemplar el triste cuadro que le rodeaba. La mar continuaba furiosa y en su
superficie flotaban los restos del buque. Junto a él yacía el cuerpo de
Hildebrando; y otros cadáveres, esparcidos por la playa, le revelaron que los
que se embarcaron en el bote habían perecido.
Después de
apreciar con la vista la altura del sol, supuso que serían las tres de la
tarde, pero su debilidad era tanta, que comprendió que tenía gran necesidad de
reposo, pues su cabeza parecía próxima a estallar. Anduvo algunos pasos en
aquel lugar de desolación y, encontrando un montecillo de arena que le protegía
de los rayos del sol, acostóse a la sombra, no tardando en conciliar un sueño
reparador, que le duró hasta la mañana siguiente.
Cierto picor
extraño en el pecho le despertó. Levantóse de pronto y vio a su lado una figura
rara. Todavía estaban débiles sus ojos y creyó, al principio, que era Joannes,
y, después, Stroom, lo que tenía ante él. Se equivocaba, sin embargo, pues
aquel ser desconocido era un corpulento hotentote, con una azagaya en la mano y
al hombro la piel del pobre oso, todavía chorreando sangre; sobre su cabeza
ostentaba una de las pelucas del sobrecargo. Era tan cómica la facha de aquel
negro y tal su seriedad, que en otras circunstancias hubiera soltado Felipe la
carcajada; pero, a la sazón, no tenía ganas de reírse. El hotentote permanecía
inmóvil y en actitud pacífica.
Vanderdecken
tenía una sed rabiosa, e indicó por señas que necesitaba beber. El negro
condújole hacia unos montecillos de arena que había junto a la costa donde
descubrió Felipe otros cincuenta o más hombres, ocupados en recoger los restos
del naufragio. El conductor de Vanderdecken parecía el jefe del Kraal, según
el respeto con que le trataban los demás. Algunas palabras, pronunciadas con la
mayor gravedad, bastaron para proporcionar al joven héroe, si no lo que
necesitaba, al menos una calabaza con un poco de agua sucia, que le pareció
deliciosa. El jefe, entonces, hizo un ademán con la mano, invitándole a tomar
asiento en la arena.
El cuadro que
se ofreció a su vista era terrible. Restos del buque yacían por aquella playa
de blanca arena, mezclados con toneles y fardos de mercancías, y el mar,
todavía furioso, no cesaba de arrojar despojos del naufragio. A un lado veíanse
huesos de ballenas que otras tempestades habían empujado a la costa y que,
medio sepultadas en la arena, dejaban ver sus colosales esqueletos. En otro
sitio estaban los cadáveres de los tripulantes del Ter Schilling, de
cuyos trajes habían arrancado los botones los indígenas. Más allá, algunos
cafres, enteramente desnudos, se ocupaban en reconocer objetos sin ningún
valor, sin mirar siquiera aquellos otros verdaderamente dignos de ser
codiciados. El jefe, sentado sobre la sangrienta piel de Joannes y
ataviado con la enorme peluca de Stroom, aparecía tan grave como un canciller,
satisfecho de su ridícula indumentaria.
Hacía, a la
sazón, poco tiempo que los hotentotes se habían establecido en el Cabo; pero
sostenían ya con los indígenas un gran comercio de pieles y otros artículos de
producción africana. Los hotentotes, tratados hasta entonces amistosamente por
los europeos, les dispensaban un recibimiento afectuoso. El jefe preguntó a
Felipe si tenía hambre, y como éste respondiera afirmativamente, sacó de un
morral de piel de cabra un puñado de grandes escarabajos, y se los ofreció.
Vanderdecken los rehusó con evidentes señales de repugnancia; pero el salvaje,
tomando asiento tranquilamente, empezó a engullirlos uno a uno y, cuando hubo
terminado, indicó al joven náufrago que le siguiera. Al levantarse, vio éste
que su cofre flotaba sobre las olas, y, después que le hubieron recogido,
abriólo con la llave que conservaba aún en el bolsillo y sacó de él alguna ropa
y una taleguita llena de guilders. Su conductor no opuso a esto el menor
reparo; pero mostró al salvaje que estaba más próximo la cerradura y los
goznes, sin duda para que los arrancara, y echó a andar seguido de Felipe, a
través de los montecillos de arena. Media hora tardaron en llegar al Kraal,
compuesto de pequeñas chozas cubiertas con pieles, donde fueron recibidos por
las mujeres y niños de la tribu, quienes no ocultaron su asombro cuando vieron
al jefe con la peluca. En seguida trajeron a Felipe un cuenco de leche, que
bebió con ansiedad, mientras pensaba en su adorada Amina, tan distinta, en
todos los conceptos, de aquellas mujeres asquerosas y repugnantes.
El astro
diurno desaparecía, en aquel momento, del horizonte; Felipe se encontraba
fatigado. Hizo señas de que necesitaba descansar y le condujeron a una de las
chozas donde, a pesar del mal olor y de los numerosos insectos que le
molestaban, apoyó la cabeza sobre el lío que contenía su pequeño equipaje y,
después de dirigir una plegaria de gracias al Todopoderoso, quedóse
profundamente dormido.
El jefe,
acompañado de otro indígena que conocía algo el idioma holandés, le despertó a
la mañana siguiente. Felipe manifestó deseos de marchar en seguida al Cabo
donde podría encontrar algún buque y fue comprendido por el intérprete, quien
le contestó que a la sazón no había barco alguno fondeado en la Bahía de la
Tabla. A pesar de eso, insistió Vanderdecken, porque prefería esperar entre
europeos hasta que pudiera regresar a Holanda. La distancia, además, era
solamente una jornada. Después de consultar al jefe, el que hablaba holandés
indicó a Felipe que podía seguirle. Éste, después de beber un trago de leche y
de rehusar nuevamente los escarabajos que le ofrecieron, púsose en marcha
llevando al hombro el lío de su equipaje.
Por la tarde
llegaron a una colina, desde la cual se distinguía la Bahía de la Tabla y las
casas construidas por los holandeses. Felipe no pudo reprimir un grito de
júbilo al divisar un buque en lontananza. Apresuróse a llegar a la playa donde
encontró un bote del referido buque, que había venido por víveres. Dióse a
conocer y refirió lo ocurrido al Ter Schilling suplicando por último a
los tripulantes que le recibieran a bordo.
El oficial
encargado del mando del bote lo admitió gustoso, manifestando que regresaban a
Holanda. La esperanza de poder abrazar pronto a su adorada Amina hizo saltar
de alegría el corazón de Felipe. Sintió que aun no se había concluido para él
la dicha en el mundo; que todavía le reservaba el Cielo algunos goces y que su
vida dejaría ya de ser una continua cadena de sufrimientos y penalidades, con
la muerte por último eslabón.
A bordo, fue
recibido afectuosamente por el capitán, quien le dio pasaje gratis, y tres
meses después, sin accidente alguno digno de mencionar, llegó Vanderdecken a
la ciudad de Ámsterdam.
Fácil es
suponer, aunque el novelista no lo consigne, que Felipe apresuróse mucho por
llegar lo más pronto posible a su vivienda familiar, anheloso de ver y abrazar
a su amante y joven esposa.
Era el mes de
abril, y hasta el otoño proponíase descansar y reponer su quebrantada salud,
pues hasta entonces no se daría a la vela otra escuadra de la Compañía.
Por mucho que
lamentara Felipe la muerte de Kloots y de Hildebrando, experimentaba cierta
satisfacción interior al recordar que Schriften, a quien también creía muerto,
había cesado de mortificarle con sus ironías; y, además, casi se regocijaba del
naufragio, tan fatal para los otros, porque le había proporcionado la dicha de
pasar una temporada al lado de Amina.
Era ya
completamente de noche cuando tomó un bote en Flushing, para ir a su casa de
Terneuse. El viento soplaba con violencia; espesas nubes, cuyos contornos blanqueaba
la luz de la luna, que brillaba en el cénit, encapotaban el cielo,
amortiguando el pálido resplandor del astro nocturno. Felipe desembarcó y,
embozándose en la capa, se dirigió a su domicilio. Al aproximarse, profundamente
emocionado, distinguió que la ventana de la sala estaba todavía abierta y que
una mujer se apoyaba en su hueco. Comprendiendo que no podía ser otra que
Amina, avanzó hacia ella en vez de dirigirse a la puerta. Amina, pues
efectivamente era ella, estaba tan absorta en la contemplación del firmamento y
tan embebida en sus pensamientos, que ni vio ni oyó a su esposo Cuando se le
aproximó. Éste se detuvo a tres o cuatro pasos de ella, intentando ganar la
puerta sin ser visto, pues temía alarmarla presentándose de repente. Felipe se
acordaba que, al despedirse, le había prometido visitarla después de muerto,
«si Dios le daba permiso, como su padre había, en otra ocasión, visitado a su
madre». Pero, mientras permanecía indeciso, Amina, le vio en un momento en que
la pálida claridad de la luna, casi oculta entre las nubes, le iluminaba
vagamente, dándole el aspecto de un ser sobrenatural. Le reconoció en seguida;
pero, como no esperaba su regreso, le creyó un alma del otro mundo. Apartóse
con entrambas manos los cabellos que le caían sobre la frente y se quedó
contemplándole con fijeza.
—Soy yo,
Amina, no temas —dijo Felipe al punto.
—No abrigo el
menor temor —contestó ella oprimiéndose el corazón—. ¡Espíritu de mi esposo,
pues tal te creo, gracias por tu visita!
Y Amina movió
tristemente la mano invitando a Felipe a entrar, y abandonó luego la ventana.
—¡Santo Dios!
Cree que he muerto —pensó Felipe, y sin saber que hacer saltó tras ella dentro
de la sala.
Amina había ya
tomado asiento en el sofá y le miraba con ojos extraviados, como convencida de
que su aparición era sobrenatural.
—¡Tan pronto
ha sucumbido, Dios mío! —exclamó al fin—. Esposo mío —añadió—, no tardará mucho
tiempo tu esposa en ir a hacerte compañía.
Felipe estaba
cada vez más indeciso, pues temía una reacción súbita cuando Amina adquiriese
la convicción de que vivía aún.
—Querida mía,
óyeme. Aunque mi llegada es inopinada e intempestiva, no debes asombrarte,
abrázame y te convencerás de que tu Felipe no ha muerto.
—¿Qué no ha
muerto? —exclamó Amina, estremeciéndose.
—De ningún
modo; estoy tan vivo como tú, y cada vez más enamorado de ti —replicó Felipe
estrechándola contra su corazón.
—¡Gracias,
Dios mío, gracias! —dijo al fin Amina—. Creía que eras tu espíritu; mi alegría
es infinita —prosiguió, mientras las lágrimas surcaban su rostro.
—¿Quieres
escucharme? —preguntó Felipe, después de una ligera pausa.
—¡Oh! habla,
habla, amor mío; dime cuanto se te antoje.
El joven, obtenida la autorización de su
esposa, refirió brevemente sus aventuras y la causa de su inesperado regreso,
considerando suficiente recompensa a sus sufrimientos las caricias de su
idolatrada Amina.
—Y tu padre,
¿cómo se encuentra?
-—Regular;
mañana hablaremos de él.
Cuando a la
mañana siguiente despertó, contempló Felipe con amor las encantadoras
facciones de su dormida esposa.
—Dios es justo
—pensó—; todavía queda alguna felicidad para mí y jamás seré castigado por
dejar de cumplir mi juramento, pues si, a pesar de los peligros y sinsabores,
hago mi deber, Dios me recompensará en la tierra y después en la otra vida. ¿No
valen estos momentos más que lo que he sufrido? ¡Oh, sí, mucho más! —continuó,
despertando con un apasionado beso a su esposa, cuyos negros ojos se fijaron en
él llenos de amor y alegría.
Felipe
abandonó el lecho y preguntó por Poots.
—Mi padre no
ha cesado de molestarme —replicó Amina—. Me he visto obligada a cerrar la
puerta de la sala cuando salía de casa, porque le he sorprendido con frecuencia
forzando las cerraduras de los armarios. Su sed de oro es insaciable. No piensa
en otra cosa. ¡Cuánto me ha hecho sufrir repitiéndome a cada momento que no te
vería más exigiendo que le entregara tu dinero! Pero por suerte, me teme y
temblaba siempre que le decía que te estaba esperando.
—¿Y está
bueno?
—No muy mal,
pero algo avejentado. Se asemeja a una bujía que se consume brillando a
intervalos, hasta que al fin, cesa de alumbrar; a veces, se pone medio turulato,
y otras, por lo contrario, charla y hace planes como si estuviera en la flor de
su edad. ¡Cuán despreciable debe ser el amor al dinero! Siento decirlo, Felipe,
pero, a pesar de que se encuentra ya con un pie en la sepultura a la que no ha
de llevarse nada, le creo capaz de sacrificar tu vida y la mía por apoderarse
de los guilders que posees, todos los cuales daría yo gustosísima por un solo
beso de tus labios.
—¿Qué ha hecho
pues, durante mi ausencia?
—Me es
doloroso confesar mis temores y comunicar mis sospechas; pero lo vigilo con
cuidado... No hablemos más de él; pronto has de verle, y por cierto que no se
alegrará mucho de encontrarte vivo y sano, aunque te dé la bienvenida. No le
diré que has venido, para ver el efecto que le produce tu presencia.
Amina bajó
luego a hacer los preparativos para el almuerzo y Felipe fue a pasearse. A su
vuelta, encontró a Poots sentado a la mesa con su hija.
—¡Misericordioso
Alá! ¿Qué es lo que veo? —gritó el viejo—. ¿Es usted, señor Vanderdecken?
—El mismo
—replicó Felipe—, vine anoche.
—¿Por qué no
me lo has dicho tú, Amina?
—Porque
deseaba sorprenderle.
—Pues,
efectivamente, me ha sorprendido. ¿Y cuándo se marcha usted, Felipe? ¿Muy
pronto, mañana quizá...?— preguntó Poots.
—Probablemente
pasaré con ustedes algunos meses todavía.
—¡Algunos
meses! Es mucho tiempo para permanecer ocioso; usted necesita ganar dinero. ¿Ha
traído muchos guilders?
—Ni uno
siquiera —contestó Felipe—, porque he estado a punto de perecer en un
naufragio.
—Pero se
marchará usted.
—Sin duda
alguna; pero cuando me parezca oportuno.
—Muy bien; en
ese caso, me quedaré al cuidado de la casa y del dinero.
—Me parece que
podré ahórrale ese trabajo —replicó Vanderdecken—, porque tengo el propósito de
llevarme todo cuanto poseo.
—¿Y con qué
objeto? —preguntó Poots alarmado.
—Con el de
comprar mercancías en la India para volver a venderlas cuando regrese.
—¡Qué locura!
Pudiera usted naufragar nuevamente y todo se habría perdido. No, no; váyase
solo en buena hora, pero deje aquí los guilders.
—No puedo
complacerle, porque estoy resuelto a comerciar con ellos.
Felipe se
expresaba de tal forma creyendo que, si conseguía convencer a Poots de lo
dicho, éste no volvería a molestar a Amina con sus tentativas de apoderarse del
dinero.
Esta
conversación dejó al viejo médico muy pensativo y no volvió a hablar del
asunto. Cinco minutos después abandonaba la sala y se dirigía a su aposento.
Al encontrarse
solos, Felipe confesó A Amina lo que le había inducido a hacer creer a su padre
que pensaba llevarse hasta el último céntimo.
—Te agradezco
la buena intención, Felipe; pero era preferible que no hubieras hablado del
asunto. No conoces a mi padre; ahora es preciso que lo vigile más que nunca.
—Un viejo
decrépito no debe ser enemigo muy temible —replicó Felipe sonriéndose; pero
Amina pensaba de otro modo, pues parecía resuelta a observar la más escrupulosa
vigilancia.
La primavera y
el verano transcurrieron con gran rapidez para ambos jóvenes, que se
consideraban felices. Sólo turbaba, de vez en cuando, su dicha, el recuerdo de
la fantástica aparición del buque del capitán Vanderdecken, y del naufragio
del Ter Schilling.
Amina conocía
que cada vez habían de ser mayores las dificultades y peligros que aguardaban a
su marido; pero no intentó disuadirle del cumplimiento de su promesa. Miraba el
porvenir con esperanza y resignación, y como creía firmemente que tarde o
temprano había de cumplirse lo escrito, sólo deseaba que la hora fatal de la
separación se dilatara el mayor tiempo posible.
Concluido el
verano, volvió Felipe a Ámsterdam para buscar pasaje en uno de los buques que
se daban a la vela a principios del invierno.
El naufragio
del Ter Schilling era conocido ya por todo el mundo; y Felipe, además,
había escrito y entregado a los directores de la Compañía una detallada
relación de aquella tragedia.
En atención al
buen comportamiento del joven y a lo mucho que había padecido, el consejo de la
citada Compañía nombróle segundo de bordo del Batavia, hermosa embarcación
de 400 toneladas. Arreglados todos sus asuntos, volvió Vanderdecken a Terneuse
y, en presencia de Poots, enteró a Amina de cuanto había hecho.
—¿De modo que
vuelve usted a marcharse? —preguntó Poots.
—Sí, dentro de
dos meses —repuso el interpelado.
—¡Ah! —murmuró
Poots—; dentro de dos meses...
¡Cuán cierto
es que sobrellevamos mejor la realidad que la incertidumbre! Y no se crea por
esto que a Amina le acobardara la próxima separación de su marido: convencida
de que era necesario, se sometía sin chistar al destino, cuyas resoluciones son
invariables. Le afligía la conducta ce su padre y, como no le era desconocido
su carácter, comprendió que detestaba a Felipe y que le consideraba como un
obstáculo para apropiarse el dinero y la casa. El viejo sabía muy bien que, una
vez muerto Vanderdecken, le importarían muy poco los guilders a Amina y que ni
siquiera se acordaría de ellos. La idea de que Felipe estaba resuelto a
llevarse consigo su tesoro, le enloquecía. Amina le observaba constantemente,
pues le veía a todas horas hablando solo y sin acordarse de su profesión.
Pocos días
después de su regreso de Ámsterdam, Felipe, que estaba algo resfriado, dijo que
no se encontraba bien.
—¿Cómo es eso?
—gritó Poots estremeciéndose—. Veamos; tiene usted efectivamente muy alterado
el pulso. Amina, tu pobre marido está grave, es necesario acostarse en seguida
y le recetaré una pócima que lo curará. No cobraré nada por ello. Felipe, nada
absolutamente.
—No estoy
grave ni mucho menos —replicó Felipe—; solamente me duele un poco la cabeza.
—Sin embargo,
tiene usted fiebre y la precaución no está demás. Acuéstese, tome lo que le he
prescrito y mañana estará bueno.
Felipe se
dirigió a las habitaciones altas, acompañado de Amina, y Poots fue a su
laboratorio a preparar el medicamento. En cuanto el enfermo estuvo acostado,
Amina bajó en busca de su padre, quien le dio unos polvos para que los tomara
aquél.
—Dios me
perdone si dudo de mi padre —pensó la joven—, pero no me faltan motivos para
sospechar. Felipe está sin duda enfermo y si no se le aplican remedios enérgicos
puede empeorar. El corazón, me dice, no obstante, que no le dé esta medicina.
¿Será posible que mi padre intente cometer un crimen?
Después
examinó los polvos, que eran negruzcos y que, según había dispuesto Poots,
debían administrarse en un vaso de vino caliente. El mismo Poots se brindó a
calentarlo y, cuando lo hubo hecho, regresó de la cocina, diciendo:
—Aquí tienes
el vino, hija mía; cuando se lo beba, cuida de tapar bien a Felipe para que
sude y no se interrumpa la transpiración. Vélale, no le permitas destaparse ni
moverse y mañana le tendrás bueno.
Y, dicho esto,
dióle las buenas noches y abandonó la estancia.
Amina vertió
los polvos en una copa de plata que estaba sobre la mesa y echó después un
poco de vino para mezclarlos. El tono afectuoso de Poots había desvanecido casi
por completo sus sospechas.
Haciéndole
justicia, como médico, tomábase siempre excesivo interés por los enfermos.
Cuando Amina hubo mezclado los polvos, observó asombrada que no dejaban sedimento
alguno y que el vino no perdía su transparencia. Esto era muy raro y sus
sospechas tomaron mayor incremento.
—No estoy
satisfecha —murmuró—; temo a mi padre y le creo capaz de todo, Dios me perdone.
¿Qué hago? Es preferible no darle a Felipe este brebaje. Quizás el vino puro y
sin mezcla alguna sea también un buen sudorífico.
Amina
reflexionó de nuevo; había echado los polvos en tan pequeña cantidad de vino,
que apenas llenaba la cuarta parte de la copa, y aprovechando el que quedaba
caliente para ponerlo en otro vaso, se dirigió a la alcoba del enfermo.
En la escalera
encontróse a Poots que le dijo:
—No lo
derrames, Amina; que se lo beba todo. Espera, lo mejor será que yo mismo lo
lleve.
El médico tomó
entonces el vaso de manos de su hija y entró en al alcoba.
—Vamos,
Felipe; bébase todo y mañana estará bueno —exclamó el viejo, cuya mano temblaba
hasta el punto de verter parte del líquido sobre las sábanas.
Amina, que
estaba espiándolo, se alegró en el alma de no haber puesto los polvos en el
vino. El enfermo se incorporó sobre el codo, y después de apurar el contenido
del vaso dio a su suegro las buenas noches.
Este salió de
la estancia después de advertir a su hija que no se separara de la cabecera.
Amina comunicó a Felipe sus sospechas.
—Debes
equivocarte, Amina —contestó Vanderdecken—, o al menos así lo creo. No es
posible que exista un hombre tan malvado como tú supones a tu padre.
—No le conoces
bien ni sabes lo que yo sé. Ignoras de lo que es capaz por el oro; sin embargo,
pudiera equivocarme. De todos modos, procura dormirte, que yo velaré tu sueño.
Ahora leeré un rato y luego me acostaré, si sigues tranquilo.
Felipe no hizo
objeción alguna y pronto quedó dormido. Amina lo veló hasta la media noche.
—Respira con
dificultad —pensó la joven—, si le hubiera dado los polvos, ¿quién sabe si
hubiera vuelto a despertar? Mi padre conoce bien las costumbres del Este y le
temo mucho. ¡Cuántas veces le he visto administrar la muerte por un puñado de
oro! Cualquiera habría temblado al hacerlo, pero él, que ha envenenado a
muchos por un puñado de oro, hubiera tenido pocos escrúpulos en sacrificar a su
yerno. ¡Qué terribles presentimientos los míos! Felipe está enfermo; pero no
tanto como supone mi padre. No, no; su hora no ha llegado todavía, necesita
cumplir su destino. Su sueño es muy profundo; le abrigaré bien y cuidaré de que
no se destape, porque está sudando copiosamente. Alguien llama a la puerta,
sin duda necesitan a mi padre.
Amina bajó a
abrir y, como había sospechado, venían a buscar a Poots para que asistiera a un
enfermo.
—Voy a
llamarle y bajará en seguida —dijo Amina encaminándose a la habitación del
médico a cuya puerta llamó dos veces, sin obtener respuesta.
—¡Es extraño!
—pensó—. Mi padre no tiene el sueño tan pesado.
Decidióse a
entrar en el aposento, y no encontró a Poots en la cama. Bajó de nuevo a la
sala y vióle al fin allí recostado sobre el sofá, aparentemente dormido, pero,
aunque le llamó en voz alta, no pudo despertarle.
—¡Santo Cielo!
¿estará muerto? —murmuró aproximando la luz al rostro de su padre y temblando
de pies a cabeza.
Había muerto,
efectivamente; tenía los ojos inmóviles sin brillo y la mandíbula inferior
completamente caída.
Amina, durante
algunos minutos, quedó sumida en un profundo estupor, apoyada contra la pared;
al cabo, logró dominarse.
—Todo me lo
explico ahora —exclamó dirigiéndose a la mesa y mirando la copa de plata, en
que la víspera había mezclado ella los polvos, ¡estaba vacía!—. Dios es justo
y le ha castigado —añadió Amina—. ¡Oh! ¿y que este hombre sea mi padre?...
Asustado de su
crimen, el médico había llenado la copa de vino, deseando ahogar sus
remordimientos, y sin saber que contenía en su fondo la venenosa pócima había
bebido de un trago la muerte que había preparado para su yerno.
La joven
abandonó la estancia compadeciendo a aquella desdichada criatura y subió
nuevamente a la alcoba de Felipe que continuaba dormido y sudando copiosamente.
Cualquiera
otra mujer en su caso le habría despertado, pero ella no quiso asustarle.
Sentóse junto a la cama y con la cabeza entre las manos y los codos sobre las
rodillas, permaneció absorta por completo hasta que los rayos del sol,
penetrando por la ventana, iluminaron el aposento.
Volvieron a
llamar en la puerta; Amina bajó al vestíbulo y, sin abrir, preguntó quién era.
—Se necesita
inmediatamente al médico señor Poots —dijo una voz de muchacha.
—Querida
Teresa, mi padre está ahora mucho peor que el enfermo en cuyo auxilio vienes a
buscarle. Le encontré expirando al subir a llamarle, y creo que no vivirá
mucho. Te suplico que avises al padre Leysen en seguida.
—¡Dios me
valga! —replicó Teresa—; voy inmediatamente a buscar al párroco, señora Amina.
Felipe había
despertado. El dolor de cabeza le había desaparecido y su estado general era
satisfactorio. Al advertir que Amina había pasado toda la noche sin dormir,
pensó reprenderla; pero ella le enteró de lo ocurrido, y desistió.
—Debes
vestirte, Felipe —dijo—, para que me ayudes a levantar el cadáver antes que el
párroco llegue. ¡Dios mío! ¿Qué habría sucedido si te hubiera dado los polvos?
Pero no hablemos de esto; apresúrate, que no tardará en estar aquí el padre
Leysen.
Vanderdecken
vistióse en cinco minutos y bajó a la sala. El sol iluminaba el repugnante
rostro del difunto, que tenía los puños crispados y cuya lengua sujeta entre
los dientes, asomaba por un lado de la boca.
—¡Dios me
asista! Esta habitación parece que está maldita. ¿Cuántas escenas de horror se
desarrollarán aquí todavía?
—Ninguna —dijo
Amina—. Esta, al menos, no lo es, en mi opinión. Ver a mi padre a tu lado con
fingido interés, ofreciéndote el vaso que contenía la muerte, era espectáculo
horrible que jamás se borrará de mi memoria —añadió estremeciéndose.
—¡Que Dios le
perdone, como le perdonamos nosotros! replicó Felipe, cargando con el cadáver
para trasladarlo al aposento que había ocupado en vida.
—Hagamos
creer, por lo menos, que ha fallecido en su cama y de muerte natural —observó
Amina—. Me afligiría mucho el que se descubriera lo ocurrido y que todo el
mundo me señalara con el dedo, como la hija de un envenenador. ¡Ah, Felipe!
La joven
prorrumpió en amargo llanto, cuando el padre Leysen llamó a la puerta; Felipe,
que estaba consolando a su esposa, se apresuró a abrir.
—Buenos días,
hijo mío; ¿cómo se encuentra el enfermo?
—Ha dejado de
sufrir.
—¿Es posible?
—exclamó el sacerdote, en cuyo rostro se reflejó el asombro—. ¿He llegado,
entonces, demasiado tarde?
—Ha expirado
en una convulsión, casi repentinamente, señor cura —contestó Felipe,
dirigiéndose a la habitación mortuoria.
El párroco
contempló el cadáver y comprendió que los auxilios espirituales eran inútiles.
Luego volvióse hacia Amina, que lloraba amargamente, y dijo:
—Llora, hija
mía; llora, porque tienes motivo para ello. La muerte de un padre es la
desgracia más grande que puede ocurrir a una hija afectuosa y buena. Pero no te
dejes dominar por el dolor; recuerda que tienes otras obligaciones, otras
cosas en qué pensar; ¿olvidas a tu esposo?
—No, señor
—replicó Amina—; pero necesito llorar. ¡Era mi padre!
—La enfermedad
habrá sido muy rápida, porque está vestido. ¿Cuándo se sintió mal?
—Anoche subió
a mi habitación —repuso Felipe—, y después de hacerme tomar un medicamento, se
despidió de mí. Más tarde vinieron a llamarle para que fuera a visitar a un
enfermo, y cuando Amina entró en su habitación para comunicárselo, lo encontró
ya gravísimo.
—¿Ha muerto,
por consiguiente, casi de repente? No me extraña, porque tenía ya mucha edad.
¿Y estabas tú a su lado cuando murió?
—No, señor
—contestó Felipe—. Amina me gritó que bajara en seguida, pero cuando me vestí
había ya expirado.
—Tal vez esté
en el Cielo. Dime, Amina, ¿ha mostrado deseos de reconciliarse con Dios, antes
de morir? Todos sabemos que su devoción no era mucha, y que tampoco cumplía
con exactitud las obligaciones de un buen cristiano.
—Hay
ocasiones, padre —dijo Amina—, en las que hasta al más santo le es imposible
manifestar esos deseos. Mire usted sus manos crispadas y su rostro todavía
desfigurado por la agonía; en tal situación, ¿cómo es posible que un enfermo
se acuerde de nada?
—Tienes razón,
hija mía —contestó el sacerdote—. Arrodíllense y recemos una plegaria por el
alma del finado.
Felipe y Amina
se arrodillaron y rogaron con fervor, pero, al levantarse, cruzaron una mirada
de inteligencia.
—Mandaré que
le recen el Oficio de Difuntos y dispondré lo necesario para su entierro —dijo
el padre Ley-sen—; pero sería prudente que todos ignoren que ha fallecido sin
recibir los auxilios de la religión.
Felipe inclinó
la cabeza en señal de asentimiento, y el sacerdote se despidió. Poots había
inspirado siempre profunda antipatía en el pueblo; su falta de piedad y de
religión, y especialmente su avaricia, le habían creado multitud de enemigos;
pero le respetaban, sin embargo, por su reconocida competencia en la medicina.
Si se hubiera averiguado que era mahometano, y que había sucumbido víctima del
mismo veneno que preparó para su yerno, sin duda alguna le habrían negado la sepultura
eclesiástica, y sobre la frente de Amina habría caído un estigma imborrable;
pero, como el padre Leysen contestaba a todos tranquilamente que «había tenido
buena muerte» se supuso que se arrepentiría a última hora del indiferentismo
religioso que demostró durante su vida. Al siguiente día se enterraron sus
restos y Felipe y Amina quedaron satisfechos de haber podido evitar el escándalo.
Terminadas las
exequias, fue registrada la habitación del difunto. La llave del arca de hierro
encontróse en un bolsillo, pera Felipe no quiso examinarla hasta más tarde. Los
estantes estaban repletos de cajas y botes de medicinas que se tiraron todas, excepto
las que Amina consideró útiles, y que fueron depositadas en otro sitio. En los
cajones de la mesa encontraron, entre otras cosas, un sinnúmero de escritos
arábigos, que probablemente serían recetas, y en una cajita con un rótulo,
también en árabe, vieron los mismos polvos negros que Poots había querido que
ingiriese Felipe. Algunos manuscritos encontrados últimamente, revelaron que el
viejo se ocupaba en las ciencias ocultas, tan en boga en aquel tiempo; estos
documentos fueron quemados todos.
—¡Si los
hubiera visto el padre Leysen! —exclamó Amina—. Mira estos papeles impresos,
Felipe.
Vanderdecken
los examinó; eran acciones de la Compañía de las Indias.
—Son dinero
—repuso—; o lo que es lo mismo, ocho acciones de la Compañía, que nos
proporcionarán una bonita renta. No creía que tu padre diera tan buen empleo a
su capital. Ahora se me ocurre a mí también emplear parte del mío, antes de
marcharme, para que sea productivo.
Abrieron, al
fin, el arca de hierro, y, a primera vista, supusieron que contendría pocos
valores, pues era muy grande y estaba casi vacía; pero en el fondo había
treinta o cuarenta taleguitos, repletos de guilders en oro. Además, otras
varias cajitas y paquetes encontrados debajo, estaban llenos de diamantes y
piedras preciosas. La herencia era muy importante.
—Amina, me
traes un dote inesperado —dijo Felipe.
—Así es en
efecto. Todas estas joyas las adquirió seguramente mi padre cuando vivíamos en
Egipto. Y, sin embargo, ¡cuánta miseria arrastramos hasta llegar aquí! Parece
imposible que siendo tan rico, haya intentado envenenarte para apoderarse de lo
tuyo. ¡Dios le perdone!
Después de
contar el metálico que ascendía a 50.000 guilders, guardáronlos nuevamente en
el arca y salieron de la habitación.
—Soy rico
—murmuró Felipe—; pero, ¿para qué me sirven las riquezas? Si comprara un buque
naufragaría con seguridad. ¿Y es lícito que me embarque con otros, para
arrastrarlos a la muerte? Lo ignoro, pero me arrastra el destino y las vidas de
los demás están en manos de Dios, que dispone de ellas cuando a bien lo tiene.
Emplearé mi dinero en acciones de la Compañía, y si viajo en buqués de su
propiedad, y éstos naufragan por encontrarse con el que mi padre capitanea,
participaré de las pérdidas y sufriré como los que me acompañen. Debo, además,
proporcionar a Amina todas las comodidades posibles.
Felipe varió
de modo de vivir. Buscó dos criadas, amuebló con lujo la casa y no omitió
gasto alguno para proporcionar a su joven esposa toda suerte de
satisfacciones. Escribió a Ámsterdam, y pronto fue dueño de varias acciones de
la Compañía. Transcurrieron otros dos meses y una mañana recibió la orden de
presentarse en el buque a que le habían destinado. Amina deseaba que viajase
como un simple pasajero, y no como oficial; pero Felipe prefirió lo último,
para excusar de alguna manera aquella expedición a la India.
—No sé por qué
—dijo la víspera de partir—, experimento menos zozobras, que cuando me
disponía a embarcar en el Ter Schilling; esta vez no tengo trágicos
presentimientos.
—A mí me pasa
lo mismo —agregó Amina—. Sin embargo, el mayor desconsuelo para una esposa es
vivir separada de su marido.
—Es cierto;
pero...
—Comprendo que
debes cumplir tu deber, y Que es preciso que te marches.
El día
siguiente, partió Vanderdecken y Amina, dando muestras de gran valor, dijo, al
verlo alejarse:
—Todos
sucumbieron y él se salvó; seguramente volveré a verlo. ¡Hágase la voluntad de
Dios!
Llegado Felipe
a Ámsterdam, compró varios objetos de utilidad en caso de naufragio, que
consideraba seguro, y se embarcó en el Batavia que, amarrado en el
puerto, estaba listo para emprender el viaje.
No necesitó
Vanderdecken mucho tiempo para convencerse de que no había de viajar con mucha
comodidad. El Batavia había sido fletado para conducir un numeroso destacamento
de tropas a las islas de Ceilán[7] y Java, destinado a reforzar
y cubrir las bajas de las guarniciones que la Compañía tenía en aquellos
puntos. El buque debía separarse del resto de la escuadra en Madagascar y
dirigirse luego a Java, pues el número de soldados que llevaba a bordo era
bastante numeroso para defenderlo de cualquier ataque de piratas o cruceros
enemigos. Además, montaba treinta cañones y lo tripulaban setenta y cinco
hombres. La mayor parte del cargamento consistía en pertrechos militares, pero
llevaba también en su bodega una importante cantidad en metálico para adquirir
artículos de la India. Cuando llegó Felipe a bordo, estaba embarcándose la
tropa, que pocos instantes después obstruía la cubierta impidiendo circular por
ella. Antes de conseguir hablar con el capitán, encontró al segundo y en
seguida comenzó a ocuparse en todo lo concerniente a su cargo con más acierto
del que puede suponerse, pues el viaje anterior le había enseñado a cumplir
bien sus deberes.
Pronto terminó
el desorden: el equipaje de la tropa se fue estivando en la bodega y los
soldados fueron colocados por secciones en el entrepuente, quedando así la
cubierta expedita para la maniobra. Felipe dio sus disposiciones para ello con
tanta pericia y demostró tanta actividad, que el capitán, cuando se lo
permitieron sus ocupaciones, dijo:
—Me había
usted disgustado, señor Vanderdecken, por presentarse tan tarde a bordo, pero
veo con satisfacción que ahora gana el tiempo perdido. Ha hecho usted durante
la mañana mucho más de lo que podía esperar y siento que no haya dirigido la
estiva, que no ha quedado por completo a mi gusto. Struys, mi segundo, estaba
solo y le era imposible atender a tantas cosas.
—Deploro no
haber venido antes —replicó Felipe—, pero tuve necesidad de esperar que la
Compañía me enviase la orden.
—Como saben
que es usted casado y que tiene un número considerable de acciones, los
directores no habrán querido molestarle hasta última hora. Presumo que el viaje
próximo lo hará usted con la categoría de capitán, porque unos de los socios
más antiguos me lo ha asegurado esta mañana.
Felipe se
alegró de haber empleado tan ventajosamente su dinero y su mayor deseo era
llegar a mandar un buque.
—Espero,
efectivamente —contestó—, ser capitán muy pronto, si soy competente para ello.
—No lo dudo,
señor Vanderdecken; es usted muy aplicado y parece que le agrada mucho la mar.
—Me parece que
no la abandonaré nunca.
—¿Nunca? Eso
dice usted ahora, que es joven, activo y tiene grandes esperanzas. Poco a poco,
se irá usted cansando de los balanceos y deseará descansar de ellos en tierra
firme, como a mí me ocurre.
—¿Cuántos
soldados hemos embarcado?
—Doscientos
cuarenta y cinco y seis oficiales. ¡Infelices! Pocos regresarán a la patria y
más de la mitad morirán antes de un año. Aquel clima es terrible. Yo
desembarqué allí trescientos hombres en una ocasión y cuando emprendí el viaje
de regreso, habían ya perecido dos terceras partes.
—Eso es casi
asesinarlos —observó Felipe.
—No; si han de
morir, ¿qué importa que sea antes o después? La vida es una comodidad que se
vende como muchas otras cosas y con ella especula la Compañía como con los
demás artículos.
—Pero no con
la de los pobres soldados.
—Por lo
contrario, la Compañía los compra baratos y los vende caros —replicó el
capitán, dirigiéndose a la proa.
—Tiene usted
razón —murmuró Felipe—, porque, sin esas infelices criaturas, ¿cómo había de
sostener sus posesiones contra tantos enemigos, indígenas y extranjeros? ¿Y por
cuánto venden estos desdichados sus vidas? Por una bagatela arrostran el más
enfermizo de los climas, sin esperanza de volver después a la patria a reponer
su quebrantada salud y pasar con tranquilidad el resto de sus días. ¡Dios mío!
Si estos hombres son inhumanamente sacrificados de tal modo, ¿por qué me ha de
remorder a mí la conciencia, porque el cumplimiento de una misión que me ha
impuesto Dios ocasione algunas víctimas? Cúmplase la voluntad del Ser Supremo;
obedeceré sus designios que son inescrutables; pero hubiera preferido navegar
en otro buque, pues, si éste se perdiera por mi causa, sucumbirían una
infinidad de criaturas.
Una semana
después, el Batavia y las demás embarcaciones de la escuadra se
hicieron a la mar.
Convencido
Felipe de que había de encontrar al Buque Fantasma y de que a este
encuentro sobrevendría inevitablemente el naufragio y el sacrificio, de todos
los que iban embarcados, cada día enflaquecía más llegando a convertirse casi
en una sombra. Como no tuviese que dar alguna orden, su boca no se abría jamás
para pronunciar una palabra, y se consideraba un criminal fatal y funesto que
llevaba consigo los desastres, los peligros y la muerte de cuantos le
acompañaban. Cuando alguno hablaba de sus hijos, de su esposa, o formaba planes
para el porvenir, delante de él, se sentía malo y se dirigía a cubierta en
busca de la soledad. Varias veces llegó a creerse juguete de una ilusión; pero,
al recordar el pasado, comprendía que la aparición era una realidad terrible.
Hasta llegó a arrepentirse de haberse embarcado; pero era tardío su
arrepentimiento, porque el Batavia se encontraba ya a más de mil millas
del puerto de Amsterdam y no tuvo otro remedio que resignarse.
Su ansiedad
aumentaba a medida que la escuadra se aproximaba al Cabo, de tal suerte, que
todos lo conocieron a bordo. El capitán y los oficiales que mandaban las
tropas, intentaron inútilmente averiguar la causa de su constante desasosiego;
pero él se excusaba con su mala salud, y, en efecto, su demacrado semblante y
hundidos ojos probaban que debía sufrir mucho. Pasaba la mayor parte de la
noche sobre cubierta, examinando el horizonte en todas direcciones, en la
persuasión de que no tardaría en presentarse el Buque Fantasma; y no se
retiraba a su camarote hasta que comenzaba a amanecer. Después de un viaje
completamente feliz, la escuadra ancló en la Bahía de la Tabla y Felipe se
tranquilizó por no haber hecho todavía su aparición el barco de su padre.
Aquella tregua
fue muy breve, porque la escuadra se hizo nuevamente a la mar y la ansiedad
volvió a apoderarse del corazón de Vanderdecken. Doblaron el cabo con buen
tiempo, Madagascar se quedó a la espalda y, ya en el mar de las Indias, el Batavia,
enderezando el rumbo hacia Java, separóse del resto de la escuadra que
continuó su viaje a Cambroon y la isla de Ceilán.
—¿Aparecerá el
barco de mi padre ahora que estamos solos y sin que nadie pueda prestarnos
auxilio? —pensó Felipe.
Pero el Batavia
navegaba sobre una mar tranquila y bajo un cielo sin nubes, hasta que
algunas semanas después estuvo a la vista de la isla de Java. Era la caída de
la tarde y el buque tuvo que correr bordadas toda la noche. Sólo algunas horas
debían ya permanecer en alta mar, y Felipe aguardó el día paseando con
impaciencia. Al salir el sol, el Batavia entró majestuosamente en la
soberbia bahía que llevaba su mismo nombre y antes del mediodía quedó amarrado
sobre sus anclas. Felipe, entonces, bajó a su camarote y procuró conciliar el
sueño del que tanta necesidad tenía.
Cuando
despertó, sintióse libre de un peso enorme.
—¿Conque no
todos los buques que me conducen están condenados a naufragar ni sus
tripulaciones a perecer? —se preguntó a sí mismo—. Veo también que el Volador
Holandés tampoco aparece siempre, aunque se le busque. Ya mi conciencia
está más tranquila, pues abrigo la convicción de que los desastres y la muerte
no me acompañan por doquier, como hasta ahora había creído. Ahora puedo
proseguir mi misión sin el más ligero remordimiento.
Reanimado con
estas consideraciones, subió a cubierta. Las tropas habían ya desembarcado y un
espectáculo magnífico se ofreció a sus ojos. A una milla de distancia
percibíase la ciudad de Batavia, edificada sobre la plaza y detrás de ella
elevábase una alta cordillera vestida de verde y salpicada con lindas casas de
campo, ocultas entre el follaje. El panorama era encantador; la vegetación,
lujuriosa y su brillante verdor recreaba la vista. Numerosos buques llenaban
el puerto y sus mástiles semejaban un verdadero bosque; una brisa suave rizaba
las azules aguas de la bahía en la que sobresalían, como ramilletes de flores,
algunas pequeñas islas, coronadas de verdura, quebrando la uniformidad de su
superficie. Hasta el aspecto de la ciudad era bello, pues la blancura
deslumbradora de las casas formaba un agradable contraste con el obscuro color
de los árboles, que crecían en los jardines y adornaban casi todas las vías.
—Parece
imposible —dijo Felipe al capitán—, que este hermoso país sea tan insalubre.
Cualquiera, al verlo, creería lo contrario.
—La muerte se
oculta aquí entre las flores, como las serpientes —replicó el capitán—. ¿Se
encuentra usted ya mejor, señor Vanderdecken?
—Mucho mejor
—contestó éste.
—Me parece
que, si pasara usted algunos días en tierra, se restablecería muy pronto.
—Así lo haré,
si usted me lo permite. ¿Cuánto tiempo permaneceremos aquí?
—Poco; pues,
si recibo orden de zarpar, tenemos el cargo dispuesto y la operación concluirá
pronto.
Felipe,
siguiendo los consejos del capitán, desembarcó y fue a hospedarse en casa de un
honrado comerciante, que vivía en los alrededores de la ciudad en un sitio muy
ventilado. Permaneció allí dos meses; durante los cuales se restableció
completamente, volviendo a embarcarse algunos días antes de darse a la vela el Batavia.
El viaje de regreso fue excelente y cuatro meses después, estaban a la
vista de Santa Elena. Habían doblado el Cabo sin encontrar al Buque
Fantasma, y Felipe, con este motivo, disfrutaba no sólo de buena salud,
sino de excelente humor. Poco antes de arribar a la isla, sobrevino una calma y
un bote atracó al costado del buque. Los que le tripulaban estaban
completamente extenuados, porque durante dos días no habían cesado de remar
para ganar la isla. Según declararon, pertenecían a la dotación de un pequeño
buque holandés de la carrera de las Indias, que se había ido a pique en alta
mar, cuarenta y ocho horas antes, a causa de una enorme vía de agua que le
había sumergido casi instantáneamente. Además del capitán, oficiales y veinte
marineros, iba un anciano sacerdote portugués, enviado a Holanda por el
gobernador de una factoría y al que se le acusaba de haber conspirado contra
los intereses de la Compañía en las costas del Japón.
El gobierno lo
había expulsado del país y, en su consecuencia, tomó pasaje a bordo del buque
naufragado. El capitán y demás marineros aseguraron que sólo había sucumbido
en el naufragio una persona, pero de gran importancia, porque durante muchos
años había sido presidente de la factoría holandesa del Japón y regresaba a
Ámsterdam cargado de riquezas. Cuando el buque estaba ya hundiéndose y la
tripulación refugiada en el bote, él insistió en volver a bordo para sacar una
cajita llena de diamantes y piedras preciosas que había dejado olvidada; pero,
mientras le aguardaban, desapareció el barco repentinamente entre las aguas,
formando un remolino colosal. Esperaron todavía un rato por si aparecía en la
superficie; pero el desdichado no vio más la luz del sol.
—La desgracia
no fue para mí inesperada —añadió el capitán dirigiéndose al del Batavia—,
porque cinco días antes habíamos encontrado al Buque del Diablo.
—Querrá usted
decir el Volador Holandés —observó Felipe.
—Ese es,
efectivamente, su verdadero nombre —continuó el capitán del buque sumergido—.
Yo había oído hablar de él muchas veces; pero jamás le había encontrado, ni
Dios quiera que le vuelva a ver, porque me he arruinado y tengo necesidad de
navegar mucho para reponerme de las pérdidas sufridas.
—¿Y cómo se
les apareció? —inquirió el capitán del Batavia.
—Solamente le
vi el casco —contestó el interpelado—. La noche era clara y hermosa, el cielo
estaba despejado y navegábamos a poca vela; yo me había retirado a dormir,
cuando a la una de la madrugada el contramaestre me despertó para decirme que
la tripulación estaba atemorizada, porque decían haber visto al Buque
Espíritu, que éste es el nombre que le dan los marineros. Subí en seguida a
cubierta; el tiempo estaba sereno, pero por la popa y a dos cables de
distancia, había una niebla rara, pues tenía la figura de una bola. Andábamos a
razón de cuatro o cinco millas, y, esto no obstante, no conseguíamos dejar
atrás la referida niebla. «¿Qué es lo que veo?», exclamé, restregándome los
ojos. «Atienda usted, capitán —repuso el contramaestre—, ya hablan de nuevo».
«¿Quién?», pregunté poniendo atención y oyendo de repente salir de entre la
niebla unas voces que gritaban: «¡Ohé! ¡Buque a estribor!» «Bien, toca la
campana.» «Debe ser un buque, contramaestre», exclamé entonces. «Sí, pero
no de este mundo», me replicó. Las voces se oyeron otra vez: «Dispara un
cañón de proa.» «Bien, capitán. ¡Fuego!» La detonación sonó en
nuestros oídos como un trueno, y después...
—Después,
¿qué? —preguntó el capitán del Batavia emocionado.
—La niebla
desapareció como por encanto, el horizonte volvió a despejarse y todo quedó en
el mismo estado que antes de la terrible aparición.
—¡Será verdad!
—Veinte
hombres hay sobre cubierta —replicó al capitán—, que confirmarán cuanto he
dicho, y, además, el sacerdote que nos acompaña encontrábase precisamente a mi
lado mientras permanecí sobre cubierta. La tripulación dijo entonces que pronto
sobrevendría alguna desgracia, y a la mañana siguiente, al entrar en la bodega,
vimos que tenía cuatro pies de agua. Acudióse a las bombas; pero, ¡trabajo
inútil!, el barco se hundió pocas horas más tarde, como les acabo de referir.
Felipe no hizo
objeción alguna, pero le complació el relato.
—Si el buque
de mi padre —pensó—, se aparece a otros lo mismo que al en que viajo, no soy yo
quien pone en peligro las vidas de los que me acompañan y puedo proseguir mi
tarea sin remordimientos.
Al día
siguiente entabló conversación con el sacerdote católico, que hablaba el
holandés tan correctamente como su propio idioma. Era un venerable anciano, de
unos sesenta años de edad, con larga barba blanca como la nieve, y maneras
distinguidas.
Vanderdecken
se atrevió a confesarle que era católico.
—Es un caso
raro, tratándose de un holandés.
—En efecto
—replicó Felipe—; pero todos lo ignoran a bordo, no porque me avergüence de mis
creencias, sino para evitar discusiones.
—Es usted
prudente, hijo mío. Si el protestantismo no produce otros frutos que los que he
visto en Oriente, vale poco más que la idolatría.
—Dígame usted,
padre; me han referido cierta aparición milagrosa de un buque que no está
tripulado por seres humanos... ¿Lo vio usted también?
—Vi lo que
vieron los demás —respondió el sacerdote—; y realmente la aparición fue
extraordinaria, casi podría decir sobrenatural. Había ya oído hablar del Buque
Fantasma y que su encuentro presagiaba desastres; pero crea que, si
nosotros hemos naufragado, se debe también a que venía a bordo una persona,
cuyos pecados podrían hundir con su peso todos los buques del mundo; cuando se
ahogó, comprendí que muchas veces en este mundo el Todopoderoso castiga con
severidad a los que merecen su venganza.
—¿Se refiere
usted al presidente holandés que se hundió en el mar con el buque?
—Sí, hijo mío;
pero la historia de sus crímenes es muy larga; mañana a la noche se la referiré
íntegra. La paz sea con usted, y hasta que volvamos a vernos.
El tiempo se
mantuvo hermoso y el Batavia estuvo corriendo bordadas hasta el
amanecer, con objeto de fondear en Santa Elena tan pronto como amaneciese. Sin
embargo, la calma le impidió hacerlo y aquella noche, durante el cuarto de las
doce, Felipe vio al sacerdote que estaba esperándole en el portalón. La
tranquilidad era completa a bordo; los marineros dormían en el entrepuente, y
Felipe, con su nuevo amigo, se dirigió a popa; entonces, el anciano,
sentándose sobre un banco, comenzó a hablar en esta forma:
—Posiblemente
ignorará usted que los portugueses, ansiosos de conservar un país que han
descubierto y cuya posesión ha costado muchos crímenes, no han perdido de vista
un punto esencial para todo buen católico: el extender la verdadera fe e izar
la bandera de Jesucristo en las regiones dé la idolatría. Algunos de mis
compatriotas, después de haber naufragado, se establecieron en las islas del
Japón, y siete años más tarde, el glorioso San Francisco, que está en la
gloria, desembarcó en la isla de Ximo, donde predicó nuestra religión, haciendo
numerosas conversiones. Desde allí marchó a la China, que era su destino, pero
murió en la travesía, concluyendo de este modo su santa vida. Después de su
glorioso tránsito, a pesar de los obstáculos que siempre han opuesto los
sacerdotes de la idolatría, y de las persecuciones de que han sido objeto, el
número de conversos al cristianismo crece extraordinariamente en el Imperio
japonés. La religión se propaga más cada día y son muchos los miles de almas
que adoran al verdadero Dios.
»Los
holandeses fundaron también al poco tiempo un establecimiento en el Japón;
pero, como los católicos indígenas solamente querían tratar con los
portugueses, que les inspiraban mayor confianza y simpatía, aquéllos se
convirtieron en enemigos nuestros; la persona de quien hablé a usted anoche,
que era entonces el jefe de la factoría holandesa, en su sed de oro, hizo creer
al emperador que la religión cristiana era un manantial de discordia logrando
por este medio arruinar a los portugueses y a sus adeptos. Esto fue, hijo mío,
lo que hizo aquel hombre que se jactaba de profesar la religión protestante,
por ser más pura y razonable que la nuestra.
»Vivía al lado
nuestro un señor japonés, muy influyente y extraordinariamente rico, quien con
dos hijos suyos había abrazado el cristianismo. Tenía, además, otros dos hijos
que residían en la corte. Este personaje nos regaló una casa para establecer en
ella una escuela; pero, a su fallecimiento, los dos hijos residentes en Yedo,
que eran idólatras, nos despojaron del regalo de su padre. Nosotros nos
resistimos a ello y el gobernador holandés aprovechó esta oportunidad para
excitarlos en contra nuestra, haciendo llegar a oídos del emperador la calumnia
de que los portugueses y cristianos fraguaban una conspiración para arrojarle
del trono; porque debe advertirse que cuando a algún holandés se le preguntaba
si era católico, respondía invariablemente: Soy holandés.
»El emperador,
dando crédito a aquella calumnia, apresuróse a promulgar un edicto en el que
se decretaba el exterminio de los portugueses y de todos los súbditos suyos
que confesaran la nueva fe, para cuyo fin organizó un ejército, cuyo mando
confió a los hijos del caballero de quien he hablado antes. Los cristianos que
conocían que la resistencia era su único recurso, empuñaron las armas y nombraron
por generales a los otros dos hermanos.
»Este último
ejército componíase de más de 40.000 hombres y el emperador, que desconocía
esta circunstancia, mandó en contra suya solamente 25.000 soldados. Sostuvieron
un sangriento combate y quedaron victoriosos los cristianos; de las huestes
imperiales sólo se salvaron los que apelaron a la fuga.
»Esta señalada
victoria hizo aumentar considerablemente el número de conversiones y pronto
llegaron nuestras fuerzas a más de 50.000 combatientes. El emperador, viendo su
ejército destrozado, ordenó nuevos reclutamientos con los que consiguió reunir
una fuerza de 150.000 hombres, encargando a sus generales que no dieran
cuartel a los cristianos, excepción hecha de los dos jóvenes que los mandaban,
pues deseaba apresarlos vivos, para someterlos al tormento. Rehusó cuantos
medios se le propusieron para llegar a un arreglo y se encargó personalmente
del mando de las tropas. En el primer día de combate, la victoria inclinóse a
favor de los cristianos, pero sufrieron la pérdida de uno de sus generales, que
fue herido y hecho prisionero,
»La segunda
batalla fue funesta para nosotros. Sucumbió el otro general y, dominados por el
número, nuestros soldados se rindieron a discreción. Todos fueron pasados a
cuchillo y no lograron salvarse ni las mujeres, ni los ancianos, ni los niños.
En aquella triste jornada sucumbieron más de 60.000 criaturas. Y no fue esto
todo; en seguida comenzó una terrible persecución por todo el Imperio y todos
los cristianos fueron sometidos a los más atroces martirios. No se consiguió,
sin embargo, exterminarlos hasta hace unos quince años, y calculo que tales
persecuciones han quitado la vida a más de 400.000 personas. Tal es, hijo mío,
la atroz carnicería que ha ocasionado la falsedad y avaricia de aquel
insensato, que ha comparecido ya ante Dios para dar cuenta de sus crímenes. La
Compañía Holandesa de las Indias, satisfecha de su conducta que tantos
beneficios le reportaba, le ha sostenido durante muchos años en la presidencia
de su factoría en el Japón. Vino siendo muy joven y ya tenía la cabeza blanca
cuando emprendió el camino de regreso a su país, cargado de riquezas sin
cuento, porque inmensas debían de ser para que una ambición como la suya se
satisficiera. Dígame usted ahora, Felipe, ¿no es mejor cumplir nuestra misión
en este mundo y despreciar las riquezas, para poder disfrutar después la
bienaventuranza en el otro?
—Cierto, padre
—replicó Vanderdecken.
—Me quedan
pocos años de vida y Dios sabe si abandonaré este valle de lágrimas con
repugnancia —agregó el sacerdote.
—Lo mismo digo
yo —contestó Felipe.
—¡Usted! No,
hijo mío. Es joven y tendrá grandes esperanzas. Antes de morir necesita
desempeñar en esta vida el papel que Dios le haya reservado.
—Así es
—repuso Felipe—; pero hace mucho frío y debe ir a acostarse. Yo también lo haré
cuando termine mi guardia.
—Reciba usted
mi bendición v buenas noches.
—Muy buenas
—replicó Felipe contento de quedarse solo; y, luego se preguntó a sí mismo—:
¿Debo confesárselo todo? Creo que no, puesto que tampoco he revelado nada al
padre Leysen, a quien conozco más. Esto sería entregarme y ponerme en su
poder. No, no; el secreto me pertenece a mí solo.
Y, dicho esto,
sacó de su pecho la reliquia, y la besó respetuosamente.
El Batavia,
después de haberse detenido algunos días en Santa Elena, prosiguió su
viaje, y a las pocas semanas Felipe volvía a ver las márgenes del Zuyderzee.
Pidió permiso para desembarcar y, obtenido, se dirigió a su casa, acompañado
de Matías, que tal era el nombre del sacerdote portugués, con quien había
contraído estrecha amistad, y al cual había ofrecido su protección durante el
tiempo que permaneciera en los Países Bajos.
—No abrigo la
menor intención, de afligirle —dijo el padre Matías, que seguía penosamente el
rápido paso de Felipe—; pero no olvide que éste es un mundo transitorio y que
ha permanecido ausente mucho tiempo. Modere, por consiguiente, los frecuentes
arrebatos de alegría que le acometen desde que saltó a tierra, pues, aunque
confío en la misericordia de Dios y creo que en breve podrá abrazar a su
esposa, he averiguado en Hushing que ha habido aquí una epidemia terrible, y en
tales casos la muerte no suele respetar la belleza ni la juventud.
—Apresurémonos,
padre —replicó Felipe—; cuanto acaba usted de decir es cierto, y acrecienta
aún más mi ansiedad.
Vanderdecken
aligeró el paso, dejando atrás a su compañero, y a las siete de la mañana
llegó a su casa.
Los postigos
no habían sido abiertos aún, por lo qué supuso que su esposa habría salido ya;
pero pronto hubo de pensar lo contrario, pues, al levantar el picaporte,
distinguió una luz en la cocina, y encontróse en el vestíbulo con una criada
que, sentada en una silla dormía a pierna suelta. Antes de despertarla, oyó una
voz que desde lo alto de la escalera gritaba:
—María, ¿es el
médico?
Vanderdecken
no se detuvo un momento más; subiendo en cuatro saltos y empujando a la persona
que había hablado, llegó hasta el aposento de Amina.
Una mariposa
colocada en un vaso de aceite, iluminaba débilmente la estancia; las cortinas
del lecho estaban corridas y junto a él encontrábase el padre Leysen. Felipe
retrocedió; la sangre se le helaba en las venas; no podía hablar. Falto de
aliento, apoyóse contra la pared y, al fin, exhaló un profundo suspiro, que
hizo volver la cabeza al sacerdote, quien, al conocerlo, le extendió la mano
sin pronunciar una palabra.
—¿Ha muerto?
—preguntó Felipe.
—No, hijo mío;
aún queda esperanza. En este momento sufre una crisis terrible; antes de la
tarde se decidirá su suerte, y sabremos si se puede esperar que se restablezca,
o seguirá la suerte de los muchos centenares de víctimas que la epidemia ha
llevado al sepulcro.
El padre
Leysen se acercó al lecho y descorrió las cortinas. Amina permanecía
insensible, respiraba con dificultad y tenía los ojos cerrados. Felipe besó
apasionadamente su ardorosa mano, y prorrumpió en amargo llanto; pero el
párroco le convenció de que debía tranquilizarse, y ambos tomaron asiento junto
a la enferma.
—Precisamente,
has llegado a tiempo de presenciar una terrible escena, Felipe; escena muy
dolorosa para ti, que eres tan vehemente e impetuoso; pero es preciso conformarse
con la voluntad de Dios. Todavía queda alguna esperanza, según ha dicho el
médico que la asiste, y a quien estamos esperando. Tu esposa padece fiebre
tifoidea, enfermedad que ha arrebatado la vida a centenares de familias en
estos dos últimos meses, hasta tal punto que puede considerarse afortunada la
casa en que no ha habido más que una defunción. Siento que hayas regresado en
esta ocasión, porque la enfermedad es contagiosa. Muchas personas han huido
del país, y, para colmo de desdichas, casi carecemos de médicos porque la
muerte no ha respetado a nadie.
La puerta se
entreabrió suavemente, y penetró en la estancia un hombre alto y moreno,
arrebujado en una capa parda y con una esponja, saturada de vinagre, aplicada a
las narices. Saludó a Felipe con una inclinación de cabeza y se dirigió hacia
el lecho de la paciente, a quien pulsó durante algunos segundos, le aplicó la
mano sobre la frente, y, por último, la cubrió cuidadosamente con las sábanas,
ofreciendo en seguida la esponja a Vanderdecken. Luego, indicó por señas al
padre Leysen que deseaba hablarle.
Este salió de
la estancia con el galeno y, cuando a los pocos minutos regresó, dijo:
—Cree que se
salvará, hijo mío, y me ha dado sus instrucciones. Debemos evitar que se
destape y que reciba ninguna impresión fuerte cuando recobre los sentidos.
—Así lo
haremos.
—No me
preocupa que te vea, ni que sepa que has regresado, porque la alegría mata
pocas veces; pero tengo otros motivos de intranquilidad.
—¿Cuáles son?
—Felipe, hace
más de quince días que Amina no cesa de delirar, y durante este tiempo no me he
separado un solo momento de su lecho, excepto para auxiliar a algún moribundo.
Temía dejarla sola, porque en sus desvaríos contaba una historia tan terrible,
aunque sin conexión, que me ha horrorizado. Se conoce que la ha preocupado
constantemente, y esta circunstancia retardará su convalecencia. ¿Recuerdas
que en cierta ocasión me confesaste que tenías un secreto cuyo peso había
causado la muerte a tu madre?
—Sí, señor
cura; y Amina lo conoce —replicó Felipe con tristeza.
—Pues tu
esposa lo ha revelado todo en su delirio... Pero no hablemos ahora de esto.
Quédate velándola que yo no tardaré una hora en volver, en cuyo tiempo, según
el médico asegura, recobrará la razón o la perderemos para siempre.
Felipe enteró
al párroco de que había venido acompañado del padre Matías, a quien
consideraba como huésped, suplicándole le enterara al paso de lo que ocurría.
El padre Leysen salió del aposento, y Vanderdecken se sentó junto a la cabecera
de la moribunda.
—¡Ah! —pensó
Felipe, al quedarse solo—. ¡Cómo nos encontramos, Amina! ¡Razón sobraba al
padre Matías, cuando, al venir, me decía que no me apresurase, porque en lugar
de la dicha pudiera encontrar la desgracia! ¡Dios mío! tened misericordia de
mí, y salvad a esta angelical criatura, a quien amo tanto, pues, de lo
contrario, moriré yo también.
El afligido
esposo permaneció orando durante largo rato y, luego, se inclinó sobre su
esposa y depositó un beso en sus labios febriles. Cubrió después cuidadosamente
a la enferma con la ropa de la cama, y esperó tembloroso y esperanzado.
Un cuarto de
hora después, Amina comenzó a sudar copiosamente; poco a poco la respiración
fue regularizándose, y, en lugar de permanecer insensible, empezó a dar muestras
de inquietud. Felipe observó este cambio con regocijo, y estuvo un rato
arropándola constantemente, hasta que cayó en un profundo sueño. Momentos
después penetraron en la estancia el padre Leysen y el médico; Felipe
refirióles brevemente lo ocurrido, y el facultativo se aproximó al lecho de la
enferma.
—Su esposa
está fuera de peligro —exclamó cuando la hubo examinado—; pero no conviene que
vea a usted porque es preciso evitarle toda clase de emociones. Déjela dormir
y, cuando despierte, habrá recobrado el juicio.
—¿Puedo yo
permanecer en la alcoba?
—Es
innecesario; la enfermedad se contagia, y está usted ya aquí demasiado tiempo.
Baje a la sala, cambie de traje y disponga otra cama en distinta habitación,
para trasladar a la enferma cuando su estado lo permita. Abran luego las
ventanas de esta alcoba para que se ventile. Sería una lástima que esta joven,
salvada milagrosamente de las garras de la muerte, sucumbiera después, si usted
contrae la enfermedad, porque pudiera contagiarse de nuevo.
Felipe conoció
lo acertado de estos consejos, y salió de la estancia acompañado del médico.
Cuando se hubo mudado de pies a cabeza, fue en busca del padre Matías, a quien
encontró en la salita baja.
—Tenía usted
razón —dijo, sentándose en el sofá.
—Tengo muchos
años y todo me inspira recelo; usted es joven y confiado, Felipe. Pero, según
he podido comprender, el peligro ha desaparecido por ahora.
—Por fortuna,
sí, señor —replicó Vanderdecken, pensando en lo que tendría que comunicarle el
párroco, referente a los delirios de Amina.
El sacerdote,
conociendo que estaba completamente abstraído, no quiso molestarle y guardó
silencio, al que puso término la llegada del padre Leysen.
—Da gracias a
Dios, hijo mío; Amina ha despertado y recobrado el uso de la razón. Es, por
consiguiente, indudable que ha desaparecido el peligro. Le he dado una taza de
caldo, conforme había dispuesto el médico; pero tales deseos tenía de continuar
durmiendo, que a duras penas he podido hacerle beber. Continúa descansando, y,
probablemente, pasará muchas horas en tal estado; el sueño es precioso y no
debemos interrumpirle. Voy a disponer que preparen un refresco para nosotros,
que nos sentará muy bien. Pero todavía no me has presentado a este caballero,
que, por lo que veo, es también ministro del Señor.
—Dispénseme
usted —contestó Felipe—. Proporcionará a usted buenos ratos la amistad del
padre Matías, que me ha prometido permanecer con nosotros algún tiempo. Yo
también voy a disponer que preparen el almuerzo, y espero que el padre Matías
me perdonará que no me haya acordado antes de que se encuentra en ayunas.
Dicho esto,
dirigióse a la cocina, y, después de ordenar que llevaran a la sala todo lo
necesario, tomó el sombrero y salió de la casa. Se encontraba inapetente y
experimentaba necesidad de respirar el aire puro del campo.
Durante el
paseo, encontró a varios antiguos conocidos, que le felicitaron por la mejoría
de su esposa. Cuando, dos horas más tarde, regresó nuevamente a casa, enteróse
de que Amina continuaba durmiendo aún.
—Hijo mío —le
dijo el padre Leysen—, desearía que habláramos claramente. He conferenciado con
este digno sacerdote, y ha llenado mi alma de regocijo la noticia de que
nuestra religión se extiende entre los paganos. Como me es imposible olvidar ni
un momento los delirios de Amina, le he preguntado, además, si ha oído hablar
de un buque que se aparece en los mares del Cabo, de una manera sobrenatural.
¡Cuál no habrá sido mi asombro, al oírle decir que él le ha visto por sus
propios ojos, y en circunstancias tan raras, que lo atribuye a intervención
divina! ¡Cosa extraordinaria y terrible! Felipe, ¿no sería mejor que nos
refirieras con todos sus detalles esa extraña historia? Nosotros te
aconsejaremos lo que debes hacer, pues tenemos más experiencia que tú y por
nuestro carácter podemos decidir si el demonio interviene en la aparición, o
si es Dios quien la permite.
—Dice bien el
señor párroco —agregó el padre Matías.
—¿Quién podrá
guiarte mejor que los que tienen la misión de combatir en el mundo los
propósitos de Satanás? ¿Quién más a propósito que nosotros, que somos los representantes
de Dios sobre la tierra? Ten, además, en cuenta, que ese secreto está minando
la existencia de tu esposa y que concluirá por llevarla al sepulcro, como
sucedió a tu santa madre. Permaneciendo tú a su lado vivirá satisfecha; pero
reflexiona cuánto debe sufrir en los largos días de soledad en que la dejan
tus continuos viajes. Ese secreto es un gusano roedor que concluirá por matarla
si no se aplican inmediatamente los remedios que proporciona la religión. No
olvides que eres egoísta y cruel abandonándola a sus propias fuerzas.
—Estoy
convencido, señor cura —interrumpió Felipe—. Siento no haber hecho antes esta
revelación; pero ahora referiré a ustedes cuanto ha ocurrido, aunque dudo que
su consejo pueda guiarme en circunstancias tan extraordinarias.
Y,
seguidamente, hizo el relato del triste y peregrino suceso que trastornó el
juicio de su pobre madre y que la llevó al sepulcro, sin omitir el juramento,
formulado por él, de dedicar su existencia a liberar a su progenitor de la
terrible condena que estaba sufriendo.
—Ya ve usted,
señor cura —concluyó diciendo—, que estoy ligado por un solemne juramento que
Dios seguramente ha oído y que me veo obligado a seguir mi destino.
—Hijo mío; nos
has contado cosas singulares y terribles, cosas que no parecen propias de los
humanos. Conferenciaré con el padre Matías respecto a tan delicado asunto y
cuando lo hayamos discutido detenidamente, resolveremos.
Felipe subió
entonces a ver a Amina. Despidió a la criada que la acompañaba y quedó velando
su sueño junto a la cabecera. Transcurrieron dos horas, al cabo de las cuales
fue llamado por los sacerdotes.
—Hemos
celebrado una larga consulta —dijo el padre Leysen— sobre esta extraña y,
quizás, sobrenatural ocurrencia. Digo quizás, porque niego en absoluto las
afirmaciones de tu madre, como fruto de su extraña imaginación y por la misma
causa no es creíble lo que tú refieres, pues la exaltación y disgusto que te
produjo su muerte pudieran haber perturbado algún tanto tus facultades
mentales; pero, como el padre Matías asegura haber visto la aparición del Buque
Fantasma, con los mismos detalles que tú nos has referido, no es imposible
que haya en todo esto algo de sobrenatural.
—No olvide
usted que el Volador Holandés no se me ha aparecido a mí solo.
—Efectivamente,
¿pero vive alguno de los que lo vieron? Pero ése es detalle de escasa
importancia; admitimos que el buque se aparezca en virtud de un poder superior.
—Sí, del poder
de Dios —replicó Felipe.
—En eso no
convendremos con tanta facilidad. El demonio, eterno enemigo de la humanidad,
no carece de cierto poder. Pero, como éste es inferior al otro y se manifiesta
en ocasiones porque el Todopoderoso así lo permite, indirectamente concedo que
pueden ocurrir tales portentos. Es, pues, nuestra opinión, que las revelaciones
que dices has tenido, no son del cielo, sino sugestiones del diablo para
lanzarte a los peligros; porque, si tu misión fuera la que supones, ¿cómo no se
te ha aparecido el buque en este último viaje? Y, aun suponiendo que se te
apareciera en todos, ¿de qué manera ibas a comunicarte con los que lo tripulan,
si no son más que fantasmas, espíritu y sombras? Nuestro consejo es, por
consiguiente, que emplees parte de la herencia de tu padre en misas por su
alma; cosa que tu madre habría hecho en otras circunstancias. Después permanece
quieto en tu casa y no vuelvas a buscar imposibles mientras que el Cielo no te
dé una nueva señal que demuestre de un modo palmario que te ha confiado tal misión.
—Pero mi
juramento...
—La Iglesia te
lo dispensa y nosotros en su nombre te absolvemos. Confía en la Providencia y
no hablemos más. Ahora voy arriba y cuando Amina despierte la prepararé poco a
poco para que no se impresione al verte. No hay que hablar más del asunto.
El padre
Leysen salió de la sala y Felipe continuó discutiendo con el otro sacerdote
hasta que, al fin, quedó, si no convencido, perplejo. Entonces salió nuevamente
de paseo para tranquilizarse.
Era tarde; el
sol desaparecía ya del horizonte y Felipe se encaminaba al sitio en que había
pronunciado su juramento. Era precisamente la misma hora solemne; la escena,
el lugar y el tiempo eran también los mismos. El joven sacó la reliquia de su
pecho y se arrodilló besándola con fervor. Mientras tanto, el sol se ocultó
tras las montañas y la noche comenzaba ya a extender su manto de negruras.
Vanderdecken
no advirtió nada que le confirmase haber sido elegido por Dios para redimir a
su padre; y, cuando regresó a su casa, estaba más decidido que antes a seguir
las instrucciones del párroco.
Seguidamente
subió a la alcoba de Amina, a quien encontró despierta y hablando con los dos
sacerdotes. Las colgaduras del lecho estaban medio corridas y pudo deslizarse
sin que lo vieran.
—Es imposible
que mi esposo haya llegado —decía Amina con voz débil.
—El buque
ancló ayer en Ámsterdam y no ha ocurrido novedad a bordo.
—¿Y por qué no
ha venido entonces? ¿Por qué no ha traído él mismo la noticia? ¡Oh! Conozco
bien a mi Felipe. ¿Está en casa? No me lo niegue usted, señor cura, pues de lo
contrario me voy a morir de tristeza.
—En casa está,
Amina —replicó el padre Leysen—, bueno y salvo.
—¡Gracias,
Dios mío! Pero, ¿cómo es que no le veo? ¡Usted me engaña, padre! ¡Esta
incertidumbre es mucho peor que la muerte!
—Aquí estoy,
Amina —exclamó Felipe saliendo de su escondite.
La enferma
exhaló un grito penetrante y, extendiendo los brazos, perdió el conocimiento.
Afortunadamente, se recobró en seguida, probando la verdad del aserto de que
la alegría no mata.
Durante la
convalecencia, Felipe no se separó del lado de su esposa, que no tardó en
restablecerse por completo.
Felipe, cuando
creyó que su esposa podía oírle sin impresionarse demasiado, refirióle lo
ocurrido en el viaje y la confesión que había hecho a los dos sacerdotes, a
cuya opinión se adhirió inmediatamente Amina, que no quería separarse de él.
Ya sabemos que Vanderdecken opinaba también del mismo modo, y, durante algún
tiempo, vivió confiado en que no tendría necesidad de embarcarse de nuevo.
El tiempo,
mudo testigo de los acontecimientos humanos, transcurrió rápidamente para
Felipe Vanderdecken y su encantadora esposa.
Amina, a las seis
semanas del regreso de su marido, se encontraba completamente restablecida.
El padre
Matías continuaba hospedado en casa del joven matrimonio y se habían ya rezado
las misas por el alma del capitán del Buque Fantasma, distribuyéndose,
además, cuantiosas limosnas entre los pobres del pueblo. El tema obligado de
las conversaciones de los dos esposos era la decisión de los sacerdotes
respecto a la conducta de Felipe; pero éste, aunque los padres le habían
conmutado su juramento, no estaba satisfecho. El amor que le inspiraba Amina,
unido a su deseo de no volver a embarcarse inclinaba la balanza de lado de la
decisión del padre Leysen; pero, sin embargo, sus dudas no se habían
desvanecido por completo. Ni los argumentos de Amina, que no quería separarse
de él, ni sus caricias, producían más que un efecto momentáneo. Cuando se
quedaba a solas, le remordía la conciencia por su abandono en el cumplimiento
de tan sagrado deber. Amina comprendía bien la causa de su tristeza, y como sabía
perfectamente a qué atenerse, volvía a los argumentos y a los halagos hasta que
Felipe llegó a olvidarse de su juramento.
Cierta mañana,
habiendo tomado asiento sobre un banco rústico, y estando entretenidos en coger
las flores que brotaban en torno suyo y deshojándolas distraídamente, Amina
volvió a hablar del mencionado asunto.
—Felipe,
—dijo—, ¿crees en los sueños? ¿piensas que podemos comunicarnos con los
espíritus por este medio?
—Indudablemente
—replicó Felipe—; hay numerosas pruebas de ello en la Sagrada Escritura.
—En este caso,
¿por qué no satisfaces tus escrúpulos por medio de un sueño?
—Porque no
está en mis manos el hacerlo.
—Tengo medios
para hacerte soñar con el objeto de tu constante anhelo; si lo deseas, soñarás.
—¿Qué
soñaré...?
—Sin duda
alguna; tengo ese poder, aunque no te lo he revelado hasta ahora. Lo adquirí de
mi madre. Tú sabes que nunca miento, y, si lo deseas, te haré soñar.
—Pero ese
poder vendrá de alguna parte.
—Naturalmente,
empleo medios que tú ignoras en absoluto, y, sin embargo, son muy conocidos en
mi país. Ese poder estriba en un encanto que nunca falla.
—¡Un encanto,
Amina! ¿Eres, pues, hechicera? ¿No sabes que la religión prohíbe los
encantamientos?
—Me importa
poco. Sólo sé que el poder existe.
—¿Tendrá en
eso alguna intervención el demonio?
—¿Por qué? ¿No
afirman los curas que todo cuanto hace el demonio lo permite Dios? Yo sólo
pretendo iluminarte en tan dudosas circunstancias.
—Amina, no hay
inconveniente en ello si el sueño es natural, como ocurría a los antiguos
patriarcas; pero invocar una visión, apelando a encantos prohibidos, es pactar
con el diablo.
—Pacto que
estará permitido por Dios, y en tal caso tu razonamiento carece de base.
—Tengo miedo
—contestó Felipe en voz baja, después de una breve pausa.
—Mis
intenciones son buenas. Empleo estos medios para obtener el fin. ¿Y cuál es
éste? Conocer la voluntad divina en tan arduo asunto. Si el demonio me ayuda,
¿qué importa? Se convertirá entonces en mi esclavo, viéndose obligado a
proceder contra su voluntad.
Y los hermosos
ojos de Amina, al expresarse en estos términos, parecía que lanzaban chispas.
—¿Ejerció tu
madre esas artes? —preguntó Felipe.
—No; pero
tenía fama de ser muy experta en ellas. Murió joven, como sabes, y no pudo
enseñarme muchas cosas. ¿Crees tú que sólo estamos en este mundo nosotros,
seres formados de barro, mortales y corruptibles? ¿No tienes repetidas pruebas,
hasta en la Escritura, de que existen en la tierra espíritus superiores que
auxilian a la humanidad? ¿Por qué no han de existir ahora? ¿Por qué motivo no
han de ser invocados ahora como lo fueron antes? ¿Qué ha sido de ellos? ¿Han
perecido? ¿Han vuelto al Cielo? Entonces Dios nos abandona a merced del demonio
y de sus agentes. Confiesa que esto no es posible, Felipe. Hoy no tenemos tan
frecuente comunicación con aquellos espíritus, porque somos más orgullosos y
los consideramos innecesarios; pero no dudes que existe un Ser del bien y otro
del mal. Las revelaciones que has tenido, ¿las supones verdaderas o sólo ilusión
de tu exaltada fantasía? Respóndeme sinceramente.
—Demasiado
conoces mi opinión, Amina.
—Pues, si has
tenido ya una revelación, ¿por qué no has de tener otras? No repares en los
medios. El párroco los considerará ilícitos; pero a mí me parece convenientes.
¿Quién podrá decir cuál de los dos se equivoca?
—Tienes razón,
Amina. ¿Tienes confianza en ese poder?
—Confianza
absoluta. O dormirás tranquilamente durante toda la noche o soñarás lo que
deseo que sueñes.
—Acepto porque
el abismo de dudas en que vivo va a volverme loco. Sea bueno o malo,
emplearemos tu encanto esta misma noche.
—Hasta pasado
mañana no puede ser, porque es preciso hacer antes los preparativos necesarios.
¿Me prometes concederme en cambio el favor que te pido?
—Concedido
—replicó Felipe poniéndose de pie—, vámonos a casa.
En los tres
días no se habló del asunto. Vanderdecken temía que Amina ejercitara su poder,
porque si lo hubieran averiguado los sacerdotes la habrían excomulgado.
Felipe, tan
pronto como, tres días después, se hubo metido en el lecho, quedó
profundamente dormido, y Amina, que continuaba despierta, se deslizó entonces
de la cama, y, vistiéndose apresuradamente, salió de la habitación. No tardó en
regresar, trayendo en la mano un braserillo con ascuas de carbón y dos pedazos
de pergamino arrollado, sujetos entre sí con una estrecha cinta. Colocó uno de
ellos sobre la frente de su marido y el otro sobre su brazo izquierdo; puso
luego en el brasero ciertas esencias y, cuando el humo llenaba la alcoba
completamente, pronunció algunas palabras ininteligibles, sacudiendo sobre
Felipe una rama de arbusto desconocido que tenía en su mano. Después corrió
las colgaduras del lecho y tomó asiento junto a la cama.
—Si he
cometido un pecado —pensó Amina—, caiga sobre mí toda la responsabilidad; nadie
puede decir que mi esposo ha practicado esas malas artes que prohíben los
ministros de la religión.
Cuando los
primeros resplandores del nuevo día asomaban por el Oriente, Felipe continuaba
durmiendo. Al salir el sol, Amina dijo:
—Ha soñado
bastante.
Y agitando,
nuevamente el ramito sobre su esposo, añadió:
—Felipe,
despierta.
Este se
estremeció nerviosamente; abrió los ojos, que tuvo que volver a cerrar
deslumbrado por la luz del día y, apoyándose sobre la cabecera, pareció como
que coordinaba sus pensamientos.
—¿Dónde estoy?
—preguntó—. ¡En mi propia cama! Sí, no hay duda —y pasóse la mano por la frente
y tocó los pedazos del pergamino—. ¿Qué es esto? —añadió, apoderándose de
ellos y examinándolos—. ¿Dónde está Amina? ¡Dios mío, que terrible sueño! Esto
es cosa de mi mujer.
Amina,
mientras tanto, había saltado dentro de la cama colocándose al lado de su
marido.
—Duerme,
Felipe, duerme —dijo, rodeándole con sus brazos—. Después hablaremos de tu
sueño.
—¿Eres tú?
—replicó Felipe confuso—. Creía que estaba solo; he soñado que...
Pero sus
párpados se cerraron otra vez antes de terminar la frase, y Amina, rendida por
la mala noche, durmióse también profundamente.
El padre
Matías vióse obligado a esperar largo rato aquella mañana, pues los esposos
bajaron a desayunarse dos horas más tarde que de ordinario.
—Bien venidos,
hijos míos —dijo al verlos—; hoy se les han pegado las sábanas.
—Felipe ha
dormido bien, padre, pero yo no he podido cerrar los ojos.
—¿Ha estado
usted enferma? —interrogó el sacerdote.
—No —replicó
Amina—, pero no he logrado conciliar el sueño.
—¿En qué ha
empleado usted la noche? ¿Rezando?
Felipe se
estremeció, pero Amina se apresuró a decir:
—Ha acertado.
—Reciba usted
mi bendición, hija mía —añadió el anciano, extendiendo las manos sobre su
cabeza—. También le bendigo a usted, Felipe.
Este se sentó
a almorzar lleno de confusión. Amina, por lo contrario, estaba tranquila.
Cuando
concluyeron de desayunarse, el padre Matías tomó el breviario y la joven hizo
una seña a Felipe. Salieron en silencio de la casa y al llegar al mismo banco
rústico en que días antes Amina había propuesto hacer la prueba de su encanto,
tomaron asiento sin haber pronunciado hasta entonces una palabra.
—Felipe —dijo
aquélla, apretándole la mano y mirándole fijamente—, anoche soñaste.
—Sí, Amina
—contestó en tono solemne Vanderdecken.
—Refiéreme tu
sueño; porque voy a explicártelo.
—Me parece que
está bien claro. Quiero, sin embargo, saber qué espíritu me lo ha inspirado.
—Refiéremelo
—repitió Amina con calma.
—Soñaba que
mandaba un buque que doblaba el Cabo; la mar estaba tranquila y la brisa era
suave; me encontraba a popa, el sol ocultábase entre las aguas y las estrellas
brillaban más que de ordinario. Hacía calor y me acosté boca arriba para
contemplar mejor los astros que relucían en el firmamento y los meteoros que de
vez en cuando cruzaban la bóveda celeste. Me dormí sin darme cuenta de ello,
pero no tardé en despertar creyendo que me hundía. Miré a mi alrededor y los
mástiles, la arboladura, el casco y todo el buque habían desaparecido. Me
sostenía una hermosa concha, que flotaba por la inmensa superficie del mar.
Aunque sentí miedo, no quise moverme, por no hacer zozobrar tan frágil
embarcación. De repente se inclinó la concha de un lado, como si soportara un
nuevo peso; y en seguida distinguí una mano blanca que se asía a ella.
Continué inmóvil y gradualmente salió una figura de las aguas; era una mujer
extraordinariamente hermosa, blanca como la nieve; su cabello flotaba sobre las
olas y sus brazos torneados parecían de marfil.
»—Felipe
Vanderdecken —me dijo—, ¿qué temes? ¿No está tu vida encantada?
»—Lo ignoro
—repliqué—; sólo sé que estoy en peligro.
»—¡En peligro!
—añadió—. Eso sería bueno si navegaras en esas obras humanas que las olas no
respetan, en esos buenos buques, como vosotros los llamáis; pero sobre la
concha de una sirena que no puede sumergirse, todo temor es ridículo. Felipe
Vanderdecken, ¿vienes en busca de tu padre?
»—Debo
hacerlo, porque ése es mi destino.
»—Pues vamos a
buscarlo juntos. Esta concha es mía; pero, como no sabes manejarla, te ayudaré.
»—¿Nos sostendrá
a los dos?
»—Quizá
—replicó sonriendo.
»Y, lanzándose
nuevamente al mar, reapareció por el costado de la concha que no sobresalía del
agua más que tres o cuatro pulgadas. Sentóse en el borde, pero su peso no
inclinó la embarcación poco ni mucho y, entonces, principiamos a navegar
rápidamente sin que nadie nos impulsara.
»—¿Tienes
todavía miedo, Felipe Vanderdecken?
»—Ninguno —le
contesté.
»Entonces,
pasóse las manos por la frente y, separando los rubios cabellos que ocultaban
su rostro, añadió:
»—Mírame.
»—Miré... y
eras tú.
—¿Yo?
—interrumpió Amina, sonriéndose.
—Sí, tú misma.
Te llamé por tu nombre y te aprisioné en mis brazos. Me sentía ya capaz de dar
la vuelta al mundo en tu compañía.
—Continúa
—dijo Amina tranquilamente.
—Adelantábamos
muchos millares de leguas. Cruzábamos unas veces junto a hermosas islas que
semejaban ramos de flores en medio del Océano; tan pronto engolfado en alta mar
como junto a la costa, donde veíamos morir blandamente las olas y acariciaba
nuestros oídos el murmullo de la brisa que agitaba los árboles.
»—No
encontraremos a tu padre en estos mares tranquilos —me dijiste—. Necesitamos
tomar otra dirección.
»Fuése picando
el mar poco a poco hasta que se cubrió por completo de espuma; la concha siguió
navegando sobre aquellas aguas tumultuosas, sin entrar siquiera una gota y
continuamos avanzando por entre olas tan enormes, que la más pequeña habría
podido sumergir al más grande de nuestros buques.
»—¿Tienes
valor, Felipe? —me preguntaste de nuevo.
»—Sí, Amina, a
tu lado no temo nada.
»—Estamos muy
cerca del Cabo; por aquí encontraremos a tu padre. Miremos bien en todas
direcciones por si divisamos algún navío, que debe ser el suyo, pues sólo el
Buque Fantasma puede resistir un temporal como éste.
»Volábamos
sobre montañas de espuma, saltando de una en otra y con frecuencia la concha
quedaba por completo en el aire. Cambiábamos de dirección constantemente, ora
hacia el Este, ora hacia el Oeste, al Norte, al Sur. Después de recorrer
centenares de millas, vimos en lontananza una fragata empujada por la
tempestad.
»—Mira, Felipe
—gritaste, señalándola con el dedo—. Aquél es el buque de tu padre.
»La distancia
que nos separaba disminuyó rápidamente; los que iban a bordo del Volador no
tardaron en vernos e hicieron rumbo hacia nosotros. Al fin atracamos a su costado,
y, como no era posible arriar ningún bote, abrieron los portalones. En la
cubierta vi a mi padre que daba sus órdenes asomado a la batayola y asido a
los obenques del palo de mesana. Besé el relicario e intenté alargárselo, pero
él, sonriendo, dispuso que me arrojaran un cabo. Iba ya a subir a bordo,
cuando, de repente, un hombre se lanzó desde el buque a la concha. Tú diste un
grito, desapareciendo entre las olas, y la pequeña embarcación, guiada por el
hombre que había ocupado tu puesto se alejó del buque velozmente. Una fuerte
impresión de frío recorrió todos mis miembros, y al mirar al nuevo compañero me
quedé atónito. ¡Era Schriften, el mismo piloto del Ter Schilling que,
como los demás tripulantes, se ahogó en la Bahía de la Tabla!
»—No, no;
todavía no —me dijo.
»Iracundo y
desesperado, le agarré por la cintura y le arrojé al mar y, mientras nadaba a
mi alrededor, gritó:
»—Felipe
Vanderdecken, nos volveremos a encontrar.
»Cerré los
ojos para no verle y en aquel instante llenóse la concha de agua y, cuando
luchaba desesperadamente para mantenerse a flote, concluyó mi sueño.
»Ahora, Amina
—añadió Felipe después de una breve pausa—, ¿qué te parece todo esto?
—En primer
lugar que soy tu ángel custodio, así como Schriften es tu enemigo.
—Efectivamente;
pero Schriften ya ha muerto.
—Lo crees así.
—Es imposible
que haya escapado del naufragio sin que yo lo sepa.
—El sueño, sin
embargo, revela lo contrario. Creo, Felipe, que no debes viajar por ahora.
Sigue los consejos del párroco hasta que recibas un nuevo aviso. Haz caso de
mí.
—Así lo haré,
Amina.
—Muy bien; no
hablemos más de este asunto, pero recuerda que me tienes otorgado un favor que
exigí el otro día.
—No lo he
olvidado. ¿Qué es lo que deseas?
—Te lo diré a
su debido tiempo; pero que no se te ocurra pensar que intento disuadirte de tu
deber —añadió Amina, arrojándose en los brazos de su esposo...
Tres meses
después de esta conversación, Amina y Felipe encontrábanse nuevamente sentados
en el mismo banco rústico que había llegado a ser el sitio donde descansaban
de sus paseos. El padre Matías había intimado con el párroco, llegando a ser
tan inseparables como los dos esposos. Resuelto Felipe a esperar un nuevo
aviso, antes de reanudar su tarea, se acordaba poco de ésta y se sentía
completamente dichoso al lado de Amina. Había, sin embargo, escrito a los
directores de la Compañía, solicitando que le nombraran capitán de un buque,
pero después no volvió a hacer gestión alguna para conseguir su propósito.
—Me agrada
sentarme en este banco, Felipe —dijo Amina—, porque parece que participa de
nuestra suerte. Aquí discutimos la conveniencia de emplear mi encanto y aquí
también me referiste tu sueño y yo te lo expliqué.
—Es cierto,
Amina; pero si consultáramos respecto a este asunto al padre Leysen, diría que
obramos entonces de una manera herética y punible.
—¡Bah! Me
importa poco.
—Sin embargo,
conviene que el secreto no se descubra.
—¿Crees tú que
si lo supiera me excomulgaría?
—Sin duda
alguna.
—Ese digno
sacerdote es muy bondadoso y me agradaría discutir el punto con él.
Mientras Amina
hablaba, sintió Felipe que una mano le tocaba en el hombro y que un frío
glacial recorría todos sus miembros. Volvió la cabeza y quedó mudo de estupor,
al ver ante sí a Schriften en persona, el piloto tuerto a quien suponía
ahogado, el cual le presentaba una carta. Aquella súbita aparición, le hizo
exclamar:
—¡Santo Cielo!
¿Será posible?
Amina comenzó
a llorar, no ciertamente porque Schriften la hubiera asustado, sino porque
comprendió que su desdichado esposo sólo descansaría en la tumba.
—Felipe
Vanderdecken —dijo el piloto—, ¡eh! ¡eh! Le traigo esta carta de la Compañía.
El interpelado
la tomó; pero, antes de romper el sobre, dirigió una mirada escrutadora a
Schriften.
—Creía que se
había usted ahogado en el naufragio del Ter Schilling, en la Bahía de la
Tabla. ¿Cómo se salvó usted?
—¿Cómo pudo
usted escapar? —pregunto yo también.
—Las olas me
arrojaron a la playa, pero...
—¿Acaso no
podían arrojarme también a mí? —replicó el tuerto.
—No me ha
entendido.
—Pero presumo
que no habrá usted llorado mucho mi muerte. Por lo demás, me salvé del mismo
modo. Quédese con Dios, puesto que ya he cumplido mi encargo.
—Aguarde un
instante y respóndame a esta pregunta: ¿Va usted a navegar ahora en el mismo
barco que yo?
—No lo sé
—contestó Schriften—, porque no ando tras del Buque Fantasma.
Y, dicho esto,
dio media vuelta y se alejó a buen paso.
—¿No es esto
un aviso, Amina? —exclamó Felipe, después de una breve pausa, sin atreverse a
abrir la carta que tenía aún en la mano.
—Sin duda
alguna. Ese odioso mensajero parece haber salido de la tumba sólo para traerte
esa carta. Perdona mis lágrimas, Felipe. No volveré a afligirte con mi debilidad.
—¡Pobre Amina
mía! —exclamó tristemente Felipe—. ¿Por qué no he de hacer mi peregrinación
solo? ¡Cuan egoísta y criminal fui haciéndote partícipe de mi desgracia
sabiendo que toda mi vida sería una continua cadena de sufrimientos!
—Es mi deber
compartir contigo las penas. Conoces mi corazón, y si crees que he de
embarazarme en el cumplimiento de ese deber... En medio de mis torturas,
experimento cierta satisfacción en participar de tu suerte y estoy orgullosa
de ser la mujer de un hombre destinado a realizar tan extraordinaria empresa;
pero leamos la carta.
Felipe
decidióse entonces a romper la nema y vio que se le nombraba segundo de la Vrow
Katerina, buque que estaba ya dispuesto para recibir la carga, por lo que
se le exigía que se apresurara a embarcar. La carta, que venía firmada por el
secretario, decía, además, que, a su regreso, seria nombrado capitán de otro
buque, con ciertas condiciones que se le notificarían en Ámsterdam.
—Creía que
habías solicitado el mando de un barco para este viaje —dijo Amina.
—Así lo hice,
en efecto; pero, como no he vuelto a escribir, se han olvidado de mi demanda;
mía es la culpa.
—La cosa es ya
irremediable —agregó Amina.
—Sin embargo,
iré gustoso, porque quizá me convenga más el cargo de segundo.
—Ahora voy a
hablarte con claridad, Felipe. Siento mucho que haya ocurrido esto, porque, si
hubieras sido nombrado capitán, te habría recordado una promesa que me hiciste
en este mismo sitio cuando te expliqué tu sueño. Quería embarcarme contigo. A
tu lado nada me asusta ni atemoriza, y seré feliz hasta en medio de las mayores
privaciones; pero quedar abandonada tanto tiempo, a solas con mis tristes
pensamientos, devorada por la impaciencia y la incertidumbre, es terrible,
Felipe, y no lo puedo soportar. Recuerda tu promesa; cuando seas capitán podrás
llevar a tu esposa a bordo. Me aflige mucho que me dejes ahora; pero me
consolará, en cierto modo, la esperanza de que te acompañaré en el próximo
viaje.
—Confía en
ello, Amina, puesto que tanto lo deseas. No puedo negarte nada; pero tengo el
presentimiento de que tu felicidad y la mía llegan a su término. Un ser que,
como yo, participa de las cosas de este mundo y de las del otro, no puede vivir
mucho.
—Si sucede
alguna desgracia, me resignaré.
—Tenemos libre
albedrío y, hasta cierto punto, se nos permite obrar como mejor nos plazca.
—Eso pretendió
hacerme creer el párroco; pero sus razones eran para mí incomprensibles. Y, sin
embargo, aseguraba que constituían parte de la fe católica. Sus creencias
serán más sencillas, porque el digno anciano sólo consiguió aumentar mis dudas.
—De la duda se
pasa a la convicción.
—Quizá
—replicó Amina—; pero, en ese caso, estoy al principio de la jornada. Volvamos
a casa. Necesitas marchar a Ámsterdam, y quiero acompañarte. Trabajarás allí
de día a bordo, y por la noche mis sonrisas consolarán tu amargura, ¿no es
cierto?
—Perfectamente.
No puedo todavía comprender cómo ha venido Schriften. Lo he visto bien y, sin
embargo, es casi milagroso que haya sobrevivido al naufragio. ¿Dónde habrá
estado desde que se salvó? ¿Qué te parece, Amina?
—Que es un
espíritu del otro mundo con un ojo.
Felipe no
contestó; embebido en sus meditaciones, caminaba en silencio. Aunque
completamente decidido a embarcarse, llamó en seguida al padre Matías y al
párroco para que le dieran su opinión acerca de la carta que había recibido.
Después de dos horas de consulta, el padre Leysen le dijo:
—Hijo mío,
estamos sumamente perplejos. Te aconsejamos en otra ocasión que no te movieras
de aquí mientras no recibieras un nuevo aviso. La carta de la Compañía nada
tiene de particular; pero la reaparición del que la ha traído, es cosa digna de
meditarse. Dime, Felipe, ¿ese Schriften puede, haberse salvado del mismo modo
que tú?
—Pudiera haber
sido arrojado también a la playa y tomar distinta dirección que yo; pero no es
probable; y, puesto que me pide usted mi opinión, le confieso francamente que
le creí un ser del otro mundo; pero ignoro quién es él.
—Entonces ha
llegado el momento de decidirse. Procede como mejor te parezca, y carga con la
responsabilidad de tus actos. No pensamos oponernos a tu resolución, cualquiera
que sea, sino que, por lo contrario, rogaremos a Dios para que te proteja.
—Estoy
firmemente decidido a embarcarme, señor cura.
—Pues
embárcate en hora buena, Felipe.
El padre
Matías aprovechó entonces la oportunidad para darle las gracias por su
hospitalidad, agregando que deseaba regresar a Lisboa, tan pronto como le fuera
posible.
Pocos días
después, despidiéronse los jóvenes esposos de ambos sacerdotes y emprendieron
el camino hacia Ámsterdam, quedando el párroco al cuidado de casa mientras
Amina estuviera ausente.
Llegados a la
ciudad, vio Felipe a los directores de la Compañía, quienes le prometieron
confiarle el mando de un buque en el viaje inmediato. Después visitó la Vrow
Katerina, que, como sabemos, era el barco a que había sido destinado.
Todavía estaba desarbolado, puesto que la escuadra tardaría aún dos meses en
darse a la vela. Encontró pocos marineros a bordo, y el capitán, que residía
en Dort, no se había presentado tampoco.
La Vrow
Katerina era un barco muy inferior, sumamente viejo y mal construido,
aunque más grande que los demás. Sin embargo, como había hecho varios viajes felices
a la India, se supuso que tendría buenas condiciones marineras, pues, de lo contrario,
no le hubiera fletado la Compañía. Después de dar algunas órdenes a los marineros,
volvió a la posada, en que se hospedaba con Amina.
Al día
siguiente fue nuevamente a bordo, para inspeccionar la colocación del aparejo.
El capitán llegaba en aquel momento, y después de atravesar los tablones que
comunicaban al barco con el muelle, se dirigió al palo mayor, y, abrazándolo
entusiasmado, exclamó:
—¡Oh mi amada Vrow
Katerina! ¿Cómo estás, querida? Me alegro de verte buena. ¿Sentirás que te
abrumen con tan pesada carga? Pero no te apures, prenda mía; tú siempre estás
para mí hermosa.
Guillermo
Barentz, que así se llamaba aquel personaje estrafalario, era joven, pues sólo
tenía treinta años de edad. Su estatura era mediana, y sus proporciones delicadas.
Sus movimientos eran vivos y sus ojos tenían cierta expresión que cualquiera le
hubiera creído loco a primera vista, si su conducta no lo confirmara.
Cuando los
arrebatos del capitán hubieron cesado, Felipe se presentó a sí mismo.
—¡Oh! ¿Es
usted el segundo de la Vrow Katerina? Puede llamarse dichoso, porque,
después del mío, tiene el mejor empleo del mundo.
—El barco no
parece muy bonito. Si no tiene mejores condiciones marineras...
—¡Que no es
bonito! Mi padre, que durante muchos años fue capitán de la Vrow Katerina, decía
que era la mejor fragata del universo. Y, en cuanto a lo demás, usted podrá
juzgar, cuando emprendamos el rumbo; es el buque más velero que surca los
mares.
—Me alegro de
saberlo —replicó Felipe—; eso prueba que las apariencias engañan. Sin embargo,
será muy viejo.
—¡Viejo! Sólo
hace treinta y ocho años que se construyó; está casi nuevo. Cuando le vea
usted hendir las olas como un delfín, tengo la seguridad de que no encontrará
palabras suficientes para alabarlo, y sepa usted, señor Vanderdecken, que el
que se atreve a poner faltas a mi Vrow Katerina, tiene que entendérselas
conmigo. Soy su caballero; ya he matado a tres en su defensa y estoy dispuesto
a batirme con el cuarto.
Felipe se
sonrió, compadeciendo a aquel infeliz demente. En su concepto, la Vrow
Katerina, tan cacareada, no valía la pena de un desafío, y, por
consiguiente, resolvió no emitir su opinión delante del capitán.
Pronto quedó
completa la tripulación; se colocó la arboladura; se amarraron las velas a las
vergas y la fragata, dispuesta ya para recibir el cargo, fue fondeada entre
los demás buques de que se componía la escuadra. Cuando la bodega estaba ya
abarrotada de mercancías, dióse a Felipe orden de admitir a bordo ciento
cincuenta soldados y varios pasajeros, muchos de los cuales llevaban consigo a
sus esposas y familiares, y como el capitán no hacía otra cosa que alabar a su
bella Vrow Katerina, Vanderdecken tuvo necesidad de trabajar mucho.
La escuadra
zarpaba dos días después, a la salida del sol. Amina no parecía tan abatida
como la vez anterior; estaba plenamente convencida de que Felipe no la abandonaba
para siempre, y con esta esperanza, le abrazó al embarcarse aquél en el bote
que le condujo a bordo.
—Volveremos a
vernos —pensó Amina contemplando a su esposo que se alejaba—. Este viaje no te
será fatal, aunque tengo el presentimiento de que en el siguiente, cuando vaya
yo en tu compañía, nos separaremos para siempre. Los sacerdotes dicen que
procedas según tu libre albedrío. ¡Libre albedrío! ¿Cómo te habías de separar
entonces de mí? Creo a veces que esos curas son mis enemigos; pero esto es
imposible porque ambos son honrados, y la religión que enseñan es buena.
Caridad, amor al prójimo, perdón de las injurias, todo esto es bueno, y, sin
embargo... Pero ya atraca el bote al costado del buque, ya sube Felipe la
escalera. Adiós, adiós, esposo mío. ¡Quién fuera hombre para ir contigo!
Cuando Felipe
dejó de verse desde el puerto, emprendió Amina pausadamente el camino de la
posada. A la mañana siguiente, al abandonar la joven el lecho, ya había levado
anclas la escuadra; y el fondeadero, que la víspera estaba tan atestado de
buques, estaba completamente desierto.
—¡Ha partido!
—murmuró—. Ahora tengo que soportar durante muchos meses el más horrible de
los tormentos, pues para mí lo es el no verle porque, mi vida es él.
La escuadra
había emprendido el rumbo con un hermoso tiempo; pero no había transcurrido
media hora aún, cuando ya se había quedado la Vrow Katerina, dos o tres
millas detrás de los demás buques. El capitán Barentz culpaba a todo el mundo
por este retraso menos al buque, cada vez más rezagado.
—Señor
Vanderdecken —dijo al fin—, la Vrow, como aseguraba mi padre con
frecuencia, no es muy veloz con viento en popa, pero ya verá usted cómo con
todos los demás no hay buque alguno que se le adelante.
—Además
—replicó Felipe que comprendía la debilidad que el capitán tenía por el
barco—, llevamos excesiva carga y numerosos soldados obstruyen la cubierta.
La escuadra
franqueó los estrechos y tuvo que ceñir el viento; pero la Vrow Katerina anduvo
menos que antes.
—Sopla el
viento tan de través —observó Barentz—, que la Vrow no avanza como
acostumbra; pero pronto verá usted cómo nos adelantamos a las demás
embarcaciones. ¿No es cierto, señor Vanderdecken, que montamos un hermoso
buque?
—Y grande
—contestó Felipe, que era el único elogio que podía hacer.
Durante el
viaje el viento varió muchas veces de dirección; pero soplara de esta o la
otra parte, la Vrow iba siempre detrás de los otros buques que se ponían
al pairó cuando obscurecía para no dejarla abandonada. Su capitán continuaba,
sin embargo, defendiéndola, mas por desgracia el barco tenía otros muchos
defectos además de su pesadez. El almirante, conociendo, que las malas condiciones
de un solo buque entorpecían el viaje de toda la escuadra, determinó abandonar
a la Vrow Katerina en cuanto llegaran al Cabo; pero no tuvo necesidad de
hacerlo, porque sobrevino un temporal que dispersó a los buques, y la
magnífica Vrow Katerina se encontró abandonada y a merced de las olas.
El mal tiempo duró una semana y cada día la situación fue haciéndose más
penosa. Atestada de tropas, llena de mercancías, gemía y luchaba difícilmente
contra el vendaval que imposibilitaba las maniobras.
Felipe acudía
a todo, alentando a los marineros, sin que el capitán le ayudase en nada, ni
diese disposición alguna, pues realmente no era marino.
—Bien —dijo
este último a Vanderdecken—, ¿reconoce usted que navegamos en un barco
admirable para un temporal? Poco a poco, prenda —añadió hablando con la
fragata, que era juguete de las olas y cuyos tablones gemían de un modo
horrible—. ¡Despacio, querida, más despacio! ¡Cuántos tumbos darán ahora los
infelices que van en los otros buques! ¡Eh! Señor Vanderdecken, vamos nosotros
delante, nuestros compañeros deben haber sido arrojados muy a sotavento. ¿No es
cierto?
—No puedo asegurarlo
—replicó Felipe sonriendo.
—Pues no se ve
embarcación alguna. ¡Santo Cielo! allá distingo una por el través. Mírela
usted. ¡Buen buque será cuando aguanta casi todo el velamen con este tiempo!
Felipe lo
había visto ya. Era un gran buque, que navegaba viento en popa y casi en la
misma dirección que ellos. A pesar del huracán, la citada embarcación
deslizábase sobre las aguas como si fuera impulsada por una brisa suave.
Inmensas olas hacían cabecear espantosamente a la Vrow Katerina mientras
que la otra fragata parecía surcar la tranquila superficie de un lago. Felipe
comprendió que tenía ante sus ojos al Buque Fantasma.
—¡Qué cosa más
extraordinaria! —observó el señor Barentz.
Vanderdecken
estaba tan acongojado, que no pudo contestar.
Los marineros
habían descubierto también la aparición, y la leyenda era bien conocida por
todos. Muchos soldados subieron a cubierta al enterarse de lo que ocurría, y
poco tiempo después, centenares de ojos contemplaban el extraño buque, hasta
que un fuerte chubasco, acompañado de truenos y relámpagos, envolvió a la Vrow
Katerina en una obscuridad casi completa. Un cuarto de hora después se
despejó la atmósfera, pero el buque que excitaba la curiosidad general había
desaparecido.
—Debe haber
naufragado durante el chubasco —dijo el capitán Barentz—. Eso supuse que
ocurriría. ¿Quién se atreve a llevar tanta vela durante un temporal semejante?
Este capitán ha cometido una necedad navegando de ese modo en nuestras aguas y
su necedad le ha costado la vida. ¿No opina usted lo mismo, señor Vanderdecken?
Felipe no
quiso contestar a los desatinos de Barentz. Comprendía que iban todos a
perecer, y al considerar el número de personas que iban a bordo, temblaba de
pies a cabeza. Después de una breve pausa dijo:
—La tempestad
no ha terminado todavía, y me parece, capitán, que no hay buque que pueda
resistirla largo tiempo. Por lo tanto, debemos hacer rumbo a la Bahía de la
Tabla, para refugiarnos allí y reparar las averías. Probablemente
encontraremos en ella el resto de la escuadra.
—No abrigue
usted temor alguno —repuso el interpelado—; barcos como el nuestro no se
sumergen jamás.
—¡Maldita sea!
—exclamó entonces uno de los marineros que se había aproximado—. Si hubiera
sabido lo mala, vieja y estropeada que está esta embarcación no me habría
decidido a navegar en ella. El señor Vanderdecken tiene razón; debemos ir a la
Bahía de la Tabla antes que sobrevenga algo peor. Ese buque que acaba de
desaparecer debe servirnos de aviso... pregúntelo usted al señor Vanderdecken,
que está bien enterado, porque es un completo marino.
Esta última
observación hizo estremecer a Felipe, aunque el que la hizo ignoraba en
absoluto lo mucho que interesaba a aquél el Buque Fantasma.
—Sólo puedo
decir —replicó el aludido—, que siempre que ese barco se ha cruzado en mi
camino, han ocurrido desgracias.
—¿Y qué tiene
ese barco de particular para inspirar tanto temor? —preguntó el capitán
Barentz—. Llevaba demasiada vela y ha naufragado.
—Esa fragata
no naufraga jamás —replicó uno de los marineros.
—Nosotros si
que naufragaremos, si no viramos de bordo —gritaron muchas voces.
—¡Qué
desatinos! ¿No dice usted nada, señor Vanderdecken?
—Ya he
expuesto mi opinión —replicó Felipe, que ansiaba conducir el buque al puerto
si era posible—. Repito que debemos dirigirnos a la Bahía.
—Sepa usted,
capitán —dijo el anciano marinero que primero había hablado—, que estamos todos
decididos a ello, aunque usted se oponga. Por consiguiente, ¡cierra timón a la
banda! y usted, señor Vanderdecken, dirija la maniobra.
—¡Cómo! ¿se
sublevan ustedes? —gritó el capitán Barentz—. ¡Imposible! ¡La Vrow Katerina
es el mejor y el más rápido de los buques del mundo entero!
—El más viejo,
peor y más pesado de todos —replicó un marinero.
—¿Qué oigo?
—exclamó Barentz, fuera de sí—. Vanderdecken, castigue usted en seguida a ese
canalla embustero.
—No le haga
caso, está loco —volvió a decir el viejo marinero—. Señor Vanderdecken, sólo a
usted obedecemos, pero viremos de bordo inmediatamente.
Barentz estaba
furioso; pero Felipe, fingiendo que le daba la razón y asegurando a su oído que
los marineros eran unos pillos, convencióle al fin de que el único recurso era
dirigirse al puerto. Varióse el rumbo, orientáronse las velas y la Vrow
Katerina corrió delante del temporal. Hacia la tarde cedió el viento,
desaparecieron las nubes, y el oleaje, disminuyó notablemente. Las vías de agua
pudieron contenerse y Felipe llegó a creer que llegarían sanos y salvos a la
Bahía de la Tabla.
Al fin, sólo
quedó de la tempestad un lejano rumor del oleaje hacia el Oeste, del cual iba
separándose poco a poco la embarcación. La tripulación pudo descansar y las
tropas y pasajeros salieron del entrepuente, donde habían estado encerrados
durante la tormenta.
Todo el mundo
subió a cubierta; las madres llevaban a sus hijos en brazos y los presentaban a
los tibios rayos del sol; la arboladura estaba llena de ropa mojada, puesta a
secar en los obenques, y los marineros empezaron a reparar los desperfectos
ocasionados por el huracán. Sólo les separaban del Cabo unas 50 millas, y
esperábase oír a cada momento la voz de «¡tierra a la vista!» La alegría volvió
a reinar a bordo, pero Felipe continuaba triste porque abrigaba el temor de que
el peligro no hubiese desaparecido.
Felipe paseaba
por el alcázar de popa con Krantz, joven activo e inteligente, que era el
tercer oficial del barco, y a quien Vanderdecken, haciendo justicia a sus merecimientos,
distinguía con su cariño.
—¿Qué opina
usted del buque que hemos visto? —preguntó de pronto Krantz a su acompañante,
—No me era
desconocido, y...
—¿Y qué?
—El buque que
le ha encontrado en su camino no ha vuelto jamás al puerto.
—¿Es acaso
algún espíritu?
—Se trata de
una historia que cada cual refiere a su modo; pero yo estoy plenamente
convencido de que sufriremos alguna desgracia antes de llegar al Cabo, a pesar
de la calma que reina y de encontrarnos tan cerca del puerto.
—Es usted
supersticioso, Felipe. La aparición no me ha parecido una cosa sobrenatural.
Jamás buque alguno resistió tantas velas en un temporal; pero hay capitanes locos
que se empeñan en hacer absurdos. Si hemos visto un buque real y verdadero,
habrá naufragado, puesto que, cuando aclaró el tiempo había desaparecido. Soy
incrédulo, lo confieso, y si ocurren las desgracias que usted pronostica, me
convenceré de que la aparición es cosa sobrehumana.
—Quisiera
equivocarme; pero tengo mis presentimientos. Todavía no hemos llegado al
puerto —replicó Felipe.
—Pero sólo nos
separa de él una distancia insignificante, y el tiempo no amenaza tempestad.
La
conversación decayó y Felipe se quedó solo sobre cubierta donde permaneció
hasta la caída de la tarde.
Cuando el sol
hubo desaparecido del horizonte, bajó a su cámara y, después de encomendarse a
Dios, se durmió profundamente. Antes de que dieran las doce, despertóle un
golpe en el hombro; abrió los ojos y vio a su lado a Krantz, que acababa de
hacer la primera guardia.
—¡Por Dios!
Vanderdecken, levántese en seguida; ¡pronto! ¡tenemos fuego a bordo!
—¡Fuego!
—exclamó Felipe, saltando de la cama—, ¿en qué sitio?
—En la bodega.
—Voy al
momento; pero, mientras tanto, mande armar las bombas y cuide de que nadie abra
las escotillas.
Felipe no
tardó en subir a cubierta, donde encontró al capitán Barentz, que también se
había enterado del incendio. Krantz manifestó que- un rato antes
habíale dado el olfato el primer aviso; que levantó la escotilla mayor por sí
solo, para no alarmar a nadie y encontró que la bodega estaba llena de humo;
que volvió a tapar la escotilla y se apresuró a despertar a Felipe y al
capitán.
—Gracias a su
valor —replicó Felipe—, tenemos tiempo de reflexionar. Si los soldados, mujeres
y niños, se enteran del peligro que nos amenaza, alborotarán de tal modo que
embarazarán la maniobra. No comprendo cómo ha podido iniciarse el fuego en la
bodega.
—No he oído
que haya ardido jamás la Vrow Katerina —observó el capitán—. Lo creo
imposible debe ser una equivocación; ella es...
—Entre el
cargamento general llevamos algunas cajas de botellas llenas de ácido
sulfúrico. Temiendo una contingencia, dispuse que las colocaran en el
entrepuente; pero durante la tormenta se habrán roto y el continuo balanceo
habrá arrojado alguna abajo.
—Es posible
—replicó Krantz.
—Me opuse a su
embarque —insistió Felipe—, alegando que el barco estaba ya repleto; pero los
directores contestaron que ya era imposible alterar lo que se había dispuesto.
Ahora conviene obrar con energía y rapidez; mi plan es dejar las escotillas
cerradas, porque así quizá logremos sofocar el fuego.
—Sí —añadió
Krantz—, y al mismo tiempo perforar la cubierta para introducir por el agujero
que se practique la mayor cantidad posible de agua.
—Dice usted
bien, Krantz; llame al carpintero y manos a la obra. Yo reuniré a la
tripulación y les enteraré de todo. El olor es ya muy fuerte; no hay tiempo que
perder. Si lográsemos mantener tranquilos a los soldados y a las mujeres,
todavía pudiéramos remediar el daño.
Los marineros,
admirados de que los llamaran a tales horas, apresuráronse a subir. Desconocían
la situación del buque, porque, como las escotillas permanecían cerradas, el
humo no había llegado al sitio en que ellos pernoctaban.
—Muchachos
—dijo Felipe—, siento tener necesidad de deciros que hay un principio de
incendio en la bodega. Si se asustan los soldados y pasajeros, nada podremos
hacer, y es preciso que no impidan la maniobra. El señor Krantz y el carpintero
se ocupaban en un trabajo de gran utilidad; siéntense y oigan lo que vamos a
hacer.
Todos
obedecieron y Felipe les describió el peligro en que se encontraban, enterándoles,
además, de las medidas que se habían tomado ya y rogándoles que tuvieran serenidad
y sangre fría. Les advirtió que había alguna pólvora en la santabárbara, la
cual debía arrojarse al mar; y agregó, por último, que en el caso, poco
probable, de que no se pudiera dominar el incendio, se construiría una balsa
con las berlingas y tablazón del buque, en la cual y en los botes podrían salvarse
todos puesto que estaban muy cerca de la costa.
Este discurso
de Felipe produjo muy buen efecto, apresurándose todos a cumplir su deber;
unos se dirigieron a sacar la pólvora para arrojarla al mar y otros acudieron a
las bombas. Krantz se presentó entonces, manifestando que habían sido
perforados los tablones de la cubierta, que se había fijado la bomba y que el
agua entraba ya en la bodega. Los soldados que dormían sobre cubierta
despertáronse, sorprendidos, y el olor del humo les aclaró el misterio de
aquellas maniobras de la tripulación. La palabra «fuego» repitióse en seguida
en todos los ángulos del buque, y hombres, mujeres y niños subieron,
despavoridos, a cubierta, unos a medio vestir, otros gritando, orando los demás
y promoviendo tal alboroto y confusión que es imposible describirlos.
La juiciosa
conducta de Felipe quedó entonces de manifiesto; si los marineros hubieran
despertado en medio de aquella gritería, no hubieran sido más útiles que los pasajeros
y los soldados. La tripulación trabajaba ardorosamente, y Felipe y Krantz, con
sólo su presencia de ánimo, lograron tranquilizar a la mayoría de tropa y
pasaje.
Aunque la
pólvora había sido arrojada al mar y se había practicado un nuevo agujero en la
cubierta, por el cual otra segunda bomba introducía agua en la bodega, el
incendio, lejos de extinguirse, tomaba mayor incremento. El humo que se
escapaba por los intersticios de las escotillas demostraba su violencia, y
Felipe dispuso que las mujeres y niños fueran conducidos al alcázar de popa, suplicando
a los maridos que las acompañaran. La escena era desgarradora y Felipe, al
contemplar a aquellas madres que estrechaban a sus hijos contra el corazón,
sentía que las lágrimas le afluían a los ojos.
Luego,
Vanderdecken dedicóse a inspeccionar el trabajo de los marineros, que estaban
ya rendidos de cansancio, y fueron reemplazados, en el servicio de las bombas,
por los militares; pero sus esfuerzos fueron inútiles: media hora después, las
cubiertas de la escotilla saltaron con violencia y una inmensa llama se elevó
hasta la altura del palo mayor. Las mujeres volvieron a gritar estrechando a
sus hijos y los soldados y marineros abandonaron su tarea y huyeron
precipitadamente hacia la popa.
—Animo,
muchachos, no se acobarden, porque todavía no hay peligro. Recuerden que
tenemos a nuestra disposición los botes y una almadía y que, en caso de que
sea imposible dominar el fuego y salvar el buque, con valor y serenidad
conseguiremos pisar todos la tierra firme. Cada cual a su puesto —añadió
Felipe—. Carpintero, corte usted toda la jarcia delgada, y ustedes, marineros,
arríen los botes y armen pronto una almadía para esas pobres mujeres y niños.
¡Todo el mundo al trabajo! ¡Hasta tenemos la suerte de no necesitar linternas!.
Principió la
faena; las llamas lamían ya con sus lenguas de fuego las partes más elevadas
de la arboladura, envolviendo en sus pliegues el palo mayor y rugiendo de un
modo espantoso. No había tiempo que perder; los entrepuentes estaban llenos de
humo, y muchos infelices murieron asfixiados. Se arriaron los botes, que
tripularon los marineros de más confianza; berlingas, tablones, barriles y
enjaretados fueron arrojados al mar, y cuando Felipe vio completamente
terminada la almadía, respiró de satisfacción, considerando ya salvadas todas
las personas que estaban a bordo.
El incendio
llegaba ya a los entrepuentes, destruyendo cuanto encontraba a su paso; el palo
mayor cayó estruendosamente por la borda del buque al mar; y de todas partes
salían gruesas columnas de humo que sofocaban a la tripulación y a los
pasajeros. Las mujeres y los niños habían sido colocados a popa con el doble
fin de alejarlos del incendio y de poder trasladarlos fácilmente a la almadía,
si llegaba el momento de abandonar el buque.
Este momento
llegó al fin a las cuatro de la mañana, y, merced a las acertadas disposiciones
de Felipe Vanderdecken, las mujeres y los niños fueron trasladados a la
almadía sin que hubiera que lamentar ningún incidente desagradable.
Con la tropa
ya no pasó lo mismo, pues muchos soldados, al descender por las escalas, a
causa de la precipitación y atolondramiento con lo que efectuaron, cayeron al
mar, que les sirvió de sepultura.
Barentz, por
indicación de Felipe, colocóse, armado de dos pistolas, en la puerta de la
despensa para evitar que nadie se embriagara, hasta que el humo hiciera
innecesaria esta precaución, y gracias a esto todos cumplieron su deber
durante los momentos supremos. Antes que hubiese podido desembarcar la tercera
parte de la tropa, inmensas columnas de fuego principiaron a salir por las
portas con violencia y rugiendo como un gigantesco soplete; al mismo tiempo las
llamas invadieron la cubierta y los que permanecían aún en ella se vieron
rodeados por un círculo de fuego, abrasados por el calor y sofocados por el
humo.
Siguióse una
escena de confusión que arrebató a muchos la vida. Sólo se pensaba en huir y,
sin embargo, la única manera de escapar era arrojándose al agua. Por todas
partes se oían exclamaciones de dolor y lamentaciones de angustia. De ochenta
soldados que quedaban a bordo cuando comenzó a arder la cubierta, sólo se
salvaron quince. Cuando éstos estuvieron ya en los botes, Felipe ordenó a los
marineros que habían permanecido a su lado que se deslizaran uno a uno por los
aparejos del botalón de me-sana y, por último, rogó al capitán Barentz que
hiciera lo mismo, pero éste rehusó terminantemente, pues quiso ser el último en
abandonar a su idolatrada Vrow.
El cabo que
sujetaba la balsa al buque fue cortado y poco tiempo después éste empezó a
derivar hacia sotavento. Felipe y Krantz se ocuparon en colocar a todos en su
sitio; los marineros se embarcaron en los botes para remar por turno, y los
soldados y alguno de la tripulación fueron destinados a la almadía, que quedó
tan sobrecargada que se hundía en el agua.
Cuando los
botes tomaron a remolque a la balsa en dirección de la costa, empezaba a
clarear el nuevo día. El buque abandonado era en aquel momento una inmensa pira
y el capitán Barentz, subiéndose en uno de los bancos del bote en que iba,
dijo:
—Vean ustedes
de qué modo desaparece el mejor barco que surcó los mares y despídanse de él.
Sucumbe trágicamente pero su nombre quedará grabado en mi corazón.
Felipe no
replicó; Barentz inspirábale cierto respeto a pesar de su locura. Los náufragos
adelantaban poco porque el mar se había picado, la corriente no era favorable y
la almadía estaba completamente cubierta por el agua. Una fuerte brisa rizaba
la cresta de las olas, que iban siendo cada vez mayores. Felipe buscó
ansiosamente la tierra con los ojos, y no la distinguió porque había mucha
niebla en el horizonte. Comprendía que era necesario ganar la costa antes que
el día expirase para evitar que pereciesen las mujeres y los niños, que sin
alimento alguno no podrían resistir largo tiempo en la almadía, que iba
sumergiéndose cada vez más. No había tierra a la vista, y se temía que se
desencadenase una tempestad; Felipe se sentía desfallecer lamentando que su
fatal destino ocasionase la muerte de tantos inocentes. La situación era
realmente desesperada.
—¡Tierra a
proa! —gritó Krantz, que iba en el primer bote.
Al oír esto,
prorrumpieron todos en exclamaciones de alegría, y las mujeres levantaron en
alto a sus hijos, llenas de extraordinario júbilo.
Felipe púsose
de pie sobre los banquillos de popa para inspeccionar la tierra que sólo
distaba unas cinco millas, y su corazón se inundó de gozo. La brisa arreciaba
por momentos y la mar se picaba cada vez más. El viento les cogía de través;
pero la vista de la costa regocijaba a los marineros, que remaban
ardorosamente. Sin embargo, la pesadez de la balsa embarazaba la marcha hasta
el punto de que empleaban una hora en adelantar una milla.
Al mediodía no
les separaba de la costa una distancia mayor de tres millas; pero, al pasar el
sol por el meridiano, cambió el tiempo y aumentó la marejada. Los náufragos
llegaron a temer que la almadía desapareciera completamente bajo las aguas. A
las tres de la tarde no habían adelantado media milla, y los remeros, que
estaban en ayunas, comenzaron a dar señales de cansancio. Todos estaban
sedientos, desde el niño que se abrazaba a su madre pidiéndole agua, hasta los
marineros que empuñaban el remo. Felipe procuró alentarles, pero se encontraban
tan fatigados y veían la tierra tan próxima, que, conociendo que el remolque de
la almadía les impedía llegar a la costa, principiaron a murmurar mostrando
deseos de cortar los cabos que los sujetaban a la balsa y salvarse ellos. Este
sentimiento de egoísmo no prevaleció, pues los argumentos y amenazas de Felipe
les obligó a remar otra hora, al cabo de la cual ocurrió un incidente que
decidió la cuestión.
La violencia
de las olas, cada vez más impetuosa, fue destruyendo poco a poco la almadía,
hasta el punto de ser dificilísimo a los tripulantes el mantenerse en ella. Un
agudo grito, mezclado con gemidos e imprecaciones, llamó la atención de los que
iban en los botes, y Felipe, al volver la cabeza, vio que las cuerdas que
sujetaban las diferentes partes de la embarcación se habían soltado quedando
la balsa convertida en dos. La escena que entonces se desarrolló fue terrible;
muchos maridos encontráronse separados de sus esposas e hijos, pues la parte
de la almadía que continuaba remolcada por los botes, quedó en seguida separada
de la otra. Algunas infelices gritaban levantando en el aire a sus hijos;
otras, más desesperadas, se arrojaron con ellos al mar, intentando reunirse a
sus esposos, pero ninguna lo conseguía. La situación se agravó aún más, pues
las cuerdas continuaron soltándose y la superficie del mar cubrióse de despojos
de ambas embarcaciones, a los cuales se agarraban los náufragos en su agonía.
Las berlingas y vigas chocaban con furia unas contra otras destrozando a los
infelices que se asían a ellas, y aunque los botes acudieron pronto en su
auxilio, como era una imprudencia aventurarse entre los restos de la almadía,
no lograron salvar más que a los marineros y a algunos soldados de los que en
ella iban; las mujeres y niños perecieron todos. Felipe estaba anonadado y
durante algún tiempo el pesar le impidió dar ninguna orden acertada.
Eran las cinco
de la tarde; los botes bogaron hacia la costa, y cuando el sol que había
alumbrado aquella tragedia comenzaba a ocultarse, los sobrevivientes desembarcaron
en una playa de menuda arena. Después de sacar las embarcaciones del mar, cada
cual tendióse donde pudo y, a pesar de encontrarse hambrientos, el cansancio
les hizo conciliar en seguida un profundo sueño. El capitán Barentz, Felipe y
Krantz conferenciaron brevemente concluyendo por seguir el ejemplo de los
demás, para olvidar las fatigas y penalidades de las últimas veinticuatro
horas.
Cuando
despertaron, todos experimentaron los horrores de la sed, pero en aquella
desierta playa no había más agua que la del mar, cuyas olas lamían blandamente
la arena, burlándose de sus sufrimientos. Los marineros partieron, por mandato
de Felipe en todas direcciones para buscar los medios de apagar la sed,
encontrando al fin unos arbustos cuyas gruesas hojas estaban cubiertas de abundante
rocío. Todos se apresuraron a masticarlas, lo cual les proporcionó algún
alivio. Aquellas hojas, que tenían cierto sabor acre, les calmaron también el
hambre. Vanderdecken dispuso que se hiciera gran acopio de aquella planta,
colocada sabiamente por la Providencia en el árido desierto para alimento de
los camellos y demás rumiantes, que la devoraban con avidez.
Los náufragos
encontrábanse a 50 millas del Cabo; carecían de velas, pero el viento era
favorable. Lanzáronse las embarcaciones al agua, armáronse los remos y se
emprendió la marcha; pero tan fatigados se encontraban los infelices remeros,
que bogaban mecánicamente y sin vigor alguno. Al romper el día pasaron frente a
False Bay, quedándoles aún cinco millas que recorrer. Sin embargo, alentados
con la vista de la tierra, realizaron el último esfuerzo y antes de mediodía
llegaban a la ciudad del Cabo. Desembarcaron junto a un arroyuelo que desagua
en la Bahía, y todos se arrojaron en él bebiendo ávidamente, mientras sumergían
sus abrasados brazos en aquella agua pura, fresca y cristalina.
Satisfecha la
más apremiante de sus necesidades, dirigiéronse a las casas de la factoría. Los
colonos, que los habían visto desembarcar, salieron a recibirlos, y, como no
había buque alguno en la bahía, comprendieron que eran náufragos. Pronto
circuló la noticia de la catástrofe; de trescientas personas próximamente que
constituían el pasaje y tripulación del barco incendiado, solamente se salvaron
treinta y seis, después de haber pasado cuarenta y ocho horas sin probar
alimento. Los colonos les dieron de comer hasta que se satisfacieron.
—Me parece que
he visto a usted antes de ahora —dijo uno de los colonos a Felipe—. ¿Estuvo
usted aquí con la última escuadra?
—No —replicó
Vanderdecken—; pero sí en otras ocasiones.
—Ya recuerdo
—agregó el colono—; usted fue el único que se salvó del naufragio del Ter
Schilling en False Bay.
—Eso creí
durante algún tiempo, pero recientemente he visto en Ámsterdam a cierto piloto
tuerto, llamado Schriften, que también se salvó. ¿Estuvo aquí también?
—No, señor;
usted ha sido el único tripulante del Ter Schilling que ha venido
después del naufragio. Resido en El Cabo desde aquella fecha y lo sé.
—Pues
Schriften ha regresado a Holanda.
—Eso es punto
menos que imposible. Como usted sabrá perfectamente, nuestros buques, cuando
salen de la bahía, navegan lejos de la costa, por el peligro que ofrece el acercarse
a ella.
—Sin embargo
—insistió Felipe—, le he visto y he hablado con él.
—Lo creo
puesto que usted lo afirma; tal vez haría señales a algún buque que lo
recogería en el mismo lugar del naufragio. Si se hubiera internado, los
indígenas le habrían dado muerte, porque los cafres son muy crueles.
La noticia de
que Schriften no había estado en El Cabo, dejó a Vanderdecken profundamente
pensativo, confirmándole en su creencia de que aquel hombre tenia algo de
sobrenatural. Lo que le manifestó el colono era una prueba más.
Dos meses
después, durante los cuales los náufragos fueron tratados bondadosamente,
ancló en la bahía un pequeño brick[8],
llamado Guillermina, para proveerse de víveres; venía fletado por la
Compañía con carga para Ámsterdam, y tuvo que recibir a su bordo a los
náufragos, excepto al capitán Barentz, que rehusó, diciendo;
—¿Para qué he
de ir a Holanda, si no tengo a nadie allí? Mi único amor en el mundo era mi Vrow
Katerina, que era para mí esposa, familia y todo: se ha perdido, jamás
volveré a embarcarme. Mis ilusiones reposan con mi buque, en el fondo del mar y
aquí me quedo para serle fiel. Mi tumba estará junto a la suya. No la olvidaré
nunca, la guardaré luto y, cuando muera, se encontrará grabado en mi corazón su
nombre adorado. Suplico a usted, Vanderdecken, que me envíe con la primera
escuadra lo poco que poseo en Ámsterdam.
Felipe se
despidió de él estrechándole la mano, y prometiéndole que el primer buque que
saliera le traería su pequeña fortuna convertida en objetos y herramientas útiles
para un colono; y, al poco tiempo, la Guillermina abandonaba las
tranquilas aguas de la bahía, impelida por una brisa suave.
Abandonemos a
los náufragos y trasladémonos con el lector a Terneuse, residencia de Amina, la
esposa amante de Felipe Vanderdecken.
En el momento
que volvemos a encontrarla, estaba sentada en el banco rústico en que, antes
de haberse ausentado Felipe, solía conversar con él.
Está sumamente
pensativa, con los ojos bajos, y como si quisiera recordar el pasado.
—¡Cuánto daría
—exclamó—, por tener el poder de mi madre! La incertidumbre me mata y la
presencia de estos dos curas me aburre.
Y levantándose
del banco, se encaminó a su casa.
El padre
Matías continuaba hospedado en casa de Felipe, pues creyendo, de este modo,
pagar mejor su deuda de gratitud permanecía al lado de Amina, a quien cada día
inspiraban mayor aversión los preceptos del cristianismo. Tanto él como el
padre Leysen, la exhortaban con frecuencia, pero unas veces les escuchaba sin
replicar y otras discutía con ellos atrevidamente. La insistencia con que
Amina se negaba a convertirse, era para aquellos dignos sacerdotes tan
imperdonable como incomprensible.
En cuanto a
Amina, el caso era distinto; rehusaba dar crédito a lo que para su razón
resultaba un enigma. Reconocía la excelencia de los principios y la pureza de
la doctrina; pero, cuando los padres le explicaban los Artículos de la Fe,
hacía gestos de impaciencia y variaba la conversación. Esto acrecentaba el
deseo del padre Matías de salvar y convertir aquella alma tan digna del Cielo,
y, olvidando el regreso a Lisboa, se dedicó fervorosamente a instruirla.
Amina, molestada con tantas lecciones de religión, casi llegó a aborrecerle.
La joven sabía
que su madre había poseído conocimientos superiores que le permitieron
relacionarse con los espíritus infernales. La había visto con frecuencia practicar
su arte; pero no lograba recordar las preparaciones místicas de que se valía en
sus encantos; y cuanto mayores eran sus deseos de averiguar lo que tenía
olvidado; cuanto más ansiosamente pretendía utilizar estos medios
sobrenaturales para descubrir el secreto que encerraba el sombrío porvenir de
su esposo, más la exhortaba el padre Matías a convertirse a una religión que
prohibía aquellas prácticas abominables. Así es que los argumentos de los
dignos representantes de Jesucristo no hicieron mella en un alma del temple de
la de Amina, que, obstinada y ciega, había decidido proseguir por el camino
emprendido.
—¡Cuánto daría
por tener el poder de mi madre! —repitió al llegar a su casa—. Podría saber
dónde está ahora Felipe. ¡Oh! ¡Quién poseyera el espejo negro en que mi madre
me hacía mirar para referirle luego lo que veía! ¡Qué bien recuerdo aquellos
tiempos en los cuales, durante las ausencias de mi padre, veía retratados en
un líquido negruzco que tenía en la palma de la mano el campamento de los
beduinos, las escaramuzas, los caballos que galopaban sin jinete y los
turbantes que rodaban sobre la arena del desierto! Sí, madre mía —gritó Amina
después de una pausa—; tú puedes venir en mi ayuda; revélame el secreto
aunque sea en un sueño, tu hija te lo ruega. La palabra, ¿cuál era la palabra?
¿Cómo se llama el espíritu? ¿Turshoou?... Sí, sí, éste creo que es su nombre.
¡Madre mía, ayuda a tu hija!
—¿Invocas a la
Virgen, Amina? —preguntóle el padre Matías, que oyó pronunciar a la joven sus
últimas palabras al entrar él en el aposento—. Si así lo haces se te aparecerá
en sueños y te fortalecerá.
—Invocaba a mi
propia madre, que está en el reino de los espíritus —replicó Amina.
—Pero no en la
mansión de los bienaventurados, hija mía, porque era una infiel.
—¿Cómo es
posible que Dios la haya castigado por seguir la fe de sus padres, viviendo en
un país donde no se conocía otra religión? —objetó Amina fuera de sí—. ¿No
asegura usted que los que son buenos en esta vida reciben el premio de sus
acciones en la otra? ¿No afirma usted que mi madre tenía, como las demás
criaturas, un espíritu inmortal? En ese caso, siendo Dios justo, ¿cómo ha de
haber condenado su alma al fuego eterno porque adoraba lo que adoraron sus
padres? ¿Cómo ha podido hacerla responsable de ignorar una religión de que
nadie le habló jamás?
—Los designios
del Sumo Hacedor son inescrutables, hija mía; agradécele que te haya permitido
aprender su doctrina y ser recibida en el seno de su santa Iglesia.
—Le doy
gracias por otras mercedes —repuso Amina— pero es tarde y deseo descansar.
La joven se
retiró a su aposento, aunque no tenía el propósito de acostarse todavía.
Ya en él,
repitió por centésima vez las ceremonias que hacía su madre para invocar a los
espíritus, con el mismo resultado negativo de siempre. Encendió el braserillo,
y pronto el humo que despedían las hierbas al quemarse llenó todos los ámbitos
de la alcoba.
—¡La segunda
palabra, la segunda; ya recuerdo la primera! ¡Ayúdame, madre mía! Es inútil
—añadió en seguida—; conozco que lo he olvidado completamente.
El humo
comenzaba a desaparecer, cuando, alzando Amina los ojos, vio una figura delante
de ella. Primero creyó que el encanto había producido efecto; pero, cuando los
objetos se hicieron más perceptibles, conoció al padre Matías, que cruzado de
brazos la miraba con severidad.
—¿Qué estabas
haciendo, desgraciada?
La extraña
conducta de Amina había despertado las sospechas de ambos sacerdotes que la
vigilaban. El olor de las hierbas quemadas en el braserillo, y el humo que,
saliendo por los intersticios de la puerta, había llenado toda la casa,
despertaron la atención del padre Matías, quien, subiendo con todo género de
precauciones, pudo entrar en la alcoba sin ser visto. A la primera ojeada comprendió
Amina la situación peligrosa en que se encontraba; si hubiese sido soltera, la
habría arrostrado, pero por el amor de Felipe, intentó engañar al importuno
visitante.
—No estoy
haciendo ningún mal —repuso con la mayor naturalidad que le fue posible—, y no
me parece bien que entre usted a estas horas en la alcoba de una joven durante
la ausencia de su esposo. Su visita sigilosa y repentina no tiene
justificación.
—Esas son
excusas que carecen de fundamento, puesto que mi edad y mi profesión garantizan
sobradamente mis actos —replicó el interpelado algo confuso.
—No siempre,
padre, si es verdad lo que refieren de algunos frailes —repuso la joven—. ¿Por
qué ha entrado usted en la habitación de una mujer joven a estas horas?
—Por
convencerme de que practicas la hechicería.
—¡La
hechicería! ¿Qué quiere usted decir? ¿Está acaso prohibida la medicina?. ¿Es
pecado prestar auxilio a los que sufren y calmar los dolores y la fiebre que
atormentan a los desdichados que residen en este país tan poco saludable?
—Todos los
sortilegios están prohibidos por la Iglesia.
—Buscaba un
medicamento compuesto de hierbas combinadas en determinadas proporciones
conocidas por mi madre. Si esto no es honesto, tiene usted razón cuando me
llama hechicera.
—Has invocado
el espíritu de tu madre...
—Ciertamente,
porque se me han olvidado los ingredientes y ella los conocía muy bien. ¿Qué
mal hay en ello?
—¿Buscabas,
pues, un remedio? Creía todo lo contrario.
—¿Qué esperaba
usted encontrar? Mire esas cenizas, padre, mezcladas con aceite; si con ellas
se frotan los miembros, heridos, se obtienen resultados maravillosos. No se
asuste, ¿Teme que se levante algún fantasma, algún espíritu como aquel que se
apareció al rey de Israel? —y Amina soltó la carcajada.
—Estoy
confuso, pero no convencido —replicó el sacerdote.
—Lo mismo me
ocurre a mí —dijo Amina irónicamente—. No comprendo que una persona del
talento de usted pueda creer que sea malo quemar hierbas secas, ni me convenzo
de que esto haya motivado su visita intempestiva. Quizá los encantos naturales
le interesen más que los que usted califica de sobrenaturales. Salga usted en
seguida de aquí, y si vuelve a poner los pies en este aposento abandonaré la
casa. Tenía formado mejor concepto de usted. En lo sucesivo no volveré a
quedarme sola.
Este ataque a
la reputación del anciano era muy severo, y el padre Matías salió en el acto
de la alcoba diciendo:
—¡Dios te
perdone tan falsas e injustas sospechas como te perdono yo! Solamente he venido
aquí por las razones expuestas.
—Creo cuanto
dices —murmuró Amina al cerrar la puerta—, pero eres un importuno que me estás
molestando más de lo que puedo tolerar. No permito que nadie me espié ni que
se mezcle en mis asuntos. Has cometido una imprudencia y sabré aprovecharme de
ella. El aposento de una mujer casada debe ser sagrado para los ministros de
la religión.
Amina abrió
nuevamente la puerta, y después de quitar el braserillo, llamó a la sirvienta,
a quien refirió en voz alta que el sacerdote había intentado introducirse en su
alcoba.
—¿Es posible?
—exclamó la criada llena de estupefacción.
Amina acostóse
sin replicar; pero el padre Matías lo había escuchado todo.
A la mañana
siguiente fue a visitar al párroco y le refirió lo ocurrido y las falsas
sospechas de Amina.
—Ha procedido
usted con demasiada ligereza entrando en la alcoba de una mujer a tales horas
de la noche —replicó el padre Leysen.
—Sospechaba,
amigo mío.
—Y ella
sospecharía también. Es joven y hermosa.
—Juro a usted
por lo más sagrado, que mi intención...
—Indudablemente
ha sido buena —interrumpió el párroco—; pero no evitará el escándalo ni las
sospechas.
Y así ocurrió
efectivamente porque la fámula contó en todas partes la aventura, y el padre
Matías, al verse tratado con frialdad hasta por sus amigos, se marchó a
Lisboa, disgustado consigo mismo por su imperdonable imprudencia; pero más
ofendido aún con Amina por haberse permitido ésta sospechar de su honradez.
Sano del
cuerpo y enfermo del alma, desembarcó Felipe en Ámsterdam, desde donde
prosiguió su viaje a Terneuse, encontrando a Amina buena y contenta. Los directores
de la Compañía quedaron sumamente complacidos de su conducta, y le nombraron
capitán de un buque que debía salir para la India en la primavera. La tercera
parte de la propiedad de dicho buque fue comprada por Felipe, conforme se había
convenido con anterioridad, con los fondos que tenía en poder de la Compañía.
Disponía de cinco meses de tiempo, que empleó en hacer los preparativos
necesarios para recibir a su esposa a bordo.
Amina refirió
a su esposo lo ocurrido con el padre Matías y el pretexto de que se había
valido para alejarlo.
—¿Y
practicabas, realmente, los sortilegios de tu madre?
—Intentaba
recordarlos, cuando fui interrumpida.
—No vuelvas a
hacerlo, Amina; el buen sacerdote hacía bien prohibiéndotelo. Prométeme que no
volverás a ocuparte en ello en lo sucesivo.
—Si mis
hechicerías no son buenas, menos debe serlo el empeño en que andas metido, y al
que tú llamas un deber. ¿No te relacionas con los espíritus? ¿Qué hay, por lo
tanto, de particular en que yo los invoque? Abandona tu misión y abandonaré mis
encantamientos. No vuelvas a separarte de mí y dejaré las hechicerías para
siempre.
—No es el
mismo caso, puesto que obro por mandato del mismo Dios.
—¿Y te permite
comunicarte con espíritus del otro mundo?
—Sin duda
alguna.
—¿Entonces,
por qué ha de prohibírmelo a mí? El padre Matías afirmaba que no se mueve una
sola hoja del árbol sin la voluntad divina.
—Así es en
efecto; pero no olvides que, aunque Dios tolera el mal en la tierra, no lo
patrocina.
—A ti no sólo
te permite Dios que busques a tu condenado padre, sino que te manda hacerlo
así. Yo soy tu esposa, una parte de ti mismo; cuando, durante tus ausencias,
me quedo abandona, ¿por qué no he de acudir al mundo inmaterial para saber algo
que disipe mi tristeza y regocije mi corazón, si con ello no ocasiono el menor
daño?
—Pero eso lo
prohíbe nuestra religión, Amina.
—¿Han
declarado acaso los sacerdotes que tu misión es pecado? ¿se opone a ello la fe?
¿Pero a qué disputar, mi querido Felipe? Mientras permanezca a tu lado, no renovaré
mis tentativas lo prometo; pero si vuelves a dejarme sola, preguntaré a lo
invisible, dónde te encuentras tú, que también buscas lo mismo.
El invierno
fue feliz y tranquilo para los dos jóvenes; llegó la primavera, y como el buque
debía ser equipado en seguida, ambos esposos marcharon a Ámsterdam.
El Utrecht era
un navío de 400 toneladas, de reciente construcción, que montaba veinticuatro
cañones. Felipe presenció la operación de la carga, ayudado por Krantz, que era
el segundo de a bordo. Preparóse para Amina una magnífica cámara sumamente
cómoda y diéronse a la vela en el mes de mayo, con orden de detenerse en
Gambroon y Ceilán, atravesar el estrecho de Sumatra, y dirigirse al mar de la
China, en donde, si se confirmaban los temores de la Compañía, los portugueses
les resistirían tenazmente. Esta era la causa de que llevase el buque una
tripulación numerosa, un destacamento de tropa, y muchos miles de duros para
hacer compras en los puertos chinos. Felipe mandaba, por consiguiente, el buque
más hermoso y mejor tripulado que hasta entonces había enviado la Compañía a
los mares índicos.
El Utrecht atravesó
pronto el Canal de la Mancha y continuó con buen viento aquel viaje, comenzado
con auspicios favorables, hasta que pocas millas antes de llegar al Cabo,
sobrevino por primera vez la calma. Amina estaba encantada; todas las noches
paseaba un rato sobre cubierta con Felipe, admirando las constelaciones
australes que brillaban sobre sus cabezas, o escuchando el suave murmullo de
las olas que batían los costados del buque, y el suspiro de la brisa que gemía
entre las cuerdas del aparejo.
—¿Qué destino
será el de esas estrellas, que no pueden admirar los habitantes de las
regiones del Norte? —preguntó Amina contemplando embelesada la bóveda celeste—.
¿Qué significará aquel meteoro que cae? ¿Cuál será la causa de que descienda
del cielo con tanta velocidad?
—¿Crees en las
estrellas?
—Todos los
árabes creemos en ellas. Si con su luz nos alumbran la tierra, ¿qué papel
desempeñan en el firmamento?
—Embellecerlo;
pero no es ésa su sola misión.
—También
predicen los destinos humanos. Mi madre leía en ellas con extraordinaria
facilidad, pero, para mí, son un libro cerrado.
—Prefiero que
así sea, Amina.
—¿Te parece
mejor arrastrarte por este mundo miserable, lleno de misterio y de duda,
pudiendo iluminar tu mente la ciencia de lo sobrenatural? ¿No salta de gozo el
corazón que late en el pecho de una persona superior a las demás? ¿Crees que es
innoble esta aspiración?
—Es, por lo
menos, muy peligrosa.
—Pero...
¿reconoces la superioridad de quien puede leer el porvenir de las criaturas?
—Desde el
momento que no es una facultad común a todos los mortales...
—Perfectamente
—interrumpió Amina—; aquella estrella brillante parece que me mira y desea
hablarme. Allí está mi destino.
Amina
permaneció un rato extasiada, y Felipe la dejó meditar. Al fin se apoyó en el
filarete[9], para contemplar la
superficie del mar, en la cual rielaba[10]
la pálida luz de la luna.
—¿No has
pensado nunca en esos seres que viven bajo las crueles ondas, entre los bancos
de coral, y cuyos cabellos van trenzados con multitud de perlas? —preguntó
Felipe sonriendo.
—Me agradaría
vivir con ellos. En una ocasión tú soñaste que era yo uno de esos seres.
—Cierto
—repuso Felipe pensativo— Y, sin embargo, el agua me rechazaría si naufragara
el buque en que navegamos. Es imposible predecir dónde me ha de sorprender la
muerte; pero abrigo el presentimiento de que mi cuerpo no será jamás juguete
de las olas... Pero retirémonos, Felipe; es tarde y el rocío de la noche es
perjudicial para la salud.
Al amanecer el
vigía gritó desde la cofa que había a sotavento un objeto flotando en la
tranquila superficie del mar. Krantz, que estaba de guardia, examinóle con el
anteojo, y vio que era un pequeño bote. Como no hacía viento alguno, Felipe
dispuso que fuera otro bote a reconocerlo, regresando los expedicionarios al
poco rato trayendo a remolque a la pequeña embarcación.
Tan pronto
como pisó la cubierta, el primer contramaestre dijo a Krantz:
—Señor, hemos
encontrado el cuerpo de un hombre que yacía en el fondo del bote, pero no
sabemos si está muerto o vivo.
Krantz
comunicó el suceso a Felipe, que en aquel momento estaba almorzando con Amina
en la cámara, y los tres subieron a cubierta donde encontraron el cuerpo que
había sido izado a bordo por los marineros. El médico declaró que aquel hombre
no estaba muerto, y, al conducirlo a la enfermería, vieron, llenos de
admiración, que el que al principio se había tomado por un cadáver se
incorporaba y ponía de pie sin ayuda de nadie.
El desconocido
declaró que pertenecía a la dotación de un buque que había hecho zozobrar una
ráfaga, teniendo él apenas tiempo para salvarse en el bote, pues los demás
tripulantes habían perecido. Al verle el rostro, Felipe, exhaló un grito.
¡Aquel hombre era su antiguo conocido Schriften!
—¡Eh! ¡Eh!
Señor Vanderdecken, celebro que haya usted ascendido a capitán, y me alegro
también de ver a usted buena, señorita.
Un sudor frío
perló la frente de Felipe, el cual se apartó del grupo. Amina contempló al
náufrago con ojos centelleantes, y bajó a la cámara, en donde encontró a su marido
con el rostro escondido entre las manos.
—¡Valor,
esposo mío, valor! —dijo Amina—; el encuentro de este hombre puede ser un
funesto augurio; pero, ¿qué importa? ¿no es ése acaso nuestro destino?
—El mío sí,
pero no el tuyo —replicó Felipe levantando la cabeza—; ¿por qué has de sufrir
tú los rigores de mi triste suerte?
—Mi deber de
esposa es compartir contigo la vida y la muerte. Creo que moriré después que
tú; pero, cuando expires, iré pronto a reunirme con tu espíritu en las
regiones de la inmortalidad.
—Tú no puedes,
sin embargo, darte muerte.
—Este puñal se
encargará de ello.
—No, Amina,
Dios prohíbe el suicidio y la Iglesia lo condena.
—¿Y qué me
importa? Nací sin pretenderlo y puedo morir sin pedir permiso a nadie. Pero
dejemos esta conversación, Felipe. ¿Qué piensas hacer con Schriften?
—Le
desembarcaré en El Cabo, pues su presencia me es insoportable. ¿No sentías tú
cierto estremecimiento al acercarte a él?
—Ciertamente;
y, sin embargo, no creo que hagas bien arrojándolo del buque.
—¿Por qué no?
—Porque
debemos arrostrar el destino, sin acobardarnos. El pobre diablo es, además,
inofensivo.
—Tú no le has
visto intentando sublevar la tripulación. En una ocasión trató de robarme la
reliquia.
—Ojalá lo
hubiera conseguido, porque, en ese caso, no habrías vuelto a embarcarte.
—No digas eso,
Amina; he jurado solemnemente hacer todo lo posible por salvar a mi padre.
—Pues a
Schriften no puedes dejarle en El Cabo, porque, como es oficial de la
Compañía, tienes el deber de enviarlo a Holanda en un buque de la misma; sin embargo,
creo preferible que dejes obrar al destino. Valor, Felipe, permítele que
continúe a bordo.
—Puede ser que
tengas razón, Amina, nadie puede impedir que se cumpla lo escrito.
—Sí, y que
haga lo que quiera. Trátale bondadosamente, ¿quién sabe lo que conseguiremos
procediendo de ese modo?
—Perfectamente,
seguiré tus consejos. Hasta ahora ha sido mi enemigo; quizá se convierta en
amigo.
—Y
experimentarás la satisfacción del deber cumplido. Manda que lo llamen.
—Mañana; ahora
voy a disponer que le proporcionen cuanto necesite.
—Hablamos de
él como si fuera un semejante nuestro, cosa que dudo —replicó Amina—; pero, sea
mortal o no, agasajémosle cuanto nos sea posible. Deseo hablar con él y ver si
le produzco algún efecto. ¿Le hago el amor, Felipe? —y Amina soltó una alegre
carcajada.
A la mañana
siguiente el médico manifestó que Schriften parecía estar completamente
restablecido, por lo cual, dispuso Felipe que bajara a la cámara. El piloto
estaba tan flaco que semejaba un esqueleto, pero su lenguaje y maneras eran
tan arrogantes y atrevidas como siempre.
—Le he
llamado, Schriften, para saber si necesita usted alguna cosa.
—Sólo necesito
reponerme un poco.
—Eso lo
conseguirá pronto; ya he dado órdenes para que le cuiden bien.
—¡Pobre hombre
—exclamó Amina con lástima—, cuánto debe haber sufrido! ¿Es usted quien llevó a
Felipe la carta de la Compañía?
—Sí, señora; y
por cierto que no me dispensaron ustedes muy buen recibimiento.
—Está usted
equivocado, amigo mío. Ninguna esposa recibe con alegría un mensaje que obliga
a su marido a separarse de ella. Pero reconozco que usted no era el responsable
de ello.
—¿Y si el
marido se obstina en abandonar voluntariamente a su esposa, teniendo, según
dicen, una gran fortuna con que pasar la vida felizmente?
—Entonces
tendría usted razón —contestó Amina.
—Es necesario
poner término a este viaje al menos —dijo Felipe—; luego se verá lo que he de
hacer más tarde. Hemos sufrido mucho ambos, Schriften. ¿Qué prefiere usted,
desembarcar en El Cabo, volver a Holanda en el primer buque que encontremos o
venir conmigo en calidad de piloto y participar de mi suerte?
—Prefiero
acompañarle, señor Vanderdecken; deseo estar siempre a su lado, ¡eh!
—Sea como
guste. Tan pronto como se restablezca por completo, empezará a prestar servicio
a bordo; hasta entonces, procuraré que no le falte nada.
—Y yo también,
amigo mío —añadió Amina—. Ha sufrido usted mucho; pero me encargo de hacérselo
olvidar, si es posible, con mis consuelos.
—Gracias, es
usted muy buena, señora —replicó Schriften mirando a Amina cariñosamente.
Después, agregó estremeciéndose—: ¡Qué lástima! ¡tan bella! Sin embargo, es
inevitable.
—Adiós —dijo
Amina tendiéndole la mano, que Schriften se apresuró a estrechar murmurando:
—Dios la
bendiga, señora.
Y salió en
seguida de la cámara.
El contacto de
la huesosa mano del piloto impresionó de tal modo a Amina, que tuvo que
sentarse en el sofá, casi desfallecida. Cuando se hubo tranquilizado, dijo a
Felipe:
—Estoy plenamente
convencida de que Schriften es un hombre sobrenatural. Tanto mejor —añadió
después de una breve pausa—, es preciso que sea nuestro amigo y procuraré
conseguirlo.
—¿Y crees tú,
Amina, que los hombres sobrenaturales abrigan sentimientos de bondad, gratitud
y cariño, como nosotros?
—Sin duda
alguna; si pueden aborrecer, como te consta perfectamente, también pueden amar.
Por eso deseaba yo poseer el arte de mi madre, con objeto de tener a todos
estos espíritus a mi disposición para que me sirvieran mientras los
necesitara.
—Te ruego que
no te ocupes más en ello, Amina ¡sabes bien que es cosa prohibida!.
La joven
guardó silencio, y Felipe, después de pasear un rato por la cámara, subió a
cubierta.
El Utrecht llegó,
al fin, al Cabo, hizo la aguada, y, prosiguiendo su viaje, fondeó en Gambroon
a los dos meses. Durante este tiempo había Amina hecho todo lo posible por
conquistar el aprecio de Schriften. Conversaba frecuentemente con él, le
prodigaba sus bondades y hasta logró vencer la repugnancia que le inspiraba el
piloto. Éste, por su parte, fue mostrándose poco a poco agradecido y a mostrar
complacencia en conservar con Amina. A veces, era atento con Felipe; con su esposa
siempre. Hacía uso de palabras de doble sentido y jamás omitía la interjección
¡eh! para terminar las frases.
Una tarde,
encontrándose el Utrecht fondeado en Gambroon, dijo a Amina, que
permanecía sentada en la popa.
—¿Ve usted ese
buque que hay a nuestro lado, señora? Dentro de unos días parte para Holanda.
—Ya lo sé
—contestó la joven.
—¿Quiere usted
seguir el consejo de uno que la quiere bien? Embárquese en esa fragata, y
regrese a Terneuse y espere allí a su marido.
—¿Y qué gano
con eso?
—Evitarse mil
peligros y acaso la muerte.
—¡Yo! —exclamó
Amina mirando a Schriften con extraordinaria fijeza.
—Usted.
Algunas personas pueden leer en el porvenir.
—En ese caso
no será usted persona humana.
—Quienquiera
que sea, le pronostico un sombrío porvenir.
—¿Y quién
puede evitarlo? Siga o no su consejo, tiene que cumplirse mi destino.
—Es cierto;
pero... de todos modos, huya usted del peligro que le amenaza.
—Muchas
gracias, lo arrostraré. Dígame, Schriften, ¿hay algo de común entre el destino
de usted y el de Felipe? Para mí es cosa indudable.
—¿Por qué?
—Por muchas
razones. Dos veces le ha llevado usted la orden de embarque. Dos veces ha
naufragado usted y otras dos se ha salvado casi milagrosamente. Además, estoy
convencida de que conoce usted la misión de mi esposo.
—Eso no prueba
nada.
—Prueba mucho;
en primer lugar, que usted sabe lo que Felipe suponía que ignoraban todos.
—¿No se lo ha
referido a usted? ¿No consultó, además, el caso con dos sacerdotes? —dijo
Schriften sonriéndose burlonamente.
—¿Quién le ha
enterado a usted de eso?
—¡Eh, eh!
—replicó el piloto—. Perdóneme usted, señora, no quiero molestarla.
—¿Entonces
está usted ligado misteriosa e incomprensiblemente con el destino de mí
marido? Y dígame, ¿no le parece que su misión es santa y buena?
—Santa y buena
es en efecto.
—En ese caso,
¿por qué es usted enemigo suyo?
—No lo soy,
señora.
—¿No? ¿Por qué
pretendió usted en una ocasión apoderarse de la reliquia que lleva al cuello?
—Por razones
que no puedo revelar; pero esto no prueba que me inspire aversión. ¿No era
mejor para él vivir con usted en Terneuse, que navegar constantemente en busca
de un espíritu? Sin la reliquia no podía encontrarle; hubiera hecho, pues, una
acción meritoria arrebatándole el relicario.
Amina no
contestó; habíase quedado profundamente pensativa.
—Señora
—continuó Schriften después de una breve pausa—, deseo a usted la felicidad. Su
marido me es indiferente. Ahora escúcheme: Si desea vivir en lo sucesivo feliz
y tranquila junto al esposo que le ha inspirado el primer amor; si desea verle
morir en su cama después de una larga vida, rodeada de sus hijos y de usted,
quítele la reliquia y entréguemela; leo el porvenir y lo que digo es la verdad.
Si la reliquia continúa en su poder, entonces sufrirá angustias infinitas,
pasará toda la vida dudando y, por último, recibirán su cadáver las azules
ondas. Usted también sufrirá mucho y concluirá sus días en un término no muy
lejano en medio de los más atroces tormentos. Piense en lo que acabo de
manifestarle y mañana me comunicará lo que haya resuelto.
Schriften
separóse de Amina, quien permaneció largo rato pensando en las revelaciones
hechas por aquel hombre cuya existencia estaba más o menos estrechamente ligada
con el destino de Felipe.
—Dice que se
interesa por mi felicidad, que no aborrece a mi marido y, sin embargo, le pone
obstáculos y trata de impedir que busque a su padre. ¡Cuán fácil sería para mí
quitarle la reliquia! pero esto sería una traición indigna. Este hombre
singular me ofrece en cambio lo que más puede apetecer una buena esposa: salud,
bienestar, larga vida y numerosa familia; en el caso contrario, trabajos,
sufrimientos, y la muerte. Me importa poco cuanto a mí se refiere; pero no
quiero que Felipe sufra. ¡Si lograra convencerle!... No; le conozco bien y sé
que cumplirá su juramento. ¿Debo engañarle? Sería abusar de la confianza que
tiene depositada en mí. De ningún modo. Arrostraremos nuestra suerte,
cualquiera que sea. ¡Ojalá Schriften no hubiera dicho una palabra!
—¿Por qué
estás tan pensativa, Amina? —preguntóle Felipe, acercándose poco tiempo después
a donde la joven se había sentado.
Ésta refirióle
lo que acababa de ocurrirle con Schriften.
—¿Y qué
piensas de todo esto, esposa mía? —preguntóle Felipe, cuando aquélla hubo
concluido de hablar.
—Jamás te
robaré la reliquia, Felipe; pero debes dármela.
—¿Y mi pobre
padre, Amina? ¿Va a ser su castigo eterno? ¿Ese hombre no te ha convencido de
que mi misión es santa? ¿Por qué querrá impedirme su desempeño?. —añadió
Vanderdecken.
—Lo ignoro,
pero es indudable que sabe leer el porvenir de las criaturas humanas.
—Si es así, no
ha hablado con claridad. Me augura lo que hace mucho tiempo estoy dispuesto a
sufrir. Para mí es el mundo una tierra de peregrinación y espero mi recompensa
en el otro. Pero tú, Amina, no has hecho juramento alguno; tú a nada estás
obligada. Él te rogó que volvieses a Holanda, te habló de una muerte
horrible... Sigue su consejo.
—Si hasta hoy
no hice juramento alguno, Felipe, lo hago ahora por...
—No jures
nada, Amina.
—Puedes
impedirme que jure ahora, pero no cuando esté sola. Prometo no abandonarte
mientras me sea posible permanecer a tu lado. Soy tu esposa; te pertenezco, y
mi fortuna, mi presencia, mi porvenir, mi todo son tuyos. Me conformo con mi
suerte, cualquiera que ella sea. Tengo un corazón que no teme a los
sufrimientos ni al peligro. En este concepto, Felipe, has elegido una esposa
digna.
Vanderdecken
besó en silencio la mano de su esposa, poniendo término a la conversación.
Al día
siguiente, Schriften, presentóse a Amina y le preguntó:
—¿Qué ha
resuelto, señora?
—No es posible
—replicó la interpelada—; le agradezco mucho, sin embargo, el interés que le
inspiro.
—¿Pero usted
no vuelve siquiera a Holanda?
—Schriften,
soy esposa de Felipe para siempre, en este mundo y en el otro. No me censure,
por consiguiente.
—Por lo
contrario, señora, la admiro y la compadezco. Pero, en último caso, ¿qué es la
muerte? Nada. ¡Eh! ¡eh!
Y, dicho esto,
alejóse Schriften, dejando a Amina sumamente pensativa.
El Utrecht abandonó
a Gambroon, luego tocó en Ceilán y prosiguió su viaje por los mares de Oriente.
Schriften seguía a bordo, pero desde su última conversación con. Amina
permanecía retraído, procurando evitar la presencia de ambos esposos, aunque
sin hacer tentativa alguna para sublevar a la tripulación, ni mostrarse tan
mordaz y sarcástico como hasta entonces había sido. Amina y Felipe estaban más
tristes, pero se ocultaban mutuamente su melancolía; este cambio no pasó
inadvertido para Krantz, aunque no comprendía la causa de él. El buque,
entretanto, había llegado cerca de las islas de Andaman, y Krantz, después de
mirar el barómetro una mañana, llamó a Felipe.
—Se avecina un
tifón —dijo—; el tiempo y el barómetro están amenazadores.
—Entonces hay
necesidad de aliviar la arboladura. Disponga usted que se arríen las velas de
juanete y sobrejuanete mientras me visto. Después se calarán todos los
masteleros.
Cinco minutos
después estaba Felipe sobre cubierta. Encontró la mar tranquila, pero el
lejano rumor del viento indicaba claramente que se aproximaba la tempestad. El
vacío del aire al llenarse debía producir una convulsión terrible, y en el
horizonte una niebla blanquecina iba espesándose cada vez más. Pocos momentos
después, ya había la tripulación arriado las vergas de las velas superiores y
sus masteleros; todos los objetos de peso trasladáronse a la bodega y los
cañones fueron asegurados fuertemente. Sobrevino entonces la primera ráfaga de
viento, que inclinó al buque sobre su costado durante un minuto; después otra y
otra, más violentas que la primera. La mar, aunque llana, estaba cubierta de
espuma y el tifón continuaba barriéndolo todo en su impetuosa carrera; un
cuarto de hora más tarde, el huracán había pasado, pero la mar quedó muy picada
y el viento soplaba furiosamente. Transcurrió otra hora; volvieron las
ráfagas; inmensas olas se estrellaban a prodigiosa altura, y al buque le fue
muy penoso defenderse hasta que la borrasca hubo pasado, sembrando en su
camino la destrucción.
—Todo ha
concluido —dijo Krantz—. El horizonte se despeja ya.
—Creo lo mismo
—contestó Felipe.
—Pero falta lo
peor, capitán —dijo una voz cerca de ellos.
Era Schriften
el que hablaba.
—¡Un buque a
babor, corriendo el temporal! —gritó Krantz.
Felipe miró en
la dirección que se le señalaba, y, a través de la bruma, distinguió un buque
que a toda vela se aproximaba a ellos.
—Es una
embarcación grande —exclamó—; tráiganme el anteojo.
Pero antes de
poder hacer uso del instrumento, la niebla volvió a ocultar al buque.
—Hay necesidad
de vigilar a ese barco —añadió Felipe, cerrando el anteojo—, pues podría
estrellarse contra el nuestro.
Momentos
después volvió a soplar el tifón, quedando la atmósfera en absoluta obscuridad,
hasta el extremo de que sólo se distinguía la blanca espuma del mar en una
distancia de medio cable. El vendaval destrozó entonces las velas de estay,
cuyos jirones azotaban las vergas con un ruido mayor aún que el de la
tempestad. Al fin, se serenó algún tanto el tiempo y aclaró un poco la bruma.
—¡Un buque
cerca del nuestro por la amura de babor! —gritó uno de los marineros.
Krantz y
Felipe vieron en efecto una gran fragata que venía recta hacia el Utrecht, del
que sólo la separaba una distancia de tres cables.
—¡Cierra timón
a la banda! ¡no nos ha visto y nos va a abordar! —gritó Felipe.
Hízose la
maniobra; pero, como el viento había dejado al Utrecht sin foques, éste
no gobernaba.
¡Ah del barco!
—rugió Felipe con la bocina; pero el otro buque no cambió su rumbo.
¡Ah del barco!
—repitió Krantz, encaramado sobre la borda, y agitando el sombrero.
Todo inútil;
la fragata continuaba avanzando; veíase la espuma saltar bajo su estamenara[11], y pronto estuvo a un tiro
de pistola.
—¡Ah del
barco! —gritaron los marineros con una voz que debió dominar todos los ruidos;
pero tampoco fueron, oídos.
La fragata se
precipitaba siempre sobre ellos, y sólo distaba ya su tajamar unos ocho metros
del Utrecht. La tripulación, creyendo ya inminente el naufragio,
dispúsose a asir los cabos del bauprés del otro buque en el momento del choque.
Amina, sorprendida por aquellos gritos, había subido a cubierta agarrándose al
brazo de su esposo.
—No te separes
de mí —dijo Felipe.
No pudo decir
más; el tajamar de la fragata tocó en aquel momento los costados del Utrecht
y todos sus tripulantes, espantados, preparáronse para asirse a la jarcia
del bauprés del buque desconocido; pero sólo encontraron el vacío, la nada. No
hubo choque; la fragata parecía atravesar el casco del Utrecht en
silencio, sin fracturar tablones, sin derribar los mástiles; y lenta,
suavemente, como si aserrara con su cortante proa el costado del otro buque.
—Amina —gritó
al fin Felipe—; ¡el Buque Fantasma! ¡Mi padre!
La tripulación
del Utrecht, sobrecogida de espanto, huyó, unos a sus coyes[12], otros a implorar el
auxilio divino. Amina, que era la que más tranquila estaba a bordo, sin
exceptuar a su marido, observó con calma cómo se deslizaba el Buque
Fantasma; vio a sus marineros apoyados negligentemente sobre el filarete,
cual si se burlaran del daño que acababan de ocasionar, y en la popa, con la
bocina debajo del brazo, a un hombre, que era la imagen viva de Felipe; su
misma estatura, sus mismas facciones, y, en apariencia, hasta su misma edad.
Era indudable que tenía ante sus ojos al desdichado Guillermo Vanderdecken.
¡Mira, Felipe
—exclamó—, mira a tu padre!
¡Dios mío, él
es!
Y, dicho esto,
cayó Felipe desmayado sobre cubierta.
Mientras
tanto, el Buque Fantasma había atravesado al Utrecht; pero en la
popa permanecía inmóvil su capitán, el cual se estremeció de pronto y
desapareció.
Al volver la
cabeza Amina, vio detrás de sí al piloto Schriften con los puños cerrados, en
actitud de desafío a aquel ser sobrenatural. El Buque Fantasma volvió a
desaparecer entre la bruma, y Amina comprendió entonces la situación de su
marido, que permanecía insensible. Nadie había a bordo que pudiera moverse, por
cuya razón la joven hizo una seña a Schriften, y entre ambos trasladaron a Felipe
a la cámara, y lo depositaron en uno de los divanes.
—¡Al fin he
visto a mi padre, Amina! ¿Puedes ponerlo en duda? —fueron las primeras palabras
que pronunció Felipe, cuando hubo recobrado el conocimiento.
—No, Felipe,
ya es indudable; pero debes revestirte ahora de todo tu valor.
—No temo por
mí, pero sí por ti, Amina; bien sabes que la aparición de ese buque es presagio
siempre de numerosas desgracias.
—Vengan en
hora buena —contestó la joven completamente tranquila—. Ambos estamos
preparados a sufrirlas. Te has salvado ya de varios naufragios; ¿por qué no me
ha de ocurrir a mí lo mismo?
—¿Y los
padecimientos que ocasionan?
—Los valientes
resisten mejor los contratiempos que los cobardes. Soy una débil mujer, pero
nunca te avergonzarás de tu Amina. No, Felipe, jamás me quejaré de nada; si
puedo, te consolaré; si puedo te ayudaré, y si no logro prestarte ningún
servicio, al menos tampoco seré para ti un estorbo.
—Teniéndote a
mi lado, los peligros me acobardarían, Amina.
—Por lo
contrario, te alentarán. Cúmplase el destino, y entretanto sube a cubierta,
pues la tripulación está consternada y tu presencia les reanimará.
—Tienes razón —repuso
Felipe abrazándola, y salió de la cámara.
—¡Todo era
verdad! —exclamó Amina al quedarse sola—. Hay que estar preparada para los
desastres y para la muerte. ¡Cuánto daría por saber nuestra suerte futura! —¡Oh
madre! madre, mira a tu desdichada hija y revélale en un sueño las artes
mágicas que ha olvidado. He prometido a Felipe no invocar más tu espíritu,
pero la duda es para mí más horrible que la realidad; tengo presentimientos
tristes y me falta el valor cuando pienso en nuestro porvenir.
Vanderdecken
encontró a los marineros muy consternados, y hasta el mismo Krantz parecía
lleno de terror; apoyado en el filarete miraba la superficie del mar
profundamente abstraído, cuando Felipe le tocó en el hombro.
—Capitán
—dijo—, temo que no volvamos a ver el puerto.
—Cállese,
cállese por Dios, que pueden oírnos.
—No importa,
todos a bordo creen lo mismo —replicó Krantz.
—Pues se
equivocan todos —dijo Felipe entonces, dirigiéndose a los marineros—. Es muy
probable, muchachos, que nos ocurra alguna desgracia después de la aparición de
ese buque. Siempre que le he visto, han ocurrido; pero aquí me tenéis bueno y
sano, lo que prueba que, mediante la voluntad de Dios, todos nos salvaremos.
Confiad en la Providencia y cumplid vuestro deber. La tempestad va calmando
rápidamente, y dentro de poco reinará el buen tiempo. He visto ya varias veces
al Buque Fantasma, pero me importa poco encontrarle otras cincuenta.
Señor Krantz, disponga usted que suban en seguida aguardiente, pues estos
muchachos estarán fatigados después de haber trabajado tanto.
La palabra
aguardiente animó instantáneamente a aquellos infelices, y todos corrieron a
ejecutar la orden. Sirvióse el licor en cantidad suficiente para infundir valor
al más cobarde y para inducir a los demás a desafiar al viejo Vanderdecken y a
toda su tripulación de impíos. Así se logró restablecer la tranquilidad, y, a
la mañana siguiente, ya con hermoso tiempo, el Utrecht bogaba en un mar
tan tranquilo y transparente como un espejo.
Los vientos
favorables duraron muchos días, haciendo esta circunstancia desaparecer por
completo el pánico que la aparición del Buque Fantasma había producido;
unos la habían casi olvidado, y otros la recordaban con indiferencia. El barco
atravesó el estrecho de Malaca y penetró en el archipiélago de la Polinesia.
Felipe tenía que tocar en la pequeña isla de Boton para recibir órdenes y hacer
provisión de víveres.
Llegaron, al
fin, sin sufrir contratiempo alguno, a la citada isla, que en aquella época era
de los holandeses, y a los dos días volvieron a hacerse a la mar, intentando
pasar por entre la isla de Gálago y la de los Célibes. Aunque el tiempo se
mantenía hermoso, avanzaron con mucha precaución por entre los escollos y
corrientes, procurando evitar con una vigilancia excesiva el encuentro con los
buques piratas que infestan aquellos mares. Tuvieron la suerte que nadie les
molestara, y ya habían doblado el extremo septentrional de la isla de Gálago,
cuando sobrevino la calma y el buque principió a ser arrastrado por la
corriente. Pasaron varios días buscando lugar a propósito para anclar, hasta
que una tarde, encontrándose metidos entre la multitud de islas que circundan
la costa Norte de Nueva Guinea, fondearon para pasar la noche y aferraron
todas las velas.
Llovía y la
obscuridad era absoluta; se colocaron centinelas para que los piratas no los
sorprendiesen, pues se temía que estos buques, si estaban escondidos entre las
islas, apareciesen en un momento, auxiliados por la corriente que avanzaba a
razón de ocho o nueve millas por hora.
A las doce
despertó a Felipe un fuerte golpe, y creyendo que sería alguna proa que habría
atracado al costado del buque para abordarlo, saltó del lecho y subió
precipitadamente a cubierta. Allí encontró a Krantz, que también había subido
casi desnudo, creyendo lo mismo. Poco tiempo después repitióse el choque, y
ambos comprendieron que el Utrecht acababa de encallar en la costa.
La obscuridad
de la noche les impidió ver dónde se encontraban, pero sondearon el mar y
comprobaron que tenían debajo un banco de arena con sólo doce pies de agua por
la parte más profunda, por cuya razón el buque quedó completamente inclinado.
Como la
corriente no cesaba de empujarles, supusieron que el Utrecht habría
arrastrado sus amarras; pero lo cierto era que la principal se había partido
por el centro.
Era imposible
reparar la avería hasta que amaneciese, y esperaron ansiosos la llegada del
nuevo día. El sol fue deshaciendo poco a poco la niebla, y entonces pudieron
apreciar bien su situación. Se encontraba, en efecto, el buque encallado en un
banco de arena, del cual sólo una pequeña parte sobresalía fuera del agua,
deslizándose la corriente con gran violencia en torno de él. Veíase cerca un
grupo de pequeñas islas, llenas de cocoteros y sin señal alguna de estar
habitadas.
—Estamos
perdidos —dijo Krantz a Felipe—. Si aligeramos el buque, el ancla no agarrará
bien, y la corriente nos empujará más sobre el banco.
—De todos
modos haremos la prueba, aunque reconozco que la situación es muy crítica. Haga
usted venir a toda la tripulación.
La marinería
presentóse triste y descorazonada.
—¿Por qué ese
desaliento, muchachos? —preguntóles Felipe.
—Porque
estamos condenados, capitán; esto era inevitable.
—Dije antes
que el buque se perdería probablemente, pero la pérdida del barco no trae
aparejada la de su tripulación; por lo tanto, no debemos perder la esperanza.
¿Qué peligro nos amenaza ahora? Ninguno. La mar está tranquila; disponemos de
tiempo para construir una almadía y la tierra sólo dista tres millas. Tratemos
en primer término de salvar el buque, y, si no lo conseguimos, nos pondremos en
salvo nosotros.
Reanimados un
tanto con lo que acababan de oír, empezaron los marineros a trabajar
ardorosamente, arrojando al mar todo aquello de que podía prescindirse, para
aligerar el barco; pero las anclas continuaban agarrando, la violencia de la
corriente era incontrastable, y Felipe se convenció de que todos los esfuerzos
habían de ser infructuosos.
Hízose de
noche y la brisa rizó algo la superficie del mar, cuyo oleaje hizo encallar al Utrecht
todavía más en la arena. Felipe y Krantz ordenaron la suspensión del
trabajo hasta la mañana siguiente.
Al amanecer
reanudóse la tarea, pero infructuosamente, pues el casco del buque estaba casi
lleno de agua y de arena. Indudablemente se había roto algún tablón, y pensóse
en la construcción de una almadía suficiente para contener cómodamente a los
que no cupiesen en los botes.
Después de un
breve descanso, se arriaron las vergas más gruesas y comenzó a construirse la
almadía con toda la solidez posible, pues Felipe deseaba evitar que se repitiera
el caso de la Vrow Katerina. Asimismo, y con objeto de que los botes no
tuvieran que remolcar una mole tan pesada en determinadas circunstancias, la
dispuso de manera que pudiera ser dividida en dos fácilmente si, por cualquier
circunstancia, había necesidad de abandonar una de sus partes.
La noche puso
nuevamente término al trabajo, y la marinería retiróse a descansar. No hacía
viento y el tiempo era hermoso. A las nueve de la mañana siguiente, concluida
ya la balsa, se embarcó en ella agua y provisiones. Se preparó un sitio seguro
y resguardado de la humedad para Amina, y, además, trasbordaron a la almadía
velas y cabos de repuesto para el caso de verse obligados a desembarcar, sin
olvidar las armas de fuego y las municiones. Cuando estuvo todo dispuesto dijeron
los marineros a Felipe que llevando tanto dinero a bordo era una necedad
dejarlo, y que querían trasladar a la balsa cuanto ésta pudiera soportar.
Felipe accedió; pero hizo el propósito de reclamar aquel efectivo en nombre de
la Compañía, tan pronto como llegasen a algún puerto donde pudiera ejercer su
autoridad. Todos bajaron a la bodega, y después de reyertas sin número, cada
cual tomó el dinero que pudo, embarcándose acto continuo en los botes o en la
balsa. Amina se posesionó de su improvisada cámara y se pusieron en marcha remolcando
los botes la almadía. Era muy difícil doblar la punta arenosa que sobresalía
fuera del agua, pero, al fin, se consiguió aunque con excesivo trabajo.
Eran ochenta y
seis personas; en los botes iban treinta y dos y el resto en la almadía, que
había sido construida con solidez y flotaba con facilidad. Felipe y Krantz
habían convenido ir uno en los botes y el otro en la balsa; pero al abandonar
el Utrecht ambos se quedaron en ésta para decidir el rumbo que debía
emprenderse después que se conociera la dirección de la corriente. Esta parecía
caminar hacia el Sur, o sea, hacia Nueva Guinea, y, discutida extensamente la
conveniencia de desembarcar en dicho punto, resolvieron proceder como las
circunstancias aconsejasen. Mientras tanto los botes seguían avanzando con
ayuda de la corriente.
Cerró la
noche, y dieron fondo con unas pequeñas anclas de que habían cuidado de
proveerse. Felipe notó que allí no era tan violenta la corriente, pues los
anclotes sujetaban bien los botes y la almadía. Quedóse un marinero de guardia,
y los demás, cubiertos con las velas que habían sacado del Utrecht, se
entregaron al sueño.
—¿No hubiera
sido preferible que me hubiese quedado en uno de los botes? —preguntó Krantz a
Felipe—. Supóngase usted que por salvarse los que los tripulan nos abandonasen.
—Eso no
ocurrirá porque he tenido la precaución de no permitirles que lleven víveres.
—Ha sido una
excelente idea, señor Felipe.
Krantz
continuó en guardia y Vanderdecken fue a buscar el reposo de que tanto
necesitaba. Amina le recibió con los brazos abiertos.
—No temo nada
—dijo—; hasta creo que me gustan las vicisitudes y contratiempos de un
naufragio. ¿Por qué no desembarcamos los dos en esa bella isla y construimos
una cabaña debajo de los cocoteros viviendo allí tranquilamente hasta que venga
un buque en nuestro socorro? Yo no necesito a nadie, teniéndote a ti.
—Cúmplase la
voluntad de Dios y agradezcámosle que no nos haya dejado perecer —replicó
Vanderdecken—. Ahora voy a descansar, porque pronto me tocará hacer la guardia.
Al día
siguiente, al amanecer, estaba la mar llana y el cielo despejado. La almadía
había derivado algo hacia sotavento del grupo de islas mencionado y era muy
difícil abordarlas; pero, en el horizonte, se divisaban otras islas, cubiertas
también de cocoteros, y se resolvió dirigirse a ellas. Después de servido el
almuerzo y cuando los marineros se disponían a remar, apareció en lontananza
una proa que, llena de hombres, avanzaba hacia ellos. No podía dudarse que era
un buque pirata; sin embargo, Felipe y Krantz creyeron que podrían rechazar
cualquier ataque. Distribuyéronse armas entre todos los que estaban en disposición
de manejarlas y, para que los marineros no se fatigaran inútilmente, se les
ordenó que se mantuvieran sobre los remos y aguardasen la llegada de los
piratas.
Cuando éstos
se hubieron acercado, cesaron a su vez de remar para reconocer al enemigo y
rompieron seguidamente el fuego con un pequeño cañón que llevaba el buque a
proa. La metralla hirió a varios y Felipe ordenó que todos se tendieran en el
suelo de la balsa o en el fondo de los botes. El pirata avanzó entonces más y
arreció el combate con la desventaja de que los del Utrecht no les
podían contestar. En tan apurado trance, los marineros propusieron a Felipe que
se atracase al pirata en los botes, como único medio de salvación y, en su
consecuencia, después de reforzar la tripulación de aquéllos, Krantz encargóse
del mando y se dirigió resueltamente al buque enemigo. Pero, apenas habían
avanzado los botes algunos cables, y como inspirados por un pensamiento súbito,
viraron a bordo y huyeron en opuesta dirección. Oíase la voz enronquecida de
Krantz, que esgrimía furioso su espada; poco después se arrojó al mar y a nado
se dirigió a la almadía. Era ya evidente que aquellos cobardes, deseosos de
salvar el dinero de que se habían apoderado, habían apelado a la fuga,
abandonando a la almadía, a su suerte. Los ruegos y amenazas de Krantz, fueron
completamente inútiles, y éste, al ver que no podía sacar partido alguno y que
exponía neciamente su vida, regresó a la balsa.
—Estamos
perdidos —dijo Felipe—; somos tan pocos que no podremos resistir mucho tiempo.
¿Qué le parece, Schriften? —se atrevió a preguntar al piloto, que permanecía a
su lado.
—Que estamos
efectivamente perdidos, pero no hay que temer que los piratas nos causen daño
alguno.
Schriften
decía la verdad. Los piratas, comprendiendo que todos los objetos de valor
irían en los botes, comenzaron a darles caza en seguida. La proa, rozando la
cresta de las olas como un ave marina, dejó atrás la almadía, demostrando que
su rapidez era mayor que la de los botes; pero su velocidad fue disminuyendo
poco a poco y, a la caída de la tarde, la distancia entre perseguidores y
perseguidos era casi la misma que al empezar la caza.
La balsa había
quedado a merced de las olas, y Felipe y Krantz, aprovechando las herramientas
de carpintería que llevaban consigo, eligieron dos gruesas berlingas e hicieron
los preparativos necesarios para colocar un mástil y una vela a la mañana
siguiente.
Los primeros
objetos que vieron los náufragos tan pronto como hubo amanecido, a la mañana
siguiente, fueron los botes, que regresaban a todo remo, perseguidos de cerca
por los piratas. Sin duda habrían decidido regresar a la almadía para
defenderse con ayuda de sus compañeros y para obtener agua y víveres de que
carecían en absoluto cuando emprendieron la fuga. Sus esperanzas resultaron
fallidas, porque, rendidos de fatiga, abandonaron poco a poco los remos y la
proa continuó persiguiéndoles con ardor. Los botes fueron capturados uno a uno,
y el botín encontrado en ellos superó las esperanzas de los piratas. Es ocioso
decir que ninguno de aquellos desgraciados escapó con vida. La escena horrible
se desarrolló a tres millas aproximadamente de la balsa y Felipe supuso que
después les tocaría a ellos sufrir la misma suerte; pero se equivocó por
completo. Satisfechos con el botín y suponiendo que no habría en la balsa
objeto alguno que mereciera la pena de abordarla, se dirigieron los piratas a
las islas de donde habían salido. Así quedaron justamente castigados los que
tan cobardemente abandonaron a sus compañeros, mientras que los que creían su
muerte segura se vieron milagrosamente en salvo.
Quedaban a
bordo de la balsa unas cuarenta y cinco personas; Felipe, Krantz, Schriften,
Amina, dos contramaestres, dieciséis marineros y veintitrés soldados de los
que se habían embarcado en Ámsterdam. Tenían suficientes víveres para tres o
cuatro semanas; pero de agua andaban muy escasos, pues solamente les quedaba
para tres días.
Cuando el
mástil estuvo colocado y la vela izada, Felipe indicó a los marineros y
soldados la conveniencia de reducir la ración de agua a fin de que durase más
tiempo, obligándose todos a no exigir más de media pinta diaria.
Como la balsa
podía dividirse en dos, discutióse la conveniencia de abandonar la mayor
parte, pero la idea fue rechazada puesto que el número de náufragos apenas
había disminuido y, además, porque la balsa gobernaba bien a la sazón, cosa que
probablemente no ocurriría, si se alteraba su figura dejándola reducida a una
masa flotante de madera cuadrada.
Durante tres
días reinó calma completa; el sol abrasaba con sus rayos a aquellos
desgraciados, haciéndoles sufrir los horrores de la sed y, sin embargo,
persistieron en su resolución de no alterar la ración de agua.
El cuarto día
empezó a soplar una fresca brisa que hinchó la vela; la almadía adelantó desde
entonces cuatro millas por hora y la esperanza renació en todos los pechos.
Veíase ya la tierra y cada cual se regocijaba con la perspectiva de un próximo
desembarco y con la seguridad de encontrar el agua de que tanta necesidad
tenía. Siguieron avanzando toda la noche, pero por la mañana descubrieron que
lo que ganaban mientras la brisa era fuerte, volvían a perderlo a causa de la
intensidad de las corrientes. El viento soplaba de día, pero calmaba a la caída
de la tarde. Tres días consecutivos ocurrió lo mismo hasta que, al fin, la
tripulación, rendida con tantas fatigas y viendo que aquellos sufrimientos no
iban a tener fin, se declaró en abierta rebelión. Proponían algunos dividir la
almadía, para llegar a la costa más fácilmente con la otra media, pero la grave
dificultad estribaba en la carencia de anclotes, pues los de que antes se
habían servido, fueron robados por los que huyeron en los botes. Felipe indicó como
el mejor medio, que el dinero de todos se metiera en sacos, que muy bien
cosidos y sujetos por una cuerda podrían substituir a las anclas y sostener la
almadía una noche contra la corriente: de este modo estarían seguros de ganar
la costa a la mañana inmediata. Pero todos rechazaron la proposición; aquellos
miserables no querían arriesgar el oro de que tan injustamente se habían
apoderado. Preferían morir en medio de los más crueles tormentos. La
proposición fue hecha varias veces por Felipe y Krantz; pero siempre el mismo
resultado negativo.
Amina no
perdía el valor a pesar de todo, siendo para su marido un verdadero consuelo en
medio de tantas desgracias.
—Anímate,
Felipe —le decía frecuentemente—; todavía podemos construir una cabaña bajo la
sombra de los cocoteros y pasar en ella una parte, o quizás el resto de
nuestros días, porque, ¿quién sabe si vendría alguien a socorrernos en un lugar
tan apartado?
Schriften
seguía portándose bien, pero no hablaba una palabra con nadie más que con
Amina. Hasta parecía demostrar por ella más simpatía que antes.
Transcurrió
otro día; aproximáronse nuevamente a la costa, pero la brisa desapareció a la
tarde y la corriente volvió a arrastrarlos a alta mar. Los marineros, a pesar
de las amenazas de Krantz y Felipe, arrojaron todo al agua, hasta las
provisiones, con la única excepción de un tonel de aguardiente y del agua que
aún quedaba y, después de esta hazaña, conferenciaron respecto a la conducta
que debían seguir.
Felipe estaba
lleno de ansiedad, y, llegada la noche, propuso por última vez utilizar los
talegos de dinero para convertirlos en anclas; pero ninguno le hizo caso; y,
abatido y desconsolado, se dirigió a la popa donde tenía Amina su improvisada
cámara de tablones y velas.
—¿Por qué te
apuras? —preguntóle la joven.
—Por la
avaricia y estupidez de estos desdichados. Prefieren morir a exponer su
maldecido dinero. Tienen en su mano los medios de salvarse y no los aprovechan.
Llevamos en la balsa metal en barras, cuyo peso es suficiente para sujetar diez
almadías y no consienten en ello, por no arriesgarlo. ¡Maldito amor al oro,
que hace a los hombres locos, avaros y miserables! Sólo tenemos ya agua para
dos días y vamos a vernos precisados a repartirla gota a gota. Están
hambrientos, pálidos, enfermos y, sin embargo, con cuánto deleite contemplan
esas monedas que probablemente no podrán jamás emplear aunque pisen la tierra
firme.
—No sufras
tanto, Felipe. He sido previsora y he guardado agua y galleta sin que lo sepa
nadie. Bebe y te aliviarás.
Felipe bebió y
experimentó efectivamente algún consuelo, calmándose la excitación que le
produjeron los acontecimientos de aquella triste jornada.
—Gracias,
Amina, gracias, esposa mía; me siento mejor. Dios mío, ¿cómo puede haber
hombres tan obcecados por la codicia, que prefieran un miserable pedazo de oro
a una gota de agua, en circunstancias tan críticas como la por que atravesamos?
Brillaban en
el firmamento algunas estrellas; pero no había luna. Vanderdecken se levantó a
la "media noche para relevar a Krantz en el timón. De ordinario, los marineros
pasaban la noche indistintamente en cualquier sitio de la balsa, pero a la
sazón permanecían agrupados todos en la proa. De repente oyó Felipe como el
rumor de una lucha y después la voz de Krantz que pedía socorro. Abandonando
el timón y apoderándose de un machete, apresuróse a acudir en su ayuda; pero
no tardó en quedar sujeto y desarmado.
¡Corta, corta
los cabos! —gritaron aquellos bandidos entonces y, dos segundos después, Felipe
vio, desesperado, que la parte de la balsa en que estaba Amina, quedó en
seguida separada de la otra.
¡Por piedad,
mi esposa, mi Amina! ¡Por amor de Dios, salvadla! —gritó el infeliz luchando
por desasirse.
Amina, por su
parte, apoyada en el extremo de la balsa, extendía hacia él los brazos; pero
inútilmente; les separaba un cable de distancia. Felipe realizó un último y
supremo esfuerzo y cayó al suelo sin sentido.
Felipe tardó
mucho tiempo en recobrar el conocimiento y cuando, ya de día, abrió los ojos,
vio a Krantz que estaba arrodillado a su lado. Sus pensamientos eran confusos y
aunque comprendía que le había ocurrido una gran desgracia, no pudo, sin
embargo, recordarla.
—Valor, amigo
mío —dijo Krantz—; probablemente ganaremos hoy la costa y saldremos en seguida
en busca de Amina.
—Esta es,
pues, la separación y muerte cruel que Schriften había pronosticado a la
desgraciada —pensó Felipe—. Muerte verdaderamente cruel la que se sufre entre
los tormentos del hambre, bajo los rayos de un sol ardiente y no teniendo una
sola gota de agua con que remojar el paladar; a la merced de los vientos y de
las olas; abandonada en medio de la inmensidad del mar; separada de su marido y
sin saber lo que sufro, ni aun siquiera cuál habrá sido mi suerte. El piloto
tenía razón: es imposible que haya muerte más atroz para una tierna y enamorada
esposa. ¡Oh! desfallezco; ¿para qué sirve ya en este mundo Felipe Vanderdecken?
Krantz trató
de consolarle lo mejor que pudo, pero en vano. Felipe, después de una pausa de
algunos minutos, levantó la cabeza y dijo:
—¡Sí,
venganza, venganza contra esos malvados traidores! Dígame usted, Krantz,
¿cuántos marineros nos permanecen fieles?
—Lo menos la
mitad, capitán, pues lo ocurrido anoche fue una sorpresa.
Se había
colocado un remo para que sirviera de timón y la almadía aproximóse a la costa
más que nunca. La esperanza de un próximo desembarco alegraba a los marineros,
y cada cual permanecía sentado sobre su talego de oro, cuyo valor apreciaba más
a medida que aumentaban las probabilidades de salvación.
Felipe
averiguó por Krantz que los soldados y algunos, tripulantes eran los que se
habían sublevado la noche anterior y dividido a la almadía, y que el resto
continuaba neutral.
—Creo —dijo
Vanderdecken con una sombría sonrisa—, que he encontrado ya el medio de
vengarme. Dígales usted que vengan.
Felipe les
manifestó que sus compañeros eran unos traidores, en quienes no se podía tener
confianza; que todo lo sacrificaban por amor al dinero, y ni a bordo ni en
tierra estarían seguros en compañía de tales bandidos, por cuya razón era
preferible desembarazarse de ellos, repartiendo por supuesto el dinero entre
los demás. Que de este modo se alcanzaría, al fin, la tan deseada costa y que
aunque él estaba dispuesto a reclamar el dinero en nombre de la Compañía tan
pronto como llegaran a un país civilizado, les cedía cuanto había en la balsa
si le ayudaban.
Aquellos
hombres, en realidad distintos de los otros, aguijoneados por el estímulo de la
ganancia, aceptaron lo propuesto por Felipe, conviniendo que, si aquella noche
no alcanzaban la tierra firme, atacarían a los demás y los arrojarían al agua.
Estos se
pusieron alerta y con sus cuchillos desenvainados esperaron el momento de
entablar la lucha. La brisa cayó por completo y una vez más fue la almadía
impulsada hacia alta mar. Felipe estaba anonadado por la pérdida de Amina, pero
excitábale tanto el deseo de vengarse, que no cesaba de acariciar su machete
ansiando hundirlo en el pecho de los que le habían separado de su esposa.
La noche era
hermosa; el mar semejaba un cristal y ni un soplo de aire se agitaba en el
espacio; la vela pendía inmóvil a lo largo del mástil reflejándose en le
brillante superficie del agua. Era aquélla una noche a propósito para adorar a
Dios, y, sin embargo, sobre la frágil balsa había reunidos más de cuarenta
seres decididos a asesinar a su prójimo. Cada cual afectaba una tranquilidad
que no experimentaba. Felipe iba ya a dar la señal, que era arriar de pronto la
vela y envolver entre sus pliegues a la mayor parte de los amotinados y
embarazar de este modo sus movimientos. Schriften había empuñado el timón y
Krantz estaba al lado suyo.
La vela cayó
en un momento, y comenzó la obra de destrucción. Nadie dijo una palabra, nadie
exhaló una sola queja. Sólo eran perceptibles las voces de Felipe y de Krantz,
cuyas espadas zumbaban en el aire. Vanderdecken estaba tan sediento de
venganza, que no se sació mientras quedó con vida uno solo de los que habían
sacrificado a la infeliz Amina.
Unos cayeron
en el mismo lugar en que se encontraban; otros, al huir, se precipitaron en el
mar, y los demás fueron sacrificados sin compasión entre los pliegues de la
vela que les impedía defenderse. La trágica escena fue muy breve. Sólo
Schriften permaneció inmóvil en el timón, animándose a intervalos su semblante
con una sonrisa infernal y repitiendo con frecuencia:
—¡En! ¡eh!
Terminado el
combate, Felipe apoyóse en el mástil para reponerse de la fatiga.
—Ya estás
vengada, Amina —pensó—; ¿pero qué valen las vidas de esos miserables comparadas
con la tuya?
Y, al
reflexionar que su venganza quedaba satisfecha y que le era imposible hacer
más, rompió a llorar amargamente cubriéndose el rostro con ambas manos,
mientras que los marineros ocupábanse en repartirse alegremente el dinero de
las víctimas, lamentando que éstas no hubieran sido más numerosas, para que el
botín hubiese sido mayor.
A bordo de la
balsa sólo quedaron trece hombres, a más de Felipe, Krantz y Schriften. Rompió
el día, la brisa comenzó a soplar y repartióse entre todos la ración de agua
que hubiese correspondido a los que sucumbieron en la refriega. Como no tenían
hambre, esto los reanimó.
Aunque Felipe
no habló con Schriften desde la pérdida de Amina, era evidente que el piloto le
volvía a mirar con antipatía profunda. Sus sarcasmos, sus frecuentes ¡eh! ¡eh!
eran incesantes, y siempre que se encontraban sus ojos con los de Vanderdecken,
parecían provocarle. Indudablemente Amina era la única persona que había
logrado dominar a aquel hombre, y que con su desaparición había cesado la
aparente buena voluntad que demostró a Felipe. Esto importaba bien poco a
Vanderdecken, que tenía motivos más graves de preocupación.
La brisa
manteníase firme y los náufragos esperaban alcanzar la costa en un par de
horas, pero volvieron a sufrir otro desengaño: el viento rompióles los aparejos
y vela y mástil vinieron abajo. Esto les hizo perder mucho tiempo, y la brisa
dejó de soplar antes que hubieran concluido de reparar la avería, cuando les
separaba una milla de la costa. Rendido de fatiga, Felipe se durmió dejando a
Schriften en el timón. Soñó con Amina, creyó que ésta dormía tranquilamente
bajo la sombra de árboles frondosos y que él velaba su sueño. Cierto movimiento
le despertó, y todavía medio dormido, creyó ver a Schriften que procuraba
hacerle pasar por debajo de la cabeza la cadenita que sujetaba el relicario a
su cuello. Alargó instintivamente el brazo para detener al ratero, y agarró
efectivamente a Schriften, el cual se había ya apoderado de tan codiciado
objeto. La lucha fue breve; pocos momentos después Felipe recobraba su
reliquia y el piloto yacía tendido a sus pies, bajo la rodilla del joven que le
oprimía fuertemente el pecho con ella. Vanderdecken volvió a colocar en su
cuello la reliquia, y, enfurecido hasta la locura, estrechó entre sus brazos el
cuerpo de su enemigo y lanzóle al mar exclamando:
—¡Hombre o
diablo, quienquiera que seas, sálvate ahora si tienes poder para ello!
El ruido de la
lucha despertó a Krantz y a los marineros, pero no pudieron impedir la
venganza de Felipe. Este refirió lo ocurrido en pocas palabras a Krantz, pues
los demás al saber que el incidente no afectaba en nada a la seguridad del
dinero, volvieron a reclinar sus cabezas, quedando profundamente dormidos.
Felipe aguardó
un rato a ver si Schriften salía a flote e intentaba ganar la balsa, pero el
piloto no reapareció y Vanderdecken se tranquilizó por completo.
Cuando Amina
se vio separada de su marido, sumióse en un estado de estupor, más intenso
cuanto más se separaban una y otra balsa; y cuando la naturaleza quedó envuelta
en el manto de sombras de la noche, exclamó volviendo la cabeza a uno y otro
lado:
—¿Quién hay
ahí?
Volvió a
repetir la pregunta; pero no obtuvo contestación.
—¡Nadie!
¡Sola, sola —decía—, y sin mi amado Felipe! ¡Madre mía, compadécete de tu
desdichada hija!
Y, dicho esto,
cayó sin conocimiento tan cerca del borde de la balsa, que su flotante cabello
se sumergió en el mar.
—¡Ay de mí!
¿Dónde estoy? —murmuró de nuevo Amina, muchas horas después, cuando el desmayo
hubo pasado.
El sol
abrasábala con sus rayos y ofuscaba su vista. Miró al cabo en torno suyo y
contempló llena de espanto un enorme tiburón que permanecía inmóvil junto a la
balsa, como si acechara una presa. Amina huyó al centro de la almadía, de un
salto, y al verse sola, recordando su desesperada situación, exclamó:
—¡Oh, Felipe,
Felipe! ¿Es, pues, cierto, que te has separado para siempre de mí? Lo había
creído un sueño, pero ahora lo recuerdo todo; sí, todo.
Sintió sed y,
entrando en el camarote que había en el centro de la balsa, bebió un trago de
agua de una de las botellas.
—¿Y para qué
bebo? ¿Para qué como? ¿Qué objeto tiene el prolongar mi vida? —dijo
levantándose y escudriñando el extenso horizonte—. Cielo y agua, nada más.
¿Será ésta la muerte cruel que Schriften me anunció? ¿Aquella muerte terrible
y lenta, bajo un sol abrasador, y con las entrañas abrasadas por la sed? Si tal
es mi destino, cúmplase en buen hora; hemos de morir alguna vez y, si no he de
ver más a mi Felipe, la muerte poco me importa, puesto que mi vida era él.
¿Pero por qué no he de verlo más? —añadió después de una breve pausa—. ¿Quién
sabe lo que ocurrirá todavía? Conservaré la vida, me alimentaré con la
esperanza, y acaso pueda aún estrecharle entre mis brazos.
Amina miró
entonces junto a ella, y vio en el suelo la daga de su Vanderdecken.
—Ahora ya
puedo vivir, puesto que encuentro un puñal con qué matarme cuando me plazca.
Y Amina tendióse
en su lecho, procurando olvidar sus penas, cosa que consiguió, pues hasta la
mañana siguiente permaneció en un estado de completa insensibilidad. Cuando
despertó, estaba enteramente extenuada de hambre; mirando a su alrededor, sólo
vio agua y cielo como la víspera.
—¡Oh! es
horrible esta soledad; la muerte sería un consuelo; pero mi deber es vivir,
sin acobardarme, hasta el último momento.
Comió algunos
pedazos de galleta mojados en agua, y al concluir el ligero desayuno, dijo:
—Dentro de
pocos días todo habrá terminado. ¿Qué mujer se habrá visto jamás en la terrible
situación en que me encuentro? ¡Infames, que me separasteis de mi marido tan
bárbaramente, y que por salvaros vosotros habéis sacrificado a una mujer
indefensa, malditos seáis! ¡Ni siquiera os compadecisteis de mi desdichada
suerte! ¿Y eran ellos cristianos? ¿Profesaban aquellos desalmados la religión
que los sacerdotes y Felipe pretendían enseñarme en Terneuse? ¡Caridad y amor
al prójimo! Palabras huecas, de que todos hacen frecuente uso, pero que ninguno
practica. Amémonos los unos a los otros, ayudémonos mutuamente, dicen con los
labios, pero se odian con el corazón. Las creencias serán buenas, pero, si no
las ponen en práctica, ¿para qué sirven? Sombra de mi madre, ¿sufro este cruel
castigo por haber escuchado a aquellos hombres, o porque, en mi deseo de
obtener el completo amor de Felipe, procuré olvidar lo que tú me enseñaste
cuando yo era niña, despreciando la religión en que nacieron y murieron nuestros
antepasados, aquella religión tan admirablemente descrita por el Profeta? ¡Oh!
respóndeme, madre mía, respóndeme en un sueño.
Cerró la noche
y el cielo cubrióse de nubes; frecuentes relámpagos cruzaban el espacio
iluminando a intervalos la almadía. La tempestad arreció en tales términos, que
el firmamento parecía de fuego y el ruido del trueno rodaba sin cesar por todos
los ámbitos de la bóveda celeste. Olas gigantescas balanceaban horriblemente la
balsa, bañando algunas veces los pies de Amina, que permanecía en el centro de
la embarcación.
—Es preferible
la tormenta a la calma y al calor abrasador; esto me entusiasma y admira, esto
es magnífico —exclamó la joven contemplando sobrecogida los relámpagos que la
deslumbraban—. ¡Rayos, destruidme si os place! ¡olas amenazadoras, llevadme con
vosotras! ¡caiga sobre mi cabeza la cólera de todos los elementos! ¡nada temo!
me río de vosotros, os desafío a todos. Tiemblen en buen hora los que poseen
grandes riquezas, los que viven en medio de la abundancia, los que son
dichosos, los que tienen esposas, hijos, familias, alguien que los ame; a mí me
falta todo eso... ¡Elementos! aire, tierra, fuego, agua, Amina os desafía. He
perdido toda esperanza, y aguardo resignada la muerte.
Y la
desdichada volvió a entrar en el camarote y arrojándose en la cama, cerró los
ojos.
Torrentes de
lluvia cayeron desde entonces hasta el amanecer; el viento continuó fresco,
pero el cielo se despejó. Sus vestidos húmedos le hacían temblar; pero el calor
del sol la reanimó al fin. Incorporándose en el lecho, creyó ver inmensos
campos cubiertos de verdura, y árboles frondosos que ondulaban blandamente a
impulsos de la brisa; imaginóse que distinguía a Felipe corriendo presuroso
hacia ella; quiso salir a recibirlo con los brazos abiertos, pero sus miembros
se negaron a ayudarla; le llamó en alta voz, y lanzando un agudo grito volvió a
caer sin conocimiento.
Al poco tiempo
de haber Felipe arrojado al piloto al mar, consiguieron al fin los náufragos
ganar la costa, tanto tiempo deseada. Aunque la brisa era fresca, la mar no rompía
en la playa y fuéseles fácil desembarcar en la menuda arena, sembrada de huesos
de animales marinos muertos fuera de su elemento natural. La isla, como todas
las demás, tenía numerosos bosques de cocoteros, cuyo ramaje hacía ondular el
viento, produciendo una sombra agradable.
Felipe sólo se
acordaba de Amina y los marineros no pensaban más que en su dinero; de modo que
ninguno, a excepción de Krantz, pudo apreciar la belleza de aquel sitio
encantador. Este último ayudó a Vanderdecken a saltar en tierra, y le condujo
bajo los árboles; pero no habían transcurrido aún cinco minutos cuando corrió
Felipe hacia la playa, para examinar en todos los sentidos la amplia superficie
del mar, en busca sin duda de la balsa en que desapareció Amina.
—¡Perdida para
siempre! —exclamó cubriéndose el rostro con las manos.
—De ningún
modo, Felipe —replicó Krantz que permanecía a su lado—; la misma Providencia
que nos ha preservado a nosotros, la habrá salvado a ella. Es imposible
perecer entre tantas islas, muchas de las cuales estarán habitadas, y una mujer
joven y bonita es siempre bien recibida en todas partes.
—¡Ojalá
pudiera convencerme de ello!
—Reflexione un
poco y se convencerá de que ha sido una ventaja el haberla perdido; pues mejor
está separada de los desalmados que nos acompañan, y cuya fuerza reunida nos
sería imposible resistir. ¿Cree usted, por ventura, que si todos hubiéramos
arribado a esta isla, le habrían dejado mucho tiempo los marineros a su esposa?
¡No! Ellos no respetan ley alguna, y Amina, en mi concepto, no solamente ha
sido preservadas de la muerte, sino del oprobio y de la vergüenza.
—¡Jamás se
habrían atrevido a tanto! Pero, sin embargo, Krantz, deseo una pequeña balsa y
correr en su busca; me es imposible permanecer aquí, y la buscaré por el
universo entero si fuera preciso.
—Se cumplirá
su deseo, Felipe, y cuente conmigo para todo, que no seré capaz de abandonarle
nunca —replicó Krantz contento porque una idea cualquiera ocupara la
inteligencia de su capitán—. Pero volvamos a la almadía, desembarquemos lo que
hay en ella y, después que tomemos un refrigerio, pensaremos en lo que debe
hacerse.
Felipe, que
estaba desfallecido, aprobó la proposición de Krantz y se encaminaron juntos al
lugar donde había atracado la balsa. Los marineros habían tomado asiento debajo
de los árboles y, cuando Krantz los llamó para desembarcar los pocos artículos
salvados, ni uno solo acudió. Pensaban únicamente en su oro, y nadie quería
abandonarlo por temor de que se lo robaran los compañeros. Ahora que sus vidas
estaban relativamente seguras, el demonio de la avaricia los dominaba por
completo; permanecían sentados, macilentos y desfallecidos; y aunque la sed
les devoraba y tenían gran necesidad de descanso, no se atrevían a moverse,
como si estuvieran sujetos al suelo por algún poder misterioso.
—Maldito
dinero —dijo Krantz a Felipe—. Tratemos nosotros de desembarcar lo que nos
hace más falta, y después buscaremos agua.
Desembarcaron
efectivamente las herramientas de carpintería, las armas y municiones, cuya
posesión podría serles utilísima en caso de una refriega con los marineros,
arrastrando también fuera del mar algunas berlingas pequeñas, y, después,
condujeron estos objetos junto al tronco de un cocotero que crecía cerca de la
playa.
En poco tiempo
levantaron una pequeña tienda y colocaron en ella todos los artículos
desembarcados, excepto las municiones, que Krantz enterró en un montecillo de
arena detrás de la tienda sin que lo viesen los marineros, e inmediatamente fue
a cortar un tierno cocotero lleno de fruto. Sólo el que haya experimentado los
atroces tormentos de la sed, podrá comprender el excesivo placer que sintieron
Felipe y Krantz al deslizarse la fresca leche del coco por sus abrasadas
gargantas. Los marineros les contemplaban con envidia, pero ninguno se movió,
a pesar de sufrir horriblemente.
Llegada la
noche, acostóse Felipe sobre una cama de velas que no habían sido necesarias
para cubrir la tienda, no tardó en conciliar el suelo. Krantz, por su parte,
dedicóse a explorar la isla, que tenía unas tres millas de longitud por 500 ó
600 metros de anchura. Como no encontrase agua en ninguna parte, vióse
obligado a abrir un pozo para obtenerla. A su regreso pasó junto a los marineros.
Todos velaban, y, al verlo, se levantaron en seguida temerosos de ser
despojados de su dinero; pero no tardaron en tranquilizarse. Krantz fue luego a
la balsa, que estaba casi destruida, porque las ligaduras que sujetaban los tablones
se habían aflojado, y arrojó al mar las armas que habían quedado en ella
olvidadas. Volvió después a la tienda, y, acostándose junto a Felipe, procuró
conciliar el sueño.
Estaba ya muy
avanzado el día cuando Krantz abrió los ojos y despertó a Felipe. Desayunáronse
con el fruto de un cocotero y, dejando a Vanderdecken entregado a sus reflexiones,
el animoso joven marchó en busca de los marineros. Encontrábanse tan abatidos y
macilentos, que la muerte se reflejaba en sus rostros; pero, no obstante,
vigilaban todavía su codiciado tesoro con el mismo interés. Era triste
contemplar a aquellos infelices obcecados por la avaricia, y forjó un plan para
salvarlos. Les propuso que enterrasen el dinero a gran profundidad, a fin de
que fuera imposible extraerlo sin tardar largo rato en la operación, con lo
cual nadie atentaría contra la propiedad de otro sin que lo advirtiera su
dueño, que tendría tiempo sobrado para impedirlo.
La idea fue
aprobada por unanimidad y Krantz les entregó el único azadón que había. Uno
por uno enterraron sus tesoros muchos pies debajo de la arena. El hacha derribó
en seguida varios cocoteros, y su fruto infundióles nueva vida y vigor a todos.
Apagada la sed, volvieron a sus respectivos sitios, entregándose al reposo de
que tanta necesidad tenían, sobre la capa de tierra que cubría los talegos en
que guardaban su fortuna.
Felipe y
Krantz discutieron detenidamente los medios más a propósito para salir de la
isla y buscar a Amina; pues, aunque Krantz consideraba irrealizable la última
parte de la proposición de Vanderdecken, no quiso manifestárselo por no
ocasionarle un disgusto. Lo urgente era abandonar la isla, y si conseguían
desembarcar en otra que estuviese habitada, su salvación era segura. En cuanto
a Amina, la creía muerta; ya porque las olas hubiesen destruido su frágil
embarcación, o ya porque su delicado cuerpo no hubiese podido resistir los
rigores de aquel sol ecuatorial durante tantos días.
Sin embargo,
no manifestó su opinión por no entristecer a Felipe, y siempre que se hablaba
de la próxima partida, convenía con él en no salir de la isla para salvarse
ellos, sino para buscar a la perdida esposa. Determinaron construir una
pequeña, pero sólida almadía, sujetando a sus extremos cuatro toneles que se
había salvado, lo cual la haría flotar más fácilmente. Esta embarcación
navegaría a la vela y estaría dotada de condiciones a propósito para seguir un
rumbo determinado. Sacaron, por consiguiente, del agua los tablones y berlingas
que creyeron más útiles para su objeto, y empezóse la tarea; pero los marineros
se negaron a prestarles ayuda. Repuestos de sus fatigas por el reposo y por la
alimentación, no estaban ya satisfechos con el dinero que poseían, sino que
deseaban más. Desenterraron una pequeña cantidad y, con pequeños guijarros de
la playa, inventaron un juego para robarse unos a otros. Ocurrióseles otra idea
que les fue fatal: hicieron profundas hendiduras en los troncos de algunos cocoteros,
y obtuvieron el toddy[13],
bebida que embriaga, y desde entonces sucediéronse las escenas de violencia
acompañadas de los juramentos e imprecaciones que inspira la embriaguez. Los
que perdían, se mesaban el cabello desesperados, arrojándose después como
verdaderos demonios sobre los gananciosos. No escaseaban los golpes ni las
heridas; pero, en el momento en que reñían dos, les separaban los demás, para
que no se interrumpiera el juego.
De este modo
transcurrieron quince días, durante los cuales la construcción de la almadía no
adelantó gran cosa. Algunos perdieron toda su fortuna y sus compañeros
alejáronles a cierta distancia, para que no les interrumpieran. Vagaban estos
desdichados por la isla o a lo largo de la costa con la desesperación reflejada
en el rostro buscando armas para vengarse, y apoderarse nuevamente de su perdida
riqueza. Krantz y Felipe les propusieron que abandonasen la isla, pero
rehusaron.
Krantz no
abandonaba jamás el hacha. Cortaba diariamente con ella los cocoteros que se
necesitaban para manutención de todos; pero no permitía que se hicieran nuevas
hendiduras en los troncos. Los marineros arruinados iban siendo cada vez más
numerosos, quedando reducidos a tres los afortunados que consiguieron
apoderarse del dinero de los otros. La consecuencia fue que a la mañana
siguiente, aparecieron estrangulados sobre la costa los poseedores del oro que
fue repartido nuevamente. El juego se reanudó con más ardor que antes.
—¿Cómo
terminará esto? —preguntó Felipe a Krantz, contemplando los ennegrecidos
rostros de los cadáveres.
—Con la muerte
de todos —contestó Krantz—. Es imposible evitarlo; ése es un castigo.
La almadía
quedó terminada, al fin; cavaron la arena a su alrededor para que la misma agua
del mar la pusiera a flote, y algunas horas después balanceábase suavemente
sobre las olas, amarrada a una estaca que clavaron en la playa. Felipe y Krantz
embarcaron en ella gran cantidad de cocos tiernos y maduros, para hacerse a la
mar al día siguiente.
Por desgracia,
uno de los marineros, al bañarse, encontró en el fondo del mar las armas que
Krantz había arrojado al agua. Sumergióse y sacó un machete; otros siguieron su
ejemplo, y, a la media hora, todos estaban ya armados. Esto indujo a Felipe y a
Krantz a dormir en la almadía, temerosos de ser atacados. Efectivamente,
aquella noche, durante el juego, se suscitó un altercado que terminó en una
refriega espantosa. El combate fue terrible, pues los marineros estaban más o
menos embriagados, y sólo tres quedaron con vida. Vanderdecken y Krantz
contemplaron sobrecogidos aquella carnicería, en la que no hubo misericordia
para nadie, hasta que los tres sobrevivientes descansaron sobre sus armas.
Después de un rato, dos de ellos arrojáronse sobre el tercero, que cayó herido
de muerte bajo sus repetidos golpes.
—¡Dios
misericordioso! —exclamó Felipe—, ¿son esas criaturas hijos tuyos?
—No —replicó
Krantz—, son demonios. ¿Imagina usted que esos dos, que poseen ahora más dinero
que el que podrían gastar si volviesen a su patria consentirán en repartírselo?
Jamás; cada cual lo desea todo, absolutamente todo.
Aún no había
concluido Krantz de decir esto, cuando uno de los marineros, aprovechándose de
una distracción del otro, le atravesó el costado con su machete. El desdichado
cayó exhalando un gemido, y el agresor volvió a hundirle el cuchillo en el
pecho.
—¿No lo dije?
Pero ese malvado recibirá su recompensa —continuó Krantz, levantando su fusil y
disparándole un tiro que le dejó muerto en el acto.
—Ha procedido
usted mal —dijo Felipe—; el castigo de ese hombre era dejarle abandonado sin
medio alguno de subsistencia en esta isla, para morir entre los tormentos del
hambre y la sed, con el maldito dinero siempre ante su vista.
—Quizá tenga
usted razón —contestó Krantz—; pero no pude contenerme. Saltemos en tierra
ahora que la isla está desierta. Obraríamos cuerdamente si enterrásemos ese
tesoro en sitio en que pueda encontrarse algún día, llevándonos una parte, que
posiblemente nos hará falta. Pasemos aquí el día sepultando los cadáveres y
guardando las riquezas que han causado su desastrosa muerte.
Felipe accedió
a ello, y, efectivamente, cumplieron con los muertos el último deber, y
ocultaron el oro al pie de un árbol, cuyo tronco marcaron con el hacha y pico,
separando antes quinientas monedas que ocultaron entre sus vestidos, por si de
ellas tenían necesidad.
Al fin, izaron
la vela y salieron de la isla, con rumbo hacia donde fue vista por última vez
la balsa que conducía a la desamparada Amina.
Los
movimientos de la almadía en el agua no eran muy rápidos; pero el flotante
aparato obedecía bien al timón y se gobernaba fácilmente. Felipe y Krantz hicieron
numerosas observaciones y dejaron señales, a fin de poder encontrar la isla si
se veían precisados a volver a ella. La corriente les era favorable y navegaron
rápidamente hacia el Sudoeste con objeto de reconocer una gran isla situada en
aquella dirección. Su principal deseo, después de encontrar a Amina, era ir a
Ternate, cuyo rey estaba en guerra con los portugueses, que tenían una gran
factoría en Tidor, y allí tomar pasaje en uno de los numerosos juncos chinos
que en sus viajes a Bantam hacen escala en aquel puerto.
Antes de que
el sol hubiera desaparecido del horizonte, los excepcionales viajeros
desembarcaron en la playa de la citada isla. Felipe miró cuidadosamente en
todas direcciones buscando un indicio que le demostrara la presencia de la
balsa de Amina, pero ni encontró nada ni la isla tenía aspecto de estar
habitada.
Entre los dos
condujeron la almadía a una pequeña ensenada donde las aguas estaban tan
tranquilas como si fueran una balsa de aceite, y a la mañana siguiente volvieron
a hacerse a la vela. Krantz gobernaba la embarcación con una especie de remo
largo y observó que Felipe, silencioso hasta entonces, sacando de su pecho la
reliquia, la estuvo contemplando un rato.
—¿Es eso su
retrato, amigo mío? —preguntó Krantz.
—No; es mi
destino —repuso el interpelado.
—¡Su destino!
No le entiendo.
—¿He dicho mi
destino? Pues me he equivocado —agregó Vanderdecken volviendo en sí y colocando
de nuevo la reliquia en su sitio.
—Creía que
había usted dicho más de lo que hubiera querido —añadió Krantz—. Varias veces
le he sorprendido con esa alhaja en la mano y no olvido que cuando Schriften
quiso apoderarse de ella, pagó con la vida su atrevimiento. ¿No hay algún
secreto, algún misterio en esa joya? Si es así, revélemelo, pues tiene sobrados
motivos para conocer que soy su amigo más leal.
—No dudo de su
amistad, Krantz; tengo de ella repetidas pruebas y, a pesar de que lo creo
digno de conocer mi secreto, no me atrevo a revelárselo. Hay un terrible misterio
en esta reliquia que sólo me he atrevido a confiar a mi esposa y a dos dignos
sacerdotes.
—Si ha
depositado usted su confianza en dos ministros de la religión, debe depositarla
en mí también, porque la verdadera amistad es la más santa de las afecciones.
—Creo que mi
secreto es fatal a quien lo conoce, Krantz; me lo dice así el corazón y no
quiero en modo alguno ser causa de su muerte, mi buen amigo.
—Entonces no
confía usted mucho en mi amistad. He arriesgado repetidas veces mi vida por
salvarle y le consta que no soy hombre a quien un pueril presentimiento haga
apartarse de sus deberes; ese presentimiento es sólo fruto de su acalorada
imaginación. No soy curioso; pero como vivimos tanto tiempo juntos y
actualmente estamos separados del resto de la humanidad, me parece que sería
un consuelo para usted revelarme ese misterio que le agobia. Los consuelos de
un buen amigo no son para despreciarlos, Felipe, y, por lo tanto, si aprecia
usted mi amistad, es necesario que me refiera sus cuitas.
Vanderdecken
decidióse, al fin, a referir una vez más la causa de sus viajes y, mientras la
almadía se deslizaba a lo largo de la isla, Krantz oyó estupefacto los extraños
acontecimientos de la vida del joven capitán.
—Ya lo sabe
usted todo —terminó Felipe exhalando un prolongado suspiro—. ¿Qué opina usted
de ello? ¿Cree que lo que acaba de oír es real y verdadero o un sueño de mi
exaltada imaginación?
—No, Felipe,
creo cuanto ha dicho usted, pues tengo pruebas que confirman la verdad de lo
que ha dicho. Recuerdo cuán frecuentemente hemos visto el Buque Fantasma, y,
si su padre está condenado a recorrer los mares sin tregua ni descanso, ¿por
qué no ha de ser su hijo el elegido para librarlo de tan cruel castigo? Repito
que lo creo todo y comprendo ahora su extraordinario valor en muchas ocasiones
y su constante deseo de navegar, que me había parecido inexplicable. Habrá
muchos que le compadezcan a usted; yo le envidio.
—¿Qué me
envidia? —interrumpió Felipe lleno de sorpresa.
—Sin duda
alguna y arrostraría gustoso el peligro de su destino, si fuera posible. ¿No es
envidiable ser el escogido para tan alta misión? ¿No es esto preferible a vivir
miserablemente en el mundo buscando riquezas que la mala suerte puede
arrebatarnos en un solo día? Está usted encargado de llevar a cabo una empresa
gloriosa, digna de los mismos ángeles; la de redimir el alma de un padre que
sufre, pero que no está irremisiblemente perdido. Tiene usted, pues un destino
que cumplir que bien merece los peligros y azares de la vida del mar. Si todo
concluye con la muerte, ¿para qué afanarse tanto inútilmente? Todos hemos de
morir, pero pocos experimentarían satisfacción de haber arrancado de las
garras de Satanás al autor de sus días. Repito a usted, Felipe, que le envidio.
—Habla y
piensa usted del mismo modo que Amina. Mi esposa tiene un alma tan vehemente y
apasionada que hasta ha pretendido relacionarse con seres del otro mundo y
sostener inteligencias con los espíritus de los muertos.
—¿Y qué tiene
eso de extraño? —preguntó Krantz—. Hay acontecimientos en la vida, o, mejor
dicho, relacionados con mi familia, que me han dado la convicción de que lo
que pretendía Amina es posible y hasta lícito. Lo que usted me ha revelado
confirma aún más mi creencia.
—¿Es posible,
Krantz?
—Sin duda
alguna; pero no hablemos más del asunto por ahora, porque la noche se acerca y
debemos poner nuestra pequeña embarcación en seguridad; he allí una ensenada
que nos servirá admirablemente para el objeto.
Por la mañana
levantóse una fuerte brisa que encrespó las olas de tal modo que era imposible embarcarse
en la almadía, por lo que se vieron precisados a sacarla fuera del agua, para
que el mar no la destrozase. Felipe, pensaba sólo en Amina y al ver las
irritadas olas chocar unas con otras coronándose de espuma, exclamó:
—Océano,
¿tienes en tu seno a mi desdichada esposa? Si es así, devuélveme su cadáver.
¿Qué es aquello? —agregó, señalando un objeto lejano en el horizonte.
—La vela de un
pequeño buque —replicó Krantz—, y parece que se dirige hacia acá para
refugiarse en el mismo lugar que nosotros.
—Efectivamente,
es la vela de un barco, de una de esas ligeras piraguas. Mírela cómo salta
sobre la superficie del agua, semejante a un ave marina que la rozara con sus
alas. Parece que viene llena de hombres.
La piragua se
acercaba con rapidez no tardando en encallar su quilla en la arena de la
playa. Sus tripulantes arriaron la vela e inmediatamente la sacaron del mar.
—Toda
resistencia es Inútil, mientras no nos ataquen —observó Felipe—. Pronto
sabremos a qué atenernos.
Cuando los de
la piragua vieron a Krantz y Vanderdecken, acercáronseles tres de ellos
armados de largas lanzas, pero sin intenciones hostiles. Uno de los recién
llegados preguntóles en portugués quiénes eran.
—Somos
holandeses —contestó Felipe.
—¿Pertenecen
ustedes a la tripulación del buque que naufragó hace poco en estas aguas?
—Sí, señor.
—Nada tienen
entonces que temer. Son ustedes enemigos de los portugueses lo mismo que
nosotros. Pertenecemos a la isla de Ternate y nuestro rey está en guerra con
esos canallas. ¿Dónde están los demás náufragos? ¿en qué isla?
—Todos han
perecido —replicó Felipe—. ¿Tendrían ustedes la bondad de decirme si han visto
una almadía que conduce a una mujer abandonada, o si han oído hablar de ella?
—Una mujer ha
sido en efecto recogida en la costa de la isla de Tidor y conducida a la
factoría portuguesa por suponerse que era de dicha nacionalidad.
—Gracias a
Dios que se ha salvado —gritó Felipe—. ¿Dicen ustedes que está en la isla de
Tidor?
—Sí, señor;
pero, como estamos en guerra con los portugueses, no podemos llevarles allí.
—No es
necesario; la buscaremos nosotros.
La persona con
quien hablaba Felipe era indudablemente de calidad. Vestía un traje mitad
malayo y mitad musulmán y llevaba en la cintura un pesado machete; usaba turbante
de zaraza pintada y su actitud, como la de todas las personas notables de
aquellos países, era cortés y correcta.
—Vénganse
ustedes a Ternate —dijo—; nuestro rey les recibirá alegremente, puesto que son
holandeses y, además, enemigos de los perros lusitanos. A bordo llevamos a uno
de sus compañeros que recogimos en la mar casi ahogado, pero ya está
completamente restablecido.
—¿Quién será?
—observó Krantz—. Quizá un tripulante de otro buque.
—No —replicó
Felipe temblando—; seguramente es Schriften.
—Es imposible:
cuando lo vea con mis propios ojos, lo creeré.
—Pues
convénzase —añadió Felipe, señalando al piloto que se dirigía hacia ellos.
—Señores —dijo
Schriften—, me alegro de ver a ustedes buenos. Al fin nos salvamos todos, ¡eh!
¡eh!
—El Océano lo
ha querido así —contestó Vanderdecken.
Schriften,
fingiendo olvidar lo pasado, conversó un rato con Krantz con aparente buen
humor, aunque su lenguaje era un tanto irónico. Al marcharse, dijo Felipe:
—¿Qué le
parece esto, Krantz?
—Que el
infeliz es una parte del todo, que tiene, lo mismo que usted, una misión que
realizar y que volverá a encontrarlo en su camino repetidas veces. Pero no
pensemos más en él. Recuerde que Amina se ha salvado.
—Es cierto
—replicó Felipe—. Embarquémonos con estas buenas gentes, que tiempo tendremos
de desembarazarnos de Schriften más tarde y de buscar a mi esposa.
Al recobrar
Amina el conocimiento, encontróse en una pequeña cabaña, acostada sobre un
lecho de hojas de palmera. Una joven negra de aspecto repulsivo estaba a su
lado espantando las moscas.
La balsa había
sido juguete de las olas durante dos días, y en ese tiempo Amina permaneció en
un estado de insensibilidad absoluta. La tempestad y las corrientes la arrojaron
a la costa oriental de Nueva Guinea, en ocasión en que los indígenas traficaban
allí con algunos comerciantes llegados de la isla de Tidor. Los salvajes la
despojaron de sus vestidos, y cuando la hubieron dejado completamente desnuda,
excitó su curiosidad una sortija de gran valor que llevaba en el dedo; un
salvaje intentó quitársela, y no consiguiéndolo, sacó su enorme y tosco
cuchillo, dispuesto a cortar el dedo. Presentóse entonces una mujer anciana,
aparentemente de gran autoridad entre aquellas gentes, y obligó a desistir al
salvaje de su propósito. Los comerciantes de Tidor, comprendiendo que los
portugueses pagarían caro el rescate de aquella mujer a quien creyeron
lusitana, recomendaron a los salvajes que la cuidaran bien hasta que ellos
regresasen en el próximo viaje, a fin de enterar de lo ocurrido al comandante
de la factoría. A esta circunstancia debía Amina las atenciones que se le
prodigaban, pues los naturales de Nueva Guinea están algo civilizados por sus
frecuentes relaciones con los comerciantes de Tidor, que cambian con ellos
baratijas y quincalla europea por productos naturales que los indígenas no
aprecian.
Las mujeres
condujeron a Amina a una cabaña, donde luchó varios días con la muerte,
admirablemente cuidada.
Al abrir Amina
los ojos por vez primera, su enfermera corrió a comunicar el suceso a la
anciana, quien se presentó inmediatamente en la cabaña. Era excesivamente
corpulenta y estaba desnuda por completo, pues su único atavío componíanlo un
pedazo de tela de seda descolorida arrollado a la cintura, sortijas de plata en
sus dedos y un collar de nácar en el cuello. Tenía ennegrecidos los dientes por
uso del betel y su aspecto era tan repugnante, que la enferma se horrorizó.
Dirigió la
recién llegada algunas palabras a Amina que no la entendió y, fatigada por
aquel ligero esfuerzo, volvió a caer en el lecho desvanecida. Pero, si la mujer
descrita era horrible, no carecía, en cambio, de bondad, pues, merced a sus
desvelos y atenciones, en el espacio de tres semanas, estuvo Amina en
disposición de salir de la cabaña a disfrutar las frescas brisas de la tarde.
Los salvajes la contemplaban admirados y respetuosos, porque temían a la mujer
anciana que la protegía. Aquellos infelices no llevaban más traje que unas
cuantas hojas de palmera en la cintura y sus adornos se reducían a sortijas en
la nariz y orejas y a algunas plumas de pájaros, especialmente de aves de
paraíso, en la cabeza. Amina deseaba vivir, y frecuentemente se sentaba a la
sombra de los árboles, contemplando ansiosa el mar y las piraguas que cruzaban
su superficie, saltando sobre la espumosa cresta de las azules ondas, pero sólo
su adorado Felipe reinaba en su pensamiento.
Una mañana
salió de la cabaña con el rostro radiante de alegría y sentóse, como
acostumbraba, debajo de un árbol.
—Gracias,
querida madre —dijo—, gracias porque al fin me has revelado tu arte que me era
imposible recordar; ya poseo los medios de conversar con los espíritus, y si no
estuviera donde estoy, ahora mismo sabría la suerte que ha cabido a mi esposo.
Durante dos
meses, Amina permaneció confiada a los cuidados de la anciana indígena. Cuando
regresaron los comerciantes de Tidor, traían orden de conducir a la factoría a
la joven y de pagar la hospitalidad que le habían prestado los salvajes.
Dieron a entender por señas a Amina que debía acompañarlos, a lo que accedió
gustosa por abandonar cuanto antes aquel país. Pronto hendió las aguas la
velera piragua, y al verse nuevamente en el mar acordóse Amina del sueño de
Felipe y de la concha de sirena, que tanto se asemejaba a la frágil embarcación
en que a la sazón viajaba.
El buque
empleó dos días en llegar al puerto de su destino y Amina fue conducida
inmediatamente a la factoría portuguesa.
Allí la
curiosidad de todos estaba excitada, pues su salvación había sido casi
milagrosa. Desde el comandante, hasta el último soldado, todos deseaban
vivamente conocerla. El comandante le hizo varios cumplimientos en portugués,
quedando asombrado de no obtener contestación, y no podía suceder otra cosa,
puesto que Amina no entendía una palabra de aquella lengua.
Indicó por
gestos que aquel idioma le era desconocido, y los portugueses, creyéndola
inglesa u holandesa, buscaron un intérprete, a quien dióse a conocer Amina como
esposa del capitán de un buque holandés, que había naufragado recientemente.
A todos
sorprendió agradablemente aquella noticia, pues los holandeses eran enemigos
suyos, aunque se alegraron de que se hubiera salvado Amina. El comandante
ofreció hacer cuanto pudiese para que la estancia en la isla le fuera
agradable, añadiendo que esperaba dentro de dos meses un buque, en el cual
podía embarcarse, si lo deseaba, e ir a Goa, donde encontraría medios de volver
a Europa. Después la instaló en una bonita vivienda y puso una indígena a su
servicio.
El comandante
era un hombre pequeño, enjuto y tan delgado que parecía un alambre, sin duda a
causa de su larga permanencia bajo aquel sol tropical. Tenía largas patillas y
usaba una descomunal espada; estos dos objetos eran los únicos que llamaban la
atención en su indumentaria y en su persona.
Amina
comprendió bien su propósito, del que se habría reído de buena gana, a no
haberse encontrado en su poder. Pocas semanas después sabía ya pedir en
portugués lo que necesitaba, y cuando abandonó la isla de Tidor conocía el
idioma perfectamente. Pero su ansiedad por averiguar la suerte de Felipe era
mayor cada día, y, transcurridos tres meses, pasaba horas enteras contemplando
el mar, deseando distinguir algún barco cuya llegada pusiera término a su
destierro. Al fin apareció éste y, cuando Amina gozosa le veía aproximarse, el
comandante, que estaba a su lado, arrodillóse a sus pies declarándole su
violento amor y concluyendo por suplicarle que se casara con él.
La joven,
aunque sorprendida, fue prudente y le contestó que antes necesitaba convencerse
de la muerte de su marido, para lo cual iba a Goa, desde donde le comunicaría
el resultado de sus averiguaciones.
El comandante,
que no dudaba de la muerte de Felipe, quedó satisfecho y declaró que tan pronto
como recibiese la carta con la noticia, él mismo iría a Goa para contraer
matrimonio, terminando con mil protestas de amor y fidelidad eterna.
—¡Necio!
—murmuró Amina, mientras miraba complacida la embarcación que se acercaba a la
costa.
Poco tiempo
después fondeaba el buque en la bahía y los pasajeros se apresuraron a
desembarcar. Entre ellos iba un clérigo que se dirigió inmediatamente al
fuerte. Amina tembló sin saber por qué, pero su asombro no tuvo límite al
reconocer al padre Matías, que era el sacerdote en cuestión.
La sorpresa
hizo retroceder a ambos. Amina, sin embargo, fue la primera en reponerse y le
extendió la mano, pues el placer de encontrar un amigo le hizo olvidar sus
antiguos resentimientos con el sacerdote.
El padre
Matías, por lo contrario, la saludó con frialdad y, luego, poniéndole la mano
sobre la cabeza, dijo:
—Dios te
bendiga y te perdone, como yo te he perdonado.
El recuerdo
del pasado enrojeció las mejillas de la joven, que no se atrevió a replicar.
¿La había
perdonado realmente el padre Matías? Lo pareció, al menos, puesto que la trató
como amiga, escuchó con interés la relación del naufragio y prestóse a acompañarla
a Goa.
Pocos días
después, el buque abandonó nuevamente la factoría y Amina dejó de sufrir las
impertinencias del enamorado comandante. Atravesaron el archipiélago y
llegaron a la embocadura del Golfo de Bengala sin novedad.
Cuando el
padre Matías huyó de Terneuse, perseguido por la calumnia de Amina, regresó a
Lisboa, pero, cansado de su inactividad, ofrecióse para volver a la India a convertir
herejes. Desembarcó en la isla Formosa y poco tiempo después de su llegada,
recibió órdenes apremiantes de sus superiores para que se presentara en Goa lo
más pronto que le fuera posible. Al hacer escala en la factoría, encontróse
inesperadamente con. Amina.
Al doblar la
punta meridional de la isla de Ceilán, se presentó por primera vez el mal
tiempo y cuando ya la tempestad se hubo desencadenado por completo, los
portugueses encendieron varias velas ante una imagen que llevaban a bordo.
Amina sonrióse entonces despreciativamente y, al volver la cabeza, vio al padre
Matías que la contemplaba con severidad.
—Los salvajes
entre quienes he vivido —pensó Amina—, adoran a los ídolos y son calificados de
idólatras. ¿Qué calificativo merecen entonces estos cristianos, procediendo
del mismo modo que ellos?
—¿No sería
preferible que bajaras a tu cámara? —preguntó el padre Matías aproximándose a
la joven—. El tiempo no es a propósito para que una señora permanezca sobre
cubierta. Además, en la cámara podrías rezar un rato, para aplacar la cólera
divina.
—Prefiero
continuar aquí, padre. Me complace la lucha de los elementos enfurecidos y
admiro el poder de Dios en medio de la tempestad.
—Muy bien
dicho, hija mía —contestó el sacerdote—, el Todopoderoso no solamente debe
adorarse recreándose en sus obras, sino en el retiro y en la meditación. ¿Crees
ya con sinceridad en los preceptos de nuestra religión? ¿Reverencias sus
sublimes misterios?
—Hago cuanto
debo, padre —replicó Amina volviendo la cabeza hacia el mar y contemplando
nuevamente las encrespadas olas.
—¿Rezas con
frecuencia a la Santísima Virgen y a los santos, que son los intercesores de
los hombres?
Amina guardó
silencio; no quería irritar al clérigo, y le repugnaba mentir.
—Contéstame,
hija mía —añadió el padre Matías severamente.
—Padre
—contestó la joven—, he apelado a Dios solamente; al Dios de los cristianos,
al Dios del universo entero.
—El que cree
en todo en general, no cree en nada en particular, Amina. ¡Ya me lo temía! Hace
pocos momentos sorprendí tu sonrisa de desprecio. ¿De qué te reías?
—De mis
propios pensamientos.
—Di mejor que
del fervor con que rezaban los demás.
Amina tampoco
respondió esta vez.
—Veo con
disgusto que sigues siendo hereje; pero ten cuidado, desgraciada.
—¿Cuidado,
padre? ¿Por qué? ¿No hay en estos climas millones de seres más incrédulos y
herejes que yo? ¿A cuántos ha convertido usted? No hay trabajo, fatiga ni
penalidad que no sufra usted gustoso por difundir la fe, y, sin embargo, ¿en
qué consisten los malos y pocos frutos que obtiene? ¿Quiere usted que se lo
diga? Pues en que en estos pueblos tienen su creencia propia, que aprendieron
de sus mayores. ¿No me encuentro en el mismo caso? Nací en un país lejano, mis
padres me enseñaron su religión, ¿cómo pretende que reniegue de ella, sin
convencerme de que no es la verdadera? Tanto usted como el excelente padre
Leysen me han instruido en los preceptos del cristianismo, que son
efectivamente admirables; ¿no es esto suficiente? Pero exige usted una
obediencia ciega y una sumisión absoluta, y en estas condiciones jamás he de
convertirme. Cuando lleguemos a Goa enséñeme otra vez los misterios de su
religión y, si me convence, tendrá en mí la fe católica más fervorosa.
Entretanto, padre, tenga usted paciencia.
La imprudente
réplica de la joven dejó perplejo al sacerdote, pues realmente tenían un gran
fondo de verdad las observaciones de Amina. Recordó entonces que el padre
Leysen, no creyéndola suficientemente instruida, había dilatado su bautismo
hasta que conociese bien las verdades cristianas y lo pidiera ella misma, a fin
de no irritar su indomable carácter.
—Hablas
osadamente, hija mía, pero al menos eres sincera —replicó el padre Matías
después de una breve pausa—. Cuando lleguemos a Goa hablaremos nuevamente de
este asunto, y, con la ayuda de Dios, confío en que comprenderás la verdad de
mis argumentos.
—Convenido
—dijo Amina.
La joven
pensaba en aquel momento en un sueño que había tenido en Nueva Guinea, en el
cual su madre le reveló sus artes mágicas, y deseaba llegar a Goa para ponerlas
en práctica.
Mientras tanto
la tempestad era cada vez más imponente y el buque comenzó a hacer agua. Los
marineros, aterrorizados, invocaban a los santos; el padre Matías y otros
pasajeros se consideraron perdidos viendo que las bombas no achicaban el agua.
Las olas barrían con furia la cubierta aumentando el pánico que reinaba a
bordo. Unos lloraban como niños, otros mesábanse los cabellos y hasta algunos,
más desesperados, prorrumpieron en juramentos e imprecaciones. Solamente Amina
permanecía tranquila, contemplando despreciativamente la cobardía de aquellos
hombres.
—Hija mía
—dijo entonces el padre Matías, procurando disimular la agitación de su voz—;
hija mía, no dejes pasar esta hora de peligro. Antes de perecer, entra en el
seno de la Santa Iglesia. Te absolveré de tus pecados y conseguirás la
bienaventuranza.
—Padre, la
tempestad no me asusta, puesto que permanezco impasible ante la terrible lucha
de los elementos; además, mi arrepentimiento no sería sincero, pues para ello
el alma debe estar completamente tranquila y no impulsada por el temor. Hay un
Dios en el cielo en cuya misericordia confío y cuyos decretos reverencio;
cúmplase su voluntad.
—No mueras sin
convertirte, hija mía.
—Mire usted,
—añadió Amina, señalando con el dedo a los marineros que gritaban llenos de
terror—, ésos son cristianos. Confían en su salvación y, sin embargo, ¿por qué
no les presta la fe y el valor que necesitan para morir en paz?
—La vida es
muy estimable, Amina, y esos infelices dejan en este mundo esposas e hijos. ¿A
quién le agrada morir? ¿Quién puede ver acercarse ese terrible momento sin
temblar?
—Yo —replicó
la joven—; yo que no tengo esposo, o al menos no creo tenerlo. Para mí la vida
carece de encantos. No me espanta la muerte que considero como el fin de mis
angustias. Si estuviera Felipe a mi lado sería otra cosa, pero, habiendo
muerto, sólo deseo reunirme con él en el otro mundo.
—Felipe
profesó la fe de sus mayores, y si deseas reunirte con él debes hacer lo mismo,
hija mía; mientras tanto rogaré por ti y porque Dios ilumine tu entendimiento
—dijo el padre Matías arrodillándose.
—Hágalo usted,
buen padre, sus oraciones serán más gratas que las nuestras a los ojos del
Todopoderoso —contestó Amina dirigiéndose a otro lado.
—¡Perdidos,
señora, estamos perdidos! —exclamó el capitán que estaba asido a uno de los
cabos de los obenques.
—De ninguna
manera —replicó la interpelada.
—¿Qué dice
usted? —argüyó el capitán asombrado al contemplar la serenidad de Amina—. ¿En
qué funda usted su creencia?
—Abrigo la
convicción de que nos salvaremos todos si ustedes no se acobardan y cumplen con
su deber; hay algo aquí dentro que me lo asegura.
Y Amina púsose
la mano en el corazón. La joven hablaba así porque había advertido que la
tempestad empezaba a ceder, circunstancia que hasta entonces no observaron el
capitán ni los marineros a causa de su terror.
La
tranquilidad de Amina, su belleza y acaso el contraste que su valor hacía con
el pánico de los demás, impresionaron al capitán y a la tripulación, quienes,
contemplándola respetuosamente y con admiración, recobraron la perdida
energía. Las bombas volvieron a funcionar, la tempestad se calmó durante la
noche y a la mañana siguiente, conforme había pronosticado Amina, el buque
estaba salvado.
Todos la
consideraron entonces como una santa, creyéndola católica, y hablaron de lo
ocurrido al padre Matías, el cual estaba perplejo. Pero, cuando el sacerdote se
quedó solo, se hizo a sí mismo las preguntas siguientes—: ¿Quién le ha
inspirado tan extraño valor? ¿Quién le ha infundido ese espíritu profético? No
es el Dios de los cristianos, puesto que la infeliz es hereje.
Y, recordando
el sacerdote lo ocurrido en la alcoba de la casa de Terneuse, movió la cabeza
profundamente entristecido.
Trasladémonos
con el lector al lado de Felipe y de Krantz, quienes conversaron largamente
acerca de la extraña reaparición de Schriften, concluyendo por acordar
vigilarle y aprovechar la primera ocasión para separarse de él. Krantz le había
preguntado cómo se salvo; Schriften le había contestado en su tono habitual
sarcástico, que se había desprendido una de las tablas de la balsa durante la
contienda, y que ésta lo sostuvo hasta llegar a una isla; que allí, al ver la
piragua, se había arrojado nuevamente al mar, donde fue recogido. Como esto no
era imposible, aunque sí bastante improbable, Krantz no le preguntó más. A la
mañana siguiente, habiendo cedido el viento, echaron al agua la piragua, y se
hicieron a la vela con rumbo a la isla de Ternate.
Cuatro días
tardaron en llegar, y todas las noches desembarcaban y sacaban el barco a la
playa arenosa. Felipe se había consolado al saber que vivía Amina; y hubiera
sido feliz con la idea de volver a encontrarla, si la presencia de Schriften no
le hubiese molestado de continuo.
Al llegar al
puerto de Ternate, fueron conducidos a una gran vivienda construida con hojas
de palmitos y bambúes, y les dijeron que permanecieran allí hasta que se le
comunicara su llegada al rey. La cortesía y urbanidad peculiares de los
isleños sirvieron de tema a las conversaciones de Felipe y de Krantz; su
religión, lo mismo que su indumentaria, parecían un compuesto de mono y
malayo.
Pocas horas
después fueron llamados para asistir a la audiencia del rey, que se celebrada
al aire libre. El monarca encontrábase sentado bajo un pórtico, servido por un
numeroso concurso de sacerdotes y soldados. El concurso era numeroso, pero
poco brillante; todos los que rodeaban al rey, llevaban túnicas blancas y
turbantes blancos; pero él tenía muy pocos adornos sobre sí. Lo primero que
llamó la atención de Felipe y de Krantz al ser presentados al monarca, fue la
limpieza extremada que en todas partes observaron; todos los trajes eran
inmaculados y de una blancura resplandeciente.
Después de
saludar al rey, según la costumbre mahometana, tomaron asiento a una
indicación de éste, y, en seguida, les dirigieron varias preguntas.
Felipe relató
el naufragio, manifestando que su esposa había sido separada de él, y, según
creía, encontrábase en poder de los portugueses en la factoría de Tidor. Por
esta razón concluyó rogando al soberano que le ayudara a rescatarla.
—Bien dicho
—contestó el rey—; que traigan refrescos para los extranjeros, y queda
concluida la audiencia.
Felipe y
Krantz, y dos o tres de los confidentes, amigos y consejeros del monarca,
quedaron solos. Entonces les presentaron una colección de pescados y otros
platos diversos; y, después de haber comido, les dijo el rey:
—Los
portugueses son perros y enemigos nuestros: ¿queréis ayudarnos a combatirlos?
Disponemos de grandes cañones, pero no sabemos manejarlos tan bien como vosotros.
Enviaré una escuadra contra los portugueses de Tidor, si os decidís a
prestarnos ayuda. Responded, holandeses, ¿queréis pelear? De este modo —añadió
dirigiéndose a Felipe—, recobrarás a tu esposa.
—Mañana
contestaré a esa pregunta —dijo Felipe—, porque deseo consultar con mi amigo.
Como he dicho antes, yo era capitán del buque náufrago y mi amigo era mi
segundo; debemos celebrar una consulta los dos.
Schriften, que
para Felipe no era más que un simple marinero, no había sido llevado a la
presencia del rey.
—Mañana espero
vuestra respuesta —repuso el monarca.
Felipe y
Krantz se despidieron; y al volver a su vivienda, vieron que el rey les había
enviado dos trajes completos de moros con turbantes. Como los que vestían
Felipe y Krantz estaban completamente desgarrados, y eran muy impropios para
sufrir el ardiente sol de aquellos climas, el regalo de S. M. fue muy bien
recibido. Los sombreros de tres picos que llevaban, recogían los rayos de
calor hasta un punto intolerable, y los cambiaron con gusto por el turbante
blanco. Guardaron su dinero en una faja malaya que formaba parte de su atavío
y se vistieron a la usanza del país. Después de una larga conversación, decidieron
aceptar los ofrecimientos del rey, por ser el único medio que Felipe tenía para
reunirse nuevamente con su esposa. Al siguiente día comunicaron oficialmente su
decisión y se hicieron todos los preparativos para la expedición.
Al poco
tiempo, centenares de piraguas de todas dimensiones flotaban junto a la
orilla, unas al lado de otras formando una fila que ocupaba cerca de media
milla sobre las aguas tranquilas de la bahía. Sus tripulantes las iban
habilitando para el servicio; unos levantaban las velas; otros reparaban los
desperfectos; pero la mayor parte aguzaban sus espadas y preparaban el veneno
mortal de ciertas plantas para sus crises[14].
La playa ofrecía un aspecto de gran confusión: cántaros de agua, sacos de
arroz, vegetales, pescados salados, cestas de aves ocupaban por doquier el
terreno entre los isleños atentos a las órdenes de sus jefes, los cuales
paseaban arriba y abajo vestidos de gala con brillantes armas y adornos. El rey
tenía seis cañones de a cuatro, de bronce, regalo del capitán de un buque de
las carreras de las Indias; estas máquinas de guerra, con una cantidad
proporcionada de balas y de cartuchos fueron confiadas a la dirección de
Felipe y de Krantz y colocadas en varias de las piraguas mayores con algunos
indígenas instruidos en su manejo. Al principio, el rey, que esperaba la pronta
rendición del fuerte portugués, manifestó su propósito de dirigir personalmente
las operaciones; pero le disuadieron, y, a petición le Felipe, le aconsejaron
que no expusiera su preciosa vida. En diez días quedaron hechos todos los
preparativos, y la escuadra, tripulada por setecientos hombres, hízose a la
vela con rumbo a la isla de Tidor.
El espectáculo
que ofrecía el azulado mar cubierto de cerca de seiscientas barcas pintorescas,
todas navegando a la vela y saltando sobre las aguas como delfines en persecución
de sus presas, era verdaderamente hermoso; todas iban llenas de indígenas,
cuyos blancos trajes contrastaban vivamente con el azul obscuro de las aguas.
Las grandes piraguas en que navegaban Felipe y Krantz con los jefes indígenas,
habían sido adornadas con banderas de todos colores que ondeaban al impulso dé
una fresca brisa. Más parecía aquélla una expedición de recreo, que una armada
dispuesta a entrar en combate.
En la tarde
del segundo día estuvieron ya a la vista de la isla de Tidor, a unas cuantas
millas de la factoría y del fuerte. Los naturales de Tidor, que no podían
soportar el yugo portugués, aunque se sometían a él por la fuerza, habían
abandonado sus cabañas y retirándose a los bosques. La escuadra ancló cerca de
la playa sin que nadie les molestara durante la noche. A la mañana siguiente,
Felipe y Krantz salieron a hacer un reconocimiento.
El fuerte y la
factoría de Tidor estaban construidos del mismo modo que las demás
fortificaciones portuguesas en aquellos mares. Un foso con una fuerte
empalizada entremezclada de mampostería, circundaba la factoría y todas las
casas del establecimiento. Las puertas permanecían abiertas de día para la
entrada y salida y se cerraban por la noche. En la parte de este recinto que
miraba al mar encontrábase la ciudadela, hecha de mampostería sólida con
parapetos, rodeada de un profundo foso sólo accesible por un puente levadizo, y
defendida por un cañón en cada extremo. Su verdadera fuerza, sin embargo,
estaba oculta por una alta empalizada que rodeaba todo el establecimiento.
Después de examinarla cuidadosamente recomendó Felipe que las grandes piraguas
con los cañones atacasen por mar, mientras los hombres que tripulaban las pequeñas,
desembarcaran y rodearan el fuerte, utilizando para su defensa todas las
prominencias del terreno y atacando al enemigo con sus lanzas y saetas.
Aprobado este plan, ciento cincuenta piraguas hiciéronse a la vela siendo
sacadas a la playa las restantes. Los hombres que las tripulaban marcharon por
tierra.
Los
portugueses habían visto que se aproximaba la escuadra y estaban preparados
para recibir a sus enemigos; los cañones dirigidos hacia el mar eran de grueso
calibre y estaban bien servidos. Los de las piraguas, aunque bien dirigidos por
Felipe, eran pequeños y ocasionaron poco daño en la piedra dura y espesa del
fuerte. Después de un cañoneo de cuatro horas, durante las cuales la población
de Ternate perdió un gran número de hombres, las piraguas, por consejo de
Felipe y de Krantz, retiráronse a la mar y se reunieron con el resto de la
escuadra, donde se celebró otro consejo de guerra. La fuerza que había rodeado
el fuerte por la parte de tierra, no se había retirado con objeto de impedir
todo auxilio de gente o de víveres y al mismo tiempo respirar contra los
portugueses que osaran exponerse a sus tiros, circunstancia muy importante,
puesto que se sabía que la guarnición era poco numerosa.
El fuerte no
podía ser tomado con los cañones; por la parte del mar era inexpugnable; y, por
consiguiente, sus esfuerzos debían dirigirse por la parte de tierra. Krantz,
después de conferenciar con los jefes indígenas, aconsejóles que esperaran a
que anocheciera para proceder al ataque. Cuando soplara la brisa de tierra, los
hombres debían preparar grandes haces de palmitos secos y hojas de cocoteros y
llevarlos junto a las empalizadas a barlovento dándoles fuego en seguida. De
este modo destruirían las empalizadas y ganarían la entrada en la fortificación
exterior, después de lo cual consultarían respecto a la manera de proceder en
adelante. Este consejo era demasiado juicioso para no ser seguido y todos los
que no tenían armas dedicáronse a formar haces de combustibles, no tardando en
reunirse una gran cantidad de leña seca.
Los de Ternate
se despojaron de sus vestidos blancos, no conservaron más que sus fajas, sus
cimitarras y crises y unas túnicas azules, y acercáronse en silencio a las empalizadas
donde depositaron sus haces de leña ejecutando varias veces la misma maniobra.
Conforme se aumentaba el parapeto de haces, la gente trabajaba con más valor
hasta que quedaron completas las pilas, y les prendieron fuego por varias
partes. Las llamas subieron, los cañones del fuerte resonaron, y muchos
indígenas fueron víctimas de la metralla y de las granizadas de balas que los
portugueses arrojaron. Sofocados éstos por el humo, viéronse obligados a
abandonar los atrincheramientos para evitar la sofocación. Las empalizadas
ardían y las llamas empezaron a atacar la factoría y sus casas. No había
resistencia posible y los de Ternate, entrando por los huecos que iban dejando
las empalizadas destruidas, dieron muerte con sus cimitarras y crises a cuantos
no se habían refugiado en la ciudadela. Éstos eran principalmente criados
indígenas a quienes el ataque había sorprendido y por cuya suerte se
preocupaban poco los portugueses, que no hicieron caso de los gritos que
lanzaban para que bajasen el puente levadizo y los metiesen en el fuerte. La
factoría y todas las casas exteriores estaban ardiendo y las llamas iluminaban
la isla con resplandores siniestros en el espacio de muchas millas. El humo se
había desvanecido en parte y las defensas del fuerte quedaron visibles a la
luz del incendio.
—Si tuviéramos
escalas de asalto —dijo Felipe—, nos apoderaríamos del fuerte, porque no hay un
alma en los parapetos.
—En efecto
—repuso Krantz—; pero, de todos modos, los muros de la factoría serán un puesto
ventajoso para nosotros cuando se extinga el incendio; y, si la ocupamos, desde
allí impediremos a todos que se asomen a los parapetos mientras se construyen
las escalas. Mañana por la noche pueden quedar terminadas y nos apoderaremos
del fuerte por asalto.
—Cierto
—confirmó Felipe—, eso es lo que hay que hacer.
Dirigióse
entonces a los jefes indígenas, y les comunicó sus planes, que se apresuraron a
aprobarlo. Schriften, que, sin saberlo Felipe, había acompañado a la
expedición, aproximóse al grupo y dijo:
—Eso es
imposible. Jamás se apoderará del fuerte, Felipe Vanderdecken. ¡Ji, ji!
No había
concluido aún de hablar el piloto, cuando oyóse una tremenda explosión,
llenándose el aire de grandes piedras que volaban en todas direcciones,
ocasionando numerosas víctimas entre los de Ternate. Era la factoría que había
volado porque bajo sus bóvedas existía una gran cantidad de pólvora que se
había inflamado a consecuencia del incendio.
—Su plan,
señor Vanderdecken, ha quedado deshecho. ¡Ji! ¡ji! —gritó Schriften.
La pérdida de
tantas vidas y la confusión que produjo la inesperada explosión, causaron un
pánico entre la gente de Ternate que huyó precipitadamente hacia la playa donde
estaban las piraguas.
Fueron
inútiles los esfuerzos de Felipe y de los jefes por reunirles de nuevo. Los de Ternate,
no acostumbrados a los terribles efectos de la pólvora en grandes cantidades,
creyeron que había ocurrido algún suceso sobrenatural, y muchos saltaron a las
piraguas y se hicieron a la vela, mientras los demás, confusos y temblorosos,
corrían despavoridos por la playa.
—Nunca tomará
usted ese fuerte, señor Vanderdecken —repetía con insistencia una voz bien
conocida.
Felipe levantó
su espada para dividir en dos al hombrecillo; pero se detuvo pensando:
—Es una verdad
muy inoportuna, pero una verdad; ¿por qué he de matarle por eso?
Celebraron
consejo los jefes y se convino en que el ejército continuase allí hasta que a
la mañana siguiente se adoptara una resolución definitiva.
Al rayar el
día, como el fuerte portugués no estaba ya rodeado de otros edificios, vióse
que era más formidable de lo que al principio habían supuesto. Los parapetos estaban
atestados de gente ocupada en colocar cañones para disparar contra las fuerzas
de Ternate. Felipe consultó con Krantz, y ambos reconocieron que, habiendo el
suceso de la víspera sembrando el pánico entre los suyos, nada se podría hacer.
Los jefes opinaron lo mismo, en virtud de lo cual ordenóse el regreso de la
expedición. Los jefes de Ternate estaban satisfechos del éxito alcanzado,
porque habían destruido una gran fortificación, una factoría y todos los
edificios portugueses: solamente la ciudadela continuaba intacta; pero era
inaccesible, y, además, sabían que lo ocurrido era considerado por su rey como
una gran victoria. Dióse, por tanto, la orden de reembarcarse, y dos horas más
tarde toda la escuadra, con pérdida de setecientos hombres, tomó el rumbo
hacia Ternate. Krantz y Felipe se embarcaron juntos para tener el placer de conversar.
A las tres horas de haberse hecho a la vela, el tiempo se encalmó; y hacia el
anochecer advirtieron señales de tempestad. Cuando se levantó de nuevo la
brisa fue en dirección contraria; pero aquellos buques sentían tanto el viento,
que esta circunstancia no les preocupó poco ni mucho.
A las doce de
la noche se desencadenó el huracán, y antes de que hubieran salido de la punta
nordeste de Tidor, empezó a soplar con tal violencia, que muchos hombres fueron
lanzados al agua desde sus barcas, ahogándose no pocos. Recogiéronse las velas,
y los buques flotaban a merced del viento y de las olas qué frecuentemente
pasaban sobre ellos. La escuadra fue acercándose a la orilla, y, poco antes de
amanecer, la barca en que navegaban Felipe y Krantz, encontrábase entre los
remolinos de la playa frente a la punta norte de la isla. Pronto se estrelló
contra las rocas, y cada uno de los tripulantes tuvo que atender a su propia
salvación, Felipe y Krantz agarráronse a una tabla, y, sostenidos por ella,
llegaron a la orilla donde encontraron unos treinta compañeros que habían
sufrido la misma suerte. Cuando amaneció, observaron que la mayor parte de la
escuadra se había puesto a la capa, pero no abrigaron temor alguno respecto a
los demás barcos, porque el viento se había moderado bastante.
Los indígenas
de Ternate propusieron, que puesto que tenían armas, cuando el viento se
apaciguase, se tomaran algunas lanchas de los isleños para agregarlas a la
escuadra; pero Felipe, que había consultado con Krantz el caso, quiso
aprovechar la ocasión para saber la suerte que había corrido Amina. No pudieron
los portugueses probar nada contra ellos, fácilmente podrían negar que habían
estado entre los agresores, o decir que les habían obligado a asistir a la
acción. De todos modos, Felipe estaba decidido a quedarse en Tidor, y Krantz a
seguir su suerte. Por consiguiente, fingiendo que aceptaba la propuesta de los
indígenas de Ternate, les permitieron ir a buscar las piraguas enemigas; y
mientras las botaban al agua, internáronse en la espesura del bosque y
desaparecieron. Los portugueses, que habían presenciado el naufragio de sus
enemigos y que estaban irritados por las pérdidas sufridas, salieron en
persecución de los que habían sido arrojados a la playa. Los indígenas, no
tenían ya nada que temer, obedecieron y encontraron a Felipe y Krantz que
estaban sentados a la sombra de un gran árbol esperando la marcha de los de
Ternate. Condujéronles al fuerte, y fueron presentados al comandante que estaba
enamorado de Amina. Como Felipe y Krantz vestían de musulmán, el comandante
mandó que los ahorcaran; pero Felipe manifestó que eran holandeses, que habían
naufragado y que el rey de Ternate les había obligado a tomar parte en la
expedición, y el comandante portugués, volviendo de su acuerdo, dispuso que fueran
encerrados en un calabozo, hasta que se resolviera definitivamente el castigo
que debía imponérseles.
El calabozo en
que Vanderdecken y Krantz fueron encerrados, en la cárcel, estaba debajo del
fuerte y tenía una pequeña ventana que se abría al mar y por donde entraban la
luz y el aire. Era bastante templado; pero carecía de muebles.
Felipe, que
ansiaba vivamente conocer la suerte de Amina, dirigióse en portugués al soldado
que les había conducido al encierro, diciéndole:
—Amigo mío,
perdone usted...
—No hay de qué
—contestó el soldado, saliendo del calabozo y cerrando la puerta tras de sí.
Felipe apoyó
la espalda contra la pared mirando entristecido al suelo, mientras Krantz, más
animado, comenzó a recorrer la estancia, que era sumamente estrecha.
—¿Sabe usted
lo que se me ocurre? —dijo, deteniéndose de pronto y en voz baja—. Que es una
fortuna que hayamos conservado el dinero, porque, si no nos registran, quizá podamos
salir de aquí sobornando a los centinelas.
—Pues yo
pensaba —repuso Felipe—, en que es preferible estar aquí, que en compañía de
ese miserable Schriften, cuya presencia no puedo tolerar.
—Ese
comandante me parece mala persona; pero mañana sabremos algo más de él.
El movimiento
de la llave en la cerradura, al que siguió la entrada de un soldado con un
cántaro de agua y un gran plato de arroz cocido, les interrumpió.
El recién
llegado no era el mismo que los había conducido al calabozo, y Felipe le
abordó, diciéndole:
—Mucho han
trabajado ustedes en estos dos últimos días.
—Sí, señor
—contestó el soldado.
—Los de
Ternate nos obligaron a venir con su expedición; pero al fin nos pudimos
escapar.
—Así lo he
oído decir a ustedes.
—Ellos han
perdido cerca de mil hombres —agregó Krantz.
—¡Bendito San
Francisco! Me alegro mucho —repuso el soldado.
—En lo
sucesivo tendrán más cuidado en atacar a los portugueses.
—Esa es
también mi opinión —confirmó el soldado.
—¿Han tenido
ustedes muchas pérdidas? —preguntó Felipe observando que aquel soldado era algo
más locuaz.
—Unos diez
hombres de tropa portuguesa. En la factoría había unos cien indígenas con
algunas mujeres y niños; pero eso importa poco.
—Aquí había
una europea, según me han asegurado —atrevióse a decir Felipe—, que naufragó en
un buque. ¿Estaba entre los que han muerto?
¡Una joven!
Sí, ya recuerdo. Pero la verdad es...
¡Pedro! —grito
una voz desde arriba.
El soldado
enmudeció, llevóse un dedo a los labios, salió y cerró la puerta.
—¡Cielos,
dadme paciencia! —exclamó Felipe—; esto es demasiado sufrimiento.
—Ya volverá
mañana por la mañana —dijo Krantz.
—Sí, mañana
por la mañana; pero desde aquí a mañana el tiempo va a parecerme una
eternidad.
—¿Qué hemos de
hacerle? Las horas transcurren aunque la impaciencia las convierta en años.
Oigo pasos...
Abrióse
nuevamente la puerta, y un soldado entró diciendo:
—Síganme
ustedes que el comandante desea hablarles.
Felipe y su
compañero se apresuraron a obedecer la inesperada invitación. Subieron una
estrecha escalera de piedra al fin de la cual se encontraron en un gabinete con
el comandante, que les esperaba sentado en un confidente. Dos jóvenes indígenas
le estaban abanicando.
—¿Quién ha
dado a ustedes esos trajes? —les preguntó.
—Los naturales
de Ternate, cuando nos hicieron prisioneros en la isla a donde llegamos,
despojáronnos de nuestros vestidos y nos regalaron éstos.
—¿Y les
invitaron a ustedes a servir en su escuadra para atacar este fuerte?
—Nos obligaron
a ello —rectificó Krantz—; porque, como los portugueses y los holandeses no
están en guerra, nos opusimos a entrar a su servicio; sin embargo, nos condujeron
a viva fuerza a bordo para hacer creer a la tropa que los europeos los
auxiliaban.
—¿Y cómo
pueden probarnos que eso es cierto?
—En primer
lugar, porque nosotros no mentimos y, además, por el hecho de habernos
escapado.
—¿Pertenecían
ustedes a un buque holandés de la carrera de las Indias? ¿Son ustedes
oficiales o marineros solamente?
Krantz,
creyendo menos probable que el comandante les detuviera si ocultaban su calidad
a bordo, dio un codazo a Felipe para que se callara y contestó:
—Somos
empleados del buque: mi compañero piloto y yo contramaestre.
—Y, ¿qué ha
sido del capitán?
—Suponemos que
moriría al dividirse la parte de balsa en que iba.
—¡Ah! —exclamó
el comandante que guardó silencio durante un largo rato.
Felipe miró a
Krantz como interrogándole: ¿y por qué estos subterfugios? pero Krantz le hizo
señas para que no le contradijera.
—¿Ignora usted
realmente si el capitán está vivo o muerto?
—Sí, señor.
—En el
supuesto de que les dejara en libertad, ¿querrían ustedes firmar un documento
afirmando que ha muerto?
—No veo
inconveniente alguno en eso —dijo Krantz—; sin embargo, si volviéramos a
Holanda, podría perjudicarnos esa declaración. ¿Me dirá usted, señor
comandante, de qué puede servirle ese documento?
—No —gritó el
comandante con voz de trueno—; no se lo diré; necesito esa declaración, y eso
basta. Escojan ustedes o el calabozo, o la libertad y pasaje libre en el primer
buque que salga de este puerto.
—La elección
no es dudosa —repuso Krantz—. Además, abrigo la convicción de que el capitán ha
perecido —añadió reflexionando—. Comandante, ¿quiere usted dejarnos
reflexionar hasta mañana?
—Sí, señor,
pueden ustedes retirarse.
—Pero no al
calabozo, comandante —dijo Krantz—; no somos prisioneros, y si desea que le
prestemos un favor, debe tratarnos bien.
—Ustedes han
reconocido y confesado que han peleado contra Su Majestad fidelísima, y esto es
suficiente para tenerlos prisioneros; sin embargo, les dejo en libertad por
esta noche, y mañana por la mañana resolveré si debo tratarlos como prisioneros
o no.
Felipe y
Krantz dieron las gracias al comandante por su bondad y salieron presurosos de
los parapetos. La noche estaba obscura y la luna no había salido aún.
Sentáronse en un parapeto para gozar de la brisa y del placer de verse libres,
después de haber sido encerrados; pero, cerca de ellos, había soldados en pie o
durmiendo y viéronse obligados a hablar en voz baja.
—¿Para qué
necesitará ese certificado de la muerte del capitán, y por qué le ha contestado
usted de ese modo? —preguntó Felipe.
—Amigo mío
—respondióle Krantz—, bien puede usted imaginar que he pensado mucho acerca de
la suerte de su bella esposa; y al oír que había sido conducida aquí, he
temblado por ella. ¿Qué podía ocurrir siendo joven y hermosa? Este comandante,
¿no ha podido enamorarse de ella? He negado nuestra posición porque pensé que
obtendríamos la libertad más fácilmente siendo el piloto y el contramaestre
del barco, que diciendo que somos el capitán y el segundo de a bordo, sobre
todo si sospecha que hemos sido los jefes que han dirigido el ataque de la
gente de Ternate. Además, al pedirnos el certificado de la muerte de usted,
presumí que lo quería para inducir a Amina a casarse con él. ¿Pero dónde está
Amina? Esta es la cuestión.
—Indudablemente,
Amina está aquí —dijo Felipe apretando los puños.
—Quizá tenga
usted razón; pero lo que está fuera de duda es que vive.
La
conversación prolongóse hasta que salió la luna y las movedizas olas del mar
reflejaron su disco de plata.
Felipe y
Krantz contemplaron las aguas inclinados sobre los parapetos; pero su
meditación fue interrumpida por una voz que les dijo:
—Buenas
noches, señores.
Krantz
reconoció en seguida al soldado portugués con quien habían conversado el día
antes.
—Buenas
noches, amigo mío. Gracias al Cielo no tiene usted que volver a encerrarnos.
—Es verdad, y
eso me sorprende —dijo el soldado en voz baja—, porque el comandante le
complace ejercer su autoridad, y sus órdenes son cumplidas sin remisión.
—Ahora no nos
oye —replicó Krantz.
—¡Buen sitio
éste para vivir! ¿Cuánto tiempo hace que está usted aquí?
—Trece años,
señor, y estoy bien cansado de él. Tengo mujer e hijos en Oporto; es decir, los
tenía; pero quién sabe si habrán muerto.
—¿No espera
usted volver a verlos?
—¡Oh, señor!
no: un soldado portugués no vuelve jamás. Nos alistan por cinco años, pero
dejamos aquí los huesos.
—Eso es muy
duro.
—Ciertamente,
señor —confirmó el soldado en voz aún más baja—; es cruel. Muchas veces he
estado a punto de suicidarme saltándome los sesos; pero mientras hay vida hay
esperanza.
—Le
compadezco, buen amigo —dijo Krantz—. Mire usted, me han quedado dos monedas de
oro, tome una; puede usted enviársela a su mujer.
—Y aquí tiene
usted otra mía —añadió Felipe.
—¡Qué Dios y
todos los santos se lo paguen a ustedes —repuso el soldado—, porque ésta es la
primera dádiva que he recibido desde hace muchos años! Por lo demás, mi mujer
y mis hijos tienen pocas probabilidades de recibirlas.
—Ayer nos
habló usted de una joven europea que estaba aquí —observó Krantz después de un
rato de silencio.
—Sí, señor,
era muy hermosa; el comandante estaba prendado de ella.
—¿Y dónde está
ahora?
—Ha sido
enviada a Goa en compañía de un sacerdote que la conocía. Se llama el padre
Matías y es un buen anciano. A mí me confesó durante su corta permanencia
aquí.
—¡El padre
Matías! —exclamó Felipe; pero Krantz le mandó callar.
—¿Dice usted
que el comandante estaba prendado de la europea?
—Sí, señor,
loco, completamente loco de amor; y si no hubiera llegado el padre Matías,
tengo la seguridad de que no le habría permitido marcharse, aunque está casada
con otro.
—¿Y ha sido
enviada a Goa?
—Sí, señor, en
un buque que hizo escala en este puerto. Debe de haberse alegrado mucho de
salir de este fuerte, porque el comandante la perseguía constantemente y ella
echaba de menos a su marido. ¿Saben ustedes si éste vive?
—No, no lo
sabemos; ignoramos cuál ha sido su suerte.
—De todos
modos, si vive, no creo que venga aquí, porque el comandante se apresuraría a
deshacerse de él. Es hombre que no le detienen obstáculos. No puede negarse
que es valiente; pero por poseer a esa señora, haría los mayores desatinos...
Señores —continuó Pedro, que así se llamaba el soldado después de una breve
pausa—, no conviene que me vean aquí mucho tiempo. Si me necesitan ustedes,
dispongan de mí como les plazca. Ya saben cómo me llamo; buenas noches, y mil
gracias por sus bondades.
Y, dicho esto,
el soldado se retiró.
—Hemos ganado
un amigo —dijo Krantz—, y, además, hemos tenido noticias importantes.
—Sí, pero
recuerde que estamos en poder de su enemigo. Debemos salir de aquí lo más
pronto posible; mañana firmaremos el documento que desea. No importa nada el
uso que haga de él, pues probablemente estaremos en Goa antes de que Amina
pueda verlo; y, si no estamos, la noticia de la muerte de usted no decidirá a
Amina a contraer matrimonio con ese miserable comandante.
—De eso estoy
convencido; pero semejante noticia la afligiría en extremo.
—La
incertidumbre en que ahora se encuentra es más dolorosa aún, Felipe; pero es
inútil hablar de lo pasado; mañana firmaremos, yo como Cornelio Richter, que es
el nombre del tercer contramaestre, y usted como Jacobo Vantreat: no lo olvide.
—Convenido
—repuso Felipe volviendo la espalda a Krantz, pues deseaba quedarse solo.
Krantz lo advirtió
y tendióse en el hueco de un baluarte, no tardando en conciliar el sueño.
Felipe, tan
fatigado como su segundo, se había tendido al lado de éste, y por la mañana les
despertaron la voz del comandante y el ruido de su largo sable que arrastraba
sobre las piedras del pavimento. Levantáronse apresuradamente y vieron al
comandante que reñía a los soldados, amenazando a unos con el calabozo y a
otros con imponerles doble servicio.
El comandante,
al verlos, les mandó que le siguieran a su aposento. Hiriéronlo así, y
tendiéndose aquél sobre el sofá, les preguntó si estaban dispuestos a firmar el
documento de que les había hablado, o a volver al calabozo. Krantz contestó
que, después de meditar el asunto, se habían convencido de la muerte del
capitán y que por lo tanto estaban dispuestos a testificarlo con su firma. La
actitud del comandante fue desde aquel momento bien distinta, y, habiendo
pedido recado de escribir, redactó el documento que firmaron Krantz y Felipe.
El comandante se manifestó tan satisfecho, que convidó a los dos amigos a
almorzar.
Durante el
almuerzo prometióles que podrían dejar la isla en el primer barco que partiera.
Felipe estaba algo taciturno; pero Krantz procuró hacerse agradable y el comandante
les convidó también a comer.
Krantz informó
al portugués de que tenían unas cuantas monedas de oro, y expuso su deseo de
alquilar una habitación donde pudieran vivir por su cuenta. Ya fuese porque
quisiera tener sociedad, ya porque desease ganar dinero, o probablemente por
ambas cosas, el comandante les contestó que podían comer con él y pagar el
gasto, proposición que fue aceptada. Convenidas las condiciones, Krantz
insistió en pagar adelantada la primera semana, y cuando lo hubo hecho, el
comandante manifestóse con ambos amigos lo más cortés del mundo, no cesando de
adularles y tratando de hacerles olvidar que los había tenido encerrados en un
calabozo subterráneo.
En la noche
del tercer día, como advirtiese Krantz, después de comer, que el comandante
estaba de muy buen humor, aventuróse a preguntarle para qué quería el certificado
de la muerte del capitán. El comandante contestó con gran asombro de Felipe que
Amina le había prometido casarse con él tan pronto como le presentara aquel
documento.
—¡Imposible!
—gritó Felipe levantándose de la silla.
— ¡Imposible!
¿Y por qué es imposible? —preguntó el comandante colérico retorciéndose el
bigote.
—Yo también
hubiera dicho lo mismo —interrumpió Krantz midiendo las consecuencias de la
indiscreción de Felipe—, porque, si usted hubiera visto, comandante, las
pruebas de amor que esa mujer ha dado a su marido, no creería que pudiese tan
pronto entregar su corazón a otro; pero las mujeres son todas iguales, y los
militares tienen gran ventaja sobre los demás. Brindo a su salud y por el buen
éxito de su empresa.
—Esa es
precisamente mi opinión —agregó Felipe entrando en el plan de Krantz—; pero
esa señora tiene una gran excusa, comandante, comparando a su marido con usted.
Ablandado con
esta adulación, el comandante repuso:
—Aseguran,
efectivamente, que los militares tenemos gran atractivo para el bello sexo.
Presumo que esto consiste en que desean protección; ¿y dónde mejor pueden
encontrarla que al lado de un hombre que lleva espada? Bebamos, señores,
bebamos por la salud de Amina Vanderdecken.
—Por la
hermosa Amina Vanderdecken —exclamó Krantz apurando su copa.
—Por la
hermosa Amina Vanderdecken —repitió Felipe—. Pero, comandante, ¿no teme usted
haberla enviado a Goa donde hay tantos peligros para una mujer?
—De ningún
modo: estoy convencido de que me ama. Y, en confianza lo puedo confesar, creo
que está enamorada de mí.
—¡Mentira!
—exclamó Felipe.
—¿Cómo
mentira? ¿Lo dice usted eso? —gritó el comandante apoderándose del sable que
estaba sobre la mesa.
—No, no
—contestó Felipe serenándose—; lo decía por ella, porque la he oído jurar
muchas veces a su marido que no amaría a nadie más que a él.
—¡Bah! ¿no es
más que eso? —preguntó el coman dante—. Amigo mío, usted no conoce a las
mujeres.
—No, ni le
gustan mucho —agregó Krantz inclinándose al oído del comandante y añadiendo—:
siempre que hablamos de mujeres ocurre lo mismo, porque, habiendo sido engañado
por una, odia todo el sexo.
—Entonces
debemos compadecerle —dijo el comandante—; variemos de conversación.
Al retirarse a
su aposento, Krantz manifestó a Felipe la necesidad de reprimirse, si no quería
que lo encerrase nuevamente en el calabozo. Felipe reconoció que había
procedido imprudentemente, pero añadió que la circunstancia de haber prometido
Amina casarse con el comandante si le presentaba el certificado de su muerte,
la había disgustado mucho.
—¿Cómo puede
ser eso? —exclamó—. ¿Es posible que Amina haya cometido tal falsedad? El vivo
deseo manifestado por el comandante de obtener el documento me prueba la
verdad de su afirmación.
—Pienso,
Felipe, que acaso Amina habrá dado esa palabra al comandante; pero tengo la
seguridad de que lo ha hecho para salvarse de la situación peligrosísima en que
estaría colocada. Cuando usted la vea, le probará plenamente la necesidad en
que se vio de engañar a ese hombre, porque quizá, en caso contrario, a estas
horas hubiera sido víctima de algún atentado.
—Puede ser
—dijo Felipe.
—Puede ser y
es; lo juro por mi vida, Felipe. No abrigue usted ni por un momento un recelo
tan injurioso a una persona que sólo vive para usted. ¡Sospechar de una mujer
tan cariñosa y tan buena es una gran injusticia!
—Tiene usted
razón, amigo mío, y pido perdón a Amina por haber dudado de ella —respondió
Felipe—; pero es triste para un marido oír tratar a su mujer de la manera que
la trata ese miserable comandante.
—Admito eso,
pero lo prefiero al calabozo —repuso Krantz—, y, así, buenas noches.
Tres semanas
más continuaron en el fuerte, estrechando las relaciones con el comandar e, que
muchas veces hablaba con Krantz en ausencia de Felipe acerca de su amor a
Amina y entrando en pormenores de lo ocurrido, el marino se convenció de que
había formado una opinión exacta y que Amina no había hecho otra cosa que
engañar al comandante para escaparse. Pero el tiempo se les hacía muy largo a
Felipe y a Krantz porque no se presentaba ningún buque.
—¿Volveré a
verla? —preguntábase Felipe una mañana inclinado sobre el parapeto al lado de
Krantz.
—¿A quién?
—inquirió el comandante que, sin ser visto, se había colocado junto a él.
Felipe se
volvió y balbuceó algunas palabras ininteligibles.
—Hablábamos de
su hermana —dijo Krantz tomándole de un brazo y llevándole aparte. Después
añadió—: No hable usted de eso con mi amigo, porque es un asunto que le aflige
mucho y constituyen una de las razones que le hacen odiar a todo el bello sexo.
Su hermana estaba casada con un amigo suyo y se separó del marido. Era su
única hermana, y aquella ligereza causó la desgracia de su madre. No hable de
eso, se lo suplico.
—-No, no;
ciertamente que no. No lo extraño; el honor de una familia es cosa seria —dijo
el comandante—. ¡Pobre joven! Con la conducta de su hermana y con la de su
novia, no me sorprende ya que esté tan grave y taciturno. ¿Es de buena familia?
—De las más
nobles de Holanda —contestó Krantz—. Es heredero de inmensos bienes e
independiente por el capital de su madre, pero esos dos acontecimientos desgraciados
le indujeron a abandonar secretamente su país y embarcarse para estos climas
con la esperanza de olvidar sus penas.
¡Una de las
más nobles familias! —repitió el comandante—. ¿Entonces el nombre que lleva no
es el suyo? Seguramente, no se llama Jacobo Vantreat.
¡Oh! no
—ratificó Krantz—, no se llama así; pero acerca de su verdadero nombre he
prometido guardar el secreto.
—Eso se
entiende con todos menos con quien puede guardarlo. Ahora no se lo pregunto a
usted. ¿De modo que es realmente un noble?
—De las más
elevadas familias del país, de una familia poseedora de riquezas fabulosas e
influencia, y aliada por enlaces con la nobleza española.
—¿Es cierto?
—insistió el comandante reflexionando—. Entonces conocerá a muchas familias
portuguesas.
—Está más o
menos relacionado con ellas. —En ese caso, puede ser a usted muy útil, señor
Richter.
—Creo que,
cuando regresemos al país, no necesitaré cuidarme de ganar la vida, porque
tendré asegurada la subsistencia para siempre. Mi amigo es un hombre muy
agradecido, muy generoso, y se lo demostrará a usted si alguna vez lo necesita.
—No lo dudo, y
puedo asegurar y usted que estoy muy cansado de residir aquí, donde,
probablemente tendré que permanecer hasta que sea relevado y me incorpore a mi
regimiento en Goa, pero no me darán licencia para volver a Portugal mientras no
pida mi retiro. Aquí viene su amigo de usted.
A
consecuencia, sin duda, de esta conversación, la conducta del comandante, que
tenía gran respeto a la nobleza, cambió notablemente para con Felipe,
tratándole con un respeto que asombraba a la gente del fuerte, y a Felipe
mismo, hasta que Krantz le explicó el misterio. El comandante siempre hablaba
de la condición de Felipe con Krantz y le consultaba si su conducta había
logrado impresionarle favorablemente, porque el comandante pensaba utilizar
la supuesta influencia de Felipe para obtener alguna ventaja en su carrera.
A los pocos
días, encontrándose los tres sentados a la mesa, entró un cabo, y saludando al
comandante, díjole que un marinero holandés acababa de llegar al fuerte y solicitaba
ser presentado. Felipe y Krantz palidecieron al oírlo, pero tuvieron la
precaución de callar. El comandante mandó entrar al marinero y a los pocos
minutos se presentó Schriften, quien, al ver a Felipe y a Krantz sentados a la
mesa, exclamó:
¡Oh, capitán
Felipe Vanderdecken y mi buen amigo señor Krantz, contramaestre del Utrecht,
me alegro mucho de verles a ustedes!
¡El capitán
Felipe Vanderdecken! —gritó el coman dante saltando de su asiento.
—Sí, señor,
éste es mi capitán, el señor Felipe Vanderdecken; y éste es mi primer
contramaestre, el señor Krantz, ambos pertenecientes al buque Utrecht; naufragamos
juntos; ¿no es cierto, señores? ¡Ji, ji!
—¡Sangre
de...! ¡Vanderdecken! ¡El marido! ¡Cuerpo del diablo! ¿es posible? —gritó
furioso el comandante empuñando furioso su largo sable con las dos manos—. ¡Es
decir, que he sido engañado, burlado!
Y, después de
una pausa, agregó, encolerizado e hinchándosele las venas de la frente como si
fueran a saltar:
—Amigo mío,
doy a usted las gracias; pero ha llegado mi turno. ¡Cabo! que venga la guardia
en seguida.
Felipe y
Krantz comprendieron que toda negativa era inútil. El primero cruzóse de brazos
y guardó silencio. Krantz se limitó a observar:
—Un poco de
reflexión convencerá a usted que esa acusación es injustificada.
—¡Injustificada!
—repitió el comandante con forzada sonrisa—: ustedes me han engañado, pero han
caído en la trampa. Guardo el documento que han firmado y del cual no dejaré de
hacer uso. Usted ha muerto, capitán; está firmado, y su mujer se alegrará
mucho al saberlo.
—Le ha
engañado a usted, comandante, para evitar su presencia —dijo Vanderdecken—.
Despreciaría a un miserable como usted, si fuera libre como el aire.
—Retírense
ustedes, ahora me corresponde a mí. Cabo, encierre a estos dos hombres en el
calabozo y póngales un centinela a la puerta. Noble señor, tal vez sus amigos
influyentes de usted en Holanda y en España le devolverán la libertad.
Felipe y
Krantz fueron conducidos al calabozo entre soldados, muy sorprendidos por aquel
cambio de conducta. Schriften les siguió, y al pasar por los parapetos, junto a
las escaleras que conducían a la prisión, Krantz, furioso, se separó de los
soldados y le dio un puntapié haciéndole rodar algunas varas de distancia.
—¡Buen
puntapié! ¡Ji, ji! —exclamó Schriften sonriéndose y mirando a Krantz al
levantarse.
Sin embargo,
unos ojos dirigieron a Felipe y a Krantz una mirada de inteligencia, cuando
bajaban las escaleras que conducían al calabozo. Eran los del soldado Pedro,
quien deseaba manifestarles que tenían un amigo con quien podrían contar y que
les ayudaría en su desgracia. Aquella mirada fue un consuelo para ambos, un
rayo de esperanza que les proporcionó gran consuelo.
—Todas
nuestras esperanzas han resultado fallidas —dijo Felipe con tristeza—. ¿Cómo
podremos escapar de las garras de este tiranuelo?
—Las
circunstancias varían constantemente —repuso Krantz—; ahora la perspectiva es
poco agradable; pero hay que confiar en el porvenir. Se me ha ocurrido una idea
que probablemente nos sacará de aquí tan pronto como este hombrecillo haya
aplacado su furia. Aunque le agrada mucho Amina, hay algo que le agrada más y
es el dinero. Ahora bien; como nosotros sabemos dónde está oculto el tesoro, si
se lo ofrecemos en cambio de nuestra libertad, nos la dará.
—No es cosa
imposible. ¡Dios confunda a ese malvado Schriften! Seguramente ese hombre no es
de este mundo. Es mi eterno perseguidor, y parece que obra por impulso ajeno.
—Debe de estar
unido a su destino de usted. Pero, ¿nuestro noble comandante pensará dejarnos
sin comer ni beber?
—No me
sorprendería; estoy persuadido de que atentará contra mi vida, pero no podrá
quitármela, aunque me haga padecer mucho.
Aplacada la
furia del comandante, mandó llevar a su presencia a Schriften para interrogarle
más detenidamente; pero, por más que los soldados buscaron, Schriften no
pareció por alguna parte. El centinela que estaba a la puerta declaró que no le
había visto pasar. Se hicieron nuevas investigaciones, y todas resultaron
infructuosas. Hasta los calabozos y las galerías subterráneas fueron
examinados, sin éxito alguno.
—¿Estará
encerrado con los presos? —pensó el comandante—. Imposible: pero, de todos
modos, lo veré.
Bajó y abrió
la puerta del calabozo: miró, e iba a volverse sin hablar, cuando Krantz, le
dijo;
—Está bien,
señor comandante, buen tratamiento es éste después de haber vivido en su
compañía tanto tiempo. ¿Le parece a usted bien encerrarnos en una prisión porque
un tunante declare que no somos los que hemos dicho? Pero, en fin, supongo que
nos enviará usted algo que comer y que beber.
El comandante,
confuso por la extraordinaria desaparición de Schriften, repuso en tono más
suave de lo que Krantz esperaba:
—Sí, les
mandaré algo.
Después cerró
la puerta del calabozo y desapareció.
—Es extraño
—observó Felipe—; parece que está más pacífico.
A los pocos
minutos abrióse nuevamente la puerta del calabozo y presentóse Pedro con un
cántaro de agua.
—Ha
desaparecido como por arte de magia, señores, y no se le encuentra en parte
alguna. Lo hemos registrado todo y no ha parecido.
—¿De quién
habla usted, del marinerillo ese?
—Sí, señor, de
aquél a quien usted pegó un puntapié. La gente dice que debe de haber sido un
espectro. El centinela declara que no ha salido, ni le ha visto: su desaparición
ha llenado de asombro a todo el mundo y el caso es tan extraño, que ha asustado
al comandante.
Krantz dio un
largo silbido, mirando a Felipe.
—¿Le han
encargado a usted de cuidarnos, Pedro?
—Sí, señor.
—Pues, en ese
caso, diga usted al comandante que si quiere oírme, tengo que decirle una cosa
importantísima.
Pedro salió.
—Ahora,
Felipe, voy a asustar a ese hombrecillo, para que nos ponga en libertad, si
usted se aviene a declarar que no es el marido de Amina.
—No puedo
decirlo, Krantz; no diré semejante cosa.
—Temía que me
contestase usted como lo ha hecho; pero me parece que podemos aprovecharnos de
una mentira para combatir la crueldad y la injusticia. En otro cosa, no se cómo
arreglarme. Sin embargo, probaremos.
—Auxiliaré a
usted en todo, menos a negar que Amina es mi mujer.
—Bueno;
inventaré una historia que lo arregle todo: pensemos, pensemos.
Krantz siguió
reflexionando mientras paseaba por el calabozo, y todavía estaba ocupado en sus
meditaciones, cuando se abrió la puerta y se presentó el comandante.
—Me han dicho
que desea usted comunicarme algo importante. ¿De qué se trata?
—Tráigame
antes aquí a ese miserable, que ha hablado de nosotros, para confundirlo.
—No veo la
necesidad —repuso el comandante—. ¿Qué puede usted alegar?
—¿Sabe usted
quién era ese tuerto deforme?
—Un marinero
holandés.
—No, señor,
era un espíritu, un demonio que ha ocasionado la pérdida del buque, y que
lleva la desolación y la ruina a todas partes donde se presenta.
—¡Santísima
Virgen! ¿qué me dice usted?
—La verdad,
señor comandante. Le agradecemos que nos haya encerrado, mientras él permanece
en el fuerte; pero guárdese mucho de él.
—¿Se burlan
ustedes?
—No, señor.
Hágale usted bajar aquí. Mi noble amigo ejerce gran poder sobre él, y me
maravilla que estando aquí se haya él presentado, porque mi amigo tiene sobre
su corazón una prenda que le obligaría a humillarse, y temblar y desaparecer.
Tráigale, y le verá desvanecerse entre gritos y maldiciones.
—¡Dios nos
asista! —exclamó el comandante lleno de terror.
—Envíe por él,
señor comandante.
—Se ha
marchado, ha desaparecido, no se le encuentra en parte alguna.
—Lo presumía
—dijo Felipe en un tono significativo.
—Pues si ha
desaparecido, supongo que nos dará usted sus excusas, por habernos tratado tan
mal, y nos permitirá volver a nuestra habitación. Allí le referiré esta
extraordinaria e interesante historia.
El comandante,
confuso como nunca no sabía qué hacer. Al fin hizo una reverencia a Felipe, y
le dijo que podía considerarse libre. Después, dirigiéndose a Krantz, añadió:
—Me alegraré
mucho de que me explique este enigma, en que todo es contradictorio.
—Seguiré a
usted a su habitación, pero no mi amigo, porque está muy indignado con usted
por habernos tratado con tanta descortesía.
El comandante
salió dejando abierta la puerta, y Felipe y Krantz le siguieron: el primero
retiróse a su aposento y el último siguió al comandante al suyo. La confusión
del comandante le daba un aspecto altamente ridículo. Apenas sabía qué conducta
debía observar; pues ignoraba si hablaba al contramaestre de un buque o a algún
personaje; si había insultado a uno noble o había sido burlado por el capitán
de un barco. Arrojóse en el sofá, y Krantz, tomando asiento en una silla habló
así:
—Ha sido usted
engañado a medias, comandante. Cuando llegamos aquí, ignorando el trato que
recibiríamos, ocultamos nuestra categoría; después manifesté a usted la calidad
de mi amigo en su país, pero no juzgué prudente revelar su verdadera situación
a bordo del buque. El hecho es, como usted puede suponer, tratándose de una
persona de tan elevada categoría, que mi amigo es propietario del hermoso buque
que se perdió por la intervención de ese miserable tuerto; pero de ese asunto
le hablaré en otra ocasión; ahora proseguiré la historia. Hace diez años
padecióse mucha hambre en Ámsterdam, y el tuerto vivía allí miserablemente; no
vestía más que harapos, y habiendo sido antes marinero, su traje era de la
forma que usa la gente humilde del pueblo. Tenía un hijo a quien negaba todo lo
necesario para vivir, y a quien trataba con crueldad. El diablo instigó al
hijo, después de haber intentado inútilmente apoderarse de la riqueza del
padre y asesinarlo; y el anciano fue, efectivamente, encontrado muerto en su
lecho una mañana, pero, como no había señales de violencia, aunque recayesen
sospechas en el hijo, éste heredó la fortuna de su padre. Todos esperaban que
el heredero gastaría alegremente sus riquezas; pero, por lo contrario, nunca
gastaba nada, y aparecía más pobre que nunca. En vez de estar alegre y
contento, mostrábase desgraciado, y andaba por la ciudad pidiendo un pedazo de
pan a quien se lo quería dar. Algunos decían que su padre le había inoculado su
carácter avaro, y otros movían la cabeza juzgando aquella conducta como
extraordinaria y antinatural. Al fin, después de seis o siete años de decadencia
y miseria, el joven fue encontrado muerto en su cama, junto a la cual había un
papel, dirigido a las autoridades, en el que declaraba haber asesinado a su
padre por heredarle y afirmando que, cuando había ido a tomar alguna cantidad
para su gasto ordinario, habían encontrado el espíritu de su padre sentado
sobre los sacos de dinero, y amenazándole con la muerte instantánea si tocaba a
una sola moneda, por lo que se vio obligado a prescindir del dinero, sin
atreverse a gastar un céntimo. Agregaba en la carta que, aproximándose su fin,
deseaba qué aquel dinero se entregase a la iglesia de su patrón; y que si no
había ninguna dedicada al santo, se edificase una y se dotara con aquellos
fondos. Hechas las investigaciones necesarias, averiguóse que no había tal
iglesia ni en Holanda ni en los Países Bajos, y se acudió a las naciones
católicas de Portugal y España; pero tampoco se encontró, hasta que se descubrió
que había una edificada por un noble portugués en la ciudad de Goa, en las
Indias Orientales. El obispo ordenó, por consiguiente, que se enviara el dinero
a Goa, y este dinero fue embarcado a bordo del buque de mi amigo, para ser
entregado a las primeras autoridades portuguesas que se encontraran. Para
mayor seguridad guardóse el dinero en la cámara del capitán, y cuando éste fue
a acostarse la primera noche, encontró a ese hombrecillo tuerto, sentado sobre
las cajas que contenían el tesoro.
—¡Dios
misericordioso! —exclamó el comandante—. ¿Y era ese que se nos ha presentado
hoy?
—El mismo
—confirmó Krantz.
El comandante
se santiguó y Krantz siguió diciendo:
—Mi noble
amigo, como usted comprenderá, se alarmó bastante; pero como no le falta valor,
preguntó al tuerto quién era y cómo había venido a bordo.
»—He venido a
bordo por mi dinero —contestó el espectro—. Este dinero es mío y pienso
guardarlo. La Iglesia no se aprovechará de este oro.
»Mi amigo sacó
entonces del pecho una famosa reliquia que lleva siempre y se la puso delante,
y el espectro empezó a gritar y desapareció. Durante dos noches el espectro
siguió obstinado en sentarse sobre las cajas del dinero, pero a la vista de la
reliquia, invariablemente desaparecía gritando como si sufriera: «¡perdido!
¡perdido!», y durante el resto de nuestro viaje no nos molestó más.
»Todos creímos
que aquella exclamación se refería al dinero; pero después nos convencimos de
que aludía a la pérdida del buque. Fue una imprudencia llevar a bordo la
fortuna de un parricida; pues con semejante cargamento era imposible que
tuviéramos un viaje feliz. Cuando se perdió el buque, mi amigo quiso salvar el
dinero; lo pusimos en la balsa, y cuando desembarcamos, lo sacamos y lo
enterramos para que pueda ser entregado a la iglesia que ha sido legado; pero
los hombres que lo enterraron han muerto y el único que sabe el sitio dónde se
encuentra el tesoro es mi noble amigo. Me olvidaba decir que al enterrar el
dinero en la isla, presentóse nuevamente el espectro y se sentó sobre el
caudal, y presumo que, cansado de estar allí, ha venido para que se busque el
dinero, aunque ignoro la razón que tenga para ello.
—Todo eso es
muy extraño. En suma: ¿hay un gran tesoro enterrado en la playa?
—Sí, señor; el
espectro lo ha abandonado, puesto que ha venido aquí.
—Así debe ser,
porque de otro modo no habría venido.
—¿Y qué
presume usted que se haya propuesto al venir?
—Probablemente
anunciar su intención, o decir a mi amigo que envíe por el tesoro; pero como
fue interrumpido cuando empezaba a hablar...
—Es verdad,
pero llamó a su amigo de usted Vanderdecken.
—Era el nombre
que había tomado a bordo del buque.
-—Y ése era
también el nombre de la señora.
—En efecto, la
encontró en El Cabo de Buena Esperanza y se la llevó consigo.
—Entonces, es
su mujer.
—No puedo responder
a esa pregunta. Bástele saber que la trataba como mujer propia.
—¡Ah! Pero
hablemos del tesoro. ¿Está usted seguro de que nadie conoce el sitio en que
está enterrado más que su amigo?
—Nadie.
—¿Quiere usted
presentarle mis excusas por lo ocurrido, y anunciarle que tendré el placer de
verle mañana?
—Con mucho
gusto —contestóle Krantz y poniéndose de pie, despidióse del comandante y se
retiró.
—Buscaba una
cosa y he encontrado otra —dijo el comandante hablando consigo mismo—. Sí,
puede haber sido un espectro; pero tiene que ser un espectro muy osado el que
me asiste a mí hasta el punto de obligarme a volver sin ese dinero; además,
llevaré un cura. Veamos: si dejo a ese hombre marchar con la condición de que
descubra a la autoridad, es decir, a mí el sitio donde se encuentra el tesoro,
perderé esa hermosa joven; pero, como poseo el documento en que se declara la
muerte de su marido, si se lo presento, se casa conmigo. Entre la mujer y el
dinero, prefiero esto último, si es que no puedo obtener ambas cosas. De todos
modos, apoderémonos primero del oro. Lo necesito más que la Iglesia... Pero si
me apodero de ese caudal, estos dos hombres pueden exponerme a un disgusto...
Es preciso deshacerme de ellos; imponerles silencio para siempre y entonces
quizá obtenga también a Amina. Sí; la muerte de estos hombres es necesaria para
que mi propósito se realice por completo. Meditemos.
El comandante
paseóse unos cuantos minutos reflexionando sobre el mejor modo de proceder, y
luego agregó:
—Ese hombre ha
dicho que el tuerto era un espectro y me ha referido una historia que a su
juicio lo explica todo; pero tengo mis dudas; quizá me engaña. No importa: si
el dinero está donde ha dicho, lo tendré, y, en caso contrario, sabré
vengarme. Sí, es preciso dar muerte a ese hombre y, después, deshacerme poco a
poco de los que me ayuden a desenterrar el dinero. Entonces... ¿Pero quién está
ahí? ¡Pedro!
—Señor.
—¿Cuánto
tiempo hace que ha llegado?
—Llego ahora
mismo, señor. Oí a usted hablar y creí que me llamaba.
—Puede
retirarse; no le necesito.
Pedro se
retiró; pero había oído todo el soliloquio del comandante, porque hacía tiempo
que estaba escuchando.
El buque
portugués que condujo a Amina a la ciudad de Goa, entró en el puerto una
hermosa mañana.
La población
encontrábase entonces en todo su apogeo; era rica, orgullosa capital del
Oriente, y residencia del virrey. Al aproximarse al río, cuyas dos bocas
formaban la isla en que Goa está edificado, los pasajeros encontrábanse sobre
cubierta y el capitán portugués iba señalando a Amina los edificios más
notables. Pasados los fuertes, entraron en el río cuyas dos orillas estaban
cubiertas de casas de campo de la nobleza, espléndidos edificios rodeados le
plantaciones de naranjos que perfumaban el ambiente con sus aromas.
—Aquélla es la
casa de campo del virrey —dijo el capitán aludiendo a un edificio que ocupaba
cerca de tres fanegas de tierra.
El buque
navegó hasta llegar casi enfrente de la ciudad, y los ojos de Amina se
dirigieron a las altas torres de las iglesias y de otros edificios públicos;
porque Amina había visto muy pocas ciudades en su vida, y el espectáculo era
nuevo para ella.
—Aquélla es la
iglesia de los jesuitas con su establecimiento —dijo el capitán señalando un
magnífico edificio—. En la iglesia que está frente a nosotros se veneran los
huesos del célebre San Francisco, que sacrificó su vida por la propagación del
Evangelio en estos países remotos.
—Algo de eso
me ha explicado el padre Matías; ¿y qué edificio es aquel otro?
—El convento
de los agustinos; y el de más allá, a la derecha, el de los dominicos.
—Espléndidos
en verdad —observó Amina.
—El edificio
que ve usted junto al río es el palacio del virrey; el de la derecha es otro
convento ocupado por carmelitas descalzos; aquella torre es la catedral de
Santa Cecilia y aquella iglesia es la de Nuestra Señora de la Piedad. ¿Ve usted
un edificio con una cúpula que se levanta detrás del palacio del virrey?
—Es el palacio
de la Santa Inquisición.
Aunque Amina
había oído hablar a Felipe de la Inquisición, desconocía el verdadero
significado de esta palabra; pero tembló al oír el nombre, sin que pudiera explicarse
aquel repentino temblor.
—Ahora estamos
frente al palacio del virrey —agregó el capitán—, y puede usted admirar la
hermosura de ese edificio. Algo más arriba vera la Aduana frente a la cual
vamos a echar el ancla.
Y,
efectivamente, pocos minutos después, anclaba el barco en él lugar indicado por
el capitán. Éste y los pasajeros bajaron a tierra y sólo Amina se quedó en el
buque mientras el padre Matías salió en busca de una posada conveniente para
ella.
A la mañana
siguiente volvió el sacerdote a bordo con la noticia de que había conseguido
que recibiesen a Amina en el convento de las ursulinas, cuya abadesa era conocida
del clérigo; y antes de que la joven bajase a tierra la informó de que la
citada abadesa era una mujer rígida que desearía que se conformase todo lo
posible con las reglas del convento, porque allí sólo se recibían jóvenes de
las familias más ricas y elevadas. Por lo demás, esperaba que Amina estaría
bien en aquel retiro y prometió ir a verla y hablar con ella respecto a la
salvación de su alma.
La sinceridad
y la bondad con que hablaba el santo varón enternecieron a Amina hasta derramar
lágrimas. El sacerdote se retiró, para recoger su equipaje, con más simpatía
hacia ella de la que hasta entonces había sentido y con mayores esperanzas de
que sus esfuerzos para convertirla a la fe no fueran por completo inútiles.
—Es un justo
—pensó Amina al bajar a tierra; y, efectivamente, el padre Matías era un buen
hombre; pero, como todos los hombres, no era perfecto.
Celoso por la
causa de la religión, habría sacrificado gustoso su vida en el martirio; pero,
si encontraba obstáculos a sus proyectos, podía llegar a ser injusto y hasta
cruel.
La joven y el
sacerdote desembarcaron entre la Aduana y el palacio del virrey; atravesaron la
gran plaza que estaba detrás de éste y subieron por la Rua Direita que conducía
a la iglesia de la Piedad, junto a la cual se encontraba el convento. Aquella
calle era de las más hermosas de Goa, y las casas eran de piedra, altas y
macizas, y cada piso tenía balcones de mármol admirablemente esculpidos. Sobre
los dinteles de las puertas campeaban las armas de los nobles o hidalgos a
quienes pertenecían las casas. Las calles estaban animadísimas; veíanse pasar
por ellas elefantes suntuosamente ataviados, caballos conducidos del diestro o
montados y enjaezados magníficamente, palanquines llevados por indígenas con
espléndidas libreas; gente a pie que caminaba precipitadamente e individuos de
todas las naciones: portugueses, musulmanes, árabes, indios, armenios, oficiales
y soldados de uniforme. Todo era ruido y animación en la orgullosa ciudad de
Goa, emperatriz de Oriente, y, a la sazón, emporio de riqueza y gusto.
Abriéndose
paso entre la multitud, llegaron media hora después al convento, donde Amina
fue muy bien recibida por la abadesa. El padre Matías se despidió, y la
superiora empezó inmediatamente la obra de la conversión. Lo primero que hizo
fue mandar llevar dulces secos para obsequiar a la joven; pero, como ésta era
muy ignorante en materias religiosas y no estaba acostumbrada a disputas
teológicas, los sucesivos argumentos de la abadesa fueron ineficaces. Después
de un discurso de una hora, la anciana abadesa, cansada de tanto charlar y
creyendo haber hecho maravillas, presentó a Amina a las monjas, muchas de las
cuales eran jóvenes y todas de buenas familias. Le enseñaron su celda; y, como
manifestase deseos de quedarse sola, la comunidad se apresuró a complacerla.
Dos meses
permaneció Amina en el convento. El padre Matías había hecho diligencias para
averiguar si Felipe se había salvado en alguna de las islas que estaban bajo la
dominación de Portugal; pero no pudo obtener noticia alguna. Amina no tardó en
cansarse de vivir en el convento; veíase perseguida por las arengas de la
anciana abadesa y disgustada por la conducta y conversación insubstancial de
las monjas. Todas tenían secretos que confiarle, y las historias que le
contaban eran tan opuestas a las ideas de Amina y denotaban tal impureza de
pensamientos que ésta manifestó deseos de salir de aquella clausura; pero el padre
Matías, para obligarla a permanecer allí, le contestó:
—Carezco de
recursos.
—Aquí los hay
—respondió Amina sacándose del dedo una sortija de diamantes—. Vale 800 ducados
en nuestro país; aquí no sé lo que valdrá.
El sacerdote
tomó la sortija, diciendo:
—Mañana
volveré y diré a la abadesa que va usted a reunirse con su marido, porque no
conviene dejarle sospechar las razones que inducen a usted a abandonar el
convento. He oído antes de ahora hablar de lo mismo que usted se queja; pero lo
había creído falso; ahora comprendo que es cierto porque usted es incapaz de
mentir.
Al día
siguiente volvió, en efecto, el padre Matías y celebró una entrevista con la
abadesa, quien al cabo de un rato envió a buscar a Amina y le dijo que era
necesario que dejase el convento. Para consolarla en lo posible del pesar que
suponía que debía experimentar, mandó llevar algunos dulces, la dio su
bendición y la entregó al sacerdote. Cuando estuvieron solos, informóla éste de
que había vendido la sortija por 800 duros y le había buscado habitación en la
casa de una señora viuda, a donde iba a conducirla.
Despidióse de
las monjas la joven, salió del convento con el padre Matías y en breve se
instaló en una casa que formaba parte de la plaza del Terreiro do Salayo. Allí,
después de presentarla a la dueña, la dejó, y Amina se encontró en unas
habitaciones bastante cómodas y ventiladas. Al visitarlas preguntó a la
huéspeda que la acompañaba, qué iglesia era la que estaba al otro lado de la
plaza.
—Es la
Ascensión —contestó la interpelada—; tiene música muy buena; mañana iremos a
oirla si a usted le place.
—¿Y ese
edificio que hay frente a nosotras?
—Es la Santa
Inquisición —respondió la viuda santiguándose.
—¿Es este niño
de usted? —preguntó Amina al ver entrar a un arrapiezo de unos diez años de
edad.
—Sí, señora
—contestó la viuda—, el único que me ha quedado. Dios me lo conserve.
El chiquillo
era hermoso e inteligente, y Amina, por razones particulares, hizo todo lo
posible por conquistar su afecto, cosa que no tardó en conseguir.
Una tarde, al
regresar Amina de paseo por las calles de Goa, donde había hecho algunas
compras en diferentes tiendas, exclamó, tomando asiento en un sofá:
—Gracias al
Cielo que estoy sola sin que me espíe nadie. ¡Felipe, Felipe! ¿dónde estás?
—exclamó.
Y, después de
una pequeña pausa, agregó:
—Ahora lo
sabré.
El hijo de la
viuda entró en la habitación en aquel momento, corrió hacia Amina, le dio un
abrazo y la besó.
—Dime, Pedro
¿dónde está tu madre? —preguntóle la joven.
—Ha salido a
hacer unas visitas esta tarde y estamos solos. La acompañaré a usted, si le
agrada.
—Sí, hijo mío.
Dime, ¿sabrás guardar un secreto?
—Sí, señora;
confíemelo usted.
—Nada tengo
que decirte; pero quiero hacer un juego para que tú veas unas cosas en tu mano.
—Oh, sí,
enséñemelo usted.
—¿Me prometes
no contárselo a nadie?
—Lo prometo.
—Entonces,
ahora verás.
Amina encendió
carbón en un brasero y lo colocó a sus pies; tomó luego una pluma encarnada, un
poco de tinta de una botellita y un par de tijeras y escribió en un papel
varios caracteres murmurando palabras ininteligibles para el muchacho. Después
echó un poco de incienso y de simiente de coriandro[15]
en el braserillo que en seguida produjo una humareda de fuerte olor aromático;
dijo a Pedro que se sentara a su lado en un taburete y tomóle la mano derecha.
Sobre la palma de la mano del niño trazó un cuadrado con caracteres a cada
lado, y en el centro formó con tinta un espejo negro del tamaño de un real de
plata.
—Ahora ya está
todo preparado —dijo Amina—. Mira, Pedro, ¿qué ves?
—Veo mi cara
—respondió el niño.
Amina arrojó
más incienso al braserillo hasta que se llenó de humo la habitación, y
enseguida cantó:
—Turshun
turyo-shun, baja, baja: venid, servidores de estos nombres; descorred el velo y
revelad la verdad.
Había
recortado con las tijeras los caracteres escritos en el papel, y tomando uno de
ellos lo echó en el braserillo, sosteniendo entre las suyas la mano del niño.
—Dime ahora,
Pedro, ¿qué ves?
—Veo un hombre
que nada —respondió el niño lleno de asombro.
—No tengas
miedo, ya verás más cosas. ¿Ha concluido de nadar?
—Sí, ha
concluido.
Amina
pronunció otras palabras y arrojó el otro pedazo de papel al fuego.
—Mira ahora,
Pedro, y repite lo que yo diga: ¡Felipe Vanderdecken, preséntate!
—¡Felipe
Vanderdecken, preséntate! —repitió el niño temblando.
—Veo un hombre
sentado en la arena... Este juego me aburre...
—No te
asustes. Luego te convidaré. Dime lo que ves. ¿Cómo está vestido ese hombre?
—Lleva una
chaqueta corta y calzones blancos, mira en derredor de sí mismo y saca una cosa
de su pecho y la besa.
—¡Él es, él
es, y viene! ¡Cielos, os doy gracias! Mira otra vez, hijo mío.
—Ahora se
levanta... No me gusta este juego; tengo miedo, no me gusta.
—No temas
nada.
—Sí, sí; no
quiero jugar más —insistió el muchacho arrodillándose—. Déjeme usted marchar.
Déjeme usted.
Pedro había
vuelto hacia abajo la palma de la mano; esparcióse la tinta, se deshizo el
encanto y Amina no pudo saber más. Tranquilizó al niño a fuerza de dulces y de
caricias, le hizo repetir la promesa de que no diría nada y aplazó las
investigaciones que pensaba hacer hasta que se la presentara ocasión de
conseguirlas.
—Mi Felipe
vive; madre, mi querida madre, te doy las gracias.
Amina no
permitió que Pedro se separase de ella hasta que creyó que se había recobrado
de su temor por completo.
Durante
algunos días le recordó la promesa de no decir nada de aquello a su madre, ni a
ninguna otra persona y le colmó de regalos.
Una tarde,
estando la viuda ausente, Pedro entró a preguntar a Amina si quería repetir el
juego de los días anteriores.
Amina, que no
deseaba otra cosa, regocijóse con la petición del niño e hizo en seguida los
preparativos necesarios. De nuevo se llenó la habitación de humo de incienso:
de nuevo murmuró las palabras de encantamiento y otra vez el espejo mágico
estaba en la mano de Pedro. Cuando éste gritó: Felipe Vanderdecken, preséntate,
abrióse de pronto la puerta de la estancia y entraron el padre Matías, la viuda
y otras varias personas.
Amina se
asustó. Pedro lanzó un grito y corrió a refugiarse al lado de su madre.
—Es decir, que
no me había equivocado al juzgar lo que vi en Terneuse —exclamó el sacerdote
cruzando los brazos sobre el pecho y lanzando a Amina miradas de indignación—.
¡Maldita hechicera, estás convicta de sortilegio!
Amina miróle
despreciativamente y, recobrando su serenidad, contestó:
—Ya sabe que
no profeso su religión; y sin duda el escuchar a las puertas forma parte de la
de usted. Este es mi aposento y no es la primera vez que he necesitado mandarle
que salga de él. Ahora repito la misma invitación a usted y a cuantos acaban de
entrar.
—En primer
término, apodérense ustedes de esos instrumentos de sortilegio —dijo el padre
Matías a los que le acompañaban.
Estos
recogieron el braserillo y demás efectos usados por Amina; y, precedidos del
padre Matías, salieron de la habitación.
Amina
comprendió que estaba perdida; sabía que la magia era un crimen enorme en los
países católicos y había sido sorprendido in flagranti.
—Está bien
—pensó—; era mi destino.
Pedro, al día
siguiente de la primera tentativa de Amina, olvidando su promesa, había
referido a su madre el juego en que la joven le había hecho tomar parte.
La viuda, asustada, buscó al padre Matías y, después de informarle del caso, le
rogó que la aconsejara. El sacerdote dirigió muchas preguntas a Pedro, y,
convencido de que había hechicería en el asunto, determinó llevar testigos que
sorprendieran a Amina en sus manipulaciones y propuso que el niño volviese a
proponerle la operación.
Amina, fue,
por esa causa, sorprendida ejerciendo sus artes, y, poco rato después, dos
hombres vestidos de negro entraron en su aposento y la intimidaron[16] que les siguiese. La joven
no opuso la menor resistencia; cruzaron la plaza, se abrió la puerta de un gran
edificio, en el que la obligaron a entrar, y a los pocos minutos era encerrada
en uno de los calabozos de la Inquisición.
A las pocas
horas de entrar Amina en su prisión, fue despojada de su cabellera por los
carceleros.
La joven les
dejó proceder a la infame maniobra sin resistirse, y, aquella noche, no
volvieron a molestarla; pero, al día siguiente, presentáronse nuevamente los esbirros
y le ordenaron que se descalzara y los siguiera.
—Si no se
descalza y nos sigue —le dijeron—, nos veremos obligados a conducirla a viva
fuerza.
Amina no se
resistió y fue llevada a la sala de justicia, donde estaban el inquisidor
general y su secretario.
La sala de
justicia era una larga estancia con ventanas altas a cada lado y al extremo
opuesto a la puerta por donde había entrado. En el centro alzábase un dosel, y
delante una gran mesa cubierta con un tapete azul con rayas encarnadas. En la
pared lateral y enfrente del sitio donde fue colocada la joven, se levantaba un
enorme crucifijo; el carcelero señaló un taburete y mandó a Amina que tomara
asiento.
El secretario,
después de mirarla durante algún tiempo, le preguntó:
—¿Cómo se
llama usted?
—Amina
Vanderdecken.
—¿De dónde es
usted?
—Mi marido es
holandés; yo soy del Oriente.
—¿Cuál es la
profesión de su marido?
—Capitán de un
buque mercante.
—¿Cómo ha
venido usted aquí?
—Porque su
buque naufragó y la tempestad nos separó.
—¿A quién
conoce usted en Goa?
—Al padre
Matías.
—¿Qué bienes
tiene usted?
—Ninguno;
todos pertenecen a mi marido.
—¿Y en poder
de quién están?
—Están a cargo
del padre Matías.
—¿Sabe usted
por qué ha sido puesta en prisión?
—Ignoro de qué
se me acusa.
—Usted debe
saber si ha procedido bien o mal, y lo mejor es que confiese aquello de que le
acuse su conciencia.
—Mi conciencia
no me reprocha nada.
—Es decir, que
se niega a confesar.
—Nada tengo
que confesar.
—Ha declarado
usted que había nacido en Oriente; ¿es usted cristiana?
—No, señor.
—¿Está usted
casada con un católico?
—Sí, señor,
con un verdadero católico.
—¿Quién
bendijo su matrimonio?
—El padre
Leysen, un sacerdote católico.
—¿Y entró
usted en el gremio de la Iglesia, o su marido contrajo matrimonio con usted sin
que fuera antes bautizada?
—Yo me sometí
a una ceremonia parecida,
—¿Fue
bautismo?
—Así creo que
lo llamaban.
—¿Y dice usted
que rechaza las creencias cristianas?
—Sí, señor,
desde que veo cómo se conducen los que las profesan. Cuando me casé estaba muy
dispuesta en favor de ellas.
—¿Qué bienes
suyos guarda el padre Matías?
—Un poco de
dinero, no sé exactamente cuánto.
El inquisidor
general agitó una campanilla, entraron los carceleros y volvieron a conducir a
Amina a su calabozo.
—¿Por qué me
preguntarán tantas veces por mi dinero? —pensó Amina—. Si lo quieren que lo
tomen. ¿Qué autoridad ejercen estos hombres? ¿Qué piensan hacer conmigo? En
fin, pronto lo sabré.
Muchos días
hubieran transcurrido sin que Amina supiera la suerte que le estaba reservada,
a no haber sido porque, cuatro meses más tarde, debía celebrarse un auto de fe.
Hacía ya tres años que no se celebraba ninguno por no haber suficiente número
de víctimas, pero a la sazón estaba ya casi completo el total requerido. Sin
embargo, todavía pasó un mes en la incertidumbre, antes de que volviera a ser
llamada a la sala de justicia.
Allí le
preguntaron si estaba dispuesta a confesar. Irritada de la injusticia con que
se la trataba, contestó:
—He dicho
cuanto tenía que decir, y no tengo que confesar nada; hagan ustedes lo que
quieran, pero pronto.
—El tormento
la obligará a usted a confesar.
—Que lo
prueben —repuso Amina con firmeza—; pruébenlo ustedes, hombres crueles, y
verán cómo no sacan de mí una sola palabra. Soy mujer, pero les desafío.
Muy rara vez
oían los jueces semejantes expresiones y jamás habían visto a un acusado de tan
enérgica resolución; pero el tormento no se aplicaba nunca hasta después que
se había formulado la acusación y se había contestado a ella.
—Ya lo veremos
—dijo el inquisidor general—; que la retiren.
Amina fue
llevada nuevamente a su celda. Mientras tanto el padre Matías había celebrado
varias conferencias con el inquisidor general. Aunque colérico, había acusado a
Amina y presentado los testigos necesarios contra ella, estaba disgustado y
perplejo. El largo tiempo que había vivido en su compañía; el conocimiento que
tenía de que Amina no había abrazado nunca la fe; su valor y hasta su belleza y
juventud, todo hablaba fuertemente en su favor. El único objeto del padre
Matías era persuadirla a que se confesara culpable y abrazase la religión
católica. Con este fin había obtenido permiso del Santo Oficio para entrar en
el calabozo y aconsejarla, favor especial que por muchas razones no se le podía
rehusar. Al tercer día después de su segunda declaración descorriéronse los
cerrojos a hora desacostumbrada, y el sacerdote entró en al celda, que fue
cerrada de nuevo quedando solo con Amina.
—¡Hija mía,
hija mía! —exclamó el padre Matías con semblante dolorido.
—No diga usted
eso, padre: eso es una burla, porque es usted el que me ha conducido aquí;
márchese.
—Es cierto;
pero ahora quiero sacarte de esta prisión, si tú me lo permites, Amina.
—Con mucho
gusto; estoy resuelta a seguir a usted.
—Necesitarnos
hablar antes, porque éste no es un sitio de donde la gente puede salir
fácilmente.
—Entonces
dígame qué es lo que he de decir y qué debo hacer.
—Lo diré.
—Pero
contésteme usted primero a esta pregunta: ¿Qué sabe usted de Felipe?
—Está bueno.
—¿Y dónde se
encuentra?
—Pronto
llegará a Goa.
—¡Dios mío, te
doy las gracias! ¿Podré verle, padre?
—Eso depende
principalmente de ti.
—¿De mí?
Entonces dígame pronto lo que debo hacer.
—Confesar tus
pecados, tus crímenes.
—¿Qué pecados?
¿qué crímenes?
—¿No has
tenido tratos con seres maléficos? ¿no has invocado los espíritus y conseguido
que te auxilien?
Amina guardó
silencio.
—Respóndeme.
¿No confiesas?
—No confieso
haber hecho nada malo.
—Esa negativa
es inútil; te he visto yo y te han visto otros. ¿Por qué te obstinas en
negarlo? ¿No sabes seguramente el castigo que te aguarda si no entras en el
gremio de nuestra Iglesia?
—¿Y por qué he
de entrar en ese gremio? ¿Castigan ustedes a los que se niegan a entrar?
—No; si no
hubieras recibido el bautismo, no te exigiríamos que fueras cristiana; pero
estás obligada a reconciliarte con la Iglesia, so pena de ser tratada como
hereje.
—Cuando recibí
el bautismo ignoraba su significado.
—Concedido;
pero lo recibiste.
—Es cierto; ¿y
cuál será el castigo que me impongan si me niego a reconciliarme con la
Iglesia?
—Serás quemada
viva y nada podrá salvarte. Óyeme, Amina Vanderdecken: cuando te conduzcan otra
vez a la sala de justicia, debes confesarlo todo; pedir perdón y solicitar que
te reciban en el seno de la Iglesia. Así te salvarás y podrás...
—¿Qué?
—Volver a
estrechar a Felipe en tus brazos.
—¡Mi Felipe,
mi Felipe! Usted me pone en un aprieto, padre; ¿pero cómo confesar que he hecho
mal cuando estoy convencida, por lo contrario, de que soy inocente?
—¿Inocente?
—He invocado
el auxilio de mi madre y me lo ha dado. ¿Hubiera una madre auxiliado a su hija
en una acción mala?
—No era tu
madre, sino un diablo que tomó su figura.
—Era mi madre
y usted pretende que crea lo que no puedo creer.
—¿Qué no
puedes creer, Amina? Desiste de tu terquedad.
—No soy terca,
padre mío. Usted me ha ofrecido que volveré de nuevo a los brazos de mi marido.
¿Pero puedo degradarme con una mentira? No, no lo haré, ni por mi libertad, ni
por mi vida, ni siquiera por él.
—Amina
Vanderdecken, si confiesas tu crimen antes de que se formule tu acusación,
habrás hecho mucho en tu favor, después te será de poco provecho.
—No confesaré
antes, ni después, padre. Lo hecho, hecho está pero no es un crimen ni para mí,
ni para los míos; para ustedes lo será quizá, pero yo no profeso su religión.
—No olvides
que comprometes también a tu marido por haberse casado con una hechicera. No lo
olvides. Mañana te visitaré nuevamente.
—Estoy
acongojada, padre, y le agradeceré que me deje sola.
El sacerdote
abandonó la celda algo animado por las últimas palabras de Amina creyendo que
la idea del peligro que corría su marido había producido algún efecto en su
ánimo.
Amina arrojóse
sobre el colchón que había en el rincón de la celda y ocultó el rostro entre
las manos.
—¡Quemada
viva! —exclamó al cabo de algún tiempo, incorporándose y pasándose las manos
por la frente—. ¡Quemada viva! ¡Dios de mis padres! ¡ayudadme contra estos
malvados! ¡dadme fuerzas para sufrirlo todo por amor a mi Felipe!
A la tarde
siguiente presentóse otra vez el padre Matías encontrando a Amina más
tranquila; pero obstinada en rechazar sus consejos y advertencias. La última
observación que el sacerdote había hecho de que su marido estaría en peligro
si se sabía que se había casado con una hechicera, había fortalecido su corazón
y la había determinado a no retroceder ni ante el tormento, ni ante la hoguera.
El sacerdote
se despidió desconsolado y acusándose de precipitación; deseaba no haber visto
jamás a Amina cuya perseverancia y valor, aunque empleados mal, le causaban
admiración. Después pensaba en Felipe que tan cariñosamente le había tratado,
y recriminábase a sí mismo.
Transcurrieron
otros quince días y Amina fue conducida de nuevo a la sala de justicia e
interrogada si quería confesar sus delitos. Negó resueltamente y se leyó la
acusación fulminada contra ella. Estaba acusada por el padre Matías de
practicar artes prohibidas y confirmaban esta acusación las declaraciones del
niño Pedro y de los otros testigos. En su celda había declarado, además, el
sacerdote, que la había visto entregarse a las mismas prácticas en Terneuse y
que durante la violenta tempestad que había sufrido el buque, cuando todos
esperaban perecer, ella había permanecido tranquila y valerosa asegurando al
capitán que se salvarían, lo cual solamente podía saber por insinuación
profética de los malos espíritus. Amina sonrió despreciativamente a los jueces
cuando oyó esta última acusación. Preguntáronle si tenía algo que alegar en su
defensa y repuso:
—¿Qué defensa
puedo hacer, ante acusaciones tan ridículas? Porque no soy tan supersticiosa
como los cristianos, me acusan de hechicería. Pero díganme, si uno sabe que
otro practica la hechicería y lo consiente y no lo declara, ¿no se hace
cómplice del mismo crimen?
—Indudablemente
—dijo el inquisidor.
—Entonces
denuncio...
Y Amina iba a
revelar que la misión de Felipe era conocida y no había sido prohibida por los
padres Matías y Leysen, cuando al recordar que Felipe podría quedar incluido
en su denuncia, se detuvo.
—¿A quién
denuncia usted? —preguntó el inquisidor.
—A nadie
—contestó Amina cruzándose de brazos e inclinando la cabeza.
—Hable usted.
Amina
permaneció callada.
—El tormento
la hará hablar.
—Jamás
—contestó Amina—, jamás. Que me atormenten hasta que muera; lo prefiero a una
ejecución pública.
El inquisidor
y su secretario conversaron en voz baja, y convencidos de que Amina no variaría
de resolución, y como preferían la ejecución pública, abandonaron la idea del
tormento.
—¿Confiesa
usted? —preguntó el inquisidor.
—No —contestó
Amina con firmeza.
—Entonces que
la retiren.
La noche
anterior al auto de fe, el padre Matías entró en la celda de Amina; pero sus
esfuerzos para convertirla al catolicismo fueron inútiles.
—Mañana
concluirá todo —dijo Amina—; márchese usted, deseo estar sola.
Y, dejando por
ahora a Amina entregada a sus tristes pensamientos, volvamos al lado de Felipe
y de Krantz.
Cuando este
último se despidió del comandante portugués, notificó a Vanderdecken lo
ocurrido y le refirió la fábula inventada para engañar al comandante.
—Le dije que
sólo usted sabía dónde estaba oculto el tesoro; que podía enviarle por él,
porque probablemente me retendría a mí en rehenes; pero no se preocupe por
ello, porque yo procuraré escaparme. Usted haga lo mismo y vaya en busca de
Amina.
—Usted vendrá
conmigo —repuso Felipe—, pues creo que, si nos separamos, no he de ser feliz en
nada.
—No tiene
usted razón; yo me fugaré de aquí de una manera o de otra.
—No declararé
dónde se encuentra el tesoro, si usted no me acompaña.
—Está bien;
haremos la prueba.
En aquel
momento dieron un golpecito en la puerta. Felipe se puso en pie y franqueó la
entrada a Pedro, que fue el que había llamado. Este miró con mucho cuidado
alrededor, y, después, cerrando la puerta sin ruido, púsose un dedo en los
labios para recomendar el silencio. En seguida en voz muy baja, refirióles
cuanto había oído.
—Procuren
ustedes —les dijo— que yo les acompañe. Ahora me marcho, porque el comandante
sigue paseándose en su habitación.
El agradecido
soldado salió sin hacer ruido y siguió a lo largo de los parapetos procurando
no ser visto.
—¡Infame
traidor! Caerá en sus propias redes si es posible —dijo Krantz en voz baja—.
Sí, Felipe; es preciso que vayamos los dos, porque quizá necesite usted mi
auxilio. Trataré de conseguir que él nos acompañe. Y, por ahora, buenas noches.
A la mañana
siguiente, Felipe y Krantz fueron invitados a almorzar por el comandante,
quien les recibió cortes-mente, especialmente al primero. Luego que terminó el
almuerzo, les expuso sus deseos diciendo:
—He
reflexionado, señor, respecto a lo que su amigo de usted me ha contado acerca
de la aparición del espectro que produjo tanta confusión y me hizo proceder tan
precipitadamente, por lo cual doy a usted mis sinceras excusas. Las
reflexiones que he hecho, unidas a los sentimientos de devoción innatos en el
corazón de todo buen católico, me han decidido a obtener, con auxilio de usted
ese tesoro que pertenece a la Santa Iglesia. Mi intención es que lleven ustedes
una partida de soldados a sus órdenes, que vayan a la isla en que el dinero se
encuentra depositado, y vuelvan aquí con él. Ahora detendré cualquier buque que
haga escala en este puerto, y en él irán ustedes a Goa con cartas mías y con
el tesoro. Esto proporcionará a ustedes un buen recibimiento por parte de las
autoridades y les hará pasar el tiempo agradablemente. Usted, señor
Vanderdecken, verá a su esposa, cuyos encantos me sedujeron. Pido a usted perdón
por la manera poco respetuosa con que la he tratado, y sírvame de excusa la
ignorancia en que estaba de quién era y de sus relaciones con tan ilustre
persona. Si les parece bien este plan, daré las órdenes necesarias para ponerlo
en ejecución...
—Como buen
católico tendré también mucho gusto en designar el sitio en que está escondido
el tesoro y devolverlo a la Iglesia. Acepto las excusas de usted, porque su conducta
procedió de la ignorancia en que se encontraba, de la condición y categoría de
mi esposa. Pero hay un punto que debemos discutir. ¿Los soldados que usted
desea que nos acompañen son gentes de confianza, o nos veremos obligados a
luchar contra ellos?
—No tema usted
nada; están bien disciplinados; no es necesario que su amigo de usted vaya;
deseo que me acompañe durante su ausencia.
—No; es
imposible —repuso Felipe—; no creo conveniente ir solo.
—Si ustedes me
lo permiten —agregó Krantz—, daré mi opinión respecto al asunto. No hay
inconveniente en que acompañe a mi amigo, si éste ha de ir con una partida de
soldados, pero creo que de ningún modo debe ir. Recuerde, comandante, que el
tesoro no es una cantidad insignificante; que tiene que ser desenterrado y
visto por muchos hombres; que estos hombres llevan -muchos años aquí y desean
volver al lado de sus familias; y, por tanto, cuando se encuentren con tanto
dinero y separados de la autoridad de usted, no podrán resistir la tentación de
apropiárselo. Les bastaría bajar por el canal del Sur y llegar al puerto de
Bantam para verse libres y ricos. Enviar, pues, a mi amigo y a mí, sería
enviarnos a una muerte segura: pero si usted nos acampañara, comandante,
cesaría todo peligro. Su presencia y su autoridad les detendría, y cualesquiera
que fueran sus deseos y pensamientos, se desvanecerían ante el brillo de las
miradas de usted.
—Es cierto
—apoyó Felipe—; nada de eso se me ha ocurrido a mí.
Tampoco se le
había ocurrido al comandante; pero, cuando Krantz hizo la observación,
comprendió toda su importancia, y antes de que éste concluyera de hablar, había
resuelto formar parte de la expedición.
—Perfectamente,
señores —dijo—; yo estoy siempre dispuesto a acceder a sus deseos; y puesto que
juzgan necesaria mi presencia y no creo probable por ahora un nuevo ataque de
los de Ternate, dejaré el fuerte por unos cuantos días a cargo de mi teniente y
prestaré este servicio a la Iglesia. He enviado a buscar un barco indígena
grande y cómodo y nos embarcaremos mañana.
—Sería
preferible llevar dos barcos —dijo Krantz—; en primer lugar para atender a
cualquier accidente que ocurra; y, además, porque así podemos embarcar todo el
tesoro en uno con nosotros y poner parte de los soldados en el otro, de modo
que donde vaya el tesoro seamos nosotros los más fuertes para que, si la vista
del dinero estimula a la insubordinación, podamos dominarla.
—Tiene usted
razón, llevaremos dos barcos: su consejo es bueno.
Todo quedó
arreglado satisfactoriamente a excepción de lo referente a Pedro, de quien nada
habían dicho; pero el mismo interesado notificó a Felipe y Krantz que el comandante
le había designado para ser de la partida.
Los
preparativos quedaron terminados al día siguiente. El comandante eligió diez
soldados y un cabo y poco tiempo después se llevaron a los barcos provisiones y
todo el material necesario. Al amanecer se embarcaron el comandante y Felipe
en un barco; Krantz con el cabo y Pedro en otro. Los soldados, que desconocían
el objeto de la expedición, fueron informados por Pedro, el cual tuvo con ellos
una larga conversación en voz baja y muy a satisfacción de Krantz. Como el
tiempo era hermoso navegaron a la vela durante toda la noche; pasaron a 10
leguas de Ternate y antes de amanecer se encontraban entre las islas, la más
meridional de las cuales era la en que había sepultado el tesoro. La segunda
noche se sacaron los barcos a la playa de una isleta, y entonces, por primera
vez, comunicáronse los soldados del barco en que iban Pedro y Krantz con los
que habían acompañado al comandante.
Al hacerse de
nuevo a la vela a la mañana siguiente, Pedro expresóse ya con toda claridad, y
pudo decir a Krantz que los soldados del barco habían adoptado ya su resolución
y no dudaba que los demás se opondrían también a los planes del comandante. Su
propósito era deshacerse del comandante; marchar a Batavia y, desde este punto,
tomar pasaje para Europa en el primer buque en que pudieran hacerlo.
—¿No pueden
ustedes realizar su propósito sin derramar sangre?
—Sí, señor,
podríamos; pero no alcanzaríamos la venganza que deseamos. Ustedes ignoran el
mal trato que nos ha dado; y, aunque nos gusta el dinero, nos gusta más la
venganza. Además, ¿no ha decidido él asesinarnos a todos? Matándole hacemos
justicia. No, no; si no hubiera otro puñal que clavarle, aquí está el mío.
—Todos
opinamos de igual manera —dijeron los demás soldados echando mano a sus
puñales.
Sé embarcaron
de nuevo sin que advirtiera el comandante los rostros ceñudos y airados que le
rodeaban, no cesando de hacer cortesías a Felipe y a Krantz. Pasaron con
felicidad por entre las hermosas islas de que el mar estaba cubierto en aquel
paraje, no tardando Felipe en reconocer la isla que buscaba y señalar al
comandante el cocotero que servía de guía para encontrar el tesoro. Desembarcaron
en la arenosa playa y se sacaron los azadones por orden del impaciente
comandante que ignoraba que cada momento que apresuraba la instalación de la
gente en la isla le aproximaba más a su perdición, y que mientras meditaba una
traición contra sus soldados, éstos preparaban otra contra él.
Llegaron bajo
el árbol; los azadones removieron en breve la ligera arena, y a los pocos
minutos apareció el tesoro a su vista. Saco tras saco fueron extraídos y amontonados
en la playa. Dos soldados fueron enviados a los barcos para buscar más sacos en
que colocar las piezas de oro que se habían caído, descansando, entretanto, los
que trabajaban. Apartaron los azadones; se dirigieron mutuamente miradas
expresivas y se dispusieron a su obra sangrienta.
El comandante
había vuelto la espalda para dar prisa a los soldados enviados por los sacos,
cuando tres o cuatro puñales se clavaron al mismo tiempo en sus hombros. Cayó
muerto casi instantáneamente. Felipe y Krantz fueron espectadores silenciosos;
los soldados limpiaron los puñales y los guardaron en sus vainas.
—Ha encontrado
su merecido —dijo Krantz.
—Sí
—exclamaron los portugueses—, justicia, y nada más que justicia.
—Señores,
tendrán ustedes cada uno su parte —observó Pedro dirigiéndose a Felipe y a
Krantz—; ¿no es cierto, muchachos?
—Sí, sí.
—No tomaremos
nada, amigos míos —repuso Felipe—; todo ese dinero es de ustedes y ojalá sean
felices con él; todo lo que deseamos es que nos auxilien para embarcar; y ahora
antes de repartir el dinero, den sepultura al cadáver de este desdichado.
Los soldados
se apresuraron a obedecer, y el cuerpo del comandante no quedó insepulto.
Cuando
terminaron los soldados su tarea y dejaron los azadones, suscitóse un
altercado. Parecía que aquel dinero estaba maldito, puesto que no cesaba de
ocasionar víctimas. Felipe y Krantz resolvieron hacerse a la vela en seguida en
uno de los barcos, y dejar que los soldados arreglasen sus contiendas como
tuvieran por conveniente. Pidiéronles permiso para tomar las provisiones y el
agua que necesitarían y que los barcos habían llevado en abundancia, y
partieron.
—Nuevamente
habrá matanza —observó Krantz al separarse del barco de la orilla.
—Es indudable
—repuso Felipe—; mire usted cómo luchan ya. Si hubiera de dar nombre a esta
isla, la llamaría Isla Maldita.
—Cualquiera
merecería el mismo nombre, encerrando el vil metal que tanto inflama las
pasiones humanas.
—Es cierto.
¡Maldito oro!
—Siento mucho
haber dejado a Pedro con ellos —agregó Krantz.
—Es su
destino; no pensemos más en él. Ahora, ¿qué vamos a hacer? Con este barco,
aunque pequeño, podremos atravesar el mar con seguridad, pues tenemos
provisiones suficientes para más de un mes.
—Debemos hacer
rumbo hacia los parajes frecuentados por los buques que, se dirigen a Occidente
y tomar pasaje para Goa.
Y, si no
encontramos ninguno, podremos entrar en el estrecho hasta Pulo Penang, donde
esperaremos hasta que pase un buque.
—Conforme,
pues ése es el sitio mejor, si no el único, a donde podemos dirigirnos; a no
ser que vayamos a Conchinchina, donde hay juncos que van todos los días a Goa.
—Eso nos
apartaría de nuestro rumbo y, además, los juncos no podrán pasar por el
estrecho sin ser vistos por nosotros.
Fuéseles fácil
fijar su rumbo, porque las islas de día y las estrellas de noche les sirvieron
de brújula. No seguían el camino más recto, pero sí el más seguro, navegando en
un mar tranquilo, y hacia el Norte; los praos malayos que infestaban aquellas
costas los persiguieron muchas veces; pero la celeridad de su barco les libró
de la persecución.
Krantz y
Felipe casi no hablaron, durante aquel azaroso viaje marino, más que de Amina y
de la empresa arriesgada que debía desempeñar Vanderdecken.
Una mañana, al
pasar por entre las islas con menos viento que de costumbre, Felipe dijo;
—Krantz, me ha
dicho usted que había acontecimientos en su vida, o relacionados con ella, que
corroboraban la relación que yo le hice. ¿No me contará usted qué acontecimientos
fueron ésos?
—Ciertamente
—repuso Krantz—; ya he pensado muchas veces referírselos; pero siempre las
circunstancias lo han impedido. Ahora ha llegado la ocasión. Prepárese, pues, a
oír una historia extraña, casi tan extraña como la suya. ¿Supongo que sabrá
dónde se encuentran las montañas de Hartz?
—No, señor,
jamás he oído hablar de ellas —respondió Felipe—; pero en algún libro recuerdo
haber leído que ocurrían allí cosas extraordinarias.
—Es una región
muy agreste —prosiguió diciendo Krantz—, de la que se refieren cosas
estupendas, y tengo buenas razones para reputarlas por ciertas. He dicho a
usted, que creo en su comunicación con seres sobrenaturales; que creo en la
historia de su padre y en la bondad de la misión que se ha impuesto, porque
tengo la evidencia de que estamos rodeados, impelidos e inspirados por seres
distintos de nosotros en su naturaleza, como comprenderá cuando le refiera lo
ocurrido en mi propia familia. Por qué razón seres perversos como los que le
voy a hablar a usted, se comunican con nosotros y castigan, en cierto modo, a
mortales relativamente inofensivos, es cosa que traspasa los límites de mi
comprensión; pero que el hecho es cierto, no cabe dudarlo.
—El infierno
no abandona jamás su obra de perdición.
—Es cierto
—corroboró Krantz—. Empiezo mi narración.
»Mi padre no
había nacido en las montañas del Hartz; era siervo de un noble húngaro que
poseía grandes propiedades en Transilvania; pero, aunque siervo, no era pobre,
ni ignorante; por lo contrario, era rico y por su inteligencia y respetabilidad
había sido elevado al cargo de mayordomo. Sin embargo, el que nace siervo, no
varía de condición en toda su vida, y esto es lo que ocurrió a mi padre, aunque
llegó a poseer una gran fortuna. Hacía cinco años que se había casado y de su
matrimonio tenía tres hijos: César; yo, que me llamo Hermann, y mi hermana
Marcela. Ya sabe usted, Felipe, que en aquel país se habla todavía le lengua
latina y esto le explicará por qué llevamos nombres tan sonoros. Mi madre era
una mujer muy hermosa; pero, por desgracia, más bella que virtuosa; el señor de
la tierra la vio y la admiró; envió a mi padre fuera de la provincia con una
comisión, y, durante su ausencia, mi madre, halagada por sus atenciones y
seducida por sus obsequios, cedió a sus deseos. Mi padre regresó inesperadamente
y descubrió la intriga. El delito era evidente; mi padre sorprendió a los
delincuentes en flagrante adulterio y mató a su mujer y a su seductor.
Sabiendo que, como siervo que era, nada podía librarle del castigo, recogió
todo el dinero que pudo haber a las manos, enganchó los caballos al trineo, y,
llevándose consigo a sus hijos, salió a media noche. Cuando se descubrió el
trágico suceso, debía de haber recorrido ya una gran distancia, y para evitar
ser alcanzado, si le perseguían, internóse en las montañas de Hartz. Todo esto
lo supe después; mis recuerdos no alcanzan más que hasta la tosca pero cómoda
cabaña en que vivía con mi padre y mis hermanos. Esta cabaña estaba situada al
término de una de esas espesas selvas que cubren la parte septentrional de
Alemania; alrededor de ella había unas cuantas fanegas de terreno que, durante
el verano, cultivaba mi padre y que producían lo suficiente para nuestra
alimentación. En el invierno no salíamos de casa, porque mi padre iba a cazar y
nos dejaba encerrados por temor a los lobos que incesantemente nos amenazaban.
Mi padre había comprado aquella cabaña y las tierras de alrededor, a uno de los
rudos montañeses que ganan habitualmente su vida cazando o haciendo carbón
para fundir el mineral de las minas inmediatas. La cabaña distaba dos millas
de la vivienda más próxima; los altos pinos de los montes que nos rodeaban, la
vasta selva que se extendía a sus pies, los arbustos y los árboles que veíamos
desde nuestra casa y la rápida pendiente que descendía hasta el valle
distante, todo lo recuerdo ahora perfectamente. En el verano el panorama era
muy hermoso; pero, durante el invierno, no había paraje más triste y desolado.
»En el
invierno mi padre no hacía otra cosa que cazar; todos los días salía de casa
dejándonos encerrados. Nadie le ayudaba a cuidarnos; ni era fácil encontrar una
criada que quisiera vivir en aquel desierto; pero, aun cuando hubiéramos
encontrado alguna, mi padre no la habría recibido, porque le inspiraban horror
las mujeres como lo demostraba la diferencia de trato que me daba a mí y a mi
hermano comparado con el que sufría mi pobre hermana Marcela. Nuestra educación
estaba muy descuidada; sufríamos mucho porque mi padre, temeroso de que nos
ocurriera una desgracia, no nos permitía encender fuego cuando salía de casa y
nos veíamos obligados a refugiarnos debajo de las pieles de oso, producto de la
caza, para conservar el calor hasta su regreso. Entonces hacía lumbre, y ésta
era nuestra única delicia. Mi padre no estaba un instante quieto; ya fuera por
el remordimiento del asesinato que había cometido, o ya fuera sólo
consecuencia de su cambio de situación o de ambas cosas juntas. Los niños,
cuando son abandonados a sí mismos, adquieren una seriedad impropia de sus
años. Esto nos sucedía a nosotros; y durante el invierno permanecíamos
silenciosos esperando que la nieve se derritiese y nos permitiera salir a oír
el canto de los pajarillos.
»Así
continuamos hasta que mi hermano César tuvo nueve años; yo, siete, y mi hermana
cinco.
»Una noche mi
padre volvió a casa más tarde que de costumbre; no había cazado nada, porque el
tiempo era muy crudo y cubrían la tierra muchos pies de nieve; venía no
solamente yerto de frío, sino de pésimo humor. Había traído leña y le estábamos
ayudando alegremente a hacer fuego, cuando agarró a la pobre Marcela por el
brazo y la arrojó a un lado. La niña cayó y comenzó a echar sangre por la boca.
Mi hermano corrió a levantarla; Marcela, acostumbrada al mal trato de mi padre,
no se atrevió a llorar; pero le miró con aire lastimero. Mi padre acercó el
taburete al hogar, murmuró algunas palabras contra las mujeres y púsose a
calentar. No tardó en levantarse una hermosa llama; pero no nos acercamos.
Marcela, todavía arrojando sangre, estaba retirada en un rincón y mi hermano y
yo nos sentamos a su lado mientras mi padre se calentaba. Así permanecimos
durante media hora al cabo de la cual oyóse el aullido de un lobo cerca de la
ventana de nuestra cabaña. Mi padre se levantó y tomó su escopeta, examinó el
cebo y salió de la cabaña cerrando la puerta tras de sí. Todos esperamos
escuchando ansiosamente porque sabíamos que si mataba al lobo volvería de
mejor humor, y aunque era brusco para todos nosotros, le amábamos y deseábamos
verle contento y feliz, porque él era nuestro único apoyo.
»Esperamos
algún tiempo, pero no llegamos a oír ningún disparo y César dijo:
»—Padre ha ido
tras del lobo y tardará en volver un gran rato. Marcela, lavaremos la sangre de
tu boca y después nos acercaremos al fuego para calentarnos.
»Así lo
hicimos permaneciendo junto al hogar hasta cerca de media noche, sorprendidos
de que, siendo tan tarde, no regresara nuestro padre. No podíamos suponer que
estuviera en peligro, y pensábamos que había seguido la caza del lobo
demasiado tiempo.
»—Voy a salir
a ver si padre viene —dijo mi hermano César dirigiéndose hacia la puerta.
»—Ten cuidado
—le recomendó Marcela—; puede ser que anden por ahí los lobos.
»Mi hermano
abrió la puerta cautelosamente y sacó la cabeza.
»—No veo nada
—dijo al cabo de un rato y volvió a reunirse con nosotros junto al fuego.
»—No tenemos
qué cenar —dije yo; porque mi padre generalmente hacía la cena cuando llegaba a
casa y durante su ausencia no teníamos más que las sobras del día anterior.
»—Y si padre
viene, César —agregó Marcela—, se alegrará de tener algo preparado; hagamos la
cena para él y para nosotros.
»César subióse
sobre un banquillo y alcanzó un poco de carne; la cortamos según la cantidad
que ordinariamente consumíamos y empezamos a aderezarla. Estábamos todos
ocupados en esta faena alrededor del fuego, cuando oímos el sonido de un cuerno
de caza. Escuchamos y sentimos ruido fuera y un minuto después mi padre entró
acompañado de una joven y de un hombre alto y muy moreno vestido de cazador.
»Al salir de
la cabaña había visto mi padre un gran lobo blanco a unas treinta varas de
distancia, el cual se retiró lentamente gruñendo y aullando. Mi padre le
siguió; el animal no corría, manteniéndose siempre a la misma distancia, y mi
padre no quería dispararle hasta tener seguridad de no errar el tiro. Así
estuvieron algún tiempo, el lobo dejando unas veces muy atrás a mi padre y
después deteniéndose y aullando como para desafiarle, y corriendo nuevamente
tan pronto como la distancia se disminuía.
»Deseando dar
muerte al animal, porque el lobo blanco es muy raro, mi padre siguió
persiguiéndolo durante algunas horas, mientras el cuadrúpedo iba subiendo por
la montaña.
»Usted sabrá,
Felipe, que hay sitios particulares en estas montañas en los cuales se supone,
y mi historia prueba que la suposición es exacta, que habitan espíritus
maléficos. Estos sitios son muy conocidos de los cazadores que evitan el pasar
por ellos. Un espacio abierto en el bosque de pinos que dominaba la choza había
sido señalado a mi padre como muy peligroso en este concepto; pero ya fuera que
no creyese en estas relaciones, o ya que, empeñado en la persecución del
lobo, no las recordase, lo cierto es que entró en él, pues el animal parecía
detener allí sus pasos para esperarle. Mi padre se acercó al lobo, apuntó e
iba a disparar, cuando el animal desapareció de repente. Creyendo que la nieve
que cubría el suelo le había deslumbrado, bajó el arma para mirar dónde estaba
el lobo; pero no lo encontró. Mortificado, iba a volver pies atrás cuando oyó
el sonido lejos de un cuerno de caza, y, asombrado, olvidó por un momento el
mal éxito de su tentativa y permaneció inmóvil en el sitio en que estaba. Un minuto
después resonó por segunda vez el cuerno a poca distancia; se puso a escuchar
y le oyó por vez tercera. No sé cómo se llama el toque que en aquel momento
resonaba en la selva; pero mi padre comprendió que era una señal de que el
cazador se había perdido en el bosque. A los pocos minutos se presentó un
hombre a caballo con una mujer a la grupa y se dirigieron al sitio donde se
encontraba mi padre. Al principio recordó las extrañas relaciones que había
oído sobre los espíritus que frecuentaban aquellas montañas; pero, acercándose
a los que venían, vio que eran mortales como él. El hombre que guiaba el
caballo paróse junto a mi padre diciéndole:
»—Hermano
cazador, ha salido usted muy tarde de casa y esto ha sido una fortuna para
nosotros; porque hemos caminado mucho para salvar nuestras vidas, y nos vienen
persiguiendo. En estas montañas hemos burlado hasta ahora la persecución; pero,
si no encontramos abrigo y alimento, no servirá de nada y pereceremos de hambre
y de frío esta noche. Mi hija, que es la que me acompaña, se encuentra más
muerta que viva; ¿no puede usted ayudarnos en esta dificultad?
»—Mi choza
—respondió mi padre— está a pocas millas de distancia; pero no puede ofrecer a
ustedes otra cosa que abrigo contra el mal tiempo y lo poco que haya que comer.
¿De dónde vienen ustedes?
»—Se lo diré a
usted, porque ya no es un secreto. Nos hemos escapado de Transilvania donde el
honor de mi hija y mi vida estaban en peligro.
»Aquella
observación despertó el interés de mi padre. Recordó que él también se había
escapado; recordó la pérdida del honor de su esposa y la tragedia que había
sido su consecuencia y apresuróse a ofrecerles todo el auxilio que sus escasos
medios le permitieran prestar a los viajeros.
»—No hay
tiempo que perder, amigo mío —observó el cazador—; mi hija está casi helada y
no puede resistir más tiempo el rigor del frío.
»—Síganme
ustedes —dijo mi padre guiándoles hacia la casa—. Me he extraviado siguiendo a
un gran lobo blanco que llegó hasta la ventana de mi cabaña; de otro modo no
hubiera venido aquí a estas horas.
»—Ese lobo
pasó junto a nosotros hace poco cuando veníamos —observó la mujer con voz
argentina.
»—Estaba a
punto de disparar mi escopeta —agregó el cazador—, pero, puesto que nos ha
hecho tan buen servicio, me alegro de que se haya escapado.
»Al cabo de
media hora, durante cuyo tiempo mi padre caminó con rápido paso, llegaron los
tres a la cabaña y entraron.
»—Llegamos a
tiempo, según veo —observó el cazador viendo la carne que estaba puesta a asar,
acercándose al fuego y mirándonos a todos—. Tiene usted aquí tres jóvenes
cocineros, amigo mío.
»—Me alegro de
que no tengamos necesidad de esperar —dijo mi padre—. Vamos, señorita, siéntese
usted junto al fuego; necesitará usted calentarse después de su largo viaje.
»—¿Dónde
pondré mi caballo? —preguntó el cazador.
»—Cuidaré de
él —contestó mi padre saliendo de la cabaña.
»Aquella mujer
era joven y, al parecer, tenía unos veinte años de edad. Llevaba un traje de
camino, bordado con guarniciones blancas, y un sombrero de armiño blanco en la
cabeza. Su cabello era rubio brillante, y su boca, al abrirse, mostraba los más
hermosos dientes que he visto en mi vida. Pero había algo en sus ojos que a
nosotros nos hizo estremecer; sus miradas parecían furtivas e inquietas;
entonces ignoraba yo por qué, pero conocía que aquellas miradas revelaban un
carácter cruel; y cuando nos invitó a acercarnos a ella, lo hicimos temblando.
Sin embargo, era hermosa, muy hermosa. Nos habló con mucha amabilidad; nos
colmó de caricias tanto a César como a mí; Marcela huyó de ella y se escondió
bajo la cama, sin cenar a pesar de que media hora antes había manifestado
deseos de comer.
»Mi padre,
después de llevar el caballo a una cuadra inmediata bien cerrada, volvió y
empezamos a cenar. Mi padre ofreció a la joven su cama diciendo que él permanecería
junto al fuego acompañando al cazador, ofrecimiento que fue aceptado.
»Nosotros no
pudimos descansar aquella noche. Era una circunstancia muy extraordinaria y
asombrosa que aquella gente extraña estuviera y durmiese en nuestra casa. La
pobre Marcela dormía; pero, durante toda la noche, aunque dormida, no cesó de
temblar y suspirar. Mi padre había sacado cierto licor que tenía reservado, y
él y el cazador permanecieron bebiendo y hablando delante de la lumbre.
Nuestros oídos, atentos al más leve ruido, escucharon cuanto se dijo.
»—¿Y vienen
ustedes de Transilvania? —preguntó mi padre.
»—Sí, señor
—respondió el cazador—. Yo era siervo en la noble casa de...; mi amo quería que
le entregase mi hermosa hija, y el asunto concluyó con meterle unas cuantas
pulgadas de acero en el cuerpo.
»—Somos
compatriotas y hermanos de desgracia —contestó mi padre estrechando
amistosamente la mano del cazador.
»—¿De veras?
¿Es usted también de Transilvania?
»—Y he huido
también para salvar mi vida; pero mi historia es más triste que la de usted.
»—¿Cómo se
llama usted? —preguntó el cazador.
»—Krantz.
»—¡Cómo,
Krantz de...! Conozco esa historia; no necesita usted renovar su dolor
refiriéndomela. Me alegro mucho de haber encontrado a usted, mi buen amigo, mi
digno pariente. Yo soy su primo segundo, Wilfredo de Barnsdorf —exclamó el
cazador, levantándose y abrazando a mi padre.
»Llenaron las
copas hasta el borde y bebieron uno a la salud del otro, según la vieja
costumbre germánica. La conversación continuó luego en voz baja, y todo lo que
pudimos oír fue que el nuevo pariente y su hija iban a residir en nuestra
cabaña, a lo menos por algún tiempo. Una hora después, mi padre y el cazador se
recostaron en sus sillas y parecieron entregados al sueño.
»—Marcela,
querida mía, ¿has oído? —preguntó mi hermano al oído de Marcela.
»—Sí —contestó
ésta en voz baja—; lo he oído todo. ¡Oh, César! no puedo soportar las miradas
de esa mujer; me asusta mucho.
»Mi hermano no
contestó, y al poco tiempo estábamos los tres profundamente dormidos.
»Cuando
despertamos a la mañana siguiente, la hija del cazador estaba ya levantada. Me
pareció más hermosa que la noche anterior. Acercóse a Marcela y la acarició;
pero mi hermana rompió a llorar y a sollozar, como si se le quisiera romper el
corazón.
»El cazador y
su hija se instalaron definitivamente en la cabaña. Mi padre y él salían
diariamente de caza dejando a Cristina con nosotros. Esta hacía el oficio de
ama de casa; era muy amable con nosotros y gradualmente fue dominando la
aversión que inspiraba a Marcela. Pero mi padre experimentó una gran
metamorfosis; ya no parecía tan enemigo del bello sexo, y estaba muy
obsequioso y atento con Cristina. Muchas veces, luego que su padre y nosotros
nos habíamos acostado, permanecía a su lado conversando en voz baja, sentados
ambos a la lumbre. Mi padre y el cazador Wilfredo dormían en otro departamento
de la cabaña, pues la cama que mi padre había ocupado antes y que estaba junto
a la nuestra, había sido cedida a Cristina. Hacía ya tres semanas que los nuevos
huéspedes estaban con nosotros, cuando una noche, después de habernos acostado
nosotros, celebraron una consulta mi padre y sus dos parientes. Mi padre pidió
la mano de Cristina y obtuvo su consentimiento y el de Wilfredo, después de lo
cual, dijeron lo siguiente:
»—Puede usted
casarse con mi hija, señor Krantz, y obtendrá mi bendición: yo me iré a vivir a
otra parte, no importa dónde.
»—¿No seguirá
usted a nuestro lado, Wilfredo?
»—No; tengo
que hacer en otra parte; baste a usted saber esto, y no pregunte más. Le dejo a
usted mi hija.
»—Muchas
gracias; procuraré hacerla feliz como merece, pero hay una dificultad.
»—Ya sé lo que
va usted a decir; que no hay cura en este país montuoso. Es cierto; ni tampoco
hay leyes a que sujetarse. Sin embargo, alguna ceremonia hay que celebrar para
satisfacer a un padre. ¿Quiere usted casarse con ella, conforme le diga? Si
acepta, los casaré al momento.
»—Acepto
—contestó mi padre.
»—Entonces,
tome usted su mano, y ahora diga usted conmigo: juro...
»—Juro
—repitió mi padre.
»—Por todos
los espíritus de las montañas del Hartz.
»—No, eso no;
por el Cielo —interrumpió mi padre.
»—No es ésa mi
costumbre —dijo Wilfredo—. Si, prefiero el otro juramento aunque sea menos
sagrado, ¿por qué ha de oponerse usted?
»—Sea como
usted quiera; diga usted lo que prefiera. ¿Pero quiere usted hacerme jurar por
aquellos en quienes no creo?
»—Muchos que
no son cristianos más que en apariencia, lo hacen así —arguyó Wilfredo—. En
una palabra: ¿quiere usted casarse, o me llevo a mi hija?
»—Siga usted
—contestó mi padre impaciente.
»—Juro por
todos los espíritus de las montañas del Hartz, por todo el poder que ejercen en
el bien y en el mal, que tomo a Cristina por mi mujer; que la protegeré siempre
y la amaré, y que mi mano no se levantará jamás para hacerle daño.
»Mi padre
repitió las palabras de Wilfredo.
»—Y, si falto
a mi juramento, que la venganza de los espíritus caiga sobre mí y sobre mis
hijos; que perezcan en las garras del buitre, del lobo o de otras fieras del
bosque, que sus carnes sean despedazadas y sus huesos blanqueen, en la
espesura. Así lo juro y prometo cumplirlo.
»Mi padre
vaciló al repetir las últimas palabras; Marcela no pudo contenerse al oír
repetir la última frase, y rompió a llorar. Esta repentina interrupción
introdujo alguna confusión en los circunstantes y particularmente en mi padre;
dirigió algunas palabras duras a la niña, la cual reprimió sus sollozos
ocultándose el rostro con las sábanas del lecho.
»A la mañana
siguiente Wilfredo montó a caballo y se despidió de nosotros.
»Mi padre
volvió a posesionarse de su cama que estaba en el mismo cuarto que la nuestra,
y las cosas volvieron al estado que tenían antes del matrimonio, a excepción de
que nuestra madrastra dejó de ser amable con nosotros, y durante la ausencia de
mi padre nos golpeaba, particularmente a Marcela, mientras sus ojos lanzaban
chispas al mirar a la hermosa y amable niña.
»Una noche mi
hermana nos despertó a mi hermano y a mí.
»—¿Qué tienes?
—preguntó César.
»—Se ha
marchado —contestó Marcela en voz baja.
»—¡Se ha
marchado!
»—Sí, ha
abierto la puerta y ha salido con su bata de noche. La he visto levantarse,
observar si padre dormía y dirigirse luego a la puerta.
»Una hora
después oímos el aullido de un lobo bajo nuestra ventana.
»—Ese es un
lobo —dijo César—; la va a devorar.
»—¡Oh, no!
—gritó Marcela.
»A los pocos
minutos regresó mi madre política; llevaba su bata de noche como Marcela había
dicho. Dejó caer el picaporte de la puerta lentamente para no hacer ruido;
acercóse a una palangana llena de agua; se lavó la cara v las manos y se acostó
en seguida sin que mi padre advirtiera nada.
»Los tres
temblábamos sin saber por qué y resolvimos vigilar a la noche siguiente, y así
lo hicimos, en efecto, no sólo aquella noche sino otras muchas, y, siempre a la
misma hora observamos que mi madrastra se levantaba del lecho y salía de la
cabaña; que después oíamos invariablemente el aullido de un lobo debajo de la
ventana y la veíamos volver, lavarse y acostarse de nuevo. Observamos también
que raras veces comía los manjares aderezados, y cuando lo hacía, parecía que
no le agradaban; mientras que, cuando estaban crudos y los íbamos a preparar,
solía, a hurtadillas, meterse en la boca algún pedazo de carne cruda.
»Mi hermano
era un chiquillo muy valiente y no quiso revelar nada a mi padre hasta saber
alguna cosa más positiva. Con este fin resolvió seguir a mi madrastra y observar
lo que hacía. Marcela y yo tratamos de disuadirle de aquel proyecto; pero no
nos hizo caso y a la siguiente noche se acostó vestido, y cuando Cristina salió
de la cabaña, se levantó, tomó la escopeta de mi padre y la siguió.
» No habían
transcurrido muchos minutos, cuando oímos el ruido de un disparo de arma de
fuego. Aquel ruido no despertó a mi padre, pero nos llenó de ansiedad. Casi
simultáneamente, volvió mi madrastra; su bata de noche estaba llena de sangre.
Puse la mano en la boca de Marcela para evitar que gritase, aunque también
estaba yo muy alarmado. Mi madrastra se acercó a la cama de mi padre; observó
si estaba dormido y después se acercó a la chimenea y sopló los carbones para
levantar llama.
»—Duérmete,
querido —contestó ella—, soy yo; he encendido fuego para calentar un poco de
agua porque no estoy muy bien.
»Mi padre
volvióse del otro lado y volvió a quedarse dormido.
»Nosotros
continuamos observando a mi madrastra. Esta cambióse de ropa y arrojó al fuego
la bata que había llevado; entonces vimos que salía sangre en abundancia de su
pierna derecha, como si hubiera sido herida por una bala. Se vendó la herida,
concluyó de vestirse y acomodóse junto al fuego hasta rayar el día.
»La pobre
Marcela me estrechaba junto a su pecho que latía apresuradamente. Lo mismo me
ocurría a mí. ¿Qué había sido de César? ¿Cómo había recibido aquella herida mi
madrastra si no procedía de la escopeta que había llevado mi hermano? Al fin,
mi padre abandonó el lecho, y yo le pregunté:
»—Padre,
¿dónde está mi hermano César?
»—¡Tu hermano!
¡Cómo! ¿se ha marchado?
»— ¡Dios mío!
—exclamó mi madrastra—. Anoche, como no podía dormir, me pareció advertir que
alguno levantaba el picaporte; y, efectivamente, ¿dónde está tu escopeta?
»Mi padre
dirigió la vista a la chimenea y comprobó que el arma no estaba allí. Quedóse
un momento perplejo; y después, tomando un hacha, salió de la cabaña sin pronunciar
una palabra.
»A los pocos
momentos volvió llevando en sus brazos el cuerpo mutilado de mi hermano; lo
dejó en el suelo y ocultóse el rostro con las manos.
»Mi madrastra
se levantó a mirar el cadáver, mientras Marcela y yo llorábamos y sollozábamos
amargamente.
»—Acuéstense,
niños —dijo con dureza—. Este chico —agregó dirigiéndose a mi padre—, tomó sin
duda la escopeta para matar a un lobo y el animal ha podido más que él. ¡Pobre
muchacho! Ha pagado cara su ligereza.
»Mi padre no
contestó. Quise hablar para contarle cuanto sabía; pero Marcela, que advirtió
mi intención, me detuvo por el brazo y me miró de modo tan suplicante, que
desistí de mi intento.
»Mi padre, por
consiguiente, quedó en el error en que estaba; pero Marcela y yo, aunque no
podíamos comprender la causa, estábamos convencidos de que nuestra madrastra
no era ajena a la muerte de mi hermano.
»Aquel día mi
padre salió, abrió una fosa, y dio sepultura al cadáver de mi hermano,
amontonando piedras sobre ella para que los lobos no profanaran la tumba. Esta
catástrofe produjo en mi padre una tristeza profunda; durante muchos días
abandonó la caza, no cesando de maldecir a los lobos.
»Mi madrastra,
por el contrario, continuó dando sus paseos nocturnos con la misma regularidad
que antes.
»Al fin un día
mi padre tomó su escopeta y volvió al bosque, pero pronto regresó a casa muy
disgustado.
»—¿Quieres
creer, Cristina —dijo—, que los lobos, maldita sea toda la raza, han abierto
la sepultura de mi pobre hijo y no han dejado de él nada más que los huesos?
»—¿De veras?
—exclamó la interpelada.
»Marcela me
dirigió una mirada muy expresiva que entendí perfectamente.
»—Todas las
noches aúlla un lobo bajo nuestra ventana, padre —dije yo.
»—¿De veras?
¿Por qué no me lo has dicho antes, niño? Despiértame cuando lo oigas.
»Miré a mi
madrastra y sus ojos lanzaban chispas, y tenía los dientes apretados.
»Mi padre
volvió a salir y cubrió con un montón de piedras mucho más grande los restos de
mi pobre hermano que los lobos habían esparcido por el suelo. Este fue el primer
acto de la tragedia.
»Llegó la
primavera; la nieve desapareció y pudimos salir de la cabaña; pero jamás dejaba
yo sola a mi hermanita, a quien, desde la muerte de César, quería más que
nunca. Mi padre estaba ocupado en labrar la tierra y yo le prestaba algún
pequeño auxilio.
»Marcela
acostumbraba sentarse junto a nosotros mientras trabajábamos, dejando a mi
madrastra sola en la cabaña. Debo advertir que a medida que adelantaba la
primavera mi madrastra fue abandonando sus paseos nocturnos y no oímos al lobo
bajo nuestra ventana desde el día en que hablé de ello a mi padre.
»Un día,
mientras trabajábamos en el campo mi padre y yo, teniendo a nuestro lado a
Marcela, mi madrastra salió de la cabaña diciendo que iba al bosque a buscar
algunas hierbas de que mi padre necesitaba y que mi hermana podría cuidar de la
comida, y así se hizo. Al cabo de una hora oímos gritos desconsoladores.
»—Marcela se
ha quemado, padre —dije arrojando mi azadón.
»Mi padre
arrojó el suyo y ambos nos encaminamos precipitadamente hacia la cabaña. Antes
de que llegáramos a la puerta, salió un gran lobo blanco que huyó con la mayor
celeridad. Mi padre no tenía armas; corrió a la cabaña y allí vio a nuestra
pobre Marcela expirando. Su cuerpo estaba horrorosamente mutilado, y la sangre
que de él manaba había formado un gran charco en el suelo. El primer
pensamiento de mi padre fue tomar su escopeta y perseguir al lobo; pero aquel
horroroso espectáculo le detuvo. Arrodillóse junto a su hija moribunda;
Marcela nos miró afectuosamente durante algunos minutos y sus ojos se cerraron
para siempre.
»Estábamos
todavía inclinados sobre el cadáver de mi pobre hermana, cuando entró mi
madrastra. Ante aquel espectáculo mostróse muy conmovida, pero no pareció repugnarle
la vista de la sangre como ocurre a la mayor parte de las mujeres.
»—¡Pobre niña!
—exclamó—. Debe de haber sido víctima de ese gran lobo blanco que pasó junto a
mí hace poco asustándome. Está muerta, Krantz.
»—Lo sé, lo sé
—respondió mi padre con acento dolorido.
»Llegué a
pensar que mi padre jamás se recobraría del dolor que le había ocasionado
aquella segunda desgracia; lloró amargamente sobre el cadáver de su hija y
durante muchos días la tuvo insepulta, aunque con frecuencia le aconsejaba mi
madrastra que la enterrase. Al fin abrió una fosa junto a la de mi hermano,
tomando todas las precauciones posibles para que los lobos no ultrajasen su
cadáver.
»La noche
después del entierro de mi hermana, estando despierto en la cama, vi a mi
madrastra que se levantaba y salió al campo. Esperé algún tiempo y me vestí
también; abrí un poco la puerta y miré al exterior. La luna brillaba
esplendorosa en el espacio, y pude ver el sitio donde mi hermano y mi hermana
estaban enterrados. ¡Pero cuál no sería mi horror al descubrir a mi madrastra
que estaba muy afanada quitando las piedras que cubrían la tumba de Marcela!
»Llevaba su
bata blanca y la luna se reflejaba sobre ella. Cavaba con las manos y arrojaba
las piedras, detrás de sí con toda la ferocidad de una bestia salvaje.
»Pasó algún
rato antes de que pudiera reponerme de la sorpresa y adoptar una resolución. Al
fin vi que, después de haber quitado todas las piedras, levantó el cuerpo de mi
hermana hasta el extremo de la tumba; y siéndome ya intolerable aquel
espectáculo, corrí a despertar a mi padre y le dije:
»— ¡Padre,
padre! vístase usted y tome su escopeta.
»—¿Qué sucede?
—gritó mi padre—; ¿están ahí los lobos?
»Saltó de la
cama; vistióse apresuradamente y en su ansiedad no pareció advertir la ausencia
de su mujer. Tan pronto como estuvo vestido abrió la puerta, salió y yo le
seguí.
»Imagínese
cuales serían su sorpresa y horror, cuando vio de improvisó a su mujer
inclinada sobre el cuerpo de mi hermana arrancándole grandes pedazos de carne y
devorándolos con avidez como si fuera un lobo. Estaba demasiado ocupada en su
tarea sacrílega y no nos sintió. Mi padre dejó caer su escopeta; se le erizaron
los cabellos lo mismo que a mí; comenzó a respirar fuertemente y después, de
pronto, quedó paralizado. Levanté la escopeta y se la puse en la mano. Entonces
pareció que concentraba toda su rabia. Se había duplicado su fuerza; se echó la
escopeta a la cara; disparó y, exhalando un alarido, cayó la miserable a quien
había estrechado tantas veces contra su pecho.
»—¡Justo
Cielo! —gritó mi padre cayendo en tierra desmayado después de disparar su
escopeta.
»Yo permanecí
a su lado hasta que recobró los sentidos.
»—¿Dónde
estoy? —preguntó—. ¿Qué ha sucedido? ¡Oh! sí, ahora recuerdo. ¡Dios mío,
perdóname!
»Púsose en pie
y nos acercamos nuevamente a la fosa, y quedamos asombrados al encontrar junto
a los restos de mi pobre hermana un gran lobo blanco.
»—¡El lobo
blanco! —exclamó mi padre—, ¡el lobo blanco que me condujo engañado hasta el
bosque! Ahora lo comprendo todo; he tenido relaciones con los espíritus de las
montañas del Hartz.
»Mi padre
quedó silencioso meditando profundamente durante largo rato. Después, levantó
con cuidado el cadáver de mi hermana; volvió a colocarlo en su tumba; lo cubrió
con piedras y destrozó la cabeza del animal con el tacón de sus botas gritando
como un loco. Volvimos a la cabaña, se arrojó en la cama y yo le imité lleno de
estupor.
»Por la mañana
temprano nos despertó un fuerte golpe descargado sobre la puerta. Abrimos y
entró Wilfredo.
»—Mi hija,
¿dónde está mi hija? —gritó colérico.
»—Donde debe
estar esa miserable, ese diablo —respondió mi padre desplegando una ira
igual—; donde debe estar, en el infierno. Salga de aquí inmediatamente.
»—¡Ja, ja!
—contestó el cazador—. ¿Querrá usted matar a un poderoso espíritu de las
montañas del Hartz? ¡Pobre mortal, que se casa con un lobo!
»—Fuera de
aquí, demonio; te desafío a ti y a tu poder.
»—Ya sentirás
la influencia de mi cólera; recuerda tu juramento; juraste no levantar la mano
contra ella.
»—No he
pactado jamás con los espíritus infernales.
»—Lo hiciste y
te entregaste a su venganza si faltabas a lo jurado. Tus hijos debían ser pasto
de buitres, de lobos...
»—Fuera de
aquí, fuera de aquí, demonio.
»—Y sus huesos
blanquean en la espesura. ¡Ja, ja!
»Mi padre,
frenético, empuñó el hacha y la levantó sobre la cabeza de Wilfredo.
»—Todo eso
juraste —continuó el cazador en tono sarcástico.
»El hacha
descendió, pero pasó por el cuerpo de Wilfredo sin ocasionarle el menor daño;
mi padre perdió el equilibrio y cayó al suelo.
»—Mortal —dijo
el cazador poniendo el pie sobre el cuerpo de mi padre—, nosotros sólo tenemos
poder sobre los asesinos. Tú has cometido dos crímenes; pagarás la pena a que
te sometiste por el juramento. Dos de tus hijos han perecido ya; el tercero
les seguirá, sin duda alguna, porque tu juramento fue aceptado. Para ti sería
un beneficio el matarte, pero tu castigo es que vivas.
»Y, dicho
esto, el espíritu desapareció. Mi padre levantóse del suelo, me abrazó con
ternura, se arrodilló después y estuvo rezando un rato.
»A la mañana
siguiente abandonamos para siempre la cabaña, dirigiéndonos a Holanda, a donde
llegamos con felicidad. Mi padre llevaba algún dinero; pero, a los pocos días
de encontrarnos en Ámsterdam, fue acometido de una fiebre cerebral y murió
delirando. A mí me llevaron a un asilo, y más tarde me alistaron como marinero.
Ya sabe usted toda mi historia. La cuestión es si debo sufrir o no la pena del
juramento de mi padre. Estoy convencido de que, de una u otra manera, la
sufriré al fin.
Felipe y
Krantz avistaron, al fin, a los veintidós días de navegación, las altas tierras
de Sumatra. Como allí no había buques a la sazón, resolvieron seguir el rumbo
por el estrecho, dirigiéndose a Pulo Penang, adonde esperaban llegar en siete
u ocho días, por serles el viento favorable. Habían navegado expuestos al sol,
y estaban tan bronceados, que con sus largas barbas y sus trajes musulmanes
podían pasar por indígenas de aquella isla. Sin embargo, aunque habían sufrido
todos los rigores de la intemperie, su salud no se había alterado; pero desde
que Krantz había confiado su historia a Felipe, se había vuelto silencioso y
melancólico; su alegría natural había desaparecido; y al entrar en el estrecho,
como preguntase Felipe qué harían al llegar a Goa, repuso Krantz gravemente:
—Tengo el
presentimiento de que no veré esa ciudad.
—¿Está usted
malo, Krantz? —preguntó Felipe.
—No;
afortunadamente, disfruto de buena salud, mental y corporal. He tratado de
desechar este presentimiento, pero ha sido inútil. Una voz interior me está
diciendo continuamente que no le acompañaré mucho tiempo. Felipe, ¿quiere
usted hacerme un favor? Llevo en mi bolsillo bastante dinero, y puede usted
necesitarlo; tómelo y guárdelo como suyo.
—¡Qué
tontería, Krantz!
—No es
tontería... ¿No ha tenido usted nunca presentimientos? Usted sabe que no soy
cobarde, y que la muerte no me espanta; pero el presentimiento de que hablo es
cada día más firme. Algún espíritu benévolo me avisa para que me prepare a
pasar a otro mundo mejor. Sea: he vivido lo suficiente para morir sin
sentimiento, aunque reconozco que deploro el separarme de usted y de Amina, los
únicos seres a quienes he profesado verdadera amistad.
—Esos
presentimientos son producidos por el exceso de fatiga. Durante los últimos
cuatro meses hemos desarrollado gran actividad, y eso explica la depresión de
ánimo en que usted se encuentra. No lo dude, amigo mío, ésa es la causa.
—Ojalá; pero
no lo creo. Además, una idea me consuela del presentimiento de que voy a morir
pronto.
—¿Y cuál es?
—Apenas puedo
explicarla; pero Amina y usted tienen relación con ella. En mis sueños he visto
que se reunían ustedes nuevamente, pero me ha parecido que una parte de los
trabajos de usted se ocultaban a mi vista como entre negras nubes, y he
preguntado: «¿No podré ver lo que encubren esas nubes»? Una voz me ha
respondido entonces: «No; serías muy desgraciado. Antes que ese gran
acontecimiento ocurra, saldrás de este mundo». He dado gracias al Cielo y me he
resignado.
—Esos son
sueños de una imaginación enferma, Krantz. Que estoy destinado a sufrir, es
cierto; pero, ¿por qué ha de sufrir Amina, o por qué usted, joven, y en toda la
fuerza y vigor de la edad, no ha de vivir en paz hasta una edad avanzada? Creo
que mañana estará usted mejor.
—Es posible
—repuso Krantz—; pero hágame usted el favor de ceder a mi capricho y tomar el
dinero. Si mi presentimiento no se realiza y llegamos salvos a Goa, me lo
devuelve —añadió Krantz con triste sonrisa—. Pero usted olvida que está por
concluirse el agua que llevamos, y que debemos buscar en la costa algún río o
arroyo donde hacer nuevo aprovisionamiento.
—Pensaba en
eso cuando usted empezó a hablarme de sus presentimientos. Busquemos el agua
antes que anochezca, y, cuando hayamos llenado nuestros toneles, nos haremos a
la vela de nuevo.
Encontrábanse
entonces en la parte oriental del estrecho a unas 40 millas al Norte. El
interior de la costa era montuoso y estaba lleno de rocas, pero bajaba en
suave declive hasta una playa, donde había bosques de árboles y numerosos
arbustos; el país parecía completamente deshabitado. Junto a la orilla
descubrieron, al cabo de dos horas, un fresco arroyo que bajaba formando
cascadas por las montañas, y se deslizaba por entre la espesura hasta
desembocar en las aguas del estrecho.
Dirigiéronse a
la embocadura, bajaron las velas, y empujaron el barco contra la corriente
hasta llegar a donde el agua era completamente dulce. Llenaron los toneles e
iban a proseguir su viaje, cuando atraídos por la hermosura del sitio y lo
tibio del agua dulce y cansados de su larga permanencia a bordo, se les ocurrió
tomar un baño. Se despojaron de sus trajes musulmanes, y lanzáronse al río,
donde permanecieron algún tiempo. Krantz fue el primero que salió a la orilla,
quejándose de haber pasado frío y empezó a pasear por delante de donde estaban
sus vestidos. Felipe se aproximó a la playa intentando también salir.
—Y ahora,
Felipe —dijo Krantz—, ésta es buena ocasión para entregarle el dinero. Voy a
abrir mi bolsa y sacarlo, y usted lo pondrá en la suya.
Felipe estaba
todavía en el agua, que le llegaba al pecho.
—Está bien,
Krantz; hágalo usted si lo desea.
Felipe salió a
la orilla y sentóse junto a Krantz que se ocupaba en sacar el dinero del
taleguito. Al fin, dijo:
—Felipe, creo
que está aquí todo; ahora quedo satisfecho.
No había
acabado aún de decir esto cuando oyóse un tremendo rugido; el aire se agitó
como movido por un fuerte viento a espaldas suyas; se oyó un grito y el ruido
de lucha, y al recobrarse Felipe de su asombro, vio el cuerpo desnudo de Krantz
que era arrastrado con la celeridad de una flecha por un enorme tigre que había
salido de la espesura. Aquel espectáculo paralizó sus movimientos y cuando
quiso acudir en socorro de su amigo, el tigre y Krantz habían desaparecido.
—¡Justo Cielo!
¿me habías reservado esta nueva amargura? —exclamó Felipe arrojándose al suelo
y cubriéndose el rostro con las manos—. ¡Oh, Krantz, mi amigo, mi hermano,
cuán cierto era tu presentimiento! ¡Dios de misericordia, ten piedad! pero
cúmplase tu divina voluntad —y, dicho esto, Felipe rompió en un torrente de
lágrimas.
Más de una
hora permaneció el infeliz clavado en aquel sitio, indiferente al peligro que
le rodeaba. Al fin, reanimándose, se levantó, se vistió, volvió a tomar
asiento y sus ojos se fijaron en los vestidos de Krantz y en el oro que continuaba
aún sobre la arena.
—Quería darme
este dinero; presentía su desgraciado fin; sí, sí, era su destino y se ha
cumplido: sus huesos blanquearán en la espesura y el espíritu de Wilfredo el
cazador y de su hija la loba están vengados.
Las sombras de
la noche fueron extendiéndose poco a poco por la playa y el gruñido de las
fieras del bosque hizo volver en sí a Felipe y pensar en el riesgo que corría.
Se acordó de Amina, y, recogiendo apresuradamente los vestidos y el dinero de
Krantz, se volvió al barco, y se hizo a la vela en silencio prosiguiendo su
rumbo, con el corazón profundamente entristecido.
—Sí, Amina
—pensó Felipe contemplando las estrellas que brillaban en el espacio—; sí,
tienes razón cuando dices que los destinos de los hombres son conocidos
previamente y pueden leerse en las estrellas. Mi destino es estar separado de
lo que más amo en el mundo y morir solo y sin amigos. ¡Bien venida sea la
muerte que será para mi un consuelo! Tengo una misión que cumplir: ¡Dios quiera
que la cumpla pronto y que no amarguen mi vida pruebas como ésta!
Felipe derramó
otra vez abundantes lágrimas, porque Krantz había sido fiel amigo, su más fiel
compañero de peligros y privaciones desde el día en que la escuadra holandesa
intentó doblar el Cabo de Hornos.
Siete días
después, llegó Felipe a Pulo Penang, donde encontró un buque dispuesto a salir
para Goa, a donde estaba destinado. Puso su barco al costado y vio que era un
bergantín con bandera portuguesa, pero cuya tripulación componíase, en su mayor
parte, de indígenas de la isla. Haciéndose pasar por un inglés al servicio de
Portugal, que había naufragado y ofreciendo pagar su pasaje, fue bien recibido,
no tardando el buque en hacerse a la vela.
Este viaje fue
feliz. Al cabo de seis semanas anclaron frente a Goa, y al día siguiente
subieron por el río. El capitán portugués informó a Felipe de la casa en donde
podría encontrar alojamiento; y, pasando como uno de los individuos de la
tripulación, no hubo dificultad que le impidiera saltar a tierra. Cuando quedó
instalado en su nuevo alojamiento, comenzó a dirigir preguntas al huésped referentes
a Amina, designándola tan sólo como una joven que había llegado allí en un
buque, pocas semanas antes. Pero no le fue posible averiguar nada.
—Señor —le
dijo el dueño de la casa en que estaba hospedado—, mañana se celebra el gran
auto de fe; no podemos hacer nada hasta que se celebre; pero luego haremos
cuantas investigaciones guste. Mientras tanto visite la ciudad, y mañana le
llevaré a un sitio desde donde pueda presenciar la gran procesión.
Felipe salió;
proporcionóse un traje; se quitó la barba y paseó por la ciudad mirando a todas
las ventanas por si descubría a Amina. Al volver una esquina creyó conocer al
padre Matías y corrió a su encuentro; pero el clérigo apretóse el sombrero
sobre la cabeza, y, aunque le llamó Vanderdecken, no dio respuesta alguna.
—Me equivoqué
—pensó Felipe—; pero hubiera jurado que era el padre Matías.
Felipe tenía
razón; era el padre Matías que no había querido que éste lo conociese.
Vanderdecken
volvió a su posada poco antes de anochecer. En ella había mucha gente, porque
desde muy lejos habían acudido a Goa para presenciar el auto de fe, y no se
hablaba más que de la ceremonia.
—Veré esa gran
procesión —se dijo Felipe a sí mismo acostándose—. Eso me proporcionará alguna
distracción. Amina, amada mía, que los ángeles te guarden.
A pesar del
doloroso estado de su ánimo, Amina pudo dormir aquella noche, lo que probaba de
un modo evidente el temple de acero de que estaba dotada. El ruido de los
cerrojos que se descorrían y la entrada del carcelero principal con una luz
despertóla del último sueño de este mundo en el momento en que soñaba con su
marido.
El carcelero
llevaba una túnica en la mano y se la mandó poner; encendió una luz y salió del
calabozo. La túnica era de sarga negra con rayas blancas.
Amina
vistiósela y volvió a tenderse en la cama, pero ya no le fue posible dormir.
Pasaron las horas y el carcelero entró de nuevo y mandó que le siguiese. Quizá
una de prácticas más terribles de la Inquisición era que después de ser
acusados los reos, confesaran sus delitos o no, volvían a sus celdas sin la
menor idea de la sentencia que se dictaba contra ellos, cosa que ignoraban aun
en la mañana misma de la ejecución.
Los condenados
fueron conducidos todos a un salón espacioso y alumbrado por una débil
claridad. Eran unos doscientos hombres, todos vestidos de la misma sarga negra
con rayas blancas, que se mantenían tan inmóviles y asustados que, a no haber
sido por el movimiento de sus ojos al pasar los carceleros de una parte a otra,
se hubiera creído que eran de piedra. Era la agonía de la incertidumbre, peor
mil veces que la agonía de la muerte. Al cabo de un rato pusieron en la mano
de cada preso una vela de cera de varios pies de longitud, y después a varios
de ellos vistiéronles los sambenitos y a otros las samarias. Los que recibían
estos trajes que tenían llamas pintadas, considerábanse perdidos y era
espantoso ver la angustia de cada uno al recibir aquel traje y el sudor que
inundaba sus rostros.
Pero los reos
de aquel salón no debían ser ejecutados. Los que llevaban sambenitos debían
figurar en la procesión y recibir después un leve castigo; los que llevaban samarias
habían sido condenados, pero se les perdonaba el castigo del fuego, por haber
reconocido su culpa y pedido perdón, así es que tenían las llamas pintadas
hacia abajo, lo cual significaba que no debían ser quemados; pero esto lo
ignoraban aquellos infelices que temblaban ante los horrores que suponían que
iban a sufrir.
Otro salón
semejante había dispuesto para las mujeres. En él se practicaron las mismas
ceremonias; la misma duda, los mismos temores, la misma angustia estaban
reflejados en todos los rostros. Pero había una tercera sala más pequeña que
las otras dos y reservada para los condenados a ser quemados vivos. A este
lugar fue conducida Amina y allí encontró otras siete infelices vestidas de la
misma manera que ella: dos solamente eran europeas; las cinco restantes eran
esclavas negras. Cada una tenía su confesor a quien escuchaba. Un fraile se
acercó a Amina, pero ella le despidió con la mano. El fraile la miró, escupió
en el suelo y la maldijo. El carcelero principal entró entonces con las samarias
que debían vestir. Estas tenían las llamas pintadas hacia arriba. Además, eran
de tela gruesa y de bastante vuelo, llevando en la parte inferior, delante y
detrás, la imagen del culpado; es decir, la cara solamente sobre un haz de leña
ardiendo y rodeada de llamas y de demonios. Debajo del retrato había una
inscripción que publicaba el crimen que se iba a castigar. Pusieron, además,
sobre la cabeza de cada reo gorros de hojas de caña, con llamas pintadas en
ellos y a cada uno se le obligó a llevar una larga vela de cera.
Amina y las
otras mujeres condenadas permanecieron en sus respectivos departamentos hasta
algunas horas antes de que comenzase la procesión, porque había sido llamadas
por los carceleros a las dos de la mañana.
El sol surgió
brillante con gran contento de los empleados del Santo Oficio que no querían
un día nubloso para vindicar el honor de la Iglesia y demostrar cómo practicaban
las doctrinas misericordiosas del Salvador y los preceptos de caridad, amor al
prójimo, tolerancia y perdón. Pero no sólo los individuos y familiares de la
Santa Inquisición se regocijaban, sino millares de personas llegadas de todas
partes para presenciar la espantosa ceremonia y celebrar aquel jubileo; muchos
guiados por su fanatismo supersticioso; pero otros impulsados por la curiosidad
y la afición a los espectáculos. Las calles y plazas por donde debía pasar la
procesión, estaban atestadas de gente desde muy temprano; los balcones habían
sido adornados con colgaduras de seda, tapicería y paños bordados de oro y
plata en honor de la fiesta; y por doquier veíanse señoras y caballeros
vestidos con sus mejores trajes, esperando con ansia el momento de ver el
rostro a los condenados por la Inquisición.
La gruesa
campana de la catedral resonó a la salida del sol, en el espacio, y todos los
presos fueron llevados al gran salón para disponer el orden de la procesión. En
la puerta de entrada habíase levantado un dosel bajo el cual había tomado
asiento el inquisidor general rodeado de la mayor parte de la nobleza y
caballeros de Goa. A su lado estaba su secretario, y, al pasar los presos por
delante del dosel, éste publicaba sus nombres y llamaba a uno de los circunstantes,
que en seguida se adelantaba colocándose al lado del reo. Estos individuos se
llamaban padrinos y su deber era acompañar y responder del condenado que se les
confiaba hasta que terminaba la ceremonia. Considerábase aquél un gran honor
conferido por el inquisidor general a quienes le placía.
La procesión
organizóse al fin, y se puso en marcha. Delante iba el estandarte de la Orden
de los dominicos, porque éstos habían sido los fundadores de la Inquisición y
reclamaban este privilegio como derecho imprescriptible. Después seguían los
frailes en dos filas; luego los reos hasta el número de trescientos, cada uno
con su padrino al lado y la gran vela de cera encendida en la mano. Aquellos
cuyas culpas eran más leves, iban primero, todos con las cabezas desnudas y
descalzos. A éstos que no llevaban más que la túnica de sarga negra con rayas
blancas, seguían los que llevaban sambenitos; luego los que llevaban samarias
con las llamas hacia abajo; después había una separación en la procesión
causada por una gran cruz con la imagen del Salvador clavada en ella. Esto
significaba que los que iban delante y sobre quienes caía la mirada del
Salvador no debían sufrir penas corporales, mientras los que iban detrás, y a
quienes la imagen volvía la espalda, estaban destinados a morir.
Al crucifijo
seguían los siete condenados al fuego, y Amina la última como la criminal más
terrible de todas. Detrás de Amina iban cinco efigies levantadas sobre grandes
pértigas, vestidas con los mismos trajes de llamas y demonios y detrás de cada
efigie un ataúd que contenía el esqueleto: estas efigies eran de los que habían
muerto en el calabozo o en el tormento y que después habían sido condenados a
la hoguera. Los esqueletos habían sido extraídos de sus tumbas y debían sufrir
la misma sentencia que hubieran sufrido si hubieran estado en vida. Las
efigies debían atarse al palo de la hoguera y ser quemados sus huesos. Luego
iban los consejeros de la Inquisición, los familiares, monjes, clérigos y
centenares de penitentes con trajes negros que ocultaban sus rostros; todos
llevaban velas encendidas en las manos. Tardó dos horas en pasar la procesión,
que recorrió las calles más importantes de Goa, antes de llegar a la catedral
donde debían verificarse otras ceremonias. Los reos, que iban descalzos, apenas
podían andar porque las piedras agudas de las calles les habían herido los
pies; de modo que el camino aparecía regado de sangre.
El altar mayor
de la catedral estaba colgado de negro y alumbrado por millares de luces. A un
lado estaba el dosel del inquisidor general; al otro una plataforma para el
virrey y su séquito. En el centro habíanse colocado bancos para los reos y sus
padrinos, y el resto de la procesión instalóse a derecha e izquierda de las
bóvedas mezclándose por entonces con los espectadores. Tan pronto como los
presos fueron entrando en la catedral, fueron llevados a sus respectivos
sitios; los menores criminales se sentaban junto al altar, y los demás más
lejos, por orden de importancia de sus culpas. Amina, cuyos pies chorreaban
sangre, acercóse vacilando al asiento, suspirando porque llegase la hora en que
había de ser separada del mundo cristiano. No pensaba en sí misma, ni en lo que
iba a sufrir; pensaba en Felipe que se veía libre de aquellos crueles
inquisidores; pensaba en la felicidad de morir primero y encontrarle en el
Cielo.
Consumida por
el prolongado encierro en su insano calabozo, por la incertidumbre, por la
ansiedad y por la fatiga del penoso paseo que la habían obligado a dar, exponiéndose
al sol ardiente después de tantos meses de prisión en un calabozo, había
perdido mucho de su belleza; pero su rostro demacrado y sus facciones
perfectas, tenían mayor atractivo. Objeto de las miradas de todos, caminaba
con los ojos bajos y casi cerrados; pero, de vez en cuando, levantaba la cabeza
y miraba; y la llama que brillaba en sus ojos, revelaba un alma altiva que
hacía temblar a muchos.
Hacía dos
segundos que Amina había tomado asiento en su banco de la catedral, cuando,
abrumada por sus penosas sensaciones y por el cansancio, se desmayó.
Nadie se
aproximó a prestarle auxilio. Es verdad que centenares de personas lo hubieran
hecho de buena gana; pero no se atrevieron; era una réproba; estaba excomulgada,
abandonada, perdida; y si alguno, movido a compasión por los padecimientos del
reo, hubiera osado levantarla, habría sido objeto de sospechas, y
probablemente registrado su nombre para ser llamado a comparecer ante el
tribunal de la Santa Inquisición.
Dos oficiales
de la Inquisición aproximáronse al fin a Amina, la levantaron, la hicieron
sentar, y ella se recobró lo suficiente para mantenerse sentada.
Un monje
dominico predicó un sermón describiendo la misericordia y el amor paternal que
desplegaba constantemente el Santo Oficio. Comparó la Inquisición con el arca
de Noé, de la que habían salido todos los animales después del diluvio, pero
con una diferencia notable a favor del Santo Oficio: que los animales habían
salido tan malos como habían entrado, mientras que los que habían penetrado en
la Inquisición, llenas sus almas de perversidad y de crímenes y con corazones
de lobos, salían de ella tan pacientes y tan sufridos como corderos.
Luego subió al
púlpito el fiscal de la Inquisición y leyó el extracto de los crímenes y de las
sentencias de cada uno de los reos. Éstos, al ser leída su sentencia, eran llevados
delante del púlpito para oírla de pie con la vela en al mano. Publicadas las
sentencias de aquellos a quienes se les perdonaba la vida, el inquisidor
general, vestido con el traje de sacerdote y seguido de varios oficiales de la
Inquisición, levantaban las excomuniones que habían caído sobre los reos y les
bendecían, y aspergeaba.
Concluida esta
parte de la ceremonia, los condenados a muerte y aquéllos cuyas efigies debían
ser quemadas, fueron llevados uno a otro para oír sus sentencias, que concluían
diciendo que la Santa Inquisición no había podido perdonarles, a causa de la
dureza de sus corazones y de la multitud de sus crímenes; y con gran
sentimiento los entregaba al brazo seglar para que sufrieran la pena impuesta
por las leyes, exhortando a las autoridades a que los trataran con benignidad,
y no procedieran a la pena de muerte ni efusión de sangre. ¡Sarcasmo
horrible!
Amina fue la
última en ser llevada delante del púlpito, que estaba fijo en una de las
columnas macizas de la nave del centro cerca del dosel bajo el cual estaba
sentado el inquisidor general.
—¡Amina
Vanderdecken! —gritó el fiscal.
En aquel
momento oyóse un ruido desacostumbrado entre la multitud situada junto al
púlpito: hubo voces y empujones; los oficiales de la Inquisición levantaron
sus varas para imponer silencio pero el ruido no cesó.
—Amina
Vanderdecken, acusada de...
Después de una
lucha violenta, logró salir de entre la multitud un joven que corrió a donde
estaba la reo, y la estrechó en sus brazos.
—¡Felipe,
Felipe! —gritó Amina reclinando la cabeza sobre su pecho.
Al recibirla
Vanderdecken en sus brazos, la caperuza cayó de la cabeza de Amina y rodó sobre
el pavimento de mármol.
—¡Amina,
esposa mía, mi amada esposa! ¿eres tú y te encuentras aquí? Señores, es
inocente, apártense —continuó, dirigiéndose a los oficiales de la Inquisición,
que se esforzaban por separarle—, apártense si estiman sus vidas en algo.
Esta amenaza a
los oficiales de la Inquisición y el desprecio de todas las reglas, eran
intolerables; todo el concurso estaba conmovido; la solemnidad de la ceremonia
se veía comprometida. El virrey y su séquito se habían levantado de sus
asientos para presenciar la escena, y la multitud se apiñaba cada vez más
cuando el inquisidor general dio sus órdenes y apresuráronse varios oficiales a
prestar ayuda a los dos que habían llevado a Amina y a separarla de los brazos
de Felipe. La lucha fue terrible; Vanderdecken parecía tener la fuerza de
veinte hombres, y transcurrieron algunos minutos antes que los oficiales de la
Inquisición pudieran separarle.
Amina,
contenida por dos de los familiares, gritaba, intentando, aunque inútilmente,
lanzarse a los brazos de su marido. Al fin, por un tremendo esfuerzo, Felipe
vióse libre de los que le detenían; pero en seguida cayó sobre el pavimento. La
fuerza que había hecho le había roto una vena y había quedado desmayado en el
suelo.
—¡Oh! ¡le han
asesinado! ¡monstruos, asesinos! ¡Déjenme abrazarle por última vez! —gritó
Amina frenética.
Un sacerdote
se adelantó; era el padre Matías que con semblante dolorido suplicó a varios de
los circunstantes que se llevaran a Felipe Vanderdecken, y éste, en estado de
insensibilidad, fue separado de Amina derramando sangre por la boca. Se leyó su
sentencia; pero Amina no la oyó porque su cerebro ardía. Fue nuevamente
conducida a su sitio y entonces cedieron su valor, su constancia y fortaleza,
y durante el resto de la ceremonia llenó la catedral de sollozos histéricos sin
que súplicas ni amenazas pudieran hacerla callar.
Todo había
concluido, excepto la última escena del drama. Los reos perdonados fueron
conducidos otra vez a los calabozos de la Inquisición con sus padrinos, y los
sentenciados al fuego enviados a la orilla del río para sufrir su sentencia.
Era un largo espacio abierto a la izquierda de la Aduana donde debía
celebrarse el auto de fe. Como en la catedral, habíanse levantado tablados para
el inquisidor general y para el virrey que en traje de ceremonia guiaba la
procesión seguido de un inmenso concurso. Trece hogueras había dispuestas,
ocho para los vivos y cinco para los muertos. Los verdugos estaban sentados
junto a la estaca donde debían ser atados los presos, y las pilas de haces de
leña esperaban a las víctimas. Amina, que no podía andar, fue llevada por los
familiares hasta la estaca que la había sido destinada. Cuando la pusieron en
pie junto a ella pareció recobrar su valor; acercóse al palo, cruzando los
brazos y se apoyó en él.
Los verdugos
dieron principio a su triste misión. El delicado cuerpo de Amina fue sujetado
con cadenas y se amontonaron en su derredor dos numerosos haces de combustible.
Los mismos preparativos se hicieron para las otras víctimas, cuyos confesores
continuaban al lado de cada una de ellas. Amina despedía indignada con la mano
a cuantos se le aproximaban, cuando el padre Matías, casi sin aliento, atravesó
la multitud, y se acercó a su vez.
—Amina
Vanderdecken, infeliz mujer, si hubieras seguido mis consejos no te verías en
tan triste situación. Ahora es demasiado tarde para salvar tu vida, pero aún es
tiempo de salvar tu alma. Llama al Salvador para que reciba tu alma; invócale
por su pasión y muerte y Él te concederá la paz eterna. Amina —continuó el
anciano derramando lágrimas—, te conjuro por tu salvación. A lo menos no me
desconsueles.
—¿Infeliz
mujer, dice usted? —contestó Amina—. Mejor debe usted decir infeliz sacerdote;
porque mis sufrimientos van a concluir pronto y usted sufrirá los tormentos
de los condenados. Infeliz fue el día en que mi marido salvó a usted de la
muerte; todavía más infeliz la compasión que le indujo a darle hospitalidad en
mi casa. Infeliz soy por haber conocido a usted. Le abandono a los
remordimientos de su conciencia, si es que usted los tiene y no cambiaría la
cruel muerte que me espera por los remordimientos que usted ha de sufrir en su
vida. Márchese. Muero en la fe de mis padres y no en una religión que ofrece
estos espectáculos.
—¡Amina
Vanderdecken! —exclamó el sacerdote cayendo de rodillas y cruzando los brazos.
—Márchese,
padre.
—Todavía
dispones de un minuto... Por amor de Dios.
—Ya he dicho a
usted que me deje; ese minuto es mío.
El padre
Matías separóse de Amina desesperado y llorando amargamente. Como Amina había
dicho, su dolor era extremado.
Preguntó
entonces el verdugo a los confesores cuáles eran los reos que morían en la
verdadera fe. A éstos se les pasaba una cuerda por el cuello y se les ataba a
la estaca, de modo que fueran ahorcados antes de encenderse el fuego. Todos los
reos, excepto Amina, murieron de este modo. El verdugo preguntó al padre Matías
si Amina había pedido a Dios misericordia. El padre Matías respondió que no y
movió la cabeza.
El verdugo se
volvió. Después de un momento de pausa el sacerdote fue tras él, le asió del
brazo y le dijo con voz desmayada:
—Que no sufra
mucho.
El inquisidor
general dio la señal y las hogueras fueron encendidas. Para complacer al
sacerdote, el verdugo arrojó una cantidad de paja húmeda sobre la pila de Amina
para que el humo denso la sofocara antes de que las llamas acariciaran su
cuerpo.
—¡Madre,
madre, recíbeme en tu seno! —fueron las últimas palabras que murmuraron los
labios de la infeliz Amina, que realmente mereció haber alcanzado mejor suerte.
Las llamas
consumieron furiosamente la leña subiendo a gran altura alrededor de las
estacas a que estaban encadenados los reos. De la simpática e inteligente
Amina, sólo quedó un montón de huesos calcinados.
El recuerdo
del auto de fe en que Amina sufrió muerte ignominiosa llegó a borrarse de la
memoria de las gentes.
Han
transcurrido varios años, durante los cuales Felipe Vanderdecken ha vivido en
las regiones de la inconsciencia.
El trágico fin
de su esposa amada le había hecho perder el juicio, y, durante mucho tiempo,
fue cuidado cariñosamente por una persona que vivió con la esperanza de devolverle
la salud; pero esta persona murió presa de remordimiento sin haber logrado su
deseo. Era el padre Matías.
La casa de
'Terneuse hacía tiempo que se había arruinado; muchos años esperó el regreso
de sus propietarios; pero, al fin, sus herederos reclamaron y obtuvieron los
bienes de Felipe Vanderdecken.
Los cabellos
de Felipe habían encanecido; su cuerpo robusto estaba demacrado y parecía mucho
más viejo de lo que realmente era. Había recobrado la razón pero no el vigor.
Cansado de la vida, deseaba cumplir su misión y morir. Conservaba todavía la
reliquia al cuello; había sido despedido del manicomio y le habían facilitado
medios para volver a su patria. ¡Ah! no tenía ya patria, ni casa, ni nada en el
mundo que le indujese a permanecer en él.
El buque
estaba dispuesto para hacerse a la vela para Europa y Felipe Vanderdecken pasó
a bordo sin averiguar adónde se dirigía. No pensaba volver a Terneuse; no podía
resistir la idea de visitar nuevamente los sitios donde tanta felicidad había
gozado y tantas desgracias sufrido. Las facciones de Amina estaban grabadas en
su corazón y suspiraba impaciente porque llegase el momento de unirse a ella en
la otra vida.
No era ya el
sincero católico que había sido antes; pero todavía creía en la reliquia que
era su pasaporte para él y para su padre al entrar en el otro mundo, el medio
de reunirse con Amina, y muchas veces pasaba horas enteras contemplándola.
El buque en
que Felipe navegaba como pasajero se llamaba Nuestra Señora del Monte, y
era un bergantín de 300 toneladas que se dirigía a Lisboa. El capitán era un
viejo portugués muy supersticioso y muy aficionado al arack[17].
Salieron de Goa y Felipe estaba a popa contemplando con tristeza las
torres de la catedral en que había visto por última vez a su esposa, cuando
sintió que le tocaban en el codo, y volviéndose oyó una voz muy conocida que
le dijo:
—Volvemos a
ser compañeros de viaje.
Era el piloto
Schriften.
Este no había
sufrido alteración alguna; no parecía haber envejecido, y su ojo brillaban con
la misma viveza de siempre.
—¡Otra vez
usted, Schriften! —exclamó Vanderdecken—. Su presencia en este barco me indica
que se va a cumplir mi misión.
—Puede ser
—dijo el piloto—; los dos estamos cansados.
Felipe no
respondió; ni siquiera preguntó a Schriften cómo se había escapado del fuerte;
le era indiferente saberlo, porque estaba persuadido de que aquel hombre no
era una criatura humana.
—Muchos han
sido los buques que han naufragado, Felipe Vanderdecken, y muchas las almas
llamadas a responder de sus acciones por haber encontrado el buque de su padre
de usted, mientras usted ha permanecido encerrado mucho tiempo.
—¡Ojalá que
nuestro próximo encuentro sea más afortunado por ser el último! —repuso Felipe.
—No, no;
tendrá que navegar hasta el día del juicio —contestó el piloto con énfasis.
—¡Miserable!
Tengo el presentimiento de que no ha de realizarse su diabólico deseo. Déjeme
ahora, de otro modo le haré comprender que, aunque las desgracias han encanecido
mis cabellos, todavía poseo gran vigor en el brazo.
Schriften
separóse de Felipe sonriéndose sarcástica-mente; parecía tenerle algún miedo,
aunque era mayor su odio. Trató de enemistar a los tripulantes con Felipe, declarando
que era un Jonás que causaría la pérdida del buque, porque estaba en relación
con el Volador Holandés. Felipe advirtió en breve que todos evitaban su
presencia, y declaró que Schriften era un demonio y no un hombre. La apariencia
del piloto prevenía tanto contra él, y la de Felipe, al contrario, era tan
amable, que la tripulación apenas sabía qué pensar, mientras el capitán y otros
miraban con igual horror a ambos.
El capitán,
que era a la vez supersticioso y borracho, por la mañana rezaba y blasfemaba
por la tarde contra los mismos santos cuya protección había invocado.
El buque había
llegado frente a la costa meridional de África, a unas 100 millas de la de
Lagullas. Amaneció un día espléndido; el viento apenas rizaba la superficie de
las aguas y el buque caminaba a razón de unas cuatro millas por hora.
—¡Benditos
sean todos los santos y santas! —dijo el capitán que acababa de subir sobre
cubierta—: un es fuerzo más en favor nuestro y llegaremos al puerto con
felicidad. ¡Benditos sean todos los santos y santas, y especialmente nuestro
glorioso San Antonio que ha tomado bajo su protección a Nuestra Señora del
Monte! Tenemos señales de buen tiempo; vamos, señores; almorzaremos, y
fumaremos luego sobre cubierta.
Pero, de
pronto, levantóse una masa de nubes por el horizonte extendiéndose con rapidez
tal, que pareció a los ojos de los mismos marineros extraordinaria, cubriendo
rápidamente todo el firmamento. El sol se obscureció; los objetos apenas se
distinguían; el viento decayó, y el océano quedó en calma. El cielo parecía
cubierto por un velo rojo como si el mundo estuviera en un estado de conflagración.
En la cámara,
quien primero advirtió la obscuridad fue Felipe que subió sobre cubierta
seguido del capitán y de los pasajeros asombrados. Aquella obscuridad era extraordinaria
e incomprensible.
¡Santísima
Virgen, protégenos! ¿Qué puede ser esto? —exclamó el capitán lleno de terror—.
¡Glorioso San Antonio, sálvanos! Esto es horrible.
¡Allí, allí!
—gritaron varios marineros señalando un costado del buque.
Todos
volvieron la vista hacia el sitio designado. Al costado y a unos dos cables de
distancia vieron alzarse poco a poco de la superficie de las aguas los topes de
una arboladura de otro buque, que fueron subiendo gradualmente; luego
aparecieron las cofas, las vergas, las velas, por último las jarcias y el
casco, y el nuevo buque se fue levantando hasta hacerse visibles las portas con
sus cañones. Aquel buque se aproximó, poniéndose al costado y a cierta
distancia de Nuestra Señora del Monte.
—¡Santísima
Virgen! —exclamó el capitán aterrorizado—. He visto hundirse buques en el mar;
pero no he visto ninguno salir desde el fondo a la superficie de las aguas.
Ofrezco mil velas de cera, de diez onzas cada una, ante el altar de la Virgen
porque nos salve de esta desgracia. Señores —añadió dirigiéndose a los
pasajeros que estaban asustados como él—, ¿lo prometen ustedes también?
—¡El Buque
Fantasma, el Volador Holandés! —gritó Schriften—. Felipe
Vanderdecken, allí está su padre. ¡Ji, ji!
Felipe fijó la
vista en el buque y advirtió que estaban arriando un bote.
—Es posible
—pensó— que me sea permitido pasar a él.
Y apretó la
reliquia que llevaba en el pecho. La obscuridad aumentó entonces y el Buque
Fantasma sólo se distinguía a través de una atmósfera densa. Los tripulantes
y pasajeros de Nuestra Señora del Monte se arrodillaron invocando a
Dios y a los santos. El capitán, después de haber tomado la imagen de San
Antonio, de haberle besado y colocado nuevamente en su nicho, corrió por una
vela de cera para ponérsela delante encendida.
Al poco tiempo
oyóse el ruido de los remos al costado del buque y una voz que decía:
—Buena gente,
échenos un cabo.
Nadie
respondió ni aceptó la invitación. Sólo Schriften se dirigió al capitán
diciéndole que si los de aquel buque querían enviar cartas, no debía
recibirlas, porque, si las recibía, todos morirían.
Al poco tiempo
presentóse un hombre entrando por el portalón.
—Bien podían
ustedes haberme echado un cabo —dijo al pisar la cubierta—. ¿Dónde está el
capitán?
—Aquí estoy
—contestó éste temblando de pies a cabeza.
El hombre que
se acercó al capitán parecía un marinero curtido por el temporal, vestido con
una gorra y chaqueta de lona. Llevaba algunas cartas en la mano.
—¿Qué se le
ofrece a usted? —preguntó por último el capitán.
—Sí, ¿qué
desea usted? —insistió Schriften—. ¡Ji, ji!
¡Cómo! ¿es
usted piloto aquí? —preguntó aquel hombre—. Creía que hacía tiempo que estaba
usted en el otro mundo.
¡Ji! ¡ji!
—contestó Schriften volviéndole la espalda.
—El caso es,
capitán —dijo el marinero del Buque Fantasma—, que hemos tenido un
tiempo muy malo y que deseamos enviar cartas a nuestras familias. Creo que no
conseguiremos nunca doblar este cabo.
—No puedo
encargarme de ellas.
—¿Qué no?
¡Cosa extraña! Todos los buques se niegan a recibir nuestras cartas. Eso está
mal hecho, los marineros deben prestarse ayuda especialmente en las desgracias.
Dios sabe cuánto deseamos nosotros volver a ver a nuestras mujeres y familias;
sería un consuelo para ellas recibir noticias nuestras.
—Me es
imposible tomar esas cartas; Dios nos libre —dijo el capitán.
—Llevamos
mucho tiempo en el mar —agregó el marinero moviendo la cabeza.
—¿Cuánto
tiempo? —preguntó el capitán por no ocurrírsele otra cosa.
—No lo sé; el
viento se ha llevado nuestro almanaque y hemos perdido los medios de
averiguarlo. Jamás hemos podido tomar exactamente la latitud.
—Veamos esas
cartas —dijo Felipe adelantándose y recibiéndolas de manos del marinero.
—¡No las toque
usted! —gritó Schriften.
—Fuera de aquí
monstruo —respondió Felipe—; ¿quién se atreve a detenerme a mí?
¡Estás
condenado, estás condenado! —gritó Schriften corriendo por la cubierta y
lanzando una carcajada feroz.
¡No toque
usted esas cartas! —ordenó imperiosa mente el capitán que temblaba como un
azogado.
Felipe alargó
la mano para recibir las cartas no haciendo caso de la prohibición.
—Ésta es de
nuestro contramaestre para su mujer que reside en Ámsterdam en el muelle de
Waser.
—El muelle de
Waser desapareció hace ya mucho tiempo, amigo mío —dijo Felipe—; ahora se han
construido allí grandes almacenes para recibir el cargamento de los buques.
—¡Imposible!
—contestó el marinero—. Aquí hay otra del patrón de la lancha para su padre que
vive en la plaza del Mercado Viejo.
—Tampoco
existe la plaza del Mercado Viejo; allí se ha construido una iglesia.
—¡Imposible!
—repitió el marinero—. Aquí tiene usted otra para mi novia Brow Katcer; lleva
dinero para que se compre un brazalete.
—Recuerdo que
así se llamaba una vieja soltera que fue enterrada hace treinta años.
—¡Imposible!
La dejé en toda la lozanía de su juventud. Aquí está otra para la casa Slutz y
Compañía, propietaria de este buque.
—Ya no existe
semejante casa —dijo Felipe—. Sin embargo, hace muchos años me hablaron de
unos comerciantes que llevaban ese nombre.
—¡Imposible!
¡Usted está burlándose de mí! Aquí hay otra carta de nuestro capitán para su
hijo.
—Entréguemela
usted —exclamó Felipe tomando la carta.
Iba a romper
el sello, cuando se la arrebató Schriften de las manos arrojándola después por
la borda de sotavento.
—Es una broma
intolerable para un antiguo compañero mío —observó el del Buque Fantasma.
Schriften no
respondió; pero, apoderándose de las demás cartas que Felipe había puesto en
el cabestrante, las arrojó al mar como la primera.
El marinero
del Buque Fantasma rompió a llorar y marchóse por el mismo costado por
donde había entrado diciendo:
—Es muy dura,
muy dura la conducta que observan con nosotros; pero tiempo llegará en que
nuestras familias conozcan nuestra situación.
Pocos segundos
después percibíase el ruido de los remos que conducían el bote del marinero
hacia su buque.
—¡Glorioso San
Antonio! —exclamó el capitán—; estoy atemorizado y lleno de asombro» Mayordomo,
tráigame usted el arack.
El mayordomo
llevóle una botella de arack, y, estando asustado como el capitán,
sirvióse a sí mismo un buen vaso.
—Ahora —dijo
el capitán después de apurar de un solo trago la botella—, ¿qué vamos a hacer?
—Se lo diré a
usted —repuso Schriften acercándose a él—; ese hombre tiene un amuleto
alrededor del cuello; quíteselo, arrójelo al mar y el buque se habrá salvado;
si no se lo quita, el buque se perderá y con él todos cuantos van a bordo.
¡Sí, sí, tiene
razón! —gritaron los marineros.
¡Necios!
—exclamó Felipe—; ¿creéis a este miserable? ¿No habéis oído al marinero que ha
salido de aquí llamarle compañero suyo? ¿No veis que es él quien atrae todas
las desgracias por su presencia a bordo?
¡Sí, sí,
también es cierto! —gritaron los marineros—; le ha llamado compañero suyo.
—Es mentira
—protestó Schriften—; el que causa todas las desgracias es éste; quitadle el
amuleto que lleva al cuello.
Felipe
retrocedió hacia donde estaba el capitán, a quien dijo:
—¿Qué van a
hacer estos locos? Lo que llevo alrededor de mi cuello es una reliquia de la
verdadera cruz; si se atreven a arrojarla al mar, están perdidos para siempre.
Y aquí Felipe,
sacando la reliquia de su pecho, mostrósela al capitán.
—No, no,
muchachos —gritó el capitán que estaba ya algo más tranquilo—; no hay que hacer
eso; los santos nos libren.
No obstante,
los marineros empezaron a dar voces; una parte de ellos pretendieron arrojar a
Schriften al mar, y la otra proponiendo arrojar a Felipe. Por último, el
capitán resolvió la cuestión mandando que se arriara el chinchorro, y que
Felipe y Schriften fueran abandonados en él. Los marineros aprobaron la
determinación, que era satisfactoria para todos. Felipe no hizo objeción
alguna. Schriften gritó y luchó hasta que le arrojaron al bote, y allí
permaneció temblando sobre la popa, mientras Felipe, que se había apoderado de
los remos, separábase de Nuestra Señora del Monte, con dirección al Buque
Fantasma.
El barco de
que habían sido expulsados Felipe y Schriften desapareció al poco tiempo entre
la espesa niebla; el Buque Fantasma estaba todavía a la vista, pero a
mucha mayor distancia que antes. Felipe remó con empeño hacia él; pero, aunque
el buque manteníase al pairo, parecía que a cada momento aumentaba la distancia
que lo separaba del bote. Felipe dejó de remar para cobrar aliento, y
Schriften, levantándose, acercóse a él.
—Reme cuanto
quiera, Felipe, pues jamás ha de acercarse a ese buque: no, no, eso no puede
ser; tenemos que hacer un largo camino juntos; pero, al fin de ese camino,
estará usted tan lejos como ahora. ¿Por qué no me arroja usted otra vez al mar?
Así el chinchorro irá más aprisa. ¡Ji, ji!
—Le arrojé al
mar en un acceso de cólera —repuso el interpelado— cuando intentó robarme mi
reliquia.
—¿Y no he
inducido a otros a que se la quiten? ¿Diga usted? ¡Ji, ji!
—Es cierto
—contestó Felipe—; pero estoy convencido de que es usted tan desgraciado como
yo, y que cumple su destino como yo cumplo el mío. No sé por qué, pero creo que
ambos perseguimos un fin misterioso. Si el éxito de mis esfuerzos depende de
conservar la reliquia, el de los esfuerzos de usted depende seguramente de
obtenerla, y evitar que la conserve y en esta materia ambos somos agentes de
otro poder, y usted, en este asunto, ha sido mi mayor enemigo. Pero, Schriften,
no he olvidado, ni olvidaré jamás, que usted benévolamente aconsejó a mi pobre
Amina; usted le profetizó cuál sería su suerte si desoía sus consejos; que
usted no era su enemigo, aunque lo había sido y lo es mío. Por lo tanto, a
pesar del daño que me ha hecho, por amor a Amina, le perdono, y no trataré de
ocasionarle mal alguno.
—Entonces
perdona usted a su enemigo, Felipe Vanderdecken —dijo Schriften tristemente—,
porque, efectivamente, soy su enemigo, lo reconozco.
—Le perdono
con todo mi corazón y con toda mi alma —insistió Felipe.
—Entonces, me
ha vencido, Felipe Vanderdecken; me ha hecho ahora su amigo, y sus deseos se
cumplirán. Va usted a saber quién soy; óigame. Cuando su padre, desafiando la
voluntad del Omnipotente y en su cólera me arrebató la vida, fue condenado a
navegar eternamente, a no ser que lo rescatasen los méritos de su hijo; y a mí
se me permitió permanecer en la tierra para evitar que usted libertara a su
padre del castigo. Mientras fuésemos enemigos, usted no podía conseguir su
objeto; pero estaba determinado que cuando usted se conformara con la mayor
virtud del cristiano manifestada por la Santa Cruz, y perdonara a sus
enemigos, su misión quedaría cumplida. Felipe Vanderdecken, ha perdonado usted
a su enemigo, y su destino como el mío va a cumplirse.
Y, dicho esto,
Schriften extendió la mano hacia Felipe que tenía clavados los ojos en él.
Felipe tomó aquella mano, y, al estrecharla, las formas del piloto se
desvanecieron y el joven se encontró solo.
—¡Padre de
misericordia, te doy gracias! —exclamó Felipe—. Mi tarea está cumplida, y
pronto me reuniré con Amina.
El joven remó
entonces vigorosamente hacia el Buque Fantasma, que parecía esperarle;
cada minuto se iba acercando más y más; y, al fin, abandonando los remos,
subió por el costado y llegó a la cubierta.
La tripulación
del buque le rodeó.
—¿Dónde está
el capitán? —preguntó Felipe—; deseo hablar con él.
—¿A quién
anuncio? —preguntó el que parecía primer contramaestre.
—Dígale usted
que su hijo Felipe Vanderdecken desea hablarle.
La tripulación
oyó estas palabras con una carcajada, y el contramaestre, tan pronto como
cesaron las risas, repuso:
—Quizá ha
querido usted decir que desea hablarle su padre.
—Dígale usted
que su hijo —insistió Felipe—. No haga caso de mis canas.
—Aquí viene el
capitán —añadió el contramaestre, apartándose y señalando a un hombre que salía
de la cámara.
—¿Qué es esto?
—preguntó éste.
—¿Es usted
Guillermo Vanderdecken, el capitán de este buque?
—Sí, señor.
—¿No me conoce
usted? ¡Es natural! Me dejó usted cuando tenía tres años. Usted recordará la
carta que escribió a su esposa.
—¡Ah! —exclamó
el capitán—; ¿y quién es usted?
—Para usted el
tiempo no ha corrido; pero para los que viven en el mundo no se detiene, y para
los que han pasado una vida llena de infortunios, mucho menos. Yo soy su hijo
Felipe Vanderdecken, que ha obedecido sus deseos y que, después de sufrir
penalidades innúmeras, ha cumplido al fin sus juramentos y presenta a su padre
la preciosa reliquia que desea besar.
Felipe sacó la
reliquia de su seno y la presentó a su padre.
El capitán del
buque, como si de repente pasara un relámpago sobre sus ojos, retrocedió, cruzó
las manos, cayó de rodillas y derramó abundantes lágrimas.
—¡Hijo mío,
hijo mío! —exclamó después levantándose y abrazando a Felipe—; mis ojos se han
abierto; el Omnipotente sabe cuánto tiempo han permanecido cerrados.
Y, abrazados
los dos, separáronse de los marineros que estaban inmóviles en el portalón, y
pasaron a popa.
—¡Hijo mío,
hijo mío! Antes que el encanto se rompa y antes que nuestros cuerpos se
desvanezcan como deben desvanecerte entre los elementos, déjame arrodillar para
dar gracias a Dios y hacer acto de contrición; hijo mío, mi noble hijo, recibe
las gracias de tu padre.
Después,
derramando lágrimas de gozo y arrepentimiento, arrodillóse nuevamente, y
dirigió sus humildes súplicas a aquel Ser a quien en su ira había desafiado en
otro tiempo.
Felipe púsose
también de rodillas, y así permanecieron abrazados uno a otro y elevando juntos
sus oraciones a Dios.
Por vez
postrera, quitóse Felipe del cuello la reliquia y la entregó a su padre. Éste
levantó sus ojos al cielo y la besó. Al besarla, las berlingas superiores del Buque
Fantasma, las vergas y las velas se deshicieron, flotaron en el aire y
cayeron sobre el mar. El palo mayor, el trinquete, el bauprés, todo lo que
había sobre cubierta se redujo a polvo y desapareció.
El padre llevó
nuevamente la reliquia a sus labios e imprimió en ella un beso.
Prosiguió la
obra destructora: los pesados cañones de hierro cayeron al agua y
desaparecieron en el abismo; los tripulantes del buque, que miraban sin hablar,
convirtiéronse en polvo, no quedando nada con apariencia de vida en el buque
más que los Vanderdecken.
Las cuadernas
y la tablazón del buque se separaron, las cubiertas se hundieron poco a poco,
los restos del castillo flotaron sobre las aguas; y, mientras el padre y el
hijo permanecían arrodillados y abrazados levantando las manos al cielo,
fueron sepultándose suavemente en las aguas azuladas; rasgó el cielo un
relámpago en forma de cruz iluminando el espacio; las nubes que obscurecían el
cielo se deshicieron; mostró el sol su disco esplendoroso; agitáronse las olas
con un movimiento de júbilo; las gaviotas revolotearon por la superficie; los
albatros remontaron su vuelo; los delfines juguetearon con las olas azuladas y
la Naturaleza entera pareció regocijarse, entonando un himno de gratitud y de
alabanza al Poder Supremo, creador de los mundos, ante quien comparecieron en
aquel instante las almas de Felipe Vanderdecken y del capitán del Buque
Fantasma.
[1] Uso
de “alzábase” por “se alzaba”. Quizá debido a
la época de la traducción, en este texto hay un gran uso de énclisis;
esto es, la unión de una palabra enclítica a la que la precede, normalmente
pronombres pospuestos al verbo. En la actualidad las enclisis llevan tilde o no
de acuerdo con las normas generales de acentuación, aquí se mantienen tal como
están impresos, al entender que en su época la palabra resultante mantenía la
tilde del verbo, al igual que ocurre en la actualidad con los adverbios terminados
en –mente. Ejemplos callóse por se calló, cerróse por se cerró.
[2] En general, los nombres propios están traducidos al castellano.
[3] Mi Señor, en holandés en el original, equivale al “señor” español,
antecede tanto al nombre como al apellido. La versión original es más prolija en su uso.
[4] En holandés en el original. Gentilicio de Ámsterdam ¿Amterdamés?
Es la única vez que el autor llama por este nombre al buque del capitán
Guillermo Vanderdecken, en lo sucesivo lo denominará “Volador Holandés”
[5] Ejemplo de enclisis donde el verbo aporta la tilde original, en la
actualidad su uso es incorrecto.
[6] En la versión original inglesa el nombre del cura es Seysen y no
Leysen, no encuentro explicación para este cambio.
[7] La actual Sri Lanka.
[8] En el original Brig, bergantín.
[9] En desuso. Red que se echaba por los costados del navío, dentro de
la cual se colocaban ropas para defensa de las balas enemigas.
[10] Brillaba con luz trémula...
[11] Pieza que se encajaba en la quilla para iniciar la costilla del
casco (cuaderna)
[12] Trozo de lona o tejido de malla en forma de rectángulo que,
colgado de sus extremos, sirve de cama a bordo.
[13] Savia de palma fermentada.
[14] Cris. Arma blanca, de uso en Filipinas, suele tener la hoja de
forma serpenteada.
[15] Cilantro, culantro. Hierba aromática muy apreciada por estos
pagos.
[16] Y le conminaron a que les siguiese(?)
[17] Otra vez vuelve el capitán Marryat a referirse al licor que se
obtiene de los cocoteros. Esta variedad es el destilado –aguardiente- de la
savia de dichas palmeras, muy habitual en Oriente, por lo menos en esa época.


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