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© Libro No.511. Brida. El don que cada uno lleva dentro. Coelho, Paulo. Colección E.O. Noviembre 2 de 2013.

 

Título original: ©  Paulo Coelho. Brida.

 

Versión Original: © Paulo Coelho. Brida. El don que cada uno lleva dentro.

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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Portada E.O. de Imagen original:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Paulo Coelho

 

Brida

(El don que cada uno lleva dentro)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿O qué mujer que tenga diez dracmas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa, y la busca cuidadosamente hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a las amigas y vecinas y les dice: "Ale­graos conmigo, que ya encontré la dracma que se me había Perdido".

Lucas 15, 8-9


Paulo Coelho                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              Brida

 

 

Advertencia

 

En el libro Diario de un Mago cambié dos de las Prác­ticas de RAM por ejercicios de percepción que había aprendido en la época en que lidié con el teatro. Aunque los resultados fuesen rigurosamente los mismos, esto me valió una severa reprimenda de mi Maestro. "No importa si existen medios más rápidos o más fáciles, la Tradición jamás puede ser cambiada", dijo él.

A causa de eso, los pocos rituales descritos en Brida son los mismos practicados durante siglos por la Tradi­ción de la Luna, una tradición específica, que requiere experiencia y práctica en su ejecución. Utilizar tales ri­tuales sin orientación es peligroso, desaconsejable, in­necesario y puede perjudicar seriamente la Búsqueda Espiritual.

 

PAULO COELHO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prólogo

Nos sentábamos todas las noches en un café, en Lour­des. Yo, un peregrino del Sagrado Camino de Roma, que tenía que andar muchos días en busca de mi Don. Ella, Brida O'Fern, controlaba determinada parte de este camino.

En una de esas noches resolví preguntarle si había experimentado una gran emoción al conocer determi­nada abadía, parte del camino en forma de estrella que los Iniciados recorren en los Pirineos.

-Nunca estuve allí -respondió.

Me quedé sorprendido. Al fin y al cabo, ella ya poseía un Don.

Todos los caminos llevan a Roma-dijo Brida, usan­do un viejo proverbio para indicarme que los Dones podían ser despertados en cualquier lugar-. Hice mi Camino de Roma en Irlanda.

En nuestros encuentros siguientes, ella me contó la historia de su búsqueda. Cuando terminó, le pregunté si podría, algún día, escribir lo que había oído.

En un primer momento ella asintió. Pero, cada vez que nos encontrábamos, iba colocando un obstáculo. Me pidió que cambiase los nombres de las personas involucradas, quería saber qué tipo de gente lo leería y cómo reaccionarían.

-No puedo saberlo -respondí-, pero creo que ésta no es la causa de tu preocupación.

-Tienes razón -dijo ella-. Es porque creo que es una experiencia muy particular. No sé si las personas podrán sacar algo provechoso de ella.

Éste es un riesgo que ahora corremos juntos, Brida. Un texto anónimo de la Tradición dice que cada perso­na, en su existencia, puede tener dos actitudes: Construir o Plantar. Los constructores pueden demorar años en sus tareas, pero un día terminan aquello que estaban haciendo. Entonces se paran y quedan limitados por sus propias paredes. La vida pierde el sentido cuando la construcción acaba.

Pero existen los que plantan. Éstos a veces sufren con las tempestades, las estaciones y raramente descansan. Pero al contrario que un edificio, el jardín jamás para de crecer. Y, al mismo tiempo que exige la atención del jardinero, también permite que, para él, la vida sea una gran aventura.

Los jardineros se reconocerán entre sí, porque saben que en la historia de cada planta está el crecimiento de toda la Tierra.

 

EL AUTOR


 

IRLANDA

Agosto 1983 - Marzo 1984

 

Verano y Otoño

 

-Deseo aprender magia -dijo la chica.

El Mago la miró. Jeans descoloridos, camiseta y el aire de desafío que toda persona tímida acostumbra usar cuando no debía. "Debo tener el doble de su edad", pensó el Mago. Y, a pesar de esto, sabía que estaba de­lante de su Otra Parte.

-Mi nombre es Brida -continuó ella-. Disculpe por no haberme presentado. Esperé mucho este momen­to, y estoy más ansiosa de lo que pensaba.

-¿Para qué quieres aprender magia? -preguntó él. -Para responder algunas preguntas de mi vida. Para conocer los poderes ocultos. Y, tal vez, para viajar al pasado y al futuro.

No era la primera vez que alguien iba hasta el bosque para pedirle esto. Hubo una época en que había sido un Maestro muy conocido y respetado por la Tradición. Había aceptado varios discípulos y creído que el mun­do cambiaría en la medida en que él pudiese cambiar a aquellos que lo rodeaban. Pero había cometido un error. Y los Maestros de la Tradición no pueden come­ter errores.

-¿No crees que eres muy joven?

-Tengo veintiún años -dijo Brida-. Si quisiera aprender ballet ahora, ya me encontrarían demasiado vieja.

El mago le hizo una seña para que lo acompañase. Los dos comenzaron a caminar juntos por el bosque, en silencio. "Es bonita-pensaba él, mientras las sombras de los árboles iban mudando rápidamente de posición porque el sol ya estaba cerca del horizonte-. Pero le doblo la edad." Esto significaba que posiblemente iba a sufrir.

Brida estaba irritada por el silencio del hombre que caminaba a su lado; su última frase ni siquiera había merecido un comentario por parte de él. El suelo del bosque estaba húmedo, cubierto de hojas secas; ella también reparó en las sombras cambiantes y la noche cayendo rápidamente. Dentro de poco oscurecería, y ellos no llevaban ninguna linterna.

"Tengo que confiar en él -se alentaba a sí misma-. Si creo que él me puede enseñar magia, también he de creer que me puede guiar por un bosque."

Continuaron caminando. El parecía andar sin rum­bo, de un lado para otro, cambiando de dirección sin que ningún obstáculo estuviese interrumpiendo su ca­mino. Más de una vez anduvieron en círculos, pasando tres o cuatro veces por el mismo lugar.

"Quién sabe si me está probando." Estaba resuelta a ir hasta el fin con aquella experiencia y procuraba de­mostrar que todo lo que estaba ocurriendo -inclusive las caminatas en circulo- eran cosas perfectamente normales.

Había venido desde muy lejos y había esperado mu­cho aquel encuentro. Dublín quedaba a casi 150 kiló­metros de distancia y los autobuses hasta aquella aldea eran incómodos y salían en horarios absurdos. Tuvo que levantarse temprano, viajar tres horas, preguntar por él

en la pequeña ciudad, explicar lo que deseaba con un hombre tan extraño. Finalmente le indicaron la zona del bosque donde él acostumbraba estar durante el día, pero no sin antes alguien prevenirla de que él ya había intentado seducir a una de las mozas de la aldea.

"Es un hombre interesante", pensó para sí. El cami­no ahora era una subida y ella comenzó a desear que el sol se demorase aún un poco más en el cielo. Tenía miedo de resbalar en las hojas húmedas que estaban en el suelo.

-¿Por qué quieres aprender magia?

Brida se alegró de que el silencio se rompiera. Repi­tió la misma respuesta de antes.

Pero a él no le satisfizo.

-Quizá quieras aprender magia porque es misterio­sa y oculta. Porque tiene respuestas que pocos seres hu­manos consiguen encontrar en toda su vida. Pero, so­bre todo, porque evoca un pasado romántico.

Brida no dijo nada. No sabía qué decir. Se quedó deseando que él volviese a su silencio habitual porque tenía miedo de dar una respuesta que no gustase al Mago.

Llegaron finalmente a lo alto de un monte, después de atravesar el bosque entero. El terreno allí tornábase rocoso y desprovisto de cualquier vegetación, pero era menos resbaladizo, y Brida acompañó al Mago sin nin­guna dificultad.

Él se sentó en la parte más alta y pidió a Brida que hiciese lo mismo.

-Otras personas ya estuvieron aquí antes -dijo el Mago-. Vinieron a pedirme que les enseñase magia. Pero yo ya enseñé todo lo que necesitaba enseñar, ya devolví a la Humanidad lo que ella me dio. Hoy quiero quedar­me solo, subir a las montañas, cuidar las plantas y co­mulgar con Dios.

-No es verdad -respondió la chica.

-¿Qué no es verdad? -él estaba sorprendido. -Quizá quiera comulgar con Dios. Pero no es ver­dad que quiera quedarse solo.

Brida se arrepintió. Dijo todo aquello impulsivamente y ahora era demasiado tarde para remediar su error. Tal vez existiesen personas a quienes les gustase que­darse solas. Tal vez las mujeres necesitasen más a los hombres que los hombres a las mujeres.

El Mago, no obstante, no parecía irritado cuando volvió a hablar.

Voy a hacerte una pregunta -dijo-. Tienes que ser absolutamente sincera en tu respuesta. Si me dices la verdad, te enseñaré lo que me pides. Si mientes, nunca más debes volver a este bosque.

Brida respiró aliviada. Era tan solo una pregunta. No precisaba mentir, eso era todo. Siempre consideró que los Maestros, para aceptar a sus discípulos, exigían co­sas más difíciles.

Se sentó enfrente de ella. Sus ojos estaban brillantes. -Supongamos que yo empiece a enseñarte lo que aprendí -dijo, con los ojos fijos en los de ella-. Co­mience a mostrarte los universos paralelos que nos ro­dean, los ángeles, la sabiduría de la Naturaleza, los mis­terios de la Tradición del Sol y de la Tradición de la Luna. Y, cierto día, vas hasta la ciudad para comprar algunos alimentos y encuentras en mitad de la calle al hombre de tu vida.

"No sabría reconocerlo", pensó ella. Pero resolvió quedarse callada; la pregunta parecía más difícil de lo que había imaginado.

-Él percibe lo mismo y consigue acercarse a ti. Os enamoráis. Tú continúas tus estudios conmigo, yo te muestro la sabiduría del Cosmos durante el día, él te mues­tra la sabiduría del Amor durante la noche. Pero llega un determinado momento en que ambas cosas ya no pueden seguir andando juntas. Necesitas escoger.

El Mago paró de hablar por algunos instantes. Inclu­so antes de preguntar, tuvo miedo de la respuesta de la joven. Su venida, aquella tarde, significaba el final de una etapa en la vida de ambos. El lo sabía, porque co­nocía las tradiciones y los designios de los Maestros. La necesitaba tanto como ella a él. Pero ella debía decir la verdad en aquel momento; era la única condición.

Ahora respóndeme con toda franqueza -dijo, al fin, tomando coraje-. ¿Dejarías todo lo que aprendis­te hasta entonces, todas las posibilidades y todos los misterios que el mundo de la magia te podría propor­cionar, para quedarte con el hombre de tu vida?

Brida desvió los ojos de él. A su alrededor estaban las montañas, los bosques y, allí abajo, la pequeña aldea co­menzaba a encender sus luces. Las chimeneas humeaban, dentro de poco las familias estarían reunidas en torno a la mesa para cenar. Trabajaban con honestidad, temían a Dios y procuraban ayudar al prójimo. Sus vidas estaban explicadas, eran capaces de entender todo lo que pasaba en el Universo, sin jamás haber oído hablar de cosas como la Tradición del Sol y la Tradición de la Luna.

-No veo ninguna contradicción entre mi búsqueda y mi felicidad -dijo ella.-

Responde a lo que te he preguntado -los ojos del Mago estaban fijos en los de ella-. ¿Abandonarías todo por esa persona?

Brida sintió unas ganas inmensas de llorar. No era ape­nas una pregunta, era una elección, la elección más difícil que las personas tienen que hacer en toda su vida. Ya ha­bía pensado mucho sobre esto. Hubo una época en que nada en el mundo era tan importante como ella misma. Tuvo muchos novios, siempre creyó que amaba a cada uno de ellos, y siempre vio al amor acabarse de un mo­mento a otro. De todo lo que conocía hasta entonces, el amor era lo más difícil. Actualmente estaba enamorada de alguien que tenía poco más que su edad, estudiaba Física y veía al mundo de manera totalmente diferente a la de ella. Nuevamente estaba creyendo en el amor, apos­tando a sus sentimientos, pero se había decepcionado tan­tas veces que ya no estaba segura de nada. Pero, aun así, ésta continuaba siendo la gran apuesta de su vida.

Evitó mirar al Mago. Sus ojos se fijaron en la ciudad con sus chimeneas humeando. Era a través del amor como todos procuraban entender el universo desde el comien­zo de los tiempos.

-Yo abandonaría -dijo finalmente.

Aquel hombre que estaba frente a ella jamás enten­dería lo que pasaba en el corazón de las personas. Era un hombre que conocía el poder, los misterios de la magia, pero no conocía a las personas. Tenía los cabe­llos grisáceos, la piel quemada por el sol, el físico de quien está acostumbrado a subir y bajar aquellas mon­tañas. Era encantador, con unos ojos que reflejaban su alma, llena de respuestas, y debía estar una vez másd ecepcionado con los sentimientos de los seres huma­nos comunes. Ella también estaba decepcionada consi­go misma, pero no podía mentir.

-Mírame -dijo el Mago.

Brida estaba avergonzada. Pero, aun así, miró. -Has dicho la verdad. Te enseñaré.

La noche cayó por completo y las estrellas brillaban en un cielo sin luna. En dos horas, Brida contó su vida entera a aquel desconocido. Intentó buscar hechos que explicasen su interés por la magia -como visiones en la infancia, premoniciones, llamadas interiores-, pero no consiguió encontrar nada. Tenía ganas de conocer, y eso era todo. Y por este motivo había frecuentado cursos de astrología, tarot y numerología.

-Esto son apenas lenguajes -dijo el Mago- y no son los únicos. La magia habla todos los lenguajes del cora­zón del hombre.

-¿Qué es la magia, entonces? -preguntó ella.

A pesar de la oscuridad, Brida percibió que el Mago había girado el rostro. Estaba mirando al cielo, absor­to, quién sabe si en busca de una respuesta.

-La magia es un puente -dijo, finalmente-. Un puente que te permite ir del mundo visible hacia el in­visible. Y aprender las lecciones de ambos mundos.

-Y, ¿cómo puedo aprender a cruzar ese puente? -Descubriendo tu manera de cruzarlo. Cada perso­na tiene su manera.

-Fue lo que vine a buscar aquí.

-Existen dos formas -respondió el Mago-. La Tra­dición del Sol, que enseña los secretos a través del Es­pacio, de las cosas que nos rodean. Y la Tradición de la

Luna, que enseña los secretos a través del Tiempo, de las cosas que están presas en su memoria.

 

Brida había entendido. La Tradición del Sol era aque­lla noche, los árboles, el frío en su cuerpo, las estrellas en el cielo. Y la Tradición de la Luna era aquel hombre frente a ella, con la sabiduría de los antepasados bri­llando en sus ojos.

-Aprendí la Tradición de la Luna -dijo el Mago, como si estuviese adivinando sus pensamientos-. Pero jamás fui un Maestro en ella. Soy un Maestro en la Tra­dición del Sol.

-Muéstreme la Tradición del Sol -dijo Brida, des­confiada, porque había presentido una cierta ternura en la voz del Mago.

-Te enseñaré lo que aprendí. Pero son muchos los caminos de la Tradición del Sol.

"Es preciso tener confianza en la capacidad que cada persona tiene de enseñarse a sí misma."

Brida no estaba equivocada. Había realmente ternu­ra en la voz del Mago. Aquello la asustaba, en vez de tranquilizarla.

-Soy capaz de entender la Tradición del Sol -dijo. El Mago dejó de mirar a las estrellas y se concentró en la chica. Sabía que ella todavía no era capaz de apren­der la Tradición del Sol. Aun así, debía enseñarla. Cier­tos discípulos eligen a sus Maestros.

-Quiero recordarte una cosa, antes de la primera lección -dijo-. Cuando alguien encuentra su cami­no, no puede tener miedo. Tiene que tener el coraje suficiente para dar pasos errados. Las decepciones; las derrotas, el desánimo, son herramientas que Dios utili­za para mostrar el camino.

-Herramientas extrañas -dijo Brida-. Muchas ve­ces hacen que las personas desistan.

El Mago conocía el motivo. Ya había experimentado en su cuerpo y alma estas extrañas herramientas de Dios. -Enséñeme la Tradición del Sol -insistió ella.

El Mago pidió a Brida que se recostara en un saliente de la roca y se relajara.

-No necesitas cerrar los ojos. Mira el mundo a tu alrededor y percibe todo cuanto puedas percibir. A cada momento, ante cada persona, la Tradición del Sol mues­tra la sabiduría eterna.

Brida hizo lo que el Mago le mandaba pero pensó que estaba yendo muy rápido.

-Ésta es la primera y más importante lección -dijo él-. Fue creada por un místico español, que enten­dió el significado de la fe. Su nombre era Juan de la Cruz.

Miró a la chica, entregada y confiada. Desde el fondo de su corazón, imploró que ella entendiese lo que iba a enseñarle. A fin de cuentas, ella era su Otra Parte, aun cuando todavía no lo supiera, aun cuando todavía fue­se demasiado joven y estuviera fascinada por las cosas y por las personas del mundo.  .

 

Brida llegó a ver, a través de la oscuridad, la figura del Mago entrando en el bosque y desapareciendo entre los árboles que había a su izquierda. Tuvo miedo de quedarse sola allí y procuró mantenerse relajada. Ésta era su primera lección: no podía mostrar ningún nervio­sismo.

"Él me aceptó como discípula. No puedo decepcio­narlo."

Estaba contenta consigo misma y al mismo tiempo sorprendida por la rapidez con que todo había sucedi­do. Pero jamás había dudado de su capacidad -estaba orgullosa de ella-, y de lo que la había llevado hasta allí. Estaba segura de que, desde algún lugar de la roca, el Mago estaba observando sus reacciones, para ver si era capaz de aprender la primera lección de magia. Él había hablado de coraje, pues, hasta con miedo -en el fondo de su mente comenzaban a surgir imágenes de serpientes y escorpiones que habitaban aquella roca-, ella debía demostrar valor. Dentro de poco él volvería, para enseñarle la primera lección.

"Soy una mujer fuerte y decidida", repitió, en voz baja, para sí misma. Era una privilegiada por estar allí, con aquel hombre, a quien las personas adoraban o temían. Revivió toda la tarde que habían pasado juntos, se acor­dó del momento en que percibió alguna ternura en su voz. "Quién sabe si también me encontró una mujer interesante. Tal vez incluso quisiera hacer el amor conmigo." No sería una mala experiencia; había algo extraño en sus ojos.

"Qué pensamientos tan tontos." Estaba allí, detrás algo muy concreto -un camino de conocimiento ­de repente, se percibía a sí misma como una simple mujer. Procuró no pensar más en esto y fue cuando dio cuenta de que ya había pasado mucho tiempo di de que el Mago la dejara sola.

Comenzó a sentir un inicio de pánico; la fama que corría respecto de ese hombre era contradictoria. Algunas personas decían que había sido el más poderoso Maestro que jamás conocieran, que era capaz de cambiar la dirección del viento, de abrir agujeros en las nubes, utilizando apenas la fuerza del pensamiento. Brida, como todo el mundo, quedaba fascinada por prodigios de esa naturaleza.

Otras personas, sin embargo -personas que frecuentaban el mundo de la magia, los mismos cursos y clases que ella frecuentaba-, garantizaban que él era un era un hechicero negro, que cierta vez había destruido a un hombre con su Poder porque se había enamorado de mujer de ese hombre. Y había sido por esa causa que pesar de ser un Maestro, había sido condenado a vagar en la soledad de los bosques.

"Quizá la soledad lo haya enloquecido más aún" y Brida comenzó a sentir de nuevo un inicio de pánico. A  pesar de su juventud, ya conocía los daños que la soledad era capaz de causar en las personas, principalmente cuando se hacían mayores. Había encontrado personas que habían perdido todo el brillo de vivir porque no conseguían ya luchar contra la soledad, y acabaron viciadas en ella. Eran, en su mayoría, personas que con­sideraban al mundo un lugar sin dignidad y sin gloria, que gastaban sus tardes y noches hablando sin parar de los errores que los otros habían cometido. Eran perso­nas a quienes la soledad había convertido en jueces del mundo, cuyas sentencias se esparcían a los cuatro vien­tos, para quien las quisiere oír. Tal vez el Mago hubiera enloquecido con la soledad.

De repente, un ruido más fuerte a su lado la sobresal­tó e hizo que su corazón se disparase. Ya no había nin­gún vestigio del abandono en que se encontraba antes. Miró a su alrededor sin distinguir nada. Una ola de pavor parecía nacer desde su vientre y difundirse por el cuerpo entero.

"Tengo que controlarme", pensó, pero era imposible. La imagen de las serpientes, de los escorpiones, los fan­tasmas de su infancia, comenzaron a aparecer frente a ella. Brida estaba demasiado aterrorizada para conse­guir mantener el control. Otra imagen surgió: la de un hechicero poderoso, con un pacto demoniaco, que es­taba ofreciendo su vida en holocausto.

-¿Dónde estás? -gritó finalmente. Ya no quería impresionar a nadie. Todo lo que quería era salir de allí.

Nadie respondió.

-¡Quiero salir de aquí! ¡Socorro!

Pero sólo estaba el bosque, con sus ruidos extraños. Brida se sintió desfallecer de miedo, creyó que iba a desmayarse. Pero no podía; ahora que tenía la certeza de que él estaba lejos, desmayarse sería peor. Tenía que mantener el control de sí misma.

Este pensamiento le hizo descubrir que alguna fuer­za dentro de ella estaba luchando para mantener el control. "No puedo continuar gritando", fue lo prime­ro que pensó. Sus gritos podían llamar la atención de otros hombres que vivían en aquel bosque, y hombres que viven en bosques pueden ser más peligrosos que animales salvajes.

"Tengo fe -comenzó a repetir, bajito-. Tengo fe en Dios, en mi Ángel de la Guarda, que me trajo hasta aquí y permanece conmigo. No sé explicar cómo es, pero sé que él está cerca. No tropezaré con ninguna piedra."

La última frase era de un Salmo que aprendió en la infancia y que hacía muchos años que no repetía. Su abuela, muerta poco tiempo atrás, se lo había enseña­do. Le hubiera gustado tenerla cerca en aquel momen­to; inmediatamente sintió una presencia amiga.

Estaba empezando a entender que había una gran diferencia entre peligro y miedo.

 "Lo que habita en el escondrijo del Altísimo...", así comenzaba el Salmo. Notó que estaba acordándose de todo, palabra por palabra, exactamente como si su abue­la estuviese recitando en aquel instante para ella. Re­citó durante algún tiempo, sin parar, y, a pesar del miedo, se sintió más tranquila. No tenía otra elección: o confiaba en Dios, en su Ángel de la Guarda, o se deses­peraba.

Sintió una presencia protectora. "Necesito creer en esta presencia. No sé explicarla, pero existe. Y perma­necerá conmigo toda la noche, porque yo sola no sé salir de aquí."

Cuando era pequeña, solía despertarse en mitad de la noche, espantada. Su padre, entonces, iba con ella

hasta la ventana y le mostraba la ciudad donde vivían. Le hablaba de los guardas nocturnos, del lechero que ya estaba entregando la leche, del panadero haciendo el pan de cada día. Su padre le pedía que expulsara a los monstruos que había colocado en la noche y los sustituyera por estas personas, que vigilaban la oscu­ridad. "La noche es apenas una parte del día", decía.

La noche era apenas una parte del día. Y del mismo modo que se sentía protegida por la luz, podía sentirse protegida por las tinieblas. Las tinieblas hacían que ella invocase aquella presencia protectora. Tenía que con­fiar en ella. Y esa confianza se llamaba Fe. Nadie jamás podría entender la Fe. La Fe era exactamente aquello que estaba sintiendo ahora, una zambullida sin expli­cación en una noche oscura como aquélla. Existía sólo porque se creía en ella. Así como los milagros tampoco tenían ninguna explicación, pero sucedían para quien creía en ellos.

"Él me habló de la primera lección", dijo ella, de re­pente, dándose cuenta. La presencia protectora estaba allí, porque creía en ella. Brida empezó a sentir el can­sancio de tantas horas de tensión. Comenzó a relajarse de nuevo, y se sintió cada momento más protegida.

Tenía fe. Y la fe no dejaría que el bosque fuese de nuevo poblado por escorpiones y serpientes. La fe man­tendría a su Ángel de la Guarda despierto, velando.

Se recostó otra vez en la roca y se durmió sin darse cuenta.

Cuando despertó ya había aclarado y un lindo sol colo­reaba todo a su alrededor. Tenía un poco de frío, la ropa sucia, pero su alma se sentía feliz. Había pasado una noche entera, sola, en un bosque.

Buscó con los ojos al Mago, aun sabiendo la inutili­dad de su gesto. El debía estar andando por los bos­ques, procurando "comulgar con Dios", y quizá pregun­tándose si aquella chica de la noche anterior había tenido el coraje de aprender la primera lección de la Tradición del Sol.

-Aprendí sobre la Noche Oscura -dijo ella al bos­que, que ahora estaba silencioso-. Aprendí que la búsqueda de Dios es una Noche Oscura. Que la Fe es una Noche Oscura.

"No fue sorpresa. Cada día del hombre es una Noche Oscura. Nadie sabe lo que va a pasar el próximo minu­to, e, incluso así, las personas van hacia adelante. Por­que confían. Porque tienen Fe."

O, quién sabe, porque no perciben el misterio ence­rrado en el próximo segundo. Pero esto no tenía la menor importancia, lo importante era saber que ella había entendido.

Que cada momento en la vida era un acto de fe. Que podía poblarlo con serpientes y escorpiones, o con una fuerza protectora.

Que la fe no tenía explicaciones. Era una Noche Os­cura. Y tan solo cabía a ella aceptarla o no.

Brida miró el reloj y vio que ya se estaba haciendo tarde. Tenía que tomar un autobús, viajar durante tres horas y pensar algunas explicaciones convincentes para dar a su novio; jamás se creería que ella había pasado la noche entera, sola, en un bosque.

-¡Es muy difícil la Tradición del Sol! -le gritó al bosque-. ¡Tengo que ser mi propia Maestra, y no era esto lo que yo esperaba!

Miró hacia la pequeña ciudad, allá abajo, trazó men­talmente su camino por el bosque y empezó a andar. Antes, no obstante, se volvió nuevamente hacia la roca.

-Quiero decir otra cosa -gritó con voz suelta y ale­gre-. Eres un hombre muy interesante.

Recostado en el tronco de un viejo árbol, el Mago vio cómo la chica se perdía en el bosque. Había escuchado su miedo y oído sus gritos durante la noche. En algún momento llegó a pensar en aproximarse, abrazarla, protegerla de su pavor, decirle que ella no necesitaba aquel tipo de desafío.

Ahora estaba contento de no haberlo hecho. Y orgulloso de que aquella chica; con toda su confusión juve­nil, fuese su Otra Parte.

En el centro de Dublín existe una librería especializa­da en los tratados de ocultismo más avanzados. Es una librería que jamás hizo publicidad alguna en diarios ni revistas: las personas sólo llegan allí recomendadas por otras, y el librero queda contento, porque tiene un pú­blico selecto y especializado.

Aun así, la librería está siempre llena. Después de oír hablar mucho de ella, finalmente Brida consiguió la dirección por medio del profesor de un curso de viaje astral al que estaba asistiendo. Fue allí una tarde, des­pués del trabajo, y quedó encantada con el lugar.

Desde entonces siempre que podía iba a ver los li­bros: apenas mirarlos, porque eran todos importados y muy caros. Acostumbraba hojearlos uno por uno, pres­tando atención a los dibujos y símbolos que algunos volúmenes traían, y sintiendo intuitivamente la vibra­ción de todo aquel conocimiento acumulado. Después de la experiencia con el Mago se había vuelto más cau­telosa. A veces se enfadaba consigo misma porque sólo conseguía participar en las cosas que podía entender. Presentía que estaba perdiendo algo importante en esta vida, que de esa manera sólo tendría experiencias re­petidas. Pero no encontraba la valentía para cambiar. Necesitaba estar siempre mirando su camino; ahora que conocía la Noche Oscura, sabía que no deseaba andar por ella.

Y a pesar de quedar insatisfecha consigo misma, al­gunas veces le era imposible ir más allá de sus propios límites.

Los libros eran más seguros. Los estantes contenían reediciones de tratados escritos centenares de años atrás; muy poca gente se arriesgaba a decir algo nuevo en este campo. Y la sabiduría oculta parecía sonreír en aque­llas páginas, distante y ausente, ante el esfuerzo de los hombres en intentar develarla a cada generación.

Además de los libros, Brida tenía otro gran motivo para frecuentar el local: se quedaba observando a quie­nes venían siempre allí. A veces fingía hojear respetables tratados alquímicos, pero sus ojos estaban concentra­dos en las personas -hombres y mujeres, generalmen­te más viejos que ella- que sabían lo que deseaban e iban siempre hacia el estante adecuado. Intentaba ima­ginar cómo debían ser en la intimidad. A veces pare­cían sabios, capaces de despertar la fuerza o el poder que los mortales no conocían. Otras, apenas personas desesperadas, intentando descubrir nuevamente res­puestas que olvidaron hace mucho tiempo y sin las cua­les la vida dejaba de tener sentido.

Reparó también en que los clientes más usuales acos­tumbraban conversar siempre con el librero. Hablaban de cosas extrañas, como fases de la luna, propiedades de las piedras y pronunciación correcta de palabras rituales.

Cierta tarde Brida decidió hacer lo mismo. Estaba regresando del trabajo, donde todo le había ido bien. Consideró que debía aprovechar el día de suerte.

-Sé que existen sociedades secretas -dijo. Creyó que era un buen comienzo para la conversación. Ella "sabía" algo.

Pero todo lo que el librero hizo fue levantar la cabe­za de las cuentas que estaba haciendo y mirar espanta­do a la chica.

-Estuve con el Mago de Folk --dijo una Brida ya medio desconcertada, sin saber cómo continuar-. Él me habló sobre la Noche Oscura. Él me dijo que el camino de la sabiduría es no tener miedo de errar.

Reparó en que el librero ya estaba prestando más aten­ción a sus palabras. Si el Mago le había enseñado algo, es porque ella debía ser una persona especial.

-Si sabes que el camino es la Noche Oscura, enton­ces, ¿por qué buscar los libros? --dijo él, finalmente, y ella entendió que la referencia al Mago no había sido una buena idea.

-Porque no quiero aprender de esa manera -res­pondió ella.

El librero se quedó mirando a la joven que estaba frente a él. Ella poseía un Don. Pero era extraño que, sólo por esto, el Mago de Folk le hubiese dedicado tan­ta atención. Debía haber otra causa. También podía ser mentira, pero ella había hecho comentarios sobre la Noche Oscura.

-Te he visto siempre por aquí -dijo-. Entras, ho­jeas todo y nunca compras libros.

-Son caros -dijo Brida, presintiendo que él estaba interesado en continuar la conversación-. Pero he leí­do otros libros, frecuenté varios cursos.

'Le dijo el nombre de los profesores. Tal vez el librero se quedase todavía más impresionado.

De nuevo la situación resultó contraria a sus expec­tativas. El librero la interrumpió y fue a atender a un

cliente que quería saber si el almanaque con las posi­ciones planetarias para los próximos cien años había llegado.

El librero consultó una serie de paquetes que esta­ban debajo del mostrador. Brida reparó en que los pa­quetes traían sellos de distintas partes del mundo.

Estaba cada vez más nerviosa; su coraje inicial había pasado por completo. Pero tuvo que esperar a que el cliente recibiera el libro, pagase, le devolvieran el cam­bio y se fuera. Sólo entonces, el librero se dirigió nue­vamente a ella.

-No sé cómo continuar -dijo Brida. Sus ojos esta­ban comenzando a ponerse colorados.

-¿Qué sabes hacer bien? -preguntó él.

-Ir tras de lo que creo -no había otra respuesta. Vivía corriendo tras de lo que creía. El problema es que cada día creía en una cosa diferente.

El librero escribió un nombre en el papel donde es­taba haciendo sus cuentas. Arrancó el pedazo donde había escrito v lo mantuvo en su mano.

-Voy a darte una dirección -dijo-. Hubo una época en que las personas aceptaban las experiencias mágicas como cosas naturales. En aquel entonces no había siquiera sacerdotes. Y nadie salía corriendo tras secretos ocultos.

Brida no sabía si se estaría refiriendo a ella. -¿Sabes lo que es la magia? -preguntó él.

-Es un puente. Entre el mundo visible y el invisible. El librero le extendió el papel. Allí estaba un teléfo­no y un nombre: Wicca.

Brida agarró rápidamente el papel, le agradeció y salió. Al llegar a la puerta, se volvió hacia él:

-Y también sé que la magia habla muchos lengua­jes. Incluso el de los libreros, que se fingen difíciles pero que son generosos y accesibles.

Le mandó un beso y desapareció tras la puerta. El librero interrumpió sus cuentas y se quedó mirando su tienda. "El Mago de Folk le enseñó estas cosas", pensó. Un don, por bueno que fuese, no era suficiente para que el Mago se interesase; debía existir otro motivo. Wicca sería capaz de descubrir cuál era.

Ya era hora de cerrar. El librero estaba notando que el público de su tienda comenzaba a cambiar. Era cada vez más joven; como decían los viejos tratados que po­blaban sus estantes, las cosas empezaban a volver, final­mente, al lugar de donde partieron.

El edificio antiguo estaba en el centro de la ciudad, en un lugar que hoy en día sólo es frecuentado por turis­tas en busca del romanticismo del siglo pasado. Brida tuvo que esperar una semana hasta que Wicca deci­diera recibirla y ahora se hallaba delante de una cons­trucción grisácea y misteriosa, intentando contener su excitación. Aquel edificio encajaba con el modelo de su búsqueda, era exactamente en un lugar como aquél donde debían vivir las personas que frecuentaban la li­brería.

El lugar no tenía ascensor. Subió las escaleras lenta­mente, para no llegar sofocada. Tocó el timbre de la única puerta del tercer piso.

Un perro ladró, desde adentro. Después de algún rato, una mujer delgada, bien vestida y con un aire se­vero, salió a recibirla.

-Fui yo quien telefoneó -dijo Brida.

Wicca le hizo una señal para que entrase, y Brida se encontró en una sala toda blanca, con obras de arte moderno en las paredes y en las mesas. Cortinas igual­mente blancas ayudaban a filtrar la luz del sol; el am­biente estaba dividido en varios planos, distribuyendo con armonía los sofás, la mesa y la biblioteca repleta de libros. Todo parecía decorado con muy buen gusto, y Brida se acordó de ciertas revistas de arquitectura que acostumbraba hojear en los quioscos.

"Debe haber costado muy caro", fue el único pensa­miento que se le ocurrió.

Wicca llevó a la recién llegada hasta uno de los ambien­tes de la inmensa sala, donde había dos sillones de diseño italiano, hechos de cuero y acero. Entre ambos había una mesita baja, de vidrio, con las patas también de acero. -Eres muy joven -dijo Wicca, finalmente.

No serviría hablar de las bailarinas, etc. Brida perma­neció en silencio, esperando el próximo comentario, mientras intentaba imaginar qué hacía un ambiente tan moderno como aquél en un edificio tan antiguo. Su idea romántica de la búsqueda del conocimiento se había disipado nuevamente.

-Él me telefoneó -dijo Wicca; Brida entendió que se estaba refiriendo al librero.

Vine en busca de un Maestro. Quiero recorrer el camino de la magia.

Wicca miró a la chica. Ella, de hecho, poseía un Don. Pero necesitaba saber por qué el Mago de Folk se había interesado tanto por ella. El Don, por sí solo, no era bas­tante. Si el Mago de Folk fuese un iniciante en la ma­gia, podría haber quedado impresionado por la clari­dad con que el Don se manifestaba en la chica. Pero él ya había vivido lo suficiente como para aprender que toda y cualquier persona poseía un Don; ya no era sen­sible a esos ardides.

Levantóse, fue hasta el estante y tomó su baraja pre­ferida.

-¿Sabes echarlas? -preguntó.

Brida balanceó la cabeza afirmativamente. Había he­cho algunos cursos, sabía que la baraja en la mano de la mujer era un tarot con sus setenta y ocho cartas. Ha­bía aprendido algunas maneras de colocar el tarot y se alegró por tener una oportunidad de mostrar sus cono­cimientos.

Pero la mujer se quedó con la baraja. Mezcló las car­tas, las colocó en la mesita de vidrio con las caras hacia abajo. Se quedó mirándolas en esa posición, completa­mente desorganizadas, diferente de cualquier método que Brida aprendiera en sus cursos. Después, dijo algu­nas palabras en una lengua extraña y giró solamente una de las cartas de la mesa.

Era la carta número 23. Un rey de bastos.

-Buena protección -dijo ella-. De un hombre poderoso, fuerte, de cabellos negros.

Su novio no era ni poderoso ni fuerte. Y el Mago te­nía los cabellos grisáceos.

-No pienses en su aspecto físico -dijo Wicca, como si estuviese adivinando su pensamiento-. Piensa en tu Otra Parte.

-¿Qué es la Otra Parte? -Brida estaba sorprendida con la mujer. Ella le inspiraba un respeto misterioso, una sensación diferente de la que tuviera con el Mago o con el librero.

Wicca no respondió a la pregunta. Volvió a reunir y barajar las cartas y nuevamente las esparció desordena­damente sobre la mesa -sólo que esta vez con las caras hacia arriba-. La carta que estaba en medio de aque­lla aparente confusión era la carta número 11. La Fuer­za. Una mujer abriendo la boca de un león. Wicca re­tiró la carta y le pidió que la tomara. Brida la tomó, sin saber bien lo que debía hacer.

Tu lado más fuerte siempre fue mujer en otras en­carnaciones -dijo ella.

-¿Qué es la Otra Parte? -insistió Brida. Era la pri­mera vez que desafiaba a aquella mujer. Incluso así, era un desafío lleno de timidez.

Wicca quedó un momento en silencio. Una sospecha pasó por el fondo de su mente: el Mago no había ense­ñado nada sobre la Otra Parte a aquella chica. "Tonte­rías", se dijo para sí misma. Y apartó el pensamiento.

-La Otra Parte es lo primero que las personas apren­den cuando quieren seguir la Tradición de la Luna -respondió-. Sólo entendiendo a la Otra Parte es como se entiende que el conocimiento puede ser trans­mitido a través del tiempo.

Ella iba a explicar. Brida permaneció en silencio, an­siosa.

-Somos eternos, porque somos manifestaciones de Dios -dijo Wicca-. Por eso pasamos por muchas vi­das y por muchas muertes, saliendo de un punto que nadie sabe y dirigiéndonos a otro que tampoco cono­cemos. Acostúmbrate al hecho de que muchas cosas en la magia no son ni serán nunca explicadas. Dios resol­vió hacer ciertas cosas de cierta manera, y el porqué hizo esto es un secreto que sólo Él conoce.

"La Noche Oscura de la Fe", pensó Brida. Ella tam­bién existía en la Tradición de la Luna.

---El hecho es que esto sucede -continuó Wicca-. Y cuando las personas piensan en la reencarnación, siempre se enfrentan con una pregunta muy difícil: si en el comienzo existían tan pocos seres humanos sobre la faz de la Tierra, y hoy existen tantos, ¿de dónde vie­nen esas nuevas almas?

Brida estaba con la respiración suspendida. Ya se ha­bía hecho esta pregunta a sí misma muchas veces.

-La respuesta es simple -dijo Wicca, después de saborear por algún tiempo la ansiedad de la joven-. En ciertas reencarnaciones, nos dividimos. Así como los cristales y las estrellas, así como las células y las plan­tas, también nuestras almas se dividen.

Nuestra alma se transforma en dos, estas nuevas al­mas se transforman en otras dos, y así en algunas ge­neraciones, estamos esparcidos por buena parte de la Tierra.

— ¿Y sólo una de estas partes tiene la conciencia de quién es? -preguntó Brida. Guardaba muchas pregun­tas, pero quería hacerlas una por una; ésta le parecía la más importante.

-Hacemos parte de lo que los alquimistas llaman el Anima Mundi, el Alma del Mundo -dijo Wicca, sin res­ponder a Brida-. En verdad, si el Anima Mundi se li­mitara a dividirse, estaría creciendo pero también que­dándose cada vez más débil. Por eso, así como nos dividimos, también nos reencontramos. Y este reen­cuentro se llama Amor. Porque cuando un alma se divi­de, siempre se divide en una parte masculina y una fe­menina.

Así está explicado en el libro del Génesis: "El alma de Adán se dividió, y Eva nació de dentro de él".

Wicca se detuvo, de repente, y se quedó mirando la baraja esparcida sobre la mesa.

-Son muchas cartas -continuó- pero forman par­te de la misma baraja. Para entender su mensaje las necesitamos a todas, todas son igualmente importan­tes. Así también son las almas. Los seres humanos están todos interligados, como las cartas de esta baraja. En cada vida tenemos una misteriosa obligación de reen­contrar, por lo menos, una de esas Otras Partes. El Amor Mayor, que las separó, se pone contento con el Amor que las vuelve a unir.

-¿Y cómo puedo saber que es mi Otra Parte? -ella consideraba esta pregunta como una de las más impor­tantes que había hecho en toda su vida.

Wicca se rió. Ella también se había preguntado sobre eso, con la misma ansiedad que aquella joven que tenía enfrente. Era posible conocer a la Otra Parte por el bri­llo en los ojos: así, desde el inicio de los tiempos, las personas reconocían a su verdadero amor. La Tradición de la Luna tenía otro procedimiento: un tipo de vi­sión que mostraba un punto luminoso situado encima del hombro izquierdo de la Otra Parte. Pero todavía no se lo contaría; tal vez ella aprendiese a ver ese pun­to, tal vez no. En breve tendría la respuesta.

-Corriendo riesgos -le dijo a Brida-. Corriendo el riesgo del fracaso, de las decepciones, de las desilu­siones, pero nunca dejando de buscar el Amor. Quien no desista de la búsqueda, vencerá.

Brida recordó que el Mago había dicho algo seme­jante, al referirse al camino de la magia. "Quizá sea una cosa sola", pensó.

Wicca comenzó a recoger la baraja de la mesa y Brida presintió que el tiempo se estaba agotando. Sin embar­go, quedaba otra pregunta por hacer.

-¿Podemos encontrar más de una Otra Parte en cada vida?

"Sí -pensó Wicca con cierta amargura-. Y cuando esto sucede, el corazón queda dividido y el resultado es dolor y sufrimiento. Sí, podemos encontrar tres o cua­tro Otras Partes, porque somos muchos y estamos muy

dispersos." La chica estaba haciendo las preguntas cer­teras, y ella necesitaba evadirlas.

-La esencia de la Creación es una sola --dijo-. Y esta esencia se llama Amor. El Amor es la fuerza que nos reú­ne otra vez, para condensar la experiencia esparcida en muchas vidas, en muchos lugares del mundo. Somos res­ponsables por la Tierra entera, porque no sabemos dón­de están las Otras Partes que fuimos desde el comienzo de los tiempos; si ellas estuvieran bien, también seremos feli­ces. Si estuvieran mal, sufriremos, aunque inconsciente­mente, una parcela de ese dolor. Pero, sobre todo, somos responsables por reunir nuevamente, por lo menos una vez en cada encarnación, a la Otra Parte que con seguri­dad se cruzará en nuestro camino. Aunque sea por unos instantes siquiera, porque esos instantes traen un Amor tan intenso que justifica el resto de nuestros días.

El perro ladró en la cocina. Wicca acabó de recoger la baraja de la mesa y miró una vez más a Brida. -También podemos dejar que nuestra Otra Parte siga adelante, sin aceptarla o siquiera percibirla. En­tonces necesitaremos más de una encarnación para encontrarnos con ella. Y, por causa de nuestro egoísmo, seremos condenados al peor suplicio que inventamos para nosotros mismos: la soledad.

Wicca se levantó y acompañó a Brida hasta la puerta. -No has venido aquí para saber sobre la Otra Parte -dijo, antes de despedirse-. Tú tienes un Don, y des­pués de que sepas de qué Don se trata, quizá pueda enseñarte la Tradición de la Luna.

Brida se sintió una persona especial. Necesitaba sen­tirse así; aquella mujer inspiraba un respeto que poca gente le había infundido.

-Haré lo posible. Quiero aprender la Tradición de la Luna.

"Porque la Tradición de la Luna no necesita bosques oscuros", pensó.

-Presta atención, jovencita -dijo Wicca con severi­dad-. Todos los días a partir de hoy, a una misma hora que tú elegirás, quédate sola y abre una baraja de tarot sobre la mesa. Ábrela al azar y no procures entender nada. Limítate a contemplar las cartas. Ellas, a su debi­do tiempo, te enseñarán todo lo que necesitas saber por el momento.

"Parece la Tradición del Sol; yo de nuevo enseñándo­me a mí misma", pensó Brida, mientras bajaba las esca­leras. Y fue cuando estaba en el autobús, cuando se dio cuenta de que la mujer se había referido a un Don. Pero podrían conversar sobre esto en un próximo encuentro.

Durante una semana, Brida dedicó media hora al día a esparcir su baraja sobre la mesa de la sala. Acostumbra­ba acostarse a las diez de la noche y colocar el desperta­dor a la una de la madrugada. Se levantaba, hacía un rápido café y se sentaba para contemplar las cartas, pro­curando comprender su lenguaje oculto.

La primera noche estuvo llena de excitación. Brida estaba convencida de que Wicca le había pasado algu­na especie de ritual secreto, e intentó colocar la baraja exactamente como ella lo había hecho, segura de que mensajes ocultos acabarían por revelarse. Después de me­dia hora, con excepción de algunas pequeñas visiones que ella consideró fruto de su imaginación, nada de es­pecial sucedió.

Brida repitió lo mismo la segunda noche. Wicca ha­bía dicho que la baraja le contaría su propia historia y -a juzgar por los cursos que ella había frecuenta­do- era una historia muy antigua, de más de tres mil años de edad, cuando los hombres estaban aún próxi­mos a la sabiduría original.

"Los dibujos parecen tan simples", pensaba. Una mujer abriendo la boca de un león, un carro tirado por dos animales misteriosos, un hombre con una mesa llena de objetos frente a él. Había aprendido que aquella baraja era un libro: un libro donde la Sa­biduría Divina anotó los principales cambios del hom­bre en su viaje por la vida. Pero su autor, sabiendo que la Humanidad se acordaba con más facilidad del vicio que de la virtud, hizo que el libro sagrado fuese transmitido a través de las generaciones bajo la for­ma de un juego. La baraja era una invención de los dioses.

"No puede ser así de simple", pensaba Brida, cada vez que esparcía las cartas sobre la mesa. Conocía mé­todos complicados, sistemas elaborados, y aquellas car­tas desordenadas comenzaron a desordenar también su raciocinio. La sexta noche tiró todas las cartas al sue­lo, irritada. Por un momento pensó que aquel gesto suyo tuviese una inspiración mágica, pero los resulta­dos fueron igualmente nulos; apenas algunas intuicio­nes que ella no conseguía definir, y que siempre consi­deraba como fruto de su imaginación.

Al mismo tiempo, la idea de la Otra Parte no se le iba de la cabeza ni por un minuto. Al principio creyó que estaba volviendo a la adolescencia, a los sueños del prín­cipe encantado que cruzaba montañas y valles para buscar a la dueña de un zapatito de cristal o para besar a una mujer adormecida. "Los cuentos de hadas siem­pre hablan de la Otra Parte", bromeaba ella misma. Los cuentos de hadas fueron su primera inmersión en el mundo mágico en el que estaba ahora ansiosa por en­trar, y más de una vez se preguntó por qué las personas terminaban alejándose tanto de este mundo, aun sa­biendo las inmensas alegrías que la infancia dejaba en sus vidas.

"Quizá porque no estén contentas con la alegría." Encontró su frase medio absurda, pero la registró en su Diario como algo creativo.

Después de una semana con la idea de la Otra Parte rondándole en la mente, Brida empezó a ser poseída por una sensación aterradora: la posibilidad de esco­ger al hombre equivocado. La octava noche, al desper­tarse una vez más para contemplar sin ningún resultado las cartas del tarot, decidió invitar a su novio a cenar al día siguiente.

Escogió un restaurante que no era muy caro, pues él siempre quería pagar las cuentas a pesar de que el suel­do como asistente de catedrático de Física de la Univer­sidad era bastante más bajo que el de ella como secreta­ria. Aún era verano y se sentaron en una de las mesas que el restaurante colocaba en la acera, a la orilla del río.

-Quiero saber cuándo los espíritus me dejarán dor­mir contigo otra vez -dijo Lorens, de buen humor. Brida lo miró con ternura. Le había pedido que estu­viera quince días sin ir al departamento y él había acce­dido, haciendo tan solo las protestas suficientes para que ella entendiese cuánto la amaba. También él, a su manera, buscaba los mismos misterios del Universo; si algún día le pidiese que se mantuviera quince días ale­jada, ella tendría que aceptar.

Cenaron sin prisa y sin conversar mucho, mirando las barcas que cruzaban el río y a las personas que pa­seaban por la acera. La botella de vino blanco que esta­ba en la mesa se vació y fue pronto sustituida por otra. Media hora después las dos sillas estaban juntas, y contemplaban abrazados el cielo estrellado de verano.

--Fíjate en este cielo -dijo Lorens, acariciándole los cabellos-. Estamos mirando a un cielo de millares de años atrás.

Él le había dicho eso el día en que se encontraron. Pero Brida no quiso interrumpir, ésta era la manera en que él compartía su mundo con ella.

-Muchas de estas estrellas ya se apagaron y, sin em­bargo, sus luces todavía están recorriendo el Universo. Otras estrellas nacieron lejos y sus luces aún no llega­ron hasta nosotros.

-¿Entonces nadie sabe cómo es el cielo verdadero? -ella también había hecho esa pregunta la primera noche. Pero era bueno repetir momentos tan agra­dables.

-No lo sabemos. Estudiamos lo que vemos, y no siem­pre lo que vemos es lo que existe.

-Quiero preguntarte una cosa. ¿De qué materia es­tamos hechos? ¿De dónde vinieron esos átomos que forman nuestro cuerpo?

Lorens respondió, mirando el cielo antiguo: -Fueron creados junto con estas estrellas y este río que estás viendo. En el primer segundo del Universo. -Entonces, después de este primer momento de Creación, ¿no se añadió nada más?

-Nada más. Todo se movió y se mueve. Todo se trans­formó y continúa transformándose. Pero toda la mate­ria del Universo es la misma de billones de años atrás. Sin que un átomo tan siquiera haya sido agregado.

Brida se quedó mirando el movimiento del río, y el movimiento de las estrellas. Era fácil percibir el río co­rriendo sobre la Tierra, pero era difícil notar a las es­trellas moviéndose en el cielo. No obstante, uno y otras se movían.

-Lorens -dijo por fin, después de un largo tiempo en que los dos se quedaron en silencio, viendo pasar

un barco-. Deja que te haga una pregunta que puede parecer absurda: ¿es físicamente posible que los áto­mos que componen mi cuerpo hayan estado en el cuer­po de alguien que vivió antes de mí?

Lorens la miró, espantado.

-¿Qué es lo que estás queriendo saber? -Sólo esto que te pregunté. ¿Es posible?

-Pueden estar en las plantas, en los insectos, pue­den haberse transformado en moléculas de helio y es­tar a millones de kilómetros de la Tierra.

-Pero, ¿es posible que los átomos del cuerpo de al­guien que ya murió estén en mi cuerpo y en el cuerpo de otra persona?

Él se quedó callado, por algún tiempo. -Sí, es posible -respondió finalmente.

Una música distante comenzó a sonar. Venía de una barcaza que cruzaba el río y, a pesar de la distancia, Bri­da podía distinguir la silueta de un marinero enmarcada por la ventana encendida. Era una música que le recor­daba su adolescencia y traía de vuelta los bailes en la escuela, el olor de su cuarto, el color de la cinta con que acostumbraba atarse la cola de caballo. Brida se dio cuen­ta de que Lorens jamás había pensado en lo que ella acababa de preguntarle, y quizá en este momento estu­viera procurando saber si en su cuerpo había átomos de guerreros vikingos, de explosiones volcánicas, de anima­les prehistóricos y misteriosamente desaparecidos.

Pero ella pensaba en otra cosa. Todo lo que quería saber era si el hombre que la abrazaba con tanto cariño había sido, un día, parte de ella misma.

La barca se fue acercando y su música comenzó a lle­nar todo el ambiente. En otras mesas se interrumpió

también la conversación para descubrir de dónde ve­nía aquel sonido, porque todos tuvieron algún día una adolescencia, bailes en la escuela y sueños con cuentos de guerreros y hadas.

-Te amo, Lorens.

Y Brida deseó fervientemente que aquel muchacho que sabía tantas cosas sobre la luz de las estrellas tuvie­se un poco del alguien que ella fuera un día.

 

"No lo conseguiré."

Brida se sentó en la cama y buscó el paquete de ciga­rrillos en la mesita de luz. Contrariando todos sus hábi­tos, resolvió fumar estando aún en ayunas.

Faltaban dos días para encontrarse otra vez con Wicca. Durante aquellas semanas tenía la certeza de haber dado lo mejor de sí. Había colocado todas sus esperanzas en el proceso que aquella mujer bonita y misteriosa le había enseñado, y luchó durante todo el tiempo para no decepcionarla; pero la baraja rehusó revelar su se­creto.

Durante las tres noches anteriores, siempre que acaba­ba el ejercicio, tenía ganas de llorar. Estaba desprotegida, sola y con la sensación de que una gran oportunidad se le estaba escapando de las manos. Nuevamente sentía que la vida la trataba de una manera diferente que a las demás personas: le daba todas las oportunidades para que pu­diese conseguir algo y, cuando estaba próxima a su objeti­vo, se abría la tierra y se la tragaba. Así había sucedido con sus estudios, con algunos novios, con ciertos sueños que jamás compartiera con otras personas. Y estaba siendo así con el camino que quería recorrer.

Pensó en el Mago; tal vez pudiese ayudarla. Pero se había prometido a sí misma que sólo volvería a Folk cuan­do entendiese de magia lo suficiente como para enfren­tarlo.

Y ahora parecía que esto jamás llegaría a suceder... Permaneció mucho rato en la cama antes de decidir levantarse y preparar el desayuno. Finalmente tomó valor y decidió enfrentar un día más, una "Noche Os­cura Cotidiana" más, como acostumbraba decir desde que había tenido su experiencia en el bosque. Preparó el café, miró el reloj y vio que aún tenía tiempo sufi­ciente.

Fue hasta el estante y buscó, entre los libros, el papel, que le había dado el librero. Existían otros caminos, se consolaba a sí misma. Si había conseguido llegar hasta el Mago, si había conseguido llegar hasta Wicca, termi­naría llegando hasta la persona que podía enseñarle de manera que ella pudiera entenderlo.

Pero sabía que esto era sólo una disculpa. "Vivo desistiendo de todo lo que comienzo", pensó, con cierta amargura. Quizá dentro de poco la vida comenzase a percibir esto y dejara de darle las oportunidades que siempre le había dado. O, quizá, desistiendo siempre al comienzo, agotara todos los caminos sin haber dado siquiera un solo paso.

Pero ella era así, y se sentía cada vez más débil, más incapaz de cambiar. Hasta hace algunos años lamen­taba sus actitudes, aún era capaz de algunos gestos de heroísmo; ahora se estaba acomodando a sus propios errores. Conocía a otras personas así: se acostumbra­ban a sus faltas y en poco tiempo confundían sus faltas con virtudes. Entonces ya era demasiado tarde para cam­biar de vida.

Pensó en no llamar a Wicca, simplemente desapare­cer. Pero existía la librería, y ella no tendría valor para presentarse allí de nuevo. Si desaparecía así, el librero la trataría mal la próxima vez. "Muchas veces, por causa de un gesto impensado mío con una persona, terminé apartándome de otras que me eran queridas." Ahora no podía ser así. Estaba en un camino donde los con­tactos importantes eran muy difíciles.

Tomó valor y marcó el número que estaba en el pa­pel. Wicca atendió al otro lado.

-No podré ir mañana -dijo Brida.

-Ni tú ni el plomero -respondió Wicca. Brida se quedó algunos instantes sin entender lo que la mujer estaba diciendo.

Pero Wicca comenzó a quejarse de que tenía una ave­ría en la pileta de la cocina, que ya había llamado varias veces a un hombre para arreglarla y que el hombre nunca aparecía. Comenzó a contar una larga historia sobre los edificios antiguos, muy imponentes pero con problemas insolubles.

-¿Tienes el tarot por ahí cerca? -preguntó Wicca, en mitad del relato del plomero.

Brida, sorprendida, le dijo que sí. Wicca le pidió que esparciese las cartas sobre la mesa, pues iba a enseñarle un método de juego para descubrir si el plomero apa­recería o no a la mañana siguiente.

Brida, más sorprendida aún, hizo lo que le mandaba. Esparció las cartas y se quedó mirando, ausente, hacia la mesa, mientras esperaba instrucciones desde el otro lado de la línea. El valor para decir el motivo de la lla­mada se iba desvaneciendo poco a poco.

Wicca no paraba de hablar, y Brida resolvió escucharla con paciencia. Quizá consiguiese hacerse amiga de ella. Quizá, entonces, ella fuese más tolerante y le enseñase métodos más fáciles de encontrar la Tradición de la Luna.

Wicca, mientras tanto, iba pasando de un asunto a otro, después de hacer todas las quejas sobre los plo­meros comenzó a contarle la discusión que había te­nido, bien temprano, con la administradora sobre el suel­do del portero del edificio. Después enlazó ese asunto con unas consideraciones sobre las pensiones que esta­ban pagando a los jubilados.

Brida acompañaba todo aquello con murmullos afir­mativos. Estaba de acuerdo con todo lo que la otra de­cía, pero ya no conseguía prestar atención a nada. Un tedio mortal se apoderó de ella; la conversación de aque­lla mujer casi extraña sobre plomeros, porteros y jubi­lados, a aquella hora de la mañana, era una de las cosas más aburridas que había escuchado en toda su vida. Intentó distraerse con las cartas de encima de la mesa, mi­rando pequeños detalles que habían pasado inadvertidos otras veces.

De vez en cuando Wicca le preguntaba si la estaba escuchando, y ella musitaba que sí. Pero su mente esta­ba lejos, viajando, paseando por lugares donde jamás estuviera. Cada detalle de las cartas parecía empujarla más hondo en el viaje.

De repente, como quien penetra en un sueño, Brida percibió que ya no conseguía escuchar lo que la otra le decía. Una voz, una voz que parecía venir de dentro de ella -pero que ella sabía que venía de afuera- comen­zó a susurrarle algo. "¿Estás entendiendo?" Brida decía que sí. "Sí, estás entendiendo", dijo la misteriosa voz.

Esto, no obstante, no tenía la menor importancia. El tarot frente a ella comenzó a mostrar escenas fantásti­cas; hombres vestidos apenas con tangas, cuerpos bron­ceados al sol y cubiertos de aceite. Algunos usaban más­caras que parecían gigantescas cabezas de pez. Nubes pasaban corriendo por el cielo, como si todo estuviese en un movimiento mucho más rápido que el normal, y la escena cambiaba de repente a una plaza, con edifi­cios monumentales, donde algunos viejos contaban se­cretos a unos muchachos. Había desesperación y prisa en la mirada de los viejos, como si un conocimiento muy antiguo estuviese a punto de perderse definitiva­mente.

"Suma el siete y el ocho y tendrás mi número. Soy el demonio y firmé el libro", dijo un muchacho vestido con ropas medievales, después que la escena se convir­tió en una especie de fiesta. Algunas mujeres y hom­bres sonreían, y estaban embriagados. Las escenas se cambiaron a templos enclavados en rocas al lado del mar, el cielo comenzó a cubrirse de nubes negras, de donde salían rayos muy brillantes.

Apareció una puerta. Era una puerta pesada, como la puerta de un viejo castillo. La puerta se aproximaba a Brida y ella presintió que en poco tiempo conseguiría abrirla.

"Vuelve de allí", dijo la voz.

Vuelve, vuelve -dijo la voz del teléfono. Era Wicca. Brida quedó irritada porque estaba interrumpiendo una experiencia tan fantástica, para volver a hablar de por­teros y plomeros.

-Un momento -respondió. Luchaba por retornar a aquella puerta, pero todo había desaparecido de su frente.

-Sé lo que pasó -repitió Wicca, ante el silencio de Brida-. Ya no voy a hablar más del plomero; estuvo aquí la semana pasada y ya arregló todo.

Antes de cortar, dijo que la esperaba a la hora con­venida.

Brida colgó el teléfono, sin despedirse. Se quedó aún mucho tiempo mirando fijamente la pared de su coci­na, antes de caer en un llanto convulsivo y relajante.

 

-Fue un truco -dijo Wicca a una asustada Brida, cuan­do las dos se acomodaron en los sillones italianos-. Sé cómo te debes estar sintiendo -continuó-. A veces entramos en un camino sólo porque no creemos en él. Entonces, es fácil: todo lo que tenemos que hacer es probar que no es nuestro camino. Sin embargo, cuan­do las cosas comienzan a suceder y el camino se revela ante nosotros, tenemos miedo de seguir adelante.

Wicca dijo que no entendía por qué muchos prefie­ren pasar la vida entera destruyendo los caminos que no desean recorrer, en vez de andar por el único que los conduciría a algún lugar.

 

--No puedo creer que fue un truco -dijo Brida. Ya no tenía aquel aire de arrogancia y desafío. Su respeto por aquella mujer había aumentado considerable­mente.

-La visión no fue un truco. El truco al que me refie­ro fue el del teléfono. Durante millones de años, el hombre siempre habló con aquello que conseguía ver. De repente, en apenas un siglo, el "ver" y el "hablar" fueron separados. Creemos que estamos acostumbra­dos a esto y no percibimos el inmenso impacto que ello causó en nuestros reflejos. Nuestro cuerpo simplemen­te todavía no está acostumbrado. El resultado práctico es que, cuando hablamos por teléfono, conseguimos entrar en un estado muy semejante a ciertos trances mágicos. Nuestra mente entra en otra frecuencia, que­da más receptiva al mundo invisible. Conozco hechice­ras que tienen siempre papel y lápiz junto al teléfono; garabatean cosas aparentemente sin sentido mientras hablan con alguien. Cuando cuelgan, las cosas que han garabateado son generalmente símbolos de la Tradi­ción de la Luna.

-Y ¿por qué el tarot se reveló ante mí?

-Este es el gran problema de quien desea estudiar magia -respondió Wicca-. Cuando comenzamos el camino, siempre tenemos una idea más o menos defi­nida de lo que pretendemos encontrar. Las mujeres generalmente buscan la Otra Parte, los hombres bus­can el Poder. Tanto unos como otros no quieren apren­der: quieren llegar a aquello que establecieron como meta. Pero el camino de la magia -como, en general, el camino de la vida- es y será siempre el camino del Misterio. Aprender una cosa significa entrar en contac­to con un mundo del cual no se tiene la menor idea. Es preciso ser humilde para aprender.

-Es sumergirse en la Noche Oscura -dijo Brida. -No me interrumpas -la voz de Wicca mostraba una irritación contenida. Brida percibió que no era por el comentario; a fin de cuentas, ella había dicho la ver­dad. "Quizá esté irritada con el Mago", pensó. Quién sabe si no estuvo enamorada de él algún día. Los dos eran más o menos de la misma edad.

-Disculpa -dijo ella.

-No tiene importancia -Wicca también parecía sorprendida de su reacción.

-Me estabas hablando del tarot.

 

-Cuando tú colocabas las cartas sobre la mesa, siem­pre tenías una idea de lo que sucedería. Nunca dejaste que las cartas contasen su historia; estabas tratando de que ellas confirmasen lo que tú imaginabas saber. Cuando comenzamos a hablar por teléfono, yo me di cuenta de ello. Percibí también que allí había una señal y que el teléfono era mi aliado. Comencé una conversación abu­rrida y te pedí que mirases las cartas. Entraste en el tran­ce que el teléfono provoca y las cartas te condujeron a su mundo mágico.

Wicca le pidió que siempre se fijase en los ojos de las personas que estaban hablando por teléfono. Eran ojos muy interesantes.

-Deseo hacer otra pregunta-dijo Brida, mientras las dos tomaban té. La cocina de Wicca era sorprendente­mente moderna y funcional-. Quiero saber por qué no dejaste que yo abandonase el camino.

"Porque quiero entender lo que el Mago vio además de su Don", pensó Wicca.

-Porque tienes un Don -respondió. -¿Cómo sabes que tengo un Don? -Es simple. Por las orejas.

"Por las orejas. Qué decepción -se dijo a sí misma Brida-. Y yo pensaba que ella estaba viendo mi halo." -Todo el mundo tiene un Don. Pero algunos nacen con este Don más desarrollado, mientras que otros -como yo, por ejemplo- tienen que luchar mucho para desa­rrollarlo. Las personas con el Don de nacimiento tienen los lóbulos de las orejas pequeños y pegados a la cabeza. Instintivamente, Brida tocó sus orejas. Era verdad. -¿Tienes coche?

Brida respondió que no.

-Entonces prepárate para gastar un buen dinero en taxi -dijo Wicca, levantándose-. Ha llegado la hora de dar el próximo paso.

"Todo está yendo muy rápido", pensó Brida, mien­tras se levantaba. La vida se estaba pareciendo a las nu­bes que viera en su trance.

 

A media tarde llegaron cerca de unas montañas, que quedaban a unos 39 kilómetros al sur de Dublín. 'Podíamos haber hecho el mismo trayecto en autobús", pro­testó Brida mentalmente, mientras pagaba el taxi. Wicca había traído consigo un bolso con algunas ropas.

-Si quieren espero -dijo el chofer-. Va a ser bas­tante difícil encontrar otro taxi aquí. Estamos en mitad de la carretera.

-No se preocupe -respondió Wicca, para alivio de Brida-. Siempre conseguimos lo que queremos.

El chofer miró a las dos con un aire un tanto raro y se fue en el coche. Estaban ante un bosque de eucaliptos que llegaba hasta la base de la montaña más próxima.

-Pide permiso para entrar -dijo Wicca-. A los es­píritus del bosque les gustan las gentilezas.

Brida pidió permiso. El bosque, que antes era apenas un bosque común, pareció ganar vida.

-Mantente siempre en el puente entre lo visible y lo invisible -dijo Wicca, mientras andaban en medio de los eucaliptos-. Todo en el Universo tiene vida, procu­ra estar siempre en contacto con esta Vida. Ella entien­de tu lenguaje. Y el mundo comienza a adquirir para ti una importancia distinta.

Brida estaba sorprendida por la agilidad de la mujer. Sus pies parecían levitar, apenas hacían ruido en el suelo.

 

Llegaron a un claro, cerca de una enorme piedra. Mientras procuraba saber cómo había aparecido allí aquella piedra, Brida notó restos de una hoguera en el centro del espacio abierto.

El lugar era hermoso. Aún faltaba mucho para el atar­decer y el sol mostraba el colorido típico de las tardes de verano. Los pájaros cantaban, una brisa leve pasea­ba por las hojas de los árboles. Estaban en una eleva­ción y allí abajo podía ver el horizonte.

Wicca sacó de dentro del bolso una especie de túnica árabe, que se puso encima de su ropa. Después llevó el bolso cerca de los árboles, de modo que no pudiese ser visto desde el claro.

-Siéntate -dijo ella.

Wicca estaba diferente. Brida no sabía explicar si era la ropa o el profundo respeto que el lugar inspiraba. -Antes que nada, tengo que explicarte lo que voy a hacer. Voy a descubrir cómo el Don se manifiesta en ti. Sólo podré enseñarte si sé algo con respecto a tu Don. Wicca pidió a Brida que procurase relajarse, que se entregase a la belleza del lugar, de la misma manera como se había dejado dominar por el tarot.

-En algún momento de tus vidas pasadas, ya estuvis­te en el camino de la magia. Lo sé por las visiones del tarot que me describiste.

Brida cerró los ojos, pero Wicca le pidió que los vol­viese a abrir.

-Los lugares mágicos son siempre lindos y merecen ser contemplados. Son cascadas, montañas, bosques, donde los espíritus de la Tierra acostumbran jugar, sonreír y conversar con los hombres. Estás en un lugar sagrado y él te está mostrando los pájaros y el viento.

 

Agradece a Dios por esto; por los pajaritos, por el vien­to y por los espíritus que pueblan este lugar. Mantén siempre el puente entre lo visible y lo invisible.

La voz de Wicca la relajaba cada vez más. Había un respeto casi religioso hacia el momento.

-El otro día te hablé de uno de los mayores secretos de la magia: la Otra Parte. Toda la vida del hombre so­bre la faz de la Tierra se resume en esto: buscar su Otra parte. No importa si finge correr detrás de la sabiduría, del dinero o del poder. Cualquier cosa que él consiga va a estar incompleta si, al mismo tiempo, no consiguió encontrar a su Otra Parte. Con excepción de algunas pocas criaturas que descienden de los ángeles, y que necesitan la soledad para su encuentro con Dios, el res­to de la Humanidad sólo conseguirá la unión con Dios si en algún momento, en algún instante de su vida, consi­guió comulgar con su Otra Parte.

Brida notó una extraña energía en el aire. Por unos momentos sus ojos se llenaron de agua, sin que pudie­se explicar por qué.

--En la Noche de los Tiempos, cuando fuimos sepa­rados, una de las partes quedó encargada de mantener el conocimiento: el hombre. Él pasó a comprender la Agricultura, la Naturaleza y los movimientos de los as­tros en el cielo. El conocimiento siempre fue el poder que mantuvo al Universo en su lugar, y a las estrellas girando en sus órbitas. Ésta fue la gloria del hombre: mantener el conocimiento. Y esto hizo que la raza en­tera sobreviviese. A nosotras, las mujeres -prosiguió-, nos fue entregado algo mucho más sutil, mucho más frágil, pero sin lo cual todo el conocimiento no tiene ningún sentido: la transformación. Los hombres deja­ban el suelo fértil, nosotras sembrábamos, y este suelo se transformaba en árboles y plantas.

El suelo necesita a la simiente, y la simiente necesita al suelo. Uno sólo tiene sentido con el otro. Lo mismo pasa con los seres humanos. Cuando el conocimiento masculino se une con la transformación femenina, está creada la gran unión mágica, que se llama Sabiduría. Sabiduría es conocer y transformar.

Brida comenzó a sentir un viento más fuerte y perci­bió que la voz de Wicca hacía que ella entrase de nuevo en trance. Los espíritus del bosque parecían vivos y atentos.

-Acuéstate -dijo Wicca.

Brida se reclinó hacia atrás y extendió las piernas. Encima de ella brillaba un profundo cielo azul, sin nubes.

Ve en busca de tu Don. No puedo ir contigo hoy, pero ve sin miedo. Cuanto más entiendas de ti misma, más entenderás del mundo.

Y más próxima estarás de tu Otra Parte.

 

Wicca se inclinó y miró a la joven que estaba frente a ella. "Igual a quien fui un día -pensó, con cariño-. En busca de un sentido para todo, y capaz de mirar al mundo como las mujeres antiguas, que eran fuertes y confiadas, y no se incomodaban por reinar en sus co­munidades."

En aquella época, entretanto, Dios era mujer. Wicca se inclinó sobre el cuerpo de Brida y le desató el cintu­rón. Después, bajó un poco la cremallera del pantalón tejano. Los músculos de Brida se pusieron tensos.

-No te preocupes -dijo Wicca, con cariño. Levantó un poco la camiseta de la chica, de manera que su ombligo quedase expuesto. Entonces sacó del bolsillo de su manto un cristal de cuarzo y lo colocó sobre él.

-Ahora quiero que cierres los ojos -dijo con suavi­dad-. Quiero que imagines el mismo color del cielo, sólo que con los ojos cerrados.

Retiró del manto una pequeña amatista y la colocó entre los ojos cerrados de Brida.

Ve siguiendo exactamente lo que yo te diga a par­tir de ahora. No te preocupes por nada más.

Estás en medio del Universo. Puedes ver las estrellas a tu alrededor y algunos planetas más brillantes. Siente este paisaje como algo que te envuelve completamen­te, y no como una tela. Siente el placer al contemplar este Universo; nada más puede preocuparte. Estás con­centrada tan solo en tu placer. Sin culpa.

Brida vio el Universo estrellado y percibió que era capaz de entrar en él, al mismo tiempo que escuchaba la voz de Wicca. Ésta le pidió que viese, en medio del Universo, una gigantesca catedral. Brida vio una cate­dral gótica, con piedras oscuras, y que parecía formar parte del Universo a su alrededor, por más absurdo que aquello pudiera parecer.

-Camina hasta la catedral. Sube las escaleras. Entra. Brida hizo lo que Wicca le mandaba. Subió las escale­ras de la catedral, sintiendo los pies descalzos pisando en el mosaico frío. En determinado momento tuvo la impresión de estar acompañada, y la voz de Wicca pa­recía salir de una persona detrás de ella. "Estoy imagi­nando cosas", pensó Brida, y de repente se acordó de que era preciso creer en el puente entre lo visible y lo invisible. No podía tener miedo de decepcionarse, ni de fracasar.

Brida estaba ahora delante de la puerta de la cate­dral. Era una puerta gigantesca, trabajada en metal, con dibujos de vidas de santos. Completamente distinta a la que había visto en su viaje con el tarot.

-Abre la puerta. Entra.

Brida sintió el metal frío en sus manos. A pesar del tamaño la puerta se abrió sin ningún esfuerzo. Entró en una inmensa iglesia.

-Repara en todo lo que estás viendo -dijo Wicca. Brida notó que a pesar de estar oscuro afuera, entra­ba mucha luz por los inmensos vitrales de la catedral. Podía distinguir los bancos, los altares laterales, las columnatas adornadas y algunas velas encendidas. Todo, no obstante, parecía un poco abandonado; los bancos estaban cubiertos de polvo.

-Camina hacia tu lado izquierdo. En algún lugar encontrarás otra puerta. Sólo que, esta vez, muy pe­queña.

Brida caminó por la catedral. Sus pies descalzos pisa­ban el polvo del suelo, provocando una sensación desagra­dable. En algún lugar, una voz amiga la guiaba. Sabía que era Wicca, pero sabía también que ya no tenía con­trol sobre su imaginación. Estaba consciente y, no obs­tante, no conseguía desobedecer lo que ella le estaba pidiendo.

Encontró la puerta.

-Entra. Existe una escalera de caracol que baja. Brida tuvo que agacharse para entrar. La escalera de caracol tenía antorchas sujetas a la pared, que ilumina­ban los escalones. El suelo estaba limpio; alguien había estado allí antes, para encender las antorchas. -Estás yendo al encuentro de tus vidas pasadas. En el sótano de esta catedral existe una biblioteca. Vamos hasta allá. Estoy esperando al final de la escalera de ca­racol.

Brida descendió durante un tiempo que no supo de­terminar. La bajada la dejó un poco mareada. En cuan­to llegó abajo encontró a Wicca, con su manto. Ahora se hacía más fácil, estaba más protegida. Estaba dentro de su trance.

Wicca abrió otra puerta, que estaba al final de la es­calera.

-Ahora voy a dejarte aquí sola. Me quedaré afuera, esperando. Escoge un libro y él te mostrará lo que ne­cesitas saber.

Brida ni se dio cuenta de que Wicca se quedaba atrás: contemplaba los volúmenes llenos de polvo. "Tengo que venir más aquí, dejar esto limpio." El pasado estaba sucio y abandonado y ella sentía mucha pena por no haber leído antes todos aquellos libros. Quizá consiguie­ra traer de vuelta a su vida algunas lecciones importan­tes que ya había olvidado.

Miró los volúmenes que estaban en el estante. "Cuán­to viví ya", pensó. Debía ser muy antigua; precisaba ser más sabia. Le gustaría leer todo de nuevo, pero no te­nía mucho tiempo, y necesitaba confiar en su intuición. Podía volver cuando quisiera, ahora que había apren­dido el camino.

Se quedó algún tiempo sin saber qué decisión tomar. De repente, sin pensarlo mucho, escogió un volumen y lo retiró. No era un volumen muy grueso y Brida se sentó en el suelo de la sala.

Se puso el libro en el regazo, pero tenía miedo. Te­nía miedo de abrirlo y de que no pasara nada. Tenía miedo de no conseguir leer lo que estaba escrito.

"Tengo que correr riesgos. No tengo que tener mie­do de la derrota", pensó, al mismo tiempo que abría el volumen. De repente, al mirar las páginas, se sintió mal. Estaba de nuevo mareada.

"Me voy a desmayar", consiguió reflexionar, antes de que todo se oscureciese por completo.

 

Se despertó con el agua goteando en su rostro. Había tenido un sueño muy extraño, y no sabía lo que aque­llo significaba; eran catedrales sueltas en el aire y bi­bliotecas llenas de libros. Ella nunca había entrado en una biblioteca.

-Loni, ¿estás bien?

No, no lo estaba. No conseguía sentir su pie derecho, y sabía que aquello era una mala señal. Tampoco tenía ganas de conversar, porque no quería olvidar el sueño. -Loni, despierta.

Debía haber sido la fiebre, haciéndola delirar. Los delirios parecían muy vivos. Quería que parasen de lla­marla, porque el sueño estaba desapareciendo, sin que ella consiguiera entenderlo.

El cielo estaba nublado y las nubes bajas casi tocaban la torre más alta del castillo. Se quedó mirando las nu­bes. Suerte que no conseguía ver las estrellas; los sacer­dotes decían que ni siquiera las estrellas eran comple­tamente buenas.

La lluvia paró poco después de que ella hubiera abier­to los ojos. Loni estaba alegre por la lluvia, esto signifi­caba que la cisterna del castillo debía estar llena de agua. Bajó lentamente los ojos de las nubes y vio de nuevo la torre, las hogueras en el patio y la multitud que andaba de un lado para otro, desorientada. -Talbo -dijo ella, en voz baja.

Él la abrazó. Ella sintió el frío de su armadura, el olor de hollín en sus cabellos.

-¿Cuánto tiempo pasó? ¿En qué día estamos? -Estuviste tres días sin despertar -dijo Talbo.

Ella lo miró y sintió pena: estaba más delgado, el ros­tro sucio, la piel sin vida. Pero nada de esto tenía im­portancia: ella lo amaba.

-Tengo sed, Talbo.

-No hay agua. Los franceses descubrieron el cami­no secreto.

Escuchó de nuevo las Voces dentro de su cabeza. Du­rante mucho tiempo había odiado aquellas Voces. Su marido era un guerrero, un mercenario que luchaba la mayor parte del año, y ella tenía miedo de que las Voces le contasen que él había muerto en una batalla. Había des­cubierto una manera de evitar que las Voces hablasen con ella: bastaba concentrar su pensamiento en un árbol anti­guo que había cerca de su aldea. Las Voces siempre para­ban de hablar cuando ella hacía aquello. Pero ahora esta­ba demasiado débil y las Voces habían vuelto.

"Tú vas a morir -dijeron las Voces-. Pero él se sal­vará."

-Ha llovido, Talbo -insistió ella-. Necesito agua. -Fueron apenas unas gotas. No llegó para nada. Loni miró otra vez las nubes. Habían estado allí toda la semana, y todo lo que habían hecho era alejar el sol, dejar el invierno más frío y el castillo más sombrío. Tal vez los católicos franceses tuvieran razón. Tal vez Dios estuviese del lado de ellos.

Algunos mercenarios se aproximaron al lugar donde estaban ellos. Por todas partes había hogueras, y Loni tuvo la sensación de que estaba en el infierno.

-Los sacerdotes están reuniendo a todo el mundo, comandante -dijo uno de ellos a Talbo.

-Fuimos contratados para luchar y no para morir -dijo otro.

-Los franceses han ofrecido la rendición -respon­dió Talbo-. Han dicho que los que se conviertan de nuevo a la fe católica pueden partir sin problemas.

"Los Perfectos no van a aceptar", susurraron las Vo­ces a Loni. Ella lo sabía. Conocía bien a los Perfectos. Era a causa de ellos que Loni estaba allí, y no en casa, donde acostumbraba esperar que Talbo volviese de las batallas. Los Perfectos estaban sitiados en aquel castillo desde hacía cuatro meses, y las mujeres de la aldea co­nocían el camino secreto. Durante todo este tiempo trajeron comida, ropa, municiones; durante todo este tiempo pudieron encontrarse con sus maridos, y gra­cias a ellas fue posible continuar la lucha. Pero el cami­no secreto había sido descubierto y ahora ella no podía volver. Ni las otras mujeres.

Trató de sentarse. Su pie ya no le dolía. Las Voces le decían que aquello era una mala señal.

-No tenemos nada que ver con su Dios. No vamos a morir por esta causa, comandante -dijo otro.

Un gong comenzó a sonar en el castillo. Talbo se le­vantó.

-Llévame contigo, por favor -imploró ella.

Talbo miró a sus compañeros y miró a la mujer que temblaba frente a él. Hubo un momento en que no sa­bía qué decisión tomar; sus hombres estaban acostum­brados a la guerra, y sabían que los guerreros enamora­dos acostumbran esconderse durante una batalla.

Voy a morir, Talbo. Llévame contigo, por favor.

Uno de los mercenarios miró al comandante.

-No es bueno dejarla aquí sola -dijo el mercena­rio-. Los franceses pueden hacer nuevos disparos. Talbo fingió aceptar el argumento. Sabía que los fran­ceses no iban a hacer nuevos disparos; estaban en una tregua, negociando la rendición de Monségur. Pero el mercenario entendía lo que estaba pasando en el cora­zón de Talbo, él también debía ser un hombre enamo­rado.

"Él sabe que vas a morir", dijeron las Voces a Loni, mien­tras Talbo la tomaba gentilmente en brazos. Loni no quería escuchar lo que las Voces estaban diciendo; esta­ba recordando un día en que caminaron así, a través de un campo de trigo, en una tarde de verano. Aquella tar­de también tuvo sed y habían bebido agua en un arro­yo que bajaba de la montaña.

 

Una multitud se reunió junto a la gran roca que se con­fundía con la muralla occidental de la fortaleza de Monségur. Eran hombres, soldados, mujeres y niños. Había un silencio opresivo en el aire, y Loni sabía que no era por respeto a los sacerdotes, sino por miedo de lo que podría pasar.

Los sacerdotes entraron. Eran muchos, los mantos negros con las inmensas cruces amarillas bordadas en el frente. Se sentaron en la roca, en las escaleras exter­nas, en el suelo frente a la torre. El último en entrar tenía los cabellos completamente blancos y subió hasta la parte más alta de la muralla. Su figura estaba ilumi­nada por las llamas de las hogueras, el viento sacudien­do el manto negro.

Cuando se detuvo, allá en lo alto, casi todas las perso­nas se arrodillaron y, con las manos alzadas, golpearon tres veces con la cabeza en el suelo. Talbo y sus merce­narios permanecieron de pie; habían sido contratados sólo para la lucha.

-Nos han ofrecido la rendición -dijo el sacerdote, desde lo alto de la muralla-. Todos están libres para partir.

Un suspiro de alivio corrió por toda la multitud. -Las almas del Dios Extranjero permanecerán en el reino de este mundo. Las del Dios verdadero volve­rán a su infinita misericordia. La guerra continuará, pero no es una guerra eterna. Porque el Dios Extran­jero será vencido al final, aunque haya corrompido a una parte de los ángeles. El Dios Extranjero será ven­cido, y no será destruido; permanecerá en el infierno por toda la eternidad, junto con las almas que consi­guió seducir.

Las personas miraban hacia el hombre en lo alto de la muralla. Ya no estaban tan seguras de si deseaban escapar ahora y sufrir por toda la eternidad.

-La Iglesia Cátara es la verdadera Iglesia -conti­nuó el sacerdote-. Gracias a Jesucristo y al Espíritu Santo conseguimos llegar a la comunión con Dios. No necesitamos reencarnarnos otras veces. No necesitamos volver nuevamente al reino del Dios Extranjero.

Loni reparó en que tres sacerdotes salieron del gru­po y abrieron algunas Biblias frente a la multitud. -El consolamentum será distribuido ahora a los que quieran morir con nosotros. Allá abajo, una hoguera nos espera. Será una muerte horrible, con mucho su­frimiento. Será una muerte lenta, y el dolor de las llamas quemando nuestra carne no se compara con ningún dolor que vosotros hayáis experimentado antes. No obstante, no todos tendrán este honor; sólo los verdaderos cátaros. Los otros están condenados a la vida.

Dos mujeres se aproximaron tímidamente a los sa­cerdotes que tenían las Biblias abiertas. Un adolescen­te consiguió desprenderse de los brazos de su madre y también se presentó.

Cuatro mercenarios se aproximaron a Talbo. -Queremos recibir el sacramento, comandante. Queremos ser bautizados.

 

"Es así como se mantiene la Tradición -dijeron las Voces-. Cuando las personas son capaces de morir por una idea."

Loni se quedó aguardando la decisión de Talbo. Los mercenarios habían luchado toda su vida por di­nero, hasta descubrir que ciertas personas eran ca­paces de luchar solamente por aquello que juzgaban correcto.

Talbo finalmente asintió. Pero estaba perdiendo a algunos de sus mejores hombres.

Vamos a salir de aquí -dijo Loni-. Vamos hacia las murallas. Ellos ya dijeron que quien quisiera se po­día ir.

-Es mejor que descansemos, Loni.

"Vas a morir", susurraron las Voces de nuevo. -Quiero ver los Pirineos. Quiero mirar el valle una vez más, Talbo. Tú sabes que voy a morir.

Sí, él lo sabía. Era un hombre acostumbrado al cam­po de batalla, conocía las heridas que acababan con sus soldados. La herida de Loni llevaba tres días abierta, envenenando su sangre.

Las personas cuyas heridas no cicatrizaban podían durar dos días o dos semanas. Nunca más que esto. Y Loni estaba cerca de la muerte. Su fiebre había pa­sado. Talbo también sabía que esto era una mala señal. Mientras el pie dolía y la fiebre quemaba, el organismo aún estaba luchando. Ahora ya no había más lucha: tan solo la espera.

"Tú no tienes miedo", dijeron las Voces. No, Loni no tenía miedo. Desde pequeña sabía que la muerte era apenas otro comienzo. En aquella época, las Vo­ces eran sus grandes compañeras. Y tenían rostros, cuerpos, gestos que sólo ella podía ver. Eran personas que venían de mundos diferentes, conversaban y nun­ca la dejaban sola. Tuvo una infancia muy divertida; jugaba con los otros niños, utilizando a sus amigos in­visibles, cambiaba cosas de sitio, hacía ciertos tipos de ruidos, pequeños sustos. En esa época su madre agra­decía el vivir en un país cátaro, "si los católicos estu­viesen por aquí, serías quemada viva", acostumbraba decir. Los cátaros no daban importancia a aquello: creían que los buenos eran buenos, los malos eran malos, y ninguna fuerza del Universo era capaz de cam­biar esto.

Pero llegaron los franceses, diciendo que no existía un país cátaro. Y desde la edad de ocho años, todo lo que había conocido era la guerra.

La guerra le había traído algo muy bueno: su mari­do, contratado en una tierra distante por sacerdotes cátaros que jamás tomaban un arma. Pero también le había traído algo malo: el miedo a ser quemada viva, porque los católicos estaban cada vez más próximos a su aldea. Comenzó a tener miedo de sus amigos invi­sibles y ellos fueron desapareciendo de su vida. Pero quedaron las Voces. Ellas continuaban diciendo lo que iba a suceder y cómo debía actuar. Pero no quería su amistad, porque siempre sabían demasiado; una Voz le enseñó entonces el truco del árbol sagrado. Y desde que la última cruzada contra los cátaros había comen­zado, y los católicos franceses vencían en una batalla tras otra, ella ya no oía las Voces.

Hoy, sin embargo, no tenía más fuerzas para pensar en el árbol. Las Voces estaban de nuevo allí, y ella no se molestaba por eso. Al contrario, las necesitaba; ellas le enseñarían el camino, después de morir.

-No te preocupes por mí, Talbo. No tengo miedo de morir -dijo ella.

Llegaron a lo alto de la muralla. Un viento frío soplaba sin parar y Talbo procuró abrigarse con su capa. Loni no sentía ya el frío. Miró hacia las luces de una ciudad en el horizonte y hacia las luces del campamento, al pie de la montaña. Había hogueras en casi toda la exten­sión del valle. Los soldados franceses aguardaban la decisión final.

Escucharon el sonido de una flauta procedente de allá abajo. Algunas voces cantaban.

-Son soldados -dijo Talbo-. Saben que pueden morir en cualquier momento, y por eso la vida es siem­pre una gran fiesta.

Loni sintió una inmensa rabia de la vida. Las Voces le estaban contando que Talbo encontraría otras mu­jeres, tendría hijos, y se haría rico con el saqueo de ciudades. "Pero jamás volverá a amar a nadie como a ti, porque tú formas parte de él para siempre", dijeron las Voces.

Se quedaron algún tiempo mirando el paisaje de allá abajo, abrazados, escuchando el canto de los guerre­ros. Loni sintió que aquella montaña había sido es­cenario de otras guerras en el pasado, un pasado tan remoto que ni siquiera las Voces conseguían recordar.

-Somos eternos, Talbo. Las Voces me lo contaron, en la época en que yo podía ver sus cuerpos y sus ros­tros.

 

Talbo conocía el Don de su mujer. Pero hacía mucho tiempo que ella no tocaba el tema. Quizá fuese el de­lirio.

Aun así, ninguna vida es igual a la otra. Y puede ser que no nos encontremos nunca más. Necesito que se­pas que te amé mi vida entera. Te amé antes de cono­certe. Eres parte de mí. Voy a morir. Y como mañana es un día tan bueno para morir como cualquier otro, me gustaría morir junto con los sacerdotes. Nunca entendí lo que ellos pensaban del mundo, pero ellos siempre me entendieron. Quiero acompañarlos hasta la otra vida. Tal vez yo pueda serles una buena guía, porque ya estuve antes en esos otros mundos.

Loni pensó en la ironía del destino. Había tenido miedo de las Voces porque ellas podían llevarla por el camino de la hoguera. Y, sin embargo, la hoguera esta­ba en su camino.

Talbo miraba a su mujer. Sus ojos estaban perdiendo brillo, pero aún conservaba el mismo encanto que cuan­do la había conocido. Nunca le había dicho ciertas co­sas: no le había contado sobre las mujeres que recibió como premio de batallas, las mujeres que encontró mientras viajaba por el mundo, las mujeres que esta­ban esperando que él volviera algún día. No le había contado esto porque estaba seguro de que ella lo sa­bía todo y le perdonaba porque él era su gran Amor, y el gran amor está por encima de las cosas de este mundo.

Pero había otras cosas que él no había contado y que posiblemente ella jamás descubriría; que había sido ella, con su cariño y su alegría, la gran responsable de que él volviera a encontrar el sentido de la vida. Que fue el amor de aquella mujer el que lo había empujado hasta los más distantes confines de la tierra, porque tenía que ser lo bastante rico como para comprar un campo y vivir en paz, con ella, el resto de sus días. Fue la inmensa confianza en aquella criatura frágil cuya alma se estaba apagando, que lo había obligado a luchar con honor, porque sabía que después de la batalla podía olvidar los horrores de la guerra en su regazo. El único regazo que era realmente suyo, a pesar de todas las mujeres del mundo. El único regazo donde conseguía cerrar los ojos y dormir como un niño.

Ve a llamar a un sacerdote, Talbo -dijo ella-. Quiero recibir el bautismo.

Talbo vaciló un momento; sólo los guerreros esco­gían la manera de morir. Pero la mujer que tenía en­frente había dado su vida por amor, quizá para ella el amor fuese una forma desconocida de guerra.

Se levantó y descendió las escaleras de la muralla. Loni intentó concentrarse en la música que venía de allí aba­jo, que hacía la muerte más fácil. Mientras tanto, las Voces no paraban de hablar.

"Toda mujer, en su vida, puede usar los Cuatro Ani­llos de la Revelación. Tú usaste uno solo, y era el anillo equivocado", dijeron las Voces.

Loni miró sus dedos. Estaban heridos, las uñas su­cias. No había ningún anillo. Las Voces se rieron.

"Tú sabes de lo que estamos hablando -dijeron-. La virgen, la santa, la mártir, la bruja."

Loni sabía en su corazón lo que las Voces decían. Pero no se acordaba. Había sabido esto hacía mucho tiempo, en una época en que las personas se vestían diferente y miraban al mundo de otra manera. En aquel tiempo ella poseía otro nombre y hablaba otra lengua.

"Son éstas las cuatro maneras en que la mujer comul­ga con el Universo -las Voces dijeron, como si fuese importante para ella recordar cosas tan antiguas-. La Virgen posee el poder del hombre y de la mujer. Está condenada a la Soledad, pero la Soledad revela sus se­cretos. Éste es el precio de la Virgen: no necesitar de nadie, consumirse en su amor por todos, y a través de la Soledad descubrir la sabiduría del mundo."

Loni continuaba mirando al campamento, allí abajo. Sí, lo sabía.

"Y la Mártir -continuaron las Voces-, la Mártir posee el poder de aquellos a quienes el dolor y el sufrimiento no pueden causar daño. Se entrega, su­fre, y a través del Sacrificio descubre la sabiduría del mundo."

Loni volvió a mirar sus manos. Allí, con brillo invisi­ble, el anillo de la Mártir circundaba uno de sus dedos. "Podías haber escogido la revelación de la Santa, aun cuando no fuera éste su anillo -dijeron las Voces-. La Santa posee el coraje de aquellas para quienes Dar es la única manera de recibir. Son un pozo sin fondo, donde las personas beben sin parar. Y, si falta agua en su pozo, la Santa entrega su sangre, para que las perso­nas no cesen jamás de beber. A través de la Entrega, la Santa descubre la Sabiduría del mundo."

Las Voces se callaron. Loni escuchó los pasos de Talbo subiendo la escalera de piedra. Sabía cuál era su anillo en esta vida, porque era el mismo que había usado en sus vidas pasadas: cuando tenía otros nombres y habla­ba lenguas diferentes. En su anillo, la Sabiduría del Mundo era descubierta a través del Placer.

Pero no quería acordarse de esto. El anillo de la Már­tir brillaba, invisible, en su dedo.

 

Talbo se aproximó. Y de repente, al elevar los ojos ha­cia él, Loni reparó en que la noche tenía un brillo má­gico, como si fuese un día de sol.

"Despierta", decían las Voces.

Pero eran voces diferentes, que ella nunca había es­cuchado. Sintió a alguien masajeando su muñeca iz­quierda.

-Vamos, Brida, levántate.

Abrió los ojos y los cerró rápidamente, porque la luz del cielo era muy intensa. La Muerte era algo extraño. Abre los ojos -insistió Wicca, una vez más.

Pero ella necesitaba volver al castillo. Un hombre que amaba había salido para buscar al sacerdote. No podía huir así. Él estaba solo y la necesitaba.

-Háblame sobre tu Don.

Wicca no le daba tiempo para pensar. Sabía que ella había participado en algo extraordinario, algo más fuer­te que la experiencia del tarot. Pero aun así no le daba tiempo. No entendía y no respetaba sus sentimientos; todo lo que quería era descubrir su Don.

-Háblame de tu Don -repitió Wicca otra vez.

Ella respiró hondo, conteniendo su rabia. Pero no había manera. La mujer continuaría insistiendo hasta que ella le contase algo.

-Fui una mujer enamorada de...

Wicca tapó rápidamente su boca. Después se levan­tó, hizo algunos gestos extraños en el aire y volvió a mirarla.

-Dios es la palabra. ¡Cuidado! Cuidado con lo que hablas, en cualquier situación o instante de tu vida. Brida no entendía por qué la otra estaba reaccionan­do así.

-Dios se manifiesta en todo, pero la palabra es uno de sus medios favoritos de actuar. Porque la palabra es el pensamiento transformado en vibración; estás colo­cando en el aire, a tu alrededor, aquello que antes era sólo energía. Mucho cuidado con todo lo que digas -continuó Wicca-. La palabra tiene un poder mayor que muchos rituales.

Brida continuaba sin entender. No tenía otra mane­ra de contar su experiencia que a través de palabras. -Cuando te referiste a una mujer -continuó Wic­ca-, tú no fuiste ella. Tú fuiste una parte de ella. Otras personas pueden haber tenido la misma memoria que tú. Brida sentíase robada. Aquella mujer era fuerte y no le gustaría dividirla con nadie más. Además, estaba Talbo.

-Háblame de tu Don -dijo otra vez Wicca. No po­día dejar que la chica se quedara deslumbrada con la experiencia. Los viajes en el tiempo generalmente aca­rreaban muchos problemas.

-Tengo muchas cosas que decir. Y necesito hablar contigo porque nadie más me creerá. Por favor -insis­tió Brida.

Comenzó a contar todo, desde el momento en que la lluvia goteaba en su rostro. Tenía suerte y no la podía perder: la suerte de estar con alguien que creía en lo extraordinario. Sabía que nadie más la escucharía con el mismo respeto, porque las personas tenían miedo de saber hasta qué punto la vida era mágica; estaban acos­tumbradas a sus casas, sus empleos, sus expectativas, y si alguien apareciese diciendo que era posible viajar en el tiempo -era posible ver castillos en el Universo, tarots que contaban historias, hombres que caminaban por la noche oscura-, las personas se sentirían robadas por la vida, porque ellas no tenían aquello, la vida de ellas era el día siempre igual, la noche siempre igual, los fi­nes de semana iguales.

Por eso, Brida necesitaba aprovechar aquella oportu­nidad; si las palabras eran Dios, entonces que quedase registrado en el aire que la rodeaba que ella había viajado hasta el pasado, y se acordaba de cada detalle como si fuese el presente, como si fuese el bosque. Así, cuan­do más tarde alguien consiguiese probarle que no le había sucedido nada de aquello, cuando el tiempo y el espacio hiciesen que ella misma dudase de todo, cuan­do, finalmente, ella misma estuviese segura de que aque­llo no había pasado de ser una ilusión, las palabras de aquella tarde, en el bosque, aún estarían vibrando en el aire y por lo menos una persona, alguien para quien la magia era parte de la vida, sabría que todo sucedió en verdad.

Describió el castillo, los sacerdotes con sus ropas ne­gras y amarillas, la visión del valle con las hogueras en­cendidas, el marido pensando cosas que ella conseguía captar. Wicca escuchó con paciencia, demostrando in­terés sólo cuando ella relataba las voces que surgían en la cabeza de Loni. En estos momentos interrumpía y preguntaba si eran voces masculinas o femeninas (eran de ambos sexos), si transmitían algún tipo de emoción, como agresividad o consuelo (no, eran voces imperso­nales) y si ella podía despertar las voces siempre que lo deseara (no lo sabía, no tuvo tiempo para esto).

-Okay, podemos irnos -dijo Wicca, retirando la túnica y colocándola otra vez dentro del bolso. Brida estaba decepcionada, pensó que iba a recibir algún tipo de elogio. O, como mínimo, una explicación. Pero Wicca se parecía a ciertos médicos, que se quedan mirando al paciente con aire impersonal, más interesados en ano­tar los síntomas que en entender el dolor y el sufrimien­to que esos síntomas causan.

 

Hicieron un largo viaje de regreso. Cada vez que Brida quería tocar el tema, Wicca se mostraba interesada en el aumento del costo de vida, en el tránsito congestio­nado del final de la tarde y en las dificultades que el administrador de su edificio estaba creando.

Sólo cuando estuvieron sentadas de nuevo en los dos sillones, Wicca comentó la experiencia.

-Quiero decirte una cosa -empezó-. No te preocu­pes en explicar emociones. Vive todo intensamente, y guar­da lo que sentiste como una dádiva de Dios. Si crees que no vas a conseguir aguantar un mundo donde vivir es más importante que entender, entonces, desiste de la magia. La mejor manera de destruir el puente entre lo visible y lo invisible es intentando explicar las emociones.

Las emociones eran caballos salvajes y Brida sabía que en ningún momento la razón conseguía dominar­las por completo. Cierta vez tuvo un amor que se había ido por una razón cualquiera. Brida se quedó en su casa durante meses, explicándose todo el día a sí misma los centenares de defectos, los millares de inconvenientes de aquella relación. Pero todas las mañanas al desper­tarse pensaba en él, y sabía que si él le telefonease, ella terminaría aceptando el encuentro.

El perro, en la cocina, ladró. Brida sabía que era un código, la visita había concluido.

-¡Por favor, ni siquiera conversamos! -imploró ella-. Y necesitaba hacerte por lo menos dos pre­guntas.

Wicca se levantó. La chica siempre se las arreglaba para tener preguntas importantes justo a la hora de salir.

-Quería saber si los sacerdotes que vi realmente exis­tieron.

-Tenemos experiencias extraordinarias y menos de dos horas después estamos intentando convencernos a nosotros mismos de que son producto de nuestra ima­ginación -dijo Wicca, mientras se dirigía al estante. Brida recordó lo que había pensado en el bosque sobre las personas que tienen miedo de lo extraordinario. Y sintió vergüenza de ella misma.

Wicca volvió con un libro en las manos.

-Los cátaros, o los Perfectos, eran sacerdotes de una iglesia creada en el sur de Francia a fines del siglo XII. Creían en la reencarnación y en el Bien y el Mal absolutos. El mundo estaba dividido entre los elegi­dos y los perdidos. No servía de nada intentar conver­tir a alguien.

El desprendimiento de los cátaros en relación con los valores terrenales hizo que los señores feudales de la región del Languedoc adoptasen su religión; de esta forma no necesitaban pagar los pesados impuestos que la Iglesia católica exigía en aquella época. Al mismo tiempo, como los buenos y los malos ya estaban defini­dos antes de nacer, los cátaros tenían una actitud muy tolerante en relación con el sexo y, principalmente, con la mujer. Eran rigurosos solamente con aquellos que recibían la ordenación sacerdotal.

 

Todo iba muy bien hasta que el catarismo comenzó a difundirse por muchas ciudades. La Iglesia católica sin­tió la amenaza y convocó una cruzada en contra de los herejes. Durante cuarenta años, cátaros y católicos se trabaron en batallas sangrientas, pero las fuerzas legalistas, con el apoyo de varias naciones, consiguie­ron finalmente destruir todas las ciudades que habían adoptado la nueva religión. Faltó apenas la fortaleza de Monségur, en los Pirineos, donde los cátaros resistie­ron hasta que el camino secreto -por donde recibían ayuda- fue descubierto. Una mañana de marzo de 1244, después de la rendición del castillo, doscientos veinte cátaros se tiraron cantando en la inmensa ho­guera encendida en la base de la montaña donde el castillo había sido construido.

Wicca dijo todo aquello con el libro cerrado en su falda. Fue al acabar la historia cuando abrió sus pági­nas y buscó una fotografía.

Brida miró la foto. Eran ruinas, con casi toda la to­rre en pedazos, mas las murallas intactas. Allí estaba el patio, la escalera por donde Loni y Talbo habían subido, la roca que se mezclaba con la muralla y la torre.

-Dijiste que tenías otra pregunta que hacerme.

La pregunta había perdido importancia. Brida ya no podía pensar bien. Se sentía rara. Con algún esfuerzo, se acordó de lo que quería saber.

-Quiero saber por qué pierdes el tiempo conmigo. Por qué quieres enseñarme.

-Porque así lo manda la Tradición -respondió Wicca-. Tú te dividiste poco en las sucesivas encarna­ciones. Perteneces al mismo tipo de gente que mis ami­gos y yo. Nosotros somos las personas encargadas de mantener la Tradición de la Luna.

Tú eres una bruja.

Brida no prestó atención a lo que dijo Wicca. Ni si­quiera le pasó por la cabeza que tenía que fijar una nueva cita; todo lo que ella quería en aquel momento era irse, descubrir cosas que la devolviesen a un mundo familiar; una infiltración en la pared, un paquete de cigarrillos caído en el suelo, alguna correspondencia olvidada encima de la mesa del portero.

"Tengo que trabajar mañana." Estaba de repente preo­cupada por el horario.

En el trayecto de regreso a su casa empezó a hacer una serie de cálculos sobre la facturación de las expor­taciones durante la semana anterior de la firma para la que trabajaba y consiguió descubrir una manera de sim­plificar ciertos procedimientos en la oficina. Se puso muy contenta: a su jefe podría gustarle lo que estaba haciendo y, quién sabe, hasta darle un aumento.

Llegó a su casa, cenó, vio un poco de televisión. Des­pués pasó los cálculos sobre las exportaciones al papel. Y cayó exhausta en la cama.

La facturación de las exportaciones había adquirido importancia en su vida. Era por trabajar en este tipo de cosas por lo que le pagaban.

Lo demás no existía. Lo demás era mentira.

 

Durante una semana, Brida se despertó siempre a la hora marcada, trabajó en la firma de exportaciones con la ma­yor dedicación posible y recibió merecidos elogios del jefe. No perdió ni una sola clase de la Facultad y se interesó por todos los asuntos de todas las revistas que estaban en todos los quioscos. Todo lo que tenía que hacer era no pensar. Cuando, sin querer, se acordaba de que conoció a un Mago en la montaña y a una bruja en la ciudad, las pruebas del próximo semestre y el comentario que cierta amiga había hecho sobre otra amiga, alejaban estos recuerdos.

Llegó el viernes y su novio fue a buscarla a la puerta de la Facultad, para ir al cine. Después, fueron al bar acostumbrado, charlaron sobre la película, los amigos y sobre lo que les había sucedido en sus respectivos tra­bajos. Encontraron amigos que salían de una fiesta y cenaron con ellos, dando gracias a Dios porque en Du­blín siempre hubiese un restaurante abierto.

A las dos de la madrugada los amigos se despidieron, y los dos decidieron ir a casa de ella. En cuanto llega­ron, ella puso un disco de Iron Butterfly y sirvió un whisky doble para cada uno. Se quedaron abrazados en el sofá, en silencio y distraídos, mientras él acariciaba sus ca­bellos y después sus senos.

-Fue una semana de locura -dijo ella, de repen­te-. Trabajé sin parar, preparé todos los exámenes e hice todas las compras que estaban faltando.

 

Acabó el disco, y ella se levantó para cambiar la cara. -¿Sabes, la puerta del armario de la cocina, aquella que se había despegado? Finalmente conseguí encon­trar un momento para llamar a alguien que la arregla­se. Y tuve que ir varias veces al Banco. Una para buscar el dinero que papá me envió, otra para depositar che­ques de la firma y otra...

Lorens la estaba mirando fijamente. -¿Por qué me estás mirando? -dijo.

Su tono de voz era agresivo. Aquel hombre frente a ella, siempre quieto, siempre mirando, incapaz de de­cir algo inteligente, era una situación absurda. No lo necesitaba. No necesitaba a nadie.

-¿Por qué me estás mirando? -insistió.

Pero él no dijo nada. Se levantó también y, con todo cariño, la llevó de vuelta al sofá.

-No escuchas nada de lo que te digo -clamó Brida, desconcertada.

Lorens se apoyó nuevamente en su regazo. "Las emociones son caballos salvajes."

-Cuéntame todo -le dijo Lorens, con ternura-. Sabré escuchar y respetar tu decisión. Aunque sea otro hombre. Aunque sea una despedida. Estamos juntos desde hace algún tiempo. No te conozco por comple­to. No sé cómo eres. Pero sé cómo no eres. Y tú no has sido tú durante toda la noche.

Brida tuvo ganas de llorar. Pero ya había gastado muchas lágrimas con noches oscuras, con tarots que ha­blaban, con bosques encantados. Las emociones eran caballos salvajes, al final no quedaba más que liberarlos.

Se sentó delante de él, recordando que tanto al Mago como a Wicca les gustaba esta posición. Después, sin interrupciones, contó todo lo que había pasado desde su encuentro con el Mago en la montaña. Lorens escu­chó en silencio total. Cuando ella mencionó la fotogra­fía, Lorens le preguntó si, en alguno de sus cursos, ella ya había oído hablar de los cátaros.

-Sé que no crees nada de lo que te he contado -res­pondió-. Crees que fue mi inconsciente, que yo recor­dé cosas que ya sabía. No, Lorens, nunca había oído hablar de los cátaros antes. Pero sé que tienes explica­ciones para todo.

Su mano temblaba, sin que se pudiera controlar. Lorens se levantó, tomó una hoja de papel e hizo dos agujeros, a una distancia de 20 centímetros uno del otro. Colocó la hoja en la mesa, apoyada en la botella de whisky, de modo que quedara vertical.

Después fue hasta la cocina y trajo un tapón de cor­cho. Se sentó en la cabecera de la mesa y empujó el papel con la botella hacia el otro extremo. A continua­ción, se puso el tapón en la frente.

Ven aquí -le dijo.

Brida se levantó. Estaba intentando esconder las manos trémulas, pero él parecía no darle la menor importancia. Vamos a imaginar que este tapón es un electrón, una de las pequeñas partículas que componen el áto­mo, ¿has entendido?

Ella afirmó con la cabeza.

-Pues bien, presta atención. Si tuviese aquí conmi­go ciertos aparatos complicadísimos que me permiten dar un "tiro de electrón", y si disparase en dirección a aquella hoja, él pasaría por los dos agujeros al mismo tiempo, ¿lo sabías? Sólo que pasaría por los dos aguje­ros sin dividirse.

-No lo creo -dijo ella-. Es imposible.

Lorens cogió la hoja y la tiró a la basura. Después guar­dó el tapón en el lugar de donde lo había sacado: era una persona muy organizada.

-No lo creas, pero es verdad. Todos los científicos saben esto, aun cuando no consigan explicarlo. Yo tam­poco creo en nada de lo que me dijiste. Pero se que es verdad.

Las manos de Brida aún temblaban. Pero ella ya no lloraba ni perdía el control. Todo lo que percibió fue que el efecto del alcohol había pasado completamen­te. Estaba lúcida, con una lucidez extraña.

-¿Y qué es lo que los científicos hacen ante los mis­terios de la ciencia?

-Entran en la Noche Oscura, para usar el término que tú me enseñaste. Sabemos que el misterio no nos abandonará nunca, entonces aprendemos a aceptarlo y a convivir con él. Pienso que esto está presente en muchas situaciones de la vida. Una madre que educa a un hijo debe sentirse buceando en la Noche Oscura. O un emigrante que va lejos de su patria en busca de trabajo y dinero. Todos creen que sus esfuerzos serán recompensados y que un día van a entender lo que su­cedió en el camino y que, en su momento, parecían tan asustados.

No son las explicaciones las que nos hacen avanzar, es nuestra voluntad de seguir adelante.

Brida sintió de repente un cansancio inmenso. Nece­sitaba dormir. El sueño era el único reino mágico en el que había conseguido entrar.

 

Aquella noche tuvo un lindo sueño, con mares e islas cubiertas de árboles. Se despertó de madrugada y se alegró de que Lorens estuviera durmiendo a su lado. Se levantó y fue hasta la ventana de su cuarto, a mirar Dublín adormecido.

Se acordó de su padre, que acostumbraba hacer esto cuando ella se despertaba con miedo. El recuerdo trajo también otra escena de su infancia.

Estaba en la playa con su padre, y él pidió que proba­ra si la temperatura del agua era buena. Ella tenía cin­co años y se entusiasmó de poder ayudar; fue hasta la orilla y se mojó los pies.

-Metí los pies, está fría -le dijo.

El padre la tomó en brazos, fue con ella hasta la orilla del mar y sin ningún aviso la tiró dentro del agua. Ella se asustó, pero después se divirtió con la broma.

-¿Cómo está el agua? -preguntó el padre. -Está buena -respondió.

-Entonces, de aquí en adelante, cuando quieras sa­ber alguna cosa, zambúllete en ella.

Había olvidado esta lección con mucha rapidez. A pesar de tener solamente 21 años, ya se había interesa­do por muchas cosas y desistido con la misma rapidez con la que se entusiasmaba por ellas. No tenía miedo a las dificultades: lo que la asustaba era la obligación de tener que escoger un camino.

Escoger un camino significaba abandonar otros. Tenía una vida entera para vivir, y siempre pensaba que quizá se arrepintiera, en el futuro, de las cosas que quería hacer ahora.

"Tengo miedo de comprometerme", pensó. Quería recorrer todos los caminos posibles, e iba a acabar no re­corriendo ninguno.

Ni siquiera en lo más importante de su vida, el amor, había conseguido ir hasta el final; después de la primera decepción, nunca más se entregó por completo. Temía el sufrimiento, la pérdida, la inevitable separación. Cla­ro, estas cosas estaban siempre presentes en el camino del amor y la única manera de evitarlas era renunciando a recorrerlo. Para no sufrir, era preciso también no amar.

Como si, para no ver las cosas malas de la vida, termi­nase necesitando agujerearse los ojos.

"Es muy complicado vivir."

Había que correr riesgos, seguir ciertos caminos y aban­donar otros. Se acordó de Wicca hablando de las per­sonas que siguen los caminos tan solo para probar que no sirven para ellas. Pero esto no era lo peor. Lo peor era escoger y pasarse el resto de la vida pensando si se escogió bien. Ninguna persona era capaz de escoger sin miedo.

No obstante, ésta era la ley de la vida. Ésta era la No­che Oscura, y nadie podía huir de la Noche Oscura, aunque jamás tomase una decisión, aunque no tuviese valor para cambiar nada; porque esto en sí ya era una decisión, un cambio. Y sin los tesoros escondidos en la Noche Oscura.

 

Lorens podía tener razón. Al final se reirían de los miedos que tuvieron al comienzo. Tal como ella se rió de las serpientes y escorpiones que colocó en el bos­que. En su desesperación no se había acordado de que el santo patrono de Irlanda, San Patricio, había expul­sado a todas las serpientes del país.

-¡Qué suerte que existes, Lorens! -dijo bajito, por miedo a que él la oyese.

Volvió a meterse en la cama y el sueño vino rápido. Antes, no obstante, recordó otra historia más con su padre. Era domingo y estaba la familia reunida comien­do en casa de su abuela. Ella ya debía tener unos cator­ce años y estaba quejándose de que no conseguía hacer determinado trabajo para la escuela porque todo lo que empezaba a hacer terminaba mal.

-Quizás estos fracasos te estén enseñando algo -dijo su padre. Pero Brida insistía en que no; que ella había entrado por un camino equivocado, y ahora no había más remedio.

El padre la tomó de la mano y fueron hasta la sala donde la abuela acostumbraba ver la televisión. Ha­bía allí un gran reloj de pie, antiguo, que estaba parado desde hacía muchos años por falta de piezas.

-No existe nada completamente errado en el mun­do, hija mía -dijo el padre, mirando el reloj-. Hasta un reloj parado consigue estar acertado dos veces al día.

Caminó algún tiempo por la montaña, hasta encontrar al Mago. Estaba sentado en una roca, muy cerca de la cima, contemplando el valle y las montañas que queda­ban al Oeste. El lugar tenía una vista bellísima y Brida recordó que los espíritus preferían estos lugares.

-¿Puede ser que Dios sea únicamente el Dios de la Belleza? -dijo, mientras se aproximaba-. ¿Y cómo quedan las personas y los lugares feos de este mundo?

El Mago no respondió. Brida se quedó desconcertada. -Quizá no se acuerde de mí. Estuve aquí hace dos meses. Pasé una noche entera, sola, en el bosque. Y me prometí a mí misma que volvería sólo cuando descu­briese mi camino. Conocí a una mujer llamada Wicca. El Mago pestañeó, y sabía que la chica no había per­cibido nada. Pero se rió de la gran ironía del destino.

-Wicca me dijo que yo soy una bruja -continuó la chica.

-¿No confías en ella?

Fue la primera pregunta que el Mago hizo desde que ella se había acercado. Brida se alegró porque eso de­mostraba que la estaba escuchando, pues hasta aquel momento no estaba segura.

-Confío -respondió-. Y confío en la Tradición de la Luna. Pero sé que la Tradición del Sol me ayudó, cuando me obligó a comprender la Noche Oscura. Por eso estoy aquí de nuevo.

 

-Entonces siéntate y contempla la puesta de sol -dijo el Mago.

-No me voy a quedar otra vez sola en el bosque -respondió ella-. La última vez que estuve...

El Mago la interrumpió:

-No digas eso. Dios está en las palabras. Wicca había dicho lo mismo.

-¿Qué es lo que he dicho mal?

-Si dices que fue la "última" puede transformarse realmente en la última. En verdad, lo que quisiste decir fue "la vez más reciente que estuve..."

Brida se quedó preocupada. Iba a tener que contro­lar mucho las palabras, de ahora en adelante. Resolvió sentarse y quedarse quieta, haciendo lo que el Mago le había dicho: contemplando la puesta de sol.

Contemplar la puesta de sol la ponía nerviosa. Aún faltaba casi una hora para el crepúsculo, y Brida tenía mucho que conversar, mucho que decir y preguntar. Siempre que se veía parada, contemplando alguna cosa, tenía la sensación de estar desperdiciando un tiempo precioso en su vida, dejando de hacer cosas y de encontrar personas; podía siempre aprovechar su tiempo de manera mucho mejor, pues todavía había mucho que aprender. Sin embargo, a medida que el sol se aproximaba al horizonte y que las nubes se iban llenando de rayos dorados y de color rosa, Brida tenía la sensación de que toda su lucha en la vida era para un día poderse sentar y contemplar una puesta de sol igual a aquella.

-¿Sabes rezar? -preguntó el Mago en cierto mo­mento. Claro que Brida sabía. Cualquier persona en el mundo sabía rezar.

-Pues entonces, en cuanto el sol toque en el hori­zonte, haz una plegaria. En la Tradición del Sol, es a través de las plegarias como las personas comulgan con Dios. La plegaria, cuando se hace con palabras del alma, es mucho más poderosa que todos los rituales.

-No sé rezar, porque mi alma está en silencio -res­pondió Brida.

El Mago rió.

-Sólo los grandes iluminados tienen el alma en si­lencio.

-Entonces, ¿por qué no sé rezar con el alma? -Porque te falta humildad para escucharla y saber lo que desea. Tú tienes vergüenza de escuchar los pedi­dos de tu alma. Y tienes miedo de llevar esos pedidos hasta Dios, porque piensas que él no tiene tiempo para preocuparse por esto.

Estaba frente a una puesta de sol y al lado de un sa­bio. No obstante, siempre que en su vida acontecían momentos como éste, se quedaba con la impresión de que no merecía nada de aquello.

-Me encuentro indigna, sí. Creo que la búsqueda espiritual fue hecha para personas mejores que yo. -Esas personas, si es que existen, no necesitan buscar nada. Ellas ya son la propia manifestación del espíritu. La búsqueda fue hecha para gente como nosotros. "Como nosotros", había dicho. Y, sin embargo, esta­ba muchos pasos por delante de ella.

-Dios está en las alturas, tanto en la Tradición del Sol como en la Tradición de la Luna-dijo Brida, en­tendiendo que la Tradición era la misma, y diferente sólo la manera de enseñar-. Entonces, enséñame a rezar, por favor.

 

El Mago se volvió directamente hacia el sol y cerró los ojos.

-Somos seres humanos y desconocemos nuestra grandeza, Señor. Danos la humildad de pedir lo que necesitamos, Señor, porque ningún deseo es vano y nin­gún pedido es fútil. Cada cual sabe con qué alimentar su alma; dadnos el valor de contemplar nuestros de­seos como venidos de la fuente de Tu Eterna Sabidu­ría. Sólo aceptando nuestros deseos es como podemos tener una idea de quiénes somos, Señor. Amén.

Después el Mago dijo: -Ahora es tu turno.

-Señor, haz que entienda que todo lo que me suce­de de bueno en la vida es porque lo merezco. Haz que entienda que lo que me mueve a buscar Tu verdad es la misma fuerza que movió a los santos, y que las dudas que yo tengo son las mismas dudas que los santos tuvie­ron, y que las debilidades que siento son las mismas debilidades que los santos sintieron. Haz que yo sea lo suficientemente humilde como para aceptar que no soy diferente de los otros, Señor. Amén.

Se quedaron en silencio, mirando la puesta de sol, hasta que el último rayo de aquel día abandonó las nubes. Sus almas rezaban, pedían cosas y daban gracias por estar juntas.

Vamos hasta el bar de la aldea -dijo el Mago. Brida se volvió a poner los zapatos y comenzaron a bajar. Una vez más se acordó del día en que había ido a la montaña a buscarlo. Se prometió a sí misma que sólo vol­vería a contar esta historia una vez más en su vida; no necesitaba continuar convenciéndose a sí misma.

El Mago miró a la chica bajando delante de él, pro­curando mostrarse familiar con el suelo húmedo y con las piedras, y tropezando a cada instante. Su corazón se alegró un poco, pero pronto volvió a ponerse en guar­dia.

A veces, ciertas bendiciones de Dios entran astillan­do todos los vitrales.

Era agradable que Brida estuviese a su lado, pensó el Mago, mientras descendían la montaña. También él era un hombre igual a todos los hombres, con las mismas flaquezas, las mismas virtudes, y aún hoy, no estaba acos­tumbrado al papel de Maestro. Al principio, cuando `personas venidas de varios lugares de Irlanda llegaban a aquel bosque en busca de sus enseñanzas, él hablaba de la Tradición del Sol y pedía a las personas que com­prendiesen lo que estaba a su alrededor. Allí, Dios había guardado Su sabiduría y todos eran capaces de compren­derla a través de unas pocas prácticas, nada más. La ma­nera de enseñar según la Tradición del Sol había sido ya descrita hace dos mil años por el Apóstol: "Y en medio de vos estuve como un débil y tímido, lleno de gran te­mor, mi palabra y mi prédica no consistieron en discur­sos llenos de sabiduría, sino en la demostración del Espí­ritu y de la fuerza divina, para que vuestra fe no se fundase en sabiduría humana, sino en la fuerza de Dios".

No obstante, las personas parecían incapaces de en­tender lo que explicaba sobre la Tradición del Sol, y se quedaban decepcionadas porque era un hombre como todos los demás.

Él decía que no, que él era un maestro, y todo lo que estaba haciendo era dar a cada uno los medios propios para adquirir Sabiduría. Pero ellas necesitaban mucho más: necesitaban un guía. No entendían la Noche Os­cura, no entendían que cualquier guía en la Noche Oscura iluminaría, con su linterna, apenas aquello que él mismo quisiese ver. Y si, por casualidad, esta linterna se apagase, las personas estarían perdidas, por no co­nocer el camino de regreso.

Pero necesitan un guía. Y, para ser un buen Maestro, también tenía que aceptar las necesidades de los otros. Entonces pasó a rellenar sus enseñanzas con cosas innecesarias, más fascinantes, de modo que todos fue­sen capaces de aceptar y de aprender. El método dio resultado. Las personas aprendían la Tradición del Sol y cuando finalmente llegaban a entender que muchas cosas que el Mago había mandado hacer eran absoluta­mente inútiles, se reían de sí mismas. Y el Mago queda­ba contento, porque finalmente había conseguido apren­der a enseñar.

Brida era una persona diferente. Su oración había tocado hondo el alma del Mago. Ella conseguía enten­der que ningún ser humano que pisó este planeta fue o es diferente a los otros. Pocas personas eran capaces de decir en voz alta que los grandes Maestros del pasado tuvieron las mismas cualidades y los mismos defectos que todos los hombres, y esto no disminuyó ni siquiera un poco su capacidad de buscar a Dios. Juzgarse peor que los otros era uno de los más violentos actos de or­gullo que él conocía, porque era usar la manera más destructiva de ser diferente.

Cuando llegaron al bar, el Mago pidió dos medidas de whisky.

-Mira a las personas -dijo Brida-. Deben venir aquí todas las noches. Deben hacer siempre lo mismo.

 

El Mago ya no estaba tan convencido de que Brida realmente se juzgase igual que los otros.

--Estás demasiado preocupada por las personas -res­pondió-. Ellas son un espejo de ti misma.

-Lo sé. Había descubierto lo que era capaz de po­nerme alegre o triste. Y, de repente, entendí que era preciso cambiar esos conceptos. Pero es difícil.

-¿Qué te hizo cambiar de idea?

-El Amor. Conozco a un hombre que me com­pleta. Hace tres días, él me mostró que su mundo también está lleno de misterios. Entonces no estoy sola.

El Mago se quedó impasible. Pero se acordó de las bendiciones de Dios que astillan los vitrales.

-¿Tú lo amas?

-Descubrí que puedo amarlo aún más. Si este cami­no no me enseña nada nuevo a partir de ahora, por lo menos habré aprendido algo importante: es preciso correr riesgos.

Él había preparado una gran noche, mientras des­cendían la montaña. Quería mostrar cuánto la nece­sitaba, mostrar que era un hombre como todos los de­más, cansado de tanta soledad. Pero todo lo que ella quería eran respuestas a sus preguntas.

-Existe algo extraño en el aire -dijo la joven. El ambiente parecía haber cambiado.

-Son los Mensajeros -respondió el Mago-. Los de­monios artificiales, aquellos que no forman parte del brazo izquierdo de Dios, aquellos que no nos conducen a la luz.

Sus ojos estaban brillando. Realmente algo había cam­biado y él hablaba de demonios.

-Dios creó a la legión de Su Brazo Izquierdo para perfeccionarnos, para que sepamos qué hacer con nues­tra misión -continuó él-. Pero dejó a cargo del hom­bre el poder de concentrar las fuerzas de las tinieblas y crear sus propios demonios.

Eso era lo que él estaba haciendo ahora. -También podemos concentrar las fuerzas del bien -dijo la joven, un poco asustada.

-No podemos.

Era conveniente que ella preguntase algo, tenía que distraerse. No quería crear un demonio. En la Tradi­ción del Sol, eran llamados Mensajeros, y podían hacer mucho bien, o mucho mal; sólo a los grandes Maestros estaba permitido invocarlos. Él era un gran Maestro, pero no quería hacer eso ahora, porque la fuerza del Mensajero era peligrosa, principalmente cuando esta­ba mezclada con las decepciones del amor.

Brida estaba desorientada con la respuesta. El Mago actuaba de una manera extraña.

-No podemos concentrar el Bien -continuó él, haciendo un inmenso esfuerzo para prestar atención a sus propias palabras-. La Fuerza del Bien siempre se esparce, como la Luz. Cuando tú emanas las vibracio­nes del Bien, beneficias a toda la Humanidad. Pero cuando concentras las fuerzas del Mensajero, estás be­neficiando -o perjudicando- solamente a ti misma.

Sus ojos estaban brillando. Llamó al dueño del bar y pagó la cuenta.

Vamos a mi casa -dijo-. Voy a preparar un té y me dirás cuáles son las preguntas importantes de tu vida.

 

Brida vaciló. Él era un hombre atrayente. Ella tam­bién era una mujer atrayente. Tenía miedo de que aque­lla noche pudiera estropear su aprendizaje.

"Tengo que correr riesgos", se repitió a sí misma.

La casa del Mago estaba un poco alejada del pueblo. Brida notó que, a pesar de ser bastante diferente de la casa de Wicca, era confortable y bien decorada. Sin embargo, no había ningún libro a la vista: predomina­ba el espacio vacío, con pocos muebles.

Fueron a la cocina a preparar el té y volvieron a la sala.

-¿Qué has venido a hacer hoy aquí? -preguntó el Mago.

-Me prometí a mí misma que volvería el día en que ya supiese algo.

-¿Y ya sabes?

-Un poco. Sé que el camino es simple, y por eso más difícil de lo que había pensado. Pero simplificaré mi alma. Ésta es la primera pregunta: ¿Por qué pierdes el tiempo conmigo?

"Porque tú eres mi Otra Parte", pensó el Mago. -Porque también necesito a alguien con quien con­versar -respondió él.

-¿Qué piensas del camino que elegí, el de la Tradi­ción de la Luna?

El Mago tenía que decir la verdad. Aun prefiriendo que la verdad fuese otra.

-Era tu camino. Wicca tiene toda la razón. Tú eres una hechicera. Vas a aprender en la memoria del Tiem­po las lecciones que Dios enseñó.

 

Y se quedó pensando por qué la vida era así, por qué había encontrado una Otra Parte cuya única manera posible de aprender era a través de la Tradición de la Luna.

-Tengo sólo una pregunta más -dijo Brida. Se es­taba haciendo tarde, dentro de poco ya no habría auto­bús-. Necesito saber la respuesta, y sé que Wicca no me la enseñará. Lo sé porque ella es una mujer igual que yo, será siempre mi Maestra pero, en lo relativo a este asunto, será siempre una mujer: quiero saber cómo encontrar a mi Otra Parte.

"Está frente a ti", pensó el Mago.

Pero no respondió. Fue hasta un rincón de la sala y apagó las luces. Dejó encendida apenas una escultu­ra de acrílico, en la que Brida no había reparado cuan­do entró; dentro contenía agua y burbujas que su­bían y bajaban, llenando el ambiente con rayos rojos y azules.

-Ya nos hemos encontrado dos veces -dijo el Mago, con los ojos fijos en la escultura-. Sólo tengo permiso de enseñar a través de la Tradición del Sol. La Tradi­ción del Sol despierta en las criaturas la sabiduría an­cestral que poseen.

-¿Cómo puedo descubrir a mi Otra Parte por la Tra­dición del Sol?

-Ésta es la gran búsqueda de las personas sobre la faz de la Tierra -el Mago repitió, sin querer, las mis­mas palabras que Wicca. Quizás hubiesen aprendido con el mismo Maestro, pensó Brida-. Y la Tradición del Sol colocó en el mundo, para que todas las perso­nas la viesen, la señal de su Otra Parte: el brillo en los ojos.

-Ya he visto muchos ojos brillar-dijo Brida-. Hoy mismo, en el bar, vi tus ojos brillar. Esta es la forma en que todas las personas buscan.

"Ya olvidó su oración -pensó el Mago. Estaba otra vez creyendo que era diferente de los otros--. Es inca­paz de reconocer lo que Dios le muestra tan generosa­mente."

-No entiendo los ojos -insistió ella-. Quiero saber cómo las personas descubren su Otra Parte por la Tra­dición de la Luna.

El Mago se giró hacia Brida. Sus ojos estaban fríos y sin expresión.

-Estás triste por mí, lo sé -continuó ella-. Triste porque aún no consigo aprender a través de las cosas simples. Lo que tú no entiendes es que las personas sufren, se buscan y se matan por amor, sin saber que están cumpliendo la misión divina de encontrar su Otra Parte. Olvidaste, porque eres un sabio y no te acuerdas de las personas comunes, que traigo milenios de des­ilusión conmigo, y ya no consigo aprender ciertas cosas a través de la simplicidad de la vida.

El Mago permaneció impasible.

-Un punto -dijo él-. Un punto brillante encima del hombro izquierdo de la Otra Parte. Es así en la Tra­dición de la Luna.

-Es hora de irme -dijo ella. Y deseó que le pidiera que se quedara. Le gustaba estar allí. El había respon­dido a su pregunta.

El Mago, no obstante, se levantó y la acompañó hasta la puerta.

Voy a aprender todo lo que tú sabes -dijo ella-. Voy a descubrir cómo se ve ese punto.

 

El Mago esperó a que Brida desapareciese de la carrete­ra. Había un autobús de regreso a Dublín en la próxima media hora, y no tenía por qué preocuparse. Después, fue hasta el jardín y ejecutó el ritual de todas las noches; estaba acostumbrado a hacer aquello, pero a veces nece­sitaba mucho esfuerzo para alcanzar la concentración necesaria. Hoy estaba particularmente dispersivo.

Cuando acabó el ritual, se sentó en el umbral de la puerta y se quedó mirando al cielo. Pensó en Brida. Podía verla en el autobús, con el punto luminoso en el hombro izquierdo, que sólo él era capaz de reconocer, porque ella era su Otra Parte. Pensó cuán ansiosa de­bía estar por concluir una búsqueda que había empe­zado el día de su nacimiento. Pensó en cómo estaba fría y distante desde que llegaron a su casa, y cómo aque­llo era una buena señal. Significaba que estaba confusa con sus propios sentimientos; se estaba defendiendo de lo que no podía comprender.

Pensó también, con cierto temor, que estaba enamo­rada.

-No existen personas que no consigan encontrar su Otra Parte, Brida -dijo el Mago, en voz alta, a las plantas de su jardín. Pero en el fondo se dio cuenta de que tam­bién él, a pesar de conocer desde hacía tantos años la Tradición, necesitaba aún reforzar su fe, y estaba hablan­do para sí mismo.

"Todos nosotros, en algún momento de nuestras vi­das, nos cruzamos con ella y la reconocemos -conti­nuó-. Si yo no fuese un Mago, y no viese el punto en tu hombro izquierdo, tardaría un poco más en aceptarte. Pero tú lucharías por mí, y un día yo percibiría el brillo en tus ojos.

 

"Soy un Mago, no obstante, y ahora soy yo quien ne­cesita luchar por ti. Para que todo mi conocimiento se transforme en sabiduría."

Permaneció mucho tiempo mirando la noche y pen­sando en Brida en el autobús. Hacía más frío que de costumbre, el verano iba a acabar en breve.

-Tampoco existe riesgo en el Amor, y tú aprenderás esto por ti misma. Hace millares de años que las perso­nas se buscan y se encuentran.

Pero, de repente, se dio cuenta de que podía estar equivocado. Había siempre un riesgo, un único riesgo. Que una misma persona se cruzase con más de una Otra Parte en la misma encarnación.

Esto también sucedía desde hacía milenios.

 

 

 

Invierno y primavera

 

 

 

 

 

Durante los dos meses siguientes, Wicca inició a Brida los primeros misterios de la hechicería. Según ella, mujeres aprendían estos temas mas rápidamente que los hombres, porque cada mes tenía lugar en sus cuer­pos el ciclo completo de la Naturaleza: nacimiento, vida muerte. "El Ciclo de la Luna", dijo ella.

Brida tuvo que comprar un cuaderno y dedicarlo espe­cialmente a registrar todas sus experiencias psíquicas a partir de su primer encuentro. El cuaderno tenía que estar siempre actualizado, y debía tener en la tapa una estrella de cinco puntas, que asociaba todo lo que esta­ba escrito a la Tradición de la Luna. Wicca le contó que todas las hechiceras poseían un cuaderno como aquél, conocido como el Libro de las Sombras, en homenaje a las hermanas muertas durante cuatro siglos de caza a las hechiceras.

--¿Por qué tengo que hacer todo esto?

Tenemos que despertar el Don. Sin él, todo lo que puedes conocer son los Pequeños Misterios. El Don es tu manera de servir al mundo.

Brida tuvo que reservar un rincón de su casa, que no usara mucho, para montar un pequeño oratorio con una vela encendida día y noche. La vela, según la Tra­dición de la Luna, era el símbolo de los cuatro elemen­tos y contenía en sí la tierra del pabilo, el agua de la parafina, el fuego que quemaba y el aire que permitía que el fuego quemase. La vela era también importante para recordar que había una misión que cumplir, y que ella estaba involucrada en aquella misión. Sólo la vela debía quedar visible -el resto tenía que estar escondi­do dentro de un estante o de un cajón-; desde la Edad Media la Tradición de la Luna exigía que las brujas ro­deasen sus actividades del máximo secreto; varias pro­fecías avisaban que las Tinieblas retornarían al final del milenio.

Siempre que Brida llegaba a casa y miraba la llama de la vela encendida, sentía una responsabilidad extra­ña, casi sagrada.

Wicca le ordenó que siempre prestase atención al rui­do del mundo. "En cualquier lugar donde estés, pue­des escuchar el ruido del mundo -dijo la hechicera-. Es un ruido que no para nunca, que está presente en las montañas, en la ciudad, en los cielos y en el fondo del mar. Este ruido, parecido a una vibración, es el Al­ma del Mundo transformándose, caminando hacia la luz. La hechicera debe estar atenta a esto, porque ella es una pieza importante en esa caminata."

Wicca también explicó que los Antiguos hablaban con nuestro mundo a través de los símbolos. Incluso aun­que nadie estuviese escuchando, aunque el lenguaje de los símbolos hubiese sido olvidado por casi todos, los Antiguos no paraban nunca de conversar.

-¿Son seres como nosotros? -preguntó Brida, cier­to día.

-Nosotros somos ellos. Y de repente entendemos todo aquello que descubrimos en las vidas pasadas, y todo lo que los grandes sabios dejaron escrito en el Univer­so. Jesús dijo: "El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que lanzó la semilla a la tierra: duerme y des­ierta, de noche y de día, pero la simiente germina y rece sin que él sepa cómo". La raza humana bebe siem­pre de esta fuente inagotable, y cuando todos dicen que ella está perdida, encuentra una manera de sobrevivir. obrevivió cuando los monos expulsaron a los hombres e los árboles, cuando las aguas cubrieron la tierra. Y sobrevivirá cuando todos se estén preparando para la catástrofe final. Somos responsables del Universo, por­ue nosotros somos el Universo.

Cuanto más estaba a su lado, más notaba Brida lo bo­nita que era.

Wicca continuó enseñándole la Tradición de la Luna. Mandó que hiciese un puñal de una hoja con filo a ambos lados y que fuese irregular como una llama. Bri­da buscó en varios negocios, sin conseguir encontrar nada parecido; pero Lorens resolvió el problema pidien­do a un químico metalúrgico, que trabajaba en la Uni­versidad, que hiciera una hoja así. Después, él mismo talló un cabo de madera y le dio el puñal de regalo. Era su manera de decir que respetaba la búsqueda de Brida.

El puñal fue consagrado por Wicca, en un ritual com­plicado que mezclaba palabras mágicas, dibujos con car­bón en la lámina y algunos golpes usando una cuchara de palo. El puñal debía ser utilizado como una prolon­gación de su propio brazo, manteniendo toda la ener­gía del cuerpo concentrada en la lámina. Por eso las hadas usaban una varita mágica y los magos necesita­ban una espada.

Cuando Brida se mostró sorprendida por el carbón y la cuchara de palo, Wicca dijo que, en la época de la caza de brujas, las hechiceras se veían obligadas a utilizar materiales que pudiesen ser confundidos con objetos de la vida cotidiana. Esta tradición se mantuvo a través del tiempo en el caso de la lámina, del carbón y de la cucha­ra de palo. Los verdaderos materiales que los Antiguos usaban se habían perdido por completo.

 

Brida aprendió a quemar incienso y a utilizar el pu­ñal en círculos mágicos. Había un ritual que estaba obligada a hacer cada vez que la luna cambiaba de fase; iba hacia la ventana con una copa llena de agua y dejaba que la luna se reflejase en la superficie del líquido. Des­pués hacía que su rostro se reflejase en el agua, de modo tal que la imagen de la luna quedase colocada en medio de su cabeza. Cuando estaba totalmente concentrada, hería el agua con el puñal, haciendo que ella y la luna se divi­diesen

en varios reflejos.

Esta agua debía ser bebida inmediatamente y el poder de la luna, entonces, crecía dentro de ella.

-Nada de esto tiene sentido -comentó Brida, cier­ta vez.

Wicca no le dio mucha importancia, también había pensado así, un día. Pero volvió a recordar las palabras de jesús sobre las cosas que crecían dentro de cada uno sin que se supiese cómo.

No importa si tiene sentido o no -añadió-. Acuér­date de la Noche Oscura. Cuanto más hagas esto, más se comunicarán los Antiguos. Primero, de una manera que tú no entiendes, es sólo su alma que está escuchan­do Un buen día las voces serán nuevamente desperta­das.

Brida no quería limitarse a despertar voces, quería co­nocer a su Otra Parte. Pero no comentaba tales asuntos con Wicca.

Le había prohibido volver de nuevo al pasado. Wicca decía que esto era necesario en pocas ocasiones. -Tampoco utilices cartas para ver el futuro. Las car­tas sirven sólo para el crecimiento sin palabras, aquel que está penetrando sin ser percibido.

 

Brida tenía que abrir el tarot tres veces por semana y quedarse mirando las cartas esparcidas. No siempre las visiones aparecían, y cuando aparecían, eran general­mente escenas incomprensibles. Cuando protestaba por las visiones, Wicca decía que estas escenas tenían un significado tan profundo que ella era aún incapaz de captarlo.

-¿Por qué no debo leer la suerte?

-Sólo el presente tiene poder sobre nuestras vidas -respondió Wicca-. Cuando estás leyendo la suerte en la baraja, estás trayendo el futuro hacia el presente. Y esto puede causar serios daños: el presente puede bara­jar tu futuro.

Una vez por semana iban hasta el bosque, y la hechi­cera enseñaba a la aprendiz el secreto de las hierbas. Para Wicca, cada cosa en este mundo traía la firma de Dios, especialmente las plantas. Ciertas hojas se pare­cían al corazón, y eran buenas para las dolencias car­díacas, mientras que las flores cuya forma recordaba a los ojos, curaban los males de la visión. Brida comenzó a percibir que muchas hierbas poseían, realmente, una gran semejanza con órganos humanos, y en un compen­dio sobre medicina popular que Lorens consiguió pres­tado en la biblioteca de la universidad, descubrió inves­tigaciones que indicaban que la tradición de los campesinos y hechiceras podía ser correcta.

-Dios colocó en los bosques su farmacia-dijo Wicca, un día en que las dos descansaban bajo un árbol-, para que todos los hombres pudiesen tener salud.

 

Brida sabía que su maestra tenía otros aprendices pero e difícil descubrir esto, el perro nunca dejaba de la­a la hora correcta. Aun así, ya se había cruzado en la escalera con una señora, una joven casi de su edad y ún hombre bien trajeado. Brida escuchaba discretamen­te sus pasos por el edificio y las antiguas tablas del suelo denunciaban el destino: el departamento de Wicca.

Cierto día, Brida se arriesgó a preguntar sobre los otros discípulos.

La fuerza de la brujería es una fuerza colectiva -res­pondió Wicca-. Son diversos los dones que mantie­nen la energía del trabajo siempre en movimiento. Uno depende de otro.

Wicca explicó que existían nueve dones, y que tanto la Tradición del Sol como la Tradición de la Luna se cuidaban de que atravesaran los siglos.

-¿Qué dones son ésos?

Wicca le respondió que era perezosa, vivía pregun­tando todo, y que una verdadera bruja era una persona interesada en todas las búsquedas espirituales del mun­do. Dijo a Brida que leyera más la Biblia ("donde está toda la verdadera sabiduría oculta") y que buscase los dones en la primera Epístola de San Pablo a los Corin­tios. Brida buscó y descubrió los nueve dones: la pa­labra de la sabiduría, la palabra del conocimiento, la fe, la cura, la operación de milagros, la profecía, la con­versación con los espíritus, las lenguas y la capacidad de interpretación.

Fue sólo ahí donde entendió el Don que estaba bus­cando: la conversación con los espíritus.

Wicca enseñó a Brida a bailar. Le dijo que tenía que mover el cuerpo de acuerdo con el ruido del mundo, la vibración siempre presente. No había ninguna técni­ca especial, bastaba con realizar cualquier movimiento que le pasase por la cabeza. Incluso así, Brida tardó un tiempo en acostumbrarse a actuar y danzar sin lógica.

-El Mago de Folk te enseñó sobre la Noche Oscura. En las dos Tradiciones que, en verdad, son una sola, la Noche Oscura es la única manera de crecer. Cuando uno se sumerge en el camino de la magia, el primer acto es entregarse a un poder mayor. Vamos a enfrentarnos con cosas que jamás podremos entender.

Nada tendrá la lógica a la que estamos acostumbrados. Vamos a comprender cosas sólo con nuestro corazón y esto puede asustarnos un poco. El viaje parecerá, duran­te mucho tiempo, una noche oscura. Toda búsqueda es un acto de fe. Pero Dios, que es más difícil de entender que una Noche Oscura, aprecia nuestro acto de fe. Y toma nuestra mano y nos guía a través del Misterio.

Wicca hablaba del Mago sin ningún rencor ni pena. Brida estaba equivocada, ella nunca había tenido una relación amorosa con él; estaba escrito en sus ojos. Tal vez la irritación de aquel día hubiese sido únicamente a causa de la diferencia de los caminos. Brujos y magos eran vanidosos, y cada uno quería probar al otro que su búsqueda era más acertada.

De repente, se dio cuenta de lo que había pensado.

 

Wicca no estaba enamorada del Mago, a causa de sus ojos. Ya había visto películas que hablaban de este tema. Libros. Todo el mundo sabía reconocer los ojos de una persona enamorada.

Sólo consigo entender las cosas simples después de que me enredo con las complicadas", pensó para sí. Quizá un día pudiese seguir la Tradición del Sol.

 

El otoño ya estaba en su plenitud y el frío empezaba a hacerse insoportable, cuando Brida recibió una llama­da telefónica de Wicca.

Vamos a encontrarnos en el bosque. De aquí a dos días, en la noche de luna nueva, cuando falte poco para anochecer -fue todo lo que dijo.

Brida se pasó los dos días pensando en el encuentro. Hizo los rituales de siempre, danzó el ruido del mundo. "Preferiría que fuese una música", pensaba, siempre que tenía que bailar. Pero ya estaba casi acostumbrándo­se a mover su cuerpo según aquella extraña vibración, que conseguía percibir mejor durante la noche, o en los lugares silenciosos, como las iglesias. Wicca había dicho que, al danzar la música del mundo, el alma se amoldaba mejor al cuerpo y las tensiones disminuían. Brida comenzó a fijarse cómo las personas caminaban por las calles sin saber dónde colocar las manos, sin mo­ver las caderas y los hombros. Tuvo ganas de explicar a todos que el mundo tocaba una melodía; si bailasen un poco esta música, dejando apenas al cuerpo mover­se sin lógica algunos minutos al día, se sentirían mucho mejor.

Aquella danza, no obstante, era de la Tradición de la Luna y sólo las hechiceras la conocían. Debía haber algo semejante en la Tradición del Sol, aun cuando a nadie le gustase aprenderla.

 

-No conseguimos convivir con los secretos del mun­do -decía a Lorens-. Y, sin embargo, todos ellos están frente a nosotros. Quiero ser una hechicera para con­seguir verlos.

 

El día convenido, Brida se dirigió al bosque. Caminó en­tre los árboles, sintiendo la presencia mágica de los espí­ritus de la Naturaleza. Hace seiscientos años, aquel bos­que era el lugar sagrado de los sacerdotes druidas: hasta el día en que San Patricio había expulsado a las serpien­tes de Irlanda y los cultos druidas desaparecieron. Aun así, el respeto por aquel lugar pasó de generación en generación, y hasta hoy los habitantes de la aldea veci­na respetaban y temían el lugar.

Encontró a Wicca en el claro, vestida con su manto. Junto a ella habían cuatro personas más, todas con ropas nor­males, y todas mujeres. En el lugar donde antes había notado las cenizas, una hoguera estaba encendida. Bri­da miró al fuego con un miedo inexplicable, no sabía si era a causa de la parte de Loni que traía dentro de sí, o si la hoguera era una experiencia repetida en otras en­carnaciones.

Llegaron otras mujeres. Había gente de su edad, y gen­te mayor que Wicca. Eran, en total, nueve personas. -No convidé a los hombres hoy. Vamos a esperar el reino de la Luna.

El reino de la Luna era la noche.

Se quedaron alrededor de la hoguera, conversando de los asuntos más banales del mundo, y Brida tuvo la sensación de que había sido convidada para un té de comadres, diferente sólo en el escenario.

Cuando el cielo se cubrió de estrellas, no obstante, el ambiente cambió. No fue necesaria ninguna orden por parte de Wicca; poco a poco, la conversación fue lan­guideciendo y Brida se preguntó a sí misma si sería ahora cuando estaban reparando en la presencia del fuego y del bosque.

Después de algún tiempo en silencio, Wicca habló: -Una vez al año, en la noche de hoy, las brujas de todo el mundo se reúnen para rezar una oración y ren­dir homenaje a sus antepasados. Así lo manda la Tradi­ción; en la décima luna del año debemos reunirnos en torno a la hoguera, que fue vida y muerte de nuestras hermanas perseguidas.

Wicca sacó de su manto una cuchara de palo. Aquí está el símbolo -dijo, mostrando la cuchara de palo a todas.

Las mujeres permanecieron de pie y se dieron las manos. Entonces, levantándolas hacia lo alto, escucha­ron la oración de Wicca.

-Que la bendición de la Virgen María y de su hijo Jesús caiga sobre nuestras cabezas esta noche. En nues­tro cuerpo duerme la Otra Parte de nuestros antepasa­dos; que la Virgen María nos bendiga.

Que nos bendiga porque somos mujeres, y hoy vivi­mos en un mundo donde los hombres nos aman y nos entienden cada vez más. No obstante, tenemos aún en el cuerpo la marca de las vidas pasadas y estas marcas duelen todavía.

Que la Virgen María nos libre de estas marcas y apague para siempre nuestro sentimiento de culpa. Nos sentimos culpables cuando salimos de casa, porque estamos dejan­do a nuestros hijos para ganar su sustento. Nos sentimos culpables cuando nos quedamos en casa, porque pa­rece que no aprovechamos la libertad del mundo. Nos sentimos culpables por todo, y no podemos ser culpa­bles porque siempre estuvimos distantes de las decisio­nes y del poder.

Que la Virgen María nos recuerde siempre que fui­mos nosotras las mujeres, las que permanecimos junto a Jesús en el momento en que los hombres huyeron y negaron su fe. Que fuimos nosotras quienes lloramos mientras él cargaba la cruz, que permanecimos a sus pies en la hora de la muerte, que fuimos nosotras las que visitamos el sepulcro vacío. Que no debemos tener culpa.

Que la Virgen María nos recuerde siempre que fui­mos quemadas y perseguidas porque predicábamos la Religión del Amor. Mientras las personas intentaban parar el tiempo con la fuerza del pecado, nosotras nos reuníamos en las fiestas prohibidas para celebrar lo que aún había de bello en el mundo. A causa de esto, fuimos condenadas y quemadas en las plazas.

Que la Virgen María nos recuerde siempre que, mien­tras los hombres eran juzgados en la plaza pública a causa de disputas de tierras, las mujeres eran juzgadas en la plaza pública a causa de adulterio.

Que la Virgen María nos recuerde siempre a nuestras antepasadas, que tenían que vestirse de hombre, como Santa Juana de Arco, para cumplir la palabra del Señor. Y aun así, morimos en la hoguera.

Wicca apretó la cuchara de palo con las dos manos y extendió sus brazos hacia adelante.

 

-Aquí está el símbolo del martirio de nuestras ante­pasadas. Que la llama que devoró sus cuerpos mantenga siempre encendidas nuestras almas. Porque ellas están en nosotros. Porque nosotras somos ellas.

Y tiró la cuchara de palo a la hoguera.

 

Brida continuó ejecutando los rituales que Wicca le ha­bía enseñado. Mantenía la vela siempre encendida, dan­zaba el ruido del mundo. Anotaba en el Libro de las Som­bras los encuentros con la hechicera y frecuentaba el bosque sagrado dos veces por semana. Advirtió, para su sorpresa, que ya estaba entendiendo algo de hierbas y plantas.

Pero las voces que Wicca deseaba despertar no apa­recían.

Tampoco conseguía ver el punto luminoso.

"Quién sabe si aún no conozco a mi Otra Parte", pen­só, con cierto miedo. Éste era el destino de quien cono­cía la Tradición de la Luna: jamás engañarse sobre el hombre de su vida. Significaba decir que nunca más, a partir del momento en que se transformase en una he­chicera de verdad, iba a tener las ilusiones que todas las otras personas tenían en el amor. Significaba sufrir me­nos, es verdad -tal vez significase incluso no sufrir nada-, porque podía amar todo más intensamente; la Otra Parte era una misión divina en la vida de cada persona. Aun cuando ella tuviese que irse un día, el amor por la Otra Parte -así lo enseñaban las Tradiciones­era coronado de gloria, de comprensión y de una nos­talgia purificadora.

Pero significaba también que, a partir del momento en que pudiese ver el punto luminoso, no tendría los encantos de la Otra Parte del Amor. Brida pensaba en las muchas veces en que se atormentó de pasión, en las noches que pasó despierta, esperando a alguien que no telefoneaba, en los fines de semana románticos que no resistían a la semana siguiente, en las fiestas con mi­radas ansiosas en todas direcciones, en la alegría de la conquista sólo para probar que era posible, en la triste­za de la soledad, cuando estaba segura de que el novio de una amiga suya era exactamente el único hombre en el mundo capaz de hacerla feliz. Todo aquello era parte de su mundo y del mundo de todas las personas que conocía. Esto era el amor, y de esta manera las per­sonas buscaban a su Otra Parte desde el comienzo de los tiempos, mirando en los ojos, procurando descubrir el brillo y el deseo. Nunca había dado valor a estas cosas, al contrario, pensaba que era inútil sufrir por alguien, inútil morirse de miedo por no encontrar otra persona con quien compartir su vida. Ahora, cuando podía li­brarse ya de este miedo, pasó a no estar segura de lo que quería.

"¿Es que realmente quiero ver el punto luminoso?" Se acordó del Mago, empezó a creer que él tenía ra­zón, y la Tradición del Sol era la única manera correcta de lidiar con el Amor. Pero no podía cambiar de idea ahora; conocía un camino, y tenía que ir hasta el final. Sabía que, si desistía, iba a ser cada vez más difícil hacer cualquier elección en la vida.

 

Cierta tarde, después de una larga clase sobre los ritua­les que eran utilizados por las antiguas hechiceras para provocar la lluvia y que Brida tenía que anotar en su Libro de las Sombras, aun cuando nunca fuera a utilizar­los-, Wicca le preguntó si usaba todas las ropas que poseía.

-Claro que no -fue la respuesta.

-Pues, a partir de esta semana, utiliza todo lo que esté en tu armario.

Brida creyó que no había entendido bien.

-Todo lo que contiene nuestra energía debe es­tar siempre en movimiento -dijo Wicca-. Las ropas que tú compraste forman parte de ti y representan mo­mentos especiales. Momentos en que tú saliste de casa dispuesta a hacerte a ti misma un regalo, porque esta­bas contenta con el mundo. Momentos en que alguien te hizo daño, y tenías que compensar aquello. Momentos en que tú creíste que era necesario cambiar de vida. Las ropas siempre transforman emoción en materia. Son uno de los puentes entre lo visible y lo invisible. Existen ciertas ropas que, inclusive, son capaces de hacer daño, porque fueron hechas para otras personas y acabaron en tus manos.

Brida entendía lo que estaba diciendo. Había cosas que no conseguía usar; siempre que se las ponía, algo malo terminaba sucediendo.

-Deshazte de las ropas que no fueron hechas para ti ...-insistió Wicca-. Y usa todas las otras. Es importante mantener siempre la tierra revuelta, la ola con espuma y la emoción en movimiento. El Universo entero se mue­ve: no podemos quedarnos paradas.

Al llegar a su casa, Brida colocó encima de la cama todo lo que estaba dentro del armario. Se quedó mirando cada pieza de ropa; había muchas de cuya existencia ya no se acordaba; otras recordaban momentos felices del pasado, pero ya habían quedado fuera de moda. Brida las guardaba, a pesar de todo, porque aquellas ropas pa­recían poseer una especie de hechizo, en caso de desha­cerse de ellas, podría estarse deshaciendo de las cosas buenas que había vivido cuando las vestía.

Miró las ropas que pensaba que tenían "más vibra­ciones". Siempre había alimentado la esperanza de que estas vibraciones se invirtieran un día y pudiera usarlas de nuevo, pero siempre que decidía hacer una prueba, acababa teniendo problemas.

Se dio cuenta de que su relación con las ropas era apa­rentemente más complicada de lo que parecía. Incluso así, era difícil aceptar que Wicca estuviera queriendo meterse con lo más íntimo y personal de su vida: su ma­nera de vestir. Ciertas ropas tenían que ser guardadas para ocasiones especiales, y sólo era ella quien tenía que decir cuándo debía usarlas. Otras no eran adecua­das para el trabajo, o incluso para las salidas de fin de semana. ¿Por qué Wicca tenía que entrometerse en esto? ;jamás cuestionó una orden de ella, vivía danzando y en­cendiendo velas, metiendo puñales en el agua y apren­diendo cosas que no iba a utilizar nunca. Podía aceptar todo aquello, formaba parte de una Tradición, una Tra­dición que no comprendía pero que tal vez estuviese incluso hablando con su lado desconocido. No obstan­te, en el momento en que se metía con sus ropas, ya estaba metiéndose también con su manera de estar en el mundo.

Quién sabe si Wicca habría perdido los límites de su poder. Quién sabe si no estaba intentando interferir en algo que no debía.

Lo que está afuera es más difícil de cambiar que lo que está adentro.

Alguien había dicho algo. En un movimiento instinti­vo, Brida miró asustada a su alrededor. Pero estaba se­gura de que no iba a encontrar a nadie.

Era la Voz.

La voz que Wicca quería despertar.

Dominó su excitación y su miedo. Se quedó en silen­cio, esperando escuchar algo más, y todo lo que pudo oír fue el ruido de la calle, el sonido de la televisión co­nectada a distancia y el omnipresente ruido del mundo. Procuró quedarse en la misma posición en que estaba antes, pensar en las mismas cosas que había pensado. Todo había pasado tan rápido que ni siquiera se había llevado un susto, ni quedado admirada u orgullosa de sí misma.

Pero la Voz había dicho algo. Aunque todas las perso­nas del mundo le probasen que aquello era fruto de su imaginación, aunque la caza de brujas volviese de repen­te y tuviese que enfrentar tribunales y morir en la hogue­ra a causa de ello, tenía completa y absoluta certeza de que había escuchado una voz que no era la suya.

"Lo que está afuera es más difícil de cambiar que aque­llo que está adentro." La voz podría haber dicho algo

más grandioso, ya que era la primera vez que la estaba escuchando en esta encarnación. Pero de repente, Bri­da se sintió invadida por una inmensa alegría. Tuvo ga­nas de telefonear a Lorens, de visitar al Mago, de contar a Wicca que su Don había surgido y que ella podía ahora formar parte de la Tradición de la Luna. Anduvo de un lado para otro, fumó algunos cigarrillos, y sólo media hora después consiguió calmarse lo suficiente como para sentarse otra vez en la cama, donde estaban todas las ropas esparcidas.

La Voz tenía razón. Brida había entregado su alma a una mujer extraña y -por más absurdo que pudiese parecer- era mucho más fácil entregar su alma que su manera de vestir.

Sólo ahora estaba entendiendo hasta qué punto aque­llos ejercicios, aparentemente sin sentido, estaban revol­viendo su vida. Sólo ahora, cambiando por fuera, podía percibir cuánto estaba cambiando por dentro.

 

Wicca, cuando volvió a encontrarse con Brida, quiso saber todo sobre la Voz -cada detalle estaba anotado en el Libro de las Sombras- y Wicca se puso contenta. -¿De quién es la Voz? -preguntó Brida.

Wicca, no obstante, tenía cosas más importantes que decir que estar respondiendo a las eternas preguntas de la joven.

-Hasta ahora te mostré cómo volver al camino que tu alma recorre desde hace varias encarnaciones. Des­perté este conocimiento hablando directamente con ella -con el alma- a través de los símbolos y de los rituales de nuestros antepasados. Tú protestabas, pero tu alma estaba contenta porque estaba reencontrando su misión. Mientras te irritabas con los ejercicios, te abu­rrías con la danza, morías de sueño con los rituales, tu lado oculto bebía de nuevo la sabiduría del Tiempo, recordaba lo que ya había aprendido y la semilla crecía sin que tú supieses cómo. Llegó, sin embargo, el momen­to de empezar a aprender cosas nuevas. A esto se le llama Iniciación, porque ahí es donde está tu verdadero co­mienzo en las cosas que precisas aprender en esta vida. La Voz indica que ya estás preparada.

En la Tradición de las hechiceras, la Iniciación se hace siempre en los Equinoccios, en aquellas fechas del año en que los días y las noches son absolutamente iguales. El próximo es el Equinoccio de Primavera, el día 21 de marzo. Me gustaría que ésta fuera la fecha de tu Inicia­ción, porque yo también me inicié en un Equinoccio de Primavera. Ya sabes manejar los instrumentos y co­noces los rituales necesarios para mantener siempre abierto el puente entre lo visible y lo invisible. Tu alma continúa recordando las lecciones de las vidas pasadas, siempre que realizas cualquier ritual que ya conoces.

Al oír la Voz, trajiste para el mundo visible lo que ya estaba sucediendo en el mundo invisible. O sea, compren­diste que tu alma está lista para el próximo paso. El pri­mer gran objetivo ha sido alcanzado.

Brida recordó que antes también quería ver el punto luminoso. Pero desde que comenzara a reflexionar so­bre la búsqueda del amor, esto iba perdiendo importan­cia cada semana.

-Falta sólo una prueba para que seas aceptada en la Iniciación de la Primavera. En el caso de que no lo consi­gas ahora, no te preocupes, muchos Equinoccios están en tu futuro y algún día serás iniciada. Hasta ahora has tratado con tu lado masculino: el conocimiento. Tú sa­bes, eres capaz de entender lo que sabes, pero aún no has llegado a la gran fuerza femenina, una de las fuer­zas maestras de la transformación. Y conocimiento sin transformación no es sabiduría.

Esta fuerza siempre fue Poder en Maldición de las hechiceras, en general, y de las mujeres, en particular. Todas las personas que caminan por el planeta conocen esta fuerza. Todas saben que somos nosotras, las muje­res, las grandes guardianas de sus secretos. A causa de esta fuerza fuimos condenadas a vagar en un mundo peligroso y hostil, porque ella era despertada por noso­tras, y existían lugares donde era abominada. Quien toca esta fuerza, aunque sea sin saberlo, está unida a ella por el resto de su vida. Puede ser su señor o su esclavo, puede transformarla en una fuerza mágica, o utilizarla el resto de la vida sin darse cuenta nunca de su inmenso poder. Esta fuerza está en todo lo que nos rodea, está en el mundo visible de los hombres y en el mundo invisi­ble de los místicos. Puede ser masacrada, humillada, es­condida o hasta incluso negada. Puede pasar años dur­miendo, olvidada en un rincón cualquiera, puede ser tratada por la raza humana de casi todas las maneras, menos una: en el momento en que alguien conoce esta fuerza, nunca más, en toda su vida, podrá olvidarla. -¿Y qué fuerza es ésta?

-No sigas haciéndome preguntas tontas -respon­dió Wicca-. Porque sé que tú sabes cuál es.

Brida lo sabía. El sexo.

Wicca corrió una de las cortinas inmaculadamente blan­cas y mostró el paisaje. La ventana daba hacia el río, los edificios antiguos y las montañas en el horizonte. En una de aquellas montañas vivía el Mago.

-¿Qué es aquello? -preguntó Wicca, señalando a lo alto de una iglesia.

-Una cruz. El símbolo del cristianismo.

-Un romano jamás entraría en un edificio con aque­lla cruz. Pensaría que se trataba de una casa de supli­cios, ya que el símbolo en su fachada es uno de los más horrendos instrumentos de tortura que el hombre in­ventó.

La cruz es la misma, pero su significado cambió. De la misma manera, cuando los hombres estaban próximos a Dios, el sexo era la comunión simbólica con la unidad divina. El sexo era el reencuentro con el sentido de la vida.

-¿Por qué las personas que buscan a Dios normal­mente se apartan del sexo?

Wicca se irritó con la interrupción. Pero decidió res­ponder.

-Cuando hablo de la fuerza, no hablo apenas del acto sexual. Ciertas personas utilizan esta fuerza sin usar­la. Todo depende del camino escogido.

-Conozco esta fuerza -dijo Brida-. Sé cómo utili­zarla.

Era el momento de volver otra vez al asunto. -Quizá sepas tratar el sexo en la cama. Esto no es conocer la fuerza. Tanto el hombre como la mujer son absolutamente vulnerables a la fuerza del sexo, porque allí el placer y el miedo tienen la misma importancia. -¿Y por qué el placer y el miedo caminan juntos? Por fin la chica había preguntado algo que valía la pena responder.

-Porque quien se enfrenta con el sexo sabe que está ante algo que sólo sucede con toda su intensidad cuan­do se pierde el control. Cuando estamos en la cama con alguien, estamos dando permiso para que esta persona comulgue no solamente con nuestro cuerpo sino con toda nuestra personalidad. Son las fuerzas puras de la vida que se comunican, independientemente de noso­tros y, entonces, no podemos esconder quién somos.

No importa la imagen que tengamos de nosotros mis­mos. No importan los disfraces, las respuestas preparadas, las salidas honrosas. En el sexo, se hace difícil engañar al otro, porque allí cada uno se muestra como realmen­te es.

Wicca hablaba como alguien que conociera bien aque­lla fuerza. Sus ojos tenían brillo y había orgullo en su voz. Tal vez fuese esa fuerza lo que la mantenía tan atra­yente. Era bueno aprender con ella: un día terminaría descubriendo el secreto de todo aquel encanto.

-Para realizar la Iniciación, tienes que encontrarte con esta fuerza. El resto, el sexo de las hechiceras, per­tenece a los Grandes Misterios, y lo sabrás después de la ceremonia.

-¿Cómo me encontraré con ella, entonces?

-Es una fórmula simple, y como todas las cosas sim­ples, sus resultados son mucho más difíciles que todos los complicados rituales que te he enseñado hasta ahora.

Wicca se aproximó a Brida, la tomó por los hombros y miró el fondo de sus ojos.

-La fórmula es ésta: utiliza, durante todo el tiempo, tus cinco sentidos. Si ellos llegan juntos en el momento del orgasmo, serás aceptada para la Iniciación.

-

Vine a pedir disculpas -dijo la joven.

Estaban en el mismo lugar donde se habían encontra­do la otra vez; las piedras que daban al lado derecho de la montaña, desde donde se veía el inmenso valle.

A veces pienso una cosa y hago otra -continuó-. Pero si algún día ya sentiste el amor, sabes cuánto cues­ta sufrir por él.

-Sí, lo sé -respondió el Mago. Era la primera vez que él hablaba de su vida particular.

-Tenías razón respecto del punto luminoso. La vida pierde un poco su gracia. Descubrí que la búsqueda pue­de ser tan interesante como el encuentro.

-Siempre que se venza al miedo. -Es verdad.

Y Brida se alegró al saber que también él, con todo lo que conocía, continuaba sintiendo miedo.

 

Pasearon durante toda la tarde por el bosque cubier­to de nieve. Conversaron sobre plantas, sobre el paisa­je y sobre las formas en que las arañas acostumbraban a extender las telas en aquella región. A cierta altura encontraron un pastor que iba a guardar su rebaño de ovejas.

-¡Hola, Santiago! -el Mago saludó al pastor. Des­pués se giró hacia ella-. Dios tiene una predilección especial por los pastores. Son personas acostumbradas a la Naturaleza, al silencio, a la paciencia. Poseen todas las virtudes necesarias para comulgar con el Universo. Hasta aquel instante no habían tocado estos temas, y Brida no quería anticipar el momento adecuado. Vol­vió a conversar sobre su vida y sobre lo que acontecía en el mundo. Su sexto sentido la alertó para evitar el nombre de Lorens, no sabía lo que estaba sucediendo, no sabía por qué el Mago le dedicaba tanta atención, pero necesitaba mantener encendida esta llama. Poder en Maldición, había dicho Wicca. Tenía un objetivo y él era el único que podía ayudarla a conseguirlo.

Pasaron entre algunos corderos, que dejaban, con sus patas, un gracioso camino en la nieve. Esta vez no había pastor, pero los corderos parecían saber a dónde ir y lo que deseaban encontrar. El Mago permaneció largo tiempo contemplando a los animales como si estuviera delante de algún gran secreto de la Tradición del Sol, que Brida no conseguía entender.

A medida que la luz del día se iba apagando, se iba apagando también el sentimiento de terror y respeto que se apoderaba de ella siempre que encontraba a aquel hombre; por primera vez estaba tranquila y con­fiada a su lado. Tal vez porque no precisase ya demos­trar sus dones, ya había escuchado la Voz, y su ingreso en el mundo de aquellos hombres y mujeres era ape­nas una cuestión de tiempo. También ella pertenecía al camino de los misterios y, a partir del momento en que escuchó la Voz, el hombre que estaba a su lado for­maba parte de su Universo.

Tuvo ganas de tomarle las manos y pedirle que le expli­case algo de la Tradición del Sol, de la misma manera que acostumbraba pedir a Lorens que le hablara de las estrellas antiguas. Era una manera de decir que esta­ban viendo la misma cosa, desde ángulos diferentes. Algo le decía que él necesitaba esto, y no era la Voz misteriosa de la Tradición de la Luna, sino la voz inquie­ta, a veces tonta, de su corazón. Una voz que no acos­tumbraba a escuchar mucho, ya que siempre la condu­cía por caminos que no conseguía entender.

Aun así, las emociones eran caballos salvajes y pedían ser oídos. Brida dejó que corriesen libres por algún tiem­po hasta que se cansaran. Las emociones contaban lo bonita que sería aquella tarde si ella estuviera enamora­da de él. Porque cuando se enamoraba, era capaz de aprenderlo todo, y conocer cosas que ni osaba pensar, porque el amor era la llave para la comprensión de to­dos los misterios.

Imaginó muchas escenas de amor, hasta que asumió de nuevo el control de sus emociones. Entonces se dijo a sí misma que jamás podría amar a un hombre como aquel. Porque él entendía el Universo y todos los senti­mientos humanos quedaban pequeños cuando se veían a distancia.

 

Llegaron a las ruinas de una vieja iglesia. El Mago se sentó en uno de los varios montículos de piedra labra­da que se esparcían por el suelo; Brida limpió la nieve en la barandilla de una ventana.

-Debe ser bonito vivir aquí, pasar los días en un bos­que y por la noche dormir en una casa templada-dijo ella.

-Sí, es bonito. Conozco el canto de los pájaros, sé leer las señales de Dios, aprendí la Tradición del Sol y la Tradición de la Luna.

"Pero estoy solo -tuvo ganas de decir-. Y de nada sirve comprender el Universo entero cuando se está solo."

Allí, frente a él, recostada en la barandilla de una ven­tana, estaba su Otra Parte. Podía ver el punto de luz encima de su hombro izquierdo y lamentó haber apren­dido las Tradiciones. Porque quizá hubiese sido aquel punto el que había hecho que se enamorase de aquella mujer.

"Ella es inteligente. Presintió el peligro antes y ahora no quiere saber nada de los puntos luminosos."

-Oí a mi Don. Wicca es una excelente Maestra. Era la primera vez que tocaba el asunto de la magia aquella tarde.

-Esta vez te enseñará los misterios del mundo, los misterios que están presos en el tiempo, y que son lleva­dos de generación en generación por las hechiceras.

Habló sin prestar atención a sus propias palabras. Estaba intentando recordar cuándo encontró su Otra Parte por primera vez. Las personas solitarias pierden el sentido del tiempo, las horas son largas y los días in­terminables. Aun así, sabía que habían estado juntos tan solo dos veces. Brida estaba aprendiendo todo muy rápido.

-Conozco los rituales y me iniciaré en los Grandes Misterios cuando llegue el Equinoccio.

Volvía a ponerse en tensión.

-Existe, no obstante, una cosa que aún no sé. La Fuerza que todos conocen, que reverencian cómo un misterio.

El Mago entendió por qué ella había venido aquella tarde. No fue sólo para pasear entre los árboles y dejar dos senderos de pies en la nieve, senderos que se aproxi­maban a cada minuto.

Brida se ajustó el cuello del abrigo en torno al rostro. No sabía si estaba haciendo aquello porque el frío era más fuerte cuando se deja de caminar, o porque quería esconder su nerviosismo.

-Quiero aprender a despertar la fuerza del sexo. Los cinco sentidos -dijo, finalmente-. Wicca no toca este tema. Dice que, así como yo descubrí la Voz, descubriré también esto.

Se quedaron unos minutos en silencio. Ella pensaba si debía estar hablando de esto justamente en las rui­nas de una iglesia. Pero recordó que existían muchas maneras de trabajar la fuerza. Los monjes que vivieron allí trabajaron por la abstinencia y entenderían lo que ella estaba intentando decir.

-He buscado todas las maneras. Presiento que exis­te un truco, como aquel truco del teléfono que ella usó con el tarot. Algo que Wicca no quiso mostrarme. Me parece que ella aprendió de la manera más difícil y quie­re que yo pase por las mismas dificultades.

-¿Fue por esto por lo que me buscaste? -interrum­pió él.

Brida miró el fondo de sus ojos. -Sí.

 

Esperó que la respuesta lo convenciese. Pero desde el momento en que lo había encontrado, ya no estaba tan segura. El camino por el bosque nevado, la luz del sol reflejada en la nieve, la conversación despreocupa­da sobre las cosas del mundo, todo aquello había hecho que sus emociones galopasen como caballos salvajes.

 

Tenía que convencerse de nuevo que estaba allí sólo en busca de un objetivo, y que lo conseguiría de cualquier forma. Porque Dios había sido mujer, antes de ser hombre.

El Mago se levantó del montículo de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la única pared que aún permanecía entera. En medio de esta pared había una puerta, y él se apoyó en el umbral. La luz de la tarde daba en sus espaldas. Brida no conseguía ver su rostro.

-Existe una cosa que Wicca no te enseñó -dijo el Mago-. Puede haber sido por olvido. Puede haber sido también porque quería que lo descubrieses sola.

-Pues estoy aquí. Descubriendo sola.

Yse preguntó a sí misma si, en el fondo, no era exac­tamente éste el plan de su Maestra: conseguir que ella encontrase a aquel hombre.

-Voy a enseñarte -dijo él, finalmente-. Ven con­migo.

 

Caminaron hasta un lugar donde los árboles eran más altos y más fuertes. Brida se fijó en que en algunos de ellos había escaleras rústicas atadas a los troncos. En lo alto de cada escalera había una especie de cabaña.

"Aquí deben vivir los ermitaños de la Tradición del Sol", pensó.

El Mago examinó cuidadosamente cada cabaña, se de­cidió por una y pidió a Brida que subiese junto a él. Ella comenzó a subir. En medio del camino sintió mie­do, pues una caída podía ser fatal. Aun así, decidió seguir adelante; estaba en un lugar sagrado, protegido por los espíritus del bosque. El Mago no había pedido permi­so, pero tal vez en la Tradición del Sol esto no fuese necesario.

Cuando llegaron a lo alto, ella dio un largo suspiro; había vencido uno más de sus miedos.

-Es un buen lugar para enseñarte el camino -dijo 1-. Un lugar de emboscada.

-¿Un lugar de emboscada?

-Son cabañas de cazadores. Tienen que ser altas para que los animales no sientan el olor del hombre. Duran­te todo el año dejan comida aquí. Acostumbran a la caza a venir siempre a este lugar hasta que, un buen día, la matan.

Brida notó que había cartuchos vacíos en el suelo. Éstaba intimidada.

-Mira hacia abajo -dijo él.

No había espacio suficiente para dos personas y su cuerpo casi tocaba el de él. Se levantó y miró hacia abajo; el árbol debía ser el más alto de todos, y ella podía ver las copas de otros árboles, el valle, las mon­tañas cubiertas de nieve en el horizonte. Era un lugar lindo. Él no tenía por qué decir que era un lugar de emboscada.

El Mago removió el techo de lona de la cabaña, y de repente el lugar fue inundado por los rayos del sol. Hacía frío y le pareció a Brida que estaban en un lugar mágico, en el fin del mundo. Sus emociones querían cabalgar de nuevo, pero ella tenía que mantener el control.

-No era necesario traerte aquí para explicarte lo que quieres saber -dijo el Mago-. Pero quise que conocie­ras un poco más este bosque. En el invierno, cuando caza y cazador están lejos, acostumbro subir a estos árboles y contemplar la Tierra.

Realmente estaba queriendo compartir su mundo con ella. La sangre de Brida comenzó a correr más rápida. Se sentía en paz, entregada a uno de aquellos momen­tos de la vida en que la única alternativa posible es per­der el control.

-Toda la relación del hombre con el mundo se hace a través de los cinco sentidos. Sumergirse en el mundo de la magia es descubrir sentidos desconocidos, y el sexo nos empuja hacia algunas de estas puertas.

Había cambiado súbitamente de tono. Parecía un profesor dando clase de Biología a un alumno. "Tal vez sea mejor así", pensó ella, sin estar muy convencida.

 

-No importa si estás buscando la sabiduría o el pla­cer en la fuerza del sexo; siempre será una experien­cia total. Porque es la única actividad del hombre que afecta, o debería afectar, a los cinco sentidos de forma simultánea. Todos los canales con el prójimo quedan conectados.

En el momento del orgasmo, los cinco sentidos desapa­recen, y penetramos en el mundo de la magia; ya no somos capaces de ver, de escuchar, de sentir el sabor, el tacto, el olor. Durante aquellos largos segundos todo des­aparece, un éxtasis ocupa su lugar. Un éxtasis absoluta­mente igual al que los místicos alcanzan tras años de renuncia y disciplina.

Brida tuvo ganas de preguntar por qué los místicos no lo buscaban a través del orgasmo. Pero se acordó de los descendientes de los ángeles.

-Lo que empuja a la persona hacia este éxtasis son los cinco sentidos. Cuanto más fuertemente sean estimu­lados, más fuerte será el empujón. Y tu éxtasis será más profundo. ¿Entiendes?

Claro. Ella estaba entendiendo todo, y afirmó con la cabeza. Pero esta pregunta la dejó más distante. Le hu­biera gustado que él estuviese a su lado, como cuando caminaban por el bosque.

-Es tan solo eso -dijo él.

-¡Pero esto lo sé, e incluso así no lo consigo! -Bri­da no podía hablar de Lorens. Presentía que era peli­groso-. ¡Me dijiste que existía un modo de alcanzarlo!

Estaba nerviosa. Las emociones comenzaban a cabal­gar y ella estaba perdiendo el control.

El Mago miró nuevamente el bosque allá abajo. Brida se preguntó a sí misma si también él estaba luchando contra las emociones. Pero no quería y no debía creer en lo que estaba pensando.

Ella sabía lo que era la Tradición del Sol. Ella sabía que sus Maestros enseñaban a través del espacio, del momento. Pensó en esto antes de buscarlo. Imaginó que podían estar juntos, como estaban ahora, sin nadie cerca. Así eran los Maestros de la Tradición del Sol, siem­pre enseñando a través de la acción, y nunca dejan­do que la teoría fuera más importante. Había pensado todo esto antes de venir al bosque. Y vino, incluso así, porque ahora su camino era más importante que cual­quier cosa. Tenía que continuar la tradición de sus muchas vidas.

Pero él se estaba comportando como Wicca, que ape­nas hablaba de las cosas.

-Enséñame -dijo ella, otra vez.

El Mago tenía los ojos fijos en las copas deshojadas y cubiertas de nieve. Podía, en aquel momento, olvidar que era un Maestro. Sabía que la Otra Parte estaba frente a él. Podía hablar de la luz que estaba viendo, ella lo cree­ría, y el reencuentro estaba consumado. Aunque saliera llorando e indignada, acabaría volviendo, porque él es­taba diciendo la verdad, y así corno él necesitaba de ella, ella también necesitaba de él. Era ésta la sabiduría de las Otras Partes, una nunca dejaba de reconocer a la otra.

Pero él era un Maestro. Y un día, en una aldea de Es­paña, había hecho un juramento sagrado. Entre otras cosas, este juramento decía que ningún Maestro podía inducir a nadie a hacer una elección. Cometió este error una vez y por este motivo estuvo tantos años exiliado del mundo. Ahora era diferente pero, incluso así, no quería arriesgarse. "Puedo renunciar a la Magia por ella", pensó, durante unos instantes, y luego se dio cuen­ta. de lo absurdo de su pensamiento. No era este tipo de renuncia lo que el Amor necesitaba. El verdadero Amor permitía que cada uno siguiese su propio camino, sa­biendo que esto jamás alejaba a las Partes.

Tenía que tener paciencia. Tenía que continuar mi­rando a los pastores y sabiendo que; más pronto o más tarde, los dos estarían juntos. Esta era la Ley. Creería en ello toda su vida.

 

-Lo que pides es sencillo -dijo él finalmente. Con­tinuaba dominándose; la disciplina había vencido. -Haz que, cuando tocas al otro, los cinco sentidos ya estén funcionando. Porque el sexo tiene vida pro­pia. A partir del momento en que comienza, ya no lo puedes controlar, es él el que pasa a controlarte. Ylo que tú cargaste sobre él, tus miedos, tus deseos, tu sensibili­dad, permanecerá todo el tiempo. Por eso las personas se vuelven impotentes. En el sexo, lleva a la cama sólo el amor y los cinco sentidos ya funcionando. Sólo así experimentarás la comunión con Dios.

Brida contempló los cartuchos diseminados por el suelo. No demostró nada de lo que estaba sintiendo. Finalmente, ya sabía el truco. Y -se dijo a sí misma­ era lo único que le interesaba.

-Esto es todo lo que puedo enseñarte.

Ella continuaba inmóvil. Los caballos salvajes estaban siendo domados por el silencio.

-Respira siete veces tranquilamente, haz que tus cin­co sentidos estén funcionando antes del contacto físico. Da tiempo al tiempo.

Era un Maestro de la Tradición del Sol. Había supe­rado una nueva prueba. Su Otra Parte estaba también haciendo que él aprendiese muchas cosas.

-Ya te he mostrado la vista desde aquí arriba. Pode­mos bajar.

 

Se quedó mirando distraída a los niños que jugaban en la plaza. Alguien le había dicho una vez que toda ciu­dad tiene siempre un "lugar mágico", un lugar a donde acostumbramos a ir cuando necesitamos pensar seria­mente sobre la vida. Aquella plaza era su "lugar mági­co", en Dublín. Cerca de allí, había alquilado su primer departamento cuando llegó a la ciudad grande, llena de sueños y expectativas. En aquella época, su proyecto de vida era matricularse en el Trinity College y llegar a ser catedrática en Literatura. Permanecía mucho tiem­po sentada en aquel banco, donde estaba ahora, escri­biendo poemas e intentando comportarse como sus ídolos literarios se comportaban.

Pero el dinero que su padre remitía era escaso y tuvo que trabajar en la firma de exportaciones. No lo lamentaba; estaba contenta con lo que hacía y, en este momento, el empleo era una de las cosas más impor­tantes de su vida, porque era lo que daba sentido de realidad a todo y hacía que no enloqueciese. Le per­mitía un equilibrio precario entre el mundo visible y lo invisible.

Los niños jugaban. Todas aquellas criaturas -como también ella hiciera un día- escucharon historias de hadas y brujas, donde las hechiceras se visten de negro y ofrecen manzanas envenenadas a pobres niñas perdi­das en el bosque. Ninguno de aquellos niños podía imaginar que allí, observando sus juegos, estaba una hechicera de verdad.

Aquella tarde, Wicca le había pedido que hiciese un ejercicio que nada tenía que ver con la Tradición de la Luna; cualquier persona podía obtener resultados. No obstante, tenía que ejecutarlo para mantener siem­pre en movimiento el puente entre lo visible y lo invi­sible.

La práctica era sencilla: debía acostarse, relajarse e imaginar una calle comercial de la ciudad. Una vez con­centrada, tenía que mirar una vitrina de la calle que estaba imaginando, recordando todos los detalles, mer­caderías, precios, decoración. Cuando acabase el ejer­cicio, tenía que ir hasta la calle y verificarlo todo.

Ahora estaba allí mirando a los niños. Acababa de volver de la tienda y las mercaderías que imaginó en su concentración eran exactamente las mismas. Se pregun­tó si aquello era realmente un ejercicio para personas comunes o si sus meses de entrenamiento como hechi­cera habrían ayudado en el resultado. Jamás sabría la respuesta.

Pero la calle del ejercicio quedaba cerca de su "lugar mágico". "Nada es por casualidad", pensó. Su corazón estaba triste a causa de algo que no conseguía solucio­nar: el Amor. Amaba a Lorens, estaba segura de ello. Sabía que cuando manejase bien la Tradición de la Luna, vería el punto luminoso en el hombro izquierdo de él. Una de las tardes que salieron juntos para tomar chocolate caliente, cerca de la torre que sirvió de inspi­ración a James Joyce en Ulisses, ella pudo ver el brillo en sus ojos.

 

El Mago tenía razón. La Tradición del Sol era el ca­mino de todos los hombres y estaba allí para ser desci­frada por cualquier persona que supiese rezar, tener paciencia y desear sus enseñanzas. Cuanto más se su­mergía en la Tradición de la Luna, más entendía y ad­miraba la Tradición del Sol.

El Mago. Estaba otra vez pensando en él. Era éste el problema que la había conducido hasta su "lugar mági­co". Desde el encuentro en la cabaña de los cazadores, pensaba con frecuencia en él. Ahora mismo estaba de­seando ir hasta allí, contarle el ejercicio que acababa de hacer; pero sabía que esto era apenas un pretexto, esperanza de que la invitara de nuevo a pasear por el bosque. Tenía la seguridad de que sería bien recibida y empezaba a creer que él, por alguna misteriosa razón -que ella ni osaba pensar cuál era-, también gustaba de su compañía.

"Siempre tuve esta tendencia al delirio total", pensó, procurando alejar al Mago de su mente. Pero sabía que dentro de poco él volvería.

No quería continuar. Era una mujer y conocía bien los síntomas de una nueva pasión; necesitaba evitarlo a cualquier costo. Amaba a Lorens, deseaba que las cosas continuasen así. Su mundo ya había cambiado lo sufi­ciente.

 

El sábado por la mañana, Lorens telefoneó.

Vamos a dar un paseo -dijo-. Vamos a las rocas. Brida preparó algo para comer y soportaron juntos casi una hora en un autobús con la calefacción defec­tuosa. Alrededor del mediodía llegaron al pueblo.

Brida estaba emocionada. Durante su primer año de Literatura en la Facultad, había leído mucho sobre el poeta que vivió allí en el siglo pasado. Era un hombre misterioso, gran conocedor de la Tradición de la Luna, que participó en sociedades secretas y había dejado en sus libros el mensaje oculto de aquellos que buscan el camino espiritual. Se llamaba W. B. Yeats. Se acordó de algunos de sus versos, versos que parecían hechos para aquella mañana fría, con las gaviotas sobrevolando los barcos anclados en el pequeño puerto:

 

Yo sembré mis sueños donde tú estás pisando ahora;

pisa suavemente, porque tú estás pisando a mis sueños.

 

Entraron en el único bar del lugar, tomaron un whisky para soportar mejor el frío y salieron en dirección a las rocas. La pequeña calle asfaltada pronto dio lugar a una subida y, media hora después, llegaron a lo que los ha­bitantes locales llamaban "falesias". Era un promontorio compuesto de formaciones rocosas, que acababan n un abismo frente al mar. Un camino circundaba las as; andando sin prisa, darían la vuelta entera a las fale­sias en menos de cuatro horas; después, sólo tenían que tomar el autobús y volver a Dublín.

Brida estaba encantada con el programa; por más mociones que la vida le estuviese reservando aquel año, siempre difícil aguantar el invierno. Todo lo que hacía era ir al trabajo de día, a la Facultad de noche y al cine los fines de semana. Ejecutaba los rituales siempre n las horas señaladas y danzaba conforme Wicca le había enseñado. Pero tenía ganas de estar en el mund­o, salir de casa y ver un poco de Naturaleza.

El tiempo estaba nublado, las nubes bajas, pero el ejercicio físico y la dosis de whisky conseguían disfrazar 1 frío. El sendero era demasiado estrecho para que los os caminasen lado a lado; Lorens iba adelante, y Bri­da seguía algunos metros atrás. Era difícil conversar en estas circunstancias. Aun así, de vez en cuando, conse­guian intercambiar algunas palabras, lo suficiente para que uno sintiera que el otro estaba cerca, compartiend­o la Naturaleza que los rodeaba.

Ella miraba, con fascinación infantil, el paisaje a su rededor. Aquel escenario debía ser el mismo millares de años atrás, en una época en que no existían ciuda­des, ni puertos, ni poetas, ni muchachas que buscaban la Tradición de la Luna; en aquel tiempo existían solam­ente las rocas, el mar estallando allí abajo y las gaviotas paseando por las nubes bajas. De vez en cuando Brida miraba el precipicio y sentía un leve vértigo. El mar decía cosas que no comprendía, las gaviotas traza­ban diseños que no lograba acompañar. Aun así, mira­ba a aquel mundo primitivo, como si allí estuviese guar­dada, más que en todos los libros que leía, o en todos los rituales que practicaba, la verdadera sabiduría del Universo. A medida que se alejaban del puerto, todo lo demás iba perdiendo importancia: sus sueños, su vida cotidiana, su búsqueda. Quedaba sólo aquello que Wicca llamó "la firma de Dios".

Quedaba apenas, en aquel momento primitivo, jun­to a las fuerzas puras de la Naturaleza, la sensación de estar viva, al lado de alguien que amaba.

Después de casi dos horas de camino, el sendero se ensanchó y decidieron sentarse juntos para descan­sar. No podían tardar mucho; el frío, en breve, se vol­vería insoportable y tendrían que moverse. Pero ella tenía ganas de quedarse por lo menos unos instantes al lado de él, mirando las nubes y escuchando el rui­do del mar.

Brida sintió el olor de la marejada en el aire y el sabor de sal en la boca. Su rostro, pegado al abrigo de Lorens, estaba caliente. Era un momento intenso, de existencia plena. Sus cinco sentidos estaban funcionando.

En una fracción de segundo, ella pensó en el Mago y lo olvidó. Todo lo que le interesaba ahora eran los cin­co sentidos. Tenían que continuar funcionando. Allí estaba el momento.

-Quiero hablar contigo, Lorens.

Lorens murmuró algo, pero su corazón tuvo miedo. Mientras miraba las nubes y el precipicio, entendió que aquella mujer era la cosa más importante de su vida. Que ella era una explicación, el único motivo de aque­llas rocas, de aquel cielo, de aquel invierno. Si ella no estuviese allí con él, no importaría que todos los ánge­les del cielo descendiesen revoloteando para confor­tarlo, el Paraíso no tendría ningún sentido.

-Quiero decirte que te amo -Brida habló con sua­vidad-. Porque tú me mostraste la alegría del amor. Sentíase plena, total, con todo aquel paisaje penetran­do en su alma. Él comenzó a acariciarle los cabellos. Y ella tuvo la certeza de que, si corriese riesgos, podría experimentar un amor como jamás había sentido. Brida lo besó. Sintió el gusto de su boca, el toque de su lengua. Era capaz de percibir cada movimiento y presentía que lo mismo pasaba con él, porque la Tradi­ción del Sol se revelaba siempre a todos lo que mirasen al mundo como si lo estuviesen viendo por primera vez. -Quiero amarte aquí, Lorens.

Él, en una fracción de segundo, pensó que estaban en un camino público, que alguien podía pasar, alguien suficientemente loco para andar por allí en pleno in­vierno. Pero quien fuese capaz de esto, también sería capaz de entender que ciertas fuerzas, una vez puestas en marcha, ya no pueden ser interrumpidas.

Introdujo sus manos bajo el suéter de ella y sintió los senos. Brida estaba completamente entregada, todas las fuerzas del mundo penetraban por sus cinco senti­dos y se transformaban en la energía que la invadía. Se tendieron en el suelo, entre las rocas, el precipicio, el mar, entre la vida de las gaviotas allí arriba y la muerte en las piedras allá abajo. Comenzaron a amarse sin mie­do, porque Dios protegía a los inocentes.

Ya no sentían frío. La sangre corría con tal velocidad que ella se arrancó parte de las ropas, y él la imitó. No había más dolor; rodillas y espaldas se arañaban en el suelo pedregoso, pero aquello integraba y completaba el placer. Brida supo que el orgasmo se aproximaba, pero fue un sentimiento muy distante porque ella esta­ba completamente unida al mundo, su cuerpo y el cuer­po de Lorens se mezclaban con el mar, las piedras, la vida y la muerte. Se quedó en este estado el tiempo que fue posible, mientras otra parte suya percibía, aunque de forma muy vaga, que estaba haciendo cosas que jamás hiciera antes. Pero era el reencuentro de sí misma con el sentido de la vida, era la vuelta a los jardines del Edén, era el momento en que Eva volvía a entrar en Adán y las dos Partes se transformaban en la Creación.

De repente, ya no podía seguir controlando el mun­do que la rodeaba, sus cinco sentidos parecían querer soltarse, y no le sobraban fuerzas para retenerlos. Como si un rayo sagrado la alcanzase, ella los soltó y el mun­do, las gaviotas, el sabor de la sal, la tierra áspera, el olor del mar, la visión de las nubes, todo desapareció por completo, en su lugar apareció una inmensa luz dorada, que crecía, crecía, hasta conseguir tocar la más distante estrella de la galaxia.

Fue descendiendo lentamente de aquel estado, y el mar y las nubes volvieron a aparecer. Pero todo estaba inmerso en una vibración de profunda paz, la paz de un universo que, aunque tan solo por unos instantes, pasaba a tener una explicación, porque ella estaba co­mulgando con el mundo. Había descubierto otro puen­te que unía lo visible a lo invisible, y nunca más iba a olvidar el camino.

 

Al día siguiente telefoneó a Wicca. Le contó lo sucedi­do y la otra permaneció algún tiempo en silencio. -=Felicitaciones -dijo, finalmente-. Lo conse­guiste.

Explicó que la fuerza del sexo, a partir de aquel ins­tante, iba a causar profundas transformaciones en su manera de ver y sentir al mundo.

-Ya estás preparada para la fiesta del Equinoccio. Sólo te falta una cosa más.

-¿Otra más? ¡Pero dijiste que era sólo esto!

-Una cosa fácil. Tienes que soñar con un vestido. El vestido que usarás ese día.

-¿Y si no lo consigo?

-Soñarás. Lo más difícil ya lo conseguiste.

Y cambió de tema de repente, como acostumbraba hacer con frecuencia. Dijo que había comprado un coche nuevo, que le gustaría hacer algunas compras. Quería saber si Brida podía acompañarla.

Brida se sintió orgullosa por la invitación y pidió per­miso al jefe para salir antes del trabajo. Era la primera vez que Wicca demostraba algún tipo de afecto por ella, aunque fuese apenas salir para ir de compras. Era cons­ciente de que muchos otros discípulos adorarían, en aquel momento, estar en su lugar.

Quién sabe si durante aquella tarde podría demos­trar lo importante que Wicca era para ella, y cómo le gustaría que fuese su amiga. Era difícil para Brida sepa­rar la amistad de la búsqueda espiritual y se resentía porque hasta entonces la Maestra no había demostra­do ningún tipo de interés por su vida. Sus conversacio­nes nunca iban más allá de lo estrictamente necesario para que ella pudiera realizar un buen trabajo en la Tradición de la Luna.

A la hora convenida, Wicca la estaba esperando den­tro de un coche "MG", descapotable, rojo, con la capo­ta plegada. El coche, un modelo clásico de la industria automovilística británica, estaba excepcionalmente bien conservado, la carrocería brillante y el panel de made­ra encerado. Brida no osó calcular su precio. La idea de que una hechicera pudiese tener un automóvil tan caro como aquél la asustaba un poco. Antes de conocer la Tradición de la Luna, había escuchado durante toda su infancia que las brujas hacían terribles pactos con el demonio, a cambio de dinero y poder.

-¿No crees que hace un poco de frío para ir sin ca­pota? -preguntó mientras entraba.

-No puedo esperar hasta el verano -respondió Wicca-. Simplemente no puedo. Me muero de ganas de conducir así.

Qué bien. Por lo menos, en esto era una persona normal.

Salieron por las calles, recibiendo miradas de admi­ración de las personas mayores y algunos silbidos y ga­lanteos de los hombres.

-Estoy contenta de que te preocupe no soñar con el vestido -dijo Wicca. Brida ya se había olvidado de la conversación telefónica-. Nunca dejes de tener dudas.

 

Guando las dudas dejan de existir, es porque paraste en tu caminata. Entonces viene Dios y lo desmonta todo, porque es así como Él controla a sus elegidos; hacien­do que recorran siempre, por entero, el camino que precisan recorrer. Él nos obliga a andar cuando para­mos por cualquier razón, comodidad, pereza, o la falsa sensación de que ya sabemos lo necesario.

Pero vigila algo: jamás dejes que las dudas paralicen tus acciones. Toma siempre todas las decisiones que necesites tomar, incluso sin tener la seguridad o certe­za de que estás decidiendo correctamente. Nadie se equivoca cuando está actuando, si, al tomar sus decisio­nes, mantiene siempre en mente un viejo proverbio ale­mán, que la Tradición de la Luna trajo hasta nuestros días. Si no olvidas ese proverbio, siempre puedes trans­formar una decisión equivocada en una decisión acer­tada. Y el proverbio es éste: el diablo habita en los detalles. Wicca paró de repente en un taller mecánico.

-Existe una superstición respecto de este proverbio -dijo-. Sólo llega a nosotros cuando lo necesitamos. Acabé de comprar el coche y el diablo está en los de­talles.

Bajó del automóvil en cuanto se aproximó el mecánico. -¿Tiene la capota rota, señora?

Wicca no se tomó el trabajo de responder. Pidió que le hiciese una revisión completa de todo.

Había una pastelería al otro lado de la calle; mien­tras el mecánico miraba el "MG", fueron hasta allí a tomar un chocolate caliente.

-Fíjate en el mecánico -dijo Wicca, mientras las dos miraban hacia el taller a través de la vidriera de la pastelería. Estaba parado frente al motor abierto del coche, sin hacer ningún movimiento-. No está tocan­do nada. Sólo contempla. Lleva años en esta profesión y sabe que el coche habla con él un lenguaje especial. No es su raciocinio lo que está actuando ahora, es su sensibilidad.

De repente, el mecánico fue directo hacia algún lu­gar del motor y comenzó a trabajar.

Acertó el defecto -continuó Wicca-. No ha per­dido nada de tiempo porque la comunicación entre él y la máquina es perfecta. Son así todos los buenos me­cánicos que conozco.

"Y los que yo conozco también", pensó Brida. Pero ella siempre creía que actuaban así porque no sabían por dónde empezar. Nunca se tomó el trabajo de ob­servar que siempre empezaban por el sitio adecuado.

-¿Por qué estas personas, que tienen la sabiduría del Sol en sus vidas, jamás intentan comprender las pre­guntas fundamentales del Universo? ¿Por qué prefie­ren quedarse arreglando motores o sirviendo café en los bares?

-¿Y qué es lo que te hace pensar que nosotros, con todo nuestro camino y nuestra dedicación, compren­demos el Universo mejor que los otros?

Tengo muchos discípulos. Son personas absolutamen­te iguales a todas las otras, que lloran en el cine y se desesperan cuando los hijos se atrasan, aun sabiendo que la muerte no existe. La brujería es apenas una de las formas de estar cerca de la Sabiduría Suprema, pero cualquier cosa que el hombre haga puede llevarlo has­ta allí, siempre que trabaje con amor en su corazón. Las hechiceras podemos conversar con el Alma del Mundo, ver la luz en el hombro izquierdo de nuestra otra Parte, y contemplar el infinito a través del brillo y el silencio de una vela. Pero no entendemos sobre motores de automóviles. Así como los mecánicos nos necesitan, también nosotras los necesitamos a ellos. Ellos tienen su puente hacia lo invisible en un motor de co­che; el nuestro es la Tradición de la Luna. Pero lo invis­ible es lo mismo.

Haz tu parte y no te preocupes por la de los otros. Puedes estar segura de que Dios también habla con ellos, y que ellos están tan empeñados como tú en des­cubrir el sentido de esta vida.

 

-El coche está bien -dijo el mecánico, en cuanto las dos volvieron de la pastelería-. Pero ha evitado un gran problema; un conducto de refrigeración estaba a punto de reventar.

Wicca protestó un poco por el precio, pero agrade­ció el haberse acordado del proverbio.

 

Fueron de compras por una de las principales calles comerciales de Dublín, exactamente aquella que Brida había mentalizado en el ejercicio del escaparate. Siem­pre que la conversación se encauzaba hacia temas par­ticulares, Wicca salía con respuestas vagas o evasivas. Pero hablaba con gran entusiasmo sobre los asuntos triviales: los precios, las ropas, el mal humor de las ven­dedoras. Gastó algún dinero aquella tarde, generalmen­te en cosas que revelaban un sofisticado buen gusto.

Brida sabía que nadie pregunta a otra persona de dónde proviene el dinero que está gastando. Su curio­sidad era tanta, no obstante, que casi violó las más ele­mentales normas de educación.

Terminaron la tarde en el restaurante japonés más tradicional de la ciudad, frente a una rodaja de sashimi. -Que Dios bendiga nuestra comida -dijo Wicca--. Somos navegantes en un mar que no conocemos; que Él conserve siempre nuestro valor para aceptar este misterio.

--Pero tú eres una Maestra de la Tradición de la Luna -comentó Brida-. Tú conoces las respuestas.

 

Wicca permaneció un momento contemplando la comida, con mirada lejana.

-Sé viajar entre el presente y el pasado -dijo des­pués de algún tiempo-. Conozco el mundo de los es­píritus, y ya entré en comunión total con fuerzas tan deslumbrantes que las palabras de todas las lenguas son insuficientes para describirlas. Quizá pueda decir que poseo un conocimiento silencioso de la caminata que tra­jo a la raza humana hasta este momento.

Y porque conozco todo esto, y soy una Maestra, sé también que nunca, pero realmente nunca, sabremos la razón final de nuestra existencia. Podremos saber cómo, dónde, cuándo y de qué manera estamos aquí. Pero la pregunta ¿para qué? será siempre una pregunta sin respuesta. El objetivo central del gran Arquitecto del Universo es sólo de Él y de nadie más.

Un silencio parecía haberse apoderado del am­biente.

-Ahora, mientras estamos aquí comiendo, el noventa y nueve por ciento de las personas de este planeta se enfrentan, a su manera, con esta pregunta. ¿Para qué estamos aquí? Muchas piensan haber descubierto la respuesta en sus religiones, o en su materialismo. Otras se desesperan y gastan su vida y su fortuna intentando entender este significado. Algunas pocas dejaron que esta pregunta pasase en blanco y viven apenas el mo­mento, sin preocuparse por los resultados ni las conse­cuencias.

Sólo los valientes, los que conocen la Tradición del Sol y la Tradición de la Luna, conocen la única respues­ta posible a esta pregunta: No SÉ.

Esto, en un primer momento, puede atemorizar, y dejarnos desamparados ante el mundo, las cosas del mundo y el propio sentido de nuestra existencia. No obstante, después de haber pasado el primer susto, nos vamos gradualmente acostumbrando a la única solu­ción posible: seguir nuestros sueños. Tener el valor de dar los pasos que siempre deseamos es la única manera de demostrar que confiamos en Dios.

En el instante en que aceptamos esto, la vida pasa a tener para nosotros un sentido sagrado y experimen­tamos la misma emoción que la Virgen experimentó cuando una tarde cualquiera de su existencia común, apareció un extraño y le hizo una oferta. "Hágase vues­tra voluntad", dijo la Virgen. Porque había comprendido que la mayor grandeza que un ser humano puede experimentar es la aceptación del misterio.

Después de un largo silencio, Wicca volvió a tomar los cubiertos y a comer. Brida la miraba, orgullosa de estar a su lado. Ya no pensaba más en las preguntas que jamás haría: si ganaba dinero, o si estaba enamorada de alguien, o sentía celos de un hombre. Pensaba en la grandeza de alma de los verdaderos sabios. Sabios que pasaron la vida entera buscando una respuesta que no existía y, al percibirlo, no falsificaron explicaciones. Pasaron a vivir, con humildad, en un Universo que nun­ca podrían entender. Pero podían participar y la única manera posible era siguiendo los propios deseos, los propios sueños, porque era a través de esto como el hombre se transformaba en un instrumento de Dios.

-Entonces, ¿de qué vale buscar? -preguntó ella. -No buscamos. Aceptamos, y entonces la vida pasa a ser mucho más intensa y más brillante, porque en­tendemos que cada paso nuestro, en todos los minu­tos de la vida, tiene un significado mayor que nosotros mismos. Entendemos que, en algún lugar del tiempo y del espacio, esta pregunta está respondida. Enten­demos que existe un motivo para que estemos aquí, y eso basta.

Buceamos en la Noche Oscura con fe, cumplimos lo que los antiguos alquimistas llamaban "Leyenda Perso­nal" y nos entregamos por entero a cada instante, sa­biendo que siempre existe una mano que nos guía: a nosotros cabe aceptarla o no.

 

Aquella noche, Brida pasó horas escuchando música, entregada por completo al milagro de estar viva. Se acor­dó de sus autores favoritos. Uno de ellos, con una simple frase, le aportó toda la fe necesaria para que saliese en busca de la sabiduría. Era un poeta inglés, de muchos siglos atrás, que se llamaba William Blake. Él escribió:

Toda pregunta que puede ser concebida, tiene una respuesta.

Era hora de hacer un ritual. Debía quedarse los proxi­mos minutos contemplando la llama de la vela y se sen­tó delante de un pequeño altar que había en su casa. La vela la transportó hacia la tarde en que ella y Lorens ha­bían hecho el amor entre las rocas. Había gaviotas volan­do tan alto como las nubes y tan bajo como las olas.

Los peces debían preguntarse cómo era posible vo­lar, porque de vez en cuando algunas criaturas miste­riosas buceaban en su mundo y desaparecían de la mis­ma manera en que habían entrado.

Los pájaros debían preguntarse cómo era posible res­pirar dentro del agua, porque se alimentaban de ani­males que vivían debajo de las olas.

Existían pájaros y existían peces. Eran universos que de vez en cuando se comunicaban, sin que uno pudiese responder a las preguntas del otro. Sin embargo, ambos tenían preguntas. Y las preguntas tenían respuestas.

Brida miró a la vela frente a ella y una atmósfera mágica comenzó a crearse a su alrededor. Esto normalmente suce­día, pero aquella noche había una intensidad diferente.

Si ella era capaz de hacer una pregunta es porque, en otro Universo, había una respuesta. Alguien sabía, aun cuan­do ella jamás lo supiese. No necesitaba ya entender el signi­ficado de la vida; bastaba encontrarse con el Alguien que sabía. Y, entonces, dormir en sus brazos el mismo sue­ño que duerme un niño, porque sabe que alguien más fuerte que él lo está protegiendo de todo mal y de todo peligro.

 

Cuando acabó el ritual, hizo una pequeña plegaria agradeciendo los pasos que diera hasta entonces. Agra­decio porque la primera persona a quien había pre­guntado sobre la magia no había intentado explicarle el Universo, por el contrario, hizo que pasara la noche entera en la oscuridad del bosque.

Tenía que ir allí y agradecerle todo lo que le había enseñado.

Siempre que iba a ver a este hombre, estaba buscan­do algo; cuando lo conseguía, todo lo que hacía era irse, muchas veces sin decir adiós. Pero fue aquel hombre quien la colocó frente a la puerta que pretendía cruzar en el próximo Equinoccio. Tenía por lo menos que decir gracias".

No, no tenía miedo de enamorarse de él. Ya había leído en los ojos de Lorens cosas sobre el lado oculto de su propia alma.

Podía tener dudas sobre el sueño del vestido, pero, en cuanto a su amor, esto estaba bien claro para ella.

 

-Gracias por aceptar mi invitación -le dijo al Mago, en cuanto se sentaron. Estaban en el único bar de la aldea, en el mismo lugar donde ella percibió el extraño brillo en los ojos de él.

El Mago no dijo nada. Notó que la energía de ella estaba completamente cambiada; había conseguido despertar la Fuerza.

-El día que me quedé sola en el bosque, prometí que volvería para agradecerte o maldecirte. Prometí que volvería cuando supiese mi camino. No obstante, no cumplí ninguna de mis promesas; vine siempre en bus­ca de ayuda, y tú nunca me dejaste sola cuando te ne­cesité.

Tal vez sea pretensión mía, pero quiero que sepas que fuiste un instrumento de la mano de Dios. Y me gusta­ría que fueras mi invitado esta noche.

Ella iba a pedir los dos whiskies de siempre, pero él se levantó, fue hasta el bar y volvió trayendo una botella de vino, otra de agua mineral y dos vasos.

-En la Antigua Persia -dijo-, cuando dos perso­nas se encontraban para beber juntas, una de ellas era elegida Rey de la Noche. Generalmente era la persona que invitaba.

No sabía si su voz estaba sonando firme. Era un hom­bre enamorado y la energía de Brida había cambiado. Le acercó el vino y el agua mineral.

 

Cabía al Rey de la Noche decidir el tono de la conver­sación. Si él colocaba en el primer vaso a ser bebido más agua que vino es porque iban a hablar de cosas serias. Si colocaba cantidades iguales es que hablarían de cosas serias y de cosas agradables. Finalmente, si él llenaba el vaso de vino y dejaba caer apenas algunas gotas de agua, es que la noche debería ser relajante, agradable.

Brida llenó las copas hasta el borde y dejó caer ape­nas una gota de agua en cada una.

Vine sólo para agradecer -repitió-. Por enseñar­me que la vida es un acto de fe. Y que yo soy digna de esta búsqueda. Esto me ha ayudado mucho en el cami­no que elegí.

Bebieron juntos, de un solo trago, la primera copa. Él, porque estaba tenso. Ella, porque estaba relajada. Asuntos ligeros, ¿verdad? -repitió Brida.

El Mago dijo que ella era el Rey de la Noche y decidi­ría sobre qué hablar.

-Quiero saber un poco de tu vida personal. Quiero saber si tú, algún día, tuviste algún asunto amoroso con Wicca.

Él asintió con la cabeza. Brida sintió unos inexplica­bles celos, pero no sabía si eran celos de él o celos de ella.

-Sin embargo, nunca pensamos en permanecer jun­tos -continuó él. Los dos conocían las Tradiciones. Ambos sabían que no estaban tratando con su Otra Parte.

"No quería aprender nunca la visión del punto lumi­noso", pensó Brida, aun sabiendo que esto era inevita­ble. El amor entre los brujos tenía esas cosas.

 

Bebió un poco más. Estaba llegando a su objetivo, faltaba poco para el Equinoccio de Primavera y podía relajarse. Hacía mucho tiempo que no se concedía a sí misma permiso para beber más de la cuenta. Pero aho­ra, todo lo que le faltaba era soñar con un vestido.

Continuaron conversando y bebiendo. Brida quería volver otra vez al mismo tema, pero necesitaba que él también estuviese más relajado. Mantenía siempre los dos vasos llenos y la primera botella terminó en medio de una conversación sobre las dificultades de vivir en una aldea pequeña como aquella. Para las personas de allí, el Mago estaba relacionado con el demonio.

Brida se alegró de ser importante: él debía ser muy solitario. Quizás en aquella ciudad nadie le dirigiese más que palabras de cortesía. Abrieron otra botella y ella se sorprendió al ver que también un Mago, un hombre que pasaba el día entero en los bosques procurando su co­munión con Dios, era capaz de beber y de embriagarse.

Cuando acabaron la segunda botella, ya se había ol­vidado de que estaba allí tan solo para agradecer al hombre que estaba frente a ella. Su relación con él, ahora se daba cuenta, era siempre un desafío velado. No le gustaría verlo como una persona común, y estaba caminando peligrosamente hacia eso. Prefería la ima­gen del sabio que la condujo hasta una cabaña en lo alto de los árboles y que se quedaba horas contemplan­do la puesta de sol.

Comenzó a hablar de Wicca, para ver si él reacciona­ba de alguna manera. Contó que ella era una excelente Maestra, que le enseñó todo lo que necesitaba saber hasta aquel momento, pero de una manera tan sutil que ella sentía que siempre supo todo lo que estaba aprendiendo.

-Pero es que siempre lo supiste -dijo el Mago-. Esto es la Tradición del Sol.

"Sé que él no admite que Wicca sea una buena Maes­tra", pensó Brida. Bebió otra copa de vino y continuó hablando de ella. El Mago, no obstante, ya no reaccio­naba.

-Háblame del amor entre ustedes -dijo ella, para ver si conseguía provocarlo. No quería saber; es más, no le gustaría saber. Pero era la manera más adecuada de conseguir alguna reacción.

Amor de jóvenes. Formábamos parte de una gene­racion que no conocía límites, que amaba a los Beatles .y a los Rolling Stones.

Ella se sorprendió al oír aquello. La bebida, en vez de relajarla„ estaba haciendo que se pusiera tensa. Siem­pre quiso hacer estas preguntas y ahora se daba cuenta de que las respuestas no la hacían feliz.

-Fue en esa época en que nos encontramos -conti­nuó hablando sin percibir nada-. Ambos estábamos buscando nuestros caminos cuando ellos se cruzaron, cuando fuimos a aprender con el mismo Maestro. jun­tos aprendimos la Tradición del Sol, la Tradición de la Luna y cada uno se tornó un Maestro a su manera.

Brida decidió continuar el tema. Dos botellas de vino consiguen transformar a extraños en amigos de infancia. Y vuelven valientes a las personas.

-¿Por qué se separaron?

Esta vez le tocó al Mago pedir otra botella. Ella lo notó y se puso más tensa. Odiaría saber que él aún estaba enamorado de Wicca.

-Nos separamos porque aprendimos sobre la Otra Parte.

-Si no hubieran sabido lo de los puntos luminosos, ni lo del brillo de los ojos, ¿estarían juntos ahora? -No sé. Sé tan solo que, si estuviésemos, no sería nada bueno para ninguno de los dos. Sólo entendemos la vida y el Universo cuando encontramos a nuestra Otra Parte.

Brida se quedó un rato sin saber qué decir. Fue el Mago quien retomó la conversación:

-Vamos a salir -dijo él, después de apenas probar el contenido de la tercera botella-. Necesito viento y aire frío en el rostro.

"Se está sintiendo embriagado -pensó ella-. Y tie­ne miedo." Sintió orgullo de sí misma, podía resistir más que él la bebida y no tenía el menor miedo a per­der el control. Había salido aquella noche para di­vertirse.

-Un poco más. Yo soy el Rey de la Noche.

El Mago bebió una copa más. Pero sabía que había llegado a su límite.

-No preguntas nada sobre mí -dijo ella, desafian­te-. ¿No tienes curiosidad? ¿O es que puedes ver a tra­vés de tus poderes?

Por una fracción de segundo, sintió que estaba yen­do demasiado lejos, pero no le dio importancia. Sola­mente notó que los ojos del Mago habían cambiado, estaban con un brillo totalmente diferente. Algo en Brida pareció abrirse, o, mejor dicho, tuvo la sensación de que había una muralla cayendo, que de allí en ade­lante todo sería permitido. Se acordó del encuentro más reciente en que estuvieron juntos, de las ganas de estar cerca de él, y de la frialdad con que él la había tratado. Ahora entendía que no había ido allí, aquella noche, para agradecer nada. Estaba allí para vengarse. Para decirle que había descubierto la Fuerza con otro hombre, un hombre al que amaba.

"¿Por qué necesito vengarme de él? ¿Por qué le ten­go rabia?" Pero el vino no la dejaba responder con cla­ridad.

 

El Mago miraba a la chica situada frente a él y el deseo de demostrar el Poder entraba y salía de su cabeza. Por causa de un día como éste, muchos años atrás, su vida había cambiado. En aquella época existían Beatles y Rolling Stones, sí. Pero existían también personas que buscaban fuerzas desconocidas sin creer en ellas, utili­zaban poderes mágicos porque se consideraban más fuertes que los propios poderes, y estaban seguros de poder salir de la Tradición cuando se encontrasen sufi­cientemente aburridos. Él había sido uno de ellos. Ha­bía entrado en el mundo sagrado a través de la Tradi­ción de la Luna, aprendiendo rituales y cruzando el puente que unía lo visible con lo invisible.

Primero trató con estas fuerzas sin ayuda de nadie, apenas a través de los libros. Después, encontró a su Maestro. Ya en el primer encuentro, el Maestro le dijo que él aprendería mejor la Tradición del Sol, pero el Mago no quería. La Tradición de la Luna era más fasci­nante, abarcaba los rituales antiguos y la sabiduría del tiempo. El Maestro, entonces, le enseñó la Tradición de la Luna, explicándole que tal vez fuese éste el cami­no para que llegase hasta la Tradición del Sol.

En aquella época vivía seguro de sí mismo, seguro de la vida, seguro de sus conquistas. Tenía una brillante carrera profesional frente a él y pensaba utilizar la Tra­dición de la Luna para alcanzar sus objetivos. Para ob­tener este derecho, la hechicería exigía que en primer lugar fuera consagrado Maestro. Y, en segundo lugar, que jamás desacatase la única limitación que era im­puesta a los Maestros de la Tradición de la Luna: cam­biar la voluntad de los otros. Podía abrir su camino en este mundo utilizando sus conocimientos mágicos, pero no podía apartar a los otros de su dirección ni obligar­los a caminar por él. Era ésta la única prohibición, el único árbol cuyo fruto no podía comer.

Y todo iba bien, hasta que se enamoró de una discí­pula de su Maestro, y ella se enamoró de él. Ambos conocían las Tradiciones; él sabía que no era su hom­bre, ella sabía que no era su mujer. Aun así, se entre­garon el uno al otro, dejando en manos de la vida la responsabilidad de separarlos cuando llegase el mo­mento. Esto, en vez de disminuir la entrega, hizo que los dos viviesen cada instante como si fuese el último, y el amor entre ellos pasó a tener la intensidad de las cosas que se tornan eternas porque saben que van a morir.

Hasta que un día ella encontró a otro hombre. Un hombre que no conocía las Tradiciones y que tampo­co poseía el punto luminoso en el hombro, o el brillo en los ojos que revela la Otra Parte. Pero ella se enamo­ró, ya que el amor tampoco respeta razones; para ella, su etapa con el Mago había llegado al final.

Discutieron, pelearon, él pidió e imploró. Se sometió a todas las humillaciones a que las personas enamora­das acostumbran someterse. Aprendió cosas que jamás había soñado aprender a través del amor: la espera, el miedo y la aceptación. "Él no tiene la luz en el hombro, me lo has dicho", intentaba argumentar con ella. Pero ella no le hacía caso; antes de conocer a su Otra Parte, quería conocer a los hombres y al mundo.

El Mago estableció un límite para su dolor. Cuando lo alcanzase, olvidaría a la mujer. Este límite llegó un día, por un motivo que no recordaba ahora, pero, en vez de olvidarla, descubrió que su Maestro tenía razón, que las emociones son salvajes y que es preciso sabidu­ría para controlarlas. Su pasión era más fuerte que to­dos sus años de estudio en la Tradición de la Luna, más fuerte que los controles mentales aprendidos, más fuer­te que la rígida disciplina a la que había tenido que someterse para llegar a donde había llegado. La pasión era una fuerza ciega y todo lo que le susurraba al oído era que no podía perder a aquella mujer.

No podía hacer nada en contra de ella; ella también era una Maestra, como él, y conocía su oficio a través de muchas encarnaciones, algunas llenas de reconoci­miento y gloria, otras marcadas por el fuego y por el sufrimiento. Ella sabría defenderse.

Entretanto, en la lucha furiosa de su pasión, había una tercera persona. Un hombre preso en la misteriosa trama del destino, la tela de araña que ni los Magos ni las Hechiceras son capaces de comprender. Un hom­bre común, tal vez tan apasionado como él por aquella mujer, también deseando verla feliz, queriendo darle lo mejor de sí. Un hombre común, que los misteriosos designios de la Providencia habían lanzado de repente en medio de la lucha furiosa entre un hombre y una mujer que conocían la Tradición de la Luna.

Cierta noche, cuando no consiguió controlar más su dolor, comió el fruto del árbol prohibido. Usando los poderes y los conocimientos que la sabiduría del Tiem­po le había enseñado,° alejó a aquel hombre de la mu­jer que amaba.

 

No sabía hasta hoy si la mujer lo había descubierto; era posible que ella ya estuviese aburrida de su nueva conquista y no diese mucha importancia a lo sucedido. Pero su Maestro lo sabía. Su Maestro sabía todo y la Tradición de la Luna era implacable con los Iniciados que utilizasen la Magia Negra, principalmente en lo que hay de más vulnerable y más importante en la raza hu­mana: el Amor.

Al enfrentarse con su Maestro, entendió que el jura­mento sagrado que había hecho no se podía romper. Entendió que las fuerzas que creía dominar y utilizar eran mucho más poderosas que él. Entendió que esta­ba en un camino que había escogido, pero no era un .camino como otro cualquiera; era imposible romper­lo. Entendió que en esta encarnación no había manera de alejarse de él. 

Ahora que había faltado, tenía que pagar un precio. Y el precio fue beber el más cruel de los venenos -la soledad- hasta que el Amor entendiese que él se ha­bía transformado de nuevo en un Maestro. Entonces, el mismo Amor que él había herido volvería a liberarlo, mostrándole finalmente su Otra Parte.

 

-No has preguntado nada sobre mí. ¿No tienes curiosi­dad, puedes "ver" todo con tus poderes?

La historia de su vida pasó en una fracción de segun­do, el tiempo necesario para decidir si dejaba a las cosas correr como corrían en la Tradición del Sol. O si debía hablar del punto luminoso e interferir en el destino.

Brida quería ser una bruja, pero aún no lo era. Se acordó de la cabaña en lo alto del árbol, donde había estado a punto de hablarle sobre aquello; ahora mis­mo, la tentación se repetía, porque él había bajado su espada, había olvidado que el diablo habita en los deta­lles. Los hombres son dueños de su propio destino. Siempre pueden cometer los mismos errores. Siempre pueden huir de todo lo que desean y que la vida, gene­rosamente, coloca ante ellos.

O pueden entregarse a la Providencia Divina, toma­dos de la mano de Dios y luchar por sus sueños, acep­tando que ellos siempre llegan en la hora adecuada.

Vamos a salir ahora -repitió el Mago. Y Brida vio que estaba hablando en serio.

Ella insistió en pagar la cuenta; era el Rey de la No­che. Se pusieron los abrigos y salieron hacia el frío, que ya no castigaba tanto; faltaban pocas semanas para la primavera.

Caminaron juntos hasta la estación. Un autobús iba a salir dentro de algunos minutos. El frío hizo que la irrita­cion de Brida fuese sustituida por una inmensa confusión, algo que no conseguía explicar. No quería irse en aquel utobús, estaba mal, parecía que el objetivo principal de

la noche se había estropeado y ella tenía que arreglar todo antes de partir. Había venido hasta allí para agrade­cerle y se estaba portando igual que las veces anteriores.

Dijo que estaba mareada, y no subió al autobús. Pasaron quince minutos, y otro autobús llegó.

-No quiero irme ahora -dijo ella-. No es porque me encuentre mal por la bebida. Es porque lo he estro­peado todo. No te he agradecido como debía.

-Éste es el último autobús de esta noche -dijo el Mago.

-Tomaré un taxi después. Aunque sea caro. Cuando el autobús partió, Brida se arrepintió de ha­berse quedado. Estaba confusa, no tenía idea de lo que realmente quería. "Estoy borracha", pensó.

Vamos a --pasear un poco. Quiero ponerme sobria. Anduvieron por la pequeña ciudad vacía, con sus candeleros encendidos y las ventanas apagadas. "No es posible. Vi el brillo en los ojos de Lorens y, sin embar­go, quiero quedarme aquí con este hombre." Era una mujer vulgar, inconstante, indigna de todas las ense­ñanzas y experiencias de la hechicería. Estaba avergon­zada de sí misma: unos tragos de vino y Lorens, y la Otra Parte, y todo lo que había aprendido en la Tradi­ción de la Luna ya no tenía importancia. Pensó, por algunos instantes, que quizá estuviese equivocada, que el brillo en los ojos de Lorens no era exactamente el mismo que la Tradición del Sol enseñaba. Pero se esta­ba engañando a sí misma; nadie confunde el brillo de los ojos de su Otra Parte.

 

Si existiesen varias personas en un teatro y Lorens fuese una de ellas, y jamás hubiese hablado con él an­tes, en el momento en que sus ojos se cruzasen con los de él, tendría plena seguridad de hallarse ante el hom­bre de su vida. Conseguiría acercarse, él sería recepti­vo, porque las Tradiciones no yerran nunca, las Otras Partes terminan encontrándose siempre.

Antes de oír hablar de esto, ya había oído hablar del Amor a Primera Vista, que nadie podía explicar exactamente.

Cualquier ser humano podía reconocer este brillo, aun sin despertar ninguna fuerza mágica. Ella conocía este brillo antes de saber su existencia. Lo había visto, por ejemplo, en los ojos del Mago, la tarde que ellos fueron al bar por primera vez.

Se paró de repente.

"Estoy borracha", pensó otra vez. Tenía que olvidar aquello rápidamente. Tenía que contar el dinero, saber si le alcanzaba para volver en taxi. Esto era muy importante.

Pero había visto el brillo en los ojos del Mago. El bri­llo que mostraba a su Otra Parte.

-Estás pálida-dijo el Mago-. Debes haber bebido demasiado.

-Ya pasará. Vamos a sentarnos un poco y se me pasa­rá. Después me iré a casa.

Se sentaron en un banco, mientras ella revisaba su bolso en busca de monedas. Podía levantarse de allí, tomar un taxi e irse para siempre; conocía a su Maes­tra, sabía dónde continuar su camino. Conocía también a su Otra Parte; si decidía levantarse de aquel banco y partir, aun así estaría cumpliendo la misión que Dios le había destinado.

 

Pero tenía 21 años. En estos 21 años, ya sabía que era posible encontrar dos Otras Partes en la misma encar­nación, y el resultado de esto era dolor y sufrimiento.

¿Cómo podría escaparse de esto?

-No me voy a casa -dijo-. Me quedo.

Los ojos del Mago brillaron y, lo que antes era apenas esperanza, pasó a ser una certeza.

 

Continuaron caminando. El Mago vio el halo de Brida cambiando varias veces de color y anheló que ella estu­viera en el rumbo adecuado. Sabía de los truenos y te­rremotos que explotaban, en aquel momento, en el alma de su Otra Parte, pero así era el proceso de trans­formación. Así se transforman la tierra, las estrellas y los hombres.

Salieron de la aldea y estaban en pleno campo, an­dando en dirección a las montañas donde siempre se encontraban, cuando Brida pidió que se detuviesen.

Vamos a entrar aquí -dijo ella, doblando por un camino que iba a dar a una plantación de trigo. No sabía por qué estaba haciendo aquello. Sentía tan solo que necesitaba la fuerza de la Naturaleza, de sus espíri­tus amigos, que desde la creación del mundo habita­ban todos los lugares bonitos del planeta. Una inmensa luna brillaba en el cielo y les permitía ver el sendero y el campo alrededor.

El Mago seguía a Brida sin decir nada. En el fondo de su corazón, agradecía a Dios por haber creído. Y por no haber repetido el mismo error, que estuvo a punto de repetir, un minuto antes de recibir aquello que estaba pidiendo.

Entraron en el campo de trigo, que la luz de luna transformaba en un mar plateado. Brida andaba sin rumbo, sin tener la menor idea de cuál sería su próxi­mo paso. Dentro de ella, una voz le decía que podía seguir adelante, que era una mujer tan fuerte como sus antepasadas, y que no se preocupase, pues ellas esta­ban allí guiando sus pasos y protegiéndola con la Sabi­duría del Tiempo.

Pararon en medio del campo. Estaban rodeados de montañas, y en una de estas montañas había una pie­dra desde donde se veía perfectamente el sol, una ca­baña de cazador más alta que todas las otras, y un lugar donde cierta noche una chica se había enfrentado con el terror y la oscuridad.

"Estoy entregada -pensó para sí-. Estoy entregada y sé que estoy protegida." Mentalizó la vela encendida en su casa, el sello con la Tradición de la Luna.

-Aquí está bien -dijo ella, deteniéndose.

Tomó una rama y trazó un gran círculo en el suelo, mientras decía los nombres sagrados que su Maestra le había enseñado. No tenía su daga ritual, ni sus otros objetos sagrados, pero sus antepasadas estaban allí y ellas decían que, para no morir en la hoguera, habían con­sagrado sus utensilios de cocina.

-Todo el mundo es sagrado -dijo-. Aquella rama era sagrada.

-Sí -respondió el Mago-. Todo en este mundo es sagrado. Y un grano de arena puede ser un puente ha­cia lo invisible.

-En este momento, no obstante, el puente hacia lo invisible es mi Otra Parte -respondió Brida.

Los ojos de él se llenaron de lágrimas. Dios era justo. Los dos entraron en el círculo y ella lo cerró ritual­mente. Era la protección que magos y hechiceros utili­zaban desde tiempos inmemoriales.

-Tú generosamente mostraste tu mundo -dijo Bri­da-. Hago esto ahora, un ritual, para mostrar que yo pertenezco a él.

Ella levantó los brazos hacia la Luna e invocó a las fuerzas mágicas de la Naturaleza. Muchas veces había visto a su Maestra hacer esto cuando iban al bosque, pero ahora era ella quien lo hacía, con la certeza de que nada podría salir mal. Las fuerzas le decían que no necesitaba aprender nada, bastaba recordar sus muchos tiempos y sus muchas vidas como bruja. Rezó entonces para que la cosecha fuese abundante, y que aquel cam­po nunca dejase de ser fértil. Allí estaba ella, la sacer­dotisa que, en otras épocas, había unido conocimiento del suelo con la transformación de la simiente, y había rezado mientras su hombre trabajaba la tierra.

El Mago dejó que Brida diese los pasos iniciales. Sa­bía que, en un determinado momento, él tenía que asu­mir el control; pero precisaba también dejar grabado en el espacio y en el tiempo que fue ella quien inició el proceso. Su Maestro, que en aquel instante vagaba  en el mundo astral esperando la próxima vida, seguramen­te estaba presente en el campo de trigo, de la misma manera que había estado en el bar, en su última tenta­ción, y debía estar contento porque él había aprendido con el sufrimiento. Escuchó, en silencio, las invocacio­nes de Brida, hasta que ella paró.

-No sé por qué hice esto. Pero cumplo con mi parte. -Yo continúo -dijo él.

Entonces, giró hacia el Norte e imitó el canto de pá­jaros que ahora sólo existían en leyendas y mitos. Era el único detalle que faltaba. Wicca era una buena Maes­tra, y le había enseñado casi todo, menos el final.

 

Cuando los sonidos del pelícano sagrado y del ave fénix fueron invocados, el círculo entero se llenó de luz, una luz misteriosa, que no iluminaba nada a su al­rededor pero que, a pesar de ello, era una luz. El Mago miró a su Otra Parte y allí estaba ella, resplandeciendo en su cuerpo eterno, con el aura dorada y los filamen­tos de luz saliendo de su ombligo y de su cabeza. Sabía que ella estaba viendo lo mismo, y estaba viendo el punto luminoso encima del hombro izquierdo de él, aunque un poco distorsionado a causa del vino que habían to­mado antes.

-Mi Otra Parte -dijo ella, en voz baja, al notar el punto.

Voy a caminar contigo por la Tradición de la Luna --dijo el Mago. E inmediatamente el campo de trigo a su alrededor se transformó en un desierto grisáceo, donde había un templo con mujeres vestidas de blan­co, danzando delante de la inmensa puerta de entrada. Brida y el Mago miraban aquello desde lo alto de una duna y ella no sabía si las personas podían verla.

Brida sentía al Mago a su lado, quería preguntar qué significaba aquella visión, pero no conseguía que la voz saliera de su garganta. El percibió el miedo en los ojos de ella y volvieron al círculo de luz en el campo de trigo.

-¿Qué fue eso? -preguntó ella.

-Un regalo mío para ti. Éste es uno de los once tem­plos secretos de la Tradición de la Luna. Un regalo de amor, de gratitud, por el hecho de que existas, y de que yo haya esperado tanto tiempo para encontrarte.

-Llévame contigo -dijo ella-. Enséñame a cami­nar por tu mundo.

 

Y los dos viajaron en el tiempo, en el espacio, en las Tradiciones. Brida vio campos floridos, animales que sólo conocía a través de libros, castillos misteriosos y ciudades que parecían fluctuar en nubes de luz. El cie­lo quedó completamente iluminado, mientras el Mago dibujaba para ella, encima del campo de trigo, los sím­bolos sagrados de la Tradición. A cierta altura pare­cían estar en uno de los polos de la Tierra, con todo el paisaje cubierto de hielo, pero no era este planeta; otras criaturas, menores, con dedos más largos y ojos diferentes, trabajaban en una inmensa nave espacial. Siempre que intentaba comentar algo con él, las imá­genes desaparecían y eran sustituidas por otras. Brida entendió, con su alma de mujer, que aquel hombre estaba allí esforzándose por mostrarle todo lo que había aprendido en tantos años, y que debía haberlo guardado durante todo este tiempo sólo para obse­quiarla. Pero podía entregarse a ella sin miedo, porque era su Otra Parte. Podía viajar con él a través de los Campos Elíseos, donde las almas iluminadas habitan y donde las almas que aún van en busca de ilumina­ción hacen visitas de vez en cuando, para alimentarse de esperanza.

No supo precisar cuánto tiempo pasó, hasta que se vio otra vez con el ser luminoso dentro del círculo que ella misma había trazado. Ya había sentido el amor otras veces, pero hasta aquella noche, el amor también signi­ficaba miedo. Este miedo, por pequeño que fuese, era siempre un velo; podía ver a través de él casi todo, me­nos los colores. Y, en aquel momento, con su Otra Par­te enfrente de ella, entendía que el amor era una sen­sacion muy unida a los colores, como si fuesen millares de arco iris superpuestos unos a otros.

"Cuántas cosas perdí por miedo de perder", pensó, mirando a los arco iris.

Estaba acostada, el ser luminoso sobre ella, con un punto de luz encima del hombro izquierdo, y fibras brillantes saliendo de su cabeza y de su ombligo. -Quería hablar contigo y no lo conseguía-dijo ella. A causa de la bebida -respondió él.

Aquello, para Brida, era un recuerdo distante: bar, vino y la sensación de que estaba irritada con algo que no quería aceptar.

-Gracias por las visiones.

-No fueron visiones -dijo el ser luminoso-. Tú has visto la sabiduría de la Tierra y de un planeta dis­tante.

Brida no quería hablar de estos temas. No quería cla­ses. Quería sólo lo que había experimentado. -¿También estoy luminosa?

-Igual que yo. El mismo color, la misma luz. Y los mismos haces de energía.

El color ahora era dorado, y los haces de energía, que salían del ombligo y de la cabeza, eran de un azul claro brillante.

-Siento que estábamos perdidos y que ahora esta­mos salvados -dijo Brida.

-Estoy cansado. Tenemos que volver. Yo también bebí mucho.

Brida sabía que, en algún lugar, existía un mundo con bares, campos de trigo y estaciones de autobús. Pero no quería regresar a él, todo lo que deseaba era que­darse allí para siempre. Escuchó una voz distante, haciendo invocaciones, mientras la luz a su alrededor iba disminuyendo, hasta apagarse por completo. Una luna enorme volvió a encenderse en el cielo, iluminando el campo. Estaban desnudos, abrazados. Y no sentían ni frío ni vergüenza.

 

El Mago pidió a Brida que cerrara el ritual, ya que era ella quien había comenzado. Brida pronunció las pala­bras que sabía y él la ayudó. Cuando todas las fórmulas fueron dichas, él abrió el círculo mágico. Se vistieron y se sentaron en el suelo.

Vámonos de aquí -dijo Brida, después de cierto tiempo. El Mago se levantó y ella hizo lo mismo. No sabía qué decir, estaba turbada, al igual que él. Habían confesado su amor y ahora, como cualquier pareja que atraviesa por esta experiencia, no conseguían mirarse a los ojos.

Fue el Mago quien rompió el silencio.

-Tienes que volver a la ciudad. Sé dónde pedir un taxi.

Brida no sabía si estaba desilusionada o aliviada con el comentario. La sensación de alegría comenzaba a ser sustituida por sensación de malestar y dolor de cabeza. Tenía la seguridad de que sería una pésima compañía aquella noche.

-Está bien -respondió.

Cambiaron otra vez de rumbo y regresaron a la ciu­dad. Él llamó un taxi desde una cabina telefónica. Des­pués se quedaron sentados en el borde de la acera, mien­tras esperaban el coche.

-Quiero agradecerte esta noche -dijo ella. El no dijo nada.

 

-No sé si la fiesta del Equinoccio es una fiesta sólo para hechiceras. Pero será un día importante para mí. -Una fiesta es una fiesta.

-Entonces me gustaría invitarte.

Él hizo un gesto, como quien quiere cambiar de tema. Debía estar pensando en aquel momento lo mismo que ella, qué difícil es separarse de la Otra Parte, una vez que la hemos encontrado. Lo imaginaba volviendo ha­cia su casa, solo, preguntándose cuándo volvería ella. Ella volvería, porque así lo mandaba su corazón. Sin embargo, la soledad de los bosques es más difícil de soportar que la soledad de las ciudades.

-No sé si el amor surge de repente -continuó Bri­da-. Pero sé que estoy abierta a él. Preparada para re­cibirlo.

El taxi llegó. Brida miró una vez más al Mago y sintió que él estaba mucho más joven.

-También estoy preparado para el Amor -fue todo lo que dijo.

 

La cocina era amplia y los rayos de sol entraban a través de las ventanas inmaculadamente limpias. -¿Dormiste bien, hija?

Su madre colocó el chocolate caliente en la mesa, junto con las tostadas y el queso. Después volvió al fo­gón, para preparar huevos con tocino.

-Sí. Quiero saber si mi vestido está listo. Lo necesito para la fiesta de pasado mañana.

La madre trajo los huevos con tocino y se sentó. Sa­bía que algo preocupaba a su hija, pero no podía hacer nada. Hoy le gustaría hablar con ella, como jamás lo habían hecho en el pasado, pero de poco serviría. Ha­bía un mundo nuevo allí afuera, que ella aún no co­nocía.

Sentía miedo, porque la amaba y ella caminaba sola por este mundo nuevo.

-¿El vestido estará listo, mamá? -insistió Brida. Antes del almuerzo -respondió. Y aquello la dejó feliz. Por lo menos en ciertas cosas el mundo no había cambiado. Las madres continuaban resolviendo algu­nos problemas para las hijas.

Dudó un poco. Pero terminó preguntando: ¿Cómo está Lorens, hija?

-Bien. Vendrá esta tarde a buscarme.

Se quedó aliviada y triste al mismo tiempo. Los pro­blemas del corazón siempre maltrataban el alma, y ella dio gracias a Dios porque su hija no estuviera ante uno de ellos. Pero, por otro lado, éste era quizá el único tema en el que podría ayudarla; el amor había cambia­do muy poco a través de los siglos.

Salieron a dar un paseo por la pequeña ciudad don­de Brida había pasado toda su infancia. Las casas conti­nuaban siendo las mismas, las personas aún hacían las mismas cosas. Su hija encontró algunas amigas del co­legio, que hoy trabajaban en la única sucursal banca­ria. Todos se conocían por el nombre y saludaban a Brida; algunos comentaban cómo había crecido, otros le insinuaban que se había transformado en una mujer bonita. Tomaron un té a las diez de la mañana, en el mismo restaurante donde acostumbraba ir los sába­dos, antes de conocer a su marido, en busca de algún encuentro, alguna pasión repentina, algo que acabase de repente con los días monótonos.

La madre miró de nuevo a la hija, mientras conversa­ban sobre las novedades en la vida de cada una de las personas del pueblo. Brida continuaba interesada en esto, y ella se alegró.

-Necesito el vestido hoy -repitió Brida. Parecía afligida, pero no debía ser por eso. Sabía que la madre jamás había dejado de satisfacer un deseo suyo.

Tenía que arriesgarse otra vez. Hacer las pregun­tas que los hijos siempre odian oír, porque son per­sonas independientes, libres, capaces de resolver sus cosas.

-¿Existe algún problema, hija mía?

-¿Amaste alguna vez a dos hombres, mamá? -había un tono de desafío en su voz, como si el mundo tendie­ra sus trampas sólo para ella.

 

La madre mojó una magdalena en la taza de té y co­mió con delicadeza. Sus ojos corrieron en busca de un tiempo casi perdido.

-Sí. Los amé.

Brida se detuvo y la miró espantada.

La madre sonrió. Y la invitó a continuar el paseo. -Tu padre fue mi primer y más grande amor -dijo, cuando salieron del restaurante-. Soy feliz a su lado. Tuve todo lo que soñé cuando era mucho más joven que tú. En aquella época, tanto mis amigas como yo creíamos que el único motivo de la vida era el amor. Quien no consiguiese encontrar a alguien, no podría decir que había realizado sus sueños.

Vuelve al tema, mamá -Brida estaba impaciente. -Tenía sueños muy diferentes. Soñaba, por ejemplo, en hacer lo mismo que tú has hecho: ir a vivir a una ciudad grande, conocer el mundo que existía más allá de los límites de mi aldea. La única forma de conseguir que mis padres aceptasen mi decisión, era diciendo que necesitaba estudiar fuera, realizar algún curso que no existiese en las cercanías.

Pasé muchas noches despierta, pensando en la con­versación que mantendría con ellos. Planeaba cada fra­se que diría, lo que ellos contestarían, y cómo debía argumentar nuevamente.

Su madre jamás le había hablado de aquella manera. Brida escuchaba con cariño, y sintió algún arrepenti­miento. Podrían haber disfrutado otros momentos como éste, pero cada una estaba presa en su mundo y en sus valores.

-Dos días antes de mi conversación con ellos, cono­cí a tu padre. Miré sus ojos y tenían un brillo especial, como si yo hubiese encontrado a la persona que más deseaba encontrar en la vida.

-Conozco esto, mamá.

-Después que conocí a tu padre, entendí también que mi búsqueda estaba terminada. Ya no necesitaba una explicación para el mundo, ni me sentía frustrada por vivir aquí, entre las mismas personas, y haciendo las mismas cosas. Cada día pasó a ser diferente, a causa del inmenso amor que uno sentía por el otro.

Nos hicimos novios y nos casamos. Nunca le hablé de mis sueños de vivir en una ciudad grande, de conocer otros lugares y otras personas. Porque, de repente, el mundo entero cabía en mi aldea. El amor explicaba mi vida.

-Hablaste de otra persona, mamá.

-Quiero mostrarte una cosa -fue todo lo que dijo.

 

Caminaron hasta el comienzo de una escalinata que llevaba a la única iglesia católica del lugar, y que ya ha­bía sido construida y destruida durante varias guerras religiosas. Brida acostumbraba ir a misa allí todos los domingos, y subir aquellos escalones -cuando era niña- era un verdadero suplicio. Al principio de cada pasamanos había una estatua de un santo -San Pablo a la izquierda, y el apóstol Santiago a la derecha-, ya bastante destruida por el tiempo y por los turistas. El suelo estaba cubierto de hojas secas como si, en aquel lugar, en vez de la primavera, estuviese llegando el otoño.

La iglesia estaba situada en lo alto de la colina y era imposible verla desde donde estaban, debido a los ár­boles. Su madre se sentó en el primer escalón e invitó a Brida a hacer lo mismo.

-Fue aquí -dijo la madre-. Un día, por algún motivo que ya no consigo recordar, decidí rezar duran­te toda la tarde. Necesitaba estar sola, reflexionar sobre mi vida, y pensé que, tal vez, la iglesia sería un buen lugar para ello.

Sin embargo, cuando llegué aquí, encontré a un hom­bre. Estaba sentado ahí donde estás tú, con dos maletas a su lado, y parecía perdido, buscando algo desespera­damente en un libro abierto que tenía en sus manos. Pensé que tal vez sería un turista en busca de hotel, y decidí acercarme. Yo misma inicié la conversación. Al principio se quedó un poco extrañado, pero en segui­da se sintió a gusto.

Me dijo que no estaba perdido. Era un arqueólogo, y se dirigía con su automóvil hacia el Norte -donde ha­bía encontrado algunas ruinas- cuando se le paró el motor. Un mecánico ya estaba en camino y había apro­vechado la espera para conocer la iglesia. Me hizo algu­nas preguntas sobre el pueblo, las aldeas cercanas, los monumentos históricos.

De repente, todos los problemas que tenía aquella tarde desaparecieron como por milagro. Me sentía útil y empecé a contarle lo que sabía, sintiendo que, de re­pente, todos los años que había vivido en esta región empezaban a tener un sentido. Tenía frente a mí a un hombre que estudiaba personas y pueblos, que era ca­paz de guardar para siempre, para todas las generacio­nes futuras, lo que yo había escuchado o descubierto cuando era niña. Aquel hombre que estaba en la escali­nata me hizo entender lo importante que yo era para el mundo y para la historia de mi país. Me sentí necesaria, y ésta es una de las mejores sensaciones que un ser hu­mano puede tener.

Cuando acabé de hablarle de la iglesia, continuamos conversando sobre otras cosas. Le conté el orgullo que sentía por mi ciudad, y él me"respondió con la frase de un escritor, cuyo nombre no recuerdo, diciendo que "es su aldea la que le da el poder universal".

-León Tolstoi -dijo Brida.

Pero su madre estaba viajando en el tiempo, como ella también había hecho un día. Sólo que no necesi­taba catedrales en el espacio, bibliotecas subterráneas ni libros empolvados; bastaba el recuerdo de una tar­de de primavera y un hombre con maletas en una es­calinata.

Hablamos durante algún tiempo. Yo tenía la tarde entera para quedarme con él, pero en cualquier mo­mento podía llegar el mecánico. Decidí aprovechar al máximo cada segundo. Le pregunté acerca de su mun­do, las excavaciones, el desafío de vivir buscando el pa­sado en el presente. Él me habló de guerreros, de sa­bios y de piratas que habitaron nuestras tierras.

Cuando me di cuenta, el sol estaba casi en el hori­zonte y nunca, en toda mi vida, una tarde había pasado tan rápidamente.

Entendí que él estaba sintiendo lo mismo. Continua­mente me hacía preguntas para mantener la conversa­ción y no darme tiempo de que dijera que tenía que

me. Hablaba sin parar, contaba todo lo que vivió has­ta aquel día, y quería saber lo mismo de mí. Noté que sus ojos me deseaban, aun teniendo yo, en aquella épo­ca, el doble de tu edad.

Era primavera, había un agradable olor de algo nue­vo en el aire y me sentí nuevamente joven. Aquí, en los alrededores, existe una flor que sólo aparece en el oto­ño; pues bien, aquella tarde me sentí como esa flor. Como si, de repente, en el otoño de mi vida, cuando yo pensaba que había vivido todo lo que podía vivir, sur­giese aquel hombre en la escalinata solamente para mostrarme que ningún sentimiento -como el amor, por ejemplo- envejece junto con el cuerpo. Los sentimien­tos forman parte de un mundo que yo no conozco, pero es un mundo donde no existe tiempo, ni espacio, ni fronteras.

 

Permaneció algún tiempo en silencio. Sus ojos conti­nuaban distantes, en aquella primavera.

-Allí estaba yo, como una adolescente de 38 años, sintiéndome de nuevo deseada. Él no quería que me fuese. Hasta que llegó un momento en que dejó de hablar. Miró en el fondo de mis ojos y sonrió. Como si hubiese entendido con su corazón lo que yo estaba pen­sando y quisiera decirme que sí, que era verdad, que yo era muy importante para él. Nos quedamos algún tiem­po callados y después nos despedimos. El mecánico no había llegado.

Durante muchos días pensé si aquel hombre había existido de verdad, o si era un ángel que Dios había en­viado para mostrarme las lecciones secretas de la vida. Al final, concluí que era realmente un hombre. Un hombre que me había amado, aunque fuera sólo por una tarde, y que en esa tarde me entregó todo lo que había guardado durante toda su vida, sus luchas, sus éxtasis, sus dificultades y sus sueños. También yo me entregué por completo aquella tarde; fui su compane­ra, esposa, oyente, amante. En unas horas, pude sentir el amor de toda una vida.

 

La madre miró a la hija. Le habría gustado que hubiese entendido todo. Pero, en el fondo, creía que Brida vi­vía en un mundo donde este tipo de amor ya no tenía lugar.

--Jamás dejé de amar a tu padre, ni siquiera un solo día -concluyó-. Él siempre estuvo a mi lado, me dio lo mejor que tenía, y yo quiero estar junto a él hasta el fin de mis días. Pero el corazón es un misterio, y yo jamás voy a entender lo que pasó. Lo que sé es que aquel encuentro me dio más confianza en mí misma, mos­trándome que aún era capaz de amar y ser amada, y enseñándome algo que nunca voy a olvidar: cuando en­cuentres una cosa importante en la vida, no quiere de­cir que tengas que renunciar a todas las otras.

A veces todavía me acuerdo de él. Me gustaría saber dónde está, si descubrió lo que buscaba aquella tarde, si está vivo, o si Dios se encargó de cuidar su alma. Sé que no volverá nunca y sólo así pude amarlo con tanta fuerza y con tanta seguridad. Porque no podría jamás perderlo; él se había entregado por completo aquella tarde.

Su madre se levantó.

-Creo que tenemos que ir a casa a terminar tu vesti­do -dijo.

-Me quedaré un poco más aquí -respondió Brida. Se aproximó a su hija y la besó con todo cariño.

-Gracias por escucharme. Es la primera vez que cuento esta historia. Siempre tuve miedo de morir con ella y apagarla para siempre de la faz de la Tierra. Aho­ra tú la guardarás para mí.

 

Brida subió las escalinatas y se paró delante de la iglesia. El edificio, pequeño y redondo, era el gran orgullo de la región; fue uno de los primeros lugares sagrados del cristia­nismo en aquellas tierras y cada año estudiosos y turistas venían a visitarlo. Nada quedaba de la construcción ori­ginal del siglo v, excepto algunas partes del suelo; cada destrucción, no obstante, dejaba alguna parte intacta, y de esta forma el visitante podía ver la historia de varios estilos arquitectónicos en una misma construcción.

Allá dentro, un órgano tocaba y Brida permaneció al­gún tiempo escuchando la música. En aquella iglesia es­taban las cosas bien explicadas, el universo en el lugar exacto donde debía estar, y quien entrase por sus puer­tas no necesitaba preocuparse de nada más. Allí no exis­tían fuerzas misteriosas que estaban por encima de las personas, noches oscuras donde era necesario creer sin comprender. Ya no se hablaba de hogueras y las religio­nes de todo el mundo convivían como si fuesen aliadas, uniendo otra vez el hombre a su Dios. Su país aún era una excepción en esta convivencia pacífica; al Norte, las personas se mataban en nombre de la fe. Pero esto de­bía acabar en algunos años; Dios estaba casi explicado. El era un padre generoso, todos estaban salvados.

 

"Soy una hechicera", se dijo a sí misma, luchando contra un impulso cada vez mayor de entrar. Su Tradi­ción ahora era diferente y, aun cuando fuese el mismo Dios, si ella cruzase aquellas puertas estaría profanan­do un lugar y siendo profanada por él.

Encendió un cigarrillo y contempló el horizonte, pro­curando no pensar más en ello. Intentó pensar en su madre. Tuvo ganas de volver corriendo a la casa, echar­se a su cuello y contarle que dentro de dos días iba a ser iniciada en los Grandes Misterios de las hechiceras. Que había hecho viajes en el tiempo, que conocía la fuerza del sexo, que era capaz de saber lo que había en el esca­parate de una tienda usando apenas las técnicas de la Tradición de la Luna. Necesitaba cariño y comprensión, porque también ella sabía historias que no podía con­tar a nadie.

El órgano paró de tocar y Brida volvió a oír las voces de la ciudad, el canto de los pájaros, el viento que gol­peaba en las ramas y anunciaba la llegada de la prima­vera. Detrás de la iglesia una puerta se abrió y se cerró, alguien había salido. Por un momento, se vio de nuevo en un domingo cualquiera de su infancia, de pie don­de estaba ahora, irritada porque la misa era larga y el domingo era el único día en que podía correr por los campos.

"Tengo que entrar." Tal vez su madre entendiese lo que estaba sintiendo; pero, en aquel momento, ella esta­ba lejos. Lo que tenía delante de sí era una iglesia vacía. Jamás había preguntado a Wicca cuál era era el papel del cristianismo en todo lo que estaba pasando. Tenía la impresión de que, si cruzase aquella puerta, estaría trai­cionando a las hermanas quemadas en la hoguera.

"No obstante, yo también fui quemada en la hogue­ra", se dijo para sí. Se acordó de la oración que Wicca hizo el día en que se conmemoraba el martirio de las brujas. Y en esta oración ella citó a Jesús y a la Virgen María. El amor estaba por encima de todo, y el amor no tenía odios, tan solo equívocos. Quizá, en alguna época, los hombres hubiesen decidido ser los represen­tantes de Dios y cometieron sus errores.

Pero Dios nada tenía que ver con esto.

No había nadie allí cuando finalmente entró. Al­gunas velas encendidas mostraban que, aquella maña­na, una persona se había preocupado en renovar su alianza con una fuerza que apenas presentía y, de esta forma, había cruzado el puente entre lo visible y lo in­visible. Se arrepintió de lo que había pensado antes: también allí nada estaba explicado y las personas te­nían que hacer su apuesta, sumergirse en la Noche Oscura de la Fe. Delante de ella, con los brazos abier­tos en la cruz, estaba aquel Dios que parecía demasia­do sencillo.

No podía ayudarla. Estaba sola en sus decisiones y nadie podría ayudarla. Tenía que aprender a correr ries­gos. No poseía las mismas facilidades que el crucificado que tenía frente a ella, quien conocía su misión porque era hijo de Dios. Nunca se equivocó. No conoció el amor entre los hombres, sólo el amor por su Padre. Todo lo que tenía que hacer era mostrar su sabiduría y enseñar de nuevo a la Humanidad el camino de los cielos.

Pero, ¿sería sólo eso? Se acordó de la clase de catecis­mo de un domingo, cuando el padre estaba más inspi­rado que de costumbre.

Aquel día, estaban estudiando el episodio en que Je­sús rezaba a Dios, sudando sangre y pidiendo que el cáliz que tenía que beber fuese apartado.

"Pero, si él ya sabía que era hijo de Dios, ¿por qué pidió esto?", había preguntado al padre.

"Porque él lo sabía tan solo con el corazón. Si hubie­se tenido absoluta certeza, su misión no habría tenido senti­do, porque no se habría transformado completamente en hombre. Ser hombre es tener dudas y, aun así, con­tinuar su camino."

Miró otra vez a la imagen y por primera vez en toda su vida se sintió más próxima a ella; tal vez allí estuviese un hombre solo y con miedo, enfrentando a la muerte y preguntando: "Padre, Padre, ¿por qué me has aban­donado?" Si dijo esto, es porque ni él tenía seguridad de sus pasos. Había hecho una apuesta, buceado en la Noche Oscura como todos los hombres, sabiendo que sólo encontraría la respuesta al final de toda su jorna­da. También él tuvo que pasar por la angustia de tomar decisiones en su vida, de abandonar a su padre, a su madre y a su pequeña ciudad para ir en busca de los secretos de los hombres, de los misterios de la Ley.

Si él había pasado por todo esto también había cono­cido el amor, aunque los Evangelios jamás hablasen de este tema, el amor entre personas era mucho más dificil de entender que el amor por un Ser Supremo. Pero ahora ella se acordaba que, cuando resucitó, la prime­ra persona ante quien se apareció fue una mujer, que lo había acompañado hasta el final.

La imagen silenciosa parecía estar de acuerdo con ella. Había probado el vino, el pan, las fiestas, las perso­nas y las bellezas del mundo. Era imposible que no hu­biera conocido el amor de una mujer, y a causa de esto había sudado sangre en el Huerto de los Olivos, ya que era muy difícil dejar la tierra y entregarse por el amor de todos los hombres, después de conocer el amor de una única criatura.

Había probado todo lo que el mundo puede ofrecer y aun así continuó su caminata, sabiendo que la Noche oscura puede acabar en una cruz, o en una hoguera.

-Todos nosotros estamos en el mundo para correr los riesgos de la Noche Oscura, Señor. Tengo miedo de la muerte, pero no quiero perder la vida. Tengo miedo del amor, porque tiene que ver con cosas que están más allá de nuestra comprensión; su luz es inmensa, pero su sombra me asusta.

Se dio cuenta de que estaba rezando sin saber. El Dios simple la miraba; parecía entender sus palabras, y to­marlas en serio.

Por algún tiempo se quedó esperando una respuesta de Él, pero no oyó ningún sonido, ni percibió ninguna señal. La respuesta estaba allí, frente a ella, aquel hom­bre clavado en una cruz. Él había cumplido su parte y mostró al mundo que si cada cual cumpliese la suya, nadie más necesitaría sufrir. Porque ya había sufrido por todos los hombres que tuvieron el valor de luchar por sus sueños.

Brida lloró un poco, sin saber por qué estaba llo­rando.

El día amaneció nublado, pero no iba a llover. Lorens vivía desde hacía muchos años en aquella ciudad, ya entendía sus nubes. Se levantó y fue hasta la cocina a preparar un café.

Brida entró antes de que el agua hirviese. -Fuiste a dormir muy tarde ayer -dijo él. Ella no respondió.

-Hoy es el día -continuó-. Sé lo importante que es. Me gustaría mucho estar a tu lado.

-Es una fiesta -respondió Brida. -¿Qué quieres decir con esto?

-Es una fiesta. Desde que nos conocemos, siempre fuimos juntos a las fiestas. Estás invitado.

 

El Mago fue a ver si la lluvia del día anterior había per­judicado sus bromelias. Estaban perfectas. Se rió de sí mismo; al final, las fuerzas de la Naturaleza a veces con­seguían entenderse.

Pensó en Wicca. Ella no iba a ver los puntos lumino­sos, porque sólo las Otras Partes pueden verlos entre sí; pero iba a notar la energía de los haces de luz circulan­do entre él y su discípula. Las hechiceras eran, antes que nada, mujeres.

La Tradición de la Luna llamaba a aquello "Visión del Amor" y, aun cuando esto pudiese suceder entre personas que estuviesen simplemente enamoradas --sin ninguna relación con la Otra Parte-, calculó que esa visión le iba a dar rabia. Rabia femenina, rabia de madrastra de Blancanieves, que no admitía a nadie más bella.

Wicca, no obstante, era una Maestra, y pronto iba a percibir lo absurdo de su pensamiento. Pero a esta altura su aura ya habría cambiado de color.

Entonces se aproximaría a ella, le besaría el rostro y le diría que estaba celosa. Ella diría que no. El le pre­guntaría por qué había sentido rabia.

Ella respondería que era una mujer y no necesitaba dar explicaciones de sus sentimientos. El le daría otro beso, porque estaría diciendo la verdad. Y le diría que tuvo mucha nostalgia de ella durante el tiempo que es­tuvieron separados y que aún la admiraba más que a cualquier otra mujer en el mundo, excepto Brida, por­que Brida era su Otra Parte.

Wicca se quedaría contenta. Porque era sabia. "Estoy viejo. Me paso el tiempo imaginando conver­saciones."

Pero no era debido a la edad, los hombres enamora­dos siempre se comportan así, reflexionó.

 

Wicca se puso contenta porque la lluvia había parado y las nubes se disiparían antes del anochecer. La Naturaleza tenía que estar de acuerdo con las obras del ser humano.

Todas las medidas estaban tomadas, cada persona había cumplido su papel, no faltaba nada.

Fue hasta el altar e invocó a su Maestro. Le pidió que estuviese presente aquella noche; tres nuevas hechice­ras serían iniciadas en los Grandes Misterios y la res­ponsabilidad sobre sus hombros era enorme.

Después, fue a la cocina a preparar el café. Hizo jugo de naranja, tostadas y comió algunas galletas dietéticas. Continuaba aún cuidando su apariencia, sabía lo boni­ta que era. No precisaba abdicar de su belleza apenas para probar que también era inteligente y capaz.

Mientras revolvía distraída el café, se acordó de un día como éste, muchos años atrás, cuando su Maestro selló su destino con los Grandes Misterios. Por unos instantes, intentó imaginar quién era entonces, cuáles eran sus sueños, qué esperaba de la vida.

"Estoy vieja. Me paso el tiempo recordando el pasa­do", dijo en voz alta. Acabó el café rápidamente e ini­ció sus preparativos. Aún tenía algo que hacer.

Sabía, sin embargo, que no se estaba volviendo vieja. En su mundo no existía el Tiempo.

 

Brida se sorprendió por el gran número de automóvi­les estacionados al lado de la carretera. Las nubes pesa­das de la mañana habían sido sustituidas por un cielo claro, donde la puesta de sol mostraba sus últimos ra­yos; a pesar del frío, aquel era el primer día de prima­vera.

Ella invocó la protección de los espíritus del bosque y después miró a Lorens. El repitió las mismas palabras, un poco avergonzado, pero contento de estar allí. Para que continuasen unidos, era necesario que cada uno pisase, de vez en cuando, la realidad del otro. También entre los dos había un puente entre lo visible y lo invisi­ble. La magia estaba presente en todos los actos.

Caminaron rápidamente por el bosque y pronto en­traron en el claro. Brida esperaba algo parecido; hom­bres y mujeres de todas las edades, y probablemente con las profesiones más diversas, estaban reunidos en grupos, conversando entre sí, procurando aparentar que todo aquello pareciera la cosa más natural del mundo. No obstante, estaban tan perplejos como ellos. -¿Son todos estos? -Lorens no esperaba aquello.

Brida respondió que no; algunos eran invitados como él. No sabía exactamente quién debía participar; todo sería revelado en el momento adecuado.

Escogieron un rincón y Lorens dejó la mochila en el suelo. Allí dentro estaba el vestido de Brida y tres da­majuanas de vino; Wicca había recomendado que cada persona, participante o invitada, trajese una. Antes de ir de casa, Lorens había preguntado por el tercer invitado. Brida le mencionó al Mago a quien acostumbraba visitar en las montañas y él no le dio la men­or importancia.

-Imagina -oyó a una mujer comentando a su lado-. imagina si mis amigas supiesen que esta noche estoy en un verdadero Sabbat.

El Sabbat de las hechiceras. La fiesta que había sobre­vivido a la sangre, a las hogueras, a la Edad de la Razón al olvido. Lorens procuró sentirse cómodo, diciéndo­se a sí mismo que allí existían muchas personas en su misma situación. Notó que varios troncos de leña seca estaban apilados en el centro del claro del bosque y sintió un escalofrío.

Wicca estaba en un rincón, conversando con un gru­po. Al ver a Brida, fue en seguida a saludarla y a pre­guntarle si todo iba bien. Ella agradeció la gentileza y ,le presentó a Lorens.

-Invité también a otra persona -dijo.

Wicca la miró, sorprendida. Pero inmediatamente mostró una amplia sonrisa. Brida tuvo la certeza de que sabía de quién se trataba.

-Me alegra -respondió-. La fiesta también es tuya. ,Y hace tiempo que no veo a aquel viejo brujo. Quién sabe si ya habrá aprendido algo.

Fue llegando más gente, sin que Brida pudiese dis­tinguir quién era invitado y quién era participante. Media hora después, cuando casi unas cien personas conversaban en voz baja en el claro, Wicca pidió si­lencio.

 

-Esto es una ceremonia -dijo-. Pero esta ceremo­nia es una fiesta. Por favor, ninguna fiesta comienza antes de que las personas llenen sus cálices.

Abrió su damajuana y llenó el vaso de alguien que estaba a su lado. En poco tiempo, las damajuanas circu­laban y el tono de las voces aumentaba perceptiblemente. Brida no quería beber; aún estaba vivo en su memoria el recuerdo de un hombre, en un campo de trigo, mos­trando para ella los templos secretos de la Tradición de la Luna. Además, el invitado que estaba esperando to­davía no había llegado.

Lorens, en cambio, estaba mucho más relajado y co­menzó a charlar con las personas cercanas.

-¡Es una fiesta! -le dijo, riendo, a Brida. Había ve­nido preparado para cosas de otro mundo y era apenas una fiesta. Mucho más divertida, en verdad, que las fies­tas de científicos que estaba obligado a frecuentar.

A una cierta distancia de su grupo había un señor de barba blanca que reconoció como uno de los catedráti­cos de la Universidad. Permaneció algún tiempo sin saber qué hacer, pero el señor también lo reconoció y, desde donde estaba, levantó el vaso en brindis para él.

Lorens se sintió aliviado; ya no existía la caza a las brujas ni a sus simpatizantes.

-Parece un picnic -Brida oyó decir a alguien. Sí, parecía un picnic y aquello le irritaba. Esperaba algo más ritualista, más próximo a los Sabbats que habían inspirado a Goya, Saint-Saéns, Picasso... Tomó una damajuana que tenía a su lado y también empezó a beber.

Una fiesta. Cruzar el puente entre lo visible y lo invi­sible a través de una fiesta. A Brida le gustaría mucho ver cómo algo sagrado podía tener lugar en un ambiente tan profano.

La noche caía rápidamente y las personas bebían sin parar. Cuando la oscuridad amenazó con cubrir todo el lugar, algunos de los hombres presentes -sin nin­gún ritual específico- encendieron la fogata. En el pasado también era así; la hoguera, antes de represen­tar un elemento mágico poderoso, era tan solo una luz. Una luz en torno a la cual las mujeres se reunían para hablar de sus hombres, de sus experiencias mágicas, de los encuentros con los súcubos e íncubos, los temibles demonios sexuales del Medievo. En el pasado, también era así, una fiesta, una inmensa fiesta popular, la cele­bración alegre de la primavera y de la esperanza, en una época en que ser alegre era desafiar la ley, porque nadie podía divertirse en un mundo hecho sólo para tentar a los débiles. Los señores de la tierra, encerra­dos en sus castillos sombríos, contemplaban las hogue­ras en los bosques y se sentían robados; aquellos cam­pesinos querían conocer la felicidad, y quien conoce la felicidad ya no consigue convivir sin rebeldía con la tris­teza. Los campesinos podían tener ganas de ser felices todo el año, y entonces todo el sistema político y reli­gioso estaría amenazado.

 

Cuatro o cinco personas, ya medio embriagadas, comen­zaron a bailar alrededor de la fogata, quién sabe si que­riendo imitar la fiesta de las brujas. Entre los que esta­ban bailando, Brida reconoció a una Iniciada que había conocido cuando Wicca conmemoró el martirio de las hermanas. Aquello le molestó, imaginaba que las per­sonas de la Tradición de la Luna tendrían un compor­tamiento más acorde con el lugar sagrado que estaban pisando Se acordó de la noche junto al Mago y de cómo la bebida había interferido la comunicación entre am­bos durante el paseo astral.

-Mis amigos se morirán de envidia -oyó decir-. Nunca creerán que estuve aquí.

Aquello fue demasiado para ella. Necesitaba alejarse un poco, entender bien lo que estaba sucediendo y lu­char contra el inmenso deseo de volver a su casa, de huir de allí antes de decepcionarse de todo lo que ha­bía creído durante casi un año. Buscó a Wicca con los ojos; se reía y divertía con los otros invitados. El núme­ro de personas alrededor de la hoguera aumentaba cada vez más, algunas aplaudían y cantaban, acompañadas por otras que golpeaban con ramas y llaves las dama­juanas vacías.

-Tengo que dar una vuelta -le dijo a Lorens.

Él ya había formado un grupo a su alrededor y las personas estaban fascinadas con sus relatos sobre estrellas antiguas y milagros de la Física moderna. Mas paró inmediatamente de hablar.

-¿Quieres que vaya contigo? -Prefiero ir sola.

Se alejó del grupo y caminó en dirección al bosque. Las voces se hacían cada vez más animadas y más altas, y todo aquello -los borrachos, los comentarios, las personas jugando a la brujería en torno de la fogata ­comenzó a mezclarse en su cabeza. Había esperado tan­to tiempo esta noche y apenas era una fiesta. Una fiesta igual a las de las asociaciones de beneficencia, donde las personas cenan, se embriagan, cuentan chismes y después hacen discursos sobre la necesidad de ayudar a los indios del hemisferio Sur o a las focas del Polo Norte.

 

Empezó a caminar por el bosque, manteniendo siempre la fogata en su campo de visión. Subió por un camino que rodeaba la piedra y que le permitía ver la escena desde arriba. Pero, incluso vista desde lo alto, era desoladora: Wicca recorriendo los gru­pos para saber si todo estaba bien, las personas bai­lando alrededor de la hoguera, algunas parejas en sus primeros besos alcoholizados. Lorens estaba con­tando algo animado a dos hombres, tal vez hablando de cosas que encajarían muy bien en un encuentro de bar, pero no en una fiesta como aquella. Un retrasa­do llegaba a través del bosque, un extraño animado por el barullo, viniendo en busca de un poco de di­versión.

El modo de caminar era familiar. El Mago.

 

Brida se asustó y empezó a correr por el camino de bajada. Quería encontrarlo antes de que llegase a la fiesta. Necesitaba que él la socorriese como había he­cho antes tantas veces. Necesitaba entender el sentido de todo aquello.

 

'Wicca sabe organizar un Sabbat, pensó el Mago, a me­dida que se aproximaba. Podía ver y sentir la energía de las personas circulando libremente. En esta fase del ritual, el Sabbat se parecía a cualquier otra fiesta, era preciso conseguir que todos los invitados comulgasen en una única vibración. En el primer Sabbat de su vida, quedó desagradablemente impresionado con todo aquello; recordaba haber llamado a su Maestro a un rincón, para preguntarle qué estaba pasando.

-¿Has estado en alguna fiesta? -le preguntó el Maes­tro, molesto porque le había interrumpido una anima­da conversación.

El Mago respondió que sí.

--¿Y qué es lo que hace que una fiesta sea buena? -Cuando todos se están divirtiendo.

-Los hombres dan fiestas desde los tiempos en que habitaban en las cavernas -respondió el Maestro. Son los primeros rituales colectivos de que se tiene noticia y la Tradición del Sol se encargó de mantener eso vivo hasta hoy. Una buena fiesta limpia las nocivas influencias astrales de la gente que está participando; pero es difícil que suceda, bastan unas pocas personas para estropear la alegría común. Estas personas se juz­gan más importantes que las otras, son difíciles de agra­dar, consideran que están allí perdiendo el tiempo por­que no consiguieron comulgar con los otros. Y terminan sufriendo una misteriosa justicia: generalmente salen cargados con las larvas astrales expulsadas de las perso­nas que supieron unirse a los otros.

"Recuerda que el primer camino directo hacia Dios era la oración. El segundo camino directo es la alegría." Habían pasado muchos años desde aquella conversa­ción con su Maestro. El Mago ya había participado en muchos Sabbats desde entonces, y sabía que estaba ante una fiesta ritual, hábilmente organizada; el nivel de energía colectiva crecía a cada instante.

Buscó a Brida con los ojos; había mucha gente, no estaba acostumbrado a las multitudes. Sabía que tenía que participar de la energía colectiva, estaba dispuesto a ello, pero antes necesitaba acostumbrarse un poco. Ella podría ayudarlo. Se sentiría más cómodo en cuan­to la encontrase.

Era un Mago. Conocía la visión del punto luminoso. Todo lo que necesitaba hacer era cambiar su estado de conciencia y el punto surgiría, en medio de todas aque­llas personas. Había buscado durante años este punto de luz, ahora se encontraba apenas a algunas decenas de metros de él.

El Mago cambió su estado de conciencia. Volvió a mirar la fiesta, esta vez con la percepción alterada, y podía ver las auras de los más diversos colores, todas, no obstante, acercándose al color que debía predomi­nar aquella noche. "Wicca es una gran Maestra, hace todo con mucha rapidez", reflexionó de nuevo. En bre­ve todas las auras, las vibraciones de energía que todas las personas tienen alrededor de su cuerpo físico, esta­rían en la misma sintonía; y la segunda parte del ritual podría comenzar.

 

Movió sus ojos de izquierda a derecha y finalmente localizó el punto de luz. Decidió darle una sorpresa y se aproximó sin hacer ruido.

-Brida -dijo.

Su Otra Parte se giró.

-Se fue a dar una vuelta por ahí -respondió gen­tilmente.

Durante un momento que pareció eterno, miró al hombre que tenía delante de él.

-Usted debe ser el Mago de quien Brida me habla tanto -dijo Lorens-. Siéntese con nosotros. Ella lle­gará en seguida.

Pero Brida ya había llegado. Estaba delante de am­bos, con ojos asustados y la respiración entrecortada. Desde el otro lado de la hoguera, el Mago presintió una mirada. Conocía aquella mirada, una mirada que no podía ver los puntos luminosos, ya que sólo las Otras Partes se identifican entre sí. Pero era una mirada anti­gua y profunda, una mirada que conocía la Tradición de la Luna y el corazón de mujeres y hombres.

El Mago giró y se enfrentó a Wicca. Ella sonrió desde el otro lado de la hoguera; en una fracción de segun­do, había comprendido todo.

Los ojos de Brida también estaban fijos en el Mago. Brillaban de contento. Él había llegado.

-Quiero que conozcas a Lorens -dijo-. La fiesta empezó a ser divertida de repente, no necesitaba más explicaciones.

El Mago aún estaba en un estado alterado de con­ciencia. Vio el aura de Brida cambiando rápidamente de color, yendo hacia el tono que Wicca había elegido.

 

La chica estaba alegre, contenta porque él había llega­do, y cualquier cosa que dijera o hiciese podía estro­pear su Iniciación aquella noche. Tenía que dominarse a cualquier precio.

-Mucho gusto -le dijo a Lorens-. ¿Qué tal si me ofrece un vaso de vino?

Lorens sonrió y extendió la damajuana. -Bienvenido al grupo -dijo-. Le gustará la fiesta.

 

Al otro lado de la hoguera, Wicca desvió los ojos y res­piró aliviada, Brida no había percibido nada. Era una buena discípula, no le gustaría alejarse de la Iniciación aquella noche simplemente por no haber conseguido dar el paso más sencillo de todos: participar de la ale­gría de los otros.

"Él cuidará de sí mismo." El Mago tenía años de trabajo y disciplina a sus espaldas. Sabría dominar un sentimien­to, por lo menos el tiempo suficiente como para colocar otro sentimiento en su lugar. Lo respetaba por su trabajo y obstinación y sentía cierto recelo de su inmenso poder.

Conversó con algunos invitados más, pero no consi­guió alejar la sorpresa por lo que acababa de presen­ciar. Entonces, aquél era el motivo, el motivo por el que había prestado tanta atención a aquella chica que, al fin y al cabo, era una hechicera igual a todas las otras que habían pasado varias encarnaciones aprendiendo la Tradición de la Luna.

Brida era su Otra Parte.

 

"Mi instinto femenino está funcionando mal." Había imaginado todo, menos lo más obvio. Se consoló pen­sando que el resultado de su curiosidad había sido po­sitivo: era el camino escogido por Dios para que reencontrase a su discípula.

 

El Mago vio a un conocido a lo lejos y se disculpó del grupo para ir a hablar con él. Brida estaba eufórica, le gustaba tenerlo a su lado, pero pensó que era mejor dejarlo ir. Su instinto femenino le decía que no era acon­sejable que él y Lorens se quedasen mucho tiempo jun­tos, podían hacerse amigos, y cuando dos hombres están enamorados de la misma mujer, es preferible que se odien a que se hagan amigos. Porque, en este caso, ter­minaría perdiendo a ambos.

Miró a las personas alrededor de la hoguera y deseó bailar también. Invitó a Lorens, él vaciló un segundo, pero acabó aceptando. Las personas giraban y daban palmas, bebían vino y golpeaban con llaves y ramas los botellones vacíos. Siempre que pasaba delante del Mago, él sonreía y levantaba un brindis. Ella estaba en uno de sus mejores días.

Wicca entró en la rueda. Todos estaban relajados y contentos. Los invitados, antes preocupados con lo que irían a contar, asustados con lo que podían ver, ahora se integraban definitivamente al Espíritu de aquella noche. La primavera había llegado, era preciso cele­brar, llenar el alma de fe en los días de sol, olvidar lo más rápidamente posible las tardes grises y las noches de soledad dentro de casa.

El sonido de las palmas crecía y ahora Wicca dirigía el ritmo. Era sincopado, constante, todos con los ojos fijos en la hoguera. Nadie sentía ya frío, parecía que el verano ya estaba allí. Las personas en torno de la ho­guera empezaron a sacarse los suéteres.

-¡Vamos a cantar! -dijo Wicca. Repitió algunas ve­ces una música simple, compuesta de sólo dos estrofas; al poco tiempo estaban todos cantando con ella. Pocas personas sabían que se trataba de un mantra de hechi­ceras, donde lo importante era el sonido de las pala­bras y no su significado. Era un sonido de unión con los Dones y aquellos que tenían la visión mágica -como el Mago y otros Maestros presentes- podían ver las fi­bras luminosas de varias personas uniéndose.

Lorens se cansó de bailar y fue a ayudar a los "músi­cos" con sus damajuanas. Otros fueron apartándose de la hoguera, algunos porque estaban cansados, otros porque Wicca les pedía que ayudaran a marcar el rit­mo. Sin que nadie -excepto los Iniciados- se diese cuenta de lo que estaba sucediendo, la fiesta comenza­ba a penetrar en territorio sagrado. En poco tiempo quedaron en torno a la fogata solamente las mujeres de la Tradición de la Luna y las hechiceras que iban a ser iniciadas.

Incluso los discípulos de Wicca habían dejado de bai­lar; existía otro ritual, otra fecha para la Iniciación de los hombres. En aquel momento, lo que rodaba en el plano astral directamente encima de la hoguera era la energía femenina, la energía de la transformación. Así había sido desde los tiempos remotos.

Brida empezó a sentir mucho calor. No podía ser el vino, porque había bebido poco. Seguramente serían las lla­mas de la hoguera. Tuvo unas ganas inmensas de sacar­se la blusa, pero le daba vergüenza, una vergüenza que iba perdiendo el sentido a medida que cantaba aquella música simple, daba palmas y bailaba alrededor del fue­go. Sus ojos ahora estaban fijos en la llama y el mundo parecía cada vez menos importante, una sensación muy parecida a la que sintió cuando las cartas del tarot se revelaron por primera vez.

"Estoy entrando en un trance -pensaba-. Bueno, ¿y qué?; la fiesta está animada."

 

"Qué música tan extraña", se decía Lorens a sí mismo mientras mantenía el ritmo en el botellón. Su oído, en­trenado para escuchar al propio cuerpo, estaba per­cibiendo que el ritmo de las palmas y el son de las pala­bras vibraban exactamente en el centro del pecho, como cuando oía los tambores más graves en un concierto de música clásica. Lo curioso es que el ritmo parecía tam­bién estar definiendo los latidos de su corazón.

A medida que Wicca iba acelerando, su corazón tam­bién se iba acelerando. Aquello debía estarle pasando a todo el mundo.

"Estoy recibiendo más sangre en el cerebro", explica­ba su pensamiento científico. Pero estaba en un ritual de brujas y no era hora de pensar en esto; podía hablar con Brida después.

-¡Estoy en una fiesta y sólo quiero divertirme! -dijo en voz alta. Alguien a su lado concordó con él y las pal­mas de Wicca aumentaron el ritmo un poco más.

 

"Soy libre. Siento orgullo de mi cuerpo, porque es la manifestación de Dios en el mundo visible." El calor de la hoguera estaba insoportable. El mundo parecía dis­tante y ella no quería preocuparse más por cosas super­ficiales. Estaba viva, la sangre corriendo por sus venas, completamente entregada a su búsqueda. Danzar en torno de aquella hoguera no era nuevo para ella, por­que aquellas palmas, aquella música, aquel ritmo des­pertaban de nuevo recuerdos adormecidos, de épocas en las que era Maestra de la Sabiduría del Tiempo. No estaba sola, porque aquella fiesta era un reencuentro, un reencuentro consigo misma y con la Tradición que había cargado a través de muchas vidas. Sintió un pro­fundo respeto por sí misma.

Estaba otra vez en un cuerpo, y era un bello cuerpo, que luchó durante millones de años para sobrevivir en un mundo hostil. Habitó el mar, se arrastró hacia la tierra, se subió a los árboles, caminó con los cuatro miembros y ahora pisaba, orgullosamente, con los dos pies en la tierra. Aquel cuerpo merecía respeto por su lucha durante tanto tiempo. No existían cuerpos bellos o cuerpos feos, porque todos habían hecho la misma trayectoria, todos eran la parte visible del alma que los habitaba.

Sentía orgullo, un profundo orgullo de su cuerpo. Se sacó la blusa.

 

No llevaba sostén, pero eso no importaba. Sentía or­gullo de su cuerpo y nadie podía reprobarla a causa de ello; aunque tuviese setenta años, continuaría tenien­do orgullo de su cuerpo, ya que era a través de él como el alma podía realizar sus obras.

Las otras mujeres en torno de la hoguera hacían lo mismo; esto tampoco importaba.

Se desabrochó el cinturón y quedó completamente desnuda. En este momento tuvo una de las más com­pletas sensaciones de libertad de toda su vida. Porque no estaba haciendo esto por ninguna razón. Lo hacía porque la desnudez era la única manera de mostrar lo libre que estaba su alma en aquel momento. No impor­taba que otras personas estuviesen presentes, vestidas y mirando, todo lo que quería es que ellas sintiesen por sus cuerpos lo que ella estaba sintiendo ahora por el suyo. Podía bailar libremente y nada más impedía sus movimientos. Cada átomo de su cuerpo estaba tocan­do el aire, y el aire era generoso, traía desde muy lejos secretos y perfumes, para que la tocasen de la cabeza a los pies.

 

Los hombres y los invitados que golpeaban los botello­nes notaron que las mujeres en torno a la hoguera esta­ban desnudas. Daban palmadas, se tomaban de las ma­nos y ora cantaban en un tono suave, ora en un tono frenético. Nadie sabía quién estaba dictando aquel rit­mo, si eran los botellones, si eran las palmadas, si era la música. Todos parecían conscientes de lo que estaba sucediendo, pero si alguien se hubiera atrevido a in­tentar salir del ritmo en aquel momento, no lo habría logrado. Uno de los mayores problemas de la Maestra, a aquella altura del ritual, era no dejar que las personas percibieran que estaban en trance. Tenían que tener la impresión de controlarse a sí mismas, aun cuando no se controlasen. Wicca no estaba violentando la única Ley que la Tradición castigaba con excepcional severi­dad: interferir en la voluntad de los otros.

Porque todos los que estaban allí sabían que estaban en un Sabbat de hechiceras, y para las hechiceras, la vida es comunión con el Universo.

Más tarde, cuando esta noche fuese apenas un recuer­do, ninguna de aquellas personas comentaría lo que vio. No había ninguna prohibición al respecto, pero quien estaba allí sentía la presencia de una fuerza po­derosa, una fuerza misteriosa y sagrada, intensa e im­placable, que ningún ser humano osaría desafiar.

 

-¡Girad! -dijo la única mujer vestida con un traje negro que llegaba hasta sus pies. Todas las otras, desnu­das, danzaban, daban palmas y ahora giraban sobre sí mismas.

Un hombre colocó al lado de Wicca una pila de vesti­dos. Tres de ellos serían utilizados por primera vez, dos de los cuales presentaban grandes semejanzas de esti­lo. Eran personas con el mismo Don, el Don se mate­rializaba en la manera de soñar la ropa.

Ya no necesitaba dar palmas, las personas continua­ban actuando como si ella aún dirigiese el ritmo.

Se arrodilló, colocó los dos pulgares sobre su cabeza y comenzó a trabajar el Poder.

El Poder de la Tradición de la Luna, la Sabiduría del Tiempo, estaba allí. Era un poder peligrosísimo, que las hechiceras sólo conseguían invocar una vez que se convertían en Maestras. Wicca sabía cómo manejarlo, pero, aun así, pidió protección a su Maestro.

En aquel poder habitaba la Sabiduría del Tiempo. Allí estaba la Serpiente, sabia y dominadora. Sólo la Virgen, manteniendo a la serpiente bajo su talón, podía sub­yugarla. Así, Wicca rezó también a la Virgen María, pi­diéndole la pureza de alma, la firmeza de la mano y la protección de su manto para que pudiese bajar aquel Poder hasta las mujeres que estaban frente a ella, sin que éste sedujese o dominase a ninguna de ellas.

Con el rostro dirigido hacia el cielo, la voz firme y segura, recitó las palabras del apóstol San Pablo:

Si alguien destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá.

 

Pues el templo de Dios es santo, y este templo sois vos. Nadie se ilusione: si alguno, entre vosotros, juzga ser sabio a los ojos de este mundo, vuélvase loco para ser sabio pues la sabiduría de este mundo es locura ante Dios.

En efecto, está escrito: "El atrapa a los sabios en su propia astucia ".

Por consiguiente, que nadie busque en los hombres motivos de orgullo pues todo pertenece a vos.

 

Con algunos movimientos de mano, Wicca disminuyó el ritmo de las palmadas. Los botellones sonaron más lentamente y las mujeres comenzaron a girar a veloci­dad cada vez menor. Wicca mantenía al Poder bajo con­trol y toda la orquesta tenía que funcionar bien, desde la más estridente trompa hasta el violín más suave. Para ello, necesitaba la ayuda del Poder, sin, no obstante, entregarse a él.

Palmeó y emitió los sonidos necesarios. Lentamente las personas pararon de tocar y de bailar. Las hechiceras se aproximaron a Wicca y tomaron sus vestidos, sólo tres mujeres permanecieron desnudas. En aquel momento, se completaba una hora y veintiocho minutos de sonido continuo, y el estado de conciencia de todos los presen­tes estaba alterado, sin que ninguno de ellos, excepto las tres mujeres desnudas, hubiese perdido la noción de dónde estaban y de lo que estaban haciendo.

Las tres mujeres desnudas, sin embargo, se encontra­ban completamente en trance. Wicca extendió su daga ritual hacia adelante y dirigió toda la energía concen­trada hacia ellas.

Sus Dones se presentarían en pocos instantes. Ésta era la forma de servir al mundo, después de atravesar largos y tortuosos caminos, llegar hasta allí. El mundo las había probado de todas las maneras posibles; eran dignas de lo que habían conquistado. En la vida diaria continuarían con sus debilidades, con sus resentimien­tos, con sus pequeñas bondades y pequeñas cruelda­des. Continuarían con la agonía y el éxtasis, como todo el mundo que participa en un mundo todavía en trans­formación. Pero en su debido momento aprenderían que cada ser humano tiene, dentro de sí, algo mucho más importante que él mismo: su Don. Pues en las ma­nos de cada persona Dios colocó un Don, el instrumen­to que Él usaba para manifestarse al mundo y ayudar a la Humanidad. Dios había escogido al propio ser hu­mano como Su brazo en la Tierra.

Algunos entendían su Don por la Tradición del Sol, otros por la Tradición de la Luna. Pero todos termina­ban aprendiendo, aunque tuvieran que pasar algunas encarnaciones intentándolo.

 

 

Wicca se situó ante una gran piedra, colocada allí por sacerdotes celtas. Las hechiceras, con sus ropas negras, formaron un semicírculo a su alrededor.

Miró a las tres mujeres desnudas. Tenían los ojos bri­llantes.

Venid aquí.

Las mujeres se aproximaron hasta el centro del semicírcu­lo. Wicca entonces les pidió que se acostaran con la frente tocando el suelo y los brazos abiertos en forma de cruz.

El Mago vio a Brida tumbándose en el suelo. Intentó fijarse solamente en su aura, pero era un hombre, y un hombre mira el cuerpo de una mujer.

No quería recordar. No quería saber si estaba sufrien­do o no. Tenía conciencia de apenas una cosa, que la misión de su Otra Parte ante él estaba cumplida.

"Lástima haber estado tan poco con ella." Pero no podía pensar así. En algún lugar del Tiempo compar­tieron el mismo cuerpo, sufrieron los mismos dolores y fueron felices con las mismas alegrías. Estuvieron jun­tos en la misma persona, quién sabe si caminando por un bosque semejante a éste, mirando una noche don­de las mismas estrellas brillaban en el cielo. Se rió de su Maestro, que le había hecho pasar tanto tiempo en el bosque, solamente para que pudiera entender su en­cuentro con la Otra Parte.

Así era la Tradición del Sol, obligando a cada uno a aprender aquello que precisaba y no sólo aquello que quería. Su corazón de hombre iba a llorar mucho tiem­po, pero su corazón de Mago exultaba de alegría y agra­decía al bosque.

 

 

Wicca miró a las tres mujeres echadas a sus pies y dio gracias a Dios por poder continuar el mismo trabajo por tantas vidas; la Tradición de la Luna era inagotable. El claro del bosque había sido consagrado por sacerdo­tes celtas en un tiempo ya olvidado, y de sus rituales había sobrado poca cosa como, por ejemplo, la piedra que estaba ahora a sus espaldas. Era una piedra inmen­sa, imposible de ser transportada por manos humanas, pero los Antiguos sabían cómo moverla a través de la magia. Construyeron pirámides, observatorios celestes, ciudades en montañas de América del Sur, utilizando apenas las fuerzas que la Tradición de la Luna conocía. Tal conocimiento ya no era necesario al hombre y fue apagado en el Tiempo para que no se volviese destruc­tor. Aun así, a Wicca le hubiera gustado saber, sólo por curiosidad, cómo habían hecho aquello.

Algunos espíritus celtas estaban presentes y ella los saludó. Eran Maestros, que no se reencarnaban más y que formaban parte del gobierno secreto de la Tierra; sin ellos, sin la fuerza de su sabiduría, el planeta ya esta­ría desgobernado hace mucho tiempo. Los Maestros celtas flotaban en el aire, encima de los árboles que quedaban a la izquierda del claro, con el cuerpo astral envuelto en una intensa luz blanca. A través de los si­glos ellos iban allí todos los Equinoccios, para saber si la Tradición aún se mantenía. Sí, decía Wicca, con cier­to orgullo, los Equinoccios continuaban siendo cele­brados incluso después de que toda la cultura celta fue­ra borrada de la historia oficial del mundo. Porque nadie consigue apagar la Tradición de la Luna, excep­to la Mano de Dios.

Permaneció algún tiempo prestando atención a los sacerdotes. ¿Qué pensarían ellos de los hombres de hoy? ¿Sentirían nostalgia del tiempo en que frecuentaban aquel lugar, cuando el contacto con Dios parecía más simple y más directo? Wicca creía que no y su instinto lo confirmaba. Eran los sentimientos humanos los que construían el jardín de Dios y para esto era necesario que vi- viesen mucho, en muchas épocas, en muchas cos­tumbres diferentes. Al igual que el resto del Universo, también el hombre seguía su camino de evolución, y cada día estaba mejor que el día anterior; aun cuando olvidara las lecciones de la víspera, aun cuando no apro­vechase aquello que aprendió, aunque protestase, di­ciendo que la vida era injusta.

Porque el Reino de los Cielos es semejante a luna se­milla que un hombre planta en el campo; él se duerme y se despierta, de día y de noche, y la simiente crece sin que él sepa cómo. Estas lecciones quedaban grabadas en el Alma del Mundo y beneficiaban a toda la Huma­nidad. Lo importante era que continuasen existiendo personas como las que estaban allí aquella noche, per­sonas que no tenían miedo de la Noche Oscura del Alma, como decía el viejo y sabio san Juan de la Cruz. Cada paso, cada acto de fe, rescataba de nuevo a toda la raza humana. Mientras hubiese personas que supiesen que toda la sabiduría del hombre era locura ante Dios, el mundo continuaría su camino de luz.

244

Se sintió orgullosa de sus discípulas y de sus discípulos, capaces de sacrificar la comodidad de un mundo ya ex­plicado por el desafío de descubrir un mundo nuevo.

Volvió a mirar a las tres mujeres desnudas, echadas en el suelo con los brazos abiertos y procuró vestirlas nue­vamente con el color del aura que emanaban. Ellas aho­ra caminaban por el Tiempo y se encontraban con mu­chas Otras Partes perdidas. Aquellas tres mujeres iban a sumergirse, a partir de esta noche, en la misión que las esperaba desde que nacieron. Una de ellas debía tener más de sesenta años; la edad no tenía la menor importancia. Lo importante era que finalmente esta­ban ante el destino que pacientemente las aguardaba, y a partir de aquella noche iban a utilizar los Dones para evitar que plantas importantes del jardín de Dios fuesen destruidas. Cada una de aquellas personas llegó hasta allí por motivos diferentes; una desilusión amo­rosa, el cansancio de la rutina, la búsqueda del Poder. Habían enfrentado el miedo, la pereza y las muchas decepciones de quien sigue el camino de la magia. Pero el hecho es que llegaron exactamente donde tenían que llegar, porque la Mano de Dios siempre guía a aquel que sigue su camino con fe.

"La Tradición de la Luna es fascinante, con sus Maes­tros y sus rituales. Pero existe otra Tradición", pensó el Mago, con los ojos fijos en Brida, y con una cierta envi­dia de Wicca, que iba a estar cerca de ella durante mucho tiempo. Mucho más difícil, porque era más sen­cillo y las cosas sencillas siempre parecen demasiado complicadas. Sus Maestros estaban en el mundo y no siempre sabían la grandeza de aquello que enseñaban, porque enseñaban por un impulso que generalmente parecía absurdo. Eran carpinteros, poetas, matemáti­cos, gente de todas las profesiones y hábitos, que vivían en todos los lugares del planeta. Gente que en algún instante sintió necesidad de hablar con alguien, de ex­plicar un sentimiento que no comprendía bien, pero que era imposible guardar para sí mismo, y ésta era la manera que la Tradición del Sol utilizaba para que su sabiduría no se perdiese. El impulso de la Creación.

Dondequiera que el hombre pusiese sus pies, había siempre un vestigio de la Tradición del Sol. A veces una escultura, a veces una mesa, otras los fragmentos de un poema transmitido de generación en generación por un pueblo determinado. Las personas a través de las cuales la Tradición del Sol hablaba eran personas igua­les a todas las otras, y que cierta mañana -o cierta tarde- miraron el mundo y comprendieron la presen­cia de algo superior. Se habían zambullido sin querer en un mar desconocido y la mayor parte de las veces rehusaban volver allí de nuevo. Todas las personas vivas poseían, por lo menos una vez en cada encarnación, el secreto del Universo.

Se zambullían sin querer en la Noche Oscura. La pena es que casi siempre les faltaba confianza en sí mismas y no querían volver. Y el Sagrado Corazón, que alimenta­ba al mundo con su amor, su paz y su entrega comple­ta se veía otra vez rodeado de espinas.

Wicca se sentía agradecida por ser una Maestra de la Tradición de la Luna. Todas las personas que se acerca­ban a ella querían aprender, mientras que, en la Tradi­ción del Sol, la mayor parte siempre quería huir de lo que la vida les estaba enseñando.

"Esto ya no tiene importancia", pensó Wicca. Porque el tiempo de los milagros estaba retornando una vez más y nadie podía quedar ajeno a los cambios que el mundo empezaba a experimentar a partir de ahora. En pocos años la fuerza de la Tradición del Sol iba a mani­festarse con toda su luz. Todas las personas que no si­guiesen su camino empezarían a sentirse insatisfechas consigo mismas, serían forzadas a escoger.

O aceptar una existencia rodeada de desilusión y dolor, o entender que todo el mundo nació para ser feliz. Después de realizada la elección, no habría más posibilidad de cambiar; y la gran lucha, la fibad, sería trabada.

 

Con un movimiento perfecto de mano, Wicca trazó un círculo en el aire usando la daga. Dentro del círculo invisible dibujó la estrella de cinco puntas que los bru­jos llaman Pentagrama. El Pentagrama era el símbolo de los elementos que actuaban en el hombre y, a través de él, las mujeres tumbadas en el suelo entrarían ahora en contacto con el mundo de la luz.

-Cerrad los ojos -dijo Wicca. Las tres mujeres obedecieron.

Wicca hizo los pasos rituales con la daga, en la cabeza de cada una de ellas.

Ahora abrid los ojos de vuestras almas.

 

Brida los abrió. Estaba en un desierto y el lugar le pare­cía muy familiar.

Se acordó que ya había estado allí antes. Con el Mago.

Lo buscó con los ojos, pero no conseguía encontrar­lo. Sin embargo, no tenía miedo; se sentía tranquila y feliz. Sabía quién era, la ciudad donde vivía, sabía que en otro lugar del tiempo estaba teniendo lugar una fiesta. Pero nada de eso tenía importancia, porque el paisaje que se le ofrecía era todavía más bonito: las arenas, montañas al fondo y una enorme piedra de­lante de ella.

--Bienvenida --dijo una voz.

A su lado estaba un señor, con ropas parecidas a las que vestían sus abuelos.

-Soy el Maestro de Wicca. Cuando tú llegues a ser Maestra, tus discípulas vendrán a encontrar a Wicca aquí. Y así en lo sucesivo, hasta que el Alma del Mundo consiga manifestarse.

-Estoy en un ritual de brujas -dijo Brida-. En un Sabbat.

El Maestro rió.

-Has enfrentado tu Camino. Pocas personas tienen el valor de hacerlo. Prefieren seguir un camino que no .es el de ellas.

 

"Todas poseen su Don y no lo quieren ver. Tú lo acep­taste, tu encuentro con el Don es tu encuentro con el Mundo."

-¿Por qué necesito esto?

-Para construir el jardín de Dios.

-Tengo una vida por delante -dijo Brida-. Quie­ro vivirla como todas las personas la viven. Quiero po­der equivocarme. Quiero poder ser egoísta. Tener fa­llas, ¿me entiende?

El Maestro sonrió. De su mano derecha surgió un manto azul.

-No existe otra forma de estar cerca de las personas sino ser una de ellas.

El escenario a su regreso cambió. Ya no estaba en el desierto, sino en una especie de líquido, donde varias cosas extrañas nadaban.

-Así es la vida -dijo el Maestro-. Equivocarse. Las células se reproducían exactamente igual durante mi­llones de años hasta que una de ellas erraba. Y, a causa de esto, algo era capaz de cambiar en aquella repeti­ción inacabable.

Brida miraba, deslumbrada, el mar. No preguntaba cómo era capaz de respirar allí dentro. Todo lo que con­seguía oír era la voz del Maestro, todo lo que conseguía recordar era un viaje muy parecido, que había comen­zado en un campo de trigo.

-Fue el error lo que colocó al mudo en marcha-dijo el Maestro-. jamás tenga miedo de errar.

-Pero Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso. -Y volverán un día. Conociendo el milagro de los cielos y de los mundos. Dios sabía lo que estaba hacien­do cuando llamó la atención de ambos hacia el árbol del Bien y del Mal.

Si no hubiera querido que los dos comiesen, no ha­bría dicho nada.

-Entonces, ¿por qué lo dijo?

-Para colocar al Universo en movimiento.

El escenario cambió otra vez al desierto con la pie­dra. Era por la mañana y una luz rosada comenzaba a inundar el horizonte. El Maestro se aproximó a ella con el manto.

-Yo te consagro en este momento. Tu Don es el ins­trumento de Dios. Que consigas ser una buena herramienta.

 

Wicca levantó con las dos manos el vestido de la más joven de las tres mujeres. Hizo un ofrecimiento simbó­lico a los sacerdotes celtas que asistían a todo, flotando con sus cuerpos astrales sobre los árboles. Después se volvió hacia la joven.

-Levántate -dijo.

Brida se levantó. En su cuerpo desnudo danzaban las sombras de la hoguera. Algún día, otro cuerpo había sido consumido por estas mismas llamas. Pero ese tiem­po había terminado.

-Levanta los brazos.

Ella los levantó. Wicca la vistió.

-Estaba desnuda -le dijo al Maestro, cuando él ter­minó de colocarle el manto azul-. Y no tenía vergüenza. -Si no fuese por la vergüenza, Dios no habría descu­bierto que Adán y Eva comieron la manzana.

El Maestro miraba el nacimiento del sol. Parecía dis­traído pero no lo estaba. Brida lo sabía.

Jamás tengas vergüenza -continuó él-. Acepta lo que la vida te ofrece y procura beber de las copas que tienes delante. Todos los vinos deben ser bebidos; algunos, apenas un trago; otros, la botella entera. -¿Cómo puedo distinguir esto?

-Por el sabor. Sólo conoce el vino bueno quien pro­bó el vino amargo.

 

 

Wicca giró a Brida y la colocó de cara a la hoguera, mientras pasaba a la Iniciada siguiente. El fuego capta­ba la energía de su Don, para que pudiese manifestarse definitivamente en ella. En aquel momento, Brida de­bía estar asistiendo al nacimiento de un sol. Un sol que pasaría a iluminar el resto de su vida.

Ahora tienes que irte -dijo el Maestro, en cuanto el sol terminó de nacer.

-No tengo miedo de mi Don -respondió Brida-. Sé hacia dónde voy, sé lo que tengo que hacer. Sé que alguien me ayudó. Ya estuve aquí antes. Había perso­nas que danzaban y un templo secreto de la Tradición de la Luna.

El Maestro no dijo nada. Se giró hacia ella e hizo una señal con la mano derecha.

-Has sido aceptada. Que tu camino sea de Paz, en los momentos de Paz. Y de Combate, en los momentos de Combate. Jamás confundas un momento con otro.

La figura del Maestro comenzó a disolverse junto con el desierto y con la piedra. Quedó apenas el sol, pero el sol comenzó a confundirse con el propio cielo. Poco a poco el cielo se oscureció y el sol se parecía mucho a las llamas de una hoguera.

 

Había regresado. Se acordaba de todo: los ruidos, las palmas, la danza, el trance. Se acordaba de haberse quitado la ropa delante de todas aquellas personas y ahora sentía una cierta turbación. Procuró dominar la vergüenza, el miedo, la ansiedad; ellos la acompaña­rían siempre y tenía que acostumbrarse.

Wicca pidió que las tres iniciadas se colocaran jus­to en el centro del semicírculo formado por las mu­jeres. Las hechiceras se dieron las manos y cerraron la rueda.

Cantaron músicas que nadie más osó acompañar; el sonido fluía de labios casi cerrados, creando una vibra­ción extraña, que se tornaba cada vez más aguda, hasta parecer el grito de un pájaro loco. En el futuro también ella sabría cómo pronunciar estos sonidos. Aprendería muchas más cosas, hasta llegar a ser también una Maes­tra. Entonces, otras mujeres y hombres serían iniciados por ella en la Tradición de la Luna.

Todo esto, no obstante, llegaría a su debido tiempo. Tenía todo el tiempo del mundo, ahora que había reencontrado su destino, tenía a alguien para ayudarla. La Eternidad era suya.

Todas las personas aparecían con colores extraños a su alrededor y Brida quedó un poco desorientada. Pre­fería el mundo como era antes.

Las hechiceras terminaron de cantar.

-La iniciación de la Luna está hecha y consumada -dijo Wicca-. El mundo ahora es el campo y vosotras cuidaréis de que la cosecha sea fértil.

-Tengo una sensación extraña -dijo una de las Ini­ciadas-. No consigo ver bien.

Vosotras estáis viendo el campo de energía que rodea a las personas, el aura, como nosotras la llamamos. Éste es el primer paso en el mundo de los Grandes Miste­rios. Esta sensación pasará dentro de poco y más tarde ya os enseñaré cómo despertarla de nuevo.

Con un gesto rápido y ágil, tiró su daga ritual al sue­lo. La daga se clavó en la tierra, el extremo aún balan­ceándose por la fuerza del impacto.

-La ceremonia ha terminado -dijo.

 

 

Brida se dirigió hacia Lorens. Los ojos de él brillaban y ella sentía todo su orgullo y su amor. Podían crecer jun­tos, crear juntos una nueva forma de vida, descubrir todo el Universo que se ofrecía ante ellos, esperando a personas con un poco de valentía.

Pero había otro hombre. Mientras conversaba con el Maestro, había hecho su elección. Porque este otro hombre sabría cómo tomar su mano en momentos difíciles y conducirla con experiencia y amor a tra­vés de la Noche Oscura de la Fe. Aprendería a amar­lo y su amor sería tan grande como su respeto hacia él. Ambos caminaban por la misma senda del cono­cimiento, gracias a él había llegado hasta allí. Con él terminaría por aprender, un día, la Tradición del Sol.

Ahora sabía que era una bruja. Había aprendido du­rante muchos siglos el arte de la hechicería y estaba de vuelta en su lugar. La sabiduría era, a partir de esta no­che, lo más importante de su vida.

-Podemos irnos -le dijo a Lorens, en cuanto se acercó. Él miraba con admiración a la mujer vestida de negro que tenía delante; Brida, no obstante, sabía que el Mago la estaba viendo vestida de azul.

Extendió la mochila con sus otras ropas.

Ve tú delante, a ver si encuentras a alguien que nos lleve. Tengo que hablar con una persona.

 

Lorens tomó la mochila. Pero tan solo dio algunos pasos en dirección al camino que cruzaba el bosque. El ritual había terminado y estaban otra vez en el mundo de los hombres, con sus amores, sus celos y sus guerras de conquista.

El miedo también había vuelto. Brida estaba rara. -No sé si existe Dios -dijo a los árboles que lo ro­deaban-. Y no puedo pensar en eso ahora, porque también enfrento el misterio.

Sintió que hablaba de una manera diferente, con una seguridad extraña, que nunca había creído poseer. Pero, en aquel momento, creyó que los árboles lo estaban escuchando.

"Quizá las personas de aquí no me entiendan, quizá desprecien mis esfuerzos, pero sé que tengo tanto valor como ellas porque busco a Dios sin creer en Él."

"Si Él existe, El es el Dios de los Valientes."

Lorens notó que sus manos temblaban un poco. La noche había pasado sin que pudiese comprender nada. Percibía que había entrado en un trance y esto era todo. Pero el temblor de sus manos no era debido a esta inmersión en la Noche Oscura, a la que Brida acos­tumbraba referirse.

Miró hacia el cielo, aún repleto de nubes bajas. Dios era el Dios de los Valientes. Y sabría entenderlo, por­que son valientes aquellos que toman decisiones con miedo. Que son atormentados por el demonio a cada paso del camino, que se angustian con todo lo que ha­cen, preguntando si están equivocados o no.

Y aun así, actúan. Actúan porque también creen en milagros como las hechiceras que bailaban, aquella noche, en torno a la hoguera.

 

Dios podía estar intentando volver a él a través de aquella mujer, que ahora se alejaba en dirección a otro hombre. Si ella se fuese, tal vez El se alejaría para siem­pre. Ella era su oportunidad, porque sabía que la mejor manera de sumergirse en Dios era por medio del amor. No quería perder la oportunidad de recuperarlo.

Respiró hondo, sintiendo el aire puro y frío del bos­que y se hizo a sí mismo una promesa sagrada.

Dios era el Dios de los valientes.

Brida caminó en dirección al Mago. Los dos se encon­traron cerca de la hoguera. Las palabras eran difíciles. Fue ella quien rompió el silencio.

-Llevamos el mismo camino. Él asintió con la cabeza. -Entonces vamos a seguirlo juntos. -Pero tú no me amas -dijo el Mago.

-Sí te amo. Aún no conozco mi amor por ti, pero te amo. Tú eres mi Otra Parte.

La mirada del Mago, sin embargo, estaba distante. Se acordaba de la Tradición del Sol y una de las más importantes lecciones de la Tradición del Sol era el Amor. El Amor era el único puente entre lo invisible y lo visible que todas las personas conocían. Era el único lenguaje eficiente para traducir las lecciones que el Universo enseñaba todos los días a los seres humanos. -No me voy -dijo ella-. Me quedo contigo. -Tu enamorado te está esperando -respondió el Mago-. Yo bendeciré vuestro amor.

Brida lo miró sin entender.

-Nadie puede poseer una salida de sol como aquella que vimos una tarde -continuó-. Así como nadie pue­de poseer una tarde con lluvia golpeando las ventanas, o la serenidad que un niño durmiendo derrama alrede­dor, o el momento mágico de las olas rompiendo en las rocas. Nadie puede poseer lo más bello que existe en la Tierra, pero podemos conocer y amar. A través de estos momentos, Dios se muestra a los hombres.

No somos dueños del sol, ni de la tarde, ni de las olas, ni siquiera de la visión de Dios, porque no pode­mos poseernos a nosotros mismos.

El Mago extendió la mano hacia Brida y le entregó una flor.

-Cuando nos conocimos, y parece que yo siempre te conocí, porque no consigo recordar cómo era el mundo antes, te mostré la Noche Oscura. Quería ver cómo enfrentabas tus propios límites. Ya sabía que es­taba delante de mi Otra Parte, y esta Otra Parte iba a enseñarme todo lo que yo necesitaba aprender, éste fue el motivo por el que Dios dividió al hombre y a la mujer.

Brida tocaba la flor. Era la primera flor que veía en muchos meses. La primavera había llegado.

-Las personas dan flores de regalo porque en las flores está el verdadero sentido del Amor. Quien inten­te poseer una flor, verá marchitarse su belleza. Pero quien se limite a mirar una flor en un campo, perma­necerá para siempre con ella. Porque ella combina con la tarde, con la puesta de sol, con el olor de tierra moja­da y con las nubes en el horizonte.

Brida miraba la flor. El Mago volvió a tomarla y la devolvió al bosque.

Los ojos de Brida se llenaron de lágrimas. Estaba or­gullosa de su Otra Parte.

-El bosque me enseñó esto: que tú nunca serás mía y por eso te tendré para siempre. Tú fuiste la esperanza de mis días de soledad, la angustia de mis momentos de duda, la certeza de mis instantes de fe.

"Porque sabía que mi Otra Parte iba a llegar un día, me dediqué a aprender la Tradición del Sol. Sólo por tener la certeza de tu existencia, es por lo que continué existiendo."

Brida no conseguía reprimir las lágrimas. -Entonces tú llegaste y entendí todo esto. Llegas­te para liberarme de la esclavitud que yo mismo me había creado, para decirme que estaba libre, que podía volver al mundo y a las cosas del mundo. Yo entendí todo lo que necesitaba saber y te amo más que a todas las mujeres que conocí en mi vida, más de lo que amé a la mujer que me desvió, sin querer, ha­cia el bosque. Me acordaré siempre de que el amor es la libertad. Ésta fue la lección que tardé tantos años en aprender.

Esta fue la lección que me exilió, y que ahora me libera.

Las llamas crepitaban en la hoguera y los pocos invi­tados que quedaban comenzaban a despedirse. Pero Brida no escuchaba nada de lo que estaba pasando. -¡Brida! -oyó una voz distante.

-El te está mirando, muchacha -dijo el Mago. Era la frase de una vieja película que había visto. Se sentía alegre, porque había girado otra página importante de la Tradición del Sol. Sintió la presencia de su Maestro, él había escogido también esta noche para su nueva Iniciación.

 

-Me acordaré toda la vida de ti y tú de mí. Así como nos acordaremos del atardecer, de las ventanas con llu­via, de las cosas que tendremos siempre porque no po­demos poseerlas.

-¡Brida! volvió a llamar Lorens.

Ve en paz -dijo el Mago- y seca esas lágrimas. O di que se deben a las cenizas de la hoguera.

No me olvides nunca.

Sabía que no necesitaba decir aquello. Pero, de to­das formas, lo dijo.

 

 

Wicca reparó en que tres personas habían olvidado sus botellones vacíos. Tenía que telefonearles y pedir que vinieran a buscarlos.

-Dentro de poco se apagará el fuego -dijo.

Él continuó en silencio. Aún había llamas en la ho­guera y tenía los ojos fijos en ellas.

-No me arrepiento de haber estado un día enamo­rada de ti -continuó Wicca.

-Ni yo -respondió el Mago.

Ella tuvo unas ganas tremendas de hablar sobre la muchacha. Pero permaneció callada. Los ojos del hombre que tenía a su lado inspiraban respeto y sa­biduría.

-Qué lástima que yo no sea tu Otra Parte -ella retomó el tema-. Habríamos sido una gran pareja. Pero el Mago no escuchaba lo que Wicca estaba di­ciendo. Había un mundo inmenso delante de él y mu­chas cosas por hacer. Era necesario ayudar a construir el jardín de Dios, era necesario enseñar a las personas a aprender por sí mismas. Iba a encontrar a otras muje­res, enamorarse y vivir intensamente esta encarnación. Aquella noche completaba una etapa en su existencia y una nueva Noche Oscura se extendía ante él. Pero iba a ser una fase más divertida, más alegre y más cer­cana a todo aquello que había soñado. Lo sabía gra­cias a las flores, a los bosques, a las chicas que llegan un día dirigidas por la mano de Dios, sin saber que están allí para conseguir que se cumpla el destino. Lo sabía gracias a la Tradición de la Luna y a la Tradición del Sol.

 

 

 

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