© Libro No.510. Babilonia. Champdor, Albert. Colección E.O. Noviembre 2 de
2013.
Título original: © Babylon.
Introducción: Elsa Coult
Traducción del inglés: Dr. Jaime Elías
Nota preliminar: Dr. J. M. Millas Vallicrosa Director de la
colección: Virgilio Ortega
© Aymá, S.A. Editora (1963) © Por la presente edición,
Ediciones Orbis, S.A. Apartado de Correos 35432, Barcelona
ISBN: 84-7634-395-7
D.L.B-37992-1985
Impreso y encuadernado por
Printer, industria gráfica s.a. Provenza, 388 08025
Barcelona
Sant Vicenç dels Horts (1985)
Printed in
Spain
Versión Original: © Babilona. Albert
Champdor
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Albert Champdor
Babilonia
Título original: Babylon
Introducción: Elsa Coult
Traducción del inglés: Dr. Jaime Elias
Nota preliminar: Dr. J. M. Millas Vallicrosa Director de la colección:
Virgilio Ortega
© Aymá, S.A. Editora (1963) © Por la presente edición, Ediciones Orbis,
S.A. Apartado de Correos 35432, Barcelona
ISBN:
84-7634-395-7
D.L.B-37992-1985
Impreso
y encuadernado por
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industria gráfica s.a. Provenza, 388
08025 Barcelona
Sant
Vicenç dels Horts (1985)
Printed in Spain
Albert Champdor Babilonia
ÍNDICE
GENERAL
NOTA PRELIMINAR
Con
esta obra de Albert Champdor, que lleva el siempre sugestivo título de BABILONIA, ha venido a incrementarse con un nuevo estudio la
inmensa bibliografía sobre historia y cultura del antiguo mundo mesopotámico.
Es todo un mundo vuelto a la luz, en nuestros tiempos modernos, gracias a la
piqueta del arqueólogo, a la ciencia lingüística del filólogo, a la erudición
del historiador, para venir a formar un complejo orgánico y sistemático de
conocimientos, lo que en términos generales se ha venido a llamar "asiriología".
Y en la actualidad hay cátedras de Asiriología en la mayor parte de las
Universidades occidentales y frecuentemente se envían misiones científicas con
equipos de especialistas, encargados de excavar los emplazamientos de viejas
ciudades del antiguo mundo babilónico; aquellos tells que de vez en cuando
aparecen en la desolada amplitud del horizonte, atesorando, bajo la capa de sus
arcillas, antiguas estatuas súmenos, fustes y capiteles, y millares de
tablillas escritas en caracteres cuneiformes o bien gran número de cilindros
que presentan, estilizadas en relieve, escenas de los antiguos mitos religiosos
y mágicos. Todo ello da pie a la publicación de monografías y artículos
eruditos por los especialistas.
Pero
la obra de Albert Champdor ha sido redactada no con designio de especialista frío y erudito, sino con signo de síntesis viva y orgánica, en la cual se
aprovechan todos los datos de los especialistas para refundirlos y expresarlos
en un estilo claro, lúcido y lograr así la fácil comprensión de un mundo antiguo del que nos
separan no sólo varios siglos sino algunos milenios. O sea, que el principal
mérito de la obra de Albert Champdor es su didacticismo, por cuanto ahorra al
lector el conocimiento de una serie de estudios monográficos y especializados y
ofrece la esencia de tales trabajos de un modo fácilmente asequible y ameno.
En
verdad, el nombre de Babilonia expresa y polariza gran parte de la historia de
ese mundo antiguo que se agitó a lo largo
de los dos grandes ríos Eufrates y Tigris, sobre todo en el curso bajo de los
mismos, entre las inmensidades esteparias del desierto sirio-arábigo, al oeste,
y las primeras estribaciones de los montes Zagros que ascienden hacia las
altiplanicies del irán.
En
esta área de la Mesopotamia es donde la humanidad
alcanzó más pronto las cotas de una vida sedentaria y civilizada. Gracias, a la
construcción de una red de canales se pudo transformar en regadíos gran parte
de las tierras arrebatadas al desierto, y además, más allá del estuario de los
dos grandes ríos Tigris y Eufrates, se podía mantener un activo comercio con
las regiones del Golfo Pérsico y aun llegar a las costas occidentales de la
India.
Con
todo, no fue sólo la ciudad
de Babilonia la que floreció en las tierras de Mesopotamia, ya que algo hacia
el sur y más antiguas que ella misma, existieron Ur, Kish, Eridu, Uruk, o sea,
la Erek de la Biblia. Pero lo importante es que Babilonia mantuvo su hegemonía
por mucho más tiempo y ha venido a compendiar la historia de toda la
Mesopotamia. Hasta que, gracias a los descubrimientos de Botta y Layará en
Nínive, pudo iniciarse la Asiriología, poco sabíamos de Babel o Babilonia,
aparte los datos que nos suministraba la Biblia. Pero hoy, la Asiriología es
una gran fuente de información para una más adecuada
comprensión de los datos bíblicos.
Y los cotejos son siempre valiosos, tanto que un orientalista alemán, Fr.
Delitzsch, pudo escribir, hace ya algunos años, la obra Bibel und Babel, en la
cual se acentuaban estos cotejos y paralelismos. Incluso se llegó a una exacerbación
de tales relaciones, al querer explicar todos los problemas que sugiere la
Biblia por una solución o fórmula babilónica, lo que vino a llamarse luego el
panbabilonismo, teoría hoy ya superada.
Pero
lo que no podemos olvidar al tratar de las relaciones entre la Biblia y
Babilonia o Babel es que buena parte de los relatos del Génesis: el paraíso terrenal, surcado por los cuatro ríos, el Diluvio
universal, la torre de Babel, encuentran sus afinidades en la literatura
sumeria y accadia de Babilonia. El patriarca Noé, que se salvó del Diluvio,
encuentra en el héroe sumerio Utu-Napistin, un cierto paralelismo de líneas.
Claro está que en el mundo bíblico todo queda proyectado dentro de un
monoteísmo que se diferencia radicalmente del mundo naturalista mesopotámico.
Pensemos,
además, que Abraham y su familia, bajo la intimación de
Jehová, partió de Ur, al sur de Babilonia, siguiendo la ruta a lo largo del
Eufrates, hasta llegar al pie de los montes de Armenia, en Harrán, en donde la
familia o clan de Abraham se dividió; parte se quedó allí, en la alta Siria,
tierra rica en pastos, mientras que Abraham, con el resto de su gente, fiel al
mandato del Señor, continuó su viaje para ir a establecerse en los oteros de
Canaán, tierra que el Señor había prometido en propiedad a su descendencia.
Pues
bien, esta relación de
procedencia de la familia de Abraham nos puede explicar buena parte de aquellas
afinidades entre algunos relatos genesíacos y otros de la vieja religión
mesopotámica. Abraham representaría él elemento accadio, semita, que, partiendo
de los aledaños del desierto sirio-arábigo, se beneficio
de la vieja solera sumérica, y con
esa refundición se dio paso a la cultura babilónica. Pero Abraham, aunque
procedía de ese ambiente, emigró de la ciudad de Ur para encaminarse hacia la
alta Siria, hacia Harrán y luego hacia Canaán. Así es que, junto con aquellas
viejas relaciones, hemos de subrayar esa ruptura, que confiere una personalidad
especial a los Patriarcas y a su mundo bíblico. Uno de los períodos de la
historia de Babilonia que guarda notables contactos con el mundo de la Biblia
es el reinado de Hammurabi, con quien empieza una edad de oro para Babilonia,
Hammurabi fue el monarca babilonio que destruyó el potente reino de Mari,
situado junto al curso del Eufrates, en Abu Kemal. Se había conjeturado que el
Amrafel bíblico, que tuvo relaciones con Abraham, según el conocido episodio de
la guerra de los cuatro reyes, podía ser el Hammurabi babilonio, pero hoy se ha
abandonado tal identificación. En cambio, no hay duda que se pueden establecer
interesantes puntos de contacto entre el célebre código babilónico de Hammurabi
y algunas prescripciones de la legislación levítica, pero con una tendencia ya
más depurada y espiritual en ésta, respecto del código babilónico.
La época de más frecuentes relaciones entre Babilonia y el mundo bíblico es
la época de las postrimerías del reino de Judá, Así como Samaría fue víctima de
los reyes de Asiria, el pequeño reino de Judá, que sobrevivió poco al de
Samaría, fue, a su vez, víctima del célebre rey de Babilonia, Nabucodonosor.
Babilonia había sido la heredera de Asiria, y los tiempos de Nabucodonosor
fueron de signo verdaderamente imperial. En tiempo de los últimos profetas la
imagen de Babilonia, con todo lo que suponía esta gran potencia, era como una
obsesión para los judíos, si bien en Jerusalén, según nos atestigua Jeremías,
existían dos partidos, el filobabilónico y el filoegipcio. Nabucodonosor dio
fin al reino de Judá, se apoderó de Tiro; pero vendrían también días de abatimiento sobre Babilonia: los persas acabarían con su
pujanza; y finalmente, la gran ciudad, como anunciaran los profetas, sería un
montón de ruinas, y los chacales aullarían junto a la puerta de la diosa
Ishtar. Pero el prestigio de Babilonia no había de terminar, ni el impacto de
su cultura (matemática, astronómica, mágica) dejaría de influir poderosamente
en las culturas posteriores, Herodoto quiso visitar la antigua ciudad y aun en
tiempos cristianos los ecos culturales y el saber de Babilonia no se apagaron
para los autores judíos y árabes.
dr. J. M. millas vallicrosa Catedrático de la Universidad de Barcelona
La
historia de Babilonia ha sido siempre objeto de pintorescas leyendas y
especulaciones, incluso desde los primeros escritos de la humanidad.
Actualmente ha empezado a tomar forma como auténtico documento histórico, ensamblado pieza por pieza durante el último
siglo por las investigaciones arqueológicas. Pero todavía quedan muchas
lagunas. No sabemos prácticamente nada del origen de la ciudad; sólo sabemos
que en los más remotos tiempos se alzaba en ella un templo. Antes del siglo
XVIII a. de J.C. Babilonia era, al parecer, un lugar sin ninguna importancia;
y, no obstante, en algún momento de dicho siglo, surgió de la oscuridad y se
puso en primer plano, como una ciudad ya madura y perfectamente capaz de tomar
la dirección del mundo. A partir de aquel momento ya nos hallamos mejor
equipados para poder ir siguiendo sus fortunas y sus desventuras, a pesar de
que las pruebas que tenemos son muy incompletas y, en parte, discordantes. Las
excavaciones prosiguen en la hora actual en todo el Iraq y existen aún millares
de documentos por descifrar. La formidable cantidad de material desenterrado,
disperso —en su mayor parte— por los museos del mundo entero, plantea un arduo
problema al historiador y, como consecuencia de todo ello, muchos de los datos
vitales para explicar este período se hallan todavía sujetos a disputa y
controversia. Sin embargo, los descubrimientos efectuados hasta la fecha han
revolucionado las ideas históricas de nuestro tiempo, y de ellos ha surgido un
notable panorama de las proezas humanas realizadas en esa parte del mundo.
El rápido apogeo de Babilonia, saliendo de la nada para encaramarse en la
cumbre de la historia no constituye un hecho único y aislado. Otras ciudades
antes que Babilonia alcanzaron una supremacía absoluta en la historia de
Mesopotamia. Lo que ya resulta mucho más notable es el hecho de que Babilonia
pudiera retener su posición de influencia en el mundo antiguo durante mucho más
tiempo que cualquier otra capital de su época. Sobrevinieron muchas
vicisitudes, una tras otra; la ciudad fue saqueada dos veces y cayó bajo la
dominación extranjera durante largos períodos; incursiones e invasiones se
prosiguieron con intermitencias durante todo el transcurso de su historia, pero
tuvieron que transcurrir, todavía, doce siglos antes de que Babilonia perdiese
su independencia, y aún entonces fueron precisos otros 200 años antes de que su
influencia se desvaneciera, por completo, del mundo mesopotámico.
Evidentemente
no fue por la fuerza de las armas por lo que Babilonia mantuvo su posición culminante, a pesar de que, si no hubiera contado con éxitos
militares, su fama, en un mundo belicoso como lo era aquél, se habría visto
seriamente socavada y su riqueza y poderío habrían quedado reducidos a la nada.
En realidad fue el impacto de su cultura sobre el Asia Occidental lo que le
granjeó el respeto de las demás naciones. La literatura, el arte, la religión,
la jurisprudencia y las empresas científicas, todo en conjunto, expresaban en
Babilonia una notable armonía de intención. Desde el principio, los babilonios
habían demostrado que formaban parte de una comunidad sumamente civilizada y
desarrollada, con enraizadas tradiciones de pensamiento y conducta, inspiradas
y sostenidas por sus creencias religiosas. Su gran dios era el Creador del
Universo, que había ordenado el prevalecimiento del orden y de la equidad; al
hombre sólo le tocaba obedecer. Y, al buscar la manera de establecer el orden y
la equidad, los babilonios se mostraban prácticos y emprendedores. La
ingeniosidad técnica, el espíritu emprendedor y el sentido común aunados
produjeron grandes resultados. Una vigorosa política comercial atrajo el
interés del extranjero y, muy pronto, la escritura y el lenguaje babilonios
fueron utilizados tanto en la correspondencia diplomática como en la comercial
de los países vecinos. La necesaria perfección lingüística
fue probablemente alcanzada gracias a la literatura religiosa, que constituía una rica fuente de instrucción. Así pues, el derecho, la economía, la
ética, la poesía, las matemáticas, la mitología y la magia, disciplinas
conocidas de los sacerdotes y eruditos de Babilonia y archivadas por ellos,
estaban a disposición de cualquier persona que quisiera estudiar su idioma,
permitiéndole que pudiese extender y propagar su sabiduría por el extranjero.
¿Quiénes eran los babilonios y cómo se originaron sus ideas y
tradiciones? ¿Cuáles fueron los factores determinantes de su éxito? Para poder
responder a estas preguntas con alguna certidumbre tendríamos que saber mucho
más de lo que actualmente de ellos sabemos. Las investigaciones modernas han
demostrado que la cultura babilónica floreció en un período relativamente
avanzado de la historia de Mesopotamia. La civilización de Sumer, con la que la
de Babilonia tenía estrechas afinidades, había florecido más de mil años antes.
Y los antecesores de los súmenos se hallaban en colonias establecidas en las
tierras altas, cuya remotísima antigüedad nos es desconocida. Lo más curioso es
que el advenimiento del hombre en esta región y en sus alrededores se distingue
no sólo por su fabulosa antigüedad, sino también por la notabilísima cultura
que se presenta ya de buenas a primeras en un gran número de lugares. El pueblo
que se estableció junto al Tigris y el Eufrates parece que estaba dotado desde
los más remotos tiempos de estupendas facultades creadoras.
Uno de
los inventos más notables que se pueden
atribuir a la civilización mesopotámica es el del arte de la escritura. Al
principio del tercer milenio a. de J.C., el arte de la escritura ya parece
estar firmemente establecido en Sumer, cuyos documentos marcan el comienzo de los
tiempos históricos. Ignoramos cuándo o dónde la escritura fue introducida como
medio sistemático para llevar un mensaje, pero es razonable suponer que se
originaría como respuesta a alguna necesidad urgente. Desde los tiempos más remotos
ya se observa la presencia de marcas en diversos tipos de cerámica y en muchos
instrumentos de hueso; la necesidad de indicar la propiedad de un objeto se
dejaría sentir muy tempranamente, y tan pronto como se empezó con el intercambio de artículos hubo que inventar algún sistema de
etiquetaje o hasta de numeración, pero un verdadero registro de las
transacciones, tal como se encuentra en algunas de las tabletas de arcilla más
antiguas, parece haber sido una idea relativamente tardía. El procedimiento inicial
era sencillísimo : un trozo de caña y un ladrillo de arcilla blanda, que
conservaría las marcas una vez secado al sol. Pero este procedimiento implica
otras cosas; al aprender, no sólo a valorizar la propiedad, sino también a
evaluarla en términos de los otros artículos requeridos, el hombre descubrió la
necesidad de formular un sistema comercial para lograr sus fines. Y podría ser
una buena razón para ello el hecho de que estuviera acantonado a bastante
distancia de los materiales vitales.
En los
bordes de Mesopotamia ya se habían
establecido grandes innovaciones desde hacía mucho tiempo. En el Iraq
septentrional, en Anatolia y hacia el este, en la meseta del Irán Occidental,
desde el quinto milenio a. de J.C. se habían estado desarrollando otras
comunidades civilizadas, que habían llegado a dominar el arte de la metalurgia
y habían inventado la rueda de alfarero, y al mismo tiempo habían resuelto el
problema del transporte por medio de los animales de carga, de los bueyes de
tiro, de los vehículos con ruedas y de las embarcaciones. Algunos de sus
artículos de cerámica se cuentan entre los más bellos que jamás haya producido
el hombre, tal como es, por ejemplo, la cerámica pintada de Tell Halaf, al
norte del Eufrates. Los amuletos y los sellos ya estaban en uso, y los templos
y las casas estaban edificados con ladrillos amoldados, secados al sol, y hasta
en algunos casos los edificios eran de piedra. El origen de estas colonias es
difícil de precisar, pero es evidente que, durante algunos millares de años,
antes de los tiempos históricos, las montañas, las estepas y las mesetas de
esta región ofrecieron un gran atractivo para el hombre como ambiente
residencial. Y, por las pruebas que tenemos, parece ser que, aunque el
intercambio comercial no era desconocido entonces, estas comunidades eran
relativamente autárquicas y autosuficientes y que los artículos esenciales les
eran fácilmente accesibles. En tales circunstancias, pues, no había ningún
incentivo para conservar registros detallados, como tampoco
había material a propósito para hacerlo.
Si los
hombres que formaban parte de estas antiquísimas comunidades hubieran sabido escribir, al menos en alguna forma
que actualmente pudiera ser leída, se habrían ganado gran parte del prestigio
que ahora se atribuye a Sumer, porque su cultura era también considerable y
lleva el marchamo de una genialidad originalísima. El larguísimo período de
colonización que precedió a la aparición de los sumerios debería ser
considerado según un contexto geográfico, ya que la Mesopotamia es una región
que ha sufrido considerables cambios durante el curso del tiempo.
Tanto
el clima como el mismo suelo hubieron de haber hecho la vida allí difícil e incierta para sus habitantes humanos, recabando
constantemente todos los recursos del ingenio del hombre. En los tiempos
prehistóricos el mar se extendía tierra adentro, hasta llegar a cierta
distancia al norte de Bagdad, o sea a unos 640 kilómetros de la costa actual, y
los dos grandes ríos, separados por un gran trecho de desierto, desembocaban en
el mar a 100 kilómetros de distancia uno de otro. Ambos ríos nacen en las montañas
de Armenia, precipitándose desde grandes y escarpadas alturas en el Iraq
septentrional, para depositar luego ingentes cantidades de limo en las llanuras
del estuario. Este proceso, continuado a lo largo de los siglos, condujo a la
formación de un gran delta, principalmente en la época en que gradualmente las
aguas del Tigris y del Eufrates se fueron confundiendo, de modo que la costa
fue empujada más y más ante la acumulación de depósitos aluviales. Cuando las
primeras ciudades estados sumerias surgieron en el delta, en el cuarto milenio
a. de J.C., Ur y Lagash se hallaban junto a los terrenos pantanosos y las
marismas que orillaban la costa. Las marismas siempre jugaron un papel muy
importante en la vida mesopotámica; se las alude frecuentemente en la
literatura y se las ve representadas en los relieves, muy posteriores, de
Senaquerib de Asiría, en su famosa «Guerra de las Marismas».
En las
llanuras aluviales del Iraq meridional, el suelo es potencialmente muy fértil, igual que en el Valle del Nilo, pero requiere que se le preste
más atención. Los antiguos egipcios tenían pocos problemas agrícolas; su soleado valle estaba ampliamente
fertilizado y regado por las inundaciones regulares del Nilo, y la irrigación
allí era una cuestión relativamente sencilla. Pero en Mesopotamia el hombre
tuvo que batallar constantemente contra los elementos. Los habitantes de las
llanuras del sur no podían confiar nunca en la naturaleza. Las lluvias eran
inciertas y, a menudo, insignificantes, y los ríos de los que dependían para el
riego arremetían, de vez en cuando, con inundaciones súbitas y totalmente
imprevisibles. Durante la primavera y a principios del verano se podían
producir tremendas catástrofes en la cosecha y el ganado, causadas por la
temible fuerza del agua que barría el país, procedente del norte, a
consecuencia del deshielo de las nieves de Armenia. Por otra parte, en la
llanura, los meses estivales, que duraban hasta bien entrado el mes de
noviembre, eran bochornosos e insoportables y el sol quemaba la tierra y la
cosecha; a menudo se hacía necesario alimentar el ganado con pienso almacenado
y cuidadosamente racionado. Sin embargo, los primeros pobladores de Sumer
consiguieron, dando pruebas de mucho ingenio y diligencia, dominar el agua y
sacar el mayor provecho del suelo. Su sistema de irrigación, bien trazado,
complejo y rigurosamente mantenido, les granjeó una prosperidad que nadie hasta
entonces había alcanzado.
Más arriba, en los valles, las estepas, las altiplanicies y las montañas
del norte, se producían catástrofes periódicas debido a las grandes lluvias.
Las numerosas y extensas inundaciones han constituido una de las principales
características de la región del Tigris y del Eufrates en todos los períodos de
la historia, y, a juzgar por las muchas alusiones que de ellas se encuentran en
los textos antiguos, constituían un considerable problema en la administración
y gobierno del país. En el distrito de Mari, por ejemplo, un gobernador del
siglo XIX a. de J.C. informó a su superior que el Habur, afluente del Eufrates,
había salido de madre y, como consecuencia, 300 acres de tierra se hallaban
sumergidos por las aguas; las lluvias torrenciales habían demorado la trasquila
de las ovejas, la cual, en consecuencia, duraría el doble, ya que todavía
quedaban cien ovejas por esquilar. En el famoso Código de Hammurabi de
Babilonia, que es aproximadamente del
mismo período, encontramos tal vez el primer reconocimiento
en la ley de una «Obra de Dios»: «Si alguien debe ostensiblemente algo a su
señor y Adad (Dios de la Lluvia), se hubiere inundado su campo o la
inundación lo hubiere asolado o por falta de lluvia no se
hubiese producido grano en el campo, no deberá entregar ninguna cantidad de
grano a su acreedor durante aquel año, sino que cancelará su tableta de
contrato y no pagará interés alguno durante aquel año». Asurbanipal, que
reinó en Asiria durante el siglo vil a. de J.C., se refirió más de una vez a
las grandes y excepcionales lluvias: «En aquel tiempo, la muralla interior de
la ciudad de Nínive... cuyos cimientos habían cedido y había caído su torre, a
causa de los grandes chubascos y abundantes lluvias que Adad había mandado
todos los años sobre mi tierra durante mi reinado..., habían envejecido y la
muralla se había debilitado...» Y, de nuevo, y esta vez con evidente
preocupación: «Desde que me senté en el trono del padre que me engendró,
Adad me ha enviado su lluvia, Ea (dios del agua) ha abierto sus fuentes,
los bosques han crecido copiosamente, las cañas de las marismas se han
desarrollado tanto que no hay manera de pasar entre ellas. En consecuencia, los
cachorros de león han crecido y se han desarrollado allí en número
incontable... se han vuelto feroces y terribles por haber devorado
vacas, ovejas y personas. Con sus rugidos resuenan los montes y los animales
del campo están aterrorizados. Los leones siguen matando las reses de la llanura
y vertiendo la sangre de los hombres. Los pastores y ganaderos lloran por
causa de los leones»... «Los pueblos se lamentan y lloran día y
noche. A causa de las depredaciones de los leones, según me han dicho.
En el curso de mi marcha hacia... sus lares, rompí...». Esta inscripción
nos explica tal vez el origen y razón de ser del deporte real, o sea la caza
del león, practicada con evidente éxito por Asurbanipal y descrita gráficamente
en el famoso Friso de los Leones, existente en la actualidad en el Museo
Británico. Que las catástrofes producidas por las inundaciones eran muy familiares
para los asirios es evidente por lo que se lee en muchas inscripciones de este
rey guerrero en las que se describe cómo había asolado a las ciudades enemigas
igual que una inundación.
Pues
bien, el mismo problema existe aún en el Iraq
moderno. Una reciente información se ha referido a unas lluvias
excepcionalmente abundantes, ocurridas en aquel país, con el Tigris desbordado,
hasta tal punto que Bagdad se ha visto amenazada con una de las peores
inundaciones de la historia. Se interrumpieron las comunicaciones con el norte
del país, pero las nuevas medidas tomadas contra las inundaciones parecen haber
sido eficaces. Sin embargo, ha habido numerosas ocasiones, en otro tiempo, en
que todo esfuerzo humano fue inútil, las defensas de la ciudad y del campo se
hundieron y gran número de personas fueron arrastradas por las aguas.
Por
consiguiente, nada tiene de sorprendente que, como señala Seton Lloyd al explicar y discutir los más antiguos documentos
sumerios: «Un hecho sobre el que todos los cronistas... parecen estar más o
menos de acuerdo es que el primer hito importante de la historia fue una gran
inundación o diluvio». Ello, según los escribas más antiguos, causó una larga
brecha en la sucesión real; después del primer grupo de reyes, entonces vino
el Diluvio, y después del Diluvio, la monarquía volvió a descender
sobre la tierra desde las alturas. Las excavaciones arqueológicas han
proporcionado, efectivamente, pruebas de que hubo un Diluvio o una formidable
inundación en cuatro de las ciudades sumerias más antiguas, pero las
respectivas estratificaciones demostraron que estos diluvios correspondían a
cuatro diferentes períodos. En una tableta escrita en sumerio, procedente de
Nippur, se describe la historia de un Diluvio, muy parecido al de la Biblia, y
otra historia similar está contenida en el Poema de Gilgamés, relatado en los
textos accadianos de la biblioteca de Asurbanipal, en Nínive. En este último
texto, que es el mejor conservado de los dos, un patriarca que vive en
Shuruppak, a la orilla del Eufrates, llamado Utu-Napistin es advertido por el
dios Ea del siguiente modo:
¡Derriba esta casa! ¡Construye un barco!...
... A
bordo del barco, embarca la simiente de todos los seres vivientes.
El
barco que tú construiros
Tendrá unas dimensiones hechas a medida.
Igual será su longitud que su anchura
Y
Utu-Napistin, no sin vencer grandes dificultades, construyó y botó su barco, cargado con sus parientes, con toda clase de seres
vivientes, con plata y oro, y cerró las escotillas, asegurándolas con listones
de madera.
Vigilé el cariz del tiempo.
El
tiempo presentaba un aspecto sobrecogedor
...Una
gran consternación por Adad
llega hasta los cielos, etc.
Convirtiendo
en negrura todo cuanto había sido luz
¡La (extensa) tierra quedó aplastada como (un puchero)!
Durante
un día (sopló) la tormenta del sur
Aumentando
de violencia mientras tanto (sumergiendo los montes)
Arrollando
a la gente como en una batalla.
Nadie
puede ver a su vecino,
Nadie
puede ser reconocido desde el cielo.
Seis días y (seis) noches
Sopla
el viento del diluvio, mientras la tormenta del sur barre la tierra.
Cuando
llegó el séptimo día...
...El
mar se apaciguó, la
tempestad amainó y cesó el diluvio.
Miré el tiempo; se había restablecido la calma.
... Y
toda la humanidad había vuelto a
la tierra.
El
paisaje era tan plano como una azotea.
Abrí una escotilla, y la luz me dio en la cara.
Inclinándome profundamente me senté y lloré,
Las lágrimas resbalaban sobre mi rostro.
...
Sobre el Monte Nisir embarrancó el barco.
El
Monte Nisir mantuvo firme al barco.
Sin
permitir que se moviera...
...
Eché a volar una paloma.
La
paloma voló, pero volvió;
No
halló sitio donde posarse y volvió.
...
Luego eché a volar un cuervo.
El
cuervo voló y viendo que las aguas
habían bajado de nivel,
Se
pone a comer, a volar y a graznar y no vuelve.
Entonces
solté (a todos) a los cuatro vientos
Y
ofrecí un sacrificio...
Al
parecer, pues, desde los más remotos
tiempos, los habitantes de la Mesopotamia fueron instruidos sobre la historia
del Diluvio de un modo muy parecido a como fue redactada más tarde en las
Crónicas hebreas. Hay que suponer que uno de esos diluvios prehistóricos,
seguidos de ingentes inundaciones, posiblemente una extraordinaria trasgresión
del mar, mucho más devastadora que las precedentes y subsiguientes, arrastraría
a casi toda la población. Todas las personas y acontecimientos pertenecientes a
la época antediluviana, reyes, dioses y héroes inclusive, quedaron pues
asignados, por parte de los cronistas posteriores, a una vaga mitología que
comprendía un período indefinido. Pero, a pesar de lo que la literatura les
enseñaba sobre lo que había ocurrido en un pasado remoto, los habitantes de las
orillas de los dos grandes ríos no necesitaban que se les recordase tales
cataclismos, puesto que el peligro constante persistía y requería una
vigilancia incesante.
En términos de climatología y geografía física en general, la región del
Iraq comprendida entre el Tigris y el Eufrates abarca dos regiones distintas,
la del norte y la del sur, que, con el tiempo, fueron conocidas respectivamente
como Asiría y Babilonia. Ninguna de estas dos regiones era realmente agradable
para vivir, pero ambas poseían un excelente potencial para la existencia
humana. La abrupta tierra del norte, con sus duros inviernos, torrenciales
lluvias y violentas tempestades estivales, estaba, por otra parte, muy cerca de
los ricos recursos minerales de Anatolia, con sus abundantes yacimientos de
oro, plata, cobre, plomo y hierro. Los bosques del pie de los montes daban
madera en abundancia, y, además, los mismos montes proporcionaban piedra caliza
de fácil obtención, aunque no siempre de buena calidad. Como hemos visto,
tampoco faltaba el agua; los cereales, los árboles frutales y los viñedos
podían quedar maltrechos a causa del mal tiempo, pero crecían fácil y profusamente por las laderas de las montañas o de los
cerros. Los pastos eran buenos y podían mantener grandes rebaños. En las
tórridas llanuras del sur, por otra parte, el ingenio del hombre era su mayor
caudal. Allí no había ni madera ni piedra; había, en cambio, palmeras datileras
y cañaverales en abundancia y, por otra parte, el cultivo de los cereales
requería una estricta conservación de los canales. El subsuelo producía nafta y
betún, este último producto, especialmente, considerado como muy valioso ; pero
la materia prima de la que el colono tenía que depender para su albergue y para
almacén de grano era la arcilla, secada en forma de ladrillos o cocida al fuego
en diferentes formas de alfarería, utilizable para todos los usos domésticos. A
medida que se fue retirando el mar, dejando grandes extensiones de tierras de
aluvión y traicioneras marismas, unos pequeños grupos de colonos empezaron a
aventurarse por aquellos parajes, bajando de las montañas y mesetas del norte.
Estos colonos, que, al parecer, vinieron primero del Irán, luego de Anatolia y
después otra vez del Irán, eran unos habilidosos artesanos y arquitectos, y
cada comunidad sucesiva que invadió el país fue mejorando y adaptando sus
procedimientos artesanos. En Uruk, por ejemplo, la Erek de la Biblia, ya habían
hecho su aparición impresionantes monumentos. Había allí palacios y templos, y
un santuario construido sobre una plataforma elevada, precursor del ziggurat
que llegó a ser la característica central de toda agrupación urbana sumeria
o babilónica. Esta arquitectura primitiva estaba cuidadosamente planeada; eran
edificios bien trazados, simétricos y pintorescamente decorados con unos
mosaicos a base de conos de arcilla pintados con alegres colores y dispuestos
en dibujos geométricos. En Uqair había unas pinturas murales dispuestas en una
serie de tonalidades, con un zócalo de color unido en la base, y encima dibujos
geométricos en colores diversos, coronados por una procesión de figuras,
algunas humanas y otras, posiblemente, representando animales mitológicos. Dos
figuras de animales, al parecer leones o leopardos, guardaban el altar, y
también había unas cuantas figuras, esculpidas en la piedra, en relieve. Esos
arquitectos y escultores procedían de Anatolia y fabricaban
una cerámica muy característica, totalmente distinta de la
de sus predecesores. En esta misma época aparecieron los primeros signos
pictográficos en las tablillas de arcilla, y con el advenimiento de una nueva
ola de inmigrantes hacia el final del cuarto milenio a. de J.C. nos encontramos
con un notable progreso en la sistematización de la escritura. Esta última
fase, antes de que amaneciera el período sumerio propiamente dicho, el cual se
distingue, en gran parte, por la aparición de las listas oficiales de reyes,
produjo esculturas de gran belleza, tanto en relieve, como corpóreas, y entre
ellas llama la atención una cabeza en mármol de tamaño natural. Como no existía
piedra en el delta, es evidente que se había iniciado una fase de franca
expansión comercial.
Las
llanuras y marismas no permitían
seguramente una vida fácil, pero acaso el mayor incentivo que tuvieron aquellos
pobladores primitivos para establecerse allí, aparte de la abundancia de pesca
y volatería, fuera la socorrida palmera datilera que, de un año para otro,
produce su nutritiva fruta y otros valiosos productos secundarios: vino de
dátil, huesos de dátil y productos para fabricar esteras, cestos, techumbres,
troncos para columnas y fibra para cuerdas. Una vez la cosecha de cebada dio el
ochenta y seis por uno, y tal como está inscrito en los textos del tercer
milenio a. de J.C., los colonos estuvieron en condiciones de producir mucho más
de lo que requerían para sus propias necesidades. Los dátiles y la cebada
constituyen aún actualmente los principales productos de exportación del Iraq.
Como se comprende, el comercio era una actividad de una importancia
principalísima para los pueblos de la llanura. La piedra de buena calidad era
apreciadísima, la madera utilísima y los metales indispensables. También se
necesitaba lana, tal vez algodón y cuero, así como objetos de lujo, tales como
el lapislázuli y otras piedras preciosas, conchas, frutas finas y vinos.
Hasta
qué punto los sumerios constituían una raza distinta,
que suplanto o absorbió las comunidades primitivas de la región del delta, es
cosa que ignoramos. Eridu, según la tradición, era la ciudad más antigua de
Sumer, y las excavaciones realizadas en el lugar donde estaba emplazada han
revelado la existencia una larga
serie de templos de la época de los
primeros colonizadores de aquella región. Estos templos estaban edificados
según la misma pauta que los de la época histórica de Sumer, y parecen
haber sido dedicados a uno de los principales dioses de la religión sumeria.
Este dios se llamaba Enki, y más tarde fue llamado Ea por los semitas. Era
señor de la tierra y dios de las aguas dulces que rodeaban la tierra, y también
dios de la sabiduría y de la magia; en algunas ocasiones se le llamaba Señor
del Abismo. Según la leyenda, este dios construyó en Eridu una casa de plata y
lapislázuli, como un rayo de luz centelleante. La religión, que es la
característica central de la vida sumeria, estaba profundamente arraigada en
creencias prehistóricas.
El
panteón sumerio era complicadísimo. Para poder
interpretar adecuadamente su significado será necesario esperar que se haya
completado la traducción de una gran parte de documentos literarios, de los
cuales sólo una parte ínfima ha sido publicada hasta la fecha; sin embargo, ya
se conoce lo suficiente para poder distinguir la existencia de un sistema
religioso coherente, con dos temas principales, estrechamente relacionados: el
establecimiento del orden a partir del caos por los diversos grandes dioses de
los elementos y el ciclo de la muerte y la resurrección, asociado al
antiquísimo concepto de la diosa madre y del dios de la fertilidad. Entre una
verdadera multitud de otros dioses, tienen su representación el sol, la luna y
el planeta Venus, el último de los cuales, que se convirtió luego en la diosa
semítica Ishtar, era también la diosa del amor y de la guerra. También había
una gran variedad de demonios y malos espíritus, a cuyas maquinaciones se
atribuían las enfermedades y las desgracias, y que tenían que ser rechazados
por medio de la magia y los hechizos.
Uno de
los mitos sumerios habla de la Montaña del Cielo
y de la Tierra. Según parece, an-ki, o sea el cielo y la tierra unidos,
o, en otras palabras, el universo, estaba concebido como una montaña cuya
cumbre era el cielo y cuya falda era la tierra. En Babilonia, el gran ziggurat,
construido en fecha desconocida, era conocido con el nombre de
E-temen-anki, o sea la Casa de la Fundación del Cielo y la Tierra. La
organización
de la tierra, según los sumerios, era principalmente obra de Enlil y de Enki. Enlil, cuyo
nombre volvemos a encontrar en la literatura babilónica, era el dios de la
atmósfera; su padre, An, se llevó el cielo y Enlil tomó a su cargo la tierra,
causando así el advenimiento del buen día. ...Produjo la simiente que surgió
de la tierra y así afianzó la abundancia del suelo. Era también Enlil quien
escogía a los reyes que habían de reinar sobre la tierra y les confería su
autoridad sobre los hombres. Una inscripción de Lugal-zaggisi, antiguo rey de
Erek, dice así: Cuando Enlil} rey de la tierra, hubo entregado el
reino de la tierra a Lugal-zaggisi, le hubo hecho prosperar y hubo hecho que la
tierra se sometiera a su poder... En tiempo de Hammurabi, de la primera
dinastía de Babilonia, las funciones de Enlil fueron delegadas a Marduk, dios
de Babilonia, pero el prólogo a su Código de Leyes está lleno de alusiones a
las divinidades sumerias: «Cuando... Enlil, dios del cielo y de la tierra,
el determinador de los destinos de la tierra, determinados por Marduk, el
primogénito de Enki, las funciones de Enlil para con la humanidad... En
aquel tiempo Anum (An) y Enlil me requirieron para promover el bienestar
del pueblo». Por consiguiente, de ello se deduce que Marduk estaba
considerado como el hijo del sumerio Enki, quien, cuando el cielo y la tierra
se separaron, reinó sobre las aguas. Marduk asumió las funciones de Enlil,
señor de la tierra. Y no era leyenda, sino un hecho demostrado, que la tierra
había surgido de las aguas en la región de Sumer y de Babilonia. Marduk, por lo
tanto, era el dios creador; y como que la tierra que él había formado era rica,
la vegetación que producía era suya, para poder darla o tomarla según el grado
en que los hombres obedecían a sus mandamientos. Por consiguiente, Marduk
asumió también las funciones de dios de la fertilidad, y de él derivaban su
soberanía los reyes, representantes suyos en la tierra.
Esta
idea es fundamental en el credo sumerio. Sumer consistía en un puñado de ciudades estados, cada una de ellas con su propia
divinidad. La monarquía no era hereditaria. Cada dios poseía un mayordomo
humano, que era el rey, que era quien administraba su hacienda, pero el dios
seguía siendo el verdadero gobernante, amo y señor del país, y nada podía
hacerse
hasta que se hubiesen cerciorado de cuál era su voluntad y consejo, por medio de augurios. Cada ciudad poseía
templos o santuarios dedicados al culto de un gran número de dioses, aparte de
los dedicados a la divinidad particular de la ciudad. Al correr el tiempo,
diversas ciudades fueron alcanzando sucesivamente supremacía sobre las demás,
pero ello no parece haber afectado a la categoría de los dioses; por ejemplo,
uno de los dioses sumerios más importantes en todos los tiempos fue Enlil,
pero, por lo que sabemos, la ciudad a la que pertenecía o que le pertenecía,
mejor dicho, Nippur, jamás alcanzó importancia política digna de ser tenida en
cuenta.
Los
sumerios se imaginaban a sus dioses bajo la forma humana y les atribuían emociones y deseos también humanos. El templo era, por consiguiente,
de un modo literal, la mansión del dios y allí era donde él vivía en la
persona, si así puede decirse, de su estatua, y por lo tanto a ésta había que
vestirla y alimentarla. La organización del templo necesariamente jugaba un
papel vital en la vida económica y social de la comunidad. Cada uno de los
templos (y podía haber varios en una sola ciudad) poseía tierras y era un gran
centro de negocios. En esta época también los sacerdotes eran en gran parte los
encargados de la administración de la justicia; los juicios tenían lugar en la
puerta del templo, y cuando las partes litigantes tenían que prestar juramento
en nombre del dios, la ceremonia tenía lugar en el interior del templo. Los
templos mantenían numeroso personal; no pocos de los empleados o servidores del
templo eran esclavos. Algunos de estos empleados del templo recibían su sueldo
o su ración diariamente; otros tenían que entregar una proporción fija de sus
productos al templo y estaban obligados a ser reclutados para el servicio
militar. En compensación de sus servicios, el templo se encargaba de su
manutención durante todo un año y les proporcionaba trigo, herramientas de
labranza y bueyes para el arado.
El
principal producto agrícola era la
cebada, la cual se entregaba al templo. Parte del grano se utilizaba para
pienso del ganado; otra parte iba al templo para la fabricación de cerveza,
pero la mayor parte era molida para producir harina. Se abastecía regularmente
al templo de pescados de agua dulce y se
criaban bueyes tanto para el arado como para aprovechar su carne. El dios tenía dos comidas regulares al día, una por la mañana y otra por la tarde,
y en los días de fiesta se le daba además una comida extraordinaria. En la
práctica, esto significaba que se colocaba la comida sobre el altar y la
divinidad se alimentaba de los sabrosos olores. La dieta sagrada era muy
variada: carnero, pescado, pan, harina, mantequilla, fruta, miel y cerveza, y
todo ello de la más alta calidad. Las divinidades menores, que formaban parte
de la familia divina, también tenían que ser atendidas y cuidadas.
Indudablemente, las provisiones de alimentos ofrecidas al dios eran tomadas
como gajes por parte de los sacerdotes, y más adelante se hizo corriente la
compra y venta de esos gajes. Además de los sacerdotes y del personal
directamente adscrito al servicio del templo, tenían que ser mantenidos los
panaderos, cerveceros y tejedores. En un pequeño templo, la totalidad de servidores
y dependientes era de unos 1.200.
Tanto
de los textos como de los hallazgos arqueológicos en general se deduce que las ciudades estados de la primera
dinastía de Sumer gozaban de gran prosperidad. Su principal fuente de riqueza
era la agricultura, pero también florecían otras industrias como las artes
textiles, la metalurgia, la carpintería y muchos otros oficios y artes, lo cual
implicaba la importación de muchas primeras materias. En las inscripciones
reales se mencionan cargamentos de madera importados del extranjero, pero la
evidencia principal de un comercio exterior floreciente se deduce de las
excavaciones, especialmente de las del llamado Cementerio Real de Ur. Estas
excavaciones produjeron una asombrosa y riquísima colección de muebles, joyas,
vasos de oro, de plata y de bronce, armas de oro y de bronce, e instrumentos
musicales. El origen más probable del cobre sería Omán o tal vez el Sinaí, ya
que en ambas regiones hay yacimientos de cobre con una ligera mezcla de níquel,
en proporción parecida a la que el análisis ha demostrado que existía en los
objetos de cobre de Sumer. Gran parte del oro era de origen aluvial,
posiblemente procedente de los ríos auríferos de Armenia, Nubia y Cilicia; la
plata seguramente procedía del Asia Menor. El lapislázuli, al que los sumerios
atribuían propiedades mágicas y que usaban en
grandes cantidades, es muy posible que procediera del Afganistán, que es donde hay los yacimientos más próximos de dicha piedra. Otra
piedra semipreciosa, a la que eran muy aficionados los joyeros sumerios, era la
cornelina, que se encuentra en Persia y en el noroeste de la India. Que existió
el comercio de la cornelina con la India queda demostrado por la presencia en
Ur de cuentecillas de cornelina con unos dibujos blancuzcos. Este tipo de
abalorios también se encuentra en la estación india de Harappa, a niveles
contemporáneos con el último período de Agade, en Mesopotamia. Hay grandes
probabilidades de que las cuentas halladas en Ur sean de manufactura india;
también había otras importaciones de la misma región como sellos con dibujos e
inscripciones análogas a las que se encuentran en los sellos hallados en
Harappa.
Todas
estas pruebas de la existencia de un comercio exterior indican, por lo tanto,
que durante la primera parte del tercer milenio a. de J.C. o acaso antes, ya
existía un tráfico importante de mercancías desde Siria
y el Asia Menor, a lo largo de los grandes ríos hasta el golfo Pérsico y, a
través de las montañas, hacia Persia y Beluchistán. Los maravillosos objetos
descubiertos en las tumbas reales, cuya ostentosa exhibición puede estar
relacionada con algún rito religioso, demuestran que las ciudades de Sumer
poseían riquezas suficientes para adquirir artículos de procedencia extranjera
en considerables cantidades.
Por
consiguiente, nada tiene de extraño que la
escritura se hubiese desarrollado en tales circunstancias. Los sumerios de la
Primera Dinastía, igual que sus predecesores inmediatos, a quienes a veces se
considera también como sumerios, eran gente metódica. El planeamiento
inteligente y regularísimo de sus edificios y su afición a los dibujos
simétricos son pruebas suficientes del orden que ellos tanto admiraban. También
tenían gran capacidad para las matemáticas e inventaron un sistema de
numeración que era en parte sexagesimal y en parte decimal. Sus tablas de pesos
estaban basadas en lo que un hombre o un animal podían llevar a cuestas, pero
también utilizaban las fracciones. El día estaba dividido en 12 horas dobles, y
el círculo en 360 partes. La geometría, el álgebra y la astronomía se usaban
extensamente en los cálculos necesarios para las cuestiones
religiosas y en el campo más práctico
del desarrollo agrícola. Como que eran concienzudos servidores de sus dioses,
sus templos tenían que ser mantenidos al más alto nivel posible. Los artículos
importados eran intercambiados con otros del país, a razón de peso por peso o
según una escala oficial de valores. Era necesario anotar el más mínimo detalle
de todas las transacciones y redactar contratos que llevasen el sello oficial
del gobernante y de otros testigos. Se encargaba a agentes intermediarios la
importación de los artículos necesarios para el templo, y los viajes a largas
distancias no eran nada seguros. La meticulosidad de los documentos evitaba las
disputas. Aunque la mayor parte del comercio se llevaba a cabo en nombre del
templo, había margen suficiente en las transacciones para que los particulares
pudieran amasar pequeñas fortunas, las cuales tenían que ser anotadas en
documentos aparte. Pero hay que tener presente que, en el curso natural de los
acontecimientos, la escritura se extendió a la esfera de la literatura
religiosa y de los archivos reales; no es posible, por las pruebas de que
disponemos actualmente, inferir en qué grado ello estaba relacionado con la
doctrina sumeria y no con otra cosa. La invención de la escritura parece haber
sido su innovación más importante, y hay que decir que elaboraron este invento
hasta llegar a un grado muy elevado de perfección, pero lo que ellos
escribieron es muy posible que esté relacionado con ideas y creencias mucho más
antiguas. Probablemente los dioses a quienes nombraban en sus escritos habrían
sido los de otra raza aún más antigua, adaptados, tal como más tarde los
babilonios lo hicieron con los suyos, y lo mismo los hititas y los asirios, y
aun los griegos después de ellos, para conformarlos a su particular modo de
vida. Es evidente que la mitología sumeria representa un concepto religioso muy
antiguo, y de ella se puede aprender mucho sobre otras razas menos articuladas.
Desde
el principio el comercio había sido vital
para Sumer. Durante los siglos siguientes se fraguó una incesante lucha entre
los diversos grupos de población de Mesopotamia y de los países contiguos para
la posesión y control de las rutas. Las comunicaciones con el norte y el este,
por los valles, siguiendo el curso de los ríos a contracorriente, eran muy
difíciles de mantener frente a las tribus montañesas hostiles. Para alcanzar el «este y las costas del Mediterráneo
había que atravesar el desierto, entre el Eufrates y Alepo, después de lo cual
la ruta más fácil desde Siria al Líbano, Palestina y Egipto era por mar. El
Iraq septentrional poseía una red de carreteras que iban por una parte a
Anatolia y por otra hacia el este, pero también estaban amenazadas por las
tribus montañesas. Los comerciantes de esta época estaban en gran desventaja
cuando emprendían largos viajes que comportaban el cruce del desierto; sus
animales de carga, los asnos, no podían atravesar grandes distancias sin agua,
lo que significaba que los viajes tenían que ser limitados en dichas regiones a
la primavera, cuando todavía se podía encontrar agua en las cisternas y en las
charcas que habían dejado las lluvias de invierno. El uso del camello, que
facilitó grandemente este problema, no fue conocido hasta mucho más tarde. La
seguridad personal del viaje también representaba otro problema; las cisternas
estaban celosamente guardadas por ciertas tribus, que consideraban su
vigilancia como prerrogativa propia, y las tribus errantes y merodeadoras
hacían que los viajes fueran francamente peligrosos excepto para las caravanas
numerosas y bien armadas. Los contratos y cartas de una época posterior
ilustran claramente con qué cuidado se procedía a la administración y
organización del comercio por caravana; en ellos se hace referencia a los
depósitos de agua, a los permisos de los conductores de caravanas, a la
autorización que tenían ciertas caravanas para poder pasar por ciertas regiones
claramente especificadas y a las rutas que había que seguir.
Los
mismos ríos eran utilizados tanto como era posible para el
transporte, pero la navegación a contracorriente era impracticable al norte de
la llanura a causa de la rápida corriente, mientras que la navegación en el
sentido de la corriente era peligrosa por la misma razón. Tanto el Tigris como
el Eufrates están llenos de bancos de arena, islotes y otros obstáculos. Un
método de transporte habitual ya desde los más remotos tiempos consistía en la
navegación Eufrates abajo, ya que el Eufrates es algo más regular y estable que
el Tigris, por medio de botes de madera o de almadías fabricadas con pellejos
de cabra hinchados, conocidos con el nombre de keleks y todavía usados hoy en
día. Al llegar a Hit o a Deir-es-Zor, en la mitad
del curso del Eufrates, se desmontaba la almadía y se volvía a llevar a su
punto de partida, por tierra. Además del Tigris y del Eufrates también se hacia
gran uso de las otras corrientes de agua que había en el interior del país, por
ejemplo, entre Lagash y Nippur, o sea en una distancia de 135 kilómetros; las
barcazas tenían que ser llevadas a la sirga a contracorriente, para lo cual se
requerían dos semanas, pero el viaje de retorno era cuestión sólo de cuatro o
cinco días. También había navegación por el golfo Pérsico, para comunicarse con
la isla de Bahrein o, quizás, con la costa de Arabia.
Los
mercaderes que no se amilanaban ante las dificultades ni los riesgos de perder
vidas y haciendas podían ganar una
fortuna si se lanzaban a viajar entre los países mesopotámicos y el extranjero.
Gradualmente fueron incrementándose las empresas privadas, y las ciudades
estados fueron perdiendo poco a poco el control del mundo de los negocios. Las
rivalidades entre estas ciudades y las perpetuas disputas por cuestión de
fronteras y de vías de agua fueron socavando su poderío político, y, mientras
tanto, la casta sacerdotal había degenerado. Algunos intentos de reforma fueron
totalmente infructuosos, pero finalmente la aparición de Lugal-zaggisi en Uruk,
hacia el siglo XXIV a. de J.C., se distinguió por una invitación a todos los
principales dioses de las ciudades meridionales para que le patrocinaran. Esta
intentona imperialista, la primera en su género, fue desbaratada en último
término por Sargón de Agade.
Durante
muchos siglos se había ido
produciendo una infiltración de semitas en Mesopotamia. Eran tribus nómadas que
emigraban de los desiertos de Arabia, con sus rebaños, y se sentían atraídos
hacia las regiones agrícolas ya colonizadas. Sus tradiciones independientes no
facilitaron la aceptación del sistema de gobierno, más despótico, que
encontraron en las ciudades estados de Sumer, pero, por otra parte, la
oportunidad de compartir la prosperidad económica de dichas ciudades ofrecía
grandes atractivos. Durante mucho tiempo guardaron sus antiguas tradiciones de
vida pastoral, viviendo en los aledaños de las ciudades sumerias, y fueron
gradualmente adoptando la vida sedentaria, estableciéndose en el norte y en el
noroeste. En la región de la moderna Bagdad su
presencia se identificó con el
nombre de Accad. Su aparición como fuerza política puso fin al período ;de la
Primera Dinastía de Sumer.
Sargón era el copero del rey de Kish, una de las ciudades estados sumerias.
Por primera vez en la historia de Mesopotamia nos encontramos con la
descripción de un hombre que se hizo famoso por sus propios méritos. Sargón se
proclamó rey a sí mismo e hizo de Agade su capital:
Sargón el poderoso rey de Accad soy yo.
Mi
madre era humilde, a mi padre no lo conocí,
El
hermano de mi padre vivía en las
montañas.
Mi
ciudad es Azupiranu, y está en la
orilla del Eufrates,
Mi
humilde madre me concibió y en
secreto me dio a luz,
Me tiró al río, el cual no (pasó) sobre mí.
El río me sostuvo y me llevó a Akki, el irrigador,
Akki
el irrigador me sacó del río,
Akki
el irrigador me crió,
Akki
el irrigador me nombró su
jardinero.
Cuando
yo era su jardinero, la diosa Ishtar me amó,
Y
durante cincuenta y cuatro años goberné
el reino,
Reiné sobre los cabezas negras y los goberné,
Y
destruí las poderosas montañas
con hachas de bronce.
Antes
de vencer definitivamente al ejército
sumerio, Sargón se aseguró de su supremacía en el norte de Mesopotamia,
capturando Mari, Asur, Kirkuk y Arbil. También sojuzgó al Elam y luego avanzó
por el norte de Siria y por la costa mediterránea. Hay un interesante documento
de la época que nos explica cómo cruzó el Taurus e invadió el Asia Menor para
ir en ayuda de una colonia de mercaderes mesopotámicos que se habían
establecido en Capadocia, trayendo luego a su país muestras de árboles,
vides, higos y rosas del extranjero para su aclimatación en su propio país. Y
una vez en Sumer se dedicó a la reconstrucción de los templos; en el ziggurat
de Nippur se encontró impresa en un ladrillo la siguiente inscripción: Yo, Shar-gali-sharí
(Sargón), rey de Accad, he construido un templo para Enlil.
Con el
advenimiento del sucesor de Sargon, Naram-Sin, encontramos por primera vez el título oficial de Rey de Sumer y Accad, el cual persistiría
durante las muchas dinastías que tuvo Babilonia. El imperio sargónida se
desintegró al cabo de poco más de un siglo, pero su influencia cultural
persistió. El pueblo de Accad había aprendido a escribir en su propia lengua
semítica, pero con caracteres sumerios. Su prolongada e íntima asociación con
la civilización, más antigua, de Sumer había dado como resultado algo
extraordinariamente fértil.
Resulta
muy difícil obtener una idea clara de lo que ocurrió en
los dos o tres siglos siguientes. Accad fue vencido y sojuzgado por un pueblo que
no conocía la monarquía, y durante mucho tiempo reinó la confusión en el
país. Pero existen muchas pruebas de que las relaciones comerciales
establecidas por los reyes accadianos persistieron, especialmente con el oeste,
y, durante la breve restauración sumeria que siguió, la gran capacidad semítica
para el comercio se hizo progresivamente evidente. Los contratos entre
particulares se hicieron mucho más frecuentes y empezaron a formarse grandes
haciendas, propiedad de ricos mercaderes qué hacían negocios por su propia
cuenta, además de los que hacían por cuenta del palacio o del templo. Más
adelante, en Larsa aparecieron pueblos o grandes propiedades que llevaban
incluso el nombre del ciudadano que era su dueño, situación que habría sido
increíble en la primera época de predominio sumerio. Mientras tanto los
escribas habían emprendido una tarea, jamás hasta entonces intentada: habían
empezado a redactar las glorias de Sumer en los mil años, ya pasados, de su
historia.
A
principios del segundo milenio a. de J.C. hubo una nueva corriente inmigratoria
de semitas en Mesopotamia. Estos semitas procedían del oeste, de una tierra conocida con el nombre de Amurru, desde
donde habían dominado Siria y Palestina. No poseemos ninguna crónica digna de
confianza que nos relate los acontecimientos políticos durante el período de su
instalación en la región del Eufrates; la historia de los amoritas es, en
realidad, totalmente desconocida, aunque se cree que su punto de origen fue
Arabia. Lo único que sabemos es que este pueblo fue el que fundó la Primera
Dinastía de Babilonia, transformando esta
oscura ciudad accadia en una capital. Al hacer esto, realizaron al mismo tiempo
dos cosas destinadas a asegurarles una autoridad duradera: se habían establecido en un lugar de gran Importancia estratégica para el
control del comercio, y habían escogido como capital un antiguo centro
religioso de Accad. El lugar donde estuvo Agade no se ha encontrado todavía,
pero se cree que es muy posible que estuviera cerca de Babilonia, probablemente
algo al norte. Desde el tiempo de Sargon nada más se sabe de ella, aparte de
una referencia de la época de Hammurabi donde se cita un templo de Ishtar que
estaba allí. Probablemente Agade fue arrasada por las tribus montañesas que
acabaron con el imperio sargónida. El redescubrimiento de Agade podría producir
un verdadero tesoro de información sobre la historia de Accad. Su posición
sería bastante central, pero tal vez menos favorablemente situada que la de
Babilonia, la cual estaba precisamente emplazada en el cruce de las principales
rutas de comercio internacional. En realidad, Babilonia era un punto de
convergencia; el Eufrates y el Tigris unían la ciudad con los países del oeste
y del norte, y hacia este había una tercera e importantísima ruta que pasaba
por las puertas de Zagros para entrar en el Irán. Las llanuras del sur
disfrutaban así de una protección que Sumer jamás habla gozado, y la ciudad se
hallaba en muy buena posición para dominar los canales y vías fluviales así
como el tráfico costero. El hecho de que la vecindad de Babilonia haya sido
siempre desde entonces una zona de elección para la fundación de capitales
demuestra suficientemente su significado comercial y estratégico, y a eso fue
precisamente a lo que debió Babilonia su continuada prosperidad material.
Pero
el éxito material, tal como Hammurabi enseñó al pueblo
de Babilonia, no era más que el corolario de la supremacía espiritual. Al
centralizar la administración de los asuntos sociales y económicos, al
robustecer el control del estado sobre el comercio, eliminando virtualmente y
por bastante tiempo el provecho particular, al investir los templos con la
dirección de los negocios donde llegó a ser en gran parte atribución de las
sacerdotisas, Hammurabi no hacía sino seguir la antigua tradición sumeria. Marduk
e Ishtar, las principales divinidades de Babilonia,
habían sido adoradas ya desde tiempo inmemorial en
Accad. Ignoramos, no obstante, hasta qué punto los dioses semíticos habían sido
incorporados a la religión de los primeros colonos nómadas que se establecieron
en Accad y que gradualmente fueron asimilando las creencias sumerias. Pero lo
que sí sabemos es que los orígenes, tanto de Marduk como de Ishtar, se remontan
a la religión de Sumer. Babilonia había sido un centro religioso accadio y es
razonable suponer que el antiguo templo de Marduk, restaurado por Hammurabi,
contenía una rica colección de documentos religiosos derivados de la literatura
sumeria y traducidos al accadio, idioma ya empleado extensamente en el comercio
y que no presentaba dificultades especiales para los ameritas. Las ideas con
que se encontraron Hammurabi y los suyos denotaban una sutil mezcla de
elementos sumerios y semíticos: una cultura antiquísima y altamente
desarrollada, relacionada con la misma Creación y con los dioses y reyes
antediluvianos, y, además, imbuida de un espíritu de independencia y de un
vigor emprendedor que ellos podían fácilmente compartir y comprender. Para los
babilonios, el antiguo principio de gobierno según el cual del caos había
salido el orden presentaba un gran atractivo. El ingenio práctico y la voluntad
de prosperar lo llevaban en su misma sangre. Y a todo ello añadieron un nuevo
ideal, el establecimiento de la justicia y de la equidad sobre la tierra.
elsa coult
I. LA ANTIGUA ERA BABILÓNICA
A las
orillas del Eufrates, en el Iraq meridional, hay el lugar donde antaño estuvo la antigua Babilonia, a ochenta y cinco kilómetros al sur de
Bagdad. Ladrillos y escombros, una serie de montículos y de charcas, un pequeño
museo y un apeadero del ferrocarril son las principales características que lo
distinguen hoy en día. Las ruinas datan de la muerte de Alejandro Magno en
Babilonia, en el año 323 a. de J.C., cuando la ciudad fue finalmente
abandonada. El viento, la arena y el agua, juntamente con siglos de haber
servido de cantera para los habitantes de la región, se han combinado para
obliterar lo que antaño fuera la obra maestra de unos hombres geniales. Y a uno
se le ocurren las tétricas palabras del profeta Jeremías: Y entonces las
fieras del desierto vivirán allí... y no volverá a ser habitada jamás.
Parecidas
escenas de desolación no son
raras en Mesopotamia. La región del Tigris y del Eufrates abunda en antiguos
lugares; ciudades de gran fama y belleza, que fueron admiradas por Herodoto, en
sus fértiles valles de la antigüedad, han permanecido silenciosamente
enterradas durante milenios. La civilización nació y floreció aquí: Sumer, con
sus principales ciudades de Uruk, Eridu, Kiss, Ur, Mari, Nippur y Lagash;
Accad, cuya capital, Agade, no ha sido descubierta aún; la Primera Dinastía de
Babilonia; la Dinastía Kassita; Asiria, con sus grandes ciudades de Khorsabad,
Nínive, Assur y Calah (Nimrud), y los neobabilonios. La última mitad del primer
milenio a. de J.C. fue un período de dominación extranjera, por parte de
Persia, del Imperio Seléucida, de Partia y de Roma. Las ruinas y los
montículos de escombros quedan, pero los antiguos
esplendores de Mesopotamia han desaparecido casi totalmente de la escena. Fuera
de los pueblos y de las zonas cultivadas, el visitante moderno se siente
sobrecogido por un sentimiento de grandísima vacuidad; las grandes llanuras
yermas no son más que inmensas extensiones de barro seco, entrecruzadas aquí y
allá por los antiguos canales de irrigación, desde hace mucho tiempo en
completo desuso. Hasta los mismos animales del campo parecen haber abandonado
esta paramera con su ardiente cielo de pesadilla; la antigua Babilonia se ha
transformado en el reino de las serpientes y de los alacranes. En ese extraño
mundo, donde en tiempos remotos se construyeron templos en honor de unos dioses
de aspecto terrorífico, donde el viajero sigue los caminos que pertenecieron a
reinos desaparecidos y el mismo silencio parece evocar sones del pasado, es muy
fácil perder todo el sentido de los valores y olvidar, bajo la áspera luz, que
aquello habían sido verdes llanuras surcadas por ríos y canales. Aún hoy en día
pueden distinguirse las antiguas rutas históricas del desierto. Una de ellas va
desde Has el Ain, en la Alta Mesopotamia, donde el lugar de Tell Halaf es uno
de los más antiguos de la región, hasta Hassetshe, la cual controlaba, a
orillas del Habur, una red de antiguas carreteras y rutas de caravanas que se
prolongaba hasta Nínive. Otra de estas rutas se dirige al sur, a Deir-es-Zor y
Mardin, desde Nisibin, cuyas calles resonaron bajo las ruedas de los carros de
guerra de Asurbanipal y que el poeta árabe Ibn Batuta comparó, de un modo
ciertamente algo extravagante, con Damasco por la belleza de sus jardines y
el número de sus canales. Aún otra ruta va de Raqqa, donde los
disciplinados legionarios de Alejandro Magno acamparon bajo la sombra del
palacio, hasta Dora-Europos, frontera antaño de Europa, a orillas del Eufrates
y donde Nicanor fundara una colonia macedónica. Las rutas están pobladas de
espectros y recuerdos de implacables conquistadores que pasaron por ellas en
busca de una gloria transitoria y perecedera, y por todas partes se ven los
restos lamentables de los grandes imperios que
se desplomaron. ¿En qué otra parte del
mundo se puede encontrar tantas reliquias de civilizaciones periclitadas? Por
toda la extensión de Mesopotamia, actualmente desierta en su mayor parte, se
establecieron reinos por parte de un sinfín de reyes que gobernaron sobre un
territorio que se extendía hasta las playas de todos los mares conocidos y
cuyos nombres, no obstante, no significan casi nada hoy para nosotros. Bajo el
implacable sol, las ciudades de antaño yacen hundidas en el polvo, como simples
recuerdos de un glorioso pasado. Y, sin embargo, sus reliquias son testigo de
la influencia cultural de unas sociedades ricas en genios.
El
arte mesopotámico nos ha explicado muchas cosas del pasado,
pero nuestros principales conocimientos de los modos de vivir de los asirios y
de los babilonios derivan de los documentos conservados durante millares de
años entre las cenizas y los escombros. Las tablillas de arcilla, que se han
descubierto por millares, y las inscripciones sobre piedra, las obras de
literatura y de derecho y los documentos históricos, religiosos y comerciales
dan fe de las luchas y los logros de aquellas comunidades civilizadas,
poseedoras de tantos dones y tantas cualidades notables. Entre estos documentos
se hallan unos calendarios babilónicos de hace más de tres mil años, en los que
está inscrita la hora exacta de la apertura de las puertas del Templo de
Marduk; y se han descubierto también libretas de trabajos escolares, contratos
matrimoniales y hasta el precio de la avena, por no decir el de la victoria, en
tablillas como las halladas en Nínive, muchas de las cuales están ennegrecidas
por el fuego que incendió la ciudad cuando fue finalmente destruida. Con la
ayuda de tanto material ha sido posible reconstruir gradualmente los
principales acontecimientos del período durante el cual Babilonia llegó a ser
la ciudad más famosa del mundo antiguo.
En la
Mesopotamia del sur, los documentos históricos tienen una antigüedad de cinco mil años. Lagash, una de las
ciudades estados más primitivas de la región, era una próspera comunidad, gobernada por
príncipes independientes que se afanaban en mejorar las condiciones de vida de
sus súbditos. En las tablillas de arcilla de este período se encuentran
interesantísimos detalles de la vida cotidiana. Los salarios variaban según el
tipo de ocupación, la importancia de la misma y su utilidad relativa; así, una
mujer del serrallo cobraba treinta qas de avena al mes (unos 24 litros),
mientras que un mulero cobraba cuatro veces más. Las mujeres que trabajaban
cobraban, aparte de su salario, una cantidad suplementaria por cada hijo que
tenían. Por consiguiente, los puntos familiares difícilmente pueden ser
descritos como una novedad modernísima, puesto que ya constituían un derecho
legal en Lagash, en la Mesopotamia del tercer milenio a. de J.C. Los sumerios
de Lagash eran un pueblo próspero y satisfecho; eran muy expertos en cuestiones
de irrigación y en la fabricación de harina a partir del trigo y de la avena.
Se alimentaban de pan con leche, tórtolas y granadas, y sus vinos favoritos
procedían de las montañas del este o de sus propias palmeras datileras. El
Tesoro Público tenía abundantes ingresos procedentes de las propiedades del
templo y del palacio, de los regalos que se ofrecían a los príncipes y de los
impuestos, en forma de ganado, pescado y perfumes. El sostenimiento de los
templos, los sacrificios, los ritos mágicos y funerarios eran realizados por
sacerdotes y, según parece, el último rey de Lagash hubo de llevar a cabo
varias reformas drásticas en su intento de poner un freno a la corrupción,
siempre en aumento, de los sacerdotes y los funcionarios de la ciudad.
El período correspondiente a la Primera Dinastía de Sumer finalizó durante la
segunda mitad del tercer milenio a. de J.C., al subir al poder la dinastía de
Sargón de Agade: Uruk (Erek) fue arrasado con toda clase de armas, y su
realeza fue llevada a Agade... La supremacía accadia tuvo efectos de
largo alcance. Sargón de Agade fue un gran monarca, cuyo nombre se ha hecho
legendario; impuso su autoridad al norte del
Eufrates
y, de allí, a Siria y el Líbano. Su nieto, Naram-Sin, fue no
menos ilustre; Naram-Sin fue el dios de Agade, que cubrió toda
Mesopotamia con templos y palacios, sojuzgó a los elamitas y penetró en el país
de los guti hasta el Asia Menor. Fue el primero de los reyes de Sumer y de
Accad que tomó el título de Rey de las Cuatro Regiones del Mundo: Y por el camino
donde ningún rey entre los reyes había marchado, Naram-Sin, el rey de
Agade, marchó, y la diosa Innana no permitió que tuviera otro rival... Naram-Sin,
el poderoso, abrió un camino, y él (Nergal) le dio Aram, Ibla y le
regaló Amanus, las montañas de cedros y el Mar Superior.
Muerto
Naram-Sin, el poderío de Agade
menguó, Elam reconquistó su independencia y las tribus montañesas descendieron
al valle en verdaderos enjambres. En medio de la violencia y confusión que
siguió, se hundió la dinastía sargónida, pero el idioma y las instituciones
accadias sobrevivieron y perduraron; la lengua semítica había sido extensamente
adoptada en Mesopotamia y países circunvecinos, y, durante varios siglos, el
accadio fue el idioma oficial de la diplomacia y del comercio internacional.
Hacia
el final del tercer milenio a. de J.C. se produjo una notable restauración sumeria, bajo la Tercera Dinastía de Ur, la cual consiguió expulsar
del país a los gutis y establecer su dominio en la Baja Mesopotamia y el país
de Elam. Los documentos que de este período tenemos son principalmente de
índole religiosa, pero otros documentos de carácter comercial indican que el
comercio volvía de nuevo a florecer. Las ciudades estados autónomas se
federaron con Ur, haciéndose en común y cada uno de ellos por separado
responsables de su prosperidad. Y muy pronto Ur fue un gran estado. Había un
tráfico constante en la ciudad y en sus alrededores; los correos acudían a ella
de todas partes, la navegación fluvial aumentó y las caravanas se
multiplicaron. Se veía allí en gran número a los comerciantes extranjeros, como
los de Martu y de Kanesh, dispuestos a hacer pingües negocios sin desperdiciar
ninguna ocasión. Las grandes llanuras de
Mesopotamia, esas mismas llanuras que actualmente no son más que un inmenso desierto de barro, estaban surcadas por innumerables
canales, vigilados y cuidados en grado sumo. Las cuentas comerciales de los
mercaderes de Ur de hace cuatro mil años eran tan correctas y meticulosas como
lo son las de los comerciantes actuales, con informes y estados de cuentas
mensuales, balances anuales, archivo de recibos y de salidas, etc.
No
parece que hubiera mucha actividad militar durante este período; Ur-Nammu, el fundador de la dinastía, dedicó gran parte de su
tiempo a obras piadosas, reedificando y restaurando los templos de las ciudades
más importantes. Además, reconstruyó el palacio real y las murallas de Ur, y
restauró el gran ziggurat, escena del antiguo ceremonial religioso
sumerio, y considerado como el eslabón que unía el cielo y la tierra.
La
destrucción de Ur en el año 2016 a. de J.C. puso fin a este
período de esplendor social y económico de Mesopotamia. Los sumerios no
pudieron contener la doble acometida de los amoritas por el norte y de los
elamitas por el este. Entre las ruinas de Nippur se halló una elegía dedicada a
Sumer:
Cuando
derrocaron, cuando el orden destruyeron
Entonces
como un diluvio los elamitas consumieron todas las cosas juntas.
¡Cómo te cambiaron, oh Sumer!
Del templo desterraron a tu sagrada dinastía. Demolieron la ciudad,
demolieron el templo.
Se apoderaron del gobierno del país...
Tuvieron
que transcurrir doscientos años antes de
que una nueva ciudad volviera a conseguir una importancia parecida a la de Ur.
Con la gradual desintegración del Imperio Sumerio, los
gobernantes de Isin y de Larsa lucharon para seguir manteniendo su autoridad,
pero el poder que en realidad les sostenía a ellos procedía del Elam, en la llanura de Persia, más allá del Tigris.
Allí, en el Elam, en su rica capital de Susa, que en
repetidas ocasiones se había hallado en manos extranjeras, surgió una fuerte
dinastía indígena, que se aprovechó de la oportunidad de
expansionarse hacia occidente, y la ferocidad de los elamitas quedó como
proverbial por toda Mesopotamia. Es significativo un
texto augural de fecha algo posterior, el cual dice: Si la estrella del año se levanta de cara hacia el oeste y mira hacia la cara del cielo, si
no sopla el viento, ello quiere decir que habrá hambre y que el que gobierne
entonces seguirá el mismo destino de Ibi-Sin, rey de Ur, que fue llevado cautivo a Anshan.
Pero
al llegar al siglo XVIII a. de
J.C. surgió una nueva potencia en Mesopotamia. Después de
larga y dura lucha para conservar su independencia, los elamitas tuvieron que
ceder ante el poderío superior de la Primera Dinastía de Babilonia.
La
fundación de la Primera Dinastía de Babilonia fue obra de
los amoritas, raza semítica conocida por El pueblo del Oeste. Babilonia,
ciudad accadia desde mucho tiempo considerada como el centro religioso del
culto a Marduk, se desarrolló rápidamente hasta llegar a ser una potencia
política de primera clase, sólidamente fortificada contra las posibles
incursiones de los nómadas, amigos del pillaje, y de los ambiciosos estados
vecinos. Con el acceso al trono de Hammurabi, el sexto rey de la dinastía,
empezó la primera edad de oro de Babilonia (la segunda fue la de Nabucodonosor,
más de un millar de años más tarde). La unificación sistemática de Babilonia
bajo el gobierno estrictamente centralizado de Hammurabi no tenía paralelo en la
historia de Mesopotamia; al antiguo mundo de Sumer y Accad, con sus reinos de
taifas y sus mudables alianzas, donde hasta el calendario variaba de una ciudad
a otra, le había faltado el tipo de
organización económica capaz de sostener el éxito político. Hammurabi fue el
primero de los grandes administradores de la historia; fue un reformador
dedicado al servicio de su pueblo: Anum y Enlil (los dioses del cielo y de
la tempestad) me encargaron de organizar el bienestar del pueblo a mi, Hammurabi,
el devoto, el príncipe temeroso de Dios, para que hiciera prevalecer
la justicia en este país, para que destruyera al perverso y al
malvado, para que el fuerte no oprimiera al débil, para que me levantara como
el sol sobre los cabezas negras e iluminara el país. Hammurabi, el
pastor, nombrado por Enlil, soy yo; el que hace que abunde la afluencia y la
prosperidad..., el que restauró Uruk; el que proporcionó agua en
abundancia a su pueblo...; el que lleva la alegría a Borsippa...; el que
almacena grano para la poderosa Urash; el salvador de su pueblo de la
desgracia, que distribuye con toda seguridad la parte que a cada cual corresponde
en medio de Babilonia... que se haga justicia al huérfano y ala viuda...
Yo establecí la ley y la justicia en la lengua del país, causando con ello
el bienestar del pueblo.
Este
prólogo al Código de Hammurabi constituye ciertamente
una lección ejemplar de moralidad política. He aquí, pues, un cuerpo de leyes,
redactado hace cerca de 4.000 años, con objeto de promover un mayor grado de
justicia en los tratos de unos hombres con otros y mejorar la suerte de
aquellos que estuvieran directamente relacionados con la prosperidad del reino.
El texto se halla inscrito en una magnífica estela de diorita negra, de dos
metros y medio de altura, que fue descubierta en Susa en 1902 y actualmente se
halla en el Museo del Louvre. Sobre la inscripción hay una escena en
bajorrelieve, finamente esculpido, donde se ve al propio Hammurabi recibiendo
las nuevas leyes de las manos de Shamash, el dios solar, ante cuya sagrada presencia
Hammurabi juró proteger los derechos
legales de su pueblo. De acuerdo con los convencionalismos artísticos de la
época, el dios se halla sentado y su adorador, Hammurabi, permanece de pie ante
él.
De
entonces en adelante, cualquier hombre que no pudiera pagar sus deudas y se
viese obligado en consecuencia a venderse a sí mismo como esclavo ante el magistrado tenía garantizada su libertad
después de haber quedado durante un período de tres años al servicio de su
acreedor. Toda suerte de contratos tenían que ser debidamente redactados y
firmados por testigos; si un hombre entregaba algún objeto valioso a otro para
que se lo guardara sin testigos ni contrato escrito, y luego el otro negaba
haberlo recibido en el lugar donde se hizo el depósito, el caso no
constituye materia litigante. El fraude y la imprudencia eran severamente
castigados: Si una mujer vendedora de vino... ha hecho que el valor del vino
sea menor que el del grano, hay causa contra la vendedora de vino, y, si se
prueba el caso, la mujer será arrojada al agua. Análogamente, si un
arquitecto construye una casa, pero su obra no es lo bastante resistente y
luego resulta que la casa que él ha construido se derrumba causando la muerte
del propietario de la casa, el arquitecto será condenado a muerte. Y,
tal vez para estimular la eficiencia en el campo de la medicina: Si un
cirujano realiza una operación importante en un señor con una lanceta de bronce
y causa la muerte a dicho señor, o abre la órbita de un señor y le
destruye el ojo, se condena al cirujano a cortarle la mano. Por otra parte:
Si el cirujano ha unido y consolidado un hueso roto a un señor, o le
ha curado una distensión de un tendón, el paciente dará al cirujano
cinco siclos de plata.
En los
antiguos tiempos súmenos, la esposa no
tenía derecho a pedir el divorcio. Hammurabi introdujo una serie de reformas
sobre el matrimonio; a menos de que pudiera probarse algún acto de infidelidad
en contra de ella, se suponía a la esposa en principio casta y sus derechos, juntamente
con los de sus hijos, quedaban
protegidos. En caso de adulterio, los amantes ilícitos estaban condenados a morir ahogados en el Eufrates; pero, para
poder probar que la mujer era culpable, el acusador tenía que enfrentarse con
tantos detalles a esclarecer, sin que quedara ninguna duda, que lo corriente
era que quedase perdido en un laberinto de argucias legales. La mujer, en
Babilonia, no se consideraba como esclava del hombre ni como su inferior; por
el contrario (y eso treinta y siete siglos antes de que Occidente hiciera el
mismo descubrimiento) era considerada como su igual y gozaba de los mismos
derechos legales. Bajo el reinado de Hammurabi, en Babilonia una mujer podía
legalmente prestar dinero, comprar bienes inmuebles o arrendarlos, redactar
testamentos y aceptar o rechazar contratos. Estaba autorizada a promover
pleitos y a testificar ante los tribunales de justicia. En la civilizada
sociedad de Babilonia, con sus actividades esencialmente comerciales, el papel
de la mujer no estaba relegado a segundo término ni mucho menos.
Antes
de la época de Hammurabi, la justicia había sido
administrada casi exclusivamente por los sacerdotes, jueces de las puertas
del templo; pero el rey de Babilonia, para evitar lo que él llamaba abuso de
lo divino, los sustituyó por jueces seglares, funcionarios palatinos y
magistrados locales. Esta drástica reforma estableció el dominio de la ley por
toda Babilonia y su imperio, y dejó muy claro para todos que el tiempo de los
sobornos y de los favores había terminado y que la justicia derivaría en el futuro,
no del dios de Sippar o del dios de Nippur o del dios de Larsa, sino del dios
supremo de Babilonia y de su servidor, el rey. Un nuevo espíritu animó al
mundo. Más de tres mil quinientos años antes de que la igualdad de todos los
ciudadanos ante la ley fuese decretada por la Revolución Francesa, este mismo
concepto ya constaba claramente en el Código de Hammurabi.
Unos párrafos muy imaginativos, entresacados de una de las obras del gran
historiador norteamericano James Henry Breasted,
retratan los detalles cotidianos que derivarían de la obra de Hammurabi:
«En frases breves y claras, el rey se pone a dictar sus
lacónicas cartas, comunicando sus órdenes a los gobernadores locales
de las antiguas ciudades súmenos que ahora él gobierna. El secretario
se saca el estilete de caña del estuche de cuero que lleva sujeto en su cinturón
y rápidamente recubre su pequeña tablilla de arcilla con líneas
de grupos cuneiformes. El escribiente luego espolvorea sobre la blanda y
húmeda tablilla un puñado de polvo seco de arcilla; esto es para evitar
que el sobre, también de arcilla, con el que ahora envuelve hábilmente
la carta, se adhiera a la superficie escrita. Sobre este blando envoltorio escribe
la dirección y manda en seguida la tablilla a que sea cocida en
el horno.
Los mensajeros le entregan constantemente otras tablillas
similares, y del mismo modo cerradas. Este servidor de Hammurabi es un escribiente
de toda confianza; es su secretario particular, de modo que es él
quien rompe a pedazos los sobres de arcilla en presencia del rey y le
lee en voz alta las cartas que le van llegando de todas las partes del reino...
La inundación ha obstruido el curso del Eufrates, entre Ur y
Larsa, y, naturalmente, una larga hilera de barcas han tenido que
amarrar y están esperando. La respuesta del rey ordena al gobernador de Larsa
que despeje el canal con la mayor urgencia y lo deje de nuevo navegable...
«El calendario se ha adelantado un mes entero al correspondiente
según la estación y el rey envía una carta circular a todos los
gobernadores, en la que les dice: "Como que el año presenta una deficiencia,
ordeno que el mes que ahora empieza sea registrado como segundo mes de
Elul". Pero advierte al mismo tiempo a los gobernadores que los
impuestos del mes próximo no deben ser suspendidos a causa de esta
modificación, y recuerda firmemente a los recaudadores de contribuciones
rezagados
cuáles son sus
obligaciones, instándoles a pasar cuentas inmediatamente sin excusa ni pretexto
alguno...»
«El jefe de los panaderos del templo se encuentra con que las órdenes
reales conminándole para que organice una fiesta religiosa en Ur le harán
ausentarse de la capital precisamente en el momento en que los tribunales van
a dirimir un pleito muy importante para él. Entonces el panadero solicita
y obtiene fácilmente del rey que se aplace la vista de la causa. El interés
del rey por las fiestas religiosas parece ser tanto como el que tiene por la justicia,
ya que muchas de las cartas por él dictadas se refieren a las propiedades y
ala administración del templo, por el que constantemente denota tener
grandes preocupaciones».
Así pues, Babilonia, bajo el hábil gobierno de Hammurabi, llegó a ser la
verdadera capital política de Oriente, el pivote de la cultura y del comercio.
Los grandes adelantos conseguidos por esta notabilísima ciudad parecía que tenían que asegurar
la paz y la prosperidad a sus habitantes durante largo tiempo. Pero,
desgraciadamente, la paz nunca dura muchos
años. Las relaciones amistosas entre diferentes pueblos
tampoco continúan indefinidamente. Sólo había transcurrido un
siglo desde la muerte de uno de los reformadores más
dinámicos y valientes de
la historia, cuando el clamor de los hititas,
presionando desde Siria, se hizo oír en las
orillas del Eufrates.
La
invasión de los hititas trajo consigo un
inevitable cortejo de desastres.
Ciudades prósperas, después de una sola noche de combate, quedaban totalmente muertas y abandonadas.
La sangre manaba por todas partes, y las llamas del
incendio asolaban Babilonia por sus cuatro costados. Los
dioses y los demonios se
habían ocultado. Millares de cadáveres eran
arrastrados por los ríos hasta el mar lejano. Hubo
tumultos, violaciones, deportaciones
y el traslado de poblaciones enteras. La caída del Primer Imperio de Babilonia indicó el fin de una fase de
civilización en esta región, que había durado varios siglos.
Pero
llegó un día en que el gobierno dinástico fue
restaurado en Babilonia, esta segunda vez bajo los reyes
casitas. La misma ciudad de Babilonia pudo quedar relativamente bien conservada
durante este prolongado período de
devastaciones y confusión. Los casitas, dinastía de origen indo-iranio, eran
montañeses de la, región de Zagros, que se habían sentido atraídos por los
ricos hechizos de las fértiles llanuras que tenían a tiro de saeta. Su
dominación estaba destinada a durar varios siglos, tanto que bien puede decirse
que la conquista casita fue la de más prolongado arraigo que conoció
Mesopotamia.
Durante
este período hay un largo intervalo silencioso en los
anales de Babilonia. Cuando reaparecen los documentos, es evidente que el
escenario ha cambiado muchísimo: el poderío de los hititas ya está en franca
decadencia, pero un nuevo imperio, joven y vigoroso, había surgido en Asiría y
presionaba hacia el sur, en dirección a Babilonia.
II. EL IMPERIO ASIRIO
A
medida que la fortuna de Babilonia se iba eclipsando, Asiría se convertía en un peligro cada vez mayor, que amenazaba desde el
norte, de tal modo que muy pronto su influencia sustituyó a la de su rival de
la región del Tigris y el Eufrates y se extendió hasta las lejanas orillas del
lago Van. Egipto, después de haber medido sus fuerzas con los hititas, empezaba
a perder el control de su imperio. Hubo un nuevo y pasajero renacimiento en el
Elam, que dio como resultado final la expulsión de los casitas y el
entronizamiento de una nueva dinastía en Babilonia, bajo Nabucodonosor I, que
consiguió durante un breve período la total independencia del país; pero una
vez más los elamitas iban a desaparecer de la escena política por obra y gracia
de los babilonios, los cuales a su vez quedarían sujetos durante varios siglos
a un régimen de vasallaje y luchas constantes.
Asiría adquirió rápidamente fama y poderío. Las victoriosas campañas de
Teglatfalasar I, hacia el final del siglo XII
a. de J.C. habían acarreado inmensos tesoros a la
real ciudad de Asur. Pero todavía tuvieron que transcurrir trescientos años
antes de que Asirla lograse alcanzar la codiciada supremacía. Durante la mayor
parte de este poderío, los árameos de Siria consiguieron mantenerla a raya;
pero a principios del siglo IX a. de J.C., con el advenimiento de Asurnasirpal II,
el genio militar de Asiria tomó al mundo por asalto
y una larga sucesión de implacables conquistadores asolaron la tierra
destruyendo cuanto encontraron a su paso.
Entonces
fue cuando Nimrud (Calah) se convirtió en la capital de Asiría, con su real palacio decorado con elegantes bajorrelieves y enormes
estatuas de cuerpo entero. Las campañas de Salmanasar III,
el hijo de Asurnasirpal II,
que conquistó Siria y Babilonia, fueron esculpidas
en sus famosas puertas de bronce, actualmente en el Museo Británico. En un
obelisco de piedra negra, descubierto en Nimrud, las escenas allí esculpidas,
representando el pago del tributo a Salmanasar III,
indican la rápida extensión del imperio. El período
que siguió a la muerte de Salmanasar III representó un cierto retroceso para el prestigio de Asiría, ya que hubo
revoluciones en Siria y Babilonia. Un eclipse total de sol, ocurrido en el año
763 a. de J.C., se interpretó como signo de la cólera divina y, en
consecuencia, se produjeron tumultos en Nimrud, que culminaron en el momento en
que un general asirio llamado Teglatfalasar se apoderó del trono. Bajo su
dirección, Asiría reanudó su política de conquistas y deportaciones de poblaciones
enteras. Transportado con toda pompa a Babilonia, un año antes de su muerte,
Teglatfalasar tomó el antiguo título de Rey de Sumer y Accad.
Su
sucesor murió asesinado y otro usurpador se apoderó del trono,
con el nombre de Sargón II; así pues, se conmemoró el nombre del gran Sargón de Agade por otro genio
militar. Las campañas anuales prosiguieron con el mismo éxito y la misma
ferocidad: Yo, Sargón, rey de las Cuatro Regiones (del mundo), gobernante
(pastor) de Asiría..., que observo cuidadosamente la ley de Shamash, de
la estirpe de Asur, la ciudad de la sabiduría, de ágil inteligencia,
que observo reverentemente la palabra de los grandes dioses, sin violar jamás
sus órdenes; yo, Sargón, el rey de derecho, cuyas palabras son graciosas, cuya
abominación es la falsedad, de cuya boca (las palabras) que traen maldad y daño
no emanan; sapientísimo príncipe de las regiones (de la tierra), que fue creado
en sabiduría y comprensión, que mantiene el sagrado temor a dioses y
diosas; a Asur, rey de todos los grandes dioses, señor de las tierras, creador
de visión (profética), rey de la totalidad de los grandes dioses, el cual
ilumina las regiones (de la tierra)... como quiera que yo .nunca hubiese
llegado cerca de Ursa, el armenio, ni en los confines de sus dilatadas tierras,
ni hubiese vertido la sangre de sus guerreros en el campo (de batalla), por eso
elevé mis manos, rogando poder derrotarle en el
combate, haciendo que sus inocentes palabras se volvieran contra sí mismo y que él mismo acarrease su propio pecado...
El
reino de este monarca, que de un modo tan ostentoso y reiterado exhibía sus títulos en las estelas de granito destinadas a perpetuar el
recuerdo de los de su raza, puede decirse que marca el cenit de la grandeza
asiría. Al hacerse coronar en Babilonia (maniobra que demuestra su agudeza
política), Sargón II añadió un gran brillo cultural a su posición de supremacía militar.
Aunque Babilonia ya había dejado de ser el centro comercial y político del Asia
Occidental, había retenido, sin embargo, su significado espiritual y religioso
durante todo este período, a pesar de las constantes alarmas y guerras.
Babilonia era insustituible.
Una
vez más se produjo un cambio de capital. La nueva
capital asiría, construida por Sargón II en Khorsabad, fue planeada a escala monumental, con unas murallas de
ladrillo de veintitrés metros de anchura y unas enormes puertas ornamentales
con figuras colosales esculpidas en piedra. En el interior del palacio, la
vasta extensión de las paredes estaba cubierta con bajorrelieves, donde se
representaban escenas de las victoriosas campañas de Sargón II,
juntamente con procesiones y ceremonias religiosas
y extrañas figuras mágicas que simbolizaban a los genios protectores del rey.
Sargón II no vivió
mucho tiempo para poder disfrutar de esta fantástica ciudad. Apenas habían
transcurrido dos años de su solemne entrada en Khorsabad, cuando fue asesinado.
Era en el año 705 a. de J.C.
Su
hijo Senaquerib escogió a Nínive
como capital. Una prodigiosa cantidad de trabajo se derrochó para mejorar,
engrandecer y embellecer la ciudad y especialmente el
palacio. Se plantaron parques y jardines con árboles y plantas procedentes de lejanas tierras, ahora bajo el dominio
de Senaquerib. Se desvió el curso de los ríos que bajaban de los altos montes,
por medio de canales, y así fueron llevados hasta Nínive. Breasted describe así
la construcción del palacio: «El oro, la plata, el cobre, la roja piedra
arenisca, el mármol, el alabastro, el marfil, el arce, el boj,
la morera, el cedro, el ciprés, el pino, el olivo, el roble,
todos estos materiales tenían su lugar en su ornamentación. En el interior
se veían grandes plafones de ladrillos esmaltados con brillantes
colores, con los techos encalados para quitar la penumbra y cortinajes
desplegados en torno a elaborados pinjantes de plata. Junto a las puertas había
unas colosales vacas de mármol y marfil que soportaban el cáliz floral donde
descansaban las columnas. Para el mismo propósito se habían fundido en
bronce unos toros y leones alados y las columnas de madera de cedro que
ellos sostenían estaban chapadas de cobre. Así fue creado el "Palacio
sin rival", centro del mundo civilizado».
Pero
Senaquerib era uno más de aquella
raza de conquistadores, sedientos de gloria e incapaces de tolerar un rival. A
sangre y fuego asoló el país de Judá, llegando hasta sitiar Jerusalén. En esta
época, Asiría inspiraba un odio universal y se veía atacada por los cuatro
costados. Senaquerib, que tenía la costumbre de clavar a sus prisioneros en las
puertas de su palacio, saqueó, robó y quemó en vano. Sus enemigos le
devolvieron golpe por golpe, surgiendo en hordas de todas direcciones para
acosarle, hostigarle y entorpecerle. En Jerusalén, Senaquerib hizo encerrar en
una jaula como si fuera un pájaro a Ezequías y lo insultó ante su mismo
pueblo, en la plaza pública; luego aplastó una coalición de las provincias
elamitas y el imperio babilónico y procedió a tomar cumplida venganza de la
ciudad de Babilonia, la cual, debido a una combinación de mala estrategia, con
la fuerza de los acontecimientos se había transformado
en el centro de una abierta insurrección contra Nínive. Babilonia tenía que dejar de existir, tenía que
desaparecer de la faz de la tierra, sin dejar rastro. Senaquerib dio la orden
espeluznante de tomar la ciudad por asalto y saquearla a fondo. Y Babilonia fue
tomada por asalto y saqueada. En la roca baviana en las fuentes del caudal que
nutre los canales de Nínive, está escrito el relato por el feroz asirio: La
ciudad y (sus) casas, desde los cimientos hasta él techo, yo
destruí, devasté e incendié. Yo arrasé y luego tiré en el canal Arakhtu la
muralla interior y la exterior, los templos y los dioses y las
torres del templo, de tierra y ladrillo, tantos como allí había. Abrí
canales en medio de la ciudad y la inundé con agua y así destruí
sus mismos cimientos. Hice su destrucción más completa que si hubiese
sido arrasada por un diluvio. Y para que en los días venideros el
emplazamiento de esta ciudad y (de sus) templos y dioses no fuese
recordado, la aniquilé completamente con (inundaciones) de agua y la
dejé como un prado.
El
envidioso ninivita no intentó disimular
su alegría ante el espectáculo de la gran ciudad derrumbándose al rojo
resplandor de mil incendios. Pero la fulminante destrucción de esta ciudad
sagrada fue profundamente lamentada por todos los habitantes de Oriente. La
magnitud del acontecimiento fue tal que, cuando se anotó en las crónicas
posteriores, sobraron los comentarios: En el primer mes de Kislev fue tomada
Babilonia, y su rey, Mushezib-Marduk, fue capturado y conducido a
Asiría.
Pero
los designios de los dioses son inescrutables. Algunos años más tarde, cuando la ciudad se levantaba una vez más de las ruinas,
Senaquerib murió asesinado: Y ocurrió que, mientras Senaquerib estaba orando
en la casa de su dios, sus dos hijos, Adrammelech y Sharezer, lo pasaron al
filo de la espada y luego escaparon a tierras de Armenia. Y Esarhaddon,
otro hijo suyo, reinó en su lugar.
Senaquerib
intentó borrar una ciudad de la faz de la tierra por
medio del asesinato, del incendio y de la destrucción total.
Si el
espectro maldito de Senaquerib, errabundo por sus antiguos dominios, volviera
ahora a visitar la escena de sus siniestras hazañas, es muy posible que pensara que no valía la pena de hacer las
barbaridades que hizo en vida para alcanzar una triste celebridad que no le
hace honor alguno, ya que el viento y la arena se han encargado de borrar a
Babilonia del mapa, con mucho mayor eficacia que el mismo Senaquerib, a pesar
de su ferocidad implacable.
Después del asesinato de Senaquerib, el Imperio Asirio fue perdiendo
potencia. El nuevo rey, Esarhaddon, primero entre todos los príncipes,
objeto del afecto de la reina Ishtar, cordial deseo de todos los
grandes dioses, tuvo que enfrentarse con una situación que se le escapaba
de las manos. El fuego de la rebelión ardía por todas partes: en Fenicia, donde
Sidón fue arrasada, en Babilonia y en las fronteras de Egipto. Las tablillas de
los sacerdotes son elocuentes: ¡No temas, Esarhaddon! Yo, el dios Bel,
te hablo... El dios Sin está a tu derecha y el dios Shamash a .tu izquierda;
sesenta grandes dioses están a tu alrededor, dispuestos en orden
de batalla...
Estas
tablillas oraculares, que registran los decretos de Asur, se untaban con aceite
de la mejor calidad y se llevaban ante el rey antes de empezar una campaña. De un solo empuje, el asirio saltó del Eufrates al Nilo, atravesando
el país de las tribus del desierto, y tomó a Menfis por la espalda: Menfis...
en medio día, con minas, túneles y asaltos, yo sitié, capturé, destruí, devasté
e incendié.
Así cayó la más antigua de las grandes ciudades egipcias, fundada, según
Herodoto, por Menes, cuando las tierras del Alto y del Bajo Egipto fueron
unidas por primera vez; Menfis, la famosa capital del Antiguo Reino. Más
adelante, durante un breve período, los egipcios consiguieron recapturar la
ciudad, sólo para sufrir luego una derrota mucho peor a manos de Asurbanipal.
Pero,
en otros aspectos, Esarhaddon demostró ser más conciliador que sus
predecesores, ya que hizo un pacto de alianza con Babilonia, pacto que consiguió gracias a la restauración de la ciudad que su padre había arrasado.
Esta fue una excelente maniobra diplomática, ya que así evitó tener que
diseminar sus fuerzas, y se ahorró el tener que dejar una guarnición en
Babilonia para defenderla de los merodeadores del sur y del este. Su hijo,
Asurbanipal, es famoso principalmente por su aniquilamiento de Tebas durante la
segunda campaña asiria contra Egipto en el año 669 a. de J.C. y de una tercera,
siete años más tarde. Asurbanipal saqueó a esta ciudad con tal ferocidad (con
el mismo bárbaro salvajismo que había incitado a Senaquerib a arrasar
Babilonia) que la devastación que allí dejó ha servido desde entonces como un
modelo perfecto de lo que significa tomar represalias contra una ciudad. En
mi segunda campaña me dirigí hacia Egipto y Etiopía. Tandamané (el
faraón) se enteró de cómo avanzaba mi ejército y de que yo estaba invadiendo el
territorio de Egipto. Abandonó Menfis y huyó a Ni (Tebas) para salvar su vida.
Los reyes, prefectos y gobernadores que había instalado en Egipto
acudieron a besar mis pies. Tomé la carretera en busca de Tandamané, y llegué
hasta Ni, su fortaleza... Con mis manos capturé esta ciudad (Tebas) por entero,
con la ayuda de Asur y de Ishtar. Allí encontré plata, oro, piedras preciosas,
los muebles de su palacio de brillantes colores, la ropa blanca, grandes
caballos, la gente, hombres y mujeres y dos grandes obeliscos... que estaban
junto a las puertas del templo, todo lo cual quité de su sitio y me lo llevé a Asiria.
Este
es el escueto relato oficial de la toma de Tebas; las escenas de carnicería y devastación se dejan a la imaginación de cada cual.
La
Biblioteca de Asurbanipal, que se conserva en el Museo Británico, consta de varios millares de tablillas, muchas de las cuales
llevan claras trazas del incendio de Nínive. Esta biblioteca constituye la
mayor y más importante colección de textos sumerios, accadios, asirios y
babilonios que jamás se haya descubierto bajo
las polvorientas llanuras de Mesopotamia. Como material de estudio para el
historiador, es un cuerpo de información único e importantísimo para poder penetrar en la historia de Oriente
en sus aspectos esenciales desde los más remotos tiempos hasta la caída del
Imperio Asirio. «Esta biblioteca», escribe Charles F. Jean, «contiene una
literatura histórica completa». Algunas veces los escribas copiaron sus
documentos, palabra por palabra, pero otras veces los tradujeron añadiendo
breves notas explicativas para ayudar al artista que tenía por misión exponer
la historia de sus reyes en los bajorrelieves, en las estelas fronterizas, en
las estatuas y en los carros de guerra. Actualmente ya se han descifrado textos
más importantes, como la Crónica de los primeros reyes de Babilonia.
En su
mayoría, los documentos de esta biblioteca tratan de
astrología, de medicina y de religión. Son altamente instructivos y gracias a
ellos ha sido posible comprender muchísimo de la historia y vida cotidiana de
las primitivas comunidades civilizadas. Nos hablan, por ejemplo, de cómo el
pueblo de Mesopotamia solía interpretar los augurios qué veía continuamente a
su alrededor, en el cielo, en el vientre de un animal recién sacrificado, en
las monstruosas formas imaginarias de todas las cosas, en la cola de un meteoro
o en la trayectoria de un relámpago. Los adivinos vigilaban la luna, majestuosa
y cambiante en la clara noche asiría. En el rumor del viento reconocían la voz
de los dioses que aúllan; se veían capaces de asegurar la buena ventura
del primero que se presentase, de acuerdo con la posición de Saturno respecto
al halo de la luna. Hay millares de textos en que están inscritas las
observaciones e interpretaciones de fenómenos de todas clases hechas por los
arúspices. Otras tablillas nos instruyen respecto a los conocimientos del mago
profesional, personaje poseedor de muchas y grandes habilidades. El mago
profesional sabía arrojar los demonios y toda corrupción oculta del cuerpo del
paciente; evitar, por medio de fórmulas rituales, las aflicciones y
enfermedades que roban la vida del
organismo; buscar el mal aunque estuviera muy oculto y dondequiera que se
hallase y destruirlo al hallarlo, por medio de la magia simpática; identificar espectros privados de su tumba y de las libaciones y
ofrecimientos funerarios, y transformar por procedimientos mágicos el
monstruoso alú, que no tiene boca ni orejas y que se pasea, errabundo,
por las calles. Era también el mago quien colgaba del cuello de los enfermos
las cabezas de pazuzu perforadas, como precaución habitual, y que se
encargaba de modelar figurillas de betún o de pasta de sésamo o ajonjolí para
su uso en la magia simpática; también era él quien podía descifrar el futuro
que se hallaba escrito en las entrañas o el hígado de la víctima propiciatoria,
y que sabía interpretar los movimientos de las gotas de aceite echadas en un
cubo de agua.
Entre
los muchos millares de tablillas procedentes de la biblioteca de Asurbanipal se
cuentan una selección de himnos
y plegarias y, además, otros textos ceremoniales y rituales muy informativos
sobre las creencias religiosas y las prácticas sociales de estos antiguos
pueblos. Una de las plegarias parece ir dirigida a todos los dioses, tanto
conocidos como desconocidos:
...Oh,
Señor, mis transgresiones son muchas; grandes son mis
pecados.
...Oh,
dios, a quien conozco o a quien desconozco, (mis)
transgresiones son muchas; grandes son (mis) pecados.
...El
dios a quien conozco o a quien desconozco me ha oprimido; la diosa a quien
conozco o a quien desconozco me ha enviado el sufrimiento.
Aunque
voy constantemente en busca de ayuda, nadie me toma de la mano.
Cuando
lloro nadie viene a mi lado.
Me
lamento y gimo, pero nadie me oye.
Me
siento confuso, me siento abrumado, no puedo ver.
¿...Cuánto tardará aún, oh mi diosa a quien conozco o a quien desconozco,
en quedar aquietado este corazón hostil?
El hombre es necio; no sabe nada.
La
humanidad, toda la que existe, ¿qué sabe de ella misma?
Tanto si peca como si obra bien, el hombre nada sabe.
Oh, dios mío, no arrojes de ti a tu servidor.
Tu servidor está cogido en las aguas de una ciénaga; tómale de la mano.
El
pecado que he cometido, conviértelo en
bondad.
...Arráncame mis delitos como
si fueran mi ropa...
El
modo lamentoso es característico de
gran parte de la literatura de Babilonia y de Asiria. Un aspecto nuevo del
carácter de Asurbanipal se deja traslucir en una carta sarcástica que él mismo
escribió a los babilonios y en la que cita dos proverbios: Hasta cuando el
perro del alfarero fue echado al horno, se permitió gruñirle al alfarero;
y La palabra de una pecadora a las puertas de la casa del juez prevalece sobre
la de su marido.
Asurbanipal
había saqueado Tebas. Cuando conquistó Babilonia, el
año 648 a. de J.C., también incendió Susa e hizo una gran matanza de sus
habitantes. «Y se llevaron a Nínive», escribe Charles F. Jean, «tal como tenían
por costumbre, dioses y diosas, con todo su tesoro y los funcionarios del
templo, las estatuas de los primeros reyes y hasta los toros sagrados que
guardaban los templos, y toda suerte de trofeos. Además, violaron los sepulcros
de los reyes para privarles del eterno descanso». Y, en las mismas palabras de
Asurbanipal:
Los
sepulcros de estos reyes, tanto los antiguos como los modernos... yo destruí, devasté y expuse al sol. Sus huesos me los llevé a Asiria. Dejé la inquietud sobre sus sombras. Les privé de
ofertorios de alimentos y de libaciones de agua.
Asurbanipal
era el preferido de los dioses de Asur; el hijo del rey lidio Gyges le pidió que le permitiera llevar su yugo. Los árabes, en cuyas tierras hacían
continuas incursiones los ejércitos de Asurbanipal, quedaron despojados por sus acometidas, hasta el
punto de que se vieron obligados, según lo que puede colegirse de las crónicas,
a comerse la carne de sus propios hijos para poder satisfacer su hambre. Algunos
cautivos especialmente escogidos fueron tratados con distinguido favor; uno de
estos, U-a-ate, fue capturado y llevado a Nínive. Asurbanipal en persona
le recibió y le aplastó la mandíbula con el cuchillo que llegaba en
la mano, después de cuyo saludo de bienvenida le pasó una cuerda por el
cuello y lo ató a la perrera. El relato oficial de las atrocidades llega a
hacerse tedioso al cabo de un rato de leerlo: Le cogí vivo en medio de la batalla
y en Nínive, mi capital, le desollé lentamente.
Pero
tanta crueldad llamó sobre sí el
castigo correspondiente. A los pocos años, el sádico asirio era ya el monarca
más temido y más odiado del mundo oriental. Su supremacía se extendía hasta los
límites del mundo conocido. Bajo su despotismo se prosiguió con una política de
terrorismo y de deportaciones en masa, y sus repetidas plegarias a la diosa
Ishtar fueron seguidas de triunfo tras triunfo; pero hacia el final de su
reinado empezó a debilitarse su dominio sobre el extenso imperio. Asiria estaba
en vísperas de hundirse estrepitosamente y desaparecer para siempre de la
historia.
III. LOS NEOBABILONIOS
En el
transcurso de las confusas y turbulentas décadas que siguieron a la muerte de Asurbanipal, la vida renació en
Babilonia. Las crónicas relatan cómo fue derrotada Asiría en su último intento
de mantener sojuzgada a Babilonia, en el año 626 a. de J.C. Una ciudad
babilónica, posiblemente Nippur, mantenida por una guarnición asiría, fue
sitiada durante tanto tiempo por el ejército babilónico que sus habitantes
tuvieron que vender a sus propios hijos para comprar alimentos. De acuerdo con
la tradición militar de aquella época, los asirios se habían llevado consigo
los dioses de Elam para depositarlos en Uruk; ahora estos dioses fueron
devueltos a Susa por el astuto Nabopolasar, rey de Babilonia y fundador de una
nueva y brillante dinastía. En 615 a. de J.C., los medas, conducidos por
Ciaxares, invadieron Asiría, donde unieron sus fuerzas a las de los babilonios
en una alianza que había de tener un profundo significado para el futuro de la
ciudad. Tres años más tarde, después de un asedio de tres meses, Nínive
sucumbió bajo un asalto tremendo y el Imperio Asirio desapareció.
La caída de Nínive, eclipsada por el humo de una conflagración inolvidable,
fue la señal para que los demás pueblos sojuzgados y oprimidos se lanzaran sin
freno al saqueo, a la violación y a la venganza. Fue un acontecimiento que hizo
tambalearse al mundo antiguo, pero aún hubo más. Porque entonces surgió el hijo
de Nabopolasar como jefe del ejército babilónico, conduciéndolo a la victoria,
mientras su padre se quedaba en Babilonia. El hijo de Nabopolasar se llamaba
Nabucodonosor, y sus hazañas no pasarían ciertamente inadvertidas por la historia.
Nabucodonosor...
Extraordinaria persona, más
extraordinaria que ninguna otra si uno se aventura a estudiarla de cerca.
Nabucodonosor ya tenía bastantes años para tener idea de cuál había sido el
tremendo poderío y el extraordinario salvajismo de los reyes asirios, y en su
juventud había sido testigo de las llamas que lamieron las murallas de Nínive
para ir a consumir sus palacios y sus templos y ahumar los históricos
bajorrelieves de piedra y demás monumentos. La destrucción de aquella
formidable y espléndida ciudad, que desapareció como si se la hubiera llevado
el viento, le dejó una impresión imborrable. Nínive había quedado enterrada
bajo un montón de cenizas su arrogante pueblo guerrero había sido precipitado a
los más profundos abismos del infierno de Nergal, donde cada recién llegado
recibe por todo alimento las sesenta enfermedades que le afligirán por toda la
eternidad y pasa a ser un espectro más entre las restantes sombras errabundas,
soñando en volver a la tierra para devorar a los vivientes. Nínive quedó, pues,
finalmente exterminada, con la ayuda de un oscuro meda, y su imperio quedó a
disposición del primero que quisiera apoderarse de él. Nabucodonosor tomó la
ocasión por los pelos.
La
carrera militar de Nabucodonosor se inició con una brillante victoria. En la batalla de Carchemish se enfrentó
con Egipto, el antiguo enemigo con el que tenía un propósito común: el dominio
de Siria. La derrota del ejercitó egipcio fue seguida de una implacable
persecución de sus restos, y, según las crónicas, ni un solo hombre pudo
escapar a su país. El historiador Josefo relata el resultado de la
contienda en una sola frase: Así pues, el rey de Babilonia atravesó
el Eufrates y tomó toda Siria, hasta Pelusium, con la excepción de Judea.
Jehoiakim,
rey de Judá, había sido vasallo del faraón y se sometió
voluntariamente a Nabucodonosor, quien se llevó a Babilonia a unos cuantos
judíos cautivos, entre ellos el profeta Daniel.
El
victorioso empuje de Nabucodonosor se detuvo en Pelusium, ya que, como cuenta
Beroso: «Resultó que su padre, Nabopolasar, cayó enfermo
por aquel tiempo y murió en la ciudad de Babilonia, después de un reinado de
veintinueve años. Pero cuando, al poco tiempo, Nabucodonosor se enteró de que
su padre, Nabopolasar, había muerto, puso en orden los asuntos de Egipto y de
otros países, y entregó los cautivos que había tomado... a algunos de sus
amigos, con objeto de poder conducir él mismo a Babilonia aquella parte de sus
fuerzas que iban protegidas con armadura pesada, con el resto de sus bagajes; a
Babilonia se dirigió, a través del desierto, con unos pocos soldados, pero a
marchas forzadas; y cuando llegó se encontró con que los asuntos públicos
habían sido administrados por los caldeos y que la principal persona entre los
caldeos le había guardado el reino para él. Por consiguiente, entró en posesión
de todos los dominios de su padre y luego ordenó que los cautivos fuesen
establecidos en colonias, en lugares cercanos a Babilonia».
Así pues, el día mismo de su llegada a Babilonia, el primer día de Elul (6
ó 7 de septiembre) del año 605 a. de J.C., Nabucodonosor II
subió al trono. Su apresuramiento en regresar a
Babilonia por el camino más corto, a través del desierto, indica que tendría
motivo para temer alguna intriga; probablemente su padre no había subido al
trono sin oposición.
La
guerra, en el mundo antiguo, se hacía a base de
campañas anuales, que tenían lugar durante los meses de verano y otoño. Un
período de paz, o sea una ausencia de campañas durante varios años seguidos,
era un acontecimiento rarísimo. Durante la dominación asiria puede decirse que
la paz fue inexistente; siempre era necesario someter rebeliones o, por
pundonor, conducir el ejército hacia las tierras y países ya vencidos y allí
exhibir el poderío militar y recoger el tributo o saquear de nuevo el país. A
veces, naturalmente, era cuestión de emprender nuevas conquistas por
territorios inexplorados y desconocidos.
Aquella serie de invasiones, año tras año,
acompañadas de pillaje y devastaciones, y el cautiverio de millares de
prisioneros, nos hace parecer casi increíble que algunos reinos dispersos
hubieran sido capaces de sobrevivir en la región comprendida entre el Eufrates
y el Nilo.
Las crónicas que nos refieren el reinado de Nabucodonosor nos indican que
éste, igual que sus predecesores, siguió el camino tradicional, al menos al
principio. En el mismo otoño en que subió al trono le encontramos en Siria,
consolidando sus triunfos y recibiendo tributo. En el año siguiente, invadió de
nuevo Siria, sin oposición, y consta que recibió tributo de Palestina y
posiblemente de Damasco, Tiro y Sidón. De entonces en adelante prosiguieron las
expediciones anuales; hubo disturbios entre las tribus nómadas del Desierto
Sirio Occidental, a las que Nabucodonosor intentó sojuzgar según el
procedimiento asirio, o sea, llevándose sus dioses. Un encuentro con Egipto en
el año 601 a. de J.C. causó considerables pérdidas a entrambos ejércitos y,
como resultado, parece ser que Nabucodonosor se halló deficiente en carros de
guerra y en caballos; por consiguiente, ya no hizo más incursiones en Egipto
durante mucho tiempo después de este contratiempo.
Pero
el huracán babilónico tenía que desencadenarse una vez más
sobre Palestina. Jehoiakim, rey de Judá, había jurado fidelidad por un período
de tres años y al final de dicho período decidió rebelarse contra
Nabucodonosor, a pesar de las advertencias de Jeremías: ¡Qué desgracia es la
tuya, oh, Jerusalén! ¿No te purificarás? ¿Cuándo será ello...? Por eso
dijo el Señor. Entregaré esta ciudad a manos de los caldeos, a manos de
Nabucodonosor, rey de Babilonia, y él la tomará; y los caldeos que
luchen contra esta ciudad vendrán y le pegarán fuego y la quemarán con
todas sus casas, las mismas casas sobre cuyos techos se ha ofrecido incienso
a Baal.
Existen
varios relatos de la captura de Jerusalén por Nabucodonosor. Según las crónicas babilónicas, Jehoiakim murió
poco
tiempo antes de que se tomara la ciudad; su hijo
Jehoiakim fue hecho prisionero y Nabucodonosor nombró en su lugar a un sustituto, llamado Zedequías. Se ordenó la colecta de
un fuerte tributo, pero aquí terminó la cosa y no se incendió la ciudad. En el
recinto real de Babilonia se han hallado unas tablillas con la lista de las
raciones suministradas a Jehoiakim y otros judíos cautivos. Pero una
revolución, dirigida por el mismo Zedequías terminó en desastre para Jerusalén,
la cual, según los cronistas hebreos, fue arrasada por las llamas:
Entonces
el rey de Babilonia mató a los hijos
de Zedequías en Riblah, ante los ojos de su padre; además, el rey de Babilonia
mató a todos los nobles de Judá.
Después le sacó los ojos a Zedequías y cargado de cadenas se lo llevó a
Babilonia.
Y los
caldeos incendiaron la casa del rey y las casas del pueblo y derribaron las
murallas de Jerusalén.
Luego
Nebuzaradan, el capitán de la
guardia, se llevó cautivo a Babilonia el resto de la población que quedaba en
la ciudad.
El
relato de Josefo da una diferente perspectiva a los acontecimientos, ya que
indica que Nabucodonosor acudió en persona
y mató a todos cuantos se hallaban en la flor de la edad, entre
ellos al propio rey Jehoiakim al que precipitó de lo alto de las murallas,
sin darle sepultura. Josefo nos representa a Jehoiakim, hijo de Jehoiakim,
como un hombre justo y amable, el cual, cuando Nabucodonosor asedió a la
ciudad, prefirió entregarle su madre y su familia antes de que el babilonio
dañara a Jerusalén.
Esto,
según Josefo, fue llevado a cabo con el convenio
previo que nada de malo les sucediera a ellos; pero el rey de Babilonia no hizo
honor a los acuerdos y se llevó a Babilonia a todos los jóvenes, a los
artesanos, a Jehoiakim, a su madre y a sus amigos.
Esta
fue la purificación de Jerusalén por el
fuego y por la espada, a manos de los babilonios. He aquí las apasionadas
lamentaciones del Salmo de Asaf:
¡Oh, Dios! Los paganos han entrado en posesión de tu herencia; han profanado tu sagrado templo; han hecho de Jerusalén un
montón de escombros.
Han
entregado los cadáveres de tus
servidores como carroña para las aves, la carne de tus santos han dado a comer
a las fieras de la tierra.
Han
vertido su sangre como si fuera agua por todo Jerusalén; y no había nadie
para enterrarlos.
Los
babilonios se enorgullecieron con sus triunfos y con su botín, sus violaciones, sus carnicerías y el hedor de la sangre y el fuego.
Por las calles carbonizadas iban cogiendo víctimas al azar y, separándoles las
piernas, se las arrancaban, partiéndolas por la mitad, como si aquello fuese
una especie de deporte, o bien las desollaban vivas, por el simple placer de
hacerlo o para demostrar lo bien que sabían hacerlo, o les arrancaban el cuero
cabelludo o las crucificaban para saborear su victoria. Con Judá torturado
hasta lo increíble, Nabucodonosor pudo inclinarse profundamente ante la
inescrutable Ishtar, diosa de la guerra. Mientras tanto, Jeremías, aquel gran
heraldo de catástrofes, que había podido escapar a la inolvidable carnicería,
se lamentaba y atronaba con sus imprecaciones: ¡Cuan solitaria está la
ciudad, antes llena de gente! ¡La ciudad ha enviudado! ¡Ella que había sido
grande entre las naciones y princesa entre las provincias ha caído a
tributaria!
Judá pagó el precio de su orgullo; había amado demasiado a su capital. Y
ahora se encontraba cargada de cadenas, burlada, injuriada y llevada en
cautiverio a Babilonia como retoque final en la entrada triunfal de los
vencedores. Su cántico de lamentaciones se oiría en la ciudad de los dioses,
la ciudad de aspecto terrorífico, con sus fabulosas fieras y dorados
monumentos. Allí, en medio de escenas de gran regocijo, la larga hilera de
cautivos iría subiendo lentamente por la empinada cuesta que conducía a la
ciudad, al son de arpas y tamboriles, pasando por los portalones de las
murallas de brillantes colores que rodeaban la ciudad; y los hebreos se detendrían ante la Gran Avenida Procesional y allí verían a la sagrada persona
de Nabucodonosor, primogénito del Gran Marduk, inmóvil en su carro de guerra,
entre las desaforadas aclamaciones de su pueblo. Pero también vendría luego el
día de la liberación:
Junto
a los ríos de Babilonia nos sentamos, sí, y lloramos al recordar Sión... Si me
olvido de ti, Jerusalén, que mi mano derecha se olvide también de
sus habilidades... ¡Oh, hija de Babilonia, que serás destruida! ¡Que sea
feliz aquel que te recompense del mismo modo que tú nos has servido a nosotros!
Desde
este momento existe un período de
silencio en las crónicas babilónicas y, por consiguiente, no tenemos todavía
información alguna referente a los treinta y tres años siguientes, que todavía
duró el reinado de Nabucodonosor. Otros documentos hacen referencia a las
numerosas campañas victoriosas del rey, pero, teniendo en cuenta el enorme
número de inscripciones en edificios y de ladrillos estampados con su nombre
que se han hallado por toda la Mesopotamia meridional, parece ser que
Nabucodonosor dedicó gran parte de su tiempo a la construcción, reconstrucción
y restauración de templos, palacios y fortificaciones a una escala que
sobrepasó de mucho la de sus predecesores asirios. Babilonia creció en belleza
y esplendor y constituyó un objeto de asombro y maravilla en todo el mundo
antiguo.
Nabucodonosor
se dio cuenta de la importancia del Eufrates como factor comercial y utilizó al máximo el río por medio de una ingeniosa reconstrucción de la red
de canales de navegación e irrigación, gran parte de la cual ya había sido
realizada unos doce siglos antes, bajo el Primer Imperio de Babilonia.
Nabucodonosor hizo construir un largo canal de aprovisionamiento, el
Libilhigalla, para variar el curso del río; este canal estaba controlado por un
inmenso embalse artificial de una profundidad
de doce metros, que podía ser
abierto o cerrado por medio de esclusas. Beroso, que suele ser un autor
fidedigno, dice que este embalse actuaba de depósito de las aguas del Eufrates,
de modo que se pudiera disponer de agua en abundancia en el momento requerido.
Sin los innumerables canales construidos por los babilonios, Mesopotamia no
hubiera podido llegar a ser nunca, en la Edad Antigua, el granero de Oriente,
como lo fue. La misma capital se extendió muchísimo en tiempo de Nabucodonosor,
el cual la rodeó de un nuevo cinturón de murallas de gran espesor. También se
amplió la ciudadela real y se construyó allí un nuevo palacio de estilo
magnífico. Se empleó generosamente el oro, la plata y las piedras preciosas,
para embellecer los templos, y la recién pavimentada Gran Avenida Procesional
fue adornada, igual que la hermosa puerta de Ishtar, con animales sagrados en
relieve de ladrillo, esmaltados de brillantes colores.
Nunca
como entonces la prosperidad de Babilonia había parecido tan segura. Las caravanas iban en interminables hileras
hacia la ciudad o salían de ella, partiendo hacia todas las rutas del desierto.
El imperialismo económico de Nabucodonosor estimulaba la capacidad comercial
natural de los babilonios. Los mercaderes empezaron a soñar con amasar grandes
fortunas con las perlas del Mar Rojo o las esmeraldas de Gobi, recogidas por
los jinetes nómadas en la estación en que soplan los vientos del norte, y
animaron a sus caravaneros para que llegaran hasta la India, hasta el mismo
corazón de aquel reino de leyenda, cuya fama durante siglos había deslumbrado
la imaginación de los reyes mesopotámicos. Babilonia no conocía rival. Esta
ciudad de un millón de habitantes se convirtió en el primer emporio comercial
del mundo.
Para
proteger los derechos de sus súbditos y para asegurar la llegada a salvo de las
caravanas, Nabucodonosor, que fue un verdadero innovador en muchas cosas,
concibió la idea de construir una nueva capital en medio
del pétreo desierto de Arabia, con objeto de
poder almacenar allí en
gigantescos depósitos todos los productos del mundo, antes de transportarlos a
Babilonia, la cual así controlaría el mercado internacional. ¡Qué auge
repentino representaría la puesta en práctica de dicha idea en plena Edad Antigua!
El dominio de las rutas caravaneras había constituido siempre una de las
principales preocupaciones de los gobernantes mesopotámicos y el origen de
guerras en muchísimas ocasiones. Pero este proyecto, aunque no era ninguna
empresa imposible, jamás se realizó. El sol del desierto, los caminos que no
llevaban a ninguna parte, las mortíferas fiebres, la insalubridad de las
escasas aguas, los tormentos de la sed, las soledades de aquel inmenso
territorio ignoto, todas estas calamidades ya eran bastante difíciles de
sobrellevar durante las marchas guerreras, pero el soldado tenía siempre la
esperanza de la victoria que le espoleaba y los frutos de la batalla le
proporcionaban una compensación nada despreciable a sus penurias y molestias
anteriores. Ahora bien, salir a explorar y reconocer el desierto en plan de
empresa comercial, por otra parte, muy azarosa, sin otro botín que la arena, ya
era una cosa muy distinta; era un aventurado derroche de vidas humanas y de
equipos de trabajo para conseguir un logro que de momento sólo existía en la
mente del rey.
Sin
embargo, fue gracias en gran parte a la visión y determinación de Nabucodonosor, por lo que la metrópoli de
Babilonia se convirtió en la principal encrucijada del comercio de la India y,
lo que todavía era más importante, con ello se arruinó la influencia comercial
de los mercaderes fenicios en Arabia. Este éxito animó a Nabucodonosor a atacar
sin pérdida de tiempo a Tiro, la Cartago del Asia occidental y la antigua rival
mercantil de los imperios de Mesopotamia.
La
destrucción de Tiro había sido claramente profetizada por
Ezequiel:
Así dijo el Señor Dios: Estoy contra ti, oh Tiro, y haré que
muchas naciones vengan contra ti...
Lanzaré contra Tiro a Nabucodonosor, rey de Babilonia, rey de los
reyes, desde el norte, con caballos y con carros de guerra, y con jinetes y
compañías y mucha gente...
Y él emplazará ingenios de guerra contra tus murallas, y con sus hachas
demolerá tus torres...
Y haré que quedes como la cima de una roca; serás un lugar donde se podrán tender
las redes.
La
ciudadela de Tiro estaba en lo alto de una isla, fuertemente defendida. Aguantó el sitio de Nabucodonosor durante trece años nada menos. Cuando, por
fin, los fenicios se sometieron, tuvieron que pagar un fuerte tributo, y así no
fue Nabucodonosor quien acarreó la destrucción final de la ciudad, sino
Alejandro Magno, algunos siglos más tarde, y entonces Tiro fue sustituida por
Alejandría.
Un
fragmento de un texto religioso indica que Nabucodonosor invadió Egipto en el trigésimo séptimo año de su reinado. Aunque no tenemos
ningún documento de origen babilónico que nos lo confirme, es muy probable que
Nabucodonosor planeara la invasión susodicha, la cual, según la tradición
bíblica, significaba el fin del imperio del faraón. Los profetas hebreos veían
en ello la mano de Jehová, que así cumpliría la antigua promesa de aplastar a
los gobernantes del Valle del Nilo, y por eso exhortaban a su pueblo a
prepararse para la hora de la liberación. Y así se cuenta que Nabucodonosor
fundó la Babilonia de Egipto, cerca de Menfis, para asegurarse de que su nombre
no se olvidase en el Valle del Nilo.
Los éxitos políticos de Babilonia la afianzaron en la supremacía completa
sobre sus débiles y moribundos vecinos. Estos fueron los mejores días de la
milenaria historia de Babilonia. La Edad de Nabucodonosor puede compararse con
la Edad de Augusto o con la de Luis XIV. La capital se convirtió en el centro rector del antiguo Oriente; era
prácticamente inexpugnable y gozó de un período de prosperidad sin precedentes en sus anales.
Nabucodonosor fue adorado por su pueblo, como un dios. Los padres llamaban a sus
hijos varones Nabukurusurilu, lo que significa Nabucodonosor es Dios, o
Nabukudurusur-Shamshi, Nabucodonosor es mi sol, o Nabuchabni,
Nabucodonosor es mi creador.
Los
babilonios entonces fueron un pueblo dichoso y afortunado. La guerra para ellos
constituía un negocio altamente lucrativo. Era posible
evitar la conscripción militar pagando simplemente un impuesto o contribuyendo
a la manutención de un soldado; no les interesaba el servicio militar. Lo que
les interesaba, en lo referente a las victorias del rey, no era la gloria de la
batalla, sino el hecho de que aquello significaba la consolidación de su
supremacía económica. El ejército tenía que ser mantenido a causa del comercio;
claro que a los soldados había que alimentarlos, pero no era necesario pagarles
gran cosa. A los babilonios les gustaba vivir bien; nada tenían de heroico
ciertamente. Aparte de los mercaderes y pequeños comerciantes, una gran parte
de la población tuvo que quedar absorbida, de un modo u otro, por las diversas
actividades religiosas. Casi continuamente tenían lugar ritos, ceremonias y
fiestas, algunos de los cuales eran larguísimos y complicados, y requerían los
servicios de muchos sacerdotes y sacerdotisas, músicos y hechiceros, y
asistentes seglares de todas clases.
Con
objeto de dar las gracias al rey por los beneficios que de él habían recibido, y para demostrarle su alto aprecio, el pueblo de
Babilonia erigió en su honor una estatua de oro macizo que pesaba más de cuatro
toneladas. Esta monumental efigie fue levantada en un cerro al sur de
Babilonia. La estatua dominaba la llanura mesopotámica y brillaba bajo los
deslumbrantes rayos del sol, enorme y fantástica, como ardiente prenda y
ejemplo de una gloria tan breve como la vida misma. Interminables procesiones
acudían a inclinarse profundamente ante el monstruo áureo. La obra de
Nabucodonosor había transformado la ciudad en un
centro internacional para cualquier clase de actividad, comercial o religiosa.
Igual que un pulpo, Babilonia extendía sus
tentáculos a su alrededor, metódica y quedamente. Por la ruta del norte, la
movediza cinta de sus caravanas se extendía hacia Ecbatana, la capital de
Media; desde allí, torciendo hacia el este por las Puertas Caspianas, llegaba a
lo que luego fue Alejandría de Asia (Herat). Allí divergían las caravanas; una
ruta se dirigía hacia Bactriana y la otra hacia la India, pasando por
Arachosia, de donde salían tres nuevas rutas comerciales. Una de dichas rutas
iba hacia el Mediterráneo, dirigiéndose primeramente al norte, siguiendo el
curso del Eufrates, y luego, en diagonal, hacia el oeste, bifurcándose una y
otra vez en innumerables carreteras que atravesaban Fenicia, Palestina y la
tierra de Moab (actualmente Jordania), para llegar hasta Pelusium, en el delta
egipcio. Finalmente, había otra carretera que conducía directamente de la India
a Babilonia, por donde los productos indios eran exportados a Persia, a
Cilicia, a Frigia y a Lidia, terminando en Sardis. Nada tiene, pues, de extraño
que Babilonia fuese una capital muy próspera. Es muy posible que Nabucodonosor
creyera que su obra duraría eternamente. Las inscripciones que se encuentran
por todas partes, grabadas sobre la roca, proclaman su gloria a todos los
vientos. Los textos del Uadi Brisa y del Nahr el Kelb, cerca de Beirut, explican
cómo el monarca se empeñó en talar los cedros del Líbano para la construcción
de un templo dedicado a Marduk y a Nabu, en Babilonia.
Habiendo
logrado una omnipotencia, raras veces conseguida por otro mortal en la
historia, Nabucodonosor abrigaba el acostumbrado deseo de tener también una vida larga y próspera. La idea dominante que se expresa en la
glíptica de aquella época, en los cilindros y en los sellos reales, es la idea
de la plegaria: un sacerdote, con las manos elevadas a la altura de los labios,
está frente a los emblemas divinos, generalmente los de Marduk y Nabu, los
cuales están dispuestos sobre un altar. Con objeto de
persuadir a los dioses para que miraran con favor su imperio y defendieran
eternamente la línea de sucesión,
Nabucodonosor dedicó cincuenta y cinco templos en su honor y restauró y
desarrolló en todos sentidos su capital para que fuera el habitáculo de
su soberanía. El monarca enumera ciertas obras que emprendió, con grandes
gastos, para embellecer su capital:
Cuando
el dios Marduk, el gran Señor, me creó,
me encargó solemnemente del mantenimiento del orden en el país, de construir
ciudades y de reconstruir los templos. Yo obedecí, lleno de temor. Yo establecí Babilonia, la ciudad
sublime... y sus grandes murallas, el Imgur-Enlil y el Nimid-Enlil.
En el umbral de sus puertas coloqué grandes toros y serpientes con pies,
como ningún otro rey lo había hecho hasta entonces. Mi padre había rodeado la ciudad
con murallas de asfalto y ladrillo cocido; por mi parte, construí
una nueva y poderosa muralla, a lo largo de las otras, y la uní con las murallas
de mi padre. Construí sus cimientos en el mismo dintel de los
infiernos y los elevé a la altura de una montaña. Mi padre había construido
junto al Eufrates un muelle de ladrillo cocido, pero lo dejó incompleto.
Yo, su primogénito, el favorito de su corazón, construí la muralla de
Arakhtu, de asfalto y ladrillo cocido, y fortifiqué la muralla
construida por mi padre; Esagila, ese temible santuario, la gran mansión del
cielo y la tierra, el habitáculo de los dioses; Kaduglisug, la
vivienda de la diosa Zarpanitum; Ezida, la vivienda del rey del cielo y de la
tierra; todos esos templos yo hice relucir como la luz del día. Yo reconstruí
Etemenanki, el ziggurat de Babilonia. En Borsippa reedifiqué el
importante templo, el templo querido de Nabu; con un tejado de oro y
piedras preciosas yo lo hice resplandecer como el firmamento.
Es muy
probable que nunca sepamos lo que le ocurrió a Nabucodonosor durante los últimos años de su accidentado reinado. Se
encerró en una especie de misticismo, buscando la compañía de las errabundas
sombras del mundo de los muertos, del reino de Nergal. Se sentía aterrorizado
hasta lo más profundo de su alma y
consultó con los adivinos más eruditos de su reino; vivió
como agazapado en su oscuridad espiritual, igual que un animal acosado,
gritando en su soledad a las llamas que le chamuscaban el cuerpo y a los
demonios que le arrancaban los miembros y lo partían por la mitad. Pasó los
días en verdaderas torturas mentales, creyendo que él, Nabucodonosor el Grande,
estaba poseído por un demonio por voluntad expresa de Marduk. ¿Habría él,
Nabucodonosor, ofendido a los dioses para que éstos le hubiesen hundido hasta
tan profundos abismos de abyección, haciéndole más desgraciado que si fuera el
más vil de sus propios súbditos? El pueblo de Babilonia empezó a alarmarse del
extraño silencio de su rey, quien había dejado de tomar parte en los asuntos
públicos. Empezó a correr un rumor, primero en voz baja, pero después ya
abiertamente; la murmuración de los funcionarios del palacio llegó a oídos del
pueblo y pronto, en toda Babilonia, zumbaba la noticia: ¡Marduk ha
abandonado a Nabucodonosor! ¡Marduk abandona Babilonia con todos sus
habitantes!
El pánico se adueñó del populacho. Una muchedumbre hostil se agrupó frente
al palacio, sitiándole en número cada vez mayor, una muchedumbre inquieta,
clamorosa y gimiente que se negaba a aceptar la traición de sus dioses. ¿Por
qué tenia que sufrir la ciudad entera si era sólo el rey quien no estaba en sus
cabales? Que echaran, pues, a Nabucodonosor a los perros, pero a Babilonia y a
sus habitantes, que amaban y adoraban a Marduk, debería salvárseles. Que
Nabucodonosor sólo mostrase su faz al pueblo reunido ante su palacio, que
apareciera en medio de su pueblo, él, que había sido su gracioso bienhechor en
otro tiempo. Que todos, ricos y pobres, pudieran prestar homenaje de nuevo a su
amadísimo rey...
Pero
el pueblo de Babilonia esperó en vano,
presa de un terrible miedo. ¡Nabucodonosor ha pecado! ¡Nabucodonosor ha
provocado la ira de Marduk! ¡La furia de los dioses ha caído sobre todos
nosotros! ¡Que expíe, pues, su pecado, Nabucodonosor! ¡Que pida perdón! ¡Los dioses no esperan a que muera el pecador para
enderezar con la muerte sus culpas y evitar el castigo! Pero Nabucodonosor estaba rodeado por los siete diablos que le roían el
cuerpo mientras dormía. Nabucodonosor estaba acosado por demonios que se
burlaban de él, por la misma maldad de su propia alma, y se ocultaba de los
ojos de su pueblo, cerrando ojos y mente al tumulto que se agolpaba por fuera
de las puertas de su palacio. Una angustia malsana le estaba devorando, como un
gusano dentro de una fruta.
Nabucodonosor
convocó a sus sacerdotes, adivinos y astrólogos, sólo
para echarlos a puntapiés como a perros. Que volvieran a sus entrañas
humeantes, a sus cajas de perfumes, a su infinito universo de planetas, si él,
cuya gloria tenía que resplandecer durante toda la eternidad, se veía privado
de esta paz del alma que con tanto ahínco buscaba. Increpó a los dioses y se
arrastró de rodillas ante ellos. A su alrededor, todo, hasta las sombras, se
había deformado en formas amenazadoras, iluminadas por las llamas de la
alucinación. Él, ante quien todo el mundo había temblado, se había transformado
en una caricatura de sí mismo. Inclinando su rostro hasta el suelo, imploraba a
los dioses para que le perdonasen sus pecados, humillándose ante ellos: Señor:
Mis pecados son muchos y mis transgresiones son graves... Dios está irritado
contra mí. ¡Que quiera apaciguarse! ¡Que libere mi cuerpo afligido de todas
sus penas y dolores! ¡Que libere mi corazón atormentado! ¡Que libere mi alma!
Después de cuarenta y dos años de triunfantes empresas, el reinado de
Nabucodonosor y con él la hegemonía de Babilonia tocaban a su fin. La leyenda
dice que el envejecido Nabucodonosor había tenido el presentimiento de lo que
había de ocurrir. En un intervalo lúcido, arrebatado por la fiebre profética,
Nabucodonosor reunió a todos sus oficiales, sacerdotes, funcionarios, obreros y
esclavos y desde las altas terrazas de su palacio les mostró la gran ciudad que
se extendía a sus pies, con estas palabras: Yo, Nabucodonosor, os profetizo
la calamidad que se cierne sobre
vosotros y que ni Marduk, mi Creador, ni Sin, ni Ishtar han conseguido
persuadir a la diosa del destino para que os la evite. Una muía persa vendrá con sus dioses
para que la ayuden. Y os impondrá la servidumbre. Su cómplice será un
meda que en otro tiempo fue altamente honrado por Asiría. Así hubieran
querido los dioses que antes de traicionar a sus conciudadanos hubiese perecido
ahogado en un torbellino del mar, o se hubiese adentrado en el desierto
donde no hay ciudades, ni pueblos, ni caminos hollados por la planta del
hombre, y donde vagabundean en abundancia las fieras y bestias salvajes,
para perderse por fin en las yermas peñas de las cañadas.
Esa muía persa de quien habló el viejo rey era Ciro, el aqueménida, el cual al
dar tres palmadas produciría el hundimiento de Babilonia. La vida de
Nabucodonosor fue desvaneciéndose lentamente. Se hizo preparar el sepulcro. Los
espíritus del mal planeaban por doquier, asquerosos y expectantes. Por última
vez Nabucodonosor fue ataviado con todo su noble y esplendoroso arreo de guerra
y en su muerte resplandecía como sí estuviera en el cielo. Siguiendo el
cortejo fúnebre de aquel rey prodigioso iba Nabónido el Piadoso, destinado a
ser el último de la Casa Real de Babilonia.
Y los
judíos, recordando a Jerusalén desde las profundidades
de sus ghettos babilónicos, empezaron a redoblar sus tamboriles y a entonar un
nuevo cántico de libertad: Plantad un estandarte en el suelo, trompetead
entre las naciones, preparad a las naciones contra ella... Porque del norte se
ha levantado una nación contra ella y ya se acerca para hacer de su país tierra
de desolación...
Los últimos años de Nabucodonosor ensombrecieron un brillante reinado, uno
de los más grandiosos de la Historia del Mundo. El también podía haber inscrito
sobre la piedra, lo mismo que hiciera antes Asurbanipal, las acerbas
reflexiones de un gran hombre que, en el cenit de su gloria, siente, de pronto,
toda su inmensa futilidad: Puesto que... he hecho el bien tanto a los dioses
como a los hombres, tanto a muertos como a vivos, ¿por qué será que la enfermedad, el remordimiento, la tristeza y la
destrucción se me aferran? La
tristeza del alma y la tristeza del cuerpo han encorvado mi forma. Me paso
los días en suspiros y lamentos... La muerte de todo está acabando también
conmigo... Nabucodonosor no pudo escapar al poder de los demonios del mundo
babilónico, de esos implacables portentos del mal, que nadie podía ni debía
ignorar. Un exceso de fantasías le había conducido a una vejez prematura.
¿Cuántos conquistadores, cuyas hazañas se han exagerado tanto en el transcurso
del tiempo que han llegado a perder todo sabor de realidad, han tenido este
sentimiento de que sus victorias, en resumidas cuentas, carecían de importancia
y han llegado al final de sus días, como el propio Nabucodonosor, con una
acerba melancolía corroyéndoles el alma como un ácido? Las palabras de un
escritor anterior a él podían haber sido las de Nabucodonosor: Mis fuerzas me
abandonan; preveo un pésimo destino. Mi tumba está abierta y de mi mansión
ya han tomado posesión otros antes de que yo esté muerto. La desgracia me pisa
los talones...
Una
astuta administración y un
inspirador caudillaje habían caracterizado los gobiernos de Hammurabi y de
Nabucodonosor y habían producido una rica respuesta en el pueblo de Babilonia.
Pero hay muy pocas trazas de estas dos características en los años que
siguieron a la muerte de Nabucodonosor. Se habría requerido una gran
determinación y un gran vigor para resolver eficazmente las complicaciones
políticas que se cernían sobre Mesopotamia en esta encrucijada de su historia;
y como que durante los ocho años siguientes a la muerte de Nabucodonosor
reinaron sucesivamente nada menos que tres reyes, poco tiene de sorprendente
que las cosas empezaran a cambiar de cariz en perjuicio de Babilonia. La
entronización de Nabónido, probablemente instalado en el trono por los
sacerdotes con la esperanza de que realizara nobles hazañas en nombre de los
dioses, no mejoró la fortuna de Babilonia. Los principales intereses
de Nabónido se centraban en empresas pacíficas, como en la construcción y reparación de edificios, en actividades
religiosas y en el estudio de los textos antiguos, y finalmente delegó en su
hijo Baltasar los asuntos referentes a la política y a la defensa del imperio.
Mientras
tanto, una nueva potencia había surgido al
este de Mesopotamia. Persia, bajo Ciro el aqueménida, iba a demostrar al mundo
que se podía proseguir una política de expansión territorial sin tener que
destruirlo todo. La fuerza de Ciro ya había demostrado ser superior a la de los
medas, cuyo reino se había anexionado, estableciendo la capital en Ecbatana.
Victorioso también en Asia Menor y en sus fronteras orientales, Ciro volvió su
atención hacia Babilonia, cuyo control le proporcionaría el dominio de Siria y
de la costa occidental. Según Ciro, el mismo Marduk, el dios de Babilonia, era
quien había dirigido sus pasos hacia la ciudad, acompañándole como un amigo.
Resulta
difícil desentrañar lo que es hecho real de lo que es
ficción legendaria, de los varios relatos que hay de la caída de Babilonia en
el año 539 a. de J.C. Ciro declara simplemente que Marduk le permitió entrar en
la ciudad sin lucha ni combate. Una inscripción contemporánea de Ciro
dice que todo el pueblo de Babilonia, todo Sumer y Accad, los grandes y
gobernadores de las ciudades se inclinaron ante él, le besaron los pies, se
entusiasmaron con su soberanía y sus rostros brillaron de alegría. Sería
sorprendente que la bienvenida de los babilonios fuese tan cordial como
pretende hacernos creer la inscripción, y, si es cierto que hubo poca
resistencia, lo más probable es que la ciudad fuese tomada por sorpresa. Las
fortificaciones de Babilonia, gracias a las obras hechas por Nabucodonosor y
sus predecesores, eran casi inexpugnables, y los recursos con que contaba la
ciudad eran de tal magnitud que no había motivo para que los babilonios
temieran un asedio prolongado. La entrada de Ciro en Babilonia, según Herodoto
y Jenofonte, se efectuó por medio de una audaz treta de estrategia. El
Eufrates, que pasaba por la ciudad, fue
desviado por los persas hacia una inmensa trinchera construida por fuera de las
murallas, de modo que el ejército persa,
en una noche en que el pueblo de Babilonia estaba celebrando una festividad
religiosa, penetró en la ciudad por el lecho seco del río. Y según las palabras
de Jenofonte: Debido a la enorme extensión de la ciudad, los habitantes del
centro no supieron nada de lo ocurrido hasta mucho tiempo después de que los distritos
arrabaleros de Babilonia hubiesen sido tomados por los persas, y...}
mientras tanto, continuaron danzando y refocilándose hasta que no hubo
dudas para ellos de que la captura de la ciudad era un hecho.
La
independencia de Babilonia terminó aquí para
siempre. Pero Ciro, que consideraba la toma de la ciudad como la liberación del
pueblo babilonio, adoptó desde un principio sus prácticas tradicionales y
legitimizó su sucesión como rey de Babilonia cogiendo de la mano al dios
Bel. Y antes de que hubiera transcurrido un año ordenó la liberación de los
judíos del cautiverio en que los babilonios les tenían, devolviéndoles, además,
los vasos sagrados de oro y plata, de modo que, en el año 537 a. de J.C., los
judíos se pusieron en marcha, en número de más de cuarenta mil, para
reconstruir su templo en Jerusalén: De este modo conocerán que yo soy el
Señor, su Dios, el cual fue la causa de que fueran llevados a Babilonia
en cautiverio entre los pápanos; pero los he reunido de
nuevo en su propio país y no he dejado a ninguno en Babilonia.
El
imperio aqueménida, bajo Ciro,
estableció tres grandes capitales en Susa, Ecbatana y Babilonia,
respectivamente. En tiempo de Darío, el noveno soberano de la estirpe persa, el
imperio había llegado a ser el más extenso de la historia del mundo y
abarcaba Siria, Mesopotamia, Egipto, Asia Menor, las ciudades e islas griegas y
parte de la India. Dé estas antiguas civilizaciones, con todo su acervo de
tradición y genio y con toda su abundancia en recursos materiales, procedían
los mejores y más refinados artistas y artífices de la época, para servir al rey
persa. Un texto de Darío, quien
vivió durante algún tiempo en Babilonia, conmemora la construcción de su
magnífico palacio de Susa, proyectado y decorado a estilo babilónico, con
leones, toros y animales mitológicos en ladrillos esmaltados y policromados: ...Este
es el palacio que yo construí en Susa. Su ornamentación fue
traída de muy lejos. La tierra fue excavada hasta que se dio con la roca. Una
vez efectuada la excavación ésta se llenó de escombros, en una parte en
una profundidad de 40 codos y en otra, de 20 codos. Sobre estos
cimientos de escombros se construyó el palacio.
La
excavación de la tierra, la colocación de los cimientos
y el moldeamiento de los ladrillos secados al sol fueron realizados
por el pueblo babilonio. La madera de cedro, procedente de una montaña
llamada Líbano, fue traída de allí; los asirios la llevaron a
Babilonia y desde Babilonia, los carios y los jonios la llevaron
a Susa. La madera de yaka fue traída de Gándara y de Carmania. El oro fue traído
de Sardis y de Bactria y fue trabajado aquí. Las piedras preciosas llamadas lapislázuli
y cornelina, que también fueron trabajadas aquí, se trajeron de Sogdiana. La
piedra preciosa llamada turquesa fue traída de Corasmia y trabajada
aquí. La plata y el ébano fueron traídos de Egipto. La ornamentación con que se
adorna la muralla fue traída de Jonia. El marfil, trabajado aquí, fue
traído de Etiopía y de Sind y de Aracosia. Las columnas de
piedra, que fueron trabajadas aquí, se trajeron de un pueblo de Elam cuyo
nombre es Abiradus. Los picapedreros que trabajaron la piedra fueron
jonios y sardos. Los aurífices que trabajaron el oro fueron medas y egipcios.
Los hombres que acarrearon la madera fueron sardos y egipcios. Los hombres que
trabajaron el ladrillo cocido fueron babilonios. Los hombres que
adornaron las murallas fueron medas y egipcios. Dijo Darío, el rey: En
Susa se ordenó la ejecución de (una obra) excelentísima; una (obra)
excelentísima fue (completada). Que me proteja Ahuramazda, y mi padre Hystapes,
y mi patria.
El
famoso palacio de Darío en
Persépolis, construido muy poco después, era, en muchos respectos, similar al
de Susa y fue obra de los mismos artistas, artífices y artesanos. En la terraza
del palacio de Persépolis, el sucesor de Darío, Jerjes, erigió una enorme
estructura flanqueada por toros alados de cabeza humana, parecidos a los que
guardaban las puertas de entrada de los soberanos asirios. Y en su gran sala de
las cien columnas, inacabada aún cuando le sobrevino la muerte, el rey
estaba representado en bajorrelieve en forma de un héroe triunfador de
monstruos, tema favorito del arte babilonio, que era a su vez un eco de la
antiquísima epopeya sumeria de Gilgamés.
El
imperio aqueménida de Persia estaba
destinado a durar otros doscientos años después de la caída de Babilonia,
aunque su influencia fue declinando al acercarse a su fin. Con el rápido apogeo
de Alejandro Magno, el imperio persa se hundió totalmente y, en el curso de sus
últimas campañas, el macedonio entró en Babilonia, donde fue recibido como
libertador. El gobernador persa continuó en su cargo, de acuerdo con la
política habitual de Alejandro, pero éste dio órdenes para que fueran
reconstruidos los grandes templos destruidos por Jerjes. Sin embargo, la
restauración de la torre de Babel demostró ser empresa imposible. Se calculó
que diez mil hombres no serian capaces de quitar los escombros en dos
meses. Alejandra proyectó un gran renacimiento de la ciudad como centro
marítimo comercial que uniera la India con Egipto, pero a su vuelta a
Babilonia, en el año 323 a. de J.C., mientras preparaba una nueva campaña
contra Arabia, cogió unas fiebres y murió. Y con su muerte, Babilonia quedó
abandonada.
Del
arte de los babilonios poseemos muy pocos ejemplares; se perdió una cantidad considerable del tesoro de Babilonia en las dos grandes
destrucciones que hubo de la ciudad, la primera por los hititas y la segunda
por Senaquerib. De Asiría ya tenemos más material, especialmente en forma de bajorrelieves y esculturas en
general, muchos de los cuales pueden ser estudiados en el Louvre y en el Museo
Británico. Al tocar brevemente este tema tan complejo, sólo es posible perfilar
ciertos aspectos que caracterizan al arte mesopotámico en su conjunto y que,
por regla general, no se encuentran en las obras de arte que nos son familiares
a nosotros, los habitantes de la Europa Occidental.
El
arte mesopotámico puede describirse como un arte muy
convencional. A nuestros ojos nos aparece carente de emoción, como una mera
exposición de los aspectos más nobles de la vida o de los desastres de la
guerra. Una y otra vez, en los bajorrelieves, se representa a los vencidos,
muertos o supliciados, echados por el suelo, con los ojos ya fijos en los
infiernos. La caracterización y las actitudes, su línea, estatura y movimientos
quedaron fijados de una vez para siempre según un modelo invariable siglo tras
siglo. Las figuras esculpidas en los bajorrelieves históricos que adornaban los
palacios tenían que ser estereotipadas según la relativa importancia de su
condición social. Hay que tener presente qué, para el artista, encargado de
expresar un acto que será repetido mil y mil veces más, según las reglas y
según los ritos, la representación pública de las escenas de la vida debe saber
prescindir de esos engorrosos complejos que constituyen los volúmenes y las
dimensiones del espacio. Sólo la incisión vigorosa del aguafuertista importa
para dar vida y luz al granito de las estelas o de las murallas.
Los
babilonios y los asirios, igual que muchos de sus predecesores, no parecen
haberse dado cuenta del placer estético que
puede derivarse de la contemplación de una determinada forma o de un delicado
colorido. Los asirios no eran grandes pintores; sólo dos colores parecen haber
sido usados por ellos, como indican los restos de materia colorante que se han
descubierto en los edificios anexos al palacio de Sargón en Khorsabad: un color
rojo, que es el sesquióxido de hierro, y otro color azul, que es
lapislázuli pulverizado, el cual los artífices aplicaban
juntamente con una capa de materia glutinosa sobre los ladrillos de arcilla
cocida, previamente recubiertos de cal. Toda idea de perspectiva, de matiz o de
difuminación era completamente ajena al modo de ser del artista mesopotamio.
«Su manera de tratar la obra de arte era puramente intelectual. Para él, los
elementos que componían una escena habían de tratarse enteramente según su
relativa importancia; cuanto mayor era el rango, tanto mayor tenía que ser el tamaño;
un dios tenía que ser mayor que un rey; un rey tenía que ser mayor que una
reina y los sujetos reales tenían que ser aún menores de tamaño. Además,
mientras nosotros tomamos en consideración las proporciones y las reglas de la
perspectiva al diseñar los diversos elementos de una escena, el arte oriental
diseña la misma escena como si toda ella se viera desde un imaginario punto
central. Los cuatro puntos cardinales van uno a continuación del otro, como las
caras de una caja de cartón abierta y aplanada. Pero la práctica más corriente
es la de la escuela de Amarna: es como si el espectador estuviese situado
directamente frente a la escena representada y, aunque se observan las
proporciones relativas, no hay escorzo alguno, ya que la noción de la perspectiva
está completamente ignorada.» (Le Paysage dans
l'Art de la Mesopotamie ancienne, por M. Rutten, Syria,
1941.)
El
material sobre el que tenía que
trabajar el artista evidentemente no se prestaba a sutilezas. El impacto de su
arte es parecido a un golpe de gong, resonante y triunfante, sin ninguno de los
efectos suavizadores de las variaciones menores que pueden inducir a cualquiera
que se halle en un estado receptivo apropiado a la sugerencia o al
énfasis de las figuras representadas, o a la sutil indicación del significado
de un objeto determinado. En el arte mesopotámico se emplean una serie de
símbolos: por ejemplo, una sola hoja basta para representar la vegetación
lujuriante de los palmerales mesopotámicos. «Los aspectos remotos del paisaje
aparecen como si estuvieran en primer término, ya
superpuestos como si estuvieran flotando en el aire, ya distribuidos en
diferentes niveles, de arriba abajo.» Los
artistas representaban no lo que veían, sino lo que les habían dicho que había
ocurrido. Raras veces representan algo en tres cuartos, ya que las verdaderas
dimensiones del objeto debían de ser adecuadamente representadas. Los paisajes
son raros y carecen de fluidez de línea y de color local. El agua se representa
por medio de líneas onduladas, los océanos por ondas, las montañas por
festones; la tierra es un rombo rayado, y así sucesivamente. Los animales
representados en los vasos más modernos son, a menudo, geométricos y las
principales figuras se reducen a siluetas, grabadas sólo en su perfil.
Pero
el arte mesopotámico, a pesar de todo lo
dicho, es un documento histórico de un valor inapreciable y difícilmente
podemos pedirle que nos ofrezca más que aquello que en su tiempo se intentó
oficialmente que pudiera ofrecer. El propósito de este arte era relatar gráficamente,
en las paredes de los templos y de los palacios, las triunfales hazañas de los
reyes y de los dioses en frisos monumentales, cuya intención era
primordialmente informativa y no atractiva para la vista. La ordinaria vida
cotidiana, con sus placeres y pasatiempos, no se representó en ninguna parte.
El arte mesopotámico era un arte oficial, de significado mágico y religioso, y
no un arte para ser saboreado por la élite por su mérito estético; era un arte
que posiblemente había sido empleado, tal vez intencionadamente, con fines
propagandísticos. Semejante tipo de arte no necesitaría los servicios de un
intérprete para comunicar instantáneamente al mundo exterior lo que era y lo
que intentaba seguir siendo aquel grandioso y formidable imperio,
IV. LA CIUDAD DE BABILONIA
Según la historia accadia de la Creación, Babilonia fue fundada en el principio
del tiempo por las divinidades celestiales menores, para que en ella
pudieran habitar los grandes dioses. Una vez terminada la obra hubo grandes
regocijos y Marduk, Creador y Señor del Cielo y de la Tierra, se dirigió a los
dioses reunidos con estas palabras: Esto es Babilonia, vuestro hogar;
divertíos en su recinto y ocupad sus amplios edificios.
El
lugar donde se erigió Babilonia
fue ciertamente ocupado en tiempos prehistóricos, como lo atestiguan los
instrumentos de sílex y otros objetos de piedra que se han descubierto allí. El
nombre sumerio de Babilonia era Ka-Dingir-Ra, lo cual en accadio se transformó
en bab-ili o Bab-ilani, o sea la puerta de dios, o la puerta de los dioses.
Según parece, ya desde los más remotos tiempos existió en Babilonia un templo,
llamado Esagila, dedicado al culto de Marduk; este templo fue reconstruido y
enriquecido por Sargón de Agade y más tarde fue destruido durante el
renacimiento sumerio bajo la Tercera Dinastía de Ur. Antes de llegar a ser la
gran capital política del siglo XVIII a. de J.C., Babilonia había sido un antiquísimo centro religioso, y
retuvo esta función durante todo lo que duró la historia de la ciudad.
En
1898, el eminente arqueólogo Robert
Koldewey fue encargado por el kaiser Guillermo II
y la Sociedad Oriental Alemana de llevar a cabo una
excavación sistemática del sitio donde se había levantado la ciudad de
Babilonia. Este trabajo continuó durante dieciocho años y en él tomaron parte
gran número de distinguidos
especialistas, entre los cuales hay que contar a B. Meissner, Lindl, F.
Weissbach, W. Andrae, J. Jordán, A. Nöldeke, G. Buddensieg, O. Reuther, F. Wetzel, F. Baumgarten, F.
Langenegger, J. Grossmann y K. Müller. La inmensidad y la complejidad del lugar
hizo que su investigación se transformara en una empresa colosal. Las
excavaciones efectuadas en el barrio residencial de Merkes, que es la parte más
antigua de Babilonia, revelaron una serie de capas de ocupación, de las cuales
la más reciente era parta, muy poco por debajo de la superficie; más abajo se
continuaba con el estrato helenístico, el persa y el neobabilónico, y más abajo
todavía había los estratos asirio y casita. A doce metros de profundidad había
las ruinas de la época de Hammurabi y de la Primera Dinastía de Babilonia. Por
debajo de este nivel fue imposible investigar, a causa de haber subido el nivel
de las aguas.
La
evidencia arqueológica, por consiguiente,
no nos lleva más allá, en la historia de la ciudad, que hacia el año 1800 a. de
J.C, y aunque Koldewey pudo formarse una idea aproximada del plano de las casas
y de las calles del barrio de Merkes desde la época casita en adelante, sólo
tuvo datos fragmentarios de los otros barrios de la ciudad en épocas anteriores
a la neobabilónica, porque hay que tener presente que la ciudad quedó
prácticamente obliterada a manos de Senaquerib. La mayor parte de los restos
revelados por las excavaciones han podido ser identificados como obra de
Nabucodonosor. Pero los estudios de Koldewey demostraron que, en términos
generales, Babilonia conservó las mismas características esenciales a lo largo
de toda su historia y que el plano de la ciudad no sufrió alteraciones desde la
época de Hammurabi a la de Ciro.
Cuando
Herodoto visitó la ciudad de Babilonia
en el siglo V antes de J.C.
anotó varios detalles interesantes que todavía se conservaban desde la época
neobabilónica: La ciudad está dividida en dos partes por el río que
fluye por el centro de ella. Este río es el Eufrates, río ancho, profundo y
rápido que nace en Armenia y desemboca en el
mar Erítreo. Las murallas de la ciudad llegan por ambos lados hasta la misma
orilla del río; desde los ángulos de la muralla pasa de una orilla a
otra del río una tapia de ladrillo cocido. La mayoría de las casas
tienen tres o cuatro pisos; las calles están trazadas en línea recta, no
solamente aquellas que son paralelas al río, sino también las que las cruzan y
van a parar al río. Al final de cada una de estas calles traveseras que llevan
al río, hay unas puertas bajas en la valla que da al río, las cuales están
fabricadas de bronce, igual que las grandes puertas de la muralla exterior, y
estas puertas de bronce dan al río. La muralla exterior es la principal defensa
de la ciudad. No obstante, hay una segunda muralla interior, de menos
espesor que la exterior, pero muy poco inferior a ésta en cuanto a fortaleza.
El centro de cada división de la ciudad está ocupado por un fuerte. En
uno de ellos está el palacio real, rodeado de una muralla de gran
resistencia y tamaño; en el otro fuerte hay el sagrado recinto de
Júpiter Belus, que es un cuadrado de dos estadios de lado, con puertas de sólido
bronce; todo lo cual aún estaba en pie cuando yo lo vi. En el centro
de este recinto había una torre construida de sólida albañilería...,
sobre la cual se alzaba una segunda torre y sobre ésta una tercera y así
sucesivamente hasta ocho. La subida hacia la cumbre se hace desde el
exterior, por medio de un pasaje que da la vuelta a todas las torres. Cuando se
llega a la mitad de la subida hay una plataforma para descansar, con
asientos, donde todo el mundo puede sentarse para tomar fuerzas y terminar el
ascenso. En lo alto de la torre más alta hay un espacioso templo y dentro del
templo hay un diván de gran tamaño, ricamente adornado, con una mesa de oro a
su lado... También declaran ellos —pero eso yo no lo creo— que el
dios baja en persona a esta cámara y duerme sobre el diván.
Esta
torre de pisos descrita por Herodoto era la bíblica Torre de Babel: Y sucedió que, mientras viajaban procedentes
del este, se encontraron con una llanura en la tierra de Shinar; y allí se quedaron a vivir. Y se dijeron unos a otros: Vamos a hacer
ladrillos y a cocerlos bien. Y así tuvieron ladrillos en lugar de
piedra, y légamo (betún) en lugar de mortero. Y dijeron: Vamos a construir una
ciudad y una torre cuya cima llegue hasta el cielo... Para los babilonios
la torre en cuestión fue conocida con el nombre de Etemenanki, o sea la casa de
la fundación del cielo y de la tierra; fue el más famoso de todos los
ziggurats de la antigua Mesopotamia y databa, con toda probabilidad, del tercer
milenio a. de J. C. Fue restaurada muchas veces. Lo que Herodoto refiere con la
denominación de sólida albañilería era una enorme construcción de ladrillería,
con capas de esteras de cañas intercaladas a intervalos regulares, con objeto
de proporcionar a la vez un buen drenaje y un buen refuerzo. La torre quedó
hecha una ruina en manos de Jerjes antes de que el resto de la ciudad se
hundiera en un inmenso montón de escombros, pero su fama llegó a ser tal que
muchísimos años más tarde aún había viajeros que explorando por aquellas
regiones describían con fantásticos detalles la fenomenal Torre de Babel, convencidos
de que la habían visto. No lejos de Bagdad, las ruinas del ziggurat rojo
de Aqarquf se yerguen aún, igual que un enorme signo heráldico, a una altura de
56 metros sobre el nivel de la llanura y, hasta el final del siglo XVIII se
tomó erróneamente a esta torre por la de Babilonia. La confusión de montículos
y de ruinas en la localidad y las igualmente confusas leyendas que a ellos se
atribuían son evidentes en la narración de John Cartwright, quien visitó Bagdad
y sus aledaños allá en el año 1603: «Dos sitios de gran antigüedad vimos en el
campo; uno de ellos era las ruinas de la antigua Torre de Babel (como los
habitantes de aquella región sostienen que es), construida por Nemrod, el
sobrino de Cam, el hijo de Noé. Y actualmente lo que de ella queda se llama
todavía "los restos de la Torre de Babel"; y allí está aún, de una
anchura de un cuarto de milla y de una altura aproximadamente igual a la de la
punta de la torre de San Pablo, en
Londres. Fue construida con ladrillos cocidos, cimentada y acoplada con mortero
bituminoso hasta el final, para que no pudiera resquebrajarse. Los ladrillos
son de tres cuartos de yarda, en longitud, y de un cuarto de espesor, y entre
cada una de las capas de ladrillos hay intercalada otra capa de esteras hechas
con cañas y hojas de palmera, tan frescas de aspecto como
si hubieran estado colocadas allí el año anterior.
El otro sitio notable es el de las ruinas de la antigua Babilonia,
porque ésta fue la primera ciudad que se construyó después del Diluvio. Algunos
creen que las ruinas de la torre de Nemrod no son más que los cimientos del
templo de Bel y que, por lo tanto, muchos viajeros han quedado engañados
creyendo haber visto una parte de la famosa torre que construyó Nemrod Pero,
¿quién puede decidir entre lo uno y lo otro? Pudiera muy bien ser que aquel
confuso caos que nosotros vimos fuesen las ruinas de ambos y que el templo de
Bel estuviese fundado sobre el de Nemrod. (Purchas his Pilgrimes, vol. VIII,
pp. 520 y ss.)
El
templo de Bel es de suponer que fuera el mismo que Herodoto denominó el sagrado recinto de Júpiter-Belus. El dios Bel, palabra que
significa Señor, era Marduk, cuyo templo Esagila, asociado a la fundación de
Babilonia, estaba junto al zigzurat. El templo y la torre, aunque
edificios separados, simbolizaban conjuntamente a Babilonia, hogar de los
dioses y centro del culto, alrededor de cuyos edificios creció y se extendió la
gran capital del mismo nombre.
La
muralla exterior, construida por Nabucodonosor, era una doble construcción, coronada con torres de guardia, y tenía un circuito de dieciocho
kilómetros. Una notable característica de la muralla era su magnífica calzada
en lo alto. Era una calzada lo bastante ancha para dejar pasar cómodamente una
cuadriga, y aún dos podían cruzarse sin chocar. Esta avenida aérea era, igual
que los Jardines Colgantes, una de las maravillas del mundo antiguo, y uno
puede imaginarse el aspecto impresionante que
tendrían las cuadrigas babilónicas veloces como
el viento, corriendo en lo alto de aquella fantástica calzada. Había una
muralla interior que también constituía una doble fortificación y que se
extendía por ambas orillas del Eufrates. Esta última fortificación era de
ladrillo crudo, y sus dos murallas recibían el nombre de Imgur-Enlil y de
Nimid-Enlil, respectivamente. Su construcción y ulterior restauración se hallan
asociadas a los nombres de Asurbanipal, Nabopolasar, Nabucodonosor y Nabónido.
Nabucodonosor
ha hecho constar la terminación de su
sistema defensivo externo, con evidente satisfacción: Para que ningún asalto
pudiese alcanzar a Ímpur-Enlil, la muralla de Babilonia, yo hice lo
que ningún otro rey había hecho..., a tal distancia que (el asalto) no
pudiese llegar cerca, hice construir una poderosa muralla en el lado oriental
de Babilonia. Excavé su foso y construí la escarpa con betún y
ladrillos. En su borde construí una poderosa muralla, alta como una montaña.
En ella abrí anchos portalones y ajusté en ellos puertas dobles de cedro,
chapadas de cobre. Para que el enemigo cargado de malas intenciones no pudiese
presionar Babilonia por los flancos, la rodeé de un gran terreno
inundado, así como la tierra está rodeada de mar.
Las
ocho puertas de la ciudad fueron dedicadas a las principales divinidades
adoradas por los babilonios. Acaso la más famosa de todas ellas fuera la Puerta de Ishtar, situada al norte de
la ciudad. Al este había la Puerta de Marduk y la de Ninurta, dios de la caza y
de la guerra, y al sur, la Puerta de Urash, vieja divinidad accadia de la
ciudad sagrada de Dilbat, que no estaba muy lejos, al sur de Babilonia. Estas
cuatro puertas fueron descubiertas y excavadas por Koldewey, quien, además,
pudo identificar los sitios de cuatro puertas más con razonable certidumbre: al
norte, la Puerta de Sin, el dios lunar; al sur las Puertas de Enlil, el dios
del cielo, y de Shamash, el dios del sol,
y al oeste, la Puerta de Adad, el dios de las tempestades.
La
carretera del norte era la mejor y la más frecuentada. El viajero que llegase por esa ruta avanzaba por entre
palmerales y campos para pasar luego entre las casas del arrabal, con sus
calles animadísimas con mercaderes y vagabundos, jinetes a caballo, carros y
carretas. A poca distancia de la muralla interior de la ciudad se encontraría
con la magnífica Vía Procesional, la cual, a través de la Puerta de Ishtar, lo
llevaría al Esagila, el templo de Marduk, y al imponente ziggurat Etemenanki.
Esta avenida, de más de un kilómetro de longitud, era una de las más hermosas
del mundo antiguo, era los Campos Elíseos de Babilonia, bordeada con templos y
palacios. Por la parte de levante, pasada la Puerta de Ishtar, había el templo
de Ninmah, la diosa de los muertos, flanqueado de torres y típicamente
decorado, como todo edificio sagrado, con estrías acanaladas verticales.
Koldewey lo encontró en un relativo buen estado de conservación, con su celia,
habitaciones de los sacerdotes y almacenes, todo perfectamente reconocible.
Un
poco más adelante había el templo de Ishtar de Agade,
construido según el plano habitual, con un pozo de agua en el patio y el altar
en el exterior del templo, frente a la entrada. En la celia, Koldewey encontró
la urna de la fundación del templo hecha de ladrillo, y dentro de ella una
pequeña estatuilla. Este templo, igual que la mayoría de los monumentos de
Babilonia, fue restaurado varias veces, muy especialmente por Nabucodonosor.
Estaba situado en el barrio residencial de Merkes, que era la parte más antigua
de la ciudad, con sus avenidas pavimentadas con grandes losas, con sus pequeños
jardines y patios con profundos pozos, sus casas cúbicas, con azoteas y sin
ventanas, como extraños edificios surrealistas, deslumbrantes bajo el sol del
mediodía y misteriosos en el crepúsculo. Fue en este barrio donde Koldewey
descubrió bajo los cimientos de las mayores casas particulares, con sus sólidas
paredes de ladrillo crudo y muy
por debajo del estrato neobabilónico, unas
tablillas de la Primera Dinastía de Babilonia. Estas tablillas permanecían
intactas debajo de una gruesa capa de cenizas a consecuencia de un incendio que
asoló la ciudad treinta y cinco siglos antes.
Herodoto
ya había notado que las calles de la ciudad eran, en su
mayoría, rectas, característica actual de muchas ciudades americanas. En esta
parte de la ciudad no se encuentran grandes espacios abiertos que puedan hacer
pensar en la existencia de mercados o de plazas públicas; por consiguiente,
parece haber sido un barrio muy congestionado aunque evidentemente planeado a
base de líneas sistemáticas.
En la
otra parte de la Vía Procesional, un poco
más atrás, se levantaba la Ciudadela Meridional, vasto complejo de edificios,
entre los cuales se contaba el palacio de Nabucodonosor y cuya construcción
requirió varias décadas y una cantidad prodigiosa de trabajo forzado para completarse.
La ciudadela debió de ser visible desde muy lejos; estaba situada en un lugar
elevado, entre el Eufrates al oeste, la Vía Procesional al este, la muralla
interior al norte y el canal Libilhegalla al sur. El palacio de Nabucodonosor
fue construido como monumento al genio y al poderío de los reyes de Babilonia: Ya
que mi corazón no deseó que la morada de mi Majestad fuese en otro lugar, ya
que no he construido ningún palacio real en ninguna otra parte..., mi morada
en Babilonia se había hecho insuficiente para la dignidad de
mi Majestad. Como que el temor de Marduk, mi señor, habitaba en mi
corazón, no quise alterar su calle para ensanchar mi fortaleza, la sede de mí
realeza en Babilonia. No hice ningún daño en su santuario, ni
rellené su canal, sino que busqué a cierta distancia habitación para mí. Yo
construí..., una elevada mansión para mi real morada, con asfalto y ladrillo
cocido, y la uní al palacio de mi padre. En un mes favorable y en un día propicio,
molí firmemente los cimientos en el regazo del mundo inferior
y elevé su cima tan alta como las montañas... Hice que los
poderosos cedros, el producto de las altas montañas..., y seleccioné unos finos cipreses para que fueran colocados
horizontalmente en la parte del techo. Los batientes de las puertas, de mismakanna, cedro, ciprés y usu, y de marfil chapado de plata
y oro y adornado con cobre; yo ajusté los trancos y bisagras de bronce en las
puertas e hice que la sobrepuerta estuviese adornada con una cornisa azul.
La
entrada principal era por la Puerta de Beltis, guardada, como todas las
entradas del palacio, por leones de basalto, parecidos a los de los palacios
asirios. A través de esta puerta se
entraba directamente en el patio de levante, el primero de los cinco grandes
patios del palacio e, indudablemente, escena de una incesante actividad por
parte de los servidores reales, de los guardias, de los escribas, de los baru,
todo el mundo, en fin, que iba y venía de sus asuntos en aquella inmensa
ciudadela real. Estos espaciosos patios, abiertos al aire libre, cuyas puertas
estaban adornadas con frisos de leones, brillantemente coloreados en ladrillos
esmaltados, conducían al Salón del Trono, escena del famoso festín de Baltasar.
Agrupados alrededor de los diversos patios y accesibles por medio de pasadizos
había los edificios destinados a la guarnición, las oficinas domésticas y
administrativas, las habitaciones particulares del rey y el harén. Koldewey
creyó que en el mismo recinto se fabricaban vasijas para el uso real porque, en
el curso de sus excavaciones encontró un gran número de vasijas de formas muy
elegantes, que los griegos conocían con el nombre de alabastros.
Gran
parte de las actividades oficiales tenían lugar en los patios del palacio; el contribuyente lamentándose de
sus dificultades pecuniarias ante el asesor oficial era sin duda allí un
espectáculo familiar. Ni el mago más hábil, con toda su batería de amuletos
podía haber hecho desvanecerse en el aire toda la caterva de astutos
recaudadores de contribuciones, con sus listas de ingresos atribuidos,
excesivamente satisfactorios. Los trofeos de guerra traídos de lejanas tierras
adornaban
éstos patios. Se podía encontrar allí, por ejemplo,
una estela del dios hitita Teshup, el dios de la tramontana; estatuas
procedentes de Mari, la antigua rival de Babilonia; bajorrelieves ennegrecidos
por el fuego y robados de Nínive; estelas del feroz Asurbanipal de Asiría, o
aquel famoso León de Babilonia, de basalto, probablemente de origen hitita, que
aplasta a un hombre con sus garras.
Al sur
del palacio había el Salón del Trono de
los reyes babilonios, inmenso salón de cincuenta y seis metros por diecinueve.
Aquél era el sancta sanctorum de la soberanía temporal, del mismo modo
que el Esagila lo era del omnipotente y universal dios Marduk. Era una estancia
magnífica, con su larga fachada brillantemente esmaltada. La decoración, sobre
un fondo azul, consistía en guirnaldas de palmas y columnas coronadas por
dobles capiteles, esmaltadas en oro, negro, blanco, amarillo y rojo, todo ello
resaltado por el brillantemente policromado friso de los leones de la puerta
principal. El efecto total hubo de ser notablemente refrescante en comparación
con el ardiente azul del cielo mesopotámico.
Este
palacio fue muy celebrado entre los historiadores de la antigüedad como el lugar donde estaban los famosísimos Jardines Colgantes
de Babilonia. Se cree que estos jardines fueron edificados por el rey para
que así Amyitis, hija del rey de los medas, que por razones diplomáticas había
llegado a ser su esposa, pudiese recordar los árboles y las flores de su país
natal. Esta maravilla del mundo antiguo ha sido objeto de eternas
especulaciones. Es de suponer que estos jardines serian visibles desde muy lejos
y que constituían la gracia cumbre de Babilonia. Algunas de las más antiguas
leyendas, todavía en circulación hoy en día, atribuyen estos jardines aéreos a
Semíramis, aquella famosa, enigmática y amorosa reina de Asiría. Según los
escritores clásicos, la gente acudía de todas las partes del mundo, sólo para
contemplar aquella tranquila y apacible isla verde,
suspendida entre cielo y tierra, por encima de los tejados o, mejor dicho, las
azoteas de Babilonia.
No se
sabe gran cosa acerca de esos famosos Jardines Colgantes, pero tenemos una
interesantísima tablilla, recientemente descifrada por
Contenau, según la cual parece que hubo en su tiempo cierto rey de Babilonia,
llamado Marduk-apal-iddin, el cual tomó un apasionado interés en la botánica y
plantó en el jardín ciertas variedades de plantas con propósitos culinarios y
medicinales. Un escriba redactó el catálogo de estas especies y terminó el
texto con estas palabras: Plantos del Jardín del Rey Marduk-apal-iddin de
Babilonia... Aquel que reverencie a Marduk no debe quitar la tableta del rey.
También es sabido que Koldewey descubrió lo que él tomó por los probables
cimientos del famoso edificio en el ángulo nordeste del palacio, junto a la
monumental Puerta Azul de Ishtar, al norte del primer patio del palacio.
También descubrió el pozo de donde se tomaba el agua para subirla a los niveles
superiores. Este ingenioso artilugio, al que se habían acoplado cangilones,
permitía regar con toda regularidad las plantas del jardín a todos los niveles
y en todos los pisos del edificio, el cual descansaba en una sólida
construcción abovedada que comprendía catorce habitaciones. Esta formidable
estructura de piedra, que medía 47 metros por 33, estaba rodeada de un muro
construido de tal manera que pudiera absorber cualquier movimiento del subsuelo
por medio de juntas de expansión. Como ya señala el mismo Koldewey, la piedra
constituía un material de construcción rarísimo en Babilonia, y ello demuestra
que la construcción fue planeada con un cuidado extremado.
Los
cimientos de la colosal avenida conocida con él nombre de Vía Procesional fueron construidos con varias capas de
ladrillo cubiertas por una capa de betún. Grandes losas de fina piedra caliza y
de mármol rojo formaban el pavimento y en cada losa había la misma inscripción:
Nabucodonosor, rey de Babilonia, hijo de Nabopolasar, rey de Babilonia,
soy yo. He pavimentado la Calle
Babil con bloques de piedra shadu, para la procesión del gran Señor Marduk. Que Marduk, el Señor, nos conceda la vida
eterna. Otro ladrillo con inscripción algo más informativa
se refiere a la construcción de esta calle: Nabucodonosor, rey de Babilonia,
el que hizo glorioso el Esagila y el Ezida, hijo de Nabopolasar, rey de Babilonia.
Las calles de Babilonia, las calles procesionales de Nabu (dios de la
escritura y del destino) y de Marduk, mis señores, a quienes Nabopolasar, rey
de Babilonia, el padre que me engendró, construyó una avenida brillante
de asfalto y ladrillos cocidos; yo, el prudente suplicante que teme su poder,
he colocado sobre el betún y los ladrillos cocidos una superestructura
imponente de reluciente polvo, reforzada por dentro con betún y ladrillos
cocidos, en forma de avenida elevada. Nabu y Marduk: Cuando paséis por estas
calles llenas de alegría, que de vuestros labios salgan beneficios
para mí; vida para los días distantes y bienestar para el cuerpo... ¡Que yo
alcance una edad eterna! Otro interesante descubrimiento de Koldewey en una
sección de la avenida fue el de unos cuantos ladrillos inscritos con el nombre de
Senaquerib. Por lo visto, ese asirio sanguinario había estado bien dispuesto
hacia Babilonia en alguna época de su reinado, aunque después saqueara la
ciudad hasta los cimientos en un acceso de rabia insana.
La
decoración de la Vía Procesional fue obra de Nabucodonosor.
A cada lado de la avenida y en una distancia de poco más de 200 metros había un
friso magníficamente esmaltado en el que estaban representados una serie de
leones modelados en bajorrelieve (sesenta en cada lado), brillantemente
policromados y puestos a intervalos regulares contra un fondo unido de azul
celeste u oscuro. Algunas de las figuras de los leones estaban esmaltadas en
blanco, con melenas amarillas, otras en amarillo con melenas rojas que
actualmente se han vuelto verdes debido a la descomposición del color. Estos
monstruos feroces debieron de constituir un espectáculo terrorífico, con sus
mandíbulas
abiertas, sus husmeantes hocicos y sus garras
amenazadoras con las pezuñas bien
visibles; sería una amable bienvenida para el forastero qué entrara por primera
vez en Babilonia; además, hay que tener en cuenta que siguiendo el friso de los
leones se llegaba a los dragones de cabeza de serpiente y a los toros enormes
de la Puerta de Ishtar. Es probable que los extranjeros, los portadores de
tributo, los mercaderes y los enemigos en potencia no olvidaran fácilmente
aquella tremenda primera impresión de Babilonia, tan distinta de todo lo que
pudieran haber visto hasta entonces. La presencia permanente de aquellas
fieras, como guardianes de la ciudad, era probablemente muy tranquilizadora
para los babilonios y servía al mismo tiempo como solemne advertencia para los
posibles futuros enemigos de que para ellos la Vía Procesional, que conducía al
corazón de la ciudad, podía representar la Ruta de la Muerte.
Esta
majestuosa entrada a Babilonia estaba a la altura del noble esplendor de la
Puerta de Ishtar, a través de la cual
el viajero entraba en la ciudad. Esta era también una de las más bellas
construcciones de Babilonia, y sus habitantes estaban muy orgullosos de ella.
Sus murallas estaban adornadas con trece hileras superpuestas de bajorrelieves
de ladrillos esmaltados y policromados, en los que los dragones alternaban con
los toros, de tal guisa que parecían avanzar al encuentro del forastero. Las
ruinas de la Puerta de Ishtar estaban todavía a una altura de 12 metros cuando
fueron excavadas. Koldewey hizo notar la ingeniosidad de los babilonios al
construir la puerta en aquel lugar. Para evitar que los cimientos de la
estructura se resquebrajasen habían inventado una junta de expansión,
precaución todavía usada hoy en día para las paredes que no están construidas
de una sola pieza, sino que se hallan contiguas, y los cimientos de la una son
más superficiales que los de la otra. La idea consiste en dejar que las dos
partes de la pared o muro o muralla estén separadas; para ello se deja un
estrecho espacio vertical entre una y otra, de arriba abajo. Como salvaguardia
adicional, para evitar que un leve movimiento del subsuelo hiciera inclinar los
muros y los separase de la perpendicular, los babilonios a veces añadían un listón vertical al muro de cimientos más superficiales y este
listón se adaptaba a un surco acanalado que corría por el muro principal.
Koldewey también descubrió que, en ciertos cimientos aislados de pequeñas
estructuras, la subestructura de ladrillo cocido estaba dispuesta encima de un
lecho de ladrillo crudo en forma de pozo y relleno de tierra; de esto modo
«aunque se moviera algo la base, la estructura no se inclinaba sino que daba
juego, como las articulaciones de un telescopio».
Se ha
calculado que había al menos 575
bajorrelieves de toros y dragones adornando la Puerta de Ishtar, y su efecto
tuvo que haber sido asombroso y desconcertante. Aquí volvemos a encontrar la
firma de Nabucodonosor: Las dos entradas de la puerta de la ciudad habían
quedado demasiado bajas, debido al relleno de la Calle de Babil. Yo hice
excavar esta puerta de la ciudad, reafirmé sus cimientos frente al agua
fortaleciéndolos con betún y ladrillos cocidos e hice que se destacara
hermosamente con ladrillos cocidos de esmalte azul sobre los que se
representaron bueyes y dragones. Hice colocar a todo lo largo imponentes cedros
para que formaran el techo. Recubrí los batientes de las puertas de cedro con
láminas de cobre; ajusté a las puertas dinteles y charnelas de bronce... Las
puertas de la misma ciudad hice restaurar gloriosamente para asombro de todos
los pueblos.
El león era el animal favorito de Ishtar y constituyó un motivo decorativo
que fue utilizado por los artistas babilonios de todos los tiempos. Ya hemos
visto que este motivo adornaba la Vía Procesional. Pero el toro era el símbolo
de Adad, dios de la adivinación, de la lluvia salvadora y del huracán
devastador. A menudo se decoraban sus estatuas en la base con un par de toros
andantes; su emblema, el rayo, se colocaba muchas veces en el dorso de un toro
echado. Análogas representaciones indican
que el dragón o sirrush era el animal sagrado de Marduk
y de su hijo Nabu, dios de la vecina ciudad de Borsippa, el patrón de los
escribas, que inspiró los poemas épicos y además guardián de la tableta del
destino.
En
muchos de los mojones y de los sellos oficiales se ven dragones semejantes a
los que aparecen en la Puerta de Ishtar. Ya eran famosos en la Edad Antigua y
corresponden muy bien a la descripción que se
encuentra en la historia de Bel y el Dragón, en los Evangelios Apócrifos.
También es posible, como sugiere Koldewey, que el sumo sacerdote del Esagila,
buscando el modo de atestiguar de una manera realista la presencia del dios en
el templo, guardase en el mismo un arval o cualquier otra especie de reptil, para
exhibirlo en los días de gran fiesta en la penumbra del santuario. A la vista
del dragón viviente dentro de aquel lugar sagrado es muy posible que los
corazones de los fieles feligreses se hubieran llenado de terror y espanto.
En su
concepción artística, este sirrush es totalmente distinto
de otros animales fabulosos, existentes en gran número en el simbolismo
babilónico. Es menos fantástico que los gigantescos toros alados de cabeza
humana de los palacios asirios, o las figuras de hombre barbudo y coronado, con
el cuerpo de pájaro y la cola de escorpión. La característica dominante del
sirrush, tal como ya indicó Koldewey, es su cubierta escamosa y su cola de
serpiente. Detrás de su cabeza hay dos crestas en espiral parecidas a las del
dragón chino; la cola termina en un pequeño aguijón curvo; las patas anteriores
son las de un felino rampante, mientras que las posteriores son las de un ave
de presa, cubiertas de escamas y armadas de poderosas garras. Además de
escamas, este fabuloso animal posee pelo. Pues bien, ésas son las
características del dinosaurio prehistórico. ¿Por qué clase de misterio
nos encontramos adornando la monumental Puerta de Ishtar de Babilonia, en el
siglo VI a. de J.C.,
la representación de un monstruo que desapareció antes del Diluvio, cuando
inmensos lagos salados cubrían el suelo del Asia Occidental, desde las
primeras estribaciones del Líbano hasta
la meseta central de Persia, y desde los confines de Arabia hasta las montañas
de Armenia, que actualmente brillan con glaciares? He aquí un problema cuya
solución ignoramos...
Ishtar
era la gran diosa del amor y la muerte. Estaba identificada con el planeta
Venus y, por lo tanto, era la diosa del alba y del ocaso. Su padre era el dios
lunar Sin y su hermano el dios solar Shamash:
Cumpliendo
lo que está ordenado por mi padre,
Sin,
Yo me
elevo, me elevo en perfección;
Cumpliendo
lo que está ordenado por mi
hermano, Shamash,
Yo me
elevo, me elevo en perfección.
Se le
dirigían fervientes oraciones para recabar su ayuda:
Yo te
ruego, oh Señora de las
señoras, diosa de las diosas
...Tú, la brillante, Ishtar, reunidora de la hueste
...Allí donde tú miras, el muerto vive;
El
enfermo se levanta; el descaminado, al ver tu faz, vuelve al buen camino.
Yo te
he llamado, dolido, cansado y angustiado, como tu servidor.
...Mira
hada mí fielmente y escucha mi
súplica. Prométeme el perdón y que así se tranquilice mi espíritu. ¡Piedad para
mi desgraciado cuerpo, lleno de confusión y desasosiego!
¡Piedad para mi corazón enfermo, lleno de lágrimas y sufrimiento!
¡...Suelta mis cadenas; asegura mi liberación...!
Pero,
al son de las trompas de guerra, Ishtar era saludada por todos los armados
ciudadanos como la Diosa de las Batallas, intrépida y bravía contra sus enemigos. Era ella la que incitaba al pueblo a
la insurrección y a la sedición. Los soldados, borrachos
con su presencia, la aclamaban cuando se les aparecía en el momento culminante de la batalla, porque aquello significaba
que Ishtar miraba con favor la tierra empapada en sangre y los montones de
muertos. Y entonces los soldados babilonios mataban y morían alegremente,
cegados por la gloria de su diosa.
Ishtar
era también la diosa de la fertilidad, y únicamente a través
de ella podían alcanzarse los placeres del amor. Según el antiquísimo poema
épico de Gilgamés, la diosa Ishtar se había enamorado del héroe: Ven,
Gilgamés, y sé mi amante. Concédeme tu fruto. Tú serás mi esposo y yo seré tu
esposa. Te atalajaré un carro de guerra, de lapislázuli y oro... Los reyes,
señores y príncipes, se humillarán ante ti.
Pero
Gilgamés no la quiso. Entonces, Ishtar hizo un viaje a
los infiernos, donde, ante cada una de las siete puertas del País de Irás y
No Volverás, le fueron quitando, uno por uno, todos sus ornamentos y todas
sus ropas. Su hermana, que era la Reina del Infierno, sospechaba de sus
intenciones y la dejó encarcelada en las sombras de Nergal, soltando sobre ella
las sesenta miserias. Mientras tanto, en la tierra, estas aventuras tenían unos
efectos desastrosos, ya que toda fertilidad y reproducción habían cesado en
ausencia de la diosa, hasta tal punto que su hermano Shamash empezó a
preocuparse seriamente por el futuro del mundo y eventualmente consiguió
rescatar a Ishtar antes de que fuera demasiado tarde.
Hay
varias leyendas de reyes que se elevaron de la oscuridad al trono gracias al
amor de Ishtar. Era Ishtar quien determinaba para cada uno la duración de su reinado y le concedía el trono y las insignias reales. En
Babilonia, Ishtar era la brillante estrella del cielo y la tierra; tenía su
propia puerta, su vía sagrada, su barrio, sus templos; el Templo de Ishtar de
Agade, ya mencionado, era un pequeño santuario con una función especial,
posiblemente asociada a su aspecto, en tanto que lucero del alba, pero
probablemente había otros muchos. Uno de los templos edificados en honor de
Ishtar de Babilonia, en el decimotercer año del reinado de Apil-Sin, de la Primera Dinastía de Babilonia, fue
ampliado, embellecido y fielmente conservado por varios reyes posteriores y
continuó en existencia hasta el año 94 a. de J.C.
Pero
el culto de Ishtar y sus templos sagrados no quedaron confinados a una sola
ciudad mesopotámica. Ishtar, la Dioso de
los Placeres, incorporaba en una divinidad a todas las diosas de Sumer,
Accad, Asiría y Babilonia. En otra parte de la plegaria ya mencionada, el
adorador de Ishtar pregunta:
¿Dónde no hay tu nombre, dónde no hay tu poder divino?
¿Dónde están tus imágenes no erigidas, dónde están tus santuarios no
fundados!
¿Dónde no eres tú grande, dónde no eres tú exaltada?
Ishtar
era la confortadora de los reyes que buscaban su alianza, hasta de Asurbanipal,
cuyo corazón era de una crueldad inaudita: la diosa Ishtar
oyó mis ansiosos suspiros y ¡No temas!, dijo, llenándome el corazón de
confianza. «Puesto que has elevado tus manos en actitud de súplica (y)
se han llenado tus ojos de lágrimas, te tengo compasión.» Ishtar era
considerada como la gran Madre y en una de sus antiguas efigies se la
representa como una mujer que se estruja los pechos con las manos para hacerse
brotar la leche. En numerosos sitios se han descubierto figuras de Ishtar, y
estas figuras tienen gran semejanza con otras figurillas prehistóricas, algunas
de las cuales corresponden a la Edad de Piedra del Próximo Oriente y de la
región mediterránea. Ishtar es también, tal como está escrito en la Revelación
de San Juan: la mujer vestida de sol, con la luna bajo sus plantas y
coronada con una corona de doce estrellas. En la estela siria de Til Barsib
se la representa con la simbólica estrella de ocho puntas inscrita en un
círculo; lleva dos carcajes cruzados en la espalda, y al lado izquierdo ciñe
una espada; está de pie sobre un león y levanta la mano derecha en un gesto de
bendición.
Diosa
del amor y diosa de la muerte, Ishtar de Babilonia era el símbolo de las pasiones humanas en todo lo que tienen de bueno como en
todo lo que tienen de malo, Sus templos eran riquísimos y numerosos y sus
perfumados ishtaritu se consagraban fervientemente a su servicio. Ishtar
era la encarnación, si así puede decirse, del poder femenino y, en
consecuencia, de la fecundidad. Los pueblos nuevos le daban nuevos nombres,
pero, como denominador común, era venerada por todos ellos como la más
augusta de todas las diosas:
Alaba
a la diosa, a la más temible de
todas las diosas.
Que
todo el mundo venere a la dueña de los pueblos, a la más grande de los Igigi (dioses celestiales).
Alaba
a Ishtar, la más temible de
todas las diosas.
Que
todo el mundo venere a la reina de las mujeres, a la más grande de los Igigi.
Va
vestida de placer y amor.
Está henchida de vitalidad, embeleso
y voluptuosidad.
En sus
labios hay dulzura; la vida está en su boca.
Ante
su aparición, el gozo se colma.
Es
gloriosa; se echan los velos sobre su cabeza.
Su
figura es hermosísima; sus ojos son brillantes.
La
diosa — ella nos guía.
El
destino de todo está en sus
manos.
Con
una mirada crea la alegría, el poder,
la magnificencia, la divinidad protectora y el espíritu guardián.
Ella
reside aquí y atiende a la
compasión y ala amistad.
Además, posee verdaderamente el don de la afabilidad.
Tanto
si se trata de una esclava, de una muchacha soltera, como de una madre, ella la
guarda.
Todo
el mundo la llama; las mujeres
pronuncian su nombre.
Se la solicita
entre todos los dioses; su categoría es extraordinaria.
Respetada
es su palabra; y es suprema entre ellos.
Ella
es su reina; y ellos hacen continuamente que sus órdenes sean ejecutadas.
Todos
los dioses se inclinan ante ella. Y reciben su luz ante ella. Ciertamente, los
hombres y las mujeres la reverencian.
Los
festivales dados en su honor llevaban todos los años a Babilonia un gran tropel de nómadas y de extranjeros de todas
clases, deseosos de participar en el regocijo general, en las orgías de bebida
y en los ritos consumatorios. Estrabón nos da un relato desaprobador de lo que
ocurría en la ciudad durante estos grandes festivales. Es evidente que los
placeres carnales jugaban un gran papel en la veneración de Ishtar, la (o el)
hermafrodita. Pero, a pesar de la licencia que imperaba en los barrios bajos,
aquél era un gran festival religioso. Ishtar, en la penumbra de su templo,
presidía los ritos dedicatorios peculiares a su culto. Muchachas votivas
cantaban sus preces ante la diosa: Yo te alabo y te imploro, Reina
Soberana, Diosa Omnipotente, oh, tú, la más hermosa, que inflamas mis
deseos, protectora de los ejércitos, inescrutable diosa de los hombres y de las
mujeres. Sus adoradoras vivían en el templo, hermosas y aún más atractivas
envueltas en sus delicados velos. Pero no eran ellas solas las que ansiaban
servir a la diosa. Dentro del sagrado recinto del santuario acudían también
hombres que pretendían entregarse, en completa humildad, al servicio de la
diosa para siempre, por medio del rito de la autocastración, ejecutada ante la
inescrutable presencia de la divinidad.
En el
exterior del templo, en una Babilonia abigarrada y tumultuosa, el festival,
mientras tanto, estaba en su apogeo. De vez en cuando, un oficiante de los
ritos se dirigía a la orilla del río
para echar en la corriente una cabeza de carnero recién sacrificado. En el
interior del recinto del templo, los servidores elevaban sus pucheros y hacían
ofrenda de los cuartos y de las entrañas de los animales, así como de salsas y jugos de varias clases, a los
dioses, al rey, a los sacerdotes y a sus ansiosas familias, a los aurífices, a
los plateros y a los tejedores. Los bullidores habitantes de la ciudad se
hinchaban de beber vino especiado, hidromiel, aloja y cerveza, y de engullir
riñones, pepinos y dátiles. Los servidores y criados estaban preparando mientras
tanto por toda la ciudad las antorchas simbólicas perfumadas con especias
aromáticas, y durante toda la noche se oía un estruendo indescriptible de
música y jolgorio, de gritos y de canciones. A la luz de millares de braseros y
antorchas, encendidos en las casas y en las calles y plazas, el pueblo de
Babilonia ofrecía banquetes a los dioses y a los errantes espectros de los
difuntos que necesitan sustento eternamente.
En
medio de semejante fiesta, la cual proseguía durante varios días, los extranjeros se sentirían atontados y
mareados por aquella constante batahola y vocerío y por las interesadas
atenciones de los vendedores de amuletos, de los herbolarios y de las
provocativas cortesanas. Empujado y atropellado por la vocinglera muchedumbre
(había un millón de habitantes en la ciudad) y habiendo bebido quizás algunos
tragos de más de aquel excelente vino de palma de Damasco, continuamente en
guardia contra el asalto de los aviesos demonios y de todos los revoloteantes
parásitos que pululaban disfrazados para tentar a los incautos, acosado por los
traficantes de perfumes y drogas, con todo el atractivo del opio, deslumbrado
por el color y el esplendor en todas partes, el forastero que se encontrase en
Babilonia se vería arrastrado en el torbellino de una prodigiosa multitud,
agrupada respetuosamente ante una abigarrada exhibición de misterios: adivinos,
hechiceros, pajareros, curanderos, astrólogos con sus cuidadosamente reguladas
tablas de conducta y los ubicuos interpretadores de sueños. Realmente Freud se
habría hallado en su elemento, allí en Babilonia, donde cada sueño quedaba
inmediatamente sujeto a experto escrutinio, clasificación e interpretación.
También puede uno imaginarse otra ceremonia que tenía lugar en honor de
Ishtar. Esta se celebraba en el crepúsculo vespertino, cuando aparecían en el
firmamento las primeras estrellas, centelleando sobre la llanura infinita. La
ciudad se aquietaba y se hacía el silencio. Una virgen, hasta entonces recluida
en la quietud del templo, salía acompañada o, mejor dicho, conducida por el urigallu,
el guardián del lugar sagrado, que se sabía íntegro el Poema Épico de la
Creación y podía repetir las letanías en sumerio ante la divina imagen.
Acompañábanle los iniciados, juntamente con los magos y hechiceros, y la
procesión entonces empezaba a moverse lentamente hacia el ziggurat de
Babilonia. Los exorcistas, vestidos de rojo, escoltaban a la joven, rechazando
a derecha e izquierda los demonios masculinos y femeninos que estaban
intentando siempre agarrarse al alma y a las entrañas de hombres y mujeres.
Después venían los servidores de turno, llevando la antorcha sagrada, que una
vez había encendido los braseros y antorcheros de los templos, casas, calles y
puertas de Babilonia, ya no podía ser apagada más que con leche de camella. Los
cantores entonaban sus plegarias en forma de salmos, acompañándose ellos mismos
con tambores fabricados con piel de buey y con dulzainas, conocidas entre los
golfos de Merkes con el nombre de lenguas de señora. Los eunucos
entonaban tonadillas con la flauta y al son de estas tonadillas iban danzando,
siguiendo a la procesión, para adular a los espíritus que flotaban como
círculos luminosos en la espaciosa noche... Y, ante la multitud reunida para
asistir a los antiquísimos ritos, la virgen votiva de Ishtar iba subiendo
lentamente los siete pisos del ziggurat hasta llegar a la cumbre. Una
vez en lo alto, entraba en el santuario de Marduk, donde debía permanecer toda
la noche, esperando la visita del dios. La muchedumbre que la contemplaba
quedaba sobrecogida de sagrado temor. La casta muchacha parecía haber entrado
en el mismo cielo, entregando su cuerpo como ofrenda, la ofrenda viviente de su
pueblo a su dios nacional, la misteriosa esposa de una noche
sin mañana, una noche que para ella equivaldría a la
eternidad...
Desde
la gran Puerta de Ishtar, pasando ante palacios, templos y casas particulares,
se extendía la sagrada Vía Procesional de Babilonia. Esta
larga y majestuosa avenida, al final torcía hacia el oeste para terminar en
territorio sagrado; a la izquierda, en el santuario Esagila, templo de Marduk,
el Creador, sin el cual no habría vida en la tierra, y a la derecha, en el
Etemenanki, el imponente ziggurat.
El
Esagila, la Casa de la Alta Cabeza, era una de las construcciones más bonitas de Babilonia; deslumbraba la vista con su alta cúpula
recubierta de láminas de oro. La fecha de su fundación es desconocida. Un
cilindro fundacional, descubierto por Koldewey en el curso de sus excavaciones,
da testimonio de la restauración del Esagila por Asurbanipal: Bajo mi gobierno,
el gran señor Marduk hizo su entrada en Babil con gran regocijo y penetró en su
mansión en el Esagila para siempre. Yo determiné las ofrendas regulares del
Esagila y de los dioses de Babilonia y retuve el protector de Babil...
Llené el Esagila de plata, oro y piedras preciosas e hice que Ekua brillase
como las constelaciones en él cielo.
Nabucodonosor,
el protector del Esagila, tal como se llamaba a sí mismo en sus inscripciones en innumerables ladrillos, también
contribuyó al embellecimiento del santuario: Plata, oro, valiosísimas piedras
preciosas, bronce, mismakannu y madera de cedro, todo cuanto es
valioso..., el producto de las montañas, la riqueza del mar, una pesadísima
carga, un suntuosísimo regalo, todo eso lo llevé a mi ciudad de Babil
ante él y lo deposité en el Esagila, el palacio de su señoría, en
gigantesca abundancia. Hice que el Ekua, la cámara de Marduk, resplandeciese
como el sol. Revestí sus paredes con oro sólido en lugar de arcilla o yeso, y
cubrí el área del templo con lapislázuli y alabastro. Hice
brillante como el sol el Kahilisir, o la «puerta de las solemnidades», y
también el Ezida, puerta de Esagila. Du-azag, el lugar del nombramiento
del destino... la cámara del
señorío del más sabio de los dioses, el
exaltado Marduk, que un rey anterior a mí había decorado con plata, yo lo
decoré con oro resplandeciente, adorno magnífico..., como las
estrellas del cielo... Mi corazón me impulsa a edificar el Esagila;
lo tengo perpetuamente ante mis ojos. Los mejores de mis cedros, que
traje del Líbano, la noble selva, los dediqué a cubrir el techo del Ekua, la
cámara de su majestad, con gran cuidado, y esos imponentes cedros los recubrí
de oro resplandeciente... para la restauración del Esagila elevo mis súplicas
todas las mañanas al rey de los dioses, el señor de los señores.
Marduk
se había distinguido tanto en el transcurso de los
primeros trabajos de la Creación que se le concedió, por decisión unánime de
los dioses, el reino de los cielos y una soberanía completa sobre el universo
que él había creado. Su morada radicaba en Babilonia, la cual así se convirtió,
según palabras de Hammurabi, en suprema en el mundo, y su fortuna quedó
eternamente unida al destino del dios nacional de la ciudad. Su templo era la
serena representación del alma de la noble ciudad que dirigía al mundo entero,
y para el pueblo de Babilonia aquel templo debió parecer el símbolo de una
civilización que jamás podría ser destruida, so pena de arrastrar en su caída
el universo entero que Marduk había creado.
Entre
todos los dioses que periódicamente
llegaban a Babilonia, traídos en el curso de las campañas o las incursiones en
el extranjero, Marduk permaneció supremo, fuente de toda vida en Babilonia. Los
relatos históricos de la época de Hammurabi ya atestiguan su grandeza y su
irresistible atractivo en el corazón y el espíritu del pueblo babilonio. Los
escribas transcribieron sus órdenes en las tablillas: Citando Marduk, me
encargó a mí (Hammurabi) de guiar al pueblo por el camino recto y
dirigir en todo el país, yo establecí la ley y la justicia..., con lo
que promoví el bienestar del pueblo.
Únicamente los judíos y sus profetas se atrevieron, en los siglos
venideros, a desafiar al gran dios de Babilonia y predecir la pavorosa desolación en que Babilonia se convertiría. Pero la riquísima ciudad amorrea
permaneció olímpicamente indiferente ante semejantes profecías; su pueblo
estaba protegido por un dios que era francamente dominante en todos los
aspectos. Marduk era Nergal, dios de los espectros infernales; era Nabu, dios
de la escritura; era Sin, el que iluminaba la noche; era Shamash, el dios del
sol, cuyos rayos eran eternos, y era Adad, dios de la lluvia. Era el pivote de
la gran Rueda en su rotación eterna. Su presencia constituía una fuerza
infalible contra los invisibles espíritus malignos que pululaban por doquier.
Marduk dotaba a sus seguidores de buena fortuna y subsistencias, y bañaba los
espíritus de los muertos en su luz celestial. Asurbanipal se inclinó
reverentemente ante él: En el primer año de mi reinado, cuando Marduk, rey
del universo, puso en mis manos el gobierno de Asiría, yo cogí el borde de la
ropa de esta gran divinidad y presté toda mi atención a sus santuarios.
Marduk era el firmamento que brilla en el cielo, a través y por
medio del cual todo el mundo nacía y moría:
Marduk
puede resucitar en la tumba.
Zarpanit
(su consorte) sabe librar de la destrucción.
Allí donde alcanza la tierra
se extienden los cielos.
El sol brilla, el fuego
relumbra.
El agua fluye, el viento sopla.
(Allí donde los seres) cuya arcilla ha quitado la diosa Aruru, pasan
rápidamente criaturas dotadas de aliento
...y, tantas como hay, glorifican a
Marduk.
Edouard
Dhorme describió en detalle una
representación de Marduk, hallada en un cilindro de lapislázuli descubierto en
Babilonia, procedente del siglo IX a. de J.C. Dicha descripción dice así: «El dios lleva un alto sombrero
cilíndrico, adornado con plumas y rosetas. Lleva barba y va peinado con rizos
que se ven en la nuca. Un largo ropaje sembrado de estrellas inscritas en
círculos le cae hasta los pies. En su mano
izquierda, levantada ante él, mantiene las insignias del poder: el cetro y la
diadema. Con su mano derecha coge el harpesh, especie de arma ritual,
parecida a una cimitarra. Marduk está guardado por el mushrushshu o
«serpiente roja» (el sirrush), cuya imagen está representada en los ladrillos
esmaltados de la Puerta de Ishtar, en Babilonia; el mushrushshu lleva
cuernos en la cabeza, tiene el cuerpo cubierto de escamas, la cola de
escorpión, las patas delanteras de león y las traseras con garras de buitre.
Este fantástico animal es una supervivencia de los dragones alados que decoran
el vaso de libación de Gudea. Las fuerzas del reino animal —cuadrúpedo, ave,
pez y reptil— se hallan aquí concentradas en un solo individuo al servicio del
dios, para ayudar en la lucha contra las potencias del mal».
Era al
Esagila de Babilonia donde acudían los
grandes generales y los príncipes ilustres en busca de la bendición divina, de
la consagración de su gloria y de la coronación de sus hazañas. Las altas y
almenadas murallas del templo limitaban un barrio reservado de la ciudad, que
constituía un mundo aparte. Alrededor del inmenso santuario se agrupaban los
edificios oficiales destinados a los sacerdotes, a los funcionarios, a los
servidores, a los intérpretes de los oráculos y a los adivinos. Había allí
jardines, apriscos, establos, talleres y las perreras de los perros sagrados
pertenecientes a la divinidad; también bodegas y almacenes, sin olvidar las
estancias reservadas a las gárrulas peluqueras que atendían a la divina
consorte Zarpanitum. El recinto era sagrado; a nadie le estaba permitido
estorbar las devociones de los sacerdotes que estaban al servicio de aquel
ilustrísimo dios del pueblo, so pena de ser empalado ante una de las ocho
puertas de Babilonia. Siendo al mismo tiempo palacio, lugar de regocijo y
fortaleza, la Casa de la Alta Cabeza tenía por misión la protección de
la divinidad de cualquier violación y la guardia del tesoro amorosamente
acumulado en las estancias secretas del templo. El Esagila había sido
construido para regocijo del corazón de su divino huésped, que
había venido a vivir en medio de la humanidad únicamente para dar protección y
magnificencia al fruto de sus trabajos.
«Parece ser que era costumbre general», escribe Charles F. Jean, « ya
desde los más remotos tiempos, tanto en Asiría como en Babilonia, glorificar al
dios nacional con un festival, cuyo rito principal era la marcha procesional
del dios desde su templo, considerado como el lugar principal de la ciudad,
hasta otro templo, una especie de templo veraniego, que había a cierta
distancia del principal; el nombre de akitu se daba tanto al santuario
como al festival.» Este era el Festival de Año Nuevo en Babilonia y daba
ocasión a tremendas escenas de fervor y jolgorio, ya que todo el mundo tomaba
parte en inmensas procesiones a las que se unían delegados de las más lejanas
tierras. En Babilonia, el akitu de Marduk daba comienzo al Año Nuevo, en
el mes de nisán. Las ceremonias públicas duraban doce días. En el séptimo día,
que era el de mayor solemnidad, tenía lugar la más espléndida de todas las
procesiones que desde el templo Esagila se dirigían al akitu. Una
tableta accadiana nos da el texto completo de las ceremonias que tenían lugar
cuando los dioses se dirigían a su akitu. El documento en cuestión
proyecta mucha luz sobre las funciones del urigallu o sacerdote
encargado de la rutina cotidiana, de la abertura de las puertas del templo, de
las plegarias rituales y de la delegación de los ritos purificadores y
sacrificiales. En el curso de sus deberes, este urigallu tenía que
recitar el Poema Épico de la Creación dos veces, de cabo a rabo, tarea
ciertamente de una considerable magnitud. El mismo rey tenía que someterse a un
rito de penitencia ante el urigallu, el cual indefectiblemente le
absolvía y le prometía la divina bendición: Dará una bofetada al rey. Si...
fluyen las lágrimas, el dios Bel es amigo; si no aparecen lágrimas, el
dios Bel está enojado: el enemigo se levantará en armas y producirá su caída. Este
ritual simbólico parece haber formado parte de una representación de la muerte
y resurrección de Marduk con objeto de inducir,
por medios mágicos, a la regeneración de la cosecha. El
Festival de Año Nuevo era, en esencia, un rito de fertilidad, que tenía que ser
observado en sus más nimios detalles; además, se consideraba esencial para todo
rey de Babilonia su participación en esta ceremonia para tomar la mano del
dios Bel antes de su entronización; de otro modo, ésta no se consideraba
completa. La gran procesión tuvo que haber revestido considerable esplendor y
brillantez, ya que los dioses tomaban parte en ella, en sus carros de guerra y
vestidos con todas sus galas, con sus armas ceremoniales y emblemas distintivos,
al son de cánticos y de encantamientos. El período de duración de este festival
marcaba el tiempo del renacer para todas las cosas de la tierra, y sus últimos
días estaban dedicados a las antiquísimas fiestas de adoración de la
naturaleza.
De
todos los imponentes monumentos de Babilonia, el impresionante ziggurat hubo
de haber sido una de las construcciones más espectaculares de su época, elevándose majestuosamente por encima de
su enorme muralla circundante, de un millar de torres. Este ziggurat era
famoso en todo el mundo antiguo y atraía a una riada de extranjeros de todas
razas y creencias que acudían a adorar y a maravillarse. El Etemenanki, la cosa
de la fundación del cielo y de la tierra, se elevaba muy por encima de
la ciudad, dominando el valle del Eufrates, sembrado de palmeras, formando la
estructura central de un inmenso recinto que medía medio kilómetro de lado.
Doce puertas monumentales daban acceso al grandioso patio, indudablemente
guardado al modo tradicional por gigantescas figuras de animales de aspecto
repelente.
Alrededor
de aquel vastísimo cuadrado había las
habitaciones reservadas a los peregrinos así como a los sacerdotes que se
cuidaban del ziggurat. Koldewey llamó a esta colección de edificios el Vaticano
de Babilonia. Seguramente los sacerdotes del Etemenanki ocupaban una
elevada posición social, como representantes temporales del rey de los dioses,
de quien los gobernantes de Babilonia derivaban su soberanía, y que amparaba y defendía la ciudad contra cualquier asalto. Sus
habitaciones particulares eran espaciosas y lujosas y parece razonable suponer
que el recinto del Etemenanki era el centro administrativo principal de los
grandes sacerdotes y de los altos funcionarios. Ahí, en las secretas cámaras
interiores, se encontraban los objetos sagrados del culto, el oro, la plata y
las piedras preciosas, los carros de Marduk y de otras divinidades, las barcas
procesionales, que sólo salían en días de gran festividad, los instrumentos de
música utilizados en los ritos, los emblemas solares y los divanes y tronos de oro.
Construido
por una notabilísima raza de hombres,
para desafiar el paso del tiempo, el Etemenanki parece haber implicado un
sentido de inequívoca grandeza para el mundo antiguo. Y sin embargo, a pesar de
su gran fama, conocemos poquísima cosa de él hoy en día. Aparte de una tablilla
donde están apuntadas sus dimensiones, las observaciones de Herodoto y lo poco
que Koldewey pudo reunir en el curso de sus excavaciones en aquel lugar, no
tenemos prácticamente ninguna información de confianza sobre su aspecto y el
propósito exacto porque había sido construido es todavía en gran parte
puramente conjetural. Actualmente, tal como dice Parrot, «donde antaño se
levantara lo que tal vez fuese la más gigantesca estructura de la civilización
babilónica, sólo existe hoy en día una enorme oquedad llena de agua...». El
mismo Koldewey ya declaró que la destrucción del ziggurat era
irreparable, ya que había servido de cantera de donde se habían sacado grandes
cantidades de materiales para edificar en otras partes.
Según la inscripción de la tablilla mencionada, que es del año 229 a. de
J.C., pero que seguramente es copia de un texto más antiguo, Parrot deduce que
el Etemenanki, «con una base de 100 metros de lado, se alzaba con sus siete
pisos a una altura de otros 100 metros o casi», y cree que en la cima había un
templo. Herodoto mencionaba ocho torres, con un templo en la torre
más alta. Koldewey no pudo distinguir más que el
plano del Etemenankí, marcado todavía en el suelo, pero no le fue posible
deducir cuántos pisos tenía la torre. Sin embargo, en otros sitios de
Mesopotamia todavía existen ziggurats en mejor estado de conservación;
desde los tiempos más remotos ya parece que hubo la costumbre de construir
templos sobre plataformas elevadas, y esas estructuras en forma de terraza, al
correr del tiempo, fueron construidas en forma de pisos, una terraza encima de
la otra. Ha habido muchas teorías que han intentado explicar la función del ziggurat,
pero todo el mundo está de acuerdo en que se trata de una estructura de
índole religiosa. Estrabón creyó que la intención del Etemenankí era
proporcionar un lugar de reposo en su cima para la tumba de Marduk, donde
estaría próximo al cielo, fuera del alcance de los mortales y totalmente
inviolable. Otros han expresado la opinión de que estas torres con terrazas
fueron construidas por los sacerdotes para utilizarlas para sus observaciones
astronómicas.
Millares
de tablillas conservadas en los archivos del templo llevan inscritas las
observaciones astronómicas de los
babilonios durante bastantes siglos. Los babilonios aprendieron el uso del
reloj de sol y de la clepsidra para calcular por adelantado los movimientos de
los cuerpos celestes en sus relaciones mutuas, e inventaron el calendario
luni-solar para medir el tiempo con toda seguridad. Este calendario consistía
en doce meses de treinta días cada uno, con un mes intercalar insertado a
intervalos regulares. La aplicación de su genio matemático se tradujo en muchos
beneficios de orden práctico en la vida cotidiana; pero el origen radicaba en
las creencias religiosas que influían en todas sus actividades.
Para
estos observadores, cuyos conocimientos estaban profundamente arraigados en
ideas primitivas, los cuerpos celestes que ellos habían estado estudiando durante siglos eran los dioses vivientes, cuyos
preordenados movimientos en el espacio podían ser utilizados como guía en las
actividades cotidianas de los hombres.
Para los babilonios, la astronomía empezó
siendo un procedimiento por medio del cual el astrólogo podía aconsejar sobre
asuntos públicos o privados, sobre la oportunidad de la paz o de la guerra,
como sobre la venta de un pedazo de tierra. Pero había en ello algo más que el
aspecto puramente utilitario. Se puede discernir en la astronomía babilónica un
vasto sistema filosófico subyacente, según el cual el hombre estaba eternamente
relacionado con los movimientos de los cuerpos celestes, cuyas leyes eran
inmutables e inevitables. Toda la vida no constituía sino una parte
infinitesimal del universo. Las puertas del conocimiento habían sido abiertas
por esos antiguos eruditos, quienes, desde el alto ziggurat, habían
recibido la revelación de la marcha del tiempo. El futuro era ilimitado. Ellos
habían percibido una relación entre las unidades matemáticas en términos según
los cuales el mundo sensorial podía expresarse y para ellos aquella vasta
fuerza creadora quedaba revelada en el ciclo eterno de la muerte y la
resurrección. Tras el misterio de las cifras y de los números sagrados habían
discernido la espiral del universo y de los dioses.
La
orientación del Etemenanki según los cuatro puntos
cardinales había sido ritualmente observada en términos de números sagrados.
Así pues, a los ojos de los pueblos antiguos, aquel edificio era mucho más que
un símbolo; era la representación del centro exacto del espacio, desde el cual
la suprema fuerza vital irradiaba sobre la tierra entera, atestiguando con ello
la presencia de su Creador, Marduk.
Por
eso los reyes de Babilonia intentaron siempre realzar aquel edificio sagrado.
Nabopolasar recibió de Marduk la orden de
restaurar el ziggurat, de poner sus cimientos firmes en el seno de la madre
tierra, mientras la cima tenía que extenderse hacia el cielo. Antes de
poner manos a la obra, antes de tocar un solo ladrillo del Etemenanki,
Nabopolasar consultó los oráculos en el transcurso de una fiesta sacrificial
para descubrir cuál sería el día más propicio. Para Marduk, mi Señor,
incliné mi cerviz, desaté el ropaje que cubría mi Majestad y transporté ladrillos y arcilla
sobre mi cabeza. Ante esta
representación del piadoso monarca, tal como aparece en los textos babilónicos
más recientes, la acostumbrada imagen del altivo monarca omnipotente se
desvanece un instante. El rey estaba con ello llevando a cabo un ritual
transmitido de generación en generación. En el Día de la Reconstrucción,
Nabopolasar se adelantó, acompañado de sus sacerdotes, sus músicos, sus
cantores de lamentos, sus adivinos, cuya tarea consistía en invocar a los cinco
dioses de la magia, y sus poetas, para pronunciar las palabras de ritual ante
el Etemenanki.
Lo
primero que había que hacer era buscar y
sacar a la luz, con la ayuda de un hacha especial, santificada por el Sumo
Sacerdote, el temenu, nombre sumerio del texto de fundación,
generalmente grabado en un pequeño cilindro o clavo votivo. Estos clavos,
fabricados de bronce o arcilla, con la cabeza de un dios, tenían el poder de
apartar a los espíritus malignos y arrojarlos de sus escondites. Una vez
hallado el temenu, el rey lo untaba con miel, crema de leche, cerveza y
aceite y lo volvía a enterrar, teniendo buen cuidado de ocultar su nueva
posición. Los ritos tenían que ser estrictamente observados; si algún detalle
pasaba inadvertido en los preliminares de la reconstrucción de un edificio, se
maldecía solemnemente al culpable. Antes de colocar la nueva capa de ladrillos
que constituiría los cimientos de la nueva estructura, era esencial estar bien
seguro del sitio exacto, tal como estaba indicado en el temenu, ya que no se
permitía error de ningún género a este respecto. Los textos eran precisos sobre
este punto: Ni un dedo más ni un dedo menos que las medidas prescritas. Era
cosa corriente enterrar objetos de diversa índole juntamente con el texto
fundacional; en el caso de la reconstrucción del Etemenanki, Nabopolasar hace
constar que depositó en los cimientos oro, plata y piedras preciosas.
Nabopolasar
fue un gran rey constructor, y sus hijos tuvieron que demostrar a los
babilonios que eran dignos de su padre; por consiguiente, también ellos se empeñaron en tareas constructivas y reconstructivas,
mezclándose con los obreros en el acarreo de arcilla, vino, aceite y resina, y
en el ajuste del techo, construido en oro y plata.
Existen
varias inscripciones, muy elocuentes por cierto, en los cilindros fundacionales
y en otras partes, redactadas por reyes que restauraron la ciudad y no querían ser olvidados por una ingrata posteridad: Asurbanipal, el gran
rey, el poderoso rey, rey del universo, rey de Asiría, rey de las cuatro
regiones, rey de reyes, príncipe sin rival, quien, por orden de los
dioses, sus aliados, impera desde el Mar Superior al Inferior, y ha
sometido a sus pies a todos los gobernantes..., quien hizo que Babilonia fuera
de nuevo habitable, reedificó el Esagila, renovó los santuarios de todas
las metrópolis, restableció en ellos los antiguos cultos y
restauró sus regulares ofertorios, que habían cesado; yo, el nieto de
Senaquerib, el gran rey, el poderoso rey, rey del universo... Yo terminé las
obras inacabadas del Esagila... Que, en días venideros, el príncipe futuro, en
cuyo reinado esta gran obra se desplome en ruinas, se encargue de
restaurar las ruinas y que inscriba mi nombre junto al suyo. Que dicho
príncipe contemple mi memorial, ungiéndolo con óleo, ofrezca sacrificios
y ponga junto a su memorial...
Y he
aquí la plegaria de Neriglissar: Yo embellecí el
Esagila y el Ezida. Puse en orden los templos... Las serpientes de bronce... en
las puertas del Esagila que ...están situadas en la «Puerta del Sol Naciente»,
en la «Puerta del Ocaso», en la «Puerta de la Abundancia»... que ningún
rey anterior a mí había construido, yo, el humilde, el sumiso, el
versado en el culto de los dioses, soy quien las ha construido. Ocho
serpientes... que silban su mortal ponzoña contra el nefando y el
enemigo; a estas ocho serpientes, yo las he recubierto de brillante
plata... Oh, Marduk, Señor, contempla con gozo mis buenas obras... Concédeme... una
larga vida, una prolífica
descendencia y la estabilidad
de mi trono...
Y,
antes que él, Nabucodonosor había escrito esta conmovedora
plegaria: Sin ti, oh Dios mío, no hay nada. Para el rey a quien tú amos,
cuyo nombre está en tus labios, que te es agradable, tú has preparado
su nombre, manteniéndole en la senda del bien y de la justicia. Yo
soy un príncipe que te obedece; soy la criatura de tu mano. Tú me has creado
y me has confiado la soberanía sobre todos los pueblos. Que el temor de
tu divino ser no se aparte de mi corazón y concédeme lo que a ti te plazca,
(porque) tú eres mi creador.
Y así ha sido siempre la historia de la civilización: la larga lucha contra
el eclipse total. Pero sin muerte no puede haber vida. El modelo no ha cambiado
jamás; hay una sola ley que gobierna la historia de la humanidad: ambición,
entusiasmo, fama, triunfo, derrota y ruina, una y otra vez, son las etapas que
constituyen la imponente epopeya humana de la eterna lucha por la
supervivencia. Ni la mayor civilización que pueda contar su duración por
millares de años ha podido prevalecer contra la voluntad inescrutable del
Creador Omnipotente del cielo y de la tierra.
Pero
el genio de las antiguas razas proporcionó el principio rector de la conducta humana ulterior. Sus dioses
tiránicos, guardianes del pueblo, ya no existen; sus dinastías e imperios se
han desvanecido; su civilización está muerta. Y, no obstante, en el inmenso y
profundo silencio que ha seguido, debemos concederles todo el honor que les es
debido. En el valle del Tigris y del Eufrates, en el Edén de la leyenda
semítica, la ciudad de Babilonia fue construida al principio del tiempo y
se convirtió en jardín y granero del Asia Occidental. Su historia primitiva nos
es, en gran parte, aún desconocida; pero a su debido tiempo Babilonia se
transformó en el corazón y el alma del mundo antiguo, en la
capital de la administración de
justicia y de la seguridad social y en un centro de peregrinación. Actualmente
su civilización está muerta. Se cumplieron las profecías y Babilonia, la ciudad
de la vida, del color y la belleza, se ha convertido en una soledad tan árida
como el desierto. Cuando Jenofonte condujo su ejército hasta Babilonia,
buscó el lugar donde había estado la famosa capital y lo encontró, pero con los
templos y palacios de Babilonia sepultados en la arena. «Aquí», escribió
Jenofonte, «hubo una gran ciudad». Cuando Luciano pidió que le enseñaran la
famosa ciudad de Babilonia, le dijeron: «Tú me pides que te enseñe Babilonia,
esa ciudad que hace tanto tiempo fue destruida; pues bien, amigo mío, es
imposible localizar actualmente el sitio donde estuvo».
Hoy en
día no queda nada de Babilonia, aparte de unas pocas
reliquias que aparecen completamente desplazadas en nuestros museos: los
bajorrelieves con aquellos extraños animales esmaltados y hermosamente
policromados, unos millares de ladrillos ennegrecidos por el humo de los
incendios, algunas estatuas de dioses y de escribas, algunos amuletos, sellos,
estelas y mojones, y las incontables tablillas procedentes de sus asombrosas
bibliotecas y de sus archivos, que constituyen quizás el más importante legado de
esa desvanecida civilización. Nada queda de la ciudad de Babilonia, ni de sus
dioses, ni de su pueblo; sólo queda la tierra, la rica tierra de Mesopotamia.
La historia no tiene piedad...
«A la orilla de este río, la ciudad de Bagdad está muy abundantemente
provista de toda suerte de productos alimenticios, como trigo, carne,
volatería, pescado y caza de todas clases; además, hay grandes cantidades de
fruta, pero especialmente dátiles, y éstos muy baratos. A esta ciudad, algunos
la llaman Nueva Babilonia, y no está mal la cosa, porque se levantó de las
ruinas de la antigua Babilonia, no muy distante de ella, aunque no es tan
grande ni tan hermosa como era ésta, porque el circuito de Bagdad es sólo de
tres millas inglesas, y la ciudad está construida con ladrillos secados al sol;
sus casas son muy bajas y tienen el techo plano.» (Relación de John Cartwright,
sacada de Purchas his Pilgrimes, referente a una visita a Bagdad
realizada el año 1603.)
Más de dos mil años han transcurrido desde que Babilonia fue abandonada a
merced de los elementos, pero la historia ha demostrado que ésa es una región
destinada a ser fértil, no sólo en toda suerte de productos alimenticio,
sino también en la construcción de ciudades famosas en los anales del mundo.
Después de Seleucia, fundada por los macedonios y destruida por los romanos, y
de Ctesifonte, fundada por los sasánidas y destruida por los partos, hay una
laguna de unos den años escasos que nos lleva a la fundación de Bagdad bajo el
califato abasida.
Bagdad,
cuyo nombre mismo parece tan fragante como el vino de dátiles, fue la mayor capital del Islam. Su esplendor medieval
y la riqueza de su vida intelectual recuerdan los grandes días de Babilonia. Eruditos, gramáticos, astrónomos, doctores y poetas
abarrotaban la ciudad que durante muchos siglos fue el gran centro religioso
del mundo oriental. Igual que Babilonia tuvo que sufrir muchas invasiones, la
última de las cuales, en el siglo XVII, completó la ruina de la ciudad, cuyos
palacios con sus doradas cúpulas habían sido señalados por Harun-al-Raschid a
uno de sus visires, diciendo: De levante a poniente no conozco una ciudad
más dichosa ni más rica que Bagdad.
Bagdad
hoy en día es una vez más una ciudad animadísima y
próspera, cuyas calles y avenidas hierven de comerciantes, teólogos, caldereros
y trabajadores de todas clases, y cuya atmósfera está saturada del olor de
kebabs fritos, de especias y de dulces. Los almacenes y bazares se hallan
abarrotados de fardos cubiertos de pulgas, procedentes del Asia Central,
difícilmente visibles bajo la luz de lamparillas humeantes que apenas llegan a
iluminar esos abovedados sótanos, atiborrados de tesoros inimaginables. Junto a
la puerta de las tiendas, los comerciantes fuman sus pipas mientras van
contando anécdotas. Esos relatos fascinadores, mezclados al olor a especias de
los bazares, le retrotraen a uno a un pasado medieval con sus guerreros y sus
combates caballerescos, y con sus hermosas doncellas de ojos de cierva, que
tanto relieve tienen en las narraciones de la Bagdad medieval.
Aquí se encuentra también el memorialista, que ha establecido su barraca
junto al vendedor de pipas y está esperando filosóficamente la llegada de los
clientes. El memorialista hace un buen negocio redactando cartas de todos los
géneros, pero está especializado en la más fina variedad literaria,
condimentada con citas de los clásicos, y su elocuencia sólo cesa cuando
también cesa el aporte de dinero. Con gran ligereza las palabras salen danzando
de su pluma, como genios haciendo piruetas, y por este procedimiento los
amantes pueden quedar hechizados. ¿Cuántas veces habrá comparado a la novia de
Jafar, de Saladino o de Alí el tuerto, a cosas tan delicadas como la aterciopelada luna,
o las rosas de los jardines de Ispahán, cuyos pétalos son menos frágiles que
las mejillas de la bienamada? Este amanuense público, este escriba tarifado,
este memorialista, en fin, cuyos bolsillos están llenos de modelos de redacción
(según el estilo, véase la tarifa), será durante toda su vida el instrumento
del destino de los amantes. Las palabras melosas salen de su pluma con suma
facilidad, y él satisface una verdadera necesidad en un país donde el zapatero
remendón de la esquina y el herrero de un poco más allá se saben igualmente de
memoria las odas de Hafiz o de Saadi, aunque sin la ayuda del escriba son
incapaces de transmitir sus ideas sobre el papel.
Por la
calle van los armenios con sus odres llenos de agua de regaliz, cuyas alabanzas
cantan en términos parecidos a los usados por nuestro amigo,
el poeta memorialista. En los mercados hay los puestos donde se venden dulces y
confituras, goteando con la deliciosa miel de Bagdad y junto a los pasteles y
caramelos se venden babuchas de cuero turcas y salchichas picantes. Frente a
los hornos de los panaderos se amontonan sus mercancías de las más diversas
formas y calidades: hojas de pan, delgadas como si fueran de pergamino,
pasteles circulares y aplanados y panes redondos que sólo esperan ser aliñados
y sazonados con cebollas, especias y aceitunas. Aquí es donde acuden los
beduinos para comprar sus provisiones y luego vuelven a sus tiendas cargados de
pan empapado en jarabe de pasas o sésamo, o cubierto de salsa de tomate y
sardinas. Las paredes de los cafés dejan mucho que desear; todo el
establecimiento huele a anís. Aquí se pueden escuchar las canciones de Urfa, la
ciudad donde la carpa es sagrada, a los discordantes sones de un incansable
acompañamiento de mandolinas.
En el
exterior prosigue el interminable zumbido de múltiples actividades. Los vendedores de granizados, con sus brillantes
recipientes de latón, anuncian su presencia con el musical tintineo de sus
copas. En el barrio de los talabarteros, estos artesanos
están sentados en cuclillas en los rincones más
oscuros, cosiendo y ribeteando las altas sillas para los camellos, y grabando
en las cinchas y las riendas unos versículos del Corán, para recordar a los
fieles que aún en el desierto se hallan en manos de Alá. No muy lejos, un grupo
de aprendices bromean, mientras se inclinan sobre su trabajo; están fabricando
clavos. Todo el mundo parece divertirse de lo lindo mientras prosigue con su
tarea tradicional.
Bagdad,
hoy día capital del Iraq, es aún el eterno Oriente, con
sus santones, sus caravanas, sus pasteleros y su música oriental, sus
polvorientos días y animadas noches, sus densas multitudes en calles y avenidas
teñidas con los mágicos matices del anochecer. El crepúsculo transforma el río
en un esplendor opalescente, mientras fluye raudo por la antigua capital del
califato, con su escolta de keleks, que lo siguen hasta Mosul. Y,
bruscamente, sin transición, ha caído la noche, y por el azul oscuro de la profunda
bóveda del firmamento empiezan a parpadear millones de estrellas.
Mosul...
El Tigris la separa de la antigua ciudad de Nínive,
o, mejor dicho, del sitio donde estuvo Nínive, en la orilla opuesta. Al oeste
del río se extiende la región de Jebel Sinjar, donde vagan las tribus nómadas.
En la historia de Mesopotamia los nómadas han jugado siempre un papel
importante e incluso a veces han llegado a disfrutar de gran poder político.
Tiempos hubo en que un jefe había podido poseer hasta 37.000 tiendas bajo su
mando, y estas tiendas albergaban una población nómada de unas 200.000 almas.
Por lo tanto, dicho jefe podía reclutar una fuerza combativa de unos 50.000
jóvenes entusiastas, dispuestos a defender por todos los medios el prestigio de
su jefe y de su tribu.
Los nómadas viven en constante movimiento, cambiando incansablemente sus
pastos y a veces irrumpiendo en tierras que pertenecen a una población
sedentaria. Las disputas sobre pastos y ganado han constituido uno de los
mayores problemas administrativos del país durante millares de años. Cuando los beduinos acampan, los hombres se
sientan en círculo con gran petulancia, mientras las mujeres hacen todo el
trabajo. Las pequeñas tiendas negras, construidas de pelo de cabra y de
camello, quedan sujetas en el suelo con gran rapidez y habilidad y entonces las
mujeres se marchan, rodeadas de sus hijos, a llenar los odres. Utilizan la
orina de camello para bañar a sus hijos ; también lavan la ropa interior en
orina de camello, ya que dicen que con ello se produce un delicado brillo en la
ropa y además la orina actúa como desinfectante. Pronto se encienden fogatas en
todo el campamento; cuando no tienen leña a mano, los beduinos usan como
combustible el estiércol de camello, el cual toma la forma de grandes pasteles
aplanados, muy parecidos en la forma a los bizcochos que se comen para celebrar
las festividades. Este sustituto del combustible normal, que los beduinos
tienen tan a mano, produce una humareda muy acre al ser quemado. Todavía hoy en
día un fuego es considerado por las tribus trashumantes como indicador de
poderío y riqueza, y cuantos más fuegos hay en un campamento tanta mayor es la
estima en que tienen al jefe — o jeque — los notables del distrito. Los nómadas
dan una gran importancia a los signos de buena educación y, por lo tanto, el
jefe nómada no le cede el puesto a nadie en cuanto a la observancia de los
detalles más finos de buena sociedad, tales como el uso de un pelo
cuidadosamente trenzado, el uso de flequillos y el uso de kohl como cosmético
para los ojos.
Tan
pronto como el fuego está a punto
aparece una gran fuente de cuscús traída por los esclavos y entonces todo el
mundo acaba de sentarse en el suelo para ponerse a devorar aquellos delicados
manjares empapados en sebo de carnero, que es lo que constituye el plato
principal de aquellas tribus. Nadie dice ni una palabra; todo el mundo está
atareado masticando; luego cada cual mete el dedo en el gran montón de arroz y
saca su porción, de la que hace una bola y se la echa al gaznate con
gran rapidez. Una comida en el desierto no tiene ninguno de los refinamientos
de un banquete y no es recomendable para el gastrónomo. No es cuestión de comer, es cuestión de devorar. Pero, a pesar de
todo, siempre es necesario aparentar buena educación, y si uno quiere dejar
buena impresión como invitado a una de estas comidas no debe olvidar que es de
muy buen tono eructar sonoramente a intervalos regulares. En otras partes,
naturalmente, semejante exhibición sería considerada de muy mal gusto, pero
entre los beduinos del desierto se considera como una expresión de aprecio y de
amistad, dirigida a todos los comensales en general; todo el mundo entonces se
siente agradablemente relajado y alegre, dispuesto a disfrutar de una velada de
conversación superficial y agradable o, aún mejor, a escuchar el poeta de la
tribu, relatando las grandes aventuras de antaño.
Para
los nómadas la poesía es indispensable; la poesía
acompaña todas sus actividades, porque el poeta de la tribu, debido a algún
poder secreto e inimitable, puede transformar la tierra yerma sólo con la magia
de sus palabras y dispersar el polvo y el viento, evocando junto al campamento
la fresca imagen de un verde oasis en medio del calor más bochornoso y
sofocante. Pero, ¡ay de los enemigos de la tribu! Porque no menos que el cielo
puede ser evocado el infierno, un infierno tenebroso e infinito, un abismo de
inimaginables torturas. La gran noche misteriosa cobra vida con los cuentos de
los condenados, de las sombras, de los duendes, de los genios, de aguas
hirvientes, de calderas abarrotadas de almas malditas, de altísimas columnas de
llama, de hambrientos monstruos al acecho, de todos los tormentos y
sufrimientos a que está expuesto el pecador en el otro mundo.
La
poesía ciertamente parece que tenga su patria en
Oriente. La magia penetra la atmósfera de la luz crepuscular y la imaginación
despliega sus alas en respuesta al seductor reino luminoso del anochecer
multicolor, el milagro cotidiano del mundo
asiático. Las misteriosas estelas de basalto de los
hititas no significan nada para el nómada ni nada le importan, lo mismo que las
pinturas descubiertas en Dura-Europos o que las figuras danzantes de los
ángeles asirlos de Til Barsib. Para él el universo consiste eternamente en el
movimiento de su caballo y en los placeres del ensueño y de la fantasía; su
alma está desnuda ante la tremenda vaciedad del firmamento. El nómada se da
perfecta cuenta de que la montaña y la arena y el oasis van cambiando igual que
los rostros que ve a su alrededor, y sabe que el único que tiene verdadero
poder es el visionario; Su padre le enseñó las 200 palabras que forman su
vocabulario básico, tales como serpiente, león y espada. En su
juventud aprendió algunas canciones de lejanas tierras, canciones antiquísimas,
cantadas o, mejor dicho, declamadas por las tribus cuando Nínive era pasto de
las llamas y los palacios se hundían sepultando a los dioses nacionales. Su
memoria es infalible; se sabe de memoria esos antiquísimos poemas de sus
antepasados, palabra por palabra. Así es como se transmite el genio de la raza
a través de incontables años, por medio de poemas; canciones y profecías que
exaltan el corazón. Los daños y la destrucción pueden ser el destino de las
inscripciones reales, esculpidas en la piedra; es posible que su mensaje de
victorias y violencias se pierda para siempre, desvaneciéndose a los embates
del viento del sur, el que arrastra a los genios fuera del país. Pero a través
de los tumultos y de las catástrofes, las canciones de los pueblos nómadas y
errantes de Mesopotamia han sobrevivido el paso del tiempo.
La lírica del desierto puede parecemos tediosa porque sus temas son
necesariamente muy limitados y tienden a la repetición una y otra vez, a la
manera de los arabescos, cuyo ritmo nos resulta difícil seguir en los palacios
de los reyes moros. La poesía occidental tiende algo más al misticismo y tiene
una mayor amplitud de ideas. Pero, sin embargo, aún podemos apreciar la poesía
árabe de la vida cotidiana. Gran parte de ella es de una
alta calidad y, en muchos casos, de mucha mayor finura que la variedad abstrusa
tan favorecida por los intelectualoides occidentales. Además, es una poesía popularísima. El poeta árabe va improvisando sus
versos al azar, en lugar de retraerse a una reclusión de visionario. No se
propone elaborar ninguna obra maestra; va produciendo sus poemas por el simple
placer de hacerlo. Su único propósito es el de dominar el ánimo de sus oyentes
y mantenerlos fascinados. El poeta árabe hace danzar sus palabras en un círculo
mágico. El es, esencialmente, la voz de su pueblo, que le ama y a quien expresa
la necesidad que tiene de escapar de la realidad, obedeciendo a un instinto
peculiar de su raza desde los más remotos tiempos. Y así es como esa poesía se
difunde por el mundo por mil caminos ocultos y misteriosos, llegando a ser una
verdadera necesidad para el árabe en general y un negocio lucrativo, además,
para el poeta en particular.
Hoy en
día, en las orillas del Tigris y del Eufrates, donde
tantas capitales olvidadas yacen todavía enterradas, todo sigue igual a
cualquier parte que se vaya: bajo la sombra de la tienda kurda o circasiana,
dónde se recibe hospitalariamente al extranjero con un cuenco de leche de
camella; en los diminutos cafés donde se puede fumar el narguilé y contemplar
las pequeñas bailarinas cobrizas y ondulantes; en las estepas del Iraq o más
hacia al norte, en las antiguas vías romanas que bordean el río Jaghjagha o el
río Habur; en las antiguas fronteras de Salmanasar, de Senaquerib, de Séptimo
Severo o de Diocleciano; a la sombra de lo que queda del palacio de Sargón en
Khorsabad; junto al santuario de los dioses de Palmira en Dura-Europos; junto
al montón de ruinas que es Susa; en Resafa, la ciudad sagrada en el centro del
desierto sirio; en el Haurán, donde los apuestos legionarios romanos de antaño
difundieron el culto a Mitra con no menos fervor que en la Renania o a orillas
del Danubio; cerca de Abu Kemal, donde abundan las ruinas sasánidas, o en las
pavorosas soledades del Yemen... Por todas partes, sea
entre ricos o pobres, uno se encuentra siempre con poetas famosos y de gran
distinción, cuya misión consiste en conservar el tesoro de
ensueños de la tribu.
Hay
quien desprecia a los nómadas a
causa de que no son fáciles de asimilar a nuestra civilización de explosivos
nucleares o tal vez porque se niegan a aceptar lo que equivale a un estado de
esclavitud, aunque no sea francamente reconocido como tal. La gente los
menosprecia a causa de sus tiendas de pelo de camello y de la arcaica
simplicidad de su vida, tan ajena a lo que entendemos convencionalmente por
sociedad. Estos pueblos errantes han estado en movimiento perpetuo desde los
comienzos de la historia; siempre han vivido por esos parajes, en esta misma
tierra hostil, obedeciendo hogaño igual que antaño a las leyes del ciclo
estacional. Este perpetuo e incesante movimiento de tribus hacia las actuales
fronteras occidentales es actualmente un movimiento totalmente pacífico, pero
hay que recordar que esos nómadas son los descendientes de aquellos otros
nómadas que en su empuje incontenible barrieron Asia, África del Norte y
España. Eran la espada del Islam, su genio militar y su incansable fuerza. Los
días de su grandeza no han podido ser olvidados por los nómadas actuales que
recuerdan Bagdad, a donde Grecia envió sus manuscritos y sus filósofos,
Damasco, la Gran Silenciosa y Blanca, el Cairo, la Ciudad de las
Victorias. Tampoco pueden olvidar a Saladino, que tomó Jerusalén a los
cristianos, ni Córdoba, Toledo y Granada, cuya pérdida se lamenta aún hoy en
día en las casbas de oro y púrpura y en los bazares de Marrakex.
Mesopotamia
ha sido siempre un país de
leyenda; sus poetas, que prodigan los cánticos referentes a un glorioso pasado,
han sido ricamente dotados por la tradición. Algunas de sus historias se basan
en leyendas tan antiguas como la misma historia, conservadas y adaptadas en el
transcurso de millares de años de recitación dramática contra el fondo sombrío
de tonalidades azul oscuras del campamento. En la región desértica al sur de
Mosul, donde los nómadas de la antigüedad
se rebelaron constantemente contra el poder de las ciudades estados y de los
imperios, los trovadores shammar de hoy en día relatan aún su cuento favorito: El
padre y jefe de los aditas se llamaba Ad. Se estableció en el desierto
poco antes de que aconteciera la confusión de lenguas. Allí fundó una ciudad...
Sus palacios eran de oro, y elevó hasta el cielo unos jardines que eran
aún más hermosos que los de Babilonia. Se encontraban allí en ubérrima
abundancia flores y frutos de todas clases. Unos pájaros fabricados de mano del
hombre estaban posados en las ramas de los árboles. Sus cuerpos rellenos
de dulces perfumes daban fragancia al aire de toda la ciudad. Ad estaba
muy orgulloso de todo lo que había hecho. Hasta se creyó que era un dios y
quiso que los demás le adorasen. Pero el cielo no quiso que este desmesurado
orgullo pasase sin castigo, y Ad cayó muerto por el rayo. La ciudad todavía
existe en el desierto, como señal eterna de la divina justicia, pero es invisible
a todos los ojos.
La
ciudad todavía existe en el desierto, pero es invisible a todos
los ojos... Uno no puede dejar de pensar si no será hacia esa ciudad de otro
tiempo donde se dirigen constantemente los nómadas de hoy en día, igual que
hicieron sus antepasados, hace millares de años. Lo que es evidente, no
obstante, es que la idea de la ciudad perdida en el desierto les fascina. Sus
interminables viajes a través de aquellos monótonos trechos de tierras áridas
les dejan mucho tiempo para la meditación; la poesía parece ser algo congénito
en ellos, y la vida es como un río que los llevara pasiva, suave y
silenciosamente hacia las ciudades flotantes que ellos han visto tantas veces
desvanecerse en el cielo. Son igual que los personajes de la Biblia; su
incesante búsqueda recuerda los comienzos de las luchas humanas. Ver a toda
aquella gente reuniéndose bajo una de sus tiendas para escuchar atentamente al
poeta de la tribu es un espectáculo inolvidable; es como si uno hubiese vuelto
por arte de magia al remotísimo pasado.


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