© Libro No.509. Cuentos y Relatos de Samuel Beckett.
Colección E.O. Noviembre 2 de 2013.
Título original: © Cuentos y Relatos de Samuel Beckett.
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Cuentos
y
Relatos
Samuel Beckett
CONTENIDO
Biografía y Nueva Biografía de Samuel
Beckett
Fracasa otra vez, fracasa
mejor
Dramaturgo, escritor y poeta
irlandés, Samuel Beckett es considerado uno de los grandes autores teatrales
del siglo XX, galardonado con el Premio
Nobel de Literatura en 1969. Beckett fue fundamental en el nacimiento de la
experimentación literaria y el teatro del absurdo, ejemplo de lo cual es su
obra más conocida, Esperando a Godot
(1952).
Nacido en una familia adinerada
y muy religiosa, Beckett estudió en el Trinity College de Dublín donde se
licenció en Filología antes de viajar a París para ser lector en la École
Normale Superieur de París. Es allí donde conocerá al que será su mentor en el
mundo de las letras, el escritor James Joyce, para quien trabajaría como
asistente.
No sería hasta 1929 que Beckett
publicara su primer cuento, Conjetura,
al que pronto seguirían más relatos, poemas y ensayos. A partir de 1930, de
vuelta en Irlanda, Beckett dejó atrás su carrera académica y comenzó una serie
de viajes por Europa, sin más objetivo que vivir y escribiendo poco, de manera
muy ocasional.
En 1933 se publicó su primera
antología de relatos y Beckett comenzó a colaborar con diversas revistas, tanto
con sus propias creaciones como con críticas literarias, con las que logró un
gran reconocimiento y sentó las bases de una conciencia generacional en varios
autores irlandeses.
Establecido en París a finales
de los años 30, y sumido en varias crisis de tipo personal, sufrió un
apuñalamiento que casi acaba con su vida. Tras el inicio de la II Guerra
Mundial, Beckett se unió a la resistencia francesa, primero en París y luego en
la zona rural de Vaucluse.
Terminado el conflicto, Beckett
volvió a Dublín, donde se volcó en la literatura, produciendo más cuentos y
novelas, tanto en inglés como en francés, destacando títulos como Molloy, Malone muere o El
innombrable. Poco después se embarcaría en la escritura de Esperando a Godot, que le llevaría un
año, siendo publicada con muchos esfuerzos en 1952 y estrenada en 1953. Pese a
recibir malas críticas en su estreno, la obra alcanzó grandes alabanzas y es
una de las obras más representadas del siglo XX.
A partir de los años 60, gozando
del éxito de piezas teatrales como Final
de partida o Los días felices, Beckett trabajó para la BBC y también en guiones
o programas de radio. En 1969 recibió el
Premio Nobel. El autor irlandés siguió trabajando, sobre todo el teatro,
publicando sus últimas obras y
antologías de escritos o poemas hasta bien entrados los años 80.
Samuel Beckett murió el 22 de
diciembre de 1989 en París.
http://www.lecturalia.com/autor/1408/samuel-beckett
Nueva biografía de Samuel
Beckett: La imposibilidad de decir
Al levantar el teléfono y
escuchar atentamente unos instantes, Suzanne Deschevaux-Dumesnil, la pareja de
Samuel Beckett, se volvió hacia él y exclamó: "Quelle catastrophe!"
Era el 23 de octubre de 1969 y acababan de comunicarle que Beckett había
obtenido el Premio Nobel de Literatura, pésimas noticias (naturalmente) para
quien había hecho del fracaso uno de los argumentos centrales de su obra. Ese
mismo día, el escritor irlandés recibió un telegrama de Jérôme Lindon, su
editor en Francia: "A pesar de todo, te han otorgado el Premio Nobel. Mi
consejo es que te escondas". No tenía que decírselo dos veces: Beckett
había estado escondiéndose prácticamente toda su vida.
1
Samuel Beckett nació el 13 de
mayo de 1906 (él decía que el 13 de abril, Viernes Santo y, por consiguiente,
día de crucifixión), pero decía tener recuerdos anteriores, de la vida uterina:
"Antes incluso de que el feto respire se halla en un estado de
esterilidad, desolación y dolor". A ese estado (que lo acompañaría durante
toda su vida) contribuyó mucho una madre intolerante y fanática con la que tuvo
una relación de amor y de odio que (según su biógrafo) condicionó su futura
vida sexual y, de forma más simple, lo convirtió en un niño solitario y huraño
para el que el ingreso en el internado fue una liberación. A Beckett se le
daban bien los deportes y pronto se convirtió en una figura popular en el
colegio gracias a sus dotes para el críquet y el rugby (en el Trinity College
jugaría además al tenis, con buenos resultados), aunque no parece haber tenido
un gran interés por la literatura. Éste despertó con la asistencia regular al
Abbey Theatre y gracias a la obra cómica del dramaturgo Sean O' Casey y de Jean
Racine, que lo influirían notablemente.
2
Después de terminar sus estudios
en Trinity, Beckett obtuvo un puesto como profesor de literatura francesa en el
Campbell College de Belfast, pero huyó de sus responsabilidades apenas tuvo la
oportunidad, primero refugiándose en la ciudad alemana de Kassel con familiares
(se enamoró de su prima y ambos tuvieron una relación amorosa de varios años
que acabó cuando, al parecer, la joven engordó demasiado para el gusto de
Beckett, que no la encontraba sexualmente atractiva) y después consiguiendo un
puesto de lector en la École Normale de París. Allí (y a pesar de que otros
angloparlantes vivían ya en la ciudad: Francis Scott Fitzgerald, Gertrude
Stein, Ezra Pound, Ernest Hemingway y otros) Beckett se vio pronto absorbido
por el círculo de expatriados irlandeses que orbitaban en torno a la revista
transition y a la enorme figura de James Joyce, quien por entonces trabajaba en
una obra que acabaría llamándose Finnegans Wake.
Beckett y Joyce compartían
algunos intereses y una visión similar de la existencia; más importante aún, a
los dos les gustaba beber y estar en silencio, dos actividades a las que, al
parecer, comenzaron a dedicarse regularmente para gran desesperación de
terceras personas. Si bien le prestó diversos servicios a lo largo de los años,
Beckett nunca fue secretario de Joyce, sino una especie de discípulo y amigo,
alguien cercano a la familia (lo suficiente para que Lucia Joyce se enamorara
de él), pero de ningún modo un colaborador sino muy tardíamente. En uno de sus
primeros ensayos, escrito a sugerencia de Joyce, Beckett dio con uno de los
temas principales de su futura obra: la necesidad "simultánea y
contradictoria de decir, junto a la imposibilidad de decir" (según
Cronin). Esta sería la principal de las influencias de Joyce sobre su obra.
3
A lo largo de los años
siguientes, Beckett dividió su tiempo entre París y Dublín, donde tuvo que
regresar cuando se acabó su año de lector en la École Normale. Al igual que
otros escritores irlandeses, Beckett odiaba Dublín, pero debió regresar a ella
una y otra vez para cumplir con los rituales familiares y cada vez que tenía
problemas de dinero, cosa que sucedía a menudo a pesar del modo espartano de
vida que siempre cultivó (una vez, Joyce le regaló un abrigo y cinco corbatas,
cosa que parece haber enfadado a Beckett, que no sabía que, años antes, Joyce
había sentido lo mismo cuando T.S. Eliot le dio unas botas viejas; por cierto,
las botas habían sido de Ezra Pound).
En algunos años, Beckett había
reunido una buena cantidad de obra: las novelas Sueño con mujeres que ni fu ni
fa y Murphy y los cuentos de More pricks than kicks; también un número
considerable de rechazos editoriales y de publicaciones preñadas de obstáculos
y, en general, desafortunadas. Aunque no se hacía ilusiones al respecto (a un
amigo le comentó, antes de una de esas publicaciones, que "las críticas
ajenas me han de lacerar, la envidia de los otros me ha de corroer, incluso la
impotencia de los demás me retendrá y me minará por dentro"), los
resultados a menudo fueron peores de lo esperado: de More pricks than kicks
sólo se vendieron dos ejemplares en un año y las críticas no fueron
entusiastas.
4
Samuel Beckett merece un sitio
junto con Flannery O'Coonor y Katherine Anne Porter en una hipotética lista de
los escritores más enfermos de la literatura. A lo largo de su vida, el autor
de Esperando a Godot padeció terribles resfriados, palpitaciones, náuseas,
insomnio y terrores nocturnos, estreñimiento y súbitos episodios de diarrea,
neuralgia, quistes sebáceos, eczema facial, bursitis, forúnculos, periartritis
y graves problemas dentales (y una vez lo apuñalaron). Un problema añadido fue
su incapacidad de sentirse atraído sexualmente por mujeres de las que estuviera
enamorado, lo que lo llevó a preferir las prostitutas y las amantes
ocasionales. Una de ellas fue Peggy Guggenheim, la millonaria, con la que vivió
una relación intermitente que se hizo famosa en todo París por las escenas que
Peggy le hacía; Beckett la reemplazó por Suzanne, una profesora de piano seis
años mayor que él que sería su compañera durante medio siglo y con la que no
parece haber habido nunca atracción sexual. Cuando (tras innumerables
dificultades) parecía haber encontrado algo parecido a la estabilidad, estalló
la Guerra Mundial y todo cambió dramáticamente.
Beckett había visitado Alemania
en 1937; el régimen nacionalsocialista y el clima opresivo que éste había
instalado en la sociedad alemana no parecen haber llamado su atención, a pesar
de que sus tíos eran judíos y pudieron dejarle claro qué tipo de situación
atravesaban. Cuando Alemania invadió Francia, sin embargo, todo fue diferente;
Suzanne y Beckett huyeron al sur del país, donde se refugiaron en la casa de
una amiga en Arcachon en la que ya se encontraba Marcel Duchamp. Al firmarse el
armisticio, Beckett regresó a París y se puso a las órdenes de la Resistencia,
para la que realizó tareas de inteligencia; durante semanas, vivió
clandestinamente en París, a veces durmiendo a la intemperie en el Bois de
Boulogne y en una ocasión en la casa de la escritora Nathalie Sarraute; cuando
la situación se volvió intolerable, Suzanne y él se escondieron en un pequeño
pueblo de Roussillon donde Beckett participó de las actividades de la
Resistencia local (más tarde contribuiría a la instalación de un hospital de la
Cruz Roja irlandesa en Saint-Lô). No es fácil determinar qué lo llevó a poner
en riesgo su vida de ese modo; su participación en la Resistencia (que le
granjeó la Croix de Guerre, pero que el escritor calificó con modestia de
"cosas de boyscouts") no parece haber tenido ninguna motivación
ideológica, sino más bien ser el resultado de un impreciso sentido de su deber
para con Francia, además de ser una bienvenida suspensión de la vida cotidiana.
Según su biógrafo, Beckett "disfrutaba de las tareas encomendadas, de la
disciplina, de los objetivos concretos, de la suspensión de todo problema de
mayor calado". Es decir, de un paréntesis en una vida cotidiana que le
resultaba intolerable y le parecía sin sentido.
5
Un año antes del comienzo de la
guerra, Beckett había empezado a escribir en francés, un giro singular en su
producción que, sin embargo, empalidecería ante su constatación de que lo había
hecho todo mal; esa constatación vendría acompañada de la escritura de Watt, la
primera de sus obras en la que pueden hallarse las peculiaridades sintácticas y
las incertidumbres genéricas que serían rasgos salientes de su estilo. Beckett
comprendió (y tiene que haber sido terrible hacerlo) que había algo espurio en
su obra anterior, cuyos narradores fingían poseer un conocimiento del mundo y
una confianza en sí mismos de los que el escritor carecía; por consiguiente, y
tras haber fracasado en su intento de escribir sobre un mundo exterior que le
resultaba indiferente, Beckett se volcó sobre su mundo interior, y lo hizo con
un gesto de renuncia (a las convenciones narrativas y a las certidumbres de
todo tipo) para, a partir de ese momento, narrar la ignorancia, la oscuridad y
la incertidumbre (ese "estado de esterilidad, desolación y dolor" que
asociaba con la vida prenatal) que (según él) son lo único que podemos saber de
la existencia. A lo largo de los años siguientes, escribiría Molloy, Malone
muere y El innombrable (además de la novela Mercier et Camier y los relatos o
Nouvelles y los Textos para nada) y lo haría en todos los casos en francés, ya
que le resultaba más fácil escribir "sin estilo" en esa lengua.
No deja de ser singular que la
epifanía que vivió Beckett al descubrir qué era exactamente lo que tenía que
hacer condujera a un tipo de literatura sin esperanza de salvación y sin
epifanías para sus personajes; como sostiene Cronin, estos no tienen carencias
porque "ya son una carencia", como todo el texto en general, que
prescinde de trama y de descripción, así como de la distribución de la
información narrativa en unidades convencionales y de la caracterización de los
personajes. Puesto que sus obras iban a ser más y más breves en el transcurso
de los años, parecía evidente que su coronación sólo podía ser el silencio, y
Beckett buscó ese silencio tanto en los aspectos más profesionales de su vida
(no formó parte del movimiento existencialista ni mostró una simpatía excesiva
por el Nouveau Roman, a pesar de que ambas tendencias lo consideraban un
referente, y siempre negó enfáticamente tener algo en común con el teatro del
absurdo) como en los privados: tan pronto como pudo, se compró una modesta casa
de campo en la que se recluyó asiduamente para escribir.
6
Beckett escribió Esperando a
Godot entre el 9 de octubre de 1948 y el 29 de enero de 1949, un tiempo
inusualmente breve para lo que era habitual en él. Esperando a Godot es una de
las piezas de las que más se ha escrito en la segunda mitad del siglo XX, tanto
sobre su significado profundo como sobre el origen del nombre
"Godot", que Beckett alguna vez remontó a un ciclista francés poco
exitoso llamado Godeau, a una frase escuchada a una prostituta de la rue Godot
le Mauroy y a la palabra francesa "godillot" (bota). La obra se
estrenó el 5 de enero de 1953 y fue recibida con desconcierto por el público;
ese desconcierto sólo se disiparía con los días, cuando Sylvain Zegel, Jean
Anouilh y Alain Robbe-Grillet la celebraran como algo de la importancia del
estreno de Seis personajes en busca de un autor. Una polémica acerca de su
interpretación teológica dividió las aguas entre los espectadores, y la
resistencia de Beckett a pronunciarse al respecto contribuyó al éxito de la
pieza, que se representó durante todo un año en el pequeño Théâtre de Babylone;
su repentina celebridad apuntaló a Beckett, que por entonces veía publicados
(por fin) sus primeros libros, en Les Éditions de Minuit en francés y en Grove
Press en inglés; en este último caso, en traducciones hechas por él mismo.
"Escribir es imposible,
aunque aún no es imposible en medida suficiente" le escribió por entonces
a un amigo. Beckett ya no volvería a escribir otra novela, pero aún produciría
algunas piezas teatrales más (Fin de partida, tras superar un bloqueo creativo
de cuatro años de duración; Los que caen, que inició una interesante
colaboración entre Beckett y la BBC; Rescoldos; Días felices; Pasos; Comedia;
Film, el extraordinario corto que dirigió Alan Schneider y protagonizó un
Buster Keaton que, al leer el guión, dijo que no era muy divertido pero que se
podía arreglar con algunos gags de su cosecha, que Beckett no le dejó incluir;
Yo no; Rumbo a peor; La última cinta de Krapp; el libreto de la ópera de Morton
Feldman neither), explorando a su vez la dirección teatral al encargarse de
asesorar y, en ocasiones, de montar él mismo las obras.
Quienes trabajaron bajo las
órdenes de Beckett recuerdan sobre todo su insistencia en que los actores
debían prescindir de todo énfasis (es decir, en que no debían actuar) y en que
debían acogerse a un férreo patrón rítmico dictado por él (el escritor siempre
había estado interesado en la música y había sido un pianista más que
destacable).
Beckett parece haberse volcado
en la dirección de sus obras ante la incapacidad de escribir piezas nuevas, que
lo afligía regularmente (o, como sugirió él mismo, por el carácter
"tranquilizador" que ofrecía el teatro, en la medida en que consistía
en un espacio limitado y manejable, a diferencia de la prosa de ficción, que
carece de límites físicos). De hecho, su producción fue singularmente escasa
entre 1955 y el año de su muerte. Al reseñar Malone muere en el Mercure de
France, Maurice Nadeau había escrito en 1952 que, tras Molloy, "daba la
impresión de que iba a ser imposible dar un paso más allá en la conquista de la
Nada. Malone muere hace retroceder los límites en la empresa [...]. Después de
esto, es difícil imaginar que a Beckett le pueda quedar algo más que el
silencio".
7
Tras enterarse de que se le
había concedido el Nobel, Beckett hizo caso a su editor francés y se escondió
en Túnez y en Portugal durante unos meses; además se negó a recibir el premio
en persona, y delegó esa tarea en Lindon. También donó buena parte del dinero
que había recibido: Djuna Barnes, solitaria y enferma en su apartamento de
Nueva York, recibió tres mil dólares, por ejemplo. Unos años después, en 1985,
le diría al traductor al polaco de Esperando a Godot que "hace mucho
tiempo que no he escrito nada y no cuento con escribir nada más".
En efecto, su obra posterior a
esa fecha es escasa y lo fue más y más en la medida en que su salud empeoraba.
En 1988 debió ser internado en una residencia para ancianos debido a que su
mujer ya no podía cuidarlo; excepto por una última visita a su casa en el valle
del Marne, ya no volvió a salir de París y poco a poco dejó de dar los largos
paseos a los que se había aficionado siendo niño. Un amigo que lo visitó en la
residencia recordó más tarde que "me pareció que sin ningún género de
dudas disfrutaba a medida que se iba desintegrando el envoltorio corpóreo y se
iba aproximando el final".
Beckett murió el 22 de diciembre
de 1989, pero la noticia sólo fue anunciada cuatro días después. No había
dejado de beber ni de fumar y, en líneas generales, la proximidad de la muerte
no parece haberle inducido ningún tipo de temor ni de esperanza. A pesar de
ello, y en presencia de una de los últimos amigos que lo visitaron, Beckett
entonó uno de los himnos de la Iglesia de Irlanda: "Ahora el día ha
terminado / la noche ya nos ronda, / las sombras de la tarde / huyen por el
cielo". Así, sin mucho más que la constatación de que todo había
terminado, murió.
Anthony Cronin
Samuel Beckett, el último
modernista
Trad. Miguel Martínez-Lage
Segovia: La Uña Rota, 2012
[Publicado originalmente en El Cultural de El
País de Montevideo, 30 de noviembre de 2012.
Samuel BeckettTiendo a asociar
mi matrimonio, para bien o para mal, con la muerte de mi padre en el tiempo.
Que existan otros nexos, en otros planos, entre estos dos asuntos es muy
posible. Como están las cosas, suficiente tengo con tratar de decir lo que creo
saber.
No hace mucho fui a visitar la
tumba de mi padre, eso sí lo sé, y me percaté de la fecha de su muerte,
solamente la de su muerte, ya que la de su nacimiento no me interesaba ese día
en particular. Salí en la mañana y regresé al anochecer, habiendo tomado un
almuerzo muy ligero en el panteón. Pero unos días más tarde, deseando saber la
edad que tenía al morir, tuve que regresar a su tumba para anotar su fecha de
nacimiento. Entonces escribí como pude las dos fechas límite en un papel que
ahora llevo conmigo. Así pues tengo ahora derecho de afirmar que debo haber
tenido unos veinticinco años cuando contraje matrimonio. Mi fecha de
nacimiento, repito, la mía, nunca se me olvida, nunca tuve que anotarla,
permanece cincelada en mi memoria, el año cuando menos, en números que la vida
no borrará fácilmente. Es más, el día regresa a mí cuando me lo propongo, y con
frecuencia lo celebro, a mi modo, no digo que cada vez que me viene a la cabeza
porque sucede muy a menudo, pero sí frecuentemente.
En lo personal no tengo nada en
contra de los panteones, puedo respirar el aire fresco ahí a mis anchas, tal
vez con más ganas que en ningún otro lado, cuando de tomar el aire fresco se
trata. El olor de los cadáveres, claramente perceptible bajo los del pasto y
del humus mezclados, no me resulta desagradable, es demasiado dulce tal vez, un
poco impetuoso, pero infinitamente mejor que el que emiten los vivos, sus pies,
sus dientes, sus sobacos, sus frentes pegajosas y sus óvulos frustrados. Y
cuando los restos de mi padre son parte, aunque humilde, de estos dulces
olores, casi podría derramar lágrimas. Los vivos se lavan en vano, en vano se
perfuman, apestan. No cabe duda, si de elegir un lugar se trata, digo, si he de
salir de todos modos, denme mis panteones y ustedes quédense —sí— con sus
parques públicos y bellos panoramas. Un sandwich, un plátano, me saben más
dulces cuando me siento en una lápida, y cuando es hora de orinar de nuevo,
como suele suceder, lo hago ahí mismo. O paseo por ahí, con las manos entrelazadas
sobre la espalda, entre las losas, inclinado o enderezado, leyendo los
epitafios. Estos últimos no me apuran, hay siempre por ahí tres o cuatro de una
chocarrería tal, que me veo obligado a sujetarme de una cruz, o de una estela,
o de un ángel para no caer. Yo compuse el mío hace ya mucho y todavía me
agrada, siquiera eso. Los otros textos que he escrito más tardan en secarse que
yo en inquietarme, pero mi epitafio aún merece mi aprobación.
Desafortunadamente hay pocas posibilidades de que pudiera esculpirse sobre la
calavera que lo concibió, a menos que el Estado se hiciera cargo de ello. Pero
para ser desenterrado, primero debo ser hallado, y me temo que esos caballeros
se las verían negras para encontrarme vivo o muerto. Así pues, me apresuraré a
dar cuenta cabal de su contenido aquí y ahora que aún hay tiempo:
Aquí yace el interfecto que allá
arriba falleció
Tan puntualmente que hasta hoy
sobrevivió.
El segundo y último verso es
algo cojo quizás, pero no tiene mayor importancia, se me perdonará eso y mucho
más cuando se me haya olvidado. Y luego, con un poco de suerte, uno puede darle
en el blanco a un entierro genuino, con dolientes reales y vivos y una extraña
viuda haciéndose para atrás con la intención de lanzarse al agujero. Y casi
siempre el encantador asunto de convertirse en polvo, aunque según yo no hay
nada menos polvoriento que los hoyos de este tipo, se asocia con el estiércol
aunque no haya ni una brizna de polvo alrededor de los difuntos, a no ser que
hayan muerto víctimas del fuego. No importa, la pequeña artimaña del polvo es
encantadora. Sin embargo, el terreno de mi padre no era de mis favoritos. Para
empezar estaba demasiado lejos, allá por el campo silvestre en uno de los
costados de una colina, y era demasiado pequeño además. Lo que es más, estaba
casi lleno, unas cuantas viudas más y listo. Yo prefería Ohlsdorf de plano, en
particular la sección Linne, en tierra prusiana, con sus novecientos acres de
cadáveres bien empacaditos, aunque yo no conocía a nadie ahí, salvo, por su
reputación, a Hangenbeck, el tipo que atrapaba animales salvajes. Si mal no
recuerdo, hay un león grabado en su lápida; para Hagenbeck la muerte debe haber
poseído la contención de un león. Los carros van de aquí para allá, hasta el
tope de viudas, viudos, huérfanos y gente por el estilo. Arboledas, grutas,
lagos artificiales con cisnes, vaya un consuelo para el inconsolable. Era
diciembre, nunca había tenido tanto frío, la sopa de anguila me había caído
mal, tenía miedo de morir, me volteé para vomitar, los envidiaba.
Pero, pasando a cuestiones menos
melancólicas, al morir mi padre tuve que irme de la casa. Era él quien deseaba
que yo estuviera ahí. Era un hombre extraño. Un día dijo Déjenlo en paz, no
está molestando a nadie. No sabía que yo lo estaba oyendo todo. Se trataba de
una opinión que debe haber externado con frecuencia, sólo que las demás veces
yo no andaba por ahí. Nunca me dejaron ver su testamento, simplemente me
dijeron que me había dejado equis cantidad. Entonces yo creía, y todavía lo
creo, que había estipulado en su testamento que se me dejara en el cuarto que
siempre ocupé cuando él vivía y que se me llevaran los alimentos ahí como
antes. Incluso pudo haberle dado a esto la característica fuerza de lo
precedente. Se intuía que le gustaba tenerme bajo su techo, de no ser así no se
habría opuesto a mi desalojamiento. Tal vez le daba lástima. Pero no creo.
Debía haberme dejado toda la casa, entonces sí que me habría sentido bien, los
demás también, los habría convencido diciéndoles: Quédense, quédense, por favor,
ésta es su casa. Sí, mi pobre padre lo logró, si es que su intención era
realmente seguir protegiéndome desde la tumba. En relación con el dinero, en
justicia debo admitir que me lo dieron de inmediato, al día siguiente de la
inhumación. Tal vez se sintieron legalmente obligados a ello. Yo les dije
Quédense con el dinero y déjenme seguir viviendo aquí, en mi recámara, como en
vida de papá. Y añadí Dios lo tenga en su gloria, todo esto esperando que se
conmovieran. Pero se negaron. Les ofrecí ponerme a su disposición unas horas
todos los días para realizar los trabajitos de mantenimiento que toda casa
requiere pues, si no, se viene abajo. Resanar aún es posible, no sé por qué.
Les propuse en particular encargarme del invernadero. Allí me habría encantado
quedarme las horas, en medio de ese calor, haciéndome cargo de los tomates, los
jacintos, los claveles y los distintos retoños. Sólo mi padre y yo, en aquella
casa, entendíamos de tomates. Pero se negaron. Un buen día, al regresar del
baño, encontré mi cuarto cerrado con llave y mis pertenencias amontonadas
frente a la puerta. Esto podrá darles una idea de lo estreñido que estaba
durante esta coyuntura. Ahora estoy totalmente convencido de que se trataba de
un estreñimiento ansioso. Pero, ¿me encontraba realmente estreñido? De alguna
manera creo que no suavemente, suavemente. Y aun así debo haber estado mal,
pues de qué otro modo se pueden explicar esas largas y crueles sesiones en el
lugar al que todo el mundo va. Por entonces nunca leía, no más que en otros
momentos, nunca me instalaba en la ensoñación o en la meditación, sólo miraba
fijamente el almanaque que colgaba de un clavo ante mis ojos, con su portada de
un jovencito de barba recién salida con su rebaño, Jesús sin duda; tenía las
manos en las mejillas y me dieron náuseas, ay, ay, ay, ay, hacía los mismos
movimientos de alguien que se aferra al remo y tenía un solo pensamiento en la
cabeza, ir a mi cuarto de nuevo y acostarme boca arriba. ¿Qué pudo haber sido
aquello más que estreñimiento? ¿O lo estaré confundiendo con la diarrea? Estoy
hecho bolas, entre lápidas y bodas y las distintas variedades del movimiento.
Con mis escasas pertenencias habían hecho un montoncito en el suelo, frente a
la puerta. Parece que estoy viendo el montoncito en el pequeño descanso muy
sombreado entre las escaleras y mi cuarto. Fue en este angosto sitio, limitado
sólo por tres paredes, donde tuve que cambiarme, quiero decir quitarme la ropa
de dormir y ponerme la ropa de viaje, o sea, zapatos, calcetines, pantalones, camisa,
saco, abrigo y sombrero, no puedo pensar más que en eso. Intenté abrir otras
puertas, le daba vuelta a la chapa y empujaba o jalaba antes de irme de la
casa, pero ninguna cedió. Creo que de haber encontrado una abierta me habría
atrincherado en el cuarto, me habrían tenido que anestesiar para sacarme.
Sentía la casa llena como de costumbre, con la gente de todos los días, pero no
veía a nadie. Me los imaginé a cada uno en su cuarto, con las luces apagadas,
absolutamente alertas. Luego, la carrera hacia la ventana, todos se detienen un
poco antes de llegar, quedan cubiertos por la cortina, esto, ante el sonido de
la puerta principal cerrándose tras de mí, debí dejarla abierta. Luego las
puertas se abren y salen todos, hombres, mujeres y niños, y las voces, los
suspiros, las sonrisas, las manos, las llaves en las manos, el bendito alivio,
las precauciones ensayadas, si esto pues aquello, pero si aquello entonces
esto, todo paz y felicidad en los corazones, vengan a comer, dejemos la
fumigación para más tarde. Desde luego que todo esto me lo imagino, yo ya me
había ido, todo pudo suceder de otra manera, pero a quién le importa cómo
ocurren las cosas siempre y cuando ocurran. Todos esos labios que me habían
besado, esos corazones que me habían querido (es con el corazón que uno quiere,
¿no es así? o, ¿acaso lo estoy confundiendo todo?), esas manos que habían
jugado con las mías y esas mentes que ¡casi se apropiaron de la mía! Los seres
humanos son verdaderamente extraños. Pobre papá, se le habría hecho un nudo en
la garganta si me hubiera visto aquel día, si nos hubiera visto, a menos que en
su gran sabiduría desprendida de lo humano, hubiera visto más allá de su hijo
cuyo cadáver todavía no estaba listo para cavar la fosa.
Pero, pasando a cuestiones menos
melancólicas, el nombre de la mujer con la que pronto contraería matrimonio era
Lulú. Así pues, ella al menos me dio seguridad y no puedo imaginarme qué
interés podía haber tenido en mentirme al respecto. Bueno, por supuesto que uno
nunca sabe: Hasta me reveló su apellido, pero ya se me olvidó. Debí apuntarlo
en un papel, me choca olvidar los nombres propios. La conocí en una banca a la
orilla del canal, de uno de los canales ya que en nuestro pueblo hay dos,
aunque nunca llegué a saber cuál era cuál. Era una banca bien ubicada detrás de
la cual había un montículo de tierra sólida y basura que ocultaba mi espalda.
Mis costados sólo se veían parcialmente gracias a dos venerables árboles, más
que venerables, muertos, que estaban a cada lado de la banca. Sin lugar a dudas
fueron estos árboles los que un buen día, en el esplendor de su follaje,
crearon la idea de una banca en la imaginación de alguien. Al frente, a unas
cuantas yardas de distancia, fluía el canal, si es que los canales fluyen, no
me lo pregunten, así que desde esa parte también, el riesgo de una sorpresa era
mínimo. Y aun así, ella me sorprendió. Yo estaba echado ahí, qué noche tan
agradable, mirando por entre las ramas desnudas que se entrelazaban allá
arriba, donde los árboles se unen unos con otros buscando apoyo, y por entre
las nubes que pasaban en un boquete de cielo estrellado, iban y venían. Hazte
para allá, dijo. Primero pensé en irme pero, como estaba fatigado y no tenía a
dónde ir, me quedé. Entonces encogí un poco las piernas y ella se sentó. Nada
más pasó entre nosotros aquella tarde y al rato ella decidió irse sin decir una
palabra más. Todo lo que hizo fue tararear desarticuladamente, sotto voce, como
para sus adentros y afortunadamente sin la letra, algunas canciones populares,
brincando de una a la otra sin terminar ninguna, de tal modo que hasta a mí me
pareció extraño. Su voz, aunque desentonada, no era desagradable. Tenía el
aliento de un alma demasiado fastidiada para concluir algo, era tal vez la voz
menos adolorida del mundo. La banca pronto se convirtió en algo más de lo que
ella podía soportar y en cuanto a mí, echarme un vistazo había sido más que
suficiente para ella. Sin embargo, en realidad era una mujer muy tenaz. Regresó
al día siguiente y al siguiente y todo fue más o menos como la primera vez.
Quizá se intercambiaron algunas palabras. Al día siguiente estuvo lloviendo y
yo me sentía muy seguro. Mal hecho. Le pregunté si estaba decidida a molestarme
tarde con tarde. ¿Te molesto?, preguntó. Sentí sus ojos encima de mí. No podía
haber visto gran cosa, dos párpados a lo sumo, con un indicio de nariz y ceja,
ensombrecido, pues era de noche. Pensé que nos llevábamos bien, dijo. Me
molestas, dije yo, no puedo estirarme si te pones allí. El cuello del abrigo me
cubría la boca pero de todos modos me escuchó. ¿Tienes que estirarte a fuerza?,
dijo. No hay error más craso que hablar con la gente. Pues pon los pies sobre
mis rodillas, dijo. No esperé a que me lo dijera dos veces y pronto, bajo mis flacas
corvas, sentí sus gordos muslos. Comenzó a sobarme los tobillos. Pensé en
patearle el coño. Uno habla con la gente de que desea estirarse y luego luego
ven un cuerpo completito. Lo que importaba en mi reino despoblado, en el cual
la disposición de mi cadáver era el más simple y fútil de los accidentes, era
la negligencia de la mente, el aburrimiento del ser, ese residuo de frivolidad
execrable conocido como el no ser y, hasta el mundo, en una palabra. Pero un
hombre de veinticinco años siempre está a merced de una erección, es algo
físico de cuando en cuando, es la herencia común, ni siquiera yo era inmune, si
es que eso puede llamarse una erección. No pude escapar de ella naturalmente,
las mujeres huelen un falo rígido a diez millas de distancia y se preguntan
¿Cómo demonios pudo él distinguir mi presencia desde tan lejos? Uno ya no es
uno mismo en ocasiones así y es doloroso no ser uno mismo, aún más doloroso que
cuando uno lo es. Pues cuando uno es, uno sabe qué hacer para ser menos eso,
mientras que cuando uno no es, uno es como cualquier viejo, no tiene remedio.
Lo que recibe el nombre de amor es un destierro con una que otra tarjeta postal
desde la tierra natal, esa es mi respetable opinión, hoy en la tarde. Cuando
ella hubo terminado y mi ser pudo recuperarse, mi querido amigo, el
inmitigable, con ayuda de un breve torpor, se quedó solo. A veces me pregunto
si todo esto no es un invento, si en realidad las cosas no tomaron un rumbo
bastante diferente, algún rumbo que no me quedó otra más que olvidar. Y aun así
su imagen permanece asociada, para mí, con la de la banca en la tarde, de tal
modo que hablar de la banca, tal como se me presentó a mí aquella tarde,
equivale a hablar de ella. Eso no prueba nada, pero no hay nada que yo desee
probar. Para hablar del tema de la banca durante el día, no es necesario
desperdiciar palabras, no me conoció jamás, me iba en la madrugada y regresaba
al atardecer. Sí, durante el día hurtaba mi comida y cosas así. Si ustedes
llegaran a preguntar, como sin duda lo harán por curiosidad, qué hice con el
dinero que mi padre me dejó, la respuesta sería que lo único que hice fue
dejarlo en mi bolsillo. Sabía que no sería joven eternamente y que el verano no
dura eternamente tampoco, ni siquiera el otoño, mi alma mezquina me lo ha
dicho. Finalmente le dije basta ya. Me molestaba en exceso, aun con su
ausencia. De hecho todavía me molesta, pero no más que entonces. Y ya no me
importa que me molesten, o casi no, porque ¿qué quiere decir molestar? y ¿qué
haría conmigo mismo si no se me tratara así? Sí, he cambiado de sistema, este
es el bueno, por novena o décima ocasión, eso sin mencionar que no hace mucho
que se corrieron las cortinas de los molestantes y los molestados, no hay que
chismosear más al respecto, al respecto de todo eso, de ella y los demás, la
mierda y las sublimes estancias celestes. Así que no quieres que vuelva más,
dijo. Es increíble, cómo repiten lo que les acaba uno de decir, como si
arriesgaran la vida dando crédito a sus oídos. Le dije que viniera en el momento
equivocado. Yo no entendía a las mujeres por entonces. Lo que es más, aún no
las entiendo. A los hombres menos. Tampoco a los animales. Lo que mejor
entiendo, que no es mucho decir, son mis dolores. Pienso en ellos a diario, no
me lleva mucho tiempo, el pensamiento es tan rápido. Sí, hay momentos,
particularmente en la tarde, en que me vuelvo todo sincretismo, á la Reinhold.
¡Qué equilibrio! Pero aun a mis pensamientos los entiendo mal. Seguro es porque
no soy sólo dolor, eso ni hablar. He ahí el problema. A veces se aquietan, o
yo, y me llenan de sorpresa y fascinación, se ven como de otro planeta. No muy
seguido, pero no puedo pedir más. Ay, ¡qué vida tan de esto y lo otro! Ser sólo
dolor, eso sí que facilitaría las cosas. ¡Omnidoliente! Vaya un sueño impío.
Les contaré el sueño de todos modos, si me acuerdo, si puedo de mis extraños
dolores, en detalle, haciendo distinciones entre los distintos tipos, por el
bien de la claridad, los de la mente, los del corazón o emocionales, los del
alma (ninguno, más bello, por cierto) y finalmente aquéllos de marco permitido,
primero los interiores o latentes, después aquellos que afectan a la
superficie, comenzando por el pelo y el cuero cabelludo y deslizándose
metódicamente hacia abajo sin prisa, todo hacia abajo hasta los pies amantes
del maíz, el cólico, la llaga, el juanete, el dedo hinchado, la uña enterrada,
el arco caído, la ampolla común y corriente pies zambos, los pies de pato, los
pies torcidos, los pies planos, el pie de atleta y otras curiosidades. Y dentro
del mismo tema viene al caso platicarles a aquellos que tengan la gentileza de
oírme, de acuerdo con el sistema cuyo interior siempre se me olvida, de
aquellos instantes en que, ni drogado, ni borracho, ni en éxtasis, uno no
siente nada. Lo que ella quería saber a continuación era lo que yo quería decir
con eso de a veces, éste es el justo pago que uno recibe por abrir la bocota.
¿Una vez a la semana? ¿Una vez cada diez días? ¿Una vez a la quincena? Yo
replicaba con menor frecuencia, con la mínima, hasta que ya no, si ella pudiera
llegar a eso, y si no, pues aunque fuera lo menos frecuentemente posible. Y al
día siguiente (lo que es más) abandoné la banca, debo confesar que menos por
ella que por la banca, ya que la vista ya no satisfacía mis necesidades, por
más modestas que éstas fueran, ahora que el aire se estaba volviendo más frío,
y por otras razones, más valía no desperdiciarse en estupideces como ésa, así
que me fui a refugiar en un establo desierto. Se erguía en la esquina de un
campo con más ortigas que pasto en la superficie, y todavía más lodo que
ortigas, pero cuyo subsuelo quizá poseía cualidades excepcionales. Fue en este
paraíso, lleno de mierda de vaca seca y hueca y con el subsiguiente dolor en la
yema del dedo, cuando por primera vez en la vida, y no dudaría un segundo en
decir que la última, de no haber tenido que administrar con cuidado mi dosis de
cianuro, tuve que enfrentarme a un sentimiento que gradualmente fue adoptando,
ante mi sorpresa, el deleznable nombre de amor. Lo que constituye el encanto de
nuestra provincia, aparte desde luego de su escasa población, y esto sin la
ayuda del más mínimo de los anticonceptivos, es que todo tiene su truco,
excepción hecha exclusivamente de las inmundicias que ha dejado la historia. A
éstas se les busca constantemente, se les arregla y se les lleva en procesión.
En cualquier lugar en que el nauseabundo tiempo haya dejado un bonito recodo,
cualquiera podrá toparse con patriotas que respiran con las narices bien
abiertas y las caras al rojo vivo. El Elíseo de los sin-techo. Y he aquí mi
felicidad finalmente. Acuéstate, todo parece detenerse, acuéstate y quédate
quieto. No veo nexo alguno entre estas dos afirmaciones. Pero aquélla existe,
la he visto más de una vez sin duda. ¿Pero qué? ¿Cuál? Sí, la amaba, es el
nombre que le daba y que aún le doy a lo que sentía por entonces. No tenía
ninguna otra razón para seguir mi camino; nunca antes había amado, bueno, por
supuesto que me habían hablado del asunto en casa, en la escuela, en el burdel
y en la iglesia; también había leído novelas y poemas bajo la guía de mi tutor,
en seis o siete idiomas vivos y muertos, en los cuales se abundaba en el tema.
Por lo tanto, tenía la posibilidad, a pesar de todo, de poner una etiqueta a
los terrenos en que me movía cuando me sorprendí escribiendo el nombre de Lulú
en el viejo corral o con la cara metida en el lodo bajo la luna tratando de
arrancar las ortigas de raíz. Eran ortigas gigantes, algunas de hasta tres pies
de altura, arrancarlas aminoraba mi dolor, y sin embargo yo nunca fui de los
que cortan la hierba, al contrario, la cubría de estiércol más bien. Las flores
son muy otro asunto. El amor hace surgir lo peor del hombre y sin errores. Pero
¿qué clase de amor era éste exactamente? ¿Amor pasional? La verdad no creo. Ese
es el amor priápico, ¿no es así? ¿O es que se trata de una variedad distinta?
Hay miles de tipos, ¿no es cierto? Todos igualmente deliciosos o más, ¿no? El
amor platónico, por ejemplo, he ahí un tipo que se me acaba de ocurrir. Es
desinteresado. ¿Acaso la amaba platónicamente? La verdad no creo. ¿Habría
estampado su nombre en la mierda de vaca de haberse tratado de un amor puro y
desinteresado? Y lo hice con el dedo, ¿he?, y por si fuera poco, después me lo
chupé con gusto. ¡Vamos, vamos! Mis pensamientos estaban llenos de Lulú y si
eso no les da una idea de lo que sentía, entonces nada lo hará. De cualquier
manera, estoy hasta la coronilla del nombre Lulú, le voy a poner otro, Ana, por
ejemplo; no la describe, pero qué importa. Entonces comencé a pensar en Ana,
yo, que había aprendido a no pensar en nada más allá de mis dolores, y esto con
rapidez, y en qué pasos dar para no morir de hambre o de frío o de vergüenza,
pero por ningún motivo pensaba en los seres humanos como tales (me pregunto qué
quiere decir loanterior en realidad), dijera lo que dijera o diga lo que diga
en contra o a favor del tema. Pero yo siempre he hablado, y sin duda hablaré,
de cosas que nunca han existido, o que sí existieron si así les place, siempre
dirán que sí, pero no se estarán refiriendo a la existencia de que he hablado.
Los kepis, por ejemplo, existen sin duda alguna, de hecho hay pocas
probabilidades de que desaparezcan, pero personalmente yo nunca he usado un
kepi. En alguna parte escribí “Me regalaron un… sombrero”. Ahora bien, lo
cierto del caso es que nunca me dieron un sombrero, yo siempre he tenido mi
propio sombrero, el que me regaló mi padre, y nunca he tenido un sombrero que
no sea ése. Es más, hasta podría decir que me lo llevaré a la tumba. Entonces
pensaba en Ana, durante ratos muy muy largos, veinte minutos, veinticinco
minutos y hasta media hora todos los días. He obtenido estas cifras al sumarles
otras cifras menores. Ese debe haber sido mi modo de amar. ¿Podremos concluir
entonces que la amaba con ese amor intelectual que hizo que se me cayera la
baba? La verdad no creo. Pues si mi amor hubiera sido de este tipo, ¿me habría
detenido acaso a escribir el nombre de Ana en la mierda de vaca, a cincelarlo
en la pátina del tiempo? ¿Urtica plenis manibus? ¿Y habría sentido sus muslos
balanceándose como péndulos demoníacos bajo mi cabeza atolondrada? ¡Vamos,
vamos! Para ponerle fin, para intentar ponerle fin a este “compromiso”, una
tarde regresé a la banca a la hora en que ella solía ir allí a encontrarse
conmigo. Ni el menor indicio de ella, esperé en vano. Ya era el mes de
diciembre, quizás enero, y el frío era el propio de la estación, como todo lo
que pertenece a una estación. Pero una cosa es la estación para dejar huella,
otra la de los cambios de aire y cielo, y otra muy distinta la del corazón.
Gracias a este pensamiento, de vuelta a el quítame estas pajas, pasé una noche
excelente. Al día siguiente fui más temprano a la banca, mucho más temprano,
cuando acababa de anochecer, qué noche de invierno, y aun así era demasiado
tarde, pues he aquí que ella ya estaba ahí en la banca, bajo las ramas, dale y
dale con el sonsonete, de espaldas al montículo, mirando el agua congelada.
Antes dije que era una mujer muy tenaz. No sentí nada. ¿Con qué objeto me
persigues de esta manera?, le pregunté, sin tomar asiento, balanceándome para
adelante y para atrás. El frío había realzado la vereda. Ella contestó que no
lo sabía. Le dije que tuviera la amabilidad de decirme, si podía, qué veía en
mí. Respondió que no podía. Parecía estar calientita, con las manos envueltas
en una frazada. Mientras miraba esa frazada, recuerdo que se me llenaron los
ojos de lágrimas. Pero no me acuerdo de qué color era. ¡Qué barbaridad, qué mal
estaba yo entonces! Siempre había podido llorar a mis anchas, sin sentirme un
poco mejor por ello, hasta hace poco. Si tuviera que llorar en este instante,
sin embargo, podría exprimirme hasta ponerme morado y ni una gota me saldría,
de eso estoy seguro. ¡Qué mal estoy ahora! Las cosas me hacían llorar. Pero no
sentía la menor tristeza. Cuando se me salían las lágrimas sin motivo aparente,
eso quería decir que había percibido algo desconocido. Así que me pregunto si
habrá sido la frazada o a lo mejor la vereda, dura como el fierro y realzada,
tanto que yo sentía como un empedrado bajo los pies, o tal vez otra cosa,
alguna cosa azarosamente vista bajo el umbral, típico de mi persona. En cuanto
a ella, tal vez ni siquiera había puesto los ojos en ella antes. Estaba toda
encogida y cubierta por la frazada, con la cabeza hundida, la frazada y las
manos sobre las piernas, las piernas muy juntas y los pies lejos del suelo. Sin
forma, sin edad, casi sin vida, podría haberse tratado de cualquier cosa o
persona, una vieja o una niñita. Y el modo en que repetía No lo sé, No puedo,
yo era el que no sabía y no podía. ¿Viniste por mí?, dije. A duras penas dijo
que sí. Bueno, pues aquí estoy, dije. ¿Y yo? ¿No había yo ido por ella? Henos
aquí, dije. Me senté junto a ella pero de un salto me puse de pie nuevamente
como si me hubiera quemado. Quería irme lejos, saber que todo había terminado.
Pero antes de partir, para no tener ni el menor asomo de una duda, le pedí que
me cantara una canción. Al principio pensé que se negaría, digo, que
simplemente no cantaría, pero no, un ratito después comenzó a cantar y cantó un
buen rato, todo el tiempo la misma canción según yo, sin cambiar para nada de
actitud. Yo no conocía esa canción, nunca antes la había escuchado y nunca más
la volveré a escuchar. Tenía algo que ver con limoneros o naranjos, no me
acuerdo, eso es todo lo que me viene a la cabeza, y para mí eso no es nada malo
en realidad, recordarla tenía algo que ver con limoneros o naranjos, no me
acuerdo, ya que de todas las demás canciones que he escuchado en la vida, y he
escuchado bastantes, resultaba imposible aparentemente, físicamente imposible,
como estar sordo, atravesar el mundo, aun a mi manera, sin escuchar canciones,
no he retenido nada, ni una palabra, ni una nota, o tan pocas palabras, tan
pocas notas que…, que qué, que nada, esta frase ya se alargó demasiado. Luego
me fui caminando y conforme avanzaba comencé a escuchar que cantaba otra
canción, o tal vez más estrofas de la misma, más débil el sonido y más débil
mientras más lejos me hallaba, luego ya no, bien porque había terminado o
porque yo ya estaba demasiado lejos para escucharla. Dar asilo a una duda de
este tipo era algo que prefería evitar en ese entonces. Viví desde luego en
duda, pero una duda de tal trivialidad, puramente somática como dicen por ahí,
era mejor aclararla sin más demora, podría azotarse contra mícomo un mosquito
durante semanas, y semanas. Así pues, di unos pasos para atrás y me detuve. Al
principio no oí nada, luego de nuevo aquella voz, apenas la oí tan débil era.
Primero no la oí y luego sí, por tanto debo haber comenzado a oírla en un punto
equis, pero no, no había principio, el sonido emergía tan suavemente del
silencio que se le parecía. Cuando al fin cesó la voz, me acerqué otro poquito
para asegurarme de que en verdad había cesado y no que había bajado de volumen
nada más. Luego, en el colmo de la desesperación y diciendo No con conocimiento
de causa, no con conocimiento, al sentir que estabas junto a ella, me incliné,
me di la media vuelta y me fui; para siempre, atormentado por la duda. Pero
unas cuantas semanas después, aun más muerto que vivo que de costumbre, regresé
a la banca, por cuarta o quinta vez desde que la había abandonado, casi a la
misma hora, digo, casi bajo el mismo cielo, no, miento, pues el cielo es
siempre el mismo y nunca el mismo, no hay palabras para describirlo, no que yo
sepa, y punto. Ella no estaba ahí, y de pronto sí estaba, no sé cómo, no la vi
llegar, ni la oí y eso que era todo oídos y ojos. Digamos que estaba lloviendo,
no había cambios reales, sólo en cuanto al clima. Ella tenía abierto el
paraguas, naturalmente, vaya un atuendo. Le pregunté si venía todas las tardes.
No, dijo, un día sí y un día no, a veces. La banca estaba empapada, caminamos
de allá para acá, sin atrevernos a tomar asiento. La tomé del brazo, por simple
curiosidad, para ver si sentía algún placer, pero no, así que la solté. Pero,
¿a qué vienen tantos detalles? Para ahuyentar la hora malhadada. Vi su rostro
con algo más de claridad, me pareció normal, un rostro como tantos otros. Era
bizca, pero eso no lo supe sino hasta después. Aquel rostro no parecía ni joven
ni viejo, estaba como varado entre lo primaveral y lo marchito. Encontraba
difícil sobrellevar tal ambigüedad en ese entonces. Ahora, que si era hermoso
aquel rostro, o si había sido hermoso alguna vez, o si podría llegar a serlo,
he de confesar que no podía formarme una opinión al respecto. Había visto
rostros en fotografías y los habría considerado hermosos de haber tenido una
remota idea de aquello en lo que supuestamente consistía la belleza. Y el
rostro de mi padre, en su caja mortuoria, daba ciertos indicios de alguna forma
estética relevante para el hombre. Pero el rostro de un muerto, todo gesto y
rubor, ¿acaso puede describirse como objeto? Yo admiraba, a pesar de la
oscuridad, a pesar de mi aturdimiento, el modo quieto o escasamente fluyente en
que el agua alcanzaba, como sedienta, a aquella otra agua que caía del cielo.
Me preguntó si quería que cantara algo. Le contesté que no, que quería que
dijera algo. Pensé que diría que no tenía nada que decir, habría sido típico de
ella, así que quedé agradablemente sorprendido cuando me dijo que tenía un
cuarto, muy agradablemente sorprendido, aunque me lo sospechaba. ¿Quién no
tiene un cuarto? Ay, escucho el clamor. Tengo dos cuartos, dijo. Bueno por fin
¿cuántos cuartos tienes?, dije. Me dijo que tenía dos cuartos y una cocina. Los
elementos se iban expandiendo rítmicamente, así que a su debido tiempo
recordaría el baño. ¿Escuché bien o dijiste que tenías dos cuartos?, dije. Sí,
me contestó. ¿Adyacentes?, dije. Por fin, una conversación cual debe de ser. La
cocina está en medio, dijo. Le pregunté por qué no me lo había contado antes.
Debo haber estado fuera de mí en ese momento. No me sentía tranquilo cuando
estaba con ella, pero al menos con la libertad de pensar en algo que no fuera
ella, en las viejas cosas cotidianas, y así poco a poco, como descendiendo las
escaleras hacia lo profundo de nada, comencé a tener la certeza que, lejos de
ella, perdería la libertad.
En efecto, había dos cuartos y
la cocina estaba en medio, no me había engañado. Dijo que debía haber llevado
mis cosas. Le expliqué que no tenía cosas. Los cuartos estaban en el último
piso de una casa vieja con vista a las montañas, para los interesados. Encendió
una lámpara de aceite. ¿No tienes electri-cidad?, le pregunté. No, contestó,
pero tengo agua y gas. Ja, dije, conque tienes gas. Comenzó a desves-tirse.
Cuando en el colmo de su perspicacia se desviste, sin duda llevan a cabo el más
sabio de los hechizos. Se quitó todo con una lentitud tal que inflamaría a un
elefante, todo menos las medias, calculadas tal vez para hacer que mi
concupiscencia hirviera. Fue entonces cuando noté que era bizca. Por fortuna,
no era la primera mujer desnuda que se cruzaba en mi camino, así que podía
quedarme, sabía que ella no explotaría. Le pregunté si podía ver el otro
cuarto, el que no había visto todavía. De haberlo visto ya, habría pedido
volver a verlo. ¿No te vas a desvestir?, dijo. Ah, eso, bueno es que casi nunca
me desvisto. Era cierto, nunca fui de los que se desvisten indiscriminadamente.
Con frecuencia me quitaba las botas antes de irme a la cama, digo, cuando me
disponía (¡disponía!) a dormir, eso sin mencionar esta o aquella prenda de
acuerdo con la temperatura exterior. Por lo tanto, ella se vio obligada, por
simple savoir faire, a echarse encima un chal y a mostrarme el camino. Pasamos
por la cocina. Podríamos haber ido por el pasillo, tal como se me ocurrió
después, pero fuimos por la cocina, no sé por qué, tal vez porque era el camino
más corto. Estudié el cuarto con horror. Tal densidad en los muebles vence a la
imaginación. No cabe duda, debo haber visto ese cuarto en alguna parte. ¿Qué es
esto?, grite. La sala, contestó. ¡La sala! Comencé entonces a sacar los muebles
por la puerta hacia el pasillo. Ella observaba, con tristeza supongo, pero no
necesariamente. Me preguntó qué estaba haciendo. No podía haber esperado una
respuesta. Saqué los muebles uno por uno, hasta de dos en dos, y los amontoné
en el pasillo, pegados a la pared. Eran cientos de cosas, grandes y pequeñas,
al final bloquearon la entrada imposibilitando la salida así como a fortiori la
entrada hacia y rumbo al pasillo. La puerta podía abrirse y cerrarse ya que
abría para adentro, pero no se podía pasar a través dé ella. Qué raro todo. Al
menos quítate el sombrero, me dijo. Trataré el tema del sombrero más adelante
quizá. Finalmente el cuarto quedó vacío salvo por un sofá y algunos tramos
pegados a la pared. Llevé el primero al fondo del cuarto, cerca de la puerta y
al día siguiente quité los segundos y los puse en el pasillo con lo demás.
Cuando los estaba quitando, qué curioso recuerdo, escuché la palabra fibroma o
broma, no sé cuál, nunca lo supe, nunca supe lo que quería decir y nunca tuve
la curiosidad para averiguarlo. ¡Las cosas que uno recuerda! ¡Y las que
memoriza! Cuando todo estuvo en orden al fin, me dejé caer en el sofá. Ella no
había movido un dedo para ayudarme. Voy por las sábanas y las cobijas, dijo.
Pero yo no soportaba las sábanas. ¿Podrías correr la cortina?, le dije. La
ventana estaba congelada. El efecto no era blanco porque era de noche, pero sí
luminoso al menos. Aquel débil frío del resplandor, aunque yo estaba acostado
con los pies en dirección a la puerta, era demasiado, de plano. De pronto me
levanté y moví el sofá, es decir, le di la vuelta, de modo que el respaldo, que
antes estaba pegado a la pared, quedara afuera y consecuentemente lo demás, el
asiento propiamente, quedara adentro. Después me volví a echar en él como un
perro en su canasta. Te dejo la lámpara, me dijo, pero le supliqué que se la
llevara. Bueno, supón que necesitas algo a media noche, dijo. Claro, iba a
comenzar con sus argucias de nuevo. ¿Sabes el por qué de la conveniencia?, me
dijo. Tenía razón, me olvidaba, orinarse en la cama es relajante y placentero
al principio, pero luego se vuelve una fuente de incomodidad. Dame una
bacinica, le dije. Pero no tenía. Tengo un banquito hueco para guardar hielos,
dijo. Vi claramente a la abuela sentada muy derecha y muy tiesa cuando lo
acababa de adquirir, perdón, de conseguir en un bazar de caridad o cuando se lo
acababa de ganar en una rifa, era una pieza de colección que ahora estaba
estrenando y que deseaba lucir a como diera lugar. De eso se trata, de demorarse
en las cosas. Cualquier viejo recipiente, dije, no tengo flujo. Al poco rato
regresó con una especie de sartén, no una sartén en serio porque no tenía
mango, era ovalada y tenía tapa y dos asas. Mi sartén consentida, dijo. Para
qué quiero la tapa, dije. Ah, ¿no la necesitas?, contestó. Si hubiera dicho que
necesitaba la tapa, ella habría dicho ¿necesitas la tapa? Metí este utensilio
debajo de las cobijas, me gusta tener algo en la mano cuando duermo, me da
seguridad, y mi sombrero todavía estaba empapado. Me puse de cara a la pared.
Cogió la lámpara de encima del mantel donde la había puesto, de eso se trataba,
cada detalle, proyectaba su ondulante sombra sobre mí, pensé que se había ido
pero no, vino hacia mí agachada por el respaldo del sofá. Son herencia de la
familia, dijo. Yo en su lugar habría salido de puntitas, pero ella no lo hizo
así, ni el menor intento. Mi amor se estaba apagando ya, eso era lo único que
importaba. Sí, ya me sentía mejor, sabía que pronto me levantaría y volvería a
los lentos descensos, los largos hundimientos que me habían estado vedados
durante tanto tiempo por su culpa. ¡Y eso que me acababa de instalar ahí! Ahora
intenta sacarme de aquí, le dije. Yo parecía no captar el significado de estas
palabras, ni siquiera oía el breve sonido que producían hasta unos segundos
después de pronunciarlas. Estaba tan poco acostumbrado a hablar que a veces mi
boca se abría sola y llenaba de vacío alguna frase o varias, gramaticalmente
correctas pero totalmente vacías si no de significado, ya que ante una
inspección cuidadosa lo revelarían a uno, sí de fundamento. Pero yo no podía
escuchar la palabra hablada. Mi voz nunca había tardado tanto en alcanzarme
como en esta ocasión. Me puse boca arriba para ver qué estaba pasando. Ella
sonreía. Al rato se fue y se llevó la lámpara. Oí sus pasos en la cocina y
luego oí que la puerta de su cuarto se cerraba detrás de ella. ¿Por qué detrás
de ella? Al fin me encontraba solo, en la oscuridad al fin. Bueno, basta ya de
esto. Pensé que estaba listo para pasar una buena noche, a pesar del ambiente
tan enrarecido, pero no, pasé una noche muy agitada. Me desperté a la mañana
siguiente con la ropa desarre-glada y la cobija también, y con Ana a mi lado,
des-nuda naturalmente. Me pongo a temblar sólo de pensar en sus jadeos. Aún
tenía la sartén en la mano. De nada había servido. Miré mi miembro. ¡Sí sólo
hubiera podido hablar! Basta ya. Fue una noche de amor.
Gradualmente me fui quedando en
esa casa. Ella me traía de comer a las horas previamente establecidas; se
asomaba de vez en cuando para ver si yo estaba bien y para asegurarse de que no
necesitaba nada, vaciaba la sartén una vez al día y hacía la limpieza del
cuarto una vez al mes. No siempre podía resistir la tentación de hablar
conmigo, pero en general no daba motivo de queja. A veces la oía cantar en su
cuarto, la canción atravesaba la puerta, luego la cocina, luego mi puerta, y
así me ganaba débil pero indisputablemente. A menos que viajara por el pasillo.
Esto no me incomodaba gran cosa, digo, el sonido ocasional de una canción. Un
día le pedí que me trajera un jacinto vivo, en un frasco. Lo trajo y lo puso en
el mantel que ya era el único lugar —aparte del suelo— donde se podía poner
algo. No le quité los ojos de encima un sólo día a aquella flor. Al principio
todo iba muy bien, hasta dio una o dos flores, luego dejó de dar y seconvirtió
en un tallo desnudo con hojas desnudas. Su protu-berancia, medio sacando la
cabeza en busca de oxígeno, olía a podrido. Ella se lo quería llevar, pero le
dije que lo dejara. Quería conseguirme otro, pero le dije que no quería otro.
Me molestaban mucho más otros sonidos, risitas tiesas y gruñidos que llenaban
la habitación a ciertas horas de la noche y a veces hasta del día. Ya había
renunciado a pensar en ella, casi totalmente, pero de todos modos seguía;
necesitando el silencio para vivir mi vida. En vano intenté prestar oídos a los
razonamientos que dicen que el aire se hizo para acoger los clamores del mundo,
incluso las muchas risitas y gruñidos, fue inútil, no pude encontrar alivio. No
había manera de averiguar si siempre se trataba de la misma gente o de otros.
Los gruñidos de todos los amantes se parecen tanto, hasta en las risitas.
Sentía un horror tal entonces por estas mezquinas perplejidades, que siempre
cometía el mismo error, es decir, tratar de aclararlas. Me llevó mucho tiempo,
digamos que la vida entera, darme cuenta de que el color de un ojo visto a medias,
o el origen de un cierto sonido distante, tienen más que ver con Guidecca en el
infierno de la ignorancia que con la existencia de Dios, los orígenes del
protoplasma, la existencia del ser, y son aún menos dignos que todo esto de
preocupar a los sabios. Una vida no alcanza para llegar a esta consoladora
conclusión, no le queda a uno tiempo para gozar de sus resultados. Así que fue
un gran alivio cuando, después de plantearle a ella esta cuestión, se me dijo
que se trataba de unos clientes a los que recibía en rotación. Obviamente podía
haberme levantado e ido a espiar por el ojo de la cerradura. Pero, ¿qué puede
uno ver, pregunto, a través de ojos como esos? Así que vives de la
prostitución, le dije. Vivimos de la prostitución, dijo ella. ¿No podrías pedirles
que no hicieran tanto ruido?, dije, como si le estuviera creyendo. Y añadí, o
al menos diles que hagan otros ruidos. No pueden más que pujar y jadear, dijo.
Pues me tendré que ir, dije. Encontró unos viejos cuadros en el baúl de la
familia y colgó uno en mi puerta y otro en la suya. Le pregunté si sería
posible, de vez en cuando, que me consiguiera un apio. ¡Un apio!, dijo, como si
le hubiera pedido algo nunca visto. Le recordé que la temporada de apio estaba
terminando y le dije que le agradecería que me diera de comer, al menos hasta
el fin de la temporada, exclusivamente apio. Me gusta el apio porque sabe a
violeta y la violeta porque huele a apio. De no haber apio en al tierra, las
violetas me importarían un comino y de no haber violetas, me daría igual comer
apio, nabo o rábano. Y aun en el actual estado de su flora, digo, en este
planeta donde los apios y las violetas luchan por la convivencia, toda podría
vivir sin ambos con toda tranquilidad, de veras, con tranquilidad. Un día ella
tuvo la imprudencia de anunciarme que estaba encinta y que tenía ya cuatro o
cinco meses así, y que yo era el culpable, ¡habráse visto! Me permitió ver su
barriga de lado. Incluso se desvistió, sin duda para que yo no pensara que se
había metido una almohada bajo el vestido, bueno, y también por el puro placer
de desvestirse. Tal vez es puro aire, le dije, en tono de consuelo. Se me quedó
mirando con sus grandes ojos cuyo color ya no recuerdo, con su gran ojo más
bien, ya que el otro parecía riveteado por los restos del jacinto. Mientras más
desvestida estaba, más bizca. Mira, me dijo, dejando colgar sus senos, el
jacinto se está oscure-ciendo. Traté de recuperar las pocas fuerzas que me
quedaban y dije, Aborta, aborta, y te juro que florecerá de nuevo. Ella había
abierto las cortinas para que sus redondeces pudieran verse con claridad, y vi
la montaña, impasible, cavernosa, secreta, donde de la noche a la mañana no se
oía más que el silencio, los chorlitos, el tintineo del distante metal de los
martillos de los picapedreros. Yo salía en la mañana con rumbo a los brezales,
todo calor y esencia, para contemplar en la noche las distantes luces de la
ciudad si se me antojaba y las demás luces, las de los barcos y de los faros,
cuyo nombre mi padre me había enseñado, cuando era chico, y cuyo nombre podía
hallar en mi memoria cuando se me antojaba, con toda seguridad. A partir de
aquel día, las cosas fueron de mal en peor, de mal en peor. Y no porque ella me
rechazara, nunca su rechazo me habría satisfecho, sino por la manera en que
insistía con eso de nuestro hijo, exhibiendo su barriga y senos y diciendo que
nacería ya de un momento al otro, que sentía que ya estaba pateando. Si está
pateando, le decía yo, pues no es mío. Yo podía haber estado mucho peor en esa
casa, eso júrenlo, ciertamente no era lo que se dice mi ideal, pero tampoco iba
a negar sus ventajas. Pensé irme pero lo dudé mucho, las hojas habían comenzado
a caer y me disgustaba el invierno. Uno no debería odiar el invierno, también
tiene sus bondades, la nieve da calor y mata el tumulto, y sus pálidos días se
van volando. Pero todavía ignoraba por entonces, cuan tierna puede resultar la
tierra para aquellos que sólo la tienen a ella y cuántas tumbas ofrece para los
vivos. Lo que dio al traste con todo fue el nacimiento. Me despertó. ¡Qué duras
las ha de haber pasado ese niñito! Supongo que la acompaño una mujer porque me
parecía oír pasos en la cocina que entraban y salían. Me dolía en el alma irme
de una casa sin que me hubieran echado. Trepé por el respaldo del sofá, me puse
el saco, el abrigo y el sombrero, sólo en eso puedo pensar, me puse las botas y
abrí la puerta del pasillo. Un montón de porquerías me impedía la salida, pero
me escabullí y pude salir de ahí ileso, sin importarme el ruido que hacía.
Utilicé la palabra matrimonio, era una especie de unión, después de todo. Debe
haber sido primeriza. Las precauciones habrían sido algo superfluo, nada podía
compararse con aquellos gritos que me persiguieron por las escaleras hasta la
entrada. Me detuve frente a la puerta principal y escuché. Todavía podía
escucharlos. De no haber sabido que había gritos en la casa, no los habría
escuchado. Pero como lo sabía, presté oídos. No estaba muy seguro de dónde me
encontraba. Entre las estrellas y las constelaciones busqué a las Osas, pero no
las vi. Y sin embargo, seguro estaban ahí. Mi padre fue el primero en
mostrármelas. Me mostró muchas otras también, pero solo, sin él a mi lado,
solamente podía encontrar a las Osas. Comencé a jugar con los gritos, como
jugaba con las canciones, de aquí para allá, de aquí para allá, si a eso se le
puede llamar un juego. Siempre que estuviera caminando no los escuchaba, debido
a los pasos. Pero eso sí, si me detenía los volvía a escuchar, cada vez menos
he de admitirlo, pero qué importa, menos o más, un grito es un grito y lo único
que importa es que cese. Por años pensé que cesarían los gritos. Ahora ya perdí
las esperanzas. Podría haberme conseguido amantes tal vez, pero así es la cosa,
uno ama o no ama y punto.
No era alta la
escalinata. Mil veces conté los escalones, subiendo, bajando; hoy, sin embargo,
la cifra se ha borrado de la memoria. Nunca he sabido si el uno hay que
marcarlo sobre la acera, el dos sobre el primer escalón, y así, o si la acera
no debe contar. Al llegar al final de la escalera, me asomaba al mismo dilema.
En sentido inverso, quiero decir de arriba abajo, era lo mismo, la palabra
resulta débil. No sabía por dónde empezar ni por dónde acabar, digamos las
cosas como son. Conseguía pues tres cifras perfectamente distintas, sin saber
nunca cuál era la correcta.Y cuando digo que la cifra ya no está presente, en
la memoria, quiero decir que ninguna de las tres cifras está presente, en la
memoria. Lo cierto es que si encuentro en la memoria, donde seguro debe estar,
una de esas cifras, sólo encontraré una, sin posibilidad de deducir, de ella,
las otras dos. E incluso si recuperara dos no por eso averiguaría la tercera.
No, habría que en contrar las tres, en la memoria, para poder conocerlas, todas,
las tres. Mortal, los recuerdos. Por eso no hay que pensar en ciertas cosas,
cosas que te habitan por dentro, o no, mejor sí, hay que pensar en ellas porque
si no pensamos en ellas, corremos el riesgo de encontrarlas, una a una, en la
memoria. Es decir, hay que pensar durante un momento, un buen rato, todos los
días y varias veces al día, hasta que el fango las recubra, con una costra
infranqueable. Es un orden.
Después de todo, lo de
menos es el número de escalones. Lo que había que retener es el hecho de que la
escalinata no era alta, y eso lo he retenido. Incluso para el niño, no era
alta, al lado de otras escalinatas que él conocía, a fuerza de verlas todos los
días de subirlas y bajarlas, y jugar en los escalones, a las tabas y a otros
juegos de los que he olvidado hasta el nombre. ¿Qué debería ser pues para el
hombre, hecho y derecho?
La caída fue casi
liviana. Al caer oí un portazo, lo que me comunicó un cierto alivio, en lo peor
de mi caída. Porque eso significaba que no se me perseguía hasta la calle, con
un bastón, para atizarme bastonazos, ante la mirada de los transeúntes. Porque
si hubiera sido ésta su intención no habrían cerrado la puerta, sino que la
hubieran dejado abierta, para que las personas congregadas en el vestíbulo
pudieran gozar del castigo, y sacar una lección. Se habían contentado, por esta
vez, con echarme, sin más. Tuve tiempo, antes de acomodarme en la burla, de
solidificar este razonamiento.
En estas condiciones,
nada me obligaba a levantarme en seguida. Instalé los codos, curioso recuerdo,
en la acera, apoyé la oreja en el hueco de la mano y me puse a reflexionar
sobre mi situación, situación, a pesar de todo, habitual. Pero el ruido, más débil,
pero inequívoco, de la puerta que de nuevo se cierra, me arrancó de mi
distracción, en donde ya empezaba a organizarse un paisaje delicioso, completo,
a base de espinos y rosas salvajes, muy onírico, y me hizo levantar la cabeza,
con las manos abiertas sobre la acera y las corvas tensas. Pero no era más que
mi sombrero, planeando hacia mí, atravesando los aires, dando vueltas. Lo cogí
y me lo puse. Muy correctos, ellos, con arreglo al código de su Dios. Hubieran
podido guardar el sombrero, pero no era suyo, sino mío, y me lo devolvían. Pero
el encanto se había roto.
¿Cómo describir el
sombrero? ¿Y para qué? Cuando mi cabeza alcanzó sus dimensiones, no diré que
definitivas, pero si máximas, mi padre me dijo, Ven, hijo mío, vamos a comprar
tu sombrero, como si existiera desde el comienzo de los siglos, en un lugar preciso.
Fue derecho al sombrero. Yo no tenía derecho a opinar, tampoco el sombrerero.
Me he preguntado a menudo si mi padre no se propondría humillarme, si no tenía
celos de mí, que era joven y guapo, en fin, rozagante, mientras que él era ya
viejo e hinchado y violáceo. No se me permitiría, a partir de ese día concreto,
salir descubierto, con mi hermosa cabellera castaña al viento. A veces, en una
calle apartada, me lo quitaba y lo llevaba en la mano, pero temblando. Debía
llevarlo mañana y tarde. Los chicos de mi edad, con quien a pesar de todo me
veía obligado a retozar de vez en cuando, se burlaban de mí. Pero yo me decía,
El sombrero es lo de menos, un mero pretexto para enredar sus impulsos, como el
brote más, más impulsivo del ridículo, porque no son finos. Siempre me ha
sorprendido la escasa finura de mis contemporáneos, a mí, cuya alma se retorcía
de la mañana a la noche tan sólo para encontrarse. Pero quizá fuera una forma
de amabilidad, como la de cachondearse del barrigón en sus mismísimas narices. Cuando
murió mi padre hubiera podido liberarme del sombrero, nada me lo impedía, pero
nada hice. Pero, ¿cómo describirlo? Otra vez, otra vez.
Me levanté y eché a
andar. No sé qué edad podía tener entonces. Lo que acababa de suceder no tenía
por qué grabarse en mi existencia. No fue ni la cuna ni la tumba de nada. Al
contrario: se parecía a tantas otras cunas, a tantas otras tumbas, que me pierdo.
Pero no creo exagerar diciendo que estaba en la flor de la edad, lo que se
llama me parece la plena posesión de las propias facultades. Ah sí, poseerlas
poseerlas, las poseía. Atravesé la calle y me volví hacia la casa que acababa
de expulsarme, yo, que nunca me volvía, al marcharme. ¡Qué bonita era! Geranios
en las ventanas. Me he inclinado sobre los geranios, durante años. Los
geranios, qué astutos, pero acabé haciéndoles lo que me apetecía. La puerta de
esta casa, aúpa sobre su minúscula escalinata, siempre la he admirado, con
todas mis fuerzas. ¿Cómo describirla? Espesa, pintada de verde, y en verano se
la vestía con una especie de funda a rayas verdes y blancas con un agujero por
donde salía una potente aldaba de hierro forjado y una grieta que corresponde a
la boca del buzón que una placa de cuero automático protegía del polvo, los
insectos, las oropéndolas. Ya está. Flanqueada por dos pilastras del mismo
color, en la de la derecha se incrusta el timbre. Las cortinas respiraban un
gusto impecable. Incluso el humo que se elevaba de uno de los tubos de la
chimenea, el de la cocina, parecía estirarse y disiparse en el aire con una
melancolía especial, y más azul. Miré al tercero y último piso, mi ventana,
impúdicamente abierta. Era justo el momento de la limpieza a fondo. En algunas
horas cerrarían la ventana, descolgarían las cortinas y procederían a una
pulverización de formol. Los conozco. A gusto moriría en esta casa. Vi, en una
especie de visión, abrirse la puerta y salir mis pies.
Miraba sin rabia, porque
sabía que no me espiaban tras las cortinas, como hubieran podido hacer, de
apetecerles. Pero les conocía. Todos habían vuelto a sus nichos y cada uno se
aplicaba en su trabajo.
Sin embargo no les había
hecho nada.
Conocía mal la ciudad,
lugar de mi nacimiento y de mis primeros pasos, en la vida, y después todos los
demás que tanto han confundido mi rastro. ¡Si apenas salía! De vez en cuando me
acercaba a la ventana, apartaba las cortinas y miraba fuera. Pero en seguida
volvía al fondo de la habitación, donde estaba la cama. Me sentía incómodo,
aplastado por todo aquel aire, y perdido en el umbral de perspectivas
innombrables y confusas. Pero aún sabía actuar, en aquella época, cuando era
absolutamente necesario. Pero primero levanté los ojos al cielo, de donde nos
viene la célebre ayuda, donde los caminos no aparecen marcados, donde se vaga
libremente, como en un desierto, donde nada detiene la vista, donde quiera que
se mire, a no ser los límites mismos de la vista. Por eso levanto los ojos,
cuando todo va mal, es incluso monótono pero soy incapaz de evitarlo, a ese
cielo en reposo, incluso nublado, incluso plomizo, incluso velado por la
lluvia, desde el desorden y la ceguera de la ciudad, del campo, de la tierra.
De más joven pensaba que valdría la pena vivir en medio de la llanura, iba a la
landa de Lunebourg. Con la llanura metida en la cabeza iba a la landa. Había
otras landas más cercanas, pero una voz me decía, Te conviene la landa de
Lunebourg, no me lo pensé dos veces. El elemento luna tenía algo que ver con
todo eso. Pues bien, la landa de Lunebourg no me gustó nada, lo que se dice
nada. Volví decepcionado, y al mismo tiempo aliviado. Sí, no sé por qué, no me
he sentido nunca decepcionado, y lo estaba a menudo, en los primeros tiempos,
sin a la vez, o en el instante siguiente, gozar de un alivio profundo.
Me puse en camino. Qué
aspecto. Rigidez en los miembros inferiores, como si la naturaleza no me
hubiera concedido rodillas, sumo desequilibrio en los pies a uno y otro lado
del eje de marcha. El tronco, sin embargo, por el efecto de un mecanismo
compensatorio, tenía la ligereza de un saco descuidadamente relleno de borra y
se bamboleaba sin control según los imprevisibles tropiezos del asfalto. He
intentado muchas veces corregir estos defectos, erguir el busto, flexionar la
rodilla y colocar los pies unos delante de otros, porque tenía cinco o seis por
lo menos, pero todo acababa siempre igual, me refiero a una pérdida de
equilibrio, seguida de una caída. Hay que andar sin pensar en lo que se está
haciendo, igual que se suspira, y yo cuando marchaba sin pensar en lo que hacía
marchaba como acabo de explicar, y cuando empezaba a vigilarme daba algunos
pasos bastante logrados y después caía. Decidí abandonarme. Esta torpeza se
debe, en mi opinión, por lo menos en parte, a cierta inclinación especialmente
exacerbada en mis años de formación, los que marcan la construcción del
carácter, me refiero al período que se extiende, hasta el infinito, entre las
primeras vacilaciones, tras una silla, y la clase de tercero, término de mi
vida escolar. Tenía pues la molesta costumbre, habiéndome meado en el
calzoncillo, o cagado, lo que me sucedía bastante a menudo al empezar la
mañana, hacia las diez diez y media, de empeñarme en continuar y acabar así mi
jornada, como si no tuviera importancia. La sola idea de cambiarme, o de
confiarme a mamá que no buscaba sino mi bien, me resultaba intolerable, no sé
por qué, y hasta la hora de acostarme me arrastraba, con entre mis menudos
muslos, o pegado al culo, quemando, crujiendo y apestando, el resultado de mis
excesos. De ahí esos movimientos cautos, rígidos y sumamente espatarrados, de
las piernas, de ahí el balanceo desesperado del busto, destinado sin duda a dar
el pego, a hacer creer que nada me molestaba, que me encontraba lleno de
alegría y de energía, y a hacer verosímiles mis explicaciones a propósito de mi
rigidez de base, que yo achacaba a un reumatismo hereditario. Mi ardor juvenil,
en la medida en que yo disponía de tales impulsos, se agotó en estas
manipulaciones, me volví agrio, desconfiado, un poco prematuramente, aficionado
de los escondrijos y de la postura horizontal. Pobres soluciones de juventud,
que nada explican. No hay por qué molestarse. Raciocinemos sin miedo, la niebla
permanecerá.
Hacía buen tiempo.
Caminaba por la calle, manteniéndome lo más cerca posible de la acera. La acera
más ancha nunca es lo bastante ancha para mí, cuando me pongo en movimiento, y
me horroriza importunar a desconocidos. Un guardia me detuvo y dijo, La calzada
para los vehículos, la acera para los peatones. Parecía una cita del antiguo
testamento. Subí pues a la acera, casi excusándome, y allí me mantuve, en un
traqueteo indescriptible, por lo menos durante veinte pasos, hasta el momento
en que tuve que tirarme al suelo, para no aplastar a un niño. Llevaba un
pequeño arnés, me acuerdo, con campanillas, debía creerse un potro, o un
percherón, por qué no. Le hubiera aplastado con gusto, aborrezco a los niños,
además le hubiera hecho un favor, pero temía las represalias. Todos son
parientes, y es lo que impide esperar. Se debía disponer, en las calles
concurridas, una serie de pistas reservadas a estos sucios pequeños seres, para
sus cochecitos, aros, biberones, patines, patinete, papás, mamás, tatas,
globos, en fin toda su sucia pequeña felicidad. Caí pues y mi caída arrastró la
de una señora anciana cubierta de lentejuelas y encajes y que debía pesar unos
sesenta quilos. Sus alaridos no tardaron en provocar un tumulto. Confiaba en
que se había roto el fémur, las señoras viejas se rompen fácilmente el fémur,
pero no basta, no basta. Aproveché la confusión para escabullirme, lanzando
imprecaciones ininteligibles, como si fuera yo la víctima, y lo era, pero no
hubiera podido probarlo. Nunca se lincha a los niños, a los bebés, hagan lo que
hagan son inocentes a priori. Yo los lincharía a todos con suma delicia, no
digo que llegara a ponerles las manos encima, no, no soy violento, pero
animaría a los demás y les pagaría una ronda cuando hubieran acabado. Pero
apenas recuperé la zarabanda de mis coces y bandazos me detuvo un segundo
guardia, parecidísimo al primero, hasta el punto de que me pregunté si no era
el mismo. Me hizo notar que la acera era para todo el mundo, como si fuera
evidente que a mí no se me podía incluir en tal categoría. ¿Desea usted, le
dije, sin pensar un sólo instante en Heráclito, que descienda al arroyo? Baje
si quiere, dijo, pero no ocupe todo el sitio. Apunté a su labio superior, que
tenía por lo menos tres centímetros de alto, y soplé encima. Lo hice, creo, con
bastante naturalidad, como el que, bajo la presión cruel de los
acontecimientos, exhala un profundo suspiro. Pero no se inmutó. Debía estar
acostumbrado a autopsias, o exhumaciones. Si es usted incapaz de circular como
todo el mundo, dijo, debería quedarse en casa. Lo mismo pensaba yo. Y que me
atribuyera una casa, mía, no tenía por qué molestarme. En ese momento acertó a
pasar un cortejo fúnebre, como ocurre a veces. Se produjo una enorme alarma de
sombreros al tiempo que un mariposear de miles y miles de dedos. Personalmente
si me hubiera contentado con persignarme hubiera preferido hacerlo como es
debido, comienzo en la nariz ombligo, tetilla izquierda, tetilla derecha. Pero
ellos con sus roces precipitados e imprecisos, te hacen una especie de
crucificado en redondo, sin el menor decoro, las rodillas bajo el mentón y las
manos de cualquier manera. Los más entusiastas se inmovilizaron soltando
algunos gemidos. El guardia, por su parte se cuadró, con los ojos cerrados, la
mano en el kepi. En las berlinas del cortejo fúnebre entreveía gente
departiendo animadamente, debían evocar escenas de la vida del difunto, o de la
difunta. Me parece haber oído decir que el atavío del cortejo fúnebre no es el
mismo en ambos casos, pero nunca he conseguido averiguar en qué consiste la
diferencia. Los caballos chapoteaban en el barro soltando pedos como si fueran
a la feria. No vi a nadie de rodillas.
Pero para nosotros todo
va rápido, el último viaje, es inútil apresurarse, el último coche nos deja, el
del servicio, se acabó la tregua, las gentes reviven, ojo. De forrna que me
detuve por tercera vez, por decisión propia, y tomé un coche. Los que acababa
de ver pasar, atestados de gente que departía animadamente debieron
impresionarme poderosamente. Es una caja negra grande, se bambolea sobre sus
resortes, las ventanas son pequeñas, se acurruca uno en un rincón, huele a
cerrado. Noto que mi sombrero roza el techo. Un poco después me incliné hacia
delante y cerré los cristales. Después recuperé mi sitio, de espaldas al
sentido de la marcha. Iba a adormecerme cuando una voz me sobresaltó, la del
cochero. Había abierto la portezuela, renunciando sin duda a hacerse oír a
través del cristal. Sólo veía sus bigotes. ¿Adónde?, dijo. Había bajado de su
asiento exclusivamente para decirme esto. ¡Y yo que me creía ya lejos!
Reflexioné, buscando en mi memoria el nombre de una calle, o de un monumento.
¿Tiene usted el coche en venta?, dije. Añadí, Sin el caballo. ¿Qué haría yo con
un caballo? ¿Y qué haría yo con un coche? ¿Podría al menos tumbarme? ¿Quién me
traería la comida? Al Zoo, dije. Es raro que no haya Zoo en una capital. Añadí,
No vaya usted muy de prisa. Se rió. La sola idea de poder ir al Zoo demasiado
aprisa parecía divertirle. A menos que no fuera la perspectiva de encontrarse
sin coche. A menos que fuera simplemente yo, mi persona, cuya presencia en el
coche debía metamorfosearlo, hasta el punto de que el cochero, al verme con la
cabeza en las sombras del techo y las rodillas contra el cristal, había llegado
quizá a preguntarse si aquél era realmente su coche, si era realmente un coche.
Echa rápido una mirada al caballo, se tranquiliza. Pero ¿sabe uno mismo alguna
vez por qué ríe? Su risa de todas formas fue breve, lo que parecía ponerme
fuera del caso. Cerró de nuevo la portezuela y subió otra vez al pescante. Poco
después el caballo arrancó.
Pues sí, tenía aún un
poco de dinero en aquella época. La pequeña cantidad que me dejara mi padre,
como regalo, sin condiciones, a su muerte, aún me pregunto si no me la robaron.
Muy pronto me quedé sin nada. Mi vida no por eso se detuvo, continuaba, e incluso
tal y como yo la entendía, hasta cierto punto. El gran inconveniente de esta
situación, que podía definirse como la imposibilidad absoluta de comprar,
consiste en que le obliga a uno a espabilarse. Es raro, por ejemplo, cuando
realmente no hay dinero, conseguir que le traigan a uno algo de comer, de vez
en cuando, al cuchitril. No hay más remedio entonces que salir y espabilarse,
por lo menos un día a la semana. No se tiene domicilio en esas condiciones, es
inevitable. De ahí que me enterara con cierto retraso de que me estaban
buscando, para un asunto que me concernía. Ya no me acuerdo por qué conducto.
No leía los periódicos y tampoco tengo idea de haber hablado con alguien,
durante estos años, salvo quizás tres o cuatro veces, por una cuestión de comida.
En fin algo debió llegarme, de un modo o de otro si no no me hubiera presentado
nunca al Comisario Nidder, hay nombres que no se olvidan, es curioso, y él no
me hubiera recibido nunca. Comprobó mi identidad. Esto le llevó un buen rato.
Le enseñé mis iniciales de metal en el interior del sombrero, no probaban nada
pero limitaban al menos las posibilidades. Firme, dijo. Jugaba con una regla
cilíndrica, con la que se hubiera podido matar un buey. Cuente, dijo. Una mujer
joven, quizá en venta, asistía a la conversación, en calidad de testigo sin
duda. Me metí el fajo en el bolsillo. Se equivoca, dijo. Tenía que haberme
pedido que los contara antes de firmar, pensé, hubiera sido más correcto.
¿Dónde le puedo encontrar, dijo, si llega el caso? Al bajar las escaleras
pensaba en algo. Poco después volvía a subir para preguntarle de dónde me venía
ese dinero, añadiendo que tenía derecho a saberlo. Me dijo un nombre de mujer,
que he olvidado. Quizá me había tenido sobre sus rodillas cuando yo estaba aún
en pañales y le había hecho carantoñas. A veces basta con eso. Digo bien, en
pañales, porque más tarde hubiera sido demasiado tarde, para las carantoñas.
Gracias pues a este dinero tenía todavía un poco. Muy poco. Si pensaba en mi
vida futura era como si no existiera, a menos que mis previsiones pecaran de
pesimistas. Golpeé contra el tabique situado junto a mi sombrero, en la misma
espalda del cochero si había calculado bien. Una nube de polvo se desprendió de
la guata del forro. Cogí una piedra del bolsillo y golpeé con la piedra, hasta
que el coche se detuvo. Noté que no se produjo aminoración de la marcha, como
acusan la mayoría de los vehículos, antes de inmovilizarse. No, se paró en
seco. Esperaba. El coche vibraba. El cochero, desde la altura del pescante, debía
estar escuchando. Veía el caballo como si lo tuviera delante. No había tomado
la actitud de desánimo que tomaba en cada parada, hasta en las más breves,
atento, las orejas en alerta. Miré por la ventana, estábamos de nuevo en
movimiento. Golpeé de nuevo el tabique, hasta que el coche se detuvo de nuevo.
El cochero bajó del pescante echando pestes. Bajé el cristal para que no se le
ocurriera abrir la portezuela. Más de prisa, más de prisa. Estaba más rojo,
violeta diría yo. La cólera, o el viento de la carrera. Le dije que lo
alquilaba por toda la jornada. Respondió que tenía un entierro a las tres. Ah
los muertos. Le dije que ya no quería ir al Zoo. Ya no vamos al Zoo, dije.
Respondió que no le importaba adónde fuéramos, a condición de que no fuera muy
lejos, por su animal. Y se nos habla de la especificidad del lenguaje de los
primitivos. Le pregunté si conocía un restaurante. Añadí, Comerá usted conmigo
Prefiero estar con un parroquiano, en esos sitios. Había una larga mesa con una
banqueta a cada lado de la misma longitud exactamente. A través de la mesa me
habló de su vida, de su mujer, de su animal, después otra vez de su vida, de la
vida atroz que era la suya, a causa sobre todo de su carácter. Me preguntó si
me daba cuenta de lo que eso significaba, estar siempre a la intemperie. Me
enteré de que aún existían cocheros que pasaban la jornada bien calentitos en
sus vehículos estacionados, esperando que el cliente viniera a despertarlos.
Esto podía hacerse en otra época, pero hoy había que emplear otros métodos, si
se pretendía aguantar hasta finalizar sus días. Le describí mi situación, lo
que había perdido y lo que buscaba. Hicimos los dos lo que pudimos, para
comprender, para explicar. Él comprendía que yo había perdido mi habitación y
que necesitaba otra, pero todo lo demás se le escapaba. Se le había metido en
la cabeza, y no hubo modo de sacárselo, que yo andaba buscando una habitación
amueblada. Sacó del bolsillo un periódico de la tarde de la víspera, o quizá de
la antevíspera, y se impuso el deber de recorrer los anuncios por palabras,
subrayando cinco o seis con un minúsculo lapicillo, el mismo que temblaba sobre
los futuros agraciados de un sorteo. Subrayaba sin duda los que hubiera
subrayado de encontrarse en mi lugar o quizás los que se remitían al mismo
barrio, por su animal. Sólo hubiera conseguido confundirle si le dijera que no
admitía, en cuanto a muebles, en mi habitación, más que la cama, y que habría
que quitar todos los demás, la mesilla de noche incluida, antes de que yo
consintiera poner los pies en el cuarto. Hacia las tres despertamos el caballo
y nos pusimos de nuevo en marcha. El cochero me propuso subir al pescante a su
lado, pero desde hacía un rato acariciaba la idea de instalarme en el interior
del coche y volví a ocupar mi sitio. Visitamos, una tras otra, con método
supongo, las direcciones que había subrayado. La corta jornada de invierno se
precipitaba hacia el fin. Me parece a veces que son éstas las únicas jornadas
que he conocido, y sobre todo este momento más encantador que ninguno que
precede al primer pliegue nocturno. Las direcciones que había subrayado, o más
bien marcado con una cruz, como hace la gente del pueblo, las tachaba, con un
trago diagonal, a medida que se revelaban inconvenientes. Me enseñó el
periódico más tarde, obligándome a guardarlo yo entre mis cosas, para estar
seguro de no buscar otra vez donde ya habíamos buscado en vano. A pesar de los
cristales cerrados, los chirridos del coche y el ruido de la circulación, le
oía cantar, completamente solo en lo alto de su alto pescante. Me había
preferido a un entierro, era un hecho que duraría eternamente. Cantaba. Ella está lejos del país donde duerme su
joven héroe, son las únicas palabras que recuerdo. En cada parada bajaba de
su asiento y me ayudaba a bajar del mío. Llamaba a la puerta que él me indicaba
y a veces yo desaparecía en el interior de la casa. Me divertía, me acuerdo muy
bien, sentir de nuevo una casa a mi alrededor, después de tanto tiempo. Me
esperaba en la acera y me ayudaba a subir de nuevo al coche. Empecé a hartarme
del cochero. Trepaba al pescante y nos poníamos en marcha otra vez. En un
momento dado se produjo lo siguiente. Se detuvo. Sacudí mi somnolencia y
articulé una postura, para bajar. Pero no vino a abrir la portezuela y a
ofrecerme el brazo, de modo que tuve que bajar solo. Encendía las linternas. Me
gustan las lámparas de petróleo, a pesar de que son, con las velas, y si
exceptúo los astros, las primeras
luces que conocí. Le pregunté si me dejaba encender la segunda linterna, puesto
que él había encendido ya la primera. Me dio su caja de cerillas, abrió el
pequeño cristal abombado montado sobre bisagras, encendí y cerré en seguida,
para que la mecha ardiera tranquila y clara, calentita en su casita, al abrigo
del viento. Tuve esta alegría. No veíamos nada, a la luz de las linternas,
apenas vagamente los volúmenes del caballo, pero los demás les veían de lejos,
dos manchas amarillas lentamente sin amarras flotando. Cuando los arreos
giraban se veía un ojo, rojo o verde según los casos, rombo abombado límpido y
agudo como en una vidriera.
Cuando verificamos la
última dirección el cochero me propuso presentarme en un hotel que conocía, en
donde yo estaría bien. Es coherente, cochero, hotel es verosímil. Recomendado
por él no me faltaría nada. Todas las comodidades, dijo, guiñando un ojo. Sitúo
esta conversación en la acera, ante la casa de la que yo acababa de salir.
Recuerdo, bajo la linterna, el flanco hundido y blando del caballo y sobre la
portezuela la mano del cochero, enguantada en lana. Mi cabeza estaba más alta
que el techo del coche. Le propuse tomar una copa. El caballo no había bebido
ni comido en todo el día. Se lo hice notar al cochero que me respondió que su
caballo no se repondría hasta que volviera a la cuadra. Cualquier cosa que
tomara, aunque sólo fuera una manzana o un terrón de azúcar, durante el
trabajo, le produciría dolores de vientre y cólicos que le impedirían dar un
paso y que incluso podrían matarlo. Por eso se veía obligado a atarle el
hocico, con una correa, cada vez que por una razón o por otra debía dejarle solo,
para que no enterneciera el buen corazón de los transeúntes. Después de algunas
copas el cochero me rogó que les hiciera el honor, a él y a su mujer, de pasar
la noche en su casa. No estaba lejos. Reflexionando, con la célebre ventaja del
retraso, creo que no había hecho, ese día, sino dar vueltas alrededor de su
casa. Vivían encima de una cochera, al fondo de un patio. Buena situación, yo
me habría contentado. Me presentó a su mujer, increíblemente culona, y nos
dejó. Ella estaba incómoda, se veía, a solas conmigo. La comprendía, yo no me
incomodo en estos casos. No había razones para que acabara o continuara. Pues
que acabe entonces. Dije que iba a bajar a la cochera a acostarme. El cochero
protestó. Insistí. Atrajo la atención de su mujer sobre una pústula que tenía
yo en la coronilla, me había quitado el sombrero, por educación. Hay que
procurar quitar eso, dijo ella. El cochero nombró un médico a quien tenía en
gran estima y que le había curado de un quiste en el trasero. Si quiere
acostarse en la cochera, dijo la mujer, que se acueste en la cochera. El
cochero cogió la lámpara de encima de la mesa y me precedió en la escalera que
bajaba a la cochera, era más bien una escalerilla, dejando a su mujer en la
oscuridad. Extendió en el suelo, en un rincón, sobre la paja, una manta de
caballo, y me dejó una caja de cerillas, para el caso de que tuviera necesidad
de ver claro durante la noche. No me acuerdo lo que hacía el caballo
entretanto. Tumbado en la oscuridad oía el ruido que hacía al beber, es muy curioso,
el brusco corretear de las ratas y por encima de mí las voces mitigadas del
cochero y su mujer criticándome. Tenía en la mano la caja de cerillas, una
sueca tamaño grande. Me levanté en la noche y encendí una. Su breve llama me
permitió descubrir el coche. Ganas me entraron, y me salieron, de prender fuego
a la cochera. Encontré el coche en la oscuridad, abrí la portezuela, salieron
ratas, me metí dentro. Al instalarme noté en seguida que el coche no estaba en
equilibrio, estaba fijo, con los timones descansando en el suelo. Mejor así,
esto me permitía tumbarme a gusto, con los pies más altos que la cabeza en la
banqueta de enfrente. Varias veces durante la noche sentí que el caballo me
miraba por la ventanilla, y el aliento de su hocico. Desatalajado debía
encontrar extraña mi presencia en el coche. Yo tenía frío, olvidé coger la
manta, pero no lo bastante como para levantarme a buscarla. Por lo ventanilla
del coche veía la de la cochera, cada vez mejor. Salí del coche. Menos
oscuridad en la cochera, entreveía el pesebre, el abrevadero, el arnés colgado,
qué más, cubos y cepillos. Fui a la puerta pero no pude abrirla. El caballo me
seguía con la mirada. ¿Así que los caballos no duermen nunca? Pensaba que el
cochero tenía que haberle atado, al pesebre por ejemplo. Me vi, pues, obligado
a salir por la ventana. No fue fácil. Y, ¿qué es fácil? Pasé primero la cabeza,
tenía las palmas de las manos sobre el suelo del patio mientras las caderas
seguían contorneándose, prisioneras del marco de la ventana. Me acuerdo del
manojo de hierba que arranqué con las dos manos, para liberarme.
Tenía que haberme quitado
el abrigo y tirarlo por la ventana, pero no se puede estar en todo. En cuanto
salí del patio pensé en algo. La fatiga. Deslicé un billete en la caja de
cerillas, volví al patio y puse la caja en el reborde de la ventana por la que
acababa de salir. El caballo estaba en la ventana. Pero después de dar unos
pasos por la calle volví al patio y recuperé mi billete. Dejé las cerillas, no
eran mías. El caballo seguía en la ventana. Estaba hasta aquí del caballo. El
alba asomaba débilmente. No sabía dónde estaba. Tomé la dirección levante,
supongo, para asomarme cuanto antes a la luz. Hubiera querido un horizonte
marino, o desértico. Cuando salgo, por la mañana, voy al encuentro del sol, y
por la noche, cuando salgo, lo sigo, casi hasta la mansión de los muertos. No
sé por qué he contado esta historia. Igual podía haber contado otra. Por mi
vida, veréis cómo se parecen.
Me vistieron y me dieron
dinero. Yo sabía para qué iba a servir el dinero, iba a servir para ponerme de
patitas en la calle. Cuando lo hubiera gastado debería procurarme más, si
quería continuar. Lo mismo los zapatos, cuando estuvieran usados debería ocuparme
de que los arreglaran, o continuar descalzo, si quería continuar. Lo mismo la
chaqueta y el pantalón, no necesitaban decírmelo, salvo que yo podría continuar
en mangas de camisa, si quería. Las prendas—zapatos, calcetines, pantalón,
camisa, chaqueta y sombrero—no eran nuevas, pero el muerto debía ser poco más o
menos de mi talla. Es decir que él debió ser un poco menos alto que yo, un poco
menos grueso, porque las prendas no me venían tan bien al principio como al
final. Sobre todo la camisa, durante mucho tiempo no podía cerrarme el cuello,
ni por consiguiente alzar el cuello postizo, ni recoger los faldones, con un
imperdible, entre las piernas, como mi madre me había enseñado. Debió
endomingarse para ir a la consulta, por primera vez quizá, no pudiendo más. Sea
como fuere, el sombrero era hongo, en buen estado. Dije, Tengan su sombrero y
devuélvanme el mío. Añadí, Devuélvanme mi abrigo. Respondieron que lo habían
quemado, con mis demás prendas. Comprendí entonces que acabaría pronto, bueno,
bastante pronto. Intenté a continuación cambiar el sombrero por una gorra, o un
fieltro que pudiera doblarse sobre la cara, pero sin mucho éxito. Pero yo no
podía pasearme con la cabeza al aire, en vista del estado de mi cráneo. El
sombrero era en principio demasiado pequeño, pero luego se acostumbró. Me
dieron una corbata, después de largas discusiones. Me parecía bonita, pero no
me gustaba. Cuando llegó por fin estaba demasiado fatigado para devolverla.
Pero acabó por serme útil. Era azul, como con estrillas. Yo no me sentía bien,
pero me dijeron que estaba bastante bien. No dijeron expresamente que nunca
estaría mejor que ahora, pero se sobreentendía. Yacía inerte sobre la cama e
hicieron falta tres mujeres para quitarme los pantalones. No parecían
interesarse mucho por mis partes que a decir verdad nada tenían de particular.
Tampoco yo me interesaba mucho. Pero hubieran podido decir cualquier cosita.
Cuando acabaron me levanté y acabé de vestirme solo. Me dijeron que me sentara
en la cama y esperara. Toda la ropa de cama había desaparecido. Me indignaba el
hecho de que no hubieran permitido esperar en el lecho familiar y no así de
pie, en el frío, en estas ropas que olían a azufre. Dije, Me podían, haber
dejado en mi cama hasta el último momento.
Entraron hombres con
batas, con mazos en la mano. Desmontaron la cama y se llevaron las piezas. Una
de las mujeres les siguió y volvió con una silla que colocó ante mí. Había
hecho bien en mostrarme indignado. Pero para demostrarles hasta qué punto estaba
indignado por no haberme dejado en mi cama mandé la silla a hacer puñetas de
una patada. Un hombre entró y me hizo una seña para que le siguiera. En el
vestíbulo me dio un papel para firmar. ¿Qué es esto, dije, un salvoconducto? Es
un recibo, dijo, por la ropa y el dinero que ha recibido usted. ¿Qué dinero?
Dije. Fue entonces cuando recibí el dinero. Pensar que había estado a punto de
marcharme sin un céntimo en el bolsillo. La cantidad no era grande, comparada
con otras cantidades, pero a mí me parecía grande. Veía los objetos familiares,
compañeros de tantas horas soportables. El taburete, por ejemplo, íntimo como
el que más. Las largas tardes juntos, esperando la hora de irme a la cama. Por
un momento sentí que me invadía su vida de madera hasta no ser yo mismo más que
un viejo pedazo de madera. Había incluso un agujero para mi quiste. Después en
el cristal el sitio en donde se había raspado el esmalte y por donde en las
horas de congoja yo deslizara la vista, y rara vez en vano. Se lo agradezco
mucho, dije, ¿hay una ley que le impide echarme a la calle, desnudo y sin
recursos? Eso nos perjudicada, a la larga, respondió él. No hay medio de que me
admitan todavía un poco, dije, yo podía ser útil. Útil, dijo, ¿de verdad
estaría dispuesto a ser útil? Después de un momento continuó, Si le creyeran a
usted realmente dispuesto a ser útil, le admitirían, estoy seguro. Cuántas
veces había dicho que iba a ser útil, no iba a empezar otra vez. ¡Qué débil me
sentía! Este dinero, dije, quizá quieran recuperarlo y cobijarme todavía un
poco. Somos una institución de caridad, dijo, y el dinero es un regalo que le
hacemos cuando se va. Cuando lo haya gastado debe procurarse más, si quiere
continuar. No vuelva nunca aquí pase lo que pase, porque ya no le admitiríamos.
Nuestras sucursales le rechazarían igualmente. ¡Exelmans! exclamé. Vamos,
vamos, dijo, además no se le entiende ni la décima parte de lo que dice. Soy
tan viejo, dije. No tanto, dijo. ¿Me permite que me quede aquí un momentito,
dije, hasta que cese la lluvia? Puede usted esperar en el claustro, dijo, la
lluvia no cesará en todo el día. Puede usted esperar en el claustro hasta las
seis, ya oirá la campana. Si le preguntan no tiene más que decir que tiene
usted permiso para guarecerse en el claustro. ¿Qué nombre debo decir?, dije.
Weir, dijo.
No llevaba mucho tiempo
en el claustro cuando la lluvia cesó y el sol apareció. Estaba bajo y deduje
que serían cerca de las seis, teniendo en cuenta la época del año. Me quedé
allí mirando bajo la bóveda el sol que se ponía tras el claustro. Apareció un
hombre y me preguntó qué hacía. ¿Qué desea? eso dijo. Muy amable. Respondí que
tenía permiso del señor Weir para quedarme en el claustro hasta las seis. Se
fue, pero volvió en seguida. Debió hablar con el señor Weir en el intervalo,
porque dijo, No debe usted quedarse en el claustro ahora que ya no llueve.
Ahora avanzaba a través
del jardín. Había esa luz extraña que cierra una jornada de lluvia persistente,
cuando el sol aparece y el cielo se ilumina demasiado tarde para que sirva ya
para algo. La tierra hace un ruido como de suspiros y las últimas gotas caen
del cielo vaciado y sin nubes. Un niño, tendiendo las manos y levantando la
cabeza hacia el cielo azul, preguntó a su madre cómo era eso posible. Vete a la
mierda, dijo ella. Me acordé de pronto que había olvidado pedir al señor Weir
un pedazo de pan. Seguramente me lo hubiera dado. Lo pensé, durante nuestra
conversación, en el vestíbulo. Me decía, Acabemos primero lo que nos estamos
diciendo, luego se lo preguntaré. Yo sabía perfectamente que no me
readmitirían. A gusto hubiera desandado el camino, pero temía que uno de los
guardianes me detuviera diciéndome que nunca volvería a ver al señor Weir. Lo
que hubiera aumentado mi pesar. Por otra parte no me volvía nunca en esos
casos.
En la calle me encontraba
perdido. Hacía mucho tiempo que no había puesto los pies en esta parte de la
ciudad y la encontré muy cambiada. Edificios enteros habían desaparecido, las
empalizadas habían cambiado de sitio y por todas partes veía en grandes letras
nombres de comerciantes que no había visto en ninguna parte y que incluso me
hubiera costado pronunciar. Había calles que no recordaba haber visto en su
actual emplazamiento, entre las que recordaba varias habían desaparecido y por
último otras habían cambiado completamente de nombre. La impresión general era
la misma de antaño. Es verdad que conocía muy mal la ciudad. Era quizás una
ciudad completamente distinta. No sabía dónde se suponía que debía ir
lógicamente. Tuve la enorme suerte, varias veces, de evitar que me aplastaran.
Estaba siempre dispuesto a reír, con esa risa sólida y sin malicia que tan
buena es para la salud. A fuerza de conservar el lado rojo del cielo lo más
posible a mi derecha llegué por fin al río. Allí todo parecía, a primera vista,
más o menos tal y como lo había dejado. Pero mirando con más atención hubiera
descubierto muchos cambios sin duda. Eso hice más tarde. Pero el aspecto
general del río, fluyendo entre sus muelles y bajo sus puentes, no había
cambiado. El río en particular me daba la impresión, como siempre, de correr en
el mal sentido. Todo esto son mentiras, me doy perfecta cuenta. Mi banco estaba
aún en su sitio. Se le había excavado según la forma del cuerpo sentado. Se
encontraba junto a un abrevadero, regalo de una tal señora Maxwell a los
caballos de la ciudad, conforme la inscripción. Durante el tiempo que me quedé
allí varios caballos sacaron provecho del regalo. Oía los hierros y el clic
clac del arnés. Después el silencio. Era el caballo quien me miraba. Después el
ruido de guijarros arrastrados en el barro que hacen los caballos al beber.
Después otra vez el silencio. Era el caballo quien me miraba otra vez. Después
otra vez los guijarros. Después otra vez el silencio. Hasta que el caballo hubo
acabado de beber o el carretero consideró que había bebido suficiente. Los
caballos no estaban tranquilos. Una vez, cuando cesó el ruido, me volví y vi el
caballo que me miraba. El carretero también me miraba. La señora Maxwell se
hubiera puesto muy contenta si hubiera podido ver a su abrevadero prestar tales
servicios a los caballos de la ciudad. Llegada la noche, después de un
crepúsculo muy largo, me quité el sombrero que me hacía daño. Deseaba estar
otra vez encerrado, en un sitio hermético, vacío y caliente, con luz artificial
una lámpara de petróleo a ser posible, cubierta con una pantalla rosa
preferentemente. Vendría alguien de vez en cuando a asegurarse que me
encontraba bien y no necesitaba nada. Hacía mucho tiempo que no había tenido
verdaderas ganas de algo y el efecto sobre mí fue horrible.
En los días siguientes
visité varios inmuebles, sin mucho éxito. Normalmente me cerraban la puerta en
las narices, incluso cuando enseñaba mi dinero, diciendo que pagaría una semana
por adelantado, o incluso dos. Ya podía yo exhibir mis mejores maneras, sonreír
y hablar con toda precisión, no había acabado aún con mis cumplidos cuando me
cerraban la puerta en las narices. Perfeccioné en esta época una forma de
descubrirme a la vez digna y cortés, sin bajeza ni insolencia. Hacía deslizar
ágilmente mi sombrero hacia delante, lo mantenía un momento colocado de tal
forma que no se podía ver mi cráneo, después con el mismo deslizamiento lo
volvía a poner en su sitio. Hacer esto con naturalidad, sin provocar una
impresión desagradable, no es fácil. Cuando consideraba que bastaría con
tocarme el sombrero, naturalmente me limitaba a tocarme el sombrero. Pero
tocarse el sombrero no es fácil tampoco. Más tarde resolví el problema, de
capital importancia en las épocas difíciles, llevando un viejo kepí británico y
saludando a lo militar, no, falso, en fin, no lo sé, conservaba mi sombrero
después de todo. Jamás cometí la falta de lleva medallas. Ciertas mujeres
tenían tanta necesidad de dinero que me dejaban pasar en seguida y me enseñaban
la habitación. Pero no pude entenderme con ninguna. Finalmente conseguí
alojarme en un sótano. Con aquella me entendí rápidamente. Mis fantasías, ese
término empleó, no le daban miedo. Insistió si embargo en hacer la cama y
limpiar la habitación un vez por semana, en lugar de una vez al mes, como yo le
había pedido. Me dijo que durante la limpieza, que sería rápida, podría esperar
en el patinillo de al lado. Añadió, con mucha comprensión, que nunca me echaría
con mal tiempo. Aquella mujer era griega, creo, o turca. Nunca hablaba de sí misma.
Yo tenía en la cabeza que era viuda o al menos abandonada. Tená un acento
extraño. Y yo también, a fuerza de asimilar las vocales y suprimir las
consonantes.
Ahora ya no sabía dónde
estaba, tenía una vaga imagen, ni siquiera, no veía nada, de una enorme casa de
cinco o seis pisos. Me parecía que formaba cuerpo con otras casas. Llegué al
crepúsculo y no presté a los alrededores la atención que quizá les hubiera
dedicado de sospechar que iban a cerrarse sobre mí. No debía por decirlo así
esperar más. Es cierto que cuando salí de esta casa hacía un tiempo radiante,
pero yo no miraba nunca hacia atrás al irme. Debí leerlo en alguna parte,
cuando era pequeño y todavía leía, que valía más no volver la cabeza al
marcharse. Y sin embargo me sorprendía haciéndolo. Pero incluso sin contar con
esto me parece que debí ver algo al irme. ¿Pero el qué? Recuerdo solamente mis
pies que salían de mi sombra uno tras otro. Los zapatos se habían resquebrajado
y el sol acusaba las grietas del cuero.
Estaba bien en esta casa,
debo decirlo. Aparte algunas ratas estaba solo en el sótano. La mujer observaba
nuestra convivencia lo mejor posible. Traía hacia mediodía una bandeja llena de
comida y se llevaba el de la víspera. Traía al mismo tiempo una palangana
limpia. Tenía un asa enorme por donde metía el brazo, conservando así las dos
manos libres para llevar la bandeja. Después ya no la veía sino por azar cuando
asomaba la cabeza para asegurarse de que no había ocurrido nada. No necesitaba
afecto afortunadamente. Desde mi cama veía los pies que iban y venían por la
acera. Ciertas tardes, cuando hacía buen tiempo y me sentía con ánimos, me iba
con la silla al patinillo y miraba entre las faldas de las que pasaban. Más de
una pierna se me hizo así familiar. Una vez mandé a buscar una cebolla
azafranada y la planté en el patinillo sombrío, en un bote viejo. Debía ser por
primavera, no eran las condiciones óptimas probablemente. Dejé el bote fuera,
atado a un cordel que pasaba por la ventana. Por la tarde, cuando hacía buen
tiempo, un hilo de luz trepaba a lo largo del muro. Me instalaba entonces
frente a la ventana y tiraba del cordel, para mantener el bote a la luz, y al
calor. No debía ser muy cómodo, no acabo de entender cómo me las arreglaba. No
eran las condiciones óptimas probablemente. Reverdeció, pero nunca tuvo flores,
apenas un tallo macilento provisto de hojas cloróticas. Me hubiera alegrado
tener un azafrán amarillo o un jacinto, pero la cosa es que no iba a cumplirse.
Ella quería llevárselo, pero yo le dije que lo dejara. Quería comprarme otro,
pero le dije que no quería otro. Lo que más me crispaba eran los gritos de los
vendedores de periódicos. Pasaban corriendo todos los dias, gritando el nombre
de los periódicos e incluso las noticias sensacionales. Los ruidos que venían
de la casa me crispaban menos. Una niña, ¿o era un niño? cantaba todas las
tardes a la misma hora en algún lugar encima de mí. Durante mucho tiempo no
consegui coger las palabras. Extrañas palabras para una niña, o un niño. ¿Era una
canción de mi espiritu, o venía sencillamente de fuera? Era una especie de
nana, me parece. A mí me dormía a menudo. Era a veces una niña la que venía.
Tenía largos cabellos rojos que colgaban en dos trenzas. No sabía quién era.
Correteaba un poco por la habitación, después se iba sin haberme dirigido la
palabra. Un día recibi la visita de una agente de policia. Dijo que estaba bajo
vigilancia, sin explicarme por qué. Equívoco, eso es, me dijo que yo era
equívoco. Le dejé hablar. No se atrevía a detenerme. O quizá fuera buena
persona. Un cura también, un día recibí la visita de un cura. Le informé que
pertenecía a una rama de la iglesia reformada. Me preguntó qué clase de pastor
me gustaría ver. Se condena uno, en la iglesia reformada, sin remedio. Era
quizá buena persona. Me dijo que le avisara si alguna vez necesitaba un
servicio. ¡Un servicio! Se presentó y me explicó dónde podría encontrarle.
Debería haberlo apuntado.
Un día la mujer me hizo
una proposición. Dijo que tenía necesidad urgente de dinero en metálico y que
si yo podía proporcionarle un adelanto de seis meses me reduciría el alquiler
del cuarto durante este período. No creo que me equivoque mucho. Esto tenía la
ventaja de hacerme ganar seis semanas (?) de estancia y el inconveniente de
agotar casi todo mi pequeño capital. Pero ¿se podía llamar a esto un
inconveniente? ¿No me iba a quedar de todas formas hasta el último céntimo, y
más allá aún, hasta que ella me echara? Le di el dinero y me hizo un recibo.
Una mañana, poco después
de la transacción, me despertó un hombre que me sacudía por el hombro. No
podían ser más de las once. Me rogó que me levantara y abandonara su casa
inmediatamente. Era muy pulcro, debo decirlo. Me dijo que su extrañeza sólo
encontraba parangón con la mía. Era su casa. Su patrimonio. La turca se había
marchado la víspera. Pero si la he visto anoche, dije. Debe estar usted en un
error, dijo, porque me llevó las llaves, a mi oficina, ayer por la mañana lo
más tarde. Pero si acabo de entregarle un anticipo de seis meses de alquiler,
dije. Que se lo devuelva, dijo. Pero si ignoro su nombre, dije, por no hablar
de sus señas. ¿Ignora usted su nombre? dijo. Debió creer que mentía. Estoy
enfermo, dije, no puedo marcharme así sin previo aviso. No es para tanto, dijo.
Propuso ir a buscar un taxi, o una ambulancia, si prefería. Dijo que necesitaba
la habitación, inmediatamente, para su cerdo, cogiendo frío en una carretilla,
ante la puerta, y vigilado únicamente por un chaval que ni siquiera conocía y
que estaría probablemente haciéndole picias. Pregunté si no me podría ceder
otro sitio, apenas un rincón donde poder tumbarme, el tiempo de sobreponerme y
de tomar mis disposiciones. Dijo que no podía. No es que sea mala persona,
añadió. Podría vivir aquí con el cerdo, dije, me ocuparía de él. ¡Largos meses
de calma, deshechos en un instante! Calma, calma, dijo, no se abandone, ale,
hop, de pie, basta. Después de todo aquello no le importaba. Había sido
realmente paciente. Debió visitar el sótano mientras yo dormía.
Me sentía débil. Debía
estarlo. La luz resplandeciente me aturdía. Un autobús me transportó, al campo.
Me senté en un prado, al sol. Pero me parece que esto era mucho más tarde.
Dispuse hojas bajo mi sombrero en círculo, para procurarme sombra. Acabé por
encontrar un montón de estiércol. Al día siguiente reemprendí el camino de la
ciudad. Me obligaron a bajarme de tres autobuses. Me senté al borde de la
carretera, al sol, y me sequé la ropa. Me gustaba. Me decía, Nada, nada que
hacer ahora hasta que esté seca. Cuando estuvo seca la cepillé con un cepillo,
una especie de almohaza me parece, que encontré en un establo. Los establos me
han resultado siempre acogedores. Después me llegué hasta la casa en donde
mendigué un vaso de leche y pan con mantequilla. ¿Puedo descansar en el
establo? dije. No, dijeron. Yo apestaba aún, pero con una fetidez que me
agradaba. La prefería con mucho a la mía, que se ocultaba ahora bajo la nueva
hediondez, sintiéndola sólo a vaharadas. En los días siguientes traté de
recuperar mi dinero. No sé exactamente cómo sucedió, si es que no pude
encontrar la dirección, o si la dirección no existía, o si la griega ya no
estaba allí. Busqué el recibo en mis bolsillos, para intentar descifrar el
nombre. No estaba. Ella lo había recuperado quizá mientras yo dormía. No sé
durante cuánto tiempo circulé así, descansando unas veces en un sitio, otras en
otro, en la ciudad y en el campo. La ciudad había sufrido cambios. El campo
tampoco era ya como lo recordaba. El efecto general era el mismo. Un día vi a
mi hijo. Con una cartera bajo el brazo apresuraba el paso. Se quitó el sombrero
y se inclinó y vi que era calvo como un huevo. Estaba casi seguro de que era
él. Me volví para seguirle con la mirada. Avanzaba a toda marcha, con sus
andares de pato, ofreciendo a derecha y a izquierda saludos con el sombrero y
otras muestras de servilismo. El insoportable hijo de puta.
Un día encontré a un
hombre que conociera en época anterior. Vivía en una caverna al borde del mar.
Tenía un burro que trotaba por el acantilado, o en los minúsculos senderos
agrietados que descienden hacia el mar. Cuando hacía muy mal tiempo el burro entraba
con su amo en la caverna y allí se abrigaba, mientras duraba la tempestad.
Habían pasado muchas noches juntos, apretados el uno contra el otro, mientras
el viento bramaba y el mar azotaba la playa. Gracias al burro podía abastecer
de arena, de algas y de conchas a los habitantes de la ciudad, para sus
jardincillos. No podía transportar mucha cantidad de una vez, porque el burro
era viejo, pequeño también, y la ciudad estaba lejos. Pero ganaba así un poco
de dinero, lo suficiente para comprar tabaco y cerillas y de vez en cuando una
libra de pan. Fue en una de sus salidas cuando me encontró, en los suburbios.
Estaba encantado de volver a verme, el pobre. Me suplicó que le acompañara a su
casa y pasara allí la noche. Quédate todo el tiempo que quieras, dijo. ¿Qué le
pasa a tu burro? dije. No le hagas caso, dijo, es que no te conoce. Le recordé
que no tenía costumbre de quedarme con nadie más de dos o tres minutos seguidos
y que me horrorizaba el mar. Parecía abrumado. Entonces no vienes, dijo. Pero
ante mi propia extrañeza me monté en el burro y arre, a la sombra de los
castaños que brotaban con furia de la acera. Me agarré a las vértebras de la
cerviz, una mano luego otra. Los niños nos abucheaban y nos tiraban piedras,
pero apuntaban mal porque sólo me alcanzaron una vez, en el sombrero. Un
guardia nos detuvo, y nos acusó de turbar el orden público. Mi amigo le recordó
que éramos tal y como la naturaleza había acabado por hacernos y que los niños
estaban en el mismo caso. Era inevitable, en esas condiciones, que el orden
público resultara turbado de vez en cuando. Déjenos continuar nuestro camino,
dijo, y el orden se reestablecerá automáticamente, en su sector. Atajamos por
los caminos apacibles de la antiplanicie, blancos de polvo, con los matojos de
espino y de fucsia y los linderos franjeados de hierba silvestre y de
margaritas. Cayó la noche. El burro me llevó hasta la boca de la caverna,
porque yo no hubiera podido seguir, en la oscuridad, el sendero que bajaba
hacia el mar. Después volvió a subir a sus pastizales.
No sé cuánto tiempo me
quedé allí. Se estaba bien en la caverna, debo decirlo. Me traté mis ladillas
con agua de mar y algas, pero un buen número de larvas debieron sobrevivir. Me
curé el cráneo con compresas de alga, lo que me hizo un bien enorme, pero pasajero.
Me tumbaba en la caverna y a veces miraba hacia el horizonte. Veía por encima
una gran extensión palpitante, sin islas ni promontorios. Por la noche una luz
iluminaba la caverna, a intervalos regulares. Fue allí donde encontré mi
frasquito, en el bolsillo. No se había roto, el cristal no era auténtico
cristal. Creía que el señor Weir me lo había quitado todo. El otro estaba fuera
la mayor parte del tiempo. Me daba pescado. Es fácil para un hombre, cuando lo
es de verdad, vivir en una caverna, lejos de todos. Me invitó a quedanme todo
el tiempo que me apeteciera. Si prefiriera estar solo me acondicionaría
encantado otra caverna, un poco más lejos. Me traería comida todos los días y
vendría de vez en cuando a asegurarse que marchaba bien y no necesitaba nada.
Era buena persona. Yo no necesitaba bondad. ¿No conocerás por casualidad una
caverna lacustre? dije. Soportaba mal el mar, sus chapoteos, temblores, mareas
y convulsividad general. El viento al menos se calma a veces. Las manos y los
pies me hormigueaban. El mar me impedía dormir, durante horas. Aquí pronto me
voy a poner enfermo, dije, y ¿qué habré conseguido entonces? Te vas a ahogar,
dijo. Sí, dije, o me arrojaré al acantilado. Y yo que no podría vivir en otra
parte, dijo, en mi cabaña de la montaña era muy desgraciado. ¿Tu cabaña en la
montaña? dije. Repitió la historia de su cabaña en la montaña, la había
olvidado, era como si la oyera por primera vez. Le pregunté si la conservaba
todavía. Respondió que no la había vuelto a ver desde el día en que salió
huyendo, pero que la creía aún en el mismo sitio, un poco deteriorada sin duda.
Pero cuando insistió para que cogiera la llave, me negué, diciéndole que tenía
otros proyoctos. Siempre me encontrarás aquí, dijo, si alguna vez me necesitas.
Ah la gente. Me dio su cuchillo.
Lo que él llamaba su
cabaña era una especie de barraca de madera. Había arrancado la puerta, para
hacer fuego, o con cualquier otro fin. La ventana ya no tenía cristales. El
techo se había hundido por varios sitios. El interior estaba dividido, por los
restos de un tabique, en dos partes desiguales. Si había tenido muebles nada
quedaba ya. Se habían entregado a los actos más viles, en el suelo y sobre las
paredes. Excrementos poblaban el suelo, de hombre, de vaca, de perro, así como
preservativos y vomitonas. En una boñiga habían trazado un corazón, atravesado
por una flecha. No ofrecía sin embargo una perspectiva armónica. Descubrí
vestigios de ramos abandonados. Vorazmente arrancados, arrastrados durante
largas horas, acabaron por tirarlos, pesados, o ya marchitos. Esta era la
habitación de la que me habían ofrecido la llave.
En su conjunto la escena
era la ya familiar de grandeza y desolación.
Era a pesar de todo un
techo. Descansaba sobre un jergón de helechos que yo mismo recogí con mil
trabajos. Un día no pude levantarme. La vaca me salvó. Aguijoneada por la
niebla glacial venía a cobijarse. No era sin duda la primera vez. No debía
verme. Traté de mamarla, sin mucho éxito. Sus tetas estaban cubiertas de
excrementos. Me quité el sombrero y me puse a ordeñarla dentro, acudiendo a mis
últimas fuerzas. La leche se derramaba por el suelo, pero me dije, No importa,
es gratis. La vaca me arrastró por la tierra, deteniéndose tan sólo de vez en
cuando para propinarme una coz. No sabía que nuestras vacas podían también
portarse mal. Debieron ordeñarla recientemente. Agarrándome con una mano a la
teta, con la otra mantenía el sombrero en su sitio. Pero acabó por hartarse.
Porque me arrastró atravesando el umbral hasta los helechos gigantes y
chorreantes, donde me vi obligado a soltar la presa.
Bebiendo la leche me
reproché lo que acababa de hacer. Ya no podría contar con la vaca y ella
pondría a las demás al corriente. Con más control sobre mí mismo hubiera podido
hacerme amigo de ella. Hubiera venido todos los días seguida quizás de otras
vacas. Hubiera aprendido a hacer mantequilla, queso. Pero me dije, No, todo se
andará.
Una vez en la carretera
no tenía más que seguir la pendiente. Carretas pronto, pero todas me
rechazaron. Si hubiera tenido otras ropas, otra cara, se me hubiera admitido
quizá. Debí cambiar desde mi expulsión del sótano. La cara en especial había
debido alcanzar un aspecto decididamente climatérico. La sonrisa humilde e
ingenua ya no me aparecía, ni la expresión de miseria cándida, penetrada de
estrellas y cohetes. Las llamaba, pero ya no venían. Máscara de viejo cuero
sucio y peludo, no quería ya decir por favor y gracias y perdón. Era una
lástima. ¿Con qué iba yo a bandearme, en el futuro? Tumbado al borde de la
carretera me dedicaba a contorsionarme cada vez que oía venir una carreta. Para
que no imaginaran que dormía, o descansaba. Trataba de gemir, ¡Socorro! Pero el
tono que brotaba era el de la conversación corriente. Ya no podía gemir. La
última vez que había necesitado gemir lo había hecho, bien, como siempre, y eso
en la ausencia de cualquier corazón susceptible de ser partido. ¿En qué iba a
convertirme? Me dije. Volveré a aprender. Me tumbé de un lado a otro del
camino, en un sitio donde se estrechaba, de forma que las carretas no podían
pasar sin pasarme por encima, con una rueda al menos, o con dos si tenía
cuatro. Al urbanista de la barba roja, le habían quitado la vesícula biliar,
una falta grave, y tres días después moría, en la flor de la edad. Pero llegó
el día en que, mirando a mi alrededor, me encontré en los suburbios, y de aquí
a los viejos ámbitos no había más que un paso, más allá de la estúpida
esperanza de calma o de dolor más tenue.
Me tapé pues la parte
baja de la cara con un trapo y fui a pedir limosna en un rincón soleado. Porque
me parecía que mis ojos no se habían apagado del todo, gracias quizás a las
gafas negras que mi preceptor me diera. Me había dado la Ética de Geulincz. Eran gafas de hombre, yo era un niño. Le
encontraron muerto, desplomado en el W. C., con las ropas en un desorden
terrible, fulminado por un infarto. Ah qué calma. La Ética llevaba su nombre (Ward) en primera página, las gafas le
habían pertenecido. El puente, en aquella época, era de hilo de latón, de la
clase que se emplea para sujetar los cuadros y los grandes espejos, y dos
largas cintas negras servían de baranda. Las enroscaba alrededor de las orejas
y las abatía bajo la barbilla, donde las ataba. Los cristales habían sufrido, a
fuerza de frotarse en el bolsillo uno contra otro y contra los demás objetos
que allí se encontraran. Yo creía que el señor Weir me lo había cogido todo.
Pero yo ya no necesitaba esas gafas y no me las ponía más que para suavizar el
resplandor del sol. No debería haber hablado de ello. El trapo me hizo mucho
daño. Acabé cortándolo del forro de mi abrigo, no, ya no tenía abrigo, de mi
chaqueta entonces. Era un trapo más bien gris, o incluso escocés, pero me daba
por satisfecho. Hasta la tarde mantenía la cara levantada hacia el cielo del
mediodía, después hacia el de poniente hasta la noche. El platillo de madera me
hizo mucho daño. No podía utilizar el sombrero, por mi cráneo. En cuanto a
tender la mano, ni pensarlo. Me procuré pues una lata de hierro blanco y la
sujeté a un botón de mi abrigo, pero qué me pasa, de mi chaqueta, al nivel del
pubis. No se mantenía derecha, se inclinaba respetuosamente hacia el
transeúnte, no había más que dejar caer la moneda. Pero esto le obligaba a
aproximarse mucho, se arriesgaba a tocarme. Acabé procurándome una lata más
grande, una especie de gran lata, y la coloqué sobre la acera, a mis pies. Pero
las gentes que dan una limosna no les agrada tirarla, ese gesto tiene algo de
desprecio que repugna a los sensibles. Sin contar con que deben apuntar.
Quieren dar, pero no les gusta que la moneda se escape dando vueltas bajo los
pies de los transeúntes, o bajo las ruedas de los vehículos, donde cualquiera
puede cogerla. En resumen: no dan. Los hay evidentemente que se agachan, pero
en general a la gente que da una limonsa no le agrada que ello le obligue a
agacharse. Lo que realmente prefieren es ver al mendigo de lejos, preparar el
penique, soltarlo en plena marcha y oír el Dios
se lo pague debilitado por el alejamiento. Yo no decía eso, yo no he sido
nunca muy creyente, ni nada que se le parezca, pero lanzaba de todos modos un
ruido, con la boca. Acabé procurándome una especie de tablilla que me sujetaba
con cordel al cuello y a la cintura. Sobresalía precisamente a la altura justa,
la del bolsillo, y su borde estaba lo suficientemente apartado de mi persona
para poder depositar el óbolo sin peligro. Podía verse a veces en ella flores,
pétalos, espigas, y briznas de esa hierba que se aplica a las hemorroides, en
fin lo que encontraba. No las buscaba, pero todas las cosas bonitas de este
tipo que me caían a la mano, las guardaba para la tablilla. Se podía creer que
yo amaba la naturaleza. Miraba al cielo, la mayor parte del tiempo, pero sin
fijarlo. Era una mezcla normalmente de blanco, azul y gris, y por la tarde
venían a añadirse otros colores. Lo sentía pesando con suavidad sobre mi cara,
frotaba la cara balanceándola de un lado a otro. Pero a menudo dejaba caer la
cabeza sobre el pecho. Entonces entreveía la tablilla a lo lejos, borrosa y
abigarrada. Me apoyaba en la pared, pero sin el menor relajo, equilibraba mi
peso de un pie al otro y me agarraba con las manos las solapas de la chaqueta.
Mendigar con las manos en los bolsillos, da mal efecto, indispone a los
trabajadores, sobre todo en invierno. No hay nunca tampoco que llevar guantes.
Había chicos que, simulando darme una perra, arramplaban con todo lo que había
ganado. Para comprarse caramelos. Me desabrochaba, discretamente, para
rascarme. Me rascaba de abajo arriba, con cuatro uñas: Me hurgaba en los pelos,
para calmarme. Ayudaba a pasar el tiempo, el tiempo pasaba cuando me rascaba.
El verdadero rascado es superior al meneo, en mi opinión, y puede durar mucho,
hasta los cincuenta, e incluso mucho después, pero acaba por convertirse en una
simple costumbre. Para rascarme no tenía bastante con las dos manos. Tenía en
todas partes, en mis partes, en los pelos hasta el ombligo, bajo los brazos, en
el culo, placas de eczema y de psoriasis que podía poner al rojo con sólo
pensar en ellas. Era en el culo donde más satisfacción obtenía. Introducía el
índice, hasta el metacarpo. Si después debía defecar, me hacía un daño de
perros. Pero apenas defecaba ya. De vez en cuando pasaba un avión, poco
rápidamente me parecía. Me sucedía a menudo, al acabar la jornada, encontrar
los bajos del pantalón mojados. Debían ser los perros. Yo ya apenas meaba. Si
por azar me entraban ganas, las calmaba introduciendo un trapito en la
bragueta. Una vez en mi puesto, no lo abandonaba hasta la noche. Yo ya apenas
comía, Dios cuidaba de mi sustento. Después del trabajo compraba una botella de
leche que bebía por la noche en la cochera. En realidad le encargaba a un chico
que la comprara, siempre el mismo, a mí no querían servirme, no sé por qué. Le
daba un penique por el servicio. Un día asistí a una escena extraña.
Normalmente no veía gran cosa. No oía gran cosa tampoco. No me fijaba. En el
fondo no estaba allí. En el fondo creo que no he estado nunca en ninguna parte.
Pero ese día debí volver. Desde hacía ya algún tiempo me incordiaba un ruido.
No buscaba la causa, porque me decía, Va a cesar. Pero como no cesaba no tuve
más remedio que buscar la causa. Era un hombre subido al techo de un automóbil,
arengando a los transeúntes. Al menos fue así como entendí la cosa. Berreaba
tan fuerte que retazos de su discurso llegaban hasta mí. Unión... hermanos...
Marx... capital... bifteck... amor. No entendía nada. El coche se había
detenido junto a la acera, ante mí, yo veía al orador de espaldas. De repente
se volvió y me cuestionó. Mirad ese pingajo, ese desecho. Si no se pone a
cuatro patas es porque teme el vergajo. Viejo, piojoso, podrido, al cubo de la
basura. Y hay miles como él, peores que él, diez mil, veinte mil—. Una voz,
Treinta mil. El orador continuó, Todos los días pasan delante de vosotros y
cuando habéis ganado a las carreras soltáis una perra gorda. ¿Os dais cuenta?
La voz, No. Claro que no, continuó el orador, eso forma parte del decorado. Un
penique, dos peniques—. La voz, Tres peniques. No se os ocurre nunca pensar,
continuó el orador, que tenéis enfrente la esclavitud, el embrutecimiento, el
asesinato organizado, que consagráis con vuestros dividendos criminales. Mirad
este torturado, este pellejo. Me diréis que es culpa suya. Preguntadle a ver si
es culpa suya. La voz, Pregúntaselo tú. Entonces se inclinó hacia mí y me
apostrofó. Yo había perfeccionado mi tablilla. Consistía ahora en dos trozos
unidos por bisagras, lo que me permitía, una vez acabado el trabajo, plegarla y
llevarla bajo el brazo, me gustaba hacer chapucillas. Me quité el trapo, me
metía en el bolsillo las escasas monedas que había ganado, desaté los cordones
de mi tablilla, la plegué y me la puse bajo el brazo. ¡Pero habla, pedazo de
inmolado! vociferó el orador. Después me fui, aunque fuera aún de día. Pero en
general el rincón era tranquilo, animado sin ser bullicioso, próspero y
conveniente. Aquél debía ser un fanático religioso, no encontraba otra
explicación. Se había quizá escapado de la jaula. Tenía una cara simpática, un
poco coloradota.
No trabajaba todos los
días. Apenas tenía gastos. Conseguía incluso ahorrar un poco, para los
ultimísimos días. Los días en que no trabajaba me quedaba tumbado en la
cochera. Situada al borde del río, en una propiedad particular, o que lo había
sido. Esta propiedad, cuya entrada principal daba sobre una calle sombría,
estrecha y silenciosa, estaba rodeada por un muro, menos naturalmente por el
lado del río, que marcaba su límite septentrional, sobre una longitud de
treinta pasos más o menos. De frente, sobre la otra orilla, se extendían aún
los muelles, después un apelmazamiento de casas bajas, terrenos baldíos,
empalizadas, chimeneas, flechas y torres. Se veía también una especie de campo
de maniobras donde soldados jugaban al fútbol, todo el año. Sólo las ventanas
—no. La propiedad parecía abandonada. La verja estaba cerrada. La hierba
invadía los senderos. Sólo las ventanas del piso bajo tenían persianas. Las
demás se iluminaban a veces por la noche, débilmente, unas veces una, otras la
otra, tenía esa impresión. Podía ser cualquier reflejo. El día en que adopté la
cochera encontré un bote, la quilla al aire. Le di la vuelta, lo rellené con
piedras y pedazos de madera, quité los bancos y me hice la cama. Las ratas se
las veían negras para llegar hasta mí, por la inclinación de la quilla. Muchas
ganas tenían sin embargo. Fíjate, carne viviente, porque yo era a pesar de todo
carne viviente, hacía demasiado tiempo que vivía entre las ratas, en mis
alojamientos improvisados, para que tuviera una vulgar fobia. Tenía incluso una
especie de simpatía por ellas. Venían con tanta confianza hacia mí, se diría
que sin la menor repugnancia. Se hacían la tualet, con gestos de gato. Los
sapos, sí, por la tarde, inmóviles durante horas, engullen moscas. Se colocan
en sitios en donde lo cubierto pasa al descubierto, les gustan los umbrales.
Pero se trataba de ratas de aguas, de una delgadez y de una ferocidad
excepcionales. Construí pues, con tablas sueltas, una tapadera. Es formidable
la de tablas que he podido encontrar en mi vida, cada vez que tenía necesidad
de una tabla allí estaba, no había más que agacharse. Me gustaba hacer
chapuzas, no, no mucho, así así. Recubrí el bote completamente, hablo ahora
otra vez de la tapadera. Lo empujé un poco hacia atrás, entraba en el bote por
delante, gateaba hasta la parte de atrás, levantaba los pies y empujaba la tapa
hacia delante hasta que me cubría del todo. El empuje se ejercía sobre un
travesaño en saliente fijado tras la tapa a este efecto, me gustaban las
chapucillas. Pero era preferible entrar en el bote por detrás, sacar la tapa
sirviéndome de las dos manos hasta que me cubriera del todo y empujarlo en el
mismo sentido cuando quisiera salir. Como apoyo para mis manos coloqué dos
grandes clavos, allí donde hacía falta. Estos pequeños trabajos de carpintería,
si es posible llamarlos así, ejecutados con instrumentos y materiales
improvisados, no me disgustaban. Sabía que acabaría pronto, y representaba la
comedia, verdad, la de—cómo llamarla, no lo sé. Me encontraba bien en el bote,
debo decirlo. Mi tapadera se ajustaba tan bien que tuve que hacerle un agujero.
No hay que cerrar los ojos, dejarlos abiertos en la oscuridad, esa es mi
opinión. No hablo del sueño, hablo de lo que se llama me parece estado de
vigilia. Por otra parte yo dormía muy poco en aquella época, no tenía ganas, o
tenía muchísimas ganas, no lo sé, o tenía miedo, no lo sé. Tumbado de espaldas
no veía nada, apenas vagamente, justo por encima de mi cabeza, a través de los
minúsculos agujeritos, la claridad gris de la cochera. No ver nada en absoluto,
no, es demasiado. Oía solamente los gritos de las gaviotas que revoloteaban muy
cerca, alrededor de la boca de los sumideros. En un hervor amarillento, si
tengo buena memoria, las inmundicias se vertían al río, los pájaros
revoloteaban por encima, chillando de hambre y de cólera. Oía el chapoteo del
agua contra el embarcadero, contra la orilla, y el otro ruido, tan diferente,
de la ondulación libre, lo oía también. Yo, cuando me desplazaba, era menos
barco que onda, por lo que me parecía, y mis parones eran los de los remolinos.
Esto puede parecer imposible. La lluvia también, la oía a menudo. A veces una
gota, atravesando el techo de la cochera, venía a explotar sobre mí. Todo
abocaba a un ambiente más bien líquido. El viento añadía su voz, no hay que
decirlo, o quizá más bien las tan variadas de sus juguetes. ¿Pero qué es todo
esto? Zumbidos, alaridos, gemidos y suspiros. Yo hubiera preferido otra cosa,
martillazos, pan, pan, pan, asestados en el desierto. Me tiraba pedos, es cosa
sabida, pero difícilmente seco, salían con un ruido de bomba, se fundían en el
gran jamás. No sé cuánto tiempo me quedé allí. Estaba bien en mi caja, debo
decirlo. Me parecía haber adquirido independencia en los últimos años. Que
nadie viniera ya, que nadie pudiera ya venir, a preguntarme si marchaba bien y
si no necesitaba nada, apenas ya me dolía. Me encontraba bien, claro que sí,
perfectamente, y el miedo de encontrarme peor se dejaba apenas sentir. En
cuanto a mis necesidades, se habían en alguna medida reducido a mis dimensiones
y, bajo el punto de vista cualitativo, tan super-refinadas que toda ayuda
resultaba excluida, desde ese ángulo. Saberme existir, por muy débil y
falsamente que fuera, por fuera de mí, tenía en otra época la virtud de conmoverme.
Se convierte uno en un salvaje, forzosamente. A veces se pregunta uno si
estamos en el buen planeta. Incluso las palabras te dejan, con eso está dicho
todo. Es el momento quizá en que los vasos dejan de comunicar, ya sabes, los
vasos. Se está aquí siempre entre los dos rumores, sin duda es siempre el mismo
pedazo, pero cáspita nadie lo diría. Me ocurría a menudo querer correr la
tapadera y salir del bote, sin conseguirlo, tan perezoso y débil estaba, y muy
en el fondo donde me encontraba. Lo sentía todo cerca, las calles glaciales y
tumultuosas, las caras aterradoras, los ruidos que cortan, penetran, desgarran,
contusionan. Esperaba entonces que las ganas de cagar, o de mear al menos, me
dieran fuerzas. ¡No quería ensuciar mi nido! Lo que me sucedía sin embargo, e
incluso cada vez más a menudo. Me bajaba los pantalones arqueándome, me volvía
un poco de lado, lo justo para despejar el agujero. Labrarse un reino, en medio
de la mierda universal, para después cagarse encima, era muy mío. Eran yo, mis
inmundicias, es cosa sabida, pero aún así. Basta, basta, las imágenes, aquí
estoy abocado a ver imágenes, yo que nunca las vi, salvo a veces cuando dormía.
Creo que no las había visto nunca, en puridad. De pequeñín quizá. Mi mito lo
quiere así. Sabía que eran imágenes, puesto que era de noche y estaba solo en
mi bote. ¿Qué podía ser aquello si no? Estaba pues en mi bote y me deslizaba
sobre las aguas. No tenía que remar, el reflujo me llevaba. Además no veía
remos, habían debido llevárselos. Yo tenía una tabla, un trozo de banco quizá,
que utilizaba cuando me acercaba demasiado a la orilla o cuando veía acercarse
un montón de detritus o una chalupa. Había estrellas en el cielo, grato. No
veía el tiempo que hacía, no tenía frío ni calor y todo parecía tranquilo. Las
orillas se alejaban cada vez más, lógico, ya no las veía. Raras y débiles luces
marcaban la separación creciente. Los hombres dormían, los cuerpos recuperaban
fuerzas para los trabajos y alegrías del día siguiente. El bote no se deslizaba
ya, saltitos, zarandeado por las olitas del alta mar incipiente. Todo parecía
tranquilo y sin embargo la espuma se colaba por la borda. El aire libre me
rodeaba ahora por todas partes, no tenía más que el abrigo de la tierra, y poca
cosa es, el abrigo de la tierra, en esas condiciones. Veía los faros, hasta un
total de cuatro, pertenecientes a un barco-faro. Los conocía bien, de pequeñín
ya los conocía. Por la tarde, estaba con mi padre sobre un promontorio, me
cogía de la mano. Hubiera deseado que me atrajese hacia sí, en un gesto de amor
protector, pero en eso estaba pensando. Me enseñaba igualmente los nombres de
las montañas. Pero para acabar con las imágenes, veía también las luces de las
boyas, parecían llenarlo todo, rojas y verdes, incluso ante mi extrañeza amarillas.
Y en el flanco de la montaña, que ahora desgajada se alzaba tras la ciudad, los
incendios pasaban del oro al rojo, del rojo al oro. Yo sabía muy bien lo que
era, era la retama que ardía. Yo mismo cuántas veces habría encendido el fuego,
con una cerilla, siendo pequeño. Y mucho más tarde, de vuelta a casa, antes de
acostarme, miraba desde mi alta ventana el incendio que había prendido. En esta
noche pues, plagada de débiles parpadeos, en el mar, en tierra y en el cielo,
bogaba a merced de la marea y las corrientes. Noté que mi sombrero estaba
atado, por un cordoncillo sin duda, a mi botonadura. Me levanté del banco, en
la parte de atrás del bote, y un enérgico campanilleo se hizo oír. Era la
cadena que, fijada a la parte de alante, acababa de enrollarse alrededor de mis
caderas. Debí desde el principio practicar un agujero en las tablas del fondo,
porque aquí me tenéis de rodillas intentando soltarlo, con la ayuda del
cuchillo. El agujero era pequeño y el agua subiría lentamente. Todavía una
media hora, en total, salvo imprevistos. Sentado de nuevo en la popa, con las
piernas estiradas y la espalda bien apoyada contra el saco relleno de hierba
que me servía de cojín, me tragué el calmante. El mar, el cielo, la montaña,
las islas, vinieron a aplastarme en un sístole inmenso, después se apartaron
hasta los límites del espacio. Pensé débilmente y sin tristeza en el relato que
había intentado articular, relato a imagen de mi vida, quiero decir sin el
valor de acabar ni la fuerza de continuar.
Yo ya no sé cuándo he
muerto. Siempre me ha parecido haber muerto viejo, hacia losochenta años, y qué
años, y que mi cuerpo daba fe de ello, de la cabeza a los pies. Pero estanoche,
solo en mi cama helada, siento que voy a ser más viejo que el día, la noche, en
que elcielo con todas sus luces cayó sobre mí, el mismo cielo que tanto había
mirado, desde queerraba sobre la tierra lejana. Porque tengo demasiado miedo
esta noche para observar cómome pudro, para esperar los grandes descensos rojos
del corazón, las torsiones del intestinosin salida y para que se cumplan en mi
cabeza los largos asesinatos, el asalto a pilaresinquebrantables, el amor con
los cadáveres. Voy, pues, a contarme una historia, voy, pues, aintentar
contarme una vez más una historia, para intentar calmarme, y es ahí dentro
dondesiento que seré viejo, viejo, más viejo aún que el día en que me derrumbé,
pidiendo socorro,y el socorro vino. O es posible que en esta historia haya
vuelto sobre la tierra, después de mí muerte. No, no parece probable, volver a
la tierra después de mi muerte.¿Por qué haberme movido, estando en casa de
nadie? ¿Me echaban fuera? No, no habíanadie. Veo una especie de antro, con el
suelo cubierto de latas de conservas. No es el camposin embargo. Se trata quizá
de unas simples ruinas, quizá las ruinas de una quinta, en lasinmediaciones de
la ciudad, en un campo, porque los campos llegaban hasta el pie de losmuros,
sus muros, y por la noche las vacas se acostaban al abrigo de las
fortificaciones. Hecambiado tanto de refugio, a lo largo de mi desconcierto,
que me sorprendo confundiendoantros y escombros. Pero fue siempre la misma
ciudad. Es verdad que uno va muchas vecesen un sueño, el aire se ennegrece de
casas y fábricas, se ven pasar tranvías y bajo los piesque moja la hierba
aparecen de pronto adoquines. Yo no conozco más que la ciudad de lainfancia, he
debido ver la otra, pero sin lograr jamás creer en ella. Todo lo que digo se
anula,nada habré dicho. ¿Tenía hambre al menos? ¿Me tentaba el tiempo? Estaba
nublado y fresco,así lo prefiero, pero no hasta el punto de atraerme afuera. No
pude levantarme a la primeratentativa, ni pongamos a la segunda, y una vez por
fin de pie, y apoyado en la pared, mepreguntaba si podría seguir, de pie me
refiero, apoyado contra el muro. Salir y caminar,imposible. Hablo como si fuera
ayer. Ayer, en efecto, está reciente, pero no lo bastante.Porque lo que cuento
esta noche ocurre esta noche, a esta hora que se desvanece. Ya noestoy con esos
asesinos, en aquel lecho de terror, sino en mi lejano refugio, las
manoscruzadas, la cabeza inclinada, débil, jadeante, tranquilo, libre y más
viejo de lo que nunca hesido, si mis cálculos son exactos. Conduciré sin
embargo mi historia al pasado, como si setratara de un mito o de una fábula
antigua, porque necesito esta noche otra edad, que seconvierta en otra edad
aquélla en la que yo me convertí en lo que he sido. Oh, os voy a daryo tiempos,
cerdos de vuestro tiempo.Pero poco a poco salí y me eché a andar, a pasitos, en
medio de los árboles, vaya, árboles.Una vegetación enloquecida invadía los
senderos de antaño. Me apoyaba en los troncos, pararecobrar el aliento, o,
agarrándome a una rama, me lanzaba hacia delante. De mi últimorecorrido ya no
quedaba el menor rastro. Eran los perecederos robles de d'Aubigné. Apenasun
bosquecillo. El lindero estaba cerca, una luz menos verde y como desastrada lo
decía,calmosamente. Sí, donde uno estuviera, en ese pequeño bosque, aunque
fuese en lo másprofundo de sus pobres secretos, por todas partes veías
resplandecer aquella luz más pálida,testimonio de no sé qué estúpida eternidad.
Morir sin sufrir demasiado, un poco, eso sí quevale la pena, cerrar uno mismo
ante el cielo ciego los ojos por socavar, después rápidoconvertirse en carroña,
para que los cuervos no se confundan. Esa es la ventaja de morirahogado, una de
las ventajas, los cangrejos, ellos, no llegan nunca demasiado pronto.Todo esto
es cuestión de organización. Pero cosa rara, salido por fin del bosque,
habiendocruzado distraídamente la zanja que lo ceñía, me puse a pensar en la
crueldad, la risueña.Ante mí se extendía un herbaje espeso, tréboles, quizá,
qué importa, chorreando del rocíonocturno o de la lluvia reciente. Más allá del
prado, lo sabía, un camino, luego un campo,luego por último las murallas,
cerrando la perspectiva. Las murallas, ciclópeas y dentadas,recortándose
débilmente sobre un cielo apenas más claro, no ofrecían aspecto de ruinas, comparadas
con las mías, pero lo eran, lo sabía. Esta era la escena que se abría ante
mí,inútilmente, porque la conocía y me horrorizaba. Lo que yo veía era un
hombre calvo trajeadode marrón, un charlatán. Contaba una historia divertida, a
propósito de un fiasco. Yo noentendía nada. Pronunció la palabra caracol,
babosa quizá, para la alegría general. Lasmujeres parecían divertirse todavía
más que sus acompañantes, si eso fuera posible. Susrisas agudas penetraban los
aplausos y, calmados éstos, se desparramaban aún, aquí y allá,hasta turbar el
exordio de la historia siguiente. Pensaban quizás en el pene titular,
sentadoquién sabe a su lado, y desde esta suave proximidad lanzaban sus gritos
de alegría, hacia latempestad cómica, qué talento. Pero soy yo esta noche a
quien debe suceder algo, a micuerpo, como en los mitos y metamorfosis, a este
viejo cuerpo al que nada nunca hasucedido, o tan poco, que nada nunca ha
encontrado, nada amado, nada querido, en suuniverso galvanizado, mal
galvanizado, nada deseado sino que los espejos se derrumben, losplanos, los
curvos, los de aumento, los de disminución, y desaparecer, en el estruendo de
susimágenes. Sí, esta noche es necesario que suceda como en el cuento que mi
padre me leía,noche tras noche, cuando yo era pequeño y él saludable, durante
años me parece esta noche,y del que no he retenido gran cosa, salvo que se
trataba de las aventuras de un tal JoeBreem, o Breen, hijo de un farero, mozo
de quince años, fuerte y musculoso, ésa es la fraseexacta, que nadó durante
millas, de noche, con un cuchillo entre los dientes, persiguiendo aun tiburón,
ya no sé por qué, por puro heroísmo. Este cuento, hubiera podido
simplementecontármelo, se lo sabía de memoria, yo también, pero así no me
hubiera calmado, tenía queleérmelo, o simular leérmelo, noche tras noche,
pasando las páginas y explicándome lasimágenes, que ya eran yo, noche tras
noche las mismas imágenes, hasta que me amodorrabasobre su hombro. Con una sola
palabra de texto que se hubiese saltado, yo le habríagolpeado, con mi puñito,
en su gordo vientre que saltaba fuera del chaleco de punto y delpantalón
desabrochado que le descansaban de su indumentaria de oficina. Me toca a mí
ahorala marcha, la lucha y el regreso quizá, le toca a este viejo que soy yo
esta noche, más viejode lo que fuera nunca mi padre, más viejo de lo que yo
jamás seré. Y aquí me tenéis abocadoa los futuros. Atravesé el prado, a pasitos
crispados y blandos a un tiempo, los únicos de quedisponía. Ni el menor rastro
de mi último recorrido, hacía mucho tiempo de mi últimorecorrido. Y los
tallitos magullados crecen rápido de nuevo, en la necesidad de aire y luz, y
losrotos son reemplazados rápidamente. Penetré en la ciudad por la puerta
llamada de losPastores, sin haber visto a nadie, tan sólo los primeros
murciélagos que son comocrucificados voladores, ni oído nada salvo mis pasos,
mi corazón en el pecho y luego porúltimo, cuando pasaba bajo la bóveda, el
ulular de un búho, ese grito a la vez tan suave y tanferoz y que de noche,
llamando, respondiendo, en mi bosquecillo y en los colindantes, llegabaa mi
choza como un toque a rebato. La ciudad, a medida que me internaba en ella, mesorprendía
por su aspecto desértico. Estaba iluminada como de costumbre, más que
decostumbre, aunque las tiendas estuvieran cerradas. Pero sus escaparates
permanecíaniluminados, con la finalidad sin duda de atraer al cliente y
obligarle a decir, Vaya, qué bonitoes eso, y no es caro, volveré mañana, si
vivo aún. Estuve a punto de decirme, Vaya, esdomingo. Los tranvías circulaban,
también los autobuses, pero poco numerosos, al relantí,vacíos, sin ruido y como
bajo el agua. ¡No vi ni un caballo! Llevaba mi enorme abrigo verdecon cuello de
terciopelo, estilo abrigo de automovilista 1900, el de mi padre, pero no tenía
yamangas ese día, no era más que una amplia capa. Pero era siempre sobre mí el
mismoenorme peso muerto, sin calor, y los faldones barrían el suelo, lo
rastrillaban más bien, tantose habían deshilachado, tanto me había
empequeñecido. ¿Qué iba, qué podía sucederme enesta ciudad vacía? Pero yo
sentía las casas abarrotadas de gente, ocultos tras las cortinasmiraban la
calle o, sentados al fondo de la habitación, la cabeza entre las manos,
seabandonaban al ensueño. Allá arriba, en la cúspide, mi sombrero, siempre el
mismo, yo nollegaba más lejos. Atravesé la ciudad de punta a punta y llegué
ante el mar, habiendoseguido el río hasta su desembocadura. Decía, Voy a
volver, sin creérmelo demasiado. Losbarcos en el puerto, anclados, sujetos por
cabos al malecón, no me parecían menosnumerosos que en tiempo normal, como si
yo supiera algo del tiempo normal. Pero losmuelles estaban desiertos y nada
anunciaba un movimiento de navíos próximo, ni una partidani una llegada. Aunque
todo podía cambiar de un instante a otro, transformarse bajo mis ojosen un
santiamén. Y en esto consistiría el bullicio de la gente y de las cosas del
mar, elimperceptible balanceo de la arboladura de los grandes navíos y el más
danzante de lospequeños, me apetece, y oiría el terrible grito de las gaviotas
y quizá también el de los marineros, ese
grito como sin timbre y que no se sabe con exactitud si es triste o alegre yque
contiene algo de espanto y de cólera, porque no sólo pertenecen al mar, los
marineros,sino también a la tierra. Y yo podría quizá deslizarme a bordo de un
carguero a punto departir, furtivamente, y marcharme lejos, y pasar lejos unos
cuantos meses, quizás incluso unaño o dos, al sol, en paz, antes de morir. Y
sin llegar hasta ahí me extrañaría mucho que, enesta muchedumbre hormigueante y
desengañada, no consiguiera establecer un pequeñoencuentro que me calmara un
poco o cambiar algunas palabras con un navegante porejemplo, palabras que me
llevaría conmigo, a mi choza, para añadirlas a mi colección.Esperaba, pues,
sentado sobre una especie de cabrestante sin protector, diciéndome, Por lomenos
esta noche los cabrestantes no se han retirado de la circulación. Y escrutaba
hacia altamar, más allá de los rompeolas sin descubrir embarcación alguna. Ya
era de noche, o casi,veía luces, a ras del agua. Los bonitos fanales a la
entrada del puerto, también los veía, yotros a lo lejos, parpadeando en la
costa, las islas, los promontorios. Pero al comprobar queno se producía la
menor animación, me dispuse a marcharme, a apartar la vista, tristemente,de
esta ensenada muerta, porque hay escenas que abocan a extrañas despedidas. No
teníamás que bajar la cabeza y mirar al suelo bajo mis pies, delante de mis
pies, porque en esaposición siempre he sacado fuerzas para, cómo explicarlo, no
lo sé, y ha sido de la tierra másque del cielo, sin embargo mejor cotizado, de
donde me ha venido el socorro, en losmomentos difíciles. Y allí, sobre la losa,
a la que no miraba fijamente, porque para quémirarla fijamente, vi a lo lejos
la bahía, en lo más encrespado de esta negra marejada, yrodeándome por completo
la tempestad y la perdición. Nunca volveré aquí, dije. Perohabiéndome
levantado, buscando apoyo con las dos manos en el borde del cabrestante,
meencontré ante un chico que sujetaba una cabra por un cuerno. Me volví a
sentar. El no decíanada, mirándome sin temor aparentemente ni asco. Es cierto
que estaba oscuro. Que nodijera nada me parecía natural, a mí el de más edad
correspondía hablar el primero. Ibadescalzo y harapiento. Habitual de aquellos
parajes, se había apartado de su camino para verqué era aquella masa sombría
abandonada al borde de la dársena. Así razonaba yo. Muycerca de mí ahora, y con
su mirada de golfillo, era imposible que no hubiera comprendido. Sinembargo se
quedaba. ¿Es realmente mía, esa bajeza? Emocionado, porque después de todoyo
debía haber salido para eso, en cierto sentido, y aunque no esperaba sino un
escasoprovecho de lo que podía suceder, me decidí a dirigirle la palabra.
Preparé así mi frase y abrí la boca, creyendo que iba a oírla, pero no oí más
que una especie de estertor, ininteligibleincluso para mí que conocía mis
intenciones. Pero no era nada, nada sino la afonía debida alprolongado
silencio, como en el bosquecillo donde se abren los infiernos, os acordáis,
yoapenas. El, sin soltar la cabra, vino justo a mi lado y me ofreció un bombón,
en un cucuruchode papel, de los que se encontraban por un penique. Hacía por lo
menos ochenta años quenadie me había ofrecido un bombón, pero yo, lo cogí
ávidamente y me lo metí en la boca,recuperé el viejo gesto, cada vez más
emocionado, puesto que me apetecía. Los bombonesse habían pegado y me costó
trabajo, con mis manos temblorosas, separar de los demás elque apareció
primero, uno verde, pero él me ayudó y su mano rozó la mía. Gracias, dije.
Ycomo unos instantes más tarde se alejaba, tirando de su cabra, le hice un
gesto, con un granmovimiento de todo el cuerpo, para que se quedara, y dije, en
un murmullo impetuoso,¿Dónde vas tú así, hijo mío, con tu cabrita? Esta frase
apenas pronunciada, de vergüenza metapé la cara. Era sin embargo la misma que
había querido decir hacía un momento. ¡Dóndevas, hijo mío, con tu cabrita! Si
hubiera sabido sonrojarme lo hubiera hecho, pero mi sangreya no llegaba a las
extremidades. Si hubiera tenido un penique en el bolsillo se lo hubieradado,
pero no tenía un penique en el bolsillo, ni nada que se le pareciera, nada que
pudieragustar a un pequeño desgraciado, en el linde de la vida. Creo que ese
día, que había salidopor decirlo así sin premeditación, sólo llevaba conmigo mi
piedra. De su personilla estabaescrito que yo no vería sino los cabellos
rizados y negros y el hermoso perfil de las largaspiernas desnudas, sucias y
musculosas. La mano también, fresca y viva, no estaba dispuestoa olvidarla.
Busqué otra frase para decirle. La encontré demasiado tarde, estaba ya, oh
lejosno, pero lejos. Fuera de mi vida también, tranquilamente se iba, ya nunca
uno solo de suspensamientos sería para mí, tan sólo quizá cuando fuera viejo y,
hurgando en su primera juventud, encontrara esta alegre noche y sujetara aún la
cabra por el cuerno y se detuvieraun instante ante mí, con quién sabe esta vez
un asomo de ternura, de celos incluso, pero nocuento con ello. Pobres bestias
queridas, me habréis ayudado, ¿Qué hace tu papá, en la vida?Eso es lo que le
hubiera dicho, de darme tiempo. Seguí con la mirada las patas traseras de la cabra, descarnadas, patizambas, espatarradas,
sacudidas por bruscos temblores. Pronto nofueron sino una minúscula masa sin
detalles y que de no saberlo hubiera podido tomar por un joven centauro. Iba a
hacer cagar la cabra, después recoger un puñado de bolitas tanrápidamente frías
y duras, olerlas e incluso probarlas, pero no, eso no me ayudaría estanoche.
Digo esta noche, como si se tratara siempre de la misma noche, pero ¿hay
dosnoches? Me puse en camino, la intención de regresar cuanto antes, porque no
volvía del todocon las manos vacías, repitiendo, Jamás volveré aquí. Las
piernas me hacían daño,gustosamente cada paso hubiera sido el último. Pero las
ojeadas rápidas y como solapadasque lanzaba hacia los escaparates me mostraban
un enorme cilindro lanzado a toda marcha yque parecía deslizarse sobre el asfalto.
Yo debía en efecto avanzar de prisa, porque alcancé amás de un peatón, he ahí
los primeros hombres, sin forzarme, a mí a quien normalmente losparkinsonianos
dejaban atrás, y entonces me parecía que tras de mí los pasos se detenían. Ysin
embargo cada uno de mis pasitos hubiera sido gustosamente el último. Hasta tal
puntoque, desembocando en una plaza en la que no había reparado al venir, y al
fondo de la cualse alzaba una catedral, decidí entrar, si estaba abierta, y
esconderme allí, como en la EdadMedia, durante un momento. Digo catedral, pero
yo de eso no entiendo nada. Pero medolería, en esta historia que se pretende la
última, haber ido a refugiarme en una simpleiglesia. Noté el Stützenwechsel de
Sajonia, de un efecto encantador, pero que no me encantó.Iluminada con
esplendor la nave parecía desierta. Di varias vueltas, sin ver alma viviente.
Seescondían quizá bajo los sitiales del coro o dando vueltas alrededor de las
columnas, como lospájaros carpinteros. De repente muy cerca de mí, y sin que yo
hubiera oído los largoschirridos preliminares, el órgano se puso a mugir. Me
levanté de un salto de la alfombra sobrela que me había tumbado, ante el altar,
y corrí al otro extremo de la nave, como si quisierasalir, pero no era la nave,
era un crucero, y la puerta que me engulló no era la buena. Porqueen lugar de
ser devuelto a la noche me encontré al pie de una escalera de caracol que
mepuse a subir a grandes zancadas, descuidando mi corazón, como el que persigue
de cerca aun maníaco homicida. La escalera, débilmente iluminada, no sé con
qué, con tragalucesquizá, la subí jadeando hasta la plataforma en saliente
adonde moría y que, flanqueada por ellado del vacío de un pretil cínico, corría
alrededor de un muro liso y redondo coronado poruna pequeña cúpula recubierta
de plomo, o de cobre reverdecido, uf, con tal de que estéclaro. Se debía venir
aquí para gozar de la vista. Los que caen de esta altura mueren antes dellegar
abajo, como es sabido. Pegándome al muro me dispuse a dar la vuelta completa,
en elsentido de las agujas del reloj. Pero apenas hube dado algunos pasos
encontré a un hombreque daba la vuelta en sentido contrario, con extrema
precaución. Cómo me gustaríaprecipitarlo, o que él me precipitara, abajo. Me
miró fijamente un momento con ojosdespavoridos y después, sin atreverse a pasar
ante mí por el lado del parapeto y previendocon razón que yo no me apartaría
amablemente del muro, me volvió bruscamente la espalda,la cabeza más bien,
porque la espalda continuaba aglutinada contra el muro, y se puso denuevo en
marcha en dirección opuesta, lo que le redujo en poco tiempo a una
manoizquierda. Esta dudó un momento, después desapareció, en un resbalón. Ya no
me quedabamás que la imagen de dos ojos desorbitados y crispados, bajo una
gorra a cuadros. ¿Qué eseste horror objetal en el que me he metido? Mi sombrero
voló, pero no fue lejos, gracias alcordón. Volví la cabeza del lado de la
escalera y agucé la vista. Nada. Después apareció unaniñita, seguida de un
hombre que la llevaba de la mano, los dos pegados al muro. La empujóhacia la
escalera, y allí se precipitó él a su vez. Se volvió y levantó hacia mí una
cara que mehizo retroceder. Sólo veía su cabeza, desnuda, por encima del último
escalón. Más tarde,cuando se fueron, llamé. Di rápidamente la vuelta a la plataforma.
Nadie. Vi en el horizonte,allí donde se unen al cielo montaña, mar y planicie,
algunas estrellas bajas, no confundir conlos fuegos que encienden los hombres,
por la noche, o que se encienden solos. Basta. Denuevo en la calle busqué mi
camino, en el cielo donde conocía bien los carros. Si hubiera vistoa alguien le
hubiera abordado, ni el más cruel semblante me hubiera detenido. Le
hubieradicho, llevándome la mano al sombrero, Perdón, señor, perdón, señor, la
puerta de losPastores, por piedad. Creía que no podía ya avanzar, pero apenas
llegó el impulso a laspiernas me precipité hacia delante, Dios mío con cierta
rapidez. No volvía con las manosvacías, traía a casa la casi certeza de
pertenecer todavía a este mundo, también a estemundo, en cierto sentido, pero
lo pagaba caro. Hubiera sido preferible pasar la noche en lacatedral, sobre la
alfombra ante el altar, hubiera seguido mi camino al amanecer o mehubieran
encontrado tumbado, rígido, muerto, con la estricta muerte carnal, bajo los
ojos azules, pozos de tanta esperanza, y se hubiera hablado de mí en los
periódicos de la tarde.Pero heme aquí descendiendo una larga travesía vagamente
familiar, donde no era fácil sinembargo que hubiera puesto nunca los pies,
vivo. Aunque percatándome pronto de lapendiente di media vuelta y continué en
sentido opuesto, porque temía, al descender,regresar al mar, adonde había dicho
que no regresaría más. Di media vuelta, pero en realidadfue una larga curva
trazada sin pérdida de velocidad, porque temía al pararme no podermoverme de
nuevo, sí, también temía esto. Y esta noche tampoco me atrevo ya a pararme.Cada
vez me sorprendía más el contraste entre la iluminación de las calles y su
aspectodesértico. Decir que aquello me angustiaba, no, pero lo digo de todas
formas, con laesperanza de calmarme. Decir que no había nadie en la calle, no,
no me atrevería a tanto,porque noté varias siluetas, tanto de mujer como de
hombre, extrañas, pero no más que decostumbre. En cuanto a la hora que podía
ser, no tenía la menor idea, salvo que debía seruna hora cualquiera de la
noche. Pero podían ser las tres o las cuatro de la madrugada comopodían ser las
diez o las once de la noche, dependía probablemente de que uno se extrañarade
la penuria de los transeúntes o del extraordinario resplandor que arrojaban los
reverberosy luces de circulación. Porque de uno de estos dos fenómenos había
que extrañarse, a no serque se hubiera perdido la razón. Ni un solo coche
particular, y muy de rato en rato unvehículo público, lenta tromba de luz
silenciosa y vacía. Me avergonzaría insistir en estasantinomias, porque
estamos, claro está, en una cabeza, pero me veo obligado a añadir lassiguientes
observaciones. Todos los mortales que veía estaban solos y como ahogados en sí
mismos. Se debe ver eso todos los días, pero mezclado con otra cosa imagino. La
únicapareja estaba formada por dos hombres luchando cuerpo a cuerpo las piernas
enmarañadas.¡Sólo vi a un ciclista! Iba en el mismo sentido que yo, todos iban
en el mismo sentido que yo,los vehículos también, en este momento me doy cuenta
de ello. Circulaba lentamente enmedio de la calzada, leyendo un periódico que
con las dos manos mantenía abierto ante losojos. De vez en cuando tocaba el
timbre, sin dejar su lectura. Le seguí con la vista hasta queno fue más que un
punto en el horizonte. De pronto una mujer joven, de mala vida quizá,desgreñada
y con la ropa en desorden, cruzó la calzada de un lado a otro, como un
conejo.Eso es todo lo que quería añadir. Pero cosa rara, una más, no me dolía
nada, ni siquiera laspiernas. La debilidad. Una buena noche de pesadilla y una
lata de sardinas me devolverían lasensibilidad. Mi sombra, una de mis sombras
se lanzaba ante mí, se encogía, se deslizababajo mis pies, me seguía, como
hacen las sombras. Que yo fuera opaco hasta ese punto meparecía concluyente.
Pero he ahí ante mí un hombre, en la misma acera y andando en elmismo sentido
que yo, puesto que siempre hay que machacar lo mismo, únicamente para
noolvidarlo. La distancia entre nosotros era grande, setenta pasos por lo
menos, y temiendo quese me escapara apresuré el paso, lo que me hizo volar
hacia adelante, como sobre patines.No soy yo, dije, pero aprovechemos,
aprovechemos. Al llegar en un abrir y cerrar de ojos aunos diez pasos de él
aminoré la marcha, para no exacerbar, apareciendo con estrépito, laaversión que
inspiraba mi persona, incluso en sus actitudes más borrosas y anodinas. Y
pocodespués, Perdón, señor, dije, manteniéndome humildemente a su altura, la
puerta de losPastores por el amor de Dios. Visto de cerca me parecía más bien
normal, bueno, salvo eseaspecto de retroceso hacia su centro que ya he
señalado. Me adelanté un poco, algunospasos, me volví, me incliné, me llevé la
mano al sombrero y dije, ¡La hora exacta, por lo quemás quiera! Como si no
existiera. Pero ¿y el bombón? ¡Fuego!, grité. Dada mi necesidad deayuda me
pregunto por qué no le intercepté el camino. No hubiera podido, eso es, no
hubierapodido tocarle. Viendo un banco al borde de la acera me senté y crucé
las piernas, comoWalther. Debí de adormecerme, porque de repente había un
hombre sentado a mi lado.Mientras le examinaba con detalle abrió los ojos y los
posó sobre mí, se hubiera dicho que porprimera vez, porque retrocedió sin poder
remediarlo. ¿De dónde sale usted?, dijo. Oírmedirigir de nuevo la palabra en
tan poco tiempo me produjo un gran efecto. ¿Qué le pasa austed?, dijo. Intenté
adoptar la actitud del que no dispone más que de sus atributosestrictamente
naturales. Perdón, señor, dije, levantando ligeramente el sombrero
eincorporándome con un movimiento inmediatamente reprimido, la hora exacta,
¡por piedad!Me dijo una hora, ya no me acuerdo cuál, una hora que nada
explicaba, eso es todo lo quesé, y que no me calmó. Pero qué hora lo hubiera
conseguido. Ya sé, ya sé, vendrá una que lohará ¿pero hasta entonces? ¿Decía
usted?, dijo. Desgraciadamente yo no había dicho nada.Pero me desquité
preguntándole si podría ayudarme a encontrar el camino que había perdido.No,
dijo, no soy de aquí, y si estoy sentado en esta piedra es porque los hoteles
están llenos o porque no han querido
admitirme, no opino. Pero cuénteme usted su vida, despuéspensaremos lo que debe
hacerse. ¡Mi vida!, exclamé. Claro, hombre, dijo, ya sabe, esa especie de ¿cómo
diría yo? Reflexionó largamente, buscando sin duda aquello por lo que lavida
podía ser una especie de. Por fin siguió, con voz irritada, Vamos a ver, todo
el mundo losabe. Me empujó con el codo. Sin detalles, dijo, los hechos
principales, los hechos principales.Pero como yo seguía callado dijo, Quiere
usted que le cuente la mía, así entenderá. El relatoque me ofreció fue breve y
denso, hechos, sin explicación. Eso es lo que yo llamo una vida,dijo, ¿lo ve
usted, ahora? No estaba mal, su historia, de hadas incluso, en algunas partes.
Letoca a usted, dijo. Pero esa Paulina, dije, ¿sigue usted con ella? Sí, dijo,
pero voy aabandonarla y liarme con otra, más joven y más gruesa. Viaja usted
mucho, dije. Oh,muchísimo, muchísimo, dijo. Las palabras me llegaban poco a
poco, y la manera desubrayarlas. Todo eso se acabó para usted, sin duda, dijo.
¿Piensa permanecer mucho entrenosotros?, dije. Esta frase me pareció
especialmente bien construida. Sin indiscreción, dijo,¿qué edad tiene usted? No
lo sé, dije. ¡Que no lo sabe!, exclamó él. No exactamente, dije.¿Piensa usted a
menudo en muslos, dijo, culos, coños y alrededores? Yo no comprendía. Austed ya
no se le empina, naturalmente, dijo. ¿Empinárseme?, dije. El nabo, dijo, ¿sabe
ustedlo que es, el nabo? No lo sabía. Aquí, dijo, entre las piernas. Ah, eso,
dije. Se hincha, sealarga, se endurece y se levanta, dijo, ¿o no? No eran éstos
los términos que yo hubieraempleado, sin embargo asentí. A eso le llamamos
empinarse, dijo. Se abstrajo un momento,luego exclamó, ¡Fenomenal! ¿No le
parece? Es curioso, dije, en efecto. Por otra parte todoestá aquí, dijo. Pero
¿qué va a ser de ella? ¿Quién? dijo. Paulina, dije. Envejecerá, dijo,
contranquila seguridad, primero lentamente, luego cada vez más aprisa, en el
dolor y el rencor,padeciendo. El rostro no era abundante, pero por más que lo
mirara, permanecía revestido desus carnes, en lugar de volverse de yeso y como
trabajado con gubia. Incluso el vómerconservaba su abultamiento. Por otra parte
las discusiones nunca me han servido para nada.Yo añoraba los tréboles, los
hubiera hollado suavemente mis zapatos en la mano, y la sombrade mi bosque,
lejos de esta luz terrible. ¿Qué son esas muecas? dijo. Mantenía sobre
lasrodillas un gran bolso negro, parecía un estuche de comadrón imagino. Lo
abrió y me dijo quemirara. Estaba lleno de frasquitos. Brillaban. Le pregunté
si eran todos parecidos. Oh, no,dijo, según. Cogió uno y me lo tendió. Un
chelín, dijo, seis peniques. ¿Qué quería de mí?¿Que lo comprara? Partiendo de
esta hipótesis le dije que no tenía dinero. ¡No tiene dinero!,exclamó.
Bruscamente su mano se abatió sobre mi nuca, sus dedos poderosos se cerraron
yde una sacudida me obligó a precipitarme contra él. Pero en lugar de rematarme
se puso amurmurar cosas tan dulces que yo me abandoné y mi cabeza rodó sobre su
regazo. Entre lavoz acariciadora y los dedos que me trabajaban el cuello el
contraste era insólito. Pero poco apoco las dos cosas se fundieron, en una
esperanza abrumadora, si me atrevo a decirlo, y meatrevo. Porque esta noche
nada tengo que perder, que pueda diferenciar. Y si he llegado alpunto en el que
estoy (de mi historia) sin que haya cambiado nada, porque si hubieracambiado
algo creo que lo sabría, sin embargo he llegado hasta aquí, y ya es algo, y
nada hacambiado, siempre eso he ganado. No es una razón para forzar las cosas.
No, hay que cesarsuavemente, sin arrastrarse pero suavemente, como cesan en la
escalera los pasos delamado que no ha podido amar y que no volverá nunca, y
cuyos pasos lo dicen, que no hapodido amar y que no volverá nunca. Me rechazó
de repente y me enseñó de nuevo elfrasquito. Todo está aquí, dijo. No debía ser
el mismo todo de hace un momento. ¿Lo quiere?dijo. No, pero dije sí, para no
molestarle. Me propuso un cambio. Déme su sombrero, dijo. Menegué. ¡Qué
vehemencia! dijo. No tengo nada, dije. Busque en sus bolsillos, dijo. No
tengonada, dije, he salido sin nada. Déme un cordón, dijo. Me negué. Largo
silencio. Y si usted mediera un beso, dijo por fin. Yo sabía que había besos en
el aire. ¿Puede quitarse el sombrero?,dijo. Me lo quité. Póngaselo, dijo, está
mejor con el sombrero puesto. Reflexionó, era muyponderado. Vamos, dijo, déme
un beso y no hablemos más. ¿No temía ser rechazado? No, unbeso no es un cordón,
y él debió leer en mi rostro que me quedaba un fondo detemperamento. Venga,
dijo. Me enjugué la boca, al fondo de los pelos, y la acerqué a la suya.Un
momento, dijo. Suspendí mi vuelo. ¿Usted sabe qué es un beso? dijo. Sí, sí,
dije. Sinindiscreción, dijo, cuándo ha sido el último beso que ha dado usted.
Hace un momento, dije,pero aún sé darlos. Se quitó el sombrero, hongo, y se
palmeó en mitad de la frente. Aquí,dijo, no en otro sitio. Tenía una bonita
frente alta y blanca. Se inclinó, entornando lospárpados. De prisa, dijo. Puse
la boca en forma de culo de gallina, como mamá me habíaenseñado, y la coloqué
en el sitio indicado. Basta, dijo. Levantó la mano hacia el sitio, pero este gesto, no lo terminó. Volvió a ponerse el
sombrero. Me volví y miré la acera de enfrente.Fue entonces cuando me di cuenta
de que estábamos sentados frente a una carnicería decaballo. Tenga, dijo, tome.
Ya se me había olvidado. Se levantó. De pie era muy pequeño.Esto para ti esto
para mí, dijo, con una sonrisa radiante. Sus dientes brillaban. Escuché cómose
alejaban sus pasos. Cuando levanté la cabeza ya no había nadie. ¿Cómo contar el
resto?Pero es el final. ¿O lo he soñado, sueño? No, no, nada de eso, he ahí mi
respuesta, porque elsueño no es nada, una broma boba. ¡Y a pesar de todo
significativo! Dije, Quédate aquí,hasta que amanezca. Espera, durmiendo, que
los faroles se apaguen y las calles se animen.Preguntarás tu camino, a un
guardia municipal si es preciso, estará obligado a informarte,bajo pena de
faltar a su juramento. Pero me levanté y me alejé. Habían vuelto mis
dolores,pero con un no sé qué de inhabitual que me impedía hacerme un ovillo.
Pero decía, Poco apoco vuelves a ti. Con sólo observar mi caminar, lento,
tenso, y que a cada paso parecíaresolver un problema estatodinámico sin
precedentes, me hubieran reconocido, si alguien mehubiera conocido. Crucé y me
detuve ante la carnicería. Tras los cierres las cortinas estabanechadas, toscas
cortinas de tela a rayas azules y blancas, colores de la Virgen, y manchadascon
grandes manchas rosas. Pero se acoplaban mal en el centro y a través de la
rendija pudedistinguir los esqueletos tenebrosos de los caballos vaciados,
suspendidos con garfios cabezaabajo. Me pegué a las paredes, hambriento de
sombra. Pensar que en un momento todo serádicho, todo se dispondrá a comenzar
de nuevo. Y los relojes públicos, ¿qué tenían endefinitiva, los relojes públicos,
cuyo sonido me asestaba, a través del aire, hasta en mibosquecillo, grandes
bofetadas frías? ¿Qué más? Ah sí, mi botín. Traté de pensar en Paulina,pero se
me escapó, apenas iluminada el tiempo de un relámpago, como la joven de hace
unmomento. Sobre la cabra también mi pensamiento se deslizó desolado, incapaz
de detenerse.Así iba en la claridad atroz, enfundado en mis viejas carnes,
tenso hacia una vía de salida ypasándolas todas, a derecha y a izquierda, y el
espíritu jadeante hacia esto y lo otro ysiempre devuelto, allí donde nada
había. Conseguí no obstante agarrarme brevemente a laniñita, el tiempo de
distinguirla un poco mejor que hace un rato, de forma que llevaba unaespecie de
cofia y apretaba en su mano libre un libro, de oraciones quizás, y tratar de
hacerlasonreír, pero no sonrió, sino que desapareció engullida por la escalera,
sin haberme enseñadosu carita. Tuve que detenerme. Primero nada, después poco a
poco, quiero decir creciendodesde el silencio y enseguida estabilizado, una
especie de cuchicheo espeso, provenientequizá de la casa que me sostenía. Eso
me recordó que las casas estaban llenas de gente, desitiados, no, no sé.
Habiendo reculado para mirar por las ventanas pude darme cuenta, apesar de los
postigos, persianas y misterios, que muchas habitaciones estaban iluminadas.Era
una luz tan débil, comparada con la que inundaba el bulevar, que a menos de
estaradvertido de lo contrario, o de sospecharlo, se hubiera podido suponer que
todo el mundodormía. El rumor no era continuo, sino entrecortado por silencios
sin duda consternados. Meplanteé llamar a la puerta y pedir asilo y protección
hasta la mañana. Me puse de nuevo enmarcha. Pero poco a poco, con una caída a
la vez brusca y suave, se hizo la oscuridad a mialrededor. Vi apagarse, en una
prodigiosa cascada de tonos lavados, una enorme masa deflores resplandecientes.
Me sorprendí admirando, a lo largo de las fachadas, el lentoesparcirse de
cuadrados y rectángulos, rayados y unidos, amarillos, verdes, rosas, según
lascortinas y los toldos, encontrándolo bonito. Después, por fin, antes de
caer, primero derodillas, a la manera de los bueyes, después cuan largo era, me
encontré en medio de unamuchedumbre. No perdí el conocimiento, cuando pierda yo
el conocimiento será para norecuperarlo jamás. Nadie me hacía caso, aunque
evitaban pisarme, consideración que debióimpresionarme, yo había salido para
eso. Me encontraba bien, penetrado de oscuridad y decalma, al pie de los
mortales, al fondo del día profundo, si de día era. Pero la realidad,demasiado
fatigado para encontrar la palabra exacta, no tardó en restablecerse,
lamuchedumbre se retiró, volvió la luz, y yo no tenía necesidad de levantar la
cabeza delasfalto para saber que me encontraba en el mismo vacío cegador de
hace un momento. Dije,Quédate aquí, tumbado sobre estas losas amigas o neutras
al menos, no abras los ojos,espera que venga el samaritano, o que llegue el día
y con él los guardias municipales o quiénsabe un miembro del Ejército de
Salvación. Pero heme aquí de nuevo en pie, recuperado porel camino que no era
el mío, a lo largo del bulevar que continuaba subiendo. Menos mal queno me
esperaba, el pobre padre Breem, o Breen. Dije, El mar está al este, hay que ir
hacia eloeste, a la izquierda del norte. Pero en vano levanté sin esperanza los
ojos al cielo, parabuscar los carros. Porque la luz donde me maceraba cegaba
las estrellas, suponiendo que estuvieran allí, de lo que dudaba, acordándome de
las nubes.
1945
Una voz alcanza a alguien en la obscuridad. Imaginar.
Una voz alcanza a alguien de espaldas en la obscuridad. La espalda para
no nombrarlo sino a él el ya mencionado y la manera en que cambia la obscuridad
cuando él abre los ojos y también cuando los cierra. Sólo puede verificarse una
mínima parte de lo que se dice. Como por ejemplo cuando él escucha, Tú estás de
espaldas en la obscuridad. En éste caso él no puede sino admitir lo que se
dice. Pero de lejos la mayor parte de lo que se dice no puede verificarse. Como
por ejemplo cuando escucha, Tú naciste tal y tal día. A veces sucede que las
dos se combinan como por ejemplo, Tú naciste tal y tal día y ahora estás de
espaldas en la obscuridad. Truco que tal vez intenta hacer repercutir sobre la
irrefutabilidad de la otra. Esa es entonces la proposición. A alguien de
espaldas en la obscuridad una voz desmenuza un pasado. Cuestión también por
momentos de un presente y rara vez de un futuro. Como por ejemplo, Tú acabarás
tal como eres. En otra obscuridad o en la misma otra. Imaginando todo para
acompañarse. Silencio de inmediato.
El empleo de la segunda persona es obra de la voz. El de la tercera la
del otro. Si él pudiera hablar a quien y de quien habla la voz habría una
tercera. Pero él no puede. Él no lo hará. Tú no puedes. Tú no lo harás.
Aparte de la voz y del débil rumor de su respiración ningún ruido. Por
lo menos que él pueda escuchar. El débil rumor de su respiración se lo dice.
Aunque ahora menos que nunca interesado en las preguntas él no puede a
veces sino preguntarse si es a él y de él que habla la voz. ¿No habría
sorprendido una comunicación destinada a otro? Si está sólo de espaldas en la
obscuridad ¿por qué la voz no lo dice? ¿Por qué no dice nunca por ejemplo, Tú
naciste tal y tal día y ahora estás sólo de espaldas en la obscuridad? ¿Por
qué? Tal vez con el único fin de provocar en su interior ese vago sentimiento
de incertidumbre y malestar.
Tu ánimo siempre poco activo lo es ahora más que nunca. Ese es el tipo
de afirmación que él admite de buen grado. Tú naciste tal y tal día y tu ánimo
siempre poco activo lo es ahora menos que nunca. Es necesaria sin embargo como
ayuda para la compañía una cierta actividad de espíritu por débil que sea. Es
por lo que la voz no dice, Tú estás de espaldas en la obscuridad y tu espíritu
no tiene ninguna actividad de ninguna clase. La voz por sí sola acompaña pero
insuficientemente. Su efecto sobre el auditor es un complemento necesario. No
fuera sino bajo la forma del vago sentimiento de incertidumbre y malestar antes
mencionado. Pero incluso puesta aparte la cuestión de la compañía es evidente
que un efecto así se impone. Porque si él sólo debiera escuchar la voz y ésta
no tuviera más efecto sobre él que una palabra en bantú o en erso ¿no haría
mejor en callarse? A menos que ella se proponga en tanto que ruido en estado
puro torturar a un ansioso de silencio. O evidentemente como antes se había
conjeturado que ella no estuviera destinada a otro.
Niño sales de la carnicería-salchichonería Connolly de la mano de tu
madre. Dan la vuelta a la derecha y avanzan en silencio sobre la carretera
hacia el sur. Cien pasos más allá giran al interior y emprenden la larga subida
que lleva a la casa. Caminan en silencio en el aire tibio y dulce del verano.
Está avanzada la tarde y al cabo de un rato el sol aparece encima de la
montaña. Levantando los ojos al azul del cielo y enseguida a la cara de tu
madre rompes el silencio preguntándole si en realidad no está mucho más alejado
de lo que parece. El cielo se entiende. El cielo azul. Al no recibir respuesta
reformulas mentalmente tu pregunta y algunos pasos más lejos de nuevo levantas
los ojos hasta su rostro y le preguntas si no parece mucho menos lejano de lo que
está en realidad. Por alguna razón que jamás has podido explicarte esa pregunta
debió exasperarla. Porque dejó colgando tu mano y te hizo una respuesta
hiriente inolvidable.
Si no es a él al que habla la voz es forzosamente a otro. Así con lo que
le queda de razón razona. A otro distinto de este otro. O de él. O de otro
incluso. A otro distinto de este otro o de él o de otro incluso. A alguien de
espaldas en la obscuridad en todo caso. De alguien de espaldas en la obscuridad
ya sea el mismo u otro. Así con lo que le queda de razón razona y razona
equivocadamente. Porque si no es a él al que habla la voz sino a otro es
forzosamente de ese otro del que habla y no de él ni de ningún otro. Porque
habla en segunda persona. Si no es de él a quien habla que habla no hablaría en
segunda persona sino en tercera. Por ejemplo, Él nació tal y tal día y ahora
está de espaldas en la obscuridad. Es entonces evidente que si no es a él al
que habla la voz sino a otro tampoco es de él sino de ese otro y de ningún
otro. Así con lo que le queda de razón razona equivocadamente. Para acompañarse
debe mostrar una cierta actividad mental. Pero no necesita brillar. Incluso se
podría adelantar que mientras menos brilla mejor resulta. Hasta cierto punto.
Mientras menos brilla le es más fácil tener compañía. Hasta cierto punto.
Tú naciste en la recámara donde probablemente fuiste concebido. El gran
ventanal daba al oeste y a la montaña. Sobre todo al oeste. Ya que como era
curvo daba también un poco hacia el norte y hacia el sur. Necesariamente. Un
poco hacia el sur con la montaña todavía y un poco hacia el norte donde se
perdía en la llanura. El partero no era otro que el internista Haddon o Hadden.
Bigote gris fibroso y con el aire acorralado. Como era día de fiesta tan pronto
había terminado su desayuno tu padre salió de la casa provisto de un cuarto de
scotch y un paquete de sus sandwiches preferidos de yema de huevo para un paseo
en la montaña. No había en esto nada extraño. Pero esa mañana el único
incentivo no era su amor por los paseos a pie y la naturaleza salvaje. Porque
se añadía la aversión que le inspiraban los dolores y otros aspectos poco
agradables del parto. En consecuencia los sandwiches que hacia el mediodía al
haber alcanzado la primera cima saboreó a la sombra de una gran roca frente al
mar. Tú puedes imaginarte sus pensamientos antes y después mientras se abría
paso entre brezales y retamas. Regresó a casa a la caída de la noche y
prefiriendo entrar por la puerta de servicio se enteró con asombro por boca de
la criada que el parto estaba en su apogeo. El mismo que llevaba buen paso
mucho antes de su salida unas diez horas antes. Sin vacilar corrió al garage al
fondo del jardín donde guardaba su De Dion Bouton. Cerró la puerta tras él y
saltó al lugar del conductor. Tú puedes imaginarte sus pensamientos mientras estaba
ahí al volante en la obscuridad no sabiendo qué pensar. A pesar de su fatiga y
de sus pies adoloridos estaba a punto de salir otra vez por el campo bajo la
joven luna cuando la criada llegó corriendo para anunciarle que por fin todo
había terminado. ¡Terminado!
Viejo avanzas con pequeños pasos lentos por un angosto camino de pueblo.
Saliste al alba y ahora es de tarde. Único ruido en el silencio el de tus
pasos. Oyes cada uno y mentalmente lo añades a la suma siempre creciente de los
anteriores. Te detienes con la cabeza baja al borde de la cuneta y conviertes
en metros. A razón en la actualidad de dos pesos por metro. Tantos desde el
alba para añadir a los del día anterior. A los del año anterior. A los de los
años anteriores. Tiempos tan distintos del presente y tan semejantes. El enorme
total en kilómetros. En leguas. ¿Cuántas veces ya la vuelta al mundo? Inmóvil
también a tu lado durante estos cálculos la sombra de tu padre. En sus viejas
ropas de vagabundo. En fin juntos adelante de cero otra vez.
La voz lo alcanza tanto de un lado como de otro. Ya mitigada por la
lejanía ya susurrada al oído. En el curso de una sola y misma frase puede
cambiar de lugar y de volumen. Así por ejemplo con claridad de arriba de la
cara volteada, Tú naciste un día de Pascua y ahora. Después susurrado al oído,
Tú estás de espaldas en la obscuridad. O evidentemente al contrario. Otra
característica sus largos silencios donde él casi se atreve a esperar que ella
haya dicho su última palabra. Asimismo ejemplo con claridad de arriba de la
cara volteada, Tú naciste el día en que el Salvador murió y ahora. Luego mucho
tiempo después sobre su nueva esperanza el murmullo, Tú estás de espaldas en la
obscuridad. O evidentemente al contrario.
Otra característica la repetición. Eternamente apenas cambiada la misma
hace tanto. Como para inducirlo a como dé lugar a hacerlo suyo. Para confesar,
Sí yo recuerdo. Incluso tal vez para tener una voz. Para murmurar, Sí yo
recuerdo. Qué ayuda para la compañía sería esto. Una voz en primera persona del
singular murmurando de tarde en tarde, Sí yo recuerdo.
Una vieja mendiga medio ciega lucha con una entrada de jardín. Tú
conoces bien el lugar. Sorda como una tapia y con la cabeza perdida el ama de
casa está lo mejor posible con tu madre. Estaba segura de poder volar alguna
vez por los aires. Tanto que un día se lanzó por una ventana del primer piso.
Es de regreso del jardín de niños sobre tu triciclo que ves a la pobre vieja
luchando con la entrada. Bajas y le abres. Ella te bendice. ¿Cuáles eran sus
palabras? Que Dios te lo pague m’hijito. En ese estilo. Que Dios te cuide
m’hijito.
Voz débil aun al máximo de su fuerza. Refluye lentamente hasta los
límites de lo audible. Después lentamente regresa a su débil máximo. Con cada
lento reflujo nace lentamente la esperanza de que muera. Él debe saber que ella
regresará. Lo que no impide que con cada lento reflujo nazca lentamente la
esperanza de que muera.
Él ganó poco a poco la obscuridad y el silencio y se tendió. Al cabo de
un tiempo muy largo así con lo que le quedaba de razón los juzgó
definitivamente. Y entonces un día la voz. ¡Un día! En fin. Y entonces en fin
la voz diciendo, Tú estás de espaldas en la obscuridad. Esas sus primeras
palabras. Larga pausa para que él pueda creerle a sus oídos y de nuevo las
mismas. Enseguida la promesa de ya no acabar hasta que el oído. Tú estás de
espaldas en la obscuridad y esa voz no desaparecerá hasta que desaparezca el
oído. O quizás mejor cuando él estaba tirado en la penumbra y los ruidos se
hacían raros eso fue poco a poco el silencio y la obscuridad. Tal vez la
compañía ganara algo con eso. Porque ¿qué ruidos de tarde en tarde? ¿De dónde
la claridad?
Tú estás parado en el borde de un trampolín alto. Lejos por encima del
mar. En éste el rostro volteado de tu padre. Volteado hacia ti. Tú vez abajo el
querido rostro amigo. Él te grita que saltes. Grita, ¡Valor! La cara redonda y
roja. El grueso bigote. Los cabellos grises. El oleaje la sumerge y la regresa
a flote. Todavía el lejano llamado, ¡Valor! El mundo te mira. Desde el agua
lejana. Desde la tierra firme.
Un ruido de cuando en cuando. Qué bendición un recurso así. En el
silencio y la obscuridad cerrar los ojos y escuchar un ruido. Un objeto
cualquiera que deja su lugar por su último lugar. Una cosa blanda que
blandamente se mueve para ya no tener que moverse. Cerrar los ojos a la
obscuridad visible y no escuchar sino eso. Una cosa blanda que blandamente se
mueve para ya no tener que moverse.
La voz despide una luz. La obscuridad se aclara el tiempo que ella
habla. Se condensa cuando refluye. Se aclara cuando regresa a su débil máximo.
Se restablece cuando se calla. Tú estás de espaldas en la obscuridad. Ahí si
tus ojos hubieran estado abiertos habrían visto un cambio.
¿De dónde claridad? Qué compañía en la obscuridad. Cerrar los ojos y
tratar de imaginarlo. ¿De dónde hace tanto tiempo la claridad? Ningún origen en
apariencia. Como si apenas luminiscente todo su pequeño vacío. ¿Qué podía ver
él entonces arriba de su rostro volteado? Cerrar los ojos en la obscuridad y
tratar de imaginarlo.
Otra característica el tono apagado. Sin vida. Mismo tono apagado
siempre. Para sus afirmaciones. Para sus negaciones. Para sus interrogaciones.
Para sus exclamaciones. Para sus exhortaciones. Tú fuiste hace tanto. Tú nunca
fuiste. ¿Fuiste alguna vez? ¡Oh no haber sido nunca! Sé de nuevo. Mismo tono
apagado.
¿Puede moverse? ¿Se mueve? ¿Debe moverse? Cómo ayudaría eso. Cuando la
voz desfallece. Un movimiento cualquiera por pequeño que fuera. Aunque no fuera
sino una mano que se cierra. O que se abre si cerrada al principio. Cómo
ayudaría eso en la obscuridad. Cerrar los ojos y ver esta mano. Cierra ofrecido
llenando todo el horizonte. Las líneas. Los dedos que lentamente se doblan. O
se extienden si doblados al principio. Las líneas de ese viejo hueco.
Claro que está el ojo. Ocupando todo el horizonte. El velo que
lentamente baja. O sube si bajado al principio. El globo. Sólo pupila. Dilatada
verticalmente. Oculta. Descubierta. Oculta de nuevo. Descubierta de nuevo.
Y si después de todo él hablara. Por débil que fuera. Qué ayuda sería
eso para la compañía. Tú estás de espaldas en la obscuridad y algún día
volverás a hablar. ¡Algún día! En fin. En fin hablarás de nuevo. Sí yo
recuerdo. Ese fui yo. Ese fui yo entonces.
Tú estás solo en el jardín. Tu madre está en la cocina preparándose para
merendar con Madame Coote. Haciendo las tartas con mantequilla del grueso de
una lámina. Atrás de un matorral observas la llegada de Madame Coote. Mujercita
enjuta y agria. Tu madre le responde diciendo, Juega en el jardín. Subes hasta
lo alto de un gran abeto. Te quedas allá arriba escuchando todos los ruidos.
Luego te tiras. Las grandes ramas rompen tu caída. Las agujas. Permaneces un
instante de cara a la tierra. Luego vuelves a subir al árbol. Tu madre responde
a Madame Coote diciendo, Ha estado odioso.
¿Qué siente él con lo que le resta de sentimiento a propósito de ahora
con relación a antes? Cuando con lo que le restaba de razón juzgó su estado
definitivo. Lo mismo que preguntar lo que entonces con relación a antes sentía
a propósito de entonces. Como entonces no había antes del mismo modo que no hay
ahora.
En la misma obscuridad o en otra otro imaginando todo para acompañarse.
Voz aparentemente clara a primera vista. Pero bajo el ojo que la observa se
enreda. Incluso más se detiene el ojo más ella se enreda. Hasta que el ojo se
cierra y libre otro tanto la cabeza puede preguntarse, ¿Qué quiere decir eso?
¿Qué quiere decir eso que a primera vista parecía claro? Hasta que ella también
se cierra para decirlo de ese modo. Como se cerraría la ventana de una pieza
obscura y vacía. La única ventana sobre el obscuro exterior. Después nada más.
No. Desgraciadamente no. Resplandores agonizantes todavía y sobresaltos.
Informulables sobresaltos del espíritu. Inextinguibles.
Ningún lugar en particular sobre el camino de A a Z. O para mayor
verosimilitud el camino de Ballyogan. Cabeza sumida en tus cuentas al borde de
la cuneta. A la izquierda las primeras pendientes. Frente a los pastos. A la
derecha y un poco hacia atrás la sombra de tu padre. Tantas veces ya la vuelta
al mundo. Abrigo hace mucho verde gastado de arriba a abajo de vejez y mugre.
Bombín abollado hace tanto amarillo y botines todavía buenos. En camino desde
el alba y ya la tarde. Terminado el cálculo los dos adelante de cero otra vez.
Derecho por Stepaside. Pero bruscamente corren a través del seto y desaparecen
cojeando hacia el este a través de los campos.
Ya que ¿por qué o? ¿Por qué en otra obscuridad o en la misma? ¿Y quién
lo pregunta? ¿Y quién pregunta, Quién lo pregunta? Y responde, Aquél que él sea
el que imagina todo. En la misma obscuridad que su criatura o en otra. Para
tener compañía. ¿Quién pregunta a fin de cuentas, Quién pregunta? Y a fin de
cuentas responde como aquí arriba. Añadiendo muy quedo mucho tiempo después, A
menos que ese no sea otro de nuevo. Ningún sitio qué encontrar. Ningún sitio
qué buscar. Lo impensable último. Innombrable. Toda última persona. Yo Silencio
de inmediato.
La luz que había entonces. Sobre tu espalda en la obscuridad la luz que
había entonces Claridad sin nubes ni sol. Tú te eclipsas al levantar el día y
trepas a tu escondite al lado de la colina. Un nido en la retama. Por el este
más allá del mar el contorno apenas de altas montañas. Una distancia de setenta
millas según tu manual de geografía. Por tercera o cuarta vez en tu vida. La
primera vez las incluiste y te alegraste. Tú no habrías visto sino nubes. Tanto
que desde entonces lo guardas en el corazón con lo demás. Regreso a la caída de
la noche y a la cama sin cenar. Estás en la obscuridad en medio de esa luz de
nuevo. Desde tu nido en la retama fijas los ojos por encima del mar hasta que
te duelen. Los cierras el tiempo que dura contar hasta cien luego los abres y
los fijas de nuevo. Hasta que al fin aparecen allá. Azul pálido eternamente
contra el cielo pálido. Tú estás en la obscuridad en medio de esa luz de nuevo.
Te adormeces en esa luz sin nubes ni sol. Duermes hasta la luz del día.
Inventor de la voz y del auditor y de sí mismo. Inventor de sí mismo
para tener compañía. Quedarse ahí. Él habla de sí como si se tratara de otro.
Él dice hablando de sí, Él habla de sí como si se tratara de otro. Él también
se imagina a sí mismo para acompañarse. Quedarse ahí. La confusión también
acompaña. Hasta cierto punto. Más vale la falsa esperanza que ninguna. Hasta
cierto punto. Hasta que el corazón se fatiga. De la compañía también hasta
cierto punto. Más vale un corazón fatigado que ninguno. Hasta que comienza a
podrirse. De este modo hablando de sí él concluye por el momento, Por el
momento quedarse ahí.
En la misma obscuridad que su criatura o en otra. Todavía por imaginar.
Así como su postura. Parado o sentado o acostado o en cualquier otra postura en
la obscuridad. Respuestas entre otras todavía por imaginar. Entre otras a otras
preguntas también. Tomando en cuenta a la que acompaña. ¿Cuál de las dos
obscuridades es la más apta para tener compañía? ¿Cuál de todas las posturas
imaginables tiene más que ofrecer en materia de compañía? Y lo mismo para las
demás preguntas todavía por imaginar. Como la de saber si tales decisiones son
definitivas. Que él se decida por ejemplo después de detenida imaginación a
favor de extenderse ya sobre la espalda ya sobre el vientre y que a la larga
esta postura decepcione en cuanto a compañía. Es posible en ese caso sí o no
substituirla por otra. Como por ejemplo acuclillarse con las piernas encerradas
en el semicírculo de los brazos y la cabeza sobre las rodillas. Aun el
movimiento. No fuera sino en cuatro patas. Otro en la misma obscuridad o en
otra echado en cuatro patas imaginando todo para tener compañía. O alguna otra
forma de locomoción. Las posibilidades de la casualidad. Una rata muerta. Qué
ayuda para la compañía sería eso. Una rata muerta desde mucho tiempo atrás.
¿No habría modo de beneficiar al auditor? De proporcionarle un trato más
agradable si no francamente humano. Aspecto mental tal vez lugar para un poco
más de animación. Un esfuerzo de reflexión al menos. De memoria. Incluso de
articulación. De rastros de emoción. Algunos signos de angustia. Una sensación
de pérdida. Sin salir del personaje. Trabajo espinoso. Pero aspecto físico.
¿Tiene que yacer inerte hasta el final? Sólo los párpados que de vez en vez se
mueven porque técnicamente es necesario. Con el fin de admitir o rechazar a la
obscuridad. ¿No podría cruzar los pies? De tarde en tarde. Tanto el izquierdo
sobre el derecho como cuando se quiera al revés. No. Absolutamente
incompatible. ¿El yacer con los pies cruzados? Descartado al primer vistazo.
¿Un movimiento cualquiera de una mano? Una contracción. Una relajación.
Difícilmente defendible. O levantada para matar a una mosca. Pero no hay
moscas. Entonces que haya. ¿Por qué no? La tentación es fuerte. Que haya una
mosca. Una mosca viva que lo crea muerto. Advertida de su error y
reemplazándola inmediatamente. Qué ayuda para la compañía sería eso. Una mosca
viva que lo crea muerto. Pero no. Él no mataría a una mosca.
Te da lástima un puerco espín afuera en el frío y lo metes en una vieja
caja de sombreros con una provisión de gusanos. Tú colocas enseguida la caja
con el vermívoro adentro de una jaula para conejos vacía a la que le dejas la
puerta abierta para que la pobre bestia pueda ir y venir a su antojo. Ir en
busca de su comida y habiendo comido volver al calor y a la seguridad de su
caja en la jaula. He ahí entonces el puerco espín en la caja con suficientes
gusanos para poder sobrevivir. Un último vistazo para asegurarte que todo está
como se debe antes de irte a buscar otra cosa para matar el tiempo de una
mortal lentitud ya a esta joven edad. El pequeño entusiasmo encendido por esta
buena acción es más largo que de costumbre para debilitarse y ceder. Tú te entusiasmabas
de buena gana durante esa época pero jamás durante mucho tiempo. Apenas
encendido el entusiasmo por alguna buena acción de tu parte o por algún pequeño
triunfo sobre tus rivales o por alguna palabra de elogio de tus padres o de tus
maestros se debilitaba y cedía dejándote en muy poco tiempo tan frío y
melancólico como antes. Aun en esa época. Pero no ese día. Eso fue para
concluir en el pasado con una tarde de otoño en que encontraste al puerco espín
y tuviste lástima de él de esa manera y sentías todavía la satisfacción llegada
la hora de acostarte. Y de rodillas sobre el tapete añadiste al puerco espín a
la lista de los seres queridos que todas las noches había que recomendar a
Dios. Y dando una y otra vuelta en el calor de las frazadas en espera del sueño
sentías todavía una tibieza en el corazón pensando en la suerte que había
tenido ese puerco espín de atravesarse en tu camino como lo había hecho. En
este caso un sendero de tierra bordeado de boj marchito. Mientras tú estabas
ahí interrogándote sobre la mejor manera de matar el tiempo hasta la hora de
acostarte él atravesó uno de los bordes y se encaminó derecho hacia el otro
cuando tú entraste en su vida. Ahora a la mañana siguiente no sólo el
entusiasmo se había apagado sino que un gran malestar había tomado su lugar. La
obscura sensación de que tal vez no todo estaba como debiera. Y que en vez de
haber hecho lo que tú habías hecho habrías hecho quizá mejor en dejar hacer a
la naturaleza y en dejar al puerco espín seguir su camino. Pasaron días enteros
si no semanas antes de que tuvieras el valor de regresar a la jaula. Tú nunca
has olvidado lo que encontraste entonces. Tú estás de espaldas en la obscuridad
y nunca has olvidado lo que encontraste entonces. Esa gelatina. Esa infección.
Amenaza desde hace un momento lo que sigue. La discontinua necesidad de
compañía. Momentos en que la suya sin mezcla un alivio. Entonces la voz una
intrusa. Igual que la imagen del auditor. Igual que la suya. Queja al mismo
tiempo de haberlos provocado y problema cómo terminarlos. En fin ¿qué significa
la suya sin mezcla? ¿Qué alivio posible? Quedarse ahí por el momento.
Que el auditor se llame H. No muda. Hache. Tú Hache tú estás de espaldas
en la obscuridad. Y que él sepa su nombre. Ya no se trata de descubrir cosas no
para él. De no ser tomado en cuenta. Aunque por toda evidencia lógicamente
ninguna. De un susurro en el pabellón de la oreja ¡preguntarse si es para él!
Así es él. Pérdida entonces de esa vaga incertidumbre. Esa débil esperanza.
Para él tan privado de ocasiones para sentir. Tan poco apto para sentir. No
aspirando sino en la medida en que él solo puede aspirar a no sentir nada. ¿Es
eso deseable? No. ¿Ganaría él algo en cuanto a compañía? No. Entonces que ya no
se llame H. Qué él sea de nuevo tal como siempre. Sin nombre. Tú.
Imaginar más de cerca el sitio donde él yace. Sin exagerar nada. Un
indicio en cuanto a su forma y su extensión es proporcionado por la voz a lo
lejos. Alcanzándolo de lejos al cabo de un lento reflujo o soltada de un solo
golpe o recuperada a lo lejos después de un largo silencio. Y eso tanto de
arriba como de todas partes y a todos los niveles al mismo grado de
debilitamiento máximo debido al máximo de alejamiento. Jamás de abajo. Hasta
ahora. De donde lógicamente el sujeto de espaldas en una rotonda de ancho
diámetro de tal suerte que su cabeza ocupa el centro ¿Ancho de cuánto? Vista la
debilidad de la voz a su débil máximo unos veinte metros deben bastar sean diez
desde la oreja hasta cualquier punto de la superficie envolvente. Esto para la
forma y la extensión. ¿Y la materia? ¿Qué indicio suponiendo que existe en
cuanto a ella y de dónde? No decidir nada por el momento. El basalto llama.
Basalto negro. Pero no decidir nada por el momento. Así cansado de la voz y de
su auditor él por su parre imagina. Pero con un poco más de imaginación él se
da cuenta haber imaginado equivocadamente. Porque ¿con qué derecho afirme de un
sonido débil que se trata de uno menos débil por la distancia y no simplemente
de uno más débil soltado a quemarropa? ¿O de uno débil haciéndose más débil
mientras se aleja en lugar de adelgazarse partiendo de un mismo lugar? Sin duda
de ninguno. De la voz entonces ninguna luz qué esperar sobre la naturaleza del
sitio donde yace nuestro viejo auditor. En la penumbra inconmensurable. Sin límites.
Quedarse ahí por el momento. Añadiendo tan sólo, ¿Qué clase de imaginación es
ésta tan herida de razón? Una especie aparte.
Otro imaginando todo para tener compañía. En la misma obscuridad que su
criatura o en otra. Imaginar rápido. En la misma.
¿No habría modo de beneficiar a la voz? ¿De proporcionarle un comercio
más agradable? Suposición de que desde hace algún tiempo ella vaya
modificándose. A pesar de que ningún tiempo de ningún verbo en esa conciencia
obscura. Todo en todo momento terminado y en curso y sin fin. Pero suposición
de que para el otro desde hace algún tiempo ella vaya mejorándose. Mismo tono
apagado siempre tal como fue imaginado al principio y misma repetición. Por ahí
nada que agregar. Pero menos movilidad. Menos variedad en la debilidad. Como en
la búsqueda del sitio óptimo. De dónde soltar con el máximo de efecto. La
amplitud ideal para una cómoda audición. Con la preocupación de no ofender al
oído por demasiado volumen ni por el exceso contrario obligarlo a forzarse.
Cuánto más apto para acompañar sería un órgano así en comparación con aquél
apresuradamente imaginado al comienzo. Cuánto mejor en la medida de lograr su
objetivo. Reconstruir un pasado al auditor y que él lo reconozca. Tú naciste un
viernes santo al final de un largo parto. Sí yo recuerdo. Del mismo modo en que
la gota para destruir mejor debe caer sin desviarse sobre el subyacente.
Cuando saliste por última vez la tierra estaba cubierta de nieve. Ahora
de espaldas en la obscuridad estás esa mañana en el umbral de la puerta cerrada
tras de ti. Recargado en la puerta cabeza baja tú te dispones a partir. Cuando
vuelves a abrir los ojos tus pies han desaparecido y los faldones de tu abrigo
descansan sobre la nieve. La obscura escena parece iluminada desde abajo. Tú te
ves en el momento de esa última salida recargado en la puerta con los ojos
cerrados en espera de la partida. Fuera de ahí. Enseguida el cuadro a la luz de
la nieve. Tú yaces en la obscuridad con los ojos cerrados y te ves entonces
como acabas de ser descrito disponiéndote a lanzarte a través de ese manto de
luz. Tú escuchas de nuevo la caída del cerrojo lentamente girando y el silencio
antes de que pueda darse el primer paso. En fin vete partir ahí por los blancos
pastos alegrados con borregos durante la primavera y cubiertos de placentas
rojas. Te diriges como siempre derecho por el sendero en el seto de espinos que
marca el límite al oeste. Hasta allá desde el comienzo de los pastos necesitas
normalmente de mil ochocientos a dos mil pasos según tu humor y el estado del
terreno. Pero esa última mañana necesitarás mucho más. Muchos muchos más. La
línea recta es tan común para tus pies que podrían en caso necesario mantenerse
tus ojos cerrados sin equivocación al cabo de varios pasos costado norte o sur.
Por lo demás ninguna otra necesidad que interna lo que normalmente hacen y no
solamente aquí. Ya que tú caminas si no con los ojos cerrados aunque eso
también la mitad del tiempo al menos manteniéndolos fijos en el suelo
momentáneo delante de tus pies. De la naturaleza eso es todo lo que habrás
visto. Desde el día en que bajaste la cabeza para siempre. El sol fugitivo
delante de tus pies. No cuentas tus pasos. Por la sencilla razón de que todos
los días es la misma cifra. El promedio de un día al otro es el mismo. Porque
el camino es siempre el mismo. Llevas cuentas de los días y cada diez días
multiplicas. Y sumas. La sombra de tu padre ya no está contigo. Ella falló hace
mucho tiempo. Tú ya no escuchas tus pasos. Sin ver ni oír tú sigues tu camino.
Día tras día. El mismo camino. Como si ya no hubiera otro. Para ti ya no hay
otro. Otras veces no te detenías sino para llevar bien tu cálculo. Con el fin
de poder volver a partir de cero otra vez. Esa necesidad suprimida como lo
hemos visto la de detenerte también lo es en teoría. Con excepción quizás al
final del camino para disponerte a regresar. No obstante tú lo haces. Como nunca
antes. No por causa de fatiga. No estás más fatigado en el presente que de
costumbre. No por causa de vejez. No estás más viejo en el presente que de
costumbre. Y sin embargo tú te detienes como nunca antes. Tanto que para los
mismos cien metros que otras veces hacías en un tiempo de tres a cuatro minutos
necesitas ahora entre quince y veinte. El pie cae por sí solo en medio del paso
o cuando le toca despegarse permanece clavado en el piso con estancamiento del
cuerpo. Entonces informulable angustia de la que lo esencial, ¿Podrán ellos ir
más lejos?, O mejor, ¿Van a ir ellos más lejos? Lo esencialmente estricto. Tú
yaces en la obscuridad con los ojos cerrados y ves la escena. Como no podías en
ese entonces. La obscura bóveda del cielo. La tierra resplandeciente. Tú
detenido en el medio. Los botines hundidos hasta los tobillos. Los faldones del
abrigo descansando en la nieve. En el viejo bombín la vieja cabeza baja muda de
angustia. En medio de los pastos a la mitad del sendero. Esa línea recta. Ves
para atrás como no podías entonces y ves tus huellas. Una gran parábola. En
sentido contrario al de las manecillas. Como en el infierno. Como sí de pronto
el corazón demasiado pesado. Al final demasiado pesado.
La flor de la edad. Imaginar un aroma de muestra. De espaldas en la
obscuridad recuerdas. Día de abril sin nubes. Ella te alcanza en la cabaña.
Rústico hexaedro. Hecho por completo con trozos de abeto y de alerce. Diámetro
dos metros. Altura tres. Superficie del suelo alrededor de los tres metros
cuadrados. Dos pequeñas ventanas abigarradas frente a frente. Pequeños
cristales de colores biselados. Bajo cada una un reborde. Aquí en el verano el
domingo después de la comida de mediodía a tu padre le gustaba retirarse
acompañado de Punch y de un cojín. Sentado sobre un reborde la cintura de su
pantalón desabotonada él pasaba las páginas. Tú enfrente sobre el otro los pies
colgando. Cada vez que él reía tú intentabas reír también. Cuando su risa se
apagaba la tuya también. Eso le gustaba y le divertía mucho que tú quisieras
imitar su risa y a veces le sucedía reír sin motivo con el único fin de
escucharte tratar de reír también. De cuando en cuando te volteas y miras por
un cristal rosa. Pegas tu nariz al vidrio y ves todo el exterior color de rosa.
Los años han pasado y estás ahí en el mismo lugar que entonces bañado de luz
irisada los ojos fijos en el vacío. Ella tarda. Cierras los ojos y emprendes el
cálculo del volumen. En los momentos difíciles te vuelves de buena gana hacia
las simples operaciones de aritmética. Como hacia una ensenada. Llegas
finalmente a más o menos siete metros cúbicos. Todavía ahora en la obscuridad
fuera del tiempo las cifras te reconfortan. Supones cierto ritmo cardíaco y
calculas cuántas palpitaciones por día. Por semana. Por mes. Por año. Y
suponiendo un cierto lapso de vida por vida. Pero por el momento como no tienes
en tu pasivo sino una decena de billones norteamericanos estás otra vez sentado
en la cabaña tratando de calcular su volumen. Siete metros cúbicos más o menos.
Por misteriosas razones esa cifra te parece improbable y vuelves a comenzar tu
cálculo desde cero. Pero apenas empezado su paso ligero se hace escuchar.
Ligero para una mujer de su corpulencia. Con el corazón acelerado abres los
ojos y al cabo de un instante su rostro aparece en la ventana. Azul casi por
completo vista desde tu lugar la palidez natural que tú admiras tanto como sin
duda vista desde el suyo por completo azul la tuya. Porque la palidez natural
es una característica que les es común. Los labios violetas no devuelven tu
sonrisa. Ahora tomando en cuenta que esa ventana vista desde tu sitio se
encuentra al nivel de tus ojos y por otra parte que el piso está casi al ras
del suelo exterior no puedes dejar de preguntarte si ella no está de rodillas.
Sabiendo por experiencia que la estatura o tamaño que les es común es la suma
de segmentos iguales. Porque cuando derechos de pie o acostados completamente
extendidos ustedes se colocan frente a frente el uno pegado al otro entonces
sus rodillas se tocan así como sus pubis y sus cabellos se enmarañan. ¿Habría
que concluir que la pérdida de estatura para el cuerpo sentado es la misma que
para el que está de rodillas? Aquí tú cierras los ojos con el fin de medir mejor
y comparar mentalmente los primeros y segundos segmentos de la planta a la
rótula y de ahí a la cintura pélvica. ¡Cómo te entregabas completamente
despierto al ojo cerrado! De día y de noche. A esa obscuridad perfecta. Esa luz
sin sombra. Tan sólo por ausentarte. O por motivos como éste. Aparece una sola
pierna. Tú separas tus segmentos y los extiendes uno junto al otro. Es como lo
sospechabas. El superior es el más largo y por consecuencia más grande la
pérdida del sentado cuando el sitio está a la altura de la rodilla. Dejas ahí
los pedazos y al volver a abrir los ojos la encuentras sentada frente a ti.
Silencio. Los labios rojos no devuelven tu sonrisa. Tus ojos bajan hasta su
pecho. No recuerdas haberla visto tan llena. A su vientre. Misma impresión. Se
confunde con el de tu padre desbordando la cintura desabotonada. ¿Estará
embarazada sin que tú ni siquiera hayas pedido su mano? Te abstraes. Ella
también sin que tú lo sepas ha cerrado los ojos. Ahí están sentados de esa
forma en la cabaña. En esa luz irisada. Ese silencio.
Agotado por ese derroche de imaginación él se detiene y todo se detiene.
Hasta el momento en que invadido de nuevo por la necesidad de compañía comienza
a llamar al auditor M por lo menos. Para facilitar la localización. Él mismo
con otro carácter. W. Imaginando todo él mismo incluido para tener compañía. En
la misma obscuridad que M según los últimos informes. En qué postura y si fijo
o móvil todavía no imaginado. Él dice también hablando de sí, La última vez que
él habló de sí fue para decirse en la misma obscuridad que su criatura. No en
otra como anteriormente considerado. En la misma. En tanto que más apta para
acompañar. Y que faltaba por imaginar su postura. Y si fija o móvil. ¿Cuál de
todas las posturas imaginables podría a la larga cansar menos? Entre el
movimiento y el reposo ¿cuál se revelaría a largo plazo más entretenido? Y al
mismo tiempo de un solo impulso demasiado pronto para saber y por qué después
de todo no decir sin esperar más lo que más tarde puede ser desmentido y si por
casualidad eso no se podía. ¿Entonces? ¿Podría él ahora si lo juzgaba
preferible retirarse de la obscuridad que según los últimos informes tuvo su
preferencia e ir a otra completamente distinta lejos de su criatura? Si él se
decidiera ahora por seguir ahí y más adelante lo lamentara ¿podría él entonces
ponerse de pie por ejemplo y recargarse en un muro o caminar un momento? ¿Se
dejaría M reimaginar en una mecedora? ¿Libres las manos de ir en su ayuda? Ahí
en la misma obscuridad que su criatura él se marcha por las buenas expuesto a
esas perplejidades preguntándose al mismo tiempo en lo más profundo de su
espíritu como le sucede algunas veces si los males del mundo serían siempre lo
que eran. De su tiempo.
M hasta ahora como sigue. De espaldas en un sitio obscuro de formas y
dimensiones todavía por imaginar. Auditor intermitente de una voz de la que a
veces se pregunta si está destinada para él en lugar de para otro que esté en
el mismo caso. Porque nada impide cuando ella describe correctamente su estado
que la descripción no sea en beneficio de otro en la misma situación. Dudas
poco a poco defraudadas a medida que la voz en lugar de diseminarse por todas
partes se concentra en él. Cuando ella para el único sonido la respiración de
él. Cuando ella para mucho tiempo débil esperanza en vano. Actividad mental de
las más mediocres. Ocasionales chispas de razonamiento inmediatamente
extinguidas. Esperanza y desesperanza para no nombrar sino a ese viejo tandem
apenas resentidas. Sobre los orígenes de su estado actual ninguna aclaración.
Nada de ahí que relacionar con aquí ni de entonces con ahora. Sólo los párpados
se mueven. Cuando el ojo harto de la obscuridad de afuera y de adentro se
cierran y abren respectivamente. Esperanza no muerta de otros pequeños
movimientos limitados. Pero ninguna mejoría que señalar por ese lado hasta el
momento. O sobre un plano más elevado en provecho de la compañía por un
movimiento de tristeza mantenida por ejemplo o de apetito o de remordimiento o
de curiosidad o de cólera y así por el estilo. O por un acto cualquiera de
inteligencia suficientemente satisfactorio para que él pueda decirse por
ejemplo hablando de sí, Ya que él no sabe pensar que no lo intente. Queda por
añadir a este croquis. Su indesignabilidad. Aun M debe saltar. Así W recuerda a
su criatura tal como fue creada hasta ahora. ¿W? Pero él también es criatura.
Quimera.
Luego otro todavía. De quien nada. Creándose quimeras para atenuar su
nada. Silencio de inmediato. Un instante y de nuevo enloquecido para sus
adentros, De inmediato silencio de inmediato.
Imaginando imaginado imaginando todo para tener compañía. En la misma
obscuridad quimérica de sus otras quimeras. En qué postura y si sí o no tal
como el auditor en la suya de una vez por todas todavía no determinada. ¿No
basta con un solo inmóvil? ¿De qué sirve repetir ese factor de consuelo?
Entonces que se mueva. Con moderación. En cuatro patas. Un arrastre moderado.
El torso bien separado del suelo y el ojo atento en la dirección del camino. Si
eso no vale más la pena que nada anular si es posible. Y en el vacío recuperado
otra moción. O ninguna. Entonces tampoco imaginar la postura más benéfica. Pero
por el momento que se arrastre. Se arrastre y caiga. Se arrastre de nuevo y
vuelva a caer. En la misma obscuridad quimérica de sus otras quimeras.
Habiendo errado durante mucho tiempo como extraviada la voz encuentra su
lugar y su debilidad final. ¿Su lugar dónde? Imaginar con circunspección.
Por arriba del rostro volteado. En la vertical del occipucio. De tal
forma que con la débil luz que ella despide si hubiera una boca que ver él no
la vería. Por más desesperadamente que él mueva los ojos. ¿Altura del suelo? Al
alcance del brazo. ¿Fuerza? Débil. Como la de una madre que se inclina por
detrás sobre la cabecera de la cuna. Ella se aparta para que el padre pueda
ver. Él por su parte murmura al recién nacido. Tono apagado sin cambios. Ningún
indicio de amor.
Tú estás de espaldas al pie de un álamo. Bajo su vacilante sombra. Ella
recostada en ángulo recto apoyada sobre los codos. Tus ojos cerrados acaban de
hundirse en los suyos. En la penumbra tú vuelves a sumergirte en ellos.
Todavía. Sientes en la cara la punta de sus largos cabellos negros moverse en
el aire inmóvil. Bajo la maraña de los cabellos se ocultan sus rostros. Ella
susurra, Escucha las hojas. Mirándose a los ojos ustedes escuchan las hojas.
Bajo su vacilante sombra.
Arrastrándose entonces y cayendo. Arrastrándose de nuevo y de nuevo
cayendo. Si a fin de cuentas eso no ayuda en nada él siempre puede caer de una
buena vez por todas. O nunca haberse puesto de rodillas. Imaginar en qué forma
un arrastre tal podría servir al contrario de la voz para levantar un plano del
lugar. De entrada ¿cuál es la unidad reptil? Correspondiente a la zancada del
vagabundo. Él se pone en cuatro patas y se prepara para comenzar. Manos y
rodillas en los ángulos de un rectángulo con un largo de dos pies y un ancho a
discreción. Finalmente digamos que la rodilla derecha avanza seis pulgadas
reduciendo así un cuarto la distancia entre ella y la mano homóloga. La que por
su parte cuando se desea avanza otro tanto. Y ahí está nuestro rectángulo transformado
en rombo. Pero sólo el tiempo necesario para que la rodilla y la mamo izquierda
hagan otro tanto. Con lo que se regresa al rectángulo. Así ininterrumpidamente
hasta que él cae. Es ésa la ambladura del rastrero y de todas sus formas de
andar sin duda la menos corriente. Por lo tanto sin duda la más divertida.
Mientras él se arrastra el cálculo mental. Grano a grano en la cabeza.
Uno dos tres cuatro uno. Rodilla mano rodilla mano dos. Un pie. Hasta que al
cabo digamos de cinco él cae. Luego tarde o temprano delante de cero otra vez.
Uno dos tres cuatro uno. Rodilla mano rodilla mano dos. Seis. Así sigue. En
línea recta en la medida de lo posible. Hasta el momento en que no habiendo
encontrado obstáculo avergonzado él vuelve sobre sus pasos. Desde cero de
nuevo. O se va en otra dirección completamente distinta. En línea recta de la
mejor manera que puede. E incluso ahí sin el menor descanso para su pena
termina por desistir y por cambiar una vez más de rumbo. De nuevo desde cero.
Sabiendo oportunamente o dudando poco de hasta qué grado la penumbra puede
desviar. Hacia la izquierda a causa del corazón. Como en el infierno. O por el
contrario convertir en rectilínea la elipse deliberada. Cualesquiera que sea se
arrastra alegremente ningún límite hasta el momento. Rodilla mano rodilla mano.
Penumbra sin límites.
¿Es razonable imaginar al auditor en estado de perfecta inercia mental?
Salvo en los momentos en que él escucha. Es decir en los momentos en que la voz
se hace escuchar. Porque ¿qué es lo que le está permitido escuchar aparte de la
voz y de su respiración? Mmh. El arrastre. ¿Escucha el arrastre? ¿La caída? Qué
ayuda para la compañía sería que él pudiera escuchar el arrastre. La caída. La
vuelta a cuatro patas. La continuación del arrastre. Preguntándose lo que mi
Dios tales ruidos pueden significar. Reservar para un más tarde más vacío. Y
aparte del sonido ¿qué es lo que podría animar a su espíritu? ¿La vista? ¿Cómo
no declarar que no hay nada que ver? Pero demasiado tarde por el momento.
Porque él percibe un cambio de obscuridad cuando cierra o abre los ojos. Y que
en principio él percibe la débil luz que desprende la voz tal como fue
imaginada. Apresuradamente imaginada. Luz infinitamente débil de acuerdo porque
apenas más que un susurro. Ahora observado de repente cómo los ojos se cierran
desde la primera sílaba enunciada. Suponiéndolos abiertos en ese momento. De
manera que esa luz del modo en que termina por ser apenas es apenas percibida a
la mitad de un parpadeo. ¿El sabor? ¿El sabor de su boca? Aceptado desde mucho
tiempo atrás. ¿El empuje del suelo contra su esqueleto? De una extremidad a la
otra desde el calcáneo hasta la protuberancia de filogenitividad. ¿Un gusto por
moverse no podría atenuar su apatía? ¿A voltearse de lado? O sobre el vientre.
Para cambiar. Que le sea concebido ese mínimo de necesidad. Y al mismo tiempo
la felicidad de saber superada la época en que era libre de retorcerse en vano.
¿El olfato? ¿Su propio olor? Aceptado desde mucho tiempo atrás. Y obstáculos a
otros si es que hay. Por ejemplo en un momento dado una rata muerta desde hace
mucho tiempo. O de alguna otra carroña. Todavía por imaginar. A menos que el
rastrero no huela. Mmh. El creador rastrero. ¿Sería razonable imaginar que al
mismo tiempo que se arrastra el creador huele? Todavía más fuerte que su
criatura. Y que llegue así a asombrarse ese espíritu tan negado al asombro. A
asombrarse de ese extraño olor. ¿De quién o de qué mi Dios ese tufo
nauseabundo? Cómo ganaría él como compañero si tan sólo su creador pudiera
oler. Si tan sólo él pudiera oler a su creador. ¿Un sexto sentido cualquiera?
¿Inexplicable premonición de una desgracia inminente? ¿Sí o no? No. ¿De la
razón pura? De este lado de la experiencia. Dios es amor ¿Sí o no? No.
El creador rastrero es la misma obscuridad creada que su criatura ¿puede
crear mientras se arrastra? Pregunta que entre otros se hacía estirado entre
dos paseos. Y si la respuesta evidente se imponía al espíritu no era tan
evidente saber la más ventajosa. Y necesitó muchos y muchos viajes y al mismo
número de postraciones antes de poder hacerse finalmente una imaginación al
respecto. Añadiendo simultáneamente de un solo tirón para él solo sin
convicción que ninguna respuesta de su parte era sagrada. Pase lo que pase la
que él aventuró para concluir era negativa. No él no podía. Asunto demasiado
serio el de arrastrarse en la obscuridad de la manera antes imaginada y
demasiado absorbente para no excluir cualquier otra actividad no fuera sino la
de cosificar una parcela de la nada. Ya que él debía pasearse no sólo de esa
manera especial demasiado apresuradamente imaginada sino también en línea recta
por encima de lo andado en la medida de lo posible. Y por lo demás contar
mientras se va añadiendo medio paso a medio paso y retener en la memoria la
suma siempre variable de los ya contabilizados. Y en fin mantener alertas los
ojos y las orejas para descubrir el mínimo indicio respecto a la naturaleza del
lugar donde su imaginación lo había sin duda atropelladamente consignado.
Deplorando entonces una imaginación tan herida de razón sin olvidar al mismo
tiempo cuán revocables sus exaltaciones no pudo al fin sino responder que él no
podía. No podía crear razonablemente mientras se arrastraba en la misma
obscuridad creada que su criatura.
Una playa. El atardecer. La luz agoniza. Ninguna pronto ella ya no
agonizará. No. Nada de eso porque ninguna luz. Ella agonizaba hasta el alba y
jamás moría. Tú estás parado de espaldas al mar. Único ruido el suyo. Siempre
más débil a medida que suavemente se aleja. Hasta el momento en que suavemente
regresa. Tú te apoyas en un alto bastón. Tus manos descansan en el puño y sobre
ellas tu cabeza. Si llegaran a abrirse tus ojos verían primero a lo lejos en
los últimos resplandores los faldones de tu abrigo y los tobillos de tus
botines sumidos en la arena. Que desaparezca de tu vista. Noche sin luna ni
estrellas. Si tus ojos llegaran a abrirse la penumbra se aclararía.
Se arrastra y cae. Yace. Respira con los ojos cerrados en la obscuridad.
Se incorpora. Físicamente decepción de haberse arrastrado otra vez para nada.
Diciéndose quizás. A fin de cuentas ¿para qué arrastrarse? Por qué no
simplemente yacer con los ojos cerrados en la obscuridad y renunciar a todo. Y
terminar con todo. Con el insignificante arrastre y las quimeras inútiles. Pero
si le ocurre perder ánimos en esa forma nunca es por largo tiempo. Porque poco
a poco en su corazón de desilusionado la necesidad de compañía renace. O
escapar de la suya. La necesidad de escuchar esa voz de nuevo. No fuera sino
diciendo de nuevo, Tú estás de espaldas en la obscuridad. O incluso, Tú naciste
en la tarde del día en que bajo el cielo obscuro en la novena hora Cristo gritó
y murió. La necesidad los ojos cerrados para comprender mejor de ver esa luz
esparcida. O con añadidura de alguna humana debilidad por mejorar al auditor.
Como por ejemplo una comezón fuera del alcance de su mano o mejor al alcance de
su mano inerte. Una comezón que no se puede rascar. Qué ayuda para la compañía
sería eso. O en última instancia para mejor final la cuestión de saber qué es
lo que él entiende exactamente al hablar de sí por la vaga indicación de que él
yace. ¿Cuál en otras palabras de todas las innumerables maneras de yacer tiene
más posibilidades de gustar a la larga? Si habiéndose arrastrado de la manera
especificada él cae normalmente sería de frente. Dado su grado de fatiga y de
desaliento en ese momento le sería difícil hacerlo de otro modo. Pero una vez
bien tendido nada le impide girar sobre uno u otro de sus dos costados o sobre
su única espalda y permanecer así si alguna de estas tres posturas se revela
más entretenida que alguna de las otra tres. Esa de espaldas a pesar de su
encanto debe ser descartada finalmente por haber sido ya proporcionada por el
auditor. En cuanto a las laterales un solo vistazo las elimina. No queda
entonces sino la postración. ¿Pero de qué modo? ¿Postrado de qué modo? ¿Cómo
poner las piernas? ¿Los brazos? ¿La cabeza? Tirado en la obscuridad él se
empeña en querer ver cómo puede estar mejor tirado. De qué modo lo mejor tirado
posible hacerse compañía.
Precisar la imagen del auditor. De todas las maneras de mantenerse de
espaldas ¿cuál será a la larga menos cansada? Tirado los ojos cerrados abiertos
en la obscuridad él termina por comenzar a entrever. Pero de entrada ¿desnudo o
vestido? Aunque sólo fuera con una sábana. Desnudo. Espectral a la luz de la
voz esa carne de una blancura de hueso como compañía. La cabeza reposando en lo
esencial sobre la protuberancia occipital antes citada. Las piernas juntas en
posición de firmes. Los pies separados en ángulo recto. Las manos con esposas
invisibles juntas sobre el pubis. Otros detalles según las urgencias. Dejarlo
así por el momento.
Abatido por los males de tu especie levantas sin embargo la cabeza del
apoyo de las manos y abres los ojos. Te unes sin moverte de tu sitio con la luz
de arriba de tu cabeza. Tus ojos caen sobre el reloj bajo tus ojos. Pero en
lugar de ver la hora de la noche siguen los giros del segundero al que su
sombra a veces precede y a veces sigue. Horas más tarde te parece de la
siguiente forma. A los 60 segundos y a los 30 la sombra desaparece bajo la
aguja. De 60 a 30 la sombra precede a la manecilla a una distancia que va
aumentando de cero a 60 hasta su máximo en 15 y de ahí disminuyendo hasta el
nuevo cero a 30. De 30 a 60 la sombra sigue a la aguja a una distancia que va
creciendo de cero a 30 hasta su máximo en 45 y de ahí decreciendo hasta el
nuevo cero a 60. Que ahora tú hagas caer de lado la luz sobre el reloj
desplazando una u otro de un lado o del otro y entonces la sombra desaparece
bajo la manecilla en dos puntos distintos como por ejemplo en 50 y en 20. En
dos puntos distintos según el grado de inclinación. Pero cualquiera que sea
éste y partiendo de la diferencia entre los primeros y los nuevos puntos de
sombra cero la distancia de uno a otro es siempre de 30 segundos. La sombra
surge de abajo de la aguja en no importa qué punto de su circuito para seguirla
o precederla el espacio de 30 segundos. Luego desaparece otra vez durante una
fracción incalculable de segundo antes de salir de nuevo para precederla o
seguirla una vez más. Y así sin descanso. Esa es aparentemente la única
constante. Porque la propia distancia entre la aguja y su sombra varía también
según el grado de inclinación. Pero cualquiera que sea la distancia va
creciendo y decreciendo invariablemente de cero hasta su máximo 15 segundos más
tarde y otros 15 segundos después a cero incluso respectivamente. Y así sin
descanso. Esa sería una segunda constante. Tú habrías podido observar mucho más
con relación a ese segundero y su sombra en su recorrido paralelo aparentemente
sin descanso alrededor de la esfera y tal vez desprender otras variables y
constantes y corregir eventuales errores en lo que te había parecido hasta
entonces. Pero no aguantando más tú dejas caer la cabeza ahí donde estaba y con
los ojos cerrados regresas a los males de tu especie. El alba te sorprende en
esa misma postura. Por la ventana del lado al mar el sol bajo te ilumina y
proyecta en el suelo tu sombra y la de la lámpara iluminada arriba de tu cabeza
y también las de otros objetos.
¡Qué visiones en la penumbra de luz! ¿Quién dice eso? El que pregunta
quién dice, ¡Qué visiones en la penumbra sin sombra de luz y de sombra!
¿Todavía otro de nuevo? Imaginando todo para acompañarse. Qué ayuda para la
compañía sería esto. Todavía otro imaginando todo de nuevo para acompañarse. De
inmediato silencio de inmediato.
Para terminar a cualquier precio bien o mal cuando tú ya no podías salir
te quedabas en cuclillas en la obscuridad. Habiendo recorrido desde tus
primeros pasos alrededor de treinta mil leguas o sea unas tres veces la vuelta
al mundo. Sin alejarte nunca de la claridad de tu casa. ¡Tu casa! Así estaba
esperando poder purgarse el viejo laudista que arrancó a Dante su primera
sonrisa y tal vez ya por fin en algún rincón perdido del paraíso. A quien aquí
en todos los casos adiós. El lugar no tiene ventana. Cuando vuelves a abrir los
ojos la obscuridad se aclara. Tú por lo tanto ahora de espaldas en la
obscuridad estabas antes en cuclillas. Tu cuerpo habiéndote enterado que ya no
podía salir. Ya no andar los rincones de los pequeños caminos de pueblo y
pastos alternos ya alegrados con rebaños ya desiertos. Teniendo a tu lado
durante largos años la sombra de tu padre en tus viejos andrajos de vagabundo
luego durante largos años solo. Añadiendo paso a paso tus pasos a la suma
siempre en aumento de los ya recorridos. Deteniéndote de vez en cuando con la
cabeza baja para determinar el último total. Luego otra vez adelante de cero.
Acuclillado así te imaginas que ya no estás solo sabiendo muy bien que no ha
pasado nada que pueda volver posible eso. El proceso continúa sin embargo
rodeado por decirlo así de su absurdo. Tú no te murmuras palabra por palabra,
yo sé condenado al fracaso lo que hago y no obstante persisto. No. Porque la
primera persona del singular e incidentalmente con mayor razón del plural nunca
ha figurado en tu vocabulario. Pero es así que mudo tú te observas del mismo
modo en que a un desconocido contagiado digamos de la enfermedad de Hodgkin o
si se prefiere de Percival Pott sorprendido mientras reza. De tarde en tarde
con una gracia inesperada te tiendes. Simultáneamente las distintas partes se
trastornan. Los brazos sueltan a las rodillas. La cabeza se incorpora. Las
piernas se despliegan. El tronco se inclina para atrás. Y junto con otros
incontables prosiguen sus respectivos caminos hasta ya no poder más y todos se
detienen. Ahora de espaldas retomas tu fábula en el punto en que el acto de
estiramiento acaba de terminar. Y persistes hasta que la operación inversa se
vuelve a parar en seco. Así en la penumbra ya en cuclillas ya de espaldas
sufres en vano. Y así como de la primera postura a la segunda el paso se hace
más fácilmente con el tiempo y de más buena gana asimismo es lo contrario para
lo contrario. Tanto que de postura ocasional el estiramiento se vuelve habitual
y para terminar la regla. Ahora tú de espaldas en la obscuridad no te volverás
a sentar para rodear las piernas con tus brazos y bajar la cabeza hasta ya no
poder más. Pero con el rostro volteado sufrirás en vano por tu fábula. Hasta
que al fin escuches y concluyas que las palabras llegan a su fin. Con cada
palabra inútil más cerca de la última. Y con ellas la fábula. La fábula de otro
contigo en la obscuridad. La fábula de ti fabulando a otro contigo en la
obscuridad. Y de lo que se deduce más vale finalmente tiempo perdido y tú tal como
siempre.
Solo.
Traducción de Antonio
Marquet
Uno
Sentado una noche a su
mesa con la cabeza en las manos se vio levantarse y partir. Una noche o un día.
Pues aunque apagada su luz no se quedaba a oscuras. Le venía entonces de la
única alta ventana una apariencia de luz. Debajo de ella todavía el banco en el
cual se subía a ver el cielo hasta ya no poder desearlo. Si no se asomaba para
ver cómo era abajo era quizá porque la ventana no estaba hecha para abrirse o
porque no podía o no quería abrirla. Quizá sabía perfectamente cómo era abajo y
ya no deseaba verlo. Tan bien que permanecía simple y llanamente allí encima de
la lejana tierra viendo a través del vidrio nublado el cielo sin nubes. Tenue
luz invariable sin par en su memoria de días y noches de antaño en los que la
noche venía puntualmente a relevar al día y el día a la noche. Única luz pues
apagada la suya de ahora en adelante aquélla le llegaría del exterior hasta que
a su vez se apagara dejándolo en la oscuridad. Hasta que él a su vez se apague.
Una noche pues o un día
sentado a su mesa con la cabeza en las manos se vio levantarse y partir.
Primero levantarse sin más pegado a la mesa. Luego volver a sentarse. Luego
levantarse nuevamente pegado a la mesa nuevamente. Luego partir. Comenzar a
partir. Con pies invisibles comenzar a partir. A pasos tan lentos que sólo el
cambio de sitio lo probaba. Como cuando desaparecía mientras aparecía
nuevamente en un nuevo sitio. Luego desaparecía nuevamente mientras aparecía
más tarde en un nuevo sitio nuevamente. Así iba desapareciendo cada vez
mientras aparecía luego nuevamente en un nuevo sitio nuevamente. Nuevo sitio en
el lugar en el que sentado a su mesa con la cabeza en las manos. Mismo sitio y
misma mesa que cuando Darly murió y lo abandonó. Que cuando otros a su vez
antes y después. Hasta que él por fin a su vez. Con la cabeza en las manos
semi-deseando semi-temiendo que volviera a desaparecer que ya no reapareciera.
O simplemente pidiéndoselo. O simplemente esperando. Esperando ver si sí o no.
Si sí o no nuevamente solo sin esperar nada nuevamente.
Visto siempre por la
espalda donde quiera que fuera. Mismo sombrero y mismo abrigo que en la época
de la errancia. Tierra adentro. Ahora como alguien en un sitio desconocido en
busca de la salida. En las tinieblas. A ciegas en las tinieblas del día o de la
noche de un sitio desconocido en busca de la salida. De una salida. Hacia la
errancia de antaño. Tierra adentro.
Un reloj lejano tocaba la
hora y la media. El mismo que en la época en la que Darly entre otros murió y
lo abandonó. Toquidos ya claros como llevados por el viento ya apenas en tiempo
sereno. También gritos ya claros ya apenas. Con la cabeza en las manos
semi-deseando semi-temiendo cuando tocaba la hora que ya nunca la medía. Igual
que cuando tocaba la media. Igual cuando los gritos cejaban un momento. O
simplemente pidiéndoselo. O simplemente esperando. Esperando escuchar.
Hubo un tiempo en el que
de tiempo en tiempo levantaba la cabeza suficientemente para ver las manos. Lo
que de ellas había que ver. Una extendida en la mesa y sobre ella extendida la
otra. En reposo después de todo lo que hicieron. Levantaba su finada cabeza
para ver sus finadas manos. Luego la reposaba en ellas en reposo también ella.
Después de todo lo que ella hizo.
Mismo sitio que aquél
desde el cual cada día se iba a errar. Tierra adentro. Al que cada noche
regresaba a dar vueltas en la sombra aunque pasajera de la noche. Ahora como
desconocido al que vio levantarse y partir. Desaparecer y reaparecer de nuevo
en un nuevo sitio. Desaparecer otra vez y aparecer otra vez en otro nuevo
sitio. O en el mismo. Ningún índice de que no el mismo. Ninguna pared señal.
Ninguna mesa señal. En el mismo sitio que en el que daba vueltas todo sitio
como uno mismo. O en otro. Ningún índice de que no otro. Donde nunca.
Levantarse y partir en el mismo sitio de siempre. Desaparecer y reaparecer en
otro donde nunca. Ningún índice de que no otro donde jamás. Sólo los toquidos.
Los gritos. Los mismos de siempre.
Luego tantos toquidos y
gritos sin que hubiera reaparecido que quizá ya no reaparecería. Luego tantos
gritos desde los últimos toquidos que quizá ya no habría. Luego tal silencio
desde los últimos gritos que quizá ya no habría más. Como quizá el final. O
quizá solamente un remanso. Luego todo como antes. Los toquidos y los gritos
como antes y él como antes ya allí ya ausente ya allí nuevamente ya nuevamente
ausente. Luego el remanso nuevamente. Luego nuevamente como antes. Así una y
otra vez. Y paciencia esperando el único verdadero fin de las horas y de la
pena tanto de sí como del otro es decir la suya.
Dos
Como alguien que posee
toda su cabeza nuevamente fuera en fin sin saber cómo se había encontrado tan
poco tiempo antes de preguntarse si poseía toda su cabeza. Pues de alguien que
no posee toda su cabeza ¿se puede razonablemente afirmar que se lo pregunta y
que además se encuentra bajo pena de incoherencia se obstina en este
rompecabezas con todo lo que le queda de razón? Por lo tanto fue bajo la
especie de un ser más o menos razonable como emergió por fin sin saber cómo en
el mundo exterior y no había vivido más de seis o siete horas del reloj antes
de comenzar a preguntarse si poseía toda su cabeza. Mismo reloj cuyos toquidos
daban la hora y la media cuando en su reclusión y por lo tanto primero
naturalmente para tranquilizarlo antes de ser finalmente una fuente de
preocupación ya que no más claros ahora que cuando acallados en principio por
sus cuatro paredes. Luego buscó consuelo pensando en quien al caer la noche se
apresura hacia el ocaso para ver mejor a Venus y no encontró ninguno. Sucedía
lo mismo con el único sonido diferente que anima su soledad el de los gritos
mientras subsistía perdiendo sufrimiento a su mesa con la cabeza en las manos.
Sucedía lo mismo con la procedencia de los toquidos y los gritos en tanto que
tan ilocalizable al aire libre como normalmente desde el interior. Obstinándose
en todo eso con todo lo que le quedaba de razón buscó consuelo pensando que su
recuerdo del interior dejaba qué desear y no encontró ninguno. A su pena se
agregaba su caminar silencioso como cuando descalzo recorría su suelo. Así todo
oído de peor en peor hasta cejar hasta de escuchar de oír y ponerse a mirar a
su alrededor. Resultado finalmente estaba en un prado lo cual por lo menos
tenía la ventaja de explicar su caminar silencioso antes un poco más tarde como
para excusarse de incrementar su turbación. Pues no tenía recuerdo de ningún
prado desde cuyo corazón mismo no fuera visible algún límite desde el cual
siempre a la vista algún lado un confín cualquiera como una cerca u otra forma
de frontera que no debía franquearse. Circunstancia agravante al mirar de más
cerca la hierba ésta no era de la que creía acordarse es decir verde y en la
que pacían los diferentes herbívoros sino larga y de color grisáceo incluso
blanca en partes. Luego buscó consuelo pensando que su recuerdo del exterior
dejaba quizá qué desear y no encontró ninguno. Así todo ojos de peor en peor
hasta cejar de ver de mirar alrededor de él o con atención y ponerse a pensar.
Con ese fin a falta de una piedra sobre la cual sentarse como Walther y cruzar
la pierna no encontró algo mejor que quedarse allí de pie inmóvil lo cual hizo
después de dudarlo brevemente y por supuesto que inclinar la cabeza como
alguien abismado en sus pensamientos lo cual hizo también después de dudarlo
otra vez brevemente.
Pero pronto cansado de
hurgar en esas ruinas retomó su paso a través de las largas pálidas hierbas
resignado a ignorar dónde estaba y cómo llegó o a dónde iba y cómo regresar al
sitio del cual ignoraba cómo había partido.
Así iba ignorando todo y
con ningún fin a la vista. Ignorando todo y además sin deseo alguno de saber ni
a decir verdad sin ninguno de ninguna clase y por consiguiente sin
remordimientos tan sólo hubiera deseado que cesaran de una buena vez los
toquidos y los gritos y lamentaba que no. Toquidos ya apenas ya claros como
traídos por el viento pero no sopla nada y gritos ya claros ya apenas.
Tres
Así estaba antes de
quedar inmóvil nuevamente cuando en sus oídos desde lo más profundo de sí oh
cómo sería y aquí una palabra perdida terminar allí en donde nunca jamás. Luego
largo silencio largo simplemente o tan largo que quizá ya nada y luego nuevamente
desde lo más profundo de sí apenas un murmullo oh sería y aquí la palabra
perdida allí donde nunca antes. En todo caso sea lo que sea lo que haya podido
ser terminar y así una y otra vez acaso no estaba ya allí mismo en donde se
encontraba inmóvil en el mismo sitio y doblado en dos y sin cesar en sus oídos
desde lo más profundo de sí apenas un murmullo oh sería tal y así una y otra
vez ¿no se encontraba ya si se da crédito a sus ojos allí donde nunca antes?
Pues incluso alguien como él al encontrarse una vez en un sitio semejante ¿cómo
no se hubiera estremecido al volverse a encontrar lo cual él no había hecho y
habiéndose estremecido buscado consuelo pensando diciéndose que habiendo
encontrado el medio de salir de ello entonces podía volverlo a encontrar para
volver a salir una vez más lo cual tampoco había hecho? Allí entonces todo este
tiempo en donde nunca antes y a dondequiera que buscara con los ojos ningún
peligro o esperanza según el caso de salir alguna vez de allí. Era necesario
pues como si nada persistiera ya en una dirección ya en otra o por el contrario
ya no moverse según el caso es decir según esa palabra perdida que si resultaba
negativa como desgraciado o malvenido por ejemplo entonces evidentemente a
pesar de todo lo primero y en caso contrario evidentemente lo otro es decir ya
no moverse. Como a título de ejemplo el lío en su mente supuestamente hasta ya
nada desde lo más profundo que apenas de vez en vez oh terminar. Sin importar
cómo sin importar dónde. Tiempo y pena y sí mismo por decir algo. Oh terminar
todo.
Fracasa otra vez, fracasa
mejor
De vez en cuando hay que
tirarse por las escaleras, practicar el cuerpo a cuerpo con el escalón en una
especie de lucha que nos reconcilia con los viejos fantasmas y además nos
plantea nuevos retos. De esto nos habla Chus Cortina en su obra titulada “Génesis 28, 12 (aprendizaje)”. Se trata de un video
en el que se suceden las tomas del propio artista rodando por las escaleras de
varios edificios en los que él considera que fracasó en algún momento de su
vida.
Y es que el fracaso se construye y se
deconstruye a gusto del consumidor.
Aprendizaje, análisis, trabajo, ironía. Chus Cortina mezcla sus propios
ingredientes en una aproximación elaborada a un tema cotidiano y universal. Leo
en el catálogo que el artista, antes de aventurarse escaleras abajo ha recibido
lecciones de un experto en efectos especiales. Ya se nota. Esos volteos sobre
escalinatas interminables los ejecuta Cortina con destreza y con gracia,
creando ese punto de suspense que toda historia debe tener.
¿Quién fracasa? El que
sigue el manual de instrucciones punto por punto no fracasará, eso nos lo
explican cada día en los medios de comunicación, en las aulas, en el
trabajo. Se nos anima a ser unos
“infracasados” de por vida. Quedar estáticos, ser estatuas.
El fracaso es dinámico, a
esa conclusión llegué al salir de La Casa Encendida. Mientras me dirijo a la
glorieta de Atocha, rememoro las imágenes de Cortina rodando sobre los
escalones que un día pisó deprimido, con tal deleite que me atacan unas ganas
locas de fracasar.
Pero fracasar dónde.
¿Rodando por la gran escalinata de la Biblioteca Nacional? Tendría sentido, ya
que nunca fui capaz de avanzar en la lectura del Ulises de Joyce, y eso que lo
intenté varias veces sentada en los pupitres de la hermosa sala de lectura.
Lástima no tener el entrenamiento necesario.
Con la mente repleta de
ideas y los pies ligeros, seguí caminando hasta alcanzar el Museo del Prado,
por una de cuyas escaleras se tiró Chus Cortina. Recuerdo que justo detrás se
encuentra iglesia de Los Jerónimos e inmediatamente imagino a las altas jerarquías
eclesiásticas arrojándose desde lo alto de la elegante escalinata central. Se
lanzan sin miedo y sin entrenamiento previo, no lo necesitan pues la fe mueve
montañas y amortigua caídas.
En fin, fue solamente una
especulación que ahuyenté bebiendo un sorbo de agua de mi botella de plástico.
En la plaza de Neptuno un
turista me pregunta cómo llegar al Congreso. Mientras le señalo la ubicación
del edificio, me parece observar una gran afluencia de personas en lo alto de
las escaleras, junto a las columnas.
Pienso en lo peor, pero
no, no son ciudadanos cabreados, son figuras bien trajeadas, con maletines
ellos y bolsos de diseño ellas. Son los diputados, con el presidente a la
cabeza, que se van colocando en fila india. Al momento, Rajoy da un paso al
frente y se vuelve hacia el resto como el general que exhorta a su tropa: -
¡Hagamos el fracaso a la manera de Chus Cortina!- grita al borde del primer escalón. Y aquí me
doy cuenta de que soy víctima de una alucinación visual, sin duda a causa de la
ola de calor.
Derramo el resto del agua
sobre la cabeza y me marcho a casa. *
* *


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