© Libro No.508. Historia de mi vida. Chejov, Anton. Colección E.O. Octubre 26 de 2013.
Título original: © Historia de mi vida. Anton Chejov.
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Anton Chejov
Historia de mi vida
Anton
Chejov
Historia de mi vida
- I -
El jefe de la oficina me dijo:
-A no ser por lo mucho que estimo a su honorable
padre, le habría hecho a usted emprender el vuelo hace tiempo.
Y yo le contesté:
-Me lisonjea en extremo su excelencia al atribuirme
la facultad de volar.
Su excelencia gritó, dirigiéndose al secretario:
-¡Llévese usted a ese señor, que me ataca los
nervios!
A los dos días me pusieron de patitas en la calle.
Desde que era mozo había yo cambiado ocho veces de
empleo. Mi padre, arquitecto del Ayuntamiento, estaba desolado. A pesar de que
todas las veces que había yo servido al Estado lo había hecho en distintos
ministerios, mis empleos se parecían unos a otros como gotas de agua: mi
obligación era permanecer sentado horas y horas ante
la mesa-escritorio, escribir, oír observaciones estúpidas o groseras y esperar
la cesantía.
Con motivo de la pérdida de mi último destino tuve,
como es natural, una explicación enojosa con el autor de mis días. Cuando entré
en su despacho, estaba hundido en su profundo sillón y tenía los ojos cerrados.
En su rostro enjuto, de mejillas rasuradas y azules,
parecido al de un viejo organista católico, se pintaba la sumisión al destino.
Sin contestar a mi saludo, me dijo:
-Si tu madre, mi querida esposa, viviera todavía,
serías para ella origen constante de disgustos y de bochornos. Dios, en su
infinita sabiduría, ha cortado el hilo de su existencia para evitarle terribles
decepciones.
Calló un instante y añadió:
-Dime, desgraciado, ¿qué voy a hacer contigo?
Antes, cuando yo era más joven, mis deudos y mis
conocidos sabían lo que se podía hacer conmigo: unos me aconsejaban que
ingresara en el ejército; otros, que me colocase en una farmacia; otros, que me
colocase en telégrafos. Pero a la sazón, cuando yo ya tenía veinticinco años
cumplidos y algunos cabellos grises en las sienes, lo
que se podía hacer conmigo era un misterio para todos: había estado yo empleado
en telégrafos, en una farmacia, en numerosas oficinas; había agotado los medios
de ganarme, como decía mi padre, honorablemente la vida. Y todos los que me
rodeaban me consideraban hombre al agua y sacudían la cabeza, al mirarme, de un
modo compasivo.
-Bueno, ¿qué vas a hacer ahora? -continuó mi padre- A
tu edad, los jóvenes ocupan ya una buena posición social, y tú no eres más que
un proletario, un miserable que no sabe ganarse honorablemente la vida y que
vive como un parasito a expensas de su padre.
Luego se extendió en largas consideraciones sobre su
tema favorito: la perdición de la juventud contemporánea a causa de su falta de
religión, de su materialismo y de su arrogancia. Los jóvenes de mi época, al
decir del autor de mis días, se entregaban de lleno a los placeres, a las ideas
perversas y a los espectáculos teatrales de aficionados, que el gobierno debía
prohibir, puesto que no servían más que para apartar a la gente moza de la
religión y del deber.
-Mañana -terminó diciendo- iremos juntos a ver a tu
jefe, a quien le pedirás perdón y le prometerás ser en adelante un empleado
modelo. No puedes, en manera alguna, renunciar a tu posición social.
Yo no esperaba nada bueno del sesgo que tornaba la
plática, pero contesté:
-¡Oigame usted, padre, se lo ruego! Eso que llama
usted posición social no es sino el privilegio del capital y de la instrucción.
Los que no tienen ni una ni otra cosa se ganan el pan con un trabajo físico, y
no sé en virtud de qué razones no me lo he de ganar yo así.
-Si empiezas a hablar de trabajo físico, no podemos
seguir hablando.
¿No comprendes, imbécil, cabeza hueca, que además de
la fuerza bruta posees el espíritu de Dios, el fuego sagrado que te eleva
infinitamente sobre un asno o un cerdo? Ese fuego sagrado ha sido conquistado
en miles de años por los mejores hombres de la tierra. Tu bisabuelo el general
Poloznev se distinguió en la batalla de Borodino; tu abuelo era poeta, orador y
jefe de la nobleza del distrito; tu tío era pedagogo; yo, en fin, soy
arquitecto. ¡Todos los Poloznev han guardado celosamente el fuego sagrado, y tú
quieres apagarlo!
-Hay que ser justo: millones de hombres trabajan
físicamente -objeté yo con timidez.
-¡Peor para ellos! Si trabajan físicamente es porque
no saben hacer otra cosa. Su trabajo se halla al alcance de todos, incluso de
los idiotas y los criminales. Es bueno para esclavos y bárbaros, mientras que
sólo los elegidos pueden alimentar el fuego sagrado. Los elegidos son poco
numerosos, y los esclavos y los bárbaros se cuentan
por millones.
Era completamente inútil continuar la conversación.
Mi padre se adoraba a sí mismo, y sólo concedía importancia a sus propias
palabras. Lo que decían los demás no tenía valor alguno para él.
Por otra parte, yo sabía que el tono altivo con que
hablaba del trabajo físico no obedecía tanto a su entusiasmo por el fuego
sagrado como al temor que le inspiraba la opinión pública: si yo me hubiera
convertido en un simple obrero, el escándalo en la ciudad habría sido enorme.
Pero lo que principalmente le mortificaba era que todos mis compañeros de
escuela hubieran terminado hacía tiempo sus estudios universitarios y se
hubieran conquistado una posición. El hijo del director del Banco era jefe de
una oficina muy importante, y yo, el hijo único del arquitecto municipal, no
era nada aún.
No se me ocultaba que el seguir hablando no conducía
a nada, a no ser a un grave disgusto; pero continuaba sentado frente a mi
padre, defendiéndome débilmente, para ver si lograba que me comprendiese. La
cuestión no pedía ser mas sencilla: no se trataba sino de encontrar una manera
de ganarse el pan. Y mi padre no se hacía cargo de la sencillez de la cuestión,
y me hablaba sin cesar, con frases afectadas, del fuego sagrado, de Borodino,
del abuelo poetastro hacía tanto tiempo olvidado, etc., etc. Me trataba de
idiota, de imbécil, de cabeza hueca, y, sin embargo, yo sólo quería que me
comprendiese. A pesar de todo, él y mi hermana me inspiraban gran cariño.
Acostumbraba, desde mi infancia, a no hacer nada sin su consejo. Estaba tan
arraigada en mí esa costumbre, que desembarazarme no podré de ella nunca.
Obrase o no con razón, siempre temía afligirlos, siempre temía que le diese a
mi padre un ataque
hemipléjico cuando se enfadaba conmigo, pues la ira
le ponía fuera de sí, le subía la sangre a la cabeza.
-Estar sentad -dije- en una habitación mal aireada,
copiar papeles, rivalizar con una máquina de escribir es vergonzoso y
humillante para un hombre de mi edad. Y en nada de eso hay mi una chispa del
fuego sagrado de que me habla usted.
-No obstante, es un trabajo intelectual -contestó mi
padre-. ¡Pero basta! Pongámosle fin a esta conversación. Sólo he de advertirte
que, si no sigues asistiendo a la oficina y te empeñas en obrar conforme a tus
inclinaciones despreciables, yo y mi hija te privaremos de nuestro afecto.
¡Y te desheredaré, te lo juro!
Con completa sinceridad, para probarle la pureza de
mis intenciones, en las que quería inispirarme toda la vida, repliqué:
-La cuestión de la herencia no tiene para mí ninguna
importancia.
Renuncio de antemano a mi patrimonio.
Sin que yo lo esperase, tales palabras ofendieron
mucho a mi padre. Se puso rojo como la grana.
-¿Te atreves a hablarme así, imbécil?-gritó con voz
chillona-.
¡Canalla!
Y me dió un par de bofetadas.
-¡Eres un insolente!
En mi niñez, cuando mi padre me pegaba, yo debía
permanecer derecho ante él, inmóvil, con los brazos caídos a lo largo del
cuerpo, mirándole de frente. Ya hombre, si alguna vez me sacudía el polvo, el
respeto y el hábito me compelían a adoptar la misma postura y a mirarle del
mismo modo.
Aunque había envejecido, sus músculos eran aún
fuertes, y los golpes que me administraba no tenían nada de suaves.
A la segunda bofetada, a pesar de mi respetuosa y
añeja costumbre de quedarme quieto, retrocedí hasta el recibidor. Él me siguió,
cogió su paraguas del perchero y empezó a darme paraguazos en la cabeza y en
los hombros.
En aquel momento mi hermana, atraída por el ruido,
abrió la puerta del salón. Al ver lo que ocurría, volvió la cabeza, pintados en
el rostro el terror y la lástima, pero no pronunció ni una palabra en favor
mío.
Mi decisión de no volver a la oficina de donde me
habían echado, y de comenzar una vida nueva, de verdadero trabajo, era
inquebrantable. Sólo me faltaba elegir oficio, lo que no me parecía difícil,
pues me consideraba con vigor, perseverancia y capacidad para el trabajo más
penoso. Harto sabía que la vida que me esperaba era una vida monótona de
obrero, con sus miserias, su ambiente grosero, su constante temor de hallarse
sin trabajo y perecer de hambre. Acaso al volver de mi trabajo por la calle de
la Nobleza -la principal de la ciudad-, lamentase algún día no haber preferido
una carrera intelectual; pero, por el momento, yo estaba muy satisfecho de mi
decisión y no me espantaba la idea de las privaciones, las inquietudes y los
sinsabores que me aguardaban.
En otro tiempo soñaba con una carrera intelectual: me
imaginaba ya profesor, ya médico, ya literato. Pero mis sueños no se habían
realizado.
Aunque sentía marcada inclinación por los placeres
espirituales -principalmente por los que nos procuran las letras-, no sabía
hasta qué punto el trabajo intclectual concordaría con mis aptitudes. En el
Liceo manifesté una aversión tal a la lengua griega que me echaron sin aprobar
el cuarto año. Luego estudié en casa mucho tiempo con profesores particulares,
para poder examinarme y pasar al quinto año; después desempeñé todos los
empleos de que he hablado, me dediqué a perder el tiempo en una porción de oficinas,
lo cual me aseguraban que era trabajo intelectual. Mi servicio en tales
oficinas no exigía de mí ni esfuerzos de ingenio, ni talento, ni capacidad
personal, ni inspiración. Mi trabajo no difería en nada del de una máquina, y
era, en mi sentir, más despreciable que cualquier trabajo físico. Me parecía
imperdonable la vida ociosa, inútil, de la mayoría de los pretendidos
trabajadores intelectuales, verdadera vida de parásitos. Quizás me equivocase.
Quizás no tuviese yo idea de lo que es el auténtico trabajo intelectual.
Empezó a anochecer.
Nuestra casa se hallaba en la calle de la Nobleza,
por la que, a falta de un buen jardín público, se paseaba todas las tardes la
gente distinguida de la ciudad.
La calle era encantadora y podía, hasta cierto punto,
reemplazar a un jardín: la bordeaban dos hileras de acacias que exhalaban en el
buen tiempo un olor delicioso, sobre todo después de la lluvia. Por encima de
las tapias de los jardincillos domésticos asomaban sus ramas las lilas, las
acacias, los manzanos.
Estábamos en el mes de mayo. A pesar de que no eran
nuevas para mi aquellas tardes primaverales con sus suaves penumbras, con sus
tiernos verdores, con sus delicadas fragancias, con su dulce rumor de insectos,
con su tibia temperatura, todo eso aquel día me impresionaba más que de
costumbre y ponía en mi alma una languidez singular.
Me hallaba en el portal de casa y contemplaba a los
paseantes. Conocía a la mayor parte desde mi niñez, y no pocos de ellos habían
jugado conmigo. A la sazón, mi compañía, si me hubiera acercado a ellos, los
habría enojado, pues yo iba vestido pobremente y nada a la moda; llevaba unos
pantalones muy estrechos y unas botas muy grandes, que parecían barcos. Además,
mi reputación en la ciudad dejaba mucho que desear. Yo era un hombre, que no se
había conquistado una posición, que jugaba al billar en cafetines de mala nota
y que había sido dos veces -no sé el motivo a ciencia cierta- conducido a la
gendarmería.
En el caserón frontero a casa, perteneciente al
ingeniero Dolchikov, alguien tocaba el piano.
La obscuridad se fue adensando y aparecieron en el
cielo las primeras estrellas.
Andando lentamente y saludando a los paseantes, pasó
mi padre, con su viejo sombrero de copa, del brazo de mi hermana.
-¡Mira! -1e decía, señalando al cielo con el paraguas
con que me había pegado horas antes-. ¡Mira el cielo! Todas las estrellas que
ves, hasta las más pequeñas, son mundos. El hombre, comparado con la inmensidad
del Universo, es como un granito de arena.
Afirmaba esto con el tono de quien está muy orgulloso
y muy contento de ser tan poca cosa.
¡Qué corto de alcances es! No tiene talento ninguno.
Desde hace muchos años no hay otro arquitecto en la ciudad, en la que no se ha
construido en todo ese tiempo una casa de regulares condiciones estéticas y
prácticas.
El buen señor se guía por métodos de construcción
horriblemente rutinarios. Cuando se le encarga una casa, lo primero que dibuja
en el plano es el salón.
Luego añade el comedor, el cuarto de los niños, el
gabinete, las alcobas, y pone en comunicación unas con otras por medio de
puertas todas estas habitaciones, de modo que para llegar a la última es
preciso pasar por cada una de las anteriores y nadie puede disponer enteramente
de ninguna.
Se advierte que conforme va componiendo el plano se
le van ocurriendo ideas incoherentes, estrechas, mezquinas, limitadas, y que
conforme va dándose cuenta de sus olvidos va añadiendo detalles.
La cocina la coloca siempre en el sótano, con una
bóveda de piedra y un suelo de ladrillos. La fachada siempre es sombría, seca,
triste, de líneas severas, baja, como aplastada; las chimeneas, anchas y feas,
están cubiertas por unas caperuzas de alambre.
No sé por qué, todas las casas construidas por mi
padre me recuerdan de un modo vago su sombrero de copa y su nuca.
Poco a poco los habitantes de la ciudad se fueron
acostumbrando a su estilo arquitectónico, que llegó a tener un valor local.
Ese mismo estilo lo llevó a mi vida y a la de mi
hermana. A mí me puso el nombre bíblico de Misail y a mi hermana el histórico
de Cleopatra.
Cuando era pequeña, le hablaba de las estrellas, de
los sabios de la antigüedad, de nuestros abuelos, que debían servirnos de
ejemplo. A la sazón tenía ya veintiséis años y seguía hablándole de las mismas
cosas.
Evitaba con sumo cuidado el que se tratase con mozos.
No le permitía pasear en otra compañía que la suya. Estaba seguro de que el día
menos pensado se presentaría un joven distinguido y de excelente educación, que
la pediría por esposa. Y mi pobre hermana le adoraba, le temía y le consideraba
el más inteligente de los hombres.
Cerró la noche por completo y no tardó la calle,en
quedarse desierta.
En casa del ingeniero Dolchikov cesaron de tocar el
piano. La puerta cochera se abrió poco después, y un coche arrastrado por tres
magníficos caballos salió, con un alegre ruido de cascabeles: el ingeniero y su
hija se dirigían a las afueras de la ciudad a dar un paseo nocturno.
Era hora de acostarse.
Yo tenía en la casa una habitación; pero habitaba en
un cuartito que había en el patio, en un cobertizo de ladrillos. Aquel cuartito
había sido construido no se sabe para qué; probablemente para guardar los
trastos viejos. Hacía treinta años que mi padre depositaba allí la colección de
su
periódico, cuyos números hacía empaquetar cada seis
meses y guardaba celosamente, como algo precioso.
Yo le había tomado cariño a aquel cuartito
abandonado: en él vivía sin que nadie me molestase, y veía lo menos posible a
mi padre y a sus visitas. Además, se me antojaba que no habitando en la misma
casa, y no yendo todos los días a comer, mi padre no podría echarme tanto en
cara el
vivir a su costa.
Mi hermana me atendía en mi apartamiento. A hurto de
mi padre me llevó la cena: un trocito de vaca fiambre y un pedazo de pan. En
casa se gastaba poco; mi padre siempre estaba hablando de la necesidad de
limitar los gastos todo lo posible.
-Hay que calcular siempre -decía-. Al dinero le gusta
ser contado y recontado.
Mi hermana, guiándose por estas máximas triviales y
enojosas, procuraba economizar cuanto le era dable, y en casa se comía muy mal.
Puso sobre la mesa el plato con la cena, se sentó en
mi cama y empezó a llorar.
-¡Misail! -dijo-, ¿qué has hecho?
Se pintaba en su rostro gran desconsuelo. Le caían
las lágrimas sobre el pecho y en las manos. Apoyó la cabeza en la almohada y
prorrumpió en sollozos, presa de un gran temblor.
-¿Has abandonado de nuevo tu empleo? -prosiguió-. ¡Es
terrible!
Sus lágrimas me desesperaban, y yo no sabía qué hacer
para consolarla.
El quinqué, en el que se había acabado el petróleo,
estaba a punto de apagarse. Sombras fantásticas llenaban mi pobre habitación.
-¡Ten piedad de nosotras! -me rogó mí hermana,
levantándose-. ¡Papá sufre tanto por tu culpa! ¡Y yo estoy enferma, no puedo
más, me vuelvo loca!
Tendiéndome las manos, me imploró:
-¡Vuelve a la oficina! ¡Hazlo en memoria de nuestra
pobre madre!
-No puedo, Cleopatra -contesté, sintiendo que mis
energías flaqueaban, y casi a punto de ceder-. ¡No puedo!
-Pero ¿por qué? Si no quieres volver a la misma
oficina, a causa de tu disgusto con el jefe, puedes buscarte otra colocación.
¿Por qué no te colocas en las oficinas de ferrocarriles? He hablado esta tarde
con Ana Blagovo, y me ha asegurado que puedes encontrar en ellas un empleo,
para
lo que se halla dispuesta a ayudarte. ¡Por Dios,
Misail, recapacita y haz lo que te pedimos!
Nuestra conversación se prolongó aún un poco, y acabé
por capitular.
-Nunca -dije- se me había ocurrido ingresar en esas
oficinas. Probaré.
Se trataba de una vía férrea en construcción en las
cercanías de la ciudad.
Mi hermana se sonrió con alegría al través de sus
lágrimas, y me apretó la mano. El quinqué se apagó del todo y me dirigí a la
cocina en busca de petróleo.
- II -
Como no había teatro en la ciudad, solían organizarse
funciones de aficionados, conciertos, cuadros vivos, a beneficio, naturalmente,
de los pobres.
Entre los aficionados se distiguía la familia
Achoguin, que tenía, como nosotros, su morada en la calle de la Nobleza. Casi
siempre los espectáculos se celebraban en aquel amplio caserón. Los Achoguin
pagaban todos los gastos y desplegaban gran actividad en los preparativos.
Era una familia de ricos terratenientes. Poseía en el
distrito más de tres mil hectáreas de tierra y una hermosa casa de campo. Pero
poco amiga de la vida campestre, se pasaba todo el año en la ciudad.
La constituían la madre, una señora alta, delgada,
pelicorta, que solía llevar, a la usanza inglesa, una falda lisa y una chaqueta
hechura sastre, y tres hijas. Al hablar de ellas no se las designaba por sus
nombres de pila, sino que se decía sencillamente: la mayor, la de en medio y la
pequeña. Las tres eran feas, de barbilla aguda,
cortas de vista y tenían los ojos oblicuos. Vestían como su mamá. Su voz
desagradable, opaca, no les impedía tomar parte en los espectáculos. Casi
siempre estaban ocupadas en preparativos de conciertos, representaciones
teatrales, charadas.
Declamaban, recitaban, cantaban. Las tres eran muy
graves y no se sonreían nunca; hasta el teatro cómico lo interpretaban de un
modo tan serio, si se les asignaban papeles en él, que parecían, más que
intérpretes de una farsa regocijada, tenedores de libros.
A mí me divertían las funciones de aficionados, sobre
todo los ensayos, en los que reinaba un gran desorden y solía armarse una
algarabía infernal, y al final de los cuales se nos convidaba siempre a cenar.
Yo no tomaba parte alguna en la elección de obras ni en el reparto de papeles.
Mi trabajo consistía en copiarlos, pintar las
decoraciones, apuntar, imitar entre bastidores el ruido del trueno, el canto
del ruiseñor, etc.
Como iba mal vestido y carecía de una posición social
honorable, me mantenía durante los ensayos un poco a distancia de la gente, a
la sombra de los bastidores y no despegaba los labios.
Pintaba las decoraciones en el patio de casa de los
Achoguin y me ayudaba en tal tarea un pintor decorador, o, como se denominaba
él mismo, un «contratista de obras pictóricas», llamado Andrés Ivanovich. Era
un hombre de unos cincuenta años, de elevada estatura, muy delgado y muy
pálido, con la faz rugosa y unas grandes ojeras
azules. Su aspecto enfermizo me asustaba un poco. Padecía no sé qué dolencia
incurable. Con frecuencia se ponía a morir, pero guardaba cama unos días y se
levantaba de nuevo, asombrado él mismo de seguir aún con vida.
-¡A pesar de todo no me he muerto! -decía.
En la ciudad le conocían, más que por Ivanov. por
Nabó, no sé con qué motivo. Como a mí, le gustaba mucho el teatro. En cuanto
sabía que se preparaba alguna función, dejaba todos sus trabajos y acudía a
casa de Achoguin, a pintar las decoraciones.
El día siguiente a mi conversación con mi hermana
trabajé en casa de Achoguin desde por la mañana hasta el anochecer.
La hora fijada para el comienzo del ensayo era las
siete de la tarde. A las seis ya habían llegado cuantos habían de tomar parte
en la función.
Las tres muchachas -la mayor, la de en medio y la
pequeña- se paseaban por el escenario, cuaderno en mano, recitando sus papeles.
Nabó, con un largo gabán rojo y una ancha bufanda, miraba, de pie junto a la
puerta, al escenario, como mira, en un templo, el altar un creyente devoto. La
señora Achoguin se acercaba ya a uno, ya a otro de los concurrentes y le decía
a cada cual una cosa agradable. Tenía la costumbre de mirar fijamente a sus
interlocutores y hablarles en voz baja, como si estuviera conversando de un
modo muy confidencial.
-Debe de ser dificilísirno el pintar las decoraciones
-me dijo quedito, acercándose a mí-. He estado hablando con la señora Mufke de
las supersticiones arraigadas en nuestra sociedad. ¡Es terrible! No sabe usted
lo que yo he luchado contra ellas. Para que la servidumbre se dé cuenta de lo
ridículas que son, mando encender todas las noches tres bujías en mi habitación
y procuro hacer en día 13 las cosas importantes. La pobre gente está segura de
que tres bujías y la fecha 13 traen desgracia...
En aquel momento entró la hija del ingeniero
Dolchikov, una rubia muy bella, vestida, como se decía entre nosotros, lo mismo
que una parisién.
Nunca tomaba parte en las representaciones; pero en
los ensayos se ponía siempre en el escenario una silla para ella y no empezaba
la función mientras ella no llegaba, radiante, elegantísima, y no se sentaba en
un sillón de primera fila.
Se la respetaba mucho, como a una persona que había
vivido largo tiempo en la capital. Sólo ella podía permitirse, durante los
ensayos, hacer observaciones críticas. Las hacía con una sonrisa de
condescendencia y se advertía que consideraba el espectáculo un juego inocente
de niños.
Se decía que había estudiado canto en el
Conservatorio de Petrogrado y hasta que me gustaba mucho, y mis ojos solían no
apartarse de ella en todo el ensayo.
Inesperadamente se presentó mi hermana en el
escenario, puesto el sombrero y el abrigo, y acercándose a mí me dijo:
-¡Ven!
La seguí. Detrás del escenario se hallaba Ana
Blagovo, también ensombrerada.
Era la hija del vicepresidente de la Audiencia, que
residía en la ciudad desde hacía un sinfín de años, casi desde el día en que la
Audiencia se creó. Como era de elevada estatura y muy bien formada, se la
invitaba siempre a tornar parte en los cuadros vivos. Cuando aparecía en ellos
vestida de hada o haciendo de estatua de la Gloria, parecía turbada en extremo
y se ponía colorada hasta la raíz de los cabellos. En las funciones de teatro
nunca tomaba parte, y rara vez asistía a los ensayos, en los que, además, no
salía de entre bastidores.
Aquel día sólo estuvo unos momentos y ni siquiera
entró en la sala.
-Mi padre -me dijo secamente, sin mirarme y
ruborizándose- le ha recomendado a usted. El señor Dolchikov le ha prometido
darle a usted un empleo en el ferrocarril. Vaya usted a verle mañana. Estará en
casa.
Yo la saludé y le di las gracias.
-En cuanto a eso -añadió, señalando al cuaderno de
los papeles que yo llevaba en la mano-, lo mejor sería que dejase usted de
emplear tiempo en ello.
Luego, ella y mi hermana se acercaron a la señora
Achoguin, con la que hablaron en voz baja durante dos minutos, dirigiéndome
frecuentes miradas.
Parecían deliberar.
-Si le reclaman a usted -me dijo la señora Achoguin,
acercándose a mí y mirándome con fijeza- ocupaciones más serias, puede entregar
ese cuaderno a otra persona. ¡Deje usted eso, amigo mío, y vaya a sus
quehaceres!
Saludé y me fui muy turbado.
Apenas hube yo salido, vi salir a mi hermana y a la
señorita Blagovo.
Iban hablando con gran calor, probablemente de mí y
de mi posible regeneración, y caminaban muy de prisa. Se veía que a mi hermana,
que nunca asistía a los ensayos, le remordía la conciencia el haberse estado,
en casa de Achaguin, y tenía miedo de que mi padre se enterase.
Al día siguiente, a cosa de la una de la tarde, me
presenté en casa del ingeniero Dolchikov.
Me acompañó un criado a un hermoso aposento, que era
al mismo tiempo el salón y el cuarto de trabajo del ingeniero. Todo era allí
agradable, elegante y producía una impresión extraña en quien, como yo, no
estaba acostumbrado a ver un lujo parecido. Ricos tapices, amplios sillones,
cuadros con marcos de terciopelo, bronces. Se veían
en las paredes retratos de bellas mujeres de rostro inteligente, en actitudes
descocadas.
Una puerta de cristales ponía la estancia en
comunicación con una gran terraza cuyas escalinatas bajaban a un ameno jardín.
En la terraza se veía una mesa servida para el almuerzo adornada con profusión
de rosas y lilas y bien provista de botellas.
Flotaba en el aire el aroma de un cigarro habano.
Sonreían allí el sol, la prirnavera y la felicidad. Se advertía que en aquella
casa moraban el contento, la satisfacción, la ventura.
Ante la mesa de despacho estaba sentada, leyendo un
periódico, la hija del ingeniero.
-¿Quiere usted ver a mi padre? -me preguntó-. Está
bañándose y no tardará en salir. Tenga la bondad de sentarse.
Me senté.
-Usted vive en la casa de enfrente, ¿verdad? -me
dijo, tras un corto silencio.
-Sí.
-Algunas veces me distraigo mirando por la ventana
-continuó, sin apartar la vista del periódico- y los veo a usted y a su
hermana. Su hermana de usted tiene una cara muy simpática, una cara leal y
seria.
En aquel momento entró Dolchikov frotándose el cuello
con una toalla.
-Papá, el señor Poloznev te espera hace un ratito.
-Sí; Blagovo me ha hablado de él -contestó el
ingeniero, volviéndose a mí sin tenderme la mano-. Pero no puedo ofrecerle
nada. No tengo plazas.
Se detuvo frente a mí y me dijo, con un tono tan poco
amable que parecía reñirme:
-¡Son ustedes una gente extraña, señores! Todos los
días vienen una porción de caballeros a pedirme empleos, como si yo fuera un
ministro. Yo, señores, no dispongo de empleos para intelectuales, es decir,
para personas que sólo saben emborronar papel. En la vía férrea que estoy
construyendo lo que necesito son mecánicos,
cerrajeros, ingenieros, carpinteros, no escritores. ¡Conmigo hay que trabajar
duramente y no burocratear! ¿Estamos?.
Su persona producía la misma impresión de felicidad,
de bienestar, que todo cuanto le rodeaba. Grueso, vigoroso, de carrillos rojos,
de pecho ancho, limpia y fresca la piel recién enjugada, vestido con una ancha
blusa de seda y unos holgados pantalones, parecía un cochero de opereta.
Tenía los ojos claros e inocentes, la nariz aguileña,
ni un solo cabello blanqueaba en su perillita redonda.
-¿Qué saben ustedes hacer? -prosiguió-. ¡No saben
ustedes hacer nada los intelectuales! Yo, sin ir más lejos, soy ahora
ingeniero, gozo de buena posición; pero antes de llegar a esto he pasado por
todas las miserias, he trabajado como simple maquinista, he sido dos años, en
Bélgica, fogonero de locomotora. ¿Usted para qué sirve, para qué trabajo se
considera útil?
-Sí; tiene usted razón -repuse, muy turbado ante la
mirada severa de sus ojos claros e inocentes.
-Al menos, ¿sabe usted manejar el aparato
telegráfico? -me preguntó, tras una corta reflexión.
-Sí; he estado empleado en Telégrafos.
-Bueno... Ya veremos. Por de pronto puede usted salir
para Dubechnia.
Allí tengo ya un empleado; pero no vale nada.
-¿En qué consistirá mi trabajo?
-Ya decidiremos. Váyase. Daré órdenes. Pero se lo
prevengo: no se me emborrache y no me moleste con peticiones; pues de lo
contrario le despediré.
Y se sentó en una butaca sin hacerme siquiera una
inclinación de cabeza. La conversación había terminado. Saludé al ingeniero y a
su hija y me fuí.
La impresión que me produjo tal entrevista no pudo
ser más deprimente.
Cuando llegué a casa y mi hermana me preguntó cómo me
había recibido el señor Dolchikov, no tuve alientos para pronunciar ni una
palabra: tan abatido estaba.
Al día siguiente me levanté antes de salir el sol
para irme a Dubechnia. Nuestra calle estaba completamente desierta. Todo el
mundo dormía aún, y mis pasos resonaban ruidosos y aislados en el silencio
matutino. Las acacias, cubiertas de rocío, impregnaban el aire de una deliciosa
fragancia.
Yo estaba triste y sentía en el alma tener que dejar
la ciudad. La amaba mucho y me parecía bella y cómoda. Me placían el verdor de
sus calles, sus dulces mañanas soleadas, el campaneo de sus iglesias. Sólo la
gente que vivía en ella me era extraña, desagradable, odiosa a veces. Ni la
amaba ni la comprendía.
No acertaba a explicarme por qué y cómo vivían
aquellos sesenta y cinco mil habitantes. Sabía que Tula fabrica samovares y
fusiles, que Moscú es un centro importante de producción, que Odesa es un gran
puerto de mar; pero ignoraba el papel de nuestra ciudad en el mundo y la razón
de su existencia.
Los vecinos de la calle de la Nobleza y de dos o tres
calles más vivían de sus rentas y de los sueldos que cobraban como empleados
del Estado; pero los de las otras calles que se extendían paralela y
perpendicularmente en un área de tres kilómetros ¿de qué diablos
vivían?... Esto era para mí un enigma. Vivían, eso
sí, de una manera repugnante. No había en la ciudad ni un buen jardín público,
ni un teatro, ni siquiera una mediana orquesta. Aunque poseíamos dos
bibliotecas -una del Municipio y otra perteneciente al Casino-, no las solían
visitar sino
jóvenes israelitas, y las revistas permanecían meses
enteros sin abrir.
Gente rica, hasta intelectual, dormía en alcobas
angostas, se acostaba en camas de madera llenas de chinches; los cuartos de los
niños eran verdaderas pocilgas; la servidumbre dormía en la cocina, sin más
lecho que el suelo, y se abrigaba con harapos. La alimentación era mala,y poco
abundante en la mayoría de las casas.
En el Consejo Municipal, en el Gobierno, en el
Palacio Episcopal se hablaba sin cesar de la necesidad de dotar de aguas a la
ciudad, donde las que había eran escasas y malsanas; pero se tropezaba con la
falta de dinero. Sin embargo, había entre nosotros millonarios que perdían en
una sola noche miles de rublos en el juego y que también ellos bebían agua
insalubre, sin ocurrírseles siquiera hacer un pequeño sacrificio pecuniario en
beneficio de la población.
Yo no podía concebirlo: estando en su mano favorecer
la ciudad con notables mejoras, ponían el grito en el cielo porque el Gobierno
le negaba un crédito al Ayuntamiento.
Entre todos los vecinos que yo conocía no había un
hombre honrado. Mi padre recibía subvenciones, y se figuraba que se las daban
por su bella cara; los estudiantes, para que los profesores no los tratasen con
demasiada severidad en los exámenes, solicitaban de ellos clases
particulares, que les pagaban carísimas; la señora
del gobernador militar recibía fuertes sumas por que su marido librase a los
mozos del servicio, y además se hacía llevar los mejores vinos y tomaba unas
borracheras escandalosas; los médicos aprovechaban cuantas ocasiones se les
ofrecían
de medrar a costa del pueblo, y el del Municipio, por
ejemplo, recibía regalos de casi todos los carniceros cuyos establecimientos
estaba obligado a inspeccionar. En todas partes se consideraba al solicitante
un ser cuya misión era la de pagar, y en el Ayuntamiento, en las escuelas, en
las oficinas se le engañaba, se le vendían certificados falsos, se hacía todo
lo posible por sacarle los cuartos.
Y la pobre gente sabía muy bien que sin una
gratificación no se podía conseguir nada, y pagaba a los empleados su tributo
de cientos de rublos, y a veces hasta de treinta o cuarenta «copecks».
Los que no tomaban gratificaciones -por ejemplo, los
jueces o el fiscal-, eran altivos, fríos, de ideas estrechas; trataban a la
gente con desdén; jugaban, bebían; sólo se casaban con muchachas ricas, y su
influjo en la sociedad no era nada beneficioso.
Únicamente las doncellas eran puras de alma. Casi
todas tenían aspiraciones nobles y un corazón limpio y entusiasta; pero no
comprendían la vida; su concepto del mundo pecaba de cándido; reputaban normal
cuanto pasaba en torno suyo. Luego, de casadas, envejecían de un modo prematuro
y se hundían en el cieno de una existencia gris, vulgar.
- III -
El camino de hierro en construcción cerca de la
ciudad atraía gran número de obreros. Las vísperas de fiesta se paseaban por
las calles en nutridos grupos, atemorizando a los indígenas. A veces, cometían
robos.
Era frecuente verlos, con la cara cubierta de sangre,
destocados, la blusa hecha jirones, conducidos al puesto de policía por haber
hurtado un samovar o una pieza de ropa tendida.
Sus lugares predilectos eran los mercados y las
tabernas. En la anchura abierta a los cielos de las plazas públicas comían,
bebían, gritaban, juraban. En cuanto veían una mujer de conducta no muy austera
la saludaban con un coro de agudos silbidos.
Los lonjistas, para divertirlos, les daban «vodka» a
los gatos y a los perros, o ataban a la cola de un can una lata vacía y
asustaban con grandes gritos al pobre animal, que, aterrorizado, corría que se
las pelaba, chillando y moviendo con la lata un infernal estrépito, en la
creencia, sin duda, de que le perseguía un rnonstruo, y no paraba hasta las
afueras, adonde llegaba sin aliento. No pocas veces la cerril diversión acababa
volviéndose el can loco.
La estación se había emplazado a cinco verstas de la
ciudad. Se decía que los ingenieros le habían pedido al Ayuntamiento cincuenta
mil rublos para hacer pasar el camino de hierro por la ciudad, y que el
Ayuntamiento no había querido dar más que cuarenta mil, lo que había sido causa
de que
las negociaciones fracasaran y la línea se
construyese a gran distancia de la población. Luego, el Ayuntamiento lamentó no
haber aceptado las proposiciones de los ingenieros; pues se vio obligado a
hacer un camino hasta la estación, lo cual era mucha más caro.
La línea estaba ya casi terminada; los rieles y las
traviesas colocados. Pequeños trenes cargados de materiales de construcción y
de obreros circulaban ya. Sólo faltaban los puentes, de cuya construcción
estaba encargado el ingeniero Dolchikov. Muchas estaciones también estaban
edificándose aún.
La de Dubechnia era la más próxima a la ciudad, de la
que distaba diez y siete verstas.
Yo avanzaba sin apresurarme. Los campos verdeaban a
uno y otro lado del camino. Todo estaba inundado de sal. El paisaje era
agradable, pintoresco.
A lo lejos se divisaban la estación, algunas colinas,
unas cuantas casas de campo.
Yo respiraba a pleno pulmón y me sentía feliz.
Procuraba no pensar en nada, para saborear más por entero aquellas horas de
libertad. Desechaba todo pensamiento relacionado con mi padre, con el ingeniero
Dolchikov, con el empleo que me esperaba en Dubechnia. ¡Ah, si fuera posible no
estar sujeto al hambre! Entonces podría uno ser libre como un pájaro. El hambre
era mi más terrible enemigo. Cuando tenía hambre, el deseo impetuoso de llenar
la barriga turbaba mis mejores pensamientos.
Aquella mañana, por ejemplo, todo era en torno mío
bello, resplandeciente; estaba yo solo en mitad de los campos sin límites,
miraba cernirse en el aire una alondra canora... y pensaba: «¡Con qué gusto me
comería un pedazo de pan con manteca!» Sentado un instante a la orilla del
camino, quería entregarme de lleno al deleite de aspirar la fresca brisa
matinal, y -¡ay!- de pronto se me venía a la imaginación el olor delicioso de
las patatas fritas.
Era robusto, corpulento, y tenía un apetito de lobo;
pero rara vez podía satisfacerlo, y casi siempre estaba hambriento. Quizá
debido a eso no ha extrañado nunca que la gente del pueblo hable de comer casi
constantemente y sólo piense en el pan cotidiano. El hambre es el motor
principal de la actividad humana.
En Dubechnia estaba terminándose la edificación de la
estación. Ya había comenzado a alzarse el piso superior. En el inferior
trabajaban los pintores.
Hacía un calor horrible. Los obreros trabajaban sin
energía enervados por el ardor del sol. Algunos estaban sentados, dormitando,
sobre montones de ladrillos y piedras, y el sol les quemaba la cara.
Ni un árbol en una gran distancia. El hilo del
telégrafo, sobre el que reposaban algunos pajarillos, sonaba con un rumor
monótono.
Empecé a vagar por entre los montones de materiales
sin saber lo que debía hacer. Recordaba que el señor Dolchikov, cuando le
pregunté cuál era mi obligación en Dubechnia, me había contestado: «Ya
veremos.» Yo no veía nada. ¿Que podía ver en aquel desierto, entre aquellos
montones de materiales en desorden?
Poco a poco la fatiga y el fastidio fueron
adueñándose de mí. Las piernas apenas me obedecían y sentía un deseo creciente
de agazaparme en un rincón.
Después de ir y venir durante dos horas por los
alrededores de la estación, paré mientras en una serie de postes telegráficos
que se alejaba y desaparecía, a unas dos verstas de distancia, tras una tapia
blanca. Los obreros me dijeron que allí estaban las oficinas, y caí al fin en
la
cuenta de que allí era adonde debía dirigirme.
A los veinte minutos me hallaba a la puerta de las
oficinas.
Estaban instaladas en una vieja casa de campo
abandonada hacía mucho tiempo. Las paredes estaban medio en ruinas, y el
tejado, cubierto de orín y lleno de remiendos. En torno del edificio se
extendía un gran patio que parecía, una pradera pues verdeaba la hierba en él
por todas partes. A derecha e izquierda veíanse dos pabelloncitos parejos en
tamaño y construcción. En uno de ellos, las ventanas estaban cubiertas con
tablas, y diríanse unos ojos ciegos. Junto al otro, cuyas ventanas se hallaban
abiertas, había ropa secándose al sol, colgada de una
cuerda, y se paseaban unos ternerillos. El último poste telegráfico se alzaba
dentro del patio, y el hilo penetraba, por una ventana, en uno de los
pabellones.
La puerta estaba abierta, y entré. Ante una mesa
sobre la que había un aparato de telegrafía estaba sentado un señor de cabello
obscuro y rizoso, con una larga blusa blanca.
Levantó la cabeza y me miró severamente; pero en
seguida una sonrisa iluminó su rostro.
-¡Calla! ¿Eres tú, Poloznev?
Yo también le reconocí al punto. Era Iván Cheprakov,
un compañero de Liceo. Le habían expulsado, cuando cursaba segundo año, porque
le sorprendieron fumando.
No olvidaré nunca mis excursiones cinegéticas en su
compañía. Cazábamos pájaros y luego los vendíamos en el mercado. Acechábamos
horas enteras, en otoño, las bandadas que huyendo del filo emigraban a países
más cálidos, y hacíamos en ellas estragos valiéndonos de pequeños cartuchos.
Muchos de los pobres pájaros heridos morían entre nuestras manos; otros curaban
y los vendíamos, haciéndolos pasar por machos aunque no lo fuesen.
Cheprakov era de constitución débil; tenía el pecho
angosto, la espalda encorvada, las piernas largas. Vestía con un gran descuido.
Llevaba la sucia y estrecha corbata mal anudada; no usaba chaleco; sus botas
sobrepujaban en vejez a las mías. Sus movimientos eran bruscos, nerviosos:
se estremecía a cada instante como si siempre se
encontrase bajo el imperio del miedo. Hablaba de un modo incoherente y se
inverrumpía con frecuencia.
-Oye... ¿Qué iba yo a decirte?... No me acuerdo...
Despaciosamente me puso en autos de todo lo relativo
a Dubechnia. Me contó que la finca donde me hallaba, a la sazón pertenecía a
sus padres, y que el otoño anterior había sido adquirida por el ingeniero
Dolchikov, el cual opinaba que era mucho más ventajoso poseer tierras que
guardar el
dinero en el Banco, y había ya comprado en nuestra
región tres grandes fincas. La madre de Cheprakov -su padre había muerto hacía
mucho tiempo- no había consentido en vender Dubechnia sino con la condición de
poder habitar durante dos años después de la venta en uno de los pabellones.
Además, Dolchikov le había dado una colocación a mi
amigo en la oficina.
-Ha hecho un magnífico negocio comprando Dubechnia
-dijo Cheprakov- Es un cuco. Sabe sacar provecho de todo.
Luego me llevó a su pabellón a almorzar.
-Vivirás conmigo en mi pabellón -decidió de pronto-.
Comerás con nosotros. Aunque mi madre es avara, no te hará pagar demasiado.
Las habitaciones que habitaba su madre eran muy
reducidas. Estaban atestadas de muebles que se habían transportado allí de la
casa grande después de la venta de la finca. Hasta en el vestíbulo y en el
pasillo había numerosas mesas, sofás y butacas. El mobiliario era viejo, de
caoba.
La señora Cheprakov, una dama corpulenta y anciana,
hallábase sentada en un gran sillón, junto a la ventana, y hacía calceta. Me
recibió con un empaque presuntuoso.
-Te presento, mamá, a mi amigo Poloznev -le dijo su
hijo-, que va a ser empleado aquí.
-¿Es usted noble? -me preguntó ella.
Sí -repuse.
-Tenga la bondad de sentarse.
El almuerzo dejó mucho que desear. Se compuso de un
pastel de queso amargo y una sopa en leche.
La señora Cheprakov guiñaba de vez en cuando, ora un
ojo, ora otro.
Eran movimientos involuntarios y morbosos. Había un
no sé qué en toda ella que anunciaba una muerte próxima. Hasta se me antojaba
que olía a cadáver.
La vida estaba casi apagada en aquella mujer, en la
que lo único que sobrevivía era la idea de su nobleza, de los muchos siervos
que tuvo en otro tiempo, de su calidad de viuda de un general y de su derecho,
por tanto, a ser tratada de excelencia. Cuando se acordaba de todo eso, su
cuerpo semimuerto se animaba un poco, y le decía a su hijo:
-Juan, ¿has olvidado cómo se coge el cuchillo?
A mí me hablaba con un acento afectado de gran
señora.
-Sabrá usted por Juan que hemos vendido la finca. Es
sensible, pues le teníamos mucho cariño. Pero Dolchikov ha prometido nombrar a
mi hijo jefe de la estación, y seguiremos viviendo aquí... El señor Dolchikov
es muy bueno. Y guapo, ¿verdad?
Hasta no mucho tiempo antes, la familia Cheprakov
había sido muy rica; pero después de la muerte del general había poco a poco
venido a menos. La señora Cheprakov empezó a armar pleitos con sus vecinos, a
querellarse por cualquier motivo ante los tribunales, a reñir con los
proveedores y los obreros, a quienes no quería pagar. Siempre desconfiada,
sospechando siempre que intentaban robarle, su estúpida administración dio al
cabo al traste con su fortuna. A los pocos años de la muerte del general,
Dubechnia se hallaba en un estado desastroso y no parecía la misma finca.
Tras la casa grande había un viejo jardín descuidado,
abandonado, cubierto de una vegetación salvaje.
Subí a la terraza, todavía muy hermosa y bien
conservada. A través de una puerta vidriera vi una vasta estancia -el salón, a
lo que induje- en la que había un piano antiguo y grandes lienzos patinosos con
marcos de caoba, restos de lujos pretéritos.
En el jardín, al otro lado de la terraza y no lejos
de ella, veíanse algunos cuadros de amapolas y de claveles medio secos, y
numerosos abedules y unos jóvenes, que solían crecer demasiado cerca unos de
otros y se quitaban espacio mutuamente.
Más allá no había otros árboles que algunos cerezos,
manzanos y perales, dispersos entre la hierba que hacían del jardín un prado, y
tan altos y copudos que no era empresa fácil reconocer a primera vista su
especie.
Se advertía que nadie cuidaba del parque, cuyas
plantas estaban enfermas, roídas por los gusanos, mutiladas. La parte donde se
hallaban los cerezos, los manzanos y los perales la tenían alquilada unos
fruteros de la ciudad y la guardaba un campesino medio imbécil que habitaba
allí mismo, en una barraca.
El jardín descendía por aquella parte hasta el río y
lo limitaba una línea de sauces y cañas. En la ribera había un viejo molino,
con tejado de paja, que producía un ruido ensordecedor como si le poseyese una
gran cólera. Junto al molino, el agua era profunda e inquieta y abundaba la
pesca.
En la ribera opuesta agrupábase el caserío de la
aldehuela de Dubechnia.
Era un lugar poético y pintoresco. A la sazón
pertenecía todo aquello al ingeniero Dolchikov.
Comencé mi nuevo servicio.
Sentado ante el aparato telegráfico, descifraba
numerosos despachos que transmitía a las estaciones próximas; copiaba gran
cantidad de informes que se nos dirigían, redactados en un estilo terrible, por
empleados que apenas sabían escribir.
Pero la mayor parte del tiempo no tenía nada que
hacer y me paseaba a lo largo de la habitación, en espera de telegramas. A
veces dejaba en mi puesto a un muchacho para vigilar el aparato y me iba a
vagar por el jardín mientras que mi sustituto no me anunciaba la llegada de un
despacho.
Comía en casa de la señora Cheprakov, cuya mesa era
bastante mala. Sólo muy raras veces se servía carne: casi todos los componentes
del «menú»,se reducían a queso y sopa en leche. Los miércoles y viernes -días
de ayuno- las comidas eran aún más parcas. La señora Cheprakov me miraba
guiñando morbosamente los ojos, y yo no me sentía a gusto en su compañía.
Como había tan poco trabajo en la oficina, Cheprakov
no hacía nada en absoluto. Empleaba el tiempo en dormir o se iba, escopeta en
mano, a la orilla del río a cazar gansos. Por la noche se emborrachaba en la
aldea o en la estación, donde se vendía «vodka» y volvía a casa tambaleándose,
y antes de acostarse se miraba largo rato al espejo, entablando coloquios
consigo mismo.
-Buenas noches, Iván Cheprakov -se decía- ¿Qué tal?
Cuando se emborrachaba se ponía muy pálido, se
frotaba las manos y lanzaba leves carcajadas. Algunas veces se quedaba en
pelota y corría por el jardín como Dios le echó al mundo. En más de una ocasión
le vi cazar moscas y le oí asegurar que estaban exquisitas.
-¡Están un poco agrias -añadía-, pero no importa!
- IV -
Un día, después de almorzar, entró en mi cuarto,
jadeante, y me gritó:
-¡Ven en seguida! ¡Tu hermana está ahí!
Salí corriendo.
En efecto: ante la casa grande había parado un
carruaje, junto al cual se hallaban mi hermana, Ana Blagavo, y un señor con
uniforme de oficial.
Cuando estuve cerca le reconocí: era el hermano de
Ana Blagovo, un joven médico militar.
-Hemos venido -me dijo- a merendar con usted.
¿Aprueba usted la idea?
Mi hermano y su amiga se advertía que deseaban
preguntarme qué tal estaba allí; pero me miraban sin hablarme. Yo también
guardaba silencio.
Comprendieron que distaba mucho de ser feliz. Los
ojos de mi hermana se llenaron de lágrimas, y la señorita Blagovo se puso un
poco colorada.
Nos dirigimos al jardín. El doctor marchaba delante,
y decía a cada momento con entusiasmo:
-¡Dios mío, qué atmósfera, qué deliciosa atmósfera!
Se respira a pleno pulmón...
Su aspecto era tan juvenil que se le podía tomar por
un estudiante. Su manera de hablar y de andar eran de estudiante también, y la
mirada viva, sencilla y franca de sus ojos grises no tenía nada que envidiarle
a la de un buen estudiante idealista. Junto a su hermana, alta y hermosa,
parecía
débil y exiguo. Su perilla era poco poblada y su voz
no muy varonil, aunque agradable.
Estaba de médico en un regimiento, en una ciudad
lejana, y había venido a pasar las vacaciones en casa de su padre. Decía que
para el otoño se iría a Petersburgo a obtener el diploma de profesor.
Era ya padre de familia. Tenía mujer y tres hijos. Se
había casado muy joven, siendo aún estudiante de segundo año. Se decía en la
ciudad que no era feliz en su matrimonio y que vivía separado de su mujer.
-¿Qué hora es?.-preguntó con inquietud mi hermana-.
Tenemos que volver temprano. Papá me ha dicho que esté en casa a las seis.
-¡Dios mío, siempre su papá -suspiró el doctor.
Puse a hervir agua en el samovar. Tomamos el té sobre
una alfombra que extendí en el jardín, frente a la terraza. El doctor bebía de
rodillas y aseguraba encontrar en ello un hondo placer.
Luego, Cheprakov fue a buscar la llave de la casa
grande, abrió la puerta que daba a la terraza y entramos todos. Reinaban en el
caserón las sombras y el misterio; olía a setas, y nuestros pasos resonaban
sordamente como si bajo nuestros pies hubiese una profunda cueva.
El doctor se aproximó al piano y, sin sentarse, paseó
los dedos por el teclado. Le respondieron algunos sonidos débiles, tremantes,
roncos, pero todavía melodiosos. Luego tarareó una romanza e intentó tocar el
acompañamiento, lo que no consiguió, pues a veces oprimía en vano las
teclas: algunas notas estaban paralizadas.
Mi hermana le escuchaba cantar. Ya no se preocupaba
de volver a casa temprano. Conmovida, turbada, iba y venía por el salón y decía
de cuando en cuando:
-¡Qué contenta estoy, qué contenta!
Lo decía como con asombro, como si le pareciese
inverosímil poder también ella estar alegre. En efecto, era la primera vez en
la vida que yo la veía de aquel humor. Estaba hasta más bella.
En puridad -sobre todo de perfil-, no era bonita; su
nariz y su boca le daban una expresión un poco extraña, semejante a la de quien
está soplando; pero tenía unos hermosos ojos negros; en su faz, bondadosa y
triste, había una palidez delicada, exquísita; el verla hablar producía una
impresión muy grata; diríase que se embellecía cuando hablaba. Ambos nos
parecíamos a nuestra difunta madre: éramos fuertes, anchos de espaldas,
vigorosos; pero mi hermana hacía tiempo que estaba descolorida y
enfermiza tosía con frecuencia, y yo a veces
sorprendía en sus ojos la expresión de las gentes heridas de muerte que se
esfuerzan en ocultar su enfermedad.
En la alegría que manifestaba aquella tarde había
algo de ingenuo, de infantil. Se diría que en su alma había despertado de
pronto el júbilo de los primeros años de la niñez que había procurado ahogar
una educación severa. Me parecía asistir a la resurrección de tal contento y a
su lucha
por romper las cadenas que hasta entonces lo habían
sujetado. No había visto nunca así a mí hermana. Pero cuando empezó a anochecer
y el carruaje estuvo dispuesto para retornar con mis visitantes a la ciudad, mi
hermana enmudeció de pronto y se puso muy triste. Ocupó su sitio en el coche
con el aire abatido de un reo al sentarse en el banquillo.
Se fueron y de nuevo tornó el silencio en torno mío.
Recordando que Ana Blagovo no me había dirigido en
toda la tarde la palabra, pensé: «¡Qué muchacha más extraña!» Los días
sucedíanse monótonos, iguales los unos a los otros. Yo me aburría
terriblemente. La ociosidad, unida a la ignorancia en que me encontraba en lo
tocante a mi situación, gravitaba pesadamente sobre mí.
Descontento de mí mismo, inerte, casi siempre con
hambre, pues la alimentación que me daba la señora Cheprakov era insuficiente,
vagaba por la finca esperando con ansia el momento propicio para irme de allí.
Una tarde, encontrándose en nuestro pabellón el
pintor Nabó, llegó, de un modo inesperado, el ingeniero Dolchikov. Venía
tostado por el sol y cubierto de polvo. El viaje hasta Dubechnia lo había hecho
en una locomotora, y desde la estación había venido a pie.
Mientras llegaba el coche que debía conducirle a la
ciudad, pasó revista a toda la finca, dando, a grandes voces, diferentes
órdenes.
Después se sentó en nuestro pabellón y empezó a
escribir cartas. Durante ese tiempo llegaron algunos despachos dirigidos a él,
a los que contestó expidiendo él mismo sus respuestas. Nosotros permanecíamos
en pie, en una actitud respetuosa.
-¡Qué desorden, Dios mío, qué desorden! -dijo después
de un corto examen de los papeles que había sobre la mesa-. Dentro de dos
semanas transportaré la oficina a la estación, y, verdaderamente, no sé qué
haré de ustedes...
-Yo procuro hacer mi servicio lo mejor posible,
excelencia -contestó Cheprakov.
-No lo veo -replicó Dolchikov-. Lo único que les
interesa a ustedes- añadió mirándome a mí- es recibir dinero. Ponen ustedes
todas sus esperanzas en la protección y sólo piensan en hacer rápidamente
carrera.
Pero a mí no me gusta eso. Yo nunca me he valido de
la protección. Antes de ser lo que ahora soy he sido, maquinista y trabajado
rudamente en Bélgica.
Luego se volvió a Nabó y le preguntó:
-¿Y tú qué hacías aquí? ¿Bebíais juntos «vodka»?
Su acento era desdeñosísimo: despreciaba a los pobres
y los calificaba de canallas, inútiles y borrachos. Con los pequeños empleados
era cruel; los condenaba a multas sin piedad alguna, y los despedía por un
quítame allá esas pajas. Por fin llegó el coche.
Antes de irse, el ingeniero nos amenazó con echarnos
a las dos semanas, nos dirigió unas cuantas palabras severas a cada uno y, sin
decir siquiera adiós, le gritó al cochero que arrease.
-Andrés Ivanovich -le dije a Nabó-, permítame
trabajar con usted.
-¿Por qué no? ¡Vamos!
Y echamos a andar ambos en dirección a la ciudad.
Cuando la finca y la estación se quedaron atrás, le
pregunté al pintor:
-Andrés Ivanovich, ¿a qué ha venido usted a
Dubechnia?
-Negocios, muchacho. Algunos de mis obreros trabajan
en el camino de hierro. Además, tenía que pagarle a la generala Cheprakov los
intereses.
El año pasado me prestó cincuenta rublos a condición
de que le pagase un rublo cada mes.
Se detuvo, me cogió un botón de la americana, me miró
fijamente y añadió con el tono solemne de un predicador:
-¿Quiere usted que le diga una cosa, querido? Un
hombre sencillo o avisado que se hace pagar intereses, aunque sean muy
pequeños, es un criminal. Un hombre así se encuentra a mil verstas de la
verdad. ¿Tengo razón o no la tengo?
¿Cómo iba yo a negarle que la tenía? Miraba su rostro
enjuto, pálido, enfermizo, y callaba.
-¡Cuánto pecado comete la gente! -exclamó, cerrando
los ojos-. ¡Que Dios la perdone! Todo somos pecadores...
- V -
Nabó carecía en absoluto de sentido práctico, y nunca
sabía poner sus propósitos de acuerdo con su posibilidad de cumplirlos.
Aceptaba mucha más trabajo del que le era dable ejecutar, y pasaba ratos muy
malos; con frecuencia no tenía bastante dinero para pagar a sus obreros, y muy
a menudo no sólo no ganaba nada para él, sino que perdía. Se encargaba de
cuantos trabajos se le proponía: pintaba paredes, ponía cristales en las
ventanas, construía tejados. Para un encargo sin importancia corría días enteros
a través de la ciudad, en busca de obreros.
Era un trabajador excelente, y ganaba, trabajando
solo como un obrero, hasta diez rublos diarios. Pero prefería ser contratista,
lo que halagaba su ambición, y con ese motivo luchaba siempre con innumerables
dificultades y vivía en la miseria.
Me pagaba, como a les demás obreros, de setenta
«copecks» a un rublo por día.
Cuando el tiempo era bueno y seco, nos dedicábamos a
trabajos exteriores, principalmente en los tejados. Debido a mi falta de
costumbre, me parecía que el cinc de éstos me quemaba los pies. Probé a
trabajar con botas; pero eso no me permitía andar bien, y no tardé en seguir
trabajando
descalzo. En poco tiempo me acostumbré de tal manera
que no sentía molestia alguna.
En fin, yo estaba muy contento de mi nueva vida.
Vivía entre gente que consideraba el trabajo obligatorio, indispensable, y
trabajaba como las bestias de carga, con frecuencia sin darse cuenta de la
significación moral que el trabajo posee, y hasta sin llamarle trabajo.
Junto a esa gente yo mismo me iba tornando poco a
poco en una bestia de carga, cada día más penetrado de que el trabajo es una
cosa obligatoria, inevitable. Tal convicción me hacía la vida más sencilla y
fácil y me libraba, de cavilaciones.
Al principio todo era nuevo e interesante para mí
como si acabase de nacer. Podía darme el gusto de acostarme en tierra y de
andar descalzo, cosas con que gozaba mucho; podía mezclarme a una muchedumbre
de gente sencilla sin cohibirla y sin que se apartase ante mí; cuando veía en
la calle un caballo caído, podía acudir en ayuda del cochero, para que lo
levantase, sin temor de ensuciarme la ropa.
Pero lo que me regocijaba sobre todo era el vivir de
mi propio trabajo y no tener que vivir a expensas de otro.
La pintura de los tejados era un negocio muy
ventajoso; se ganaba mucho con ese trabajo desagradable y fastidioso. Mi nuevo
amo, Nabó, trabajaba él mismo con nosotros en los tejados. Con unos pantalones
muy cortos que dejaban al aire sus pantorrillas sucias de pintura, flaco como
una espátula, se paseaba por el tejado, brocha en mano, suspirando y
repitiendo:
-¡Pobres de nosotros los pecadores!
Andaba por el tejado con la misma facilidad que por
un pavimento.
Cuando trabajaba en las cúpulas de las iglesias, a
una gran altura, sólo se valía de cuerdas, a las que se ataba. Viéndole
trabajar a tan desmesurada altura sin las precauciones necesarias, yo me
atemorizaba en extremo; pero él no tenía miedo ninguno, parecía estar
completamente a
gusto y de cuando en cuando lanzaba, a voz en cuello,
una de sus frases favoritas:
-¡Pobres de nosotros los pecadores!
O bien:
-¡La mentira devora el alma como el orín devora el
hierro!
Al volver a casa por la noche tras la jornada de
trabajo, y pasar por delante de las tiendas, oía con frecuencia chirigotas en
boca de tenderos y dependientes:
-¡Ahí tenéis a un caballero, a un noble descalzo!
Al principio eso me turbaba, me ofendía; pero poco a
poco aprendí a acoger con calma tales burlas. Y cosa extraña: quienes más
encarnizadamnente me hacían objeto de sus mofas eran aquellos que en otro
tiempo se habían visto obligados a trabajar de un modo rudo. Muchas veces,
cuando pasaba por delante del mercado me tiraban, como sin querer, agua, y un
día un tenderillo llegó a tirarme un palo a los pies. Un pescadero anciano de
luenga barba blanca me dijo una vez, mirándome con odio:
-¡No eres tú el digno de lástima, canalla, sino tu
pobre padre!
Los amigos de casa, cuando me encontraban, no podían
disimular su azoramiento. Unos me miraban como a un extraño; otros me
compadecían; otros no sabían qué actitud adoptar ante mí.
Un día, en una callejuela que desembocaba en la calle
de la Nobleza, me topé con Ana Blagovo. Iba a mi trabajo y llevaba un saco de
pintura y dos largas brochas. Al reconocerme, la amiga de mi hermana se
ruborizó:
-¡Le suplico a usted que no me salude en la calle!
-me dijo con voz alterada, dura y temblorosa, sin tenderme la mano.
En sus ojos brillaban las lágrimas.
-Si cree usted obrar bien, haga lo que quiera;
pero... se lo ruego: no vuelva a saludarme.
Naturalmente, no seguí viviendo en casa de mi padre;
vivía en el arrabal de la ciudad llamado «Makarija» en casa de mi anciana
nodriza, Karpovna, una vieja de muy buen corazón, pero de un carácter sombrío.
Siempre estaba hablando de presentimientos nefastos y
de malos sueños; hasta las abejas que entraban del jardín se le antojaban signo
de desgracias próximas a ocurrir.
El hecho de que yo me convirtiese en un simple obrero
fue también para ella un presagio siniestro.
-¡Eres un desgraciado! ¡Esto acabará mal! -repetía,
balanceando tristemente la cana cabeza-. Me da el corazón...
En su reducida casuca vivía también su hijo adoptivo,
Prokofy, un carnicero. Era un hombre casi gigantesco, de unos treinta años,
desgalichado, rojo, con unos bigotes que parecían de alambre. Cuando me
encontraba en el vestíbulo, se apartaba respetuosamente para dejarme paso, y si
estaba borracho me hacía un saludo militar llevándose la mano a la gorra. Por
las noches, cuando estaba cenando, yo le oía, al través del tabique que
separaba mi camaranchón de su cuarto, masticar y lanzar ruidosos suspiros cada
vez que bebía «vodka» como si bebiese veneno.
-¡Mamá!- le gritaba a la vieja Karpovna.
-¿Qué, hijo mío?- le preguntaba ella al carnicero, a
quien quería con locura.
-Oiga usted una cosa, mamá: como es usted tan buena
conmigo, la mantendré a usted mientras viva, y cuando se muera la haré enterrar
a mis expensas. ¡Palabra de honor!
Me levantaba todos los días antes de salir el sol y
me acostaba temprano. Las pintores de brocha gorda comemos mucho y dormimos
profundamente; pero, no sé por qué, padecemos, sobre todo de noche, fuertes
palpitaciones de corazón.
Con mis compañeros me hallaba en buenas relaciones.
Se pasaban la vida cambiando maldiciones terribles, como, por ejemplo: «¡Que se
te salten los ojos!» «¡Que te dé el cólera!'; pero, a la postre, se vivía en
perfecta camaradería. Los obreros me consideraban una especie de sectario
religioso; de otro modo, no se explicaban que un caballero, hijo de un
arquitecto, se hubiera convertido, por su propia voluntad, en un simple
trabajador. Me gastaban frecuentes bromas; pero yo no me ofendía. Casi todos
carecían de sentimientos religiosos, y confesaban que no iban o que iban muy
poco a la iglesia.
-Nuestro traje -decían para justificarse- asustaría a
los fieles...
La mayoría de ellos me tenían cierto respeto. Me
estimaban porque no bebía «vodka», no fumaba y llevaba una vida sobria y
tranquila. Sólo les enojaba el que no robase pintura, como se acostumbra entre
los del oficio, y el que me negase a pedirles propinas a los parroquianos.
Todos ellos robaban pintura: era una tradición consagrada por la práctica.
Hasta el propio Nabó, aquel hombre, escrupulosamente honrado, se creía en el
deber de respetar dicha tradición, y todos los días, cuando terminaba el
trabajo, se llevaba un poco de pintura perteneciente al parroquiano. En cuanto
a las propinas, incluso los obreros viejos y respetables que tenían casa propia
en el arrabal Marakija no se avergonzaban de pedirlas. Era triste ver a todo un
grupo de trabajadores descubrirse ante un parroquiano, pedirle con tono humilde
una propina y expresarle su gratitud, al recibirla, con tono no más digno.
En fin: se conducían con los parroquianos como
verdaderos jesuitas, y yo me acordaba, mirándolos, de Polonio, el personaje de
Shakespeare.
-Creo que va a llover -decía el parroquiano, mirando
al cielo.
-¡De seguro! -confirmaban los obreros- ¡Va a llover a
mares!
-Sin embargo, se va poniendo raso. Me parece que no
lloverá.
-Sí, tiene razón su excelencia. No lloverá, no.
Despreciaban de todo corazón a los parroquianos, y,
en su ausencia, se burlaban de ellos sin piedad. Si veían, por ejemplo, a uno
leyendo un periódico en la terraza, hacían en voz baja observaciones como ésta:
-Está leyendo el periódico; pero quizá no tenga qué
llevarse a la boca.
Yo no iba nunca a casa de mi padre. Muchas tardes,
cuando volvía, después del trabajo, a mi posada, encontraba cartitas de mi
hermana, concisas, escritas con una visible turbación. Casi siempre me hablaba
en ellas de mi padre, que ora estaba triste y silencioso durante la comida,
ora de un humor endiablado, ora tan taciturno y poco
sociable que no salía de su cuarto.
Aquellas cartas turbaban mi alma y me quitaban el
sueño. Algunas noches vagaba horas enteras por la calle de la Nobleza, por
delante de nuestra casa, dirigiendo miradas escrutadoras a las ventanas
obscuras y esforzándome en adivinar lo que ocurría tras ellas. Se me antojaba
siempre
que había ocurrido alguna desgracia.
Los domingos mi hermana venía a verme, siempre en
secreto, sin que mi padre se enterase. Aparentaba venir no a verme a mí, sino a
nuestra nodriza. Estaba pálida y con los ojos hinchados de llorar. En cuanto
llegaba daba rienda suelta a las lágrimas.
-¡Papá no soportará esto! -me decía en tono
quejumbroso-. Si le sucede una desgracia -no lo quiera Dios-, tendrás toda tu
vida remordimientos de conciencia... ¡Es horrible, Misail! En nombre de nuestra
pobre madre te suplico que cambies de conducta!
-No comprendo, querida -le respondía-, cómo te
empeñas en que cambie de conducta cuando estoy seguro de que obro según me
manda mi conciencia.
-Ya sé que llevas una vida homesta... Está muy bien;
pero, ¿no podrías comportarte lo mismo... de otra manera, para no hacer sufrir
a los demás?
La vieja Karpovna escuchaba desde su cuarto nuestra
conversación, suspiraba dolorosamente y decía de cuando en cuando:
¡Dios mío, es un desgraciado! Acabará mal, muy mal...
- VI -
Un domingo recibí la visita inesperada del doctor
Blagovo. Llevaba una guerrera blanca, camisa de seda y botas de montar.
-¡Aquí me tiene usted! -me dijo en tono amistoso,
dándome un fuerte apretón de manos como un joven estudiante-. Hace tiempo que
deseaba verle.
Todos los días oigo hablar de usted, y he decidido
venir a verle para que hablemos un poco como buenos amigos. Se aburre uno
terriblemente en la ciudad. Ni una sola persona con quien poder charlar un
rato...
Calló, se enjugó con el pañuelo el sudor de la
frente, y continuó:
-¡Qué calor hace, Virgen Santa! ¿Me permite usted?
Se quitó la guerrera y se quedó en mangas de camisa.
-Bueno, si no tiene usted inconveniente, echaremos un
párrafo -me propuso de nuevo.
Yo también me aburría y tenía gana, hacía tiempo, de
hablar con alguien que no fuese pintor de brocha gorda. Y aquella visita me
placía. Se lo dije.
-Ante todo, he de declararle a usted -comenzó,
sentándose en mi cama- que he visto con mucha simpatía el paso decisivo que ha
dado, y que su vida actual merece toda mi estimación. Aquí, en esta ciudad, no
se le comprende, y no es extraño; como usted sabe, todos nuestros paisanos,
casi
sin ninguna excepción, son unos salvajes, unas gentes
sin cultura, llenas de prejuicios. Se diría que son personajes de Gogol
resucitados. Pero usted tiene un alma noble, aspiraciones elevadas. Las adiviné
cuando nos conocimos en Dubechnia. Le respeto y quiero estrecharle la mano para
demostrárselo.
Hablaba con tono solemne y entusiástico.
Luego de estrecharme fuertemente la mano, prosiguió:
-Para cambiar tan brusca y tan radicalmente de vida
como usted acaba de hacerlo, ha debido usted de pasar por una larga lucha
interior; para continuar esta nueva vida y mantenerse a la altura de sus ideas,
debe usted, sin duda, gastar diariamente gran cantidad de energías
espirituales. Ahora bien, dígamelo usted con toda
sinceridad: ¿No le parece a usted que sería más razonable, más productivo,
gastar esas mismas energías con miras más altas, por ejemplo, con la de llegar
a ser un gran sabio o un gran artista? ¿No le parece a usted que su existencia,
entonces, sería infinitamente más bella, y más útil a
la humanidad?
La conversación de tal manera comenzada siguió su
curso. A una de sus objeciones, relativa al trabajo físico, le contesté:
-Es absolutamente necesario que todos, los fuertes y
los débiles, los ricos y los pobres, tomen parte, en la misma medida, en la
lucha por la existencia. Cada uno debe contribuir, con arreglo a sus fuerzas,
en el trabajo humano. El trabajo físico debe ser obligatorio para todos, sin
excepción, y sólo así se logrará que desaparezcan
todas las injusticias sociales. Sólo así los fuertes dejarán de oprimir a los
débiles y la minoría dejará de considerar a la mayoría una bestia de carga que
debe trabajar para los parásitos.
-Entonces, a su juicio de usted, ¿todos, sin
excepción, deben ocuparse en el trabajo físico?
-Sí.
-¿Pero no cree usted que si todos, incluso los más
grandes pensadores y sabios, tomaran parte en la lucha por la existencia, como
usted la concibe, es decir, picando piedra y cavando, entregándose al trabajo
físico, se vería el progreso seriamente amenazado?
-No. El progreso no se hallaría, en manera alguna, en
peligro. El progreso se basa en el amor al prójimo, en el cumplimiento de las
leyes rnorales. Si nadie vive a expensas de los demás ni los oprime, ¿qué más
progreso? ¿Existe acaso otro progreso?
-¡Pero, permítame usted! -me replicó el doctor,
encolerizado de pronto-. ¡Si cada uno se dedica por entero al perfeccionamiento
de su propia persona y a la contemplación de su propia belleza moral, no hay
progreso posible!
-¿Por qué? Si para mantener su famoso progreso de
usted es preciso que unos trabajen para otros, alimentándolos, vistiéndolos,
defendiéndolos, con riesgo de su vida, contra sus enemigos, tal progreso no
vale un comino, pues se basa en una tremenda injusticia.
-Usted constriñe la idea del progreso -objetó
vivamente Blagovo-. Lo reduce a algo demasiado pequeño, a algo mezquino. El
progreso no puede ser limitado por las necesidades y las aspiraciones de tal o
cual grupo de gentes. Tiene un carácter universal y no se somete a nuestros
deseos.
Escapa a nuestra comprensión y desconocemos sus
fines.
-Entonces, ¿ni siquiera nos es dable saber adónde
puede conducirnos ese famoso progreso? En ese caso la vida no tenía sentido.
-¿Y qué falta nos hace saber adónde se dirige la
humanidad? El saberlo sería aburrido y la vida perdería todo interés. Subo por
la escala que se llama progreso, civilización, cultura; subo sin saber adónde
iré a parar; pero no me enoja. El camino en sí es tan hermoso que sólo el
avanzar por
él vale la pena de vivir. Y usted, que busca el
sentido de la vida, ¿para qué vive? ¿Para luchar contra la opresión de unos por
otros? ¿Para que un gran pintor y el que le fabrica los colores puedan tener el
mismo dinero?
Ese es el lado prosaico, filisteo de la vida; es su
segundo término, la cocina, la fachada trasera, y le aseguro a usted que no
tiene nada de intersante. No vale la pena de vivir para eso. Hasta sería
repugnante vivir para eso. Si hay bestias que se devoran unas a otras, ¿qué se
le va a hacer? ¡Allá se las hayan! No deben preocuparnos. Nunca será posible
salvarlas de su estupidez, y están destinadas a la podredumbre. Lo que nos debe
preocupar es el grande y radiante porvenir de la humanidad...
Aunque discutía conmigo en tono apasionado, Blagovo
parecía preocupado por otra cosa y daba muestras de cierta inquietud.
-Probablemente su hermana de usted no vendrá ya
-dijo, luego de consultar el reloj-. Ayer estuvo en casa y dijo que vendría
hoy.
Se quedó silencioso un instante y continuó después:
-Habla usted de la esclavitud, de la explotación de
unos por otros; pero eso son detalles, cuestiones de harto escasa importancia
al lado del progreso humano, considerado en conjunto. Esas cuestiones las va
resolviendo la humanidad poco a poco, a medida que evoluciona.
-Sí; pero en la espera de que resuelva esas
cuestiones no podemos permanecer con los brazos cruzados, no podemos limitarnos
a ser espectadores pasivos de todas las injusticias. Cada uno de nosotros debe
resolver por sí mismo la cuestión del bien y del mal. Por otra parte, nada nos
indica que la humanidad evolucione con rumbo al bien. Junto al desarrollo de
las ideas humanitarias contemplamos el de ideas de muy distinto género. La
servidumbre ha sido abolida; pero en su lugar yergue la cabeza el capitalismo.
Y en plena floración de las ideas emancipadoras, la explotación del hombre por
el hombre sigue su curso: exactamente igual que en la Edad Media, la minoría
continúa alimentándose, vistiéndose, y haciéndose defender por la mayoría, que
continúa hambrienta, desnuda y sin defensa.
-Pero no se puede negar que la humanidad mejora de
día en día.
-No lo veo. Las injusticias más atroces subsisten al
lado de las más nobles corrientes de ideas y del desenvolvimiento de la ciencia
y del arte. El arte de explotar al prójimo se desenvuelve al unísono de las
demás artes. Es verdad que la servidumbre ha sido jurídicamente abolida;
pero la hemos resucitado, revistiéndola de otras
formas más refinadas, y nos hemos hecho bastante inteligentes para justificarla
con toda suerte de sofismas. Pese a todas las nobles ideas de que hacemos gala,
si la gente pudiera encargar de sus funciones fisiológicas más desagradables a
sus servidores, lo haría sin titubear; y para justificarlo, argüiría que los
sabios, los artistas, los pensadores, no pueden malgastar su precioso tiempo en
cierta clase de funciones sin grave peligro del progreso humano...
En aquel instante entró mi hermana. Al ver al doctor
se turbó mucho y dijo, momentos después de llegar, que era ya tarde y que la
esperaba papá.
-¡Cleopatra Alexeyevna! -exclamó Blagovo con acento
persuasivo-. ¿Qué daño puede haber para su padre de usted en que pase usted
media hora conmigo y su hermano?
Había en su voz tal expresión de sinceridad que
convencía. Mi hermana reflexionó un poco, se echó luego a reír y se llenó de
una súbita alegría.
Nos dirigimos a las afueras, nos sentamos sobre la
hierba y continuamos nuestra conversación. En la ciudad, frente a nosotros, las
ventanas parecían de oro, heridos sus cristales por los rayos del sol.
A partir de aquel día, cada vez que mi hermana venía
a verme, venía también el doctor Blagovo. Aparentaban encontrarse en casa por
casualidad.
Ella escuchaba atentamente nuestras discusiones,
pintados en el rostro la alegría y el entusiasmo. Se diría que un mundo nuevo
se abría poco a poco a sus ojos, un mundo cuya existencia no sospechaba y que
se esforzaba en conocer una vez entrevisto.
Cuando el doctor no estaba presente, permanecía
silenciosa y triste. De cuando en cuando lloraba con un suave llanto; pero no
era yo quien la hacía llorar.
En el mes de agosto, Nabó nos anunció que ibamos a
trabajar en el camino de hierro, fuera de la ciudad. Dos días antes del fijado
para nuestra marcha, mi padre se presentó de pronto en casa.
Se sentó, se secó la frente sudorosa con el pañuelo,
y sin mirarme, lentamente, extrajo de un bolsillo de su americana el periódico
local, y casi deletreando me leyó una noticia referente a mi antiguo compañero
de colegio, el hijo del director del Banco. Aquel joven había sido nombrado
no sé qué de gran importancia en el ministerio de
Hacienda.
-Y ahora -dijo mi padre, doblando despaciosamente el
periódico- vuelve los ojos a ti mismo: vas vestido de andrajos como el más
miserable de los canallas. Hasta la gente humilde procura recibir alguna
instrucción para ocupar en el mundo un lugar lo mejor posible, y tú, Poloznev,
que procedes
de una familia noble, que ha dado a la patria hombres
ilustres, te empeñas en vivir en el cieno, en los bajos fondos sociales...
Se levantó, me dirigió una mirada llena de cólera, y
añadió:
-Pero no he venido para hablar de ti, pues harto se
me alcanza que sería tiempo perdido. He venido a preguntarte: ¿Dónde está tu
hermana, miserable? Salió de casa después de comer, y aunque son ya las ocho,
no ha vuelto todavía. Ha comenzado no hace mucho a salir con frecuencia sin
decirme nada. Ya no es la hija respetuosa que era. Adivino en ello tu
influencia nefasta, sinvergüenza. ¿Sabes dónde está?
Llevaba en la mano el paraguas de marras. Creí que se
disponía a sacudirme el polvo como había hecho tantas veces, y sentí el temor
infantil de un escolar a quien va a castigar el maestro. Mi padre advirtió la
mirada que dirigí al paraguas y se dominó.
-Tú ya no me interesas -dijo-. Te privo de mi
bendición paternal. Te he arrancado completamente de mi corazón.
La vieja Karpovna, que oía nuestra conversación,
suspiró.
-¡Dios mío, Virgen Santa! -balbuceó-. ¡Estás perdido
para siempre!
Acabarás mal...
Comencé a trabajar en el camino de hierro.
El mes de agosto fue lluvioso, húmedo y frío. El mal
tiempo impedía transportar el trigo. Por todas partes se veían montones de
trigo altos como colinas. A causa de las lluvias se iban ennegreciendo de día
en día y desmoronándose.
Era difícil trabajar: cuanto hacíamos nosotros lo
desbarataba la lluvia. No se nos permitía vivir en los edificios de las
estaciones y teníamos que guarecernos en sucias y húmedas cabañas construidas
por los obreros. Yo pasaba unas noches muy malas tiritando de frío y de
humedad.
Con frecuencia, los obreros de la línea venían a
armarnos camorra, y con el menor pretexto nos vapuleaban. Esto constituía para
ellos una manera de deporte que les divertía mucho. Nos sacudían el polvo, nos
robaban los colores y, para hacernos rabiar, nos destruían el trabajo.
Por si esto era poco, Nabó empezó a pagarnos sin
regularidad. Bajo la dependencia de otros contratistas, recibía de ellos muy
poco dinero y no ganaba lo bastante para poder pagarnos bien. Por otra parte,
las lluvias incesantes nos impedían trabajar y perdíamos mucho tiempo. Los
obreros,
hambrientos y sin un cuarto en el bolsillo, se daban
a todos los demonios y estaban dispuestos a pegarle a Nabó una paliza. Le
insultaban, le llamaban canalla, mala sangre, Judas. El desventurado suspiraba,
procuraba calmarlos y acababa por ir a casa de la generala Cheprakov en demanda
de
un pequeño préstamo.
- VII -
Llegó el otoño, lluvioso, cenagoso sin sol.
Sólo raras veces teníamos trabajo. Me pasaba parado
hasta tres días seguidos. Para no morirme de hambre hacía cosas por completo
ajenas a mi oficio; llevaba agua cavaba, recibiendo por ello veinte «copecks»
de jornal.
El doctor Blagovo se había marchado a Petensburgo. A
mi hermana no había vuelto a verla. Nabó había caído enfermo y no abandonaba ya
el lecho, esperando la muerte. Mi humor era también otoñal.
Vivía de nuevo en la ciudad, y lo que veía me
inspiraba una repugnancia profunda. Convertido en un simple obrero, contemplaba
la vida de mis paisanos desde un nuevo punto de vista.
Los que yo consideraba menos sinvergüenzas se
revelaban ahora a mis ojos en toda su vileza, crueles, sin escrúpulos, capaces
de toda maldad.
Nos engañaban a cada paso, trataban de pagarnos lo
menos posible, nos hacían esperar horas enteras en el portal frío o en la
cocina, nos hablaban en un lenguaje brutal, nos insultaban, nos trataban, en
fin, como a vil chusma.
Recuerdo un hecho significativo: me encargaron de
empapelar el club de la ciudad. Me pagaban a razón de siete «copecks» por rollo
de papel, y como se me propusiera firmar un recibo de doce «copecks» por rollo,
me negué a hacerlo. Entonces uno de los administradores del club, un señor de
aspecto muy respetable, con gafas de oro, me gritó:
-¡Si añades una palabra más, te rompo las muelas,
canalla!
Un camarero allí presente le dijo algo al oído, quizá
que yo era el hijo del arquitecto Poloznev. El administrador se turbó un poco,
pero se repuso en seguida y contestó:
-¿Qué vamos a hacerle? ¡A la porra!
Los tenderos se creían en el deber de vendernos el
género, más malo, el que no se atrevían a ofrecerles a los demás. En las
carnicerías nos daban a menudo carne echada a perder. En la iglesia éramos
brutalmente atropellados por la policía. Cuando alguno de nosotros estaba
enfermo en
el hospital, los enfermeros y las enfermeras le
trataban con un desprecio altivo, le robaban el alimento y le servían de comer
en platos sucios. En las oficinas de correos, cualquier empleadillo se creía en
el derecho de tratarnos como a bestias y de insultarnos groseramente.
-¡Espera! ¿No ves que estoy ocupado?
Hasta los perros parecían despreciarnos y se lanzaban
contra nosotros con una furia singular.
Lo que sobre todo me indignaba en nuestra ciudad era
la ausencia absoluta del espíritu de justicia. Mi nueva posición social me
permitía comprobarlo a cada paso. Mis paisanos estaban, como dice el vulgo,
dejados de la mano de Dios. Todos sin excepción, robaban, estafaban, engañaban,
abusaban de la confianza: los comerciantes, los contratistas, los empleados. A
nosotros, simples obreros, no se nos reconocían ningunos derechos, ni aun los
más elementales; el dinero que se nos debía por
nuestro trabajo nos veíamos obligados a mendigarlo,
como una limosna, gorra en mano, a la puerta de nuestros deudores.
Un día que me hallaba en e1 club empapelando una
habitación inmediata al salón de lectura, vi de pronto entrar a la hija del
ingeniero Dolchikov, con unos cuantos libros en la mano.
-¡Hola! -dijo cuando me hubo reconocido, tendiéndome
la mano-. Celebro mucho verle a usted.
Se sonreía y miraba con curiosidad mi blusa, el bote
de la cola, los rollos de papel extendidos en el suelo.
Yo estaba confuso. Ella también parecía turbada.
-Perdone usted -me dijo- que le mire de esta manera.
He oído hablar mucho de usted, sobre todo al doctor Blagovo, a quien le ha
sorbido usted el seso. También he tenido el gusto de conocer a su hermana de
usted. Es una muchacha muy simpática; pero no he conseguido persuadirla de que
su situación actual de usted no tiene nada de horrible. Yo, por el contrario,
creo que es usted hoy el hombre más interesante de la ciudad.
Miró de nuevo la cola y los rollos de papel y
prosiguió:
-Le había rogado al doctor Blagovo que me
proporcionase una ocasión de hablar con usted. Seguramente no se ha acordado o
no ha tenido tiempo. El caso es que ya nos hemos conocido, y yo tendría mucho
gusto en que viniese usted por casa. Soy una mujer sencilla y espero no ser
para usted causa de azoramiento.
Me estrechó la mano, y añadió:
-Mi padre no está en la ciudad, está en Petersburgo.
Y entró en el salón de lectura.
Aquella noche dormí muy poco: tan turbado estaba.
Desde el punto de vista material, aquel otoño fue
para mí muy malo.
Ganaba muy poco y sufría muchas privaciones. Pero un
alma caritativa acudía en mi auxilio, enviándome de cuando en cuando, ya
bizcochos, ya perdices asadas, ya té y azúcar. Karpovna me decía que todo
aquello lo llevaba un soldado, el cual nunca quería decir de parte de quién. Le
preguntaba a mi vieja nodriza si yo estaba bien de
salud, si comía todos los días y si tenía ropa de abrigo.
Cuando los fríos se hicieron más fuertes, el mismo
soldado me llevó una bufanda de punto que exhalaba un perfume delicado, apenas
perceptilble, de lirio silvestre. Ese perfume me reveló que mi buena hada era
Ana Blagovo.
La hermana del doctor se pirraba por los lirios
silvestres, y su esencia era su perfume predilecto.
En invierno tuvimos ya más trabajo, y la situación no
era tan triste.
Nabó resucitó de nuevo y desplegó otra vez su
acostumbrada actividad.
Trabajé con él en la iglesia del cementerio, donde
nos encargaron el dorado de los viejos iconos y algunas reparaciones. El
trabajo era agradable e interesante. Además, los obreros se conducían, por
respeto al lugar sagrado, muy correctamente: no se injuriaban y ni siquiera se
reían.
Se advertía que hacían cuanto estaba en su mano, par
no profanar el lugar con destemplanza alguna.
Absortos en el trabajo, estábamos casi inmóviles,
punto menos que como estatuas. Nos rodeaba el silencio profundo del cementerio.
Si algún instrumento se caía al suelo, volvíamos la cabeza asustados: tan
habituados nos hallábamos a tal silencio. De cuando en cuando se oía al
sacerdote salmodiar preces sobre el ataúd de un niño.
A veces, un pintor, que pintaba en la cúpula una paloma, empezaba a silbar
quedito y espantado él mismo de su audacia, se callaba en seguida. Cuando las
campanas de la iglesia empezaban a sonar tristemente sobre nuestras cabezas,
adivinábamos que traían un difunto de la ciudad.
Entregado al trabajo durante el día en aquel templo
silencioso, yo me permitía por las noches jugar al billar, o, si había algún
espectáculo, ir al teatro, a entrada general, con el traje que acababa de
hacerme y en el que había invertido parte de mis ahorros.
En casa de Achoguin había ya comenzado la saison
théatrale. Se celebraron funciones y conciertos de aficionados. Las
decoraciones ahora eran pintadas por Nabó sólo, sin mi ayuda. Cuando volvía de
casa de Achoguin, me contaba el argumento de las piezas que se representaban y
el
asunto de los cuadros vivos que se ponían en escena.
Todo aquello me interesaba mucho y yo habría dado cualquier cosa por estar en
su lugar. Me habría placido en extremo asistir a los espectáculos de casa de
Achoguin, pero no me atrevía a ir.
Una semana antes de las fiestas de Navidad llegó el
doctor Blagovo.
De nuevo comenzaron nuestras discusiones. Por las
noches jugábamos al billar. Para jugar se quitaba la americana, se desabrochaba
la camisa, en fin, hacía cuanto le era dable por parecer un muchacho que sabe
gozar de la vida. Aunque casi no bebía vino, ponía un gran empeño en pasar por
un gran bebedor y todas las noches se dejaba en la caja de la taberna «Volga»
un buen puñada de rublos, por más que los precios allí eran moderados.
Las visitas de mi hermana volvieron a empezar. De
nuevo ella y el doctor se encontraban en casa, aparentando encontrarse por
casualidad; pero por la alegría que se pintaba en sus semblantes no tardé en
darme cuenta de que no había tal casualidad, y los encuentros obedecían a un
previo convenio.
Hallándonos una noche jugando al billar, el doctor me
dijo:
-¿Por qué no visita usted a la señorita Dolchikov? No
conoce usted a María Victorovna: es inteligentísima, de muy buen corazón y muy
sencilla; una mujer encantadora, en fin.
Le conté cómo me había acogido, la primavera
anterior, el ingeniero Dolchikov y se echó a reír.
-No haga usted caso -me dijo-. María Victorovna es
completamente independiente de su padre y hace lo que le da la gana... Debía
usted ir a verla. Se alegraría mucho. Si quiere usted, iremos mañana juntos.
Acabó por persuadirme.
A la noche siguiente, me puse mi traje nuevo, y muy
turbado me dirigí a casa de la señorita Dolchikov.
El criado que me abrió la puerta no me pareció ya tan
terrible ni el mobiliario tan lujoso como la mañana memorable que visité al
señor Dolchikov para pedirle un empleo.
María Victorovna, prevenida por Blagovo de mi visita,
me acogió como a un antiguo conocido y me estrechó cordialmente la mano.
Llevaba una bata gris de mangas perdidas, y los
cabellos peinados a la moda no conocida aún en la ciudad y que se llamó luego
«orejas de perro» porque los cabellos cubrían las orejas. María Victorovna era
bella y elegante, pero no parecía muy joven: representaba treinta años, aunque
en
realidad sólo tenía veinticinco.
-¡Estoy agradecidísima a nuestro querido doctor! -me
dijo, invitándome a sentarme-. Sin su intervención no habría usted venido a
casa. Me aburro mortalmente. Mi padre se ha ido, dejándome sola, y no sé cómo
pasar el tiempo en esta ciudad.
Luego me preguntó dónde trabajaba, dónde vivía,
cuánto ganaba.
-¿No gasta usted más que lo que gana? -inquirió.
-Nada más.
-¡Qué feliz es usted! -suspiró-. Se me antoja que
todo el mal proviene de la ociosidad, del aburrimiento, del vacío del alma,
inevitable cuando no se hace nada y se vive a costa de los demás. La costumbre
de vivir sin trabajar tiene consecuencias fatales. No se crea usted que lo digo
por
coquetetería. Le doy mi palabra de que no es nada
interesante ni grato el ser rico. Además, el origen de la riqueza es casi
siempre poco honrado: es imposible hacerse rico honradamente.
Contempló con una mirada fría y grave al mobiliario,
como si quisiera inventariarlo, y añadió:
-El confort, las comodidades tienen una gran fuerza
de atracción: poco a poco conquistan hasta a los que poseen una voluntad firme.
En otro tiempo, vivíamos mi padre y yo muy modestamente, casi pobremente, y
ahora... ¡ya ve usted qué lujo! Me da vergüenza confesarlo; pero gastamos
¡hasta veinte mil rublos anuales, aquí, en este
rincón provinciano!
-El confort -respondí- es un privilegio inevitable
del capital y la instrucción. Pero yo creo que el confort no es incompatible ni
con el trabajo más penoso. Su padre de usted, por ejemplo, a pesar de su
riqueza, se entrega a veces a trabajos de maquinista, de simple obrero... Se
puede ser rico y trabajar rudamente.
Ella se sonrió y sacudió irónicamente la cabeza.
-Los trabajos rudos de mi padre no pasan de ser
caprichos, diversiones... También le gusta, de vez en cuando, un plato de sopa
campesina o un pedazo de pan negro...
En aquel momento sonó la campanilla de la puerta y
María Victorovna se levantó.
-Todo el mundo .prosiguió, dirigiéndose a la puerta-
debe trabajar. El confort debe ser para todos. ¡Nada de excepciones, nada de
privilegios!
Y salió.
Momentos después volvió acompañada del doctor
Blagovo.
-Habíamos entablado -le dijo- un diálogo filosófico.
Pero ¡basta de filosofía! Cuéntenos usted algo. Háblenos, por ejemplo, de sus
compañeros de trabajo. Deben de ser muy interesantes.
Empecé a informarla; pero, en parte por mi torpeza de
hombre no habituado a narrar y en parte por mi turbación, mi relato fue seco,
como el de un etnógrafo que refiriese algo tocante a la vida de los pueblos.
El doctor también refirió varias anécdotas a
propósito de los obreros, aunque con más gracia, como un artista consumado:
remedaba a los obreros borrachos, lloraba, caía de hinojos, hasta se tendía en
el suelo para parodiar mejor la embriaguez.
María Victorovna le miraba y se desternillaba de
risa.
Luego el doctor se sentó al piano y empezó a tocar y
a cantar. María Victorovna, de pie, a su lado, le colocaba en el atril los
cuadernos de música y le corregía cuando se equivocaba.
-He oído, decir que usted también canta -le dije a la
señorita Dolchikov.
-¿También? -gritó horrorizado el doctor-. ¡Pero si
María Victorovna es una verdadera artista! ¡Canta admirablemente!
-Hace años -dijo ella- me dediqué en serio a los
estudios musicales; pero la música ya no me interesa.
Se sentó en un confidente y se puso a contarnos su
vida en Petersburgo, en el medio artístico adonde la habían llevado sus
aficiones filarmónicas.
Imitaba a las más célebres cantantes, su voz, sus
actitudes, su manera de aparecer ante el público. Luego nos retrató en su álbum
al doctor y a mí.
Los retratos eran bastante mediocres, pero tenían
cierto parecido. Reía, se divertía como una chiquilla, y así estaba más en su
papel que filosofando. Hasta me parecía que al hablar conmigo de la influencia
nefasta de la riqueza y de la necesidad de que todo el mundo trabajase no hacía
más que imitar a alguien.
En fin, era una admirable actriz cómica. Mentalmente
la comparaba con las otras muchachas que yo conocía y a todas las encontraba
inferiorísimas, incluso a la linda y seria Ana Blagovo. La diferencia era
enorme, como la que existe entre una bella rosa, amorosamente cultivada, y una
modesta flor del campo.
Nos invitó a cenar.
El doctor y ella bebieron vino rojo, champagne y café
con coñac.
Brindaron por la amistad, por el ingenio, por el
progreso, por la libertad. No se emborracharon; pusiéronse tan sólo un poco más
encarnados que de ordinario y muy risueños; se reían, sin ninguna razón
plausible, hasta saltárseles las lágrimas. Para no parecer demasiado grave, yo
también bebí unos cuantos vasos de vino rojo.
-La gente dotada de gran capacidad y un espíritu
independiente -dijo ella- sabe cómo hay que vivir y elige su propio camino y lo
sigue, aunque no sea el camino común. La gente vulgar -como yo, por ejemplo- no
se atreve a ser independiente, no sabe ni puede nada y es feliz cuando sigue
una corriente de ideas, más o menos interesante, de
su época.
-¡Esas corrientes de ideas no existen, ay, entre
nosotros! -objetó el doctor.
-Existen, pero no las vemos- replicó María
Victorovna.
-Sólo existen en la imaginación de los escritores
modernos.
Se entabló una discusión.
-Yo afirmo con plena convicción que nunca ha habido
entre nosotros ninguna corriente importante de ideas - ecía con calor el
doctor-. Es la
literatura quien las inventa de cuando en cuando,
buscando un asunto interesante, algo que atraiga la atención del lector.
También ha sido la literatura quien ha inventado los pretendidos propagandistas
de la luz entre nuestros campesinos, que en realidad no existen. Busquémoslos
en las
aldeas: no los encontraremos. Sólo encontraremos
tipos grotescos de Gogol, vestidos a la moda europea, de levita y hasta de
frac, pero, que no poseen la menor cultura y apenas saben escribir. Ignoran aún
lo que es la vida civilizada y no han salido todavía del estado bárbaro. Viven
de la misma manera salvaje, sin ningún interés superior, sin ninguna aspiración
noble, que se vivía hace quinientos años.
El doctor iba animándose conforme hablaba y elevando
la voz.
-No, se lo aseguro a usted. Las pretendidas
corrientes de ideas de que habla la literatura son una ficción, favorable a
intereses mezquinos. ¿Qué corrientes de ideas verdaderas podemos registrar? ¿El
vegetarianismo? ¿La zoofilia? Si encuentra usted en uno y otra algo serio,
digno de atención, lo siento por usted. No, no hemos salido aún de la infancia,
no somos aún bastante crecidos para ocuparnos en graves problemas. No los
comprendemos porque nos falta la cultura. Necesitamos, ante todo, ir a una buena
escuela, aprender, estudiar.
-¡Interesándonos por tales problemas, estudiamos!
-replicó María Victorovna.
-No, no nos hallamos todavía bastante preparados.
Como los niños no lo están para los estudios astronómicos. Lo repito:
necesitamos estudiar, estudiar y estudiar. ¡Brindo por la ciencia!
Hubo un corto silencio. María Victorovna parecía
sumida en una honda meditación.
-Lo innegable -dijo, con ojos pensativos- es que la
vida que llevamos es demasiado gris y hay que cambiarla a toda costa. No
podemos seguir el mismo camino, porque va a parar a un pantano...
Era ya muy tarde, y había que irse.
Cuando el doctor y yo salimos a la calle, en el reloj
de la catedral daban las dos.
-Bueno, ¿está usted contento? -me preguntó el
doctor-. ¿Verdad que es encantadora?
El primer día de Navidad comimos en casa de María
Victorovna, y durante las fiestas la visitamos casi diariamente. Tenía razón al
afirmar que no mantenía relación alguna con los habitantes de la ciudad: salvo
nosotros dos, nadie la visitaba.
Casi todo el tiempo que estábamos con ella lo
dedicábamos a pláticas y a discusiones de orden trascendental. Algunas veces el
doctor llevaba un libro o el último número de una revista, y nos leía en alta
voz.
En fin: él fue el primer hombre verdaderamente
instruido que conocí. No puedo asegurar que tuviera una gran erudición; pero yo
le escuchaba con sumo interés y me parecía persona de conocimientos muy
sólidos. Cuando hablaba de medicina, no se asemejaba en nada a los demás
médicos de la ciudad; decía cosas nuevas, originales, interesantes en extremo.
Yo pensaba, escuchándole, muchas veces, que podía llegar a ser un sabio célebre
si quería.
Era también el único hombre que ejercía sobre mí una
positiva influencia. Gracias a él y a los libros que me daba, comencé a sentir
un vivo deseo de estudiar, de enriquecer mi espíritu con conocimientos nuevos
que iluminasen mi vida monótona y sombría. ¡Mi instrucción entonces era tan
escasa! Sólo sabía las cosas más elementales. Al menos ahora se me antojan
elementales.
La influencia del doctor sobre mí fue también moral.
Antes no tenía opiniones determinadas, fijas, y me guiaba en mi vida casi
exclusivamente por los instintos. Desde que comencé a tratar con asiduidad al
doctor sometí al análisis los móviles de mis acciones y traté de formarme ideas
claras, precisas sobre el bien y el mal.
Y, no obstante, a pesar de mi gran estimación a
Blagovo, me daba cuenta de que aquel hombre, sin duda el mejor y más instruido
de la ciudad, distaba mucho de la perfección. Había en sus maneras algo que no
acababa de gustarme, sobre todo cuando se esforzaba en parecer borracho en la
taberna o cuando les daba crecidas propinas a los camareros echándoselas de
gran señor. En aquellos momentos, bajo la apariencia civilizada, se denunciaba
en él el tártaro.
A principios de enero regresó a Petersburgo.
La misma noche del día de su marcha vino a verme mi
hermana.
Sin quitarse el abrigo ni el sombrero y sin decir
palabra, se sentó en mi lecho.
Estaba muy pálida y evitaba mirarme. De cuando en
cuando se estremecía de pies a cabeza. No se me ocultaban sus esfuerzos para
que yo no advirtiese su estado.
-Debes de tener un enfriamiento -le dije.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Se levantó y se
dirigió, sin contestarme, al cuarto de Karpovna.
Momentos después la oí, al otro lado del tabique,
hablar con mi vieja nodriza y lamentarse.
-¡Cuando pienso en lo que mi vida ha sido hasta
ahora!... ¿Para qué he vivido? He perdido toda mi juventud. No he hecho más que
inscribir los gastos de la casa, economizar, velar para que no se gaste
demasiado dinero, para que no se cosuma demasiada azúcar... ¡Como si no hubiera
nada
más interesante en la vida! Comprende, vieja mía, que
yo también quiero vivir, que tengo otras aspiraciones..., y, sin embargo, han
hecho de mí una especie de ama de llaves, que sólo sabe contar los «kopecs» y
los terrones de azúcar. Estas llaves son mis cadenas...
Y tiré al suelo, encolerizada, las llaves de la
despensa, del armario de la ropa, de la bodega, las mismas que llevaba nuestra
pobre madre colgadas a la cintura.
-¡Virgen santa! -gritó con horror la vieja Karpovna-.
¡Estás loca!
¡Cálmate!
Durante algunos momentos reinó el silencio tras el
tabique. Luego oí un profundo suspiro de mi hermana y el ruido de las llaves
que recogía del suelo.
Al irse entró en mi cuarto a decirme adiós.
-No hagas caso -me tranquilizó.- No sé que me pasa
hace algún tiempo.
¡Estoy tan nerviosa!
- VIII -
Una noche volví muy tarde a mi posada, de casa de
María Victorovna, con quien había pasado la velada, y encontré en mi cuarto a
un joven oficial de policía, engalanado con un uniforme nuevecito, que hojeaba
un libro, sentado ante mi mesa.
-¡Por fin!-exclamó al verme entrar.
Salió a mi encuentro, desperezándose como tras un
largo sueño.
-Es la tercera vez que vengo hoy a buscarle a usted.
He perdido todo el día. He aquí de lo que se trata: su excelencia el señor
gobernador ordena que se presente usted a él mañana, a las nueve de la mañana.
¡Sin falta!
Me hizo firmar un compromiso de ejecutar exactamente
la orden del gobernador, y se marchó.
Aquella visita del oficial de policía y la invitación
inesperada del gobernador me causaron muy mala impresión. Desde mi niñez les
había tenido un miedo irresistible a los gendarmes, a los policías, a los
jueces, en fin, a toda la gente para quien es un derecho, casi un deber, hacer
daño a los demás. Y entonces también experimenté una gran inquietud, como si
fuera autor de un crimen.
No pude conciliar el sueño. Karpovna y su hijo
adoptivo, el obeso Prokofy, también estaban inquietos con la visita del oficial
de policía, y no podían pegar los ojos. Además, Karpovna tenía un horrible
dolor de oído, se quejaba, y de cuando en cuando se echaba a llorar.
Como me oyese, desde el otro lado del tabique, dar
vueltas en la cama, Prokofy entró en mi cuarto, con una luz en la mano, y se
sentó junto a mi mesa.
-Debía usted beber un poco de «vodka» -me dijo-. El
«vodka» es la sola y única salud. Tambien convendría verter un poco de «vodka»
en la oreja de mamá; pero no quiere.
A cosa de las tres se dispuso a irse al matadero en
busca de la carne para su establecimiento. Convencido de que no podría dormir
ya, y por matar el tiempo, me fui con él.
La noche era obscura. Prokofy llevaba en la mano una
linterna, con la que alumbraba el camino. Subimos a un trineo. Un muchachuelo
de trece años, llamado Nicolka, con cara de bandido, que estaba empleado en la
carnicería de Prokofy, nos servía de cochero. Con una voz ronca de persona
mayor, imitando a los cocheros de verdad, arreaba a
las caballerías.
Por el camino me dijo Prokofy:
-Probablemente le sacudirán a usted el polvo en casa
del gobernador.
Porque, mire usted, hace cosas que no le convienen.
Cada hombre debe seguir el camino que está destinado a seguir según su
nacimiento. Unos nacen para ser gobernadores u oficiales, otros para ser
obispos o capellanes, otros para ser médicos o abogados. Usted no ha nacido
para ser
simple obrero, y naturalmente, la gente de su clase
no está dispuesta a permitir que lo sea usted...
El matadero estaba detrás del cementerio. Hasta
aquella noche yo no lo había visto de cerca. Lo formaban tres grandes
cobertizos de aspecto sombrío, rodeados de una tapia gris. Cuando hacía viento,
llegaba de aquel edificio a la ciudad un olor malsano y abominable.
Entré en el patio, tropezando a cada paso con los
caballos de los trineos cargados de carne. Una porción de hombres con linternas
encendidas en la mano se insultaban y se injuriaban sin cesar. Prokofy y
Nicolka hacían lo propio, como si el lugar obligase a la gente a ponerse de
vuelta y media. Se oían por todas partes gritos, juramentos, relinchos.
Olía a cadáver y a estiércol. Los charcos de nieve
derretida mezclada con barro parecían de sangre.
Cargado el trineo de carne, nos encaminamos al
establecimiento de Prokofy.
Clareaba ya. El sol estaba a punto de salir. De nuevo
en el interior de la ciudad vimos numerosas mujeres - mas y cocineras- que se
iban a la
compra.
Una vez en la carnicería, Prokofy se puso un delantal
blanco y empezó a vender carne. Manchado de sangre, con un hacha en la mano,
discutía con las mujeres; aseguraba que la carne lo costaba más cara que la
vendía; juraba, se persignaba y gritaba tanto que se le podía oír al otro lado
del mercado. Engañaba en el peso y daba piltrafas, y las mujeres, aunque lo
advertían, le dejaban hacer lo que te parecía, aturdidas por sus gritos, y sólo
alguna vez que otra le dirigían tal o cual palabra poco lisonjera.
-¡Qué bandido! ¡Vaya un granuja!
Al alzar y dejar caer el hacha sobre la carne, tomaba
actitudes coquetas y agitaba con tal violencia la herramienta que yo temía que
le abriese a alguien la cabeza o le cortara un brazo.
Después de estar un rato en la carnicería, me dirigí
a casa del gobernador.
Mi gabán olía a carne y a sangre. De un humor de
todos los diablos, yo caminaba como un condenado.
Subí una gran escalera cubierta con una alfombra a
rayas. Un señor de frac -probablemente el secretario del gobernador- me indicó
la puerta por donde debía entrar, y corrió a anunciar mi llegada.
Entré en un salón amueblado lujosamente pero sin
gusto alguno. Entre las ventanas había altos y estrechos espejos. Pretendiendo
adornarlas, herían desagradablemente la vista unas cortinas amarillas. Se
advertía que los gobernadores que habitaban aquella casa se sucedían unos a
otros sin
que el mobiliario cambiase nunca. El paso de aquellos
funcionarios por allí era tan rápido, que a todos les tenía sin cuidado cómo
estaba puesta la casa.
No tardó en reaparecer el señor del frac, que me
indicó otra puerta. La abrí y me dirigí a una gran mesa verde, tras la cual me
esperaba, en pie, vestido de uniforme y con una condecoración en el pecho, el
gobernador.
Tenía en la mano una carta.
-¡Señor Poloznev! -me dijo, abriendo, en forma de
«O», una boca de a palmo. Le he llamado a usted para hacerle saber lo
siguiente: su honorable padre se ha dirigido, por escrito y de palabra, al
presidente de la nobleza de la región suplicándole que le haga comprender a
usted que su
conducta no es admisible en la clase noble a que
tiene el honor de pertenecer por su nacimiento. El señor presidente de la
nobleza, su excelencia Alejandro Pavlovich, creyendo, con razón, que su
conducta de usted es condenabilísima, pero que su llamada al orden sería del
todo ineficaz, se ha dirigido a mí, a su vez, para que yo ejerza mi poder
administrativo. Aquí está su carta. Me suplica en ella que tome las medidas que
juzgue necesarias al objeto de poner fin a este escándalo intolerable...
Hablaba en voz queda y con acento respetuoso, y
continuaba en pie como si yo fuera su jefe, y no había en su mirada ni asomos
de severidad. En su rostro rugoso se pintaba una falta total de energía. Sus
mejillas colgaban como bolsas de cuero. Llevaba teñido el cabello, y su edad no
era fácil de determinar: lo mismo pedía tener cuarenta que sesenta años.
-Yo espero -prosiguió- que usted sabrá apreciar la
bondad de Alejandro Pavlovich al dirigirse a mí no por la vía oficial, sino por
medio de una carta privada. Yo también le he llamado a usted no como un
personaje oficial, sino como un particular, y le estoy hablando no como
gobernador,
sino como un admirador sincero de su padre. Así,
pues, señor, le suplico que, o cambie de conducta y vuelva a comenzar la vida
que le cuadra a un noble, o se vaya a cualquier otra ciudad donde no le
conozcan y pueda hacer lo que le plazca. Si se niega usted a acceder a mi
ruego, me veré precisado a tomar medidas extremas respecto de usted.
Durante unos momentos me miró fijamente, en silencio
y con la boca abierta.
-¿Es usted vegetariano? -me preguntó de pronto.
-No, excelencia; como carne.
Se sentó y cogió de la mesa un papel.
Comprendí que la entrevista había terminado, saludé y
salí.
Había perdido la mañana, y no valía la pena ir a
trabajar antes de comer. Me volví a casa, con ánimo de dormir un rato; pero
estaba tan nervioso, a causa de la excursión al matadero y de mi visita al
gobernador, que no pude pegar los ojos.
Por la noche, muy excitado y de un humor negro, fui a
casa de María Victorovna. Le conté mi entrevista con el gobernador. Me miraba
asombrada, como si no diera crédito a mi relato, y de pronto se echó a reír
como una loca, con una risa alegre, provocativa, de que sólo es capaz la gente
muy sana de cuerpo y de espíritu.
-¡Si se cuenta eso en Petersburgo! ¡Dios mío, si se
cuenta eso en Petersburgo! -exclamó, casi cayéndose de la silla: de tal modo la
risa la sacudía.
- IX -
Nos veíamos con mucha frecuencia. dos veces al día.
Después de comer llegaba en coche al cementerio y me
esperaba leyendo las inscripciones de las tumbas. A veces entraba en la
iglesia, donde yo seguía trabajando, y, de pie junto a mí, contemplaba mi
tarea.
El silencio respetuoso que reinaba en torno, el
trabajo ingenuo de los pintores de iconos, la conmovían. También la
impresionaba agradablemente el verme vestido como los demás obreros y el
observar que me tuteaban y me trataban como a su igual.
Cuando, en cumplimiento de una orden de Nabó o de
otro, subía yo por la escala de cuerda a lo alto de la cúpula, llevando
pintura, seguía ella con interés mis movimientos, y parecía muy emocionada. Con
los ojos húmedos de lágrimas, me sonreía.
Una vez, mirándome trabajar, me dijo:
-¡Cómo me gusta usted así!
Siendo yo muchacho, un papagayo que tenían unos
amigos nuestros se escapó de la jaula, y durante un mes vagabundeó por la
ciudad, pasando de un jardín a otro, solitario, sin amparo, triste. María
Victorovna me recordaba aquel pájaro.
-¡El único sitio adonde voy de visita es al
cementerio! -me dijo un día, riendo.- Los habitantes de la ciudad me inspiran
una profunda antipatía y no quiero ver a nadie. En casa de Achoguin se canta,
se representa, se recitan versos, y me aburro allí de un modo insoportable.
Su hermana de usted evita la sociedad y no viene a
verme. La señorita Blagovo me detesta, no sé por qué. ¿Qué quiere usted que
haga? ¿Adónde quiere usted que vaya?
Cuando la visitaba, mis ropas olían a pintura y a
barniz; mis manos estaban sucias, y eso le gustaba. Se empeñaba en que fuera a
su casa con mi blusa de obrero, tal como estaba en el trabajo; pero ese traje
me cohibía mucho en su salón, y para ir a verla me lo quitaba y me ponía mi
traje nuevo, más correcto. Tal mudanza de ropa la
enojaba y me recibía con muecas de enfado.
-Confiese usted -me dijo una noche- que no ha podido
aún habituarse a su nueva posición social. El traje de obrero le cohíbe a
usted, no está usted a gusto con él. Eso se explica, en mi sentir, por la falta
de convicción con que ha obrado usted al hacerse obrero. Sencillamente, no está
usted satisfecho en su nueva vida. Además, a decir verdad no puede usted
estarlo. Al fin y al cabo trabaja usted para los ricos, para aumentar el
confort y el lujo que los rodean. Luego, usted me ha dicho muchas veces que el hombre
debe amasarse su pan, y usted lo que hace es ganar el dinero con que lo compra.
¿Por qué no aplica usted estrictamente a su conducta sus principios? Debe usted
seguirlos fielmente; es decir: en lugar de pintar los techos de los templos,
debía usted amasar por sí mismo su pan cotidiano; labrar, sembrar, segar... o
hacer algo que tenga relación directa con la agricultura; pastorear, cavar,
construir casas
campestres... Ha de saber usted que me pirro por la
agricultura...
Abrió un armarito que había junto a su mesa
escritorio, y añadió:
-Voy a revelarle a usted un gran secreto. Para eso he
sacado esta conversación. Aquí tiene usted mi biblioteca agrícola. En ella
encontrará usted libros que tratan del cultivo de los campos, del de los
jardines, de avicultura, de apicultura, de cría pecuaria. Lo leo todo con sumo
interés,
y me atrevo a decir que lo conozco bastante bien. Mi
sueño dorado, sépalo usted, es irme, en primavera, a nuestra Dubechnia, y
dedicarme allí a la vida agrícola. ¡Qué delicia! Claro es que el primer año no
podré hacer gran cosa: me orientaré, estudiaré la agricultura prácticamente...
Pero al
otro año intervendré en todo, mejor dicho, lo
dirigiré todo, con la mayor energía, se lo aseguro a usted. Mi padre me ha
prometido cederme la plena propiedad de Dubechnia, donde podré hacer lo que me
dé la gana.
Estaba muy excitada; sus mejillas se habían tornado
de púrpura. Llena de alegría, hablaba sin parar de la realización de sus
sueños, de su próxima vida en el campo, que se pintaba ella en extremo
interesante y muy poética.
¡Quién hubiera estado en su lugar, participado de su
entusiasmo! La primavera se acercaba; los días eran ya muy largos; el sol
derretía la nieve, y gruesas gotas de agua caían de los tejados. Todo olía ya a
primavera. Y yo también sentía un gran deseo de irme al campo.
Cuando me dijo que no tardaría en irse a Dubechnia,
una honda tristeza se apoderó da mí. Me vi solo en la ciudad hostil, sin nadie
con quien poder cambiar algunas palabras. Tuve celos de aquellos libros de
agricultura y de aquellos sueños geórgicos. Sin embargo, ni me gustaba la vida
del campo, ni les tenía afición alguna a los trabajos agrícolas. Iba a decir
que, en mi sentir, la agricultura rebajaba al hombre, le hacía esclavo de la
tierra; pero no dije nada.
Estábamos casi en primavera, en vísperas de Pascua.
Un día llegó el ingeniero Dolchikov, de quien yo
había comenzando a olvidar hasta la existencia.
Llegó de un modo inesperado, sin anunciarlo siquiera
con un telegrama.
Cuando fui aquella noche, como de costumbre, a su
casa, le encontré en el salón, paseándose y refiriendo no sé qué. Estaba muy
lavado, perfumado y afeitado y parecía más joven que antes de su marcha.
María Victorovna, de rodillas ante la maleta, sacaba
de ella libros, frascos, cajas y otros objetos, que le iba entregando al
criado.
Al ver al ingeniero, di, involuntariamente, un paso
atrás; pero él me tendió ambas manos y me dijo sonriendo, mostrando su blancos
y sólidos dientes:
-¡Hele aquí! ¡Tanto gusto en verle, señor decorador!
Macha me lo ha contado todo. ¡Y me ha hecho tantos elogios de usted!
Me cogió del brazo, y prosiguió:
-Comprendo su decisión y la apruebo sin reservas. Es
infinitamente más honrado y más inteligente ser un buen obrero que garrapatear
en una oficina y llevar una escarapela en la gorra. Yo he trabajado en Bélgica
como simple obrero... con estas manos que usted ve... y he sido durante
dos años maquinista...
Llevaba un batín, calzaba unas pantuflas y andaba con
el balanceo de los gotosos. Estaba visiblemente satisfecho de encontrarse al
fin en su casa y de haber tomado su ducha. Se frotaba las manos y canturreaba.
No tardó en servirse la cena. Se me invitó.
Durante la comida, fue él quien habló más.
-No hay duda -decía- de que son ustedes muy
simpáticos, muy amables; pero, dígame usted, señor: ¿por qué en cuanto empiezan
ustedes a trabajar físicamente y a preocuparse de la suerte del mujik se hacen,
inevitablemente, sectarios? Usted, por ejemplo, señor Poloznev, ¿no es un
sectario? Por cuestión de principios, no bebe usted
«vodka». Eso es puro sectarismo.
Por complacerle bebí «vodka» y vino. Comimos quesos
de distintas clases, salchichón, pastas y otras delicadezas gastronómicas que
el ingeniero había traído de Petersburgo, y saboreamos los vinos que en su
ausencia se habían recibido del extranjero, que eran, en verdad,
excelentes. No sé cómo, se las arreglaban para
recibirlos sin pagar derechos de importación, lo mismo que los cigarros. El
caviar y el salmón se lo regalaban. No pagaban el piso, porque el propietario
de la finca proveía de petróleo al camino de hierro, y, por lo tanto, dependía
del ingeniero. En fin, yo casi llegué a estar convencido de que cuanto existe
en el mundo se hallaba siempre -de modo gratuito- a la disposición del señor
Dolchikov y de su hija, que no tenían más que tender la mano y cogerlo.
Seguí visitándolos asiduamente; pero no con tanto
placer como antes de regresar el ingeniero. El señor Dolchikov me azoraba, y en
su presencia no me sentía yo a mi gusto. No podía soportar su mirada serena e
inocente; su conversación me era antipática; no podía yo desechar el
desagradable recuerdo de mi corta estancia en sus oficinas y de la grosería con
que me había tratado.
Es verdad que ahora estaba muy amable conmigo, que me
rodeaba con el brazo la cintura, que me daba afectuosos golpecitos en el
hombro, que, aseguraba ver con una profunda simpatía mi cambio de vida; pero a
mí no se me ocultaba que me despreciaba como antes, que me consideraba una
nulidad, y que sólo me toleraba por serle agradable a su hija.
Yo no podía ya reírme y decir lo que se me ocurría.
Casi siempre estaba silencioso y temía a cada momento una grosería del señor
Dolchikov. Mi conciencia de proletario se sublevaba contra mi conducta. Yo, un
obrero, visitaba diariamente a aquella gente rica, con la que no tenía nada de
común, que despreciaba a todos los habitantes de la
ciudad y que era considerada por ellos extraña... Bebía en su casa vinos caros
y comía bocados exquisitos... Me sentía avergonzado como si cometiese un
crimen.
Cuando me dirigía a casa de Dolchikov evitaba el
encuentro con mis conocidos y bajaba los ojos al verlos; y cuando volvía a mi
pobre posada, me abochornaba haber comido tanto y tan bien.
Pero lo que me preocupaba sobre todo era el temor de
enamorarme. María Victorovna cada día me atraía más. Yendo por la calle, en el
trabajo, en medio de mis charlas con mis compañeros, pensaba a cada instante en
que por la noche iría a su casa, y me deleitaba recordando su risa, su voz...
Antes de ir a verla permanecía largo rato de pie ante
un pedacito de espejo, procurando hacerme lo más primorosamente que podía el
lazo de la corbata. Mi traje me parecía abominable, y me avergonzaba, y al
mismo tiempo mi dignidad se rebelaba contra esta vergüenza. Cuando ella me
decía desde su cuarto que no entrase, que esperase un poco, porque no estaba
vestida aún, se apoderaba de mí una gran tensión nerviosa, y mi espera, aunque
fuese corta, era la espera inquieta y llena de ansias de un enamorado impaciente.
Al ponerla, con el pensamiento, en parangón con otras jóvenes a quienes veía
por la calle, se me antojaban todas, hasta las más lindas, vulgares, mal
vestidas, grotescas. Y la superioridad de María Victorovna me enorgullecía como
si la hija del ingeniero me perteneciese. Rara era la noche que no la soñaba...
Una noche salí de su casa asqueado de mí mismo.
Aunque el ingeniero seguía estando muy amable y me había hecho compartir con él
una enorme langosta, en su amabilidad, en la familiaridad con que me trataba,
yo advertía, hacía algún tiempo, algo ofensivo para mí.
Camino de mi posada, decidí poner fin a aquella
situación humillante.
«En esa casa -pensé- se me acaricia como se acaricia
a un pobre perro perdido. Ahora los divierto; pero en cuanto deje de
interesarlos, me pondrán de patitas en la calle.» -¡Hay que acabar lo más,
pronto posible! -casi grité en el silencio de la ciudad dormida.
Y, alzando los ojos al cielo, juré solemnemente
romper toda relación con la familia Dolchikov.
A la noche siguiente no fui a verlos.
Muy tarde ya, pasé por la calle de la Nobleza. Estaba
obscuro y llovía.
La casa de Achoguin se hallaba sumida en el sueño; en
una sola ventana, la de la señora Achoguin, situada al extremo de la fachada,
se veía luz. La señora Achoguin, sin duda, estaría bordando o haciendo calceta,
alumbrada por tres bujías, para demostrar el desprecio que le inspiraban las
supersticiones. En nuestra casa no se veía luz alguna. La de Dolchikov,
frontera a la nuestra, estaba, por el contrario, muy iluminada, aunque, a causa
de los visillos, no se distinguía nada de su interior.
Seguí andando a lo largo de la calle, bajo la lluvia
primaveral. Oí a mi padre llegar, de vuelta del club. Llamó a la puerta, y
momentos después vi, dentro, encenderse una luz. Distinguí la silueta de mi
hermana, que con el quinqué en la mano, y alisándose presurosa el cabello, se
dirigía a la puerta. Luego, desde mi secreto observatorio, vi a mi padre ir y
venir por el salón. Hablaba frotándose las manos; mi hermana, sentada en una
butaca, permanecía inmóvil y muda. Seguramente no le escuchaba, absorta en
sus cavilaciones.
No tardaron en retirarse, y la luz se apagó.
Miré a la casa del ingeniero: también estaba sumida
en las tinieblas.
Solo, en la noche negra, bajo la lluvia, sentía una
tristeza profunda, como un hombre perdido en el desierto y ya sin ninguna
esperanza. Toda mi vida, la pretérita y la presente, me parecía nula,
desprovista de todo interés. ¿Qué podía yo esperar del porvenir?
Sin darme cuenta de lo que hacía, tiré con todas mis
fuerzas de la campanilla de la puerta del ingeniero Dolchikov, la arranqué y
eché a correr a carrera tendida, calle arriba, como un chiquillo, empujado por
el temor de que saliesen en seguida y me reconociesen.
A una gran distancia me detuve para tomar aliento. La
calle permanecía silenciosa.
Sólo se oía el ruido de la lluvia y el de los golpes
de un sereno sobre una plancha de hierro.
Durante una semana no visité a la familia Dolchikov.
Nos quedamos sin trabajo, sufrimos toda clase de
privaciones. Vendí mi traje nuevo por cuatro cuartos y me comí el dinero. A
veces encontraba un trabajo penoso para un día, que me producía de diez a
veinte «kopecks».
Cubierto de barro, temblando de frío, trabajaba como
un forzado y encontraba en ello cierta satisfacción moral: me vengaba en mí
mismo de las langostas, los quesos y otros buenos bocados que había saboreado
en casa de Dolchikov.
Ni aun en medio de esta vida llena de miserias dejaba
nunca de pensar en María Victorovna. La amaba. Sí, aquello era amor, el amor
más apasionado. Cuando me acostaba, cansado, mojado, muchas veces hambriento,
mi imaginación evocaba al punto su imagen y se forjaba cuadros seductores.
Y aquel amor me daba fuerzas para sufrir, como si
fuera por ella por quien yo padecía tan terrible vida.
Una noche en que había caído una copiosa nevada, en
que parecía que el invierno había vuelto, encontré en mi cuarto a María
Victorovna. Estaba sentada, envuelta en su abrigo de pieles, las manos dentro
del manguito.
-¿Por qué no viene usted ya a casa? -me preguntó,
clavando en los míos sus ojos claros y expresivos.
Yo estaba tan turbado por la alegría, que no podía
contestar, y permanecía en pie, ante ella, en la misma actitud que ante mi
padre cuando me pegaba.
Ella me miraba fijamente y no se me ocultaba que se
daba cuenta de la causa de mi turbación.
-¿Por qué no viene usted a verme? -repitió-. ¡Ya que
usted no quiere venir a mi casa, vengo yo a la suya!
Se levantó y se aproximó a mí.
-¡No me abandone usted! -me dijo.
Vi brillar las lágrimas en sus ojos.
-¡No me abandone usted! ¡Estoy sola, no tengo a nadie
en el mundo!
Y buscando el pañuelo, para secarse las lágrimas, se
sonreía.
Hubo unos instantes de silencio. La abracé, la atraje
hacia mí y di un largo beso en sus labios. Al besarla, me hice sangre en la
cara con el alfiler de su sombrero.
Momentos después nos pusimos a hablar como si nos
amáramos hacía mucho tiempo.
- X -
A los dos días, María Victorovna me envió a
Dubechnia.
La dicha me embriagaba.
Camino de la estación, y luego en el tren, me reía a
lo mejor sin motivo alguno visible, y la gente me miraba asombrada, creyendo,
sin duda, que estaba un poco bebido.
La nieve seguía cayendo, aunque había empezado la
primavera; pero no tardaba en derretirse, en convertirse en barro, de manera
que los caminos no estaban blancos, sino negros.
Aunque había pensado arreglar la casita para mí y
para Macha en el pequeño pabellón, frontero al ocupado por la señora Cheprakov,
tuve que renunciar a tal proyecto; pues el pabellón estaba habitado hacía mucho
tiempo por las palomas y los ánades, y para dejarlo en buen estado había
que destruir gran número de nidos.
Teníamos, pues, que arreglar nuestra habitación en la
casa central. Los campesinos la llamaban «castillo»; pero era un castillo nada
bonito. Había en él más de veinte estancias casi vacías por completo y de un
aspecto triste, sombrío. El mobiliario se reducía a un piano y un silloncito de
niño, arrumbado en el granero. Aunque Macha hubiera transportado de la ciudad
todo su mobiliario, la casa habría seguido Siendo triste y pareciendo vacía.
Escogí tres habitacioncitas cuyas ventanas daban al
jardín y empecé a trabajar. Me pasaba el día limpiándolas, tapando los agujeros
del suelo, empapelando las paredes, sustituyendo con otras nuevas las losas
rotas.
Era un trabajo fácil y agradabilísimo para mí.
Con mucha frecuencia iba al río, a ver si el hielo de
que estaba cubierto todo el invierno se derretía. Esperaba con impaciencia la
vuelta de los pájaros que invernaban en los países cálidos. Por la noche, en la
cama, soñaba, lleno de alegría, desbordante de felicidad, con Macha. Ni el
viento que sacudía los postigos ni las ratas que hacían ruido en el pavimento
me molestaban: tan dichoso era.
La nieve aún era muy profunda. Había caído mucha en
marzo; pero pronto había empezado a fundirse, como por encanto. El río se
llenaba de agua, que, en multitud de arroyos canoros, corría a su cauce.
A principios de abril aparecieron los primeros
pájaros, y empezó a alegrar el jardín el batir de sus alas. El tiempo era
magnífico.
Todos los días, al anochecer, me encaminaba a la
ciudad, al encuentro de Macha. Iba descalzo, y era delicioso andar así por la
tierra blanda, no seca aún del todo. A medio camino me sentaba y contemplaba la
ciudad, sin osar acercarme a ella. Su vista me turbaba. Yo me decía: «Qué
comentarios hará la gente que me conoce acerca de mis amores con Macha? ¿Qué
dirá mi padre?» Mi vida, de pronto, se había tornado harto más complicada. Yo
no la dominaba ya: era ella la que me dominaba a mí. Yo era a modo de un globo
impelido por el viento no se sabe adónde. No pensaba ya en la manera de ganarme
el pan; no pensaba ya en nada preciso, como si me hallase en un dulce letargo.
Casi siempre Macha venía en coche. Me sentaba a su
lado y nos dirigíamos juntos a Dubechnia, libres, alegres.
A veces la esperaba en vano: no venía. Entonces, ya
puesto el sol, volvía a mi vivienda, descontento, turbado, sin acertar a
comprender por qué no había venido. Pero no era raro que la encontrase,
inesperadamente, a la puerta de la casa o en el jardín. Esto era para mí una
grata sorpresa y me regocijaba mucho.
-He venido en tren -me decía María Victorovna-. Desde
la estación he venido andando.
Vestida con suma sencillez, tocada con un pañolito,
con una modesta sombrilla en la mano, pero gentil, calzando unas elegantes
botinas hechas en el extranjero, se me antojaba una actriz de talento que
representaba el papel de muchacha de pueblo.
Visitábamos nuestra propiedad, deliberábamos acerca
de una porción de detalles: acerca de cuál sería la habitación de cada uno, de
dónde plantaríamos flores, del lugar en que colocaríamos la colmena. Teníamos
nuestros pollos, nuestros patos y nuestros gansos, y los amábamos porque
eran nuestros. Teníamos ya preparado todo lo
necesario para la siembra:
trigo, avena, legumbres. Nos pasábamos horas enteras
planeando los futuros trabajos, hablando de las cosechas que recogeríamos.
Cuanto decía Macha me parecía bello y atinado.
Fue aquél el período más feliz de mi vida.
Algunas semanas después celebramos nuestras bodas. La
solemnidad tuvo lugar en una iglesita campesina, en la aldea de Kurilovka, a
tres verstas de Dubechnia.
Macha quiso que en la ceremonia todo fuera sencillo,
modesto. Conforme a sus deseos, nuestros testigos fueron jóvenes campesinos. El
servicio religioso estuvo a cargo de un chantre.
Volvimos a casa en un coche pesado y tambaleante, que
la misma Macha guiaba.
De la ciudad sólo acudió mi hermana Cleopatra,
prevenida tres días antes por una carta nuestra. Vestía un traje blanco y
llevaba las manos enguantadas. Durante la ceremonia, lloraba suavemente y se
pintaba en su rostro una bondad maternal infinita.
Nuestra felicidad parecía embriagarla, y la sonrisa
no desaparecía de sus labios, como si estuviera respirando un aire delicioso.
Contemplándola, comprendí que no existía para ella en
el mundo nada tan importante como el amor, el amor sencillo, terreno, y que
soñaba con él a toda hora, de un modo apasionado, ocultando celosamente sus
sueños.
Abrazaba y besaba a Macha sin cesar, y, no sabiendo
cómo expresarle su entusiasmo, le decía, refiriéndose a mí:
-¡Es bueno, muy bueno!
Antes de volverse a la ciudad se despojó del traje
blanco, y se puso otro de diario y me suplicó que saliese un momento con ella
al jardín.
-Quisiera hablarte -me dijo.
Salimos.
-Papá -comenzó- está muy enfadado porque no le has
escrito. Debías haberle pedido la bendición. Pero, aparte de eso, está muy
contento. Cree que este matrimonio te elevará a los ojos de toda la ciudad, y
que, bajo el influjo de María Victorovna, te volverás un hombre serio. Por las
noches hablamos de ti. Ayer te nombró con estas palabras: «Nuestro Misail», y
eso me llenó de alegría. Creo que acaricia, respecto de ti, algún proyecto. Me
parece que quiere darte una lección de generosidad y
nobleza, y que está dispuesto a que sea suyo el
primer paso hacia la reconciliación. Es muy posible que venga a veros dentro de
unos días.
Se persignó varias veces, y dijo:
-Bueno, querido, sed felices. Ana Blagovo, que es tan
inteligente, dice que este matrimonio es una prueba a que te somete el Señor.
Te deseo fuerzas para salir victorioso de ella. La vida de familia no sólo
proporciona alegrías, sino también padecimientos. La vida es así.
Macha y yo la acompañamos cerca de tres verstas, a
pie. Luego de despedirla, nos dirigimos a casa, silenciosos, el corazón
henchido de felicidad. Macha me llevaba cogida una mano, y de cuando en cuando
cambiábamos miradas llenas de cariño. No pronunciamos ni una sola palabra
de amor: eso habría podido turbar el goce de nuestra
ventura. El verdadero amor no necesita ser expresado con palabras. Después de
la boda nos sentíamos todavía más cerca uno de otro, y se me antojaba que nada
en el mundo podría nunca separarnos.
-Tu hermana -me dijo mi esposa- es muy simpática;
pero, al mirarla, se experimenta la impresión de que ha sido maltratada durante
mucho tiempo.
Tu padre debe de ser un hombre terrible.
Le conté el sistema educativo que mi padre había
puesto en práctica conmigo y con mi hermana. Le describí nuestra niñez dolorosa
y estúpida.
Cuando le dije que mi padre, no hacía aún mucho
tiempo, me había pegado, se estremeció y se apretó contra mí.
¡No, no me cuentes esas cosas! ¡Es terrible!
Ya no nos separamos. Ocupábamos tres habitaciones de
la casa grande.
Por la noche yo cerraba con llave la puerta que daba
a las habitaciones vacías, como si hubiera en ellas un ser desconocido que nos
inspirase temor.
Me levantaba muy temprano, al salir el sal, y me
ponía inmediatamente a trabajar. Hacía reparaciones en los coches, arreglaba
las sendas del jardín, azadonaba los bancales, pintaba el tejado de la casa.
Cuando llegó la época de la siembra, mis esfuerzos
para trabajar como un simple campesino fueron heroicos. Me fatigaba
enormemente, sobre todo cuando llovía o hacía viento. Me dolían la cabeza y los
pies. Hasta durante el sueño me atormentaba la visión de los campos labrados.
Los trabajos agrícolas no me gustaban. No conocía la
agricultura y no le tenía ninguna afición, debido, sin duda, a mi origen; pues
mis ascendientes nunca fueron agricultores y corría por mis venas sangre
ciudadana.
Amaba tiernamente la Naturaleza, me placía contemplar
los campos, las praderas, los bosques; pero cuando veía a un campesino que, con
su flaco caballo, iba y venía por la tierra negra y lodosa; cuando contemplaba
al pobre labrador cubierto de barro, harapiento, más desgraciado aún que su
caballería, ambos me parecían la encarnación de la fuerza primitiva, brutal,
sin belleza, sin atractivo. Mirando a los campesinos trabajar la tierra,
pensaba que en el campo, lejos de los grandes centros de
población, la vida tiene no poco de salvaje, se
asemeja mucho a la de hace miles de años, a la de la gente aún no sabía
servirse del fuego. Los toros, los caballos, los carneros, cuando atravesaban
en rebaños la aldea,
aturdiéndome y salpicándome de barro, me parecían
también un símbolo de aquella vida salvaje, desprovista de todo progreso.
No, no me gustaba la agricultura ni la vida del campo
tampoco. Sobre todo cuando hacía mal tiempo, cuando densas nubes gravitaban
sobre la tierra sombría, el campo se me caía encima. Mientras trabajaba, no me
animaba la idea de la santidad del trabajo campestre, que sostienen con
tanta elocuencia sus apologistas. Al trabajo en el
campo prefería el trabajo doméstico. Encontraba un placer singular en la
pintura del tejado y en otras ocupaciones análogas.
No lejos de la casa había un molino que pertenecía a
la finca, como dejo dicho. Me gustaba visitarlo, y, atravesando el jardín y el
prado, iba a él muy a menudo.
Nos lo tenía alquilado un campesino de la aldea
vecina. Se llamaba Stepan. Era un hombre muy vigoroso, guapo, de cabellos
negros, barbudo. No le gustaba la molinería, y si vivía en el molino era
exclusivamente por no vivir en su casa.
Era taciturno y poco sociable. Inmóvil, silencioso,
se pasaba horas enteras a la orilla del río o a la puerta del molino. De vez en
cuando iban verle su mujer y su suegra, ambas suaves, corteses, blancas. Le
saludaban muy humildes, le trataban de usted y le llamaban Stepan Petrovich. El
parecía no advertir su presencia. Sin contestar a su saludo ni con la palabra
ni con el ademán, se sentaba a la orilla del río y empezaba a canturrear en voz
baja.
Así, sin decir esta boca es mía, permanecía una hora
y a veces más tiempo. La mujer y la suegra, después de cambiar quedamente
algunas palabras, se levantaban y esperaban un instante, por si se dignaba
mirarlas. Luego saludaban de nuevo muy humildes, y decían con voz cantarina:
-¡Hasta la vista, Stepan Petrovich!
Y se iban.
Cuando ya estaban lejos, Stepan cogía el envoltorio
con pan o ropa limpia que le habían dejado, miraba guiñando los ojos en la
dirección que habían tomado las mujeres, y me decía, desdeñoso:
-¡El sexo femenino!
El molino trabajaba día y noche. Yo ayudaba a Stepan
en su labor.
Cuando se iba un rato del molino le reemplazaba
gustosísimo.
- XI -
Aquel año, el tiempo fue muy caprichoso. Tras unos
cuantos días de sol volvieron los días nublados. Durante todo el mes de mayo
llovió e hizo frío.
El ruido de las ruedas del molino, unido al de la
lluvia, emperezaba y daba sueño. El suelo temblaba, olía a harina, y eso
también adormilaba.
Mi mujer, con una corta pelliza y unos chanclos,
venía al molino dos veces al día y decía:
-¡Vaya un verano! Es peor que el otoño.
Tomábamos te, hacíamos gachas y permanecíamos horas y
horas silenciosos, esperando que cesase la lluvia. Una noche que Stepan había
ido al mercado, Macha durmió en el molino.
Cuando nos levantamos no era fácil averiguar la hora
que era, pues el cielo estaba cubierto de nubes. Se oía cantar a los gallos en
Dubechnia.
Era aún muy temprano.
Nos dirigimos al estanque y sacarnos la red que había
puesto Stepan la víspera. Había en ella una merluza y un cangrejo.
-Suéltalos -me dijo Macha-. Que ellos también sean
felices.
Como habíamos madrugado tanto y no teníamos nada que
hacer, aquel día me pareció muy largo, el más largo de toda mi vida.
Por la noche volvió Stepan y yo regresé a casa.
-Tu padre ha venido a vernos- me dijo Macha.
-¿Dónde está?
-Se ha marchado. No le he recibido.
Viendo que yo me puse triste, añadió:
-Hay que ser consecuente. Tu padre te ha maltratado
tanto que no quiero tener con él nada de común. No le he recibido, y he hecho
que le digan que no se moleste más en venir a vernos.
Momentos después me encaminaba a la ciudad para
explicarme con mi padre. El camino estaba lleno de barro. Hacía frío.
Por primera vez, después de nuestra boda, sentía una
profunda tristeza.
Mi cerebro, cansado por aquel largo día gris,
propendía a los pensamientos melancólicos. «Quizás -decía yo mentalmente- mi
vida no es lo que debe ser.» Una apatía honda se apoderó de mí. No tenía gana
de moverme ni de pensar. Andado ya parte del camino, determiné volver a casa.
Allí encontré al padre de Macha. Llevaba un
impermeable con capuchón.
De pie en medio del patio, decía con voz alterada por
la cólera:
-¿Dónde están los muebles? Había un hermoso
mobiliario estilo Imperio, cuadros, jarrones, y ahora no hay nada. ¡Yo compré
la casa con todo lo que había dentro, qué diablo!
Junto a él, con la gorra en la mano, estaba el criado
de la señora Cheprakov, un hombre llamado Moisey, de unos veinticinco años,
enjuto, con unos ojillos impertinentes.
-Su excelencia compró la casa sin muebles -contestó
tímidamente-. Lo recuerdo bien.
-¡Cállate, canalla!- le gritó al ingeniero, rojo de
ira.
El eco repitió el grito en el jardín.
Cuando yo estaba haciendo algo en el jardín o en el
patio, Moisey solía contemplarme con sus ojillos insolentes, cruzadas las manos
atrás. Su contemplación me irritaba tanto que dejaba el trabajo y me iba.
Stepan nos había dicho que Moisey era el amante de la
generala Cheprakov. Yo había notado que la gente que venía a ver a la generala
para cuestiones de dinero, empezaba por dirigirse a Moisey. Una vez vi que un
campesino le saludaba con gran humildad. A veces entregaba él mismo el
dinero, sin contar con su ama. Se advertía que hacía
en la casa lo que le daba la gana.
Nos enojaba mucho su conducta inconveniente.
Disparaba escopetazos contra nuestras ventanas; nos robaba comestibles; se
servía, sin pedirnos permiso, de nuestros caballos. Se diría que Dubechnia era
suya y no nuestra.
Aunque nos indignábamos, Moisey seguía haciendo lo
que se le antojaba.
-Cuando pienso que aún tenemos que vivir mucho tiempo
con estos canallas!... -decía Macha.
Según el contrato, a la señora Cheprakov le asistía
el derecho de vivir allí dos años. Su hijo, Iván Cheprakov, estaba empleado
como conductor en el camino de hierro. Durante el invierno había enflaquecido
tanto y se había debilitado hasta tal punto que con una copa de «vodka» se
emborrachaba, Le avergonzaba ser conductor, lo que le
parecía humillante para un noble; pero al mismo tiempo consideraba aquel
destino muy ventajoso, pues le proporcicnaba ocasión de robar bujías
pertenecientes al camino de hierro y venderlas.
Mi matrimonio con Macha le asombró, le enceló y le
hizo concebir la esperanza de hacer cualquier día un matrimonio parecido.
Miraba a Macha con entusiasmo, me preguntaba qué comía y no me ocultaba su
envidia.
-¡Dios mío!- gemía encendiendo por décima vez su
cigarrillo y tirando la cerilla al suelo- ¡Dios mío! Tú eres felicísimo, y
yo... ¡Qué vida de perro! Cualquier oficialillo tiene derecho a tutearme, pues,
al fin y al cabo, no soy más que un empleado subalterno, una especie de criado
de los viajeros.
Una vez me dijo:
-Por culpa de mi madre soy un pobre hombre. En el
tren oigo con frecuencia conversaciones científicas muy interesantes... Pues
bien: le he oído asegurar a un doctor que, si los padres son perversos, los
hijos, fatalmente, son borrachos o criminales. Ahora comprendo mi desventura...
Un día vino a casa tambaleándose, sin poder apenas
tenerse en pie. Sus ojos miraban con una expresión turbada e insensata, su
respiración era pesada, jadeante. Reía y lloraba al mismo tiempo, balbuciendo
sin cesar palabras casi incomprensibles.
-¡Mi madre! ¿Dónde está mi madre? -decía llorando
como un niño perdido entre la muchedumbre.
Le conduje al jardín y le acosté debajo de un árbol.
Durante toda la noche, Macha y yo velamos. Macha miraba con repugnancia su
rostro pálido, y decía:
-¡Y pensar que aún tenemos que vivir año y medio con
esta gente! ¡Es terrible!
Los campesinos también nos daban muchas desazones. Ya
aquella primavera, en los primeros días de nuestro matrimonio, decepciones
terribles habían turbado nuestra felicidad.
- XII -
Mi mujer decidió edificar y costear una escuela para
los campesinos. Yo elaboré un proyecto de escuela para sesenta muchachos. La
administración del distrito lo aprobó, pero nos aconsejó que edificásemos la
escuela no en Dubechnia, como pensábamos, sino en Kurilovka, una aldea algo
mayor que distaba tres verstas de nuestra Dubechnia. El consejo era tanto más
razonable cuanto que la escuela actual de Kurilovka, en la que estudiaban los
niños de cuatro aldeas vecinas, Dubechnia una de ellas, era demasiado pequeña y
estaba tan vieja que se temía su hundimiento el día menos pensado.
A fines de marzo Macha fue nombrada, conforme al
deseo que había manifestado, miembro del consejo administrativo de la escuela
de Kurilovka. A principios de abril congregamos tres veces seguidas a los
campesinos de Kurilovka y tratamos de convencerlos de que su escuela era
muy reducida y muy vieja y era necesario edificar
otra. Después de las reuniones, los campesinos nos rodeaban y nos pedían dinero
para comprar «vodka». El calor de la muchedumbre nos ahogaba, y nos apresuramos
a marcharnos. Volvíamos a casa cansados, descontentos, deccepcionados en
extremo.
Tras largas negociaciones, los campesinos al fin
consintieron en cedernos el terreno necesario para la construcción de la
escuela y se comprometieron, a llevar de la ciudad, utilizando para ello sus
caballerías, todos los materiales de construcción.
Algún tiempo después, los campesinos de Kurilovka y
de Dubechnia salieron un domingo, con sus caballos y sus carros, en dirección a
la ciudad para traer ladrillos. Se fueron al salir el sol y no volvieron hasta
las altas horas de la noche. Todos venían borrachos, y, según decían, rendidos.
El tiempo era lluvioso y frío. Los caminos, llenos de
barro, estaban impracticables. Los campesinos, al volver de la ciudad,
acostumbraban meter sus carros en nuestro patio.
-Para descansar un poco -decían.
¡Aquello era un horror! No lo olvidaré nunca. Primero
aparecía, en la puerta del patio, el caballo, patiabierto, ventrudo; al entrar,
balanceaba la cabeza como si saludase. Luego aparecia una viga de diez metros,
mojada, escurridiza; junto al carro avanzaba el campesino, sin mirar dónde
ponía los pies, andando por los charcos lo mismo que por un pavimento.
Luego aparecía otro carro con tablones, luego otro
con postes... Poco a poco el patio se iba atestando de caballos, de carros, de
tablones, de vigas. Los campesinos y las campesinas, arropada la cabeza para
resguardarla del frío, lanzaban miradas furiosas a nuestras ventanas,
gritaban, exigían que Macha bajase a hablar con
ellos. A no mucha distancia, Moisey contemplaba la escena, y yo juraría que se
bañaba en agua de rosas al vernos en aquella situación ridícula.
-¡Se acabó! ¡No transportaremos más materiales!
-oíase gritar-. Estamos rendidos. Si la señora quiere edificar una escuela, que
transporte los materiales ella.
Macha, pálida de emoción, temerosa de que aquella
multitud irritada invadiese la casa, les enviaba a los campesinos dinero y
«Vodka». Entonces el tumulto se apaciguaba poco a poco, y los carros, cargados
de vigas, de tablones, de postes, iban abandonando el patio.
Cuando yo me disponía a marchar a Kurilovka para ver
cómo iba la construcción, mi mujer daba muestras de gran inquietud.
-Los campesinos están furiosos -me decía-. Pueden
hacerte algo. Espera, voy contigo.
Nos íbamos juntos. En Kurilovka, los carpínteros me
pedían una propina.
La construcción casi no adelantaba. Faltaban obreros.
A pesar del compromiso contraído, muchos no acudían al trabajo. Siempre había
algo que lo paralizaba. Un día nos hicieron saber que se necesitaba arena. No
habíamos pensado antes en ello. Había que buscarla lo más pronto posible.
Aprovechándose de la urgencia, los campesinos nos
pidieron por cada carro de arena treinta «copecks», aunque la ribera donde
tenían que cargar sólo distaba doscientos metros de la obra. Se necesitaban lo
menos quinientos carros.
Las dificultades se sucedían sin tregua. Los
campesinos seguían pidiéndonos dinero para «vodka» con gran indignación de mi
mujer. El contratista de la obra, Tito Petrov, un anciano de setenta años, nos
estaba siempre prometiendo, activar los trabajos.
-Ya verán ustedes. En dándome arena, que es lo que
ahora hace falta, todo marchará como sobre rieles. Encontraré cuantos obreros
sean necesarios. ¡Ya verán ustedes!
¡Pero se le llevó toda la arena necesaria, y la
edificación, sin embargo, no avanzaba. Pasaban días y noches sin que apenas se
advirtiese adelanto alguno.
-¡Es para volverse loca! -decía Macha, casi
llorando-. ¡Qué gente, Dios mío, qué gente!
Durante aquellos tristes días, venía con frecuencia a
vernos su padre, el ingeniero Víctor Ivanovich. Traía delicadezas gastronómicas
y buenos vinos. Tenía siempre un apetito de lobo y comía mucho. Después de
comer se dormía un rato en la terraza y roncaba de un modo terriible. Al oírle,
nuestros obreros sacudían con asombro la eabeza y decían:
-¡Vaya unos renquidos! Parece que duerme ahí arriba
un regimiento...
A Macha no le entusiasmabam sus visitas. Su padre no
le inspiraba confianza, lo que no era obstáculo para que le pidiese consejos
prácticos.
El ingeniero se levantaba de dormir la siesta, casi
siempre muy mal humorado, y empezaba a gruñir; le parecía que todo lo hacíamos
mal, y se lamentaba de haber adquirido Dubechnia, que, según decía, sólo le
había proporcionado sinsabores. La pobre Macha le escuchaba cariacontecida. A
veces se dolía en su presencia de la conducta de los
campesinos, y él le decía que con aquella gente había que ser muy severo y que
el mejor modo de hacerla entrar en razón era sacudirle el polvo.
Nuestro matrimonio y nuestra manera de vivir los
consideraba una comedia.
-No es más que un capricho -decía-. En Macha son
frecuentes los caprichos por el estilo. Una vez se figuró ser una gran artista
de ópera y se escapó de casa. ¡Estuve dos meses buscándola por toda Rusia! Sólo
en telegramas me gasté mil rublos. ¡Sí, amigo mío!
Ya no me llamaba sectario, ni señor decorador, ni
elogiaba mi conversión en obrero, como acostumbraba hacer antes.
-¡Es usted un hombre extraño! -me decía ahora-. No es
usted un hombre normal. No soy profeta; pero le predigo que acabará malamente.
Macha apenas dormía de noche, y se pasaba horas
enteras sentada, a la luz de la luna, junto a la ventana de la alcoba. En la
mesa ya no se reía ni me hacía guiños.
El ver extinguida su alegría me atormentaba. Cuando
llovía, cada gota de lluvia se me antojaba que caía sobre mi corazón como plomo
derretido, y sentía impulsos de arrodillarme a los pies de Macha y pedirle
perdón de que hiciera mal tiempo. Cuando los campesinos escandalizaban en el
patio,
también me sentía culpable ante Macha. Permanecía
horas y horas inmóvil en un rincón, pensando en ella, en nuestra vida. Mi amor
crecía y se tornaba verdadera veneración. Macha me parecía irreprochable,
ideal. Cuanto hacía me entusiasmaba, lo consideraba admirable.
Y, en efecto, era una mujer como hay pocas. Dotada de
aptitudes para un trabajo tranquilo, de gabinete, le gustaba leer, estudiar.
Aunque la agricultura sólo la había estudiado teóricamente, en los libros, nos
asombraban sus conocimientos y los consejos que nos daba, muy útiles
siempre. Por añadidura, tenía un corazón nobilísimo y
un gusto exquisito, y su trato era de una amabilidad que sólo poseen las
personas de una educación refinada.
Y aquella mujer se veía forzada a vivir allí, en
medio de aquel desorden, entre aquella gente grosera, rencillosa y mezquina.
¡Cómo debía sufrir! Yo lo advertía y sufría también. Me pasaba las noches casi
en vela, entregado a mis tristes pensamientcs, y a veces los ojos se me
llenaban de lágrimas. En vano procuraba hacerle a mi Macha la vida más
agradable.
Iba con frecuencia a la ciudad y le compraba libros,
periódicos, bombones, flores. Para variar poco nuestro «menu» pescaba en el
río, con Stepan, muchas veces, bajo la lluvia, calándome hasta los huesos. Les
suplicaba a los campesinos, humillándome ante ellos, que no hicieran ruido
en el patio; les daba dinero para «vodka», les
prometía concederles cuanto me pedían, y hacía otras mil estupideces.
Las lluvias, que parecían interminables, cesaron al
fin. Me levantaba muy temprano, mucho antes de salir el sol, y me iba al
jardín. El rocío brillaba en las flores, oíase por todas partes el alegre coro
de los pájaros y los insectos. El cielo estaba sereno, sin una sola nube. Todo
en torno, el jardín, el prado, el río, convidaba a una dulce contemplación;
pero mi alma se hallaba turbada, mi pensarniento no podía apartarse de los
campesinos, de los sinsabores que nos costaba la edificación de la escuela, de
los reproches y las lamentaciones del ingeniero.
Algunas tardes me paseaba con Macha, en un cochecito,
por el campo, para ver cómo iban los trigos. Siempre guiaba ella. Llevaba los
hombros un poco levantados y el viento agitaba sus cabellos.
-¡Apártese! -gritaba cuando venía otro carruaje en
dirección contraria al nuestro.
Había en aquel grito un no sé qué verdaderamente
cocheril.
-Imitas muy bien a los cocheros -le dije un día.
-No es extraño -repuso-. Mi abuelo, el padre del
ingeniero, era cochero. ¿No lo sabías?
Se volvió a mí, y con el orgullo de un artista pagado
de su oficio lanzó un nuevo grito tan de cochero que el automedonte más castizo
no habría podido ponerle reparos.
No sé por qué, aquéllo me satisfizo.
-Tanto mejor -me dije-; tanto mejor.
Pero al punto, los tristes pensamientos relativos a
los campesinos, a la construcción de la escuela, al ingeniero, volvieron a
desazonarme.
XIII –
El doctor Blagovo venía a vernos, en bicicleta. Mi
hermana también nos visitaba con frecuencia. Empezaron de nuevo las discusiones
acerca del trabajo físico, del progreso, de la meta lejana adonde se dirige la
humanidad.
El doctor no era partidario de nuestra vida
campestre, cuyos rnenesteres y preocupaciones nos obligaban a menudo a
interrumpir les diálogos trascendentales. Decía que es indigno de un hombre
libre labrar, segar, cuidar del ganado. Estaba seguro de que en el porvenir
todos esos trabajos groseros serían realizados por máquinas y animales, y el
hombre podría entregarse por entero a las investigaciones científicas.
Mi hermana siempre tenía prisa de volver a casa. Si
se quedaba con nosotros hasta la noche o hasta el día siguiente, no estaba
tranquila.
-¡Dios mío, qué chiquilla es usted aún! -le decía
Macha en tono de reproche- ¡Eso es ridículo!
-Acaso tenga usted razón -respondía mi hermana-.
Comprendo que es absurdo; pero ¿qué quiere usted? No puedo remediarlo. Me
parece un delito hacerle a mi padre esperar.
Por la noche, tras un día de duro trabajo en el
campo, yo me sentía muy cansado, y tomando el fresco en la terraza, en compañía
de Macha, el doctor y mi hermana, me quedaba dormido a lo mejor de la
conversación, lo que provocaba risas y bromas. Me despertaban para ir a cenar;
pero el sueño se apoderaba nuevamente de mí y lo veía todo en torno mío como al
través de una niebla: la luz, las caras, la mesa. Oía vagamente hablar sin
comprender lo que se decía. A la mañana siguiente, de pie al amanecer, me entregaba
al trabajo campestre o me dirigía a Kurilevka para vigilar la edificación de la
escuela. No volvía a casa hasta muy entrada la noche.
Sólo dedicaba al hogar los días de fiesta. En esas
largas horas de intimidad familiar comencé a percatarme de que Macha y mi
hermana me ocultaban algo. Hasta me parecía que huían de mí. Mi mujer seguía
manifestándome un tierno cariño; pero yo advertía que no me comunicaba
todos sus pensamientos.
Era evidente que su irritación contra los campesinos
crecía de día en día y que la vida en Dubechnia se le iba haciendo
insoportable; pero no me hablaba ya de eso ni se quejaba. Sí, Macha me ocultaba
sus verdaderas pensamientos. Le gustaba más hablar con el doctor que conmigo, y
yo me
devanaba los sesos tratando de comprender la razón.
Es costumbre en nuestro país investir de cierta
solemnidad la recolección del trigo. Por la noche se reúnen en el patio del
propietario los campesinos, y se los obsequia con «vodka».
Nosotros no quisimos seguir esta tradición. Los
segadores y las segadoras esperaron largo rato en el patio, y viendo que no se
les daba «vodka» se marcharon, muy entrada la noche, jurando e insultándonos.
Macha, al oírlos, frunció las cejas y guardó un
silencio sombrío. Sólo dijo al cabo de un rato, dirigiéndose al doctor:
-¡Qué brutos! ¡Son unos salvajes!
En el campo se acoge siempre a los nuevos vecinos con
cierta hostilidad, como en la escuela a los nuevos alumnos. Nosotros tuvimos
ocasión de experimentarlo. Al principio se nos consideraba gente de poco seso,
sin el menor sentido práctico, que había comprado la finca porque no sabía qué
hacer del dinero. Los campesinos se burlaban sin rebozo de nosotros y nos daban
todos los disgustos que podían. Llevaban a pacer a nuestro bosque y hasta a
nuestro jardín a sus vacas y sus caballos; y cuando nuestras bestias eran
acusadas calumniosamente por ellos de haberse metido en sus prados, exigían que
les pagásemos multas. Acudían en turba a casa, armaban bajo nuestras ventanas
una algarabía infernal y aseguraban que habíamos segado un trozo de terreno que
no era nuestro. Como no conocíamos los límites de nuestra propiedad, les
creímos las primeras veces y les pagamos las multas sin replicar; pero no
tardamos en convencernos de que las reclamaciones carecían en absoluto de
fundamento.
Con frecuencia, los campesinos derribaban árboles de
nuestro bosque sin pedirnos permiso. Uno de ellos, enriquecido gracias a no muy
limpias operaciones comerciales en Dubechnia, se puso, en secreto, de acuerdo
con nuestros trabajadores, y todos en combinación nos robaban
desvergonzadamente: cambiaban en nuestros coches ruedas nuevas por viejas, se
apoderaban de nuestros arneses, que nos vendían luego como si fueran suyos,
etc., etc.
Pero todo esto eran tortas y pan pintado en
comparación con los disgustos que nos proporcionaba la escuela. Las mujeres nos
robaban durante la noche planchas de hierro, ladrillos, en fin, cuanto podían
llevarse. Nosotros reclamábamos, y el alcalde y algunos guardias hacían
pesquisas en el domicilio de las ladronas, les imponían a cada una dos rublos
de multa, y con el dinero reunido compraban «vodka», emborrachándose toda la
aldea de una manera abominable.
Macha estaba muy enojada, y le decía al doctor y a mi
hermana con voz trémula de indignación:
-¡No son hombres! No hay en ellos nada de humano.
¡Qué horror! ¡Dios mío, qué horror!
Y no pocas veces la oí dolerse de haber emprendido la
edificación de la escuela. El doctor trataba de calmarla.
-Hágase usted cargo -le decía- de que si edifica
usted una escuela o lleva a cabo otra buena obra no es precisamente en
beneficio de los «mujicks» sino en pro de la cultura general, del progreso. Y
cuanto más brutos, cuanto más salvajes sean los «mujicks» más motivo hay para
edificar escuelas. ¡Es tan sencillo y tan claro!
Oyéndole hablar así, me parecía que no estaba seguro
de que fuera preciso, en efecto, construir tal escuela, y que compartía con
Macha la antipatía a los campesinos.
Macha y mi hermana iban muchas veces al molino y
decían riendo que lo que las atraía allí era la hermosura de Stepan. Tuve
ocasión de persuadirme de que el molinero sólo era reservado y taciturno con el
sexo fuerte: con las mujeres hablaba por los codos. Una vez que fui a bañarme
al río, le oí, por casualidad, conversar con Macha y mi hermana. Ambas, en bata
blanca, estaban sentadas bajo un árbol; Stepan estaba en pie delante de ellas,
con las manos cruzadas atrás, y decía:
-Los campesinos no son hombres. Son, perdónenme
ustedes la palabra, bestias. ¿Qué es su vida? Sólo saben beber, emborracharse
de «vodka», perder el tiempo gritando en la taberna, cantar canciones obscenas
y jurar. Nunca hablan nada razonable. No saben conducirse correctamente con
la gente. ¡Son unos animales! Viven de un modo
inmundo: los hombres, las mujeres, los niños, van hechos unos puercos, comen
como cerdos, sin servirse casi nunca de los tenedores; se lavan muy poco...
¡Son unos marranos!, perdónenme ustedes la palabra.
-Eso se debe a su pobreza -objetó mi hermana.
-No, no lo crea usted. Claro que son pobres; pero aun
siendo pobre puede uno conducirse como es debido. Si estuvieran ciegos,
mutilados, sin piernas, sin brazos, se comprendería que fueran como son; pero
hombres que tienen brazos y piernas, que conservan las fuerzas, no deben caer
tan bajo. No, señora; créame usted, no es por su pobreza por lo que nuestros
campesinos viven como cerdos. La causa de todas sus desgracias es el maldito
«vodka». Además, los campesinos ricos no viven mejor que los pobres... Igual
que cochinos... El rico es también grosero, canalla, borracho, con la única
diferencia de que tiene más barriga y puede permitirse más porquerías. Ahí
tienen ustedes al rico campesino Larion...
Deben ustedes conocerle, porque les ha robado cuanto
ha querido y ha cortado muchos árboles de su bosque. Bueno; con toda su
riqueza, ¿cómo vive? Él y su familia van sucios, mal vestidos, habitan una casa
asquerosa. A él se le ve a menudo borracho en medio de la calle, con la
cara metida en un charco... No, señora; ninguno vale
un pito. La vida en la aldea es un verdadero infierno. Estoy de ella hasta la
coronilla. Para mí se acabó...
-¿Cómo que se acabó? -Preguntó Macha.
-No tengo nada que hacer en la aldea. No quiero
volver a verla. Soy libre como un pájaro y nadie puede obligarme a vivir entre
esos cochinos.
Es verdad que tengo una mujer y se pretende que mi
deber es vivir en su compañía; pero yo no reconozco esa obligación: no me he
vendido a mi mujer...
-Diga usted, Stepan, ¿se casó usted enamorado?
-siguió preguntando Macha.
-No hay amor en el campo -contestó sonriendo Stepan-.
Yo me he casado dos veces. No soy de Kurilovka, sino de la aldea de Zalegochi.
Allí la vida era tan estúpida y tan sucia como aquí, como en todas partes.
Eramos cinco hermanos; mis hermanos estaban casados y todos vivían juntos. La
casa estaba llena de mujeres, de niños. Yo quise recibir mi parte de tierra y
vivir separadamente, pero mi padre no lo consintió. Entonces dejé la casa y me
casé en una aldea vecina. Mi primera mujer murió joven.
-¿De qué?
-De tontería. Se pasaba la vida llorando y siempre
estaba tomando drogas para embellecerse. Eso seguramente la puso gravemente
enferma y la mató... Mi segunda mujer es de Kurilovka. No vale un comino... Una
campesina ordinaria... En el primer momento me gustó: era guapa, limpia,
modesta. Lo que me gustó sobre todo fue la limpieza de su casa, una cosa rara
en la aldea. Pero no era más que apariencia: al día siguiente de la boda pedí
en la mesa una cuchara, y mi suegra la limpió con los dedos.
«Esa es vuestra limpieza», me dije. Y al año de vivir
con mi segunda mujer, la dejé... No quiero más...
Calló un instante, contemplando el agua tranquila que
corría a sus pies, y añadió:
-No debí casarme con una campesina. Las campesinas
son muy bestias.
Dicen que la mujer debe ayudar a su marido en el
trabajo; pero yo me puedo pasar sin esa ayuda; me ayudo yo mismo. Lo que
necesito es una mujer con quien poder hablar...
En aquel momento advirtió que yo me acercaba, y no
habló más: no le gustaba hacerlo delante de los hombres.
Macha iba con mucha frecuencia al molino; escuchaba a
Stepan con visible placer: el molinero odiaba a los campesinos y ella compartía
ese odio. Lo que decía Stepan justificaba el desprecio que los campesinos le
inspiraban.
Cuando volvía a casa y se enteraba de que las cabras
de los campesinos se habían comido las coles de nuestro jardín o de que nos
habían robado algo, se encogía de hombros y decía encolerizada:
-Es natural. De gente así no se puede esperar otra
cosa.
Cada día se indignaba más contra los campesinos, los
odiaba con toda su alma. Yo, por el contrario, me iba acostumbrando poco a poco
a sus imperfecciones. Había algo en ellos que me atraía. La mayor parte eran
hombres nerviosos, irritables, ignorantes, de imaginación estrecha, de
horizontes muy limitados. Todos sus pensamientos
giraban en torno de la tierra negra, del pan negro y de su vida gris. Con toda
su astucia y con toda su mala fe no sabían hacer el más sencillo cálculo
aritmético. Se negaban a trabajar por veinte rublos, por juzgar el precio
demasiado
exiguo, y consentían en trabajar por medio cántaro de
«vodka» aunque con los veinte rublos podían comprarse cuatro cántaros.
Macha, Stepan y los demás tenían, naturalmente,
razón: los campesinos vivían como cerdos, se emborrachaban, eran a menudo
estúpidos, engañaban al prójimo..., y, sin embargo, yo advertía que en la vida
campestre había una base sólida, real, una base de que carecía la vida
ciudadana. Viendo al campesino trabajar la tierra olvidaba uno su estupidez,
sus borracheras, y descubría en él una gravedad, una importancia que no existía
en Macha ni en el doctor Blagovo; aquel campesino sucio, bestia y borracho aspiraba
a la justicia, tenía la convicción profunda de que sin justicia la vida es
imposible.
Solía hablarle a Macha de esto. Le decía que sólo
veía las manchas del cristal y no veía el cristal.
Ella evitaba toda discusión conmigo, y por única
respuesta se ponía a tararear quedamente. Como en venganza, hablaba siempre que
tenía ocasión con el doctor, temblándole la voz de cólera, de la embriaguez y
la maldad de los campesinos. El oírla me hacía sufrir. No podía yo concebir la
injusticia de sus acusaciones. Con su fina inteligencia hubiera debido darse
cuenta de que la gente bien educada, perteneciente a la buena sociedad, no se
distingue tampoco por la santidad de su vida. Su padre,
por ejemplo, bebía también mucho, gastaba grandes
sumas en vinos, y ella no se lo reprochaba. Además, el dinero con que Dolchikov
había adquirido Dubechnia provenía de una fuente harto sospechosa, había sido
ganado sabe Dios cómo.
- XIV -
Mi hermana vivía su vida y me la ocultaba
cuidadosamente. Solía hablar con Macha en voz baja para que no la oyese yo.
Cuando me acercaba a ella experimentaba una visible turbación y se diría que se
esforzaba en cerrar su corazón ante mí. Me miraba con ojos suplicantes y al
mismo tiempo culpables. No me cabía duda de que pasaba por una grave crisis y
le daba el decírmelo vergüenza o miedo. Evitaba quedarse sola conmigo, y
siempre estaba al lado de Macha, de modo que yo no tenía casi nunca ocasión de
hablarle.
Una noche, al volver de Kurilovka, donde había pasado
la tarde vigilando la edificación de la escuela, pasé por el jardín. Aunque lo
envolvían ya las tinieblas, vi a mi hermana no lejos de un viejo manzano,
paseándose sin ruido como un espectro; vestía de negro, andaba y desandaba
nerviosamente un corto trecho, con los ojos bajos, y parecía sumida en una
honda preocupación. Como cayese una manzana del árbol cercano, se estremeció al
oír el ruido, se detuvo y se oprimió con ambas manos la
cabeza, con un ademán doloroso.
Me acerqué a ella.
Una gran ternura había invadido de repente mi
corazón. No sé por qué me acordé en aquel momento de nuestra pobre madre, de
nuestra niñez, y se me arrasaron los ojos en lágrimas.
Abracé a mi hermana, la besé y la estreché contra mi
pecho.
-¿Qué te pasa? -le pregunté-. Veo que sufres. Hace
mucho tiempo que lo veo. Dime lo que te pasa.
-¡Tengo miedo! -contestó, temblando de pies a cabeza.
-¿Pero de qué? ¿Qué ocurre? ¡Te ruego que no me
ocultes nada!
-Bueno, te lo diré todo, toda la verdad. Hace mucho
tiempo que deseaba hablarte. ¡Sufría tanto callando!...
Enmudeció un instante, como para hacer un acopio de
fuerzas, y continuó, en voz queda.:
-Misail... Yo amo... Sí, amo; pero ¿por qué el terror
invade mi alma?
En aquel momento se oyó ruido de pasos. Entre los
árboles apareció el doctor Blagovo. Llevaba una blusa de seda y botas altas.
Sin duda, allí, junto al manzano, se habían dado una cita.
Al ver al doctor, mi hermana se abalanzó a él, como
un niño perdido que encuentra a su madre por fin y teme que vuelva a
desaparecer.
-¡Vladimiro, Vladimiro!
Se abrazó a él y le miró a los ojos ávidamente.
Observé que la pobre había enflaquecido y se había puesto más pálida en
aquellos últimos días.
El cuello de encaje que llevaba siempre parecía
demasiado grande para ella.
El doctor estaba un poco turbado, pero no tardó en
recobrar su tranquilidad.
-¡Vamos, querida, cálmate! -le dijo a Cleopatra,
acariciándole los cabellos-. ¿Por qué estás tan nerviosa? ¡Ya me tienes aquí!
Hubo un silencio. Yo evitaba mirar a Blagovo.
Momentos después nos encaminamos a casa. El doctor
empezó a teorizar.
-La vida civilizada no ha empezado aún entre nosotros
-decía, dirigiéndose a mí-. Los viejos aseguran que, en otro tiempo, hace
cuarenta o cincuenta años, la vida era mucho más interesante, mucho más
espiritual.
Quizá sea verdad; pero a nosotros los jóvenes ni
siquiera nos cabe el consuelo de recordar el pasado. No podemos hacernos
ilusiones. Rusia, según nos aseguran los libros de historia, comenzó a existir
en 862; mas la Rusia civilizada, en mi sentir, todavía no existe.
Yo casi no prestaba atención a lo que decía. Sólo
pensaba en el secreto que acababa de descubrir. ¡Me parecía tan extraño que mi
hermana Cleopatra estuviera enamorada, que abrazase a aquel hombre que algún
tiempo antes le era indiferente, y le mirase a los ojos llena de ternura!...
¡Mi hermana, un ser tímido, indolente, sin voluntad y sin valor, amaba a un
hombre casado y con hijos!
Mi corazón se llenó de tristeza. Presentía que aquel
amor no haría feliz a mi hermana.
- XV -
La edificación de la escuela terminó. Yo y Macha nos
encaminamos a Kurilovka para asistir a la inauguración.
-Ha llegado el otoño -decía Macha tristemente,
mirando el paisaje-. El verano ha pasado. Ya no hay pájaros... Casi todos los
árboles están sin hoja...
Sí, el verano había pasado. Los días eran aún claros,
soleados; pero por la mañana hacía frío; los pastores se ponían ya ropa de
abrigo para ir a los prados con los rebaños. Sobre las flores de nuestro jardín
temblaba todo el día el rocío. Se oían los ruidos del otoño: el viento,
agitando
los postigos y el ramaje de la arboleda, los cantos
de los pájaros prestos a emigrar.
Me encanta el otoño: en esa época del año siento un
deseo más intenso de vivir.
-El verano ha pasado -continuó Macha-. Ahora podemos
echar la cuenta de lo que hemos hecho y de lo que hemos dejado de hacer. Hemos
trabajado mucho, hemos pensado mucho, nos hemos hecho mejores que éramos.
Personalmente, es decir, en lo que concierne a
nuestra educación personal, hemos adelantado bastante. Pero ese progreso ¿ha
ejercido una influencia más o menos grande sobre la vida que nos rodea? ¿Le ha
sido útil a alguien? No. En torno nuestro todo sigue en el mismo estado: la
embriaguez, la suciedad, la ignorancia, la mortalidad
de la infancia no han disminuido entre los campesinos. ¡No se ha operado el
menor cambio! Tú has trabajado rudamente en el campo como un simple bracero; yo
he gastado un dineral, en la esperanza de mejorar un poco la vida campesina, y
los resultados han sido nulos. La conclusión es bien triste: no hemos trabajado
sino para nosotros mismos, para nuestro consuelo.
Las palabras de Macha producían en mi corazón un
efecto penoso y me desconcertaban.
-Nuestras aspiraciones y nuestros actos siempre han
sido sinceros -le contesté-. No tenemos nada que reprocharnos, creo que hemos
obrado bien.
-Sí. Hemos sido sinceros; pero el camino que hemos
elegido no es el que conduce al fin que perseguimos. Los procedimientos no han
sido acertados.
Hemos comenzado a trabajar por esa gente como
propietarios, poseyendo mucha tierra, una gran casa, un hermoso jardín; en
suma, todo lo que ella no posee. Eso provoca la desconfianza entre los
campesinos. Nos consideran privilegiados, señores, descendientes de hombres que
oprimían a los campesinos brutalmente y se enriquecían a su costa. Por otra
parte, en vez de elevar el nivel de su vida, tú desciendes hasta ellos, vives
como ellos, apruebas, en cierta manera, sus costumbres, la poca limpieza de sus
casas, la estupidez y la incomodidad de sus vestidos.
-Claro, si la intentona sólo dura unos cuantos meses,
no pasa de ser un juego, una especie de «sport» filantrópico -objeté.
-Aunque trabajes con ellos y como ellos mucho tiempo,
toda tu vida, será igual... Sin duda obtendrás algunos resultados prácticos;
pero...
serán casi nulos en comparación con el mal que reina
en la aldea, con la ignorancia, el hambre, el frío, la degeneración. Será una
gota de agua en el mar. Contra ese mal son necesarios otros medios de lucha,
medios violentos, enérgicos, heroicos, rápidos. Si quieres realmente hacer algo
útil debes ensanchar de un modo considerable tu círculo de acción, obrar sobre
la masa campesina de fuera. Por de pronto, es precisa una propaganda enérgica,
ruidosa, como la de la música, que obra al mismo tiempo sobre miles y miles de
seres humanos...
Durante unos instantes guardó silencio y miró,
soñadoramente, al cielo.
-Sí, el arte... -continuó-. Lo único es el arte. Sólo
él dota al hombre de alas, le levanta sobre la tierra y le lleva muy lejos.
Quien está cansado de ver en torno suyo la suciedad cotidiana y las
preocupaciones mezquinas, quien se siente ofendido, indignado por la prosa de
la vida,
puede hallar el reposo y la satisfacción en el arte,
en lo bello...
Llegábamos ya a Kurilovka.
El tiempo era hermoso y alegre. Por todas partes se
veían campesinos aventando el trigo. Tras los setos de los jardines gualdeaban
las hojas aún no desprendidas de los árboles. Las campanas de la iglesia
sonaban solemnes en la áurea paz de la mañana.
Grupos de campesinos se dirigían llevando iconos, a
la iglesia, en cuyo interior sonaba un dulce rumor de cantos religiosos. En la
clara limpidez del aire volaban palomas.
Se nos esperaba. La escuela no tardó en llenarse de
gente. Se celebró una misa en el salón de estudio. Los campesinos de Kurilovka
le regalaron a Macha un icono, y los de Dubechnia, un gran pastel y un salero
dorado.
Macha, conmovida, se echó a llorar.
-¡Si hemos pronunciado alguna vez una mala palabra,
perdonadnos! -le dijo un anciano, saludándonos a los dos muy humildemente.
Cuando regresábamos a casa, Macha volvía a cada
instante la cabeza para ver la escuela. El tejado verde, que había pintado yo
mismo, brillaba al sol y se divisaba a gran distancia.
Las miradas que Macha dirigía a la escuela no tardé
en percatarme de que eran miradas de adiós.
- XVI -
Aquella tarde, Macha hizo sus preparativos para un
viaje a la ciudad.
Desde hacía algún tiempo, Macha iba con mucha
frecuencia a la ciudad, y algunas veces pasaba allí la noche. En su ausencia,
yo no tenía fuerzas para trabajar; mis brazos se debilitaban y no podía hacer
nada. El gran patio me parecía un lugar odioso, abominable; el jardín, en el
que
murmuraba el ramaje de la arboleda, se diría que
lloraba los bellos días pasados; todo en torno se me antojaba hostil, extraño,
no perteneciente ya a nosotros.
No salía de casa, y me pasaba horas enteras ante la
mesa de Macha o ante su pequeña biblioteca de agricultura. Los pobres libros
que ella había amado tanto yacían ahora abandonados y parecían mirarme con
tristeza.
Durante horas y horas, de la mañana a la noche,
contemplaba las diferentes prendas de Macha: sus guantes viejos, su pluma, sus
tijeritas.
Veía deslizarse el tiempo en una ociosidad absoluta y
me daba cuenta de que si había trabajado hasta entonces, si había, labrado,
segado, derribado árboles, sólo había sido por ella, por serle agradable. Si me
hubiera mandado que trabajase días enteros en el río con el agua hasta la
cintura, yo lo habría hecho sin preguntar si tal
trabajo era útil o no.
Cuando ella no estaba a mi lado, Dubechnia, con sus
ruinas, sus postigos agitados por el viento, sus ladrones diurnos y nocturnos,
no era para mí más que un caos, en el que todo trabajo se me antojaba inútil.
¿Para qué iba a trabajar ya, una vez convencido de
que mi papel allí, en Dubechnia, había terminado, de que ya no se me
necesitaba, de que me había convertido en algo tan sin aplicación como los
libros de agricultura?
Lo más penoso para mí eran las noches. Las horas me
parecían interminables. Sólo, entregado a mis tristes pensamientos, aguzaba el
oído en la obscuridad como si esperase que alguien me gritara:
-¡Ya no tienes qué hacer aquí! ¡Puedes irte!
No era por Dubechnia por lo que yo lloraba; era por
mi amor. También había llegado para él el otoño. ¡Qué inmensa felicidad amar y
ser amado!
¡Qué horror darse cuenta de que todo ha acabado, de
que se derrumba la alta torre adonde el amor le había elevado a uno!
Al día siguiente por la noche, Macha volvió de la
ciudad. Venía disgustada; pero me ocultó el motivo de su disgusto. Me dijo
solamente que aún no era necesario poner cierres dobles en las ventanas.
¡Se ahoga una aquí!
Me apresuré a retirar los cierres dobles.
Aunque no teníamos apetito, nos sentamos a la mesa a
cenar.
-Ve a lavarte las manos -me dijo Macha-. Te huelen a
cola.
Había traído de la ciudad los últimos números de los
periódicos ilustrados, y después de cenar nos pusimos a hojearlos juntos. Macha
los miraba rápidamente y los iba apartando, para leerlos a su gusto cuando
estuviera sola. Pero un figurín que representaba a una dama con una falda ancha
como una campana le llamó la atención.
Le examinó larga y gravemente, y dijo:
-¡No está mal!
-Sí, ese traje es muy a propósito para ti -dije yo a
mi vez.
Y mirando con admiración el figurín, que me
entusiasmaba tan sólo porque era del gusto de Macha, añadí:
-¡Es un traje encantador, precioso! ¡Y estarás tan
linda con él, mi bella, mi espléndida Macha!
No pude contener las lágrimas, que comenzaron a caer
sobre el periódico.
-¡Mi bella, mi espléndida Macha! -repetí
balbuciente...
No tardó en irse a acostar. Me quedé solo, y durante
cerca de una hora estuve leyendo las ilustraciones.
-Has hecho mal en retirar los cierres dobles -me dijo
Macha desde la alcoba-. Vamos a tener frío esta noche. Hace mucho viento...
Después de leer en los periódicos unas informaciones
sobre un nuevo procedimiento para la fabricación de tinta y sobre el brillante
más grande del mundo, me puse a examinar de nuevo el figurín que le había
gustado a Macha. Me la imaginaba en un baile, con los hombros desnudos y un
abanico en la mano, bella, espléndida, ducha en literatura, en artes plásticas,
en música... ¡y mi papel a su lado me pareció tan insignificante, tan
mezquino!...
Nuestro conocimiento, nuestro matrimonio, no habían
sido sino un corto episodio, una de las muchas etapas de la vida de aquella
mujer tan pródigamente dotada por la Naturaleza. Cuanto había de bueno en el
mundo se diría que estaba a su disposición y no le costaba nada; hasta las
nuevas ideas sociales y filosóficas le servían para
embellecer su vida y darle variedad. Yo no había sido para ella más que un
cochero que la había transportado de una etapa a otra de su existencia. Pero mi
papel había terminado: mi hermoso pájaro volaría y yo me quedaría solo.
En aquel momento, como respuesta a mis tristes
reflexiones, sonó en el patio un grito de desesperación:
-¡Socorro!
La voz era fina, parecía de una mujer. Como
remedándola, el viento gimió quejumbroso en la chimenea.
Algunos instantes después, el grito, confundiéndose
con el ruido del viento, volvió a sonar; pero entonces en el otro extremo del
patio.
-¡Socorro!
-Misail, ¿has oído?-preguntó con voz alterada por el
miedo, mi mujer.
Salió al comedor en camisa, el cabello en desorden, y
aguzó el oído.
-¡Están asesinando a alguien! -dijo-. ¡Sólo nos
faltaba eso!
Cogí la escopeta y salí.
Recorrí todo el patio y no encontré a nadie. Los
árboles agitaban sus ramas, el viento silbaba con furia, un perro ladraba en un
patio vecino...
En el campo reinaba la obscuridad. Ni siquiera en la
vía férrea, que pasaba a muy corta distancia de casa, se veía una luz.
De pronto, junto al pabellón donde estaba el año
anterior la oficina telegráfica, sonó un grito ahogado:
-¡Socorro!
-¿Quién vive? -grité.
Me acerqué corriendo al lugar donde el grito había
sonado. Dos hombres se arrastraban por tierra, luchando furiosamente. Ambos
jadeaban y parecían ahogarse de rabia.
-¡Déjame!- chilló uno de ellos.
Reconocí la voz de Iván Cheprakov. Era la misma voz
fina, de mujer, que pedía antes socorro.
-¡Déjame, canalla, o te muerdo!
En el otro combatiente reconocí a Moisey, el criado
de la señora Cheprakov.
Tras largos esfuerzos, conseguí separarlos. No pude
contenerme y le di a Moisey dos bofetadas, derribándole. Cuando se levantó le
di otra.
-¡Quería matarme! -gimió-. Intentaba robarle a su
madre y le he sorprendido cuando se dirigía, en la obscuridad, a la cómoda de
la señora.
Quiero encerrarle en el pabellón.
Iván Cheprakov estaba borracho, y no me reconoció.
Volví a casa. Mi mujer se había vestido.
Le conté lo que había pasado. No le oculté que había
abofeteado a Moisey.
-¡Es peligroso vivir en el campo! -dijo-. ¡Qué noche
más larga!
-¡Socorro! -se oyó gritar de nuevo.
-Voy otra vez a separarlos.
-No, no vale la pena -me contestó Macha- Que se
maten.
Clavó los ojos en el techo y prestó oído a los ruidos
exteriores. Yo, sentado junto a la cama, no pronunciaba una palabra. Me sentía
culpable, como si por mi causa hubieran pedido socorro y fuera la noche tan
larga.
Ambos guardábamos silencio. Yo esperaba con
impaciencia la mañana.
Macha miraba al techo pensativamente. Se preguntaba,
acaso, cómo había podido, con su inteligencia, su educación y su elegancia, ir
a parar a aquel odioso rincón provinciano, poblado por seres mezquinos y
vulgares, cómo había podido enamorarse de uno de esos seres y ser durante seis
meses su esposa.
Sospechaba yo que ya no establecía diferencia alguna
entre Moisey, Iván Cheprakov y mi propia persona: todos debíamos de ser para
ella lo, mismo, Poco más o menos. No podía ocultar su profundo desprecio por
todo cuanto le evocaba su imaginación al pensar en Dubechnia: por nuestro
matrimonio, por nuestros trabajos agrícolas, por los campesinos, por el viento,
la lluvia y el barro.
También ella esperaba con impaciencia la mañana: se
leía en sus ojos.
En cuanto amaneció se fue.
La esperé en Dubechnia durante tres días. Luego
guardé en una sola habitación todas mis cosas, cerré la habitación con llave y
me fui también a la ciudad.
Una vez allí, me dirigí a casa del ingeniero
Dolchikov.
El criado me dijo que el ingeniero estaba hacia unos
días en Petersburgo y que María Victorovna debía de estar en casa de Achoguin,
donde se celebraba un ensayo general. Me dirigí a casa de Achoguin. Cuando
subía la escalera, parecía que el corazón iba a saltárseme del pecho. Me
detuve un poco ante la puerta para tranquilizarme.
Por fin, me decidí a entrar en el salón.
Estaba alumbrado por velas, que lucían, en grupos de
tres, sobre la mesa, el piano, el estrado. Después me enteré de que la primera
función estaba fijada para el día «trece», y el primer ensayo para el «martes»,
que según los supersticiosos, es un día nefasto. La señora Achoguin luchaba
valerosamente contra los prejuicios.
Todos los aficionados al arte teatral se encontraban
ya allí. Las tres señoritas Achoguin, -la mayor, la menor y la de en medio-
iban y venían por el escenario, ensayando, cuaderno en mano sus papeles. Mi
antiguo patrón, Nabó, estaba sentado junto a la puerta, mirando a la escena con
ojos amorosos y esperando con impaciencia el comienzo
de la solemnidad.
¡Todo igual que la última vez que estuve allí!
Me disponía a saludar al ama de la casa; pero de
repente todos se volvieron a mí y me dijeron por señas que no me moviese y que
no hiciera ruido.
Reinó un hondo silencio. Una señora se sentó al piano
y apercibió el cuaderno de música. Luego se mercó mi mujer, lujosamente
vestida, hermosa, pero con muy otra hermosura de la que yo admiraba en ella,
con una hermosura nueva para mí. No era ya la Macha que iba a verme al molino
la
anterior primavera.
Empezó a cantar una canción de Chaykovky:
«¿Por qué te amo tanto, noche clara?» Era la primera
vez que la oía yo cantar.
Su voz era llena, melodiosa, y me parecía, al oírla,
saborear una pera exquisita. Cuando terminó resonaron aplausos entusiásticos.
Ella se sonreía y dirigía alrededor miradas de satisfacción. Se arreglaba el
vestido al modo de un pájaro que logra escaparse de la jaula y se limpia las
alas para echar a volar. Llevaba el cabello partido en dos bandas, que le
tapaban las orejas. La expresión de su rostro era provocativa, como la de quien
se apresta a la lucha. Se diría que estaba dispuesta a desafiar al mundo entero.
Había en ella en aquel momento una energía salvaje que hacía pensar en sus
ascendientes los cocheros.
-¿También tú estás aquí? -me preguntó, tendiéndome la
mano-. ¿Me has oído cantar? ¿Qué te parece mi voz?
Y sin esperar mi respuesta, añadió:
-Has venido muy a tiempo. Esta noche me voy a
Petersburgo, donde pasaré una temporada. ¿Me lo permites?
A media noche la acompañé a la estación.
Me abrazó tiernamente. Sin duda me agradecía mucho
que no le hiciese preguntas inútiles y acaso molestas. Me prometió escribirme.
No pronuncié una sola palabra. Estreché entre las
mías sus diminutas manos y se las cubrí de besos. Me costó gran trabajo
contener las lágrimas.
Cuando partió el tren llevándosela lejos de mí,
permanecí largo rato mirando sus luces alejarse, y murmuré:
-¡Querida Macha! ¡Mi bella, mi espléndida Macha!
Pasé la noche en casa de mi vieja nodriza Karpovna.
Al día siguiente fui con Nabó a tapizar las paredes a
la morada de un rico comerciante que casaba a su hija con un doctor.
- XVII -
El domingo, después de comer, recibí la visita de mi
hermana. Tomamos juntos el te.
-Ahora leo mucho -me dijo, enseñándome los libros que
había llevado de la biblioteca municipal-. Se lo debo a tu mujer y a Vladimiro:
ellos despertaron mi espíritu. Me han salvado, y gracias a ellos me siento
ahora un ser humano digno de serlo. Antes estaba siempre preocupada con cosas
fútiles; pensaba en que consumíamos demasiada azúcar, que era preciso aliñar
pepinos, comprar coles para el invierno, etc., etc. Estas ideas me inquietaban
y me quitaban el sueño. Ahora tengo también preocupaciones,
pero son de otra naturaleza: mi alma está conturbada
porque he pasado de esa manera estúpida toda la vida. Siento menosprecio por mi
pasado, siento pesar de este pasado, y a mi padre lo considero un enemigo. ¡Ah,
qué agradecida estoy a tu mujer! ¡Y Vladimiro! Es un hombre admirable. Entre
los dos me han abierto los ojos...
-Es peligroso que sufras insomnios -le dije.
-¿Tú crees tal vez que estoy enferma? Nada de eso.
Vladimiro me ha reconocido escrupulosamente como médico y dice que mi salud es
excelente.
Además, no es lo único que me interesa: quiero estar
segura de que marcho por el buen camino. Dime, ¿tengo razón, o no?
Mi hermana tenía necesidad de un apoyo moral, esto
era evidente para mí. Macha se habla marchado y el doctor Blagovo también; no
quedaba en la ciudad nadie, excepto yo, que pudiera decirle que hacía bien.
Me dirigió una mirada escrutadora, esforzándose en
leer en mi rostro mis pensamientos. Si yo guardaba ante ella silencio o me
sumía en mis reflexiones, creería que era a causa de ella y se pondría triste.
Era preciso prestar mucha atención a su mirada, y cuando me preguntara si tenía
razón, apresurarme a contestarle que sí y que la quería entrañablemente.
-¿No sabes? En casa de Achoguin me han repartido un
papel -me dijo-.
Quiero tomar parte en los espectáculos de
aficionados. Quiero vivir, gozar plenamente la vida. Naturalmente, yo no tengo
talento; por lo tanto, el papel que me han repartido es insignificante -unas
diez líneas en total-; pero, al menos, eso es infinitamente más noble y elevado
que ocuparse del
hogar, hacer economías y vigilar a la servidumbre
para que no se consuma demasiado pan o azúcar. Pero lo que me interesa sobre
todo es demostrar a papá que soy capaz de protestar contra la tiranía a que ha
querido someterme.
Después de tomar el té se acostó en cama largo rato,
sumamente pálida, los ojos cerrados.
-¡Me siento muy débil! -dijo levantándose-. Vladimiro
afirma que todas las mujeres y las jóvenes que habitan en 1as ciudades están
anémicas debido a la inactividad. ¡Tiene razón! Es preciso trabajar: esto es la
sola y única salud. Sí, es preciso trabajar. Vladimiro tiene mil veces razón.
Es un hombre de una inteligencia extraordinaria.
Dos días después fue a casa de Achoguin para tomar
parte en el ensayo.
Llevaba vestido negro, collar de corales al cuello
con un gran broche pasado de moda; en las orejas, grandes pendientes con
gruesos brillantes.
Sentí angustia al mirarla: de tal manera su toilette
carecía de gusto.
¡Qué desdichada idea la de ponerse joyas para
ensayar: Los demás se fijaron en su toilette, de mal gusto e inoportuna; lo
comprendí en las miradas y sonrisas.
-¡Cleopatra de Egipto! -dijo alguien a media voz,
riendo.
Tenía en la mano un cuaderno con un papel.
Se esforzaba en parecer una señorita distinguida,
bien educada, que sabía perfectamente presentarse en sociedad, pero no lo
lograba; al contrario, su aspecto era amanerado y ridículo. No había ya en ella
la sencillez y gentileza natural que le eran habituales.
-Le he dicho a papá que venía al ensayo -comenzó a
decirme- y me ha gritado que me niega su bendición paternal, y tenía también la
intención de pegarme.
Miró un momento su cuaderno y agregó:
-Figúrate, no sé mi papel. Seguramente tendré muchas
equivocaciones en escena. Pero, en fin, ¡la suerte está echada! Sí, la suerte
está echada; estoy decidida...
Me parecía que todo el mundo la miraba, y me asusté
de la grave determinación que acababa de tomar. Estaba convencida de que
esperaban de ella algo extraordinario. Habría sido inútil tratar de persuadirla
de que nadie se ocupaba de gente tan humilde y poco interesante como ella y yo.
Antes del tercer acto no tenía nada que hacer. En
este acto representaba el papel de una comadre de provincias, que debía
permanecer un instante tras la puerta para escuchar, y luego entrar en escena y
decir un breve monólogo.
Antes de salir a escena, durante más de hora y media,
en tanto que el ensayo de los dos primeros actos seguía su curso, ella siguió a
mi lado, musitando sin cesar su papel y apretando con mano nerviosa el
cuaderno.
Pensaba que la atención de todo el mundo estaba fija
en ella y que todos esperaban con impaciencia su salida a escena. Con mano
temblorosa alisaba sus cabellos y decía:
-Ya verás, no recordaré el papel. Tengo un
presentimiento... mi corazón late con violencia. Si lo oyeses... Tengo tanto
miedo como si me fueran a ahorcar...
Al fin llegó el momento:
-¡Cleopatra Alexeyevna, prevenida! -le dijo el
segundo apunte.
Salió hasta mitad de la escena. En su rostro se
pintaba el terror. En aquel momento estaba fea, torpe.
Durante un minuto permaneció inmóvil, como paralizada
y sólo sus pendientes se balanceaban.
-Por la primera vez es permitido leer el cuaderno -le
dijo alguien.
Yo la veía temblar de pies a cabeza, de tal modo que
no podía abrir el cuaderno. Iba a aproximarme a ella para sacarla de escena y
calmarla; pero en aquel momento cayó de improviso de rodillas y comenzó a
llorar como una loca.
Todos estaban confusos, emocionados, llenos de
agitación. Mi hermara fue rodeada por todos lados. Sólo yo permanecí como
clavado en mi sitio junto a los bastidores, lleno de espanto, sin comprender
nada de lo que acababa de pasar ni saber qué debía hacer.
La levantaron y se la llevaron de la escena. Ana
Blagovo se aproximó a
mí. Yo no la había visto antes, y surgió ante mí como
si brotase de la tierra. Llevaba sombrero y un velo sobre la cara y, como
siempre, su actitud era la de una persona que sólo iba allí por unos instantes.
-Le recomendé que no aceptara el papel -dijo con voz
alterada, ruborizándose ligeramente-. Ha sido una locura, que usted ha debido
impedir...
En aquel momento se acercó a nosotros, con paso
rápido y agitado, la señora Achoguin, con una blusita de mangas cortas,
manchada de ceniza, delgada y derecha como una tabla.
-¡Es horrible, amigo mío! -me dijo retorciéndose las
manos y mirándome, según su costumbre, a los ojos- ¡Es terrible! Su hermana
está en una situación... ¡Está embarazada! ¡Llévesela, se lo ruego!
Estaba tan turbada, que casi se ahogaba.
Algo separadas, permanecían sus tres hijas, delgadas
y rectas como ella, apretadas una con otra, pintado en sus rostros el terror.
Diríase que acababan de detener en su casa a un terrible criminal y que su casa
estaba deshonrada para toda la vida.
¡Y pensar que esta familia habla luchado toda su vida
contra los prejuicios! Estos infelices creían candorosamente que todos los
prejuicios y errores de la humanidad sólo consisten en las tres bujías, en la
fecha 13 y en el martes...
-¡Le ruego a usted, le suplico! -repetía sin cesar la
señora Achoguin, mirándome con la expresión de una mujer agobiada por horrible
desgracia-.
¡Le suplico se lleve de aquí a su hermana!...
- XVIII -
Minutos después, mi hermana y yo caminábamos por la
calle. Yo la cubría con un extremo de mi gabán para protegerla mejor contra el
frío.
Caminábamos muy de prisa, eligiendo las callejuelas
obscuras, esquivando a las gentes que venían a nuestro encuentro. Nuestra
marcha parecía huida.
Ella no lloraba ya, y sus ojos secos miraban
tristemente. Hasta el arrabal Makarija, donde ya la llevaba, sólo había veinte
minutos de camino a pie; pero durante este corto trayecto hablamos de todo,
evocamos los recuerdos de nuestro pasado, deliberamos y tomamos decisiones en
lo
concerniente a nuestra situación actual.
Decidimos que no podíamos permanecer más en la ciudad
y que en cuanto yo obtuviera algún dinero marcharíamos a otro sitio cualquiera.
En la mayor parte de las casas se dormía ya, y las
luces estaban apagadas; en otras se jugaba a la baraja. Todas aquellas casas
nos inspiraban pena y temor; hablábamos del salvajismo, de la grosería y de la
ruindad de aquellas gentes, de aquellos aficionados al arte dramático a quienes
acabábamos de asustar de tal manera. Yo me preguntaba en qué eran superiores
aquellas gentes estúpidas, crueles, perezosas, deshonestas, que vivían como
parásitos, a los «mujicks» de Kurilovka, borrachos y supersticiosos, o a los
animales que se espantan ante todo lo que turba la monotonía de su vida
limitada por los instintos de bestias.
Me imaginaba los sufrimientos que habría padecido mi
hermana de seguir en casa de mi padre. ¡Qué larga serie de martirios y
humillaciones por parte de mi padre, de los conocidos, del primero que pasara!
¡Eran muy crueles en la ciudad! No se conocía la piedad. Recuerdo gentes que
hacían,
con cierto deleite, sufrir a los suyos: maridos que
torturaban a sus mujeres, chicuelos que martirizaban los perros y arrancaban
una a una las plumas a los gorriones vivos, que después echaban al agua. Sí,
eran muy crueles nuestros paisanos. Desde mi infancia tuve ocasión de observar
numerosos sufrimientos inútiles causados por la
maldad de las gentes. No podía comprender cuál era la base moral de la vida de
aquellos sesenta mil habitantes; me preguntaba para qué leerían el Evangelio,
rezaban, frecuentaban la iglesia, leían periódicos y libros. ¿Qué influencia
había
tenido en ellos todo lo que había producido la
cultura? ¡Ninguna! Vivían en la misma obscuridad de alma, de la misma manera
casi bárbara que hace cien o trescientos años. De generación en generación se
les hablaba de la verdad, de la misericordia, de la libertad; pero esto no les
impedía mentir hasta la muerte, desde la mañana a la noche, martirizarse los
unos a los otros y odiar la libertad con tanta furia como si fuese su peor
enemigo.
-¡Mi suerte, pues, está decidida! -dijo mi hermana
cuando ya nos hallábamos en mí casa-. Después de lo que acaba de pasar, yo no
puedo volver allá. ¡Dios mío, me siento tan dichosa! Me siento tan aliviada
como si me hubieran quitado de encima un gran peso.
Se acostó. Las lágrimas brillaban en sus ojos; pero
su rostro conservaba la expresión de felicidad. Se durmió, y su sueño fue
profundo y se adivinaba que sentía, en efecto, un gran consuelo. Hacía mucho
tiempo que no tenía un sueño tan tranquilo.
A partir de este día vivimos juntos. Mi hermana
estaba alegre, gozosa, cantaba a todas horas y aseguraba que se encontraba
bien. Los libros que yo llevaba de la biblioteca no los leía; empleaba el
tiempo en soñar y hablar del porvenir. Arreglando mi ropa o ayudando a nuestra
vieja nodriza
a hacer la cocina, hablaba sin cesar de Vladimiro, de
su inteligencia, de su extraordinaria erudición. Yo fingía compartir su opinión
sobre el doctor; pero, en el fondo de mi corazón, no le amaba.
Ella decía que quería trabajar, crearse una posición
económica independiente. Había decidido, cuando su salud se lo permitiera,
hacerse maestra de escuela o enfermera.
Amaba apasionadamente al hijo que esperaba. Aún no
había nacido; pero ella sabía ya qué ojos, qué manos tendría y cómo se reiría.
Le gustaba hablar de su educación: y como Vladimiro era para ella el mejor de
los hombres, sólo tenía un deseo: que su hijo fuese el vivo retrato de su
padre. De este asunto hablaba sin cesar, y sus
conversaciones la animaban, la llenaban de alegría. Escuchándola, también yo me
regocijaba sin saber por qué.
El estado de su espíritu soñador se me contagiaba. No
leía nada y pasaba el tiempo soñando. Las noches, a pesar de la fatiga natural
después del día de trabajo, me paseaba por la habitación, metidas las manos en
los bolsillos, y hablaba de Macha.
-¿Qué opinas tú? -pregunté a mi hermana ¿Cuándo
regresará de Petersburgo? Me parece que volverá para las fiestas de Navidad, a
más tardar. Nada tiene que hacer allí.
-Sí, volverá pronto; la prueba es que no ha escrito
más.
-¡Es verdad!- contesté, aunque en el fondo de mi
corazón sabía que Macha nada tenía que hacer en la ciudad.
La echaba mucho de menos y me aburría terriblemente.
Cuando mi hermana me aseguraba que Macha volvería
pronto, me confortaba con una ilusión agradable y yo hacía esfuerzas por
creerlo.
Cleopatra esperaba a su Vladimiro; yo a mi Macha, y
los dos hablábamos sin cesar de él y de ella, hacíamos proyectos sobre nuestra
próxima dicha, paseábamos agitados por la habitación, reíamos. No advertíamos
que por nuestra culpa la vieja Karpovna no podía dormir. Permanecía echada
sobre la hornilla y balbuceaba con voz apagada:
-La cafetera hace esta noche un ruido terrible. Esto
es un mal presagio... presiento alguna desgracia... ¡Ah, Dios mío, Dios mío!
Nadie nos visitaba, aparte el cartero que traía a mi
hermana las cartas de VIadimiro. Alguna vez entraba por la noche en nuestra
habitación el hijo adoptivo de Karpovna, Prokofy. Estaba unos minutos y se
marchaba sin haber pronunciado una sola palabra. Pero luego le oía yo en la
cocina
decir a Karpovna:
-Cada hombre debe permanecer en la clase social donde
ha nacido.
Desgraciado de aquel que quiere rebasar los límites
que le han sido designados al nacer.
Una vez, a finos de diciembre, cuando yo pasaba por
delante de la carnicería, me invitó a entrar unos instantes. Sin tenderme la
mano, me declaró que iba a hablarme de un asunto importante. Estaba amoratado
del frío y del «vodka» que acababa de beber. Cerca de él estaba el dependiente
Nikolka, con cara de bandido y con un cuchillo cubierto de sangre en las manos.
-Desea exponer a usted una idea -dijo Prokofy en tono
solenme-. Esta situación no puede prolongarse. Usted comprenderá que podemos
tener disgustos. Naturalmente, mamá no se atreve a decírselo a usted; pero yo
es preciso que se lo declare de una manera formal: su hermana, en el estado
en que está, no puede continuar en nuestra casa. Es
preciso que se marche.
Tal como usted me ve, yo no puedo aprobar la conducta
de su hermana.
Salí de la carnicería.
El mismo día, mi hermana y yo nos instalarnos en casa
de Nabó. Como no teníamos dinero para tomar un coche, marchamos a pie. Yo
llevaba un paquete con diferentes objetos; mi hermana caminaba con las manos
vacías; pero, a pesar de esto, el viaje la fatigó y sufría, preguntando con
frecuencia si tardaríamos mucho en llegar.
- XIX -
Al fin, recibí una carta de Macha.
He aquí su contenido:
«Mi querido, mi buen amigo: parto con mi padre hacia
América, para la exposición. ¡Adiós! Durante muchos días contemplaré el
océano... Está tan lejos de Dubechnia, que a nada que pienso en ello siento una
impresión de espanto. Es tan lejano, tan inmenso como el cielo, y estoy
deseando hallarme en medio de este enorme espacio, respirar el aire marino.
Esta idea me embriaga, me vuelve loca de alegría, a tal punto que no puedo por
menos de escribir a usted tranquilamente.
»Mi querido, mi buen amigo: ¡devuélvame usted lo más
pronto posible mi libertad! Rompa usted el hilo que todavía nos une. Sería para
mí una gran dicha encontrarle de nuevo; sería para mí un rayo de sol que
esclarecería la triste noche de mi vida en vuestra ciudad. El que yo haya
llegado a ser su esposa de usted ha sido un error. Usted mismo lo comprende,
¿No es verdad? Es preciso reparar este error lo antes posible, y yo le suplico,
mi generoso y noble amigo, le suplico de rodillas me telegrafíe inmediatamente,
antes de mi marcha a América, que está usted dispuesto a reparar este error que
hemos cometido los dos, para librarme de esa única piedra que pesa sobre mis
alas. Mi padre se encargará del resto y me ha prometido no exigir a usted otras
formalidades.
»¡Bien pronto seré tan libre como el pájaro ante el
cual se extiende todo el espacio! Sea usted dichoso, que Dios le bendiga, y
perdóneme el gran pesar que le causo.
»Me encuentro en excelente estado de salud, gasto sin
medida, hago muchas tonterías, y a cada instante doy gracias a Dios de no haber
tenido hijos: una mala mujer como yo no es digna de tenerlos.
»Canto en los conciertos y soy acogida con
entusiasmo. Es mi vocación, mi destino, mi camino, y yo lo sigo. El rey David
tenía un anillo con la inscripción: «Todo pasa.» Cuando se está triste, estas
palabras consuelan; cuando se está alegre, producen melancolía. Yo también me
he mandado hacer
una sortija parecida, con una inscripción judaica, y
ella no me permite extralimitarme ni en las alegrías ni en las tristezas. Sí,
todo pasará; la vida misma acabará, ¿por qué entonces atribuir tanta
importancia a nuestras pequeñas alegrías y dolores? Lo único que importa es ser
libre, porque, entonces solamente, el hombre no tiene necesidad de nada,
absolutamente de nada.
»Rompa usted, por lo tanto, el hilo que todavía nos
une. Le abrazo estrechamente, igual que si fuera su hermana. Perdóneme usted, y
olvídese de su M...» Mi hermana estaba acostada en una habitación; Nabó, en la
otra; había estado otra vez enfermo, y de nuevo había triunfado de la muerte.
Al mismo tiempo que yo recibía la carta de Macha, mi
hermana levantó quedamente de su cama, pasó al cuarto de Nabó, se sentó cerca
del lecho y empezó a leer en alta voz. Se leía diariamente páginas de Gogol o
de Ostrovsky. Él la escuchaba con aire grave, sin sonreírse, las ojos fijos en
el techo. Solamente, de vez en cuando, decía:
-¡Todo es posible, todo es posible!
Si en el libro que le leía mi hermana se contaba
alguna falsedad, alguna cosa poco honrada, parecía sentir una malévola alegría,
y, señalando al libro con un dedo, decía con aire de triunfo:
-¡He aquí a lo que lleva la mentira, la hipocresía,
la falsedad humana!
Los dramas le agradaban grandemente por su contenido,
su estructura complicada, su acción palpitante. Sentía grande admiración por
él, es decir, por el autor, a quien no nombraba jamás por su nombre.
-¡Qué bien ha desentrañado las cosas! -exclamaba casi
siempre con entusiasmo, cuando en el momento crítico los personajes salían
triunfantes de todas las dificultades.
Esta vez mi hermana le leyó sólo una página; su voz
desfallecía. Nabo le cogió una mano y le dijo con voz emocionada:
-En el hombre justo, el alma es tan blanca y limpia
como la tiza, y la del pecador es negra como el hollín de la chimenea. Es
preciso vivir conforme a los santos: libros, trabajando, y rechazar los vanos
placeres de la vida. Aquel que vive engañando y sin trabajar será castigado por
Dios Todopoderoso. ¡Desgraciados los ricos, los injustos, los usureros!
Ellos no entrarán jamás en el reino de los cielos.
Porque la herrumbre destruye el hierro...
-¡Y la mentira destruye el alma! -terminó riendo, mi
hermana, la frase favorita de Nabó...
Volví a leer la carta de Macha, y una sensacíón de
dolor intenso invadió mi alma, como si yo presintiera algo fatal, inevitable y
terriblemente triste.
En este instante entra en la cocina el soldado que
nos llevaba siempre, dos veces por semana, de parte de un desconocido, pan
blanco, té, azúcar y perdices olientes a perfumes finos. La persona caritativa
que nos enviaba todo aquello sabía probablemente que yo no tenía trabajo y que
vivíamos en una gran miseria.
Oí a mi hermana hablar con el soldado, riendo
alegremente. Después se volvió a acostar, con un trozo de pan blanco en la mano
y me dijo:
-Desde que tú te hiciste obrero, yo y Ana Blagovo
sabíamos muy bien que tenías razón, pero no nos atrevíamos a decirlo en voz
alta. Di, ¿qué fuerza nos impide decir francamente aquello que pensamos? Ana
Blagovo, por ejemplo, te ama, te adora, sabe perfectamente que tienes razón; yo
también; ella me quiere mucho y sabe que también tengo razón, y, sin embargo,
algo le impide venir a nuestra casa, nos rehuye, temerosa de encontrarse con
nosotros.
Mi hermana calló un instante y agregó con vehemencia:
-¡Si supieras cómo te ama! Sólo a mí me ha confesado
su amor, y eso en la obscuridad, para que no pudiera ver su rostro. Me conducía
a una alameda obscura del jardín y me hablaba, susurrando, de su gran amor por
ti. Estoy segura que no se casará jamás, porque eres tú su solo amor. ¿No
es verdad que da lástima?
-Sí.
-Es ella quien nos manda comida. ¡Es graciosa! ¿Por
qué se oculta? Yo también me ocultaba, tenía miedo de decir lo que pensaba;
pero ahora todo ha terminado: ya no tengo miedo de nada; diré cuanto quiera, y
me siento dichosa. Cuando vivía en casa, no sabía aún lo que constituía la
dicha, mientras que ahora no me cambiaría por una reina.
El doctor Blagovo vivía en nuestra ciudad, en casa de
su padre. Se disponía a regresar a Petersburgo. Trabajaba mucho, se ocupaba en
estudios científicos y había decidido marchar al extranjero para prepararse al
profesorado. Dejó su servicio del regimiento, y en lugar del uniforme militar
llevaba amplio gabán, anchos pantalones y bellas corbatas. Venía con frecuencia
a visitarnos.
Mi hermana estaba encantada de sus trajes, de sus
corbatas y alfileres y de un pañuelo pequeño encarnado que llevaba en el
bolsillito de su gabán.
En una ocasión, para distraernos, mi hermana y yo nos
pusimos a enumerar sus trajes y contamos una decena.
Era evidente que seguía enamorado de mi hermana, y,
sin embargo, jamás le había prometido, ni por galantería, llevarla con él a
Petersburgo o al extranjero. Yo no podía imaginar qué sería de ella ni del niño
que iba a nacer.
Ella no se daba exacta cuenta de su situación. No
pensaba seriamente en el porvenir; decía que Vladimiro podía ir donde quisiera,
incluso abandonarla, con tal que fuera dichoso; ella se contentaba con la
felicidad que el doctor le había dado ya.
De ordinario, cuando él venía a nuestra casa, la
examinaba detenidamente desde el punto de vista médico, y le hacía beber leche
caliente con unas gotas medicinales.
Aquel día hizo igual. La reconoció y la obligó a
beber una cosa.
-¡Bravo, estoy contento de ti! -le dijo cogiendo el
vaso vacío-. No es preciso que hables tanto. Desde hace poco tiempo charlas
como una urraca.
¡Cállate, te lo ruego!
Ella se echó a reír.
Luego, el doctor entró en el cuarto de Nabó, cerca
del que me encontraba, dándome cariñosamente en el hombro.
-Bueno, muchacho, ¿cómo va? -preguntó, inclinándose
sobre el enfermo.
-¡Todos estamos en la mano de Dios, señor doctor!
Todos hemos de morir el día menos pensado. Y permítame usted que le diga, señor
doctor: usted no entrará en el reino de los cielos; el infierno estaría vacío.
Es preciso que haya pecadores también...
Minutos después, el doctor y yo nos hallábamos en la
calle.
¡Es doloroso, muy doloroso! -me dijo.
Observé que estaba muy acongojado y que las lágrimas
asomaban a sus ojos.
-Está alegre, gozosa -continuó-; ríe, espera, y, sin
embargo no quiero ocultárselo, su situación es desesperada, amigo mío. Sí,
desesperada. Nabó me odia y me ha hecho comprender que yo obré respecto a su
hermana de un modo poco honrado. Desde su punto de vista, tal vez tenga razón;
pero yo tengo un concepto propio del bien y del mal y no me arrepiento de nada
que haya hecho. C ada uno tiene derecho al amor, ¿no es cierto? Sin el amor, la
vida sería imposible, y sólo los esclavos y los pobres de espíritu pueden temer
y huir del amor.
Comenzó a hablar de otras cosas: de la ciencia, de
sus esperanzas en lo concerniente a su carrera. Hablaba con énfasis, y se veía
bien claro que no se acordaba ya de mi hermana, de su situación desesperada ni
de su propio dolor. La vida le atraía, le llamaba, le arrebataba con sus
posibilidades, con sus extensos horizontes. Macha
tenía sus sueños, sus grandes esperanzas y ambiciones; él mismo estaba poseído
de su carrera científica, y sólo yo y mi hermana quedábamos allí, pobres,
desgraciados, sin ningún porvenir, sin sueños ni esperanzas.
El doctor estrechó mi mano y se marchó. Quedé solo en
la calle. Me aproximé a un mechero de gas encendido, y una vez más leí la carta
de Macha. Los recuerdos de mi reciente dicha se apoderaron de mi cerebro.
Recordé cómo una mañana de primavera fue a verme al
molino, se acostó y cubrióse con mi pelliza para mejor parecer una simple
campesina. Otra vez, cuando echábamos el anzuelo a los peces del río, estaba
casi toda mojada y esto le causaba tal placer que rió durante todo el tiempo.
Sin darme cuenta, me encontré en la calle de la
Nobleza, ante la casa de mi padre. Estaba sumida en la obscuridad.
Salté por encima del muro que la separaba de la calle
y pasé, por la puerta de detrás, a la cocina. No había nadie. La tetera hervía,
probablemente preparada para mi padre. «Sí, le servirán ahora el té» -pensé.
Tomé una luz y me dirigí a la casita del patio donde
yo habité en otro tiempo. Allí me arreglé, con viejos periódicos, una cama, y
me acosté. La casita, débilmente alumbrada por la tenue luz de la lámpara, se
llenó de sombras movientes. Hacía frío. Me figuraba que al momento entraría mi
hermana llevándome de comer; pero inmediatamente me acordó que se hallaba ahora
enferma en casa de Nabó. Mi consciencia se había obscurecido, y sufría
múltiples pesadillas.
Bien pronto escuché una campanilla. Desde mi infancia
conocía su sonido breve y lastimero.
Era mi padre, que volvía del club.
Me levanté y volví a la cocina.
La cocinera, Asksinia, al advertir mi presencia, hizo
un ademán de sorpresa y comenzó a llorar.
-¡Ah, querido! -sollozó-. ¡Dios mío, Dios mío, a lo
que has llegado!...
Su emoción era tan grande que comenzó a estrujar su
delantal entre las manos.
Sobre la ventana había una gran botella de «vodka».
Me serví una copa y la bebí ávidamente, pues estaba sediento. Los bancos y las
mesas estaban limpios; se respiraba un olor agradable, que me gustaba mucho en
mi niñez.
Mi hermana y yo le teníamos mucho cariño a la cocina,
donde pasábamos, durante las ausencias de mi padre, horas enteras escuchando
los cuentos fantásticos de la cocinera, o jugando al rey y la reina.
-Y Cleopatra, ¿dónde está? -me preguntó Askinia, en
voz baja, reteniendo la respiración-. ¿Y tu mujer? He oído decir que marchó a
Petersburgo.
Servía ya en nuestra casa cuando mi madre vivía, y
nos bañaba a Cleopatra y a mí. Ahora también continuaba considerándonos como
niños que es preciso vigilar porque hacen tonterías.
Durante un cuarto de hora me habló de sus opiniones
sobre mí, sobre mi hermana, sobre nuestra situación. Se veía que tenía vagar
suficiente para entregarse a estas reflexiones.
-Se puede obligar al doctor a casarse con Cleopatra
-dijo-. Basta que ella dirija una petición al arzobispo para que éste anule su
primer matrimonio. Si el doctor rehúsa casarse, se podrán tomar medidas
respecto de él.
En cuanto a mí, encontró también una solución: yo
podía vender, sin que mi mujer lo supiera, Dubechnia, y poner el dinero en un
Banco a mi nombre.
Además -decía la cocinera-, si mi hermana y yo
hubiésemos caído de rodillas ante mi padre, nos habría tal vez perdonado. Por
de pronto era preciso mandar decir una misa.
En aquel momento se oyó la tos de mi padre.
-Vaya, pequeño mío, háblale -dijo Askinia-, salúdale
humildemente. No te pasará nada por eso.
Entré en el gabinete de mi padre. Estaba ya sentado
ante la mesa y delineaba el proyecto de una casa de campo de ventanas góticas y
una gran torre parecida a la del cuartel de bomberos, algo, en suma, muy feo,
trivial, insignificante. Desde el sitio donde yo me había detenido pude
ver muy bien el dibujo.
Cuando hube visto el rostro flaco de mi padre y su
cuello amoratado, sentí por un momento el deseo de echarme ante él suplicándole
perdón, como me lo había recomendado Askinia; pero la vista de aquella pobre
casa de campo con su torre repugnante me contuvo.
-¡Buenas noches! -dije.
Me miró un momento; pero bajó en seguida los ojos al
dibujo.
-¿Qué necesitas? -preguntó, después de un breve
silencio.
-He venido para decir a usted que mi hermana está muy
enferma...
Esperé un instante, y continué:
-Está en trance de muerte.
-¡Bueno, qué le vamos a hacer! -suspiró mi padre,
quitándose los lentes y dejándolos sobre la mesa-. Se recoge aquello que se
siembra.
Se levantó, dio algunos pasos por la habitación, y
repitió:
-Sí, se recoge aquello que se siembra. Acuérdate cómo
hace dos años, cuando viniste a verme, te supliqué, en este mismo lugar,
renunciases a tus locas ideas; recuerda mis súplicas encaminadas a que no
olvidaras tus deberes y velaras por el honor de nuestra familia y las gloriosas
tradiciones legadas por nuestros antepasados. Nuestro
deber es guardar esas tradiciones, y, sin embargo, las has pisoteado. No has
querido seguir mis consejos. Nada quisiste escuchar, y sigues con tus locas
ideas. No contento con esto, has lanzado sobre el mismo camino peligroso a tu
pobre
hermana. Gracias a ti ha perdido toda idea de
moralidad y de honestidad.
Ahora llegó el castigo. Ambos os encontráis en
peligrosa situación. ¡Qué le vamos a hacer! Se recoge aquello que se siembra.
Mientras hablaba seguía paseando con paso lento a
través del gabinete.
Creía, sin duda, que yo había ido para pedirle perdón
por mi hermana y por mí, reconociendo que habíamos cometido faltas. Esperaba
ruegos, súplicas.
Yo sentía frío, y temblaba de pies a cabeza, como si
sufriera fiebre.
Con voz débil y serena le contesté:
-Yo también le ruego recuerde que aquí mismo, en este
lugar, le supliqué me comprendiera, que comprendiera mis ideas y proyectos,
porque, nosotros podíamos decidir juntos el modo de ordenar la vida. Por toda
respuesta, usted comenzó a hablar de nuestros antepasados, de su abuelo el
poeta, etc. Ahora, cuando le anuncio que su hija
única está gravemente enferma, en situación desesperada, usted vuelve a hablar
de sus antepasados, de las gloriosas tradiciones. Es inconcebible esa ligereza
en un hombre ya viejo.
-¿Por qué has venido? -me preguntó colérico,
probablemente herido por el reproche de ligereza.
-No lo sé. Yo le quiero. Lamento hondamente que
estemos tan distantes el uno del otro. Le quiero todavía; pero mi hermana ha
roto todos los lazos que le unían a usted. No le perdona ni le perdonará jamás.
Sólo el oír su nombre de usted remueve en ella el odio por su pasado, por la
vida que llevó a su lado.
-¿De quién es la culpa? -gritó mi padre-. ¡Eres tú,
el culpable, el canalla, tú lo eres!
-Admitamos que sea yo el culpable -dije-. Confieso
que tal vez he cometido muchas faltas; pero dígame usted, ¿por qué su vida, que
nos cree obligados a imitar, que usted nos presenta como una vida modelo, por
qué es tan sin espíritu, tan monótona, tan aburrida? ¿Por qué en todas las
casas que usted construye aquí desde hace treinta años no hay un solo hombre
que pueda enseñarnos de qué manera es preciso vivir. ¡No hay un solo hombre
honrado en la ciudad. Las casas de usted son nidos malditos, en los cuales se
martiriza a las madres, a las hijas, se mata moralmente a los niños.
Callé un instante para tomar aliento, y continué:
-¡Mi infeliz hermana! ¡Mi desgraciada hermana! Es
preciso estar ciego, necesario insensibilizar el espíritu por el «vodka», los
naipes, las charlas insulsas, o bien dedicar toda la vida a esos pobres dibujos
de casas con apariencia abominable, para no ver todos los horrores que se
ocultan en esas casas. La ciudad cuenta ya doscientos años de existencia, y no
ha dado a la patria ni un solo hombre útil. ¡Ni uno solo! Todos ustedes han
matado en germen, cuidadosamente, cuanto había aquí vital, capaz. Es ésta una
ciudad de tenderos, de hosteleros, de escritorzuelos, de cobardes y de devotos:
una ciudad que pudiera desaparecer el día menos pensado sin que se advirtiese
su desaparición y sin que nadie llorase su
pérdida.
-No quiero oírte más, ¡canalla! -gritó mi padre
asiendo la regla que había sobre la mesa. ¡Cállate! Estás borracho. ¿Cómo te
atreves a presentarte ante mí en tal estado? Yo te declaro por última vez y
díselo también a tu hermana, que ha perdido toda honestidad, yo os declaro que
no
recibiréis nada mío. Por consiguiente, no seréis mis
herederos. He arrancado de mi corazón los malos hijos, y si sufren las
consecuencias de su indocilidad y de su obstinación, tanto peor para ellos. ¡No
tengo piedad para vosotros! ¡Piensa en marcharte! Dios misericordioso ha
querido castigarme dándome hijos perversos, y yo me someto, humilde, a esta
prueba.
Como el Job bíblico, halló consuelo en los
sufrimientos y en el trabajo.
Calló, volviose a mí y continuó:
-En tanto no vuelvas al buen camino, te prohíbo pisar
el suelo de mi casa. Soy justo. Todo cuanto te he dicho es de una gran utilidad
para ti, y si quieres corregirte, piensa en lo que te he dicho toda tu vida y
sigue mis consejos. Ahora, márchate; no tengo nada más que decirte...
Yo salí.
No recuerdo cómo pasé esa noche y la siguiente.
Después me dijeron que vagué todo el tiempo de una calle en otra, la cabeza
descubierta, cantando, seguido de una gritadora turba de chiquillos.
- XX -
Si yo hubiese tenido el deseo de mandarme hacer una
sortija, le habría hecho grabar esta inscripción: «Nada pasa.» Sí; estoy
convencido que nada pasa sin dejar una huella tras nosotros, y que cada acto
nuestro, incluso el más insignificante, ejerce determinada influencia en
nuestra vida presente y futura.
Lo que yo he vivido no ha dejado de ejercer
influencia sobre los demás.
Mis desdichas y mis sufrimientos llegaron al corazón
de los habitantes, y ahora no se mofan de mí, no se vierte agua sobre mí cuando
paso ante las tiendas del mercado. Poco a poco se han habituado a la idea de
que yo soy ahora un simple obrero, y no encuentran nada extraño en el hecho que
yo, gentilhombre, lleve vasijas llenas de pinturas y coloque cristales en las
ventanas. Al contrario, se me da con satisfacción trabajo: soy considerado en
la ciudad como un buen obrero y el mejor contratista de trabajo, después de
Nabó.
Éste, ya restablecido de su enfermedad, seguía
pintando los techos y las cúpulas de los campanarios; pero muy débil aún, no
tenía fuerzas para cumplir los múltiples deberes de contratista; en casi todos
era yo quien le reemplazaba: yo visitaba a los habitantes para pedir trabajo,
contrataba los obreros, tomaba dinero a préstamo,
pagando crecidos intereses. Ahora, convertido en contratista, comprendo
perfectamente que se puede andar durante tres días recorriendo la ciudad
buscando obreros para hacer un trabajo de escasa importancia.
Se es fino conmigo, no se me tutea ya; en las casas
donde trabajo me dan té y se me invita a comer. Los niños y las jóvenes vienen
muchas veces a ver cómo trabajo, mirándome con curiosidad y con tristeza.
En una ocasión trabajé en el jardín del gobernador,
donde pinté un quiosco. Estando yo trabajando, el gobernador, que se paseaba
por el Jardín, entró en el quiosco, y para distraerse comenzó a hablar conmigo.
Le recordé que en otro tiempo me llamó a su casa para
exigirme que variase de conducta. Me miró atentamente, y después dijo, dando a
su boca la forma de una o:
-No me acuerdo.
He envejecido, me he vuelto taciturno, severo; no río
casi nunca; me dicen que me parezco ahora a Nabó, y que, igual que él, aburro a
los obreros con mi severidad.
María Victorovna, mi antigua mujer, vive ahora en el
extranjero. Su padre, el ingeniero, se encuentra en el este de Rusia, donde
construye una línea férrea y compra ventajosamente algunas propiedades.
El doctor Blagovo está también en el extranjero.
Dubechnia ha vuelto a ser propiedad de la señora
Cheprakov, que la compró al ingeniero con un veinte por ciento sobre el precio
a que ella se la había vendido.
Moisey, ya convertido en ingeniero, no viste ahora
como un campesino:
lleva un costoso sombrero, y sus trajes son de última
moda. Llega muchas veces, en un cochecillo elegante, a la ciudad y frecuenta la
Banca. Se dice que ya ha comprado una propiedad a plazos y se dispone a comprar
también Dubechnia.
El desgraciado Iván Cheprakov está completamente
desequilibrado.
Durante mucho tiempo no hacía nada y vagaba por la
ciudad, casi siempre ebrio. Intenté darle trabajo; durante algún tiempo pintó
con nosotros tejados, colocó cristales y parecía un obrero de tantos: robaba
los colores, pedía humildemente propinas a los clientes y se emborrachaba. Mas
pronto dejó el trabajo y volvió a Dubechnia. Luego me
contaron que había organizado una conspiración para matar a Moisey y para robar
el dinero y las joyas de Cheprakov, su madre.
Mi padre ha envejecido considerablemente, y pasea
durante la tarde, ya encorvado, por delante de su casa. Yo no he vuelto a
verle.
Prokofy, el hijo adoptivo de Karpovna cuando el
cólera se ensañaba en nuestra ciudad, hacía una propaganda encarnizada contra
los doctores, asegurando que ellos provocaban la epidemia para ganar más
dinero. Tomó una parte muy activa en los desórdenes y manifestaciones, y por
eso fue
azotado. Su oficial, Nikolka, murió del cólera. Mi
anciana nodriza, Karpovna, vive todavía y continúa amando locamente a su hijo
adoptivo.
Cada vez que me ve mueve su venerable cabeza y dice
suspirando:
-¡Pobre desgraciado! Eres un hombre perdido...
Toda la semana estoy ocupado mañana y tarde. Los días
de fiesta, si el tiempo es bueno, tomo en mis brazos a mi sobrinita -mi hermana
esperaba un niño, pero fue una niña lo que nació- y me encamino lentamente al
cementerio. En él permanezco mucho tiempo contemplando la tumba querida y
diciéndole a mi pequeñita que allí yace su madre.
Alguna vez encuentro junto a la tumba a Ana Blagovo.
Nos saludamos.
Unas veces permanecemos silenciosos, otras hablamos
de mi pobre hermana, de la huerfanita, de las tristezas de la vida. Después
salimos juntos del cementerio, caminando de nuevo en silencio. Ella marcha
despacio para permanecer más tiempo a mi lado. La pequeñita, feliz, alegre,
guiñando los
ojos bajo los rayos del sol abrasador, ríe, tiende
sus diminutas manos a Ana Blagovo; cada dos pasos nos detenemos un instante
para acariciar a la pequeña.
Cuando entramos en la ciudad, Ana Blagovo, turbada,
llena de emoción, los ojos enrojecidos, me estrecha la mano y se separa de mí.
Ella continúa su camino sola, grave, severa, triste. Y ningún transeúnte,
viéndola tan severa y reservada, creería que momentos antes marchaba a mi lado
y acariciaba conmigo a la gentil niñita.


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