© Libro No. 737. El Sueño de los
Héroes. Bioy Casares,
Adolfo. Colección E.O. Abril 26 de 2014.
Título original: © El Sueño de los Héroes. Adolfo Bioy
Casares
Versión Original: © El Sueño de los Héroes.
Adolfo Bioy Casares
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca
Emancipación: Guillermo Molina Miranda
El Sueño de los
Héroes
Adolfo
Bioy Casares
I
A lo largo de tres días y de tres
noches del carnaval de 1927 la vida de Emilio Gauna logró su primera y
misteriosa culminación. Que alguien haya previsto el terrible término acordado
y, desde lejos, haya alterado el fluir de los acontecimientos, es un punto
difícil de resolver. Por cierto, una solución que señalara a un oscuro demiurgo
como autor de los hechos que la pobre y presurosa inteligencia humana vagamente
atribuye al destino, más que una luz nueva añadiría un problema nuevo. Lo que
Gauna entrevió hacia el final de la tercera noche llegó a ser para él como un
ansiado objeto mágico, obtenido y perdido en una prodigiosa aventura. Indagar
esa experiencia, recuperarla, fue en los años inmediatos la conversada tarea
que tanto lo desacreditó ante los amigos.
Los amigos se reunían todas las
noches en el café Platense, en Iberá y Avenida del Tejar, y, cuando no los
acompañaba el doctor Valerga, maestro y modelo de todos ellos, hablaban de
fútbol. Sebastián Valerga, hombre parco en palabras y propenso a la afonía,
conversaba sobre el turf -"sobre las palpitantes competencias de los
circos de antaño"-, sobre política y sobre coraje. Gauna, de vez en
cuando, hubiera comentado los Hudson y los Studebaker, las quinientas millas de
Rafaela o el Audax, de Córdoba, pero, como a los otros no les interesaba el
tema, debía callarse. Esto le confería una suerte de vida interior. El sábado o
el domingo veían jugar a Platense. Algunos domingos, si tenían tiempo, pasaban
por la casi marmórea confitería Los Argonautas, con el pretexto de reírse un
poco de las muchachas.
Gauna acababa de cumplir veintiún
años. Tenía el pelo oscuro y crespo, los ojos verdosos; era delgado, estrecho
de hombros. Hacía dos o tres meses que había llegado al barrio. Su familia era
de Tapalqué: pueblo del que recordaba unas calles de arena y la luz de las
mañanas en que paseaba con un perro llamado Gabriel. Muy chico, había que- dado
huérfano y unos parientes lo llevaron a Villa Urquiza. Ahí conoció a Larsen: un
muchacho de su misma edad, un poco más alto, de pelo rojo. Años después, Larsen
se mudó a Saavedra. Gauna siempre había deseado vivir por su cuenta y no deber
favores a nadie. Cuando Larsen le consiguió trabajo en el taller de
Lambruschini, Gauna también se fue a Saavedra y alquiló, a medias con su amigo,
una pieza a dos cuadras del parque.
Larsen le había presentado a los
muchachos y al doctor Valerga. El encuentro con este último lo impresionó
vivamente. El doctor encarnaba uno de los posibles porvenires, ideales y no
creídos, a que siempre había jugado su imaginación. De la influencia de esta admiración
sobre el destino de Gauna todavía no hablaremos.
Un sábado, Gauna estaba afeitándose
en la barbería de la calle Conde. Massantonio, el peluquero, le habló de un
potrillo que iba a correr esa tarde en Palermo. Ganaría con toda seguridad y
pagaría más de cincuenta pesos por boleto. No jugarle una boleteada fuerte,
generosa, era un acto miserable que después le pesaría en el alma a más de un
tacaño de esos que no ven más allá de sus narices. Gauna, que nunca había
jugado a las carreras, le dio los treinta y seis pesos que tenía: tan machacón
y tesonero resultó el citado Massantonio. Después el muchacho pidió un lápiz y
anotó en el revés de un boleto de tranvía el nombre del potrillo: Meteórico.
Esa misma tarde, a las ocho menos
cuarto, con la última Hora debajo del brazo, Gauna entró en el café Platense y
dijo a los muchachos:
-El peluquero Massantonio me ha hecho
ganar mil pesos en las carreras. Les propongo que los gastemos juntos.
Desplegó el diario sobre una mesa y
laboriosamente leyó: -En la sexta de Palermo gana
Meteórico. Sport: $ 59,30. Pegoraro
no ocultó su resentimiento y su incredulidad. Era obeso, de facciones anchas,
alegre, impulsivo, ruidoso y -un secreto de nadie ignorado- con las piernas
cubiertas de forúnculos. Gauna lo miró un momento; luego sacó la billetera y la
entreabrió, dejando ver los billetes. Antúnez, a quien por la estatura llamaban
el Largo Barolo, o el Pasaje, comentó:
-Es demasiada plata para una noche de
borrachera.
-El carnaval no dura una noche
-sentenció Gauna.
Intervino un muchacho que parecía un
maniquí de tienda de barrio. Se llamaba Maidana y lo apodaban el Gomina.
Aconsejó a Gauna que se estableciera por su cuenta. Recordó el ofrecimiento de
un quiosco para la venta de diarios y revistas en una estación ferroviaria. Aclaró:
-Tolosa o Tristán Suárez, no
recuerdo. Un lugar cercano, pero medio muerto.
Según Pegoraro, Gauna debía tomar un
departamento en el Barrio Norte y abrir una agencia de colocaciones.
-Ahí, repantigado frente a una mesa
con teléfono particular, hacés pasar a los recién llegados. Cada uno te abona
cinco pesos.
Antúnez le propuso que le diera todo
el dinero. El se lo entregaría a su padre y dentro de un mes Gauna lo recibiría
multiplicado por cuatro.
-La ley del interés compuesto -dijo.
-Ya sobrará tiempo para ahorrar y
sacrificarse -respondió Gauna-. Esta vez nos divertiremos todos.
Lo apoyó Larsen.
Entonces Antúnez sugirió:
-Consultemos al doctor. Nadie se atrevió a contradecirlo.
Gauna
pagó otra "vuelta" de
vermut, brindaron por
tiempos mejores y se
encaminaron a la casa del doctor Valerga. Ya en la calle, con esa voz
entonada y llorosa que, años después, le granjearía cierto renombre en kermeses
y en beneficios, Antúnez cantó La copa del olvido. Gauna, con amistosa envidia,
reflexionó que Antúnez encontraba siempre el tango adecuado a las
circunstancias.
Había sido un día caluroso y la gente
estaba agrupada en las puertas, conversando. Francamente inspirado, Antúnez
cantaba a gritos. Gauna tuvo la extraña impresión de verse pasar con los
muchachos, entre la desaprobación y el rencor de los vecinos, y sintió alguna
alegría, algún orgullo. Miró los
árboles, el follaje inmóvil
en el
cielo
crepuscular y violáceo. Larsen codeó,
levemente, al cantor. Éste calló. Faltaría poco más
de cincuenta metros para llegar a la
casa del doctor Valerga.
Abrió la puerta, como siempre, el
mismo doctor. Era un hombre corpulento, de rostro amplio, rasurado, cobrizo,
notablemente inexpresivo; sin embargo, al reír -hundiendo la mandíbula,
mostrando los dientes superiores y la lengua- tomaba una expresión de
blandísima, casi afeminada
mansedumbre. Entre los hombros y la cintura, la extensión
del cuerpo, un poco prominente a la
altura del estómago, era extraordinaria. Se movía con cierta pesadez, cargada
de fuerzas, y parecía empujar algo. Los dejó entrar, sucesiva-mente, mirando a
cada uno en la cara. Esto asombró a Gauna, porque había bastante luz, y el
doctor debía saber, desde el primer momento, quiénes eran.
La casa era baja. El doctor los
condujo por un zaguán lateral, a través de una sala, que había sido patio,
hasta un escritorio, con dos balcones sobre la calle. Colgaban de las paredes
numerosas fotografías de gente comiendo en restaurantes o bajo enramadas o
rodeando asadores, y dos solemnes retratos: uno del doctor Luna, vicepresidente
de la República, y otro del mismo doctor Valerga. La casa daba la impresión de
aseo, de pobreza y de alguna dignidad. El doctor, con evidente cortesía, les
pidió que se sentaran.
-¿A qué debo tanto honor? -interrogó.
Gauna no contestó en seguida, porque
le pareció descubrir en el tono una sorna velada y, para él, misteriosa. Se
apresuró Larsen a balbucir algo, pero el doctor se retiró.
Nerviosamente, los muchachos se
movieron en sus sillas. Gauna preguntó:
-¿Quién es la mujer?
La veía a través de la sala, a través
de un patio. Estaba cubierta de telas negras, sentada en una silla muy baja,
cosiendo. Era vieja. Gauna tuvo la impresión de que no le habían oído.
Al rato, Maidana contestó, como
despertando:
-Es la criada del doctor.
Trajo éste en
una bandejita tres botellas de
cerveza y algunas copas. Puso la
bandejita sobre el escritorio y sirvió. Alguien quiso hablar, pero el doctor lo
obligó a callarse. Los mortificó un rato con protestas de que era una reunión
importante y que debía hablar la persona debidamente comisionada.
Todos miraron a Gauna.
Por fin, éste se atrevió a decir:
-Gané mil pesos en las carreras y
creo que lo mejor es gastarlos en estas fiestas, divirtiéndonos juntos.
El doctor lo miró inexpresivamente.
Gauna pensó: "Lo ofendí, con mi precipitación".
Agregó, sin embargo:
-Espero que quiera honrarnos con su
compañía.
-No trabajo en un circo, para tener
compañía-respondió el doctor, sonriendo; después agregó con seriedad-: Me
parece muy bien, mi amigo. Con la plata del juego hay que ser generoso.
La reunión perdió la tirantez. Todos
fueron a la cocina y volvieron con una fuente de carne fría y con nuevas
botellas de cerveza. Después de comer y beber consiguieron que el doctor
contara anécdotas. El doctor sacó del bolsillo un pequeño cortaplumas de nácar
y empezó a limpiarse las uñas.
-Hablando de juego -dijo-, ahora me
acuerdo de una noche, allá por el veintiuno, que me invitó a su escritorio el
gordo Maneglia. Ustedes lo veían, tan gordo y tan tembloroso, y ¿quién iba
decirles que ese hombre fuera delicado, una dama, con los naipes? De ser
envidioso no me reputo -declaró mirando agresivamente a cada uno de los
circunstantes- pero siempre lo envidié a Maneglia. Todavía hoy me pasmo si
pienso en las cosas que ese finado hacía con las manos, mientras ustedes abrían
la boca. Pero es inútil, una mañanita se le asentó el rocío y antes de
veinticuatro horas se lo llevaba la pulmonía doble.
"Aquella noche habíamos cenado
juntos y el gordo me pidió que lo acompañara hasta su escritorio, donde unos
amigos lo esperaban para jugar al truco. Yo no sabía que el gordo tuviera
escritorio, ni ocupación conocida, pero como los calores apretaban y habíamos
comido bastante, me pareció conveniente ventilarme un poco antes de tirarme
en el catre. Me asombró que se
aviniera a caminar, sobre todo cuando vi cómo se le
atajaba el resuello, pero todavía no
me había dado pruebas de ser tacaño y aficionado al dinero. Pero más me asombré
cuando lo vi meterse por el portón de una cochería. Se detuvo y, sin mirarme,
dijo: `Aquí estamos ¿no entra?'. Yo siempre he sentido asco por las cosas de la
muerte, así que entré achicado, a disgusto, entre esa doble fila de ca- rrozas
fúnebres. Subimos por una escalera de caracol y nos encontramos en el
escritorio del gordo. Allí lo esperaban, entre humo de cigarrillos, los amigos.
Les mentiría si les dijera qué cara tenían. O mejor dicho: me acuerdo que eran
dos y que uno tenía la cara quemada, como una sola cicatriz, si ustedes me
entienden. Le dijeron a Maneglia que un tercero -lo nombraron, pero no puse
atención- no podía venir. Maneglia no pareció asombrarse y me pidió que
reemplazara al ausente. Sin esperar mi respuesta, el gordo abrió un roperito de
pinotea, trajo los naipes y los dejó sobre la mesa; después buscó un pan y dos
tarros amarillos de dulce de leche; en uno había garbanzos para tantear y en el
otro dulce de leche. Tiramos a reyes, pero comprendí que eso no tenía
importancia; cualquiera que fuera mi compañero iba a ser compañero del gordo.
"La suerte, al principio, estaba
indecisa. Cuando llamaba el teléfono, el gordo tardaba en atenderlo. Explicaba:
`Para no hablar con la boca llena'. Era una cosa notoria lo que ese hombre
comía de pan y dulce. Cuando colgaba el tubo, se levantaba pesadamente y abría
una ventanita endeble que daba sobre las caballerizas y por lo común gritaba:
`Altar completo. Ataúd de cuarenta
pesos'. Daba las medidas y el nombre de la calle y el número. La gran mayoría
de los ataúdes era de cuarenta pesos. Recuerdo que por la ventanita entraban
emanaciones verdaderamente fuertes de olor a pasto y de olor a amoníaco.
"Puedo asegurarles que el gordo
me dio una interesante lección de ligereza de manos. Hacia la medianoche empecé
a perder de veras. Comprendí que las perspectivas no eran
favorables, como dicen los
chacareros, y que tenía que sobreponerme. Ese lugar tan
fúnebre medio me desanimaba. Pero el
gordo había cantado tantas flores sin que yo
encontrara calce para la menor
protesta, que me disgusté. Ya estaban ganándome otro chico esos tramposos,
cuando el gordo dio vuelta sus cartas -un as, un cuatro y un cinco- y gritó:
`Flor de espadas'. `Flor de tajo', le contesté, y tomando el as se lo pasé de
filo por la cara. El gordo sangró a borbotones y salpicó todo. Hasta el pan y
el dulce de leche quedaron colorados. Yo junté despacio el dinero que había
sobre la mesa y me lo guardé en el bolsillo. Después agarré un manotón de
naipes y le enjugué la sangre al gordo, refregándoselos por la trompa. Salí
tranquilamente y nadie me cerró el paso. El finado me calumnió una vez ante
conocidos, diciendo que abajo del naipe yo tenía el cortaplumas. El pobre
Maneglia creía que todos eran tan ligeros de manos como él."
II
No es verdad que los muchachos
dudaran, siquiera alguna vez, del doctor Valerga. Comprendían que los tiempos
habían cambiado. Si llegaba a presentarse la ocasión, el doctor no los
defraudaría; sarcásticamente podría insinuarse que ellos, temerosos de que el
inesperado azar de la violencia los convirtiera en víctimas, diferían y
evitaban esa ocasión anhelada. Quizá Larsen y Gauna, en alguna confidencia a la
que después no aludirían, habían sugerido que la facilidad del doctor para
contar anécdotas no debía interpretarse en detrimento de su carácter; en los
tiempos actuales, el inevitable destino de los valientes era rememorar hazañas
pretéritas. Si alguien pregunta por qué este fácil narrador de su vida tenía
fama de taciturno y de callado, le contestaremos que tal vez fuera una cuestión
de voz o de tono y le pediremos que recuerde los hombres irónicos que ha
conocido; convendrá con nosotros que en muchos casos la ironía en la boca, en
los ojos y en la voz era más fina que en las mismas palabras.
Para Gauna la discusión del coraje
del doctor tenía alusiones y ecos secretos. Gauna pensaba: "Larsen
recuerda la vez que crucé la calle para no pelear con el chico de la
planchadora. O la vez que vino a casa
el ranita Vaisman -realmente parecía una rana-
acompañado de Fernando Fonseca. Yo
tendría seis o siete años; hacía poco que había lle- gado a Villa Urquiza. A
Fernandito casi lo admiraba; por Vaisman sentía algún afecto. Vaisman entró
solo en la casa. Me dijo que Fernandito le había contado que yo hablaba mal de
él, y venía a pelearme. Yo me dejé impresionar mucho por la traición y por las
mentiras de Fernandito y no quise pelear. Cuando lo acompañé a Vaisman hasta la
puerta, Fernandito me hacía morisquetas desde atrás de los árboles. A los pocos
días Larsen lo encontró en un baldío; hablaron de mí, y al rato los muchachos
lo vieron a Fernandito colgado de la mano de una vecina, sangrando por la
nariz, llorando y rengueando. Tal vez Larsen recuerde mi séptimo cumpleaños. Yo
estaba muy convencido de la importancia de cumplir siete años y acepté boxear
con un muchacho más grande. El otro no quería lastimarme y la pelea duró mucho;
todo iba muy bien hasta que sentí impaciencia; tal vez me pregunté cómo
acabaría eso; lo cierto es que me tiré al suelo y empecé a llorar. Tal vez
Larsen recuerde aquel domingo que peleé con el negro Martelli. Era mulato,
pecoso y entre las rodillas y la cintura se ensanchaba apreciablemente.
Mientras yo le daba muchos golpes cortos en la cintura me preguntó cómo hacía
para golpear tan fuerte. Durante unos segundos creí que hablaba en serio, pero
después vi que en esos labios, por fuera celestes y por dentro rosados como
carne cruda, había una sonrisa repugnante".
Larsen recordaba una tarde que
apareció un perro rabioso y que Gauna lo mantuvo a raya con un palo, hasta que
él y los demás muchachos huyeron. Larsen recordaba también una noche que durmió
en casa de Gauna. Estaban solos con la tía de Gauna y poco antes de amanecer
entraron ladrones. La tía y él estaban ofuscados por el susto, pero Gauna hizo
un ruido con la silla y dijo: "Tomó el revólver, tío", como si su tío
estuviera ahí; luego se asomó al patio tranquilamente. Larsen vio desde el
fondo de la habitación un rayo de linterna alumbrando hacia el cielo, por
arriba de la tapia, y vio abajo a Gauna, inerme, ínfimo, huesudo: la imagen del
valor.
Larsen creía saber que su amigo era
valeroso. Gauna pensaba que Larsen vivía medio acobardado pero que, llegada la
ocasión, haría frente a cualquiera; de sí mismo pensaba que podía disponer, con
indiferencia, de su vida; que si alguien le pedía que la jugaran a
los dados, al agitar el cubilete no
tendría ni muchas dudas ni muchos temores, pero
sentía una repulsión de golpear con
sus puños; quizá temía que los golpes fueran débiles y que la gente se riera de
él; o quizá, como después le explicaría el brujo Taboada, cuando sentía
una voluntad hostil
se impacientaba irreprimiblemente y
quería
entregarse. Pensaba que ésta era una
explicación verosímil, pero temía que la verdadera fuera otra. Ahora no tenía
fama de cobarde. Vivía entre aspirantes a guapo y no tenía fama de achicarse.
Pero es verdad que ahora casi todas las peleas se resolvían con palabras; en el
fútbol hubo algunos incidentes: asunto de tirarse botellas o pedradas o de
pelear indiscriminadamente, en montón. Ahora el valor era cuestión de aplomo.
Cuando uno era chico uno se ponía a prueba. Para él, el resultado de la prueba
había sido que era cobarde.
III
Aquella noche, después de contar
otras anécdotas, el doctor los acompañó hasta la puerta.
-¿Mañana nos encontramos aquí a las
seis y media? -inquirió Gauna.
-A las seis y media empieza la
sección vermut -sentenció Valerga.
Los muchachos se alejaron en silencio.
Entraron en el Platense y pidieron cañas. Gauna reflexionó en voz alta:
-Tengo que invitar al peluquero
Massantonio.
-Debiste consultar con el doctor
-afirmó Antúnez.
-Ahora no podemos volver -dijo
Maidana-. Va a pensar que le tenemos miedo.
-Si no lo consultan, se enoja. Es mi
opinión -insistió Antúnez.
-No importa lo que piense -aventuró
Larsen-.
Pero imaginate cómo se va a poner si
ahora lo molestamos para pedirle ese permiso.
-No es pedirle permiso -dijo Antúnez.
-Que Gauna vaya solo -aconsejó
Pegoraro. Gauna declaró:
-Tenemos que invitar a Massantonio
-puso unas monedas sobre la mesa y se levantó- aunque haya que sacarlo de la
cama.
La perspectiva de sacar de la cama al
peluquero sedujo a todos. Olvidando al doctor y
a los escrúpulos que habían sentido
por no consultarlo, se preguntaron cómo dormiría el peluquero e hicieron planes
para entretener a la señora mientras Gauna hablaba con el marido. En la
exaltación de los proyectos, los muchachos caminaron rápidamente y se
distanciaron de Larsen y de Gauna. Estos, como de acuerdo, se pusieron a orinar
en la calle. Gauna recordó otras noches, en otros barrios, en que también,
sobre el asfalto, a la luz de la luna, habían orinado juntos; pensó que una
amistad como la de ellos era la mayor dulzura para la vida del hombre.
Frente a la casa donde vivía el
peluquero, los muchachos los esperaban. Larsen dijo con autoridad:
-Mejor que Gauna entre solo.
Gauna atravesó el primer patio; un
perrito lanudo y amarillento, que estaba atado a un picaporte, ladró un poco;
Gauna prosiguió su camino y en el corredor de la izquierda, a continuación del
segundo patio, se detuvo frente a una puerta. Golpeó, primero tímida-
mente, después con decisión. La
puerta se entreabrió. Asomó la cabeza Massantonio,
soñoliento, ligeramente más calvo que
de costumbre.
-Aquí he venido para invitarlo -dijo
Gauna, pero se interrumpió porque el peluquero parpadeaba mucho-. Aquí he
venido para invitarlo -el tono era lento y cortés; alguien podría sugerir que
soñando una íntima y apenas perceptible fantasía alcohólica el joven Gauna se
convertía en el viejo Valerga- para que nos ayude, a los muchachos y a mí, a
gastar los mil pesos que me hizo ganar a las carreras.
El peluquero seguía sin entender.
Gauna explicó:
-Mañana a las seis lo esperamos en
casa del doctor Valerga. Después saldremos a cenar juntos.
El peluquero, ya más despierto, lo
escuchaba con una desconfianza que trataba de
ocultar. Gauna no la percibía y,
cortésmente, pesadamente, insistía en su invitación.
Massantonio imploró:
-Sí, pero la señora. No puedo
dejarla.
-Qué más quiere que la deje un rato
-contestó Gauna, inconsciente de su impertinencia.
Entrevió frazadas y almohadas -no
sábanas- de una cama en desorden; entrevió también un mechón dorado de la
señora, y un brazo desnudo.
IV
A la mañana siguiente Larsen amaneció
con dolor de garganta; a la tarde tenía gripe. Gauna había propuesto a los
muchachos "postergar la salida para mejor oportunidad"; pero, al
notar la contrariedad que provocaba, no insistió. Sentado sobre un cajoncito de
madera blanca, ahora escuchaba a su amigo. Este, en mangas de camiseta,
envuelto en una frazada, sobre un colchón a rayas, apoyada la cabeza en una
almohada muy baja, le decía:
-Anoche, cuando me tiré en esta cama,
ya sospechaba algo; hoy, a cada hora que pasaba, me sentía peor. Toda la mañana
estuve mortificándome con la idea de no poder salir con ustedes, de que a la
noche me voltearía la fiebre. A las dos de la tarde ya era un hecho.
Mientras oía las explicaciones, Gauna
pensaba con afecto en la manera de ser de
Larsen, tan diferente de la suya.
-La encargada me recomienda gárgaras
de sal -declaró Larsen-. Mi madre fue siempre gran partidaria de las de té. Me
gustaría oír tu opinión al respecto. Pero no creas que
estoy inactivo. Ya me lancé al ataque
con un Fucus. Por cierto que si consulto al brujo
Taboada -que sabe más que algunos
doctores con diploma- tira todos estos remedios y me hace pasar una semana
comiendo tanto limón que de pensarlo me da ictericia.
Hablar de gripe y de las tácticas
para combatirla, casi lo conciliaba con su destino, casi lo animaba.
-Con tal que no te contagie -dijo
Larsen.
-Vos todavía creés en esas cosas.
-Y, che, la pieza no es grande. Menos
mal que esta noche no dormirás aquí.
-Los muchachos se mueren si dejamos
la salida para mañana. No creas que les entusias-ma salir; les asusta comunicar
a Valerga la postergación.
-No es para menos -la voz de Larsen
cambió de tono-. Antes de que me olvide
¿cuánto ganaste en las carreras?
-Lo que dije. Mil pesos. Más
exactamente: mil sesenta y ocho pesos con treinta centavos. Los sesenta y ocho
pesos con treinta centavos quedaron para Massantonio, que me pasó el dato.
Gauna consultó el reloj; agregó
después:
-Ya es hora de irme. Es una lástima
que no vengas.
-Bueno, Emilito -contestó Larsen
persuasivamente-. No bebas demasiado.
-Si supieras cómo me gusta, sabrías
que tengo voluntad y no me tratarías como a un borracho.
V
Y cuando vio llegar al peluquero
Massantonio, el doctor Valerga no hizo cuestión. Gauna íntimamente le agradeció
esa prueba de tolerancia; por su parte comprendía el error de haber invitado al
peluquero.
Porque salían
con Valerga, no se disfrazaron.
Entre ellos -con
el doctor no aventuraban opinión alguna sobre el
asunto- afectaban estar muy por encima de tanta
pantomima y despreciar a las pobres
máscaras. Valerga traía pantalón a rayas y saco
oscuro; a diferencia de los
muchachos, no llevaba pañuelo al cuello. Gauna pensó que si después de las
fiestas le sobraba un poco de plata
compraría un pantalón a rayas.
Maidana (o tal vez Pegoraro) propuso
que empezaran por el corso de Villa Urquiza. Gauna respondió que era del barrio
y que por allí todo el mundo lo conocía. Nadie insistió. Valerga dijo que
fueran a Villa Devoto, "total", agregó, "todos acabaremos
ahí" (alusión, muy celebrada, a la cárcel de ese barrio). Con el mejor
ánimo se dirigieron a la estación Saavedra.
El tren estaba lleno de máscaras. Los
muchachos protestaron, visiblemente disgustados. Movido
por estas protestas,
Valerga se mostró
conciliador. Apenas
empañaba la alegría de Gauna el temor
de que alguna máscara pretendiera reírse del
doctor o de que Massantonio lo
enojara con su timidez. Por Colegiales y La Paternal llegaron a Villa Devoto (o
a "Villa", como decía Maidana). Estuvieron en el corso; el doctor
opinó que ese año el carnaval era menos animado y contó anécdotas de los
carnavales de su mocedad. Entraron en
el club Os Mininos. Los muchachos bailaron. Valerga, el peluquero (muy
avergonzado, muy molesto) y Gauna se quedaron en la mesa, conversando. El
doctor habló de campañas electorales y de reuniones hípicas. Gauna sintió una
suerte de culpable responsabilidad hacia el doctor y hacia Massantonio y un
poco de rencor hacia Massantonio.
Salieron a refrescarse por la
solitaria plaza Arenales y, después, frente al club Villa Devoto, los ocupó un
breve y confuso incidente con personas que estaban del otro lado del alambre
tejido.
Cuando el calor se hizo más
intolerable apareció una murga francamente ruidosa y
molesta. La formaban unos pocos
individuos, que parecían muchos, con bombos, con tambores y con platillos, con
narices rojas, con las caras tiznadas de negro, con mamelucos negros.
Afónicamente gritaban:
Por fin llegó la murga Los Chicos
Musicantes. Si nos pagan la copa. Nos vamos al instante.
Gauna llamó una victoria. A pesar de
las protestas del cochero y de los ofrecimientos de retirarse, que repetía
Massantonio, subieron los seis al coche. En el pescante, al lado del cochero,
se sentó Pegoraro; atrás, en el asiento principal, Valerga, Massantonio y Gauna
y, en el estrapontín, Antúnez y Maidana. Valerga ordenó al cochero: "A
Rivadavia y a Villa Luro". Massantonio trató de arrojarse del coche. Todos
querían verse libres de él, pero no lo dejaron bajar.
A lo largo del camino encontraron más
de un corso, los siguieron y los dejaron; entraron en almacenes y en otros
establecimientos. Massantonio, bromeando angustiosamente, aseguró que si no
regresaba en seguida, la señora lo mataría a palos. En Villa Luro hubo un
incidente con un chico perdido; el doctor Valerga le regaló un pomo de la marca
Bellas Porteñas y después lo llevó a la comisaría o a la casa de los padres.
Eso era, por lo menos, lo que Gauna creía recordar.
Pasadas las tres, dejaron Villa Luro.
Prosiguieron con el coche hacia Flores y, luego, hacia Nueva Pompeya. Ahora
Antúnez iba en el pescante; melosamente cantaba Noche de Reyes. A toda esta
parte del trayecto, Gauna la recordaba confusamente. Alguien dijo que, arriba,
Antúnez estaba atareado y que el cochero lloraba. Del caballo tenía imágenes
caprichosas, pero vívidas (esto es extraño, porque él estaba sentado en la
parte de atrás de la victoria). Lo recordaba muy grande y muy anguloso, oscuro
por el sudor, vacilando, con las patas abiertas, o lo oía gritar como una
persona (esto último, sin duda, lo había soñado); o le veía solamente las
orejas y el testuz, y sentía una inexplicable
compasión. Después, en
un descampado, en
un momento lila
y casi abstracto por
anticipaciones del alba, hubo un gran júbilo. Él mismo gritó que sujetaran a
Massantonio y Antúnez descargó su revólver en el aire. Finalmente llegaron a
pie a una quinta de un amigo del doctor. Los recibieron manadas de perros y
después una señora más agresiva que los perros. El dueño estaba ausente. La
señora no quería que pasaran. Massantonio, hablando solo, explicaba que él no
podía trasnochar, porque se levantaba temprano. Valerga los distribuyó por los
cuartos de la casa. Cómo pasaron de ahí a otra parte era un misterio; Gauna
recordaba el despertar en un rancho de lata; su dolor de cabeza; el viaje en un
carro muy sucio y después en un tranvía; una tarde y una luz muy claras en un
corralón de Barracas, donde jugaron a las bochas; la observación de que Massantonio
había desaparecido, que él escuchó con sorpresa y en seguida olvidó; la noche
en un prostíbulo de la calle Osvaldo Cruz, donde al oír el Claro de luna que
tocó un violinista ciego sintió un gran arrepentimiento por haber descuidado su
instrucción y el deseo de fraternizar con todos los presentes, desdeñando -como
dijo en voz alta- las pequeñeces individuales y exaltando las aspiraciones
generosas. Después se había sentido muy cansado. Habían caminado bajo un
aguacero. Habían entrado, para reaccionar, en una casa de baños turcos. (Sin
embargo, ahora veía imágenes del aguacero en la quema de basura del Bañado de
Flores y en las barandas sucias del carro.) De la casa de baños recordaba una
especie de manicura, con la cara pintada y con batón, que hablaba seriamente
con un desconocido, y una mañana interminable, borrosa y feliz. Recordaba,
también, haber caminado por la calle Perú, huyendo de la policía, con las
piernas flojas y la mente despejada; haber entrado en un cinematógrafo; haber
almorzado, a las cinco de la tarde, con mucha hambre, entre los billares de un
café de la Avenida de Mayo; haber participado, sentados en la capota de un
taxímetro, en los corsos del centro; haber asistido a una función del
Cosmopolita, creyendo que estaban en el Bataclán.
Contrataron un segundo taxímetro,
lleno de espejitos y con un diablo colgando. Gauna se sintió muy seguro cuando
ordenó al chofer que fuera a Palermo, y muy orgulloso cuando oyó que decía
Valerga: "Parecen la sombra de ustedes, muchachos, pero Gauna y este viejo
siguen con ánimo". A la entrada del Armenonville tuvieron una colisión con
un Lincoln particular. Del
Lincoln bajaron cuatro
muchachitos y una
muchacha, una máscara. Si no
hubiera intervenido Valerga, los muchachitos hubieran peleado con el chofer del
taxímetro; como el hombre no se mostró agradecido, Valerga le dijo unas
palabras adecuadas.
Gauna trató de contar las veces que
se había emborrachado desde el domingo a la tar-de. Nunca había sentido tanto
dolor de cabeza ni tanto cansancio.
Entraron en un salón "grande
como La Prensa" -explicó Gauna- "o como el hall de
Retiro, pero sin el modelo de
locomotora que usted pone diez centavos y lo ve andar". Estaba ese local
muy iluminado, con guías de gallardetes, banderitas y globos de colores, con
palos y cortinas, con gente ruidosa y música a toda orquesta. Gauna se agarró
la cabeza con las manos y cerró los ojos; creyó que iba a gritar de dolor. Al
rato se encontró hablando con la máscara que habían traído los muchachitos.
Llevaba antifaz, estaba disfrazada de dominó. No se había fijado si era rubia o
morena, pero al lado de esa máscara se había sentido contento (con la cabeza
milagrosamente aliviada) y desde esa noche había pensado muchas veces en ella.
Al rato volvieron los muchachitos del
Lincoln. Cuando los recordaba tenía la impresión de estar soñando. Había uno
que parecía prócer del libro de Grosso, con la cara increíble-
mente delgada. Otro era muy alto y
muy pálido, como hecho de miga; otro era rubio,
también pálido, y cabezón; otro tenía
las piernas cambadas, como jockey. Este último le
preguntó "quién es usted para
robamos la máscara" y antes de acabar de hablar se puso en guardia, como
boxeador. Gauna palpó su cuchillito, en el cinto. Aquello fue como una pelea de
perros: los dos se distrajeron muy pronto. En algún momento Gauna oyó hablar a
Valerga, en tono persuasivo y paternal.
Después se encontró muy feliz, miró a
su alrededor y dijo a su compañera: "Parece que estamos de nuevo
solos". Bailaron. En medio del baile perdió a la máscara. Volvió a la
mesa: allí estaban Valerga y los muchachos. Valerga propuso una vuelta por los
lagos "para refrescarnos un poco y no acabar en la seccional".
Levantó los ojos y vio, junto al mostrador del bar, a la máscara y al
muchachito rubio. Porque en ese momento sintió despecho, aceptó la propuesta de
Valerga. Antúnez señaló una botella de champagne empezada. Llenaron las copas y
bebieron.
Después los recuerdos se deforman y
se confunden. La máscara había desaparecido. Él preguntaba por ella; no le
contestaron o procuraban calmarlo con evasivas, como si estuviera enfermo. No
estaba enfermo. Estaba cansado (al principio, perdido en la inmensidad de su
cansancio, pesado y abierto como el fondo del mar; finalmente, en el remoto
corazón de su cansancio, recogido, casi feliz). Se encontró luego entre
árboles, rodeado por gente, atento al inestable y mercurial reflejo de la luna
en su cuchillo, inspirado, peleando con Valerga, por cuestiones de dinero.
(Esto es absurdo: ¿qué cuestión de dinero podía haber entre ellos?).
Abrió los ojos. Ahora el reflejo
aparecía y desaparecía, entre las tablas del piso. Adivinaba que afuera, tal
vez muy cerca, brillaba impetuosamente la mañana. En los
ojos, en la nuca, sentía un dolor
denso y profundo. Estaba en la oscuridad, en un catre,
en un cuarto de madera. Había olor a
yerba. Abajo, entre las tablas del piso -como si la casa estuviera al revés y
el piso fuera el techo- veía líneas de luz solar y un cielo oscuro y verde,
como una botella. Por momentos, las líneas se ensanchaban, aparecía un sótano
de luz y un vaivén en el fondo verde. Era agua.
Entró un hombre. Gauna le preguntó
dónde estaba.
-¿No sabés? -le replicaron-. En el
embarcadero del lago de Palermo.
El hombre le cebó unos mates y
paternalmente le arregló la almohada. Se llamaba Santiago. Era corpulento, de
unos cuarenta y tantos años de edad, rubio, de piel cobriza, con la mirada
bondadosa, el bigote recortado y una cicatriz en el mentón. Llevaba una tricota
azul, con mangas.
-Cuando volví anoche te encontré en
el catre. El Mudo te cuidaba. Para mí que alguien debió de traerte.
-No -contestó Gauna, sacudiendo la
cabeza-. Me encontraron en el bosque.
Sacudir la cabeza lo mareó. Se durmió
casi en seguida. Al despertar oyó una voz de mujer. Le
pareció reconocerla. Se
levantó: entonces o
mucho después, no
podía
precisarlo. Cada movimiento
repercutía dolorosamente en su cabeza. En la deslumbrante
claridad de afuera vio, de espaldas,
a una muchacha. Se apoyó en el marco de la puerta. Quería ver el rostro de esa
muchacha. Quería verlo porque estaba seguro de que era la hija del Brujo
Taboada.
Se había equivocado. No la conocía.
Debía de ser de profesión lavandera, porque había recogido del suelo una
bandeja de mimbre. Gauna sintió, muy cerca de la cara, una suerte de ladridos
roncos. Entrecerrando los ojos, se volvió. El que ladraba era un
hombre parecido a Santiago, pero más
ancho, más oscuro y con la cara rasurada.
Llevaba una tricota gris, muy vieja,
y unos pantalones azules.
-¿Qué quiere? -preguntó Gauna.
Cada palabra pronunciada era como un
enorme animal que, al moverse dentro de su cráneo, amenazara con partirlo. El
hombre volvió a emitir sonidos torpes y roncos. Gauna comprendió que era el
Mudo. Comprendió que el Mudo quería que él volviera al catre.
Entró y se acostó de nuevo. Cuando
despertó se encontró bastante aliviado. Santiago y el Mudo estaban en el
cuarto. Con Santiago conversó amistosamente. Hablaron de fútbol. Santiago y el
Mudo habían sido cancheros de un club. Gauna habló de la quinta división de
Urquiza, a la que ascendió de la calle, al cumplir once años.
-Una vez -dijo Gauna- jugamos contra
los chicos del club KDT.
-¡Y cómo les ganaron, los de KDT!
-ponderó Santiago.
-Qué van a ganar -contestó Gauna-. Si
cuando ellos metieron su único gol, nosotros ya les habíamos puesto cinco
adentro.
-El Mudo y yo trabajamos en KDT
Éramos cancheros.
-¡No cuente! ¿Y quién le dice que no
nos vimos aquella tarde?
-Es claro. Es a lo que iba. ¿Se
acuerda del vestuario?
-¿Cómo no me voy a acordar? Una
casita de madera, a la izquierda, entre las canchas de tenis.
-Pero sí, hombre. Ahí mismo vivíamos
con el Mudo.
La posibilidad de que se hubieran
visto en aquel entonces y la confirmación de que tenían algunos recuerdos
comunes sobre la topografía del extinto club KDT y sobre la
casita del vestuario alentó la cálida
llama de esa amistad incipiente.
Gauna habló de Larsen y de cómo se
habían mudado a Saavedra.
-Ahora soy hombre de Platense -
declaró.
-No
es mal equipo
-contestó Santiago-. Pero yo, como
decía Aldini, prefiero
a
Excursionistas.
Santiago pasó a contar cómo quedaron
sin trabajo y cómo después consiguieron la concesión del lago. Santiago y el
Mudo parecían marinos; dos viejos lobos de mar. Acaso debieran el aspecto al
oficio de alquilar botes; acaso a las tricotas y a los pantalones azules. Las
dos ventanas de la casa estaban rodeadas por sendos salvavidas. De las paredes
colgaban cinco retratos: Humberto Primo; unos novios; el equipo argentino de
fútbol que, en las Olimpíadas, perdió contra los uruguayos; el equipo de
Excursionistas (en colores, recortado de El Gráfico) y sobre el catre del Mudo,
el Mudo.
Gauna se incorporó.
-Ya estoy mejor -dijo-. Creo que
podré irme.
-No hay apuro -aseguró Santiago.
El Mudo cebó unos mates. Santiago
preguntó:
-¿Qué hacías en el bosque, cuando el
Mudo te encontró?
-Si yo lo supiera -contestó Gauna.
VI
Lo más extraño de todo esto es que en
el centro de la obsesión de Gauna estaba la aventura de los lagos y que para él
la máscara era sólo una parte de esa aventura, una parte muy emotiva y muy
nostálgica, pero no esencial. Por lo menos esto era lo que había comunicado,
con otras palabras, a Larsen. Tal vez quisiera restar importancia a un asunto
de mujeres. Hay indicios que sirven para confirmar la afirmación; lo malo es
que también sirven para contradecirla, por ejemplo en Platense declaró una
noche: "Todavía va a resultar que estoy enamorado". Para hablar así
ante sus amigos, un hombre como Gauna tiene que estar muy ofuscado por la
pasión. Pero esas palabras prueban que no la oculta.
Por lo demás, él mismo confesó que
nunca vio la cara de la muchacha o que si alguna vez la vio estaba demasiado
bebido para que el recuerdo no fuera fantástico y poco digno
de crédito. Es bastante curioso que
esa muchacha ignorada le hubiera causado una
impresión tan fuerte.
Lo ocurrido en el bosque fue,
también, extraño. Nunca pudo Gauna explicarlo coherentemente; nunca pudo,
tampoco, olvidarlo. "Si la comparo con eso", aclaraba,
"ella casi no importa". De todos
modos, los vestigios que dejó en su alma la muchacha
eran vivísimos y resplandecientes;
pero el resplandor provenía de las otras visiones, a las que él, un rato
después, ya sin la muchacha, se habría asomado.
Después de la aventura, Gauna nunca
fue el mismo. Por increíble que parezca, esa
historia, confusa y vaga como era, le
dio cierto prestigio entre las mujeres y hasta contribuyó, según algunos
comentarios, a que la hija del Brujo se enamorara de él. Todo esto -el ridículo
cambio operado en Gauna y sus irritantes consecuencias- disgustó de verdad a
los muchachos. Se murmuró que proyectaron aplicarle un "procedimiento
terapéutico" y que el doctor los contuvo. Tal vez esto fuera una
exageración o una invención. La verdad es que nunca lo habían considerado uno
de ellos y que ahora, conscientemente, lo miraban como a un extraño. La común
amistad con Larsen, el respeto por Valerga, terrible protector de todos ellos,
impedía la manifestación de estos sentimientos. Aparentemente, pues, las
relaciones entre Gauna y el grupo no se alteraron.
El taller era un galpón de chapas
situado en la calle Vidal, a pocas cuadras del parque Saavedra. Como decía la
señora de Lambruschini, en verano el local era una fiebre, y sobre el frío que
hacía en invierno, con todas las chapas como una sola escarcha, no
había
para qué insistir.
Sin embargo, los
obreros nunca se
iban del taller
de
Lambruschini. No hay duda que tenían
razón los clientes: en el taller nadie se mataba trabajando. Lo que más le
gustaba al patrón era sentarse a tomar unos mates o un café, según las horas, y
dejar que los muchachos hablaran. Yo creo que lo estimaban por eso. No era una
de esas personas cansadoras, que siempre tienen algo que decir. Lambruschini
escarbaba con la bombilla en el mate y con la cara benévola y roja, con los
ojos vidriosos, con la nariz como una enorme frambuesa, escuchaba. Cuando había
un silencio preguntaba distraídamente: "¿Qué otra noticia?". Parecía
temer que por falta de tema lo obligaran a volver al trabajo o a cansarse
hablando. Eso sí, cuando se acordaba de la casa de sus padres o de las
vendimias en Italia o de su aprendizaje en el taller de Viglione, cuando ayudó
a preparar el primer Hudson de Riganti, el hombre parecía otro. Entonces
hablaba y gesticulaba durante un rato. Los muchachos se aburrían en esos
momentos, pero se lo perdonaban, porque pasaban pronto. Gauna simulaba
aburrirse, y alguna vez se había preguntado qué había de aburrido en las
descripciones de Lambruschini.
Ese día Gauna llegó a la una y buscó
al patrón, para pedirle disculpas por el retraso. Lo encontró sentado en
cuclillas, tomando un café. Cuando Gauna iba a hablar, Lambruschini le dijo:
-Lo que te perdiste esta mañana. Vino
un cliente con un Stutz. Quiere que se lo preparemos para el Nacional.
No logró interesarse en la noticia.
Todo, esa tarde, le desagradaba.
Dejó el trabajo poco antes de las
cinco. Se enjuagó las manos y los brazos con un poco de nafta; después, con un
pedazo de jabón amarillo, se lavó las manos, los pies, el cuello y la cara;
frente a un fragmento de espejo, se peinó con mucho cuidado. Mientras se
vestía, pensaba que lavarse, con ese tachito de agua fría, le había hecho bien.
Iría en seguida al Platense y hablaría con los muchachos. Bruscamente, se
sintió muy cansado. Ya no le interesaba lo que había ocurrido la noche
anterior. Quería irse a su casa a dormir.
VIII
Entró en el salón del café Platense,
notable por los globos de cristal que lo iluminaban, colgados de largos
cordones cubiertos de moscas. Los muchachos no estaban ahí. Los encontró en los
billares. Cuando Gauna abrió la puerta, el Gomina Maidana se preparaba para
hacer una carambola. Estaba vestido con un traje casi violeta, muy abrochado, y
tenía atado al cuello un abundante y espumoso pañuelo blanco, de seda. Un señor
de cierta edad, trajeado de luto y conocido como la Gata Negra, se disponía a
escribir algo en el pizarrón. Maidana debió de dar el tacazo con algún
apresuramiento, pues, aunque la carambola era fácil, erró. Todos se rieron. Gauna
creyó advertir una indefinida hostilidad general. Maidana recuperó la calma. Se
disculpó:
-El gran campeón tiene pulso
obediente, pero celoso. Gauna oyó este comentario de Pegoraro:
-¿Qué quieren? Aparece de pronto el
santo...
-¿Santo? -Gauna contestó sin
enojarse-. Lo bastante para darte la extremaunción. Previó que averiguar los
hechos de la noche anterior no sería tan fácil como había
supuesto. No tenía muchas ganas de
hacer averiguaciones, ni mucha curiosidad.
Todos miraban la jugada y, de
improviso, él había entrado. Aunque el sobresalto era explicable, Gauna se
preguntó si cuando supiera lo que había ocurrido la noche anterior, la
explicación no cambiaría.
Si quería que los muchachos le
dijeran algo tenía que ser muy cauteloso. Ahora no
debía irse ni debía preguntar nada.
Debía estar, simplemente. Como las enfermedades curables, solamente podía
solucionarse esta situación por una cura de tiempo. Tenía un vívida conciencia
de no participar en la conversación. Por primera vez le pasaba eso con los
muchachos. O, por primera vez, advertía que le pasaba eso. "Hasta las
siete no me iré", se dijo. Era un testigo, pero un testigo sin nada que
atestiguar. Siguió pensando: "Hasta las ocho no cierra Massantonio. Iré a
verlo cuando cierre. No me iré a las siete, sino a las ocho menos cuarto".
Tuvo un secreto placer en contrariarse. Más placer en contrariarse que en esa
inesperada ocupación de espiar a sus amigos.
IX
Como la cortina metálica de la
peluquería ya estaba cerrada, entró por la puerta lateral. Hacia el fondo se
veía un patio de tierra, vasto y abandonado, con un álamo y una tapia de
ladrillos, sin revocar. Oscurecía.
Abrió la puerta cancel y llamó. La
criadita del dueño de casa (el señor Lupano, que le alquilaba el local a
Massantonio) le dijo que esperara un momento. Gauna vio un dormi- torio, con
una cama de nogal enchapado, con una colcha celeste y con una muñeca negra de
celuloide, con un ropero, de igual madera que la cama, en cuyo espejo se
repetía la muñeca y la colcha, y con tres sillas. La muchacha no regresaba.
Gauna oyó un ruido de latas, hacia el fondo del patio. Dio un paso hacia atrás
y miró. Un hombre trasponía la tapia.
Al rato volvió a llamar. La muchacha
preguntó si el señor Massantonio no lo había aten-dido todavía.
-No -dijo Gauna.
La muchacha fue a llamarlo de nuevo.
Al rato volvió.
-Ahora no lo encuentro -dijo con
naturalidad.
X
Esa noche no se reunían con Valerga.
A pesar del cansancio, pensó visitarlo. Reflexionó, después, que no debía hacer
nada anormal, que no debía llamar la atención, si quería que lo ayudaran a
dilucidar el misterio de los lagos.
El miércoles, una voz femenina y
desconocida, lo llamó al taller, por teléfono. Lo citó para esa tarde, a las
ocho y media, cerca de unas quintas que hay en la Avenida del Tejar, a la
altura de Valdenegro. Gauna se preguntó si se encontraría con la muchacha de la
otra noche; en seguida, creyó que no. No sabía si ir o no ir.
A las nueve todavía estaba solo en el
despoblado. Volvió a su casa, a comer.
El jueves era el día que se reunían
con Valerga. Cuando llegó al Platense, ya estaban el doctor y los muchachos. El
doctor lo saludó con afabilidad, pero después no se ocupó de él; en verdad no
se ocupó de nadie, salvo de Antúnez. Le habían llegado noticias de que Antúnez
era un cantor famoso y se mostraba dolido (en broma, sin duda) de que no lo
hubiera juzgado digno a "este pobre viejo" de escucharlo. Antúnez
estaba muy nervioso, muy halagado, muy asustado. No quería cantar. Prefería no
darse el gusto de cantar a exponerse ante el doctor. Este insistía
tesoneramente. Cuando por fin, después de muchas persuasiones y disculpas,
trémulo de vergüenza y de esperanza, Antúnez empezó a aclarar la garganta,
Valerga dijo:
-Voy a contarles lo que me pasó una
vez con un cantor.
La historia fue larga, interesó a
casi todos los presentes y Antúnez quedó olvidado. Gauna pensó que si las cosas
no se producían naturalmente, no debía consultar su
asunto con el doctor.
XI
Esa noche, mientras comía pan viejo,
encogido de frío en la cama, pensaba que la soledad de cada uno era definitiva.
Tenía la convicción de que la experiencia de los lagos había sido maravillosa y
de que tal vez por eso mismo, todos los amigos, salvo Larsen, tratarían de
ocultársela. Gauna se sintió muy resuelto a ver lo que había entrevisto esa
noche, a recuperar lo que había perdido. Se sintió más adulto que los muchachos
y quizá también que el mismo Valerga; pero no se atrevía a hablar con Larsen;
tenía éste una incorruptible sensatez y era demasiado prudente. Se encontró,
desde luego, muy solo.
XII
A los pocos día Gauna fue a la
peluquería de la calle Conde, a cortarse el pelo. Cuando entró, se encontró con
un nuevo peluquero.
-¿Y Massantonio? -preguntó.
-Se fue -respondió el desconocido-.
¿No vio la vidriera?
-No.
-Después, gasten en propaganda
-comentó el hombre-. Venga por favor.
Salieron. Desde afuera, el peluquero
señaló un letrero que decía: Grandes reformas por cambio de dueño.
-¿Cuáles son las reformas? -preguntó
Gauna mientras entraba.
-Y ¿qué quiere? Menos me hubiera
convenido poner Gran liquidación por cambio de dueño.
-¿Qué le pasó a Massantonio? -volvió
a preguntar Gauna. -Se fue con la señora al
Rosario.
-¿Para siempre?
-Creo que sí. Yo buscaba una
peluquería y me dijeron: "Pracánico, en la calle Conde hay una peluquería
chiche. El patrón es vendedor". A decir verdad no la pagué mucho.
¿A que no sabe cuánto pagué?
-¿Por qué habrá vendido Massantonio?
-Seguro no estoy. Me dijeron que uno
de esos muchachos, que nunca faltan, lo tenía marcado. Primero lo obligó a
salir para los carnavales. Después vino a buscarlo aquí. Me
aseguran que si no salta la tapia, lo
extermina en el propio salón. ¿A que no sabe cuánto
pagué?
Gauna se quedó pensativo.
XIII
Después ocurrió la tarde en que
Pegoraro se emborrachó en el Platense. Alguien hizo bromas sobre el calor y la
conveniencia de abrigarse con grapa. Para disentir, Pegoraro apuró un vaso tras
otro. El juego de billar languidecía y Pegoraro alarmó a todos con la
proposición de visitar al Brujo Taboada. Nadie creía mucho en el Brujo, pero
temían que les dijera algo desagradable y luego eso aconteciera.
-Linda manera de quemar los pesos
-comentó Antúnez.
-Vas allí -explicó el Gomina
Maidana-, depositás dos nacionales, y te dicen una punta de pavadas que ni
asimilás con la cabeza y salís más muerto que vivo. Las cosas malas no hay que
saberlas.
Larsen estaba particularmente
alarmado por la idea de visitar al Brujo. Gauna también creía que era mejor no
ir, aunque se preguntaba si no averiguaría algo de su aventura de los lagos.
-El hombre al día -afirmó Pegoraro,
tomando otra copa- somete una consulta al Brujo y lleva su vida sin
nerviosidad, de acuerdo con un programa más claro que vidrio de
celuloi-de. Lo que pasa con ustedes
-continuó- es que están asustados. Vamos a ver: ¿de
quién no están asustados? -miró
provocativamente a su alrededor; después suspiró y hablando como consigo mismo,
añadió:
-El mismo doctor los tiene en un
puño.
Salieron del Platense. Larsen había
olvidado algo, volvió a entrar y ya no lo vieron. En el camino, Pegoraro pidió
a Antúnez, alias el Pasaje Barolo, que les cantara un tango. Antúnez ensayó dos
o tres carrasperas, habló de la necesidad de cortarse la sed con un vaso de
agua o con un cucurucho de pastillas de goma, dulces como jarabe de almíbar,
declaró que el estado de su garganta le daba, sinceramente, miedo, y pidió que
lo excusaran. En eso llegaron a la casa del Brujo.
-Aquí -dijo Maidana- hace pocos años,
todo era planta baja y quinta de verduras. Subieron a un cuarto piso. Les abrió
la puerta una muchacha morocha. Provinciana,
pensó Gauna. Una de esas muchachas
con la frente estrecha y prominente, que él aborrecía. Pasaron a un saloncito
con acuarelas y con algunos libros. La muchacha les
dijo que esperaran. Luego entraron en
el consultorio del Brujo, uno después del otro.
Como el salón era muy chico, los que
salían se iban de la casa. Quedaron en encontrarse en el café.
Al salir, Pegoraro le dijo a Gauna:
-Es brujo de veras, Emilito. Adivinó
todo sin que yo me sacara los pantalones.
-¿Qué adivinó? -preguntó Gauna.
-Y... adivinó que tengo granos en las
piernas. Porque, sabés, yo tengo unos granitos en las piernas.
El último en entrar fue Gauna.
Serafín Taboada le ofreció una mano muy limpia y muy seca. Era un hombre
delgado, bajo, de profusa cabellera, de frente alta, huesuda, de
ojos hundidos, de prominente nariz
rojiza. En el cuarto había muchos libros, un armonio, una mesa, dos sillas;
sobre la mesa, un incontenible desorden de libros y de papeles, un
cenicero con muchas colillas, una
piedra gris que servía de pisapapel. Dos láminas -las efigies de Spencer y de
Confucio- colgaban de las paredes. Taboada indicó a Gauna que
se sentara; le ofreció un cigarrillo
(que no aceptó Gauna) y, después de encender uno, preguntó:
-¿En qué puedo servirlo?
Gauna pensó un momento. Después
respondió:
-En nada. Vine por acompañar a los
muchachos.
Taboada arrojó el cigarrillo que
había prendido y encendió otro.
-Lo siento -dijo, como si fuera a
levantarse y poner fin a la entrevista; siguió sentado y, enigmáticamente,
continuó-: Lo siento, porque tenía qué decirle algo. Será otra vez.
-Quién sabe.
-No hay que desesperar. El futuro es
un mundo en el que hay de todo.
-¿Como en la tienda de la esquina?
-comentó Gauna-. Es lo que reza en la propaganda, pero, créame, cuando usted
pide algo, le contestan que ya no hay más.
Gauna pensó que Taboada era tal vez
más hablador que astuto o inteligente. Taboada continuó:
-En el futuro corre, como un río,
nuestro destino, según lo dibujamos aquí abajo. En el futuro está todo, porque
todo es posible. Allí usted murió la semana pasada y allí está
viviendo para siempre. Allí usted se
ha convertido en un hombre razonable y también se
ha con-vertido en Valerga.
-No permito que se mofe del doctor.
-No me mofo -contestó brevemente
Taboada-, pero quisiera preguntarle algo, si no lo toma a mal: ¿doctor en qué?
-Usted lo sabrá -replicó en el acto
Gauna- ya que es brujo. Taboada sonrió.
-Está bien, muchacho -dijo; luego
prosiguió explicando-: si en el futuro no encontramos lo que buscamos, será
porque no sabemos buscar. Siempre podemos
esperar cualquier cosa.
-Yo no espero mucho -declaró Gauna-.
No creo, tampoco, en brujerías.
-Tal vez tenga razón -repuso con
tristeza Taboada-. Pero habría que saber lo que usted llama brujería. Le pongo
por caso la transmisión del pensamiento. No hay gran
mérito, le aseguro, en averiguar lo
que piensa un joven enojado y asustadizo.
Los dedos de Taboada parecían muy
lisos y muy secos. Continuamente encendía cigarrillos, fumaba un poco y los
aplastaba contra el cenicero. O afilaba la punta de un lápiz en la lija de una
caja de fósforos. En esos movimientos no había nerviosidad. Cuando arrojaba el
cigarrillo, no estaba nervioso, sino abstraído. Preguntó.
-¿Hace mucho que vino al barrio?
-Usted sabrá - respondió Gauna. Se
preguntó en seguida si su actitud no era un poco ridícula.
-Es cierto -reconoció Taboada-. Lo
trajo un amigo. Después conoció a otros amigos, me-nos dignos, tal vez, de su
confianza. Hizo una especie de viaje. Ahora está añorando,
como Ulises de vuelta en Itaca, o
como Jasón recordando las manzanas de oro.
No fue la mención de la aventura lo
que atrajo a Gauna. En las palabras del Brujo entreveía un mundo desconocido,
quizá más cautivante que el valeroso y nostálgico del doctor.
Taboada prosiguió:
-En ese viaje (porque hay que
llamarlo de alguna manera) no todo es bueno ni todo es malo. Por usted y por
los demás, no vuelva a emprenderlo. Es una hermosa memoria y la memoria es la
vida. No la destruya.
Gauna volvió a sentir hostilidad
hacia Taboada; también sentía desconfianza.
-¿De quién es el retrato? -preguntó,
para interrumpir el discurso del Brujo.
-Ese grabado representa a Confucio.
-No creo en los curas -afirmó con
dureza Gauna; después de un silencio preguntó-: Si quiero recordar lo que pasó
en ese viaje ¿qué debo hacer?
-Tratar de mejorarse.
-No estoy enfermo.
-Algún día comprenderá.
-Es posible -reconoció Gauna.
-¿Por qué no? Si quiere comprender
hágase brujo; basta un poco de método, un poco de aplicación, créame, y la
experiencia de la vida entera.
Con intención de distraer a Taboada,
para volver después al interrogatorio, preguntó
señalando la piedra que hacía las
veces de pisapapel:
-¿Y esto?
-Es una piedra. Una piedra de las
Sierras Bayas. La recogí con mis propias manos.
-¿Usted estuvo en las Sierras Bayas?
-En 1918. Por increíble que parezca,
recogí esa piedra el día del Armisticio. Como ve, se trata de un recuerdo.
-¡Hace nueve años! -comentó Gauna.
Se dio valor, pensó "es un pobre
viejo" y, después de un breve silencio, preguntó:
-En el asunto de lo que usted llama
mi viaje ¿no debo seguir con las averiguaciones?
-No hay que interrumpir nunca las
averiguaciones- continuó el Brujo-. Pero lo más importante es el ánimo con que
averiguamos.
-No lo sigo, señor -reconoció Gauna-.
Pero, entonces, ¿por qué debo olvidar ese
viaje?
-Ignoro si debe olvidarlo. Ni
siquiera creo que pueda olvidarlo; pienso, no más, que no le conviene...
-Ahora le voy a hacer una pregunta
personal. Espero que sepa interpretarme. ¿Qué piensa de mí?
-¿Qué pienso de usted? ¿Cómo quiere
que le diga en dos palabras lo que pienso de usted?
-No se acalore -replicó Gauna, con
suavidad-. Le pregunto como al loro que da la papeleta verde: ¿Seré afortunado
o no? ¿Tengo buena salud o no? ¿Soy valiente o no?
-Creo captarlo -respondió el Brujo;
después continuó en un tono distraído-: Por valiente que sea un hombre, no es
valiente en todas las ocasiones.
-Está bien -dijo Gauna-. Vi a una
máscara...
-Lo sé -contestó el Brujo.
Ya crédulo, Gauna preguntó:
-¿La veré de nuevo?
-Me pregunta si la verá. Sí y no. Yo
lo defendí contra un dios ciego, yo rompí el tejido que debía formarse. Aunque
sea más delgado que hecho de aire, volverá a formarse
cuando no esté yo para evitarlo.
Nuevamente, Gauna se sintió
confirmado en su desprecio y en su rencor. Ahora sólo quería acabar la
entrevista: levantándose interrogó:
-¿Hay algún otro consejo para mí?
Taboada respondió con voz monótona:
-No hay consejos que dar. No hay
fortunas que predecir. La consulta cuesta tres pesos.
Gauna, simulando distracción, hojeó
una pila de libros; leyó en los lomos nombres
extranjeros: un conde, que debía ser
italiano, porque llevaba, además de algún otro disparate, una "t" y
ese título o apellido que le sugirió el proyecto de algún día escribir una
carta a los diarios para decir cuatro verdades y usarlo como firma: Flammarion.
Puso los tres pesos sobre la mesa.
Taboada lo acompañó hasta la puerta.
La hija de Taboada estaba esperando el ascensor. Gauna dijo: "¿Cómo le
va?", pero no se atrevió a dar la mano.
Cuando bajaban, la luz se apagó y el
ascensor se detuvo. Gauna pensó: "ahora
conven-dría una alusión
oportuna". Al rato balbuceó:
-Su padre no me dijo que era el día
de mi santo. La muchacha contestó con naturalidad.
-Es un cortocircuito. En cualquier
momento se prende la luz.
Gauna ya no estuvo ocupado en sus
reacciones, en sus nervios o en lo que debía decir; sintió la presencia de la
muchacha, como de pronto se siente, imperiosa, una palpitación en el pecho. Se
encendió la luz y el ascensor bajó pacíficamente. En la puerta de calle la
muchacha le dio la mano y, sonriendo, le dijo:
-Me llamo Clara.
Después la vio correr hacia un
automóvil que esperaba junto a la vereda. Unos jovencitos bajaron del coche.
Gauna pensó que la muchacha les contaría lo que había ocurrido y que se reirían
de él. Oyó las risas.
XIV
La primera vez que Gauna salió con la
chica de Taboada fue un sábado a la tarde. Larsen le había dicho:
-¿Por qué no tomas las alpargatas y
te corrés hasta la panadería?
Los barrios son como una casa grande
en que hay de todo. En una esquina está la farmacia; en la otra, la tienda,
donde uno compra el calzado y los cigarrillos, y las
muchachas compran géneros, aros y
peines; el almacén está enfrente. La Superiora,
bastante cerca, y la panadería, a
mitad de cuadra.
La panadera atendía a su público
impasiblemente. Era majestuosa, amplia, sorda, blanca, limpia, y llevaba el
escaso pelo dividido en mitades, con ondas sobre las orejas, grandes e
inútiles. Cuando le llegó el turno, Gauna dijo, moviendo mucho los labios:
-Me va a dar, señora, unas facturitas
para el mate.
Supo, entonces, que la muchacha lo
miraba. Gauna se volvió; miró. Clara estaba frente a una vitrina con frascos de
caramelos, tabletas de chocolate y lánguidas muñecas rubias, con vestidos de
seda y rellenas de bombones. Gauna notó el pelo negro, liso, la piel morena,
lisa. La invitó a ir al cinematógrafo.
-¿Qué dan en el Estrella? -preguntó
Clara.
-No sé -contestó.
-Doña María -dijo Clara, dirigiéndose
a la panadera-, ¿me presta un diario?
La panadera sacó del mostrador un
última Hora cuidadosamente doblado. La mucha- cha lo hojeó, lo dobló en la
página de espectáculos y leyó estudiosamente. Dijo suspirando:
-Tenemos que apurarnos. A las cinco y
media dan la vista de Percy Marmon. Gauna estaba impresionado.
-Mire -preguntó Clara-: ¿le gustaría
una así?
Le mostraba en el diario un dibujo,
de mano torpe, que representaba a una muchacha casi desnuda, sosteniendo una
carta gigantesca. Gauna leyó: Carta abierta de Iris Dulce al señor Juez de
Menores.
-Usted me gusta más -contestó Gauna,
sin mirarla.
-¿A cuánto le pagan la mentira?
-inquirió Clara, pronunciando enfáticamente, en cada palabra, la sílaba
acentuada; después se dirigió a la panadera-: Tome, señora. Gracias -
le entregó el diario; siguió hablando
con Gauna-: Sabe, alguna vez he pensado hacerme
bataclana. Pero ahora la molestan
mucho si usted es menor.
Gauna no contestó. Descubrió que,
inexplicablemente, no tenía ganas de salir con ella. Clara prosiguió:
-Soy la loca del teatro. Voy a
trabajar en la compañía Eleo. La dirige un petizo que se llama Blastein. Un
odioso.
-Un odioso ¿por qué? -preguntó con
indiferencia.
Pensaba en los teatros que él vio en
su recorrido por el centro; en la entrada de los artistas; en una prestigiosa
vida que se internaba en lejanas madrugadas, con mujeres,
con alfombras rojas y, por fin, con
paseos costosos, en amplios taxímetros abiertos.
Nunca había sospechado que la hija
del Brujo lo iniciaría en ese mundo.
-Es odioso. Me da vergüenza contar
las cosas que me dice. Gauna preguntó en seguida.
-¿Qué le dice?
-Me dice que su teatro es una máquina
de hacer chorizos y que yo, cuando entro por un lado soy una malevita
-pronunciar la palabra le produjo alguna sofocación, algún rubor- y por el otro
salgo más relamida que maestra de Liceo.
Gauna sintió una caliente invasión de
orgullo y de rencor, una sensación agradable, que podría tal vez expresarse de
este modo: la muchacha sería suya y verían cómo él sabría defenderla. Exclamó,
con voz apenas audible:
-Malevita. Voy a romperle todos los
huesos.
-Más bien las pecas -opinó Clara, con
seriedad- que le sobran; pero déjelo tranquilo. Es un odioso. -Después de una
pausa confirmó ensoñadamente-: Soy la dama del mar,
sabe. La pieza de un escandinavo, un
extranjero.
-¿Y por qué no dan obras de autor
nacional? -inquirió Gauna, con agresivo interés.
-Blastein es un odioso. Lo único
importante para él es el arte. Si lo oyera hablar. Gauna explicó:
-Si yo fuera gobierno obligaría a
todo el mundo a dar obras de autor nacional.
-Lo mismo decimos con uno que es
medio falto y hace el papel de viejo profesor de una chica que se llama Boleta
-convino Clara; luego, sonriendo, añadió-: No crea que el
pecoso es tan malo. ¡Lo que le gusta
hablar de trapos! Es un rico.
Gauna la miró con disgusto. Caminaron
unos metros en silencio. Después se despidieron.
-No me haga esperar -le recomendó
Clara-. Me espera dentro de veinte minutos en la puerta de casa. Justo en la
puerta, no. A media cuadra.
Gauna pensó, con cierta piedad por la
muchacha, que todas esas precauciones eran inútiles, que no iría a buscarla. ¿O
iría? Tristemente entró en su casa.
Larsen le dijo:
-Creí que te habías muerto. Menos mal
que no puse el agua a calentar cuando saliste. Gauna contestó:
-Voy a necesitar un poco de agua para
afeitarme.
Larsen lo miró con alguna curiosidad;
se ocupó del Primus y del agua; examinó el contenido del paquete que Gauna
había traído; tomó una tortita con azúcar quemada y la
probó. Comentó apreciativamente:
-Mirá, hay que dejar de lado los
grandes proyectos extravagantes. Me convenzo que no debemos cambiar de
panadería. Se porta la Gorda. Gauna puso una hoja en la máquina y, para tener
algo de luz, colgó el espejo cerca de la puerta.
-Afeitate después -dijo Larsen,
mientras cebaba-. No te pierdas los primeros mates.
-Me los voy a perder todos -contestó
Gauna-. Estoy apurado. Su amigo empezó a matear en silencio. Gauna se sintió
muy triste. Años después dijo que en ese momento se acordó de las palabras que
le oyó a Ferrari: "Usted vive tranquilo con los amigos, hasta que aparece
la mujer, el gran intruso que se lleva todo por delante".
XV
Cuando salieron del cinematógrafo,
Gauna le propuso a Clara: -Vamos a tomar un guindado uruguayo en la confitería
Los Argonautas.
-No puedo, qué pena -contestó Clara-.
Tengo que cenar temprano.
Primero sintió desconfianza, después
rencor. Dijo con una vocecita hipócrita, que la muchacha todavía no le conocía:
-¿Sale esta noche?
-Sí -repuso Clara, ingenuamente-. Hay
ensayo.
-Se divertirá mucho -comentó Gauna.
-A veces. ¿Por qué no va a verme?
Sorprendido, respondió: -No sé. No
quiero molestar. Pero si me invitan, voy -en seguida añadió en un tono que
pretendía ser muy sincero-: Me interesa el teatro.
-Si tiene un pedazo de papel, le
escribo la dirección.
Encontró papel -una tira del programa
del cinematógrafo-, pero ninguno de los dos tenía lápiz. Clara escribió con el
rouge. Freyre 3721. Cuántas veces a lo largo del tiempo, en el bolsillo de un
pantalón guardado en el fondo del baúl o entre las páginas de una Historia de
los girondinos (obra que Gauna respetaba mucho, porque heredó de sus padres, y
cuya lectura, en más de una oportunidad, había iniciado) o en lugares menos
verosímiles, la tira de papel reaparecía como un símbolo de prestigio variable,
como una señal que dijera: Aquí todo empezó.
A eso de las diez de la noche
lloviznaba. Gauna caminó apresuradamente, miró los números en las puertas, miró
el papel; tuvo la impresión de estar desorientado. No sabía, con certidumbre,
qué esperaba encontrar en el número 3721; lo asombró encontrar un comercio. Un
letrero decía: El Líbano Argentino. Mercería "A. Nadín". Había dos
puertas; la primera, tapada por una cortina metálica, entre dos vidrieras,
tapadas por cortina metálica; la segunda, de madera barnizada, con una pequeña
reja en el centro y grandes clavos de hierro forjado. Apretó el timbre de la
puerta de madera, aunque la otra tenía el número 3721.
Al rato acudió un hombre voluminoso;
Gauna entrevió en la penumbra dos oscuros arcos de cejas y algunas manchas en
la cara. El hombre preguntó:
-¿El señor Gauna?
-Así es -dijo Gauna.
-Pase, mi buen señor, pase. Lo
esperábamos. Yo soy el señor A. Nadín. ¿Qué me dice del tiempo?
-Malo -contestó Gauna.
-Loco -afirmó Nadín-. Mire, yo no sé
qué pensar. Antes, no le digo que fuera gran cosa, pero mal que mal usted podía
prepararse. Ahora en cambio...
-Ahora todo está patas para arriba
-declaró Gauna.
-Bien dicho, mi buen señor, bien
dicho. De pronto hace frío, de pronto hace calor y hay gente que todavía se
admira si usted cae con la gripe y con el reuma.
Entraron en una salita, con piso de
mosaicos, iluminada por una lámpara con pantalla de abalorios. La mesa que
sostenía la lámpara era una especie de pirámide trunca, de
madera, con incrustaciones de nácar.
De las paredes colgaban un escudo nacional, con anillos en los dedos y con
botones de puño, y un cuadro del abrazo histórico de San
Martín y O'Higgins. En un rincón
había una estatuita de porcelana pintada; representaba una muchacha a la que un
perro levantaba las faldas con el hocico. Gauna se resignó a
mirar al vasto Nadín: las cejas eran
muy negras, muy anchas, muy arqueadas; la cara
estaba cubierta de lunares, con los
más variados matices del negruzco y del pardusco;
algo, en la mandíbula inferior,
remedaba la satisfecha expresión de un pelícano. El
hombre debía de tener unos cuarenta
años. Hablando como si revolviera la lengua en el fondo de una cacerola de
dulce de leche, explicó:
-Hay que apurarse. Ya empezó el
ensayo. Los artistas, excelentes; el drama, sublime;
pero el señor Blastein va a matarme.
Sacó del bolsillo posterior del
pantalón un pañuelo rojo que saturó el aire de olor a lavanda; se lo pasó por
los labios, como si fuera una servilleta. Nadín parecía tener siempre la boca
empapada.
-¿Dónde ensayan? -preguntó Gauna.
Nadín no se detuvo para contestar.
Murmuró en un tono de queja: -Acá, mi buen señor, acá. Sígame.
Salieron a un patio. Gauna insistió
en sus preguntas:
-¿Dónde van a representar?
La voz de Nadín fue casi un gemido:
-Acá. Ya lo verá con sus propios ojos.
"Así que éste era el
teatro", pensó Gauna, sonriendo. Llegaron a un galpón con el frente
revocado y con las paredes y el techo de cinc. Abrieron una puerta corrediza.
Adentro, discutían unas pocas personas sentadas y dos actores de pie, sobre una
mesa muy grande, encuadrada por unos paneles de color violeta que llegaban, de
cada lado, hasta las paredes. Sobre la mesa, que era el escenario, no había
decoración alguna. En los rincones del galpón se amontonaban cajones de
mercaderías. Nadín indicó una silla a Gauna y se fue.
Uno de los actores, que estaban sobre
la mesa o tarima, tenía un tapado de mujer en el brazo. Explicaba:
-Elida tiene que traer el tapado.
Viene de la playa.
-¿Qué relación hay -gritaba un
hombrecito con la cara cubierta de pecas y con el abundante pelo, de un color
rubio pajizo, parado- entre la circunstancia que Élida vuelva de la playa y ese
objeto inefable, que se prolonga en mangas, en cinturones y en
charreteras?
-No se acalore -recomendó un segundo
hombrecito (moreno, con barba de dos días, saco de repartidor de leche,
despectivo cigarrillo en los labios pegajosos de saliva seca y libreto en la
mano)-. El autor vota por el tapado. Ustedes agachan el testuz. Aquí dice en
letra de imprenta: Élida Wangel aparece bajo los árboles cerca de la alameda.
Se ha echado un abrigo sobre los hombros: lleva el pelo suelto, húmedo todavía.
Nadín reapareció con nuevos
espectadores. Se sentaron. El del pelo parado saltó sobre la tarima y arrebató
el abrigo. Mostrándolo, vociferó:
-¿Por qué van a crucificar a Ibsen en
estas mangas realistas? Basta un manto. Algo que sugiera un manto. Recuerden
que acentuaremos el lado mágico. En realidad, Elida es
una muchacha que ha visto el mar
desde un faro y, sobre todo, que ha conocido a un marino de mala índole. Lo
perverso atrae a las mujeres. Élida queda marcada. Esta es la
historia, según la biblia que Antonio
está blandiendo -señaló al hombrecito del libreto-. Pero ¿quién tendrá el
corazón tan duro para dejar desamparado a un genio? No le
negaremos el socorro. En nuestro
drama, Élida es una sirena, como en el cuadro de
Ballested. Ha llegado misteriosamente
del mar. Se casa con Wangel y levantan una casa feliz. Mejor dicho, todos saben
que la felicidad está en esa casa, pero ninguno es feliz porque Élida
languidece bajo la fascinación del mar -hizo una pausa; después agregó-:
Basta de hablar con monigotes -de un
salto bajó de la tarima-. ¡Siga el ensayo!
Sin transición alguna los actores
empezaron a representar. Uno de ellos dijo:
-La vida en el faro le dejó rasgos
imborrables. Aquí nadie la entiende. La llaman la dama del mar.
El otro actor contestó con exagerada
sorpresa:
-¿De veras?
Antonio, el hombrecito del libreto,
se irritó.
-Pero ¿de dónde van a sacar el manto?
-De aquí -gritó, furioso, el de pelo
parado, dirigiéndose hacia los cajones. El enorme señor A. Nadín se precipitó
con los brazos en alto. Exclamaba:
-¡Les doy mi vida, mi casa, mi
galponcito! ¡Pero la mercadería, no! ¡La mercadería no se toca!
Blastein abría impasiblemente los cajones.
Preguntó:
-¿Dónde hay tela amarilla?
-Este señor va a matarme -gimió
Nadín-. La mercadería no setoca.
-Le he preguntado dónde esconde la
tela amarilla -dijo Blastein implacablemente. Blastein encontró la tela; pidió
una tijera (que Nadín entregó suspirando); midió dos
largos de su brazo; con ferocidad y
con descuido cortó.
Al ver los desgarrones, Nadín meció
la cabeza, tomándola entre sus manos enormes y consteladas de piedras verdes y
rojas.
-Se acabó el orden en esta casa
-exclamó-. ¿Cómo impediré ahora los pequeños hurtos de la empleadita?
Blastein, agitando la tela como una
llama de oro, volvió hacia la tarima.
-¿Qué hacen ahí petrificados
-preguntó a los actores- mirando como dos Zonza
Brianos de sal?
Subió de un salto al escenario, para
desaparecer en seguida detrás de los paneles violetas. El ensayo continuó.
Gauna oyó de pronto, muy conmovido, la voz de Clara. La
voz preguntó:
-Wangel, ¿estás ahí?
Uno de los actores contestó:
-Sí querida -Clara salió de atrás de
uno de los paneles, con el manto amarillo sobre los hombros; el actor extendió
las manos hacia ella y, sonriendo, exclamó-: Aquí está la
sirena.
Clara se adelantó con movimientos
vivos, tomó de las manos al actor y dijo:
-¡Por fin te encuentro! ¿Cuándo
llegaste?
Gauna atendía el ensayo con ojos
fijos, boca entreabierta y sentimientos contrarios. La desilusión del primer
momento aún resonaba en él, como un eco débil y prolongado. Había sido como una
humillación ante sí mismo. "¿Cómo no desconfié", pensó, "cuando
me dijeron que el teatro quedaba en la calle Freyre?". Pero ahora,
perplejo y orgulloso, veía a la conocida Clara transfigurarse en la desconocida
Elida. Su abandono al agrado -a una suerte de agrado vanidoso y marital-
hubiera sido completo si las caras masculinas, inexpresivas y atentas, que
seguían el espectáculo, no le hubieran sugerido la posibilidad de una
inevitable trama de circunstancias que podían robarle a Clara o dejársela,
aparentemente intacta, pero cargada de mentiras y de traiciones.
Entonces notó que la muchacha lo
saludaba con una expresión de confiada alegría. El ensayo se había
interrumpido. Todo el mundo opinaba en voz alta, sobre el drama o sobre la
interpretación. Gauna pensó que él era el más tonto; sólo él no tenía nada que decir. Clara, resplandeciente de juventud, de
hermosura y de una superioridad nueva, bajó de la tarima y fue hacia él,
mirándolo de una manera que parecía eliminar a las demás personas, dejándolo
solo, para recibir el homenaje de su cariño ingenuo y absoluto. Blastein se
inter-puso entre ellos. Traía del brazo a una especie de gigante dorado,
limpio, con la piel sonrosada, como si acabara de tomar un baño de agua
hirviendo; tenía el gigante ropa muy nueva y en conjunto se manifestaba pródigo
en grises y en marrones, en franelas, en tricotas y en pipas.
-Clara -exclamó Blastein-, te
presento al amigo Baumgartner. Un elemento joven en la crítica de teatro. Si no
lo entendí mal, es compañero, en el club Obras Sanitarias, del sobrino de un
fotógrafo de la revista Don Goyo y va a sacar una notita breve sobre
nuestro esfuerzo.
-Mirá qué bien -contestó la muchacha,
sonriendo a Gauna. Éste la tomó del brazo y la apartó del grupo.
XVI
Por la noche la acompañaba al ensayo.
Después del trabajo, a la tarde, también la acompañaba y, si no había ensayo,
salían a caminar por el parque. Algunos días pasaron así; cuando llegó el
jueves, no sabía si ver a Clara o si ir a casa del doctor Valerga. Finalmente,
resolvió decirle que no podría verla esa noche. La muchacha, sin ocultar su
desencanto, aceptó en seguida la explicación de Gauna.
Larsen y él llegaron a casa del
doctor a eso de las diez de la noche. Antúnez, alias el
Pasaje Barolo, hablaba de temas
económicos, del interés criminal que pedían ciertos prestamistas, verdaderos
lunares de la profesión, y del cuarenta por ciento que él le haría redituar al
dinero, si lograba llevar adelante sus planes de soñador y de ambicioso.
Mirando a Gauna, el doctor Valerga aclaró:
-El amigo Antúnez, aquí presente,
tiene grandes proyectos. El quiere levantar un puesto de verduras en la feria
franca
-Pero el asunto le falla por la base
-intervino Pegoraro-. El pibe está carente de
capital.
-Tal vez Gauna pueda aportar su
manito -sugirió Maidana, agachándose, contrayéndose todo y sonriendo.
-Aunque sea de pintura -agregó
Antúnez, como queriendo echar las cosas a la broma.
Muy en serio, el doctor Valerga miró
a Gauna en los ojos y se inclinó un poco hacia él. El muchacho dijo después que
en ese momento sintió como si se le fuera encima el edificio de las Aguas
Corrientes, que trajeron en barco de Inglaterra. Valerga preguntó:
-¿Cuánto le sobró, amiguito, después
de la farra de los carnavales?
-¡Nada! -contestó Gauna, arrebatado
por la indignación-. No me sobró nada. Lo dejaron protestar y desahogarse. Ya
más débilmente, añadió:
-Ni siquiera un miserable billete de
cinco pesos.
-De quinientos, querrás decir
-corrigió Antúnez, guiñando un ojo. Hubo un silencio.
Después Gauna preguntó, pálido de
ira:
-¿Cuánto se imaginan que gané en las
carreras? Pegoraro y Antúnez iban a decir algo.
-Basta -ordenó el doctor-. Gauna ha
dicho la verdad. El que no esté conforme, que se vaya. Aunque aspire a matarife
de legumbres.
Antúnez empezó a balbucear. El doctor
lo miró con interés.
-¿Qué hace ahí -le preguntó-
revoleando los ojos como cordero con lombrices? No sea egoísta y deje oír esa
garganta que tiene, de chicharra o lo que sea -ahora habló con extrema
dulzura-. ¿Le parece bien hacerse de rogar y tener a todos esperando? -cambió
de tono-. Cante, hombre, cante.
Antúnez tenía los ojos fijos en el
vacío. Los cerró. Volvió a abrirlos. Se pasó, con mano temblorosa, un pañuelo
por la frente, por la cara. Cuando lo guardó, pareció que la cara hubiera
fantásticamente absorbido la blancura del pañuelo. Estaba muy pálido. Gauna
pensó que alguien, probablemente Valerga, debía hablar; pero el silencio
continuaba. Antúnez, por fin, se movió en la silla; pareció que iba a llorar o
a desmayarse.
Explicó, levantándose:
-He olvidado todo.
Gauna murmuró rápidamente.
-Era un tigre para el tango.
Antúnez lo miró con aparente
incomprensión. Volvió a enjugarse la cara con el pañuelo; también se lo pasó
por los labios resecos. Con dificultad, con rígida, con agónica lentitud, abrió
la boca. El canto se desató suavemente:
¿Por qué me dejaste, mi lindo Julián?
Tu nena se muere de pena y afán.
Gauna pensó que había cometido un
error, ¿cómo le había sugerido ese tango al pobre Antúnez? El doctor no
perdería la oportunidad de vejarlo. Casi con tedio, presintió las bromas.
("Che, decínos francamente: ¿quién es tu lindo Julián?", etcétera.)
Levantó los ojos, resignado. Valerga escuchaba con inocente beatitud; pero, al
rato se incorporó y, con un leve ademán, indicó a Gauna que lo siguiera.
El canto se interrumpió.
-Se te acaba pronto la cuerda, por lo
que veo -lo interpeló el doctor-. Si no cantás hasta que nosotros volvamos, te
voy a sacar las ganas de hacerte el mozo gramófono.
-Se dirigió a Gauna-: Por lo dulzón
debería conchabarse de violinista de madamas.
Antúnez acometió Mi Noche Triste: los
muchachos permanecieron donde estaban, en actitud de escuchar al cantor; Gauna,
con vacilante aplomo, siguió a Valerga. Éste lo llevó al cuarto vecino; estaba
amueblado con una mesita de pinotea, un ropero de madera rubia, barnizada, un
catre cubierto con mantas grises, dos sillas con asiento de paja y -lo que
entre esa austeridad parecía una inconsistencia, un lujo casi afeminado- un
sillón de Viena. En medio de una pared descascarada colgaba, pequeña, redonda,
con marco, sin vidrio, con rastros de moscas, una fotografía del doctor, tomada
en su increíble juventud. Sobre la mesita de pinotea había una jarra, de vidrio
azulado, con agua, un tarro de yerba Napoleón, una azucarera, un mate con
virola de plata en la boca, una bombilla con adornos de oro y una cuchara de
estaño.
El doctor se volvió hacia Gauna y
poniéndole una mano en el hombro -lo que era un acto insólito, porque Valerga
parecía tener una instintiva repugnancia de tocar a la
gente- anunció:
-Ahora le haré ver, sin que usted
chiste, unas cuantas pertenencias que yo muestro sola-mente a los amigos.
Abrió una caja de galletitas Bellas
Artes, que sacó del ropero, y sobre la mesa volcó su contenido: tres o cuatro
sobres llenos de fotografías y algunas cartas. Señalando con el
índice las fotografías, dijo:
-Mientras las repasa, tomaremos unos verdes.
Sacó, también, del ropero, una pavita
enlozada, la llenó con el agua de la jarra y la puso a calentar en un Primus.
Gauna pensó con envidia que el de ellos era más chico.
Había un número considerable de
fotografías del doctor. Algunas, con plantas en jarrones y con balaustres,
firmadas por el fotógrafo y otras, menos compuestas, menos
rígidas, que eran la obra fortuita de
aficionados anónimos. Había, asimismo, gran abundancia de foto-grafías de
viejos, de viejas, de nenes (vestidos y de pie o desnudos y
acostados): personas, todas ellas,
plenamente ignoradas por Gauna. En ocasiones, el doctor explicaba: "Un
primo de mi padre", "mi tía Blanca", "mis padres, el día de
las
bodas de oro"; pero, en general,
sometía los retratos al examen de Gauna, sin ofrecer
más comentario que un silencio lleno
de respeto y una mirada vigilante. Si alguna fotografía pasaba con rapidez al
mazo de las ya estudiadas, aconsejaba en un tono en que se confundían la
reconvención y el estímulo:
-Nadie te corre, muchacho. Así no vas
a llegar a ninguna parte. Mirálas con calma. Gauna estaba muy emocionado. No
comprendía por qué Valerga le mostraba todo
eso; comprendía, con aturdida
gratitud, que su maestro y su modelo estaba honrándolo
con una solemne prueba de aprecio y,
tal vez aun, de amistad. Su espontáneo reconocimiento siempre hubiera sido
conmovido y extremo, pero le parecía que esa noche alcanzaba una particular
vehemencia, porque se imaginaba que él no era el de an- tes, no era el que
Valerga creía conocer, no era un hombre con una sola lealtad. O tal vez lo
fuera. Sí, estaba seguro de que no había cambiado; pero lo fundamental en ese
momento era saber que para el exigente criterio del doctor habría cambiado.
Después matearon, Gauna sentado en
una silla, el doctor en el sillón de Viena. Casi no hablaban. Si alguien de
afuera los hubiera visto, habría pensado: padre e hijo. Así
también lo sentía Gauna.
En el cuarto continuo, Antúnez
acometía, por tercera vez, La Copa del Olvido. Valerga observó:
-Hay que cerrarle el pico a ese
ruidoso. Pero antes quiero mostrarte otra cosa.
Estuvo un rato hurgando en el ropero.
Volvió con una palita de bronce y declaró:
-Con esta pala, el doctor Saponaro
puso la mezcla a la piedra fundamental de la capilla de aquí a la vuelta.
Gauna tomó el objeto piadosamente y
lo contempló maravillado. Antes de guardarlo, Valerga, con rápidas frotaciones
de manga, restituyó el brillo a las partes del bronce en que el muchacho había
aplicado sus dedos inexpertos y húmedos. Valerga sacó algo más de ese ropero
inagotable: una guitarra. Cuando su joven amigo, con apremiada obse- cuencia,
trató de examinarla, Valerga lo apartó diciendo:
-Vamos al escritorio.
Antúnez, quizá con menos animación
que otras veces, cantaba Mi Noche Triste. Blandiendo victoriosamente la
guitarra, el doctor preguntó con voz atronadora y sorda:
-Pero díganme, ¿a quién se le ocurre
ponerse a cantar en seco habiendo guitarra en la
casa?
Todos, incluso Antúnez, recibieron la
ocurrencia con sinceras carcajadas, estimuladas quizá por la intuición de que
la tirantez había concluido. Por lo demás, bastaba mirar a
Valerga para advertir su buen humor.
Los muchachos, ya libres de temores, lloraban de
risa.
-Ahora verán ustedes -anunció el
doctor, apartando de un empujón a Antúnez y sentándose- lo que puede hacer con
la guitarra este viejo.
Sonriendo, sin premura, empezó a
templarla. De tarde en tarde, sus diestros y nerviosos rasguidos dejaban asomar
una incipiente melodía. Entonces, con voz muy
suave, canturreaba: A la hueya,
hueya,
la infeliz madre, cebando mates,
si por las tardes.
Se interrumpía para comentar:
-Nada de tangos, muchachos. Queden
para los malevos y los violinistas de madamas-
. Añadiendo con voz más ronca-: O los
matarifes de legumbres.
Con beatífica sonrisa, con amorosas
manos, calmosamente, como si el tiempo no existiera, volvía a templar la
guitarra. En estas partidas, que no lo cansaban, se entretuvo hasta pasada la
medianoche. Había un sentimiento general de cordialidad, de amistosa y emotiva
alegría. Antes de pedirles que se fueran, el doctor ordenó a Pegoraro que
trajera de la cocina la cerveza y los vasos. Brindaron por la dicha de todos.
Habían bebido poco, pero tenían una
exaltación que parecía propia de la embriaguez. Se alejaron juntos. Por las
calles vacías resonaron los pasos, los cantos, los gritos. Ladró un perro, y un
gallo, al que sin duda despertaron, extáticamente cacareó, trayendo a la
noche un rapto de auroras y de
lejanías agrestes. Primero, Antúnez se fue a su casa;
después, Pegoraro y Maidana. Cuando
se quedaron solos, Larsen aventuró la pregunta:
-Francamente, ¿no te parece que el
doctor se encarnizó demasiado con Antúnez?
-Sí, hombre -contestó Gauna,
sintiendo que era prodigioso cómo se entendía con
Larsen
-. Yo quería decirte lo mismo.
¿Y qué te parece lo de la guitarra?
-Es para morirse -Larsen declaró,
temblando de risa-. ¿Cómo el pobre individuo podía adivinar que había una
guitarra en la casa?
¿Vos lo sabías?
-Yo, no.
-Yo tampoco. Y no me digas que las
bromas con la palabra seco no resultaron un poquito asquerosas.
Para reírse mejor, Gauna se apoyó en
la pared. Conocía el prejuicio de Larsen contra
las bromas sucias; no lo defendía,
pero de algún modo simpatizaba con él. Además, le daba risa.
-Qué querés, che -reconoció
audazmente Gauna-, hablándote con el corazón en la mano, te confieso que
Antúnez me pareció mejor cantor que Valerga guitarrista.
Esto les produjo tanta hilaridad, que
anduvieron haciendo eses por las veredas, con el
cuerpo inclinado hacia adelante, casi
en cuclillas, ululando y gimiendo. Cuando se calmaron un poco, Larsen
preguntó:
-¿Para qué te llevó al otro cuarto?
-Para mostrarme una infinidad de
fotografías de gente que no conozco y hasta la palita de bronce que un doctor
no sé cuánto usó para poner la piedra fundamental en la iglesia de no sé dónde.
Te hubieras reído si me hubieras visto-. Agregó después-: Lo más raro de todo
es que por momentos yo encontré que el doctor Valerga se parecía al Brujo
Taboada.
Hubo un silencio, porque Larsen
procuraba no hablar del Brujo ni de su familia; pasó pronto; Gauna casi no lo
advirtió; prefirió abandonarse al agrado de comprobar, una vez más, la íntima,
la inevitable solidaridad que había entre ellos. Reflexionó, con una suerte
de orgullo fraterno, que la
perspicacia de los dos juntos era muy superior a la que tenía
cada uno cuando estaba solo y, por
fin, con una nostalgia anticipada, en la que se adivinaba el destino, entendió
que esas conversaciones con Larsen eran como la patria de su alma. Pensó en
Clara, rencorosamente.
Pensó: Mañana podría decirle que no
voy a salir con ella. No se lo diré. No es cuestión de que yo sea débil de
voluntad. ¿Por qué voy a proponerle a Larsen, en día de semana,
que salgamos juntos? Nosotros podemos
vernos cuando no tenemos nada qué hacer.
Después, tristemente se dijo
"Cada día nos veremos menos".
Cuando llegaron a la casa, habló
Larsen:
-Te lo confieso con toda sinceridad:
al principio, las cosas no me gustaron. Me pareció que había un arreglo para
asaltarte.
-Para mí, que pretendieron maniobrar
a Valerga -opinó Gauna-. Se dio cuenta y los
rigoreó.
XVII
A la tarde siguiente Gauna esperaba a
Clara en la confitería Los Argonautas. Miraba su reloj de pulsera y lo cotejaba
con el reloj que había en la pared; miraba a las personas que entraban,
empujando, con movimiento idéntico, la silenciosa puerta de vidrio: por
increíble que pareciera, uno de esos vagos señores o una de esas mujeres
detallada- mente horribles, se transformaría en Clara. A su vez, Gauna era, o
creía ser, mirado por el mozo. Este movedizo vigía, cuando se allegó a la mesa,
fue provisoriamente alejado con las palabras: "Después voy a pedir. Espero
a alguien". Gauna pensaba: debe de creer que se trata de una excusa para
estar aquí sin gastar. Temía que la muchacha no llegara y que el individuo
viese confirmada su desconfianza o que lo desdeñara como a hombre a quien las
mujeres burlan y hasta mandan a la confitería Los Argonautas para que las
esperen inútilmente. Irritado por
la demora de Clara, cavilaba sobre la vida que las mujeres imponen a los
hombres. "Lo alejan a uno de los amigos. Hacen que uno salga del taller
antes de hora, apurado, aborrecido de todo el mundo (lo que el día menos
pensado le cuesta a usted el empleo). Lo ablandan a uno. Lo tienen esperando en
confiterías. Gastando el dinero en confiterías, para después hablar dulzuras y
embustes y oír con la boca abierta explicaciones que bueno, bueno." Miraba
unos enormes cilindros de vidrio, con
tapa metálica, atiborrados
de caramelos, y
como en un
sueño se imaginaba que iban a
ahogarlo en esa dulzura.
Cuando consideraba, con alarma, que
tal vez se había descuidado, que tal vez Clara había entrado, no lo había
visto, se había ido, la descubrió junto a la puerta.
La llevó a la mesa, tan atareado en
atender a la muchacha, tan perdido en su contemplación, que olvidó el
propósito, formado en las cavilaciones de la espera, de
mirar vindicativamente al mozo. Clara
pidió un té, con sandwiches y masitas; Gauna, un café solo. Se miraron en los
ojos, se preguntaron cómo estaban, qué habían hecho, y el
muchacho descubrió, en su propia
solicitud, vaga y tierna, los rastros de un lejano, inimaginable y, acaso,
humillante designio. Mientras lo juzgaba así, ya era imperativo y
claro. Preguntó:
-¿Cómo te fue ayer a la noche?
-Muy bien. Trabajé poco. Ensayaron
algunas escenas del primer acto. La que les dio más trabajo fue cuando
Ballested habla de la sirena.
-¿De qué sirena?
-Una sirena moribunda que se perdió y
no supo encontrar otra vez el camino del mar. Es un cuadro de Ballested.
Gauna la miró algo perplejo; después,
como tomando una resolución, inquirió:
-¿Me querés?
Ella sonrió. -¿Cómo no te voy a
querer con esos ojos verdes?
-¿Con quién estuviste?
-Con todos -repuso Clara.
-¿Quién te acompañó a tu casa?
-Nadie. Figuráte que ese muchacho
alto, ése que va a hacer la notita en Don Goyo quería llevarme a casa. Pero era
temprano. Yo no sabía todavía si tenía que ensayar. Se
cansó de esperarme y se fue. Gauna la
miró con una expresión cándida y solemne.
-Lo más importante -declaró,
tomándole las manos e inclinando la cabeza- es decir la verdad.
-No te comprendo -contestó ella.
-Mirá -afirmó Gauna-, voy a tratar de
explicártelo. Uno se acerca a otra persona para divertirse o para quererla; no
hay nada de malo en eso. De pronto uno, para no hacer sufrir, oculta algo. El
otro descubre que le han ocultado algo, pero no sabe qué. Trata de
averiguar, acepta las explicaciones,
disimula que no las cree del todo. Así empieza el de- sastre. Quisiera que
nunca nos hiciéramos mal.
-Yo también -agregó Clara. El
continuó:
-Pero comprendéme. Ya sé que somos
libres. Por lo menos, por ahora, somos completamente libres. Podés hacer lo que
quieras, pero siempre decime la verdad. Te
quiero mucho y lo que más aprecio es
entenderme con vos.
-Nadie me ha hablado así -declaró la
muchacha.
Ante sus ojos radiantes, pardos y
puros, se avergonzó, se encontró descubierto; quiso reconocer que toda esa
teoría de la libertad y de la franqueza era una improvisación, una
apresurada memoria de conversaciones
con Larsen, y que ahora la desplegaba para
ocultar sus averiguaciones, su
necesidad de saber lo que ella había hecho la noche en que no quiso
acompañarla, para disfrazar un poco el inesperado y urgente sentimiento que lo
dominaba: los celos. Empezaba a balbucir, pero la muchacha exclamó:
-Sos maravilloso.
Creyó que se reía de él. Cuando la
miró, comprendió que hablaba con seriedad, casi con fervor. Se avergonzó más.
Pensó que ni siquiera estaba seguro de creer lo que había dicho, ni de aspirar
a entenderse perfectamente con ella, ni de quererla tanto.
XVIII
Cuando Gauna llegó a su casa, después
de acompañar a Clara, Larsen dormía. Gauna se acostó silenciosamente, sin
encender la luz. Después gritó:
-¿Cómo te va?
Larsen contestó, con entonación
pareja:
-Bien, ¿y vos?
Casi todas las noches conversaban
así, en la oscuridad, de catre a catre.
-A veces me pregunto -comentó Gauna-
si no habría que tratar a las mujeres a la antigua, como dice el doctor. Pocas
explicaciones, pocas zalamerías, con el sombrero entrado hasta las cejas y
hablándoles por encima del hombro.
-Así no puede uno tratar a nadie
-replicó Larsen.
Gauna aclaró:
-Mirá, che, no sé qué decirte. No
para todos son buenos los mismos ideales. A mí me parece que vos
y yo somos demasiado comprensivos; podemos llegar
a cualquier
vergüenza y a
cualquier cobardía. No
sabemos contrariar a la
gente; en seguida
levantamos bandera blanca. Tenemos
que endurecernos. Ahora, las mujeres lo corrompen a uno con sus cuida-dos y
delicadezas. Las pobres, che, dan lástima; vos decís cualquier pavada y te
escuchan con la boca abierta, como un chico en la escuela. Vos comprendes que
es ridículo ponerse al mismo nivel.
-Yo no pisaría tan seguro -contestó
Larsen, casi dormido-. Les gusta mucho halagar, pero sin que lo sospeches te
dan veinte vueltas. No te olvides que mientras vos sudás
toda la tarde en el taller, están
alimentando el seso con Para Ti y un montón de revistas
de costura.
XIX
Gauna presenciaba otro ensayo. Sobre
el tablado estaban el actor que hacia el papel de Wangel, y Clara, en el papel
de Elida. El hombre decía en tono declamatorio:
-No puedes aclimatarte aquí. Nuestras
montañas te oprimen y pesan sobre tu alma. No te damos bastante luz, ni
bastante cielo libre, ni horizonte, ni amplitud de aire.
Clara contestó:
-Es verdad. Noche y día, en invierno
y en verano, siento la atracción del mar.
-Lo sé -contestó Wangel,
acariciándole la cabeza-. Por eso la pobre enferma debe regresar a su casa.
Gauna deseaba escuchar, pero el
crítico de Don Goyo le hablaba:
-Quisiera exponerle en términos
palpables el problema de nuestro teatro. El autor nuevo, joven, argentino, se
ahoga, se asfixia, sin contar con la posibilidad de ver corporizada su
fantasía. En el plan de lo puramente artístico, le paso el dato que la situación
es pavorosa. Yo mismo escribía un auto sacramental, algo sumamente moderno: una
salsa culinaria de Marinetti, de Strindberg, de Calderón de la Barca, mezclados
en los jugos de la secreción de mi sistema glandular inmaturo, en pleno
aquelarre onírico. Pero ¿qué garantía me proporcionan? ¿Quién va a
representarlo? Habría que bajar el cogote de las compañías, aunque más no fuera
con la amenaza de la policía montada. Mientras el autor oscuro, imperfecto si
se quiere, languidece en la cucha y no logra dar a luz sus engendros, el
ventrudo público, ese dios burgués que inventó el liberalismo francmasón,
repantigado en las cómodas butacas que alquila a fuerza de oro, pasa revista a
las obras que se le antoja, eligiéndolas, porque no es un marmota, entre lo mejorcito
del repertorio internacional.
Gauna pensaba: Sabrás muchas cosas,
habrás leído mucho libro, pero te cambiarías ahora mismo por un ignorante como
yo, con tal de salir con Clara. Baumgarten proseguía:
-En el sector libros me dicen que
ocurre algo similar. Le pongo por caso mi primo, un muchacho idéntico a mí,
bien parecido, grande, rubio, blanco, sano, hijo de europeo. Tiene inquietudes.
Ha dado un libro: Tosko, el enanito gigantesco. Ese valor joven que
firma Ba-bi-bu compuso el muñeco y
firmó la falsa carátula. Toda la familia ha invertido
dinero. Es un libro hermoso. Tiene
pocas páginas, pero son grandes, me llegan acá - Baumgarten acotó, palmeándose
una pantorrilla-, con letras negras, como de letrero, y márgenes en que se
pierde el material de lectura. Bueno: usted lo pide en librería y tiene que
buscarlo en el segundo sótano, donde está empacado con el envoltorio que rotuló
Rañó, el viejo impresor. Usted abre el
diario, se aburre leyendo notas en la página llamada bibliografía, y ni una
palabra, ni un suelto. Es una infamia. O si encuentra la nota, lo mismo podría
aplicarla a un sonetario de Miembro Correspondiente de la Academia de la
Historia. El clamor de la hora es la nota firmada, la nota sesuda, en el
rotativo. El deber moral y material de nuestros plumíferos es lanzarse al asalto.
No debemos cejar hasta que todo libro argentino reciba el estudio serio, y
sobre todo amistoso, que reclama. A veces, mi primo la asusta a su señora
declarándole que le dan ganas de no seguir escribiendo.
Gauna pensaba:
¿Por qué no te callás un poco? Total,
esa tricota verde, ese saco felpudo, esa papada rosada y limpia, que tenés vos,
ha de tener tu primo y tendrá toda tu parentela, no les va a servir de mucho,
en cuanto a salir con Clara después del ensayo, que es lo único que te importa.
Se había distraído. Notó que el
gigante no le hablaba y lo vio de pie, cerca del tablado. Clara venía hacia
ellos.
-¿Voy a tener el honor -Baumgarten
decía con su más cuidada sonrisa y parecía lavarse las manos, pero sólo las restregaba-
de verla esta noche y depositarla en el umbral de su casa propia?
Clara contestó sin mirarlo:
-Ya me ha visto de sobra. Me voy con
Gauna.
En la calle, lo tomó del brazo y,
colgándose un poco, le pidió:
-Lleváme a alguna parte. Tengo mucha
sed.
Se cansaron caminando por todo el
barrio; ninguno de los cafés ni de los almacenes es-taba abierto. Clara casi no
los miraba, pero insistía en la sed y en el cansancio. Gauna se preguntaba por
qué la muchacha no se resignaba a que la dejara en su casa; no sería por falta
de una canilla para beber y hasta bañarse toda y de una cama para dormir, como
una reina, hasta el día del Juicio Final. Además, los caprichos de las mujeres
lo aburrían. Pero de cansancio era mejor no hablar; se preguntaba cómo estaría
él a la mañana siguiente, cuando se levantara a las seis para ir al taller. Tal
vez influido por alguna reminiscencia del libro mencionado por Baumgarten,
pensó que le gustaría que la muchacha fuera un enanito de cinco centímetros. La
metería en una caja de fósforos - recordó las moscas, a las que sus compañeros
de escuela arrancaban las alas-, guardaría la caja en el bolsillo y se iría a
dormir. Clara exclamó:
-No sabés lo que me gusta andar con
vos una noche como ésta. La miró en los ojos y sintió que la quería mucho.
XX
Al otro día no ensayaban. Cuando
volvió del trabajo, Gauna llamó a Clara por teléfono, desde la tienda, para
preguntarle dónde irían. Clara le dijo que su tía Marcela había llegado del
campo y que tal vez tuviera que salir con ella; le pidió que volviera a
llamarla diez minutos más tarde; ya entonces habría hablado con Marcela y
sabría qué iba a hacer.
Gauna preguntó a la hija del tendero
si podía quedarse un rato. La muchacha lo miraba con sus grandes ojos verdes,
en forma de pera; tenía dos largas trenzas, era muy pálida y parecía sucia. En
honor de Gauna, puso en el gramófono Adiós, muchachos. Mientras tanto el
tendero discutía laboriosamente con un viajante de comercio que le ofrecía
"un producto muy noble, unas pantuflas con fieltro". El tendero
estudiaba sus boletas y porfiaba que en veinticinco años al pie del mostrador
nunca oyó hablar de calzado con fieltro. Tal vez por la innata falta de
escrúpulos en la manera de pronunciar, no percibían diferencias entre el
fieltro que ofrecía uno y el fieltro que rechazaba el otro; no se ponían de
acuerdo: hablaban y hablaban, despreciándose mutuamente esperando cada uno,
para contestar, que el otro callara, sin haberle oído, sin prisa, con
indignación.
Gauna volvió a llamar a Clara. Ésta
le dijo:
-Es un hecho, querido. No salgo con
vos. Mañana a la tarde te espero en el teatro.
Por lo que sucedió después, todo lo
ocurrido esa tarde tiene importancia, o la tuvo en el alma de Gauna. Este,
cuando salió de la tienda, se dirigió a su casa, tarareando el tango que oyó en
el gramófono. Larsen había salido. Gauna pensó ir al Platense y ver a los
muchachos; o visitar a Valerga; o hacer cualquiera de estas cosas y proseguir
la investigación, tan lejana ya, tan olvidada, de los hechos de la tercera
noche de carnaval. De antemano, todos estos proyectos lo desanimaban, lo
cansaban, lo aburrían. No tenía ganas de hacer nada, ni siquiera de quedarse en
el cuarto. Así empezó la tarde libre, que él tanto había anhelado.
Con renovado rencor hacia Clara,
pensó que había perdido la costumbre de estar solo. Para no seguir ahí, mirando
las paredes vacías y atareándose con pensamientos inútiles, se fue al
cinematógrafo. Otra vez, en el camino, canturreó Adiós, muchachos. En la
esquina de Melián y Manzanares vio un carrito de panadero tirado por un caballo
tobiano; cruzó el dedo mayor sobre el índice y pidió que le fuera bien con
Clara, que descubriera el misterio de la tercera noche, que tuviera suerte.
Justamente cuando iba a entrar en el cinematógrafo, por la avenida pasó otro
carro con un cadenero tobiano. Pudo soltar los dedos.
Alcanzó las últimas escenas de una
vista de Harrison Ford y de Marie Prévost; lo hicieron reír mucho y lo dejaron
contento. Después de un entreacto ocupado especialmente por carreras de chicos
e idas y venidas del chocolatinero, empezó El amor nunca muere. Era una larga
historia de amor sentimental, que seguía más allá de la muerte, con hermosas
muchachas y con jóvenes desinteresados y nobles, que enve- jecían ante el
espectador y se congregaban, hacia el final, blanquecinos, ojerosos, y
encorvados sobre bastones, en un cementerio nevado. Había gente demasiado
buena, gente demasiado mala y como un ensañamiento del infortunio. Gauna salió
con una sensación de recogimiento y de repugnancia que, ni siquiera el regreso
al mundo de afuera y la aspiración del aire de la noche, atenuaron. Con
vergüenza comprobó que estaba asustado. Le parecía que todo, repentinamente, se
había contaminado de penas y de infelicidades y que no podía espe-rarse nada
bueno. Trató de cantar Adiós, muchachos.
Cuando llegó a su casa, Larsen estaba
por salir. Fueron a comer juntos a ese restaurant de guardas de tranvía, que
hay en la calle Vilela. Como siempre, don Pedro, el viejo camionero francés, al
sentarse pesadamente a su mesa, gritó:
-Un fricandeau con huevos.
Como siempre, desde el mostrador, el
patrón averiguó:
-¿Con agua o con soda, don Pedro?
Y como siempre, con voz aguardentosa
y entonación de mozo de restaurant, don
Pedro contestó:
-Con vino.
Esa noche estaban sin tema y Gauna se
puso a hablar de Clara. Larsen casi no contestaba; Gauna sentía la omisión y
tratando de propiciar a su amigo, se prodigaba en explicaciones, en
distinciones y en justificaciones. Quería darle una buena impresión de Clara,
pero temía parecer enamorado y subyugado; entonces hablaba mal de la muchacha y
veía con disgusto que Larsen movía la cabeza y asentía. Habló mucho y habló
solo, y al final se sintió asqueado y deprimido, como si lo abandonara un
frenesí que después de impulsarlo a vituperar a Clara, a desconcertar a su
amigo y a manifestarse él mismo como un desequilibrado y como un tonto, lo
dejara vacío y exhausto.
XXI
Cuando llegaba a casa de Nadín,
apareció Clara con el vestido celeste y con un sombrerito lila. El turco abrió
la puerta. Anunció:
-Son los primeros en llegar -las
enormes cejas negras formaban ángulo hacia arriba;
sonreía con muchas arrugas, con
muchos lunares, con labios rojos y húmedos-. Ni siquiera mi señor Blastein ha
venido. Pero no se queden aquí, en el pasillo, parados,
incómodos. Pasen al galponcito.
Ustedes conocen el camino. Yo tengo que descocarme la
cabeza con un receptor de galena, que
no funciona.
Como si de pronto hubiera recordado
algo de vital importancia, por ejemplo, de precaverlos contra un peligro, Nadín
se volvió y preguntó:
-¿Qué me dicen del calor?
-Nada -contestó Gauna.
-Yo tampoco sé qué pensar. Es para
volverse loco. Bueno, no los detengo. Sigan, sigan. Yo me regreso a mi piedra
de galena.
Clara pasó adelante. Gauna, en
silencio, pensaba: le conozco todos los vestidos. El ne- gro, el floreado, el
celeste. Le conozco una expresión de asombro en los ojos, cuando se
le ponen muy serios e infantiles; el
lunar en el dedo mayor, tapado por el oro del anillo, y la forma y la blancura
de la nuca en el nacimiento del pelo. Clara dijo:
-Hay olor a turco.
Llegaron al galpón. Clara tuvo alguna
dificultad en abrir la puerta. Gauna la miraba. Había algo muy noble en ese
rostro de muchacha, estudiando el pesado picaporte, expresando una sincera
concentración reflexiva. Ahora Clara se mordía el labio, empujaba el picaporte
con las dos manos, se ayudaba con una rodilla, conseguía abrir. El esfuerzo le
había esparcido por la cara un leve rubor. Gauna la miraba, inmóvil.
"Pobre chica", se dijo, y sintió una inesperada ternura, una
compasión que lo impulsaba a acariciarle la cabeza.
Recordó el tiempo en que apenas la
conocía de vista. Nunca imaginó que iban a quererse. Clara salía con muchachos
del centro, que pasaban a buscarla en automóviles. Siempre había sentido que no
podía competir con ellos; pertenecían a otro mundo,
ignorado y sin duda odioso;
tratándola se hubiera puesto en ridículo, hubiera sufrido.
Clara le había parecido una muchacha
codiciable, lejana y prestigiosa, tal vez la más importante del barrio, pero
fuera del alcance. Ni siquiera había tenido que renunciar a ella; nunca se
atrevió a anhelarla. Ahora la tenía ahí: admirable como un animalito o como una
flor o como un objeto pequeño y perfecto, que debía cuidar, que era suyo.
Entraron, Clara encendió la luz.
Colgada de una pared había una enorme tela apergaminada, con dos máscaras
dibujadas con líneas doradas, que tenían la boca desmesuradamente abierta.
Indicando la tela, Gauna preguntó:
-¿Qué es eso?
-El nuevo telón -respondió Clara-. Lo
ha pintado un amigo de Blastein. Esas bocas tan abiertas ¿no te dan náuseas?
Gauna no sabía qué contestar. A él,
esas bocas no le daban náuseas ni le sugerían
nada. De pronto se preguntó si la
frase que le parecía inconsistente no se explicaría por la urgencia, que todos
hemos conocido en algún momento, de decir algo. La muchacha estaba nerviosa; él
creyó descubrir un tenue temblor en las manos. Pensó con asombro:
¿Será posible que yo la intimide?
¿Será posible que yo intimide a alguien? Volvió a encontrarse enternecido con
Clara; la veía como a un chiquilín desamparado, que necesitara su protección.
Clara estaba hablando.
Después de un instante, Gauna oyó las
palabras. Clara había dicho:
-No tengo ninguna tía Marcela.
Todavía distraído, todavía sin
comprender, Gauna sonreía. La muchacha insistió:
-No tengo ninguna tía Marcela.
Todavía sonriendo, Gauna preguntó:
-Entonces, ¿con quién saliste ayer?
-Con Alex -contestó Clara.
El nombre no tenía connotación alguna
en la mente de Gauna. Clara continuó:
-Me había invitado para salir ayer a
la tarde. Le dije que no, porque nunca tuve intención de salir con él. Vos
llamaste y comprendí que íbamos a caminar como siempre o que nos meteríamos en
un cine. Realmente no podía más y me dio ganas de salir con el otro. Te dije
que me hablaras diez minutos después, para tener tiempo de llamarlo y
preguntarle si toda-vía quería salir. Me dijo que sí.
Gauna preguntó:
-¿Con quién saliste?
-Con Alex -repitió Clara-. Con Alex.
Alex Baumgarten.
Gauna no sabía si levantarse y darle
una bofetada. Seguía sentado, sonriendo, en actitud impasible. Había que
mantener esa perfecta y sobre todo aparente impasibilidad,
porque la confusión aumentaba. Si no
tenía mucho cuidado, podía suceder cualquier
cosa; podría desmayarse o ponerse a
llorar. Hacía tal vez demasiado tiempo que estaba callado. Había que decir
algo. Cuando habló, no le preocupó el sentido de sus palabras, sino la
posibilidad de pronunciarlas. Dijo lo primero que se le ocurrió. Dijo:
-¿Esta noche salís de nuevo con él?
Vio que la muchacha sonreía. Movía
negativamente la cabeza.
-No -aseguró Clara-. Nunca más voy a
salir con él. -Y después de un momento, con un sutil cambio de tono, que
señalaba, acaso, que ya no se refería a Baumgarten-: No me gustó.
Como el durmiente que oye, primero
con vaguedad y después casi despierto, las voces de las personas que lo rodean,
oyó las raudas exclamaciones, las risas y los gritos de Blastein, de la
Turquita Nadín y de los actores. Los recién llegados, deteniéndose un
poco, los palmearon y saludaron.
Gauna mientras tanto sonreía, sintiendo (lo que nunca
le pasaba) que él era el centro de la
escena. Deseaba que esas personas se alejaran;
temía que le preguntaran si estaba
enfermo o si le pasaba algo. Blastein exclamó:
-Es tarde. El mismo Gauna, con la
sonrisita sobradora, está impaciente. Hay que prepararse para el ensayo.
Saltó sobre la mesa y desapareció
detrás de uno de los paneles laterales. Los demás lo siguieron. Clara le dijo a
Gauna.
-Bueno, querido. Tengo que
prepararme.
Rápidamente lo besó en la mejilla y
se fue con los otros.
En cuanto se encontró solo, como si
en algún momento ignorado por él mismo hubiera tomado la decisión, huyó.
Retrocedió hasta la puerta, cruzó el patio, siguió el corredor y
salió a la calle.
XXII
Caminó con rumbo al sur; dobló por
Guayra y después, a la izquierda, por Melián. Pensó: "Relevado por ese
asqueroso. Por ese chancho gordo, rozagante, limpio. Y todavía ella dirá que
estamos cerca. Si le gusta ese chancho con tricotas, si tiene gustos tan
distintos de los míos ¿cómo se imagina que estamos cerca?". Sonrió,
divertido con sus pensamientos. "Todas las mujeres tienen gustos distintos
de los míos." Notó que un chico lo miraba con asombro. "No es para
menos. Voy por la calle riéndome solo." Sintió una generosa
despreocupación, como si hubiera bebido. Prosiguió: "como si hubiera
bebido el vino de su negra perfidia". Pensó que estas palabras debían
apenarlo; misteriosamente, nada lo apenaba. Dijo en voz alta: "El vino
negro de su perfidia". Em- pezó a tararear un tango. Oyó que tarareaba
Adiós, muchachos. Se pasó una mano por la boca y escupió.
Tal vez lo mejor fuera acabar la
tarde en el Platense. Vio mentalmente a las personas que estarían ahí:
Pegoraro, Maidana, Antúnez, quizá la Gata Negra. Se encontró murmurando:
"Si alguno quiere pelea, lo voy a contentar". (Como casi todos eran
amigos, parece raro que tuviera ese pensamiento.) En el café olvidaría su
preocupación. Para olvidar, se convertiría en otro hombre, en un tipo más
divertido que don Braulio, el peón de la Sanitaria. La anticipada visión de esa
noche de triunfos, de elocuencia y de transitorio olvido, lo mortificaba.
Se le ocurrió después que debió
quedarse en el teatro. "Van a notar mi ausencia. No sólo Clara; Blastein y
los demás. Tal vez Clara explique. No es como las otras mujeres." "No
me importa lo que esa gente sepa. No volverán a verme. Clara, tampoco. Lo malo
sería que esta noche, porque no estoy allí, saliera de nuevo con ese asqueroso.
No, esto no debe importarme. Lo malo sería que me buscara; que me esperara a la
salida del taller o en la puerta de casa. Lo malo sería llegar a una explicación."
Pensar en explicaciones, lo descorazonaba. Le gustaría darle dos bofetadas y
dejarla. No podría tratarla así. No tendría fuerzas para sorprenderla tanto.
Cuando Clara lo mirara, perdería el ímpetu. "Esto me ocurre por haber sido
tan amigo y tan razonable. Tan estúpido: linda mariconería amigarse con las
mujeres."
La calle bajaba, en una leve
pendiente de un centenar de metros, para luego prolongarse, como sumergida
entre árboles. Asomado a esa vaga extensión urbana, a
ese crepúsculo de techos, de patios y
de follajes, Gauna sintió las nostalgias que
despierta la contemplación del mar
desde la costa; pensó en otras lejanías; recordó los dilatados ámbitos de la
República y deseó emprender largos viajes ferroviarios, buscar trabajo en las
cosechas, en Santa Fe, o perderse en la Gobernación de La Pampa.
Eran sueños a los que debía
renunciar. No podía partir sin hablar con Larsen. Y ni siquiera con Larsen
quería hablar de lo que le había hecho Clara.
No quedaba otro remedio que volver,
mostrarse muy afectuoso, muy alegre. "Presentar un frente unido, en que
ella no sorprenda la menor grieta y poco a poco dejar
que la indiferencia tome cuerpo y
empezar a alejarse. Poco a poco, sin apuro, con gran habilidad." Mientras
pensaba esto se exaltaba, como si presenciara su proeza, como si
fuera su propio público. "Con
gran habilidad, con tanta maestría que esa infeliz de Clara no vincule mi
alejamiento con su historia con Baumgarten." Para Clara, él se alejaría
porque había dejado de quererla; no
porque sintiera despecho, o porque ella lo hubiera traicionado, o
porque le hubiera
roto el corazón.
Gauna comprobó que
estaba
emocionado.
No había para qué preguntarle lo que
había hecho con Baumgarten. "Yo, tan seguro, tan hombrecito y soy el
infeliz de la historia, el engañado. Casi la mujer."
Otra idea sería esperar a ese chancho
en un baldío y provocarlo. "Si quiere trompadas, lo beneficio con el
cuchillito hasta el mango de anta. Lo malo sería quedar como un loco
ante Clara. Ante Larsen, no habrá
explicación posible. Le pareceré un loco de esos que aburren."
Entró en un almacén -una casa verde,
una especie de castillito con almenas- en la esquina de Melián y Olazábal.
Detrás del mostrador había un individuo enclenque y
roñoso. Estaba reclinado, con una
mano envuelta en un trapo húmedo, sobre un grifo metálico, en forma de esbelto
pescuezo y de picudo rostro de flamenco, y miraba, con
abulia y con desconsuelo, una pileta
llena de vasos. Gauna le pidió una caña quemada. Después de la tercera copa oyó
una voz gutural, estridente y, a lo que le pareció,
diabólica, repitiendo: "La
suerte". Se volvió hacia la derecha y vio, caminando hacia él,
por el borde del mostrador, una
cotorra. Más atrás, más abajo, rígidamente estirado sobre una pequeña silla,
casi acostado en el suelo, descansaba un hombre, cara al techo; paralelemente
con el hombre, apoyado en el respaldo de una silla idéntica, había un cajón que
tenía en el centro, como pie, un largo palo. La cotorra insistía: "La
suerte", "la suerte", seguía avanzando, ya estaba muy próxima.
Gauna quería pagar e irse, pero el dependiente había desaparecido por una
puerta abierta sobre la penumbra de los fondos. El animal agitó las alas, abrió
el pico, erizó el verde plumaje y, en seguida, recuperó su lisura; después dio
otro paso hacia Gauna. Éste se dirigió al hombre que estaba acostado sobre la
silla.
-Señor -le dijo-. Aquí su pájaro
quiere algo. El otro, inmóvil, respondió:
-Quiere adivinarle la suerte.
-¿Cuánto me significará en efectivo?
-preguntó Gauna.
-Poca plata -contestó el hombre-. Por
ser usted, veinte centavos. Enarbolando el cajón, se irguió con dureza y con
agilidad. Gauna descubrió que tenía una pierna de palo.
-Está
loco -replicó, observando
con disgusto que
la cotorra se
preparaba, con
apreciativos cabeceos, a encaramarse
en su mano.
El hombre rebajó prontamente:
-Diez centavos.
Agarró la cotorra y la puso frente al
cajón. El animal sacó un papel verde. El hombre lo tomó y se lo dio a Gauna.
Éste leyó:
Los dioses, lo que busque y lo que
pida, como loro informado le adelanto,
¡ay! le concederán. Y mientras tanto
aproveche el banquete de la vida.
Gauna comentó:
-Sospechaba que era un pájaro
atrabiliario. No quiere que tenga buena suerte.
-No le permito que diga eso -replicó
el hombre, encarándose, ya furioso, con Gauna-. Nosotros dos queremos siempre
la suerte del cliente. A ver, muéstreme la papeleta. Ve,
no sabe ni leer. Aquí reza en letra
de molde que usted conseguirá lo que busca y lo que
pide. Yo no sé qué más quiere por la
módica suma.
-Bueno -contestó Gauna, casi
vencido-, pero en la papeleta se declara loro y es cotorra.
El hombre contestó:
-Es loro acotorrado.
Gauna le entregó una moneda, pagó las
cañas y salió del almacén. Bajó por Melián hasta Pampa, dobló a la derecha y
después tomó la avenida Forest. Esos barrios no eran como el suyo. En vez de
las casitas desamparadas, que le parecían francas y alegres, había recatados
chalets, rodeados de un secreto dibujo de jardines, de árboles que entrelazaban
el follaje y de cercos metódicos. Imaginaba que los altivos porteros lo miraban
con receloso desdén; el coraje le hervía en las venas, y no le faltaban ganas de
convocar a la siempre dispuesta muchachada de Saavedra e intentar una locura...
Lo malo es que la muchacha-da no lo hubiera seguido. Las patriadas,
desgraciadamente, en esta época de egoísmo, eran la tarea de un hombre solo. Y
un hombre solo ¿qué podía hacer?
Pensó en el barrio. La palabra
Saavedra no evocaba para él un parque rodeado por un foso y
exaltado en trémulos
eucaliptos; evocaba una
callecita vacía, casi
ancha,
flanqueada de casas bajas y
desiguales, abarcada por la claridad minuciosa de la hora de la siesta.
Como la persona que sorprende, en
esas noches de inconcebible arquitectura y en esas vastas madrugadas que siguen
a la muerte de alguien, el pensamiento, en medio de la
fiel congoja, ya distraído, ya
olvidado, así Gauna se preguntó ¿qué es esto? Quiso volver al dolor, a la
soledad, a Clara.
Atribuyó el origen de la desgracia a
manifiestos errores de su conducta, pero también sospechó que la culpa de todo
la tendrían, de una manera oscura y profunda, actos que,
en apariencia, no podían vincularse a
la voluntad de Clara; por ejemplo, haber cantado el
tango Adiós, muchachos; o haberse
atado, a la mañana, el zapato izquierdo antes que el derecho; o haber sumido su
alma, a la tarde, en el infortunio que se desprendía de la película El amor
nunca muere. Caminaba como sonámbulo, no veía nada, o involuntaria- mente
concentraba la atención en un objeto; por ejemplo, cuando miró con insistencia
de pintor, en la avenida Forest, en una desnuda vereda, ese árbol corpulento y
retorcido, cuyo ramaje, de una tonalidad azul verdosa, parecía doblegarse en
una lluvia de hojas sutiles, y se preguntó por qué no lo habrían derribado.
Prosiguió con rumbo oeste; volvió a
pensar en Clara; se encontró, de nuevo, entre casitas parecidas a las de su
barrio ("pero no iguales", se dijo); avanzó interminablemente por
calles desconocidas, consideró, con alguna tristeza, que los días ya se
acortaban; entró en un almacén, pidió una caña y, después, una segunda; volvió
a caminar; se encontró en una avenida que era Triunvirato y dobló a la
izquierda.
Instintivamente anhelaba castigar a
Clara y castigar a Baumgarten. "Cuanto mayor sea el alboroto, más lejos
quedará la amargura de hoy." Aunque la gente se enterara de
su
humillación, él podría olvidarla. Tendría que
olvidarla, para encarar
situaciones
nuevas. Lo malo es que en algún
inevitable momento, cuando la agitación hubiera cesado, recordaría el día de
hoy y lo que la muchacha le había dicho. Lo malo de las venganzas era que
perpetuaban la ignominia. Mientras Clara lo hubiera engañado esa tarde, de poco
le valía golpearla o matarla después... "En cambio", murmuró,
"si la enamorara para poder olvidarla..." Desgraciadamente, habría
que volver, habría que seguir los caminos de la abnegación y de la hipocresía.
Aunque menos juicioso, más agradable era abofetearla (primero con la palma de
la mano, luego con el revés) y alejarse para siempre.
Caminó un tiempo que podía ser la
eternidad; bordeó el paredón del cementerio de la Chacarita, cruzó vías y
distinguió, entre las casas, vagones ferroviarios, pasó por corralones y por
hornos de ladrillos y con recogimiento avanzó por fin por la calle Artigas,
bajo árboles oscuros que parecían
formar una cúpula más allá del cielo. Cruzó otras vías,
llegó a la plaza de Flores. Advirtió
súbitamente que estaba cansado; debía sentarse, debía entrar en un café o en un
restaurant y sentarse a tomar algo. Pero había demasiada gente. Había tanta
gente, que se enojó. Siguió caminando; vio pasar un tranvía 24; corrió por la
calle y lo alcanzó. Iba a quedarse en la plataforma, como de costumbre, pero
las piernas le temblaban, "pedían silla" -según él formuló el
concepto y entró en el coche. Comprendió que andaba con suerte, porque el
tranvía era de los que tienen asientos de estera; se repantigó cómodamente,
pagó su boleto y, con algún orgullo (como el que todo el mundo experimenta al
ver su nombre, en letras de molde, en el padrón electoral), leyó el letrero:
Capacidad: 36 personas sentadas. Sacó del bolsillo del pantalón un verdoso
atado de cigarrillos Barrilete; encendió uno y lo fumó con toda tranquilidad.
XXIII
Mientras el tranvía bajaba hacia el
este o se internaba en el sur, Gauna pensaba en Clara, pensaba en Baumgarten,
se imaginaba golpeando a Baumgarten delante de Clara, maltratando y perdonando
a Clara, fracasando en estas aventuras por el mayor peso, el mayor alcance de
su rival o por las burlas de la muchacha; descorazonado, se imaginaba entonces
en un hosco y definitivo aislamiento, comentado respetuosamente por todo el
barrio de Saavedra. El ruido de las ruedas sobre las vías, que alcanzaba
momentáneos éxtasis cuando el vehículo aumentaba la velocidad o emprendía una
curva, alentaba secretamente sus cavilaciones; Gauna sentía la plenitud del
infortunio; se tenía lástima; llegaba a creer que el suyo era un caso
extraordinario y pensaba que si le facilitaran papel y lápiz ahí mismo
escribiría, si dominara el rudimento de la música y la mitad de lo que sabía de
piano la más fea de sus primas, un tango que lo convertiría, en un abrir y
cerrar de ojos, en el ídolo mimado del gran pueblo argentino y que dejaría a
Gardel- Razzano con la boca abierta; pero no, el mundo no cambiaría para él;
todo el futuro ya estaba dibujado: la duración de ese viaje en tranvía y, más
temprano o más tarde, la vuelta a Saavedra. Lo peor de todo es que tampoco en
su cabeza habría cambio alguno: ahí estaría, invariablemente, la traición de
Clara, obligándolo a retirarse, a buscar soledad; ahí estaría su relación con
Clara, relación sentimental, pero también comprensiva y amistosa, que
reclamaría explicaciones, invocaría responsabilidades y exigiría lo que era
razonable: la reconciliación, el olvido, el sacrificio del rencoroso amor
propio; ahí estarían Larsen y todo el barrio, mirando, con pena, con asombro o
con desdén, su vergüenza. Para cambiar todo eso, habría que intentar una locura;
no una simple locura, que sólo sirviera para agrandar el oprobio; una locura
ingeniosa, que alterara todo, que dejara a la gente confundida, mirando para
otro lado, sin recuerdos ya de ese espectáculo francamente desolador. Pero le
iba a fallar el ingenio y se sentía muy capaz de cometer una estupidez que lo
cubriera de ridículo. O tal vez no. Tal vez le faltara el empuje necesario. Le
quedaban todavía dos caminos. Volver, acallando todo lo que sentía,
contrariando su rencor, que era lo que más le importaba, disimulando, para
vivir una íntima soledad, para lograr una remota venganza; o el segundo camino,
buscar una pelea. Esta era la solución. Después de la pelea, todo habría
cambiado. El cambio no sería fundamental; sería, apenas, una cuestión de matiz,
pero eso ya era mucho. Una pelea ¿con quién? La persona evidente era
Baumgarten, pero había que buscar otra, a una que no pudieran vincularla con la
traición de Clara. Había que emprender algo que llevara la aten-ción de la
gente hacia otro lado y que a él mismo lo distrajera del asunto.
Avanzaban, cabeceando, por una
desnuda calle de Barracas. Gauna vio, al pasar, una luz en la vereda. Se
levantó; cuando llegó a la plataforma, el tranvía ya estaba en la esquina. Miró
hacia atrás. Con un movimiento leve y seguro se descolgó del tranvía y,
caminando lentamente por el centro de la calle, mirando los rieles, cuyo móvil
reflejo
azulado invocaba en su memoria la
rápida, inquieta sensación de un recuerdo, llegó
hasta el zaguán iluminado. La puerta
estaba entreabierta; entró sin tocar el timbre. "Hay demasiada
gente", se dijo. "Mejor es que me vaya." Estaba apoyado contra
la espalda enlutada de un hombre
y contra el hombro de otro, con saco
de panadero. Mientras avanzaba, con dificultad, en puntas de pie, tratando de
ver, pensó: "Con tal de que no haya ocurrido algo y lo tomen
a uno de testigo". En ese
momento sintió una presión en un brazo. La causaba una
señora de escasa estatura, de alguna
edad, con pelo exageradamente rubio y con vestido exageradamente verde. Gauna
la miraba, interesado; el espeso dibujo de los labios se había corrido y el
lunar postizo de la mejilla parecía de hollín. La señora le dijo con tosco
acento extranjero:
-¿Usted sabía que estábamos de
casamiento?
-No, no sabía. Yo no conozco a nadie
aquí -contestó Gauna.
-Entonces va a tener que volver
mañana -explicó la señora y en seguida agregó-: Pero ahora va a acompañarnos en
la fiestita. Venga a tomar un vaso de vino Zaragozano o siquiera El Abuelo, y a
probar el pastel.
Trabajosamente se abrieron paso y
llegaron hasta la mesa donde estaba la bandeja de los pasteles. Ahí le
suministraron alimento y le presentaron a dos señoritas de aspecto
formal. Una tenía ojos arqueados,
cara de gata y hablaba mucho, con
suspiradas
exclamaciones. La otra era oscura,
taciturna, y su parte en la conversación parecía reducirse al mero acto de
presencia; a estar ahí; a estar ahí su cuerpo debajo de un vestido, modesto y
tenue.
Gauna oyó vagamente que las señoritas
trabajaban en el Rosario y se encontró ponderando, segundos después, el
continuo progreso de la Chicago Argentina, ciudad mucho más alegre que Buenos
Aires y a la que un día esperaba conocer.
-Como nosotras nunca salimos de casa
-la señorita conversadora acotó rencorosamente- poco nos importa que el Rosario
sea alegre como una castañuela.
La señora extranjera le habló de la
boda:
-No faltarán las malas lenguas que
digan que esto no va en serio, porque no hay cura ni registro civil. Pero yo le
pido que se haga cargo de los matrimonios de hoy en día. El Pesado es un
muchacho bueno y estoy segura que a Maggie no le faltará ahora quien se ocupe
de los certificados médicos, el permiso municipal y muchas otras cosas. Yo me
pregunto qué más puede esperar una mujer de su marido.
A continuación le entregó a Gauna un
segundo pastel y le propuso que pasara a felicitar a los novios. Gauna trató de
excusarse, pero debió seguir a la señora, abriéndose paso entre la gente, hasta
el rincón del comedor donde los novios recibían las felicitaciones de los
invitados, felicitaciones que muy pronto se convertían, para demostrar que allí
no había estiramiento y por razón de buen gusto, en toda suerte de bromas
procaces y de pullas. La novia era una muchacha pálida, acaso rubia, con un
sombrerito redondo, hundido hasta los ojos, un vestido muy corto y zapatos de
taco alto. El novio era un hombre corpulento y canoso; su traje negro y su
notorio aseo sugerían un paisano de visita en Buenos Aires;
contradictoriamente, las manos eran pequeñas, suaves y cuidadas. Después de
saludarlos, Gauna se encaminó, a fuerza de empujones y codazos, hacia el patio;
pensó que tenía qué ventilar los pulmones, porque en la casa no corría el aire
y francamente ya no se podía respirar. Sintió un sudor frío y, por unos instantes,
creyó que iba a desmayarse. Se decía: "Qué vergüenza, qué vergüenza",
cuando lo distrajo el lloroso canto de un violín. Llegó, finalmente, al patio;
éste era más bien estrecho; con piso de baldosas rojas, algo ennegrecidas; en
macetas y en latas había plantas de flores blancas o amarillentas; el músico
estaba en un rincón, apoyado en una delgada columna de hierro y rodeado por un
grupo de curiosos. La señora extranjera habló casi en el oído de Gauna;
preguntó:
-¿Qué le parecen los novios? Para
contestar algo, Gauna dijo:
-La novia no está mal.
-Va a tener que volver mañana
-respondió la señora-. Hoy no puede atenderlo.
Con una vaga esperanza de librarse de
su acompañante, Gauna se acercó al violinista. Creyó ver en la frente del
hombre una corona, una corona dibujada; era una serie de pe- queñas marcas
descoloridas, tal vez cicatrices, en forma de muñecas o de rombos; el hom-bre
aparentaba unos treinta años; estaba en cabeza, y la cabellera castaña, larga,
delgada, se ondulaba con cierta pomposa y genuina dignidad; los ojos,
extrañamente abiertos, eran dolorosos, y una barba en punta, suave y sutil,
terminaba el pálido rostro. Al lado del hombre, un niño distraído jugaba con un
sombrero.
-Háganos oír otro valsecito, maestro
-pidió Gauna, con voz humilde.
Con lentitud, como para atajarse un
golpe terrible pero lentísimo, el músico levantó los brazos, pareció
crucificado en la columna, gimió roncamente y aterrado retrocedió y huyó, embistiendo, repetidas veces,
las paredes que
daban al patio.
El chico del
sombrero despertó luego de su
distracción, corrió hacia el músico, lo tomó de una mano
y lo arrastró en dirección a la
salida. Gauna estaba perplejo, pero, en vez de preguntarse el significado de
esa fuga inopinada, la comparaba con el desesperado vuelo de un pájaro que
había entrado por la ventana, cuando él era niño, en la casa de sus tíos, en
Villa
Urquiza. Salió de su confusión; notó
que todos lo miraban con desconfianza y, acaso, con respeto. Evidentemente, la
señora quería hablarle, pero, por un motivo o por otro, no podía articular.
Antes de que se repusiese, Gauna se encaminó hacia la puerta, entre personas
que le abrían paso y lo miraban. Llegó a la calle, cruzó a la vereda de
enfrente, y se alejó caminando despacio. Cuando había recorrido unos doscientos
metros, se volvió. No lo seguían. Continuó su camino y, después de un rato, se
preguntó qué había pasado.
Por cierto no pudo contestar. La
tonada y las palabras de Adiós, muchachos se insinuaron, por un momento, en su
boca.
XXIV
Cuando llegó al cuarto, encontró a
Larsen durmiendo. Gauna se desvistió silenciosamente; abrió la canilla de la
pileta y tuvo un rato la cabeza debajo del chorro de agua fría; se acostó con
el pelo mojado. Aunque cerrara los ojos veía imágenes: pequeñas caras
activísimas, que surgían unas de otras, como el agua de una fuente;
gesticulaban, desaparecían y eran reemplazadas por otras análogas, pero
levemente dis- tintas. Así, de espaldas, inmóvil, atendiendo a ese involuntario
teatro interior, estuvo un tiempo que le pareció interminable, hasta que se
durmió, para ser despertado, casi en seguida, por la campanilla del reloj Tic
Tac. Eran las seis de la mañana. Por suerte para Gauna, le tocaba a su amigo
preparar el mate.
Larsen le dijo:
-Te acostaste tarde, anoche.
Vagamente contestó Gauna que sí, miró
a Larsen, que estaba encendiendo el calenta- dor, y pensó: siempre encuentra
razones para desaprobar a Clara. Estuvo a punto de explicarle que no había
salido con ella, de formular así el pensamiento: esta vez Clara no tiene la
culpa. Le irritó descubrir que su primer impulso era defenderla. Uno después de
otro se lavaron la cara y el pescuezo. Cuando acabaron de matear, ya se había
vestido. Gauna preguntó:
-¿Qué hacés esta noche?
-Nada -contestó Larsen.
-Cenamos juntos.
Gauna se detuvo por un instante en la
puerta, creyendo que Larsen preguntaría si se había peleado con la muchacha;
pero como lo más que debemos esperar del prójimo es una incomprensiva
indiferencia, Larsen calló, Gauna pudo irse y la molesta explicación quedó
postergada, quizá definitivamente.
Afuera había una luz muy blanca, un
calor de mediodía, quieto y vertical. El sonoro carro de un lechero, cruzando
la esquina desierta, afirmó lo temprano de la hora. Gauna tomó la vereda de la
sombra y se preguntó cómo haría para evitar encuentros con la muchacha durante
las fiestas de primero de año. Pensó después que el día veinticuatro había sido
el más caluroso de la estación y sonriendo filosóficamente recordó láminas con
escenas de Navidad en un paisaje de nieve. Cuando entró en el taller creyó que
se le atajaba la respiración: allí no había aire, había solamente, calor.
Pensó: "A las dos de la tarde las chapas van a estar como un horno. El día
de hoy va a ser un serio oponente al de Navidad".
En cuclillas, en rueda, Lambruschini
y los mecánicos tomaban mate. Ferrari tenía el pelo escaso, crespo y delgado,
los ojos celestes, la cara pálida, lampiña, la expresión despectiva; una
colilla chamuscada siempre estaba pegada a sus labios, que, al entreabrirse,
descubrían algún diente largo y flojo y un portillo oscuro; el cuerpo era
flaco, desgarbado y los pies,
considerables, se abrían en un ángulo prodigiosamente
obtuso. Cuando le pedían que hiciera
algún mandado, se acariciaba... los pies -por un motivo o por otro, siempre
estaba acariciándose los pies, calzados o descalzos- y exclamaba
desganadamente: "Pie plano. Exceptuado de todo servicio". En cuanto a
Factorovich, tenía el pelo castaño, los ojos oscuros, fijos y relucientes, la
cara blanca y grande, con una extraña dureza de planos, como si estuviera
esculpida en madera, las orejas y la nariz enormes, aparentemente filosas. Casa-nova tenía el cutis cobrizo y tan
brilloso, que se diría que le habrían dado una mano de barniz; el pelo, denso,
le encasquetaba el cráneo casi hasta las cejas, como una media muy negra y muy
ceñida. Era de escasa altura, tenía, apenas, cuello y más que gordo parecía
hinchado; sus movimientos eran suaves y ágiles. Siempre estaba sonriendo, pero
no era amigo de nadie. La gente decía que se necesitaba la paciencia de
Lambruschini para aguantarlo.
Hablaban de un viaje al campo, a casa
de un pariente de la señora Lambruschini. Éste convidaba.
-Salimos el primero a la madrugada
-le dijo a Gauna-. Contamos con vos.
Gauna asintió rápidamente. Cuando los
otros retomaron el diálogo, se preguntó si podría ir; si había alguna
posibilidad de pasar el primero de año sin ella.
-¿Cuántos somos? -preguntó
Lambruschini.
-Perdí la cuenta -contestó Ferrari.
-Olvidas lo
más importante -declaró
interrumpiéndolos,
Factorovich-. El factor vehículo.
Casanova opinó:
-Nada más aparente que el Broakway
del señor Alfano.
-Los coches de los clientes no se
tocan -sentenció Lambruschini-, si no es para diligencias y con el pretexto de probarlos.
Nos arreglamos con la chatita.
XXV
Con esfuerzo de voluntad esos días
evitó a la muchacha. El primero de año, a las tres de la mañana, llegó con
Larsen a la casa de su patrón. La chatita -un viejo Lancia verde, en el que
Lambruschini había sustituido la carrocería por una cabina y una caja
descubierta- estaba en la calle. Algunas personas, que en la penumbra Gauna no
identi- ficó, ya esperaban, apoyadas en la baranda de la chata, inquietas por
la demora o por el frío. Cuando los vieron llegar, desde arriba les gritaron
"feliz año"; ellos contestaron con las mismas palabras. Gauna oyó la
inconfundible voz de Ferrari, que preguntaba:
-¿Por qué no le dan un descanso al
año nuevo? Parecen locos. Hablaron del tiempo. Alguien observó:
-Es de no creerlo: ahora con este
frío, que usted se atornilla en el espinazo, y dentro de pocas horas el que más
y el que menos estará sudando los chicharrones.
-Hoy no va hacer calor -aseguró una
voz femenina.
-¿No? Ya verás: comparado, el día de
Navidad va a resultar un poroto.
-Es lo que digo: el tiempo está
loquísimo.
-No, che, hay que ser justo. ¿Qué
querés? Son apenas las tres de la mañana.
Gauna decidió entrar en la casa,
ofrecerse a Lambruschini para ayudarlo a cargar la chata. Se preguntó si esa
decisión no demostraba su natural abyecto y servil. Aún Gauna estaba
desarrollándose, él mismo comprendía que podía ser valiente o cobarde, generoso
o retraído, que todavía su alma dependía de resoluciones y de azares, que
todavía no era nada. Aparecieron Lambruschini, Factorovich, las dos señoras y
los chicos. Hubo augurios de felicidad y abrazos. Gauna y Larsen ayudaron a
cargar algunos repuestos para el Lancia, unas pocas herramientas, una valij ita
y un calentador. Lambruschini, las señoras, unos o dos chicos, entraron en la
cabina; los otros subieron a la parte trasera del camión. Cuando éste se puso
en movimiento no habían acabado los abrazos; hubo sacudidas, caídas y
carcajadas; en la confusión, Gauna oyó una voz muy cercana, que le decía:
"Deseame felicidad, querido". Estaba en brazos de Clara.
La muchacha explicó:
-Encontré a la señora de Lambruschini
en la mercería. Habló del paseo y le pedí que me
invitara.
Gauna no contestó.
-Traje a la turquita Nadín -añadió
Clara y señaló, en la oscuridad, a su amiga. Después, muy despacio, pasó un
brazo por detrás de los hombros de Gauna y lo apretó contra ella. Cruzaron toda
la ciudad, siguieron por Entre Ríos, salieron a la provincia por el puente de
Avellaneda y, por la avenida Pavón, se dirigieron a Lomas y Temperley y Monte
Grande. Clara y Gauna, ateridos de frío, abrazados, acaso felices, vieron su
primer amanecer en el campo. A la altura de Cañuelas un automóvil trató
repetidamente de pasarlos, hasta que por fin lo consiguió.
-Es un EN. -observó Factorovich.
Gauna preguntó:
-¿Qué marca es ésa?
-Un auto belga -declaró Casanova,
sorprendiéndolos.
-Aquí hay automóviles de todas partes
-sentenció con orgullo Factorovich-. Hasta hay uno argentino: marca Anasagasti.
-Si yo fuera gobierno -comunicó
Gauna- no dejaría entrar un solo automóvil en el país. Con el tiempo se
reproducirían de industria argentina y por enteramente asquerosos que
fueran el público consumidor los
compraría sin chistar, abonando un precio considerable.
Todos convenían en esa política y
aportaban nuevos argumentos, que fueron interrumpidos por la primera
pinchadura. Después de cambiar el neumático retomaron el camino; volvieron a
detenerse, volvieron a cambiar neumáticos, revisaron, desarmaron,
limpiaron y armaron la bomba de
nafta; luego prosiguieron avanzando, entre baches y terragales, hasta llegar,
por fin, al río Salado. El cruce en balsa interesó a grandes y chicos. Larsen
temía que el peso del camión cargado fuera excesivo y que la balsa naufragara;
por más que los balseros afirmaban que no había peligro, seguía desconfiando.
Como nadie lo escuchaba, debió resignarse a que todos, camión y pasajeros,
cruzaran el río en un solo viaje, no sin antes repetir hasta el cansancio que
los había prevenido, que él no se hacía responsable y que se lavaba las manos.
A pesar de todo, intervino minuciosamente en las maniobras de subir el camión a
la balsa y de asegurarlo; examiné) las maneas y discutió en voz alta cada una
de las operaciones. Los chicos le hacían caso. Cuando llegaron, indemnes, a la
margen opuesta, sus antiguos temores no le molestaban; habían desaparecido.
Almorzaron poco antes de las once, a
la sombra de unas casuarinas. Mientras las mujeres preparaban la comida, los
hombres, en un fueguito aparte, calentaron el agua para el mate. Como hacía
calor, después de almorzar durmieron la siesta.
Eran casi las dos cuando volvieron a
andar. Dejaron atrás Las Flores y, al pasar por la
Colorada, Larsen dijo:
-Ahora hay que poner atención.
-Es cierto -contestó Factorovich-.
Ahora nomás hay que tomar el recodo.
-Primero tenemos que llegar al puente
-corrigió Larsen.
Todos miraban nerviosamente el
camino. El puente apareció, en un estrépito de tablas lo cruzaron y,
lateralmente, vieron el
canal, recto y
reseco. Larsen recordó
las
instrucciones:
-Cuando enfrentemos un monte de
eucaliptos con cerco de cinacina, doblamos a la izquierda, dejando a la derecha
el monte y el camino real.
-No te acalores -le aconsejó Gauna,
guiñando un ojo a Ferrari-; con el destino que llevamos, lo mejor es perderse.
-Voto por la vuelta a casa -anunció
Ferrari. La turquita dijo:
-Son unos odiosos.
-¡El monte, el monte! -gritó Larsen
con excitación.
No aprovechó bastante su victoria,
porque Lambruschini dobló rápidamente hacia la izquierda y el monte quedó
atrás. Larsen se volvió para mirarlo. La turquita comentó:
-Parece el capitán de un buque.
-El capitán pirata -enmendó Ferrari.
Todos rieron. El camino, angosto al
principio, después de una tranquera automática no tenía alambrados a los lados
laterales y, finalmente, era una huella entre los pajonales, en la vastedad del
campo. Clara señalaba a los chicos, los caballos, las vacas, las ovejas, los
chimangos, las lechuzas, los horneros. Estas explicaciones parecían molestar a
Larsen, que necesitaba toda su atención para seguir el camino. Se extraviaron
muchas veces, llegaron a poblaciones, gritaron "Ave María", pidieron
que los orientaran, volvieron a extraviarse. Continuamente detenían la marcha.
Larsen y Lambruschini bajaban, miraban hacia un lado y otro, se consultaban.
Los chicos también bajaban, y perseguían los cuises arrojándoles barro seco.
Después había que esperarlos. Los demás aplaudían.
-Le voy a Luisito -decía Clara.
-Le voy al cuis -decía Ferrari.
-Son peores que los chicos
-protestaba Larsen, disgustado-. Les interesa más la cacería de los cuises que
la ruta.
-Ojalá que no llueva -exclamó la
turquita.
El viento había cambiado y nubes
grises amenazaban desde el sur. El paraje era solitario. Los pajonales, muy
altos, se agitaban contra un cielo oscuro, ya inmediato. Clara debió de sentir
una íntima exaltación, porque apretó el brazo de Gauna y gritó con voz ahogada:
-Ahí está el arroyo.
Lo vieron, encajonado, entre bordes
de pasto muy verde, muy oscuro, con barrancas de tierra. El agua, inescrutable
y tranquila, aparecía en una curva.
Gritó Larsen:
-Ahí está el monte de Chorén.
Vieron unos pocos sauces, unos álamos
negros, algún eucalipto.
-Qué maravilla -exclamó la turquita,
prorrumpiendo en pequeños saltos, en pequeños gritos, en pequeñas risas-. Hemos
llegado.
-Si nos quedamos aquí van a pasarnos
cosas horribles -dijo Ferrari, con un estremecimiento que no era fingido-. Lo
mejor es volver.
Se detuvieron junto al monte, frente
a una tranquera hecha de viejos remiendos de lienzo de
corral y de
alambres de púa
oxidados. Lambruschini tocó
la bocina
repetidamente. Dos perros ovejeros,
de color leonado, frente alta y expresión humana, los recibieron con ladridos
casi afónicos. Muy pronto olvidaron la ferocidad, orinaron las
ruedas del Lancia, movieron las
colas, se alejaron distraídos. Lambruschini volvió a
llamar con la bocina. Se oyó una voz
inconfundiblemente española que gritaba:
-Ya va, ya va.
Apareció un hombrecito vestido de
harapos. Era calvo, con anteojos, con bigote hirsuto y prominente, con una boca
angosta, pródiga en sonrisas y en molares. Dio la mano -una mano corta,
inmóvil, áspera- y dijo a cada uno "Bien y usted. Feliz año", y a la
señora de Lambruschini, "¿Cómo te baila, prima?" y la besó en las
mejillas. La señora parecía
molesta. El hombrecito,
mostrando sus innumerables
dientes amarillos y abriendo los brazos, rogó que pasaran.
Hablaba en tono admirativo:
-Pasen nomás. Pongan el camión en
cualquier parte. Aquí va a estar muy bien, muy bien -señalaba un galponcito que
ya no era de barro, sino de evidentes maderas y latas y
polvo--
-Yo los esperaba a almorzar. ¿O no
almorzaron? Aquí nunca falta comida; ah, no, eso no. Mucha comodidad no hay...
Vanamente la señora de Lambruschini
trataba de interrumpirlo y de proceder a las presentaciones. Mientras
Lambruschini guardaba el camión, los demás llegaron a la casa.
Esta era baja, de adobe, con alero.
Tres puertas daban al frente; la del dormitorio, la de un cuarto vacío, la de
la cocina.
-¿Usted cree que va a llover?
-preguntó Larsen.
-No creo -respondió Chorén-. El
viento estaba lindo, pero ahora se puso del sur y por suerte va a limpiar.
-Qué suerte -exclamó Larsen.
-Así es -convino Chorén-. Bien perra,
con el perdón de la palabra. No se ha visto una seca semejante.
Gauna, para darse aires de hombre de
campo, le preguntó cómo estaba la hacienda.
-La hacienda no está mal -repuso
Chorén-, pero la majada, con peste. Ha de ser la seca.
Ese matiz entre hacienda y majada le
hizo sentir a Gauna que, aunque procediera de una
familia de Tapalqué, sus
conocimientos rurales no eran mucho más firmes que los de sus amigos.
La señora de Lambruschini les había
hablado del bosque de frutales del pariente. Factorovich, Casanova y los chicos
aprovecharon un descuido de los demás para alejarse
y buscar las plantas. Encontraron dos
o tres durazneros sin fruta, un peral apestado y un ciruelo cargado de
minúsculas ciruelas rojas. A la noche estaban un poco enfermos.
También Gauna y Clara, Larsen y la
turquita se alejaron de la gente. Caminando entre la maleza, bajo los árboles,
llegaron al arroyo. Gauna y Clara se sentaron en la rama de un
aguaribay que crecía en la barranca;
la rama era baja y se extendía sobre el agua. Clara
le mostraba todas las cosas a Gauna:
la puesta del sol, las tonalidades del verde, las flores silvestres. El
muchacho dijo:
-Es como si hubiera sido ciego. Me
enseñás a ver.
A lo lejos, Larsen y la turquita se
divertían arrojando al arroyo pedazos de tosca, de manera que botaran una o dos
veces en la superficie del agua.
Cuando volvieron tenían sed. Chorén
buscó un cacharro, dio dos o tres golpes de
bomba, después llenó el cacharro y se
los ofreció. Ferrari se acercó a beber.
-Amarga -comentó.
-Amarga -reconoció alegremente
Chorén-. La gente dice que es remedio y se costea de lejos a tomarla. Vaya
usted a saber. Yo tengo úlceras y el doctor porfía que es el
agua.
Cuando se quedaron solos, Ferrari
dijo:
-Ojalá que me las agarre pronto, a
las úlceras. Por lo menos voy a estar entretenido. Y
se acarició, meditativamente, la
suela de un zapato.
-Usted es difícil de contentar -opinó
la turquita.
A la tarde tomaron el mate en tazones
enlozados, con galleta. Ferrari no la comió; la encontró demasiado dura y con
gusto salado, a tierra. A la noche comieron puchero de
oveja. Ferrari sentenció:
-El que se salva de la úlcera cae con
la peste. Clara le pidió a Gauna que no bebiera vino.
-Un vaso -reclamó el muchacho-. Un
vaso para tapar el gusto de la grasa de oveja.
Después del primer vaso siguieron
otros. En el dormitorio, en una cama, durmieron las dos señoras y en un catre,
Clara y la turquita. Los chicos durmieron sobre montones de paja y los hombres
también, pero en el cuarto vacío. Ferrari dijo que se iba al camión, pero al
rato volvió. A Chorén no lo vieron; según algunos dormía en la cocina, según
otros, afuera, debajo de un sulky.
Al día siguiente, para el almuerzo y
para la cena, tuvieron puchero de oveja. Lambruschini contestó:
-Este hombre nunca ha comido otra
cosa.
-Apostaría que nunca ha visto un
garbanzo -dijo la turquita.
-Si ve una milanesa -opinó Ferrari-,
una milanesa con limón... cambia de vereda.
-Nunca ha visto una vereda -aseguró
Clara.
Después las señoras, que lo ayudaban
en la cocina, lo persuadieron a que introdujera cambios en el menú. En cuanto a
la última noche la celebrarían con un asado.
A la tarde, cuando salieron a
caminar, Gauna le dijo a la muchacha:
-Todo el tiempo nos hemos reído de
las incomodidades, sin entender que eran los días más felices de nuestra vida.
-Sí, lo entendimos -respondió Clara.
Caminaban enternecidos, casi tristes.
Clara lo detenía para que oliera el trébol, o el olor más agrio, de una
florcita amarilla. Con alegría de referirlos, recordaban los incidentes del
viaje y de esos días, como si hubieran ocurrido hace mucho tiempo. Clara
describía emocionada el amanecer en el campo: era como si el mundo se hubiera
llenado
de lagunas y de cavernas
transparentes. Cuando llegaron a la casa estaban cansados. Se
habían querido mucho esa tarde.
Les pareció que la señora de
Lambruschini los miraba con una expresión extraña. En un momento en que se
quedaron los tres solos, la señora le dijo a Clara:
-Tenés suerte, mi hija, de casarte
con Emilio. A lo que yo sé, hasta ahora los buenos partidos eran hombres
viejos.
Gauna se emocionó, tuvo vergüenza de
emocionarse, y pensó que esas palabras debían despertar en él deseo de huir.
Sentía una infinita ternura por la muchacha.
Tramaron, para
esa noche, una
escapada. Cuando todos
durmieran, debían
levantarse, salir silenciosamente y
encontrarse detrás de
la casa. Gauna
tuvo la
impresión de que lo vieron salir; no
estaba muy seguro de que le importara que lo hubieran visto. Clara lo esperaba,
con los perros; le dijo:
-Por suerte yo salí antes. Vos no
hubieras conseguido que los perros no ladraran.
-Es verdad -dijo Gauna,
admirativamente.
Bajaron hasta el arroyo. Gauna
caminaba adelante y apartaba las ramas, para que ella pasara. Después se
desnudaron y se bañaron. La tuvo entre los brazos, en el agua.
Radiante a la luz de la luna, dócil
al amor. Clara le pareció casi mágica en belleza y en
ternura, infinitamente querible. Esa
noche se quisieron bajo los sauces, azorándose con una chicharra o con un
lejano mugido, sintiendo que la exaltación de sus almas era compartida por el
campo entero. Cuando regresaron a la casa, Clara cortó un jazmín y se lo dio.
Gauna tuvo ese jazmín hasta hace
poco.
XXVI
Las muchachas debían ser rubias, con
algo estatuario en el porte, que recordara la República o la Libertad, con la
piel dorada y con los ojos grises o, por lo menos, azules. Clara era delgada,
morocha, con esa frente prominente, que él aborrecía. Desde el principio la
quiso. Olvidó la aventura de los lagos, olvidó a los muchachos y al doctor,
olvidó al fútbol y, en cuanto a las carreras, un vínculo de gratitud lo obligó
a seguir, de sábado a lunes, por unas pocas semanas, el destino del caballo
Meteórico, destino, por lo demás, tan efímero como los arcanos fulgores que le
dieron el nombre. No perdió el empleo, porque Lambruschini era persona buena y
tolerante y no perdió la amistad de Larsen, porque la amistad es una noble y
humilde Cenicienta, acostumbrada a las privaciones. A través de una larga
paciencia, de mucha humillación y habilidad, se dedicó a enamorar a Clara y a
volverse odioso para casi todas las personas que debían tratarlo. Clara, al
principio, lo había hecho sufrir y había tenido con él una sinceridad que tal
vez fuera peor que las mentiras; al obrar así no fue deliberadamente perversa;
fue, sin duda, candorosa y, como siempre, leal. Todo llega a saberse, y Larsen
y los muchachos se preguntaban por qué Gauna aguantaba tanto. Clara entonces era
una muchacha prestigiosa en el barrio -su imagen ulterior, de compañera
abnegada y sumisa, tiende a borrar de nuestra memoria esa notable
circunstancia-, y acaso, como pensó alguien, no fuera mucho más cuantioso el
sentimiento genuino, en esa pasión de Gauna, que la vanidad; pero como esto no
puede hoy averiguarse y como se trata, al fin y al cabo, de una duda cínica y
maliciosa, que podría, con igual derecho, interrogar todos los amores, es tal
vez preferible recordar, por ser más significativa, la frase que una noche
Gauna dijo a Larsen: `La enamoré para poder olvidarla'. (Larsen, tan crédulo
siempre con su amigo, en esta oportunidad lo creyó insincero.) Después de
aquella incomprensible locura con Baumgarten, la muchacha se enamoró de Gauna
y, como decía la gente, asentó cabeza. Hasta se alejó de sus amigos de la
compañía Eleo; intervino en la representación única y, según se afirmó,
consagratoria, de La dama del mar (representación a la que Gauna, reprimido por
el amor propio, aunque empujado por los celos, se abstuvo de asistir) y no
volvió a verlos. La turquita contó que, desde el paseo al campo, Clara quiso a
Gauna con verdadera pasión.
Los días de Gauna -el trabajo y
Clara- pasaban con rapidez. En su mundo, secreto como las galerías de una mina
abandonada, los enamorados perciben las diferencias y los matices de horas en
que nada ocurre, salvo protestas de amor y alabanzas mutuas; pero, en
definitiva, una tarde caminando del brazo de siete a ocho se parece a otra
tarde caminando del brazo de siete a ocho y un domingo caminando por el parque
Saavedra y viendo cine de cinco a ocho se parece a otro domingo caminando por
el parque Saavedra y viendo cine de cinco a ocho. Todos estos días, tan
parecidos entre sí, pasaron prontamente.
Por aquel tiempo Larsen y otros
amigos le oyeron decir a Gauna que le gustaría irse a trabajar en un buque, o a
las cosechas de Santa Fe o a La Pampa. De tarde en tarde
pensaba en estas fugas imaginarias,
pero otras veces las olvidaba y hasta hubiera
negado que, en alguna ocasión, las
proyectase. Gauna se preguntaba si un hombre podía estar enamorado de una mujer
y anhelar, con desesperado y secreto empeño, verse libre de ella. Si
conjeturaba que le pasaba algo malo a Clara -que por algún motivo podía sufrir
o enfermarse- su dura indiferencia de muchacho desaparecía y sentía ganas de
llorar. Si conjeturaba que podía abandonarlo o querer a otro, sentía malestar
físico y odio. Para verla y para estar con ella desplegaba incansable
diligencia.
XXVII
Era un domingo a la tarde. Gauna
estaba solo en la pieza, fumando, echado de espaldas en la cama, con las
piernas cruzadas en alto, con los pies sin medias, en chancletas. Clara se
había quedado en su casa, para acompañar a don Serafín, que estaba "atrasado
de salud". A las siete, Gauna iría a visitarla.
Habían resuelto casarse. Entre los
dos llegaron a la resolución, involuntariamente, inevitablemente, sin que
ninguno la sugiriera. Larsen volvió. Había ido a la panadería a buscar la
factura para el mate.
-Sólo conseguí pancitos criollos.
¡Qué barbaridad, lo que la gente consume de factura y de pan! -exclamó abriendo
el envoltorio y mostrando el contenido a Gauna, que apenas lo miró-. Estoy por
proponerte que nos hagamos panaderos.
No sin envidia Gauna pensó que su
amigo vivía en un mundo simple. Siguió pensando:
Larsen era, efectivamente, muy llano,
pero en su carácter asomaba alguna terquedad. No podían hablar de la muchacha
(o, por lo menos, no podían hablar cómodamente). Antes del paseo al campo,
porque Larsen desconfiaba de ella y porque, era evidente, desaprobaba la pasión
que había convertido la vida de Clara y de Gauna en un secreto y, al mismo
tiempo, en un espectáculo público; desaprobaba esa pasión y toda pasión.
Después del paseo, porque había conocido a Clara y hubiera condenado cualquier
deslealtad de Gauna y sus deseos de huir le hubieran parecido incomprensibles.
Acaso en Larsen había una amistad y un respeto por Clara que él no podría
sentir por ninguna mujer. Acaso en la sencillez de su amigo había delicadezas
que él no entendía.
Si no podían hablar de este tema,
recapacitó, no toda la culpa era de Larsen. Este más de una vez había empezado
a hablar, pero él siempre cambiaba de conversación. Cualquier discusión sobre
la muchacha le desagradaba y, casi, lo ofendía. Con Ferrari, de quien se había
hecho bastante amigo, solían comentar, enfática y anecdóticamente, la calamidad
que eran las mujeres. Por cierto que esos vituperios contra las mujeres en
general eran, en lo que respecta a Gauna, contra Clara en particular. Así no le
importaba discutirla.
-Pucha que sos cómodo -lo recriminó
afectuosamente Larsen, mientras sacaba del ropero la yerba-. Si no estás atado
a la cama podrías tostar un poco esos pancitos.
Gauna no contestó. Pensaba que si
alguien había insinuado la conveniencia del matrimonio, indudablemente no era
Clara, ni el padre de Clara. "Hay qué reconocer que
lo más probable", se dijo,
"es que sea yo mismo". Tal vez en algún momento, estando con ella, en
un impulso de ternura, de un modo confuso había deseado casarse, y en el
acto, había propuesto el matrimonio,
para no negarle nada, para no reservarse nada
para sí. Pero ahora no podía saberlo.
Cuando estaba con ella estaba tan lejos de cuando estaba solo... Cuando estaba
con ella los pensamientos que había tenido cuando estaba solo le parecían
fingidos y lo impacientaban como si alguien le atribuyera sentimientos ajenos.
Ahora, que estaba solo, creía saber que no debía casarse; dentro de un rato,
cuando la viera, el invariable futuro en el taller de Lambruschini y, peor aún,
en su casa propia, no importaría, no existiría. Su único anhelo sería prolongar
ese momento en que estaban juntos.
Gauna se levantó, sacó del ropero un
tenedor de estaño, con todos los dientes ladeados, clavó un pancito y lo puso
en la llama del calentador.
-Ves dijo poniendo un segundo
pancito-, si los hubiera tostado antes, ya estarían fríos.
-Tenés razón -dijo Larsen, y le pasó
el mate.
-¿Qué vas a hacer? -preguntó Gauna
con dificultad y con tristeza ¿Qué vas a hacer cuando yo me vaya? ¿Vas a
quedarte aquí o vas a mudarte?
-¿Y por qué te vas a ir? -preguntó
sorprendido Larsen. Gauna le recordó:
-Pero, viejo, el casamiento.
-Es cierto -reconoció Larsen-. No
había pensado.
Gauna sintió un súbito enojo contra
Clara. Por su culpa, algo en su vida se moría y, lo que era peor, también en la
de Larsen. Desde hacía muchos años vivían juntos y esa vida era una tranquila
costumbre para los dos; parecía mal que uno la rompiera.
-Me quedaré aquí -dijo Larsen,
todavía perplejo-. Aunque sea un poco cara, prefiero quedarme con esta pieza a
salir a buscar otra. -Si yo fuera vos haría lo mismo -declaró
Gauna.
Larsen volvió a cebar. Después dijo
apresuradamente:
-Mirá que soy bruto. A lo mejor
ustedes la quieren. No había pensado...
La palabra "ustedes"
aumentó el encono de Gauna contra la muchacha. Contestó:
-No, de ninguna manera te sacaría la
pieza. Además, sería chica para nosotros. Decir
"nosotros" también lo
enconó. Siguió hablando:
-Voy a extrañar la vida de soltero.
Las mujeres le cortan a uno las alas, si me entendés. Con sus cuidados, lo
vuelven prudente y hasta medio feminista, como decía el alemán del gimnasio. A
los pocos años estaré más domesticado que el gato de la panadera.
-Dejáte de pavadas -le contestó
sinceramente Larsen-. Clara no es linda: es lindísima y vale más que yo, que
vos, que la panadera y que el gato. Decíme una cosa, ¿por qué no te dejás de
embromar?
XXVIII
Poco antes del crepúsculo de esa
misma tarde, cuando Gauna se disponía a salir, cayó un aguacero. El muchacho se
quedó en el zaguán hasta que cesó la lluvia y entonces vio cómo los habituales
colores de su barrio, el verde de los árboles, claro en el eucalipto que se
estremecía en los fondos del baldío y más oscuro en los paraísos de la vereda,
el pardo y el gris de las puertas y de las ventanas, el blanco de las casas, el
ocre de la mercería de la esquina, el rojo de los cartelones que todavía
anunciaban el fracasado loteo de los terrenos, el azul del vidrio en la
insignia de enfrente, emprendían una incontenible y conjugada vivificación,
como si les llegara, desde la profundidad de la tierra, una exaltación pánica.
Gauna, habitualmente poco observador, notó el hecho y se dijo que debía
contárselo a Clara. Es notable cómo una mujer querida puede educarnos, por un
tiempo.
Las calles habían juntado mucha agua
y en algunas esquinas la gente cruzaba por pasaderas giratorias. En la Avenida
del Tejar se encontró con Pegoraro. Este, tocándolo, como para convencerse de
que Gauna no era un fantasma, y palmeándolo y abrazándolo, exclamó:
-Pero hermano, ¿de dónde salís que ni
se te veía la cabeza? Gauna contestó vagamente y procuró continuar su camino.
Pegoraro lo acompañó.
-Mirá que hace tiempo que no vas al
club -comentó, deteniéndolo, abriendo los brazos hacia abajo, mostrando las
palmas.
-Hace tiempo -reconoció Gauna.
Se preguntó cómo haría para librarse
de Pegoraro, antes de llegar a la casa del Brujo. No quería que supiera que iba
allí.
-Si ves el nuevo equipo te acordás de
los buenos tiempos y decís que no hay como el fútbol. El club está desconocido.
Nunca tuvimos, te lo juro por mi mama, que me dio esta
medallita, una línea delantera
comparable. ¿Lo viste a Potenzone?
-No.
-Entonces no hables de fútbol. Tenés
que cerrar esa boca, en pocas palabras, callarte. Potenzone es el nuevo
centro-forward. Un mago con la ball, puro firulete y fioritura, pero cuando
llega frente al arco, el hombre pierde empuje, carece de fibra y el tanto más
seguro queda en nada, si me entendés. Y a Perrone, ¿tampoco lo viste?
-Tampoco.
-Pero, che, ¿vos qué hacés? Te perdés
lo mejor de la vida. Perrone es el wing más rápido que hemos tenido. Un caso
diferente. Corre como una flecha, llega a la zona del arco, medio parece que se
confunde, tira afuera. Y a Negrone, ¿lo viste?
-Ese en mis tiempos ya era medio
veterano.
Mientras Pegoraro, haciendo oídos
sordos, explicaba los defectos de este jugador, Gauna pensaba que algún domingo
debería inventar una buena excusa y volver al club. Nostálgico, recordó los
tiempos en que no faltaba a ningún partido.
Pegoraro le preguntó:
-¿Ahora dónde vas?
Gauna supuso que la muchacha estaría
esperándolo en la puerta de calle y advirtió que no le molestaba que Pegoraro
supiera a dónde iba. Recordó lo que Larsen había dicho sobre Clara y sonrió
satisfecho.
-A casa de Taboada -contestó.
Pegoraro volvió a detenerlo, a abrir
los brazos hacia abajo, mostrando las palmas. Ladeó la cabeza y preguntó:
-¿Sabés que ese hombre es brujo de
veras? ¿Te acordás de la tarde que fuimos a
visitarlo? Bueno. ¿Te acordás que yo tenía las piernas recubiertas de
forúnculos? Bueno. El individuo masculló dos o tres palabras que ni le oí,
dibujó unos garabatos en el aire y
al otro día, ni un granito. Te lo
juro por la medalla. Eso sí, no se lo dije a nadie, no fueran a pensar que me
engañan con brujerías.
Clara estaba esperándolo en la
puerta. De lejos no le pareció muy linda. Recordó que al principio, cuando se
encontraban en la calle o en otros lugares públicos, se complacía
pensando en la envidiosa aprobación
con que la gente lo vería tomarla del brazo. Ahora ni siquiera estaba seguro de
que fuera linda. Se despidió de Pegoraro. Este le dijo:
-A ver cuándo vas por el club.
-Pronto, Gordo. Te lo prometo.
Hasta que Pegoraro se fue, Gauna no
atravesó la calle. La muchacha se adelantó para recibirlo y le dio un beso.
Cerró la puerta, después apretó el botón de la luz y entraron en
el ascensor.
-¿Qué me decís de la lluvia? -comentó
Clara, mientras subían.
-Muy fuerte.
Recordó su intención de hablar de la
vehemencia de colores y de la luz que hubo después del aguacero, pero sintió un
súbito enojo y calló. Entraron en la salita.
-¿Qué te pasa? -preguntó Clara.
-Nada.
-¿Cómo nada? Decíme qué te pasa.
Había que encontrar una explicación.
Gauna preguntó:
-¿Siempre lo ves a Baumgarten?
Para ocultar la vacilación habló con
voz demasiado alta. Clara le hizo señas de que iban a oírlo. Esa demora en la
contestación lo exasperó.
-Contestáme -insistió con despecho.
-Nunca lo veo -aseguró Clara.
-Pero pensás en él.
-Nunca.
-Entonces, ¿por qué saliste esa
tarde?
La arrinconó contra el diván, la
asedió con pedidos de explicaciones. Clara no lo miraba.
-¿Por qué? ¿Por qué? -insistía él.
Clara lo miró en los ojos.
-Estabas volviéndome loca -dijo. Con
alguna inseguridad, Gauna preguntó:
-¿Y ahora?
-Ahora no.
Calló, pacífica y sonriente. Gauna la
recostó en el diván, se reclinó a su lado. Pensó: Es un animalito, un pobre
animalito. La besó con ternura. Pensó: De cerca es linda. La besó en la frente,
en los párpados, en la boca.
-Vamos a ver a tu padre -dijo después
Gauna.
Clara seguía echada, no abría los
ojos; por fin se levantó, muy despacio y fue hasta un espejo, se miró sonriendo
vagamente, "¡Qué cara!", exclamó y sacudió la cabeza. Se
arregló un poco, le asentó un mechón
a Gauna, le ajustó la corbata, lo tomó de la mano,
golpeó a la puerta del cuarto de su
padre.
-Adelante -contestó la voz de
Taboada.
El Brujo estaba en la cama, con un
camisón muy abierto sobre el pecho y tan amplio que, tal vez, por contraste, él
parecía notablemente menudo y flaco. Sus grandes ondas grises despejaban la
frente alta y estrecha, y caían hacia atrás con noble descuido. La blancura de
las sábanas era impecable.
-Qué me decís de la lluvia -comentó
mientras aplastaba un cigarrillo contra el cenicero de la mesa de luz.
-Muy fuerte -reconoció Gauna.
Tenía el cuarto esa mezcla de
indiferencia y de pretensión, esa desapacible y muy pobre heterogeneidad,
determinada, acaso, por la falta de estilo, y esa desnudez, imperfecta pero
áspera, que no son frecuentes adentro y afuera de las casas de la Argentina, en
el campo y en las ciudades. La cama de Taboada era angosta, de hierro, pintada
de blanco y la mesa de luz, también blanca, era de madera, muy simple; había
tres sillas de Viena y, contra una pared, un pequeño sofá, con brazo en un
extremo, tapizado en cretona (cuando Clara tenía cuatro o cinco años, estaba
tapizado en chintz); en una mesa rinconera se adivinaba el teléfono, adentro de
una muñeca de trapo, que
representaba una negra (hay gallinas,
parecidas, que se usan de cubreteteras); sobre una cómoda moderna, de cedro,
con manijas negras y brillosas, había una flor que era rosada cuando hacía buen
tiempo y azul cuando iba a llover, una caja de caracoles y de nácar, con la
inscripción Recuerdo de Mar del Plata, una fotografía, en marco de terciopelo,
con mostacilla, de los padres de Taboada (personas antiguas, más toscas, sin
duda, que Taboada, pero mucho menos que los antepasados de todos sus vecinos) y
un ejemplar, encuadernado en cuero repujado, de Los simuladores del talento en
la lucha por la vida, de José Ingenieros.
-Todo eso -explicó Taboada, notando
la curiosidad con que Gauna miraba los objetos de la cómoda- me lo ha traído
Clara. La pobre me va a echar a perder con tanto regalo.
La muchacha salió del cuarto.
-¿Cómo anda la salud, don Serafín?
-preguntó Gauna.
-No anda mal -respondió Taboada;
luego añadió sonriendo-: Pero esta vez Clara se asustó. No deja que me levante
de la cama.
-¿Y qué más quiere? Descanse.
Mientras los demás trabajan usted se la pasa leyendo
el diario y fumando, echado en la
otomana.
-En el banco de la paciencia, querrás
decir; pero eso no es nada. ¿A qué no sabés lo que hizo? -inquirió Taboada
riéndose-. Esa muchacha va a hundirme. No se lo digas a nadie: trajo un médico,
me obligó a recibirlo.
Gauna lo miró con interés y habló
seriamente:
-Lo mejor es cuidarse. ¿Qué le dijo
el médico?
-Cuando se quedó solo conmigo, me
dijo que no debo pasar el invierno en Buenos
Aires. Pero de esto, ni una palabra a
Clarita. No quiero tutores ni metidas que resuelvan lo que debo hacer.
-¿Y usted qué resuelve?
-No hacerle caso, quedarme en Buenos
Aires, donde he pasado toda mi vida, y no andar como pan que no se vende por
las sierras de Córdoba, aprendiendo a hablar con tonada.
-Pero don Serafín -insistió
obsequiosamente Gauna-, si es por la salud.
-No, che, dejáte de moler. Ya he
cambiado, o creí cambiar, destinos ajenos. Que el mío siga solo y como quiera.
Gauna no pudo insistir, porque Clara
había regresado. Traía una bandeja y les sirvió café. Hablaron del casamiento.
-Tendré que invitar al doctor Valerga
y a los muchachos -insinuó Gauna. Como siempre, Taboada replicó:
-¿Doctor en qué?, ¡haceme el
favor...! En asustar a los chicos y a los faltos.
-Como usted quiera -contestó Gauna,
sin enojarse-, pero voy a tener que invitarlo. Taboada le dijo con una voz muy
suave:
-Lo mejor que podés hacer, Emilio, es
cortar con toda esa gente.
-Cuando estoy con usted, pienso como
usted, pero son mis amigos...
-No siempre uno puede ser leal.
Nuestro pasado, por lo común, es una vergüenza, y no puede uno ser leal con el
pasado a costa de ser desleal con el presente. Quiero decirte que no hay peor
calamidad que un hombre que no escucha su propio juicio.
Gauna no contestó. Pensó que había
alguna verdad en las palabras de Taboada y, sobre todo, que a éste no le
faltarían argumentos para abochornarlo si él intentaba discutir. Pero estaba
seguro de que la lealtad era una de las virtudes más importantes y hasta
sospechó, recordando la confusión de las frases que acababa de oír, que Taboada
era de la misma opinión.
-A mí lo que siempre me apartó del
casamiento -confesó Taboada, como pensando en voz alta- es la bulla.
Clara sugirió:
-Podríamos casarnos sin invitaciones
ni fiesta.
-Yo creía que lo principal, para las
muchachas, era el vestuario de novia -afirmó
Gauna.
Taboada encendió un nuevo cigarrillo.
Su hija se lo sacó de la boca y lo aplastó contra el cenicero.
-Por hoy has fumado bastante -dijo.
-Vea la mocosa -comentó con
indiferencia Taboada. Gauna miró la hora y se levantó.
-¿No vas a acompañarnos a comer,
Emilio? -preguntó el Brujo. Gauna aseguró que Larsen lo esperaba. Se despidió.
-Quería pedirles
un favor, a los dos
-declaró Taboada mientras
acomodaba el
almohadón, para sentarse mejor en la
cama-. Cuando salgan juntos córranse hasta la calle Guayra y tengan a bien de
dar una revisada a mi casita. Es un sucucho de pocas pretensiones, pero me
parece que para la gente de trabajo no está mal. Es mi regalo de bodas. Cuando
estuvo solo, Gauna pensó que dejar a su padre sería para Clara más doloroso
que para
él dejar a
Larsen. Brujo y
todo, Taboada le
pareció digno de compasión y encontró que sacarle la hija
era mucha crueldad. Clara debía de sentir eso; nunca, sin embargo, se lo había
dicho. Incrédulamente, Gauna se preguntó si Clara sentiría por él ese
resentimiento que él sentía por ella.
XXIX
Estuvieron tan ocupados en
instalarse, que el hecho mismo del casamiento -ceremonia de la que fueron
testigos don Serafín Taboada y don Pedro Larsen- perdió para los protagonistas
su prestigio y se confundió con los demás quehaceres y molestias de un día muy
atareado. Taboada y Larsen no compartieron esa indiferencia.
Como lo había anunciado, Taboada les
regaló la casa de la calle Guayra, que era su única propiedad. Gauna se hizo
cargo de la hipoteca, de la que sólo quedaban por pagar contados servicios.
Cuando Gauna y Clara dijeron que no podían aceptar un regalo tan importante,
Taboada aseguró que las ganancias del consultorio le bastaban para su vida poco
rumbosa.
A pesar de que no hubo invitaciones,
recibieron regalos de Lambruschini, de los compañeros del taller, de la
turquita y de Larsen. Este último debió de quedar medio arruinado, porque les
regaló el juego de comedor. Blastein, el director de la compañía Eleo, les
mandó una coctelera de metal blanco, que Gauna perdió en la mudanza. Todo el
barrio sabía que se habían casado; sin embargo, la manera silenciosa en que lo
hicieron, les valió algunas calumnias.
Pidió licencia en el taller y durante
quince días trabajaron mucho en la casa. Gauna estaba tan interesado, que no se
acordó del problema de su libertad perdida; hipotecas, distribución de muebles,
blanqueos impermeabilizadores, esteras, repisas, calefones, la corriente
eléctrica y el gas ocupaban toda su atención. Con particular esmero, construyó
una pequeña biblioteca para los libros de Clara, que era muy lectora.
En el dormitorio pusieron la cama de
dos plazas; cuando él propuso que compraran un catre, por si alguna vez uno se
enfermaba, Clara contestó que no tenían por qué enfermarse.
Muy de tarde en tarde iba al
Platense; lo hacía para que no pensaran que se había enojado o que los
despreciaba o que Clara lo tenía prisionero. La primera tarde que se
reunieron en casa de Valerga,
Antúnez, para hacerle pasar un mal rato, preguntó:
-¿Saben que nuestro amiguito aquí
presente ha contraído enlace?
-¿Y se puede saber quién es la
agraciada? -inquirió el doctor. Gauna pensó que esa ignorancia debía de ser
fingida y que el trance no se presentaba bien.
-Con la hija del Brujo -informó
Pegoraro.
-No conozco a la niña -declaró con
seriedad el doctor-. Al padre, sí. Un hombre de valía.
Gauna lo miró con afecto casi
piadoso, recordando el invariable desdén con que Taboada hablaba de él. Al
mismo tiempo, con un principio de alarma, creyó comprender que ese
desdén era justo. Para alejar estas
ideas, siguió hablando. Explicó:
-Nos casamos privadamente.
-Como si tuvieran vergüenza -comentó
Antúnez.
-No me parece atinada la observación
-dijo el doctor, mirando formidablemente a
Antúnez y omitiendo, en la última
palabra, la letra "b"-. Hay gente que gusta de la bullanga y gente
que no. Yo me casé como Gauna, sin toldo colorado ni tanto zonzo mirando -buscó
la mirada a todos los circunstantes-. ¿Tienen algo que objetar?
Por cierto que ninguna "b"
entorpeció el verbo.
De la aventura de los lagos, Gauna
casi no se acordaba; pero una noche, a través de un insomnio, llegó a ese
misterio y, con absurda exaltación, juró aclararlo algún día y luego juró no
olvidar la resolución. Estaba seguro de que si una vez esperaba la madrugada en
el bosque de Palermo, el lugar le revelaría algo. Además, debía interrogar
nuevamente a Santiago. ¡Pensar que el Mudo tal vez conocía la verdad! Tendría
qué recorrer los cafetines y, si era necesario, juntar valor y, con traje de
etiqueta alquilado, presentarse en el Armenonville. Acaso alguna señorita
bailarina, si él le pagaba la copa, diría lo que había visto o lo que le habían
contado.
Esa misma noche recordó también su
proyectada pelea con Baumgarten. El sabía que una fortuita trama de
circunstancias había postergado y finalmente, impedido, la pelea; pero sabía
también que la gente, si hubiera estado informada de lo esencial del asunto,
habría pensado que él era cobarde. No estaba seguro de que ese juicio fuera
erróneo.
XXX
Como el dinero escaseaba en aquellos
años, el servicio de la hipoteca llegó a ser bastante duro y tuvieron que pasar
algunas privaciones. Sin embargo, eran felices. En cuanto salía del taller,
Gauna volvía a su casa; los sábados dormían la siesta y después iban al
cinematógrafo; los domingos, Lambruschini y la señora los llevaban en el Lancia
a Santa Catalina o al Tigre. Los cuatro fueron también a ver las carreras de
automóviles, en la pista de San Martín, y las señoras fingieron interesarse.
Alguna vez llegaron a La Plata, donde recorrieron, distraídos, el Museo de
Ciencias Naturales; de regreso, en un tomo del Tesoro de la Juventud que les
prestó un señor que era dentista, conocieron, con espanto, los animales
antediluvianos, en cuadros que suponían tomados del natural. En compañía de
Larsen, en verano, se bañaron en la playa de la Balandra y, ante las regulares
olas del río, hablaron de países lejanos y de viajes imaginarios. Hablaron
asimismo de un viaje factible: volver a visitar a Chorén, al borde del arroyo
Las Flores; pero este proyecto nunca llegaría a cumplirse. Clara y Gauna no perdían la esperanza de
reunir el dinero suficiente para comprar un Ford T y poder pasear solos.
A la salida del taller, algunas
tardes Gauna iba a casa del Brujo. Allí lo esperaba Clara;
también solía estar Larsen. A veces,
cuando los veía reunidos, Gauna pensaba que esos tres formaban una familia y
que él era un extraño. En seguida se avergonzaba del pensamiento.
Una tarde conversaron sobre el
coraje. Gauna oyó con asombro -y no sin protestar- que él, según Taboada, era
más valiente que Larsen. Este último parecía admitir esa afirmación, como algo
indiscutible. Gauna dijo que su amigo siempre estaba listo para enfrentar a
cualquiera en una pelea y que él, y que él, y que él... iba a añadir algo, con
veracidad y con candor, pero no lo escucharon. Taboada explicaba:
-Ese valor, de que habla Gauna,
carece de importancia. Lo que un hombre debe tener es una suerte de generosidad
filosófica, un cierto fatalismo, que le permita estar siempre
dispuesto, como un caballero, a
perder todo en cualquier momento.
Gauna lo escuchaba con admiración y
con incredulidad.
Por aquel tiempo Taboada les enseñó
("para ensanchar esas frentes angostas") un poco de álgebra, un poco
de astronomía, un poco de botánica. Clara estudiaba también; su inteligencia
era tal vez más dúctil que la de Gauna y que la de Larsen.
-Qué sorpresa tendrían los muchachos
-exclamó una vez Gauna si supieran que me paso la tarde estudiando una rosa.
Taboada comentó:
-Tu destino ha cambiado. Hace dos
años estabas en pleno proceso de convertirte en el doctor Valerga, Clara te
salvó.
-En parte Clara -reconoció Gauna- y
en parte usted.
Al empezar el invierno del 29, Lambruschini
le propuso que "pasara a la calidad de socio". Gauna aceptó. El
momento parecía bueno para ganar plata; nadie compraba automóviles nuevos; los
viejos se descomponen y, como sentenciaba Ferrari, "todo bicho que camina
va a parar al tallercito". Pero la "crisis" fue tan dura que la
gente prefirió abandonar los automóviles a llevarlos al taller. Nada de esto
comprometió su dicha.
Le habían asegurado que las personas
que viven juntas llegan a mirarse, primero, con desdén, y después con encono.
Él creía tener infinitas reservas de necesidad de Clara; de
necesidad de conocer a Clara; de
necesidad de acercarse a Clara. Cuanto más estaba con
ella, más la quería. Al recordar sus
antiguos temores de perder la libertad, se aver- gonzaba; le parecían
pedanterías ingenuas y aborrecibles.
XXXI
Era un domingo de invierno, a la hora
de la siesta. Echado en la cama, envuelto en ponchos, extendido en medio de la
caótica dispersión de secciones ilustradas de los diarios, Gauna miraba
distraídamente el delicado dibujo de las sombras que se reflejaban en el techo.
Estaba solo en la casa. Clara, que había ido a ver a su padre, regresaría a las
cinco, a tiempo para llegar al cinematógrafo. Antes de irse le había
recomendado que saliera a tomar sol a la plaza Juan Bautista Alberdi. Por
ahora, su única salida había sido hasta la cocinita, para calentar el agua para
el mate. De nuevo en la cama, sacaba un brazo; cebaba rápidamente, daba dos o
tres chupadas, mordía la corteza de un pan francés (Larsen le había dicho que
matear sin comer nada provocaba dolores de estómago), dejaba el mate y el pan
en la silla que hacía las veces de mesa de luz, volvía a taparse. Pensaba que
si pudiera alcanzar el sombrero -estaba sobre una mesa de mimbre, cerca de la
puerta- sin levantarse de la cama, se lo pondría. El ala, pensó, molestaría en
la nuca. Los antiguos tenían razón. Haber dejado el gorro de dormir era toda
una injusticia con la cabeza. Le dieron lástima las orejas y la nariz y cuando
estaba pensando en añadir las correspondientes orejeras y naricera, llamaron a
la puerta.
Gauna se levantó protestando;
temblando de frío, pisando las puntas de los ponchos en que se arropaba, llegó,
como pudo, hasta la puerta; abrió.
-A ver si se mueve -le dijo la señora
que cocinaba para el carpintero-. Lo llaman por
teléfono.
Gris y baja como una rata, la señora
huyó en seguida. Gauna, muy alarmado, se arregló un poco y todavía a medio
vestir corrió a la casa del carpintero. Con voz extraña,
Clara le dijo que su padre no estaba
del todo bien.
-Voy para allá -contestó Gauna.
-No, no es necesario -aseguró Clara-.
No tiene nada de cuidado, pero prefiero no dejarlo solo.
Le pidió que saliera a distraerse un
poco; se pasaba la semana trabajando en ese taller tan frío; necesitaba
descansar; lo encontraba flaco, nervioso. Le preguntó si había
tomado sol en la plaza y, antes de
que Gauna mintiera, le propuso que fuera al cine por los dos. A todo Gauna
decía que sí; Clara continuó: que la buscara a eso de las ocho, que
para comer se arreglarían con
cualquier cosa, tal vez abrirían una de esas latas de conservas que nunca se
resolvían a probar.
Cuando Gauna volvía a la casa,
después de agradecer la atención del carpintero (que no contestó, que ni
siquiera levantó la cabeza), comprendió que la esperada oportunidad
había llegado. Esa misma tarde
emprendería una nueva investigación de la aventura de los lagos, del misterio
de la tercera noche. No sentía ninguna impaciencia ni tampoco
ninguna incertidumbre. Pensó con
agrado que la decisión, ya tomada, siempre al alcance
de su mano, por así decirlo, había
estado aguardando el momento oportuno y que él, para un observador ligero,
habría aparecido quizá como un hombre de voluntad débil o, por lo menos, como
un hombre con una muy débil voluntad de esclarecer ese particular misterio. Sin
embargo no era así; ahora que había llegado la ocasión, lo demostraría.
Lo cierto es que para llevar adelante
planes tan vagos como los suyos hubiera sido una majadería decirle un sábado o
un domingo a Clara: Hoy no salimos juntos. O salir una noche y darle quién sabe
qué ideas. Y si al fin hubiera tenido que explicar las cosas (porque mire que
las mujeres son insistentes) quedaría como un embustero o como un loco.
Llevó a la cocina los utensilios del
mate y cuando ya iba a tirar a la pileta la yerba usada, volvió a servir agua y
probó; en seguida escupió con disgusto; limpió el mate y guardó todo en la
alacena.
Aunque tenía camiseta de lana, se
puso la tricota que Clara le había tejido (siempre se había manifestado
francamente reacio a las tricotas y el color de ésa, en particular, le
parecía demasiado vistoso y casi
fantástico para ser llevado por un hombre, pero la
pobre Clara se entristecía si él le
desairaba el regalo y ese día, qué diablos, el frío apretaba). Se abrigó cuanto
pudo; si no llevó el sobretodo, fue porque nunca le había llegado el momento de
comprarlo.
Caminando enérgicamente, para
combatir el frío, pero cansado y perezoso, llegó a la estación Saavedra. Tomó
un boleto a Palermo y se sentó a esperar; ni bien hizo esto,
pensó que todavía el plan no había
madurado, que tal vez él andaría cansándose como
un pobre loco por los bosques de
Palermo y total ¿para qué? Para nada. Más le convenía concretar previamente el
plan de batalla y, mientras tanto, ver una sección de cinematógrafo con Larsen.
Es verdad que ese boleto le quemaba el bolsillo, pero no se atrevía a
devolverlo, porque el señor de la ventanilla era un total desconocido. Si
Larsen no estuviera en su casa, pensó levantándose y caminando hacia afuera de
la estación, aprovecharía el boleto. Pero ¿por qué Larsen no iba a estar en su
casa?
Al volver a las calles del barrio
siempre le acometía alguna nostalgia, acaso tierna, acaso malhumorada; así,
distraído, entró en la casa, llegó a la puerta de su viejo cuarto.
Golpeó: no contestaron. La encargada,
a quien llamó a gritos, a quien ofendió con su
impaciente indiferencia por el
inevitable preludio de interrogaciones corteses y de saludos le dijo que el
señor Larsen acababa de salir y le cerró la puerta. Ya en la calle, Gauna
vaciló un instante; no sabía si volver a la estación o presentarse en casa de
Taboada. En ese momento, pedaleando en el triciclo celeste, sonriendo con toda
su cara pilosa, apareció el Musel (como apodaban en el barrio al encargado de
La Superiora, por alusión a su costumbre de recordar tesoneramente, con
cualquier pretexto, su puerto natal); Gauna le preguntó si sabía a dónde había
ido Larsen.
-No, no sé, que no sé -contestó el
Musel-. Vamos, y usted ¿qué hace?, que anda solito, ¿cómo? ¿Ya se cansó de la
vida de casado? No puede ser. Que no puede ser.
Se palmearon amistosamente y Gauna
siguió su camino, rumbo a la estación. Estaba arrepentido de haber formulado
esa pregunta al Musel. Además, pensó ¿cómo dejar
pasar la oportunidad de iniciar las
investigaciones definitivas? Por más que tratara de
disimulárselo a sí mismo, estaba
preocupado y nervioso. Llegó a la estación a tiempo para alcanzar, de un salto,
el último vagón, cuando éste salía del andén. Bajó en la avenida Vértiz, cruzó
por debajo de los puentes, atravesó el Rosedal y se internó en el bosque.
XXXII
Sintió mucho frío. Entre los árboles
desnudos corría el viento, y el suelo, cubierto de una podredumbre de hojas y
de ramas, estaba húmedo. Gauna esperaba, o quería esperar una súbita
revelación; quería pensar en la tercera noche. Pensaba que los zapatos se le
habían mojado, y que había personas, Larsen por ejemplo, que sentían dolor de
garganta -un apretón de garganta, se explicó a sí mismo- en cuanto se mojaban
los pies. Tragó, y advirtió un leve dolor de garganta. Estoy distraído, se
dijo. Había que reaccionar. Notó en ese momento que desde un automóvil, al que
se había acercado impensadamente, una pareja lo miraba con desconfianza. Gauna
se alejó, aparentando no ocuparse de ellos. Después de un rato de pasearse
temblando de frío, muy consciente de sus actos y de su apariencia sospechosa o
estúpida, resolvió interrumpir, por esa tarde, la investigación. Pasaría por la
casa del embarcadero. A lo mejor encontraba a Santiago; a lo mejor, en una
conversación con éste, progresaba más que vagando toda una tarde por la
desolación del bosque;, a lo mejor Santiago y el Mudo habían aprendido modales
y ahora trataban a sus visitas con una copa de grapa, que siempre abriga, como
dice Pegoraro, y hace que las reuniones se vuelvan más amistosas y hasta más
interesantes.
Cuando llegó a la casa del lago,
Santiago y el Mudo tomaban mate. Gauna pensó que esa tarde no andaba con mucha
suerte, pero se resignó al mate, que por añadidura se lo ofrecieron con
galletitas recubiertas de chocolate dulce. (El Mudo las sacaba de una
enorme lata azul, en que metía la
mano, como en un pozo de la suerte.) La combinación
del mate amargo y esas galletitas,
que al principio le desagradó, empezó a gustarle, y muy pronto sintió por todo
el cuerpo, en vez del frío que le estremecía la espalda, una templada y sutil
difusión de bienestar. Hablaron, fraternales, de los años en que Gauna jugaba
en quinta división y en que Santiago y el Mudo eran cancheros; Santiago
preguntó si era verdad que se había casado, como aseguró alguien, y lo
felicitó; Gauna dijo:
-Te costará creerme, pero hay veces
que todavía me pregunto qué pasó a punto fijo la noche que el Mudo me encontró
en el bosque.
Vos entraste a sospechar desde el primer
momento -explicó Santiago- y ahora es
inútil, nadie te saca la idea de la
cabeza.
Gauna se sorprendió; siempre
sorprende la opinión que los extraños tienen sobre nuestros asuntos. Pero no
protestó; comprendió vagamente, suficientemente, que la verdadera explicación
era, por ahora, incomunicable. Si declaraba "no busco nada malo,
busco el mejor momento de mi vida,
para entenderlo", Santiago lo miraría con desco-
nfianza y con resentimiento y se
preguntaría por qué Gauna trataba de engañarlo. Santiago continuó:
-Yo, si fuera vos, me olvidaba de
todo ese puro disparate y me dedicaba a vivir tranquilo. Además, no sé qué
decirte. Si no les sacás la verdad a tus amigos, no sé cómo
vas a averiguarla.
Ya en plena simulación, Gauna
continuó:
-¿Y si me equivoco? No puedo mostrar
que sospecho de ellos -miró en silencio a Santiago; después agregó-: ¿No
llegaste a saber nada nuevo sobre las circunstancias en que me encontró el
Mudo?
-¿Nada nuevo, che? Si es un asunto
viejo, que ya nadie se acuerda. Además, quién le va a sacar algo al Mudo.
Mirálo, está más cerrado que un tesoro marca Fisher.
El Mudo no debía de estar cerrado
como decía su hermano, porque empezó a hacer ruidos con la garganta, cortos y
ansiosos. Luego, en silencio, rió tanto, que las lágrimas
le corrían por las mejillas.
-¿Y te acordás de qué punto
arrancaron para venir al bosque? -inquirió Santiago.
-Del mismo Armenonville -contestó
Gauna.
-Buscáte una bailarina, trabajála
despacio y quién te dice que no le sacás algo.
-Ya lo he pensado, pero, miráme un
poco, hacé el favor. ¿Cómo voy a presentarme con este entrazado en el
Armenonville? Alquilar un traje es mucha historia y así no me
deja entrar el portero, no sea que
espere en el portón hasta los carnavales.
Santiago lo miró seriamente y,
después de un instante, hablando despacio, preguntó:
-¿Sabés lo que te va a costar la
consumición? Por lo bajo cinco pesos; te digo: por lo bajo. Vos te sentás ahí y
antes que abras la boca ya están sirviéndote champagne; y en cuanto se te
arrima una fulana ya podés entrarte los dedos por las orejas que están
destapando una nueva botella, porque
la de tu marca no le agrada a la señorita, que es
muy estrecha en sus gustos. Mientras
seguís repantigado tenés que hacer la cuenta que te aplican un taxímetro a la
cartera y cuando quieras pedir la esponja y retirarte, más muerto que vivo,
poné cuidado en repartir las propinas porque si los disgustás los trozos te
sacan a los empujones hasta que te pasan al portero que te da un saque y
despertás en la comisaría, donde te levantan un sumario por desórdenes.
Habían acabado de tomar maté. El
Mudo, siempre modesto, renovaba el cuero de un remo. Santiago se paseaba
fumando una pipa y, arropado con una vasta tricota azul, caminando por su
embarcadero, parecía un viejo lobo de mar. Se despidieron.
-Bueno, Emilio
-habló persuasivamente Santiago-,
ahora no desaparezcas
para
siempre.
XXXIII
Gauna atravesó los jardines y,
bordeando el Zoológico, llegó a la plaza Italia. Como el frío lo obligó a
caminar apresuradamente, se cansó. Esperó un rato el tranvía 38; cuando por fin
apareció, estaba lleno con la gente que venía de las carreras. Gauna se trepó
en la plataforma trasera; con los brazos cansados y el cuerpo yerto de frío,
llegó al centro. Bajó en Leandro Alem y Corrientes. Se dijo que iba a mirar un
poco los cafetines (quería decir los "cabarets") de Veinticinco de
Mayo.
En la tercera noche del carnaval del
año 27, antes de entrar en el teatro Cosmopolita, habían bebido en uno de esos
cabarets. Ahora quería reconocerlo. Pero hacía tanto frío y estaba tan cansado,
que no pudo prolongar debidamente la inspección; a decir verdad, entró en el
primero de esos establecimientos que encontró en su camino. El cabaret se
llamaba Signor, su vestíbulo, profundo, estrecho y rojo, con llamas y diablos
pintados, representaba, sin duda, la entrada del infierno o, por lo menos, de
una cueva infernal; de las paredes colgaban fotografías coloreadas de mujeres
con castañuelas, mantones y posturas furiosas, de bailarines de frac y galera,
y de una niña con hoyuelos en la cara, sonrisa picaresca y un ojo cerrado.
Adentro, dos mujeres bailaban un tango, que otra ejecutaba, con un dedo, en el
piano. Una cuarta mujer miraba, acodada en una mesa. Dos lavacopas trabajaban
activamente en el mostrador. Algunas mesas estaban arregladas; las demás tenían
encima sillas dadas vuelta. Gauna empujó la puerta para salir.
-¿Quería algo, maestro? -preguntó uno
de los lavacopas.
-Creía que estaba abierto... -explicó
Gauna.
-Siéntese -le propuso el lavacopas-.
No vamos a echarlo porque sea temprano. ¿Que le sirvo?
Gauna le dio el chambergo y se sentó.
-Una grapa doble -dijo.
Pensó que tal vez fuera ahí donde
habían estado aquella noche. Miró disimuladamente a las mujeres; una de las que
bailaban parecía un indio pampa y la otra (según le contó después a Larsen)
"tenía cara de zonza". La del piano era muy chica y muy cabezona. La
que estaba acodada era una rubia con
cara de oveja. Esta última se levantó con
desgano; Gauna se dijo, no sin
alarma, "viene"; la mujer se acercó, preguntó si no molestaba y se
sentó a la mesa de Gauna. Cuando el lavacopas se acercó, la mujer le preguntó a
Gauna:
-¿Me pagás la soda?
Gauna asintió. La mujer ordenó al
lavacopas:
-Con bastante whisky, por favor.
Para disimular su turbación, Gauna
comentó:
-A mí no me gusta el té frío.
La mujer explicó las ventajas
medicinales del whisky, aseguró que lo tomaba por prescripción médica y por
"puro gusto, créame", y se dilató en descripciones de las
enfermedades, principalmente del
estómago y del intestino, que la habían perseguido
hasta adelgazarla enteramente y que
ahora el doctor Reinafe Puyó, a quien había conocido una madrugada por entera
casualidad, la estaba tratando con whiskies y otros brebajes menos agradables
para el paladar, que la dejaban toda revuelta, echada como una enfermita en la
cama y con un pañuelo empapado en agua colonia en la barriga. Gauna la
escuchaba impresionado. Para sus adentros reconocía (aunque fuera una vergüenza
confesarlo) que su experiencia con las mujeres no era grande y que si se
encontraba con una muchacha, que no era una de las zonzas del barrio, se
acobardaba un poco y estaba entregado, sin voluntad. Volvieron a llenar los
vasos, y Gauna pensó "esta mujer tiene cara conocida". (Tal vez le
pareció conocida porque ese tipo de cara se da, con variantes y peculiaridades,
en muchas personas.) Después de que Gauna hubo
bebido la tercera grapa doble, la
mujer le participó que se llamaba "la Baby" (pronunció el nombre con
"a" abierta) y él se atrevió a preguntar si no se habían encontrado
en ese mismo lugar en un carnaval, hace dos o tres años.
-Yo estaba con unos amigos -explicó;
después de una pausa añadió, cambiando de tono-. Tiene que acordarse. Con
nosotros venía un señor de cierta edad, más bien
corpulento y de respeto el hombre.
-No sé de qué me está hablando
-respondió la Baby, con visible agitación. Gauna insistió:
-Pero sí; tiene que acordarse.
-Qué tengo ni qué tengo. Estaría
bueno. ¿Quién es usted para venir a sofocarme, justo cuando el médico me ha
dicho que nada me hace tanto mal como el sofocón?
-Tranquila -dijo Gauna, sonriendo-.
No me propongo venderle nada ni soy un policía en busca de un muerto. Además,
no quiero que se sofoque.
La mujer pareció menos iracunda. Si
se presentaba otra ocasión como la de hoy, volvería a visitar a la Baby; con
tiempo, tal vez obtendría algo; zonza no era, había qué
reconocerlo.
Cuando ella habló, se adivinaba en su
voz el consuelo y casi la conformidad:
-Prométame que va a ser buenito y que
no va a insistir con las cosas feas.
Gauna miró la hora y llamó al mozo.
Ya eran las ocho; no llegaría a casa del Brujo antes de las nueve. La mujer
preguntó:
-¿Me vas a dejar?
-No tengo más remedio -contestó
Gauna; y anticipándose a cualquier protesta, entrecerró los ojos, apuntó con un
índice persuasivo o acusador y agregó en tono de
convicción-: A esta carucha yo la he
visto antes.
-Ya se está poniendo pesado -afirmó,
sonriendo, la Baby.
Había comprendido la táctica de
Gauna, le seguía la broma, pero prefería no retenerlo. Gauna pagó sin
protestar, dijo a la Baby "Adiós mi hijita", recogió rápidamente el
sombrero y se fue. Bajó corriendo por Lavalle. En seguida tomó el tranvía. A
pesar del frío, prefirió quedarse en la plataforma (el interior del coche, como
el de las iglesias, era para mujeres, chicos y viejos). El guarda lo miró,
pareció que iba a decirle algo; después cambió de idea y se dirigió a otras
personas:
-Pasen adentro, señores, por favor.
Gauna estaba contrariado. "Qué
manera de perder la tarde", se decía. En el reloj de los ingleses vio que
eran las ocho y media. Quién sabe qué tenía Taboada y él paveando hasta altas
horas en el bosque y después con una de esas locas de cara de oveja. Dentro
de un rato, cuando llegara ¿qué le
diría a Clara? Que había salido con Larsen. Mañana
temprano iría a casa de Larsen para
precaverlo. ¿Y si Clara hubiera estado con Larsen? Se pasó el pañuelo por la
frente y murmuró: "Qué aburrido todo". El guarda, a su lado,
escuchaba a un señor que ponderaba uno de los caballos que habían corrido esa
tarde en Palermo.
Después el guarda decía:
-Pero amigo ¿usted sabe con quién
está discutiendo? ¡Yo he visto correr a Monserga en Maroñas!
-Si no es moderno, che, ¿por qué no
se pega un tiro?-le preguntaba el señor-. El mundo camina, todo evoluciona, y
usted, Álvarez, aburriendo con esos caballos que si los
compara con los de ahora quedan como
la tortuga.
-Díganlo hablar de cátedra. Cuando
usted se baboseaba con el chupete, yo seguía como tabla apostando a Serio en
las carreras que ganaba Rico. Pero dígame ¿quién fue el
crack de la Copa de Oro? La pista
estaba barrosa, no le discuto. Y si le pregunto por don
Padilla ¿qué me contesta? Vamos a
ver.
Gauna pensó que tal vez encontraría a
Larsen en casa de Taboada. ¿Cómo podría averiguar si habían salido a la tarde?
Si descubría algo, lo que es a él no volverían a verlo. Dios mío, murmuró ¿cómo
puedo imaginar estos disparates? Con una mano se
cubrió los ojos. Bajó del 38 en
Monroe; tomó el 35 y, cuando llegó a la Avenida del Tejar,
ya eran casi las nueve y media. Se
preguntó si no sería demasiado tarde; si Clara no estaría ya esperándolo en la
calle Guayra. Miró hacia arriba y vio que en el departamento de Taboada había
luz.
XXXIV
En la puerta se cruzó con un señor
que lo saludó; en el ascensor había tres desconocidos. Uno de ellos,
dirigiéndose a Gauna, inquirió:
-¿Qué piso?
-Cuarto
El señor apretó el botón. Cuando
llegaron, abrió la puerta para que Gauna pasara; Gauna pasó y con sorpresa vio
que los señores lo seguían. Murmuró confusamente:
-¿Ustedes también?...
La puerta estaba entreabierta; los
señores entraron; había gente adentro. Entonces apareció Clara, vestida de
negro -¿de dónde sacó ese vestido?- con los ojos brillantes, corriendo, se echó
en sus brazos.
-Mi querido, mi amor -gritó.
El cuerpo de Clara se sacudía,
apretado, contra el suyo. Quiso mirarla, pero ella se apretó más. "Está
llorando", pensó. Clara le dijo:
-Papá ha muerto.
Después, frente a la pileta de la
cocina, donde Clara se mojaba los ojos con agua fría, oyó por primera vez la
relación de los hechos vinculados con la agonía y con la muerte de
Serafín Taboada.
-No puedo creer -repetía-. No puedo
creer.
La víspera Taboada se había sentido
mal -con tos y con ahogos pero no había dicho nada. Hoy, cuando Clara había
llamado por teléfono a Gauna, Taboada escuchaba la comunicación; y era
cumpliendo indicaciones de su padre que la muchacha le había pedido que fuera
al cinematógrafo. "Tú misma debías ir", había agregado, "pero no
insisto, porque sé que no me harás caso. No hay nada que hacer aquí; deberías
evitarte un mal recuerdo". Clara protestó; le preguntó si pretendía que lo
dejara solo. Con mucha dulzura Taboada contestó: "Uno siempre muere solo,
mi hijita".
Después dijo que iba a descansar un
poco y cerró los ojos; Clara no sabía si dormía; hubiera querido llamar a
Gauna, pero hubiera tenido que hablar desde otro teléfono y no se atrevía a
dejar a su padre. Este, al rato, le pidió que se acercara; le acarició el pelo
y
con la voz muy apagada le recomendó:
"Cuida de Emilio. Yo interrumpí su destino. Trata
de que no lo retome. Trata de que no
se convierta en el guapo Valerga". Después de un suspiro dijo: "Me
gustaría explicarle que hay generosidad en la dicha y egoísmo en la
aventura". Le dio un beso en la frente; agregó en un murmullo: "Bueno,
mi hijita, ahora si quieres llama a Emilio y a Larsen". Disimulando su
emoción, Clara corrió al teléfono. El carpintero la atendió con enojo; cuando
ella se preguntaba si habría cortado la comunicación, el hombre le dijo que
nadie contestaba en la casa, que Gauna debía de haber salido. Llamó entonces a
Larsen. Este prometió ir en seguida.
Cuando ella volvió a acercarse a la cama vio que su padre tenía la cabeza
ligeramente inclinada sobre el pecho y comprendió que había muerto. Sin duda le
había pedido que los llamara para alejarla un poco, para que no lo viera morir.
Siempre había afirmado que había que cuidar los recuerdos, porque eran la vida
de cada uno.
Clara fue al dormitorio de su padre;
Gauna quedó, perplejo, en la cocina, mirando la pileta, advirtiendo
singularmente la presencia de los objetos, observándose en el acto de mirarlos.
No se había movido cuando Clara regresó para preguntarle si no quería tomar una
taza de café.
-No, no -dijo avergonzado-. ¿Debo
hacer algo?
-Nada, querido, nada -contestó ella,
tranquilizándolo. Comprendía que era absurdo que ella lo consolara, pero la
encontró tan superior a él, que no protestó. Tuvo un recuerdo y habló con
sobresalto:
-Pero... la empresa... ¿hay que ir a
hablar? Clara respondió:
-Ya se ocupó Larsen. También lo mandé
a casa por si estabas allí y para que me trajera algunas cosas -sonriendo
añadió-: Pobre, mirá el vestido que me trajo.
Para su coquetería femenina,
normalmente poco notable y casi nula, había algo absurdo en ese vestido, algo
que él no advertía.
-Te queda muy bien -dijo; después
añadió-: Hay mucha gente.
-Sí -convino ella-. Mejor que vayas a
atenderlos.
-Es claro, es claro -se apresuró a
contestar.
En cuanto salió de la cocina, se
encontró con desconocidos, que lo abrazaron. Estaba emocionado, pero sentía que
la noticia de esa muerte había llegado demasiado bruscamente para que supiera
cómo lo afectaba. Cuando lo vio a Larsen se conmovió mucho.
La gente bebía café, que Clara había
servido. Gauna se sentó en un sillón. Estaba rodeado de un grupo de señores;
todos hablaban en voz baja; de pronto se oyó decir:
-Fue un suicidio.
(Con agrado reparó en el interés que
la declaración provocaba; se aborreció por ese agrado.)
-Fue un suicidio -repitió-. Sabía que
no podría aguantar otro invierno en Buenos Aires.
-Entonces murió como un gran hombre
-afirmó el "culto" señor Gómez, que vivía de unos quintos de la
lotería. Era muy delgado, muy gris, muy pálido; llevaba el pelo casi
rapado y el bigote ralo. Tenía ojos
pequeños, arrugados, irónicos y, al decir de la gente,
japoneses; estaba vestido de oscuro,
con una chalina sobre los hombros; para moverse y hasta para hablar temblaba de
arriba abajo y lo más memorable de su aspecto era la extraordinaria endeblez.
En su mocedad, afirmábase en el barrio, había sido temible sindicalista y, peor
aún, anarquista catalán. Ahora, por su impresionante colección de cajas de
fósforos, se había vinculado con las mejores familias. Gauna pensó: "No
hay como los velorios para oír imbecilidades".
-Bien mirada -continuó Gómez-, la de
Sócrates no es más que un suicidio. Y la de, y la de...
(Olvidó el segundo ejemplo, se dijo
Gauna.)
-Y aun la de Julio César. Y la de
Juana de Arco. Y la de Solís, que lo comieron los indios.
-Tiene razón Evaristo -dictaminó el
farmacéutico.
Gauna se tranquilizó. El polaco de la
tienda, con los ojos celestes, la cara de dormido y el aspecto de gato gordo
que duerme adentro, explicaba:
-Lo que no me convence es la
escalera... muy angosta... no sé cómo van a sacar el catafalco.
-El ataúd, pedazo de bruto -corrigió
el farmacéutico.
-Ah, eso sí -continuaba el polaco-,
en las casas, lo primero que yo miro es el ancho de la escalera... no sé cómo
van a sacarlo.
Un joven muy bien puesto, al que
Gauna observaba con desconfianza, preguntándose
si no sería uno de esos que van a los
velorios para tomar café, comentó con vehemencia:
-Lo que es un abuso, a esta hora, son
los vecinos del tercer piso. Meta música, sabiendo que tenemos arriba un
velorio. Si me dan ganas de presentar una queja formal al portero.
Por encima de la chalina con caspa
del señor Gómez, Gauna vio que alguien saludaba a
Clara. "Quién será ese
cabezón", pensó. Era pálido y rubio; creía recordarlo de alguna parte.
"Parece que se conocen. Tengo que preguntar a Clara quién es. Ahora no.
Ahora sería poco delicado", se dijo. "Pero tengo que preguntarle
quién es".
El frágil señor Gómez continuaba:
-Estamos prendidos a la vida con
todas nuestras garras. El gran hombre se reconoce en que parte como Taboada,
sin presentar batalla inútil, con presurosa y casi alegre resolución.
Con el pretexto de saludar, Gauna se
acercó al grupo de las señoras. El rubio se fue. La señora de Lambruschini
estuvo muy cariñosa. Gauna pensó: "La turquita mejora cada día, pero lo
que es la novia de Ferrari, da miedo". La conversación y el café ayudaron
a pasar la noche. En un rincón, unos jugaban al truco, pero fueron mal vistos
por los demás.
XXXV
El destino es una útil invención de
los hombres. ¿Qué habría pasado si algunos hechos hubieran sido distintos?
Ocurrió lo que debía ocurrir; esta modesta enseñanza resplandece con luz
humilde, pero diáfana, en la historia que les refiero. Sin embargo, yo sigo
creyendo que la suerte de Gauna y de Clara sería otra si el Brujo no hubiese
muerto. Gauna volvió a frecuentar el Platense, volvió a reunirse con los
muchachos y con el doctor. Los habituales murmuradores del barrio dijeron que
Gauna había cuidado de que estos momentáneos abandonos del hogar no
perjudicaran a su mujer; que ante ella, en tales ocasiones,
estaba representado por Larsen;
que uno salía
para que el
otro entrara...
La verdad que había en esto era
inofensiva: los sentimientos de Larsen por Gauna y por Clara nunca variaron;
como ya no podía ir a casa del Brujo, iba a casa de Gauna.
Sin la tutela del Brujo, Gauna
conversaba casi con insistencia de la aventura de los tres días. Clara lo
quería tanto que, para no quedar excluida de nada que lo concerniera
o, que simplemente, para imitarlo,
dio también en discutir el asunto cuando estaba a solas con la turquita; debía
de presentir, sin embargo, que la obsesión de Gauna
ocultaba precipicios en los que
finalmente se hundiría su dicha, pero tenía esa noble resignación, ese hermoso
valor de algunas mujeres, que saben ser felices en las treguas
de su infortunio. La verdad es que ni
siquiera esas treguas estaban libres de una sombra, la sombra de un anhelo que
no se cumplía: el anhelo de tener un hijo (aparte de Gauna,
solamente la turquita sabía esto).
Él hablaba, cada vez más
abiertamente, de los recuerdos del carnaval, del misterio de la tercera noche,
de sus confusos planes para descifrarlo; se cuidaba un poco, es cierto, cuando
estaba Larsen, pero llegó a mencionar, delante de Clara, a la máscara del
Armenonville. Si ganaba algunos pesos en el taller, en vez de guardarlos para
el Ford o para la máquina de coser, o para la hipoteca, los gastaba recorriendo
bares y otros establecimientos que habían visitado en aquellas tres noches del
27. En alguna oportunidad reconoció que esas incursiones eran vanas: los mismos
sitios, vistos separadamente y sin el cansancio y las copas y la locura de
aquella vez, no le despertaban evocaciones. Larsen, cuya prudencia
eventualmente parecía cobardía, cavilaba demasiado sobre las escapadas de Gauna
y dejaba que la muchacha advirtiera su preocupación. Una tarde Clara le dijo en
tono veladamente irritado que ella estaba segura de que Gauna nunca la
abandonaría por otra mujer. Clara tenía razón, aunque una muchacha rubia, con
cara sutilmente ovina, que trabajaba de licorera en un tugurio del bajo,
llamado Signor, lo enamoró buena parte de una semana. Por lo menos, el rumor llegó al barrio.
Gauna habló poco del asunto.
Cuando Gauna cobró el dinero de la
herencia de Taboada -alrededor de ocho mil pesos-, Larsen temió que su amigo lo
dilapidara en la perplejidad y en el desorden de tres o cuatro noches. Clara no
dudó de Gauna. Este pagó la hipoteca y llevó a su casa la máquina de coser, un
aparato de radiotelefonía y algunos pesos que habían sobrado.
-Te traigo esta radio -le dijo a
Clara- para que te entretengas cuando estés sola.
-¿Pensás dejarme sola? -preguntó
Clara.
Gauna le contestó que no podía
imaginar la vida sin ella.
-¿Por qué no compraste el coche?
-inquirió Clara-. Lo hemos deseado tanto.
-Lo compraremos en setiembre -afirmó
él-. Cuando pasen los fríos y podamos salir a pasear.
Era una tarde lluviosa. Con la frente
apoyada contra el vidrio de la ventana, Clara dijo:
-Qué lindo estar juntos y oír llover
afuera.
Le sirvió unos mates. Hablaron de la
tercera noche del carnaval del 27. Gauna dijo:
-Yo estaba en una mesa, con una
máscara.
-Y después ¿qué pasó?
-Después bailamos. En eso oí un
platillo, el baile se interrumpió, todo el mundo se tomó de las manos y
empezamos a correr en cadena por el salón. Volvió a sonar el platillo y
volvimos a formar parejas, pero con personas diferentes. Así se me perdió la máscara.
Cuando pude me regresé a la mesa. El doctor y los muchachos estaban
esperándome, para que les pagara el consumo. El doctor propuso que saliéramos a
dar una vuelta por los lagos, para refrescarnos un poco y no acabar en la
seccional.
-¿Qué hiciste? -Salí con ellos. Clara
pareció no creer.
-¿Estás seguro? -preguntó.
-Cómo no voy a estar seguro. Ella
insistió:
-¿Estás seguro que no volviste a la
mesa donde estaba la máscara?
-Estoy seguro, querida -contestó
Gauna, y le dio un beso en la frente-. Alguna vez me dijiste algo que nadie
hubiera dicho. Me dolió en el momento, pero siempre te lo agradecí. Ahora es mi
turno de ser franco. Yo estaba muy desesperado por haber perdido a esa máscara.
De repente la vi contra el mostrador del bar. Iba a levantarme para buscarla,
cuando me di cuenta que la máscara le estaba sonriendo a un muchacho rubio y
cabezón. Tal vez por la misma alegría que me dio verla, me dio rabia. O tal vez
fueran celos, vaya uno a saber. No comprendo nada. Te quiero y me parece
imposible haber tenido celos de otra.
Como si no lo oyera, Clara insistió:
-¿Qué pasó después?
-Acepté la propuesta de dar la vuelta
por los lagos: me levanté, dejé sobre la mesa la plata que debíamos y salí con
Valerga y los muchachos. Después hubo una disputa. La
veo como en un sueño. Antúnez o algún
otro afirmó que yo habría ganado en las
carreras más que lo que dije. En este
punto, todo se vuelve confuso y disparatado, como en los sueños. Yo debí de
cometer una terrible equivocación. Según mis recuerdos, el doctor se puso de
parte de Antúnez y acabamos peleando a cuchillo, a la luz de la luna.
XXXVI
En la mañana del sábado 1° de marzo
de 1930, Gauna estaba "sirviéndose" en la peluquería de la calle
Conde. Se dirigió al peluquero: -¿Entonces, Pracánico, no tenés ninguna fija
para las carreras de esta tarde?
-Déjeme de carreras, que yo no quiero
morir en el asilo -contestó Pracánico-. El juego está bueno para cada loco. No
le digo la ruleta, que siempre me despluma en Mar del
Plata, ni la lotería de todas las
semanas, que me consume los ahorros que guardo con la
ilusión de ir en verano a Mar del
Plata.
-Pero, ¿qué clase de peluquero sos
vos? -preguntó Gauna-. En mis tiempos, los peluqueros siempre estaban
ofreciéndole a uno datos para las carreras. Además le contaban a uno la
historia divertida, el cuento al caso.
-Si es por eso, le cuento mi vida,
que es una novela -aseguró Pracánico-. Le narro
cuando navegaba en el buque de
guerra, con tanto miedo que no tenía tiempo de marearme. O la vez que
aprovechando que el marido estaba en el Rosario, salí con la mujer del
verdulero.
Gauna canturreó:
Es la canguela, la que yo canto, la
triste vida
que yo pasé,
cuando paseaba mi bien querido
por el Rosario de Santa Fe.
-No le escuché bien -dijo Pracánico.
-No es nada -contestó Gauna-. Un
canto que recordé. Seguí.
-Aprovechando la ocasión, aquella
noche salí con la mujer del verdulero. Yo era joven entonces, y de mucho
arrastre.
Mirando de lado, hacia arriba, agregó
con sincera admiración:
-Yo era alto.(No aclaró cómo podía
ser apreciablemente más alto que ahora.)
-Fuimos a un baile, lo más cafiolo,
en el Teatro Argentino. Yo era imbatible para el tango y cuando emprendimos la
primera piecita un malevo con voz ronca me espetó: "Joven, la otra mitad
es para don yo de Córdoba". Ese ignorante debía de imaginarse que
bailábamos un estilo, que tiene
primera y segunda. Yo le repliqué en el acto que tomara
ahí no más a mi compañera, que yo
estaba lo más cansado de bailar. Salí del teatro a la disparada, no fuera a
incomodarse tamaño malevaje. Al día siguiente, la mujer me visitó en la
peluquería, que entonces tenía en la calle Uspallata al 900, y me prohibió
absolutamente que volviera a hacer un papel tan triste en el baile. Otra vez
dormíamos la siesta, lo más juntitos, y tuvimos unas palabras sin importancia.
¿Qué me dice usted cuando la veo que se levanta de todo su alto, abre el baúl y
saca el cuchillo Solingen para cortar un cacho de pan y dulce? Yo lo menos que
pensé fue en el pan y en el dulce. Dio farol, caí de rodillas, como un santo, y
con lágrimas en los ojos le pedí que no me matara.
Como Gauna lo miró sorprendido,
Pracánico explicó con vehemencia y con orgullo:
-Yo no sirvo para hacer frente a
situaciones difíciles. Se lo juro por lo que más quiera: yo soy un cobarde
infame. Cuando empecé a arrastrarle el ala a Dorita, no hacía mucho que ella se
había separado de su marido. Una noche que yo iba a visitarla, el marido me
salió al paso, en un sitio todo oscuro, y me dijo: "Quiero hablarle".
"¿A mí?", le pregunté. "Sí, a usted", me dijo. "No
puede ser", le contesté en el acto. "Debe estar en un error".
"Qué error ni qué error", me aseguró. "Ármese porque estoy
armado". Yo me puse a
temblar como una hoja, le juré mil
veces que estaba equivocadísimo, le expliqué que no había armería en el barrio
y que, poniendo por caso que la hubiera, a tan altas horas estaría cerrada, le
pedí que antes de hacer lo que se le diera la gana conmigo me permitiera llamar
por teléfono a mis nenas para despedirme. El hombre comprendió que yo era un
pobre desgraciado, el último infeliz. Se le pasó el enojo y me dijo, lo más
razonable, que fuera a visitar a Dorita, que después hablaríamos en el café. Yo
hubiera querido hacerme el que no sabía quién era Dorita, pero no me dio el
cuero, si usted me entiende. Dorita me preguntó esa noche qué me pasaba. Yo le
dije que estaba mejor que nunca. Vea lo que son las mujeres: ella me aseguró
que parecía asustado. Cuando salí, el esposo estaba esperándome y fuimos al
café, como era su capricho. Yo le ofrecí francamente mi amistad. El hombre se
hacía el difícil. Al rato se avino a explicarme que trabajaba en los talleres
de la Armada y que un ascenso le con-vendría de veras. Dio farol, le juré ahí
mismo que se lo conseguiría y al otro día estuve activo molestando a mis
relaciones. Soy tan metido que para fin de semana el punto tenía el ascenso
firmado. Pucha, nos convertimos en grandes amigos y nos veíamos todas las
no-ches. No faltaron veces que saliéramos al teatro los tres juntos, con
Dorita, todo sin doble sentido, lo más familiar y lo más decente. Así viéndonos
a diario, pasamos cinco años, hasta que al fin ese desgraciado murió de un
grano y pude respirar. Mientras se anudaba la cor-bata, Gauna insistió:
-Entonces ¿no tenés ninguna fija para
las carreras de hoy?
Un señor vestido de negro, con
paraguas, con cara de pájaro de mal agüero, que desde hacía un rato esperaba
decorosamente su turno, habló con visible agitación:
-Decíle que sí, Pracánico, decíle que
sí. Yo tengo el dato que no falla.
Contrariado, Pracánico aceptó el
dinero que Gauna le entregó. Gauna encontró en un bolsillo del chaleco un viejo
boleto de tranvía. Sacó un lápiz; miró al señor vestido de negro. Éste,
moviendo mucho la cara, con voz apagada, sibilante, pronunció un nombre
que Gauna escribió en letras de
imprenta:
-CALCEDONIA.
XXXVII
Y como alguno de ustedes acaso
recordará, Calcedonia ganó, ese primero de marzo, la cuarta carrera. Cuando
Gauna, hacia el atardecer, pasó por la peluquería, recibió de manos de
Pracánico mil setecientos cuarenta pesos. En el almacén de la esquina
celebraron, con un vermut acorchado y con un queso bastante agrio, la victoria.
Gauna reconoció que debía estar
contento, pero sin alegría se encaminó a su casa. El destino, que sutilmente
dirige nuestras vidas, en ese golpe de suerte se había dejado ver de manera
desembozada y casi
brutal. Para Gauna,
el hecho tenía
una sola interpretación posible:
él debía emplear el dinero como en el año veintisiete; debía salir con el
doctor y con los muchachos; debía recorrer los mismos lugares y llegar, la
tercera noche, al Armenonville y, después, al alba, en el bosque: así le sería dado
penetrar de nuevo las visiones que había recibido y perdido esa noche, y
alcanzar definitivamente lo que fue, como en el éxtasis de un sueño olvidado,
la culminación de su vida.
No podía decir a Clara: "He
ganado este dinero en las carreras y voy a gastarlo con los muchachos y el
doctor, en las
tres noches de carnaval". No podría
anunciar que
dilapidaría estúpidamente un dinero
que necesitaban tanto en la casa, con el agravante
de pasar tres noches de alcohol y de
mujeres. Podría, tal vez, hacer todo eso; no, decirlo. Ya se había acostumbrado
a ocultar a su mujer algunos pensamientos; pero estar con ella esa noche y no
decirle que a la otra noche saldría con los amigos, le parecía una ocultación
traidora y, además, impracticable.
Clara lo recibió tiernamente. La
confiada alegría de su amor se reflejaba en toda su persona; en
el brillo de
los ojos, en
la curva de
los pómulos, en
el pelo
despreocupadamente echado hacia
atrás. Gauna sintió como un espasmo de piedad y de
tristeza. Tratar así a un ser que lo
quería tanto, pensó, era monstruoso. Y además, ¿por qué? ¿No eran, acaso,
felices? ¿Quería cambiar de mujer? Como si la determinación no dependiera de
él, como si un tercero fuera a decidir, se preguntó qué ocurriría al día
siguiente. Después resolvió que no saldría; que no abandonaría (pensar este
verbo lo estremeció) a Clara.
Era tarde cuando apagaron la luz.
Creo que hasta bailaron esa noche. Pero Gauna no dijo que había ganado dinero
en las carreras.
XXXVIII
El domingo se presentó nublado y
lluvioso. Lambruschini los invitó a ir a Santa
Catalina.
-No es un día para excursiones -opinó
Clara-. Mejor nos quedamos en casa. Más tarde, si tenemos ganas, vamos al
cinematógrafo.
-Como quieras -contestó Gauna.
Le agradecieron la invitación a
Lambruschini y le prometieron salir el domingo siguiente.
Pasaron la mañana sin
hacer casi nada.
Gauna estuvo leyendo la Historia
de los
girondinos; entre las páginas
encontró la tira de papel, con la inscripción roja: "Freyre
3721" escrita por Clara, con el
lápiz de labios, la tarde de la primera salida. Después
Clara cocinó, almorzaron y durmieron
la siesta. Cuando se levantaron, Clara declaró:
-Francamente, hoy no tengo ganas de
salir de casa.
Gauna empezó a trabajar en el aparato
de radio. La noche antes había notado que la bobina, después de funcionar un
rato, se calentaba. A eso de las seis, anunció:
-Ya te lo arreglé.
Tomó el sombrero, se lo puso casi en
la nuca.
-Voy a dar una vuelta -dijo.
-¿Vas a tardar mucho? -preguntó
Clara. La besó en la frente.
-No creo -contestó.
Pensó que no sabía. Hacía un rato,
cuando se preguntaba qué haría esa noche, sentía alguna angustia. Ahora no.
Ahora, secretamente complacido, observaba su indeterminación acaso verdadera,
su libertad acaso ficticia.
No ha llovido bastante, pensó al
cruzar la plaza Juan Bautista Alberdi. Los árboles parecían envueltos en un
halo de bruma. Hacía mucho calor.
Alrededor de una mesa de
mármol, los muchachos se aburrían
en el
Platense.
Apoyado en los respaldos de las
sillas de Larsen y de Maidana, reclinado, pálido, absorto, Gauna dijo:
-He ganado más de mil pesos en las
carreras.
Miró a los muchachos.
Retrospectivamente (entonces no, estaba demasiado exaltado), creyó notar una
expresión ansiosa en el rostro de Larsen. Continuó:
-Los invito a salir esta noche.
Larsen le decía que no con la cabeza.
Simuló no advertirlo. Siguió hablando rápidamente:
-Tenemos que divertirnos como en el
veintisiete. Vamos a buscar al doctor. Antúnez y Maidana se levantaron.
-¿Hay pulgas? -preguntó Pegorano,
recostándose en la silla-. Pero, amigo, se están portando como los brutos que
son ¿vamos a irnos de aquí sin celebrar, aunque sea con
Bilz, la suerte de Emilito?
Siéntense, háganme el favor. Sobra el tiempo, no se apuren.
-¿Cuánto ganaste? -interrogó Antúnez.
-Más de mil quinientos pesos
-contestó Gauna.
-Si le preguntan dentro de un rato
-acotó Maidana- habrá superado ampliamente los dos mil.
-¡Mozo! -llamó Pegoraro-. El señor,
aquí, va a convidarnos con una caña quemada.
El mozo miró inquisitivamente a
Gauna.
Este asintió. -Sirva, nomás -dijo-.
Yo hago frente.
Después de beber, todos se
levantaron, salvo Larsen. Gauna le preguntó:
-¿No venís?
-No, che. Yo me quedo.
-¿Qué te pasa? -preguntó Maidana.
-No puedo ir -Larsen contestó,
sonriendo significativamente.
-Dejála que espere -aconsejó
Pegoraro-. Les asienta bien. Antúnez comentó:
-Este le cree.
-Si no ¿por qué no iba a ir?
-interrogó Larsen. Gauna le dijo:
-Pero imagino que esta noche te
sumarás a nosotros.
-No, viejo. No puedo -le aseguró
Larsen.
Gauna se encogió de hombros y empezó
a salir con los muchachos. Después volvió a la mesa y le dijo en voz baja a su
amigo:
-Si podés, pasá por casa y decíle a
Clara que he salido.
-Debías decírselo vos -replicó
Larsen. Gauna alcanzó al grupo.
-¿A quién tendrá que ver Larsen?
-preguntó Maidana.
-No sé -contestó secamente Gauna.
-A nadie -aseguró Antúnez-. ¿Cómo no
comprenden que es un pretexto?
-Un puro pretexto -repitió
tristemente Pegoraro-. Ese muchacho carece de calor humano, es un egoísta, un
comodón.
Antúnez entonó con la voz melosa, que
ya cansaba a los propios amigos:
Contra el destino nadie la talla.
XXXIX
-¿Cuánto ganaste?-preguntó el doctor.
Sus labios finos dibujaron una sonrisa sutil.
-Yo siempre repito que no hay deporte
más noble. Llevaba saco azul, de mecánico, pantalón de fantasía, oscuro, y alpargatas.
Los había recibido con frialdad, pero la noticia
del triunfo de Gauna lo apaciguó
notablemente.
-Mil setecientos cuarenta pesos
-contestó Gauna, con orgullo. Guiñando un ojo, encogiendo la pierna izquierda,
Antúnez comentó con entusiasmo:
-Hasta ahí lo que declara. Si
quieren, le ausculto el fundillo.
-No te expreses como un malevo -lo
retó el doctor-. Te voy a reprender cada vez que te pesque hablando como un
malevo y como un lunfardo. Decencia, muchachos, decencia. El loco Almeyra, un
hombre que no faltó a la cita en cuanta barrabasada y
otros despropósitos que en su tiempo
se cometieron, amén de haber detentado cierta
notoriedad en años en que se
estilaba, entre la dorada juventud, salir a cazar vigilantes, me dijo, y nunca
lo olvidaré, que la decencia en el vestir le había reportado más que el naipe
-después, encontrando su tono cordial, inquirió-: ¿Por qué no pasan?
Pasaron a la cocina y, sentados en
bancos de fabricación casera y en sillas de paja
(alguna, bajísima) rodearon al
doctor. Éste, solemnemente, cebó mates que tomó y ofreció.
Por fin, Gauna se atrevió a hablar:
-Habíamos pensado salir a divertirnos
en estas fiestas. Quisiéramos que nos honrara con su compañía.
-Ya te dije, muchacho -replicó
Valerga-, que no soy un circo, para tener compañía. Pero acepto gustoso el
convite.
-Cuando el doctor se entere para
cuándo es el convite, lo fusila a Gaunita -comentó
Antúnez, riendo nerviosamente.
-¿Para cuándo? -preguntó el doctor.
-Para hoy -contestó Gauna.
El doctor se dirigió a Antúnez:
-¿Qué te has creído, che? ¿Te
imaginás que soy un viejo sotreta, que no puedo salir zumbando a la voz de mar?
-¿Dónde iremos? -preguntó Maidana,
acaso para distraerlos de la discusión. Gauna comprendió que debía mostrarse
firme.
-Vamos a retomar -dijo- el circuito
del 27.
-¿Los mismos sitios? -inquirió, con
alarma, Pegoraro-. ¿Por qué? Hay que ver novedades, hay que ponerse a tono con
la época.
-¿Y vos quién sos para opinar? -le
preguntó el doctor-. Emilio decide, porque es el que ganó el dinero. ¿Está
claro o quieren que les grite en las orejas? Le doy mi conformidad, aunque se
le antoje dar vueltas por los mismos sitios, como un animal de noria.
El doctor pasó al cuarto contiguo,
para volver, instantes después, con su pañuelo al
cuello, su chalina de vicuña, el saco
negro, el mismo pantalón y calzado de charol, muy lustroso. Lo precedía y lo
rodeaba un halo, casi femenino, de olor a clavel o, tal vez, a polvo de talco.
El pelo, recién peinado, brillaba grasosamente.
-Marchen, reclutas -ordenó, abriendo
la puerta para que los muchachos salieran. Se dirigió a Gauna-: ¿Y ahora?
-Ahora pasemos por la peluquería de
Pracánico -propuso Gauna-. Él me hizo ganar la
plata. Quedaría como un infame si no
lo invitara.
-Este siempre mostró afición a pasear
con peluqueros -comentó Pegoraro.
-A lo mejor, no se acuerda del refrán
-opinó el doctor-: ir a la peluquería y volver sin peluca.
Todos se rieron mucho. Pegoraro
susurró en el oído de Gauna: -Está de un humor excelente -la voz traslucía
admiración y cariño-. Me parece que por ahora no hay que temer colisiones
desagradables.
Un rato bastante largo llamaron a la
puerta, en casa del peluquero. Cuando el doctor empezaba a dar signos de
impaciencia, apareció una señora.
-¿Está Pracánico? -preguntó Gauna.
-Qué va a estar -contestó la señora-.
Usted que lo ve todo el año matándose en el trabajo, siempre en la línea de
fuego, como un esclavo de su deber, como un hombre formal, no se hace ni una
idea de cómo se pone de loco en cuanto llegan los carnavales. Savastano, que es
otro que ya no lo aguanto, vino a buscarlo desde la plaza del Once y los dos se
fueron con la ilusión de formar en el carro alegórico del doctor Carbone.
En la estación Saavedra tomaron el
tren. Gauna comprendió que su plan de repetir exactamente las acciones y el
itinerario de los tres días del carnaval del 27 era impracti- cable; la
ausencia, que él reputaba deserción, del peluquero, lo afligía.
Se consolaba reflexionando que, aun
si hubiera conseguido a Pracánico, los de la partida no hubieran sido los
mismos, ya que, estudiándolo bien, Pracánico no era Massantonio. Pero debía
reconocer que ambos coincidían en ser peluqueros y este hecho,
inútil ocultarlo, revestía la mayor
importancia. El doctor, los muchachos y un peluquero
habían formado, en 1927, el grupo
original. La triste verdad era que ahora iniciaban la gira desprovistos de
peluquero.
XL
Bajaron en Villa Devoto y por
Fernández de Enciso llegaron a la plaza Arenales. En el trayecto se cruzaron
con algunas máscaras que parecían avergonzadas y perdidas. Maidana murmuró:
-Menos mal que no juegan con agua.
-Que me salpiquen, no más -Antúnez
comentó sombriamente . Extraigo el 38 y les abro un ojo en la frente.
El doctor palmeó a Gauna.
-Tu paseíto puede resultar medio
fiambre -le dijo, sonriendo. La animación de otros años brilla por su ausencia.
-¿Recuerdan el carnaval del 27?-Gauna
preguntó-. Las avenidas parecían un corso.
-No son las ocho de la noche -observó
Maidana- y uno ya se cae de sueño. No hay vida, no hay espíritu. Es inútil.
-Es inútil -confirmó el doctor-. En
este país, todo va para atrás, hasta los carnavales.
No hay más que decadencia -después de
unos instantes agregó con lentitud-: La más negra decadencia.
-Vamos a tomar una copa en ese club
de nombre brasilero, los Mininos o algo por el estilo -propuso Gauna.
Maidana movió negativamente la
cabeza. Luego condescendió a explicar:
-No podemos entrar, no somos socios.
-La otra vez entramos -insistió Gauna.
-La otra vez -aclaró Pegoraro-, el
Gomina tenía amigos en la comisión.
Maidana asintió en silencio.
Caminaron un rato, sin preocuparse, tal vez, del rumbo.
-Es demasiado temprano para cansarnos
-protestó el doctor. Siguieron caminando. Después divisaron un coche.
-Ahí va una victoria -gritó Gauna.
La llamaron. Valerga ordenó al
cochero:
-A Rivadavia.
El doctor y Gauna se acomodaron en el
asiento principal, los tres muchachos, en el strapontin. Maidana, que había
quedado un poco de lado y casi afuera, preguntó:
-Maestro ¿no tiene un calzador?
El doctor señaló en tono reflexivo:
-Hay que buscar un almacén donde lo
sirvan a uno decentemente. Yo comería carne asada.
-Yo no tengo hambre -advirtió con
tristeza Pegoraro-. Me conformo con alguna tajada de salame y dos o tres
empanaditas.
Gauna pensaba que el paseo de 1927,
desde la primera noche, había sido muy distinto. Como si hablara con los
muchachos, se dijo: "Había entonces otra animación, otra solidaridad
humana". Le parecía que él mismo, en aquella oportunidad, había estado
menos ocupado en circunstancias
personales, se había dado más despreocupadamente al
grupo de amigos y a la animación de
la noche. Tal vez, en el 27, cuando salieron de Saavedra, ya tenían dos o tres
copas. O tal vez ahora creyera recordar los momentos iniciales del otro paseo,
pero en realidad recordaba momentos ulteriores, el fin de la primera noche o la
mitad de la segunda.
-A lo mejor me conviene más un poco
de estofado a la española -prosiguió Pegoraro, después de recapacitar-. Con
este peso que tengo en el estómago, debo mantenerme firme en el renglón de las
comidas livianas.
Gauna se convenció de que el estado
de ánimo de las noches del 27 era irrecuperable; sin embargo, cuando se
desviaron de un corso y bajaron por una callecita vacía y despareja, creyó
presentirlo, como se presiente una música olvidada, en ráfagas lejanas,
repetidas, tenues.
-Hágame el obsequio, doctor, míreme
ese pollo -exclamó Pegoraro, sacando medio cuerpo fuera del coche; habían
entrado en una avenida y, en la curva, se habían acercado mucho a la vereda-.
Ese pollo, doctor, ese pollo en el spiedo, el segundo, ese que ahora se pierde
para atrás. No me diga que no lo vio.
-Olvidálo -aconsejó el doctor-.
Entrás en el recinto, te ajustás la servilleta y ya te dejan más desplumado que
el ave.
-No lo ofenda a Gauna -rogó Pegoraro,
en voz quejosa.
-Yo no ofendo a nadie- respondió
torvamente el doctor. Alarmado, Maidana intervino.
-Pegoraro quiso decir que Emilio hoy
no está para fijarse en unos pesos miserables.
-¿Por qué dice que ofendo? -insistió
el doctor.
Antúnez guiñó un ojo y se encogió en
el asiento. Burlescamente explicó:
-Debemos cuidar la platita de Gauna
como si fuera nuestra.
-No vamos a encontrar otro pollo como
ése -gimió Pegoraro.
-Detenga, maestro -Valerga ordenó al
cochero, levantándose de hombros; a Gauna le dijo-: Pagá, Emilito.
Cuando entraron en la fonda, el
doctor explicó:
-En mis tiempos, el pollo quedaba
para las mujeres, los atrasados de salud y los extran-jeros. Los hombres
comíamos carne asada, si mal no recuerdo.
Un anciano pequeño y transpirado, con
saco de lustrina sucio, con grasienta servilleta
debajo del brazo, con pantalones
negros, muy arrugados, muy caídos, en los que aparecían reflejos amarillos, acaso
producidos por quemaduras
de plancha, sumariamente limpió
la mesa. Valerga le dijo:
-Oiga, joven; el señor, aquí -señaló
a Pegoraro- le echó el ojo a uno de esos pollos que circulan en la vidriera. Se
lo va a mostrar. Cuando volvieron con el pollo, el mozo preguntó:
-¿Hago marchar otra cosita?
-A ver -repuso Pegoraro-, ¿por qué no
presenta el menú? El doctor Valerga sacudió la cabeza.
-En mis tiempos dijo-, nadie pasaba
hambre, aunque no pidiera a cada rato la adición o el menú. Te atracabas al
mostrador, le dabas al pulpero una suma redonda, para que
el hombre estuviera a cubierto, y no
te asombres si te servía tres docenas de huevos fritos.
-Hace cuarenta años que trabajo en el
país -declaró el mozo . Que me quede ciego si he visto cosa parecida. El señor
tal vez anduvo leyendo algún librito de embustes y
cuentos del tío.
-Y usted -preguntó el doctor- ¿me
llama embustero o pretende que lo mate? Maidana intervino solícitamente:
-No le haga caso, doctor. Es un
anciano que no sabe lo que dice.
-No pases cuidado -contestó Valerga-.
Estoy suave como badana. No voy a ocuparme de este viejo. Por mí que nos sirva
y después lo coman los gusanos.
-Pero, doctor -suplicó Pegoraro-, el
pollito no va a alcanzar para todos.
-¿Quién dijo que debía alcanzar? Los
muchachos empezarán con fiambre surtido, Gauna y yo, que somos las personas de
respeto, nos haremos cargo del pollo y
vos, que estás delicado, darás cuenta de la sopa de pan rallado y de más
de una legumbre.
Gauna simuló no advertir una guiñada
del doctor. Ya estaba cansado de sus bromas y de sus enojos. Había tenido razón
Taboada: Valerga era un viejo insoportable. Lo gobernaba una tenaz y grosera
malignidad. En cuanto a los muchachos, eran unos pobres diablos, aspirantes a
criminales. ¿Por qué habría tardado tanto en comprenderlo? Para andar con este
grupo de imbéciles se había ido de la casa, sin avisar a su mujer.
¿Clara seguiría queriéndolo? Sin ella
y sin Larsen estaría solo en el mundo.
Apartó su plato. No tenía hambre. El
doctor daba cuenta de medio pollo, los muchachos devoraban y se disputaban las
rodajas de mortadela y de salame. Pegoraro absorbía la sopa. Los miró con odio.
-¿No comés? -preguntó Pegoraro.
-No -contestó.
Con prontitud, Pegoraro tomó la presa
de pollo que Gauna había dejado y empezó a devorarla. El doctor pareció
enojado, pero no habló. Gauna bebió un trago de vino. Después, como el doctor y
los muchachos se demoraron con la comida, Gauna bebió tres o cuatro vasos. El
doctor propuso que pasaran por un establecimiento de la calle Médanos.
-El de las alemanas ¿recuerdan? Lo
favorecimos en el 27.
XLI
Como estaban congestionados por la
comida, resolvieron caminar. Llegaron, por fin, a la calle Médanos. El
establecimiento estaba clausurado. Casi todos los que recorrieron en el 27,
ahora estaban clausurados. Desembocaron en una avenida y mientras interminable-mente
los ensordecía una murga, el doctor refirió cómo, años atrás, incendió una
máscara que lo había desairado.
-Vieran cómo corría la pobrecita, con
el vestido de paja y la guitarra que le dicen el ukelele. En las noticias de
policía de los diarios la llamaron "la antorcha humana".
En un café, ya cerca de Rivadavia,
Gauna recordó que en el 27 habían estado ahí,
quizá en la misma mesa, y que había
sucedido algo con un chico. Por un instante creyó recordar el episodio, sentir
lo que había sentido aquella noche. Preguntó:
-Aquí me parece que hubo una historia
con un chico ¿recuerdan qué pasó?
-Yo no recuerdo en absoluto -afirmó
el doctor, sin pronunciar la “b”.
-Que me muera si recuerdo lo más
mínimo -dijo Antúnez.
Gauna supuso que si recordaba ese
episodio empezaría a recuperar las perdidas y maravillosas experiencias... Lo
cierto es que el estado de ánimo de entonces le parecía irrecu-perable. Hoy no
se abandonaba a un compartido sentimiento de amistad, a un sentimiento de poder
casi mágico, a un sentimiento de generosa despreocupación. Hoy era un
espectador minucioso y hostil.
Después de beber un vasito de
ginebra, Gauna entrevió un recuerdo del carnaval del
27. Sintiéndose muy astuto preguntó:
-¿Dónde haremos noche, doctor?
-No te preocupes -contestó Valerga-.
El camastro a un peso la dormida no es lo que falta en Buenos Aires.
-Para mí -opinó Pegoraro- que Emilito
ya está con ganas de volver a la cucha. Lo noto
medio apocado, carente de animación,
si me explico.
Gauna continuó:
-La otra vez fuimos a una quinta de
un amigo del doctor.
-¿A una qué? -preguntó este último.
-A una quinta. Salió a recibirnos una
señora de mal talante, con muchos perros. Valerga se limitó a sonreír.
Los muchachos hablaban con libertad,
como si adivinaran que el doctor no estaba en
ánimo de reprenderlos.
-¿Ahora te ha dado por el ahorro?
-preguntó Pegoraro-. Un hombre como vos no se fija en un miserable peso.
Antúnez intervino con cierto calor.
-No le hagas caso -dijo-. Mi eterno
lema es que debemos cuidarte el centavo.
-No te comprenden, Emilito -comentó
el doctor, casi con dulzura. Después, dirigiéndose a los muchachos, explicó-:
Por alguna razón que él solo conoce, Emilio quiere que repitamos el recorrido
de las noches del 27. Está visto que nadie tiene que saber la razón; de no, yo
creo que nos la hubiera comunicado a nosotros, a los amigos.
-Pero, doctor -protestó Gauna.
-No me gusta que me interrumpan.
Decía que somos tus amigos de toda la vida y que me extraña que andes con
tapujos. A otro no se lo hubiera perdonado. Si cuando lo
pienso la sangre me hierve. Pero con
Emilito es distinto: es el hombre de la suerte, ha
tenido la deferencia de acordarse de
nosotros, de invitarnos y, para manifestarlo en una sola palabra, no se dirá
que yo no sé agradecer.
-Pero, doctor, le aseguro...
-insistió Gauna.
-No es necesario que te justifiques
-lo detuvo el doctor, retomando el tono amistoso. Luego se dirigió a los
muchachos-: En ocasiones queremos volver a los lugares que en la dorada
juventud hemos frecuentado. En ocasiones, he dicho, porque ni el más hombre
está libre de acordarse de alguna
mujer -volvió a dirigirse a Gauna-: Quiero decirte que apruebo tu conducta.
Hacés bien en no hablar. Estos hombrecitos de ahora cuentan todo y ni siquiera
respetan el buen nombre de la arrastrada que les hizo caso.
Gauna se preguntó si debía creer al
doctor, si debía creer que el doctor creía lo que había dicho.
¿Él mismo lo
creía? ¿El sentido
de esa confusa
peregrinación era
conmemorar su ulterior encuentro con la máscara del
Armenonville? ¿O repetía la
peregrinación con la esperanza mágica
de que se repitiera el encuentro?
Bebieron otra vuelta de ginebra y
luego salieron del café. El doctor anunció en tono ambiguo:
-Ahora vamos a la quinta.
Antúnez le dio un codazo a Maidana.
Los dos se rieron; Pegoraro también. Con una mirada severa, Valerga los obligó
a sofocar la risa. De lejos advirtieron la gritería y el
resplandor de Rivadavia. Se
cruzaron con un grupo de dos señoritas, vestidas de
manolas, y un joven, de pirata.
-Ufa -exclamó el joven-. Qué suerte
que salimos.
-Este año el corso estaba odioso
-comentó una de las señoritas-. No podía una dar un paso sin que el primer
guarango...
-Se fijaron, che -la interrumpió la
otra-, yo creo que me quería comer con los ojos.
-Y yo, les juro, con el calor temí
que me diera un sofocón -aseguró el joven.
-No diga -murmuró Valerga.
Vendedores ambulantes ofrecían
antifaces, narices, caretas, serpentinas, cajas de pomos; subrepticiamente,
muchachos del barrio ofrecían, a precios razonables, pomos usados, llenados de
nuevo (con agua de las cunetas, se afirmaba). Otros vendedores ofrecían fruta
fresca o fruta abrillantada, helados Laponia, roscas de maicena, tortas y maní.
Se abrieron paso entre la gente, para mirar el corso. Cuando consideraban las
evoluciones de unos angelotes que pasaban en un carro alegórico, una muchacha
pelirroja, desde un vasto doble-faetón de alquiler, atinó, con una bombita
roja, en un ojo del doctor. Éste, visiblemente resentido, pretendió arrojarle
un pomo, arrebatado, en el calor de las circunstancias, a un lloroso niño
caracterizado de gaucho; pero Gauna logró contenerlo. Después del incidente,
los muchachos y el doctor avanzaron con lentitud entre la muchedumbre, mirando
y hablando con agresividad a las muchachas, entrando en almacenes, bebiendo
cañas y ginebras. Luego, en un taxi, continuaron el interminable desfile,
distribuyendo requiebros e insultos. Cuando llegaron a la altura del siete mil
doscientos, Valerga ordenó:
-Sujete, chofer. No aguanto más.
Gauna pagó.
Entraron en otro almacén y, después
de un rato, por una callecita arbolada, probable- mente Lafuente, desviaron
hacia el sur. En el silencio del barrio solitario retumbaban sus
gritos de borrachos.
A la izquierda, contra un cielo de
luna y de nubes, una fábrica se prolongaba en pálidos muros y en altas
chimeneas. De pronto, en lugar de muros, Gauna vio barrancas
abruptas, con matas de pasto en la
cima, con algún pino y con alguna cruz. El aire
estaba cargado de un sofocante olor a
humo dulce. Ya no había iluminación; un último farol solitario resplandecía
contra las barrancas. Siguieron caminando. Los nubarrones habían ocultado la
luna. Ahora, hacia la izquierda, creyó adivinar una llanura tenebrosa; hacia la
derecha, ondulaciones y valles. Unas luces redondas aparecían y desaparecían en
la llanura de la izquierda. De la profundidad de la noche, un par de esas luces
avanzaba con celeridad. Inesperadamente,
Gauna advirtió, casi inmediata, enorme, la cabeza de un caballo. Tal vez por la
profusión de monstruosas máscaras que había visto esa noche, la apacible cara
del animal lo sobresaltó como algo diabólico. Comprendió; hacia la izquierda se
extendía un potrero; las luces redondas eran ojos de caballos. Después le
flaquearon las piernas, creyó que iba a desmayarse. Tuvo un recuerdo y
vertiginosamente lo olvidó, como al despertar uno memoriza y olvida un sueño.
Cuando pudo recuperar ese recuerdo, lo formuló en la pregunta:
-¿Qué pasó esta misma noche, el año
27, con un caballo?
-Dale -contestó el doctor-. Hace un
rato era un chico. Todos reían. Pegoraro comentó:
-Emilito es muy veleta.
Gauna levantó los ojos y vio en el
cielo una exhalación. Pidió volver junto a Clara. Siguiendo a Valerga, salieron
del camino, se internaron por las ondulaciones y por los
valles -tal le parecieron- de la
derecha. Avanzaba con dificultad, porque el terreno cedía
bajo sus pies; era seco y blando.
-Qué olor feo -exclamó-. No puedo
respirar.
Toda la zona parecía cubierta por ese
repugnante olor a humo dulce.
-Tan delicado, Gauna -comentó
Antúnez, remedando una voz afeminada y alta.
Gauna lo oyó de muy lejos. Un sudor
frío le empapó la frente; la vista se le nubló. Cuando volvió en sí, estaba
apoyado en un brazo del doctor. Éste le dijo con voz
amistosa:
-Vamos, Emilito. Falta poco.
Echaron a andar. Muy pronto oyeron un
ladrido. Una manada de perros vagos los rodeaba, ladrando y gimiendo. Como en
sueños, vio a una mujer andrajosa: la mujer que
los había recibido en la quinta, en
1927. Ahora Valerga discutía con ella; la tomaba de un
brazo, la apartaba, los hacía pasar.
El cuarto era pequeño y sórdido. Gauna vio en un rincón una piel de oveja. Se
dejó caer encima. Se durmió.
XLII
Cuando despertó, el cuarto estaba a
oscuras. Gauna oyó la respiración de personas dormidas. Se tapó los oídos,
cerró los ojos. Recayó en el mismo sueño que estaba soñando cuando despertó:
con su cuchillito enfrentaba una rueda de hombres, semiocultos en un
entrecruzado dibujo de sombras; poco a poco, a la luz de la luna, los
identificó: eran el doctor y los muchachos. Volvió a despertar. Abrió mucho los
ojos en la oscuridad: ¿por qué estaba peleando, por qué, en el sueño, lo
abrasaba un tan vivo encono contra el doctor? Ya no oía la respiración de los
que dormían; todo él, tensamente, buscaba un recuerdo. Lo había recuperado en
un sueño y al despertar lo perdió. Volvería a recuperarlo. Sí, era el incidente
del chico. En el sueño había ocurrido de nuevo ese incidente del carnaval del
27. Ahora Gauna lo recordaba con nitidez.
No había un chico, sino dos chicos.
Uno, de tres o cuatro años, vestido de pierrot, que apareció de pronto junto a
la mesa, llorando en silencio, y otro, un poco mayor, de una
mesa vecina. El doctor contaba una de
sus historias, cuando apareció el primer chico y se
detuvo a su lado.
-¿Qué te pasa, recluta? -le preguntó
el doctor, con irritación.
El chico siguió llorando. El doctor
advirtió la presencia del otro chico; lo llamó; le dijo unas palabras al oído y
le dio un billete de cincuenta centavos. Este otro chico, sin duda obedeciendo
una orden, dio un puntapié al pierrot, después corrió a guarecerse a su mesa.
El pierrot se golpeó la boca contra el mármol de la mesa, volvió a erguirse, se
limpió la sangre de los labios, siguió llorando en silencio. Gauna lo
interrogó: el chico estaba perdido, quería volver con sus padres.
Levantándose, el doctor anunció:
-Un minuto, muchachos.
Tomó en sus brazos al chico y salió
del café. Regresó muy pronto. Exclamó "listo" y explicó,
restregándose las manos, que había despachado al chico en el primer tranvía
que pasó, un tranvía lleno de
máscaras. Agregó, suspirando:
-Vieran el susto que tenía el pobre
recluta.
Éste era el incidente del chico. Ésta
era la primera aventura, y acaso un ejemplo, de lo que en el recuerdo había
quedado como la epopeya de su vida, las tres noches heroicas del 27. Ahora
Gauna quería recordar lo que había pasado con un caballo. "Ibamos en una
victoria", se dijo, y trató de imaginar la escena. Cerró los ojos, se
apretó la frente con una mano. "Es inútil", pensó, "ya no podré
recordar nada". El encanto se había roto; él se había convertido en un
espectador de sus procesos mentales, que se habían detenido... O no, no se
habían detenido, pero no obedecían a su voluntad. Veía una escena, solamente
una escena, de otra historia, no de la historia del caballo. Una mujer muy
pintada, envuelta en un batón celeste, que dejaba entrever una camisa con
puntillas negras y con un corazón bordado, sentada junto a una mesita de
mimbre, examinaba las manos de un desconocido y exclamaba: "Puntos blancos
en las uñas. Hoy emprendedor, mañana sin ánimo". Se oía una música: el
Claro de luna, le dijeron.
Ahora Gauna recordaba todo
vívidamente. Recordaba ese cuarto de la calle Godoy
Cruz, con un portal de vidrios y de
colores, con plantas oscuras en jarrones de mosaicos, con vastos espejos, con
lámparas cubiertas por pantallas de seda roja; recordaba la luz rosada y, sobre
todo, el Claro de luna, la emoción que le produjo el Claro de luna, que tocaba
un violinista ciego. El violinista estaba de pie, en el marco de la puerta; su
ca- beza, inclinada sobre el instrumento, evocó en Gauna la sensación del
recuerdo. ¿Dónde había visto esa cara dolorida? El pelo era castaño, largo y
ondulado; los ojos tristes y muy abiertos; el color de la piel, pálido. Una
barba, breve y delicada, terminaba el rostro. A su lado había un chiquilín, con
el sombrero (seguramente del violinista) hundido hasta las orejas y con un
cacharro de porcelana, para recibir las monedas, en la mano. Gauna, al ver a
ese chico había pensado: "El pobre Cristo, con la escupidera en la mano
¡si es
para morirse de risa!" Pero no
se rió. Oyendo el Claro de luna había sentido en el pecho un positivo apremio
por fraternizar con los presentes y con la humanidad entera, una irreprimible
vocación por el bien, un melacólico afán de mejorarse. Con la garganta apretada
y con los ojos húmedos, se dijo que el Brujo habría hecho de él otro hombre, si
no hubiera fallecido. Cuando el violinista abarcara la ejecución de pieza, él
explicaría a esos amigos, el extraordinario privilegio que tuvo de conocer a Larsen,
de contar con la amistad de Larsen. Pero no llegó a dar esa explicación. Cuando
el músico terminó el Claro de luna, él había olvidado su propósito y sólo atinó
a pedir, con voz humilde:
-Otro valsesito, maestro.
Tampoco volvería a oír, esa noche por
lo menos, al violinista. En algún aposento no lejano
ocurría un tumulto. Se enteró después
que por cuestiones de dinero se produjo una diferencia entre el doctor, que se
consideraba ofendido, y la señora; el doctor porfiaba
que le habían sustraído unas monedas
y la señora le repetía que estaba entre gente honrada; para
cerrar el entredicho,
el doctor, animado
por los aplausos
de los
muchachos, suave-mente había
derribado a la señora, la había levantado de los tobillos y, cabeza abajo, la
había sacudido en el aire. Efectivamente, cayeron una monedas que
el doctor recogió. Lo que ocurrió
después fue vertiginoso. Él (Gauna) acababa de pedir al
ciego que volviera a tocar, cuando el
portal de vidrio se abrió ruidosamente y entraron el doctor y los muchachos. El
doctor se precipitó hacia la puerta donde estaba el ciego; reparó entonces en
el chico; le arrebató el cacharro, lo vació de monedas y de un golpe se lo
encasquetó al ciego. Hubo una gritería. El doctor exclamó: "Vamos,
Emilio", y corrieron por los pasillos, luego por la calle, quizá
perseguidos por la policía, pero antes de salir pudo ver el aterrado rostro del
ciego y el velo de sangre que le bajaba por la frente.
XLIII
En el cuarto hacía frío. Gauna se
acurrucó en la piel de oveja. Abrió los ojos, para ver si encontraba algo con
qué abrigarse. La oscuridad ya no era total. Por los resquicios de la puerta,
por algunos agujeros de las paredes, entraba luz. Gauna se levantó, se echó la
piel sobre los hombros, abrió la puerta, miró hacia afuera. Recordó a Clara y
los amaneceres que habían visto juntos. Bajo un cielo violáceo, donde se
entrelazaban cavernas de mármol y de vidrio con lagos de pálida esmeralda,
amanecía. Un perro bayo se le acercó perezosamente; otros dormían, echados.
Miró a su alrededor: estaba entre colinas de tierra parda, como en el centro de
un vasto y ondulado hormiguero. Divisó, a lo lejos, alguna sutil columna de
humo. Persistía el repugnante olor a humo dulce.
Caminó hacia afuera. Miró la casa en
que había dormido: era un rancho de lata. No muy lejos, había otros ranchos.
Comprendió que estaba en la quema de basuras. Hacia el norte, descubrió las
barrancas, los pinos y las cruces del cementerio de Flores; más lejos, la
fábrica de la noche anterior, con sus chimeneas. Diseminados por la ondulada
su- perficie de la quema, vio algunos hombres, sin duda, buscadores de basura.
Recordó que en el otro carnaval, después de la noche que pasaron en la quinta
del amigo del doctor, viajaron en un carro basurero; mentalmente vio caer la
lluvia sobre la sucia baranda del carro. En una súbita revelación adivinó que
la quinta del amigo era el mismo rancho en que ahora había dormido. "Cómo
habré estado -pensó- para tomarlo por quinta". Siguió reflexionando:
"Por eso nos fuimos en el carro basurero; no sé qué otro vehículo puede
conseguirse en este paraje, si no se cuentan los fúnebres que van al
cementerio. Por eso, el doctor se asombró cuando le hablé de la quinta".
Entonces apareció un hombre a
caballo. La mano de la rienda descansaba en una bolsa, a medio llenar, que el
hombre llevaba delante de sí, apoyada sobre la cruz del
animal; la mano derecha sostenía un
largo palo terminado en un clavo: instrumento que
le servía para levantar las basuras
elegidas, que luego guardaba en la bolsa. Mirando ese fatigoso caballo, de
orejas largas y abiertas, Gauna recordó otro caballo: el de la victoria que los
llevó de Villa Luto a Flores y luego hacia Nueva Pompeya. Antúnez había viajado
en el pescante, cantando Noche de Reyes y bebiendo de una botella de ginebra,
que había comprado en un almacén.
-Ese pobre muchacho se va a desnucar
-había comentado Valerga, al ver cómo el borracho se balanceaba en el
pescante-. Por mí que se mate.
Para
no caerse, el
borracho se abrazaba
del cochero. Este
no podía manejar;
protestaba y gemía. La victoria
progresaba sinuosamente. Valerga, con voz muy suave, canturreaba:
A la hueya, hueya, la infeliz madre.
El peluquero Massantonio quería
arrojarse de la victoria, aseguraba que iban a estrellarse, juntaba las manos,
lloraba. Él ordenó al cochero que detuviera. Subió al pescante, mandó a Antúnez
al asiento deatrás. El doctor tomó la botella de manos de Antúnez, comprobó que
estaba vacía, y, con puntería excelente, la despedazó contra un poste metálico.
Desde el pescante, él miraba el
anguloso caballo atareado en su trote. Miraba las ancas flacas y oscuras, el
pescuezo casi horizontal, el testuz, resignado y estrecho, las orejas largas,
sudadas, oscilantes.
-Parece un buen caballo -dijo, dando
una expresión deliberadamente sobria, a la
emocionada piedad que lo embargaba.
-No lo parece, lo es -afirmó con
orgullo el cochero-. Mire que en mi vida he conocido caballos; bueno, uno como
el Noventa, jamás. Diga que usted lo ve cansado.
-¿Cómo no va a estar cansado con lo
que anduvimos? -preguntó él.
-Y lo que anduvimos antes, ¿dónde lo
deja? Tira de puro liberal -aseguró el cochero-. Otro caballo, con la mitad de
fajina, ya no mueve un pelo. Es voluntarioso por demás. Yo
le digo que se va a reventar.
-¿Hace mucho que lo tiene?
-El 11 de setiembre del año 19 lo
compré en lo de Echepareborda. Y no vaya a creer que ha pasado una vida de lujo
y de forraje. Yo siempre digo: si de tanto en tanto pudiera tomarle tan
siquiera el olor al maíz, el Noventa no tendría que envidiar a ningún
placero de Buenos Aires.
Ya no quedaban casas a los lados.
Avanzaron por un callejón de tierra, entre potreros imprecisos. Por momentos la
luna se ocultaba detrás de espesos nubarrones, luego resplandecía en el cielo.
Había ese repugnante olor a humo dulce.
Algo ocurría adelante. El caballo había
iniciado una marcha oblicua y muy lisa, intermedia entre el paso y el trote. El
cochero tiró de las riendas; inmediatamente el
caballo se detuvo.
-¿Qué pasa? -preguntó el doctor.
-Así el caballo no puede seguir
-explicó el cochero-. Sea razonable, señor; hay que darle un respiro.
Valerga inquirió con voz adusta:
-¿Se puede saber con qué derecho
usted me pide que sea razonable?
-El caballo se me va a morir, señor
-argumentó el cochero-. Cuando entra en ese trotón, es la señal de que ya no da
más.
-Su obligación es llevarnos a
destino. Por algo usted bajó la bandera, y el taxímetro, cada triqui traca, nos
computa diez centavos.
-Llame al vigilante, si quiere. Ni
por usted ni por nadie voy a matar a mi caballo.
-Y si yo lo mato a usted, ¿el caballo
va a llamar a las pompas fúnebres? Mejor es que le diga a su caballo que trote.
Este parlamento empieza a comprometerme la paciencia.
La discusión había continuado en el
mismo tono. Por fin, el cochero se resignó a rozar con el látigo a su caballo y
éste a seguir trotando. Muy pronto, sin embargo, el caballo tropezó, lanzó un
quejido como de humano y quedó tendido en el suelo. Con una
sacudida violenta, el coche se
detuvo. Todos bajaron. Rodearon al caballo.
-Ay -exclamó el cochero-. No se
levanta más.
-¿Cómo no se va a levantar? -preguntó
en tono animoso el doctor. El cochero parecía no oírlo. Miraba fijamente a su
caballo. Por fin, dijo:
-No, no se levanta. Está perdido.
¡Ay, mi pobre Noventa!
-Yo me voy -declaró Massantonio. Se
movía continuamente y debía de estar muy próximo a un ataque de nervios.
-No moleste -le ordenó Valerga. El
peluquero insistió, casi llorando.
-Pero, señor, yo tengo que irme. ¿Qué
cara va a poner la señora cuando me vea llegar a la mañana? Yo me voy.
Valerga le dijo:
-Usted se queda.
-Estás perdido, mi pobre caballo,
estás perdido -repetía, desconsolado, el cochero. Parecía incapaz de tomar una
resolución, de hacer nada por su caballo. Lo miraba patéticamente y movía la
cabeza.
-Si este hombre dice que está
perdido, opino que se le dé por muerto -argumentó
Antúnez, con gravedad.
-Y después ¿qué? ¿Nos vamos a
babuchas del cochero? -preguntó Pegoraro.
-Esa es otra cuestión -protestó
Antúnez-. Cada cosa a su tiempo. Ahora hablo del caballo apodado el Noventa.
Opino que habría que despenarlo, de un balazo.
Antúnez tenía en la mano un revólver.
Él miró los ojos del caballo tendido en el suelo.
Por ese dolor, por esa tristeza,
manifestaba su participación en la vida. Era horrible que ahí estuvieran
hablando de matarlo.
-Le abono dos pesos por el cadáver
-Antúnez le decía al cochero, que lo escuchaba
alelado-. Se lo compro para mi
viejito, el pobre es medio soñador. Tiene la ilusión de montar un día una
comandita para desarmar animales muertos y venderlos al detalle: el cuero por
un lado, la grasa por otro, si usted me entiende. Con el hueso y la sangre
prepararíamos con el viejito un abono
de primera. Usted no me creerá, pero en materia de abonos...
Valerga lo interrumpió:
-¿Por qué van a sacrificar un caballo
en buen estado de conservación? Lo mejor es ayudarlo a levantarse.
-Si no -preguntó Pegoraro-, ¿quién
nos lleva en asiento y lo más orondos a destino?
-Todo es inútil -repitió el cochero-.
El Noventa se muere. Él dijo:
-Habría qué desprenderlo de las
varas.
Con gran dificultad lo desprendieron.
Luego empujaron hacia atrás el coche. El doctor recogió las riendas y le ordenó
a él que tomara el látigo. "¡Ahora!", gritó el doctor y dio
un tirón; él, con el látigo, trató de
animar al caballo. El doctor empezó a impacientarse.
Cada tirón de riendas era más brutal
que el anterior.
-Y a vos, ¿qué te pasa? -le preguntó
el doctor, mirándolo con indignación-. ¿No sabés manejar el látigo o le tenés
lástima al caballo?
Los tirones habían lastimado la boca
del animal. Rotas por el freno, las comisuras de
la boca sangraban. Un abismo de calma
inconmovible parecía reflejarse en la tristeza de los ojos. De ningún modo él
usaría el látigo contra el caballo. "Si es necesario -pensó- lo usaré
contra el doctor". El cochero empezó a llorar.
-Ni por sesenta pesos -gimió-
conseguiré un caballo como éste.
-Vamos a ver -le preguntó Valerga-,
¿qué saca llorando? Hago lo que puedo, pero le aconsejo que no me canse.
-Yo me voy -dijo Massantonio.
Valerga se dirigió a los muchachos:
-Yo tiro de las riendas y ustedes lo
levantan a pulso. Él dejó el látigo en el suelo y se dispuso a ayudar.
-Esto no es boca ni nada -comentó
Valerga-. Es una masa de carne. Si tiro, la deshago. Valerga tironeó,
los demás empujaron y,
entre todos, incorporaron al caballo.
Lo
rodearon gritando:
"¡Hurra!", "¡Viva el Noventa!", "¡Viva
Platense"!, dándose palmadas y saltando de alegría.
Valerga le habló al cochero.
-Ve, amigo: no había qué llorar tan
pronto.
-Voy a atarlo al coche -declaró
Pegoraro. Maidana se interpuso.
-No seas bruto -dijo-. El pobre
caballo está medio muerto. Dejálo siquiera que resuelle.
-Qué dejarlo ni qué dejarlo -protestó
Antúnez, esgrimiendo el revólver-. No vamos a pasar la noche al raso.
De buen humor, Pegoraro comentó:
-A lo mejor quiere que lo atemos a
él.
Empujó el coche hacia el caballo,
Antúnez, con la mano libre, trató de ayudarlo: tomó las riendas y dio un tirón.
El caballo volvió a caerse.
Valerga recogió el látigo que estaba
en el suelo; se lo mostró a Antúnez.
-Debería cruzarte la cara con esto
-le dijo-. Sos una basura. La última basura.
Le arrancó las riendas de la mano y
se volvió hacia el cochero. Le habló con voz tranquila:
-Francamente, maestro, me parece que
su caballo quiere reírse de nosotros. Yo le voy
a sacar las mañas.
Con la mano izquierda tironeó hacia
arriba y con la derecha descargó sobre el animal un terrible
latigazo; después otro
y otro. El
caballo se quejó
roncamente;
estremeciéndose todo, intentó
levantarse; lo consiguió a medias, tembló, se desplomó de
nuevo.
-Por piedad, señor, por piedad
-exclamó el cochero.
Los ojos del caballo parecían
desorbitarse en un frenesí de pavor. Valerga volvió a levantar el látigo, pero
él se había acercado a Antúnez y, antes de que el látigo bajara, le arrebató el
revólver, apoyó el caño en el testuz del caballo y, con los ojos bien abiertos,
disparó.
XLIV
Gauna, recostado en la puerta del
rancho, mirando el amanecer que, más allá de la quema, surgía de la ciudad, se
pregunto si eran ésos los olvidados y mágicos episodios de 1927, que ahora,
después de tres años de evocación imperfecta, sigilosa, ferviente, salió a
recuperar. Como en un reflejado laberinto, en el carnaval de 1930 había hallado
tres hechos del otro carnaval; ¿debía llegar hasta la culminación de la
aventura, hasta el origen de su oscuro fulgor, para descifrar el misterio, para
descubrir su abominable sordidez?
Qué desgracia, pensó. Qué desgracia
haber pasado tres años queriendo revivir esos momentos como quien trata de
revivir un sueño maravilloso; en su caso, un sueño que no era un sueño sino la
secreta epopeya de su vida. Y cuando pudo rescatar de la oscuridad parte de esa
gloria, ¿qué vio? El incidente del violinista, el incidente del chico, el
incidente del caballo. Las crueldades más abyectas. ¿Cómo el simple olvido pudo
convertirlas en algo precioso y nostálgico?
¿Por qué había congeniado con los
muchachos? ¿Por qué había admirado a Valerga? Pensar que para salir con esa
gente dejó a Clara... Cerró los ojos, apretó los puños. Tenía
que vengarse de las bajezas en que lo
habían complicado. Tenía que decirle a Valerga
cuánto lo despreciaba.
Miró el infinito azul del cielo. Las
claridades y las nubes de la inventiva arquitectura del amanecer habían
desaparecido. Empezaba la mañana. Gauna se pasó una mano por la frente. Estaba
húmeda y fría. Sintió un gran cansancio. Entendió, de un modo rápido y
confuso, que no debía vengarse, que
no debía pelear. Quiso estar lejos. Quiso olvidarse
de esa gente, como de una pesadilla.
Inmediatamente regresaría junto a Clara.
Como era previsible, no regresó.
Apeló de nuevo al fácil encono -repitiéndose "que sepan estos miserables
lo que pienso de ellos"-; pero muy pronto se aburrió de esa
actitud enérgica, lo invadió la
indolencia y con una suerte de júbilo sutil y secreto se
abandonó a lo que el destino
quisiera. Para mí tengo que Gauna comprendió que si dejaba la aventura a mitad
de camino, le quedaría un descontento hasta el día de la muerte. Reclinado
contra el marco, en la puerta del rancho, dejando que el tiempo pasara,
figurándose a sí mismo como un hábil tahúr que, sin premura, poco a poco,
observa sus naipes y porque no se impacienta sabe que es imbatible, procuró
meditar sobre los hechos del carnaval del 27 y más bien estuvo distraído con lo
que sentía en el presente y con su halagadora imagen del jugador. Sin embargo,
porque el pensamiento camina por recónditos círculos y atajos, en medio de esa
vaguedad, Gauna se encontró descubriendo quién era el violinista ciego que él
aterró misteriosamente (según le pareció entonces) en el patio de la casa de
Barracas, el día que Clara le contó la salida con Baumgarten: era el mismo
hombre que el doctor había agredido en la calle Godoy Cruz. El ciego se asustó
porque le reconoció la voz; antes de que Valerga lo agrediera, él había pedido,
como después en Barracas, que tocara otro valsecito. En cuanto a la amargura
que ahora sentía, no había misterio: la destilaba la memoria de lo que para
Gauna era aquel inexplicable desvío de Clara.
El perro bayo volvió a acercarse.
Gauna dio un paso para acariciarlo: el paso retumbó dolorosamente en su cabeza,
como una piedra arrojada en el agua inmóvil de un lago.
Más
tarde fueron saliendo
del rancho los
muchachos y el
doctor, con los
ojos
entrecerrados y con expresión
dolorosa, como si la blancura del día los lastimara. La mañana transcurrió en
ociosidad. Alguien consiguió una botella de ginebra; echados a la sombra de un
carro, la compartieron. A Gauna le molestaba el punzante y dulce olor de la
quema; a los otros no, y amistosamente se burlaron de Gauna, porque éste se
mostraba delicado. Mientras dormitaban, alrededor de sus fatigadas y doloridas
cabezas volaban las moscas verdes. A la
tardecita llegó, a caballo, el dueño del rancho. Vestía traje de ciudad, con
agarraderas de ciclista en la parte baja del pantalón. Lo seguían cuatro o
cinco hombres a pie, en mangas de camiseta y con bombachas: sus peones. El
patrón era un hombre robusto, de
cincuenta y tantos años; con la amplia y risueña cara rasurada, con una sonrisa
franca en la que se insinuaba, a veces, un interés o una ternura sospechosos de
hipocresía. Llevaba el pelo rapado en la nuca y en los lados; los cortos
brazos, el abdomen, las piernas, eran gruesos. Al saludar al doctor, el hombre
inclinó todo el busto y pareció, con los rígidos brazos colgando, un muñeco con
bisagras en el cuerpo., En la recolección de basuras, trabajaba por su cuenta;
su renglón eran los productos medicinales y había llegado a ser una suerte de
empresario, con una cuadrilla de peones que, diseminados por la quema, buscaban
para él. A Valerga lo saludó con una cordialidad no exenta de pompa; a los
muchachos casi los ignoró.
-¿Cómo va el trabajo, don Ponciano?
-preguntó el doctor.
-Y, mi amigo, este oficio es como los
demás. Tiene, una vez en la historia, su temporadita de auge y luego se le
asientan para siempre las temporadas de tono
encalmado, de pura miseria, con el
perdón de la palabra. Pero yo no me quejo. La
espina, si usted me sigue,
propiamente la espina, el punto negro es el personal. Yo les pago como a reyes,
a según las cotizaciones de esta quema, se entiende, y a según la rejunta es la
paga. Pero me dan cada dolor de cabeza, que no hay antidoloroso argentino que
valga. Créame cuando le juro que yo vegeto en un ay. Con el estimo que yo tengo
por la decencia y por todo lo que es leal y bonito, se me tientan a juntar lo
que no les corresponde, invadiendo la jurisdicción del colega, que se me viene
como si le hubiera dado el enojo, con el cuchillo rabón en la mano. Imagínese
usted un caballero, que vive de juntar oro y que si recoge una lengüetada de
aceite de castor, pongo el caso, lo achuro por principio, ¿con qué buenos ojos
verá a mi peonada, sonriéndole como potentados, con doble fila de postizos de
oro?
El doctor debía de sentir mucho
afecto por su amigo, ya que sin levantar protesta lo dejó hablar hasta el
cansancio. Los muchachos quedaron admirados ante esa prueba de tole-rancia y
haciéndose cruces afirmaron que nunca habían visto al doctor tan pacífico y
tan bien dispuesto como en el
presente carnaval. Después hubo una breve discusión
entre el doctor y el amigo, en la que
el primero volvió a hacer gala de su falta de actitud; la causa era que el
amigo los invitaba a todos a comer con él y que el doctor, por buena educación,
no aceptaba. Muy pronto llegó la señora que la noche anterior los había
recibido con tan mal ánimo, trayendo la carne. Mientras la asaban -Gauna miraba
las bolitas de plomo que se deslizaban por el cacharro que había sobre las
brasas el dueño del rancho recibía las bolsas que le entregaban los peones y
las pagaba. La comida - churrascos resecos como suela, galletas marineras,
cerveza- se prolongó hasta muy tarde. Lo principal, no hay para qué decirlo,
era la cordialidad y la falta de apuro. El patrón los invitó a un baile de
"alta fantasía", que daban esa noche en un chalet de la avenida Cruz.
-El elemento -explicó el patrón- es
de primer agua. El anfitrión, que es un magnate, sabe vivir, entiende la vida,
si usted me sigue, y recluta a las mujeres de Villa Soldati y
de Villa Crespo. Yo tengo carta
franca: puedo invitar a quien se me antoja, porque a mí
me aprecia que es una barbaridad. Es
un hombre interesante de conocer, que se ha for- mado a sí mismo, con sus
propias manos, juntando algodones, que es el renglón que rinde y así lo vale.
¿Para qué agregarle que se trata de un extranjero, de uno de esos ahorrativos
con el ojo puesto en el centavo?
El doctor afirmó que él y los
muchachos no podrían concurrir al baile, porque esa noche debían seguir para
Barracas; el amigo se ofreció a hablar con el encargado del
carro; explicó:
-Nunca andamos de mucho acuerdo,
nosotros, los de la iniciativa privada, con estos vagos y holgazanes que viven
del presupuesto y que llevan, si usted me entiende, la chapita oficial taponada
en la frente. Pero yo la voy bien con todos y si ustedes van al baile esta
noche, mañana, cuando el hombre salga a su recorrido, los llevará en el carro,
así que viajarán lo más cómodos. De conseguirles el transporte para mañana,
estoy seguro en un noventa y cinco por ciento.
Ni siquiera con la promesa del carro,
Valerga y Gauna aceptaron quedarse; pero todo se arregló bien. Al rato apareció
el encargado del carro, trayendo, con las riendas
puestas como cabestro, dos caballos
moros.
-Tengo que atar -dijo a don Ponciano.
Los carros debían salir para limpiar
un poco la ciudad de las serpentinas de la tarde. Don Ponciano le preguntó:
-¿Podría acercar a estos amigos?
-Voy
a la avenida
Montes de Oca
-contestó el encargado-. Si les
queda bien, conforme.
-Nos queda -respondió el doctor.
XLV
Cuando el hombre hubo atado el carro,
el doctor y los muchachos se despidieron de don Ponciano. Subieron, el doctor y
el carrero, al pescante; Gauna y los muchachos, a la caja.
Siguieron la avenida Cruz, después
doblaron a la derecha por la Avenida La Plata, donde los corsos empezaban a
reanimarse; en Almafuerte, Gauna vio una tapia con una Santa
Rita; pensó que era más fácil
imaginar la muerte que el tiempo que el mundo continuaría
sin él; bajaron por Famatina, y por
la avenida Alcorta llegaron a un oscuro barrio de usinas y de gasómetros; en la
avenida Sáenz, algunos grupos de máscaras, ínfimos y ruidosos, recordaban que
era carnaval; tomaron Perdriel y en la pendiente de Brandsen pasaron entre
muros, verjas y melancólicos jardines, con eucaliptos y casuarinas.
-El Hospicio de las Mercedes -explicó
Pegoraro.
Gauna se preguntó cómo pudo creer que
al entrar en los tres días de carnaval recuperaría lo que había sentido la otra
vez, entraría nuevamente en el carnaval del 27. El presente es único: esto es
lo que él no había sabido, lo que derrotaba sus pobres intentos de magia
invocatoria. En Vieytes, junto a la estatua, se detuvieron. El doctor bajó y
les dijo:
-Nos quedamos aquí.
Mientras el carrero ataba las riendas
en la varilla del pescante y ponía la tranca, Valerga explicó a los muchachos,
señalando el restaurante y parrilla El Antiguo Sola:
-En este restaurante y parrilla se
come bien. Una cocina sin pretensiones, pero
cuidada. Allá por el 23 me lo
recomendó un peón de taxímetro: gente de roce, que viaja mucho y sabe comer.
Después me pasaron el dato que un hermano del patrón es sobrestante en una
firma de aceite. Así que de lo bueno aquí no se mezquina. ¿Ustedes saben lo que
eso vale en estos tiempos? No lo pagan con oro, créanme. Además, como el barrio
es medio apartado, ¿quién les dice que no nos salvemos de máscaras, murgas y
otras yerbas? Porque eso sí, cada cosa en su lugar y la digestión pide calma.
Convidado por Valerga, el carrero
entró a tomar una copa. Bebieron sus cañas junto al mostrador, mientras los
muchachos esperaban sentados a la mesa. El patrón pareció no reconocer a
Valerga: éste no se ofendió y, cuando el carrero hubo partido, en tono de
cliente de la casa y de hombre conocedor, se extendió en indicaciones sobre el
aceite, la carne y la mortadela.
La comida empezó con mortadela,
salame y jamón crudo; siguió, luego, una fuente de carne con ensalada mixta.
Valerga comentó:
-Acuérdense de ver si no han dejado
sin aceite a la Singer.
El vino tinto corrió en abundancia.
Después el mozo les ofreció queso y dulce.
-Es postre de vigilante. Tráiganos
queso -replicó Valerga.
Entró una murga de cuatro diablos.
Antes de que hicieran sonar los platillos. Gauna les alargó un peso. Como
disculpándose, dijo:
-Prefiero quemar un peso a que nos
aturdan con la bulla.
-Si te duele el gasto, nos cotizamos
-comentó con sorna Maidana. Mientras los diablos agradecían y saludaban,
Valerga sentenció:
-No me parece aconsejable invertir en
mamarrachos.
Acabaron la comida con fruta y café.
Antes de salir, Gauna pasó por el servicio. En una pared, escrita a lápiz, de
mano torpe, había una frase: Para el patrón. Gauna se preguntó si Valerga
habría andado por ahí; pero él había bebido tanto vino tinto, que no se
acordaba de nada. Para refrescarse caminaron un poco. El doctor se encaró con
Antúnez:
-Pero, decíme, ¿vos no tenés
sentimiento? Si yo supiera, en una noche así, me pondría a cantar a pleno
pulmón. A ver, cantá Don Juan. Mientras Antúnez cantaba,
como podía, Don Juan, Valerga,
mirando unas casitas bajas y viejas, comentó:
-¿Cuándo, en lugar de esta morralla,
se levantarán aquí fábricas y usinas?
Maidana se atrevió a proponer la
alternativa.
-O un barrio de casas chiches para
obreros.
XLVI
Empezaron a sentir sed y haciendo
bromas sobre la seca y comparando sus gargantas a un motor engranado o a papel
de lija, llegaron al bar El Aeroplano, frente a la plaza Díaz Vélez. Cerca de
la mesa que ocuparon había dos hombres bebiendo: uno apoyado contra el
mostrador, el otro acodado en una mesa. El del mostrador era un muchacho alto y
alegre, de aspecto despreocupado, con el sombrero puesto en la nuca. El otro
era menos delgado, rubio, de piel muy blanca, de ojos celestes, pensativos y
tristes, de bigote rubio.
-Vea, amigo -explicaba el rubio, en
voz alta, como si quisiera que todos lo oyeran-, el destino de este país es
bastante raro. Dígame, si no, ¿qué dio la fama a la República en todo el mundo?
-La gomina -contestó el del
mostrador-. La pasta tragacanto, que viene de la India.
-No sea bárbaro, che. Hablo en serio.
Vaya tomándole el peso: no me refiero a la riqueza, que antes de la
recuperación y el saneamiento, ya éramos el poroto máximo al lado de los
yanquis, ni del kilómetro cuadrado, que ni en la más tierna podíamos admitir
que el Brasil lo tuviera por
partida doble, ni de las
cabezas de ganado ni de la agricultura, que si usted se descuida hay
más en los mercaditos de Chicago que en el mismo Granero de la República, ni
del mate, esa bebida que nos agaucha a todas horas y viene, en bolsas, del
Brasil y del Paraguay; ni pretendo aburrirlo con libritos y ni siquiera con la
mejor gloria de nuestros plumíferos, las criolladas, marca Martín Fierro, que
fueron inventadas por Hidalgo, qué pucha, un mocito de la otra banda. Bostezando,
el del mostrador replicó:
-Ya dijo a lo que no se refiere;
ahora diga a lo que sí. A veces me pregunto, Amaro, si usted, por lo charlatán,
no se estará volviendo gallego.
-Ni en broma lo diga, que por ser tan
porteño como usted, aunque no lleve el gabacho
en la nuca, le canto estas verdades
con el corazón quemándome en las manos, como las papas fritas que sirven en la
pasiva del Paseo de Julio. Si es para morirse, Arocena. No hablo de cosas de
poca monta. Le hablo de los legítimos títulos de nuestro orgullo, que no se
discuten y que se abrevan espontáneamente en la savia generosa del pueblo: le
hablo del tango y del fútbol. Pare la oreja, mi amigo: según ese defensor de
todo lo nuestro, del finado Rossi, que vivía en Córdoba y era, cuándo no,
oriental, el tango, nuestro tango, más criollo que el feo olor, embajador
argentino bailado en Europa y discutido por el mismo Papa en persona, nació en
Montevideo.
-Le participo que si usted escucha a
los uruguayos, todos los argentinos nacimos allí, des-de Florencio Sánchez
hasta Horacio Quiroga.
-Por algo será, che. Ni para qué
mentar a Gardel, que si no es francés, lo reivindico uru-guayo, ni para qué
recordar que el más famoso de los tangos también lo es.
-Ya no aguanto -declaró Gauna-. Y
perdone que me entrometa, pero por mal argentino que uno sea no va a comparar
esa basura con Ivette, Una noche de garufa, La
catrera, El porteñito, y qué sé yo.
-No hay motivo para sulfurarse,
joven, ni para convertirse en catálogo de la casa
América: yo no dije el mejor; dije el
más famoso -luego, como olvidado de Gauna, siguió hablan-do con el del
mostrador-. Y en cuanto al fútbol, el deporte que practicamos desde la cuna, en
la calle y con pelota de trapo; el deporte que apasiona a todos por igual, a
gobierno y a oposición, y que nos ha dado la costumbre de pasearnos en camiones
gritando al indiferente: "¡Bo-ca! ¡Bo-ca!"; en cuanto a ese deporte
que nos ha hecho famosos en la total redondez del orbe, compañerazo, hay que
hacerse a un lado: vuelta a vuelta nos ganan los uruguayos, son los olímpicos y
son los mundiales.
-¿Y por qué me deja las carreras en
el tintero? -preguntó el del mostrador-. Yo no hago acuerdo, pero me parece que
Torterolo o Leguisamo son uruguayos o le andan
raspando. Dicho eso, el llamado Arocena tomó posesión
de un sándwich especial que había debajo de una campana de vidrio, y agregó:
-Con este refuerzo tal vez recupere
la memoria. El doctor comentó en voz baja:
-Para mí que hay gato encerrado -hizo
una pausa-. Ahora soy yo el que está juntando presión; pero no creo en
reprimendas de palabra.
Olvidando los rencores, Gauna lo miró
con la prístina admiración intacta, deseando
creer en el héroe y en su mitología,
esperanzado de que la realidad, sensible a sus íntimos y fervorosos deseos, le
deparara por fin el episodio, no indispensable para la fe, pero grato y
atestiguador -como para otros creyentes, el milagro-, el resplandeciente
episodio que lo confirmase en su primera vocación y que le devolviese, después
de tantas contradicciones, la venia para creer en la romántica y feliz
jerarquía que pone por encima de todas las virtudes el coraje.
Mientras tanto, el del sombrero en la
nuca decía algo; decía:
-Pero, en fin, no sólo buen nombre
ganamos por esas tierras de Dios, porque mire que en los cabarets de Francia y
de la California abunda el argentino de cabeza planchada que vive de
presentarle a usted cada mujer que, francamente, ni que lo tomara por ciego.
-¿Y eso qué tiene qué ver con la otra
banda? -preguntó el que estaba acodado en la mesa.
-¿Cómo qué tiene qué ver? Si todos se
llaman julio y son uruguayos.
-Ahora va a resultar que ni para
tratar con mujeres servimos los criollos -comentó el doctor; levantando la voz,
ordenó-: A ver, mocito, sírvales algo a estos señores, para que nos expliquen
por qué somos tan infelices. Ellos han de saber.
Los hombres pidieron guindado.
-Uruguayo, che, porque los de aquí no
valen gran cosa -dijo el rubio, dirigiéndose al mozo.
-Es bebida liviana -acotó Pegoraro.
-Propia de mujeres -añadió Antúnez.
-Al señor este lo conocemos por el
Largo o el Pasaje Barolo -dijo rápidamente Maidana, señalando a Antúnez-. Mide
más de un metro ochenta. ¿Ustedes creen que si lo buscan con lupa, en todo
Montevideo, van a encontrar un edificio parecido al pasaje Barolo? Yo no sé,
porque nunca estuve, ni falta me hace.
El doctor explicó a Gauna en voz
baja:
-Los muchachos son como cuzcos, como
cuzcos ladradores, que te preparan la caza o más bien te la echan a perder.
Verás, en cualquier momento, empiezan a tirarles migas o terrones de azúcar.
No ocurrió esto. No hubo tiempo.
Inesperadamente, el del sombrero en la nuca dijo:
-Buenas noches, señores. Muchas
gracias.
También dijo "muchas
gracias" el rubio. Los dos salieron tranquilamente. El doctor se levantó
para seguirlos.
-Déjelos, doctor -intercedió Gauna-.
Déjelos que se vayan. Hace un rato estaba desean-do que los peleara. Ahora no.
El doctor esperó que acabara de
hablar; después dio un paso en dirección a la puerta. Persuasivamente, Gauna lo
tomó de un brazo. El doctor miró con odio la mano que lo
tocaba.
-Por favor -dijo Gauna-. Si usted
sale, doctor, los mata. El carnaval dura hasta mañana. No interrumpamos el
holgorio por esos perfectos desconocidos. Yo se lo pido y no olvide que usted
es mi convidado.
-Además -aventuró Antúnez, deseoso de
evitar situaciones desagradables-, todo pasó entre criollos. Si hubieran sido
extranjeros, no podríamos perdonar la ofensa.
-¿Y a vos quién te ha preguntado
algo? -le gritó, furioso, el doctor. Reconocido, Gauna
pensó que a él Valerga lo trataba con
deferencia.
XLVII
Bajaron por Osvaldo Cruz hacia Montes
de Oca. El establecimiento que visitaron en
1927 era actualmente una casa de
familia. Maidana dijo:
-¿Cómo serán las señoritas que viven
aquí?
-Serán como todas -contestó Antúnez.
-Con la diferencia -comentó Pegoraro.
-Yo no veo qué tiene de particular
-aseguró Antúnez.
-Para divertirlas -continuó Maidana-
los muchachos del barrio harán toda clase de alusiones.
Entraron en varios almacenes. El
doctor parecía ofendido con Gauna. Este lo miraba con un afecto renovado, en
que había algo de filial. El resentimiento de Valerga casi lo
conmovió, pero no lo preocupaba
demasiado; le importaba la reconciliación, el impulso
de amistad que él ahora sentía. No
eran las fatigas de la confusa jornada, ni las muchas copas, lo que lo llevaba
a olvidar y a preferir los enconos de la mañana; eran, sin duda, lo que sintió
en el bar de la plaza Díaz Vélez, cuando el diálogo de esos desconocidos había
perturbado y vejado, por así decirlo, muchas de sus más cariñosas creencias y
cuando Valerga, fiel a sí mismo o a la idea que de él había tenido Gauna en los
primeros tiempos, se levantó como una torre de coraje.
Por Montes de Oca buscaron algún
hotel para pasar la noche. Casi entraron en el de Guimaraes y Moreyra, pero
como vieron que abajo había una cochería, siguieron de largo.
-Lo mejor -opinó Valerga- será que
veamos al rengo Araujo. El rengo Araujo era el propietario, o más bien, el
sereno, de un corralón de materiales de construcción de la calle Lamadrid. Los
muchachos quedaron maravillados. Ladeando la cabeza, comentaban el caso
increíble. Pegoraro hacía notar:
-Un hombre de Saavedra, como el
doctor, ¡con una red de conocidos en los parajes más remotos y hasta en barrios
considerablemente apartados, por no decir periféricos!
-Tan adherido a Saavedra como el
propio parque -añadió Antúnez.
-No
me parece extraordinario -aventuró
Maidana-. Nosotros también
somos de
Saavedra y aquí nos tienen.
-No seas bárbaro, che, son otras
épocas -lo reconvino Pegoraro.
-Este -dijo Antúnez indicando a
Maidana-, con el prurito de restar méritos, no respeta a nadie.
Pegoraro alcanzó al doctor, que iba
adelante, con Gauna, y le preguntó:
-¿Cómo se las arregla, doctor, para
tener tantos conocidos?
-Aparcero -contestó Valerga, con una
suerte de triste orgullo-, cuando todos ustedes hayan vivido lo que yo, verán
que si no fueron siempre los grandes trompetas, habrán cosechado por este mundo
de Dios una caterva de amigos, porque de algún modo hay que llamarlos, que en
la hora de necesidad no le negarán asilo para la noche, aunque más no sea en
este corralón infestado de ratas.
Mientras el doctor llamaba a la
puerta, Gauna pensaba: "Si fuera otro, como castigo del destino, por haber
dicho esa frase, le negaría la entrada; pero el doctor es el tipo de
persona a quien eso nunca
ocurre". Por cierto que no le ocurrió. Del otro lado de la tapia,
Araujo se acercaba, interminablemente
al parecer, rengueando y protestando. Abrió por fin la puerta y en medio de los
saludos apenas insinuó un movimiento de retroceso y de alarma cuando advirtió,
en la sombra, a los muchachos. El doctor se apoyó en la puerta, acaso para
impedir que el amigo cerrara, y habló con voz tranquila:
-No se me asuste, don Araujo. Hoy no
venimos para asaltarlo. Los caballeros, aquí, salieron a favorecer las fiestas
y ¿qué me dice?, tuvieron la gentileza de pedirle a este
viejo que los acompañara. Bueno, la
noche se nos vino encima y yo pensé: Antes de ir a
dar a un hotel, más vale acordarse
del rengo.
-En lo que hizo perfectamente
-declaró el rengo, ya calmado-. En lo que hizo perfecta- mente.
El doctor continuó:
-A nuestra edad, no hay levante,
amigo Araujo. Si usted sale con gente joven, el que tiene picardía lo toma por
un maestro de paseo con los alumnos; si en cambio sale con
los de su edad, es cosa de ir al
banco de la plaza a tomar el sol y hablar a gritos. Yo creo
que no nos queda más qué sentarnos a
matear solos, hasta que venga el señor de las pompas.
Rengueando y tosiendo, Araujo opinó
que para ellos dos el destino reservaba mejores
esparcimientos y muchos años de vida.
Hablaron de cómo pasarían la noche.
-Gran lujo no puedo ofrecerles
-continuó el rengo-. Para el doctor, el sofá corto del escritorio. De veras me
temo que no lo encuentre de su entera comodidad; pero nada
mejor hay en la casa. En mis buenos
tiempos lo he practicado: me echaba, de tarde en
tarde, a ensayar un sueñito y al día
siguiente era de ver: salía más encorvado que el viejo de la joroba. Yo malicio
que los reumatismos no provienen, como pretenden algunos, de la situación poco
saludable del mueble, sino de aplastarse la cabeza contra el respaldo. A los
señores les daré unas bolsas limpitas. Rebúsquense algún lugar aparente y
échense nomás, como si estuvieran en su casa.
Gauna estaba muy cansado. Guardó un
confuso recuerdo de haber andado a tientas en la oscuridad, entre formas
blancas. Muy pronto debió de echarse a dormir.
Soñó que llegaba a un salón,
iluminado con velas, donde había una mesa redonda, muy grande,
a la que
estaban sentados los
héroes, jugando a
la baraja. No se
encontraban allí ni Falucho, ni el
sargento Cabral, ni nadie que Gauna pudiera identificar. Había unos mozos medio
desnudos, no salvajes, tan blancos de cara y de cuerpo que
parecían de yeso; le recordaban el
Discóbolo, una estatua que hay en el club Platense. Jugaban a la baraja con
naipes de tamaño doble y -otra circunstancia notable- de esos
que tienen tréboles y corazones. Los
jugadores se disputaban el derecho de subir al
trono, vale decir, de ocupar el
puesto principal y de ser considerados el primero de los héroes. El trono era
un asiento como de salón de lustrar, pero más alto y más cómodo todavía. Gauna
advirtió que un camino de alfombra roja, como la que había, según es fama, en
el Royal, llevaba directamente hasta el asiento. Cuando procuraba entender todo
esto, despertó. Se encontró echado entre estatuas, que, después explicó el
rengo, mientras mateaban: eran Jasón y los héroes que lo acompañaron en sus
aventuras. Gauna trató de llamar la atención de los muchachos sobre el hecho de
que él hubiera soñado con esos héroes antes de saber que existían y antes de
ver las estatuas. Pegoraro le preguntó:
-¿No te dijeron que aburrís cuando
contás sueños?
-No sé -contestó Gauna.
-Es tiempo que lo sepas -declaró
Pegoraro.
Araujo les pidió que, si no lo
tomaban a mal, se retiraran un poco antes de las ocho, hora en que empezaban a
llegar los peones y la señorita fea de la oficina. Disculpándose,
agregó:
-Nunca falta el que va con el cuento
y, ¿quién sabe?, a lo mejor, al patrón no le gusta.
-Con mucho voulez-vous -comentó el
doctor- este rengo atrabiliario se permite despacharnos.
El doctor no hablaba en serio;
quería, simplemente, mortificar al amigo. Este protestaba:
-No diga eso, doctor. Por mí,
quédense.
En un almacén de Montes de Oca al
seiscientos se desayunaron con un café con leche completo, con felipes y
medialunas. Ya cerca de Constitución, entraron en una casa de
baños y, mientras "quedaban como
nuevos con unos turcos", según la expresión del
doctor, les plancharon y cepillaron
la ropa. Almorzaron a todo lujo, en plena Avenida de Mayo; después, en un
cinematógrafo, vieron El precio de la gloria, con Barry Norton, y en el
Bataclán una revista que "francamente", comentó Pegoraro, "no
estuvo a la altura".
Comieron en un boliche del Paseo de
Julio. Por unas monedas contemplaron vistas de la rambla de Mar del Plata, de
la exposición de París de 1889, de unos obesos pugilistas japoneses en tomas y
posturas y otras de personas de ambos sexos. Después, en un
taxímetro de marca Buick, con la
capota abierta, pasearon por los corsos y llegaron al Armenonville. Antes de
bajar, Pegoraro marcó unos sietes, con el cortaplumas, en el cuero rojo del
tapizado.
-Ya le puse la firma -dijo.
Hubo un momento desagradable, cuando
el portero del Armenonville quiso negarles la entrada; pero Gauna le alargó un
billete de cinco pesos y ante nuestros héroes se abrieron las puertas de aquel
palacio encantado.
XLVIII
Ahora hay que andar despacio, muy
cuidadosamente. Lo que he de contar es tan extraño, que si no explico todo con
claridad no me entenderán ni me creerán. Ahora empieza la parte mágica de este
relato; o tal vez todo él fuera mágico y sólo nosotros no hayamos advertido su
verdadera naturaleza. El tono de Buenos Aires, descreído y vulgar, tal vez nos
engañó.
Cuando Gauna entró en la fulgurante
sala del Armenonville, cuando bordeó el lento y vivo tejido de máscaras que
bailaban algún vago fox imitado de algún vago fox de los
años anteriores, cuando olvidó
su propósito, creyó que el
buscado milagro estaba
ocurriendo; creyó que la anhelada
recuperación del estado de ánimo de 1927 por fin se producía y no sólo se
producía en él sino también en sus amigos. Dirán algunos que nada muy extraño
hay en todo esto; que él se había preparado psicológicamente, primero buscando
esa recuperación y luego olvidándola, como quien deja una puerta abierta; y que
también físicamente se había preparado, ya que el cansancio, al cabo de andar
tres días completos bebiendo y trasnochando por los carnavales, debía de ser
parecido en las dos ocasiones; y que por último, el Armenonville, tan lujoso,
tan intenso de luz, de música y de máscaras, era un sitio único en su
experiencia. Por cierto que esto no parece la descripción de un hecho mágico
sino la descripción de un hecho psicológico; parece la descripción de algo que
sólo hubiera ocurrido en el ánimo de Gauna y cuyos orígenes habría que
buscarlos en el cansancio y en el alcohol. Pero me pregunto si después de esta
descripción no quedan sin explicar algunas circunstancias de la última noche.
Me pregunto también si tales circunstancias no serán inexplicables o, por lo
menos, mágicas.
Después de unos minutos encontraron
mesa. Cada uno examinó el sombrero de fantasía que tenía sobre la servilleta.
Ante la hilaridad de los muchachos y la indiferencia
del doctor, Pegoraro se probó el
suyo; los demás los apartaron, con intención de llevarlos
a casa como recuerdo.
Brindaron con champagne y, al
levantar la copa, ¿a quién vio Gauna, bebiendo junto al mostrador? Como él se
dijo, es para no creerlo: a uno de los muchachitos del Lincoln, al rubio
cabezón que en 1927 apareció en ese mismo local. Gauna no dudó de que si
buscaba un poco más encontraría a los
tres restantes: al de la guardia de boxeador y de
las piernas cambadas; al pálido y
alto; al de la cara de prócer del libro de Grosso. Volvió a llenar la copa y
volvió a vaciarla, dos veces. Pero ¿es necesario recordar con quién llegaron al
Armenonville esos muchachitos, en la noche del 27? Por cierto que no y por
cierto que ante los incrédulos y absortos ojos de Gauna, contra el mismo
mostrador, hacia la derecha, con un vestido de dominó idéntico al que llevaba
en el 27, estaba, in- confundiblemente, la máscara.
XLIX
A pesar de haberla previsto, la
aparición lo turbó tanto que se preguntó si no sería una ilusión provocada por
el alcohol. Indudablemente, no creía en esto -la presencia, la realidad, eran
evidentes- pero, cualquiera que fuese la causa, estaba muy conmovido y esas dos
últimas copas de champagne lo habían afectado más que todas las grapas y todas
las cañas anteriores. Por eso no trató de levantarse; agitó repetidamente una
mano para llamar la atención de la máscara. Esperaba que ésta lo reconociera y
fuese a sentarse con él.
Mirando alternativamente a la máscara
y a Gauna, Pegoraro comentó.
-No lo ve.
-Yo me pregunto cómo hace para no
verlo -contestó Maidana.
-La pura verdad -convino Pegoraro-,
Gauna se mueve tanto que ya marea. Concienzudamente, Maidana declaró:
-Para mí que la del mostrador lo
confunde con el hombre invisible.
Gauna, abstraído, se dijo: ¿Y si no
fuera ella? En sus cavilaciones de borracho llegó a una perplejidad casi
filosófica. Primero pensó que ese dominó y ese antifaz podían depararle una
desilusión. Después, con alguna angustia, entrevió una alternativa que le
pareció original, aunque tal vez no lo fuera: eliminados el dominó y el
antifaz, nada quedaba de la máscara de 1927, ya que esos atributos eran lo más
concreto de su recuerdo. Desde luego, estaba el encanto, pero ¿cómo precisar en
la memoria una esencia tan vaga y tan mágica? Ignoraba si este pensamiento
debía confortarlo o desesperarlo.
El mocito rubio se arrimó a la
muchacha; dilatándose y frunciéndose en visajes, la miraba embelesado; la
muchacha sonreía también, pero probablemente a causa del
antifaz la
expresión era más
ambigua. ¿O esa
ambigüedad sólo existía
en su
imaginación? Ahora el rubio la sacó a
bailar. La sala era enorme; se necesitaba mucha atención para seguirlos con la
vista entre los bailarines. A pesar del decaimiento que le había entrado, no la
perdería. Se acordó entonces de una tarde en Lobos, cuando era chico, en que
seguía en el cielo, a través de las nubes, a la luna; estaban armando un molino
y él se había encaramado en la torre todavía trunca; jugaba a pronosticar el
momento en que la luna reaparecería entre los nubarrones, naturalmente acertaba,
se alegraba y sentía una agradable confianza en las facultades adivinatorias
que imaginaba descubrir en sí mismo.
En seguida se halló desorientado.
Detrás del lento vaivén de unas cabezas de asno y de halcón, que eran como
altísimos cascos, desapareció la máscara. Gauna quiso levantarse, pero el temor
de caer y de resultar ridículo entre tanto desconocido lo contuvo. Para darse
coraje, bebió unos tragos.
-Voy a tomar otra mesa declaró-.
Tengo que hablar con una señorita de mi relación. Bromeando le dijeron muchas
cosas que no escuchó -que estuviera a mano cuando
llegara la cuenta, que les dejara la
cartera- y se rieron como si verlo incorporarse fuera un espectáculo cómico.
Por un rato olvidó a la máscara. Encontrar una mesa le pareció
una tarea difícil y angustiosa. Ya no
podía volver con los muchachos y no había dónde sentarse. Muy desdichado,
anduvo como pudo, hasta que de pronto, sin creerlo, se halló
frente a una mesa vacía.
Inmediatamente se dejó caer en una silla. ¿Lo estaban mirando los muchachos?
No; desde ahí no los veía, así que tampoco podían verlo a él. Un mozo le
preguntó algo; aunque no oyó las
palabras, las adivinó y respondió muy contento:
-Champán.
Sin embargo, sus desventuras no
habían concluido. No quería esa mesa para estar solo -si me ven solo, murmuró,
qué vergüenza-, pero otros la ocuparían en cuanto él la
dejara. Si no buscaba a la máscara,
tal vez la perdería para siempre.
L
Por lo menos una de las personas que
estaban esa noche en la sala del Armenonville compartió con Gauna la impresión
de que un milagro ocurría. Para los dos testigos la apreciación del hecho no
era, sin embargo, idéntica. Gauna había salido en su busca y cuando ya
desesperaba lo había encontrado. La máscara no veía allí la simple, aunque
maravillosa, repetición de un estado del alma; veía un prodigio abominable.
Pero otra circunstancia, más personal, le ocultó aquel terror y se presentó
ante ella como un nuevo prodigio, infinitamente vívido y feliz. En esa última
noche de la gran aventura, Gauna y la muchacha son como dos actores que al
representar sus partes hubieran pasado de la situación mágica de un drama a un
mundo mágico.
Cuando por fin lo descubrió en su
lejana mesa -con la frente apoyada entre las manos, tan desamparado, tan serio-
la máscara corrió hacia Gauna. (El Rubio, en medio de una multitud de
bailarines que lo empujaban, quedó solo, preguntándose si debía esperar ahí,
porque le habían dicho "vuelvo en seguida".) La presencia de la
máscara libró a Gauna del abatimiento en que lo habían sumido las últimas copas
y las andanzas de tres días y tres noches de locura; en cuanto a ella, olvidó
la prudencia, olvidó la intención de no beber y se abandonó a la felicidad de
ser nuevamente maravillosa para su marido. Con estas palabras se ha dicho que
la máscara era Clara.
La de esa noche y la que en 1927 lo
deslumbró.
La víspera -estoy hablando del 30, se
entiende- don Serafín la había visitado en sueños y le había dicho: "La
tercera noche va a repetirse. Cuida de Emilio". Para Clara este anuncio
fue la confirmación definitiva y sobrenatural de su terror; pero no el origen.
Si todos en el barrio sabían que Gauna había ganado plata en las carreras y que
había salido con el doctor y con los muchachos ¿cómo iba ella a ignorarlo? En
el barrio sabían eso y sabían más: no faltó quien afirmara que Gauna era "el
príncipe heredero del Brujo, estaba suscripto al boletín del Centro Espiritista
y que su negro propósito en esa salida era encontrar de nuevo los disparates y
las fantasías que vio, o que imaginó ver, en la tercera noche del carnaval del
27".
Por todo esto aquellos días fueron
angustiosos para Clara. Luego el ánimo se le templó. Iría al Armenonville a
encontrarse con Gauna. Pelearía por él. Tenía confianza en sí misma. Clara era
una muchacha valerosa y, en la gente valerosa, la promesa de lucha despierta el
coraje. Quedó casi libre de inquietudes; tenía un solo problema y tal vez fuera
puramente un problema de conciencia, de esos que ya están resueltos cuando se
plantean y que apenas consisten en resignar escrúpulos y prevenciones; el
problema de Clara era encontrar quién la acompañara. Hubiera querido ir sola;
pero no ignoraba que si llegaba sola al Armenonville corría el peligro de que
no la dejaran entrar. Desde luego, Larsen era el acompañante indicado. Era el
único a quien no hubiese recusado Gauna; era el único amigo con quien podían
contar. Había que tratar de convencerlo; esto no era fácil; con el mayor empeño
Clara lo intentó.
Después de cavilar una noche entera,
creyó que sus probabilidades eran mejores si le hablaba de improviso, a último
momento. No había, pues, que dejarse arrastrar por la impaciencia. En esos
días, Larsen estaba curándose los restos de un resfrío. Clara conocía a Larsen
y a sus resfríos: pensó que para la noche del lunes estaría repuesto; pero, si
le daba tiempo, no dejaría de aprovechar la indisposición para negarse en el
acto o, en caso de haber consentido, para recaer oportunamente.
La elocuencia y la estrategia ¿de qué
valieron? Larsen movió la cabeza y explicó seria- mente el riesgo de que el
catarro, por el momento confinado a un punto debajo de la garganta, se
convirtiera, ante la menor provocación, en un verdadero resfrío de nariz.
Desilusionada, Clara sonrió. En la
reflexión sobre caracteres como el de Larsen hay un consuelo. Son columnas en
medio del cambio y de la corrupción universales; idénticos a sí mismos, fieles
a su pequeño egoísmo, cuando uno los busca los encuentra.
No se dio por vencida. No podía
explicarle todo: desde la calma de ese atardecer en el barrio, desde la cordura
de esa conversación de viejos amigos, la explicación hubiera parecido
fantástica. Larsen no manifestó demasiada curiosidad, pero era inteligente y
debió comprender que Clara lo necesitaba; debió acceder. Parecería que rehusó
para evitarse enojosas complicaciones. Sospecho que lo hizo para evitarse una
sola complicación: ir a un lugar como el Armenonville, que lo intimidaba por
desconocido y por prestigioso. Algunas personas encontrarán incomprensible esta
cobardía; pero nadie debe dudar de la amistad de Larsen por Clara y por Gauna.
Hay sentimientos que no precisan de actos que los confirmen y diríase que la
amistad es uno de ellos.
Cuando comprendió que era inútil
insistir, Clara dejó que Larsen partiera a sus tópicos y a sus fomentos, buscó
una antigua libreta (tres días antes la había sacado del fondo del baúl) y
llamó por teléfono al Rubio. Yo creo que para esa misión de acompañarla el
Rubio era su tapado como se dice en la jerga de las carreras. Por lealtad hacia
Gauna, había tratado de que Larsen la acompañara; pero Larsen tenía una
desventaja; con él, a pesar de las previsibles copas, Gauna tal vez la hubiera
reconocido; con el Rubio, en cambio, ya la había visto en su carácter de
misteriosa máscara del 27, y al verlos de nuevo juntos no dudaría en
reconocerla como la de entonces. Clara no tenía motivo para sospechar que Gauna
alguna vez la hubiera identificado con aquella máscara.
Ll
Debió insistir mucho para convencer
al Rubio de que no la buscara antes de las once y, cuando esto ocurrió, para
que la llevase directamente al Armenonville. A pesar de todo, no hay que
juzgarlo con demasiada severidad. Clara lo había llamado: más de uno hubiera
(hubiéramos) cometido el mismo error de creer que era para otra cosa. En una
oscura y arbolada calle de Belgrano, el muchacho detuvo el automóvil, elogió a
Clara, a su belleza y a su vestido de dominó y se lanzó a un último intento.
Comprendió por fin que las negativas eran sinceras; procuró no parecer
disgustado. Hablaron de los amigos comunes: de Julito, de Enrique, de Charlie.
-¿Hace mucho que no los ve? -preguntó
el Rubio.
-Desde 1927. ¿Sabe una cosa?
-No.
-Me casé.
-¿Y qué tal?
-Muy bien. Y usted ¿qué hace?
-Poco o nada -contestó el Rubio-.
Estudio derecho, por obligación. Pienso todo el tiempo. ¿Sabe en qué?
-No.
-En mujeres y en automóviles. Por
ejemplo, ando por la calle y voy pensando: Hay que cambiar de vereda, esa chica
que está enfrente parece linda. O pienso en automóviles. Para serle franco, en
este automóvil que me he comprado. ¿No se fijó que ya no me trae Julito en su
Lincoln? Me compré este coche hace poco.
Era un automóvil verde. Clara lo
elogió y trató de mirarlo con interés.
-Sí, no es feo -continuó el Rubio-.
Marca Auburn, 8 cilindros, 115 caballos de fuerza, una velocidad increíble. ¿Ya
la aburro? Estoy tan pesado, que mis amigos, por sorteo, eligieron a Charlie,
para que me rogara, en nombre de todos, que no siguiera cansando con los
Auburn. Clara le preguntó por qué no estudiaba ingeniería.
-¿Y usted cree que entiendo de
mecánica? Ni una palabra. Si se nos descompone el carromato, no espere nada de
mí; hay que abandonarlo en la calle. Estoy en la literatura del automóvil; no
en la ciencia. Le aseguro que es una literatura pésima.
Llegaron al Armenonville. No sin
dificultad, el Rubio encontró lugar para dejar el coche. Clara se puso el antifaz. Entraron.
Cuando entraron en el Armenonville,
Clara pensó ¿cómo saber si ha venido, cómo des- cubrirlo entre toda esta gente?
La orquesta tocaba Horses, una piecita que ya era vieja.
Si
ustedes la escuchan,
sin duda la
encontrarán trivial y
machacona. A Clara
le
impresionó como aciagamente
fantástica: desde esa noche no volvería a oírla sin estre- mecerse.
Comprendió que estaba asustada, que
no sería capaz de verlo aunque lo tuviera delante de los ojos. El señor de
frac, con el menú en la mano, levemente se inclinaba
ante ella y ante el Rubio; lo
siguieron, entre las máscaras.
En ese momento, cuando siguieron al
ceremonioso hombre de negro, entre máscaras que bailaban, gritaban y tocaban
silbatos insistentes e inexpresivos -o expresivos de su
pura insistencia-, Clara se preguntó
si estaría entrando en una sala mágica, donde la
tercera noche del carnaval de 1927
iba a repetirse. "Que no lo encuentre", se dijo. "Que no lo
encuentre. Si no lo encuentro, no hay repetición". En realidad, no temía
que la hubiera. No le parecía probable que ocurriera un milagro. El hombre de
negro los llevó hasta el mostrador del bar.
Con el entrecejo contraído, con voz
grave, como si comunicara algo de fundamental interés, el Rubio explicó:
"Di una buena propina. Verá que va a conseguirnos la mesa".
Clara notó que el Rubio al hablar
movía mucho los labios. Por alguna razón misteriosa
esto la impresionó. Horas después,
cuando cerraba los ojos, se le aparecían unos labios
que se movían con repugnante
elasticidad y también un juguete que ella tuvo en la infancia; una especie de
pelota de goma, una carita blanquísima. Alguien se la había mostrado, diciendo:
"Agapito, sacá la lengua". La carita, deformada por la presión de los
dedos, emitía una desmesurada lengua roja. El recuerdo de esa cara y el de
otra, grande, de payaso, con una enorme boca abierta, que era un juego de sapo,
regalado por una de sus tías, cuando
ella cumplió cuatro años, le traía
siempre una vaga sensación de náuseas.
El Rubio la sacó a bailar. Ella
pensaba: "Mejor que no lo encuentre. Si no lo encuentro, no hay
repetición". Estaba pensando eso cuando lo vio. En seguida olvidó todo: el
Rubio, el baile, lo que estaba pensando. En un arrebato, con el corazón oprimido
por la ternura, corrió hacia Gauna. Cuando lo vio sin Valerga y sin los
muchachos, creyó que sus previsiones eran descabelladas y que estaban a salvo.
Después dijo que debió sospechar,
pero que no pudo; debió comprender que todo ocurría de una manera demasiado
agradable y sin esfuerzo, como si obrara un encanta-
miento. Pero ella entonces no pudo
comprender: o, si comprendió, no pudo sustraerse al
influjo. He ahí el secreto horror de
lo maravilloso: maravilla. La embriagaron, la envol- vieron. Clara trató de
resistir, hasta que al fin se abandonó a lo que se le presentaba como la dicha.
En algún momento breve, pero muy profundo, fue tan feliz que olvidó la
prudencia. Bastó eso para que se deslizara el destino.
Sin que nadie lo ordenara, un mozo
les sirvió champagne. Bebieron, mirándose en los ojos. Con tono deliberado y
solemne, Emilio dijo:
-Tal vez yo imaginé dos amores. Ahora
veo que hubo uno solo en mi vida.
Ella entendió que la había
reconocido. Estiró los brazos, le tomó las manos, reclinó la cara sobre el
mantel y sollozó de gratitud. Estuvo a punto de quitarse el antifaz, pero
recordó el llanto y pensó que primero debía mirarse en el espejo. La sacó a bailar.
Entre los brazos de Gauna se sintió aún más dichosa, e infinitamente segura.
Sonó entonces un platillo estridente, cambió la música, se volvió más rápida y
más agitada, y todos los bailarines, como impulsados por un júbilo diabólico,
se tomaron de la mano y corrieron serpenteando en larga fila. Volvió a sonar el
platillo, y Clara se encontró en los brazos de un enmascarado y vio a Gauna con
otra mujer. Trató de desasirse; el enmascarado la sujetó con firmeza y, mirando
hacia arriba, echó una carcajada teatral. Clara vio que Gauna la miraba
ansiosamente y le sonreía con triste resignación. El baile los apartó. Oh, los
apartó espantosamente.
-Permita, señorita amable, que
proceda a las presentaciones -declaró, sin dejar de bailar el charleston, el
enmascarado-. Yo soy un escritor, un poeta, un periodista acaso, de una de las
veintitantas repúblicas hermanas. ¿Usted sabe cuántas son?
-Yo no -dijo Clara.
-Yo tampoco. Basta saber que son
hermanas ¿no es verdad? ¡Y qué hermanas! Una res-plandeciente gargantilla de
muchachonas, a cual más joven y a cual más hermosa.
Pero sin duda la más hermosa es la
que lleva por rostro a Buenos Aires: su patria de
usted, señorita. ¿No me va a decir
que no es argentina?
-Soy argentina.
-Ya lo adivinaba. Qué ciudad padre,
Buenos Aires. He llegado ayer y todavía no acabo de conocerla. Es la París de
América, ¿no le parece?
-No conozco París.
-¿Quién puede decir que la conoce? Yo
estudié allí, en la Ciudad Universitaria, tres años casi y usted cree que me
atrevo a decir que la conozco? De ningunísima manera. Hay quienes opinan que
sólo en Italia puede uno hacer descubrimientos; según ellos, la belleza de
París es demasiado construida y ordenada. Pues bien, yo les contesto a esos
señores, yo descubrí algo en París. Fue la noche de un sábado, hacia el fin del
invierno, cuando yo volvía de cenar con un grupo de amigos, toda gente
agradable, a eso de las tres de la madrugada. No a las tres, a las tres y
veinte, para ser exacto. Descubrí la Concorde. ¿Qué me dice de la Concorde?
-Nada. No la conozco.
-Debe conocerla, cuanto antes. Pues
bien, yo descubrí esa noche la Concorde. Ahí estaba toda la iluminación, con
las fuentes funcionando y nadie más que yo la veía. Ahí estaba el festín: los
sandwiches y los pasteles sobre la mesa, el champagne a chorros,
las velas en el candelabro de plata y
los manteles de encaje, los lacayos de librea y de bronce, todo puesto, todo
puesto para comensales ausentes. Si yo no paso, la fiesta se pierde.
Cuando la orquesta concluyó, el hombre, como un artista avezado, concluyó el discurso; pero
en ese grato momento el propio anhelo de perfección lo perdió, ya que
abrió los brazos para que el final
fuera más patético. Clara huyó entre la gente.
LIII
Corrió hacia donde creía que estaba
la mesa de Gauna. No la encontró. La buscó precipitadamente, porque temía que
el enmascarado la siguiera. Cuando vio la orquesta en el otro extremo se sintió
desorientada. Luego recapacitó: ahora tocaban un tango, así que no se trataba
de la misma orquesta. La de jazz estaba en un extremo del salón; la típica, en
el otro. En un momento, Clara se halló casi mareada, muy confusa. Las dos
copitas de champagne que bebió con Emilio podían provocar el bienestar de hace
un rato y acaso también el momento de abandono y de seguridad; pero no esa
turbación. Era evidente que estaba aterrada; si no quería perderlo todo, tenía
qué dominarse. Clara se dirigió al bar. Como en un delirio, se veía a sí misma
caminando entre máscaras grotescas. No creo que deba atribuirse el
desdoblamiento a la vanidad femenina; no creo que sea éste el caso de tantas
mujeres, o tal vez haya que decir tantas personas que en medio de una situación
terrible sólo piensan en ellas. Se veía desde afuera, porque en cierto modo
había quedado afuera de sí misma. Le parecía, en efecto, que no dependía de su
arbitrio, sino de otro, más gran-de, que mandaba aquel salón, desde el cielo. A
Gauna, a Valerga, a los muchachos, al Rubio, al enmascarado, a todos los habían
sustraído de sus voluntades. Nadie lo notaba, salvo ella; por eso veía las
cosas, incluso su persona, desde afuera. Pero Clara se dijo que esto era un
engaño, ella no estaba afuera; como a los demás, la dirigía el destino.
De acuerdo a lo previsto, el destino
había tomado a su cargo la situación. Mientras pensaba en eso, intuyó que era
falso, intuyó, tal vez, que el mundo no es tan extraño; mejor dicho, tiene su
manera de ser extraña, fortuita o circunstanciada, pero nunca sobrenatural.
Miró hacia donde debía de estar la
mesa de Gauna. Creyó saber cuál era la mesa. No reconoció a las personas que la
ocupaban. En seguida, jubilosamente, vio a Gauna entre esas personas. En
seguida las reconoció con horror: eran Valerga y los muchachos. Todo esto
ocurrió en pocos instantes.
A su lado, en el bar, apareció el
Rubio. Estaba muy contento; sonreía con sus labios elásticos y hablaba. ¿Qué
quiere este demonio?, pensó. Entre sorprendida y asqueada, lo oía, como si el
Rubio estuviera muy lejos, en otro mundo, y desde allí su estúpida voluntad de
entrometerse la alcanzara. ¿De qué hablaba ese demonio? De su alegría de
haberla encontrado. Y preguntaba, con muchas vacilaciones, torpemente, si creyó
todo lo que él había dicho en contra de sí mismo. Lo decía con tanta modestia
que ella, por compasión, le sonrió.
Cuando volvió los ojos comprendió que
Gauna la había visto sonreír. Ahora estaba mirándola, con la expresión
ensombrecida. No parecía tener tanto enojo como despecho y tristeza.
LIV
Con perplejo pavor, Clara siguió los
movimientos de Gauna. Inmóvil, subyugada por el espanto de comprobar que todo
se cumplía mágicamente, de acuerdo a las predicciones de la tarde lluviosa, vio
cómo Gauna decía unas palabras a Valerga, se incorporaba, ponía su dinero sobre
la mesa y lentamente se iba con los amigos.
La orquesta se había callado. La
gente volvió a sus mesas. Hubo un momento extraño, en que el silencio y la
quietud prevalecieron (por contraste, sin duda, con el bullicio
anterior). Clara supo que los temores
se habían confirmado: desde algún instante,
imposible de precisar, el tiempo de
ahora había confluido con el del 27. Luego se preci- pitaron las cosas: la
orquesta rompió a tocar y Clara corrió en pos de Gauna y el Rubio la alcanzó y
la tomó de un brazo y ella logró desasirse; pero el cruce de la sala,
nuevamente repleta de bailarines, fue lento y laborioso. Llegó a la puerta,
corrió hasta afuera: no vio a Gauna ni a los otros. Volvió a entrar. Se dirigió al portero -muy
alto, con librea roja, larguísima, con botones de bronce, con cabeza pequeña,
aquilina, con ojos pequeños, entrecerrados, con expresión irónica-; le
preguntó:
-¿No vio salir a unos señores?
-Muchos salieron y muchos entraron
-contestó el portero.
-Estos eran cinco -aclaró la
muchacha, reprimiendo su impaciencia-. Un señor mayor y cuatro jóvenes. No iban
disfrazados.
-Mal hecho -contestó el portero-.
Aquí todos estamos disfrazados. Clara se dirigió a los gallegos del
guardarropa. (Advirtió que el Rubio la seguía tímidamente.) Uno de los
gallegos
contestó "creo que sí",
pero el otro dijo que no vio nada.
-¿Ahora nomás? -preguntó-. ¿Cinco y
sin disfraces? ¿Ni siquiera caretas? ¿Ni siquiera narices? No, señorita: los
recordaría perfectamente. El otro, cuando Clara lo miró,
levantó los hombros y ambiguamente
sacudió la cabeza.
Clara se volvió hacia el rubio.
-¿Quiere hacerme un favor? -le
preguntó.
-Lo que usted mande -contestó el
Rubio. Clara lo tomó de la mano y corrió con él hacia afuera. Le dijo:
-Lléveme en su automóvil.
-Espere un momento -pidió el Rubio-.
Tengo que buscar el sombrero. Clara no lo soltó.
-Lo busca después -murmuró-. Ahora no
hay tiempo. Corra. Corrieron hasta el automóvil. Alguien corría detrás de
ellos; tuvieron la impresión de que los perseguían; el
perseguidor alcanzó a echar algo
dentro del coche, por la ventanilla: el sombrero del
Rubio. Tras una maniobra espectacular
y gran rechinamiento de neumáticos, el Rubio aceleró por Centenario, orgulloso,
tal vez, de su Auburn. Clara lo dirigió hacia los lagos, primero, hacia el
bosque, después. Por los caminos del bosque anduvieron despacio. Clara le pedía
que iluminara, entre los árboles, con el buscahuellas. Estaba muy afligida.
-¿Qué pasa? -preguntó el Rubio.
-No pasa nada -contestó ella.
-¿Cómo no pasa nada? Usted no se
porta bien conmigo -la reconvino el Rubio-. Desde hoy me está empleando y no me
dice para qué. Si yo supiera, tal vez podría ayudarla. Explíqueme.
-No hay tiempo -aseguró Clara. El
Rubio insistió.
-No va a creerme -dijo Clara-.
Tampoco importa que me crea. Pero es verdad y es horrible. Si perdemos tiempo,
no podremos evitarlo.
-¿Qué es lo que no podremos evitar?
¿Y usted cree que así vamos a encontrar a
alguien, con este faro? Más que
suerte habría que tener. ¿A quién busca?
-A mi marido. Estaba en el baile. Nos
vio.
-Ya se le pasará -afirmó el Rubio.
-No es eso. Usted no me entiende.
Salió con unos compadres, unos amigotes que tiene. El cree que son sus amigos,
pero lo van a matar.
-¿Por qué? -preguntó el Rubio.
Con el buscahuellas iluminaron debajo
de los puentes del ferrocarril. Clara le contestó con otra pregunta.
-¿Se acuerda del carnaval del 27?
-Me acuerdo -respondió el Rubio-. Me
acuerdo cómo la ayudé a usted a sacar del
Armenonville a un muchacho que a
usted le interesaba.
-Ese muchacho ahora es mi marido
-dijo Clara-. Se llama Emilio Gauna. Lo conocí esa noche.
-Usted me pidió que la ayudara a
sacarlo. Yo no quería hacerle caso, pero la vi tan
preocupada que no pude negarme.
Para
sacarlo esa noche del 27,
Gauna les dio trabajo. Había bebido considerablemente. El Rubio le sirvió
otra copa. "Yo no entiendo de esto", dijo, "porque
no bebo, pero tal vez surta
efecto". Surtió; sin dificultad lo sacaron y lo metieron en un
taxi. ¿Dónde lo remitimos?, preguntó
el Rubio. Clara no quiso dejarlo. Anduvieron los tres dando vueltas por
Palermo. El Rubio recordó por fin que Santiago y el Mudo, los cancheros del
club KDT, ahora vivían en la casita del embarcadero del lago y después de mucho
rogar consiguió que ella accediera a que dejaran ahí al borracho. Los atendió
el Mudo, porque Santiago no estaba esa noche. Gauna quedó acostado en un catre,
cubierto por una manta gris. Como premio, Clara permitió al Rubio que la
llevara hasta su casa. El Rubio dijo: "Su amigo quedó en buenas manos.
Gente excelente. Los conozco de toda la vida. Ya eran cancheros del club en los
viejos tiempos en que Rossi lo dirigía y siguieron después con Kramer, hasta el
fin. Me acuerdo cómo se entusiasmaban cuando jugábamos contra las quintas de
Urquiza o de Sportivo Palermo; pero siempre per- díamos". Estas reflexiones, o acaso lo que en ellas
evocaba su infancia, al principio lo conmovieron; de pronto, sin embargo, le
hicieron ver cómo la muchacha dos veces había jugado con él, dos veces le había
infundido ilusiones para luego emplearlo desaprensivamente en sus enredos con
otro hombre. Se enojó mucho. Detuvo bruscamente el automóvil.
-¿Sabés una cosa, mi hijita?
-preguntó con una entonación que ella no le conocía. Había frenado con la
palanca, había parado el motor. Recostado contra la puerta, con
una mano colgada en el volante, con
el sombrero en la nuca, la miraba con los ojos
entrecerrados, con expresión
desdeñosa y hosca.
-¿Sabés una cosa? ¿No? Me cansé. Me
cansé del empleo.
-¿Qué empleo? -preguntó Clara.
-De sirviente tuyo y de tus locuras.
-Por lo que más quiera, sigamos
buscando. Van a matarlo a Emilio.
-¡Qué van a matarlo! Ese hombre te
vuelve loca. La otra vez fue la misma historia. El Rubio trató de abrazarla y
de besarla.
-Sea bueno -le rogó Clara-. Sea bueno
y escúcheme. La otra vez iban a matarlo.
-¿Cómo lo sabe?
-Voy a explicarle. Yo no lo conocía.
Lo conocí aquella noche, en el baile. Y de pronto supe que tenía que sacarlo de
ahí porque esos hombres iban a matarlo.
-Pura intuición ¿eh?
-No sé, le aseguro. De lo que
presentí aquella noche sólo hablé con usted. No hablé con él ni con mi padre.
Antes de morir mi padre me recomendó que cuidara de Emilio. Mi padre me dijo...
Como si no tuviera sensibilidad ni
escrúpulos, en ese momento Clara mintió. Envolver en la mentira a su padre
muerto le pareció el recurso propio de una persona repugnante,
pero no se detuvo. Comprendió que si
decía "Mi padre me habló de esto en su lecho de
muerte y en un sueño", ante el
Rubio la argumentación perdería fuerza. Estaba convencida de la atroz verdad de
sus temores y quería que el Rubio la ayudara.
-Mi padre me dijo: "La tercera
noche va a repetirse. Cuida de Emilio".
Aunque su padre le comunicó esto en
el sueño, Clara no creía haber mentido en lo esencial, de modo que al seguir
hablando no hubo cambio alguno en su voz.
-Emilio tenía qué morir en los
carnavales -dijo Clara-. Ahora comprendo todo: sin que yo lo supiera, la otra
vez mi padre me mandó a buscarlo, para que yo interrumpiera su destino. Debo
cuidar que no lo retome; tal vez ya sea tarde.
La reacción del Rubio consistió en
preguntarle:
-¿Cómo puede creer?
-¿Usted no cree? -replicó ella-.
¿Sabe lo que Emilio me dijo hace un tiempo? Que esa noche del 27 se fue con sus
amigos.
-Estaba en un estado que pudo
imaginar cualquier cosa.
-Escúcheme, por favor. Me dijo que él
estaba solo en una mesa y que me vio en el bar y que yo le sonreía a usted y
que a él le dio rabia y que se fue con sus amigos. Bueno,
eso no pasó la otra vez; comprende:
nada de eso pasó la otra vez; pasó hoy; todo, tal
como él me lo dijo. Emilio tuvo la
visión porque los hechos estaban en su destino. Vio lo que debió ocurrir la
otra vez, lo que está ocurriendo ahora. Y me dijo también que por cuestiones de
dinero, con uno de ellos, un tal Valerga, un matón, peleó a cuchillo en el
bosque. Si no lo impedimos, Valerga lo matará.
-Qué fe le tiene a su Emilio.
-Usted no conoce a Valerga. El Rubio
dijo:
-Seguiremos buscando.
Recorrieron el bosque, ayudados por
el buscahuellas. Un rato después, el Rubio llegó hasta la casa del embarcadero
y pidió a Santiago y al Mudo que ellos también buscaran.
LV
Mientras tanto, ¿qué fue de Emilio
Gauna?
En un abra del bosque, rodeado por
los muchachos, como por un cerco de perros hostiles, enfrentado por el cuchillo
de Valerga, era feliz. Nunca se había figurado que su
alma fuera tan grande ni que en el
mundo hubiera tanto coraje. La luna brillaba entre los
árboles y él veía el reflejo en la
hoja de su cuchillito y veía la mano que lo empuñaba sin temblar. Don Serafín Taboada le había dicho una vez
que el coraje no era todo; don Serafín Taboada sabía mucho y él poco, pero él
sabía que es una desventura sospechar que uno es cobarde. Y ahora sabía que era
valiente. Sabía también que nunca se había equivocado sobre Valerga: era
valiente en la pelea. Vencerlo a cuchillo iba a ser difícil. No importaba por
qué estaba peleando. ¿Creyeron que él había ganado más plata en el hipódromo y
querían saquearlo? El motivo era un pretexto: no tenía importancia. Vagamente
sospechó ya haber estado en ese lugar, a esa hora, en esa abra, entre esos
árboles cuyas formas eran tan grandes en la noche; ya haber vivido ese momento.
Supo, o meramente sintió, que
retomaba por fin su destino y que su destino estaba cumpliéndose. También eso
lo conformó.
No sólo vio su coraje, que se
reflejaba con la luna en el cuchillito sereno, vio el gran final, la muerte
esplendorosa. Ya en el 27 Gauna entrevió el otro lado. Lo recordó
fantásticamente: sólo así puede uno
recordar su propia muerte. Se encontró de nuevo en el sueño de los héroes, que
inició la noche anterior, en el corralón del rengo Araujo.
Comprendió para
quién estaba tendido
el camino de
alfombra roja y
avanzó resueltamente.
Infiel, a la manera de los hombres,
no tuvo un pensamiento para Clara, su amada, antes de morir.
El Mudo encontró el cuerpo.
(1954)


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