© Libro No. 736. La Mujer Rota. De Beauvoir, Simone. Colección
E.O. Abril 26 de 2014.
Título original: © LA MUJER
ROTA. SIMONE DE BEAUVOIR
Versión Original: © LA MUJER ROTA. SIMONE DE BEAUVOIR
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Portada E.O. de
Imagen original:
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca
Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LA
MUJER ROTA
SIMONE
DE BEAUVOIR
Lunes 13 de setiembre. Las Salinas
Extraordinario
decorado el de
este bosquejo de
ciudad abandonada en los
confines de un pueblo y al margen de los siglos. Bordeé la mitad del hemiciclo,
subí por las escalinatas del pabellón central: contemplé largo rato la sobria
majestad de estas construcciones edificadas con fines utilitarios y que nunca
sirvieron para nada. Son sólidas, son reales: sin embargo, su abandono las
transforma en un simulacro fantástico: uno se pregunta de qué. La hierba tibia,
bajo el cielo de otoño, y el olor de las hojas muertas me aseguraban que no
había abandonado este mundo, pero había retrocedido doscientos años atrás. Fui
a buscar unas cosas en el auto; extendí una manta, almohadones, puse la radio a
transistores, y fumé mientras escuchaba Mozart. Detrás de dos o tres ventanas
polvorientas adivino presencias: sin duda son oficinas. Un camión se detuvo
ante uno de los portones, unos hombres abrieron, cargaron bolsas en la parte
trasera del vehículo. Ninguna otra cosa ha alterado el silencio de esta siesta:
ni un visitante. El concierto terminado, me puse a leer. Doble sensación de
extrañamiento: me iba muy lejos, a orillas de un río desconocido; alzaba la
vista y volvía a encontrarme en medio de estas piedras, lejos de mi vida.
Porque lo más sorprendente es mi presencia aquí, la
alegría de esta presencia. La soledad de este regreso a París me atemorizaba.
Hasta ahora, a falta de Maurice, las niñas me acompañaban en todos mis viajes.
Creí que iba a echar de menos los entusiasmos de Colette, las exigencias de
Lucienne. Y resulta que me es devuelta una calidad de alegría olvidada. Mi
libertad me rejuvenece
veinte años. A tal punto que, cerrado el libro, me
puse a escribir para mí misma, como a los veinte años.
Nunca dejo a Maurice sin apenarme. El congreso dura
solamente una semana y, sin embargo, mientras íbamos en auto desde Mougins
hasta el aeródromo de Niza, tenía la garganta anudada. El también estaba
emocionado. Cuando el altoparlante llamó a los pasajeros para Roma, me abrazó
fuertemente: "No te mates con el auto. - No te mates en el avión."
Antes de desaparecer, volvió una vez más la cabeza hacia mí: en sus ojos había
una ansiedad que me ganó. El despegue me pareció dramático.
Los cuatrimotores alzan vuelo lentamente, en un
largo hasta la vista. El jet se arrancó del suelo con la brutalidad de un
adiós.
Pero pronto empecé a alegrarme. No, la ausencia de
mis hijas no me entristecía: al contrario. Podía conducir tan rápidamente, tan
lentamente como quería, ir adónde deseaba, detenerme cuando me daba la gana.
Decidí pasar la semana vagabundeando. Me levanto con la luz. El auto me espera
en la calle, en el patio, como un animal fiel; está húmedo de rocío; le seco
los ojos y atravieso alegremente el día que comienza a
solearse. A mi lado está el bolso blanco con los
mapas Michelin, la Guía Azul, libros, un cardigan, cigarrillos: es un compañero
discreto. Nadie se impacienta cuando pregunto a la patrona de la hostería su
receta del pollo con cangrejos.
Está por caer la noche pero todavía está tibio. Es
uno de esos instantes conmovedores en que la tierra está tan de acuerdo con los
hombres que parece imposible que todos no sean felices.
2
Martes 14 de setiembre
Una de las cosas que encantaban a Maurice es la
intensidad de lo que él llamaba mi "atención a la vida". Durante es
!a breve intimidad conmigo misma se ha reanirnado. Ahora que Colette está
casada, Lucienne en Norteamérica, tendré tiempo para cultivarla. "Vas a
aburrirte. Deberías conseguir un empleo", me dijo Maurice en Mougins.
Insistió. Pero, por el momento, en todo caso, no
tengo ganas. Quiero vivir por fin un poco para mí. Y aprovechar con Maurice
esta soledad de dos de la cual tanto tiempo estuvimos privados. Tengo un montón
de proyectos en la cabeza.
Viernes 17 de setiembre
El martes llamé por teléfono a Colette: estaba con
gripe. Protestó cuando le dije que volvía enseguida a París, Jean-Pierre la
cuida muy bien. Pero yo estaba inquieta, regresé ese mismo día. La encontré en
cama, muy enflaquecida; tiene fiebre todas las noches. Ya en agosto, cuando la
acompañé a la montaña, su salud me inquietaba. No veo la hora de que Maurice la
examine y me gustaría que consultara a Talbot.
Aquí estoy, con otra protegida a mi cuidado. Cuando
dejé a Colette, el miércoles después de cenar, el tiempo estaba tan agradable
que fui en auto hasta el Quartier Latin; me senté en las mesas de la vereda,
fumé un cigarrillo. En la mesa de al lado estaba una chiquitina que devoraba
con los ojos mi paquete de Chesterfield; me pidió un cigarrillo. Le hablé;
eludió mis preguntas y se levantó para irse; alrededor de quince años, ni
estudiante ni prostituta, me intrigaba; le propuse llevarla a su casa en auto. Se
negó, vaciló, y terminó por confesar que no sabía adónde ir a dormir. Por la
mañana se había escapado del Centro en el cual la había alojado la Asistencia
Pública. La tuve en casa dos días. Su madre, más o menos retardada, su abuelo,
que la detesta, han renunciado a sus derechos sobre ella. El juez que se ocupa
de su caso le ha prometido enviarla a un Hogar adonde le enseñarán un oficio.
Mientras tanto, vive "provisoriamente" desde hace seis meses en esa
casa de la cual no sale nunca -salvo el domingo para ir a misa, si quiere--- y
donde no le dan ninguna tarea para hacer. Están allí, unas cuarenta
adolescentes, materialmente bien cuidadas, pero que languidecen de
aburrimiento, de desgano, de desesperación. Por
la noche se le da a cada una un somnífero. Se las
arreglan para no tomarlo y guardarlo. Y un buen clía se tragan de golpe toda la
reserva. "Una fuga, una tentativa de suicidio: es lo que hace falta para
que el juez se acuerde de una", me dijo Marguerite. Las fugas son fáciles,
frecuentes, y si no duran mucho tiempo no acarrean consecuencias.
Le juré que removería cielo y tierra para conseguir
que la transfieran a un Hogar y se dejó
convencer para regresar
al Centro. Yo
hervía de cólera
cuando la vi franquear la puerta, cabizbaja y arrastrando
los pies. Es una hermosa jovencita, nada tonta, muy gentil, y que no pide otra
cosa que poder trabajar: le están masacrando su juventud; a ella y a millares
de otras. Mañana hablaré por teléfono al juez Barron.
¡Qué duro es París! Aun en estos pegajosos días de
otoño, esa dureza me oprime. Esta noche me siento vagamente deprimida. Hice
planes para transformar la pieza de
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las chicas en un living más íntimo que el
escritorio de Maurice y la sala de espera. Y me doy c=uenta de que Lucienne ya
no vivirá nunca más aquí. La casa estará tran- quila, pero muy vacía. Me
atormento sobre todo por Colette. Felizmente, Maurice regresa mañana.
Miércoles 22 de setiembre
Ésta es una de las razones -la principal por las
cuales no tengo ninguna gana de atarme
a una tarea:
difícilmente soportaría no
estar totalmente a
disposición de quienes me
necesitan. Paso casi todo el día a la cabecera de la cama de Colette. Su fiebre
no baja. `No es grave", dice Maurice. Pero Talbot pide que le hagan
análisis. Ideas aterradoras me pasan por la cabeza.
El juez Barron me recibió esta mañana. Muy cordial.
El caso de Marguerite Drin le parece lamentable: y hay millares parecidos. El
drama es que no existe ningún lugar para alojar a estas niñas, no hay personal
capaz de ocuparse de ellas adecuadamente. El gobierno no hace nada.
Entonces, los esfuerzos de los jueces, de las
asistentes sociales se estrellan contra una pared. El Centro donde se encuentra
Marguerite no es más que un lugar de tránsito; al cabo de tres o cuatro días,
hubieran debido mandarla a otra parte. ¿Pero adónde? No hay nada. Las niñas se
quedan allí, donde no se ha previsto nada para ocuparlas en algo ni para
distraerlas. Así y todo, tratará de encontrar un lugar, en algún sitio, para
Marguerite. Y va a recomendar a las asistentes del Centro que me autoricen a verla.
Los parientes no han firmado el papel que los privaría definitivamente de sus
derechos pero no se trata de que nuevamente se hagan cargo de la niña; ellos no
lo desean y también para ella sería la peor solución.
Salí de Tribunales irritada contra la incuria del
sistema. El número de delincuentes jóvenes aumenta; y no se encara otra medida
que redoblar la severidad.
Como me encontraba ante la puerta de la
SainteChapelle, entré, subí por la escalera de caracol. Había turistas
extranjeros y una pareja que contemplaba los vitrales, tomada de la mano. En lo
que a mí respecta, no miré muy bien. Nuevamente pensaba en Colette y me
inquietaba.
Y me inquieto.
Imposible leer. La
única cosa que
podría aliviarme sería conversar con Maurice: no estará aquí
antes de la medianoche. Desde su regreso de Roma pasa las veladas en el
laboratorio con Talbot o Couturier. Dice que se están acercando al objetivo.
Puedo comprender que lo sacrifique todo a sus investigaciones. Pero es la
primera vez en la vida que tengo una gran preocupación sin que él la comparta.
Sábado 25 de setiembre
La ventana estaba a oscuras. Me lo esperaba. Antes
-¿antes de qué?-, cuando por excepción yo salía sin Maurice, al volver había
siempre un rayo de luz entre las cortinas rojas. Yo subía los dos pisos
corriendo, tocaba el timbre, demasiado impaciente como para buscar mi lla-
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ve. Subí sin correr, metí la llave en la cerradura.
¡Qué vacío estaba el departamento! ¡Qué vacío está! Evidentemente, puesto que
no hay nadie adentro. Pero no, de costumbre, cuando regreso a casa reencuentro
a Maurice, aun en su ausencia. Esta noche las puertas se abren ante
habitaciones desiertas. Las once. Mañana se sabrán los resultados de los
análisis y tengo miedo. Tengo miedo, y Maurice no está aquí. Ya lo sé. Es
preciso que sus investigaciones lleguen a su fin. Así y todo, estoy enojada con
él. "¡Te necesito y no estás aquí!" Tengo ganas de escribir estas
palabras sobre un papel que dejaría a la vista en el vestíbulo, antes de irme a
acostar.
...Regué las plantas; empecé a arreglar la
biblioteca y me detuve. Me sorprendió su indiferencia cuando le hablé de
instalar este living. Tengo que confesarme la verdad; siempre deseé la verdad,
si la obtuve es porque la quería. ¡Pues bien! Maurice ha cambiado. Se ha dejado
devorar por su profesión. Ya no lee. Ya no escucha música. (Me gustaba tanto
nuestro silencio y su rostro atento cuando escuchábamos Monteverdi o Charlie
Parker.) Ya no nos paseamos juntos por París y los alrededores. Ya casi no tenemos
verdaderas conversaciones. Empieza a parecerse a sus colegas que no son más que
máquinas de hacer carrera y ganar dinero. Soy injusta. El dinero, el éxito
social, se mata de risa de eso. Pero desde que, en cuenta de mi opinión, hace
diez años decidió especializarse, poco a poco -y eso es precisamente lo que yo
temía- se ha empobrecido. Incluso en Mougins, este año, me pareció lejano:
ávido por reencontrar la clínica y el laboratorio; distraído y hasta moroso.
¡Vamos!, mejor decirme a mí misma la verdad hasta el fin. En el aeród-omo de
Niza sentía el corazón oprimido a causa de esas opacas vacaciones que dejábamos
detrás. Y si en las salinas abando- nadas conocí una felicidad tan intensa fue
porque Maurice, a cientos de kilómetros, volvía a serme cercano. (Curiosa cosa,
un diario: lo que uno calla es más importante que lo que anota.) Se diría que
su vida privada ya no le concierne. La primavera pasada, ¡cor qué facilidad
renunció a nuestro viaje por Alsacia! Sin embargo, mi de
cepción
lo afligió. Le
dije alegremente: "¡La
curación de la
leucemia bien merece algunos
sacrificios!" Pero, antes,
para Maurice la
medicina significaba personas de
carne y hueso que había que aliviar. (Estaba tan decepcionada, tan desamparada
durante mi permanencia en Cochin, por la fría benevolencia de los jefes de
sala, por la indiferencia de los estudiantes: y en los hermosos ojos
melancólicos de ese externo encontré una angustia, una rabia semejantes a las
mías. Creo que lo amé desde ese instante.) Tengo miedo de que ahora para él sus
enfermos no sean sino casos. Saber le interesa más que curar. Y hasta en sus
relaciones con quienes lo rodean se vuelve abstracto, él, que era tan vivaz,
tan alegre, tan joven a los cuarenta y cinco años como cuando lo encontré...
Sí, algo ha cambiado puesto que escribo acerca de él, de mí, a sus espaldas. Si
él lo hubiera hecho, me sentiría traicionada. Éramos, el uno para el otro, una
absoluta transparencia.
Aún lo somos; mi cólera nos separa: le será fácil
desarmarla. Necesitaré un poco de paciencia: después de los períodos de
agotamiento viene la bonanza. El año pasado también trabajaba frecuentemente
por las noches. Sí, pero yo tenía a Lucienne. Y, sobre todo, nada me
atormentaba. Bien sabe él que en este momento no puedo leer ni escuchar discos,
porque tengo miedo. No dejaré ninguna nota en el vestíbulo, pero hablaré con
él. Al cabo de veinte -veintidós- años de casamiento, uno concede demasiado al
silencio: es peligroso. Pienso que me he ocupado demasiado de las chicas todos
estos últimos años: Colette era tan apegada y Lucienne tan difícil. Yo no
estaba tan disponible como Maurice podía desearlo. Hubiera debido hacérmelo
notar en lugar de lanzarse a trabajos que ahora lo alejan de mí. Tenemos que
explicarnos.
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Medianoche. Tengo tanta prisa por verlo, por ahogar
esta cólera que todavía protesta dentro de mí, que dejo los ojos clavados en el
reloj de péndulo. La aguja no avanza: me exaspero. La imagen de Maurice se
deshace; ¿qué sentido tiene luchar contra la enfermedad y el sufrimiento si uno
trata a su propia mujer con tanta despreocupación? Eso es indiferencia. Dureza.
Es inútil rabiar. Basta. Si los análisis
de Colette son desfavorables, mañana voy a
necesitar de toda mi sangre fría. Entonces debo tratar de dormir.
Domingo 26 de setiembre
Así que ocurrió. Me ocurrió. Lunes 27 de setiembre
¡Pues sí! Me sucedió. Es normal. Debo persuadirme
de eso y controlar esta cólera que me ha sacudido durante todo el día de ayer.
Maurice me mintió, sí; eso también es normal. Hubiera podido continuar en lugar
de hablarme. Aunque tardía, debo agradecerle su franqueza.
El sábado terminé por dormirme: de vez en cuando,
tendía la mano hacia la cama gemela; la sábana estaba lisa. (Me gusta dormirme
antes que él, mientras trabaja en su escritorio. A través del sueño, oigo
correr el agua, huelo un ligero olor a agua de colonia, tiendo la mano, su
cuerpo abulta bajo las sábanas y naufrago en la beatitud.) La puerta
de entrada sonó
ruidosamente. Grité: "¡Maurice!" Eran
las tres de la
mañana. No habían trabajado hasta las tres, habían bebido y charlado. Me erguí
en la
cama:
-¿A qué hora vuelves? ¿Qué hora es?
Se sentó en un sillón. Tenía un vaso con whisky en
la mano.
-Son las tres, ya sé.
-Colette está enferma, yo me muero de inquietud, y
tú regresas a las tres. No trabajaron hasta las tres. -¿Colette empeoró?
-No mejora. ¡No te importa! Evidentemente, cuando
uno se ha hecho cargo de la salud de toda la humanidad, una hija enferma no
pesa mucho.
-No seas hostil.
Me miraba con una gravedad algo triste, y me
derretí como me derrito siempre que él me envuelve en esa luz sombría y cálida.
Pregunté con dulzura:
-Dime por qué vuelves tan tarde. No contestó nada.
-¿Estuvieron
bebiendo? ¿Jugando al
póquer? ¿Salieron? ¿Te
olvidaste de la hora?
Continuaba callado, con una especie de insistencia,
haciendo girar el vaso entre sus dedos. Lancé al azar palabras absurdas para
hacerlo salir de las casillas y arran- carle una explicación:
-¿Qué sucede? ¿Hay una mujer en tu vida? Sin dejar
de mirarme, dijo:
-Sí, Monique, hay una mujer en mi vida.
(Todo era azul arriba de nosotros y bajo nuestros
pies; a través del estrecho se percibía la costa africana. El me abrazaba.
"Si me engañaras, me mataría. -Si tú me engañaras, no tendría necesidad de
matarme. Moriría de pena." Hace quince años.
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¿Ya? ¿Qué son quince años? Dos y dos suman cuatro.
Te amo, no amo a nadie sino a ti. La verdad es indestructible, el tiempo no la
modifica en nada.)
-¿Quién es? -Noéllie Guárard. -¡Noéllie! ¿Por qué?
Alzó los hombros. Evidentemente. Yo sabía la
respuesta: bonita, brillante, embaucadora.
El tipo de
aventura sin consecuencias
y que halaga
a un hombre.
¿Necesitaba ser halagado?
Me sonrió:
-Estoy contento de que me hayas preguntado.
Detestaba mentirte.
-¿Desde cuándo me mientes? Apenas vaciló:
-Te mentí en Mougins. Y desde mi regreso.
Desde hacía cinco semanas. ¿En Mougins pensaba en
ella?
-¿Te acostaste con ella cuando te quedaste solo en
París?
-Sí.
-¿La ves frecuentemente?
-¡Oh, no! Sabes bien que trabajo...
Pedí algunas precisiones. Dos veladas y una tarde
desde su regreso, me parece que eso es frecuentemente. -¿Por qué no me avisaste
enseguida?
Me miró tímidamente y me dijo, con pesar en la voz:
-Decías que morirías de pena...
-Son cosas que se dicen.
De pronto tuve ganas de llorar: no me moriría por
eso, era lo más triste. A través de brumas azules mirábamos África, a lo lejos,
y las palabras que pronunciábamos no eran nada más que palabras. El estupor me
vaciaba la cabeza. Necesitaba un plazo para comprender lo que me sucedía.
"Vamos a dormir", dije.
La cólera me despertó temprano. Qué aspecto
inocente tenía, los cabellos enmarañados encima de la frente rejuvenecida por
el sueño. (En agosto, durante mi ausencia, ella se despertó a su lado: ¡no
logro creerlo! ¿Por qué acompañé a Colette a la montaña? Ella no tenía tantas
ganas, fui yo quien insistió.) ¡Durante cinco semanas me mintió! "Esta
noche hemos dado un gran paso adelante." Y volvía de casa de Noéllie. Tuve
ganas de sacudirlo, de insultarlo, de gritar. Me dominé. Dejé una nota sobre la
almohada: "Hasta esta noche", segura de que mi ausencia lo
enternecería más que cualquier reproche; uno no puede responder con nada a la
ausencia. Caminé al azar por las calles, obsesionada por estas palabras:
"Me ha mentido." Se me atravesaban imágenes: la mirada, la sonrisa de
Maurice para Noéllie. Las ahuyentaba. No la mira como me mira. No quería
sufrir, no sufría, pero el rencor me sofocaba: "¡Me ha mentido!" Yo
decía: "Me moriría de pena"; sí, pero él me lo hacía decir. Había
puesto más ardor que yo en concluir nuestro pacto; nada de compromiso, nada de
licencia. Íbamos en auto por el caminito de Saint-Bertrand-de-Comminges y él me
abrazaba: "¿Te bastaré siempre?" Se irritó porque yo no contestaba
con bastante ardor (¡pero qué reconciliación en el dormitorio de la vieja
hostería con el olor de las madreselvas que entraba por la ventana! Hace veinte
años; fue ayer). El me bastó, no he vivido más que para él. ¡Y él, por un
capricho, ha traicionado nuestros juramentos! Me
decía a mí misma: exigiré que rompa,
enseguida... Fui a
lo de Colette;
todo el día
me ocupé de
ella, pero interiormente hervía.
Regresé a casa, agotada. "Voy a exigir que rompa." ¿Pero qué significa
la palabra "exigencia" después de toda una vida de amor y
cordialidad? Nunca pedí para mí nada que no quisiera también para él.
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Me tomó en sus brazos con aspecto algo extraviado.
Había llamado por teléfono varias veces a lo de Colette y no había contestado
nadie (para que no la molestaran, yo había bloqueado la campanilla). Estaba
enloquecido de inquietud.
-¿No se te habrá ocurrido, así y todo, que iba a
suicidarme?
-Se me ocurrió cualquier cosa.
Su ansiedad me llegó al corazón y lo escuché sin
hostilidad. Seguro, es culpa suya haberme mentido, pero es preciso que yo
comprenda: uno ya no se atreve a confesar, porque hay que confesar también que
uno mintió. El obstáculo es aun más infranqueable para las personas como
nosotros que dan tanta importancia a la sinceridad. (Lo reconozco: con qué
encarnizamiento hubiera mentido para disimular una mentira.) Nunca hice
concesiones a la mentira. Las primeras mentiras de Lucienne y de Colette me
dejaron fuera de combate. Me costó admitir que todos los niños mienten a su
madre. ¡A mí no! No soy una madre a la que se miente; no soy una mujer a la que
se miente. Orgullo imbécil. Todas las mujeres se creen diferentes; todas
piensan que ciertas cosas no pueden sucederles, y todas ellas se equivocan.
Hoy he reflexionado mucho. (Es una suerte que
Lucienne esté en Norteamérica. Hubiera tenido que hacerle una comedia. No me
hubiera dejado en paz.) Y fui a hablar con Isabelle. Me ayudó, como siempre.
Tenía miedo de que me comprendiera mal, ya que ella y Charles han apostado a la
carta de la libertad, y no como Maurice y yo a la de la fidelidad. Pero eso no
le ha impedido, me dijo, agarrarse algunas rabietas contra su marido, ni
sentirse a veces en peligro: había creído, hace seis años, que
él iba a dejarla. Me aconsejó tener paciencia.
Siente mucha estima por Maurice. Le parece natural que haya querido tener una
aventura, excusable que al principio me lo haya ocultado; pero seguramente se
cansará pronto del asunto. Lo que da atractivo a ese tipo de asuntos es la
novedad; el tiempo trabaja en contra de Noéllie; el prestigio que ella pueda
tener a los ojos de Maurice se hará polvo. Eso sí, si quiero que nuestro
amor salga indemne
de esta prueba,
no tengo que
hacerme la víctima
ni la energúmena. "Sé
comprensiva, sé alegre. Antes que nada, sé amistosa", me dijo. Es así como
finalmente ella reconquistó a Charles. La paciencia no es mi virtud do-
minante. Pero, efectivamente, debo esforzarme. Y no sólo por táctica: por moral.
He tenido exactamente la vida que quise: tengo que merecer ese privilegio. Si
flaqueo ante el primer tropiezo, todo lo que pienso acerca de mí misma no es
sino ilusión. Soy intransigente, me parezco a papá, y Maurice me estima por
eso; pero con todo quiero comprender a
los demás y
saber adaptarme. Que un hombre
tenga una aventura después de veintidós años de casamiento, Isabelle tiene
razón, es normal. Yo sería la anormal -infantil, en suma- no admitiéndolo.
Al dejar a Isabelle casi no tenía ganas de ir a ver
a Marguerite; pero me había escrito una esquela conmovedora, no quise
decepcionarla. Tristeza de ese locutorio, de esos rostros de adolescentes
oprimidas. Me mostró unos dibujos, nada feos. Querría hacer decoración; o al
menos ser vidrierista. De todos modos, trabajar. Le repetí las promesas del
juez. Le dije qué diligencias había hecho para obtener la autorización para
salir el domingo con ella. Tiene confianza en mí, me tiene cariño, tendrá
paciencia: pero no indefinidamente.
Esta noche salgo con Maurice. Consejos de Isabelle
y del correo del corazón: para recuperar a su marido, sea hermosa, elegante,
salgan solos los dos. No tengo que recuperarlo: no lo he perdido. Pero tengo
todavía muchas preguntas que hacerle y la conversación será más sosegada si
comemos afuera. Por encima de todo, no quiero que parezca una intimación.
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Un detal le idiota me agita: ¿por qué tenía un vaso
de whisky en la mano? Yo llamé: ¡Maurice! Despierta a las tres de la mañana, él
adivinó que iba a interrogarlo. Por lo común, no cierra tan ruidosamente la
puerta de entrada.
Martes 28 de setiembre
Bebí demasiado; pero Maurice se reía y me dijo que
estaba encantadora. Es curioso; fue preciso que me engañara para que
resucitásemos las noches de nuestra juventud. Nada peor que la rutina: los
choques despiertan. SaintGermain-des-Prés ha cambiado desde 1946: el público es
diferente. "Y es otra época", dijo Maurice con algo de tristeza. Pero
yo no había puesto los pies en una boite desde hace cerca de quince años, y
todo me encantó. Bailamos. En un momento dado me dijo apretándome muy fuertemente:
"Nada ha cambiado entre nosotros dos." Y charlamos, sin ton ni son:
pero yo estaba medio mareada, algo se me olvidó. A grandes rasgos, es lo que yo
suponía; Noéllie es una abogada brillante y devorada por la ambición; es una
mujer sola -divorciada, con una hija- de costumbres muy libres, mundana, muy a
la monada: justo lo contrario de mí. Maurice tuvo ganas de saber si podía
gustar a ese tipo de mujer. "Si yo quisiera...": me planteaba esa
pregunta cuando flirteaba con Quillan; el único flirt de mi vida, y enseguida
lo terminé. En Maurice, como en la mayoría de los hombres, dormita un
adolescente nada seguro de sí mismo. Noéllie lo tranquilizó. Y es también
evidentemente una cuestión de piel: ella es apetecible.
Miércoles 29 de setiembre
Era la primera vez que Maurice, que yo supiera,
pasaba la velada con Noéllie. Fui con Isabelle a ver un viejo film de Bergman y
comimos una fondue en Hochepot. Con ella siempre me gusta estar. Ha conservado
el ardor
de nuestra adolescencia, cuando cada film, cada
libro, cada cuadro era tan importante;
ahora que mis
hijas se han
ido, la acompañaré
más seguido a exposiciones, a conciertos. Ella también
dejó los estudios al casarse, pero ha conservado una vida intelectual más
intensa que la mía. Hay que decir que tuvo solamente un hijo que educar, y no
dos hijas. Y además no está llena de "protegidos", como yo; con un
marido ingeniero, tiene pocas ocasiones de encontrarse alguno. Le dije que he
adoptado fácilmente la táctica de la sonrisa ya que estoy convencida de que
efectivamente esta historia no cuenta tanto para Maurice. "Nada ha
cambiado entre nosotros dos", me dijo anteayer.
De hecho, más me atormenté hace diez años: si tenía
ambiciones nuevas, si su trabajo en Simca -rutinario, mal pagado pero que le
dejaba tiempo libre y que él cumplía con tanta dedicación- no le bastaba era
porque en casa se aburría, porque sus sentimientos hacia mí habían flaqueado.
(El futuro me probó lo contrario. únicamente lamento no participar para nada en
lo que hace. Me hablaba de sus enfermos, me señalaba los casos interesantes, yo
trataba de ayudarlos. Ahora estoy excluida de sus investigaciones y sus
clientes de la policlínica no necesitan de mí.) Isabelle me fue útil también en
aquel momento. Me convenció de respetar la libertad de Maurice. Era re-
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nunciar al viejo ideal que mi padre había encarnado
y que sigue vivo en mí. Era más duro que cerrar los ojos ante un desplante.
Pregunté a Isabelle si era feliz:
-No me planteo la pregunta, así que supongo que la
respuesta es sí.
Como
sea, se despierta
contenta. ¡Me parece
una buena definición
de la felicidad! También yo,
todas las mañanas, cuando abro los ojos sonrío.
Esta mañana también. Antes de acostarme había
tomado un poco de Nembutal y me dormí enseguida.
Maurice me dijo que había regresado hacia la una.
No le hice ninguna pregunta. Lo que me ayuda es que no estoy físicamente
celosa. Mi cuerpo ya no tiene
treinta años, el de Maurice tampoco. Se encuentran
con placer -raramente, a decir ver- dad- pero sin fiebre. ¡Oh!, no me engaño.
Noéllie tiene el atractivo de la novedad; en su cama Maurice rejuvenece. Esta
idea me deja indiferente. Desconfiaría de una mujer que diera algo a Maurice.
Pero mis encuentros con Noéllie y lo que he oído decir de ella me han informado
lo suficiente. Encarna todo lo que nos disgusta: la avidez por llegar, el
snobismo, el gusto por el dinero, la pasión de aparentar. No tiene ninguna idea
personal, carece radicalmente de sensibilidad: sigue la moda. Hay tanto impudor
en sus coqueterías que hasta me pregunto si no es frígida.
Jueues 30 de setiembre
Colette tenía 36,9° esta mañana, se levanta.
Maurice dice que es una enfermedad que en este momento es común en París:
fiebre, delgadez, y después se pasa. No sé por
qué, al verla
ir y venir
por ese departamentito, comprendí
algo el pesar
de Maurice. No es menos inteligente que su hermana; la química le
interesaba, sus estudios iban bien, es una lástima que los haya dejado. ¿Qué va
a hacer todos los días? Debería aprobarla; escogió la misma vía que yo: pero yo
tenía a Maurice. Ella tiene a JeanPierre, evidentemente. Un hombre al que no se
ama, es difícil imaginar que basta para colmar una vida.
Larga carta de Lucienne, apasionada por sus
estudios y por Norteamérica. Buscar una mesa para el living. Ir a ver a la
viejita paralítica de Bagnolet.
¿Por qué continuar este diario puesto que no tengo
nada que anotar en él? Lo empecé porque mi soledad me desconcertaba; lo
continué por malestar, porque la actitud de Maurice me confundía. Pero ese
malestar se ha disipado
ahora que veo las cosas con claridad, y creo que
voy a dejar este anotador. Viernes 1 °de octubre
Por vez primera reaccioné mal. A la hora del
desayuno. Maurice me dijo que de ahora en adelante, cuando salga por la noche
con Noéllie, se quedará toda la noche en casa de ella. Es más decente tanto
para ella como para mí, asegura él.
-Ya que aceptas que tenga esta historia, déjamela
vivir correctamente.
10
Teniendo en cuenta la cantidad de veladas que pasa
en el laboratorio, la cantidad de almuerzos que se saltea, dedica a Noéllie
casi tanto tiempo como a mí. Protesté. Me aturdió con cálculos. Si hacemos la
cuenta en horas, de acuerdo, está más tiempo conmigo. Pero durante muchas de
esas horas trabaja, lee revistas; o bien estamos con amigos. Cuando está cerca
de Noéllie, se dedica solamente a ella.
Terminé por ceder. Puesto que he adoptado una
actitud comprensiva, conciliadora, debo atenerme a ella. No hacerle frente. Si
le arruino su aventura, la embellecerá a distancia, tendrá nostalgia. Si le
permito vivirla "correctamente" se cansará pronto. Es lo que Isabelle
me ha asegurado. Me repito: "Paciencia."
Con todo, tengo que reconocer que a la edad de
Maurice una historia de piel es algo que cuenta. En Mougins, evidentemente
pensaba en Noéllie. Comprendo esa ansiedad en su mirada, en el aeródromo de
Niza: se preguntaba si yo sospechaba algo.
¿O sentía vergüenza por haberme mentido? ¿Era
vergüenza o ansiedad? Recuerdo su rostro pero lo descifro con dificultad.
Sábado 2 de octubre. Por la mañana
Están en pijama, beben café, sonríen... Esta visión
me lastima. Cuando uno se golpea contra una piedra, al principio siente el
golpe, el sufrimiento viene después: con una semana de retraso, empiezo a
sufrir. Antes, estaba más vale estupefacta. Razonaba, alejaba ese dolor que
esta mañana me asalta: las imágenes. Doy vueltas por el departamento: a cada
paso suscito otra imagen. Abrí su placard. Miré sus pijamas, sus camisas, sus
calzoncillos, sus camisetas; y me eché a llorar. Que otra pueda acari- ciar su
mejilla contra la suavidad de esa seda, la ternura de ese pulóver, no lo
soporto.
No tuve cuidado. Pensé que Maurice se estaba
volviendo un hombre mayor, que trabajaba en exceso, que yo tenía que adaptarme
a su moderación. Empezó a con- siderarme algo así como una hermana. Noéllie
despertó sus deseos. Que tenga o no temperamento, con seguridad que sabe cómo
conducirse en una cama. El volvió a encontrar la orgullosa alegría de colmar a
una mujer. Acostarse no es solamente acostarse. Entre ellos hay esa intimidad
que no pertenecía sino a mí. Al despertar, ¿la cobijará en su hombro llamándola
mi gacela, mi pájaro del bosque? ¿O le inventó otros nombres que le dice con la
misma voz? ¿O se inventó también otra voz? Se afeita, le sonríe, los ojos más
oscuros y más brillantes, la boca más desnuda bajo la máscara de espuma blanca.
Se aparecía en el marco de la puerta teniendo en los brazos, envuelto en
celofán, un gran ramo de rosas rojas: ¿le llevará flores?
Me están serrruchando el corazón con un serrucho de
dientes muy agudos. Sábado a la noche
La llegada de la señora Dormoy me arrancó de mis
obsesiones. Estuvimos charlando y le di para su hija las cosas que Lucienne
dejó. Después de haber tenido una mucama medio ciega, una mitómana que me
abrumaba con el relato de sus desgracias, una retardada que me robaba, aprecio
a esta mujer honesta y equilibrada: la única que no contraté para hacer un
favor.
11
Fui a hacer las compras. Casi siempre vagabundeo
largo rato por esa calle llena de olores, de ruidos y de sonrisas. Trato de
inventarme deseos tan variados como las frutas, las verduras, los quesos, los
patés, los pescados de sus canastos. En la florería compro el
otoño por brazadas.
Hoy mis gestos
eran mecánicos. Llené apresuradamente mi bolsa. Sentimiento
que no había experimentado nunca: la alegría de los demás me pesaba.
Durante el almuerzo, dije a Maurice:
-En suma, no hemos hablado. No sé nada sobre
Noéllie.
-Cómo no, te he dicho lo esencial.
Es cierto que me habló de ella en el Club 46:
lamento haberlo escuchado tan
mal.
-Con todo, no comprendo lo que le encuentras de
especial: hay un montón de
mujeres tan lindas como ella. Reflexionó:
-Tiene una cualidad que te gustaría; una manera de
darse a fondo a lo que está haciendo.
-Es ambiciosa, ya sé.
-Es otra cosa que ambición.
Se detuvo, molesto sin duda por hacer en mi
presencia el elogio de Noéllie. Hay que decir que yo no debía tener un aspecto
muy animado.
Martes 5 de octubre
Ahora que no está ya enferma, paso un poco
demasiado tiempo en casa de Colette. A pesar de su gran gentileza, advierto que
mi solicitud arriesga importunarla. Cuando uno ha vivido tanto para los demás,
es un poco difícil reconvertirse, vivir para sí mismo. No caer en las trampas
de la devoción: sé muy bien que las palabras dar y recibir son intercambiables
y cuánta necesidad tenía yo de la necesidad que mis hijas tenían de mí. En ese
punto nunca me engañé. "Eres maravillosa", me decía Maurice - me lo
decía tan frecuentemente, con un pretexto u otro- "porque hacer el gusto a
los otros te hace el gusto a ti". Yo me
reía: "Sí, es una forma de egoísmo." Esa
ternura en sus ojos: "La más deliciosa que exista."
Miércoles 6 de octubre
Ayer me entregaron la mesa que encontré el domingo
en el mercado de las pulgas; una verdadera mesa de granja en madera rugosa,
algo remendada, pesada y ancha. Este living es más lindo todavía que nuestro
dormitorio. A pesar de mi tristeza, ayer a la noche -cine, Nembutal, es un
régimen del cual pronto me cansaré- me regocijaba del gusto que él tendría esta
mañana. Por cierto, me felicitó. ¿Y qué? Hace diez años, había arreglado esta
pieza durante una estadía suya en casa de su madre enferma. Me acuerdo de su
rostro, su voz: "¡Qué bueno que será ser feliz aquí!" Encendió un
gran fuego de leña. Bajó a comprar champaña; y también me trajo rosas
12
rojas.
Esta mañana miraba,
aprobaba con un
aspecto -¿cómo decirlo?-
de buena voluntad.
¿Entonces ha cambiado de veras? En un sentido, su
confesión me había tranquilizado: tiene un asunto, todo se explica. ¿Pero
tendría un asunto si hubiera seguido siendo el mismo? Ya lo había presentido y
ésa fue una de las oscuras razones de mi resistencia: no se modifica la vida
sin modificarse uno mismo. Dinero, un medio brillante: se hastió. Cuando
andábamos a salto de mata, mi ingeniosidad lo admiraba: "¡Eres
maravillosa!" Una simple flor, una hermosa fruta, un pulóver que le había
tejido: eran grandes tesoros. Este living, que arreglé con tanto amor, ¿y con
eso?, no tiene nada de extraordinario comparado con el departamento de los
Talbot.
¿Y el de Noéllie? ¿Cómo es? Seguramente más lujoso
que el nuestro.
Jueves 7 de octubre
En el fondo, ¿qué gané con que me dijera la verdad?
Ahora pasa las noches con ella: les conviene. Me pregunto... Pero es demasiado
evidente. Esa puerta ruido-
samente cerrada, ese vaso de whisky: todo era
premeditado. Él provocó mis preguntas. Y yo, pobre idiota, creí que me hablaba
por lealtad...
...¡Dios mío!, qué dolorosa es la cólera. Creí que
no lograría dominarla antes de su vuelta. De hecho, no tengo ningún motivo para
ponerme en semejante estado. No sabía cómo hacer, fue astuto con sus
dificultades: eso no es un crimen.
Así y todo querría saber si habló por mí o por su
propia comodidad.
Sábado 9 de octubre
Estaba contenta de mí misma, esta noche, porque
había pasado dos días serenos. Escribí otra carta a la asistenta indicada por
el juez Barron y que no me había con- testado. Encendí un hermoso fuego de leña
y empecé a tejerme un vestido. Hacia las diez y treinta sonó el teléfono.
Talbot preguntaba por Maurice. Dije:
-Está en el laboratorio. Creía que usted también
estaba allí...
-...Es decir... tenía que ir, pero estoy engripado.
Pensé que Lacombe ya estaría de vuelta, voy a llamarlo al laboratorio,
discúlpeme por haberla molestado.
Las últimas frases muy rápidamente, con tono
animado. Yo no oía sino ese silencio: "...Es decir." Y todavía otro
silencio después. Me quedé inmóvil, la mirada clavada en
el teléfono. Repetí
diez veces las
dos réplicas, como
un viejo disco cansado: "Que usted también estaba
allí -...Es decir..." E implacablemente, cada vez, ese silencio.
Domingo 10 de octubre
Regresó un poco antes de medianoche. Le dije:
-Talbot llamó por teléfono. Yo creía que estaba contigo en el laboratorio.
13
Respondió sin mirarme: -No estaba. Dije:
-Y tú tampoco.
Hubo un breve silencio:
-Así es. Estaba en casa de Noéllie. Me había
suplicado que pasara a verla.
-¡Pasar! Te quedaste tres horas. ¿Te sucede
frecuentemente esto de ir a casa de ella cuando me dices que tienes que
trabajar?
-¡Cómo! Pero si es la primera vez -me dijo con tono
tan indignado como si nunca me hubiera mentido. -Entonces es una vez que está
de sobra. ¿Y para qué haberme dicho la verdad si sigues mintiendo?
-Tienes razón. Pero no me atreví...
Esa frase me hizo dar un salto: tantas cóleras
reprimidas, semejante esfuerzo para guardar las apariencias de la serenidad.
-¡No te atreviste! ¡Como si yo fuera un energúmeno!
¡Muéstrame alguna mujer tan tolerante como yo! Su voz se volvió desagradable.
-No me atreví porque el otro día empezaste a sacar
cuentas: tantas horas para Noéllie, tantas horas para ti... -¡Es el colmo!
¡Fuiste tú quien me aturdió con cálculos! Vaciló un segundo y dijo con aspecto
arrepentido:
-¡Bueno!, me declaro culpable. No mentiré nunca
más.
Le pregunté por qué Noéllie insistía tanto en
verlo. -La situación no es divertida para ella -me contestó. De nuevo me ganó
la cólera:
-¡Es el colmo! ¡Sabía que yo existía cuando se
acostó contigo!
-No lo olvida: es justamente eso lo que le es
penoso. -¿La incomodo? ¿Te querría todo para ella?
-Me quiere...
¡Noéllie Guérard, esa pequeña logrera fría,
haciéndose la enamorada, era demasiado!
-¡Puedo desaparecer, si les viene bien! -le dije.
Puso la mano sobre mi brazo:
-¡Te ruego, Monique, no tomes las cosas así!
Tenía aspecto desdichado y fatigado pero -yo, que
me enloquezco por un suspiro suyo- yo no estaba de humor para compadecerlo.
Dije secamente:
-¿Y cómo quieres que las tome?
-Sin hostilidad. Está bien, es mi culpa haber
comenzado esta historia. Pero ahora que está hecho es preciso que trate de
arreglármelas sin hacer demasiado daño a nadie.
-No te pido piedad.
-¡No se trata de piedad! Muy egoístamente, causarte
pena me destroza. Pero comprende que también tengo que tener en cuenta a
Noéllie.
Me puse de pie, sentía que ya no me controlaba.
-Vamos a acostarnos.
Y esta noche
me dije que Maurice
está quizá contando esa conversación a Noéllie. ¿Cómo no
se me había ocurrido aún? Hablan de ellos, por lo tanto de mí. Entre ellos hay connivencia,
como entre Maurice y yo. Noéllie no es únicamente un tropiezo en nuestra vida:
en el idilio de ellos yo soy un problema, un obstáculo. Para ella no se trata
de algo de paso; encara una relación seria con Maurice, y es hábil. Mi primer
impulso era el acertado; hubiera debido ponerle fin inmediatamente, decir a
Maurice: o ella o yo. Me hubiera guardado rencor durante un tiempo, pero
enseguida me lo hubiera agradecido, sin duda. No fui capaz de hacerlo. Mis
deseos, mis vo- luntades, mis intereses nunca se diferenciaron de los suyos.
Las escasas veces en que me opuse a él, era en su nombre, para su bien. Ahora
sería preciso alzarme direc-
14
tamente en su contra. No tengo fuerzas para empezar
ese combate. Pero no estoy segura de que mi paciencia no sea una torpeza. Lo
más amargo es que Maurice casi no parece agradecérmelo. Pienso que con una
linda falta de lógica masculina me guarda rencor por los remordimientos que
siente a mi respecto. ¿Sería preciso ser aun más comprensiva, más indiferente,
más sonriente? ¡Ah!, ya no sé nada más. Nunca vacilé tanto sobre una conducta a
seguir. ¡Sí!, respecto de Lucienne. Pero en
tonces le pedía consejo a Maurice. Lo más
desconcertante es mi soledad frente a
él.
Jueues 14 de octubre
Me están maniobrando. ¿Quién dirige la maniobra?
¿Maurice, Noéllie, los dos juntos? No sé cómo hacerla fracasar, si fingiendo
ceder a ella o resistiéndola. ¿Y adónde me llevan?
Ayer, al regresar del cine, Maurice me dijo, con
tono precavido, que tenía que pedirme un favor: quiere partir de viaje de fin
de semana con Noéllie. En compensación, se las arreglará para no trabajar más
todas estas noches, tendremos mucho tiempo para nosotros. Tuve un sobresalto de
rebeldía. Su rostro se endureció: "No
hablemos más." Volvió
a mostrarse amable,
pero yo estaba
trastornada por haberle negado
algo. Él me juzgaba mezquina o al menos inamistosa. No dudaría en mentirme la
semana siguiente: entre nosotros se consumaría la separación... "Trata de
vivir esta historia con él", me dice Isabelle.
Antes de ir a dormir, le dije que pensándolo bien
lamentaba mi reacción: lo dejaba libre. No pareció alegre, al contrario, me
pareció ver desolación en sus ojos:
-Bien sé que te pido mucho; te pido demasiado. No
creas que no tengo remordimientos.
-¡Oh, los remordimientos! ¿Para qué sirven?
-Para nada, por supuesto. Te lo digo, nada más. A
lo mejor es más limpio no tenerlos.
Me quedé despierta largo rato; él también, me
pareció. ¿En qué pensaba? En lo que a mí respecta, me preguntaba si había
tenido razón al ceder. ¿De concesión en concesión, hasta
dónde iré? Y
por el momento
no saco ningún
beneficio. Es demasiado pronto,
evidentemente. Antes que esa relación se estanque, hay que dejarla madurar. Me
lo repito. Y de pronto me creo prudente, de pronto me acuso de cobardía.
En realidad, estoy
desarmada porque nunca
imaginé que tenía
derechos. Espero mucho dé
las personas que amo -demasiado, quizás-. Espero y
hasta Pido. Pero no sé exigir.
Viernes 15 de octubre
Hace mucho tiempo que no había visto a Maurice tan
alegre, tan tierno. Encontró dos horas esta tarde para acompañarme a la
exposición de arte hitita. Sin duda, espera conciliar nuestra vida y su
aventura: si no va a durar mucho, está bien.
15
Domingo 17 de octubre
Ayer se deslizó de la cama antes de las ocho de la
mañana. Sentí el olor de su agua de colonia. Cerró muy suavememte la puerta del
dormitorio y la del departamento. Desde 'a ventana lo vi pulir el auto con
minuciosa alegría; me pareció que canturreaba.
Hab:a un tierno cielo de verano, por encima de los
últimos follajes de otoño. (La lluvia de oro de las hojas de acacia, a los
costados de una ruta rosa y gris, al volver de Nancy. Subió al auto, puso en
marcha el motor y miraba mi lugar a su lado; mi lugar en el que Noéllie iba a
sentarse. Aceleró, el auto desapareció y sentí que mi corazón se aflojaba. Iba
muy rápidamente, desapareció de mi vista. Para siempre. No volverá nunca. No
será él quien vuelva.
Maté el tiempo lo mejor que pude. Colette,
Isabelle. Vi dos films: dos veces seguidas, el de Bergman, a tal punto me
conmovió. Esta noche puse un disco de jazz, encendí la chimenea, me puse a
tejer mirando las llamas. En general la soledad no me aterra. Y en pequeñas
dosis hasta me distiende: las presencias que me son caras me fatigan el
corazón. Me inquieto por un gesto, por un bostezo. Y para no ser inoportuna
-o ridícula- debo callar mis aprensiones, reprimir
mis impulsos. Pensar en ellos, de lejos, constituye una tregua que descansa. El
año pasado, cuando Maurice estuvo en un coloquio en Ginebra, los
días me parecían cortos: este fin de semana no
termina nunca. Abandoné mi tejido porque no me protegía: ¿qué hacen, adónde
están, qué se dicen, cómo se miran? Había creído que sabría preservarme de los
celos: pero no. Hurgué en sus bolsillos y en sus papeles, sin encontrar nada,
por supuesto. Seguramente ella le ha escrito cuan- do él estaba en Mougins: iba
a buscar las cartas a poste restante ocultándose de mí. Y las guardó en algún
lado en la clínica. Si quisiera leerlas, ¿me las mostraría?
Pedirle... ¿a quién? ¿A ese hombre que se pasea con
Noéllie, de quien no puedo siquiera imaginar -de quien no quiero imaginar- el
rostro ni las palabras? ¿A ese que amo y que me ama? ¿Es el mismo? Ya no lo sé.
Y no sé si me hago una montaña de un montículo o si tomo una montaña por un
montículo.
... He buscado un refugio en nuestro pasado.
Instalé delante del fuego las cajas llenas de fotos. Encontré esa de Maurice
con su brazalete: qué unidos estábamos ese día cuando cerca del muelle
Grand-Augustins cuidábamos a los soldados heridos. Por el camino del cabo
Corse, aquí está el viejo auto jadeante que su madre nos había regalado. Me
acuerdo de esa noche, cerca de Corse, cuando tuvimos un desperfecto. Nos
quedamos inmóviles intimidados por la soledad y el silencio. Dije: "Habría
que tratar de repararlo. -Primero bésame", me dijo Maurice. Nos besamos
fuertemente, largamente, y nos parecía que ni el frío ni la fatiga, que nada en
el mundo podía llegarnos.
Es curioso. ¿Esto significa algo? Todas las
imágenes que regresan a mi corazón tienen más de diez años: la cima de Europa,
la liberación de París, el regreso de Nancy, nuestra ruptura de suspensión, ese
desperfecto por la ruta de Corse. Puedo evocar otros: nuestros últimos veranos
en Mougins, Venecia, cuando cumplí cuarenta años. Todas no me conmueven del
mismo modo. A lo mejor los recuerdos más lejanos parecen siempre los más
hermosos.
16
Estoy cansada de plantearme preguntas, de ignorar
las respuestas. Pierdo pie. Ya no
reconozco el departamento.
Los objetos tienen
aspecto de imitaciones
de sí mismos.
123
La pesada mesa del living: está vacía. Como si hubieran
proyectado a la casa y a mí en una cuarta dimensión. No
me sorprendería si al salir me encontrara en una
selva ", prehistórica o en una
ciudad del año 3000. z
Martes 19 de octubre
Tensión entre nosotros. ¿Por mi culpa o la de él?
Lo recibí con mucha naturalidad; me contó su fin de semana. Estuvieron en
Sologne; parece que a Noéllie le gusta Sologne. (¿Tendría gustos y todo?) Tuve
un sobresalto cuando me dijo que habían comido y pasado la noche en el albergue
de Forneville:
-¿En ese lugar tan snob y tan caro? -Es muy lindo
-me dijo Maurice.
-Isabelle me dijo que era pintoresco al uso
norteamericano: lleno de plantas verdes, de pájaros y de falsas antigüedades.
-Hay plantas verdes, pájaros y antigüedades
verdaderas o falsas. Pero es muy lindo.
No insistí. Había captado el endurecimiento de su
voz. En general, lo que le gusta a Maurice es descubrir un bolichito sin mucha
apariencia exterior donde se coma bien, un hotel poco frecuentado en un hermoso
rincón perdido. Bueno, admito que una vez, al pasar, haga una concesión a
Noéllie: pero no tiene necesidad de pretender apreciar las vulgaridades que a
ella le encantan. A menos que esté ganando influencia sobre él. Vio el último
film de Bergman con ella en el mes de agosto, en función privada (Noéllie
solamente va a funciones privadas o de gran gala), y no le pareció bueno. Debe
haberle demostrado que Bergman estaba pasado de moda, ella no tiene otro
criterio. Lo deslumbra porque pretende estar al corriente de todo. Vuelvo a
verla en esa comida en lo de Diana el año pasado. Dio un curso sobre los
happenings. Y después habló largamente del proceso Rampal, que acababa de
ganar. Un número verdaderamente ridículo. Luce Couturier parecía molesta y
Diana
me había hecho un guiño de connivencia. Pero los
hombres escuchaban, boquiabiertos: Maurice entre otros. Sin embargo no va con
él eso de dejarse agarrar por esa clase de trampas.
No debería atacar a Noéllie, pero por momentos es
más fuerte que yo. Acerca de Bergman no discutí. Pero a la noche, a la hora de
comer, le inicié a Maurice una querella estúpida porque me sostuvo que muy bien
se podía tomar vino tinto con el pescado. Reacción típica de Noélllie: saber
tan perfectamente lo que se debe que uno no lo hace. Entonces defendí la regla
que asocia pescado y vino blanco. La discusión subió de tono. ¡Qué lastimoso!
De todas maneras no me gusta el pescado.
Miércoles 20 de octubre
17
La noche que Maurice me habló, creí que tendría que
superar una situación desagradable pero nítida. E ignoro en qué estoy, contra
qué tengo que luchar, si cabe luchar y por qué. En casos análogos, ¿las otras
mujeres están tan desamparadas? Isabelle me repite que el tiempo trabaja a mi
favor. Quisiera creerlo. A Diana, desde el momento en que su marido se ocupa
amablemente de ella y de sus hijos, le es indiferente que la engañen o no.
Sería incapaz de darme un consejo. Así y todo le hablé por teléfono, porque
quería informaciones sobre Noéllie: ella la conoce y no la quiere (Noéllie hizo
insinuaciones a Lemercier quien las rechazó; no le gusta que se le tiren en los
brazos). Le pregunté desde cuándo sabía lo concerniente a Maurice. Fingió estar
sorprendida y pretendió que Noéllie no le había hablado de nada: ellas no son
en absoluto amigas íntimas. Me contó que Noéllie a los veinte años había hecho
un casamiento muy rico. Su marido se divorció -sin duda, porque estaba harto de
ser engañado-, pero ella obtuvo una considerable pensión por alimentos; le saca
magnífi- cos regalos, se entiende muy bien con la nueva mujer y frecuentemente
pasa largas estadías en su chalet de La Napoule. Se ha acostado con un montón
de tipos -en ge-
neral útiles para su carrera- y ahora debe tener
ganas de una unión sólida. Pero dejará plantado a Maurice si logra atrapar a un
hombre más rico y más conocido que él (preferiría que él tomara la iniciativa).
Su hija tiene catorce años y está educada de la
manera más snob:
equitación, yoga, vestidos
de Virginie. Está
en la escuela alsaciana con la segunda hija de
Diana y se da unos aires increíbles. Al mismo tiempo se queja de que su madre
la descuida. Diana dice que Noéllie pide a sus clientes honorarios
exorbitantes, que cuida de manera formidable su publicidad y que está dispuesta
a todo para tener éxito. Hablamos de sus aspavientos del año pasado.
Estúpidamente esa masacre me aliviaba. Se parecía a un embrujamiento mágico:
allí donde uno planta las agujas, la rival será mutilada, desfigurada, y el
amante verá sus heridas asqueantes. Me parecía imposible que nuestro retrato de
Noéllie no se impusiera ante Maurice como una evidencia (hay una cosa que voy a
decirle: no fue ella la que habló en la defensa de Rampal).
Jueues 21 de octubre
Enseguida Maurice se puso a la defensiva:
-¡Ya estoy escuchando a Diana! ¡Detesta a Noéllie!
-Es cierto -dije-. Pero si
Noéllie lo sabe, ¿por qué la frecuenta?
-¿Y por qué Diana ve a Noéllie? Son relaciones
sociales. ¿Entonces? -me preguntó algo desafiante-. ¿Qué es lo que contó Diana?
-Vas a decir que es malevolencia.
-Seguramente: las mujeres que no hacen nada no
soportan ni el olor de las que trabajan.
(Las mujeres que no hacen nada: me quedó grabado en
el corazón. No es una expresión de Maurice.)
-Y a las mujeres casadas no les gusta que se echen
al cuello de sus maridos.
-¡Ah! ¿Ésa es la versión de Diana? -me dijo Maurice
divertido.
-Noéllie pretende lo contrario, evidentemente. A
cada uno su verdad... Miré a Maurice.
-Y en tu caso, ¿quién se echó al cuello del otro?
-Ya te conté cómo ocurrió.
18
Sí, en el Club 46 me contó, pero no era muy claro.
Noéllie le llevó su hija que tenía anemia, él le propuso salir juntos a la
noche, ella aceptó y se encontraron en la cama. ¡Oh!, me da lo mismo. Seguí:
-Si quieres saberlo, Diana piensa que Noéllie es
interesada, ambiciosa y snob.
-¿Y tú crees que es así? -En todo caso es
mentirosa.
Hablé del asunto Rampal, a quien pretende haber
defendido, cuando ella era sólo la asistenta de Brévant. -Pero nunca dijo lo
contrario. Considera que es su proceso en la medida en que trabajó mucho en el
asunto, es todo.
O mentía o había intercambiado sus recuerdos. Estoy
segura casi de que ella había hablado de su defensa. -De todos modos ella se
atribuía todo el éxito del asunto.
-Escucha -dijo alegremente-, si tiene todos los
defectos que le atribuyes, ¿cómo te explicas que pueda pasar cinco minutos con
ella?
-No me lo explico.
-No voy a hacerte su apología. Pero te aseguro que
es una mujer estimable.
En todo lo que yo dijera contra Noéllie Maurice
vería el efecto de mis celos. Más vale callarme. Pero me es muy antipática. Me
recuerda a mi hermana: la misma seguridad, la misma arrogancia, la misma
elegancia falsamente descuidada. Parece que esa mezcla de coquetería y dureza
gusta a los hombres. Cuando yo tenía dieciséis años y ella dieciocho, Maryse me
soplaba todos los filos. A tal punto que yo estaba crispada de miedo cuando le
presenté a Maurice. Tuve una pesadilla horrible en la cual él caía enamorado de
ella. Él se indignó. "¡Es tan superficial, tan falsa! Falsos brillantes,
strass. Tú sí que eres una verdadera
alhaja." Auténtica: era una palabra de moda en
esa época. Decía que yo era auténtica. En todo caso era a mí a quien amaba, y
ya no tuve más envidia de mi hermana, estuve contenta de ser quien era. ¿Pero
entonces cómo puede estimar a Noéllie que es de la misma especie que Maryse? Se
me escapa por completo si le gusta estar con alguien que me disgusta tanto -y
que si fuera fiel a nuestro código debería
disgustarle-. Decididamente ha
cambiado. Se deja
agarrar por los
falsos valores que despreciábamos. O simplemente se equivoca respecto de
Noéllie. Quisiera que abriera los ojos pronto. La paciencia empieza a faltarme.
"Las mujeres que no hacen nada no soportan ni
el olor de las que trabajan." La expresión me sorprendió y me hirió. A
Maurice le parece bien que una mujer tenga una profesión; sintió mucho que
Colette eligiera el casamiento y la vida de hogar, hasta me guardó un poco de
rencor por no haberla hecho desistir. Pero en fin, admite que para una mujer
hay otras maneras de realizarse. Nunca pensó que yo no hacía "nada";
al contrario, se sorprendía de que me ocupara tan seriamente de los casos que
él me señalaba sin por eso dejar de cuidar de la casa y seguir de cerca a
nuestras hijas; y esto sin parecer nunca tensa o agotada. Las otras mujeres le
parecían siempre demasiado pasivas o demasiado agitadas. En lo que a mí
respecta, yo llevaba una vida equilibrada, incluso decía: armoniosa. "En
ti todo es armonioso." Me resulta insoportable que haga suyo el desdén de
Noéllie por las mujeres que "no hacen nada".
Domingo 24 de octubre
19
Empiezo a ver claro en el juego de Noéllie: trata
de reducirme al papel de mujer casera amante y resignada que uno deja en casa.
Me gusta quedarme con Maurice cerca del fuego; pero encuentro irritante que sea
siempre
a ella a quien lleva a conciertos, al teatro. El
viernes protesté cuando me dijo que había ido con ella a la apertura de una
exposición:
-¡Detestas las inauguraciones! -me contestó. -Pero
me gusta la pintura.
-Si hubiera sido buena, habría vuelto contigo.
Fácil de decir. Noéllie le presta libros; se hace
la intelectual. Conozco menos que ella la literatura y la música modernas, de
acuerdo. Pero en conjunto no soy menos culta que ella ni menos inteligente.
Maurice me escribió una vez que confiaba en mi juicio más que en ningún otro
porque es, a la vez, "esclarecido e ingenuo". Trato de expresar
exactamente lo que pienso, lo que siento: él también; y nada nos parece más
precioso que esa sinceridad. Es preciso que no deje que Noéllie deslumbre a Maurice
con sus fanfarronadas. Pedí a Isabelle que me ayudara a volver a ponerme al
día. A escondidas de Maurice evidentemente, si no se burlará de mí.
Ella sigue exhortándome a la paciencia; me asegura
que Maurice no ha desmerecido, que debo conservarle mi estima y mi amistad. Me
hizo bien que me dijera eso de él: a fuerza de interrogarme a su respecto, de
desconfiar, de censurarlo, he terminado por no reconocerlo. Es cierto que en
los primeros años, entre su consultorio en Simca y el departamentito donde
berreaban los chicos, su vida habría sido austera si no nos hubiéramos amado
tanto. Así y todo, es por mí, me dijo ella, que renunció al internado; hubiera
podido sentir la tentación de guardarme rencor. En eso estoy de acuerdo. La
guerra lo había retrasado: los estudios empezaban a hartarlo, quería llevar una
vida de adulto. De mi embarazo fuimos responsables los dos, y bajo el gobierno
de Pétain no era cuestión de arriesgar un aborto. No, el rencor hubiera sido
injusto. Nuestro casamiento lo hizo tan feliz como a mí. Sin embargo, uno de
sus méritos es haber sabido mostrarse tan alegre, tan tierno, en condiciones
ingratas y hasta difíciles. Hasta esta historia yo nunca había tenido ni la
sombra de un reproche que dirigirle.
Esa conversación me dio valor: pedí a Maurice que
pasáramos juntos el próximo week-end. Quería que vol-
viera a encontrar conmigo una alegría, una
intimidad que ha olvidado un poco; y también que recordara nuestro pasado.
Propuse volver a Nancy. Tuvo el aspecto perplejo y apesadumbrado del tipo que
sabe que del otro lado habrá escenas. (Me gustaría que ella le probara que el
reparto es imposible.) No dijo ni sí ni no: depende de sus enfermos. ,
Miércoles 27 de octubre
Decididamente, no podrá dejar París este fin de
semana. Eso quiere decir que Noéllie se opone. Me rebelé. Por primera vez lloré
delante de él. Pareció consternado: "¡Oh!, no llores. ¡Trataré de
encontrar un reemplazante!" Acabó prometiéndome que se las arreglaría:
también tiene ganas de pasar ese fin de semana. Será cierto o no. Pero lo que
es cierto es que mis lágrimas lo han alterado.
Pasé una hora con Marguerite en el locutorio.
Pierde la paciencia. ¡Qué largos deben ser los días! La asistenta es gentil,
pero no puede dejarla salir conmigo sin esa
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autorización que no llega. Sin duda, simplemente
por negligencia, puesto que yo ofrezco todas las garantías de moralidad.
Jueves 28 de octubre
Entonces
nos vamos sábado
y domingo. "¡Me
las arreglé!", me
dijo triunfalmente. Estaba visiblemente orgulloso de haber hecho frente
a Noéllie: demasiado orgulloso. Eso significa que la lucha fue ardua, luego que
ella es muy importante para él. Me pareció nervioso durante toda la velada.
Tomó dos vasos de whisky en lugar de uno y fumó cigarrillo tras cigarrillo.
Mostraba un entusiasmo ex- cesivo en establecer nuestro itinerario y mi reserva
lo decepcionó.
-¿No estás contenta? -Seguro que sí.
Lo estaba sólo a medias. ¿Noëllie ocupa tanto lugar
en su vida como para que él deba pelearse con ella para sacarme un fin de
semana? ¿Y yo misma he llegado al punto de considerarla como una rival? No. Me
niego a las recriminaciones, los cálculos, las perfidias, las victorias, las
derrotas. Voy a prevenir a Maurice: "No te disputaré a Noéllie."
Lunes 1 ° de noviembre
Era tan parecido al pasado: casi creía que el
pasado iba a renacer de esa semejanza. Fuimos en auto a través de la niebla,
después bajo un hermoso sol frío. En Barle-Duc, en Saint-Mihiel, volvimos a ver
con la misma emoción de antaño las obras de Ligier Richier; había sido yo quien
se las hizo conocer; después viajamos bastante, vimos muchas cosas y el
"Descarnado" nos sorprendió nuevamente. En Nancy, ante las verjas de
la plaza Stanislas, sentí algo agudo en el corazón: una felicidad dolorosa a
fuerza de haberse vuelto insólita. En las viejas calles provincianas yo
apretaba su brazo bajo el mío; o a veces él lo pasaba sobre mis hombros.
Hablamos de todo, de nada y mucho de nuestras
hijas. No logra comprender que Colette se haya casado con JeanPierre; química,
biología, él había pensado en una carrera brillante para ella y le hubiéramos
dejado la más amplia libertad sentimental y sexual, ella lo sabía. ¿Por qué se
encaprichó con ese muchacho tan desteñido, al punto de sacrificarle su
porvenir?
-Está contenta así -dije.
-Me hubiera gustado que fuera de otro modo.
La partida de Lucienne, su preferida, lo entristece
todavía más. Sin dejar de aprobar su modalidad independiente, él hubiera
querido que se quedara en París, que estudiara medicina y fuera su
colaboradora.
-Entonces no hubiera sido independiente.
-Pero
sí. Hubiera tenido
una vida propia
al mismo tiempo
que trabajaba conmigo.
Los padres nunca tienen exactamente las hijas que
desean, porque se hacen de ellas una cierta idea a la cual ellas tendrían que
plegarse. Las madres las aceptan tales como son. Colette tenía, sobre todo,
necesidad de seguridad y Lucienne de libertad;
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las comprendo a las dos. Cada una a su modo,
Colette tan sensible, tan humana, Lucienne tan enérgica, tan brillante, me
parecen totalmente realizadas.
Fuimos al mismo hotelito de hace veinte años, y era
-quizás en otro piso- la misma habitación. Yo me acosté primero y lo miraba ir
y venir con su pijama azul, los pies descalzos sobre la alfombra raída. No
parecía ni alegre ni triste. Y la imagen me encegueció, cien veces evocada,
petrificada, pero no desgastada, aún brillante de frescura: Maurice caminando
descalzo sobre esa alfombra, con su pijama negro; se había alzado el cuello,
las puntas encuadraban su rostro, hablaba desordenadamente, con una excitación
infantil. Comprendí que yo había ido allí con la esperanza de reencontrar a ese
hombre perdido de amor: desde hace años y años no he vuelto a encontrarlo,
aunque siempre se superponga ese recuerdo, como una muselina diáfana, a las
visiones que tengo de él. Esa noche, precisamente porque el marco era el mismo,
al contacto con el hombre de carne y hueso que fumaba un cigarrillo, la vieja
imagen se hizo polvo. Tuve una revelación fulminante: el tiempo pasa. Me eché a
llorar. Se sentó en la cama, me abrazó tiernamente: -Querida mía, pequeña, no
llores, ¿por qué lloras? Acariciaba mi pelo. Me besaba fugazmente en la sien.
-No es nada, ya pasó -le dije-. Estoy bien.
Estaba bien, la habitación bañada en agradable
penumbra, los labios, las manos de Maurice eran suaves; mi boca se posó en la
suya, deslicé la mano bajo su saco pijama. Y de pronto estaba de pie, me había
rechazado con un sobresalto. Murmuré:
-¿Te doy tanto asco?
-¡Estás loca, querida!, pero estoy muerto de
cansancio. Es el aire libre, la caminata. Necesito dormir. Desaparecí bajo las
frazadas. Se acostó. Apagó la luz.
Me parecía estar en el fondo de una tumba, la
sangre petrificada en mis venas, incapaz de moverme o de llorar. No hemos hecho
el amor desde Mougins; y con todo, si eso se llama hacer el amor... Me dormí
hacia las cuatro de la madrugada. Cuando me desperté, él volvía a la
habitación, completamente vestido, eran cerca de las nueve. Le pregunté de
dónde venía.
-Fui a dar una vuelta.
Pero afuera llovía y no tenía puesto el
impermeable; no estaba mojado: había ido a llamar por teléfono a Noéllie. Ella
exigió que la llamara; no tuvo siquiera la generosidad de dejármelo todo para
mí un mísero fin de semana. El día se arrastró. Cada uno se daba cuenta de que
el otro hacía esfuerzos para ser amable y estar contento. Nos pusimos de
acuerdo en volver a París y terminar la velada en un cine.
¿Por qué me rechazó? Todavía me siguen por la
calle, me rozan la rodilla en el cine;
he engordado un
poco: no mucho.
Mis senos se
arruinaron después del nacimiento de Lucienne; pero hace diez
años Maurice los consideraba conmovedores. Y Quillan, hace dos años, reventaba
de ganas de acostarse conmigo. No. Si Maurice se sobresaltó fue porque tiene a
Noéllie metida en la piel; no soportaría acostarse con otra. Si la tiene tan
metida, hasta ese punto, y al mismo tiempo se deja deslumbrar por ella, las
cosas son mucho más graves de lo que me imaginaba.
Miércoles 3 de nouiembre
La gentileza de Maurice me es casi penosa: lamenta
el incidente de Nancy. Pero ya nunca me besa en la boca. Me siento
perfectamente miserable.
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Viernes 5 de noviembre
Me conduje bien, ¡pero con qué esfuerzo! Por suerte
Maurice me había avisado. (Diga lo que diga, sigo pen-
sando
que él hubiera
debido impedirle ir.)
Por poco me
quedo en casa;
él insistió, no salimos tan frecuentemente, no tenía por qué privarme de
ese cocktail, no se explicarían mi ausencia. ¿O pensaba que se la explicarían
demasiado bien? Yo miraba a los Couturier, los Talbot, todos esos amigos que
tan frecuentemente han venido a casa y me preguntaba en qué medida estaban al
corriente, si a veces Noéllie los recibía con Maurice. Talbot, Maurice no es
íntimo de él; pero evidentemente desde
la noche que metió la pata por teléfono, adivinó
que algo pasaba a mis espaldas. Couturier, Maurice no tiene nada oculto para
él. Escucho su voz cómplice: "Se supone que estoy en el laboratorio
contigo." ¿Y los otros, sospechan algo? ¡Ah!, yo estaba tan orgullosa de
nuestra pareja: una pareja modelo. Demostrábamos que un amor puede durar sin
aletargarse. ¡Cuántas veces salí en defensa de la fidelidad integral! ¡Hecha
añicos la pareja ejemplar! Quedan un marido que engaña a su mujer, y una mujer
abandonada a la que se miente. Y debo esta humillación a Noéllie. Me parece a
duras
penas
creíble. Sí, es
posible encontrarla seductora
pero, sin prejuicios,
¡qué fanfarrona! Su sonrisita de costado, la cabeza algo inclinada, ese
modo de beber las palabras del interlocutor y de pronto, la cabeza echada para
atrás, la linda risa perlada. Una mujer con todas las de la ley y no obstante
tan femenina. Con Maurice era exactamente como el año pasado en lo de Diana:
distante e íntima, y él tenía el mismo aspecto de admiración estúpida. Y como
el año pasado, esa idiota de Luce Couturier me miraba molesta. (¿Es que ya el
año pasado Maurice se sentía atraído por Noéllie?,
¿ya entonces se notaba? Yo había advertido su
aspecto maravillado, sí, pero sin pensar que la cosa tuviera consecuencias.)
Dije, con tono divertido:
-Opino que Noéllie Guérard es encantadora. Maurice
tiene buen gusto. Se desorbitó:
-¡Ah!, ¿está al tanto? -¡Por supuesto!
La invité a tomar una copa en casa la semana
próxima.
Querría saber quién está al tanto, quién no, desde
cuándo. ¿Me tienen lástima, se burlan de mí? Quizá sea mezquina pero querría
que se murieran todos para que des- apareciera la lamentable imagen que hoy por
hoy se hacen de mí.
Sábado 6 de noviembre
Esa conversación con Maurice me dejó desarmada
porque él estaba tranquilo, amistoso y parecía de buena fe. Volviendo al
cocktail de ayer le dije, con toda buena fe también yo, lo que me molestaba de
Noéllie. Por empezar, la profesión de abogado no me gusta; se defiende a un
tipo contra otro por dinero, aunque el otro sea quien tiene razón. Es inmoral.
Maurice me contestó que Noéllie ejerce su profesión de manera muy simpática;
que no acepta cualquier tipo de causa, que pide grandes honorarios a la gente
rica, sí, pero que hay un montón de personas a las cuales asiste por nada. Es
falso que sea interesada. Su marido la ayudó a comprar el bufete ¿por
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qué no, puesto que se han mantenido en excelentes
relaciones? (¿Pero no las habrá mantenido para que él le financiara el bufete?)
Ella quiere ser alguien: no tiene nada de reprobable desde el momento que elige
los medios. Allí me costó trabajo conservar la calma:
-Dices eso; y nunca trataste de llegar a ser
alguien importante.
-Cuando decidí especializarme, fue porque estaba
harto del estancamiento.
-Por empezar, no te estancabas.
-Intelectualmente sí. Estaba lejos de sacar de mí
todo lo que podía.
-Concedido. En todo caso, no actuaste por ambición:
querías progresar intelectualmente y hacer avanzar ciertos problemas. No era
una cuestión de plata o de carrera.
-Para un abogado llegar a algo es también otra cosa
que la plata o la reputación;
uno defiende causas cada vez más interesantes.
Dije que, de todos modos, para Noéllie el aspecto
mundano contaba enormemente.
-Trabaja mucho, necesita distracción -me contestó.
-Pero por qué las fiestas de etiqueta, las premiéres, las boites de moda, me
parece absurdo.
-¿Absurdo, a título de qué? Todas las diversiones
tienen algo de absurdo. Eso me fastidió. ¡Él, que detesta tanto como yo la vida
mundana!
-En fin, no hay más que oírla hablar cinco minutos
para darse cuenta de que Noéllie no es alguien auténtico. -Auténtico... ¿qué
quiere decir eso? Es una palabra de la que se ha abusado tanto.
-Tú el primero. No contestó. Insistí: -Noéllie me
hace acordar a Maryse. -Pero
no.
-Te aseguro que se le parece; es el tipo de persona
que jamás se detiene para
mirar un crepúsculo.
Se rió:
-Te diré que tampoco a mí me ocurre con mucha
frecuencia.
-¡Vamos!, la naturaleza te gusta tanto como a mí.
-Admirámoslo. Pero no veo por qué todo el mundo debería tener nuestros gustos.
Su mala fe me sublevó:
-Escucha -le dije- debo prevenirte una cosa: no
pelearé por ti con Noéllie; si la prefieres a mí, cosa tuya. No voy a luchar.
-¿Quién te habla de luchar?
No lucharé. Pero de pronto tengo miedo. ¿Sería
posible que Maurice la prefiera a mí? Esta idea no se me había ocurrido nunca.
Sé que tengo -bueno, dejemos de lado la palabra autenticidad que a lo mejor es
pedante- una cierta calidad que ella no tiene. "Eres de buena
calidad", me decía papá orgullosamente. Y Maurice también, en otros
términos. Es esa calidad que aprecio antes que nada en la gente -en Maurice, en
Isabelle-: y Maurice es como yo. No. Imposible que prefiera a alguien tan
afectado como
Noéllie. Ella es "cheap", como dicen en
inglés. Pero me inquieta que él acepte de ella tantas cosas que juzgo
inaceptables. Por primera vez, me doy cuenta de que una distancia se ha
instalado entre nosotros.
Miércoles 10 de nouiembre
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Antes de ayer había llamado por teléfono a Quillan.
¡Oh!, no estoy precisamente orgullosa. Necesitaba asegurarme de que un hombre
todavía puede encontrarme a su gusto. Comprobado. ¿Y de qué me sirve? No por
eso me ha sido devuelta la estima por mí misma.
No estaba en absoluto decidida a acostarme con él:
ni tampoco a no hacerlo. Dediqué mucho tiempo a mi toilette: sales perfumadas
en el baño y me pinté las uñas de los pies. ¡Para llorar! En dos años él no ha
envejecido pero se ha afinado, su rostro es más interesante. No me acordaba de
que era tan hermoso. Seguramente no será porque no gusta que puso tanta
insistencia en invitarme. Hubiera podido ser en recuerdo del pasado, y yo temía
-mucho- que se sintiera decepcionado. Pero no.
-En suma, ¿se siente feliz?
-Lo sería si la viera más frecuentemente.
Era en un
restaurante agradable detrás
del Panthéon: viejos
discos Nueva Orleáns,
contorsionistas muy originales, cantantes con un buen repertorio de tipo
anarquista. Quillan conocía a casi todo el mundo en el salón: pintores como él,
escultores, músicos, jóvenes en su mayoría. Él mismo cantó, acompañado por una
guitarra. Recordaba qué discos, qué platos me gustaban; me compró una rosa;
tuvo mil atenciones y advertí cómo Maurice actualmente tiene muy pocas. Y me
hacía también esos pequeños cumplidos un poco tontos que ya no escucho nunca:
sobre mis manos, mi sonrisa, mi voz. Poco a poco me dejé acunar por esa
ternura. Olvidé que en ese momento Maurice sonreía a Noéllie. Después de todo,
también yo tenía mi parte de sonrisas. Sobre una servilleta de papel dibujó un
lindo retrato mío en miniatura: verdaderamente no tenía
el aspecto de un viejo trasto. Bebí un poco, no
mucho. Y cuando me pidió subir a tomar una copa en casa, acepté. (-Le había
dicho que Maurice estaba afuera.) Serví dos whiskies. Él no hacía ni un gesto
pero sus ojos me acechaban. Me pareció absurdo verlo sentado en el lugar donde
Maurice se sienta habitualmente; mi alegría desapareció. Me estremecí.
-Tiene frío. Voy a encender el fuego.
Dio un salto hacia la chimenea, con tanto impulso y
tanta torpeza que tiró la estatuilla de madera que compré con Maurice en Egipto
y que me gusta tanto. Lancé un grito: ¡Estaba rota!
-Se la arreglaré -me dijo-; es muy fácil.
Pero parecía consternado: por mi grito, sin duda;
había gritado muy alto. Al cabo de un momento dije que estaba cansada, que
tenía que irme a dormir.
-¿Cuándo volveremos a vernos? -Lo llamaré por
teléfono.
-No me llamará. Hagamos una cita ahora mismo. Dije
una fecha al azar. Me excusaré. Se fue, yo me quedé estúpida con un pedazo de
mi estatua en cada mano. Y me puse a sollozar.
Me parece que Maurice parpadeó cuando le dije que
había vuelto a ver a Quillan. Sábado 13 de nouiembre
Cada vez creo que ya he tocado fondo. Y después me
hundo aun más lejos en la duda y la desdicha. Luce Couturier se dejó agarrar
como una niña: a tal punto que me
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pregunto si no lo hizo a propósito... Esta historia
dura desde hace más de un año. ¡Y Noéllie estaba, en Roma con él en octubre!
Ahora comprendo el rostro de Maurice en el aeródromo de Niza: el remordimiento,
la vergüenza, el temor de ser descubierto. Uno tiene tendencia a forjarse
presentimientos después que las cosas han pasado. Pero aquí no invento nada,
algo olí, puesto que la partida del avión me arrancó el corazón. Uno
pasa en silencio molestias, irritaciones para las
cuales no encuentra palabras, pero que existen.
Al dejar a Luce, caminé largo rato sin saber a
dónde iba. Estaba estupefacta. Ahora me doy cuenta: saber que Maurice se
acostaba con otra mujer no me ha sorprendido tanto. No fue totalmente al azar
que hice la pregunta: ¿Hay una mujer en tu vida? Sin llegar a formularse nunca,
vaga y fugitiva, la hipótesis se indicaba en hueco, a través de las
distracciones de Maurice, sus ausencias, su frialdad. Sería exagerado decir que
yo me lo sospechaba. Pero, en fin, no me caí de las nubes. Mientras Luce me
hablaba, yo caía, caía y me encontré completamente hecha pedazos. Todo este
año tengo que
revisarlo a la
luz de este
descubrimiento: Maurice se acostaba con Noéllie. Se trata de una
larga relación. El viaje a Alsacia que no hicimos. Dije: "Me sacrifico a
la cura de la leucemia." ¡Pobre idiota! Era Noéllie quien lo retenía en
París. En la época de la comida en lo de Diana ya eran amantes, y Luce lo
sabía. ¿Y Diana? Trataría de hacerla hablar. ¿Quién sabe si este asunto no
viene todavía de más lejos? Noéllie hace dos años vivía con Louis Bernard; pero
a lo mejor acumulaba. ¡Cuando pienso que estoy reducida a las hipótesis! ¡Y se
trata de Maurice y de mí! ¡Todos los amigos estaban al tanto, evidentemente!
¡Oh! ¡Qué importa! Ya no estoy para preocuparme del qué dirán. Estoy demasiado
radicalmente aniquilada. Me importa un pito la imagen que puedan hacerse de mí.
Se trata de sobrevivir.
"¡Nada ha cambiado entre nosotros!" Qué
ilusiones me hice con esta frase.
¿Quería decir que nada había cambiado puesto que me
engañaba ya desde hacía un año? ¿O no quería decir nada en absoluto?
¿Por
qué me mintió?
¿Me creía incapaz
de soportar la
verdad, o sentía vergüenza? ¿Entonces por qué me habló?
¿Sin duda porque Noéllie estaba cansada de la clandestinidad? De todas maneras
esto que me ocurre es espantoso.
Domingo 14 de noviembre
¡Ah!, mejor hubiera sido callarme. Pero nunca tuve
nada oculto para Maurice; en fin, nada serio. No pude ocultar en mi corazón su
mentira y mi desesperación. Golpeó la mesa: "¡Todos esos chismes!" Su
rostro me impresionó. Le conocía ese rostro de cólera, me gusta; cuando a
Maurice le piden un compromiso, su boca se crispa, su mirada se endurece. Pero
esta vez yo era el objetivo, o casi. No, Noéllie no estaba en Roma con él. No,
no se acostó con ella antes de agosto. La veía de vez en cuando, habían podido
verlos juntos, no quería decir nada.
-Nadie los ha visto; pero te confiaste a Couturier
que le contó todo a Luce.
-Dije que veía a Noéllie, no que me acostara con
ella. Luce deformó todo. Llama a Couturier, enseguida, pregúntale la verdad.
-Bien sabes que es imposible.
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Lloré.
Me había prometido
no llorar pero
lloré. Dije: -Mejor
harías contándomelo todo. Si conociera verdaderamente la situación,
podría tratar de encararla. Pero sospechar todo, no saber nada, es intolerable.
Si te limitabas a ver a Noéllie, ¿por qué habérmelo ocultado? -Bueno. Voy a
decirte la completa verdad. Pero entonces créeme. Me acosté tres veces con
Noéllie el año pasado y verdaderamente no contaba. No estuve en Roma con ella.
¿Me crees?
-No sé. ¡Me has mentido tanto!
Hizo un amplio gesto de desesperación: -¿Qué
quieres que haga para convencerte? -No puedes hacer nada.
Martes 16 de noviembre
Cuando entra, cuando me sonríe, cuando me besa
diciendo: "Buen día, querida", es Maurice; son sus gestos, su rostro,
su calidez, su olor. Y en mí, durante un instante, una gran dulzura: su
presencia. Quedarse así, no intentar
saber: casi comprendo a Diana. Pero es más fuerte
que yo. Quiero saber qué pasa. Y por empezar, cuándo va realmente al
laboratorio ¿a la noche?; ¿cuándo va a verla? No puedo llamar por teléfono, lo
sabrá y se exasperará. ¿Seguirlo? ¿Alquilar un automóvil y seguirlo? ¡O muy
simplemente verificar adónde está el suyo? Es sucio, es envilecedor. Pero
necesito ver un poco claro en todo esto.
Diana pretende no saber nada. Le pedí que hiciera
hablar a Noéllie:
-Es demasiado astuta; no contará nada.
-Usted está al tanto del asunto por mí. Si usted le
habla de eso, se verá obligada a contestar algo. -De todos modos me prometió
informarse sobre Noéllie: ellas dos tienen amigos comunes. ¡Si descubriera
cosas que la destruyan a los ojos de Maurice!
Es inútil volver a hablar con Luce Couturier.
Maurice la habrá hecho amonestar por su marido. Y éste contará a Maurice que
volví a verla... No, sería una torpeza.
Jueues 18 de noviembre
La primera vez que fui a espiar a Maurice al
laboratorio, el auto estaba en el parking. La segunda, no. Me hice llevar hasta
la casa de Noéllie. No tuve que buscar mucho: ¡qué golpe! Quería a nuestro
auto, era un fiel animal doméstico, una presencia cálida y tranquilizadora; y
de pronto servía para traicionarme; lo detesté. Me quedé de pie bajo una puerta
cochera, idiotizada. Pensé aparecer bruscamente ante Maurice, cuando saliera de
casa de Noéllie. No serviría más que para encolerizarlo, pero me sentía tan
perdida que era preciso que hiciera algo, cualquier cosa. Traté de ser
razonable. Me dije: "Miente para no herirme. Si no quiere herirme, es
porque le importo mucho. En cierto modo sería más grave si se le importara un
pito." Casi había logrado
convencerme cuando recibí
otro golpe: salían juntos.
Me oculté. No me
vieron. Fueron a pie por el boulevard hasta una gran cervecería. Caminaban
tomados del brazo, rápidamente y riendo. Cien
veces hubiera podido imaginarlos caminando tomados
del brazo, riendo. En realidad no lo había hecho. No más de lo que los imagino
realmente en la cama, no tengo valor. Y no es lo mismo verlo. Me puse a
temblar. Me senté en un banco a pesar
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del frío. Me quedé temblando un largo rato. Al
regresar me acosté y cuando él volvió a medianoche yo simulaba dormir.
Pero cuando ayer a la noche me dijo: "Voy al
laboratorio", pregunté:
-¿De veras? -Seguro.
-El sábado estabas en lo de Noéllie.
Me miró con una frialdad aun más aterradora que la
cólera:
-¡Me espías!
Los ojos se me llenaron de lágrimas:
-Se trata de mi vida, de mi felicidad. Quiero la
verdad. iY sigues mintiéndome!
-Trato de evitar las escenas -me dijo con aspecto
agotado.
-No hago escenas. -¿No?
Llama escenas a cada una de nuestras explicaciones.
Y en ese momento, al protestar, mi voz subió de tono y tuvimos una escena.
Volví a hablar de Roma. De nuevo lo negó. ¿Ella no estuvo? ¿O, al contrario,
estaba también en Ginebra? La ignorancia me corroe.
Sábado 20 de noviembre
Escenas, no. Pero soy torpe. Me controlo mal, hago
observaciones que lo irritan. Debo confesarlo, basta que él dé una opinión para
que yo adopte la contraria, supo- niendo que fue ella quien se la sopló. De
hecho, no tengo nada contra el op art. Pero la complacencia de Maurice para
someterse a ese "sadismo óptico" me irritó: eviden- temente, era
Noéllie quien le había indicado ir a esa exposición. Sostuve, tontamente, que
eso no era pintura, y
como él discutía lo ataqué: ¿cree rejuvenecerse
adoptando todas las modas?
-No debes enojarte.
-Me enojo porque quieres estar a la moda, de manera
tal, que pierdes todo sentido crítico.
Alzó los hombros sin contestar.
Vi a Marguerite. Pasé un largo rato con Colette.
Pero no hay nada que contar. Domingo 21 de nouiembre
Sobre su relación con Maurice, Noéllie -al menos
según Diana, de la cual desconfío un poco- no dijo más que cosas insulsas. La
situación es penosa para todo el mundo, pero sin duda se llegará a un
equilibrio. Por supuesto que yo soy una mujer muy bien, pero la diversidad
gusta a los hombres. ¿Cómo encara el porvenir ella? Contestó: "El que
viva, verá", o algo así. Estaba sobre aviso.
Diana me contó una historia, pero demasiado oscura
para que la utilice. Noéllie estuvo a punto de ser acusada ante el consejo de
abogados porque se ganó la confianza de un cliente de una colega, un cliente
importante que sacó a la otra la administración de sus negocios para pasársela
a Noéllie. Son procedimientos que en el Palacio de Justicia se consideran
inaceptables y a los cuales Noéllie estaría acostumbrada. Pero
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Maurice me contestaría: "iChismes!" Le
dije que la hija de Noéllie se quejaba de que su madre la descuidaba.
-Todas las niñas se quejan de su madre a esa edad:
recuerda tus dificultades con Lucienne. En realidad Noéllie no descuida a su
hija en absoluto. Le enseña a arreglárselas sola, a vivir por sí misma, y tiene
mucha razón.
Eso era una estocada dirigida a mí. Con frecuencia
él se ha burlado de mi lado madre-gallina. Hasta hemos tenido algunas disputas
sobre el asunto.
-¿Y a esa niñita no la molesta que un hombre pase
las noches en la cama de su madre?
-El departamento es grande y Noéllie tiene mucho
cuidado. Por lo demás, ella no le ha ocultado que
después de su divorcio hay hombres en su vida.
-Extrañas confidencias de una madre a su hija.
Francamente, ¿no te parece un poco chocante?
-No.
-Jamás
se me hubiera
ocurrido tener esa
clase de relaciones
con Colette o
Lucienne.
No
contestó nada; su
silencio implicaba claramente
que los métodos
de educación de Noéllie eran tan válidos como los míos. Me sentí herida:
resulta demasiado claro que Noéllie se conduce de la manera que le viene mejor,
sin preocuparse de los intereses de la niña. En tanto que yo siempre hice lo
contrario.
-En suma -dije- todo lo que Noéllie hace está bien
hecho.
-¡Ah, no me hables todo el tiempo de Noéllie!
-¿Cómo impedirlo? Está en tu vida y tu vida me concierne.
-¡Oh!, de mi vida tú eliges algunas cosas y dejas
de lado otras.
-¿Cómo es eso?
-Mi vida profesional: no parece que te concierna.
Jamás me hablas de ella.
Era un contraataque desleal. Sabe perfectamente que
al especializarse avanzó por un terreno en el cual no puedo seguirlo.
-¿Qué podría decirte? Tus investigaciones me
superan totalmente.
-Ni siquiera mis artículos de divulgación, no los
lees. -La medicina como ciencia nunca
me interesó mucho.
Lo que me
apasionaba era la
relación viva con
los enfermos.
-Así y todo podrías sentir curiosidad por lo que
hago. Había rencor en su voz. Le sonreí tiernamente.
-Es que te amo y te estimo más allá de todo lo que
puedas hacer. Si te vuelves un gran sabio, célebre y todo, eso no me extrañará,
seguramente eres capaz de eso. Pero confieso que a mis ojos eso no te agregaría
nada. ¿No me comprendes?
El también sonrió: -Claro que sí.
No es la primera vez que se queja de mi
indiferencia ante su carrera, y hasta ahora no me sentía descontenta de que eso
lo irritara un poco. De pronto me digo que es una torpeza. Noéllie lee sus
artículos, los comenta, la cabeza algo inclinada, una sonrisa algo admirativa
en los labios. ¿Pero cómo modificar mi actitud? Se notaría de lejos. Toda esa
conversación me fue penosa. Estoy segura de que Noéllie no es una buena madre.
Una mujer tan seca, tan fría, no puede dar a su hija lo que yo di a las mías.
29
Lunes 22 de noviembre
No, no debo tratar de seguir a Noéllie sobre su
propio terreno, sino luchar en el mío. Maurice era sensible a todos los
cuidados de que yo lo rodeaba, y ahora lo descuido. Pasé el día poniendo orden
en los roperos. Ubiqué definitivamente la ropa de verano, saqué de la naftalina
y ventilé los vestidos de invierno, hice un inventario. Mañana iré a comprarle
las medias, los pulóveres, los pijamas que necesita. También le harían falta
dos buenos pares de zapatos: los elegiremos juntos cuando él tenga un momento
libre. Es reconfortante, los placards bien llenos con cada cosa en su lugar.
Abundancia, seguridad... Las pilas de finos pañuelos, de medias, de pulóveres
me dieron la impresión de que el futuro no podía fallarme.
Martes 23 de noviembre
Estoy enferma de vergüenza. Hubiera debido pensarlo.
Maurice tenía su rostro de los días malos cuando regresó a casa para almorzar.
Casi enseguida me lanzó:
-Hiciste mal en confiar en tu amiga Diana. Le
contaron a Noéllie que estaba haciendo una verdadera encuesta sobre ella en los
ambientes de abogados y entre sus relaciones comunes. Y dice por todas partes
que eres tú quien le encomendó hacerlo.
Me ruboricé y me sentí mal. Maurice no me juzgaba
nunca, era mi seguridad: ¡y aquí estoy ante él, culpable, qué miseria!
-Simplemente dije que me gustaría saber quién es
Noéllie.
-Mejor
hubieras hecho preguntándomelo antes
que dar lugar
a comadreos.
¿Crees que no veo a Noéllie tal como es? Te
equivocas. Conozco sus defectos tan bien como sus cualidades. No soy un
colegial enamorado.
-Así y todo no pienso que tu opinión sea muy
objetiva. -¿Y piensas que Diana y sus compinches son objetivas? Son la
malevolencia misma. Puedes estar segura de que tú tampoco te salvarás.
-Bueno -dije- voy a decirle a Diana que se calle la
boca.
-¡Te lo aconsejo!
Hizo un esfuerzo para cambiar de conversación.
Conversamos cortésmente. Pero la vergüenza me quema. Yo misma me desmerezco
ante sus ojos.
Viernes 26 de noviembre
En presencia de Maurice ya no puedo dejar de
sentirme ante un juez. Piensa de mí cosas que no me dice: eso me da vértigo. Me
miraba en sus ojos tan tranquila- mente. No me veía a mí misma más que por sus
ojos: una imagen demasiado halagadora quizá pero en la cual, a grandes rasgos,
me reconocía. Ahora me pregunto:
¿A quién ve? ¿Me cree mezquina, celosa, indiscreta
y hasta desleal, yá que hago averiguaciones a sus espaldas? No es justo. El,
que deja pasar tantas cosas a Noéllie,
¿no
puede comprender mi
inquieta curiosidad respecto
de ella? Detesto
los comadreos, fui causante de uno, de acuerdo, pero creo tener excusas.
Por otra parte, él
30
no ha hecho ninguna otra alusión a ese asunto; se
muestra de una gentileza perfecta. Pero me doy cuenta de que ya no me habla con
el corazón en la mano. A veces me parece leer en su mirada... no exac
tamente lástima; se diría: ¿una ligera burla? (Ese
curioso vistazo que me echó cuando le conté mi salida con Quillan.) Sí, es como
si me viera con toda claridad y me encontrara conmovedora y algo ridícula. Por
ejemplo, cuando me sorprendió escuchando Stockhausen; tuvo un tono indefinible
para preguntar:
-¡Vaya! ¿Te dedicas a la música moderna? -Isabelle
me pasó unos discos que le gustan. -¿Le gusta Stockhausen? Es una novedad.
-Es una novedad, sí. Suele ocurrir que los gustos
cambien.
-¿Y a ti te gusta?
-No. No entiendo nada.
Se rió, me abrazó como si mi franqueza lo hubiera
tranquilizado. En realidad era calculada. Comprendí que él había comprendido
por qué escuchaba esa música y no me habría creído si hubiera pretendido
gustarla. Resultado: no me atreveré a hablarle de mis recientes lecturas, a
pesar de que, de hecho, un cierto número de esas "nuevas novelas" me
hayan gustado. Inmediatamente pensaría que quiero comerle el peón a Noéllie.
¡Qué complicado que se vuelve todo desde que uno empieza a tener reservas mentales!
Explicación confusa con Diana. Jura por la vida de
sus hijos no haber dicho que se informaba por encargo mío. Es una hipótesis que
debe haber hecho la misma Noéllie. Reconoce haber dicho a una amiga: "Sí,
en este momento me intereso por Noéllie Guérard." Pero realmente no era
comprometedor para mí. Por supuesto que fue una torpeza. Le pedí que dejara las
cosas como están. Pareció resentirse.
Sábado 27 de nouiembre
Tengo que aprender a controlarme, a observarme,
¡pero está tan poco en mi naturaleza! Era espontánea, transparente; y también
serena, mientras que ahora tengo el corazón lleno de ansiedad y rencor. Cuando
abrió una revis-
ta, no bien se levantó de la mesa, pensé: "Eso
no lo hace en lo de Noéllie", y fue más fuerte que yo, dije violentamente:
-¡No lo harías en lo de Noéllie! Por su ojos pasó
un relámpago.
-Quería nada más que echar un vistazo en un
artículo -me dijo con tono medido--
. No te erices así por insignificancias.
-No es culpa mía: todo me eriza.
Hubo un silencio: en la mesa le había contado mi
día y no encontraba nada que decirle. Hizo un esfuerzo: -¿Terminaste las Cartas
de Wilde?
-No. No seguí.
-Decías que era interesante.
-¡Si supieras el pito que me importa de Wilde, y
qué pocas ganas tengo de hablarte de él!
Fui a sacar un disco de la discoteca:
-¿Quieres que escuchemos la cantata que me
trajiste? -De acuerdo.
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No escuché mucho tiempo; los sollozos me subían a
la garganta; la música ya no era más que una excusa. Ya no teníamos nada más
que decirnos, obsesionados por la misma historia de la que él se negaba a
hablar. Me preguntó con voz paciente:
-¿Por qué lloras?
-Porque conmigo te aburres. Porque ya no podemos
hablarnos. Has puesto barreras entre nosotros.
-Quien las levanta eres tú: no dejas de rumiar
acusaciones.
Lo exaspero cada día un poco más. No querría. Y así
y todo una parte de mí misma lo quiere. Cuando parece alegre y despreocupado,
me digo: "Así es muy fácil." Y cualquier pretexto me sirve para
alterar su tranquilidad.
Lunes 29 de noviembre
Me sorprendía que Maurice todavía no hubiera
hablado de las vacaciones de invierno. Ayer a la noche, al
volver del cine, le pregunté adónde le gustaría ir
este año. Me contestó evasivamente que no lo había pensado. Olí algo malo.
Comienzo a tener olfato y no es difícil por otra parte: siempre hay algo malo.
Insistí. Dijo muy rápidamente, sin mirarme:
-Iremos adonde quieras; pero debo prevenirte que
cuento pasar también algunos días con Noéllie en Courchevel.
Siempre espero lo peor; y siempre es peor de lo que
esperaba:
-¿Cuántos días? -Unos diez.
-¿Y cuántos días te quedarás conmigo? -Unos diez
días.
-¡Es demasiado! ¡Me sacas la mitad de nuestras vacaciones
para dárselas a
Noéllie!
La cólera me cortaba la palabra. Logré articular:
-¿Decidieron eso juntos, sin consultarme? -No, todavía no le hablé del asunto
-me dijo. Dije:
-¡Y bien, continúa así! No le hables del asunto.
Me dijo con voz mesurada: "Tengo ganas de esos
diez días con ella." Había en esas palabras una amenaza apenas velada: si
me privas de esto, nuestra estadía en la montaña será un infierno Me daba
náuseas la idea de que yo iba a ceder a ese chantaje.
¡Basta de concesiones! No me sirve para nada y me
da asco. Hay que mirar las cosas de frente. No se trata de una aventura. Divide
su vida en dos partes y a mí no me toca la mejor. Ya basta. Dentro de un rato
le diré: "o ella o yo".
Miércoles 1 ° de diciembre
Así que no me equivocaba: fue un manejo. Antes de
llegar a una confesión completa, me "cansó", como se cansa al toro.
Confesión completa que en sí misma es un manejo. ¿Hay que creerla? Ocho años no
he estado ciega. Después él me dijo que eso era falso. ¿O es en ese
momento cuando mentía? ¿Dónde está la verdad? ¿Aún
existe?
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¡En qué estado de cólera lo puse! ¿Verdaderamente
estuve tan insultante? Uno no recuerda bien las cosas que dice, sobre todo en
el estado en que yo me encontraba. Quería herirlo, seguramente; lo logré
demasiado bien.
Sin embargo comencé con mucha calma: "No
acepto el reparto: hay que elegir." Tuvo el aspecto aplastado del tipo que
se dice: "¡Listo! ¡Tenía que suceder!
¡Cómo me escapo!" Adoptó su voz más
acariciante:
-Te ruego. No me pidas romper ahora con Noéllie. No
ahora.
-Sí, ahora. Esta historia ya duró bastante; he
tolerado demasiado. Lo miré desafiante mente:
-En fin, ¿quién te importa más? ¿Ella o yo?
-Tú, por supuesto -dijo con voz neutra. Y agregó-:
Pero Noéllie también me importa.
Vi todo rojo:
-Entonces confiesa la verdad. ¡Ella te importa más!
¡Y bien, vete a buscarla! Vete de aquí. Vete enseguida. Toma tus cosas y vete.
Saqué su valija del ropero, desordenadamente eché
en ella ropa interior, descolgué cinturones. Me tomó por el brazo:
"¡Basta!" Seguí. Quería que se fuera; verdaderamente lo quería, era
sincera. Sincera porque no creía que lo hiciera. Era como un espantoso
psicodrama en el que uno juega a la verdad. Es la verdad, pero uno juega.
Grité:
-Vete a buscar a esa atorranta, esa intrigante, esa
abogadita indecente. Me sujetó por las muñecas: -Retira lo que acabas de decir.
-No. Es una tipa sucia. Te consiguió con halagos.
La prefieres a mí por vanidad. Sacrificas nuestro amor a tu vanidad.
El repetía: "Cállate". Pero yo seguía.
Confusamente decía todo lo que pensaba de
Noéllie, y también de él. Sí, lo
recuerdo
vagamente. Le dije
que se dejaba
engañar lastimosamente, que se
volvía snob y ambicioso, que ya no era el hombre que yo había querido, que
antes tenía corazón, se consagraba a los demás; ahora era seco, egoísta,
solamente su carrera le interesaba.
-¿Quién es egoísta? -gritó.
Y me sacó la palabra. La egoísta era yo, yo que no
había dudado en hacerle dejar el internado, que hubiera querido tenerlo toda la
vida en la mediocridad para con- servarlo en casa, que estoy celosa de su
trabajo: una castradora...
Grité. El internado, él había sido quien de buena
gana lo dejó. Me quería. Sí, pero no quería casarse enseguida, yo lo sabía, y
en cuanto al chico hubiéramos podido arreglarnos.
-¡Cállate! Hemos sido felices, apasionadamente
felices: decías que no vivías más que para nuestro amor. -Era verdad: no me
habías dejado nada más. Hubieras debido pensar que un día sufriría por ello. Y
cuando quise evadirme hiciste lo imposible para
impedírmelo. Ya no me acuerdo de las frases
exactas, pero éste era el sentido de esa escena espantosa. Yo era posesiva,
imperiosa, causadora tanto con mis hijas como con él. -Empujaste a Colette a un
casamiento idiota; y para huir de ti Lucienne partió.
Eso me puso fuera de mí; de nuevo grité, lloré. En
un momento dado dije:
-Si piensas tan mal de mí, ¿cómo puedes amarme
todavía? Y me echó en cara:
-Ya no te amo más. ¡Después de las escenas de hace
diez años dejé de amarte!
-¡Mientes! ¡Mientes para hacerme sufrir!
33
-Eres
tú quien te
mientes. Pretendes amar
la verdad: déjame
decírtela. Tomaremos una decisión después.
Así pues, desde hace ocho años no me quiere y se ha
acostado con mujeres; con la pequeña Pellerin, durante dos años; con una
paciente sudamericana de la cual lo ignoro todo; con una enfermera de la
clínica; finalmente,
desde hace dieciocho meses con Noëllie. Aullé,
estaba al borde del ataque de nervios. Entonces me dio un calmante, su voz
cambió:
-Escucha, no pienso lo que acabo de decirte. ¡Pero
eres tan injusta que me vuelves injusto!
Me ha engañado, sí, es verdad. Pero nunca dejé de
importarle. Le pedí que se fuera. Me quedé postrada, tratando de comprender esa
escena, desenredar lo verdadero de lo falso.
Un recuerdo reapareció. Hace tres años, yo había
regresado a casa sin que él me oyera. Reía, estaba hablando por teléfono: esa
risa tierna y cómplice que conozco bien. No oí las palabras: únicamente esa
ternura cómplice en su voz. Se me movió el piso: estaba en otra vida en la que
Maurice me engañaría y yo tendría que sufrir hasta gritar. Me acerqué
ruidosamente:
-¿Con quién hablas? -Con mi enfermera. -Le hablas
muy amistosamente.
-¡Ah!, es una joven encantadora, la adoro -me dijo,
con toda naturalidad.
Volví a encontrarme en mi vida, cerca del hombre
que me amaba. Por otra parte, si lo hubiera visto en una cama con una mujer, no
habría creído a mis ojos. (Y sin embargo el recuerdo está allí, intacto,
doloroso.)
Se ha acostado con esas mujeres; ¿pero ya entonces
no me quería? ¿Y qué hay de cierto en sus reproches? Sabe muy bien que acerca
del internado y nuestro casamiento lo decidimos todo juntos: antes de esta
mañana, nunca había pretendido.,lo contrario.
Se ha fabricado
esas quejas para
excusarse de engañarme:
es menos culpable si yo tengo la
culpa. Así y todo, ¿por qué eligió esas acusaciones? ¿Por qué esa frase acerca
de las niñas? Estoy tan orgullosa de haber tenido éxito con ellas, cada una de
manera diferente, de acuerdo con su propia índole. Colette, como yo, tenía
vocación hogareña: ¿a título de qué hubiera debido contrariarla? Lucienne
quería volar con sus propias alas: no se lo impedí. ¿Por qué tanto rencor
injusto en Maurice? Me duele la cabeza y ya no veo nada claro.
Llamé por teléfono a Colette. Acaba de irse:
medianoche. Me hizo bien, me hizo mal, ya no sé adónde está mi bien ni mi mal.
No, yo no era autoritaria, posesiva, absorbente, me aseguró efusivamente que yo
era una madre ideal y que su padre y yo nos entendíamos perfectamente. A
Lucienne, como a muchas jóvenes, la vida familiar le pesaba, pero no era mi
culpa. (Lucienne tenía relaciones complicadas conmigo porque ella adoraba a su
padre, un complejo de Edipo clásico: eso no prueba nada en mi contra.) Se irritó:
-Me parece asqueante de parte de papá haberte dicho
lo que te ha dicho.
Pero ella siempre ha estado celosa de Maurice, a
causa de Lucienne; agresiva a su respecto, demasiado apresurada para juzgarlo
en falta. Demasiado deseosa de reconfortarme. Lucienne, con su dureza aguda, me
hubiera informado mejor. Hablé durante horas con Colette y no por eso adelanté
algo.
Me encuentro en una situación sin salida. Si
Maurice es un canalla, he desperdiciado mi vida amándolo. Pero a lo mejor tenía
razones para no soportarme más. Entonces debo pensarme odiosa, despreciable,
sin siquiera saber por qué. Las dos hipótesis son atroces.
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Jueues 2 de diciembre
Isabelle piensa -o por lo menos lo dice- que
Maurice no pensaba ni la cuarta parte de lo que dijo. Tuvo aventuras sin
confesármelas: es banal. Ella siempre me ha repetido que una fidelidad de
veinte años no era posible para un hombre. Evidentemente, Maurice hubiera hecho
mejor hablando, pero se sintió atado por sus juramentos. Sus quejas en mi
contra, sin duda acaba de inventarlas: si se hubiera casado conmigo a desgano,
yo me habría dado cuenta, no habríamos sido tan felices. Ella me aconseja
borrar todo esto. Se obstina en pensar que soy yo quien tiene la carta de
triunfo. Los hombres eligen lo más fácil: es más fácil quedarse con su mujer
que aventurarse en una vida nueva. Me hizo concertar una
cita por teléfono con una de sus viejas amigas, que
es ginecóloga, que conoce muy bien los problemas de la pareja y que podrá
ayudarme, piensa ella, a ver claro en mi historia. Bueno.
Maurice está lleno de atenciones, desde el lunes,
como todas las veces en que llegó demasiado lejos.
-¿Por qué me dejaste vivir ocho años en la mentira?
-No quería causarte pena.
-Debiste decirme que ya no me querías.
-Pero no es verdad: te lo dije por cólera; siempre
te quise mucho. Te quiero.
-No puedes quererme si piensas la mitad de lo que
me dijiste. ¿De veras piensas que he sido una madre abusiva?
Decididamente, de todas las maldades que me echó en
cara, ésa es la que más me ha sublevado.
-Abusiva, es algo exagerado. -¿Pero?
-Siempre te dije que empollabas demasiado a las
chicas. Colette reaccionó amoldándose demasiado dócilmente a ti y Lucienne por
un antagonismo que con frecuencia te fue penoso.
-Pero que finalmente la ayudó a realizarse. ¡Está
contenta de su suerte y Colette de la suya! ¿Qué más quieres? -Si de veras
están contentas...
No insistí. Su cabeza está llena de reservas
mentales. Pero hay respuestas que no soportaría escuchar: no hago las
preguntas.
Sábado 4 de diciembre
Recuerdos
implacables. ¿Cómo había
logrado alejarlos, neutralizarlos? Una cierta manera de mirar, hace dos años, en
Mykonos, cuando me dijo: "Pero cómprate un traje de baño de una
pieza." Ya sé, ya sabía: algo de celulitis en los muslos, el vientre ya no
tan chato. Pero yo creía que a él no le importaba. Cuando Lucienne se burlaba
de las gordas matronas en bikini, él protestaba: "¿Y que hay?
¿A quién molesta? Que uno envejezca no es una razón
para privar al cuerpo de aire y sol." Yo tenía ganas de sol y de aire, no
molestaba a nadie. Y sin embargo - quizás a causa de las muy hermosas jóvenes
que frecuentaban la playa- me dijo: "Pero cómprate un traje de baño de una
pieza." Por otra parte, nunca lo compré.
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Y después hubo esa discusión, el año pasado, la
noche en que los Talbot vinieron a comer con los Couturier. Talbot se daba
aires de gran patrón, felicitó a Maurice por un informe sobre el origen de
ciertos virus, y Maurice parecía halagado como un escolar a quien se otorga el
premio de excelencia. Eso me irritó porque Talbot no me gusta; cuando dice de
alguien: "¡Es un valor!", lo abofetearía. Después de su partida, dije
riendo a Maurice:
-Dentro de muy poco tiempo Talbot va a decir de ti:
¡Es un valor! ¡Qué suerte tienes!
Se enojó. Me reprochó más vivamente que de
costumbre de no ocuparme de su trabajo y menospreciar sus éxitos. Me dijo que
no importaba ser estimado en conjunto si en detalle nunca me muestro interesada
por lo que hace. Había tanta acrimonia en su voz que de pronto se me heló la
sangre:
-¡Qué hostilidad! Pareció desconcertado: -¡No digas
pavadas!
Después me convenció de que era una discusión
parecida a muchas otras. Pero el frío de la muerte me había rozado.
Celosa de su trabajo: debo reconocer que no es
falso. Durante diez años a través de Maurice hice una experiencia que me
apasionaba: la relación del médico con el enfermo. Yo participaba, lo
aconsejaba. Ese lazo entre nosotros, tan importante para mí, él prefirió
romperlo. Entonces, asistí desde lejos, pasivamente, a sus progresos, confieso
no haber puesto en ello casi ninguna buena voluntad. Me dejan fría, sí: lo que
yo admiro en él es el ser humano, no el investigador. Pero castradora, la
palabra es injusta. Solamente me
negué fingir entusiasmos que no sentía: a él le
gustaba mi sinceridad. No quiero creer que haya herido su vanidad. Maurice no
tiene pequeñeces. ¿O las tiene y Noéllie sabe explotarlas? Idea odiosa. Todo se
entremezcla en mi cabeza. Creía saber quién era yo, quién era él: y
repentinamente ya no nos reconocía, ni a él ni a mí.
Lunes 6 de diciembre
Cuando esto sucede a los demás, parece un
acontecimiento limitado, fácil de bloquear, de superar. Y uno se encuentra
absolutamente solo en una experiencia ver- tiginosa a la cual
la imaginación ni
siquiera se ha
aproximado. Las noches
que Maurice pasa en casa de Noéllie temo no dormir y tengo miedo de
dormir. Esa cama vacía al lado de la mía, esa sábana chata y fría... Ya puedo
tomar somníferos, de todos modos sueño. Con frecuencia en sueños me desvanezco
de desdicha. Me quedo allí bajo la mirada de Maurice, paralizada con todo el
dolor del mundo sobre mi rostro. Espero que se precipite hacia mí. Me lanza una
mirada indiferente y se aleja. Me desperté, era todavía de noche; sentía el
peso de las tinieblas, estaba en un corredor, me internaba en él, se volvía
cada vez más estrecho, yo respiraba apenas; muy pronto haría falta arrastrarse
y me quedaría atrapada allí hasta expirar. Aullé. Y me puse a llamarlo más
dulcemente, en lágrimas. Todas las noches lo llamo; no a él: al otro, el que me
amaba. Y me pregunto si no preferiría que estuviera muerto. Me decía: la muerte
es el único mal irreparable: si me dejara, me curaría. La muerte era horrible
porque era posible, la ruptura soportable porque no me la imaginaba. Pero de
hecho,
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me digo que si estuviera muerto al menos sabría a
quién he perdido y quién soy yo. Ya no sé nada más. Mi vida detrás de mí se ha
desfondado enteramente, como durante esos temblores de tierra en que el suelo
se devora a sí mismo; se hunde a nuestra espalda a medida que uno huye. No hay
retorno. La casa ha desaparecido, y la aldea y todo el valle. Aun si uno
sobrevive, nada queda, ni siquiera el lugar que uno ha
ocupado
en este mundo.
Me siento tan
deshecha por la
mañana que, si la
mucama no viniera a las diez, me quedaría en cama todos los días -como hago los
domingoshasta pasado mediodía, o a lo mejor, cuando Maurice no viene a almorzar,
todo el día. La señora Dormoy se da cuenta de que algo no anda bien. Al retirar
la bandeja del desayuno, me dice con tono de reproche:
-¡No ha comido nada!
Insiste, y a veces trago una tostada, para que me
deje en paz. Pero los bocados no me pasan.
¿Por qué ya no me quiere más? Habría que saber por
qué me quiso. Uno no se plantea la cuestión. Aun si uno no es ni orgulloso ni
narcisista, es tan extraordinario ser uno mismo, justamente uno, es tan único
que parece natural ser único también para alguien más. Me quería, es todo. Y
para siempre, ya que siempre seré yo. (Y me he sorprendido, en otras mujeres,
de esta ceguera. Raro que uno no pueda comprender su propia historia más que
ayudándose con la experiencia de los demás -que no es la mía, que no ayuda.)
Fantasmas idiotas. Un film visto cuando era chica.
Una esposa iba a buscar a la amante de su marido: "Para usted no es más
que un capricho. ¡Yo lo amo!" Y la amante conmovida la enviaba en lugar de
ella a la cita nocturna. En la oscuridad su marido la tomaba por la otra y a la
mañana, arrepentido, volvía a ella. Era un viejo film mudo, que el cine Studio
presentaba con una intención irónica pero que me había conmovido mucho. Vuelvo
a ver el largo vestido de la mujer, sus rodetes.
¿Hablar a Noéllie? Pero para ella esto no es un
capricho: una empresa. Me diría que lo ama; y con certeza a ella le importa
todo lo que él puede dar a una mujer, ac- tualmente. Yo lo amé cuando tenía
veintitrés años, un futuro incierto, dificultades. Lo amé sin garantías:
renuncié a hacer una carrera yo misma. No lamento nada, por otra parte.
Martes 7 de diciembre
Colette, Diana, Isabelle: ¡yo, que no me gustaban
las confidencias! Y esta tarde
Marie Lambert. Tiene una gran experiencia. Querría
que pudiera esclarecerme.
Lo que se destaca de nuestra larga conversación es
hasta qué punto yo misma comprendo mal mi historia. Sé de memoria todo mi
pasado y de pronto ya no sé nada más. Me pidió un breve resumen escrito.
Tratemos.
La medicina, tal como papá la ejercía en su
consultorio de Bagnolet, pensaba que no había ninguna profesión más hermosa.
Pero durante mi primer año me sentí impresionada, asqueada, superada por el
horror cotidiano. Me di por vencida muchas
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veces. Maurice era externo y desde la primera
mirada lo que leí en su rostro me emocionó. Uno y otro no habíamos tenido más
que cortas aventuras. Nos amamos. Fue el amor loco, el amor prudente: el amor.
Ha sido cruelmente injusto cuando me dijo el otro día que yo lo había alejado
del internado: hasta ese momento siempre había tomado la entera responsabilidad
de su decisión. Estaba harto de ser estudiante. Quería una vida de adulto, un
hogar. El pacto de fidelidad que hicimos, era él el que se empeñaba más que yo
porque el nuevo casamiento de su madre le había dejado un horror enfermizo por
las rupturas, las separaciones. Nos casamos en el verano del '44, y el comienzo
de nuestra felicidad coincidió con la alegría embriagadora de la Liberación.
Maurice se sentía atraído por la medicina social. Encontró un empleo en Simca.
Era menos absorbente que ser médico de barrio y a él le gustaba su clientela de
obreros.
Maurice fue decepcionado por la posguerra. Su
trabajo en Simca comenzó a aburrirlo. Couturier -que había logrado acabar el
internado- lo convenció de entrar con él a la policlínica de Talbot, de
trabajar en su equipo, de especializarse. Sin duda - Marie Lambert me lo hizo
veryo luché demasiado violentamente contra su decisión, hace ya diez años; sin
duda le demostré demasiado que yo no me había resignado en el fondo de mi
corazón. Pero no es una razón suficiente para haber dejado de amarme.
¿Qué
relación hay exactamente entre su cambio de vida y
el de sus sentimientos?
Ella me preguntó si con frecuencia me hacía
reproches, críticas. ¡Oh!, discutiendo, los dos tenemos la sangre caliente.
Pero nunca es grave. Por lo menos para mí.
¿Nuestra vida sexual? No sé en qué momento perdió
su calor. ¿Quién de los dos se cansó primero? Me ha sucedido irritarme por su
indiferencia: de allí mi flirteo con Quillan. ¿Pero quizá mi frialdad lo había
decepcionado? Es secundario, me parece. Podría explicar que se haya acostado
con otras mujeres, no que se haya separado de mí. Ni que se haya metido con
Noéllie.
¿Por qué ella? Si por lo menos fuera verdaderamente
hermosa, verdaderamente joven, o notablemente
inteligente, yo comprendería.
Sufriría, pero comprendería. Tiene treinta y ocho años, es
agradable y gracias, y muy superficial. ¿Entonces, por qué? Dije a Marie
Lambert:
-Estoy segura de que valgo más que ella. Sonrió:
-La cuestión no es ésa.
¿Adónde está la cuestión? Salvo la novedad y un
lindo cuerpo, ¿qué es lo que
Noéllie puede dar a Maurice que yo no le dé? Ella
dice:
-Jamás comprendemos los amores de los otros. Pero
tengo una convicción que expreso con dificultad. Conmigo Maurice tiene una
relación en profundidad, que compromete lo que en él hay de esencial y que por
lo tanto es indestructible. No está ligado a Noéllie sino por sus sentimientos
más exteriores: cada uno de ellos podría amar a otro. Maurice y yo estamos
soldados. La falta consiste en que mi relación con Maurice no es
indestructible, ya que él la destruye. ¿O lo es? ¿No siente por Noéllie más que
un antojo que adopta aspectos de pasión pero va a disiparse? ¡Ah!, esas espinas
de esperanza que de vez en cuando me atraviesan el corazón, más dolorosas que
la misma desesperación.
Hay otra cuestión que doy vueltas en mi cabeza, a
la cual verdaderamente él no contestó: ¿Por qué me habló ahora, y no antes?
Desde todo punto de vista debería ha-
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berme prevenido. Yo también hubiera tenido asuntos.
Y habría trabajado; hace ocho años, hubiera encontrado el valor de hacer algo;
no habría ese vacío alrededor de mí. Esto es lo que chocó más a Marie Lambert:
que por su silencio Maurice me haya negado la posibilidad de afrontar, armada,
una ruptura. Desde el momento en que dudó de sus sentimientos, debió impulsarme
a construirme una vida independiente de él. Ella supone, y yo también, que
Maurice se calló para asegurar a sus hijas un hogar feliz. Cuando yo me felicitaba
de la ausencia de Lucienne, después de sus primeras revelaciones, me engañaba:
no se trataba de un azar. Pero entonces es monstruoso: ha elegido para
abandonarme el momento en que ya no tenía a mis hijas.
Imposible admitir que consagré toda mi vida al amor
de un hombre tan egoísta.
¡Con seguridad soy injusta! Marie Lambert me lo
dijo, por otra parte: "Habría que conocer su punto de vista. En estas
historias de ruptura, contadas por la mujer, uno no entiende nunca nada."
Es el "misterio masculino", mucho más impenetrable que el
"misterio femenino". Le sugerí que hablara con Maurice; se negó: yo
tendría menos confianza en ella si ella lo conociera. Fue muy amistosa: pero
así y todo con reticen- cias, titubeos.
Decididamente, la persona que me sería más útil es
Lucienne, con su sentido crítico tan agudo; todos estos años ha vivido en un
estado de semihostilidad a mi res- pecto que le permitiría aclararme las cosas.
Pero por carta no me diría más que banalidades.
Viernes 10 de diciembre
Al ir a casa de Couturier, que no vive lejos de lo
de Noéllie, creí reconocer el auto. No. Pero cada vez que veo un Dauphine sport
verde oscuro, con un techo gris y adentro una manta verde y roja, me parece que
es el mismo que el que yo llamaba nuestro automóvil, que ahora es su automóvil
puesto que nuestras vidas ya no se confunden.
Y siento angustia. Antes yo sabía siempre
exactamente adónde estaba él, qué hacía. Ahora puede estar en cualquier parte:
justamente allí donde veo ese auto.
Era incongruente ir a ver a Couturier y pareció muy
embarazado cuando le anuncié por teléfono mi visita. Pero quiero comprender.
-Sé que usted es amigo de Maurice antes que nada-le
dije al llegar-. No vengo a pedirle informaciones: únicamente a que me dé el
punto de vista de un hombre acerca de esta situación.
Se tranquilizó. Pero no me dijo absolutamente nada.
El hombre necesita cambios más que la mujer. Una fidelidad de catorce años ya
es algo muy escaso. Mentir es normal: uno no quiere causar pena. Y cuando uno
se enoja, dice cosas que no piensa.
Seguramente que Maurice todavía me quiere: uno
puede querer a dos personas de diferentes modos...
Todos le explican a uno lo que es normal, es decir
lo que sucede a los demás. ¡Y yo trato de utilizar esta clave universal! Como
si lo que estuviera en juego no fuera Maurice, yo, y lo que hay de único en
nuestro amor.
¡Si habré caído bajo! Tuve un sobresalto de
esperanza al leer en un semanario que en el plano amoroso esta semana Sagitario
obtendría un éxito importante. En
compensación me entristecí hojeando en lo de Diana
un librito de astrología: parece
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que Sagitario y Capricornio no son de ninguna
manera el uno para el otro. Pregunté a Diana si sabía cuál era el signo de
Noéllie. No. Me guarda rencor desde nuestra desagradable explicación y se
regodeó diciéndome que Noéllie le había hablado un poco más largamente de
Maurice. Ella no renunciará jamás a él, ni él a ella. En cuanto a mí, soy una
mujer muy bien (esa fórmula le gusta, parece), pero no aprecio a Maurice en su
verdadero valor. Me costó contenerme cuando Diana me repitió esta frase.
¿Maurice se habrá quejado de mí a Noéllie? "Tú, por lo menos, te interesas
por mi carrera." No, no puede haberle dicho eso, no quiero creerlo. Su
verdadero valor... el de Maurice no se reduce a su éxito social, lo sabe muy
bien él mismo, es otra cosa lo que de él conmueve
en la gente. ¿O me equivoco a su respecto? ¿Tiene un lado frívolo, mundano, que
cerca de Noéllie se desarrollaría? Me obligué a reír. Y después dije que así y
todo querría comprender qué es lo que los hombres encuentran en Noéllie. Diana
me dio una idea: hacer analizar nuestras tres caligrafías; me indicó una
dirección y dio una carta -sin interés- de Noéllie. Busqué una de las cartas
recientes de Maurice, escribí al grafólogo una nota en la que le pedía una
respuesta rápida y fui a dejarle todo eso en la portería.
Domingo 12
Me
siento confundida por
los análisis del
grafólogo. La caligrafía
más interesante, según él, es la de Maurice: gran inteligencia, amplia
cultura, capacidad de trabajo, tenacidad, profunda sensibilidad, mezcla de
orgullo y de duda de sí mismo, superficialmente
muy abierto, pero
en el fondo
bastante reservado (resumo).
En cuanto a mí, me encuentra muchas cualidades: equilibrio, alegría,
franqueza, aguda preocupación por los demás; también notó una especie de avidez
afectiva que arriesga hacerme algo pesada a los que me rodean. Esto concuerda
con lo que me reprocha Maurice: ser absorbente, posesiva. Sé muy bien que esa
tendencia existe en mí: ¡pero la he combatido tan enérgicamente! He hecho un
tal esfuerzo para dejar libres a Colette y a Lucienne, no apabullarlas con
preguntas, respetar sus secretos. Y Maurice:
¡con tanta frecuencia he reprimido mi
solicitud, contenido mis
impulsos, evitado entrar a su
escritorio a pesar de las ganas que tenía o contemplarlo cuando leía al lado
mío! Quería estar al mismo tiempo presente y liviana para ellos: ¿he fracasado?
La grafología revela las tendencias más que las conductas. Y Maurice me atacó
por cólera. Su veredicto me deja insegura. De todas maneras, aunque yo sea algo
excesiva, demasiado demostrativa, demasiado atenta, en resumen, algo molesta,
no es una razón suficiente como para que Maurice prefiera a Noéllie.
En cuanto a ella, su retrato, aunque es más
contrastado que el mío y supone más defectos, me parece al fin de cuentas más
halagador. Es ambiciosa, le gusta aparentar pero tiene una sensibilidad
matizada, mucha energía, generosidad y una inteligencia muy viva. No pretende
ser alguien extraordinario; pero Noéllie es tan superficial que no puede ser
superior a mí, aun por la inteligencia. Será preciso que haga hacer un análisis
comparativo. De todos modos la grafología no es una ciencia exacta.
Me torturo. ¿Cómo me ven los demás? Y
objetivamente, ¿quién soy? ¿Soy menos inteligente de lo que imagino? Este es el
tipo de preguntas que es inútil plantear, nadie se atreverá a contestarme que
soy tonta. ¿Y cómo saber? Todo el
40
mundo se cree inteligente, hasta las personas que a
mí me parecen estúpidas. Por eso una mujer siempre es más sensible a los
cumplidos que se le hacen sobre su físico que a los que conciernen a su
espíritu: en lo que hace al espíritu, tiene sus evidencias íntimas, que
todo el mundo
tiene y que en
consecuencia no prueban
nada. Para conocer sus propios
límites habría que poder superarlos: eso es saltar por encima de su propia
sombra. Yo comprendo siempre lo que me dicen, lo que leo: ¿pero a lo mejor
comprendo demasiado rápido, al no saber captar las riquezas y las dificultades
de una idea? ¿Esas son las deficiencias que me impiden percibir la superioridad
de Noéllie?
Domingo a la noche
¿Será ésta la muerte prometida esta semana por
Sagitario? Por teléfono Diana me comunicó una novedad que puede tener una
importancia decisiva: Noéllie estaría acostándose con el editor Jacques Vallin.
Fue la señora Vallin misma quien se lo dijo a una amiga de Diana: vio unas
cartas y detesta a Noéllie. ¿Cómo hacérselo saber a Maurice? Está tan seguro
del amor de Noéllie, se caería de las nubes. Lo que pasa es
que no me creería. Me harían falta pruebas. Pero no
puedo ir a buscar a la señora Vallin a quien no conozco y pedirle las cartas.
Vallin es muy rico. Entre él y Maurice, Noéllie lo elegiría a él si consintiera
en divorciarse. ¡Qué intrigante! Si aunque sea pudiera estimarla yo sufriría
menos. (Ya sé. Otra mujer está diciéndose acerca de su rival: si aunque sea
pudiera despreciarla, sufriría menos. Por lo demás yo misma pensé: la estimo
demasiado poco como para sufrir.)
Lunes 13
Mostré a Isabelle las respuestas del grafólogo: no
pareció convencida, no cree en la grafología. Sin embargo, la avidez afectiva
que señala el análisis encaja muy bien con los reproches de Maurice del otro
día, le hice notar. Y sé que en efecto yo espero mucho de las personas; quizá
les pido demasiado.
-Evidentemente. Como vives mucho para los demás,
vives también mucho a través de ellos -me dijo-. Pero el amor, la amistad, es
eso: una especie de simbiosis.
-¿Pero para alguien que se negara a la simbiosis
soy pesada?
-Uno pesa a las personas que no lo quieren cuando
uno las quiere, es una cuestión de situación, no de carácter.
Le pedí que hiciera un esfuerzo, que me dijera cómo
me veía ella, qué pensaba de mí. Sonrió.
-En realidad yo no te veo. Eres mi amiga, estás
ahí. Sostuvo que cuando nada está en juego, a uno le gusta o no le gusta estar
con la gente pero uno no se hace ninguna idea sobre ella. A ella le gusta estar
conmigo, eso es todo. -Con franqueza, muy francamente, ¿me encuentras
inteligente?
-Seguro. Salvo cuando me planteas esta pregunta. Si
las dos somos idiotas, cada una de nosotras encuentra a la otra inteligente: ¿y
eso que prueba?
Me repitió que en este asunto mis cualidades y mis
defectos no estaban en cuestión: lo que atrae a Maurice es la novedad;
dieciocho meses: todavía es novedad.
41
Martes 14
El espantoso descenso al fondo de la tristeza. Por
lo mismo que uno está triste, no tiene más ganas de hacer nada alegre. Ya nunca
pongo un disco cuando me levan- to. Ya nunca escucho música, no voy más al
cine, no me compro nada que me guste. Me levanté al escuchar llegar a la señora
Dormoy. Tomé mi té, tragué una tostada para darle el gusto. Y miro esta jornada
todavía que voy a tener que vivir. Y me digo...
Tocaron el timbre. Un mandadero me puso en los
brazos un gran ramo de lilas y rosas con una nota: "Feliz cumpleaños.
Maurice." No bien se cerró la puerta me des- hice en lágrimas. Me defiendo
de la agitación, de tétricos proyectos, del odio: y estas flores, ese recuerdo
de dulzuras perdidas, irremediablemente perdidas, abatían todas mis defensas.
Hacia la una la llave giró en la cerradura y en mi
boca hubo ese gusto espantoso, el gusto del miedo. (Exactamente el mismo que
cuando iba a la clínica a ver a mi padre agonizante.) Esa presencia familiar
como mi propia imagen, mi razón de vivir, mi alegría, ahora es este extranjero,
este juez, este enemigo: mi corazón late de terror cuando empuja la puerta.
Vino hacia mí rápidamente, me sonrió al tomarme en sus brazos:
-Feliz cumpleaños, querida.
Lloré sobre su hombro, silenciosamente. El
acariciaba mis cabellos:
-No llores. No quiero que seas desdichada. Te
quiero tanto.
-Me dijiste que desde hace ocho años no me querías.
-Pero no. Después te dije que no era verdad. Me importas mucho.
-¿Pero ya no me amas? -Hay tantas especies de amor.
Nos sentamos, hablamos. Yo le hablaba como a
Isabelle o a Marie Lambert, con confianza, amistad, despreocupa-
ción: como si no se hubiera tratado de nuestra
propia historia. Era un problema que discutíamos imparcialmente, gratuitamente,
como hemos discutido tantos otros. Me sorprendí nuevamente de su silencio de
ocho años. Me repitió:
-Decías que te morirías de pena...
-Tú me autorizabas a decirlo: la idea de una
infidelidad parecía angustiarte a tal punto...
-Me angustiaba. Por eso me callé: para que todo
pasara como si yo no te engañase... Era magia... Y también tenía vergüenza,
evidentemente...
Dije que sobre todo quería comprender por qué este
año me había hablado. Admitió que en parte era porque sus relaciones con
Noéllie lo exigían, pero también, dijo, pensaba que yo tenía derecho a la
verdad.
-Pero no dijiste la verdad.,
-Por vergüenza de haberte mentido.
Me envolvía con esa mirada sombría y cálida que
parece abrirlo ante mí hasta lo más profundo de su corazón, íntegramente
entregado, parecía, inocente y tierno, como antaño.
-Tu culpa más grande -le dije- es haberme dejado
aletargar en la confianza. Aquí estoy, a los cuarenta y cuatro años, las manos
vacías, sin profesión, sin otro interés
42
que tú en la vida. Si me hubieras avisado hace ocho
años, me habría organizado una vida independiente y aceptaría más fácilmente la
situación.
-¡Pero Monique! -me dijo estupefacto-. Insistí
muchísimo, hace siete años, para que aceptaras ese puesto de secretaria en la
Revista Médica. Estaba en tu cuerda y podías llegar a un puesto interesante:
¡no quisiste!
Casi había olvidado esta proposición a tal punto me
había parecido inoportuna:
-Pasar el día lejos de casa y de las niñas por cien
mil francos por mes, no veía qué interés podía tener -dije. -Eso fue lo que me
contestaste. Insistí mucho.
-Si me hubieras dicho tus verdaderos motivos, que
ya no era todo para ti y que tenía también yo que tomar distancia, habría
aceptado.
-En Mougins, de nuevo te propuse trabajar. ¡Te
negaste otra vez!
-En ese momento tu amor me bastaba.
-Aún estás a tiempo -dijo-. Me será fácil
encontrarte una ocupación.
-¿Crees que eso me consolaría? Hace ocho años me
hubiera parecido menos absurdo; hubiera tenido más posibilidades de llegar a
algo. Pero ahora...
Machacamos largo rato sobre el asunto. Me doy
perfecta cuenta que aliviaría su conciencia si me ofreciera algo qué hacer. No
tengo ninguna gana de aliviarla.
Volví sobre nuestra conversación del primero de
diciembre: una fecha; ¿me juzga verdaderamente egoísta, imperiosa, absorbente?
-Aunque estuvieras enojado, ¿inventaste todo eso de
cabo a cabo?
Titubeó,
sonrió, explicó. Yo
tengo los defectos
correspondientes a mis cualidades. Soy atenta, vigilante, es
algo precioso, pero a veces, cuando uno está de malhumor, cansa. Soy tan fiel
al pasado que el menor olvido parece un crimen, que uno se siente culpable
cuando cambia de gusto o de opinión. Concedido. ¿Pero me guarda rencor? Me lo
guardó hace diez años, lo sé bien, discutimos bastante; pero es algo terminado
puesto que hizo lo que quería y a la larga yo le di la razón. Y nuestro
casamiento, ¿él considera que yo le forcé la mano? En absoluto; decidimos
juntos....
-Pero el otro día me reprochaste no interesarme por
tu trabajo.
-Lo lamento un poco, es cierto; pero me parecería
más lamentable que te esforzaras por interesarte simplemente para darme el
gusto.
Su voz era tan alentadora que me atreví a plantear
la pregunta que más me angustia:
-¿Me guardas rencor por Colette y Lucienne? ¿Te
decepcionan y me responsabilizas a mí de ello?
-.Con qué derecho estaría decepcionado, y con qué
derecho te guardaría rencor?
-¿Entonces por qué me hablaste con tanto odio?
-¡Ah!, la situación tampoco es fácil para mí. Me
irrito conmigo y eso se vuelve injustamente contra ti.
-Con todo, ya no me amas como antes. Todavía me
quieres, sí; pero ya no es el amor de nuestros veinte años. -Para ti tampoco es
ya el amor de nuestros veinte años. A los veinte años amaba el amor al mismo
tiempo que te amaba a ti. Todo ese lado exaltado que yo tenía entonces lo
perdí; eso es lo que ha cambiado.
Era agradable hablar con él amistosamente, como
antes. Las dificultades se empequeñecían, las preguntas se disipaban en humo,
los acontecimientos se fundían, lo verdadero y lo falso se ahogaban en un
tornasol de matices indistintos. En el fondo no había pasado nada. Acababa
creyendo que Noéllie no existía... Ilusión, prestidigitación. De hecho, esa
charla no cambió nada entre nosotros. Hemos llamado
43
a las cosas con otros nombres: las cosas no se han
movido. No he aprendido nada. El pasado sigue tan oscuro. El futuro tan
incierto.
Miercoles 15
Ayer a la noche quise continuar la decepcionante
conversación de la tarde. Pero
Maurice tenía que hacer después de cenar y una vez
que terminó quiso acostarse.
-Ya hablamos bastante esta tarde. No hay nada que
agregar. Mañana me levanto temprano.
-No dijimos nada, en realidad. Adoptó un aspecto
resignado: -¿Qué más quieres que te diga?
-¡Bueno! Con todo hay algo que quisiera saber:
¿cómo ves nuestro futuro?
Se calló. Lo había puesto entre la espada y la
pared. -No quiero perderte. Tampoco quiero renunciar a Noéllie. En cuanto al
resto, nada...
-¿Ella está de acuerdo con esta doble vida? -Tiene
que estarlo.
--Sí; como yo. ¡Cuando pienso que te atreviste a
decirme en el Club 46 que entre nosotros no había cambiado nada!
-No dije eso.
-¡Estábamos bailando y me dijiste: nada ha
cambiado! ¡Y te creí!
-Eres tú, Monique, quien me dijo: lo esencial es
que no haya cambiado nada entre nosotros. No dije lo contrario, me callé. Era
imposible justo en ese momento ir al fondo de las cosas.
-Lo dijiste. Me acuerdo perfectamente. -Habías
bebido mucho, sabes; reconstruiste... Abandoné. ¿Qué importancia tiene? Lo
importante es que no quiere renunciar a Noéllie. Lo sé y no puedo creerlo. Le
anuncié bruscamente que había decidido no ir a los deportes de invierno. He
pensado mucho en eso y estoy contenta de haber tomado esa decisión. Me gustaba
tanto la montaña con él, antes. Volver a verla en estas condiciones sería un
suplicio. Me sería insoportable ir allí con él en primer término y partir vencida,
desalojada por la otra y cediéndole el lugar. No me sería menos odioso suceder
a Noéllie, sabiendo que Maurice la extraña, que compara su silueta y la mía, mi
tristeza con sus risas. Acumularía las torpezas y él no tendría más que deseos
de deshacerse completamente de mí.
-Pasa con ella los diez días que le prometiste, y
vuelve -le dije.
Es la primera vez en este asunto que tomo una
iniciativa y pareció muy desconcertado.
-Pero Monique, tengo ganas de llevarte conmigo.
¡Hemos pasado en la nieve días tan lindos!
-Justamente.
-¿No harás esquí este invierno?
-Sabes, hoy por hoy los placeres del esquí no pesan
mucho.
Intentó convencerme, insistió, parecía desolado. A
mi tristeza cotidiana estaba acostumbrado, pero privarme del esquí le produce
remordimientos. (Soy injusta: no se acostumbra; rezuma mala conciencia, toma
somníferos para dormir, tiene una cara de enterrado vivo. No me conmuevo por
eso, y más vale, hasta le guardaría rencor. Si me tortura con conocimiento de
causa y torturándose a sí mismo, es preciso que Noéllie le importe muchísimo.)
Dis-
44
cutimos largo rato. No cedí. Al final tenía un
aspecto tan agotado -los rasgos tensos, ojeras- que lo mandé a dormir. Se
entregó al sueño como a un puerto apacible.
Jueves 16
Miro las gotas de agua deslizarse sobre el vidrio
que hace poco golpeaba la lluvia. No caen verticalmente; parecerían gusanitos
que por razones misteriosas fueran oblicuamente a la derecha, a la izquierda,
filtrándose entre otras gotas inmóviles, deteniéndose, continuando como si
buscaran algo. Me parece no tener nada más que hacer. Siempre tenía algo que
hacer. Ahora, tejer, cocinar, escuchar un disco, todo me parece vano. El amor
de Maurice daba importancia a cada momento de mi vida. Es hueca. Todo es hueco:
los objetos, los instantes. Y yo.
El otro día le pregunte a Marie Lambert si me
encontraba inteligente. Su mirada clara se clavó en la mía. -Usted es muy
inteligente...
Dije:
-Hay un pero...
-La inteligencia se atrofia cuando uno no la
alimenta. Debería dejar que su marido le buscara trabajo.
-El tipo de trabajo del que soy capaz no me daría
ningún resultado.
-Eso no es nada seguro. A la noche
Esta mañana tuve una iluminación: todo es culpa
mía. Mi error más grave ha sido no comprender que el tiempo pasa. Pasaba y yo
estaba pasmada en la actitud de la ideal esposa de un marido ideal. En lugar de
reanimar nuestra vida sexual, yo me fascinaba
con el recuerdo
de nuestras noches
pasadas. Me imaginaba
haber conservado mi rostro y mi cuerpo de treinta años, en lugar de
cuidarme, de hacer gimnasia, de concurrir a un instituto de belleza. Dejé que
mi inteligencia
se atrofiara; ya no me cultivaba, me decía: más
tarde, cuando las chicas se hayan ido. (A lo mejor la muerte de mi padre no es
extraña a esta dejadez. Algo se quebró. Detuve el tiempo a partir de ese
momento.) Sí; la joven estudiante con que Maurice se casó, que se apasionaba
por los acontecimientos, las ideas, los libros era muy diferente de la mujer de
hoy cuyo universo cabe entre estas cuatro paredes. Es verdad que tenía
tendencia a encerrar entre ellas a Maurice. Creía que su hogar le bastaba,
creía tenerlo todo para mí. En conjunto, daba todo por acordado: eso debió
molestarlo, él, que cambia y que cuestiona todas las cosas. La irritación es
algo que no perdona. No hubiera
debido tampoco emperrarme
en nuestro pacto
de fidelidad. Si
hubiera devuelto a Maurice su libertad -y quizá utilizado la mía-
Noéllie no se hubiera beneficiado con los prestigios de la clandestinidad. Yo
habría encarado el asunto inmediatamente. ¿Hay tiempo todavía? Dije a Marie
Lambert que tendría una explicación sobre todo esto con Maurice y que iba a
tomar medidas. Ya me he puesto a leer un poco, a escuchar discos: hacer un
esfuerzo más serio. Rebajar algunos kilos, vestirme mejor. Charlar más
libremente con Maurice, rechazar los silencios. Ella me escuchó sin entusiasmo.
Quisiera saber quién, Maurice o yo, fue responsable de mi primer embarazo. Los
dos. En fin, yo en la medida en que me guié demasiado por el
45
almanaque, pero no es mi culpa si me traicionó.
¿Insistí yo en tener el niño? No. ¿En no tenerlo? No. La decisión surgió sola.
Ella me pareció escéptica. Su idea es que Maurice me guarda un serio rencor. Le
opuse el argumento de Isabelle: los comienzos de nuestro matrimonio no hubieran
sido tan felices si él no lo hubiera querido. Su respuesta me parece muy
alambicada: para no confesarse cuánto lo sentía, Maurice apostó al amor, quiso
la felicidad frenéticamente; una vez que ésta desapareció, volvió a encontrar
el rencor que había acallado. Ella misma advierte que su explicación es débil.
Sus viejos rencores no habrían reaparecido con bastante virulencia como para
alejarlo de mí si no hubiera tenido nuevos. Afirmé que no tenía ninguno nuevo.
A decir verdad, Marie Lambert me irrita un poco.
Todos ellos me irritan porque tienen el aspecto de saber cosas que
yo no sé. Ya sea que Maurice o Noéllie hagan
circular su versión de los acontecimientos. Sea porque tengan las experiencias
de este tipo de historia y me apliquen sus esquemas. Sea que me vean desde
afuera, como yo no logro verme, y que las cosas por eso se vuelvan claras. Se
cuidan de mí y siento la reticencia cuando les hablo. Marie Lambert me aprueba
por haber renunciado a las vacaciones de invierno: pero en la medida en que me
ahorro sufrimientos; no cree que las intenciones de Maurice cambiaran por ello.
Dije a Maurice que comprendía mis errores. Me
detuvo; con uno de esos gestos de hartura a los que empiezo a acostumbrarme.
-No tienes nada que reprocharte. ¡No volvamos todo
el tiempo al pasado!
-¿Y qué otra cosa tengo? Ese pesado silencio.
No tengo nada más que mi pasado. Pero ya no es ni
dicha ni orgullo: un enigma, una angustia. Querría arrancarle su verdad. ¿Pero
uno puede fiarse en su memoria? He olvidado muchas cosas, y parece que a veces
hasta he deformado los hechos. (¿Quién dijo: "Nada ha cambiado"?
¿Maurice o yo? En este diario he escrito que fue él. A lo mejor porque quería
creerlo...) En cierto modo es por hostilidad que contradije a Marie Lambert.
Más de una vez advertí rencor en Maurice. El lo negó, el día de mi cumpleaños.
Pero hay palabras, acentos que aún resuenan en mí; no había querido darles
importancia y sin embargo me acuerdo. Cuando Colette decidió hacer ese
casamiento "idiota", está claro que al mismo tiempo que se irritaba
con ella, indirectamente me atacaba: su sentimentalismo, su necesidad de
seguridad, su timidez, su
pasividad, de todo
eso me hacía
responsable. Pero sobre
todo, la partida
de Lucienne lo afectó. "Es para huir de ti que Lucienne se
fue." Sé que lo piensa. ¿En qué medida es verdad? ¿O es que con una madre
diferente -menos ansiosa, menos atenta- Lucienne hubiera soportado la vida
familiar? Me parecía no obstante que todo iba mejor entre nosotros, el año
pasado, que ella estaba menos crispada: ¿por qué iba a
irse? Ya no sé nada más. Si fallé en la educación
de mis hijas, toda mi vida no es más que un fracaso. No puedo creerlo. ¡Pero
qué vértigo cuando la duda me roza!
¿Maurice se queda conmigo por lástima? Entonces
tendría que decirle que se fuera. No me atrevo. Si se queda, a lo mejor Noéllie
se descorazonará, apostará a Vallin o a otro. O si no él recuperará el sentido
de lo que hemos sido el uno para el otro.
Lo que me agota es la alternancia de su gentileza y
de sus morosidades. No sé nunca quién abre la puerta. Como si lo horrorizara
haberme hecho sufrir, pero tuviera
46
miedo
de haberme dado
demasiadas esperanzas, ¿tendré
que permanecer en la
desesperación? Entonces él olvidaría completamente quién he sido y por qué me
amó.
Viernes 17
Marguerite se fugó de nuevo y no logran
encontrarla. Se escapó con una chica que es una verdadera pilla. Va a pros
ituirse, a robar. Es abrumador. Pero no estoy abrumada. Nada me llega.
Sábado 18
De nuevo los vi ayer a la noche. Vagabundeaba
alrededor de El año 2000, adonde van con frecuencia. Bajaron del convertible de
Noéllie; él le tomó el brazo, reían. En casa, aún en sus momentos de
amabilidad, siempre tiene una cara siniestra; sus sonrisas son forzadas.
"La situación no es fácil..." Cerca de mí, no la olvida un instante.
Con ella, sí. El reía, relajado, despreocupado. Tuve ganas de lastimarla. Ya sé
que es algo estilo hembra e injusto, ella no me debe nada: pero es así.
La gente es cobarde. Pedí a Diana que me hiciera
conocer a la amiga a quien la señora Vallin habló de Noéllie.
Pareció incómoda. La amiga ya no está tan segura de
las cosas. Vallin se acuesta con una joven abogada, muy de moda. La señora
Vallin no dijo su nombre. Uno puede suponer que se trata de Noéllie quien
varias veces defendió causas para la firma. Pero a lo mejor es otra... El otro
día Diana era categórica. O es la amiga que teme las his- torias, o es Diana
quien tiene miedo que yo haga una. Me juró que no; ¡no pide otra cosa que
ayudarme! Sin duda. Pero todos ellos tienen sus ideas sobre la mejor manera de
ayudarme.
Lunes 20
Cada vez que veo a Colette la abrumo a preguntas.
Ayer tenía los ojos llenos de lágrimas por ese motivo.
-En lo que a mí respecta nunca me pareció que nos
protegieras demasiado, me gustaba ser protegida... ¿Qué pensaba Lucienne de ti
el año pasado? No éramos muy íntimas, también ella me juzgaba. Le parecíamos
demasiado sentimentales, ella se hacía la dura de corazón. Por lo demás ¿qué
interesa lo que pensaba ella? No es un oráculo.
Ciertamente, Colette no se sintió nunca disminuida
ya que ella se conformaba espontáneamente con lo que yo esperaba de ella. Y
evidentemente no puede pensar que es lamentable ser quien es. Le pregunté si no
se aburría. (Jean-Pierre es un gran tipo pero no es muy divertido.) No, más
vale estaría desbordada; es menos simple de
47
lo que ella creía tener que atender una casa. Ya no
tiene tiempo de leer y escuchar música. "Trata de hacértelo", le
dije, "si no uno termina embruteciéndose". Le dije que hablaba con
conocimiento de causa. Se rió: si yo soy tonta, ella también quiere serlo. Me
quiere tiernamente, eso por lo menos no podrán sacármelo. ¿Pero la he
aplastado? Ciertamente preveía para ella una existencia totalmente distinta:
más activa, más rica. La mía, a su edad, al lado de Maurice lo era mucho más. ¿Y
si se hubiera dispersado por vivir a mi sombra?
¡Cómo quisiera verme con otros ojos que los míos!
Mostré las tres cartas a una amiga de Colette que hace un poco de grafología.
Sobre todo la caligrafía de Maurice la interesó. Dijo cosas buenas de mí; mucho
menos de Noéllie. Pero los resultados estaban falseados porque ella seguramente
comprendió el sentido de esta consulta.
Lunes a la noche
Tuve una sorpresa agradable, hace un rato, cuando
Maurice me dijo: "Por supuesto pasaremos juntos las fiestas de fin de
año." Pienso que me ofrece una compensación por esas vacaciones de
invierno a las que renuncié. Poco importa la razón. He decidido no arruinarme
esta alegría.
27 de diciembre, lunes
Más vale es la alegría la que me arruinó. Espero
que Mau rice no se haya dado cuenta. Había reservado una mes,. en el Club 46.
Suntuoso menú, excelentes atraccio- nes. Derrochó dinero y gentileza. Yo tenía
un lindo vestido nuevo, sonreía, pero estaba
en intolerable estado
de angustia. Todas
esas parejas... Bien
vestidas, adornadas, peinadas, maquilladas, las mujeres reían mostrando
sus dientes cuidados por excelentes dentistas. El hombre encendía sus
cigarrillos, les servía champaña, cambiaban miradas y palabras tiernas. Los
otros años, el lazo que unía cada una con su cada uno, cada uno con su cada una
me parecía palpable. Yo creía en las parejas, porque creía en la nuestra. Ahora
veía individuos dispuestos al azar uno enfrente del otro. De vez en cuando la
vieja visión resucitaba; Maurice me parecía soldado a mi piel; era mi marido,
como Colette mi hija, de una manera irreversible; una relación que puede
olvidarse, pervertirse, pero nunca anularse. Y después, entre él y yo, ya nada
pasaba: dos extraños. Tenía ganas de gritar: todo es falso,
es una comedia, es una parodia; beber champaña
juntos no es comulgar. Al volver a casa, Maurice me besó: -¿Fue una linda
noche, no es cierto?
Tenía aspecto contento y relajado. Dije sí,
seguramente. El 31 de diciembre vamos a lo de Isabelle.
1° de enero
48
No debería regocijarme por el buen humor de
Maurice: la verdadera razón es que va a irse diez días con Noéllie. Pero si al
precio de un sacrificio recupero su ternura y su alegría, en tanto que
frecuentemente está tenso e inquieto, gano en el cambio. De nuevo éramos una
pareja cuando llegamos a lo de Isabelle. Más o menos rengos, más o menos
remendados, pero con todo unidos, las parejas nos rodeaban. Isabelle y Charles,
los Couturier, Colette y JeanPierre y otros. Había excelentes discos de jazz,
me pasé un poco bebiendo y por primera vez desde... ¿cuánto tiempo?, me sentí
alegre. La alegría: una trasparencia del aire, una fluidez del tiempo, una
facilidad para respirar; no pedía más. Ya no sé cómo llegué a hablar de las
Salinas de Ledoux y a describirlas detalladamente. Escucharon, plantearon
preguntas, pero de pronto me pregunté si no tenía aspecto de imitar a Noéllie,
de querer brillar como ella y si Maurice, una vez más, no me encontraba
irrisoria. Parecía algo crispado. Hablé con Isabelle aparte:
-¿Hablé demasiado? ¿Hice el ridículo?
-¡Pero no -protestó-, era muy interesante lo que
dijiste!
Estaba abrumada por verme tan inquieta. ¿Porque no
debía estarlo, o porque tenía razón? Más tarde pregunté a Maurice por qué había
parecido molesto:
-¡Pero no lo estaba!
-Lo dices como si lo estuvieras. -Pero no.
A lo mejor es mi pregunta lo que lo irritaba. Ya no
sé. Ahora, siempre, por todas partes, detrás de mis palabras y mis actos hay un
revés que se me escapa.
2 de enero
Ayer a la noche comimos en lo de Colette. Pobre, se
había tomado mucho trabajo y nada estaba bien. La miraba con los ojos de
Maurice. A su departamento le falta encanto, es cierto. Incluso para vestirse,
amueblar, casi no tiene iniciativa. Jean- Pierre es muy gentil, en adoración
ante ella, un gran corazón. Pero uno no sabe de qué hablarle. No salen, tienen
pocos amigos. Una vida bien opaca, bien rígida. De nuevo me pregunté con
terror: ¿es mi culpa si la brillante colegiala de quince años se ha vuelto esta
joven apagada? Metamorfosis frecuente, he visto muchas parecidas: pero quizás
era siempre la culpa de los padres. Maurice estuvo muy alegre, muy amistoso durante
toda la noche y al salir no hizo comentarios. Supongo que no por eso pensaba
menos.
Me pareció raro que Maurice pasara todo el día de
ayer en casa, y la noche conmigo en lo de Colette. Tuve una sospecha y hace un
rato llamé por teléfono a lo de Noéllie: si el a hubiera contestado; habría
colgado. Atendió su secretaria: i a:
-La doctora Guérard volverá a París mañana.
¡Si seré ingenua! Noéllie se fue, entonces yo tapo
los agujeros. Me ahogo de rabia. Tengo ganas de echar a Maurice, de acabar de
una buena vez.
Ataqué violentamente. Me contestó que Noéllie se
habla ido porque él había decidido pasar estas fiestas conmigo.
49
-¡Pero no!, ahora me acuerdo: siempre pasa las
fiestas con su hija en casa de su marido.
-No pensaba quedarse más que cuatro días.
Me miraba con ese aspecto sincero que le cuesta tan
poco. -¡De todos modos ustedes combinaron esto juntos! -Por supuesto que le
hablé del asunto. -Alzó los hom
bros:- Las mujeres no están contentas más que
cuando lo
que uno les da ha sido arrancado a la otra por
violencia. Lo que cuenta no es la cosa en sí misma: es la victoria conquistada.
Lo decidieron juntos. Y es verdad que eso arruina
toda la alegría que me dieron estos días. Si ella se hubiera rebelado,
seguramente él habría cedido. Entonces, depen- do de ella, de sus caprichos, de
su grandeza de alma o de su mezquindad: de hecho, de sus intereses.
Parten mañana a la noche para Courchevel. Me
pregunto si mi decisión no ha sido aberrante. El no se toma más que quince días
de vacaciones en lugar de tres semanas (lo que es un sacrificio, me hizo notar,
considerando su pasión por el esquí). Entonces se queda cinco días más de lo
que pensaba con Noéllie. Y yo pierdo diez días de intimidad con él. Ella tendrá
todo el tiempo para embaucarlo. A la vuelta, él me dirá que todo ha terminado
entre nosotros. ¡Terminé de hundirme! Me digo esto con una especie de inercia.
Siento que de todos modos estoy lista. El me trata con miramientos, a lo mejor
tiene miedo de que me liquide -lo cual está excluido, no quiero morir-, pero su
apego a Noéllie no disminuye.
15 de enero
Debería abrir una lata. O prepararme un baño. Pero
entonces seguiría dando vueltas con mi pensamiento. Si escribo, me ocupo en
algo, eso me permite huir.
¿Cuántas horas sin comer? ¿Cuántos días sin
lavarme? Di vacaciones a la mucama, me encerré, tocaron el timbre en dos
oportunidades, llamaron por teléfono con frecuencia, no respondo nunca, salvo a
las ocho de la noche, a Maurice. Llama todos los días, puntualmente, con voz
ansiosa: -¿Qué hiciste hoy?
Contesto que vi a Isabelle, Diana o Colette, que
fui a un concierto, al cine.
-¿Y qué haces esta noche?
Digo que voy a ver a Diana o Isabelle, que iré al
teatro. Insiste:
-¿Estás bien? ¿Duermes bien?
Lo tranquilizo y pregunto cómo está la nieve: nada
extraordinario; y el tiempo tampoco brillante. Hay morosidad en su voz, como si
ejecutara en Courchevel una obligación bastante agotadora. Y sé que no bien
cuelga, llega riendo al bar en que Noéllie lo espera y que beben Martinis
mientras comentan con animación los incidentes del día.
¿Eso es lo que quise, no es cierto?
Elegí enterrarme en mi sepulcro; ya no veo el día
ni la noche; cuando ando demasiado mal, cuando todo se vuelve intolerable,
trago alcohol, sedantes o somníferos. Cuando va un poco mejor, tomo excitantes
y me zambullo en una novela policial: tengo una provisión. Cuando el silencio
me ahoga, enciendo la radio y me llegan de un planeta lejano voces que apenas
comprendo: ese mundo tiene su tiempo, sus
horas, sus leyes,
su lenguaje, preocupaciones, diversiones
que me son
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radicalmente extraños. ¡A qué grado de dejarse
estar puede llegar uno cuando está totalmente solo, encerrado! La habitación
apesta a tabaco y a alcohol, hay ceniza por todas partes, estoy sucia, las
sábanas están sucias, el cielo está sucio, están los vidrios sucios, esta
suciedad es un caparazón que me protege, no saldr é de ella nunca más. Sería
fácil deslizarse algo más lejos en la nada, hasta el punto sin retorno. En mi
cajón tengo lo que hace falta. ¡Pero no quiero, no quiero! ¡Tengo cuarenta y
cuatro años, es demasiado pronto para morir, es injusto! Ya no puedo vivir más.
No quiero morir.
Durante dos semanas no escribí nada en este
cuaderno porque me releí. Y vi que las palabras no dicen nada. Las rabias, las
pesadillas, el horror, escapan a las palabras. Pongo cosas en el papel cuando
recupero fuerzas. En la desesperación o la esperanza. Pero la decepción, el
embrutecimiento, la descomposición no están indicadas en estas páginas. Y
además mienten tanto, se equivocan tanto. ¡Cómo me manejaron! Despacito,
despacito, Maurice me llevó a decirle: "¡Elige!", a fin de
contestarme: "No renunciaré a Noéllie..." ¡Oh!, no voy a volver a
comentar esta historia. No hay ni una línea de este diario que no necesite una
corrección o un desmentido. Por ejemplo, si lo empecé, en las Salinas, no es a
causa de una juventud repentinamente recu-
perada ni para poblar mi soledad, sino para
conjurar una cierta ansiedad que no se confesaba. Estaba oculta en el fondo del
silencio y del calor de esa inquietante siesta. Ligada a las morosidades de
Maurice y a su partida. Sí, a todo lo largo de estas páginas yo pensaba lo que
escribía y pensaba lo contrario; y al releerlas me siento completamente
perdida. Hay frases que me hacen ruborizar de vergüenza... "Siempre quise
la verdad, si la obtuve es porque la quería." ¡Uno puede engañarse hasta
ese punto respecto de su vida! ¿Todo el mundo es tan ciego o soy una tonta
entre las tontas? No solamente una tonta. Yo me mentía. ¡Cómo me he mentido! Me
hacía el cuento de que Noéllie no contaba, que Maurice me prefería, y sabía
perfectamente que era falso. Retomé mi lapicera no para volver hacia atrás sino
porque el vacío era tan inmenso en mí, a mi alrededor, que era preciso este
gesto de mi mano para asegurarme que aún estaba viva.
A veces me asomo a esa ventana desde donde lo vi
partir, un sábado por la mañana, hace una eternidad. Me decía: "No
volverá." Pero no estaba segura de ello. Era la intuición fulgurante de lo
que ocurriría más tarde, de lo que ocurrió. No volvió. No él: y un día no habrá
ni siquiera su simulacro a mi lado. El auto está allí, estacionado contra la
vereda, lo dejó. Significaba su presencia y mirarlo me entibiaba. No indica más
que su ausencia. Partió. Partirá para siempre. No viviré sin él. Pero no quiero
matarme. ¿Entonces?
¿Por qué? Me golpeo la cabeza contra las paredes de
esta trampa. ¡No he amado durante veinte años a un canalla! ¡No soy, sin
saberlo, una imbécil o una furiosa! Era real ese amor entre nosotros, era
sólido: tan indestructible como la verdad. únicamente que había ese tiempo que
pasaba y yo no lo sabía. El río del tiempo, las erosiones de vidas a las aguas
de los ríos: eso es, hubo erosión de su amor por las aguas del tiempo.
¿Pero entonces por qué no del mío?
Saqué del placard las cajas donde guardamos
nuestras viejas cartas. Todas las frases de Maurice que sé de memoria tienen
por lo menos diez años de edad. Es como los recuerdos. Hay que creer entonces
que el amor apa
sionado entre nosotros -por lo menos de él hacia
míno duró más que diez años, cuyo recuerdo repercutió durante los otros diez
años, dando a las cosas una resonancia
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que verdaderamente no tenían. Sin embargo, él tenía
las mismas sonrisas, las mismas miradas durante estos últimos años. (¡Oh, si
solamente recuperara esas miradas y esas sonrisas!) Las cartas más recientes
son divertidas y tiernas, pero destinadas a sus hijas casi tanto como a mí. De
vez en cuando, una frase cálida contrasta con el tono habitual: pero tienen
algo de forzado. Mis cartas, las lágrimas me enceguecieron cuando quise
releerlas.
Las releí y me queda un sentimiento de desasosiego.
Al principio, son acordes con las de Maurice, ardientes y alegres. Más tarde
suenan curiosamente, vagamente quejosas, casi recriminatorias. Afirmo con
demasiada exaltación que nos amamos como el primer día, exijo que él me
tranquilice al respecto, planteo preguntas que dictan las respuestas: ¿cómo
pude contentarme con ellas, sabiendo que se 1as había arrancado? Pero no me
daba cuenta, olvidaba. Olvidé muchas cosas. ¿Qué es esa carta que él me mandó y
que yo le dije que quemé después de nuestra conversación por teléfono? Sólo me
acuerdo vagamente; estaba en Mougins con las niñas, él acababa de preparar un
examen, le reproché de no escribirme lo bastante, me contestó duramente. Muy
duramente. Me lancé sobre el teléfono, trastornada; pidió disculpas, me suplicó
que quemara su carta. ¿Hay otros episodios que yo enterré? Me imaginaba haber
obrado siempre de buena fe. Es horrible pensar que mi propia historia ya no es
detrás de mí otra cosa que tinieblas.
Dos días después
¡Pobre Colette! Me ocupé de hablarle por teléfono
dos veces, con voz alegre, para que no se inquietara. Pero así y todo la
sorprendió que no fuera a verla, que no le pidiera venir. Tocó el timbre y
golpeó con tanta violencia que le abrí.
Tuvo un aspecto tan estupefacto que me vi en sus
ojos. Vi el departamento y quedé estupefacta también. Me forzó a higienizarme y
a hacer una valija e ir a instalarme en su casa. La mucama pondrá todo en
orden. Desde que JeanPierre sale, me cuelgo de Colette, la abrumo a preguntas.
¿Discutíamos mucho, su padre y yo? Durante un cierto período, sí, eso la aterró
justamente porque hasta ese momento nosotros nos entendíamos tan bien. Pero a
continuación ya nunca más hubo escenas, por lo menos en su presencia. -De todos
modos, ¿ya no era como antes?
Dice que ella era demasiado joven para darse cuenta
bien. No me ayuda. Podría darme la clave de esta historia si hiciera un
esfuerzo. Me parece sentir reticencia en su voz: como si también ella tuviera
reservas mentales. ¿Cuáles? ¿Yo me había vuelto muy desagradable?
¿Verdaderamente demasiado desagradable? En este momento lo soy, sí: descarnada,
los cabellos opacos, el cutis manchado. ¿Pero hace ocho años? Eso no me atrevo
a preguntárselo. ¿O soy tonta? ¿O por lo menos no lo bastante brillante para
Maurice? Terribles preguntas cuando uno no tiene la costumbre de interrogarse
sobre sí mismo.
19 de enero
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¿Debo creerlo? ¿Seré recompensada por este esfuerzo
de dejar a Maurice libre, de no apegarme? Por primera vez después de semanas,
dormí sin pesadillas esta noche y algo se desanudó en mi garganta. La
esperanza.
Frágil todavía, pero allí estaba. Fui a la
peluquería, al instituto de belleza, estaba bien arreglada, la casa reluciente,
incluso había comprado flores cuando Maurice volvió. Sin embargo, su primera
frase fue:
-¡Qué aspecto tienes!
Es verdad que bajé cuatro kilos. Había hecho jurar
a Colette no decirle en qué estado me había encontrado, pero estoy casi segura
de que ella le habló. ¡En fin!, quizá no estuvo equivocada.
El me tomó entre sus brazos. -¡Mi pobre querida!
-Pero todo va muy bien -le dije.
(Había tomado Librium, quería estar sosegada.) Y
para , mi estupor, vi lágrimas en sus ojos.
-¡Me he portado como un canalla! Dije:
-No es una canallada amar a otra mujer. No puedes
evitarlo. Dijo alzando los hombros: -¿La amo?
Desde hace dos días me alimento de esta frase.
Pasaron dos semanas juntos en el ocio y la belleza de la montaña, y él vuelve
diciendo: "La amo?" Es una partida que no me hubiera atrevido a jugar
a sangre fría; pero mi desesperación me favoreció. Esa larga conversación ha
comenzado a desgastar su pasión. Repitió: "¡No quería eso! No quería
hacerte desdichada." Ese es un clisé que me conmueve poco. Si él no
hubiera tenido más que un impulso de piedad, yo no habría vuelto a tener esperanza.
Pero preguntó en voz alta delante de mí: "¿La amo?" Y me digo que
quizás es el comienzo de la descristalización que va a separarlo de Noéllie y
devolvérmelo.
23 de enero
Pasó todas las noches en casa. Compró nuevos discos
y los escuchamos. Me prometió que para fines de febrero haríamos un viajecito
por el mediodía.
La gente simpatiza más a gusto con la desgracia que
con la felicidad. Dije a Marie Lambert que en Courchevel Noéllie se había
desenmascarado y que Maurice, sin duda, estaba volviendo a mí definitivamente.
Dijo con desgano:
-Si es definitivo, tanto mejor.
Finalmente no me dio ningún consejo valedero. Estoy
segura de que hablan de mí a mis espaldas. Tienen sus ideas sobre mi historia.
No me las confían. Dije a Isabelle:
-Tuviste razón al impedirme crear lo irreparable.
En el fondo, Maurice nunca ha dejado de amarme.
-Supongo -me respondió con un tono más bien
dubitativo. Reaccioné vivamente.
-¿Supones? ¿Piensas que ya no me ama? Me afirmabas
siempre lo contrario...
-No pienso nada preciso. Tengo la impresión de que
él mismo no sabe lo que quiere.
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-¿Qué? ¿Has sabido algo nuevo? -En absoluto.
No veo qué es lo que habría sabido. Simplemente
tiene espíritu de contradicción:
me reconfortaba cuando yo dudaba; introduce dudas
cuando me vuelve la confianza.
24 de enero
Hubiera debido colgar, decir: "Él no está
aquí"; o incluso no responder del todo.
¡Qué desfachatez! ¡Y ese rostro trastornado de
Maurice! Hablarle con firmeza dentro de un rato, cuando vuelva. Miraba los
diarios a mi lado cuando llamaron por teléfono: Noéllie. Es la primera vez: una
vez es demasiado. Muy educada:
-Quisiera hablar con Maurice.
Estúpidamente le pasé el tubo. Hablaba apenas,
tenía aspecto terriblemente fastidiado. Repitió muchas veces: "No, es
imposible." Y terminó diciendo: "Bueno. Voy a ir." En cuanto
hubo cortado grité:
-¡No irás! Atreverse a buscarte aquí.
-Escucha. Nos habíamos peleado violentamente. Ella
está desesperada porque no he dado señales de vida. -Yo también he estado
desesperada a menudo y jamás te llamé a casa de Noéllie.
-¡Te lo suplico, no me vuelvas las cosas demasiado
difíciles! Noéllie es capaz de matarse.
-¡Vamos!
-No la conoces.
Caminaba de un lado para el otro, dio un puntapié a
un sillón y comprendí que, de todas maneras, iría. Durante días nos habíamos
entendido tan bien que de nuevo he sido cobarde. Dije: "Ve." Pero tan
pronto como volviera, le hablaría. Nada de
escenas. Pero no quiero ser tratada como un
felpudo.
25 de enero
Estoy destrozada. Me telefoneó para decirme que
pasaba la noche en casa de Noéllie, que no podía dejarla en el estado en que
ella se encontraba. Protesté, colgó, llamé por mi parte, dejé sonar mucho
tiempo y entonces descolgaron. Me faltó poco para saltar a un taxi e ir a tocar
el timbre a casa de Noéllie. No me atreví a afrontar el rostro de Maurice.
Salí, caminé en el frío de la noche, sin ver nada, sin detenerme, hasta el
agotamiento. Un taxi me trajo de vuelta y me derrumbé vestida en el diván del
living. Maurice me despertó:
-¿Por qué no te has acostado? -Había reprobación en
su voz. Horrible escena. Dije que había pasado esos días conmigo porque estaba
peleado con Noéllie, al primer castañeteo, él acudía, yo podía reventar de
dolor.
-¡Eres injusta! -me dijo con indignación-. Si
quieres saberlo, es a causa de ti que discutimos.
-¿De mí?
-Ella quería que prolongara nuestra estadía en la
montaña.
-Di más bien que quería que terminaras conmigo.
Lloré, lloré.
-Sabes que terminarás por dejarme. -No.
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30 de enero
¿Qué pasa? ¿Qué saben ellos? Ya no son los mismos
conmigo. Isabelle antes de ayer... Estuve agresiva con ella. Le reproché
haberme dado malos consejos. Desde el primer día cedí todo, aguanté todo;
resultado: Maurice y Noéllie me tratan como a un felpudo. Se defendió un poco:
no sabía al principio que se trataba de una relación ya antigua. Dije:
-Y no querías admitir que Maurice es un canalla.
Protestó:
-No. ¡Maurice no es un canalla! Es un hombre entre
dos mujeres: en un caso así nadie es brillante.
-No debió meterse en esta situación. -Sucede en los
mejores casos.
Ella es indulgente con Maurice porque ha aceptado
muchas cosas de Charles. Pero entre ellos era una historia totalmente
diferente.
-Ya no creo que Maurice sea un tipo bien -dije-.
Descubro que tiene pequeñeces. Lo lastimé en su voluntad al no maravillarme
ante sus éxitos.
-Allí eres injusta-me dijo con una especie de
severidad-. Si a un hombre le gusta hablar de su trabajo, no es vanidad.
Siempre me sorprendió que te preocuparas tan poco del de Maurice.
-No tengo nada interesante que decirle.
-No.
Pero seguramente él
hubiera querido ponerte
al corriente de
sus dificultades, de sus descubrimientos. Me vino una sospecha:
-¿Lo has visto? ¿Te habló? ¿Te convenció? -¡Sueñas!
-Me sorprende que te pongas de su parte. Si es un
tipo bien, entonces yo soy quien tiene toda la culpa. -Pero no; la gente puede
no entenderse sin que nadie tenga la culpa.
Ella me hablaba en otro tono, antes. ¿Qué palabras
tiene en la punta de la lengua que no me dice?
Volví descorazonada. ¡Qué recaída! Prácticamente,
pasa todo su tiempo con Noéllie. Durante los escasos momentos que me acuerda
evita las conversaciones: me lleva al restaurante o al teatro. Tiene razón; es
menos penoso que reencontrarnos en lo
que ha sido nuestro hogar.
Colette y Jean-Pierre son verdaderamente gentiles.
Se ocupan mucho de mí. Me llevaron a cenar a un restaurante pintoresco de
Saint-Germain-des-Prés donde pasaban excelentes
discos; sonó un
blues que he
escuchado a menudo
con Maurice y comprendí que era todo mi pasado, toda mi
vida que iba a serme suprimida, que ya había perdido. Bruscamente, me
desvanecí, antes de haber, parece, lanzado un grito. Volví en mí casi
enseguida. Pero Colette estaba consternada. Se encolerizó:
-No quiero que te arruines de esta manera. Teniendo
en cuenta el modo como papá se conduce contigo, deberías mandarlo a paseo. Que
vaya a vivir con esa mujer, estarás mucho más tranquila.
Hace nada más que un mes no me hubiera dado ese
consejo.
El hecho es que si fuera buena perdedora diría a
Maurice que se vaya. Pero mi última oportunidad es que Noéllie por su lado se
enerve, haga escenas, se muestre
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bajo un mal aspecto. Y también que mi buena
voluntad conmueva a Maurice. Y después incluso si su presencia es poco
frecuente, aquí queda de todas maneras su hogar. No vivo en un desierto.
Debilidad, lasitud; pero no tengo razón para maltratarme, intento sobrevivir.
Miro mi estatuilla egipcia: está bien pegada. La
habíamos comprado juntos. Estaba toda penetrada de ternura, el azul del cielo.
Allí está desnuda, desolada. La tomo en mis manos y lloro. Ya no puedo ponerme
el collar que Maurice me había dado cuando cumplí cuarenta años. A mi
alrededor, todos los objetos, todos los muebles han sido raspados por un ácido.
No queda otra cosa que una especie de esqueleto, desquiciante.
31 de enero
Pierdo los controles. Caigo más bajo, siempre más
bajo. Maurice es gentil, deferente. Pero oculta mal su alegría de haber
reencontrado a Noéllie. Ya no diría: "¿La amo?" Ayer, yo cenaba con
Isabelle y me derrumbé sobre su hombro sollozando. Felizmente estaba en un bar
muy oscuro. Dijo que abuso de los excitantes y de los tranquilizantes, que me
trastorno. (Es verdad que me trastorno. He vuelto a sangrar esta mañana, quince
días antes de lo que había
debido.) Marie Lambert me aconseja ver a un
psiquiatra: no un psicoanálisis, sino un tratamiento de apoyo. Pero, ¿qué podrá
hacer por mí?
2 de febrero
En otros tiempos tenía carácter, habría echado a
Diana, pe o no soy más que un trapo. ¿Cómo he podido frecuentarla? Ella me
entretenía, y en esa época nada era importante. -¡Oh, cómo adelgazó! ¡Qué
aspecto fatigado tiene!
Venía por curiosidad, por maldad, lo sentí
enseguida. Hubiera sido preciso no recibirla. Se puso a chacharear, yo no
escuchaba. Bruscamente atacó:
-Me causa demasiada pena verla en este estado.
Reaccione, cambie de ideas: por ejemplo: salga de viaje. Si no, hará una
depresión nerviosa.
-Ando muy bien.
-¡Vamos, vamos!, no se haga mala sangre. Créame,
llega un momento en el cual es necesario saber romper el contacto.
Puso cara de duda.
-Nadie se atreve a decirle la verdad; yo encuentro
que a menudo querer andar con demasiadas contemplaciones, a la gente no le hace
más que mal. Es necesario que usted se convenza de que Maurice ama a Noéllie:
es muy serio.
-¿Noëllie le ha dicho eso?
-No solamente Noéllie. Amigos que los vieron con
frecuencia, en Courchevel. Parecían completamente decididos a organizar su vida
juntos.
Intenté adoptar un aspecto desenvuelto. -Maurice le
miente a Noéllie tanto como a mí. Diana me miró con conmiseración.
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-En todo caso la habré prevenido. Noéllie no es el
tipo de chica que se deja fumar en pipa. Si Maurice no le da lo que ella
quiere, lo dejará. Y evidentemente él lo sabe. Me asombraría que no actuara en
consecuencia.
Se fue casi enseguida. La estoy oyendo. "¡Esa
pobre Monique! ¡La cabeza que tiene! Se hace todavía ilusio
nes." La canalla. Evidentemente él ama a
Noéllie, no me torturaría por nada.
3 de febrero
No debería hacer preguntas. Son cañas que le tiro y
él se agarra enseguida. Pregunté a Maurice:
-¿Es verdad lo que cuenta Noéllie, que has decidido
vivir con ella?
-Ella seguramente no cuenta eso porque no es
verdad. Dudó.
-Lo que querría (no le hablé de ello, te concierne
a ti) es vivir solo durante algún tiempo. Entre nosotros hay una tensión que
desaparecerá si dejamos (provisoriamente, claro) de vivir juntos.
-¿Quieres dejarme?
-Pero no. Nos veríamos tanto como ahora. -¡No
quiero! Grité. Me tomó por los hombros.
-¡Basta! ¡Basta! -me dijo con dulzura-. Era una
idea en el aire. Si te es tan penosa renuncio a ella.
Noéllie quiere que él me deje, insiste, hace
escenas: ,estoy segura de ello. Ella es quien lo incita. No cederé.
6 de febrero, luego sin fecha
¡Qué valentía inútil, para las cosas más simples,
cuando uno ha perdido el gusto de vivir! Por la noche, preparo la tetera, la
taza, el cacharro, dispongo cada cosa en su lugar para que por la mañana la
vida se reinicie con el menor esfuerzo posible. Y así y todo es casi
insuperable salir de entre las sábanas, comenzar el día. Hago venir a la mucama
al mediodía para poder quedarme en la cama todo lo que quiero a la mañana. A
veces me levanto justo cuando Maurice vuelve a la una para almorzar. O si no vuelve,
justo cuando la señora Dormoy hace girar la llave en la cerradura. Maurice
frunce el ceño cuando lo recibo a la una, en salto de cama,
despeinada. Piensa que le hago la comedia de la
desesperación. O que al menos no hago el esfuerzo necesario para "vivir
correctamente" la situación. Él también me da la lata: -Deberías ver a un
psiquiatra.
Continúo sangrando. ¡Si mi vida pudiera escaparse
de mí sin que haya que hacer el menor esfuerzo para eso!
Debe haber una verdad. Debería tomar el avión para
Nueva York e ir a preguntarle a Lucienne la verdad. Ella no me quiere: me la
dirá. Entonces borraría todo lo que está mal, todo lo que me perjudica,
volvería a poner las cosas en su lugar entre Maurice y yo.
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Ayer a la noche, cuando Maurice volvió, estaba
sentada en el living, en la oscuridad, en robe de chambre. Era domingo, me
levanté al promediar la tarde; comí jamón y bebí coñac. Y después me quedé
sentada, para seguir pensamientos que daban vueltas en mi cabeza. Antes de su
llegada, tomé tranquilizantes, y volví a sentarme en el sillón, sin siquiera
ocurrírseme encender la luz.
-¿Qué haces? ¿Por qué no enciendes la luz? -¿Para
qué?
Me reprendió, afectuosamente pero con un fondo de
irritación. ¿Por qué no veo a mis amigos? ¿Por qué no fui al cine? Me citó
cinco películas para ver. Es imposible. Hubo un tiempo en el que podía ir al
cine, incluso al teatro, sola. Es que no estaba sola. Estaba su presencia en mí
y alrededor de mí. Ahora, cuando estoy sola, me digo: "Estoy sola." Y
tengo miedo.
-No puedes continuar así -me dijo. -¿Continuar qué?
-Sin comer, sin vestirte, enterrándote en este
departamento.
-¿Por qué no?
-Te pondrás enferma. O chiflada. No puedo ayudarte,
porque yo soy la causa. Pero te lo suplico, ve a un psiquiatra. Dije que no.
Insistió, insistió. Al fin se impacientó. -¿Cómo quieres salir de esto? No
haces nada.
-¿Salir de qué?
-De
este marasmo. Se
diría que te
hundes a propósito.
Se encerró en su
escritorio. Piensa que le hago una especie de chantaje, para aterrarlo y evitar
que me deje. Quizá tiene razón. ¿Es que sé quién soy? Quizás una especie de
sanguijuela que se alimenta de la vida de los otros: la de Maurice, la de
nuestras hijas, la de todos esos pobres "perros mojados" a los que
pretendía ayudar. Una egoísta que rehusa largar la presa, bebo, me dejo estar,
me enfermo con la intención inconfesada de enternecerlo. Enteramente engañada,
podrida hasta los huesos, haciendo comedias, explotando su lástima. Debería
decirle que viva con Noéllie, que sea feliz sin mí. No lo logro.
La otra noche, en sueños, tenía una robe azul cielo
y el cielo era azul.
Esas sonrisas, esas miradas, esas palabras, no
pueden haber desaparecido. Flotan en el departamento. Las palabras a menudo las
escucho. Una voz dice a mi oído, muy claramente: "Mi pequeña, mi querida,
mi querida..." Las miradas, las sonrisas, habría que atraparlas al vuelo,
tomarlas por sorpresa sobre el rostro de Maurice, y entonces todo sería como
antes.
Continúo sangrando. Tengo miedo.
"Cuando se está tan bajo no se puede más que
subir", dice Marie Lambert. ¡Qué estupidez! Siempre se puede descender más
bajo, y todavía más, y todavía más bajo. Es sin fondo. Dice eso para
desembarazarse de mí. Está harta de mí. Todos están hartos. Las tragedias,
andan un momento, uno se interesa, uno tiene curiosidad, se siente bueno.
Y después se
repite, no se
adelanta, se vuelve
fastidioso; es tan
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fastidioso, incluso para mí. Isabelle, Diana,
Colette, Marie Lambert, ya tienen su dosis; y Maurice...
Un hombre había perdido su sombra. No sé ya lo que
le pasaba, pero era terrible. Yo perdí mi imagen. No la miraba a menudo, pero,
en el trasfondo estaba allí, tal como Maurice la había pintado para mí. Una
mujer directa, verdadera, "auténtica", sin mezquindad ni compromiso
pero comprensiva, indulgente, sensible, profunda, atenta a las cosas y a la
gente, apasionadamente entregada a los seres que amaba y creando para ellos la
felicidad. Una hermosa vida, serena y plena, "armoniosa". Está
oscuro, ya no veo. ¿Y qué ven los otros? Quizás algo horrible.
Hay conciliábulos a mis espaldas. Entre Colette y
su padre, Isabelle y Marie
Lambert, Isabelle y Maurice.
20 de febrero
Terminé por cederles. Tenía miedo de mi sangre que
huía. Miedo del silencio. Había tomado la costumbre de telefonear a Isabelle
tres veces por día, a Colette en medio de la noche. Entonces ahora yo pago a
alguien para que me escuche, es una farra.
Insistió
para que retome
este diario. Comprendo
bien su truco:
intenta devolverme el interés por mí misma, restituirme mi identidad.
Pero para mi nada más que Maurice cuenta. Yo, ¿qué es eso? Nunca me preocupé
mucho de eso. Estaba garantizada
puesto que me
amaba. Si ya
no me ama...
únicamente el paso
me
preocupa: ¿por qué merecí que ya no me ame? O no lo
merecí, es un canalla, ¿y no habría que castigarlo y con él a su cómplice? El
doctor Marquet toma las cosas por el otro lado: mi padre, mi madre, la muerte
de mi padre; quiere hacerme hablar de mí que no quiero hablarle más que de
Maurice y de Noéllie. Sin embargo le pregunté si me encontraba inteligente. Sí,
ciertamente, pero la inteligencia no es una facultad separada; cuando doy
vueltas en mis obsesiones mi inteligencia ya no está disponible.
Maurice me trata con esa mezcla de delicadeza y de
sorda irritación que se tiene
con respecto a los enfermos. Es paciente, paciente
hasta darme ganas de aullar. Lo que a
veces hago. Volverme
loca: eso sería
una buena manera
de desligarme. Pero Marquet me asegura que eso no me
amenaza,
estoy sólidamente estructurada. Incluso con el
alcohol y las drogas, no me extravié nunca demasiado.
23 de febrero
La hemorragia se ha detenido. Y logro comer un
poco. La señora Dormoy resplandecía, ayer, porque me había tragado todo su
soufflé de queso. Me conmueve. Durante esta larga pesadilla de la que emerjo
apenas, nadie ha sido más acogedor que ella.
Cada noche encontraba
sobre mi almohada
un camisón bien
planchado. Entonces, a veces, en lugar de acostarme completamente
vestida, me ponía el camisón
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que por su blancura me obligaba a higienizarme.
Ella me decía, a la tarde: "Le preparé un baño" y yo lo tomaba.
Inventaba platos apetitosos. Sin nunca un comentario ni una pregunta. Y yo
tenía vergüenza, tenía vergüenza de dejarme llevar siendo como soy rica y ella
no tiene nada.
"Colabore", pide el doctor Marquet.
Quiero, quiero intentar reencontrarme. Me paré frente al espejo: ¡qué fea soy!
¡qué desagradable es mi cuerpo! ¿desde cuándo? En mis fotos de hacía dos años,
me encuentro agradable. En las del año pasado no tengo aspecto tan desmejorado,
_pero son fotos de principiantes. ¿Es la desdicha de estos cinco meses que me
ha cambiado? ¿O empecé a venirme abajo desde hace mucho tiempo?
Escribí
a Lucienne, hace
una semana. Me
respondió con una
carta muy afectuosa. Está
desolada por lo que me ocurre, no pediría nada mejor que hablar de ello
conmigo, a pesar de que no tenga nada especial para decirme. Sugiere que vaya a
verla a Nueva York, podría arreglarse para pasar allí dos semanas, charlaríamos
y eso además me distraería. Pero no quiero partir ahora. Quiero luchar en mi
lugar.
Cuando pienso que decía: "¡No lucharé!"
26 de febrero
Obedecí
al psiquiatra, acepté
el trabajo. Voy
a la sala
de periódicos de la
Nationale a expurgar viejas revistas
médicas por cuenta de un tipo que escribe sobre la
historia de la medicina. No sé en qué esto puede resolver mis problemas. Cuando
tengo listas dos o tres fichas por día, no experimento ninguna satisfacción.
3 de marzo
¡Aquí estamos! Se me ha enviado al psiquiatra, se
me ha hecho recuperar fuerzas antes de asestarme el golpe definitivo. Es como
esos médicos nazis que reanimaban a las víctimas para que se volviera a
torturarlas. Le grité: "¡Nazi! ¡Torturador!" Tenía aspecto agobiado.
Verdaderamente era él la víctima. Llegó hasta decirme:
-¡Monique, ten algo de piedad por mí!
Me explicó de nuevo con mil precauciones que la
convivencia no nos servía de nada, que él no iría a instalarse en casa de
Noéllie, no, pero que tomaría un departamentito para él. Eso no nos impediría
vernos ni incluso pasar una parte de las vacaciones juntos. Dije no, lo
insulté. Esta vez, no dijo que abandonaba su idea.
¡Qué cuento chino la autoterapia! Abandoné ese
trabajo idiota.
Pienso en el cuento de Poe: los muros de hierro que
se acercan, y el péndulo en forma de cuchillo que oscila por encima de mi
corazón. En ciertos momentos se detiene, pero jamás se eleva. No está más que a
algunos centímetros de mi piel.
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5 de marzo
Le conté al psiquiatra nuestra última escena. Me
dijo: "Si tiene coraje para ello, convendrá seguramente más que, durante
algún tiempo al menos, usted se aleje de su mari
do." ¿Es que Maurice le pagó para que me diga
eso? Lo miré bien de frente.
-Es curioso que no me lo haya dicho antes.
-Esperaba que la idea viniera de usted. -No viene de mí, viene de mi marido.
-Sí. Pero sin embargo usted me habló de ello.
Y después comenzó a embrollarme con historias de
personalidad perdida y reencontrada, de distancia a tomar, de retorno a sí
mismo. Cuentos.
8 de marzo
El psiquiatra acabó de desmoralizarme. No tengo
fuerzas, no intento luchar. Maurice está buscando un departamento amueblado:
tiene varios en vista. Esta vez ni siquiera protesté. No obstante nuestra
conversación fue horrible. Dije sin cólera, completamente abatida, vacía:
-Mejor hubieras hecho advirtiéndome desde tu
regreso, o aun en Mougins, que habías decidido dejarme. -Para empezar, no te
dejo.
-Juegas con las palabras. -Segundo, no había
decidido nada. Una niebla pasó ante mi vista.
-¿Quieres decir que me pusiste a prueba durante
seis meses y que malgasté mi oportunidad? Es abominable. -Pero no. Se trata de
mí. Esperaba arreglármelas entre Noéllie y tú. Me vuelvo loco. Ya ni siquiera
logro trabajar. -Es Noéllie quien exige que te vayas.
-Ella no soporta más que tú la situación.
-¿Si yo la hubiera soportado mejor, te quedarías?
-Pero no podías. Incluso tu gentileza, tu silencio me devastan.
-Me dejas porque sufres demasiado por la lástima
que te inspiro.
-¡Oh, te lo ruego, compréndeme! -dijo con una voz
implorante.
-Comprendo -dije.
Tal vez no mentía. Quizá no estaba decidido, este
verano;
en frío, incluso debía parecerle atroz la idea de
destrozarme el corazón. Pero Noéllie lo acosó. ¿Acaso lo ha amenazado con
romper? Entonces, finalmente él me tira por la borda. Repetí:
-Comprendo, Noéllie te pone entre la espada y la
pared. Me dejas o ella te planta. ¡Y bien! Es francamente baja. Hubiera podido
aceptar que me guardaras un lugarcito en tu vida.
-Pero te guardo uno, uno grande.
Titubeaba: ¿negar o reconocer que cedía a Noéllie?
Lo provoq ué.
-Nunca
habría creído que
cederías a un
chantaje. -No hay
ni maniobra ni chantaje. Tengo necesidad de un poco de
soledad y de silencio, tengo necesidad de un sitio para mí: verás que todo irá
mejor entre nosotros. Había elegido la versión que le
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parecía debía hacerme menos mal. ¿Era verdadera? No
lo sabré nunca. Lo que sé en compensación, es que dentro de uno o dos años,
cuando me haya habituado, vivirá con Noéllie. ¿Dónde estaré? ¿En la tumba? ¿En
un asilo? Me da lo mismo. Todo me da lo mismo...
El insiste -y también Colette e Isabelle, y lo han
tramado juntos, y quizá sugerido a Lucienne su invitaciónpara que vaya a pasar
dos semanas a Nueva York. Me será menos penoso si se muda en mi ausencia, me
explican. El hecho es que cuando lo veré vaciar sus armarios, no me salvaré de
una crisis de nervios. Bueno. Cedo todavía una vez. Lucienne me ayudará quizás
a comprenderme, aunque ya no tenga ninguna importancia, por hoy.
15 de marzo. Nueua York
No puedo impedirme esperar el telegrama, la llamada
telefónica de Maurice que me anunciará: "He roto con Noéllie" o
simplemente: "Cambié de opinión. Me quedo en casa." Y por supuesto,
no llega.
¡Pensar que habría sido tan feliz al ver esta
ciudad! Y es como si estuviera ciega. Maurice y Colette me condujeron al
aeropuerto, estaba repleta de tranquilizantes. Lucienne se haría cargo de mí al
llegar: un equipaje que no cambia de depósito, una inválida, o una retardada.
Dormí, no pensé en nada y aterricé en la niebla. ¡Qué elegante se ha vuelto
Lucienne! Ya no es una jovencita: una mujer, muy segura de sí. (Ella que
detestaba a los adultos. Cuando le decía: "Reconoce que tengo razón",
se enfurecía: "Te equivocas
en tener razón.")
Me condujo en
auto a un
lindo departamento que una amiga le prestó por dos semanas, en la calle
50°. Y mientras deshacíamos mis valijas yo pensaba: "La forzaré a
explicarme todo. Sabré por qué fui
condenada. Será menos insoportable que la
ignorancia". Me dijo:
-Te queda muy bien haber adelgazado. -¿Estaba
demasiado gorda?
-Un poco. Estás mejor.
Su voz medida me intimidaba. Así y todo por la
noche traté de hablarle. (Tomábamos unos Martinis en un bar ruidoso donde hacía
terriblemente calor.)
-Nos has visto vivir -le dije-. Eras muy crítica a
mi respecto. No tengas miedo de herirme. Trata de explicarme por qué tu padre
ha dejado de quererme.
-Pero mamá, al cabo de quince años de matrimonio,
es normal que uno deje de querer a su mujer. ¡Lo contrario sería lo
sorprendente!
-Hay gente que se quiere toda la vida. -Aparentan.
-Escucha, no me respondas como los otros, con
generalidades. Es normal, es natural, no me satisface. Seguramente he cometido
errores. ¿Cuáles?
-Has cometido el error de creer que las historias
de amor duraban. Yo ya lo he comprendido; desde que empiezo a agarrarme de un
tipo, me busco otro.
-¡Entonces no amarás nunca! -Seguramente no. Ya ves
a dónde lleva. -¡Para qué vivir si uno no ama a nadie!
No puedo desear no haber amado a Maurice, ni
siquiera hoy no amarlo más:
querría que me amara.
Los días siguientes insistí:
-Sin embargo, mira a Isabelle, mira a Diana, y los
Couturier: hay matrimonios que duran.
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-Es una cuestión estadística. Cuando apuestas al
amor conyugal, te adjudicas una oportunidad de quedarte plantada a los cuarenta
años, con las manos vacías. Sacaste un número malo; no eres la única.
-No atravesé el océano para que me digas
banalidades. -Tiene tan poco que ver con una banalidad que no habías pensado en
eso nunca y que no quieres siquiera creerlo. -¡Las estadísticas no explican lo
que me sucede a mí! Alza los hombros, desvía la conversación, me lleva al
teatro, al cine, me muestra la ciudad. Pero yo me encarnizo: -¿Tenías la
impresión de que yo no comprendía a tu padre, que no estaba a su altura?
-A los quince años, seguro, como todas las
jovencitas enamoradas de su padre.
-¿Qué pensabas, exactamente?
-Que no lo admirabas lo suficiente; para mí era una
especie de superhombre.
-Seguramente estuve equivocada al no interesarme
más en sus trabajos. ¿Crees que me guardaba rencor? -¿Por eso?
-Por eso o por otra cosa. -No, que yo sepa.
-¿Disputábamos mucho? -No. No en mi presencia.
-En el '55, a pesar de todo; Colette se acuerda...
-Porque ella estaba siempre entre tus polleras. Y era mayor que yo.
-¿Entonces, por qué causa supones que tu padre me
deja?
-A menudo los hombres, a una edad así, tienen ganas
de empezar una vida nueva. Se imaginan que será nueva toda la vida.
Verdaderamente, no saco nada de Lucienne. ¿Piensa
tan mal de mí que le es imposible decírmelo?
16 de marzo
-Rehúsas hablarme de mí: ¿piensas tan mal?
-¡Qué idea!
-Machaco, es verdad. Quiero ver claro en mi pasado.
-El porvenir es lo que cuenta. Búscate un tipo. O consíguete una ocupación.
-No. Necesito a tu padre. -Volverá a ti, quizá.
-Sabes perfectamente que no. Hemos tenido diez veces esta conversación. A ella
también la aburro, la harto.
Tal vez si la llevara al límite terminaría por
ceder y hablar. Pero es de una paciencia que me descorazona. Quién sabe si
ellos no le han escrito para exponerle mi caso y exhortarla a soportarme.
¡Mi Dios! Es algo tan liso una vida, es nítido,
cuando todo va bien se desliza fácilmente. Y basta con un tropiezo. Uno
descubre que es opaca, que no se sabe nada de nadie, ni de sí mismo ni de los
otros: lo que son, lo que piensan, lo que hacen,
cómo nos ven.
Le pregunte cómo juzgaba a su padre. -iOh, yo no
juzgo a nadie!
-¿No te parece que se ha conducido como un canalla?
-Francamente, no. Seguramente se hace
ilusiones respecto de
esa tipa. Es un ingenuo.
Pero no un cochino. -¿Piensas que tiene derecho a
sacrificarme? -Evidentemente, es duro para ti.
¿Pero por qué debería sacrificarse él? En cuanto a
mí, sé bien que no me sacrificaría por nadie.
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Lo dijo con una especie de fanfarronada. ¿Es tan
dura como quiere aparentar? Me lo pregunto. Me parece mucho menos segura de sí
misma de lo que pensé en un primer momento. Ayer la interrogué sobre ella:
-Escucha, querría que fueras sincera conmigo, tengo
necesidad de ello (tu padre me ha mentido tanto). ¿Es por mí que viniste a
Norteamérica?
-¡Qué idea!
-Tu padre está convencido. Me lo reprocha
enormemente. Sé que yo te pesaba. Te he pesado desde siempre. -Más vale,
digamos, que no estoy dotada para la vida de familia.
-Era mi presencia lo que no soportabas. Partiste
para liberarte de mí.
-No exageremos; tú no me oprimías. No: solamente
quise saber si podía volar con mis propias alas.
-Ahora lo sabes. -Sí, sé que puedo. -¿Eres feliz?
Dijo con un tono agresivo:
-Mi vida me conviene perfectamente.
Trabajo, salidas, encuentros fugaces: esa
existencia me parece árida. Ella tiene brusquedades, impaciencias -no solamente
conmigo- que me parecen delatar una desazón. Eso también es seguramente por mi
error, esa negativa del amor: mi sentimentalismo la descorazonó, se esmeró para
no parecérseme. Hay algo rígido, casi ingrato en sus maneras. Me presentó a
algunos de sus amigos y he sido impresionada por su actitud con ellos: siempre
sobre alerta, distante, cortante; su risa no tiene alegría.
20 de marzo
Algo no funciona bien en Lucienne. Hay en ella,
dudo en escribir la palabra, me da horror, pero es lo único que conviene:
maldad. Crítica, burlona, malévola, siempre la he conocido así; pero es con una
verdadera rabia que despedaza a la gente que llama sus amigos. Se complace en
decirles verdades desagradables. De hecho son simples relaciones. Hizo un
esfuerzo para mostrarme gente, pero en general vive muy sola. La maldad: es una
defensa; ¿contra quién? En todo caso no es la muchacha fuerte, brillante, equilibrada,
que yo imaginaba desde París. ¿Es que fallé con las dos? ¡No, oh no!
Le pregunté:
-¿Encuentras como tu padre que Colette hizo un
matrimonio idiota?
-Hizo el matrimonio que debía hacer. No soñaba más
que con el amor, era fatal que se metiera con el primer chico que encontrara.
-¿Era culpa mía, si ella era así? Rió, con su risa
sin alegría:
-Siempre has tenido un sentido muy exagerado de tus
responsabilidades.
Insistí. Según ella lo que cuenta en una infancia
es la situación psicoanalítica, tal como existe sin que lo sepan los padres,
casi a pesar de ellos. La educación, en lo que tiene de consciente, de
deliberado, sería muy secundario. Mis responsabilidades serían nulas. Magro
consuelo. No pensaba tener que defenderme de ser culpable: mis hijas eran mi
orgullo.
Le pregunté también: -¿Cómo me ves? Me miró
sorprendida.
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-Quiero decir: ¿cómo me describirías?
-Eres
muy francesa, muy
soft, como se
dice aquí. Muy
idealista también. Careces de
defensa, es tu único defecto.
-¿El único?
-Pero sí. Aparte de eso eres animada, alegre, encantadora.
Era más bien sumaria su descripción. Repetí:
-Animada, alegre, encantadora. Pareció molesta: -¿Cómo te ves tú? -Como una
ciénaga. Todo es tragado por el
cieno. -Te reencontrarás.
No, y es quizá lo peor. Advierto sólo ahora cuánta
estima tenía en el fondo por mí misma. Pero todas las palabras por la cuales
intentaría justificarla, Maurice las ha asesinado; el código según el cual yo
juzgaba a los otros y a mí misma, él lo ha negado. Nunca había soñado en
contestarle, es decir en contestarme. En el presente me pregunto: ¿a título de
qué preferir la vida interior a la vida mundana, la contemplación a las
frivolidades, la devoción a la ambición? No tenía otra cosa sino crear felicidad
alrededor de mí. No hice feliz a Maurice. Y mis hijas tampoco lo son.
¿Entonces? No sé nada. No solamente quién soy sino
cómo habría que ser. El negro y el blanco se confunden, el mundo es un
magma y no tengo ya contornos. ¿Cómo vivir sin
creer en nada ni en mí misma? Lucienne se escandalizaba de que Nueva York me
interesara tan poco. Antes no
salía mucho de mi caracol, pero cuando lo hacía me
interesaba por todo: los paisajes, la gente, los museos, las calles. Ahora soy
una muerta. ¿Una muerta que tiene todavía cuántos años para tirar? Una jornada,
cuando abro un ojo, por la mañana, ya me pare- ce imposible de llevarla hasta
el fin. Ayer cuando me bañaba, nada más que levantar un brazo me planteaba un
problema: ¿por qué levantar un brazo, por qué poner un pie delante de otro?
Cuando estoy sola, me quedo inmóvil durante minutos sobre el cordón de la
vereda, enteramente paralizada.
23 de marzo
Parto mañana. Alrededor de mí, la noche siempre tan
espesa. Telegrafié para pedir que Maurice no vaya a Orly. No tengo coraje de
afrontarlo. Se habrá ido. Vuelvo y él se habrá ido.
24 de marzo
Listo. Colette y Jean-Pierre me esperaban. Cené en
casa de ellos. Me han acompañado hasta aquí. La ventana estaba negra; siempre
estará negra. Subimos la escalera, ellos dejaron las valijas en el living. No
quise que Colette se quedara a dormir: tendré que acostumbrarme. Me senté
delante de la mesa. Estoy sentada. Y miro esas dos puertas: el escritorio de
Maurice; nuestra habitación. Cerradas. Una puerta cerrada, algo que acecha
detrás. No se abrirá si yo no me muevo; jamás. Detener el tiempo y la vida.
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Pero sé que me moveré. La puerta se abrirá
lentamente y veré lo que hay detrás de la puerta. Es el porvenir. -La puerta
del porvenir va a abrirse. Lentamente. Implacable
mente. Estoy sobre el umbral. No hay más que esta puerta
y lo que acecha detrás. Tengo miedo. Y no puedo llamar a nadie en mi auxilio.
Tengo miedo.
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