© Libro No. 725. Cuentos. Christie, Agatha. Colección
E.O. Abril 19 de 2014.
Título original: © CUENTOS. Agatha
Christie
Versión Original: © CUENTOS. Agatha Christie
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/christie/ac.htm
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de
Imagen original:
De dónde
saca usted sus ideas? – Introducción a Pasajero en ...
www.fcpolit.unr.edu.ar
© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
CUENTOS
CONTENIDO
El
caso de la doncella perfecta
La
huella del pulgar de san Pedro
BIOGRAFÍA
DE AGATHA CHRISTIE
Nació en Inglaterra en el año
1890, concretamente en Torquay. Era la hija menor del matrimonio compuesto por
Fred Miller y Clara Boehmer. Ella y sus hermanos tuvieron una feliz y típica
infancia británica.
De niña tuvo un carácter
tímido y retraído, y rechazaba sus muñecas para jugar con amigos imaginarios.
Esto le ayudó mucho para su trabajo como escritora.
Su padre, que vivía de rentas
y se pasaba el día jugando a las cartas, murió cuando ella tenía once años,
dejando a su mujer e hijos en bancarrota.
Agatha Christie fue una mujer
que disfrutó plenamente de la vida, sin seguir los mandatos de la sociedad a
pesar de que fue criada bajo las rígidas costumbres victorianas de la época. Se
casó por primera vez a los 24 años durante la Primera Guerra Mundial con Archie
Christie, un piloto de aviación. Éste fue el padre de su única hija, Rosalind.
Durante la Guerra Mundial
trabajó de enfermera voluntaria en un hospital y un día se le ocurrió escribir
una historia policial cuya víctima moría envenenada. La novela en cuestión fue
"The mysterious affair at Styles", con Hércules Poirot como protagonista.
Al acabarla la presentó a la editorial Hodder and Stoughton que la rechazaron
de inmediato.
Tras esta negativa prueba
suerte en otra editorial: The Bodley Head, que tardó casi dos años en
contestarle. En 1920, después de hacerle modificar el capítulo final, le
publican el libro.
De este libro se vendieron
unos 2000 ejemplares, una cifra muy buena para el primer libro de una escritora
desconocida. Pero más importante que esto fue que el periódico The Weekly Times
compró el manuscrito para publicarlo en entregas.
Agatha no veía su futuro en
la literatura, pues para ella su familia estaba ante todo, pero la mala
situación económica que pasaban su madre y ella le animó a escribir otro libro.
A partir de entonces nunca dejaría de escribir.
Para hacer su autobiografía
tardó unos quince años. Esta obra ayudó mucho para conocerla, pues era una
persona muy celosa de su intimidad. Hay un capítulo en su vida muy oscuro del
cual ella nunca quiso hablar: cuando murió su madre y su marido le pide el
divorcio para irse con su secretaria.
Estos dos hechos le
produjeron una gran crisis nerviosa que dio lugar a amnesia. En una noche de
diciembre del año 1926, teniendo ella 36 años, apareció su coche abandonado
cerca de la carretera, pero no había rastro de ella.
Sobre este suceso hubieron
muchas especulaciones, hasta se pensó que era una acción para dar publicidad a
la escritora. Lo que es cierto es que once días más tarde apareció en un hotel
de la playa registrada con el apellido de la amante de su marido. Al no saber
quién era publicó una carta en un periódico para ver si alguien la reconocía,
pero como firmó con otro apellido nadie lo hizo. Afortunadamente su familia la
encontró y pudo recuperarse de este golpe con tratamiento psiquiátrico.
Separada de su marido y con
su hija internada en un colegio, Agatha viajó sola a Bagdad a bordo del Orient Express,
tren que le sirvió de inspiración para una de sus novelas más famosas:
"Murder on the Orient Express".
En esta época era muy
arriesgado que una mujer cruzara sola toda Europa para visitar Oriente.
En el transcurso de este
viaje conoce a Max Mallowan, un arqueólogo quince años menor que ella con quien
se casa a pesar de las críticas. Ella tenía 40 años. A partir de entonces la
escritora vive entre Oriente Medio e Inglaterra, siendo su matrimonio un éxito.
La última parte de su vida
fue muy triste. Murió en el año 1976. Tenía 85 años y su marido sólo la
sobrevive dos años.
En 1971 le concedieron el
título de Dama del Imperio Británico en reconocimiento de su obra.
La misteriosa desaparición de
la escritora en el año 1926 se refleja en un largometraje británico llamado
"Agatha", que se basa más en la imaginación de los creadores de la
película que en los verdaderos hechos que ocurrieron. Los protagonistas de la
película fueron lo actriz Vanessa Redgrave, dando vida a la escritora, y los
actores Timothy Dalton y Dustin Hoffman como Archie Christie y Wally Stanton,
un reportero americano que investiga el suceso, respectivamente.
El film fue dirigido en 1979
por Michael Apted (Nell, etc.).
Agatha Christie fue una mujer
que hizo siempre lo que deseaba y lo que le hacía sentirse feliz. En esto
radica el secreto de su gran éxito.
http://alcazaba.unex.es/~rbarraga/aga1.html#biografia
La verdad -observé
dejando el Daily Newsmonger a un lado- tiene más fuerza que la ficción.
La observación no era
original, pero pareció gustar a mi amigo, que, ladeando la cabeza de nuevo, se
quitó una mota imaginaria de polvo de los bien planchados pantalones y observó:
-¡Qué idea tan
profunda! ¡Mi amigo Hastings es un pensador!
Sin enojarme por la
evidente ironía, di un golpecito sobre el periódico que acababa de soltar de la
mano.
-¿Lo ha leído ya?
-pregunté.
-Sí. Y después de
leerlo lo he vuelto a doblar simétricamente. No lo he tirado al suelo como
acaba usted de hacer, con una lamentable falta de orden y de método.
(Esto es lo peor de
Poirot. El Orden y el Método son sus dioses. Y les atribuye todos sus éxitos.)
-¿Entonces ha leído
la nota del asesinato de Henry Reedbum, el empresario? Él ha originado mi
reciente observación. Porque es cierto que no solo la verdad es más fuerte que
la ficción, sino, asimismo, mucho más dramática. Vea por ejemplo esa sólida
familia de clase media, los Ogiander. El padre, la madre, el hijo, la hija son
típicos, como tantos cientos de familias de este país. Los hombres van al
centro de la ciudad todos los días; las mujeres se ocupan de la casa. Sus vidas
son pacíficas, monótonas incluso. Anoche estuvieron sentados en el salón de su
casa de Daisymead, en Streatham, jugando al bridge. De improviso, se abre una
puerta de cristales y entra en la habitación una mujer tambaleándose. Lleva
manchado de sangre el vestido de seda gris. Antes de caer desmayada al suelo
dice una sola palabra: «asesinado». La familia la reconoce al punto. Es Valerie
Sinclair, famosa bailarina, de quien habla todo Londres.
-¿Habla usted por sí
mismo o está refiriendo lo que dice el Daily Newmonger? -interrogó Poirot con
ánimo de puntualizar.
-El periódico entró a
último momento en prensa y se contentó con narrar hechos escuetos. A mí me han
impresionado enseguida las posibilidades dramáticas del suceso.
Poirot aprobó
pensativo mis palabras.
-Dondequiera que
exista la naturaleza humana existe el drama. Solo que no siempre es como uno se
lo imagina. Recuérdelo. Sin embargo, me interesa ese caso porque es posible que
me vea relacionado con él.
-¿De verdad?
-Sí. Esta mañana me
llamó por teléfono un caballero para solicitar una entrevista en nombre del
príncipe Paúl de Mauritania.
-Pero ¿qué tiene eso
que ver con lo ocurrido?
-Usted no lee todos
nuestros periódicos. Me refiero a esos que relatan acontecimientos escandalosos
y que comienzan por: «Nos cuenta un ratoncito...» o «A un pajarito le gustaría
saber...». Vea esto.
Yo seguí el párrafo
que me señalaba con el grueso índice.
-...desearíamos saber
si el príncipe extranjero y la famosa bailarina poseen en realidad afinidades
y, ¡si a la dama le gustaba la nueva sortija de diamantes!
-Bueno, continúe su
historia. Quedamos en que mademoiselle Sinclair se desmayó en Daisymead sobre
la alfombra del salón, ¿lo recuerda?
Yo me encogí de
hombros.
-Como resultado de
sus palabras, los dos Ogiander salieron; uno en busca de un médico que
asistiera a la dama, que sufría una terrible conmoción nerviosa, y el otro a la
jefatura de policía, desde donde, tras contar lo ocurrido, los acompañó a Mon
Désir, la magnífica villa del señor Reedburn, que se halla a corta distancia de
Daisymead. Allí encontraron al gran hombre, que, dicho sea de paso, goza de
mala fama, tendido en la mitad de la biblioteca con la cabeza abierta.
-Yo he criticado su
estilo -dijo Poirot con afecto-. Perdóneme, se lo ruego. ¡Oh, aquí tenemos al
príncipe!
Nos anunciaron al
distinguido visitante con el nombre de conde Feodor. Era un joven alto,
extraño, de barbilla débil, con la famosa boca de los Mauranberg y los ojos
ardientes y oscuros de un fanático.
-¿Monsieur Poirot?
Mí amigo se inclinó.
-Monsieur, me
encuentro en un apuro tan grande que no puede expresarse con palabras...
Poirot hizo un ademán
de inteligencia.
-Comprendo su
ansiedad. Mademoiselle Sinclair es una amiga querida, ¿no es cierto?
El príncipe repuso
sencillamente:
-Confío en que será
mi mujer.
Poirot se incorporó
con los ojos muy abiertos.
El príncipe continuó:
-No seré yo el
primero de la familia que contraiga matrimonio morganático. Mi hermano
Alejandro ha desafiado también las iras del emperador. Hoy vivimos en otros
tiempos, más adelantados, libres de prejuicios de casta. Además, mademoiselle
Sinclair es igual a mí, posee rango. Supongo que conocerá su historia, o por lo
menos una parte de ella.
-Corren por ahí, en
efecto, muchas románticas versiones de su origen. Dicen unos que es hija de una
irlandesa gitana; otros, que su madre es una aristócrata, una archiduquesa
rusa.
-La primera versión
es una tontería, desde luego -repuso el príncipe-. Pero la segunda es
verdadera. Aunque está obligada a guardar el secreto, Valerie me ha dado a
entender eso. Además, lo demuestra, sin darse cuenta, y yo creo en la ley de
herencia, monsieur Poirot.
-También yo creo en
ella -repuso Poirot, pensativo-. Yo, moi qui vous parle, he presenciado cosas
muy raras... Pero vamos a lo que importa, monsieur le prince. ¿Qué quiere de
mí? ¿Qué es lo que teme? Puedo hablar con franqueza, ¿verdad? ¿Se hallaba relacionada
mademoiselle de algún modo con ese crimen? Porque conocía al señor Reedburn,
naturalmente...
-Sí. Él confesaba su
amor por ella.
-¿Y ella?
-Ella no tenía nada
que decirle.
Poirot le dirigió una
mirada penetrante.
-Pero, ¿le temía?
¿Tenía motivos?
El joven titubeó.
-Le diré... ¿Conoce a
Zara, la vidente?
-No.
-Es maravillosa.
Consúltela cuando tenga tiempo. Valerie y yo fuimos a verla la semana pasada. Y
nos echó las cartas. Habló a Valerie de unas nubes que asomaban en el horizonte
y le predijo males inminentes; luego volvió la última carta. Era el rey de
trébol. Dijo a Valerie: «Tenga mucho cuidado. Existe un hombre que la tiene en
su poder. Usted le teme, se expone a un gran peligro. ¿Sabe de quién le
hablo?». Valerie estaba blanca hasta los labios. Hizo un gesto afirmativo y
contestó: «Sí, sí, lo sé». Las últimas palabras de Zara a Valerie fueron:
«Cuidado con el rey de trébol. ¡Le amenaza un peligro!». Entonces la interrogué.
Me aseguró que todo iba bien y no quiso confiarme nada. Pero ahora, después de
lo ocurrido la noche pasada, estoy seguro de que Valerie vio a Reedburn en el
rey de trébol y de que él era el hombre a quien temía.
El príncipe guardó
brusco silencio.
-Ahora comprenderá mi
agitación cuando abrí el periódico esta mañana. Suponiendo que en un ataque de
locura, Valerie... pero no, ¡es imposible...!, ¡no puedo concebirlo, ni en
sueños!
Poirot se levantó del
sillón y dio unas palmaditas afectuosas en el hombro del joven.
-No se aflija, se lo
ruego. Déjelo todo en mis manos.
-¿Irá a Streatham? Sé
que está en Daisymead, postrada por la conmoción sufrida.
-Iré en seguida.
-Ya lo he arreglado
todo por medio de la embajada. Tendrá usted acceso a todas partes.
-Marchemos entonces.
Hastings, ¿quiere acompañarme? Au revoir, monsieur le prince.
Mon Désir era una
preciosa villa moderna y cómoda. Una calzada para coches conducía a ella y
detrás de la casa tenía un terreno de varias hectáreas de magníficos jardines.
En cuanto mencionamos
al príncipe Paúl, el mayordomo que nos abrió la puerta nos llevó al instante al
lugar de la tragedia. La biblioteca era una habitación magnífica que ocupaba
toda la fachada del edificio con una ventana a cada extremo, de las cuales una
daba a la calzada y otra a los jardines. El cadáver yacía junto a esta última.
No hacía mucho que se lo habían llevado después de concluir su examen la
policía.
-¡Qué lástima!
-murmuré al oído de Poirot-. La de pruebas que habrán destruido.
Mi amigo sonrió.
-¡Eh, eh! ¿Cuántas
veces habré de decirle que las pruebas vienen de dentro? En las pequeñas
células grises del cerebro es donde se halla la solución de cada misterio.
Se volvió al
mayordomo y preguntó:
-Supongo que a
excepción del levantamiento del cadáver no se habrá tocado la habitación.
-No, señor. Se halla
en el mismo estado que cuando llegó la policía anoche.
-Veamos. Veo que esas
cortinas pueden correrse y que ocultan el alféizar de la ventana. Lo mismo
sucede con las cortinas de la ventana opuesta. ¿Estaban corridas anoche
también?
-Sí, señor. Yo
verifico la operación todas las noches.
-Entonces, ¿debió
descorrerlas el propio Reedburn?
-Así parece, señor.
-¿Sabía usted que
esperaba visita?
-No me lo dijo,
señor. Pero dio orden de que no se le molestase después de la cena. Ve, señor,
por esa puerta se sale de la biblioteca a una terraza lateral. Quizá dio
entrada a alguien por ella.
-¿Tenía por costumbre
hacerlo así?
El mayordomo tosió
discretamente.
-Creo que sí, señor.
Poirot se dirigió a
aquella puerta. No estaba cerrada con llave. En vista de ello salió a la
terraza que iba a parar a la calzada sita a su derecha; a la izquierda se
levantaba una pared de ladrillo rojo.
-Al otro lado está el
huerto, señor. Más allá hay otra puerta que conduce a él, pero permanece
cerrada desde las seis de la tarde.
Poirot entró en la
biblioteca seguido del mayordomo.
-¿Oyó algo de los
acontecimientos de anoche? -preguntó Poirot.
-Oímos, señor, voces,
una de ellas de mujer, en la biblioteca, poco antes de dar las nueve. Pero no
era un hecho extraordinario. Luego, cuando nos retiramos al vestíbulo de
servicio que está a la derecha del edificio, ya no oímos nada, naturalmente. Y
la policía llegó a las once en punto.
-¿Cuántas voces
oyeron?
-No sabría decírselo,
señor. Solo reparé en la voz de mujer.
-¡Ah!
-Perdón, señor. Si
desea ver al doctor Ryan está aquí todavía.
La idea nos pareció
de perlas y poco después se reunió con nosotros el doctor, hombre de edad
madura, muy jovial, que proporcionó a Poirot los informes que solicitaba. Se
encontró a Reedburn tendido cerca de la ventana con la cabeza apoyada en el
asiento de mármol adosado a aquella. Tenía dos heridas: una entre ambos ojos;
otra, la fatal, en la nuca.
-¿Yacía de espaldas?
-Sí. Ahí está la
prueba.
El doctor nos indicó
una pequeña mancha negra en el suelo.
-¿Y no pudo
ocasionarle la caída el golpe que recibió en la cabeza?
-Imposible. Porque el
arma, sea cualquiera que fuese, penetró en el cráneo.
Poirot miró pensativo
el vacío. En el vano de cada ventana había un asiento, esculpido, de mármol,
cuyas armas representaban la cabeza de un león. Los ojos de Poirot se
iluminaron.
-Suponiendo que
cayera de espaldas sobre esta cabeza saliente de león y que de ella resbalase
hasta el suelo, ¿podría haberse abierto una herida como la que usted describe?
-Sí, es posible. Pero
el ángulo en que yacía nos obliga a considerar esa teoría imposible. Además,
hubiera dejado huellas de sangre en el asiento de mármol.
-Sí, contando con que
no se hayan borrado.
El doctor se encogió
de hombros.
-Es improbable. Sobre
todo porque no veo qué ventaja puede aportar convertir un accidente en crimen.
-No, claro está. ¿Qué
le parece? ¿Pudo asestar una mujer uno de los dos golpes?
-Oh, no, señor.
Supongo que está pensando en mademoiselle Sinclair.
-No pienso en ninguna
persona determinada -repuso con acento suave Poirot.
Concentró su atención
en la ventaba abierta mientras decía el doctor:
-Mademoiselle
Sinclair huyó por allí. Vean cómo se divisa Daisymead por entre los árboles.
Naturalmente, que hay muchas otras casas en la carretera, frente a esta, pero
Daisymead es la única visible por este lado.
-Gracias por sus
informes, doctor -dijo Poirot-. Venga, Hastings. Vamos a seguir los pasos de
mademoiselle.
Echó a andar delante
de mí y en este orden pasamos por el jardín, dejando atrás la verja de hierro y
llegamos, también por la puerta del jardín, a Daisymead, finca poco ostentosa,
que poseía media hectárea de terreno. Un pequeño tramo de escalera conducía a
la puerta de cristales a la francesa. Poirot me la indicó con el gesto.
-Por ahí entró anoche
mademoiselle Sinclair. Nosotros no tenemos ninguna prisa y lo haremos por la
puerta principal.
La doncella que nos
abrió la puerta nos llevó al salón, donde nos dejó para ir en busca de la
señora Ogiander. Era evidente que no se había limpiado la habitación desde el
día anterior, porque el hogar estaba todavía lleno de cenizas y la mesa de
bridge colocada en el centro con una jota boca arriba y varias manos de naipes
puestas aún sobre el tablero. Vimos a nuestro alrededor innumerables objetos de
adorno y unos cuantos retratos de familia de una fealdad sorprendente, colgados
de las paredes.
Poirot los examinó
con más indulgencia que la que mostré yo, enderezando uno o dos que se habían
ladeado.
-¡Qué lazo tan fuerte
el de la famille! El sentimiento ocupa en ella el lugar de la estética.
Yo asentí a estas
palabras sin separar la vista de un grupo fotográfico compuesto de un caballero
con patillas, de una señora de moño alto, de un muchacho fornido y de dos
muchachas adornadas con una multitud de lazos innecesarios. Suponiendo que era
la familia Ogiander de los tiempos pasados la contemplé con interés.
En este momento se
abrió la puerta del salón y entró una mujer joven. Llevaba bien peinado el
cabello oscuro y vestía un jersey y una falda a cuadros.
Poirot avanzó unos
pasos como respuesta a una mirada de interrogación de la recién llegada.
-¿Señora Ogiander?
–dijo-. Lamento tener que molestarla... sobre todo después de lo ocurrido. ¡Ha
sido espantoso!
-Sí, y nos tiene a
todos muy trastornados -confesó la muchacha sin demostrar emoción.
Yo empezaba a creer
que los elementos del drama pasaban inadvertidos para la señora Ogiander, que
su falta de imaginación era superior a cualquier tragedia, y me confirmó en
esta creencia su actitud, cuando continuó diciendo:
-Disculpen el
desorden de la habitación. Los sirvientes están muy excitados.
-¿Es aquí donde
pasaron ustedes la velada anoche, n 'est-ce pas?
-Sí, jugábamos al
bridge después de cenar cuando...
-Perdón. ¿Cuánto
hacía que jugaban ustedes?
-Pues... -la señora
Ogiander reflexionó- la verdad es que no lo recuerdo. Supongo que comenzamos a
las diez.
-¿Dónde estaba usted
sentada?
-Frente a la puerta
de cristales. Jugaba con mi madre y acababa de echar una carta. De súbito, sin
previo aviso, se abrió la puerta y entró la señorita Sinclair tambaleándose en
el salón.
-¿La reconoció?
-Me di vaga cuenta de
que su rostro me era familiar.
-Sigue aquí, ¿verdad?
-Sí, pero está
postrada y no quiere ver a nadie.
-Creo que me
recibirá. Dígale que vengo a petición del príncipe Paúl de Mauritania.
Me pareció que el
nombre del príncipe alteraba la calma imperturbable de la señora Ogiander. Pero
salió sin hacer comentarios del salón y volvió casi en seguida para
comunicarnos que mademoiselle nos esperaba en su dormitorio.
La seguimos y por la
escalera llegamos a una bonita habitación, bien iluminada, empapelada de color
claro. En un diván, junto a la ventana, vimos a una señorita que volvió la
cabeza al hacer nuestra entrada. El contraste que ella y la señora Ogiander ofrecían
me llamó en seguida la atención, pues si bien en las facciones y en el color
del cabello se parecían, ¡qué diferencia tan notable existía entre las dos! La
palabra, el gesto de Valerie Sinclair constituían un poema. De ella se
desprendía un aura romántica. Vestía una prenda muy casera, una bata de franela
encarnada que le llegaba a los pies, pero el encanto de su personalidad le daba
un sabor exótico y semejaba una vestidura oriental de encendido color. En
cuanto entró Poirot, fijó sus grandes ojos en él.
-¿Vienen de parte de
Paúl? -su voz armonizaba con su aspecto, era lánguida y llena.
-Sí, mademoiselle.
Estoy aquí para servir a él... y a usted.
-¿Qué es lo que desea
saber?
-Todo lo que sucedió
anoche, ¡absolutamente todo!
La bailarina sonrió
con visible expresión de cansancio.
-¿Supone que voy a
mentir? No soy tan estúpida. Veo con claridad que no debo ocultarle nada. Ese
hombre, me refiero al que ha muerto, poseía un secreto mío y me amenazaba con
él. Por el bien de Paúl traté de llegar a un acuerdo con él. No podía arriesgarme
a perder al príncipe. Ahora que ha muerto me siento segura, pero no lo maté.
Poirot meneó la
cabeza, sonriendo.
-No es necesario que
lo afirme, mademoiselle –dijo-. Cuénteme lo que sucedió la noche pasada.
-Parecía dispuesto a
hacer un trato conmigo y le ofrecí dinero. Me citó en su casa a las nueve en
punto. Yo conocía ya Mon Désir, había estado en ella. Debía entrar en la
biblioteca por la puerta falsa para que no me vieran los criados.
-Perdón,
mademoiselle, pero ¿no tuvo miedo de ir allí sola y por la noche?
¿Lo imaginé o Valerie
hizo una pausa antes de contestar?
-Sí, es posible. Pero
no podía pedir a nadie que me acompañara y estaba desesperada. Reedburn me
recibió en la biblioteca. ¡Celebro que haya muerto! ¡Oh, qué hombre! Jugó
conmigo como el gato y el ratón. Me puso los nervios en tensión. Yo le rogué,
le supliqué de rodillas, le ofrecí todas mis joyas. ¡Todo en vano! Luego me
dictó sus condiciones. Ya adivinará las que fueron. Me negué a complacerle. Le
dije lo que pensaba de él, rabié, me encolericé. Él sonreía sin perder la
calma. Y de pronto, en un momento de silencio, sonó algo en la ventana, tras la
cortina corrida. Reedburn lo oyó también. Se acercó a ella y la descorrió
rápidamente. Detrás había un hombre escondido, era un vagabundo de feo aspecto.
Atacó al señor Reedburn, al que dio primero un golpe... luego otro. Reedburn
cayó al suelo. El vagabundo me asió entonces con la mano cubierta de sangre,
pero yo me solté, me deslicé al exterior por la ventana y corrí para salvar la
vida. En aquel momento distinguí las luces de esta casa y a ella me encaminé. Los
visillos estaban descorridos y vi que los habitantes de la casa jugaban al
bridge. Entré, tropezando, en el salón. Recuerdo que pude gritar: «asesinado»,
y luego caí al suelo y ya no vi nada...
-Gracias,
mademoiselle. El espectáculo debió constituir un gran choque para su sistema
nervioso. ¿Podría describirme al vagabundo? ¿Recuerda lo que llevaba puesto?
-No. Fue todo tan
rápido... Pero su rostro está grabado en mi pensamiento y estoy segura de poder
conocerlo en cuanto lo vea.
-Una pregunta
todavía, mademoiselle. ¿Estaban corridas las cortinas de la otra ventana, de la
que mira a la calzada?
En el rostro de la
bailarina se pintó por vez primera una expresión de perplejidad. Pero trató de
recordar con precisión.
-¿Eh, bien
mademoiselle?
-Creo... casi estoy
segura... ¡sí, segurísima!, de que no estaban corridas.
-Es curioso, sobre
todo estando corridas las primeras. No importa, la cosa tiene poca importancia.
¿Permanecerá todavía aquí mucho tiempo, mademoiselle?
-El doctor cree que
mañana podré volver a la ciudad.
Valerie miró a su
alrededor. La señora Ogiander había salido.
-Estas gentes son muy
amables, pero... no pertenecen a mi esfera. Yo las escandalizo... bien, no
simpatizo con la bourgeoisie.
Sus palabras tenían
un matiz de amargura.
Poirot repuso:
-Comprendo y confío
en que no la habré fatigado con mis preguntas.
-Nada de eso,
monsieur. No deseo más sino que Paúl lo sepa todo lo antes posible.
-Entonces, ¡muy
buenos días, mademoiselle!
Antes de salir Poirot
de la habitación se paró y preguntó señalando un par de zapatos de piel.
-¿Son suyos,
mademoiselle?
-Sí. Ya están
limpios. Me los acaban de traer.
-¡Ah! -exclamó Poirot
mientras bajábamos la escalera-. Los criados estaban muy excitados, pero por lo
visto no lo están para limpiar un par de zapatos. Bien, mon ami, el caso me
pareció interesante, de momento, pero se me figura que se está concluyendo.
-Pero ¿y el asesino?
-¿Cree que Hércules
Poirot se dedica a la caza de vagabundos? -replicó con acento grandilocuente el
detective.
Al llegar al
vestíbulo nos tropezamos con la señora Ogiander que salía a nuestro encuentro.
-Háganme el favor de
esperar en el salón. Mamá quiere hablar con ustedes -nos dijo.
La habitación seguía
sin arreglar y Poirot tomó la baraja y comenzó a barajar los naipes al azar con
sus manos pequeñas y bien cuidadas.
-¿Sabe lo que pienso,
amigo mío?
-¡No! -repuse
ansiosamente.
-Pues que la señora
Ogiander hizo mal en no echar un triunfo. Debió poner sobre la mesa el tres de
picas.
-¡Poirot! Es usted el
colmo.
-¡Mon Dieu! No voy a
estar siempre hablando de rayos y de sangre.
De repente olfateó el
aire y dijo:
-Hastings, Hastings,
mire. Falta el rey de trébol de la baraja.
-¡Zara! -exclamé.
-¿Cómo?
-De momento Poirot no
comprendió mi alusión. Maquinalmente guardó las barajas, ordenadas, en sus
cajas. Su rostro asumía una expresión grave.
-Hastings -dijo por
fin-. Yo, Hércules Poirot, he estado a punto de cometer un error, un gran
error.
Lo miré impresionado,
pero sin comprender. Lo interrumpió la entrada en el salón de una hermosa
señora de alguna edad que llevaba un libro de cuentas en la mano. Poirot le
dedicó un galante saludo. La dama le preguntó:
-Según tengo
entendido, es usted amigo de... la señorita Sinclair.
-Precisamente su
amigo, no, señora. He venido de parte de un amigo.
-Ah, comprendo. Me
pareció que...
Poirot señaló
bruscamente la ventana y dijo, interrumpiéndola:
-¿Anoche tenían
ustedes corridos los visillos?
-No, y supongo que
por eso vio luz la señorita Sinclair y se orientó.
-Anoche estaba la
luna llena. ¿Vio usted a la señorita Sinclair, sentada como estaba delante de
la ventana?
-No, porque me
abstraía el juego. Además porque, naturalmente, nunca nos ha sucedido nada
parecido a esto.
-Lo creo, madame.
Mademoiselle Sinclair proyecta marcharse mañana.
-¡Oh! -el rostro de
la dama se iluminó.
-Le deseo muy buenos
días, madame.
Una criada limpiaba
la escalera cuando salimos por la puerta principal de la casa. Poirot dijo:
-¿Fue usted la que
limpió los zapatos de la señora forastera?
La doncella meneó la
cabeza.
-No, señor. No creo
tampoco que haya que limpiarlos.
-¿Quién los limpió
entonces? -pregunté a Poirot mientras bajábamos por la calzada.
-Nadie. No estaban
sucios.
-Concedo que por
bajar por el camino o por un sendero, en una noche de luna, no se ensucien,
pero después de aplastar con ellos la hierba del jardín se manchan y ensucian.
-Sí, estoy de acuerdo
-repuso Poirot con una sonrisa singular.
-Entonces...
-Tenga paciencia,
amigo mío. Vamos a volver a Mon Désir.
El mayordomo nos vio
llegar con visible sorpresa, pero no se opuso a que volviéramos a entrar en la
biblioteca.
-Oiga, Poirot, se
equivoca de ventana -exclamé al ver que se aproximaba a la que daba sobre la
calzada de coches.
-Me parece que no.
Vea -repuso indicándome la cabeza marmórea del león en la que vi una mancha
oscura.
Poirot levantó un
dedo y me mostró otra parecida en el suelo.
-Alguien asestó a
Reedburn un golpe, con el puño cerrado, entre los dos ojos. Cayó hacia atrás
sobre la protuberante cabeza de mármol y a continuación resbaló hasta el suelo.
Luego lo arrastraron hasta la otra ventana y allí lo dejaron, pero no en el mismo
ángulo como observó el doctor.
-Pero ¿por qué? No
parece que fuera necesario.
-Por el contrario,
era esencial. Y también es la clave de la identidad del asesino aunque sepa
usted que no tuvo intención de matar a Reedburn y que por ello no podemos
tacharlo de criminal. ¡Debe poseer mucha fuerza!
-¿Porque pudo
arrastrar a Reedburn por el suelo?
-No. Este es un caso
muy interesante. Pero me he portado como un imbécil.
-¿De manera que se ha
terminado, que ya sabe usted todo lo sucedido?
-Sí.
-¡No! -exclamé
recordando algo de repente-. Todavía hay algo que ignora.
-¿Qué?
-Ignora dónde se
halla el rey de trébol.
-¡Bah! Pero qué
tontería. ¡Qué tontería, mon ami!
-¿Por qué?
-Porque lo tengo en
el bolsillo.
Y, en efecto, Poirot
lo sacó y me lo mostró.
-¡Oh! -dije
alicaído-. ¿Dónde lo ha encontrado? ¿Acaso aquí?
-No tiene nada de
sensacional. Estaba dentro de la caja de la baraja. No la utilizaron.
-¡Hum! De todas
maneras sirvió para darle alguna idea, ¿verdad?
-Sí, amigo mío. Y
ofrezco mis respetos a Su Majestad.
-Y ¡a madame Zara!
-Ah, sí, también a
esa señora.
-Bueno, ¿qué piensa
hacer ahora?
-Volver a Londres.
Pero antes de ausentarme deseo decirle dos palabras a una persona que vive en
Daisymead.
La misma doncella nos
abrió la puerta.
-Están en el comedor,
señor. Si desea ver a la señorita Sinclair se halla descansando.
-Deseo ver a la
señora Ogiander. Haga el favor de llamarla. Es cuestión de un instante.
Nos condujeron al
salón y allí esperamos. Al pasar por delante del comedor distinguí a la familia
Ogiander, acrecentada ahora por la presencia de dos fornidos caballeros, uno
afeitado, otro con barba y bigote.
Poco después entró la
señora Ogiander en el salón mirando con aire de interrogación a Poirot, que se
inclinó ante ella.
-Madame, en mi país
sentimos suma ternura, un gran respeto por la madre. La mere de famille es todo
para nosotros -dijo.
La señora Ogiander lo
miró con asombro.
-Y esta única razón
es la que me trae aquí, en estos momentos, pues deseo disipar su ansiedad. No
tema, el asesino del señor Reedburn no será descubierto. Yo, Hércules Poirot,
se lo aseguro a usted. ¿Digo bien o es la ansiedad de una esposa la que debo calmar?
Hubo un momento de
silencio en el que la señora Ogiander dirigió a Poirot una mirada penetrante.
Por fin repuso en voz baja:
-No sé lo que quiere
decir pero, sí, dice usted bien sin duda.
Poirot hizo un gesto
con el rostro grave.
-Eso es, madame. No
se inquiete. La policía inglesa no posee los ojos de Hércules Poirot.
Así diciendo dio un
golpecito sobre el retrato de la familia que pendía de la pared e interrogó:
-¿Usted tuvo dos
hijas, madame? ¿Ha muerto una de ellas?
Hubo una pausa
durante la cual la señora Ogiander volvió a dirigir una mirada profunda a mi
amigo. Luego respondió:
-Sí, ha muerto.
-¡Ah! -exclamó Poirot
vivamente-. Bien, vamos a volver a la ciudad. Permítame que le devuelva el rey
de trébol y que lo coloque en la caja. Constituye su único resbalón. Comprenda
que no se puede jugar al bridge, por espacio de una hora, con únicamente
cincuenta y una cartas para cuatro personas. Nadie que sepa jugar creerá en su
palabra. ¡Bonjour!
Cuando emprendimos el
camino de la estación me dijo:
-Y ahora, amigo mío,
¿se da cuenta de lo ocurrido?
-¡En absoluto!
–contesté-. ¿Quién mató a Reedburn?
-John Ogiander, hijo.
Yo no estaba seguro de si había sido él o su padre, pero me pareció que debía
ser el hijo el culpable por ser el más joven y el más fuerte de los dos.
Asimismo tuvo que ser culpable uno de ellos a causa de las ventanas.
-¿Por qué?
-Mire, la biblioteca
tiene cuatro salidas: dos puertas, dos ventanas; y de estas eligió una sola. La
tragedia se desarrolló delante de una ventana que lo mismo que las dos puertas
da, directa o indirectamente, a la parte de delante de la casa. Pero se simuló
que se había desarrollado ante la ventana que cae sobre la puerta de atrás para
que pareciera pura casualidad que Valerie eligiera Daisymead como refugio. En
realidad, lo que sucedió fue que se desmayó y que John se la echó sobre los
hombros. Por eso dije y ahora afirmo que posee mucha fuerza.
-¿De modo que los
hermanos se dirigieron juntos a Mon Désir?
-Sí. Recordará la
vacilación de Valerie cuando le pregunté si no tuvo miedo de ir sola a casa de
Reedburn. John Ogiander la acompañó, suscitando la cólera de Reedburn, si no me
engaño. El tercero disputó y probablemente un insulto dirigido por el dueño de
la casa a Valerie motivó que Ogiander le pegase un puñetazo. Ya conoce el
resto.
-Pero ¿por qué motivo
le llamó la atención la partida de bridge?
-Porque para jugar a
él se requieren cuatro jugadores y únicamente tres personas ocuparon, durante
la velada, el salón.
Yo seguía perplejo.
-Pero ¿qué tienen que
ver los Ogiander con la bailarina Sinclair?- pregunté-. No acabo de
comprenderlo.
-Amigo, me maravilla
que no se haya dado cuenta, a pesar de que miró con más atención que yo la
fotografía de la familia que adorna la pared del salón. No dudo de que para
dicha familia haya muerto la hija segunda de la señora Ogiander, pero el mundo
la conoce ¡con el nombre de Valerie Sinclair!
-¿Qué?
-¿De veras no se ha
dado cuenta del parecido de las dos hermanas?
-No –confesé-. Por el
contrario, me dije que no podían ser más distintas.
-Es porque, querido
Hastings, su imaginación se halla abierta a las románticas impresiones
exteriores. Las facciones de las dos son idénticas lo mismo que el color de sus
ojos y cabello. Pero lo más gracioso es que Valerie se avergüenza de los suyos
y que los suyos se avergüenzan de ella. Sin embargo, en un momento de peligro
pidió ayuda a su hermano y cuando las cosas adoptaron un giro desagradable y
amenazador todos se unieron de manera notable. ¡No hay ni existe nada tan
maravilloso como el amor de la familia! Y esta sabe representar. De ella ha
sacado Valerie su talento. ¡Yo, lo mismo que el príncipe Paúl, creo en la ley
de la herencia! Ellos me engañaron. Pero por una feliz casualidad y una
pregunta dirigida a la señora Ogiander que contradecía la explicación, acerca
de cómo estaban sentados alrededor de la mesa de bridge, que nos hizo su hija,
no salió Hércules Poirot chasqueado.
-¿Qué dirá usted al
príncipe?
-Que Valerie no ha
cometido ese crimen y que dudo mucho que pueda llegar a darse con el vagabundo
asesino. Asimismo que transmita mis cumplidos a Zara. ¡Qué curiosa
coincidencia! Me parece que voy a ponerle a este pequeño caso un titulo: «La
aventura del rey del trébol». ¿Le gusta, amigo mío?
FIN
El
caso de la doncella perfecta
-Ah, por favor,
señora, ¿podría hablar un momento con usted?
Podría pensarse que
esta petición era un absurdo, puesto que Edna, la doncellita de la señorita
Marple, estaba hablando con su ama en aquellos momentos.
Sin embargo,
reconociendo la expresión, la solterona repuso con presteza:
-Desde luego, Edna,
entra y cierra la puerta. ¿Qué te ocurre?
Tras cerrar la puerta
obedientemente, Edna avanzó unos pasos retorciendo la punta de su delantal
entre sus dedos y tragó saliva un par de veces.
-¿Y bien, Edna? -la
animó la señorita Marple.
-Oh, señora, se trata
de mi prima Gladdie.
-¡Cielos! -repuso la
señorita Marple, pensando lo peor, que siempre suele resultar lo acertado-.
No... ¿no estará en un apuro?
Edna se apresuró a
tranquilizarla.
-Oh, no, señora, nada
de eso. Gladdie no es de esa clase de chicas. Es por otra cosa por lo que está
preocupada. Ha perdido su empleo.
-Lo siento. Estaba en
Old Hall, ¿verdad?, con la señorita... o señoritas... Skinner.
-Sí, señora. Y
Gladdie está muy disgustada... vaya si lo está.
-Gladdie ha cambiado
muy a menudo de empleo desde hace algún tiempo, ¿no es así?
-¡Oh, sí, señora!
Siempre está cambiando. Gladdie es así. Nunca parece estar instalada
definitivamente, no sé si me comprende usted. Pero siempre había sido ella la
que quiso marcharse.
-¿Y esta vez ha sido
al contrario? -preguntó la señorita Marple con sequedad.
-Sí, señora. Y eso ha
disgustado terriblemente a Gladdie.
La señorita Marple
pareció algo sorprendida. La impresión que tenía de Gladdie, que alguna vez
viera tomando el té en la cocina en sus «días libres», era la de una joven
robusta y alegre, de temperamento despreocupado.
Edna proseguía:
-¿Sabe usted,
señorita? Ocurrió por lo que insinuó la señorita Skinner.
-¿Qué es lo que
insinuó la señorita Skinner? -preguntó la señorita Marple con paciencia.
Esta vez Edna la puso
al corriente de todas las noticias.
-¡Oh, señora! Fue un
golpe terrible para Gladdie. Desapareció uno de los broches de la señorita
Emilia y, claro, a nadie le gusta que ocurra una cosa semejante; es muy
desagradable, señora. Y Gladdie les ayudó a buscar por todas partes y la
señorita Lavinia dijo que iba a llamar a la policía y entonces apareció caído
en la parte de atrás de un cajón del tocador, y Gladdie se alegró mucho.
»Y al día siguiente,
cuando Gladdie rompió un plato, la señorita Lavinia le dijo que estaba
despedida y que le pagaría el sueldo de un mes. Y lo que Gladdie siente es que
no pudo ser por haber roto el plato, sino que la señorita Lavinia lo tomó como
pretexto para despedirla, cuando el verdadero motivo fue la desaparición del
broche, ya que debió pensar que lo había devuelto al oír que iban a llamar a la
policía, y eso no es posible, pues Gladdie nunca haría una cosa así. Y ahora
circulará la noticia y eso es algo muy serio para una chica, como ya sabe la
señora.
La señorita Marple
asintió. A pesar de no sentir ninguna simpatía especial por la robusta Gladdie,
estaba completamente segura de la honradez de la muchacha y de lo mucho que
debía haberla trastornado aquel suceso.
-Señora -siguió
Edna-, ¿no podría hacer algo por ella? Gladdie está en un momento difícil.
-Dígale que no sea
tonta -repuso la señorita Marple-. Si ella no cogió el broche... de lo cual
estoy segura.., no tiene motivos para inquietarse.
-Pero se sabrá por
ahí -repuso Edna con desmayo.
-Yo... er...,
arreglaré eso esta tarde -dijo la señorita Marple-. Iré a hablar con las
señoritas Skinner.
-¡Oh, gracias,
señora!
Old Hall era una
antigua mansión victoriana rodeada de bosques y parques. Puesto que había
resultado inalquilable e invendible, un especulador la había dividido en cuatro
pisos instalando un sistema central de agua caliente, y el derecho a utilizar
«los terrenos» debía repartirse entre los inquilinos. El experimento resultó un
éxito. Una anciana rica y excéntrica ocupó uno de los pisos con su doncella.
Aquella vieja señora tenía verdadera pasión por los pájaros y cada día
alimentaba a verdaderas bandadas. Un juez indio retirado y su esposa alquilaron
el segundo piso. Una pareja de recién casados, el tercero, y el cuarto fue
tomado dos meses atrás por dos señoritas solteras, ya de edad, apellidadas
Skinner. Los cuatro grupos de inquilinos vivían distantes unos de otros, puesto
que ninguno de ellos tenía nada en común. El propietario parecía hallarse muy
satisfecho con aquel estado de cosas. Lo que él temía era la amistad, que luego
trae quejas y reclamaciones.
La señorita Marple
conocía a todos los inquilinos, aunque a ninguno a fondo. La mayor de las dos
hermanas Skinner, la señorita Lavinia, era lo que podría llamarse el miembro
trabajador de la empresa. La más joven, la señorita Emilia, se pasaba la mayor
parte del tiempo en la casa quejándose de varias dolencias que, según la
opinión general de todo Saint Mary Mead, eran imaginarias. Sólo la señorita
Lavinia creía sinceramente en el martirio de su hermana, y de buen grado iba
una y otra vez al pueblo en busca de las cosas «que su hermana había deseado de
pronto».
Según el punto de
vista de Saint Mary Mead, si la señorita Emilia hubiera sufrido la mitad de lo
que decía, ya hubiese enviado a buscar al doctor Haydock mucho tiempo atrás.
Pero cuando se lo sugerían cerraba los ojos con aire de superioridad y
murmuraba que su caso no era sencillo... que los mejores especialistas de
Londres habían fracasado... y que un médico nuevo y maravilloso la tenía
sometida a un tratamiento revolucionario con el cual esperaba que su salud
mejorara. No era posible que un vulgar matasanos de pueblo entendiera su caso.
-Y yo opino -decía la
franca señorita Hartnell- que hace muy bien en no llamarle. El querido doctor
Haydock, con su campechanería, iba a decirle que no le pasa nada y que no tiene
por qué armar tanto alboroto. ¡Y le haría mucho bien!
Sin embargo, la
señorita Emilia, haciendo caso omiso de un tratamiento tan despótico,
continuaba tendida en los divanes, rodeada de cajitas de píldoras extrañas, y
rechazando casi todos los alimentos que le preparaban, y pidiendo siempre
algo... por lo general difícil de encontrar.
Gladdie abrió la
puerta a la señorita Marple con un aspecto mucho más deprimido de lo que ésta
pudo imaginar. En la salita, una cuarta parte del antiguo salón, que había sido
dividido para formar el comedor, la sala, un cuarto de baño y un cuartito de la
doncella, la señorita Lavinia se levantó para saludar a la señorita Marple.
Lavinia Skinner era
una mujer huesuda de unos cincuenta años, alta y enjuta, de voz áspera y
ademanes bruscos.
-Celebro verla -le
dijo a la solterona-. La pobre Emilia está echada... no se siente muy bien hoy.
Espero que la reciba a usted, eso la animará, pero algunas veces no se siente
con ánimos de ver a nadie. La pobrecilla es una enferma maravillosa.
La señorita Marple
contestó con frases amables. El servicio era el tema principal de conversación
en Saint Mary Mead, así que no tuvo dificultad en dirigirla en aquel sentido.
¿Era cierto lo que había oído decir, que Gladdie Holmes, aquella chica tan agradable
y tan atractiva, se les marchaba? Miss Lavinia asintió.
-El viernes. La he
despedido porque lo rompe todo. No hay quien la soporte.
La señorita Marple
suspiró y dijo que hoy en día hay que aguantar tanto... que era difícil
encontrar muchachas de servicio en el campo. ¿Estaba bien decidida a despedir a
Gladdie?
-Sé que es difícil
encontrar servicio -admitió la señorita Lavinia-. Los Devereux no han
encontrado a nadie..., pero no me extraña... siempre están peleando, no paran
de bailar jazz durante toda la noche... comen a cualquier hora.., y esa joven
no sabe nada del gobierno de una casa. ¡Compadezco a su esposo! Luego los
Larkin acaban de perder a su doncella. Claro que con el temperamento de ese
juez indio que quiere el Chota Harzi como él dice, a las seis de la mañana, y
el alboroto que arma la señora Larkin, tampoco me extraña. Juanita, la doncella
de la señora Carmichael, es la única fija... aunque yo la encuentro muy poco
agradable y creo que tiene dominada a la vieja señora.
-Entonces, ¿no piensa
rectificar su decisión con respecto a Gladdie? Es una chica muy simpática.
Conozco a toda la familia; son muy honrados.
-Tengo mis razones
-dijo la señorita Lavinia dándose importancia.
-Tengo entendido que
perdió usted un broche... -murmuró la señorita Marple.
-¿Por quién lo ha
sabido? Supongo que habrá sido ella quien se lo ha dicho. Con franqueza, estoy
casi segura que fue ella quien lo cogió. Y luego, asustada, lo devolvió; pero,
claro, no puede decirse nada a menos de que se esté bien seguro -cambió de tema-.
Venga usted a ver a Emilia, señorita Marple. Estoy segura de que le hará mucho
bien un ratito de charla.
La señorita Marple la
siguió obedientemente hasta una puerta a la cual llamó la señorita Lavinia, y
una vez recibieron autorización para pasar, entraron en la mejor habitación del
piso, cuyas persianas semiechadas apenas dejaban penetrar la luz. La señorita
Emilia se hallaba en la cama, al parecer disfrutando de la penumbra y sus
infinitos sufrimientos.
La escasa luz dejaba
ver una criatura delgada, de aspecto impreciso, con una maraña de pelo gris
amarillento rodeando su cabeza, dándole el aspecto de un nido de pájaros, del
cual ningún ave se hubiera sentido orgullosa. Olía a agua de colonia, a bizcochos
y alcanfor.
Con los ojos
entornados y voz débil, Emilia Skinner explicó que aquél era uno de sus «días
malos».
-Lo peor de estar
enfermo -dijo Emilia en tono melancólico- es que uno se da cuenta de la carga
que resulta para los demás.
La señorita Marple
murmuró unas palabras de simpatía, y la enferma continuó:
-¡Lavinia es tan
buena conmigo! Lavinia, querida, no quisiera darte este trabajo, pero si
pudieras llenar mi botella de agua caliente como a mí me gusta... Demasiado
llena me pesa... y si lo está a medias se enfría inmediatamente.
-Lo siento, querida.
Dámela. Te la vaciaré un poco.
-Bueno, ya que vas a
hacerlo, tal vez pudieras volver a calentar el agua. Supongo que no habrá
galletas en casa... no, no, no importa. Puedo pasarme sin ellas. Con un poco de
té y una rodajita de limón... ¿no hay limones? La verdad, no puedo tomar té sin
limón. Me parece que la leche de esta mañana estaba un poco agria, y por eso no
quiero ponerla en el té. No importa. Puedo pasarme sin té. Sólo que me siento
tan débil... Dicen que las ostras son muy nutritivas. Tal vez pudiera tomar
unas pocas... No... no... Es demasiado difícil conseguirlas siendo tan tarde.
Puedo ayunar hasta mañana.
Lavinia abandonó la
estancia murmurando incoherentemente que iría al pueblo en bicicleta.
La señorita Emilia
sonrió débilmente a su visitante y volvió a recalcar que odiaba dar quehacer a
los que la rodeaban.
Aquella noche la
señorita Marple contó a Edna que su embajada no había tenido éxito.
Se disgustó bastante
al descubrir que los rumores sobre la poca honradez de Gladdie se iban
extendiendo por el pueblo. En la oficina de Correos, la señorita Ketherby le
informó:
-Mi querida Juana, le
han dado una recomendación escrita diciendo que es bien dispuesta, sensata y
respetable, pero no hablan para nada de su honradez. ¡Eso me parece muy
significativo! He oído decir que se perdió un broche. Yo creo que debe haber
algo más, porque hoy día no se despide a una sirvienta a menos que sea por una
causa grave. ¡Es tan difícil encontrar otra...! Las chicas no quieren ir a Old
Hall. Tienen verdadera prisa por volver a sus casas en los días libres. Ya verá
usted, las Skinner no encontrarán a nadie más, y tal vez entonces esa
hipocondríaca tendrá que levantarse y hacer algo.
Grande fue el
disgusto de todo el pueblo cuando se supo que las señoritas Skinner habían
encontrado nueva doncella por medio de una agencia, y que por todos conceptos
era un modelo de perfección.
-Tenemos bonísimas
referencias de una casa en la que ha estado «tres años», prefiere el campo y
pide menos que Gladdie. La verdad es que hemos sido muy afortunadas.
-Bueno, la verdad
-repuso la señorita Marple, a quien miss Lavinia acababa de informar en la
pescadería-. Parece demasiado bueno para ser verdad.
Y en Saint Mary Mead
se fue formando la opinión de que el modelo se arrepentiría en el último
momento y no llegaría.
Sin embargo, ninguno
de esos pronósticos se cumplió, y todo el pueblo pudo contemplar a aquel tesoro
doméstico llamado Mary Higgins, cuando pasó en el taxi de Red en dirección a
Old Hall. Tuvieron que admitir que su aspecto era inmejorable... el de una mujer
respetable, pulcramente vestida.
Cuando la señorita
Marple volvió de visita a Old Hall con motivo de recolectar objetos para la
tómbola del vicariato, le abrió la puerta Mary Higgins. Era, sin duda alguna,
una doncella de muy buen aspecto. Representaba unos cuarenta años, tenía el
cabello negro y cuidado, mejillas sonrosadas y una figura rechoncha
discretamente vestida de negro, con delantal blanco y cofia... «el verdadero
tipo de doncella antigua», como luego explicó la señorita Marple, y con una voz
mesurada y respetuosa, tan distinta a la altisonante y exagerada de Gladdie.
La señorita Lavinia
parecía menos cansada que de costumbre, aunque a pesar de ello se lamentó de no
poder concurrir a la tómbola debido a la constante atención que requería su
hermana; no obstante le ofreció su ayuda monetaria y prometió contribuir con varios
limpiaplumas y zapatitos de niño.
La señorita Marple la
felicitó por su magnífico aspecto.
-La verdad es que se
lo debo principalmente a Mary. Estoy contenta de haber tomado la resolución de
despedir a la otra chica. Mary es maravillosa. Guisa muy bien, sabe servir la
mesa, y tiene el piso siempre limpio.., da la vuelta al colchón todos los
días... y se porta estupendamente con Emilia.
La señorita Marple se
apresuró a preguntar por la salud de Emilia.
-Oh, pobrecilla,
últimamente ha sentido mucho el cambio de tiempo. Claro, no puede evitarlo,
pero algunas veces nos hace las cosas algo difíciles. Quiere que se le preparen
ciertas cosas, y cuando se las llevamos, dice que no puede comerlas... y luego
las vuelve a pedir al cabo de media hora, cuando ya se han estropeado y hay que
hacerlas de nuevo. Eso representa, naturalmente, mucho trabajo..., pero por
suerte a Mary parece que no le molesta. Está acostumbrada a servir a inválidos
y sabe comprenderlos. Es una gran ayuda.
-¡Cielos! -exclamó la
señorita Marple-. ¡Vaya suerte!
-Sí, desde luego. Me
parece que Mary nos ha sido enviada como la respuesta a una plegaria.
-Casi me parece
demasiado buena para ser verdad -dijo la señorita Marple-. Yo de usted...
bueno... yo en su lugar iría con cuidado.
Lavinia Skinner
pareció no captar la intención de la frase.
-¡Oh! -exclamó-. Le
aseguro que haré todo lo posible para que se encuentre a gusto. No sé lo que
haría si se marchara.
-No creo que se
marche hasta que se haya preparado bien -comentó la señorita Marple mirando
fijamente a Lavinia.
-Cuando no se tienen
preocupaciones domésticas, uno se quita un gran peso de encima, ¿verdad? ¿Qué
tal se porta la pequeña Edna?
-Pues muy bien. Claro
que no tiene nada de extraordinario. No es como esa Mary. Sin embargo, la
conozco a fondo, puesto que es una muchacha del pueblo.
Al salir al recibidor
se oyó la voz de la inválida que gritaba:
-Esas compresas se
han secado del todo... y el doctor Allerton dijo que debían conservarse siempre
húmedas. Vaya, déjelas. Quiero tomar una taza de té y un huevo pasado por
agua... que sólo haya cocido tres minutos y medio, recuérdelo. Y vaya a decir a
la señorita Lavinia que venga.
La eficiente Mary,
saliendo del dormitorio, se dirigió hacia Lavinia.
-La señorita Emilia
la llama, señora.
Y dicho esto abrió la
puerta a la señorita Marple, ayudándola a ponerse el abrigo y tendiéndole el
paraguas del modo más irreprochable.
La señorita Marple
dejó caer el paraguas y al intentar recogerlo se le cayó el bolso
desparramándose todo su contenido. Mary, toda amabilidad, la ayudó a recoger
varios objetos... un pañuelo, un librito de notas, una bolsita de cuero
anticuada, dos chelines, tres peniques y un pedazo de caramelo de menta.
La señorita Marple
recibió este último con muestras de confusión.
-¡Oh, Dios mío!, debe
haber sido el niño de la señora Clement. Recuerdo que lo estaba chupando y me
cogió el bolso y estuvo jugando con él. Debió de meterlo dentro. ¡Qué pegajoso
está!
-¿Quiere que lo tire,
señora?
-¡Oh, si no le
molesta...! ¡Muchas gracias...!
Mary se agachó para
recoger por último un espejito, que hizo exclamar a la señorita Marple al
recuperarlo:
-¡Qué suerte que no
se haya roto!
Y abandonó la casa
dejando a Mary de pie junto a la puerta con un pedazo de caramelo de menta en
la mano y un rostro completamente inexpresivo.
Durante diez largos
días todo Saint Mary Mead tuvo que soportar el oír pregonar las excelencias del
tesoro de las señoritas Skinner.
Al undécimo, el
pueblo se estremeció ante la gran noticia.
¡Mary, el modelo de
sirvienta, había desaparecido! No había dormido en su cama y encontraron la
puerta de la casa abierta de par en par. Se marchó tranquilamente, durante la
noche.
¡Y no era sólo Mary
lo que había desaparecido! Sino, además, los broches y cinco anillos de la
señora Lavinia; y tres sortijas, un pendentif, una pulsera y cuatro prendedores
de la señorita Emilia.
Era el primer
capítulo de la catástrofe. La joven señora Devereux había perdido sus
diamantes, que guardaba en un cajón sin llave, y también algunas pieles
valiosas, regalo de bodas. El juez y su esposa notaron la desaparición de
varias joyas y cierta cantidad de dinero. La señora Carmichael fue la más
perjudicada. No sólo le faltaron algunas joyas de gran valor, sino que una
considerable suma de dinero que guardaba en su piso había volado. Aquella
noche, Juana había salido y su ama tenía la costumbre de pasear por los
jardines al anochecer llamando a los pájaros y arrojándoles migas de pan. Era
evidente que Mary, la doncella perfecta, había encontrado las llaves que abrían
todos los pisos.
Hay que confesar que
en Saint Mary Mead reinaba cierta malsana satisfacción. ¡La señorita Lavinia
había alardeado tanto de su maravillosa Mary...!
-Y, total, ha
resultado una vulgar ladrona.
A esto siguieron
interesantes descubrimientos. Mary no sólo había desaparecido, sino que la
agencia que la colocó pudo comprobar que la Mary Higgins que recurrió a ellos y
cuyas referencias dieron por buenas, era una impostora. La verdadera Mary
Higgins era una fiel sirvienta que vivía con la hermana de un virtuoso
sacerdote en cierto lugar de Cornwall.
-Ha sido
endiabladamente lista -tuvo que admitir el inspector Slack-. Y si quieren saber
mi opinión, creo que esa mujer trabaja con una banda de ladrones. Hace un año
hubo un caso parecido en Northumberland. No la cogieron ni pudo recuperarse lo
robado. Sin embargo, nosotros lo haremos algo mejor.
El inspector Slack
era un hombre de carácter muy optimista.
No obstante, iban
transcurriendo las semanas y Mary Higgins continuaba triunfalmente en libertad.
En vano el inspector Slack redoblaba la energía que le era característica.
La señora Lavinia
permanecía llorosa, y la señorita Emilia estaba tan contraída e inquieta por su
estado que envió a buscar al doctor Haydock.
El pueblo entero
estaba ansioso por conocer lo que opinaba de la enfermedad de la señorita
Emilia, pero, claro, no podían preguntárselo. Sin embargo, pudieron informarse
gracias al señor Meek, el ayudante del farmacéutico, que salía con Clara, la
doncella de la señora Price-Ridley. Entonces se supo que el doctor Haydock le
había recetado una mezcla de asafétida y valeriana, que según el señor Meek,
era lo que daban a los maulas del Ejército que se fingían enfermos.
Poco después supieron
que la señorita Emilia, carente de la atención médica que precisaba, había
declarado que en su estado de salud consideraba necesario permanecer cerca del
especialista de Londres que comprendía su caso. Dijo que lo hacía sobre todo por
Lavinia.
El piso quedó por
alquilar.
Varios días después,
la señorita Marple, bastante sofocada, llegó al puesto de la policía de Much
Benham preguntando por el inspector Slack.
Al inspector Slack no
le era simpática la señorita Marple, pero se daba cuenta de que el jefe de
Policía, coronel Melchett, no compartía su opinión. Por lo tanto, aunque de
mala gana, la recibió.
-Buenas tardes,
señorita Marple. ¿En qué puedo servirla?
-¡Oh, Dios mío!
-repuso la solterona-. Veo que tiene usted mucha prisa.
-Hay mucho trabajo
-replicó el inspector Slack-; pero puedo dedicarle unos minutos.
-¡Oh, Dios mío!
Espero saber exponer con claridad lo que vengo a decirle. Resulta tan difícil
explicarse, ¿no lo cree usted así? No, tal vez usted no. Pero, compréndalo, no
habiendo sido educada por el sistema moderno..., sólo tuve una institutriz que
me enseñaba las fechas del reinado de los reyes de Inglaterra y cultura
general... Doctor Brewer.., tres clases de enfermedades del trigo... pulgón...
añublo... y, ¿cuál es la tercera?, ¿tizón?
-¿Ha venido a
hablarme del tizón? -le preguntó el inspector, enrojeciendo acto seguido.
-¡Oh, no, no! -se
apresuró a responder la señorita Marple-. Ha sido un ejemplo. Y qué superfluo
es todo eso, ¿verdad..., pero no le enseñan a uno a no apartarse de la
cuestión, que es lo que yo quiero. Se trata de Gladdie, ya sabe, la doncella de
las señoritas Skinner.
-Mary Higgins -dijo
el inspector Slack.
-¡Oh, sí! Ésa fue la
segunda doncella; pero yo me refiero a Gladdie Holmes..., una muchacha bastante
impertinente y demasiado satisfecha de sí misma, pero muy honrada, y por eso es
muy importante que se la rehabilite.
-Que yo sepa no hay
ningún cargo contra ella -repuso el inspector.
-No; ya sé que no se
la acusa de nada..., pero eso aún resulta peor, porque ya sabe usted, la gente
se imagina cosas. ¡Oh, Dios mío..., sé que me explico muy mal! Lo que quiero
decir es que lo importante es encontrar a Mary Higgins.
-Desde luego -replicó
el inspector-. ¿Tiene usted alguna idea?
-Pues a decir verdad,
sí -respondió la señorita Marple-. ¿Puedo hacerle una pregunta? ¿No le sirven
de nada las huellas dactilares
-¡Ah! -repuso el
inspector Slack-. Ahí es donde fue más lista que nosotros. Hizo la mayor parte
del trabajo con guantes de goma, según parece. Y ha sido muy precavida...,
limpió todas las que podía haber en su habitación y en la fregadera. ¡No
conseguimos dar con una sola huella en toda la casa!
-Y si las tuviera,
¿le servirían de algo?
-Es posible, señora.
Pudiera ser que las conocieran en el Yard. ¡No sería éste su primer hallazgo!
La señorita Marple
asintió muy contenta y abriendo su bolso sacó una caja de tarjetas; en su
interior, envuelto en algodones, había un espejito.
-Es el de mi monedero
-explicó-. En él están las huellas digitales de la doncella. Creo que están
bien claras... puesto que antes tocó una sustancia muy pegajosa.
El inspector estaba
sorprendido.
-¿Las consiguió a
propósito?
-¡Naturalmente!
-¿Entonces,
sospechaba ya de ella?
-Bueno, ¿sabe usted?,
me pareció demasiado perfecta. Y así se lo dije a la señorita Lavinia, pero no
supo comprender la indirecta. Inspector, yo no creo en las perfecciones. Todos
nosotros tenemos nuestros defectos... y el servicio doméstico los saca a relucir
bien pronto.
-Bien -repuso el
inspector Slack, recobrando su aplomo-. Estoy seguro de que debo estarle muy
agradecido. Enviaré el espejo al Yard y a ver qué dicen.
Se calló de pronto.
La señorita Marple había ladeado ligeramente la cabeza y lo contempló con
fijeza.
-¿Y por qué no mira
algo más cerca, inspector?
-¿Qué quiere decir,
señorita Marple?
-Es muy difícil de
explicar, pero cuando uno se encuentra ante algo fuera de lo corriente, no deja
de notarlo... A pesar de que a menudo pueden resultar simples naderías. Hace
tiempo que me di cuenta, ¿sabe? Me refiero a Gladdie y al broche. Ella es una chica
honrada; no lo cogió. Entonces, ¿por qué lo imaginó así la señorita Skinner?
Miss Lavinia no es tonta..., muy al contrario. ¿Por qué tenía tantos deseos de
despedir a una chica que era una buena sirvienta, cuando es tan difícil
encontrar servicio? Eso me pareció algo fuera de lo corriente..., y empecé a
pensar. Pensé mucho. ¡Y me di cuenta de otra cosa rara! La señorita Emilia es
una hipocondríaca, pero es la primera hipocondríaca que no ha enviado a buscar
en seguida a uno u otro médico. Los hipocondríacos adoran a los médicos. ¡Pero
la señorita Emilia, no!
-¿Qué es lo que
insinúa, señorita Marple?
-Pues que las
señoritas Skinner son unas personas muy particulares. La señorita Emilia pasa
la mayor parte del tiempo en una habitación a oscuras, y si eso que lleva no es
una peluca... ¡me como mi moño postizo! Y lo que digo es esto: que es
perfectamente posible que una mujer delgada, pálida y de cabellos grises sea la
misma que la robusta, morena y sonrosada... puesto que nadie puede decir que
haya visto alguna vez juntas a la señorita Emilia y a Mary Higgins. Necesitaron
tiempo para sacar copias de todas las llaves, y para descubrir todo lo
referente a la vida de los demás inquilinos, y luego... hubo que deshacerse de
la muchacha del pueblo. La señorita Emilia sale una noche a dar un paseo por el
campo y a la mañana siguiente llega a la estación convertida en Mary Higgins. Y
luego, en el momento preciso, Mary Higgins desaparece y con ella la pista. Voy
a decirle dónde puede encontrarla, inspector... ¡En el sofá de Emilia
Skinner...! Mire si hay huellas dactilares, si no me cree, pero verá que tengo
razón. Son un par de ladronas listas... esas Skinner... sin duda en combinación
con un vendedor de objetos robados... o como se llame. ¡Pero esta vez no se
escaparán! No voy a consentir que una de las muchachas de la localidad sea
acusada de ladrona. Gladdie Holmes es tan honrada como la luz del día y va a
saberlo todo el mundo. ¡Buenas tardes!
La señorita Marple
salió del despacho antes de que el inspector Slack pudiera recobrarse.
-¡Cáspita! -murmuró-.
¿Tendrá razón, acaso?
No tardó en descubrir
que la señorita Marple había acertado una vez más.
El coronel Melchett
felicitó al inspector Slack por su eficacia y la señorita Marple invitó a
Gladdie a tomar el té con Edna, para hablar seriamente de que procurara no
dejar un buen empleo cuando lo encontrara.
FIN
-Ahora recuerdo un
caso... -dijo Jane Helier. Su bello rostro se iluminó con la sonrisa confiada
del niño que busca aprobación. Era la sonrisa que conmovía a diario al público
de Londres y que había hecho la fortuna de los fotógrafos-. Le ocurrió a una amiga
mía -dijo con precaución.
Todo el mundo hizo
hipócritas gestos de aliento. El coronel Bantry, su esposa, don Henry
Clithering, el doctor Lloyd y la anciana señorita Marple estaban convencidos de
que la “amiga” de Jane era ella misma. Hubiera sido incapaz de recordar o
interesarse por algo que afectara a cualquier otra persona.
-Mi amiga -continuó
Jane-, no mencionaré su nombre, era una actriz muy conocida.
Nadie exteriorizó la
menor sorpresa y don Henry Clithering pensó para sí: “Me pregunto cuánto
tardará en olvidarse de la farsa y dirá 'yo' en vez de 'ella'...”
-Mi amiga se
encontraba de gira por provincias, de esto hará uno o dos años. Supongo que es
mejor no decir el nombre del lugar. Estaba en la ribera de un río, muy cerca de
Londres. Lo llamaré...
Hizo una pausa,
frunciendo el entrecejo. Al parecer, inventar un simple nombre era demasiado
para ella, y don Henry acudió en su ayuda.
-¿Lo llamamos
Riverbury? -le sugirió.
-Oh, sí, espléndido,
Riverbury, lo recordaré. Bien, como decía, esta amiga mía se encontraba en
Riverbury con su compañía cuando ocurrió algo muy curioso.
Volvió a fruncir el
entrecejo.
-¡Es tan difícil
decir lo que una quiere decir! -se lamentó-. Temo confundirme y decir unas
cosas antes que otras.
-Lo hace usted muy
bien -le dijo el doctor Lloyd para animarla-. Continúe.
-Bien, pues ocurrió
algo muy curioso. Mi amiga fue llevada al puesto de policía. Al parecer se
había cometido un robo en su bungalow, situado junto al río, y habían detenido
a un joven que les contó una extraña historia, y por eso fueron a buscarla.
Nunca había estado en un puesto de policía, pero se mostraron muy amables con
ella, amabilísimos.
-No me extraña en
absoluto -dijo don Henry.
-El sargento, creo
que era un sargento, o tal vez fuese un inspector, la invitó a sentarse y le
explicó lo ocurrido. Desde luego yo vi en seguida que se trataba de una
equivocación.
“¡Aja! -pensó don
Henry-. '¡Yo!' Ya está, lo que imaginaba”.
-Eso dijo mi amiga
-continuó Jane, sin advertir su propia traición-. Explicó que había estado
ensayando en el hotel con su suplente y que nunca había oído siquiera el nombre
de señor Faulkener. Y el sargento dijo: “señorita Hel...”.
Se detuvo muy
sonrojada.
-¿Señorita Helman?
-le sugirió don Henry con un guiño.
-Sí, sí, eso es.
Gracias. El sargento dijo: “Señorita Helman, creo que debe de haber alguna
equivocación, puesto que usted se aloja en el Bridge Hotel”. Y luego me
preguntó si me importaría que me confrontaran con aquel joven. No sé si se dice
confrontar o carear. No lo puedo recordar.
-No importa realmente
-le aseguró don Henry.
-De todos modos, yo
dije: “Claro que no”. Y lo trajeron y dijeron: “Ésta es señorita Helier” y...
¡Oh! -Jane se interrumpió boquiabierta.
-No importa, querida
-le dijo señorita Marple para consolarla-. De todas maneras lo hubiéramos
adivinado. Y no nos ha dicho el nombre del lugar ni nada realmente importante.
-Bueno -dijo Jane-.
Mi intención era contárselo como si le hubiera ocurrido a otra persona, pero es
difícil, ¿verdad? Quiero decir que una se olvida.
Todos le aseguraron
que era muy difícil y una vez tranquilizada, prosiguió con su algo enrevesado
relato.
-Era un hombre muy
atractivo, mucho. Joven y pelirrojo. Al verme se quedó con la boca abierta y el
sargento le preguntó: “¿Es ésta la dama?” Y él contestó: “No, desde luego que
no. Qué estúpido he sido”. Yo le sonreí, diciéndole que no tenía importancia.
-Me imagino la escena
-dijo don Henry.
Jane Helier frunció
el entrecejo.
-Déjeme pensar cómo
sería mejor continuar.
-¿Y si nos contara de
qué se trata, querida? -dijo señorita Marple con tal amabilidad que nadie pudo
sospechar su ironía-. Quiero decir que cuál era la equivocación de aquel joven
y de qué se trataba el robo.
-Oh, sí -exclamó
Jane-. Bien, ese joven, Leslie Faulkener, había escrito una comedia. A decir
verdad había escrito varias, aunque nunca le representaron una. Y me envió una
en particular para que la leyera. Yo lo ignoraba, ya que recibo cientos de
obras de teatro y leo muy pocas, sólo aquéllas de las que sé algo. De todas
formas, así fue, y al parecer el señor Faulkener recibió una carta mía, sólo
que resultó que no la había escrito yo. ¿Comprenden?
Hizo una pausa con
ansiedad y todos le aseguraron que la habían entendido.
-En ella le decía que
había leído su comedia, que me gustaba mucho y que viniera a hablar conmigo. Le
daba la dirección, el bungalow de Riverbury. De modo que el señor Faulkener,
muy satisfecho, fue a verme a ese lugar: el bungalow. Le abrió la puerta una
doncella a quien él preguntó por la señorita Helier y ella le dijo que la
señorita Helier lo estaba esperando y le hizo pasar al salón, donde lo recibió
una mujer que él aceptó como si fuera yo, lo cual resulta bastante extraño,
puesto que me había visto actuar y mis fotografías son bien conocidas en todas
partes, ¿verdad?
-Por todo lo largo y
ancho de Inglaterra -replicó la señora Bantry-. Pero a menudo hay una gran
diferencia entre la fotografía y el original, mi querida Jane. Así como cuando
se ve a las artistas fuera del escenario. No todas las actrices pueden superar esa
prueba como tú, recuérdelo.
-Bueno -dijo Jane un
tanto aplacada-, es posible. De todas formas describió a aquella mujer diciendo
que era alta, rubia, de grandes ojos azules y muy atractiva, de modo que debía
parecerse bastante a mí. Desde luego, él no sospechó nada y ella se sentó,
comenzó a charlar de su comedia y de las ganas que tenía de representarla.
Mientras hablaban, les sirvieron unos combinados y el señor Faulkener tomó uno.
Bueno, eso es todo lo que recuerda, que se bebió el combinado. Cuando despertó,
o volvió en sí, estaba tendido en la carretera junto a la cuneta, desde luego
donde no había peligro de que lo atropellaran. Estaba muy débil y desorientado,
tanto que, cuando se levantó y echó a andar tambaleándose, no sabía adónde se
dirigía. Dijo que, de haber estado en posesión de todas sus facultades, hubiera
vuelto al bungalow para tratar de averiguar lo ocurrido, pero se sentía tan
torpe y aturdido que siguió caminando sin saber apenas lo que hacía. Empezaba a
rehacerse cuando fue detenido por la policía.
-¿Por qué lo
detuvieron? -preguntó el doctor Lloyd.
-¡Oh! ¿No se lo dije?
-exclamó Jane abriendo mucho los ojos-. Qué tonta soy, por el robo.
-Usted mencionó un
robo, pero no dijo dónde tuvo lugar ni por qué.
-Bueno, ese bungalow,
ese al que fue él, no era mío, por supuesto. Pertenecía a un hombre cuyo nombre
era...
De nuevo Jane Helier
frunció el entrecejo.
-¿Quiere que vuelva a
hacer de padrino? -le preguntó don Henry-. Seudónimos gratis. Descríbame al
individuo y yo lo bautizaré.
-Lo había alquilado
un acaudalado caballero, de la ciudad.
-Don Herman Cohen
-sugirió don Henry.
-Le va perfectamente.
Lo alquiló para una mujer, esposa de un actor y también actriz.
-Al actor podemos
llamarle Claud Leason -dijo don Henry- y a ella por su nombre artístico, por
ejemplo, señorita Mary Kerr.
-Creo que es usted
muy inteligente -dijo Jane-. A mí no se me ocurren las cosas tan fácilmente.
Bien, era una especie de casita de campo donde don Herman... ¿ha dicho usted
Herman?, y la dama pretendían pasar los fines de semana. Por supuesto, la
esposa no sabía nada de esto.
-Es lo que suele
ocurrir -dijo don Henry.
-Y le había regalado
a la actriz una buena cantidad de joyas, incluidas unas esmeraldas muy finas.
-¡Ah! -exclamó el
doctor Lloyd-. Ya vamos llegando.
-Estas joyas estaban
en el bungalow bien cerradas en un joyero. La policía dijo que era una
imprudencia, que cualquiera pudo cogerlas.
-¿Ves, Dolly?
-intervino el coronel Bantry-. ¿Qué es lo que te digo siempre?
-Bueno, según he
visto por propia experiencia -contestó la señora Bantry-, es siempre la gente
cuidadosa la que pierde sus joyas. Yo no encierro las mías en ningún joyero,
las guardo sueltas en un cajón debajo de las medias. Me atrevo a decir que
si... ¿cómo se llama?, si Mary Kerr hubiese hecho lo mismo, no se las hubieran
robado tan fácilmente.
-Las habrían
encontrado -replicó Jane-, pues todos los cajones fueron abiertos y su
contenido esparcido por el suelo.
-Entonces no andaban
buscando joyas -dijo la señora Bantry-, sino documentos secretos. Es lo que
ocurre siempre en las novelas.
-No sé nada de ningún
documento secreto -respondió Jane pensativa-. No los oí mencionar.
-No se distraiga,
señorita Helier -dijo el coronel Bantry-. No se inquiete usted por las pistas
falsas disparatadas que diga mi esposa.
-Siga hablando del
robo -le indicó amablemente don Henry.
-Sí. La policía
recibió una llamada telefónica de alguien que se hizo pasar por Mary Kerr. Dijo
que habían robado en el bungalow y describió a un joven pelirrojo que se había
presentado aquella mañana en el bungalow. A su doncella le pareció un tipo muy raro
y se negó a dejarlo entrar, pero más tarde lo vio salir por una ventana. Lo
describió con tanto detalle que la policía lo detuvo media hora después y
entonces él contó su historia y mostró mi carta. Vinieron a buscarme y al
verme, dijo lo que ya les he contado: ¡que no era yo!
-Una historia muy
curiosa -dijo el doctor Lloyd-. ¿El señor Faulkener conocía a esa señorita
Kerr?
-No, no la conocía, o
por lo menos eso dijo. Pero aún no les he contado lo más curioso. La policía
fue al bungalow y lo encontraron tal como lo he descrito antes: los cajones por
el suelo y ni rastro de las joyas, pero no había nadie. Hasta algunas horas más
tarde no regresó Mary Kerr, quien negó haberles telefoneado y afirmó que nada
sabía de lo ocurrido hasta aquel momento. Al parecer había recibido un
telegrama de su representante ofreciéndole un papel importante y concertando
una entrevista a la que naturalmente se había apresurado a acudir. Al llegar
allí, descubrió que todo había sido una broma y que el representante no le
había enviado ningún telegrama.
-Un truco bastante
usado para quitarla de en medio -comentó don Henry-. ¿Qué me dice de los
criados?
-Había ocurrido lo
mismo. Sólo tenía una doncella a la que llamaron por teléfono, aparentemente de
parte de Mary Kerr, para decirle que ésta se había olvidado algo muy importante
y dándole instrucciones para que cogiese cierto bolso de mano que estaba en un
cajón de su dormitorio y tomara el primer tren. La doncella así lo hizo, desde
luego, y dejó la casa cerrada. Pero cuando llegó al club de la señorita Kerr,
que era donde le dijeron que esperara a su señora, la esperó en vano.
-¡Hum! -murmuró don
Henry-. Empiezo a comprender. La casa se quedó vacía y entrar por una de sus
ventanas no creo que resultara muy difícil. Pero no veo qué pinta en todo esto
el señor Faulkener. ¿Y quién telefoneó a la policía, si no fue señorita Kerr?
-Eso nadie llegó a
averiguarlo nunca.
-Es curioso -comentó
don Henry-. ¿Resultó ser el joven quien dijo ser?
-Oh, sí. Incluso
presentó la carta que supuso escrita por mí. La letra no se parecía en nada a
la mía, pero, claro, no era de esperar que conociese mi letra.
-Bien, precisemos los
hechos con claridad -dijo don Henry-. Corríjame si me equivoco. La señora y la
doncella son alejadas de la casa. Atraen a ese joven a la casa por medio de una
carta falsa, aprovechando la circunstancia de que usted se encontraba aquella
semana actuando en Riverbury. El joven ingiere una droga y la policía recibe
una llamada que hace que sospechen de él. Se ha cometido un robo. ¿Supongo que
se llevarían las joyas?
-Oh, sí.
-¿Y fueron
recuperadas?
-No, nunca. A decir
verdad, creo que don Herman intentó echar tierra al asunto. Pero no pudo
conseguirlo y me parece que su esposa solicitó el divorcio por este motivo,
aunque no lo sé con certeza.
-¿Qué le ocurrió al
señor Leslie Faulkener?
-Que al fin fue
puesto en libertad. La policía no tenía suficientes pruebas contra él. ¿No les
parece que es todo muy extraño?
-Realmente muy
extraño. La primera pregunta es: ¿qué historia debemos creer? Señorita Helier,
he observado que usted se inclina hacia la del señor Faulkener. ¿Tiene usted
alguna razón para ello aparte de su propio instinto?
-No, no -contestó
Jane contrariada-. Supongo que no. Pero era tan simpático y se disculpó de tal
modo por haber tomado a otra persona por mí, que tuve el convencimiento de que
decía la verdad.
-Ya comprendo -dijo
don Henry con una sonrisa-. Pero debe admitir que pudo inventar esa historia
con toda facilidad y haber escrito él mismo la carta que se suponía que era de
usted. También pudo tomar alguna droga después de cometer el robo, pero confieso
que no veo qué propósito pudiera tener semejante actuación. Era más sencillo
entrar en la casa y desaparecer tranquilamente, a menos que lo hubiese visto
algún vecino y él lo supiera. Entonces pudo rápidamente idear este plan para
desviar las sospechas y explicar su presencia en la casa.
-¿Tenía dinero?
-preguntó la señorita Marple.
-No lo creo
-respondió Jane-. No, más bien me parece que andaba bastante apurado.
-Todo este asunto
resulta muy curioso -dijo el doctor Lloyd-. Debo confesar que si aceptamos la
historia de ese joven como cierta, el caso presenta más dificultades. ¿Para qué
iba a querer la dama que pretendía hacerse pasar por la señorita Helier mezclar
en el asunto a un desconocido? ¿Por qué montar una comedia tan terriblemente
complicada?
-Dime, Jane -dijo la
señora Bantry-. ¿Llegó a encontrarse frente a frente el joven Faulkener con
Mary Kerr en algún momento durante los interrogatorios?
-No puedo asegurarlo
-contestó Jane despacio y esforzándose por recordar.
-¡De no ser así, el
caso está resuelto! -exclamó la señora Bantry-. Estoy segura de que tengo
razón. ¿Qué es más sencillo que pretender que había sido reclamada en la
ciudad? Luego telefonea desde Paddington o cualquier otra estación a su
doncella y, mientras ésta va a la ciudad, ella regresa. El joven acude a la
cita, lo droga y prepara la escena del robo con el mayor lujo posible de
detalles. Telefonea a la policía, les da la descripción de la víctima
propiciatoria y vuelve de nuevo a la ciudad. Luego regresa a su casa en el
último tren y se hace la inocente y sorprendida.
-Pero, ¿por qué iba a
robar sus propias joyas, Dolly?
-Siempre lo hacen
-respondió la señora Bantry-. Y de todas formas se me ocurren mil razones. Tal
vez quería dinero y es posible que don Herman no se lo diera, por lo que simula
el robo de las joyas y luego las vende en secreto. O quizás alguien le estuviera
haciendo chantaje, amenazándola con decírselo a su marido o a la esposa de don
Herman. También es posible que ya las hubiera vendido, y don Herman lo
sospechara, le preguntara por ellas y se viera obligada a hacer algo. Eso
sucede muy a menudo en las novelas. O quizá se las estaba haciendo montar de
nuevo y tenía en casa una imitación falsa. O bien... ésta es una buena idea y
no tan típica... simula que le han sido robadas, se pone frenética y él le
regala otras. De este modo tiene dos lotes en vez de uno. Estoy segura de que
esa clase de mujeres saben muchos trucos.
-Eres muy
inteligente, Dolly -le dijo Jane con admiración-. A mí no se me habría
ocurrido.
-Es posible que lo
sea, pero no ha dicho que tenga razón -comentó el coronel Bantry-. Yo me
inclino a sospechar del caballero de la ciudad. Él sabría la clase de telegrama
que haría marcharse de su casa a la actriz y el resto pudo arreglarlo
fácilmente con la ayuda de una buena amiga. Al parecer nadie ha pensado en
preguntarle a él si tiene una cortada.
-¿Qué opina usted,
señorita Marple? -preguntó Jane volviéndose hacia la anciana, que había
fruncido el entrecejo.
-Querida, en realidad
no sé qué decir. Don Henry se reirá, pero esta vez no recuerdo ningún caso
similar ocurrido en el pueblo que me sirva de ayuda. Desde luego, hay varios
aspectos de su relato que son muy sugerentes. Por ejemplo, la cuestión del
servicio. En... ejem... en una casa de costumbres tan dudosas, la sirvienta
debía conocer perfectamente la situación, y una muchacha decente no hubiera
aceptado jamás semejante empleo, ni su madre se lo hubiera permitido ni por un
momento. De modo que podemos suponer que la doncella no era muy de fiar. Pudo
dejarles la casa abierta a los ladrones mientras ella iba a Londres para
desviar sospechas. Debo confesar que me parece la solución más probable. Sólo
que si fuese obra de unos ladrones corrientes me resultaría muy raro, ya que
para un robo así se precisan más conocimientos de los que pueda tener una
doncella.
La señorita Marple
hizo una pausa antes de proseguir con aire soñador:
-No puedo dejar de
pensar que hubo algo más, quiero decir algún conflicto personal. Supongamos,
por ejemplo, que alguien se sintiera despechado. ¿Tal vez una joven actriz a
quien él no hubiera tratado bien? ¿No creen que eso explicaría mejor las cosas?
Un intento deliberado para complicarle la vida: Eso es lo que parece. Y no
obstante, no resulta del todo satisfactorio.
-Vaya, doctor, usted
no ha dicho nada -dijo Jane-. Me había olvidado de usted.
-De mí se olvida
siempre todo el mundo -contestó el doctor con tristeza-. Debo de tener una
personalidad muy anodina.
-¡Oh, no! -exclamó
Jane-. ¿Quiere, pues, darnos su opinión?
-Me encuentro en la
posición de estar de acuerdo con las soluciones de todos y al mismo tiempo con
ninguna. Yo tengo la teoría descabellada, y probablemente totalmente errónea,
de que la esposa tiene algo que ver en el asunto. Me refiero a la de don
Herman. No tengo el menor indicio en qué basarme, sólo sé que les sorprendería
saber las cosas extraordinarias, realmente muy extraordinarias, que son capaces
de hacer las esposas engañadas si se les mete en la cabeza.
-¡Oh! Doctor Lloyd
-exclamó la señorita Marple, excitada-, qué inteligente es usted. No me había
acordado para nada de la pobre señora Pebmarsh.
Jane la miró
extrañada.
-¿La señora Pebmarsh?
¿Quién es la señora Pebmarsh?
-Pues... -la señorita
Marple vacilaba-... ignoro si tendrá algo que ver con esto. Es una lavandera
que robó un broche con un ópalo que estaba prendido en una blusa y lo escondió
en casa de otra mujer.
Jane pareció más
confundida que nunca.
-¿Y eso le hace ver
claro este asunto, señorita Marple? -dijo don Henry con su habitual guiño.
Mas, ante su
sorpresa, la señorita Marple negó con la cabeza.
-No, me temo que no.
Debo confesar que estoy completamente desorientada. Lo que sí sé es que las
mujeres deberían estar siempre unidas y defender en caso de apuro a las de su
propio sexo. Creo que ésta es la moraleja de la historia que acaba de contarnos
la señorita Helier.
-Debo confesar que no
había considerado el aspecto ético del misterio -dijo don Henry en tono grave-.
Tal vez vea con más claridad el significado de sus palabras cuando la señorita
Helier nos haya dado la solución.
-¿Cómo? -exclamó
Jane, todavía más asombrada.
-Estoy confesando que
"nos damos por vencidos". Usted y sólo usted, señorita Helier, ha
tenido el alto honor de presentar un misterio tan complicado que incluso la
misma señorita Marple ha tenido que confesar su derrota.
-¿Todos se dan por
vencidos? -preguntó en alta voz Jane.
-Sí. -Tras un minuto
de silencio durante el cual todos esperaban que los demás tomasen la palabra,
don Henry volvió a llevar la voz cantante-. Es decir, que nos limitamos a
presentar las soluciones esbozadas por todos nosotros: una de cada caballero,
dos de la señorita Marple y cerca de una docena de la señora B.
-No llegaban a una
docena -replicó la señora Bantry-. Algunas eran variaciones sobre el mismo
tema. ¿Y cuántas veces he de decirle que no quiero que me llame señora B?
-De modo que se dan
por vencidos. -Jane estaba pensativa-. Es muy interesante.
Se inclinó hacia
delante en la silla y empezó a limarse las uñas con aire ausente.
-Bueno -dijo la
señora Bantry-. Vamos, Jane. ¿Cuál es la solución?
-¿La solución?
-Sí. ¿Qué ocurrió en
realidad?
Jane la miró de hito
en hito.
-No tengo la menor
idea.
-¿Cómo?
-Siempre quise
saberla y pensé que entre todos ustedes, que son tan inteligentes, podrían
dármela.
Todo el mundo
disimuló su contrariedad. Todos aceptaban que Jane fuese tan hermosa, pero en
aquel momento todos pensaron que había llevado demasiado lejos su estupidez.
Incluso la belleza más trascendental no podía excusarla.
-¿Quiere decir que la
verdad nunca fue descubierta? -preguntó don Henry.
-No. Y por eso, como
les dije, pensé que ustedes me la podrían explicar a mí.
Jane parecía
contrariada, como si hubiera sido agraviada.
-Bueno, yo... yo...
-dijo el coronel Bantry, y le fallaron las palabras.
-Eres una joven muy
irritante, Jane -dijo su esposa-. De todas maneras, estoy segura y siempre lo
estaré de que tengo razón. Y si nos dijera los verdaderos nombres de todas esas
personas, lo comprobaría.
-No creo que pueda
hacerlo -replicó Jane lentamente.
-No, querida
-intervino la señorita Marple-. La señorita Helier no puede hacer eso.
-Claro que puede
-dijo la señora Bantry-. No seas tan escrupulosa. Los mayores podemos comentar
algún que otro escándalo. De todas maneras, díganos por lo menos quién era el
magnate de la ciudad.
La señorita Jane negó
con la cabeza y la señorita Marple continuó apoyando a la joven.
-Debió de ser un caso
muy desagradable -le dijo.
-No -replicó Jane
pensativa-. Creo... creo que más bien disfruté.
-Bien, es posible
-respondió la señorita Marple-. Supongo que rompería la monotonía. ¿Qué comedia
estaba usted representando?
-Smith.
-Oh, sí. Es una de
Somerset Maugham, ¿verdad? Todas sus obras son muy inteligentes. Las he visto
casi todas.
-Vas a reponerla el
próximo otoño, ¿verdad? -le preguntó la señora Bantry.
Jane asintió.
-Bueno -dijo la
señorita Marple poniéndose en pie-. Debo irme a casa. ¡Es tan tarde! Pero he
pasado una velada muy entretenida. No sucede a menudo. Creo que la historia de
la señorita Helier se lleva el premio. ¿No les parece?
-Siento que se hayan
disgustado conmigo -dijo Jane-, porque no sé el final. Supongo que debí decirlo
antes.
Su tono denotaba
pesar y el doctor Lloyd salvó la situación con su galantería acostumbrada.
-Mi querida amiga,
¿por qué había de sentirlo? Usted nos ha presentado un bonito problema para que
aguzáramos nuestro ingenio. Lo único que lamento es que ninguno de nosotros
haya sabido resolverlo convenientemente.
-Hable por usted
-dijo la señora Bantry-. Yo lo he resuelto, estoy completamente convencida.
-¿Sabe que creo que
tiene usted razón? -intervino Jane-. Lo que ha dicho parecía muy razonable.
-¿A cuál de sus siete
soluciones se refiere? -preguntó don Henry molesto.
El doctor Lloyd
ayudaba a la señorita Marple a ponerse sus chanclos. "Sólo por si
acaso", dijo. El doctor debía acompañarla hasta su vieja casa y, una vez
envuelta en diversos chales de lana, les dio a todos las buenas noches.
Después, acercándose a Jane Helier, le murmuró unas palabras en el oído. Tal
exclamación de sorpresa salió de los labios de Jane que hizo que los demás se
volvieran a mirarla.
Asintiendo con una
sonrisa, la señorita Marple se dispuso a marcharse seguida por la mirada de
Jane Helier.
-¿Vas a acostarte,
Jane? -preguntó la señora Bantry-. ¿Qué te ocurre, Jane? Parece como si
acabaras de ver un fantasma.
Con un profundo
suspiro, la actriz se rehizo y, sonriendo a los dos hombres, siguió a su
anfitriona hacia la escalera. La señora Bantry entró con la joven en su
habitación.
-El fuego está casi
apagado -dijo removiendo inútilmente el rescoldo-. No son ni capaces de
encender bien el fuego, estas estúpidas doncellas. Aunque supongo que ya es muy
tarde. ¡Vaya, es más de la una!
-¿Crees que hay
muchas personas como ella? -preguntó Jane Helier.
Se había sentado a un
lado de la cama, al parecer perdida en sus pensamientos.
-¿Como la doncella?
-No, como esa extraña
anciana, ¿cómo se llama? ¿Marple?
-¡Oh! No lo sé.
Imagino que es bastante corriente encontrar ancianitas como ella en los pueblos.
-Oh, Dios mío
-replicó Jane-. No sé qué hacer, de veras.
Suspiró
profundamente.
-¿Qué te ocurre?
-Estoy preocupada.
-¿Por qué?
-Dolly -Jane Helier
adquirió de pronto un tono solemne-, ¿sabes lo que esa extraña viejecita me
murmuró al oído esta noche un poquito antes de marcharse?
-No. ¿Qué?
-Me dijo: "Si yo
fuera usted no lo haría, querida. Nunca se ponga en manos de otra mujer, aunque
la considere su amiga". ¿Sabes, Dolly, que eso es absolutamente cierto?
-¿El consejo? Sí, tal
vez lo sea, pero no le veo la aplicación.
-Cree que no debo
confiar totalmente en otra mujer. Y, además, estaría en sus manos. No se me
había ocurrido pensarlo.
-¿De qué mujer estás
hablando?
-De Netta Greene, mi
suplente.
-¿Y qué diablos sabe
la señorita Marple de tu suplente?
-Imagino que lo ha
adivinado, aunque no sé cómo.
-Jane, ¿quieres
explicarme en seguida de qué estás hablando?
-De mi historia, la
que acabo de contarles. Oh, Dolly, esa mujer, la que apartó a Claud de mi
lado...
La señora Bantry
asintió y a su memoria acudió el primer matrimonio desgraciado de Jane con
Claud Averbury, el actor.
-Se casó con ella y
yo podía haberle dicho lo que iba a suceder. Claud lo ignoraba, pero ella pasa
los fines de semana con don Joseph Salmon en el bungalow del que les he
hablado. Yo quería descubrirla, demostrar a todo el mundo la clase de mujer que
es. Y con un robo, todo hubiera tenido que salir a relucir.
-¡Jane! -exclamó la
señora Bantry-. ¿Imaginaste tú el caso que acabas de contarnos?
Jane asintió.
-Por eso escogí la
obra Smith. En ella aparezco vestida de doncella y tengo a mano el disfraz. Y
cuando me enviaran al puesto de policía sería lo más sencillo del mundo decir
que estaba ensayando mi papel en mi hotel con mi suplente, cuando en realidad estaríamos
en el bungalow. Yo me limitaría a abrir la puerta y servir los combinados, y
Netta simularía ser yo. Él no volvería a verla, por supuesto, de modo que no
habría forma de que la reconociera. Y yo cambio muchísimo vestida de doncella.
Y, además, no se mira a las doncellas como si fueran personas. Luego
planeábamos llevarlo a la carretera, coger las joyas, telefonear a la policía y
regresar al hotel. No me gustaría que sufriera el pobre muchacho, pero don
Henry no parece creer que vaya a sufrir, ¿verdad? Y ella saldría en los
periódicos y Claud sabría cómo es en realidad.
La señora Bantry se
sentó exhalando un gemido.
-Oh, mi cabeza. Y
todo este tiempo... Jane Helier, ¡eres terrible! ¡Y nos has contado la historia
como si nada!
-Soy una buena actriz
-contestó Jane complacida-. Siempre lo he sido, aunque la gente diga lo
contrario. No me descubrí en ningún momento, ¿verdad?
-La señorita Marple
tenía razón -murmuró la señora Bantry-. El elemento emocional. Oh, sí, el
elemento emocional. Jane, pequeña, ¿te das cuenta de que un robo es un robo y
de que podrías acabar irremisiblemente en la cárcel?
-Bueno, ninguno de
ustedes lo adivinó -respondió Jane-, excepto la señorita Marple.
Su rostro volvió a
adquirir una expresión preocupada.
-Dolly, ¿crees
realmente que hay mucha gente como ella?
-Con franqueza, no lo
creo -contestó la señora Bantry.
Jane volvió a
suspirar.
-De todos modos, es
mejor no arriesgarse. Y desde luego estaría por completo en las manos de Netta,
eso es cierto. Podría hacerme chantaje o volverse contra mí. Me ayudó a pensar
todos los detalles y dice que me tiene un gran afecto, pero no hay que fiarse
nunca de las mujeres. No, creo que la señorita Marple tiene razón. Será mejor
no arriesgarse.
-Pero, querida, si ya
te has arriesgado...
-Oh, no. -Jane abrió
del todo sus grandes ojos azules-. ¿No lo comprendes? ¡Nada de esto ha ocurrido
todavía! Yo intentaba probarlo con ustedes, por así decirlo.
-No lo entiendo
-replicó la señora Bantry muy digna-. ¿Quieres decir que se trata de un
proyecto futuro y no de un hecho consumado?
-Pensaba ponerlo en
práctica este otoño, en septiembre. Ahora no sé qué hacer.
-Y Jane Marple lo
adivinó, supo averiguar la verdad y no nos lo dijo -añadió la señora Bantry
dolida.
-Creo que por eso
dijo lo que dijo: lo de que las mujeres deben ayudarse. No me ha descubierto
delante de los caballeros. Ha sido muy generoso por su parte. Pero no me
importa que tú lo sepas, Dolly.
-Bueno, renuncia a
ese proyecto, Jane. Te lo suplico.
FIN
Asiendo el llamador,
la señorita Politt lo dejó caer sobre la puerta de la casita. Luego de un breve
intervalo llamó de nuevo. El paquete que llevaba bajo el brazo le resbaló un
tanto al hacerlo, y tuvo que volver a colocarlo en su sitio. En aquel paquete
llevaba el nuevo vestido de invierno de la señora Spenlow, de color verde,
dispuesto para la prueba. De la mano izquierda de la señorita Politt pendía una
bolsa de seda negra, que contenía la cinta métrica, un acerico de alfileres y
un par de tijeras grandes y prácticas.
La señorita Politt
era alta y delgada, de nariz puntiaguda, labios finos y cabellos grises. Vaciló
unos momentos antes de llamar por tercera vez. Mirando al final de la calle,
vio una figura que se aproximaba rápidamente y la señorita Hartnell, jovial y curtida,
con sus cincuenta y cinco años, le gritó con su voz potente y grave:
-¡Buenas tardes,
señorita Politt!
La modista respondió:
-Buenas tardes,
señorita Hartnell -su voz era extremadamente suave y moderada. Había comenzado
a trabajar como doncella en casa de una gran señora-. Perdóneme -prosiguió-,
pero ¿sabe por casualidad si está en casa la señora Spenlow?
-No tengo la menor
idea.
-Es bastante extraño
que no conteste a mis llamadas. Esta tarde tenía que probarle el vestido. Me
dijo que viniese a las tres y media.
La señorita Hartnell
consultó su reloj de pulsera.
-Ahora es un poco más
de la media -contestó.
-Sí. He llamado ya
tres veces, pero no contesta nadie; por eso me preguntaba si no habría salido y
habrá olvidado que tenía que venir yo. Por lo general no se olvida, y además
quería estrenar el vestido pasado mañana.
La señorita Hartnell
atravesó la puerta de la verja y llegó al jardín para reunirse con la señorita
Politt.
-¿Y por qué no le ha
abierto Gladys? -quiso saber-. Oh, no, claro, es jueves... es su día libre. Me
figuro que la señora Spenlow se habrá quedado dormida. Me parece que no
consigue usted hacer gran ruido con ese chisme.
Y alzando el llamador
lo descargó con todas sus fuerzas. Rat-tat-tat-tat y, además golpeó la puerta
con las manos. También gritó con voz estentórea:
-¡Eh! ¿No hay nadie
ahí dentro?
No obtuvo respuesta.
-Oh, yo creo que la
señora Spenlow debe de haberse olvidado y se habrá ido -murmuró la señorita
Politt-. Volveré cualquier otro rato.
-Tonterías -replicó
la señorita Hartnell con firmeza-. No puede haber salido. Yo la hubiera
encontrado. Voy a echar un vistazo por las ventanas para ver si da señales de
vida.
Y riendo con su
habitual buen humor, para indicar que se trataba de una broma, miró
superficialmente por la ventana más próxima, pues sabía que los señores Spenlow
no utilizaban aquella habitación, ya que preferían la salita de la parte
posterior.
A pesar de ser una
mirada superficial consiguió su objetivo. Es cierto que la señorita Hartnell no
vio signos de vida. Al contrario, a través de la ventana distinguió a la señora
Spenlow tendida sobre las alfombra... y muerta.
-Claro que -decía la
señorita Hartnell contándolo después- procuré no perder la cabeza. Esa
criatura, la señorita Politt, no hubiera sabido qué hacer. Tenemos que
conservar la serenidad -le dije-. Usted quédese aquí y yo iré a buscar al
alguacil Palk. Ella protestó diciendo que no quería quedarse sola, pero no le
hice el menor caso. Hay que mantenerse firme con esa clase de personas. Les
encanta armar alboroto. De modo que cuando iba a marcharme, en aquel preciso
momento, el señor Spenlow doblaba la esquina de la casa.
La señorita Hartnell
hizo una pausa significativa, permitiendo a su interlocutora que le preguntara
impaciente:
-Dígame: ¿qué aspecto
tenía?
La señorita Hartnell
prosiguió:
-Con franqueza,
¡inmediatamente sospeché algo! Estaba demasiado tranquilo. No se sorprendió lo
más mínimo. Y puede usted decir lo que quiera, pero no es natural que un hombre
que oye decir que su mujer está muerta no exteriorice la menor emoción.
Todo el mundo tuvo
que darle la razón.
La policía también. Y
no tardaron en averiguar cuál era su situación después de la muerte de su
esposa, descubriendo que ella era rica y que todo su dinero iría a parar a
manos del viudo gracias a un testamento hecho a toda prisa poco después del
matrimonio, cosa que despertó generales sospechas.
La señorita Marple,
la solterona de rostro afable (y según algunos de lengua afilada), que vivía en
la casa contigua a la rectoría, fue interrogada muy pronto... a la media hora
del descubrimiento del crimen. El alguacil Palk, con una libreta de notas para
datos, le dijo:
-Si no le molesta,
señora, tengo que hacerle unas preguntas.
La señorita Marple
repuso:
-¿Acerca del
asesinato de la señora Spenlow?
Palk se sorprendió.
-¿Puedo preguntarle
cómo se enteró de ello?
-Por el pescado.
La respuesta fue
perfectamente inteligible para el alguacil, quien supuso con gran acierto que
el repartidor del pescado le habría llevado la noticia al mismo tiempo que la
merluza o las sardinas.
-Fue encontrada en el
suelo de la sala estrangulada -continuó la señorita Marple-, posiblemente con
un cinturón muy estrecho; pero fuera lo que fuese, no ha aparecido.
-¿Cómo es posible que
Fred se entere de todo...? -comenzó a decir Palk.
La señorita Marple lo
interrumpió.
-Lleva un alfiler en
la solapa.
Palk se miró el lugar
indicado.
-Dicen: «Ver un
alfiler y cogerlo, y todo el día tendrás buena suerte.»
-Espero que sea
verdad. Y ahora dígame, ¿qué es lo que quería decirme?
El alguacil se aclaró
la garganta y con aire de importancia consultó su libreta.
-El señor Arturo
Spenlow, esposo de la interfecta, ha prestado declaración. El señor Spenlow
dice que a las dos y media, según sus cálculos, le telefoneó la señorita Marple
para pedirle que fuera a verla a las tres y cuarto, pues tenía precisión de
consultarle algo. Dígame, señorita, ¿es cierto?
-Desde luego que no
-repuso la señorita Marple.
-¿No telefoneó al
señor Spenlow a las dos y media?
-Ni a esa hora ni a
ninguna otra.
-¡Ah! -exclamó Palk,
retorciéndose el bigote con satisfacción.
-¿Qué más dijo el
señor Spenlow?
-Según su
declaración, él vino aquí atendiendo a su llamada, y salió de su casa a las
tres y diez, y que al llegar, la doncella le comunicó que la señorita Marple
«no estaba en casa».
-Eso es cierto
-replicó la solterona-. Él vino aquí, pero yo me encontraba en una reunión del
Instituto Femenino.
-¡Ah! -volvió a
exclamar Palk.
-Dígame, alguacil,
¿sospecha usted acaso que el señor Spenlow haya dado muerte a su esposa?
-No puedo asegurar
nada en este momento, pero me da la impresión de que alguien, sin mencionar a
nadie, se las quiere dar de muy listo.
-¿El señor Spenlow?
-preguntó la señorita Marple, pensativa.
Le agradaba el señor
Spenlow. Era un hombre delgado, de pequeña estatura, de hablar mesurado y
convencional y el colmo de la respetabilidad. Parecía extraño que hubiera ido a
vivir al campo, pues era evidente que había pasado toda su vida en la ciudad, y
confió sus razones a la señorita Marple.
-Desde joven tuve
deseos de vivir en el campo -le dijo- y tener un jardín de mi propiedad.
Siempre me gustaron mucho las flores. Ya sabe, mi esposa tenía una floristería.
Es donde la vi por primera vez.
Un simple comentario,
pero que dejaba adivinar el idilio: Una señora Spenlow mucho más joven y
hermosa, con un fondo de flores.
No obstante el señor
Spenlow, en realidad, no sabía nada acerca de las flores... ni de semillas,
poda, época de plantación, etc. Sólo tenía una imagen en su mente... la imagen
de una casita con un jardín repleto de flores de brillantes colores y dulce aroma.
Le pidió que le instruyera, y fue anotando en su libretita todas las respuestas
de la señorita Marple.
Era un hombre de
ademanes reposados. Y tal vez por eso la policía se interesó por él cuando su
esposa fue encontrada asesinada. A fuerza de paciencia y perseverancia
averiguaron muchas cosas respecto a la difunta señora Spenlow... y pronto lo
supo también todo Saint Mary Mead.
La finada señora
Spenlow había comenzado su vida como camarera de una gran casa, que dejó para
casarse con el segundo jardinero, y con él puso una tienda de flores en
Londres. El negocio había prosperado, pero no así el jardinero, que al poco
tiempo enfermó y murió. Su viuda llevó adelante la tienda y tuvo que ampliarla,
pues no cesaba de prosperar. Luego la había traspasado a muy buen precio y
volvió a embarcarse en un segundo matrimonio... con el señor Spenlow, un joyero
de mediana edad, que había heredado un negocio reducido y decadente. Poco
después lo vendieron, yendo a vivir a Saint Mary Mead.
La señora Spenlow era
una mujer bien educada. Los beneficios del establecimiento de flores los había
invertido... «con ayuda de los espíritus», según explicaba a todo el mundo. Y
éstos le habían aconsejado con inesperado acierto.
Todas sus inversiones
resultaron magníficas. Sin embargo, en vez de afianzarse en sus creencias
«espiritistas», la señora Spenlow abandonó las sesiones y los médiums, y se
entregó rápidamente, pero de corazón, a una oscura religión con afinidades
indias que se basaba en varias formas de inspiraciones profundas. No obstante,
cuando llegó a Saint Mary Mead, se adscribió temporalmente a la iglesia
anglicana. Pasaba muchos ratos con el vicario, y asistía a los oficios
religiosos con asiduidad. Era parroquiana de los comercios de la localidad y
jugaba al bridge en las reuniones.
Una vida monótona..,
sencilla. Y de repente... el crimen.
El coronel Melchett,
jefe de policía, había mandado llamar al inspector Slack.
Slack era un tipo
positivista. Cuando tomaba una resolución, no se volvía atrás, y ahora estaba
seguro de sus hipótesis.
-Fue el esposo quien
la mató, señor -declaró.
-¿Usted cree?
-Estoy completamente
seguro. Sólo tiene que mirarlo. Es culpable como el mismo diablo. No demuestra
la menor pena o emoción. Volvió a la casa sabiendo que su mujer estaba muerta.
-¿Y no hubiera
intentado por lo menos representar el papel de marido desconsolado?
-Él no, señor. Está
demasiado seguro de sí mismo. Algunos caballeros no saben fingir.
-¿Alguna otra mujer
en su vida? -preguntó el coronel Melchett.
-No he podido dar con
el rastro de ninguna. Claro que este hombre es muy listo. Sabe «despistar». Yo
creo que estaba harto de su esposa. Ella tenía el dinero y me parece que era de
carácter difícil de soportar. Así que a sangre fría decidió deshacerse de ella
y vivir cómodamente solo y a sus anchas.
-Sí, supongo que
puede haber sido ése el caso.
-Puede usted estar
seguro de que fue así. Trazó sus planes con todo cuidado. Fingió una llamada
telefónica...
Melchett le
interrumpió:
-¿No han podido
comprobar la llamada?
-No, señor. Eso
significa que, o bien han mentido, o que fue hecha desde un teléfono público.
Los únicos teléfonos públicos del pueblo son el de la estación y el de Correos.
Desde Correos no llamó. La señorita Blade ve a todo el que entra. En el de la
estación, tal vez. Hay un tren que llega a las dos y veintisiete y a esa hora
se ve bastante concurrida. Pero lo principal es que él dice que fue la señorita
Marple quien lo llamó, y eso, desde luego, no es cierto. La llamada no fue
hecha desde su casa, y ella estaba en el Instituto Femenino.
-¿Y no habrá pasado
por alto la posibilidad de que alguien quitara de en medio al marido... para
poder asesinar a la señora Spenlow?
-Se refiere a Ted
Gerard, ¿verdad? He estado investigando..., pero tropezamos con la falta de
motivos. Él no iba a ganar nada. Sin embargo, es un indeseable. Y tiene un buen
número de desfalcos en su haber.
-Es miembro del Grupo
Oxford.
-No digo que no sea
un equivocado. No obstante, él mismo fue a confesárselo a su patrón. Dijo que
estaba arrepentido y comenzó a devolver el dinero. Y no digo que no fuera una
artimaña... pudo pensar que sospechaban y decidir representar la comedia.
-Tiene usted una
mentalidad muy escéptica, Slack -dijo el coronel Melchett-. A propósito, ¿ha
hablado usted con la señorita Marple?
-¿Qué tiene ella que
ver con esto, señor?
-Oh, nada. Pero ya
sabe... oye cosas... ¿Por qué no va a charlar un rato con ella? Es una anciana
muy inteligente.
Slack cambió de tema.
-Quería preguntarle
una cosa, señor: en casa de Robert Abercrombie, donde la difunta trabajaba,
hubo un robo de esmeraldas... que valían una fortuna. No aparecieron. He estado
calculando... y debió ser cuando estaba allí la señora Spenlow, aunque entonces
sería casi una niña. No creerá que estuviera complicada en el robo, ¿verdad,
señor? Spenlow, como ya sabe, era uno de esos joyeros de vía estrecha...
-No creo que tuviera
nada que ver -repuso Melchett meneando la cabeza-. Entonces ni siquiera conocía
a Spenlow. Recuerdo el caso. La opinión policíaca fue que el hijo de la casa,
Jim Abercrombie, estaba mezclado en el asunto... Era un joven muy gastador.
Tenía un montón de deudas, que pagó precisamente después de ocurrido el robo...
El viejo Abercrombie dificultó un poco las cosas... y quiso distraer la
atención de la policía.
-Era sólo una idea,
señor -dijo Slack.
La señorita Marple
recibió al inspector Slack con satisfacción, sobre todo al saber que lo enviaba
el coronel Melchett.
-Vaya, la verdad, el
coronel Melchett es muy amable. No sabía que me recordaba.
-Me indicó el coronel
que viniera a verla, pues, sin duda, sabía todo lo que ocurre en Saint Mary
Mead, que valga la pena.
-Es muy amable, pero
la verdad es que no sé nada en absoluto. Quiero decir, con respecto a este
crimen.
-Pero sabe lo que se
murmura.
-Oh, claro..., pero
no va una a repetir simples habladurías.
-Ésta no es una
conversación oficial -dijo Slack queriendo animarla-, sino una charla en
confianza, por así decir.
-¿Y quiere usted
saber lo que dice la gente... sea o no verdad?
-Eso es.
-Bien, pues, desde
luego, se habla y se imagina mucho. Las opiniones se dividen en dos campos
opuestos, no sé si me comprende. Para empezar, hay personas que creen que ha
sido el marido. En cierto modo, un marido o una esposa, es el sospechoso más
natural, ¿no cree?
-Es posible -repuso
el inspector con precaución.
-La vida en común...
ya sabe... y muy a menudo la parte monetaria. He oído decir que quien tenía el
dinero era la señora Spenlow y que su esposo se beneficia con su muerte. En
este perverso mundo, suposiciones menos caritativas a menudo están justificadas.
-Sí, entra en
posesión de una bonita suma.
-Por eso... parece
muy verosímil que la estrangulara, saliera por la puerta posterior y viniera a
mi casa a través de los campos, para preguntar por mí con la excusa de haber
recibido una llamada telefónica: luego regresar y descubrir que su mujer había sido
asesinada durante su ausencia... Naturalmente, con la esperanza de que
achacaran el crimen a cualquier ladrón o vagabundo.
-Y añadiendo a eso la
parte monetaria... y si últimamente no se llevaban muy bien... -continuó el
inspector.
-¡Oh, pero si se
llevaban muy bien! -interrumpió la señorita Marple.
-¿Lo sabe a ciencia
cierta?
-¡Si se hubieran
peleado lo sabría todo el mundo! La doncella, Gladys Brent, hubiera hecho
circular la noticia por todo el pueblo.
-Tal vez no lo
supiera -dijo el inspector sin gran convencimiento... y recibiendo a cambio una
sonrisa compasiva.
-Y luego tenemos la
opinión del otro campo -prosiguió la señorita Marple-: Ted Gerad. Un joven muy
simpático. Creo que el aspecto personal tiene mucha importancia sobre los
demás. ¡Nuestro último vicario produjo un efecto mágico! Todas las muchachas
iban a la iglesia... por la tarde y por la mañana. Y muchas mujeres ya mayores
desplegaron una desacostumbrada actividad...; ¡la de zapatillas que le
hicieron! Al pobre hombre le resultaba muy violento. Pero... ¿dónde estaba? Oh,
sí, hablaba de ese joven, Ted Gerad. Claro que se ha hablado de él. Venía a
verla muy a menudo. A pesar de que la propia señora Spenlow me dijo que era
miembro de un movimiento religioso que llaman el Grupo Oxford. Creo que son muy
sinceros y esforzados, y la señora Spenlow se sintió muy impresionada,
La señorita Marple
tomó un poco de aliento antes de proseguir.
-Y estoy convencida
de que no hay razón para creer que hubiera algo más que eso, pero ya sabe usted
cómo es la gente. Muchas personas opinan que la señora Spenlow se dejó embaucar
por ese joven, y que le prestó mucho dinero. Y es positivamente cierto que lo
vieron en la estación aquel día... En el tren de las dos veintisiete. Pero
hubiera sido muy sencillo para él apearse por el lado contrario y saltar la
cerca y no pasar por la entrada de la estación. De ese modo no lo hubieran
visto ir a la casa. Y claro, la gente considera que el atuendo de la señora
Spenlow era, digamos, bastante particular.
-¿Particular?
-Sí. Iba en quimono
-la señorita Marple se sonrojó-. Eso resulta bastante sugestivo para ciertas
personas.
-¿Y para usted
resulta positivo?
-¡Oh, no, yo no lo
creo! A mí me parece perfectamente natural.
-¿Lo considera
natural?
-En aquellas
circunstancias, sí -la mirada de la señorita Marple era fría y reflexiva.
-Eso pudiera darnos
otro motivo para el esposo. Celos -dijo el inspector Slack.
-¡Oh, no! El señor
Spenlow no hubiera sentido nunca celos. Es de esos hombres que se dan cuenta de
las cosas. Si su esposa le hubiera abandonado dejándole una nota en la
almohada, él sería el primero en explicarlo.
El inspector Slack se
sintió interesado por el modo significativo con que le miraba. Tenía la
impresión de que toda su charla pretendía ocultarle algo que él no alcanzaba a
comprender.
-¿Ha encontrado
alguna pista, inspector? -le preguntó la señorita Marple con cierto énfasis.
-Hoy en día los
criminales no dejan sus huellas dactilares ni puntas de cigarros, señorita.
-Pues yo creo... que
este crimen es anticuado...
-¿Qué quiere decir
con eso? -preguntó Slack con extrañeza.
-Creo que el alguacil
Palk puede ayudarle -repuso la señora Marple despacio-. Fue la primera persona
en acudir al «escenario del crimen», como dicen.
El señor Spenlow se
hallaba sentado en una silla y parecía asustado. Dijo con su voz fina y precisa:
-Claro que puedo
imaginarme lo ocurrido. Mi oído no es tan fino como antes, pero oí claramente
cómo un chiquillo gritaba tras de mí: «¡Eh, miren a ese asesino...!» Y.., eso
me dio la impresión de que pensaba que yo... había matado a mi querida esposa.
La señorita Marple,
cortando una rosa marchita, repuso:
-Ésa es, sin duda, la
impresión que quiso dar.
-Pero ¿cómo es
posible que metieran esa idea en la cabeza de un niño?
-Pues lo más probable
es que la asimiló escuchando las opiniones de sus mayores -repuso miss Marple.
-Usted... ¿usted cree
de verdad que lo piensan también otras personas?
-La mitad de los
habitantes de Saint Mary Mead.
-Pero... mi querida
señora... ¿cómo es posible que se les haya ocurrido una idea semejante? Yo
quería sinceramente a mi esposa. A ella no le agradaba vivir en el campo tanto
como yo esperaba, pero el estar de completo acuerdo en todo es un ideal
inasequible. Le aseguro que he sentido intensamente su pérdida.
-Es probable. Pero si
me perdona le diré que no lo parece.
El señor Spenlow
irguió cuanto pudo su menguada figura.
-Mi querida señora,
hace muchos años leí que un filósofo chino, cuando tuvo que separarse de su
adorada esposa, continuó tranquilamente tocando su batintín en la calle, como
tenía por costumbre...; me figuro que debe ser un pasatiempo chino. Los
habitantes de aquella ciudad se sintieron muy impresionados por su entereza.
-Mas la gente de
Saint Mead ha reaccionado de un modo bastante distinto -dijo la señorita
Marple-. La filosofía china no va con ellos.
-¿Pero usted lo
comprende?
Miss Marple asintió.
-Mi buen tío Enrique
-explicó- era un hombre con un extraordinario dominio de sí mismo. Su lema fue:
«Nunca exteriorices tu emoción.» Él también era muy aficionado a las flores.
-Estaba pensando que
tal vez pudiera colocar una pérgola en el lado oeste de la casa -dijo Spenlow
con cierta vehemencia-. Con rosas de té, y tal vez glicinias... Y hay una
florecita blanca, en forma de estrella, que ahora no recuerdo cómo se llama...
-Tengo un catálogo
muy bonito, con fotografías -le dijo la señorita Marple en un tono semejante al
que empleaba para dirigirse a su sobrinito de tres años-. Tal vez le agradara
hojearlo. Yo tengo que ir ahora mismo al pueblo.
Y dejando al señor
Spenlow sentado en el jardín con el catálogo, la señorita Marple subió a su
habitación, envolvió apresuradamente un vestido en un trozo de papel castaño, y
saliendo de la casa, se encaminó a toda prisa a la oficina de Correos. La señorita
Politt, la modista, vivía en una de las habitaciones de la parte alta del
edificio.
Mas la señorita
Marple no subió directamente la escalera. Eran las dos y media, y un minuto
después, el autobús de Much Benham se detendría ante la puerta de la oficina de
Correos... constituyendo uno de los mayores acontecimientos de la vida
cotidiana de Saint Mary Mead. La encargada saldría a toda prisa a recoger los
paquetes relacionados con la parte de venta de su negocio, pues también vendía
dulces, libros baratos y juguetes.
Durante algunos
minutos la señorita Marple estuvo sola en la oficina de Correos.
Y hasta que la
encargada hubo regresado a su puesto, no subió a ver a la señorita Politt para
explicarle que quería que retocara su viejo vestido de crepé gris y lo pusiera
a la moda, a ser posible. La modista le prometió hacer cuanto pudiera.
El jefe de policía
quedó bastante asombrado al saber que la señorita Marple deseaba verlo. La
solterona entró disculpándose:
-No sabe cuánto
siento molestarlo. Sé que está muy ocupado, pero usted ha sido siempre tan
amable conmigo, coronel Melchett, que creí que debía verlo a usted en vez de
acudir al inspector Slack. En primer lugar no me gustaría complicar al alguacil
Palk... Hablando con toda claridad, supongo que él no habría tocado nada en
absoluto.
El coronel Melchett
estaba ligeramente extrañado.
-¿Palk? Es el
alguacil de Saint Mary Mead, ¿verdad? ¿Qué es lo que ha hecho?
-Cogió un alfiler. Lo
llevaba prendido en su traje y a mí se me ocurrió que tal vez lo hubiese cogido
en casa de la señora Spenlow.
-Desde luego. Pero,
después de todo, ¿qué es un alfiler? A decir verdad, lo cogió junto al cadáver
de la señora Spenlow. Ayer vino Slack y me lo dijo...; me figuro que usted lo
obligó a ello. Claro que no debía haber tocado nada, pero como le dije ya, ¿qué
es un alfiler? Era sólo un simple alfiler. De esos que emplean todas las
mujeres.
-Oh, no, coronel
Melchett, ahí es donde se equivoca. Tal vez a los ojos de un hombre parezca un
alfiler vulgar, pero no lo es. Se trata de uno especial... muy fino... de los
que se compran por cajas y que usan especialmente las modistas.
Melchett la miraba
mientras se iba haciendo una pequeña luz en su mente. La señorita Marple
inclinó varias veces la cabeza en señal de asentimiento.
-Sí, naturalmente. A
mí me parece todo claro. Llevaba el quimono porque iba a probarse su nuevo
vestido, y nada más abrir la puerta, la señorita Politt debió decir algo de las
medidas y le puso la cinta métrica alrededor del cuello... y luego su tarea se
limitó a cruzarla y apretar...; muy sencillo, según he oído decir. Luego
saldría cerrando la puerta, y, haciendo ver que acababa de llegar, comenzó a
golpearla con el llamador. Mas el alfiler demuestra que ya había estado en la
casa.
-¿Y fue la señorita
Politt la que telefoneó a Spenlow?
-Sí. Desde la oficina
de Correos, a las dos y media... precisamente cuando llega el autobús y la
oficina se queda vacía.
-Pero, mi querida
señorita Marple, ¿por qué? No es posible cometer un crimen sin motivo.
-Bueno, a mí me
parece, coronel Melchett, por todo lo que he oído, que este crimen data de
mucho tiempo atrás. Y esto me recuerda a mis dos primos Antonio y Gordon. Todo
lo que hacía Antonio le salía bien; en cambio, Gordon era el lado opuesto:
perdía en las carreras de caballos, sus valores bajaron y sus acciones fueron
depreciadas... Tal como lo veo, las dos mujeres actuaron juntas.
-¿En qué?
-En el robo. Hace
mucho tiempo. Según he oído eran unas esmeraldas de gran valor. Fueron robadas
por la doncella de la señora y la ayudante de camarera. Porque hay una cosa que
todavía no se ha explicado... Cuando se casó con el jardinero, ¿de dónde sacaron
el capital para montar una tienda de flores? La respuesta es: de su parte en
la... rapiña... creo que es la expresión adecuada. Todo lo que emprendió le
salió bien. El dinero trae dinero. Pero la otra, la doncella de la señora,
debió ser poco afortunada... y tuvo que conformarse con ser una modista de
pueblo. Luego volvieron a encontrarse. Todo fue bien al principio, supongo,
hasta que apareció en escena Ted Gerard. La señora Spenlow seguía sintiendo
remordimiento e inclinación por todas las religiones emocionales. Este joven le
apremiaría para que «hiciese frente a los hechos» y «limpiara su conciencia», y
me atrevo a asegurar que estaba dispuesta a hacerlo. Mas la señorita Politt no
lo apreciaba así... sino que podía verse en la cárcel por un delito cometido
muchos años atrás. Así que decidió poner fin a todo aquello. Me temo que haya
sido siempre una mujer perversa. No creo que hubiera movido ni un dedo para
impedir que ahorcaran al afable y estúpido señor Spenlow.
-Podemos... er...
comprobar su teoría... si logramos identificar a la señorita Politt como la
doncella de los Abercrombie -dijo el coronel Melchett-, pero...
-Será muy sencillo
-lo tranquilizó miss Marple-. Es de esas mujeres que confesará en seguida al
verse descubierta. Y, ¿sabe usted?, además tengo su cinta métrica. Se... se la
quité distraídamente cuando me estuvo probando ayer. Cuando la eche de menos y
sepa que está en manos de la policía... bien, es una mujer ignorante y creerá
que eso la acusa definitivamente. No le dará trabajo, se lo aseguro -terminó la
solterona animándolo, con el mismo tono con que una tía suya le aseguró que no
lo suspenderían en los exámenes de ingreso en Sandhurst. Y había aprobado.
FIN
El canónigo Parfitt
jadeaba. El correr para alcanzar el tren no era cosa que conviniera a un hombre
de sus años. Su figura ya no era lo que fue y con la pérdida de su esbelta
silueta había ido adquiriendo una tendencia a quedarse sin aliento, que el
propio canónigo solía explicar con dignidad diciendo "¡Es el
corazón!"
Exhalando un suspiro
de alivio se dejó caer en una esquina del compartimiento de primera. El
calorcillo de la calefacción le resultaba muy agradable. Fuera estaba nevando.
Además era una suerte haber conseguido situarse en una esquina siendo el viaje
de noche y tan largo. Debieron haber puesto coche-cama en aquel tren.
Las otras tres
esquinas estaban ya ocupadas, y al observarlo, el canónigo Parfitt se dio
cuenta de que el hombre sentado en la más alejada le sonreía con aire de
reconocimiento. Era un caballero pulcramente afeitado, de rostro burlón y
cabellos oscuros que comenzaban a blanquear en las sienes. Su profesión era sin
duda alguna la de abogado, y nadie lo hubiera tomado por otra cosa ni un
momento siquiera. Don Jorge Durand era ciertamente un abogado muy famoso.
-Vaya, Parfitt
-comenzó con aire jovial-. Se ha echado usted una buena carrerita, ¿no?
-Y con lo malo que es
para mi corazón -repuso el canónigo-. Qué casualidad encontrarle, don Jorge.
¿Va usted muy al norte?
-Hasta Newcastle
-replicó don Jorge-. A propósito -añadió-: ¿Conoce usted al doctor Campbell
Clark?
Y el caballero
sentado en el mismo lado que el canónigo inclinó la cabeza complacido.
-Nos encontramos en
la estación -continuó el abogado-. Otra coincidencia.
El canónigo Parfitt
vio al doctor Campbell Clark con gran interés. Había oído aquel nombre muy a
menudo. El doctor Clark estaba en la primera fila de los médicos especialistas
en enfermedades mentales, y su último libro, El problema del subconsciente, había
sido la obra más discutida del año.
El canónigo Parfitt
vio una mandíbula cuadrada, unos ojos azules de mirada firme, y una cabeza de
cabellos rojizos sin una cana, pero que iban clareándose rápidamente. Asimismo
tuvo la impresión de hallarse ante una vigorosa personalidad.
Debido a una lógica
asociación de ideas, el canónigo miró el asiento situado frente al suyo
esperando encontrar allí otra persona conocida, mas el cuarto ocupante del
departamento resultó ser totalmente extraño... tal vez un extranjero. Era un
hombrecillo moreno de aspecto insignificante, que embutido en un grueso abrigo
parecía dormir.
-¿Es usted el
canónigo Parfitt de Bradchester? -preguntó el doctor Clark con voz agradable.
El canónigo pareció
halagado. Aquellos "sermones científicos" habían sido un gran
acierto... especialmente desde que la prensa se había ocupado de ellos. Bueno,
aquello era lo que necesitaba la Iglesia... modernizarse.
-He leído su libro
con gran interés, doctor Campbell Clark -le dijo-. Aunque es demasiado técnico
para mí, y me resulta difícil seguir algunas de sus partes.
Durand intervino.
-¿Prefiere hablar o
dormir, canónigo? -le preguntó-. Confieso que sufro de insomnio y, por lo
tanto, me inclino en favor de lo primero.
-¡Oh, desde luego! De
todas maneras -explicó el canónigo-, yo casi nunca duermo en estos viajes
nocturnos y el libro que he traído es muy aburrido.
-Realmente formamos
una reunión muy interesante -observó el doctor con una sonrisa-. La Iglesia, la
Ley y la profesión médica.
-Es difícil que no
podamos formar opinión entre los tres, ¿verdad? El punto de vista espiritual de
la Iglesia, el mío puramente legal y mundano, y el suyo, doctor, que abarca el
mayor campo, desde lo puramente patológico a lo... superpsicológico. Entre los
tres podríamos cubrir cualquier terreno por completo.
-No tanto como usted
imagina -dijo el doctor Clark-. Hay otro punto de vista que ha pasado usted por
alto y que es en este aspecto muy importante.
-¿A cuál se refiere?
-quiso saber el abogado.
-Al punto de vista
del hombre de la calle.
-¿Es tan importante?
¿Acaso el hombre de la calle no se equivoca generalmente?
-¡Oh, casi siempre!
Pero posee lo que le falta a toda opinión experta... el punto de vista
personal. Ya sabe que no puede prescindir de las relaciones personales. Lo he
descubierto en mi profesión. Por cada paciente que acude realmente enfermo, hay
por lo menos cinco que no tienen otra cosa que incapacidad para vivir
felizmente con los inquilinos que habitan en la misma casa. Lo llaman de mil
maneras... desde "rodilla de fregona" a "calambre de
escribiente", pero es todo lo mismo: asperezas producidas por el roce
diario de una mentalidad con otra.
-Tendrá usted
muchísimos pacientes con "nervios", supongo -comenzó el canónigo,
cuyos nervios eran excelentes.
-Ah, ¿qué es lo que
quiere usted decir con eso? -El doctor se volvió hacia él con gesto rápido e
impulsivo-. ¡Nervios! La gente suele emplear esa palabra y reírse después, como
ha hecho usted. "Esto no tiene importancia -dicen- ¡Sólo son nervios!"
¡Dios mío!, ahí tiene usted el quid de todo. Se puede contraer una enfermedad
corporal y curarla, pero hasta la fecha se sabe poco más de las oscuras causas
de las ciento y una forma de las enfermedades nerviosas que se sabía...
bueno... durante el reinado de la reina Isabel.
-Dios mío -exclamó el
canónigo Parfitt un tanto asombrado por su salida-. ¿Es cierto?
-Y creo que es un
signo de gracia -continuó el doctor Campbell-. Antiguamente considerábamos al
hombre como un simple animal con inteligencia y un cuerpo al que daba más
importancia que a nada.
-Inteligencia, cuerpo
y alma -corrigió el clérigo con suavidad.
-¿Alma? -El doctor
sonrió de un modo extraño-. ¿Qué quiere decir exactamente? Nunca ha estado muy
claro, ya sabe. A través de todas las épocas no se han atrevido ustedes a dar
una definición exacta.
El canónigo aclaró su
garganta dispuesto a pronunciar un discurso, pero ante su disgusto, no le
dieron oportunidad, ya que el médico continuó:
-¿Está seguro de que
la palabra es alma... y no puede ser almas?
-¿Almas? -preguntó
don Jorge Durand enarcando las cejas con expresión divertida.
-Sí -Campbell Clark
dirigió su atención hacia él inclinándose hacia delante para tocarle en el
pecho-. ¿Está usted seguro -dijo en tono grave-, que hay un solo ocupante en
esta estructura... porque esto es lo que es, ya sabe... envidiable residencia
que no se alquila amueblada por siete, veintiuno, cuarenta y uno, setenta y un
años... los que sean? Y al final el inquilino traslada sus cosas... poco a
poco... y luego se marcha de la casa de golpe... y ésta se viene abajo
convertida en una masa de ruinas y decadencia. Usted es el dueño de la casa,
admitamos eso, pero nunca se percata de la presencia de los demás... criados de
pisar quedo, en los que apenas repara, a no ser por el trabajo que realizan...
trabajo que usted no tiene conciencia de haber hecho. O amigos... estados de
ánimo que se apoderan de uno y le hacen ser un "hombre distinto",
como se dice vulgarmente. Usted es el rey del castillo, ciertamente, pero puede
estar seguro de que allí está también instalado tranquilamente el "pillastre
redomado".
-Mi querido Clark
-replicó el abogado-, me hace usted sentirme realmente incómodo. ¿Es que mi
interior es, en realidad, campo de batalla en que luchan distintas
personalidades? ¿Es la última palabra de la ciencia?
Ahora fue el médico
quien se encogió de hombros.
-Su cuerpo lo es
-dijo en tono seco-. ¿Por qué no puede serlo también la mente?
-Muy interesante
-exclamó el canónico Parfitt-. ¡Ahí Maravillosa ciencia... maravillosa ciencia!
Y para sus adentros
agregó:
-Puedo preparar un
sermón muy atrayente basado en esta idea.
Mas el doctor
Campbell Clark se había vuelto a reclinar en su asiento una vez pasada su
excitación momentánea.
-A decir verdad
-observó con su aire profesional-, es un caso de doble personalidad el que me
lleva esta noche a Newcastle. Un caso interesantísimo. Un individuo neurótico,
desde luego, pero un caso auténtico.
-Doble personalidad
-repitió don Jorge Durand pensativo-. No es tan raro según tengo entendido.
Existe también la pérdida de memoria, ¿no es cierto? El otro día surgió un caso
así ante el Tribunal de Testamentarias.
El doctor Clark
asintió.
-Desde luego, el caso
clásico fue el de Felisa Bault. ¿No recuerda haberlo oído?
-Claro que sí -expuso
el canónigo Parfitt-. Recuerdo haberlo leído en los periódicos... pero de eso
hace mucho tiempo... por lo menos siete años.
El doctor Campbell
asintió.
-Esa muchacha se
convirtió en una de las figuras más célebres de Francia, y acudieron a verla
científicos de todo el mundo. Tenía cuatro personalidades nada menos, y se las
conocía por Felisa Primera, Felisa Segunda, Felisa Tercera y Felisa Cuarta.
-¿Y no cabía la
posibilidad de que fuera un truco premeditado? -preguntó don Jorge.
-Las personalidades
de Felisa Tres y Felisa Cuatro ofrecían algunas dudas -admito el médico-. Pero
el hecho principal persiste. Felisa Bault era una campesina de Bretaña. Era la
tercera de cinco hermanos, hija de un padre borracho y de una madre retrasada
mental. En uno de sus ataques de alcoholismo el padre estranguló a su mujer,
siendo, si no recuerdo mal, desterrado por vida. Felisa tenía entonces cinco
años. Unas personas caritativas se interesaron por la criatura, y Felisa fue
criada y educada por una dama inglesa que tenía una especie de hogar para niños
desvalidos. Aunque consiguió muy poco de Felisa, la describe como una niña
anormal, lenta y estúpida, que aprendió a leer y escribir sólo con gran
dificultad y cuyas manos eran torpes. Esa dama, la señora Slater, intentó
prepararla para el servicio doméstico y le buscó varias casas donde trabajar
cuando tuvo la edad conveniente, mas en ninguna estuvo mucho tiempo debido a su
estupidez y profunda pereza.
El doctor hizo una
pausa, y el canónigo, mientras se arropaba aún más en su manta de viaje, se dio
cuenta de pronto de que el hombre sentado frente a él se había movido
ligeramente, y sus ojos, que antes tuviera cerrados, ahora estaban abiertos y
en ellos brillaba una expresión indescifrable que sobresaltó al clérigo. Era
como si hubiese estado regocijándose interiormente por lo que oyera.
-Existe una
fotografía de Felisa Bault tomada cuando tenía diecisiete años -prosiguió el
médico-. Y en ella aparece como una burda campesina de recia constitución, sin
nada que indique que pronto iba a ser una de las personas más famosas de
Francia.
"Cinco años más
tarde, cuando contaba veintidós, Felisa Bault tuvo una enfermedad nerviosa, y
al reponerse empezaron a manifestarse los extraños fenómenos. Lo que sigue a
continuación son hechos atestiguados por muchísimos científicos eminentes. La personalidad
llamada Felisa Primera era completamente distinta a la Felisa Bault de los
últimos años. Felisa Primera escribía apenas el francés, no hablaba ningún otro
idioma, y no sabía tocar el piano. Felisa Segunda, por el contrario, hablaba
correctamente el italiano y algo de alemán. Su letra era distinta por completo
de la de Felisa Primera, y escribía y se expresaba a la perfección en francés.
Podía discutir de política, arte y era muy aficionada a tocar el piano. Felisa
Tercera tenía muchos puntos en común con Felisa Segunda. Era inteligente y al
parecer bien educada, pero en la parte moral era un contraste absoluto.
Aparecía como una criatura depravada... pero en un sentido parisiense, no
provinciano. Conocía todo el argot de París, y las expresiones del demi monde
elegante. Su lenguaje era obsceno, y hablaba mal de la religión y la
"gente buena" en los términos más blasfemos. Y por fin surgió la
Felisa Cuarta... una criatura soñadora piadosa y clarividente, pero esta cuarta
personalidad fue poco satisfactoria y duradera, y se la consideró un truco
deliberado por parte de Felisa Tercera... una especie de broma que le gastaba
al público crédulo. Debo decir que, aparte de la posible excepción de la Felisa
Cuarta, cada personalidad era distinta y separada y no tenía conocimiento de
las otras. Felisa Segunda fue sin duda la más predominante y algunas veces
duraba hasta quince días, luego Felisa Primera aparecía bruscamente por espacio
de uno o dos días. Después, tal vez la Felisa Tercera o Cuarta, pero estas dos
últimas rara vez denominaban más de unas pocas horas. Cada cambio iba
acompañado de un fuerte dolor de cabeza y sueño profundo, y en cada caso sufría
la pérdida completa de la memoria de los otros estados, y la personalidad en
cuestión tomaba vida a partir del momento en que la había abandonado,
inconsciente del tiempo.
-Muy notable -murmuró
el canónigo-. Muy notable. Hasta ahora sabemos apenas nada de las maravillas
del universo.
-Sabemos que hay
algunos impostores muy astutos -observó el abogado en tono seco.
-El caso de Felisa
Bault fue investigado por abogados, así como por médicos y científicos -replicó
el doctor Campbell con presteza-. Recuerde que Maitre Quimbellier llevó a cabo
la investigación más profunda y confirmó la opinión de los científicos. Y al
fin y al cabo, ¿por qué hemos de sorprendernos tanto? ¿No tenemos los huevos de
dos yemas? ¿Y los plátanos gemelos? ¿Por qué no ha de poder darse el caso de la
doble personalidad... o en este caso, la cuádruple personalidad... en un solo
cuerpo?
-¿La doble
personalidad? -protestó el canónigo.
El doctor Campbell
Clark volvió sus penetrantes ojos azules hacia él.
-¿Cómo podríamos
llamarle si no?
-Menos mal que estas
cosas son únicamente un capricho de la naturaleza -observó don Jorge-. Si el
caso fuera corriente se presentarían muchas complicaciones.
-Desde luego, son
casos muy anormales -convino el médico-. Fue una lástima que no pudiera
efectuarse otro estudio más prolongado, pero puso fin a todo la inesperada
muerte de Felisa.
-Hubo algo raro si no
recuerdo mal -dijo el abogado despacio.
El doctor Campbell
Clark asintió.
-Fue algo inesperado.
Una mañana la muchacha fue encontrada muerta en su cama. Había sido
estrangulada, pero ante la estupefacción de todos, demostró sin lugar a dudas
que se había estrangulado ella misma. Las señales de su cuello eran las de sus
dedos. Un sistema de suicidio que aunque no es físicamente imposible, requiere
una extraordinaria fuerza muscular y una voluntad casi sobrehumana. Nunca se
supo lo que la había impulsado a suicidarse. Claro que su equilibrio mental
siempre había sido insuficiente. Sin embargo, ahí tiene. Se ha corrido para
siempre la cortina sobre el misterio de Felisa Bault.
Fue entonces cuando
el ocupante de la cuarta esquina se echó a reír.
Los otros tres
hombres saltaron como si hubieran oído un disparo. Habían olvidado por completo
la existencia del cuarto, y cuando se volvieron hacia el lugar donde se hallaba
sentado y todavía arrebujado en su abrigo, rió de nuevo.
-Deben perdonarme,
caballeros -dijo en perfecto inglés, aunque con un ligero acento extranjero, y
se incorporó mostrando un rostro pálido con un pequeño bigotillo-. Sí, deben
ustedes perdonarme -dijo con una cómoda inclinación de cabeza-. Pero la verdad:
¿es que la ciencia dice alguna vez la última palabra?
-¿Sabe algo del caso
que estábamos discutiendo? -le preguntó el doctor cortésmente.
-¿Del caso? No. Pero
la conocí.
-¿A Felisa Bault?
-Sí. Y a Annette
Ravel también. No han oído hablar de Annette Ravel, ¿verdad? Y, no obstante, la
historia de una es la historia de la otra. Créame, no sabrán nada de Felisa
Bault si no conocen también la historia de Annette Ravel.
Sacó un reloj para
consultar la hora.
-Falta media hora
hasta la próxima parada. Tengo tiempo de contarles la historia... es decir, si
a ustedes les interesa escucharla.
-Cuéntela, por favor
-dijo el médico.
-Me encantaría oírla
-exclamó el pastor.
Don Jorge Durand se
limitó a adoptar una actitud de atenta escucha.
-Mi nombre,
caballeros -comentó el extraño compañero de viaje- es Raúl Latardeau. Usted
acaba de mencionar a una dama inglesa, la señorita Slater, que se ocupa en
obras de caridad. Yo la conocí en Bretaña, en un pueblecito pesquero, y cuando
mis padres fallecieron víctimas de un accidente ferroviario, fue la señorita
Slater quien vino a rescatarme y me salvó de algo equivalente a los
reformatorios ingleses. Tenía unos veinte chiquillos a su cuidado... niños y
niñas. Entre éstas se encontraban Felisa Baúl y Annette Ravel. Si no consigo
hacerles comprender la personalidad de Annette, caballeros, no comprenderán
nada. Era hija de lo que ustedes llaman una filie de joie que había muerto
tuberculosa abandonada por su amante. La madre fue bailarina y Annette también
tenía el deseo de bailar. Cuando la vi por primera vez tenía once años, y era
una niña vivaracha de ojos brillantes y prometedores... una criatura todo fuego
y vida. Y en seguida, en seguida... me convirtió en su esclavo. "Raúl, haz
esto; Raúl, haz lo otro...", y yo obedecía. Yo la idolatraba y ella lo
sabía.
"Solíamos ir a
la playa... los tres... ya que Felisa venía con nosotros. Y allí Annette,
quitándose los zapatos y las medias, bailaba sobre la arena, y luego, cuando le
faltaba el aliento, nos contaba lo que quería llegar a ser.
"-Verán, yo seré
famosa. Sí, muy famosa. Tendré cientos y miles de medias de seda... de la seda
más fina, y viviré en un departamento maravilloso. Todos mis adoradores serán
jóvenes, guapos y ricos; cuando yo baile, todo París irá a verme. Gritarán y se
volverán locos con mis danzas. Y durante los inviernos no bailaré. Iré al sur a
gozar del sol. Allí hay pueblecitos con naranjos, y comeré naranjas. Y en
cuanto a ti, Raúl, nunca te olvidaré por muy rica que sea. Te protegeré para
que estudies una carrera. Felisa será mi doncella... no, sus manos son
demasiado torpes. Míralas qué grandes y toscas.
"Felisa se ponía
furiosa al oír esto, y entonces Annette continuaba pinchándola.
"-Es tan fina,
Felisa... tan elegante y distinguida. Es una princesa disfrazada... ja, ja.
"-Mi padre y mi
madre estaban casados, y los tuyos no -replicaba Felisa con rencor.
"-Sí, y tu padre
mató a tu madre. Bonita cosa ser la hija de un asesino.
"-Y el tuyo dejó
morir a tu madre -era la contestación de Felisa.
"-Ah, sí
-Annette se ponía pensativa-: Pauvre maman. Hay que conservarse fuerte y bien.
"-Yo soy fuerte
como un caballo -presumía Felisa.
"Y desde luego
lo era. Tenía dos veces la fuerza de cualquier niña del Hogar y nunca estaba
enferma.
"Pero era
estúpida, ¿comprenden?, estúpida como una bestia bruta. A menudo me he
preguntado por qué seguía a Annette como lo hacía. Era una especie de
fascinación. Algunas veces creo que la odiaba, y no es de extrañar, puesto que
Annette no era amable con ella. Se burlaba de su lentitud y estupidez,
provocándola delante de los demás. Yo había visto a Felisa ponerse lívida de
rabia. Algunas veces pensé que iba a rodear la garganta de Annette con sus
dedos hasta acabar con su vida. No era lo bastante inteligente como para
contestar a los improperios de Annette, pero con el tiempo aprendió una
respuesta que nunca fallaba. Era el referirse a su propia salud y fuerza. Había
aprendido lo que yo siempre supe: que Annette envidiaba su fortaleza física, y
ella atacaba instintivamente el punto débil de la armadura de su enemiga.
"Un día Annette
vino hacia mí muy contenta. "Raúl -dijo-, hoy vamos a divertirnos con esa
estúpida de Felisa."
"-¿Qué es lo que
vas a hacer?
"-Ven detrás del
cobertizo y te lo diré.
"Parece que
Annette había encontrado cierto libro, parte del cual no entendía y, desde
luego, estaba por encima de su cabecita. Era una de las primeras obras de
hipnotismo.
-Conseguí que un
objeto brillante, el pomo de metal de mi casa, diese vueltas. Hice que Felisa
lo mirase anoche. "Míralo fijamente -le dije-. No apartes los ojos de
él." Y entonces lo hice girar, Raúl. Estaba asustada. Sus ojos tenían una
expresión tan extraña... tan extraña. "Felisa, tú harás siempre lo que yo
diga", le dije: "Haré siempre lo que tú digas, Annette", me
contestó. Y luego... y luego... dije: "Mañana llevarás un cabo de vela al
patio y empezarás a comerla a las doce. Y si alguien te pregunta dirás que es
la mejor galleta que has probado en tu vida." ¡Oh, Raúl, imagínate!
"-Pero ella no
hará una cosa así -protesté.
"-El libro dice
que sí. No es que yo lo crea del todo... ¡pero, oh, Raúl, si lo que dice el
libro es cierto, lo que nos vamos a divertir!
"A mí también me
pareció divertido. Lo comunicamos a nuestros compañeros y a las doce estábamos
todos en el patio. A la hora exacta apareció Felisa con el cabo de la vela en
la mano. ¿Y creerán ustedes, caballeros, que empezó a mordisquearlo solemnemente?
¡Todos nos desternillábamos de risa! De vez en cuando alguno de los niños se
acercaba a ella y le decía muy serio: ¿Es bueno lo que comes, Felisa? Y ella
respondía: "Sí, es una de las mejores galletas que he probado en mi
vida."
"Y entonces nos
ahogábamos de risa. Al fin nos reímos tan fuerte que el ruido pareció despertar
a Felisa y se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Parpadeó extrañada, miró la
vela y luego a todos, pasándose la mano por la frente.
"-Pero, ¿qué es
lo que estoy haciendo aquí? -murmuró.
"-Te estás
comiendo una vela de sebo -le gritamos.
"-Yo te lo hice
hacer. Yo te lo hice hacer -exclamó Annette bailando a su alrededor.
"Felisa la miró
fijamente unos instantes y luego se fue acercando a ella.
"-¿De modo que
has sido tú... has sido tú quien me puso en ridículo? Creo recordar. ¡Ah! Te
mataré por esto.
"Habló en tono
tranquilo, pero Annette echó a correr refugiándose detrás de mí.
"-¡Sálvame,
Raúl! Me da miedo Felisa. Ha sido sólo una broma, Felisa. Sólo una broma
¿Comprendes?
"-No me gustan
esta clase de bromas -replicó Felisa-. Te odio. Los odio a todos.
"Y echándose a
llorar se marchó corriendo.
"Yo creo que
Annette estaba asustada por el resultado de su experimento, y no intentó
repetirlo, pero a partir de aquel día su ascendencia sobre Felisa se fue
haciendo más fuerte.
"Ahora creo que
Felisa siempre la odió, pero sin embargo no podía apartarse de su lado y solía
seguirla como un perro.
"Poco después de
esto, caballeros, me encontraron un empleo y sólo volví al Hogar durante mis
vacaciones. No se había tomado en serio el deseo de Annette de ser bailarina,
pero su voz se hizo más bonita a medida que iba creciendo, y la señorita Slater
consintió gustosamente en dejarla aprender canto.
"Annette no era
perezosa, y trabajaba febrilmente, sin descanso, y la señorita Slater se vio
obligada a impedir que se excediera, y en cierta ocasión me habló de ella.
"-Tú siempre has
apreciado mucho a Annette -me dijo-. Convéncela para que no se esfuerce
demasiado. Últimamente tose de una manera que no me gusta.
"Mi trabajo me
llevó lejos poco después de esta conversación. Recibí una o dos cartas de
Annette al principio, pero luego silencio, los cinco años que permanecí en el
extranjero.
"Por pura
casualidad, cuando regresé a París me llamó la atención un cartel-anuncio con
el nombre de Annette Ravelli y su fotografía. La reconocí en seguida. Aquella
noche fui al teatro en cuestión. Annette cantaba en francés e italiano, y en
escena estaba maravillosa. Después fui a verla a su camerino y me recibió en
seguida.
"-Vaya, Raúl
-exclamó tendiéndome las manos-. ¡Esto es maravilloso! ¿Dónde has estado todos
estos años?
"Yo se lo
hubiera dicho, pero no deseaba escucharme.
"-¡Ves, ya casi
he llegado!
"Y con un gesto
triunfal me señaló el camerino lleno de flores.
"-La señorita
Slater debe estar orgullosa de tu éxito.
"-¿Esa vieja?
No, por cierto. Ella me había destinado al Conservatorio... a los conciertos...
pero yo soy una artista. Y es aquí, en los teatros de variedades, donde puedo
expresar mi personalidad.
"En aquel
momento entró un hombre de mediana edad, atractivo y distinguido. Por su
comportamiento comprendí en seguida que se trataba del mecenas de Annette. Me
miró de soslayo y Annette le explicó:
"-Es un amigo de
la infancia. Está de paso en París, ha visto mi retrato en un anuncio, et
voilá.
"Aquel hombre
era muy amable y cortés, y delante de mí sacó una pulsera de brillantes y
rubíes que colocó en la muñeca de Annette. Cuando me levanté para marcharme
ella me dirigió una mirada de triunfo diciéndome en un susurro:
"-He llegado,
¿verdad? ¿Comprendes? Tengo el mundo a mis pies.
"Pero al salir
del camerino la oí toser con una tos seca y dura. Sabía muy bien lo que
significaba. Era la herencia de su madre tuberculosa.
"Volví a verla
dos años más tarde. Había ido a buscar refugio junto a la señorita Slater. Su
carrera estaba arruinada. Era tal lo avanzado de su enfermedad, que los médicos
dijeron que nada podía hacerse.
"¡Ah! ¡Nunca
olvidaré cómo la vi entonces! Estaba echada en una especie de cobertizo montado
en el jardín. La tenían día y noche al aire libre. Sus mejillas estaban
hundidas y sus ojos brillantes y febriles.
"Me saludó con
tal desesperación que me quedé estupefacto.
"-Cuánto me
alegro de verte, Raúl. ¿Tú ya sabes bien lo que dicen... que no me pondré bien?
Lo dicen a mis espaldas, ¿comprendes? Conmigo son todos amables y tratan de
consolarme. ¡Pero no es cierto, Raúl, no es cierto! Yo no me dejaré morir.
¿Morir? ¿Con la vida tan hermosa que se extiende ante mí? Es la voluntad de
vivir lo que importa. Todos los grandes médicos lo dicen. Yo no soy de esos
seres débiles que se abandonan. Ya empiezo a sentirme mejor... muchísimo mejor,
¿oyes?
"Y se incorporó,
apoyándose sobre un codo para dar más énfasis a sus palabras, luego cayó hacia
atrás, presa de un ataque de tos que estremeció su delgado cuerpo.
"-La tos no es
nada -consiguió decir-. Y las hemorragias no me asustan. Sorprenderé a los
médicos. Es la voluntad lo que importa. Recuerda, Raúl, yo viviré.
"Era una pena.
¿Comprenden? Una pena.
"En aquel
momento llegaba Felisa Bault con una bandeja y un vaso de leche caliente, que
dio a Annette, mirando cómo lo bebía con expresión que no pude descifrar...
como con cierta satisfacción.
"Annette también
captó aquella mirada, y dejó caer el vaso, que se hizo pedazos.
"-¿La has visto?
Así es como me mira siempre. ¡Ella se alegra de que vaya a morir! Sí, disfruta.
Ella es fuerte y sana. Mírala... ¡nunca ha estado enferma! ¡Ni un solo día! Y
todo para nada. ¿De qué le sirve ese corpachón? ¿Qué va a sacar de él?
"Felisa se
agachó para coger los pedazos de cristal.
"-No me importa
lo que diga -comenzó con voz inexpresiva-. ¿A mí qué? Soy una chica respetable.
Y en cuanto a ella, sabrá lo que es el Purgatorio dentro de poco. Yo soy
cristiana y nada digo.
"-¡Tú me odias!
-exclamó Annette-. Siempre me has odiado. ¡Ah!, pero de todas maneras puedo
encantarte. Puedo hacer que hagas mi voluntad. Mira, ahora mismo, si te lo
pidiera sin ninguna duda te pondrías de rodillas ante mí encima de la hierba.
"-No seas
absurda -dijo Felisa intranquila.
"-Pues sí que lo
harás. Lo harás... para complacerme. Arrodíllate. Yo, Annette, te lo pido.
Arrodíllate, Felisa.
"No sé si sería
por el maravilloso mandato de su voz, o por un motivo más profundo, pero el
caso es que Felisa obedeció. Se puso de rodillas lentamente, con los brazos
extendidos hacia delante y el rostro ausente mirando estúpidamente al vacío.
"Annette,
echando la cabeza hacia atrás, rió con todas sus fuerzas.
"-¡Mira qué cara
más estúpida pone! ¡Qué ridícula está! ¡Ya puedes levantarte, Felisa, gracias!
Es inútil que frunzas el ceño. Soy tu ama, y tienes que hacer lo que yo diga.
"Se desplomó
exhausta sobre las almohadas, y Felisa, recogiendo la bandeja, se alejó
lentamente. Una vez se volvió a mirar por encima del hombro, y el profundo
resentimiento de su mirada me sobresaltó.
"Yo no estaba
allí cuando murió Annette, pero, al parecer, fue terrible. Se aferraba a la
vida con desesperación, luchando contra la muerte como una posesa, y gritando:
"No moriré. Tengo que vivir... vivir..."
"Me lo contó la
señorita Slater, cuando seis meses más tarde fui a verla. "Mi pobre Raúl
-me dijo con tono amable-. Tú la querías, ¿verdad?"
"-Siempre la
quise... siempre. Pero ¿de qué hubiera podido servirle? No hablemos de eso.
Ahora está muerta... ella... tan alegre... y tan llena de vida.
"La señorita
Slater era mujer comprensiva y se puso a hablar de otras cosas. Estaba
preocupada por Felisa. La joven había sufrido una extraña crisis nerviosa y
desde entonces su comportamiento era muy extraño.
"-¿Sabes -me
dijo la señorita Slater tras una ligera vacilación- que está aprendiendo a
tocar el piano?
"Yo lo ignoraba
y me sorprendió mucho. ¡Felisa... aprendiendo a tocar el piano! Yo hubiera
jurado que era totalmente incapaz de distinguir una nota de otra.
"-Dicen que
tiene talento -continuó la señorita Slater-. No comprendo. Siempre la había
considerado..., bueno, Raúl, tú mismo sabes que fue siempre una niña estúpida.
"Asentí.
"-Su
comportamiento es tan extraño que no sé qué pensar.
"Pocos minutos
después entré en la sala de lectura. Felisa tocaba el piano... la misma
tonadilla que oí cantar a Annette en París. Comprendan, caballeros, que me
quedé de una pieza. Y luego, al oírme, se interrumpió de pronto volviéndose a
mirarme con ojos llenos de malicia e inteligencia. Por un momento pensé...,
bueno, no voy a decirles lo que pensé entonces.
"-Tiens!
-exclamó-. De manera que es usted... monsieur Raúl.
"No puedo
describir cómo lo dijo. Para Annette nunca había dejado de ser Raúl, pero
Felisa, desde que volvimos a encontrarnos de mayores, siempre me llamaba
monsieur Raúl. Mas entonces lo dijo de un modo distinto..., como si el monsieur
fuera algo divertido.
"-Vaya, Felisa
-le contesté-, te veo muy cambiada.
"-¿Sí? -replicó
pensativa-. Es curioso, pero no te pongas serio, Raúl..., decididamente te
llamaré Raúl... ¿Acaso no jugábamos juntos cuando éramos niños...? La vida se
ha hecho para reír. Hablemos de la pobre Annette... que está muerta y
enterrada. ¿Estará en el Purgatorio o dónde?
"Y tarareó
cierta canción..., desentonando bastante, pero las palabras llamaron mi
atención.
"-¡Felisa!
-exclamé-. ¿Sabes italiano?
"-¿Por qué no,
Raúl? Yo no soy tan estúpida como parecía -y se rió de mi confusión.
"-No
comprendo... -comencé a decir.
"-Pues yo te lo
explicaré. Soy una magnífica actriz, aunque nadie lo sospechaba. Puedo
representar muchos papeles... y muy bien, por cierto.
"Volvió a reír y
salió corriendo de la habitación antes de que pudiera detenerla.
"La volví a ver
antes de marcharme. Estaba durmiendo en un sillón y roncaba pesadamente. La
estuve mirando fascinado..., aunque me repelía. De pronto se despertó
sobresaltada, y sus ojos apagados y sin vida se encontraron con los míos.
"-Monsieur Raúl
-murmuró mecánicamente.
"-Sí, Felisa. Yo
me marcho. ¿Querrás tocar algo antes de que me vaya?
"-¿Yo? ¿Tocar?
¿Se está riendo de mí, monsieur Raúl?
"-¿No recuerdas
que esta mañana tocaste para mí?
"Felisa meneó la
cabeza.
"-¿Tocar yo?
¿Cómo es posible que sepa tocar una pobre chica como yo?
"Hizo una pausa
como si reflexionara, y luego se acercó a mí.
"-¡Monsieur
Raúl, ocurren cosas extrañas en esta casa! Le gastan a una bromas. Varían las
horas del reloj. Sí, sí, sé lo que digo. Y todo eso es obra de ella.
"-¿De quién?
-pregunté sobresaltado.
"-De Annette,
esta malvada. Cuando vivía siempre me estaba atormentando, y ahora que ha
muerto, vuelve del otro mundo para seguir mortificándome.
"La miré
fijamente. Ahora comprendo que estaba al borde del terror y sus ojos estaban a
punto de salir de sus órbitas.
"-Es mala. Le
aseguro que es mala. Sería capaz de quitar a cualquiera el pan de la boca, la
ropa y el alma...
"De pronto se
agarró a mí.
"-Tengo miedo,
se lo aseguro..., miedo. Oigo su voz..., no en mis oídos... sino aquí... en mi
cabeza -se tocó la frente-. Se me llevará muy lejos... y entonces, ¿qué haré...
qué será de mí?
"Su voz se fue
elevando hasta convertirse en un alarido y vi en sus ojos el terror de las
bestias acorraladas.
"De pronto
sonrió..., fue una sonrisa agradable, llena de astucia, que me hizo estremecer.
"-Si llegara
eso, monsieur Raúl..., tengo mucha fuerza en mis manos..., tengo mucha fuerza
en las manos.
"Nunca me había
fijado particularmente en sus manos. Entonces las miré y me estremecí a pesar
mío. Eran unos dedos gruesos, brutales, y como Felisa había dicho,
extraordinariamente fuertes. No sabría explicarles la sensación de náuseas que
me invadió. Con unas manos como aquéllas su padre debió estrangular a su madre.
"Aquélla fue la
última vez que vi a Felisa Bault. Inmediatamente después marché al
extranjero..., a Sudamérica. Regresé dos años después de su muerte. Algo había
leído en los periódicos de su vida y muerte repentina. Y esta noche me he
enterado de más detalles... por ustedes. Felisa Tercera y Felisa Cuarta... Me
estoy preguntando si... ¡Era una buena actriz! ¿Saben?"
El tren fue
aminorando su velocidad, y el hombre sentado en la esquina se irguió para
abrochar mejor su abrigo.
-¿Cuál es su teoría?
-preguntó el abogado.
-Apenas puedo
creerlo... -comenzó a decir el canónigo Parfitt.
El médico nada dijo,
pero miraba fijamente a Raúl Letardeau.
-Es capaz de quitarle
a uno el pan de la boca, la ropa..., el alma... -repitió el francés poniéndose
en pie-. Les aseguro, messieurs, que la historia de Felisa Bault es la historia
de Annette Ravel. Ustedes no la conocieron, caballeros. Yo sí... y amaba mucho
la vida.
Con la mano en el
pomo de la puerta, dispuesto a apearse, se volvió de pronto, yendo a dar un
golpecito en el pecho del canónigo.
-Monsieur le docteur
acaba de decir que esto -le dio un golpe en el estómago y el pastor pegó un
respingo- es sólo una coincidencia. Dígame, si encontrara un ladrón en su casa,
¿qué haría? Pegarle un tiro, ¿no?
-No -exclamó el
canónigo-. No..., quiero decir... que en este país, no.
Pero sus palabras se
perdieron en el aire mientras la puerta del compartimiento se cerraba de golpe.
El clérigo, el
abogado y el médico se habían quedado solos. El cuarto asiento estaba vacío.
FIN
Don Henry Clithering,
excomisionado de Scotland Yard, estaba hospedado en casa de sus amigos, los
Bantry, cerca del pueblecito de St. Mary Mead.
El sábado por la
mañana, cuando bajaba a desayunar a la agradable hora de las diez y cuarto,
casi tropezó con su anfitriona, la señora Bantry, en la puerta del comedor.
Salía de la habitación evidentemente presa de una gran excitación y
contrariedad.
El coronel Bantry
estaba sentado a la mesa con el rostro más enrojecido que de costumbre.
-Buenos días,
Clithering -dijo-. Hermoso día, siéntese.
Don Henry obedeció y,
al ocupar su sitio ante un plato de riñones con tocineta, su anfitrión
continuó:
-Dolly está algo
preocupada esta mañana.
-Sí... eso me ha
parecido -dijo don Henry.
Y se preguntó a qué
sería debido. Su anfitriona era una mujer de carácter apacible, poco dada a los
cambios de humor y a la excitación. Que don Henry supiera, lo único que le
preocupaba de verdad era su jardín.
-Sí -continuó el
coronel Bantry-. La han trastornado las noticias que nos han llegado esta
mañana. Una chica del pueblo, la hija de Emmott, el dueño del Blue Boar.
-Oh, sí, claro.
-Sí -dijo el coronel
pensativo-. Una chica bonita que se metió en un lío. La historia de siempre. He
estado discutiendo con Dolly sobre el asunto. Soy un tonto. Las mujeres carecen
de sentido común. Dolly se ha puesto a defender a esa chica. Ya sabe cómo son
las mujeres, dicen que los hombres somos unos brutos, etc., etc. Pero no es tan
sencillo como esto, por lo menos hoy en día. Las chicas saben lo que hacen y el
individuo que seduce a una joven no tiene que ser necesariamente un villano. El
cincuenta por ciento de las veces no lo es. A mí me cae bastante bien el joven
Sanford, un joven simplón, más bien que un donjuán.
-¿Es ese tal Sanford
el que ha comprometido a la chica?
-Eso parece. Claro
que yo no sé nada concreto -replicó el coronel-. Sólo son habladurías y
chismorreos. ¡Ya sabe usted cómo es este pueblo! Como le digo, yo no sé nada. Y
no soy como Dolly, que saca sus conclusiones y empieza a lanzar acusaciones a
diestra y siniestra. Maldita sea, hay que tener cuidado con lo que se dice. Ya
sabe, la encuesta judicial y lo demás...
-¿Encuesta?
El coronel Bantry lo
miró.
-Sí. ¿No se lo he dicho?
La chica se ha ahogado. Por eso se ha armado todo ese alboroto.
-Qué asunto más
desagradable -dijo don Henry.
-Por supuesto, me
repugna tan sólo pensarlo, pobrecilla. Su padre es un hombre duro en todos los
aspectos e imagino que ella no se vio capaz de hacer frente a lo ocurrido.
Hizo una pausa.
-Eso es lo que ha
trastornado tanto a Dolly.
-¿Dónde se ahogó?
-En el río. Debajo
del molino la corriente es bastante fuerte. Hay un camino y un puente que lo
cruza. Creen que se arrojó desde allí. Bueno, bueno, es mejor no pensarlo.
Y el coronel Bantry
abrió el periódico, dispuesto a distraer sus pensamientos de esos penosos
asuntos y absorberse en las nuevas iniquidades del gobierno.
Don Henry no se
interesó especialmente por aquella tragedia local. Después del desayuno, se
instaló cómodamente en una tumbona sobre la hierba, se echó el sombrero sobre
los ojos y se dispuso a contemplar la vida desde su cómodo asiento.
Eran las doce y media
cuando una doncella se le acercó por el césped.
-Señor, ha llegado la
señorita Marple y desea verlo.
-¿La señorita Marple?
Don Henry se
incorporó y se colocó bien el sombrero. Recordaba perfectamente a la señorita
Marple: sus modos anticuados, sus maneras amables y su asombrosa perspicacia,
así como una docena de casos hipotéticos y sin resolver para los que aquella
"típica solterona de pueblo" había encontrado la solución exacta. Don
Henry sentía un profundo respeto por la señorita Marple y se preguntó para qué
habría ido a verle.
La señorita Marple
estaba sentada en el salón, tan erguida como siempre, y a su lado se veía un
cesto de la compra de fabricación extranjera. Sus mejillas estaban muy
sonrosadas y parecía sumamente excitada.
-Don Henry, celebro
mucho verlo. Qué suerte he tenido al encontrarlo. Acabo de saber que estaba
pasando aquí unos días. Espero que me perdonará...
-Es un placer verla
-dijo don Henry estrechándole la mano-. Lamento que la señora Bantry haya
salido de compras.
-Sí -contestó la
señorita Marple-. Al pasar la vi hablando con Footit, el carnicero. Henry
Footit fue atropellado ayer cuando iba con su perro, uno de esos terrier
pendencieros que al parecer tienen todos los carniceros.
-Sí -respondió don
Henry sin saber a qué venía aquello.
-Celebro haber venido
ahora que no está ella -continuó la señorita Marple-, porque a quien deseaba
ver era a usted, a causa de ese desgraciado asunto.
-¿Henry Footit?
-preguntó don Henry extrañado.
La señorita Marple le
dirigió una mirada de reproche.
-No, no. Me refiero a
Rose Emmott, por supuesto. ¿Lo sabe usted ya?
Don Henry asintió.
-Bantry me lo ha
contado. Es muy triste.
Estaba intrigado. No
podía imaginar por qué quería verlo la señorita Marple para hablarle de Rose
Emmott.
La señorita Marple
volvió a tomar asiento y don Henry se sentó a su vez. Cuando la anciana habló
de nuevo, su voz sonó grave.
-Debe usted recordar,
don Henry, que en un par de ocasiones hemos jugado a una especie de pasatiempo
muy agradable: proponer misterios y buscar una solución. Usted tuvo la
amabilidad de decir que yo no lo hacía del todo mal.
-Nos venció usted a
todos -contestó don Henry con entusiasmo-. Demostró un ingenio extraordinario
para llegar a la verdad. Y recuerdo que siempre encontraba un caso similar
ocurrido en el pueblo, que era el que le proporcionaba la clave.
Don Henry sonrió al
decir esto, pero la señorita Marple permanecía muy seria.
-Si me he decidido a
acudir a usted ha sido justamente por aquellas amables palabras suyas. Sé que
si le hablo a usted... bueno, al menos no se reirá.
El excomisionado
comprendió de pronto que estaba realmente apurada.
-Ciertamente, no me
reiré -le dijo con toda amabilidad.
-Don Henry, esa
chica, Rose Emmott, no se suicidó, fue asesinada. Y yo sé quién la ha matado.
El asombro dejó sin
habla a don Henry durante unos segundos. La voz de la señorita Marple había
sonado perfectamente tranquila y sosegada, como si acabara de decir la cosa más
normal del mundo.
-Ésa es una
declaración muy seria, señorita Marple -dijo don Henry cuando se hubo
recuperado.
Ella asintió varias
veces.
-Lo sé, lo sé. Por
eso he venido a verle.
-Pero mi querida
señora, yo no soy la persona adecuada. Ahora soy un ciudadano más. Si usted
está segura de lo que afirma debe acudir a la policía.
-No lo creo -replicó
de inmediato la señorita Marple.
-¿Por qué no?
-Porque no tengo lo
que ustedes llaman pruebas.
-¿Quiere decir que
sólo es una opinión suya?
-Puede llamarse así,
pero en realidad no es eso. Lo sé, estoy en posición de saberlo. Pero si le doy
mis razones al inspector Drewitt, se echará a reír y no podré reprochárselo. Es
muy difícil comprender lo que pudiéramos llamar un "conocimiento
especializado".
-¿Como cuál? -le
sugirió don Henry.
La señorita Marple
sonrió ligeramente.
-Si le dijera que lo
sé porque un hombre llamado Peasegood [Buenguisante] dejó nabos en vez de
zanahorias cuando vino con su carro a venderle verduras a mi sobrina hará
varios años...
Se detuvo con ademán
elocuente.
-Un nombre muy
adecuado para su profesión -murmuró don Henry-. Quiere decir que juzga el caso
sencillamente por los hechos ocurridos en un caso similar...
-Conozco la
naturaleza humana -respondió la señorita Marple-. Es imposible no conocerla
después de vivir tantos años en un pueblo. El caso es, ¿me cree usted o no?
Lo miró de hito en
hito mientras se acentuaba el rubor de sus mejillas.
Don Henry era un
hombre de gran experiencia y tomaba sus decisiones con gran rapidez, sin
andarse por las ramas. Por fantástica que pareciese la declaración de la
señorita Marple, se dio cuenta en seguida de que la había aceptado.
-Le creo, señorita
Marple, pero no comprendo qué quiere que haga yo en este asunto ni por qué ha
venido a verme.
-Le he estado dando
vueltas y vueltas al asunto -explicó la anciana-. Y, como le digo, sería inútil
acudir a la policía sin hechos concretos. Y no los tengo. Lo que quería pedirle
es que se interese por este asunto, cosa que estoy segura halagará al inspector
Drewitt. Y si la cosa prosperara, al coronel Melchett, el jefe de policía.
Estoy segura de que sería como cera en sus manos.
Lo miró suplicante.
-¿Y qué datos va a
darme usted para empezar a trabajar?
-He pensado escribir
un nombre, el del culpable, en un pedazo de papel y dárselo a usted. Luego, si
durante el transcurso de la investigación usted decide que esa persona no tiene
nada que ver, pues me habré equivocado.
Hizo una breve pausa
y agregó con un ligero estremecimiento:
-Sería terrible que
ahorcaran a una persona inocente.
-¿Qué diablos?
-exclamó don Henry sobresaltado.
Ella volvió su rostro
preocupado hacia don Henry.
-Puedo equivocarme,
aunque no lo creo. El inspector Drewitt es un hombre inteligente, pero algunas
veces una inteligencia mediocre puede resultar peligrosa y no lleva a uno muy
lejos.
Don Henry la
contempló con curiosidad. La señorita Marple abrió un pequeño bolso del que
extrajo una libretita y, arrancando una de las hojas, escribió unas palabras
con todo cuidado.
Después de doblar la
hoja en dos, se la entregó a don Henry.
Éste la abrió y leyó
el nombre, que nada le decía, mas enarcó las cejas mirando a la señorita Marple
mientras se guardaba el papel en el bolsillo.
-Bien, bien -dijo-.
Es un asunto extraordinario. Nunca había intervenido en nada semejante, pero
voy a confiar en la buena opinión que usted me merece, se lo aseguro, señorita
Marple.
Don Henry se hallaba
en la salita con el coronel Melchett, jefe de policía del condado, así como con
el inspector Drewitt. El jefe de policía era un hombre de modales marciales y
agresivos. El inspector Drewitt era corpulento y ancho de espaldas, y un hombre
muy sensato.
-Tengo la sensación
de que me estoy entrometiendo en su trabajo -decía don Henry con su cortés
sonrisa-. Y en realidad no sabría decirles por qué lo hago -lo cual era
rigurosamente cierto.
-Mi querido amigo,
estamos encantados. Es un gran cumplido.
-Un honor, don Henry
-dijo el inspector.
El coronel Melchett
pensaba: "El pobre está aburridísimo en casa de los Bantry. El viejo
criticando todo el santo día al gobierno, y ella hablando sin parar de sus
bulbos".
El inspector decía
para sus adentros: "Es una lástima que no persigamos a un delincuente
verdaderamente hábil. He oído decir que es uno de los mejores cerebros de
Inglaterra. Qué lástima, realmente una lástima, que se trate de un caso tan
sencillo".
El jefe de policía
dijo en voz alta:
-Me temo que se trata
de un caso muy sórdido y claro. Primero se pensó que la chica se había
suicidado. Estaba esperando un niño. Sin embargo, nuestro médico, el doctor
Haydock, que es muy cuidadoso, observó que la víctima presentaba unos
cardenales en la parte superior de cada brazo, ocasionados presumiblemente por
una persona que la sujetó para arrojarla al río.
-¿Se hubiera
necesitado mucha fuerza?
-Creo que no.
Seguramente no hubo lucha, si la cogieron desprevenida. Es un puente de madera,
muy resbaladizo. Tirarla debió de ser lo más sencillo del mundo, en un lado no
hay barandilla.
-¿Saben con seguridad
que la tragedia ocurrió allí?
-Sí, lo dijo un niño
de doce años, Jimmy Brown. Estaba en los bosques del otro lado del río y oyó un
grito y un chapuzón. Había oscurecido ya y era difícil distinguir nada. No
tardó en ver algo blanco que flotaba en el agua y corrió en busca de ayuda. Lograron
sacarla, pero era demasiado tarde para reanimarla.
Don Henry asintió.
-¿El niño no vio a
nadie en el puente?
-No, pero como le
digo era de noche y por allí siempre suele haber algo de niebla. Voy a
preguntarle si vio a alguna persona por allí antes o después de ocurrir la
tragedia. Naturalmente, él imagino que la joven se había suicidado. Todos lo
pensamos al principio.
-Sin embargo, tenemos
la nota -dijo el inspector Drewitt volviéndose a don Henry.
-Una nota que
encontramos en el bolsillo de la víctima. Estaba escrita con un lápiz de dibujo
y, aunque estaba empapada de agua, con algún esfuerzo pudimos leerla.
-¿Y qué decía?
-Era del joven
Sandford. "De acuerdo -decía-. Me reuniré contigo en el puente a las ocho
y media. R. S." Bueno, fue muy cerca de esa hora, pocos minutos después de
las ocho y media, cuando Jimmy Brown oyó el grito y el chapuzón.
-No sé si conocerá
usted a Sandford -continuó el coronel Melchett-. Lleva aquí cosa de un mes. Es
uno de esos jóvenes arquitectos que construyen casas extravagantes. Está
edificando una para Allington. Dios sabe lo que resultará, supongo que alguna
fantochada moderna de ésas, mesas de cristal y sillas de acero y lona. Bueno,
eso no significa nada, por supuesto, pero demuestra la clase de individuo que
es Sandford: un bolchevique, un tipo sin moral.
-La seducción es un
crimen muy antiguo -dijo don Henry con calma-, aunque desde luego no tanto como
el homicidio.
El coronel Melchett
lo miró extrañado.
-¡Oh, sí! Desde
luego, desde luego.
-Bien, don Henry
-intervino Drewitt-, ahí lo tiene: es un asunto feo, pero claro como el agua.
Este joven, Sandford, seduce a la chica y se dispone a regresar a Londres. Allí
tiene novia, una señorita bien con la que está prometido. Naturalmente, si ella
se entera de eso, puede dar por terminadas sus relaciones. Se encuentra con
Rose en el puente. Es una noche oscura, no hay nadie por allí, la coge por los
hombros y la arroja al agua. Un sinvergüenza que tendrá su merecido. Ésa es mi
opinión.
Don Henry permaneció
en silencio un par de minutos. Casi podía palpar los prejuicios subyacentes. No
era probable que un arquitecto moderno fuese muy popular en un pueblo tan
conservador como St. Mary Mead.
-Supongo que no
existirá la menor duda de que ese hombre, Sandford, era el padre de la
criatura... -preguntó.
-Lo era, desde luego
-replicó Drewitt-. Rose Emmott se lo dijo a su padre, pensaba que se casaría
con ella. ¡Casarse con ella! ¡Qué ingenua!
"¡Pobre de mí!
-pensó don Henry-. Me parece estar viviendo un melodrama Victoriano. La joven
confiada, el villano de Londres, el padre iracundo. Sólo falta el fiel amor
pueblerino. Sí, creo que ya es hora de que pregunte por él".
Y en voz alta añadió:
-¿Esa joven no tenía
algún pretendiente en el pueblo?
-¿Se refiere a Joe
Ellis? -dijo el inspector-. Joe es un buen muchacho, trabaja como carpintero.
¡Ah! Si ella se hubiera fijado en él...
El coronel Melchett
asintió aprobador.
-Uno tiene que
limitarse a los de su propia clase -sentenció.
-¿Cómo se tomó Joe
Ellis todo el asunto? -quiso saber don Henry.
-Nadie lo sabe
-contestó el inspector-. Joe es un muchacho muy tranquilo y reservado.
Cualquier cosa que hiciera Rose le parecía bien. Lo tenía completamente
dominado. Se limitaba a esperar que algún día volviera a él. Sí, creo que ésa
era su manera de afrontar la situación.
-Me gustaría verlo
-dijo don Henry.
-¡Oh! Nosotros vamos
a interrogarlo -explicó el coronel Melchett-. No vamos a dejar ningún cabo
suelto. Había pensado ver primero a Emmott, luego a Sandford y después podemos
ir a hablar con Ellis. ¿Le parece bien, Clithering?
Don Henry respondió
que le parecía estupendo.
Encontraron a Tom
Emmott en la taberna el Blue Boar. Era un hombre corpulento, de mediana edad,
mirada inquieta y mandíbula poderosa.
-Celebro verles,
caballeros. Buenos días, coronel. Pasen aquí y podremos hablar en privado.
¿Puedo ofrecerles alguna cosa? ¿No? Como quieran. Han venido por el asunto de
mi pobre hija. ¡Ah! Rose era una buena chica. Siempre lo fue, hasta que ese
cerdo... (perdónenme, pero eso es lo que es), hasta que ese cerdo vino aquí. Él
le prometió que se casarían, eso hizo. Pero yo haré que lo pague muy caro. La
arrojó al río. El cerdo asesino. Nos ha traído la desgracia a todos. ¡Mi pobre
hija!
-¿Su hija le dijo
claramente que Sandford era el responsable de su estado? -preguntó Melchett
crispado.
-Sí, en esta misma
habitación.
-¿Y qué le dijo
usted? -quiso saber don Henry.
-¿Decirle? -el hombre
pareció desconcertado.
-Sí, usted, por
ejemplo, no la amenazaría con echarla de su casa o algo así.
-Me disgusté mucho,
eso es natural. Supongo que estará de acuerdo en que eso era algo natural.
Pero, desde luego, no la eché de casa. Yo no haría semejante cosa -dijo con
virtuosa indignación-. No. ¿Para qué está la ley?, le dije. ¿Para qué está la
ley? Ya lo obligarán a cumplir con su deber. Y si no lo hace, por mi vida que
lo pagará.
Y dejó caer su puño
con fuerza sobre la mesa.
-¿Cuándo vio a su
hija por última vez? -preguntó Melchett.
-Ayer... a la hora
del té.
-¿Cómo se comportaba?
-Pues como siempre.
No noté nada. Si yo hubiera sabido...
-Pero no lo sabía
-replicó el inspector en tono seco.
Y dicho esto se
despidieron.
"Emmott no es un
sujeto que resulte precisamente agradable", pensó don Henry para sus
adentros.
-Es un poco violento
-contestó Melchett-. Si hubiera tenido oportunidad ya hubiese matado a
Sandford, de eso estoy seguro.
La próxima visita fue
para el arquitecto. Rex Sandford era muy distinto a la imagen que don Henry se
había formado de él. Alto, muy rubio, delgado, de ojos azules y soñadores, y
cabellos descuidados y demasiado largos. Su habla resultaba un tanto afeminada.
El coronel Melchett
se presentó a sí mismo y a sus acompañantes y, pasando directamente al objeto
de su visita, invitó al arquitecto a que aclarara cuáles habían sido sus
actividades durante la noche anterior.
-Debe comprender -le
dijo a modo de advertencia- que no tengo autoridad para obligarlo a declarar y
que todo lo que diga puede ser utilizado en su contra. Quiero dejar esto bien
claro.
-Yo, no... no
comprendo -dijo Sandford.
-¿Comprende que Rose
Emmott murió ahogada ayer noche?
-Sí, lo sé. ¡Oh! Es
demasiado... demasiado terrible. Apenas si he podido dormir en toda la noche, y
he sido incapaz de trabajar nada hoy. Me siento responsable, terriblemente
responsable.
Se pasó las manos por
los cabellos, enmarañándolos todavía más.
-Nunca tuve intención
de hacerle daño -dijo en tono plañidero-. Nunca lo pensé siquiera. Nunca pensé
que se lo tomara de esa manera.
Y sentándose junto a
la mesa escondió el rostro entre las manos.
-¿Debo entender,
señor Sandford, que se niega a declarar dónde estaba ayer noche a las ocho y
media?
-No, no, claro que
no. Había salido. Salí a pasear.
-¿Fue a reunirse con
la señorita Emmott?
-No, me fui solo. A
través de los bosques. Muy lejos.
-Entonces, ¿cómo
explica usted esta nota, que fue encontrada en el bolsillo de la difunta?
El inspector Drewitt
la leyó en voz alta sin demostrar emoción alguna.
-Ahora -concluyó-,
¿niega haberla escrito?
-No... no. Tiene
razón, la escribí yo. Rose me pidió que fuera a verla. Insistió, yo no sabía
qué hacer, por eso le escribí esa nota.
-Ah, así está mejor
-le dijo Drewitt.
-¡Pero no fui!
-Sandford elevó la voz-. ¡No fui! Pensé que era mejor no ir. Mañana pensaba
regresar a la ciudad. Tenía intención de escribirle desde Londres y hacer algún
arreglo.
-¿Se da usted cuenta,
señor, de que la chica iba a tener un niño y que había dicho que usted era el
padre?
Sandford lanzó un
gemido, pero nada respondió.
-¿Era eso cierto,
señor?
Sandford escondió
todavía más el rostro entre las manos.
-Supongo que sí -dijo
con voz ahogada.
-¡Ah! -El inspector
Drewitt no pudo disimular su satisfacción-. Ahora háblenos de ese paseo suyo.
¿Lo vio alguien anoche?
-No lo sé, pero no lo
creo. Que yo recuerde, no me encontré a nadie.
-Es una lástima.
-¿Qué quiere usted
decir? -Sandford abrió mucho los ojos-. ¿Qué importa si fui a pasear o no? ¿Qué
tiene que ver eso con que Rose se suicidase?
-¡Ah! -exclamó el
inspector-. Pero es que no se suicidó, la arrojaron al agua deliberadamente,
señor Sandford.
-Que ella... -tardó
un par de minutos en sobreponerse al horror que le produjo la noticia-. ¡Dios
mío! Entonces...
Se desplomó en una
silla.
El coronel Melchett
hizo ademán de marcharse.
-Debe comprender,
señor Sandford -le dijo-, que no le conviene abandonar esta casa.
Los tres hombres
salieron juntos, y el inspector y el coronel Melchett intercambiaron una
mirada.
-Creo que es
suficiente, señor -dijo el inspector.
-Sí, vaya a buscar
una orden de arresto y deténgalo.
-Discúlpenme -exclamó
don Henry-. He olvidado mis guantes.
Y volvió a entrar en
la casa rápidamente. Sandford seguía sentado donde lo habían dejado, con la
mirada perdida en el vacío.
-He vuelto -le
anunció don Henry- para decirle que yo, personalmente, haré cuanto pueda por
ayudarle. No me está permitido revelar el motivo de mi interés por usted, pero
debo pedirle que me refiera lo más brevemente posible todo lo que pasó entre
usted y esa chica, Rose.
-Era muy bonita
-contestó Sandford-, muy bonita y muy provocativa. Y... y me asediaba
continuamente. Le juro que es cierto. No me dejaba ni un minuto. Y aquí yo me
encontraba muy solo, no le caía simpático a nadie y, como le digo, ella era
terriblemente bonita y parecía saber lo que hacía y... -su voz se apagó-. Y
luego ocurrió esto. Quería que me casara con ella y yo ya estoy comprometido
con una chica de Londres. Si llegara a enterarse de esto... y se enterará, por
supuesto, todo habrá terminado. No lo comprenderá. ¿Cómo podría comprenderlo?
Soy un depravado, desde luego. Como le digo, no sabía qué hacer y evitaba en la
medida de lo posible a Rose. Pensé que si regresaba a la capital y veía a mi
abogado, podría arreglarlo pasándole algún dinero. ¡Cielos, qué idiota! Y todo
está tan claro, todo me acusa, pero se han equivocado. Ella tuvo que
suicidarse.
-¿Le amenazó alguna
vez con quitarse la vida?
Sandford negó con la
cabeza.
-Nunca, y tampoco
hubiera dicho que fuese capaz de hacerlo.
-¿Qué sabe de un
hombre llamado Joe Ellis?
-¿El carpintero? El
típico hombre de pueblo. Muy callado, pero estaba loco por Rose.
-¿Es posible que
estuviera celoso? -insinuó don Henry.
-Supongo que estaba
un poco celoso, pero pertenece al tipo bovino, es de los que sufren en
silencio.
-Bueno -dijo don
Henry-, debo marcharme.
Y se reunió con los
otros.
-¿Sabe, Melchett?
Creo que deberíamos ir a ver a ese otro individuo, Ellis, antes de tomar
ninguna determinación. Sería una lástima que, después de realizar la detención,
resultase ser un error. Al fin y al cabo, los celos siempre fueron un buen
móvil para cometer un crimen. Y además bastante corriente.
-Es cierto -replicó
el inspector-, pero Joe Ellis no es de esa clase. Es incapaz de hacer daño a
una mosca. Nadie lo ha visto nunca fuera de sí. No obstante, estoy de acuerdo
con usted en que será mejor preguntarle dónde estuvo ayer noche. Ahora debe de estar
en su casa. Se hospeda en casa de la señora Bartlett, una persona muy decente,
que era viuda y se ganaba la vida lavando ropa.
La casa adonde se
dirigieron era inmaculadamente pulcra. Les abrió la puerta una mujer robusta de
mediana edad, rostro afable y ojos azules.
-Buenos días, señora
Bartlett -dijo el inspector-. ¿Está Joe Ellis?
-Ha regresado hará
unos diez minutos -respondió la señora Bartlett-. Pasen, por favor.
Y secándose las manos
en el delantal, los condujo hasta una salita llena de pájaros disecados, perros
de porcelana, un sofá y varios muebles inútiles.
Se apresuró a
disponer asiento para todos y, apartando una rinconera para que hubiera más
espacio, salió de la habitación gritando:
-Joe, hay tres
caballeros que quieren verte.
Y una voz le contestó
desde la cocina:
-Iré en cuanto
termine de lavarme.
La señora Bartlett
sonrió.
-Vamos, señora
Bartlett -dijo el coronel Melchett-. Siéntese.
A la señora Bartlett
le sorprendió la idea.
-Oh, no señor. Ni
pensarlo.
-¿Es buen huésped Joe
Ellis? -le preguntó Melchett en tono intrascendente.
-No podría ser mejor,
señor. Es un joven muy formal. Nunca bebe ni una gota de vino y se toma muy en
serio su trabajo. Siempre se muestra amable y me ayuda cuando hay cosas que
reparar en la casa. Fue él quien me puso esos estantes y me ha hecho un nuevo
aparador para la cocina. Siempre arregla esas cosillas que hace falta arreglar
en las casas. Joe lo hace como cosa natural y ni siquiera quiere que le dé las
gracias. ¡Ah! No hay muchos jóvenes como Joe, señor.
-Alguna muchacha será
muy afortunada algún día -dijo Melchett-. Estaba bastante enamorado de esa
pobre chica, Rose Emmott, ¿no es cierto?
La señora Bartlett
suspiró.
-Me ponía de mal
humor. Él besaba la tierra que pisaba y a ella sin importarle un comino los
sentimientos de Joe.
-¿Dónde pasa las
tardes, señora Bartlett?
-Generalmente aquí,
señor. Algunas veces trabaja en alguna pieza difícil y, además, está estudiando
contabilidad por correspondencia.
-¡Ah!, ¿de veras?
¿Estuvo aquí ayer noche?
-Sí, señor.
-¿Está segura, señora
Bartlett? -preguntó don Henry secamente.
Se volvió hacia él
para contestar:
-Completamente
segura, señor.
-¿Por casualidad no
saldría entre las ocho y las ocho y media?
-Oh, no -la señora
Bartlett se echó a reír-. Estuvo en la cocina casi toda la noche, montando el
aparador, y yo lo ayudé.
Don Henry miró su
rostro sonriente y por primera vez sintió la sombra de una duda.
Un momento después
entraba en la habitación el propio Ellis. Era un joven alto, de anchas espaldas
y muy atractivo, de estilo rústico. Sus ojos azules eran tímidos y su sonrisa
amable. Un gigante joven y agradable.
Melchett inició la
conversación, y la señora Bartlett se marchó a la cocina.
-Estamos investigando
la muerte de Rose Emmott. Usted la conocía, Ellis.
-Sí -vaciló y luego
dijo en voz baja-: Esperaba casarme con ella, pobrecilla.
-¿Conocía su estado?
-Sí. -un relámpago de
ira brilló en sus ojos-. Él la dejó tirada, pero fue lo mejor. No hubiera sido
feliz casándose con él y confiaba en que cuando eso ocurriera acudiría a mí. Yo
hubiera cuidado de ella.
-A pesar de...
-No fue culpa suya.
Él la hizo caer con mil promesas. ¡Oh! Ella me lo contó. No tenía que haberse
suicidado. Ese tipo no lo valía.
-Ellis, ¿dónde estaba
usted ayer noche, alrededor de las ocho y media?
Tal vez fuese
producto de la imaginación de don Henry, pero le pareció detectar una cierta
turbación en su rápida, casi demasiado rápida, respuesta.
-Estuve aquí,
montando el aparador de la señora Bartlett. Pregúnteselo a ella.
"Ha contestado
con demasiado presteza -pensó don Henry-. Y él es un hombre lento. Eso
demuestra que tenía preparada de antemano la respuesta".
Pero se dijo a sí
mismo que estaba dejándose llevar por la imaginación. Sí, demasiadas cosas
imaginaba, hasta le había parecido ver un destello de aprensión en aquellos
ojos azules.
Tras unas cuantas
preguntas más, se marcharon. Don Henry buscó un pretexto para entrar en la
cocina, donde encontró a la señora Bartlett ocupada en encender el fuego. Al
verlo le sonrió con simpatía. En la pared había un nuevo armario, todavía sin
terminar, y algunas herramientas y pedazos de madera.
-¿En eso estuvo
trabajando Ellis anoche? -preguntó don Henry.
-Sí, señor. Está muy
bien, ¿no le parece? Joe es muy buen carpintero.
Ni el menor recelo en
su mirada. Pero Ellis... ¿Lo habría imaginado? No, había algo.
"Debo pescarlo",
pensó don Henry.
Y al volverse para
marcharse, tropezó con un cochecito de niño.
-Espero que no habré
despertado al niño -dijo.
La señora Bartlett
lanzó una carcajada.
-Oh, no, señor. Yo no
tengo niños, es una pena. En ese cochecito llevo la ropa que he lavado cuando
voy a entregarla.
-¡Oh! Ya comprendo...
Hizo una pausa y
luego dijo, dejándose llevar por un impulso.
-Señora Bartlett,
usted conocía a Rose Emmott. Dígame lo que pensaba realmente de ella.
-Pues creo que era
una caprichosa, pero está muerta y no me gusta hablar mal de los muertos.
-Pero yo tengo una
razón, una razón poderosa para preguntárselo -su voz era persuasiva.
Ella pareció
reflexionar, mientras lo observaba con suma atención. Finalmente se decidió.
-Era una mala
persona, señor -dijo con calma-. No me atrevería a decirlo delante de Joe. Ella
lo dominaba. Esa clase de mujeres saben hacerlo, es una pena, pero ya sabe lo
que ocurre, señor.
Sí, don Henry lo
sabía. Los Joe Ellis de este mundo son particularmente vulnerables, confían
ciegamente. Pero precisamente por eso, el choque de descubrir la verdad es
siempre más fuerte.
Abandonó aquella casa
confundido y perplejo. Se hallaba ante un muro infranqueable. Joe Ellis había
estado trabajando allí durante toda la noche anterior, bajo la vigilancia de la
señora Bartlett. ¿Cómo era posible soslayar ese obstáculo? No había nada que
oponer a eso, como no fuera la sospechosa presteza con que Joe Ellis había
contestado, un claro indicio de que podía haber preparado aquella historia de
antemano.
-Bueno -dijo
Melchett-, esto parece dejar el asunto bastante claro, ¿no les parece?
-Sí, señor -convino
el inspector-. Sandford es nuestro hombre. No tiene nada en que apoyar su
defensa. Todo está claro como el día. En mi opinión, puesto que la chica y su
padre estaban dispuestos a... a hacerle prácticamente víctima de un chantaje, y
él no tenía dinero ni quería que el asunto llegara a oídos de su novia, se
desesperó y actuó de acuerdo con su desesperación. ¿Qué opina usted de esto,
señor? -agregó dirigiéndose a don Henry con deferencia.
-Eso parece -admitió
don Henry-. Y, sin embargo, no puedo imaginarme a Sandford cometiendo ninguna
acción violenta.
Pero sabía que su
objeción apenas tendría validez.
El animal más manso,
al verse acorralado, es capaz de las acciones más sorprendentes.
-Me gustaría ver a
ese niño -dijo de pronto-. El que oyó el grito.
Jimmy Brown resultó
ser un niño vivaracho, bastante menudo para su edad y de rostro delgado e
inteligente. Estaba deseando ser interrogado y le decepcionó bastante ver que
ya sabían lo que había oído en la fatídica noche.
-Tengo entendido que
estabas al otro lado del puente -le dijo don Henry-, al otro lado del río.
¿Viste a alguien por ese lado mientras te acercabas al puente?
-Alguien andaba por
el bosque. Creo que era el señor Sandford, el arquitecto que está construyendo
esa casa tan rara.
Los tres hombres
intercambiaron una mirada de inteligencia.
-¿Eso fue unos diez
minutos antes de que oyeras el grito?
El muchacho asintió.
-¿Viste a alguien más
en la orilla del río, del lado del pueblo?
-Un hombre venía por
el camino por ese lado. Iba despacio, silbando. Tal vez fuese Joe Ellis.
-Tú no pudiste ver
quién era -le dijo el inspector en tono seco-. Era de noche y había niebla.
-Lo digo por lo que
silbaba -contestó el chico-. Joe Ellis siempre silba la misma tonadilla,
"Quiero ser feliz", es la única que sabe.
Habló con el
desprecio que un vanguardista sentiría por alguien a quien considerara
anticuado.
-Cualquiera pudo
silbar eso -replicó Melchett-. ¿Iba en dirección al puente?
-No, al revés, hacia
el pueblo.
-No creo que debamos
preocuparnos por ese desconocido -dijo Melchett-. Tú oíste el grito y un
chapuzón y, pocos minutos después, al ver un cuerpo que flotaba aguas abajo,
corriste en busca de ayuda, regresaste al puente, lo cruzaste y te fuiste
directamente al pueblo. ¿No viste a nadie por allí cerca a quien pedir ayuda?
-Creo que había dos
hombres con una carretilla en la orilla del río, pero estaban bastante lejos y
no podía distinguir si iban o venían, y como la casa del señor Giles estaba más
cerca, corrí hacia allí.
-Hiciste muy bien,
muchacho -le dijo Melchett-. Actuaste con gran entereza. Tú eres niño escucha,
¿verdad?
-Sí, señor.
-Muy bien.
Ddon Henry permanecía
en silencio, reflexionando. Extrajo un pedazo de papel de su bolsillo y, tras
mirarlo, meneó la cabeza. Parecía imposible y sin embargo...
Se decidió a visitar
a la señorita Marple sin dilación.
Lo recibió en un
saloncito de estilo antiguo, ligeramente recargado.
-He venido a darle
cuenta de nuestros progresos -dijo don Henry-. Me temo que desde su punto de
vista las cosas no marchan del todo bien. Van a detener a Sandford. Y debo
confesar que, a juzgar por los indicios, con toda justicia.
-Entonces, ¿no ha
encontrado nada, digamos, que justifique mi teoría? -parecía perpleja,
ansiosa-. Quizás estuviera equivocada, completamente equivocada. Usted tiene
tanta experiencia que, de no ser así, lo habría averiguado.
-En primer lugar
-dijo don Henry-, apenas puedo creerlo. Y por otra parte, nos estrellamos
contra una coartada infranqueable. Joe Ellis estuvo montando los estantes de un
armario de la cocina toda la noche y la señora Bartlett estaba con él.
La señorita Marple se
inclinó hacia delante presa de una gran agitación.
-Pero eso no es
posible -exclamó con firmeza-. Era viernes.
-¿Viernes?
-Sí, fue la noche del
viernes. Y los viernes por la noche ella va a entregar la ropa que ha lavado
durante la semana.
Don Henry se reclinó
en su asiento. Recordaba la historia de Jimmy Brown sobre el hombre que silbaba
y... sí, encajaba.
Se puso en pie,
estrechando enérgicamente la mano de la señorita Marple.
-Creo que ya sé qué
debo hacer -le dijo-. O por lo menos lo intentaré.
Cinco minutos después
estaba en casa de la señora Bartlett, frente a Joe Ellis, en la salita de los
perros de porcelana.
-Usted nos mintió,
Ellis, con respecto a la noche pasada -le dijo crispado-. Entre las ocho y las
ocho y media usted no estuvo en la cocina montando el armario. Lo vieron
paseando por la orilla del río en dirección al pueblo pocos minutos antes de
que Rose Emmott fuese asesinada.
El hombre se quedó
atónito.
-No fue asesinada, no
fue asesinada. Yo no tengo nada que ver. Ella se arrojó al río. Estaba
desesperada. Yo no hubiera podido hacerle el menor daño, no hubiera podido.
-Entonces, ¿por qué
nos mintió diciéndonos que estuvo aquí? -preguntó don Henry con astucia.
El joven alzó los
ojos y luego los bajó con gesto nervioso.
-Estaba asustado. La
señora Bartlett me vio por allí y, cuando supo lo que había ocurrido, pensó que
las cosas podían ponerse feas para mí. Quedamos en que yo diría que había
estado trabajando aquí y ella se avino a respaldarme. Es una persona muy buena.
Siempre fue muy buena conmigo.
Sin añadir palabra
don Henry abandonó la estancia para dirigirse a la cocina. La señora Bartlett
estaba lavando los platos.
-Señora Bartlett -le
dijo-, lo sé todo. Creo que será mejor que confíese, es decir, a menos que
quiera que ahorquen a Joe Ellis por algo que no ha hecho. No, ya veo que no lo
desea. Le diré lo que ocurrió. Usted salió a entregar la ropa y se encontró con
Rose Emmott. Pensó que dejaba para siempre a Joe para marcharse con el
forastero. Ella estaba en un apuro y Joe dispuesto a acudir en su ayuda, a
casarse con ella si era preciso, y Rose lo tendría para siempre. Joe lleva
cuatro años viviendo en su casa y se ha enamorado de él, lo quiere para usted
sola. Odiaba a esa muchacha, no podía soportar la idea de que otra le
arrebatara a su hombre. Usted es una mujer fuerte, señora Bartlett. Cogió a la
chica por los hombros y la arrojó a la corriente. Pocos minutos después
encontró a Joe Ellis. Jimmy los vio juntos a lo lejos, pero con la oscuridad y
la niebla imaginó que el cochecito era una carretilla del que tiraban dos
hombres. Y usted convenció a Joe de que podía resultar sospechoso y le propuso
establecer una coartada para él, que en realidad lo era para usted. Ahora
dígame sinceramente, ¿tengo o no razón?
Contuvo el aliento.
Lo arriesgaba todo en aquella jugada.
Ella permaneció ante
él unos momentos secándose las manos en el delantal mientras lentamente iba
tomando una determinación.
-Ocurrió todo como
usted dice -dijo al fin con su voz reposada, tanto que don Henry sintió de
pronto lo peligrosa que podía ser-. No sé lo que me pasó por la cabeza. Una
desvergonzada, eso es lo que era. No pude soportarlo, no me quitaría a Joe. No
he tenido una vida muy feliz, señor. Mi esposo era un pobre inválido
malhumorado. Lo cuidé siempre fielmente. Y luego vino Joe a hospedarse en mi
casa. No soy muy vieja, señor, a pesar de mis cabellos grises. Sólo tengo
cuarenta años y Joe es uno entre un millón. Hubiera hecho cualquier cosa por
él, lo que fuera. Era como un niño pequeño, tan simpático y tan crédulo. Era
mío, señor, y yo cuidaba de él, lo protegía. Y esto... esto... -tragó saliva
para contener su emoción. Incluso en aquellos momentos era una mujer fuerte. Se
irguió mirando a don Henry con una extraña determinación-. Estoy dispuesta a
acompañarlo, señor. No pensé que nadie lo descubriera. No sé cómo lo ha sabido
usted, no lo sé, se lo aseguro.
Don Henry negó con la
cabeza.
-No fui yo quien lo
averiguó -dijo pensando en el pedazo de papel que seguía en su bolsillo con
unas palabras escritas con letra muy clara y pasada de moda:
Señora Bartlett, en
cuya casa se hospeda Joe Ellis en el número 2 de Mill Cottages.
Una vez más, la
señorita Marple había acertado.
FIN
Ahora usted, señora B
-dijo don Henry Clithering. La señora Bantry, su anfitriona, lo miró con aire
de reproche.
-Le he dicho muchas
veces que no me gusta que me llame señora B. Es una falta de respeto.
-Scherezade,
entonces...
-¡Y menos aún Sch...
Cómo se llame! Nunca fui capaz de contar una historia con propiedad. Pregúntele
a Arthur si no me cree.
-Eres bastante buena
relatando los hechos, Dolly -exclamó el coronel Bantry-, pero no sabes
adornarlos.
-Eso es -respondió la
señora Bantry, hojeando el catálogo de bulbos que tenía ante ella-. Les he
estado escuchando a todos y no sé cómo lo hacen. "Él dijo, ella dijo, yo
me pregunté, ellos pensaron, todos supieron..." Bueno, pues ¡yo no sé! Y además
no tengo ninguna historia interesante que contar.
-No podemos creerlo,
señora Bantry -dijo el doctor Lloyd meneando su cabeza de grises cabellos con
incredulidad.
La anciana señorita
Marple dijo con su dulce voz:
-Seguramente,
querida...
La señora Bantry
continuó insistiendo obstinadamente.
-Ustedes no saben lo
monótona que es mi vida. Entre las dificultades del servicio, ir a la ciudad de
compras, al dentista y a Ascot (lo que por cierto odia Arthur), y luego el
jardín...
-¡Ah! -dijo el doctor
Lloyd-. El jardín. Ya sabemos todos dónde tiene usted puesto su corazón, señora
Bantry.
-Debe de ser muy
bonito tener un jardín -dijo Jane Helier, la hermosa y joven actriz-. Es decir,
cuando no hay que cavar y ensuciarse las manos. ¡Me gustan tanto las flores!
-El jardín -exclamó
don Henry-. ¿No podríamos tomarlo como punto de partida? Vamos, señora. ¡El
bulbo envenenado, los narcisos de la muerte, la hierba mortal!
-Es curioso que haya
dicho eso -observó la señora Bantry-. Acabo de recordar una cosa. Arthur, ¿te
acuerdas de aquel caso que se presentó ante el juzgado de Clodderham? Ya sabes.
El del viejo don Ambrose Bercy. ¿Recuerdas que lo considerábamos un anciano
cortés y encantador?
-Vaya, pues es
verdad. Sí, fue un caso extraño. Adelante, Dolly.
-Sería mejor que lo
contaras tú, querido.
-Tonterías, adelante.
Eres muy capaz de dirigir tu propio barco. Yo ya he cumplido con mi parte.
La señora Bantry
inhaló profundamente y, entrelazando las manos y con rostro angustiado, empezó
a hablar muy deprisa.
-Bueno, en realidad
no hay mucho que contar. La hierba mortal es lo que me lo ha hecho recordar,
aunque yo lo llamo salvia y dedalera.
-¿Salvia y dedalera?
-preguntó el doctor Lloyd.
La señora Bantry
asintió.
-Así es como sucedió.
Arthur y yo estábamos en casa de don Ambrose Bercy, en Clodderham Court, y un
día, por error (un error que siempre consideré muy estúpido), cogieron un
montón de hojas de dedalera entre la salvia. Aquella noche cenamos pato relleno
con salvia y todos se sintieron mal, y una pobre muchacha, la pupila de don
Ambrose, murió.
Se detuvo.
-Vaya, vaya -dijo la
señorita Marple-, qué tragedia.
-¿Verdad?
-Bien -replicó don
Henry-, ¿y qué pasó luego?
-Pues nada más
-contestó la señora Bantry-, eso es todo.
Todos se quedaron sorprendidos.
Aunque ya habían sido advertidos, no esperaban una brevedad semejante.
-Pero, mi querida
señora -insistió don Henry-, tiene que haber algo más. Lo que usted acaba de
contarnos es un caso trágico, pero no tiene nada de problema.
-Bueno, claro que hay
algo más -dijo la señora Bantry-. Pero si se lo dijera, ya sabrían de qué se
trata.
Y mirando
desafiadoramente a los reunidos les dijo con sencillez:
-Ya les dije que yo
no sabía adornar las cosas y convertirlas en una verdadera historia.
-¡Aja! -exclamó don
Henry ajustándose las gafas-. ¿Sabe, Scherezade, que es muy ingenioso su modo
de desafiar nuestro ingenio? No estoy seguro de que no lo haya hecho a
propósito para estimular nuestra curiosidad. Propongo una ronda de preguntas.
Señorita Marple, ¿quiere usted empezar?
-Me gustaría saber
algo de la cocinera -dijo la señorita Marple-. Debía de ser una mujer muy tonta
o muy inexperta.
-Era muy tonta
-replicó la señora Bantry-. Después se lamentaba un montón y decía que le
habían llevado las hojas como si fueran de salvia, ¿y cómo iba ella a saber que
no lo eran?
-Cualquiera lo
hubiera visto -dijo la señorita Marple.
-¿Probablemente era
una mujer mayor y buena cocinera?
-Excelente -contestó
la señora Bantry.
-Ahora le toca a
usted, señorita Helier -dijo don Henry.
-¡Oh! ¿Se refiere a
que me toca preguntar? -hubo una pausa mientras Jane reflexionaba y al fin
dijo-: La verdad es que no sé qué preguntar.
Sus hermosos ojos
miraron suplicantes a don Henry.
-¿Por qué no pregunta
por los personajes del drama? -le sugirió con una sonrisa.
Jane seguía mirándolo
desorientada.
-Que haga la
presentación de los personajes por orden de aparición -continuó don Henry en
tono amable.
-¡Ah, sí! -exclamó
Jane-. Es una buena idea.
La señora Bantry
empezó a contarlos con los dedos.
-Don Ambrose, Sylvia
Keene (la joven que murió), una amiga suya que pasaba unos días allí llamada
Maud Wye, una de esas muchachas morenas y feas que no sé cómo se las arreglan
para resultar atractivas, nunca he sabido cómo lo consiguen. Luego un tal señor
Curie, que había ido a discutir acerca de algunos libros con don Ambrose,
libros raros con títulos en latín, todos ellos mohosos pergaminos. Jerry
Lorimer, una especie de vecino. Su finca, Firlies, lindaba con la de don
Ambrose. Y una tal señora Carpenter, una de esas gatas de mediana edad que
siempre se las arreglan para instalarse cómodamente en cualquier parte. Supongo
que en cierto modo hacía de dame de compagnie de Sylvia.
-Ahora me toca a mí
-dijo don Henry-, puesto que estoy sentado junto a la señorita Helier. Y quiero
saber muchas cosas. Quiero que nos haga una breve descripción, señora Bantry,
de todos los personajes.
-¡Oh! -la señora
Bantry vacilaba.
-Empiece por don
Ambrose -continuó don Henry-. ¿Qué tal era?
-¡Oh! Era un anciano
de aspecto distinguido y en realidad no muy viejo, supongo que no tendría más
de sesenta años. Pero estaba muy delicado, tenía el corazón muy débil y no
podía subir la escalera. Tuvieron que ponerle ascensor y por eso parecía mayor
de lo que era en realidad. De modales refinados... cortés, sí, creo que ésa es
la palabra que mejor lo definiría. Nunca se enfadaba o se mostraba molesto.
Tenía unos hermosos cabellos blancos y una voz particularmente agradable.
-Bien -dijo don
Henry-. Ya conozco a don Ambrose. Ahora pasemos a Sylvia. ¿Cómo dijo que se
llamaba?
-Sylvia Keene. Era
muy bonita, mucho. Rubia y con un cutis precioso. Tal vez no muy inteligente,
mejor dicho, bastante estúpida.
-¡Oh, vamos, Dolly!
-protestó su esposo.
-Es natural que
Arthur no piense así -dijo la señora Bantry en tono seco-. Pero era estúpida.
En realidad nunca decía nada que valiera la pena escuchar.
-Era una de las
criaturas más agraciadas que he visto nunca -dijo el coronel Bantry
acaloradamente-. Si la hubiesen visto jugando al tenis: encantadora, realmente
encantadora. Y rebosaba simpatía. Era divertidísima y muy bonita. Apuesto a que
todos los jóvenes pensaban así.
-Ahí es donde te
equivocas -dijo la señora Bantry-. Las jóvenes así no tienen encanto para los
muchachos de hoy en día. Sólo a los viejos chapados a la antigua como tú,
Arthur, les gustan las chicas jóvenes.
-Ser joven no lo es
todo -intervino Jane-. Hay que tener C.S.
-¿Qué es C.S.? -quiso
saber exactamente la señorita Marple.
-Carisma sexual
-replicó Jane.
-¡Ah, sí! -dijo la
señorita Marple-. Lo que en mis tiempos se llamaba "encanto".
-No es mala
descripción -comentó don Henry-. Creo haber entendido que ha descrito usted a
la dama de compañía como una gata, señora Bantry.
-No me refería a una
gata, sino a algo muy distinto -exclamó la señora Bantry-. Adelaida Carpenter
era una persona muy dulce.
-¿Qué edad tendría?
-¡Oh! Yo diría que
unos cuarenta años. Llevaba algún tiempo en la casa, creo que desde que Sylvia
tenía once años. Era una persona de mucho tacto. Una de esas viudas que quedan
en una situación económica delicada, con muchos parientes aristócratas, pero
sin dinero. A mí no me gustaba mucho, pues nunca me han gustado las personas de
manos blancas y largas, ni tampoco los gatos.
-¿Y el señor Curie?
-¡Oh! Era uno de esos
ancianos encorvados. Hay tantos como él, que apenas se distinguen unos de
otros. Demostraba gran entusiasmo cuando se hablaba de sus librejos, pero
ninguno por otras cosas. No creo que don Ambrose lo conociera muy bien.
-¿Y Jerry, el vecino?
-Era un muchacho
realmente encantador y estaba prometido a Sylvia. Por eso fue tan triste.
-Quisiera saber...
-empezó a decir la señorita Marple, y luego se calló.
-¿Qué?
-Nada, querida.
Don Henry contempló a
la anciana con curiosidad y al cabo dijo pensativo:
-De modo que esa
joven pareja estaba prometida. ¿Hacía mucho tiempo que eran novios?
-Cosa de un año. Don
Ambrose se había opuesto a su noviazgo pretextando que Sylvia era demasiado
joven. Pero tras un año de relaciones se prometieron y la boda debía haberse
celebrado muy pronto.
-¡Ah! ¿Tenía alguna
propiedad esa joven?
-Casi nada, sólo unas
cien o doscientas libras al año.
-Ahí no hay gato
encerrado, Clithering -dijo el coronel Bantry riendo.
-Ahora le toca
preguntar al doctor -dijo don Henry-. Yo me reservo por ahora.
-Mi curiosidad es
principalmente profesional -dijo el doctor Lloyd-. Quisiera saber el informe
médico que se presentó en la encuesta oficial, es decir, si nuestra anfitriona
lo recuerda o lo sabe.
-Creo que lo
recuerdo, más o menos -replicó la señora Bantry-. Dijeron que la muerte fue
debida a envenenamiento por digitalina. ¿Lo digo bien?
El doctor Lloyd
asintió.
-El principio activo
de la dedalera, la digitalina, actúa sobre el corazón. Por cierto, que es una
droga muy valiosa para ciertas afecciones cardíacas. Es un caso muy curioso.
Nunca hubiera pensado que tomar una infusión de hojas de dedalera pudiera resultar
fatal. Se han exagerado mucho los daños producidos por comer hojas venenosas y
bayas. Muy pocas personas comprenden que el principio vital o alcaloide ha de
ser extraído con mucho cuidado y elaboración.
-La señora McArthur
envió el otro día unos bulbos especiales a la señora Toomie -explicó la
señorita Marple-. La cocinera los tomó por cebollas y, al comerlos, toda la
familia se puso enferma.
-Pero no murió nadie
-dijo convencido el doctor Lloyd
-No, no se murió
nadie -admitió la señorita Marple.
-Una amiga mía murió
envenenada por alimentos en mal estado -dijo Jane Helier.
-Debemos continuar
con nuestro crimen -intervino don Henry.
-¿Crimen? -exclamó
Jane sobresaltada-. Creía que se trataba de un accidente.
-Si fuera un
accidente -respondió don Henry en tono amable-, no creo que la señora Bantry
nos hubiera contado esta historia. No, por lo que deduzco, fue accidente sólo
en apariencia, detrás se escondía algo más siniestro. Recuerdo un caso: varios
invitados a una fiesta charlaban después de cenar. Las paredes estaban
adornadas con toda clase de armas antiguas. Bromeando, uno de los reunidos
cogió una vieja pistola y apuntó a otro simulando disparar. La pistola estaba
cargada, se disparó y mató al otro hombre. Tuvimos que averiguar primero quién
había preparado secretamente la pistola y, segundo, quién había dirigido la
conversación para obtener el resultado final, pues el hombre que había
disparado el arma era completamente inocente.
"Me parece que
en este caso se nos presenta el mismo problema. Esas hojas de dedalera fueron
mezcladas deliberadamente con las de salvia sabiendo cuál sería el resultado.
Puesto que descartamos a la cocinera... la descartamos, ¿verdad...?, la pregunta
es: '¿Quién cogió las hojas y las llevó a la cocina?'."
-Eso es fácil de
responder -dijo la señora Bantry-. Por lo menos la última parte de la pregunta.
Fue la propia Sylvia quien las llevó a la cocina. Formaba parte de sus
ocupaciones diarias recoger la ensalada, las hierbas, los manojos de
zanahorias, todas esas cosas que los jardineros nunca escogen bien. No les
gusta coger nada tierno, esperan hasta que maduran demasiado. Sylvia y la
señora Carpenter solían ir a buscarlas ellas mismas, y había una mata de
dedalera entre las de salvia en una esquina y por ello la equivocación era
bastante natural.
-Pero ¿las cogió la
propia Sylvia?
-Eso nadie lo sabe,
se dio por supuesto.
-Las suposiciones son
siempre muy peligrosas -comentó don Henry.
-Pero sé que no fue
la señora Carpenter -replicó la señora Bantry-, porque dio la casualidad de que
estuvo toda la mañana paseando conmigo por la terraza. Salimos después de
desayunar. Hacía un día extraordinariamente cálido y espléndido para estar tan
a principios de primavera. Sylvia bajó sola al jardín, pero más tarde la vi
paseando del brazo de Maud Wye.
-De modo que eran
grandes amigas, ¿verdad? -preguntó la señorita Marple.
-Sí -contestó la
señora Bantry y pareció querer añadir algo más, pero no lo hizo.
-¿Llevaba muchos días
en la casa? -quiso saber la señorita Marple.
-Unos quince días
-dijo la señora Bantry con voz preocupada.
-¿No le gustaba la
señorita Wye? -insinuó don Henry.
-Sí, eso es lo malo,
que sí.
La preocupación de su
voz se trocó en disgusto.
-Usted nos oculta
algo, señora Bantry -dijo don Henry en tono acusador.
-Sí, hace un momento
también yo he querido preguntarle algo -dijo la señorita Marple-, pero he
preferido callar.
-¿El qué?
-Cuando usted dijo
que esa joven pareja se había prometido y que por eso resultaba tan triste. Su
voz no me sonó del todo convencida cuando lo dijo, no sé si me comprende.
-Qué temible es usted
-replicó la señora Bantry-. Parece que siempre sabe las cosas. Sí, pensaba en
algo, pero en realidad no sé si debo decirlo o no.
-Tiene que decirlo,
déjese de escrúpulos de una vez -intervino don Henry.
-Bien, pues era sólo
esto -continuó la señora Bantry-. Una noche, precisamente la anterior a la
tragedia, salí a la terraza antes de cenar. La ventana del salón estaba abierta
y por casualidad vi a Jerry Lorimer y a Maud Wye. Él... bueno, la estaba besando.
Claro que yo ignoraba si se trataba de un flirteo sin importancia, o si...
bueno, quiero decir que nunca se sabe. Yo sabía que a don Ambrose nunca le
había gustado Jerry Lorimer, tal vez porque sabía que era de ese estilo. Pero
de una cosa estoy segura: esa chica, Maud Wye, estaba realmente interesada por
él. Sólo había que ver cómo lo miraba cuando no se creía observada. Y, además,
hacían mejor pareja que él y Sylvia.
-Voy a hacerle
rápidamente una pregunta antes de que se me adelante la señorita Marple -dijo
don Henry-. Quiero saber si, después de la tragedia, Jerry Lorimer se casó con
Maud Wye.
-Sí -dijo la señora
Bantry-, seis meses después.
-¡Oh! Scherezade,
Scherezade -dijo don Henry-. ¡Y pensar en cómo nos presentó su historia al
principio! Nos dio los huesos pelados y hay que ver la carne que vamos
encontrando ahora en ellos.
-No hable usted así,
no sea tan macabro -dijo la señora Bantry-. Y no emplee la palabra carne. Los
vegetarianos siempre lo hacen. Dicen "yo nunca como carne" de un modo
que le quitan a uno las ganas de comerse la chuleta que tiene delante. El señor
Curie era vegetariano y solía desayunar una especie de mejunje parecido al
salvado. Los ancianos encorvados que llevan barba suelen tener muchas manías y
llevan ropa interior muy particular.
-¿Qué sabes tú de la
ropa interior que llevaba el señor Curie? -preguntó su marido.
-Nada -replicó la
señora Bantry muy digna-. Sólo lo imagino.
-Voy a rectificar mi
declaración -dijo don Henry-. Debo reconocer que los personajes de este drama
son muy interesantes. Empiezo a conocerlos a todos. ¿Verdad, señorita Marple?
-La naturaleza humana
es siempre interesante, don Henry. Y es curioso ver cómo cierto tipo de
personas tiende a actuar siempre del mismo modo.
-Dos mujeres y un
hombre -dijo don Henry-. El eterno triángulo. ¿Es ésa la base de nuestro
problema? Yo creo que sí.
El doctor Lloyd se
aclaró la garganta.
-He estado pensando
-empezó con bastante dificultad-. ¿Dice usted, señora Bantry, que usted también
se sintió indispuesta?
-¡Por supuesto! ¡Y
Arthur! ¡Y todos!
-Eso es, todos -dijo
el médico-. ¿Comprenden lo que quiero decir? En la historia que don Henry acaba
de contarnos, un hombre disparó contra otro, pero no contra todos los que se
encontraban reunidos en la habitación.
-No comprendo
-replicó Jane-. ¿Quién disparó contra quién?
-Lo que quiero decir
es que quienquiera que planease el crimen lo hizo de un modo muy particular. O
bien con una fe ciega en la casualidad o con un desprecio absoluto de la vida
humana. Apenas puedo creer que exista un hombre capaz de envenenar deliberadamente
a ocho personas con el objeto de suprimir a una de ellas.
-Ya veo por dónde va
-dijo don Henry pensativo-. Confieso que debiera haber pensado en esto.
-¿Y no pudo haberse
envenenado él también? -preguntó Jane.
-¿Faltó alguien a la
mesa aquella noche? -quiso saber la señorita Marple.
La señora Bantry
meneó la cabeza.
-Excepto el señor
Lorimer, supongo, querida. Él no vivía en la casa, ¿no es cierto?
-No, pero aquella
noche cenaba con nosotros -respondió la señora Bantry.
-¡Oh! -exclamó la
señorita Marple-. Eso cambia mucho las cosas.
Y agregó frunciendo
el entrecejo y como para sus adentros:
-He sido una tonta.
-Confieso que sus
palabras me han desconcertado, Lloyd -dijo don Henry-. ¿Cómo asegurarse de que
la muchacha y sólo ella tomase la dosis fatal?
-No era posible
-replicó el doctor-. Eso nos plantea otra cuestión. Supongamos que la joven no
fuera la víctima pretendida.
-¿Qué?
-En todos los casos
de envenenamiento por vía oral el resultado es muy incierto. Varias personas se
sirven del mismo plato, ¿y qué ocurre? Una o dos enferman ligeramente, otras
dos, digamos, de gravedad, y otra fallece. Así es como ocurre siempre, no es posible
tener plena seguridad. Pero hay casos en los que puede intervenir otro factor.
La digitalina es una droga que afecta directamente al corazón, y como les he
dicho se receta en ciertos casos. Ahora bien, en la casa había una persona que
sufría del corazón. Supongamos que fuese la víctima escogida. Lo que no sería
fatal para el resto, lo iba a ser para él, o eso es lo que pudo suponer el
asesino. Que todo resultara distinto es sólo una prueba de lo que acabo de
decirles: la incertidumbre y relatividad de los efectos de las drogas en los
seres humanos.
-¿Cree usted que la
víctima tenía que haber sido don Ambrose? -preguntó don Henry.
-Sí, sí, y la muerte
de la joven fue un error.
-¿Quién heredó su
dinero después de su muerte? -preguntó Jane.
-Una pregunta muy
sensata, señorita Helier. Una de las primeras que hacía siempre en mi antigua
profesión -dijo don Henry.
-Don Ambrose tenía un
hijo -replicó lentamente la señora Bantry-. Se había peleado con él durante
muchos años anteriormente. Creo que era muy rebelde. No obstante, no estaba en
manos de don Ambrose poder desheredarlo ya que Clodderham Court pasaba de padres
a hijos. Martin Bercy heredó el título y la hacienda. Sin embargo, don Ambrose
tenía bastantes propiedades más que podía dejar a quien quisiera y que dejó a
su pupila Sylvia. Sé que don Ambrose falleció al cabo de medio año de haber
sucedido lo que les estoy contando y no se tomó la molestia de hacer nuevo
testamento después de la muerte de Sylvia. Creo que el dinero pasó a la Corona,
o tal vez a su hijo como pariente más cercano, no lo recuerdo exactamente.
-De modo que los
únicos que podían realmente beneficiarse de la muerte de don Ambrose eran un
hijo que no estaba allí y la muchacha que falleció -resumió don Henry,
pensativo-. No resulta muy prometedor.
-¿La otra mujer no
heredó nada? -preguntó Jane-. Ésa que la señora Bantry califica de
"gata".
-En el testamento no
constaba su nombre -dijo la señora Bantry.
-Señorita Marple, no nos
escucha usted -le dijo don Henry-, parece estar muy lejos.
-Estaba pensando en
el anciano señor Badger, el farmacéutico -contestó la aludida-. Tenía un ama de
llaves muy joven, lo suficiente no sólo para ser su hija, sino para ser su
nieta. No dijo una palabra a nadie, y su familia y un montón de sobrinos abrigaban
la esperanza de heredarlo. Y cuando falleció, ¿quieren ustedes creerlo?,
llevaba dos años casado con ella en secreto. Claro que el señor Badger era
farmacéutico y también un hombre muy rudo y vulgar, y don Ambrose Bercy un
caballero muy fino, según dice la señora Bantry, pero en conjunto la naturaleza
humana es la misma en todas partes.
Hubo una pausa,
durante la cual don Henry miró fijamente a la señorita Marple, quien no apartó
sus ojos azules e inteligentes hasta que Jane Helier rompió el silencio con una
pregunta.
-¿La señora Carpenter
era bien parecida? -preguntó.
-Sí, pero sencilla,
nada llamativa.
-Tenía una voz muy
agradable -dijo el coronel Bantry.
-Ronroneante, así es
como yo la llamo -intervino la señora Bantry-. ¡Ronroneante!
-A ti también van a
llamarte "gata" cualquier día de estos, Dolly.
-Me gusta serlo en mi
casa -replicó ella-. De todas formas, ya sabes que no me gustan mucho las
mujeres. Sólo los hombres y las flores.
-Un gusto excelente
-exclamó don Henry-. Especialmente por haber nombrado a los hombres en primer
lugar.
-Eso fue por
delicadeza -respondió la señora Bantry-. Bueno, ¿qué me dicen de mi problemita?
Me parece que he jugado limpio, Arthur. ¿No crees que he jugado muy limpio?
-Sí, querida. Pero no
creo que haya una investigación sobre la limpieza de la carrera por los
comisarios del Jockey Club.
-Usted primero -dijo
la señora Bantry señalando a don Henry.
-Tal vez me extienda
excesivamente en mis deducciones, ya que no tengo ninguna seguridad en este
caso. Primero consideremos a don Ambrose. No creo que empleara un método tan
original para suicidarse, y por otro lado no ganaba nada con la muerte de su
pupila. Descartado don Ambrose. Ahora el señor Curie. No tenía motivos para
matar a la joven. De haber sido don Ambrose su presunta víctima, posiblemente
hubiera robado un par de manuscritos raros que nadie hubiera echado de menos.
Es una teoría muy cogida por los pelos y poco probable. De modo que considero
que, a pesar de las sospechas de la señora Bantry en cuanto a su ropa interior,
el señor Curie queda eliminado. La señorita Wye. ¿Motivos para matar a don
Ambrose? Ninguno. ¿Motivos para matar a Sylvia? Poderosos. Ella quería al
prometido de Sylvia con locura, según dice la señora Bantry. Aquella mañana
estuvo en el jardín con Sylvia, de modo que tuvo oportunidad de coger las
hojas. No, no podemos descartar a la señorita Wye así como así y tampoco al
joven Lorimer. Existen motivos en ambos casos. Si se deshace de su novia puede
casarse con la otra. No obstante, me parece excesivo asesinarla. ¿Qué significa
hoy en día la ruptura de un compromiso? Si muere don Ambrose, se casará con una
mujer rica en vez de con una pobre. Eso puede tener importancia o no, depende
de su situación económica. Si descubro que sus propiedades estaban hipotecadas
y la señora Bantry nos ha ocultado deliberadamente este detalle, no habrá sido
juego limpio. Ahora la señora Carpenter. Sospecho de la señora Carpenter. Esas
manos tan blancas y su magnífica coartada en el momento en que fueron cogidas
las hojas. Siempre desconfío de las coartadas. Y tengo otra razón para
sospechar de ella, que me reservo. No obstante, a grosso modo, si tuviera que
acusar a alguien sería a la señorita Maud Wye ya que tenemos más pruebas contra
ella que contra nadie.
-Ahora usted -dijo la
señora Bantry señalando al doctor Lloyd.
-Creo que se equivoca
usted, Clithering, al aferrarse a la teoría de que la muerte de la joven fuese
intencionada. Estoy convencido de que el asesino intentaba deshacerse de don
Ambrose. No creo que el joven Lorimer tuviera los conocimientos necesarios y me
siento inclinado a creer que la culpa fue de la señora Carpenter. Llevaba mucho
tiempo en la casa, conocía el estado de salud de don Ambrose y pudo disponer
con facilidad que esa joven Sylvia (que usted misma dice que era bastante
estúpida) cogiera las hojas adecuadas. Confieso que no veo qué motivos pudo
tener, pero me aventuro a suponer que, en otro tiempo, don Ambrose hizo un
testamento en que era mencionada. Es lo mejor que se me ocurre.
La señora Bantry pasó
a señalar a Jane Helier.
-Yo no sé qué decir
-dijo Jane-, excepto esto: ¿Por qué no pudo haberlo hecho la propia muchacha?
Después de todo, ella llevó las hojas a la cocina. Y usted dice que don Ambrose
se había opuesto al noviazgo. Al morir él, conseguiría el dinero para poder casarse
en seguida. Debía conocer el estado de salud de don Ambrose tan bien como la
señora Carpenter.
El índice de la
señora Bantry señaló a la señorita Marple.
-Ahora usted, la
profesora -le dijo.
-Don Henry lo ha
expresado todo claramente, muy claramente -dijo la señorita Marple-. Y el
doctor Lloyd también tuvo razón en lo que dijo. Entre los dos lo han dejado
todo bien claro. Sólo que no creo que el doctor Lloyd haya comprendido lo que
implica algo que él mismo ha dicho. Veamos, al no ser el médico habitual de don
Ambrose, no podía saber exactamente qué clase de afección cardiaca padecía, ¿no
les parece?
-No acabo de
comprender lo que quiere usted decir, señorita Marple -dijo el doctor Lloyd.
-Usted supone que don
Ambrose tenía un corazón al que le afectaría la digitalina, pero no hay nada
que lo pruebe. Pudo ser todo lo contrario.
-¿Lo contrario?
-Sí, usted dijo que a
menudo se receta digitalina para ciertas afecciones del corazón.
-Aunque así sea,
señorita Marple, no veo adónde quiere usted ir a parar.
-Pues significaría
que podía tener digitalina en su poder con toda naturalidad, sin dar explicaciones.
Lo que trato de decir (siempre me expreso tan mal), es esto: Supongamos que
usted deseara envenenar a alguien con una dosis mortal de digitalina. ¿No sería
lo más sencillo y el medio más fácil procurar que todos sufrieran un
envenenamiento producido por hojas de dedalera, que contienen digitalina? No
sería fatal para ninguno de los otros, pero nadie se sorprendería de que
hubiera una víctima ya que, como ha dicho el doctor Lloyd, estas cosas son muy
imprecisas. Nadie se molestaría en averiguar si la joven había tomado ya
previamente una dosis fatal de digitalina. Pudo ponérsela en un combinado, en
el café o incluso hacérselo beber simplemente como un tónico.
-¿Quiere usted decir
que don Ambrose envenenó a su pupila, la encantadora joven a la que tanto
apreciaba?
-Exactamente -replicó
la señorita Marple-. Igual que el señor Badge y su joven ama de llaves. No me
digan que es absurdo que un hombre de sesenta años se enamore de una joven de
veinte. Sucede cada día, y me atrevo a decir que un autócrata como don Ambrose
pudo tomárselo muy a pecho. Esas cosas a veces se convierten en una obsesión.
No podía soportar la idea de verla casada. Hizo cuanto pudo por evitarlo y
fracasó. Sus celos crecieron de tal modo que prefirió matarla antes de dejar
que se casara con el joven Lorimer. Debía haberlo planeado bastante antes, ya
que las semillas de dedalera tuvieron que ser sembradas entre la salvia. Cuando
llegó la ocasión, él mismo las cogió y envió a Sylvia con ellas a la cocina. Es
horrible pensarlo, pero supongo que debemos juzgarle con toda la benevolencia
que podamos. Los hombres de edad son algunas veces muy suyos en lo que se
refiere a las chicas jovencitas. Nuestro último organista... pero no hablemos
más de los escándalos.
-Señora Bantry
-preguntó don Henry-. ¿Fue así?
La señora Bantry
asintió.
-Sí, yo no tenía la
menor idea, nunca pensé que pudiera tratarse de otra cosa más que de un
accidente. Luego, después de la muerte de don Ambrose, recibí una carta. Había
dejado instrucciones para que me fuera enviada y en ella me contaba la verdad.
No sé por qué, pero él y yo siempre nos habíamos llevado muy bien.
Durante el momentáneo
silencio percibió una crítica callada y se apresuró a agregar:
-Ustedes creen que
estoy traicionando una confidencia, pero no es así. He cambiado todos los
nombres. En realidad, no se llamaba don Ambrose Bercy. ¿No se dieron cuenta de
la extrañeza con que me miró Arthur cuando dije el nombre por primera vez? Al
principio no me entendía. Lo he cambiado todo. Como dicen en las revistas y al
principio de las novelas: "Todos los personajes que aparecen en esta
historia son puramente imaginarios". Nunca sabrán ustedes quiénes fueron
en realidad.
FIN
La huella del pulgar de san Pedro
Ahora, tía Jane, te
toca a ti -dijo Raymond West.
-Sí, tía Jane,
esperamos algo verdaderamente sabroso -exclamó en tono festivo Joyce Lempriére.
-Vamos, vamos, no se
burlen de mí, queridos -replicó la señorita Marple plácidamente-. Creen que por
haber vivido toda mi vida en este apartado rincón del mundo probablemente no he
tenido ninguna experiencia interesante.
-Dios no permita que
considere la vida de un pueblo como apacible y monótona -replicó Raymond
acaloradamente-. ¡Nunca más después de las horribles revelaciones que acabamos
de oír de tus labios! El mundo cosmopolita parece tranquilo y pacífico
comparado con St. Mary Mead.
-Bueno, querido -dijo
la señorita Marple-, la naturaleza humana es la misma en todas partes y, claro
está, en un pueblecito se tienen más ocasiones de observarla de cerca.
-Es usted realmente
única, tía Jane –exclamó Joyce-. Espero que no le importará que la llame tía
Jane -agregó-. No sé por qué lo hago.
-¿Seguro que no,
querida? -replicó la señorita Marple.
Y la contempló con
una mirada tan burlona por unos instantes, que las mejillas de la muchacha se
arrebolaran. Raymond carraspeó para aclararse la garganta de un modo algo
embarazoso.
La señorita Marple
volvió a contemplarlos sonriente y luego dedicó de nuevo su atención a su labor
de punto.
-Es cierto que he
llevado lo que se llama una vida tranquila, pero he tenido muchas experiencias
resolviendo pequeños problemas que han ido surgiendo a mi alrededor. Algunos
verdaderamente ingeniosos, pero de nada serviría contárselos, ya que son cosas
de poca importancia y no les interesarían, como por ejemplo: "¿Quién cortó
las mallas de la bolsa de la señora Jones?" y "¿Por qué la señora
Simons sólo se puso una vez su abrigo de pieles nuevo?" Cosas realmente
interesantes para cualquiera que guste de estudiar la naturaleza humana. No, la
única experiencia que recuerdo que pueda tener interés para ustedes es la de mi
pobre sobrina Mabel y su esposo. Ocurrió hace diez o quince años y, por
fortuna, todo acabó y nadie lo recuerda. La memoria de las gentes es muy mala,
afortunadamente.
La señorita Marple
hizo una pausa mientras murmuraba para sí:
-Tengo que contar
esta vuelta. El menguado es un poco difícil. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, y
luego se menguan tres. Eso es. ¿Qué estaba diciendo? Oh, sí, hablaba de la
pobre Mabel. Mabel era mi sobrina. Una muchacha simpática y muy agradable, sólo
que lo que podríamos decir un poco tonta. Le gusta armar un drama por cualquier
cosa, siempre que se enfada, y dice muchas más cosas de las que piensa. Se casó
con un tal señor Denman cuando tenía veintidós años y me temo que no fue muy
feliz en su matrimonio. Yo había esperado que aquella boda no llegara a
celebrarse, ya que el tal señor Denman parecía un hombre de temperamento
violento y no la clase de persona que hubiera sabido tener paciencia con las
debilidades de Mabel. Y también porque supe que en su familia había habido
algunos casos de locura. No obstante, entonces las muchachas eran tan
obstinadas como ahora y como lo serán siempre, y Mabel se casó con él.
"Después de su
matrimonio no la vi muy a menudo. Vino a pasar unos días a mi casa un par de
veces y me invitaron a la suya en varias ocasiones, pero, a decir verdad, no me
gusta mucho estar en casas ajenas y siempre me las arreglé para excusarme. Llevaban
diez años casados cuando el señor Denman falleció repentinamente. No habían
tenido hijos y dejaba todo su dinero a Mabel. Yo le escribí, como es natural,
ofreciéndome a hacerle compañía si me necesitaba, pero me contestó con una
carta muy sensata y yo imaginé que no estaba demasiado abatida por la pena. Lo
juzgué natural sabiendo que desde hacía algún tiempo hacían vidas separadas. No
fue hasta unos tres meses después cuando recibí una carta de lo más histérica
de mi sobrina, en la que me pedía que acudiera a su lado, que las cosas iban de
mal en peor y que no sería capaz de soportarlo por mucho más tiempo.
"Así que, por
supuesto, recogí mis cosas, llevé la vajilla de plata al banco y acudí en
seguida. Encontré a Mabel muy nerviosa. La casa, Myrtle Dene, era muy grande y
estaba magníficamente amueblada. Tenían cocinera, doncella, así como una
enfermera que cuidaba del anciano señor Denman, padre del esposo de Mabel,
quien estaba lo que se dice "un poco mal de la cabeza". Era un hombre
tranquilo y se portaba bien, aunque a veces era algo raro. Como ya he dicho,
había habido casos de locura en la familia.
"Me sorprendí
realmente al ver el cambio sufrido por Mabel. Era un manojo de nervios y me
resultó difícil que me contara el problema. Lo conseguí, como siempre se
consiguen estas cosas, indirectamente. Le pregunté por unos amigos suyos a
quienes siempre mencionaba en sus cartas, los Callagher. Ante mi sorpresa, me
respondió que apenas los veía ya. Y lo mismo me contestó al preguntarle por
otros. Le hablé de lo tonto que era encerrarse en casa y renunciar al trato
social, y entonces me contó la verdad.
"-No es cosa
mía, sino suya. Ahora no hay una sola persona aquí que quiera dirigirme la
palabra. Cuando paso por High Street todos se apartan para no tener que
saludarme. Soy una especie de leprosa. Es horrible y no podré soportarlo por
mucho tiempo. Tendré que vender la casa y marcharme al extranjero. Y, sin
embargo, ¿por qué tienen que hacerme abandonar una casa como ésta? Yo no he
hecho nada.
"Me inquieté más
de lo que puedan ustedes imaginar. Estaba tejiendo una bufanda para la anciana
señora Hay y, en mi tribulación, dejé escapar unos puntos y no lo descubrí
hasta mucho después.
"-Mi querida
Mabel -le dije-, me sorprendes. ¿Cuál es la causa de todo esto?
"Incluso de niña
Mabel fue siempre difícil y me costó muchísimo sacarle la verdad. Sólo sabía
hablar con vaguedad de las personas ociosas y maliciosas que no tienen nada
mejor que hacer que chismorrear y lanzar insidias a las mentes de los demás.
"-Lo veo muy
claro -le dije-. Evidentemente debe de circular algún rumor referente a ti. Tú
debes saber muy bien cuál es esa historia, de modo que vas a contármela.
"-¡Es algo tan
malicioso! -gimió Mabel.
"-Claro que es
malicioso -repliqué-. No hay nada que puedas contarme acerca de la mentalidad
humana que me sorprenda. Y ahora, Mabel, ¿quieres decirme lisa y llanamente lo
que la gente anda diciendo de ti?
"Entonces salió
todo.
"Al parecer, la
repentina e inesperada muerte de Geoffrey Denman había suscitado varios
rumores. En resumen, la gente pensaba que ella había envenenado a su esposo.
"Ahora bien,
como supongo que ustedes ya saben, no hay nada más cruel ni más difícil de
combatir que los rumores. Cuando la gente habla a nuestras espaldas nada hay
que pueda uno rebatir o negar, y las habladurías van creciendo sin que nadie
pueda detenerlas. Yo estaba completamente segura de una cosa: Mabel era incapaz
de envenenar a nadie y no comprendía por qué iban a arruinarle la vida
haciéndole insoportable la estancia en aquella casa sólo porque, con toda
probabilidad, había hecho alguna estupidez.
"-No hay humo
sin fuego -le dije-, Mabel. Ahora vas a decirme el motivo de que la gente
comenzara a rumorear. Debió ser por algo.
"Mabel se mostró
muy incoherente, declarando que no había sido por nada, por nada en absoluto,
como no fuese, naturalmente, por lo repentino del fallecimiento de Geoffrey. A
la hora de cenar parecía encontrarse perfectamente y por la noche se puso muy
enfermo. Naturalmente habían enviado a buscar al médico, pero el pobre Geoffrey
falleció a los pocos minutos de su llegada. Su muerte fue atribuida a
envenenamiento por haber comido setas venenosas.
"-Bueno -le
dije-, supongo que una muerte repentina de esa clase puede desatar las lenguas,
pero sin duda no sin algunos hechos adicionales. ¿Te peleaste con Geoffrey o
algo por el estilo?
"Admitió que
había sostenido una discusión con él la mañana anterior, a la hora del
desayuno.
"-Supongo que la
oirían los criados... -comenté.
"-No estaban en
la habitación.
"-No, querida,
pero probablemente estaban al otro lado de la puerta -le contesté.
"Yo sabía muy
bien lo histérica que podía llegar a ponerse Mabel cuando se enfadaba. Geoffrey
Denman también era un hombre dado a elevar la voz cuando se enfadaba.
"-¿Por qué
pelearon? -quise saber.
"-Oh, por las
tonterías de siempre. Siempre ocurría lo mismo. Cualquier cosa nos enzarzaba en
una discusión. Geoffrey se ponía imposible y decía cosas abominables, y yo le
contestaba a todo lo que pensaba de él.
"-Entonces,
¿discutían a menudo? -pregunté.
"-No era culpa
mía.
"-Mi querida
niña -le dije-, no importa de quién fuera la culpa. Eso no es lo que estamos
discutiendo ahora. En un sitio como éste, los asuntos privados de todo el mundo
son poco más o menos del dominio público. Tú y tu marido estaban siempre discutiendo.
Una mañana tienen una pelea mayor de lo normal y aquella noche tu marido muere
repentina y misteriosamente. ¿Es eso todo o hay algo más?
"-No sé qué
quieres decir -afirmó Mabel apesadumbrada.
"-Pues lo que he
dicho, querida. Si has cometido alguna tontería, no lo ocultes. Yo sólo quiero
ayudarte.
"-Nadie ni nada
puede ayudarme, excepto la muerte -declaró Mabel con desesperación.
"-Ten un poco
más de fe en la Providencia, querida -le dije-. Ahora sé perfectamente que hay
algo más que tratas de ocultar.
"Siempre supe,
incluso cuando era una niña, cuándo no me decía la verdad. Tardó mucho tiempo,
pero al fin lo dijo. Aquella misma mañana fue a la farmacia a comprar arsénico.
Por supuesto firmó en el registro y, naturalmente, el farmacéutico lo había
contado.
"-¿Quién es tu
médico? -le pregunté.
"-El doctor
Rawlinson.
"Yo lo conocía
de vista. Mabel me lo había señalado el día anterior y era lo que vulgarmente
se llama un viejo decrépito. Además, yo tenía demasiada experiencia de la vida
para creer en la infalibilidad de los médicos. Algunos son inteligentes y otros
no, y la mayor parte de las veces no saben lo que le ocurre a uno. Yo no confío
ni en los médicos ni en las medicinas.
"Después de
reflexionar sobre lo que había averiguado, me puse el sombrero y me fui a
visitar al doctor Rawlinson. Era precisamente lo que yo había supuesto, un
anciano amable y tan corto de vista que daba lástima, ligeramente sordo, y al
mismo tiempo susceptible y quisquilloso en grado extremo. En cuanto mencioné la
muerte de Geoffrey Denman se puso a la defensiva, y me habló largo rato de las
setas, las comestibles y las que no. Había interrogado a la cocinera, quien
admitió que una o dos setas de las que preparó le parecieron "un poco
extrañas", pero pensó que debían ser buenas, puesto que se las habían
enviado de la tienda. Cuanto más pensaba en ello desde aquél día, más
convencida estaba de que su aspecto no era normal.
"-Y no es
extraño -dije yo-. Debieron empezar por ser semejantes a las demás en
apariencia y terminar adquiriendo un color naranja con manchas rojas. No hay
nada que esa gente no recuerde si se esfuerza.
"Averigüé que
Denman ya no podía hablar cuando llegó el doctor. No podía tragar y falleció a
los pocos minutos. El médico parecía completamente satisfecho de su dictamen,
pero yo no estaba segura de si era debido a un firme convencimiento o a su
testarudez.
"Me fui directa
a casa y pregunté a Mabel por qué había comprado arsénico.
"-Debiste
hacerlo con algún propósito -le dije.
"Mabel se echó a
llorar.
"-Quería
suicidarme -gimió-. Me sentía tan desgraciada... y pensé que así terminaría
todo.
"-¿Tienes aún el
arsénico? -le pregunté.
"-No, lo tiré.
"Estuve durante
unos momentos dando vueltas en mi mente al problema.
"-¿Qué ocurrió
cuando se sintió mal? ¿Te llamó?
"-No -meneó la
cabeza-. Hizo sonar el timbre con violencia. Debió llamar varias veces y al fin
Dorothy, la doncella, lo oyó y, tras despertar a la cocinera, bajó con ella.
Cuando Dorothy lo vio se asustó mucho. Estaba inquieto y delirando. Dejó allí a
la cocinera y vino corriendo a buscarme. Yo me levanté y al verlo comprendí en
el acto que estaba muy grave. Por desgracia Brewster, que cuida del anciano
señor Denman, tenía la noche libre, de modo que no había nadie en la casa que
supiera lo que se debía hacer. Mandé a Dorothy a buscar al médico, y la
cocinera y yo nos quedamos con él, pero al cabo de unos minutos no pude
soportarlo más, era demasiado horrible, y regresé a mi habitación para
encerrarme en ella.
"-Fuiste muy
egoísta y cruel -le dije-, y no hay duda de que tu comportamiento no te habrá
ayudado precisamente, ya puedes estar segura. La cocinera lo habrá repetido por
todas partes. Vaya, vaya, es un mal asunto.
"Luego hablé con
el servicio. La cocinera quería contarme lo de las setas, pero la contuve:
estaba harta de aquellas setas. En vez de eso, la interrogué detalladamente
acerca del estado de su amo en aquella trágica noche. Las dos estuvieron de
acuerdo en que parecía agonizante, que apenas podía tragar, sólo hablaba con
voz apagada y delirante, y que no dijo nada que tuviera sentido.
"-¿Qué dijo
cuando deliraba? -pregunté con curiosidad.
"-Algo acerca de
un pescado, ¿no? -dijo volviéndose a la otra.
"Dorothy
asintió.
"-Un montón de
pescado -dijo-, o alguna tontería por el estilo. En seguida comprendí que el
pobre señor había perdido la cabeza.
"No era posible
sacar nada en claro de aquello. Como último recurso, fui a ver a Brewster, que
era una mujer delgada de unos cincuenta años.
"-Es una lástima
que no estuviera yo aquella noche -dijo-. Al parecer nadie intentó hacer nada
por él hasta que llegó el médico.
"-Supongo que
deliraba -dije pensativa-, pero eso no es síntoma de envenenamiento producido
por alimentos en mal estado, ¿o sí?
"-Eso depende
-replicó Brewster.
"Le pregunté por
el estado de su paciente.
"Meneó la
cabeza.
"-Está bastante
mal -replicó.
"-¿Débil?
"-Oh, no.
Físicamente está bastante bien, aparte de la vista, que le empieza a fallar.
Puede que nos sobreviva a todos nosotros, pero su mente se está perdiendo muy
deprisa. Les dije al señor y a la señora Denman que debían internarlo en un
sanatorio, pero la señora Denman no quiere oír hablar de ello siquiera.
"Debo decir que
Mabel siempre ha tenido un corazón generoso.
"Bien, así
estaban las cosas. Consideré cuidadosamente todos los aspectos y finalmente
decidí que sólo quedaba una cosa por hacer. En vista de los rumores que
circulaban, debíamos solicitar un permiso para exhumar el cadáver, practicarle
la debida autopsia y hacer que las lenguas se callaran para siempre. Desde
luego, Mabel armó un gran alboroto diciendo que no se debía molestar a un
muerto en su tumba, etc... pero yo me mantuve firme.
"No me alargaré
en esta parte de mi historia. Conseguimos el permiso y se llevó a cabo la
autopsia, o como se llame eso, mas el resultado no fue lo satisfactorio que
debiera haber sido. No se encontró el menor rastro de arsénico, cosa favorable,
pero las palabras exactas del informe forense fueron "que no había nada
que demostrase la causa de la muerte".
"De modo que
aquello no solucionó nada. La gente continuó hablando de venenos raros que no
dejan rastro y tonterías por el estilo. Yo visité al patólogo que efectuó la
autopsia, al que hice varias preguntas, aunque se esforzó cuanto le fue posible
para no responder a la mayoría de ellas. Pero logré sonsacarle que consideraba
altamente improbable que las setas venenosas hubieran sido la causa del
fallecimiento. Una idea tomaba forma en mi mente y le pregunté qué veneno, si
es que existía alguno, podía haber sido empleado para lograr aquellos efectos.
Me dio una extensísima explicación, que en su mayor parte, debo admitirlo, no
entendí, pero que puede resumirse así: la muerte pudo ser producida por algún
fuerte alcaloide vegetal.
"La idea que
tuve era ésta. Suponiendo que Geoffrey Denman llevara también en la sangre la
tara de la locura, ¿no pudo haberse suicidado? Durante un período de su vida
estudió medicina y debía tener un buen conocimiento de los venenos y sus
efectos.
"No me parecía
muy probable, pero fue lo único que se me ocurrió y puedo asegurarles que
estuve a punto de volverme loca. Ahora, aunque ustedes los jóvenes lo tomen a
risa, les confesaré que, cuando me encuentro en un verdadero apuro, siempre
rezo para mis adentros, en cualquier parte donde me encuentre, caminando por la
calle o en el interior de una tienda, y siempre obtengo una respuesta a mi
plegaria. Tal vez parezca una cosa sin importancia y sin relación aparente con
este asunto, pero la tiene. Cuando era niña tenía este lema escrito sobre mi
cama: "Pide y recibirás". La mañana a la que me refiero yo estaba
paseando por High Street y rezaba intensamente. Cerré los ojos y, al abrirlos,
¿qué creen ustedes que fue lo primero que vi?"
Cinco rostros se
volvieron hacia la señorita Marple, demostrando diversos grados de interés. Sin
embargo, podía afirmarse con seguridad que ninguno había adivinado la respuesta
a la pregunta.
-Vi -dijo la señorita
Marple con aire misterioso- el escaparate de la pescadería. Y sólo había una
cosa en él: un ródalo fresco.
Miró a su alrededor
con aire triunfante.
-¡Oh, cielos!
-exclamó Raymond West-. La respuesta a tu plegaria fue... un ródalo fresco.
-Sí, Raymond
-contestó la señorita Marple con aire severo-. Y no hace falta que seas tan
escéptico. La mano de Dios está en todas partes. Lo primero que vi fueron las
manchas negras de ese pescado, las huellas del pulgar de san Pedro, según
cuenta la leyenda, ya sabes. Y eso me hizo recordar cosas: que necesitaba fe,
la verdadera fe de san Pedro, y relacioné las dos cosas, la fe y el pescado.
Henry se sonó con
bastante apresuramiento y Joyce se mordió el labio.
-¿Qué es lo que trajo
esto a mi memoria? Pues que la doncella y la cocinera mencionaran que el
pescado había sido una de las palabras pronunciadas por el difunto. Eso me
convenció, con un convencimiento absoluto, de que la solución del misterio
había de encontrarse en aquellas palabras. Volví a casa resuelta a llegar al
fondo del asunto.
Hizo una pausa.
-¿Se les ha ocurrido
pensar -continuó la anciana- cuántas veces nos dejamos llevar por lo que creo
se ha dado en llamar el contexto de las cosas? Hay un lugar en Dartmoor llamado
Tiempo Gris. Si uno habla con un granjero de allí y menciona las palabras Tiempo
Gris, sin duda deducirá que se refiere a aquellas rocas, aunque es posible que
usted le esté hablando del día que hace. Del mismo modo, si uno hace referencia
a ese lugar ante un extraño que sólo oiga un fragmento de la conversación,
puede pensar que le hablan del tiempo. De modo que, al repetir una
conversación, por lo general no empleamos las palabras exactas, sino otras que
para nosotros tienen el mismo significado.
"Me entrevisté
por separado con la cocinera y Dorothy. Pregunté a la primera si estaba segura
de que su amo había hablado de un montón de pescado y respondió
afirmativamente.
"-¿Fueron
entonces ésas sus palabras exactas -pregunté- o nombró alguna clase especial de
pescado?
"-Eso es
-replicó la cocinera-, una clase especial que ahora no puedo recordar. Un
montón de... ¿qué era lo que dijo? No es ninguno de los que se sirven en la
mesa. ¿Diría sollo o perca? No, no empezaba con P.
"Dorothy también
recordaba que su amo había mencionado una clase determinada de pescado.
"-Era un nombre
poco corriente -dijo-. Una pila de... ¿qué es lo que dijo?
"-¿Dijo montón o
pila? -pregunté.
"-Creo que dijo
pila. Pero no estoy segura, es tan difícil recordar las palabras exactas, ¿no
es cierto, señorita?, especialmente cuando no tienen sentido. Pero ahora que lo
pienso, estoy casi segura de que dijo pila, algo que me sonó muy extraño, y
luego pronunció el nombre de un pescado que empieza con C, pero no era el
congrio ni cangrejo."
-Lo que sigue a
continuación me enorgullece –dijo la señorita Marple-, porque, desde luego,
nada sé de drogas, que considero desagradables y peligrosas. Tengo una receta
de mi abuela para hacer infusión de tanaceto que vale más que todas las
medicinas. Pero yo sabía que en la casa había varios libros de medicina y que
uno de ellos era un índice de drogas. ¿Comprenden? Mi idea fue que Geoffrey
había tomado alguna dosis de veneno e intentó decirlo. Bien, primero miré las
que empezaban por R, sin encontrar nada que me pareciese probable. Luego seguí
con la letra P y casi en seguida di con ella... ¿qué creen ustedes que era?
Miró a su alrededor
saboreando su triunfo.
-Pilocarpina. ¿No
adivinan cómo sonaría en labios de un hombre que apenas pudiera hablar? ¿Y cómo
sonaría a oídos de una cocinera que nunca lo hubiera oído? ¿No debió de darle
la impresión de que decía algo así como "pila de carpas"?
-¡Por Júpiter!
-exclamó Henry.
-Nunca se me hubiera
ocurrido -confesó el doctor Pender.
-Es muy interesante
-dijo la señora Petherick-. Interesantísimo.
-Busqué
apresuradamente la página que señalaba el índice y leí los efectos que la
pilocarpina produce en los ojos y otras cosas que no hacen al caso, y al fin
llegué a una frase muy significativa. Ha sido empleada con éxito como antídoto
contra el envenenamiento producido por la atropina. Entonces lo vi todo con
claridad. Nunca consideré muy probable que Geoffrey Denman se hubiera
suicidado. No, esta nueva solución no sólo era posible, sino que estaba segura
de que era la verdadera ya que todas las piezas del rompecabezas encajaban.
-No voy a tratar de
adivinarlo -dijo Raymond-. Continúa, tía Jane, y dinos lo que estaba tan claro
para ti.
-Yo no sé nada de
medicina, por supuesto -replicó la señorita Marple-, pero lo que sí sabía era
que, cuando mi vista empezó a fallar, el médico me recetó unas gotas de sulfato
de atropina. Fui directamente a la habitación del anciano señor Denman y no me
anduve por las ramas.
"-Señor Denman
-le dije-. Lo sé todo. ¿Por qué envenenó usted a su hijo?
"Me miró durante
un par de segundos, era un hombre bastante atractivo a su manera, y luego se
echó a reír. Fue una de las risas más malvadas que he oído en mi vida y les
aseguro que se me puso la piel de gallina. Sólo en una ocasión oí algo parecido,
cuando la pobre señora Jones se volvió loca.
"-Sí -me
contestó-, yo maté a Geoffrey. Yo era demasiado listo para él y él quería
quitarme de en medio ¿no es cierto? Encerrarme en un asilo. Lo oí hablar con
Mabel. Mabel es una buena chica, se puso de mi parte, pero yo sabía que no iba
a poder impedirlo indefinidamente. Al fin se habría salido con la suya, como
siempre. Pero yo acabé con él, con mi hijo amable y cariñoso. ¡Ja, ja! Bajé
durante la noche. Fue muy sencillo. Brewster había salido y mi querido hijo
estaba durmiendo. Tenía un vaso de agua en la mesilla de noche, siempre bebía
cuando se despertaba a medianoche. Lo vacié, ¡ja, ja!, y luego vertí en él mi
botella de gotas para los ojos. Cuando se despertase se lo bebería antes de
saber qué era. Sólo me quedaba una cucharada, pero fue suficiente, fue
suficiente. ¡Así fue cómo lo hice! A la mañana siguiente me dieron la noticia
con mucha delicadeza. Temían que me afectara, ¡ja, ja, ja!
"Bien, éste es
el final de mi historia. Desde luego el pobre viejo fue internado en un
sanatorio. En realidad no era responsable de lo que había hecho, se supo la
verdad y todo el mundo se compadeció de Mabel y no sabían qué hacer para
compensarla de sus injustas sospechas. Pero de no haber sido porque Geoffrey se
dio cuenta de lo que había tomado e intentó pedir que le trajeran el antídoto
sin demora, es posible que nunca se hubiera descubierto. Creo que la atropina
produce ciertos síntomas muy evidentes, dilatación de las pupilas y demás, pero
desde luego y como ya les he dicho, el doctor Rawlinson era muy corto de vista,
pobre viejo. Y en el mismo libro de medicina, que continué leyendo porque era
muy interesante, se daban los síntomas del envenenamiento producido por la
ingestión de alimentos en mal estado y por la atropina, y no se diferencian
gran cosa. Pero les aseguro que no he vuelto a ver un ródalo fresco sin
acordarme de la huella del pulgar de san Pedro."
Hubo una larga pausa.
-Mi querida amiga
-dijo el señor Petherick-, es usted realmente maravillosa.
-Recomendaré a
Scotland Yard que vengan a pedirle consejo -intervino Henry.
-Bueno, de todas
formas hay una cosa que ignoras, tía Jane -dijo Raymond.
-Oh, sí que lo sé,
querido -replicó la señorita Marple-. Ha ocurrido precisamente antes de cenar
¿no es cierto? Cuando llevaste a Joyce a contemplar la puesta de sol. Es un
lugar muy adecuado, junto a los jazmines. Allí es donde el lechero le preguntó
a Annie si quería casarse con él.
-Vaya, tía Jane
-replicó el joven-, no estropees todo el romanticismo. Joyce y yo no somos como
el lechero y Annie.
-En eso te equivocas,
querido -dijo la señorita Marple-. En realidad todos somos iguales, aunque
afortunadamente tal vez no nos demos cuenta.
FIN
La muñeca descansaba
en la gran silla tapizada de terciopelo. No había mucha luz en la estancia,
pues el cielo de Londres aparecía oscuro. En la suave y gris penumbra se
mezclaban los verdes de las cortinas, tapices, tapetes y alfombras. La muñeca,
cuya cara semejaba una mascarilla pintada, yacía sobre sus ropas y gorrito de
terciopelo verde. No era la clásica que acunan en sus bracitos las niñas. Era
un antojo de mujer rica, destinada a lucir junto al teléfono, o entre los
almohadones de un diván. Y así permanecía nuestra muñeca, eternamente fláccida,
a la vez que extrañamente viva.
Sybil Fox se
apresuraba en terminar el corte y preparación de un modelo. De modo casual sus
ojos se detuvieron un momento en la muñeca, y algo extraño en ella captó su
interés. No obstante, fue incapaz de saber qué era, y en su mente se abrió una
preocupación más positiva.
«¿Dónde habré puesto
el modelo de terciopelo azul? -se preguntó-. Estoy segura de que lo tenía aquí
mismo.»
Salió al rellano y
gritó:
-¡Elspeth! ¿Tienes
ahí el modelo azul? La señora Fellows está al llegar.
Volvió a entrar y
encendió las lámparas. De nuevo miró la muñeca.
-Vaya, ¿dónde diablos
estará...? ¡Ah, aquí!
Recogía el modelo
cuando oyó el ruido peculiar del ascensor que se detenía en el rellano, y, al
momento, la señora Fellows entró acompañada de su pekinés, que bufaba
alborotador, como un tren de cercanías al aproximarse a una estación
pueblerina.
-Vamos a tener
aguacero -dijo la dama-. Y será un señor «aguacero».
Se quitó de un tirón
los guantes y el abrigo de piel.
Entonces entró Alicia
Coombe, como siempre hacía cuando llegaban clientes especiales, y la señora
Fellows lo era.
Elspeth, la encargada
del taller, bajó con el vestido y Sybil se lo puso a la señora Fellows.
-Bien -dijo Sybil-.
Le cae estupendo. Es un color maravilloso, ¿no le parece?
Alicia Coombe se
recostó en su silla, estudiando el modelo.
-Sí -exclamó-. Es
bonito. Realmente es todo un éxito.
La señora Fellows se
volvió de medio lado y se miró al espejo.
-Desde luego, sus
vestidos hacen algo en la parte baja de mi espalda.
-Está usted mucho más
delgada que tres meses atrás -aseguró Sybil.
-No -dijo ella-, si
bien es cierto que lo parezco. En realidad esa sensación la producen sus
modelos. Disimulan muy bien mis caderas -suspiró mientras se alisaba las
protuberancias de su anatomía-. Siempre ha sido mi pesadilla. Durante años he
intentado disimularlo atiesándome. Ahora ya no puedo hacerlo, pues tengo tanto
estómago como... Tendrá usted que tener en cuenta ambas cosas, ¿podrá?
-Me gustaría que
viese a otras clientes.
La señora Fellows
seguía examinándose.
-El estómago es peor
-dijo-. Se ve más. Claro que eso puede parecérnoslo porque al hablar con la
gente les damos la cara y entonces no ven la espalda. De todos modos he
decidido vigilar mi estómago y dejar que lo otro se apañe solo.
Estiró un poco más el
cuello para contemplarse, y exclamó de repente:
-¡Oh, esa muñeca me
ataca los nervios! ¿Desde cuándo la tienen?
Sybil miró insegura a
Alicia, que parecía esforzarse en recordar.
-No lo sé
exactamente. Hace bastante tiempo... nunca me acuerdo de las cosas. Es terrible
lo que me ocurre, sencillamente no puedo recordar! Sybil, ¿desde cuándo la
tenemos?
-No lo sé.
-Es lo mismo; no se
preocupen -intervino la señora Fellows-. De todos modos seguirá estropeando mis
nervios. Parece vigilarnos y reírse de nosotras desde su envoltorio de
terciopelo. Yo me desembarazaría de ella si fuese mía.
Dicho esto acusó un
ligero estremecimiento. Luego se puso a discutir sobre detalles de costura.
¿Era evidente acortar las mangas una pulgada? ¿Y el largo? Después que fueron
solucionados tan importantes puntos, la señora Fellows se vistió sus prendas y
se dispuso a marcharse. Al pasar por delante de la muñeca, volvió la cabeza.
-No -dijo-. No me
gusta la muñeca. Da la sensación de ser algo vivo; de ser algo que impone su
presencia. No; decididamente, no me gusta.
-¿Qué quiso decir?
-preguntó Sybil mientras la señora Fellows descendía las escaleras.
Antes de que Alicia
pudiera contestar, la señora Fellows asomó la cabeza por la puerta.
-¡Cielos! Me olvidé
de Fou-Ling. ¿Dónde estás, príncipe?
Las tres mujeres
miraron a su alrededor. El pekinés se hallaba sentado junto a la silla de
terciopelo verde. Sus ojos permanecían fijos en la fláccida muñeca, sin que
denotase placer o resentimiento. Simplemente miraba.
-Ven aquí, tesoro de
mamita.
El tesoro de mamita
no hizo caso.
-Cada día se vuelve
más desobediente -explicó su dueña como si alabase una virtud-. Vamos,
tesorito. Cariñito.
Fou-Ling volvió la
cabeza una pulgada y media hacia ella, y con manifiesto desdén continuó
observando la muñeca.
-Mi pequeño Fou-Ling
está muy impresionado. No recuerdo que le haya sucedido eso antes. Le ocurre lo
mismo que a mí. ¿Estaba la muñeca aquí la última vez que vine?
Las dos mujeres se
miraron. Sybil mantenía fruncido el ceño, y Alicia, al responder, hizo otro
tanto.
-Ya le dije que... no
sé, no logro acordarme de nada. ¿Cuánto hace que la tenemos, Sybil?
-¿Cómo llegó aquí?
-preguntó la señora Fellows-. ¿La compraron ustedes?
-Oh, no -Alicia
pareció sorprenderse ante la idea-. Oh, no. Supongo que alguien me la
regalaría.
Desalentada, denegó
con la cabeza antes de continuar:
-Resulta enloquecedor
que todo se vaya de la mente cuando una intenta recordar.
-Anda, vamos; no seas
estúpido, Fou-Ling. ¡Vamos, camina! Vaya, tendré que cogerte en brazos.
Y en los brazos de su
dueña, Fou-Ling emitió un corto ladrido de protesta, antes de salir de la
estancia con la cabeza vuelta hacia la silla.
-¡Esa muñeca rompe
mis nervios! -exclamó la señora Groves.
La señora Groves era
la asistenta. Había acabado de fregar el suelo, moviéndose como los cangrejos.
Entonces se hallaba en pie, y con un trapo sacudía el polvo de los muebles.
-¡Qué cosa más
extraña! -continuó-. Nadie advirtió su presencia hasta ayer. Y sucedió de
repente, como usted misma me dijo.
-¿No le gusta?
-preguntó Sybil.
-¡No! Ya lo he dicho:
me rompe los nervios. Es... es antinatural, si me entiende lo que quiero decir.
Sus largas piernas colgantes, el modo de yacer y la mirada astuta de sus ojos
impresionan.
-Nunca se ha quejado
de ella -dijo Sybil, sorprendida.
-Créame, hasta hoy me
ha pasado inadvertida. Sí, ya sé que lleva tiempo aquí, pero... -enmudeció
mientras en su rostro se reflejaba una expresión de miedo-. Parece una de esas
criaturas terroríficas que una sueña a veces.
La señora Groves
recogió sus utensilios de limpieza y se dio prisa en abandonar la salita de
pruebas.
Sybil miró la muñeca
y no pudo evitar una oprimente sensación inexplicable. La entrada de Alicia
distrajo su atención.
-Señorita Coombe,
¿desde cuándo tiene usted esta muñeca?
-¿La muñeca? Querida,
ya sabe que no recuerdo las cosas. Ayer... ¡qué absurdo! Ayer quise asistir a
una conferencia y no había recorrido la mitad de la calle cuando advertí que no
recordaba dónde iba. Después de mucho pensar me dije que sería a casa Fortnums.
Había algo que deseaba comprar allí -se pasó la mano por la frente-. Le será
difícil creerme, y, sin embargo, es verdad. Cuando tomaba el té en casa me
acordé de la conferencia. Ya sé que la gente se vuelve desmemoriada con los
años, pero a mí me ocurre demasiado pronto. Ahora mismo no sé dónde he puesto
el bolso... y mis gafas. ¿Dónde puse las gafas? Las tenía hace un momento,
¡leía algo en el periódico!
-Las gafas están en
la repisa de la chimenea -dijo Sybil dándoselas-. ¿Desde cuándo está aquí la
muñeca? ¿Quién se la regaló?
-Son dos respuestas
en blanco. Alguien debió de enviármela, supongo. Es raro, pero todos parecen
extrañar su presencia aquí.
-Desde luego. Sí,
resulta curioso; yo misma soy incapaz de acordarme cuando la vi por vez
primera.
-No se vuelva como yo
-exclamó Alicia-. Usted es joven todavía.
-Esto no remedia mi
falta de memoria, señorita Coombe. Ayer, al fijarme en ella, pensé que tenía
algo... algo impalpable. Creo que la señora Groves está en lo cierto. La muñeca
rompe los nervios de cualquiera. Y el caso es que ayer fui consciente de que esa
sensación de captar un no sé qué en la muñeca, la he sentido antes, si bien no
recuerdo en qué momento. En realidad es como si nunca la hubiese visto, y de
pronto descubriese su presencia, segura de conocerla hace mucho tiempo.
-Quizá un día entró
volando por la ventana subida en una escoba -dijo Alicia-. Bien, el caso es que
está aquí, y es nuestra. -Miró a su alrededor, antes de añadir-: No sabría
imaginarme la habitación sin ella. ¿Y usted?
-Tampoco -repuso
Sybil, acusando un ligero estremecimiento-. Pero me gustaría poder...
-Poder, ¿qué?
-preguntó Alice.
-Imaginar la
habitación sin ella.
-¡Caray! ¡Todos se
ponen tontos con la muñeca! -exclamo Alicia, no de muy buen talante-. ¿Qué hay
de malo en la pobre? Bueno, quizá parezca una col marchita. No, no es eso. La
veo así porque no llevo puestas las gafas-. Se las colocó sobre la nariz y miró
la muñeca-: Sí, desde luego causa cierta sensación nerviosa. Tal vez sea su
mirada triste, aunque burlona.
-Sorprende -dijo
Sybil-, que la señora Fellows se sintiera molesta con ella, precisamente hoy.
-Es una mujer que
nunca oculta lo que piensa -repuso Alicia.
-Conforme -insistió
la otra-; pero lo extraño es que fuese hoy, como si antes no la hubiese visto.
-La gente suele
profesar antipatías repentinas.
-Sí, es un aserto
irrefutable. ¡Quién sabe! Posiblemente no estaba aquí ayer, y sea cierto que
entró por la ventana como usted dijo.
-¡Oh, no, querida!
-repuso Alicia-. Eso fue una broma. Yo sé que está en su silla desde hace mucho
tiempo. Sólo que hasta ayer no se hizo visible.
-Sí, es una seguridad
dormida en nuestro subconsciente. Desde luego hace tiempo que nos hace
compañía, si bien hasta ahora no nos hemos percatado de su presencia.
-¡Oh, Sybil!
¡Olvidémoslo! Me da escalofríos. ¿Supongo que no intenta construir una historia
sobrenatural, ¿verdad?
Cogió la muñeca, la
sacudió, arregló sus hombros y volvió a sentarla en otra silla. La muñeca se
movió ligeramente, hasta quedar en una postura de relajamiento.
-¡Qué cosa más
sorprendente! -exclamó Alicia, mirándola-. Es una cosa sin vida, y, no
obstante, parece que la tiene.
-¡Me ha descompuesto!
-dijo la señora Groves, mientras quitaba el polvo de la habitación destinada a
exposición-. Me temo que no me quedan ganas de volver al probador.
-¿Quién la ha
descompuesto? -preguntó Alice, que se hallaba sentada en un escritorio situado
en un ángulo repasando varias cuentas-. Esta mujer -ahora hablaba para ella
misma y no para la señora Groves-, piensa que tendrá dos vestidos de noche,
tres de cóctel y otro de calle para todos los años sin pagar un solo penique.
-¿Quién ha de ser?
¡Esa muñeca! -gritó la asistenta.
-¡Vaya! ¿Otra vez la
muñeca?
-¿No la ha visto
sentada al pupitre que hay en el probador, como si fuera un ser humano? ¡Me
descompuso!
-¿De qué habla usted,
señora Groves? -preguntó Alicia.
Ésta se puso en pie,
cruzó la estancia y el recibidor y penetró en el salón de pruebas. La muñeca,
como si fuera de carne y hueso, permanecía sentada en una silla, arrimada al
pupitre, sobre el cual descansaban sus largos y fláccidos brazos.
-Alguien ha querido
gastarme una broma -dijo Alicia-. Pero hay tanta naturalidad en ella que parece
estar viva.
En aquel momento
Sybil bajaba las escaleras del taller, con un vestido que debía de ser probado
aquella mañana.
-Venga, Sybil, y verá
la muñeca sentada a mi pupitre, escribiendo cartas.
Las dos mujeres se
miraron.
-Me gustaría saber
quién la ha colocado ahí, ¿Fue usted?
-No -contestó Sybil-.
Quizá haya sido una de las chicas.
-Una broma estúpida,
de veras -se quejó Alicia.
Cogió la muñeca del
pupitre y la echó encima del sofá.
Sybil colocó el
vestido sobre una silla, y, luego, se fue al taller.
-¿Conocen la muñeca
de terciopelo que hay en el salón de pruebas? -preguntó.
La encargada y tres
chicas alzaron la vista.
-¿Quién gastó la
broma de sentarla al pupitre, esta mañana?
Las tres chicas se
miraron unas a otras, y Elspeth, la encargada, exclamó sorprendida:
-¿Sentarla al
pupitre? ¡Yo no!
-Ni yo -dijo una de
las chicas-. ¿Fuiste tú, Marlene?
La aludida sacudió la
cabeza.
-¿No será una broma
suya, Elspeth?
El aspecto sombrío de
la encargada no inducía a suponerla amiga de bromas, y mucho menos cuando tenía
la boca llena de alfileres.
-No, desde luego que
no. Me sobra trabajo para entretenerme en jugar con muñecas.
-Bueno -intervino
Sybil, a quién sorprendió el temblor de su propia voz-. Después de todo es una
broma bastante simpática. Me gustaría saber quién lo hizo.
Las tres muchachas se
defendieron.
-Se lo hemos dicho,
señorita. Ninguna de nosotras lo hizo, ¿verdad Marlene?
-Yo no -afirmó ésta-.
Y si Nillie y Margaret dicen que tampoco, pues ninguna de nosotras ha sido.
-Ya ha escuchado
antes mi respuesta -dijo Elspeth-. ¿A santo de que viene todo esto? ¿No habrá
sido la señora Groves?
Sybil denegó con un
gesto de cabeza.
-No; ella no se
hubiese atrevido; está asustada.
-Bajaré a ver la
muñeca -dijo Elspeth.
-Ya no está en el
mismo sitio -informó Sybil-. La señorita Coombe la quitó del pupitre y la puso
en el sofá. Pero alguien tuvo que ponerla en la silla. En realidad, su aspecto
es gracioso, y no comprendo por qué se oculta quien lo hizo.
-Señorita Fox; lo
hemos negado dos veces -habló Margaret-. ¿Por qué se empeña en que mentimos?
Ninguna de nosotras hubiera hecho una cosa tan tonta.
-Lo siento -se excusó
Sybil-. No quise ofenderlas. ¿Quién pudo ser?
-Quizá fue ella sola
-aventuró Marlene, que se puso a reír.
Sybil no agradeció la
sugerencia.
-Está bien. Olvidemos
lo sucedido -dijo antes de bajar de nuevo las escaleras.
Alicia tarareaba una
cancioncilla mientras buscaba algo a su alrededor.
-He vuelto a perder
mis gafas -explicó a Sybil-. No importa, en realidad no quiero ver nada en este
momento. Lo malo para una persona tan ciega como yo, es que si pierde las gafas
y carece de otro par de reserva, nunca logrará hallar las primeras.
-Las buscaré yo -se
ofreció Sybil-. Las tenía hace un momento.
-Fui a la otra
habitación cuando usted fue arriba. Quizá me las olvidé allí. Es una lata eso
de las gafas. Quiero seguir con esas cuentas, ¿cómo lo haré si no las
encuentro?
-Iré a su dormitorio
a buscarle el otro par.
-Sólo tengo el par
que uso.
-¿Qué ha hecho de las
otras?
-No lo sé. Creía
haberlas olvidado ayer en el restaurante. Pero me informaron por teléfono que
no están allí. También llamé a dos tiendas, donde estuve de compras.
-Oh, querida;
necesita tres pares.
-Sí, y entonces me
pasaré la vida buscándolos. Es mejor tener un solo par.
-Bueno, en alguna
parte han de estar -dijo Sybil-. No ha salido usted de estas dos habitaciones.
Si no aparecen aquí, han de estar en el probador.
Sybil se encaminó a
la otra sala, y tras detenida búsqueda infructuosa, se le ocurrió levantar la
muñeca del sofá.
-¡Ya las tengo!
-gritó.
-¿Dónde estaban
Sybil?
-Debajo de nuestra
preciosa muñeca. Supongo que las dejaría en el sofá al ponerla allí.
-No; estoy segura de
no haberlo hecho.
-Entonces se las
quitaría ella.
-¡Quién sabe! -dijo
Alicia, mirando la muñeca-. Parece muy inteligente.
-No me gusta su cara
-afirmó Sybil-. Da la impresión de saber algo que nosotros ignoramos.
-Su aspecto es triste
y a la vez dulce -comentó Alicia.
-¡Oh! Yo no advierto
la más mínima dulzura en ella.
-¿No? Quizá tenga
razón. Bueno, sigamos con el trabajo. Lady Lee vendrá antes de diez minutos y
quiero acabar estas facturas y mandarlas al correo.
-¡Señorita Fox!
¡Señorita Fox!
-¿Qué pasa, Margaret?
¿Qué ocurre?
Sybil cortaba una
pieza de género de satén sobre la mesa de trabajo.
-¡Oh, señorita Fox!
Se trata de la muñeca. Bajé el vestido castaño y vi la muñeca sentada delante
del pupitre. ¡Yo no he sido, ni las otras chicas! Por favor, créame, nosotros
no haríamos una cosa así.
Las tijeras de Sybil
se desviaron un poco.
-¡Vaya! -exclamó
enojada-. Mire lo que me ha hecho hacer. Espero que podrá arreglarse. Bueno,
¿qué pasa con la muñeca?
-Vuelve a estar
sentada ante el pupitre.
Sybil bajó al
probador. La muñeca se hallaba sentada al pupitre, exactamente como antes.
-Eres muy decidida,
¿eh? -dijo a la muñeca.
La cogió sin
contemplaciones y la echó encima del sofá.
-¡Ese es tu sitio,
niña! ¡No te muevas de ahí!
Luego se encaminó a
la otra estancia.
-Señorita Coombe.
-Diga, Sybil.
-Alguien nos toma el pelo.
La muñeca volvía a
estar sentada ante el pupitre.
-¿Quién le parece que
es?
-Tiene que ser una de
las tres de arriba. Seguramente lo considerará gracioso. Pero el caso es que
todas juran ser inocentes.
-¿No será Margaret?
-No, no lo creo.
Margaret estaba sorprendida cuando entró a decírmelo. En todo caso será esa
burlona de Marlene.
-Sea quien fuese,
hace una tontería.
-Estoy de acuerdo
-dijo Sybil-. No obstante, pienso poner coto a eso.
-¿Qué hará para
evitarlo?
-Ya lo verá.
Aquella noche, antes
de irse, cerró con llave el probador.
-Me llevo la llave.
-Comprendo -repuso
Alicia, con cierto aire de diversión-, Usted piensa que soy yo, ¿verdad? Me
considera tan distraída como para sentar a la muñeca al pupitre, y que escriba
en mi lugar. ¡Claro, y luego me olvido de todo!
-Está dentro de lo
posible -admitió Sybil-. En realidad, sólo trato de asegurarme de que nadie
repetirá la broma esta noche.
Al día siguiente lo
primero que hizo Sybil fue abrir la puerta del probador y entrar dentro. La
señorita Groves, manifiestamente agraviada, esperaba con la bayeta en la mano
en el recibidor.
-¡Ahora veremos!
-dijo Sybil.
Y lo que vio la
obligó a dar un respingo.
La muñeca aparecía
sentada al pupitre.
-¡Sopla! -exclamó la
sirvienta detrás de Sybil-. ¡Eso sí que es misterio! Señorita Fox, se ha puesto
algo pálida, como si hubiera recibido un susto. Necesita un sedante. ¿Sabe si
la señorita Coombe tiene algún potingue apropiado en su dormitorio?
-Gracias; no lo
necesito. Me encuentro bien.
Entonces cogió la
muñeca.
-Alguien ha vuelto a
gastarnos la misma broma -exclamó la señora Groves.
-No comprendo cómo ha
podido ser -repuso Sybil-. Cerré con llave anoche. ¡Nadie pudo entrar!
-Puede que alguien
tenga otra llave -aventuró la asistenta.
-No lo creo. Nunca
nos hemos molestado en cerrar el probador. La llave de esta puerta es antigua y
sólo hay una.
-Quizá encaje la de
otra puerta, la de enfrente, por ejemplo.
Probaron todas las
llaves; pero ninguna abría la puerta del probador.
-Es raro, señorita
Coombe -aseguró Sybil más tarde, mientras comían juntas.
En los ojos de la
señorita chispeaba la diversión que todo aquello le producía.
-Querida -le
contestó-. Opino que es algo extraordinario. Deberíamos escribir al
departamento de psiquiatría. Quien sabe, quizá se le ocurra enviarnos un
especialista... un médium, o algo parecido, con el fin de comprobar qué hay de
especial en el cuarto.
-Parece ser que no le
preocupa.
-Tiene razón. En
cierto modo, disfruto. A mi edad resulta divertido que ocurran cosas extrañas,
inexplicables y misteriosas. Claro que... -se quedó pensativa un momento-. No;
no creo que me guste. Bien, tendremos que admitir que la muñeca se toma muchas libertades,
¿no le parece?
Aquella noche Sybil y
Alicia volvieron a cerrar con llave la puerta.
-Sigo creyendo que
alguien se divierte con esta clase de bromas -afirmó decidida Sybil-. Si bien
no comprendo por qué...
Alice la interrumpió
al preguntarle:
-¿Cree que volveremos
a encontrarla mañana sentada al pupitre?
-Me temo que así sea.
Se equivocaron. La
muñeca no estaba al pupitre, pero sí en el alféizar de la ventana, mirando la
calle. Y de nuevo les sorprendió la extraordinaria naturalidad de su posición.
-¡Qué cosa más
ridícula! -comentó Alicia mientras tomaban una taza de té aquella tarde.
Las dos mujeres
habían estado de acuerdo en tomar el té en la salita del despacho de Alicia, en
vez de hacerlo como siempre, en el probador.
-¿Ridículo en qué
sentido?
-Me refiero a esa
tonta preocupación que nos embarga, sólo porque una muñeca cambia de posición y
lugar.
Pero si hasta
entonces los movimientos de la muñeca parecían realizarse de noche, días
después también se observaban a cualquier hora. Así, cada vez que entraban en
el probador, aunque hubieran estado ausentes unos minutos, la encontraban en
distinta postura o sitio. A veces quedaba en el sofá y aparecía en una silla,
otras en el alféizar, o bien junto al pupitre.
-Se traslada a su
antojo -dijo Alicia-. Y creo, Sybil, que eso la divierte.
Las dos mujeres
miraban la figura inerte y fláccida de blando terciopelo, con su cara de seda
pintada.
-Sólo unos trozos de
terciopelo, seda y algo de pintura, eso es lo que es -comentó Alicia-.
Podríamos... bueno, creo que podríamos deshacernos de ella.
-¿Cómo?
-Pongámosla en el
fuego. Sería una ceremonia semejante a la cremación de una bruja. También
podemos tirarla al cubo de la basura.
-Lo último no daría
resultado. Seguro que alguien la sacaría para devolvérnosla.
-¿Y si la enviásemos
a una de esas sociedades que tantas veces nos piden cosas para sus tómbolas o
subastas? Me parece que ésta sería una buena idea.
-No sé... no sé...
-Sybil denotaba duda y preocupación-. Tampoco me ofrece confianza.
-¿Por qué?
-Temo que volvería.
-¿Que volvería con
nosotras?
-Sí.
-¿Quiere usted decir
que haría lo mismo que una paloma mensajera?
-Sí.
-¿No estaremos
perdiendo la cabeza? -preguntó Alicia-. Quizá sí, quizá yo me he chiflado y
usted se divierte a costa mía.
-No, no eso no. Sin
embargo, me siento presa de una desagradable sensación, como si ella fuera
demasiado fuerte para nosotras.
-¿Qué dice? ¿Esa masa
de harapos?
-Sí, esa horrible
masa fláccida de harapos. ¿No lo ve? ¡Es tan decidida!
-¿Decidida?
-Hace lo que le da la
gana. Se comporta como si esta habitación le perteneciera en exclusiva.
-Sí -dijo Alicia,
mirando a su alrededor-. En realidad, siempre ha sido su habitación. Se me
ocurrió que hacía juego con los colores que predominan -y añadió con mayor
viveza-: Pero resulta absurdo que una muñeca se adueñe de una estancia. Y lo
malo no es eso; lo malo es que la señora Graves se niega a entrar para hacer la
limpieza.
-¿Se niega porque le
asusta la muñeca?
-No. Simplemente da
una u otra excusa -en su voz había pánico al continuar-: ¿Qué haremos, Sybil?
¡Acabara conmigo! No he logrado diseñar nada desde hace varias semanas.
-¡Oh! Yo tampoco
logro fijar la mente cuando trabajo -confesó Sybil-. Y eso hace que cometa
errores imperdonables. Quizá... -dudó un momento antes de proseguir-, quizá la
idea de escribir al centro de investigación psíquica fuese una solución.
-¡Nos creerían un par
de locas! -exclamó Alicia-. No lo dije en serio. No; decididamente, no.
Seguiremos así hasta que...
-¿Hasta qué...?
-¡Oh, no lo sé! -la
risa de Alicia sonó insegura.
Al día siguiente
Sybil encontró la puerta del probador cerrada con llave.
-Señorita Coombe,
¿tiene la llave? ¿La cerró usted anoche?
-Sí, la cerré y ya va
a permanecer así.
-¿Qué quiere usted
decir?
-Sencillamente: que
renuncio a esa habitación. ¡Que se la quede la muñeca! No necesitamos esa
estancia. Probaremos aquí.
-Pero esta es su
salita despacho.
-No importa.
-¿De veras no entrará
más en el probador? -preguntó Sybil incrédula.
-¡Exacto!
-Pero, ¿y la
limpieza? Se pondrá horrible de suciedad.
-¡Qué se ponga! Si el
probador se ha convertido en lugar privado de una muñeca, pues... ¡para ella!
Eso sí, que limpie la habitación -y añadió-: Nos odia, ¿no lo sabe?
-¿Qué dice? -preguntó
asombrada Sybil-. ¿Qué la muñeca nos odia?
-Sí. ¿No se ha
percatado de ello al mirarla?
-Creo que sí -comentó
pensativa, Sybil-. Creo que sí lo advertí. Hace mucho tiempo que tengo la
sensación de que nos odia y quiere echarnos de allí.
-Es muy cruel
-aseguró Alicia-. Bueno, desde ahora podrá vivir satisfecha.
Durante algunos días
hubo paz en el taller de modistas. Alicia explicó al resto del personal que
había renunciado temporalmente al probador, pues eran demasiadas habitaciones
para limpiar todos los días.
Eso no evitó que
aquella misma tarde una de las obreras dijese a otra compañera:
-Realmente está ida
la señorita Coombe. Siempre me pareció algo rara; sobre todo cuando pierde las
cosas y las olvida. Ahora se pasa de la raya. ¡Mira que tenerle ojeriza a la
muñeca!
-¿No temes que se
vuelva loca -preguntó la otra-, y un mal día nos apuñale, o intente algo
parecido?
Alicia, que las oyó,
se sentó indignada en su silla. «¿Qué yo estoy ida?» -se preguntó-. Luego,
furiosa, dijo en voz alta:
-En realidad, si no
fuera por Sybil, creería que es verdad. Ella y la señora Groves temen, como yo,
que hay algo en la muñeca.
Tres semanas más
tarde Sybil dijo a Alicia:
-Es necesario que
entremos en el probador.
-¿Para qué?
-Debe hallarse muy
sucio. Además, las polillas atacarán cuanto hay allí dentro. Sería mejor barrer
y quitar el polvo, y luego cerrar de nuevo.
-Prefiero que siga
como está antes de entrar otra vez.
-Es usted más
supersticiosa que yo -dijo Sybil.
-Eso parece -contestó
Alicia-. En cierto modo, al principio me divertía. Sin embargo, bien se ve que
soy más crédula que usted. Realmente estoy asustada, y prefiero no entrar en
esa habitación.
-En tal caso, entraré
sola -afirmó Sybil.
-Muy bien. Pero
confiese que lo hace por simple curiosidad.
-Tiene usted razón.
Me siento curiosa. Quiero ver qué ha hecho la muñeca.
-Sería mejor no
molestarla. Desde que la dejamos sola parece estar satisfecha. ¿Para qué
perturbar su tranquilidad? -Alicia suspiró hondamente-. ¡Qué bobadas decimos!
-¿Seguro que son
bobadas? En todo caso es ella quien nos obliga a decirlas. Y... ¡déme la llave!
-¡Está bien; está
bien!
-¿Teme que salga de
la habitación o algo parecido? Si es capaz de eso, también podría atravesar
puertas y ventanas.
Sybil abrió el
probador.
-¡Qué cosa más
extraña! -dijo.
-¿Qué pasa? -preguntó
Alicia, mirando por encima del hombro de Sybil.
-Apenas hay polvo. Y,
lógicamente, después de tan tiempo tendría que haberlo.
-Sí, es raro.
-¡Mírela! -invitó
Sybil.
La muñeca se hallaba
en el sofá. En vez de fláccida, aparecía erguida con un cojín detrás de ella,
mostrando ese aire inconfundible de quien se sabe dueña y señora de su casa.
Por su actitud, cualquiera hubiese creído que esperaba visita.
-Ya lo ve -dijo
Alicia-. Parece encontrarse en su hogar. Casi siento la necesidad de pedir
excusas.
-Vámonos.
Sybil volvió a cerrar
la puerta.
Las dos mujeres se
miraron, visiblemente temerosas.
-Me gustaría saber
por qué nos asusta tanto -dijo Alicia.
-¡Cielos! ¿y quién no
se asustaría? -preguntó la otra.
-Bueno, pero después
de todo, ¿qué es lo que sucede? ¡Nada; absolutamente nada! Sólo se trata de una
especie de marioneta que se mueve a su antojo por la habitación.
-¿Y si no es ella? ¿Y
si fuera obra de un prestidigitador?
-¡Quién lo sabe!
-No, seguro que no es
eso. Es... la muñeca.
-¿Está segura de que
ignora su procedencia, señorita Coombe?
-No tengo ni la menor
idea. Y cuanto más lo pienso, más me afianzo en la creencia de que ni la compré
ni me la regalaron. Para mí, es que vino sola.
-¿Y se irá algún día
del mismo modo que vino?
-¿Por qué ha de irse?
Ha logrado cuanto deseaba.
Sin embargo, la
muñeca no debía de haber conseguido cuanto deseaba. Pues, al día siguiente,
Sybil, al entrar en el salón de exposiciones, se quedó con la boca abierta.
Luego gritó por el hueco de las escaleras.
-¡Señorita Coombe!
¡Señorita Coombe; baje en seguida!
-¿Qué ocurre?
Alicia, que se había
levantado tarde, descendió cojeando pues sentía dolor reumático en la rodilla
derecha.
-¿Qué pasa, Sybil?
-¡Véalo usted misma!
Desde el umbral del
salón, Alicia contempló la muñeca, que aparecía sentada en un sillón,
tranquilamente apoyada contra el brazo del mismo.
-Ha salido -susurró
Sybil-. Se ha salido del probador. Seguro que ahora quiere adueñarse de este
salón.
Alicia se sentó junto
a la puerta.
-No me extrañaría que
piense en quedarse con todas las dependencias.
-Podría ser -dijo
Sybil.
-¡Desagradable y
perversa muñeca! -gritó Alicia-. ¿Por qué nos fastidias? ¡No te queremos!
Tanto ella como Sybil
creyeron percibir que se movía. Fue algo parecido a un relajamiento de sus
miembros de trapo. El largo brazo que descansaba en el sofá, medio le ocultaba
el rostro, como si las observase astuta y maliciosamente.
-¡Criatura horrible!
-volvió a gritar Alicia-. ¡No puedo soportarte! ¡No puedo soportarte más!
Su acción sorprendió
a Sybil. Corrió al interior de la estancia, cogió la muñeca, se fue a la
ventana, la abrió y tiró el manojo de trapos a la calle.
Sybil, asustada, no
pudo reprimir un grito:
-¡Alicia! ¿Qué ha
hecho? Estoy segura de que no debió hacerlo.
Luego se unió a ella
en la ventana. Sobre el pavimento, la muñeca yacía boca abajo.
-¡La ha matado! -dijo
entrecortadamente Sybil.
-¡No sea absurda!
¿Cómo puedo matar una cosa de terciopelo y seda?
-Es horriblemente
real -murmuró Sybil.
-¡Cielos! Aquella
niña...
Una niña de corta
edad, mal vestida, se paró junto a la muñeca en la acera. Miró arriba y abajo
de la calle, que apenas tenía tránsito en aquella hora de la mañana, si bien
pasaban algunos coches; luego, como satisfecha de su inspección, recogió la
muñeca y echó a correr.
-¡Párate! ¡Párate!
-gritó Alicia.
Ésta se volvió a
Sybil.
-¡Esa niña no debe
llevarse la muñeca! ¡No debe! Esa muñeca es peligrosa... Tenemos que evitarlo.
En aquel momento tres
taxis circulaban por una dirección y dos camiones por la otra. La niña tuvo que
detenerse en una isla en el centro de la calzada. Sybil bajó presurosa las
escaleras, seguida de Alicia. Sortearon un par de vehículos, y, al fin, llegaron
a la isla antes de que la niña cruzase al lado opuesto.
-No puedes llevarte
esa muñeca -dijo Alicia-. Devuélvemela.
La niña, delgada, de
unos ocho años y algo bizca, la miró desafiadora.
-¿Por qué tengo que
dársela? Usted la tiró por la ventana, ¿no? Yo vi cómo lo hacía. Si usted la
tiró por la ventana es que no la quiere. ¡Ahora es mía!
-Te compraré otra
-ofreció Alicia-. Iremos a la tienda de juguetes que tú digas, y te compraré la
mejor muñeca que tengan. Pero devuélveme ésta.
-¡No!
La niña estrechó
protectoramente en sus brazos a la muñeca de terciopelo.
-Tienes que
devolvérsela -dijo Sybil-. No es tuya.
Quiso arrebatársela,
pero la pequeña dio una patada en el suelo, y les gritó:
-¡No! ¡No! ¡No! Es
bien mía. La quiero. Ustedes no la quieren. La odian. Si no la odiaran no la
hubieran tirado por la ventana. Yo la quiero, y eso es lo que ella necesita;
que la amen.
Luego se deslizó como
una anguila entre los vehículos y cruzó la calle, siguió por una callejuela, y
desapareció antes de que las dos mujeres se atreviesen a cruzar.
-Se ha ido -exclamó
Alicia desalentada.
-La muñeca necesita
que la amen -repitió Sybil.
-Puede que sea
verdad. Quizá sea cuanto quiso la pobre; ser amada.
En el centro de una
calle londinense, dos mujeres se miraron asustadas.
FIN
"The
Dressmaker's Doll",
Double Sin and Other
Stories, 1961
-Ahora usted, doctor
Lloyd -dijo la señorita Helier-, ¿no conoce alguna historia espeluznante?
Le sonrió con aquella
sonrisa que cada noche embrujaba al público que acudía al teatro. Jane Helier
era considerada la mujer más hermosa de Inglaterra y algunas de sus compañeras
de profesión, celosas de ella, solían decirse entre ellas: Claro que Jane no es
una artista. No sabe actuar, en el verdadero sentido de la palabra. ¡Son esos
ojos...!
Y esos ojos estaban
en aquel momento mirando suplicantes al solterón y anciano doctor que durante
los cinco últimos años había atendido todas las dolencias de los habitantes del
pueblo de St. Mary Mead.
Con un gesto
inconsciente, el médico tiró hacia abajo de las puntas de su chaleco (que
empezaba a quedársele estrecho) y buscó afanosamente en su memoria algún
recuerdo para no decepcionar a la encantadora criatura que se dirigía a él con
tanta confianza.
-Esta noche me
gustaría sumergirme en el crimen -dijo Jane con aire soñador.
-Espléndido -exclamó
su anfitrión, el coronel Bantry-. Espléndido, espléndido. -Y lanzó su potente
risa militar-. ¿No te parece, Dolly?
Su esposa, reclamada
tan bruscamente a las exigencias de la vida social (mentalmente estaba
planeando qué flores plantaría la próxima primavera), convino con entusiasmo:
-Claro que es
espléndido -dijo de corazón, aunque sin saber de qué se trataba-. Siempre lo he
pensado.
-¿De veras, querida?
-preguntó la señorita Marple cuyos ojos parpadearon rápidamente.
-En St. Mary Mead no
tenernos muchos casos espeluznantes... y menos en el terreno criminal, señorita
Helier -dijo el doctor Lloyd.
-Me sorprende usted
-dijo don Henry Clithering, ex comisionado de Scotland Yard, vuelto hacia la
señorita Marple-. Siempre he pensado, por lo que he oído decir a nuestra amiga,
que St. Mary Mead es un verdadero nido de crímenes y perversión.
-¡Oh, don Henry!
-protestó la señorita Marple mientras sus mejillas enrojecían-. Estoy segura de
no haber dicho nunca semejante cosa. Lo único que he dicho alguna vez es que la
naturaleza humana es la misma en un pueblo que en cualquier parte, sólo que aquí
uno tiene oportunidad y tiempo para estudiarla más de cerca.
-Pero usted no ha
vivido siempre aquí -dijo Jane Helier dirigiéndose al médico-. Usted ha estado
en toda clase de sitios extraños y en diversas partes del mundo, lugares donde
sí ocurren cosas.
-Es cierto, desde
luego -dijo el doctor Lloyd pensando desesperadamente-. Sí claro, sí... ¡Ah!
¡Ya lo tengo!
Y se reclinó en su
butaca con un suspiro de alivio.
-De esto hace ya
algunos años y casi lo había olvidado. Pero los hechos fueron realmente
extraños, muy extraños. Y también la coincidencia que me ayudó a desvelar
finalmente el misterio.
La señorita Helier
acercó su silla un poco más hacia él, se pintó los labios y aguardó impaciente.
Los demás también volvieron sus rostros hacia el doctor.
-No sé si alguno de
ustedes conoce las Islas Canarias -empezó a decir el médico.
-Deben de ser
maravillosas -dijo Jane Helier-. Están en los Mares del Sur, ¿no? ¿O están en
el Mediterráneo?
-Yo las visité camino
de Sudáfrica -dijo el coronel-. Es muy hermosa la vista del Teide, en Tenerife,
iluminado por el sol poniente.
-El incidente que voy
a referirles -continuó el médico- sucedió en la isla de Gran Canaria, no en
Tenerife. Hace ahora muchos años ya. Mi salud no era muy buena y me vi obligado
a dejar mi trabajo en Inglaterra y marcharme al extranjero. Estuve ejerciendo
en Las Palmas, que es la capital de Gran Canaria. En cierto modo, allí disfruté
mucho. El clima es suave y soleado, excelente playa (yo soy un bañista
entusiasta) y la vida del puerto me atraía sobremanera. Barcos de todo el mundo
atracan en Las Palmas. Yo acostumbraba a pasear por el muelle cada mañana, más
interesado que una dama que pasara por una calle de sombrererías.
"Corno les
decía, barcos procedentes de todas las partes del mundo atracan en Las Palmas.
Algunas veces hacían escala unas horas y otras un día o dos. En el hotel
principal, el Metropol, se veían gentes de todas razas y nacionalidades, aves
de paso. Incluso los que se dirigían a Tenerife se quedaban unos días antes de
pasar a la otra isla.
"Mi historia
comienza allí, en el hotel Metropol, un jueves por la noche del mes de enero.
Se celebraba un baile y yo contemplaba la escena sentado en una mesa con un
amigo mío. Había algunos ingleses y gentes de otras nacionalidades, pero la
mayoría de los que bailaban eran españoles. Cuando la orquesta inició los
compases de un tango, sólo media docena de parejas de esta nacionalidad
permanecieron en la pista. Todos bailaban admirablemente mientras nosotros los
contemplábamos. Una mujer en particular despertó vivamente nuestra admiración.
Alta, hermosa e insinuante, se movía con la gracia de una pantera. Había algo
peligroso en ella. Así se lo dije a mi compañero, que se mostró de acuerdo
conmigo.
"-Las mujeres
como ésta -me dijo- suelen tener historia. No pasan por la vida con más pena
que gloria.
"-La hermosura
es quizá la riqueza más peligrosa -repliqué.
"-No es sólo su
belleza -insistió-. Hay algo más. Mírela de nuevo. A esa mujer han de sucederle
cosas o sucederán por su causa. Como le digo, la vida no pasa de largo junto a
una mujer así. Estoy seguro de que se verá rodeada de sucesos extraños y excitantes.
Sólo hay que mirarla para comprenderlo.
"Hizo una pausa
y luego agregó con una sonrisa.
"-Igual que sólo
hay que mirar a esas dos mujeres de ahí, para saber que nada extraordinario
puede sucederles a ninguna de ellas. Han nacido para llevar una existencia
segura y tranquila.
"Seguí su
mirada. Las dos mujeres a las que se refería eran dos viajeras que acababan de
llegar. Un buque holandés había entrado en el puerto aquella noche y sus
pasajeros llegaban al hotel.
"Al mirarlas
comprendí en el acto lo que quiso decir mi amigo. Eran dos señoras inglesas, el
tipo clásico de viajera inglesa que se encuentra en el extranjero. Las dos
debían rayar los cuarenta años. Una era rubia y un poco... sólo un poco
llenita. La otra era morena y un poco... también sólo un poco exageradamente
delgada. Estaban lo que se ha dado en llamar bien conservadas: vestían trajes
de buen corte poco ostentosos y no llevaban ninguna clase de maquillaje. Tenían
la tranquila prestancia de la mujer inglesa, bien educada y de buena familia.
Ninguna de las dos tenía nada de particular. Eran iguales a miles de sus
compatriotas: verían lo que quisieran ver, asistidas por sus guías Baedeker, y
estarían ciegas a todo lo demás. Acudirían a la biblioteca inglesa y a la
iglesia anglicana en cualquier lugar donde se encontrasen, y era probable que
una de las dos pintara de vez en cuando. Como mi amigo había dicho, nada
excitante o extraordinario habría de ocurrirle nunca a ninguna de las dos por
mucho que viajaran alrededor de medio mundo. Aparté mis ojos de ellas para
mirar de nuevo a nuestra sensual española de provocativa mirada y sonreí."
-¡Pobrecillas! -dijo
Jane Helier con un suspiro-. Me parece estúpido que las personas no saquen el
mayor partido posible de sí mismas. Esa mujer de Bond Street, Valentine, es
realmente maravillosa. Audrey Denman es cliente suya, ¿y la han visto ustedes en
La Pendiente? En el primer acto, en el papel de una colegiala está realmente
maravillosa. Y sin embargo, Audrey tiene más de cincuenta años. En realidad, da
la casualidad de que sé de muy buena tinta que anda muy cerca de los sesenta.
-Continúe -dijo la
señora Bantry al doctor Lloyd-. Me encantan las historias de sensuales
bailarinas españolas. Me hacen olvidar lo gorda y vieja que soy.
-Lo siento -dijo el
doctor Lloyd a modo de disculpa-, pero, a decir verdad, mi historia no se
refiere a la española.
-¿No?
-No. Como suele
suceder, mi amigo estaba equivocado. A la belleza española no le ocurrió nada
excitante. Se casó con un empleado de una compañía naviera y, cuando yo
abandoné la isla, tenía ya cinco hijos y estaba engordando mucho.
-Igual que la hija de
Israel Peters -comentó la señorita Marple-. La que se hizo actriz y tenía unas
piernas tan bonitas que no tardó en lograr el papel de protagonista. Todo el
mundo decía que acabaría mal, pero se casó con un viajante de comercio y sentó
la cabeza.
-El paralelismo
pueblerino -murmuró don Henry.
-Efectivamente
-continuó el médico-, mi historia se refiere a las dos damas inglesas.
-¿Les ocurrió algo?
-preguntó la señorita Helier.
-Sí, y precisamente
al día siguiente.
-¿Sí? -dijo la señora
Bantry intrigada.
-Al salir aquella
noche, sólo por curiosidad, miré el libro de registro del hotel y encontré sus
nombres con facilidad. Eran la señora Mary Barton y la señorita Amy Durrant, de
Little Paddocks, Caughton Weir, Bucks. Poco imaginaba entonces lo pronto que iba
a encontrar de nuevo a las propietarias de aquellos nombres y en qué trágicas
circunstancias.
"Al día
siguiente había planeado ir de excursión con unos amigos. Teníamos que
atravesar la isla en automóvil, llevándonos la comida hasta un lugar llamado
(apenas lo recuerdo, ¡ha pasado tanto tiempo!) Las Nieves, una bahía
resguardada donde podíamos bañarnos si ése era nuestro deseo. Seguimos el
programa tal como habíamos pensado, si exceptuamos el hecho de que salimos más
tarde de lo previsto y nos detuvimos por el camino para comer, por lo que
llegamos a Las Nieves a tiempo para bañarnos antes de la hora del té.
"Al aproximarnos
a la playa, percibimos en seguida una gran conmoción. Todos los habitantes del
pequeño pueblecito parecían haberse reunido en la orilla y, en cuanto nos
vieron, corrieron hacia el coche y empezaron a explicarnos lo ocurrido con gran
excitación. Como nuestro español no era demasiado bueno, me costó bastante
entenderlo, pero al fin lo logré.
"Dos de esas
chaladas inglesas habían ido allí a bañarse y una se alejó demasiado de la
orilla y no pudo volver. La otra acudió en su auxilio para intentar traerla a
la playa, pero le fallaron las fuerzas y se hubiera ahogado también de no ser
porque un hombre salió en un bote y las recogió, aunque la primera estaba más
allá de toda ayuda.
"Tan pronto como
supe lo que ocurría, aparté a la multitud y corrí hasta la playa. Al principio
no reconocí a las dos mujeres. El traje de baño negro en que se enfundaba la
figura rolliza y la apretada gorra de baño verde me impidieron reconocerla
cuando alzó la cabeza mirándome con ansiedad. Estaba arrodillada junto al
cuerpo de su amiga tratando de hacerle unos torpes remedos de respiración
artificial. Cuando le dije que era médico lanzó un suspiro de alivio y yo le
mandé que fuera en seguida a una de las casas a darse una buena fricción y a
ponerse ropa seca. Una de las señoras que venía con nosotros la acompañó. Me
puse a trabajar para devolver la vida a la ahogada, pero fue en vano. Era
evidente que había dejado de existir y al fin tuve que darme por vencido.
"Me reuní con
los otros en la casita de un pescador, donde tuve que dar la mala noticia. La
superviviente se había vestido ya y entonces la reconocí inmediatamente como
una de las recién llegadas de la noche anterior. Recibió la mala nueva con
bastante calma y era evidente que el horror de lo ocurrido la había
impresionado más que cualquier otro sentimiento personal.
"-Pobre Amy
-decía-. Pobre, pobrecita Amy. Había deseado tanto poderse bañar aquí. Y era
muy buena nadadora, no lo comprendo. ¿Qué cree usted que puede haber sido,
doctor?
"-Posiblemente
un calambre. ¿Quiere contarme exactamente lo que ha ocurrido?
"-Habíamos
estado nadando las dos durante un rato, unos veinte minutos. Entonces dije que
iba a salir ya, pero Amy quiso nadar un poco más. Luego la oí gritar y, al
comprender que pedía ayuda, nadé hacia ella tan deprisa como pude. Cuando
llegué a su lado aún flotaba, pero se agarró a mí con tanta fuerza que nos
hundimos las dos. De no haber sido por ese hombre que se acercó con el bote, me
hubiera ahogado yo también.
"-Suele ocurrir
muy a menudo -dije-. Salvar a una persona que se está ahogando no es tarea
fácil.
"-Es horrible
-continuó la señorita Barton-. Llegamos ayer y estábamos encantadas con el sol
y nuestras vacaciones. Y ahora ocurre esta horrible tragedia.
"Le pedí los
datos personales de la difunta, explicándole que haría cuanto pudiese por ella,
pero que las autoridades españolas necesitarían disponer de cuanta información
tuviera. Ella me dio todos los datos que pudo con presteza.
"La fallecida
era la señorita Amy Durrant, su señorita de compañía, que había entrado a su
servicio cinco meses atrás. Se llevaban muy bien, pero la señorita Durrant le
habló muy poco de su familia. Se había quedado huérfana desde muy tierna edad y
fue educada por un tío, ganándose la vida desde los veintiún años."
-Y eso fue todo
-continuó el doctor.
Hizo una pausa y
volvió a decir, esta vez con cierta intención:
-Y eso fue todo.
-No lo comprendo
-dijo Jane Helier-. ¿Es eso todo? Quiero decir que es muy trágico, pero no...
bueno, no es precisamente lo que yo llamo espeluznante.
-Yo creo que la
historia no acaba ahí -intervino don Henry.
-Sí -replicó el
doctor Lloyd-, sí que continúa. Desde el principio me di cuenta de que había
algo extraño. Desde luego interrogué a los pescadores sobre lo que habían
visto. Ellos eran testigos presenciales. Y una de las mujeres me contó una
historia bastante curiosa a la que entonces no presté atención, pero que
recordé más tarde. Insistió en que la señorita Durrant no se encontraba en
ningún apuro cuando gritó. La otra nadadora se había acercado a ella, según
esta mujer, y deliberadamente le sumergió la cabeza debajo del agua. Como les
digo, no le presté mucha atención. Era una historia fantástica y las cosas
pueden verse de manera muy distinta desde la playa. Tal vez la señorita Barton
había tratado de dejarla inconsciente al ver que la otra, presa del pánico, se
agarraba a ella con desesperación y que podían ahogarse las dos. Y según la
historia de aquella mujer española, parecía como... como si la señorita Barton
hubiera intentado en aquel momento ahogar deliberadamente a su compañera.
"Como les digo,
presté poca atención a aquella historia por aquel entonces, pero más tarde
acudió a mi memoria. Nuestra mayor dificultad fue averiguar algo de aquella
mujer, Amy Durrant. Al parecer no tenía parientes. La señorita Barton y yo
revisamos juntos sus cosas. Encontramos una dirección a la que escribimos, pero
resultó ser la de una habitación que había alquilado para guardar algunas de
sus pertenencias. La patrona nada sabía y sólo la vio al alquilarle la
habitación. La señorita Durrant había comentado entonces que le gustaba tener
un lugar al que poder llamar suyo y al que poder regresar en un momento dado.
Había allí un par de muebles antiguos, algunos cuadros y un baúl lleno de esas
cosas que se adquieren en las subastas, pero nada personal. Había mencionado a
la patrona que sus padres habían muerto en la India cuando ella era una niña y
que fue educada por un tío sacerdote, pero no dijo si era hermano de su padre o
de su madre, de modo que el nombre no nos sirvió en absoluto de guía.
"No es que fuese
un caso precisamente misterioso, pero sí poco satisfactorio. Debe de haber
muchas mujeres solas y orgullosas, en su misma posición. Entre sus cosas
encontramos en Las Palmas un par de fotografías, bastante antiguas y desvaídas
y que fueron recortadas para que cupieran en sus marcos respectivos, de modo
que no constaba en ellas el nombre del fotógrafo, y también había un
daguerrotipo antiguo que pudo haber sido de su madre o con más probabilidad de
su abuela.
"La señorita
Barton tenía, según dijo, la dirección de dos personas que le dieron
referencias suyas. Una la había olvidado, pero la otra logró recordarla tras
algunos esfuerzos. Resultó ser la de una señora que ahora vivía en Australia.
Se le escribió y su respuesta, que naturalmente tardó bastante en llegar, no
sirvió de gran ayuda. Decía que la señorita Durrant había sido señorita de
compañía suya por un determinado espacio de tiempo, cumpliendo su cometido del
modo más eficiente, que era una mujer encantadora, pero nada sabía de sus
asuntos particulares ni de sus parientes.
"De modo que,
como les digo, no era nada extraordinario en realidad, pero fueron las dos
cosas juntas las que despertaron mis recelos. Aquella Amy Durrant de quien
nadie sabía nada y la curiosa historia de la española que presenció la escena.
Sí, y añadiré otra cosa: cuando me incliné por primera vez sobre el cuerpo de
la ahogada y la señorita Barton se dirigía hacia las casetas de los pescadores,
se volvió a mirar con una expresión en su rostro que sólo puedo calificar de
intensa ansiedad, una especie de duda angustiosa que se me quedó grabada en la
mente.
"Entonces no me
pareció extraño. Lo atribuí a la terrible pena que sentía por su amiga, pero
más tarde comprendí que no era por eso. Entre ellas no existía relación alguna
y por ello no podía sentir un hondo pesar. La señorita Barton apreciaba a Amy
Durrant y su muerte la había sobresaltado, eso era todo.
"Pero entonces,
¿a qué se debía aquella inmensa angustia? Ésa es la pregunta que me
atormentaba. No me equivoqué al interpretar aquella mirada y, casi contra mi
voluntad, una respuesta comenzó a tomar forma en mi mente. Supongamos que la
historia de la mujer española fuese cierta. Supongamos que Mary Barton hubiera
intentado ahogar a sangre fría a Amy Durrant. Consigue mantenerla bajo el agua
mientras simula salvaría y es rescatada por un bote. Se encuentra en una playa
solitaria, lejos de todas partes, y entonces aparezco yo, lo último que ella
esperaba. ¡Un médico! ¡Y un médico inglés! Sabe muy bien que personas que han
permanecido sumergidas en el agua más tiempo que Amy Durrant han vuelto a la
vida gracias a la respiración artificial. Pero ella tiene que representar su
papel y marcharse dejándome solo con su víctima. Y cuando se vuelve a mirar por
última vez, una terrible angustia se refleja en su rostro. ¿Volverá a la vida
Amy Durrant y contará lo que sabe?"
-¡Oh! -exclamó Jane-.
Estoy emocionada.
-Desde este punto de
vista, el caso parece más siniestro y la personalidad de Amy Durrant se hace
más misteriosa. ¿Quién era Amy Durrant? ¿Por qué habría de ser ella, una
insignificante señorita de compañía a quien se paga por su trabajo, asesinada
por su ama? ¿Qué historia se escondía tras la fatal excursión a la playa? Había
entrado al servicio de Mary Barton unos pocos meses antes. Ésta la lleva
consigo al extranjero y, al día siguiente de su llegada, ocurre la tragedia. ¡Y
ambas eran dos refinadas inglesas de lo más corriente! La sola idea resultaba
fantástica y tuve que reconocer que me estaba dejando llevar por la
imaginación.
-Entonces, ¿no hizo
nada? -preguntó la señorita Helier.
-Mi querida
jovencita, ¿qué podía hacer yo? No existían pruebas. La mayoría de los testigos
refirieron la misma historia que la señorita Barton. Yo había basado mis
sospechas en una mera expresión pasajera que bien pude haber imaginado. Lo
único que podía hacer, y lo hice, era procurar que se continuasen las pesquisas
para encontrar a los familiares de Amy Durrant. La siguiente vez que estuve en
Inglaterra fui a ver a la patrona que le alquiló la habitación, con los
resultados que ya les he referido.
-Pero usted presentía
que había algo extraño -dijo la señorita Marple.
El doctor Lloyd
asintió.
-La mitad del tiempo
me avergonzaba pensar así. ¿Quién era yo para sospechar que aquella dama
inglesa simpática y de trato amable hubiera cometido un crimen a sangre fría?
Hice cuanto me fue posible por mostrarme cortés con ella durante el corto
espacio de tiempo que permaneció en la isla. La ayudé a entenderse con las
autoridades españolas e hice todo lo que pude como inglés para ayudar a una
compatriota en un país extranjero. No obstante tengo el convencimiento de que
ella sabía que me desagradaba y que sospechaba de ella.
-¿Cuánto tiempo
permaneció allí? -preguntó la señorita Marple.
-Creo que unos quince
días. La señorita Durrant fue enterrada allí y, unos días después, la señorita
Barton tomó un barco de regreso a Inglaterra. El golpe la había trastornado
tanto que no se sentía capaz de pasar el invierno allí, como había planeado. Eso
es lo que dijo.
-¿Y parecía afectada?
-quiso saber la señorita Marple.
-Bueno, no creo que
aquello la afectara personalmente -replicó el doctor con cierta reserva.
-¿No engordaría por
casualidad? -insistió la señorita Marple.
-¿Sabe? Es curioso
que diga eso. Ahora que lo pienso, creo que tiene razón. Sí, si en algo cambió,
fue en que pareció engordar un poco.
-Qué horrible -dijo
Jane Helier con un estremecimiento-. Es como... como engordar con la sangre de
la propia víctima.
-Y a pesar de todo,
en cierto modo, no podía dejar de sentir que tal vez la estaba haciendo víctima
de una injusticia -prosiguió el doctor Lloyd-. Sin embargo, antes de marcharse
me dijo algo que parecía indicar lo contrario. Debe de haber, y yo creo que las
hay, conciencias que obran muy lentamente y que tardan algún tiempo en
despertar de la monstruosidad del delito cometido.
"Fue la noche
antes de que partiera de las Canarias. Me había pedido que fuera a verla y me
agradeció calurosamente todo lo que había hecho por ella. Yo, como es de
suponer, quité importancia al asunto diciéndole que había hecho únicamente lo
normal dadas las circunstancias, etc. etc. Después hubo una pausa y, de pronto,
me hizo una pregunta.
"-¿Usted cree
-me dijo- que alguna vez puede estar justificado tomarse la justicia por propia
mano?
"Le respondí que
era una pregunta difícil de contestar, pero que en principio yo pensaba que no,
que la ley era la ley y que debíamos someternos a ella.
"-¿Incluso
cuando es impotente?
"-No la
comprendo.
"-Es difícil de
explicar, pero uno puede hacer algo que esté considerado como completamente
equivocado, que sea considerado incluso un crimen, por una razón buena y
justificada.
"Le repliqué
secamente que algunos criminales habían pensado eso al cometer sus crímenes y
se horrorizó.
"-Pero eso es
horrible -murmuró-, horrible.
"Y luego,
cambiando de tono, me pidió que le diera algo que la ayudara a dormir, ya que
no había podido hacerlo últimamente desde... desde que sufrió aquel terrible
golpe.
"-¿Está segura
de que es eso? ¿No le ocurre nada? ¿No hay algo que torture su mente?
"-¿Qué supone
usted que puede torturar mi mente? -me contestó furiosa y con recelo.
"-Las
preocupaciones son muchas veces la causa del insomnio -dije sin darle
importancia.
"Pareció
reflexionar unos momentos.
"-¿Se refiere a
las preocupaciones del porvenir o a las del pasado que ya no tienen remedio?
"-A cualquiera
de ellas.
"-Sería inútil
preocuparse por el pasado. No puede volver... ¡Oh!, ¿de qué sirve? No debemos
pensar más, no se debe pensar en ello.
"Le receté un
somnífero y me despedí. Cuando me iba pensé en lo que acababa de decirme. «No
puede volver...» ¿Qué? ¿O quién?
"Creo que esta
última entrevista me predispuso en cierto modo para lo que iba a suceder
después. Yo no lo esperaba, por supuesto, pero cuando ocurrió no me sorprendí.
Porque Mary Barton me había dado la impresión de ser una mujer consciente, no
una débil pecadora, sino una mujer de convicciones firmes, que actuaría según
ellas y que no cejaría mientras siguiera creyendo en ellas. Imaginé que durante
nuestra última conversación empezó a dudar de sus propias convicciones. Sus
palabras me hicieron creer que empezaba a sentir la comezón de ese terrible
hostigador del alma: el remordimiento.
"Lo siguiente
sucedió en Cornualles, en un pequeño balneario bastante desierto en aquella
época del año. Debía ser, veamos, a finales de marzo, y lo leí en los
periódicos. Una señora se había hospedado en un pequeño hotel de aquella
localidad, una tal la señorita Barton, cuyo comportamiento fue muy extraño,
cosa que fue observada por todos. Por la noche paseaba de un lado a otro de su
habitación, hablando sola y sin dejar dormir a las personas de los dormitorios
contiguos al suyo. Un día llamó al vicario y le dijo que tenía que comunicarle
algo de la mayor importancia y que había cometido un crimen. Y luego, en vez de
continuar, se puso en pie violentamente diciéndole que ya regresaría otro día.
El vicario la consideró una perturbada mental y no tomó en serio su grave auto
acusación.
"A la mañana
siguiente se descubrió que había desaparecido de su habitación, donde había
dejado una nota dirigida al coronel y que decía lo siguiente:
Ayer intenté hablar
con el vicario para confesarme, pero no pude. Ella no me deja. Sólo puedo
remediarlo de una manera: dando mi vida por la suya, y debo perderla del mismo
modo que ella. Yo también debo ahogarme en el mar. Creí que lo hacía
justificadamente. Ahora comprendo que no era así. Si quiero obtener el perdón
de Amy debo ir con ella. No se culpe a nadie de mi muerte.
MARY BARTON
"Sus ropas
fueron encontradas en una cueva cercana a la playa. Al parecer se había
desnudado allí y nadado resueltamente mar adentro, donde la corriente era
peligrosa ya que la arrastraría a los acantilados.
"El cadáver no
fue recuperado, pero al cabo de un tiempo se la dio por muerta. Era una mujer
rica, resultó tener más de cien mil libras. Puesto que murió sin hacer
testamento, todo fue a parar a manos de sus parientes más próximos, unos primos
que vivían en Australia. Los periódicos hicieron alguna discreta alusión a la
tragedia ocurrida en las Islas Canarias y expusieron la teoría de que la muerte
de la señorita Durrant había trastornado la razón de su amiga. En la encuesta
judicial se pronunció el acostumbrado veredicto de «suicidio cometido en un
ataque de locura».
"Y de este modo
cayó el telón sobre la tragedia de Amy Durrant y Mary Barton."
Hubo una larga pausa
y luego Jane Helier dijo con expresión agitada:
-Oh, pero no debe
detenerse ahí, precisamente en el momento más interesante. Continúe.
-Pero comprenda,
señorita Helier, esto no es un folletín, sino la vida real, y en la vida real
las cosas se detienen inesperadamente.
-Pero yo no quiero
que se detengan -dijo Jane-, quiero saber.
-Ahora es cuando debe
hacer uso de su inteligencia, señorita Helier -explicó don Henry-. ¿Por qué
asesinó Mary Barton a su señorita de compañía? Ése es el problema que nos ha
planteado el doctor Lloyd.
-Oh, bueno -replicó
la aludida-, pudo ser asesinada por muchísimas razones. Quiero decir... oh, no
lo sé. Tal vez se saliera de sus casillas o tuviera celos, aunque el doctor
Lloyd no haya mencionado a ningún hombre, pero es posible que durante el viaje en
barco... bueno, ya sabe usted lo que dice todo el mundo de los cruceros y los
viajes por mar.
La señorita Helier se
detuvo por falta de aliento, mientras todo su auditorio pensaba que el exterior
de su encantadora cabeza superaba en mucho a lo que tenía dentro.
-A mí me gustaría
hacer mil sugerencias -dijo la señora Bantry-, pero supongo que debo limitarme
a una. Yo creo que el padre de la señorita Barton haría fortuna arruinando al
de Amy Durrant y Amy determinó vengarse. ¡Oh, no! Tendría que haber sido al
revés. ¡Qué fastidio! ¿Por qué la rica dama asesinó a su humilde señorita de
compañía? Ya lo tengo. La señorita Barton tenía un hermano menor que se enamoró
perdidamente de Amy Durrant. La señorita Barton espera su oportunidad. Cuando
Amy sale al mundo, la toma como señorita de compañía y la lleva a Canarias para
llevar a cabo su venganza. ¿Qué tal?
-Excelente -dijo don
Henry-. Sólo que ignoramos que la señorita Barton tuviera un hermano.
-Eso lo he deducido
-replicó la señora Bantry-. A menos que tuviera un hermano menor, no veo el
motivo. De modo que debía tener uno. ¿No lo ve usted así, Watson?
-Todo esto está muy
bien, Dolly -dijo su esposo-, pero es solo una mera conjetura.
-Claro -respondió la
señora Bantry-. Es todo lo que podemos hacer, conjeturar. No tenemos la menor
pista. Adelante, querido, ahora te toca a ti.
-Les doy mi palabra
de que no sé qué decir, pero creo que es acertada la sugerencia de la señorita
Helier acerca de que debía haber un hombre de por medio. Mira, Dolly,
seguramente debía ser un párroco. Por un decir, las dos le tejen una capa a
medida, pero él acepta la de la señorita Durrant primero. Puedes estar segura
de que tuvo que ser algo así. Es muy significativo que al final acudiera
también a un párroco, ¿no? Ese tipo de mujeres siempre pierden la cabeza por
los párrocos bien parecidos. Se oyen casos continuamente.
-Creo que debemos
tratar de encontrar una explicación un poco más plausible -dijo don Henry-,
aunque admito que también es sólo una conjetura. Yo sugiero que la señorita
Barton fue siempre una desequilibrada mental. Hay muchos más casos así de los
que pueden imaginar. Su manía fue agudizándose y empezó a creer que su
obligación era librar al mundo de ciertas personas, posiblemente de las
«mujeres desgraciadas». No sabemos gran cosa del pasado de la señorita Durrant.
De modo que es muy posible que tuviera un pasado «desgraciado». La señorita
Barton lo averigua y decide exterminarla. Más tarde, su crimen empieza a
preocuparle y se siente abrumada por los remordimientos. Su fin demuestra que
estaba completamente desequilibrada. Ahora dígame si está de acuerdo conmigo,
señorita Marple.
-Me temo que no, don
Henry -replicó la señorita Marple sonriendo para disculparse-. Creo que su
final demuestra que había sido una mujer inteligente y resuelta.
Jane Helier la
interrumpió lanzando un grito.
-¡Oh! ¡Qué tonta he
sido! ¿Puedo probar otra vez? Claro que debió ser eso. ¡Chantaje! La señorita
de compañía le estaba haciendo victima de su chantaje. Sólo que no comprendo
por qué dice la señorita Marple que fue una mujer inteligente por el hecho de que
se suicidara. No lo comprendo en absoluto.
-¡Ah! -exclamó don
Henry-. Seguro que la señorita Marple conoce un caso exactamente igual ocurrido
en St. Mary Mead.
-Usted siempre se
burla de mí, don Henry -contestó la señorita Marple con tono de reproche-. Debo
confesar que me recuerda un poco, sólo un poco, a la anciana Trout. Cobró las
pensiones de tres ancianas fallecidas en distintas parroquias.
-Me parece un crimen
muy complicado y muy provechoso -dijo don Henry-, pero no veo que arroje
ninguna luz sobre el problema que nos ocupa.
-Claro que no
-replicó la señorita Marple-. Usted no, pero algunas de las familias eran muy
pobres y la pensión de las ancianas representaba mucho para los niños. Sé que
es difícil de entender para los extraños, pero lo que quiero hacer resaltar es
que el fraude se apoyaba en el hecho de que una anciana se parece mucho a
cualquier otra.
-¿Cómo? -preguntó don
Henry intrigado.
-Siempre me explico
mal. Lo que quiero decir es que, cuando el doctor Lloyd describió a esas dos
señoras, no sabía quién era quién y supongo que tampoco lo sabía nadie del
hotel. Desde luego, lo hubieran sabido al cabo de uno o dos días, pero al día
siguiente una de las dos pereció ahogada y si la superviviente dijo que era la
señorita Barton, no creo que a nadie se le ocurriera dudarlo.
-Usted cree... ¡Oh!
Ya comprendo -dijo don Henry despacio.
-Es lo único que
tendría un poco de sentido. Nuestra querida señora Bantry ha llegado a la misma
conclusión hace tan solo unos momentos. ¿Por qué habría de matar una mujer rica
a su humilde acompañante? Es mucho más lógico que fuera lo contrario. Quiero decir
que es así como suelen suceder las cosas.
-¿Sí? -comentó don
Henry-. Me sorprende usted.
-Pero claro
-prosiguió la señorita Marple-, luego tuvo que usar la ropa de la señorita
Barton, que probablemente debía quedarle un tanto estrecha, por lo que daría la
impresión de haber engordado un poco. Por eso hice esa pregunta. Un caballero
seguramente pensaría que estaba aumentando de peso y no que la ropa le quedaba
pequeña, aunque no sea éste el modo correcto de explicarlo.
-Pero si Amy Durrant
asesinó a la señorita Barton, ¿qué ganaba con ello? -quiso saber la señorita
Bantry-. No podía mantener la ficción indefinidamente.
-Sólo la mantuvo por
espacio de un mes aproximadamente -indicó la señorita Marple-. Y durante este
tiempo supongo que viajaría, manteniéndose alejada de todo el que pudiera
conocerla. Eso es lo que quise dar a entender al decir que una mujer de cierta
edad resultaba muy parecida a cualquier otra. No creo siquiera que notaran que
la fotografía del pasaporte era distinta, ya saben ustedes lo malas que son. Y
luego, en marzo, se marchó a ese balneario de Cornualles donde comenzó a actuar
de un modo extraño, a atraer la atención de la gente para que cuando
encontrasen sus ropas en la playa y leyeran su última carta no repararan en lo
obvio.
-¿Que era? -preguntó
don Henry.
-Que no había cuerpo
-replicó la señorita Marple-. Eso es lo que hubiera saltado más a la vista de
no ser por la cantidad de pistas falsas puestas para apartarlos de la verdadera
pista, incluyendo el detalle de la comedia del arrepentimiento: No había cuerpo,
ése era el hecho más importante.
-¿Quiere usted
decir...? -preguntó la señorita Bantry-. ¿Quiere decir que no hubo tal
arrepentimiento? ¿Y que... que no se ahogó?
-¡Ella no! -replicó
la señorita Marple-. Igual que la señora Trout. Ella también supo preparar
muchas pistas falsas, pero no había contado conmigo. Yo sé ver a través del
fingido remordimiento de la señorita Barton. ¿Ahogada ella? Se marchó a
Australia y no temo equivocarme.
-No se equivoca,
señorita Marple -dijo el doctor Lloyd-. Tiene razón. Otra vez me deja usted
sorprendido. Vaya, aquel día en Melbourne casi me caigo redondo de la
impresión.
-¿Era eso a lo que se
refería usted al hablar de una coincidencia?
El doctor Lloyd
asintió.
-Sí, tuvo muy mala
suerte la señorita Barton o la señorita Amy Durrant o como quieran llamarla.
Durante algún tiempo fui médico de un barco y, al desembarcar en Melbourne, la
primera persona que vi cuando paseaba por allí fue a la señora que yo creía que
se había ahogado en Cornualles. Ella comprendió que su juego estaba descubierto
por lo que a mí se refería e hizo lo más osado que se le ocurrió, convertirme
en su confidente. Era una mujer extraña, desprovista de toda moral. Era la
mayor de nueve hermanos, todos muy pobres. En una ocasión pidieron ayuda a su
prima rica, que vivía en Inglaterra, pero fueron rechazados y la señorita
Barton se peleó con su padre. Necesitaban dinero desesperadamente, ya que los
tres niños más pequeños estaban delicados y necesitaban un costoso tratamiento
médico. Parece ser que entonces Amy Barton planeó su crimen a sangre fría. Se
marchó a Inglaterra, ganándose el pasaje como niñera, y obtuvo su empleo de
señorita de compañía de la señorita Barton haciéndose llamar Amy Durrant.
Alquiló una habitación en la que puso algunos muebles para crearse una cierta
personalidad. El plan del ahogamiento fue una inspiración repentina. Había
estado esperando que se le presentara alguna oportunidad. Después de
representar la escena final del drama, regresó a Australia y, a su debido
tiempo, ella y sus hermanos heredaron todo el dinero de la señorita Barton como
parientes más próximos.
-Un crimen osado y
perfecto -dijo don Henry-. Casi el crimen perfecto. De haber sido la señorita
Barton quien muriera en las Canarias, las sospechas hubieran recaído en Amy
Durrant y se hubiese descubierto su parentesco con la familia Barton. Pero el
cambio de identidad y el doble crimen, como podemos llamarlo, evitó esa
posibilidad. Sí, casi fue un crimen perfecto.
-¿Qué fue de ella?
-preguntó la señora Bantry-. ¿Cómo actuó en el asunto, doctor Lloyd?
-Me encontraba en una
posición muy curiosa, señora Bantry. Pruebas, tal como las entiende la ley,
tenía muy pocas todavía. Y también, como médico, me di cuenta de que, a pesar
de su aspecto vigoroso y robusto, aquella mujer no iba a vivir mucho. La acompañé
a su casa y conocí al resto de los hermanos, una familia encantadora que
adoraba a su hermana mayor, completamente ajenos al crimen que había cometido.
¿Por qué llenarlos de pena si no podía probar nada? La confesión de aquella
mujer no fue oída por nadie más que por mí y dejé que la naturaleza siguiera su
curso. La señorita Amy Barton falleció seis meses después de mi último
encuentro con ella. Y a menudo me he preguntado si vivió alegre y sin
arrepentimiento hasta que le llegó su fin.
-Seguramente no -dijo
la señora Bantry.
-Yo creo que sí -dijo
la señorita Marple-. Como la señora Trout.
Jane Helier se
estremeció.
-Vaya -dijo-, es muy
emocionante. Aunque aún no entiendo quién ahogó a quién y qué tiene que ver esa
señora Trout con todo eso.
-No tiene nada que
ver, querida -replicó la señorita Marple-. Fue sólo una persona, y no
precisamente agradable, que vivía en el pueblo.
-¡Oh! -exclamó Jane-.
En el pueblo. Pero si en los pueblos nunca ocurre nada, ¿no es cierto?
-suspiró-. Estoy segura de que si viviera en un pueblo sería tonta de remate.
FIN
La conversación
giraba en torno a los crímenes que quedaban sin resolver y sin castigo. Cada
uno por turno dio su opinión: el coronel Bantry, su simpática y gordezuela
esposa, Jane Helier, el doctor Lloyd e incluso la señorita Marple. El único que
no habló fue el que, en opinión de la mayoría, estaba más capacitado para ello.
Don Henry Clithering, ex comisionado de Scotland Yard, permanecía silencioso,
retorciéndose el bigote o, más bien dicho, tirando de él, y con una media
sonrisa en los labios, como si le divirtiera algún pensamiento.
-Don Henry -le dijo
finalmente la señora Bantry-, si no dice usted algo, gritaré. ¿Hay muchos
crímenes que quedan impunes?
-Usted piensa en los
titulares de la prensa, señora Bantry: SCOTLAND YARD FRACASA DE NUEVO y, a
continuación, la lista de crímenes sin resolver.
-Que en realidad debe
ser un porcentaje muy pequeño, supongo -dijo el doctor Lloyd.
-Sí, los cientos de
crímenes que se resuelven y los responsables castigados rara vez se pregonan.
Pero eso no es precisamente lo que discutimos. Los crímenes no descubiertos y
los crímenes que quedan impunes son dos cosas por completo distintas. En la primera
categoría entran todos los crímenes de los que Scotland Yard ni siquiera ha
oído hablar, los que nadie ni siquiera sabe que se han cometido.
-Pero supongo que no
debe haber muchos de ésos -dijo la señora Bantry.
-¿No?
-¡Don Henry! ¿No
querrá usted decir que sí los hay?
-Yo creo -dijo la
señorita Marple pensativa- que debe de haber muchísimos.
La encantadora
anciana, con su aire tranquilo y anticuado, hizo esta declaración con la mayor
placidez.
-Mi querida señorita
Marple... -empezó el coronel Bantry.
-Claro que muchas
personas son estúpidas -dijo la señorita Marple-. Y a las personas estúpidas se
las descubre hagan lo que hagan. Pero también hay muchas que no lo son y uno se
estremece al pensar lo que serían capaces de hacer de no tener principios muy
arraigados.
-Sí -replicó don
Henry-, hay muchísimas personas que no son estúpidas. Muchas veces un crimen
llega a descubrirse por un fallo insignificante y uno no deja de hacerse
siempre la misma pregunta. De no haber sido por aquel fallo, ¿hubiese llegado a
descubrirse?
-Pero esto es muy
serio, Clithering -dijo el coronel Bantry-, pero que muy grave.
-¿De veras?
-¿Pero qué dice
usted? ¡Lo es! Claro que es serio.
-Usted dice que hay
crímenes que quedan impunes, pero ¿es eso cierto? Tal vez no reciban el castigo
de la ley, pero la causa y el efecto actúan aun fuera de la ley. Decir que cada
crimen conlleva su propio castigo parecerá muy tópico y, no obstante, en mi
opinión, nada hay más cierto.
-Tal vez -dijo el
coronel Bantry-, pero eso no altera la gravedad.., la gravedad...
Se detuvo
desorientado.
Don Henry Clithering
sonrío.
-El noventa y nueve
por ciento de la gente sin duda comparte su opinión -comentó-. Pero, ¿sabe
usted?, no es la culpabilidad lo importante, sino la inocencia. Eso es lo que
nadie aprecia.
-No lo entiendo
-exclamó Jane Helier.
-Yo sí -replicó la
señorita Marple-. Cuando la señora Trent descubrió que le faltaba media corona
que llevaba en el bolso, la persona más afectada fue la asistenta, la señora
Arthur. Desde luego los Trent pensaron que había sido ella, pero eran buenas personas
y, como sabían que tenía una familia numerosa y un marido aficionado a la
bebida, pues... naturalmente no quisieron tomar medidas extremas. Pero
cambiaron totalmente su actitud hacia ella. Ya no la dejaban al cuidado de la
casa cuando se ausentaban y otras personas empezaron a comportarse con ella de
un modo semejante. Y luego se descubrió de pronto que había sido la
institutriz. La señora Trent la descubrió, a través de una puerta que se
reflejaba en un espejo, por pura casualidad, a la que yo prefiero llamar
Providencia. Y creo que eso es lo que quiere decir don Henry. La mayoría de las
personas se hubieran interesado únicamente por saber quién cogió el dinero, que
resultó ser la más insospechada, como en las novelas policíacas. Pero, para
quien realmente era importante, casi cuestión de vida o muerte, descubrir la
verdad era para la señora Arthur, que no había hecho nada. Eso es lo que quiso
usted decir, ¿verdad, don Henry?
-Sí, señorita Marple,
ha dado usted en el clavo. La asistenta de su historia tuvo suerte en el caso
que ha expuesto: se demostró su inocencia. Pero algunas personas pueden pasar
toda su vida oprimidas por el peso de una sospecha completamente injusta.
-¿Se refiere usted a
algún caso en particular, don Henry? -preguntó la señora Bantry con astucia y
con verdadera curiosidad.
-Pues, a decir
verdad, sí, señora Bantry. Uno muy curioso. Un caso en el que pensábamos que se
había cometido un crimen, pero no teníamos la más remota posibilidad de
probarlo.
-Veneno, supongo
-exclamó Jane-. Algo que no deja rastro.
El doctor Lloyd se
removió inquieto y don Henry negó con la cabeza.
-No, querida
señorita. ¡No fue el veneno secreto de las flechas de los indios sudamericanos!
¡Ojalá hubiera sido algo así! Tuvimos que habérnoslas con algo mucho más
prosaico, tanto, que no cabe la esperanza de dar con el responsable. Un anciano
que se cayó por la escalera y se desnucó, uno de tantos accidentes, lamentables
accidentes, que ocurren a diario.
-¿Y que sucedió en
realidad?
-¿Quién puede
decirlo? -don Henry se encogió de hombros-. ¿Lo empujaron por detrás? ¿Ataron
un cordón de lado a lado de la escalera, que luego fue quitado cuidadosamente?
Eso nunca lo sabremos.
-Pero usted cree
que... bueno, que no fue un accidente ¿Por qué? -quiso saber el médico.
-Ésa es una historia
bastante larga, pero... bueno, sí, estamos casi seguros. Como les digo, no hay
posibilidad de poder culpar a nadie, las pruebas serían demasiado vagas. Pero
el caso se puede mirar también desde otra perspectiva, la que mencionaba antes.
Cuatro son las personas que pudieron hacerlo. Una es culpable, pero las otras
tres son inocentes. Y, a menos que se averigüe la verdad, permanecerán bajo la
terrible sombra de la duda.
-Creo -dijo la señora
Bantry- que será mejor que nos cuente usted toda la historia.
-En realidad no creo
que sea necesario que me extienda tanto -replicó don Henry-. Puedo resumir el
principio. Es sobre una sociedad secreta alemana: "La Mano
Vengadora", algo parecido a la Camorra o a la idea que la gente tiene de
ella. Una organización dedicada a la extorsión y el terrorismo. La cosa empezó
repentinamente después de la guerra y se extendió con sorprendente rapidez, y
fueron numerosas las víctimas de la organización. Las autoridades no pudieron
con ella, porque sus secretos eran guardados celosamente y era casi imposible
encontrar a nadie que quisiera traicionarlos.
"En Inglaterra
no se oyó hablar mucho de ella, pero en Alemania estaba causando un efecto
paralizador Finalmente fue disuelta gracias a los esfuerzos de un hombre, un
tal doctor Rosen, que en un tiempo fue un miembro notable del Servicio Secreto.
Se hizo miembro de la sociedad, se infiltró en sus círculos más íntimos y fue,
tal como les digo, el instrumento que la desmoronó.
"Pero, en
consecuencia, se convirtió en un hombre marcado y se consideró prudente que
abandonara Alemania, al menos durante algún tiempo. Se vino a Inglaterra y
fuimos informados por la policía de Berlín. Se entrevistó personalmente conmigo
y advertí enseguida lo resignado de su actitud. No le cabía la menor duda de lo
que le reservaba el futuro.
"-Me cogerán,
don Henry -me dijo-, no cabe la menor duda. -Era un hombre alto, de hermosas
facciones y voz profunda, que sólo delataba su nacionalidad por su ligera
pronunciación gutural-. Es una conclusión inevitable. No me importa, estoy
preparado. Ya afronté ese riesgo al emprender esta empresa. He hecho lo que me
propuse. La organización no podrá volver a levantarse, pero quedan muchos de
sus miembros en libertad y se vengarán de la única manera que pueden: con mi
vida. Es sólo cuestión de tiempo, pero desearía alargarlo lo más posible. Estoy
reuniendo y preparando material muy interesante, el resultado de toda una vida
de trabajo. Y si fuera posible, me gustaría poder completar mi tarea.
"Habló con
sencillez, pero con cierta grandeza que no pude dejar de admirar. Le dije que
tomaríamos toda clase de precauciones, pero no me dejó insistir
"-Algún día, más
pronto o más tarde, me cogerán -repetía-. Y cuando ese día llegue, no se
preocupe. No me cabe la menor duda de que habrá hecho todo lo posible por
evitarlo.
"Luego me expuso
sus proyectos, que eran bastante sencillos. Se proponía adquirir una casita en
el campo donde vivir tranquilamente y continuar su trabajo. Por fin escogió un
pueblecito de Somerset, King’s Gnaton, situado a unas siete millas de la estación
de ferrocarril y singularmente preservado de la civilización. Compró una casita
preciosa en la que llevó a cabo algunas reformas y mejoras, y se instaló en
ella muy contento, acompañado de su sobrina Greta, un secretario, una vieja
criada alemana que le había servido fielmente durante casi cuarenta años y un
mañoso jardinero externo, que era nativo de King’s Gnaton."
-Los cuatro
sospechosos -comentó el señor Lloyd con voz apagada.
-Exacto, los cuatro
sospechosos. No hay mucho más que decir. La vida transcurrió apaciblemente en
King’s Gnaton durante cinco meses y entonces ocurrió la desgracia. El doctor
Rosen se cayó una mañana por la escalera y fue hallado muerto media hora más tarde.
En el momento en que debió ocurrir el accidente, Gertrud estaba en la cocina
con la puerta cerrada y no oyó nada, o por lo menos eso dijo. la señorita Greta
estaba en el jardín plantando unos bulbos, también según dijo. El jardinero,
Dobbs, estaba en el cobertizo, desayunando, según dijo. Y el secretario había
ido a dar un paseo y tampoco tenemos otra cosa mejor que su palabra.
"Ninguno de
ellos tiene una coartada ni es capaz de atestiguar la declaración de los demás.
Pero una cosa es cierta: nadie del exterior pudo hacerlo ya que la presencia de
un extraño hubiera sido advertida con seguridad en el pueblecito de King’s Gnaton.
La puerta principal y la de atrás estaban cerradas, y cada uno de los
habitantes de la casa tenía su llave. De modo que ya ven que los sospechosos se
reducen a estos cuatro: Greta, la hija de su propio hermano; Gertrud, que
llevaba cuarenta años sirviéndole fielmente; Dobbs, que nunca había salido de
King’s Gnaton, y Charles Templeton, el secretario."
-Sí -intervino el
coronel Bantry-. ¿Qué nos dice de él? A mí me parece el más sospechoso. ¿Qué
sabía usted de él?
-Pues lo que sé de él
es lo que lo deja completamente al margen de sospechas, por lo menos de momento
-dijo don Henry en tono grave-. Charles Templeton era uno de mis hombres.
-¡Oh! -exclamó el
coronel Bantry visiblemente sorprendido.
-Sí, quise tener a
alguien en la casa y que al mismo tiempo no llamara la atención en el pueblo.
Rosen realmente necesitaba un secretario y yo le proporcioné a Templeton. Es un
caballero, habla alemán a la perfección y es, en conjunto, un tipo muy capacitado.
-Pues entonces, ¿de
quién sospecha usted? -preguntó la señora Bantry con extrañeza-. Todos parecen
tan... buenos y tan inocentes.
-Sí, eso parece, pero
podemos considerar el caso desde un ángulo distinto. Fraülein Greta era su
sobrina y una muchacha encantadora, pero la guerra nos ha demostrado a menudo
que un hermano puede volverse contra su hermana, un padre contra su hijo, etcétera,
etcétera, y que las más encantadoras y gentiles jovencitas eran capaces de
cosas sorprendentes. Lo mismo puede aplicarse a Gertrud y quién sabe qué otros
factores pudieron obrar en su caso. Tal vez una disputa con su señor, un
creciente resentimiento más intenso debido a los largos años de fidelidad. Las
mujeres que tienen tantos años y pertenecen a esa clase, algunas veces pueden
vivir increíblemente amargadas. ¿Y Dobbs? ¿Queda eliminado por no tener
relación alguna con la familia? Con dinero se consiguen muchas cosas. Pudieron
aproximarse a él de algún modo y sobornarlo.
"Una cosa parece
segura: debió llegar algún mensaje u orden del exterior. De otro modo, ¿por qué
aquellos cinco meses de espera? No, los agentes de "La Mano
Vengadora" debieron estar trabajando. No estarían seguros de la perfidia
de Rosen y debieron retrasar su venganza hasta asegurarse de su posible
traición sin ninguna duda. Luego, cuando verificaron sus sospechas, debieron
enviar su mensaje al espía que tenían dentro de su misma casa. El mensaje que
decía: «Mata»."
-¡Qué horror-! -dijo
Jane Helier con un estremecimiento.
-Pero ¿cómo llegaría
el mensaje? Ese es el punto que traté de aclarar como única esperanza para
resolver el misterio. Una de esas cuatro personas debió de ser abordada por alguien o comunicarse con ellos
de alguna manera. La orden debía ser ejecutada, lo sabía muy bien, tan pronto
como fuera recibido el aviso. Era la peculiaridad de "La Mano
Vengadora".
"Me puse a
trabajar de una forma que probablemente les parecerá ridículamente meticulosa.
¿Quiénes habían estado en la casa aquella mañana? No descarté a nadie. Aquí
está la lista."
Y sacando un sobre de
su bolsillo, escogió un papel entre los que contenía.
-El carnicero, que
trajo la carne de ternera. Hice averiguaciones y resultaron exactas.
"El chico del
colmado trajo un paquete de harina de maíz, dos libras de azúcar; una de
mantequilla y otra de café. Fueron investigados y resultaron correctos.
"El cartero
trajo dos circulares para la señorita Rosen, una carta de la localidad para
Gertrud, tres para el doctor Rosen, una con sello extranjero, y dos para el
señor Templeton, una de ellas también con sello extranjero."
Don Heniy hizo una
pausa y luego extrajo varios documentos del sobre.
-Tal vez les interese
verlos. Me fueron entregados por los interesados o bien recogidos de la
papelera. No necesito decirles que fueron examinados por expertos para ver si
se encontraban en ellos rastros de tinta invisible, etc., etc. No se ha
encontrado nada.
Todos se acercaron
para mirar Las catálogos para la señorita Rosen eran de un jardinero y de un
establecimiento de peletería de Londres muy importante. El doctor Rosen recibió
una factura de las semillas compradas a un jardinero local para su jardín y otra
de una papelería de Londres. La carta dirigida a él decía lo siguiente:
Mi querido Rosen:
Acabo de regresar de
la finca del señor Helmuth Spath. El otro día vi a Udo Johnson. Había venido
para visitar a Ronald Periy, y me dijo que él y Edgar Jackson acaban de llegar
de Tsingtau. Con toda Ecuanimidad, no puedo decir que envidie su viaje. Envíame
pronto noticias tuyas. Como ya te dije antes: guárdate de cierta persona. Ya
sabes a quién me refiero, aunque no estés de acuerdo conmigo. Tuya,
Georgine
-El correo del señor
Templeton consistía en esta factura que como ustedes ven enviaba su sastre y
una carta de un amigo de Alemania -prosiguió don Henry-. Esta última,
desgraciadamente, la rompió durante su paseo. Y por último tenemos la carta que
recibió Gertrud.
Querida señora
Smvartz:
Esperamos que pueda
usted asistir a la reunión del viernes por la noche. El vicario dice que tiene
la esperanza de que vendrá y será usted bienvenida. La receta de tocineta era
estupenda y le doy las gracias por ella. Confío en que se encuentre bien de salud
y podamos verla el viernes.
Queda de usted
afectísima.
Emma Greene
El doctor Lloyd
sonrió afablemente, al igual que la señora Bantry.
-Creo que esta última
carta puede eliminarse -dijo el doctor.
-Yo opino lo mismo
-replicó don Henry-, pero tomé la precaución de comprobar que existía esa tal
señora Greene y que se celebraba la reunión. Ya saben, nunca está de más ser
precavido.
-Esto es lo que dice
siempre nuestra amiga la señorita Marple -comentó el doctor Lloyd sonriendo-.
Está usted ensimismada, señorita Marple. ¿En qué piensa?
La aludida se
sobresaltó.
-¡Qué tonta soy!
-exclamó-. Me estaba preguntando por qué en la carta del doctor Rosen la
palabra Ecuanimidad estaba escrita con mayúscula.
La señora Bantry
exclamó:
-Es cierto. ¡Oh!
-Sí querida
-respondió la señorita Marple-. ¡Pensé que usted lo notaría!
-En esa carta hay un
aviso definitivo -dijo el coronel Bantry-. Es lo primero que me llamó la
atención. Me fijo más de lo que ustedes creen. Sí, un aviso definitivo...
¿contra quién?
-Hay algo muy curioso
con respecto a esa carta -explicó don Henry-. Según Templeton, el doctor Rosen
la abrió durante el desayuno y se la alargó diciendo que no sabía quién podía
ser aquel individuo.
-¡Pero si no era un
hombre! -dijo Jane Helier-. ¡Está firmada por una tal «Georgina»!
-Es difícil decirlo
-dijo el doctor Lloyd-. Tal vez el nombre sea Georgey y no Georgina, aunque
parezca más bien lo contrario. En todo caso, resulta un tanto chocante, porque
esta letra no parece de mujer
-Eso es igualmente
curioso -dijo el coronel Bantry-, que la enseñara fingiendo no saber quién se
la escribía. Tal vez pretendía observar la reacción de alguien al verla, pero
¿de quién?, ¿del chico o de ella?
-¿Tal vez de la
cocinera? -insinuó la señora Bantry-. Quizá se encontrase en la habitación
sirviendo el desayuno. Pero lo que no comprendo es... es muy curioso que...
Frunció el entrecejo
contemplando la carta. La señorita Marple se acercó a ella y, señalando la hoja
de papel con un dedo, cuchichearon entre sí.
-Pero, ¿por qué
rompió la otra carta el secretario? -preguntó Jane Helier de pronto-. Parece...
¡oh! No sé... parece extraño. ¿Por qué había de recibir cartas de Alemania?
Aunque, claro, si como usted dice está por encima de toda sospecha...
-Pero don Henry no ha
dicho eso -replicó la señorita Marple a toda prisa, abandonando su conversación
con la señora Bantry-. Ha dicho que los sospechosos son cuatro. De modo que
incluye a el señor Templeton. ¿Tengo razón, don Henry?
-Sí, señorita Marple.
La amarga experiencia me ha enseñado una cosa: nunca diga que nadie está por
encima de toda sospecha. Acabo de darles razones por las cuales tres de estas
personas pudieran ser culpables, por improbable que parezca. Entonces no apliqué
el mismo procedimiento a Charles Templeton, pero al fin tuve que seguir la
regla que acabo de mencionar.
"Y me vi
obligado a reconocer esto: que todo ejército, toda marina y toda policía tienen
cierto número de traidores en sus filas, por mucho que se odie admitir la idea.
Y por ello examiné el caso contra Charles Templeton sin el menor
apasionamiento.
"Me hice muchas
veces la pregunta que la señorita Helier acaba de exponer. ¿Por qué fue el
único que no pudo presentar la carta que recibiera con sello alemán? ¿Por qué
recibía correspondencia de Alemania?
"Esta última
pregunta era del todo inocente y por lo tanto se la hice a él, siendo su
respuesta bastante sencilla. La hermana de su madre estaba casada con un alemán
y la carta era de una prima suya alemana. De modo que me enteré de algo que
ignoraba hasta entonces, que Charles Templeton tenía parientes alemanes. Y eso
lo colocó inmediatamente en la lista de sospechosos. Es uno de mis hombres, un
muchacho en el que siempre he confiado, pero para ser justo y ecuánime debo
admitir que es el que encabeza la lista.
"Pero ahí lo
tienen: ¡No lo sé! No lo sé y, con toda probabilidad, nunca lo sabré. No se
trata sólo de castigar a un asesino, sino de algo que considero cien veces más
importante. Se trata, quizá, de la posibilidad de haber arruinado la carrera de
un hombre honrado a causa de meras sospechas, sospechas que por otra parte no
me atrevo a despreciar."
La señorita Marple
carraspeó y dijo en tono amable:
-Entonces, don Henry,
si no le he entendido mal, ¿de quien sospecha principalmente es del joven
Templeton?
-Sí, en cierto
sentido. Y en teoría los cuatro habrían de verse igualmente afectados por esta
situación, pero no es ése el caso. Dobbs, por ejemplo, aun cuando yo lo
considere sospechoso, eso no altera en modo alguno su vida. En el pueblo nadie
recela de que la muerte del doctor Rosen no fuese accidental. Gertrud tal vez
se haya visto algo más afectada. La situación puede representar alguna
diferencia, por ejemplo, en la actitud de Fraülein Rosen hacia ella, aunque
dudo de que eso le afecte excesivamente.
"En cuanto a
Greta Rosen... bueno, aquí llegamos al punto crucial de todo este asunto. Greta
es una joven muy hermosa y Charles Templeton un muchacho apuesto, convivieron
cinco meses bajo el mismo techo sin otras distracciones exteriores y ocurrió lo
inevitable. Se enamoraron el uno del otro, aunque no quieren admitir el hecho
con palabras.
"Y luego ocurrió
la catástrofe. Ya habían transcurrido tres meses, y un día o dos después de mi
regreso, Greta Rosen vino a verme. Había vendido la casita y regresaba a
Alemania, una vez arreglados los asuntos de su tío. Acudió a mí, aunque sabía
que me había retirado, porque en realidad deseaba verme por un asunto personal.
Tras dar algunos rodeos al fin me abrió su corazón. ¿Cuál era mi opinión?
Aquella carta con sello alemán, la que Charles había roto, la había preocupado
y seguía preocupándola. ¿Había dicho la verdad? Sin duda debió decirla. Claro
que creía su historia, pero... ¡oh!, si pudiera saberlo con absoluta certeza.
"¿Comprenden? El
mismo sentimiento, el deseo de confiar, pero la terrible sospecha persistiendo
en el fondo de su mente, a pesar de luchar contra ella. Le hablé con absoluta
franqueza, pidiéndole que hiciera lo mismo, y le pregunté si Charles y ella
estaban enamorados.
"-Creo que sí
-me contestó-. Oh, sí, eso es. Éramos tan felices. Los días pasaban con tanta
alegría.
"Los dos lo
sabíamos, pero no había prisa, teníamos toda la vida por delante. Algún día me
diría que me amaba y yo le contestaría que yo también. ¡Ah! ¡Pero puede usted
imaginárselo! Ahora todo ha cambiado. Una nube negra se ha interpuesto entre
nosotros, nos mostramos retraídos y cuando nos vemos no sabemos qué decirnos.
Quizás a él le ocurre lo mismo. Nos decimos interiormente: ¡Si estuviéramos
seguros! Por eso, don Henry, le suplico que me diga: «Puede estar segura,
quienquiera que matase a su tío no fue Charles Templeton». ¡Dígamelo! ¡Oh, se
lo suplico! ¡Se lo suplico, se lo suplico!
"Y maldita sea
-exclamó don Henry, dejando caer su puño con fuerza sobre la mesa-, no pude
decírselo. Se fueron separando más y más los dos. Entre ellos se interponía la
sospecha como un fantasma que no podían apartar."
Se reclinó en la
butaca con el rostro abatido y grave mientras movía la cabeza con desaliento.
-Y no hay nada más
que hacer, a menos -volvió a enderezarse con una sonrisa burlona- a menos que
la señorita Marple pueda ayudarnos. ¿Puede usted, señorita Marple? Tengo el
presentimiento de que esa carta está en su línea. La de la reunión benéfica.
¿No le recuerda alguien o algo que le haga ver este asunto muy claro? ¿No puede
hacer algo por ayudar a dos jóvenes desesperados que desean ser felices?
Tras la sonrisa
burlona se escondía cierta ansiedad en su pregunta. Había llegado a formarse
una gran opinión del poder deductivo de aquella solterona frágil y anticuada, y
la miró con cierta esperanza en los ojos.
La señorita Marple
carraspeó y se arregló la manteleta de encaje.
-Me recuerda un poco
a Annie Poultny -admitió-. Claro que la carta está clarísima, para la señora
Bantry y para mí. No me refiero a la que habla de la reunión benéfica, sino a
la otra. Al haber vivido tanto en Londres y no tener ninguna afición por la jardinería,
don Henry, no es de extrañar que no lo haya notado usted.
-¿Eh? -exclamó don
Henry-. ¿Notado qué?
La señora Bantry
alargó la mano y escogió una de las cartas, un catálogo que abrió y leyó
pausadamente:
El señor Helmuth
Spath. Lila, una flor maravillosa, su tallo alcanza una altura inusitada.
Espléndida para cortar y adornar el jardín. Una novedad de sorprendente
belleza.
Udo Johnson. Amarilla
y cálida. De aroma peculiar y agradable.
Edgar Jackson.
Crisantemo de hermosa forma y color rojo ladrillo muy brillante.
Ronald Perry. Rojo
brillante. Sumamente decorativa.
Tsingtau. Color
naranja brillante, flor muy vistosa para jardín y de larga duración una vez
cortada.
Ecuanimidad...
-Recordarán ustedes
que esta palabra aparecía en la carta escrita también en mayúscula.
Flor de
extraordinaria perfección en su forma. Tonos rosa y blanco.
La señora Bantry,
dejando el catálogo, terminó diciendo con una gran excitación:
-Y ¡Dalias!
-Las letras iniciales
de sus nombres componen la palabra «MUERTE» -explicó la señorita Marple
satisfecha.
-Pero la carta la
recibió el propio doctor Rosen -objetó don Henry.
-Esa fue la maniobra
más inteligente -explicó la señorita Marple-. Eso y la amenaza que se encerraba
en ella. ¿Qué es lo que haría al recibir una carta de alguien desconocido y
llena de nombres extraños para él? Pues, naturalmente, mostrársela a su secretario
y pedirle su opinión.
-Entonces, después de
todo...
-¡Oh, no! -exclamó la
señorita Marple-. El secretario, no. Vaya, eso precisamente demuestra que no
fue él. De ser así, nunca hubiera permitido que se encontrase la carta e
igualmente no se le hubiese ocurrido destruir una carta dirigida a él y con
sello alemán. Su inocencia resulta evidente y , si me permito decirlo,
deslumbrante..
-Entonces, ¿quién...?
-Pues parece casi
seguro, todo lo seguro que puede ser algo en este mundo. Había otra persona
presente durante el desayuno y pudo... es natural, dadas las circunstancias,
alargar la mano y leer la carta. Y así fue. Recuerden que recibió un catálogo
de jardinería en el mismo correo...
-Greta Rosen -dijo
don Henry despacio-. Entonces su visita...
-Los caballeros nunca
saben ver a través de estas cosas -replicó la señorita Marple-. Y me temo que
muchas veces a las viejas nos ven como a... brujas, porque vemos cosas que a
ellos les pasan inadvertidas, pero es así. Una sabe mucho de las de su propio
sexo, por desgracia. No me cabe la menor duda de que se alzó una barrera entre
ellos. El joven sintió una repentina e inexplicable aversión hacia ella.
Sospechaba puramente por instinto y no podía ocultarlo. Y creo que la visita
que le hizo la joven a usted fue sólo puro despecho. En realidad se sentía
bastante segura, pero antes de marcharse quiso que usted fijara definitivamente
sus sospechas en el pobre señor Templeton. Debe usted reconocer que, hasta
después de su visita, no le parecieron completamente justificadas sus propias
sospechas.
-Estoy convencido de
que no fue nada de lo que ella dijo... -comenzó a decir don Henry.
-Los caballeros
-continuó la señorita Marple con calma- nunca ven estas cosas.
-Y esa joven... -se
detuvo-... ¡comete semejante crimen a sangre fría y queda impune!
-¡Oh, no, don Henry!
-dijo la señorita Marple-. Impune no. Usted y yo no lo creemos. Recuerde lo que
dijo no hace mucho rato. No. Greta Rosen no escapará a su castigo. Para
empezar, deberá vivir entre gente extraña, chantajistas y terroristas, que no
le harán ningún bien y probablemente la arrastrarán a un final miserable. Como
usted dice, no vale la pena preocuparse por el culpable, es el inocente quien
importa. El señor Templeton, me atrevo a aventurar, se casará con su prima
alemana ya que el hecho de que rompiera su carta resulta... bueno, un tanto
sospechoso, empleando la palabra en un sentido distinto al que le hemos dado
toda la noche. Parece ser que lo hizo como si temiese que Greta la viera y le
pidiera que se la dejase leer. Sí, creo que entre ellos debió de haber algo. Y
luego está Dobbs, a quien, como usted dice, las sospechas no le afectarán
mucho. Probablemente lo único que le interesa son sus desayunos. Y la pobre
Gertrud, que me recuerda a Annie Poultny. Pobrecilla Annie Poultny. Cincuenta
años sirviendo fielmente a la señorita Lamh y luego sospecharon que había hecho
desaparecer su testamento, aunque no pudo probarse. Aquello destrozó el corazón
de aquella criatura tan fiel. Y después de su muerte, se encontró en un
compartimiento secreto en la caja donde guardaban el té y donde la propia la
señorita Lamb lo había guardado para mayor seguridad. Pero era ya demasiado
tarde para la pobre Annie.
"Por eso me
preocupa esa pobre mujer alemana. Cuando se es viejo, uno se amarga fácilmente.
Lo siento mucho más por ella que por el señor Templeton, que es joven, bien
parecido y, según comentaba usted, goza de bastante popularidad entre las
damas. ¿Querrá usted escribirle a ella, don Henry, para decirle que su
inocencia está fuera de toda duda? Con su señor muerto y el peso de las
sospechas... ¡Oh! ¡No quiero ni pensarlo!"
-Le escribiré,
señorita Marple -dijo don Henry mirándola con curiosidad-. ¿Sabe una cosa?
Nunca llegaré a comprenderla. Siempre repara usted en algo que no esperaba.
-Me temo que mi
experiencia resulta insignificante -replicó la señorita Marple humildemente-.
Apenas si salgo de St. Mary Mead.
-¡Y no obstante ha
resuelto usted lo que podríamos llamar un problema internacional! -dijo don
Henry-. Porque lo ha resuelto. De eso estoy completamente convencido.
La señorita Marple
enrojeció y luego, parpadeando, explicó:
-Creo que fui bien
educada para lo que se acostumbraba en mis tiempos. Mi hermana y yo tuvimos una
institutriz alemana, una persona muy sentimental. Nos enseñó el lenguaje de las
flores, un estudio casi olvidado hoy en día, pero encantador. Un tulipán amarillo,
por ejemplo, simboliza el Amor Sin Esperanza, mientras un Aster Chino significa
Muero de Celos a Tus pies. Esa carta estaba firmada: Georgine, que me parece
recordar significa dalia en alemán y eso lo dejaba todo muy claro. Ojalá
pudiera recordar el significado de dalia, pero escapa a mi memoria, que ya no
es tan buena como antes.
-De todas formas no
significa MUERTE.
-No, desde luego.
Horrible, ¿no? En este mundo hay cosas muy tristes.
-Sí -replicó la
señora Bantry con un suspiro-. Es una suerte tener flores y amigos.
-Observen que nos
coloca en último lugar -dijo el doctor Lloyd.
-Un admirador solía
enviarme orquídeas rojas cada noche -dijo Jane Helier con aire soñador.
-«Espero sus
favores», eso es lo que significa -dijo la señorita Marple con agudeza.
Don Henry carraspeó
de un modo peculiar y volvió la cabeza.
La señorita Marpie
lanzó una repentina exclamación.
-Acabo de recordarlo.
La dalia significa «Traición y Falsedad».
-Maravilloso -replicó
don Henry-. Absolutamente maravilloso.
Y suspiró.
FIN
John Harrison salió
de la casa y se quedó un momento en la terraza de cara al jardín. Era un hombre
alto de rostro delgado y cadavérico. No obstante, su aspecto lúgubre se
suavizaba al sonreír, mostrando entonces algo muy atractivo.
Harrison amaba su
jardín, cuya visión era inmejorable en aquel atardecer de agosto, soleado y
lánguido. Las rosas lucían toda su belleza y los guisantes dulces perfumaban el
aire.
Un familiar chirrido
hizo que Harrison volviese la cabeza a un lado. El asombro se reflejó en su
semblante, pues la pulcra figura que avanzaba por el sendero era la que menos
esperaba.
-¡Qué alegría!
-exclamó Harrison-. ¡Si es monsieur Poirot!
En efecto, allí
estaba Hércules Poirot, el sagaz detective.
-¡Yo en persona. En
cierta ocasión me dijo: "Si alguna vez se pierde en aquella parte del
mundo, venga a verme." Acepté su invitación, ¿lo recuerda?
-¡Me siento encantado
-aseguró Harrison sinceramente-. Siéntese y beba algo.
Su mano hospitalaria
le señaló una mesa en el pórtico, donde había diversas botellas.
-Gracias -repuso
Poirot dejándose caer en un sillón de mimbre-. ¿Por casualidad no tiene jarabe?
No, ya veo que no. Bien, sírvame un poco de soda, por favor whisky no -su voz
se hizo plañidera mientras le servían-. ¡Cáspita, mis bigotes están lacios! Debe
de ser el calor.
-¿Qué le trae a este
tranquilo lugar? -preguntó Harrison mientras se acomodaba en otro sillón-. ¿Es
un viaje de placer?
-No, mon ami;
negocios.
-¿Negocios? ¿En este apartado
rincón?
Poirot asintió
gravemente.
-Sí, amigo mío; no
todos los delitos tienen por marco las grandes aglomeraciones urbanas.
Harrison se rió.
-Imagino que fui algo
simple. ¿Qué clase de delito investiga usted por aquí? Bueno, si puedo
preguntar.
-Claro que sí. No
sólo me gusta, sino que también le agradezco sus preguntas.
Los ojos de Harrison
reflejaban curiosidad. La actitud de su visitante denotaba que le traía allí un
asunto de importancia.
-¿Dice que se trata
de un delito? ¿Un delito grave?
-Uno de los más
graves delitos.
-¿Acaso un ...?
-Asesinato -completó
Poirot.
Tanto énfasis puso en
la palabra que Harrison se sintió sobrecogido. Y por si esto fuera poco las
pupilas del detective permanecían tan fijamente clavadas en él, que el
aturdimiento lo invadió. Al fin pudo articular:
-No sé que haya
ocurrido ningún asesinato aquí.
-No -dijo Poirot-. No
es posible que lo sepa.
-¿Quién es?
-De momento, nadie.
-¿Qué?
-Ya le he dicho que
no es posible que lo sepa. Investigo un crimen aún no ejecutado.
-Veamos, eso suena a
tontería.
-En absoluto.
Investigar un asesinato antes de consumarse es mucho mejor que después.
Incluso, con un poco de imaginación, podría evitarse.
Harrison lo miró
incrédulo.
-¿Habla usted en
serio, monsieur Poirot?
-Sí, hablo en serio.
-¿Cree de verdad que
va a cometerse un crimen? ¡Eso es absurdo!
Hércules Poirot, sin
hacer caso de la observación, dijo:
-A menos que usted y
yo podamos evitarlo. Sí, mon ami.
-¿Usted y yo?
-Usted y yo. Necesitaré
su cooperación.
-¿Esa es la razón de
su visita?
Los ojos de Poirot le
transmitieron inquietud.
-Vine, monsieur
Harrison, porque ... me agrada usted -y con voz más despreocupada añadió-: Veo
que hay un nido de avispas en su jardín. ¿Por qué no lo destruye?
El cambio de tema
hizo que Harrison frunciera el ceño. Siguió la mirada de Poirot y dijo:
-Pensaba hacerlo.
Mejor dicho, lo hará el joven Langton. ¿Recuerda a Claude Langton? Asistió a la
cena en que nos conocimos usted y yo. Viene esta noche expresamente a destruir
el nido.
-¡Ah! -exclamó
Poirot-. ¿Y cómo piensa hacerlo?
-Con petróleo rociado
con un inyector de jardín. Traerá el suyo que es más adecuado que el mío.
-Hay otro sistema,
¿no? -preguntó Poirot-. Por ejemplo, cianuro de potasio.
Harrison alzó la
vista sorprendido.
-¡Es peligroso! Se
corre el riesgo de su fijación en la plantas.
Poirot asintió.
-Sí; es un veneno
mortal -guardó silencio un minuto y repitió-: Un veneno mortal.
-Útil para
desembarazarse de la suegra, ¿verdad? -se rió Harrison. Hércules Poirot
permaneció serio.
-¿Está completamente
seguro, monsieur Harrison, de que Langton destruirá el avispero con petróleo?
-¡Segurísimo. ¿Por
qué?
-¡Simple curiosidad.
Estuve en la farmacia de Bachester esta tarde, y mi compra exigió que firmase
en el libro de venenos. La última venta era cianuro de potasio, adquirido por
Claude Langton.
Harrison enarcó las
cejas.
-¡Qué raro! Langton
se opuso el otro día a que empleásemos esa sustancia. Según su parecer, no
debería venderse para este fin.
Poirot miró por
encima de las rosas. Su voz fue muy queda al preguntar:
-¿Le gusta Langton?
La pregunta cogió por
sorpresa a Harrison, que acusó su efecto.
-¡Qué quiere que le
diga! Pues sí, me gusta ¿Por qué no ha de gustarme?
-Mera divagación
-repuso Poirot-. ¿Y usted es de su gusto?
Ante el silencio de
su anfitrión, repitió la pregunta.
-¿Puede decirme si
usted es de su gusto?
-¿Qué se propone,
monsieur Poirot? No termino de comprender su pensamiento.
-Le seré franco.
Tiene usted relaciones y piensa casarse, monsieur Harrison. Conozco a la
señorita Moly Deane. Es una joven encantadora y muy bonita. Antes estuvo
prometida a Claude Langton, a quien dejó por usted.
Harrison asintió con
la cabeza.
-Yo no pregunto
cuáles fueron las razones; quizás estén justificadas, pero ¿no le parece
justificada también cualquier duda en cuanto a que Langton haya olvidado o
perdonado?
-Se equivoca,
monsieur Poirot. Le aseguro que está equivocado. Langton es un deportista y ha
reaccionado como un caballero. Ha sido sorprendentemente honrado conmigo, y, no
con mucho, no ha dejado de mostrarme aprecio.
-¿Y no le parece eso
poco normal? Utiliza usted la palabra "sorprendente" y, sin embargo,
no demuestra hallarse sorprendido.
-No lo comprendo,
monsieur Poirot.
La voz del detective
acusó un nuevo matiz al responder:
-Quiero decir que un
hombre puede ocultar su odio hasta que llegue el momento adecuado.
-¿Odio? -Harrison
sacudió la cabeza y se rió.
-Los ingleses son muy
estúpidos -dijo Poirot-. Se consideran capaces de engañar a cualquiera y que
nadie es capaz de engañarlos a ellos. El deportista, el caballero, es un
Quijote del que nadie piensa mal. Pero, a veces, ese mismo deportista, cuyo
valor le lleva al sacrificio, piensa lo mismo de sus semejantes y se equivoca.
-Me está usted
advirtiendo en contra de Claude Langton -exclamó Harrison-. Ahora comprendo esa
intención suya que me tenía intrigado.
Poirot asintió, y
Harrison, bruscamente, se puso en pie.
-¿Está usted loco, monsieur
Poirot? ¡Esto es Inglaterra! Aquí nadie reacciona así. Los pretendientes
rechazados no apuñalan por la espalda o envenenan. ¡Se equivoca en cuanto a
Langton! Ese muchacho no haría daño a una mosca.
-La vida de una mosca
no es asunto mío -repuso Poirot plácidamente-. No obstante, usted dice que
monsieur Langton no es capaz de matarlas, cuando en este momento debe
prepararse para exterminar a miles de avispas.
Harrison no replicó,
y el detective, puesto en pie a su vez, colocó una mano sobre el hombro de su
amigo, y lo zarandeó como si quisiera despertarlo de un mal sueño.
-¡Espabílese, amigo,
espabílese! Mire aquel hueco en el tronco del árbol. Las avispas regresan
confiadas a su nido después de haber volado todo el día en busca de su
alimento. Dentro de una hora habrán sido destruidas, y ellas lo ignoran, porque
nadie les advierte. De hecho carecen de un Hércules Poirot. Monsieur Harrison,
le repito que vine en plan de negocios. El crimen es mi negocio, y me incumbe
antes de cometerse y después. ¿A qué hora vendrá monsieur Langton a eliminar el
nido de avispas?
-Langton jamás...
-¿A qué hora? -lo
atajó.
-A las nueve. Pero le
repito que está equivocado. Langton jamás...
-¡Estos ingleses!
-volvió a interrumpirlo Poirot.
Recogió su sombrero y
su bastón y se encaminó al sendero, deteniéndose para decir por encima del
hombro.
-No me quedo para no
discutir con usted; sólo me enfurecería. Pero entérese bien: regresaré a las
nueve.
Harrison abrió la
boca y Poirot gritó antes de que dijese una sola palabra:
-Sé lo que va a
decirme: "Langton jamás...", etcétera. ¡Me aburre su "Langton
jamás"! No lo olvide, regresaré a las nueve. Estoy seguro de que me
divertirá ver cómo destruye el nido de avispas. ¡Otro de los deportes ingleses!
No esperó la reacción
de Harrison y se fue presuroso por el sendero hasta la verja. Ya en el
exterior, caminó pausadamente, y su rostro se volvió grave y preocupado. Sacó
el reloj del bolsillo y los consultó. Las manecillas marcaban las ocho y diez.
-Unos tres cuartos de
hora -murmuró-. Quizá hubiera sido mejor aguardar en la casa.
Sus pasos se hicieron
más lentos, como si una fuerza irresistible lo invitase a regresar. Era un
extraño presentimiento, que, decidido, se sacudió antes de seguir hacia el
pueblo. No obstante, la preocupación se reflejaba en su rostro y una o dos
veces movió la cabeza, signo inequívoco de la escasa satisfacción que le
producía su acto.
Minutos antes de las
nueve, se encontraba de nuevo frente a la verja del jardín. Era una noche clara
y la brisa apenas movía las ramas de los árboles. La quietud imperante rezumaba
un algo siniestro, parecido a la calma que antecede a la tempestad.
Repentinamente
alarmado, Poirot apresuró el paso, como si un sexto sentido lo pusiese sobre
aviso. De pronto, se abrió la puerta de la verja y Claude Langton, presuroso,
salió a la carretera. Su sobresalto fue grande al ver a Poirot.
-¡Ah...! ¡Oh...!
Buenas noches.
-Buenas noches,
monsieur Langton. ¿Ha terminado usted?
El joven lo miró
inquisitivo.
-Ignoro a qué se
refiere -dijo.
-¿Ha destruido ya el
nido de avispas?
-No.
-¡Oh! -exclamó Poirot
como si sufriera un desencanto-. ¿No lo ha destruido? ¿Qué hizo usted, pues?
-He charlado con mi
amigo Harrison. Tengo prisa, monsieur Poirot. Ignoraba que vendría a este
solitario rincón del mundo.
-Me traen asuntos
profesionales.
-Hallará a Harrison
en la terraza. Lamento no detenerme.
Langton se fue y
Poirot lo siguió con la mirada. Era un joven nervioso, de labios finos y bien
parecido.
-Dice que encontraré
a Harrison en la terraza -murmuró Poirot-. ¡Veamos!
Penetró en el jardín
y siguió por el sendero. Harrison se hallaba sentado en una silla junto a la
mesa. Permanecía inmóvil, y no volvió la cabeza al oír a Poirot.
-¡Ah, mon ami!
-exclamó éste-. ¿Cómo se encuentra?
Después de una larga
pausa, Harrison, con voz extrañamente fría, inquirió:
-¿Qué ha dicho?
-Le he preguntado
cómo se encuentra.
-Bien. Sí; estoy
bien. ¿Por qué no?
-¿No siente ningún
malestar? Eso es bueno.
-¿Malestar? ¿Por qué?
-Por el carbonato
sódico.
Harrison alzó la
cabeza.
-¿Carbonato sódico?
¿Qué significa eso?
Poirot se excusó.
-Siento mucho haber obrado
sin su consentimiento, pero me vi obligado a ponerle un poco en uno de sus
bolsillos.
-¿Que puso usted un
poco en uno de mis bolsillos? ¿Por qué diablos hizo eso?
Poirot se expresó con
esa cadencia impersonal de los conferenciantes que hablan a los niños.
-Una de las ventajas
o desventajas del detective radica en su conocimiento de los bajos fondos de la
sociedad. Allí se aprenden cosas muy interesantes y curiosas. Cierta vez me
interesé por un simple ratero que no había cometido el hurto que se le imputaba,
y logré demostrar su inocencia. El hombre, agradecido, me pagó enseñándome los
viejos trucos de su profesión. Eso me permite ahora hurgar en el bolsillo de
cualquiera con solo escoger el momento oportuno. Para ello basta poner una mano
sobre su hombro y simular un estado de excitación. Así logré sacar el contenido
de su bolsillo derecho y dejar a cambio un poco de carbonato sódico.
Compréndalo. Si un hombre desea poner rápidamente un veneno en su propio vaso,
sin ser visto, es natural que lo lleve en el bolsillo derecho de la americana.
Poirot se sacó de uno
de sus bolsillos algunos cristales blancos y aterronados.
-Es muy peligroso
-murmuró- llevarlos sueltos.
Curiosamente y sin
precipitarse, extrajo de otro bolsillo un frasco de boca ancha. Deslizó en su
interior los cristales, se acercó a la mesa y vertió agua en el frasco. Una vez
tapado lo agitó hasta disolver los cristales. Harrison los miraba fascinado.
Poirot se encaminó al
avispero, destapó el frasco y roció con la solución el nido. Retrocedió un par
de pasos y se quedó allí a la expectativa. Algunas avispas se estremecieron un
poco antes de quedarse quietas. Otras treparon por el tronco del árbol hasta
caer muertas. Poirot sacudió la cabeza y regresó al pórtico.
-Una muerte muy
rápida -dijo.
Harrison pareció
encontrar su voz.
-¿Qué sabe usted?
-Como le dije, vi el
nombre de Claude Langton en el registro. Pero no le conté lo que siguió
inmediatamente después. Lo encontré al salir a la calle y me explicó que había
comprado cianuro de potasio a petición de usted para destruir el nido de
avispas. Eso me pareció algo raro, amigo mío, pues recuerdo que en aquella cena
a que hice referencia antes, usted expuso su punto de vista sobre el mayor
mérito de la gasolina para estas cosas, y denunció el empleo de cianuro como
peligroso e innecesario.
-Siga.
-Sé algo más. Vi a
Claude Langton y a Molly Deane cuando ellos se creían libres de ojos
indiscretos. Ignoro la causa de la ruptura de enamorados que llegó a
separarlos, poniendo a Molly en los brazos de usted, pero comprendí que los
malos entendidos habían acabado entre la pareja y que la señorita Deane volvía
a su antiguo amor.
-Siga.
-Nada más. Salvo que
me encontraba en Harley el otro día y vi salir a usted del consultorio de
cierto doctor, amigo mío. La expresión de usted me dijo la clase de enfermedad
que padece y su gravedad. Es una expresión muy peculiar, que sólo he observado
un par de veces en mi vida, pero inconfundible. Ella refleja el conocimiento de
la propia sentencia de muerte. ¿Tengo razón o no?
-Sí. Sólo dos meses
de vida. Eso me dijo.
-Usted no me vio,
amigo mío, pues tenía otras cosas en qué pensar. Pero advertí algo más en su
rostro; advertí esa cosa que los hombres tratan de ocultar, y de la cual le
hablé antes. Odio, amigo mío. No se moleste en negarlo.
-Siga -apremió
Harrison.
-No hay mucho más que
decir. Por pura casualidad vi el nombre de Langton en el libro de registro de
venenos. Lo demás ya lo sabe. Usted me negó que Langton fuera a emplear el
cianuro, e incluso se mostró sorprendido de que lo hubiera adquirido. Mi visita
no le fue particularmente grata al principio, si bien muy pronto la halló
conveniente y alentó mis sospechas. Langton me dijo que vendría a las ocho y
media. Usted que a las nueve. Sin duda pensó que a esa hora me encontraría con
el hecho consumado.
-¿Por qué vino?
-gritó Harrison-. ¡Ojalá no hubiera venido!
-Se lo dije. El
asesinato es asunto de mi incumbencia.
-¿Asesinato?
¡Suicidio querrá decir!
-No -la voz de Poirot
sonó claramente aguda-. Quiero decir asesinato. Su muerte seria rápida y fácil,
pero la que planeaba para Langton era la peor muerte que un hombre puede
sufrir. Él compra el veneno, viene a verlo y los dos permanecen solos. Usted muere
de repente y se encuentra cianuro en su vaso. ¡A Claude Langton lo cuelgan! Ese
era su plan.
Harrison gimió al
repetir:
-¿Por qué vino?
¡Ojalá no hubiera venido!
-Ya se lo he dicho.
No obstante, hay otro motivo. Lo aprecio monsieur Harrison. Escuche, mon ami;
usted es un moribundo y ha perdido la joven que amaba; pero no es un asesino.
Dígame la verdad: ¿Se alegra o lamenta ahora de que yo viniese?
Tras una larga pausa,
Harrison se animó. Había dignidad en su rostro y la mirada del hombre que ha
logrado salvar su propia alma. Tendió la mano por encima de la mesa y dijo:
-Fue una suerte que
viniera usted.
FIN
-Debo presentar una
queja -dijo don Henry Clithering, mientras sus ojos chispeantes contemplaban a
los reunidos.
El coronel Bantry,
con las piernas estiradas, tenía el entrecejo fruncido y los ojos fijos en la
repisa de la chimenea, como si fuera un soldado culpable, mientras su esposa
hojeaba recelosa un catálogo de bulbos que acababa de llegarle en el último
correo. El doctor Lloyd observaba con franca admiración a Jane Helier, y la
joven y hermosa actriz sus uñas rojas. Sólo aquella anciana solterona, la
señorita Marple, estaba sentada muy erguida y sus ojos azules se encontraron
con los de don Henry con un guiño interrogador:
-¿Una queja?
-Unas queja muy
seria. Nos hallamos reunidos seis personas, tres representantes de cada sexo, y
yo protesto en nombre de los caballeros. Esta noche hemos contado tres
historias, una cada uno de nosotros. Protesto porque las señoras no cumplen con
su parte.
-¡Oh! -exclamó la
señora Bantry indignada-. Estoy segura de que hemos cumplido. Hemos escuchado
con toda atención, adoptando la actitud más femenina, la de no querer
exhibirnos ante las candilejas.
-Es una excusa
excelente -replicó don Henry-, pero no sirve. ¡Y eso que tiene un buen
precedente en Las mil y una noches! De modo que adelante, Scherezade.
-¿Se refiere a mí?
-preguntó la señora Bantry-. ¡Pero si yo no tengo nada que contar! Nunca me he
visto rodeada de sangre ni de misterios.
-No ha de tratarse
necesariamente de un crimen sangriento -dijo don Henry-. Pero estoy seguro de
que una de nuestras tres damas tiene algún misterio pequeñito. Vamos, señorita
Marple, cuéntenos “La extraña coincidencia de la asistenta”, o “El misterio de
la reunión de madres”. No me decepcione usted en St. Mary Mead.
La señorita Marple
meneó la cabeza.
-Nada que pudiera
interesarle, don Henry. Tenemos nuestros pequeños misterios, por supuesto: un
kilo de camarones que desapareció de la manera más incomprensible, pero eso no
puede interesarle porque resultó ser muy trivial, aunque arrojara mucha luz acerca
de la naturaleza humana.
-Usted me ha enseñado
a creer en la naturaleza humana -replicó don Henry en tono solemne.
-¿Y qué nos cuenta
usted, señorita Helier? -le preguntó el coronel Bantry-. Debe de haber tenido
algunas experiencias interesantes.
-Sí, desde luego
-intervino el doctor Lloyd.
-¿Yo? -dijo Jane-.
¿Es que... es que quieren que les cuente algo que me haya ocurrido?
-A usted o a alguno
de sus amigos -rectificó decididamente don Henry.
-¡Oh! -dijo Jane con
aire ausente-. No creo que nunca me haya ocurrido nada. Me refiero a nada
parecido. He recibido muchas flores, por supuesto, y extraños mensajes, pero
eso es propio de los hombres, ¿no les parece? No creo... -y haciendo una pausa
se quedó absorta en sus recuerdos.
-Veo que tendremos
que resignarnos al relato del kilo de camarones -dijo don Henry-. Vamos,
señorita Marple.
-Es usted tan
aficionado a las bromas, don Henry. Lo de los camarones es una tontería. Pero
ahora que lo pienso, recuerdo un incidente... en realidad, no se trata de un
incidente sino de algo mucho más serio, una tragedia. Y yo, en cierto modo, me
vi mezclada en ella. Y nunca me he arrepentido de lo que hice. No, en absoluto.
Pero no ocurrió en St. Mary Mead.
-Eso me decepciona
-dijo don Henry-, pero procuraré sobreponerme. Sabía que podíamos confiar en
usted.
Y adoptó la posición
del oyente, mientras la señorita Marple enrojecía ligeramente.
-Espero que sabré
contarlo como es debido -se disculpó preocupada-. Siempre tengo tendencia a
divagar. Me voy de una cosa a otra sin darme cuenta de que lo hago. Y es tan
difícil recordarlo todo con el debido orden. Tienen que perdonarme si les
cuento mal la historia. Ocurrió hace tanto tiempo. Como digo, no tiene relación
alguna con St. Mary Mead. A decir verdad, ocurrió en un hidro...
-¿Se refiere a uno de
esos aviones que van por el mar? -preguntó Jane con los ojos muy abiertos.
-No, querida -dijo la
señora Bantry, que le explicó que se trataba de un balneario hidrotermal, y su
esposo agregó este comentario:
-¡Unos lugares
horribles, horribles! Hay que levantarse temprano para beber un vaso de agua
que sabe a demonios. Hay montones de ancianas sentadas por todas partes e
intercambiando todo el día malvadas habladurías. Cielos, cuando pienso...
-Vamos, Arthur -dijo
su esposa en tono amable-. Sabes que te sentó admirablemente.
-Montones de ancianas
comentando escándalos -gruñó el coronel Bantry.
-Me temo que eso es
cierto -dijo la señorita Marple-. Yo misma...
-Mi querida señorita
Marple -exclamó el coronel horrorizado-. No quise decir ni por un momento...
Con las mejillas
sonrosadas y un ademán de la mano, la señorita Marple lo hizo callar.
-Pero si es cierto,
coronel Bantry. Sólo quería decirle esto. Déjeme ordenar mis ideas. Sí, hablan
de escándalos, como usted dice, y casi todo el tiempo. La gente es muy
aficionada a eso. Especialmente los jóvenes. Mi sobrino, que escribe libros, y
muy buenos según creo, ha dicho cosas terribles sobre el hábito de difamar a
otras personas sin tener la menor clase de pruebas, de lo malvado que es eso y
demás. Pero lo que yo digo es que ninguna persona joven se para a pensar. En
realidad, no examinan los hechos. Y sin duda el problema es éste: ¡Cuántas
veces son ciertas las habladurías, como usted las llama! ¡Y como les digo, yo
creo que, si en realidad examinaran los hechos, descubrirían que son ciertas
nueve veces de cada diez! Por eso la gente se molesta tanto por ellas.
-Inspiradas
presunciones -dijo don Henry.
-¡No!, ¡nada de eso!
En realidad, se trata de una cuestión de práctica y experiencia. Tengo
entendido que, si a un egiptólogo se le enseña uno de esos escarabajos tan
curiosos, con sólo mirarlo puede decir si data de antes de Jesucristo o se
trata de una vulgar imitación. Y no puede dar una regla definitiva de cómo lo
consigue. Lo sabe. Se ha pasado toda la vida manejando esas piezas.
"Y eso es lo que
estoy tratando de decir (muy mal, ya lo sé). Esas mujeres a quienes mi sobrino
califica de “ociosas” disponen de mucho tiempo y su principal interés por lo
general es ocuparse de la gente. Y por eso llegan a convertirse en expertas.
Ahora los jóvenes hablan con toda libertad de cosas que ni siquiera se
mencionaban en mis días, pero, en cambio, tienen una mentalidad absolutamente
inocente. Creen en todo y en cualquiera. Y si alguien intenta prevenirlos,
aunque sea con prudencia, le dicen que tiene una mentalidad victoriana, y eso,
según ellos, es como estar en un pozo."
-¿Y qué tienen de
malo los pozos? -dijo don Henry.
-Exacto -respondió la
señorita Marple-, es lo más necesario en una casa. Pero desde luego, no es nada
romántico. Ahora debo confesarles que yo también tengo mis sentimientos como
cualquiera, y en determinadas ocasiones me han herido profundamente con
comentarios hechos sin pensar. Sé que a los caballeros no les interesan las
cuestiones domésticas, pero debo mencionar a una doncella que tuve, Ethel, una
muchacha muy atractiva y cumplidora. Ahora bien, en cuanto la vi, me di cuenta
de que era como Annie Webb y la hija de la pobre señora Bruitt. Si se le
presentara ocasión, eso de lo mío y de lo tuyo no significaría nada para ella.
De modo que la despedí a final de mes, dándole una carta de recomendación en la
que decía que era honrada y sensata, pero por mi cuenta advertí a la señora
Edwards para que no la contratara, y mi sobrino Raymond se puso furioso y dijo
que nunca había visto una maldad semejante, sí, maldad. Pues bien, entró en
casa de la señora Ashton, a quien yo no tenía obligación de advertir, ¿y qué
ocurrió? Desaparecieron todos los encajes de su ropa interior y dos broches de
brillantes. La muchacha se marchó en medio de la noche y nadie ha vuelto tener
noticias de ella.
La señorita Marple
hizo una pausa para tomar aliento y luego continuó:
-Ustedes dirán que
esto no tiene nada que ver con lo que ocurrió en el balneario de Keston Spa,
pero lo tiene en cierto modo. Explica que yo no tuviera la menor duda, desde el
momento en que vi juntos a los Sanders, de que él pretendía deshacerse de ella.
-¿Eh? -exclamó don
Henry, inclinándose hacia delante.
La señorita Marple
volvió su apacible rostro hacia él.
-Como le decía, don
Henry, no me cupo la menor duda. El señor Sanders era un hombre corpulento,
bien parecido, de rostro coloradote, muy franco en su trato y popular entre
todos. Y nadie podía ser más amable con su esposa. ¡Pero yo sabía que trataba
de deshacerse de ella!
-Mi querida señorita
Marple...
-Sí, lo sé. Eso es lo
que diría mi sobrino, Raymond West, que no tenía la menor prueba, pero yo
recuerdo a Walter Hones. Una noche que volvía paseando con su esposa, ella se
cayó al río y él cobró el dinero del seguro. Y también recuerdo a un par de
personas que andan sueltas por ahí hasta la fecha. Por cierto que una de ellas
pertenece a nuestra misma esfera social. Se marchó a Suiza para hacer
excursiones durante el verano con su esposa. Yo le aconsejé que no fuera. La
pobre ni siquiera se enfadó conmigo, se limitó a reírse. Le parecía tan
gracioso que una viejecita como yo le dijera semejantes cosas de su Harry.
"Bien, bien,
sufrió un accidente y ahora Harry está casado con otra, pero, ¿qué podía hacer
yo? Lo sabía, pero no tenía la menor prueba."
-¡Oh, señorita
Marple! -exclamó la señora Bantry-. No querrá decir que...
-Querida, estas cosas
son muy corrientes, ya lo creo que lo son. Y los caballeros se sienten
especialmente tentados por ser mucho más fuertes. Es tan fácil que parezca un
accidente. Como les digo, en cuanto vi a los Sanders, lo supe. Fue en un
tranvía. Estaba lleno y tuve que subir al piso superior. Nos levantamos los
tres para apearnos y el señor Sanders perdió el equilibrio, se cayó hacia su
esposa y la hizo caer escaleras abajo. Por fortuna, el cobrador era un hombre
muy fuerte y logró sujetarla.
-Pero pudo tratarse
muy bien de un accidente.
-Desde luego que lo
fue, nada pudo ser más accidental. Pero el señor Sanders había pertenecido a la
marina mercante, según me dijo, y un hombre que es capaz de conservar el
equilibrio en uno de esos barcos que se inclinan tanto, no lo pierde en la
imperial de un tranvía, cuando no lo perdió una vieja como yo. ¡No me diga eso!
-Y fue entonces
cuando se convenció, ¿no es cierto, señorita Marple? -manifestó don Henry.
La anciana asintió.
-Estaba bastante
segura, pero otro incidente ocurrido al cruzar la calle no mucho después me
convenció todavía más. Ahora le pregunto a usted, don Henry, ¿qué podía hacer
yo? Allí estaba una mujercita casada y feliz que no tardaría en ser asesinada.
-Mi querida amiga, me
deja usted sin respiración.
-Eso le pasa porque,
como la mayoría de la gente de hoy en día, no se enfrenta usted a los hechos.
Prefiere pensar que ciertas cosas son imposibles. Pero son así y yo lo sabía.
¡Pero una se ve atada de pies y manos! Por ejemplo, no podía acudir a la policía;
advertir a la joven hubiera sido inútil. Estaba enamorada de aquel hombre. De
modo que me dispuse a averiguar todo lo que pudiera acerca de ellos. Hay un
sinfín de oportunidades mientras se hace labor alrededor del fuego. La señora
Sanders, Gladys era su nombre de pila, estaba deseosa de hablar. Al parecer no
llevaban mucho tiempo casados. Su esposo debía heredar algunas propiedades,
pero por el momento estaban bastante mal de dinero. En resumen, vivían de la
pequeña renta de ella. Ya había oído la misma historia otras veces. Se
lamentaba de no poder tocar el capital. ¡Al parecer, alguien había tenido un
poco de sentido común! Pero el dinero era suyo y podía dejárselo a quien
quisiera, según averigüé. Ella y su esposo habían hecho testamento, poco después
de su matrimonio, uno a favor del otro. Muy conmovedor. Claro que cuando a Jack
le fueran bien las cosas... Esa era la carga que debían soportar y entretanto
andaban bastante apurados. Por aquel entonces tenían una habitación en el piso
más alto, entre las del servicio, y muy peligrosa en caso de incendio, aunque
tenían una escalera de incendios precisamente delante de la ventana. Me informé
prudentemente de si tenían balcón. Son tan peligrosos los balcones... un
empujoncito y...
"Le hice
prometer a ella que no se asomaría al balcón, que había tenido un sueño. Esto
la impresionó. A veces se puede hacer algún favor aprovechándose de la
superstición. Era una joven rubia, de facciones un tanto desdibujadas, que
llevaba los cabellos recogidos en un moño sobre la nuca. Y muy crédula. Le
contó a su marido lo que yo le había dicho y observé que él me miraba con
curiosidad un par de veces. Él no era crédulo y sabía que yo iba en aquel
tranvía.
"Pero yo estaba
preocupada, muy preocupada, porque no veía cómo podría engañarle. Podía impedir
que ocurriese algo en el balneario con sólo decir unas palabras que le
demostraran mis sospechas, pero eso únicamente significaría aplazar su plan
hasta más tarde. No, empecé a creer que la única política aconsejable era una
más osada y, de un modo u otro, tenderle una trampa. Si consiguiera inducirle a
atentar contra la vida de su esposa por algún medio escogido por mí, entonces
quedaría desenmascarado y ella se vería obligada a enfrentarse con la verdad
por mucho que le sorprendiera."
-Me deja usted sin
habla -dijo el doctor Lloyd-. ¿Qué plan podía usted seguir?
-Hubiera encontrado
alguno, no tema -replicó la señorita Marple-. Pero aquel hombre era demasiado
listo para mí y no esperó. Pensó que yo podía sospechar y, por ello, actuó
antes de que pudiera asegurarme. Sabía que yo recelaría de un accidente, así
que cometió el crimen.
Un murmullo recorrió
la habitación, y la señorita Marple asintió con los labios apretados.
-Temo haberlo
expuesto con bastante brusquedad. Debo tratar de explicarles exactamente lo
ocurrido. Siempre he experimentado un sentimiento de amargura al recordarlo.
Siempre me he sentido como si hubiera debido evitarlo a toda costa, pero quién
conoce los designios del señor. De todas formas hice lo que pude.
"Se respiraba
una atmósfera extraña, como si flotara una amenaza en el aire oprimiéndonos a
todos: el presentimiento de una desgracia. Para empezar, primero murió George,
el jefe de porteros, que llevaba años en el balneario y conocía a todo el mundo.
Cogió una neumonía complicada con bronquitis y falleció en cuatro días. Fue muy
triste para todos. Y, además, cuatro días antes de Navidad. Y luego una de las
doncellas, una chica muy simpática; se le infectó un dedo y murió a las
veinticuatro horas.
"Yo me
encontraba en el salón con la señorita Trollope y la anciana señora Carpenter,
y ésta se mostraba terriblemente pesimista.
"-Fíjense bien
en lo que les digo -anunció-. Seguro que la cosa no acaba aquí. ¿Conocen el
refrán? No hay dos sin tres. Siempre resulta cierto. Tendremos otra muerte, no
me cabe la menor duda. Y no habrá que esperar mucho. No hay dos sin tres.
"Cuando dijo
estas últimas palabras, moviendo afirmativamente la cabeza y haciendo tintinear
sus agujas de punto, yo alcé la vista un momento y mis ojos se encontraron con
el señor Sanders, que permanecía de pie junto a la puerta. Por un momento le pillé
desprevenido y pude leer en su rostro con la misma facilidad que en un libro
abierto. Creeré hasta el fin de mis días que las palabras de la señora
Carpenter le dieron la idea. Vi que trabajaba su cerebro. Y penetró en la
estancia con su habitual sonrisa.
"-¿Puedo hacer
alguna compra de Navidad por ustedes, señoras? -preguntó-. Voy a ir ahora a
Keston.
"Permaneció en
nuestra compañía durante un par de minutos, riéndose y charlando, y luego se
marchó. Como les digo, yo estaba preocupada y dije inmediatamente:
"-¿Dónde está la
señora Sanders? ¿Alguien lo sabe?
"La señorita
Trollope dijo que había ido a jugar al bridge con unos amigos suyos, los
Mortimer, y me tranquilicé momentáneamente, pero seguía preocupada, pues no
sabía qué hacer. Media hora más tarde, subí a mi habitación y por el camino me
encontré al doctor Coler, mi médico, y como quería consultarle acerca de mi
reuma, lo llevé a mi habitación. Fue entonces cuando me habló
(confidencialmente, según dijo) de la muerte de la pobre Mary, la doncella. El
gerente no quería que se supiera y por ello me aconsejó que no se lo dijera a
nadie. Desde luego yo no le dije que no hablábamos de otra cosa desde hacía una
hora, cuando la pobre joven exhaló su último suspiro. Esas noticias corren en
seguida y un hombre de su experiencia debía saberlo bastante bien. Pero el
doctor Coler fue siempre un individuo confiado que creía lo que quería creer, y
eso fue lo que me alarmó un minuto más tarde, al decirme que Sanders le había
pedido que echara un vistazo a su esposa, pues últimamente no hacía bien las
digestiones, etc.
"Y aquel mismo
día Gladys Sanders me había dicho que había hecho maravillosamente la digestión
y que estaba muy contenta.
"¿Comprenden?
Todas mis sospechas volvieron a mí centuplicadas. Estaba preparando el
camino... ¿para qué? El doctor Coler se marchó antes de que yo me hubiera
decidido a hablarle, aunque, de haberlo hecho, no hubiera sabido qué decir.
Cuando salí de la habitación, Sanders en persona bajaba del piso de arriba. Iba
vestido para salir y me preguntó si quería algo de la ciudad. ¡Hice un esfuerzo
terrible para contestarle amablemente! Y luego fui al vestíbulo para pedir un
té. Recuerdo que eran más de las cinco y media.
"Ahora quisiera
explicarles claramente lo que ocurrió a continuación. A las siete menos cuarto
seguía aún en el vestíbulo cuando vi entrar a el señor Sanders acompañado de
dos caballeros. Los tres venían muy 'alegres'. El señor Sanders, dejando a sus
amigos, vino hacia donde yo me encontraba sentada con la señorita Trollope para
pedirnos consejo acerca del regalo de Navidad que pensaba hacerle a su esposa.
Se trataba de un bolso de noche muy elegante.
"-Comprenderán,
señoras -nos dijo-, que yo soy simplemente un rudo lobo de mar. ¿Qué entiendo
yo de estas cosas? Me han dejado tres para que escoja y deseo contar con una
opinión experta.
"Por supuesto,
nosotras le dijimos que le ayudaríamos encantadas, y nos pidió que le
acompañáramos a su habitación, ya que si los bajaba temía que su esposa pudiera
llegar en cualquier momento. De modo que subimos con él. Nunca olvidaré lo que
ocurrió luego, aún tiemblo al pensarlo.
"El señor
Sanders abrió la puerta de su dormitorio y encendió la luz. No sé cuál de
nosotras la vio primero.
"La señora
Sanders estaba tendida en el suelo, boca abajo, muerta.
"Yo fui la
primera en llegar junto a ella. Me arrodillé y le cogí la mano para tomarle el
pulso, pero era inútil, su brazo estaba frío y rígido. Junto a su cabeza había
un calcetín lleno de arena, el arma con la que la habían golpeado. La señorita
Trollope, una criatura estúpida, gemía en la puerta con las manos en la cabeza.
Sanders gritó: “Mi esposa, mi esposa”, y corrió hacia ella. Yo le impedí
tocarla. Comprendan, en aquel momento estaba segura de que había sido él, y tal
vez quisiera quitar u ocultar alguna cosa.
"-No hay que
tocar nada -le dije-. Domínese, señor Sanders. Señorita Trollope, haga el favor
de ir a buscar al gerente.
"Yo permanecí
arrodillada junto al cadáver. No quería que Sanders se quedara a solas con él.
Y no obstante tuve que admitir que, si el hombre estaba fingiendo, lo hacía
maravillosamente. Daba la impresión de estar completamente fuera de sí.
"El gerente no
tardó en reunirse con nosotros y, tras inspeccionar rápidamente la habitación,
nos hizo salir a todos y cerró la puerta con una llave que se guardó. Luego fue
a telefonear a la policía. Tardaron un siglo en aparecer. Luego supimos que la
línea estaba estropeada y que había tenido que enviar a un mozo al puesto de
policía, y el balneario está fuera de la ciudad, junto a los páramos. La señora
Carpenter estaba muy satisfecha de que su profecía “No hay dos sin tres” se
hubiera cumplido tan rápidamente. Oí decir que Sanders paseaba por los
alrededores con las manos en la cabeza, gimiendo y demostrando un gran pesar.
"Finalmente
llegó la policía y subieron a la habitación con el gerente y el señor Sanders.
Más tarde enviaron a buscarme. El inspector escribía sentado ante una mesa. Era
un hombre inteligente y me gustó.
"-¿Señorita
Marple? -preguntó.
"-Sí.
"-Tengo
entendido que estaba usted presente cuando fue encontrado el cadáver de la
difunta.
"Respondí que sí
y pasé a contarle lo ocurrido. Creo que para el buen hombre fue un alivio
encontrar a alguien que respondiera a sus preguntas con coherencia, después de
haber tenido que tratar con Sanders y Emily Trollope, que estaba completamente desmoronada,
es natural, la pobrecilla. Recuerdo que mi querida madre me enseñó que una
señora ha de saberse dominar siempre en público, por mucho que se descomponga
en privado.
"-Un principio
admirable -dijo don Henry con admiración.
"-Cuando hube
terminado, el inspector me dijo:
"-Gracias,
señora. Ahora lamento tener que pedirle que vuelva a mirar el cadáver. ¿Era ésa
exactamente su posición cuando usted entró en la habitación? ¿No ha sido
movido?
"Le expliqué que
había impedido que lo hiciera el señor Sanders y el inspector asintió con aire
de aprobación.
"-El caballero
parece muy afectado -observó.
"-Sí, lo parece
-repliqué.
"No pensaba
haber puesto ningún énfasis especial en el “lo parece”, pero el inspector me
miró con interés.
"-¿De modo que
el cadáver se encuentra exactamente igual a como estaba cuando lo encontraron?
-me dijo.
"-Sí, con la
excepción del sombrero -repliqué.
"El inspector me
miró sorprendido.
"-¿Qué quiere
usted decir? ¿El sombrero?
"Le expliqué que
la pobre Gladys lo llevaba puesto, mientras que ahora estaba junto a ella. Yo
supuse que había sido cosa de la policía, pero, sin embargo, el inspector lo
negó rotundamente. Hasta el momento nada había sido movido o tocado, y permaneció
unos instantes contemplando la figura de la difunta con expresión preocupada.
Gladys iba vestida como si se dispusiera a salir: llevaba un abrigo de lana
rojo oscuro con cuello de piel, y el sombrero, un modelo barato de fieltro
rojo, estaba caído junto a su cabeza.
"El inspector se
quedó nuevamente en silencio con el entrecejo fruncido. Luego se le ocurrió una
idea.
"-¿Recuerda
usted por casualidad si la difunta llevaba pendientes o si solía llevarlos?
"Por suerte
tengo la costumbre de ser muy observadora. Recordaba haber visto brillar una
perla bajo el ala del sombrero, aunque entonces no le presté atención especial,
pero pude contestar afirmativamente a la primera pregunta.
"-Entonces
concuerda. El contenido del joyero de esta señora ha sido robado, aunque no
había en él gran cosa de valor según tengo entendido, y le quitaron los anillos
de los dedos. El asesino debió olvidar los pendientes y regresó por ellos
después de descubierto el crimen. ¡Qué sangre fría! O tal vez... -miró a su
alrededor y continuó despacio-... es posible que haya estado escondido en esta
habitación todo el tiempo.
"Pero yo me
negué a aceptar la idea. Le expliqué que yo misma había mirado debajo de la
cama y que el gerente abrió las puertas del armario, y no existía ningún otro
lugar donde pudiera esconderse un hombre. Es cierto que la parte central del
armario estaba cerrada con llave, pero era sólo un espacio lleno de estantes y
nadie pudo haberse escondido allí.
"El inspector
asintió mientras yo le iba explicando todo aquello.
"-Tiene usted
razón, señora -me dijo-. En ese caso, como ya le he dicho antes, debió
regresar. ¡Un asesino de tremenda sangre fría!
"-¡Pero el
gerente cerró la puerta y se guardó la llave!
"-Eso no
significa nada. Queda el balcón y la escalera de incendios, por ahí entró el
asesino. Es bastante probable que ustedes lo sorprendieran, se deslizara por la
ventana y luego, al marcharse ustedes, regresara para continuar su trabajo.
"-¿Está usted
seguro -le pregunté- de que era un ladrón?
"Me contestó
secamente:
"-Bueno, eso
parece, ¿no?
"Pero algo en su
tono me tranquilizó. Comprendí que no le convencía el papel de viudo
inconsolable que intentaba representar el señor Sanders.
"Admito con toda
franqueza que me encontraba bajo lo que nuestros vecinos los franceses llaman
ideé fixe. Sabía que aquel hombre, Sanders, intentaba matar a su esposa. Y no
cabía desde mi punto de vista la extraña y fantástica posibilidad de una coincidencia.
Estaba segura de que mi presentimiento acerca del señor Sanders era
absolutamente justificado. Aquel hombre era un malvado. Y a pesar de que todos
sus fingimientos hipócritas no habían conseguido engañarme, recuerdo haber
pensado que fingía su sorpresa y aflicción maravillosamente bien. Parecían tan
espontáneas, ya saben lo que quiero decir. Debo admitir que, después de mi
conversación con el inspector, empecé a sentirme invadida por la duda. Porque
si Sanders había sido el autor de aquel horrible crimen, yo no podía imaginar
razón alguna por la que debiera haber vuelto por la escalera de incendios a
llevarse los pendientes de su esposa. No hubiera sido lógico, y Sanders era un
hombre muy sensato, por eso lo consideré siempre tan peligroso."
La señorita Marple
contempló unos instantes a su audiencia.
-¿Ven tal vez adonde
quiero ir a parar? En este caso creo que estaba tan segura que eso me cegó y el
resultado me causó profunda sorpresa ya que se probó, sin la menor duda
posible, que el señor Sanders no pudo cometer el crimen.
La señora Bantry
exclamó un “oh” de sorpresa y la señorita Marple se volvió hacia ella.
-Ya sé, querida, que
no era eso lo que usted esperaba cuando empecé mi historia. Yo tampoco lo
esperaba. Pero los hechos son los hechos y, si se demuestra que uno se ha
equivocado, hay que ser humilde y volver a empezar de nuevo. Yo sabía que el
señor Sanders era un asesino en potencia y nunca ocurrió nada que destruyera
esta opinión.
"Y ahora supongo
que le gustará saber lo que ocurrió en realidad. La señora Sanders, como ya
saben, pasó la tarde jugando al bridge con unos amigos, los Mortimer, a los que
dejó a eso de las seis y cuarto. De la casa de sus amigos al balneario había un
cuarto de hora paseando y algo menos a buen paso. Debió regresar a las seis y
media. Nadie la vio entrar, de modo que debió hacerlo por la puerta lateral y
subir directamente a su habitación. Allí se cambió (el traje chaqueta que
llevaba para jugar al bridge estaba colgado en el armario) y se disponía a
salir otra vez cuando la golpearon. Es muy posible que no llegara a enterarse
de quién la golpeó. Tengo entendido que un calcetín relleno de arena es un arma
eficiente. Eso hace pensar que su agresor debía estar escondido en la
habitación, posiblemente en uno de los armarios, el que no abrió.
"Ahora pasemos a
relatar los movimientos del señor Sanders. Salió, como ya he dicho, a eso de
las cinco y media o un poco después. Realizó algunas compras en un par de
tiendas y, cerca de las seis, entró en el Gran Hotel Spa, donde se reunió con
dos amigos, los mismos que más tarde lo acompañaron al balneario. Estuvieron
jugando al billar y deduzco que también bebieron bastante whisky. Esos dos
hombres (se llamaban Hitchcock y Spender) estuvieron con él desde las seis en
adelante. Vinieron caminando con él hasta el balneario y sólo se separó de
ellos para venir a hablar conmigo y la señorita Trollope, y eso, como les dije,
fue cerca de las siete menos cuarto, hora en que su esposa ya debía de estar
muerta.
"Debo decirles
que yo misma hablé con esos dos amigos y no me gustaron. No eran ni simpáticos
ni caballeros, pero tuve la certeza de que decían absolutamente la verdad al
declarar que Sanders había pasado todo el tiempo en su compañía.
"Luego se
averiguó otra cosa. Al parecer, durante la partida de bridge, llamaron por
teléfono a la señora Sanders. Un tal señor Littleworth deseaba hablar con ella.
Pareció excitada y satisfecha por algo. Casualmente, cometió un par de errores
importantes y se marchó antes de lo que esperaban.
"Le preguntaron
al señor Sanders si sabía si aquel señor Littleworth era una de las amistades
de su esposa, mas declaró que nunca había oído aquel nombre. Y a mí me pareció,
por la actitud de su esposa, que ella tampoco debía saber gran cosa de aquel
Littleworth. Sin embargo, volvió del teléfono sonriente y ruborizada, lo cual
hace suponer que quienquiera que fuese no dio su verdadero nombre, y eso en sí
parece sospechoso, ¿no creen?
"De todas
formas, el problema quedaba planteado así: O bien era cierta la historia del
ladrón, cosa improbable, o bien la teoría de que la señora Sanders se estaba
preparando para ir a reunirse con alguien. ¿Ese alguien entró en su habitación
por la escalera de incendios? ¿Hubo una pelea? ¿O la atacó a traición?"
La señorita Marple se
detuvo.
-¿Y bien? -preguntó
don Henry-. ¿Cuál es la solución?
-Me estaba
preguntando si la habría adivinado alguno de ustedes.
-Nunca he sido buena
adivina -contestó la señora Bantry-. Me parece una lástima que Sanders tuviera
una coartada tan maravillosa. Pero si a usted le satisfizo, tenía que ser
cierta.
Jane Helier hizo una
pregunta moviendo su hermosa cabecita.
-¿Por qué estaba
cerrada una puerta del armario?
-Qué inteligente es
usted, querida -dijo la señorita Marple con el rostro resplandeciente-. Eso es
lo que yo me pregunté, aunque la explicación era bien sencilla. En su interior
había un par de zapatillas bordadas y unos pañuelos de bolsillo que la pobrecilla
bordaba para su esposo como regalo de Navidad. Por eso estaba cerrado y la
llave fue encontrada en su bolso.
-¡Oh! -dijo Jane
Helier-. Entonces, al fin y al cabo, no tiene interés.
-¡Oh, claro que sí!
-replicó la señorita Marple-. Es precisamente la única cosa interesante, lo que
hizo fracasar los planes del asesino.
Todos miraron a la
anciana.
-Yo no lo comprendí
hasta al cabo de dos días -dijo la señorita Marple-. Le estuve dando vueltas y
más vueltas, y de pronto lo vi todo claro. Fui a ver al inspector para pedirle
que probara una cosa y lo hizo. Le pedí que le pusiera el sombrero a la pobre
difunta, y no pudo, por supuesto. No le cabía. ¿Comprenden?, no era suyo.
La señora Bantry se
sobresaltó.
-Pero, ¿no lo tenía
puesto al principio?
-En su cabeza no.
La señorita Marple se
detuvo un momento para dejar que sus palabras hicieran efecto, y luego
continuó:
-Dimos por hecho que
aquel cadáver era el de la pobre Gladys, pero no le miramos la cara. Recuerden
que estaba boca abajo y el sombrero le tapaba completamente la cabeza.
-Pero, ¿fue
asesinada?
-Sí, más tarde. En el
momento en que nosotros avisábamos a la policía, Gladys Sanders estaba viva.
-¿Quiere decir que
otra persona fingió ser la muerta? Pero sin duda cuando usted la tocó...
-Era un cadáver lo
que yo toqué, desde luego -replicó la señorita Marple en tono grave.
-Pero válgame el
cielo -dijo el coronel Bantry-, no es posible deshacerse de un cadáver con
tanta facilidad. ¿Qué hicieron después con el primero?
-Lo devolvió -dijo la
señorita Marple-. Fue una idea malvada, pero muy inteligente, y se la dieron
las palabras que nos oyó decir en el salón. ¿Por qué no utilizar el cadáver de
la pobre Mary, la doncella? Recuerden que la habitación de los Sanders estaba
entre las de los criados. Y la de Mary estaba dos puertas más allá, y los de la
funeraria no irían a recoger el cadáver hasta después de que anocheciera. Él
contaba con ello. Se llevó el cadáver por el balcón (a las cinco era ya de
noche) y lo vistió con un traje de su esposa y su abrigo encarnado. ¡Y entonces
encontró cerrada con llave la puerta del armario donde su esposa guardaba los
sombreros! Sólo podía hacer una cosa: coger uno de los sombreros de la
doncella. Nadie habría de notarlo. Dejó el calcetín relleno de arena junto a
ella y fue en busca de sus amigos para establecer su coartada.
"Telefoneó a su
esposa dando el nombre de el señor Littleworth. Ignoro lo que le diría, ella
era tan crédula, pero consiguió que abandonara su partida de bridge y regresara
antes para encontrarse con él a las siete, junto a la escalera de incendios del
balneario. Probablemente diciéndole que le reservaba una sorpresa.
"Regresó al
balneario con sus amigos y se las arregló de modo que la señorita Trollope y yo
descubriéramos el crimen con él. Incluso hizo ademán de querer dar la vuelta al
cadáver ¡y yo lo detuve! Luego se avisó a la policía y él salió a lamentarse
por los alrededores.
"Nadie le pidió
que presentara una coartada después del crimen. Se reúne con su esposa, la hace
subir por la escalera de incendios y entrar en su dormitorio. Tal vez le ha
contado ya alguna historia para explicar la presencia del cadáver. Ella se inclina
junto a él y Sanders la golpea con el calcetín relleno de arena. ¡Oh, Dios mío!
¡Todavía me estremezco! Y la chaqueta la cuelga en el armario y la viste con
las ropas del otro cadáver.
"Pero el
sombrero no le entra. La cabeza de Mary es pequeña y, en cambio, Gladys
Sanders, como ya he dicho, llevaba un gran moño en la nuca. Por ello se ve
obligado a dejarlo junto a ella con la esperanza de que nadie lo note. Luego
vuelve a llevar el cuerpo de la pobre Mary a su habitación, donde la coloca de
nuevo decorosamente."
-Parece increíble
-dijo el doctor Lloyd-. Los riesgos que llegó a correr. La policía podía haber
llegado demasiado pronto.
-Recuerde que la
línea telefónica estaba averiada -replicó la señorita Marple-. Eso fue parte de
su obra. No podía arriesgarse a que la policía se presentara demasiado pronto
y, cuando llegaron, estuvieron un buen rato en el despacho del gerente antes de
subir al dormitorio. Ésa era la parte más peligrosa de su plan: que alguien
notara la diferencia entre un cuerpo que llevaba dos horas muerto y otro que
sólo llevaba media hora. Pero confiaba en que las personas que habían
descubierto el crimen no fueran expertas en la materia.
El doctor Lloyd
asintió.
-Se supuso que el
crimen había sido cometido a las siete menos cuarto poco más o menos. Y en
realidad lo fue a las siete o pocos minutos después. Cuando el forense examinó
el cadáver, debían ser cuanto menos las siete y media, y no podía precisarlo.
-Yo era la única que
podía haberse dado cuenta -dijo la señorita Marple-. Cogí la mano de la
muchacha y estaba fría como el hielo. ¡Poco después el inspector dijo que el
crimen debía haberse cometido poco antes de nuestra llegada y yo no me di
cuenta!
-Creo que se dio
usted cuenta de muchas cosas, señorita Marple -replicó don Henry-. Ese caso
ocurrió antes de que yo ocupara mi cargo. Ni siquiera recuerdo haberlo oído.
¿Qué ocurrió?
-Sanders fue ahorcado
-explicó la señorita Marple-. Nunca me arrepentiré de haber ayudado a hacer
justicia. No tengo esos escrúpulos humanitarios que rechazan la pena capital.
Su rostro se
dulcificó.
-Pero me he
reprochado a menudo amargamente no haber sabido salvar la vida de aquella pobre
joven. ¿Pero quién hubiera escuchado a una pobre vieja? Vaya, vaya, ¿quién
sabe? Tal vez fuera mejor para ella morir cuando era feliz que vivir luego
desgraciada y desilusionada en un mundo que de pronto le hubiera parecido
horrible. Ella amaba a aquel canalla y confiaba en él. Nunca llegó a
descubrirlo.
-Bueno, entonces
-dijo Jane Helier- todo terminó bien. Muy bien, quiero decir... -Se detuvo.
La señorita Marple
miró a la hermosa y célebre Jane Helier y dijo asintiendo hacia ella
amablemente:
-Comprendo, querida,
comprendo.
FIN
-Y ésta -dijo Juana
Helier completando la presentación- es la señorita Marple.
Como era actriz, supo
darle entonación a la frase, una mezcla de respeto y triunfo.
Resultaba extraño que
el objeto tan orgullosamente proclamado fuese una solterona de aspecto amable y
remilgado. En los ojos de los dos jóvenes que acababan de trabar conocimiento
con ella gracias a Juana, se leía incredulidad y una ligera decepción. Era una
pareja muy atractiva; ella, Charmian Straud, esbelta y morena... él era Eduardo
Rossiter, un gigante rubio y afable.
Charmian dijo, algo
cortada:
-¡Oh!, estamos
encantados de conocerla.
Mas sus ojos no
corroboraban tales palabras y los dirigió interrogadores a Juana Helier.
-Querida -dijo ésta,
respondiendo a la mirada-, es maravillosa. Déjenselo todo a ella. Te dije que
la traería aquí y eso he hecho -se dirigió a la señorita Marple-. Usted lo
arreglará. Le será fácil.
La señorita Marple
volvió sus ojos de un color azul porcelana hacia el señor Rossiter.
-¿No quiere decirme
de qué se trata? -le dijo.
-Juana es amiga
nuestra -intervino Charmian, impaciente-. Eduardo y yo estamos en un apuro. Y
Juana nos dijo que si veníamos a su fiesta nos presentaría a alguien que era...
que haría... que podría...
Eduardo acudió en su
ayuda.
-Juana nos dijo que
era usted la última palabra en sabuesos, señorita Marple.
Los ojos de la
solterona parpadearon de placer, mas protestó con modestia:
-¡Oh, no, no! Nada de
eso. Lo que pasa es que viviendo en un pueblecito como vivo yo, una aprende a
conocer a sus semejantes. ¡Pero la verdad es que ha despertado usted mi
curiosidad! Cuénteme su problema.
-Me temo que sea algo
vulgar... Se trata de un tesoro enterrado -explicó Eduardo Rossiter.
-¿De veras? ¡Pues me
parece muy interesante!
-¿Sí? ¡Como la Isla
del Tesoro! Nuestro problema carece de detalles románticos. No hay un mapa
señalado con una calavera y dos tibias cruzadas, ni indicaciones como por
ejemplo..., «cuatro pasos a la izquierda; dirección noroeste». Es terriblemente
prosaico... Ni tan solo sabemos dónde hemos de escarbar.
-¿Lo ha intentado ya?
-Yo diría que hemos
removido dos acres cuadrados. Todo el terreno lo hemos convertido casi en un
huerto, y sólo nos falta decidir si sembramos coles o papas.
-¿Podemos contárselo
todo? -dijo Charmian con cierta brusquedad.
-Pues claro, querida.
-Entonces busquemos
un sitio tranquilo. Vamos, Eduardo.
Y abrió la marcha en
dirección a una salita del segundo piso, luego de abandonar aquella estancia
tan concurrida y llena de humo.
Cuando estuvieron
sentados, Charmian comenzó su relato.
-¡Bueno, ahí va! La
historia comienza con tío Mathew, nuestro tío... o mejor dicho, tío abuelo de
los dos. Era muy viejo. Eduardo y yo éramos sus únicos parientes. Nos quería y
siempre dijo que a su muerte repartiría su dinero entre nosotros. Bien, murió
(el mes de marzo pasado) y dejó dispuesto que todo debía repartirse entre
Eduardo y yo. Tal vez por lo que he dicho le parezca a usted algo dura... no
quiero decir que hizo bien en morirse... los dos lo queríamos..., pero llevaba
mucho tiempo enfermo. El caso es que ese «todo» que nos había dejado resultó
ser prácticamente nada. Y eso, con franqueza, fue un golpe para los dos, ¿no es
cierto, Eduardo?
El bueno de Eduardo
asintió:
-Habíamos contado con
ello -explicó-. Quiero decir que cuando uno sabe que va a heredar un buen
puñado de dinero..., bueno, no se preocupa demasiado en ganarlo. Yo estoy en el
ejército... y no cuento con nada más, aparte de mi paga... y Charmian no tiene
un peso. Trabaja como directora de escena de un teatro... cosa muy
interesante... pero que no da dinero. Teníamos el propósito de casarnos, pero
no nos preocupaba la parte monetaria, porque ambos sabíamos que llegaría un día
en que heredaríamos.
-¡Y ahora resulta que
no heredamos nada! -exclamó Charmian-. Lo que es más, Ansteys... que es la casa
solariega, y que tanto queremos Eduardo y yo, tendrá que venderse. ¡Y no
podemos soportarlo! Pero si no encontramos el dinero de tío Mathew, tendremos que
venderla.
-Charmian, tú sabes
que todavía no hemos llegado al punto vital -dijo el joven.
-Bien, habla tú
entonces.
Eduardo se volvió
hacia la señorita Marple.
-Verá usted -dijo-. A
medida que tío Mathew iba envejeciendo, se volvía cada vez más suspicaz, y no
confiaba en nadie.
-Muy inteligente por
su parte -replicó la señorita Marple-. La corrupción de la naturaleza humana es
inconcebible.
-Bueno, tal vez tenga
usted razón. De todas formas, tío Mathew lo pensó así. Tenía un amigo que
perdió todo su dinero en un Banco, y otro que se arruinó por confiar en su
abogado, y él mismo perdió algo en una compañía fraudulenta. De este modo se
fue convenciendo de que lo único seguro era convertir el dinero en barras de
oro y plata y enterrarlo en algún lugar adecuado.
-¡Ah! -dijo la
señorita Marple-. Empiezo a comprender algo.
-Sí. Sus amigos
discutían con él, haciéndole ver que de este modo no obtendría interés alguno
de aquel capital, pero él sostenía que eso no le importaba. «El dinero -decía-
hay que guardarlo en una caja debajo de la cama o enterrarlo en el jardín». Y
cuando murió era muy rico. Por eso suponemos que debió enterrar su fortuna.
Descubrimos que había vendido valores y sacado grandes sumas de dinero de vez
en cuando, sin que nadie sepa lo que hizo con ellas. Pero parece probable que
fiel a sus principios comprara oro para enterrarlo y quedar tranquilo -explicó
Charmian.
-¿No dijo nada antes
de morir? ¿No dejó ningún papel? ¿O una carta?
-Esto es lo más
enloquecedor de todo. No lo hizo. Había estado inconsciente durante varios
días, pero recobró el conocimiento antes de morir. Nos miró a los dos, se
rió... con una risita débil y burlona, y dijo: «Estarán muy bien, pareja de
tortolitos.» Y señalándose un ojo... el derecho... nos lo guiñó. Y entonces
murió...
-Se señaló un ojo
-repitió la señorita Marple, pensativa.
-¿Saca alguna
consecuencia de esto? -le preguntó Eduardo con ansiedad-. A mí me hace pensar
en el cuento de Arsenio Lupin. Algo escondido en un ojo de cristal. Pero
nuestro tío Mathew no tenía ningún ojo de cristal.
-No -dijo la señorita
Marple meneando la cabeza-. No se me ocurre nada, de momento.
-¡Juana nos dijo que
usted nos diría en seguida dónde teníamos que buscar! -se lamentó Charmian,
contrariada.
-No soy precisamente
una adivina -la señorita Marple sonreía-. No conocí a su tío, ni sé la clase de
hombre que era, ni he visto la casa que les legó ni sus alrededores.
-¿Y si visitase
aquello, lo sabría? -preguntó Charmian.
-Bueno, la verdad es
que entonces resultaría bastante sencillo -replicó la señorita Marple.
-¡Sencillo! -repitió
Charmian-. ¡Venga usted a Ansteys y vea si descubre algo!
Tal vez no esperaba
que la señorita Marple tomara en serio sus palabras, pero la solterona repuso
con presteza:
-Bien, querida, es
usted muy amable. Siempre he deseado tener ocasión de buscar un tesoro
enterrado. ¡Y, además, en beneficio de una pareja de enamorados! -concluyó con
una sonrisa resplandeciente.
-¡Ya ha visto usted!
-exclamó Charmian con gesto dramático.
Acababan de realizar
el recorrido completo de Ansteys. Estuvieron en la huerta, convertida en un
campo atrincherado. En los bosquecillos, donde se había cavado al pie de cada
árbol importante, y contemplaron tristemente lo que antes fuera una cuidada pradera
de césped. Subieron al ático, contemplando los viejos baúles y cofres con su
contenido esparcido por el suelo. Bajaron al sótano, donde cada baldosa había
sido levantada. Midieron y golpearon las paredes y la señorita Marple
inspeccionó todos los muebles que tenían o pudieran tener algún cajón secreto.
Sobre una mesa había
un montón de papeles... todos los que había dejado el fallecido Mathew Straud.
No se destruyó ninguno y Charmian y Eduardo repasaban una y otra vez las
facturas, invitaciones y correspondencia comercial, con la esperanza de
descubrir alguna pista.
-Cree usted que nos
hemos olvidado de mirar en algún sitio? -le preguntó Charmian a la señorita
Marple.
-Me parece que ya lo
han mirado todo, querida -dijo la solterona moviendo la cabeza-. Tal vez si me
permiten decirlo, han mirado demasiado. Siempre he pensado que hay que tener un
plan. Es como mi amiga la señorita Eldritch, que tenía una doncella estupenda
que enceraba el linóleo a las mil maravillas, pero era tan concienzuda que
incluso enceró el suelo del cuarto de baño, y cuando la señora Eldritch salía
de la ducha, la alfombrita se escurrió bajo sus pies, y tuvo tan mala caída que
se rompió una pierna. Fue muy desagradable, pues naturalmente la puerta del
cuarto de baño estaba cerrada y el jardinero tuvo que coger una escalera y
entrar por la ventana... con gran disgusto de la señora Eldritch, que era una
mujer muy pudorosa.
Eduardo se removió,
inquieto.
-Por favor, perdóneme
-apresuró a decir la señorita Marple-. Siempre tengo tendencia a salirme por la
tangente. Pero es que una cosa me recuerda otra, y algunas veces me resulta
provechoso. Lo que quise decir es que tal vez si intentáramos aguzar nuestro
ingenio y pensar en un lugar apropiado...
-Piénselo usted,
señorita Marple -dijo Eduardo, contrariado-. Charmian y yo tenemos el cerebro
en blanco.
-Vamos, vamos.
Claro... es una dura prueba para ustedes. Si no les importa voy a repasar bien
estos papales. Es decir, si no hay nada personal... no me gustaría que pensaran
ustedes que me meto en lo que no me importa.
-Oh, puede hacerlo.
Pero me temo que no va a encontrar nada.
Se sentó a la mesa y
metódicamente fue mirando el fajo de documentos... y clasificándolos en varios
montoncitos. Cuando hubo concluido se quedó mirando al vacío durante varios
minutos.
Eduardo le preguntó,
no sin cierta malicia:
-¿Y bien, señorita
Marple?
Miss Marple se rehizo
con un ligero sobresalto.
-Le ruego me perdone.
Estos documentos me han servido de gran ayuda.
-¿Ha descubierto algo
importante?
-¡Oh!, no, nada de
eso. Pero creo que ya sé qué clase de hombre era su tío Mathew... bastante
parecido a mi tío Enrique, que era muy aficionado a las bromas. Un solterón sin
duda... me pregunto por qué... ¿tal vez a causa de un desengaño prematuro?
Metódico hasta cierto punto, pero poco amigo de sentirse atado..., como casi
todos los solterones.
A espaldas de la
señorita Marple, Charmian hizo un gesto a Eduardo que significaba: «Está loca
del todo.»
Miss Marple seguía
hablando de su difunto tío Enrique.
-Era muy aficionado a
las charadas -explicaba-. Para algunas personas las charadas resultan muy
difíciles y les molestan. Un mero juego de palabras puede irritarles. También
era un hombre receloso. Siempre pensaba que los criados le robaban. Y algunas
veces era verdad, aunque no siempre. Se convirtió en su obsesión. Hacia el fin
de su vida pensó que envenenaban su comida, y se negó a comer otra cosa que
huevos pasados por agua. Decía que nadie podía alterar el contenido de un
huevo. Pobre tío Enrique, ¡era tan alegre en otros tiempos! Le gustaba mucho
tomar café después de cenar. Solía decir: «Este café es muy negro», y con ello
quería significar que deseaba otra taza.
Eduardo pensó que si
oía algo más sobre el tío Enrique se volvería loco.
-Le gustaban mucho
las personas jóvenes -proseguía la señorita Marple-, pero se sentía inclinado a
atormentarlos un poco... no sé si me entenderán... Solía poner bolsas de
caramelos donde los niños no pudieran alcanzarlas.
Dejando los cumplidos
a un lado, Charmian exclamó:
-¡Me parece horrible!
-¡Oh, no, querida!,
sólo era un viejo solterón, y no estaba acostumbrado a los pequeños. Y la
verdad es que no era nada tonto. Acostumbraba a guardar mucho dinero en la
casa, y tenía un escondite seguro. Armaba mucho alboroto por ello... diciendo
lo bien escondido que estaba. Y por hablar demasiado, una noche entraron los
ladrones y abrieron un boquete en el escondrijo.
-Le estuvo muy bien
empleado -exclamó Eduardo.
-Pero no encontraron
nada -replicó la señorita Marple-. La verdad es que guardaba su dinero en otra
parte... detrás de unos libros de sermones, en la biblioteca. ¡Decía que nadie
los sacaba nunca de aquel estante!
-Oiga, es una idea
-interrumpió Eduardo, excitado-. ¿Qué le parece si miráramos en la biblioteca?
Charmian meneó la
cabeza.
-¿Crees que no he
pensado en eso? El martes pasado miré todos los libros cuando tú fuiste a
Portsmouth. Los saqué uno por uno y los sacudí. Tampoco en la biblioteca hay
nada.
Eduardo exhaló un
suspiro. Levantándose de su asiento se dispuso a deshacerse con tacto de su
insoportable visitante.
-Ha sido usted muy
amable al intentar ayudarnos. Siento que no haya servido de nada. Comprendo que
hemos abusado de su tiempo. No obstante... sacaré el coche y podrá alcanzar el
tren de las tres treinta...
-¡Oh! -repuso la
señorita Marple-, pero antes tenemos que encontrar el dinero, ¿verdad? No debe
darse por vencido, señor Rossiter. Si la primera vez no tiene éxito, hay que
intentarlo otra y otra, y otra vez.
-¿Quiere decir que va
a continuar intentándolo?
-Pues para hablar con
exactitud -replicó la solterona- todavía no he empezado. Primero se coge la
liebre... como dice la señora Beeton en su libro de cocina... un libro
estupendo, pero terriblemente imposible... la mayoría de sus recetas empiezan
diciendo: «Se toma una docena de huevos y una libra de mantequilla.» Déjeme
pensar..., ¿por dónde iba? Oh, sí. Bien, ya tenemos, por así decirlo, nuestra
liebre, que es, naturalmente, el tío Mathew, y ahora sólo nos falta decidir
dónde podría haber escondido el dinero. Puede que sea bien sencillo.
-¿Sencillo? -se
extrañó Charmian.
-Oh, sí, querida.
Estoy segura de que habrá utilizado el medio más fácil. Un cajón secreto... ésa
es mi solución.
Eduardo dijo con
sequedad:
-No pueden guardarse
muchos lingotes de oro en un cajoncito secreto.
-No, no, claro que
no. Pero no hay razón para creer que el dinero fuese convertido en oro.
-Él siempre decía...
-¡Y mi tío Enrique
siempre hablaba de su escondrijo! Por eso creo firmemente que lo dijo para
despistar. Los diamantes pueden esconderse con facilidad en un cajón secreto.
-Pero ya lo hemos
mirado todo. Hicimos venir a un técnico para que examinase los muebles.
-¿De veras, querida?
Hizo usted muy bien. Yo diría que el escritorio de su tío es el lugar más
apropiado. ¿Es aquél que está apoyado contra la pared?
-Sí. Voy a
enseñárselo.
Charmian se acercó al
mueble y lo abrió. En su interior aparecieron varios casilleros y cajoncitos.
Luego, accionando una puertecita que había en el centro, tocó un resorte
situado en el interior del cajón de la izquierda, El fondo de la caja del
centro se adelantó y la joven la sacó dejando un hueco descubierto. Estaba
vacío.
-¿No es casualidad?
-exclamó la señorita Marple-. Mi tío Enrique tenía un escritorio igual que éste
sólo que era de madera de nogal y éste es de caoba.
-De todas maneras
-dijo Charmian-, como puede usted ver, aquí no hay nada.
-Me imagino -replicó
la señorita Marple- que ese experto que trajeron ustedes sería joven..., y no
lo sabía todo. La gente era muy mañosa para construir sus escondrijos en
aquellos tiempos. A veces hay un secreto dentro de otro secreto.
Y quitándose una
horquilla de entre sus cuidados cabellos grises, la enderezó y apretó con ella
un punto de la caja secreta en el que parecía haber un diminuto agujero tal vez
producido por la carcoma, y sin grandes dificultades sacó un cajón pequeñito. En
él apareció un fajo de cartas descoloridas y un papel doblado.
Eduardo y Charmian se
apoderaron del hallazgo. Eduardo desplegó el papel con dedos temblorosos, mas
lo dejó caer con una exclamación de disgusto.
-¡Una receta de
cocina! ¡Jamón al horno! ¡Bah!
Charmian estaba
desatando la cinta que sujetaba el fajo de cartas. Y sacando una exclamó:
-¡Cartas de amor!
-¡Qué interesante!
-exclamó la señorita Marple-. Tal vez nos explique la razón de que no se casara
su tío.
Charmian leyó:
«Mi querido Mathew,
debo confesarte que el tiempo se me ha hecho muy largo desde que recibí tu
última carta. Trato de ocuparme en las distintas tareas que me fueron
encomendadas, y me digo a menudo lo afortunada que soy al poder ver tantas
partes del globo, aunque bien poco pensaba, cuando me fui a América, que iba a
viajar hasta estas lejanas islas.»
Charmian hizo una
pausa.
-¿Dónde está fechado
esto? ¡Oh, en Hawai!
«Cielos, estos
nativos están todavía muy lejos de ver la luz. Viven semidesnudos y en un
estado completamente salvaje; pasan la mayor parte del tiempo nadando o
bailando, y adornándose con guirnaldas de flores. El señor Gray ha conseguido
convertir a algunos, pero es una tarea difícil y él y su esposa se sienten muy
descorazonados. Yo procuro hacer lo que puedo para animarlo, mas yo también me
siento triste a menudo por la razón que puedes adivinar, querido Mathew. La
ausencia es una dura prueba para un corazón enamorado. Tus renovadas promesas
de amor me causaron gran alegría. Ahora y siempre te pertenecerá mi corazón,
querido Mathew, y seré siempre tuya,
betty martin
P. D.: Dirijo mi
carta a nuestra mutua amiga Matilde Graves, como de costumbre. Espero que el
Cielo perdone este subterfugio.»
Eduardo lanzó un
silbido.
-¡Una misionera!
Conque ése fue el amor de tío Mathew. Me pregunto por qué no se casaron.
-Al parecer recorrió
casi todo el mundo -dijo Charmian examinando las misivas-. Mauricio... toda
clase de sitios. Probablemente moriría víctima de la fiebre amarilla o algo
así.
Una risa divertida
les sobresaltó. La señorita Marple lo estaba pasando en grande.
-Vaya, vaya -dijo-.
¡Fíjense en esto ahora!
Estaba leyendo para
sí la receta de jamón al horno, y al ver sus miradas interrogadoras, prosiguió
en voz alta:
«Jamón al horno con
espinacas. Se toma un pedazo bonito de jamón, rellénese de dientes de ajo y
cúbrase con azúcar moreno. Cuézase a fuego lento. Servirlo con un borde de puré
de espinacas.»
-¿Qué opinan de esto?
-Yo creo que debe
resultar un asco -dijo Eduardo.
-No, no, tiene que
resultar muy bueno..., pero, ¿qué opinan de todo esto?
-¿Usted cree que se
trata de una clave... o algo parecido? -exclamó Eduardo con el rostro iluminado
y cogiendo el papel-. Escucha, Charmian, ¡podría ser! Por otra parte, no hay
razón para guardar una receta de cocina en un lugar secreto.
-Exacto -repuso la
señorita Marple.
-Ya sé lo que puede
ser... una tinta simpática -dijo Charmian-. Vamos a calentarlo. Enciende una
bombilla.
Pero hecha la prueba,
no apareció ningún signo de escritura invisible.
-La verdad -dijo la
señorita Marple, carraspeando-, creo que lo están complicando demasiado. Esta
receta es sólo una indicación, por así decir. Según mi parecer, son las cartas
lo significativo.
-¿Las cartas?
-Especialmente la
firma.
Mas Eduardo apenas la
escuchaba, y gritó excitado:
-¡Charmian! ¡Ven
aquí! Tiene razón... Mira... los sobres son bastante antiguos, pero las cartas
fueron escritas muchos años después.
-Exacto -repuso la
señorita Marple.
-Sólo se ha tratado
de que parezcan antiguas. Apuesto a que el propio tío Mathew lo hizo...
-Precisamente
-confirmó la solterona.
-Todo esto es un
engaño. Nunca existió esa misionera. Debe tratarse de una clave.
-Mis queridos
amigos... no hay necesidad de complicar tanto las cosas. Su tío en realidad era
un hombre muy sencillo. Quería gastarles una pequeña broma. Eso es todo.
Por primera vez le
dedicaron toda su atención.
-¿Qué es exactamente
lo que quiere usted decir, señorita Marple? -preguntó Charmian.
-Quiero decir que en
este preciso momento tiene usted el dinero en la mano.
Charmian miró el
papel.
-La firma, querida.
Ahí es donde está la solución. La receta es sólo una indicación. Ajos, azúcar
moreno y lo demás, ¿qué es en realidad? Jamón y espinacas. ¿Qué significa? Una
tontería. Así que está bien claro que lo importante son las cartas. Y entonces
si consideran lo que su tío hizo antes de morir... guiñarles un ojo, según
dijeron ustedes. Bien... eso, como ven, les da la pista.
-¿Está usted loca o
lo estamos todos? -exclamó Charmian.
-Sin duda, querida,
debe haber oído alguna vez la expresión que se emplea para significar que algo
no es cierto, ¿o es que ya no se utiliza hoy en día? Tengo más vista que Betty
Martin.
Eduardo susurró
mirando la carta que tenía en la mano:
-Betty Martin...
-Claro, señor
Rossiter. Como usted acaba de decir, no existe... no ha existido jamás
semejante persona. Las cartas fueron escritas por su tío, y me atrevo a
asegurar que se debió divertir de lo lindo. Como usted dice, la escritura de
los sobres es mucho más antigua... en resumen, los sobres no corresponden a las
cartas, porque el matasello de una de ellas data de 1851.
Hizo una pausa y
repitió con énfasis.
-Mil ochocientos
cincuenta y uno. Y eso lo explica todo, ¿verdad?
-A mí no me dice nada
absolutamente -repuso Eduardo.
-Pues está bien claro
-replicó la señorita Marple-. Confieso que no se me hubiera ocurrido, a no ser
por mi sobrino-nieto Lionel. Es un muchacho encantador y un apasionado
coleccionista de sellos. Sabe todo lo referente a la filatelia. Fue él quien me
habló de ciertos sellos raros y rarísimos, y de un nuevo hallazgo que había
sido vendido en subasta. Y ahora recuerdo que mencionó uno... de 1851 de 2
céntimos y color azul. Creo que vale unos veinticinco mil dólares. ¡Imagínese!
Me figuro que los demás también serán ejemplares raros y de precio. No dudo de
que su tío los compraría por medio de intermediarios y tendría buen cuidado en
«despistar», como se dice en los relatos de detectives.
Eduardo lanzó un
gemido y, sentándose, escondió el rostro entre las manos.
-¿Qué te ocurre?
-quiso saber Charmian.
-Nada. Es sólo de
pensar que a no ser por la señorita Marple, pudimos haber quemado esas cartas
para no profanar los recuerdos sentimentales de nuestro tío.
-¡Ah! -replicó la
señorita Marple-. Eso es lo que no piensan nunca esos viejos aficionados a las
bromas. Recuerdo que mi tío Enrique envió a su sobrina favorita un billete de
cinco libras como regalo de Navidad. Los metió dentro de una felicitación que pegó
de modo que el billete quedara dentro y escribió encima: «Con cariño y mis
mejores augurios. Esto es todo lo que puedo mandarte este año.» La pobre chica
se disgustó mucho porque lo creyó un tacaño y arrojó al fuego la felicitación.
Y claro, entonces él tuvo que darle otro billete.
Los sentimientos de
Eduardo hacia tío Enrique habían sufrido un cambio radical.
-SeñoritaMiss Marple
-dijo-, voy a buscar una botella de champaña; brindemos a la salud de su tío
Enrique.
FIN


Publicar un comentario