CANAL EMANCIPACIÓN, OTRA MANERA DE VER LA REALIDAD

Emancipación N° 1048: Neofacismo, resistencia y ciencia

Emancipación N° 1048: Neofacismo, resistencia y ciencia

Emancipación N° 1047: Neofacismo, resistencia y ciencia

Emancipación N° 1046: Neofacismo, resistencia y ciencia

Los Dominios del Poder 2026

Progreso, IA y Mundial 2026

Ciencia y Poder 2026

Libros Más Recientes

 


© Libro No. 726.  Padres e hijos. Kafka, Franz. Colección E.O. Abril 19 de 2014.

 

Título original: © Franz Kafka. Padres e hijos

 

Versión Original: © Franz Kafka. Padres e hijos

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

Digitalizado por http://www.librodot.com

 

Licencia Creative Commons:

Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.

La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.   

 

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

 

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

 

Portada E.O. de Imagen original:

http://www.librodot.com

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Franz Kafka

Padres e hijos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ÍNDICE

 

 

El mundo urbano (1911)       

Barullo (1911)     

La condena (1912)       

Once hijos (1917)         

Carta al padre (1919)   

Regreso al hogar (1920)       

El matrimonio (1922)   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Franz Kafka

Padres e hijos

 

EL MUNDO URBANO

 

Oskar M., un estudiante de cierta edad -al mirarlo de cerca, lo espantaban a uno sus ojos­- se detuvo una tarde de invierno en medio de la nieve, en una plaza vacía, con sus ropas de invierno, el gabán encima, una bufanda en tor­no al cuello y una gorra de piel en la cabeza. Parpadeó al reflexionar. Se había abandonado hasta tal punto a sus pensamientos, que de im­proviso se quitó la gorra y se acarició la cara con su rizada piel. Finalmente pareció llegar a una conclusión y, con un giro de bailarín, se volvió para regresar a casa.

Al abrir la puerta de la sala de estar de su casa paterna, vio a su padre, un hombre pulcra­mente afeitado, con un pesado rostro carnoso, dirigido hacia la puerta; estaba sentado ante una mesa vacía. «Al fin», dijo éste, apenas Oskar hubo puesto el pie en la habitación, «quédate, te lo ruego, junto a la puerta, porque estoy tan furioso contigo que no respondo de mí.»

«Pero, padre», dijo Oskar, y sólo al hablar notó que se había cansado corriendo.

«Silencio», gritó el padre y se levantó, cu­briendo una ventana.

«Silencio, te ordeno. Y no me vengas con tus “peros”, ¿entiendes?» Enton­ces agarró la mesa con ambas manos y la acer­có un paso a Oskar. «No soporto ya por más tiempo tu vida de crápula. Soy un anciano. Pen­saba que en ti tendría un consuelo para mi vejez, pero me resultas peor que todas mis en­fermedades. ¡Vaya un hijo que con su pereza, su prodigalidad, su maldad y (por qué no decirlo francamente) su estupidez, está llevando a la tumba a su propio padre!» Aquí, el padre enmu­deció, pero movía el rostro como si aún conti­nuase hablando.

«Querido padre», dijo Oskar, y avanzó con precaución hacia la mesa, «tranquilízate, todo se arreglará. Hoy he tenido una idea que me convertirá en un hombre tan activo como pue­das desear.»

«¿Cómo?», preguntó el padre, y miró hacia una esquina de la habitación.

«Confia en mí; durante la cena te lo explica­ré todo. En mi interior he sido siempre un buen hijo, pero nunca pude demostrarlo en lo exte­rior; esto me amargaba de tal modo, que prefe­ría disgustarte, si no podía darte satisfacciones. Pero ahora, permíteme que dé un pequeño pa­seo, para que se me aclaren las ideas.»

El padre, que en el primer momento, al prestar atención, se había sentado en el borde de la mesa, se levantó. «No creo que lo que ahora me has dicho tenga mucho sentido; más bien lo considero pura charlatanería. Pero al fin y al cabo eres mi hijo. No tardes, cenaremos en casa y entonces podrás exponerme el asunto.»

«Esta pequeña confianza me basta y te la agradezco de todo corazón. Pero ¿no se ve en mi simple forma de mirar que estoy completa­mente ocupado en un asunto serio?»

«Por el momento no veo nada», dijo el pa­dre. «Pero puede que sea culpa mía, porque he perdido incluso el hábito de mirarte.» Al propio tiempo, como era su costumbre, hacía notar cómo pasaba el tiempo dando unos golpes regu­lares en la mesa. «Pero lo fundamental es que ya no tengo la menor confianza en ti, Oskar. Si alguna vez te grito -cuando entraste, te he gri­tado, ¿no es así?-, no lo hago con la esperanza de poder mejorarte, lo hago sólo pensando en tu pobre y buena madre, que tal vez no siente ahora una pena inmediata por ti, pero a quien destruye lentamente el simple esfuerzo de ahuyentar esta pena, pues ella cree que con ello te presta alguna ayuda. Aunque, en definitiva, son cosas que tú sabes muy bien y que, por simple consideración hacia mí mismo, no habría vuel­to a recordarte, si no me hubieses incitado a ello con tus promesas.»

Mientras pronunciaba estas últimas pala­bras, entró la criada a vigilar el fuego de la chimenea. Apenas hubo salido de nuevo, Oskar exclamó: «¡Pero, padre! No podía esperarlo. Si hubiese tenido únicamente una pequeña idea, digamos una idea sobre mi tesis, que ya lleva diez años en el cajón y necesita ideas como las comidas necesitan sal, es posible, aunque no probable, que yo, como ha ocurrido hoy mismo, hubiese regresado a casa de mi paseo, y te hu­biese dicho: Padre, por suerte he tenido esta idea o esta otra. Entonces, si tú, con tu venera­ble voz, me hubieses lanzado a la cara los repro­ches de antes, yo habría eliminado de un soplo mi idea e inmediatamente me habría tenido que largar con cualquier excusa o sin ella. ¡Ahora, en cambio! Todo lo que dices contra mí favore­ce mis ideas, no cesan de llenarme la cabeza cada vez más fuertes. Me iré, porque únicamen­te la soledad me permitirá ponerlas en orden.» Al respirar, tragó el aire de la cálida habitación.

«También puede tratarse de alguna canalla­da que se te haya metido en la cabeza», dijo el padre con los ojos muy abiertos, «y en tal caso no creo que te suelte. En cambio, si algo bueno anda perdido en tu interior, se te esfumará du­rante la noche. Te conozco.»

Oskar hizo girar la cabeza como si alguien le agarrase por el cuello. «Déjame ahora. Estás hurgando en mí sin fundamento alguno. La sim­ple posibilidad de predecir correctamente cómo voy a acabar, no debería realmente indu­cirte a perturbarme en mis buenos pensamien­tos. Puede que mi pasado te dé derecho a ello, pero no deberías aprovecharte de él.»

«Tú, mejor que nadie, ves lo grande que debe de ser tu inseguridad, puesto que te obliga a hablar así contra mí.»

«Nada me obliga», dijo Oskar, y sintió una sacudida en la nuca. Luego se acercó tanto a la mesa que no se supo ya a quién pertenecía. «Lo que he dicho, lo he dicho por respeto e incluso por amor hacia ti, como podrás ver más adelan­te, porque en mis decisiones tiene una parte fundamental la consideración hacia ti y hacia mamá.»

«Entonces tendré que agradecértelo ahora mismo», dijo el padre, «porque es muy probable que tu madre y yo no estemos en condiciones de hacerlo cuando llegue el momento.»

«Por favor, padre, deja que el futuro siga todavía durmiendo como merece. Ya que si uno lo despierta antes de tiempo, tiene entonces un presente dormido. ¡Que sea tu hijo el primero que tenga que decírtelo! Por lo demás, tampoco quería convencerte aún, sino darte simplemen­te la noticia. Y esto, al menos, lo he conseguido, como tú mismo debes admitir.»

«Ahora, Oskar, hay otra cosa que también me sorprende: que no hayas venido a verme más a menudo con un asunto semejante al de hoy. Concuerda con la personalidad que has tenido hasta el presente. No, de veras que lo digo muy en serio.»

«Sí, y entonces me habrías molido a palos en lugar de escucharme. Dios sabe que he acudido a ti corriendo para darte una alegría. Pero nada puedo revelarte hasta que mi plan esté comple­tamente listo. ¿Por qué me castigas, pues, por mis buenas intenciones y me pides unas expli­caciones que, en este momento, sólo . podrían perjudicar la realización de mi proyecto?»

«Calla, no quiero saber nada. Pero debo res­ponderte con toda celeridad, porque retrocedes hacia la puerta y, al parecer, te propones algo muy urgente: con tu treta, has aplacado mi pri­mera explosión de ira, pero he aquí que ahora me siento aún más triste que antes y por esta razón te suplico -si insistes puedo incluso jun­tar las manos- que al menos no digas nada a tu madre de tus ideas. Que te baste conmigo.»

«No es mi padre el que habla así», gritó Oskar, que ya había apoyado el brazo en el picaporte. «Desde este mediodía, algo te ha ocu­rrido, o eres un desconocido a quien encuentro por primera vez en la habitación de mi padre. Mi verdadero padre», Oskar se calló unos ins­tantes con la boca abierta, «me habría dado sin duda un abrazo y habría llamado a mi madre. ¿Qué te pasa, padre?»

«Mejor será que cenes con tu verdadero pa­dre, digo yo. Resultará más divertido.»

«Ya vendrá. A la larga, no puede dejar de venir. Y mi madre tiene que estar presente. Y Franz, a quien voy a buscar ahora mismo.» E inmediatamente Oskar empujó con el hombro la puerta, que se abría con facilidad, como si se hubiese propuesto hundirla.

Una vez en casa de Franz, saludó con una inclinación a la diminuta patrona y le dijo: «El señor ingeniero duerme, lo sé, pero no impor­ta», y sin ocuparse de la mujer que, descontenta de la visita, andaba sin objeto de un lado a otro del vestíbulo, abrió la puerta vidriera que, como si la hubiesen tocado en un punto muy sensible, tembló en su mano, y gritó sin que le preocupase el interior de la estancia, que ape­nas veía aún: «A levantarse, Franz. Necesito tu consejo profesional. Pero aquí en tu cuarto no lo soporto, tenemos que salir a dar un pequeño paseo, y además debes quedarte a cenar con nosotros. Venga, rápido.»

«Con mucho gusto», dijo el ingeniero desde su sofá de piel, «pero ¿qué es lo primero que hay que hacer? ¿Levantarse, cenar, pasear, dar un consejo? Y aún debe de haber algo más que se me ha pasado por alto.»

«Ante todo, no bromear, Franz. Es lo más importante, y lo había olvidado.»

«Este favor puedo hacértelo en seguida. ¡Pero levantarme! Por ti, preferiría cenar dos veces antes que levantarme una sola.»

«¡Pues ya te estás levantando! No me repli­ques.» Oskar agarró al débil individuo por las solapas de la chaqueta y lo hizo sentar.

«Estás loco de atar. Con todos mis respetos. ¿Alguna vez te he arrancado así del sofá?» Se frotó los ojos cerrados con ambos meñiques.

«Pero, Franz», dijo Oskar con el rostro con­traído, «vístete ya. No soy tan necio como para haberte despertado sin motivo.»

«Tampoco yo dormía sin motivo. Ayer tuve turno de noche, y hoy pierdo la siesta, también por tu causa... »

«¿Qué?»

«Que ya empieza a fastidiarme la poca consi­deración que tienes conmigo. No es la primera vez. Naturalmente, eres un estudiante libre y puedes hacer lo que quieras. No todo el mundo tiene tanta suerte. Pero al menos podrías tener más consideración, ¡diablos! Es verdad que soy amigo tuyo, pero no por ello me han desposeído aún de mi trabajo.» Para demostrarlo, movía de un lado a otro las manos abiertas, mostrando las palmas.

«Después de toda esta palabrería, ¿no he de creer que has dormido ya más de lo suficien­te?», dijo Oskar, que se mantenía de pie, pegado a uno de los postes de la cama, desde donde contemplaba al ingeniero como si tuviera un poco más de tiempo que antes.

«Bueno, en realidad, ¿qué quieres de mí? O mejor dicho, ¿por qué me has despertado?», preguntó el ingeniero, y se frotó el cuello con energía bajo su barba de chivo, con esa relación más íntima que uno tiene con su cuerpo des­pués de dormir.

«¿Qué quiero de ti?», dijo Oskar en voz baja, y dio a la cama un golpe con el tacón. «Muy poca cosa. Te lo dije ya desde el vestíbulo: que te vistas.»

«Si con ello pretendes insinuar, Oskar, que tu noticia me interesa muy poco, estás en lo cierto. »

.«Tanto mejor. Así el incendio que provocará en ti arderá por su propia cuenta, sin que inter­venga para nada nuestra amistad. Además, la información será más clara. Necesito una infor­mación clara, no lo pierdas de vista. Por otra parte, si buscas tu cuello y tu corbata, están ahí, en aquella silla.»

«Gracias», dijo el ingeniero, y empezó a po­nerse el cuello y la corbata, «después de todo, uno puede confiar en ti. »

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BARULLO

 

Quiero escribir con un temblor constante en la frente. Estoy sentado en mi habitación, que es el cuartel general del ruido de toda la casa. Oigo golpear todas las puertas; con su estrépito, sólo me libro de oír los pasos de quienes corren entre ellas; oigo incluso el golpe de la puerta del horno de la cocina. Mi padre abre brecha en las puertas de mi habitación y la cruza arras­trando su batín; en la estufa de la habitación vecina están rascando las cenizas; Valli pregun­ta a alguien indeterminado, a través del vestíbu­lo, gritando como si estuviera en una calle de París, si ya han limpiado el sombrero de papá; un siseo que está a punto de serme amistoso suscita el griterío de una voz que le replica. Descorren el cerrojo de la puerta principal y su chirrido parece salir de una garganta acatarra­da; luego se sigue abriendo la puerta con el breve canto de una voz femenina y se vuelve a cerrar con un sordo arrebato masculino, que resulta de lo más desconsiderado. El padre ha salido, y ahora se inicia el sonido más suave, más disperso, más desesperante, presidido por las voces de dos canarios. Ya lo había pensado antes, pero, al oír los cantos de los canarios, se me vuelve a ocurrir que podría abrir la puerta dejando únicamente una pequeña rendija, arrastrarme como una serpiente a la habitación de al lado y así, desde el suelo, pedirles a mis hermanas y a su institutriz que se callen.

 

 

 

 

 

 

 

LA CONDENA

Para F.

 

 

Era una mañana de domingo, en plena pri­mavera Georg Bendemann, joven comercian­te, estaba sentado en su dormitorio, en el pri­mer piso de una de esas casas bajas y mal construidas que se elevaban a lo largo del río, que apenas se distinguían unas de otras por la altura y el color. Acababa de escribir una carta a un amigo de infancia que se encontraba en el extranjero, la cerró distraída y lánguidamente y, apoyando los codos sobre el escritorio, con­templó por la ventana el río, el puente y las colinas de la otra orilla, con su pálida vege­tación.

Pensaba en su amigo, que algunos años an­tes, disconforme con las perspectivas que su patria le ofrecía, se había ido a Rusia. Ahora tenía un negocio en San Petersburgo, que al principio había prosperado bastante, pero que desde tiempo atrás parecía decaer, según se deducía de las quejas que su amigo, en sus visitas cada vez más espaciadas, formulaba in­sistentemente. Por lo tanto, sus esfuerzos en el extranjero eran inútiles; la exótica barba larga no había logrado transformar totalmente su ros­tro tan familiar desde la infancia, cuyo tinte amarillento parecía revelar alguna enfermedad latente. Según él decía, no tenía mayores rela­ciones con la colonia de compatriotas en aque­lla ciudad ni tampoco amistades entre las fami­lias del lugar, de modo que su destino parecía ser una definitiva soltería.

¿Qué se podía escribir a una persona así, que evidentemente había errado de camino, y a quien se podía compadecer, pero no ayudar? ¿Aconsejarle acaso que volviera a su patria, que se trasplantara nuevamente, que reanudara sus antiguas amistades -nada podía impedírselo- y se confiara en general a la benevolencia de sus amigos? Pero eso sólo hubiera significado decir­le, y cuanto más amable, más ofensivamente, que todos sus esfuerzos habían sido vanos, que ya era hora de darse por vencido, que debía repatriarse y permitir que lo miraran eterna­mente como a un repatriado, con los ojos abier­tos de asombro; que sólo sus amigos eran sensa­tos, que él era simplemente un niño adulto y que le convenía atenerse al consejo de sus ami­gos más afortunados porque no habían salido del país. ¿Y era acaso tan obvio que todos esos sufrimientos que se quería infligirle resultarían provechosos? Tal vez ni siquiera deseaba volver -él mismo decía que ya no estaba al corriente del estado de los negocios en su patria- y, por lo tanto, se quedaría en el extranjero a pesar de todo, amargado por los consejos, y cada vez más alejado de sus amigos. En cambio, si seguía estos consejos, y al llegar aquí se encontraba peor que antes -naturalmente, no por malicia, sino por la fuerza de las circunstancias-, no se sentía cómodo ni con sus amigos ni sin ellos, y en cambio se consideraba humillado, descubría de pronto que carecía tanto de patria como de amigos, ¿no sería mejor después de todo que­darse en el extranjero, como ahora? Conside­rando todas estas circunstancias, ¿se podía real­mente dar por sentado que le convenía volver al país?

Por estos motivos, si uno deseaba mantener con él una relación epistolar, no podía impartir­le noticias reales, ni siquiera las que se pueden comunicar sin temor a las más distantes rela­ciones. Ya hacía tres años que el amigo no venía al país, y se excusaba laboriosamente, alegando la inseguridad de la situación política en Rusia, que al parecer no permitía ni la más breve ausencia de un pequeño comerciante, mientras cientos de miles de rusos se paseaban tranquilamente por el mundo. Sin embargo, du­rante el transcurso de esos tres años las cosas habían cambiado mucho para Georg. Hacía más o menos dos años que la madre de Georg había muerto, y desde entonces éste vivía con su pa­dre; por supuesto, el amigo se enteró de la noticia y expresó sus condolencias mediante una carta, con tal sequedad que uno tenía forzo­samente que deducir que la tristeza provocada por semejante pérdida era completamente in­comprensible en el extranjero. Pero, desde esa época, Georg se había aplicado con mayor deci­sión a sus negocios, así como a todo lo demás. Tal vez la circunstancia de que su padre, mien­tras vivió su madre, sólo permitía que las cosas se hicieran como a él le parecía, le había impe­dido una verdadera y eficaz actividad. Pero des­pués de dicha muerte, aunque todavía se ocupa­ba algo de los negocios, el padre se había vuelto menos tiránico. Tal vez -y esto era lo más pro­bable- una racha sostenida de suerte lo había ayudado; pero era evidente que durante esos dos años los negocios habían mejorado inespe­radamente; se habían visto obligados a duplicar el personal, las entradas se habían quintuplica­do e, indudablemente, el futuro le reservaba nuevos éxitos.

Pero su amigo no sabía nada de estas trans­formaciones. En otros tiempos, quizá por últi­ma vez en su carta de condolencia, había trata­do de persuadir a Georg para que se fuera a Rusia y le había descrito detalladamente las perspectivas comerciales que San Petersburgo le ofrecía. Las cifras eran infinitesimales en comparación con el volumen actual de los ne­gocios de Georg. Pero éste no había sentido deseos de revelar sus éxitos a su amigo, y hacer­lo ahora habría parecido realmente extraño.

Por lo tanto, Georg se limitaba en todos los casos a poner a su amigo al corriente de suce­sos sin importancia, los que uno puede recor­dar una tranquila mañana de domingo y que el azar trae a la mente. Sólo quería que la imagen que durante este largo intervalo su amigo se había formado de su ciudad natal, y con la cual vivía conforme, no se modificaran. Y así ocu­rrió que Georg le anunció tres veces seguidas, en tres cartas bastante separadas entre sí, el compromiso de un hombre sin importancia con una joven igualmente sin importancia, hasta que el amigo, contra todas las previsiones de Georg, comenzó a interesarse por ese notable acontecimiento.

Georg prefería escribirle estas cosas en vez de confesarle que él mismo estaba comprometido, desde hacía algunos meses, con la señorita Frieda Brandenfeld, una joven de familia acomoda­da. A menudo hablaba de su amigo con su novia y de la curiosa relación epistolar que los unía.

-Entonces, no vendrá a nuestro casamiento -decía ella-, y, sin embargo, yo tengo el dere­cho de conocer a todos tus amigos.

-No quiero importunarlo -contestaba Georg-; entiéndeme bien, él probablemente vendría, por lo menos así creo; pero se sentiría obligado e incómodo, tal vez me tendría envi­dia, y ciertamente se sentiría descontento e in­capaz de hacer nada para mitigar su desconten­to, y luego debería retornar solo a Rusia. Solo; ¿comprendes lo que eso significa?

-Sí, pero ¿no se enterará por otros medios de nuestra boda?

-No puedo impedirlo; pero, considerando la vida que hace, es improbable.

-Si tenías semejantes amigos, Georg, no de­biste comprometerte conmigo.

-Bueno, la culpa de eso es tan tuya como mía; pero ahora no quisiera por nada cambiar la decisión.

Y cuando ella, respirando agitadamente bajo sus besos, agregó:

-De todos modos, me preocupa -él pensó que realmente no perdería nada si confesaba todo a su amigo.

«Así soy y así me eligió -pensó-; no puedo dedicarme a crear una imagen de mí que parez­ca más apropiada que yo para su amistad.»

Y, en efecto, la larga carta que acababa de escribir esa mañana de domingo informaba a su amigo del éxito de su compromiso con las si­guientes palabras: «Me reservé para el final la mejor noticia. Estoy comprometido con la seño­rita Frieda Brandenfeld, una joven de familia acomodada, que vino a vivir a esta ciudad mu­cho después de tu partida y a quien por lo tanto no puedes conocer. Ya tendré ocasión de darte más detalles sobre mi novia; hoy me limito a decirte que soy muy feliz y que el único cambio que esto provocará en nuestra relación de siem­pre es que, si hasta ahora has tenido un amigo como todos, ahora tienes un amigo feliz. Ade­más, encontrarás en mi novia, que te saluda afectuosamente y que pronto te escribirá perso­nalmente, una verdadera amiga, lo que siempre es algo para un muchacho soltero. Sé que mu­chos motivos te impiden venir a visitarnos, pero ¿no te parece que mi casamiento es la ocasión más apropiada para hacer a un lado todos esos obstáculos? De todos modos, sea como sea, haz como mejor te parezca, de acuerdo únicamente a tus intereses. »

Con esta carta en la mano, Georg permane­ció largo rato sentado ante su escritorio, miran­do hacia la ventana. Apenas había contestado con una sonrisa distraída el saludo de un cono­cido que pasaba por la calle.

Finalmente se metió la carta en el bolsillo y salió de la habitación; atravesó un breve corre­dor hasta llegar a la habitación de su padre, donde no había entrado durante meses. En rea­lidad esto no era necesario, porque veía a su padre todos los días en el negocio y, además, a mediodía comían juntos en un restaurante; de noche cada uno hacía lo que quería, pero gene­ralmente se quedaban un rato en la sala común, con sus respectivos diarios, a menos que Georg, como a menudo ocurría, saliera con sus amigos o, sobre todo en los últimos tiempos, fuera a visitar a su novia.

Georg se asombró de que el cuarto de su padre fuera tan oscuro, aun en una mañana de sol: tanta sombra daba la alta pared que limita­ba el patiecito. El padre estaba sentado junto a la ventana, en un rincón adornado con diversos recuerdos de la difunta madre, y leía el diario sosteniéndolo un poco de costado ante los ojos, para compensar cierto defecto visual. Sobre la mesa estaban los restos del desayuno, del que parecía no haber aprovechado mucho.

-¡Ah, Georg! -dijo el padre, y se acercó para recibirlo.

Al andar, su pesada bata se abrió, y el amplio vuelo onduló susurrante en torno del anciano. «Mi padre es todavía un gigante», pensó Georg.

-Aquí está insoportablemente oscuro -dijo luego.

-Sí, está bastante oscuro -contestó el padre.

-¿Y tienes la ventana cerrada, además?

-Lo prefiero así.

-Afuera hace bastante calor -dijo Georg, como si continuara su observación anterior, y se sentó.

El padre recogió los platos del desayuno y los colocó sobre una cómoda.

-Sólo quería decirte -prosiguió Georg, que seguía con la mirada los movimientos de su padre, como si estuviera ausente- que he deci­dido enviar a San Petersburgo la noticia de mi compromiso.

Sacó del bolsillo un extremo de la carta y luego volvió a guardarla.

-¿A San Petersburgo? -preguntó el padre.

-Sí, a mi amigo -dijo Georg, buscando la mirada de su padre.

«En el negocio es otro hombre -pensó-; con qué solidez está aquí sentado, con los bra­zos cruzados sobre el pecho.»

-Sí. A tu amigo -dijo el padre con énfasis.

-Recordarás, padre, que al principio quise ocultarle mi compromiso. Por consideración hacia él; ése era el único motivo. Tú bien sabes que es una persona un poco quisquillosa. Pensé que podía enterarse por otras fuentes de mi compromiso, aunque, teniendo en cuenta su vida solitaria, eso no es muy probable; yo no podía evitarlo, pero de mí directamente no lo habría sabido nunca.

-Y, sin embargo, ¿ahora has cambiado otra vez de idea? -preguntó el padre, depositando su enorme periódico sobre el alféizar de la venta­na y sobre el periódico las gafas, que cubrió con la mano.

-Sí, ahora he cambiado de idea. Si es real­mente amigo mío, pensé, entonces, la felicidad de mi compromiso ha de ser también una felici­dad para él. Y por lo tanto no me demoré en comunicárselo. Pero antes de enviar la carta quise decírtelo a ti.

-Georg -dijo el padre, abriendo su desden­tada boca-, escúchame. Acudes a mí para ha­blarme de este asunto. Eso indudablemente te honra. Pero no sirve de nada, desgraciadamente no sirve de nada, si no me dices, además, toda la verdad. No quiero sacar a relucir cuestiones que no vienen al caso. Pero, desde la muerte de nuestra querida madre, han ocurrido ciertas co­sas realmente desagradables. Quizá llegue algu­na vez el momento de mencionarlas, y tal vez mucho más pronto de lo que pensamos. En el negocio hay muchas cosas que escapan a mi conocimiento, aunque esto no quiere decir que me las oculten (no pretendo insinuar ahora que me las ocultan), ya no soy tan capaz como an­tes, me falla la memoria, no puedo estar al corriente de todo. En primer lugar, esto se debe al ineludible proceso natural, y en segundo lu­gar, la muerte de nuestra querida madrecita ha sido para mí un golpe mucho más fuerte que para ti. Pero prefiero no alejarme de este asun­to, de esta carta; por lo tanto, Georg, te ruego que no me engañes. Es una trivialidad, no vale la pena ni mencionarla; por eso mismo no me engañes. ¿Existe realmente ese amigo tuyo en San Petersburgo?

Georg se puso de pie, desconcertado.

-Dejemos en paz a mi amigo. Mil amigos no reemplazarían a mi padre. ¿Sabes qué pienso? Que no te cuidas bastante. La ancianidad exige ciertas consideraciones. Eres para mí indispen­sable en el negocio, lo sabes perfectamente; pero si el negocio es perjudicial para tu salud, mañana mismo lo cierro para siempre. Y eso no nos conviene. No puedes seguir viviendo como vives. Debemos introducir un cambio radical en tus hábitos. Te quedas aquí sentado, en la oscu­ridad, cuando en la sala hay tanta luz. Apenas pruebas el desayuno, en vez de alimentarte como corresponde. Te quedas junto a la venta­na cerrada cuando el aire te haría tanto bien. ¡No, padre! Llamaré al médico, y seguiremos sus indicaciones. Cambiaremos de habitación: pasarás al cuarto de delante, y yo a éste. No advertirás el cambio, porque mudaremos tam­bién todas tus cosas. Pero hay tiempo para todo eso; por ahora, descansa un poco en la cama, seguramente necesitas reposo. Ven, te ayu­daré a desvestirte, ya verás como puedo. O si prefieres ir ya a la pieza de delante, puedes acostarte por ahora en mi cama. Sería lo más sensato.

Georg estaba junto a su padre, que había dejado caer sobre el pecho la cabeza de revuel­tos cabellos blancos.

-Georg -dijo el padre en voz baja, sin mo­verse.

Georg se arrodilló inmediatamente junto a su padre; al mirar su fatigado rostro comprobó que las dilatadas pupilas lo contemplaban de reojo.

-No tienes ningún amigo en San Petersbur­go. Siempre has sido un bromista y también conmigo has querido bromear. ¿Cómo podrías realmente tener un amigo allá? No puedo creerlo.

-Haz un esfuerzo de memoria -dijo Georg, levantando de la silla al padre y quitándole la bata, mientras el anciano se sostenía débilmen­te en pie-; pronto hará tres años que mi amigo vino a visitarnos. Recuerdo todavía que no le tenías mucha simpatía. Por lo menos dos veces te oculté su presencia, aunque en realidad se encontraba conmigo en mi habitación. Tu anti­patía hacia él me resultaba perfectamente com­prensible, ya que mi amigo tiene sus peculiari­dades. Pero luego te llevaste bastante bien con él. Me sentía tan orgulloso de que lo escucha­ras, que estuvieras de acuerdo con él y le hicie­ras preguntas. Si piensas un poco, lo recorda­rás. Nos contaba las más increíbles historias de la Revolución rusa. Por ejemplo, cuando vio, durante un viaje de negocios a Kiev, a un sacer­dote en un balcón, en medio de un tumulto, que se cortó una cruz sangrienta en la palma de la mano, y luego alzó la mano y habló a la multi­tud. Tú mismo has contado algunas veces esa historia.

Mientras tanto, Georg había logrado sentar nuevamente a su padre y quitarle con toda deli­cadeza los pantalones de lana que usaba por encima de los calzoncillos, lo mismo que los calcetines. Al contemplar el dudoso estado de limpieza de la ropa interior, se reprochó su descuido. Era indudablemente uno de sus debe­res cuidar de que su padre no careciera de mudas de ropa interior. Todavía no había deci­dido con su futura esposa qué harían con su padre, porque tácitamente habían dado por sen­tado que el padre seguiría viviendo solo en el antiguo apartamento. Pero ahora decidió, de pronto, que su padre viviría con ellos, en su futura casa. Considerándolo más atentamente, hasta era posible que los cuidados que pensaba prodigar a su padre llegaran demasiado tarde.

Llevó en sus brazos al padre hasta la cama. Experimentó una sensación terrible al advertir que durante el breve trayecto hasta la cama el padre jugaba con la cadena de reloj que cruzaba su pecho. Ni siquiera podía acostarlo, tan firme­mente se había aferrado a la cadena.

Pero en cuanto el anciano se acostó, todo pareció arreglado. Él mismo se cubrió y se su­bió las mantas mucho más arriba de los hom­bros, lo que era insólito en él. Luego miró a Georg, con ojos más bien amistosos.

-¿No es cierto que ahora comienzas a acor­darte de él? -preguntó Georg con un movi­miento cariñoso de la cabeza.

-¿Estoy bien cubierto? -preguntó el padre, como si no pudiera ver si tenía los pies debida­mente tapados.

-Ya te sientes mejor, en la cama -dijo Georg, y le acomodó la ropa.

-¿Estoy bien cubierto? -preguntó nueva­mente el padre; parecía extraordinariamente in­teresado en la respuesta.

-No te preocupes, estás bien cubierto.

-¡No! -exclamó el padre, interrumpiéndolo.

Arrojó las mantas con tal fuerza que en un instante se desparramaron totalmente y se puso de pie en la cama. Con una sola mano se apoyó ligeramente en el cielo raso.

-Tú quisieras cubrirme, lo sé, mi pequeño vástago; pero todavía no estoy cubierto. Y aun­que sean mis últimas fuerzas, para ti son sufi­cientes, demasiadas casi. Conozco muy bien a tu amigo. Habría sido para mí un hijo predilec­to. Por eso mismo tú lo traicionaste, año tras año. ¿Por qué si no? ¿Crees que no lloré nunca por él? Por eso te encierras en el escritorio, nadie puede entrar, el Jefe está ocupado; para escribir tus falsas cartas a Rusia. Pero por suer­te un padre no necesita aprender a leer los pen­samientos de su hijo. Cuando creíste que lo habías hundido, que lo habías hundido tanto que podías sentar tu trasero sobre él y que él ya no se movería, entonces mi señor hijo decide casarse.

Georg contempló la horrible imagen conju­rada por su padre. El amigo de San Petersbur­go, a quien su padre repentinamente conocía tan bien, impresionó su imaginación como nun­ca. Lo vio perdido en la vasta Rusia. Lo vio ante la puerta del negocio vacío y saqueado. Entre los escombros de los mostradores, de las mer­caderías destrozadas, de dos picos rotos de gas, lo vio perfectamente. ¿Por qué se habría ido tan lejos?

-Pero escúchame -gritó el padre.

Georg, casi enloquecido, se acercó a la cama para enterarse definitivamente de todo, pero se detuvo a mitad de camino.

-Porque ella se levantó las faldas -comenzó a decir el padre con voz aflautada-, porque ella se levantó las faldas así, la inmunda cochina -y, como ilustración, se alzó la camisa tan alto que podía verse en el muslo su herida de la guerra-, porque ella se levantó las faldas así y así, te entregaste totalmente; y para gozar en paz con ella mancillaste la memoria de nuestra madre, traicionaste al amigo y tendiste en el lecho a tu padre para que no pueda moverse. Pero ¿puede o no puede moverse?

Y se irguió sin apoyarse en nada, y levantó las piernas. Resplandecía de perspicacia.

Georg permanecía en un rincón, lo más lejos posible de su padre. En otra época, había deci­dido firmemente observar todo con detención, para que nadie pudiera atacarlo indirectamen­te, ya fuera desde atrás o desde arriba. Recordó esa olvidada decisión y volvió a olvidarla, como cuando uno pasa un hilo corto por el ojo de una aguja.

-Pero ¡tu amigo no fue traicionado, sin em­bargo! -exclamó el padre, lanzando estocadas con el índice para mayor énfasis-. ¡Yo era su representante aquí!

-¡Comediante! -no pudo dejar de exclamar Georg; inmediatamente comprendió su error y ya demasiado tarde se mordió la lengua, con los ojos desorbitados, hasta sentir que las rodillas le flaqueaban de dolor.

-¡Sí, es claro que representé una comedia! ¡Comedia! ¡Excelente palabra! ¿Qué otro con­suelo le quedaba al pobre padre viudo? Dime y trata de ser, por lo menos durante el instante de la respuesta, lo que alguna vez fuiste, mi hijo viviente: ¿qué otra cosa podía hacer yo, en mi cuarto del fondo, perseguido por un personal desleal, viejo hasta los huesos? Y mi hijo se paseaba jubilosamente por el mundo, concluía operaciones que yo había previamente prepara­do, no cabía en sí de satisfacción y se presenta­ba ante su padre con una expresión impene­trable de hombre importante. ¿Crees que yo no te habría querido, yo, de quien tú quisiste alejarte?

«Ahora se inclinará hacia adelante -pensó Georg-; si se cayera y se rompiera los huesos.» Estas palabras silbaban a través de su mente.

El padre se inclinó hacia adelante, pero no se cayó. Al ver que Georg no se acercaba, como había esperado, volvió a erguirse.

-Quédate donde estás; no te necesito. Te crees que todavía tienes fuerza suficiente para acercarte y que te quedas atrás sólo porque así lo deseas. Ten cuidado de no equivocarte. Sigo siendo el más fuerte. Yo solo tal vez hubiera te­nido que relegarme al olvido; pero tu madre me transmitió hasta tal punto su fuerza, que esta­blecí una estrecha relación con tu amigo, y tengo metidos a todos tus clientes en este bol­sillo.

«Hasta en la camisa tiene bolsillos», pensó Georg, y creyó que con esa simple observación bastaba para ridiculizarlo ante el mundo ente­ro. Lo pensó apenas un instante y luego siguió olvidando todo.

-Cuélgate del brazo de tu novia y atrévete a presentarte ante mí. ¡La arrancaré de tu lado, no te imaginas cómo!

Georg hizo una mueca de incredulidad. El padre se limitó a asentir, confirmando la veraci­dad de sus palabras, hacia el rincón donde esta­ba Georg.

-¡Qué gracia me causaste hoy, cuando vinis­te y me preguntaste si podías anunciar tu com­promiso a tu amigo! ¡Él ya sabe todo, estúpido niño, ya sabe todo! Yo le escribí, porque te olvidaste de quitarme mis implementos de es­cribir. Por eso no viene desde hace tantos años, porque sabe todo lo que ocurre cien veces me­jor que tú; con la mano izquierda rompe tus cartas, sin leerlas, mientras con la derecha abre las mías.

Entusiasmado, agitó el brazo sobre la ca­beza.

-¡Sabe todo mil veces mejor! -gritó.

-¡Diez mil veces! -dijo Georg para burlarse de su padre, pero antes de salir de su boca las palabras se convirtieron en una nefasta certeza.

-Desde hace años espero que vengas con esa pregunta. ¿Crees acaso que me importa al­guna otra cosa en el mundo? ¿Crees acaso que leo diarios? ¡Toma! -Y le arrojó un periódico que inexplicablemente había traído consigo a la cama.

Era un diario viejo, de nombre totalmente desconocido para Georg.

-¡Cuánto tiempo has tardado en abrir los ojos! La pobre madre murió antes de ver ese día de júbilo; tu amigo está muriéndose en Rusia, ya hace tres años estaba amarillo como un cadá­ver, y yo ya ves cómo estoy. Para eso tienes ojos.

-Entonces, ¿me acechabas constantemente? -exclamó Georg.

Compasivo, sin darle importancia, dijo el pa­dre:

-Seguro que hace mucho que querías decir­me eso. Pero ya no importa.

Y luego con más voz:

-Y ahora sabes que hay otras cosas en el mundo, porque hasta ahora sólo supiste las que se referían a ti. Es cierto que eras un niño inocente, pero mucho más cierto es que tam­bién fuiste un ser diabólico. Y por lo tanto escú­chame: ahora te condeno a morir ahogado.

Georg se sintió expulsado de la habitación; resonaba todavía en sus oídos el golpe con que su padre se dejó caer sobre la cama. En la escalera, sobre cuyos escalones pasó como so­bre un plano inclinado, tropezó con la criada, que subía a efectuar la limpieza matutina del apartamento.

-¡Jesús! -gritó ésta, y se cubrió la cara con el delantal, pero Georg ya había desaparecido.

Salió corriendo y cruzó la calle hacia el agua. Ya estaba aferrado a la baranda, como un hambriento a su comida. Saltó por encima, como correspondía al distinguido atleta que, para orgullo de sus padres, había sido en años juveniles. Se sostuvo un instante todavía, con manos cada vez más débiles; espió entre los barrotes de la baranda la llegada de un autobús, cuyo ruido cubriría fácilmente el ruido de su caída; exclamó en voz baja: «Queridos padres, a pesar de todo, siempre os he amado», y se dejó caer.

En ese momento una interminable fila de ve­hículos pasaba por el puente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ONCE HIJOS

 

Tengo once hijos.

El primero es exteriormente bastante insig­nificante, pero serio y perspicaz; aunque lo quiero, como quiero a todos mis otros hijos, no sobreestimo su valor. Sus razonamientos me parecen demasiado simples. No ve ni a izquier­da, ni a derecha, ni hacia el futuro; en el reduci­do círculo de sus pensamientos, gira y gira co­rriendo sin cesar o más bien se pasea.

El segundo es hermoso, esbelto, bien forma­do; es un deleite verlo manejar el florete. Tam­bién es perspicaz, pero, además, tiene experien­cia del mundo; ha visto mucho, y por eso mismo la naturaleza de su país parece hablar con él más confidencialmente que con los que nunca salieron de su patria. Pero es probable que esta ventaja no se deba únicamente, ni si­quiera esencialmente, a sus viajes; más bien es un atributo de la inimitabilidad del muchacho, reconocida por ejemplo por todos los que han querido imitar sus saltos ornamentales en el agua, con varias volteretas en el aire, y que, sin embargo, no le hacen perder ese dominio casi violento de sí mismo. El coraje y el afán del imitador llega hasta el extremo del trampolín; pero una vez allí, en vez de saltar, se sienta repentinamente y alza los brazos para excusar­se. Pero, a pesar de todo (en realidad debería sentirme feliz con un hijo semejante), mi afecto hacia él no carece de limitaciones. Su ojo iz­quierdo es un poco más chico que el derecho y parpadea mucho; no es más que un pequeño defecto, naturalmente, que, por otra parte, da más audacia a su expresión; nadie, consideran­do la incomparable perfección de su persona, llamaría a ese ojo más chico y parpadeante un defecto. Pero yo, su padre, sí. Naturalmente, no es ese defecto físico lo que me preocupa, sino una pequeña irregularidad de su espíritu que en cierto modo corresponde a aquél, cierto vene­no oculto en su sangre, cierta incapacidad de utilizar a fondo las posibilidades de su naturale­za, que yo sólo entreveo. Tal vez esto, por otra parte, sea lo que hace de él mi verdadero hijo, porque ese fallo es al mismo tiempo el fallo de toda nuestra familia y sólo en él es tan aparente.

El tercer hijo es también hermoso, pero no con la hermosura que me agrada. Es la belleza de un cantor; los labios bien formados; la mira­da soñadora; esa cabeza que requiere un corti­naje detrás para ser efectiva; el pecho extraordi­nariamente amplio; las manos que fácilmente ascienden y demasiado fácilmente vuelven a caer; las piernas que se mueven delicadamente, porque no soportan el peso del cuerpo. Y, ade­más, el tono de su voz no es perfecto; se mantie­ne un instante; el entendido se dispone a escu­char; pero poco después pierde el aliento. Aunque en general todo me tienta a exhibir especialmente a este hijo mío, prefiero mante­nerlo en la sombra; él, por su lado, no pone reparos, pero no porque conozca sus defectos, sino por pura inocencia. Aún más, no se siente cómodo en nuestra época; como si perteneciera a nuestra familia, pero, además, formara parte de otra, perdida para siempre, a menudo está melancólico y nada consigue alegrarlo.

Mi cuarto hijo es tal vez el más sociable. Verdadero hijo de su época, todos lo compren­den, se mueve en un plano común a todos, y todos lo buscan para saludarlo. Tal vez esta apreciación general otorgue a su naturaleza cierta ligereza, a sus movimientos cierta liber­tad, a sus razonamientos cierta inconsecuencia.

Muchas de sus observaciones merecen ser repe­tidas, pero no todas, porque en conjunto adole­cen realmente de extrema superficialidad. Es como aquel que se eleva maravillosamente del suelo, hiende los aires como una golondrina y luego termina desoladamente su vuelo en un oscuro desierto, en una nada. Estos pensamien­tos me amargan cuando lo contemplo.

El quinto hijo es bueno y amable, prometía ser menos de lo que es, era tan insignificante que realmente uno se sentía solo en su presen­cia; pero ahora ha logrado gozar de cierto crédi­to. Si me preguntaran cómo, no sabría contes­tar. Tal vez la inocencia sea lo que más fácil­mente se abre paso a través del tumulto de los elementos de este mundo, e inocente lo es. Quizá demasiado inocente. Amigo de todos. Quizá demasiado amigo. Confieso que me sien­to mal cuando me lo elogian. Parece que el valor de los elogios disminuyera cuando se los prodigan a alguien tan evidentemente digno de elogios como mi hijo.

Mi sexto hijo parece, por lo menos a primera vista, el más profundo de todos. Es un cabizbajo y, sin embargo, un charlatán. Por eso no es fácil entenderlo. Si se siente dominado, se entrega a una impenetrable tristeza; si logra la suprema­cía, la mantiene a fuerza de conversación. Aun­que no le niego cierta capacidad de apasiona­miento y de olvido de sí mismo, a la luz del día, se le ve con frecuencia debatirse en medio de sus pensamientos, como en un sueño. Sin estar enfermo -nada de eso; su salud es muy buena-, a veces se tambalea, especialmente en el cre­púsculo; pero no necesita ayuda, no se cae. Tal vez la culpa de ese fenómeno la tenga su desa­rrollo fisico, porque es demasiado alto para su edad. Eso hace que en conjunto sea feo, aunque en ciertos detalles es hermoso; por ejemplo, en las manos y en los pies. También su frente es fea; tanto la piel como la forma de los huesos parecen mal desarrollados.

El séptimo hijo me pertenece tal vez más que todos los demás. El mundo no sabría apre­ciarlo como merece, no comprende su tipo es­pecial de ingenio. Yo no exagero su valor, ya sé que su importancia es inconsiderable; si el mundo no cometiera otro error que el de no saber apreciarlo, seguiría siendo impecable. Pero dentro de mi familia no podía pasarme sin este hijo. Introduce cierta inquietud y al mismo tiempo cierto respeto por la tradición, y sabe combinarlos, por lo menos así me parece, en un todo incontestable. Es verdad que él es el me­nos capacitado para sacar partido de ese todo; no es él quien pondrá en movimiento la rueda del futuro; pero esa manera de ser suya es tan alentadora, tan rica en esperanzas; me gustaría que tuviera hijos, y que éstos tuvieran hijos a su vez. Por desgracia, no parece dispuesto a satisfa­cer ese deseo. Satisfecho consigo mismo, acti­tud que me es muy comprensible, pero al mis­mo tiempo deplorable, y que por cierto se opone notablemente al juicio de sus conocidos, se pasea por todas partes solo, no se interesa por las muchachas y, sin embargo, no pierde nunca su buen humor.

Mi octavo hijo es mi desesperación, y real­mente no sé por qué motivo. Me trata como a un desconocido, y, no obstante, siento que me une a él un estrecho vínculo paterno. El tiempo nos ha hecho mucho bien; pero antes yo solía estremecerme cuando pensaba en él. Sigue su propio camino; ha roto todo vínculo conmigo; y ciertamente, con su cabeza dura, su cuerpecito atlético -aunque cuando era muchacho sus piernas eran muy débiles, pero quizá con el tiempo ese defecto se haya subsanado-, llegará con toda facilidad a donde se proponga ir. Mu­chas veces deseé volver a llamarlo, preguntarle cómo le iba realmente, por qué se alejaba de ese modo de su padre y cuáles eran sus propósi­tos fundamentales; pero ahora está tan lejos y ha pasado tanto tiempo que es mejor dejar las cosas como están. He oído decir que es el único hijo mío que usa barba; naturalmente, eso no puede quedar bien en un hombre tan bajo como él.

Mi noveno hijo es muy elegante y tiene lo que las mujeres consideran sin lugar a dudas una mirada seductora. Tan seductora que en ciertas ocasiones consigue seducirme a mí, aun­que sé muy bien que basta una esponja mojada para borrar todo ese brillo ultraterreno. Lo cu­rioso de este muchacho es que no trata en abso­luto de ser seductor; para él el ideal sería pasar­se la vida tendido en el sofá y desperdiciar su seductora mirada en la contemplación del te­cho o, mejor aún, dejarla reposar detrás de los párpados cerrados. Cuando está en esa posición favorita, gusta de hablar y habla bastante bien, concisamente y con perspicacia; pero sólo den­tro de estrechos límites; si se sale de ellos, lo que es inevitable, ya que son tan estrechos, su conversación se vuelve vacua. Uno querría ha­cerle señas para advertírselo, si hubiera alguna esperanza de que su mirada soñolienta pudiera siquiera verlas.

Mi décimo hijo pasa por ser de carácter in­sincero. No quiero negar totalmente ese defecto ni tampoco afirmarlo. Ciertamente, cualquiera que lo ve acercarse con una pomposidad que no corresponde a su edad, con su levita siempre cuidadosamente abotonada, con un sombrero negro y viejo, pero minuciosamente cepillado; con su rostro inexpresivo, la mandíbula un poco prominente, las largas pestañas que se curvan penumbrosas ante los ojos, esos dos de­dos que tan a menudo se lleva a los labios; el que lo ve así piensa: «Éste es un perfecto hipó­crita.» Pero oídlo hablar. Comprensivo; reflexi­vo; lacónico; pregunta y replica con satírica vivacidad, en un maravilloso acuerdo con el mundo, una armonía natural y alegre, una ar­monía que necesariamente vuelve más tenso el cuello y yergue el cuerpo. Muchos que se supo­nen muy agudos y que por ese motivo creyeron experimentar cierta repulsión ante su aspecto exterior terminaron por sentirse fuertemente atraídos por su conversación. Pero, en cambio, hay otras personas que no ponen reparos en su exterior, pero que consideran su conversación demasiado hipócrita. Yo, como padre, no quiero pronunciar un juicio definitivo, pero debo ad­mitir que estos últimos críticos son por lo me­nos más dignos de atención que los primeros.

Mi undécimo hijo es delicado, quizá el más débil de mis hijos; pero su debilidad es engaño­sa, porque a veces sabe mostrarse fuerte y deci­dido, aunque en el fondo también en esos casos padezca de una debilidad fundamental. Pero no es una debilidad vergonzosa, sino algo que sólo parece debilidad al ras de la tierra. ¿No es aca­so, por ejemplo, una debilidad la predisposición al vuelo, que después de todo consiste en una inquietud y una indecisión y un aleteo? Algo parecido ocurre con mi hijo. Naturalmente, és­tas no son cualidades que regocijen a un padre; evidentemente, tienden a la destrucción de la familia. Muchas veces me mira como si quisiera decirme: «Te llevaré conmigo, padre.» Enton­ces pienso: «Eres la última persona a quien me confiaría. » Y su mirada parece replicarme: «Dé­jame entonces ser por lo menos la última.»

Éstos son mis once hijos.

 

 

CARTA AL PADRE

 

 

Querido padre:

No hace mucho me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestarte; en parte, precisamen­te, por el miedo que te tengo; en parte porque en la explicación de dicho miedo intervienen demasiados pormenores para poder exponerlos con mediana consistencia. Y si, con esta carta, intento contestar a tu pregunta por escrito, lo haré sin duda de un modo muy incompleto, porque, aun escribiendo, el miedo y sus conse­cuencias me atenazan al pensar en ti, y porque las dimensiones de la materia exceden con mu­cho los límites de mi memoria y de mi entendi­miento.

A ti, la cosa siempre se te ha antojado muy sencilla; al menos por la forma en que has ha­blado de ella delante de mí y, sin discriminación, delante de otras muchas personas. La veías más o menos así: durante toda tu vida has trabajado duro, lo has sacrificado todo por tus hijos, especialmente por mí; en consecuencia, yo he vivido «con todas las comodidades», he tenido plena libertad para estudiar lo que qui­siera, no he tenido necesidad de preocuparme por mi alimento, o sea de preocuparme por nada; a cambio, no has exigido gratitud, cono­ces «la gratitud de los hijos», pero sí, al menos, algún acercamiento, alguna muestra de simpa­tía; en lugar de ello, siempre me he ocultado de ti, en mi habitación, con libros, con amigos alocados, con ideas excéntricas; jamás te he hablado con franqueza, no he ido a ponerme junto a ti en el templo, nunca he ido a verte a Franzensbad, tampoco he tenido nunca el senti­do de la familia, y me he desentendido del nego­cio y de cualquier otro asunto tuyo; te he endo­sado la fábrica y luego te he dejado solo; he apoyado a Ottla[1] en sus caprichos y, mientras que por ti no muevo ni un dedo (ni una vez te he traído una entrada para el teatro), soy capaz de todo por los amigos. Si resumes tu juicio sobre mí, resulta que en realidad no me repro­chas nada que sea precisamente indecoroso o malintencionado (con excepción, tal vez, de mis últimos proyectos de matrimonio), sino frialdad, desapego, ingratitud. Y me lo repro­chas como si fuera culpa mía, como si, con un simple giro del volante, hubiese podido dar a todo ello una orientación distinta, mien­tras que tú no tienes la menor culpa, ni si­quiera la de haber sido demasiado bueno con­migo.

Esta forma habitual tuya de ver las cosas la considero justa únicamente en el sentido de que yo también pienso que eres completamente inocente de nuestro distanciamiento. Pero yo no soy menos inocente que tú. Si pudiera indu­cirte a reconocerlo, entonces sería posible, no una nueva vida (ambos somos demasiado viejos para ello), pero sí una especie de paz, no una suspensión, pero sí una suavización de tus ince­santes reproches.

Es curioso: tú tienes un presentimiento de lo que quiero decir. Así, por ejemplo, me decías hace poco: «Siempre he sentido inclinación por ti, aunque exteriormente no haya sido como otros padres, porque precisamente no sé fingir como lo hacen otros.» Ahora bien, padre: en conjunto, jamás he puesto en duda tu bondad para conmigo; pero tu observación me parece inexacta. No sabes fingir, es cierto, pero preten­der afirmar, por esta única razón, que los otros padres fingen, o bien resulta un puro sofisma que no admite ulteriores discusiones, o bien -y yo pienso que estoy en lo cierto- una expresión velada de que algo no marcha bien entre noso­tros y de que tú has sido una de las causas de ello, aunque sin culpa. Si realmente lo piensas así, estamos de acuerdo.

Naturalmente, no digo que haya llegado a ser lo que soy únicamente por tu influjo. Sería exagerar mucho (y hasta tiendo a esta exagera­ción). Es muy posible que, aunque hubiese cre­cido completamente libre de tu influencia, tam­poco habría podido llegar a ser la persona que tú habrías deseado. Probablemente me habría convertido a pesar de todo en un ser débil, medroso, vacilante, inquieto, ni un Robert Kaf­ka[2] ni un Karl Hermann,[3] y sin embargo sería completamente distinto a como soy ahora, y nos habríamos tolerado mutuamente a la per­fección. Habría sido feliz de tenerte como ami­go, como jefe, tío, abuelo e incluso (aunque ya con mayores dudas) como suegro. Sólo como padre, justamente, has resultado - demasiado fuerte para mí, sobre todo porque mis herma­nos fallecieron a corta edad y las hermanas no vinieron hasta mucho después; o sea que yo tuve que aguantar completamente solo el primer golpe, y era demasiado débil para ello.

Compáranos, a ti y a mí: yo, para decirlo en muy pocas palabras, soy un Löwy[4] con cierto fondo kafkiano, que sin embargo no se pone en acción por la voluntad kafkiana de vida, de co­mercio, de conquista, sino por un aguijón löwyano que penetra de un modo más secreto, más medroso, en otra dirección, y que a menu­do interrumpe su penetración. Tú eres, por el contrario, un verdadero Kafka, por tu robustez, salud, apetito, humor, facilidad de palabra, au­tosatisfacción, mundología, tenacidad, presen­cia de espíritu, conocimiento de las personas, cierta generosidad; naturalmente, estas cualida­des llevan aparejados todos los defectos y debili­dades en los que te precipitan tu fuerte tempe­ramento y a veces tu irascibilidad. Puede que no seas totalmente un Kafka en tu concepción general del mundo, sobre todo si te comparo con los tíos Philipp, Ludwig, Heinrich.[5] Es raro, pero tampoco en este aspecto veo las cosas muy claras. Sin duda todos ellos eran aún más ale­gres, más frescos, más desenvueltos, más frívo­los, menos severos que tú. (Dicho sea de paso, he heredado mucho de ti en este aspecto y he administrado muy bien la herencia, sin dispo­ner, no obstante, en mi personalidad, de las necesarias compensaciones que tú tienes para mantener el equilibrio.) Aunque, por otra parte, habrás pasado también, en este aspecto, por diversas fases; seguramente eras más alegre antes de que tus hijos, especialmente yo, te de­cepcionasen y te agobiasen en casa (si había forasteros, eras distinto), y puede que también ahora vuelvas a ser alegre, porque los nietos y el yerno te devuelven algo del calor que los hijos, quizá con excepción de Valli,[6] no supieron dar­te. De todos modos, éramos tan diferentes, y tan peligrosos el uno para el otro en esa diferencia, que si alguien hubiese querido calcular antici­padamente cómo habíamos de comportarnos, yo, el niño en lenta evolución, y tú, el hombre hecho, habría podido conjeturar que tú me aplastarías bajo tus pies, que de mí no quedaría nada. No ha ocurrido tal cosa; lo vivo no admite el cálculo. Pero lo que ha ocurrido tal vez sea peor. Con todo, reitero aquí mi súplica de que no olvides que nunca he creído ni remotamente en una culpabilidad tuya. Produjiste en mí el efecto que tenías que producir, sólo que ahora tendrías que dejar de considerar como una es­pecial malignidad el hecho de que haya cedido a este efecto.

Yo era un niño temeroso; no obstante, segu­ro que también era testarudo, como suelen ser­lo los niños; seguro que, además, me mimó mi madre, pero no puedo creer que fuese especial­mente indócil, no puedo creer que una palabra amable, una mano tendida en silencio, una mi­rada bondadosa, no hubiesen podido obtener de mí todo lo que hubiesen querido. La verdad es que tú, en el fondo, eres un hombre bondadoso y tierno (lo que sigue no contradice este hecho; hablo tan sólo de cómo influía en el niño tu apariencia), pero no todos los niños tienen la constancia y la intrepidez necesarias para bus­car la bondad hasta dar con ella. Sólo puedes tratar a un niño según te han hecho a ti mismo, con dureza, gritos y cólera, y en tu caso, este trato te parecía además muy adecuado, porque querías que de mí saliese un muchacho fuerte y valeroso.

Hoy, naturalmente, no puedo describir de un modo inmediato tus procedimientos educa­tivos de los primeros años; pero puedo repre­sentármelos aproximadamente sacando conclu­siones de lo ocurrido en años posteriores y de tu forma de tratar a Felix.[7] En este aspecto, hay que subrayar, además, que entonces eras más joven, y consiguientemente más vital, más brus­co, más auténtico y aún más despreocupado que ahora, y que, por añadidura, absorbido como estabas por el negocio, apenas si podías dejarte ver más que una vez al día; de ahí que produjeras en mí una impresión tanto más in­tensa, que jamás llegó a debilitarse hasta con­vertirse en costumbre.

De un modo directo, sólo recuerdo un inci­dente de los primeros años. Puede que también tú lo recuerdes. Una noche, no cesaba de llori­quear pidiendo agua; no lo hacía seguramente porque tuviera sed, sino en parte tal vez por incomodar y en parte por distraerme. Al ver que unos cuantos gritos de amenaza no produ­cían efecto, me sacaste de la cama, me llevaste a la terraza[8] y allí me dejaste un ratito solo, en camisón, ante la puerta cerrada. No voy a decir que estuviese mal hecho; es posible que no hu­biese realmente otra manera de restablecer la calma nocturna; pero lo que pretendo, al men­cionar este hecho, es caracterizar tu sistema educativo y su efecto en mí. Sin duda, después me mostré ya obediente, pero quedé interior­mente dañado. Por mi manera de ser, jamás pude establecer la justa proporción entre el he­cho de pedir agua sin más ni más, que para mí era natural, y el hecho, excesivamente espantoso, de que me sacasen fuera. Años después seguía martirizándome aún la idea de que el hombre gigantesco, mi padre, la última instancia, podía venir a mí casi sin motivo alguno, sacarme de la cama en plena noche y llevarme a la terraza, o sea que yo no era absolutamente nada para él.

Aquello no fue más que un pequeño inicio; pero este sentimiento de nulidad que a menudo me domina (un sentimiento por lo demás noble y fecundo en otro aspecto) procede muchas veces de tu influencia. Habría necesitado un poco de estímulo, un poco de amistad, que me dejasen abierto el camino; pero en lugar de hacerlo, tú me lo cerraste, sin duda con la bue­na intención de que siguiera otro. Pero yo no valía para ello. Me animabas, por ejemplo, cuando saludaba o desfilaba correctamente, pero yo no estaba hecho para ser soldado, o bien me animabas si comía con buen apetito o era capaz de beber cerveza, o si podía cantar canciones que no entendía o remedaba sin ton ni son tus expresiones favoritas, pero ninguna de tales cosas formaba parte de mi futuro. Y es revelador que, aún hoy, sólo me animes real­mente a hacer algo cuando tú mismo te sientes afectado, cuando se trata de tu amor propio, que yo ofendo (por ejemplo, con mis proyectos de matrimonio) o que es ofendido en mí (cuan­do, por ejemplo, Pepa[9] me insulta). Entonces me veo alentado, se me recuerda lo que valgo, se alude a los buenos partidos a que podría aspirar y Pepa es condenado sin reservas. Pero al margen de que, a mi edad, sea ya casi inacce­sible a todo aliento, ¡cómo me ayudaría éste aún, si únicamente hiciese su aparición cuando no se trata de mí en primer término!

Era entonces, en todos los aspectos, cuando tenía necesidad de aliento. Me sentía ya oprimi­do por tu simple corpulencia. Recuerdo, por ejemplo, cuando a menudo nos desvestíamos juntos en una sola caseta de baños. Yo, flaco, débil, esmirriado; tú, fuerte, alto, de anchas es­paldas. Ya en la caseta, me avergonzaba de mí mismo, y no sólo ante ti, sino ante el mundo entero, porque tú eras para mí la medida de todas las cosas. Luego, cuando salíamos de la caseta, ante la gente, cogiéndote de la mano, como un pequeño esqueleto, inseguro, descalzo por las planchas de madera, con miedo al agua, incapaz de imitar los ejercicios de natación que tú me enseñabas con la mejor de las intencio­nes, pero causándome de hecho la mayor de las vergüenzas, entonces me sentía completamente desesperado, y en tales momentos confluían de manera imponente todas mis malas experien­cias en todos los terrenos. Sentía la mayor co­modidad cuando, a veces, te desnudabas prime­ro y yo podía quedarme solo en la caseta y retra­sar la vergüenza de mostrarme en público, hasta que venías a ver qué ocurría y me sacabas de la caseta. Te agradecía que parecieses no darte cuenta de mi apuro, y también estaba orgulloso del cuerpo de mi padre. Por otra parte, subsiste aún hoy entre nosotros esa misma diferencia.

A todo ello correspondía además tu superio­ridad espiritual. Sólo con tu esfuerzo, habías conseguido llegar tan alto, que tenías una con­fianza ilimitada en tu opinión. De niño, esto no me resultaba tan deslumbrante como después, en mi adolescencia. Desde tu butaca goberna­bas el mundo. Tu opinión era justa; cualquier otra era disparatada, extravagante, absurda.[10] La confianza que tenías en ti mismo era tan gran­de, que no necesitabas ser consecuente para seguir teniendo siempre la razón. Podía ocurrir también que, sobre un asunto, no tuvieses si­quiera una opinión formada, y en consecuencia todas las opiniones posibles sobre dicho asunto tenían que ser falsas sin excepción. Por ejem­plo, podías echar pestes contra los checos, des­pués contra los alemanes, después contra los judíos, y no sólo en algunos aspectos concretos, sino en todos, y al final no quedaba nadie en pie, salvo tú mismo. En ti observé lo que tienen de enigmático los tiranos, cuya razón se basa en su persona, no en su pensamiento. Al menos, así me lo parecía.

Y frente a mí, tenías en efecto la razón con asombrosa frecuencia; era obvio que la tenías en la conversación, puesto que apenas llegába­mos a dialogar, pero también en la práctica. No resultaba muy difícil de comprender: en todo lo que yo pensaba, estaba sometido a tu fuerte presión, incluso cuando mis pensamientos no estaban de acuerdo con los tuyos, y especial­mente entonces. Todas aquellas ideas, en apa­riencia independientes de ti, venían marcadas desde el principio por tu juicio desfavorable; sostener esta situación hasta la plasmación total y permanente del pensamiento era casi imposi­ble. No hablo de pensamientos elevados, sino de cualquier pequeña tentativa infantil. Bastaba con estar contento por cualquier cosa, sentirse colmado por ella, llegar a casa y expresarla, para obtener como respuesta un suspiro irónico, un gesto de negación con la cabeza, unos golpeci­tos en la mesa con los dedos: «he visto cosas mejores», o «no me vengas con cuentos», o «en qué cabeza cabe», o «qué sales ganando con eso», o «¡vaya acontecimiento!». Naturalmente, no se te podía exigir entusiasmo por cualquier pequeñez infantil, viviendo como vivías, lleno de preocupaciones y ajetreo. Tampoco se trata­ba de esto. Más bien se trataba de que tu perso­nalidad contradictoria te obligaba a ocasionar siempre y profundamente estas decepciones a tu hijo; más aún: esta contradicción se intensificaba incesantemente con la acumulación de material, de suerte que acababa imponiéndose como una costumbre aunque alguna vez tu opi­nión coincidiera con la mía; finalmente, estas decepciones de niño no eran decepciones de la vida común, ya que, por venir de tu persona (que daba la norma de todas las cosas), llegaban al fondo de mi espíritu. El valor, la firmeza, la confianza, la alegría por tal o cual cosa, no podían durar hasta el fin, si te oponías o si se podía simplemente prever tu oposi­ción, y se podía prever en casi todo lo que yo hiciese.

Esto se refería tanto a ideas como a perso­nas. Bastaba que yo demostrase un poco de interés por una persona -cosa que, por mi ma­nera de ser, no ocurría con mucha frecuencia­para que tú, sin la menor consideración a mi sentimiento ni respeto por mi opinión, te inter­pusieras inmediatamente con insultos, calum­nias, humillaciones. Personas inocentes e inge­nuas, como por ejemplo el actor judío Löwy,[11] tuvieron que pagarlo. Sin conocerlo, lo compa­raste de un modo horrible, que ya he olvidado, con una sabandija; ¡con cuánta frecuencia, para referirte a personas que me eran gratas, sacabas a relucir automáticamente el refrán de los pe­rros y las pulgas![12] Recuerdo especialmente al actor, porque anoté tus juicios sobre él con la observación siguiente: «Así habla mi padre de mi amigo. Siempre se lo podré echar en cara cuando me reproche falta de amor y de gratitud filiales.» Siempre me ha resultado incomprensi­ble tu absoluta insensibilidad para el dolor y la vergüenza que podías infligirme con tus pala­bras y tus juicios; era como si no tuvieses no­ción de tu poder. Sin duda, también yo te ofendí a menudo de palabra, pero siempre lo recono­cía después; me dolía, pero no podía dominar­me, no podía retener la palabra, me arrepentía ya en el momento de pronunciarla. Pero tú lanzabas tus palabras sin ambages, nadie te daba lástima, ni en el momento de pronunciar­las ni después; no había defensa posible con­tra ti.

Pero así era toda tu educación. Creo que tienes talento de educador; a un hombre de tu índole, habrías podido sin duda serle útil con tu educación; habría advertido el sano criterio de lo que le dijeras, no se habría preocupado por nada más y habría sacado adelante tranquila­mente sus asuntos. Pero para mí, que era un niño, todo lo que proclamabas en mi presencia era ley divina, nunca lo olvidaba, lo considera­ba el medio más importante para juzgar el mun­do, para juzgarte sobre todo a ti mismo, y en esto era completo tu fracaso. Como, por el he­cho de ser un niño, estaba contigo principal­mente a las horas de comer, tus lecciones eran en gran parte lecciones sobre la manera de comportarse en la mesa. Había que comer todo lo que ponían, no estaba permitido hacer co­mentarios sobre la calidad de los alimentos, aunque tú, a veces, decías que no había quien se los tragase, los calificabas de «bazofia»; decías que la «bestia» (la cocinera) los había echado a perder. Como, por tu buen apetito y por tu gusto particular, lo comías todo deprisa, calien­te y a grandes bocados, el chiquillo tenía que apresurarse; reinaba en la mesa un silencio sombrío, interrumpido por advertencias: «pri­mero come, luego habla», o bien «más aprisa, más aprisa, más aprisa», o bien «¿lo ves?, yo ya he terminado hace rato». Nadie podía partir los huesos con los dientes; tú, sí. Ni sorber el vina­gre; tú, sí. Lo principal era cortar el pan en rebanadas regulares; pero no importaba si tú lo hacías con un cuchillo que chorreaba salsa. Ha­bía que cuidar de que no cayesen al suelo restos de comida, pero debajo de ti era donde más los había. En la mesa, sólo se podía pensar en co­mer. Pero tú te limpiabas o te cortabas las uñas, sacabas punta a lápices, te hurgabas las orejas con mondadientes. Compréndeme, padre, te lo suplico; en el fondo se trataba de detalles com­pletamente insignificantes, pero a mí me resul­taban deprimentes por la única razón de que tú mismo, el hombre tan tremendamente decisivo para mí, no observases los mandamientos que me imponías. De ahí que el mundo se dividiese para mí en tres partes; en la primera vivía yo, el esclavo, bajo unas leyes creadas exclusivamente para mí y a las que, por añadidura, sin saber por qué, nunca podía obedecer del todo; luego, en un segundo mundo, a una distancia infinita del mío, vivías tú, ocupado en el gobierno, en dar órdenes y en enfurecerte cuando no eran cum­plidas, y finalmente había un tercer mundo donde vivía el resto de la gente, felices y libres de órdenes y de obediencia. Vivía continuamen­te avergonzado; o cumplía tus órdenes, lo cual era una vergüenza, puesto que sólo tenían validez para mí; o me mostraba desobediente, lo que también era una vergüenza, porque, ¿cómo osaba resistirme a ti?, o no podía obedecer, porque no tenía, por ejemplo, tu energía, ni tu apetito, ni tu habilidad, aunque tú me lo exigías como algo perfectamente lógico; ésta era sin duda la mayor vergüenza de todas. Así se mo­vían, no las reflexiones, pero sí los sentimientos del niño.

Mi situación de entonces resultará quizá más clara si la comparo con la de Felix. También a él le tratas del mismo modo, e incluso le aplicas un sistema educativo especialmente temible, puesto que, cuando en las comidas hace algo que tú consideras incorrecto, no te limitas a decirle lo que me decías a mí: «eres un cerdo», sino que añades: «un verdadero Hermann», o «igual que tu padre». Tal vez -no se puede decir aún otra cosa que «tal vez»- este trato no ofen­da esencialmente a Felix, ya que para él no eres más que un abuelo, ciertamente importante, si bien no tienes ni con mucho la importancia que tenías para mí; por lo demás, Felix tiene un carácter tranquilo, que ahora se manifiesta ya bastante viril; puede que lo aturdas con tu voz de trueno, pero a la larga no se dejará dominar; y, sobre todo, son relativamente pocas las veces que está contigo; se halla sometido también a otras influencias; tú eres para él un tipo curio­so, del que puede tomar o dejar lo que quiera. Para mí no tenías nada de curioso; yo no podía elegir; tenía que quedarme con todo.

Y sin poder aducir nada en contra, porque te es imposible por definición hablar con calma de un asunto con el que no estás de acuerdo o que, simplemente, no sale de ti; te lo impide tu temperamento déspota. Desde hace unos años, lo explicas por tu nerviosismo cardíaco, pero no recuerdo que jamás hayas sido muy distinto; a lo sumo, el nerviosismo cardíaco es un recur­so para el severo ejercicio de tu dominación, porque el recuerdo de dicha dolencia sofocará siempre la última réplica de tu interlocutor. Naturalmente, esto no es un reproche, sino la simple verificación de un hecho. Por ejemplo, cuando te refieres a Ottla, «No se puede hablar con ella, enseguida se te sube a las barbas», sueles decir; pero en realidad no es ella la pri­mera en saltar; confundes la cosa con la perso­na; es la cosa la que se te sube a las barbas y, sin escuchar a la persona, tomas inmediatamente tu decisión; lo que pueda aducirse después sólo consigue irritarte, nunca convencerte. Enton­ces, lo único que sale de ti es: «Haz lo que quieras; no dependes de mí; eres mayor de edad; no tengo por qué darte consejos», y lo dices en un tono enronquecido y terrible, de ira y de condena total, un tono que hoy no me hace temblar como cuando era niño, por el simple hecho de que el sentimiento exclusivo de cul­pabilidad del niño ha sido reemplazado ya en parte por la noción de nuestro común desam­paro.

La imposibilidad de una relación serena tuvo otra consecuencia, por otra parte muy na­tural: perdí la facultad de hablar. Es probable que, de todos modos, no hubiese llegado a ser un gran orador, pero sin duda habría dominado el lenguaje fluido, habitual entre la gente. No obstante, ya muy temprano me prohibiste ha­blar; tu amenaza: «¡No te atrevas a replicarme!», y tu mano alzada al proferirla, son dos cosas que me acompañan desde siempre. Frente a ti -eres un magnífico orador cuando se trata de lo tuyo-, adquirí una forma de hablar entrecorta­da, balbuciente, pero incluso eso te parecía ex­cesivo, y acababa por callarme, al principio qui­zá por obstinación, y después porque no podía ni pensar ni hablar en tu presencia. Y por ser tú efectivamente mi educador, todo ello tuvo en mi vida una repercusión generalizada. Cometes un notable error si crees que nunca me he sometido a ti. «Llevar siempre la contraria» no ha sido realmente mi norma de conducta conti­go, como tú piensas y me reprochas. Al contra­rio: si te hubiese obedecido menos, seguro que estarías mucho más contento de mí. Lo cierto es que todas tus medidas educativas dieron en el blanco; no esquivé ninguno de tus golpes; en mi actual manera de ser, soy (exceptuando na­turalmente los principios y las influencias de la vida) el resultado de tu educación y de mi doci­lidad. El hecho de que este resultado te parezca a pesar de todo lamentable y de que incluso te resistas inconscientemente a admitirlo como resultado de tu educación, se debe justamente a que tu mano y mi material han sido siempre tan extraños entre sí. Decías: «¡No te atrevas a repli­carme!» y así querías reducir al silencio las fuer­zas contrarias que te eran desagradables; pero este influjo era para mí demasiado fuerte, yo era demasiado dócil, enmudecía totalmente, me es­cabullía de tu presencia y sólo me atrevía a moverme cuando me había alejado tanto de ti, que ya no me alcanzaba tu poder, al menos de un modo directo. Pero ahí estabas tú, frente a mí, y todo volvía a parecerte que estaba «en contra», cuando no era más que la consecuen­cia natural de tu energía y de mi debilidad.

Los recursos oratorios de tu sistema educati­vo, extremadamente eficaces y que al menos conmigo no te fallaban nunca, eran: reprimenda, amenaza, ironía, risa malévola y -cosa rara- quejas sobre ti mismo.

No puedo recordar que me atacases directa­mente con insultos explícitos. Tampoco era ne­cesario; tenías otros muchos medios; además, en casa, conversando, y especialmente en el negocio, las invectivas, en torno a mí, caían sobre los demás en tales cantidades, que mu­chas veces ensordecían casi totalmente mis oí­dos infantiles y no había razón alguna para no relacionarlas conmigo, porque las personas a quienes regañabas no eran ciertamente peores que yo, ni tú estabas ciertamente más descon­tento de ellas que de mí. Y también en esto se manifestaba una vez más tu enigmática inocen­cia y tu intangibilidad. Te desatabas en impro­perios sin que ello te creara el menor escrúpulo a ti, que condenabas y prohibías los imprope­rios en los demás.

Reforzabas los improperios con amenazas, y entonces sí que también te dirigías a mí. Me aterrorizabas, por ejemplo, con tu frase: «Te voy a hacer picadillo», aunque sabía que nada peor seguía a tus palabras (la verdad es que, de niño, no lo sabía muy bien); no obstante, correspon­día casi perfectamente a mi idea de tu poder el hecho de que fueses capaz de hacerlo. También me horrorizabas cuando corrías profiriendo gri­tos alrededor de la mesa, persiguiendo a uno de nosotros, aunque en realidad no quisieras aga­rrarlo; pero lo simulabas, y parecía como si la madre, finalmente, lo salvase. Y al niño le pare­cía que, una vez más, había conservado la vida por tu misericordia y que el hecho de seguir viviendo era un inmerecido regalo tuyo. Tam­bién cabría citar aquí las amenazas derivadas de la desobediencia. Cuando yo me ponía a hacer algo que no te gustaba y amenazabas con el fracaso, el respeto a tu opinión era tan grande, que el fracaso era inevitable, aunque tal vez se produjese mucho más tarde. Perdí la confianza en mis propios actos. Me volví inconstante, in­deciso. Cuanto más crecía, mayor era el mate­rial que podías oponerme como prueba de mi nulidad; poco a poco tuviste efectivamente ra­zón en más de un aspecto. De nuevo me guarda­ré muy bien de afirmar que sólo por tu causa he llegado a ser como soy; tú no hiciste más que acentuar lo que ya existía; pero lo acentuaste mucho, porque, comparado conmigo, eras muy poderoso y aplicabas a ello todo tu poder.

Tenías una confianza especial en la educa­ción por medio de la ironía, que era asimismo la que mejor correspondía a tu superioridad sobre mí. En ti, una advertencia solía adoptar la forma siguiente: «¿No puedes hacerlo así o así?

¿Sería pedirte demasiado? ¿No tienes tiempo, verdad?» y cosas por el estilo. Y cada una de estas preguntas, acompañada de una sonrisa y una expresión maliciosas. En cierto modo, uno era castigado antes de saber que había hecho algo malo. También eran provocativas las re­prensiones en las que uno era tratado en ter­cera persona, o sea que ni siquiera se le consi­deraba digno de la interpelación maliciosa; en ellas te dirigías formalmente a mi madre, pero de hecho a mí, que estaba sentado en vuestra presencia; por ejemplo: «Naturalmente, es algo que no se le puede exigir a nuestro hijo» y cosas así. (Esto implicaba, como contrapartida, que yo, por ejemplo, no osase, y luego ya por cos­tumbre ni siquiera pensase, preguntarte nada directamente, si estaba mi madre. Para el niño, era mucho menos peligroso pedir información sobre ti a mi madre, que estaba sentada a tu lado; entonces le preguntaba a ella: «¿Cómo está mi padre?», y de este modo no había sor­presas.) Naturalmente, también había casos en los que uno estaba muy de acuerdo con la más acerba de las ironías: cuando concernía a otros, especialmente a Elli,[13] con quien estuve enfada­do durante años. Para mí era una fiesta de ma­lignidad y de venganza oír decir de ella casi en cada comida: «Tiene que sentarse a diez metros de la mesa, la chica», y luego en tu asiento, con malicia, sin el menor asomo de jovialidad ni de humor, sino como un enemigo encarnizado, intentabas imitarla exagerando la extrema re­pugnancia que te producía su manera de sentar­se. ¡Cuántas veces se repitió el hecho, y otros semejantes, y qué poco conseguiste realmente con, tu actitud! Creo que se debía a que el gasto de ira y de enojo no parecía guardar la debida proporción con el asunto en sí; no se tenía la sensación de que la ira fuese provocada por una minucia como esa de sentarse lejos de la mesa, sino de que ya existía de antemano en toda su magnitud y sólo casualmente había tomado el asunto como pretexto para desencadenarse. Y como estábamos convencidos de que siempre habría un pretexto, no nos preocupábamos ya de nuestra conducta, y además quedaba uno insensibilizado por las constantes amenazas; por otra parte, estábamos casi seguros de que no habría golpes. Uno se volvía un niño hosco, distraído, desobediente, siempre en busca de un refugio donde guarecerse, generalmente un re­fugio interior. Así sufrías tú y sufríamos noso­tros. Desde tu punto de vista, tenías toda la razón cuando, con los dientes apretados y la risa gutural que por primera vez había dado al niño una idea del infierno, solías decir en tono agrio (como no hace mucho, a causa de una carta de Constantinopla): «¡Qué gentuza ésta!»

Totalmente incompatible con esa posición ante tus hijos parecía el hecho de que te lamen­tases públicamente, lo que ocurría con mucha frecuencia. Confieso que de niño (más tarde sí) esto no me producía sensación alguna y no comprendía cómo podías esperar que te com­padecieran. ¡Eras tan descomunal en todos los aspectos! ¿Qué podía importarte nuestra com­pasión o nuestra simple ayuda? En realidad te­nías que menospreciarlas como tan a menudo nos menospreciabas a nosotros. Por esta razón, yo no creía en las lamentaciones y buscaba tras ellas alguna intención oculta. Sólo posterior­mente comprendí que, -en realidad, sufrías mu­cho por tus hijos; pero entonces, cuando tus quejas, en otras circunstancias, habrían podido mover un corazón infantil, abierto, sin prejui­cios, dispuesto a cualquier ayuda, habían de parecerme tan sólo unos recursos educativos y de mortificación demasiado evidentes, no muy duros como tales, pero con el nocivo efecto secundario de que el niño se acostumbró a no tomar demasiado en serio unas cosas que tenía que haber tomado en serio.

Afortunadamente, no dejaba de haber excep­ciones, sobre todo cuando sufrías en silencio y el amor y la bondad, con su fuerza, vencían cualquier oposición y la conmovían de un modo inmediato. Ocurría sin duda muy pocas veces, pero era maravilloso. Por ejemplo, cuan­do, en pleno verano, te veía en el despacho inmediatamente después de comer, cansado, un poco soñoliento, con los codos en la alta mesa, o cuando venías los domingos, agotado, a ver­nos a nuestra casa de veraneo; o cuando, al ponerse nuestra madre gravemente enferma, te agarrabas a la librería, con el temblor del llanto; o cuando, durante mi última enferme­dad, venías a verme a la habitación de Ottla sin hacer ruido, te quedabas en el umbral, estirabas el cuello para verme en la cama y me saludabas sólo con la mano, lleno de consideración. En tales ocasiones, me tendía a llorar de felicidad, y aún hoy lloro al escribirlo.

Posees además una manera particularmente hermosa, que se ve raras veces, de sonreír con calma, satisfacción y afabilidad, una sonrisa que puede hacer completamente feliz a la persona a quien la dedicas. No puedo recordar si, en mi infancia, me obsequiaste alguna vez con ella de un modo manifiesto, pero pudo muy bien ocu­rrir; ¿por qué habías de negármela cuando yo te parecía aún inocente y era tu gran esperanza? De otro lado, tales impresiones amables no han conseguido, a la larga, más que aumentar mi conciencia de culpa y hacerme el mundo más incomprensible todavía.

Preferí atenerme a lo real y duradero. Para afirmarme sólo un poco frente a ti, y en parte también por una especie de venganza, pronto empecé a observar, a inventariar, a exagerar, pequeños detalles ridículos que advertía en ti. Cómo, por ejemplo, te dejabas deslumbrar fácil­mente por personajes que sólo en apariencia ocupaban una posición elevada y de quienes contabas cosas sin cansarte; por ejemplo, de algún consejero imperial o cosa parecida (por otra parte, también este tipo de cosas me hacía daño, el hecho de que tú, mi padre, creyeses necesitar aquellas fútiles confirmaciones de tu valía y te dieses importancia con ellas). O bien, observaba tu predilección por las palabrotas, proferidas en el tono más alto posible, que te hacían reír como si hubieses dicho algo espe­cialmente brillante, cuando en realidad se trata­ba sólo de alguna indecencia insignificante y banal (al mismo tiempo, eran sin duda una nue­va manifestación de tu energía vital que me avergonzaba). Naturalmente, estas observacio­nes diversas se producían en gran cantidad; me hacían feliz, me daban ocasión para secreteos y burlas; a veces lo advertías, te enojabas, lo con­siderabas como una malignidad, como una falta de respeto, pero, créeme, no era para mí más que un medio, por otra parte insuficiente, de autoconservación; eran como los chistes que se difunden sobre dioses y reyes, chistes que no sólo pueden asociarse al más profundo de los respetos, sino que incluso le son inherentes.

Por lo demás, y de acuerdo con la situación semejante en que te hallas respecto a mí, tam­bién tú has intentado una especie de contraata­que. Solías dar a entender que las cosas me iban la mar de bien y que siempre he sido muy bien tratado. Es verdad, pero no creo que, en las circunstancias imperantes, esto me sirviera de mucho.

Es cierto que mi madre se mostró conmigo de una bondad sin límites, pero todo ello esta­ba, para mí, relacionado contigo, y no era por tanto una buena relación. Inconscientemente, mi madre desempeñaba el papel de montero en la cacería. En el caso improbable de que tu educación hubiese podido separarme de ti inci­tándome a la obstinación, a la aversión o inclu­so al odio, mi madre restablecía el equilibrio con su bondad, con frases sensatas (en el caos de la infancia, ella era el prototipo de la sensatez), con ruegos, y de nuevo me veía arrastrado a tu órbita, de la que, en otro caso, tal vez me habría desprendido en beneficio tuyo y mío. O sucedía que no llegábamos a una conciliación propiamente dicha; mi madre se limitaba a pro­tegerme de ti a escondidas; a escondidas, me daba algo, me permitía algo; entonces yo volvía a ser ante ti la criatura a la que asusta la luz, el ser falso, consciente de su culpa, que, a causa de su nulidad, sólo podía llegar por caminos tortuosos incluso a aquellas cosas a las que creía tener derecho. Naturalmente, me acos­tumbré a buscar también por esos caminos unas cosas a las que ni siquiera en mi propia opinión tenía derecho alguno. Y de nuevo se acrecentaba mi sensación de culpabilidad.

También es cierto que apenas si me has pe­gado nunca de verdad. Pero los gritos, el rostro enrojecido, la manera apresurada de desabro­charte el cinturón y dejarlo preparado en el respaldo de la silla, eran cosas que me resulta­ban casi peores. Es como cuando tienen que ahorcar a alguien. Si realmente le ahorcan, se muere y todo acabó para él. Pero si tiene que asistir a todos los preparativos para ser ahorca­do y no se entera de su indulto hasta que ya tiene la soga colgando ante él, puede quedar afectado por ello durante toda la vida. Por aña­didura, de esa gran cantidad de veces que, en tu opinión, claramente manifestada, merecía una paliza y me libraba de ella por pelos gracias a tu clemencia, resultaba un nuevo incremento de mi sensación de culpabilidad. Cualquiera que fuese el punto de partida, siempre desemboca­ba en tu idea de culpa.

Siempre me hacías el reproche (a mí solo o en presencia de otras personas, ya que no tenías noción de lo humillante que era esto último: los asuntos de tus hijos siempre eran públicos) de que vivía sin privaciones, en medio de la paz, el calor y la abundancia, gracias a tu trabajo. Pien­so en ciertas observaciones que deben de haber dejado, literalmente, surcos en mi cerebro, como por ejemplo: «A los siete años tenía que andar ya con el carretón por los pueblos.» «Dor­míamos todos juntos en una habitación.» «Éra­mos felices cuando teníamos patatas.» «Durante años, por falta de ropa de invierno, tuve llagas abiertas en las piernas.» «Aún era un niño cuan­do tenía que ir a Pisek a trabajar en la tienda.» «En casa no me daban absolutamente nada, ni siquiera durante el servicio militar, y aún era yo quien enviaba dinero a mi familia.» «Y sin em­bargo, sin embargo..., el padre era siempre el padre. ¡Quién habla ya de tales cosas hoy en día! ¡Qué saben los hijos! ¡Nadie lo ha sufrido! ¿Entiende esto un muchacho de hoy?» En otras cir­cunstancias, tales historias hubiesen podido ser un recurso educativo de primer orden, nos ha­brían estimulado y dado fuerzas para vencer las mismas penalidades y privaciones que había su­frido nuestro padre. Pero sin duda no era eso lo que querías; precisamente la situación era distin­ta gracias a tus esfuerzos; no había ocasión de distinguirse del mismo modo que tú lo habías hecho. Tal ocasión se habría podido crear única­mente por la fuerza y la subversión; habría sido preciso huir de casa (en el supuesto de haber poseído la capacidad de decisión y la energía suficientes, y de que la madre, por su parte, no hubiese trabajado en contra con otros medios). Pero esto no lo querías en absoluto, lo califica­bas de ingratitud, de extravagancia, de desobe­diencia, de traición, de locura. O sea que, mien­tras por una parte nos inducías a ello con el ejemplo, la explicación y la humillación, lo pro­hibías por otra parte con toda severidad. De no ser así, habría tenido que encantarte la aventura de Ottla en Zürau,[14] al margen de los aspectos secundarios. Ella quería volver al campo, de donde tú viniste, quería trabajos y privaciones como las que tú pasaste, no quería disfrutar de los frutos de tu trabajo, del mismo modo que tú te independizaste de tu padre. ¿Eran unos pro­pósitos tan horribles?, ¿tan alejados de tu ejem­plo y de tu doctrina? De acuerdo, los propósitos de Ottla acabaron fracasando en sus resultados, fueron tal vez algo ridículo, llevado a cabo con demasiado énfasis, sin el debido respeto a los padres. Pero ¿fue exclusivamente culpa suya? ¿No fueron también culpables las circunstan­cias y sobre todo el hecho de que tú le fueses tan extraño? ¿Acaso ella era para ti (como pre­tendiste después, con el deseo de convencerte a ti mismo) menos extraña cuando estaba en tu negocio que después, en Zürau? ¿Y no es abso­lutamente cierto que habrías tenido poder (en el supuesto de que te hubieses superado a ti mismo) para convertir aquella aventura, a base de estímulos, consejos, vigilancia, o tal vez sim­plemente con paciencia, en algo magnífico?

Inmediatamente después de tales experien­cias, solías decir, chanceándote con acritud, que las cosas nos iban demasiado bien. Pero esta broma no lo es, en cierto sentido. Lo que tuviste que conquistar con la lucha, lo recibía­mos nosotros de tus manos, pero la lucha por la vida, a la que accediste de un modo inmediato y que, naturalmente, tampoco nosotros podemos eludir, debemos emprenderla cuando es ya muy tarde, en edad adulta, con las fuerzas de un niño. No digo que, por ello, nuestra situación sea necesariamente más desfavorable que la tuya; tal vez resulte equivalente (aunque sin duda no son comparables las situaciones de base); nosotros tenemos la única desventaja de que no podemos vanagloriarnos de nuestra mi­seria ni mortificar a nadie con ella, como tú has hecho con la tuya. Tampoco voy a negar que me habría sido posible disfrutar, revalorizar de un modo verdaderamente correcto los frutos de tu inmenso y productivo trabajo, y seguir aumen­tando su productividad para darte satisfacción; pero a ello se oponía nuestro distanciamiento. Podía gozar de lo que me dabas, pero sólo con vergüenza, cansancio, debilidad, sentimiento de culpa. De ahí que únicamente pudiese mostrar­te un agradecimiento de mendigo, no actuante.

El resultado inmediato y visible de toda esta educación fue que yo huía de todo lo que me recordaba tu presencia, aun de lejos. Primero fue el negocio. De hecho, habría tenido que gustarme, sobre todo en mi infancia, cuando aún no era más que una tienda en un callejón; estaba tan lleno de vida, tan iluminado por las noches; había mucho que ver y oír, se podía echar una mano de vez en cuando, llamar la atención, y sobre todo admirarte por tu excep­cional talento de comerciante: cómo vendías, tratabas a la gente, bromeabas, te mostrabas incansable, sabías tomar de inmediato una deci­sión en caso de duda, etc.; además, era un nota­ble espectáculo verte hacer un paquete o abrir una caja, y todo el conjunto no constituía la peor de las escuelas para un niño. Pero como, poco a poco, me infundiste terror en todos los sentidos y la tienda y tú fuisteis para mí una sola cosa, tampoco en la tienda me sentía a gusto. Cosas que, al principio, me parecieron natura­les allí, luego me atormentaban, me avergonza­ban, especialmente tu manera de tratar al per­sonal. No sé..., puede que haya sido siempre igual en todos los negocios (en las Assicurazioni Generali,[15] por ejemplo, lo fue efectivamente durante el tiempo que yo estuve allí; al despe­dirme del director, aduje, sin que fuese del todo cierto, aunque tampoco del todo falso, que no podía soportar las continuas broncas, que por otra parte no me afectaban nunca directamen­te; esta dolorosa sensibilidad respecto a ellas ya me venía de casa); pero en mi infancia me im­portaban poco los otros negocios. En cambio a ti, en la tienda, te oía y te veía gritar, insultar y enfurecerte hasta un extremo que, según mi opinión de entonces, no tenía parangón en todo el mundo. Y no sólo había los insultos, sino también otras formas de tiranizar a la gente. Cómo, por ejemplo, arrojabas al suelo de un manotazo unos géneros que no admitías haber confundido con otros, y el dependiente tenía que recogerlos. O tu manera de repetir la mis­ma frase respecto a un dependiente enfermo de los pulmones: «¡A ver si revienta de una vez, ese perro enfermo!» Llamabas a los dependientes «enemigos pagados», y en efecto lo eran, pero antes de que lo fueran, tú me parecías ya su «enemigo que paga». Allí recibí asimismo la gran enseñanza de que podías ser injusto; por mí mismo, no lo habría advertido tan pronto, porque el sentimiento de culpa acumulado en mí era tal, que te daba la razón; pero allí -según mi opinión infantil, que después he corregido evidentemente un poco, aunque no demasia­do- había personas de fuera que a pesar de todo trabajaban para nosotros y que, a cambio de su trabajo, se veían obligadas a vivir atemori­zadas por ti. Naturalmente, yo exageraba, y lo hacía porque aceptaba sin reservas que tú in­fundías a los demás el mismo terror que a mí. La verdad es que, de ser así, no habrían podido vivir, pero como se trataba de gente adulta con unos nervios a toda prueba, se sacudían tran­quilamente los insultos, y éstos, a la larga, te ocasionaban más daño a ti que a ellos. Pero tal situación me hacía la tienda insoportable, me recordaba demasiado mi relación contigo: al margen de tus intereses de empresario y de tu ambición, como simple comerciante eras ya tan superior a todos los que hacían contigo su aprendizaje, que no podía satisfacerte ninguno de sus trabajos, y también conmigo tenías que mostrarte eternamente insatisfecho. De ahí que yo perteneciera inevitablemente al partido del personal, por el simple hecho de que mi timidez me impedía comprender cómo se podía insultar de tal forma a un extraño. Debido a esa misma timidez, quería reconciliar de algún modo al personal -al que yo consideraba terriblemente soliviantado- contigo, con nuestra familia, aun­que sólo fuese en defensa de mi propia seguri­dad. Para lo cual no bastaba ya una conducta normal, correcta, ni siquiera discreta, con el personal; tenía que mostrarme humilde; no sólo saludar yo primero, sino demostrar en lo posi­ble que no exigía que me devolvieran el saludo. Y aunque yo, una persona insignificante, les hubiese besado los pies, no habría podido nun­ca neutralizar la furia con que tú, su dueño y señor, los pisoteabas. Estas relaciones que esta­blecí con unos semejantes fueron más allá del negocio y repercutieron en el futuro (algo pare­cido, aunque no tan peligroso ni tan intenso como en mi caso, es por ejemplo la afición de Ottla a tratar con gente pobre, su contacto, que tanto te indigna, con criadas y personas de esta clase). Finalmente, casi tuve miedo de la tienda, y en cualquier caso, hacía ya mucho tiempo que no era asunto mío, desde antes de iniciar el bachillerato y de distanciarme aún más de ella. Además, me parecía un trabajo excesivo para mis fuerzas, ya que, según decías, consumía incluso las tuyas. Entonces intentaste aún (lo que hoy me conmueve y me avergüenza) ex­traer de mi repugnancia por el negocio, por tu obra, de esa repugnancia que tan dolorosa te resultaba, un poco de dulzura para ti, afirman­do que me faltaba sentido comercial, que tenía ideas más elevadas en la cabeza y cosas por el estilo. A mi madre, como es lógico, le agradaba esta explicación que te obligabas a dar, y yo mismo, en mi vanidad y mi angustia, me dejaba influir por ella. Pero, de haber sido únicamente, o principalmente, esas «ideas elevadas» las que me apartaron del negocio (que ahora, y sólo ahora, odio de un modo sincero y real), habrían tenido que manifestarse de un modo distinto, en lugar de hacerme navegar, temeroso y pa­ciente, a través de los estudios de Enseñanza Media y de Derecho, hasta recalar definitiva­mente en mi escritorio de empleado.

Si quería escapar de ti, tenía que hacerlo también de la familia, incluida mi madre. Cier­tamente, uno podía hallar siempre refugio en ella, pero sólo en relación contigo. Te quería demasiado y estaba rendida a ti con excesiva fidelidad para poder representar en la lucha del hijo un poder espiritual -de inalterable indepen­dencia. Por otra parte, fue éste un instinto cer­tero del niño, puesto que, con los años, mi madre se fue uniendo a ti cada vez más estre­chamente, en tanto que, dentro de sus cosas personales, conservaba de un modo dulce y her­moso, sin ofenderte nunca en lo esencial, su independencia dentro de unas fronteras míni­mas; sin embargo, con los años, fue aceptando ciegamente, de un modo total, más con el cora­zón que con la mente, tus juicios y prejuicios respecto a los hijos, sobre todo en el caso de Ottla, que no dejaba de ser difícil. A decir ver­dad, hay que recordar en todo momento lo in­cómoda, lo extremadamente agotadora que resultaba la posición de la madre en la familia. Se afanaba en el negocio, en llevar la casa, vivía por partida doble todas las enfermedades de la familia, pero el colmo de todo ello fue lo mu­cho que tuvo que aguantar en su posición inter­media entre nosotros y tú. Siempre fuiste ama­ble y considerado con ella, pero en este aspecto la respetaste tan poco como la respetamos no­sotros. Sin la menor consideración, asestamos contra ella nuestros golpes, tú desde tu posición y nosotros desde la nuestra. Era una desviación, no pensábamos en hacer daño, pensábamos únicamente en la lucha que sosteníamos, tú contra nosotros, nosotros contra ti, y nos desa­hogábamos con la madre. Tampoco contribuía muy positivamente a la educación de los hijos tu modo de martirizarla por nuestra causa (na­turalmente, sin la menor culpa de tu parte). Incluso justificaba en apariencia nuestra con­ducta hacia ella, por otra parte injustificable. ¡Cuánto tuvo que sufrir de nosotros por tu cau­sa, y de ti por causa nuestra, sin contar aquellos casos en los que tú tenías razón, porque ella nos consentía, aunque tal vez ese mismo «consen­tir» no pasaba de ser muchas veces una demos­tración silenciosa, inconsciente, contra tu siste­ma! Naturalmente, mi madre no habría podido soportarlo todo, si no hubiese extraído la fuerza suficiente para ello del amor que nos profesaba a todos y de la felicidad que este amor le pro­porcionaba.

Las hermanas me secundaban sólo en parte. La más contenta de su posición respecto a ti era Valli. Por ser la que más cerca estaba de la madre, se sometía a ti como ella, sin gran es­fuerzo ni daño. Y tú también la aceptabas con mayor afecto, precisamente porque te recorda­ba a la madre, aunque poco material kafkiano había en ella. Aunque quizás era esto lo que te parecía bien; donde no había nada kafkiano, ni tú mismo podías exigir que lo hubiese; tampoco tenías la sensación, como con el resto de noso­tros, de que en ella se perdía algo que era preci­so salvar a toda costa. Es posible, por otra parte, que jamás te haya gustado lo kafkiano cuando se manifiesta en las mujeres. Incluso es proba­ble que la relación de Valli contigo hubiese sido aún más afectuosa, si nosotros no la hubiése­mos perturbado un poco.

Elli es el único ejemplo de éxito casi total de una evasión de tu círculo. De ella, cuando era niña, era de quien menos me habría atrevido a esperarlo. Era sin duda una criatura torpe, me­drosa, desganada, pusilánime, rastrera, malicio­sa, holgazana, golosa, tacaña; apenas podía mi­rarla, y mucho menos hablar con ella, de tanto como me recordaba a mí mismo, de tanto como la veía sometida al mismo yugo de una educa­ción. Su tacañería me producía una aversión particular, porque yo era, si cabía, aún más tacaño. La avaricia es sin duda uno de los signos más indudables de una profunda desdicha; yo estaba tan inseguro frente a todas las cosas, que realmente no poseía más que lo que ya tenía en las manos o en la boca, o lo que al menos estaba en camino de llegar a ellas, y esto era precisa­mente lo que a Elli más le gustaba quitarme. Pero todo cambió cuando, al llegar su juventud (esto es lo más importante), se marchó de casa, se casó, tuvo dos hijos, se volvió alegre, des­preocupada, valiente, generosa, desinteresada, llena de esperanzas. Es casi increíble que tú no hayas advertido realmente este cambio o, en todo caso, no lo hayas valorado como merece, tan ofuscado estás por el rencor que siempre sentiste contra Elli y que en el fondo ha perma­necido inalterable, sólo que este rencor se ha vuelto ahora mucho menos actual, puesto que Elli no vive ya con nosotros, y además le han quitado importancia tu amor por Felix y tu sim­patía por Karl. Sólo Gerti[16] tiene que expiarlo aún algunas veces.

De Ottla, apenas me atrevo a escribir nada; sé que con ello pongo enJuego toda la eficacia que espero de esta carta. En circunstancias nor­males, es decir, cuando no se encuentra en un apuro o en un peligro graves, lo único que sientes por ella es odio; tú mismo me has confe­sado que, en tu opinión, siempre te causa dis­gustos y preocupaciones de un modo delibera­do, y que cuando tú sufres por su causa, ella está satisfecha y se alegra. O sea, una especie de diablo. Qué gigantesco distanciamiento, aún mayor que entre tú y yo, debe de haberse pro­ducido entre tú y ella, para que sea posible tan monstruosa incomprensión. Está tan lejos de ti, que apenas si la ves; pones un fantasma en el lugar donde supones que está. Admito que con ella has tenido especiales dificultades. No pene­tro hasta el fondo la complejidad del caso, pero de todos modos veo en ella a una especie de Löwy provista con las mejores armas de los Kafka. Entre nosotros no ha habido propiamen­te una lucha; yo fui despachado pronto; lo que quedó fue huida, amargura, lucha interior. Pero vosotros dos estabais siempre en pie de guerra, siempre a punto, siempre con todas vuestras fuerzas. Una visión tan grandiosa como desola­dora. Sin duda, en los primeros tiempos, estu­visteis muy próximos el uno al otro, porque tal vez de los cuatro hermanos, Ottla es aún hoy la más pura plasmación del matrimonio entre tú y mi madre y de las fuerzas que en él concurrie­ron. No sé lo que ha dado al traste con la dicha de la concordia entre padre e hija; me inclino a creer que fue un proceso semejante al mío. Por tu parte, la tiranía de tu personalidad, y por parte de ella, la obstinación, la susceptibilidad, el sentido de la justicia, la inquietud de los Löwy, y todo ello sostenido por la conciencia de la fuerza kafkiana. Puede que también yo haya influido en ella, aunque no tanto por mi propia iniciativa como por el simple hecho de mi exis­tencia. Por otra parte, ella llegó la última a unas relaciones de poder ya fijadas, y la gran canti­dad de material de que dispuso le permitió for­marse su propio juicio. Puedo imaginar incluso que su personalidad vaciló algún tiempo entre lanzarse a tus brazos o a los del enemigo; al parecer cometiste entonces algún descuido y la rechazaste. No obstante, de haber sido posible, habríais llegado a ser una pareja magníficamen­te bien avenida. Entonces, sin duda, yo habría perdido un aliado, pero la visión de vosotros dos me habría resarcido con creces; y tú, con la dicha inconmensurable de haber hallado plena satisfacción al menos en uno de nosotros, ha­brías cambiado mucho en favor mío. Hoy, por lo demás, todo esto es sólo un sueño. Ottla no tiene contacto alguno con su padre, tiene que buscar ella sola su camino, como yo, y el mayor grado de decisión, de confianza en sí misma, de salud, de despreocupación que posee compara­da conmigo, la hace a tus ojos más perversa y traidora que yo. Lo comprendo; desde tu punto de vista, ella no puede ser de otra manera. Y ella misma está en condiciones de verse con tus ojos, de sentir tu dolor y, si no de desesperarse (la desesperación es cosa mía), al menos de entristecerse por él. En aparente contradicción con todo ello, nos ves juntos a menudo; cuchi­cheamos, nos reímos y, de vez en cuando, nos oyes pronunciar tu nombre. Te damos la sensa­ción de unos conspiradores insolentes. ¡Valien­tes conspiradores! La verdad es que, desde siempre, has sido uno de los principales temas de nuestras conversaciones, como también de nuestros pensamientos; pero, ciertamente, no nos sentamos juntos para maquinar nada contra ti, sino para discutir conjuntamente, con todo empeño, con bromas, con seriedad, con amor, con terquedad, con ira, con repulsión, con re­signación, con sentimiento de culpa, con todas las fuerzas del cerebro y del corazón, este tre­mendo proceso que pesa entre tú y nosotros, en todos sus detalles, desde todos los ángulos, con todos los pretextos, de cerca y de lejos; este proceso en el que constantemente te eriges como juez, cuando no eres, al menos en su as­pecto principal (dejo la puerta abierta a todos los errores que pueden salirme al paso), más que una parte tan débil y ofuscada como nosotros.

En relación con el conjunto, Irma[17] fue un ejemplo aleccionador de tu eficacia pedagógica. Por un lado era una extraña, llegó ya mayor a tu tienda, tenía que tratarte principalmente como jefe, o sea que sólo estuvo expuesta a tu influen­cia en parte y en una edad apta para resistir; por otro lado, llevaba nuestra sangre, admiraba en ti al hermano de su padre y tú tenías sobre ella mucho más poder que el de un simple jefe. Y sin embargo, a pesar de que, con su frágil cuer­po, fuese tan capacitada, inteligente, trabajado­ra, modesta, digna de confianza, desinteresada y fiel, de que te amase como tío y te admirase como jefe, de que acreditase su valía antes y después de diversas colocaciones, jamás te pa­reció una empleada muy buena. Frente a ti (mo­vida también, naturalmente, por nuestro ejem­plo) se mostraba casi como si fuese uno de tus hijos pequeños, y tan grande era para ella el poder imponente de tu personalidad, que se le desarrollaron (aunque sólo frente a ti y es de suponer que sin el profundo sufrimiento del niño) la falta de memoria, la negligencia, el mal humor, e incluso cierta oposición, en la medida en que era capaz de ella; y todo ello no puedo atribuirlo a su naturaleza enfermiza ni a que jamás fue muy feliz, aparte de que pesaba sobre ella una vida familiar desgraciada. Para mí, lo más significativo de tu relación con ella lo resu­miste en una frase que ya consideramos clásica, una frase casi blasfema, pero que precisamente demuestra en sumo grado tu inocencia en lo que respecta a tu manera de tratar a la gente: «La cantidad de porquería que me ha dejado esta bienaventurada. »

Podría describir otros círculos de tu influen­cia y de la lucha contra ella, pero me metería ya en un terreno inseguro y tendría que inventar; además, cuanto más lejos estás del negocio y de la familia, te vuelves tanto más amable, genero­so, cortés, considerado, condescendiente (tam­bién exteriormente, en mi opinión), del mismo modo que, por ejemplo, un autócrata, cuando se halla de pronto fuera de las fronteras de su país, no tiene ya motivos para continuar siendo tiránico y puede mostrarse bondadoso incluso con las gentes más humildes. Es evidente que, por ejemplo, en las fotografías de grupo efectuadas en Franzensbad adoptabas siempre una acti­tud tan dominante y alegre entre aquella gente­cilla adusta, que parecías un rey de viaje. Sin duda, los hijos habrían podido obtener de ello sus ventajas, con tal que en la infancia hubiesen sido capaces de reconocerlo, lo que resultaba imposible, y de que, en mi caso, yo no hubiese tenido que vivir continuamente y de un modo u otro en el círculo más íntimo, más estricto y más opresor de tu influencia, que fue lo que realmente hice.

Con ello no sólo perdí el sentido de la fami­lia, cómo tú dices; antes bien, me quedaba aún este sentido de la familia, aunque era absoluta­mente negativo, consistente en la íntima separa­ción de ti (que naturalmente nunca se consu­maba). Pero las relaciones con personas que no eran de la familia se vieron perjudicadas aún más, si cabe, por tu influencia. Estás completa­mente equivocado si crees que por los demás lo hago todo con amor y fidelidad, mientras que, por ti y por tu familia, la frialdad y la traición me inducen a no hacer nada. Lo repito por enésima vez: probablemente me habría conver­tido igualmente en una persona huraña y teme­rosa, pero de aquí al lugar donde he llegado realmente queda aún un camino largo y oscuro. (Hasta ahora, en esta carta, me he callado exprofeso un número relativamente escaso de co­sas; ahora y posteriormente tendré que callar­me algunas cosas que -ante ti y ante mí mis­mo- aún me resultan demasiado difíciles de confesar. Lo digo porque, si la visión global se vuelve a trechos algo confusa, no creas que es debido a falta de pruebas; en realidad existen pruebas que podrían dar a dicha visión una crudeza insoportable. No es fácil dar con el término medio en este aspecto.) De momento, bastará con recordar hechos pasados: frente a ti, yo había perdido la confianza en mí mismo, que fue sustituida por un infinito sentimiento de culpa. (Recordando esta infinitud, escribí una vez sobre alguien, acertadamente: «Teme que la vergüenza aún lo sobreviva.»)[18] No podía transformarme repentinamente al encontrarme con otras personas; más bien se me acentuaba frente a ellas el sentimiento de culpa, porque, como ya he dicho, tenía que subsanar en ellas las recriminaciones que, con mi complicidad, les hacías en el negocio. Asimismo tenías siem­pre algo que oponer, abiertamente o en secreto, a cualquier persona con quien yo me relacionase, y también por ello tenía que pedirles perdón. La desconfianza que, en la tienda y en casa, inten­tabas inculcarme contra la mayoría de la gente (entre las personas que, en mi niñez, tuvieron para mí alguna importancia, cítame una sola a quien tú no hayas criticado al menos una vez hasta dejarla por los suelos), una desconfianza que a ti, curiosamente, no te creaba el menor problema (tenías la fuerza suficiente para so­portarla y, por otra parte, quizá no constituía en realidad más que el emblema del tirano)... Esta desconfianza que, a mis ojos de niño, nada justi­ficaba, puesto que no veía junto a mí más que a personas de inimitable bondad, se convirtió en mi interior en una desconfianza hacia mí mis­mo y en un miedo creciente a los demás. Así que, en general, era evidente que no tenía la menor posibilidad de salvarme de ti. El hecho de que te engañases al respecto se debió quizás a que no tenías la menor noticia de cuáles eran mis relaciones y suponías, desconfiado y celoso (¿niego acaso que me quieres?), que en alguna parte tenía que hallar una compensación por mi huida de la vida familiar, ya que era eviden­temente imposible que fuera de casa viviese de aquella forma. Por lo demás, en este aspecto, precisamente cuando era niño, me daba cierto consuelo esa misma confianza en mis juicios; me decía: «Sin duda exageras y, como suele hacerlo la juventud, das a hechos insignifican­tes una excesiva importancia, como si fueran grandes excepciones.» Pero más tarde, al adqui­rir una visión más amplia de la vida, perdí este consuelo.

Tampoco el judaísmo pudo salvarme de ti. En él habría sido imaginable una salvación, o más aún, habría sido imaginable que ambos hubiésemos confluido en él o que la hubiése­mos utilizado como punto de partida común. Pero, ¿cómo fue el judaísmo que recibí de ti? En el transcurso de los años, me he enfrentado con él de tres maneras distintas.

De niño, coincidiendo contigo, me hacía re­proches por no frecuentar bastante el templo, porque no ayunaba, etc. No creía cometer una falta contra mí mismo, sino contra ti, y me invadía la sensación de culpabilidad, siempre predispuesta.

Luego, de joven, no comprendía que, en nombre del falso judaísmo que practicabas, me reprochases que no me esforzara (aunque fuese por piedad, decías) en practicar también aque­lla falsedad. Realmente, por lo que a mí se me alcanzaba, era una falsedad, un juego, ni siquie­ra un juego. Ibas al templo cuatro veces al año, estabas más cerca de los indiferentes que de aquellos que lo tomaban en serio, despachabas pacientemente las plegarias como una formali­dad, me asombrabas a veces porque eras capaz de señalarme en el libro de oraciones el pasaje que estaban recitando justamente en aquel mo­mento; además, el hecho de estar en el templo (y esto era lo principal) me permitía pasear mi imaginación por donde quisiera. Así pues, entre bostezos y cabezadas, mataba las muchas horas que pasábamos allí (posteriormente creo que sólo me he aburrido tanto en la clase de danza) y buscaba una distracción mínima en las peque­ñas variaciones que se producían; por ejemplo, cuando abrían el Arca de la Alianza, que siem­pre me recordaba las barracas de tiro, donde, si uno daba en el blanco, se abrían también unas puertecillas, aunque allí aparecía siempre algo interesante, mientras que en el Arca aparecían siempre los viejos muñecos sin cabeza.[19] Por lo demás, pasé también mucho miedo, no sólo, como es obvio, por la gran cantidad de perso­nas desconocidas con las que uno entraba en estrecho contacto, sino porque una vez dijiste incidentalmente que también a mí podían lla­marme para leer la Torá. Me pasé años temblan­do ante aquella posibilidad. Pero, por lo gene­ral, mi aburrimiento no se vio casi nunca inte­rrumpido, salvo, a lo sumo, por la Barmizwe,[20] que por otra parte sólo exigía aprender de me­moria cosas ridículas, y que, consiguientemen­te, acababa en un examen no menos ridículo, y luego, en lo que a ti respecta, hubo asimismo pequeños incidentes de escasa importancia; por ejemplo, cuando te llamaban a leer la Torá y salías con bien del suceso, que para mí tenía exclusivamente un carácter social, o cuando, el día de la conmemoración de los difuntos,[21] te quedabas en el templo y me mandabas a casa, lo que, tal vez por el hecho de mandarme salir y por falta de una devoción más profunda, me produjo durante mucho tiempo la sensación de que se trataba de algo indecente. Si esto ocurría en el templo, en casa era quizá más lastimoso todavía y nos limitábamos a la celebración de la primera noche de la Pascua, que cada vez más se convirtió en una comedia con accesos de risa, sin duda por influencia de los hijos, que se iban haciendo mayores. (¿Por qué tenías que doblegarte a esta influencia? Porque eras tú mismo quien la suscitaba.) Éste fue, por tanto, el material religioso que se me transmitió y al que se añadió a lo sumo la mano tendida, que señalaba a «los hijos del millonario Fuchs», los cuales acudían también al templo con su padre en las grandes solemnidades. Yo no compren­día que con este material se pudiera hacer algo mejor que desprenderse de él lo antes posible; y este desprenderse me parecía justamente el acto más piadoso.

Sin embargo, posteriormente volví a consi­derarlo de otra forma y comprendí por qué podías creer que también en este aspecto te traicionaba con mala intención. De la pequeña comunidad aldeana, casi un gueto, de donde procedías, habías traído en efecto un poco de judaísmo; no era mucho y aún disminuyó en la ciudad y en el ejército, aunque las impresiones y recuerdos de la juventud bastaban para asegu­rar mínimamente una especie de vida judía, en especial porque tampoco necesitabas que te ayudasen mucho en este aspecto: eras de una estirpe muy fuerte y difícilmente podías sentirte conmovido por problemas religiosos, si no se mezclaban mucho con problemas sociales. En el fondo, la fe que presidía tu vida consistía en dar crédito incondicional de las opiniones de una determinada clase social judía; así que, de hecho, puesto que estas opiniones te eran con­sustanciales, te dabas crédito a ti mismo. En ello quedaba aún bastante judaísmo, pero era muy poca cosa para ser transmitida a un hijo; se diluía en la totalidad, cuando lo transmitías. En parte eran impresiones juveniles intransferibles y en parte era tu temida persona. De otro lado, a un niño con una capacidad de observación exa­cerbada de puro miedo, resultaba imposible hacerle comprender que las cuatro inani­dades que, en nombre del judaísmo, cumplías con una indiferencia correspondiente a su ina­nidad, pudiesen tener un sentido superior. Para ti tenían sentido como pequeños re­cuerdos de otros tiempos, y por ello querías transmitírmelos, pero, como tampoco tú les dabas un valor intrínseco, sólo podías ha­cerlo mediante la insistencia o la amenaza; por un lado, esto no podía tener éxito, y por otro lado, al no reconocer tú mismo la debi­lidad de tu posición, tenías que enfurecerte mucho contra mí a causa de mi aparente terquedad.

En conjunto, no se trata de un fenómeno aislado; algo parecido sucedió con la mayor parte de esa generación judía de transición que emigró de un medio rural, aún relativamente piadoso, a las ciudades; era algo que se producía espontáneamente, sólo que, en nuestro caso, añadió una tensión bastante dolorosa a unas relaciones que no carecían precisamente de tensión. Ahora bien, en este punto debes creerte tan exento de toda culpa como yo, pero debes explicar esta ausencia de culpa por tu manera de ser y por las circunstancias históri­cas, y no simplemente por aspectos marginales; no debes decir, pongamos por caso, que tenías demasiado trabajo y otras preocupaciones para poderte ocupar, encima, de tales cosas. Es así como sueles dar un giro a tu indudable inocen­cia convirtiéndola en un reproche injusto a los demás. Pero esto, en todas partes, y aquí tam­bién, es muy fácil de refutar. Sin duda no se trataba de una instrucción religiosa que hubie­ses tenido que dar a tus hijos, sino de una vida ejemplar; de haber sido más sólido tu judaísmo, habría sido más convincente tu ejemplo, esto es obvio y no constituye un reproche, sino única­mente una defensa contra tus reproches. No hace mucho leíste los recuerdos de juventud de Franklin.[22] Es cierto que te los di a leer delibe­radamente, pero no, como observaste con iro­nía, por el pequeño pasaje sobre vegetarianis­mo,[23] sino por las relaciones entre el autor y su padre, tal como allí se describen, y entre el autor y su hijo, tal como se desprenden de los mismos recuerdos, escritos para el hijo y a él dedicados. No voy a entrar en detalles.

Tu comportamiento de los últimos años me ha dado cierta confirmación a posteriori de esta concepción tuya del judaísmo, al parecerte que me ocupaba más de los asuntos judíos. Dado que tú sientes, a priori, repulsión por cualquie­ra de mis ocupaciones y especialmente por mi manera de interesarme en ellas, también la sen­tiste en este caso. Con todo, era posible esperar que hicieras una pequeña excepción. Lo que se agitaba en mí era sin duda un judaísmo de tu judaísmo y, por consiguiente, la posibilidad de establecer un nuevo tipo de relaciones entre tú y yo. No niego que estas cosas, si tú te hubieras interesado por ellas, me habrían podido resul­tar ya sospechosas por ese simple motivo. No se me ocurrirá afirmar que, en tal sentido, soy mejor que tú. Pero tampoco hemos hecho nun­ca la prueba. Al mediar yo, llegaste a aborrecer el judaísmo, te resultaron ilegibles los textos judíos, te «daban asco». Esto podía significar que insistías en que el judaísmo que me habías enseñado de niño era justamente el único bue­no, y que nada había fuera de él. Pero era difícil concebir que insistieses en semejante cosa. Y en este caso, el «asco» (al margen de que no era el judaísmo quien lo provocaba, sino mi perso­na) sólo podía significar que reconocías incons­cientemente la debilidad de tu judaísmo y de mi educación judía, que no querías verte obligado a recordarlo y respondías con un odio declara­do a cualquier recuerdo del mismo. Por otro lado, tu sobrevaloración negativa de mi nuevo judaísmo era exagerada; en primer lugar, llevaba en sí tu maldición, y en segundo lugar, la rela­ción básica con el prójimo fue decisiva para su evolución, y en mi caso, por tanto, fue mortal.

Con tu aversión atacaste de un modo más acertado mi actividad de escribir y todas aque­llas cosas, para ti desconocidas, que se relacio­naban con ella. En dicha actividad, había con­quistado de hecho cierta independencia respec­to a ti, aunque esa independencia recordaba un poco la del gusano, el cual, cuando un pie le aplasta la parte trasera, intenta soltarse con la delantera y se arrastra hacia un lado. En cierto modo me sentía a salvo escribiendo, podía res­pirar; la repulsión que, como es natural, sentías también hacia mis escritos, me resultaba excep­cionalmente bienvenida. Mi vanidad, mi orgullo se resentían, es cierto, cuando acogías la apari­ción de mis libros con una frase que se hizo famosa entre nosotros: «¡Ponlo en la mesita de noche!» (casi siempre estabas jugando a las car­tas cuando llegaba un libro), pero en el fondo me sentía a gusto, no sólo por una malicia que se alzaba contra ti, no sólo por el placer de confirmar nuevamente mi concepción de nues­tras relaciones, sino porque, básicamente, aquella fórmula me sonaba como si dijeras: «¡Ahora eres libre!» Naturalmente se trataba de un engaño, no era libre o, en el mejor de los casos, no lo era aún. Mis escritos trataban de ti; en ellos exponía las quejas que no podía formu­larte directamente, reclinándome en tu pecho. Era una despedida de ti, intencionadamente di­latada; sin duda eras tú quien la imponía, pero seguía la dirección que yo le fijaba. No obstan­te, ¡qué poca cosa era todo aquello! Sólo mere­ce la pena comentarlo porque ocurrió en mi vida; en cualquier otro contexto sería totalmen­te imperceptible, y también porque dominó mi vida, como un presentimiento en la infancia, más tarde como una esperanza, y más tarde todavía como una desesperación que me asalta­ba a menudo, y dictó -tomando de nuevo tu forma, si se quiere- mis pocas e insignificantes decisiones.

La opción profesional, por ejemplo. Sin duda me diste en este aspecto una libertad abso­luta, de acuerdo con tu manera de obrar, mag­nánima e incluso tolerante en este sentido. Aun­que también en esto te regías por la forma general de tratar a los hijos, para ti normativa, propia de la clase media judía, o al menos por los juicios de valor de esta clase social. En defi­nitiva, intervino también uno de tus malenten­didos respecto a mi persona. Por orgullo pater­no, por desconocimiento de mi verdadera for­ma de ser, por conclusiones que sacas de mi debilidad, siempre me has considerado muy tra­bajador. En tu opinión, de niño estudiaba sin descanso y después escribía también sin des­canso. Esto no puede estar más lejos de la ver­dad. Exagerando mucho menos, sería mejor de­cir que estudié poco y no aprendí nada; el hecho de que, en tantos años, con una memoria mediana, con una inteligencia no del todo mala, se me haya pegado algo, no tiene nada de raro; en todo caso, el resultado global en cuan­to a conocimientos, y sobre todo en cuanto a la fundamentación de los mismos, es extraordina­riamente lamentable en comparación con el gasto de tiempo y de dinero (en medio de una vida exteriormente tranquila y sin cuidados), pero principalmente en comparación con casi toda la gente que conozco. Es algo deplorable, pero comprensible para mí. Desde que tengo uso de razón, he tenido que preocuparme con tanta intensidad de afirmar espiritualmente mi existencia, que todo lo demás me ha sido indife­rente. Los estudiantes judíos de instituto que hay entre nosotros pueden ser tipos algo extra­ños; uno puede encontrarse con los casos más inverosímiles, pero mi fría indiferencia, apenas velada, indestructible, de un desamparo infan­til, rayana en el ridículo, llena de una autosatis­facción animal, una indiferencia propia de un niño dotado de una imaginación autosuficiente, pero fría, no he vuelto a encontrarla en parte alguna, y era sin duda, también aquí, la única defensa contra el desgaste nervioso producido por el miedo y la sensación de culpabilidad. No tenía más preocupación que yo mismo, pero esta preocupación adoptaba formas diversas. Había por ejemplo la preocupación por mi sa­lud; comenzó muy pronto; de vez en cuando me asaltaba un leve temor por la digestión, la caída del cabello, una desviación de la columna verte­bral, etc.; este temor se incrementaba en infini­tas gradaciones hasta que acababa desembocan­do en una enfermedad real. Pero, como no estaba seguro de nada, como esperaba de cada momento una nueva confirmación de mi existencia y no tenía nada que fuese mío de un modo propio, indudable, exclusivo, decidido inequívocamente por mí, como era en realidad un hijo desheredado, también lo más inmedia­to, es decir, mi propio cuerpo, se volvió para mí inseguro; crecía, me volvía larguirucho, pero no sabía qué hacer con mi estatura, la carga era demasiado pesada, la espalda se encorvaba; apenas me atrevía a moverme, a hacer ejerci­cio, y quedé convertido en un ser débil; todo aquello que aún me funcionaba, por ejemplo la digestión, me asombraba como un milagro; esto bastaba para que lo perdiese, y así quedaba abierto el camino hacia la hipocondría, hasta que, con los sobrehumanos esfuerzos de mi de­seo de casarme (luego hablaré de ellos), la san­gre se me salió de los pulmones; a ello pudo. contribuir en buena parte el piso del Schön­bornpalais[24] -que necesitaba únicamente por­que creía necesitarlo para escribir-, hasta el extremo de que también este asunto debe ser consignado aquí. O sea que mi situación no provenía de un exceso de trabajo, como siem­pre has imaginado. Hubo años en los que, con una salud perfecta, estuve haraganeando en el canapé más tiempo que tú en toda tu vida, in­cluidas tus enfermedades. Si me marchaba co­rriendo de tu lado sumamente atareado, lo ha­cía casi siempre para ir a echarme en mi habita­ción. Mi rendimiento general, tanto en la ofici­na (donde, aunque la pereza no llama mucho la atención, era refrenada en mí por mi timidez) como en casa, es mínimo; si pudieras hacerte de él una idea, quedarías aterrado. Puede que no tenga predisposición a la pereza, pero no había nada que hacer para mí. Dondequiera que vivía, me sentía rechazado, sentenciado, venci­do, y es verdad que hacía desesperados esfuer­zos por huir a cualquier otra parte, pero esto no era un trabajo, porque se trataba de algo impo­sible que, con pequeñas excepciones, era supe­rior a mis fuerzas.

En este estado pues, se me dio libertad para escoger una profesión. Pero ¿era realmente ca­paz de servirme de esta libertad? ¿Tenía con­fianza en mis propias fuerzas para alcanzar una verdadera profesión? La valoración de mi capa­cidad dependía más de ti que de cualquier otra circunstancia, de un éxito externo, por ejemplo. Un éxito me estimulaba durante un momento, y nada más; en cambio, tu peso me hundía sin interrupción. Nunca conseguiría pasar de la pri­mera clase en la Escuela Nacional; así lo creía yo, y sin embargo lo conseguí, e incluso me dieron un premio; pero el examen de ingreso al bachillerato seguro que no iba a pasarlo, y tam­bién lo conseguí; luego vino el primer curso del instituto, y era seguro que iban a suspenderme, pero no me suspendieron, y así fui saliendo adelante. Pero el resultado no fue un aumento de confianza, sino al contrario; siempre tuve la convicción -y tu gesto de repulsa me daba de ello una prueba material- de que, cuanto mayo­res son mis éxitos, peor acabará todo. A menu­do imaginaba el horrendo tribunal de profeso­res (el instituto es sólo el ejemplo más homogé­neo, pero todo lo que me rodeaba era parecido) que se reunían después de pasar yo el primer curso, o sea en el segundo, y una vez aprobado éste, en el tercero, y así sucesivamente, para examinar aquel caso único, que clamaba al cie­lo, y preguntarse cómo me había sido posible, a mí, el más incapacitado, y en cualquier caso el más ignorante, colarme hasta aquella clase que naturalmente -por el hecho de que la atención de todos se dirigía a mí- volvería a vomitarme enseguida, con el consiguiente júbilo de todos los justos liberados de semejante pesadilla. Para un niño no es nada fácil vivir con tales ideas. ¿Qué me importaban las lecciones en estas cir­cunstancias? ¿Quién era capaz de arrancar de mí una pizca de interés? Las clases -y no sólo las clases, sino cuanto me rodeaba en aquella edad decisiva- me interesaban con el interés que el empleado de banca, tras una estafa (mientras sigue en su cargo pero tiembla conti­nuamente de miedo a ser descubierto), debe de sentir por las pequeñas operaciones bancarias de cada día, unas operaciones que debe efec­tuar aún en razón de su cargo. Tan lejano, tan nimio era todo en relación con el problema fundamental. Así continuaron las cosas hasta el examen final, que realmente sólo aprobé, en parte, gracias al engaño, y luego el proceso se detuvo; ya era libre. Si ya entonces, a pesar de la coerción del instituto, sólo me había preocupa­do de mí mismo, mucho más había de hacerlo ahora que era libre. O sea que para mí no existi­ría la verdadera libertad de elegir una profe­sión, puesto que sabía que, al lado de la cues­tión fundamental, todo había de serme tan indiferente como las materias escolares del ins­tituto; se trataba pues de encontrar una profe­sión que, sin herir demasiado mi vanidad, me permitiera conservar mejor esa independencia. Así que era obvio decidirse por el Derecho. Pequeñas tentativas contrarias, nacidas de la vanidad, de una esperanza sin fundamento, como dos semanas de estudiar química y medio año de lenguas germánicas, me reafirmaron en mi primitiva convicción. O sea que estudié De­recho. Esto suponía que, durante los pocos me­ses que precedían a los exámenes, con un nota­ble desgaste nervioso, mi espíritu se alimentaría literalmente del serrín que, por añadidura, ha­brían masticado mil bocas antes que yo. Pero esto me agradaba en cierto sentido, como ante­riormente me agradó también el instituto y pos­teriormente mi profesión de empleado, porque todo ello correspondía perfectamente a mi si­tuación. En general, no dejaba de mostrarme asombrosamente previsor; ya de pequeño, tuve nociones bastante claras respecto a los estudios y a la profesión. No esperaba que me salvasen; hacía ya mucho tiempo que había renunciado a ello.

No mostré, en cambio, la menor previsión respecto a la importancia y a la posibilidad de un matrimonio; este terror, que ha sido hasta ahora el mayor de mi vida, me asaltó de una forma casi completamente inesperada. El niño se había desarrollado tan lentamente; estas co­sas quedaban. tan alejadas de su órbita; alguna vez se le presentó la necesidad de pensar en ellas; pero le era imposible descubrir que en este terreno se le preparaba el examen más largo, más decisivo e incluso más amargo. En realidad, los proyectos matrimoniales fueron el intento más grandioso y esperanzado de salva­ción, aunque luego, evidentemente, no fue me­nos grandioso el fracaso final.

Dado que en este terreno todo me sale mal, temo que tampoco consiga hacerte com­prender estos intentos de matrimonio. Y sin embargo depende de ello el éxito de toda la carta, porque en estos intentos se concentraban por un lado todas las fuerzas positivas de que disponía; por otro lado, también en ellos se reunían con verdadero encono todas las fuerzas negativas que he descrito como un resultado concomitante de tu educación, es decir, la debi­lidad, la falta de confianza en mí mismo, la conciencia de culpa, y tendían literalmente un cordón entre yo y el matrimonio. También me será difícil dar una explicación, por el hecho de que lo he estado pensando y cavilando todo con tanta insistencia, durante tantos días y tantas noches, que a mí mismo se me nubla la vista. Lo único que me facilita explicártelo es tu incom­prensión, a mi entender absoluta, del asunto; enmendar un poco una visión tan radicalmente equivocada no me parece excesivamente difícil.

Para empezar, concibes el fracaso de mi ma­trimonio como uno más en la lista de mis fraca­sos; nada tendría en contra, si aceptases la explicación que he dado de ellos en esta carta. Efectivamente, entra en la lista, sólo que tú no das la debida importancia al asunto, y lo subva­loras hasta el punto de que, cuando hablamos de él, hablamos en realidad de dos cosas com­pletamente distintas. Me atrevo a decir que en toda tu vida no te ha ocurrido nada de tanta importancia como la que ha tenido para mí ese intento de matrimonio. No pretendo que no hayas vivido nada propiamente tan importante, al contrario, tu vida ha sido mucho más rica, más llena de preocupaciones y de agitación que la mía, pero precisamente por ello no te ha ocurrido nada de esta índole. Es como cuando una persona tiene que subir cinco escalones de una escalera, y otra persona sólo uno, pero tan alto (al menos para él) como los otros cinco juntos; la primera no sólo subirá los cinco esca­lones, sino cien y mil más, y habrá llevado una vida de esfuerzo y plenitud; pero ninguno de los escalones que habrá subido tendrá para él la importancia que tiene para la segunda persona aquel escalón, el único, el primero, de una altu­ra que ni con todas sus fuerzas puede dominar; ni puede subir a él, ni tampoco, naturalmente, pasar por alto su existencia.

Casarse, fundar una familia, aceptar todos los hijos que vengan, mantenerlos en este mun­do tan inseguro e incluso guiarlos un poco, es lo máximo que, según mi convicción, puede conseguir un hombre. El hecho de que, en apa­riencia, haya tantos que lo consiguen fácilmen­te no demuestra lo contrario, porque, en pri­mer lugar, no son tantos los que lo consiguen de verdad, y, en segundo lugar, esos pocos, por lo general, no lo «hacen» sino que simplemente les «ocurre»; no llega a ser indudablemente aquel «máximo» de que te he hablado, aunque sigue siendo algo muy grande y honroso (en especial porque el «hacer» y el «ocurrir» no pueden diferenciarse netamente). Y en definiti­va tampoco se trata de aspirar a ese máximo, sino a cierta aproximación, lejana pero decente; no es necesario volar hasta el centro del sol, sino arrastrarse hasta algún pequeño lugar lim­pio de la tierra, donde luzca el sol alguna vez y pueda uno calentarse un poco.

¿Cuál era mi preparación para ello? La peor que se pueda imaginar. Así se deduce ya de lo que antecede. Admitiendo que se requiera una preparación directa del individuo y la creación directa de unas condiciones previas, no se pue­de decir que, exteriormente, me hayas ayudado mucho. Tampoco existía otra posibilidad, ya que en este terreno deciden los hábitos sexuales de una clase, un pueblo y una época. Interviniste en cierto modo, aunque no mucho, porque la premisa de dicha intervención sólo puede ser una gran confianza recíproca, y a los dos nos faltaba ya mucho antes del momento decisivo; tampoco fue muy feliz tu intervención, porque nuestras necesidades eran ya completamente distintas; lo que a mí me afecta, a. ti tiene que dejarte indiferente, y a la inversa; lo que en tí es inocencia, en mí puede ser culpa, y a la inversa; lo que en ti no tiene consecuencias, puede ser mortal para mí.

Recuerdo que una noche salí de paseo conti­go y con mi madre; estábamos en la Josefplatz, cerca del actual Banco de las Naciones, y me puse a hablar tontamente, con jactancia, supe­rioridad, orgullo, serenidad (fingida), frialdad (auténtica) y tartamudeando, como solía hablar contigo, sobre el asunto del sexo; os reproché que me hubieseis dejado en la ignorancia, que hubiesen tenido que ser mis condiscípulos quie­nes se habían encargado de informarme, que hubiese estado expuesto a graves peligros (aquí mentí descaradamente, a mi manera, para mos­trarme valeroso, puesto que, por mi timidez, no tenía una idea muy precisa de esos «graves peli­gros»); pero al final insinué que, por fortuna, ya lo sabía todo, que no necesitaba consejos y que todo estaba arreglado. En cualquier caso, había empezado a hablar del tema principalmente porque me gustaba sacarlo al menos a colación, también por curiosidad y, en último término, porque quería vengarme de algún modo por alguna cosa que me habíais hecho. De acuerdo con tu carácter, te lo tomaste_ a la ligera; te limitaste a decir, más o menos, que podías dar­me un buen consejo para salir del paso sin el menor peligro.

Tal vez había querido provocar precisamen­te una respuesta semejante, por otra parte muy adecuada a la concupiscencia de un muchacho sobrealimentado con carne y con toda clase de buenos manjares, físicamente inactivo, y siem­pre ocupado en sí mismo; pero tus palabras ofendieron tanto mi vergüenza externa (o yo pensé que debían ofenderla), que ya no pude seguir hablando contigo de aquel tema, a pesar de mi voluntad de hacerlo, y corté la conversa­ción con una altiva insolencia.

No es fácil juzgar aquella respuesta tuya. Tiene, por una parte, cierta franqueza avasalla­dora, cierto primitivismo. Por otra parte, en lo que atañe a la doctrina, posee una desenvoltura muy de nuestro tiempo. No sé qué edad tenía yo entonces, pero no debía pasar mucho de los dieciséis años. Para un muchacho como yo, se trataba sin duda de una respuesta muy curiosa, y el hecho de que constituyese la primera lec­ción directa, de importancia para mi vida, que tú me diste, demuestra asimismo lo muy distan­ciados que estábamos. Sin embargo, su verda­dero sentido, que entonces se sumergió en mi conciencia y no volvió a medias a ella hasta mucho más tarde, era el siguiente: lo que me aconsejabas que hiciese era, en tu opinión, y más aún en mi opinión de entonces, lo más sucio que podía darse. Tu deseo de evitar que yo llevase a casa algo de aquella suciedad en mi cuerpo era secundario; con ello te protegías únicamente tú mismo y protegías tu casa. Pero lo principal era que tú te quedabas fuera de tu consejo, como un hombre casado, un hombre puro, que estaba por. encima de tales cosas; probablemente todo aquello se agravó para mí por el hecho de que el matrimonio me parecía también algo obsceno y me resultaba imposible aplicar a mis padres las generalidades que había oído decir sobre el matrimonio. Esto te hacía aún más puro, te elevaba a mayor altura. Era completamente impensable para mí que hubie­ses podido darte a ti mismo semejante consejo, por ejemplo antes de casarte. O sea que en ti no quedaba prácticamente el menor resto de in­mundicia terrenal. Y eras tú el que, con unas pocas palabras dichas sin rodeos, me hundías en esa inmundicia como si estuviese predestina­do a ella. Así pues, si el mundo sólo se compo­nía de ti y de mí, como yo tendía a imaginar, resultaba que en ti acababa la pureza del mun­do, y en mí, por obra de tu consejo, se iniciaba la inmundicia. Realmente, era incomprensible que me condenases de aquella forma; lo único que podía explicármelo era una antigua culpa y el más profundo desprecio por tu parte. Y nue­vamente me sentí atrapado, con gran violencia, hasta lo más profundo.

Ahí es donde tal vez aparece más clara la ausencia de culpa de ambos. A da a B un consejo franco, acorde con su manera de enten­der la vida, no muy bonito pero corriente en la vida urbana de hoy en día y que tal vez evite perjuicios en la salud. Moralmente, este consejo no es muy reconfortante para B, pero tampoco hay razón alguna para que, en el transcurso de los años, no pueda abrirse camino; por otra parte, no tiene por qué seguir el consejo, y en cualquier caso el consejo no constituye por sí sólo un motivo para que se hunda toda la vida futura de B. Y sin embargo algo así es lo que ocurre, pero sólo porque tú eres A y yo soy B.

Ahora puedo tener una visión global y espe­cialmente buena de la inocencia de ambos, porque unos veinte años después, en unas circuns­tancias completamente distintas, volvió a pro­ducirse entre nosotros un choque semejante, cruel como hecho concreto, pero mucho me­nos perjudicial en sí mismo, porque, ¿qué que­daba de mí, a los treinta y seis años, que aún pudiese ser dañado? Me refiero a una breve conversación que tuvo lugar uno de los días, muy agitados, que siguieron a la notificación de mi proyecto matrimonial. Me dijiste, más o me­nos: «Seguramente se puso una blusa muy mona, como saben hacerlo las judías de Praga, y naturalmente decidiste enseguida casarte con ella. Y lo antes posible, dentro de una semana, mañana, hoy. No te entiendo; eres un hombre hecho y derecho, vives en la ciudad y no se te ocurre nada mejor que casarte con la primera mujer que se te pone a tiro. ¿Es que no hay otras posibilidades? Si tienes miedo, yo mismo te acompañaré.» Hablaste de un modo más claro y gráfico, pero no puedo recordar ya los detalles; puede que también se me nublase un poco la vista; casi me interesaba más por mi madre, la cual, aunque completamente de acuerdo conti­go, tomó de todos modos algo de la mesa y salió de la estancia. No creo que nunca me hayas humillado tanto de palabra, ni mostrado con mayor claridad tu desdén. Veinte años antes, al hablarme en parecidos términos, se habría po­dido ver, incluso con tus ojos, cierto respeto por el precoz muchacho de ciudad que en tu opinión podía ser iniciado ya en la vida sin rodeos. Actualmente, tal consideración sólo po­dría aumentar tu desprecio; porque el adoles­cente que entonces tomaba el primer impulso, quedó paralizado al tomarlo, y hoy no lo ves enriquecido por experiencia alguna, sino veinte años más lamentable que antes. El hecho de que me hubiese decidido por una muchacha no significaba nada para ti. Habías reprimido siem­pre (inconscientemente) mi capacidad de deci­sión y ahora creías saber (inconscientemente) lo que vale. Nada sabías de mis intentos de salvación en otras direcciones; por consiguien­te tampoco podías saber nada de los procesos mentales que me habían llevado al propósito de casarme; tenías que intentar adivinarlos y, de acuerdo con tu juicio general sobre mí, fuiste a dar con lo más abominable, lo más grosero, lo más ridículo. Y no vacilaste ni un momento en decírmelo también de ese modo. La vergüenza que me produjiste no significaba nada para ti en comparación con la vergüenza que yo haría caer, en tu opinión, sobre tu nombre con mi matrimonió.

Admito que, respecto a mis intentos de matrimonio, podrías contestarme muchas cosas, y efectivamente lo has hecho: no podías respetar mucho mi decisión después de romper dos ve­ces mi compromiso con F.[25] y de haberlo reanu­dado otras dos veces, de haberos arrastrado, a ti y a mi madre, hasta Berlín para el compromiso, y todo en vano. Esto es cierto, pero, ¿cómo llegó a producirse?

La idea fundamental de ambos intentos de matrimonio era totalmente correcta: fundar una familia, independizarme. Una idea que te es indudablemente simpática, si bien en realidad viene a ser como ese juego infantil en el que uno toma la mano del otro, apretándola inclu­so, y grita al mismo tiempo: «Anda, vete, vete, ¿por qué no te vas?» Lo que, en nuestro caso, se complicó por el hecho de que tú siempre decías ese «vete, vete» con sinceridad, pero a la vez, y también desde siempre, me retenías sin saberlo, mejor dicho, me reprimías en virtud de tu sim­ple presencia.

Las dos muchachas, aunque por casualidad, fueron extraordinariamente bien elegidas. Otra prueba de tu absoluta incomprensión es el he­cho de que puedas creer que yo, el temeroso, el vacilante, el receloso, me decidiera de golpe a casarme, fascinado por una blusa. Los dos ma­trimonios habrían sido, por el: contrario, dicta­dos por la razón, si así puede definirse el hecho de que dedicase toda mi capacidad de reflexión al proyecto, día y noche, la primera vez duran­te años y la segunda durante meses. Ninguna de las dos muchachas me ha decepcionado, y yo, en cambio, las he decepcionado a las dos. La opinión que hoy me merecen es exacta­mente la misma que cuando quería casarme con n ellas.

No es que en mi segundo intento de matri­monio haya desestimado las experiencias del primero y que haya actuado, por tanto, con ligereza. Los casos eran muy distintos; las expe­riencias del primero podían precisamente dar­me esperanzas en el segundo, que ofrecía unas perspectivas mucho mejores. No voy a entrar en detalles.

¿Por qué, entonces, no me he casado? Había unos obstáculos concretos, como siempre los hay, pero la vida consiste precisamente en asu­mirlos. Sin embargo, el obstáculo más impor­tante, por desgracia independiente del caso in­dividual, fue que, al parecer, soy intelectualmente incapaz para el matrimonio. Esto se ma­nifiesta en el hecho de que, a partir del momen­to en que decido casarme, ya no puedo dormir, me arde la cabeza día y noche, mi vida no es vida,_ ando tambaleándome, presa de la desespe­ración. La causa de todo ello no son en realidad las preocupaciones; es cierto que hay mil preo­cupaciones inherentes a mi temperamento me­lancólico y a mi pedantería, pero no son ya lo decisivo; es cierto que consuman su trabajo como los gusanos en el cadáver, pero es otra cosa lo que me hiere de un modo decisivo. Es la presión generalizada del miedo, de la debilidad, del desprecio a mí mismo.

Intentaré explicarlo más detenidamente: en este asunto del matrimonio, confluyen al pare­cer dos cosas opuestas en mi relación contigo, y lo hacen con más intensidad que en cualquier otro terreno. El matrimonio es sin lugar a dudas la garantía de la propia liberación y de la inde­pendencia en un grado máximo. Tendría fami­lia, que es lo más grande que, según tú, puede uno alcanzar, lo más grande que tú mismo has alcanzado; yo sería tu igual; todas las humilla­ciones y tiranías anteriores y siempre renovadas pasarían a la historia. Esto sería indudablemen­te fabuloso, pero ahí radica precisamente lo problemático. Es demasiado; no es posible aspi­rar a tanto. Es como si uno estuviese en prisión y no sólo tuviese el propósito de evadirse, lo que quizás fuera posible, sino el de transformar a la vez el edificio de la cárcel en un palacio de recreo para disfrutarlo él mismo. Si se evade, no puede efectuar dicha transformación, y si la efectúa, no puede evadirse. Si quiero acabar con esa desdichada relación que me une a ti e independizarme, debo hacer algo que, en lo posible, no tenga la menor conexión contigo; el matrimonio es ciertamente lo máximo y lo que proporciona una independencia más honora­ble, pero se halla a la vez en íntima conexión contigo. El deseo de superar esta situación tiene por este motivo algo de demencial, y cualquier intento se paga casi con la locura.

Precisamente esta íntima relación es la que me atrae en parte al matrimonio. La igualdad que se establecería entonces entre tú y yo, y que tú podrías entender como ninguna otra, se me aparece tan hermosa precisamente porque po­dría ser un hijo libre, agradecido, inocente, sin­cero, y tú podrías ser un padre tolerante, nada tiránico, comprensivo, satisfecho. Pero, para lo­grarlo, habría que anular todo lo ocurrido, es decir, borrarnos a nosotros mismos.

Tal como somos, el matrimonio me está ve­dado por el hecho de ser precisamente tu dominio propio. A veces imagino el mapamundi des­plegado y a ti extendido trasversalmente en él. Entonces me parece que, para vivir yo, sólo puedo contar con las zonas que tú no cubres o que quedan fuera de tu alcance. Y estas zonas, de acuerdo con la idea que tengo de tu grande­za, no son muchas ni muy confortables, y el matrimonio no se encuentra entre ellas.

Esta comparación demuestra perfectamente que lo que quiero decir no es en modo alguno que, con tu ejemplo, me ahuyentases del matri­monio como me apartaste de la tienda. Al con­trario, a pesar de que pueda existir cierta remo­ta semejanza. Para mí, vuestro matrimonio tenía mucho de modélico, modélico en la fideli­dad, la ayuda mutua, el número de hijos; inclu­so cuando los hijos crecieron y alteraron cada vez más la paz hogareña, el matrimonio como tal permaneció incólume. Fue precisamente di­cho ejemplo el que conformó tal vez mi elevado concepto del matrimonio; el hecho de que mi deseo de casarme no saliese de su impoten­cia fue debido a otras causas: a tu relación con los hijos, que constituye el tema de toda esta carta.

Circula una opinión según la cual el miedo al matrimonio proviene a veces de que uno teme que los hijos le hagan pagar más tarde los pecados que uno mismo ha cometido con sus padres. No creo que, en mi caso, esto tenga gran importancia, porque mi conciencia de cul­pa viene propiamente de ti mismo y está dema­siado impregnada de su propia singularidad; este sentimiento de singularidad forma parte de su torturadora esencia y es inimaginable que pueda repetirse. Debo decir que un hijo como yo, mudo, insensible, seco, derrumbado, me se­ría insoportable; puede que, de no existir otra posibilidad, huyese de él, emigrase como que­rías hacerlo tú en el primer momento, a causa de mi matrimonio. Puede que también esto in­fluyera en mi incapacidad para el matrimonio.

Pero es mucho más importante el temor por mí mismo. Hay que entenderlo así: ya he insi­nuado que, con mi actividad literaria y todo lo que ésta lleva consigo, he efectuado pequeñas tentativas de independizarme, de evadirme, con un éxito casi nulo; muchas cosas me confirman las escasas posibilidades de seguir adelante con ellas. No obstante, es mi deber, o mejor, la razón de toda mi vida, velar por tales tentativas y no exponerlas a ningún peligro que yo pueda evitar, ni a la menor posibilidad de semejante peligro. El matrimonio constituye dicha posibi­lidad de peligro; quizás sea también una posibi­lidad de máximo progreso, pero a mí me basta con que sea una posibilidad de peligro. ¿Cómo me las arreglaría si, efectivamente, resultase un peligro? ¿Cómo podría continuar viviendo en el matrimonio con el sentimiento tal vez indemos­trable, pero desde luego incontrovertible, de tal peligro? Sin duda puedo vacilar ante dicha al­ternativa, pero es segura la decisión final: tengo que renunciar. La comparación del pájaro en mano y los ciento volando sólo es aplicable remotamente en mi caso. En la mano no tengo nada, todos los pájaros están volando, y sin em­bargo -así lo determinan las condiciones de la lucha y la miseria de la vida- debo elegir esa nada. También en la elección de un oficio tuve que escoger de un modo semejante.

El obstáculo más importante para mi matri­monio es sin embargo la convicción, que ya nadie puede extirpar, de que el mantenimiento de una familia y su misma conducción requie­ren necesariamente lo que he reconocido en ti, y precisamente todo junto, lo bueno y lo malo, tal como en ti aparece orgánicamente unifica­do, es decir, fuerza e ironía respecto a los de­más, salud y cierta desmesura, facilidad de pala­bra y reserva, autoconfianza e insatisfacción con la gente, dominio del mundo y tiranía, co­nocimiento de los hombres y desconfianza ante la mayor parte de ellos; luego están las ventajas sin sus defectos correspondientes, como son la laboriosidad, la constancia, la presencia de es­píritu, la imperturbabilidad. De todo ello, en comparación contigo, yo no tenía nada, o muy poco, ¿y me atrevía a casarme, viendo que tú mismo tenías que luchar duramente en tu ma­trimonio e incluso darte por vencido ante los hijos? Naturalmente, no me formulé esta pre­gunta de un modo explícito, ni tampoco le di una respuesta explícita, de lo contrario se me habrían impuesto las reflexiones que se hace todo el mundo sobre este asunto y me habrían mostrado a otros hombres distintos-de ti (para citar sólo uno, muy diferente, entre los que nos rodean: el tío Richard),[26] que se han casado y que poquísimas veces han sucumbido bajo el yugo del matrimonio; esto ya es mucho, y a mí me habría bastado. Pero esta pregunta no me la formulaba, sino que la vivía desde la niñez. No fue el matrimonio lo que me indujo a examinar­me por primera vez a mí mismo, sino que me ponía a prueba ante cualquier insignificancia; ante cualquier insignificancia, tú me conven­cías con tu ejemplo y con tu educación (como he intentado describirlo aquí) de mi incapaci­dad, y lo que era válido para cualquier insignifi­cancia, y te daba la razón, tenía que ser válido también para lo más importante, para el matri­monio. Hasta que sentí el deseo de casarme, crecí más o menos como un hombre de nego­cios que vive al día, que tiene preocupaciones y malos presentimientos, eso sí, pero no una idea clara del estado de sus cuentas. Obtiene algunos pequeños beneficios que, por su carácter insóli­to, no cesa de encarecer y exagerar en su imagi­nación, pero en realidad está perdiendo dinero cada día. Toda entra en los libros de cuentas, pero nunca se hace balance. En un momento dado, se impone la necesidad de hacer balance, es decir, el intento de matrimonio. Y son tan grandes las sumas con las que hay que contar para ello, que es como si jamás se hubiese obte­nido el menor beneficio; no hay más que un enorme déficit. ¡Y entonces, cásate sin perder la razón!

Aquí ha venido a parar mi vida anterior a tu lado, y éstas son las perspectivas para el futuro.

Si examinas ahora los fundamentos del mie­do que te tengo, podrías decir: «Afirmas que simplifico las cosas, si explico mi relación con­tigo inculpándote únicamente a ti; pero creo que, a pesar de tus esfuerzos aparentes, no te lo pones mucho más difícil que yo, y procuras al menos que te sea mucho más soportable. En primer lugar, rechazas toda culpa y toda res­ponsabilidad, y en esto es idéntico el comporta­miento de ambos. Sin embargo, mientras que yo, con toda la franqueza de que soy capaz, te doy a ti toda la culpa, tú quieres ser a la vez “supercomprensivo” y “superdelicado”, y absol­verme a mí de toda culpa. Esto último, natural­mente, sólo lo consigues en apariencia (tampo­co aspiras a más), y uno puede leer entre líneas, a pesar de todos tus eufemismos sobre carácter y naturaleza, contradicción y desamparo, que en realidad yo he sido siempre el agresor y que todo lo que tú has hecho, lo has hecho simple­mente en defensa propia. Por consiguiente, puedes decir que has conseguido ya bastante con tu insinceridad, puesto que has demostrado tres cosas; la primera, que eres inocente; la segunda, que yo soy culpable, y la tercera, que por pura generosidad estás dispuesto no sólo a perdonarme, sino (lo que es más, y a la vez menos) a demostrar incluso que también soy inocente y a pretender creerlo tú mismo, aun­que esto, desde luego, contradice la verdad.

»Eso podría ya bastarte, pero no te basta. Te has metido en la cabeza vivir totalmente a mi costa. Admito que luchemos el uno contra el otro, pero existen dos clases de lucha. La lucha entre caballeros, donde miden sus fuerzas dos adversarios independientes; cada uno de ellos combate por su cuenta, pierde él solo, o gana él solo. Y la lucha del parásito, que no sólo clava su aguijón sino que además chupa la sangre para mantenerse. Así es, propiamente, el solda­do mercenario, y así eres tú. Eres incapaz de vivir por tu cuenta, pero para poderte organizar en la vida con comodidad, sin preocupaciones y sin reprocharte nada, demuestras que yo te he quitado tu capacidad para la vida y me la he metido en el bolsillo. ¡Qué puede importarte entonces tu incapacidad, si yo soy el responsa­ble! Pero luego resulta que te echas tan tranqui­lo y dejas que yo te arrastre, física y espiritual­mente, por la vida. Un ejemplo: cuando, no hace mucho, querías casarte, querías a la vez no casarte, como admites en esta carta; pero, para evitar quebraderos de cabeza, querías que yo te ayudara a no casarte prohibiéndote el matrimo­nio por la vergüenza que dicho enlace haría caer sobre mi nombre. Pero eso ni se me ocu­rrió. En primer lugar, yo no quería, ni en este caso ni en los demás, “poner obstáculos a tu felicidad”, y en segundo lugar, no quiero oír nunca un reproche semejante en boca de un hijo mío. Pero el hecho de haberme dominado y de dejarte libre el camino para el matrimonio, ¿me ha servido de algo? De nada en absoluto. Mi aversión por este matrimonio no lo hubiera impedido; al contrario, más bien te habría servi­do de acicate para casarte con la muchacha; porque el “intento de evasión”, como tú lo lla­mas, se habría consumado con la boda. Y mi permiso para el matrimonio no ha impedido tus reproches, porque demuestras que, en cual­quier caso, yo tengo la culpa de que no te hayas casado. Pero en el fondo, en este aspecto, como en todos los demás, lo único que para mí has conseguido demostrar es que todos mis repro­ches eran justificados y que aún faltaba uno, el más justificado de todos: el reproche de insince­ridad, de adulación, de parasitismo. Si no me equivoco mucho, sigues viviendo a costa mía con esta carta.»

A esto respondo, en primer lugar, que toda esta acusación, que en parte puede volverse también contra ti, no viene de ti, sino precisa­mente de mí. Ni siquiera tu desconfianza en los demás es tan grande como la desconfianza en mí mismo en que me has educado. No niego cierta legitimidad en tu acusación, que aporta además un elemento nuevo a la caracterización de nuestras relaciones. Naturalmente, las cosas no encajan tan bien en la realidad como las pruebas en mi carta; la vida es algo más que un rompecabezas que hay que resolver; pero con la corrección que resulta de este escrito, una co­rrección que no puedo ni quiero extender hasta el detalle, se ha logrado en mi opinión algo tan próximo a la verdad, que puede tranquilizarnos un poco a ambos y hacernos más fáciles la vida y la muerte.

FRANZ

 

 

 

 

REGRESO AL HOGAR

 

 

He regresado, atravesado el zaguán y miro en torno. Es el viejo cortijo de mi padre. El charco en medio. Objetos viejos e inservibles entremezclados cierran el paso hacia la escale­ra del granero. El gato acecha desde la baranda. Un trapo desgarrado, atado alguna vez a una barra, mientras alguien jugaba, se agita al vien­to. He llegado. ¿Quién habrá de recibirme? ¿Quién espera detrás de la puerta de la cocina? La chimenea humea, están preparando el café para la cena. ¿Sientes la intimidad, te encuen­tras como en tu casa? No lo sé, no estoy seguro. La casa de mi padre es, pero todos están el uno junto al otro, fríamente, como si estuviesen ocupados en sus propios asuntos, que en parte he olvidado y en parte no he conocido jamás. ¿De qué puedo servirles, qué soy para ellos, aun siendo el hijo del padre, el hijo del viejo propietario rural? Y no me atrevo a llamar a la puerta de la cocina, y sólo escucho desde lejos, sólo desde lejos escucho, tenso sobre mis pies, pero de manera tal que no pudiera ser sorprendido escuchando. Y porque escucho desde lejos no oigo nada, salvo una leve campanada de reloj, que oigo o que quizás sólo creo oír, llegándome desde los días de la infancia. Lo demás que ocurre en la cocina es secreto de los que allí están sentados y que me ocultan. Cuanto más se titubea ante la puerta, más extraño se siente uno. ¿Qué tal si ahora alguien la abriese y me hiciese una pregunta? ¿Acaso yo mismo no esta­ría entonces como alguien que quiere ocultar su secreto?

 

 

 

EL MATRIMONIO

 

 

La situación general de los negocios es tan mala que, a veces, cuando logro desocuparme un rato en la oficina, tomo la cartera de mues­tras y visito personalmente a los clientes. Entre otras diligencias, me había propuesto llegar al­guna vez a casa de N., con quien antes tenía permanentes relaciones comerciales que, sin embargo, en el último año, por razones que ignoro, llegaron a aflojarse casi por completo. Para tales perturbaciones no es necesario en realidad que haya motivos; en las actuales cir­cunstancias de inseguridad, a menudo determi­na esto una insignificancia, un matiz, y, de la misma manera, una insignificancia, una pala­bra, puede volver a arreglarlo todo. Pero es un poco difícil avanzar hasta N. Es un hombre de edad, que en los últimos tiempos estaba bastan­te enfermo, y que, a pesar de dirigir todavía los negocios, apenas si acude a su comercio; si uno quiere verlo, debe ir a su domicilio, pero gene­ralmente uno prefiere postergar una diligencia comercial de tal índole.

Sin embargo, ayer por la tarde, después de las seis, me puse en camino; ya no era hora de visita, pero la cuestión no debía juzgarse de manera social, sino comercialmente. Tuve suer­te. N. estaba en casa; acababa de regresar de un paseo con su esposa, como se me informó en la antesala, y se hallaba ahora en la habitación de su hijo, que se encontraba en cama, enfermo. Me invitaron a entrar también allí; al principio vacilé, pero luego privó el deseo de terminar cuanto antes la penosa visita y me decidí, así como estaba, con el abrigo puesto, sombrero y cartera en mano, me dejé conducir a través de una habitación oscura hacia otra, suavemente iluminada, en la que se hallaban varias personas.

En forma seguramente instintiva, mi mirada recayó primero en un agente de negocios, harto conocido para mí, por ser competidor mío. Se había pues deslizado hasta allí, adelantándose­me. Estaba cómodamente instalado junto a la cama del enfermo, como si él fuese el médi­co con su bonito abrigo abierto, abullonado, daba impresión de ser todopoderoso; su desca­ro es insuperable; algo semejante debió de pen­sar también el enfermo, que yacía con las meji­llas enrojecidas por la fiebre y que de vez en cuando miraba hacia él. Por lo demás, el hijo ya no es joven; un hombre de mis años, de barba corta algo descuidada a raíz de la enfermedad.

El viejo N., grande, de anchos hombros, sor­prendentemente enflaquecido por su traicione­ro mal, encorvado e inseguro, permanecía aún como había llegado, con el abrigo puesto, y murmuraba algo en dirección a su hijo. Su es­posa, pequeña y frágil, aunque extremadamente vivaz, pero sólo en cuanto se refería a él -a los otros apenas si nos veía-, se hallaba ocupada en quitarle el abrigo, lo que por la diferencia de estatura entre ambos ofrecía algunas dificulta­des. Pero finalmente lo logró. Quizás la verda­dera dificultad estaba en que N., muy impacien­te, no cesaba, tanteando con sus manos inquie­tas, de pedir el sillón, que por fin la mujer, luego de haberle quitado el abrigo, empujó con prisa hacia él. Ella misma tomó el abrigo, deba­jo del cual casi desaparecía, y se lo llevó.

Por fin pareció llegado mi momento, o, me­jor, no había llegado, no llegaría nunca allí; en realidad, si yo todavía quería intentar algo, de­bía ser inmediatamente, porque tenía la impre­sión de que las posibilidades para una conversa­ción de negocios sólo podían empeorar. Pero no entraba en mis costumbres eternizarme en un asiento, como pretendía seguramente el agente; por otra parte, no quería guardar consi­deraciones a éste. De modo que comencé a exponer brevemente mi asunto, a pesar de que notaba que N. tenía deseos de conversar algo con su hijo. Desgraciadamente, tengo la cos­tumbre, cuando me he excitado con la conver­sación -y esto sucede casi en seguida y sucedió en aquel cuarto de enfermo antes que en otras ocasiones-, de levantarme y pasearme mientras hablo. En la oficina de uno esto puede ser muy conveniente, pero es bastante molesto en casa ajena. Sin embargo, no pude dominarme, sobre todo porque me faltaba el cigarrillo habitual. Ciertamente, todos tenemos malos hábitos, con lo cual todavía elogio los míos en comparación con los del agente. Qué decir, por ejemplo, de que a menudo, de modo completamente inespe­rado, se encasquetaba el sombrero, luego de haberlo empujado suavemente de aquí para allá sobre las rodillas. Claro que ál instante vuelve a quitárselo, como si hubiera sucedido por inad­vertencia, pero de todos modos lo ha tenido un momento en la cabeza, y esto sucede a menudo. Creo que semejante comportamiento es en ver­dad intolerable. A mí no me molesta, voy y vengo, estoy completamente absorbido por mi asunto y miro por encima de él; pero debe de haber gente a la que la prueba con el sombrero ha de sacarla de sus casillas. En mi ardor no presto atención a molestias de esta índole ni a nada; veo, sí, lo que ocurre, pero mientras no he terminado o mientras no oigo objeciones, en cierto modo no tomo conocimiento de ello. Así, por ejemplo, noté perfectamente que N. no esta­ba en condiciones de atender: se revolvía incó­modo, las manos en los brazos del sillón, mira­ba al vacío con expresión de búsqueda desatina­da y su rostro parecía tan ausente como si ningún sonido de mi discurso ni la menor señal de mi presencia llegase hasta él. Yo veía que todo este comportamiento enfermizo me daba pocas esperanzas, pero a pesar de ello seguía hablando como si tuviese todavía la intención de enderezar todo con mis palabras, con mis ventajosas ofertas. Yo mismo me asusté de las concesiones que hacía sin que nadie me las pidiera. Cierta satisfacción me produjo todavía que el agente, como noté de paso, dejara por fin en paz su sombrero y cruzara los brazos sobre el pecho: mi exposición, en parte destinada a él, parecía estropear sus proyectos. La satisfacción que esto me produjo seguramente me habría incitado a seguir hablando largamente si el hijo, al que había prestado poca atención por ser un personaje secundario para mí, no me hubiese reducido a silencio incorporándose a medias y amenazándome con el puño. Evidentemente, quería decir algo, mostrar algo, pero no tenía fuerzas suficientes. Al principio atribuí todo esto al delirio de la fiebre; cuando involuntaria­mente miré hacia el viejo, comprendí todo me­jor. N. estaba sentado con los ojos abiertos, vi­driosos, hinchados, que sólo podían servirle unos instantes más; se inclinaba temblorosa­mente hacia adelante como si alguien le sujeta­se o le golpease la nuca; el labio inferior, el maxilar mismo, colgaba inerte, mostrando las encías; todo el rostro estaba desencajado; toda­vía respiraba, aunque con dificultad, pero lue­go, como liberado, cayó hacia atrás, contra el respaldo, cerró los ojos, la expresión de que hacía algún gran esfuerzo pasó todavía por su rostro y todo terminó. Salté hacia él, tomé la mano que colgaba sin vida, helada, y me produ­jo un escalofrío. Ya no había pulso. Todo había concluido. Ciertamente, se trataba de un hom­bre de edad. Ojalá el morir no nos resulte más arduo. ¡Pero cuánto había que hacer ahora! ¿Y qué con mayor urgencia? Miré en derredor, buscando ayuda. Pero el hijo había subido la manta hasta cubrirse la cabeza, se oía su llanto interminable. El agente, frío como un sapo, se­guía firme en su sillón, visiblemente decidido a no hacer otra cosa que esperar el transcurso del tiempo; yo, solamente yo, quedaba para hacer algo y emprender en seguida lo más difícil: co­municar a la mujer la noticia de alguna manera soportable, es decir, de una manera que no existe. Y ya oía sus pasos diligentes y arrastra­dos en la pieza contigua. Trajo -todavía en ropa de calle, no había tenido tiempo de cambiarse­- un camisón entibiado en la estufa y quería po­nérselo al marido. «Se ha dormido», dijo mo­viendo la cabeza con una sonrisa al notarnos tan silenciosos. Y, con la infinita fe de los ino­centes, tomó la misma mano que hacía un ins­tante había yo tenido en la mía con desagrado y aprensión, la besó como en un pequeño juego conyugal, y -¡cómo debimos de abrir los ojos los otros tres!- N. se movió, bostezó ruidosa­mente, se dejó poner el camisón, toleró con rostro irónicamente disgustado los tiernos re­proches de su mujer por el excesivo esfuerzo realizado en el paseo demasiado largo, y dijo, para justificar que se hubiese quedado dormido, algo relativo al aburrimiento. Después, para no enfriarse yendo a otra habitación, por el mo­mento se acostó en la cama del hijo. Junto a los pies de éste, sobre dos almohadas rápidamente traídas por la mujer, reposó la cabeza. Después

de lo pasado, no encontré nada extraño en ello. Entonces pidió el diario de la tarde, lo tomó sin consideración a los visitantes, pero sin leer, mi­raba sólo aquí allá y nos dijo entretanto, con mirada cortante, asombrosamente comercial, algunas cosas sumamente desagradables acerca de nuestras propuestas, mientras que con la mano libre continuamente hacía movimientos de arrojar algo y deba a entender, chasqueando la lengua, el mal gusto que le provocaba nues­tra conducta comercial.

El agente no pudo dejar de hacer algunas observaciones inadecuadas, sentía probable­mente en su tosquedad que después de lo que había sucedido debía producirse alguna com­pensación. Yo me despedí de prisa; casi le esta­ba agradecido al agente; sin su presencia no hubiese tenido el coraje de retirarme tan pronto.

En la antesala me encontré todavía con la señora N. Al ver su mísera figura le dije sincera­mente que me recordaba un poco a mi madre. Y como permaneciera callada, agregué: «Dígase lo que se quiera: podía hacer milagros. Lo que nosotros ya habíamos destruido, ella sabía com­ponerlo. La perdí en la niñez.» Había hablado deliberadamente con exagerada lentitud y clari­dad, porque sospechaba que la señora era un poco sorda. Y probablemente lo era, porque preguntó sin transición: «¿Y el aspecto de mi marido?» Por algunas palabras de despedida noté que me confundía con el agente; creo que de otra manera hubiera sido más atenta.

Luego bajé la escalera. El descenso fue más difícil que el ascenso, y eso que éste no había sido fácil. ¡Ah, qué desdichadas diligencias co­merciales hay, y uno tiene que seguir llevando la carga!

 

 



[1] Ottilie, la menor de las tres hermanas de Kafka, nacida el 29 de octubre 1892. (Ésta y las siguientes notas pertenecen al traductor.)

[2] Un primo (?).

[3] Marido de Elli; ver las notas 7 y 13.

[4] Julie Löwy se llamaba, de soltera, la madre de Kaf­ka.

[5] Hermanos de Hermann Kafka, el padre. En la carta no se mencionan los cuatro tíos maternos. Uno de ellos, Alfred Löwy, «el tío de Madrid», llegó a director general de Ferrocarriles en España. El predilecto de Kafka fue Siegfried, médico en un pueblecito de Moravia (Un médi­co rural), soltero, a quien Kafka visitaba con frecuencia.

[6] Valerie, la segunda hermana, nacida en 1890.

[7] Sobrino de Kafka, hijo de Elli; ver nota 3.

[8] «Pawlatsche» en el texto original, Pavlac en checo, vocablo que significa balconaje o terraza en el alemán de Praga y de Viena; consiste en un pasadizo abierto o cerra­do con cristales, característico de las casas acomodadas; da a un patio interior.

[9] Un pariente de Kafka.

[10] En el original, meschugge, palabra yiddish que significa loco, absurdo.

[11] Miembro de una compañía de teatro formada por judíos polacos, que recorría la Europa central represen­tando obras en yiddish. El encuentro y la amistad con este actor y con la compañía en general tuvieron una impor­tancia particular en la vida de Kafka. Por su mediación, conoció el judaísmo oriental, pietista y sionista.

[12] Se refiere a un refrán que Kafka, en otro texto, cita así: «Quien con perros se acuesta, con pulgas se le­vanta.»

[13] Gabrielle, la hermana mayor, nacida en 1889.

[14] La hermana de Kafka emprendió ella sola la admi­nistración y el gobierno de una finca en los alrededores de Zürau, villa de Bohemia. Él mismo pasó largas tempo­radas en ella, en 1917 y 1918, cuando esta hermana, tras los años de la infancia, había pasado a ser su predilecta.

[15] Fue el primer empleo de Kafka inmediatamente después de acabar la carrera. Al año escaso, pasó a Segu­ros de Accidentes de Trabajo, donde trabajó hasta su jubilación por motivos de salud, en 1922.

[16] Hijos de Elli y Karl Hermann.

[17] Prima de Kafka.

[18] Conclusión del fragmento de El proceso publica­do póstumamente: «... era como si la vergüenza hubiese de sobrevivirle».

[19] Alusión a los rollos en que los judíos leen sus libros sagrados.

[20] Rito judío que corresponde a la primera comu­nión católica o a la confirmación protestante.

[21] Festividad judía.

[22] En la biblioteca de Kafka había una traducción checa de la autobiografia de Franklin.

[23] Kafka era vegetariano.

[24] Edificio donde Kafka alquiló un piso en 1917.

[25] A fines de mayo de 1914 Kafka se prometió a Felice, a quien había conocido un día de agosto de 1912 en casa de Max Brod. En el mes de julio del mismo año rompió el compromiso, y la historia se repitió exactamen­te entre julio y diciembre de 1917.

[26] Doctor Richard Löwy, abogado de Praga, de quien Kafka fue pasante una temporada, en 1906.

Publicar un comentario

Copyright © BIBLIOTECA EMANCIPACIÓN . Designed by OddThemes