© Libro No. 726. Padres
e hijos. Kafka, Franz. Colección E.O. Abril 19 de 2014.
Título original: © Franz
Kafka. Padres e hijos
Versión Original: © Franz Kafka. Padres e hijos
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Franz Kafka
Padres e hijos
ÍNDICE
El mundo urbano (1911)
Barullo (1911)
La condena (1912)
Once hijos (1917)
Carta al padre (1919)
Regreso al hogar (1920)
El matrimonio (1922)
Franz Kafka
Padres e hijos
EL MUNDO URBANO
Oskar M., un estudiante de cierta edad -al
mirarlo de cerca, lo espantaban a uno sus ojos- se detuvo una tarde de
invierno en medio de la nieve, en una plaza vacía, con sus ropas de invierno,
el gabán encima, una bufanda en torno al cuello y una gorra de piel en la
cabeza. Parpadeó al reflexionar. Se había abandonado hasta tal punto a sus
pensamientos, que de improviso se quitó la gorra y se acarició la cara con su
rizada piel. Finalmente pareció llegar a una conclusión y, con un giro de
bailarín, se volvió para regresar a casa.
Al abrir la puerta de la sala de estar de su casa paterna, vio a su
padre, un hombre pulcramente afeitado, con un pesado rostro carnoso, dirigido
hacia la puerta; estaba sentado ante una mesa vacía. «Al fin», dijo éste,
apenas Oskar hubo puesto el pie en la habitación,
«quédate, te lo ruego, junto a la puerta, porque estoy tan furioso contigo que
no respondo de mí.»
«Pero, padre», dijo Oskar, y sólo
al hablar notó que se había cansado corriendo.
«Silencio», gritó el padre y se levantó, cubriendo una ventana.
«Silencio, te ordeno. Y no me vengas con tus “peros”, ¿entiendes?»
Entonces agarró la mesa con ambas manos y la acercó un paso a Oskar. «No soporto ya por más tiempo tu vida
de crápula. Soy un anciano. Pensaba que en ti tendría un consuelo para mi
vejez, pero me resultas peor que todas mis enfermedades. ¡Vaya un hijo que con
su pereza, su prodigalidad, su maldad y (por qué no decirlo francamente) su
estupidez, está llevando a la tumba a su propio padre!» Aquí, el padre enmudeció,
pero movía el rostro como si aún continuase hablando.
«Querido padre», dijo Oskar, y
avanzó con precaución hacia la mesa, «tranquilízate, todo se arreglará. Hoy he
tenido una idea que me convertirá en un hombre tan activo como puedas desear.»
«¿Cómo?», preguntó el padre, y miró hacia una esquina de la
habitación.
«Confia
en mí; durante la
cena te lo explicaré todo. En mi interior he sido siempre un buen hijo, pero
nunca pude demostrarlo en lo exterior; esto
me amargaba de tal modo, que prefería disgustarte, si no podía darte
satisfacciones. Pero ahora, permíteme que dé un pequeño paseo, para que se me
aclaren las ideas.»
El padre, que en el primer momento, al prestar atención, se había
sentado en el borde de la mesa, se levantó. «No creo que lo que ahora me has
dicho tenga mucho sentido; más bien lo considero pura charlatanería. Pero al
fin y al cabo eres mi hijo. No tardes, cenaremos en casa y entonces podrás
exponerme el asunto.»
«Esta pequeña confianza me basta y te la agradezco de todo corazón.
Pero ¿no se ve en mi simple forma de mirar que estoy completamente ocupado en
un asunto serio?»
«Por el momento no veo nada», dijo el padre. «Pero puede que sea
culpa mía, porque he perdido incluso el hábito de mirarte.» Al propio tiempo,
como era su costumbre, hacía notar cómo pasaba el tiempo dando unos golpes regulares
en la mesa. «Pero lo fundamental es que ya no tengo la menor confianza en ti, Oskar. Si alguna vez te grito -cuando
entraste, te he gritado, ¿no es así?-, no lo hago con la esperanza de poder
mejorarte, lo hago sólo pensando en tu pobre y buena madre, que tal vez no
siente ahora una pena inmediata por ti, pero a quien destruye lentamente el
simple esfuerzo de ahuyentar esta pena, pues ella cree que con ello te presta
alguna ayuda. Aunque, en definitiva, son cosas que tú sabes muy bien y que, por
simple consideración hacia mí mismo, no habría vuelto a recordarte, si no me
hubieses incitado a ello con tus promesas.»
Mientras pronunciaba estas últimas palabras, entró la criada a
vigilar el fuego de la chimenea. Apenas hubo salido de nuevo, Oskar exclamó: «¡Pero, padre! No podía
esperarlo. Si hubiese tenido únicamente una pequeña idea, digamos una idea
sobre mi tesis, que ya lleva diez años en el cajón y necesita ideas como las
comidas necesitan sal, es posible, aunque no probable, que yo, como ha ocurrido
hoy mismo, hubiese regresado a casa de mi paseo, y te hubiese dicho: Padre,
por suerte he tenido esta idea o esta otra. Entonces, si tú, con tu venerable
voz, me hubieses lanzado a la cara los reproches de antes, yo habría eliminado
de un soplo mi idea e inmediatamente me habría tenido que largar con cualquier
excusa o sin ella. ¡Ahora, en cambio! Todo lo que dices contra mí favorece mis
ideas, no cesan de llenarme la cabeza cada vez más fuertes. Me iré, porque
únicamente la soledad me permitirá ponerlas en orden.» Al respirar, tragó el
aire de la cálida habitación.
«También puede tratarse de alguna canallada que se te haya metido en
la cabeza», dijo el padre con los ojos muy abiertos, «y en tal caso no creo que
te suelte. En cambio, si algo bueno anda perdido en tu interior, se te esfumará
durante la noche. Te conozco.»
Oskar hizo girar la cabeza como si alguien
le agarrase por el cuello. «Déjame ahora. Estás hurgando en mí sin fundamento
alguno. La simple posibilidad de predecir correctamente cómo voy a acabar, no
debería realmente inducirte a perturbarme en mis buenos pensamientos. Puede
que mi pasado te dé derecho a ello, pero no deberías aprovecharte de él.»
«Tú, mejor que nadie, ves lo grande que debe de ser tu inseguridad,
puesto que te obliga a hablar así contra mí.»
«Nada me obliga», dijo Oskar, y
sintió una sacudida en la nuca. Luego se acercó tanto a la mesa que no se supo
ya a quién pertenecía. «Lo que he dicho, lo he dicho por respeto e incluso por
amor hacia ti, como podrás ver más adelante, porque en mis decisiones tiene
una parte fundamental la consideración hacia ti y hacia mamá.»
«Entonces tendré que agradecértelo ahora mismo», dijo el padre,
«porque es muy probable que tu madre y yo no estemos en condiciones de hacerlo
cuando llegue el momento.»
«Por favor, padre, deja que el futuro siga todavía durmiendo como
merece. Ya que si uno lo despierta antes de tiempo, tiene entonces un presente
dormido. ¡Que sea tu hijo el primero que tenga que decírtelo! Por lo demás,
tampoco quería convencerte aún, sino darte simplemente la noticia. Y esto, al
menos, lo he conseguido, como tú mismo debes admitir.»
«Ahora, Oskar, hay otra cosa que también me
sorprende: que no hayas venido a verme más a menudo con un asunto semejante al
de hoy. Concuerda con la personalidad que has tenido hasta el presente. No, de
veras que lo digo muy en serio.»
«Sí, y entonces me habrías molido a palos en lugar de escucharme. Dios
sabe que he acudido a ti corriendo para darte una alegría. Pero nada puedo
revelarte hasta que mi plan esté completamente listo. ¿Por qué me castigas,
pues, por mis buenas intenciones y me pides unas explicaciones que, en este
momento, sólo . podrían perjudicar la realización de mi proyecto?»
«Calla, no quiero saber nada. Pero debo responderte con toda
celeridad, porque retrocedes hacia la puerta y, al parecer, te propones algo
muy urgente: con tu treta, has aplacado mi primera explosión de ira, pero he
aquí que ahora me siento aún más triste que antes y por esta razón te suplico
-si insistes puedo incluso juntar las manos- que al menos no digas nada a tu
madre de tus ideas. Que te baste conmigo.»
«No es mi padre el que habla así», gritó Oskar, que ya había apoyado el brazo en el
picaporte. «Desde este mediodía, algo te ha ocurrido, o eres un desconocido a
quien encuentro por primera vez en la habitación de mi padre. Mi verdadero
padre», Oskar se calló unos instantes con la boca abierta, «me habría dado
sin duda un abrazo y habría llamado a mi madre. ¿Qué te pasa, padre?»
«Mejor será que cenes con tu verdadero padre, digo yo. Resultará más
divertido.»
«Ya vendrá. A la larga, no puede dejar de venir. Y mi madre tiene que
estar presente. Y Franz, a quien voy a buscar ahora mismo.» E
inmediatamente Oskar empujó con el hombro la puerta, que se
abría con facilidad, como si se hubiese propuesto hundirla.
Una vez en casa de Franz, saludó
con una inclinación a la diminuta patrona y le dijo: «El señor ingeniero
duerme, lo sé, pero no importa», y sin ocuparse de la mujer que, descontenta
de la visita, andaba sin objeto de un lado a otro del vestíbulo, abrió la
puerta vidriera que, como si la hubiesen tocado en un punto muy sensible,
tembló en su mano, y gritó sin que le preocupase el interior de la estancia,
que apenas veía aún: «A levantarse, Franz. Necesito tu consejo profesional. Pero aquí en tu cuarto no lo soporto,
tenemos que salir a dar un pequeño paseo, y además debes quedarte a cenar con
nosotros. Venga, rápido.»
«Con mucho gusto», dijo el ingeniero desde su sofá de piel, «pero ¿qué
es lo primero que hay que hacer? ¿Levantarse, cenar, pasear, dar un consejo? Y
aún debe de haber algo más que se me ha pasado por alto.»
«Ante todo, no bromear, Franz. Es lo
más importante, y lo había olvidado.»
«Este favor puedo hacértelo en seguida. ¡Pero levantarme! Por ti,
preferiría cenar dos veces antes que levantarme una sola.»
«¡Pues ya te estás levantando! No me repliques.»
Oskar agarró al débil individuo por las
solapas de la chaqueta y lo hizo sentar.
«Estás loco de atar. Con todos mis respetos. ¿Alguna vez te he
arrancado así del sofá?» Se frotó los ojos cerrados con ambos meñiques.
«Pero, Franz», dijo Oskar con el rostro contraído, «vístete ya.
No soy tan necio como para haberte despertado sin motivo.»
«Tampoco yo dormía sin motivo. Ayer tuve turno de noche, y hoy pierdo
la siesta, también por tu causa... »
«¿Qué?»
«Que ya empieza a fastidiarme la poca consideración que tienes
conmigo. No es la primera vez. Naturalmente, eres un estudiante libre y puedes
hacer lo que quieras. No todo el mundo tiene tanta suerte. Pero al menos
podrías tener más consideración, ¡diablos! Es verdad que soy amigo tuyo, pero
no por ello me han desposeído aún de mi trabajo.» Para demostrarlo, movía de un
lado a otro las manos abiertas, mostrando las palmas.
«Después de toda esta palabrería, ¿no he de creer que has dormido ya
más de lo suficiente?», dijo Oskar, que se
mantenía de pie, pegado a uno de los postes de la cama, desde donde contemplaba
al ingeniero como si tuviera un poco más de tiempo que antes.
«Bueno, en realidad, ¿qué quieres de mí? O mejor dicho, ¿por qué me
has despertado?», preguntó el ingeniero, y se frotó el cuello con energía bajo
su barba de chivo, con esa relación más íntima que uno tiene con su cuerpo después
de dormir.
«¿Qué quiero de ti?», dijo Oskar en voz
baja, y dio a la cama un golpe con el tacón. «Muy poca cosa. Te lo dije ya
desde el vestíbulo: que te vistas.»
«Si con ello pretendes insinuar, Oskar, que tu noticia me interesa muy poco,
estás en lo cierto. »
.«Tanto mejor. Así el incendio que provocará en ti arderá por su
propia cuenta, sin que intervenga para nada nuestra amistad. Además, la
información será más clara. Necesito una información clara, no lo pierdas de
vista. Por otra parte, si buscas tu cuello y tu corbata, están ahí, en aquella
silla.»
«Gracias», dijo el ingeniero, y empezó a ponerse el cuello y la
corbata, «después de todo, uno puede confiar en ti. »
BARULLO
Quiero escribir con un temblor constante en la frente. Estoy sentado
en mi habitación, que es el cuartel general del ruido de toda la casa. Oigo
golpear todas las puertas; con su estrépito, sólo me libro de oír los pasos de
quienes corren entre ellas; oigo incluso el golpe de la puerta del horno de la
cocina. Mi padre abre brecha en las puertas de mi habitación y la cruza arrastrando
su batín; en la estufa de la habitación vecina están rascando las cenizas;
Valli pregunta a alguien indeterminado, a través del vestíbulo, gritando como
si estuviera en una calle de París, si ya han limpiado el sombrero de papá; un
siseo que está a punto de serme amistoso suscita el griterío de una voz que le
replica. Descorren el cerrojo de la puerta principal y su chirrido parece salir
de una garganta acatarrada; luego se sigue abriendo la puerta con el breve
canto de una voz femenina y se vuelve a cerrar con un sordo arrebato masculino,
que resulta de lo más desconsiderado. El padre ha salido, y ahora se inicia el
sonido más suave, más disperso, más desesperante, presidido por las voces de
dos canarios. Ya lo había pensado antes, pero, al oír los cantos de los
canarios, se me vuelve a ocurrir que podría abrir la puerta dejando únicamente
una pequeña rendija, arrastrarme como una serpiente a la habitación de al lado
y así, desde el suelo, pedirles a mis hermanas y a su institutriz que se
callen.
LA CONDENA
Para F.
Era una mañana de domingo, en plena primavera Georg Bendemann, joven comerciante, estaba
sentado en su dormitorio, en el primer piso de una de esas casas bajas y mal construidas
que se elevaban a lo largo del río, que apenas se distinguían unas de otras por
la altura y el color. Acababa de escribir una carta a un amigo de infancia que
se encontraba en el extranjero, la cerró distraída y lánguidamente y, apoyando
los codos sobre el escritorio, contempló por la ventana el río, el puente y
las colinas de la otra orilla, con su pálida vegetación.
Pensaba en su amigo, que algunos años antes, disconforme con las
perspectivas que su patria le ofrecía, se había ido a Rusia. Ahora tenía un
negocio en San Petersburgo, que al principio había prosperado bastante, pero
que desde tiempo atrás parecía decaer, según se deducía de las quejas que su
amigo, en sus visitas cada vez más espaciadas, formulaba insistentemente. Por
lo tanto, sus esfuerzos en el extranjero eran inútiles; la exótica barba larga
no había logrado transformar totalmente su rostro tan familiar desde la
infancia, cuyo tinte amarillento parecía revelar alguna enfermedad latente.
Según él decía, no tenía mayores relaciones con la colonia de compatriotas en
aquella ciudad ni tampoco amistades entre las familias del lugar, de modo que
su destino parecía ser una definitiva soltería.
¿Qué se podía escribir a una persona así, que evidentemente había
errado de camino, y a quien se podía compadecer, pero no ayudar? ¿Aconsejarle
acaso que volviera a su patria, que se trasplantara nuevamente, que reanudara
sus antiguas amistades -nada podía impedírselo- y se confiara en general a la
benevolencia de sus amigos? Pero eso sólo hubiera significado decirle, y
cuanto más amable, más ofensivamente, que todos sus esfuerzos habían sido
vanos, que ya era hora de darse por vencido, que debía repatriarse y permitir
que lo miraran eternamente como a un repatriado, con los ojos abiertos de
asombro; que sólo sus amigos eran sensatos, que él era simplemente un niño
adulto y que le convenía atenerse al consejo de sus amigos más afortunados porque no habían
salido del país. ¿Y era acaso tan obvio que todos esos sufrimientos que se
quería infligirle resultarían provechosos? Tal vez ni siquiera deseaba volver
-él mismo decía que ya no estaba al corriente del estado de los negocios en su
patria- y, por lo tanto, se quedaría en el extranjero a pesar de todo, amargado
por los consejos, y cada vez más alejado de sus amigos. En cambio, si seguía
estos consejos, y al llegar aquí se encontraba peor que antes -naturalmente, no
por malicia, sino por la fuerza de las circunstancias-, no se sentía cómodo ni
con sus amigos ni sin ellos, y en cambio se consideraba humillado, descubría de
pronto que carecía tanto de patria como de amigos, ¿no sería mejor después de
todo quedarse en el extranjero, como ahora? Considerando todas estas
circunstancias, ¿se podía realmente dar por sentado que le convenía volver al
país?
Por estos motivos, si uno deseaba mantener con él una relación
epistolar, no podía impartirle noticias reales, ni siquiera las que se pueden
comunicar sin temor a las más distantes relaciones. Ya hacía tres años que el
amigo no venía al país, y se excusaba laboriosamente, alegando la inseguridad
de la situación política en Rusia, que al parecer no permitía ni la más breve
ausencia de un pequeño comerciante, mientras cientos de miles de rusos se
paseaban tranquilamente por el mundo. Sin embargo, durante el transcurso de
esos tres años las cosas habían cambiado mucho para Georg. Hacía más o menos dos años que la
madre de Georg había muerto, y desde entonces éste
vivía con su padre; por supuesto, el amigo se enteró de la noticia y expresó
sus condolencias mediante una carta, con tal sequedad que uno tenía forzosamente
que deducir que la tristeza provocada por semejante pérdida era completamente
incomprensible en el extranjero. Pero, desde esa época, Georg se había aplicado con mayor decisión
a sus negocios, así como a todo lo demás. Tal vez la circunstancia de que su
padre, mientras vivió su madre, sólo permitía que las cosas se hicieran como a
él le parecía, le había impedido una verdadera y eficaz actividad. Pero después
de dicha muerte, aunque todavía se ocupaba algo de los negocios, el padre se
había vuelto menos tiránico. Tal vez -y esto era lo más probable- una racha
sostenida de suerte lo había ayudado; pero era evidente que durante esos dos
años los negocios habían mejorado inesperadamente; se habían visto obligados a
duplicar el personal, las entradas se habían quintuplicado e, indudablemente,
el futuro le reservaba nuevos éxitos.
Pero su amigo no sabía nada de estas transformaciones. En otros
tiempos, quizá por última vez en su carta de condolencia, había tratado de
persuadir a Georg para que se fuera a Rusia y le había
descrito detalladamente las perspectivas comerciales que San Petersburgo le
ofrecía. Las cifras eran infinitesimales en comparación con el volumen actual
de los negocios de Georg. Pero éste no había sentido deseos de
revelar sus éxitos a su amigo, y hacerlo ahora habría parecido realmente
extraño.
Por lo tanto, Georg se limitaba en todos los casos a poner
a su amigo al corriente de sucesos sin importancia, los que uno puede recordar
una tranquila mañana de domingo y que el azar trae a la mente. Sólo quería que
la imagen que durante este largo intervalo su amigo se había formado de su
ciudad natal, y con la cual vivía conforme, no se modificaran. Y así ocurrió
que Georg le anunció tres veces seguidas, en
tres cartas bastante separadas entre sí, el compromiso de un hombre sin
importancia con una joven igualmente sin importancia, hasta que el amigo,
contra todas las previsiones de Georg, comenzó
a interesarse por ese notable acontecimiento.
Georg prefería escribirle estas cosas en vez
de confesarle que él mismo estaba comprometido, desde hacía algunos meses, con
la señorita Frieda Brandenfeld, una joven de familia
acomodada. A menudo hablaba de su amigo con su novia y de la curiosa relación
epistolar que los unía.
-Entonces, no vendrá a nuestro casamiento -decía ella-, y, sin
embargo, yo tengo el derecho de conocer a todos tus amigos.
-No quiero importunarlo -contestaba Georg-; entiéndeme bien, él probablemente
vendría, por lo menos así creo; pero se sentiría obligado e incómodo, tal vez
me tendría envidia, y ciertamente se sentiría descontento e incapaz de hacer
nada para mitigar su descontento, y luego debería retornar solo a Rusia. Solo;
¿comprendes lo que eso significa?
-Sí, pero ¿no se enterará por otros medios de nuestra boda?
-No puedo impedirlo; pero, considerando la vida que hace, es
improbable.
-Si tenías semejantes amigos, Georg, no debiste comprometerte conmigo.
-Bueno, la culpa de eso es tan tuya como mía; pero ahora no quisiera
por nada cambiar la decisión.
Y cuando ella, respirando agitadamente bajo sus besos, agregó:
-De todos modos, me preocupa -él pensó que realmente no perdería nada
si confesaba todo a su amigo.
«Así soy y así me eligió -pensó-; no puedo dedicarme a crear una
imagen de mí que parezca más apropiada que yo para su amistad.»
Y, en efecto, la larga carta que acababa de escribir esa mañana de
domingo informaba a su amigo del éxito de su compromiso con las siguientes
palabras: «Me reservé para el final la mejor noticia. Estoy comprometido con la
señorita Frieda Brandenfeld, una joven de familia
acomodada, que vino a vivir a esta ciudad mucho después de tu partida y a
quien por lo tanto no puedes conocer. Ya tendré ocasión de darte más detalles
sobre mi novia; hoy me limito a decirte que soy muy feliz y que el único cambio
que esto provocará en nuestra relación de siempre es que, si hasta ahora has
tenido un amigo como todos, ahora tienes un amigo feliz. Además, encontrarás
en mi novia, que te saluda afectuosamente y que pronto te escribirá personalmente,
una verdadera amiga, lo que siempre es algo para un muchacho soltero. Sé que muchos
motivos te impiden venir a visitarnos, pero ¿no te parece que mi casamiento es
la ocasión más apropiada para hacer a un lado todos esos obstáculos? De todos
modos, sea como sea, haz como mejor te parezca, de acuerdo únicamente a tus
intereses. »
Con esta carta en la mano, Georg permaneció
largo rato sentado ante su escritorio, mirando hacia la ventana. Apenas había
contestado con una sonr
Finalmente se metió la carta en el bolsillo y salió de la habitación;
atravesó un breve corredor hasta llegar a la habitación de su padre, donde no
había entrado durante meses. En realidad esto no era necesario, porque veía a
su padre todos los días en el negocio y, además, a mediodía comían juntos en un
restaurante; de noche cada uno hacía lo que quería, pero generalmente se
quedaban un rato en la sala común, con sus respectivos diarios, a menos que Georg, como a menudo ocurría, saliera con sus
amigos o, sobre todo en los últimos tiempos, fuera a visitar a su novia.
Georg se asombró de que el cuarto de su
padre fuera tan oscuro, aun en una mañana de sol: tanta sombra daba la alta
pared que limitaba el patiecito. El padre estaba sentado junto a la ventana,
en un rincón adornado con diversos recuerdos de la difunta madre, y leía el
diario sosteniéndolo un poco de costado ante los ojos, para compensar cierto
defecto visual. Sobre la mesa estaban los restos del desayuno, del que parecía
no haber aprovechado mucho.
-¡Ah, Georg! -dijo el padre, y se acercó para
recibirlo.
Al andar, su pesada bata se abrió, y el amplio vuelo onduló susurrante
en torno del anciano. «Mi padre es todavía un gigante», pensó Georg.
-Aquí está insoportablemente oscuro -dijo luego.
-Sí, está bastante oscuro -contestó el padre.
-¿Y tienes la ventana cerrada, además?
-Lo prefiero así.
-Afuera hace bastante calor -dijo Georg, como si continuara su observación
anterior, y se sentó.
El padre recogió los platos del desayuno y los colocó sobre una
cómoda.
-Sólo quería decirte -prosiguió Georg, que seguía con la mirada los movimientos de su padre, como si
estuviera ausente- que he decidido enviar a San Petersburgo la noticia de mi
compromiso.
Sacó del bolsillo un extremo de la carta y luego volvió a guardarla.
-¿A San Petersburgo? -preguntó el padre.
-Sí, a mi amigo -dijo Georg, buscando
la mirada de su padre.
«En el negocio es otro hombre -pensó-; con qué solidez está aquí
sentado, con los brazos cruzados sobre el pecho.»
-Sí. A tu amigo -dijo el padre con énfasis.
-Recordarás, padre, que al principio quise ocultarle mi compromiso.
Por consideración hacia él; ése era el único motivo. Tú bien sabes que es una
persona un poco quisquillosa. Pensé que podía enterarse por otras fuentes de mi
compromiso, aunque, teniendo en cuenta su vida solitaria, eso no es muy
probable; yo no podía evitarlo, pero de mí directamente no lo habría sabido
nunca.
-Y, sin embargo, ¿ahora has cambiado otra vez de idea? -preguntó el
padre, depositando su enorme periódico sobre el alféizar de la ventana y sobre
el periódico las gafas, que cubrió con la mano.
-Sí, ahora he cambiado de idea. Si es realmente amigo mío, pensé,
entonces, la felicidad de mi compromiso ha de ser también una felicidad para
él. Y por lo tanto no me demoré en comunicárselo. Pero antes de enviar la carta
quise decírtelo a ti.
-Georg -dijo el padre, abriendo su desdentada
boca-, escúchame. Acudes a mí para hablarme de este asunto. Eso indudablemente
te honra. Pero no sirve de nada, desgraciadamente no sirve de nada, si no me
dices, además, toda la verdad. No quiero sacar a relucir cuestiones que no
vienen al caso. Pero, desde la muerte de nuestra querida madre, han ocurrido
ciertas cosas realmente desagradables. Quizá llegue alguna vez el momento de
mencionarlas, y tal vez mucho más pronto de lo que pensamos. En el negocio hay
muchas cosas que escapan a mi conocimiento, aunque esto no quiere decir que me
las oculten (no pretendo insinuar ahora que me las ocultan), ya no soy tan
capaz como antes, me falla la memoria, no puedo estar al corriente de todo. En
primer lugar, esto se debe al ineludible proceso natural, y en segundo lugar,
la muerte de nuestra querida madrecita ha sido para mí un golpe mucho más
fuerte que para ti. Pero prefiero no alejarme de este asunto, de esta carta;
por lo tanto, Georg, te ruego que no me engañes. Es una
trivialidad, no vale la pena ni mencionarla; por eso mismo no me engañes.
¿Existe realmente ese amigo tuyo en San Petersburgo?
Georg se puso de pie, desconcertado.
-Dejemos en paz a mi amigo. Mil amigos no reemplazarían a mi padre.
¿Sabes qué pienso? Que no te cuidas bastante. La ancianidad exige ciertas
consideraciones. Eres para mí indispensable en el negocio, lo sabes
perfectamente; pero si el negocio es perjudicial para tu salud, mañana mismo lo
cierro para siempre. Y eso no nos conviene. No puedes seguir viviendo como
vives. Debemos introducir un cambio radical en tus hábitos. Te quedas aquí
sentado, en la oscuridad, cuando en la sala hay tanta luz. Apenas pruebas el
desayuno, en vez de alimentarte como corresponde. Te quedas junto a la ventana
cerrada cuando el aire te haría tanto bien. ¡No, padre! Llamaré al médico, y
seguiremos sus indicaciones. Cambiaremos de habitación: pasarás al cuarto de
delante, y yo a éste. No advertirás el cambio, porque mudaremos también todas
tus cosas. Pero hay tiempo para todo eso; por ahora, descansa un poco en la
cama, seguramente necesitas reposo. Ven, te ayudaré a desvestirte, ya verás
como puedo. O si prefieres ir ya a la pieza de delante, puedes acostarte por
ahora en mi cama. Sería lo más sensato.
Georg estaba junto a su padre, que había
dejado caer sobre el pecho la cabeza de revueltos cabellos blancos.
-Georg -dijo el padre en voz baja, sin moverse.
Georg se arrodilló inmediatamente junto a su
padre; al mirar su fatigado rostro comprobó que las dilatadas pupilas lo
contemplaban de reojo.
-No tienes ningún amigo en San Petersburgo. Siempre has sido un
bromista y también conmigo has querido bromear. ¿Cómo podrías realmente tener
un amigo allá? No puedo creerlo.
-Haz un esfuerzo de memoria -dijo Georg, levantando de la silla al padre y
quitándole la bata, mientras el anciano se sostenía débilmente en pie-; pronto
hará tres años que mi amigo vino a visitarnos. Recuerdo todavía que no le
tenías mucha simpatía. Por lo menos dos veces te oculté su presencia, aunque en
realidad se encontraba conmigo en mi habitación. Tu antipatía hacia él me
resultaba perfectamente comprensible, ya que mi amigo tiene sus peculiaridades.
Pero luego te llevaste bastante bien con él. Me sentía tan orgulloso de que lo
escucharas, que estuvieras de acuerdo con él y le hicieras preguntas. Si
piensas un poco, lo recordarás. Nos contaba las más increíbles historias de la
Revolución rusa. Por ejemplo, cuando vio, durante un viaje de negocios a Kiev,
a un sacerdote en un balcón, en medio de un tumulto, que se cortó una cruz
sangrienta en la palma de la mano, y luego alzó la mano y habló a la multitud.
Tú mismo has contado algunas veces esa historia.
Mientras tanto, Georg había
logrado sentar nuevamente a su padre y quitarle con toda delicadeza los
pantalones de lana que usaba por encima de los calzoncillos, lo mismo que los
calcetines. Al contemplar el dudoso estado de limpieza de la ropa interior, se
reprochó su descuido. Era indudablemente uno de sus deberes cuidar de que su
padre no careciera de mudas de ropa interior. Todavía no había decidido con su
futura esposa qué harían con su padre, porque tácitamente habían dado por sentado
que el padre seguiría viviendo solo en el antiguo apartamento. Pero ahora
decidió, de pronto, que su padre viviría con ellos, en su futura casa.
Considerándolo más atentamente, hasta era posible que los cuidados que pensaba
prodigar a su padre llegaran demasiado tarde.
Llevó en sus brazos al padre hasta la cama. Experimentó una sensación
terrible al advertir que durante el breve trayecto hasta la cama el padre
jugaba con la cadena de reloj que cruzaba su pecho. Ni siquiera podía
acostarlo, tan firmemente se había aferrado a la cadena.
Pero en cuanto el anciano se acostó, todo pareció arreglado. Él mismo
se cubrió y se subió las mantas mucho más arriba de los hombros, lo que era
insólito en él. Luego miró a Georg, con
ojos más bien amistosos.
-¿No es cierto que ahora comienzas a acordarte de él? -preguntó Georg con un movimiento cariñoso de la
cabeza.
-¿Estoy bien cubierto? -preguntó el padre, como si no pudiera ver si
tenía los pies debidamente tapados.
-Ya te sientes mejor, en la cama -dijo Georg, y le acomodó la ropa.
-¿Estoy bien cubierto? -preguntó nuevamente el padre; parecía
extraordinariamente interesado en la respuesta.
-No te preocupes, estás bien cubierto.
-¡No! -exclamó el padre, interrumpiéndolo.
Arrojó las mantas con tal fuerza que en un instante se desparramaron
totalmente y se puso de pie en la cama. Con una sola mano se apoyó ligeramente
en el cielo raso.
-Tú quisieras cubrirme, lo sé, mi pequeño vástago; pero todavía no
estoy cubierto. Y aunque sean mis últimas fuerzas, para ti son suficientes,
demasiadas casi. Conozco muy bien a tu amigo. Habría sido para mí un hijo
predilecto. Por eso mismo tú lo traicionaste, año tras año. ¿Por qué si no?
¿Crees que no lloré nunca por él? Por eso te encierras en el escritorio, nadie
puede entrar, el Jefe está ocupado; para escribir tus falsas cartas a Rusia.
Pero por suerte un padre no necesita aprender a leer los pensamientos de su
hijo. Cuando creíste que lo habías hundido, que lo habías hundido tanto que
podías sentar tu trasero sobre él y que él ya no se movería, entonces mi señor
hijo decide casarse.
Georg contempló la horrible imagen conjurada
por su padre. El amigo de San Petersburgo, a quien su padre repentinamente
conocía tan bien, impresionó su imaginación como nunca. Lo vio perdido en la
vasta Rusia. Lo vio ante la puerta del negocio vacío y saqueado. Entre los
escombros de los mostradores, de las mercaderías destrozadas, de dos picos
rotos de gas, lo vio perfectamente. ¿Por qué se habría ido tan lejos?
-Pero escúchame -gritó el padre.
Georg, casi enloquecido, se acercó a la cama
para enterarse definitivamente de todo, pero se detuvo a mitad de camino.
-Porque ella se levantó las faldas -comenzó a decir el padre con voz
aflautada-, porque ella se levantó las faldas así, la inmunda cochina -y, como
ilustración, se alzó la cam
Y se irguió sin apoyarse en nada, y levantó las piernas. Resplandecía
de perspicacia.
Georg permanecía en un rincón, lo más lejos
posible de su padre. En otra época, había decidido firmemente observar todo
con detención, para que nadie pudiera atacarlo indirectamente, ya fuera desde
atrás o desde arriba. Recordó esa olvidada decisión y volvió a olvidarla, como
cuando uno pasa un hilo corto por el ojo de una aguja.
-Pero ¡tu amigo no fue traicionado, sin embargo! -exclamó el padre,
lanzando estocadas con el índice para mayor énfasis-. ¡Yo era su representante
aquí!
-¡Comediante! -no pudo dejar de exclamar Georg; inmediatamente comprendió su error y
ya demasiado tarde se mordió la lengua, con los ojos desorbitados, hasta sentir
que las rodillas le flaqueaban de dolor.
-¡Sí, es claro que representé una comedia! ¡Comedia! ¡Excelente
palabra! ¿Qué otro consuelo le quedaba al pobre padre viudo? Dime y trata de
ser, por lo menos durante el instante de la respuesta, lo que alguna vez
fuiste, mi hijo viviente: ¿qué otra cosa podía hacer yo, en mi cuarto del
fondo, perseguido por un personal desleal, viejo hasta los huesos? Y mi hijo se
paseaba jubilosamente por el mundo, concluía operaciones que yo había
previamente preparado, no cabía en sí de satisfacción y se presentaba ante su
padre con una expresión impenetrable de hombre importante. ¿Crees que yo no te
habría querido, yo, de quien tú quisiste alejarte?
«Ahora se inclinará hacia adelante -pensó Georg-; si se cayera y se rompiera los
huesos.» Estas palabras silbaban a través de su mente.
El padre se inclinó hacia adelante, pero no se cayó. Al ver que Georg no se acercaba, como había esperado,
volvió a erguirse.
-Quédate donde estás; no te necesito. Te crees que todavía tienes
fuerza suficiente para acercarte y que te quedas atrás sólo porque así lo
deseas. Ten cuidado de no equivocarte. Sigo siendo el más fuerte. Yo solo tal
vez hubiera tenido que relegarme al olvido; pero tu madre me transmitió hasta
tal punto su fuerza, que establecí una estrecha relación con tu amigo, y tengo
metidos a todos tus clientes en este bolsillo.
«Hasta en la cam
-Cuélgate del brazo de tu novia y atrévete a presentarte ante mí. ¡La
arrancaré de tu lado, no te imaginas cómo!
Georg hizo una mueca de incredulidad. El
padre se limitó a asentir, confirmando la veracidad de sus palabras, hacia el
rincón donde estaba Georg.
-¡Qué gracia me causaste hoy, cuando viniste y me preguntaste si
podías anunciar tu compromiso a tu amigo! ¡Él ya sabe todo, estúpido niño, ya
sabe todo! Yo le escribí, porque te olvidaste de quitarme mis implementos de escribir.
Por eso no viene desde hace tantos años, porque sabe todo lo que ocurre cien
veces mejor que tú; con la mano izquierda rompe tus cartas, sin leerlas,
mientras con la derecha abre las mías.
Entusiasmado, agitó el brazo sobre la cabeza.
-¡Sabe todo mil veces mejor! -gritó.
-¡Diez mil veces! -dijo Georg para
burlarse de su padre, pero antes de salir de su boca las palabras se
convirtieron en una nefasta certeza.
-Desde hace años espero que vengas con esa pregunta. ¿Crees acaso que
me importa alguna otra cosa en el mundo? ¿Crees acaso que leo diarios? ¡Toma!
-Y le arrojó un periódico que inexplicablemente había traído consigo a la cama.
Era un diario viejo, de nombre totalmente desconocido para Georg.
-¡Cuánto tiempo has tardado en abrir los ojos! La pobre madre murió antes de ver ese día de júbilo; tu
amigo está muriéndose en Rusia, ya hace tres años estaba amarillo como un cadáver,
y yo ya ves cómo estoy. Para eso tienes ojos.
-Entonces, ¿me acechabas constantemente? -exclamó Georg.
Compasivo, sin darle importancia, dijo el padre:
-Seguro que hace mucho que querías decirme eso. Pero ya no importa.
Y luego con más voz:
-Y ahora sabes que hay otras cosas en el mundo, porque hasta ahora
sólo supiste las que se referían a ti. Es cierto que eras un niño inocente,
pero mucho más cierto es que también fuiste un ser diabólico. Y por lo tanto
escúchame: ahora te condeno a morir ahogado.
Georg se sintió expulsado de la habitación;
resonaba todavía en sus oídos el golpe con que su padre se dejó caer sobre la
cama. En la escalera, sobre cuyos escalones pasó como sobre un plano
inclinado, tropezó con la criada, que subía a efectuar la limpieza matutina del
apartamento.
-¡Jesús! -gritó ésta, y se cubrió la cara con el delantal, pero Georg ya había desaparecido.
Salió corriendo y cruzó la calle hacia el agua. Ya estaba aferrado a
la baranda, como un hambriento a su comida. Saltó por encima, como correspondía
al distinguido atleta que, para orgullo de sus padres, había sido en años
juveniles. Se sostuvo un instante todavía, con manos cada vez más débiles;
espió entre los barrotes de la baranda la llegada de un autobús, cuyo ruido
cubriría fácilmente el ruido de su caída; exclamó en voz baja: «Queridos
padres, a pesar de todo, siempre os he amado», y se dejó caer.
En ese momento una interminable fila de vehículos pasaba por el
puente.
ONCE HIJOS
Tengo once hijos.
El primero es exteriormente bastante insignificante, pero serio y
perspicaz; aunque lo quiero, como quiero a todos mis otros hijos, no
sobreestimo su valor. Sus razonamientos me parecen demasiado simples. No ve ni
a izquierda, ni a derecha, ni hacia el futuro; en el reducido círculo de sus
pensamientos, gira y gira corriendo sin cesar o más bien se pasea.
El segundo es hermoso, esbelto, bien formado; es un deleite verlo
manejar el florete. También es perspicaz, pero, además, tiene experiencia del
mundo; ha visto mucho, y por eso mismo la naturaleza de su país parece hablar
con él más confidencialmente que con los que nunca salieron de su patria. Pero
es probable que esta ventaja no se deba únicamente, ni siquiera esencialmente,
a sus viajes; más bien es un atributo de la inimitabilidad del muchacho,
reconocida por ejemplo por todos los que han querido imitar sus saltos
ornamentales en el agua, con varias volteretas en el aire, y que, sin embargo,
no le hacen perder ese dominio casi violento de sí mismo. El coraje y el afán
del imitador llega hasta el extremo del trampolín; pero una vez allí, en vez de
saltar, se sienta repentinamente y alza los brazos para excusarse. Pero, a
pesar de todo (en realidad debería sentirme feliz con un hijo semejante), mi
afecto hacia él no carece de limitaciones. Su ojo izquierdo es un poco más
chico que el derecho y parpadea mucho; no es más que un pequeño defecto,
naturalmente, que, por otra parte, da más audacia a su expresión; nadie,
considerando la incomparable perfección de su persona, llamaría a ese ojo más
chico y parpadeante un defecto. Pero yo, su padre, sí. Naturalmente, no es ese
defecto físico lo que me preocupa, sino una pequeña irregularidad de su
espíritu que en cierto modo corresponde a aquél, cierto veneno oculto en su
sangre, cierta incapacidad de utilizar a fondo las posibilidades de su naturaleza,
que yo sólo entreveo. Tal vez esto, por otra parte, sea lo que hace de él mi
verdadero hijo, porque ese fallo es al mismo tiempo el fallo de toda nuestra
familia y sólo en él es tan aparente.
El tercer hijo es también hermoso, pero no con la hermosura que me
agrada. Es la belleza de un cantor; los labios bien formados; la mirada
soñadora; esa cabeza que requiere un cortinaje detrás para ser efectiva; el
pecho extraordinariamente amplio; las manos que fácilmente ascienden y
demasiado fácilmente vuelven a caer; las piernas que se mueven delicadamente,
porque no soportan el peso del cuerpo. Y, además, el tono de su voz no es
perfecto; se mantiene un instante; el entendido se dispone a escuchar; pero
poco después pierde el aliento. Aunque en general todo me tienta a exhibir
especialmente a este hijo mío, prefiero mantenerlo en la sombra; él, por su
lado, no pone reparos, pero no porque conozca sus defectos, sino por pura
inocencia. Aún más, no se siente cómodo en nuestra época; como si perteneciera
a nuestra familia, pero, además, for
Mi cuarto hijo es tal vez el más sociable. Verdadero hijo de su época,
todos lo comprenden, se mueve en un plano común a todos, y todos lo buscan
para saludarlo. Tal vez esta apreciación general otorgue a su naturaleza cierta
ligereza, a sus movimientos cierta libertad, a sus razonamientos cierta
inconsecuencia.
Muchas de sus observaciones merecen ser repetidas, pero no todas,
porque en conjunto adolecen realmente de extrema superficialidad. Es como
aquel que se eleva
El quinto hijo es bueno y amable, prometía ser menos de lo que es, era
tan insignificante que realmente uno se sentía solo en su presencia; pero
ahora ha logrado gozar de cierto crédito. Si me preguntaran cómo, no sabría
contestar. Tal vez la inocencia sea lo que más fácilmente se abre paso a
través del tumulto de los elementos de este mundo, e inocente lo es. Quizá
demasiado inocente. Amigo de todos. Quizá demasiado amigo. Confieso que me siento
mal cuando me lo elogian. Parece que el valor de los elogios disminuyera cuando
se los prodigan a alguien tan evidentemente digno de elogios como mi hijo.
Mi sexto hijo parece, por lo menos a primera vista, el más profundo de
todos. Es un cabizbajo y, sin embargo, un charlatán. Por eso no es fácil
entenderlo. Si se siente dominado, se entrega a una impenetrable tristeza; si
logra la supremacía, la mantiene a fuerza de conversación. Aunque no le niego
cierta capacidad de apasionamiento y de olvido de sí mismo, a la luz del día,
se le ve con frecuencia debatirse en medio de sus pensamientos, como en un
sueño. Sin estar enfermo -nada de eso; su salud es muy buena-, a veces se
tambalea, especialmente en el crepúsculo; pero no necesita ayuda, no se cae.
Tal vez la culpa de ese fenómeno la tenga su desarrollo fisico, porque es
demasiado alto para su edad. Eso hace que en conjunto sea feo, aunque en
ciertos detalles es hermoso; por ejemplo, en las manos y en los pies. También
su frente es fea; tanto la piel como la forma de los huesos parecen mal desarrollados.
El séptimo hijo me pertenece tal vez más que todos los demás. El mundo
no sabría apreciarlo como merece, no comprende su tipo especial de ingenio.
Yo no exagero su valor, ya sé que su importancia es inconsiderable; si el mundo no cometiera otro error
que el de no saber apreciarlo, seguiría siendo impecable. Pero dentro de mi
familia no podía pasarme sin este hijo. Introduce cierta inquietud y al mismo
tiempo cierto respeto por la tradición, y sabe combinarlos, por lo menos así me
parece, en un todo incontestable. Es verdad que él es el menos capacitado para
sacar partido de ese todo; no es él quien pondrá en movimiento la rueda del
futuro; pero esa manera de ser suya es tan alentadora, tan rica en esperanzas;
me gustaría que tuviera hijos, y que éstos tuvieran hijos a su vez. Por desgracia,
no parece dispuesto a satisfacer ese deseo. Satisfecho consigo mismo, actitud
que me es muy comprensible, pero al mismo tiempo deplorable, y que por cierto
se opone notablemente al juicio de sus conocidos, se pasea por todas partes
solo, no se interesa por las muchachas y, sin embargo, no pierde nunca su buen
humor.
Mi octavo hijo es mi desesperación, y realmente no sé por qué motivo.
Me trata como a un desconocido, y, no obstante, siento que me une a él un
estrecho vínculo paterno. El tiempo nos ha hecho mucho bien; pero antes yo
solía estremecerme cuando pensaba en él. Sigue su propio camino; ha roto todo
vínculo conmigo; y ciertamente, con su cabeza dura, su cuerpecito atlético
-aunque cuando era muchacho sus piernas eran muy débiles, pero quizá con el
tiempo ese defecto se haya subsanado-, llegará con toda facilidad a donde se
proponga ir. Muchas veces deseé volver a llamarlo, preguntarle cómo le iba
realmente, por qué se alejaba de ese modo de su padre y cuáles eran sus propósitos
fundamentales; pero ahora está tan lejos y ha pasado tanto tiempo que es mejor
dejar las cosas como están. He oído decir que es el único hijo mío que usa
barba; naturalmente, eso no puede quedar bien en un hombre tan bajo como él.
Mi noveno hijo es muy elegante y tiene lo que las mujeres consideran
sin lugar a dudas una mirada seductora. Tan seductora que en ciertas ocasiones
consigue seducirme a mí, aunque sé muy bien que basta una esponja mojada para
borrar todo ese brillo ultraterreno. Lo curioso de este muchacho es que no
trata en absoluto de ser seductor; para él el ideal sería pasarse la vida
tendido en el sofá y desperdiciar su seductora mirada en la contemplación del
techo o, mejor aún, dejarla reposar detrás de los párpados cerrados. Cuando
está en esa posición favorita, gusta de hablar y habla bastante bien, conc
Mi décimo hijo pasa por ser de carácter insincero. No quiero negar
totalmente ese defecto ni tampoco afirmarlo. Ciertamente, cualquiera que lo ve
acercarse con una pomposidad que no corresponde a su edad, con su levita
siempre cuidadosamente abotonada, con un sombrero negro y viejo, pero minuciosamente
cepillado; con su rostro inexpresivo, la mandíbula un poco prominente, las
largas pestañas que se curvan penumbrosas ante los ojos, esos dos dedos que
tan a menudo se lleva a los labios; el que lo ve así piensa: «Éste es un
perfecto hipócrita.» Pero oídlo hablar. Comprensivo; reflexivo; lacónico;
pregunta y replica con satírica vivacidad, en un
Mi undécimo hijo es delicado, quizá el más débil de mis hijos; pero su
debilidad es engañosa, porque a veces sabe mostrarse fuerte y decidido,
aunque en el fondo también en esos casos padezca de una debilidad fundamental.
Pero no es una debilidad vergonzosa, sino algo que sólo parece debilidad al ras
de la tierra. ¿No es acaso, por ejemplo, una debilidad la predisposición al
vuelo, que después de todo consiste en una inquietud y una indecisión y un
aleteo? Algo parecido ocurre con mi hijo. Naturalmente, éstas no son
cualidades que regocijen a un padre; evidentemente, tienden a la destrucción de
la familia. Muchas veces me mira como si quisiera decirme: «Te llevaré conmigo,
padre.» Entonces pienso: «Eres la última persona a quien me confiaría. » Y su
mirada parece replicarme: «Déjame entonces ser por lo menos la última.»
Éstos son mis once hijos.
CARTA AL PADRE
Querido padre:
No hace mucho me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como de
costumbre, no supe qué contestarte; en parte, prec
A ti, la cosa siempre se te ha antojado muy sencilla; al menos por la
forma en que has hablado de ella delante de mí y, sin discriminación, delante de otras muchas personas.
La veías más o menos así: durante toda tu vida has trabajado duro, lo has
sacrificado todo por tus hijos, especialmente por mí; en consecuencia, yo he
vivido «con todas las comodidades», he tenido plena libertad para estudiar lo
que quisiera, no he tenido necesidad de preocuparme por mi alimento, o sea de
preocuparme por nada; a cambio, no has exigido gratitud, conoces «la gratitud
de los hijos», pero sí, al menos, algún acercamiento, alguna muestra de simpatía;
en lugar de ello, siempre me he ocultado de ti, en mi habitación, con libros,
con amigos alocados, con ideas excéntricas; jamás te he hablado con franqueza,
no he ido a ponerme junto a ti en el templo, nunca he ido a verte a
Franzensbad, tampoco he tenido nunca el sentido de la familia, y me he
desentendido del negocio y de cualquier otro asunto tuyo; te he endosado la
fábrica y luego te he dejado solo; he apoyado a Ottla[1] en sus caprichos y,
mientras que por ti no muevo ni un dedo (ni una vez te he traído una entrada
para el teatro), soy capaz de todo por los amigos. Si resumes tu juicio sobre
mí, resulta que en realidad no me reprochas nada que sea prec
Esta forma habitual tuya de ver las cosas la considero justa
únicamente en el sentido de que yo también pienso que eres completamente
inocente de nuestro distanciamiento. Pero yo no soy menos inocente que tú. Si
pudiera inducirte a reconocerlo, entonces sería posible, no una nueva vida
(ambos somos demasiado viejos para ello), pero sí una especie de paz, no una
suspensión, pero sí una suavización de tus incesantes reproches.
Es curioso: tú tienes un presentimiento de lo que quiero decir. Así,
por ejemplo, me decías hace poco: «Siempre he sentido inclinación por ti,
aunque exteriormente no haya sido como otros padres, porque prec
Naturalmente, no digo que haya llegado a ser lo que soy únicamente por
tu influjo. Sería exagerar mucho (y hasta tiendo a esta exageración). Es muy
posible que, aunque hubiese crecido completamente libre de tu influencia, tampoco
habría podido llegar a ser la persona que tú habrías deseado. Probablemente me
habría convertido a pesar de todo en un ser débil, medroso, vacilante,
inquieto, ni un Robert Kafka[2] ni un Karl Hermann,[3] y sin embargo sería
completamente distinto a como soy ahora, y nos habríamos tolerado mutuamente a
la perfección. Habría sido feliz de tenerte como amigo, como jefe, tío,
abuelo e incluso (aunque ya con mayores dudas) como suegro. Sólo como padre,
justamente, has resultado - demasiado fuerte para mí, sobre todo porque mis
hermanos fallecieron a corta edad y las hermanas no vinieron hasta mucho
después; o sea que yo tuve que aguantar completamente solo el primer golpe, y
era demasiado débil para ello.
Compáranos, a ti y a mí: yo, para decirlo en muy pocas palabras, soy
un Löwy[4] con cierto fondo kafkiano,
que sin embargo no se pone en acción por la voluntad kafkiana de vida, de comercio,
de conquista, sino por un aguijón löwyano que penetra de un modo más secreto,
más medroso, en otra dirección, y que a menudo interrumpe su penetración. Tú
eres, por el contrario, un verdadero Kafka, por tu robustez, salud, apetito, humor, facilidad de palabra, autosatisfacción,
mundología, tenacidad, presencia de espíritu, conocimiento de las personas,
cierta generosidad; naturalmente, estas cualidades llevan aparejados todos los
defectos y debilidades en los que te precipitan tu fuerte temperamento y a
veces tu irascibilidad. Puede que no seas totalmente un Kafka en tu concepción general del mundo,
sobre todo si te comparo con los tíos Philipp, Ludwig, Heinrich.[5]
Es raro, pero
tampoco en este aspecto veo las cosas muy claras. Sin duda todos ellos eran aún
más alegres, más frescos, más desenvueltos, más frívolos, menos severos que
tú. (Dicho sea de paso, he heredado mucho de ti en este aspecto y he
administrado muy bien la herencia, sin disponer, no obstante, en mi
personalidad, de las necesarias compensaciones que tú tienes para mantener el
equilibrio.) Aunque, por otra parte, habrás pasado también, en este aspecto,
por diversas fases; seguramente eras más alegre antes de que tus hijos, especialmente
yo, te decepcionasen y te agobiasen en casa (si había forasteros, eras
distinto), y puede que también ahora vuelvas a ser alegre, porque los nietos y
el yerno te devuelven algo del calor que los hijos, quizá con excepción de
Valli,[6] no supieron darte. De
todos modos, éramos tan diferentes, y tan peligrosos el uno para el otro en esa
diferencia, que si alguien hubiese querido calcular anticipadamente cómo
habíamos de comportarnos, yo, el niño en lenta evolución, y tú, el hombre
hecho, habría podido conjeturar que tú me aplastarías bajo tus pies, que de mí
no quedaría nada. No ha ocurrido tal cosa; lo vivo no admite el cálculo. Pero
lo que ha ocurrido tal vez sea peor. Con todo, reitero aquí mi súplica de que
no olvides que nunca he creído ni remotamente en una culpabilidad tuya.
Produjiste en mí el efecto que tenías que producir, sólo que ahora tendrías que
dejar de considerar como una especial malignidad el hecho de que haya cedido a
este efecto.
Yo era un niño temeroso; no obstante, seguro que también era
testarudo, como suelen serlo los niños; seguro que, además, me mimó mi madre,
pero no puedo creer que fuese especialmente indócil, no puedo creer que una
palabra amable, una mano tendida en silencio, una mirada bondadosa, no
hubiesen podido obtener de mí todo lo que hubiesen querido. La verdad es que
tú, en el fondo, eres un hombre bondadoso y tierno (lo que sigue no contradice
este hecho; hablo tan sólo de cómo influía en el niño tu apariencia), pero no
todos los niños tienen la constancia y la intrepidez necesarias para buscar la
bondad hasta dar con ella. Sólo puedes tratar a un niño según te han hecho a ti
mismo, con dureza, gritos y cólera, y en tu caso, este trato te parecía además
muy adecuado, porque querías que de mí saliese un muchacho fuerte y valeroso.
Hoy, naturalmente, no puedo describir de un modo inmediato tus
procedimientos educativos de los primeros años; pero puedo representármelos
aproximadamente sacando conclusiones de lo ocurrido en años posteriores y de
tu forma de tratar a Felix.[7]
En este aspecto,
hay que subrayar, además, que entonces eras más joven, y consiguientemente más
vital, más brusco, más auténtico y aún más despreocupado que ahora, y que, por
añadidura, absorbido como estabas por el negocio, apenas si podías dejarte ver
más que una vez al día; de ahí que produjeras en mí una impresión tanto más intensa,
que jamás llegó a debilitarse hasta convertirse en costumbre.
De un modo directo, sólo recuerdo un incidente de los primeros años.
Puede que también tú lo recuerdes. Una noche, no cesaba de lloriquear pidiendo
agua; no lo hacía seguramente porque tuviera sed, sino en parte tal vez por
incomodar y en parte por distraerme. Al ver que unos cuantos gritos de amenaza
no producían efecto, me sacaste de la cama, me llevaste a la terraza[8] y allí me dejaste un
ratito solo, en camisón, ante la puerta cerrada. No voy a decir que estuviese
mal hecho; es posible que no hubiese realmente otra manera de restablecer la
calma nocturna; pero lo que pretendo, al mencionar este hecho, es caracterizar
tu sistema educativo y su efecto en mí. Sin duda, después me mostré ya
obediente, pero quedé interiormente dañado. Por mi manera de ser, jamás pude
establecer la justa proporción entre el hecho de pedir agua sin más ni más,
que para mí era natural, y el hecho, excesivamente espantoso, de que me sacasen
fuera. Años después seguía martirizándome aún la idea de que el hombre
gigantesco, mi padre, la última instancia, podía venir a mí casi sin motivo
alguno, sacarme de la cama en plena noche y llevarme a la terraza, o sea que yo
no era absolutamente nada para él.
Aquello no fue más que un pequeño inicio; pero este sentimiento de
nulidad que a menudo me domina (un sentimiento por lo demás noble y fecundo en
otro aspecto) procede muchas veces de tu influencia. Habría necesitado un poco
de estímulo, un poco de amistad, que me dejasen abierto el camino; pero en
lugar de hacerlo, tú me lo cerraste, sin duda con la buena intención de que
siguiera otro. Pero yo no valía para ello. Me animabas, por ejemplo, cuando
saludaba o desfilaba correctamente, pero yo no estaba hecho para ser soldado, o
bien me animabas si comía con buen apetito o era capaz de beber cerveza, o si
podía cantar canciones que no entendía o remedaba sin ton ni son tus
expresiones favoritas, pero ninguna de tales cosas formaba parte de mi futuro.
Y es revelador que, aún hoy, sólo me animes realmente a hacer algo cuando tú
mismo te sientes afectado, cuando se trata de tu amor propio, que yo ofendo
(por ejemplo, con mis proyectos de matrimonio) o que es ofendido en mí (cuando,
por ejemplo, Pepa[9]
me insulta). Entonces me veo alentado, se me recuerda lo que valgo, se alude a
los buenos partidos a que podría aspirar y Pepa es condenado sin reservas. Pero
al margen de que, a mi edad, sea ya casi inaccesible a todo aliento, ¡cómo me
ayudaría éste aún, si únicamente hiciese su aparición cuando no se trata de mí
en primer término!
Era entonces, en todos los aspectos, cuando tenía necesidad de
aliento. Me sentía ya oprimido por tu simple corpulencia. Recuerdo, por
ejemplo, cuando a menudo nos desvestíamos juntos en una sola caseta de baños.
Yo, flaco, débil, esmirriado; tú, fuerte, alto, de anchas espaldas. Ya en la
caseta, me avergonzaba de mí mismo, y no sólo ante ti, sino ante el mundo
entero, porque tú eras para mí la medida de todas las cosas. Luego, cuando
salíamos de la caseta, ante la gente, cogiéndote de la mano, como un pequeño
esqueleto, inseguro, descalzo por las planchas de madera, con miedo al agua,
incapaz de imitar los ejercicios de natación que tú me enseñabas con la mejor
de las intenciones, pero causándome de hecho la mayor de las vergüenzas,
entonces me sentía completamente desesperado, y en tales momentos confluían de
manera imponente todas mis malas experiencias en todos los terrenos. Sentía la
mayor comodidad cuando, a veces, te desnudabas primero y yo podía quedarme
solo en la caseta y retrasar la vergüenza de mostrarme en público, hasta que
venías a ver qué ocurría y me sacabas de la caseta. Te agradecía que parecieses
no darte cuenta de mi apuro, y también estaba orgulloso del cuerpo de mi padre.
Por otra parte, subsiste aún hoy entre nosotros esa misma diferencia.
A todo ello correspondía además tu superioridad espiritual. Sólo con
tu esfuerzo, habías conseguido llegar tan alto, que tenías una confianza
ilimitada en tu opinión. De niño, esto no me resultaba tan deslumbrante como
después, en mi adolescencia. Desde tu butaca gobernabas el mundo. Tu opinión
era justa; cualquier otra era disparatada, extravagante, absurda.[10] La confianza que tenías
en ti mismo era tan grande, que no necesitabas ser consecuente para seguir
teniendo siempre la razón. Podía ocurrir también que, sobre un asunto, no
tuvieses siquiera una opinión formada, y en consecuencia todas las opiniones
posibles sobre dicho asunto tenían que ser falsas sin excepción. Por ejemplo,
podías echar pestes contra los checos, después contra los alemanes, después
contra los judíos, y no sólo en algunos aspectos concretos, sino en todos, y al
final no quedaba nadie en pie, salvo tú mismo. En ti observé lo que tienen de
enigmático los tiranos, cuya razón se basa en su persona, no en su pensamiento.
Al menos, así me lo parecía.
Y frente a mí, tenías en efecto la razón con asombrosa frecuencia; era
obvio que la tenías en la conversación, puesto que apenas llegábamos a
dialogar, pero también en la práctica. No resultaba muy difícil de comprender:
en todo lo que yo pensaba, estaba sometido a tu fuerte presión, incluso cuando
mis pensamientos no estaban de acuerdo con los tuyos, y especialmente
entonces. Todas aquellas ideas, en apariencia independientes de ti, venían
marcadas desde el principio por tu juicio desfavorable; sostener esta situación
hasta la plasmación total y permanente del pensamiento era casi imposible. No
hablo de pensamientos elevados, sino de cualquier pequeña tentativa infantil.
Bastaba con estar contento por cualquier cosa, sentirse colmado por ella,
llegar a casa y expresarla, para obtener como respuesta un suspiro irónico, un
gesto de negación con la cabeza, unos golpecitos en la mesa con los dedos: «he
visto cosas mejores», o «no me vengas con cuentos», o «en qué cabeza cabe», o
«qué sales ganando con eso», o «¡vaya acontecimiento!». Naturalmente, no se te
podía exigir entusiasmo por cualquier pequeñez infantil, viviendo como vivías,
lleno de preocupaciones y ajetreo. Tampoco se trataba de esto. Más bien se
trataba de que tu personalidad contradictoria te obligaba a ocasionar siempre
y profundamente estas decepciones a tu hijo; más aún: esta contradicción se
intensificaba incesantemente con la acumulación de material, de suerte que
acababa imponiéndose como una costumbre aunque alguna vez tu opinión coincidiera
con la mía; finalmente, estas decepciones de niño no eran decepciones de la
vida común, ya que, por venir de tu persona (que daba la norma de todas las
cosas), llegaban al fondo de mi espíritu. El valor, la firmeza, la confianza,
la alegría por tal o cual cosa, no podían durar hasta el fin, si te oponías o
si se podía simplemente prever tu oposición, y se podía prever en casi todo lo
que yo hiciese.
Esto se refería tanto a ideas como a personas. Bastaba que yo
demostrase un poco de interés por una persona -cosa que, por mi manera de ser,
no ocurría con mucha frecuenciapara que tú, sin la menor consideración a mi
sentimiento ni respeto por mi opinión, te interpusieras inmediatamente con
insultos, calumnias, humillaciones. Personas inocentes e ingenuas, como por
ejemplo el actor judío Löwy,[11] tuvieron que pagarlo. Sin
conocerlo, lo comparaste de un modo horrible, que ya he olvidado, con una
sabandija; ¡con cuánta frecuencia, para referirte a personas que me eran
gratas, sacabas a relucir automáticamente el refrán de los perros y las
pulgas![12] Recuerdo especialmente al
actor, porque anoté tus juicios sobre él con la observación siguiente: «Así
habla mi padre de mi amigo. Siempre se lo podré echar en cara cuando me
reproche falta de amor y de gratitud filiales.» Siempre me ha resultado incomprensible
tu absoluta insensibilidad para el dolor y la vergüenza que podías infligirme
con tus palabras y tus juicios; era como si no tuvieses noción de tu poder.
Sin duda, también yo te ofendí a menudo de palabra, pero siempre lo reconocía
después; me dolía, pero no podía dominarme, no podía retener la palabra, me
arrepentía ya en el momento de pronunciarla. Pero tú lanzabas tus palabras sin
ambages, nadie te daba lástima, ni en el momento de pronunciarlas ni después;
no había defensa posible contra ti.
Pero así era toda tu educación. Creo que tienes talento de educador; a
un hombre de tu índole, habrías podido sin duda serle útil con tu educación;
habría advertido el sano criterio de lo que le dijeras, no se habría preocupado
por nada más y habría sacado adelante tranquilamente sus asuntos. Pero para
mí, que era un niño, todo lo que proclamabas en mi presencia era ley divina,
nunca lo olvidaba, lo consideraba el medio más importante para juzgar el mundo,
para juzgarte sobre todo a ti mismo, y en esto era completo tu fracaso. Como,
por el hecho de ser un niño, estaba contigo principalmente a las horas de
comer, tus lecciones eran en gran parte lecciones sobre la manera de
comportarse en la mesa. Había que comer todo lo que ponían, no estaba permitido
hacer comentarios sobre la calidad de los alimentos, aunque tú, a veces,
decías que no había quien se los tragase, los calificabas de «bazofia»; decías
que la «bestia» (la cocinera) los había echado a perder. Como, por tu buen
apetito y por tu gusto particular, lo comías todo depr
Mi situación de entonces resultará quizá más clara si la comparo con
la de Felix. También a él le tratas del mismo modo,
e incluso le aplicas un sistema educativo especialmente temible, puesto que,
cuando en las comidas hace algo que tú consideras incorrecto, no te limitas a
decirle lo que me decías a mí: «eres un cerdo», sino que añades: «un verdadero Hermann», o «igual que tu padre». Tal vez -no se
puede decir aún otra cosa que «tal vez»- este trato no ofenda esencialmente a Felix, ya que para él no eres más que un abuelo,
ciertamente importante, si bien no tienes ni con mucho la importancia que
tenías para mí; por lo demás, Felix tiene
un carácter tranquilo, que ahora se manifiesta ya bastante viril; puede que lo
aturdas con tu voz de trueno, pero a la larga no se dejará dominar; y, sobre
todo, son relativamente pocas las veces que está contigo; se halla sometido
también a otras influencias; tú eres para él un tipo curioso, del que puede
tomar o dejar lo que quiera. Para mí no tenías nada de curioso; yo no podía
elegir; tenía que quedarme con todo.
Y sin poder aducir nada en contra, porque te es imposible por
definición hablar con calma de un asunto con el que no estás de acuerdo o que,
simplemente, no sale de ti; te lo impide tu temperamento déspota. Desde hace
unos años, lo explicas por tu nerviosismo cardíaco, pero no recuerdo que jamás
hayas sido muy distinto; a lo sumo, el nerviosismo cardíaco es un recurso para
el severo ejercicio de tu dominación, porque el recuerdo de dicha dolencia
sofocará siempre la última réplica de tu interlocutor. Naturalmente, esto no es
un reproche, sino la simple verificación de un hecho. Por ejemplo, cuando te
refieres a Ottla, «No se puede hablar con ella, enseguida se te sube a las
barbas», sueles decir; pero en realidad no es ella la primera en saltar;
confundes la cosa con la persona; es la cosa la que se te sube a las barbas y,
sin escuchar a la persona, tomas inmediatamente tu decisión; lo que pueda
aducirse después sólo consigue irritarte, nunca convencerte. Entonces, lo
único que sale de ti es: «Haz lo que quieras; no dependes de mí; eres mayor de
edad; no tengo por qué darte consejos», y lo dices en un tono enronquecido y
terrible, de ira y de condena total, un tono que hoy no me hace temblar como
cuando era niño, por el simple hecho de que el sentimiento exclusivo de culpabilidad
del niño ha sido reemplazado ya en parte por la noción de nuestro común desamparo.
La imposibilidad de una relación serena tuvo otra consecuencia, por
otra parte muy natural: perdí la facultad de hablar. Es probable que, de todos
modos, no hubiese llegado a ser un gran orador, pero sin duda habría dominado
el lenguaje fluido, habitual entre la gente. No obstante, ya muy temprano me
prohibiste hablar; tu amenaza: «¡No te atrevas a replicarme!», y tu mano
alzada al proferirla, son dos cosas que me acompañan desde siempre. Frente a ti
-eres un magnífico orador cuando se trata de lo tuyo-, adquirí una forma de
hablar entrecortada, balbuciente, pero incluso eso te parecía excesivo, y
acababa por callarme, al principio quizá por obstinación, y después porque no
podía ni pensar ni hablar en tu presencia. Y por ser tú efectivamente mi
educador, todo ello tuvo en mi vida una repercusión generalizada. Cometes un
notable error si crees que nunca me he sometido a ti. «Llevar siempre la
contraria» no ha sido realmente mi norma de conducta contigo, como tú piensas
y me reprochas. Al contrario: si te hubiese obedecido menos, seguro que
estarías mucho más contento de mí. Lo cierto es que todas tus medidas
educativas dieron en el blanco; no esquivé ninguno de tus golpes; en mi actual
manera de ser, soy (exceptuando naturalmente los principios y las influencias
de la vida) el resultado de tu educación y de mi docilidad. El hecho de que
este resultado te parezca a pesar de todo lamentable y de que incluso te
resistas inconscientemente a admitirlo como resultado de tu educación, se debe
justamente a que tu mano y mi material han sido siempre tan extraños entre sí.
Decías: «¡No te atrevas a replicarme!» y así querías reducir al silencio las fuerzas contrarias que te eran
desagradables; pero este influjo era para mí demasiado fuerte, yo era demasiado
dócil, enmudecía totalmente, me escabullía de tu presencia y sólo me atrevía a
moverme cuando me había alejado tanto de ti, que ya no me alcanzaba tu poder,
al menos de un modo directo. Pero ahí estabas tú, frente a mí, y todo volvía a
parecerte que estaba «en contra», cuando no era más que la consecuencia
natural de tu energía y de mi debilidad.
Los recursos oratorios de tu sistema educativo, extremadamente
eficaces y que al menos conmigo no te fallaban nunca, eran: reprimenda,
amenaza, ironía, r
No puedo recordar que me atacases directamente con insultos
explícitos. Tampoco era necesario; tenías otros muchos medios; además, en
casa, conversando, y especialmente en el negocio, las invectivas, en torno a
mí, caían sobre los demás en tales cantidades, que muchas veces ensordecían
casi totalmente mis oídos infantiles y no había razón alguna para no
relacionarlas conmigo, porque las personas a quienes regañabas no eran
ciertamente peores que yo, ni tú estabas ciertamente más descontento de ellas
que de mí. Y también en esto se manifestaba una vez más tu enigmática inocencia
y tu intangibilidad. Te desatabas en improperios sin que ello te creara el
menor escrúpulo a ti, que condenabas y prohibías los improperios en los demás.
Reforzabas los improperios con amenazas, y entonces sí que también te
dirigías a mí. Me aterrorizabas, por ejemplo, con tu frase: «Te voy a hacer
picadillo», aunque sabía que nada peor seguía a tus palabras (la verdad es que,
de niño, no lo sabía muy bien); no obstante, correspondía casi perfectamente a
mi idea de tu poder el hecho de que fueses capaz de hacerlo. También me
horrorizabas cuando corrías profiriendo gritos alrededor de la mesa,
persiguiendo a uno de nosotros, aunque en realidad no quisieras agarrarlo;
pero lo simulabas, y parecía como si la madre, finalmente, lo salvase. Y al
niño le parecía que, una vez más, había conservado la vida por tu misericordia
y que el hecho de seguir viviendo era un inmerecido regalo tuyo. También
cabría citar aquí las amenazas derivadas de la desobediencia. Cuando yo me
ponía a hacer algo que no te gustaba y amenazabas con el fracaso, el respeto a
tu opinión era tan grande, que el fracaso era inevitable, aunque tal vez se
produjese mucho más tarde. Perdí la confianza en mis propios actos. Me volví
inconstante, indeciso. Cuanto más crecía, mayor era el material que podías
oponerme como prueba de mi nulidad; poco a poco tuviste efectivamente razón en
más de un aspecto. De nuevo me guardaré muy bien de afirmar que sólo por tu
causa he llegado a ser como soy; tú no hiciste más que acentuar lo que ya
existía; pero lo acentuaste mucho, porque, comparado conmigo, eras muy poderoso
y aplicabas a ello todo tu poder.
Tenías una confianza especial en la educación por medio de la ironía,
que era asimismo la que mejor correspondía a tu superioridad sobre mí. En ti,
una advertencia solía adoptar la forma siguiente: «¿No puedes hacerlo así o
así?
¿Sería pedirte demasiado? ¿No tienes tiempo, verdad?» y cosas por el
estilo. Y cada una de estas preguntas, acompañada de una sonr
Totalmente incompatible con esa posición ante tus hijos parecía el
hecho de que te lamentases públicamente, lo que ocurría con mucha frecuencia.
Confieso que de niño (más tarde sí) esto no me producía sensación alguna y no
comprendía cómo podías esperar que te compadecieran. ¡Eras tan descomunal en
todos los aspectos! ¿Qué podía importarte nuestra compasión o nuestra simple
ayuda? En realidad tenías que menospreciarlas como tan a menudo nos
menospreciabas a nosotros. Por esta razón, yo no creía en las lamentaciones y
buscaba tras ellas alguna intención oculta. Sólo posteriormente comprendí que,
-en realidad, sufrías mucho por tus hijos; pero entonces, cuando tus quejas,
en otras circunstancias, habrían podido mover un corazón infantil, abierto, sin
prejuicios, dispuesto a cualquier ayuda, habían de parecerme tan sólo unos
recursos educativos y de mortificación demasiado evidentes, no muy duros como
tales, pero con el nocivo efecto secundario de que el niño se acostumbró a no
tomar demasiado en serio unas cosas que tenía que haber tomado en serio.
Afortunadamente, no dejaba de haber excepciones, sobre todo cuando
sufrías en silencio y el amor y la bondad, con su fuerza, vencían cualquier
oposición y la conmovían de un modo inmediato. Ocurría sin duda muy pocas
veces, pero era
Posees además una manera particularmente hermosa, que se ve raras
veces, de sonreír con calma, satisfacción y afabilidad, una sonr
Preferí atenerme a lo real y duradero. Para afirmarme sólo un poco
frente a ti, y en parte también por una especie de venganza, pronto empecé a
observar, a inventariar, a exagerar, pequeños detalles ridículos que advertía
en ti. Cómo, por ejemplo, te dejabas deslumbrar fácilmente por personajes que
sólo en apariencia ocupaban una posición elevada y de quienes contabas cosas
sin cansarte; por ejemplo, de algún consejero imperial o cosa parecida (por
otra parte, también este tipo de cosas me hacía daño, el hecho de que tú, mi
padre, creyeses necesitar aquellas fútiles confirmaciones de tu valía y te
dieses importancia con ellas). O bien, observaba tu predilección por las
palabrotas, proferidas en el tono más alto posible, que te hacían reír como si
hubieses dicho algo especialmente brillante, cuando en realidad se trataba
sólo de alguna indecencia insignificante y banal (al mismo tiempo, eran sin
duda una nueva manifestación de tu energía vital que me avergonzaba).
Naturalmente, estas observaciones diversas se producían en gran cantidad; me
hacían feliz, me daban ocasión para secreteos y burlas; a veces lo advertías,
te enojabas, lo considerabas como una malignidad, como una falta de respeto,
pero, créeme, no era para mí más que un medio, por otra parte insuficiente, de
autoconservación; eran como los chistes que se difunden sobre dioses y reyes,
chistes que no sólo pueden asociarse al más profundo de los respetos, sino que
incluso le son inherentes.
Por lo demás, y de acuerdo con la situación semejante en que te hallas
respecto a mí, también tú has intentado una especie de contraataque. Solías
dar a entender que las cosas me iban la mar de bien y que siempre he sido muy
bien tratado. Es verdad, pero no creo que, en las circunstancias imperantes,
esto me sirviera de mucho.
Es cierto que mi madre se mostró conmigo de una bondad sin límites,
pero todo ello estaba, para mí, relacionado contigo, y no era por tanto una
buena relación. Inconscientemente, mi madre desempeñaba el papel de montero en
la cacería. En el caso improbable de que tu educación hubiese podido separarme
de ti incitándome a la obstinación, a la aversión o incluso al odio, mi madre
restablecía el equilibrio con su bondad, con frases sensatas (en el caos de la
infancia, ella era el prototipo de la sensatez), con ruegos, y de nuevo me veía
arrastrado a tu órbita, de la que, en otro caso, tal vez me habría desprendido
en beneficio tuyo y mío. O sucedía que no llegábamos a una conciliación
propiamente dicha; mi madre se limitaba a protegerme de ti a escondidas; a
escondidas, me daba algo, me permitía algo; entonces yo volvía a ser ante ti la
criatura a la que asusta la luz, el ser falso, consciente de su culpa, que, a
causa de su nulidad, sólo podía llegar por caminos tortuosos incluso a aquellas
cosas a las que creía tener derecho. Naturalmente, me acostumbré a buscar
también por esos caminos unas cosas a las que ni siquiera en mi propia opinión
tenía derecho alguno. Y de nuevo se acrecentaba mi sensación de culpabilidad.
También es cierto que apenas si me has pegado nunca de verdad. Pero
los gritos, el rostro enrojecido, la manera apresurada de desabrocharte el
cinturón y dejarlo preparado en el resp
Siempre me hacías el reproche (a mí solo o en presencia de otras
personas, ya que no tenías noción de lo humillante que era esto último: los
asuntos de tus hijos siempre eran públicos) de que vivía sin privaciones, en
medio de la paz, el calor y la abundancia, gracias a tu trabajo. Pienso en
ciertas observaciones que deben de haber dejado, literalmente, surcos en mi
cerebro, como por ejemplo: «A los siete años tenía que andar ya con el carretón
por los pueblos.» «Dormíamos todos juntos en una habitación.» «Éramos felices
cuando teníamos patatas.» «Durante años, por falta de ropa de invierno, tuve
llagas abiertas en las piernas.» «Aún era un niño cuando tenía que ir a Pisek
a trabajar en la tienda.» «En casa no me daban absolutamente nada, ni siquiera
durante el servicio militar, y aún era yo quien enviaba dinero a mi familia.»
«Y sin embargo, sin embargo..., el padre era siempre el padre. ¡Quién habla ya
de tales cosas hoy en día! ¡Qué saben los hijos! ¡Nadie lo ha sufrido! ¿Entiende esto un muchacho de hoy?» En
otras circunstancias, tales historias hubiesen podido ser un recurso educativo
de primer orden, nos habrían estimulado y dado fuerzas para vencer las mismas
penalidades y privaciones que había sufrido nuestro padre. Pero sin duda no
era eso lo que querías; prec
Inmediatamente después de tales experiencias, solías decir,
chanceándote con acritud, que las cosas nos iban demasiado bien. Pero esta
broma no lo es, en cierto sentido. Lo que tuviste que conquistar con la lucha,
lo recibíamos nosotros de tus manos, pero la lucha por la vida, a la que
accediste de un modo inmediato y que, naturalmente, tampoco nosotros podemos
eludir, debemos emprenderla cuando es ya muy tarde, en edad adulta, con las
fuerzas de un niño. No digo que, por ello, nuestra situación sea necesariamente
más desfavorable que la tuya; tal vez resulte equivalente (aunque sin duda no
son comparables las situaciones de base); nosotros tenemos la única desventaja
de que no podemos vanagloriarnos de nuestra miseria ni mortificar a nadie con
ella, como tú has hecho con la tuya. Tampoco voy a negar que me habría sido
posible disfrutar, revalorizar de un modo verdaderamente correcto los frutos de
tu inmenso y productivo trabajo, y seguir aumentando su productividad para
darte satisfacción; pero a ello se oponía nuestro distanciamiento. Podía gozar
de lo que me dabas, pero sólo con vergüenza, cansancio, debilidad, sentimiento
de culpa. De ahí que únicamente pudiese mostrarte un agradecimiento de
mendigo, no actuante.
El resultado inmediato y visible de toda esta educación fue que yo
huía de todo lo que me recordaba tu presencia, aun de lejos. Primero fue el
negocio. De hecho, habría tenido que gustarme, sobre todo en mi infancia,
cuando aún no era más que una tienda en un callejón; estaba tan lleno de vida,
tan iluminado por las noches; había mucho que ver y oír, se podía echar una
mano de vez en cuando, llamar la atención, y sobre todo admirarte por tu excepcional
talento de comerciante: cómo vendías, tratabas a la gente, bromeabas, te
mostrabas incansable, sabías tomar de inmediato una decisión en caso de duda,
etc.; además, era un notable espectáculo verte hacer un paquete o abrir una
caja, y todo el conjunto no constituía la peor de las escuelas para un niño.
Pero como, poco a poco, me infundiste terror en todos los sentidos y la tienda
y tú fuisteis para mí una sola cosa, tampoco en la tienda me sentía a gusto.
Cosas que, al principio, me parecieron naturales allí, luego me atormentaban,
me avergonzaban, especialmente tu manera de tratar al personal. No sé...,
puede que haya sido siempre igual en todos los negocios (en las Assicurazioni
Generali,[15]
por ejemplo, lo fue efectivamente durante el tiempo que yo estuve allí; al
despedirme del director, aduje, sin que fuese del todo cierto, aunque tampoco
del todo falso, que no podía soportar las continuas broncas, que por otra parte
no me afectaban nunca directamente; esta dolorosa sensibilidad respecto a
ellas ya me venía de casa); pero en mi infancia me importaban poco los otros
negocios. En cambio a ti, en la tienda, te oía y te veía gritar, insultar y
enfurecerte hasta un extremo que, según mi opinión de entonces, no tenía
parangón en todo el mundo. Y no sólo había los insultos, sino también otras
formas de tiranizar a la gente. Cómo, por ejemplo, arrojabas al suelo de un
manotazo unos géneros que no admitías haber confundido con otros, y el dependiente
tenía que recogerlos. O tu manera de repetir la misma frase respecto a un
dependiente enfermo de los pulmones: «¡A ver si revienta de una vez, ese perro
enfermo!» Llamabas a los dependientes «enemigos pagados», y en efecto lo eran,
pero antes de que lo fueran, tú me parecías ya su «enemigo que paga». Allí
recibí asimismo la gran enseñanza de que podías ser injusto; por mí mismo, no
lo habría advertido tan pronto, porque el sentimiento de culpa acumulado en mí
era tal, que te daba la razón; pero allí -según mi opinión infantil, que
después he corregido evidentemente un poco, aunque no demasiado- había
personas de fuera que a pesar de todo trabajaban para nosotros y que, a cambio
de su trabajo, se veían obligadas a vivir atemorizadas por ti. Naturalmente,
yo exageraba, y lo hacía porque aceptaba sin reservas que tú infundías a los
demás el mismo terror que a mí. La verdad es que, de ser así, no habrían podido
vivir, pero como se trataba de gente adulta con unos nervios a toda prueba, se
sacudían tranquilamente los insultos, y éstos, a la larga, te ocasionaban más
daño a ti que a ellos. Pero tal situación me hacía la tienda insoportable, me
recordaba demasiado mi relación contigo: al margen de tus intereses de
empresario y de tu ambición, como simple comerciante eras ya tan superior a
todos los que hacían contigo su aprendizaje, que no podía satisfacerte ninguno
de sus trabajos, y también conmigo tenías que mostrarte eternamente
insatisfecho. De ahí que yo perteneciera inevitablemente al partido del personal,
por el simple hecho de que mi timidez me impedía comprender cómo se podía
insultar de tal forma a un extraño. Debido a esa misma timidez, quería
reconciliar de algún modo al personal -al que yo consideraba terriblemente
soliviantado- contigo, con nuestra familia, aunque sólo fuese en defensa de mi
propia seguridad. Para lo cual no bastaba ya una conducta normal, correcta, ni
siquiera discreta, con el personal; tenía que mostrarme humilde; no sólo
saludar yo primero, sino demostrar en lo posible que no exigía que me
devolvieran el saludo. Y aunque yo, una persona insignificante, les hubiese
besado los pies, no habría podido nunca neutralizar la furia con que tú, su
dueño y señor, los pisoteabas. Estas relaciones que establecí con unos
semejantes fueron más allá del negocio y repercutieron en el futuro (algo parecido,
aunque no tan peligroso ni tan intenso como en mi caso, es por ejemplo la
afición de Ottla a tratar con gente pobre, su contacto, que tanto te indigna,
con criadas y personas de esta clase). Finalmente, casi tuve miedo de la
tienda, y en cualquier caso, hacía ya mucho tiempo que no era asunto mío, desde
antes de iniciar el bachillerato y de distanciarme aún más de ella. Además, me
parecía un trabajo excesivo para mis fuerzas, ya que, según decías, consumía
incluso las tuyas. Entonces intentaste aún (lo que hoy me conmueve y me
avergüenza) extraer de mi repugnancia por el negocio, por tu obra, de esa
repugnancia que tan dolorosa te resultaba, un poco de dulzura para ti, afirmando
que me faltaba sentido comercial, que tenía ideas más elevadas en la cabeza y
cosas por el estilo. A mi madre, como es lógico, le agradaba esta explicación
que te obligabas a dar, y yo mismo, en mi vanidad y mi angustia, me dejaba
influir por ella. Pero, de haber sido únicamente, o principalmente, esas «ideas
elevadas» las que me apartaron del negocio (que ahora, y sólo ahora, odio de un
modo sincero y real), habrían tenido que manifestarse de un modo distinto, en
lugar de hacerme navegar, temeroso y paciente, a través de los estudios de
Enseñanza Media y de Derecho, hasta recalar definitivamente en mi escritorio
de empleado.
Si quería escapar de ti, tenía que hacerlo también de la familia,
incluida mi madre. Ciertamente, uno podía hallar siempre refugio en ella, pero
sólo en relación contigo. Te quería demasiado y estaba rendida a ti con
excesiva fidelidad para poder representar en la lucha del hijo un poder
espiritual -de inalterable independencia. Por otra parte, fue éste un instinto
certero del niño, puesto que, con los años, mi madre se fue uniendo a ti cada
vez más estrechamente, en tanto que, dentro de sus cosas personales,
conservaba de un modo dulce y hermoso, sin ofenderte nunca en lo esencial, su
independencia dentro de unas fronteras mínimas; sin embargo, con los años, fue
aceptando ciegamente, de un modo total, más con el corazón que con la mente,
tus juicios y prejuicios respecto a los hijos, sobre todo en el caso de Ottla,
que no dejaba de ser difícil. A decir verdad, hay que recordar en todo momento
lo incómoda, lo extremadamente agotadora que resultaba la posición de la madre en la
familia. Se afanaba en el negocio, en llevar la casa, vivía por partida doble
todas las enfermedades de la familia, pero el colmo de todo ello fue lo mucho
que tuvo que aguantar en su posición intermedia entre nosotros y tú. Siempre
fuiste amable y considerado con ella, pero en este aspecto la respetaste tan
poco como la respetamos nosotros. Sin la menor consideración, asestamos contra
ella nuestros golpes, tú desde tu posición y nosotros desde la nuestra. Era una
desviación, no pensábamos en hacer daño, pensábamos únicamente en la lucha que
sosteníamos, tú contra nosotros, nosotros contra ti, y nos desahogábamos con
la madre. Tampoco contribuía muy positivamente a la educación de los hijos tu
modo de martirizarla por nuestra causa (naturalmente, sin la menor culpa de tu
parte). Incluso justificaba en apariencia nuestra conducta hacia ella, por
otra parte injustificable. ¡Cuánto tuvo que sufrir de nosotros por tu causa, y
de ti por causa nuestra, sin contar aquellos casos en los que tú tenías razón,
porque ella nos consentía, aunque tal vez ese mismo «consentir» no pasaba de
ser muchas veces una demostración silenciosa, inconsciente, contra tu sistema!
Naturalmente, mi madre no habría podido soportarlo todo, si no hubiese extraído
la fuerza suficiente para ello del amor que nos profesaba a todos y de la
felicidad que este amor le proporcionaba.
Las hermanas me secundaban sólo en parte. La más contenta de su
posición respecto a ti era Valli. Por ser la que más cerca estaba de la madre,
se sometía a ti como ella, sin gran esfuerzo ni daño. Y tú también la
aceptabas con mayor afecto, prec
Elli es el único ejemplo de éxito casi total de una evasión de tu
círculo. De ella, cuando era niña, era de quien menos me habría atrevido a
esperarlo. Era sin duda una criatura torpe, medrosa, desganada, pusilánime,
rastrera, maliciosa, holgazana, golosa, tacaña; apenas podía mirarla, y mucho
menos hablar con ella, de tanto como me recordaba a mí mismo, de tanto como la
veía sometida al mismo yugo de una educación. Su tacañería me producía una
aversión particular, porque yo era, si cabía, aún más tacaño. La avaricia es
sin duda uno de los signos más indudables de una profunda desdicha; yo estaba
tan inseguro frente a todas las cosas, que realmente no poseía más que lo que
ya tenía en las manos o en la boca, o lo que al menos estaba en camino de
llegar a ellas, y esto era prec
De Ottla, apenas me atrevo a escribir nada; sé que con ello pongo
enJuego toda la eficacia que espero de esta carta. En circunstancias normales,
es decir, cuando no se encuentra en un apuro o en un peligro graves, lo único
que sientes por ella es odio; tú mismo me has confesado que, en tu opinión,
siempre te causa disgustos y preocupaciones de un modo deliberado, y que
cuando tú sufres por su causa, ella está satisfecha y se alegra. O sea, una
especie de diablo. Qué gigantesco distanciamiento, aún mayor que entre tú y yo,
debe de haberse producido entre tú y ella, para que sea posible tan monstruosa
incomprensión. Está tan lejos de ti, que apenas si la ves; pones un fantasma en
el lugar donde supones que está. Admito que con ella has tenido especiales
dificultades. No penetro hasta el fondo la complejidad del caso, pero de todos
modos veo en ella a una especie de Löwy provista con las mejores armas de los Kafka. Entre nosotros no ha habido propiamente
una lucha; yo fui despachado pronto; lo que quedó fue huida, amargura, lucha
interior. Pero vosotros dos estabais siempre en pie de guerra, siempre a punto,
siempre con todas vuestras fuerzas. Una visión tan grandiosa como desoladora.
Sin duda, en los primeros tiempos, estuvisteis muy próximos el uno al otro,
porque tal vez de los cuatro hermanos, Ottla es aún hoy la más pura plasmación
del matrimonio entre tú y mi madre y de las fuerzas que en él concurrieron. No
sé lo que ha dado al traste con la dicha de la concordia entre padre e hija; me
inclino a creer que fue un proceso semejante al mío. Por tu parte, la tiranía
de tu personalidad, y por parte de ella, la obstinación, la susceptibilidad, el
sentido de la justicia, la inquietud de los Löwy, y todo ello sostenido por la
conciencia de la fuerza kafkiana. Puede que también yo haya influido en ella,
aunque no tanto por mi propia iniciativa como por el simple hecho de mi existencia.
Por otra parte, ella llegó la última a unas relaciones de poder ya fijadas, y
la gran cantidad de material de que dispuso le permitió formarse su propio
juicio. Puedo imaginar incluso que su personalidad vaciló algún tiempo entre
lanzarse a tus brazos o a los del enemigo; al parecer cometiste entonces algún
descuido y la rechazaste. No obstante, de haber sido posible, habríais llegado
a ser una pareja magníficamente bien avenida. Entonces, sin duda, yo habría
perdido un aliado, pero la visión de vosotros dos me habría resarcido con
creces; y tú, con la dicha inconmensurable de haber hallado plena satisfacción
al menos en uno de nosotros, habrías cambiado mucho en favor mío. Hoy, por lo
demás, todo esto es sólo un sueño. Ottla no tiene contacto alguno con su padre,
tiene que buscar ella sola su camino, como yo, y el mayor grado de decisión, de
confianza en sí misma, de salud, de despreocupación que posee comparada
conmigo, la hace a tus ojos más perversa y traidora que yo. Lo comprendo; desde
tu punto de vista, ella no puede ser de otra manera. Y ella misma está en
condiciones de verse con tus ojos, de sentir tu dolor y, si no de desesperarse
(la desesperación es cosa mía), al menos de entristecerse por él. En aparente
contradicción con todo ello, nos ves juntos a menudo; cuchicheamos, nos reímos
y, de vez en cuando, nos oyes pronunciar tu nombre. Te damos la sensación de
unos conspiradores insolentes. ¡Valientes conspiradores! La verdad es que,
desde siempre, has sido uno de los principales temas de nuestras
conversaciones, como también de nuestros pensamientos; pero, ciertamente, no
nos sentamos juntos para maquinar nada contra ti, sino para discutir conjuntamente,
con todo empeño, con bromas, con seriedad, con amor, con terquedad, con ira,
con repulsión, con resignación, con sentimiento de culpa, con todas las
fuerzas del cerebro y del corazón, este tremendo proceso que pesa entre tú y
nosotros, en todos sus detalles, desde todos los ángulos, con todos los
pretextos, de cerca y de lejos; este proceso en el que constantemente te eriges
como juez, cuando no eres, al menos en su aspecto principal (dejo la puerta
abierta a todos los errores que pueden salirme al paso), más que una parte tan
débil y ofuscada como nosotros.
En relación con el conjunto, Irma[17] fue un ejemplo
aleccionador de tu eficacia pedagógica. Por un lado era una extraña, llegó ya
mayor a tu tienda, tenía que tratarte principalmente como jefe, o sea que sólo
estuvo expuesta a tu influencia en parte y en una edad apta para resistir; por
otro lado, llevaba nuestra sangre, admiraba en ti al hermano de su padre y tú
tenías sobre ella mucho más poder que el de un simple jefe. Y sin embargo, a
pesar de que, con su frágil cuerpo, fuese tan capacitada, inteligente,
trabajadora, modesta, digna de confianza, desinteresada y fiel, de que te
amase como tío y te admirase como jefe, de que acreditase su valía antes y
después de diversas colocaciones, jamás te pareció una empleada muy buena.
Frente a ti (movida también, naturalmente, por nuestro ejemplo) se mostraba
casi como si fuese uno de tus hijos pequeños, y tan grande era para ella el
poder imponente de tu personalidad, que se le desarrollaron (aunque sólo frente
a ti y es de suponer que sin el profundo sufrimiento del niño) la falta de
memoria, la negligencia, el mal humor, e incluso cierta oposición, en la medida
en que era capaz de ella; y todo ello no puedo atribuirlo a su naturaleza
enfermiza ni a que jamás fue muy feliz, aparte de que pesaba sobre ella una
vida familiar desgraciada. Para mí, lo más significativo de tu relación con
ella lo resumiste en una frase que ya consideramos clásica, una frase casi
blasfema, pero que prec
Podría describir otros círculos de tu influencia y de la lucha contra
ella, pero me metería ya en un terreno inseguro y tendría que inventar; además,
cuanto más lejos estás del negocio y de la familia, te vuelves tanto más
amable, generoso, cortés, considerado, condescendiente (también
exteriormente, en mi opinión), del mismo modo que, por ejemplo, un autócrata,
cuando se halla de pronto fuera de las fronteras de su país, no tiene ya
motivos para continuar siendo tiránico y puede mostrarse bondadoso incluso con
las gentes más humildes. Es evidente que, por ejemplo, en las fotografías de
grupo efectuadas en Franzensbad adoptabas siempre una actitud tan dominante y
alegre entre aquella gentecilla adusta, que parecías un rey de viaje. Sin
duda, los hijos habrían podido obtener de ello sus ventajas, con tal que en la
infancia hubiesen sido capaces de reconocerlo, lo que resultaba imposible, y de
que, en mi caso, yo no hubiese tenido que vivir continuamente y de un modo u
otro en el círculo más íntimo, más estricto y más opresor de tu influencia, que
fue lo que realmente hice.
Con ello no sólo perdí el sentido de la familia, cómo tú dices; antes
bien, me quedaba aún este sentido de la familia, aunque era absolutamente
negativo, consistente en la íntima separación de ti (que naturalmente nunca se
consumaba). Pero las relaciones con personas que no eran de la familia se
vieron perjudicadas aún más, si cabe, por tu influencia. Estás completamente
equivocado si crees que por los demás lo hago todo con amor y fidelidad,
mientras que, por ti y por tu familia, la frialdad y la traición me inducen a
no hacer nada. Lo repito por enésima vez: probablemente me habría convertido
igualmente en una persona huraña y temerosa, pero de aquí al lugar donde he
llegado realmente queda aún un camino largo y oscuro. (Hasta ahora, en esta
carta, me he callado exprofeso un número relativamente escaso de cosas; ahora
y posteriormente tendré que callarme algunas cosas que -ante ti y ante mí mismo-
aún me resultan demasiado difíciles de confesar. Lo digo porque, si la visión
global se vuelve a trechos algo confusa, no creas que es debido a falta de
pruebas; en realidad existen pruebas que podrían dar a dicha visión una crudeza
insoportable. No es fácil dar con el término medio en este aspecto.) De
momento, bastará con recordar hechos pasados: frente a ti, yo había perdido la
confianza en mí mismo, que fue sustituida por un infinito sentimiento de culpa.
(Recordando esta infinitud, escribí una vez sobre alguien, acertadamente: «Teme
que la vergüenza aún lo sobreviva.»)[18] No podía transformarme
repentinamente al encontrarme con otras personas; más bien se me acentuaba
frente a ellas el sentimiento de culpa, porque, como ya he dicho, tenía que
subsanar en ellas las recriminaciones que, con mi complicidad, les hacías en el
negocio. Asimismo tenías siempre algo que oponer, abiertamente o en secreto, a
cualquier persona con quien yo me relacionase, y también por ello tenía que
pedirles perdón. La desconfianza que, en la tienda y en casa, intentabas
inculcarme contra la mayoría de la gente (entre las personas que, en mi niñez,
tuvieron para mí alguna importancia, cítame una sola a quien tú no hayas
criticado al menos una vez hasta dejarla por los suelos), una desconfianza que
a ti, curiosamente, no te creaba el menor problema (tenías la fuerza suficiente
para soportarla y, por otra parte, quizá no constituía en realidad más que el
emblema del tirano)... Esta desconfianza que, a mis ojos de niño, nada justificaba,
puesto que no veía junto a mí más que a personas de inimitable bondad, se
convirtió en mi interior en una desconfianza hacia mí mismo y en un miedo
creciente a los demás. Así que, en general, era evidente que no tenía la menor
posibilidad de salvarme de ti. El hecho de que te engañases al respecto se
debió quizás a que no tenías la menor noticia de cuáles eran mis relaciones y
suponías, desconfiado y celoso (¿niego acaso que me quieres?), que en alguna
parte tenía que hallar una compensación por mi huida de la vida familiar, ya
que era evidentemente imposible que fuera de casa viviese de aquella forma.
Por lo demás, en este aspecto, prec
Tampoco el judaísmo pudo salvarme de ti. En él habría sido imaginable
una salvación, o más aún, habría sido imaginable que ambos hubiésemos confluido
en él o que la hubiésemos utilizado como punto de partida común. Pero, ¿cómo
fue el judaísmo que recibí de ti? En el transcurso de los años, me he
enfrentado con él de tres maneras distintas.
De niño, coincidiendo contigo, me hacía reproches por no frecuentar
bastante el templo, porque no ayunaba, etc. No creía cometer una falta contra
mí mismo, sino contra ti, y me invadía la sensación de culpabilidad, siempre
predispuesta.
Luego, de joven, no comprendía que, en nombre del falso judaísmo que
practicabas, me reprochases que no me esforzara (aunque fuese por piedad,
decías) en practicar también aquella falsedad. Realmente, por lo que a mí se
me alcanzaba, era una falsedad, un juego, ni siquiera un juego. Ibas al templo
cuatro veces al año, estabas más cerca de los indiferentes que de aquellos que
lo tomaban en serio, despachabas pacientemente las plegarias como una formalidad,
me asombrabas a veces porque eras capaz de señalarme en el libro de oraciones
el pasaje que estaban recitando justamente en aquel momento; además, el hecho
de estar en el templo (y esto era lo principal) me permitía pasear mi
imaginación por donde quisiera. Así pues, entre bostezos y cabezadas, mataba
las muchas horas que pasábamos allí (posteriormente creo que sólo me he
aburrido tanto en la clase de danza) y buscaba una distracción mínima en las
pequeñas variaciones que se producían; por ejemplo, cuando abrían el Arca de
la Alianza, que siempre me recordaba las barracas de tiro, donde, si uno daba
en el blanco, se abrían también unas puertecillas, aunque allí aparecía siempre
algo interesante, mientras que en el Arca aparecían siempre los viejos muñecos
sin cabeza.[19]
Por lo demás, pasé también mucho miedo, no sólo, como es obvio, por la gran
cantidad de personas desconocidas con las que uno entraba en estrecho
contacto, sino porque una vez dijiste incidentalmente que también a mí podían
llamarme para leer la Torá. Me pasé años temblando ante aquella posibilidad.
Pero, por lo general, mi aburrimiento no se vio casi nunca interrumpido,
salvo, a lo sumo, por la Barmizwe,[20] que por otra parte sólo
exigía aprender de memoria cosas ridículas, y que, consiguientemente, acababa
en un examen no menos ridículo, y luego, en lo que a ti respecta, hubo asimismo pequeños incidentes de
escasa importancia; por ejemplo, cuando te llamaban a leer la Torá y salías con
bien del suceso, que para mí tenía exclusivamente un carácter social, o cuando,
el día de la conmemoración de los difuntos,[21] te quedabas en el templo
y me mandabas a casa, lo que, tal vez por el hecho de mandarme salir y por
falta de una devoción más profunda, me produjo durante mucho tiempo la
sensación de que se trataba de algo indecente. Si esto ocurría en el templo, en
casa era quizá más lastimoso todavía y nos limitábamos a la celebración de la
primera noche de la Pascua, que cada vez más se convirtió en una comedia con
accesos de r
Sin embargo, posteriormente volví a considerarlo de otra forma y
comprendí por qué podías creer que también en este aspecto te traicionaba con
mala intención. De la pequeña comunidad aldeana, casi un gueto, de donde
procedías, habías traído en efecto un poco de judaísmo; no era mucho y aún disminuyó
en la ciudad y en el ejército, aunque las impresiones y recuerdos de la
juventud bastaban para
En conjunto, no se trata de un fenómeno aislado; algo parecido sucedió
con la mayor parte de esa generación judía de transición que emigró de un medio
rural, aún relativamente piadoso, a las ciudades; era algo que se producía
espontáneamente, sólo que, en nuestro caso, añadió una tensión bastante
dolorosa a unas relaciones que no carecían prec
Tu comportamiento de los últimos años me ha dado cierta confirmación a
posteriori de esta concepción tuya del judaísmo, al parecerte que me ocupaba
más de los asuntos judíos. Dado que tú sientes, a priori, repulsión por
cualquiera de mis ocupaciones y especialmente por mi manera de interesarme en
ellas, también la sentiste en este caso. Con todo, era posible esperar que
hicieras una pequeña excepción. Lo que se agitaba en mí era sin duda un
judaísmo de tu judaísmo y, por consiguiente, la posibilidad de establecer un
nuevo tipo de relaciones entre tú y yo. No niego que estas cosas, si tú te
hubieras interesado por ellas, me habrían podido resultar ya sospechosas por
ese simple motivo. No se me ocurrirá afirmar que, en tal sentido, soy mejor que
tú. Pero tampoco hemos hecho nunca la prueba. Al mediar yo, llegaste a
aborrecer el judaísmo, te resultaron ilegibles los textos judíos, te «daban
asco». Esto podía significar que insistías en que el judaísmo que me habías
enseñado de niño era justamente el único bueno, y que nada había fuera de él.
Pero era difícil concebir que insistieses en semejante cosa. Y en este caso, el
«asco» (al margen de que no era el judaísmo quien lo provocaba, sino mi persona)
sólo podía significar que reconocías inconscientemente la debilidad de tu
judaísmo y de mi educación judía, que no querías verte obligado a recordarlo y
respondías con un odio declarado a cualquier recuerdo del mismo. Por otro
lado, tu sobrevaloración negativa de mi nuevo judaísmo era exagerada; en primer
lugar, llevaba en sí tu maldición, y en segundo lugar, la relación básica con
el prójimo fue decisiva para su evolución, y en mi caso, por tanto, fue mortal.
Con tu aversión atacaste de un modo más acertado mi actividad de
escribir y todas aquellas cosas, para ti desconocidas, que se relacionaban
con ella. En dicha actividad, había conquistado de hecho cierta independencia
respecto a ti, aunque esa independencia recordaba un poco la del gusano, el
cual, cuando un pie le aplasta la parte trasera, intenta soltarse con la
delantera y se arrastra hacia un lado. En cierto modo me sentía a salvo
escribiendo, podía respirar; la repulsión que, como es natural, sentías
también hacia mis escritos, me resultaba excepcionalmente bienvenida. Mi
vanidad, mi orgullo se resentían, es cierto, cuando acogías la aparición de
mis libros con una frase que se hizo famosa entre nosotros: «¡Ponlo en la
mesita de noche!» (casi siempre estabas jugando a las cartas cuando llegaba un
libro), pero en el fondo me sentía a gusto, no sólo por una malicia que se
alzaba contra ti, no sólo por el placer de confirmar nuevamente mi concepción
de nuestras relaciones, sino porque, básicamente, aquella fórmula me sonaba
como si dijeras: «¡Ahora eres libre!» Naturalmente se trataba de un engaño, no
era libre o, en el mejor de los casos, no lo era aún. Mis escritos trataban de
ti; en ellos exponía las quejas que no podía formularte directamente,
reclinándome en tu pecho. Era una despedida de ti, intencionadamente dilatada;
sin duda eras tú quien la imponía, pero seguía la dirección que yo le fijaba.
No obstante, ¡qué poca cosa era todo aquello! Sólo merece la pena comentarlo
porque ocurrió en mi vida; en cualquier otro contexto sería totalmente
imperceptible, y también porque dominó mi vida, como un presentimiento en la
infancia, más tarde como una esperanza, y más tarde todavía como una
desesperación que me asaltaba a menudo, y dictó -tomando de nuevo tu forma, si
se quiere- mis pocas e insignificantes decisiones.
La opción profesional, por ejemplo. Sin duda me diste en este aspecto
una libertad absoluta, de acuerdo con tu manera de obrar, magnánima e incluso
tolerante en este sentido. Aunque también en esto te regías por la forma
general de tratar a los hijos, para ti normativa, propia de la clase media
judía, o al menos por los juicios de valor de esta clase social. En definitiva,
intervino también uno de tus malentendidos respecto a mi persona. Por orgullo
paterno, por desconocimiento de mi verdadera forma de ser, por conclusiones
que sacas de mi debilidad, siempre me has considerado muy trabajador. En tu
opinión, de niño estudiaba sin descanso y después escribía también sin descanso.
Esto no puede estar más lejos de la verdad. Exagerando mucho menos, sería
mejor decir que estudié poco y no aprendí nada; el hecho de que, en tantos
años, con una memoria mediana, con una inteligencia no del todo mala, se me
haya pegado algo, no tiene nada de raro; en todo caso, el resultado global en
cuanto a conocimientos, y sobre todo en cuanto a la fundamentación de los
mismos, es extraordinariamente lamentable en comparación con el gasto de
tiempo y de dinero (en medio de una vida exteriormente tranquila y sin
cuidados), pero principalmente en comparación con casi toda la gente que
conozco. Es algo deplorable, pero comprensible para mí. Desde que tengo uso de
razón, he tenido que preocuparme con tanta intensidad de afirmar
espiritualmente mi existencia, que todo lo demás me ha sido indiferente. Los
estudiantes judíos de instituto que hay entre nosotros pueden ser tipos algo
extraños; uno puede encontrarse con los casos más inverosímiles, pero mi fría
indiferencia, apenas velada, indestructible, de un desamparo infantil, rayana
en el ridículo, llena de una autosatisfacción animal, una indiferencia propia
de un niño dotado de una imaginación autosuficiente, pero fría, no he vuelto a
encontrarla en parte alguna, y era sin duda, también aquí, la única defensa
contra el desgaste nervioso producido por el miedo y la sensación de
culpabilidad. No tenía más preocupación que yo mismo, pero esta preocupación
adoptaba formas diversas. Había por ejemplo la preocupación por mi salud;
comenzó muy pronto; de vez en cuando me asaltaba un leve temor por la
digestión, la caída del cabello, una desviación de la columna vertebral, etc.;
este temor se incrementaba en infinitas gradaciones hasta que acababa
desembocando en una enfermedad real. Pero, como no estaba seguro de nada, como
esperaba de cada momento una nueva confirmación de mi existencia y no tenía
nada que fuese mío de un modo propio, indudable, exclusivo, decidido
inequívocamente por mí, como era en realidad un hijo desheredado, también lo
más inmediato, es decir, mi propio cuerpo, se volvió para mí inseguro; crecía,
me volvía larguirucho, pero no sabía qué hacer con mi estatura, la carga era
demasiado pesada, la espalda se encorvaba; apenas me atrevía a moverme, a hacer
ejercicio, y quedé convertido en un ser débil; todo aquello que aún me
funcionaba, por ejemplo la digestión, me asombraba como un milagro; esto
bastaba para que lo perdiese, y así quedaba abierto el camino hacia la
hipocondría, hasta que, con los sobrehumanos esfuerzos de mi deseo de casarme
(luego hablaré de ellos), la sangre se me salió de los pulmones; a ello pudo.
contribuir en buena parte el piso del Schönbornpalais[24] -que necesitaba
únicamente porque creía necesitarlo para escribir-, hasta el extremo de que
también este asunto debe ser consignado aquí. O sea que mi situación no
provenía de un exceso de trabajo, como siempre has imaginado. Hubo años en los
que, con una salud perfecta, estuve haraganeando en el canapé más tiempo que tú
en toda tu vida, incluidas tus enfermedades. Si me marchaba corriendo de tu
lado sumamente atareado, lo hacía casi siempre para ir a echarme en mi habitación.
Mi rendimiento general, tanto en la oficina (donde, aunque la pereza no llama
mucho la atención, era refrenada en mí por mi timidez) como en casa, es mínimo;
si pudieras hacerte de él una idea, quedarías aterrado. Puede que no tenga
predisposición a la pereza, pero no había nada que hacer para mí. Dondequiera
que vivía, me sentía rechazado, sentenciado, vencido, y es verdad que hacía
desesperados esfuerzos por huir a cualquier otra parte, pero esto no era un
trabajo, porque se trataba de algo imposible que, con pequeñas excepciones,
era superior a mis fuerzas.
En este estado pues, se me dio libertad para escoger una profesión.
Pero ¿era realmente capaz de servirme de esta libertad? ¿Tenía confianza en
mis propias fuerzas para alcanzar una verdadera profesión? La valoración de mi
capacidad dependía más de ti que de cualquier otra circunstancia, de un éxito
externo, por ejemplo. Un éxito me estimulaba durante un momento, y nada más; en
cambio, tu peso me hundía sin interrupción. Nunca conseguiría pasar de la primera
clase en la Escuela Nacional; así lo creía yo, y sin embargo lo conseguí, e
incluso me dieron un premio; pero el examen de ingreso al bachillerato seguro
que no iba a pasarlo, y también lo conseguí; luego vino el primer curso del
instituto, y era seguro que iban a suspenderme, pero no me suspendieron, y así
fui saliendo adelante. Pero el resultado no fue un aumento de confianza, sino
al contrario; siempre tuve la convicción -y tu gesto de repulsa me daba de ello
una prueba material- de que, cuanto mayores son mis éxitos, peor acabará todo.
A menudo imaginaba el horrendo tribunal de profesores (el instituto es sólo
el ejemplo más homogéneo, pero todo lo que me rodeaba era parecido) que se
reunían después de pasar yo el primer curso, o sea en el segundo, y una vez
aprobado éste, en el tercero, y así sucesivamente, para examinar aquel caso
único, que clamaba al cielo, y preguntarse cómo me había sido posible, a mí,
el más incapacitado, y en cualquier caso el más ignorante, colarme hasta
aquella clase que naturalmente -por el hecho de que la atención de todos se
dirigía a mí- volvería a vomitarme enseguida, con el consiguiente júbilo de
todos los justos liberados de semejante pesadilla. Para un niño no es nada
fácil vivir con tales ideas. ¿Qué me importaban las lecciones en estas circunstancias?
¿Quién era capaz de arrancar de mí una pizca de interés? Las clases -y no sólo
las clases, sino cuanto me rodeaba en aquella edad decisiva- me interesaban con
el interés que el empleado de banca, tras una estafa (mientras sigue en su
cargo pero tiembla continuamente de miedo a ser descubierto), debe de sentir
por las pequeñas operaciones bancarias de cada día, unas operaciones que debe
efectuar aún en razón de su cargo. Tan lejano, tan nimio era todo en relación
con el problema fundamental. Así continuaron las cosas hasta el examen final,
que realmente sólo aprobé, en parte, gracias al engaño, y luego el proceso se
detuvo; ya era libre. Si ya entonces, a pesar de la coerción del instituto,
sólo me había preocupado de mí mismo, mucho más había de hacerlo ahora que era
libre. O sea que para mí no existiría la verdadera libertad de elegir una
profesión, puesto que sabía que, al lado de la cuestión fundamental, todo
había de serme tan indiferente como las materias escolares del instituto; se
trataba pues de encontrar una profesión que, sin herir demasiado mi vanidad,
me permitiera conservar mejor esa independencia. Así que era obvio decidirse
por el Derecho. Pequeñas tentativas contrarias, nacidas de la vanidad, de una
esperanza sin fundamento, como dos semanas de estudiar química y medio año de
lenguas germánicas, me reafirmaron en mi primitiva convicción. O sea que
estudié Derecho. Esto suponía que, durante los pocos meses que precedían a
los exámenes, con un notable desgaste nervioso, mi espíritu se alimentaría
literalmente del serrín que, por añadidura, habrían masticado mil bocas antes
que yo. Pero esto me agradaba en cierto sentido, como anteriormente me agradó
también el instituto y posteriormente mi profesión de empleado, porque todo
ello correspondía perfectamente a mi situación. En general, no dejaba de
mostrarme asombrosamente previsor; ya de pequeño, tuve nociones bastante claras
respecto a los estudios y a la profesión. No esperaba que me salvasen; hacía ya
mucho tiempo que había renunciado a ello.
No mostré, en cambio, la menor previsión respecto a la importancia y a
la posibilidad de un matrimonio; este terror, que ha sido hasta ahora el mayor
de mi vida, me asaltó de una forma casi completamente inesperada. El niño se
había desarrollado tan lentamente; estas cosas quedaban. tan alejadas de su
órbita; alguna vez se le presentó la necesidad de pensar en ellas; pero le era
imposible descubrir que en este terreno se le preparaba el examen más largo,
más decisivo e incluso más amargo. En realidad, los proyectos matrimoniales
fueron el intento más grandioso y esperanzado de salvación, aunque luego,
evidentemente, no fue menos grandioso el fracaso final.
Dado que en este terreno todo me sale mal, temo que tampoco consiga
hacerte comprender estos intentos de matrimonio. Y sin embargo depende de ello
el éxito de toda la carta, porque en estos intentos se concentraban por un lado
todas las fuerzas positivas de que disponía; por otro lado, también en ellos se
reunían con verdadero encono todas las fuerzas negativas que he descrito como
un resultado concomitante de tu educación, es decir, la debilidad, la falta de
confianza en mí mismo, la conciencia de culpa, y tendían literalmente un cordón
entre yo y el matrimonio. También me será difícil dar una explicación, por el
hecho de que lo he estado pensando y cavilando todo con tanta insistencia,
durante tantos días y tantas noches, que a mí mismo se me nubla la vista. Lo
único que me facilita explicártelo es tu incomprensión, a mi entender
absoluta, del asunto; enmendar un poco una visión tan radicalmente equivocada
no me parece excesivamente difícil.
Para empezar, concibes el fracaso de mi matrimonio como uno más en la
lista de mis fracasos; nada tendría en contra, si aceptases la explicación que he dado de ellos en esta
carta. Efectivamente, entra en la lista, sólo que tú no das la debida
importancia al asunto, y lo subvaloras hasta el punto de que, cuando hablamos
de él, hablamos en realidad de dos cosas completamente distintas. Me atrevo a
decir que en toda tu vida no te ha ocurrido nada de tanta importancia como la
que ha tenido para mí ese intento de matrimonio. No pretendo que no hayas
vivido nada propiamente tan importante, al contrario, tu vida ha sido mucho más
rica, más llena de preocupaciones y de agitación que la mía, pero prec
Casarse, fundar una familia, aceptar todos los hijos que vengan,
mantenerlos en este mundo tan inseguro e incluso guiarlos un poco, es lo
máximo que, según mi convicción, puede conseguir un hombre. El hecho de que, en
apariencia, haya tantos que lo consiguen fácilmente no demuestra lo
contrario, porque, en primer lugar, no son tantos los que lo consiguen de
verdad, y, en segundo lugar, esos pocos, por lo general, no lo «hacen» sino que
simplemente les «ocurre»; no llega a ser indudablemente aquel «máximo» de que
te he hablado, aunque sigue siendo algo muy grande y honroso (en especial
porque el «hacer» y el «ocurrir» no pueden diferenciarse netamente). Y en
definitiva tampoco se trata de aspirar a ese máximo, sino a cierta
aproximación, lejana pero decente; no es necesario volar hasta el centro del
sol, sino arrastrarse hasta algún pequeño lugar limpio de la tierra, donde
luzca el sol alguna vez y pueda uno calentarse un poco.
¿Cuál era mi preparación para ello? La peor que se pueda imaginar. Así
se deduce ya de lo que antecede. Admitiendo que se requiera una preparación
directa del individuo y la creación directa de unas condiciones previas, no se
puede decir que, exteriormente, me hayas ayudado mucho. Tampoco existía otra
posibilidad, ya que en este terreno deciden los hábitos sexuales de una clase,
un pueblo y una época. Interviniste en cierto modo, aunque no mucho, porque la
prem
Recuerdo que una noche salí de paseo contigo y con mi madre;
estábamos en la
Tal vez había querido provocar prec
No es fácil juzgar aquella respuesta tuya. Tiene, por una parte,
cierta franqueza avasalladora, cierto primitivismo. Por otra parte, en lo que
atañe a la doctrina, posee una desenvoltura muy de nuestro tiempo. No sé qué
edad tenía yo entonces, pero no debía pasar mucho de los dieciséis años. Para
un muchacho como yo, se trataba sin duda de una respuesta muy curiosa, y el
hecho de que constituyese la primera lección directa, de importancia para mi
vida, que tú me diste, demuestra asimismo lo muy distanciados que estábamos.
Sin embargo, su verdadero sentido, que entonces se sumergió en mi conciencia y
no volvió a medias a ella hasta mucho más tarde, era el siguiente: lo que me
aconsejabas que hiciese era, en tu opinión, y más aún en mi opinión de
entonces, lo más sucio que podía darse. Tu deseo de evitar que yo llevase a
casa algo de aquella suciedad en mi cuerpo era secundario; con ello te
protegías únicamente tú mismo y protegías tu casa. Pero lo principal era que tú
te quedabas fuera de tu consejo, como un hombre casado, un hombre puro, que
estaba por. encima de tales cosas; probablemente todo aquello se agravó para mí
por el hecho de que el matrimonio me parecía también algo obsceno y me
resultaba imposible aplicar a mis padres las generalidades que había oído decir
sobre el matrimonio. Esto te hacía aún más puro, te elevaba a mayor altura. Era
completamente impensable para mí que hubieses podido darte a ti mismo
semejante consejo, por ejemplo antes de casarte. O sea que en ti no quedaba
prácticamente el menor resto de inmundicia terrenal. Y eras tú el que, con
unas pocas palabras dichas sin rodeos, me hundías en esa inmundicia como si
estuviese predestinado a ella. Así pues, si el mundo sólo se componía de ti y
de mí, como yo tendía a imaginar, resultaba que en ti acababa la pureza del mundo,
y en mí, por obra de tu consejo, se iniciaba la inmundicia. Realmente, era
incomprensible que me condenases de aquella forma; lo único que podía
explicármelo era una antigua culpa y el más profundo desprecio por tu parte. Y
nuevamente me sentí atrapado, con gran violencia, hasta lo más profundo.
Ahí es donde tal vez aparece más clara la ausencia de culpa de ambos.
A da a B un consejo franco, acorde con su manera de entender la vida, no muy
bonito pero corriente en la vida urbana de hoy en día y que tal vez evite
perjuicios en la salud. Moralmente, este consejo no es muy reconfortante para
B, pero tampoco hay razón alguna para que, en el transcurso de los años, no
pueda abrirse camino; por otra parte, no tiene por qué seguir el consejo, y en
cualquier caso el consejo no constituye por sí sólo un motivo para que se hunda
toda la vida futura de B. Y sin embargo algo así es lo que ocurre, pero sólo
porque tú eres A y yo soy B.
Ahora puedo tener una visión global y especialmente buena de la
inocencia de ambos, porque unos veinte años después, en unas circunstancias
completamente distintas, volvió a producirse entre nosotros un choque
semejante, cruel como hecho concreto, pero mucho menos perjudicial en sí
mismo, porque, ¿qué quedaba de mí, a los treinta y seis años, que aún pudiese
ser dañado? Me refiero a una breve conversación que tuvo lugar uno de los días,
muy agitados, que siguieron a la notificación de mi proyecto matrimonial. Me
dijiste, más o menos: «Seguramente se puso una blusa muy mona, como saben
hacerlo las judías de Praga, y naturalmente decidiste enseguida casarte con
ella. Y lo antes posible, dentro de una semana, mañana, hoy. No te entiendo;
eres un hombre hecho y derecho, vives en la ciudad y no se te ocurre nada mejor
que casarte con la primera mujer que se te pone a tiro. ¿Es que no hay otras posibilidades? Si tienes miedo, yo mismo te
acompañaré.» Hablaste de un modo más claro y gráfico, pero no puedo recordar ya
los detalles; puede que también se me nublase un poco la vista; casi me
interesaba más por mi madre, la cual, aunque completamente de acuerdo contigo,
tomó de todos modos algo de la mesa y salió de la estancia. No creo que nunca
me hayas humillado tanto de palabra, ni mostrado con mayor claridad tu desdén.
Veinte años antes, al hablarme en parecidos términos, se habría podido ver,
incluso con tus ojos, cierto respeto por el precoz muchacho de ciudad que en tu
opinión podía ser iniciado ya en la vida sin rodeos. Actualmente, tal
consideración sólo podría aumentar tu desprecio; porque el adolescente que
entonces tomaba el primer impulso, quedó paralizado al tomarlo, y hoy no lo ves
enriquecido por experiencia alguna, sino veinte años más lamentable que antes.
El hecho de que me hubiese decidido por una muchacha no significaba nada para
ti. Habías reprimido siempre (inconscientemente) mi capacidad de decisión y
ahora creías saber (inconscientemente) lo que vale. Nada sabías de mis intentos
de salvación en otras direcciones; por consiguiente tampoco podías saber nada
de los procesos mentales que me habían llevado al propósito de casarme; tenías
que intentar adivinarlos y, de acuerdo con tu juicio general sobre mí, fuiste a
dar con lo más abominable, lo más grosero, lo más ridículo. Y no vacilaste ni
un momento en decírmelo también de ese modo. La vergüenza que me produjiste no
significaba nada para ti en comparación con la vergüenza que yo haría caer, en
tu opinión, sobre tu nombre con mi matrimonió.
Admito que, respecto a mis intentos de matrimonio, podrías contestarme muchas
cosas, y efectivamente lo has hecho: no podías respetar mucho mi decisión
después de romper dos veces mi compromiso con F.[25] y de haberlo reanudado otras dos
veces, de haberos arrastrado, a ti y a mi madre, hasta Berlín para el
compromiso, y todo en vano. Esto es cierto, pero, ¿cómo llegó a producirse?
La idea fundamental de ambos intentos de matrimonio era totalmente
correcta: fundar una familia, independizarme. Una idea que te es indudablemente
simpática, si bien en realidad viene a ser como ese juego infantil en el que
uno toma la mano del otro, apretándola incluso, y grita al mismo tiempo:
«Anda, vete, vete, ¿por qué no te vas?» Lo que, en nuestro caso, se complicó
por el hecho de que tú siempre decías ese «vete, vete» con sinceridad, pero a
la vez, y también desde siempre, me retenías sin saberlo, mejor dicho, me
reprimías en virtud de tu simple presencia.
Las dos muchachas, aunque por casualidad, fueron extraordinariamente
bien elegidas. Otra prueba de tu absoluta incomprensión es el hecho de que
puedas creer que yo, el temeroso, el vacilante, el receloso, me decidiera de
golpe a casarme, fascinado por una blusa. Los dos matrimonios habrían sido,
por el: contrario, dictados por la razón, si así puede definirse el hecho de
que dedicase toda mi capacidad de reflexión al proyecto, día y noche, la
primera vez durante años y la segunda durante meses. Ninguna de las dos
muchachas me ha decepcionado, y yo, en cambio, las he decepcionado a las dos.
La opinión que hoy me merecen es exactamente la misma que cuando quería
casarme con n ellas.
No es que en mi segundo intento de matrimonio haya desestimado las
experiencias del primero y que haya actuado, por tanto, con ligereza. Los casos
eran muy distintos; las experiencias del primero podían prec
¿Por qué, entonces, no me he casado? Había unos obstáculos concretos,
como siempre los hay, pero la vida consiste prec
Intentaré explicarlo más detenidamente: en este asunto del matrimonio,
confluyen al parecer dos cosas opuestas en mi relación contigo, y lo hacen con
más intensidad que en cualquier otro terreno. El matrimonio es sin lugar a
dudas la garantía de la propia liberación y de la independencia en un grado
máximo. Tendría familia, que es lo más grande que, según tú, puede uno
alcanzar, lo más grande que tú mismo has alcanzado; yo sería tu igual; todas
las humillaciones y tiranías anteriores y siempre renovadas pasarían a la
historia. Esto sería indudablemente fabuloso, pero ahí radica prec
Prec
Tal como somos, el matrimonio me está vedado por el hecho de ser prec
Esta comparación demuestra perfectamente que lo que quiero decir no es
en modo alguno que, con tu ejemplo, me ahuyentases del matrimonio como me
apartaste de la tienda. Al contrario, a pesar de que pueda existir cierta remota
semejanza. Para mí, vuestro matrimonio tenía mucho de modélico, modélico en la
fidelidad, la ayuda mutua, el número de hijos; incluso cuando los hijos
crecieron y alteraron cada vez más la paz hogareña, el matrimonio como tal
permaneció incólume. Fue prec
Circula una opinión según la cual el miedo al matrimonio proviene a
veces de que uno teme que los hijos le hagan pagar más tarde los pecados que
uno mismo ha cometido con sus padres. No creo que, en mi caso, esto tenga gran
importancia, porque mi conciencia de culpa viene propiamente de ti mismo y
está demasiado impregnada de su propia singularidad; este sentimiento de
singularidad forma parte de su torturadora esencia y es inimaginable que pueda
repetirse. Debo decir que un hijo como yo, mudo, insensible, seco, derrumbado,
me sería insoportable; puede que, de no existir otra posibilidad, huyese de
él, emigrase como querías hacerlo tú en el primer momento, a causa de mi
matrimonio. Puede que también esto influyera en mi incapacidad para el
matrimonio.
Pero es mucho más importante el temor por mí mismo. Hay que entenderlo
así: ya he insinuado que, con mi actividad literaria y todo lo que ésta lleva
consigo, he efectuado pequeñas tentativas de independizarme, de evadirme, con
un éxito casi nulo; muchas cosas me confirman las escasas posibilidades de
seguir adelante con ellas. No obstante, es mi deber, o mejor, la razón de toda
mi vida, velar por tales tentativas y no exponerlas a ningún peligro que yo
pueda evitar, ni a la menor posibilidad de semejante peligro. El matrimonio
constituye dicha posibilidad de peligro; quizás sea también una posibilidad
de máximo progreso, pero a mí me basta con que sea una posibilidad de peligro.
¿Cómo me las arreglaría si, efectivamente, resultase un peligro? ¿Cómo podría
continuar viviendo en el matrimonio con el sentimiento tal vez indemostrable,
pero desde luego incontrovertible, de tal peligro? Sin duda puedo vacilar ante
dicha alternativa, pero es segura la decisión final: tengo que renunciar. La
comparación del pájaro en mano y los ciento volando sólo es aplicable
remotamente en mi caso. En la mano no tengo nada, todos los pájaros están
volando, y sin embargo -así lo determinan las condiciones de la lucha y la
miseria de la vida- debo elegir esa nada. También en la elección de un oficio
tuve que escoger de un modo semejante.
El obstáculo más importante para mi matrimonio es sin embargo la
convicción, que ya nadie puede extirpar, de que el mantenimiento de una familia
y su misma conducción requieren necesariamente lo que he reconocido en ti, y
prec
Aquí ha venido a parar mi vida anterior a tu lado, y éstas son las
perspectivas para el futuro.
Si examinas ahora los fundamentos del miedo que te tengo, podrías
decir: «Afirmas que simplifico las cosas, si explico mi relación contigo
inculpándote únicamente a ti; pero creo que, a pesar de tus esfuerzos
aparentes, no te lo pones mucho más difícil que yo, y procuras al menos que te
sea mucho más soportable. En primer lugar, rechazas toda culpa y toda responsabilidad,
y en esto es idéntico el comportamiento de ambos. Sin embargo, mientras que
yo, con toda la franqueza de que soy capaz, te doy a ti toda la culpa, tú
quieres ser a la vez “supercomprensivo” y “superdelicado”, y absolverme a mí
de toda culpa. Esto último, naturalmente, sólo lo consigues en apariencia
(tampoco aspiras a más), y uno puede leer entre líneas, a pesar de todos tus
eufemismos sobre carácter y naturaleza, contradicción y desamparo, que en
realidad yo he sido siempre el agresor y que todo lo que tú has hecho, lo has
hecho simplemente en defensa propia. Por consiguiente, puedes decir que has
conseguido ya bastante con tu insinceridad, puesto que has demostrado tres
cosas; la primera, que eres inocente; la segunda, que yo soy culpable, y la
tercera, que por pura generosidad estás dispuesto no sólo a perdonarme, sino
(lo que es más, y a la vez menos) a demostrar incluso que también soy inocente
y a pretender creerlo tú mismo, aunque esto, desde luego, contradice la
verdad.
»Eso podría ya bastarte, pero no te basta. Te has metido en la cabeza
vivir totalmente a mi costa. Admito que luchemos el uno contra el otro, pero
existen dos clases de lucha. La lucha entre caballeros, donde miden sus fuerzas
dos adversarios independientes; cada uno de ellos combate por su cuenta, pierde
él solo, o gana él solo. Y la lucha del parásito, que no sólo clava su aguijón
sino que además chupa la sangre para mantenerse. Así es, propiamente, el soldado
mercenario, y así eres tú. Eres incapaz de vivir por tu cuenta, pero para
poderte organizar en la vida con comodidad, sin preocupaciones y sin
reprocharte nada, demuestras que yo te he quitado tu capacidad para la vida y
me la he metido en el bolsillo. ¡Qué puede importarte entonces tu incapacidad,
si yo soy el responsable! Pero luego resulta que te echas tan tranquilo y
dejas que yo te arrastre, física y espiritualmente, por la vida. Un ejemplo:
cuando, no hace mucho, querías casarte, querías a la vez no casarte, como
admites en esta carta; pero, para evitar quebraderos de cabeza, querías que yo
te ayudara a no casarte prohibiéndote el matrimonio por la vergüenza que dicho
enlace haría caer sobre mi nombre. Pero eso ni se me ocurrió. En primer lugar,
yo no quería, ni en este caso ni en los demás, “poner obstáculos a tu
felicidad”, y en segundo lugar, no quiero oír nunca un reproche semejante en
boca de un hijo mío. Pero el hecho de haberme dominado y de dejarte libre el
camino para el matrimonio, ¿me ha servido de algo? De nada en absoluto. Mi aversión
por este matrimonio no lo hubiera impedido; al contrario, más bien te habría
servido de acicate para casarte con la muchacha; porque el “intento de
evasión”, como tú lo llamas, se habría consumado con la boda. Y mi permiso
para el matrimonio no ha impedido tus reproches, porque demuestras que, en cualquier
caso, yo tengo la culpa de que no te hayas casado. Pero en el fondo, en este
aspecto, como en todos los demás, lo único que para mí has conseguido demostrar
es que todos mis reproches eran justificados y que aún faltaba uno, el más
justificado de todos: el reproche de insinceridad, de adulación, de
parasitismo. Si no me equivoco mucho, sigues viviendo a costa mía con esta
carta.»
A esto respondo, en primer lugar, que toda esta acusación, que en
parte puede volverse también contra ti, no viene de ti, sino prec
FRANZ
REGRESO AL HOGAR
He regresado, atravesado el zaguán y miro en torno. Es el viejo
cortijo de mi padre. El charco en medio. Objetos viejos e inservibles
entremezclados cierran el paso hacia la escalera del granero. El gato acecha
desde la baranda. Un trapo desgarrado, atado alguna vez a una barra, mientras
alguien jugaba, se agita al viento. He llegado. ¿Quién habrá de recibirme?
¿Quién espera detrás de la puerta de la cocina? La chimenea humea, están
preparando el café para la cena. ¿Sientes la intimidad, te encuentras como en
tu casa? No lo sé, no estoy seguro. La casa de mi padre es, pero todos están el
uno junto al otro, fríamente, como si estuviesen ocupados en sus propios
asuntos, que en parte he olvidado y en parte no he conocido jamás. ¿De qué
puedo servirles, qué soy para ellos, aun siendo el hijo del padre, el hijo del
viejo propietario rural? Y no me atrevo a llamar a la puerta de la cocina, y
sólo escucho desde lejos, sólo desde lejos escucho, tenso sobre mis pies, pero
de manera tal que no pudiera ser sorprendido escuchando. Y porque escucho desde
lejos no oigo nada, salvo una leve campanada de reloj, que oigo o que quizás
sólo creo oír, llegándome desde los días de la infancia. Lo demás que ocurre en
la cocina es secreto de los que allí están sentados y que me ocultan. Cuanto
más se titubea ante la puerta, más extraño se siente uno. ¿Qué tal si ahora
alguien la abriese y me hiciese una pregunta? ¿Acaso yo mismo no estaría
entonces como alguien que quiere ocultar su secreto?
EL MATRIMONIO
La situación general de los negocios es tan mala que, a veces, cuando
logro desocuparme un rato en la oficina, tomo la cartera de muestras y visito
personalmente a los clientes. Entre otras diligencias, me había propuesto
llegar alguna vez a casa de N., con quien antes tenía permanentes
relaciones comerciales que, sin embargo, en el último año, por razones que
ignoro, llegaron a aflojarse casi por completo. Para tales perturbaciones no es
necesario en realidad que haya motivos; en las actuales circunstancias de
inseguridad, a menudo determina esto una insignificancia, un matiz, y, de la
misma manera, una insignificancia, una palabra, puede volver a arreglarlo
todo. Pero es un poco difícil avanzar hasta N. Es un hombre de edad, que
en los últimos tiempos estaba bastante enfermo, y que, a pesar de dirigir
todavía los negocios, apenas si acude a su comercio; si uno quiere verlo, debe
ir a su domicilio, pero generalmente uno prefiere postergar una diligencia
comercial de tal índole.
Sin embargo, ayer por la tarde, después de las seis, me puse en
camino; ya no era hora de visita, pero la cuestión no debía juzgarse de manera
social, sino comercialmente. Tuve suerte. N. estaba en casa; acababa de
regresar de un paseo con su esposa, como se me informó en la antesala, y se
hallaba ahora en la habitación de su hijo, que se encontraba en cama, enfermo.
Me invitaron a entrar también allí; al principio vacilé, pero luego privó el
deseo de terminar cuanto antes la penosa visita y me decidí, así como estaba,
con el abrigo puesto, sombrero y cartera en mano, me dejé conducir a través de
una habitación oscura hacia otra, suavemente iluminada, en la que se hallaban
varias personas.
En forma seguramente instintiva, mi mirada recayó primero en un agente
de negocios, harto conocido para mí, por ser competidor mío. Se había pues
deslizado hasta allí, adelantándoseme. Estaba cómodamente instalado junto a la
cama del enfermo, como si él fuese el médico con su bonito abrigo abierto,
abullonado, daba impresión de ser todopoderoso; su descaro es insuperable;
algo semejante debió de pensar también el enfermo, que yacía con las mejillas
enrojecidas por la fiebre y que de vez en cuando miraba hacia él. Por lo demás,
el hijo ya no es joven; un hombre de mis años, de barba corta algo descuidada a
raíz de la enfermedad.
El viejo N., grande, de anchos hombros, sorprendentemente
enflaquecido por su traicionero mal, encorvado e inseguro, permanecía aún como
había llegado, con el abrigo puesto, y murmuraba algo en dirección a su hijo.
Su esposa, pequeña y frágil, aunque extremadamente vivaz, pero sólo en cuanto
se refería a él -a los otros apenas si nos veía-, se hallaba ocupada en
quitarle el abrigo, lo que por la diferencia de estatura entre ambos ofrecía
algunas dificultades. Pero finalmente lo logró. Quizás la verdadera
dificultad estaba en que N., muy impaciente, no cesaba, tanteando con
sus manos inquietas, de pedir el sillón, que por fin la mujer, luego de
haberle quitado el abrigo, empujó con pr
Por fin pareció llegado mi momento, o, mejor, no había llegado, no
llegaría nunca allí; en realidad, si yo todavía quería intentar algo, debía
ser inmediatamente, porque tenía la impresión de que las posibilidades para
una conversación de negocios sólo podían empeorar. Pero no entraba en mis
costumbres eternizarme en un asiento, como pretendía seguramente el agente; por
otra parte, no quería guardar consideraciones a éste. De modo que comencé a
exponer brevemente mi asunto, a pesar de que notaba que N. tenía deseos
de conversar algo con su hijo. Desgraciadamente, tengo la costumbre, cuando me
he excitado con la conversación -y esto sucede casi en seguida y sucedió en
aquel cuarto de enfermo antes que en otras ocasiones-, de levantarme y pasearme
mientras hablo. En la oficina de uno esto puede ser muy conveniente, pero es
bastante molesto en casa ajena. Sin embargo, no pude dominarme, sobre todo
porque me faltaba el cigarrillo habitual. Ciertamente, todos tenemos malos
hábitos, con lo cual todavía elogio los míos en comparación con los del agente.
Qué decir, por ejemplo, de que a menudo, de modo completamente inesperado, se
encasquetaba el sombrero, luego de haberlo empujado suavemente de aquí para
allá sobre las rodillas. Claro que ál instante
vuelve a quitárselo, como si hubiera sucedido por inadvertencia, pero de todos
modos lo ha tenido un momento en la cabeza, y esto sucede a menudo. Creo que
semejante comportamiento es en verdad intolerable. A mí no me molesta, voy y
vengo, estoy completamente absorbido por mi asunto y miro por encima de él;
pero debe de haber gente a la que la prueba con el sombrero ha de sacarla de
sus casillas. En mi ardor no presto atención a molestias de esta índole ni a
nada; veo, sí, lo que ocurre, pero mientras no he terminado o mientras no oigo
objeciones, en cierto modo no tomo conocimiento de ello. Así, por ejemplo, noté
perfectamente que N. no estaba en condiciones de atender: se revolvía
incómodo, las manos en los brazos del sillón, miraba al vacío con expresión
de búsqueda desatinada y su rostro parecía tan ausente como si ningún sonido
de mi discurso ni la menor señal de mi presencia llegase hasta él. Yo veía que
todo este comportamiento enfermizo me daba pocas esperanzas, pero a pesar de
ello seguía hablando como si tuviese todavía la intención de enderezar todo con
mis palabras, con mis ventajosas ofertas. Yo mismo me asusté de las concesiones
que hacía sin que nadie me las pidiera. Cierta satisfacción me produjo todavía
que el agente, como noté de paso, dejara por fin en paz su sombrero y cruzara
los brazos sobre el pecho: mi exposición, en parte destinada a él, parecía
estropear sus proyectos. La satisfacción que esto me produjo seguramente me
habría incitado a seguir hablando largamente si el hijo, al que había prestado
poca atención por ser un personaje secundario para mí, no me hubiese reducido a
silencio incorporándose a medias y amenazándome con el puño. Evidentemente,
quería decir algo, mostrar algo, pero no tenía fuerzas suficientes. Al
principio atribuí todo esto al delirio de la fiebre; cuando involuntariamente
miré hacia el viejo, comprendí todo mejor. N. estaba sentado con los ojos
abiertos, vidriosos, hinchados, que sólo podían servirle unos instantes
más; se inclinaba temblorosamente hacia adelante como si alguien le sujetase
o le golpease la nuca; el labio inferior, el maxilar mismo, colgaba inerte,
mostrando las encías; todo el rostro estaba desencajado; todavía respiraba,
aunque con dificultad, pero luego, como liberado, cayó hacia atrás, contra el
resp
de lo pasado, no encontré nada extraño en ello. Entonces pidió el
diario de la tarde, lo tomó sin consideración a los visitantes, pero sin leer,
miraba sólo aquí allá y nos dijo entretanto, con mirada cortante,
asombrosamente comercial, algunas cosas sumamente desagradables acerca de
nuestras propuestas, mientras que con la mano libre continuamente hacía
movimientos de arrojar algo y deba a entender, chasqueando la lengua, el mal
gusto que le provocaba nuestra conducta comercial.
El agente no pudo dejar de hacer algunas observaciones inadecuadas,
sentía probablemente en su tosquedad que después de lo que había sucedido
debía producirse alguna compensación. Yo me despedí de pr
En la antesala me encontré todavía con la señora N. Al ver su mísera
figura le dije sinceramente que me recordaba un poco a mi madre. Y como
permaneciera callada, agregué: «Dígase lo que se quiera: podía hacer milagros.
Lo que nosotros ya habíamos destruido, ella sabía componerlo. La perdí en la
niñez.» Había hablado deliberadamente con exagerada lentitud y claridad,
porque sospechaba que la señora era un poco sorda. Y probablemente lo era,
porque preguntó sin transición: «¿Y el aspecto de mi marido?» Por algunas
palabras de despedida noté que me confundía con el agente; creo que de otra
manera hubiera sido más atenta.
Luego bajé la escalera. El descenso fue más difícil
que el ascenso, y eso que éste no había sido fácil. ¡Ah, qué desdichadas
diligencias comerciales hay, y uno tiene que seguir llevando la carga!
[1] Ottilie,
la menor de las tres hermanas de Kafka, nacida
el 29 de octubre 1892. (Ésta y las siguientes notas pertenecen al traductor.)
[2] Un primo
(?).
[3] Marido
de Elli; ver las notas 7 y 13.
[4] Julie Löwy
se llamaba, de soltera, la madre de Kafka.
[5] Hermanos
de Hermann Kafka, el padre. En la carta no se
mencionan los cuatro tíos maternos. Uno de ellos, Alfred Löwy,
«el tío de Madrid», llegó a director general de Ferrocarriles en España. El
predilecto de Kafka fue Siegfried, médico
en un pueblecito de Moravia (Un médico rural), soltero, a quien Kafka visitaba
con frecuencia.
[6]
Valerie, la segunda hermana, nacida en 1890.
[7] Sobrino
de Kafka, hijo de Elli; ver nota 3.
[8] «Pawlatsche»
en el texto original, Pavlac en checo, vocablo que significa balconaje
o terraza en el alemán de Praga y de Viena; consiste en un pasadizo abierto o
cerrado con cristales, característico de las casas acomodadas; da a un patio
interior.
[9] Un pariente
de Kafka.
[10] En
el original, meschugge, palabra
yiddish que significa loco, absurdo.
[11] Miembro
de una compañía de teatro formada por judíos polacos, que recorría la Europa
central representando obras en yiddish. El encuentro y la amistad con este
actor y con la compañía en general tuvieron una importancia particular en la
vida de Kafka. Por su mediación, conoció el
judaísmo oriental, pietista y sionista.
[12] Se
refiere a un refrán que Kafka, en otro
texto, cita así: «Quien con perros se acuesta, con pulgas se levanta.»
[13]
[14] La
hermana de Kafka emprendió ella sola la administración
y el gobierno de una finca en los alrededores de Zürau, villa de Bohemia. Él
mismo pasó largas temporadas en ella, en 1917 y 1918, cuando esta hermana,
tras los años de la infancia, había pasado a ser su predilecta.
[15] Fue
el primer empleo de Kafka inmediatamente después de
acabar la carrera. Al año escaso, pasó a Seguros de Accidentes de Trabajo,
donde trabajó hasta su jubilación por motivos de salud, en 1922.
[16] Hijos de Elli y Karl Hermann.
[17] Prima de Kafka.
[18] Conclusión
del fragmento de El proceso publicado póstumamente: «... era como si la
vergüenza hubiese de sobrevivirle».
[19] Alusión
a los rollos en que los judíos leen sus libros sagrados.
[20] Rito judío que corresponde
a la primera comunión católica o a la confirmación protestante.
[21] Festividad
judía.
[22] En
la biblioteca de Kafka había una traducción checa de la
autobiografia de Franklin.
[23] Kafka era
vegetariano.
[24] Edificio
donde Kafka alquiló un piso en 1917.
[25] A
fines de mayo de 1914 Kafka se prometió a Felice, a
quien había conocido un día de agosto de 1912 en casa de
[26] Doctor
Richard Löwy, abogado de Praga, de quien Kafka fue
pasante una temporada, en 1906.


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