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© Libro No. 727. En la Muralla. Kipling, Rudyard. Colección E.O. Abril 19 de 2014.

 

Título original: © EN LA MURALLA. RUDYARD KIPLING

 

Versión Original: © EN LA MURALLA. RUDYARD KIPLING

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EN LA MURALLA

RUDYARD KIPLING

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Entonces ella los hizo descender

con una cuerda por la ventana:

porque su casa estaba a la pared del muro,

y ella vivía en el muro.

El Libro de Josué, cap. II, página 15.

(Antigua versión autorizada por Cipriano de Valera) .

 

 

I

 

 

La joven Lalun pertenece a la más antigua de las profesiones. Su verdadera abuela fué Lilith[1], aquella que, como lo sabe todo el mundo, vivió antes que Eva. Los occidentales dicen cosas muy ru­das acerca de la profesión de Lalun, y dan confe­rencías. y escriben folletos, y distribuyen esos folle­tos entre los jóvenes para que la Santa Moral quede incólume. Pero en los pueblos del Oriente la profe­sión es hereditaria: la madre se la trasmite a la hija: nadie da conferencias, nadie imprime folletos, nadie se preocupa por ese problema, o más bien dicho. no hay problema. Todos estos hechos demuestran de una manera palmaria que el Oriente es incapaz de gober­narse a sí mismo.

El verdadero marido de Lalun. pues hasta las da­mas de la profesión de Lalun tienen marido en el Oriente. era un corpulento azufaifo, es decir, un ár­bol. La mamá, que se había casado con un higuerón. gastó nada menos que diez mil rupias en el matri­monio de Lalun, y esta recibió las bendiciones de cuarenta y siete sacerdotes de la propia iglesia. Para dar mayor realce a la ceremonia, la señora distribuyó cinco mil rupias entre los pobres. Tal era la costum­bre de la tierra. Nadie puede poner en duda las ventajas de tener por esposo a un azufaifo. pues en primer lugar no se queja de heridas en el amor pro­pio, y es, además, de aspecto muy imponente.

El marido de Lalun vivía en la llanura, fuera del recinto amurallado de la ciudad, y la casa de Lalun estaba en el muro del lado oriental, frente al río. Una persona que se cayera de la repisa que había en la ventana de Lalun, tendría que descender diez metros por lo menos para llegar al plan del foso que rodea las fortificaciones. Pero si en vez de caer, esa persona mirara en torno suyo cuanto abarca la vista, podría contar todo el ganado vacuno de la ciudad cuando lo llevan al abrevadero: podría se­guir las peripecias del cricket que juegan los estu­diantes del Colegio Oficial; podría deleitarse contem­plando los árboles y el césped que amenizan las már­genes del río; podría ver sus anchísimas y desnudas ramblas: podría admirar allá, en una lejanía esfu­mada por los vapores de la cálida tierra, una faja de las nieves del Himalaya.

Wali Dad permanecía largas horas en la repisa de la ventana de Lalun admirando el paisaje. Wali Dad era un joven mahometano atacado de aguda dolen­cia, consistente en una educación de la variedad im­portada por Inglaterra. Y el lo sabía. Su padre lo envió a una escuela de Misioneros para que apren­diera la sabiduría, pero Wali Dad absorbió esta sus­tancia en cantidades fabulosas. Su padre y los mi­sioneros no sospechaban que pudiese saber tanta sa­biduría dentro del espíritu de un joven. Al morir el padre de Wali Dad, este quedó dueño y árbitro de sus actos, y empleó dos años en experimentar to­dos los credos de la tierra y en leer cuanto libro inútil se ha impreso.

Después de haber pretendido en vano hacerse miem­bro de la Iglesia Católica Romana y adepto del Pro­testantismo Presbiteriano, las dos cosas a la vez, des­cubrió a Lalun, y fue desde entonces el más cons­tante de sus poco numerosos admiradores. Debe de­cirse que la tentativa de entrar a la vez en dos iglesias le valió las más agrias recriminaciones por parte de los misioneros, incapaces de comprender las íntimas dudas y perplejidades de Wali Dad. Física­mente, Wali Dad era tal que un artista inglés se habría vuelto loco por un modelo semejante para pintarlo en un medio de inverosímil exotismo. La menos exaltada de las novelistas habría dedicado no­vecientas páginas a la descripción de la fisonomía de Wali Dad. Sin caer en exageraciones, podemos decir que era un joven mahometano de buena cuna, de cejas bien trazadas a pincel, de nariz fina, de pies no largos y de manos pequeñas, y que tenía una gran expresión de desencanto en la mirada. La fuer­za de los veintidós años había poblado sus mejillas con una barba que el cultivaba peinándola y perfu­mándola asidua y delicadamente. Su vida se dividía en dos partes. La primera de ellas estaba consagrada a pedirme libros prestados. La segunda, tenía por único objeto adorar a Lalun en la repisa de la ventana. Su amor le inspiraba canciones, y algunas de las coplas que hizo para celebrar la belleza de Lalun son to­davía populares en toda la ciudad, desde la calle de las Carnicerías hasta el barrio de los Caldereros.

Una de esas canciones, la más dulce, dice que la belleza de Lalun inquieta al Gobierno británico, y que éste ha perdido la serenidad desde que Lalun im­pera con sus gracias. Así se canta la romanza en las calles de la ciudad, pero si la examináis atenta­mente, con espíritu filológico, veis que la canción es todo un manifiesto político, y que la clave de su significación está en un juego de palabras. El autor habla de corazón, belleza y paz del alma: el Gobierno ha perdido la paz del alma por la belleza de Lalun, y ésta lleva zozobras a su corazón. Pero bajo el sentido aparente encontramos: "Por causa de la sutileza de Lalun y de sus artificios, los fun­cionarios del Gobierno sufrieron muchas tribulacio­nes, y no pocos hombres han perecido". Esto ex­plica tal vez que cuando Wali Dad entona su me­lodía, los ojos del cantor brillen como brasas, y que Lalun, reclinándose en sus almohadones, arroje una lluvia de jazmines sobre su poeta.

Es necesario ante todo explicar algo que se rela­ciona con el Supremo Gobierno, que es en la apa­riencia y en la realidad, por fuera y por dentro, por delante y por detrás, el factor decisivo de los acon­tecimientos de nuestra historia. Vosotros conocéis a muchos caballeros respetables que llegan de Inglaterra, permanecen dos o tres semanas en la India, dan un pa­seo en torno de la Gran Esfinge de las Llanuras, y toman la pluma para escribir sobre sucesos y personas, sobre costumbres y sobre cuanto les viene en gana, según las inspiraciones de su ignorancia. Como conse­cuencia de estos libros, el mundo entero se cree infor­mado sobre la conducta del Supremo Gobierno. Pero si examinamos las cosas a fondo, vemos que nadie, ni el propio Gobierno Supremo, sabe una palabra acerca de la administración del Imperio. Cada año envía Inglaterra tropas de refresco para que sosten­gan esa línea de fuego llamada Servicio Civil de la India. Los reclutas mueren o se matan por exceso de trabajo, y si no mueren ni se suicidan con su actividad, quedan hechos una miseria o inutilizados del todo sin esperanza de recuperar las fuerzas y de rehacer la vida. Los aniquila por completo la her­cúlea tarea de proteger al país contra la muerte y la epidemia, contra el hambre y la guerra, a fin de de que algún día pueda sostenerse por sí mismo. Este día no llegará, pero la idea no carece de en­canto, y a esta idea se sacrifican millares de hombres, logrando que avance la obra de mejoramiento, ya con la fuerza, ya con el halago, ya con la acritud, ya con la dulzura. Cuando después de tanta fatiga se obtiene algún resultado, el indígena es quien recibe los elogios y parabienes, mientras el inglés da un paso atrás y se limpia el sudor de la frente; pero si en vez de que se alcancen resultados satisfactorios, sobreviene algún fracaso, el inglés da un paso hacia adelante, y para él son todas las censu­ras. Este exceso de ternura alimenta la fe robusta que tienen muchos indígenas en sus aptitudes para gobernar el país, y esta fe es compartida por no pocos britanos de gran patriotismo, sólo porque la teoría ha sido expresada en un inglés correcto y adornada con los colores de los últimos adelantos políticos.

Hay también personas que aun cuando ineducadas, son capaces de visiones y ensueños, y estas personas quieren también gobernar según sus ideas, que son las de una administración con Salsa Roja. Es imposible que no haya gente de esa clase en una población de doscientos millones, y si no se les va la mano, los que tal creen pueden causar muchos males, llegando con ellos a romper ese gran ídolo llamado Pax Britannica, que, si hemos de creer a los periódicos, vive entre Peshavar y el Cabo Comorin. Si mañana viniera el día de la Sentencia Irrevocable del Destino, veríamos al Supremo Go­bierno "tomando medidas para calmar la excitación pública" y poniendo centinelas en los cementerios a fin de que los muertos no salgan tumultuosamente de sus tumbas. Un funcionario civil de pocos años y de excasa experiencia mandaría aprehender a Ga­briel, asumiendo toda la responsabilidad si el Ar­cángel no le presentara la licencia del comisario de Policía "para sacar música y otros ruidos", como rezan esos documentos.

Por lo dicho será fácil ver cómo les iría a los simples mortales en manos del Supremo Gobierno durante un tumulto. Y así es. No hay señales visi­bles de excitación; no se nota confusión; nadie sabe una palabra, pero el Gobierno pega. ¿Hay ra­zones suficientes' Una vez pesadas y aprobadas éstas, la máquina se pone en movimiento, y el soñador y visionario queda segregado de sus amigos. El Su­premo Gobierno le otorga su hospitalidad sin que por lo demás se le impongan restricciones dentro del límite asignado a sus movimientos. Una cosa sí se le prohibe terminantemente: comunicarse con otros vi­sionarios y soñadores. Cada seis meses el Supremo Gobierno da fe de que el soñador existe, y de que se mantiene en buena salud. Nadie protesta contra la detención, porque los pocos que tienen noticia de ella temen revelar una amistad peligrosa; ningún periódico "investiga el caso" ni organiza demostra­ciones, porque los periódicos de la India se ríen del proverbio que asigna a la pluma un poder supe­rior al de la Espada, y caminan con mucha cautela.

Dicho lo anterior, ya estáis en condiciones de inferir cuáles podían ser las relaciones entre el vaso de mistela educativa llamado Wali Dad y el Supre­mo Gobierno.

Pero no hemos descrito a Lalun. Según la opi­nión de Walí Dad, para describirla sería menester ten millar de plumas de oro y una tinta almizclada. Ha sido comparada con la luna, con el lago de Dil Sagar, con la esquizada codorniz, con la gacela, con el sol en el desierto de Kutch. con la aurora, con las estrellas y con los retoños del junco. Estas com­paraciones implican que su belleza es soberana, se­gún los valorantes de los índígenas idénticos por otra parte a los del mundo occidental. Sus ojos son negros, y es negro su cabello, y son negras sus cejas como dos gusanillos de la tierra húmeda; su boca es pequeña y dice frases ingeniosas; sus manos son pequeñas y han atesorado mucho dinero; sus pies son pequeños y han tenido por alfombra los corazones de muchos hombres. Pero como dice Wali Dad:

-Lalun es Lalun, y quien dice esto ha pronunciado la primera palabra que hay en el Libro del Saber.

La casa de la muralla tenía tales dimensiones que apenas cabían en ella Lalun, su doncella y un gato con un collar de plata. En el recibimiento había una araña de cristal cortado. Un nabab menguado le había hecho ese regalo de mal gusto, y Lalun tuvo que colgar el manojo de prismas en el techo del recibi­miento. El piso de la estancia estaba labrado con chunam y tenía la blancura de leche cuajada. En uno de los testeros había una ventana de madera tallada, con rejas. Todo el recibimiento estaba mu­llido de cojines y de gruesas alfombras. Lalun tenía una estera especial, muy pequeña, para su huqa[2] de plata, toda tachonada de turquesas. Wali Dad era una parte integrante del recibimiento, tanto co­mo la misma araña de cristal cortado. Ya he dicho que su puesto fijo estaba en la repisa de la venta­na. Allí meditaba sobre la Vida, la Muerte y Lalun. El último tema era el que más lo absorbía.

Los jóvenes de la ciudad encaminaban sus pasos a la puerta de Lalun y no tardaban en retirarse. pues Lalun era una joven muy reconcentrada en sus pensamientos, de palabra poco pródiga. y sin afición a orgías que acaban siempre en riñas.

-Si nada valgo, no merezco el honor de estas fiestas. Sí valgo, son indignas de mí.

Y los despedía con esta frase malévola.

En las noches largas y calientes de los últimos días de abril y de los primeros de mayo, acudía toda la ciudad a la casa de Lalun para fumar y recrearse con la conversación. El Shiah, de rostro severo; el Sufí, que ha perdido la fe en el Profeta y que apenas si cree en Allah; el Pundir[3], de negro tra­je, espejuelos en la nariz y sabiduría indigesta en la caía craneana: el sacerdote indo, de paso para las ferias de los Estados Centrales; el barbado juez de barrio; el Sikh murmurador. que conoce los últimos escándalos del Templo de Oro: el sacerdote fronteri­zo de roja esclerótica y de roja consuntiva, con in­quietud de lobo enjaulado y verbosidad de cuervo; el bachiller altivo y voluble; tales eran las muestras de los componentes de la asamblea reunida tarde a tarde en el salón blanco de Lalun. Wali Dad escuchaba las conversaciones desde la repisa de la ventana.

-El salón de Lalun es ecléctico -o eléctico-, ignoro cómo se dice. No hay reuniones tan variadas como éstas, si se exceptúan las de las Logias Masó­nicas. En una de aquellas reuniones fue donde hablé con un judío, un Yaboudi.

Y al decirlo escupió sobre el foso de la ciudad, formulando a la vez una excusa por la exterioriza­ción de sus sentimientos nacionales.

-He perdido mi fe -dijo-, y me enorgullezco de ello, pero por más que hago no puedo dejar de odiar a los judíos. Lalun no les da cabida en su casa.

-¿Pero cuál es el crimen de esos hombres? -pre­gunté.

-Son la maldición de nuestro país -contestó Wali Dad-. Hablan. Son como los atenienses. ávidos de noticias. Las dan v las reciben con gusto. Pregunte usted a la Perla. Ella le suministrará a usted una prueba de todo lo que sabe no sólo de la ciudad, sino de la provincia. Lalun lo sabe todo.

-Lalun -dije yo al azar-. ¿cuándo estará en Agra el Regimiento 175?

Lalun hablaba con un caballero curdo que había llegado no se sabía de dónde.

-No partirá -contestó Lalun sin volver la ca­ra-. Se ha dado orden para        que en lugar del 175 emprenda la marcha el 118. El otro irá a Lucknow dentro de tres meses, a menos que se reciba otra orden.

-Y así es -dijo Wali Dad sin la menor sombra de duda-. ;Pueden ustedes. con todos sus telegra­mas y periódicos, saber más de lo que sabe Lalun? Ella sabe cuanto pasa. Y siempre da las noticias con oportunidad.

Wali Dad prosiguió hablando así:

-Diga usted,  amigo mío, el Dios occidental ha castigado a alguna de las naciones europeas por el crimen de parlanchinería en los bazares? La India ha pasado siglos y siglos ocupada en la estéril murmu­ración, y no ha dejado esos lugares donde pierde el tiempo sino cuando llegan los soldados y la arrojan de allí. Tal es la causa de que se encuentre usted en este país, y de que no esté en el suyo muriéndose de hambre. Yo, por mi parte, aquí donde usted me ve, no soy tal mahometano; yo soy un producto. un producto maldito.

Por culpa toda de usted y de los suyos, he lle­gado a no poder construir una frase sin veinte citas de autores europeos.

Se dirigió a la huqa, y ya con ternura, ya con el tono grave de la reflexión, habló de sus muertas esperanzas juveniles. Wali Dad era un pesimista que no perdonaba coyuntura para deplorar algo; unas veces era la condición de su patria, sobre cuyos des­tinos no abrigaba ilusiones; otras, la pérdida de su fe religiosa; otras, su incomprensión de los ideales europeos.

Lalun ocupaba el polo opuesto. Jamás pronunciaron sus labios una lamentación como la del joven Wali Dad. Tocaba melodías muy ligeras en su sitar[4] , y era la más reconfortante de las impresiones oírla cantar aquel

 

 

Pavo, pavo, pavo real; grita, pavo, grita más.

 

 

 

Lalun conocía cuanta canción se ha oído en la India, desde los himnos guerreros del Sur, que llenan a los ancianos de resentimiento contra los jóvenes y a los jóvenes de cólera contra el Estado, hasta las romanzas del Norte en las que oís chasquidos d: es­padas, penetrantes como el grito del milano furioso, cuando no muere aún el rumor de un beso; esas romanzas en que veis los aludes guerreros por las gar­gantas de las montañas, y la escena desgarradora en que el amante se desprende de los brazos de la Tierna doncella, lanzando al aire una queja que os traspasa el corazón.

La ciencia de Lalun y su habilidad no se limita­ban a estas cosas. Preparaba el tabaco para la huqa que alimentada por sus manos pequeñas despedía el mismo aroma que os halaga cuando trasponéis las Puertas del Paraíso. Y en verdad pisabais el umbral de la dicha cuando Lalun os dirigía una sonrisa jun­to a la huqa. Bordaba cosas extrañas hechas de plata y oro. Y si la luna filtraba sus rayos por la ventana del recibimiento, Lalun bailaba con una suave ca­dencia.

La linda Lalun conocía los corazones de los hom­bres, y conocía el corazón de la Ciudad. Ella sabía cuáles eran los maridos buenos y los malos. Ella po­día decir muchos secretos de las oficinas públicas que no conviene revelar aquí.

Nasiban, la doncella de Lalun, aseguraba que las joyas de ésta valían por lo menos diez mil libras y que no era remoto el peligro de que un ladrón pe­netrase en la casa y matase a su ama por robarla, pero Lalun se reía de estos temores, pues todos los ladrones sabían que sí alguno de ellos cometía tal crimen, la Ciudad en masa se levantaría para descuar­tizar al culpable, miembro a miembro.

Tomó la sitar, y sentándose en la repisa de la ventana, cantó una antigua canción. Esa canción ha­bía sido oída en un campamento la víspera de una gran batalla. La había entonado una muchacha que tenía la misma profesión de Lalun. Sí; fue la vís­pera de aquel día memorable en que el vado del Jumna vio las aguas enrojecidas por la sangre, cuando Silvayí corrió cuarenta kilómetros hasta llagar a Del­hi llevando un caballo detrás del que montaba y una Lalun en el arzón de la silla.

La canción era un Laonee maharata. Hablaba de las fuerzas que conducía Chimnayi frente al Peishva, aquellas fuerzas de los hijos del Sol y del Fuego que huyeron poseídas de pánico. Luchaban con ellas los libres jinetes que empuñan espada y se ciñen el turbante rojo; la juventud guerrera que gana la sol­dada exponiendo diariamente la vida.

-Ya oye usted -me dijo en ingles Wali Dad-; ya oye usted que exponen la vida Pero gracias al Gobierno Británico ya tenemos segura la existencia.

Y agregó con expresión malévola:

-También gracias a los elementos de educación que están a mi alcance, yo podría ser un miembro distinguido de la administración local, y andando los años, sentarme en un escaño del Consejo Legislativo.

-No quiero que se hable inglés -dijo Lalun, in­clinándose sobre su sitar para entonar otra copla.

Lalun cantó, y las notas repercutían en la casa si­tuada en el muro de la Ciudad y hasta en los negros paredones de la fortaleza de Amara que con su mole domina todo el recinto. ¿Quien podría decir la ex­tensión de ese castillo? Hace muchos centenares de años fue construido bajo el reinado sucesivo de tres monarcas. La gente cree que tienen muchos kiló­metros las galerías subterráneas de aquella posición estratégica. Sea cual sea la extensión del fuerte Ama­ra, el hecho es que lo pueblan muchos espectros, al­gunas baterías y una compañía de infantes. Antaño la custodiaban diez mil hombres y en los fosos había constantemente un gran número de cadáveres.

-Exponiendo diariamente la vida -canturreaba Wali Dad.

Una cabeza asomó por la plataforma del castillo. Era la cabeza cana de un anciano. Al mismo tiempo una voz ruda, como la piel de cachalote que guar­nece la empuñadura de una espada, hizo eco a las palabras de Wali Dad, y entonó después una can­cíón que yo no pude entender. Lalun y Wali Dad la escuchaban con profunda atención.

-¿Que canto es ese? -pregunté-. ¿Quién es aquel hombre?

-Ese es un hombre de principios -contestó Wali Dad-. Os combatió en el 46, siendo un joven gue­rrero: volvió a combatiros en el 57, e intentó hacerlo una vez más en el 71, pero en esa época ya sabíais a maravilla el arte de pulverizar a vuestros enemigos. Hoy es un anciano, pero así y todo, volvería a la lucha s. pudiera.

-¿Entonces es un Wahabi? Y si lo es, ¿cómo contesta a una laonee Maharata... o Sickh?

-No se por qué lo hace -contestó Walí Dad­Acaso ha perdido su religión. Tal vez desea que le hagan Rey. Por lo demás, yo ignoro su nombre.

-Eso es una mentira, Wali Dad. Si usted conoce su carrera, ;cómo ignora su nombre?

-Es verdad. Pertenezco a una nación de embus­teros. Prefiero no decir el nombre de ese individuo. Averígüelo usted.

Lalun acabó su canto, y señalando con el dedo ha­cia el fuerte. dijo con toda naturalidad:

-Khem Singh.

-¡Um! -exclamó Wali Dad-. La Perla lo ha dicho. La Perla es una necia.

Yo traduje a Lalun lo que decía Wali Dad. Ella se rió, y habló de este modo:

-Yo digo lo que me parece conveniente decir. Tuvieron prisionero a Khem Singh en Burma. Es­tuvo allí muchos años, hasta que cambió de ideas; tal fue la bondad con que lo trató el Gobierno. En vista de esto, le permitieron volver a su país pa­ra que lo vea antes de morir. Es un anciano, pero la vista de su país le refrescará la memoria. y además. hay muchos que no olvidan a ese hombre.

-Es una supervivencia muy interesante -dijo Wali Dad acercándose a la huqa-. Viene a un país saturado de educación y de reformas políticas, si bien es verdad que muchos lo recuerdan aún, co­mo dice la Perla. En su tiempo fue un grande hombre. No habrá en la India otro que lo supere. Todos desde la infancia aprenderán el arte de la cortesanía y de la adoración de los dioses extraños, y todos al­canzarán la suprema honra de ser ciudadanos, con­ciudadanos, ilustres conciudadanos. ¿No dicen así los periódicos de los indígenas?

Wali Dad parecía estar muy malhumorado. Pero Lalun sonreía asomándose a la ventana y viendo en lontananza la leve niebla del polvo. Yo salí de la casa con el espíritu concentrado en la figura de aquel Khem Singh, que había sido un héroe al frente de un millar de secuaces, y que a estas horas tendría un principado a no mediar la intervención del mencio­nado Supremo Gobierno.

 

 

II

 

 

Sucedió que el capitán comandante del Fuerte Ama­ra había pedido una licencia, y que su segundo, el teniente, había ido al Club, en donde lo encontré aquella tarde. Al vernos le pregunté si era verdad que entre las curiosidades de la fortaleza figuraba un preso político. El teniente, que por primera vez se veía al frente de una guarnición, no podía llevar en silencio tanta gloria, y encontró de perlas la ocasión que yo le proporcionaba para hablar sobre sus fun­ciones políticomilitares.

-Si -dijo-. Acaba de enviárseme un hombre que viene de la frontera. Llegó hará una semana. Es todo un caballero, quien quiera que él sea. Yo he hecho cuanto he podido para aliviar su situación. Le puse dos asistentes, y le di vajilla de plata. En suma, se le ha proporcionado lo que él quería, esto es, cuanto puede tener un oficial indígena. Tal me pa­rece, y lo trato de Subadar Sabib[5]. Así me pongo en el justo límite.

-Vea usted, Subadar Sahib -le dije-; usted ha sido confiado a mi autoridad, y yo soy oficialmente su guardián. Pero yo no quiero que usted sufra molestias, y usted, a su vez, debe facilitar el cumplimiento de mis deberes. Toda la fortaleza está a las órdenes de usted, desde el asta­bandera hasta el toso, y yo me consideraré muy feliz si puedo ofrecerle una franca hospitalidad, pero es preciso que usted no se aproveche de ella para fines políticos. Empéñeme usted su palabra de que no in­tentara evadirse, Subadar Sahib, y yo a mi vez se la doy de que no surtirá los rigores de una vigilancia excesiva. Yo pensaba que el mejor medio de ase­gurarme de el era hablarle con claridad, y así fue; se lo digo a usted con toda confianza, amigo mío. El viejo empeñó su palabra, y pudo pasearse por la fortaleza tan contento como un cuervo desalado. Está dominado por una curiosidad insaciable. Todo le interesa, y no cesa de hacer preguntas sobre el sitio en que se encuentra y sus alrededores. Yo firmé una hoja de papel azul, que era el recibo del preso, y desde que firmé ese papel soy el único responsable en caso de evasión. Es curioso, muy curioso esto de tener que vigilar a un viejo que podría ser nuestro abuelo. Venga usted un dí a la fortaleza, y conocerá a ese hombre.

Por causas que después verá el lector, yo no fui a la fortaleza durante el tiempo en que Khem Sing estuvo confinado en ella. No conocía de él sino la cabeza cana que vi desde la casa de Lalun, y la voz bronca que respondió a los acentos de la canción maharata. Pero supe por los indígenas que el viejo se asomaba diariamente a la terraza del castillo, y que desde allí veía las campiñas. Su memoria, contaban, volvía con la vista de sus patrios valles, y con la memoria renacía en su corazón el odio a los in­gleses, pues las heridas de ese corazón no habían cicatrizado en la lejana Burma. Desde el alba hasta el mediodía, y desde la tarde hasta la noche se pa­seaba en la parte occidental del castillo, agitando va­nos deseos en su corazón y entonando canciones gue­rreras cuando oía la voz de Lalun en la casa de la muralla. Cuando sus relaciones con el teniente se hicieron más íntimas, el viejo habló abiertamente de las pasiones que habían sido su tormento.

-Sahib -decía, dando con el bastón en el pa­rapeto-, cuando yo era joven, formaba parte de los veinte mil que salían de la Ciudad y cabalgaban por esas llanuras. Yo mandaba cíen hombres, Sahib. Después mandé mil. Después mandé cinco mil. Y ahora ...

Sin concluir la frase, extendía la mano para señalar a los dos asistentes que le seguían.

-Pero soy el mismo. Sí yo pudiera, degollaría a cuanto Sahib haya en el universo. Sujéteme, Sahib, porque si usted no me custodia bien, yo volveré al lado de los que me seguirían. Llegué a olvidarlos du­rante mi residencia en Burma, pero hoy que vuelvo a mi patria, la memoria renace, y yo me siento el mismo de otros tiempos.

-¿Pero olvida usted que ha empeñado su pala­bra de honor, y que conforme a ella usted no me obligará a ejercer rigores que no deseo?

-Sí; yo estoy obligado, pero con usted, sólo con usted, Sahib. Estoy obligado con usted porque es un hombre suave. Cuando me llegue la vez, no col­garé a usted ni lo pasaré a cuchillo.

-Mil gracias -dijo el teniente.

Y contemplaba la batería, considerando que en media hora de bombardeo quedara pulverizada la ciudad.

-Vamos a nuestros alojamientos -agregó el teniente-. Hablaremos después de la comida.

Kehm Singn se arrellanaba en su cojín, a los pies del teniente, bebiendo  grandes sorbos de aguardiente aromatizado con granos de anís. Contaba anécdotas extrañas del castillo de timara, que fue alcazar en tiempos remotos. Hablaban de Begumas y de Ranis[6], torturadas en aquel mismo salón que servía de refectorio para la oficialídad. Refería episodios de Sobraon que llenaban de orgullo nacional a su in­terlocutor y custodio[7]. Descríbía el levantamiento de Kuka, que despertó tantas esperanzas y que era conocido de antemano por cien mil personas, pero jamás hablaba del 57, porque era huésped del te­niente, y el 57 es una fecha de la que no quieren hablar ni los blancos ni los de color. Sólo uña vez, y eso afectado por el aguardiente con anís, dijo el anciano:

-Respecto a los hechos ocurridos entre los de Ku­ka, yo diré a usted, Sahib, cuánto nos maravilló que ustedes hubieran parado cl golpe, y que habiéndolo parado no convirtieran todo el país en uña inmensa prísíón. Se me dice que ustedes honran a los de nuestra tierra, y que con sus propias manos están destruyendo el Terror de su Nombre, roca en que se funda su defensa. Esto es absurdo. ¿Pueden mez­clarse el agua y el aceite? En el 57.

-Todavía no había yo nacido, Subadar Sahib -dijo el teniente.

Khem Singh se retiró a su alojamiento haciendo eses.

Yo estaba al tanto de todas esas conversaciones, por las que el oficial tenía conmigo en el Club. Na­turalmente aumentaba mi deseo de ver a Khem Singh, pero Wali liad, sentado en la repisa de la ventana de Lalun, me decia que sería crueldad hacer aquella visita. Y Lalun extrañaba que yo prefiriese las ca­nas de un viejo Sikh a la tertulia de su casa.

-Aquí hay tabaco, aquí hay conversación, aquí hay muchos amigos, y se comenta cuanto pasa en la Ciudad. Sobre todo, aquí estoy yo. Yo le contaré a usted cuentos y le cantaré canciones, y Wali Dad le dirá al oído muchas necedades en inglés. ¿Es peor esto que ver a la fiera enjaulada del castillo! Vaya usted mañana si ha de ir, pero hoy no, pues aguardo muchas visitas y hablaremos de cosas que serán ma­ravilla.

Aquel mañana no llegó jamás. A las últimas llu­vias con sus calores, sucedieron las escarchas de los primeros días de octubre. ¡Y yo no me había dado cuenta de que el año corría a su fin! Entre tanto, el capitán comandante del castillo volvió a hacerse car­go del punto por haber terminado su licencia, y Khem Singh quedó por lo mismo bajo su custodia. Ese capitán no era un sujeto muy amable. Llamaba negros a los indígenas, lo que era una grosería, y prueba de su extrema ignorancia.

-¿Para qué tener a dos hombres ocupados en el servicio de ese vejo negro? -preguntó el capitán.

-Creo que su vanidad quedará muy satisfecha -contestó el subalterno-. Yo he dicho a los dos soldados que lo dejen solo, pero él anda siempre con ellos considerando que se le dan como un tributo a su importancia.

-Los soldados de línea no son para montar guar­dia en esta forma. Que los sustituyan dos indí­genas.

-¿Dos sickhos? -preguntó el teniente levantando los ojos con extrañeza.

-Sickos, dogras, pathanes o lo que sean, ¿qué diferencia hay entre unos y otros? Todos son una misma casta de bichos negros y repugnantes.

Las primeras palabras que el capitán dirigió a Khem Singh fueron duras e hirieron la susceptibili­dad del viejo Sahib. Quince años antes, cuando se le aprehendió por la segunda vez, todos le juraban como si fuera un tigre, y él sentía el halago de esas manifestaciones. Pero olvidaba que la tierra gira constantemente, y que en quince años muchos que eran simples subalternos ascienden a capitanes.

-¿Todavía manda aquí el capitán cerdo? -pre­guntaba Khem Sing todas las mañanas a los dos sol­dados indígenas de su guardia.

Y los indígenas, en atención a la edad y distin­ción del prisionero, le decían:

-Si. Subadar Sahib.

Ninguno de los dos sabía quién era el que les hablaba.

 

 

III

 

 

Por aquellos días la tertulia del saloncito blanco de Lalun era siempre numerosa y más animada que nunca.

-Los griegos -decía Wali Dad, que no cesaba de pedirme libros-, y hablo especialmente de los habitantes de la ciudad de Atenas, siempre ávidos de noticias y dispuestos a transmitirlas, tenían secues­tradas a sus mujeres, que eran unas necias. De allí nació la institución gloriosa de las mujeres hetero­doxas -¿no se dice así?-, o sea de las mujeres amenas y no tontas. Los filósofos griegos se encan­taban en la sociedad de esas mujeres Dígame usted, amigo mío, ¿cómo anda eso ahora en Grecia y en otros países del continente europeo?

-Wali Dad -contesté-, ustedes nunca nos ha­blan de las mujeres de su nación, y nosotros no les hablamos de las nuestras. Esa es una línea de se­paración.

-Efectivamente -dijo Wali Dad-, es curioso que nuestro punto de contacto sea la casa de una, ¿cómo la llama usted?

Y señalaba con su pipa a Lalun.

-Lalun es Lalun -le contesté, y decía yo la ver­dad-; pero si usted se clasificara y se dejara de soñar sueños...

-Me pondría levita y pantalones. Sería un gran orador mahometano. Se me recibiría en las partidas de tennis de la autoridad política, en las que los ingleses se ponen de un lado y los indígenas del otro para fomentar así las relaciones sociales entre los habitantes del Impero. Vida de mi corazón -añadió con ímpetu, dirigéndose a Lalun-, el Sabib dice que debo abandonarte.

-El Sabib dice constantemente las cosas más ca­rentes de sentido -contestó Lalun riendo-: en esta casa yo soy la Reina y tú eres el Rey. El Sabib -y al decir esto cruzó los brazos detrás de la ca­beza y se puso reflexiva-. el Sahib será nuestro visir, -tuvo y mío. Walí Dad-, por haber dicho que debes abandonarme.

Walí Dad prorrumpió en una carcajada explosiva. y yo reí también.

-Pues que así sea -dijo él-, Amigo mío, ¿quiere usted aceptar este empleo lucrativo? Lalun, di cuánto se le habrá de pagar.

Lalun había comenzado a cantar, y no hubo me­dio de que ella o Wali Dad dijesen una palabra puesta en razón. Cuando ella dejaba de cantar, él re­citaba poesías árabes esmaltadas de equívocos, a ra­zón de tres en cada dos versos. Algunos de esos re­truécanos eran del gusto más refinado, pero todos ellos contenían un gran fondo de ingenio. La justa literario musical no terminó sino cuando un señor muy corpulento, vestido de negro, y con lentes de oro, solicitó una audiencia de Lalun para un asunto que a ella pareció muy serio. Wali Dad me llevó a un jardín de grandes rosales, y a la luz dudosa de la noche me dijo cuantas herejías se le ocurrieron so­bre la Religión, el Gobierno y el Destino del Hombre.

Estaba celebrándose el Mohurrum, o sea la gran fiesta funeraria de los mahometanos, y lo que Wali Dad me dijo sobre el fanatismo religioso habría jus­tificado su expulsión de la secta muslímica menos exigente en materia de dogma. Turbando la quietud del jardín, y sombreado por los espesos rosales e ilu­minado por las lejanas estrellas, llegaban a nuestros oídos los redobles de tambor que sonaban en la ce­lebración del Mohurrum. Para haceros cargo de las cosas, deberéis saber que la Ciudad está dividida por partes casi iguales entre indos y musulmanes, y re­presentados como están los dos credos por hombres de gran pugnacidad, es natural que toda festividad re­ligiosa ocasione serias perturbaciones. Siempre que pueden -lo que quiero decir cuando las autoridades llevan su complacencia hasta la debilidad-, los in­dos se las componen para que alguna de sus festi­vidades, aunque sea de las menos sonadas, coincida con la de sus rivales, a fin de que los mahometanos encuentren algún obstáculo para conmemorar a sus mártires Hassan y Hassain, los héroes del Mohurrum. Los mahometanos organizan una procesión en la que acompañan gritando y gimiendo las tumbas de sus héroes, figurados en papel, y conducidas en an­garillas. La policía señala de antemano el itinerario que ha de llevar la procesión por las principales ca­lles de la Ciudad, y además de esta precaución se toma la de custodiar las tazias con piquetes de ca­ballería, para impedir que los indos las apedreen en mengua de la paz de S. M. la Reina y con peligro de los cráneos de sus leales súbditos. La fiesta del Mohurrum en una ciudad guerrera es una causa de inquietud para los funcionarios públicos, pues en caso de tumulto el culpable es el empleado y no el perturbador de la paz. A los funcionarios toca prever todas las emergencias posibles, y sin llegar en sus precauciones hasta una ridícula nimiedad, de­ben, por lo menos, procurar que sean adecuadas a las circunstancias.

-¡Oiga usted los tambores! -me dijo Wali Dad-. He ahí el corazón del pueblo, vacío y rui­doso. ¿Cómo cree usted que transcurra la fiesta en este año? Para mi habrá perturbaciones.

Al decir esto desapareció por una callejuela trans­versal dejándome solo, en compañía de las estrellas y de una patrulla de policía entregada al sueño. Yo me fui a la cama y soñé que Wali Dad saqueaba la Ciudad en tanto que yo desempeñaba las funciones de visir de Lalun, con la huga como lema de mi dignidad.

Durante todo el siguiente día los tambores del Mohurrum recorrieron la Ciudad, y varias comisio­nes de caballeros indos, muy afligidos, visitaron al gobernador para decirle que antes de que despuntase la próxima aurora. todos ellos estarían asesinados po los mahometanos.

-Esto -decía confidencialmente la primera au­toridad al jefe de la policía-, esto indica que los indos van a hacer una diablura. Creo que lo con­veniente es salirles al paso y prepararles una sorpresa. Yo me he entendido con los jefes de los dos cerdos. y los tengo bien amonestados. Si no me hacen caso. peor para ellos.

Por la noche hubo una afluencia extraordinaria en la casa de Lalun, pero los concurrentes eran des­conocidos para mi, pues no los había visto antes en el saloncito de la Perla. Yo sólo conocía al caba­llero corpulento, vestido de negro y con espejuelos de oro. Como siempre, Wali Dad ocupaba su asiento en la ventana, y noté en sus palabras mayor acritud contra los creyentes de su Religión y contra las ma­nifestaciones a que se entregaban. La doncella de Lalun estaba atareadisima cortando y mezclando ta­baco para las visitas. Oíamos el ronco redoble de los tambores, a medida que cada razia era conducida procesional mente hacia el centro de reunión de todas las que se encontraban en la llanura, fuera del recinto fortificado de la Ciudad. De allí volverían las razias en procesión triunfal, después de haber recorrido el circuito de las murallas. En todas las casas había antorchas, y sólo el castillo de Amara se destacaba negro y silencioso.

Cesó el ruido de tambores. Todos en el salon­cito guardaban silencio.

-Ha partido la primera tazia -dijo Wali Dad mi­rando hacia la llanura.

-Es muy temprano -repuso el señor corpu­lento de los espejuelos.

-Apenas son las ocho y media.

Todos se levantaron para salir. Cuando el último de ellos hubo partido, dijo Lalun:

-Algunos vienen de Ladakh. Me trajeron ta­bletas de té ruso, o más bien del que venden los rusos, y una urna para el té, fabricada en Peshavar. Quiero que me diga usted cómo preparan la bebida las Memsahibas.

La tableta de té era abominable. Cuando lo hu­bimos bebido, Wali Dad propuso que él y yo sa­liéramos para ver las calles.

-Casi tengo la seguridad de que habrá tumul­to esta noche -dijo-. Todo el mundo lo cree en la Ciudad, y ya se sabe que Vox Populi es Vox Dei, como dicen los Babus[8]. En la puerta de Padshahí encontrará usted mi caballo a cualquiera hora de la noche, por si desea ir a ver lo que pasa. El espectáculo es de lamentable pobreza. ¿Qué sa­tisfacción puede producir el grito de Ya Hasan Ya Hassain, repetido mil veces en una noche?

Todas las tazias, en número de veintidós. habían entrado al recinto de la Ciudad. Los tambores redo­blaban, y la muchedumbre prorrumpía en su grito:

-¡Ya Hasan! ¡Ya Hassain!

Todos se daban golpes de pecho. Las músicas de viento hacían el mayor estrépito posible. En plazas y encrucijadas había predicadores musulmanes que referían el triste fin de los dos mártires. Era impo­sible dar paso, a menos de seguir los movimientos de la muchedumbre, pues las calles tienen una anchura que no excede de cinco metros. En el barrio indo, puertas y ventanas estaban con los cerrojos corridos y cruzadas las barras de seguridad. Avanzó la pri­mera razia, que era una obra primorosa de tres me­tros de altura, llevada en hombros por veinte fieles de mucha corpulencia. Iba por la penumbra de la Rambla de los Jinetes, cuando un ladrillazo muy certero despedazó el talco y los oropeles de la fin­gida tumba.

-¿En tus manos, Señor? -dijo Wali Dad, pro­fanando cómicamente las palabras que los creyentes no pronuncian sin veneración.

En ese instante oímos a nuestras espaldas un ala­rido, y vimos que un oficial indígena, perteneciente al Cuerpo de Policía, hendía con su caballo la masa compacta de los fieles. Al primero siguió otro ladrillazo, y la tazia se bamboleó en el lugar donde la había detenido el ataque.

-¡Adelante! ¡En nombre del Sirkar, adelante! -gritaba el agente de la Policía.

Eran vanas sus palabras. Sonaba un ruido de madera hendida y astillada. Era que la muchedumbre se había detenido frente a la casa de donde salieron los proyectiles, y comenzaba a vociferar y a des­trozar las contraventanas.

Parecía que aquello era una señal, pues al mismo tiempo estalló la tempestad en seis lugares distintos. Las tazias se balanceaban como barquichuelos en un mar agitado. Las antorchas de los acompañantes su­bían y bajaban. De todas las gargantas salían gritos roncos e inarticulados. Algunos mahometanos de­cían:

-; Se ha profanado nuestra razia. . Castiguemos a los indos! ¡Vamos a sus templos!

Los agentes de Seguridad que acompañaban a las tazias se esforzaban por dar curso al torrente huma­no, empleando para ello sus garrotes, pero eran inú­tiles los esfuerzos que hacían, y no pudieron impedir que, acudiendo nuevos contingentes de indos, se trabase una lucha general. Entretanto. a algunos centenares de metros, en donde las tazias no habían sido atacadas todavía, continuaba sin interrupción el grito:

-¡Ya Hasan! Ya Hassain!

Pero pronto la algarada llegó hasta la cola de la procesión. Los sacerdotes bajaron de sus tinglados, y desgajando de estos las patas en que se sostenían, repartían golpes en defensa de su Fe. De los tejados de las casas silenciosas llovían piedras sobre amigos y enemigos. Las calles, atestadas de gentes, sonaban con el matraqueo de las porras y el campanilleo de los proyectiles

-¡Din! ¡Din! ¡Din!

Una tazia que se incendió en la esquina de la Rambla, fue momentáneamente barrera de fuego en­tre indos y musulmanes. Pero la muchedumbre ven­ció el obstáculo y se lanzó a la pelea. Wali Dad me llevó a la columna de una fuente pública para ponerme a cubierto.

-Todo se había combinado de antemano -mur­muró a mí oído, y hablaba con un calor extraño en un escéptico-. Los ladrillos y piedras estaban en las casas desde hace varios ;días. ¡Los indos son unos cerdos! Esta noche habrá destripadero de vacas en sus templos[9].

Las tazias pasaron frente a nuestro escondite. Una iba ardiendo, otras destrozadas. La gente que las seguía no cesaba de vociferar y de golpear las puer­tas y ventanas. Pero no se detenía, y continuaba desfilando rápidamente. Pronto supimos la causa de este movimiento, regular hasta cierto punto. Hugo­nin, el segundo jefe de la Superintendencia de Po­licía, que era un muchacho de veinte años, se pre­sentó con dieciocho gendarmes que le ayudaban a restablecer la circulación, empujando a todos los que se detenían. Su caballo no respetaba a grandes ni a pequeños, y daba repelones a quien se le atravesaba. El látigo que llevaba en las manos el jinete no de­jaba de silbar en el aire sino para caer sobre las espaldas de los que se detenían.

-Saben que no contamos con fuerzas de policía suficientes para contenerlos -me dijo al pasar, mien­tras se restañaba un rasguño que tenia en el rostro­¡Lo saben bien! ¿Pero no hay en el Club alguien que venga a darnos una mano? ¡Adelante, hijos de padres quemados!

El látigo restalló sobre las espaldas que se encor­vaban. Los gendarmes daban garrotazos y culatazos Pasaron las luces y el tumulto. Wali Dad comenzó a proferir juramentos ahogados. En el castillo de Amara vimos subir un cohete, después dos juntos. Era la señal para pedir refuerzos.

Petitt, el Subdelegado, todo cubierto de sudor y polvo, pero siempre tranquilo y sonriente, se retiró hacia una calle despejada que había detrás del cuer­po principal de tumultuantes.

-Todavía no hay un solo muerto -dijo-. ¡Voy a tenerlos en movimiento hasta que amanezca! ¡Que no se detengan, Hugonin! Hágalos trotar has­ta que vengan los soldados.

Efectivamente, toda la ciencia de la defensa del or­den estriba en dar a la muchedumbre un movimiento de traslación. Si se deja a los hombres excitados que tomen aliento y se detengan, lo primero que ha­cen es incendiar una casa, y cuando esto sucede, el restablecimiento del orden constituye un problema no sólo difícil sino tal vez irresoluble. Las llamas son para una muchedumbre lo que la sangre para una bestia feroz.

Ya en el Club se sabía lo ocurrido, y empezaban a presentarse hombres de frac que prestaban auxilio a la policía blandiendo correas, látigo y hasta duelas de barril. No se les atacaba. pues los escandalosos sabían que la muerte de un europeo significaría la horca no para uno sino para muchos, y probablemente la pre­sentación en escena de la mil veces temida artillería. Sin embargo, el clamoreo aumentaba en toda la ciu­dad. Los indos habían acudido con el más serio pro­pósito de trabar una batalla, y no tardó en volver el oleaje de las turbas.

El espectáculo era de los más extraños. No había tazias, pues de ellas sólo quedaban las armazones. Tampoco había policía. En tal o cual esquina un dignatario de la ciudad, índo o mahometano, im­ploraba en vano de sus respectivos correligionarios que se abstuviesen de alimentar la agitación pública, pero el único resultado de estas prudentes adverten­cias era que se diese un tirón a la barba venerable del personaje local. Si un oficial indígena de las fuer­zas de policía quedaba desmontado, esto no le impedía emplear las espuelas como arma de represión, advirtiendo de paso que era peligroso insultar al Su­premo Gobierno. Pero nadie hacía caso de estas amo­nestaciones. Menudeaban los garrotazos, repartidos el azar. Los combatientes habían llegado al paro­xismo del furor. Todos bramaban y echaban es­puma por la boca. Sí carecían de garrotes, se lanza­ban sobre sus adversarios para estrangularlos, y si erraban el golpe, descargaban su ira contra la madera de las puertas.

-Es una fortuna que luchen con armas natura­les -dije yo dirigíéndome a Wali Dad-, pues de otra suerte habría muerto ya la mitad de los habi­tantes de la ciudad.

Algo me llamó la atención en el rostro de mi com­

pañero. Tenía dilatadas las ventanillas de la nariz y miraba con extraña fijeza. A la vez, noté que se golpeaba suavemente el pecho. En aquel momento pasaba frente a nosotros una onda del tumulto: los musulmanes huían en gran número atacados por un número mayor de indos fanáticos. Wali Dad se apartó de mí gritando:

-Ya Hasan! ¡Ya Hassain!

Y desapareció entre la masa confusa de los com­batientes.

Yo me dirigí por una calle lateral a la puerta de Padshahi, y habiendo tomado el caballo de Wali Dad, galopé hacia el castillo. Una vez fuera del re­cinto amurallado, no tuve del tumulto otra impre­sión que la de un sordo rumor, muy impresionante a la luz de las estrellas, y que hacía mucho honor a las cincuenta mil gargantas de adultos vigorosos en­tregados a las expansiones del odio. Las tropas, lla­madas cerca del castillo por indicación del Sub delegado, no mostraban la menor inquietud. Dos com­pañías de Infantería indígena, un Escuadrón de Ca­ballería indígena, y una compañía de Infantería inglesa aguardaban órdenes en la fachada oriental del edificio. Debo decir, y lo digo con tristeza, que lejos de estar contrariadas, las fuerzas de :,que hablo tenían el poco generoso deseo de "divertirse". Los oficiales que peinaban canas gruñían, es verdad, y rabiaban por ha­ber tenido que dejar sus camas, y los soldados in­gleses afectaban contrariedad, pero en el fondo sentían gran satisfacción. Corría por lo bajo esta frase:

-¿Pólvora sin bala: ;qué vergüenza!

Alguien dijo:

-¿Va a esperarnos esa canalla? ¡Jamás!

Otro habló así:

-Yo quisiera encontrar allí a mi usurero, para saldar cuentas con él.

-¡Pero quiá! Si no vamos ni a desenvainar. -¡Bravo! ¡El cuarto cohete! ¡A la faena!

La Artillería, que hasta el último instante ali­mentó la esperanza del bombardeo de una ciudad a cien metros, formó en el parapeto de la puerta oriental, y se congratulaba a sí misma en tanto que la Infantería británica tomaba por el camino de la puerta principal de la Ciudad. La Caballería se di­rigió rápidamente a la puerta de Pashahi, y la In­fantería indígena marchó lentamente a la puerta de los Carniceros. Se quería dar una sorpresa desagrada­ble a los amotinados, que acaban de sobreponerse a las fuerzas de la Policía, suficientes hasta ese momento para impedir que los musulmanes pusiesen fuego a algunas casas de indos caracterizados. El desorden se había localizado en los barrios Norte y Noroeste. Los del Este y Sudeste estaban oscuros y silenciosos. Yo me encaminé a la casa de Lalun, pues me parecía conveniente que enviase a alguien en bus­ca de Wali Dad. Encontré la casa sin luz, pero la puerta estaba de par en par, y subí a tientas. A la luz de una lamparilla vi que Lalun y su doncella estaban en la ventana, inclinadas hacia afuera, ja­deantes, y ocupadas en tirar de un objeto pesado.

-Vienes tarde. , muy tarde -dijo Lalun sin volver la cara-. Ayúdanos, imbécil, si no has per­dido las fuerzas dando gritos entre las tazias. ¡Tira! Nasíban y yo estamos agotadas. ¿Pero es usted, sa­hib? Los indos han perseguido a un viejo por el foso, para apalearlo. Y le matarán de seguro si dan con él. Ayúdeme usted a sacarlo.

Cogí la bata de seda roja que pendía de la ven­tana, y ayudado por Lalun y su doncella, tiré con todas mis fuerzas, lo cual hacían las dos mujeres también. El peso era grande, y el que nos fatigaba con ese peso lanzó juramentos en lengua desconocida

para mí, cuando finalmente puso el pie en la muralla. -¡Ahora hay que tirar más fuertemente! -dijo Lalun.

Ya dos manos morenas se afianzaban en el al­féizar de la ventana, y casi en el mismo instante, un venerable mahometano caía sin aliento en el sa­loncito de Lalun. Tenía el turbante caído, y llevaba una venda en la mandíbula. Todo su aspecto era el de quien acababa de pasar por momentos de agita­ción y de lucha, pues venía cubierto de polvo.

Lalun se ocultó el rostro entre las manos, y dijo algo respecto a Wali Dad, que yo no pude entender.

Después, para colmo de ventura, Lalun me echó los brazos al cuello diciendo a la vez cosas muy tier­nas. Yo, naturalmente, no me apresuré a interrum­pir sus palabras ni sus actos, tanto más cuanto que Nasiban volvió la cara y comenzó a revolver el con­tenido del arca de las joyas que estaba en un rincón del saloncito blanco. El mahometano se había acu­rrucado en el pavimento, y no ocultaba sus emo­ciones, pues echaba centellas por los ojos.

-Un favor más, Sahib, ya que has llegado tan oportunamente erijo Lalun.

¡Lalun me tuteaba! ¡Delicioso tuteo!

-Hay tropas en toda la Ciudad, y podrían mal­tratar a este anciano. ¿Querrás llevarlo a la puerta de Kumharsen? Allí encontrará un carruaje para que lo conduzca a su casa. Es mi amigo, y tú, Sahib, eres algo más que un amigo. Por eso te pido este favor.

Nasiban se acercó al anciano, e inclinándose puso algún objeto en su cinturón. Yo tomé al maho­metano, le ayudé a levantarse, y me lo llevé del brazo. Teníamos que cruzar la Ciudad de Oriente a Po­niente, y era imposible no encontrarnos con las tro­pas. Mucho antes de que llegáramos a la Rambla de los Jinetes, oí los gritos de la Infantería britá­nica que decía:

-¡Adelante, canallas! ¡Circulad, bribones! ¡Ade­lante!

Después oíamos el golpe de los culatazos, y gri­tos de dolor. La muchedumbre circulaba a golpe seco, pues no se permitió calar bayoneta. Mi com­pañero refunfuñaba. La muchedumbre nos empujó, y tuvimos por fuerza que cruzar la línea de solda­dos. Al asirlo de la mano, toqué una pulsera -la argolla de hierro de los Sikhos-, pero" esto no me inspiró sospechas, pues diez minutos antes Lalun había puesto sus brazos en torno de mi cuello. Tres veces nos hizo retroceder la muchedumbre, y des­pués de pasar por las filas de la Infantería britá­nica, encontramos a la Caballería Sikh ocupada en disolver un grupo con el regatón de las lanzas.

-¿Quiénes son estos perros? -preguntó el viejo.

-Los Sikhos de la Guardia, Padre.

Pasamos las filas de jinetes que iban de dos en dos. Encontramos inmediatamente al Subdelegado con el casco de corcho hendido, y rodeado de un grupo de señores que habían salido del Club para prestar sus servicios a la autoridad en calidad de voluntarios y aficionados. Estos elegantes se portaron con energía y ayudaron muy bien a los agentes de la autoridad.

-No los dejaremos que se detengan hasta la salida del sol -dijo Petitt-. ¿Y qué casta de amigo trae usted? Parece-un bandido.

Yo apenas tuve tiempo para decir:

-:La protección del Sirkar!

Otro torrente humano se precipitaba delante de la Infantería indígena, y nos empujó hasta la puerta de Kumharsen. Petitt se desvaneció como una sombra.

-:No conozco..., no puedo ver…, todo esto es nuevo para mí!

Así hablaba mi compañero con voz quejumbrosa.

Cuántos soldados hay en la Ciudad? -pre­guntó.

-Tal vez quinientos -contesté.

-¡Y toda esa gente se deja llevar por quinientos

hombres! ¡Y entre ellos hay sickhos! Soy viejo, muy viejo. Lo nuevo es la puerta de Kumharsen. ¿Quién derribó los leones de piedra? ¿Y el acue­ducto? Sahib, soy muy viejo, y ya no puedo con

mis pobres huesos.

Al decir esto se dejó caer en el pavimento, a la sombra de la puerta de Kumharsen. El sitio estaba solitario. Saliendo de las tinieblas que nos rodeaban, se nos acercó un caballero corpulento con espejuelos de oro.

-Mucho le agradezco a usted que haya traído a mi amigo -dijo aquel caballero afablemente-. Es un propietario de Akala. No está bien que venga a una gran ciudad como ésta en momentos de exci­tación religiosa. Allí tengo un carruaje. ¿Será usted tan amable que me ayude a llevarlo hasta que lo acomodemos en el coche? Ya es muy tarde.

Llevamos, en efecto, al anciano hasta instalarlo en una victoria de alquiler que estaba cerca de la puerta, y yo volví a la casa de la muralla. Queda­ban algunos rezagados que no querían entrar en sus hogares, por más esfuerzos que hacían las tro­pas y por más que restallaba el látigo del segundo jefe de la Superintendencía del Distrito. Aterrori­zados, algunos bunnias se colgaban de los estribos de la Caballería, gritando que no podían ir a sus casas porque habían sido saqueadas. Esto era una solemne mentira, y los gigantes soldados de la Caballería Sikh les daban palmadas en el hombro di­ciéndoles:

-Si vuestras casas han sido robadas, lo sentimos, pero debéis retiraros para evitar mayores males.

Algunos soldados ingleses, poniéndose el rifle a la espalda, se cogían por las manos, y corrían, ba­rriendo así las estrechas calles laterales. Con gritos y carreras dispersaban grandes grupos de indos y musulmanes. Jamás se vio entusiasmo religioso más sistemáticamente aplastado como lo fue esa noche el de los dos bandos, y jamás los perturbadores de la paz pública se sintieron tan fatigados de correr y tan doloridos de los pies. Se les arrojaba de las es­quinas donde buscaban refugio, se les sacaba de los baches en donde se dejaban caer, se les arrancaba de las columnas y pilones, se les azotaba en el interior de los establos.

-:A casa! ¡A casa todo el mundo!

-¿No tenéis casa? Tanto peor para vosotros. Eso más correréis.

Cuando llegue a la de Lalun, tropecé con un hombre que estaba en el umbral. Sollozaba histé­ricamente, y hacía con los brazos un movimiento, semejante al aleteo de un ganso. Era Wali Dad, agnóstico, enemigo de la Fe, sin zapatos, sin tur­bante, con la boca llena de espuma y el pecho cu­bierto de heridas que se había hecho a sí mismo hincándose las uñas. A su lado había una antorcha despedazada. Sus labios murmuraban con voz tré­mula:

-¡Ya Hasan! ¡Ya Hassain!

Yo me incline y pude llevarlo escalera arriba hasta dejarlo en el primer descanso. Salí después, y arrojando una chinita a la ventana de Lalun, huí en dirección de mi casa.

Casi todas las calles que atravesé estaban silen­cíosas y tranquilas. El viento frío de la madrugada silbaba en ella. Cuando llegue a la Plaza de la Mezquita vi en el centro a un hombre inclinado sobre un cadáver. El cráneo del difunto había sido roto con un fusil o una estaca.

-No está mal que haya una víctima expiatoria

-dijo Petit levantando la cabeza informe del muer­to-. ¡Ya esas bestias feroces habían sacado los dientes más de lo que convenía'

A lo lejos la soldadesca, descargando los últimos culatazos, cantaba alegremente:

 

 

Quiero ver tus negros ojos

 

 

Ya vosotros, como lectores inteligentes, al ins­tante os habéis hecho cargo de lo que pasó. Yo no. Confieso que fui poco perspicaz. Al hacerse pública la noticia de la evasión de Khem Singh, yo no tuve la menor sospecha, puesto que vivía los acontecimientos y no los narraba; no tuve, digo, la menor sospecha de que Lalun, el caballero gordo de los espejuelos de oro, y yo en gran parte, habíamos sido los principales coadyuvadores de la evasión. Tampoco me pasó por la mente que Wali Dad era el encargado de llevar a Khem Singh de un extremo a otro de la Ciudad, y que cuando Lalun me echó los brazos al cuello ocultaba los mo­vimientos de Nasiban, su doncella, que en aquel momento daba dinero al fugitivo. Y por último, estaba yo ignorante de que mi cara y el traje de europeo fueron para Khem Singh más propicios que lo hubiera sido el traje y la cara de Wali Dad, tan poco digno de la confianza de Lalun. Lo único que supe entonces fue lo que supo todo el mundo, esto es, que cuando llegó la noticia del tumulto, Khem Singh, aprovechó la confusión del castillo para escaparse, y que los dos asistentes sikhos también huye­ron por su lado.

Posteriormente, Khem Singh y yo recibimos am­plios informes sobre nuestras relaciones accidentales. Él huyó a donde estaban sus amigos de antaño, pero encontró que eran pocos (pues muchos habían muerto) , y que los supervivientes habían cambiado por una larga familiaridad con las cóleras del Su­premo Gobierno. Acudió entonces a la juventud, pero ya había pasado el esplendor de su nombre y de su fama. Khem Singh no llevaba el argumento decisivo para la juventud; no podía dar empleos, pensiones, condecoraciones y grados. No tenia in­fluencia. Lo único que podía ofrecerles era la pers­pectiva de una muerte tan segura como gloriosa, atadas a la boca de un cañón. Escribió cartas, hizo promesas. Para que las cartas cayeran en manos desleales, y un polizonte de ínfima categoría ganó un ascenso describiendo a la superioridad la trayec­toria de la actividad epistolar de Khem Singh. Pero sobre todo, Khem Singh era muy viejo. El aguar­diente con anís escaseaba en el campo. El veterano empezó a recordar la vajilla de plata y la mullida cama que tenia en el castillo de Amara. El caba­llero corpulento de los espejuelos de oro oyó fra­ses amargas de los que le habían confiado la eva­sión de Khem Singh. Este no valía el dinero gastado en su fuga.

-¡Los majaderos ingleses tienen una clemencia infinita: -dijo Khem Singh al darse cuenta de su situación-. Yo iré voluntariamente al castillo de Amara, y esto me honrará mucho. Lo único que os pido es que me deis buena ropa, pues deseo presentarme decorosamente.

Y así fue como llamo Khem Singh al postigo de la fortaleza. Conducido a la presencia del ca­pitán y del teniente, vio que éstos habían encane­cido en pocos días, pues diariamente llegaban de Simia pliegos lacrados en los que se leía esta pa­

labra: Reservado.

-Aquí estoy, capitán Sahib -dijo Khem Singh-. Ya no me vigile usted. Es inútil. Aque­

llo está perdido.

Pocos días después, vi a Khem Singh por la pri­mera vez como Khem Singh. Él me habló supo­niendo que había habido una inteligencia entre los dos.

-Lo hizo usted muy bien, Sahib. Yo admire la astucia con que usted me llevó audazmente hasta ponerme a la vista de los soldados que me habrían hecho pedazos al reconocerme. Hay actualmente en el castillo de Ultargaid un prisionero cuya evasión podría auxiliar fácilmente un hombre de la sangre fría de usted. Voy a trazarle aquí en la arena la posi­ción del castillo .

Yo, entretanto, pensaba cómo llegué a ser, efec­tivamente, el visir de Lalun.

 

 



[1] Según el Talmud. primera esposa de Adán.

[2] La huqa se emplea para el tabaco en el estrado.

[3] Bramín instruído.

[4] Guitarra de cuello muy largo y tres cuerdas: una de acero y dos de cobre.

 

[5] Categoría de gobernador de provincia. Se da el trata­miento al comandante de una compañía de cipayos.

[6] Príncesas.

[7] Sír Hugh Gouch derrotó a los Sikhos en Sobraon, ciu­dad del Punjab, el 10 de julio de 1846.

[8] Expresíón de burla a los bengaleses afectados. El sentido propio es señor.

[9] Los mahometanos matan vacas para ofender a los in­dos, y éstos arrojan cerdos muertos a las mezquítas.


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