© Libro No. 706. Hallazgos Científicos. Ameghino,
Florentino. Colección E.O. Abril 12 de 2014.
Título original: © Florentino
Ameghino. Hallazgos Científicos
Versión Original: © Florentino Ameghino. Hallazgos Científicos
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
H A L
L A Z G O S
C I E
N T Í F I
C O S
F L O
R E N T I
N O A
M E G
H I N O
Paleontología
Argentina1
____________________
1
Conferencias pronunciadas en Buenos Aires, en el año 1904, dedicadas al curso
especial para profesores de ciencias naturales de los institutos de enseñanza
normal y secundaria de la Nación.
RELACIONES
FILOGENETICAS Y GEOGRÁFICAS
(Obra
CXXIII de la edición oficial completa)
I. Los
estudios paleontológicos en la Argentina. - II. Anti- güedad de nuestro
territorio. - III. Las formaciones sedi- mentarias. - IV. Los Peces. - V. Los
Reptiles. - VI. Las Aves.
- VII.
Los Monotremos. - VIII. Los Cetáceos. - IX. Los Des-
dentados
con coraza. X. - Los Desdentados sin
coraza. - XI. Dispersión de los Desdentados. - XII. El grupo de los Sarco-
boros. - XIII. Los Roedores. - XIV Los Quirópteros. - XV. Los Sirenios. - XVI.
Los Ungulados. - XVII. Los Primatos.
En la
distribución de materias de este curso de ciencias naturales, me ha tocado
daros un par de conferencias sobre Paleontología, que es la ciencia que trata
de la vida de las épocas pasadas, de los seres que fueron y ya no son, pero
que, transforma dos en pétrea materia inerte, nos han dejado sus efigies para
que nos sirvan de enseñanza y de guía en la reconstrucción del pasado físico y
biológico de nuestro Globo.
Mas, ¿qué
idea podría loros acerca de una ciencia tan vasta en unas pocas horas? O una
enumeración de nombres absolutamente estéril, puesto quede ella no os quedaría
ni el confuso recuerdo; o las generalidades que ninguno de voso- tros ignora y
que encuéntranse en numerosos textos que os son familiares.
Supongo
que este curso, hasta cierto punto improvisado, se continuará en los años
venideros; el de este año sería en- tonces como un ensayo que servirá de base y
de enseñanza para organizar los venideros en forma más adecuada y prove- chosa.
Debe ser
así (y en esto creo interpretar la mentalidad del ilustrado Ministro de
Instrucción Pública) ; estas conferencias deben versar soba temas concretos?
que, variados anual- mente y tratados en una forma,: , sintética, permitan
poneros al día con los últimos progresos de la ciencia.
He
escogido como tema para las conferencias de este
año, la
Paleontología Argentina en sí misma y en sus relacio- nes filogenéticas y
geográficas con la de los otros continentes. Asimismo, queda tema tan vasto que
para que os sea de algún provecho me es necesario limitarme aún más: os hablaré
de los vertebrados extinguidos, y especialmente de los mamíferos.
I
HALLAZGOS
CIENTIFICOS LOS ESTUDIOS PALEONTOLÓGICOS EN LA ARGENTINA
Hace más
de un siglo que esta región de América y espe- cialmente la llanura bonaerense,
es conocida como una de las más ricas en restos de mamíferos fósiles. De los
alrededores de Luján se exhumó, afines del penúltimo .siglo, el primer
esqueleto de Megaterio que se llevó a Madrid y fue la admira- ción de los
enciclopedistas o sabios de esa época.
El rey
Carlos III creyó que fuese el esqueleto de un ejemplar de la fauna actual de
éste que a la sazón era su do- minio, y expidió una orden al virrey de Buenos
Aíres para que mandara a España un Megaterio vivo, añadiendo que, sí por lo muy
huraño que tal monstruo debía ser no era posible cazarlo vivo, se lo enviasen
empajado.
Desde
entonces. pero sobre todo a partir de mediados del siglo pasado fuéronse
encontrando restos de nuevos ma- míferos fósiles, unos que, como el Milodonte y
el Escelidote- rio se parecían al Megaterio, mientras que otros, como el
Gliptodonte, el Panoctus y el Dedícurus, parecían mulitas o armadillos de
tamaño gigantesco.
Todos estos seres extinguidos, extraordinarios por su
forma y su tamaño, procedían de las capas más superficiales del terreno de la
Pampa. Las faunas más antiguas que habían precedido a esos colosos eran
completamente desconocidas.
Los
grandes descubrimientos paleontológicos que se han hecho en la República y que
han dado un completo vuelco a la Paleontología, cuando menos por lo que se
refiere a les vertebrados superiores, datan apenas de tres lustros.
Veinte años ha el número de mamíferos fósiles
de nues- tro territorio llegaba apenas a un medio ciento. Hoy conoce- mos
aproximadamente unas mil quinientas especies de mamíferos fósiles procedentes
de nuestro suelo. Las posas decenas conocidas del período anterior fueron
descubiertas y descriptas por naturalistas extranjeros, entre los cuales des-
cuellan los nombres de Owen y de Darwin: pero puedo anunciaros un hecho
altamente honroso para nuestro país: la casi totalidad de las especies de
mamíferos extinguidos de nuestro suelo que, en las últimas dos décadas han
tomado carta de ciudadanía en la patria siempre fraterna? d2 la cien- cia, han
sido descubiertos, catalogados v descriptos por ex- ploradores y naturalistas
argentinos.
II
ANTIGÜEDAD
DE NUESTRO TERRITORIO
En el
catálogo de los mamíferos fósiles que se conocen del mundo entero,
aproximadamente una tercera parte co- rresponden al territorio argentino.
Esta
proporción no está ciertamente en relación con la extensión de nuestro suelo
comparada con el resto de la tie- rra, pero voy a daros la explicación del
hecho.
El
territorio argentino, en su parte más mediterránea, que constituye por así
decirlo el esqueleto del macizo del Noroeste, así como algunas de las sierras
aisladas de la llanu- ra, es un suelo emergido desde las más remotas épocas
geo- lógicas; existía en la época Azoica, con anterioridad a la época Paleozoica,
es decir, antes de la aparición de la urda sobre la tierra. En esas primeras
tierras emergidas adaptáronse al am- biente terrestre los primeros organismos
rudimentarios y excesivamente simples que pululaban en el vastísimo, pero poco
profundo océano que cubría la casi totalidad de la su- perficie del Globo.
Un mar
sin límites, de aguas densas, uniforme y de igual profundidad, tierras bajas,
islotes achatados perdidos en el inmenso océano y que apenas sobresalían sobre
el nivel de las aguas; temperatura tórrida, uniforme, tanto en el polo como en
el ecuador; atmósfera caliginosa con superabundancia de nitrógeno, cargada de
ácido carbónico y enormes cantidades de vapor de agua, todo igual todo uniforme
sobre toda la faz de la tierra. En ese medio, que es una de las fases de la
trans- formación evolutiva de los planetas, apareció la vida en todas las
latitudes a la vez representada por organismos imperfectos e igualmente
uniformes desde uno hasta otro polo.
La
diferenciación de los organismos se efectuó. con suma lentitud. La uniformidad
biológica en cuanto se refiere a la distribución geográfica, persistió durante
toda la época primaria o Paleozoica, pero cada vez menos acentuada a me- dida
que nos acercamos a épocas más próximas de la nuestra.
Durante
la era Mesozoica, las tierras aumentaron en ex- tensión y eleváronse a mayor
altura. El océano redujo sus límites en la misma proporción, ganando en
profundidad lo que perdía en superficie. Las aguas profundas aislaron a las
masas continentales de una manera más completa, y éstas, a su vez, opusieron
barreras a las aguas. La dispersión de los seres en todas direcciones se hizo
más difícil. La traslación sólo pudo efectuarse desde entonces en direcciones
determi- nadas por la configuración física, esto es, en forma de emi-
graciones; los organismos marinos, a lo largo de las costas y enfilando los
estrechos, y los organismos terrestres, pasando por sobre istmos y trasponiendo
montañas.
Conjuntamente
con este cambio efectúabase también la diferenciación climatérica. La
temperatura cesó de ser uni- forme y diseñáronse gradualmente las zonas, que,
en combi- nación con la configuración física de las comarcas, dieron origen a
los climas regionales.
A partir
de esa época, los organismos de las grandes re- giones geográficas determinadas
por la configuración física de la faz de la tierra, evolucionaron por separado,
dando ori- gen a la formación de faunas y flotas localizadas en el espacio y
limita das en el tiempo. Colocaos delante de un globo geo- gráfico dirigid la
vista alternativamente sobre ambos hemisfe- rios, Norte y Sur, y notaréis en
seguida que las grandes masas continentales encuéntranse al Norte de la línea
ecuatorial, mientras que el hemisferio Sur aparece cubierto por un vasto océano
del que surgen tierras aisladas de escasas dimensiones y en el cual penetran,
en forma de penínsulas triangulares, prolongaciones de la masa continental
ártica.
Durante
los últimos tiempos de la era Mesozoica, en la época Cretácea, la distribución
de las tierras y las aguas era precisamente inversa de la actual; entonces, al
Norte de la línea ecuatorial extendíase un vasto océano sembrado de islas y al
Sur una gran masa continental, en la cual encontrábase englobado nuestro
territorio, que estaba unido con África al Oriente y prolongábase a través de
la región polar antártica hasta Australia y Nueva Zelandia.
Sobre
este antiquísimo continente austral de la época Cretácea, prosperaban una flora
de aspecto tropical y una fauna variadísíma. Sobre ese continente
desarrolláronse tam- bién los mamíferos en faunas sucesivas cada vez más
diversi- ficadas. Al llegar al final de la época Cretácea, ya habían aparecido
y desaparecido, sucediéndose unas a otras, varias faunas mastológicas y
encontrábanse ya constituidos los prin- cipales órdenes hoy todavía existentes.
Durante
esa misma época Cretácea, en las tierras insula- res del hemisferio Norte, la
clase de los mamíferos encontrá- base representada únicamente por unos pocos
marsupiales, raquíticos y de los menos especializados.
Con el
principio de la época terciaría las tierras septen- trionales al Norte del
Ecuador transformáronse de insulares en continentales; y aparecieron entonces
sobre ellas numero- sos mamíferos placentarios, especialmente Ungulados y Car-
niceros primitivos, cuyos antecesores búscanse en vano allá, en las capas de la
época Cretácea. No se los encuentra. No se los encuentra. porque ahí son los
recién llegados; porque esa no es su patria de origen, porque cuando
atravesaron en pe- regrinación hacia el Norte la línea ecuatorial, miles de
siglos hacía que pisaban las tierras australes, donde habíanse desa- rrollado y
diversificado en faunas sucesivas con numerosísi- mas formas; acá, ya eran
viejos; acá, grandes órganos que habíanse constituido con suma lentitud, que
habían alcanza- do el apogeo de su desarrollo, ya habían desaparecido, y sus
restos yacían sepultados en las profundidades de capas geológicas que
corresponden a períodos en ese remotísimo enton- ces de épocas pasadas.
He ahí
explicada la razón o el por qué de la extraordina- ria cantidad
de especies de
mamíferos extinguidos cuyos restos se encuentran sepultados en los
terrenos sedimenta- rios, cretáceos y terciarios del territorio argentino.
III
LAS
FORMACIONES SEDIMENTARIAS
Para que
podáis seguir mi exposición con provecho es indispensable que tengáis una idea
de la sucesión de esos terrenos distribuidos en pisos u horizontes que se
agrupan en formaciones. En el cuadro que presento sólo he incluido las
formaciones sedimentarias, principalmente de agua dulce o subaéreas, que se han
sucedido a partir del cretáceo inferior hasta nuestros días:
Reciente.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . aluviones recientes
Postpampeana
Cuaternario.
. . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . platense
. . . . .
. . . . . . . . lujanense
Plioceno Pampeana . . . bonaerense
encenadense
Mioceno Araucana . . . hermosense
araucanense
Terciario Oligoceno Entrerriana mesopotamense paranense
Santacruceña
. . santacrusense
Eoceno .
.
notohipidiense
Patagónica . . . astrapotericulense
colpodonense
piroteriense
Cretáceo astraponotense superior Guaranítica . notostilopense
Cretáceo pehuechense
Cretáceo Chubutiana . protodidelfense
Inferior
. .
Todas
estas formaciones presentan capas marinas y ca- pas de origen subaéreo o de
agua dulce; presentan, pues, restos fósiles de organismos terrestres y marinos,
pero casi siempre en capas distintas. Fósiles marinos y terrestres mez- clados
en una misma"" capa sólo se
presentan como raras excepciones.
La
formación Chubutiana, que representa la mitad infe- rior del cretáceo se
extiende, como lo índica su nombre, so- bre el territorio del Chubut, cuya
parte más central ocupa. Consta de una sucesión de areniscas generalmente muy
duras y de muy distintos y variados colores, y, debido a esta última
circunstancia, conócese también con el nombre de "forma- ción de las
areniscas abigarradas". Contiene s fósiles terres- tres en unas partes y
marinos en otras; pero la mayor parte de
la formación es estéril, esto es, desprovista de fósiles.
La
formación Guaranítica, que es una de las más vastas,
representa
la mitad superior del cretáceo, y consta en su ma- yor parte de una sucesión de
areniscas rojas entre las cuales predominan las de origen terrestre, subaéreo y
de agua dulce. Esta formación constituye el suelo de Corrientes y Visiones; al
Sur reaparece en el interior sobre el río Negro; y sobre- puesta a las
areniscas abigarradas ocupa el centro del territo- rio del Chubut, apareciendo
más al Sur todavía, en afloramientos aislados, hasta San Julián y el lago
Argentino.
La
formación Patagónica es una formación costanera de gran espesor que aparece en
la zona desde Puerto Madryn en el fondo del golfo Nuevo hasta el Sur de la boca
del río Santa Cruz donde desaparece hundiéndose en las profundidades del
Atlántico. En la costa es exclusivamente marina, pero más al Oeste contiene
depósitos terrestres o subaéreos. Como edad, corresponde al Eoceno medio e
inferior.
La
formación Santacruceña se extiende sobre el territorio de Santa Cruz, desde el
río Chico hasta,.
Gallegos
y desde el Atlántico hasta la Cordillera. En su conjunto es una formación
terrestre con algunas capas mari- nas subordinadas, particularmente en la parte
inferior. Co- rresponde, como edad, al Eoceno superior y quizá en parte al
Oligoceno inferior.
Constituyen
la formación Entrerriana una gran sucesión de capas, en su mayor parte de
origen marino, que aparecen a la vista a lo largo de la margen izquierda del
río Paraná en la provincia de Entre Ríos. Las mismas capas reaparecen más al
Sur, en la boca del río Negro y se extienden en la región cos- tanera del
Atlántico hasta el golfo Nuevo. En un tiempo estas capas eran incluidas en la
formación Patagónica; hoy sabe- mos que constituyen una formación distinta, de
época mucho más reciente. Corresponde al Oligoceno superior, pero hay
naturalistas que la consideran aún más reciente, esto es: como de la época
Miocena..
La
formación Araucana es casi exclusivamente terrestre o de origen subaéreo;
consta de una sucesión de capas de arenas y areniscas pardas, grises y
amarillentas que cubren la Pampa central y del Sudoeste. Se presenta también
muy desa- rrollada, con cientos de metros de espesor, en una parte de las
provincias de Catamarca y Tucumán. Aparece asimismo sobre la costa, cerca de
Bahía Blanca, en la localidad conocida con el nombre de Monte Hermoso. El
inmenso depósito de cascajo rodado y de capas de arena intercaladas que desde
el río Negro hacia el Sur cubre toda la superficie de los territo- rios
patagónicos, ha recibido el nombre de formación Tehuelche y representa en su
parte más antigua la formación Araucana del Norte. La formación Araucana
corresponde a la época Miocena.
La
formación Pampeana es el gran depósito de limo y arcilla pardorrojiza que se
extiende por sobre la llanura ar- gentina y cubre toda la extensión de la
provincia de Buenos Aires, alcanzando en parte un espesor de más de cien
metros. En su gran conjunto es una formación subaérea, pero en la región que
está próxima ala costa contiene intercaladas capas de origen marino.
Corresponde a la época Pliocena, pero es posible que las capas más
superficiales acumuladas en cuen- cas de erosión de la misma formación, como
las del piso lu- janense, entren ya en la época Cuaternaria.
La
formación Postpampeana, o, con más propiedad: los terrenos postpampeanos,
preséntanse en depósitos aislados de naturaleza muy distinta, en toda la
extensión de la Repú- blica. Los más antiguos corresponden a la época
Cuaternaria y los restantes son de los tiempos recientes, o geológicamente
hablando, de la época actual.
No os
figuréis que estas distintas formaciones representan períodos de tiempo más o
menos iguales. Muy al contra- rio: corresponden a épocas de duración muy
desigual. La formación Postpampeana representa un espacio de tiempo mucho más
corto que la Pampeana: y esta última fue de du- ración mucho más corta que
cualquiera de las formaciones terciarias más antiguas Sólo la formación
Guaranítica repre- senta entre las formaciones mesozoicas un espacio de tiempo
casi tan considerable como todo el conjunto de las formacio- nes terciarias.
IV
Los Peces
Desde los
vertebrados inferiores hasta los mamíferos, sólo haré mención de uno que otro
de los descubrimientos más importantes.
En la
clase de los Paces no se ha descubierto ningún tipo que presente notables
diferencias con los conocidos de las otras regiones de la tierra, pero es de
interés conocer que las capas marinas de la formación Guaranítica, contienen
restos de un grupo de peces de aspecto arcaico, que predominaron durante la
época Mesozoica, pero que hoy sólo tienen escasí- simos representantes. Es el
de los Ganoidios, cuyo distintivo más culminante consiste en tener el cuerpo
protegido por escamas cubiertas por una capa de una substancia de aspecto
vítreo y brillante, parecida al esmalte. Los restos que se en- cuentran con
mayor frecuencia son las escamas y dientes hemisféricos pertenecientes al
extinguido género Lepidotus, conocido antes procedente de las formaciones mesozoicas
de Europa, India y Brasil.
Un grupo
que está cerca del precedente es el de los Dip- noidios (Dipnoi), peces con
doble respiración branquial y pulmonar, representado en nuestra época por sólo
tres géne- ros: el Lepidosirena de Brasil, Argentina septentrional y Para-
guay: el Protopterus del interior de Africa; y el Ceratodus de Australia, los
tres de hábito fluvial. Este grupo, que hoy está casi extinguido, alcanzó su
mayor des arrollo durante la época Paleozoica, empezando a disminuir
rápidamente durante la mesozoica. Se conocen numerosas especies fósiles del
género australiano Ceratodus, procedentes de los terrenos mesozoi- cos antiguos
de Europa, África, India y Norte América. No ha mucho se encontró una especie
del mismo género en el guaranítico de Patagonia; es la más moderna de las
especies fósiles y presenta un mayor parecido con las especies meso- zoicas de
Europa que con la actual de Australia. No se cono- ce ningún representante terciario.
Los
restos de peces que más abundan en nuestras formaciones cretáceas y terciarias,
son los dientes de Condrote- rígios o peces cartilaginosos como las rayas y los
tiburones, todos los cuales pertenecen a géneros que todavía viven o que, si
están extinguidos, conocíanse con anterioridad proce- dentes de otras regiones.
En las
capas marinas de la formación Guaranítica, se encuentran numerosos dientes de
tiburones de los géneros Oxyrhina, Lamna, Odontasprs, Notidanus,
Scapanorhynchus, Corax y Synechodcrs. Los dos últimos se han extinguid. To- das
las especies son distintas de las existentes, pero en su . mayor parte son
idénticas a otras ya conocidas de los terrenos cretáceos de Europa y Norte
América. Algunas de las espe- cies de los géneros Lamna y Oxyrhina eran de
dimensiones mucho mayores que las existentes.
Los
tiburones de la formación Patagónica se distribuyen en los géneros Oxyrhina.
Lumna Odontaspis, Notidamus, Galeocerdo y Carcharodon, todos existentes pero
represen- tados por especies extinguidas que también se encuentran en los
terrenos eocenos del hemisferio boreal. En las mismas capas hay dientes de
rayas que indican animales que debían alcanzar aproximadamente un diámetro de
dos metros.
En la formación Entrerriana se encuentran los
mismos géneros que en la formación Patagónica, y, además, Hemi- pristis,
Sphirna y Carcharias. Las especies son, en general, más pequeñas que las de la
formación Patagónica e idénticas a las que se encuentran en las formaciones
oligocenas y mio- cenas de Europa y Norte América. Hay sin embargo, una
especie: el Carcharadon megalodon, que es el tiburón más gigantesco que haya
existido. Los dientes de los tiburones de este género son de contorno
triangular y de bordes cortantes y dentellados como sierras. El más gigantesco
de los tiburo- nes actuales, que es el Carcharodon Rondeleti, alcanza a tener
diez metros de largo y tiene dientes de cinco a seis centíme- tros de alto por
dos a tres de ancho en la base. Los grandes dientes del Carcharodon megalodon
tienen quince centíme- tros de alto por doce de ancho en la base. Figuraos lo
mons- truoso que sería un tiburón con una boca armada de más de cien dientes de
esa forma.
Un grupo
de peces Condropterigíos, cercano de.
los tiburones es el de los Cestracionidios, pero en dientes de una forma
completamente distinta, pues son de corona aplastada, parecidos a habichuelas,
; destinados no acortar y despedazar sino a triturar. Es una familia que tuvo un considerable desa-
rrollo durante la época Mesozoica, pero que actualmente sólo está representada
por el género Cestración, limitado a las
aguas del océano Pacífico. E1 mismo género ha sido hallado también, en estado
fósil, en Europa y Norte América, pero
sólo en las formaciones cretáceas y alguna vez, aunque muy raramente, en la
base del Eoceno. Es, pues, digno de mención ,el hecho de la existencia de
dientes de este mismo géne- ro en la formación Entrerriana y también en la
Patagónica.
V
LOS
REPTILES
Los
reptiles alcanzaron su mayor desarrollo durante los tiempos mesozoicos. La
variedad de formas que presentan es verdaderamente extraordinaria, y tal es su
abundancia, en relación con las otras clases de vertebrados, que a menudo se
designa a la era Secundaria o Mesozoica con el nombre de "época de los
reptiles".
Igualmente
abundantes son en los terrenos correspondientes de nuestro suelo. Pero recién
se inicia su estudio y sólo voy a hablaros de algunos de los géneros más
extraordi- narios de los distintos grupos.
Los
ofidios fósiles son muy escasos y hasta hace poco sólo se conocían procedentes
de los terrenos terciarios, por cuya razón eran considerados como de origen
relativamente muy reciente. Es, pues, una ,novedad el hallazgo de ofidios en
las areniscas inferiores de la formación Guaranítica de Patagonia, pues demuestra
que son de una antigüedad mucho mayor que la que se les suponía. El único
descripto hasta ahora es Denilysia, género extinguido próximo a las boas, que
alcanzaban aproximadamente dos metros de largo; pero hay restos que indican
ofidios del mismo grupo mayores que las más grandes boas de la actualidad.
El orden de los cocodrilos ya está
representado en la parte inferior de la formación Guaranítica por géneros como
Notosuchus y Cynodontosuchus, de tamaño muy pequeño, desprovisto de escamas, de
cráneo corto y ancho y dentadura muy diferenciada, con grandes caninos y
pequeños incisivos. Estos géneros tienen su mayor parecido con los cocodrilos
del jurásico de Europa.
En la
formación Entrerriana abundan los restos del género Alligator, algunos de los
cuales indican caimanes cuatro veces más corpulentos que los actuales del Río
Paraná. En las mismas capas encuéntranse los restos de un gran Gavial, gé- nero
de cocodrilos que en nuestra época vive en las aguas del Ganges, en India.
Los
reptiles extinguidos más sorprendentes, de aspecto más variado y entre los
cuales se encuentran las formas más gigantescas, son los llamados Dinosaurios,
nombre cuya eti- mología significa "lagartos terribles", como que, en
efecto, lo eran muchos de ellos. Los seres que actualmente más se les aproximan
son las iguanas, pero aquellos eran invariable- mente de cuerpo más levantado.
Algunas de esas formas ex- tinguidas
alcanzaban un largo
de treinta y
más metros
¡iguanas
de un tamaño como el de las más corpulentas ball enas!
Es algo
que maravilla el contemplar los aspectos tan dis- tintos y tan variados de esos
extraños seres. A1 lado de los colosos más formidables que hayan pisado la
tierra firme de nuestro planeta, los había no más grandes que una liebre. Unos
eran carniceros y otros herbívoros, con el cuerpo aco- razado sin coraza.
Algunos ostentaban adornos cefálicos en forma de hojas óseas curvas y cortantes
como guadañas, o de formidables cuernos, ya verticales, ya inclinados hacia
atrás o hacia los lados, a veces dirigidos hacía adelante, los cuales, en
ciertos casos, no estaban limitados sólo a la cabeza sino que se extendían en
hilera longitudinal por sobre toda la línea media del cuerpo hasta la misma
cola, cuya hilera era a veces reforzada con otras laterales paralelas. Muchos
tenían los cuatro miembros sensiblemente iguales, pero otros tenían los
anteriores o torácicos muy cortos y los posteriores mucho más largos y gruesos,
con cola igualmente gruesa y larga, de modo que caminaban a la manera del
canguro. En otros, los miembros anteriores habíanse atrofiado por completo:
éstos eran bípedos, siendo lo más extraordinario que, aparte la di- ferencia de
tamaño, los pies de esos colosos eran de forma casi igual a los de las aves.
Los
restos de Dinosaurios son muy abundantes en las capas de la formación
Guaranítica, así como también en las más antiguas del cretáceo inferior y del
Jurásico, pero hasta ahora han sido poco estudiados.
El grupo
mejor conocido de los Dinosaurios carniceros es el de los Megalosaurídios, con
dientes lanceolados, com- primidos y de bordes dentelladas; encuéntrase
representado en la formación Guaranítica por los géneros Genyodectes y
Loncosauros. Microcoelus, de las areniscas rojas del Neu- quen, parece pertenecer
al mismo grupo y ser aliado del Allo- saurus del Jurásico superior de Norte
América.
Entre los
Dinosaurios herbívoros sobresale el género Argyrosaurus, procedente de las
“areniscas rojas”, guaranítí- cas de la región del lago Musters. Era del grupo
de los Dinosaurios que caminaban asentando en el suelo los cuatro miembros,
parecido a los géneros norteamericanos Bronto- saurus y Atlantosaurus,
sobrepasándolos en tamaño, pues no debía tener menos de treinta metros de
largo. E1 Titanosau- rus, de las areniscas rojas guaraníticas del Neuquen, es
de gimen iones algo más moderadas, pero muy notables por tratarse de un género
que tiene el representantes en el cretá- ceo de India, de Inglaterra¿ y de
Madagascar. E1 género Bothriospondylus, encontrado primeramente en el Jurásico
de Inglaterra y después en el cretáceo de Madagascar, acaba de descubrirse
también en las areniscas rojas del río Negro, en las proximidades de Roca.
Entre los
Reptiles que en nuestro sudo han dejado nu- merosos restos fósiles, me queda
por mencionar el orden de los Quelonios o tortugas que se encuentran a partir
del cretá- ceo inferior. En su casi totalidad pertenecen a tipos que aún
existen en este; continente, pero algunos de ellos alcanzaron dimensiones
enormes. Encuéntranse en este caso las tortugas terrestres del género Testudo.
En la formación Entrerriana, en el horizonte hermósico de la formación Araucana
y hasta en la misma formación pampeana, hay restos de testudos cuya coraza o
escudo alcanzaba de uno a dos metros de largo por de uno a uno y medio de alto.
Os he
dicho que la casi totalidad de las tortugas fósiles de nuestro suelo pertenecen
a tipos todavía existentes. Hay, en efecto, una excepción, y la constituye uno
de los géneros más extraordinarios, que es el que lleva el nombre de Miola-
nia. Era una tortuga terrestre de tamaño colosal comparable al de los más
grandes gliptodontes de la Pampa. El carácter más singular de este animal
reside en la cabeza, que estaba armada de grandes protuberancias, dos de las
cuales se pro- longan de un modo extraordinario, constituyendo un par de
cuernos parecidos a los del buey. La cola no era menos ex- traordinaria que la
cabeza, pues estaba protegida por un estu- che óseo compuesto de varios anillos
imbricados y con protuberancias cónicas, presentando así un parecido extraor-
dinario con el género desdentado Glyptodon.
Los
primeros restos de esta tortuga cornuda fueron exhumados hace ya años en los
depósitos cuaternarios de Australia. E1 hallazgo reciente de una especie del
mismo género, a la cual la he designado con el nombre de Miolania argentina,
cuyo hallazgo fue efectuado en la parte medía de la formación Guaranítica del
territorio del Chubut, fue pues, una verdadera sorpresa. Ambas especies,
argentina y austra- liana, son de un tamaño aproximadamente igual.
Os he
dicho hace un instante que durante la época cretá- cea extendíase en el
hemisferio Sur un vasto continente que, a través de las regiones polares, ponía
en comunicación a Patagonia con Australia. La existencia de esta antigua comu-
nicación se deduce de la analogía que existe entre un conside- rable número de
seres que habitan las aguas costaneras marítimas y las aguas dulces de los
lagos y los ríos en Austra- lia y Sud América. Y mayor es aún el parecido entre
los ver- tebrados superiores, pues puede decirse que los mamíferos actuales y
cuaternarios de Australia son los descendientes de los que poblaban, la Argentina durante los últimos tiempos de
la era mesozoica.
El hallazgo del género Miolania en la
formación Guara- nítica de Patagonia, consagra definitivamente; . la existencia
de ese antiguo continente desaparecido.
Una
tortuga terrestre de tamaño tan enorme y de movimientos tan lentos y pesados,
sólo pudo pasar de uno a otro continente por sobre un puente continuo y bien
firme.
VI
LAS AVES
Los
huesos de las Aves son generalmente pequeños y neumáticos, es decir: de
interior hueco y sin médula, que constituyen circunstancias poco favorables
para su conserva- ción en la tierra; esto explicar por qué los restos fósiles
de esta clase son generalmente escasos. Parece que casi todos los grupos
existentes se remontan a una antigüedad considerable, pues en la parte superior
de la formación Guaranítica ya se encuentran representantes de casi todos los
órdenes existen- tes, sin que presenten diferencias muy notables con la única
excepción de los Impennes o pingüinos, entre los cuales hay géneros muy
distintos de los actuales. Los que más se apartan de los existentes son los
Cladornidios de la parte superior de la formación Guaranítica. Se distinguen por
el tarsometatarso bastante largo, pero muy ancho y aplastado en sentido amero
posterior. Esta parte del pie apoyábase en el suelo, presen- tando así el único
ejemplo conocido de aves plantigradas. Además, todavía no se habían adaptado a
la vida acuática, o por lo menos eran de hábito principalmente terrestre.
Cruschedula, por su tamaño, era comparable a los más pequeños de los pingüinos
actuales: pero Cladornis que es el género típico del grupo, era más corpulento
que el avestruz de Áfri- ca. El Paraptenodytes de la formación Patagónica ya
era un verdadero pengüin de hábitos acuáticos como los actuales, pero algunas
de sus especies alcanzaban un tamaño dos veces mayor que el de un avestruz. Al
lado de este gigante vivía el pequeño Apterodytes en el cual las alas habían
desaparecido por completo.
Hase encontrado,
además, en nuestro suelo, un
gran grupo de aves extinguidas, muy distinto de todos los actuales, al
que se ha dado el nombre de Estereornitos (Stereornithes) y comprende las aves
de tamaño más colosal que han existido sobre la tierra. Como tenían huesos más
sólidos que los de las otras aves, se han conservado más fácilmente y se en-
cuentran en relativa abundancia. Poseen caracteres de los Ratitos y de los
Carinatos y su tamaño variaba desde el de una gallina hasta alcanzar estaturas
de cuatro, cinco y más metros. Eran de alas cortas, gruesas e inadecuadas para
el vuelo. Sus miembros posteriores eran muy fuertes. Los dedos tenían, en unos
géneros, uñas ligeramente acuminadas, pero en la mayor parte de ellos, estaban
armados de uñas arquea- das, comprimidas y aceradas como las de las águilas. La
man- díbula, maciza y prolongada, tenía la parte anterior vuelta hacia arriba,
mientras que el pico arqueado y comprimido terminaba en una larga y sólida
punta triangular, dirigida ha- cía abajo, la cual, en las grandes especies,
constituía una for- midable arma ofensiva. Eran aves corredoras y de presa que
no debían temer medir sus fuerzas con los más grandes mamíferos de su época.
Aparecieron en las capas más superiores de la formación Guaranítica; alcanzaron
su mayor desarrollo en los estratos superiores de la formación Araucana. Los
géneros de mayor tamaño son: Physornis de la parte más superior del
Guaranítico; Brontornis, Liornis, Eucallornis,y Phororhacos de las formaciones
Patagónica y Santacruceña. La cabeza del Phororhacos longissimus era más
voluminosa que la de un caballo.
En Nueva
Zelandia, Australia y Madagascar también existieron aves gigantescas, pero en
época geológica muy reciente; y, aparte el tamaño, no tenían ningún parecido
con los Estereornitos. El único representante probable de este grupo, que se
conoce fuera del territorio argentino, es el gé- nero Diatryma del eoceno de
América del Norte.
VII
LOS
MONOTRENIOS
Los
mamíferos constituyen los más perfectos de los or- ganismos, y como grupo
zoológico abarca también el Hom- bre. Las especies existentes son numerosas,
pero es muchísimo mayor el número de las especies extinguidas.
Los más
imperfectos de los mamíferos, o por lo menos, aquéllos que más se acercan a los
reptiles, son los Monotre- mos, representados por el Equidno y el Ornitorrinco,
limita- dos hoy a la región australiana, donde los más antiguos representantes
fósiles que se les conocen no se remontan a más allá de la época cuaternaria.
No se conocen. Procedentes de ninguna otra región, con excepción quizá de la
República Argentina. En la formación Santactuceña se encuentran los restos de
dos géneros: Adiastaltus y Anathitus, cuyo mayor parecido es con los
monotremos, pero no arrojan luz alguna sobre el origen de este grupo. De paso,
os diré también que los autores recientes que se ocupan del estudio de los
mono- tremos, como el profesor Sixta y otros, se inclinan a conside- rarlos
como un orden de reptiles y como el que más se aproxima de los mamíferos. Por
mi parte, ni lo afirmo, ni lo niego. No. r. tengo, al respecto, opinión
formada.
VIII
LOS
CETACEOS
Dejando
de lado a los Monotremos, los más inferiores de los mamíferos son, a mi modo de
ver, contrariamente a la opinión dominante, los Cetáceos. No me es posible
danos las razones en qué me ?fundo, porque entraría en un tema dema- siado
largo.
Los
cetáceos actuales se dividen en dos grandes subór- denes: los Místacocetos o
ballenas, que están desprovistos de dientes; y los Odontocetos, que están
provistos de dientes como los delfines.
Los Mistacocetos
representan, evidentemente, el
tipo más especializado y más recientes. Aparecen en la formación
patagónica, en la cual son escasos y pequeños, y alcanzan un gran desarrollo en
la formación Entrerriana, pero en su con- figuración no presentan diferencias
notables con los actuales.
Los odontocetos constituyen un tipo mucho más
primi- tivo. En la formación Patagónica están representados por géneros como
Prosqualodon y Argyrocetus, que tienen nasa- les bastante bien desarrollados
"cubriendo en parte la fosa nasal que es una conformación más normal que
la de los ce- táceos más recientes. E1 Diochotichus de la misma forma- ción, se
distingue por el rostro muy alargado, con los dientes anteriores de corona
cónica y los posteriores comprimida y bicuspidada.
El
Odontoceto más notable de la formación Entrerriana es el Pontoplanodes, de
cráneo muy pequeño y con un rostro muy delgado y de largor extraordinario: su
mayor parecido es con el género Platanista del Ganges, en India. El Pontistes
se parece a Stenodelphis actual. El Pontivaga es del mismo gru- po, pero presenta
ambas ramas mandibulares soldadas en casi todo su largor, formando un hueso
ancho y aplastado.
El origen
de los cetáceos es todavía un misterio; apare- cen súbitamente en la base del
terciario sin que se les conozca antecesores El examen del aparato dentario,
que en las for- mas menos especializadas es compuesto de numerosos dien- tes,
simples y cónicos, como en los reptiles, hóceme suponer que se trata de
animales muy primitivos; pero esos caracteres de inferioridad están acompañados
de otros que indican una especialización que ha llegado a sus últimos límites:
tal es la forma del cráneo, la pérdida de los miembros posteriores y la
adaptación de todos sus órganos al medio acuático Esta es- pecialización
presupone la existencia, durante la época meso- zoica, de una larga serie de
predecesores que nos son completamente desconocidos.
IX
LOS
DESDENTADOS CON CORAZA
Los
Desdentados constituyen otro grupo primitivo que da a las faunas sudamericanas
un aspecto característico muy particular. Comprenden dos grandes secciones: la
de los aco- razados y la de los desprovistos de coraza.
Los
acorazados son los armadillos, que ya se encuentran en las capas más antiguas
del Guaranítico, representados por animales pequeños como Astegotherium,
Anteutaters, etc., con la coraza constituida por placas óseas colocadas unas
junto a otras, sin que estuvieran trabadas por suturas; no hay vestigios perceptibles
del sistema piloso, que se desarrolló gradualmente en las épocas más recientes.
Un
armadillo con representantes en las formaciones Pa- tagónica y Santacruceña,
llamado Stegotherium, tiene el ros- tro prolongado en forma de pico y largo y
las mandíbulas estiliformes, con unos pocos dientes rudimentarios. La cora- za
que era formada por placas sueltas, no trabadas, presenta- ba el sistema
pilífero sumamente desarrollado.
Los
Peltéfilos (Peltephilus) que aparecen en el horizonte Piroteriense y alcanzan
su mayor desarrollo en el Santacruce- ño, son todavía más notables. La coraza
consta de placas sueltas dispuestas en hileras transversales de uno a otro ex-
tremo, con el sistema pilífero atrofiado. La dentadura es con- tinua y
dispuesta en forma
de herradura, con
todos los dientes cortantes y los
incisivos de gran tamaño. En la parte anterior del cráneo, encima de la nariz,
tenían cuatro placas óseas desarrolladas en forma de cuernos dispuestos en dos pares transversales; de los cuales el par
posterior, mucho más gruesos y más largos, cónicos y algo encorvados hacía
atrás, le daban a la cabeza un aspecto sumamente bizarro. Algunas especies
alcanzaban un tamaño de tapires; y como ya lo indi- can la disposición de la
dentadura y los coprolitos que de ellos se han encontrado, eran animales
feroces y de presa que se alimentaban de otros mamíferos. Un armadillo, o, em-
pleando el nombre vulgar, un peludo feroz y carnicero como un tigre y armado de
cuernos como un rinoceronte, es algo que no hubiera podido inventar la
imaginación más vivaz.
Los
género; Proeutatus, Stenotatus, Prozaiduus y otros de las formaciones
Patagónica y Santacruceña, así como Proeuphractus de las formaciones
Entrerriana y Araucana, eran armadillos parecidos a los dásipos actuales, de
los cuales se distinguen por la coraza, cuya parte anterior consta de hileras
transversales movibles iguales a las de la parte central.
El
Macroeuphractus de la formación Araucanara un ar- madillo más grande que el
Priodon actual, con la particulari- dad única hasta ahora en los armas.
dinos
conocidos, de presentar un par de dientes superiores y un par de inferiores
desarrollados en forma de caninos.
En la
formación Pampeana, al lado de casi todos los gé- neros que aun existen,
encontramos a Eutatus y Propraopus, el primero tan grande como el Priodon, pero
más parecido al género Dasypus actual: el segundo todavía más grande, pero más
parecido al actual género Tatú, que comprende a los armadillos vulgarmente
conocidos con el nombre de mulitas.
Todos los
armadillos de que os he hablado tienen muelaselípticas o cilíndricas como los
actuales. Hubo otros armadillos cuyas muelas eran de corona alargada y de
prisma bileba- do, acercándose así al
tipo gliptodonte; son los Clamdoteros (Chlamydotherium) que a partir del
Guaranítico superior constituyen una línea independiente. En la formación Pam-
peana hubo especies de Clarnydotherium que alcanzaban el volumen de un
rinoceronte.
Los
gliptodontes son un grupo de Desdentados acoraza- dos que se distinguen de los
armadillos, principalmente en la forma de la coraza, que carne de bandas
transversales movi- bles: en la cabeza, que no termina en rostro largo y
delgado, presentándose, al contrario, como truncada transversalmente adelante;
y en las muelas complicadas, generalmente de forma triprismática. Empiezan
como grupo independiente
en la parte superior de la
formación guaranítica con el género Glypatelus relativamente pequeño y todavía
poco diferencia- do de los verdaderos armadillos. En las formaciones Patagó-
nica y Santacruceña están representados por los géneros Propalaehoplophorus,
Lucinepeltus, Cochlops y otros varios que forman un grupo que todavía conserva
en parte la forma de la cola de los armadillos, compuesta de escamas o placas
imbricadas y libres. La coraza dorsal conservaba a los lados y en su parte
inferior grandes hendeduras verticales que sepa- raban a las bandas
transversales y dábanles cierta flexibilidad, últimos vestigios de las bandas
movibles de los armadillos. Todas las especies eran de tamaño apenas un poco
mayor que el Priodonte actual.
Estos
géneros continuaron desarrollándose y aumentan- do en tamaño hasta alcanzar la
talla colosal de los gliptodon- tes de la formación pampeana, conocidos con los
nombres de Sclerocalyptus, Panochtus, Doedicurus, y Gliptodon, cu- yos
esqueletos y corazas completas podréis ver en el Museo Nacional de Buenos Aires
y también en el Museo de La Plata. En estos animales el cráneo cubierto por un
casco en forma de boina ha tomado un contorno casi cúbico con grandes apófisis
cromáticas en forma de cuernos descendentes; la mayor parte de las vértebras se
han soldado entre sí, la coraza dorsal es de una pieza y carece completamente
de flexibilidad, la cola, muy gruesa y muy larga, consta de varios anillos mo-
vibles e imbricados los unos en otros, seguidos, excepto en el Glyptodon, por
un largo estuche o tubo terminal cilíndrico aplastado. En el género Doedicurus,
este tubo terminal tiene más de un metro de largo y se ensancha en su tercio
posterior de una manera extraordinaria tomando la forma de gigantesca clava. La
coraza de este género difiere de la de todos los otros gliptodontes y
armadillos con que no tiene escultura y externa, sino un considerable número de
grandes perforacio- nes que la atraviesan de parte a parte; en vida, esta
coraza estaba cubierta por el cutis, que a su vez estaba cubierto por una
epidermis de naturaleza córnea y de aspecto turbercular; las grandes
perforaciones que atraviesan la coraza daban paso a los vasos del sistema
sanguíneo destinados a nutrir la parte dérmica externa y a renovar las escamas
córneas epidérmicas que la cubrían. En el género Glyptodon la cola es gruesa y
muy corta: y su coraza protectora estaba constituida desde la base: casta la
punta por una sucesión de anillos embutidos unos en otros y armados de grandes
tubérculos cónicos que presentan la forma de trompos.
A1 exhumar estas corazas, se han encontrado
varias ve- ces en ellas vestigios d fiados por el hombre. En la llanura
argentina, las corazas de estos gigantescos Desdentados, sir- vieron de abrigo
y de refugio al hombre que fue su contem- poráneo.
X
LOS
DESDENTADOS SIN CORAZA
Los
Desdentados no acorazados, de los cuales en Sud América hoy sólo quedan vivos
los perezosos y el oso hormi- guero, fueron en las épocas pasadas
extraordinariamente nu- merosos. La casi totalidad de las especies fósiles
pertenecen a un grupo distinto y hoy extinguido, al que se ha dado el nombre de
gravigrados (Gravigrada) a causa del enorme ta- maño y el aspecto robusto y
pesado de los primeros que fue- ron conocidos. Pero este distintivo sólo es
propio de los últimos representantes del grupo; los más antiguos, que apa-
recen en la pacte medía de la formación Guaranítica, eran anímales muy
pequeños, del tamaño de las ratas y muy esca- sos. En la parte superior de la
misma formación, son algo mayores y más frecuente,, pero de formas
poco variadas. Otro unto puede
decirse de los de la formación Patagónica. En la formación Santacruceña, el
mayor número conserva todavía las pequeñas dimensiones de la épocas
precedentes, pero se multiplican en número extraordinario y adquieren una
variedad de formas verdaderamente asombrosa. Entre ellos aparecen ya diseñados
los precursores de los géneros pampeanos, pero ligados unos a otros por
graduales varieda- des intermedias que constituyen algo así como una reticula-
ción en todas direcciones. Los más grandes no eran de mayor tamaño que un
tapir. Los géneros que aparecen emparenta- dos con los más recientes y los
únicos que os mencionaré, son: Eucholoeps, que es el antecesor de Megalonys:
Hapa- lops; que es el antecesor de Nothropus y Nothrotherium y presenta
modificaciones de formas que varían al infinito; Prepotherium y Schismotherium.
que tienen algún parecido con el Megatherium; y Analcitherium que parece ser el
pre- cursor de los Milodontes y los Escelidoterios.
A partir
de la formación Santacruceña, los gravigrados disminuyen gradualmente en
variedad hasta reducirse a unos pocos géneros, pero adquieren en tamaño
proporciones cada vez más considerables.
Los
géneros Scelidotherium, Mylodon. Lestodon y Megatherium aparecen ya
constituidos en la formación Entre- rriana,
pero sólo en
las capas más
superficiales de la formación Pampeana adquieren el
extraordinario desarrollo que los ha hecho célebres. Los sobrevivientes de las
épocas anteriores son pocos, pero todos de gran tamaño y muy dis- tintos entre
sí.
Los
gravigrados de la época Pampeana son de cabeza alargada y más o menos
cilíndrica, con un aparato dentario parecido al de los perezosos actuales. Sus
miembros son cortos y sumamente gruesos, particularmente los posteriores, y
estaban armados de formidables uñas, algunas en forma de garras. La cola es de
un regular largor, pero muy gruesa y seguramente ayudábanse de ella para
sostener el cuerno.
Se ha creído que les gravigrados pampeanos se
levanta- ban sosteniéndose sobre los miembros posteriores y la cola y apoyaban
sus miembros anteriores en los troncos de los ár- boles para alimentarse de las
hojas y las ramas, y en esa posi- ción habréis visto representado el Megaterio
en muchos tratados de vulgarización científica. Ello importa, sin embar- go, un
grave error. En aquella época, en la llanura argentina no había árboles; y los
esqueletos más completos se encuen- tran en terrenos que fueron ciénagas y
bañados. Se alimenta- ban con la vegetación de la Pampa, que era entonces igual
a la que actualmente prospera en la llanura bonaerense.
Un género
de estos gravigrados, el Mylodon, presentaba una particularidad única entre los
mamíferos. Todo el cuerpo, desde la punta del rostro hasta la extremidad de la
cola y so- bre los miembros hasta encima de las mismas falanges un-
gueales, estaba protegido
por millares de
pequeños huesecillos dérmicos sumamente duros y compactos, pareci- dos a
lentejas y granos de café algo irregulares, embutidos en el espesor del cuero y
colocados unos al lado de otros como los adoquines de un empedrado. Además de
esta coraza protectora, estaban cubiertos por un tupido pelo, largo, grue- so y
duro como el . del oso hormiguero.
Parece
que un representante de este grupo vivió
hasta una época muy reciente, pues en algunas cavernas de la ex-
tremidad meridional de Patagonia se han encontrado huesos frescos todavía,
envueltos en carne seca y cueros conservan- do el pelo intacto y con su color
natural. Delante de vosotros tenéis un trozo de cuero de este animal que se
encuentra en un estado de conservación mucho más perfecto que muchos de los
cueros de los animales empajados de nuestros museos.
Es
absolutamente imposible que restos en este estado puedan ser de una época muy
remota. Relaciones de viajeros e historiadores: que hacen referencia a un gran
mamífero de Patagonia parecido al oso hormiguero y llamado Succarath que no
puede ser otro que el Neomylodon, confirman esta deducción.
XI
DISPERSIÓN
DE LOS DESDENTADOS
Sin dejar
de ser un grupo esencialmente sudamericano. los Desdentados tienen o tuvieron
escasos representantes en los otros continentes con excepción de Australia. El
pangolín (Manis) vive en Asía y África y se ha encontrado fósil en In- dia y
Europa. El Orycteropus, que es un armadillo sin coraza, vive en el continente
africano y se ha encontrado fósil en Europa, Asia y Madagascar. En el eoceno
superior de Francia se ha encontrado un verdadero armadillo acorazado: el Ne-
crodasypus, cercano de los antecesores guaraníticos del géne- ro santacruceño
Stegotherium.
Que todos
ellos descienden de los desdentados primitivos de Sud América, es indudable; y
sólo pueden haber llega- do al continente oriental pasando por sobre tierras
que se extendían sobre lo que hoy es el Atlántico y que ponían en comunicación
a África con Sud América. La existencia de este antiguo puente se prueba, no
tan sólo por los Desdentados, sino también por un considerable número de otros
ma- míferos de órdenes muy distintos que tienen representantes en uno y otro
hemisferio. Numerosos vertebrados de otras clases como también numerosos
invertebrados conducen al mismo resultado.
No me es
posible entrar en más detalles; y sólo puedo
deciros
que ese antiguo continente que extendíase desde África hasta Sud América,
existía durante los últimos tiempos de la época cretácea y que la separación
gradual de ambas masas continentales se inició al principio del eoceno.
La
determinación de la existencia de esa conexión es fundamental para el
conocimiento de la distribución geográ- fica de las faunas extinguidas, que, de
otro modo. se volvería inexplicable.
Los
únicos Desdentados actuales de Norte América son: una especie de mulita que de
Méjico al Sur se extiende por sobre casi toda América Meridional; y una especie
del género Bradypus que hacia el Norte alcanza hasta Nicaragua. Pero durante
las época Pliocena y Cuaternaria vivieron en Méjico y Estados Unidos
Desdentados gravigrados y gliptodontes, de los mismos géneros en el mayor
número de casos, parecidos en otros, a los que se encuentran en la formación
Pampeana de la Argentina. En el Cuaternario inferior y en el Plioceno de esos
países, se han encontrado géneros como Glyptothe- rium parecido a Glyptodon,
Paramylodon parecido a Milo- don, Megalonix parecido a Pliomorphus, y géneros
como Chlamydotherium, Glyptodon, Mylodon,
Megatherium, etc., que sonde los más característicos de nuestras formaciones
más recientes. Es evidentemente la misma fauna de la formación Pampeana que
invadió Norte América durante la época pliocena.
En las
formaciones norteamericanas anteriores a la parte superior del Mioceno no se
encuentran vestigios de Desden- tados. ¿Cuál es la causa? Es sencilla. Norte
América y Sud América estava completamente separadas por un mar que se extendía
de Este a Oeste a través de Panamá y Centro Amé- rica durante toda la época del
Cretáceo superior y durante la época Terciaría hasta el Mioceno superior. Ese
mar impidió que los mamíferos de Sud América pasaran a Norte América y
viceversa. Esta separación también puede
probarse con ejemplos tomados en todos los grandes grupos de la serie animal.
La determinación de la existencia de esta barrera oceánica entre ambas
Américas, es igual v mente funda-
mental para el conocimiento de la distribución geográfica de las faunas
extinguidas y la dirección que siguieron las antiguas emigraciones.
Es
cuídente que los Desdentados tuvieron su origen en Sud América. ¿De qué grupo zoológico
descienden? Es lo que no sabemos. Cuentan en el número de los más antiguos
mamíferos de este continente y tan lejos cuanto nos es posi- ble seguirlos en
las épocas pasadas, excepción hecha del ta- maño, presentan siempre los mismos
caracteres, sin que tampoco muestren
tendencia de acercamiento hacia algún otro grupo. Un armadillo del Cretáceo
antiguo y un armadillo de la época actual son fundamentalmente idénticos. Esto
parecería indicar que tuvieron un origen independiente de los demás mamíferos y
que probablemente descienden directamente de algún grupo extinguido de reptiles
que todavía nos es desconocido.
Es
creencia general que los actuales armadillos son los descendientes degenerados
de los antiguos gliptodontes, pero esa es una creencia equivocada.
En el
camino de la evolución, los seres siguen siempre aumentando de talla hasta que
mueren por exceso de desa- rrollo. Cumplen precisamente veinte años desde el
día en que, contra la creencia general, afirmé que los gliptodontes descienden
de los armadillos y que algún día éstos serían ha- llados en terrenos mucho más
antiguos que los que contienen los restos de aquellos. Así ha sucedido. Los
armadillos son antiquísimos y los gliptodontes relativamente muy recientes.
Hacía los
últimos tiempos de la época cretácea, el tamaño de algunos armadillos empezó a
aumentar gradualmente; y durante la época terciaria las escamas de la coraza
fuéronse soldando paulatinamente entre sí hasta formar una coraza sólida de una
resistencia inmensa; conjuntamente con este cambio, las muelas iban haciéndose
más complicadas, el crá- neo se transformaba en una masa cúbica, soldábanse
unas a otras las vértebras del tronco, formándose un largo tubo dor- so lumbar
inflexible como la coraza . y el armadillo apareció transformado en
gliptodonte.
En otros
armadillos primitivos de la época cretácea, las escamas óseas de las corazas
fuéronse atrofiando gradual- mente hasta desaparecer, desarrollándose en cambio
el siste- ma piloso; los
dientes disminuyeron en
número y aumentaron en grosor; el
cráneo tomó una forma cilíndrica, y, diversificándose, aumentaron gradualmente
de talla hasta concluir en los gigantescos gravigrados de la época Pampea- na,
entre los cuales, por su mole enorme, sobresale el Mega- terio.
XII
EL GRUPO
DE LOS SARCOBOROS
En la
naturaleza actual, hay dos mamíferos de un as- pecto muy parecido, que la
clasificación usual separa por un abismo: el perro y el tilacino. El perro o
género Canis, es el tipo del orden de los carnívoros (Carnívora) ; y el
tilacino (Thylacynus ) es el tipo del orden de los marsupiales poli-
protodontes (Poliprotodonta) ; en la disposición sistemática se coloca a los
primeros casi al principio de la serie y a los segundos casi al fin.
Entre
Canis y Thylacynus, la principal deferencia con- siste en que el primero ha
llegado al estadio placentario mientras que el segundo atraviesa por el estadio
marsupial. En el resto de la organización. las diferencias son pequeñas, siendo
la más notable quizá la que ofrece el sistema dentario. De las cíete muelas
inferiores, en Canis y los carnívoros pla- centarios en general, la quinta es
mis grande que las otras, comprimida lateralmente y de forma cortante, por cuya
razón se le ha dado el nombre de muela carnicera. En Thylacynus y los
poliprotodontes en general, hay cuatro muelas inferiores: cuarta, quinta, sexta
y séptima, que tienen la misma forma cortante como la quinta o muela carnicera
de los carnívoros placentarios.
*
Cuando se
estudia la naturaleza muerta, estas diferencias desaparecen y una interminable
serie de formas hoy extingui- das une a los carnívoros placentarios con los
carniceros mar- supiales en una forma tan gradual e ininterrumpida que no es
posible decir dónde terminan los unos y dónde empiezan los otros. Ese libro,
constituido por las capas geológicas de nuestro suelo, ya desde sus primeras
hojas confirma mis pre- visiones estampadas en Filogenia y nos enseña los
errores fundamentales sobre los cuales reposa la actual disposición sistemática
de los mamíferos. La distinción entre placentarios y marsupiales, sólo nos
índica el estadio de evolución alcan- zado en el grado de viviparicidad: pero
esa distinción aplicada a la división de los mamíferos en dos grandes
subclases, constituye un grave error, por cuanto levanta barreras infran-
queables que nos impiden reconocer el estrecho parentesco que existe entre
animales de una organización tan funda- mentalmente idéntica como la del perro
y el tilacino.
Carnívoros
marsupiales y carnívoros placentarios constituyen un sólo gran grupo zoológico:
el de los Sarcoboros (Sarcobora) . que quiere decir comedores de carne. Este
gran orden comprende siete subórdenes o grupos subordinados, cinco existentes y
dos extinguidos. Los subórdenes existentes son: los Carnívoros (Carnívora), los
Pinipedios (Pinnipedia) , los Insectívoros (Insectivora) , los Dasiuros
(Dasyura) o car- niceros marsupiales de Australia, (Pedimana) o carniceros
marsupiales de América, conocidos vulgarmente con el nom- bre de comadrejas.
Los subórdenes extinguidos son los Esparasodontes (Sparassodonta) y los Creodontes
(Creodonta) llamados también subdidelfos.
Los
Pedimanos o comadrejas, que en el día son exclusi- vos de América, son los de
organización más primitiva entre los actuales Sarcoboros y también los que se
remontan a una mayor antigüedad.
La
historia paleontológica de estos pequeños seres, es, en verdad. sorprendente.
De los órdenes en el día existentes son los más antiguos mamíferos que se
conocen. En la Argentina aparecen en el Cretáceo antiguo, debajo de la
formación Guaranítica, representados por el diminuto Proteodidelphys, que
apenas se distingue de los pequeños didelfis existentes y abundan después en
todas las formaciones hasta la época actual. De Sud América pasaren al
continente oriental, en- contrándose fósiles en Europa desde el Eoceno hasta el
Mio- ceno; y alcanzaron a Norte América en el Mioceno, para extinguirse en el
Mioceno, volviendo a invadir este último continente directamente desde Sud
América en tiempos geológicos muy recientes. Los de la época Cretácea y la ma-
yor parte de los del Terciario antiguo en las formaciones Pa- tagónica y
Santacruceña, constituyen un grupo conocido con el nombre de Microbioterios
(Microbiotheridae) a causa de su excesiva pequeñez y encuéntrense también en el
Cretáceo superior de Norte América; se distinguen de los didelfideos existentes
sobre todo por la región incisiva extremadamente larga.
Este tipo
primitivo ha presenciado todas las grandes re- voluciones y enormes cambios
geológicos que se han produ- cido desde el principio de la época Cretácea; ha
asistido a la aparición sucesiva de todos los grandes grupos de mamíferos: ha
sido testigo de la formación gradual de grandes órdenes que llegaron al apogeo
de su desarrollo en forma de gigantes y luego desaparecieron; ha presenciado un
cambio continuo de la superficie de la tierra y de los seres que la poblaban;
y, ea medio de ese perpetuo movimiento, sólo él ha permaneci- do inmóvil,
siendo hoy lo que era hace cientos de miles de años. Didelphys, esa especie
enana de aspecto tan insignifi- cantes es, por su vejez, el más venerable de
los mamíferos, y abrigando su débil prole en los pliegues de su misma piel, en
el marsuptum, para darle calor y vida, preservarla de las ase- chanzas externas
y perpetuar la especie es, en la Naturaleza, el más perfecto emblema del amor
materno, el más elevado, el más noble y el más santo.
Los
Insectívoros constituyen un grupo de Sarcoboros de aspecto casi tan primitivo
como el de los Pedimanos. En nuestra época no tienen ningún representante en
Sud Améri- ca, pero los tuvieron en las épocas pasadas. A este grupo pertenece
el género Necrolestes, característico de la forma- ción Santacruceña. Por lo
que se refiere a su conformación, me basta deciros que es sumamente parecido al
Chryso- chlorys actual del África del Sur, proporcionando así una nueva prueba
de la antigua comunicación entre ambos conti- nentes.
Los
Esparasodontes constituyen otro suborden de Sar- coboros de caracteres
primitivos y próximos a los Pedima- nos: están completamente extinguidos, y
hasta ahora sólo se han encontrado fósiles en el territorio argentino.
Presentan una mezcla de caracteres propios de los Dasiuros o carniceros
marsupiales y de los Carnívoros placentarios y Creodon- tes. Se aproximan a los
Dasiuros por el ángulo mandibular invertido y por las cuatro últimas muelas
cortantes; se acercan a los Creodontes por la forma del cráneo y del astrágalo
y también por el modo de reemplazamiento de la dentadura, que es como en los
Carnívoros, acercándose además a estos últimos y a los Creodontes por la
ausencia de huesos marsu- piales. Los había desde el tamaño de un hurón hasta
el de los más gigantescos osos. Aparecen en la parte media de la for- mación
Guaranítica, adquieren su mayor desarrollo en la formación Santacruceña y se
extinguen en la formación En- trerriana. Los géneros conocidos de ese grupo son
muy nu- merosos y sólo mencionaré unos cuantos de los más grandes o que
presentan particularidades notables.
E1
Arminiheringia, de la parte media de la formación Guaranítica, era un carnicero
del tamaño de un tigre, pero con caninos de un largo extra, ordinario, sólo
comparable al de los roedores, decrecimiento continuo e implantados en alvéolos
sumamente profundos: las muelas superiores quinta y sexta tenían la forma de
cuchillas. Proboryaena, de la parte más superior de la misma formación, era de
tamaño mucho mayor, pues alcanzaba las. proporciones del oso blanco ac- tual,
pero tenía los caninos de forma más normal, más cortos y notablemente más
gruesos.
Pseudoboryaena,
del Patagónico; y Borhyæena, del San- tacruceño, son grandes carniceros, de
cráneo muy corto y muy ancho, como los tigres, a los cuales debían ser iguales
en ferocidad, pero con un esqueleto mucho más robusto. Las especies más
pequeñas eran del tamaño de un puma, pero las más grandes eran dos veces más
corpulentas que un león. Algunas especies poseían vacuidades paulatinas como
los Dasiúridos.
El
Pseudothylacynus del Patagónico y el Prothylacynus del Santacruceño eran de la
talla y proporciones de un lobo pero de una conformación muy parecida al
tilacino actual de Australia.
El
Procladosictis de la parte superior de la formación Guaranítica; el Cladosictis
de la formación Patagónica; el Amphiproviverra, el Hathylacynus, el Sipalocyon
y varios otros de lo formación Santacruceña presentaban el mismo aspecto,
tamaño y proporciones que los zorros actuales a los que también se parecían por
la forma alargada del cráneo.
*
Los
Creodontes, carniceros primitivos que tanto!
abun- dan en el terciario antiguo de Europa, no tienen represen- tantes
en las formaciones correspondientes de la Argentina anteriores al Oligoceno,
pero se han descubierto restos de ellos en las formaciones Entrerriana y
Araucana; esos restos indican animales de la misma familia que el Hyaenodon de
Europa y Norte América, que es un género que precisamente se encuentra en
formaciones de edad más o menos equiva- lente. E1 parecido no se limita sólo a
la dentadura, sino tam- bién a todas las demás partes del esqueleto; y el
astrágalo presenta en la parte posterior de la troclea articular la misma
perforación característica de los Creodontes del hemisferio Norte.
Los
Pinipedios fósiles son escasos. Conócense algunos restos a partir de la
formación Entrerriana y se parecen a los géneros actuales de la costa
argentina: Otaria y Arctocepha- lus, presentando, sin embargo, curiosas
desviaciones hacia el tipo de los antiguos Esparasodontes.
*
Los
verdaderos Carniceros placentarios terrestres, que constituyen el suborden de
los carnívoros, son relativamente muy recientes; pero en la formación
Entrerriana y en la base de la formación Araucana, aparecen, sin embargo,
algunos géneros como Cyonasua aliado de Nasua actual; Notamphi- cyon aliado de
Amphicyon del Mioceno de Europa, Proarctotherium antecesor de Arctotherium,
etc., que forman un grupo que no tiene antecesores aquí. No vinieron de Norte América porque ésta se encontraba
entonces separada de Sud América por un ancho mar, y también por otra razón más
decisiva, y es que no hubo allá anímales parecidos al Arctotherium hasta una
época muy reciente, durante la cual penetraron en Norte América como emigrantes
de la fauna pampeana que acompañaron a los milodones y los glipto- dontes en su
larga peregrinación hacia el Norte al través de Panamá y la América Central.
Los
verdaderos aliados de los Subúrsidos, Anfictiónidos y Arctoterios fósiles de la
Argentina, se encuentran en el Oli- goceno superior, en el Mioceno y en el
Plioceno de Europa y Asia. La única explicación plausible es que hayan llegado
pa- sando por sobre tierras que durante el Oligoceno superior formaban un
puente más o menos contiguo entre África y Sud América. Esta conexión fue de
corta duración, pero su existencia se prueba de un modo evidente por medio de
un considerable número de tipos vertebrados, que durante el Oligoceno y el
Mioceno existían a la vez en Sud América y en Euroasia, pero durante la misma
época no tenían represen- tantes en Norte América. Con todo, hay que tener
siempre especial cuidado en no confundir esta conexión pasajera, que existió
hacia el fin del Eoceno o al principio del Neoceno, con 1a otra conexión mucho
más antigua: más completa y de muchísima mayor duración, formada por el gran
continente que durante la época Cretácea extendíase de Este a Oeste, uniendo
ambos continentes, africano y sudamericano, en una sola masa continental.
Recién
durante la época Pampeana y después de unirse ambas Américas, es cuando los
carnívoros de los demás ti- pos, bajando de Norte a Sur a través del istmo,
llegaron a nuestras pampas, en cuyo limo se encuentran los restos de todos los
géneros que actualmente existen en nuestro territo- rio, aunque representados
por especies distintas. Encuéntrase también un género extinguido sumamente
notable: el Smilo- don, que es una especie de tigre más robusto que el leen de
Africa y armado de un par de caninos sumamente largos, muy comprimidos
lateralmente, arqueados temo una hoz y de bordes cortantes y dentellados como
una sierra. Se supone que con tan formidables armas daba muerte a los
gliptodon- tes, hendiendo y aserrando sus corazas con gran facilidad.
Otro
género extinguido muy notable de la formación Pampeana es
el Arctotherium. que es el
descendiente del Proarctotherium de la formación Entrerriana. Es un
animal parecido a un oso, pero de cráneo más ancho y más above- dado, de rostro
sumamente corto y tan corpulento como un buey: con todo, sus grandes muelas
cuadradas y de corona mamelonada, indican claramente que no era muy feroz ni
muy carnicero tampoco. Pararctotherium, de la misma for- mación, era de rostro
todavía más corto.
El
desarrollo filogenético de los Sarcoboros es así muy fácil de seguir, pues
coincide admirablemente con la sucesión geológica y con la dispersión o
irradicción geográfica de los distintos subórdenes. Os lo trazaré a grandísimos
rasgos.
Constituyen
su tronco los microbioteros, que son los más imperfectos y más antiguos. De
éstos, unos se conserva- ron apenas sin variar a través de todas las épocas y
constitu- yen los Didélfidos (Didelphydae) actuales. Otros perdieron el estado
marsupial, conservando casi todo el resto de la organi- zación primitiva y
constituyen el suborden de los Insectívo- ros. Una rama desprendida del mismo
tronco conservó el estado marsupial, pero el tamaño de sus representantes au-
mentó gradualmente; se hicieron gradualmente más carnice- ros; las cuatro
últimas muelas de cada rama mandibular tomaron la forma de hojas cortantes y
constituyeron el sub- orden de los Dasiuros de la región australiana. Lee la
misma base que la precedente se desprendió otra rama cuyes repre- sentantes
transformaron también las cuatro últimas muelas de las ramas mandibulares en
hojas cortantes, pero con erra- ron la inversión del ángulo mandibular y
perdieron el estado marsupial formando el grupo de los Esparasodontes del
Cretáceo y del Terciario antiguo de la Argentina. De estos
Esparaodontes, unos, buscando de preferencia
sus presas en el elemento acuático, transformaron gradualmente sus miem- bros
en remos y formaron el orden de los Pinipedios. Otros, pasan por sobre el
continente cretáceo de Sud América al continente oriental, perdieron la
inversión del ángulo mandi- bular y se transformaron allí en el grupo de los
Creodontes. que invadió luego a Norte América, pero no pasaron a Sud América a
causa de la barrera oceánica que se interponía en- tre ambas. Los Creodontes
más recientes de las formaciones Entrerriana y Araucana, penetraron en Sud
América por el puente oligocénico acompañando a los Subúrsídos y Úrsidos
primitivos Los Creodontes conservaban todavía en las ramas mandibulares, unas
cuatro muelas cortantes y otros tres; estas muelas empezaron a diferenciarse;
una de ellas, la quinta, que es la única que conservó la forma cortante, se
hizo mucho más grande; las dos posteriores se volvieron más pequeñas y
tuberculosas y los Creodontes se transformaron así en Carní- voros. Ese cambio
se efectuó en el hemisferio boreal a me- diados de la época terciaria, y de
Norte América invadieron a Sud América durante la época Pliocena, pasando por
sobre el puente que acababa de surgir.
*
Los
Diprotodontes (Diprotodonta) constituyen un gran superorden de mamíferos, los
más elevados de los cuales han alcanzado al estadio de placentarios, mientras
que los demás atraviesan por el estadio marsupial. E1 carácter distintivo que
los separa netamente de los demás Unguiculados es el de poseer en la parte
anterior de la mandíbula un par de grandes incisivos hipertrofiados, a menudo
opuestos a un par de inci- sivos superiores de la misma forma y tamaño. Los
demás incisivos y los caninos son rudimentarios o faltan por com- pleto. El
intermaxilar es muy grande y la fosa nasal anterior es siempre terminal hacia
adelante.
Se
dividen en tres grandes órdenes: los Hipsiprinoideos (Hypsiprymnoidea).
los Plagiaulacoidios (Plagiaulacoidea) y
los Roedores (Rodentia).
Los
Hipsiprinoidios, que comprenden todas las formas australianas, como los
canguros (Macropus, Bettongia e Hypsipyrymnus) pasan por el estadio marsupial,
tienen los miembros posteriores más largos y más fuertes que les ante- riores y
siempre sindáctílos, esto es: con los dedos segundo y tercero del pie muy
pequeños y ambos envueltos hasta la base de las unas en un mismo estuche
cutáneo.
Los
Plagiaulacoidios son diprotodontes marsupiales que tienen los cuatro miembros
más o menos iguales y les poste- riores sin vestigios de sindactilismo. Es un
grupo casi total- mente extinguido.
Los
Roedores se distinguen fácilmente de todos los de- más driptodontes por
encontrarse en el estadio de placenta-
rios.
La
diferencia entre los Roedores y los Hipsiprinoidios australianos es sin duda
considerable, pero los Plagiaulacoi- dios extinguidos forman una serie
continua, uno de cuyos va a confundirse con los Hipsiprinoidios, mientras que
el otro pasa gradualmente a los Roedores.
Los Diprotodontes quedan así perfectamente
delimita- dos sin que puedan confundirse con ningún otro grupo.
De los
Hipsiprinoidios no hay vestigios en nuestro suelo, pero se encuentran restos de
Plagiaulacoidios.
Entre los
descubrimientos paleontológicos de los últi- mos quince años, uno de los más
importantes es sin duda el hallazgo de restos fósiles que prueban que en el
territorio argentino vivieron numerosos diprotodontes de formas va- riadísimas,
muchos de los cuales sólo se distinguen de los australianos por no presentar
vestigios de sindactilismo. To- dos eran pequeños, del tamaño de huchas; los
más grandes alcanzaban el tamaño de una comadreja común. Aparecen en la
formación Guaranítica: adquieren su mayor desarrollo en la formación
Santacruceña y se extinguen en la formación en- trerriana.
Son tan
numerosos que sólo mencionaré las familias y el género o géneros más típicos de
cada una.
Los
Polidolopidios (Polydolopidae) se distinguen por mudas rectangulares con dos
filas longitudinales de tubércu- los en las inferiores y tres en las superiores
y la muela inferior hipertrofiada. El género típico, Polydolops, de la
formación Guaranítica, se parece a Meniscaessus del Cretáceo superior de
América del Norte. Los Promisopidios (Promysopidae) de la misma formación,
cuyos géneros típicos Promysops y Pro- polymastodon, son parecidos a
Polymastodon del Eoceno inferior de Norte América. Eomannodon y Anissodolops
forman parte de la familia de los Neoplagiaulacidios (Neopla- giaulacidae) ,
cuyos representantes más típicos se encuentran en el Eoceno inferior y en el
Cretáceo superior de los Estados Unidos y en el Eoceno inferior de Francia. Los
Abderiti- dae tienen muelas cuadrangulares y la cuarta inferior suma- mente
grande, cortante y rayada verticalmente; el género típico: Abderites se
encuentra en las formaciones patagónica y Santacruceña. Los Epanortidios
(Epanortidae) se distin- guen de los
anteriores por la muela cuarta más pequeña y no rayada y las muelas siguientes
con dos crestas en arco de cír- culo; es la familia más numerosa; aparece en el
horizonte Piroteriense de la formación Guaranítica y adquiere su mayor des
arrollo en el Santacruceño, en el cual predomina el géne- ro Epanorthus. Los
Garzonidios (Garzonidae) son diproto- dontes con muelas de una configuración
parecida a las de los Didélfidos o comadrejas; se extienden desde la formación
Guaranítica hasta la Santacruceña; el género típico Garzonia es de esta última
formación, así como también el curioso Stilotherium. El diminutísimo Zygolestes
de la formación Entrerriana, que es el último que desaparece de nuestro sue-
lo, tenía muelas con crestas transversales como los diproto- dontes australianos.
Hasta
hace poco, los Plagiaulacoidios eran considerados como un orden completamente
extinguido. Fue, pues, una gran sorpresa para los zoólogos, el descubrimiento
hecho últimamente en Colombia de un plagiaulacoidio vivo, del tamaño de una
pequeña rata, al que se ha dado el nombre de Coenolestes y constituye el tipo
de una familia en la cual en- tra también el Zygolestes de la formación
Entrerriana.
XIII
LOS
ROEDORES
Un
distintivo característico de la fauna mastológica ac- tual de Sud América es el
considerable número de Roedores que contiene.
Como es
bien sabido, este orden se divide en cuatro grandes grupos: los Lagomorfos
(Lagomorpha), los Esciu- romorfos (Sciuromorpha), los Miomorfos (Myomorpha) y
los Histricomorfos (Hystrichomorpha) .
Los
Lagomorfos, que comprenden a las liebres y los co- nejos se distinguen de todos
los demás roedores por poseer dos pares de incisivos superiores en vez de uno,
por cuya razón lleves también el nombre de duplicidentados. Son abundantes en
Euroasia y Norte América, y escasísimos en Sud América, donde penetraron en
época reciente, viniendo del Norte por sobre el puente pliocénico.
Los
Esciuromorfos es el grupo que comprende a las ardillas; son numerosísimos en
Euroasia, África y Norte Amé- rica, pero escasos en Sud América, donde
penetraron en la misma época y por el mismo camino que los Lagomorfos. Unos y
otros, Lagomodos y Esciuromorfos, recién aparecen fósiles en las capas más
superficiales de la formación Pam- peana.
Los
Miomorfos son los ratones con todas sus múltiples variaciones; y se distinguen
fácilmente de los demás Roedores por tener tan sólo tres muelas en cada lado de
cada mandí- bula. Abundantísimos en Norte América y en el continente oriental,
donde ya se encuentran fósiles a partir del principio de la época Oligocena,
recién pudieron penetrar en Sud Amé- rica, viniendo también de la del Norte,
durante la época Plio- cena. A pesar de su llegada relativamente muy reciente,
los Miomorfos se han multiplicado en América del Sur de una manera
extraordinaria dando origen a un gran número de géneros con numerosísimas
especies. Ningún rincón habita- ble ha quedado libre de tan prolífica plaga,
pues encuéntranse hasta en los más inhospitalarios islotes del archipiélago
Fue- guino. Aparecen fósiles en la misma base de la formación Pampeana,
comprendiendo numerosas especies y muchos géneros extinguidos, de los cuales no
veo la utilidad de recor- daros los nombres poco eufónicos con que han sido
bautizados.
Los
Histricomorfos son roedores parecidos a los Esciu- romorfos, de los cuales, en
la Naturaleza actual, se distinguen por la pequeña perforación que en el cráneo
de los mamífe- ros se encuentra colocada delante de la órbitas y lleva el
nombre de agujero suborbitario; esta perforación es, en los Histricomorfos, de
un tamaño excesivamente grande, a me- nudo mayor que el de las mismas órbitas.
Son los Roedores verdaderamente característicos de nuestro continente y de
evidente origen sudamericano, pues aparecen en la parte más superior de la
formación Guaranítica representados por for- mas pequeñas y poco
especializadas, cuyo desarrollo y diver- sificación puede seguirse luego paso a
paso hasta la época presente.
Los
raquíticos Roedores del horizonte Piroteriense que constituyen el extinguido
grupo de los Cefalómidos (Cepha- lomydae) reúnen, aunque mal esbozarlos, los
caracteres ele todas las familias de Histricomorfos más recientes, terciarias y
actuales, conocidas hasta ahora. En la formación patagónica ya pueden
distinguirse perfectamente caracterizados los gru- pos actuales de loso puercos
espines como Hystrix y Coendu, representados entonces, entre otros, por el
género Steiromys y el grupo de las vizcachas, representado por el género Peri-
mys. En la formación Santacruceña ya aparece bien definido el grupo de los
Miocastúridos (Myocastoridae), cuyo único sobreviviente actual es Myocastor,
vulgarmente conocido con el nombre de nutria, pero que en las épocas pasadas
tuvo numerosos representantes. En la misma formación aparecen los subungulados
o Cávidos representados por los Eocárdi- dos (Eocardinae), una subfamilia
completamente extinguida, que, en la formación Entrerriana, se transforma en
los verda- deros Cávidos (Cavidae) entonces con formas variadísimas, hoy todas
extinguidas, que fueron reemplazadas en la forma- ción Araucana por otras
distintas, hoy igualmente desapare- cidas.
Los géneros actuales
Cavia, Dotichotis e H
ydrochcprus recién hacen su aparición. en la formación Pam- peana. El grupo de
los Octodóntidos (Octodontidae), ac- tualmente bastante numeroso, alcanzó su
mayor desarrollo en la formación Araucana, donde cuenta con un gran número de
representantes, hoy todos, extinguidos.
Sería
para vosotros demasiado fastidioso y sin objeto oír el inacabable rosario de
nombres raros aplicados a todos esos animales de los cuales quizá hay en
nuestro suelo unos cien géneros extinguidos; por manera que sólo os diré des
pala- bras sobre los grandes Roedores que fueron y parecen ser todavía una
especialidad de nuestra turra, o, por lo menos, el lugar donde han adquirido y
adquieren su máximo desarrollo.
Es, en
efecto, cosa muy sabida que los Roedores son en todas partes anímales
relativamente pequeños. La única ex- cepción la constituye el carpincho de
nuestros ríos, el cual, completamente adulto, adquiere proporciones que se
apro- ximan a las del tapir. Durante la época Pampeana hubo car- pinchos de
tamaño doble más grande que el de los actuales. Hubo roedores todavía mayores.
En la formación, Entrerria- na se encuentran los Megamys, roedores de forma
parecida a la de las actuales vizcachas, pero que alcanzaban la corpulen- cia
de bueyes e hipopótamos.
*
Los
Histricomorfos, por su desarrollo paleontológico y su irradiación geográfica,
constituyen uno de los grupos de mayor importancia.
Las
familias de los Histricidios y de los Octodóntidos, tienen numerosos
representantes en el continente Oriental y los primeros se encuentran fósiles
en Europa a partir del Oli- goceno. Son escasos en América del Norte y en ella
no se encuentran en ninguna de las formaciones anteriores al Plio- ceno. Luego,
en este caso, es absolutamente evidente que los Histricomorfos no llegaron al
continente Oriental pasando por América del Norte; primero, porque ambas
Américas estaban separadas; y segundo, porque durante las épocas Oli-
gocena y
Miocena no había
roedores Histricomorfos en Norte
América. Pasaron, pues.
a Euroasia marchando
al, Oriente por sobre el puente Oligocénico que a través del Atlántico
unía a Sud América con África. Norte América recibió de Sud América sus escasos
Roedores Histricomorfos actuales y cuaternarios, pasando por sobre el mismo
puente que los grandes Desdentados acorazados y gravigrados de la misma época.
Más
significativa es todavía la existencia en Europa, du- rante el Oligoceno y el
Mioceno, de Roedores como Theci- domys, Archceomis, Issiodoromys, Nesocerodon y
otros, los dos primeros de los cuales pertenecen a las familias sudame- ricanas
de las vizcachas y los dos últimos a la de las Gavias, presentando un
extraordinario parecido con géneros de las formaciones Patagónica y
Santacruceña. No hay en Norte América absolutamente ningún representante, ni
actual ni extinguido de esas familias, por lo cual es igualmente forzoso
reconocer que pasaron al continente Oriental por sobre el mismo puente
oligocénico mencionado.
*
Por lo
que se refiere a la evolución filogenética, los Di- protodontes descienden de
los Sarcoboros más primitivos. Ya os he dicho que los Garzúnidos, que son los
más imper- fectos de los Diprotodontes, tienen muelas parecidas a las de los
Didélfidos y Microbioterios.
En un
grupo de Microbioterios primitivos, el par de incisivos internos empezó a tomar
un mayor desarrollo que los externos, al mismo tiempo que empezó a disminuir el
tamaño de los caninos y dientes contiguos. Los incisivos externos, los caninos
y las primeras muelas se atrofiaron gradualmente, mientras que los dos
incisivos internos inferiores alcanzaron un tamaño considerable sin que hubiera
cambio sensible en las cuatro muelas posteriores. Constituyóse así el suborden
de los Paucituberculados (Paucitubsrculata) que tanto abundan en el Cretáceo y
el Terciario de Sud América y tienen igual- mente escasos
representantes en el
Cretáceo superior de Norte América. Forman parte de este
suborden las familias de los Garzonidae, Abderinda; Epanorthidae y Cænolestidæ
.
En una
rama de los Paucituberculados, los tubérculos de las cuatro muelas posteriores
se dispusieron de modo que constituyeron muelas con coronas provistas de dos
crestas transversales. En el pie, los dedos segundo y tercero se hicie- ron más
pequeños y delgados, se aproximaron uno a otro y ambos quedaron envueltos por
la piel hasta la base de las uñas se volvieron sindáctilos y constituyeron el
orden de los Diprotodontes Hipsiprinoideos, que es exclusivo de Australia.
De esos
mismos Paucituberculados primitivos se des- prendió otro grupo, en el cual los
tubérculos de las mueras posteriores fueron aumentando gradualmente en número,
alineándose en dos o tres hileras longitudinales, separadas por surcos
profundos. Estos constituyeron el suborden de los Diprotodontes Aloterios
(Allotheria) o multituberculados (Multituberculata) hoy extinguidos todos y que
vivieron prin- cipalmente durante la época mesozoica en la Argentina. Eu- ropa
y Norte América. Constituyen este suborden las familias de los Plagiaulacidae,
los Polydolopidae, los Neoplagiaulaci- dae, los Polymastodontidae y los
Promysopidæ.
En una familia de este suborden, la de los
Promisopidios del cretáceo superior de la Argentina, los dos incisivos inter-
nos superiores se desarrollaron a expensas de los laterales hasta alcanzar el
mismo tamaño de los opuestos inferiores; unos y otros perdieron la raíz, se
transformaron en dientes de crecimiento continuo y tomaron una forma
escalpriforme. Estos Promisopidios, pasando después del estadio marsupial al
estadio placentario, se transformaron en el gran orden de los Roedores que
viven hoy en todas las grandes regiones habitables de la Tierra.
XIV
LOS
QUIROPTEROS
Un orden
de Mamíferos, completamente aislado e incon- fundible con otros, es el de los
Quirópteros (Chiroptera) o murciélagos. Por su aparato dentario parecen ligarse
a los Sarcoboros, pero la forma de los miembros y las funciones que desempeñan
los aíslan de ellos de un modo absoluto. Foco puedo decíros sobre ellos, pues
hasta ahora no se co- nocen fósiles en nuestras formaciones, lo que constituye
un hecho raro e inexplicable. pues han sido encontrados en las formaciones
Eocenas de Europa y Norte América. Esos restos, a pesar de su gran antigüedad
relativa, indican tipos idénticos a los actuales, lo que prueba que se trata de
un gru- po que debe haberse aislado en época geológica sumamente remota.
XV
LOS
SIRENIOS
Otro
orden que por su aislamiento es comparable al de los murciélagos, es el de los
Sirenios (Sirenia) o lamantines. Por el aparato dentario se acercan a los
Ungulados, pero todo el resto de la conformación es totalmente distinto. Se
cono- cen fósiles del Eoceno de Europa y África, pero se parecen a los géneros
que aún existen y no proporcionan indicaciones precisas sobre el origen
probable de ellos.
En la
Argentina se ha encontrado un género extinguido en la formación Entrerriana.
Lleva el nombre de Ribodon y su mayor parecido es con el género Manatus que
vive en la embocadura de los grandes ríos de África occidental y Amé- rica
oriental, en la costa marítima oriental de Sud América y en la occidental de
África. Los lamantines no se alejan de la zona litoral. La presencia del mismo
género en las opuestas orillas del Atlántico, índica claramente que pasaron de
África a Sud América emigrando a lo largo de una costa desapareci- da: la costa
septentrional de ese mismo puente Oligocénico, por sobre el cual pasaron los
mamíferos terrestres.
XVI
LOS
UNGULADOS
Pasemos
al gran orden de los Ungulados.
En la
Naturaleza actual están representados por cinco subórdenes. El de los
Proboscidios (Proboscidea) o elefantes;
los
Perisodáctilos (Perissodactyla) o imparidigitados, como el tapir; los Artiodáctilos
(Artiodactyla) o paridigitados, como los rumiantes; los Hipoidios (Hippoidea) o
solidúngulos, co- mo el caballo; y el de los pequeños Hiracoidios (Hyracoidea)
de aspecto externo parecido al de los Roedores, como el hyrax.
Exceptuada
Australia, Sud América es hoy la región más pobre en Ungulados. No tomando en
cuenta los importados, los indígenas de este continente redúcense: al tapir
entre los imparídígitados; y a los guanacos, algunos ciervos y el dicoti- les o pecarí entre los paridigitados. Nada más.
No
ocurría lo mismo en las épocas pasadas; y! no puede
haber
mayor contraste al respecto, pues Sud América es pre- cisamente la región de la
Tierra en la cual hubo mayor núme- ro de Ungulados y de los más variados tipos.
Los mismos tres subórdenes de los Proboscidios. Hiracoidios e Hipoidios, que en
la época de la conquista no formaban parte de la fau- na sudamericana, tuvieron
aquí, en otras épocas numerosísi- mos representantes.
Además de
los cinco subórdenes de mamíferos Ungula-
dos existentes
mencionados conócense ocho
subórdenes, hoy completamente extinguidos. De éstos, cuatro: los tilo-
dontes (Tillodonta) . los Ancilópodos (Ancylopoda); los Am- blípodos
(Amblypoda) y los Condilartros (Condylarthra) se conocen fósiles de Europa y
Norte América pero todos tu- vieron un mayor número de representantes en
nuestro terri- torio Los otros cuatro subórdenes extinguidos: los Protungulados
(Protungulata) , los Tipoterios (Typotheria) ,
los
Toxodontes (Toxodontia) y los Litopternos (Litopterna), hasta ahora son
exclusivos de Sud América.
Quiere
decir que en Sud América vivieron numerosos Ungulados de todos los subórdenes
que vivieron o viven en las distintas regiones de la tierra, y además un
considerable número de otros pertenecientes a subórdenes que le son ex-
clusivos.
Importa
una prueba concluyente de que Sud América
fue su
punto de erigen y el centro de su primitivo desarrollo e ir radiación Esto da
una clara idea de la grandísima importan- cia de las investigaciones
paleontológicas :efectuadas durante los últimos años y que ahora se prosiguen
con muchísima mayor actividad.
Los
Protungulados son mamíferos muy pequeños, del
tamaño de
las huchas y las ratas, muy cercanos de los Di- délfidos y más todavía de los
Microbioterios. cuya misma fórmula dentaría tienen, pero las muelas son de
corona baja y mamelonada como en los Ungulados más primitivos. Sus restos se
encuentran limitados a la parte media e interior de la formación guaranítica.
El género típico es Caroloameghinia. Son Microbioterios modificados, en los
cuales las cúspides agudas de las muelas, apropiadas para el régimen
insectívoro, se.,; hicieron más romas, adaptándose a un régimen omnívo- ro. Las
cuatro muelas posteriores de las ramas, mandibulares tomaron la misma forma
cuadrangular y tuberculosa; peso las tres anteriores conserva¡ ron la misma
forma simple que en los microbioteros. Los dedos debían llevar uñas arqueadas y
comprimidas como los Pedimanos. De estos Protungulados
salieron,
como las ramas de una misma mata, los distintos grupos de Ungulados.
Una de
las primeras ramas aisladas de este tronco común fue el suborden de los
Tilodontes. Por el tamaño eran com- parables a , los Roedores, variando más o
menos en los mis- mos límites. Las muelas tomaron un contorno triangular y los
tubérculos se unieron entre sí, adaptándose las coronas a un régimen herbívoro.
Los caninos se atrofiaron y los incisivos internos se hicieron más grandes a
expensas de los laterales, con un aumento correspondiente en el tamaño de los
inter- maxilares, dándoles un falso aspecto de Roedores, aumenta- do con la
conformación de los dedos que conservaban las falanges ungueales arqueadas y
acuminadas de los Microbio- terios. Además eran pentadáctílos y plantígrados.
Sus restos se encuentran en la Argentina en la parte media de la forma- ción
Guaranítica. El género típico es Notostylops que preci- samente distingue uno
de los horizontes de la época Cretácea en Patagonia. Existen representantes del
mismo grupo en el Eoceno de Europa y Norte América. La irradiación se hizo por
el puente cretáceo que unía a Sud América con África, de donde pasaron a
Euroasia y de allá a Norte América.
Los
Ancilopodos son un suborden de Ungulados primi-
tivos
igualmente armados de uñas como los Unguiculados, con falanges ungueales
hendidas y dedos arqueados en forma de ganchos; en el resto de la conformación
son Ungulados típicos. Las muelas presentan crestas transversales. Las for- mas
más antiguas tienen la dentición sin diferenciación de forma entre los
incisivos, los caninos y las primeras muelas; en las formas más recientes hubo
atrofia de los incisivos y un
gran
desarrollo de los caninos. Se constituyeron aislándose del mismo tronco que los
tilodontes. Aparecen en el Guara- nítico medio y se extinguen en la formación
Santacruceña. Los más antiguos son pequeños, pero los de los últimos tiempos de
la época Cretácea y los del terciario antiguo eran mamíferos muy corpulentos y
pesados. El género típico y mejor conocido es Homalodotherium de la formación
Santa- cruceña, tan corpulento como un rinoceronte, pero de cabeza muy pequeña
en proporción del cuerpo. El Asmodeus del horizonte Piroteriense era todavía
mucho más grande y figura entre los más gigantescos de los mamíferos. El
Leontinia, del mismo horizonte, es un gran mamífero, notable por tener un par
de incisivos que presentan la forma de caninos, mientras que los verdaderos
caninos son completamente rudimenta-
rios.
Animales
del mismo grupo. pero mucho más diferencia- dos, se encuentran también en
Euroasia desde el Eoceno superior hasta el Plioceno y en Norte América
solamente en el Mioceno Alcanzaron esos continentes por el puente Cretá- ceo
siguiendo la misma ruta que los Tilodontes.
Los
Amblipodos son grandes Ungulados de cuerpo muy pesado y algo parecido al de los
elefantes, de miembros grue- sos, con cinco dedos en cada pie, siendo los más
antiguos perfectamente plantígrados y los más recientes semidigitígra- dos,
pero todos con grandes caninos superiores e inferiores. Aparecen en la parte
media de 1a formación Guaranítica y se extinguen en la formación Santacruceña.
Los; principales géneros son el Albertogaudrya en el horizonte Notostilopen-
se y
el Astrapotherium en
las formaciones patagónicas
y
Santacruceña;
este último era de talla gigantesca y con gran- des colmillos, pero de miembros
delgados en relación al ta- maño extraordinario del
cráneo. Los más
antiguos Amblipodos eran del tamaño de ratas y se confunden con los
Tilodontes y Ancilopodos más primitivos, con los que tienen un origen común. En
Europa están limitados al Eoceno, re- presentados en el Eoceno superior por el
género Cadurco- therium que apenas difiere del Astrapotherium de Patagonia; y,
en el Eoceno inferior, por el género Coryphodon, cercano de Albertogaudrya del
Cretáceo de la Argentina. El mismo género se encuentra en el Eoceno de Norte
América, donde se transforma en los cornudos Dinoceratos. En su emigra- ción,
al partir de Sud América, siguieron la misma ruta que los Tilodontes y los
Ancilopodos.
En una
rama desprendida de los antiguos Protungulados, las uñas tomaron una forma
planoacuminada intermedia en- tre la uña y la pezuña; la dentadura, en su mitad
anterior, to- mó un aspecto uniforme; los tubérculos de las muelas se unieren
formando crestas; la fosa nasal anterior permaneció terminal hacía adelante,
constituyéndose en esta forma el suborden de los Hiracoidios, que aparecen en
el Cretáceo medio y alcanzan hasta las capas más superiores del hori- zonte
Piroteriense, sin que pasen a los terrenos terciarios. Las formas más notables
son Acoelodus y Oldfieldthomasia del horizonte Notostilopense, muy parecidos al
Hyrax actual de África; y Archaeohyrax del horizonte Piroteriense, que es de
tamaño mayor y con muelas semiprismáticas. Los Hiracoi- dios pasaron al
hemisferio Oriental, al fin de la época Cretá-
cea por
el mismo camino que los grupos precedentes, en- contrándose fósiles en África
desde el Eoceno.
De los
Hiracoidios primitivos parten varias ramas que luego dieron origen a otros
tantos subórdenes distintos. Una de esas ramas, la de los Hipoidios, conduce a
los caballos actuales. Las muelas cortas
y de corona baja de los primeros Hiracoidios, se volvieron gradualmente más
largas y prismáti- cas; cubriéndose con una gruesa capa de cemento; el cráneo
se volvió más largo, y como resultado de ese alargamiento se formaron barras
entre los incisivos, caninos y molares, cons- tituyéndose la familia de los Notohipidios
(Notohippidæ) que empieza en el horizonte Astraponotense de la formación
Cretácea y alcanza hasta la formación Santacruceña. Los gé- neros del Cretáceo
superior, como Morphippus y Rhynchi- ppus, conservan todavía
la dentadura en
serie continua y cinco dedos en cada píe. En los géneros de la formación
pa- tagónica (Argyrohippus, Pseudippus,
etc.), el número de dedos se reduce a tres, de los cuales el del medio aumenta
de tamaño en detrimento de los dos laterales que se atrofian y concluyen por no
asentar más en el suelo. Luego se acorta la cabeza articular del astrágalo;
aumenta el tamaño del único dedo funcional; las muelas adquieren una mayor
complica- ción; se cierran las órbitas en su parte posterior, formando anillos
completos; y los Notohipidos se encuentran transfor- mados en los Líquidos, que
alcanzan su mayor desarrollo en la base de la formación Pampeana
(Nesohippidion, Hippha- plus, Onohippidion, Stereohippus, Parahipparion, etc.)
y se extinguen en los terrenos Postpampeanos mas antiguos. De Sud América pasaron
al continente Oriental por sobre el
puente
Oligocénico hacia la mitad de los tiempos terciarios; y penetraron en Norte
América por el istmo, yendo de Sur a Norte, a fines del Mioceno o a principios
del Plioceno.
Los
Tipoterios constituyen otra rama desprendida de los
Hiracoidios
primitivos en los cuales los dos incisivos internos cobraron un gran desarrollo
a expensas de los laterales, que se atrofiaron o desaparecieron; y las muelas
se volvieron lar- vas, prismáticas de base abierta y crecimiento continuo. Los
pies, salvo raras excepciones, conservaron los cinco dedos y el estado
plantígrado con unas planoacuminadas, más pareci- das a las de los Unguiculados
que a las de los Ungulados. En el aspecto del cráneo y en la disposición de la
dentadura pre- sentan un notable parecido con los Roedores. Empiezan en la
parte superior del Guaranítico y alcanzan hasta el Pampea- no interior. No se
conocen hasta ahora fuera del territorio de la República Argentina. El
Eutrachytherus, del Guaranítico superior, alcanzaba la talla del carpincho. El
Hegetotherium, notable por sus muelas muy simples, se extiende desde el
horizonte Piroteriense hasta el Santacrucense. El Prosothe- rium, de muelas
algo más complicadas, es exclusivo del piso Piroteriense. El Pachyrucus:
parecido al precedente, se distin- gue por el merme tamaño de sus órbitas, que
indican era de hábitos nocturnos; las especies, comparables por su tamaño a
liebres y conejos, se extienden desde la formación patagónica hasta la base del
Pampeano. Los Protipoterios (Protypothe- rium) , sumamente abundantes en las
formaciones Patagónica y Santacruceña, se distinguen de todos los demás
represen- tantes del mismo grupo por la pequeña diferenciación de los
incisivos. El Typotherium que es el género típico del subor-
den,
abunda en la formación Araucana y en la base de la for- mación Pampeana: las
especies de mayor tamaño alcanzaban la, talla del tapir y por sus costumbres y
modo de virar eran comparables a lis carpinchos.
Los
Toxodontes representan otra arma desprendida de los Hiracoidios, que se aisló
en una época un poco más re- ciente que la de los Tipoterios, separándose de
los Arqueohi- racidios en el horizonte Piroteriense. Se distinguen de los
Tipoterios por ser tridáctilos en vez de pentadáctilos, semidi- gitígrados (las
formas más recientes) en vez de plantígrados y por tener los dedos envueltos en
pezuñas o cascos perfectos. Eran animales muy corpulentos y pesados, sobre todo
los de las épocas geológicas más recientes.
Los más
antiguos son los Nesodontes (Nesodon,
Adi-
notherium)
que aparecen en las capas más superficies de la formación Guaranítica y
alcanzan su mayor desarrollo en la formación Santacruceña en la cual los restos
de esos animales abundan de; una manera prodigiosa; las especies de mayor
tamaño no eran de la corpulencia de un buey y hasta algo mayores. En las
formaciones Entrerriana y Araucana se en- cuentran los géneros Haplodontherium
y Eutrigonodon tan corpulentos como los más grandes rinocerontes. En la for-
mación Pampeana se encuentra el Toxodon que tiene las proporciones de un
hipopótamo y que, como éste, debía ser de costumbres acuáticas.
Los
Toxodontes quedaron limitados a América del Sur,
con la
sola excepción del género Toxodon que avanzó algo más hacia el Norte, hasta
Nicaragua.
Los
Condilartros forman un suborden de Ungulados ex- tinguidos que tomaron origen
en los Protungulados; todos son muy pequeños con muelas mamelonadas como las de
los Suidios, pero plantígrados y con cinco dedos en cada pie. Sus restos se
encuentran limitados a la formación guaranítica y comprenden numerosos géneros
de los cuales sólo mencio- naré Didolodus, Euprotogonia y Lumbdaeonus, que son
los de mayor tamaño; a pesar de eso, apenas alcanzaban la talla de un pequeño
Dicotyles; y Asmithwoodwardia, que es el más pequeño. En Europa y Norte América
los restos de este suborden están limitados al Eoceno; y sólo pudieron llegar a
esos continentes pasando por el puente Cretáceo ya mencio- nado.
De los
Condilartros se desprenden
varias ramas que
conducen
a los Ungulados que aún existen o que sólo desa- parecieron en los tiempos
geológicos más recientes.
Pasando
del estado plantígrado al digitígrado, reducién- dose el número de dedos
funcionales de cinco a tres, con gran predominio en tamaño del tercero o medio
sobre los laterales, los Condilartros se transformaron en el suborden de los
Litopternos. Eran animales de formas esbeltas y algunos alcanzaron un tamaño
relativamente considerable. Aparecen en el horizonte Piroteriense y llegan
hasta el Pampeano supe- rior, donde se extinguen.
Una
familia notable de este suborden es la dei los Prote- rotenos (Proterotheriidæ)
, animales muy pequeños quo por su aspecto y sus proporciones imitaban
caballitos en miniatu- ra, con un dedo muy grande en cada pie, y dos laterales
muy pequeños que no tocaban al suelo. El género típico Protero-
therium
se encuentra en las formaciones Santacruceña y En- trerriana, Deuterotherierm
en el horizonte Piroteriense y Prolicaphium en el Patagónico. E1 que alcanzó
mayores di- mensiones es Diadiaphorus de la formación Santacruceña, que tenía
la talla de un guanaco. El Thoatherium, de la misma formación, es uno de los
más pequeños pero sumamente notable por no tener más que un solo dedo en cada
píe, sin el menor vestigio de los dedos laterales, absolutamente lo mis- mo que
el caballo. Los últimos representantes de esta familia (Epitherium, Eoauchenia)
se encuentran en la formación Araucana de Monte Hermoso.
La otra
familia notable de Litopternos es la de los Ma-
croquénidos
(Macrauchenidae ) que empieza igualmente en la parte más superior del Guaraní
tico con el género Pampeano Macrauchenia. Este último es un animal más
corpulento que un caballo, de miembros largos, con tres dedos en cada pie (como
los tapires) , un cuello largo como el de una jirafa, y un cráneo pequeño y
provisto, en vida, con una larga trompa parecida a la del elefante. E1
Macrauchenia tiene la fosa nasal anterior
en forma de una abertura
elíptica colocada arría, hacia la
mitad del cráneo, el cual, adelante de la mencionada fosa, se extiende formando
techo convexo continuo hasta el borde alveolar de los incisivos, lo que
constituye una con- formación anómala y absolutamente única en los mamíferos.
El Protheosodon, de la formación guaranítica superior. tiene la fosa nasal de
forma normal. El Cramauchenia, del Patagó- nico; el Theosodon del Santacruceño;
el Scalabrinitherium de la formación Entrerriana y el Promacrauchenia de la
forma- ción Araucana, representan otros tantos estadios intermedios
que
conducen gradualmente desde la conformación normal de Protheosodon basta la
anormal de Macrauchenia.
Los
Perisodáctilos no tienen en nuestro suelo otro repre- sentante fósil que el
tapir; y los Artiodáctilos, los pocos géne- ros aún existentes que, corno tuve
oportunidad de decíroslo, recién penetraron en Sud América viniendo de la del
Norte, al principio de la formación Pampeana.
La
historia paleontológica de los Proboscidios o elefan-
tes es
sumamente curiosa. Aparecen en la parte medía de la formación Guaranítica
desprendiéndose de los Condilartros, representados por anímales pequeños como Paulogervasia, que apenas se
distinguen de estos últimos y que luego adquie- ren la talla de un tapir.
muelas con crestas transversales y pequeñas defensas como el género
Carolozittelia del hori- zonte Notostilopense. Un poco mayor y con defensas
algo más grandes es el Propyrotherium y
así se llega gradualmente hasta los Piroterios de la parte mis superior
de la formación Guaranítica. El Pyrotherium era un animal tan grande como los
elefantes actuales con fuertes defensas superiores e infe- riores y muelas con
dos crestas transversales como el Dino- therium. En las formaciones Patagónica
y Santacruceña no hay animales parecidos. La línea se corta en Sud América para
continuar en el hemisferio Oriental, a donde habían llegado por encima del
puente Cretáceo ya desaparecido. Los encontramos en el Eoceno y en el Oligoceno
de África repre- sentados por Moeritherium. Barytherium y Palcemastodon. En el
Mioceno pasan a Euroasia, donde se transforman en Dinotherium, en Mastodon y en
Elephas. En el Mioceno superior, el Mastodon de Euroasia pasó a América del
Norte,
siguió la
ruta del Sur, encontró el puente que acababa de ligar a ambas Américas, y
cruzólo; y, al principio de la época Plio- cena llegó a nuestra pampa, al mismo
punto de partida del gran ciclo emigratorio emprendido por sus antiquísimos an-
tepasados, los Piroterios de la época Cretácea.
XVII
LOS
PRIMATOS
Quédame
por deciros unas pocas palabras sobre el or- den de los Primatos, en el cual
entra el Hombre.
Los
Primatos aparecen también en el período Cretáceo conjuntamente con los primeros
Ungulados. Tienen ya nu- merosos representantes, todos muy pequeños y de formas
muy variadas en la base del horizonte Notostilopense: tales sin los Noropitecos
(Notopithecus), los Adpitecos (Adpithe- cus), Henricosbornia y una cantidad de
animales parecidos. Tatos seres se acercan por un lado a los Hiracoidios más
primitivos y por el otro a los Lemúdidos del Eoccno de Norte America y Europa,
como el Adapis y varios otros. 1n la base del Terciario, en la formación
Patagónica. fray restos de verdaderos Simios (Homunculites, Piteculites) y en
la formación Santacruceña encuéntranse monos de formas muy variadas, todos muy
pequeños, pero de un aspecto elevado sumamente notable. El más conocido es el
Homunculus. Es la semblanza de un cráneo humano en miniatura.
En Norte
América no se conocen verdaderos monos fó-
siles en
ninguna de las formaciones terciarias; y los pocos que
actualmente
viven en Méjico y Centro América son tipos sudamericanos que han penetrado en
esos países en época muy reciente.
En Europa
y Asia, los monos aparecen recién en el Mio-
ceno,
representados por tipos variados que no
tienen prede- cesores en las formaciones más antiguas .a f de las mismas
regiones. ¿De dónde llegaron? Es evidente que de Sud Amé- rica, donde ya eran
vetustos pobladores, pasando por sobre el mismo camino oligocénico que
siguieron los Subúrsidos, los Arctoterios, los Histricomorfos, etc.
Cuando le
revelé al mundo científico la existencia de los Homulculidios, u hombrecillos,
que es lo que ese nombre significa. no exprese opinión alguna sobre el grado de
paren- tesco de esos seres con relación al Hombre.
Otros lo
han hecho.
E1 doctor
Mahoudeau, profesor de la Escuela de Antro- pología de París, ha hecho un
detenido estudio de los monos de la formación Santacruceña, del cual resulta
que, de todos los monos conocidos, los Homunculidios son los que reúnen un
mayor número de caracteres comunes con el Hombre y los que más se aproximan al
tronco del cual se separaron a los monos y el Hombre. Empleo las mismas
palabras de Mahoudeau, vertidas al castellano.
Resulta,
pues, que el hombre puede haber tenido su pre-
cursor en
Sud América. . . Quizá en nuestra Pampa.
Que el
hombre existe en la Pampa desde remotísimos tiempos, ya es cosa muy sabida.
Existió durante toda la for- mación Pampeana y se han descubierto vestigios de
su pre- sencia o del
precursor en Monte
Hermoso, que es un
yacimiento
de época geológica aún más antigua. Lo que no sabéis, porque aún no se ha hecho
público, es que en el Mu- seo Nacional de Buenos Aires se acaba de recibir de
Toay, en la Pampa Central, restos de fogones, encontrados mientras se excavaba
un pozo, a cincuenta y un metros de profundidad, mezclados con restos de
mamíferos de una fauna todavía más antigua que la de Monte Hermoso.
Van vara
quince años. en un estudio sobre las vías pro-
bables de
la evolución y diversificación de los mamíferos, tuve una visión profética.
Hablando
de un grupo extinguido, en aquella época para mí hipotético, y hoy una
realidad2, el de los Planungulados decía:
"Encontraron
ellos (los Planungulados) su mayor seguri- dad entre las selvas, trepándose a
los árboles y recorriendo largas distancias saltando de rama en rama, que era
un ejerci- cio que exigíales el empleo tanto de los miembros anteriores como de
los posteriores, hasta que se convirtieron en arborí- colas perfectos; los
cuatro miembros que antes servían para la locomoción terrestre, se encontraron
transformados en cua- tro manos, esto es: en cuatro órganos de prehensíón
destina- dos a la locomoción arbórea, por lo que fueron designados con el
nombre de cuadrumanos; son los monos.
"Pero
otros Planungulados, por causas que no es del ca-
so
averiguar ahora, viéronse confinados en comarcas llanas y desprovistas de
árboles como nuestras pampas; carecían allí de puntos de refugio y tenían que
confiarlo todo a la vista y a
la
astucia. Una de las condiciones esenciales a la seguridad
2 Los
Notopitecos, Arqueopitecos, etc.
individual
en la llanura. es la de poder divisar el enemigo des- de lejos. Para observar a
mayor distancia necesitaban apoyar- se sobre sus miembros posteriores, que eran
plantígrados, irguiéndose sobre ellos cuanto les era posible para luego ten-
der la vista y escudriñar el horizonte. En este ejercicio, los miembros
posteriores adaptábanse cada vez más a la susten- tación y a la marcha, y los
anteriores a la prehensión, trans- formándose con la sucesión del tiempo la
posición horizontal en vertical. La vista, dirigida horizontalmente hacia
adelante, dominaba el espacio máximo que permitíale abarcar su mayor elevación.
E1 cráneo, a su vez en lugar de estar más o menos suspendido como se encuentra
en la posición horizontal, descansando desde entonces sobre una base vertical,
permi- tióle un mayor ahorro de fuerza, acompañado de un mayor desarrollo
cerebral, y un aumento en la intensidad intelectual o pensante en detrimento
del instinto bruto heredado de sus antepasados. Ese fue el antecesor del
Hombre.
"Convertidos
los miembros posteriores en órganos ex-
clusivos
da locomoción y los anteriores en órganos de prehensión, al precursor del
hombre ya no le fue posible re- coger del suelo el alimento con la boca; tuvo
que alzarle lle- vándolo a ella
por medio de
las manos, ejercicio
que desarrolló en él la facultad de observación, enseñándole que poseía
instrumentos admirables que obedecían a su voluntad. Empuñó un día, por acaso, una
rama; y al moverla, com- prendió que poseía un arma ofensiva y defensiva. Otro
día arrojó a cierta distancia un objeto que tenía entre las manos una piedra y
descubrió el arma ofensiva por excelencia, el proyectil arrojadizo de nuestra
época, que es el arma más
mortífera.
Maquinalmente golpeó otra vez un guijarro contra otro, partiéndolo en
fragmentos angulosos y cortantes, acaso lastimándose esas manos,. en evolución,
aprendiendo en car- ne propia que esas lajas de piedra eran más doras y
cortantes que los dientes.
Quedaba descubierto el cuchillo,
aunque fuera de piedra, el primer instrumento, el más primitivo y el más
útil.
"Esas
toscas lajas de pedernal, llamadas cuchillos de pie-
dra,
fueron para nuestro precursor infinitamente más precio- sas que no ]o son para
nosotros los instrumentos de metal más perfectos y complicados. Mellado el filo
de esos prime- ros y toscos instrumentos, a causa del desgaste producido por el
uso, quiso luego reemplazarlos repitiendo intencional- mente la misma operación
con el propósito de obtener ob- jetos parecidos. Escogió dos piedras que le
parecieron adecuadas golpeólas fuertemente la una contra la otra, en-
treabrióse una de ellas y salió un cuchillo. . . pero también del choque saltó
de la otra una chispa iluminándole el semblante.
¡Había ;i
descubierto el fuego, y con esa chispa inextinguible, prolongada a través de
las edades y transformada en resplan- deciente antorcha, alumbra a la humanidad
en su camino con rayos luminosos cada vez más intensos".
Cuando
así hablaba, no se conocían los antiquísimos fo- gones de Monte Hermoso y de
Toay; el, conocimiento de las faunas terciarias encontrábase aquí en un primer
período embrionario; no se sospechaba la existencia de las arcaicas y
sorprendentes faunas de las formaciones cretáceas argentinas; nadie había ni
siquiera soñado en la posibilidad de que Sud América hubiera sido el centro del
desarrollo e irradiación de
los
mamíferos; nadie había soñado tampoco en. la posibilidad de que los Primatos
ya, hubieran existido en plena época me- sozoica conjuntamente con los
extinguidos ?dinosaurios; y así formaciones eocenas de las regiones australes
de nuestra Re- pública guardaban todavía escondido, en el profundo seno de sus
poderosos mantos pétreos, el secreto de la existencia de aquellos primeros
humildes precursores de la Humanidad, ya en remotísimas edades extinguidos: los
diminutos hombreci- llos filos de
Patagonia.
GEOLOGIA,
PALIOGEOGRAFIA, PALEONTOLOGIA Y ANTROPOLOGIA DE LA REPÚBLICA ARGENTINA3
(Obra
CLXVI de la edición oficial completa)
INTRODUCCIÓN
I.
Retrospecto. 11. Estado actual de estos
estudios en la Ar- gentina, III. Cronología.
I.
RETROSPECTO.
Si bien
el descubrimiento del primer esqueleto de Me- gaterio, efectuada a fines del
silo dieciocho, llamó la atención de las personas ilustradas de la época, las
investigaciones so- bre estas ramas de las ciencias naturales en nuestro país
se iniciaron en la primera mitad del siglo pasado con los viajes y trabajos de
los sabios naturalistas Darwin y d’Orbigny y sus
distinguidos
colaboradores Owen, Blainville, Gervais, Sower-
3
Sinopsis (última) publicada en mayo de 1910.
by y
otros que estudiaron las colecciones que aquéllos habían reunido.
El
ejemplo del primer naturalista argentino doctor Fran- cisco Javier Muñiz que
allá por los años de 1840 a 1850 co- leccionaba y estudiaba los, huesos fósiles
de los terrenos de la Pampa y la radicación en el país de los naturalistas
Bravard y Burmeister, despertaron un vivo interés por el estudio de las
ciencias naturales.
En el
último tercio del siglo empezó a formarse una plé- yade de hombres de ciencia
que pronto debían dedicarse con ahinco al ímpobo trabajo de conocer bajo todos
sus aspectos el suelo de la patria. Dieron impulso a esas investigaciones el
entonces, Museo provincial de Buenos Aires (hoy Musco Nacional ) , y la
Academia Nacional de Ciencias en Córdoba, creada per el genio de Sarmiento.
La
Sociedad Científica Argentina y el Instituto Geográfi-
co
Argentino, institutos creados en aquella época por iniciati- va del doctor
Estanislao S. Zeballos, quien en sus concepciones adelantábase a su tiempo,
aceleraron ese mo- vimiento que vino a completarse con la fundación del Museo
de La Plata, obra del doctor Francisco P. Moreno.
Hace de
todo esto algo más de un cuarto de siglo.
E1
conocimiento geológico del territorio de la República era muy embrionario, pero
desde entonces se han descu- bierto formaciones correspondientes a la mayor
parte de las épocas geológicas; y los vacíos que aun quedan se llenarán en
breve, pues las investigaciones en tal sentido avanzan rápi- damente.
La
Paleontología, compañera inseparable de la Geología, ha seguido a ésta en sus
progresos y hasta puede decirse que ha avanzado de una manera más rápida
proporcionando a aquélla los datos indispensables para la determinación de la
época de las distintas formaciones y las conexiones geográfi- cas de las
tierras y los mares de las épocas pasadas. La prueba de esta inseparabilidad
está en que la mayor parte de los pa- leontólogos se han dedicado también a
estudios de Geología y los geólogos se han visto obligados en más de una
ocasión a ocuparse de Paleontología.
La
Antropología es igualmente inseparable de la Pa- leontología por un lado y de
la Geología por otro, cuando menos por lo que se refiere al hombre y sus
precursores de las épocas pasadas (Paleoantropología) .
II.
ESTADO ACTUAL DE ESTOS ESTUDIOS EN LA REPÚBLICA ARGENTINA.
Muchos
son los que han contribuido al adelanto de estas ciencias en la Argentina, y
sin tener la pretensión de mencio- narlos a todos, acompaño una lista de los
más conocidos, pidiendo disculpa por aquellos cuyos nombres no están pre-
sentes en mi memoria en el momento de trazar estas líneas.
Se han
ocupado de geología y paleontología argentina, entre los que ya no son de este
mundo: Nacionales4: Bravard
Augusto.
Burmeister Germán, Delachaux E.,
Echagüe C.,
4
Considero también como nacionales a aquellos de origen extranjero que se han
formado en el país o se han radicado definitivamente en él.
Eguía
Manuel, Fourous, Godoy E. B., Heusser J. C., Llerena Juan, Moneta P., Muñiz F.
J., Puígari M., Valentín Juan. Ex- tranjeros: de Blaínvíilc, Borchert,: Aloys,
Brackebusch L., Branco, Cope, Cornalía, Cuvier, Darwin, Desor E., Gaudry,
Gervais, Hatcher, Huxley, Larrazet, Laurillard, de Moussy, Nodot, Owen
R., d’Orbigny, Philippi
R. A., Sowerby, Stelzner, Strooel, Zíttel C.
Se han
ocupado o se ocupan de estudios geológicos o
paleontológicos
en nuestro país: Nacionales: señores Ame- ghino F., Ameghino C., Ambrosetti J.
B., Aguirre E., Boden- bender, de Carles E., Doering A., Hermitte, Keidel,
Kurtz. Lallemant Avé León E R., Mercerat, Moreno Francisco P., Napp R., Ortiz
T., Romero Antonio A., Roth S. Scalabríní P., Schickendantz F., Schiller
Gualterio, Stapenbeck, y Zeballos E. S.
Extranjeros: señores de Ángelis d`’ Ossat, Alessandri G., Barnum F.,
Behrendsen, Burckhardt C., Bohm. Claraz G., Canu F., Cossmann M., Dames W.,
Düsen P., Gunnar An- dersson, Hautahl, Hyades Ihering H. v., Koken, Kayser,
Lambert, Loriol, Lovisato, Lydekker, Nathorst A. G., Nie- derlein, Nopcsa,
Nordensckjold Otto, Ochsenius, Ortmann, Pilsbry, San Giorgi D., Schlosser M.,
Scott W. B.. Scrivenor, Sinclair J. W., Siemeradzki, Stienmann, Smith Woodward
A., Stanton, Tournouir A., Trouessart, Vehrli, Wilckens, Winge H., Zapalowski.
Zuber.
Se han
ocupado de Antropología, Arqueología prehistó- rica, Etnografía, Lingüística,
etc., de los que ya han muerto: Nacionales: Aguiar D., Burmeister G., Carranza
J. A., Legui- zamón M., Liberani I, Lista R., López F. V., Mitre Bartolomé,
Quiroga
Adán, Trelles M. R. Extranjeros: Boggiani, Broca, Hamy, Orbigny, Quatrefages,
Vogt C., Virchow.
Se han
ocupado o se ocupan de los mismos estudios: Nacionales: señores Ameghino F.,
Ameghino C., Ambrosetti, Basaldúa, Boman, Brackebusch, Bruch C., Dillenius
señorita Juliana, Debenedetti, Fontana, Holmberg E. L., Lafone Que- vedo,
Lehmann-Nitsche, Martínez B. T., Marelli C. A., Mer- cante Víctor, Moreno
Francisco P., Moyano C., Outes F. F., Pelleschi, Roth S., Scalabrini Senet
Rodolfo, Spegazzini. Thi- bon F., Torres L. M., Zeballos E. S. Extranjeros:
señores Buschan, Chervin, Ihering H. v., Kobelt, Kollman, Lovisato, Mantegazza,
Mahoudeau, Martín Rudolf, Nordensckjold Er- land, Rutot, Soren, Hansen, Ten
Kate, Verneau.
En la
enseñanza superior universitaria hay cátedras de
Geología
en las tres universidades de Buenos Aires, La Plata y Córdoba. Hay un servicio
de relevamiento del Mapa geoló- gico e hidrológico de la provincia de Buenos
Aires por medio de perforaciones y una División Nacional de Geología e Hi-
drología dependiente del Ministerio de Agricultura,. A que envía comisiones de investigación
geológica a toda la Repú- blica. Hay gabinetes del Geología en varios museos
provin- ciales, Colegios nacionales y Escuelas normales de las principales
ciudades de la República: los de las universidades de Buenos Aíres y de Córdoba están a la altura de los mejo-
res dei Europa. La Paleontología tiene cátedras independien- tes en las
universidades de La Plata y Buenos. Aires.
Hay una
cátedra de Antropología en la universidad de Buenos Aires y dos en la
universidad de? La Plata, una en la Facultad de ciencias naturales y otra en la
Facultad de dere-
cho. La
Facultad de filosofía y letras de la ciudad de Buenos Aíres posee un Museo de
antropología y de etnografía con ricos materiales que aumentan de año en año.
Por
último, los dos grandes museos nacionales de Bue-
nos Aíres
y de La Plata por sus grandes y valiosísimas colec- ciones de geología,
paleontología y antropología igualan a los de las grandes capitales del viejo
mundo y hasta los aventajan por muchos conceptos.
Podemos,
pues, afirmar que en este campo de los cono- cimientos humanos existe una,
ciencia argentina que trabaja con elementos propios y métodos nuevos,
produciendo nu- merosas publicaciones que llevan cada año un poderoso con-
tingente a la ciencia universal. Ya no somos simples exportadores de productos
naturales. Exportamos también ideas, que no sólo contribuyen a aumentar el
caudal de los conocimientos humanos sino que en algunos casos como en el de la
paleontología de los mamíferos y de la paleoantro- pología han revolucionado
por completo esas ciencias, dán- doles otras bases y nuevos rumbos.
Trátase
ahora de dar una ligera idea de estas ciencias en
lo que a
la Argentina se refiere, dedicada, no a los especialis- tas sino al público
ilustrado en general, tarea abrumadora que quizá resulte para mí un fracaso.
pues es muy difícil conden- sar en un reducido número de páginas los resultados
adquiri- dos y expuestos en cientos de volúmenes por una falange de autores que
constituyen legión.
De
cualquier modo, sólo se trata de un ensayo cuyas de- ficiencias tienen que ser
forzosamente numerosas y para el
cual,
mientras no haya otro mejor, píelo la benévola indul- gencia de los lectores.
III.
CRONOLOGÍA.
Desde la
remotísima época durante la cual nuestro pla- neta adquirió una corteza
suficientemente espesa y una tem- peratura bastante baja para que en él pudiera
desarrollarse la vida, hasta nuestros días, cuentan los geólogos cinco grandes
eras o épocas de duración muy desigual: la Arcaica o Azoica, esto es:
desprovista de vida; la Primaria o Paleozoica; la Se- cundaria o Mesozoica; la
Terciaria Cenozoica: y la Cuaterna- ria o Antropozoica. Agrandes rasgos o en
conjunto se caracterizan: la Arcaica, por la ausencia de restos orgánicos; la
Paleozoica, por la aparición de los Peces; la Mesozoica, por la abundancia de
gigantescos Reptiles; la Cenozoica, por el gran desarrollo de los Mamíferos; y
la Antropozoica, por la pre- sencia del Hombre dotado de la palabra: el Homo
sapiens de Linneo.
Las
grandes eras geológicas han sido de duración muy desigual. La duración de la
era Antropozoica es efímera, en parangón de las dos primeras; y la era
Cenozoica, aunque de muchísima mayor duración, representa un espacio de tiempo
muy limitado en comparación de las eras Paleozoica y Meso- zoica; la era
Arcaica ha sido probablemente de una duración tan larga como el espacio de
tiempo que representan las otras cuatro juntas.
Pasaremos
en revista con mayor rapidez a las. eras más antiguas, pues los hechos son
generalmente más dudosos y no tienen el interés de aquellos más próximos a nosotros. E1 interés de los hechos
aumenta a medida que nos acercamos a los tiempos actuales, tornándose también
más y más precisos.
CAPITULO
I ERA ARCAICA
Los
tiempos anteriores a la primera aparición de la vida sobre la tierra
constituyen la era Arcaica o Azoica, es decir: desprovista de vida.
El océano
cubría las nueve décimas partes de la superfi-
cie del
globo y las pocas tierras emergidas constituían islas bajas muy alejadas unas
de otras. Los terrenos de esas islas se han transformado en gneis y micasquitos
cristalinos, aunque estratificados.
Sud
América estaba representada por tres masas inde- pendientes, una al Norte y las
otras dos al Sur de la línea ecuatorial. La del Norte comprende la región
Nordeste de Brasil v la Guayana oriental.
Los dos
macizos meridionales se encuentran uno al Este sobre el Atlántico y el otro al
Oeste del primero sobre el Pa- cífico. Son los que paulatinamente dieron origen
al territorio argentino y determinaron su relieve.
El macizo
oriental lo forma la gran meseta de Brasil me- ridional en la cual el arcaico
aparece a la vista sobre grandes superficies. El macizó occidental está
constituido por el es- queleto del macizo montañoso del Noroeste de la
República Argentina y de Bolivia; pero los afloramientos del arcaico son
escasos por estar cubierto por rocas más modernas.
Entre
ambos se entendía una vasta depresión qué co- rresponde a la que aún persiste
siguiendo el eje del río Paraná y su prolongación al Norte el río Paraguay.
Esta depresión ocupada por el inconmensurable Océano primitivo penetraba de Sur
a Norte desde el territorio actual de la Pampa bonae- rense hasta la gran
cuenca del Amazonas, que entonces tam- bién era un mar que iba del Atlántico al
Pacífico. Uno y otro macizo constituían dos grandes islas que enviaban hacía el
Sur prolongaciones alargadas y más o menos continuas.
Los
afloramientos arcaicos de Brasil meridional se pro-
longan al
Sur en las sierras de la Banda Oriental del Uruguay, donde terminan a orillas
del río de la Plata, siendo Martín García su último afloramiento en esta
dirección. En la orilla argentina, en la misma ciudad de Buenos Aires se hunde
a
300
metros de profundidad para reaparecer más al Sur en las sierras de Tandil y de
la Ventana y todavía más allá en la sie- rra San Antonio, en Patagonia
septentrional, sobre la misma costa del Atlántico.
Del
macizo del Noroeste u occidental con relación al anterior, siguiendo a lo largo
de lo que es hoy la cordillera de los Andes, se sucedían hacía el Sur, formando
como una ca- dena, núcleos arcaico aislados con anchas interrupciones, trazando
come un bosquejo de los futuros Andes. Esos nú-
cleo
arcaicos hoy casi todos ocultos debajo de potentes for- maciones sedimentarias
y eruptivas, aparecen bien visibles, más al Oeste a lo largo de la costa
chilena, probando que ésa es desde entonces la verdadera costa oriental del
Pacífico.
Hacia el
oriente, en lo que debía ser algún día el territo- rio argentino, desprendíanse
de este encadenamiento princi- pal,
ramificaciones secundarías, igualmente
interrumpidas, que con dirección Norte a Sur, a veces ligeramente
inclinadas al Sudeste, constituyen la parte básica de las sierras aisladas que
surgen de la llanura argentina al oriente del encadena- miento principal de los
Andes. Tales son la sierra de Umanga, que con interrupciones prolongadas
alcanza hacia el Sur hasta la sierra del Gigante, la sierra de Famatína, la de
Velasco y San Luis, el Aconquija, la Serrezuela y los tres cordones de la
sierra de Córdoba, casi todas con prolongaciones disconti- nuas hacia el Norte
y hacia el Sur.
Las aguas
del Atlántico se extendían rodeando estos cor- dones hasta la región de los
Andes, donde se mezclaban a las del Pacífico que pasaban a este lado por las
anchas abras transversales del cordón arcaico principal.
Tal era,
en la primitiva edad de la tierra, la armazón so- bre la cual se ha levantado
el suelo del territorio argentino.
CAPITULO
II ERA PALEOZOICA
La época
Paleozoica abarca un espacio de tiempo in- menso y se divide en cinco grandes
períodos que a partir del más antiguo, llevan los nombres de Cámbrico,
Silúrico, De- vónico, Carbonífero y Pérmico.
I.
CAMBRICO.
Sobre las
rocas arcaicas aparecen las más antiguas capas sedimentarías fosilíferas de los
primeros tiempos paleozoicos, consistentes en areniscas micácicas, esquistos,
micasquitas, cuarcitas y filitas. Se conocen terrenos de esta época en las
provincias Salta y Jujuy y más al Sur en la sierra de los Llanos, en la
provincia La Rioja. Todos los organismos son marinos.
Se
caracteriza esta época por un mar sin límites, de aguas
densas,
uniforme y de igual profundidad; tierras bajas, islotes achatados peraldos en
el inmenso Océano sobresaliendo apenas sobre el nivel de las aguas; temperatura
tórrida, uni- forme, tanto en los polos como en el Ecuador; atmósfera
caliginosa con superabundancia de
nitrógeno, cargada de ácido carbónico y enormes cantidades de
vapor de agua: todo igual, todo uniforme sobre toda la faz de la Tierra. En ese
medio, que es una de las fases de la transformación evolutiva de los planetas,
apareció la vida en todas las latitudes a la vez, constituida por organismos
imperfectos e inferiores repre- senta dos primeramente por gusanos, a los que
siguen luego
crustáceos
(Olenus, Arionellus) y moluscos, (Hyolithes, Lin- gula, Obulus, etc.),
primitivos e igualmente uniformes desde uno hasta otro polo.
II.
SILÚRICO.
Los
terrenos de esta época consistentes en esquistos ar- cillosos, grauvacas,
calcáreos dolomitas ocupan una mayor extensión que los de la época precedente.
Se conocen en las provincias Salta y Jujuy(sierras de Cabalonga, Cochinoca,
Aguilar) y en¡ varias localidades (Tontal, Paramillo, Zonda, Cerro Nevado,
Laja, Villicun) de las provincias La Rioja, San Juan y Mendoza. En la sierra de
Famatina aparecen grandes masas de rocas paleovolcánicas (pórfidos),
estratificadas en su parte inferior y sin estratificación en la superior. Las
infe- riores son el resultado de erupciones submarinas que levanta- ron el
macizo encima de las aguas continuando luego con mayor intensidad. Es el
principio del levantamiento conti- nental del suelo argentino.
La fauna
es la misma que caracteriza esa época en las de sus regiones de la tierra,
crustáceos primitivos (Trílobitas) , políperos del grupo de los Graptólitos y
Moluscos, especial- mente Braquiopodos y Cefalópodos. En las caras más supe- riores
aparecen los primeros vertebrados, representados por peces primitivos del
extinguido grupo de los Ganoideos. En nuestro país no se conoce hasta ahora más
que el género Megalaspis.
III.
DEVONICO
En la
República Argentina sólo se conoce hasta ahora como terreno de esta época el de
Jachal, en la provincia San Juan, pero los hay también en las islas Malvinas al
Sur, al Norte en Bolivia y al Oeste en Chile, enfrente de los yaci- mientos de
San Juan. La fauna consta sobre todo de numero- sos Braquiapodos, Trilobitas y
algunos Crinoideos. Las especies del yacimiento de San Juan presentan
relaciones no tan sólo con las del Devónico de las Malvinas, sino también con
las de la misma época de África meridional.
Los
caracteres de esta fauna han permitido establecer
que
durante el período Devónico un mar poco profundo de aguas muy bajas se extendía
de Oeste a Este desde la región oriental de la cordillera argentina hasta
África austral y quizá se prolongaba hasta Australia y Asia meridional. Este ..
mar de aguas bajas (Sudaméricoafricano) es el precursor del gran continente
austral de la época Mesozoica. En Jachal las capas devónicas inmediatamente
sobrepuestas a la fauna marina mencionada contienen, aunque escasos, restos
vegetales, que demuestran que continuaba el movimiento ascensional ini- ciado
con las erupciones volcánicas del Silúrico de Famatina.
IV.
CARBONIFERO
Los
terrenos de la época Carbonífera son esquistos ne- gros, grises y colorados, a
veces bituminosos, areniscas, es- quistos y conglomerados que alternan con
capas de hulla o
carbón de
piedra más o menos puro. Parece que se extienden por sobre una extensión
considerable de la precordillera de las provincias andinas, pero presentan
pocos afloramientos. Se conocen en las localidades de Retamito, Trapiche y Gua-
co, en la provincia San Juan y en carro Bola y Potrero de los ángulos, en la
provincia La Rioja. Estas capas con numerosos restos de vegetales sonde origen
terrestre o continental y ocupen también una extensión considerable de Brasil
meri- dional particularmente en los Estados San Pablo y Santa Ca- talina. En la
Argentina no se conocen capas de esta época con fósiles marinos, pero existen
en Bolivia y las hay también en Chile precisamente en la misma latitud que las
de San Juan, de modo que mientras las aguas del Pacífico avanzaban entonces más
al oriente que en la actualidad, de este lado de la cordillera no sólo era
tierra firme sino también la zona más occidental de una gran región
continental.
La flora
de esa región presenta en conjunto los caracte- res de la flora carbonífera de
las otras regiones de la tierra, pero con una diferenciación que la aproxima
más a la de las regiones apartadas del hemisferio austral que a la de La re-
giones del hemisferio septentrional. Se trata de una flora luju- riosa
compuesta de criltógamas y principalmente de helechos gigantescos que ha
prosperado en tierras bajas, lagunosas, ubrc las mismas comarcas en la época
precedente ocupadas por el mar. Como por otra parte presenta notables
relaciones con la flora del Carbonífero de Australia, se deduce que el mar
sudamérico-africano, poco profundo en el período de- vónico, se había
transformado en algo así como un archipié- lago
de grandes islas
bajas, lagunosas y
anegadizas que
alcanzaba
hasta el continente australiano, permitiendo la dis- persión de la flora
carbonífera austral de Oeste a Este desde Nueva Gales del Sur hasta la
precordillera argentina.
V.
PERMICO.
Este
período puede considerarse como una continuación del Carbonífero. con algunas
modificaciones en la flora; en ausencia de ésta es a veces difícil distinguir
los terrenos de uno y otro período. En nuestro país sólo se conocen terrenos de
esta época en el Bajo de Velis, en la parte septentrional de la sierra de San
Luis, de la sierra de los Llanos, de La Rioja y en alunas localidades de la
sierra de Famatina. Constan prin- cipalmente de esquistos arcillosos y
areniscas, que en el Bajo de Velis contienen una flora abundante y de una
conserva- ción tan perfecta que ha permitido una determinación preci-
sa.
El mayor
parecido de esta flora es con la del Pérmico del interior del Indostán, en la
región de Gondwana, con cuyo nombre se la distingue y también con el de flora
del Glossopteris. La mima flora se conoce también en Nueva Gays del Sur y en
Victoria, en Australia, en Tasmania, del África austral y en Sud América, de
Brasil meridional. Los fósiles característicos de este período son helechos
arbores- centes del género Glossopteris, que ya aparecen en Australia durante
el período Carbonífero y se extienden durante el Pérmico por sobre todas las
tierras del hemisferio austral,
siendo
completamente desconocidos en el hemisferio sep- tentrional.
Por el
estudio de esta flora se ha podido comprobar que el levantamiento de una parte
considerable del hemisferio austral. que ya hemos visto se había iniciado en el
Devónico y continuado en el Carbonífero, adquirió su mayor desarrollo durante
el Pérmico. Extendíase desde las regiones tropicales hacia el Sur un vastísimo
continente al que se ha dado el nombre de Gondwana y que iba sin discontinuidad
desde las regiones occidentales de la Argentina hasta las orientales de
Queensland y Nueva Gales del Sur, abarcando en su con- junto Australia, India y
la mitad austral de África y Sud Amé- rica. Este gran continente en el
cuadrante de la República Argentina extendíase por el Sur hasta las regiones
polares formando el principio de la Mesozoica antártica, mientras por el Norte
estaba limitado por un dilatadísimo océano que co- rría paralelamente a la
tierra en la misma dirección transver-
sal.
Sobre las
tierras emergidas de esta época es donde apa- recen en abundancia los
organismos anímales terrestres, de un aspecto uniforme en todas partes, como
uniforme se con- servaba la temperatura en todas las regiones del Globo.
CAPITULO
III ERA MESOZOICA
La diferenciación de
los organismos se
efectuó con muela lentitud. La
uniformidad biológica, por lo que se refie- re a la distribución geográfica,
persistió durante toda la época Primaria o Paleozoica pero cada vez menos
acentuada a me- dida que nos acercamos a épocas más próximas a la nuestra.
En la era
Mesozoica, las tierras aumentaron en extensión y se elevaron a mayor altura. E1
Océano redujo sus límites en la misma proporción, ganando en profundidad lo que
iba perdiendo en superficie. Las aguas profundas aislaron las masas
continentales de una manera más completa y éstas a su vez opusieron barreras a
las aguas. La dispersión de los seres en todas direcciones volvióse más
difícil. La traslación sólo pudo efectuarse desde entonces en direcciones
determinadas por la configuración física, esto es: en forma de emigraciones:
los organismos marinos a lo largo de las costas y enfilando los estrechos: los
organismos terrestres pasando por sobre istmos y transponiendo montañas.
Juntamente
con este cambie se efectuaba también la di- ferenciación climatérica. La
temperatura cesó de ser uniforme y diseñáronse gradualmente las, zonas que en combinación con la configuración
física de las comarcas, dieron origen a los climas regionales, acaso el más
activo de los factores que intervinieron en la diferenciación de los
organismos, diferen- ciación que nos permite determinar las relaciones de las
floras y las faunas de las distintas regiones y restaurar los caminos que
siguieron en sus emigraciones a través de las tierras de
otras
épocas, que no son las mismas de las de hoy, suminis- trándonos los datos
necesarios para rehacer las antiguas co- nexiones de los continentes perdidos.
A partir
de esta época los organismos de las grandes re-
giones
geográficas determinadas por la configuración física de la faz de la Tierra,
evolucionaron por separado, dando origen a la formación de faunas y floras
localizadas en el es- pacio y limitadas en el tiempo.
La era
Mesozoica representa un espacio de tiempo mu- cho menor que el de la época
paleozoica, sin dejar por eso de
corresponder a una época de duración inconmensurable. Se divide en tres grandes
períodos que a partir del más anti- guo llevan los. nombres de Triásico,
Jurásico y Cretáceo.
I.
TRIASICO.
Los
terrenos triásicos se encuentran en el mismo caso que los del período anterior;
aparecen en escasos puntos y en extensión muy limitada. Se conocen los del
cerro de Cacheu- ta, Agua del Zorro, al Oeste de las minas del Paramillo y
Challao, en la provincia de Mendoza. y de Marayes, al Oeste de la extremidad
Sur de la sierra de la Huerta, en la provincia de San Juan. Constan de
esquistos a menudo bituminosos, areniscas margas y conglomerados: en parte
aparecen inter- puestas capas de hulla impura generalmente de poco espesor.
En todas
esas localidades, pero principalmente en la de Cacheuta, se encuentran
numerosos restos de vegetales bien conservados que permiten una determinación perfecta. Se
trata de
una flora numerosa compuesta esencialmente todavía de criptógamas y en la que
siguen predominando los hele- chos. Los Glossopteris del período Pérmico han
sido substi- tuidos por Thinnfeldias que son los fósiles característicos. Hay
algunos Crustáceos de agua dulce (Estheria) y restos de peces ganoideos
(Semionotus) .
La flora
es la misma que se encuentra en el Triásico de Australia, Tasmania. Nueva
Zelandia, India y en los Karoo beds de África meridional. En esta última región
está acom- pañada de una fauna de Reptiles primitivos sumamente nota- bles,
cuyos vestigios se han encontrado también en la parte meridional del Brasil. E1
Mesosaurus está representado en Brasil por el Stereosternum, de San Pablo,
donde también se han encontrado restos de Dinosaurios carniceros; y más al Sur
en Río Grande, huesos de Anomodontes parecidos a los del trías de África. De
todo esto se deduce que el territorio argentino continuaba formando parte del
continente Gond- wana, que conservaba más o menos los mismos contornos que en
el período pérmico.
Los
terrenos sedimentarios de este período en la Repú-
blica
Argentina presentan intercaladas gruesas capas de rocas eruptivas,
principalmente de meláfiros, que prueban se inicia- ba la ascensión de la
región de los Andes y sus precordilleras.
II.
JURÁSICO.
El
período Jurásico ha sido sumamente largo y; r: se di- vide en varias secciones
que la índole de este trabajo no me
permite
examinar por separado. Los terreros de esta época, compuestos principalmente de
calcáreos, esquistos y arenis- cas, presentan en nuestro país un gran
desarrollo, pero están limitados a la región de los Andes, formando una faja
angosta dirigida de Norte a Sur paralelamente al eje principal de la
Cordillera. En Chile sobre la vertiente occidental, presentan idéntica
disposición. Los fenómenos volcánicos que hemos visto reaparecer con gran
fuerza en el Rético levantaron el primitivo cordón arcaico del eje de los
Andes, transformán- dolo en una tierra larga y angosta, ya bastante elevada,
pero conservando las grandes abras transversales que se ha visto existían desde
la era Arcaica. Juntamente con este levanta- miento y como consecuencia de él
se inició de este lado y a lo largo del pie de los Andes la formación de un
angosto y pro- fundo valle que empezando hacía el Norte en la provincia de La
Rioja, se extendía hacia el Sur hasta el océano Antártico, atravesando la
Tierra del Fuego, que entonces estaba unida al continente. Por las
abras transversales de la
cordillera las aguas del Pacífico
pasaron a este lado de los Andes y ocu- pando el mencionado valle formaron un
mar interior angosto y largo que ha recibido el nombre del mar Andino. En el
fondo de este mar interior se acumularon los depósitos mari- nos del Jurásico y
del Cretácico. La costa oriental del mar Andino era la costa occidental del
continente Gondwana: la línea de esta costa oriental está indicada por capas de
con- glomeradas porfíricos trabajados por las aguas del mar jurási-
co.
En afloramientos
aislados más o
menos extendidos, pueden seguirse
los terrenos Jurásicos desde la provincia de
San Juan
hasta el territorio de Magallanes. En uno de estos afloramientos (Piedra
Pintada, en el territorio del Neuquén), se han encontrado impresiones
vegetales, cuyo estudio ha probado que en nuestro suelo la flora del principio
de la épo- ca Jurásica constaba todavía de helechos y cicadáceas. La fauna de
invertebrados marinos presenta durante toda la épo- ca los mismos caracteres
que la del Jurásico de las otras re- giones de la tierra; es la época del gran
desarrollo de los Cefalópodos del grupo de los Amonitas, de los cuales los hay
tan grandes que semejan ruedas de carros. Entre los verte- brados hay
abundancia de peces ganoideos, habiéndose en- contrado también
restos de los
Ictiosaurios y de
los cocodrilos de rostro muy delgado y prolongado (Teleosau- rios) que
surcaban las aguas del mar Andino. De la fauna terrestre de esa misma época en
1a Argentina, no se conoce todavía absolutamente nada.
Como ya
lo indica la formación del mar Andino, la épo- ca Jurásica se inició en el
hemisferio austral con un avance del océano sobre el antiguo continente
Gondwana que poco a poco se fue despedazando. Australia y Nueva Zelandia que-
daron aíslalos por el agua durante el Jurásico medio. Luego se inició la
formación del océano índico y desaparecieron las tierras que unían directamente
África al Asía meridional. En el Jurásico superior, la antigua masa continental
quedó redu- cida a Sud América y África que permanecieron unidas, constituyendo
un solo continente llamado Etíope brasileño, limitado al Norte por el mismo
antiguo océano extendido de Este a Oeste llamado Thetis, mientras que entre lo
que hoy es África austral y el tercio meridional de América del Sur, el
Atlántico
austral constituía una especie de mar interior casi cerrado, pero con una
pequeña comunicación con el océano Indico; este último se comunicaba a su vez
con Thetis, el cual avanzaba hacía el Oeste desde la India por el Mediterráneo,
las Antillas y Panamá, hasta confundirse con el océano Pací- fico.
III.
CRETACEO
Con la
época Cretácea se inició un estado de cosas más íntimamente ligado con el
presente. Los cambios en la forma de la Tierra pueden indicarse con mayor
precisión y las rela- ciones del mundo viviente de las épocas pasadas con el
actual resultan más y más estrechas. La evolución de los vertebra- dos
terrestres dio lugar al surgimiento de problemas sucesi- vos cada vez más
interesantes que relacionándose unos con otros culminan en el que los domina a
todos: el origen del Hombre. Es, pues, natural, que a medida que nos acerque-
mos a la época actual vaya abundando en mayores detalles.
Los
terrenos de la época Cretácea tienen en la República Argentina un desarrollo
enorme, presentándose, aunque con grandes interrupciones desde las fronteras de
Bolivia. Para- guay y Brasil en el Norte, hasta el estrecho de Magallanes y
Tierra del Fuego, hacia el Sur.
Constan
casi siempre de potentes capas de areniscas ge-
neralmente
coloradas o amarillentas. Sin fósiles o con fósiles, pero en otros puntos
(especialmente en la zona que ocupaba
el mar
Andino),aparecen capas calizas o margosas con fósiles marinos.
La
formación Cretácea que viene desde Bolivia, en don- de ocupa vastas
superficies, se extiende sobre la mayor parte de la provincia de Salta y la
región septentrional de Tucumán.
Ocupa
también una parte considerable de la provincia de
Corrientes
y aparece más al Sur de la región de la Cordillera en distintas localidades de
La Rioja, Mendoza y San Juan. En Patagonia se presentan formaciones cretáceas
de un extremo a otro del territorio. Ahí es donde ha sido mejor estudiada y
dividida en dos grandes secciones: la inferior, que lleva el nombre de
formación Chubutiana o "de las areniscas rojas", y la superior, el de
formación Guaranítica.
a)
CRETÁCEO INFERIOR.
La
formación Chubutiana, tal como su nombre lo índica, se extiende sobre el
territorio del Chubut, en cuya parte más
central ocupa, extendiéndose por el Norte hasta cerca del Río Negro y por el
Sur hasta la región superior del
Sehuen. Consta de areniscas generalmente muy duras y de muy dis- tintos y
variados colores y representa una formación conti- nental con fósiles
exclusivamente terrestres o de agua dulce que se extendía al oriente, más allá
de los límites actuales de Patagonia puesto que sus estratos desaparecen bajo
las aguas del Atlántico. En Patagonia occidental, en la gobernación del Neuquén
y en la región Sur de Mendoza, las capas corres- pondientes son de origen
marino; se depositaron en el fondo del mar Andino. En la fauna marina
predominan todavía los
Amonitas
acompañados de numerosos Lamelibranquios, la mayor parte de géneros todavía
existentes. Persisten los Ictio- saurios y los Teleosaurios, a los que se
agregan Plesiosauros y gigantescos Mosasaurus. En las capas más inferiores de
la región del lago Pueyrredón aparecen embutidos en la misma roca que los
Amonitas, los restos del mamífero hasta ahora más antiguo de Sud América,
aparentemente un precursor de los zeuglodontes de principios del Terciario.
A1
oriente del mar Andino, en la tierra firme, prosperaba una flora en la cual
predominaban y a las fanerógamas y que parece casi idéntica a la del Cretáceo
de Norte América. En las mismas capas aparecen los primeros Dinosaurios
herbívo- ros del grupo de los Saurópodos y los Carniceros del orden de los
Terópodos, lagartos que adquieren su mayor desarrollo en la época siguiente.
Por fin, en las capas más superiores de la misma formación aparecen los
primeros mamíferos terres-
tres.
El más
importante es el diminuto Proteodidelphys, de la familia de los Microbioterios,
animales aliados de las actuales comadrejas (Didelphys) cuyos antecesores son;
era muy pare- cido al Paurodon del Cretáceo de Norte América, y a pesar de ser
un marsupial, presentaba algunos caracteres de Ungu- lado.
Otros
restos indican un herbívoro marsupial (Archaeo-
plus) ,
como si en este horizonte fuera difícil establecer una línea de separación
entre los marsupiales Carniceros y los Ungulados placentaríos. Placas óseas
aisladas de animales acorazados revelan que en esa remotísima época ya habían
aparecido los actuales armadillos.
Las
relaciones de la flora y la fauna argentinas de esta época con las de Estados
Unidos, prueban que durante el Cretáceo inferior hubo una comunicación
continental entre Norte América y la región del continente Etiopebrasileño
correspondiente a la parte septentrional de Sud América, que persistió hasta el
Cretáceo medio y desapareció en el Cretá- ceo superior.
b)
CRETÁCEO SUPERIOR.
La mitad
superior del Cretáceo está representada por la formación Guaranítica que es una
de las más vastas. Divídese en tres horizontes principales: el Pehuenche, que
constituye la base; el Notostilopense, la parte media. y el Piroteriense, la
superior. Consta en su mayor parte de una sucesión de are- niscas rojas en las
que predominan las de origen terrestre, subaéreo y de agua dulce.
Constituye
el suelo de Corrientes y Misiones. Al Sur rea-
parece en
el interior sobre el río Negro y sobrepuesta a las areniscas abigarradas ocupa
el centro del territorio del Chu- but, apareciendo más al Sur en afloramientos
aislados hasta San Julián y„ Lago Argentino. No hay duda que a grandes
profundidades debe extenderse por todo el territorio argenti- no hasta el pie
de las montañas. Por el Este, en
Patagonia, donde no ha sido cortada y barrida por las aguas del Océano de la
época Patagónica, aparece en la costa hundiéndose en las profundidades del
océano, probando que se trata de una gran época continental durante la cual la
tierra firme se ex- tendía indefinidamente hacía el oriente.
El
Cretáceo superior fue para el hemisferio austral la época de mayor extensión de
las tierras. E1 antiguo conti- nente Permotriásico (Gondwana) , reaparece aún
más exten- dido que al fin del Primario, constituyendo el gran continente
austral, durante el cual la distribución de las tierras y las aguas en la
superficie del Globo fue inversa de la actual.
En el
día, las grandes masas continentales se encuentran al Norte de la línea
ecuatorial, mientras que el hemisferio Sur aparece cubierto por un vasto Océano
del que surgen tierras aisladas de escasas dimensiones y en el cual penetran en
for- ma de penínsulas triangulares, prolongaciones de la masa continental
ártica.
En los
últimos tiempos de la era Mesozoica, durante la época Cretácea, la distribución
de las tierras y las aguas era precisamente la inversa; al Norte de la línea
ecuatorial se ex- tendía entonces un vasto océano sembrado de islas y al Sur
una gran masa continental en la cual se encontraba englobado nuestro
territorio, que estaba unido con África; al oriente por una tierra llamada
Arquelenis y prolongaba al través de la región polar antártica hasta Australia
y Nueva Z, .día, sin que éstas estuvieran en comunicación directa con África.
Sobre ese
antiquísimo continente austral
de la época
Cretácea
y especialmente en su parte céntrica, constituida por lo que hoy es territorio
argentino prosperaban una flora de aspecto tropical y una fauna variadísíma.
Sobre ese territorio se desarrollaron también los más perfectos de los organis-
mos, la gran clase de los Mamíferos, en faunas sucesivas cada vez más
diversificadas, que no se dispersaron luego por las tierras australes y por
distintos caminos penetraron más tarde
en el
hemisferio Norte. Sobre este continente austral, al llegar al fin de la época
Cretácea, ya habían aparecido y desapareci- do, sucediéndose unas a otras,
varias faunas mastológicas y se encontraban ya constituidos los principales
órdenes que to- davía existen.
Durante
esa misma época Cretácea en las tierras insula-
res del
hemisferio Norte, la clase de los Mamíferos se encon- traba representada
únicamente por unos pocos marsupiales raquíticos y de los menos especializados.
La gran
barrera de los Andes era entonces sumamente
baja y no
obstruía las corrientes atmosféricas. El clima era caliente y húmedo y una
vegetación exuberante cubría todo el territorio argentino. Hasta en las mismas
mesetas patagóni- cas, hoy secas y estériles, prosperaban grandes bosques de
palmeras y coníferos, cuyos restos petrificados llenan capas enteras,
encontrándose a menudo gigantescos troncos trans- formados en pedernal y
parados en su posición natural, constituyendo bosques muertos, bosques de
piedra, colum- nas de pedernal que allá en los desiertos patagónicos, al so-
bresalir del suelo,
la imaginación de
los pobladores de aquellas regiones los toma por mástiles
& embarcaciones petrificadas.
Alternando
con las ramas y los troncos transformados en piedra que llenan las capas de
areniscas rojas (piso pehuenchense) , se encuentran cantidades de osamentas
igualmente petrificadas y pertenecientes a vertebrados terres- tres del
extinguido grupo de los Dinosaurios, reptiles de los más sorprendentes, de
aspecto sumamente variado, cupo nombre significa lagartos terribles, y que por
su colosal tama-
ño lo
eran, en efecto, muchos de ellos. Los seres que más se les aproximan
actualmente son las iguanas, pero eran invaria- blemente de cuerpo más
levantado. Algunos de sus repre- sentantes alcanzaban un largo de treinta y más
metros. . .
¡Iguanas
del tamaño de las más co rpulentas ballenas!
Es algo
que maravilla contemplar los aspectos tan dis- tintos v tan variados de esos
extraños seres. A1 lado de los colosos más formidables que hayan pisado la
tierra firme de nuestro planeta, los había no mayores que una liebre. Unos eran
carniceros y otros herbívoros, con el cuerpo acorazado o sin coraza. Algunos
ostentaban adornos cefálicos en forma de hojas óseas curvas y cortantes como
guadañas, o de for- midables cuernos, ya verticales, ya inclinados hacia atrás
o a los lados, y a veces dirigidos hacía adelante; en ciertos casos no se
quedaban limitados a la cabeza sino que se extendían en hilera longitudinal por
sobre toda la línea media del cuer- po hasta la misma cola, hilera a veces
reforzada con otras laterales paralelas. Muchos tenían los cuatro miembros
igua- les o casi iguales, pero en otros los anteriores o torácicos eran muy
cortos y los posteriores mucho más largos y gruesos, con cola igualmente gruesa
y larga, de modo que caminaban a la manera del canguro. En otros los miembros
anteriores se habían atrofiado completamente: éstos, eran bípedos, siendo lo
más extraordinario que aparte la diferencia de tamaño, los y es de esos colosos
eran de forma casi igual a los d; las aves.
En este
período es cuando alcanzó dicho grupo su ma-
yor
desarrollo en el territorio argentino, siendo su represen- tarte más gigantesco
el género Argyrosaurus. El Titanosaurus de las areniscas": guaraníticas
del Neuquén es de dimensiones
algo más
moderadas, pero muy notable por tratarse de un género que tiene representantes
en el Cretáceo de la India, de Inglaterra y de Madagascar. E1 género
Bothriospond y los, del Jurásico de Inglaterra y del Cretáceo de Madagascar, se
ha encontrado en las areniscas rojas del
río Negro, en las pro- ximidades de Roca. Todos eran herbívoros. Los carniceros
eran de proporciones más moderadas.
En el
período subsiguiente u horizonte Notostilopense,
disminuyen
en número y sus últimos representantes, como los géneros Genyodetes y
Loncossaurus, eran cercanos del género Megalosaurus del Viejo Mundo.
Juntamente
con los Dinosaurios se encuentran también
reptiles
de otros tipos, particularmente cocodrílicos, como el Notosuchus y el
Cynodontosuchus, del grupo extinguido de los Mesosuchia, parecidos a los del
horizonte Puberckiano del Jurásico de Inglaterra: ofidios coma el género
Denilysia, que es el más antiguo representante de este orden basta ahora
conocido, y numerosas tortugas, tanto marinas como fluvia- les y terrestres.
Entre estas últimas merece una mención es- pecial el género Miolania, que es
uno de los más extraordinarios de este grupo.
Miolania era
una tortuga terrestre de
tamaño colosal,
comparable
al de los más grandes gliptodontes de la Pampa. E1 carácter más singular de
este animal reside en la cabeza, que estaba armada de grandes protuberancias de
las cuales dos se prolongan de un modo extraordinario, constituyendo un par de
cuernos parecidos a los del buey. La cola no era menos extraordinaria que la
cabeza, pues estaba protegida por un estuche óseo compuesto de varios anilles
imbricados
y con
protuberancias cómo presentando así un parecido ex- traordinario con la del
género desdentado Gliptodon.
Los
primeros restos de esta tortuga cornada fueron exhumados hace ya anos en los
depósitos cuaternarios de Australia. El hallazgo reciente de una especie de
este género en la parte medía de la formación Guaranítica del territorio del
Chubut constituye una sorpresa de importancia excepcio- nal, pues consagra
definitivamente la existencia de ese anti- guo continente austral desaparecido.
Una tortuga terrestre de tamaño tan enorme y de movimientos tan lentos y
pesados, sólo pudo pasar
de uno a otro continente por sobre
un puente continuo y bien firme.
Las Aves
remontan a una gran antigüedad: en el hori- zonte Notostilopense se encuentran
ya representados casi todos los grupos existentes, incluso el del avestruz. Los
pin- güines aparecen en el horizonte Piroteriense representados por formas
pequeñas como Cruschedula o de mayor tamaño que el avestruz como Cladornis,
pero entonces eran aves plantígradas que todavía no se habían adaptado a la
vida acuática, o por lo menos eran de hábito principalmente te- rrestre.
E1
Physornis del Piroteriense era un ave corre dora y de
presa, de
doble tamaño que el avestruz de África, pertene- ciente al extinguido grupo de
los Estereornitos, que alcanza su mayor desarrollo en la. formación
Santacruceña del Eoce- no superior.
Pero los
animales de esa época que en nuestro suelo y por las razones apuntadas más
arriba presentan un especial interés, son los Mamíferos.
Los
Desdentados constituyen un grupo primitivo que da a las faunas sudamericanas un
aspecto característico muy particular. Comprenden dos grandes secciones: los
acoraza- dos y los desprovistos de coraza.
Los
acorazados son los armadillos que ya existían en el Cretáceo inferior: en el
Notostilopense son más numerosos (Astegotherium, Anteutatus, etcétera) y
aumentan en el Pi- roteriense: se distinguen de los existentes por las placas
óseas colocadas unas al lado de otras sin que estuvieran trabadas por suturas.
Los
Peltéfilos (Peltephilus) que aparecen en el horizonte Piroteriense y alcanzan
su mayor desarrollo en el Santacruce- ño, son todavía más notables. La coraza
consta de placas sueltas dispuestas en hileras transversales de uno a otro ex-
tremo, con el sistema pilífero atrofiado. La dentadura es con- tinua y
dispuesta en forma
de herradura, con
todos los dientes cortantes y los
incisivos de gran tamaño. En la parte anterior del cráneo, encima de la nariz,
tenían cuatro placas óseas desarrolladas en forma de cuernos, dispuestos en dos
pares transversales, de los cuales el par posterior, mucho más gruesos y más
largos, cónicos y algo encorvados hacia atrás, dan a la cabeza un aspecto
sumamente bizarro. Algunas, es- pecies alcanzaban el tamaño de tapires: y como
ya lo indican la disposición de la dentadura y los coprolitos que de ellos se
han encontrado, eran animales feroces y de presa que se ali- mentaban de otros
mamíferos. Un armadillo, o, empleando el nombre vulgar: un peludo feroz y
carnicero como un tigre y armado de cuernos como un rinoceronte, es algo que no
hu- biera podido inventar la imaginación más vivaz.
Aparecen
también en el mismo horizonte los primeros gliptodones (Glypatelus) de talla
muy pequeña y todavía poco diferenciados de los verdaderos armadillos.
Los
Desdentados no acorazados, de les cuales hoy en
Sud
América sólo quedan vivos los perezosos y el oso hor- miguero, fueron en las
épocas pasadas extraordinariamente numerosos. La casi totalidad de las especies
fósiles pertene- cen a un grupo distinto y hoy extinguido, al que se ha dado el
nombre de gravigrados (Gravigrada) , a causa del enorme tamaño y el aspecto
robusto y pesado de los primeros que fueron conocidos. Pero ese distintivo sólo
es propio de los representantes más modernos del grupo; los más antiguos que
aparecen en el Notostilopense (Protobradys) eran ani- males muy pequeños, del
tamaño de ratas y muy escasos. En el Piroteriense son algo mayores y más
frecuentes (Propla- tyarthrus, Orophodon) , pero deformas poco variadas.
Los Microbioterios (Microbiotheridae), descendientes del Proteodidelphys del
Cretáceo inferior, que se distinguen apenas de los pequeños Didélfidos
existentes, sin ser muy abundantes, se encuentran representados en todos los
hori- zontes. La historia paleontológica de estos pequeños señores, que
constituyen el tronco de origen de la casi totalidad de los Mamíferos, es
verdaderamente sorprendente.
De los
órdenes en el día existentes son los más antiguos
Mamíferos
que se conocen.
Este tipo
primitivo ha presenciado todas las grandes re- voluciones y enormes cambios
geológicos que se han produ- cido desde el principio de la época cretácea; ha
asistido a la aparición sucesiva de todos los grandes grupos de Mamífe-
ros; ha
sido testigo de la formación gradual de grandes órde- nes que llegaron al
apogeo de su desarrollo en forma de gi- gantes y luego desaparecieron; ha
presenciado un cambio continuo de la superficie de la Tierra y de los seres que
la poblaban; y en medio de ese perpetuo movimiento, sólo él ha permanecido
inmóvil. siendo hoy lo que era hace millones de años. Didelphys, esa especie
enana de aspecto tan insignifi- cante, es, por su vejez, el más venerable de
los Mamíferos, y abrigando su débil prole en los pliegues de su misma piel, en
el marsupium para darle calor y vida, preservarla de las ase- chanzas externas
y perpetuar la especie, es en la naturaleza (y me place repetirme), el más
perfecto emblema del amor ma- terno, el más elevado, el más roble y el más
santo.
Los
Insectívoros constituyen un grupo de Sarcoboros,
de
aspecto casi tan primitivo como el de !os Microbioterios y Didélfidos. En
nuestra época no tienen ningún representante en Sud América, pero los tuvieron
en las épocas pasadas; a éste pertenecen los géneros Argyrolestes y Nemolestes
del Notostilopense de Patagonia.
Los
Mamíferos carniceros están representados por todo
un grupo
al que se ha dado el nombre de Esparasodontes (Sparassodonta) cuya
talla variaba desde
la de una
hucha hasta la de los más grandes osos. Presentan caracteres mixtos de
placentarios y marsupiales y representan el tronco de don- de se desprendieron
los marsupiales Carniceros del conti- nente australiano, los Carniceros
placentarios de ambos hemisferios y un crecido número de formas extinguidas del
hemisferio septentrional designadas con el nombre de Creo- dontes.
Se
presentan bien desarrollados en los dos horizontes superiores. Arminiheringia,
del Notostilopense, era un carni- cero del tamaño de un tigre, pero con caninos
de un largo extraordinario, tan sólo comparables a los incisivos de los
roedores, de crecimiento continuo e implantados en alveolos sumamente
profundos; las muelas superiores quinta y sexta tenían forma de cuchillas. El
Proborhyaena del Piroteriense era de tamaño mucho mayor. pues alcanzaba las
proporcio- nes del oso blanco actual, pero los caninos eran de forma más
normal, más cortos y notablemente más gruesos.
Otro
grupo interesantísimo del Cretáceo argentino es de los Plagiaulacoideos,
pequeños mamíferos marsupiales con una dentadura sobre el tipo de los canguros
australianos, pero con los miembros más iguales, con cinco dedos en cada pie y
sin vestigios de sindactilismo. Eran sumamente numerosos y fueron los que
dieron origen a los marsupiales australianos designados con el nombre de
Diprotodontes, de cuyo grupo forman parte los canguros. Hace unos pocos uñes
nadie hu- biera sospechado que estos últimos hubieran podido tener origen en
otro continente que no fuera Australia y menos aun en la Argentina, separada
hoy de las tierras australianas por el inmenso abismo del Pacífico.
Todos los
Plagiaulacoideos eran pequeños, del tamaño de lanchas; los más grandes
alcanzaban el tamaño de una comadreja común Aparecen en la formación
guaranítica ad- quieren su mayor desarrollo en la Santacruceña y se extin- guen
en la Entrerriana.
Fueron
numerosísimos, tanto por la cantidad como por
la
variedad de sus formas. Se dividen en dos grandes grupos:
el de los
Paucituberculados y el de los Multituberculados o Aloterios. Los
Paucituberculados, con dentadura más o me- nos completa y muelas con pocas
puntas o con crestas, son los más primitivos y los antecesores de los
Diprotodontes australianos. Aparecen en el Notostilopense, con la familia de
los Garzónidos (Progarzorna, Pseudhalmarhiphus) . a la que se agregan en el
Piroteriense los Epanórtidos (Palaepanor- thus) y los Abderitidios
(Parabdecites) .
Los
Multituberculados con la dentadura reducida (una gran muela hipertrofiada en
cada lado de cada mandíbula y las que siguen hacia atrás con numerosos
tubérculos cónicos en la corona), están relacionados con los animales parecidos
del Cretáceo y de la base del Eoceno de Norte América y Europa. Aparecen en
Patagonia en el Notostilopense, repre- sentados por las familias de los
Polidolopidios (Polydolops. Eudolops, Pseudolops, etc.), los Promisopidios
(Promysops, Propolymastodo) y los Neoplagiaulacidios (Anissodolops) .
Los
Roedores aparecen recién en el Piroteriense como
descendientes
de los Plagiaulacoidios de la familia de los Promisopidios. Constituyen un
grupo poco numeroso, pero compacto, el de los Cefalómidos (Cephalomys,
Asteromys, etc.), de caracteres muy primitivos, poco especializados, to- dos
muy pequeños y forman al parecer el tronco de origen de todos los Roedores
terciarios.
Para el
conocimiento de los Ungulados, su origen y evolución, la historia
paleontológica de su desarrollo en la Argentina es de capital importancia.
Este gran
grupo de Mamíferos está representado en la
naturaleza
actual por cinco subórdenes: el de los Probosci-
dios
(Proboscidea) o elefantes; los Periosodáctilos (Perisso- dactyla) o
imparidigitados, como el tapir; los Artisotáctilos (Artiodactyla) o parigitados
como los rumiantes; los Hipoi- dios o solidúngulos (Hippoidea) como el caballo,
y los pe- queños Hiracoidios (Hyracoidea) de aspecto externo parecido al de
roedores, como el Hyrax.
Exceptuada
Australia, Sud América es hoy la región más pobre en Ungulados. No tomando en
cuenta los importados, los indígenas de este continente se reducen al tapir
entre los imparidigitados y a los guanacos, algunos ciervos y el dicotiles o
pecari entre los paridigitados. Nada más.
No
sucedía lo mismo en las épocas pasadas: y a este res-
pecto no
puede haber mayor contraste, pues Sud América es precisamente la región de la
Tierra en la cual hubo mayor número de Ungulados y de tipos más variados. Los
mismos tres subórdenes de los Proboscidios, Hiracoidios e Hipoidios que en la
época del descubrimiento no formaban parte de la fauna sudamericana, tuvieron
acá, en otras épocas, numerosí- simos representantes.
Además de
los cinco subórdenes de Mamíferos Ungula-
dos
existentes mencionados, se conocen ocho subórdenes hoy completamente
extinguidos. De éstos, cuatro: los Tilo- donte; (Tillodonta), los Ancilopodos
(Ancylopoda) , los Am- blípodos (Amblypoda) y los Condilartros (Condylarthra).
se conocen fósiles de Europa y Norte América, pero todos tu- vieron un mayor
número de representantes en nuestro terri- torio. Los otros cuatro subórdenes
extinguidos: los Protungulados (Protungulata), los Litopternos (Litopterna),
los
Toxodontes (Toxodontia) y les Tipoterios (Typotheria), son hasta ahora
exclusivos de Sud América.
Quiere
decir que en Sud Amé tica vivieron numerosos Ungulados de todos los subórdenes
que vivieron o viven en las distintas regiones de la Tierra y además un
considerable número de otros pertenecientes a subórdenes que le son ex-
clusivos. Es una prueba concluyente de que Sud América fue su punto de origen y
el centro de su primitivo desarrollo e irradiación. Esto da una clara idea de
la grandísima importan- cia de las investigaciones paleontológicas efectuadas
en nuestro país durante los últimos veinte años.
Constituyen
su tronco de origen los Protungulados, pe-
queños
mamíferos descendientes de los Microbioterios, en su mayor parte del tamaño de
huchas y ratas, con uñas agudas y muelas mamelonadas; participan a la vez de
los caracteres de los placentarios y los marsupiales. de los Ungulados y los
Unguiculados. A este grupo pertenece el Archaeoplus del Cretáceo inferior. En
el Notostilopense hay varios géneros, de los cuales el más típico es
Caroloameghinia. Se extinguen por completo antes de llegar a la base del
Piroteriense.
Una de
las primeras ramas aisladas de este tronco común fue el suborden de los
Tilodontes, anímales que por su tama- ño eran comparables a los Roedores, a los
que también se parecían por los incisivos, mientras que las muelas eran de
Ungulados y las uñas de Unguiculados. En Patagonia el géne- ro típico es el
Notostylops: que ha dado su nombre al hori- zonte que contiene sus restos. Los
Tilodontes también se extinguen antes de llegar al Piroteriense, pero pasaron a
Eu-
ropa y
Norte América donde vivieron hasta la base del Ter- ciario.
Los
Ancilópodos son mamíferos primitivos que des- cienden directamente de los
Protungulados y poseí; n todos los caracteres de Ungulados perfectos, menos en
los dedos, que eran arqueados en forma de ganchos y armados de garras
comprimidas lateralmente, como en los Unguiculados.
Aparecen
en el Notostilopense representados por la fa-
milia de
los Isotémnidos (Prostylops, Isotemnus, etc.), con numerosos representantes,
todos de talla pequeña, pero en el Piroteriense se diversifican y adquieren un
tamaño conside- rable. Los Leontinidios (Leontina) se distinguen por sus
grandes incisivos en forma de caninos. El Asmodeus, de la familia de los
Hemaloterios, es uno de los más gigantescos seres que hayan vívido en la
superficie de la tierra. Este sub- orden alcanza hasta el Santacruceño y va a
extinguirse en el Plioceno inferior de Europa y Norte América.
Los
Amblípodos son grandes Ungulados primitivos de
cuerpo
muy pesado y algo parecidos a los elefantes, de miembros gruesos en forma de
columnas con cinco dedos en cada píe. Aparecen en el Notostilopense basal con
represen- tantes muy pequeños que aumentan de talla en el Notostilo- pense
superior, donde están representados por dos familias, los Trigonostilopidios
(Trigonostylops) y los Albertogaudri- dios (Alhertoyaudrya) .
La
familia de los Astrapoterios se desarrolla en el Pirote-
riense y
algunos de su géneros, como Parastrapotherium, superaba en tamaño a los más
grandes elefantes. Animales
semejantes
aparecen en Europa y Norte América en época" bastante más reciente.
El
pequeño Hyrax actual de África y Asía es el único so- breviviente de un
suborden que durante el Cretáceo superior tuvo en nuestro suelo numerosos
representantes que apare- cen en el Notostilopense (Acoelodus, Odfieldthomasia,
etc.) . de la familia y de los Acoelodidae y alcanza hasta la parte superior y
del Piroteriense (Archaeohyrax, Argyrohyrax), de la familia de los
Archaeohyracidae.
De los
Hiracoidios parten varias ramas que dieron origen
a otros
tantos subórdenes distintos. Una, la de los Hipoidios, sale de los Acelódidos y
conduce a los caballos actuales; em- pieza en el Notostilopense con formas muy
pequeñas como Patriarchippus, de la familia de los Notohipidios y adquiere un
gran desarrollo en el Piroteriense (Morphippus), Rhynchi- ppus, etc.); se
distinguen de los verdaderos caballos, sobre todo por la dentadura, que es en
serie continua. Continúan su desarrollo en el Terciario.
Los
Tipoterios representan otra rama desprendida de los Hiracoidios primitivos; en
la forma del cráneo y el aspecto de la dentadura presentan un notable parecido
con los Roedo- res. Aparecen en las capas superiores del Notostilopense y
abundan en el Piroteriense (Eopachyrucos, Prosotherium).
Los
Toxodontes constituyen una tercera rama despren-
dida de
los Hiracoidios que se aisló en una época un poco más reciente que la de los
Tipoterios, separándose de los Arqueohiracidios en el horizonte Piroteriense
(Proadinothe- rium, Pronesodon) . para alcanzar su mayor desarrollo en el
Terciario.
Los
Condilartros forman un suborden de Ungulados que tornaron origen en los
Protungulados. Son todos muy pe- queños, con muelas mamelonadas, pentadáctilos
y plantígra- dos. Sus restos se encuentran desde en el Notostilopense
(Didolodus, Euprotogonia, Cephanodus, etc.), hasta el Piro- teriense
(Lambdaconus), donde son raros y no pasan al Ter- ciario. En Europa y Norte
América los restos de este suborden están limitados al Eoceno.
Los
Litopternos descienden directamente de los Condi- lartros. Los más notables son
los Proteroréridos, esbeltos, ligeros como gamas y con un solo vaso en cada
pie. imitando caballitos en miniatura. Aparecen recién en el Piroteriense
(Deuterotherium, Eoproterotherium) y pasan al Terciario, en donde adquieren su
mayor desarrollo. La otra familia del mismo grupo, la de los Macroquénídos, que
tanto desarrollo alcanza en el Terciario. aparece también en el mismo hori-
zonte (Protheosodon) .
La
historia paleontológica de los Proboscidios o elefan-
tes es
sumamente curiosa. Aparecen en la parte media de la formación Guaranítica,
desprendiéndose de los Condilartros, representados por animales pequeños como
Paulogervaisia, que apenas se distinguen de estos últimos y que luego adquie-
ren la talla del tapir, muelas con crestas transversales y pe- queñas defensas
como el género Carolozittelia del horizonte Notostilopense. Un poco mayor y con
defensas un poco más grandes es el Propyrotherium, y así se llega gradualmente
hasta los Piroterios de" la parte más superior del horizonte Piroteriense.
E1 Pyrotherium era un animal tan grande como los elefantes actuales, con
fuertes defensas superiores e infe-
riores y
muela con dos crestas transversales como el Dino- theriurn. En las formaciones
patagónicas y Santacruceña no hay animales parecidos. La línea se corta en Sud
América para continuar en el hemisferio oriental, donde habían llega- do por
sobre el Arquelenis (el puente que unía a Sud América con el continente negro)
. Los encontramos en el Eoceno superior y en el Oligoceno de África,
representados por Moe- ritherium, Barytherium y Palaemastodon. En el Mioceno
inferior ;casan a Euroasia, en donde se transforman Masto- don y Dinotherium.
En el Mioceno superior, el Mastodon pasó de Euroasia a América dril Norte,
siguió la . ruta del Sur, encontró el puente que acababa de ligar a ambas
Améri- cas, lo cruzó y al principio de la época Pliocena llego a nues- tro
Pampa al mismo ;j punto de partida del gran cíelo emigratorio emprendido por
sus antiquísimos antepasados, los Piroterios de la época Cretácea.
Para
completar el grandísimo interés que despierta esta antiquísima fauna
mastológica austral, me queda por mencio- nar la presencia de vestigios de
cuadrumanos inferiores, de tamaño muy reducido (Notopithecus, Adpithecus,
Henricos- bornia, etc.), del Notostilopense, como los antecesores de los
Lemúridos extinguidos de Europa y Norte América y de los existentes en el
mediodía de Asia y África, mientras que otra rama, la de los Clenialitos,
conduce a lo, Homonculidios del Terciario antiguo de nuestro sucio, cine son
los antecesores de los Monos de ambos que y, por consiguiente, del hombre.
CAPITULO
IV ERA CENOZOICA
Los
geólogos dividen esta era en cuatro períodos, que, a partir del más antiguo,
llevan los nombres de Eoceno, Oligo- ceno, Mioceno y Plioceno.
El
período Eoceno es el que representa el mayor espacio de tiempo, casi igual al
de los otros tres juntos. El período Plioceno es el de menor duración.
I.
EOCENO.
Con las
capas del horizonte Piroteriense termina la era Secundaría y empieza la
Terciaria, que se inicia con una con- moción y un cambio general en la
orografía de los continen- tes y en la distribución de las tierras y las aguas.
Grandes erupciones volcánicas acompañaron el levantamiento de las grandes cadenas
de montañas antes
sólo esbozadas y las
aguas oceánicas se transportaron de Norte a Sur. El hemisfe- rio septentrional
se transformó en continental y el hemisferio austral en insular y peninsular.
Una vez
que las tierras septentrionales del Norte del Ecuador quedaron transformadas de
insulares con continen- tales, aparecen sobre ellas numerosos Mamíferos
placenta- rios, especialmente Ungulados y Carniceros primitivos, cuyos
antecesores se buscan inútilmente en las capas de la época Cretácea; no se los
encuentra . Y no se los encuentra porque eran allá los recién llegados, porque
aquella no es su patria de
origen,
porque cuando atravesaron en peregrinación hacia el Norte la línea ecuatorial,
miles de siglos hacía que pisaban las tierras australes en donde se habían
desarrollado y diversifi- cado en faunas sucesivas con numerosísimas formas;
acá, ya eran viejos; acá, grandes órdenes que se habían constituido con suma
lentitud, que habían alcanzado el apogeo de su desarrollo, ya habían
desaparecido y sus restos yacían sepul- tados en las profundidades de capas
geológicas correspon- dientes a períodos que en ese tiempo remotísimo eran ya
de épocas pasadas.
E1
continente antártico quedó despedazado y las faunas de sus distintas partes
evolucionaron desde entonces por
separado.
Australia
quedó completamente aíslalo hasta nuestros dí-
as: la
fauna primitiva de Esparasodontes y Plagiaulacoideos, que recibiera del antiguo
territorio argentino, continuó su evolución independiente hasta transformarse
en los Tilacinos, los Dasiuros y los canguros actuales y extinguidos de la mis-
ma región.
En el
resto del Globo las aguas y las tierras quedaron
distribuidas
y conexionadas en una forma muy distinta de la que presentaban en la época del
Cretáceo superior.
África
austral, al perder en parte su antes perfecta cone- xión con Sud América se
unió con Asia, que ya formaba una tierra continua con Europa; pero el Atlántico
central, que se extendía por el Sahara hasta el mar Rojo, oponía una barrera al
pasaje directo de las faunas de África austral a Europa y viceversa. En cambio,
con la transformación continental del hemisferio Norte surgieron tierras que
pusieron en comuni-
cación
directa a la mitad septentrional de Europa con Améri- ca del Norte a través del
Atlántico septentrional: esto queda demostrado tanto por los potentes depósitos
de origen te- rrestre y continental que se encuentran en Groenlandia como por
el gran parecido de las faunas terrestres eocenas de Eu- ropa y Norte América.
Ambas
Américas permanecían separadas por el océano y los territorios de Panamá y
Centro América encontrábanse sumergidos en un ancho mar que ponía en
comunicación el Atlántico y el Pacífico, como lo demuestran los depósitos
marinos terciarios eocenos que se encuentran en el mismo istmo de Panamá.
Debido a estas comunicaciones a través de ambas Américas, las antiguas faunas
de Moluscos que se en- cuentran fósiles en las costas meridionales del Pacífico
(Chile) presentan grandes analogías con la fauna de Moluscos del Mediterráneo,
que es un parecido que no existe con la fauna actual del mismo océano.
El
Atlántico estaba transversalmente dividido en varios
trozos.
Lo que hoy es Atlántico septentrional estaba ocupado en su mayor extensión por
las tierras que unían a la región Norte de América septentrional con el Norte
de Europa, y el Atlántico austral estaba cruzado por el Arquelenis, que unía a
Sud América con África tropical austral. El Atlántico central, limitado al
Norte y al Sur por grandes barreras transversales, constituía un ancho y largo
brazo del Pacífico que se extendía de Oeste a Este al través de ambas Américas
hasta el golfo Pérsico, mientras que más al Sur penetraba por la cuenca del
Amazonas dividiendo a Sud América en dos grandes penín- sulas unidas por un
istmo en su parte más occidental.
Así
dispuestas las tierras y las aguas, los antiguos Mamí- feros del territorio
argentino. que a causa de la submersión del continente austral quedaron en la
parte meridional del continente africano, pasaren pronto al continente asiático
donde encontraron un medio favorable a su desarrollo v evolución. Los
Piroterios, se transformaron en los Probosci- dios, los Acelódidos en
Hiracoidios, los Notohipidios en caballos, los Condilartros en paridigitados e
imparidigitados,
etc.
Por esa
misma vía invadieron el continente euroasiático los demás Mamíferos
sudamericanos tales como los Monos, los Roedores, los Desdentados y los
Didélfidos. De allí por sobre las tierras que ocupaban el Atlántico
septentrional, pasaron a América del Norte, donde no pudiendo proseguir su
camino se localizaron especializándose bajo distintas for- mas a cual más
bizarras y fantásticas.
Volvamos
a la Argentina que, a partir de esta época ya empieza a tomar el relieve
topográfico y los contornos geo- gráficos que conducen gradualmente a su
conformación ac-
tual.
Los
terrenos eocenos en la República Argentina se dis- tribuyen en dos grandes
secciones: la formación Patagónica, que corresponde al Eoceno medio e inferior,
y la formación Santacruceña, que representa el Eoceno superior. La primera es
principalmente marina y la segunda subaérea.
El
período Eoceno se inicia en la Argentina con el pre-
dominio
de las aguas marinas en el hemisferio Sur, que pro- dujo la destrucción del
continente austral. Hemos visto que a fines del Cretáceo el territorio
argentino se prolongaba al
Este, en
dirección a África, mientras que al pie de los Andes se extendía de Norte a Sur
un mar mediterráneo: el mar An- dino, formado por aguas del Pacífico que por
abras transver- sales pasaban a este lado de los Andes. Los valles del Chubut
del Senguer, del Deseado, del Sehuen, etc., que cruzan Pata- gonia de Oeste a
Este, eran entonces grandes ríos que venían del oriente y llevaban sus aguas al
Oeste para verterlas en el mar que bañaba la base oriental de los Andes. Con la
des- trucción y submersión de la tierra continental que se extendía al oriente,
las inmensas olas de la gran transgresión marina del mar patagónico destruyeron
la costa atlántica que retiróse gradual.. j mente lacia el Oeste. Juntamente
con este avance del océano sobrevino un levantamiento de los Andes que cambió
la pendiente del territorio hacia el Este, volcando las aguas del mar Andino en
los valles transversales menciona- dos, que las llevaron al Atlántico; esos
valles que antes lleva- ban las aguas dulces del continente patagónico oriental
al mar Andino, desde entonces, a partir de la época Terciaria, llevan las aguas
dulces de la región de la cordillera al Atlántico del mar Andino, que persistía
desde el principio de la época Jurá- sica, desapareció para siempre, pero
algunas de las grandes abras transversales de los Andes continuaron ocupadas .
por las aguzas del Pacífico, que pasaban a este lado formando brazos o golfos
aislados entre sí.
En la
parte oriental del territorio el abajamiento del suelo fue por lo menos de unos
800 metros. En este colosal avan- ce, el océano ocupó la mitad de la superficie
actual de Sud América e bino
transgresión sobre el
territorio argentino hasta
alcanzar en la parte Sur los primeros contrafuertes de
los
Andes, mientras que por el Norte penetraba en la depre- sión longitudinal del
Paraná-Paraguay hasta el interior del continente, comunicándose con el mar que
ocupaba la cuen- ca del Amazonas aislando el territorio del Brasil meridional y
la República Oriental del Uruguay, que quedaron separadas del macizo
occidental.
En el
fondo de este océano se depositaron las capas de la formación Patagónica que
aparece en la zona litoral a partir de Puerto Madryn, en el fondo de Golfo
Nuevo, y se extien- de sin discontinuidad hasta más allá de la boca del río
Santa Cruz, con un espesor que pasa a veces d 400 metros, reapare- ciendo más
al Sur en la región de Magallanes. En la costa es exclusivamente marina pero
más al Oeste, en la parte central del territorio del Chubut y en varias
regiones de la cordillera, está representada por formaciones terrestres y
subaéreas.
El Eoceno
superior se inicia con un levantamiento gene-
ral de la
parte de América meridional que se extiende al Sur del Ecuador y las aguas del
océano emprenden un rápido retroceso E1 mar que ocupaba la depresión del
Paraná- Paraguay quedó en seco y la región meridional de Brasil y Uruguay
quedaron de nuevo unidos al continente. En Pata- gonia austral el levantamiento
no fue continuo el retroceso de las aguas marinas fue interrumpido repetidas
veces por nue- vos avances del océano, que han dado origen a la formación de
capas alternadas, marinas y de agua dulce, con las cuales empieza la formación
Santacruceña. La tierra firme alcanza por fin a extenderse al Oriente hasta más
allá de las Malvinas y engloba por el Sur la Tierra del Fuego. Los volcanes de
la cordillera entraron en un período de intensa actividad, le-
vantaron
los Andes a considerable altura y la inmensa canti- dad de cenizas arrojadas
por sus cráteres y desparramadas por los vientos y las aguas dulces acumularon
sobre esa tierra nuevamente emergida la gran formación Santacruceña que, con un
espesor de varios cientos de metros, se presenta a descubierto en el territorio
Santa Cruz y puede seguirse hacia el Norte a lo largo de las faldas de los
contrafuertes de los Andes hasta la parte Sur de la provincia de Mendoza. Sus
capas son vastísimos osarios de faunas extinguidas.
Durante
todos esos cambios: el Atlántico austral, en su
parte
medía aumentaba en profundidad y avanzando gra- dualmente en dirección Norte
concluyó con el Arquelenis, del que sólo quedan como pruebas visibles de su
antigua existencia, reposando sobre su zócalo sumergido, los picos volcánicos
de las islas Trinidad, Ascensión y Santa Helena.
La fauna
marina de invertebrados de la época Eocena
está ahí
constituida, como en todas partes, por géneros que todavía existen casi todos,
pero con la casi totalidad de las especies extinguidas.
Los peces
del mar patagónico presentan afinidades cre-
táceas en
las capas basales; los de las capas medias y superio- res tienen el aspecto
eoceno de todas partes.
Aparecen
en las costas argentinas y antes que en las otras regiones de la tierra,
verdaderos Cetáceos, tanto del grupo de las ballenas, representadas por formas
pequeñas (Paieobale- na) , como del grupo de los Delfines (Prosqualodon,
Argyro- cetus, etc.). La
evolución anterior de
estos animales es todavía un misterio.
Pero como
en la época del Cretáceo superior, el gran interés paleontológico queda
concentrado en las faunas te- rrestres.
Entre las
Aves, el grupo de los Estereornitos continúa su
evolución
en el Patagónico y adquiere su mayor desarrollo en el Santacruceño. Brontornis,
Eucallornis, Liornis, y Pho- rorhacos, eran verdaderos colosos alados. La
cabeza del Pho- rorhacos longissimus era
más voluminosa que
la de un caballo. Eran aves de alas cortas, gruesas
e inadecuadas para el vuelo. En algunas de ellas, los dedos tenían uñas ligera-
mente acuminadas, pero en la mayor parte estaban armados con uñas arqueadas, comprimidas
y aceradas como las de las águilas. La mandíbula maciza y prolongada tenía la
parte an- terior vuelta hacia arriba; el pico arqueado y comprimido terminaba
en una larga y sólida punta triangular dirigida hacia abajo, que constituía una formidable
arma ofensiva. Eran aves
corredoras y de presa que medían sus fuerzas con los más grandes Mamíferos de
la época.
Entre los
Desdentados acorazados persisten los Peltéfi- los que adquieren formas
bastantes variadas, como también los armadillos (Proeutatus, Stenatatus,
Prozaedyus, etc.), en- tre los cuales es notable el Stegotherium por su coraza
toda imbricada, el gran desarrollo del sistema pilífero y el rostro prolongado
en forma de pico delgado muy largo con mandí- bulas estiliformes y aparato
dentario atrofiado. Los repre- sentantes del grupo de los Gliptodones son
numerosos (Propalaehoplophorus, Eucinepeltus, etc.), y, aunque de ta- maño
notablemente mayor que Glypatelus del Piroteriense, conservan todavía muchos
caracteres de los armadillos.
Los
Desdentados gravigrados adquieren en el Patagóni- co una mayor diferenciación;
en el santacruceño conservan en su mayor parte las pequeñas, sus dimensiones de
las épo- cas precedentes, pero se multiplican en número extraordina- rio
adquiriendo una variedad de formas verdaderamente extraordinarias. Entre ellos
hay tipos como Hapalops. Eu- choelops, Prepotheriurn, Analcitherium, cte., en
los cuales aparecen ya diseñados los precursores de los géneros pam- peanos,
pero ligados unos a otros por graduales variedades intermedias que constituyen
como una reticulación en todas direcciones.
Los Microbioterios conservan
muchos representantes,
todos
ellos pequeños (Microhiotherium. Eodicfelphys cte.) , algunos difíciles
de separar de
las verdaderas comadrejas; pero
los Insectívoros quedan reducidos al solo género Ne- crolestes parecido al
Chrysochioris, actual de Africa.
Los
carniceros Esparasodontes adquieren un gran desa- rrollo tanto por el número de
sus representantes como por su tamaño y su gran diversificación. Unos, como
Pseu- dohorhyaena del patagónico y Borhyaetna del Santacruceño, eran de gran
tamaño y de cráneo corto y ancho como los tigres y los leones; otros
(Prothylacynus) se parecían al tilaci- no actual de Australia, pero el mayor
número, como Clado- sictis, Amphiproviverra, etc., de tamaño más reducidos,
eran de cráneo y rostro alargado como los zorros.
Los
plagiaulacoidios del grupo de los Paucituberculados
son
numerosísimos, sobre todo en la formación Santacruce- ña. Los principales
géneros son: Garzonia, Asdestis, Epa- northus y Abderites, siendo sobre todo
muy notable el último
a causa
de la cuarta muela inferior, que es sumamente grande, cortante y rayada
verticalmente.
Los
Roedores son sumamente numerosos, con un asombroso número de géneros y
especies, pero pertenecen todos al grupo de los Histricomorfos (puerco espines,
vizca- chas y cavidos).
En la
gran sección de los Ungulados han desaparecido los subórdenes de los
Condilartros, Hiracoidios y Probosci- dios (Piroterios) que todavía tenían
representantes en las ca- pas más superiores del Cretáceo. Los Ancilopodos
persisten, pero se han hecho más raros; el género típico es Homalodo- therium,
animal corpulento y pesado, de cabeza proporcio- nalmente muy pequeña; alcanza
hasta el Santacruceño. Los Amblípodos o Astrapoterios son abundantísimos y de
enor- me tamaño en el Patagónico (Parastrapotherium, Liarthrus, etc.). Hasta el
Santacruceño sólo llega el Astrapoterio (Astra- potherium), de talla
gigantesca, con grandes colmillos en forma de prismas triangulares y miembros
delgados en rela- ción al tamaño extraordinario del cráneo.
Los Notohipidios
(Hipoidios), todavía abundan en el
Patagónico
(Argyrohippus, Pseudhippus, etc.) presentando con los caballos un mayor
parecido que los del Cretáceo su- perior: pero se extingue en la base del
Santacruceño siendo su último representante el género Notohippus, que es el
tipo de la familia.
Todos los
representantes del suborden de los Tipoterios
son
pequeños y poco diversificados (Protypotherium, Hege- totherium, Pacsyrucos,
etc.) ,pero han dejado especialmente en la formación Santacruceña una cantidad
de restos verda-
deramente
asombrosa, comparable tan sólo a la que han de- jado los
Nesodontes, suborden cercano
del precedente, á pero constituido por
anímales de tamaño considerablemente mayor. Los Nesodontes (Nesodon,
Adinotherium), que son los antecesores de los Toxodontes pampeanos, alcanzaban
el tamaño de un buey, y durante su crecimiento pasaban por estadios de un
polimorfismo dentario sorprendente.
En el
suborden de los Litopternos, la familia de los Ma-
croquénidos
(Macrauchenidae) está representada en el Pata- gónico por
Cramauchenia, de mayor
tamaño que Prothesedon del
Piroteriense y en el Santacruceño por Theo- sodon, de tamaño mucho mayor y cuya
fosa nasal empezaba a tomar los caracteres tan particulares de la Macroquenia.
La familia de los Proterotéridos presenta una mayor diferencia- ción, estando
ya representada en el Patagónico por varios géneros (Prolicaphrium,
"Prothoatherium", "Heptacomus", etc.).
En el
Santacruceño son numerosos y variadísimos; unos,
como "Licaphrium", "Diadiaphorus” y
"Proterotherium", eran tridáctilos, con el dedo central de
cada píe muy grande y los laterales pequeños en la misma forma que los
Anquiterios e Hipariones del antiguo continente; otros, como "Thoathe-
rium", eran monodáctilos esto es: de un solo dedo en cada pie, como los
caballos, a los que se habían anticipado en la evolución de los miembros.
Los
precursores de los Primatos, los Notopitecos del
Cretáceo
superior, se extinguen antes de alcanzar el Terciario; en cambio aparecen desde
la base del Eoceno los verdaderos Monos, representados en las capas inferiores
del Patagónico
por formas
diminutas como Homunculites y Pitheculites, cuya talla no era superior a la
de una laucha y en las del San- tacruceño por seres algo mayores, llamados
Pitheculus, Ho- munculus, Anthropops, de caracteres ya tan elevados que
permiten considerarlos como los más antiguos antecesores de los Antropomorfos y
del Hombre.
II.
OLIGOCENO.
El
período Oligoceno es de bastante duración geológica, pero en la República
Argentina está poco estudiado aún y los datos que se le refieren son en parte
bastante confusos. En general parece que fue un período continental con submer-
siones regionales. El continente se extendía todavía hacía el oriente, mucho
más allá de sus límites actuales. El territorio argentino, especialmente en
Patagonia, era bastante más ele- vado que en nuestra época, quedando así
sometido a una fuerte denudación que lo cruzó de valles de erosión, cuyos
materiales fueron llevados por las aguas al fondo del Atlánti-
co.
El
período se inicia con un avance de las aguas. x del Pa- cífico meridional que
pasan a este lado de los Andes cubrien- do la mayor parte de la región Sudoeste
de Patagonia austral al Sur del río Coyle y la totalidad de la Tierra del
Fuego, sin que por eso se pusieran en comunicación con el Atlántico, cuya costa
occidental se encontraba mucho más al Este.
En el
fondo de este antiguo recodo del Pacífico se acu-
mularon
los estratos de la "formación Magallánica" que con
un
espesor de 500 metros se presenta al descubierto de los alrededores de Punta
Arenas. Consta de una sucesión de ca- pas de origen marino que alternan con
otras terrestres o de agua dulce. Estas últimas están a veces constituidas por
mantos de lignita más o menos pura, contienen los restos de una flora compuesta
sobre todo de especies extinguidas de los géneros Fagus, Notofagus y Araucaria.
Los estratos marinos contienen numerosos fósiles de
moluscos
de una fauna casi por completo extinguida, pero de aspecto Pacífico. Esta serie
de capas está coronada por otra bastante espesa conocida con el nombre de
horizonte Are- naense, cuyos fósiles marinos son de aspecto Atlántico. Esa
alternación de estratos marinos y terrestres indica una oscila- ción continua
de la tierra y de las aguas del Pacífico que por repetidas veces avanzaron al
Este y retrocedieron al Oeste, hasta que un gran movimiento de báscula levantó
la región occidental arrojando las aguas del Pacífico al Oeste de los Andes, y
sumergió la región occidental permitiendo que las aguas del Atlántico avanzaran
al Oeste hasta Punta Arenas para que pudieran depositarse en ella los estratos
del Are- naense. Esto prueba que la Patagonia austral en continuo movimiento
era teatro de grandes conmociones volcánicas, y pequeños, pero numerosísimos
volcanes dieron origen a los vastísimos mantos de basalto que como negro
sudario cubren en las mesetas patagónicas las formaciones más antiguas.
Depósitos
terrestres muy potentes de la época del Oligo-
ceno
inferior aparecen en la región de la cordillera en las pro- ximidades del lago
Fontana y en otros puntos, pero permanecen poco menos que inexplorados. Sólo
sabemos
que
contienen una rica fauna de mamíferos con la mayor parte de los elementos de la
fauna Santacruceña, a los que se agregan otros de aspecto más reciente, entre
los cuales los primeros representantes
de la
familia de los
Toxodontes, otros cercanos de las Macroquenias, de los Escelidoterios,
etc.
Al llegar
aquí comprobamos un gran hiato o laguna en nuestros conocimientos: no sabemos
nada de lo que se refie- re al Oligoceno medio.
Reanudamos
el hilo que hemos venido siguiendo en los
últimos
tiempos oligocenos, durante los cuales se produce un nuevo descenso del suelo y
el! mar vuelve a penetrar tierra adentro
cubriendo en muchas partes poco a poco los terre- nos subaéreos} . que
contienen los Mamíferos de las épocas precedentes.
En las
costas patagónicas la transgresión fue de un avan-
ce corto
y está representada por las capas marinas de golfo Nuevo (puerto de Pirámides),
de unos 50 metros de espesor y otras mucho más delgadas que en la boca del Río
Negro alternan con e areniscas de agua dulce. En el Norte, el avance fue mucho
más considerable. Las aguas marinas invadieron la cuenca del Río de la Plata,
penetraron en el interior siguiendo la depresión del Paraná y en,, . forma de
un brazo angosto, muy largo y bastante profundo llegaron por el Norte hasta la
ciudad de Corrientes.
Este
brazo de mar se rellenó con los grandes bancos de
calcáreo,
arcillas y areniscas que constituyen la formación Entrerriana que aparece al
descubierto en las barrancas de la margen izquierda del Paraná en la provincia
de Entre Ríos.
Contiene
una fauna de Moluscos que todavía conserva un 85 por ciento de especies extinguidas.
Recorrían ese mar angosto y largo numerosos tiburones extinguidos de los gé-
neros Carcharias, Odontaspis, Lamna Oxyhrina y Carcharo- don, y entre los de
este último género el colosal Carcharodon megalodon que asolaba todos los mares
de la época; caima- nes enormes, gaviales parecidos a los del Ganges,
juntamente con delfines de rostro muy delgado y extraordinariamente largo
(Pontistes, Pontivaga).
A1 final
de la época oligocena el océano se retiró de la
depresión
del Paraná y de la región litoral de Buenos Aíres, estacionándose más o menos
en sus límites actuales y enton- ces grandes ríos cavaron sus cauces en la
formación marina mencionada, que se cegaron con los depósitos arenosos flu-
viales del horizonte Mesopotamiense, en los cuales se en- cuentran los restos
de la fauna de Mamíferos de entonces que se presenta profundamente distinta de
las del Eoceno.
Los
Ancilopodos y los Amblípodos (Astrapoterios) han
desaparecido.
De los Tipoterios quedan escasísimos repre- sentantes. Los Nesodentes han sido
reemplazados por géne- ros de la familia de los Toxodontes, Paleotoxodon,
Xotodon, y de la de los Haplodonterios (Haplodontherium, Toxodon- therium). Los
Litopternos están representados por los géne- ros típicos (Scalabrinitherium y
Proterotherium).
Los
Esparasodontes (Achlysictis) y los Plagiaulacodios (Zygolestes) se han hecho
sumamente escasos. Los Monos probablemente habían emigrado hacía el Norte. En
cambio los Desdentados gravigrados (Promegatherium, Lestodor, Promylodon, etc.)
y los Gliptodones (Sclerocalytus, Proto-
glypto.
don, Lomaphorus, etc.) aunque más escasos en núme- ro, se encuentran
representados por formas que alcanzan un tamaño considerable. Los Roedores
histricomorfos eran su- mamentes numerosos y de gran tamaño; los depósitos
fosilí- feros del Paraná contienen restos que indican la antigua existencia a,
de vizcachas (Megamys, Euphilus) de la talla de bueyes y caballos.
La fauna
de esta época es además sumamente notable
por la
aparición de varios géneros, tales como Ribodon, Hyaenodon, Cyonasua,
Proarctotherium, Aphieyon y varios otros, genéricamente idénticos a unos, otros
aliados de for- mas del Terciario medio de Europa. Esto coincide con la
aparición en el Terciario medio de Europa de numerosos géneros de aspecto
sudamericano, especialmente Roedores (Peratherium, Theridomys, Archaeomys,
Cuvierimys, Issio- doromys, etc.). El número de estas formas comunes o muy
parecidas aumenta considerablemente durante la época Mio- cena en ambos
continentes y plantea nuevamente el proble- ma
de la vía
que han seguido para
pasar de uno
a otro mundo. El Arquelenis ya
había desaparecido desde el Eoceno superior. Norte América continuaba separada
de Sud Améri- ca desde el principio de la era Terciaria y además en la casi
totalidad de los casos se trata de formas extrañas a aquel continente. Las
emigradones tienen, pues, que haberse pro- ducido por una conexión al través
del Atlántico. Esa cone- xión, ya sea continua o más o menos discontinua, que
puede llamarse guayanosenegalense surgió en el último tercio del período
Oligoceno, durante la época del horizonte Aquita- niense, como lo prueban los
fósiles marinos del aquitánico de
las
Antillas, idéntico y ,en la misma roca que los del Aquitaní- co de Italia,
Malta, etcétera. Se trata de especies cuya disper- sión sólo pudo efectuarse
siguiendo las costas de un continente o las de una cadena de islas muy próximas
entre sí. Las Azores, Madera y Canarias son los últimos vestigios de esa
antigua conexión, que persistió casi hasta el fin del perío- do Mioceno.
III.
MIOCENO.
El
período Mioceno fue también principalmente conti- nental y durante él la tierra
firme adquirió una extensión to- davía mayor que en el período Oligoceno. Los
terrenos de esta época en la Argentina se agrupan en dos grandes seccio- nes
que se conocen con los nombres de formación Araucana y formación Tehuelche,
pero que en vez de encontrarse su- perpuestas son sincrónicas, representando
facies que se ex- tienden sobre regiones distintas. La mejor conocida es la
Araucana, que se extiende al Norte del Río Negro de Patago- nia y se ha
dividido en cinco pisos u horizontes: Ríonegrense que es el más antiguo;
Araucanense; Hermosense: Chapal- malense, y Puelchense, que es el más reciente.
En su
conjunto es una formación casi exclusivamente te-
rrestre o
subaérea; consta de una sucesión de capas de arenas y areniscas pardas, grises
y amarillentas, a veces con capas arcillosas, que cubren la Pampa Central y del
Sudoeste (Arau- canense) . Se presenta también muy desarrollada con cientos de
metros de espesor en las provincias Catamarca y Tucumán
(Araucanense)
, en donde ha sido levantada por el Aconquija. En la provincia San Juan ha
tomado parte en los pliegues de la Cordillera subiendo en el Espinacito a la
altura de 4.450 metros.
Reaparece
más al Norte en la puna de Jujuy ay 4.450 metros. En la región Oeste de la
provincia Mendoza los es- tratos de la parte superior de la formación alcanzan
a 500 metros de espesor. Aparece también sobre la costa en la lo- calidad
conocida con el nombre de Monte Hermoso (Her- mosense) y más al Norte, al Sur
de Mar del Plata, constituye la parte basal de la barranca de los Lobos
(Chapalmatense) ; al Norte y al Oeste de la provincia Buenos Aires entre la
sie- rra de Tandil, el Plata y el Paraná constituye el gran manto de arenas
subpampeanas, y (Puelchense) , la verdadera fuente inagotable de agua pura
semisurgente en la llanura pampeana. Por fin en la región de los Andes
patagónicos bajo la forma de areniscas azuladas que aparecen también en la boca
del río Negro (Ríonegrense) alcanza más de 1.000 metros de espe- sor. Es la más
vasta de las formaciones sedimentarías de la Argentina.
Desde el
principio del período Mioceno impetuosos to- rrentes arrastraron desde las
altas regiones de la Cordillera cantos angulosos, trozos graníticos y
porfíricos, rocas de to- das clases que las aguas dulces dispersaron luego por
sobre todo el territorio
patagónico, cubriéndolo con
la inmensa capa de rodados que se
extienden desde el río Negro a Maga- llanes: es la formación Tehuelche, que, en
su parte más anti- gua, corresponde a la formación Araucana del Norte.
Al fin de
esta época se produce un abajamiento del suelo con su correspondiente avance
oceánico (transgresión Puel- chense) que da origen a los depósitos marinos del
cabo Buen Tiempo (Faírweather) , sierra Laziar, monte Espejo, etc. Pero esta
inmersión que sólo en la parte austral de Patagonia pare- ce llegó hasta el pie
de los Andes, fue de corta duración. Pa- tagonia austral volvió a surgir del
fondo del mar y la llanura argentina quedó desde entonces constantemente
emergida, sin que las oscilaciones posteriores del Océano redujeran
notablemente sus contornos que, por el contrarío, en distin- tas épocas
avanzaron más sobre el Atlántico.
Durante
el Mioceno continúan aumentando los mamífe-
ros de
aspecto africano y europeo hasta entonces aparente- mente extraños a Sud
América. Aumentan los Creodontes (Hyaenodon, Parahyaenodon, Hyaenodonops), los
Subúrsi- dos (Amphinasua, Pachynasua), los Ursidos (Chapalmalarna,
Arctotherium, Pararctotherium) y Cánidos primitivos (Am- phícyon, Dinocynops);
Artiodáctilos (Listriodon, Microtagu- lus) y Lepóridos de aspecto arcaico
(Argyrolagus) ; ratones característicos del Terciario europeo (Cricetodon) o de
afini- dades africanas, que demuestran que las relaciones entre am- bos
continentes continuaban. Los fósiles marinos miocenos de Panamá y las Antillas,
idénticos a los miocenos de la cuen- ca del Mediterráneo, prueban que la
conexión guayanosene- galense persistió hasta el último tercio de la época
Miocena, en que desapareció.
El
hundimiento de esta conexión coincidió con el surgi- miento de otra. Hasta
entonces ambas Américas habían esta- do separadas por el océano y los
territorios de Panamá y
Centro
América estaban sumergidos en un anclo mar intera- mericano que ponía en
comunicación el Pacífico con el Atlántico central Norte, limitado al Sur por la
conexión gu- yanosenegalense.
A1 final
del Mioceno, grandes movimientos tectónicos produjeron un levantamiento general
de las cadenas de montañas que de Sur a Norte recorren el Nuevo Mundo, seguido
de una gran regresión de las aguas del océano.
La masa
continental adquirió una mayor extensión y las dos Américas se pusieron en
comunicación por el surgi- miento de una vastísima superficie de tierra en lo
que hoy es el golfo de Panamá y el mar Caribe. Las islas Galápagos por un lado
las Antillas por el otro quedaron englobadas en esa tierra nuevamente emergida
y América, bajo la forma de una gran masa continental rectangular se extendía
entonces desde uno a otro polo.
La fauna
Araucana se distingue por una diminución en la variedad de las épocas
precedentes, una ,especie de empobre- cimiento en su diversificación; en
cambio, el menor número de representantes ha sido en general compensado por un
aumento en la talla. En conjunto se aproxima a la fauna pampeana, cuya
precursora inmediata es.
Subsisten
la mayor parte de los géneros de Desdentados gravigrados de la formación
Entrerriana, pero con especies distintas y de mayor tamaño. Entre los
Gliptodones son ca- racterísticos de este período el Plohophorus, el Nopachtus
y un precursor del Doedicurus, tan corpulento como un gran hipopótamo. Los
armadillos son numerosos, distinguiéndose
entre
ellos el Macroeuphractus, peludo de la talla de un tapir y con grandes dientes
caniniformes superiores e inferiores.
Una de
las características de la fauna araucana es la rela- tiva abundancia de restos
de marsupiales de la familia de los Didélfidos, algunos de mayor tamaño que los
más grandes representantes actuales de este grupo.
Los
Roedores son numerosísimos, alcanzando un gran desarrollo las familias de los
verdaderos Octondóntidos (Dícselophorus, Pithanothomys, etcétera) , y de los
Cávidos, entre estos grandes carpinchos (Hydrochoerus) . Los gigan- tescos
Megamys de la formación Entrerriana han desapareci- do, pero en cambio otro
género cercano: el Tetcastylus, que ya existe en el Entrerriano representado
por formas pequeñas (T. laevigatus, T. diffisus) , en la formación Araucana au-
menta de talla a medida que pasa a los horizontes más supe- riores (T. montanus
y T. araucanos, del araucanense, T. giganteus, del hermosense) hasta que en el
horizonte Cha- palmaI Tense se transforma en un vizcachón de dimensiones,
colosales (T. gígantissimus).
Carniceros
no hay más que perros, osos y numerosos
subúrsidos.
Los
Ungulados se reducen a cuatro subórdenes: Tipote- rios, Toxodontes, Litopternos
y Artiodáctilos. Estos últimos están representados por el género Listriodon del
Mioceno de Europa y el diminuto y misterioso Microtragulus. Los Litop- ternos
de la familia de los Proteroterios (Epitherium, Eoau- chenia, etc.) abundan
hasta el horizonte Hermosense y se extinguen en el Chapalmalense con el género
Chapalmathe- rium, en el cual el calcáneo y el astrágalo han adquirido la
conformación
característica de los Periosodáctilos típicos. La familia de los Macroquénidos
está representada por el solo género Promacrauchenia, descendiente del
Scalabrinitherium del Entrerriano y antecesor de la Macrauchenia del pampea-
no.
En los
Toxodontes, además de Xotodon y Toxodon se encuentra el corpulento Trigodon,
tan grande como el mayor de los rinocerontes, con una cabeza triangular
provista de un gran cuerno en medio de la frente y con un cerebro extraor-
dinariamente reducido. Fue seguramente el más bruto de los Mamíferos conocidos.
Presenta además la
particularidad, única entre los Mamíferos, de tener cinco incisivos
inferiores, de los cuales el del medio, aunque impar, está implantado en el
mismo eje longitudinal mediano de la sínfisis.
En el
suborden de los Tipoterios es sumamente abun- dante el género típico
Typotherium.
Pero,
aunque pequeño, el animal más
característico y más interesante de la formación es el Paquirucos (Pachyru-
cos), cuyos restos son abundantísimos. Sus caracteres son por demás anómalos,
pues carece de caninos y tiene incisivos de Roedor. Su tamaño era el de una
pequeña vizcacha, pero más bajo de piernas y de cuerpo más corto y más grueso.
El crá- neo es corto y excesivamente ancho, con órbitas extraordina- riamente
grandes, colocadas lateralmente y dirigidas un poco oblicuamente hacía atrás.
Además,
la parte posterior del cráneo, muy gruesa y an-
cha,
presenta la particularidad de poseer hacia arriba, en cada ángulo lateral
superior, una ,especie de bola ósea, formando dos grandes cajas esféricas
dependientes de los temporales y
en
comunicación con las cajas auditivas, que se encuentran debajo. Eran dos cajas
de resonancia. . . especie de micrófo- nos destinados a reforzar los más
leves" sonidos.
De esto
podemos deducir que el Paquirucos era un ani-
mal
dócil, tímido, de aspecto agradable, que vivía en cueveci- llas y madrigueras
en los pajonales, de los que tan sólo se alejaba lo necesario para procurarse
el alimento; pero siempre alerta, con las orejas afiladas y sus grandes ojos
saltones, que lo mismo avistaban los objetos adelante como atrás, atisban- do
el más pequeño movimiento, o recogiendo en sus cajas sonoras el más leve ruido
que pudiera indicarle un próximo peligro, pira emprender inmediatamente la fuga
y refugiarse en su madriguera.
Mas ni
aun así conseguía ponerse al abrigo de los ataques
de su
gran enemigo. Como era sin duda de carne muy sabro- sa, constituía el principal
alimento del hombre de entonces, o más bíon dicho, de su precursor. En efecto:
juntamente con los restos de esa fauna se han encontrado vestigios de la ac-
ción de un ser inteligente consistente en huesos astillados longitudinalmente,
con señales evidentes de choques, como los que se encuentran en los paraderos
relativamente moder- nos; y en algunos pedernales trabajados, sin duda
sumamente toscos pero con todos los caracteres de una talla intencional.
Encuéntranse en las mismas capas trozos de tierra cocida o quemada, y de
escorias, ya aislados en la formación, ya for- mando masas que pasan
gradualmente al terreno que las en- vuelve, indicando antiguos fogones en unos
casos e incendios intencionales en otros. Algunas de esas escorias son absolu-
tamente idénticas a las que se producen actualmente incen-
diando
gruesas matas de cortadera. Esos fogones están acompañados de los mencionados
huesos astillados y huesos quemados de preferencia los de Paquirucos, que a
veces han quedado embutidos en las mismas escorias. Y para completar este
conjunto, se han encontrado también restos óseos del autor de esas acciones,
que señalan un Hominideo muy pri- mitivo, de algo más de un metro de alto,
proporcionalmente muy grueso y de un andar bípedo difícil, al que he dado el
nombre de Tetraprothomo (cuarto antecesor del hombre). Es el precursor del
hombre más antiguo conocido hasta ahora.
IV.
PLIOCENO.
El
período Plioceno comprende en nuestro suelo la casi totalidad de los terrenos
que han sido designados con el nombre de formación Pampeana, gran depósito de
arcilla que debajo de la tierra vegetal se extiende por sobre la llanura
argentina y por sobre toda la superficie de la provincia Bue- nos Aires, siendo
así el más accesible a la observación. En la cuenca bonaerense alcanza un
espesor de 30 a 40 metros. Es un limo de color rojizo, a veces pardo o
amarillento, con numerosas concreciones calcáreas llamadas toscas, sin guija-
rros o rodados de rocas antiguas ni en capas ni aislados, don- de abundan
intercalados en el
limo pampeano, capas
de arenas y de guijarros. Todo el depósito en conjunto es de origen
subaéreo, pero cerca de la costa del Plata y del Atlánti- co contiene capas de
conchas marinas que indican antiguos avances y retrocesos del océano. Esas
transgresiones marinas
no tienen
importancia, ni por su espesor ni por su extensión transversal hacia tierra
adentro, pero la tienen por su exten- sión longitudinal y porque permiten
subdivisiones verticales precisas que constituyen preciosos jalones para la
identifica- ción de depósitos sedimentarios distantes entre sí.
La fauna
de Mamíferos originaría
de este continente
continuó
disminuyendo en número de representantes, pero adquiriendo los individuos de
las distintas especies propor- ciones más y más colosales.
Entre los
Desdentados acorazados del grupo de los ar-
madillos,
Eutatus se asemejaba al peludo Dasypus y Propra- opus a la milita Tatusia, pero
alcanzaban cuádruple tamaño. El Chlamydotheriurn, que es un tipo intermedio
entre los Gliptodones y los armadillos, tenía el tamaño de un gran buey.
Los
Gliptodones representados por los generosa Sclero-
calyptus,
Panochtus, Glyptodon y Dcedicurus, adquieren una talla verdaderamente colosal.
E1 cráneo en estos animales, cubierto
por un casco en forma de boina, ha tomado un contorno casi cúbico con grandes
apófisis cigomáticas en forma de cuernos descendientes; la mayor parte de las
vérte- bras se han soldado unas a otras formando un largo tubo que se une a la
coraza, la que en edad adulta se osifica en una sola pieza que carece de
flexibilidad; la cola, muy gruesa y muy larga, consta de varios anillos movibles
e imbricados unos en otros, seguidos (excepto en Glyptodon) por un largo
estuche o tubo terminal cilíndrico aplastado. En el Doedicurus este tubo tiene
más de un metro de largo y se ensancha de una manera extraordinaria en su
extremidad terminal, tomando
forma de
gigantesca clava. La coraza de este género difiere de la de todos los demás
Gliptodones y armadillos en que no tiene escultura externa. pero sí un
considerable número de grandes perforaciones que la atraviesan de parte a
parte; en vida, esta coraza estaba cubierta por el cutis, que a su vez estaba
cubierto por una epidermis de naturaleza córnea y de aspecto tubercular: las
grandes perforaciones que atraviesan la coraza daban paso a los vasos del
sistema vascular destina- dos a nutrir la parte dérmica externa y renovar las
escamas córneas epidérmicas que la cubrían. En el género Gliptodon la cola es
gruesa, muy corta, y su coraza protectora constitui- da desde la base hasta la
punta por una sucesión de anillos embutidos unos en otros y armados de grandes
tubérculos cónicos que presentan la forma de trompos.
Varias
veces, al exhumar estas grandes corazas, se han encontrado en ellas vestigios
dejados por el hombre. En la llanura argentina las corazas de estos gigantescos
desdentados sirvieron de abrigo y de refugio al hombre que fue su con-
temporáneo.
Los
Desdentados gravigrados típicos de
la formación
pampeana
están representados por los géneros Scelidothe- rium, Mylodon, (Eumylodon),
Lestodon, Glossotherium y Megatherium, que ya aparecen constituidos en la época
Mio- cena, pero sólo en las capas más superficiales de la formación Pampeana es
donde adquieren el extraordinario desarrollo que los ha hecho célebres. Son de
cabeza alargada y más o menos cilíndrica y con un aparato dentario más o menos
parecido al de los actuales perezosos. Los miembros son cortos y sumamente
gruesos, particularmente los posteriores,
y estaban
armados de formidables uñas, a veces en forma de garras. La cola era muy gruesa
y segura: mente se ayudaban de ella para sostener el cuerpo. El más gigantesco
de todos es el Megatherium, que podía alcanzar más de ocho metros de largo, con
un cuerpo de grosor extraordinario; distínguese también por sus muelas, que
tienen la forma de gruesos y largos prismas cuadrangulares con las coronas
cruzadas por un par de crestas transversales altas y gruesas, separadas por un
profundo valle. Uno de estos gravigrados, el Mylodon, presentaba una
particularidad única entre
los Mamíferos; todo el cuerpo,
desde la punta del rostro hasta la extremidad de la cola y sobre los miembros
hasta encima de las mismas falanges ungueales, estaba protegido por millares de
peque- ños huesecillos dérmicos sumamente duros y compactos, parecidos a granos
de café algo irregulares embutidos en el espesor del cuero y colocados uno
junto a otro como los adoquines de un empedrado. Además de esta coraza estaban
cubiertos por un tupido pelo, largo, grueso y duro como el del oso hormiguero.
Parece que un representante de este grupo Neomylodon ha vivido hasta tiempos
muy recientes, pues en algunas cavernas de la extremidad meridional de Pa-
tagonia se han encontrado huesos todavía frescos envueltos en carne seca y
cuero, conservando el pelo intacto y con su color natural.
Los
Roedores histricomorfos son numerosos, pero se alejan poco de los actuales; las
vizcachas gigantescas de las épocas pasadas han desaparecido. En cambio,
invaden el territorio numerosísimas legiones de pequeños ratoncillos del grupo
de los Miomorfos.
De los
Ungulados primitivos quedan pocos.
Entre los
Tipoterios siguen abundando los representan- tes del género típico Tipotherium,
pero limitados exclusiva- mente a la parte basal de la formación. Del numeroso
suborden de los Toxodontes sólo queda el género típico To- xodon, cuyos
voluminosos representantes de hábitos acuáti- cos como el hipopótamo,
alcanzaban la corpulencia de éste. De los Litopternos no queda también más que
un género: Macrauchenia, animal más corpulento que un caballo, de miembros
largos, con tres dedos en cada pie como los tapi- res, y cráneo pequeño
provisto en vida con una larga trompa parecida a la del elefante.
Pero la
gran diferencia de la fauna pampeana comparada con las que la precedieron en
las épocas pasadas, consiste en la aparición casi súbita de un considerable
número de formas casi hasta entonces extrañas a Sud América. Tales son los
Felinos en general, y particularmente el Smilodon, tigre más robusto que el
león de África y armado de un par de caninos superiores sumamente largos, muy
comprimidos lateralmente arqueados como una hoz y de bordes cortantes y
dentellados como una sierra; los Osos, algunos tan corpulentos como bueyes
(Arctotherium, Eqerus, etc.), los tapires, los pecarís (Dicotejles), los
ciervos y guanacos, grandes Mastodontes. Roedores, Lagomorfos; Miomorfos y Es
ciuromorfos, etc.; algunos originarios del viejo mundo, y los demás de América
del Norte, constituyendo una evidente prueba de que en esta época las
relaciones entre ambas Américas debían ser relati- vamente fáciles y
constantes.
Esto se
explica fácilmente. Las faunas terrestres antes limítalos por el mar
interamericano, una vez que esta barrera hubo desaparecido, pusiéronse en
movimiento en sentido inverso, las del Norte hacía el Sur y las del Sur hacía
el Norte, produciéndose un intercambio zoológico que dio por resul- tado la
formación de faunas mixtas, cuyo origen fue hasta hace poco inexplicable.
Pasando por encima de esa tierra recientemente emergida y trazando un círculo
completo a través del tiempo y del espacio, volvieron a la Argentina mu- chas
de las formas que la habitaron durante el Cretáceo, pero todas ellas
modificadas y desconocidas. En esta época emi- graron de América del Norte a la
del Sur los canes, los gran- des felinos y demás descendientes de los antiguos
Esparasodontes, las llamas, los ciervos y los tapires, que vi- vieron y
multiplicáronse en la llanura argentina al lado de los Toxodones, los
Gliptodones y los Megaterios. Pero, pasando por sobre esas mismas tierras, la
fauna argentina avanzó hacia el Norte, invadiendo América Septentrional. Los
corpulentos Toxodones de nuestro suelo fueron a extinguirse en Nicara- gua. Los
pesados Gliptodones de la Pampa llegaron hasta el Anahuac, donde se encuentran
sus corazas en los taludes del valle de Méjico, en los alrededores de la ciudad
del mismo nombre, y todavía más al Norte, en las capas superficiales de las
llanuras de Tejas y Nuevo Méjico. E1 carpincho (Hydro- choerus) del río Paraná
llegó hasta la Florida, acompañado por el Clamidoterio, que es el más corpulento
de los verdade- ros armadillos que vivieron en nuestro suelo. Los gigantescos
gravigrados extinguidos de la llanura bonaerense, los Milodo- nes y los
Megatcrios, avanzaron todavía más lejos, encon-
trándose
sus restos en California, Virginia, Georgia, Carolina y en todo el valle del
Mississipí, mezclados con los represen- tantes más caracterizados de la fauna
norteamericana.
Para
complicar aún más este entrecruzamiento de fau-
nas,
muchos de los Mamíferos que del hemisferio oriental, pasando por el puente
guayanosenegalense, habían llegado a fines del Mioceno a la región
septentrional de América del Sur, prosiguieron desde allí su camino en
dirección inversa, unos hacia el Norte (elefantes, rinocerontes, etc.) otros
hacía el sur (Listriodon, Coasus, Dinocynops, etc.) , y algunos co- mo los
caballos y los Mastodontes, en ambas direcciones a la
vez.
Tratándose, geológicamente hablando,
de una época muy cercana a nosotros, es natural que
entre en detalles algo más minuciosos, prestando atención a depósitos que por
su poca extensión y escaso espesor pasarían inadvertidos en el caso de
formaciones más antiguas.
Las
divisiones y subdivisiones del período Plioceno en la
Argentina,
sólo tienen por ahora un valor real para la cuenca del Plata, que es la región
mejor estudiada.
El piso
más inferior (Preensenadense) lo constituyen margas verdosas, arcillas grises y
areniscas cuarzosas de un espesor de 12 a 15 metros que debajo del municipio de
Bue- nos Aires descansan sobre las areniscas del piso Puelchense de la
formación Araucana, las cuales se encuentran a una profundidad de 40 a 50
metros. No se conoce al descubierto en ninguna parte. De este piso ha sitio
extraído el cráneo del ya famoso Diprothomo. Del resto de la fauna no se conoce
casi nada.
Sigue a
este piso el llamado Ensenadense o Pampeano inferior, que, con un espesor de 15
a 20 metros, se encuentra al descubierto en el cauce del Río de la Plata y en
la base de las barrancas del río. Paraná, en las provincias Buenos Aíres y
Santa Fe en la base de las barrancas del Atlántico, que se ex- tienden desde
Mar del Plata hacia el Norte y desde Miramar hacía el Sur, hasta más allá de
Necochea, y en la parte supe- rior de la barranca de los Lobos, al Sur de Mar
del Plata. En Buenos Aires las capas inferiores descienden de 10 a 12 me- tros
debajo del nivel ordinario de las aguas del Río de la Plata y las superiores se
elevan hasta 6 u 8 metros encima del mis- mo nivel.
En su
tercio inferior, a unos 4 metros debajo del nivel ordinario de las aguas del
Río de la Plata, en Buenos Aires, a
7 metros
en La Plata, presenta una capa marina de uno a tres metros de espesor, con
conchas fósiles, llamadas Interense- nadense, que divide a éste piso en dos
secciones: el Ensena- dense, basal, debajo de la capa marina y el Ensenadense
cúspide, arriba; paleontológicamente se distinguen: el primero por la presencia
del Paquirucos y el segundo por la ausencia del mismo género. Ambas secciones
contienen numerosos restos de Tipoterio carácter paleontológico que separa el
piso Ensenadense del que viene más arriba, llamado Bonaerense o Pampeano
superior. El Interensenadense corresponde a un avance marino de corta duración,
pero que parece penetró tierra adentro hasta una distancia relativamente
considerable de la costa actual. Los estratos marinos interensenadense pasan al
descubierto en las barrancas de Mar del Plata, donde suben hasta 20 metros
sobre el nivel del mar y a trechos más
o menos
interrumpidos puede seguirse hacía el Sur hasta más allá de la boca del arroyo
Cristiano muerto. Al norte de la boca del Quequén grande, en la llamada Loma
negra, suben hasta una altura de 50 metros. Los terrenos de la parte de la
llanura bonaerense que se extiende al Sur desde la sierra del Tandil hasta
Bahía Blanca y que forma con relación a la que se extiende hacia el Norte de la
misma sierra, como una me- seta, pertenecen. en su casi totalidad, al horizonte
Ensena- dense.
Hacia la
mitad de la formación Pampeana se produce
otro
abajamiento de la llanura y un segundo avance del océa- no, que penetra mucho
más adentro de sus límites actuales, formando espesos bancos de conchas marinas
que ahora se encuentran a muchos metros de profundidad debajo de la arcilla
roja, en La Plata, Quilmes, Magdalena, San Pedro, Bel- grano y otros puntos.
Tienen un espesor de dos a cinco me- tros y constituyen el piso Belgranense,
que se encuentra inmediatamente sobrepuesto al Ensenadense, por término medio,
a unos 8 metros sobre el nivel de las aguas del río de la Plata. Aunque este
piso sea de escasa potencia, tiene gran importancia en la cuenca de dicho río,
porque proporciona un punto de partida seguro para distinguir el Pampeano infe-
rior o Ensenadense del superior o Bonaerense.
Después
del Belgranense, el nivel del suelo vuelve a su-
bir,
retirándose otra vez el océano lejos de sus límites actua- les. Estamos en la
época de la deposición del Pampeano rojo superior, que es el que debajo de la
tierra vegetal cubre toda la extensión de la llanura con un manto de arcilla
rojiza de un espesor de 15 a 20 metros y constituye el piso u horizonte
Bonaerense.
Es un limo algo más suelto que el del Pampeano inferior y que
paleontológicamente se distingue por la ausen- cia completa de Tipoterios.
En esta
época, bastante próxima de la nuestra, la llanura
bonaerense,
al Norte de la sierra de Tandil, tenía una configu- ración física y una
extensión distintas de las de hoy. Sus lími- tes orientales se extendían por
sobre una extensa zona ocupada ahora por las aguas del océano, y en su
superficie se desparramaba en decenas de miles de hilos separados el in- menso
caudal de agua que por la depresión paranense des- cendía de las elevadas
comarcas del Norte a las llanuras porteñas. y que poco a poyo depositó el gran
manto de arcilla rojiza que constituye el Pampeano superior. Entonces no
existían ni el río de la Plata ni el cauce actual del Paraná. La meseta sobre
la cual está edificada la ciudad de Buenos Aires, que domina en unos 20 metros
el nivel del Plata, avanzaba por sobre lo que ahora es el cauce del río hasta
la Colonia, y se podía ir a pie enjuto desde Buenos Aires a Montevideo por
sobre la misma línea que recorren las mensajerías fluviales. Donde ahora surcan
las aguas los vapores, pastaban entonces pacíficamente los acorazados
Cliptodones y los elefantes de muelas mamelonadas llamados Mastodontes. De los
cauces de las innumerables corrientes de agua que cruzan la llanura actual, no
existía el menor vestigio. Sobre la costa del Atlánti- co, en baja marca, se
ven depósitos lacustres con innumera- bles
mas as de
conchillas de los
géneros Planorbis, Ampollaría,
etc., que demuestran que allí, en el nivel hoy cu- bierto por las aguas saladas
del Atlántico, había grandes lagos de agua dulce.
A1 fin de
esa época grandes sacudimientos sísmicos mo- dificaron notablemente el aspecto
del territorio. Se produjo una profunda hendedura de Sur a Norte, que,
partiendo de la provincia Buenos Aires, penetró hasta el interior del conti-
nente sudamericano. Las capas marinas de la formación En- trerriana se
levantaron desde las
profundidades del suelo hasta el nivel que presentan sobre la
margen izquierda del Paraná, en la provincia Entre Ríos, y las aguas dulces,
co- rriendo a la hendedura, formaron el bajo Paraná y su prolon- gación hacía
el Norte, el río Paraguay. Siguiendo el eje de esta falla hizo sentir sus
efectos el movimiento sísmico del 4 de Junio de 1889.
E1
levantamiento del suelo se hizo sentir sobre toda la llanura de la provincia
Buenos Aíres, levantándose la sierra de Tandil y la llanura adyacente unos 150
metros sobre el nivel anterior. Estos movimientos no fueron ajenos a los de los
Andes, pues coincidieron con una intensa actividad volcánica, durante la cual
las cenizas de los volcanes de la cordillera llegaron hasta la costa bonaerense
del Atlántico. Se han en- contrado acumulaciones de ceniza volcánica en el
subsuelo de Buenos Aires: y en Olivera, a sólo 80 kilómetros de la ciudad hay
capas que pueden seguirse a lo largo de las ba- rrancas del río Luján, en una
extensión de más de un kilóme- tro, y depósitos estratificados de piedra pómez
pulverizada de más de un metro de espesor. Este movimiento ascensional se
extendió hasta el más lejano Sur, y los depósitos marinos del mioceno superior
de sierra Laziar, monte Espejo, etc., se levantaron unos 200 metros, 150 metros
más arriba del nivel del mar. Desde entonces las aguas del océano, carcomiendo
la costa
y empujándola cada vez más hacia el Oeste, han for- mado la prolongada línea de
acantilados, que, como murallón inmenso, se prolonga casi sin interrupciones
desde la boca del río Negro hasta cabo Vírgenes, para reaparecer del otro lado
del estrecho a lo largo de la costa oriental de Tierra del Fuego.
Con el
encauzamiento de las aguas en la hendedura del Paraná cesó la acumulación del
limo rojo de la formación Pampeana y siguió una larga época (hiato
Postbonaerense) durante la cual la llanura quedó sometida a un largo y lento
proceso de denudación, que desniveló su superficie, excavan- do todos los
valles y hondonadas por donde corren las aguas actuales. Es la época de la
formación de la red hidrográfica existente en la región que se extiende desde
la sierra de Tan- dil hasta las márgenes del Plata y del Paraná.
CAPITULO
V
ERA
ANTROPOZOICA
Con
relación a las precedentes, es de duración efímera. Su importancia resulta
únicamente de la supremacía que des- de entonces adquiere el Hombre sobre el
resto del mundo animal. Empieza con la dispersión de Homo sapiens y Homo aten
por sobre la totalidad de la superficie habitable de la Tierra y se divide en
dos períodos: el Cuaternario y el reciente en que vivimos.
I.
CUATERNARIO.
El
principio del período Cuaternario se inicia con un descenso continental que
parece se extendió de Sur a Norte, desde Magallanes hasta el mar de las
Antillas; se interrumpen nuevamente las comunicaciones entre ambas Américas,
vol- viéndose a sumergir la tierra que por largo tiempo las uniera. Vemos
entonces, durante los tiempos cuaternarios, a Norte América invadida por nuevas
formas reemplazan a los Mas- todontes gigantescos elefantes acompañados por
varias otras formas del antiguo continente. Vemos al Elephas colombi, los
bisontes, los Equus tau, y conversidens, descender por los valles del Méjico y
avanzar hacia el Sur hasta., el istmo de Panamá; pero lo encontraron
interrumpido y no pudieron pisar el suelo de Sud América.
En el
territorio argentino cesa el proceso de denudación
correspondiente
a la época del hiato Postbonaerense y em-
pieza un
descenso del suelo que avanza gradualmente. Como consecuencia del descenso, las
corrientes de agua, poco a poco interrumpen su curso, transformándose en
lagunas, cañadas y cañadones, en cuyo fondo se depositan los sedi- mentos
verdosos amarillentos, conocidos con el nombre de Pampeano lacustre: estos
terrenos constituyen el horizonte o piso Lujanense, el cual aun que de época
Cuaternaria, por su aspecto y por su fauna, constituye el piso más reciente de
la formación Pampeana.
La
tercera transgresión oceánica pampeana (transgresión
Lujanense),
resultante de este abajamiento, depositó en las costas y en la parte inferior
del curso de los ríos bancos mari- nos aun poco conocidos, pues muy raramente
pasen al des- cubierto.
Estos
depósitos se distinguen con seguridad por la pre- sencia de millones de
cascaritas de un pequeñísimo molusco extmc,uido (Littorinida Ameghinoi) , que
falta absolutamente en las formaciones lacustres sobrepuestas más modernas.
Además, los restos de Mastodontes. Macroquenias, Toxo- dontes, Milodones,
Escelidoterios. Megaterios, Cliptodones, Ranoctus, etc., se encuentran por
millares en estos terrenos, donde perecieron empantanados: fueron su última
tumba.
Con la
desaparición repentina y casi completa de esa ma- ravillosa fauna, coincide un
descenso notable de temperatura. La región más occidental del territorio
argentino, especial- mente en Patagonia, es cruzada de Oeste a Este por ventis-
queros, que bajando de los Andes, acumularon al pie de éstos inmensas masas de
detritus, que las aguas, en su curso hacia el océano, desparramaron luego por
sobre todo el territorio,
cubriéndolo
de un espeso manto de cascajo y cantos rodados. fijados por arena como un
macadam sobrepuesto a los roda- dos patagónicos de la formación Tehuelche de!
Mioceno y del Plioceno. Más al Sur, en el extremo austral de Patagonia, la
Tierra del Fuego se separa del continente sumergiéndose en su mayor parte en el
Atlántico, y el mar sembrado de tém- panos de hielo, cargados de limo, cascajo
y cantos angulosos, avanza sobre el continente cubriéndolo con un espeso manto
de drift glacial, que se extiende haca el Norte hasta cerca del río Gallegos.
A este
estado de cosas, en el tercio superior del período cuaternario, le sucede un
nuevo levantamiento del suelo; en- tramos en un nuevo hiato y en un nuevo
período de denuda- ción, aunque no tan intensa y prolongada, como la que siguió
al horizonte Bonaerense.
Las aguas
estancadas en las lagunas formadas en el fon-
do de las
hondonadas y valles de los antiguos ríos emprendie- ron nuevamente su antiguo
curso interrumpido, llevándose una parte de los sedimentos lacustres pampeanos
del piso Lujanense, antes por ellas mismas depositados. A este perío- do de
denudación sucede un abajamiento más considerable; los ríos y arroyos vuelven a
interrumpir su curso, formándose a lo largo de sus cauces nuevas cadenas de
lagunas, en cuyo fondo se depositan nuevos sedimentos lacustres sobrepues- tos
a los del piso Lujanense y conteniendo una fauna ya muy parecida a la actual,
pero persisten todavía algunos géneros pampeanos como Mylodon y Doedicurus,
acompañados de algunas especies extinguidas de armadillos, carniceros ciervos
y
guanacos. Los depósitos lacustres de esta época constituyen lo que se ha dado
en llamar piso Platense.
Mientras
esto sucedía tierra adentro; el Océano empren- día una nueva transgresión,
avanzando muchas leguas al inte- rior para formar el vasto depósito de arenas
verdosas y amarillentas que bajo la forma de una ancha faja se extiende
paralelamente a la costa actual, por el Norte, desde Belgrano hasta San Pedro,
y por el Sur desde el Riachuelo, a lo largo de la antigua barranca, por
Quilmes, La Plata Y la Magdalena, hasta más allá de Mar Chiquita. Estos
terrenos, que alcanzan en algunos puntos hasta 10 y más metros de espesor,
aunque sincrónicos con los del piso Platense, han sido separados con el nombre
de piso Querandino y contienen enormes acumu- laciones de conchilla que desde
hace años es explotada en grande escala. Durante la transgresión oceánica querandina,
el estuario del Plata era más ancho y estaba completamente ocupado por las
aguas marinas, que formando una profunda bahía penetraban en el ancho valle del
Riachuelo 20 kilóme- tros tierra adentro, aislando por el Sur la meseta donde
más larde se levantaría la ciudad Buenos Aíres, que avanzaba en- tonces sobre
el mar en forma de una prolongada península, cuyas dos puntas más salientes
eran la barranca frente a la estación Retiro por el Norte, y la loma del parque
Lezama, por el Sur.
Un nuevo
levantamiento del suelo desalojó a las aguas marinas en una ancha faja de la
costa, dejando en seco los sedimentos de la transgresión Querandina, con cuyo
surgi- miento del fondo del mar se cierran los tiempos cuaternarios y empiezan
los de la época reciente.
II.
RECIENTE.
Entramos
en los primeros tiempos de la época actual: el océano ocupa todavía el estuario
del Plata hasta más arriba de San Nicolás, pero prosigue lentamente el
levantamiento del suelo y el océano
continúa en retirada. Las contentes de aguas estancadas vuelven a
emprender su curso interrumpido cavando sus cauces actuales a través de las
antiguas forma- ciones lacustrinas del Lujanense y del Platense. Las aguas
dulces del Paraná y del Uruguay desalojan paulatinamente las aguas saladas,
ocupando el ancho estuario. que las aguas del Paraná llenaron en su parte
superior con los sedimentos que forman el Delta, de vena potencia de 10 a 20
metros.
Se
rellena gradualmente de barro y arena el vasto valle del río de la Metanza
(Riachuelo). En :os terrenos bajos de la costa atlántica, como los de la bahía
Samborombón, se for- man los cangrejos, depósitos barrosos que en la bahía de
San Blas penetran 100 kilómetros hacia el interior y descienden a más de 40
metros de profundidad. En el interior, en los valles y al píe de las regiones
montauosas, las aguas dulces aculan depósitos de rodados y cascajo, que tienen
ciertos de metros de espesor, mientras que en la cota la olas del océano
arrojan a la playa los materiales are o;; que bajo la acción de los vientos se
acumulan. sobreponiéndose unos a otros, hasta formar la inmensa cadena de
médanos del litoral bonaerense, de 2 a 8 kilómetros de ancho y hasta de 30
metros de altura, modelándose así. poco a poco, la configuración superficial
actual del territorio argentino.
En una
época sumamente reciente, cuando la llanura ar- gentina ya había adquirido su
relieve y toda su fisonomía ac- tual, tuvo lugar un último abajamiento del
suelo. aunque de poca intensidad, acompañado de la transgresión marina co-
rrespondiente, seguido muy pronto por otro movimiento ascensional equivalente.
Durante
este último abajamiento (transgresión Aimaren- se) , las anuas del océano
penetraron en los carices d los ríos actuales, en algunos casos, como e1 del
río salado de la pro- vincia Buenos Aíres, basta 200 Kilometros tierra adentro,
depositando en e1 fondo de los cauces depósitos de barro marino y formando a lo
largo de la costa, en las antiguas pla- yas sumergidas, depósitos de conchas
marinas, que aparecen hoy a lo largo de las márgenes del Plata y del Atlántico,
en forma de montículos alargados, cubiertos por talares que se conocen con el
nombre de albardones. Recientemente causó una verdadera sorpresa saber que
durante esta última trans- gresión marina de época tan moderna, todavía vivían
algunos de los más gigantescos Desdentados y Carniceros de las épo- cas pasadas
del barrio marino azulado del fondo del cause del Salado si, lean extraído
restos de animales extinguidos y entre otros: huesos de una gigantesca especie
de Doedicurus en estado casi absolutamente fresco, y del barrio fluvial del fon-
do del cauce del arroyo Tapalqué se han exhumado huesos de Smilodon que
pa3recen macerados ayer.
La última
regresión marina do importancia que puso fin
a los
tiempos cuaternarios y dejó en seco los grandes bancos costaneros de conchas
marinas de la transgresión querandina, hizo sentir sus efectos sobre toda la
costa sudamericana del Atlántico. Ese avance continental sobre el océano volvió
a unir a ambas Américas, cuando ya en la del Norte habían desaparecido el
Elephas Colombi y los otros grandes Mamí- feros que lo habían acompañado en su
emigración hacia el Sur.
El puente
reaparecido bajo la forma de una tierra an- gosta y tortuosamente larga, sirve
desde entonces de camino a los pueblos prehistóricos de nuestro hemisferio,
que, suce- sivamente y entrecruzándose, se dirigieron de Norte a Sur y de Sur a
Norte, sembrando el camino de ruinas, donde la mezcla de cien pueblos
desorienta hoy a los más hábiles in- vestigadores del pasado prehistórico del
Nuevo Mundo. Y ese mismo puente, por la naturaleza tantas veces roto y des-
trozado, emergido y sumergido, es hoy destruido por el hombre con ayuda de la
más complicada maquinaria inventa- da por el ingenio humano, que, sin que de
ella deba resentirse nuestro
orgullo, debemos reconocer
tuvo por primitivo punto de partida los fogones y los
toscos pedernales que nuestros lejanos ascendientes dejaron sepultados en las
capas miocenas y pliocenas de Monte Hermoso, Chapalmalal, Mar del Plata y
Necochea.
III. EL
HOMBRE.
El Hombre
forma parte del orden de los Primatos, que aparecen en el período Cretáceo
conjuntamente con los pri- meros Ungulados. Estos Primatos primitivos tienen ya
nume- rosos representantes en el horizonte
Notostilopense; tales
son los
Notopitecos (Notopithecus), los Adpitecos (Adpithe- cos), Henricosbornia y una
cantidad de animales parecidos que se acercan, por un lado a los Hiracoidios
más primitivos y a los primeros Tipoterios, y por el otro a los Lemúridos
primitivos del Eoceno de Norte América y de Europa, como Hyopsodus, Notharctus,
Adapis y varios otros.
En la
base del Terciario, en la formación Patagónica, hay restos de verdaderos Simios
(Homunculites, Pitheculites) . El Homunculites parece ser el tronco de donde
descienden los monos del viejo mundo, con excepción de los Antropomor-
fos.
El
Pitheculites, de tamaño diminutísimo, evolucionando en Patagonia su patria, dio
origen a los Homunculidios del Eoceno superior (Homunculus, Anthropops,
Pitheculus) de muy variadas formas, todos muy pequeñas, pero de un as- pecto
sumamente elevado. La cabeza del Homúnculo parece la semblanza de un cráneo
humano en miniatura y la del An- tropops
debía ser de
un parecido mucho
mayor todavía. Hasta es probable
que algunos representantes de este grupo fueran ya industriosos y conocieran el
fuego. Dan funda- mento a esta creencia el hallazgo, en los estratos subaéreos
de la formación Santacruceña. de pequeños manchones aislados de tierra cocida,
de color ladrillo, quemada aparentemente in situ y la presencia en los mismos
estratos de huesos con inci- siones regulares trazadas al parecer con puntas de
piedra su- mamente pequeñas, manejadas por diminutísimas manos.
En Norte
América no se conocen monos fósiles en nin- guna de las formaciones terciarias
de ese continente, y los pocos que actualmente viven en Méjico y Centro América
son tipos sudamericanos que han penetrado en esos países en época muy reciente.
En Europa
y Asia los monos aparecen recién en el Mio- ceno, representados por variados
tipos que no tienen prede- cesores en las formaciones más antiguas de las
mismas regiones. ¿De dónde llegaron? Es evidente que de Sud Amé- rica. de la
cual eran ya vetustos pobladores, pasando por so- bre el mismo camino que
recorrieron los Subúrsídos, los Arctoterios, el Anfición, el Hienodon, los
Listriodontes los Roedores histricomorfos, etc.
De todos
los Monos conocidos, los Homunculidios son los que reúnen mayor número de
caracteres comunes con el Hombre y los que más se aproximan al tronco primitivo
de donde se separaron los Monos americanos o Patirrinos, los Antropomorfos y
los Hominidios.
Estos
caracteres de los Homunculidios dieron origen a una sospecha. ¿No habrá tenido
el Hombre su origen en Sud América. . . quizá en nuestra Pampa?
Los
últimos descubrimientos transforman la sospecha en realidad.
En los
antiquísimos yacimientos oligocenos de la forma- ción Entrerriana del Paraná se
han recogido huesos y dientes tallados, algunos por manos poderosas, que hacen
sospechar, al lado de precursores humanos de pequeña talla, la existencia de
otros corpulentos como Gorilas, de los que también es probable se conozcan
fragmentos óseos.
De la
mitad inferior de la formación Araucana se han re- cogido restos de fogones,
que luego abundan en la pacte su- perior, particularmente en los horizontes de
Monte Hermoso y Chapalmalal, juntamente con huesos tallados, partidos,
quemados, etc., objetos que, cada vez más perfectos y cada vez can mayor
abundancia, se presentan en todos los hori- zontes sucesivos hasta la época
actual.
Dos
piezas óseas recogidas en Monte Hermoso; un fé- mur y un atlas, indican la
presencia de un Hominidio precur- sor del Hambre, de talla muy pequeña, quizá
no mayor de un metro, que por algunos caracteres aproxímase a los Antro-
pomorfos, al cual he dado el nombre de Tetraprothomo ar- gentinus. Es,
sin duda, el
antecesor del Diprothomo platensis, encontrado en las
capas más profundas de la for- mación Pampeana en la misma ciudad Buenos Aires,
Homi- nidio de cráneo
pequeño, muy alargado, sumamente
bajo tanto en la región frontal como en la parietal, de rostro muy prognato,
nariz dirigida directamente adelante y cuya raíz coincidía can el borde
superior de las órbitas, glabela dirigida hacia adelante sin inversión hacia
atrás en su parte inferior, y una talla que seguramente no pasaba de 1m 30 un
verdadero Hombremono.
En las
capas que vienen encima del Pampeano medio
(Interensenadense
y Ensena dense cuspidal), el Diprothomo, se ha transformado en el Homo
pampaeus, del que se cono- cen muchos vestidos. y, entre otros, cráneos casi
enteros. Es de talla un poco mayor y de cerebro algo más voluminoso, debido al
cráneo que se ha levantado considerablemente en la región parietal, mientras
que la frente continúa extremada- mente baja. Es asimismo sumamente largo
(índice cefálico alrededor de 60) y muy angosto. con los costados casi para-
lelos, la glabela sin inversión hacia atrás en su parte inferior, cara de
tamaño enorme en relación a la frente, órbitas muy grandes y de mayor altura
que anchura, visera bien desarro- llada, pero sin bureletes superorbitarios,
rostro muy progna- to, mandíbula maciza y con mentón bien pronunciado, talla
alrededor de 1 m.50. Por todos estos caracteres, parece co- rresponder a un
género (Prothomo) de una conformación intermedia entre el Diprothormo de las
capas más antiguas y el Horno de la época Cuaternaria y de los tiempos
recientes. La industria lítica del Homo pampaeus, consístante en guija- rros
rodados de forma alargada tallados en una de sus extre- midades. es de aspecto
todavía más primitiva que la de los eolitos de Europa.
De la
misma época, o quizá algo más reciente, es el Ho- mo sinemento, el cual,
conservando algunos caracteres muy primitivos, por otros había sobrepasado en
su evolución al Homo sapiens. Sus representantes eran pigmeos (1m.40) de rostro
muy prognato, con mandíbulas sin mentón como el Homo primigenius, pero con
dentadura ortognata muy regu- lar y sin la última muela. Es una especie que ha
desaparecido sin dejar descendientes.
En el Pampeano
superior, en las capas más recientes del horizonte Bonaerense, encontramos el
Horno caputinclina- tus, de talla igualmente pequeña (1 m.40 a 1 m.50) y
diecio- cho vértebras dorsolumbares, de
frente apenas un
poco menos deprimida que en Homo pampaeus, pero sin visera, cráneo
sumamente largo y angosto (índice cefálico alrededor de 68) , región parietal
muy alta, glabela fuertemente invertida hacia abajo, pero no hacia atrás,
nasales muy anchos y sin depresión transversal en la raíz, órbitas extraordinariamente
superficiales y de consiguiente rostro muy prolongado hacía adelante; por
último. el agujero occipital está colocado en la parte posterior del cráneo más
atrás que en muchos monos, lo que le daba a la cabeza una posición fuertemente
inclinada hacia abajo.
En las
capas más recientes de la formación Pampeana (piso Lujanense) y las
Postpampeanas más antiguas a la época Cuaternaria, los descendientes de dos de
las especies anterio- res aparecen ya muy diversificados, pero con todos los
ca- racteres del génoto Homo. E1 cráneo es más voluminoso, más corto y más ancho;
la frente es más o menos abovedada; la gabela vuelta hacia abajo aparece
invertido hacia atrás en su parte inferior; las órbitas son normales, es decir,
profundas y más anchas que altas y el rostro es más corto, más humano.
Una rama
se entró por el camino de la bestialización, aumentando la talla y
desarrollando inserdones musculares que denotan una fuerza brutal. El cráneo,
conservando en parte su forma alargada, se hace sumamente espeso y macizo, con
fuertes crestas que anticipan las sinostosis de las suturas, se desarrollan
gruesos arcos superciliares, las órbitas mucho más anchas que altas adquieren
una forma rectangular y el rostro se vuelve más prognato, con mandíbulas
macizas de una fuerza enorme. Los últimos representantes de esta raza fueron a
extinguirse en época reciente en los arena les del valle del bajo río Negro y
de la región litoral del territorio del Chubut.
En el
Cuaternario de Santiago del Estero aparecen los restos de una raza (caza de
Ovejero), que se aisló quizá en una época anterior, pues es muy pequeña, de
sólo 1 m.30 de alto, con mandíbula de mentón fuerte y cráneo corto, ancho y
liso, presentando un lejano parecido con el tipo negrito de Asia y África.
Otros
restos de las capas de conchas marinas del Aimarense de la costa del río de la
Plata se caracterizan por una mandíbula de mentón fuyente y dentadura anterior
oblicua. con la parte interna superior de la región sinfisaria detrás de los
incisivos, excavada y dirigida oblicuamente hacia adelante y hacía arriba como
en el tipo de Homo primigenius.
La mayor
parte de los vestigios humanos del cuaternario superior (piso Lujanense)
pertenecen a la raza designada con el nombre de Lagoa Santa, de talla más bien
baja que alta, cráneo voluminoso todavía un poco alargado y frente elevada y
regularmente arqueada. Parece ser la que l a dado origen a la mayor parte de la
población indígena de América en las épocas más recientes.
Veamos
ahora cómo, partiendo de Sud América, pobló el Hombre los demás continentes.
Que los
hombres que habitan las otras regiones de la tie- rra tienen un origen comen
con los de Sud América es un hecho indiscutible; pero mientras los Hominidios
aparecen aquí como de una época geológica remotísima, en los otros continentes
son de edad muchísimo más reciente. Del Viejo Mundo no se conocen hasta ahora
sino del Cuaternario, y los más antiguos, como Parudhomo heidelbergensis y
Pithe- canthropus erectus, no parecen remontar más allá del Cua- ternario
inferior. Esto nos conduce a considerar a Sud América como la cuna del género
humano, concordando con lo que nos enseñan la Paleontología y la Pilogenia, que
nos demuestran con razones perentorias que tanto el Viejo Mun- do como
Australia y Norte América deben ser eliminadas de las regiones en las cuales
los Hominidios pueden haber teni- do su primer origen.
La línea
de los Hominidae aparece como una continua- ción de la de los Homunculidae, que
hubiera prolongado su existencia en este continente hasta la época actual.
La rama
que dio origen a los Antropomorfos tiene que
haberse
desprendido de esta línea antes de la aparición del Tetranrothomo. Fueron éstos
los primeros Hominidios que pasaron al Viejo Mundo al fin de los tiempos
eocenos o al principio del Oligoceno por sobre los últimos vestigios del
Arquelenis, como lo prueba el recientísimo descubrimiento, ya antes por mí
pronosticado, de restos de pequeños Antro- pomorfos en el Oligoceno del África
septentrional; una vez allá, se bestializaron adaptándose a la vida arborícola,
dando así origen a los Antropoidios fósiles y actuales de Europa, Asia y
África. De los descendientes de esos Hominidios pri- mitivos, las que han
conservado mayor número de los carac- teres de la familia son el Pseudhomo
heidelbergenesis del Cuaternario inferior de Heidelberg, en Alemania, y el Pithe-
canthropus erectus del Cuaternario inferior de Jaya.
En el
Viejo Mundo, aparece el Hombre como formando dos grandes grupos de caracteres
muy distintos, uno austral y otro septentrional. El primero, que ha recibido el
nombre de Homo aten lo constituyen en primer término las razas enanas de los
akas, bosquimanos, hotentotes, negritos, etc., distri- buidos en la zona
tropical de África y Asia, y aliados de todas las demás razas negras, negroides
y australoides, que se extienden por las mismas regiones hasta Australia, no
pasando al Norte de la zona tórrida sino por muy rara excepción. Es evidente
que ese conjunto de razas y variedades constituyen un grupo muy inferior al de
las razas Cáucaso-mongolas, que habitan más al Norte, en la zona templada;
estas últimas constituyen el Homo sapiens, esto es: el segundo grupo o
septentrional.
E1 Homo
ater ese agrupamiento inferior que no tiene ni tuvo representantes en Europa.
ni en la región de la zona templada de Asia, ni tampoco en América del Norte,
se en- cuentra en el mismo caso que los Antropomorfos. Por sus caracteres tiene
que haberse desprendido de la línea principal después del Diprothomo, y fue
desde Sud América hasta las regiones que habita, pasando por encima de los
últimos ves- tigios del antiguo puente guayano-senegalense, probable- mente a
principios de la época Pliocena.
E1 camino
seguido por las razas Cáucaso-mongolas de Europa y de la zona templada de Asia,
fue completamente distinto. Esto se prueba por el hecho de que los mongoles son
extraños al continente africano de una manera absoluta, y los caucásicos no
avanzaron más al Sur de la cuenca medite- rránea. Por consiguiente, los
Cáucaso-mongoles sigmeron necesariamente otro camino en su dispersión.
Salta
inmediatamente a la vista que el conjunto Cáucasomongol presenta mucho mayor
parecido con el grupo ameri- cano que no con el negronegroide. Por muchos de
sus ca- racteres los mongoles aparecen como tipos intermedios entre los
caucásicos y los americanos. Por otra parte, el grupo ame- ricano se extiende
sin interrupción de Norte a Sur, casi desde uno hasta otro polo. Constituido en
Sud América por la evolución del Homo pampaeus, pasó después a Norte Amé- rica,
que también tiene su Hombre cuaternario.
Norte
América recibió de América del Sur sus primeros hombres con la emigración de la
fauna mastológica sudame- ricana, que allá en la época Pliocena, pasando por
sobre el puente de Panamá, que acababa de surgir, invadió aquel con- tinente,
poblándolo con Mamíferos extraños, allí antes des- conocidos. Los colosos
de la pampa
argentina, los Megaterios, los
Milodones, los Toxodontes y los pesadísimos Gliptodones, acompañaron en su
éxodo a los descendientes del Homo pampaeus, el Hombre americano, yendo a dejar
sus últimos restos óseos en los valles de Méjico y en las llanu- ras de Estados
Unidos, donde desaparecen para siempre de la superficie de la Tierra. E1 Hombre
sobrevivió a. sus acom- pañantes y continuando su interminable peregrinación,
divi- dióse en dos ramas, que tomaron caminos opuestos. Una tomó rumbo al Norte
y al Oeste, invadiendo el continente asiático, siguiendo allí su evolución
hasta constituir la raza mongólica. La otra tomó rumbo al Nordeste y al
Oriente, y pasando por sobre el puente que al fin del Plioceno y al prin- cipio
de la época Cuaternaria unía a Europa con Canadá, transformada en el tipo de
GalleyfIíll, invadió Europa occi- dental, en donde un grupo se aisló,
evolucionando indepen- dientemente en el camino de la bestialización hasta
constituir el homo primigenius, el Hombre de Neanderthal, de Spy y de la
ChaplleauxSaints, que es una especie extinguida, cuyos últimos representantes
sucumbieron en los abrigos de Krapi- na. Las demás ocuparon gradualmente. toda
Europa, y evolucionando en la vía de la humanización, se transformaron gra-
dualmente en el Hombre caucásico, la raza blanca, que es la más perfecta y a la
que le está reservado el dominio completo de nuestro Globo.
Van para
veinte años, cuando recién se iniciaban en nuestro suelo los grandes
descubrimientos paleontológicos, en un estudio sobre las vías probables de la
evolución y di- versificación de los Mamíferos, tuve una visión profética.
Refiriéndome entonces a los Primates más antiguos y más primitivos, dije:
"Encontraron
ellos su mayor seguridad entre las selvas, subiéndose a los árboles y
recorriendo grandes distancias, pasando de runa en rama, ejercicio que les
exigía el empleo tanto de los miembros anteriores como de los posteriores,
hasta que se convirtieron en arborícolas perfectos; los cuatro miembros que
antes servían a la locomoción terrestre se en- contraron transformados en
cuatro manos, esto es, en cuatro órganos de prehensión, destinados a la
locomoción arbórea, por lo cual fueron designudos con el nombre de enadruma-
nos; son los Monos.
"Pero
otros Planungulados, por causas que no es ahora del caso averiguar, viéronse
confinados en comarcas llanas y desprovistas de árboles, como " , nuestras
pampas; carecían allí de puntos de refugio y tenían que confiárselo todo a la
vista y a la astucia. En la llanura, una de las condiciones esen- ciales para
la seguridad individual es poder divisar al enemigo desde lejos. Para observar
a mayor distancia necesitaban apo- yarse sobre sus miembros posteriores, que
eran plantígrados, irguiéndose sobre ellos lo posible para luego tender la
vista y escudriñar el horizonte. En este ejercicio los miembros pos- teriores
adaptábanse cada vez más a la sustenta y a la marcha, y los anteriores a la
piel transformándose, con la sucesión del, tiempo, la posición horizontal en
vertical. La insta dirigida horizontalmente hacía adelante, dominaba el espacio
máximo que le permitía abarcar su mayor elevación. E1 cráneo, a su vez, el,
lugar de estar más o menos suspendido como se en- cuentra en la posición
horizontal, descansando desde enton- ces sobre una base vertical, permitióle un
mayor ahorro de fuerza, acompañado de un mayor desarrollo cerebral y un aumento
en la intensidad intelectual o pensante en detri- mento del instinto bruto
heredado de sus antepasados. Ése fue el antecesor del Hombre.
"Convertidos
los miembros posteriores en órganos exclusivos de locomoción y los anteriores
en órganos de prehensíón, al precursor del hombre ya no le fue posible re-
coger en el suelo el alimento con la boca; tuvo que alzarlo, llevándolo a ella
por medio de las manos, ejercicio que desa- rrolló en él la facultad de
observación, enseñándole que po- seía instrumentos admirables que obedecían a
su voluntad. Empuñó un día, por acaso, una rama, y al moverla compren- dió que
poseía un arma ofensiva y defensiva. Otro día arrojó a cierta distancia un
objeto que tenía entre las manos una piedra y descubrió el arma ofensiva por
excelencia: el pro- yectil arrojadizo de nuestra época, el arma más mortífera.
Maquinalmente golpeó otra vez un guijarro contra otro, par- tiéndolo en
fragmentos angulosos y cortantes, acaso lasti- mándose esas manos en evolución,
aprendiendo en carne propia que esas lajas de piedra eran más duras y cortantes
que los dientes. Quedaba descubierto el cuchillo, aunque fuera de piedra, el
primer instrumento, el más primitivo y el más útil.
"Esas
toscas lajas de pedernal llamadas cuchillos de pie- dra, fueron para nuestro
precursor infinitamente más precio- sas que no lo son para nosotros los
instrumentos de metal más perfectos y complicados. Mellado el filo de esos
prime- ros y toscos instrumentos a causa del desgaste producido por, el uso
quiso luego reemplazarlos repitiendo intencionalmente la misma operación con el
propósito de obtener objetos pa- recidos. Escogió dos piedras que le parecieron
adecuadas, golpeólas fuertemente la una contra otra, entreabrióse una de ellas
y salió un cuchillo. . . pero del choque también saltó de. la otra una chispa
iluminándole el semblante. Había descu- bierto el fuego, y con esa chispa
inextinguible prolongada a través de las edades y transformada en resplandeciente
antor- cha, alumbra a la humanidad en su camino con rayos lumino- sos cada vez
más intensos!”
ORIGEN Y EMIGRACIONES
DE LA ESPECIE HUMANA5
CAPITULO
I
EL ORIGEN
SUDAMERICANO DEL HOMBRE
I. La
Pilogenia y la Paleontología sudamericanas.
II. Cuna y emigraciones de los Mamíferos. III. La ascendencia del Hombre. IV. Emigraciones de la especie humana.
I
LA
FILOGENIA Y LA PALEONTOLOGÍA SUDAMERICANAS
La
historia de la corteza terrestre, desde los tiempos ar- caicos hasta nuestros
días, comprende el estudio de la materia inorgánica que la constituye y el de
los seres vivos que sobre ella han evolucionado.
_________________
5
"Revista de Filosofía", (Buenos Aires 1915). Ordenación y recopilación de fragmentos según
indicaciones del propio Ameghino, en 1910 al di- rector de la misma. N. del E.
E1
estudio de la orogenia suele inclinar hacia el catastro- fismo; el de la
estratigrafía inclina hacia el evolucionismo. La Paleontología, esencialmente
estratigráfica, ha dado a los es- tudios geológicos una entonación
principalmente evolucio- nista, en el sentido de Lyell, sin excluir para las
grandes variaciones paleogeográficas las mutaciones cataclísmicas.
En sus
líneas generales, suele seguirse la clasificación geológica corriente ea cinco
eras, dividida cada una en varios sistemas, constituidos a su vez por numerosos
pisos.
La
cantidad y calidad de los hechos conocidos acerca de
cada una,
determina un interés creciente desde las más primi- tivas hacía las más
recientes.
Los
primeros estudios paleontológicos de Cuvier señala- ron un amplio sendero a la
Geología estratigráfica, recorrido poco después por Bronn y D’Orbigny, en una
época en que ya se perfilaba netamente el auge del transformismo. Indeciso en
Lamarck es incompleto en Saint Hilaire, adquirió con Darwin un valor más
demostrativo, al ser fundado sobre hechos que la experiencia ulterior ha
corroborado en diversos dominios de las ciencias biológicas.
El
adelanto de la Paleontología contribuyó poderosa- mente a consolidar la
doctrina de la descendencia, aportando valiosos documentos a la reconstrucción
de las líneas filoge- néticas. Muchos". s paleontólogos convergieron a la
tarea de rectificarciertas ramas (phila) del intrincado árbol genealógi- co,
atreviéndose algunos a rehacerlo por entero sobre datos incompletos.
Mi
primera obra sistemática fue un ensayo de recons- trucción filogenética;
estudios posteriores la han corregido en ciertos puntos.
Como la
intentada por Haeckel sobre datos de la embriología, se titula Filogenia; en
ambas se persigue la restaura- ción de las líneas fílogenéticas y arriban las
dos a resultados semejantes en lo genetal, aunque desiguales en los detalles.
Esta convergencia de los embriólogos y los paleontólogos, sobre el más
importante problema de la filosofía naturalista, tiene mayor valor si se
considera la absoluta diversidad de los caminos que han seguido para llegar a
la confirmación de las doctrinas transformistas.
La
reconstrucción filogenética fundada en la paleontolo- gía, tiene mayor
importancia acerca de las especies que han dejado restos fósiles (esqueletos
internos o externos, etc.), y por su comparación con las actuales. La
reconstrucción em- briológica es más amplia, pues abarca todas las especies. Es
evidente que en su campo restringido, las primeras tienen ,un valor
demostrativo más considerable; ellas han permitido corregir muchos detalles
importantes en las ramas de los vertebrados, especialmente entre los mamíferos.
Aun conociendo los escritos de Haeckel, no necesité
consultar
sus datos sino por accidente, dada la diferencia radical entre los estudios
paleontológicos y los embriológi- cos.
Por eso se dice en el prólogo de la Filogeniu: "Aunque el punto de partida
es completamente distinto, los resultados que ambos hemos obtenido concuerdan
perfectamente en sus puntos principales, lo que no hace más que aumentar el
crédito de la obra del sabio alemán que, guiado casi exclusivamente sobre el
estudio del desarrollo embriológico, supo obtener tan grandes resultados".
Después
del libro sobre la Formación Pampeana y del ensayo sobre los Mamíferos fósiles
de la América del Sur (en colaboración con el doctor Enriques Gervais), abordé
direc- tamente ese problema general. Con motivo de la muerte de Darwin, en una
conferencia pronunciada en el Instituto Geo- gráfico Argentino, afirmé que mi
ideal, como transformista, era incluir el transformismo entre las ciencias
exactas; la con- ferencia, puesta como introducción a Filogenia, implicaba un
compromiso moral; no omití, desde entonces, esfuerzo por cumplirlo, aunque
forzado a restringir las demostraciones al terreno de las especies extinguidas
que han podido legarnos un esqueleto fósil. Definí la obra como
"principios de la clasi- ficación transformista basados sobre leyes
naturales y pro- porciones matemáticas", notándose en ella un esfuerzo por
acercarse a esta fórmula: "Sólo hay ciencia de lo que puede medirse".
Desde esa
fecha se ha descrito una cantidad verdadera- mente enorme de especies fósiles
extinguidas, pues ciertas capas geológicas del territorio argentino son
verdaderos ce- menterios fósiles.
Ello ha
contribuido al estudio de las faunas fósiles com- paradas. permitiendo
establecer algunas leyes y formular va- rias hipótesis sobre la emigración de
las especies extinguidas a través de los diversos continentes. En este sentido,
nadie podrá ocuparse con acierto de Paleontología comparada sin conocer y
discutir las doctrinas y los descubrimientos argen- tinos.
Por fin,
se ha podido correlacionar los datos la fauna fó- sil con los de la fauna
actual, lo que ha permitido corregir y rectificar numerosas relaciones entre
unas y otras especies, con beneficio evidente para la reconstrucción del árbol
filo- genético de los Vertebrados y especialmente de los Mamíferos.
Esta es,
sin duda, la parte más considerable de la Pa- leontología argentina con
relación a las ciencias naturales y a la filosofía evolucionista. "Ya
conocemos un número verda- deramente sorprendente de distintos animales
fósiles, algunos parecidos a los actuales, otros sumamente diferentes, que
parecen reunir grupos en la actualidad aislados por completo y compuestos ellos
mismos de numerosas especies afines, en muchos casos difíciles de separar unas
de otras por buenos caracteres.
"Esas
especies pertenecientes a grupos extinguidos, íntimamente ligadas entre sí o
que entran en los grupos actual- mente existentes, son las últimas ramitas de
las grandes ramificaciones del árbol; pero esos grupos extinguidos que ya no
tienen análogos en el mundo actual o que sirven de transi- ción a grupos
antiguos cuya existencia más o menos modifi- cada se ha prolongado hasta
nuestros días, son grandes ramas o grandes trozos de las principales
ramificaciones.
"Los
Primatos, los Carnívoros, los Desdentados, los Didélfidos, y tantos otros
grupos actuales, son grandes ramas cuya parte inferior se hunde hasta los
terrenos terciarios infe- riores y aun en algunos casos hasta los terrenos
secundarios.
Los
grandes grupos extinguidos, como los Anoplotéridos, que reúne los Suidios a los
Rumiantes, los Pentadáctilos que ligan a los Roedores con los Perisodáctiles
los Hipariones que parecen ligar a: esos mismos Perisodáctilos son los Solí-
pedos, y tantos otros grupos que se encuentran en el mismo caso, representan
trozos de las mismas ramas, más tarde bi- furcadas, y esos trozos actualmente
perdidos, por la reunión de caracteres actualmente propios de grupos distintos,
repre- sentan justamente el punto de la rama que constituía la hor- quilla,
cuyas ramas secundarias prolongadas dieron origen a los grupos actuales.
"Poseyendo
por completo la copa del árbol, pudiendo seguir las ramas hasta una distancia
considerable, y poseyen- do igualmente grandes trozos de las ramas principales
del árbol, muchos de ellos con las bifurcaciones de donde salie- ron las ramas
secundarias, ¿cómo no se ha de poder colocar esas grandes ramas en la posición
relativa que debieron ocu- par en el árbol destrozado?”6
II.
CUNA Y
EMIGRACIONES DE, LOS MAMIFEROS
Son los
datos de la Paleontología el fundamento princi- pal de mis dos hipótesis
fundamentales acerca de la Antropo- genia.
1 La
mayor antigüedad de la fauna de Mamíferos fósiles en Sud América, incluyendo
los más antiguos Monos fósiles conocidos, prueba que los remotos antepasados
del Hombre evolucionaron en este continente; la existencia de antiquísi mos
restos fósiles humanos y de industrias primitivas corro- bora esa hipótesis.
2. Las
emigraciones de los Mamíferos sudamericanos pa- ra poblar los otros
continentes, siguiendo las vías admitidas por la Paleogeografía, se han
acompañado de las emigracio- nes del Hombre o de sus precursores inmediatos.
-
6 Ver:
Prefacio de "Filogenia", 1884.
Se
comprende, entonces, que para comprender las hi- pótesis antropogénicas deben
tenerse presentes las conclu- siones más generales de la Paleontología
argentina, en cuanto se refiere a la antigüedad de los Mamíferos sudamericanos
y a sus diversas emigraciones.
Los
Mamíferos placentarios derivan de los apacentarios; se ha procurado restablecer
en relación filogenétíca. En los marsupiales se encuentra el origen de muchos
placentarios; la distinción entre ellos sólo implica un grado distinto de
evolu- ción. En el gran grupo de los Sarcobora se reúnen todos los carnívoros,
formando siete subórdenes o grupos, de los cua- les dos están extinguidos
(Creodonta y Sparassodonta) , y los demás están representados por los
carnívoros marsupiales vivientes. Los tipos primitivos de esos marsupiales
serían los que dieron origen a los Mamíferos placentaríos, algunas de cuyas
formas primordiales emigraron, yendo a constituir las faunas de Mamíferos de
los otros continentes.
En suma:
de los antiguos Mamíferos de la Patagonia se
originaron
los Mamíferos que han habitado o habitan toda la superficie de la Tierra, a
partir del Cretáceo superior (fines de la era Secundaria o Mesozoica) . Después
de descubierta la fauna del Pyrotherium y la del Astraponotus, la más antigua
del Notostylops y la más antigua todavía del Proteodidelphys, es imposible
sostener que los Mamíferos de Patagonia des- ciendan de los de Norte América .
Quedarían
dos explicaciones:
1. Los
Mamíferos antiguos de Patagonia son de origen independiente: sus semejanzas con
las faunas de otros conti- nentes son un resultado del azar o de adaptaciones a
condi- ciones semejantes. Esta explicación es demasiado simple e implica un
retroceso a la antigua teoría de las creaciones su- cesivas e independientes.
2. Los
diversos grupos de los antiguos Mamíferos de
Patagonia
tienen un origen común con los grupos similares del resto de la Tierra; sus
semejanzas son el resultado del parentesco o de la unidad de origen. Esta
explicación es esencialmente evolutiva y transformista, obligando a recons-
truir su filogenia sobre los datos de la Paleontología compa- rada.
Optamos,
naturalmente, por la segunda, más complicada y que nos obliga a estudiar, es
decir: a aprender7.
Conviene
hacer presente que el paleontólogo norteame- ricano Scott ha planteado una
tercera explicación. Cree que los tipos de ambas Américas podrían haberse
originado de antepasados comunes, mucho más antiguos y de ubicación
desconocida. Esta hipótesis no se funda en ningún hecho; Scott supone que la
formación Santacruceña corresponde al Eoceno e infiere de ello la menor
antigüedad de su fauna, aparte de que parece no tomar en cuenta los Mamíferos
del Cretáceo patagónico y su coexistencia con la fauna de Dino-
saurios,
perfectamente demostrada.
7 Ver:
"Formaciones sedimentarias", pág. 15.
Puede
llegarse, por lo tanto, a esta conclusión funda- mental: la región del
desaparecido continente subtropical austral (Arquelenis) correspondiente a la
parte Sudeste de la actual América del Sur, fue el centro de desarrollo de
todos los Mamíferos; de allí se irradiaron por sobre toda la superfi- cie de la
tierra, mediante emigraciones efectuadas en distintas épocas y en diferentes
direcciones.
En nuestra última exposición sintética de
la cuestión
(1907)
dijimos que las emigraciones principales son cuatro. Por su orden de
antigüedad, y empezando por la más remota, tenemos: 1º, emigración cretácea
hacia Australia; 2º, emigra- ción Cretáceo-eocena hacía África; 39, emigración
oligomio- cena hacía África; 49, emigración mioceno plioceno cuaternaria hacia
América del Norte8.
La
primera emigración empezó hacia la mitad de la época cretácea, antes de
constituirse el grupo de los Ungulados; por ella recibió Australia los
Sarcoboros primitivos, que se trans- formaron en los Diprotodontes o canguros,
y demás familias afines. Fueron por sobre un puente que unía a Patagonia con
Australia, a través de las regiones polares, esa conexión no fue continua sino
formada por tierras que se iban sumergien- do del lado patagónico a medida que
emergían avanzando hacia Australia. No hubo emigración en sentido contrarío, es
decir: de Australia a Patagonia.
La
segunda emigración, hacia África, se efectuó pasando por sobre el Arquelenis,
en el período cretáceo-eocénico. Pasaron a África representantes de los
principales órdenes de Mamífe-
ros (Prosimios,
Protungulados, Condilartros, Hipoidios
y
8 Ver
"Tetraprothomo", págs. 228 a 231.
Perisodáctílos
primitivos, Hiracoidios y Amblípodos, Pro- boscídios primitivos,
Ancilópodos, Sarcoboros primitivos que se transforman en Creodontes y
Carniceros, Piagiaula- coidios, algunos Roedores y algunos Desdentados
primitivos que se transformaron en los Manidos y Oricteropódidos existentes) .
En África esa fauna evolucionó desde entonces por separador de la que quedó
aislada en Sud América; de África invadió gradualmente Europa y Asia, y de allí
pasó a América del Norte. Todas las faunas de Mamíferos del Ter- ciario antiguo
de África, Europa y Norte América son formas evolucionadas de ascendientes
sudamericanos que salieron en esta emigración. Por ese camino no hubo
emigración en sen- tido inverso, porque aún no había Mamíferos en Euroasia.
Durante toda esa época, las dos Américas estaban separadas por un ancho mar.
La
tercera emigración, hacia África, por sobre los últimos
restos
del Arquelenis, empezó probablemente a principios del Oligoceno y continuó hasta el
Mioceno inferior. Pasaron hacia África grupos que faltan en el
Cretáceo superior de Sud América, apareciendo solamente en el Eoceno medio y
supe- rior: en cambio en el antiguo mundo se encuentran en el Oli- goceno inferior
y hasta el Mioceno superior (pasaron los Didélfidos, los Monos, los Subúrsídos
y los Roedores del suborden de los Histricomorfos) . Existió una corriente emi-
gratoria, en la misma época, de África a América; algunos grupos que en el
Viejo Mundo se constituyeron en el Eoceno superior y el Oligoceno (por
evolución de la fauna recibida en la anterior emigración) aparecen en Sud
América en época un poco más reciente (algunos Creodontes, varios Carniceros de
las familias de los Cánidos y de los Ursidos, los Listrio- dontes y
algunos otros Artiodáctilos primitivos). Durante este
período Sud América continuaba aislada de Norte Amé- rica, y desde entonces
está aislado de África. Esta interrup- ción del Arquelenís produjo la fusión
del Atlántico Norte y el Atlántico Sur, lo que concuerda con la mayor semejanza
de las faunas marinas después del Mioceno, habiendo sido muy distintas en el
Eoceno y el Oligoceno.
La cuarta
emigración de Mamíferos sudamericanos se dirige hacia Norte América, por sobre
la gran conexión de ambas Américas producida en la segunda mitad del Mioceno.
Las faunas, hasta entonces detenidas por el mar interamericano, se
entrecruzaron; se produjo un intercambio zoológico que dio por resultado la
formación de faunas mixtas, cuyo origen fue hasta hace poco inexplicable.
Fueron de Sur a Norte América formas que aquí se encuentran ya en pisos más
anti- guos (los Desdentados gravigrados y los Gliptodontes, el corpulento
Toxodonte, los Roedores histricomorfos los Di- délfidos y por último los Monos,
aunque estos últimos sólo llegaron a Méjico) ; vinieron de Norte a Sud América
las es- pecies que allí son evidentemente más antiguas los Masto- dontes, los
Tapires, los Llamas y los Ciervos, los Equidios y la mayoría de los Carniceros
placentaríos).
La
Paleontología comparada confirma estas ideas. Sola-
mente en
Patagonia se encuentran Ungulados primitivos en las mismas formaciones
cretáceas que contienen numerosos Peces y Reptiles; allí se originaron y desde
allí se han disper- sado por sobre los otros continentes. Los Mamíferos han
pasado de Sud América a África, de aquí a Europa y de aquí, Norte América,
modificándose durante el camino bajo la influencia de las nuevas condiciones de
adaptación. Antes de conocerse la fauna de Mamíferos fósiles del continente
afri- cano, pudimos hacer una predicción legítima: "Fundándonos en lo que
sabemos de Sud América y Euroasia podemos res- taurar todo el pasado del
continente negro: todo grupo fósil del Terciario euroasiático, y que se
encuentra también en el Cretáceo de la Argentina, debe haber existido en África
du- rante el Eoceno". Descubrimientos posteriores, hechos en el Terciario
de Egipto, confirmaron esta previsión.
La fauna
de Mamíferos, después de atravesar África y Europa, emigró a Estados Unidos, a
través de comunicacio- nes terrestres que ya no existen: por eso la fauna fósil
de Mamíferos es más reciente en Norte América que en Europa. Aquí los Mamíferos
permanecieron acantonados mucho tiempo, especializándose, variando para
adaptarse al medio y revistiendo formas nuevas y tipos originales; durarte
mucho tiempo no pudieron emigrar a Sud América, estando separa- dos ambos
continentes por la zona oceánica que unía el Atlántico con el Pacífico.
A fines
de la época Miocena se estableció la comunica- ción de ambas Américas, por el
istmo de . Panamá, efectuán- dose
entonces una reemigración
de los Mamíferos
que mucho antes habían salido de Sud América para África y Europa: se los
encuentra en capas geológicas mucho más recientes que el Cretáceo, aunque ya
profundamente diferen- ciados por las variaciones miliseculares sufridas en
África, Europa y Norte América; algunas especies serían irreconocibles si no se
hubieran estudiado los tipos intermedios en los continentes por donde pasaron.
Puesto
que hasta fines del Mioceno no había comunica- ción, la antigua fauna de
Mamíferos del continente sudameri- cano no puede haber venido de Norte América.
En frica y Europa es posterior que en Patagonia. Tampoco pudo venir de
Australia, que nunca tuvo Ungulados; es probable que esa gran isla estuviera
ya aislada a comienzos de la época
Cretá- cea, antes de que aparecieran los primeros Ungulados.
De esos
dos elementos mayor antigüedad en Patagonia y
reconstitución
natural de las vías migratorias se infiere que la fauna de Mamíferos ha tenido
su origen en la América del Sur. Esta idea es el eje de toda la Paleontología
argentina.
III.
LA
ASCENDENCIA DEI HOMBRE
La
especie humana, reintegrada a su rango biológico dentro de los fenómenos de la
Naturaleza. quedó incluida en la concepción transformista: a medida que los
estudios cientí- ficos disiparon las preocupaciones teológicas, los zoólogos y
los antropólogos fueron señalando los procesos evolutivos que pueden haber
derivado al Hombre de los Mamíferos más afines. Darwin, con gran acopio de
observaciones, trató el tema en sus Orígenes; después de n evos complementos y
demostraciones, las ciencias genéticas (Embriología) , mor- fológicas,
(Anatomía e Histología comparadas) , y fisiológicas (Bioquímica y
Biodinámica comparadas) concuerdan
con ejemplar unanimidad en referir el Hombre al grupo de los Mamíferos
placentaríos, incluyéndole en el orden de los Pri- matos.
El
parentesco de los ramas filogenéticas prehumanas (los Hominidios) presentó, sin
embargo, lagunas de consideración mientras sólo se tomaron en cuenta las
especies vivientes; el phylum simio humano presentaba soluciones de continuidad
y faltaban ciertos eslabones para rehacer el árbol genealógico del Hambre. Los
modernos estudios de Paleontología han contribuido a reconstruirlo, completando
el conocimiento de las especies vivas con el de las extinguidas.
En el
camino de su perfeccionamiento, el transformismo acoge y renueva problemas
antropogénicos otrora mal plan- teados. El antiguo poligenismo de las razas
humanas reapare- ce ahora como poligenismo en la evolución general de las
especies vivas, planteando la posibilidad de que la evolución de los Monos, los
hominidios intermedios y los Hombres se haya efectuado en dos o más phylae
independientes, contra la general opinión monogenétíca y monofilética.
La
originalidad esencial de nuestros estudios antropogenéticos consiste
en una rectificación filogenética
del phylum de los Hominidios que establece el parentesco entre el Hombre
y los Monos extinguidos, al mismo tiempo que excluye la descendencia directa
del Hombre de los Monos vivientes. Una terminología propia y expresiva, nos
sirvió desde 1884 para ir ampliando, corrigiendo y confirmando las primitivas
hipótesis, mediante las rectilicaciones que fueron siendo necesarias.
Hay tres
términos esenciales en nuestro phylum antro- pogénico:
1. Los
Monos fósiles americanos.
2. Los
Homínidios fósiles americanos.
3. El
Hombre fósil americano.
En 1884,
en Filogenia publiqué un cuadro antropogené- tico, del Hombre y de los
Antropomorfos, restaurando teóri- camente las formas de sus precursores
extinguidos; el cuadro sólo tenía el valor de una hipótesis, no conociéndose
por ese entonces los precursores establecidos por simple inducción.
En 1889
he reconstruido ese Phylum de los antecesores del Hombre, dándole la expresión
siguiente. De un grupo de antiquísimos "precursores comunes" se
desprenden tres ór- denes. E1 de los Anthropoidea (comprendiendo los precur-
sores directos del Hombre y de los Monos antropomorfos) ; el de los Simioidea,
que comprendía a los demás monos, con excepción de los Lemúridos; formaban
éstos el tercer orden, de los Prosimiae. A1 primero ,etc., de esos órdenes lo subdi- vidía, a su
vez, en dos familias: Hominídae (rama originaria del Hombre,
con posición vertical,
miembros anteriores cortos y
cerebro sumamente grande) , y los Anthropomor- phidae (rama originaria de los
Antropomorfos, con posición oblicua, miembros anteriores largos y cerebro por
lo menos una mitad menor) .
En 1906,
estudiando las faunas de Mamíferos del Cretá- ceo superior y del Terciario
patagónico en comparación con las faunas de los otros continentes, establecí
las relaciones filogenéticas generales del Hombre con los Antropomorfos y los
demás Primatos, y de éstos con los Sarcoboros y los Un- gulados.
En la
misma obra modifiqué ligeramente el phylum ge- neral de los Primatos En el
phylum particular de los Anthro- poidea (considerado como suborden) aparecen
intercalados de tipos nuevos, anteriores a la separación de los Hominidios y
los Antropomorfos: los Homunculidae y los Hominidae primitivos. Estas
modificaciones puramente teóricas, nos permiten reconstruir un phulum de
acuerdo con los datos recientes. El Hombre desciende de los Clenialitidios a
través de los Prosimios, los Simios primitivos, los Antropoidios. los
Homunculidios y los Hominidios primitivos, exactamente como los Antropomorfos.
Los antecesores comunes de los Hominidios y los Antropomorfos, previstos por
Darwin y los darwinistas son los Hominidios primitivos.
Conviene
hacer algunas advertencias para salvar los peli-
gros de
error a que se presta la nomenclatura.
1. Los
Antropoidios, los Hornunculidios y los Homini- dios primitivos (derivados los
tres de los Simioidios primiti- vos) , son Monos y están considerados como
antecesores comunes de los Monos antropomorfos y de los Hominidios verdaderos.
2. Los
Hominidios verdaderos (Tetraprothomo, Tri- prothomo, Diprothomo y Prothomoj,
son tipos intermedios entre los Monos precedentes y el Hombre. Corresponderían
a este grupo los restos fósiles del Tetraprothomo argentino, el Diprothomo
platense y el Homo pampeano.
3. El
Pitecantropo de Java y el Pseudhomo de Heidel- berg no son considerados como
Hominidios precursores de la especie humana, sino como formas extinguidas.
Nos
parece indispensable retener esa
distinción entre Monos, Hominidios y hombres, para no incurrir en confu-
sión.
ANTROPOGENIA
(Sinopsis definitiva) Homo Prothomo Diprothomo Triprothomon.
Esta
reconstrucción antropogénica es más rica en deta- lles que la corriente en
otros antropólogos transformistas. El valor de la doctrina general depende de
los datos paleontoló- gicos sobre la fauna de mamíferos y su confirmación
podrán darla los hechos paleoantropológicos.
IV
EMIGRACIONES
DE LA ESPECIE HUMANA
E1 Hombre
partió de Sud América para poblar los otros continentes. Que los hombres que
habitan las otras regiones de 1 a Tierra tienen un origen común con los de Sud
Améri- ca. es un hecho indiscutible; pero mientras acá los Homini- dios
aparecen como de una época geológica remotísima, en los otros continentes son
de edad muchísimo más reciente. Del Viejo Mundo no se conocen hasta ahora sino
del cuater- nario, y los más antiguos, como Pseudhomo heibelbergensis y
Pithecanthropus erectus, no parecen remontar más allá del cuaternario inferior.
Esto nos conduce a considerar Sud América como la cuna del género humano,
concordando con lo que nos enseñan la paleontología y la filogenia, que nos
demuestran con razones perentorias que tanto el Viejo Mun- do como Australia y
Norte América deben ser eliminados de las regiones en las cuales los Hominidios
pueden haber to- mado su primer origen.
1.º De la
línea de los Hominidios (continuación de la de los monos Homunculidios) se
desprendió la "rama que origi- nó los monos antropomorfos", antes de
que apareciera el
Tetraprothomo.
Esa rama de los Hominidios pasó al Viejo Mundo a fines del eoceno por sobre los
últimos restos del Arquelenis. Allí los Hominidios degeneraron (se bestializa-
ron) , adaptándose a la vida arborícola, y originaron los mo- nos antropoideos
fósiles y actuales de Europa, Asia y África. Entre los descendientes menos
degenerados de esa rama, tenemos a los tipos de Heidelberg y Java, encontrados
ambos en el cuaternario inferior.
2.º De la
línea de los Hominidios se desprendió la "rama que originó el Homo Ater
(razas afroasiáticas de la zona tro- pical,
negros, negroides y
australoides, etc.), pasando por sobre los últimos vestigios del antiguo
puente guayano- senegalense, probablemente a principios de la época pliocena.
Ese conjunto de razas y variedades ha alcanzado un grado de evolución mayor que
las precedentes, pero menor que el si- guiente.
3.º De la
línea de los Hominidios se desprendió la "rama que originó el Homo
sapiens" (razas cáucaso-mongólicas) , como resultado de la evolución del
Homo pampaeus en Sud América, pasando a Norte América por sobre el puente de
Panamá que acababa de surgir en la época pliocena. Esta rama siguió emigrando,
dividiéndose en dos grupos que to- maron caminos opuestos. Una siguió hacia el
Norte y Oeste, invadiendo el Asia (raza mongólica). La otra hacía el Norte y el
Este, pasando sobre el puente que al fin del plioceno y principios de la era
cuaternaria unía el Canadá con la Europa, entrando a este continente (ya
transformada en la raza de Galley Hill) . Un grupo se aisló. degenerando (Homo
primi- genius, hombre de
Neanderthal,de Spy y
de la ChapelleauxSaints, especie extinguida, cuyos
últimos representantes sucumbieron en los abrigos de Krapina); los demás grupos
se difundieron gradualmente por toda Europa, transformándose gradualmente en el
hombre caucásico, la raza blanca, la más perfecta y a la que está reservado el
dominio de nuestro globo.
Conviene
señalar la concordancia cronológica de estas emigraciones humanas con las
emigraciones de mamíferos de Patagonia. así como las vías paleogeográficas
seguidas por unas y otras, que son las mismas.
Estas
doctrinas, fundadas en los datos paleontológicos. son independientes de los
descubrimientos paleoantropológi- cos, es decir, del hallazgo de restos fósiles
pertenecientes al hombre y a sus precursores. Por eso los trataremos aparte, en
otro artículo, en que reuniremos lo que se refiere a los monos fósiles
americanos, a los hominidios fósiles americanos y al hombre fósil americano,
procurando dar una impresión clara de conjunto.
Un sabio,
en presencia de los cambios continuos que ob- servaba en mi obra, tuvo la idea
de preguntarse: "Qué debe- mos pensar de eso?”
Para
terminar esta reseña, creo bueno recordar las pala-
bras que
le respondí, y de las que no me he apartado nunca: "Simplemente, que
nuevos descubrimientos han modificado o amplificado mis conocimientos
precedentes. He advertido que ciertas especies, que yo consideraba apropiadas
para ca- racterizar ciertos pisos, no lo son suficientemente. y las he
suprimido y reemplazado por otras que me parecen más ca- racterísticas. He
aumentado su número con especies características recientemente encontradas en
las capas de unos u otros pisos. Esos cambios no serán los últimos. En el
cuadro que irá al fin de esta Memoria suprimiré, probablemente, algunas de las
especies que le conservado en mi cuadro ante- rior, reemplazándolas por otras
ya conocidas o recientemente descubiertas, procurando acercarme cada vez más a
la ver- dad. Para eso trabajo y estudio. Cambiaré de opinión tantas veces y tan
a menudo como adquiera conocimientos nuevos; el día que me aperciba de que mi
cerebro ha dejado de ser apto para esos caminos, dejaré de trabajar. Compadezco
de todo corazón a todos los que después de haber adquirido y
expresado
una opinión, no pueden abandonarla nunca más"9.
9
"Formations", pág. 119.
CAPITULO
II
LOS
RESTOS FOSILES DEL HOMBRE Y DE SUS PREDECESORES EN EL CONTINENTE SUDAMERICANO
I. La genealogía
sudamericana del Hombre. II. Los Monos
fósiles sudamericanos. III. Los Hominidios fósiles sudameri- canos. IV. E1 Hombre fósil sudamericano. V. Su posición geológica respectiva.
A1
exponer mis doctrinas sobre la ascendencia del Hombre y su sitio de origen en
la Tierra, he dicho que me parece indispensable distinguir, en lo posible, los
tres térmi- nos del problema:
l. Los
Monos fósiles sudamericanos.
2. Los
Hominidios fósiles sudamericanos.
3. El
hombre fósil sudamericano.
Se
comprende que no pretendo dar a mis opiniones un carácter infalible. pues el
error es siempre posible en la apre- ciación de hechos y épocas tan remotas.
Pero me parece que nadie tiene el derecho de emitir opiniones sin conocer los
hechos como yo los conozco, y mucho menos de juzgar por detalles aislados,
olvidando que fundo sobre los resultados paleontológicos la antigüedad que
atribuyo a los pisos geoló- gicos.
I
LA
GENEALOGIA SUDAMERICANA DEL HOMBRE
A1
construir hipotéticamente la filogenia del Hombre (a través de los Simios
primitivos, los Antropoidios, los Hon- maculidios, los Hominidios primitivos y
los Hominidios), no quise ser afirmativo sobre su sitio de origen en la
superficie de la Tierra. Pero desde 188010, y aun antes mi convicción sobre ese
punto estaba hecha.
Por ese
entonces llegué a plantear esta conclusión: "La ciencia no puede
determinar hasta ahora qué punto de la su- perficie del Globo ha sido la cuna
primitiva del Género hu- mano; por consiguiente, no hay razón ninguna para
hacer emigrar al Hombre del antiguo al Nuevo Mundo, puesto que la emigración
bien puede haberse verificado en sentido con- trario" (p. 211, t. I). No
hay duda alguna que los estudios de Paleontología comparada imponen este
razonamiento legíti- mo: si la América del Sur es la cuna y centro de
irradiación. de los mamíferos, puede haberlo sido de los precursores del
hombre; sí en Sud América vivió la rama filogenética que conduce al Hombre, los
Monos Homunculidios de Patago- nia, esa evolución puede haberse operado allí
mismo; si esos Monos no están en ninguna otra parte de la Tierra, es proba- ble
que su evolución hacia el Hombre actual, su humanización, se haya producido en
Sud América.
10 Ver
"La Antigüedad del hombre en el Plata", edición de 1880: y página
152 del
tomo III de la edición oficial de las Obras Completas y la corres- pondencia
científica.
Esos tres
razonamientos son lógicos si se aceptan las premisas; por eso, teóricamente,
pude afirmar que la huma- nidad había nacido en esa parte del mundo, mucho
antes de que se produjeran los descubrimientos de fósiles humanos terciarios y
cuaternarios que han confirmado esa profecía.
En 1891,
ante los restos de los primeros Monos fósiles descubiertos en Patagonia, afirmé
ya que "el punto de origen de los verdaderos Monos y del precursor del
Hombre, que hasta ahora se cresa debía encontrarse en algunas regiones del
Viejo Mundo, se encuentra así trasladado a Sud América".
Más tarde
insistí sobre la posibilidad de que, no ya el precursor, sino el Hombre mismo,
sea de origen sudamerica- no. En 1906 procuré establecerlo así sobre bases
inconmovi- bles11. Partía de este hecho sencillo: la característica principal
del Hombre es el gran desarrollo del cerebro, y, por consi- guiente, del
cráneo, que toma una forma cada vez más abo- vedada. Ninguna especie viviente,
próxima al Hombre, ha tenido un cráneo con crestas salientes. Los
Microbioteridos, desde donde se ramifican todos, tenían un cráneo liso y sin
crestas. A partir de esa raíz común, pasando por los Prosi- mioe del Cretáceo
superior y de la base del ternario, y des- pués por los Homunculidios hasta el
Hombre, el cráneo ha aumentado progresivamente su volumen y su abovedamien- to.
Es el proceso evolutivo que yo llamo hacia la humanización.
De ese
tronco, que va directamente de los Clenialitidios al Hombre, pasando por los
Homunculidios, se han separado sucesivamente ramas laterales en varias épocas.
En esas líneas divergentes hay un proceso continuo hacia una mayor osifi cación
del cráneo en correlación con un mayor desarrollo de los caninos y los molares,
lo que ha dado origen al alarga- miento del rostro y a la formación de fuertes
crestas tempo- rales, de las crestas occipital y sagital, de los grandes
rodetes superorbitarios, etc. A ese proceso evolutivo en los Primatos, lo
llamaré hacia la bestialización.
-
11 Ver
"Ies formations sédimentaires", págs. 421 a 452, etc.
De las
ramas bestializadas nacieron los Monos actual- mente vivientes en ambos mundos,
mientras que en la rama humanizada se encuentran los Homunculidios y el Hombre.
Los Monos
primitivos (anteriores a la bestialización) se parecían un poco más al Hombre
actual que los Monos ac- tuales (ya bestializados) ; en ese sentido, y poniendo
en para- lelo el Hombre
con los Monos
actuales del antiguo continente, puede decirse que no es
el Hombre el que se pre- senta como un Mono perfeccionado, sino, al contrario,
son esos Monos los que aparecen como Hombres bestializados.
Esa
evolución es, sobre todo, evidente para los Monos antropomorfos.
Tal es,
en general, la opinión de los antropogenistas so- bre el origen del Hombre;
hemos perfeccionado el parentes- co entre el Hombre y los Monos antropomorfos,
haciendo derivar a éstos de nuestros inmediatos ascendientes filogené- ticos,
los Hominidios primitivos, y no de los Monos primiti- vos. Si para Darwin eran
nuestros primos hermanos, para nosotros son simplemente nuestros hermanos
degenerados o bestializados.
Este modo
de ver introduce, en cambio, una variante en la evolución de les Antropomorfos:
después de separarlos de un tronco común al del Hombre, considero que han
sufrido una regresión involutiva, como ocurre con otras muchisímas especies que
no pueden adaptarse a las variaciones del medio en que viven. Son, pues como
lee dicho, "los parientes más próximos del Hombre. pero sólo en línea
descendente y di- vegente, de ningún modo en la línea ascendente
directa"12.
Considero
imposible que ninguno de los Monos actualmente vivientes pueda devenir un
Hombre, pues su evolu- ción ha tomado un camino divergente que los aleja cada
vez más del Hombre. Todos los Monos fósiles conocidos del Viejo Mundo
pertenecen también a esas ramas divergentes y bestializadas; se encuentran en
el mismo caso, no solamente el famoso Pitecantropo de Java, sino también el
Hombre de Neanderthal, pues ambos representarían líneas divergentes
extinguidas. que se han separado del tronco central en una época relativamente
muy rocíente.
II
LOS MONOS
FÓSILES SUDAMERICANOS
Mucho
antes de los descubrimientos de fósiles prehu- manos, había previsto que éstos
debían lógica mente hallarse en América. por la correlación genética entre los
antiguos Monos americanos y los Hominidios verdaderos, que pueden considerarse
como simples Monos al compararlos con el Hombre actual; así, por ejemplo, el
cráneo restaurado del Diprothomo, en parangón con el del Homo y de los Antro-
pomorfos,
no se parece a ninguno de los dos, sino al de su
12
"Tetraprothomo", pág. 206.
antecesor,
como es natural; ese cráneo no es evidentemente el de un Hombre, sino el de un
precursor. Ese grupo de pre- cursores es sudamericano. Por la conformación del
cráneo, los más próximos parientes del Hombre deben buscarse en- tre los Monos
americanos. Sus parientes más inmediatos son los Homunculidios terciarios, pero
entre los Monos vivos, los hay que no se alijan mucho de los fósiles; tal es el
género Cebus, pero sobre todo Saimiris, cuyo cráneo es más humano que el del
Pitecantropo y de cualquier otro Mono antropo- morfo conocido. Es el único de
todos los Monos vivos que tiene el agujero occipital colocado tan adelante como
el Hombre y que mira hacia abajo como en este último. La forma humana del
cráneo de esos Monos americanos Ho- munculidios y Saimiris representa el tipo
primitivo por el cual han pasarle los Monos del Viejo Mundo, inclusive los
Antro- pomorfos y el Hombre, lo que se prueba por el desarrollo ontogenético de
estos últimos. El proceso de evolución re- gresiva se ha producido, sin embargo,
en la mayor parte de los Monos americanos; los menos alejados del tipo
primitivo son los Saimiris, y entre ellos el Saimiris boliviensis, cuya cur- va
frontal es más alta que la de algunos cráneos humanos. En conclusión, los
Antropomorfos son los parientes más cerca- nos del Hombre en la línea
descendente divergente, los Sai- miris en la línea ascendente divergente, y los
Homunculidios en la línea ascendente directa.
Conviene
recordar el fragmento del phylum simio hu- mano que puede relacionarse con los
Monos fósiles; debe tenerse en cuenta que con excepción de los Hominidios y el
Hombre todos los grupos que figuran en el cuadro se refieren a la evolución de
los Monos.
En Europa
y Norte América, los Prosimios, o por lo menos animales que parecen más o menos
relacionados con los Lemúridos actuales, aparecen en el Eoceno y se extinguen en
el Oligoceno; en cambio, en Patagonia, los Prosimios o Lemúridos "aparecen
en las capas superiores del Cretáceo" y se extinguen en el Eoceno. Los
verdaderos Menos no han dejado rastros fósiles en las capas terciarias de Norte
Améri- ca, y en Europa sólo aparecen el Terciario medio; en Patago- nia
"aparecen ya en la base del Eoceno", donde coexistieron con los
Lemúridos; han continuado viviendo en Sud América sin interrupción hasta la
época actual, pero se irradiaron des- de Patagonia, probablemente desde
mediados de la época Terciaria. De Sud América fueron al Viejo Mundo, proba-
blemente a principios del Mioceno, o a fines del Oligoceno.
Este dato
paleontológico (mayor antigüedad de los Prosimios y los Simios en Sud América)
es el punto de partida de las inducciones antropogenéticas.
Los
Prosimios fósiles, tan abundantes en el Cretáceo su- perior de Patagonia llegan
hasta el Terciario pero en él son ya muy raros, Adviértase fue es muy difícil
establecer las rela- ciones exactas entre los Prosimios del Cretáceo y los
Prosi- mios del Eoceno,
pues son casi
desconocidos los restos fósiles de los que vivieron en las
épocas intermedias (piso Piroteriense) .
En el
Eoceno inferior de Patagonia los Prosimios están representados por el género
Clenialites, notable por su pe- queña talla, sus ramas mandibulares fuertemente
arqueadas, sus molares persistentes inferiores muy complicados, y, sobre todo,
por el molar 4, que está constituido a semejanza del molar 5. Por ese último
carácter se aproxima al Microsyops elegars de Marsh, del Eoceno superior
norteamericano, y al Plesiadapis del Eoceno superior de Cernay (Francia) ; pero
el estudio morfológico comparativo de los molares permite afirmar que el género
Clenialites es el más antiguo de todos los similares.
Los
caracteres primitivos de Clenialites autorizan a con-
siderarlo
como el tipo de una familia distinta; por una parte habría dado origen a les
Microsiopidios, Plesiapidios, Anap- tomorfidios y todos los otros Prosimios
conocidos, mientras por otra habría dado los verdaderos Monos (a través de Pi-
theculites) , hasta los Hominidios primitivos, de donde se ramifican los
Antropomorfos y el Hombre.
En la
formación Santacrucense se encuentran restos de los géneros Homocentrus y
Eudiaseatus, que también han sido referidos al mismo grupo. Los Prosimios del
Eoceno de Patagonia no proporcionen ningún dato sobre las emigracio- nes del
Terciario medio, pues sus representantes en el viejo continente y en Norte
América descienden de la emigración más antigua, que se había efectuado ya al
fin del Cretáceo. En cambio tienen mucha importancia filogenética, pues prueban
no solamente el origen sudamericano d: los Prosimios, sino también que esos
Prosimios de Patagonia son los antecesores de los Monos.
Desde el
punto de vista de las relaciones entre América del Sur y el Antiguo continente,
durante el Terciario medio, los verdaderos Monos tienen mucha más importancia
que los Prosimios, pues su distribución geográfica y geológica per- mite
establecer su punto de origen y su emigración, así como su filogenia, aunque
esta última sólo en sus líneas generales, dado el estado actual de nuestros
conocimientos.
Los Monos
verdaderos no tienen representantes fósiles en ninguna de las formaciones
terciarias de Norte América: los pocos Monos que habitan actualmente en América
Cen- tral y Méjico, pertenecen a géneros sudamericanos emigrados allí en una
época muy reciente. América del Norte queda pues, excluida como posible centro
de aparición de los Mo-
nos.
En
cambio, en el Terciario del Antiguo continente, a partir del Eoccno, se
encuentran numerosos y variados Mo- nos fósiles. A mediados de esa época
aparecen Monos An- tropomorfos (Stmiidae) ya netamente constituidos, y un poco
más tarde Cercopitecos y formas intermedias mal definidas que no podrían
clasificarse en ninguna de las dos familias precedentes. No se conocen
precursores autóctonos de esos Monos del Mioceno en las formaciones terciarias
del Antiguo continente (Eoceno y Oligoceno) ; parece, luego, evidente que esos
Monos perfectos de Europa y Asía, aparecidos allí sin antecesores inmediatos,
son inmigrantes. ¿De dónde pue- den haber emigrado? De Sud América, pues aquí
se los en- cuentra desde la base del Eoceno (Homunculites y Pitheculites) y con
mucha variedad y mayor evolución en el Eoceno superior (Anthropops, Homunculus
y Pitheculus). Los Monos deben, pues, incluirse entre los Mamíferos que a fines
del Oligoceno o principios del Mioceno emigraron del Sud América a África, y de
aquí a Europa y Asia.
Aparte de
su importancia para la Paleogeografía y para el
origen de
los Primatos, este problema se vincula estrecha- mente con el sitio de origen
del Hombre, a punto de consti- tuir su principal fundamento paleontológico.
De los
Clenialitidios (Prosimios) se originan dos ramas: Pitheculites y Homunculites
(Monos), cuyos restos se han encontrado en el Terciario antiguo de Patagonia.
piso Colpo- donense; la escasez. de excavaciones índice a creer que en esa
época las especies de Monos debieron ser abundantes. La rama del Pítheculites
se continúa con los Hominidios y re- mata en el Hombre y los Antropomorfos; la
rama del Ho- munculites da origen a los Cercopitecos.
El
Pitheculites es un Mono muy primitivo y debe des- cender de algún Clenialitidio
del Cretáceo superior; es más evolucionado que el Clenialites. Es el más
pequeño de los Monos conocidos y sus caracteres permiten colocarlo en la línea
directa del phylum simio humano, como antecesor de los Homunculidios, los
Hominidios y el Hombre.
El
Homunculites es un mono muy pequeño, aunque de talla mayor que e1 Pitheculites,
con quien está emparentado por el abolengo común de los Clenalitidios. No se
encuentra en la línea directa que conduce a los Hominidios y al Hom- bre; es
una rama colateral de la cual parte el tronco de los Cercopitecos. Su nombre
podría hacer creer que es pariente de Homunculus, como yo mismo lo creía cuando
lo describí por vez primera, pero después de haber completado el estu- dio de
la pieza reconocí que está muy lejos de él. ("Forma- ciones", pág.
426). El Homunculites prístinos, del Eoccno inferior de Patagonia, por la
conformación de la mandíbula y de los molares, es idéntico al género Macacos.
aunque difiere de él por la fórmula dentaría. Nada tiene que ver con los Monos
sudamericanos propios del Terciario superior, del Cuaternario o de los vivientes;
pertenece al grupo de los Monos del Antiguo continente. que constituyen la
familia de los Cercopithecidop y debe considerarse como el antecesor in-
mediato de ese grupo, cuya fórmula dentaría es de tipo más evolucionado.
Llegando
a la formación Santacrucense, nos encontra- mos de nuevo con verdaderos Monos,
de aspecto más evolu- cionado que los precedentes. Son los Homunculidios,
derivados de Pitheculítes, cuyo tipo es el género Homuncu- lus, del que se
conocen restos fósiles menos incompletos.
El
Homunculus patagonicus presenta caracteres que in-
ducen a
colocarle en la línea directa que conduce a los Homi- nidios primitivos. Su
cráneo presenta un aspecto bastante evolucionado; el estudio de su fémur nos
sugirió la idea de que le era posible la posición erecta. Su estatura, de pie
(?) , se ha calculado entre 45 y 50 centímetros.
El
Anthropops presenta caracteres aún mas evolucionados; lo mismo que el
precedente, vivió en Patagonia durante el Eoceno superior; su talla era algo
más grande y su posición ha podido ser erecta.
Consideramos
a los Homunculidios como los antepasa-
dos de
todos los Monos del Nuevo y del Viejo Mundo, ex- ceptuados los Lemúridos. La
división en Catarrinos (los del Viejo Continente) y Platirrinos (los del Nuevo)
nos parece de poca importancia, por no ser de rigurosa exactitud. Los Ho-
munculidios eran Catarrino; y todos sus caracteres, menos por el número de
dientes: pero estimo que la fórmula denta- ría es de valor relativo, pues puede
varar de familia a familia, entre los géneros de una misma familia y entre las
especies de un mismo género. Por ciertos caracteres, el Homunculus se parece
más al Hombre que a los Antropomorfos, de donde se infiere que en estos últimos
degeneraron algunos caracte- res evolutivos: se bestializaron en vez de
humanizarse.
Los
Homunculidios no eran arborícolas o trepadores; caminaban en la posición
bípeda, erecta o semierecta. Fun- damos esta conclusión en el gran parecido de
los fémures del Homunculus y del Hombre, y también en la morfología de los
cóndilos articulares de ese hueso: su extensión hacia abajo p atrás, prueba que
la articulación con la tibia se efectuaba en una línea vertical o poco menos.
Los brazos de Homunculus eran proporcionalmente mucho más cortos que los de los
Antropomorfos, aunque más largos que los del Hombre: el acortamiento de los
brazos en ese último es un carácter evo- lutivo recientemente adquirido. El
húmero del Homunculus sólo difiere del humano por la presencia de una
perforación en el cóndilo interno, carácter primitivo y ancestral en el phylum
del Hombre, en quien suele reaparecer con carácter atávico.
De los
Homunculidios derivan los Hominidio a primiti- vos, grupo establecido
teóricamente, pues no se han encon- trado sus restos fósiles. Debieran
corresponder a horizontes diversos de la época Oligocena, cuyas faunas son
todavía poco conocidas. Esta laguna del phylum podrá, acaso, llenar- se con
nuevos descubrimientos que no es infundado conside- rar probables.
De esos
Hominidios primitivos se desprenden dos ramas destinadas a evolucionar de muy
distinta manera: los Homi- nidios verdaderos que se transforman en Hombres y
los An- tropomorfidios (o Simidios) que
engendran a los
actuales Monos Antropomorfos. Estos últimos, en vez de seguir 1a vía de
la humanización, como ocurrió con la rama que llegó al tipo humano actual,
siguieron la de la bestialización, pro- fundamente acentuada en el actual
Gorila.
Para que
pueda estimarse en conjunto el sitio de origen, la edad geológica y la
distribución geográfica de los Monos (Simioidea) y de los Antropoidios
(Anthropoidea) basta ob- servar mi cuadro de sus representantes distribuidos
por con- tinentes y por épocas geológicas13.
III
LOS
HOMINIDIOS FÓSILES SUDAMERICANOS
La
familia de los Hominidios, o antecesores inmediatos del Hombre, se caracteriza
por los siguientes caracteres: ocho molares de reemplazamiento, posición
erecta, miembros an- teriores cortos con relación a la talla, cerebro
relativamente voluminoso, cráneo relativamente abovedado donde no exis- tieron
crestas salientes, rostro corto, caninos muy poco desa- rrollados, dedo
interno del pie
no oponible, hábitos terrestres.
El
conocimiento de los Hominidios fósiles ha presenta- do en el llamado Viejo
continente muchas dificultades, y cada hallazgo motiva disputas inacabables. El
Pithecantropus erectos fue su primer representante de valor enérgico; es
probable que el Homocentrus argentinos, y otros imperfectamente conocidos,
puedan referirse a este mismo grupo.
13 Ver
"Tetraprothomo", pág. 232.
El 28 de
septiembre de 1907 publiqué la más discutida de mis memorias: "Notas
preliminares sobre el Tetraprotho- mo argentinus, un precursor del Hombre del
Mioceno supe- rior de Monte Hermoso". E1 yacimiento fosilífero de Monte
Hermoso me era ya bien conocido. En una visita de explora- ción efectuada en
1887 había encontrado algunos vestigios (fragmentos de tierra cocida, fogones,
algunos de éstos vitri- ficados y con la apariencia de escoria, huesos partidos
y que- mados, pedernales tallados, etc.) , que me parecieron reveladores de la
existencia de un ser inteligente. "un ser más o menos parecido al Hombre
actual, pero antecesor directo de la humanidad existente"14. En 1906, en
"Las formaciones sedimentarias" hice referencia a ellos, en términos
parecidos, y a una vértebra cervical de dimensiones reducidas, que ya presumí
de igual origen. En 1907 Carlos Ameghino descubrió en Monte Hermoso un fémur
izquierdo, incompleto en su extremidad superior (que comprende el gran
trocánter, el cuello y la cabeza femoral). E1 resto del hueso está intacto; la
parte existente tiene 16 centímetros y la pieza restaurada al- canzaría a tener
19 centímetros. Por la textura del hueso y la desaparición de todo vestigio que
permita reconocer el límite de la diáfisis y de la parte epifisaria, se trata
de un individuo, no sólo adulto, sino ya muy viejo. La concordancia de con-
formación entre ese hueso y el correspondiente del Hombre es casi perfecta,
aunque ese parecido no salta inmediatamente a la vista a causa de la diferencia
de tamaño.
14
"Monte Hermoso", página 10. Buenos Aires. 1887.
a
He
descripto este fémur minuciosamente, sin olvidar ningún detalle de Anatomía y
de paleontología comparadas. Describí en la misma monografía la vértebra
cervical conser- vada hasta entonces en el Museo de La :lata (un atlas) , con
tanta escrupulosidad como el fémur y mi opinión fue explí- cita: "De esos
restos se deduce claramente que no se trata del género Homo, sino de un género
extinguido, de un precursor que forma parte de la línea directa que de los
Homunculidop conduce al Hombre actual, y que ese precursor se acerca al género
Homo mucho más que cualquiera de los Monos An- tropomorfos conocidos. Doy a
este género extinguido el nombre de Tetraprothomo Argentinus, n. g.. n. sp. El
nom- bre genérico de Tetraprothomo ya lo he empleado desde el año 1884 para
designar un antecesor del hombre teórica- mente reconstruido. En el trabajo más
completo que publica- ré más tarde expondré las razones que me inducen a
emplear este mismo nombre para el precursor del Hombre del Mio- ceno de Monte
Hermoso" (págs. 107 y 108) .
Varios
caracteres indicarían que en el Tetraprothomo (nombre genérico del cuarto
antecesor del Hombre la posi- ción erecta era de adquisición reciente, de modo
que aún no había podido modificar las proporciones del cuerpo sino en un grado
muy reducido: por eso el largo del fémur debe re- presentar un sexto del largo
del cuerpo (en los Monos la la talla es cuatro veces y media el largo del
fémur; en el Hombre no alcanza a cuatro) ; en los Mamíferos cuadrúpedos no ar-
borícelas. representa la sexta o séptima parte, y aun menos. Los precursores
del Hombre fueron adquiriendo la posición erecta, sin pasar por el período de
adaptación arborícela, que es común a los Monos actuales. Por todo eso fijo la
talla pro- bable del Tetraprothono entre 1,05 y 1,10 metros. E1 cráneo era,
proporcionalmente a la talla, de tamaño considerable, de acuerdo y en relación
al grueso del cuerpo, pero de volumen y peso proporcionalmente mayores que en
el hombre, a juz- gar por la conformación del atlas.
E1
Tetraprothomo, fundado primero teóricamente sin indicación del punto de origen,
determinada luego la región de origen también teóricamente, ha salido a la luz
del día más pronto de lo que era dado suponer, más o menos con los mismos
caracteres que le había asignado y en la misma región que suponía debía ser su
centro de origen (página 211). Con estas palabras podemos cerrar este resumen
del descubri- miento de restos prehumanos en el período Mioceno, según la
antigüedad que atribuyo al yacimiento de Monte Hermoso, fundándome en datos geológicos
y paleontológicos.
b
Acerca
del hipotético Triprothomo no existe ningún do- cumento fósil que atestigüe su
probable existencia. Supone- mos
que vivió en
las formaciones más
superiores del Mioceno y
consideramos que ha dejado vestigios industriales comprobatorios de su
existencia: esos rastros se encontrarían en los horizontes Puelchense y
Chapalmalense de la forma- ción Araucana, cuya fauna comenzamos recién II a
descubrir.
c
Dos años
más tarde, el 17 de julio de 1909, publiqué la Memoria descriptiva del
Diprothomo platensis, un precursor del hombre del Plioceno inferior de Buenos
Aires. Durante los últimos trabajos de excavación del puerto de Buenos Ai- res,
en el sitio de mayor profundidad, fue descubierta una calota craneana,
desgraciadamente muy incompleta; junto a ella existían otros restos óseos que
se perdieron, siendo en- tregada la calota al Museo Nacional por Guillermo D
Junor. Proviene del nivel más inferior de la formación Pampeana: difiere tanto
de la parte correspondiente del cráneo humano, que ella no puede ser atribuida
al género Homo, sino a un género distinto. hoy desaparecido, con caracteres
simiescos muy acentuados, y reuniendo todas las condiciones indispen- sables
para que pueda considerársele como un precursor di- recto del Hombre. Sin
embargo, la diferencia entre él y el Hombre parece tan grande que no puede
considerarse el primer antecesor inmediato (Protbomo), sino el segundo: por
cuyo motivo lo clasifico, genéricamente, como Diprothomo. Fundo su diferencia
con el Tetraprothomo, anteriormente descripto, en deducciones morfológicas,
pero sobre todo en diferencia de edad geológica de los pisos en que ambos fue-
ron encontrados: Hermosease y Preensenadense Esos pisos están separados por
cinco horizontes geológicos (dos pisos conocidos y tres hiatu, intermedios) ,
lo que importa un tiempo más que suficiente para que un género pueda trans-
formare en ogro; la Paleontología concuerda con esas induc- ciones. piles del
hermosense al Preensenadense la fauna de Mamíferos se ha renovado de una manera
completa dos ve- ces, por lo menos.
La parte
conservada de la calota del Dihrothomo está representada por el frontal casi
completa y por una parre de los parietales de los que sólo queda la región
medía anterior. A1 frontal solamente le falta la parte lateral más descendente
de cada lado, lindera con el ala ascendente del esfenoides; la parte anterior,
con las arcadas orbitarias, glabela, etcétera, está perfectamente conservada.
La pieza no presenta ninguna deformación póstuma; pertenece a un individuo
adulto y de edad avanzada.
El examen
minucioso de su morfología lleva a pensar que esos caracteres alejan a
Diprothomo. no sólo del Homo, sino también de todos los monos Antropomorfos, de
todos los Monos del Antiguo confínente y de la mayor parte de los del Nuevo
Mundo. Para encontrar una conformación pareci- da a la suya, es necesario
buscar, una vez más, entre los Mo- nos Arctopitecos de América del Sur (Midas y
Callitrix) .
Las
fotografías y dibujos anexados a mi publicación me eximen de insistir en
detalles descriptivos que sólo pueden servir a los especialistas y que nunca
podrían reemplazar a la observación directa de la pieza o de sus calcos.
d
En esa
misma monografía avanzo algunas opiniones so- bre el Prothomo o primer
antecesor genérico del hombre. Es todavía desconocido; pero el Horno pampaeus,
que proviene de un piso muy superior al del Diprothomo, no debe diferir mucho
de él, pues conserva todavía algunos caracteres mor- fológicos de tres cráneos
encontrados en el Pampeano anti- guo de Necochea (que considera contemporáneos
del cráneo de Miramar. es decir: del Horno pampaeus), llego a la si- guiente
conclusión: juzgando desde el punto de vista pa- leontológico, el
Horno pampaeus es una especie
muy diferente del Homosapiens, difiriendo de él mucho más que el Homo
primogenius de Neanderthal, al cual lo considero como una especie divergente
del género Homo. desaparecida sin descendencia) . Es aún posible que, mejor
conocido el Memo pampaeus resulte ser un verdadero Prothomo.
E1 primer
cráneo de Prothomo u Homo pampaeyus fue encontrado en capas más superiores a la
que correspondía al Dinrothomo platensis en la formación Pampeana, horizonte
Ensenajense cuspidal, que puede equipararse al Plioceno me- dio de Europa
(cráneo de Necochea). Se caracteriza por una dolicocefalia muy marcada y
persistencia del prognatismo facial. El cráneo facial predomina sobre el
cerebral, y la capa- cidad craneana oscila entre 1.100 y 1.200 centímetros
cúbi- cos. Las órbitas son grandes, aunque menores que las del Diprothomo. En
la actualidad se poseen cuatro cráneos pro- cedentes del mismo horizonte y
lugar, siendo semejantes sus caracteres morfológicos.
IV
EL HOMBRE
FOSIL SUDAMERICANO
Mis
primitivas opiniones sobre la antigüedad del Hom- bre en el Plata, hipotéticas
y simplemente verosímiles, fueron reforzadas por varios descubrimientos de
fósiles humanos: en la Argentina es donde se conocen los restos humanos más
antiguos y de caracteres más primitivos15. El hombre cuater- nario del piso
Lujanense (cráneo de Arrecifes), no parece diferir mucho del actual, pero sus
restos son muy interesan- tes, pues indican que es el resultado de una
evolución efec- tuada en el mismo continente. Los restos terciarios del
Plioceno superior (cráneo de Fontezuelas) indican una raza pequeña, de 1.50 de
talla. la cure frontal medianamente ele- vada, sin rebordes superorbita ríos o
muy pequeños, con una cavidad esternal y 18 vértebras dorsolumbares. Esos últimos
caracteres son muy primitivos y Kobelt ha intentado hacer de esa raza una
especie distinta, el Homo pliocenicus. El cráneo de Miramar, del Plioceno
inferior, es geológicamente el más antiguo cráneo buen ano que se conoce,
siendo también el que presenta caracteres ancestrales más acentuados: ese
hombre no puede pertenecer a la misma especie que el actual. sino a otra
distinta: el Horro pampaeus, que acaso pueda corresponder al Prothomo o cuarto
Hominidio precursor del hombre.
Si se
toma en cuenta el desarrollo de la curva frontal, la diferencia entre el cráneo
del Plioceno inferior (Miramar) y el cráneo del Plioceno superior (Fontezuelas)
es enorme. En cambio, la que se observa entre el Hombre del Plioceno su- perior
(Fontezuelas) y el Hombre de la época Cuaternaria (Arrecifes) es pequeña. Un
hecho esencial en la evolución de los Hominidios americanos hacia el hombre
actual, es el abombamiento progresivo de la curva frontal a partir del Plioceno
inferior.
________________
15 Ver
"Les Formarions", pág. 447.
El homo
pampaeus es, en suma, el más antiguo antecesor conocido del Hombre. Aparte de
los restos groseros de una industria muy rudimentaria, pero que atesti- gua la
presencia de un ser inteligente, el Hombre (o su ante- cesor) del Mioceno de
Monte Hermoso debe diferir del Hombre actual más aunque el del Plioceno. Esa
diferencia debe ser tan considerable que él no sería todavía un Hombre en el
sentido genérico, de la palabra, sino un precursor: el anunciado desde 1888. En
1906 en suma. Pude escribir: "Como codo concurre a demostrar :fue las
relaciones entre África y América del Sur son anteriores al Mioceno superior.
Llegamos a la conclusión de que es el precursor del Hombre, es decir: el
Homosimius16 que, durante el Mioceno
inferior o el Oligoceno superior, pasó de América del Sur al Antiguo
continente. en compañía de los Cercopitecos. Los Antropo- morfos no
apararecieron hasta más tarde: se separaron de los Hominidios tomando el camino
de la bestialización esta sepa- ración ha tenido lugar en el antiguo continente.
Habiendo vivido precursores del Hombre en :os dos continentes, desde el
principio del Mioceno, es igualmente posible que el Hombre haya tomado un
origen independiente en ambas partes, 16 Este género fue primeramente llamado
"Anthropoptthecus" por Morti- llet, pero habiendo sido empleado
anteriormente ese término por otro autor para designar un género de Monos
antropomorfos. Fue más ade- lante cambiado por "Homosimius", por el
mismo Mortillet.
por la
evolución o transformación de dos o muchos precur- sores17.
Entre el
Prothomo, o último de los Hominidios precur- sores (representado por los
cráneos de Necochea y Miramar) y el Hombre actual, pueden considerarse como
tipos huma- nos primitivos el cráneo de Fontezuelas, el cráneo de Arreci- fes,
etc.
El de
Fontezuelas procede del Pampeano superior (pisoBonaerense), que refiero alas
más recientes capas del Plioce- no terciario; fue descubierto en 1881 por Roth
y se le conoce, erróneamente, por cráneo de Pontimelo.
El de
Arrecifes, encontrado en 1888, pertenece al Pampeano lacustre (piso Lujanense),
que considero correspon- diente al Cuaternario inferior de Europa.
De la
misma época que el Homo pampaeus, o quizá algo más reciente, es el Homo
sinemento el cual, aun conservando algunos caracteres muy primitivos, por otros
había sobrepa- sado en su evolución al Homo sapiens. Sus representantes eran
pigmeos (1.40 metros), el rostro muy prognato, con mandíbula sin mentón, como
el Horno primigenios, pero con dentadura ortognata muy regular y sin la última
muela. Es una especie que ha desaparecido sin dejar descendientes.
En el
Pampeano superior, en las capas más recientes del horizonte Bonaerense
encontramos el Homo caputinclinatus, de talla igualmente pequeña(1.40 a 1.50
metros) y dieciocho vértebras dorsolumbares, de frente apenas un poco menos
deprimida que en Homo pampaeus, pero sin visera, cráneo sumamente largo y
angosto (índice cefálico alrededor de 66) ,
17 “Les
Formations”, página 450.
región
parietal muy alta, glabela fuertemente invertida hacia abajo pero no hada
atrás, nasales muy anchos y sin depresión transversal en la raíz órbitas
extraordinariamente superficiales y, de consiguiente, rostro muy prolongado
hacía adelante; por último, el agujero occipital está colocado en la parte
posterior del cráneo más atrás que en muchos Monos, lo que le daba a la cabeza
una posición fuertemente inclinada hacia abajo.
En las
capas más recientes de la formación Pampeana
(piso
Lujanense) y las Postpampeanas más antiguas (piso Platense y piso Querandino)
correspondientes a la época Cuaternaria, los descendientes de dos de las
especies anterio- res aparecen ya muy diversificados, pero con todos los ca-
racteres del género Homo. El cráneo es más voluminoso, más corto y más ancho;
la frente es más o menos abovedada; la glabela vuelta hacía abajo aparece
invertida hacia atrás en su parte inferior; las órbitas son normales, es decir:
profundas y más anchas que altas, y el rostro es más corto y más huma-
no.
Una rama
tomó el camine de la bestialización, aumen- tando la talla y desarrollando
inserciones musculares que de- notan una fuerza brutal. El cráneo, conservando
en parte su forma alargada, se hace sumamente espeso y macizo, con fuertes
crestas que anticipan la sinostosis de las suturas, se desarrollan gruesos
arcos superciliares, las órbitas mucho más anchas que altas toman una forma
rectangular y el rostro se vuelve más prognato con mandíbulas macizas de una
fuerza enorme Los últimos representantes de esta raza fueron a ex- tinguirse en
época reciente en los arenales del valle del bajo río Negro y de la región
literal del territorio del Chubut.
En el
Cuaternario de Santiago del Estero aparecen los restos de una raza (raza de
Ovejero) que se aisló quizá en una época anterior, pues es muy pequeña, de sólo
1.30 metros de alto, ion mandíbula de mentón fuerte y cráneo corto, ancho y
ligo, presentando un lejano parecido con el tipo negrito de Asia y África.
Otros
restos de las capas de conchas marinas del Aima- rense de la costa del río de
la Plata se caracterizan por una mandíbula de mentón fuyente y dentadura
anterior oblicua con la parte interna superior de la región sinfisaria detrás
de los incisivos, excavada y dirigida oblicuamente hacia adelante y hacia
arriba como en el tipo de Homo primigenius.
La mayor
parte de los vestigios humanos del Cuaternario superior (piso Lujanense)
pertenecen a la raza designada con el nombre de Lago Santa, de talla más bien
baja que alta, crá- neo voluminoso todavía un poco alargado y frente elevada y
regularmente arqueada. Parece ser la que ha dado origen a la mayor parte de la
población indígena de América en las épo- cas más recientes.
V
SU
POSICIÓN GEOLÓGICA RESPECTIVA
Las
relaciones de los estratos geológicos en que han sido encontrados esos restos
fósiles humano, y prehumanos son, en suma, las siguientes:
l. Hombre
fósil del Pampeano superior (piso Lujanense del Cuaternario superior: Arrecifes
y Ovejero; y piso Bonae- rense: Fontezuelas)
2.
Prothomo (?) (Homo pampaeus de Miramar y Necochea: Ensenadense cuspidal del
Plioceno medio)
3.
Diprothomo (Preensenadense del Pampeano inferior: Plioceno)
4.
Tetraprothomo (Mioceno superior de Monte Hermoso).
He
adaptado esos descubrimientos a mi cuadro de los pisos geológicos en la cuenca
del Plata y de y la costa del Atlántico18.
La simple
inspección de ese cuadro permite advertir la antigüedad que atribuyo a cada uno
de esos eslabones de la ascendencia del Hombre en Sud América.
________________
18 Ver
"Las formaciones sedimentarias de la región litoral de Mar del Plata y
Chapalmalal" (1908).

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