© Libro No. 707. Ciudades Desiertas. Agustín, José. Colección
E.O. Abril 12 de 2014.
Título original: © Ciudades
Desiertas. José Agustín. Publicado por Edivisión, Compañía Editorial. Primera
Edición. Octubre, 1982
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Ciudades Desiertas
José Agustín
Publicado por
Edivisión, Compañía Editorial
Primera Edición
Octubre, 1982
Este es un libro que le hormiguea a uno en las manos, que se lee de
una sentada y lo deja a uno enfebrecido, gozoso, dispuesto al amor. Si hay
hombres como Eligio, la vida merece vivirse, si hay chavos así de generosos,
ojalá y volviera yo a nacer en este país de machos con sus venganzas de
corrido.
CIUDADES DESIERTAS es un
anti-corrido.
Si Graham Greene, Huxley y Lawrence pasaron su mirada despiadada sobre
México, ahora José Agustín –espléndido narrador- nos muestra una mezquina,
higiénica e insípida ciudad de los Estados Unidos.
No solo es válida la crítica de José Agustín a los Estados Unidos sino
estrujante el descenso a los infiernos de Eligio en busca de su mujer, Susana.
Nuevo Orfeo, Eligio es un personaje regocijante y libre, un mexicano que todo
lo derrite.
CIUDADES DESIERTAS es la primera
novela verdaderamente antimachista escrita en México, el primer intento de amar
en una forma rabiosa a una mujer.
Esta novela inmisericorde y quemante como la nieve es un pedestal, un
altar en el que José Agustín eleva a la mujer, le reconoce su libertad y su
espacio creador.
Elena
Poniatowska
Cien dólares de multa a quien tire basura en la
carretera.
Susana caminaba por Insurgentes cuando encontró a
Gustavo Sainz, quien le preguntó si quería le gustaría participar en un
programa de escritores en Estados Unidos. Susana dijo sí al instante. Sainz no
tenía tiempo de darle pormenores pero le pidió anotara un número telefónico.
Susana regresó corriendo a su departamento y se descorazonó al ver que su
marido no estaba allí; Eligio había ido a una grabación de La Hora Nacional, lo
cual implicaba caer en lo más bajo, y llegaría, a medianoche, con ganas de una
cerveza antes que nada.
Lo esperó pacientemente y cuando se hizo de noche en
ella había ocurrido un cambio. Sabía con exactitud que iría sola a Estados
Unidos y que, para evitar escenitas, lo mejor era no decir nada a Eligio. Se
hallaba llena de energía, segura de sí misma y con deseos de hacer cosas. Era
imposible precisar en qué momento todo se había ido cubriendo de veladuras
finísimas, casi imperceptibles, que la aislaban herméticamente de la realidad y
que poco a poco fueron envolviéndola hasta momificarla. Susana sabía que en el
fondo estaba exagerando, pero le gustaba mucho la idea de haber estado llena de
vendajes. Puso música: la Arpeggione, que siempre la aligeraba.
Al día siguiente llamó al número que Sainz le había
dado. Era de la oficina de asuntos culturales de la Embajada de Estados Unidos,
e hizo una cita para esa misma mañana. Llamó a la Universidad y avisó que ese
día no iría a dar clases, y a las pocas horas la secretaria del agregado
cultural le había leído unas cuartillas en las que a grandes rasgos se indicaba
en qué consistía el proyecto: asistir durante cuatro meses al Programa de
Escritores que cada año invitaba a destacadas personas de pluma de más de veinte países a la pequeña ciudad
de Arcadia. En la universidad de Arcadia se encontraba el más célebre taller de
creación literaria de Estados Unidos. Susana tendría que participar en los
eventos y actividades del Programa: asistiría a las sesiones en que cada
participante hablaba da los demás de las condiciones de la literatura de su
respectivo país y asistiría a un taller de traducción, para que parte de su
obra quedara en inglés y pudiese difundirse en Estados Unidos. Tendría mucho
tiempo para escribir, se le daría un boleto de ida y vuelta en avión, mil
cuatrocientos dólares al mes por parte del Departamento de Estado y una última
mensualidad a cargo del Programa. Por si fuera poco, dispondría de un cupón de exceso de equipaje
para que pudiera regresara con una buena dotación de libros.
Conforme
pasaban los días, Susana se hallaba muy estimulada y escribía mucho, cuando en
realidad, y sólo hasta ese momento se daba cuenta cabalmente, durante varios
meses no lo había hecho. También advirtió que Eligio se borraba, se alejaba con
la uniformidad de un telefoto automático, y pronto se hallaba en otro mundo,
bien alojado en un compartimiento interior. El no parecía darse cuenta de nada,
y en múltiples ocasiones llegaba, como antes, cargado de cervezas y con algunos
amigos actores, a quienes ella estimaba porque eran inteligentes, agradables, y
la trataban bien, aunque, por supuesto, le dedicaban tantos chistes como los
que ellos se hacían entre sí. Eligio y sus amigos bebían y oían boleros, música
tropical, canciones rancheras y a veces música folclórica latinoamericana o
rock y prácticamente nunca música clásica. Susana ya no podía, como tantas
veces, acompañarlos a beber y a hacer chiste tras chiste, y generalmente se iba
a leer o a escribir a su recámara.
Medio mes más tarde, El Programa la había aceptado.
Susana refrendó su pasaporte y lo depositó en la Embajada, para que lo visaran.
Fue a la Universidad y se encerró con el jefe de área; le comunicó que iba a
ausentarse de su puesto, pero, sobre todas las cosas, le pidió que nadie dijera
nada a Eligio. Después recogió un grueso sobre con materiales del Programa, su
pasaporte visado, una forma oficial que le presentaba a los agentes de
Migración como visitante internacional y un boleto con reservaciones confirmadas
para viajar, vía American Airlines, a Chicago, y por Ozark Airlines a Little
Rapids. Susana corrió a la biblioteca
Benjamín Franklin para averiguar dónde se hallaba Little Rapids, y se
desconcertó mucho cuando vio que la ciudad de Arcadia no aparecía en el mapa.
Pidió otros y finalmente la descubrió: un puntito a cuarenta kilómetros de
Little Rapids, que a su vez se hallaba relativamente cerca de Chicago.
Una mañana de agosto se levantó muy temprano, se dio
un baño y eligió con gran detenimiento la ropa que había decidido ponerse y
revisó su imagen repetidas veces en el espejo. La suerte la había favorecido
y Eligio se había viajado a Chihuahua a
ver a su familia, Horas más tarde, los agentes de Migración de Chicago la
trataban con frialdad pero con toda corrección y en la aduana prácticamente no
revisaron su equipaje. Cambió de avión y llegó a Little Rapids en una tarde
soleada y calurosa. Allí la esperaban Becky, una mujer joven locuaz, de grandes
anteojos y simpatía envuelta para regalo, y Elijah, un joven recién desempacado
de la adolescencia, de cara redonda, gafas también y sonrisa imborrable, the
clean-cut-kid-who's-been-to-college-too, diagnosticó Susana. LAS DECLARACIONES
NO SON ASUNTO DE BROMA. Advertía un letrero junto a la caseta de revisión de
rayos equis. Casi como guía, Becky explicó que después de numerosos secuestros
de aviones las autoridades habían colocado esos aparatos para/ Sí sí, eso ya lo
sé, tuvo que interrumpir Susana para evitar que le explicaran lo que era del
dominio público. Bien, continuó Becky, mirando fijamente a Susana, a cada
viajero que sale se le pregunta si no lleva armas de fuego y no faltan los
bromistas, me temo que sobre todo gente de nuestro programa, que dicen
que sí, y los agentes de seguridad se los llevan y los hacen pasar un muy
mal rato, aunque sepan que todo era una broma. Susana sonrió nerviosamente,
olvidó esas truculencias y prefirió sentirse a gusto en el aeropuerto, que no
era como el de Chicago, sino pequeño, con mucha madera, luces más bien tenues y
atmósfera de película de Greta Garbo.
Pero lo que en verdad le impresionó fue el campo. En
una vieja camioneta, desmesuradamente larga, avanzaron entre extensiones
planas, con un horizonte más horizontal, que ondulado, como en el mar. Había
algunas casitas que Susana juzgó
copiadas de cuadros de Andrew Wyeth, y edificios desfachatadamente
simbólicos con su forma de cohete espacial, bala gigantesca, obelisco blindado
o falo mitificado, y Becky, quien claramente llevaba riendas férreas sobre
Elijah, explicó que eran graneros, o sea: sitios para almacenar los granos. No
me digas, la interrumpió Susana, y refirió que en México había visto unos
graneros bien curiosos con forma de tienda india, que están abiertos al
público. Becky le explicó que debía tener cuidado, pues había pronunciado la
palabra público como si fuera púbico, y no queremos ser indulgentes en
esas cosas, ¿verdad?
De pronto,
Susana se quedó pasmada cuando vio venir, en sentido contrario, una casa a gran
velocidad. En realidad un camión chato, locomotoreaba una casa de buen tamaño,
de madera, con todo y mosquiteros. En segundos pasaron como bólidos junto a
ellos y Susana se volvió para verlos desaparecer velozmente en la recta de la
carretera; pronto sólo eran una mancha a lo lejos y la posibilidad de que todo
hubiera sido una alucinación. Becky la veía de reojo, sonriendo sardónicamente.
Esas miradas oblicuas de Becky no le parecieron buen
auspicio a Susana, pero su ánimo se despejó cuando entraron en la Ciudad de
Arcadia, pues allí las colinas eran un alivio después de la planicie anterior;
además había un río, ancho y de largos meandros, acompañado por muchos árboles,
sauces llorones en especial. Las aguas del río eran chocolatosas, explicó
Becky, porque desafortunadamente estaban contaminadas, y aunque las autoridades
no prohibían que la gente se bañara en el río sí lo desalentaban, porque
no era bueno para la salud, y tú sabes cuán importante es la salud
¿verdad? El parque junto al río era grande y apacible, con senderos donde la
gente caminaba con botas blancas o escuchaba música a través de audífonos,
sentada en las bancas, o , como vería con frecuencia, trotaba con sus
pantaloncitos cortos y playeras o con trajes
guangos para sudar, con relojes digitales y demás parafernalia
joggerística.
Ya habían llegado al edificio Kitty Hawk, donde
viviría los siguientes cuatro meses. En la entrada había un lobby, y más allá,
grandes salones; Susana vió también un cuarto pequeño con máquinas de refrescos
enlatados, bebidas calientes, cigarros, periódicos, dulces y distintas
variedades de botanas, sólo hacía falta, pensó Susana que Eligio pensaría,
máquinas con frascos y/o latas de alcohol, to beer or not to beer! Elijah se
perdió en los salones, que más parecían páramos alfombrados, y Becky, siempre con
mucha prisa, recogió una llave de la administración y llevó a Susana a un
departamento minúsculo en el octavo piso que consistía de un mínimo espacio,
supuestamente para trabajar, y una recamara anodina con cama, un mueble para
guardar ropa y una silla de director, de tela anaranjada, que Susana consideró
muy mona, sin embargo, en ese mismo momento un hombre inmenso, velludo y casi
albino recogió la famosa silla sin saludar a nadie. Por un error habían
adjudicado ese cuarto al gigante velloso, pero éste ya había terminado de
mudarse. El escritor era un poeta polaco y se llamaba Slawomir. Era tan
distinto físicamente a todos los hombres que había conocido que en el acto le
pareció muy atractivo. Slawomir había llegado ese mismo día, en la mañana, y
Becky aclaró que ella y él cenarían esa noche en casa de los directores del
Programa, así es que suavemente, y con
una sonrisa casi coqueta, Becky pastoreó
al polaco, que llevaba su preciada silla, fuera del cuarto. Después comunicó a
Susana que tendría que compartir el baño y la cocina-desayunador con la vecina.
Abrió una puerta y, en efecto vieron que a una mesa de buen tamaño se hallaban
Joyce, una sudafricana bajita y rechoncha, que encendía un cigarro con la
colilla del otro. Con ella se encontraba Altagracia, una joven filipina, muy
delgadita. Oye, no fumes tanto, aquí eso no le gusta a la gente, dijo
Altagracia, divertida, a Joyce, cuando vio llegar a Becky. Esa se puso muy
seria, aunque sin perder la serenidad. Mira Joyce, recomendó, no permitas que
nadie te diga lo que debes hacer. Entonces no le digas tú que debe hacer, dijo
Altagracia. Es cierto que pocos de nosotros fumamos, continuó Becky,
impertérrita, pero si tú quieres hacerlo, hazlo: es tu salud la que está en
juego y no la nuestra. Altagracia, con una risita encendió un cigarro, y
Susana, al comprender la situación, rápidamente encendió otro, mirando con
simpatía a las dos compañeras. Becky les dedicó una sonrisa paciente y dijo a
Susana que, si quería, podía quedarse a descansar, o a conversar allí, pero
ella sugeriría que mejor fuesen al banco y a la compañía telefónica antes de
que cerraran, para que de allí se dirigieran directamente a casa de los
directores del Programa. En ese momento Elijah llegó, cargando una televisión
que, como no encontró dónde ponerla, dejó en el suelo. La conectó, la puso a
trabajar y vio las imágenes con una amplia sonrisa. ¿Y eso?, preguntó Susana,
fríamente. Es una televisión, informó Becky. Claro, pero ¿qué hace aquí?
El Programa proporciona aparatos televisores a todos los participantes. Pero yo
no quiero una televisión, replicó Susana, jamás he tenido una y no creo que me
vaya a convertir en adicta sólo porque he venido a Estados Unidos. De cualquier
manera, te sugeriría que te quedaras con ella, dijo Becky, quizá te sea útil en
algún momento de hastío. No es necesario, insistió Susana, es mejor que se la
lleven, no la quiero. En ese caso, respondió Becky yendo a la puerta, la
dejaremos allí, y si no quieres verla simplemente no la enciendes y ya.
En el elevador, Becky explicó que el edificio Kitty
Hawk tenía jacuzzi, sauna, alberca cubierta, vas a poder nadar cuando afuera
esté nevando, ¿no es maravilloso?, y también contaba con salones para jugar
esquash o billar o ping pong, además de pequeños cubículos en la planta baja
donde leer o escribir si acaso no quería hacerlo en el departamento. Muy conveniente,
comentó Susana pensando aún que esa televisión se había quedado, ¡encendida!,
en su cuarto. Becky le comunicó también que en el Kitty Hawk había dos bibliotecas,
una con revistas, de todo el mundo naturalmente, y otra con libros, bueno, no
muchos, pero está a la mano en caso de emergencia. ¿En caso de emergencia?
El Kitty Hawk era legendario: no sólo se habían hospedado allí todos, o casi,
los participantes del Programa, sino también las grandes superestrellas que
acudían a dar charlas y conferencias, gente de la estatura de Saul Bellow, que
ganó el premio Nobel y/ Sí, ya sé quién es Bellow, interrumpió Susana para
evitar una ficha bibliográfica. Y también William Styron, que/ También he leído
a Styron. Becky la miró con una sonrisa divertida y continuó su lista; John
Cheever, Robert Bly, Joseph Heller, Kurt Vonnegut, John Updike, Bill Murray, e
incluso gente como Allen Ginsberg y Lawrence Ferlinghetti. Susana se llevaría
sorpresas más que agradables, al ver quiénes darían conferencias en ese
otoño, gente maravillosa con la que seria un privilegio conversar y muy útil
conocer para obtener publicaciones o traducciones en el país, porque no
queremos subestimar la potencialidad de un mercado como el de Estados Unidos,
¿verdad?
Recogieron al polaco Slawomir, quien las
acompañaría. ¿A qué vamos a la compañía telefónica?, inquirió Susana. El
Programa juzga conveniente, de hecho indispensable, que cada participante
disponga de un aparato telefónico en su departamento. ¿Y no es conveniente
también, incluso indispensable, consultar previamente a los participantes si
quieren o no tener teléfono? De ninguna manera, todo mundo quiere un teléfono,
hasta ese momento nadie se había quejado, se trataba de una medida funcional y
adecuada. Naturalmente, dijo Susana, el Programa paga el servicio telefónico.
Pues no: cada escritor tramitaba su propia línea y hacía sus pagos mensuales.
Pero el servicio telefónico en Estados Unidos era magnífico y ese mismo día
ella recibiría su aparato: sólo tendría que enchufarlo en la conexión ya
existente en su departamento, ¡y listo! ¿Era igualmente eficiente el servicio
telefónico en su país? De ninguna manera. El polaco parecía ausente a
todo y sólo en ocasiones miraba a Susana cuando nuevamente circulaban en la
camioneta entre casas que a Susana le hacían recordar la infinidad de películas
estadunidenses que había visto en su vida. Las casas tenían pequeños prados sin
bardas en el frente y una mínima cerca que dividía los terrenos, con su jardín
en la parte trasera que allí denominaban traspatio; eran de madera, con porche
y su techo de dos aguas y un sótano que se hacía presente a través de
ventanitas al ras del piso, y con mosquiteros en todas partes, aunque, después,
Susana sólo alcanzó a ver algunos moscos que eran muy grandes y zancones, y
sumamente estúpidos pues se les podía ahuyentar a soplidos.
Antes de
entrar en el First National Bank de Arcadia, Becky les hizo entrega de dos
sobres tamaño oficio con los primeros cheques, los cuales no debían doblar
por ningún motivo pues así lo requería la computadora del banco. Un
empleado los saludó, radiante, llamándolos, o intentándolo, por su nombre de
pila, y sin ocultar un botón en su saco que decía DOGEYES. ¿Qué es eso de
Dogeyes?, preguntó Susana, advirtiendo que el polaco se había despatarrado en
un sillón y veía todo con desprecio olímpico. Es el nombre de nuestro equipo de
futbol, explicó el empleado, no es uno de los mejores del país y por eso
tratamos de apoyarlo todo lo que podemos. Sacó papeles, anotó datos, hizo
viajes a las cajas, regresó con unas chequeras provisionales y les avisó que en
una semana recibirían por correo sendas cajas con sus chequeras personalizadas.
¿Personalizadas?, preguntó Susana, porque el polaco sólo gruñía, respondía lo
indispensable y firmaba los papeles que le ponían enfrente. Quiere decir,
replicó Becky con aire casual, que son cheques que tienen impreso tu nombre,
dirección y número telefónico. Muchos de los participantes nos han escrito que
las chequeras han sido un recuerdo muy emotivo cuando regresan a sus patrias.
¡No es posible!, pensó Susana cuando preguntó si era obligatorio abrir cuentas
bancarias. Definitivamente, respondió Becky, es muy peligroso circular por las
calles con dinero en efectivo. ¿Y es necesario abrir la cuenta precisamente en
ese banco? De ninguna manera. ¿Por qué los había llevado allí, entonces? Porque
el Programa siempre había recibido un servicio magnífico en el First National,
pero si Susana lo juzgaba conveniente podía cambiar su cuenta a otro banco,
aunque ella la alentaba a que no lo hiciera, ya que tener las cuentas de los
participantes estaban en el First National.
Como Becky
había anunciado, el trámite en la compañía telefónica fue muy breve, así es que
de allí enfilaron hacia la casa de los directores del Programa, que, por otra
parte, se hallaba muy cerca del Kitty Hawk. Susana descansó cuando dejó de ver
de cerca la cara de Becky y pudo concentrarse, en cambio, en las de los
compañeros que estaban allí. todos llegados ese mismo día: eran cuatro chinos,
una mujer y tres hombres; un poeta rumano, un bengalí, un novelista de Sri
Lanka y un poeta islandés. Becky llevó a todos a la terraza, que era espléndida
con su vista al río y al parque de la ciudad. Hacía calor, y Elijah llevó dos
botellas de vino, varias latas de cerveza, café y refrescos. También llevó
buenos trozos de queso, ostiones ahumados, cacahuates sazonados, semillas de
girasol, nueces de la India y pistaches. Uno de los chinos se echó a la boca un
puñado de pistaches, y cuando Susana lo vio con la boca totalmente abultada,
emitiendo extraños ruidos, sintió compasión y le indicó cómo se deben pelar los
pistaches. El chino la vio con una expresión pasmada y después se dio de
golpecitos en la frente diciéndose tonto, tonto.
Los escritores no hablaban entre sí, sopesaban a los
demás y procuraban adoptar poses en que se vieran interesantes,
fascinantes, importantes; deambulaban en
torno a la mesa de madera para tomar, como quien no quería la cosa, trozos de
queso y puñados de botanas. Por último llegó Wen, la directora del Programa,
una china delgada y de mirada inteligente. Se acomodó en una pequeña silla de
madera y les dedicó un discursito. Explicó que el Programa había sido dirigido
desde siempre por Rick, su marido, pero últimamente éste había sentido fatiga,
después de todo ya casi cumplía ochenta años, y Wen fue nombrada directora. La
única ventaja que esto implicaba para ellos consistía en que Wen también era
extranjera y comprendía la distinta sucesión de shocks a los que se enfrentaban
los participantes: el shock de hallarse en otro país, el shock de alternar con
gente hipersensible de otras latitudes, el shock de escribir en condiciones
diferentes, el shock de enfrentarse a monstruos sagrados de la literatura que eran
invitados a disertar en el Programa y, por último, pero no al final, ¡el shock
de vivir tantos shocks juntos!
De una manera natural, espontánea, el polaco
Slawomir todo el tiempo estuvo cerca de Susana, y ella vio que se trataba de un
hombre terriblemente introvertido, que sólo emitía monosílabos y gruñidos
cuando le dirigían la palabra. Todo el tiempo parecía hundido en terribles
reflexiones y jamás respondía cuando, tarde o temprano le preguntaban por la
situación en su país. Susana sintió cierta ternura al pensar que ese hombre
vivía a fondo el prototipo de poeta maldito, el último hijo de Jaromil, a
juzgar por la manera como empezó a beber, después de que Wen los reinstaló en
la sala para tomar copas. Los escritores comenzaron a animarse, sobre todo
cuando hizo su aparición, sin que lo invitaran, el poeta egipcio, quien había
sido el primero en llegar y hablaba estentóreamente, daba palmadas al que se
dejaba, golpeaba las mesas, reía a carcajadas, contaba chistes y disertaba,
desde una posición claramente oficialista, sobre la situación política en el
Cercano Oriente. Susana lo diagnosticó como la peste del grupo, el máximo
burócrata del espíritu y el estúpido de quien había que huir. Los chinos
formaban un bloque hermético, todos eran de Taiwán o de Hong Kong, y parecían
silenciosos, discretos, sonreían suavemente y se perdían en largas
conversaciones con Wen, quien los trataba con evidente cariño. El rumano quiso
conversar con el polaco, pero hicieron corto circuito casi al instante, así es
que éste continuó en el mutismo, junto a Susana, y el rumano se fue con los
extravertidos, que eran el viejo Rick, el islandés, el egipcio y el académico
de Sri Lanka, alto funcionario de la Universidad de Colombo. Había asistido al
Programa con toda su familia, esposa y seis hijos, que en ese momento veían
televisión en el sótano, porque la televisión, como se sabe, es el gran
auxiliador de los padres que no encuentran o no quieren gastar en niñeras,
puntualizó Rick entre carcajadas.
Becky regresó al poco rato, Susana jamás supo a qué
horas se fue, acompañada por dos muchachas del taller literario de la
Universidad que habían sido empleadas temporalmente en el Programa; aparecieron
también John y Myriam, de Goa, que habían llegado a Arcadia como todos, y se
las habían arreglado para quedarse en Estados Unidos con una chamba en el
Programa, pero eso era algo increíblemente difícil de conseguir,
avisó Rick por si a alguno de los presentes ya se le había ocurrido tratar de
quedarse definitivamente en ese gran país. Con ellos también apareció otro
participante más, que acababa de llegar en el último vuelo; era Edmundo, un
novelista peruano muy flaco, alto y desdentado, con lentes de John Lennon y
bufanda, a pesar de que no hacía el menor frío. Después de saludar a los
presentes el peruano se colocó junto a Susana, con quien podía hablar español.
Pasaron al comedor, donde les esperaba una sorpresa.
Wen no sólo había invitado a los cuatro chinos sino que también pagaba los
estudios de un muchacho de Hong Kong a condición de que cocinara. Susana pensó
que la elección había sido afortunadísima.
Conforme bebía, el polaco mostraba unos ojos cada
vez más opacos y despreciativos. Todo el tiempo parecía que en cualquier
momento se pondría en pie y haría algo terrible. Pero nunca hizo nada, y Susana
sólo le dedicó miradas ocasionales, familiares casi, cuando hablaba con
Edmundo, quien comía poco pero bebía mucho; había vivido un tiempo en la ciudad
de México y le habló a Susana de los amigos que había hecho allá, pero se
trataba de escritores muy dudosos, juzgó Susana, gente que no era bien vista en
el medio intelectual por su falta de refinamiento y su enfermizo interés en
cuestiones políticas, la máquina de escribir como fusil y vulgaridades de ese
tipo. De pronto, el egipcio sorprendió a todos cuando, en la sobremesa, se puso
de pie para declamar un poema, que según él había compuesto unos momentos
antes, en el que las praderas del Medio Oeste eran oasis de cultura y
espiritualidad. Rick aplaudió estentóreamente, y felicitó a gritos al egipcio.
El rumano no quiso quedarse atrás y allí mismo improvisó un poema, aún más
servil que el anterior. No es posible, pensó Susana, nomás falta que uno de los
chinos se reviente la versión cantonesa del Brindis del bohemio.
Elijah y el cocinero de Hong Kong llenaron los vasos
y sirvieron el café y Metaxa, lo cual permitió una breve disertación de Rick
acerca de las bondades de la cultura griega, él no podía aspirar al rango de
helenista pero indudablemente ¡Grecia estaba en su corazón! El egipcio retomó
la palabra para rememorar sus viajes por las islas griegas y sus estudios en
Alejandría. El rumano lo interrumpió pero sólo para devolverle la palabra a
Rick, con lo que se ganó la estimación instantánea de éste y la animosidad de
los demás. Rick quiso saber quiénes lo acompañarían en el juego dominical de
futbol, algo-que
no-debían-perderse-porque-era-el-rito-de-fertilidad-y/ofecundidad-del-país
Nadie estaba obligado a asistir, pero debían tomar en cuenta que las entradas
eran sumamente caras, el Programa había hecho un esfuerzo especial y compró
boletos, pues siempre les apartaban localidades privilegiadas, además en
la pequeña ciudad de Arcadia apoyaba reverentemente a sus Dogeyes, y para esas
alturas ya se habían agotado los boletos de toda la temporada. La
mayoría, intimidada, accedió a acompañar a Rick al futbol, y Becky, para romper
la mínima incomodidad que se generó, anunció que ya había llegado la mayor
parte de los participantes, sólo faltaban diez, pero se les esperaba en los dos
días siguientes.
En ese momento, a los presentes se les hacía entrega
de un fólder abultado con mapas e información de medios de transporte, sitios
de interés, etcétera. Por último, ¡malas noticias y buenas noticias!, las
buenas primero: a partir del día siguiente podrían ir a las oficinas del
Programa en la Universidad, pues allí encontrarían todo un cuarto lleno de
libros excelentes que podían llevarse ¡gratis! Pueden tomar todos los
que gusten, intervino Rick, esos libros son cortesías que desde muchos años
antes las editoriales más importantes del país ofrecen al Programa; no
sean tímidos, llévense los que quieran, es una oportunidad imperdonable, eso
dijo textualmente, sepan además que no son libros de bolsillo, no, sino
ediciones de pasta dura, o sea, las más caras: cada libro, en librerías,
cuesta de quince a treinta dólares, y algunos mucho más, cincuenta o cien,
porque son ediciones lujosas, para coleccionistas. Las malas noticias ahora,
dijo Becky con una sonrisa pícara que indicaba que las malas no lo eran tanto
sino que, si bien se les veía, no sólo eran buenas sino ¡muy buenas!: el
viernes siguiente, o sea, en tres días, se iniciarían formalmente las
actividades del Programa con una sesión en el Kitty Hawk; contarían con la
presencia de un viejo y querido ex participante, el islandés, quien daría una
charla para romper el hielo y para que todos constataran que las
presentaciones, que por supuesto no eran obligatorias, en realidad eran
cordiales, informales, entre amigos. Es muy importante, dijo Wen, subrayar que
el Programa se ha ocupado en organizar eventos novedosos, estimulantes, como
mesas redondas, para que la estancia de todos ustedes sea lo más provechosa
posible, sin embargo, es cierto que nadie está obligado a asistir a ninguna de
las actividades; no debe olvidarse que el fin principal del Programa consiste
en estimular la creatividad, así es que si acaso alguien es poseído por las
musas/¡O tacleado!, bromeó Edmundo. Es decir, si desean quedarse en casa a
escribir o simplemente a disfrutar el ocio creativo, por supuesto que pueden y
deben hacerlo; todos nosotros los extrañaremos, y algo se perderán los
tacleados por la musa, porque en verdad esperamos que les agraden los eventos
que les hemos preparado. ¡Es verdad!, rugió Rick, sirviéndose un enésimo Jack Daniels;
no dejen de asistir a las actividades, esta oportunidad no se repetirá. Deben
saber que el Programa sólo en contadas ocasiones y en casos sumamente
especiales vuelve a invitar a los viejos amigos otra temporada, no porque no
queramos volverlos a ver, pero, ustedes saben, en estos días más que nunca, el
costo de este Programa es muy alto, y a pesar de que el Departamento de Estado
y numerosas instituciones privadas facilitan la invitación de todos ustedes,
tanto mi esposa Wen como yo luchamos duro por conseguir dinero de todo aquel
que se deja. Tengo que decirles que Rick es simplemente maravilloso
persuadiendo a empresas y a gente rica a que haga sustanciales aportaciones al
Programa interrumpió Wen, realmente el Programa le debe todo a Rick, aunque haya
quien lo olvide; gracias a su prestigio internacional, ha logrado que mucha
gente colabore con nuestros gastos. La verdad, agregó Rick, es que ya estoy
viejo, y si muchos años a mí me correspondió la responsabilidad de obtener el
financiamiento de este generoso Programa, ahora mi esposa, esta gran mujer
china y universal, es quien merece la gratitud de ustedes; los costos para
traerlos desde distintas partes del mundo son alarmantes, pero nosotros siempre
hemos creído que los innumerables esfuerzos que tenemos que llevar a cabo bien
valen la pena. ¡Claro, claro!, exclamó el egipcio, y propuso un brindis. El
vino había circulado tan generosamente que todos, gustosos, alzaron su copa y
brindaron por el éxito de esa promoción de participantes.
Todos salieron muy eufóricos. Sólo los chinos
hicieron su grupo y se adelantaron; los demás bajaron juntos el monte y
rechazaron el ofrecimiento de Becky y de Rick de llevarlos. Cantaron durante el
trayecto, sumamente trastabillante, y cuando llegaron al Kitty Hawk, John y
Myriam, que a Susana le parecieron personas espléndidas, invitaron a tomar otra
copita. Entraron en el departamento de la pareja que, aunque pequeño, sí era un
departamento: tenía algo que podía considerarse estancia y comedor y un par de
recámaras. El egipcio, entre risotadas, reveló que había pedido prestada una
botella de Metaxa de casa de Rick y de Wen, y ante esa confesión, el peruano
Edmundo les dijo que él también, camuflándolo en su bufanda, había expropiado
un frasquillo de Jack Daniels que, en lo personal, no le había parecido nada
mal. John y Myriam menearon la cabeza con cara de ¡ah estos escritores! Al poco
rato llegaron Altagracia, la filipina, y Brian, un judío que estudiaba en
Estados Unidos. Ellos, con el egipcio, habían sido los primeros en llegar, y
Altagracia les pasó información: un cine club nada malo en la Unión de los
Estudiantes, ese estado era muy puritano y en la ciudad no había ni cines ni
tiendas pornográficas, pero sí en Little Rapids, a media hora de allí; lo que
sí había eran clubes gay. Las bebidas alcohólicas se vendían sólo en tiendas
del estado, que en Arcadia eran dos, ambas muy muy lejos, porque ninguno de
ellos tenía más vehículo que los del Programa. La tienda, continuó el rumano,
cuyas gordas mejillas rojizas indicaban que sabía de qué hablaba, está en un
centro comercial que la gente aquí llama The Mall. No a Mall, sino the
Mall, le había corregido Becky a Altagracia. Todos rieron e hicieron bromas
sobre Becky y su manía de corregir la pronunciación, aunque procuraron ser un
tanto cautelosos, porque en realidad nadie confiaba en nadie, y menos en John y
Myriam. John era muy servicial y se la pasaba dando vueltas al cuarto donde
dormían sus hijos.
Altagracia propuso que siguieran la fiesta en su
cuarto, y John y Myriam no se ofendieron porque, aunque eran muy hospitalarios,
tenían que llevar a sus hijos a la escuela al día siguiente y después, muchas
cosas que hacer. Con un ánimo expansivo, juzgó Susana, todos subieron al cuarto
de Altagracia y se acomodaron en la cocina-desayunador. Altagracia les comunicó
que ella no se quedaba esperando a que el bebé ese Elijah o Becky la
transportaran, se salía a la avenida y pedía aventones o tomaba el autobús, ¡pasa
cada media hora!, y así había conocido esa ciudadcita, aquí no hay nada,
decía, dicen que aquí todos son escritores, que se llama Arcadia porque en
verdad no es una Arcadia sino la Arcadia, pero la verdad era que
los escritores locales que había conocido eran infumables y en ese caserío
deveras no había nada. Más valía que se enteraran que habían llegado a
Nacolandia: ese estado era famoso por sus mazorcas enanas e insaboras y por su
mentalidad estúpida, provinciana y retrógrada. Cuando se hacen chistes sobre la
gente estúpida y provinciana de Estados Unidos siempre es gente de aquí,
porque eso es lo único que hay: estulticia, legañas mentales, piojos en las
páginas e ideas reaccionarias; lo que había que hacer era soportar las actividades
del Programa esos cuatro meses, ahorrar lo más posible y salir corriendo a
Nueva York, que, como todo mundo sabe, es donde está el buen ambiente: todas
las ciudades de Estados Unidos eran iguales a ésa, y como decían los
nativos: si viste una, ¡ya viste todas!
Susana
escuchaba, con el polaco siempre a su lado, a Altagracia y sonreía un tanto
condescendiente; la filipina quería llamar la atención y era muy probable que
lo que escribía fuera como la gente de ese estado, pero cuando menos era una
evidente provocadora y eso era algo que ella siempre apreciaba, aunque mejor de
lejos. Experimentaba una embriaguez muy acariciante, plácida, y aunque todo lo
veía con veladuras se hallaba a gusto: no le interesaba en ese momento tratar
de conocer bien a sus compañeros y deliberadamente se dejaba llevar por la
superficialidad, sin pensar en nada que rebasara los linderos de esa reunión,
en la que el polaco bebía sin decir una palabra, el judío Brian la miraba
oscuramente y Altagracia avisaba que había conseguido ¡mariguana! ¿Querían una
poca? Después de todo estaban en el Kitty Hawk, ¿no?, ¡a volar entonces! El
poeta rumano dijo que le dolía la cabeza y el académico de Colombo también se
retiró, pero los demás, en especial Edmundo, se entusiasmaron. Susana, por su
parte, dio unas cuantas fumadas al maltrecho cigarro que le pasaron. Me querían
vender cada joint en diez dólares, qué atraco, decía Altagracia, sin dejar de
dar traguitos de vino. Susana observó que la mariguana introvirtió a varios de
ellos, que Altagracia llevó una grabadora portátil y quitó la Eroica para poner
jazz de John Coltrane, y después apagó la luz. La habitación sólo quedó
iluminada por la luz que venía de la calle, varios pisos abajo. La filipina fue
con el polaco, vamos a bailar, dijo, y éste, a la vista de todos, sin
advertencia previa, le metió la mano bajo la blusa. Susana no podía apartar la
vista de la sesión de caricias que tuvo lugar entre Altagracia y el polaco ante
su misma nariz. De pronto se dio cuenta de que Edmundo la veía intensamente. Ella
sonrió, y el peruano devolvió la sonrisa, ostentando los huecos de sus
incisivos, y se dirigió hacia Susana, pero se detuvo cuando vio que el egipcio
ya estaba con ella. Susana se largó de allí al instante, pero no fue a dar con
Edmundo, qué bueno porque le daba mucha risa que estuviera tan chimuelo, sino
con el judío Brian, quien en el acto le pasó el brazo sobre los hombros; Susana
trató de observarlo. Un rostro lunar, muy blanco, de amplias entradas en el
cráneo, bigote delgado, cortado escrupulosamente, y expresión un tanto cínica;
quiso hablar con él, pero allí no se hablaba, era un acuerdo tácito, allí se
estaba en silencio, con naturalidad y desinhibiciones, sin sobrevalorar ni
subestimar lo que ocurría. Lo más normal era ir al cuarto de Brian.
Al entrar se besaron largamente, y no dejó de ser un
tanto perturbador para Susana el aliento alcohólico en la boca del judío;
acariciándose con suavidad llegaron a la cama, y se desplomaron en ella y se
quitaron la ropa entre torpezas ebrias y risitas juguetonas. Susana pensó,
fugazmente, que no se había acostado con nadie desde la última vez que lo hizo
con su marido, pero había que ahuyentar esas ideas y por eso tomó la iniciativa
y se acomodó firmemente sobre el miembro del judío.
¿Quién eres?, preguntó éste cuando despertó al día
siguiente y vio que junto a él, Susana despertaba. Soy Susana, respondió ella,
pero le resultó difícil porque se hallaba a años luz de su cuerpo, viendo a
través de un larguísimo telescopio al revés. ¿Y qué haces aquí?, volvió a
preguntar el judío. ¿Era hostilidad lo que leía en su rostro? Susana se
sobresaltó. Eso es lo que yo me pregunto, respondió, un poco tensa. Bueno,
Suzannah, dijo Brian, con una sonrisa siniestra, tono casual; realmente no sé
cómo te las arreglaste para meterte en mi cama, pero no pienses que esto se va
a repetir. A mí no me gustan estos jueguitos estúpidos como a ti y a
Altagracia. ¿Cómo que no sabes cómo vine a dar aquí?, replicó Susana, pasmada;
tú me invitaste, tú me trajiste, y yo acepté, realmente no sé por qué acepté,
por estúpida naturalmente, pero despreocúpate, no me gustan los retrasados
mentales. El judío le dio la espalda, volvió a cubrirse con las frazadas y
musitó, lo suficientemente fuerte para que se oyera: chavas pendejas. Eso
verdaderamente desquició a Susana; jamás en su vida había encontrado a alguien
que la tratara así, y menos después de hacer el amor. Se vistió con rapidez,
con deseos crecientes de quemar los manuscritos del judío, pensando cálidamente
en la inquisición. El judío Brian se había vuelto bocarriba y acabó colocando
una almohada sobre su cara; después se incorporó un poco para decirle: lárgate
pronto y cierra bien la puerta. ¡No es posible!, pensó Susana cuando su pie se
alzaba y caía con fuerza en el bajo vientre de Brian.
Lo dejó revolcándose de dolor, mascullando insultos
de todo tipo y se fue a su cuarto, donde, lo primero que hizo, fue darse un
buen baño porque verdaderamente la encrespaba la idea de tener dentro de sí
cualquier residuo de líquidos seminales del judío. Se lavó con gran
meticulosidad y se prometió comprar una bolsa de lavados vaginales. En
realidad, Brian no le había gustado tanto, ¿cómo había podido ocurrir todo eso?
Había terminado de arreglarse y pensaba en buscar un restorán para desayunar,
qué hambre tan terrible estaba empezando a sentir a causa de la desvelada y los
acontecimientos de la víspera, cuando sonó el teléfono. Era Becky. Se hallaba
en el lobby para llevarla a hacer compras
en el supermercado. Susana le explicó que no había comido nada y/ ¿No
has desayunado? ¿A las once de la mañana? Bueno, naturalmente eres libre de
hacer lo que gustes pero yo te recomendaría que en esta ocasión nos acompañes,
la próxima salida de compras será en cuatro días. Susana cerró los ojos y en su
pensamiento maldijo repetidas veces a esa gringa miserable. ¿Estás ahí?
¿Susana? Sí, aquí estoy, respondió ella, ahora bajo, espérame.
El culo del
mundo
Susana tenía dos meses en el Programa cuando Eligio
llegó a Little Rapids. Salió del aeropuerto y pidió a un taxista que lo llevara
a Arcadia. El chofer lo miró dubitativamente unos segundos y por último lo hizo
subir en el auto que, para desilusión de Eligio, resultó un dodge mónaco viejo
como los que abundan en México. Eligio quiso conversar con el taxista, pero
éste era tan viejo como el coche y no le interesaba lo que Eligio comentaba, lo
que había salido en los periódicos sobre Estados Unidos: recesión, inflación,
bravuconadas, acosos a Centroamérica, animosidad contra Cuba, antagonismo total
hacia la Unión Soviética. El chofer sólo se sorprendió cuando Eligio le informó
que era mexicano, pero entonces dijo ¿cómo es que pronuncia bien el inglés?
Llegaron al edificio Kitty Hawk de la ciudad de
Arcadia y el chofer cobró sesenta dólares. Eligio hizo cálculos mentales y
cuando se dio cuenta de que le cobraban más de seis mil pesos, juzgó
imprescindible protestar. Esta suma es ultrajante, dictaminó, escogiendo
cuidadosamente las palabras; no puedo creer que las autoridades de este que se
dice gran país permitan que los precios de los servicios públicos sean tan
elevados. El chofer respondió que en ese gran país sesenta dólares no
era ninguna gran suma, mucho menos ultrajante, y que si quería viajar más económicamente
debió tomar el servicio colectivo. A Eligio se le acabó la paciencia, ¡no le
pago nada, viejo ratero, ruco hijo de la chingada!, gritó en español, dio un
portazo y subió con rapidez, cargando sus maletas, al edificio, desde donde
pudo ver que el chofer salía de su auto, no sin dificultades, y lo seguía.
Eligio se fue por un pasillo, riendo nerviosamente, abrió una puerta y se vio
en un estacionamiento de buen tamaño que terminaba en una pared de monte, de
vegetación profusa y telarañosa. En ese instante supo que allí lo irían a
buscar, así es que cargó nuevamente las dos maletas y dejó atrás el
estacionamiento del Kitty Hawk. Vio irritado que sus zapatos se hundían en el
fango, que su ropa se llenaba de varitas, hojas secas y unos bulbos espinosos
que sólo pudo identificar como ahuates gringos. La puerta del edificio se abrió
y apareció el chofer, gesticulando, con tres policías o guardias de seguridad
que vestían atildados pantalones color marrón oscuro y camisas caqui muy bien
planchadas. Eligio, sin dejar de reír nerviosamente, y alerta, trató de
cubrirse lo mejor que pudo cuando los guardias y el taxista se acercaron al
lindero del monte. Es probable que ese tipo se haya ocultado en el edificio,
después de todo hay muchas maneras de subir a los pisos sin ser visto. Allí
sería mucho más difícil encontrarlo. Sí, casi imposible. ¿Y dice usted que es
mexicano? Bueno, eso dijo él, pero por supuesto no se lo creí, aunque tiene
cara de indio, pero ningún mexicano puede hablar como él, en todo caso era
chicano o puertorriqueño o un asiático con muchos años de vivir aquí. Pues aquí
no parece estar. También hay otras salidas. ¿Buscamos en la colina? No, no
tiene caso. Sin embargo, los cuatro se acercaron más al monte y Eligio trató de
empequeñecerse al máximo. Suspiró con alivio cuando vio que regresaban al
edificio. Qué situación más pendeja, pensó Eligio, al comprender que tendría
que aguardar allí un tiempo, en lo que el taxista se iba y los policías lo
olvidaban. Se dio cuenta de que no sólo se había enlodado los zapatos sino
también los pantalones en todas sus partes, y las maletas. Carajo, pensó, y
empezó a cabecear, hasta que oyó que varias personas salían del edificio,
charlando ruidosamente, y abordaban una camioneta que, ¡no es posible!, también
era antediluviana. Se sobresaltó cuando vio, entre el grupo, a su propia mujer,
¿iba del brazo de un tipo inmenso y muy blanco? ¡Qué rápido se metieron en la
camioneta! Eligio estuvo a punto de llamar a gritos a Susana, pero se contuvo:
quizá por allí andaban aún los guardias y el chofer. Así es que tuvo que
soportar la desazón de ver cómo su esposa se iba en la camioneta con los demás.
Eso de plano le quitó el sueño y, en cambio, le dejó un ánimo belicoso. Se
reprochó no haber seguido discutiendo con el taxista hasta que llegara la
policía, cuando menos habría luchado hasta el final. Se sentía estúpido en esa
vegetación siniestra de innumerables y flacos arbustos, lodo por doquier. Los
motivos del lodo ¿Y quién dijo que las hojas en el otoño eran lo máximo?
Sí, estaban monas las chingaderas con sus tonos encarnados, pero en ese momento
no estaba para contemplaciones bucólicas. El varón que tiene el pantalón en
tris, nalgas enfangadas, hueva celestial...De un salto se puso en pie. Dejó las
maletas allí y caminó por la ladera de la colina, apoyándose en los tallos de
los arbustos para no resbalar. Finalmente llegó a la avenida. Sonrió con gusto
al ver que en ese momento el taxista salía muy irritado del edificio, subía en
su auto y arrancaba en dirección opuesta. Eligio regresó al monte, procurando
no resbalarse y riendo, para entonces todo le parecía más divertido. Recogió
las maletas y regresó por el mismo camino, entre arañazos y resbalones. Al
llegar a la avenida caminó en dirección opuesta al Kitty Hawk, pero después dio
media vuelta y volvió a caminar hacia el edificio, silbando y mirando en su
derredor con aire despreocupado.
Para su fortuna, los guardias del Kitty Hawk no
estaban a la vista, y como sabía que Susana tampoco estaba allí, preguntó por
la gente del Programa. Una rubia le explicó que en ese momento ninguno de los
organizadores andaba por allí. Vio suspicazmente el lodo en toda la ropa de
Eligio, pero no dijo nada, e incluso accedió a guardarle las maletas en lo que
él buscaba a la directora del Programa.
Cuando Eligio subió la pendiente empinada de la
colina, esa vez por el camino pavimentado y la fatiga lo empezó a vencer y se
hundió en diversas confusiones agridulces. El cuerpo le pesaba como nunca y
tomó asiento a la vera del camino. Acabó recostándose. Algo pugnaba por llegar
a su memoria, y de pronto se incorporó muy alterado, con los ojos muy abiertos
y el corazón agitado. Acababa de recordar, con toda exactitud, el sueño que esa
mañana había tenido al despertar en su cama de la ciudad de México. Había
soñado que llegaba a su departamento y Susana le decía espérame tantito, tengo
que ir a arreglar un asunto muy importante. Eligio la seguía hasta una casa en
una colonia de clase media. Allí él se asomaba por la ventana y veía que su
mujer se desnudaba y miraba lasciva-desvergonzadamente a un hombre inmenso, muy
blanco, velludo, quien también se quitaba la ropa, ¡en la mismísima sala, qué
tipos, no es posible! Eligio vio también que en la ventana opuesta se hallaban
dos borrachines fascinerosos, codeándose. Uno de ellos, incluso, saludó a
Eligio agitando la mano y con un guiño cómplice. Las pantaletas de Susana
volaron cerca de la ventana de la calle y uno de los borrachines incluso trató
de atraparlas. Eligio consideró que era una verdadera ignominia que el gigantón
se dejara puestos los calcetines, y que tuviera un pene desmesurado y ancho
como un tronco de arbusto. Y era un tormento ver a su mujer acariciándose los
senos, oprimiendo los pezones, con los ojos vidriosos, en verdad estaba caliente,
con una sonrisa lujuriosa que jamás le había mostrado a él cuando copulaban, y
eso era lo que estaban haciendo el par de cabrones: Susana, sin dejar de
acariciarse las chichis, se había acomodado lentamente en el velero vergantín
del gigante blanco y en la ventana opuesta a los fascinerosos se les había
unido una pareja de viejitos y ellos, muy serios, tampoco perdían detalle de lo
que ocurría dentro y procuraban ignorar las risotadas, los jadeos burlones y
los codazos que los cochambrosos se dedicaban mientras Susana subía y bajaba al
compás de esta canción. Eligio quiso intervenir: era intolerable que su mujer
fornicara con ese tipejo ante su mismísima presencia, pero no podía hacer nada,
algo le había succionado toda la fuerza y le impedía irrumpir adentro y armar
el escándalo apropiado. Era uno de esos estúpidos sueños en los que trataba de
moverse con verdadera desesperación, pero jamás lo lograba. Quizá lo que le
impedía moverse, pensó, no sólo era una agencia del alma sino la fascinación
ultrajante de ver a su mujercitasanta entregarse tan completa, exhibicionista y
desinhibidamente a ese horrendo gorila velludo, Moby Prick. Era intolerable
verla campanear el torso con un ritmo espasmódico, ausente, y sí: estaba
gritando, aullaba de placer, qué cinismo. Eligio no daba crédito a lo que
sucedía: consideraba que cuando menos Susana debía de tener el mínimo tacto de
coger sin venirse, y menos aún con tal estrépito. Con él, jamás había
llegado a los alaridos que en ese momento profería, el llanto que le brotaba de
los ojos bizqueantes, mientras el gorila la sujetaba con fuerza de la cintura y
empujaba con todas sus fuerzas. Los viejitos y los fascinerosos, ¡los derelictos!,
reían con la mirada un tanto turbia y señalaban el cuerpo sudoroso de Susana,
quien se levantó y se dejó caer en la alfombra; después rodó un poco y se
detuvo, bocabajo. Lo peor de todo era que Eligio tenía una erección
intolerable, ausente a toda noción de buen comportamiento. El gigantón se
incorporó del sofá, se sobó el miembro apretándolo como si quisiera exprimirlo,
y se puso en pie para ir rumbo a la mujer, quien cerró los ojos al sentirlo
aproximarse. Y lo que detenía a Eligio finalmente cedió, un cristal inmenso se
resquebrajó, los ruidos circundantes emergieron con tanta claridad que le lastimaron
los oídos. Eligio saltó la ventana y se metió en la sala. En la ventana opuesta
los espectadores se entusiasmaron ante lo que consideraron un inminente terceto
sexual o menachatruá. El gorila alcanzó a ver que Eligio iba hacia él, pero no
se inmutó, se apresuró a encontrar el camino entre las nalgas de la mujer y la
penetró con facilidad, a lo que siguió una exclamación satisfecha de Susana,
quien tenía la cabeza reclinada en la alfombra. Eligio empujó con el pie al
hombrón y lo mandó brutalmente contra el suelo. Durante fracciones de segundo,
dudó si agarrar a patadas las nalgas de Susana o lanzarse contra ese abominable
usurpador de la mujer ajena. Volvió a quedarse paralizado al ver que Susana se
volvía a ver qué había ocurrido, por qué esa verga tan sabrosita de pronto se
fue de ella. Eligio se llenó de tristeza y, abatido, sólo dijo vístete, pero
ya, vístete, reiteró, y ella lánguida, todavía alcanzó a ronronear un poco
antes de ser izada por Eligio, quien la tomó de la cintura, vístete, nos vamos
a la casa. Susana, perezosa, con una semisonrisa, mordiéndose un labio a causa
del deseo inconcluso, tomó la ropa que él se afanaba en recoger. El gigantón
había desaparecido, pero se le oía tararear en la cocina entre ruidos de
cristales, agua que corría, un ahhh de satisfacción, quizá de resignación.
Después eran las cuatro de la mañana, ¡la hora del lobo!, y Eligio deambulaba
en una calle oscura, vacía, irreconocible, que conducía a otras calles
desiertas y desconocidas.
Eligio había despertado sobrecogido por el sueño,
con el cuerpo sudoroso y los músculos adoloridos. Pero en ese momento ya se
desvanecía la impresión y finalmente podía relajarse. Hacía frío, pero no
demasiado, y la luz del sol era totalmente oblicua. Le estaba empezando a gustar
mucho cómo el follaje cerraba el paso a la luz. Enfrente se hallaba el río de
Arcadia, que desde allí parecía sumamente apacible, estático en las curvas
cadenciosas. Eligio respiró hondamente y se dejó arrullar por la inmovilidad
del atardecer, los lentos y casi imperceptibles murmullos de todo tipo, las
hojas de los árboles que en ese momento le parecían alucinantes con la variedad
de tonos de la decoloración y de pronto se hallaba en un verdadero reposo y
sintió que no estaba ni en Estados Unidos ni en México ni en ninguna parte del
mundo, sino en un balcón a la eternidad, suspendido entre las líneas candentes;
allí confluía una paz, una armonía que ya había olvidado. Qué instante tan
extraño, alcanzó a pensar, y en ese momento un vehículo bajó la colina entre
chirridos de llantas que frenaban en la pendiente; era un especie de camioneta
muy roja, con rayas amarillas y onduladas como llamaradas, con unas llantas
inmensas y un diseño de carrocería que jamás había visto antes, una cruza de
tanque y nave espacial de la que bramaba el sonido clarísimo de un rock a todo
volumen.
Eligio no tuvo más remedio que ponerse en pie y
seguir subiendo, de nuevo malhumorado, con frío, hambre y sed. Pero la casa de
los directores del Programa ya estaba muy cerca: un sitio muy grande, con
alberca al fondo y una imponente terraza de madera enfrentada al paisaje del
río. Eligio tocó el timbre y casi al instante oyó que una voz potente le
gritaba ¡adelante, suba por favor! Abrió la puerta y lo primero que vio fue una
sucesión de máscaras chinas, japonesas, africanas, polinesias y latinoamericanas,
y consideró que sólo una era realmente impresionante y que las demás eran
tristes como las cabezas hechas en cocos que venden en las playas. Subió una
escalera y llegó a una estancia amplia con un gran ventanal para ver el río y
muebles cómodos, modernos y de buen gusto, un librero con ediciones caras,
un equipo de sonido con lucecitas por
todas partes y bocinas como roperos, máscaras por todas partes, hasta en la
chimenea, y algunos cuadros, ninguno como para arrodillarse ante él. En un sofá
se hallaba casi acostado un hombre de edad, largo y blanco, con el pelo
totalmente encanecido y lacio, quien, al ver el lodo en la ropa de Eligio,
enarcó las cejas. ¿Qué le sucedió?, dijo, apuesto que se resbaló en la colina
al venir subiendo. No, así me visto cuando salgo al extranjero, pensó Eligio
pero respondió: sí, más o menos, sopesando al viejo. Éste ya se había puesto en
pie, en verdad era un hombre alto, y lo
invitaba a que se autosirviera de la abundancia de botellas en el barecito que dividía a la sala del
comedor. Eligio tomó una cerveza y, sin hablar, la bebió a grandes tragos, pero
al poco rato tuvo que controlar la necesidad de escupir lo que había bebido,
qué cerveza más infame, dijo, en español, viendo la lata y la marca: Olympia.
Por eso bebían ambrosía en el Olimpo, pensó hasta que vio la mirada escrutadora
del viejo. En fin, en qué puedo servirlo, preguntó. ¿Usted es el director del
Programa?, preguntó Eligio. En cierta manera así es, aunque la directora es mi
esposa. Yo soy Rick, añadió el viejo. Y yo soy Eligio, el marido de Susana. He
venido a pasar con ella resto de su estancia aquí, avisó Eligio, tendiendo la
mano, pero la retiró al instante porque en esa ocasión fue Rick quien casi se
atragantó. Vio a Eligio fijamente. ¿Usted es el marido de Susana? Sí señor,
respondió Eligio, y añadió: es más, traje una copia de mi acta de matrimonio
por si hacía falta. Eligio ignoró el pasmo del viejo y calmosamente sacó de su
bolsillo una copia fotostática del acta matrimonial. Rick la revisó con rapidez
y casi al instante la devolvió a Eligio. La verdad, explicó, esto me sorprende,
usted sabe, Susana, quien por cierto es una estupenda escritora y una persona
deliciosa, jamás nos dijo que estuviera casada, incluso se asentaba que era
divorciada en los papeles que nos enviaron nuestros amigos del Departamento de
Estado.
Eligio no hizo comentarios y vio lastimosamente su
lata de cerveza. Veo que no le ha agradado la cerveza; no lo culpo, las
cervezas mexicanas son magníficas. ¿Por qué no se pasa usted a una buena bebida
americana? Aquí tengo un excelente whisky, añadió dando una palmada en la
espalda de Eligio, nada menos que un Jack Daniels, ésa sí es una buena bebida
americana. Bueno, las cervezas mexicanas también son buenas bebidas americanas
¿verdad?, precisó Eligio, y el viejo rió a carcajadas. Claro, claro,
concedió, tiene usted razón: me temo que la gente de mi país hemos acaparado
todo lo que es América, pero créame, uso el término por costumbre, no con
criterios colonialistas. Este programa es celosísimo de los orgullos nacionales
de todos nuestros invitados, ¡salud!, concluyó, pues ya había servido un Jack
Daniels en un vaso, le había añadido hielo y lo había pasado a Eligio. Salud,
dijo él. ¡Ah!, ésta sí es una gran bebida. No está nada mal, concedió
Eligio, pero prefiero el escocés. Es su privilegio, comentó Rick mirando a
Eligio fijamente, entre severo y divertido, mientras bebía. Eligio también lo
hizo y el whisky le supo realmente bien. Dígame, inquirió el viejo con mirada
de zorro malicioso, ¿le gusta a usted el futbol? ¿El futbol?, repitió Eligio,
sorprendido, ¿el futbol soccer o el americano? Ya ve, usted también le dice
americano a nuestro futbol. Las costumbres son lo más difícil de cambiar,
sentenció. /Aquí en América, prosiguió con un guiño, ¡el futbol sólo
puede ser americano! ¿Le gusta a usted? Tengo boletos para el encuentro de Los
Ojos de Perro contra Las Medias Tintas de Nebraska el próximo domingo, y voy a
llevar a algunos participantes del Programa. Quizás usted quiera acompañarnos,
¿sabe usted?, el futbol es algo que uno no debe perderse en este país;
considérelo algo así como un rito de fecundidad, o de fertilidad, algo
semejante.
Eligio no sólo era indiferente al futbol, sino que
jamás había asistido a algún estadio deportivo, y no creía que en ese viaje
debiera romper esa sana costumbre. Si se tratara de ver un buen partido en la
televisión, con una buena dotación de tres equis, la cosa sería distinta. Le
agradezco la invitación, dijo finalmente, y Rick lo miró, un tanto sardónico.
Discúlpeme, dijo después y se fue por un pasillo. Al poco rato regresó con una
mujer delgadita, absolutamente china, de baja estatura y movimientos rápidos.
Venía muy arreglada con un traje negro con flores estampadas en la parte
inferior. Mira, éste es el marido de Susana. ¿El marido de Susana? Sí lo
es, incluso trae consigo un acta matrimonial para corroborarlo. ¿Un acta
matrimonial...?, volvió a repetir la china, vaya sorpresa que nos ha dado
Susana... Le presento a mi esposa Wen-ch'iao, ella es la directora del
Programa. ¿Cómo se llama usted?, preguntó Wen. Eligio dijo su nombre mientras
retiraba la mano que había tendido: al parecer en ese país nadie acostumbraba
saludar estrechando la mano. Posiblemente Susana ya le haya hablado de mí y de
mi marido Rick en alguna de sus cartas o en sus conversaciones telefónicas.
Mucho gusto, saludó Eligio inclinando la cabeza y reprimiendo el deseo de
chocar los talones, ¿puedo servirme otra copa?, me gustó este whisquito. Ya se
está usted civilizando, bromeó Rick, sírvase, sírvase: lo que hay en esta casa
está a la mano de todos. Eligio se sirvió sin inhibiciones, pensando que los
efectos del alcohol ya se dejaban sentir. ¿Y piensa usted acompañar a Susana
hasta diciembre?, preguntó Wen. ¿En diciembre termina el Programa? Así es.
Entonces, sí. Wen se volvió a su marido, con aire preocupado. ¿Qué haremos,
Rick?, le dijo, ¿no crees que sea necesario cambiarlos de ubicación? Quizá,
respondió Rick, en todo caso, más adelante. Dígame, agregó dirigiéndose a
Eligio al parecer casualmente, ¿le gusta a usted mi colección de máscaras?
Espero que no vaya a decirnos, como otros, que eso significa que el Programa es
un teatro. Eligio percibió tal inflexión en la palabra máscaras que en un
relampagueo tuvo una idea clara de la situación. Sí, sí, replicó Eligio, las vi
desde que entré en la casa, son excelentes, calificó con impunidad; ¿sabe
usted?, he cometido un error gravísimo; mire, Susana me pidió que le trajera
una o dos máscaras y yo naturalmente las compré, pero con la excitación del
viaje y los preparativos, usted sabe, ahora estoy recordando que olvidé
traerlas... El viejo alzó los brazos con un gesto teatral de resignación, pero
Eligio agregó: no se preocupe, hoy mismo telefonearé a México y pediré que me
las envíen por correo. Antes del invierno las tendrá usted aquí. No no, no se
moleste usted, dijo Rick implicando lo contrario; después de todo mi colección
es buena... aunque una máscara mexicana no caería mal. ¿Ya vio usted a Susana?,
preguntó Wen. Aún no, respondió Eligio, fui al edificio donde vive pero me
dijeron que acababa de salir, por eso vine aquí, quizás ustedes me puedan
ayudar a entrar en el departamento de mi esposa, sólo para guardar mis maletas,
que en este momento están en la administración del edificio. Voy a telefonear,
avisó Wen, Becky debe haberla llevado de compras y es probable que hayan
regresado. Discúlpenme. Señora, pidió Eligio, no le diga que estoy aquí, es una
sorpresa. Ah, ya entiendo, dijo Wen, dubitativa. Le diré, si acaso ya llegó,
que venga a vernos.
Susana prometió ir en el acto y mientras Wen hacía
algunas preguntas corteses acerca de México, Rick se arrellanó en un sofá y
hojeó una revista sin prestarles atención. Cuando sonó el timbre, Eligio ahogó
una sonrisa gozosa, se puso en pie y se ocultó tras un biombo de madera lacada.
Me voy a esconder, avisó con tono de niño travieso, mientras Susana subía la
escalera y llegaba, un tanto agitada, seguramente esta pobre niña subió
corriendo el monte, pobre pendeja, ha de creer que le van a duplicar la beca o
que le van a traducir un libro, qué sé yo. Hola, dijo Susana. Susana, te
tenemos una sorpresa muy agradable. ¿De qué se trata?, preguntó Susana,
interesada, mientras Eligio, entre risitas, veía que Rick bostezaba y se
estiraba, pinche gringo, pensó Eligio, ya le caí gordo nomás porque no quise ir
con él al futbol... ¿No adivinas?, insistía Wen, ¿qué es lo que más te gustaría
en este momento? Eligio vio que Susana enarcaba las cejas: detestaba ese tipo
de jueguitos misteriosos. Me rindo, dijo, más seria de lo que hubiera querido.
Eligio se tuvo que tapar la boca para no soltar la carcajada cuando Wen, con
toda buena fe, exclamó: ¡es tu marido, vino desde México a darte una sorpresa!
¿Mi marido...?, empezó a decir Susana, pero Eligio ya estaba frente a
ella y, con una sonrisa farisea, la abrazó. Ella se quedó petrificada, sin
poder dejar de verlo. Así es, mi amor, decía Eligio, qué sorpresota, ¿verdad?
Me vine sin avisarte, antes de lo que habíamos quedado, y no me vayas a regañar
pero se me olvidaron las máscaras que me pediste por teléfono. Ah, dijo Susana,
gélida, aún sin reponerse de la sorpresa, mientras Eligio seguía abrazándola,
incluso le acariciaba las nalgas con absoluta desfachatez. Susana se desprendió
de Eligio, procurando sonreír. ¡Sírvase una copa!, indicó Rick, a gritos, sin
moverse de su diván, ¡gracias!, gritó Eligio y se sirvió por tercera vez.
Susana parecía haberse petrificado y procuraba no mirar ni a Eligio ni a nadie,
pinche Sana, pensó Eligio, está viendo cómo va a arreglárselas ahora que le
cayó el chahuixtle.
En ese momento tocaron a la puerta y Rick vociferó
¡adelante! ¡Dios!, exclamó Wen, son nuestros invitados, avisó a Rick, ya es
hora. Tenemos una pequeña reunión, informó a Susana y Eligio con una sonrisa un
tanto avergonzada, y Eligio comprendió que su esposa no había sido invitada;
pero no se vayan a ir, por favor, tienen que cenar con nosotros para que
festejemos el encuentro. En ese momento entraba en la sala un grupo de diez o
doce escritores, quienes saludaban e iban directamente a las bebidas. El timbre
volvió a sonar. ¡Adelante!, gritó Rick sin moverse de su asiento.
Bájate de mi
nube
Susana y Eligio llegaron al departamento. Ella abrió
la puerta, se hizo a un lado para que él entrara, le dijo espérame tantito,
tengo que arreglar algo muy importante, y con firmeza pero también con suavidad
lo empujó dentro, cerró la puerta y la aseguró dando varias vueltas a la llave.
¡No es posible!, pensó Eligio, no es creíble esta horrenda mujer, acabo de
llegar y ya me dejó encerrado, ¿qué asunto tiene que arreglar a las tres de la
mañana?
Susana ya se había ido. No tenía caso ni aporrear la
puerta ni pegar de gritos. Así se le había escabullido en la fiesta. Cada vez
que él lograba acercársele, Susana lo presentaba con cualquier imbécil que
anduviera por allí, y huía; Eligio la veía después, entre las cabezas,
platicando muy quitada de la pena con otros hombres, o contra otras mujeres, a
quienes Eligio ni siquiera pudo apreciar debidamente porque todo el tiempo
trató de no perder de vista a Susana. Qué poca madre, qué poquísima
madre, estaba loca esa escritorcita de a peso si creía que podía encerrarlo;
Eligio estaba dispuesto a aclarar todo, a como diera lugar. Pero, antes, había
que tirar la puerta a patadas: no, mucho escándalo: dicen que los gringos son
como demonios por trivialidades como tirar puertas a patadas.
Se hallaba en un cubículo rectangular que
supuestamente era un estudio. En el pasillo había un teléfono. ¡Ah!, pensó
Eligio, ¡la magia del hombre blanco! Marcó el número de la administración,
Susana lo había anotado en un tablero, y pidió que le abrieran el departamento
porque se había quedado encerrado. Con reticencia, la mujer de la
administración prometió enviar a alguien, y Eligio procedió a examinar la parte
restante del mínimo departamento, que en realidad era una habitación con una
buena cama, matrimonial, además... Muy bien, muy bien... En el buró, junto a la
cama, se hallaba una grabadora de cassettes, ah Sensible Susana, veamos qué
escucha esta mujer cuando yo no estoy, esperemos que ya haya rebasado esa
temible fase malheriana. Eligio recogió una cassette. Música polaca, qué
demonios es esto, muzika polacola tradixional, había escrito en dudoso inglés
una mano que evidentemente no era la de Susana. ¡Y una televisión ! No
es posible, pensó Eligio, yendo al pequeño aparato blanco; qué bajo ha caído esta
chava. Era Sony. Sony honey if you wanta get along with me! La
encendió, y en la pantallita, a todo color, apareció la pesadillesca exposición
de un locutor, con traje de etiqueta, que anunciaba cerveza Budweiser, y
después, tras una sucesión de efectos lumínicos, surgió la amable figura de Mae
West. Qué buena onda, pensó Eligio, y ya se había recostado en la cama para ver
la película cuando alguien tocó.
Eligio corrió a la puerta. Nadie. Qué misterio. Pero
las llamadas proseguían. Siguió el sonido y advirtió la puerta de la
cocina-desayunador. Allí encontró a una mujer de edad madura, rubia, gorda y
baja, quien casi tiró el cigarro que muy bogartianamente pendía de sus labios
cuando vio ¡un hombre! Perdón, dijo azorada, en excelente inglés; buscaba a
Susana. ¿Susabas a Buscana, replicó Eligio, en español, por puro reflejo, y
añadió en el acto, en inglés: no está, salió hace un momento, y yo soy su marido,
me presentaron a todos en la fiesta, ¿no? ¡Yo no fui a la fiesta!, aclaró la
gorda, ofendida, y azotó la puerta. Uy, qué carácter, pensó Eligio, y consideró
que la cocinadesayunador seguramente comunicaba con el departamento de la gorda
y que por allí podía salir, pero en ese momento volvió a oír toquidos.
Era un policía, delgado y musculoso, muy rubio y
atildado, con la raya del pantalón sin arrugar y camisa de manga corta que
tenía que haber sido mandada a hacer. Ya había abierto la puerta, nada amistoso
en lo más mínimo, y menos cuando Eligio le pidió que le prestara la llave.
¡Señor, es una llave maestra!, exclamó, escandalizado. Aquí todos somos
maestros, alcanzó a decir Eligio pero ya avanzaba por el pasillo, sin saber
hacia dónde se dirigía, pero sin que eso lo perturbara. Recorrió el pasillo
largo, estrecho, alfombrado, y no vio nada, salvo puertas cerradas. Llegó al
extremo, que se hallaba engalanado por un extintor. A lo lejos, el policía no
lo perdía de vista. Eligio abrió una puerta que decía EXIT, fue a dar a una
escalera de servicio, subió un piso a grandes zancadas, y encontró un pasillo
casi idéntico al anterior, pero por allí caminaba una joven con pantalones y
muy poco equilibrio, trastabillaba de un lado a otro sin soltar, eso sí, un
vaso desechable. Eligio corrió hacia ella. Le preguntó por Susana. Ah, ¿tú eres
el marido recién llegado?, preguntó la muchacha, que era pequeñita, muy delgada
y morena y amarilla e invitante, a juzgar por la manera como lo miraba. Yo soy
Altagracia. Altagracia, ¿no has visto a Susana?, insistió Eligio, impaciente.
Bueno, dijo Altagracia después de un silencio meditativo, te lo voy a decir,
total a mí qué me importa, es más, hasta se lo merece este tipo truculento,
mira, apuesto a que tu mujer está con el polaco, córrele allá. ¿Pero a dónde,
en qué departamento? Es el 7678 o el 7876 o algo así, informó Altagracia, con
aire de complicidad. Eligio corrió por el pasillo, viendo fugazmente que los
números allí correspondían a los nuevemiles, regresó a la puerta de emergencia,
bajó dos pisos a grandes saltos, corrió hasta el 7678 y procedió a golpear la
puerta. ¡Sal de allí, Susana Carne y Demonio! ¡Sal inmediatamente! Continuó
dando golpes, y cuando sintió que los puños no bastaban procedió a patear la
puerta. Se oyeron protestas en algunos cuartos y varias puertas se abrieron,
pero Eligio sólo vio fugazmente las figuras porque seguía dando puntapiés
rabiosos, ¡voy a tirar esta puerta a puros pinches patines si no sales ahora
mismo Susana! ¡Abre o te vas a a-rre-pen-tir!, agregó, punteando cada sílaba
con puntapiés.
Finalmente la puerta se abrió de golpe. ¡Ya, ya!,
¡no hagas tanto escándalo, aquí esto nos puede costar una noche en la cárcel!
Susana cubría la puerta con su cuerpo y a Eligio trató de ver el interior del
departamento, donde le pareció ver que una cara indecorosamente blanca se
asomaba y desaparecía. Hizo a un lado a Susana y fue a la recámara, donde
encontró a un hombre casi albino, velloso, y enorme, que atenuaba su
corpulencia recargado en la pared, junto a otra televisión idéntica a la de
Susana; se hallaba pasmado al tener tan cerca la figura iracunda de Eligio
quien, en inglés, le decía mire usted sus jueguitos con mi esposa se han
terminado, no voy a permitir ninguna cosa de éstas, así es que si lo vuelvo a
encontrar con Susana le juro que le parto la pinche cara, concluyó Eligio,
enarbolando el rostro y sintiéndose feliz, casi con ganas de reír a carcajadas
al ver la expresión desprogramada del polaco. Pero no le hizo ninguna gracia
advertir a Susana en la puerta, pues tras ella se encontraba también el
policía. Eligio tomó a Susana del brazo, con seguridad, ojeó insolentemente al
policía, quien ahora lo veía con extrañeza, como si quisiera reconocerlo, y
jaló a Susana por el pasillo hasta que llegaron al elevador, donde ella le
decía suéltame Eligio, suéltame imbécil, no me gusta nadita cómo me estás
apretando el brazo, me duele, suéltame estúpido, estos idiotas van a
creer que eres un bruto mexicano y que tan pronto como lleguemos al cuarto me
vas a dar una paliza, eso es exactamente lo que voy a hacer, sí cómo no,
súel-ta-me, ¿no te has dado cuenta cómo nos está viendo ese imbécil policía?
¿En qué piso estamos? Digo, ¿en qué piso está tu cuarto? En el octavo. Tú no
vas a llegar aquí a tronarme el látigo, tarado, idiota, estúpido, macho
mexicano, jamás había hecho un ridículo semejante, mañana voy a ser el
hazmerreír del Programa. ¡Ya cállate la boca! ¡Tú te callas! No tienes por qué
horrorizar a todo mundo, y te advierto que si me alzas un solo dedo te
vas a arrepentir todos los días de tu vida, sí, claro, se te hace padrísimo
dejarme encerrado mientras tú te vas a revolcar con esa cosa, yo no me fui a
acostar con nadie y no tengo por qué darte explicaciones, nadie va a decirme
qué debo hacer.
Susana se
desprendió con fuerza de Eligio y fue a la recámara, Eligio la siguió, sólo
para encontrar que nuevamente tocaban la puerta que intercomunicaba los
cuartos, ¡dile a esa gorda pendeja que se vaya a chingar a su madre! ¡Dile tú!
Susana abrió. La vecina se dio cuenta de que Eligio bramaba detrás de Susana, y
sonrió débilmente pero con un brillo malicioso en la mirada, y musitó: creo que
te veré más tarde. ¿Por qué más tarde?, replicó Susana, áspera, alisándose el
cabello y tratando de afianzar una expresión de indiferencia. Estas ocupada en
este momento, ¿no? No, dime lo que quieras.
Eligio se descubrió sumamente fatigado. Pensó que
debía de hacer un último acopio de fuerzas, irrumpir en la cocina, traer a
Susana de las greñas y darle una buena madriza antes de dormir en paz, pero su
cuerpo ya no respondía; casi no había dormido en cuarenta y ocho horas: todo el
tiempo pensaba en lo que ocurriría cuando encontrara a Susana, si es que la
encontraba, porque bien podía haberse ido a Quiénsabedónde, Nueva York,
Amsterdam, Nepal, si de buenas a primeras era capaz de abandonarlo así
como así bien podía seguir sus estúpidos impulsos y largarse al mismísimo
carajo.
Eligio llegó
al aeropuerto de la ciudad de México sumamente desvelado, y cuando rebasó los
trámites y las migraciones y la sección de no fumar, qué estupideces, creyó que
al fin podría dormir y casi lo lograba cuando sirvieron el desayuno acompañado
por un gran pastel, era el cumpleaños del piloto y cake for e-vry-one!
Se recostó en la cama de Susana: no: la cama de los
duques del Calvario esquina con Callejón del Castigo; a fin de cuentas ya había
regresado y no habría manera de que lo sacaran de allí: no estaba dispuesto a
retirarse de ningún territorio conquistado salvo a través de incalculables
concesiones estratégicas. La luz que venía del departamento contiguo en ese
momento era más intensa y contrastaba con la penumbra en la recámara, donde la
televisión seguía encendida, sin sonido y sin la figura redentora de Mae West,
mira nomás quién está ahora, el pendejo de Ronald Reagan, ¡no es posible!
Eligio escuchaba un arroyito de voces tras la puerta, seguramente Susana lo
estaría insultando ante los ojos atentos, los asentires de la vecina, quien,
por supuesto, era otra escritora, carajo: más escritores que estiércol,
qué pinche país este también... Estoy segura, decía Susana... Creo que estoy
lista para uno de ésos... Risitas... La cama, deliciosa. Eligio se preguntó,
puesto que ya no escuchaba nada inteligible del otro lado de la puerta, qué
demonios hacía Susana en el cuarto de ese
tipejo-todo-pelos-rata-de-laboratorio. Se hallaba rigurosamente vestido, pensó,
pero la cama estaba un tanto destendida... Sí es capaz esta Susana de
refocilarse con ese tipo en la mismísima noche de mi llegada. Como venganza
porque la vine a buscar. Es rencorosísima... Nadie necesita desvestirse y
acostarse para coger... Mientras más inconexos eran sus pensamientos, más
aumentaba la incomodidad de Eligio, quien no quería dormirse.
Cuando llegó a Chicago, el agente de Migración no
simpatizó para nada con él, lo vio de arriba abajo y seguramente desaprobó que
Eligio vistiera chamarra verde olivo, de soldado gringo, camisola de
mezclilla y los viejos, desteñidos, pantalones de pana azul; el pelo era corto,
pero eso no quería decir nada; cara sin rasurar, ojeras inmensas, y moreno,
casi negro: un indio fornido y malvestido que quién sabe cómo logró subirse en
el avión. A pesar de que los papeles estaban en regla, el agente exigió que
Eligio declarara con exactitud dónde iba a hospedarse, el número telefónico
también, y que mostrara el dinero que llevaba. Eligio lo hizo. Al agente no le
pareció bien que llevara efectivo, y quiso saber cómo había obtenido esa
cantidad y cómo pensaba emplearla en Estados Unidos. Después lo envió a la
revisión aduanal, donde vieron todas sus pertenencias con gran meticulosidad.
Sacaron todo lo que llevaba en las dos maletas, revisaron los bolsillos de
todas las prendas de vestir, pasaron la mano cuidadosamente por las costuras,
forros, pliegues y valencianas, abrieron y olfatearon cada frasco, revisaron
hoja por hoja cada uno de los libros y cuadernos, buscaron dobles fondos en las
maletas y por último lo cachearon con meticulosidad, especialmente en torno a
los genitales, y después Eligio tuvo que esperar largo rato mientras tecleaban
su nombre una y otra vez.
Finalmente lo dejaron ir, y Eligio consideró que en
el aeropuerto de Chicago ocurría algo anormal... Tardó largo rato en darse
cuenta de que lo que había allí era un silencio extrañísimo, ¿cómo era posible
que en ese enorme hangar, terriblemente largo, con bares, restoranes, cabinas
telefónicas, tiendas anodinas de gringo curios, altoparlantes y máquinas
incomprensibles pudiera haber tal silencio? Hasta los motores de los aviones
parecían emitir sordos ronroneos. ¡Y tanta gente, tan silenciosa! Deambulaban de
aquí a allá, con prisa, sin ver a los demás, con aire de ejecutivos serios y
eficientes, tal como lo proclamaban en sus trajes delicadamente ¡cortados por
¡Sears Roebuck! Silencio inquietante. Pensándolo bien, ese aeropuerto era
terrible. Claro que había una infinidad de sonidos, pero a fin de cuentas era
como si no hubiese nada: un congelador inmenso. Eligio no asimilaba aún la
atmósfera del aeropuerto de Chicago cuando recibió la ofensiva de un torvo
harekrishna quien, a toda costa, quiso venderle un ejemplar, con elefantes
color de rosa en la portada, del Baghavad Gita en veinticinco dólares, ¿veinticinco
dólares? repitió Eligio mientras hacía rápidos cálculos mentales y
exclamaba ¡en la madre, son más de dos mil pesos! El harekrishna,
truculento, le dijo que no tenía idea de lo que podía ocurrir si no le compraba
el libro... ¿Alguna amenaza metafísica? ¿Se despeñarían trozos de cielo duros
como una pared y las ramas desgajadas se irían bailando con él? Eligio reinició
su camino, preguntándose en dónde se encontrarían los mostradores de Ozark
Airlines, y ¿qué demonios era eso de Ozark Airlines?, ¿a poco en Estados Unidos
también había aerolíneas de piojito, de rutas lecheras? ¡No podía ser! Y al
irse caminando Eligio aún decía no, no, gracias, que te vaya bien, pues si no
compras este libro no eres más que un ojete, fuck you, fuck you! El harekrishna
repitió la última frase con un sonsonete casi melodioso, como gandalla de
Ciudad Nezahualcóyotl, consideró Eligio, presa ahora de la incomodidad y de una
tenue paranoia. Se alejó con rapidez.
...Caminar por
los largos corredores, llenos de máquinas por doquier, máquinas para comprar
cigarros, dulces, chocolates, timbres postales, refrescos, periódicos, para
cambiar billetes por moneda fraccionaria, para depositar o retirar dinero de
cuentas bancarias, para beber té o café o chocolate caliente o frío, para
lustrar los zapatos...
...Los siseos en el otro lado de la puerta cada vez
eran más distantes, flotaban entre brumas de color dorado profuso que siempre
estaba a punto de alzarse y develar un paisaje que tendría que ser un paisaje
del alma, interminable extensión desértica, algunos matorrales, luz
reverberante..., me estoy durmiendo, alcanzó a pensar Eligio.
Ciudades
desiertas
Eligio no supo dónde se hallaba. Tuvo que parpadear
varias veces para ser consciente de que estaba en la pequeña ciudad de Arcadia,
en un cuarto desplumado, con cortinas que muy poco mitigaban la luminosidad del
día y donde Susana se había dormido con todo y ropa, a la inversa de Eligio,
quien ante su nariz tenía las sandalias de su esposa y las veía como objetos de
otro mundo. Durante unos instantes Eligio, con la garganta agrietada por el
desvelo, la fatiga y la cruda, miró todo sin comprender, hasta que de pronto
reparó en que Susana tenía la cabeza en la piesera y dormía como en estado de
coma, con los párpados entreabiertos. Un hilillo de saliva humedecía la
almohada.
Eligio se puso en pie torpemente. Él tampoco se
había desvestido, ni siquiera se quitó los zapatos enlodados. Abrió una puerta
y la luz lo cegó. Cerró al instante y trastabilló hasta encontrar otra puerta.
Esa vez lo agredió la imagen absurda de un gringo corpulento con shorts y
camiseta de la Universidad que trotaba por el pasillo. ¡Qué horror! Volvió a
cerrar y finalmente encontró el baño. Entró en él ya con el pene fuera de la
bragueta, y cuando salía un chorro pesado, espumoso, de orina, Eligio cerró la
puerta y lo sobresaltó un ruido sordo, tumultuoso: ríos de partes mecánicas:
tornillos, tuercas, aspas rotas, motores descuadrados y baleros saltantes
avanzaban pesadamente. Era un ruido succionante, calificó Eligio cuando su
miembro se relajó y pudo seguir orinando, con lo cual recuperó un poco de
lucidez, la suficiente para saber que tenía un pronunciado dolor de sienes.
Claro, el ruido venía de algún aparato oculto que succionaba el aire, aunque en
el ambiente no se percibía ninguna alteración. Qué desagradable era. Se sacudió
la cabeza y salió del baño, no sin antes beber largamente de la llave de agua
helada. Con pasos torpes regresó a la cama, su mujer seguía en estado de coma.
La sacudió hasta despertarla, lo cual le llevó un
buen rato. Levántate, Susana, dijo Eligio, tenemos que hablar. Primero tráeme
un café, pidió Susana. Que te lo traiga tu abuela. Contéstame: ¿por qué te
fuiste así de México?, ¿por qué no me dijiste nada? Oye Eligio, orita no me
estés molestando, déjame dormir, dijo Susana. Nuevamente reclinó la cabeza y
cerró los ojos. Ni siquiera en tu trabajo dejaste dicho nada. Ni a tu mamá le
avisaste, a nadie, qué poca madre; contéstame, con un carajo. Susana reabrió los
ojos, controlándose, y se incorporó en la cama, sin ver a Eligio. Se puso en
pie después y un poco como zombi avanzó unos pasos y abrió la puerta. Ay,
perdón, buenos días, dijo, en inglés, sonriendo torpemente, y cerró. Eligio ya
se había levantado y la seguía. Dime, con un carajo, no te hagas la idiota, ¿a
dónde crees que vas? ¡Al baño!, replicó Susana controlando a duras penas la
irritación, ¿qué ya no puedo ni hacer pipí? Eligio mitigó su impaciencia
dando unos golpes en la pared. Después se metió en el baño, tras su mujer. Cada
vez estaba más tenso, y eso le daba una fiereza que trataba de no perder porque
le permitía, o eso creía él, concentrarse, perseguir hasta lo último, no cejar
hasta obtener lo que buscaba. Susana sostuvo su cabeza con las manos mientras
orinaba. Ya conocías desde antes a ese pinche polaco, ¿verdad?, por eso viniste
a esta ciudad, para encontrarte con él, ¿no es cierto? Dime dónde lo conociste.
Ay Dios, Eligio, estás completamente obnubilado, no sabes lo que dices, musitó
Susana al tomar un trozo de papel higiénico. Eligio enmudeció y vio, con los
ojos resecos, los blancos muslos de su esposa cuando, para limpiarse, ella se
irguió un poco; la imagen le resultó sumamente perturbadora, y descubrió que le
gustaría muchísimo hacer el amor con Susana en ese mismo instante. Pero sería
imposible, pensó, quizá nunca volvamos a acostarnos juntos otra vez, se dijo,
controlando una oleada asfixiante de angustia, mientras Susana tomaba agua de
la llave exactamente como él antes, hacía gárgaras y se echaba agua helada en
la cabeza. Eligio se descubrió mirándola con intensidad sin decir nada, parezco
perro, pensó, un perro que sigue hasta el fondo de la barranca a una
perra desquiciada. La sed nuevamente resecaba su garganta y volvió a beber.
Susana también se acariciaba la frente y las sienes; después encontró los ojos
de su marido y ambos se vieron tensos, acechantes. Susana suspiró finalmente.
Su voz emergió baja y suavecita. Mira, Eligio, ni creas que ahora vas a llegar
a ordenarme lo que tengo que hacer y a exigir cosas, entiende que tú ya te
quedaste atrás, y tienes que respetarme como soy, si me fui de México no fue
para que llegaras a tronarme el látigo. Óyeme, yo no te estoy tronando ningún
látigo. Por el amor de Marx, nada más te estoy preguntando por qué me
abandonaste sin decirme nada. Porque me dio la ga-na, replicó Susana con
la boca cerrada, chirriando los dientes. Ah no, ahora no te vas a poner como
niña consentida, yo no vine hasta el culo del mundo para que salgas con que te
dio la brama, ponte seria porque desde este momento te aviso que todo me
importa madres, y si es necesario armar un pedísimo en este pinche rancho
elotero te juro que lo armo, así es que empieza por hablar claro y sin
insultos.
Susana lo miró, despectivamente, unos segundos y
salió del baño. Eligio fue tras ella. La vio tomar asiento en la cama y él se
recargó junto a la ventana. Estaba sudando, qué desagradable. Y la boca
seguramente le apestaba, qué pérdida de galanura. Bueno, dijo finalmente, a
ver, por qué te fuiste. Susana suspiró con fuerza, vio su derredor con la
esperanza de que la salvara la caballería de los Estados Unidos y después se
reclinó en la almohada. No sé, respondió, es la verdad. ¿Entonces nada más
sigues cualquier impulso pendejo que se te viene a la cabeza? Dime la verdad,
Susana, esto lo pensaste muy bien. ¿Ya no me quieres? Dímelo derecho, y
ya estuvo. No, no te quiero, dijo Susana, enfática. ¡Puras mentiras! ¡Cómo que
no me quieres! ¡Claro. que me quieres! ¡Por eso te fuiste! ¿Me fui porque te
quiero? Bravo, maestro, qué bien te explicas. No me maestrees, Susana.
Mira, vamos a decirlo así: me abandonaste, explicó Eligio lentamente, muy
inseguro también; porque sabes que me quieres, y eso te obliga a ciertas cosas,
pero ya estás hasta la madre de mí, por otra parte, ya estabas hasta la madre
de todo, y por eso te fuiste, pero a donde vayas es lo mismo, porque la bronca
no está en mí ni en nadie sino en ti. Oye, resultas patético de sicoanalista,
mídete, ¿no? Es que no entiendo, Susana, exclamó Eligio, te juro que no
entiendo entonces, ¿no te pusiste a pensar cómo iba a reaccionar yo cuando te
fuiste? Me pegaste un susto del carajo. Primero ahí estuve esperándote como
imbécil, y cuando vi que no llegabas te busqué por todas partes, por supuesto
hice la visita de las siete delegaciones y hospitales y cruces, hasta el
locatel hablé, y sólo hasta entonces me empezó a latir que ya habías volado, te
juro que de pronto me di cuenta clarito: este pájaro ya voló, y lejos además.
Primero creí que te habías ido con algún tipejo, que habías conocido a alguien
desde mucho tiempo antes y que te veías con él sin que yo me diera cuenta y que
los dos habían decidido irse a la mierda.
Susana veía a su marido con atención; finalmente
Eligio había logrado encadenarla a sus ideas y en ese momento ella lo escuchaba
conmiserativamente: no, con simpatía, y Eligio le estaba gustando mucho:
desfajado, con manchas de lodo, sin rasurar, los ojos inyectados y el corazón a
la intemperie. Eligio recordó la única vez que ella lo dejó; tenían cuatro años
de casados; Susana se fue a una casa de huéspedes y él tardó más de un mes en
encontrarla; esa vez disputaron a gritos, y después hicieron el amor con rabia,
desesperados, como si hacer el amor fuera flagelarse, llorar
ininterrumpidamente, el fin de un mundo frágil, membranoso, ardiente,
adherente, una zona intermedia entre la vida y la muerte. Sin darse cuenta
había preguntado ¿y qué hiciste después? y Eligio le decía que estaba
seguro de que alguien sabía a dónde había ido ella, siempre hay alguien que
sabe, ¿no?, y que él encontraría a ese alguien, pero antes dejó bien arregladas
las cosas: Julio Castillo lo había invitado a una obra de teatro y tuvo que
decirle ni modo gordito, no iba a poder trabajar con él, y tanto que se había
emocionado con esa obra de teatro, ya llevaba más de medio año con esos
trabajitos en la Hora Nacional, porque yo, doblajes infamantes y uno que
otro capítulo de telenovelas; después, Eligio cobró a todos los que le debían
dinero, no era mucho pero era, y abría zanjas oscuras, en realidad lo que hizo
fue reunir un capital, porque sabía que tenía que abastecerse para un sitio
prolongado. Nunca le dijo nada a Susana, porque iba a ser un sorpresón, que
había estado juntando lana desde poco después de que se casaron, en especial en
aquella racha tan buena de películas que agarró filmando cuando llovían papeles
pa los prietos, a él mismo le daba como risa ir al banco a depositar en una
cuenta de ahorros, que, cuando creció se convirtió de plazo fijo, porque eso le
recomendó Julián, el que trabajaba en Programación y Presupuesto, y él estaba a
punto de renovar la cuenta cuando este mismo Julián le dijo que sería el
pendejo más grande del mundo si no cambiaba su feria a dólares, y él lo hizo,
poquito antes de la devaluación: casi treinta mil dólares. Eligio había estado
guardando ese dinero para dar un volteón por el mundo, ya que jamás habían ido
al extranjero.
Bueno, sí, dijo Susana, te las viste muy duras, pero
perdóname, eso no me preocupa gran cosa, simplemente, y esto escúchalo bien
porque tienes que entenderlo muy bien, pero si no entiendes, lo siento: es tu
problema y yo no voy a desvelarme por nada de eso; mira, yo sabía que este
viaje a Estados Unidos iba a ser mi liberación. No tanto porque representara
algo monumental en mi carrera de escritora; más bien, yo necesitaba
alejarme de todo, circular por lugares donde nadie me conociera y renovar o
reactivar mis procesos de crecimiento, ser yo misma, pues, pero no tan
simplistamente como tú lo planteas, en realidad no se trataba de que tú no me
dejaras ser, nunca fuiste una peste en ese sentido, aunque la verdad Eligio es
que ya estaba muy cansada de verte llegar con tus amigotes en las noches
y de oírlos beber y carcajearse y contar siempre los mismos chistes malos.
Óyeme no, mis cuates y yo a lo mejor no te hacíamos gracia, pero pendejos y
cuadradotes no éramos. Bueno, lo que te estoy diciendo es que necesitaba estar
sola, ver las cosas desde la perspectiva de mi propia individualidad, sin tener
que compartir contigo, o con quien fuera, cada libro, cada película, o el
disgusto de que algo me sacara de onda, o de que alguien no me diera mi lugar,
incluso necesitaba estar sola para escribir. Pues antes de que te fueras
te vi bien metida escribiendo como loquita, y yo no parecía estorbarte, ¿o sí?,
hasta me puse bien contento, creo que nunca te había visto trabajar así. Bueno
bueno, te estoy explicando por qué me fui, ¿no lo puedes comprender? Sí sí lo
entiendo, pero deveras estoy seguro de que para que seas tú misma me necesitas
a mí, ¿no te das cuenta criatura?, pero eso no lo vamos a discutir orita,
pérate pérate, nomás quiero decirte que lo que no entiendo es por qué
tenías que hacer todo a la sorda, en secreto, carajo, si me hubieras dicho cuál
era tu pedo, todo esto que me estás diciendo ahorita, yo no te habría
presentado problemas, o no muchos, y te habría dejado venir sola aquí, hasta el
culo del mundo. ¿Ves cómo no entiendes nada? Eligio, ¿no te das cuenta de que
nadie tiene que dejarme hacer las cosas? Lo que necesitaba, lo que
necesito, es tomar mis propias decisiones, y llevarlas a cabo, ¿no te puedes
dar cuenta? Sí, sí me doy cuenta, pero estás confundiendo todo, ¿por qué vivir
conmigo te impide tomar tus propias decisiones? Por supuesto que puedes estar
casada y ser tú misma, precisamente ése es el chiste de casarse; más bien, yo
creo que estabas hasta la madre de todo, de todo, de mí primero que
nadie, de tu familia, de tu trabajo, del país, oye, yo comprendo que la gente
necesite largarse de México, incluso estoy de acuerdo con los que dicen que es
una necesidad insoslayable, pero, ¿así? ¿A huevo tienes que quemar las
naves, borrón y cuenta nueva? Pues sí, ¿no? Pues no. ¿Por qué no, a ver, por
qué no? Porque no funciona, Susana, no te das cuentas, ¿no ves que aquí estoy
yo, contigo, después de viajar casi un día entero?, ¿ves cómo no se puede decir
nada más adiós-mundo-cruel y como por arte de magia ya se olvidó todo? No,
señor. Es que tú eres uno de los tipos más obcecados que hay en el mundo,
interrumpió Susana, irritada; nunca me imaginé que me siguieras hasta este
lugar. ¿De veras?, preguntó Eligio, interesado, mirando fijamente a su esposa,
¿qué te imaginaste? ¿Yo? Sí, tú, ¿qué imaginaste que yo haría? No sé, supuse
que me buscarías un tiempo, y que después te irías olvidando de mí. ¿Así de
fácil? Sí, ¿no? ¡Pues no!, gritó Eligio, dando un golpazo en el mueble,
¿ves cómo después de vivir juntos siete años tú no me conoces para nada? ¿No te
fui a buscar hace más de tres, cuando te fuiste a esa ridícula casa de huéspedes?
¿Y por qué fui? ¿Te acuerdas? Carajo, porque te quiero, Susana, te amo, hasta
la ignominia, como dice la canción, ¿no te das cuenta? No, no Eligio, tú crees
que me quieres pero no me quieres, estás acostumbrado a tener una criada que te
haga todo porque nunca has dejado de ser un niño consentido. Puta, entonces me
agencié la criada más cara y huevona del siglo, porque tú, chulita, no eres
precisamente una abnegada cabecita blanca mexicana: siempre tuviste criada,
¿no?, jamás hiciste de comer, ¿no?, nunca quisiste tener un hijo, ¿ya se te
olvidó? ¡Eligio! Tú eras el que no quería tener hijos, acuérdate, y tú
siempre insististe que tuviéramos criada. Bueno, es que si no hubieras
salido con la ondita de que yo era un macho mexicano, por eso desde un
principio jamás te jodí con que trapearas o plancharas o barrieras, te juro que
hasta miedo me daba cada vez que surgía un pleito entre nosotros, y por eso miles
de veces yo fui el pendejo que lavó los trastes y barrió la alfombra y tendió
las camas, y ¿sabes qué? Estoy de acuerdo en que todo eso no es el trabajo más
creativo del mundo, ¿no?, pero tampoco es algo tan vil, por eso cuando
yo lo hice fue con mucho gusto, te juro que hasta me gustaba andar
barriendo la sala si antes ponía un disco de Santana para agarrar buen ritmo.
Siempre tuve terror que me fueras a acusar de macho mexicano, y
exactamente eso es lo que ahora me estás diciendo, ¡qué país! Es que ves las
cosas con un simplismo espectacular, Eligio, todo es mucho más complejo, la
verdad es que, aunque lo niegues, crees que yo no sirvo para nada, ¿no te
viniste hasta aquí como si yo no pudiera cruzar las calles sin que alguien me
lleve de la mano? Otra vez estás confundiendo el culo con las témporas, Susana,
vine a buscarte porque ni siquiera te despediste de mí. Pero por qué tenías que
venir, por qué demonios no podías quedarte en México con esas viejas locas
amigas tuyas, actricitas taradas, bola de estúpidas, sin cultura, les dices
Anaïs Nin y creen que es una marca de perfume. Ya te dije que vine hasta
el culo del mundo porque desde que te conocí, como dice la canción, supe que tú
eras mi dama, la que me correspondía hasta los últimos segundos de mi vida, por
la que tendría que luchar contra mil obstáculos hasta que tú entendieras que
somos lo mismo, tú y yo, y que huir de mí en realidad significa huir de ti.
Pues mira niño no era ninguna maravilla ser tú cuando estabas todo
estancadote, bebiendo como cerdo en engorda, sin progresar para nada. Esas son
proyecciones, Susana, y gruesas: yo no seré la gran estrella pero ahí la llevo,
y bien, además, tú has de haber sido la que se sentía estancada y apuesto que
de todo eso me echabas a mí la culpa.
¡Bueno, ya!, exclamó Susana poniéndose en
pie, sumamente irritada, ¡ya te dije que no quiero hablar de nada de esto!
¡Pues te jodes, yo no vine a bajar las orejas, a aplaudirte cada pendejada que
dices! ¡Vamos a aclarar todo este desmadre pase lo que pase! ¡Pues ya no quiero
hablar, estúpido, ya me tienes hasta aquí!, gritó Susana, y buscó algo para
arrojarlo, pero la televisión pesaba mucho y estaba en el suelo, y se conformó
con una lámpara que estrelló violentamente. Eligio logró esquivarla, de un
salto se colocó frente a Susana y le dio una bofetada fuerte, seca; alcanzó a
ver que los ojos de Susana se empequeñecían y que los dedos se curvaban para
atacarlo. Eligio le detuvo los brazos y ambos lucharon sordamente unos
instantes hasta que, sobresaltados, se soltaron al oír toquidos en la puerta de
la cocina. Susie, Susie, are you all right?, preguntó una voz femenina. Pinche
gorda, pensó Eligio, por qué tiene que andar metiéndose donde no la llaman.
It's all right, respondió Susana, y a Eligio le pareció lo más grotesco del
mundo oírla hablar en inglés. ¡Susie, qué mierda!
Susana relajó
su cuerpo y empezó a llorar quedamente. Volvió a recostarse en la cama. Se
odiaba por llorar. Eligio fue a la puerta e, impaciente, accionó el seguro. Del
otro lado seguramente se hallaba un pelotón de escritores convocados por los
gritos. Tomando notas. Bufó, más que suspiró, y enfrentó a Susana. El llanto de
su esposa tenía la virtud de exasperarlo aún más. Ella casi nunca lloraba, y
cuando ocurría era por desesperación, impotencia ante algo que no cedía. Eligio
trató de calmarse y vio hacia afuera: el sol brillaba sobre el río y los
árboles.
Regresó a la cama. Susana, ya cálmala, ¿no? No
chilles, ya sabes que me encrespa verte chillar, no pierdas la galanura, tú no
eres de esas poetisas lánguidas que se estremecen con cualquier pedo que se
echa Jaime Sabines. Susana no respondió, pero Eligio pudo ver que el llanto
amainaba. Mejor vamos a calmarnos y a ver las cosas como debe de ser. Mira...
¡óyeme, te digo!, agregó, reprimiendo la impaciencia; mira, yo estoy dispuesto
a regresarme a México si en verdad veo que es lo necesario, pero no porque tú,
toda histérica, me mandes a volar. Así no. Aliviánate, mujer, ya párale. Está
bien, concedió Susana alzando el rostro y conteniendo las lágrimas, tú y yo
vamos a pararle ya al Gran Teatro del Mundo. Estás actuando, Eligio, no te
hagas el caballero sereno y sensato; en el fondo quisieras que en vez de pared
de pronto apareciera un teatro lleno de gente, como en la película de Buñuel, y
que todo mundo se soltara aplaudiéndote. Qué te pasa, si ya tenemos público,
comentó Eligio, señalando la cocina con la barbilla. Además, yo no estoy
haciendo teatro. Bueno, qué quieres que te diga, ay Eligio, vamos a desayunar,
¿no?, ahí nos echamos el siguiente round. Espérate, orita vamos. Quiero que me
digas cuál va a ser la onda ahora. Ya estoy aquí. Y quiero quedarme contigo
hasta que regresemos a México, cuando se acabe todo este circo. Pero, ya te
dije, si en verdad quieres que me vaya, me voy, te dejo por la paz, y nos
divorciamos o lo que quieras y ahí murió todo. Pero ésa no es la onda. Susana,
Susana, ¿por qué no tenemos un hijo? Ay Dios, suspiró Susana, ¿ves cómo
quieres recurrir al viejo truco de embarazar a la señora para que se quede toda
inflada, sin salir de la casa, y luego ande dándole de mamar al bebé mientras
el hombre se la pasa a todo dar? Susana, carajo, te estás meando fuera de la
bacinica, ¿cómo puedes ser tan insensible? Tener un hijo no tiene por qué ser
una ruina, tiene que ser un ondón, carajo, entre los dos lo cuidamos y
lo educamos, yo no te voy a dejar sola, y después nosotros vivimos nuestra vida
y él la suya, tal como indica la Madre Natura. Él..., se dijo Susana, asqueada,
este tarado ya decidió que tiene que ser hombre. Mira, aseveró, no vamos a
discutir si vamos a tener hijos o no. Oquéi oquéi, pero vamos a ver qué va a
pasar. Quiero que me expliques cómo están las cosas con ese pinche polaco
pendejo hijo de su rechingada madre, ¿andas con él?, ¿es tu amante? Oh, no
empieces con esas cosas, pidió Susana, con un dejo de fastidio. ¿Cómo lo
conociste? ¿Aquí? ¿Deveras no lo conociste antes? Claro que lo conocí aquí,
¿dónde si no? Susana se dio cuenta de que se hallaba muy nerviosa, sus manos
sudaban copiosamente, su corazón palpitaba con furor, incluso la respiración
parecía dificultársele; por fracciones de segundo vio a Eligio y supo que él se
hallaba igual, y lo supo porque, de unos meses a la fecha, eso sucedía cada vez
que mencionaban la posibilidad de que alguno de los dos se interesara por otro.
Eligio y Susana se acomodaban juntos, tal como en ese momento Eligio se había
recostado junto a ella, y no se miraban, simplemente tomaban cigarros, fumaban
y los dos trataban de controlar la respiración y esos malvenidos sudores de la
mano, para que el otro no se diera cuenta. Pero, por supuesto, se daba cuenta.
En ese momento Susana tomó un cigarro y vio que Eligio sacaba su cajetilla de
Delicados y fumaba con intensidad. Susana sonrió levemente al ver los cigarros
y comprendió que quizás en parte Eligio tenía razón, se hallaban atados por mil
pequeños lazos invisibles, imperceptibles incluso a ellos mismos; se conocían
muy bien o, al menos, pensó, conocían muy bien ciertos aspectos del otro: era
tan fácil adivinar qué haría Eligio, era tan fácil la comunicación y a veces,
no había duda, se integraban de una manera portentosa por lo fácil y natural...
Hizo a un lado estas ideas absolutamente inaceptables en ese momento, estoy
flaqueando, pensó relampagueantemente, y supo entonces que se moría de ganas de
platicarle a Eligio todo lo que había estado ocurriendo con el polaco, quien,
por otra parte, no era ninguna maravilla como poeta, pero... Eligio la podía
escuchar, quizás hasta podría llegar a entender, después de todo era uno
de los mejores amigos que había tenido.
Bueno, a ver, pidió fumando nerviosamente, qué
quieres que te diga. Todo, sólo así puedo saber dónde estoy parado, si
me voy o no. Qué te traes con ese mono. Eligio, no estás en una
telenovela, habías de ver la cara que haces, hasta te sale voz de actor de a
peso. Ese hombre es como cualquier otro. Guardó silencio. Eligio también lo
hizo y se concretó a mirarla. Está sudando, advirtió Susana, está excitado,
consideró después, y experimentó una fuerza extraña, mercurio ascendente, que
la hacía sentirse llena de poder. Pero no: más bien Eligio era un pobre niño
desamparado que espera que le den permiso de quedarse con esas buenas personas
que lo recogieron y se arruinaron repentinamente. ¿Era ella la que se excitaba?
Ese pensamiento la puso muy seria. Bueno, dijo con dificultad, desde el primer
día me presentaron a Slawomir/ ¿Qué?, interrumpió Eligio, ¿cómo se llama
ese buey? Ssslaawoomir..., repitió Susana, frunciendo el entrecejo. Él también
había llegado ese mismo día y a los dos nos llevaron juntos a todas las
idioteces que hacen aquí, sienten que eres un pobre naco que no ha salido del
rancho y te quieren llevar de la mano a todas partes. No divagues, pidió
Eligio, también muy serio. Bueno, pues lo conocí, ¿no?, y nos hicimos amigos.
¿Amigos nada más? Eligio, por Dios, pareces novio de preparatoria. Me gustaría
filmarte para que después te vieras, te juro que das lástima. Cómo que doy
lástima, exclamó Eligio, muy molesto; tú das lástima con tus caprichitos de
niña consentida de clase media, pérate, yo nomás quiero que me digas qué te
traes con ese tipo. ¿Es tu amante? Contéstame. Te juro que pareces detective de
película mala. Sí ya sé que siempre tienes lista una etiqueta para todo
lo que te digo, en vez de responder. Contéstame. Susana guardó silencio unos
instantes. Su rostro pareció apagarse, toda su energía hizo implosión, como
hoyo negro, y miró a Eligio, dubitativa. Bueno, dijo, la verdad es que Slawomir
sí me atrajo, y sí, sí, añadió con voz baja, sí me acosté con él, si eso te
pone feliz, finalizó agresivamente. Cómo que me hace feliz, nada de esto me
hace ninguna gracia, respondió Eligio; se hallaba muy pálido y había encendido
otro cigarro. Pero por qué lo hiciste, dímelo, ¿no pensabas en mí para nada?
Eligio, se te olvida que tú ya te habías quedado atrás, en México, ya eras un
recuerdo para mí, yo no sentía ningún lazo de ningún tipo contigo, lo más
normal es que conociera a otras personas, ¿no? Realmente de eso no me puedes
culpar. Nadie te culpa de nada, ya estás grandecita y fuiste a la universidad,
pero dime una cosa que me preocupa mucho: ¿anoche, después de que me
encerraste, te fuiste con él a coger? Susana miró a Eligio unos segundos, sin
responder; se hallaba muy sombría y con una irritación que difícilmente podía
controlar. ¿Para qué lo fuiste a ver?, insistió Eligio y, fugazmente, Susana
pensó que era un caso patético; no sabía, en verdad era tan ingenuo que no
sabía lo ridículo que resultaba haciendo esas preguntas, no sabía cuán banal,
vulgar, estúpido hacía que fuese todo. ¡Contéstame!, rugió Eligio, y Susana no
pudo controlarse. ¡Eligio, eres un pendejo! ¿Cómo crees que me fui a
coger con él? ¿Entonces a qué fuiste?, preguntó Eligio nuevamente, sintiéndose
arder; de pronto toda la fuerza quería desplomarse, derretirse en segundos. ¿A
qué crees?, replicó Susana, exasperada, ¿no viste que Slawomir no fue a la
fiesta? Él no sabía que tú habías llegado, y fui a decírselo, es lo menos que
podía hacer. Susana se mordió los labios al recordar que el polaco no respondió
una sola palabra a todo lo que ella le dijo, se concretó a mirarla con una
expresión que comenzó en algo que parecía irritación pero que al final era tan
neutro que le daba miedo. Seguramente le dijiste que tenían que disimular un
rato en lo que te deshacías de mí, ¿no?, o algo así. ¡Eligio, te digo que me
exasperas! ¿Cómo puedes ser tan paranoico, tan...inseguro, tan débil, tan
convencional? Deveras no sabes lo triste que te ves. ¿Y el polaco qué?, bramó
Eligio, él no es inseguro ni convencional ni naco como yo, por supuesto, ¿qué te
dijo, eh? No te apures, nalguita, ya nos las arreglaremos para seguir
cogiendo. ¡No seas vulgar, por amor de Dios! Bueno, sí: soy vulgar, ¿y tú, qué?
Te crees muy exquisita y no te das cuenta de que eres igual a esas pinches
señoronas que después de jugar canasta se van con sus amantes para que,
comillas, la vida, no sea tan convencional, se cierran comillas. Susana sonrió,
no por lo que Eligio decía sino porque ya no lo veía patético, lo sabía
endeble, desamparado, perdido. ¿En qué quedaste con él?, insistía Eligio,
¿terminaste con él? ¿Ya no lo vas a ver? Porque me perdonas pero no voy a
admitir que lo sigas viendo. ¿Ah, sí? ¿Me vas a acusar con la directora del
Programa? Cálmate Susana, pidió Eligio con un tono sumamente grave, deveras
cálmate porque te juro que este naco atávico ingenuo indio patarrajada macho
tlaxcalteca y actor de a peso va a reaccionar a la antigüita, y aunque me joda
el resto de mi vida te juro que a ti y a ese pendejo les parto toda su pinche
madre, concluyó, conteniéndose, casi apretando los dientes. Susana lo miró
largamente: claro que sí, Eligio era bien capaz de llevar a cabo sus amenazas,
estaba perfecto para un corrido: se moría donde quería, qué bonitos son los
hombres que se matan pecho a pecho con su pistola en la mano defendiendo su
derecho.
Con una
frialdad que le sorprendía, Susana se dio cuenta de que todavía sería más
ridículo y patético venir a morir a la miniciudad de Arcadia, con razón decía
Ramón el argentino que éste era un cementerio de escritores. Y Slawomir era
insondable, a duras penas le sacaba las palabras, toda la relación había
consistido en ser demolida bajo esa corpulencia y en pasarse cosas que leer y
tazas de café o manzanas. Eligio no tenía un solo vello en el cuerpo, o casi,
era indio declarado: prieto, lampiño, pero de facciones muy finas, atractivas,
pero era demasiado externo, estallidos de carcajadas, estridencia continua, no
se le puede sacar a la calle. Slawomir no reía o lo hacía hacia dentro, en
contracciones como hipo, una risa lúgubre y seca. Era violento, aunque jamás
había explotado. De pronto su pensamiento se desconectó. Susana tuvo la imagen
de un departamento en el piso veintidós de un edificio. Allí estaba ella, entre
tonos encarnados, la ciudad con la luminosidad velada.
Está bien, Eligio empezó a decir, y descubrió que su
voz emergía ligera, brillante; no tienes que demostrarle a nadie que eres muy
macho; está bien, añadió, y supo que estaba de buen humor; mira, Eligio, desde
anoche le dije a Slawomir que ya habías llegado y que las cosas entre él y yo
se cancelaban, así es que ese asunto ya no te debe preocupar, ¿contento? Eligio
sonrió, un tanto fatigado, mientras encendía un nuevo cigarro que no le supo
bien, ¿sabes qué?, dijo, ese cuate no se llama así, se llama Polaco Pendejo, y
qué bueno que ya no lo volverás a ver porque te juro que desde que lo vi me
cayó en el caracol del ombligo, ¿cómo puede ser de Polonia?, ¿no se supone que
en Polonia todo mundo se está muriendo de hambre? Este cuate debería estar como
palillo, y en cambio míralo, es fuerte y rozagante, ese bebé se la ha pasado
entre puras sábanas de seda, apuesto que ha de ser de la mera cúpula
burrocrática, y por eso siempre ha tenido caviar de sobra.
Los ojos de Eligio brillaban con un destello
daimónico, pero estaba bromeando. De cualquier manera, Susana prefirió no
seguir con el tema y sólo se concretó a sonreír. Eligio ya se encontraba junto
a ella, y la besaba, le acariciaba los senos. Ella trataba de concentrarse en
responder las caricias pero le costaba trabajo, no porque se hallara incómoda o
no tuviera deseos, sino porque no podía dejar de recordar las manos enormes,
casi cuadradas, del otro, esa corpulencia aplastante y vellosa; Eligio era robusto,
de buen cuerpo, habían calificado algunas amigas de Susana, pero junto al otro
resultaba pequeño, ligero, y Eligio la besaba de una manera diferentísima...
Más bien, el polaco no la besaba nunca, sólo tocaba pesadamente a Susana, sus
manos eran planchas de hierro; Eligio, en cambio, parecía una seda, algo
etéreo, incorpóreo; transitaba por su cuerpo con facilidad, en silencio, y
después, cuando la penetró, Susana se dio cuenta de que no la llenaba, y tuvo
que moverse con brío, haciendo uso de sus músculos vaginales, hmmm qué rico,
susurró Eligio.
Después, Susana y Eligio quisieron darse una ducha,
pero el baño estaba ocupado, carajo, qué pésima ondita esa de compartir los
baños, se entiende un poco más, pero no mucho, que los deptos compartan las
cocinas, pero no los baños, eso sí se me hace difícil de admitir en este Gran
País de la Cagada, comentó Eligio. Regresaron a la cama y Susana comentó que
ese día el Programa había organizado no sé qué evento, y ya no había ido por
quedarse cogiendo toda la mañana, y con su propio marido, qué degenere, qué perversidad,
depravación & corrupción. La sudafricana Joyce salió del baño finalmente,
esa Joyce nunca se para por el Programa, casi ni va a las sesiones, y
cuando llega a ir la descarada sólo va a aprovisionarse de refrescos y
cervezas, una vez incluso tomó dos botellas de vino de litro y medio;
por supuesto, la gente del Programa, no simpatiza con ella, pero no le dicen
nada, al menos todavía, fíjate que una vez entré en su cuarto, porque a cada
rato me está invitando, ¿no?, debe de estar de lo más sola, pero eso es lo que
quiere, se siente importantísima, dice que recibe mucho fan mail y cosas por el
estilo y nunca quiere ir con los demás, supongo que a veces le debe dar el
carcelazo, siempre se la pasa encerrada, viendo la tele, y por eso invita a uno
que otro, pero todos le huyen porque es bastante piedra, insoportable de tan
presumida, pues me invitó y fui, ya ves que siempre acabo siendo la estúpida
que se conduele del prójimo. ¿Ah sí?, será nueva disposición, antes la veía
nada más en la cocina, y siempre es un problema porque deja todo tirado, no
quiere mover ni un dedo. Pues cuando me invitó entré en su cuarto y qué cuarto,
Eligio, estaba todo revuelto, se ve que jamás pasa ni siquiera un trapito, ya
no digamos que tienda la cama o que barra un poco, qué chiquero, Eligio, qué
muladar, una vez entró también Becky, ¿qué Becky?, la flaca de lentes que es
algo así como la capataz, o junior exec, del Programa y que es bueno,
pesadísima y de lo más criticona, bueno, pues Becky entró en el cuarto de Joyce,
le fascina su nombre, no sabes, cuando en realidad debería llamarse Pearl S.
Buck, Premio Nobel, ¿y qué pasó cuando Becky entró en el cuarto de Joyce S.
Buck? Pues a la gringa se le salieron los ojos al ver tanta mugre, te juro que
deveras hiede, hay ratas, palabra. Casi como para corroborar todo lo
anterior, cuando entraron en el baño vieron que Joyce había dejado en el
retrete un depósito fecal tan desmesurado que parecía de vaca, así es siempre,
nunca jala la cadena la condenada, a cada rato hay que llamar a la
administración para que destapen el excusado, porque yo, como te imaginarás, no
voy a ponerme a bombear la mierda de esta colega, ¿verdad?, ¿te acuerdas, mi
vida, de cuando se nos llenó el departamento de Peyton Place con la mierda de
todos los vecinos? Claro que sí, respondió Susana, recordando a fogonazos cómo
se había tapado la cañería central del edificio, también llamado la Caldera del
Diablo, y cómo se desbordó la taza del baño: primero fue un flujo constante que
inundó el piso del baño, pero después, ¿te acuerdas?, eran gruesos mazacotes
los que brotaban del cuerno de la abundancia, yo andaba como loco poniendo
diques de periódicos en cada cuarto para contener el miércoles de ceniza, pues
yo tuve que ir a cada departamento a pedirle a todo el mundo que por favor no
hiciera ni del uno ni del dos porque todos sus haceres iban a dar a nuestro
departamento, qué bárbaros, me veían como si estuviera loca, sí, esa vez en
verdad llegamos a conocer los horarios fecales de los vecinos, el del seis a las
ocho, el del nueve a las diez y media, qué horror, pero como dijo el filósofo
chino Sun Sun: todo sirve, hasta lo que no sirve, pues yo creí que se trataba
de algo terriblemente simbólico, jamás pensé que fuera casual, no puede ser
casual que de repente a ti te llueva mierda del prójimo, sí ¿verdad?, ¡claro!,
era un poco como si a través de nuestra ordalía se redimiera el género humano,
uy qué mesianismos, es que no he comido, pues a mí ya hasta se me fue el
hambre, claro, con este temita de conversación, pero a mí no, ya me anda por
reventarme mi primer desayuno gabacho, que no será ninguna maravilla, y
olvídate de salsitas y chilitos y tortillas y bolillos, puro hash brown y
catsup, ay Susana, qué bonitas nalgas tienes, mi amor, son cachondísimas, sí,
pero mejor suéltame Eligio, porque si no de aquí no salimos, pues no salimos,
te jodiste amiga, eres lo máximo, le decía, te quiero con toda mi alma,
espérame mi amor ni siquiera me dejas agarrarte el tono, ¿de veras me quieres?,
sí, vas a ver Susana qué bien la vamos a pasar de hoy en adelante.
Estados Unidos era una tienda
Eligio decidió que era necesario tener en qué
moverse. Susana le había explicado que el servicio de autobuses allí era casi
nulo, claro, se entiende, aquí todo el gringaje tiene una o varias naves a la
puerta, algunas muy cucas, no se puede negar. No, no se puede negar. Por tanto,
si querían desplazarse quedaban en manos de la gente del Programa, que dos
veces a la semana los llevaba a hacer compras en el supermercado, habías de ver
qué danza, ahí vamos todos como buenos borreguitos, un dos, compra el detergente,
un dos, los platos de cartón, un dos, el pan y los huevos, un dos, el exquesito
gouda y las galletas, un dos, los refrescos y la leche, mientras la horrible
bruja esa Becky, que te juro que me cae de la patada, nos arrea como ganado, un
dos, firmar el cheque, ¡imagínate, yo firmando cheques! ¡Qué bajo has caído!,
es que tan pronto como llegas aquí lo primero que te obligan a hacer es abrir
una cuenta de banco, ¡qué país!, es la primera vez que tengo una cuenta de
banco en mi vida y se siente, no sé, bastante feo, ¿cómo pudiste tú tener
dinero en el banco tantos años y meterlo en plazos fijos y comprar dólares como
mal mexicano cara de perro?, pues ya ves: ese temible karma me tocó. Cada vez
que he firmado un cheque siempre tienen que llamar a algún supervisor que
revisa mi credencial hasta que se queda bizco, ¡el Programa!, ¿y eso qué
demonios es?, ¡señor!, les explica Becky, en esta ciudad de Arcadia todos
conocen el Programa, los participantes han hecho sus compras aquí desde hace
más de diez años. Un dos, niños, a la camioneta, ¿Qué crees? La primera vez que
fuimos de compras yo no había desayunado, era mi segundo día en Arcadia, y
bueno, me desvelé y tuve que ir al súper bastante cruda y con un hambre
espantosa. Resultó que todos estaban igual: desvelados, crudos y hambrientos.
La miserable Becky se negó a que desayunáramos y nos llevó al supermercado, que
resultó un galerón como todos, sólo que con un frío espantoso, siempre ponen el
aire acondicionado como para que te vuelvas témpano. Yo venía bizca del hambre,
toda la calle por donde íbamos estaba llena de manzanos con manzanas, y no
tienes idea de cómo se me antojaban. Y, ya en el súper, al pasar junto a las
frutas y las verduras, vi una manzana, y no pude aguantar y ahí mismo
tomé una y me la fui comiendo, qué hambre tenía, Eligio, pero no sabía a nada,
te lo juro, y eso que las manzanas que había ahí eran bien distintas a las de
afuera, las del súper eran enormes, rojísimas, preciosas, como para Blanca
Nieves/ Ha de haber sido un injerto de injerto de injerto. Bien, íbamos varios
del Programa, y uno de ellos/ El polaco. ¿Eh? No, no, otro... me vio
comerme la manzana y como él también andaba hambreadísimo allí mismo abrió una
bolsa de pan y se empezó a comer una torta muy su¡ géneris, con queso, jamón y
pepinillos, y al rato los chinos también empezaron a comer bonches de aguacates
y trozos de queso, y un chavito del Programa, que iba con nosotros y que es más
bruto que no veas, cuando nos vio se alarmó, estaba preocupadísimo, pobre niño.
Aquí no pueden hacer eso, nos advirtió, si alguien de la tienda los sorprende
los pueden enjuiciar. Y nos explicó que poco antes habían mandado a la corte a
un niñito, ¿tú crees?, que se había robado unos dulces o unos hersheys,
o algo así, y lo habían mandado a la cárcel dizque para desalentar que
se cometan hurtos, aunque parezcan insignificantes. Claro, aquí la
propiedad es sagrada, ¿no? No: nada es sagrado, todo es vacío. Al pagar tuve el
primer problema con mi cheque, y bueno, Becky se tuvo que quedar conmigo en la
caja aclarando las cosas. Cuando salimos al estacionamiento, a Becky casi le
dio un ataque cardiaco al ver que los escritores, como buenos muertos de hambre,
habían sacado trozos de pan, de queso, de jamón, carnes frías, mayonesa,
mostaza y hasta cebollas y jitomatitos, y procedían a hacerse sandwiches, unos
en el cofre de la camioneta y otros en el vil suelo. La pobre Becky no sabía
qué hacer. Sutilmente trató de explicarnos que en Estados Unidos no se
acostumbra que la gente haga picnics en las banquetas, para eso había parques o
áreas especiales para meriendas, con mesas y botes de basura y baños y todo lo
necesario para que las cosas sean limpias, higiénicas, ¡ya sabes! Pero
todos los del Programa estábamos comiendo como si hubiéramos ayunado cuarenta
días, con sus debidas noches, y no había cómo pararnos. Pinches escritores...
Los chinos sacaron sus frascos de salsa de soya, y el peruano, que es un show, ya
lo vas a conocer, regresó a la tienda por más latas de refrescos y regresó
echando pestes porque en ese sitio no vendieran ni cervezas, ni vino. Becky
mejor se regresó a la tienda, al ver que
nadie le hacía caso, pero Elijah, en cambio, se comió varias tiras de jamón y
se puso a platicar con uno de los chinos, lo cual se nos hizo rarísimo porque
esos tipos no hablaban con nadie, apenas con Wen, y siempre en chino.
Bueno, planteó Eligio, eso hace más necesario aún
tener un coche. Sí, aquí en Estados Unidos si no tienes en qué moverte estás
fuera de circulación, deveras out-of-service. Si no tienes coche y quieres ir a
pasear el domingo, no puedes: no pasan camiones los domingos. O si vives lejos
del centro y quieres ir al cine en la noche, tampoco puedes: después de las nueve
ya no hay camiones, y los taxis, ¡uf!, pregúntamelo a mí, que me quisieron
cobrar sesenta dólares del aeropuerto de Little Rapids al Kitty Hawk, ¿te
imaginas? Seis mil varos de taxi ¿Y qué hiciste? No pagué nada, la hice
de taxi corrido. ¿De veras? preguntó Susana, muerta de la risa. Se
hallaba muy contenta porque en realidad, o eso lo consideraba hasta ese
momento, tenía más de cinco años que no paseaba con su marido: los dos solos,
sin preocupaciones. Después de todo había estado muy bien que Eligio fuera a
buscarla, ese Programita ya le estaba empezando a fastidiar en ciertas cosas.
Sí, necesitamos un coche, reflexionó Susana, para independizarnos. Esta gente
siempre tiene cosas que hacer: la cena, el coctel, la fiesta, la visita a tal
parte... Qué de pachangas, Eligio, cuál tiempo de escribir, tú aquí sí vas a
estar feliz, porque las bebidas son siempre de primera. Sí es cierto, ese Jack
Daniels de anoche estaba como quería. No paraban de intercambiar impresiones de
todo lo que veían. Se hallaban en los terrenos de la universidad, en una gran
avenida que después se convertía en puente al llegar al río. Yo no conozco bien
por aquí, dijo Susana, es que los gringos tienen un sistema de orientarse con
los puntos cardinales que nosotros, pobres subdesarrollados, tardamos en
entender. Una vez me invitaron a una fiestecita unos muchachos del taller de
literatura de la universidad, que por cierto nos odian, no nos pueden ver ni en
pintura, nos dicen el Circo de Rick, imagínate nomás qué intrigotas se han de
traer entre ellos. ¿Y los de la fiesta? Ah, pues me dejaron unas instrucciones
que decían: al sur por Main, este en Broadway, oeste en Dubuke, norte en Dodge.
¿Qué es eso, Dios mío? Eso fue exactamente lo que yo les dije. En México te
habrían dicho: ah, pos váyase pa la derecha luego agarra parriba y luego pabajo
y otra vez a la dere y le sigue a la izque y ahí mejor pregunta otra vez.
Caminaron por el puente, pues aunque Susana avisó que podían tomar un autobús,
realmente no sabía dónde, las veces en que he tomado camiones me he dado unas
perdidas horribles. Es que, mi amor, eres media mensita para orientarte, pero
yo, en cambio, me ubico rapidísimo en cualquier lugar, verás que en un par de
días me la va a pelar esta ciudadcita y la vamos a recorrer como si siempre
hubiéramos vivido aquí. Qué te pasa, toco madera. Susana, no exageres: está
bonita la ciudadcita y la gente decente y formal que hay aquí. Pues a mí sí me
gusta la ciudad, accedió Susana, se me hace formidable que hasta tenga un
capitolio, parece que hace muchísimo, pero muchísimo, hace unos cuarenta
años, Arcadia fue la capital del estado, pero tanto como quedarse aquí para
siempre, eso sí no, ¿verdad?, ¡ni loca que estuviera!
Reiniciaron el
camino y llegaron a una zona que Susana desconocía. Por allí absolutamente
nadie caminaba en las calles, pues sólo en torno a la universidad había
peatones, explicó Susana, y eso sólo estudiantes, porque los demás toman el
coche hasta para ir al excusado. Tuvieron que parar una patrulla, para
preguntar cómo ir a la agencia de automóviles, no sin ciertas paranoias porque
eran los únicos que caminaban en la banqueta. Pero no hubo problema, en
realidad poco faltó para que los policías los llevaran a la agencia que, por
otra parte, se hallaba del otro lado de la curva que hacía el río. ¿Te fijas?,
comentó Susana, qué amables, ¿no?, sí, en México, chance, nos hubieran
atracado, aunque, te diré, estos tecos tienen menos moscas alrededor pero te apuesto
a que también pueden ponerse gruesísimos, ya ves en el sesenta y ocho cómo
aplastaron a los chavos; chance hasta en esta ciudad mazorquera también hubo
broncas.
En la agencia de automóviles, Eligio tuvo que cerrar
los ojos ante los modelos flamantes. ¡Qué naves!, repetía, éstos sí son coches,
no mamadas como las que nos dejan ir en México estas mismas compañías, y a qué
precios. Eligio había comprado ya una calculadora de pilas y la hizo funcionar
para constatar que en México los automóviles costaban hasta cuatro veces más.
Finalmente escogieron uno viejito, un chevrolet vega, que parecía bien cuidado
a pesar de que tenía nueve años de circular y muy posiblemente varias vueltas
en el cuentamillas, ¿te crees tú que nada más tenga recorridas sesenta mil
millas? No sé, Eligio, ¿cuántas son sesenta mil millas? Sepa la chingada, ¿a
cómo está la milla? Ay Dios, no sé. Espero que el kilómetro no esté flotando
ante la milla, como el peso frente al dólar, porque si no estamos bien
hundidos. Sí, Estamos Hundidos. Un vendedor profesionalmente dinámico se les
acercó, camisa de cuadros, manga ivy league, pantalón a rayas y chicle en la
boca. Hola amigos, yo soy Fred. Quihobas Fred, ¿cuánto quieres por esta
reliquia? Te doy cien dólares y no digo quién me la vendió. ¡Ah, esos mexicanos
tenían buen sentido del humor! ¡Y Fred adoraba el sentido del humor! Y
yo, del furor, dijo Susana. El vendedor disertó acerca de las noblezas del vega
y los instó a que fueran a dar una vuelta. Eso hicieron, y enfilaron por la
avenida que costeaba el río, m'hija, qué te parece si nos chingamos esta nave,
propuso Eligio metiendo el acelerador a fondo. Estás loco. ¿Cuál loco?
Mira, ese fredcito del chicle no sabe quiénes somos, nomás le dijimos que somos
mecsicanous, ¿no?, muy bien podemos arrancarnos a otro estado y ni quién se dé
color. Eso te crees tú, aquí te pescan fácil, y no es como en México: no sales
con ninguna mordida. Qué mal, qué mal, concluyó Eligio, pero seguía de
espléndido humor, junto al río, que en esa parte era recto y dejaba ver, a los
costados, una infinidad de comercios. Quién sabe qué sea más monótono, dijo
Susana, si la planicie del campo o la planicie de las ciudades. Todas las que
había conocido, y el Programa ya los había llevado a varias de ese estado, eran
idénticas, con la misma sucesión de comercios y letreros bordeando la anchísima
entrada de las cities. Oye linda, todavía jala esta tartana, está mil veces
mejor que el pinche renol de cagada que tenemos en México, no tiene ni cuatro
años y con cualquier pendejada se calienta, ¿no?, dijo, no agraviando a los
presentes. ¡No seas imbécil!, rió Susana. El auto les pareció bien porque
arrancaba, avanzaba, frenaba y el radio funcionaba, ya que hasta allí llegaban
los conocimientos automovilísticos de los dos. ¡Y cuesta menos de cincuenta mil
pesos!, exclamó Eligio, imagínate, allá en México, ¿qué te compras con
cincuenta mil varos? ¿Uno de pedales? Ni eso. En la agencia, Eligio regateó con
determinación, y logró que le dieran el auto en mil dólares, impuestos
incluidos, eso sí: se les vendía as
is, sin garantía ni posibilidad de queja, pero te aseguro amigo
Elllihjjiou/ Eligio, pronuncia bien mi nombre Fred. Bueno, amigo, te
aseguro que estos vegas salieron finísimos, state-of-the-art. A ver si no nos
la dejan irineo, comentó Eligio, en español, a Susana. Después, el vendedor
materialmente se sorprendió cuando Eligio dijo que pagaría de contado y se
horrorizó cuando le vio en la mano un buen fajo de billetes para hacerlo, por
Dios mexicano, no andes por las calles con esa cantidad de dinero, aprovecha
que ya tienes tu auto y vete a guardar tu dinero en un banco. Mira tú qué
pinche gringo tan metiche, comentó Eligio cuando salieron de la agencia, qué le
importa lo que yo haga con mi dinero. Es que para ellos lo más normal del mundo
es que engordes toda tu vida a los banqueros.
Eligio decidió manejar a la deriva, dando vueltas en
calles llenas de pinos de muchas variedades, sauces llorones y manzanos, es
padre perderse, ¿no?, comentó Eligio, de vez en cuando. Recorrieron la ciudad
por distintos rumbos, pero como era pequeña, a cada rato se volvían a encontrar
en el centro: el Capitolio, la Universidad, los comercios más caros. Pues sí,
está bonito el rancho, admitió Eligio, pero pa mi gusto está demasiado limpio,
coño, aquí han de esterilizar hasta las banquetas, ¿no?, agregó Eligio
gargajeando soezmente por la ventanilla, siempre hace falta aunque sea un buen
perro; muerto, claro, pudriéndose en la calle. Eligio, aquí no hay perros, te
juro que no he visto ni uno. Y aquí no se los comieron, como en China, quién
sabe cómo los exterminaron. Ya no hay perros en Estados Unidos, el único que
queda es Snoopy. Nomás no pueden andar sueltos, te multan hasta con cien
dólares si tu can se va a dar una vuelta. Y si tú lo paseas con cadena y hace
caquita y no la recoges, you're doomed!
¡Nunca me falla la brújula!, alardeó Eligio cuando
vio que llegaban a un almacén K Mart frente al cual se hallaba una tienda de
licores. La vez que vinimos aquí los compañeros del Programa repitieron el
numerito del supermercado, yo creo que lo hicieron adrede, y dentro de la
tienda empezaron a abrir las botellas para echarse unos cuantos tragos. ¡Eso sí
que no! rugió Becky, absolutamente consternada, antes de soltarnos una
admonición acerca de los funestos efectos que ocasionaba violar las leyes
y costumbres del estado. Eligio, al igual que los participantes del
Programa, se surtió de botellas de ron,
porque ya había probado las cervezas, nefastas, nefastas, y aunque había
Bohemias la cosa no era para tanto.
De allí fueron al gran centro comercial de la
ciudad, el afamado the Mall, porque no estaba lejos, y porque de una vez
por todas tenemos que pagar el tributo a la región, ¿a qué se viene al Gabacho?
¿A comprar, no? ¡Pues compraremos! ¡Si París era una fiesta, recitó Susana,
Estados Unidos era una tienda! El centro comercial constaba de un gran Sears, y
de varias tiendas de todo tipo. Estaba lleno: todo el largo pasillo central
pululaba de gente de todas las edades, algunos comían hamburguesas en las
bancas y otros tomaban helados, y en los locales había un movimiento incesante
de compradores con bolsas vistosas o paquetes de cartón. Con razón no hay nadie
en las calles, descubrió Eligio, todo mundo está aquí. Sí es cierto, sólo en la
universidad se ve gente pero no se compara con la que hay aquí, parece que
están regalando las cosas. ¿Regalando? Estas tiendas son las más caras, pero la
gente viene aquí porque ya sabes: no importa lo que compras sino el hecho de
comprar. Están locos. Eso también lo sabe todo mundo. Al pobre Eligio se le
quemaban las ansias por ver las cámaras fotográficas y los equipos de sonido,
ay mi amor, mira nomás qué chulada de aparatos, y nosotros con el modular de a
peso que tenemos allá, a como dé lugar tenemos que llevarnos algo bueno, ¿no
crees? ¿Sí? ¿Y cómo lo vas a pasar? Pues a ver cómo, porque de que la gente
pasa las cosas eso que ni qué. Quieren que la gente no le llegue al contrabando
pero te dan pura basura. Y carísimo. La industria en México es la más
subdesarrollado. En cambio aquí mira, carajo, agregó Eligio y puso a funcionar
su calculadora, ¡Susana, no es posible, este amplificador padrisisísimo cuesta
quince mil maracas a la nueva paridad, échate ese trompo a la uña! A mí
me gustan los equipos chiquitos. Sí, están efectivísimos, y dicen que suenan
increíble, incluso mejor que muchos grandes. Éste sale en veinte mil, tú, el
equipo completo. Se asombraron también al ver que desconocían tantas cosas,
aparatos deslumbrantes con todo tipo de luces, botones, palancas y memorias:
modeladores de sonido, expansores de frecuencia, inhibidores de contracción,
generadores de prevenciones, sensibilizadores ecualizantes, contorneadores de
respuesta oblicua, reverberadores de contingencias acrónicas, ¡y mira las
teleras gigantes!, se ven efectivísimas, ¡puta, están pasando Supermán!,
y a Eligio le costó trabajo no sentarse a ver la película entera. Tenía que
comprar algo y se decidió por una grabadora estereofónica de audífonos, se oye
sensacional, esta mirruña le da las mil y las malas al de la casa. Compraron
dos pares de audífonos para oír la música juntos.
¡Ya nos embarcamos!, río Eligio, repentinamente
lleno de energía, trepado en la moto y con el casco puesto, ahora vamos a tener
que comprar unas cassettes porque si no con qué vamos a oír esta madre. Yo
tengo unas en el cuarto. Sí, ya sé: muzika tradixional polacocacola,
murmuró Eligio, llegando tiras esa basura. Todo es posible, respondió Susana.
Pasaron a la tienda de discos y compraron, porque estaban más baratos que en
México, discos de Gieseking, del paisano Eduardo Mata, de Satie, de Poulanc y
los seis preludios para piano de Shostakovich. Pero qué riegue estamos dando,
consideró Eligio, ¿con qué vamos a oír discos?, pues con el tocadiscos que
tarde o temprano vas a comprar, ya te conozco, je je, ¿tú crees?, pero ahorita
hay que llegarle a las cassettes; eso hicieron y adquirieron música de Schubert
y Las siete palabras, de Haydn, y Eligio alcanzó, con mano presta, a
robarse el segundo concierto para piano de Brahms en la versión de Claudio
Arrau. Se la sacan estas tienditas, consideró Eligio cuando tomaban asiento,
fatigadísimos, en una de las bancas del paseo del centro comercial, que
continuaba lleno de gente.
Recorrieron
tiendas hasta que se les hincharon los pies, sólo en un museo se camina tanto,
te juro que no vuelvo a hacer esto, que Diositosanto me perdone. Eligio le
aseguró que eso se le quitaría comiendo y fueron a un restorán supuestamente
sofisticado pero que en el fondo también rendía culto devoto a la hamburguesa.
Eligio pidió vino francés y medallón de filete, pero Susana prefirió una
ensalada descomunal con brócoli, betabeles, coliflores, espárragos, aguacate,
alcachofas, zanahorias, cebollas asadas, semillas de girasol, trocitos de
tocino, queso en abundancia y todo tipo de aderezos, además de las rigurosas
nueces de la India.
Salieron del centro comercial sumamente eufóricos
por el vino, la buena comida y el discreto encanto de un eructo, y aunque
Susana pidió que regresaran al Kitty Hawk, ese día había sesión del Programa,
Eligio quiso pasear otro poco; en el fondo, consideró ella, Eligio estaba feliz
de tener un coche, aunque fuera viejito, y dinero en la bolsa para poder comer
con vino, pero la verdad era que lo veía distinto, parecía estar menos
tenso..., o la tensión se traducía de otra manera, a través de la energía y la
vitalidad que siempre había tenido pero que pocas veces se manifestaba tan
nítidamente. Eligio manejaba con seguridad, con rapidez también, sin dejar de
fumar sus Delicados, viendo el paisaje sin verlo, más bien integrado por
completo al movimiento, a los cambios de velocidad del vega, que le había
gustado porque no era automático, en Estados Unidos eso era raro, ¿verdad?: los
coches automáticos eran como trabajar en La Hora Nacional: caer en lo más bajo.
Eligio oía la música sin oírla, en el fondo integrado a la horizontalidad de
los cuatro puntos del paisaje, con pensamientos tan tenues que no interferían
en la seguridad y la fuerza que experimentaba y que, sin duda, tenían que ver
con el país: una sensación de poder, de no tener techo ni límite, de absoluta
seguridad... ¿y ella?, ella se descubrió a gusto mirándolo, jugando a pensar
sus pensamientos, aunque, claro, siempre quedaba la posibilidad de que ella
fuera la que vivía la energía, el equilibrio lleno de poder; quizás era ella la
que experimentaba todo eso y lo extendía a Eligio porque.... claro, porque lo
amaba, de hecho en ese momento se felicitaba de que él hubiera ido a buscarla,
naturalmente era fantástico saber que tenía el poder de hacer que su marido
recorriera miles de kilómetros y llegara hasta el mismísimo culodelmundo para
pedirle que volviera con ella, mi vida...Conozco a los dos, bolero tradicional:
yo vengo a pedirte perdón para que vuelvaaaaas... Realmente era mil veces
preferible recorrer los caminos de ese estado que estar enclaustrada en el
Kitty Hawk, fortuna imperatrix mundi, o circulando en la camioneta con Becky al
volante; un millón de veces mejor que estar en el pozo oscurísimo en el que
había estado hundida con Slawomir en el fondo, aun cuando algunas cenas en casa
de Wen y Rick hubieran sido antológicas, aun cuando un par de sesiones del
Programa hubiesen resultado verdaderamente buenas, estimulantes, pero
algo impedía que el Programa fuera lo efectivo que debía de ser. A juzgar por
ella misma, midiendo la proyección nuevamente, quizá lo que ocurría era que el
Programa se había despeñado en la inercia, quizás en algún momento los
organizadores en verdad habían amado lo que hacían, y en verdad los
entusiasmaba el Programa, pero, ahora, ya habían sido demasiados años de
repetir lo mismo, con mínimas variaciones además, y eso desanimaba a
cualquiera: el laberinto de las rutinas. Por eso, quizá, los participantes no
se llegaban a relajar, siempre se delataba su desconfianza hacia algo
imprecisable, una incomodidad que no llegaba a desaparecer, además, claro, de
la Necesidad Insoslayable de competir con los demás, de hacer ver que eran
inteligentes, brillantes, cultos e ingeniosos, aunque, realmente, el Programa
no tenía nada de intelectual, al menos como se estilaba en México; de hecho, en
eso era gringuísimo: todo era práctico, o pragmático, como a ellos les gustaba
eufemizar, y realmente nunca había tiempo ni circunstancias para expresar sin
superficialidades ni convencionalismos lo que significaba para ellos Walt
Williams o Whitman Carlos Whitman si tenían que seguir al pie de la letra los
patrones de la sesión, del otoño entero o si había que asistir al
gran-rito-de-fertilidad...Además de que, por otra parte, el Programa no dejaba
de ser una cómoda y bien remunerada forma de ganarse la vida, y a veces no se
sabía qué era más importante: el Programa como modus vivendi de los
organizadores y como ejaculatio praecox de los participantes, o el Programa
como propiciador de la creatividad literaria y de la fraternidad internacional
de los escritores. A Susana le enchinaba la piel la idea de ser escritora en
Estados Unidos. Si en México lo más lógico y normal era que el escritor no
comiese, que fuera una tortuga mágica que se alimenta de aire, en Estados
Unidos todo mundo le decía al escritor cómo debía escribir: en la escuelita, en
las revistas, en las editoriales siempre había alguien que indicaba el tema a
tratar, el tono adecuado, la proporción de ingredientes bestselerísticos, la
cantidad de palabras y los rasgos de estilo. Era escalofriante que incluso los
escritores más reputados tuvieran su editor de la guardia: Big Brother is
watching. Pero allí estaba Arcadia ya, en verdad Eligio es buenísimo para
orientarse, y la inmensidad se cercenaba. Susana sintió un sobresalto y se
volvió hacia atrás, hacia la extensión plana del campo que se alejaba. Eligio
la vio de reojo. Qué planicie, dijo, la gente de estos rumbachos debe de
quedarse dormida cada vez que sale al campo: mira nomás, fuera de la ciudadcita
por todas partes hay extensiones interminables, ni una montañita, hombre, ni
siquiera un monte pelón a donde exiliar a Juan Rulfo, nada de nada. No, mi
amor, respondió Susana, todavía no te sintonizas con estos campos, son un
espejo, mi amor, reflejan el cielo, ¿te has fijado qué cielo? La verdad es que
no, replicó Eligio, lo cual indicaba que no es nada del otro mundo, no es el
del desierto, carajo, como en Ciudad Juárez, ése sí es cielo, no mamadas. No,
Eligio, claro que el cielo del desierto es bellísimo, pero aquí el cielo está
cerca, o lo parece, es un escalón no tan lejano, como si hubiera menos fuerza
de gravedad en estos lares, por eso la gente siente que vuela.
Banquete de
pordioseros
Susana y Eligio encontraron que ya la mayor parte de
los participantes del Programa se habían reunido en el Kitty Hawk. Entre risas,
Eligio comentó que el Programita le recordaba aquellos viejos chistes de niño
en los que había un francés, un ruso, un gringo, un alemán y un mexicano. ¿Sí?
Con la diferencia de que aquí no encontrarás ni un francés ni un inglés ni un
alemán, ni siquiera un español, porque esta gente trae puro escritor de
países raspa, las naciones de piojito, el good ol' tercer mundo. ¿Y eso por
qué, tú? Cómo por qué, oye, Eligio, date cuenta de que con esa gente no podrían
lucirse mostrándoles las maravillas de la civilización: teléfono instantáneo,
cuentas de banco personalizadas... ¡Qué país!, bromeó Eligio, ahora mi
ya entender, ellos traer puros cambujos para poder latiguearlos... En la madre,
allí está ese pinche polaco, se me hace que le voy a soltar unas patadotas en
el paladar. No estaría mal, a lo mejor así se anima la sesión, yo creo que
todos te aplaudirían, aunque para ganarte la estimación de los artistas
tendrías que matar primero al egipcio. Te lo digo en serio, insistió Eligio, se
me hierve la sangre nomás de verlo. Ya ya, no exageres, pidió Susana. Pensaba
que Eligio se alteraba al ver al polaco, mientras que éste, en cambio, se había
despatarrado en uno de los sofás con una cerveza en la mano, viendo
displicentemente todo su contorno. Susana vio que Altagracia se hallaba junto a
una mesita que, como en todas las sesiones, estaba llena de botellas de vino,
de latas de cerveza y de refrescos; también había una gran cafetera y vasos
desechables, Altagracia advirtió que Susana la miraba, camufló una sonrisita y
se fue con el polaco, quien confianzudamente le pasó el brazo por encima de los
hombros. Susana se quedó paralizada al verlos, hasta que reparó en que, cerca
de ella, la sudafricana Joyce la observaba con una sonrisita burlona, y que el
mismo Eligio se daba cuenta de todo lo que ocurría. Susana tomó aire
profundamente y se fue al lugar de siempre, un sofá largo y desgarbado que por
lo general compartía con el peruano Edmundo, con Hércules, el dramaturgo
colombiano, y con el argentino Ramón. A Eligio le simpatizó el novelista
peruano porque sonreía con facilidad y no trataba de ocultar su chimuelez con
la mano; claramente se veía que se bañaba cada solsticio y usaba trajes de la
época de los pachucos: terriblemente holgados y con pliegues hasta en las
rodillas. Después de cruzar unas palabras Edmundo y Eligio se lanzaron a la
mesa de las bebidas, oye qué bien se atienden en estas reunioncitas, ¿eh?,
comentó Eligio, antes de soltar, horrorizado, una lata que había recogido por
puro reflejo, ¡en la madre, otra vez esta cerveza Olympia! Mejor toma del
vinillo, sugirió Edmundo, no es maravilloso pero sí está mejor que todo lo
demás, a no ser que te gusten los refrescos de cola, en cuyo caso no hay duda:
coca o pepsi, lo mejor del mundo.
La sesión no había comenzado; faltaban Wen y Rick,
quien no había asistido a las últimas sesiones porque prefería acumular
energías para el dominical rito de fertilidad y/o fecundidad, que, como las
cervezas para Eligio, era insoslayable. En la mesa principal ya se hallaba el
ponente, en esa ocasión el poeta palestino, quien revisaba sus cuartillas al
parecer ausente a toda la algarabía a su alrededor. John, Myriam, Elijah y
Becky ya estaban allí, repartiendo kilos de papeles -anuncios de visitas, de acontecimientos,
de actividades que los participantes guardaban con gran cuidado para tirarlos
más tarde. Todos se agrupaban en zonas geográficas: los chinos siempre juntos,
cerca de los hindúes, los de Europa Oriental en otro sofá, etcétera. Jack, el
participante de Papúa Nueva Guinea se acercó a Ramón, pero éste lo expulsó de
allí de la manera más vil y dijo que se le hacía inconcebible que, para
empezar, hubiera escritores en Papúa Nueva Guinea; que, en segundo lugar, esos
escritores fueran tan pedestres, y, tercero, que hubieran tenido que ponerle
como vecino y compartidor de baño y cocina precisamente a uno de esos
escritores. No lo aguanto, reveló Ramón, es un bebé, le da miedo la oscuridad,
llora en las noches y no sabe cómo marcar el teléfono, yo creo que es la
primera vez que se aparta de la tribu. Para colmo, en un momento de nauseabunda
debilidad paternal, le di a conocer unas cintas de Astor Piazzola y al
papúanuevaguinés le fascinaron, así es que a todas horas quiere estar en mi
cuarto. El nuevaguinés era negrito, pequeño, de dientes chuecos y pelo adherido
al cráneo. Te gusta, te gusta el negrillo, le dijo Edmundo, cuando te vayas de
aquí lo vas a extrañar más que nadie. Eligio se puso a hablar de teatro con
Hércules, que era homosexual notorio y lector de Manuel Puig. Eligio estaba
acostumbrado a tratar con homosexuales desde siempre y Hércules le cayó bien,
porque le recordaba a Óscar Villegas, el afamado Marvilo: silencios
prolongados, relajación casi total y naturalidad en el afeminamiento.
Finalmente llegó Wen, acompañada por uno de los
chinos y por dos muchachas del taller de la universidad; una de ellas,
consideró Eligio, nada fea. Wen se disculpó profusamente, un tanto agitada, y
explicó que su tardanza se debía a que había estado conversando con Bill Murray, ¿lo conocían? ¡Dios mío!,
exclamó Ramón, éstos creen que tratan con retrasados mentales, ¿quién no conoce
a Murray? Yo, respondió Eligio; y yo, añadió Hércules, con un guiño
cómplice a Eligio. No digan eso, intervino Susana, ahora Ramón nos va a asestar
una conferencia. No me gusta, para empezar, dijo, enfático, Ramón; es un tanto
vulgar, muy dado a las bufonadas tipo Ginsberg y demás extravagantsia. Bill
vendrá a visitarnos, no fue fácil pero lo persuadí. A partir de mañana Becky se
encargará de distribuir ejemplares de algunos libros de Murray, por favor
léanlos pronto, para que cuando Billy venga todos ustedes ya estén
compenetrados con su obra y puedan establecer un diálogo fructífero con él.
Murray se hospedará aquí mismo, en el Kitty Hawk, como cualquiera de ustedes,
agregó Wen ignorando la voz anónima que dijo ¡qué falta de respeto!, así es que
la comunicación será fácil. Dará una o dos lecturas de poemas, aquí mismo y en
la Universidad, Murray es egresado del taller literario de la Universidad y
todos nos sentimos muy orgullosos de él.
El palestino procedió a leer un tambache de
cuartillas con voz bastante baja y monótona. Ya verán, dijo Ramón, no tarda en
echarle mierda a los judíos. ¿Qué dice?, preguntó Eligio. ¿Cómo qué dice?,
replicó Susana, ¿qué no entiendes? No entiendo ni madres, y eso que ese mono
habla despacito, ya me dio sueño, ¿tú entiendes algo? Yo sí, todo, es que tú no
estás oyendo, aclaró Susana. El palestino denunciaba las atrocidades judías en
los territorios palestinos ocupados, y Ramón hizo cara de ¿ven?, les dije.
Los participantes se volvieron, como en un juego de tenis, a ver a Brian, quien
se removió en el asiento y en segundos ensayó distintas poses y expresiones; se
indignó, bostezó, se burló y se recostó en el sofá con aire indiferente, sonrió
a todo el que lo veía y quien, al instante, desviaba la mirada, porque era
evidente que en ese momento casi nadie simpatizaba con él. Es un estúpido,
calificó Ramón. Sí, es un perfecto cretino, dijo Susana. El otro día me lo
encontré en la oficina del Programa en la Universidad y salimos juntos, me
había dicho que él tenía auto y me podía traer al Kitty Hawk. Resulta que él
estudia en Wisconsin. En el estacionamiento me preguntó ¿quieres montar? ¿Qué?,
dije. Que si quieres montar, insistió, con las manos por delante como si
llevara riendas. Lo miré a fondo tratando de descifrar el mensaje metaverbal
que se esforzaba en comunicar. El gran imbécil sonrió y me dijo: tú debes creer
que estoy loco, ¿verdad?, y yo sólo pude sonreír. Hasta entonces me aclaró que
íbamos a montar su coche, porque él tiene un pinto y el pinto es
un caballito, ¿entienden?, incluso me enseñó la figura de un caballo en
el volante. Edmundo el peruano fingió que estaba a punto de vomitar y dio un
largo trago de vino para impedirlo; después, por si lo anterior no hubiese
bastado, se agazapó y avanzó entre la gente y los sofás como si lo hiciera a
través de trincheras; llegó a la mesa de los vinos, llenó su vaso y regresó con
vida. ¡Qué bufón!, comentó Eligio, sonriendo. Soy un caballero, corrigió
Edmundo, bien erguido y mirando oblicuamente a Ramón, el argentino, quien sólo
dijo: qué estúpido hombre.
El palestino terminó su exposición y todos salieron
desbocados a la mesa de las bebidas. Cuando más o menos se restableció la calma
y los eructos de cerveza disminuyeron, Wen pidió que se formularan preguntas.
Todos miraron al judío, quien sonrió afectadamente y alzó la mano. Me parece,
dijo, sin ponerse de pie, que éste no es el sitio apropiado para campañas
propagandísticas. Yo tenía entendido que el señor nos hablaría de las
condiciones de la poesía palestina y sólo se concretó a insultar a mi país. Todo
mundo sabe que Israel es responsable de que la poesía palestina, la prosa
palestina, el ensayo, el teatro y la vida misma palestina esté obstruida,
interrumpió el ponente y agregó: ¡Israel es una mierda! Para acabar pronto,
comentó Eligio. El judío Brian se volvió hacia los demás, seguro de que todos,
como él, habrían advertido que el palestino estaba desquiciado. Es un pendejo
ese judío, diagnosticó Eligio, a ver peruano, ordenó después, traite más vino.
Es lo único bueno de estas sesiones, dijo Edmundo; nuevamente se deslizó entre
las trincheras y regresó con una botella. Susana vio que Becky los miraba con
aire severo; Wen, en cambio, sonreía beatíficamente ante el intercambio de
insultos entre el judío y el palestino. ¡La ponencia de este provocador adolece
de una vergonzante falta de rigor y seriedad! Pero tiene razón, aseveró,
poniéndose en pie, un negro altísimo, muy fornido, el participante de Nigeria;
en cambio tú eres un arribista-oportunista-burgués-y-reaccionario-comemierda.
Alguien, desde el fondo, tiró un vaso estrujado que alcanzó a golpear la frente
de grandes entradas del judío Brian. Este se puso de pie, rugiendo de furia,
pero Becky también ya lo había hecho. ¡Por favor, por favor! No queremos que
esto se convierta en un desorden, ¿verdad? Cuál desorden, decía el peruano, si
ésta ha sido la primera sesión más o menos buena. ¿Tú a quién le vas?, preguntó
a Ramón. Al judío, por supuesto, replicó Ramón, con una sonrisa. Yo, al pales,
terció Hércules. Te gustó el morenillo, ¿eh?, deslizó el peruano, y Eligio
colaboró: llégale, no seas tímido. No, el judío está más guapo; aunque ya se le
está cayendo el pelo tiene un cuerpo muy lindo, caderas apretadas y nalguita
parada; pero el palestino tiene la razón. Ah sí, dijeron a coro Eligio y el
peruano Edmundo y después echaron a reír, mientras Susalomónica meneaba la
cabeza... Se sentía fatigada, pero a gusto. Una dulce lasitud. Todo consistía
en no mirar al polaco. ¿Ya vieron a Elijah?, avisó Ramón, está asustadísimo. Yo
creo que cree que se van a agarrar a tiros. A botellazos, dirás. ¿Quién es ese
mono? ¿Cuál? ¿Ése? ¡Ése el Elijah! ¿Elaiya? ¿Qué es eso? Ese chavalillo de cara
redonda y sonrisa empotrada. Ah, sí, consideró Eligio, está vaciado el nene,
desde que lo vi me cayó en gracia porque me cae que es la imagen caminante/ En
veces reptante. Es la imagen escalofriante de los Estados Unidos,
es la pura gringuez. La gringuez... repitió Ramón, apreciando el término. A
ver, tú, peruano, dile a la Gringuez que nos traiga unos vasos limpios, ¿no?,
pidió Eligio, Edmundo asintió con gran corrección, se puso de pie con suma
elegancia, en verdad es todo un caballero, comentó Eligio, y fue hasta donde
estaba Elijah. Éste asintió, fue a la mesa de las bebidas y llevó varios vasos
a Eligio. Gracias Gringuez, le dijo éste, en español. Whaat?, preguntó Elijah. He says: thank you, tradujo Ramón el
argentino. ¡De nada!, sonrió la Gringuez y se fue.
La sesión se había detenido. Wen trataba de calmar
al judío, en un rincón, y varios escritores habían acudido a la mesa
principal, para apoyar al palestino, y
todos vociferaban. Otros, en la mesa de las bebidas, se servían
desenfadadamente y regresaban a discutir con sus compañeros. Incluso los chinos
conversaban entre sí, animados. En otro sillón,
Altagracia casi se había recostado sobre el polaco, quien no paraba de
beber sin oír los ardilleos de la filipina y las doctas parrafadas del rumano,
el húngaro y el checo. ¿Ya vieron al so called bloque socialista?, dijo Ramón,
con una sonrisa maliciosa: en realidad
quería que se fijaran en Altagracia, quien en ese momento se concentraba en
socavar una espinilla de la oreja del polaco. ¿Se han fijado que los camaradas
nunca dicen nada en las sesiones? No dicen nada nunca. Ah no, el rumano sí. Sí,
él sí. Yo quise conversar con uno de ellos, ese húngaro que parece tan astuto,
y simplemente no pude. No le gustaste, Hercu, explicó Eligio. Él tampoco me
gusta a mí. ¿Todo bien?, preguntó una muchacha del taller de la Universidad,
una estadunidense muy joven, bien formada, pelirrubia. Todo perfecto, Irene,
respondió el argentino. Irene la rubia miró con atención a Eligio, quien,
semiebrio, o fingiéndolo, alzó su vaso a guisa de brindis, lo que generó una
sonrisa abierta de parte de la rubia. Después, se fue. No te dejes, le dijo
Hércules a Susana, me temo que ya te quieren birlar a tu viejo. Viejos los
cerros. Pues si Eligio quiere, planteó Susana, adelante. Yo lo que quiero es
arrimarle un par de patadas a este peruanillo. ¡Oye mexicano, no seas endejo!,
respondió Edmundo, atragantándose por la risa y el vino. ¿Endejo? ¿Qué es eso
de endejo? Bueno, es que en Perú no se pronuncia la pe. Entonces eres eruano,
corrigió Ramón. Es un eruano uto inche y endejo, añadió Eligio entre
explosiones de risa. Yo creo que a este eruano no se le ara, agregó Hércules.
No te pienso dar demostraciones. Ni quien te las ida. ¿Ya vieron? ¡El judío
está llorando!, rio Ramón, regocijado, tenían razón los amigos que me dijeron
que este Programa era algo único. Está llorando, repitió Edmundo. Con su
delantalito blanco, recitó Eligio. Pobrecito, dijo Susana.
Wen, Becky e Irene consolaban al judío, cuando todos
se sobresaltaron al oír las carcajadas del nigeriano, quien seguramente no
había parado de beber desde que se inició el Programa. ¡Por favor, más
seriedad!, pidió Becky, exasperada. La falta de seriedad es la de ese agente
sionista. En vez de comportarse como debería, véanlo ustedes, ¡se pone a
llorar! Para el absoluto terror de Brian, el nigeriano irguió toda su
corpulencia y fue hacia él, diciendo: ¿quieres medir tus fuerzas conmigo? ¡Dios
mío, Jerry, eso no!, casi gritó Wen. No voy a hacerle nada, respondió el
nigeriano, sólo quiero darle un par de bofetadas, ¿está prohibido? Sí,
dijo Wen. El judío se puso en pie, mirando fulminantemente al nigeriano. Con
Gran Dignidad se sacudió la ropa, dio media vuelta y se retiró.
Irene, la rubia, regresó con los latinoamericanos.
Esto ocurre con frecuencia, explicó. El año pasado la pelea fue entre el sirio
y el egipcio. Los dos se injuriaron en todos los tonos, concluyó y nuevamente
se marchó. Muchas gracias gringuita, dijo Susana sin perder de vista a Irene,
que se alejaba. Eligio bebió un vaso de un solo trago y sólo exclamó: ¡aaah!
Guapa la Airín, dijo, a nadie, el argentino Ramón, cuando, ante la sorpresa
colectiva, Altagracia se acercó a ellos. Qué tal mexicano, saludó a Eligio;
oigan, agregó, dirigiéndose a todo el grupo, creo que este desorden ya dio de
sí. El rumano acaba de expropiar unas botellas del vino que dejaron afuera,
¿por qué no vamos a mi cuarto a seguir la celebración? ¿Qué festejamos?,
preguntó Susana, gélida. La llegada de tu marido, naturalmente,
respondió Altagracia sin dejar de mirar a Eligio. Pues yo les advierto, planteó
Eligio, en español, que si nos acompaña ese polaco le rajo la cara. Todos
rieron, y Ramón se puso en pie. Entonces vamos, dijo.
Salieron de los salones del Kitty Hawk ignorando las
miradas despectivo-reprobatorias de Becky y las despedidas cordiales de la
Gringuez, quien agitaba la mano, sonriendo, resplandeciente. Irene los miraba,
pensativa. El polaco y los demás camaradas se habían adelantado, y Ramón codeó
a Edmundo para que se fijara en Joyce, la gorda sudafricana, quien metía una
botella de vino en su impermeable Harpo Marx. De repente, Irene los alcanzó y
les dijo: ¿Ya se van? ¿No quieren venir con nosotros a tomar una copa? ¿Dónde
van a tomar la copa? Mis amigos y yo queremos recorrer bares, empezamos por los
de la ciudad y después vamos a los de los alrededores, ¿qué les parece? Pues yo
prefiero ir con ellos que con el polaco. Se entiende, se entiende, dijo Ramón,
en español, y como todos lo miraron con un vago aire de reproche, agregó:
bueno, no nos hagamos tontos. Todos sabemos lo que había estado sucediendo.
Ahora Eligio ha llegado y lo más normal del mundo, al menos para mí, es que no
quiera complicarse las cosas. Yo no me complico nada, a mí me la pela ese
pinche polaco. ¡Eso, eso! ¡Así deben ser los mexicanos, muy machos!, exclamó
Hércules, regocijado. Apuesto que éste se la pasó viendo películas mecsicanas
toda la vida, comentó Ramón. Pues claro, yo nunca me perdía ninguna de Pedrito
Infante ni de Jorge Negrete ni de Pedro Armendáriz, ese hombre sí era un sueño,
me acuerdo de una película en la que salió con María Félix, ¿cómo se llamaba?
Pero lo mejor del cine mexicano fueron las películas de rumberas. Ya, ya, pidió
Eligio, ¿Entonces qué, vienen?, volvió a preguntar Irene, que había estado
oyéndolos hablar en español sin entender nada. ¿Vamos?, preguntó Eligio a
Susana y ella suspiró, vio de reojo a Irene, se mordió los labios y dijo, casi
heroicamente: sí, vamos. Oye, si no quieres, no ¿eh?, podemos ir al cine o
quedarnos en la ratonera. Bueno, mira, ven, tengo que decirte algo, dijo
Susana, tomó a Eligio del brazo y fueron a los cubículos con entrepaños casi
vacíos que los dueños del edificio llamaban la biblioteca. Qué pedo, dijo
Eligio, dando otro sorbo de vino. Ya se hallaba bastante tomado, pero su
capacidad de asimilación alcohólica daba para muchísimo más. Mira, mi amor,
sólo quiero que todo esté claro. ¿Qué onda quieres agarrar? ¿Qué quieres decir?
Ya sabes lo que quiero decir, esa gringuita se te está resbalando de la forma
más grotesca. Eligio miró a Susana, sonriendo, y respondió enfáticamente: oye,
linda, a mí no me interesa andar detrás de ninguna nalguita, no lo he hecho en
México y no lo voy a venir a hacer aquí. ¿No lo has hecho en México?
Eligio ignoró lo último, y agregó: y menos si he venido a buscarte hasta el
culo del mundo, por eso te decía que nos quedáramos tú y yo solos a leer o
pasear o lo que sea. Palabra que no quiero llegar aquí a desorganizar todo lo
que has estado haciendo, ¿ves?, pero claro que lo del pinche polaco es aparte,
te juro que esa ondita no me gusta nada, y así como no voy a andar de
vergalista espero que tú tampoco vayas a reincidir con ese tipejo o a incidir
con quien sea, te juro que no sé por qué me cae tan mal ese cabrón, digo, no
son celos nada más, aunque no niego que estoy celoso; se trata de
algo que no puedo explicar bien. Pues en realidad Slawomir es un tipo
como cualquier otro, aventuró Susana, cautamente, porque no quería ni pensar ni
hablar del polaco, ¡y menos con Eligio! Pues yo creo que es un culero. En esa
bestia existe mala levadura, viene con pecado, declamó Eligio. ¡No seas
payaso!, rió Susana. Te lo digo en serio, ese buey no es buena onda. Pata
ancha, muy andado, sudado, nunca ve los ojos de la gente, es más: no ve
a la gente, se la pasa girando en silencio, quién sabe qué retorceduras y
escabrosidades anda fraguando. Pero tú cómo sabes, inquirió Susana, más
interesada de lo que hubiera querido, incómoda. Bueno, estuve echándole el ojo,
y no me equivoco, Susana, acuérdate que los hombres tenemos algo que se llama
sexto sentido. Las mujeres tienen el sexto sentido. Con que vulgarizando
el Rol Femenino, ¿eh? Bueno, sonrió Susana, un tanto fatigada; vamos o
no vamos. Como tú quieras. No, lo que tú quieras. No, lo que yo quiero,
intervino Edmundo, quien se había acercado silenciosamente; vamos mexicanos,
todos los están esperando.
¡Épale!,
exclamó Eligio, ya está haciendo frío. Sí es cierto, respondió Hércules,
todavía anoche hacía un calorcito de lo más agradable. Creo, añadió Ramón, de
ahora en adelante se soltará un frío endemoniado. Habrá que hacer algunas
compras, dijo, casi para sí mismo, Hércules. Se hallaban a la puerta del Kitty
Hawk, bajo un cielo que se había oscurecido casi por completo. ¡Ahí están!,
avisó Edmundo, al ver que en un coche venían Irene, con la Gringuez al volante,
otro muchacho del taller de la Universidad, y también Altagracia y el polaco.
Al parecer los otros camaradillas se achicaron a última hora, consideró
Edmundo. No vamos a caber, avisó Hércules. ¡En la madre!, casi gritó Eligio,
¡si nosotros tenemos coche! ¡De veras!, dijo Susana, se me había olvidado a mí
también. ¿Cómo que tienen coche?, preguntó Ramón sorprendido, un tanto serio.
Sí, hoy en la mañana compramos uno, anunció Eligio, muy satisfecho.
Fueron a la pizzería, en la que un cantante
folclórico entristecía paulatinamente cantando y tocando una guitarra. Nadie lo
escuchaba, y con razón, canta muy mal el pobre compañero, consideró
Eligio. El sitio estaba lleno de estudiantes, y resultó que Irene, la Gringuez
y su amigo, que se llamaba Cole, eran muy populares, saludaban a todos. Aquí se
reúnen los intelectuales, deslizó Ramón sin ocultar una sonrisa gozosa.
Apuesto que no tarda en declamar algún espontáneo. Como no vaya a ser la
Gringuez, todo está bien, consideró Eligio al tomar asiento. Irene, la Gringuez
y Cole terminaron de saludar amigos y tomaron asiento. Ya pedimos dos jarras de
vino, avisaron. Ramón les preguntó: ¿éste es el lugar donde se reúnen los
intelectuales?, no sin guiñar el ojo a los demás. Bueno, algunos vienen aquí,
respondió Irene, insegura. Ya se habrán dado cuenta de que esta ciudad no es
muy grande, intervino la Gringuez. Sí, corroboró Cole, sólo tenemos un par de
restoranes realmente buenos, uno se llama Petrarca, el bar no está nada mal,
allá van muchos amigos del taller; esto es, cuando tienen dinero. Pero aquí
todos los estudiantes tienen dinero, la escuela cuesta un demonial, ¿no
es así? Bueno, sí hay cuates con lana, explicó la Gringuez, como aquí nuestro
amigo Cole, que tiene un buen Camaro. Con autocassette Alpine y dos bocinas de
cuatro vías Sparkomatic, informó Cole. ¿Ustedes nacieron en esta ciudad?,
preguntó Susana. ¡Por Dios, claro que no!, replicó Cole, sonriendo. Yo soy de
Texas. ¿De qué parte de Texas? De Houston. ¿Y entonces qué haces aquí?,
preguntó Eligio. ¿Qué quieres decir? Estoy estudiando en la Universidad. ¿En el
taller literario? Sí. ¿Y qué no hay universidades con talleres literarios en
Houston? Claro que sí, respondió Cole, sin entender bien y mirando de reojo a
la Gringuez. ¿Entonces qué haces aquí?, insistió Eligio, quien tampoco
entendía, ¿por qué no estudias en Houston?, ¿no te gustan las escuelas que hay
allá? Cristo Santo, las universidades de Texas son de las mejores del país,
respondió Cole mirando a la Gringuez. Eso lo sabe cualquiera, corroboró éste.
¿Entonces qué pasó? Lo que pasa, informó Ramón con aire aburrido, es que en Estados
Unidos ningún muchacho estudia en la ciudad donde viven sus padres, en la cual,
por cierto, ninguno de ellos nació. ¿Y eso por qué?, inquirió Eligio. Porque de
esa manera se hacen hombrecitos..., supongo, propuso Altagracia, viendo
apreciativamente a Cole el Texano. Sí, más o menos de eso se trata. La cosa es
darle al camino. ¿Y tú de dónde eres?, preguntó Edmundo a la Gringuez; Yo nací en Casper, Wyoming, dijo la Gringuez,
orgulloso, ¿les gustan los vaqueros? Las vaqueras, corrigió Edmundo. Los
vaqueros. A mí me gustaba mucho John Wayne, dijo Hércules, quien,
con el vino, se extravertía intermitentemente. Mucho, repitió Edmundo, y
todos soltaron a reír. ¿Hay escritores en Wyoming?, preguntó Ramón. Claro que
hay escritores en Wyoming. Como quién. Como..., bueno, ustedes no los
conocerían. Ustedes saben, Casper no es un paraíso de las letras. Pero esta
ciudad sí lo es, ¿verdad?, deslizó Ramón, codeando desvergonzadamente a
Edmundo. Claro que sí. Aquí hay mucha gente que escribe, intervino Cole,
inseguro, y sí, es una ciudad mucho más culta. Pidan más vino, ordenó, seco, el
polaco, sin ver a nadie. Pídelo tú, aquí nadie es tu criado, espetó Eligio,
agresivo; y de pasada, me traes a mí. Yo voy, dijo Irene. A mí el vino ya no me
sabe a nada, habría que irnos a otra parte a tomar un roncillo, dijo Edmundo,
en español. Pídete dos jarras de vino de una buena vez, sugirió Ramón a Irene.
Insisto en que mejor nos vayamos, van a empezar a declamar. ¿Qué dice?,
preguntó Irene, en inglés. Que nos vayamos. Sí, ya vámonos, repitió el
polaco. Eligio lo miró y estuvo a punto de escupir. Susana pensaba que hubiera
sido mejor quedarse en el Kitty Hawk y dormir, dormir muchísimo y despertar...
en la ciudad de México. Era curioso cómo hasta un día antes había logrado, sin
proponérselo, no pensar en México, y a raíz de la llegada de Eligio de nuevo
sentía que tenía una casa, una cama que la conocía, un librero junto a ésta
y... No le gustaba estar allí, con el polaco tan cerca. Y eso que tuvo mucho
cuidado de acomodarse de tal forma que prácticamente no lo viera para nada. De
cualquier manera, Slawomir jamás despegaba la vista de su copa de vino y sólo
en ocasiones echaba la cabeza hacia atrás, como si Altagracia fuera una mosca
que, revoloteaba. Era patética esa Altagracia y también le gustaba Eligio...
Qué éxito había tenido Eligio. Ramón conversaba condescendientemente de
literatura con Cole y la Gringuez. Y Eligio no paraba de beber y de hablar de
teatro con Hércules, porque una vez Eligio fue con Emilio Carballido al Festival
de Manizales. Irene, junto a ellos, los miraba atentamente, y eso que están
hablando en español, pensó Susana, quien jaló la manga de la rubia y le
preguntó a boca de jarro: ¿te gusta mi marido? Todos guardaron silencio, e
Irene, titubeante, miró a Susana unos segundos: por último sonrió,
abiertamente, y dijo que Eligio le parecía un ídolo azteca, una
escultura de obsidiana, nunca había conocido a nadie con un corte indígena tan
puro y tan hermoso, agregó, entusiasmada. Eligio casi se atragantó de risa. ¿De
qué te ríes?, preguntó Irene, muy seria. Es que allá en México las chavas me
huyen precisamente por indio. Nadie es protierra en su feta, sentenció
Hércules, muy divertido. A mí me pasa lo mismo en Perú. En Erú, dirás, ¡la
diferencia es que aquí tampoco te pelan! ¿Qué están diciendo?, preguntó Irene,
sorprendida y exasperada. Yo también necesito intérprete, se quejó Ramón, pero
en ese momento ya se hallaban afuera, frotándose los brazos, pero ya no hace
tanto frío, ¿verdad?, a mí el frío me la pela. En algún momento los grupos
cambiaron y con Eligio y Susana iban Irene, Edmundo y la Gringuez, siguiendo el
camaro negro de Cole, quien manejaba con rapidez y ya no con la prudencia de
antes.
Llegaron a un local pequeño, notablemente sórdido si
se tomaba en cuenta que estaban en Estados Unidos y no en México, donde hubiera
podido ser un salón familiar, ¿no crees? Pues sí. TOPLESS!, decían los
letreros, y Eligio lo festejó con un largo ¡ajúúúúa! No podía ocultar el gran
gusto que le daba porque allí no había orquesta y el show dependía de una vieja
sinfonola. Una cuarentona pintada hasta las lonjas terminaba de desvestirse.
Había pocos clientes, todos ellos gente de baja ralea, o hasta donde pudiera
serlo en Arcadia. Ya me cayó bien este lugar, dijo Eligio, es lo más fonqui que
he visto, carajo, ya necesitaba ver un poco de mugroa. A lo mejor te preparan
unos taquillos, dijo Edmundo, luciendo su chimuelez. Cole había tomado una mesa
junto a la pista, sin ninguna dificultad porque casi no había nadie. Well
everybody knows about the bird! Bird, bird, bird, bird is a word, se oía en la
sinfonola. La gorda terminó su número, ¡bravo Joyce!,
aplaudió Eligio, y fue relevada por una negra de bien formadas caderas, que, en
comparación con la anterior, se saca un nueve, ¿o no? La negra se despojó de
toda la ropa. ¿Ya vieron?, tiene un silbatito, informó Edmundo. Todos
vieron el pequeño silbato que pendía de una cadena un tanto oxidada y que se
bamboleaba entre los muslos sudorosos, exactamente abajo del sexo y de la cara
de Hércules, pues la negra se acercó a ellos y les ofreció el espectáculo de
sus nalgas. ¿No quieres tocar el silbatito guapo?, invitó la negra, y Hércules
respondió: ¡por nada del mundo! La negra desplazó el trasero hasta la cara del
texano Cole, quien prudentemente frunció la nariz y se echó hacia atrás. Down wind, girl!, dijo. Las
mujeres reían alegremente, y Edmundo declaró: ¡señores alguien tiene que tocar
el silbato! Pos tócalo tú, deslizó Eligio, porque yo ni madreis, no vaya a
estar lleno de miércoles de ceniza. ¿De qué?, preguntó Ramón. Está bien,
yo lo haré, dijo Edmundo; observen, subdesarrollados, añadió y se estiró la
bufanda, sacudió el polvo de su camisa y, bien erguido, se encuclilló para
alcanzar el silbatito, que se meneaba bajo los abundantes y no muy sedosos
vellos púbicos. Edmundo tomó el silbato y emitió un sonido largo y ondulante.
¡Bravo!, gritaron los de la mesa; ¡eres todo un caballero!
Ya les habían servido una nueva ronda de Bacardí
puertorriqueño. Todos estaban visiblemente borrachos, salvo Susana, quien no
bebía casi pero no se hallaba a disgusto, recargada en Eligio. El polaco no
miraba a nadie y Altagracia parecía un tanto desubicada; ese grupo la
intimidaba un poco y no sabía bien cómo reaccionar ante las explosiones de
Eligio; además, gran parte del tiempo se la pasaban hablando en español, sin
que les importaran los demás. Cole decía a Eligio que de niño vivió
relativamente cerca de Brownsville, o sea, de Matamoros, que muchas veces había
viajado al sur de la frontera, pero ahora le daba miedo porque sabía que en
todos los caminos mexicanos, que por cierto eran muy estrechos, los
asaltos eran frecuentes, o los policías pedían sobornos incalificables, ¿cómo
le llaman?, ¿la mordida?, o a los visitantes les daba la venganza de Moctezuma,
porque la comida era muy insalubre y el agua, peligrosa. Insalubres mis huevos,
declaró, enfático, Eligio, en inglés. Unos cuantos bichillos nunca están de
más, son como vacuna, ¿no? Pues a mí Matamoros me pareció un lugar sórdido,
lleno de basura. Matamoros, explicó Eligio a pesar de que nunca había estado
allí, no es una ciudad sucia, es una ciudad asquerosa, pero no me vas a
negar que todos ustedes los gringos exageran con la cuestión de la limpieza.
Cuando llegué a esta ciudad me alarmó verla tan limpia y sólo entendí lo
que pasaba cuando Susana me explicó que, desde que llegan a Arcadia, los
participantes del Programa están obligados a trapear las calles en la
madrugada. Todos soltaron a reír, menos Cole, quien sonrió nerviosamente; la
Gringuez, en cambio, parecía muy contento. Es la primera vez que oigo que
alguien se queje de la limpieza en este país, dijo Cole. Espérate a que nos
quejemos de la comida, por no hablar del gobierno. Y el capitalismo, añadió
Eligio. Y los médicos, dijo Hércules, que padecía hemorroides. Y la
deshumanización. Y la robotización. Y la despolitización. Y la manipulación. Y
la televisión. Y los periódicos. Volvamos a la comida, dijo Edmundo. Aquí a la
gente se le ha estragado el gusto por completo. ¡Cierto!, apoyó Eligio, en
cambio, en México te vuelves loco con tanta sabrosura. Mira, en México lo
primero que pregunto al llegar a un lugar es: ¿aquí qué se come? Y salen los
tamalitos con chipilín o el mole negro, o las nueces enchiladas o una salsita
de chumiles. ¿Qué es eso? Son unos insectitos bien simpáticos. ¿Comen insectos
en México? Y vivos, añadió Eligio, truculento; habías de verlos en los
mercados, maestro: ponen una bacinica o una escupidera llena de chumiles, que
son como piojos con pelos, y en el centro hay un cono de papel, o cucurucho,
por donde los chumiles trepan hasta que ascienden a la cumbre y buggers!,
vuelven a despeñarse abajo, como si fueran, parafraseó Susana, espermatozoides
locos, ciegos, ávidos, que tocan la puerta del cielo y son rechazados
fieramente. No entiendo nada, aclaró Ramón, sonriendo. Y luego tenemos, por
ejemplo, las iguanas de Taxco, y el caldo de cucarachas y el consomé de
ladillas, y los armadillos de Juchitán, y los monos del sur de Veracruz.
¿Monos? Sí, monos, changos, simios. El procedimiento es a saber: se toma un
mono bebé, y se le mata como a los cerdos, o sea: con un fulminante golpe de
cuchillo en el área sobacal. Después se abre el monigote y se le rellena, con
mierda de conejo naturalmente, y se pone a asar a las brasas pero sin quitarle
los pelos. Al final, cuando el chango está preparado, se le viste como Niño
Dios y se sirve en una cuna pequeña. ¡Qué asco!, exclamó Altagracia, sin poder
dejar de reír. Y se me olvidaban los famosos tacos de viril. ¿De viril?,
repitió Ramón, apreciativo; el nombre es todo un acierto, ¿eh? Claro claro,
admitió Eligio, el viril es, por supuesto, el chile del toro. En el mercado de
Xochimilco lo sirven frito y tronador, extracrispy, como dicen aquí, y por
supuesto que un par de esos tacuches carga la batería mucho mejor que cuarenta
docenas de camarones. Y también tenemos los tacos de gusano oaxaqueño, que se
sirven fritos y truenan sabrosamente en la boca. Ustedes me están tomando el
pelo, dijo Cole, con una sonrisita forzada y revisando con cuidado el contenido
de su vaso. Sorprendente, calificó la Gringuez, sonriendo; nadie parecía estar
tan a gusto como él. Aquí en cambio no hay nada, cuando el gringo se pone
discriminador ¿qué come?: comida china o francesa o de cualquier otro país,
porque aquí en Gringolandia, mi buen amigo Cole, sólo hay hamburguesas que
vienen de Hamburgo y hot dogs que, como se sabe, son alemanes. Claro que a ti
todo esto debe sonarte horroroso, porque como buen U. S. junior citizen piensas
que tu país es el ombligo del mundo/ El culo del mundo, corrigió Susana
y sonrió para sí misma. Tú crees que todo lo de afuera vale un carajo, pero,
como se dice aquí, I got news for you buddy: no agraviando a los presentes éste
es un país de nacos, que se cierra a lo que ocurre en otras partes, a no ser
que se trate del gran atraco internacional. Voy al baño, avisó Susana. Sí, mi
amor. Pues ése es el famoso pragmatismo estadunidense, ¿no?, dijo Hércules. Sí,
lo mismo para todos, pidió Irene a una mesera-nudista y se pasó al lugar de
Susana, desde donde vio a todos con ojos empañados. Pero cómo se atreven,
protestó Cole, irritado, mirando a la Gringuez en busca de apoyo, ¿por qué no
se fijan en lo que pasa en sus países, vara variar? Es un hecho que en
México la miseria y la corrupción son terribles. Sí es cierto, concedió Eligio,
mira cuate yo no voy a decirte que como México no hay dos y que allá la Virgen
María dijo que estaría mucho mejor... aunque, pensándolo bien, la Virgen jamás
se ha aparecido en Estados Unidos... ¡No seas imbécil, mexicano!, dijo Ramón
entre grandes risas. Bueno, está bien, México es el puro surrealismo, la pura
pachanga, es una vergüenza, ¡qué país!, pero la gente está mucho más viva que
aquí y está aprendiendo a expresarse, a conocerse, a no tenerse miedo, y van a
ver ustedes de lo que somos capaces si es que la clase media idiota no acaba de
agringarse y los ricachones no se salen con la suya y nos ponen un horror militar;
aquí, en cambio, y no agraviando a los presentes, la gente se ha convertido en
robotcitos, se les está muriendo el alma, se han vuelto viejitos cuando en
realidad ustedes son un pueblo bien joven, qué horrible ser anciano antes de
tiempo; ni siquiera se atreven a reconocer que, gracias a Groucho, el famoso
poderío de Estados Unidos es un sueño, y bastante vulgar además. Aunque tu tío
Reagan diga lo contrario, en realidad desde hace varios años, cuando no se
notaba casi, Estados Unidos ya había pasado a la historia, maestro, ustedes ya
están en el declive total, en la decadencia pura, por el momento sólo dicen
puras sandeces; por más que se sigan sintiendo sabrosísimos ya no la hacen
aunque tiren patadas de ahogado. Lo único que pueden hacer es borrarnos del
mapa a todos de varios bombazos, pero eso sería puro consuelo de pendejos
porque difícilmente vivirían para contarlo. Y es mentira que el gobierno sea
una cosa y el pueblo otra, aquí todos son imperialistas de corazón, aunque haya
las debidas excepciones; ustedes, en vez de agarrar la onda y de integrarse al
resto del mundo siguen igual de tercotes sintiéndose lo máximo. Ya entiendan,
carajo, siquiera aprendan a declinar en silencio y con dignidad, no anden
siendo la lástima internacional. Nostoy de acuerdo, dijo Cole, muy molesto, y
muy borracho también, sin atreverse, como al parecer quería, a golpear a
Eligio. Éste es un gran país y lo seguirá siendo por mucho mucho tiempo. Tas
jodido cuate, ¿cómo va a serlo si ni siquiera se atreven a criticarse, a
reconocer siquiera la posibilidad de que se hayan vueto patéticos? Mira, te
estoy diciendo que en México la cosa está grave, que somos aún inmaduros,
tendemos a la irresponsabilidad, a la pachanga, al valemadrismo, al ahisevá y a
la polaca a la mexicana, pero queremos cambiar las cosas. Tú mismo, en cambio,
insistes como perico en que Estados Unidos es perfecto. Te estoy
diciendo que ya están en la mierda total, precisamente por decir cosas como las
que tú dices, y eso nomás no lo puedes admitir y me miras como si hubiera dicho
la blasfemia más terrible del mundo, carajo, ¿a ti en lo personal qué chingaos
te importa que Estados Hundidos ya no sea la mamá de Tarzán? Tú vive tu vida,
escribe lo mejor que puedas y chance de esa manera hasta vayas logrando que
todo se vuelva a ir otra vez para arriba en tu país, pero de plano la riegas si
te pones furioso y listo a soltar las de neutrones nomás porque te dicen que ya
no debes seguir saqueando impunemente a los países más débiles. ¿O eso también
lo vas a negar? ¿Tú estás de acuerdo con todo eso?, preguntó impaciente, Cole a
la Gringuez, y Eligio ya no pudo escuchar lo que discutían porque hasta ese
momento se dio cuenta de que Irene seguía junto a él y le decía, muy suavecito,
que en ese momento comprendía que su problema era que no encontraba sus raíces,
sabía que todo el territorio era su país pero que jamás había logrado sentirse
en casa en ninguna parte, ajá ajá, decía Eligio; Irene había nacido en
Oregon, en un pueblito precioso de las montañas, pero nunca se sintió en casa,
y en Arcadia estaba a gusto pero tampoco era lo que ella quisiera, había
recorrido una buena parte del país y por doquier era lo mismo: ella sólo podía
entender en abstracto cosas como la patria, pero jamás en lo concreto. La
población aquí es nómada, intervino Ramón, quizá por lo que dice Irene: la
gente nunca puede quedarse quieta en un lugar y siempre está mudándose, aunque
tengan que recorrer miles y miles de kilómetros... Eligio se había puesto
tenso: hasta ese instante advertía que Susana no había regresado del baño, que
Altagracia hablaba animadamente con Edmundo y que el polaco tampoco estaba
allí. ¡Me lleva la chingada!, musitó y se puso en pie, tambaleante. Todos lo
miraron retirarse pero no le hicieron caso y las conversaciones continuaron.
Eligio casi corrió hacia el baño de mujeres. ¡Susana!, llamó, ¡Susana!, pero
como no hubo respuesta de plano abrió la puerta y se metió. Eligio se hallaba
revisando cada excusado cuando una de las nudistas entró como tromba y le
exigió que se largara de allí inmediatamente. Eligio lo hizo. Pero afuera
Susana no estaba en ninguna parte y sus amigos discutían. Eligio se asomó en lo
que parecía una cocina y después recorrió el salón y entró en el baño de
hombres, donde ni siquiera se fijó en las máquinas que vendían preservativos ni
en la sabiduría grafitesca de las paredes; subió al vestíbulo, donde había
máquinas luminosas para jugar y para extraer cajetillas de cigarros, pero no
vio ni a Susana ni al polaco. En el estacionamiento el aire le pareció más
helado que nunca, pero no se detuvo ni a friccionarse los brazos porque, en la
pared del estacionamiento, vio, recargados a Susana y al polaco. Hablaban en
voz bajita; más bien, ella hablaba, él la escuchaba, sin verla. Eligio, durante
unos segundos, se sintió paralizado: una sensación extrañísima, muy caliente,
lo inmovilizó: de alguna manera la imagen de su mujer hablando quedamente con
el polaco lo seducía de una forma dolorosa, caliente también; su corazón latía
sin control, su garganta y sus ojos se habían resecado; sus manos sudaban y la
respiración se le dificultaba, como si le hubieran metido una bola de tierra
seca en la boca. Había una cierta delicadeza en las dos figuras junto a la
pared, una peculiar intimidad que casi imponía un sello hermetizante. Por
último, a causa del frío, que era casi insoportable, Eligio estornudó y la
pareja se volvió a verlo. Eso lo irritó profundamente: ya no se contuvo y
avanzó hacia ellos, cegado por la ira, ¡óigame usted, grandísimo hijo de la
chingada, le advertí que dejara en paz a mi esposa!, gritó. ¡Por Dios, Eligio,
no te entiende nada!, dijo Susana, exasperada. Este hijo de puta, continuó
Eligio, ya en inglés, me entiende muy bien aunque le hable en chino.
¡Escúcheme!, vociferó cuando se colocaba frente al polaco y se paraba de puntas
para tratar de estar cara a cara con él, ¡Susana es mi mujer y ya te dije que
te iba a partir la cara si volvías a meterte con ella! El polaco no dijo nada,
simplemente miró a Eligio con unos ojos que él consideró, fugazmente, ausentes
y turbios a la vez. Ya déjalo, mi amor, te juro que nada más estábamos
hablando, entre él y yo no hay nada, yo sólo quería decírselo con claridad. ¡Tú
te callas, pinche vieja!, rugió Eligio y tiró un golpe rabioso al polaco, quien
alcanzó a esquivarlo y miró a Eligio, titubeante. Eligio volvió a acometerlo,
con furia, pero el polaco era mucho más alto y corpulento que él y con sólo
estirar el brazo logró detenerlo y bloquear golpes y puntapiés. Susana trató de
apartar a Eligio jalándolo de la ropa, y éste retrocedió varios pasos, se
desprendió rápidamente de su esposa, levantó una piedra y en un relampagueo ya
la había tirado con todas sus fuerzas contra el polaco; se llenó de júbilo al
ver que la piedra se estrellaba en la cabeza del gigante y que éste se cubría
la herida con las manos. Eligio se lanzó nuevamente contra el polaco y pudo
propinarle un puntapié en el estómago, pero, con un rugido de dolor, el polaco
lanzó un brazo al aire y golpeó, pesadamente, a Eligio; lo proyectó contra la
pared fácilmente. Eligio buscó otra piedra a la vez que se escurría por el
suelo para evitar que el polaco fuera a tundirlo a puntapiés, de pronto vio que
el polaco se retiraba, caminaba con rapidez, de espaldas a él, ¡se me va ese
culero!, alcanzó a decir Eligio pero no fue tras él, sino que recogió otra
piedra, apuntó con cuidado y la lanzó lleno de odio. Un quejido sordo le hizo
saber que había atinado. ¡Se me fue el hijo de puta!, decía Eligio, ¡pero la
próxima vez no se me escapa, me cae que me voy a comprar una pistola...! Ay
Eligio, Eligio, repetía Susana, muy quedo, viendo alternadamente a su marido y
al hueco de oscuridad por donde había desaparecido el polaco.
Cuidado con el
ganado
En los días subsiguientes, y sin decirse una sola
palabra al respecto, Susana y Eligio se olvidaron del Programa y salieron a
recorrer los alrededores. Alguien les dijo que en un pueblito cercano había
chicanos en las plantaciones de maíz, y sintieron que era un deber
solidarizarse con ese personal jodido; Susana incluso pensó que era conveniente
la grabadora y un cuaderno para hacer entrevistas y tomar notas, pero cuando
llegaron al pueblo sólo hallaron un restorancito en donde un matrimonio ya casi
había olvidado el español y servía una barbacoa aceitosa y hecha con carne de
cerdo. No les importó, y siguieron hacia el Mississippi, que, ése sí, les
pareció moderadamente arquetípico. El frío se había soltado con fuerza y lo
único que los hacía soportarlo era la proximidad de la nieve, ya que ni Susana
ni Eligio habían visto nieve, salvo la de los volcanes en los rarísimos casos
en los que los volcanes podían verse desde la ciudad de México. Decidieron
regresar cuando los fastidiaron los moteles, que en todas partes eran igual de
anodinos e igual de caros, y porque, previsiblemente, Eligio terminó detestando
los periódicos. Tenía razón ese argentino mamilas, consideró Eligio, qué pésima
prensa, creo que hasta el Heraldo de México es mejor. No exageres. Bueno, pero
mira: puros anuncios, crímenes y demandas judiciales a ocho columnas, y miles
de tips de hágalo-usted-mismo; y, entre todo eso, una que otra noticia
internacional. La única vez que salen más noticias es en domingo, cuando el
periódico del villorrio más infecto sale más gordo que el Excélsior; publican
tantos anuncios que inevitablemente quedan huequitos y para rellenarlos
utilizan los cables internacionales, así es que las noticias de Afganistán son
satélites enanos de las ofertas de K Mart, y las vicisitudes de Polonia son
tapete de los últimos ecualizadores Toshiba, ya sabes.
Eligio se puso feliz porque, en una ciudadcita junto
al Mississippi, descubrió una increíble tienda de segunda mano, qué bárbaro,
mira ñera, qué diferencia de esos pinches almacenzotes que son la robotización
pura. En ese lugar, un galerón de techos altos, todo se hallaba apilado con
relativo desorden y la misma naturaleza de las cosas creaba una atmósfera
inexistente en cualquier otro negocio estadunidense. Compraron suéteres,
chamarras borregas para el frío, gorros, guantes y orejeras, ceniceros de latón,
dos floreros desportillados, copas, vasos, platos, cubiertos y un autoestéreo
usado, reversible, con sus correspondientes bocinas, cuya instalación, después,
costó cuatro veces más de lo que pagaron por el aparato. Aún en la tienda de
segunda mano, sin embargo Susana advirtió cómo Eligio se hacía de una pistola
calibre veinticinco, que ocultó desde el primer momento, así es que ella optó
por no hacer ningún comentario. Pero se le olvidó después, cuando viajaban por
las carreteras locales y escuchaban excelente música, ya que el autoestéreo
estaba en buenas condiciones, quién sabe por qué lo habrá vendido el gringo
tarado que lo tenía. Cómo que por qué, porque compró otro nuevo, Eligio, caray,
ésta es la afamada tierra del desperdicio, aquí la gente tira a la basura a sus
propios hijos cuando se les caen los dientes. Bájale de volumen, chava. Bueno, mi
amor, creo que fue Altagracia la que descubrió un día los enormes botes de
basura del Kitty Hawk, ¿no? Es que primero le impresionó hasta quedarse bizca
ver cómo recogían la basura. ¿Pues cómo la recogen? ¿No has visto? Mira, llega
un camión inmenso que tiene un par de largos brazos metálicos afilados como
lanzas. El chofer del camión se coloca estratégicamente frente a los botes, con
gran cuidado baja sus lancetas y las ensarta en unos sujetadores especiales,
todo muy sturdy, ya sabes. El chofer echa a andar una grúa y los brazos
metálicos elevan todo el basurero, en tanto en la parte superior del camión se
descorre una cubierta metálica y toda la basura se deposita sin que casi se
tire casi nada. ¿De veras? Sí, pues
cuando Altagracia vio todo esto se quedó pasmada, yo también la mera verdad,
y en el acto invitó a mucha gente a que
viese el espectáculo, que para ella era
mil veces mejor que la versión universitaria de El círculo de tiza caucasiano o
la Sinfonía de los Mil que nos recetó el Programa. En el fondo esa Altagracia
es una verdadera poetisa de los arrabales. Qué tonto eres. El caso es que se
aficionó a los basureros, no dudo que ya se haya echado varias odas al bote así
como el egipcio le hizo su oda al futbol. La joda al futbol. Eligio, esos
chistes primarios están definitivamente fuera de lugar. Ya vas. Entonces empezó
a descubrir los tesoros de la basura, como si acabara de leer a Jung; habías de
ver, ahora le dicen la Trash Digger, o la Excabasura porque todos los días va a
ver qué tiraron allí los gringuetes del edificio, y eso que en el Kitty Hawk
hay puros estudiantes de la Universidad, o sea: los jodidos de los jodidos,
porque ningún gabacho que se dé a respetar viviría allí. Pero qué
encuentra en la basura. ¿No te parece increíble el término, Eligio: Trash
Digger? Te diré... En cuanto a tu pregunta déjame decirte que varias veces yo
también me he dado mis vueltas a ver qué hay. No es creíble, Eligio, tiran
sofás, sillones, sillas, alfombras, lámparas, cortinas, suéteres, pantalones,
calcetines, bufandas, guantes, bolsos, gorras, y todo está en buenas
condiciones, deveras, una vez el palestino se puso feliz porque encontró una
bicicleta un poco oxidada de cinco velocidades a la que nada más le faltaba la
cadena y un poco de grasa, ¿tú crees? Carajo, yo así me habría puesto feliz
también. Olvídate, todos los participantes discretamente se dan sus vueltas,
como yo comprendo, a ver qué encuentran. Siempre hay algo. Como te imaginarás,
una de las que se las vive allí es la marrana Joyce, y ya ha excavado cajas y
cajas de tampones usados/ Qué cabrona eres... Y un radio de aquéllos de bulbos,
un tapetito dizque persa, hasta un teléfono sin cables, ¿pero cómo te vas a
llevar todo eso a tu país?, le preguntas y te contesta ya veré cómo, y enciende
otro cigarrito. Antes, Eligio, todos iban escondiéndose a ver qué hallaban,
sólo Altagracia, la flor de los pantanos, no lo ocultaba a nadie, al contrario,
a todos les comentaba sus hallazgos, pero ahora ya nadie se esconde, y
es común encontrar a otros colegas allí, bien hundidos en los botes.
Regresaron al Kitty Hawk con un poco de aprensión, y
a juzgar por las miraditas de los que encontraron era obvio que todos sabían lo
que había ocurrido. En el campus encontraron a Wen y a Rick, pero ellos,
discretísimos, los trataron con su cortesía habitual y sólo sus miradas chispeantes
revelaron que estaban al tanto de todo. Carajo, esto es como vivir en vecindad,
aquí el escritor come escritor. Lo más impresionante era el frío, que seguía
anunciando la inminencia de la nieve. Becky, quien fue a buscarlos al Kitty
Hawk, les hizo ver que se habían perdido varios acontecimientos importantes: la
ponencia del erudito de Colombo, espléndida, y una fiesta en casa de un célebre
científico ex premio Nobel, muy amigo de Rick y de Wen. También se habían
perdido de un coctel en el First National Bank en el que los gentiles banqueros
habían obsequiado a los participantes sendas monedas de cincuenta centavos que
eran de verdadera plata, pero ellos no debían preocuparse porque Becky
había guardado la de Susana y, en efecto, allí estaba, toda ella reluciente y
orgullosa de la faz de John F. Kennedy. Coño, qué generosos son los
banquerillos, comentó Eligio, en español, y Becky lo miró fulminantemente.
También se habían perdido la visita a una fábrica de tractores que colaboraba
con los gastos del Programa; allí el obsequio habían sido unos encantadores
tractorcitos de juguete a escala perfecta, pero esos sí, ni modo, sólo se les
había dado a los que habían asistido. ¡Chin!, farseó Eligio, con la
correspondiente mirada severa de Becky. ¿Y ese carro, dónde lo consiguieron?,
preguntó con tono casual, y Eligio se hinchó de satisfacción al corroborar que
la compra del vega había sido todo un acontecimiento. Bueno, respondió Eligio
con tono también casual, lo adquirimos, me temo que en este país es
indispensable tener un automóvil porque los transportes públicos son una
calamidad, ¿cómo lo pueden permitir? Han hecho ustedes muy bien, condescendió
Becky, de esa manera tienen más independencia, e incluso, añadió,
pensativa, podrían ayudarnos en la transportación de los participantes. De
cualquier manera, dijo, cambiando el tono, yo quisiera alentarlos a que no se
desaparten mucho del Programa; en verdad nos sentimos como una familia. Claro,
claro. Naturalmente, ustedes son dueños de su tiempo y pueden tomar las
decisiones que les plazcan, pero no nos olviden, los extrañaremos. Susana bajó
los ojos ruborizada, con mucha gracia, y Eligio no pudo más que pensar, como
otras veces, que su esposa podía ser mejor actriz que él. En fin, Becky sólo
quería recordarles que ese día había llegado Bill Murray, quien haría una
lectura de sus poemas en la biblioteca de la Universidad, y seguramente no
queremos perdernos ese acontecimiento, ¿verdad? Uy claro que no. Dime
una cosa, ¿siempre sí se va a hacer la visita a Chicago para que conozcamos a
Saul Bellow?, preguntó Susana. Quizá después, respondió Becky, un tanto
cortante, pero inmediatamente advirtió su tosquedad y su expresión se
transformó en urbanidad impoluta. Después de la lectura Wen había invitado a
cenar a unos pocos participantes del Programa, les informó Becky, un grupo
pequeño para no atosigar al gran poeta, y por eso les suplicaba mucha
discreción ante sus compañeros, para no herir la susceptibilidad de los que no
habían sido invitados. Ni hablar, dijo Susana cuando Becky se hubo ido, se me
hace que no podremos escapárnosles esta noche.
En ese momento regresó Becky. Ah, se olvidaba, al día siguiente irían, todos,
a la capital del estado a visitar varias cosas importantísimas, ya
encontrarían más detalles en las hojas que les habían dejado en el buzón. Pero
les podía adelantar que asistirían a la casa de una gran e influyente dama
escritora que siempre había apoyado al Programa y quien todos los años los
invitaba a cenar a las distintas promociones de participantes. Allí conocerían
lo más culto de la alta sociedad del estado, y aunque no ignoraba que a ellos,
artistas auténticos, esas cosas no les apasionaban sí les sugería que
asistieran, por favor, y que no llevaran su auto y que viajaran con ellos en el
autobús para cimentar la unión, y que llevasen, además, alguna ropa típica de
su país para hacer más animada la fiesta.
En la noche, con más frío que nunca a pesar de las
compras de emergencia de mamelucos y más pares de calcetines, Susana y Eligio
fueron a la biblioteca de la Universidad, que se hallaba atestada, porque Bill
Murray era el ídolo de muchos de los más jóvenes miembros del taller de la
Universidad. Nadie quedó defraudado con el espectáculo de Murray, quien dijo
sus poemas con acompañamiento de maracas, güiro, tumbadora y bongós, con
proyecciones de big close-ups de películas pornográficas e incluso con estratégicas
fanfarrias que sonaban increíblemente limpias y nítidas gracias al excelente equipo de sonido de la
biblioteca. Murray se había vestido con visor de natación al cual se conectaban
dos pequeños tanques de oxígeno, porque, como dijo dalísticamente, sus poemas
eran muy profundos. En un momento estuvo a punto de bajarse el traje de baño:
no lo hizo del todo, pero sí se empinó de espaldas al público y mostró su culo.
Estaba mucho mejor el de la negra del estriptís, manitos, comentó Ramón
muerto de la risa. Síscierto, el de este güey está muy peludo. Está diciéndonos
que somos unos culos, agregó Ramón cuando amainó la risa. Unos culeros,
querrás decir, corrigió Eligio. Por eso nos muestra el culo. ¡No digas!,
rió Edmundo. Murray terminó su sesión con un discurso. Dijo a los jóvenes
estudiantes del Taller de Literatura de la Universidad que si querían ser
buenos escritores se largaran inmediatamente de ese centro de castración
artística e intelectual, se los digo porque yo mismo lo viví, yo fui uno de los
cretinos que gastaron los ahorros de su padre en esta universidad piojosa, y
después necesité más de quince años para quitarme de encima toda la estulticia
que aquí me habían inyectado por vía enémica. ¿Quieren ser escritores?,
repetía, casi a gritos, ¡entonces lárguense de aquí, pero ya! ¡No se dejen
llenar la cabeza de basura! ¡Salgan a vivir, porque aquí son zombis! ¿Ya viste?
¡Un chorro de gringuitos está llorando!, exclamó Eligio. Yo también lo haría si
estuviera en su lugar, explicó Ramón, piensa que vienen desde lugares remotos a
estudiar aquí, tienen que pagar miles de dólares al año para estudiar en el
taller de la Universidad, todos veneran al poeta, más porque él también estudió
aquí que por su poesía, y de pronto el Gran Idolo les sale con que se larguen
de aquí, pero ya, y pierdan el dinero que han invertido, ¿cómo no van a
llorar?, y lo patético es que nadie le hará caso. Pues a mí este Billy me
parece divino, comentó Hércules, arrobado aún. A mí me parece espantoso,
comentó Eligio, pero no hay duda de que ese cuate es de los míos.
La cena resultó incómoda, porque Rick y Wen
simplemente no podían respaldar la conducta de Murray, después de todo Rick
había sido funcionario del taller de la Universidad. Los participantes que se
solidarizaban con Murray, tampoco se sentían a gusto a causa de la incomodidad
de Wen y Rick. Lo que salvó la sesión, al menos para Eligio, fue la comida, una
sublime fondue oriental. Les habían puesto una gran olla con agua hirviente.
Junto a la olla había tiras rebanadas de todo tipo de carnes de res, ternera, venado,
becerro, cerdo y trozos de pescados, de langosta, camarones gigantes, jaibas,
ostiones, abulón y, por supuesto, verduras, coliflores, cebollas, raíces de
alfalfa, zanahorias, rábanos, corazones de alcachofa y semillas de chayote.
Cada invitado disponía de largos palillos de bambú para embrochetar las carnes
o las verduras, que después introducían en el agua ebullente, donde se cocían.
Al fin quedó un caldo espesísimo, y Eligio se llevó la noche porque, después de
comer repetidas veces de todo, bebió tres tazas del caldo ultramixto, y porque
fue el único que pudo con los legendarios chiles chinos que desde los comienzos
del Programa habían aterrado a los distintos invitados. Varios de ellos los habían probado sólo para pegar
de saltos con la boca ardiente, como personajes de caricatura. Eligio comió
tranquilamente más de diez, sonriendo flemáticamente mientras los ingería y con
grandes carcajadas al servirse de nuevo, lo que le ganó la estimación de Wen,
¡sólo los mexicanos que han venido al Programa han podido con estos picantes,
pero usted, Eligio, supera a todos! Muchas gracias, señora, pero le suplicaría
que pronunciase bien mi nombre: no es Ehllll-ihyyyiou sino Eligio. Vamos
vamos, intervino Rick, no sea quisquilloso y comprenda que a los americanos se
nos dificulta mucho pronunciar nombres extranjeros. Pero sí están muy
pendientes de que los extranjeros pronuncien bien los suyos, ¿verdad? También a
nosotros se nos dificultan. Además, su esposa no es estadunidense sino
china. Eehhijjjioh, repetía Wen en voz baja, sonriente ¡ya casi lo tengo! No
haga usted caso de lo que dice Rick, usted tiene razón... amigo, defiéndase
usted de los ciudadanos de los EU porque si no se lo tragan crudo.
Al día siguiente, Eligio y Susana pensaron que valía
la pena ahorrarse la gasolina e ir a la capital en autobús, con todos los
participantes. Evadieron el sector oriental, el socialista, el africano, el del
Cercano Oriente y se acomodaron entre los latinoamericanos, Edmundo con un gran
mapa del estado para conocer bien cada pueblito, eres estúpido eruano, dijo
Ramón, ¿no ves que vamos por una carretera interestatal y jamás podremos ver
ningún pueblito? Estas carreteras pintan a Estados Unidos mejor que nada: una
pista interminable por donde correr desaforadamente mientras la vida florece,
inalcanzable, a los lados. ¡No mames!, rió Eligio, con la aprobación de
Hércules, quien se había puesto un traje monísimo de marinerito y era la
atracción del día. Yo me voy a dormir, avisó Eligio, hundiéndose en su asiento,
cuando vio que el polaco subía en el autobús con Altagracia detrás de él.
Todavía mostraba curaciones en el pómulo izquierdo y parecía más sombrío que
nunca. Yo también me voy a dormir, dijo Susana. Yo también, agregó Edmundo. Y
yo, añadió Ramón. Pero nadie pudo dormir pues, tan pronto como arrancaron,
Rick, todo dinamismo, pidió que cantasen para amenizar el viaje y al instante
empezó con My Bonnie, que supuestamente era una canción universal que todos los
participantes estaban obligados a conocer. A My Bonnie
siguieron Three Little Indians, Jack and Jill y Twinkle Little Star. ¿Ya
viste?, decía Ramón, regocijado, al fin descubrimos el lado oscuro del
Programa: ¡es un jardín de niños!
En la capital del estado, fueron a la casa más
antigua del Medio Oeste, que resultó una mansión polvorienta construida en 1864
y que tenía un mobiliario convencionalmente elegante de sillas austriacas,
salones Luis XV, alfombras orientales y terciopelos desteñidos. Cualquier rico
de medio pelo en mi país tiene una casa mejor que ésta, y más antigua,
comentó el egipcio con la nariz fruncida. Después fueron a conocer las
instalaciones del mismísimo periódico que tanto execraban Ramón y Eligio, y
Susana tuvo que tapar la boca a su marido para evitar que éste soltara insultos
a esos periodistas que con una maquinaria ultrasofisticada sólo producían una
sección amarilla disfrazada de periódico. De allí fueron a una compañía de
seguros, que era la atracción número dos del viaje, ¿por qué?, preguntaban los
escritores, ya verán, respondía Rick, gozoso. Lo que vieron fue que, en el
último piso de un rascacielos desde donde se veían las calles siempre desiertas
del centro, un hombre tan convencional como su elegancia les informó que
estaban a punto de ver la mejor colección pictórica del Medio Oeste y una de
las más importantes del país, que la aseguradora había comprado para el solaz
espiritual de sus empleados; la aseguradora colaboraba con los gastos del
Programa porque era consciente de la importancia de la cultura, así es que
todos los escritores presentes debían de sentirse doblemente afortunados de
estar allí ese día. La doble fortuna consistía en que eran participantes del
Programa y en que verían los tesoros artísticos. ¿Te fijas?, comentó Ramón,
estos yanquis siempre te dicen que tú eres afortunadísimo de estar aquí,
y jamás dicen que ellos tienen la fortuna de contar con nosotros, ¡qué
nuevorriquismo! ¡Qué país!, exclamó Eligio, quien jugaba gatos con Susana y
procuraba, como ella, no mirar en dirección del polaco. El dueño de la
aseguradora, porque eso era el hombre impecablemente planchado que les hablaba,
les hizo un obsequio: un maletín de viaje, con el nombre de la compañía en
grandes letras doradas, en cuyo interior encontraron un manual de primeros
auxilios y una cajita con analgésicos y antiácidos. Seguramente los vamos a necesitar,
consideró Ramón. Los tesoros artísticos se hallaban estratégicamente repartidos
en los veintidós pisos del edificio, así que, divididos en dos grupos que se
encontraban continuamente y procuraban ignorarse, avanzaron entre secciones de
empleados todotraje y vieron los cuadros, debidamente abstractos, que
coronaban, como diplomas, los cubículos reducidísimos de los empleados más
agraciados. Pero mira tú, deberían fusilar al burócrata encargado de las
adquisiciones, disertaba Ramón el Experto en Pintura Contemporánea; las firmas
son inobjetables pero los cuadros todos corresponden a severos momentos de
diarrea de los famosos. Pero Eligio se hallaba aterrado porque, al igual que en
el periódico y en el aeropuerto de Chicago, el silencio que había en la
aseguradora era impresionante. Esto enchina la piel, reveló a Susana, te juro
que no soporto este silencio, no es humano, me cae. Cállate mi amor, que
estás haciendo que vea a cada empleado como robot con traje. ¿Se han fijado que
nadie se atreve a mirarnos? Señaló Edmundo. Deben de tenerlo prohibidísimo. ¿No
serán tímidos? Deslizó Hércules con una sonrisita. Más bien ha de haber algún
cañón de rayos láser empotrado en la pared, que fulmina a todo aquel que alce
la vista, concluyó Eligio.
Salieron de la aseguradora con los pies hinchados de
tanto caminar, mas, para sorpresa colectiva, sólo hicieron una breve escala en
un Holiday Inn, hay servicio de niñeras, para que los participantes pudieran
ponerse los trajes típicos de sus países. Becky, la Gringuez, John y Myriam se
encargaron después de pastorear a todos para que reabordaran el autobús, donde
se repitió la ronda de canciones universales hasta que llegaron a la casa de la
Rica Dama Escritora que Apoyaba el Programa. Se trataba de una obvia casa de
rico, con pisos de parquet, cuadros abstractos que también eligió el encargado
de adquisiciones de la aseguradora, larguísima mesa e incluso mayordomo! Ya
estaban allí varios invitados locales, todos personas sensibles que apreciaban
el arte literario y mayores de setenta años, vestidos con smokings y trajes de
noche. Los más dóciles del Programa habían acatado la sugerencia de llevar
trajes folclóricos; el egipcio, una gran túnica blanca de grandes rayas e
inscripciones; los chinos se habían puesto complicadas combinaciones de telas
satinadas y mocasines muy lucidores; el nigeriano vestía otra túnica, sólo que
dorada. Eligio y Susana veían los cuadros cuando fueron saludados por un par de
viejitos, quienes les preguntaron de dónde eran y qué habían escrito y si
habían disfrutado de su estancia en Estados Unidos, ¡qué inmensa oportunidad
para ustedes de haber podido venir aquí! También para ustedes, dijo Susana,
paciente, es una gran oportunidad conocer a artistas de tantos países, ¿no es
verdad? La verdad era que la pareja de viejitos ya había viajado por el Lejano
y el Cercano Oriente, la India, el norte de África, Australia, América Latina y
Europa, pero lo que les asombraba era ver que tanto Susana como Eligio fumaban,
¿no habían leído los reportes científicos acerca del daño que causa el
tabaco?: cáncer, pérdida de energía, caída de pestañas, prominencias ventrales,
halitosis e impotencia, entre otros. Por supuesto, concedió Eligio, encendiendo
al instante un nuevo Delicados, aunque no pensaba hacerlo, para poder echar el
humo a los senior citizens; pero la verdad es que nos gusta fumar para que se
enojen los entrometidos en la salud ajena. Los ancianos sonrieron forzadamente
y se fueron, con aire molesto. Los ofendiste, mi amor, no tienes vergüenza.
Ellos son los que no tienen madre, ¿qué les importa si fumamos o no? Ellos
contaminan más el ambiente con su pinche nuevorriquismo. Olvídate Eligio, aquí
todo mundo te vibra fuertísimo para que no fumes. Eso merece otro cigarrito.
Dejaron de ver los cuadros porque Rick avisó que comenzaba la animación y con
grandes rugidos pidió que todos se concentraran en torno a él. Primero lo
hicieron los que soportaban los trajes típicos de sus países, después los demás
participantes y al final los ancianos millonarios que miraban todo con aire
aburrido y condescendiente. Rick y Wen pidieron que, para animar la fiesta, se
cantaran canciones de cada país. Wen miró en dirección de Susana y Eligio, pero
éste le devolvió una mirada tan fiera que mejor buscó otros voluntarios. Pero
allí estaba el egipcio, quien prologó su canción anunciando que todo ese día
había ayunado, porque él era un hombre religioso que veneraba las sacras
costumbres de su país. Pinche egipcio de cagada, comentó Eligio, mueve las
manitas como niño en entrega de premios. Seguramente le enseñaron esa
cancioncilla cuando era escolar, dijo Edmundo. De la Escuela de Oportunistas,
añadió Ramón. Al terminar su canción, el egipcio leyó el poema que había
compuesto al llegar a esa noble casa, lo cual motivó sonrisas pacientes de la
anfitriona. Susana pidió un cenicero, pero como el mayordomo la miró como si
hubiera pedido una inyección de heroína, Edmundo se fue a la mesa y trajo un
platón seguramente destinado a una ensalada. Allí tienen escritorcillos, dijo,
para que no derramen la ceniza.
Después del egipcio, uno de los chinos cantó, a
instancias de Wen, una melodía con voz nerviosa y muy bajita, hasta que la
misma Wen lo acompañó y al poco rato era un quinteto de chinos el que entonaba
la sentida canción del terruño. Entusiasmada por el éxito, Wen pidió a la
participante china que los deleitara con una canción de Beijing. La china era
timidísima y quería y a la vez no quería, así es que sus paisanos la urgieron
para que no se inhibiera. La china asintió, pero cuando todos guardaron silencio
la acometió un nuevo ataque de rubor. Anda, no temas, dijo Wen, quien también
se había puesto un lucidor vestido negro de seda con flores estampadas que
revelaba que aún tenía un cuerpo navegable, o al menos eso comunicó, en
susurros, Eligio a Ramón, pero éste no estuvo de acuerdo, qué va hombre, tiene
cuerpo de pizza. Canta, te escuchamos, insistió Wen con voz dulce, y la china
volvió a asentir, alucinada. Todos volvieron a guardar silencio, pero tampoco
esa vez la china pudo cantar. Esto es inconcebible, oyó Eligio que comentaba la
anfitriona millonaria, todos la estamos escuchando, ¿no es así?, ¿por qué no
canta? Es una grosera, dijo otra vez susurrante. ¡No puedo!, reconoció
finalmente la chinita, enrojecida al máximo, antes de salir corriendo hacia el
jardín. Qué tierna, juzgó Ramón con una sonrisa displicente. Eligio lo
codeó para que oyera a los viejitos, no entiendo cómo pudo suceder esto, todos
la escuchaban, ¿qué quería, que la ovacionáramos antes como si fuera Luciano Pavarotti?
Pinches gringos, deslizó Eligio, estos pendejos creen que los changuitos
extranjeros tienen la obligación de divertirlos. Además, agregó Ramón, de haber
cantado también les habría parecido mal. Yo tengo hambre, anunció
Hércules. ¿Se dan cuenta?, dijo Susana, es claro que toda esta gente ha
envejecido repitiendo año con año esta misma fiesta, por eso están tan
aburridos. Sí, dijo Hércules, por eso no les simpatizamos: nosotros encarnamos
el Horror De Todos Los Años. ¡Qué cante Hércules!, gritó Eligio, de repente.
¿Quién?, preguntó Rick. Hércules, esta cosa colombiana. No jodas mexicano, dijo
Hércules en español y sin perder la sonrisa. ¡Sí, paso a Colombia!, pidió
Edmundo y Ramón lo apoyó: ¡que cante y que baile! ¡Y que se encuere!, añadió
Eligio, ¡que nos haga un estriptís para que no se aburran los senior citizens!
Todos los extravertidos del Programa empezaron a corear ¡que cante, que cante!,
y Hércules se puso de pie y empezó a cantar La Violetera. ¡Coño!, rió Edmundo,
este Hércules seguramente vio mil veces El último cuplé, mirá qué bien agarró
el numerito. ¡Mucha ropa, mucha ropa!, gritaba Eligio en español y los ancianos
lo miraban con curiosidad, ¿qué dice?, se preguntaban, ¿miuscha roupa? Probably
he wants him hanged with a rope or something, explicó Altagracia, quien
presumía de entender un poco de español. Eligio estalló en aplausos cuando
Hércules, con meneos bien ensayados, empezó a quitarse el saco marinero. Ramón
codeó, feliz, a Edmundo para que viera cómo las expresiones de los ancianos
dejaban la condescendencia y empezaban a mostrar disgusto. Eligio encendió un
cigarro y lo pasó a Hércules. Hércules procedió a fumar lánguidamente a la vez
que se quitaba la camisa. ¡Mira, Herculillo usa camiseta, qué salvaje!,
rió Eligio, ¡qué degenerado!, contribuyó Ramón. Todos los invitados se hallaban
muy serios, y Wen y Rick sonreían nerviosamente hasta que, cuando Hércules
empezó a desabotonarse la bragueta, Rick pegó un salto y aplaudió con una gran
sonrisa, ¡eso es suficiente, gracias amigo!, exclamó.
Rick dijo a todos que antes de comer sería bueno que
cantaran alguna canción que todos conocieran, My Bonnie! Con grandes ademanes,
más de remero que de director de orquesta, Rick convocó el entusiasmo
colectivo. Todos los participantes cantaron, pero varios dejaron de hacerlo al
ver que prácticamente todos los ancianos seguían en silencio. Eligio se puso en
pie cuando Rick terminó de dirigir la canción. ¡Pido la palabra! ¡Concedida!,
aplaudió Rick. He advertido que todos los extranjeros cantamos My Bonnie, ¿no
tienes un cigarrito mi amor?, pidió a Susana y continuó: sin embargo, el
personal estadunidense, que no americano, se negó a hacerlo. Igualmente
cualquiera puede darse cuenta que varios participantes del Programa trajeron
sus vistosos trajes folclóricos, pero veo con pena que nuestros amigos de
Estados Unidos lucen internacionales tuxedos y largos trajes de noche, ¿no
habría sido justo que estos amables caballeros se vistieran con trajes de
vaquero y, algún otro, de indio?, ¿y las gentiles y viajadas damas se hubieran
vestido como peregrinas del Mayflower o, cuando menos, con un atuendo de
Halloween? Momento, ya acabo. Una última observación: estoy muy contento a
pesar de que a muchas personas no les guste que fume, aclaró Eligio con un
guiño y pidió con señas otro cigarro a Susana. Aquí hay excelentes bebidas y no
dudo que la cena sea espectacular, pero estoy contento principalmente porque
todo es nuevo para mí, ¿no sería deseable que los nobles ancianos aquí
presentes se divirtieran también? ¿Será que estas personas, millonarias
espiritualmente, ya están aburridas de presenciar la misma fiesta año con año?
Ya acabo, ¡ya acabo!, quiero concluir, señores, pidiéndoles que se
diviertan, ¡no sean rancheros! Con una rapidez extraordinaria Rick ya se había
puesto en pie. Es cierto que cada año, dijo, recibimos las atenciones de
nuestra anfitriona, una de las damas escritoras más apreciadas de todo el país,
pero les aseguro que esto no es una rutina para nosotros ni para nuestra
anfitriona ni para los invitados, todos nosotros estamos muy contentos,
¿o no es así?, concluyó volviéndose hacia la muy Apreciada y Querida Escritora,
quien sonrió, fatigada. Vamos a cenar, fue todo lo que dijo. ¿Serían tan
amables de ayudarnos?, pidió Becky sin ver a nadie, como pueden darse cuenta la
servidumbre no es suficiente. Te hablan Mamón, digo: Ramón. No, te hablan a ti,
Eligio de la Chingada. No, le hablan al Eruano Uto. No, le hablan a Herculazo
Raso.
La cena espléndida. Toda la gente comió y bebió
hasta hartarse, a excepción de los invitados locales que cuidaban sus dietas.
Como nada aliviaba el ambiente, la mayoría de los participantes se concentró en
beber, agrupados, como siempre, en sectores. Pero nadie bebió como el grupo
latinoamericano, cuyas risotadas desinhibieron a otros y, cuando salieron al
jardín, supuestamente a ver las maravillas de jardinería japonesa de la
anfitriona, varios lo hicieron con botellas. Todos se dieron cuenta pronto de
que la salida al jardín no era tanto para apreciar las prodigiosas plantas
bonsai sino para que el frío terminara por aniquilar la fiesta. Todos se
despidieron y subieron al autobús, sin soltar las botellas. La casa de la
escritora se hallaba en las afueras de la ciudad y el autobús tuvo que
internarse en un camino vecinal. Dentro, la oscuridad era casi total, y sólo
numerosas puntas brillantes de cigarros se desplazaban como luciérnagas
borrachas. Sólo se escuchaban murmullos, risitas, suspiros y ruidos de líquidos
bamboleantes y por eso todos saltaron cuando se oyó estruendosa la voz del
nigeriano que bramaba: urination stop!, urination stop! Todo mundo se soltó a
reír, pero el autobús no se detuvo. Urination stop!, rugió de nuevo el
nigeriano, que ahora trastabillaba por el pasillo del autobús. ¿Qué dice?,
preguntó Rick, que iba en el frente. Quiere orinar, le informó alguien.
U-ri-na-tion stop!, insistió el nigeriano ya junto al chofer. El autobús se
detuvo y el nigeriano bajó, y allí mismo, bien visible por los faros del
vehículo, procedió a orinar mientras exclamaba, desde el fondo de su corazón:
¡ahhhhh!, y después empinó la botella sin dejar de orinar. Eligio estaba muerto
de la risa. No nos vamos a ir nunca de aquí, si sigue chupando y meando al
mismo tiempo, ¡qué tipo! Ay Dios, murmuró Rick, paciente. El chofer apagó los
faros y durante unos instantes se siguió escuchando el ruido del chorro
caudaloso del nigeriano, quien finalmente subió de nuevo con un estentóreo
¡gracias!, y empezó a cantar My Bonnie, trastabillando. My
bonnie lies over the oshun. Cayó encima de Becky. ¡Dios mío!,
exclamó ella y lo empujó con todas sus fuerzas, my bonnie lies over the sea, en
el momento en que el autobús arrancó y el movimiento hacía que el nigeriano se
fuera al suelo. ¡Maldita sea!, gritó al ponerse en pie y en excelente inglés,
¿nadie tiene la decencia en este jodido autobús de esperar a que un escritor
tome asiento? Oh bring back my bonnie to me!, cantó alguien. En
el frente del autobús, Rick, Wen y Becky discutían en voz baja pero intensa.
¡Esto es una mierda!, gritó nuevamente el nigeriano, antes de bajar dejé aquí
mi botella y ahora ya no está, ¿quién la tomó?, ¡devuélvanmela! Tú la tomaste,
acusó Ramón en el más puro aliento helleriano. Claro, tú me lo ordenaste, ¿no?,
respondió Edmundo dando un largo trago. Es un excelente etiqueta negra, dijo
después. ¿Quién se robó mi botella? ¡Devuélvanmela! My bottle
líes over the ocean, se oyó cantar, y todos contestaron al unísono: oh bring
back my bottle to me! ¡Jodidos!
¡Pendejos! ¡Comemierdas! ¡Culeros! ¡Hijos de la chingada!, bramaba el nigeriano
a todo volumen. Rick casi corrió por el pasillo hasta llegar a él. Por favor,
Jerry, te estás propasando, ¡modérate! ¡Tú también te vas al culo, tú...
fanático de futbol., gritó el negro y se escuchó un golpe sordo y después un
quejido. ¡Paren esta nave!, ordenó el nigeriano, ¡aquí mismo me bajo y no
volveré jamás a este programa de mierda, nido de oportunistas, arribistas,
presuntuosos, pedantes, traidores, hijos de puta, culeros, culeros! Déjenlo
bajar, se oyó decir a Rick con voz quejumbrosa, envejecida; que se vaya. ¡A un
lado, fusibles, bulbos, escalpelos, bisturíes, tuercas, transistores, teclas,
culeros, jodidos, jodidos todos! El autobús se detuvo de golpe, abrió su
puerta, y el nigeriano, con su túnica dorada, se perdió de vista.
Dos son muchos (en mi nube)
El nigeriano desapareció del Programa y nadie supo
con exactitud qué ocurrió con él, ya que Rick, Wen y Becky mostraron un
hermetismo total y los escritores agotaron pronto las especulaciones: lo habían
encarcelado, lo habían corrido del Programa, de la ciudad, del país; no, lo
habían entregado a una horda de rednecks que el Programa importó del sur. Se
aproximaba ya la fecha de las presentaciones de Susana y de Hércules -Ramón y
Edmundo desde un principio se negaron a exponer-, y Susana ocupó la mayor parte
de su tiempo en escribir su ponencia. Avanzaba con cautela, quería hacerlo muy
bien y visitaba con frecuencia la biblioteca de la Universidad, oye, no es nada
mala la biblioteca de la Universidad, ¿eh? Eligio sonreía. Él ocupó el tiempo
ayudando a Hércules, quien quería hacer una pequeña puesta en escena en vez de
conferencia, y para eso Eligio era invaluable. Pronto formaron un grupito con
la ayuda de Edmundo, la Gringuez, Irene e incluso Altagracia, quien se propuso
como voluntaria y fue aceptada en el acto. Susana no protestó porque ni cuenta
se daba: seguía preparando su conferencia y no le preocupaba que después de los
ensayos, Eligio y los demás se fueran a beber como cosacos.
Todas las noches el frío arreciaba y Susana
esperaba, con ansia creciente, que cayera la primera nevada; varias mañanas las
plantas amanecieron escarchadas y el frío era más terrible que nunca, pero nada
de nieve, no caía. Susana seguía trabajando, acompañada ahora de excelente
música pues finalmente Eligio compró el equipo de sonido que tanto había
deseado, y así, entre acordes schubertianos y mordiscos a las últimas manzanas
de la temporada, Susana se desentendía de todo lo que ocurría en su derredor.
Eligio llegaba al cuarto ya avanzada la noche, con fuertes olores a alcohol y
se desplomaba como fardo, listo para hacer el amor a la mañana siguiente entre
las brumas de la cruda. En momentos, Susana era atacada por un estado de ánimo
prácticamente desconocido: infinidad de veces se había sentido deprimida, pero
sus depresiones, con todo, eran cálidas, seductoras: una dulce inactividad que
le despellejaba el alma y que la hacía querer llorar o escribir poemas que
invariablemente rompía sin leerlos. En ocasiones pensaba en Slawomir.
Simplemente no podía perdonarle a Eligio que lo hubiera golpeado aquella
primera noche de verdadero frío. Susana se dio cuenta de que el polaco podría
aplastar a Eligio, y sin embargo no quiso hacerlo, una extraña autoinmolación que
en Susana se expandía y se convertía en una metáfora peculiarísima de... ¿qué?
No poder penetrar en ese acertijo, si es que acaso existía, era algo que
exaltaba la curiosidad de Susana y que la dejaba sin fuerzas, derretida en la
cama, envuelta por el adagio del trío opus cien de Schubert. Por último, Susana
tenía que salir del cuarto, pero no se animaba a unirse al grupo que ensayaba
entre carcajadas, botellas de ron, siempre riendo, siempre alegres y
despreocupados. Susana los veía de lejos, en el umbral del salón del Kitty Hawk
donde ensayaban, y después seguía su camino hacia el parque y el río.
Hércules fue el primero en presentar su ponencia.
Los actores y el dramaturgo tuvieron un éxito absoluto, gracias a su
entusiasmo, a todo tipo de morcillas léperas y apartes al público; supieron
contagiar a los demás y, a la vez, dieron una amplia información crítica del
teatro en Colombia. El entusiasmo fue tal que Wen, después de la sesión, invitó
al grupo a cenar a su casa, donde se repitió la fondue múltiple y en la que
Eligio acabó con el cuadro atragantándose de chiles chinos. Uno de los chinos,
muy cortésmente, retó a Eligio a una competencia para ver quién comía más
picantes. Eligio triunfó después de comer treinta y siete, puta madre, los
últimos quince me los tuve que tragar enteros, explicaba Eligio al día
siguiente cuando su diarrea ya era legendaria en el Kitty Hawk. Qué mal se puso
Eligio, pensaba Susana, pero qué divertida nos dio a todos, pues entre los
quejidos, pujidos, estertores, flatulencias, retortijones y visitas incontables
al baño seguía teniendo humor para hacerse chistes suicidas. Hércules informó a
Susana que había aprendido enfermería en sus años mozos, cuando era mozo de un
hospital de Bogotá, y que con o sin su permiso él se encargaría de Eligio. Lo
hizo: preparó caldos, compró kaopectate sin receta, vigiló la temperatura e incluso
consiguió, quién sabe cómo, guayabas, excelentes vasoconstrictoras, y preparó
un dulce que en verdad era delicioso y que a Eligio le hizo recordar el
cuasiesotérico atole de guayaba que una vez, en Cuautla con los hermanos Gil,
preparó Arturo Alarcón. A los tres días cesaron las fiebres y la diarrea, y
Susana pudo concentrarse en dar los últimos toques al texto. Edmundo y Ramón lo
leyeron y les pareció excelente, excelente, repetía Ramón. Llevaron el texto a
las oficinas universitarias del Programa, para que lo fotocopiaran, pero cayó
en manos de Becky, quien dictaminó que el inglés era muy idiomático y requería
una corrección de estilo. Ella misma se propuso para hacerlo, con la ayuda de
la Gringuez; Susana y Ramón se aterraron, pero a fin de cuentas Becky no sólo
corrigió el inglés sino que lo hizo excelente, excelente repetía Ramón. Becky y
la Gringuez se desvelaron remecanografiando el opus magnum, y lo tuvieron listo
a la hora exacta de la sesión, cuando Susana rezaba entredientes para que Becky
no fuera a salir con una broma de represalia. De ninguna manera: Becky llegó
cargada de cuartillas, apenas pudimos engraparlas, explicó. Susana decidió a
última hora que Eligio leyera su presentación, y Eligio se lució. Leyó con
serenidad, con toda corrección y los matices justos, y el texto sonó sumamente
bien. Wen, Rick seguía enfermo, se puso en pie y abrazó a Susana; le dijo, en
voz baja, que la suya había sido la mejor presentación que había oído en años,
que era una ensayista muy lúcida y dotada. De nuevo invitó a cenar a su casa,
pero en esa ocasión únicamente asistieron Susana y Eligio, y ellos se sintieron
extraños al estar solos con Wen y Rick, aunque este último no les hacía mucho
caso y se retiró temprano. Wen les contó de su niñez y su adolescencia en
China, primero en el continente y después en Taiwán. Susana se asombró al darse
cuenta de que el ambiente era muy agradable: Wen, Eligio y ella conversaban
casi como amigos, sin defensas y con gusto, y eso la hizo considerar que,
aunque jamás lo hubiera imaginado, había acabado aclimatándose a la ciudad; en
ese momento le parecía sumamente lejano el día en que Becky y la Gringuez la
habían recibido en el aeropuerto de Little Rapids, y muy lejano también el día
en que se llevó la sorpresa del siglo cuando vio a Eligio allí mismo, saliendo
del biombo, ¡qué tipo!
Después de la presentación, Susana entró en un
extraño vacío; todo lo que había escrito y también, indirectamente, la puesta
en escena de sus amigos, la había dejado agotada, y con una necesidad que no
llegaba a definirse y que en momentos parecía indicar que había llegado el
momento de volver a casa; después de todo, con su presentación habían concluido
las actividades formales del Programa y sólo quedaban algunas lecturas en una
librería. No quiso acompañar a Eligio las veces en que él y los amigos fueron
de excursión a los bares de la ciudad. Irene ni siquiera le inspiraba celos,
aunque advertía que la jovencita seguía reverenciando a Eligio; él, en cambio,
la trataba con la misma camaradería y brusquedades que dedicaba a los demás; en
momentos pensó que algo extraño estaba ocurriendo, pero no sintió una gran
curiosidad por averiguar qué era; en realidad, Susana no quería pensar en nada
de eso y daba largos paseos, oyendo música con la grabadora de audífonos por el
parque helado, en el cual ya se habían suprimido los juegos mecánicos y eran
pocos los que deambulaban con sus parkas y botas para el frío.
Deja que sangre.
Un día, Eligio despertó y no halló a Susana junto a
él. No le sorprendió, porque ya eran varias las ocasiones en que ella se
levantaba temprano para pasear en el parque. Calmosamente Eligio se vistió, se
lavó y pasó al desayunador, donde Joyce huyó al verlo. Se hizo un sándwich y
fue a comerlo junto a la ventana, casi seguro de que vería a Susana leyendo
sentada cerca del río. Pero no la vio.
El cielo estaba nublado y soplaban fuertes ráfagas
de viento. A Eligio le pareció ver algo extraño y miró con atención hacia
afuera. ¡Claro! ¡Estaba nevando finalmente! Primero eran unos copos que más
bien parecían trozos de granizo aguado que, con el viento, se desplazaban por
la avenida, serpenteaban vertiginosamente a causa de las corrientes de aire. La
nieve comenzó a caer con más fuerza, y Eligio se dio cuenta de que su corazón
se bamboleaba y de que se hallaba feliz ante el espectáculo. La nieve caía con
una callada persistencia y se acumulaba en el suelo. Era una bendición
contemplar cómo el pasto reseco del parque, junto al río, se iba cubriendo de
una fina capa blanquísima, definitivamente lo más blanco que existe es la
nieve, reflexionó Eligio, ¡carajo, dónde estará Susana!, pensó después; le
habría gustado mucho que los dos viesen juntos en esa primera nevada, y no le
parecía un buen augurio que en ese momento cada quien anduviera por su lado. De
repente se descubrió lleno de energía y supo que tendría que bajar
inmediatamente a la calle a correr entre el viento helado, a abrir la boca y
tragar nieve, a hacer las primeras bolas como ya lo hacían varios participantes
del Programa: allí andaban los chinos, y Ramón y Edmundo y Hércules, muy
divertidos bajo la nevada que cada vez era más fuerte; ya le estaba costando
trabajo distinguir bien las figuras allá abajo.
En ese momento oyó un estrépito en la puerta del
cuarto. Fue hacia allá al instante, pensando que Susana habría olvidado su
llave y vendría toda sonrisas para arrastrarlo abajo, a la nieve, pero quien
entró como tifón fue Altagracia; venía furiosa porque, según ella, esa maldita
Susana de nuevo le había robado a su hombre, sí, al polaco, ¿a quién si no?,
esos dos hijos de perra se habían largado del Programa. Eligio se quedó helado,
y creyó que Altagracia le estaba representando una broma casi perfecta, a juzgar
por la calidad de la actuación, pero no podía ser, Altagracia seguía pegando de
gritos, casi histérica, diciendo si estaba sordo o era estúpido o las dos
cosas, se habían largado, ¿no lo podía comprender?, ¡se habían ido! ¿A
dónde, a dónde?, rugió Eligio, de pronto impaciente, reprimiendo los deseos de
despellejar viva a esa maldita oriental. Altagracia no sabía a dónde, pero
sabía que el húngaro y el checo también se habían ido, y ella creía que
estarían en Chicago, pues desde tiempo antes querían conocer a Saul Bellow, ya
que el Programa ni lo había invitado ni había organizado una excursión para
visitarlo. Uno de los socialistas se había quedado, quizás él supiera algo más.
Eligio salió
corriendo del cuarto, bajó varios pisos a grandes zancadas y llegó al cuarto
del poeta rumano, quien, al ver llegar a Eligio luchó por borrar el sobresalto
y la palidez y alcanzó a decir que sus amigos habían planeado hospedarse en una
especie de albergue de la Asociación de Jóvenes Cristianos. Eligio regresó a su
cuarto, saltando de dos en dos los escalones. Echó ropa en una maleta y después
fue a la cocina. Hurgó entre unos estantes y de una jarra obtuvo la pistola
calibre veinticinco. Se la metió bajo el cinturón y regresó al cuarto. Estaba
dominado por una fuerza ardiente, como si cada cinco segundos lo bañara un
perol de aceite hirviendo, y no quería pensar, pero no podía evitarlo, hija de
la chingada, pinche vieja puta, qué calladito se lo tenía, seguramente había
estado viéndose con ese polaco de mierda desde quién sabe cuánto tiempo antes,
y él, de estúpido, había confiado enteramente en ella, ni siquiera le pasó por
la cabeza la posibilidad de que Susana reincidiera con ese culero y mucho menos
que se largara con él, pero ya vería, esta vez sí iba a partirle toda la madre
a ese albino estúpido, mientras más grandotes más imbéciles, y a Susana la iba
a dejar plana a cintarazos. Pendeja, pendeja, se repetía, no lo conocía, no
sabía de lo que era capaz. En la cama del cuarto Altagracia lloraba, y Eligio,
al verla, sintió una cólera helada. A ver tú, mueve tu culo de aquí, vámonos
pafuera, órale, le dijo, pero ella no le hizo caso, y Eligio contuvo la
necesidad de darle una tanda de puntapiés; sólo la pescó de los hombros y la
sacó del cuarto a empujones.
Afuera, Eligio echó a correr, bajó las escaleras en
un instante y pronto se hallaba en el estacionamiento de Kitty Hawk, donde la
nieve caía sin cesar y el piso del estacionamiento se había cubierto de nieve
chocolatosa por el tránsito de autos y gente. Ni siquiera sentía frío cuando se
metió en su coche. Acababa de accionar la ignición cuando, junto a él, se
estacionó la camioneta del Programa. ¿Piensas salir?, le preguntó Becky
con nubes de vaho en la boca, después de bajar la ventanilla. Eligio ni
siquiera le contestó y se concentró en tratar de echar a andar el motor, que
estaba helado. ¡No salgas!, insistió Becky, las calles están imposibles por la
nieve y tu auto ni siquiera tiene llantas adecuadas, las autoridades de la
ciudad aún no despejan la nieve de las calles, la tormenta está muy muy fuerte.
El vega logró arrancar finalmente y Eligio metió la reversa cuando, de pronto,
se volvió hacia Becky. ¿Cómo llego a Chicago?, le preguntó. ¿A Chicago?,
repitió Becky, desconcertada. ¡Sí, a Chicago, con un carajo, dime qué puta
carretera tengo que tomar! No me gustan nada tus modales, replicó Becky,
ofendida; pero te diré que a Chicago se va por la interestatal ochenta, y ya
sabes, tú puedes hacer lo que quieras pero es suicida salir con este tiempo,
por la radio han avisado que la tormenta durará mucho más tiempo aún y se
recomendó a los motoristas que no salieran salvo en casos de verdadera
urgencia, y tú no tienes ninguna experiencia manejando en la nieve. ¡Vete a la
mierda!, gritó Eligio, en español, y salió a toda velocidad: el vega se coleó
con fuerza y Eligio se aterró cuando metió el pedal del freno hasta el fondo y
el auto no se detuvo, sino que empezó a patinar rabiosamente en un montón de
nieve blanda. Eligio volvió a acelerar, en la madre, pensó, creo que tiene
razón esa pinche flaca; el auto logró desatascarse y salió disparado hacia
adelante.
Tomó la avenida principal y ésta, a los pocos
metros, lo llevó a la carretera, donde, para su alivio, advirtió que no había
tanta nieve, ya que el viento la barría hacia los lados; varios vehículos
transitaban por allí, camiones de carga principalmente, y aunque todos
manejaban con prudencia no iban tan despacio. Eligio se pegó a un gran tráiler
que corría a setenta kilómetros por hora y se fue detrás de él, con los ojos
muy abiertos y las manos sudorosas: cada vez más advertía los peligros de
manejar en esas condiciones y mientras más alerta trataba de estar, mayor
angustia experimentaba. El viento soplaba con furia y zarandeaba al cochecito.
Tres horas después la tormenta empezó a amainar. En
esa parte de la carretera alguien había despejado la nieve; eso permitió que
Eligio se relajara un poco. Pudo ver que en su derredor todo era de una
blancura interminable, la nieve se perdía en los horizontes. Eligio manejó sin
detenerse, con el cuerpo engarrotado, ya que por las premuras olvidó ponerse
todo lo que acostumbraba para no sentir tanto frío: dos pares de calcetas, ropa
interior térmica, camisa de franela de manga larga, chaleco, grueso chamarrón,
guantes, bufanda, gorro y orejeras. En ese momento sólo se había echado encima
la chamarra pero sentía que sus piernas se iban a astillar de tan heladas. Sólo
se detuvo a cargar gasolina, a entrar en el baño y a comprar un mapa de
Illinois, donde ya se encontraba. Cuando regresó al auto, el dependiente le
preguntó si iba muy lejos. A Chicago, respondió Eligio, viendo suspicazmente al
joven de greñas rubias que sonreía, divertido. ¿Por qué? ¿No le ha dado
problemas su carro? Hasta el momento, no. ¿por qué?, insistió Eligio. Es que
estos vegas salieron muy malos, a cada rato se descomponen y si se quieren
vender, hay que darlos muy baratos. ¿Como cuánto costaría este coche, entonces?
Pues unos doscientos dólares. ¡Muchas gracias!, exclamó Eligio y
rearrancó rogando porque el vega no fuera a dejarlo tirado en plena nieve, con
razón me lo dieron tan barato, pensó, muy atento a todas las señales de la
carretera, las desviaciones a pueblos que él nunca llegaba a ver porque lo
impedían los muros de la carretera, que era muy amplia. Más adelante empezó a
sentir hambre, pero no se detuvo, quería conservar su estado de ánimo, esa
cólera ardiente que lo bañaba cada vez que pensaba en Susana y el polaco. No
quería calmarse para nada, sino llegar a Chicago con una hoguera rabiosa por
dentro, no escuchar nada de lo que le quisieran decir, si es que querían
decirle algo, y poder acabar a patadas con los dos hijos de la chingada.
Ya estaba avanzada la tarde cuando cambió de
carretera hacia Chicago que, por otra parte, ya debía estar cerca. Allí también
había nevado pero la carretera ya estaba despejada y él corrió a todo lo que
daba el vega; ya se había acostumbrado a lo resbaloso del asfalto y, además,
otros vehículos corrían a más de cien kilómetros por hora. Era de noche cuando
al fin entró en Chicago, por una zona que se parecía muchísimo a cualquiera de
las entradas de las ciudades que había visto en Estados Unidos. A Eligio no le
interesaba lo que veía, sólo quería llegar al centro y allí averiguar dónde se
encontraba ese albergue de los Jóvenes Cristianos, qué pendejos socialistas,
pensó, ve nomás a dónde se fueron a meter. Eligio recorrió calles sin saber por
dónde se encontraba, aunque tenía la impresión de hallarse cerca del centro.
Siguió manejando hasta que, de pronto, llegó a una amplia avenida que costeaba
el lago, cuyas olas se estrellaban con furia en la playa. Parecía el mar,
decidió Eligio viendo el agua encrespada por el viento a lo lejos.
Detuvo el auto y caminó a la orilla del agua, con un
frío cada vez más terrible. Los dientes le castañeteaban y continuamente se
frotaba los muslos. No supo cuánto tiempo permaneció allí, frente a las olas
que rompían, escuchando sin escuchar el fragor del viento. No sabía en qué
momento había perdido todas las fuerzas y en ese momento se sintió desolado,
pequeñísimo frente al lago embravecido y con los inmensos edificios bien
iluminados, seguramente calientitos y acogedores, a sus espaldas. Supo que se
hallaba más lejos que nunca de casa, pero su casa no era el departamento de la
ciudad de México sino un impreciso centro dentro de sí mismo, él cohabitado por
Susana. Qué lejos se hallaba, en el perfecto culo del mundo. Vio pasar a unos
muchachos, bien protegidos del frío, que hablaban a gritos, festivamente, y a
Eligio le parecieron seres de otra galaxia que se comunicaban en un idioma
incomprensible pues nada de lo que gritaban se podía entender; eran entidades
vagas, delgadas, con atuendos extraños que subrayaban la manera como la mente
de Eligio se expandía en explosiones lentas pero indetenibles, su conciencia se
fragmentaba, se alejaba en cámara lenta en todas direcciones. Encontró una
banca y allí se desplomó, con más frío que nunca; jamás imaginó que pudiera
existir un frío tan terrible, que penetrara hasta lo más interno de sus huesos;
le daban ganas de llorar y petrificarse, la nueva estatua de sal frente al
lago, pero sería inútil porque seguramente sus lágrimas se congelarían tan
pronto como emergieran y colgarían como estalactitas de sus pestañas, el peso
de su llanto, el llanto sin cesar que empezaba a fluir con lentitud de su
mirada, las brumas acuosas que borraban los contornos, una mancha gris y
rabiosa, con puntas verdes, se agitaba frente a él, él mismo era esa mancha
grisácea que empezaba a cristalizarse, con aristas más filosas que las de su
desesperación; lloraba a moco tendido, a gritos, sin querer controlarse,
vaciándose a través del llanto, sintiendo que con cada espasmo de él escapaban
largas y viscosas fibras de color gris, el color de la muerte.
No supo cuánto tiempo lloró en esa banca, y se
sobresaltó al volver a experimentar el frío con su máximo rigor, porque dentro
de esa cápsula de grisura todo perdía su forma, aunque tampoco había ni frío ni
calor. Sus dedos, bajo los guantes, estaban húmedos y rigidizados, y los pies,
a pesar de las botas, le dolían, cualquier mínimo movimiento desplegaba
abanicos de sufrimiento que ascendían hasta cimbrar su cabeza. Resopló
fuertemente y creó una revuelta nube de vaho. Se puso en pie sacudiendo la
cabeza para recuperar la lucidez. Durante unos segundos no supo ni dónde se
hallaba ni qué hacía allí, sólo era consciente del frío tan espantoso que
hacía, todo era un inmenso pozo de vaciedad en el que pendían algunas luces;
sí, se dio cuenta después, unas embarcaciones se zarandeaban en el lago, éste
es el lago Michigan, estoy en Chicago, soy Eligio a la caza de mi mujer.
Reflejos en el agua de las luces de los edificios. Qué frío. Estaba nevando
nuevamente y Eligio alzó el rostro, pero la nieve no lo mojaba como la lluvia,
simplemente depositaba su presencia suavemente, acariciándolo, besando su
frente para que muriera mejor.
Este pensamiento le devolvió la lucidez y supo que
tenía que comer algo, se hallaba tan débil que le costaba trabajo erguir la
cabeza. Había que comer, alimentarse, de otra manera iba a llegar con Susana a
desplomarse ante ella, pidiéndole un refugio en la tormenta. Regresó al auto y
en esa ocasión manejó despacio y con mucho cuidado, pues su mente se iba, le
costaba un gran esfuerzo concentrarse y ver, afuera, los pocos autos
transitando con lentitud, porque esos vehículos como el suyo, eran de una fragilidad
aparatosa en la nieve que caía serena y maravillosa. Se detuvo en un restorán,
y en lo que le servían la comida fue al teléfono público, descolgó la guía
telefónica y localizó la dirección del albergue. Estuvo a punto de salir como
fiera, pero en ese momento sentía más frío que nunca a pesar de la calefacción
del local, y prefirió esperar y comer. Ellos no se le iban a escapar, claro que
los encontraría y les dejaría un recuerdo imborrable. Comió con lentitud e
incluso advirtió que la comida era pésima, pero no le importó porque luchaba
por ignorar que en ese restorancito había una calidez que invitaba a quedarse
allí por siempre.
Al salir se detuvo en una gasolinera, cargó el
tanque y después extrajo un mapa de la ciudad de una máquina. Regresó al auto,
pero éste se hallaba tan frío como la calle, así es que volvió al restorán y
revisó el mapa con detenimiento hasta que sintió que se orientaba y supo por
dónde enfilar para llegar al albergue. Echó a andar su auto y tuvo que dar
infinidad de vueltas, ya que la tormenta había arreciado y cada instante el
vega patinaba y en varias ocasiones el pedal del freno simplemente se hundió hasta
el fondo y Eligio tuvo que frenar con las velocidades cuando estaba a punto de
estrellarse.
Nevaba más que nunca cuando llegó al albergue de la
Asociación de Jóvenes Cristianos. Logró encontrar dónde estacionar el vega y
caminó al albergue. Para su sorpresa descubrió al checo caminando con rapidez,
a causa del frío, con una bolsa de comestibles. Eligio se agazapó en la pared
para que el checo no lo viera, lo dejó pasar y después lo siguió, comprobando
que la pistola continuaba en su lugar. El checo entró en el albergue y sacudió
su abrigo para quitarse la nieve. El húngaro leía un periódico en el pequeño
lobby; el checo lo alcanzó, cruzaron unas palabras y se perdieron por un
pasillo. Eligio los siguió, silenciosamente, quitándose la nieve de la ropa
para no parecer fuera de sitio allí, y vio que el checo y el húngaro se metían
en un cuarto. Por aquí deben estar los otros dos, pensó. Se quedó mirando las
puertas vecinas y trató de adivinar dónde estaban el polaco y su mujer, pero
como no tuvo la menor idea regresó al lobby a preguntar en la administración,
aunque hubiera preferido evitarlo. Sin embargo, a pocos pasos vio otro pasillo
y sin saber por qué se fue por allí. Fue a dar a una puerta que decía EXIT. La
abrió. Conducía a un callejón, donde se podían ver las escaleras de emergencia
del edificio. Seguía nevando copiosamente, pero Eligio ya no sentía frío. Cerró
la puerta con grandes cuidados y durante unos segundos se quedó al pie de las
escaleras, en el callejón oscuro y silencioso. Del otro lado sólo se veían las
bardas de casas pequeñas, seguramente se hallaba en un sitio céntrico de gente
más bien pobre. En la pared del edificio había ventanas, y a pesar de que su
corazón campaneaba desquiciado Eligio avanzó, con la boca reseca y la mano
aferrada a la cacha de la pistola. Algunas ventanas dejaban ver franjas de luz
y Eligio se asomó en ellas. Vio cuartos vacíos, mobiliario pobre, gente
desconocida, y después le pareció que se hallaba frente al cuarto del checo y
del húngaro, porque se oían voces masculinas hablando en un idioma
inentendible. Avanzó a la siguiente ventana, que tenía las cortinas corridas,
pero vio que en la parte superior faltaban algunos ganchos y seguramente
dejaría ver el interior. Eligio miró en todas direcciones, no había nadie a la
vista, y sigilosamente empujó un par de enormes botes de lámina, en donde se
depositaba la basura. Trepó en ellos con dificultad, jadeando por el esfuerzo y
porque sus piernas estaban casi paralizadas y moverlas implicaba un agudo dolor
en las rodillas. Logró equilibrarse en los dos botes y se irguió para ver a
través del hueco de la ventana. Dentro la calefacción estaba tan fuerte que los
cristales se habían empañado y sólo se podía ver hacia dentro por algunas
partes.
Dentro, Susana vestía una holgada camiseta de hombre
y nada más. Algo la hizo detenerse y otear el ambiente. Durante fragmentos de
segundo se quedó muy quieta, con la nariz alzada, y apenas deglutió el trozo de
manzana que tenía en la boca. Se mordió los labios. Había palidecido
terriblemente. Eligio la vio volverse con rapidez. Alguien la llamaba. Eligio
barrió la mirada hasta localizar una cama donde se encontraba el polaco, al
parecer desnudo bajo las sábanas. A pesar del empañamiento de los cristales Eligio
vio a su esposa, mordisqueando la manzana, se aproximaba al polaco, quien la
veía, silencioso, desde la cama. Eligio se hallaba absolutamente paralizado,
salvo su corazón que parecía querérsele salir a través de la boca. Conservaba
la mano bien adherida a la pistola, pero nada de él se movía, era como si se
hubiera congelado allí, como si el tiempo se hubiera comprimido totalmente y no
transcurriera más que un movimiento casi imperceptible de cenizas secas. Era
como si se hallara en uno de esos estúpidos sueños en los que no se podía mover
por más que lo intentara; mientras más trataba de actuar, mayor era la sujeción
que lo dominaba y sólo podía quedarse allí quieto, indemne, viendo lo que no
quería ver, lo que le generaba las sensaciones más contradictorias y
simultáneas, un desintegrarse de todo su cuerpo, un violento peso en los
genitales, un calor que lo quemaba y que a la vez lo congelaba más que nunca.
Sintió como si una sombra ardiente, viscosa, se desplomara sobre él y le
succionara toda la fuerza, lo hiciera abrir la boca hasta desencajarla casi,
los ojos desorbitados, pálido como cadáver y ya con una erección inadmisible,
dolorosa, ajena a él, llena de un vigor ultrajante, mientras él no disponía de
ninguna fuerza para disparar desde allí, para pegar de gritos, para acariciar
los cristales. Continuó paralizado sobre los botes de basura, llorando
silenciosamente, con la garganta reseca, sostenido apenas por un último
aliento.
En ese momento Susana abrió los ojos y se dio cuenta
claramente de que Eligio la miraba por detrás del vidrio empañado y con una
pistola en la mano. En ese momento también el polaco empujó contra ella
salvajemente y Susana ahogó un grito y se desmadejó entre convulsiones, con la
boca abierta, saliveante, los ojos totalmente blancos. Eligio apenas reparó en
que la mirada que le dedicó Susana había sido la más terrible, un destello de
luz neutra, sin coloración, que penetró sin obstrucciones hasta lo más profundo
de él como si Eligio sólo fuera una extensión de ella, ambos una célula que
vibraba con tal fuerza que acabaría estallando. Apenas pudo darse cuenta de que
había perdido el equilibrio y estaba a punto de caer; trató de sujetarse como
pudo pero no lo logró y cayó pesadamente, de espaldas, sobre la nieve, entre
platillazos de los botes de basura.
Se puso en pie de un salto y echó a correr hacia la
puerta que llevaba al interior del albergue. Estaba cerrada, y Eligio forcejeó
con ella unos instantes, pero comprendió lo inútil de todo eso y echó a correr
por el callejón. Llegó a la calle, encontró la entrada del edificio, atravesó
el lobby a toda velocidad, sin preocuparse por lo que pudiera ocurrir, y llegó
al pasillo; rebasó la puerta del checo y del húngaro y se lanzó a la siguiente.
Estaba abierta y eso lo desconcertó momentáneamente, pero ya estaba dentro, con
la pistola en la mano, y Susana, de pie junto a la cama, desnuda, lo miraba
como al ángel exterminador. El polaco seguía en la cama, había encendido un
cigarro y veía a Eligio con ojos oscurísimos que parecían aceite espeso,
estancado. Eligio estuvo a punto de soltar toda la carga de la pistola sobre
esos ojos pero se contuvo y se abalanzó sobre el polaco, como en un relámpago
pensó que era absurdo irrumpir allí entre esa pareja extraña y desnuda mientras
él estaba cubierto de nieve hasta la nariz; pero ya descargaba la cacha de la
pistola con fuerza sobre la cabeza del polaco, que se abrió al instante y manó
sangre abundantemente. El polaco seguía mirándolo con los ojos vacíos, sin
ninguna exclamación de dolor; su mirada era tan ausente que Eligio titubeó unos
instantes, con el arma en lo alto. En ese momento Susana fue a él y trató de
quitarle la pistola. Eligio la hizo a un lado con ferocidad y volvió a
descargar la cacha sobre el polaco, quien siguió sin quejarse cuando otro
estallido de sangre brotó en la frente de grandes entradas. Eligio pensó que en
ese momento se rompía un inmenso cristal que hermetizaba todo y pudo escuchar
al fin que Susana chillaba ¡déjalo, mi amor, déjalo, no lo vayas a matar!
Eligio se volvió a Susana, desconcertado en lo más hondo porque todo resultaba
como jamás lo hubiera imaginado, definitivamente no era como debía de ser.
Sintió un odio vivísimo hacia Susana y, con todas sus fuerzas, la hizo a un
lado y después se volvió hacia el polaco gritándole ¡lárgate de aquí, lárgate
hijo de perra! El polaco se llevó las manos a la herida, miró nuevamente a
Eligio con sus ojos sin final y lentamente se puso en pie, un poco
trastabillante, mientras Eligio chillaba ¡dile que se largue, Susana, dile que
se vaya! El polaco se echó encima una bata y salió al pasillo, cerrando la
puerta de un golpazo, quizá porque había gente allí y no quiso que nadie se
asomara hacia dentro.
Susana se había sentado en el borde de la cama, con
la expresión más dura y tensa que Eligio le había visto jamás. Él no supo qué
hacer, estuvo a punto de soltarse a llorar desesperadamente como antes, en el
lago, pero logró contenerse y se dio cuenta de que su voz surgía chillante,
hiriente, áspera, al decir, ¡vístete inmediatamente porque nos vamos de aquí!
Susana no pareció escucharlo, sólo continuó mirando la pared, con el rostro
descompuesto. ¡Te estoy diciendo que te vistas porque ahora mismo nos largamos!,
¿no oíste? Susana finalmente alzó la cabeza, como si reparara en Eligio por
primera vez, y él se sorprendió al advertir que la voz de ella era hueca y
decía no, no, no me voy contigo. Eligio sintió que sus piernas flaqueaban, si
no hacía algo iba a acabar desmayándose. ¡Cómo que no vienes!, gritó,
blandiendo la pistola, ¡tú te vistes y te vienes conmigo! No voy, reiteró
Susana, con la voz helada. Eligio la tomó de los cabellos y la tironeó,
¡pendeja!, le decía, ¡eres una pendeja! ¡Yo soy tu marido, y te vienes conmigo,
pero ya! Tú no eres mi marido, replicó Susana, con la voz muy fría, tú eres un
hombre que no conozco, ¡no te conozco!, exclamó finalmente. Eligio la zarandeó,
con fuerza, y después la arrojó a la cama. Febrilmente tomó la maleta de Susana
y empezó a echar en ella todo lo que veía, sin fijarse. Se hallaba a punto de
llorar a grito pelado o de tirarse a dormir para siempre o de balear a su
esposa, pero en vez de eso le arrojó la ropa que encontró sobre una silla,
¡vístete, vístete por lo que más quieras!, le gritó, pero su voz era
suplicante. Luchaba contra la necesidad de tirarse a los pies de Susana, de
lamerle los dedos, de arroparla y llevarla a la cama.
Ciudades
desiertas del corazón
Susana fue llevada a empujones y a punta de pistola
hasta el automóvil, y Eligio se lanzó de nuevo entre la nieve que seguía
cayendo, ahora revuelta con lluvia lo cual creaba un espectáculo alucinante
pero muy inapropiado con las luces que se reflejaban en el parabrisas. Susana
no advertía nada de eso, desde que subió en el vega se despeñó en un mutismo
casi total, y como Eligio tampoco quiso decir palabra alguna, los dos viajaron
en silencio, procurando no mirarse, con dificultades para respirar normalmente.
El silencio era tenso y los dos tenían que respirar con la boca abierta para
controlarse. Susana se sentía fatigada, casi sin fuerzas, pero llena de una ira
helada. Su mente se había poblado de imágenes de lo que acababa de ocurrir en
el albergue de Chicago y esos recuerdos le impedían reflexionar y solo la
hundían en la desesperación. No sabía qué podría ocurrir, pero se hallaba
segura de que su relación con Eligio acababa de echarse a perder
definitivamente. La imagen del rostro de Eligio tras el cristal empañado se
había metido tan adentro que, pensaba, ya jamás podría ver directamente
a su marido sin revivir todo lo que había acontecido. No lograba sentir nada
por Slawomir, por otra parte, sino cierta compasión y la eterna fascinación por
su conducta; pensaba que de alguna manera ella lo había manipulado, aunque sin
duda a él le había correspondido padecer todo eso. Por algo sería. En el viaje
a Chicago había tratado, por primera vez, de establecer una verdadera
comunicación con el polaco; le preguntó por el lugar donde había nacido, su
familia, su infancia, cómo descubrió la poesía, sus estudios; había querido
saber dónde vivía, con quién, cómo se sostenía, cómo escribía, quiénes eran sus
amigos; por último, lo interrogó sobre la situación en su país, después del
golpe de estado que habían llevado a cabo los militares. Slawomir no respondió
nada, escuchó lo que Susana decía pero no abrió la boca. Susana creyó detectar
en él algo monumental que lo forzaba al mutismo, y especuló si, como Eligio
había sugerido, no se debería todo a un problema de conciencia. Eligio había
asegurado que ese polaco era un colaboracionista, un oportunista de mierda, de
otra manera jamás habría podido salir de Polonia y en varios momentos Susana lo
creía, en especial cuando se daba cuenta de que empezaban a irritarla los
silencios del polaco, algo podría decir, ¿o no?, cualquier cosa, pero,
de pronto, surgía la hipótesis de que Slawomir había sido obligado a asistir al
Programa con forzada y su¡ géneris representación oficial. Al poco rato las
especulaciones se desvanecían, ya que, al margen de lo que había leído en los
periódicos, sin mucha atención además, y fuera de unos inconexos conocimientos
de la historia de Polonia, todo lo que Slawomir y su país representaban se
hundía en un misterio hermético. Susana no podía decidir qué era lo que la
llevaba hacia el polaco. Desde un principio él la había tratado con
indiferencia, casi con dureza, y ella había optado por traducir esa conducta
como manifestaciones bárbaras de ternura y de necesidad de cariño. Desde antes
de que Eligio llegara al Programa, en verdad desprogramando muchas cosas,
Susana se había inquirido qué hacía con el polaco. Después de la patética
experiencia con el judío, Susana había decidido, sin formulárselo directamente,
no involucrarse más con nadie y dedicarse a escribir para no desaprovechar las
vacas gordas que al parecer habían comenzado en México desde el momento en que
supo que asistiría al Programa. Pero, después, nunca pudo evitar que el polaco
ejerciera sobre ella una atracción que jamás había experimentado. Esa
atracción, un verdadero fascinosum, pensaba, era aún más incomprensible por el
hecho de que Slawomir jamás la cortejó, ni siquiera hablaba con ella, solamente
se acomodaba junto a Susana cada vez que salían, quizá porque los dos habían
llegado al Programa el mismo día y desde entonces se había acostumbrado a que
estuviera cerca. Una noche, después de una de las primeras y últimas cenas en
casa de Wen y Rick a las que asistió el polaco, a Susana de pronto se le
derrumbó la fachada de cordialidad y seguridad en sí misma que había estado
mostrando hasta ese momento; de súbito todo se volvió extraño, el vaso de vino
en su mano, la estancia llena de gente que bebía y bailaba, Altagracia
ondulando la cintura en brazos del húngaro, y de pronto tuvo la necesidad
invencible de salir de allí para encerrarse en su cuarto, el único sitio que no
le parecía tan ajeno. No se despidió de nadie, simplemente salió y bajó el
camino de la colina; al poco rato escuchó pasos tras de sí, se volvió y vio que
el polaco iba tras ella con la vista en el suelo. En ese momento Susana tuvo la
idea exacta de que el polaco le pertenecía, inexplicablemente había salido de
ella y había logrado corporizarse; en todo caso, eran almas gemelas, de alguna
manera los dos estaban mucho más solos que los demás, compartiendo el mismo
agujero del abismo. Susana detuvo sus pasos y el polaco la alcanzó; los dos
caminaron juntos, en silencio. Cuando llegaron al piso del polaco, Susana creyó
ver en los ojos de él, en el instante en que sus miradas se encontraron, que
Slawomir la convocaba con un apremio que jamás había visto. No titubeó y salió
del elevador con el polaco, ¿se equivocaba o había visto en el rostro de él una
línea de sonrisa? No, no había visto nada. Susana quiso echarse a correr cuando
entraron en el cuarto; había recordado de golpe la experiencia con el judío,
pero se asustó más bien porque tuvo la idea de que seguir a ese gigantón casi
albino implicaría penetrar nuevamente en otro desconocido ámbito humano, bucear
de nuevo en las oscuridades de un conocimiento, pero en ese caso se trataba de
algo distinto, como entrar en un compartimento del infierno que jamás había
sido registrado por todos los viajeros que pudieron regresar cuando menos a
referir lo que habían visto; aquello que Melville y Blake y Goethe y Dante y
Lowry y De Quincey y Meyrink no habían podido atisbar, allí se econtraba frente
a ella y la puerta era el cuerpo robusto, enorme, del polaco. Éste ya había
entrado en el cuarto, bebía un poco de vino, se quitaba los zapatos y la camisa
y se recostaba pesadamente. Susana dio unos pasitos viendo el cuarto sin verlo,
constatando, sin pensarlo, que era idéntico a todos salvo en los mínimos
detalles personales. El polaco tomó un libro y, al parecer, se puso a leer.
Susana vio un volumen de Browning, lo recogió y fue a la cama. Slawomir le hizo
espacio, en silencio. Susana se recostó también y trató de leer los poemas,
pero no podía, la presencia del polaco a su lado era increíblemente
perturbadora y le dificultaba la respiración, de la misma manera como le
ocurría en situaciones muy tensas con Eligio. Pero el polaco leía, al parecer
despreocupado de ella, y Susana sintió que quizás había encontrado un amigo,
¿por qué no? Pudo concentrarse en los poemas, y de hecho los estaba disfrutando
como pocas veces cuando advirtió que la mano pesada del polaco tomó la de ella
y la colocó encima de su miembro; Susana se congeló al sentir un objeto enorme,
un cilindro descomunal que había alcanzado la máxima corpulencia. Durante un
rato Susana se quedó quieta, pero después tocó el pene con detenimiento, sin
advertir casi que el polaco se abría el pantalón para que ella lo manipulara
con mayor libertad. Susana se incorporó un poco y decidió dar toda su atención
a ese miembro insólito, lo tomó con las manos sin dejar de sorprenderse del
tamaño, que solo había visto, y en una ocasión, en un sueño. Al poco rato el
polaco llevó sus manos a la cabeza de ella e hizo presión, y Susana se
descubrió mirando de cerca el glande. El polaco siguió haciendo presión para
que ella se metiera el pene en la boca y Susana empezó a lengüetearlo y a
frotarlo con curiosidad, casi con espíritu investigativo, pero de pronto todo
se había borrado, ya no se encontraba en ninguna parte, estaba suspendida en
otro rincón de la realidad, un área dura y blanda, seca y viscosa, en donde
existía un poder primario que la obligaba a ceder, a tomar el preservativo que
el polaco le daba y a colocarlo con cuidado en el miembro, a abrir las piernas
porque el gigantón la había alzado en vilo y la acomodaba encima de él; Susana
sintió cómo toda su vagina se dilataba y la vista se le oscureció cuando fue
hundiéndose en el pene con mucha lentitud para no lastimarse. A partir de ese
momento la relación entre los dos se concretó a hacer el amor en silencio total
y a leer en la cama, siempre en la de él. Slawomir a veces no abría la puerta
cuando Susana lo buscaba y jamás fue al cuarto de ella. Casi nunca se dijeron
nada, ni saludos ni buenos días, pero eso no le molestaba a Susana. Ella sabía
que el polaco también recibía a Altagracia, varias veces incluso la vio salir
del cuarto de él cuando Susana llegaba, pero tampoco importaba, como tampoco
importaba que el polaco, en ocasiones, sobre todo después de hacer el amor, se
hundiera en depresiones monumentales y tomara a Susana de los hombros y la
sacara con rudeza. Una vez, incluso, ella quiso quedarse, pero Slawomir la miró
con frío detenimiento y después le dio un puñetazo en la barbilla, no muy fuerte
como para hacerle daño pero sí la tiró al suelo. Esa noche Susana no pudo
dormir, todo el tiempo se acarició el sitio que había recibido el golpe, pero
no dormía por el dolor sino porque la asombraban sus reacciones; por alguna
razón ella siempre había creído que lo peor que pudiera sucederle era que un
hombre la golpeara, pero en cierta manera todo eso era distinto, Slawomir no
era un hombre, al menos tal como ella solía considerarlos; en fracciones de
segundo pensaba que la relación que se había desarrollado entre ellos implicaba
una experiencia en la que todo era peligroso y, por lo mismo, fascinante, una
relación que quitaba el aliento, borraba los contornos, ablandaba la percepción
y en la que todas las cosas se acomodaban con su propio y extraño ordenamiento
y obtenían así su verdadera naturaleza, una naturaleza oscura, ciega, pero que
a ella la cobijaba, la nutría. Así habían transcurrido las cosas hasta que
llegó Eligio y todo pareció readquirir una brillantez extraordinaria, fue como
salir de laberintos espirales y ascendentes y emerger en la punta de un volcán.
¡Cómo había cambiado todo!
Susana y Eligio viajaban en silencio, respirando
pesadamente, sin poder mirarse ni mucho menos hablar y eso era algo que Susana
no soportaba, porque los silencios pertenecían a la zona de Slawomir y lo que
ocurría en esos instantes era una corrupción insoportable de todo lo que había
ocurrido con el polaco, una caricatura grotesca que la hacía odiar intensamente
a Eligio, jamás creyó llegar a detestarlo de esa manera; su sola presencia le
era irritante. Eligio, por su parte, manejaba impertérrito, casi bizco porque
nevaba con fuerza, muy despacio pues en cada recodo el vega patinaba
incontrolable, seguramente cansado porque los ojos se le cerraban, lo que
ocurriría tarde o temprano era que iban a estrellarse a causa de la nieve y la
pésima visibilidad, prácticamente no se veía la carretera y sólo se le
adivinaba porque en ella la nieve era más plana. Allí perecerían los dos, en
medio de la tormenta. Manejaron durante horas, que a Susana le parecieron
interminables; logró dormitar un poco cuando se le acabaron los cigarros, pero
despertó a los pocos minutos nuevamente entre la nieve que caía con su silencio
aterrador, desdibujando los contornos,
donde sólo había una pantalla de capas blancas, luz mortecina,
inamovible, que a veces se abría un poco y dejaba ver el campo ya bien cubierto
por más de medio metro de nieve.
La nieve se había acumulado de tal manera que el
vega patinó una vez más y fue a hundirse suavemente en una duna de nieve que se
había formado junto a la carretera. Eligio salió maldiciendo entredientes, y
constató que el auto se hallaba bien atrapado. Sólo una grúa lo sacaría de
allí. Regresó al interior y trató, por última vez, de desatascar el auto, fue
imposible, el motor bramó como si agonizara, las llantas chirriaron y eso fue
todo. Susana cerró los ojos, fingiendo que dormía, por si Eligio quería hacer
algún comentario y desencadenar, de esa manera, un infiernito, pero pudo sentir
que Eligio la miraba largamente y que de pronto una frazada más la cubría.
Susana reprimió una mueca de irritación y cerró los ojos con más fuerza. Nunca
supo en qué momento se quedó profundamente dormida.
Cuando despertó, Eligio dormía hecho un ovillo con
la cabeza totalmente hundida entre los brazos, muy pálido por el frío. Había
terminado de nevar, era de día y el auto era un islote solitario. Nada se movía
por allí. Un nuevo estremecimiento de frío la hizo frotarse con vigor brazos y
muslos. Quiso salir del auto, pero la nieve bloqueaba la portezuela, Susana se
conformó con abrir la ventanilla, pero la corriente de aire que entró la hizo
cerrarla al instante. En la parte trasera buscó con qué cobijarse, y entre las
maletas revueltas y las prendas que, desordenadas, yacían allí, tomó otro
abrigo y se lo echó encima. Eligio dormía pesadamente, con un ronquido leve y
sus labios parecían transparentes, con pequeñas líneas azules, sin más cobijo
que la chamarra. Sólo la fatiga lo hacía dormir en ese frío intolerable. Buscó
nuevamente en el asiento trasero y encontró una bufanda y un gorro con
orejeras; los colocó en Eligio con mucho cuidado para no despertarlo. Tomó otra
chamarra y dos suéteres, y los puso en los muslos y los pies de Eligio, quien,
aun dormidísimo, relajó un poco el cuerpo.
Susana vio a Eligio nuevamente, pero el rostro
apenas aparecía entre la bufanda, el gorro y las orejeras; parecía un animal de
pliegues infinitos, un ser indefinido. Qué estará soñando, pensó Susana,
¿estará soñando? Probablemente no. Sintió una oleada de ternura y, a la vez,
una descarga de recriminaciones por admitir esa ternura; muy en lo profundo de
sí misma tuvo una clara imagen, una imagen peculiarísima que no llegó a
cristalizarse en su mirada como visión o en el interior de su mente como
alucinación, vio una imagen concreta, tridimensional, con volumen, que se había
formado en algún punto de su cuerpo que no era la cabeza, quizás emergía de la
zona del pecho, y en esa imagen aparecía ella misma, Susana, como en aquellos
locos grabados de los alquimistas: de su tronco surgían dos cabezas sobre
largos cuellos; una de las cabezas tenía una expresión dinámica, enérgica,
brillante, casi lustrosa, y era dura, los ojos fríos pero sin llegar a parecer
inertes como los de Slawomir; la cabeza restante mostraba un rostro más suave,
dulce, pero de apariencia atormentada, desorientada; de pronto, las dos cabezas
se alzaron hacia arriba, de cara a un extraño cielo de tonalidades blancuzcas,
mortecinas, y ambas silenciosamente, lucharon por darse de mordiscos, como si a
una película se le suprimiera la banda sonora y sólo quedaran ademanes y
gestos.
Nuevamente abrió la ventanilla y advirtió que la
nieve aún no se endurecía; era algo infinitamente suave, desintegrante, que
Susana recogió con la mano y llevó a la boca. Se empinó sobre la ventanilla y
procedió a retirar la nieve con las manos, hasta que vio que se había inclinado
tanto que ya casi salía del auto.
...Hundirse en la nieve, el rostro pegado a la
frialdad que incendia; Susana logró ponerse en pie y, cuando sacudía la nieve
de la ropa vió a Eligio profundamente dormido con la cabeza apoyada en el
volante. Susana suspiró, y acabó sonriendo al descubrir que se hallaba vacía de
sentimientos, ni odio ni amor, sólo una vaciedad abismal, un hueco enorme,
quemante, que no le permitía reposar. De nuevo volvió a sentir el frío
inmisericorde y alzó la vista al cielo, una compacta capa de nubes casi tan
blancas como la nieve, lo que es arriba es abajo, ¿o era al revés? Todo se
hallaba sumamente quieto, y Susana se preguntó qué hora sería; no tuvo ni la
más remota idea bajo ese cielo sin sol. Advirtió hasta entonces que ya se había
hundido en la nieve hasta las rodillas. Con grandes zancadas rodeó el coche y
llegó al camino, donde la nieve era poca pero empezaba a congelarse en capas
resbalosísimas, que no vaya a soltarse el viento, pensó Susana, si hay ráfagas
de viento voy a tener que hacer algo, pero qué, se preguntó, mientras caminaba
despacio por la carretera desierta procurando no resbalarse, frotándose para
ahuyentar el frío, y le vino a la cabeza el recuerdo de su amiga Licha que en
su primera temporada en las nieves del norte de Estados Unidos había pensado en
suicidarse porque no hallaba cómo soportar el frío. A Susana le preocupaba no
saber dónde se encontraba. Ese camino era estrecho y en su derredor no se veía
absolutamente nada. Era posible, pensó, que el camino condujera a alguna de las
grandes vías interestatales, donde seguramente una legión de trabajadores
retiraba la nieve, esparcía sal, arena, y regaba compuestos químicos en la
pista asfáltica. Siguió caminando, de esa manera el frío cedía un poco.
De pronto advirtió que había ascendido una pendiente
tan suave que nunca se dio cuenta de que la subía. Volvió la vista hacia atrás.
El vega ya no estaba a la vista. Se detuvo porque avanzaba sin rumbo, sin tomar
una decisión: caminar hasta encontrar algo o alguien, o regresar con Eligio. De
súbito la poseyó una sensación muy cálida y le pareció que en ella se formaba
el rostro de Eligio en sus mejores momentos: el indio de rostro brillante,
expansivo, de grandes ojos negros, nariz recta y boca llena cuya risa
contagiaba porque no se inhibía, cuya mirada resplandecía como hilera de
brasas, que se desplazaba de un lado a otro derramando tanta energía que
arrastraba a los demás, el hombre del carisma. Sintió por segundos una
verdadera necesidad de volver con él, por segundos estuvo segura de que se
lamentaría toda la vida si lo dejaba, pero su cuerpo no se movía, al parecer
era el que deseaba ir a la deriva. Pensó que había perdido las riendas de su
vida y que ya todo dependía de factores externos, buenos o malos. Para su
sorpresa vio que a lo lejos entroncaba otro camino y que en él avanzaba una
gran camioneta con defensas altas que le permitía hacer a un lado la nieve,
seguramente disponía de doble tracción, como la camioneta de Rick que le
permitía subir sin problemas la colina llena de nieve. Susana corría,
resbalando, agitaba las manos y gritaba para que el conductor de la camioneta no fuera a dejar de verla.
Sus músculos ardían por el esfuerzo, crepitaban como madera vieja, pero el de
la camioneta ya la había visto y se lo avisaba con la bocina. Ayúdeme, por
favor, le pidió Susana, ayúdeme a salir de aquí y a llegar a algún pueblo.
Claro que sí, respondió un hombre de edad, muy delgado y cuya expresión
sorprendida y recelosa no superaba la conmiseración de ver a una joven perdida
en esas desolaciones. ¿Cómo llegó usted aquí?, inquirió, ¿se le paró su carro?
¿Dónde está? Más adelante, señaló Susana, a uno o dos kilómetros de aquí.
¿Kilómetros? ¿Es usted extranjera? Sí, soy mexicana, respondió Susana al subir en
la camioneta, que le pareció un paraíso con sus asientos bien acojinados y,
sobre todo, la calefacción. Ahora mismo sacaremos su carro, dijo el campesino,
no se preocupe. No no, por favor, no quiero saber nada de ese carro en este
momento, explicó Susana atropelladamente, por favor lléveme a un pueblo y ya
después me encargaré de todo. ¿De veras no quiere que saquemos su coche? Mi
camioneta está bien equipada, le aseguro que en segundos lo desatascamos y
después yo la guiaré hasta donde resuelva sus problemas. No no, insistió
Susana, aún estremeciéndose; en verdad no quiero saber nada de eso. Entiendo,
debe de haber pasado una noche miserable. No se preocupe, señorita, la llevaré
al poblado más cercano, y yo mismo regresaré por su auto y con uno de mis hijos
lo llevaremos a su hotel. ¡Maravilloso!, exclamó Susana, ¡es usted un ángel!, y
pensó que Eligio no se quedaría abandonado a su suerte en mitad del campo. Esa
idea salió de ella como una espina y cuando menos lo esperaba se hallaba
llorando abundantemente, ajena por completo a las miradas piadosas que le
dedicaba del viejo campesino.
Talando
árboles en las Rocallosas
El cielo se estaba despejando, pero el sol que
aparecía no calentaba nada, pensó Eligio después de que lo despertó el
campesino. Éste se había sorprendido mucho al encontrar a un hombre en ese auto
y sólo dejó de sospechar cuando vio que Eligio era mexicano. Le dijo entonces
que la señorita lo esperaba a salvo en el pueblo más cercano. Pero cuando
llegaron a él Susana ya no estaba. Por supuesto, nadie sabía a dónde se había
dirigido, pues ella tomó un autobús y dejó el recado de que se iba a donde
Eligio ya sabía. O sea, a la chingada, concluyó Eligio bufando, ¡no es posible!
Comió hasta reventar en un restorancito y después se sintió más fuerte y
lúcido, no en balde había dormido horas y horas sin parar. Estaba seguro de que
encontraría a Susana, todo era cosa de tener las antenas bien abiertas. Estaba
seguro de que Susana no había regresado a Chicago, toda esa estupidez con el
polaco tenía que haberse acabado ya. Lo más probable era que hubiese vuelto a
Arcadia, donde aún estaba la mayor parte de sus cosas.
Esa misma noche, después de viajar sin detenerse,
llegó al Kitty Hawk. Susana no está allí, o no había llegado. Eligio consideró
necesario armarse de paciencia, con el ánimo despejado y, de ser posible con
buen humor. En momentos aparecían ante él coladeras con agujeros hondísimos en
los que podía caer, pero no se dejaba vencer, pensaba que dentro de él había un
traidor y que a toda costa había que impedir que por medio de intrigas y
conjuras tomase el poder irremediablemente. Deambuló por el Kitty Hawk divirtiéndose
con los que lo veían oblicuamente y respondiendo, a quienes tenían el ánimo de
preguntarle, que pos quién sabe dónde demonios estaba Susana, pero ya
regresaría, ya regresaría. En el lobby del edificio encontró a Ramón, con quien
fue a tomar una copa. Ramón, muy discreto, escuchó con atención los largos
monólogos de Eligio y estuvo de acuerdo en que Susana regresaría, ¿por qué?,
quién sabe pero regresará, de eso no hay duda. Mierda, decía Ramón, es una
atrocidad decir que ustedes hacen una gran pareja y que sería deplorable que
acabaran separándose de veras, pero así es la cosa. Por cierto, el rumano había
recogido las cuatro cajas de zapatos y la silla de director del polaco y se fue
a Nueva York. Todos se preparaban para irse de Arcadia, y la mayoría había
decidido hacer una escala en Nueva York para destraumarse. Pidieron más copas.
Ramón preparaba también la retirada, pero no iría a Argentina. Había conseguido
una beca Fulbright para vivir seis meses en Arizona, en Tempe, como escritor
residente. Ramón llegó a Estados Unidos siete años antes como profesor
visitante de la Universidad de Utah. Eligio, espero que nunca caigas en la
universidad mormona de Provo, es lo más inconcebible del mundo, Kafka resulta
el pacífico burgués de la vereda comparado con eso, tan sólo te digo que allí
se encuentra la única montaña maldita y corrupta que he visto en mi
vida. Después, había obtenido contratos similares en California, Maryland, Ohio
y Nebraska, tras lo cual obtuvo una beca Guggenheim, que pasó en Nueva York y
París; a eso había seguido el Programa y ahora, Tempe. Allí no hace frío. No
tenía el menor deseo de regresar a Buenos Aires, aunque tampoco le fascinaba la
idea de seguir por siempre en Estados Unidos como visitante internacional, ay
Dios. Como vivía solo había guardado una buena cantidad de dinero que pensaba
utilizar cuando se mudara a París y consiguiera trabajo allí. ¿Pedimos más?
¡Por supuesto! Había estado casado años antes, en Argentina, pero le había ido
tan mal que se le quitaron los deseos de volver a vivir con otra mujer, por eso
le escandalizaba, para ser franco, esa insana insistencia de Eligio de retener
a Susana. Total, todo mundo acaba divorciándose. Es que yo, aclaró Eligio, ya
sabes ¡contra la corriente siempre! En fin, probablemente Ramón no comprendía
nada de eso porque admitía que nunca había querido a nadie, es decir, aquello
que en verdad se puede considerar: a, admiración; b, pensar: qué delicia
besarla; c, esperanza; d, nacimiento del amor; e, cristalización primera. Es hielo
abrasador, es fuego helado, es herida que duele y no se siente, declamó Eligio.
Por otra parte, a Ramón no le sorprendía que Eligio fuera lo que era: un
bárbaro, un tipo sorpresivo capaz de desprogramar incluso a un homo impavidus
como él. Eligio no escuchaba porque recordó lo que le había chismeado Edmundo:
que Ramón era un masturbador inveterado, una vez entré sin tocar en su cuarto,
¿y cómo lo hallé?, ¡bistec en mano! Ah, es un masturbador sofisticado; y en
otra ocasión, juraba Edmundo, en plena sesión del Programa, Ramoncete había
estado jugando billar de bolsillo, como dicen en México, y de pronto tuvo que
salir corriendo, debidamente encorvado. Pero en ese momento Ramón se expresaba
con tranquilidad, sin aspavientos y sin querer impresionar, así es que Eligio
desechó las ideas que lo distraían y preguntó a Ramón qué pensaba de lo que
escribía Susana, pues sabía que, hasta antes de que él llegara, Ramón había
sido el interlocutor favorito de Susana pues ambos coincidían en muchos gustos
literarios, por supuesto Yeats, Coleridge, el padre Hopkins, Pound,
Eliot, Proust, Joyce, etcéteras en abundancia. Ramón le dijo que la poesía de
Susana era excelente, aunque a veces un poco dura y con tendencias a una
abstracción un tanto vacía por la insistencia en rebasar cuestiones emocionales
o simplemente cotidianas. Pero definitivamente era genuina, y lo único que lo
hacía sonreír un poco era la ingenuidad de querer recuperar las rimas. Eligio
nunca había sabido con exactitud si le gustaban o no los poemas de Susana;
claro que los había leído y muchos de ellos le parecían bonitos... No te rías,
tú sabes que yo no soy un intelectual, ¡gracias a Marx! Pero también le
parecían como muy indirectos, bueno, para él, inentendibles. Ramón sonrió y
procedió a explicar que la poesía no tiene por fuerza que comprenderse, y
comenzaba a citar a Borges cuando Eligio lo atajó diciendo que eso ya lo
sabía, tampoco era tan bruto, en fin, le costaba trabajo calificar lo que
escribía Susana. Se daba cuenta de que en México ella aún no tenía el prestigio
de Paz o de Sabines, ¿sabía quién era Sabines? No, ¿Sabines? Bueno, anyway,
también se daba cuenta de que los críticos y los escritores siempre trataban
bien a Susana. Eligio estaba seguro, bueno, es que ya llevaban muchas copas, de
que si lograra penetrar a fondo en lo que Susana escribía se solucionarían
muchos problemas. No se trataba de que no la apreciara, o de que no la leyese,
sino que algo se le escapaba, y ya borrachos le podía confesar que había pasado
algunas noches leyendo y releyendo los poemas de Susana, e incluso algunas
ocasiones creyó que estaba a punto de descubrir algo que no era tan aparente,
pero a fin de cuentas no entendía nada y sólo se quedaba frustradísimo. La
verdad era que le gustaban los poemas muy viejos de Susana, hasta se sabía
algunos de memoria, ¿decía uno? Claro, claro. Bueno: estás ahora tan lejos
sonriendo con amargura con una lágrima pura donde habitan mil espejos; conmigo,
recuerdos viejos de nuestro amor de un segundo, recuerdos con que me hundo en las
húmedas cavernas, cuántas miradas eternas se perdieron en mi mundo, ¿le
gustaba? Bueno, se trataba de unas décimas bien hechas pero excesivamente
tradicionales e infestadas de presencias poéticas inadmisibles, a Eligio quizá
le gustaban porque eran fáciles, muy accesibles, pero no había duda: eran
versos juveniles. ¿No has memorizado alguno de los poemas recientes de tu
esposa? Pues no, confesó Eligio. Pues yo sí, afirmó Ramón, y Eligio se
sobresaltó: de pronto tuvo que reacomodarse en la silla y ver a Ramón con
nuevos ojos: ¿habría andado también ese argentino de mierda con su mujer?,
pensándolo bien a veces la miraba arrobado, estupendejo, ¡qué horribles
pensamientos! Bueno, quizá no era exactamente así, en ese momento ya no estaba
seguro. Es la misma voz, dijo Ramón, pero mira qué diferencia, ¿la puedes
advertir? Pues no entiendo un carajo, consideró Eligio, con aire de escolar
contrito, pero sí creo que si no entiendo lo que escribe mi mujer es que
desconozco partes esenciales de ella. Bueno, si así quieres verlo. Sí, así
quería ver Eligio las cosas: lo que Susana escribía tenía que ser un material
incorruptible, un estrato que había que explorar, porque justo en ese momento
se estaba dando cuenta. Salud. Salud. Susana y él en realidad siempre habían
estado juntos pero sin encontrarse; era como si fueran, perdón por la imagen,
dos barajas de rey y reina que están juntos pero mirando en distintas
direcciones. Pero Eligio no iba a ponerse a llorar, ¿verdad?, después de todo
él era el macho mexicano todopoderoso, creador del cielo y de la tierra/ Y tú,
un argentino de cagada, ¡salud, carajo! ¡No se pase de listo mi Chaquetas
Libres, y que traigan otra ronda! Vale. No, no iba a ponerse a llorar, pero sí
era bueno advertir que en realidad nunca le había visto el rostro a su propia
esposa, después de siete años de casados, ¿qué tal, eh? Como para escribir un
tango. Pues escríbelo, escríbelo, porque si no entiendo lo que hace Susana
menos entiendo lo que tú escribes, oye, estuve tratando de leer ese libro que
le regalaste a la Sana y qué bárbaro, ¿eh?, pasa las tres pa comprenderte.
Ramón miró a Eligio con una expresión casi severa, un tic nervioso que lo hacía
entrecerrar el ojo izquierdo como si a través de él se disparase un rayo de
sentimientos encontrados. ¡Coño, espero que no me vayas a pegar nada más porque
no entiendo lo que escribes! Si quieres, después hablamos de eso, añadió
Eligio, pero para mí, humilde actor campirano no hay duda de que doy lo mejor
de mí mismo cuando trabajo, cuando, sin dejar de ser yo ya no soy yo ni
tampoco, en rigor, el personaje, sino que soy otra cosa/ Un colibrí, ¿no?,
suspendido en el aire, en el mundo pero fuera de él, ¡salud!, no se trataba de
los aplausos ni del sentido de haber cumplido, perdón otra vez, más bien
era como, ¿te acuerdas de aquella película, El Doctor Insólito?: era como
montar la bomba de hidrógeno que va a desmadrar la tierra blandiendo un
sombrero tejano. Ramón reía. Muy bien, muy bien, mexicano. Escribir poesía,
entonces, ¿no sería algo parecido para esta Susana?, reflexionó Eligio y
preguntó: ¿qué es para ti? Ramón no quiso responder, dijo que ésas eran las
clásicas preguntas que hacían los puros de espíritu, lentos de intelecto, o los
periodistas cretinos, la cuestión era tan compleja que no iba a disertar en ese
momento acerca de eso, ¿verdad? Eligio nuevamente se había distraído, se había
puesto más nervioso, y creyó que no le quedaba más remedio que referir a Ramón
todo lo que acababa de suceder en Chicago, aunque consciente de que hacerlo era
como publicar un periódico mural en el Kitty Hawk. Además, no le importaba;
después de todo, desde que llegó, Susana y él habían sido la botana
consuetudinaria del Programa, tonel inagotable de chismes y chistes. Ramón fumó
despaciosamente, asintiendo, bebiendo, con ocasionales ajás, y al final
concluyó que, más que grotesco, todo eso rebasaba por completo sus
posibilidades de comprensión, por suerte él se hallaba muy lejos de todos esos
conflictos de parejas enajenadas; sin embargo, Eligio, recuerdo demasiado bien
los horrores de cuando terminé con mi mujer y puedo simpatizar y entender y
solidarizarme con lo que te ocurre. Entonces explícamelo, yo no entiendo nada,
sólo sé que no debo de perder a esta compañera, te juro que no se trata nada
más de que esté acostumbrado a ella, sino que en verdad siempre, toda mi vida,
supe que Susana era para toda la vida, toda la eternidad como dice la canción.
Eso estaba muy bien en teoría, pero era espantoso en la práctica, donde todo
parecía contradecir las mejores intenciones de Eligio, y todo podía ser una
ilusión, pero no: los dos eran lo mismo y tenían que luchar, si ya no por ellos
mismos sí por el otro, por eso, quizá, sí, claro que sí, lo que pasaba era que
Susana, al huir de él, huía de sí misma. O, más bien, trata de ser ella misma,
interrumpió Ramón, bebiendo largamente para borrar la incomodidad que le
causaba escuchar todo eso de una manera tan directa, ¿nadie le había dicho a
ese pobre que las cosas no se dicen así, porque se banalizan aún más de los
banales que ya son?: la vida es pésima literatura, ¿no?... Me dijo una vez,
cuando llegué a esta pinchurrienta ciudad. ¿Y qué tal si Susana no regresa?
Óyeme, pinche argentino, no seas hijo de puta, me acabas de decir que tú
también crees que regresará, no me voltees todo ahora. Viejo, hay que
considerar todas las posibilidades, y entre ellas destaca la idea de que Susana
no regrese jamás, ¿qué harías en ese caso? La voy a buscar al fin del mundo.
¿De veras? ¿En verdad estás dispuesto a buscarla, pase lo que pase? Sí señor.
Mexicano, diagnosticó Ramón, eres un caso definitivamente perdido.
Al día
siguiente Eligio despertó con una cruda mortal pero, sobre todo, con la certeza
de que Susana no iba a regresar al Kitty Hawk, en verdad le valía madres dejar
todas sus cosas allí, seguramente confiaba en que Eligio se encargaría de todo.
Telefoneó a Becky, quien le informó que Susana ya había cobrado su último
cheque, ¿en dónde estaba, por cierto? ¿Pensaban quedarse para la Navidad?
Porque tenían que hacer planes. Eligio colgó el auricular y llamó al banco.
Susana había cerrado su cuenta. Premeditación, alevosía y ventaja, consideró
Eligio, dispuesto a no perder más tiempo. Salió a comprar otras maletas, en la
tienda de segunda mano por supuesto, y desglosó todo lo que tenía, pensando que
esa misma tarde los escritores que quedaban encontrarían nuevos tesoros en la
basura. Con grandes cuidados empaquetó sus adquisiciones electrónicas y todo lo
que Susana había dejado. ¡Qué cinismo de mujer!, se repetía, ¡no es posible!
¡Qué bajo ha caído! En el correo depositó un costal lleno de los libros que Susana
obtuvo del Programa, y hasta entonces pudo comer algo sin sentir náuseas.
Estaba a punto de irse en ese mismo instante cuando pensó que sería horrible
viajar sin compañía por las planicies del Medio Oeste. Quizás Edmundo quisiera
ir con él... ¡Qué estupideces pensaba! Subió en su auto y fue a la Universidad,
y en la oficina del Programa encontró a Irene. Le preguntó a boca de jarro si
quería irse con él. ¿A dónde? No sé bien a dónde, contestó, todavía, pero desde
este momento te aclaro que voy a buscar a mi esposa, y tan pronto como la
encuentre tú vas a tener que esfumarte, ¿de acuerdo? Irene palideció y después
de un largo silencio decidió acompañarlo; desde algunos meses antes estaba
pensando en el drop-out, aunque perdiera todo lo que había estado pagando en la
Universidad. Te caló duro lo que dijo el poeta, ¿no?, aventuró Eligio. Irene
asintió reflexivamente.
Fueron al pequeño departamento que Irene compartía
con otra estudiante y allí mismo hicieron el amor con una intensidad que a
Eligio le pareció alucinante; tenía razón, pensaba, aquel tipo que le dijo que
una experiencia escalofriante era acostarse con una mujer cuando se ama a otra
que se ha perdido. Después quedaron profundamente dormidos, así es que salieron
al día siguiente, no sin que Eligio hubiera telefoneado al Kitty Hawk por si
acaso Susana había vuelto. ¡Qué iluso!, pensó. Antes de salir, y de hacer el
amor nuevamente con Irene, Eligio consideró que Susana sólo podía haber ido a
Nueva York o a California. A Nueva York, claro, irían todos los del Programa y
lo más seguro es que Susana hubiese ido a California, porque tenía familiares
en Los Ángeles y siempre había querido ir a San Francisco, el único otro lugar
de Estados Unidos que había que visitar. Por tanto, enfiló hacia el oeste. En
esos días no había nevado y las interestatales estaban despejadas, pero aún así
Eligio compró una pala de nieve para no quedarse atascado. Viajaron sin
detenerse hasta que llegaron a Kansas City, donde pasaron la noche. Al día
siguiente recorrieron el centro de la ciudad, pero como se hallaba casi vacío y
ninguna estatua lo ennoblecía, desayunaron y Eligio decidió que había que
largarse de allí cuanto antes, por la interestatal 76, a todo lo que daba el
vega. Nuevamente Eligio manejó impertérrito, sin detenerse, y llegaron a Denver
en el atardecer. Denver le pareció una ciudad mucho más respetable porque se
hallaba junto a las montañas: la sola visión de la línea nevada en las alturas
fue una bendición para Eligio, y eso le permitió constatar que Irene era una
magnífica compañera; hablaba poco y escuchaba a Eligio sin chistar; él le contó
la historia de su padre, que era oaxaqueño pero acabó casándose en Chihuahua,
donde se estableció y nacieron Eligio y sus hermanos, ¡ah, los desiertos de
Chihuahua! También refirió incontables anécdotas de sus hermanos, tenía ocho, y
de sus padres, y cómo se había transfigurado la primera vez que asistió a un
teatro: una compañía de la capital andaba de gira con La cantante calva, de
Ionesco, y ese espectáculo lo había conmocionado. Tenía doce años de edad. Sus
padres rieron cuando, al salir de la función, Eligio declaró solemnemente que
iba a ser actor de grande. A los dieciséis años, concluida la secundaria, se
fue a México, donde se enroló en la Escuela Teatral de Bellas Artes. A los
veintidós años conoció a Susana, que era la hija única de un médico de clase
media, lector empedernido, y de una señora sumamente sensible y frustrada.
A su vez, Irene contó que siempre había vivido en el
pueblito de Oregon, donde descubrió la escritura cuando ganó un concurso local
de composición. Al terminar sus estudios medios se mudó a Arcadia, pero antes
recorrió algunas partes de Estados Unidos con un muchacho. Su padre era obrero
de una empacadora agrícola y contribuía con muy poco a los estudios de su hija,
quien se veía precisada a llevar a cabo distintos empleos temporales, pero un
día conoció a Wen. Ella le dio trabajo en el Programa. El trabajo le había
gustado, y mucho, porque le permitía conocer otro tipo de ambiente. Lástima que
Becky fuera su jefa. Realmente, todo estaba perfecto hasta ese año, en que
conoció a Eligio. Poco antes de que él la invitara a viajar, Irene soñaba con
él casi todas las noches y lo veía como un hombre fuerte, lleno de poder, más
moreno aún de lo que en verdad era, e infinidad de veces ataviado con ropajes
aztecas: grandes penachos, armas en la mano, taparrabos de tela fina, porque no
era un indio cualquiera sino un príncipe azteca. Mejor príncipe azteca que
príncipe charro, comentó Eligio, por puro reflejo. Irene le dijo también que
cuando él se había quitado la camisa por primera vez en los ensayos, ella se
impresionó vivamente al ver que no tenía vellos en el pecho y que su piel
parecía ¡fruta tropical! ¡No es posible!, pensó Eligio. Qué rara mujer,
consideró después; por una parte parecía sumamente mansa, dulce y pasiva, pero
por otra se atisbaba una mujer mucho más adulta, muy fuerte, que no titubeaba.
Además, era muy atractiva y su cuerpo era espléndido, realmente más armonioso y
maduro que el de Susana, qué bueno que había querido acompañarlo, aunque, por
supuesto, no había que demostrarlo mucho. Irene tenía amigos en Boulder, el
pueblito tan bohemio que estaba a unos pasos de Denver, y quiso visitarlos,
eran unas personas padres, pero Eligio especificó brutalmente que no
andaban de paseo, sino dándole alcance a la caza; además, nevaba muy feo, así
es que después de copular briosamente en el hotel, de dormir como piedras y de
desayunar, al día siguiente reemprendieron el camino, en esa ocasión hacia el
sur, por la carretera 25, ya que por allí hacía menos frío y el vega no se
esforzaría tanto en subir las Rocallosas por la ruta de Salt Lake City. Ya no
llevaban tanta prisa; se detenían en pequeñas estaciones gasolineras donde
compraban pastelitos, chocolates y galletas, Irene se surtía de revistas:
Rolling Stone, Mother Earth, Newsweek, también el National lnquirer, que leía
casi a escondidas, echando miradas de reojo a Eligio, pero a él nada de eso le
interesaba, observaba con detenimiento que el paisaje al fin cambiaba,
paulatinamente todo se fue volviendo más seco, más alto, y después, cuando
entraron en Nuevo México aparecieron, entre manchas inmensas de desierto,
formaciones montañosas que le eran mucho más familiares, porque las había visto
en infinidad de películas de vaqueros y porque se parecían a algunos paisajes
de Chihuahua; todo el estado de ánimo de Eligio se modificó; en un principio le
agradó mucho volver a sentir algo conocido, pero después lo desazonó el hecho
de que cada vez se acercaban más a México y éste ejercía un verdadero
magnetismo: significaba, entre muchas otras cosas, la posibilidad de olvidar
todo eso, con Susana o sin ella, y descansar al fin de tantos percances. Por su
parte, Irene se emocionó al llegar a Nuevo México: Taos estaba cerca y era un
mágico-pueblo-indígena, bueno: un tanto comercializado, donde vivían muchos
artistas y brujos/ Ah, el Tepoztlán de los gringos. ¿Eh? Se decía que allí
vivía Carlos Castaneda, tratando de eludir al Águila, y también John Nichols,
además de que allí habían vivido D. H. Lawrence y Jung. Irene insistió mucho en
que Eligio se desviara de la veinticinco para visitar el pueblo, pero una vez
más Eligio tuvo que aclararle que no andaba en busca de famosos ni de sitios de
poder; su intención era pernoctar en Santa Fe y después seguir a Albuquerque,
donde, según le indicaban los mapas, debería conectarse con la carretera 40 que
no era otra más que la vieja ruta 66 de la televisión y de los rocanroles:
pasarían por Flagstaff, Arizona, mucha nieve seguramente porque el mapa indica
zonas de esquí, y luego por Needles, California, gran puerta del desierto y las
víboras de cascabel; subirían las montañas para llegar a Los Ángeles, donde
iría a buscar a Susana. Irene estuvo a punto de explotar por la frustración
pero la consoló la idea de visitar Santa Fe, que, como se sabía, era una ciudad
de gran encanto y tradición cultural. Al parecer Nuevo México le reforzaba a Irene
el entusiasmo por las cuestiones indígenas; Eligio sonreía al pensar que Irene
podía llegar a puntos ceros de iniciativa y que se entregaba a él pensando que
lo hacía en la piedra de los sacrificios; Eligio era el gran sacerdote, el
brujo poderoso que hundiría en ella el debido puñal de obsidiana. Eligio se
atacaba de risa, y explicaba que por supuesto él era irreversiblemente indio,
pero que toda esa ondita de sacrificios humanos y de indios nobles, estoicos,
hieráticos pero sanguinarios, lo dejaba indiferente. Con paciencia, Irene
explicaba que eso no podía ser: las raíces indígenas estaban mucho más a flor
de piel de lo que creía y de lo que creían todos los mexicanos, y él, y
todos los mexicanos, hacían muy mal en no valorar su herencia
indígena, ¿no se daba cuenta Eligio de que ésa era la tragedia de Estados
Unidos? Ellos habían decapitado toda posibilidad de raíces en su tierra, se
habían adherido al mundo del otro lado del océano y habían execrado lo que su
misma tierra les podía enseñar; habían despreciado las culturas indígenas y ya
no había remedio, por eso le había dicho una vez que en ninguna parte llegaba a
sentirse verdaderamente en casa, ella y todos sus paisanos estaban
desarraigados. Irene había leído con verdadera devoción Bajo el volcán, La
serpiente emplumada, El poder y la gloria, las crónicas mexicanas de Artaud,
las novelas de la selva de Traven y, claro, la saga completa de Carlos
Castaneda, y se había hecho una visión de México que le fascinaba y que no
estaba dispuesta a modificar salvo mediante numerosas sesiones de golpizas, de
ese macho behaviour que no dejaba de atraer numinosamente a su compañera. Tenía
otros aspectos más previsibles: no soltaba las pastillas de chicle y hasta
canturreaba brush your breath, brush your breath!, no se rasuraba las piernas,
no se maquillaba en lo más mínimo y podían transcurrir días enteros sin que un
cepillo le visitara el pelo. A Eligio le era fácil imaginarla trabajando como
minera en las montañas oregonianas, como obrera agrícola en granjas californianas,
shove off you greaser! o talando árboles en las Rocallosas con un casquito
amarillo y la debida sierra eléctrica. De plano no tenía nada que ver con las
muchachas que había conocido en México y mucho menos con las escritoras. Irene
escribía poesía también, pero de eso no hablaba nada. Raras veces hablaba de
sus lecturas, aunque en largas partes del viaje Eligio no pudo ver que la
muchacha leía, con expresión seria, cosas como Billy Budd, El retrato de un
artista adolescente, y nada menos que Cien años de soledad, que en verdad le
estaba gustando, oye, se parece mucho al Milagro Bean Field War, pero Eligio no
sabía qué demonios era eso y tampoco quiso preguntar. Pero sí le contó que una vez había acompañado
a un director de cine a la casa de García Márquez en la ciudad de México.
García Márquez había dicho que, en el cielo, Dios llevaba una cuenta
pormenorizada de todas las mujeres que querían con uno, y uno rechazaba; por
cada uno de estos rechazos correspondían cinco años más de purgatorio. Esas
cosas excitaban a Irene, y dijo que le gustaría pasar un tiempo en la ciudad de
México y conocer personalmente a García Márquez y a Octavio Paz, deben ser muy
amigos, ¿no? Eligio la miró frunciendo
el entrecejo. En muchas cosas Irene era sencilla y directa, muy práctica. Se
despertaba en los hoteles y al instante planificaba el día: desayunar en el
McDonald's más cercano, para economizar, localizar la gasolinera más barata y,
por supuesto, de autoservicio; después a la carretera. Cerca de un pueblo del
norte de Nuevo México se estropeó la bomba de gasolina del vega. Irene no quiso
ni siquiera oír hablar de una grúa, ¿estás loco?, ¡nos va a costar una
fortuna!, y ante el absoluto terror de Eligio detuvo una patrulla de caminos y
pidió a los oficiales que los remolcaran hasta el pueblo más cercano, y
behold!, los tecos accedieron de buen grado, sacaron una cadena de la patrulla y
los arrastraron más de cuarenta kilómetros mientras, atrás, Irene y Eligio
bebían cervezas. Al llegar al pueblo Irene averiguó dónde obtener una refacción
de segunda mano y el mecánico más barato. Éste, naturalmente, resultó un mojado
que vivía en las montañas nuevomexicanas reparando hojalatería y fallas
eléctricas y mecánicas. El paisano se llamaba Natividad, pero todos lo conocían
como Nat; tenía cuatro años de vivir allí. Era chilango, mecánico de la colonia
Guerrero, y se emocionó tanto al hallar a un compatriota auténtico que ni
siquiera le cobró; no sólo cambió la bomba sino que afinó el coche e hizo otras
reparaciones que se necesitaban de urgencia. Los hospedó en su casa y les
invitó un tequila Hornitos que había guardado para ocasiones especiales como
ésa, y le dijo que en realidad la gente de Nuevo México no tenía nada de
mexicana, todos se sentían o bien gringos o descendientes de los españoles, los
conquistadores; se consideraban hispanos y les ofendía ser llamados chicanos,
hablaban un español de pueblito, vaciado, con truje, ansina y sus mercedes, y
les avergonzaba hasta la médula que en algún momento ese territorio hubiera
pertenecido a México, siempre fue o de España o de Estados Unidos, sólo
perteneció a México treinta años y en ésos los mexicanos no hicieron nada por
la región, la abandonaron a su suerte y por eso la gente allí jamás sintió
vínculos con el sur, siempre se consideró española y después, claro,
estadunidense, pero con un gran orgullo de su pasado hispano, que no chicano.
Por tanto seguían viendo a México como en todo Estados Unidos: un pueblo
de perezosos, lentos mentales, débiles
de carácter, sucios, insalubres y bebedores consuetudinarios de, yej, pulque.
Nat, en cambio, allí sí era un chicano vil, no tenía pedigrí colonial ni nada.
A él sí le caían bien los chicanos, aunque por ahí había muy pocos, o casi
ninguno, pero Nat había trabajado un tiempo en Houston y otro en el este de Los
Ángeles y allí sí había buena onda chicana porque no se despreciaba lo
mexicano, al contrario: había un chingo de tortillas, aunque el personal allí
ya no era mexicano ni nada por el estilo, era chicano y punto. Pero, en fin, la
vida lo había llevado a ese pueblito, donde todo iba bien si Nat no insistía
mucho en rememorar el sur de la frontera, y mucho menos en decir alguna vez que
esos territorios fueron robados a México. Realmente la gente allí, fuera de su
fobia al vecino del sur, era buena, honrada y detestaba a los tejanos, ya que
para Texas Nuevo México era lo que México para Estados Unidos.
Irene se puso feliz cuando el mecánico le regaló un
poquito de mariguana. En el acto se compró una botella de vino, la yerba no es
nada si no se le combina con vino o cerveza, explicó. En la mañana siguiente
Irene ya había desempacado una pequeña pipa y dio algunas fumadas durante el
viaje, con la consiguiente placidez y ojos enrojecidos; se volvió más locuaz y
declaró que siempre había querido conocer México, pero era tan pobre que ni
siquiera había estado en la frontera. Pues no será conmigo con quien asciendas
a la elevada Tenochtitlán, avisó Eligio, un tanto duro. Sí, ya lo sé, lo
tranquilizó Irene, pero algún día iré al sur a explotar esas regiones de
nombres tan hermosos, ¿cómo decía Malcolm Lowry? Oa-ba-cas, la voz de quien se
muere de sed en el desierto. Es Oaxaca y no Oabacas, y ahí no hay desierto sino
pura sierra, y honguitos alucinantes, y ya estuvo de todos esos pinches
estereotipos de México-como-paísde-la-muerte-paraíso-infernal, ¿está bien? Con
la pipa mariguanera aparecieron también, ¿de dónde?, varias cassettes de rock
furibundo, el autoestéreo reversible de segunda mano hinchado de eléctricos
decibeles. Eligio casi no había oído música en el trayecto, la suya estaba allá
en México y Susana era la de la música clásica. Pero el rock y los ojos
irritados de Irene hicieron que todo resultara distinto, el aire seco y helado
que respiraban y la inmensidad por doquier, aunque de pronto surgieran colinas
de formas caprichosas, de texturas rugosas e irregulares que parecían hechas a
cincel, y qué inmensidad de cielo... Aceleró aún más y de pronto estaba sentado
en la cumbre del mundo, como si esas elevaciones de piel enmarañada fueran el
techo del universo, y éste perteneciera íntegro a Eligio, todo para él. Le
estaba gustando oír a Irene, quien platicaba que cuando llegó a la Universidad
de Arcadia, al Taller de Literatura, había sido una novedad tener que competir
con los demás que, por el solo hecho de estar más adelantados en los estudios,
se consideraban más sensibles, cultos, inteligentes, mientras que los nuevos
sólo vivían para estudiar, trabajar en una gasolinera o en una hamburguesería o
en lo que fuera, para tomar cervezas en los clubes nocturnos los fines de
semana y para asistir a los conciertos de rock que periódicamente tenían lugar
en el Aula Magna Lynard Skynard. Irene se había puesto en contacto con un grupo
pequeño de chicas que era la Conciencia Política; todas ellas habían estado en
otras universidades y se sorprendían de que en la de Arcadia fuera tan
apabullante el desinterés por la política y las cuestiones sociales. Ellas, e
Irene después, apoyaban a los guerrilleros de El Salvador, algunas habían
viajado a Nicaragua y otras a Cuba, con la Brigada Antonio Maceo que organizaba
giras periódicas a la isla. Entre todos repartían hojas impresas en ditto con
información sobre El Salvador y la situación en Polonia, y en ocasiones
organizaron mesas redondas, pequeños mítines y manifestaciones en el campus,
pero era oprobioso que las ignoraran; los hombres, que eran minoría en la
Universidad, sólo se interesaban por coches, Blondie y Supertramp, bocinas
coaxiales, ecualizadores, hamburguesas de un cuarto de libra, penthouses y
hustlers. Las nenas se dedicaban a estudiar, siempre eran las de mejores
calificaciones, o si no, se volvían feministas de todos colores; organizaban
grupos y sociedades, abrían locales y llevaban a cabo una militancia intensa
que envidiaban ellas, la Conciencia Política. Irene frecuentó un tiempo a las
feministas pero no le simpatizaron aunque, claro, había chavas interesantísimas,
y poco a poco se había ido apartando de ellas. Pero Eligio ya no la escuchaba,
parte de lo que Irene le decía lo remitía inexorablemente a Susana, pero pensar
en ella en ese momento sólo motivó una mueca despectiva en él, y comenzó a
pensar que toda esa andadera por Estados Unidos era de locos, jamás la iba a
encontrar porque ella no quería que él la encontrara; quizá la reencontraría
muchos años después, en el coctel de algún estreno, y ella le contaría que
había viajado por Nueva York, Brujas, Luxemburgo, París, Barcelona, Argelia y
El Cairo. Eligio para entonces también habría viajado mucho y le diría pues qué
bien que te oreaste, mi amiga, quizás a los dos les gustaría reencontrarse y,
después de platicar mucho, él la llevaría a cenar y acabarían en la nueva casa
de Eligio haciendo el amor... Qué horrendos pensamientos, consideró, el
ambiente se le había ensombrecido, un sudor maligno corría por sus palmas y una
agridulce angustia lo aletargaba. Irene había cerrado los ojos, buena compañera
la gringuita, hundida por completo en la música de Dire Straits, que por otra
parte no era nada mala.
Habían llegado a una ciudad con extrañísimas casas
de adobe y árboles que parecían pirules, y Eligio recordó algunos alrededores
de la ciudad de México. Irene estaba fascinada, todo lo que le habían contado
de Nuevo México se quedaba chico, esa Española, así se llamaba la ciudad, sí
era algo distinto a todo lo que había visto en Estados Unidos. Salieron de
Española con el ánimo despejado porque ya estaban cerca de Santa Fe, la única
otra ciudad visitable de Estados Unidos, pero entrar en ella representó para
Eligio una desilusión total. Por doquier eran las mismas avenidas amplísimas,
ejes viales de un kilómetro de ancho, los Pollos Kentucky, los McDonalds y
Burgers Kings y Der Wienerschnitzels, Shells, Texacos, Conocos, Holiday Inns,
Motel 6, Best Westerns, Albertsons, Alpha Betas, K Marts, Walgreens, Sears,
Sambos, Woolcos, La Belles, Radio Shacks, Woolworths, Lafayettes, Custom Hi
Fis, y por supuesto los grandes automóviles gasguzzlers, las agencias de autos,
los bancos con sus cajas de servicio en su auto; como siempre, ni una glorieta,
ni un camellón, ninguna flor, ninguna estatua, sólo kilómetros de asfalto,
baratas-baratas-baratas, ofertas-muertas-de-media-noche-servicio-en-su-coche,
iglesias con anuncios de neón, anunciando, gerundiando, el último grito de la
boda, cien dólares de multa a quien tire basura en las carreteras, hi, how are
you today!, patrullas con radares para atrapar a motoristas también
enradarados, museos del Viejo Oeste, de aviones de guerra, de armamentos
nucleares, parques vacíos, calles recorridas sólo por automóviles, sin
peatones, sin perros, sin gatos, sin vendedores ambulantes, sin comercios
pequeños, con servicios de plomería, albañilería, mecánica, carpintería y
cerrajería más caros que una computadora casera.
En Santa Fe había nieve en las calles, pero no como
en Taos o en Denver, y todo indicaba que en esas regiones sureñas cada vez
había menos nieve, o que no había empezado a caer aún. Llegaron a la parte
vieja de la ciudad y Eligio comprendió por qué Santa Fe era algo distinto en
Estados Unidos: tenía un zocalito muy coqueto con portales y quiosco. A Irene
le encantaron los indios, que tenían puestos bajo los portales y vendían joyas
de turquesa a precios de platino. Todo era una mezcla de ciudad mexicana y de
pueblo de vaqueros, pero indudablemente había algo propio, irrepetible, una
atmósfera como la del atrio de la Catedral, la primera iglesia de a deveras que
Eligio había visto desde que estaba en Estados Unidos, un atrio inmenso y
diversas variedades de pinos bellísimos, nevados, lástima que era Irene y no
Susana la que viajaba con él, pues Irene era también extranjera en Nuevo México
y veía todo con ojos tan fascinados que Eligio pensaba que todo eso era
incompatible con el otro espíritu revolucionario y militante, Cuba sí Yanquis
no, el pueblo unido jamás será vencido, no nos moverán, repetía Joan Báez en el
autoestéreo con un español mejorado después de setenta y siete años de
práctica.
Fueron a un hotel, no muy caro, decidió Irene. Por
primera vez desde que salieron de Arcadia, Eligio se sintió abrumado, sin el
menor deseo de aligerar su espíritu. Se tiró en la cama y no quiso moverse para
nada. Irene fue a buscar a una antigua compañera de la Universidad que vivía
allí. Eligio continuó flotando en la cama, un brazo caído, deseos de nada, ni
siquiera un roncito, y de pronto comprendió que en realidad bien pudo ahorrarse
ese viaje, de más de mil kilómetros hasta esa etapa. ¡Carajo, cómo no se me
había ocurrido!, pensó, y pidió una llamada de larga distancia a casa de la
madre de Susana. Allí no había noticias de ella, pero facilitaron a Eligio el
número del primo de Los Ángeles. Eligio lo marcó al instante; se hallaba
insoportablemente nervioso, con el corazón bamboleante y las manos sudorosas,
con la garganta tan reseca que le costaba trabajo hablar, y cuando al fin pudo
hacerlo su voz salió mucho más ronca de lo normal, y él, actor de voz grave-y-acariciante,
se asustó. El primo le comunicó que no sabía nada de Susana, ni siquiera sabían
que había viajado a Estados Unidos, y le dio el número de otro primo que vivía
en Las Cruces, Nuevo México. Quizás él supiera algo de Susana. Eligio sabía que
Las Cruces se hallaba prácticamente junto a México, a unos cuarenta kilómetros
de El Paso. El mapa le corroboró que sólo tenía que seguir por la interestatal
veinticinco que terminaba en Las Cruces. Era obvio que Susana no estaba allí. Y
había sido estúpido pensar que hubiera podido ir a visitar a su primo de Los
Ángeles. Claramente, Susana quería romper amarras con todo lo que conocía. No
tenía caso ir a Las Cruces y menos a Los Ángeles, y la perspectiva de viajar a
Nueva York era plausible en Arcadia, pero en Santa Fe sólo en avión, lo más
probable era que el vega no aguantase, ya era un milagro que hubiera llegado a
Santa Fe. Eligio se hallaba sumamente enfurruñado, a punto de soltar golpes y
topes a las paredes, cuando llamó Irene. Había encontrado a su amiga y estaba
en la parte vieja de la ciudad tomando cervezas con un grupo de gente padrísima.
Eligio se
sacudió la pesadez; escasas veces había caído en un estancamiento tan atroz,
todas las brújulas muertas, puntos ceros de energía, con todas las
posibilidades abiertas y cerradas a la vez. Lo correcto, pensó, era agarrar un
pedo antológico y esperar que los espíritus etílicos lo inspiraran. O acabaran
de darle en la madre. Por otra parte, empezaba a considerar que estaba gastando
dinero a lo pendejo, ya no tenía tanto, y los factores económicos sobrepasaban
a los del corazón. Las cosas andaban muy muy mal.
Encontró a Irene y sus amigos en un restorán con
mesas en la banqueta. Todos bebían cervezas, eran mucho más jóvenes que él, de
la edad de Irene más o menos, y de pantalones vaqueros desteñidísimos, botas
igualmente vaqueras, chamarrones de piel y borrega, melenas rubias tan
desteñidas como los pantalones y uno que otro sombrero tejano. Esos, cuando
menos, fumaban, aunque lo hacían con cigarros para después de fumar. Los
Delicados de Eligio fueron un acontecimiento y todos los probaron y tosieron y
dijeron, carraspeando, ups, esto sí es tabaco verdadero. Eligio pidió cerveza
tras cerveza y las bebió sin parar, sin hablar, sin quejarse de lo horrible que
sabían Olympias o Budweisers o las que fueran. De pronto sonrió porque le llegó
la imagen de que en ese momento él era el polaco del grupo. Los amigos de Irene
conversaban muy animados, entre risas y exclamaciones de evidente sabor
alcohólico. Eran liberales, como Irene, o sea: manifestaban simpatías
indefinidas hacia las causas populares, apreciaban el arte y sobrevivían como
artesanos o artistas. Eligio pensó que hubiera podido encontrar a cualquiera de
ellos con un puestito dominguero en el mercado de Tepoztlán, o paseando
debidamente hasta la madre en Taxco o San Miguel Allende o en
Villahermosa-Palenque. Irene y su vieja compañera conversaban ausentes de los
demás, tenían muchos años sin verse y en verdad parecían estimarse, y en
ráfagas Eligio oyó que Irene hablaba de Arcadia, del Taller de Literatura de la
Universidad y del Programa. Todo eso le parecía muy remoto a Eligio, en gran
medida sin sentido, habían transcurrido eternidades desde que Susana había
desaparecido mientras él, ¡carajo!, dormía como imbécil en medio de la
nieve.
Cuando ya había bebido doce exactas cervezas, todo
le irritaba. Los amigos de la amiga de Irene hablaban a grandes voces,
gesticulando; discutían de los actos inanes del presidente Reagan, decían que
vivían la puerta del fascismo, del superfascismo considerando que Estados
Unidos es una superpotencia. Estos niños, pensó Eligio, en el fondo siguen
creyendo que este inmenso refrigerador es el mero cabezón del mundo, y que así
ha de ser por siempre, pobres pendejos. Pero descubrió que no le irritaba lo
que decían los chavos, sino que hablaran en inglés, a ver, ¿por qué
hablaban inglés si él estaba allí?, e incluso pensó que estaba loco cuando
Susana lo había persuadido de que Carroll, Joyce y Nabokov habían hecho brillar
la lengua inglesa. El inglés ya lo tenía hasta la madre y también todos esos
hotelitos de biblias esterilizadas, y también todos esos cuates que, aunque
eran buena onda, de hecho eran la mejor onda que había encontrado en Estados
Unidos, eran demasiado gringos, demasiado uniformes incluso en el uniforme.
Podría estar bien lo que decían, pero no los aguantaba. De pronto lo incendió
un deseo ardiente por estar en México, y ver gente prieta, con los pelos lacios
y mal domados, cualquier, cualquier jodido ensombrerado en una bicicleta con
una bolsa de mandado llena de herramientas y un radio-grabadora al hombro y
tenis canadá en vez de huaraches, deseó ver un mercado mexicano con puestos de
bofe y cabezas de cerdo, con charcos y perros flacos, y ya no los supermercados
enormes, asépticos, con ambiente de banco y sus cajeras tan programadas como
las computadoras que sonreían al decir hi, how are you today!, quiso ver a dos
visitadores médicos bien, pero bien ahogados de alcohol diciéndose me cae
compadrito que yo a usted lo quiero, y no soy puto, ¿eh?, quiso ver a la esposa
de un policía planchando los billetes de ínfimos sobornos, a una familia de
madre gorda, marido cervecero y catorce hijos en una primera comunión, quiso
entrar a buscar libros de teatro en una librería de viejo, pelearse con un agente
de tránsito que exigía una mordida descomunal, leer un periódico donde se
criticara al gobierno, porque ya no aguantaba nada de lo que había allí, y lo
peor era que llegase a él tanta intolerancia cuando se hallaba con chavos que
podían ser buenos amigos, que eran afines, inteligentes, con quienes se podía
intentar hablar de algo que no fueran lugares comunes o recetas infalibles de
buen gusto intelectual, carajo, lo que daría por ver un puesto de pepitas, a un
miserable tragafuego en una esquina, a un chavo campesino que sueña con una
bicicleta, ya no quería: le urgía regresar a México, porque Estados Unidos ya no le daba nada,
ahora le succionaba, como vampiro, toda su vitalidad, su jovialidad, su buen
humor, su ingenio, su energía y lo tenía retorciéndose como viejo neurótico que
hace su escenita porque no soporta ni que vuele la mosca; quería, en lo
fundamental, encontrar a Susana y acostarse con ella ni siquiera para hacer el
amor sino para entrepiernarse con alguien que no tuviera pelos en las pantorrillas
ni en los sobacos; necesitaba a Susana, pero ella había demostrado que era la
más fuerte, la más dura, y sabría Dios dónde estaría, y con quién; en ese
momento le llegó la imagen de Susana con el polaco a través de un cristal
empañado y sin que se diera cuenta empezó a decir, en voz muy baja y en
español: yo creo que es algo que quiere llegar a mí, como un grupo de figuras
inmensas; sus cabezas se pierden en las nubes, fuertes como piedras,
impasibles; lo que veo venir también es algo que parece un edificio, un
edificio sin puertas, aireado, luminoso, sin ornamentaciones, la pura fuerza
del edificio en sí, y no de los adornos, no hay adornos, ¿para qué, si el
contenido puro es lo más bello, la forma perfecta?, veo a lo lejos una inmensa
ciudad, llena de movimiento, con un mercado de kilómetros que pulula bajo el
sol, con hermosos canales y barcas, veo la construcción de una casa, ladrillo a
ladrillo, pero todo eso se va, qué rápido se aleja, y lo que llega no está
bien, es pura desolación, un mundo sin ríos, sin árboles, con cauces secos y
eterna oscuridad, con un frío infinitesimal, todo cubierto de nieve, infinitas
extensiones de hielo bajo un sol envejecido, una ciudad devastada por
bombardeos, rica en cadáveres, llena de olores corruptos, lamentaciones bajo
las piedras y las cenizas, una ciudad donde ya no queda nada, más que una
eterna conflagración que no cesa, y veo también, porque pendejo-pendejo no soy,
que ya estoy como loquito, todos estos güeros me ven de reojo como diciendo ¿y
ora qué se trae este buey?, no pos ya ni siquiera veo lo que veía,
definitivamente como que esto ya valió puritita madre, ve nomás a esta runfla
de semirrobots a carcajada limpia, chupando, y yo aquí de pendejo total, porque
qué chingaos estoy haciendo aquí entre pura gente que sepa la chingada quién es
y que habla un idioma incomprensible e insoportable y que ni siquiera se da la
mano al saludarse, estimados güerejos, ¿por qué no se dan la mano, por qué
tienen repugnancia a tocarse, por qué ustedes chavas hacen el amor sin besar en
la boca, por qué no se dan un abrazo cual debe de ser?, y míralos, míralos,
están pensando ¡no es posible!, ¡ya petardeó este mexicano! Eligio miró a
quienes lo observaban, asintió correctamente e incluso sonrió, y después
continuó diciendo, siempre en español: estos supergüeros creen que estoy
loretito, y por supuesto tienen toda la razón, si no estoy loco a ver
explíquenme cómo es que estoy con estos pendejos que me creen loco, sí, sí,
dense cuenta de una vez, todo esto ya valió, ya tronó, el tan cacareado fin del
mundo que tanto les gusta pregonar ya llegó, helo aquí, prepare to meet thy
doom!, no se rían, ojetes, los grandes hechos históricos, muchachos, se van
dando de individuo en individuo y yo ya llegué hasta el mismísimo fondo de la
mierda. ¿Te sientes mal?, le preguntó Irene, sinceramente consternada. Cómo me
voy a sentir mal, respondió Eligio, al parecer muy tranquilo y siempre en
español, si todos ustedes son el puro ambiente, hombre, si yo estoy feliz aquí
en Atracolandia. ¿Quieres que nos vayamos?, inquirió Irene, siempre incómoda
cuando Eligio hablaba en español, con miraditas laterales y avergonzadas a sus
amigos; todos guardaban silencio. Sí hombre, replicó Eligio, en español,
vámonos de aquí mi reinoa porque si no va a temblar la tierra y chance me lleve
de corbata a dos o tres hijos de la chingada.
Afuera, Eligio vio que la plaza había oscurecido de
repente, las luces públicas se habían encendido y los indios levantaban sus
puestos de la banqueta. Qué indios más raros, siguió diciendo en español, qué
manera tan rara de vestirse, carajo, hasta sombreros traen, carajo, aquí ni los
indios son indios, ¡qué país!
Gasolina, comida y hospedaje.
Eligio se empapó de loción y vio que todo estuviera
en orden. Ese día se sentía de humor espléndido, lleno de energía y con muchas
ganas de ensayar, aunque la obra que montaban era bastante tediosa, pretenciosa
e incoherente, pero era teatro y no La Hora Nacional. Corroboró que todo estaba
bien, llaves en la bolsa, dinero: no mucho para contener las gorras y sablazos
de los comparsas, el libreto. Se dirigió a la calle, pero cuando atravesaba la
sala advirtió que alguien trataba de entrar, alguien tenía una llave y se
estaba metiendo en el departamento, pero mira qué vergas son, algún ratero
infeliz cree que no estoy en casa y viene a darme baje con el Preciado
Miniequipo de Sonido que tantas envidias ha causado. Quienquiera que abría la
puerta lo hacía con lentitud, con grandes precauciones, quizá con temor, y
Eligio se arrepintió de haber tirado, tres meses antes, su preciada calibre
veinticinco en los grandes basureros del Kitty Hawk. Eligio fue a la cocina,
tomó un cuchillo cebollero, regresó a la sala, y se escondió. Vio finalmente
cómo la puerta se abría lentamente.
Eligio se quedó con la boca abierta cuando vio que
Susana era la que entraba con su propia llave, claro, todo el tiempo había
llevado sus llaves consigo. Y pudo ver la conmoción en el rostro de Susana al
descubrirlo a él, oloroso a loción y vestido con cuidado, muy guapo el indio
venido a más, y con un truculento cuchillo en la mano. Estuvo a punto de dar
marcha atrás, pero Eligio ya había tirado el cuchillo en un sillón y allí mismo
se recostó él. Cierra la puerta, pidió Eligio, y pásale, estás en tu casa.
Susana sonrió débilmente, avanzó unos pasos titubeantes y de pronto su
expresión se transformó cuando contempló la pequeña sala. Siéntate mujer, no
seas ranchera, cuándo llegaste, ¿eh?, supongo que hace varios meses pero
andabas turisteando por alguna parte, ¿no?, canturreó Eligio advirtiendo que
empezaba a ponerse tenso, y no: no quería estar tenso, se sentía perfecto antes
de que ella llegara, ¿no?, tenía que platicar con Susana como seres
civilizados, sin recurrir inmediatamente al descontón. Susana tomó asiento, con
el rostro endurecido, alerta. Ninguna simpatía a su pobre charro, ¿eh? No, dijo
Susana, llegué hoy. ¿Y tus maletas? Las dejé en el aeropuerto. ¿Y eso? Bueno,
respondió Susana, primero tenía que verte, ¿no? Hombre, pues muchas gracias de
que te acuerdes de los viejos camaradas, deveras te lo agradezco, Susana, ¿no
quieres echarte una copiosa? Susana asintió. Había tomado asiento en la orilla
de un sillón, con las piernas muy juntas y la espalda rígida. Qué guapa se ve
de todos modos.
Eligio se puso en pie y sirvió dos copas de ron.
Ella miraba la estancia un tanto molesta y desconcertada; la luz que entraba
era la de siempre, y todo parecía igual, ah sí, pensó con un esbozo de sonrisa,
allí está el equipito de sonido de Arcadia. Bueno, ahora platícame, qué has
hecho, a dónde fuiste, decía Eligio. Estuve en Nueva York, respondió Susana,
muy seria; formal también, sacó un cigarro y lo encendió distraídamente, como
si estuviera en algún consultorio, pensó Eligio, quien consideraba que,
claro, en realidad todo el tiempo había sabido que ella estaba en Nueva York.
¿Con quién? ¿Con el polaco? No, dijo Susana, enfática, con deseos de acabar con
ese tema de una vez por todas. No seas mentirosa pinche Susana, yo sé que ese
polaco de mierda y sus cuates dizque socialistas pensaban ir a Nueva York.
Susana ahogó una sombra de sonrisa cuando oyó que Eligio mencionaba al polaco.
Sí, yo también sabía que irían a Nueva York, pero nunca los vi allí, para tu
información, Nueva York es una ciudad grande, ¿eh? Guárdate tus ironías
de a peso, Susana. Pues deberías oír el tonito con que tú me hablas, disparó
Susana y le molestó oír lo acre de su voz. Eligio controló un acceso de ira y
trató de ser paciente; se daba cuenta de que cada vez se ponía más tenso, y eso
no debía de ser, por ningún motivo. Bueno, no nos vamos a pelear, nada más
estamos platicando, ¿no?, como gente grande... ¿Y qué hiciste en Nueva York? No
hice gran cosa, respondió Susana, no sé si sepas que Arturo tiene un
departamento allá. ¿Quién es Arturo? Arturo Rivera, hombre, tú lo
conoces, es pintor. Este Arturo Rivera vivió en Nueva York, en Manhattan, y
alquiló un departamento que en realidad es un piso entero, o casi, y cuando
regresó a México le dejó el departamento a una amiga suya, pintora también, y
ahora ella vive allí, y también van de visita muchas gentes porque te digo que
el departamento es bien grande. ¿Y allí estuviste? Sí. ¿Sola? Sí..., respondió
Susana, dubitativa. ¿Esos titubeos habrán sido adrede?, se preguntó Eligio, y
tomó aire. ¿Todo este tiempo lo pasaste en Nueva York? No, contestó Susana con
un tono neutro; después tomé un avión de Icelandic Airlines y fui a Europa:
estuve en Londres y en París. Y en Barcelona, de allí regresé. ¿Sola? Sí, sola,
¿qué esperabas?, dijo Susana tratando, sin lograrlo, de no exasperarse; ¿que
todas las noches me acostaba con un tipo diferente? Pues sí, ¿no?, respondió
Eligio mirándose las uñas. Pues no. Mira, no me importa lo que pienses,
pero la verdad es que me quedé fastidiada de los hombres, y bueno, no te voy a
negar que dos o tres veces salí con gente, pero no anduve con nadie, y no
porque quisiera ser fiel sino porque, te digo, no estaba en condiciones
de entablar una relación normal con ningún hombre. ¿Pero con una mujer sí?
Eligio, por favor, mídete, no tienes idea de lo patético que resultas en tu
plan de macho mexicano celoso. Ah, otra vez soy macho mexicano, ¿y qué más, eh?
Eres un pobre diablo que no entiende nada, aseveró Susana, muy seria. ¿De
veras? ¿Qué es lo que no entiendo? A mí no me entiendes, nunca me entendiste, y
ahora menos. ¿Y qué es lo que yo tenía que entenderte? ¿Qué debo de aplaudir
cuando mi esposa se larga cada vez que se le da la gana? ¿Qué tengo que
entender de eso? ¿Que soy un pobre tipo pendejo y repugnante al que hay que
huirle como a la peste? No seas tonto, Eligio. Entonces qué, ¿te enamoraste
perdidamente del polaco ése y el amor justifica todo, etcétera etcétera? Susana
vio que Eligio había enrojecido de tensión, sus ojos se habían entrecerrado y
parecían ensombrecidos. Eligio, no te enojes, no vayas a ponerte como la última
vez, dijo. Entonces no salgas con pendejadas, tú mídete, replicó Eligio. Lo que
no entiendes, dijo Susana de nuevo, es lo que no es aparente, lo que está
detrás de las cosas, el misterio que es una, todo eso que existe en una y que
de pronto obliga a hacer cosas que nunca se hubieran pensado. Tienes razón,
maestra, no entiendo ni madres, explícamelo. No es algo fácil de explicar,
Eligio, pero he pensado que cuando todo parece estar bien en realidad no lo
está, como antes de que me fuera al Programa; tú actuabas como siempre y yo
escribía y daba mis clases, teníamos para comer y todo, y sin embargo éramos la
pura inercia, espérate Eligio, en esos momentos es cuando se necesita un acto
decisivo, una verdadera revolución para poder saber qué está pasando. ¿Y qué
está pasando, Susana? Ay Eligio, ya regresé, eso es lo que pasa, ¿no te das
cuenta? Sí, cómo no, pero tú tampoco puedes negar que es difícil entender a una
persona que ni siquiera se entiende a ella misma, y que el hecho de que estés
aquí no garantiza que mañana vuelvas a sentir que se necesita otra revolución y
te largues con el primer polaco tarado que pase. Mira Eligio, no voy a defender
a Slawomir, pero no es ningún tarado; es más, agregó Susana procurando que su
voz no temblara; yo creo que tú nada más estás pensando en tu orgullo de macho,
que me consideras de tu propiedad y que eres un morboso que nada más está
pensando si me acosté o no con otros tipos. ¡No, carajo!, gritó Eligio, ¡tú
eres la que no entiendes nada! ¿Cuál orgullo de macho? ¿Cuál orgullo?, ¿no
andaba yo contigo en aquella pinchurrienta ciudad cuando todos sabían lo que
había pasado con el polaco y me veían como don Pendejo? Coño, nomás de
acordarme te juro que me mata el coraje. Nadie te veía como pendejo, nada más
tú, porque en momentos en verdad resultabas patético... Qué bajo has caído,
pinche Susana, tú eres la orgullosa, crees que todo mundo tiene que tirarse al
piso como tapete para que pases, tú eres la que se mete en su propia casa llena
de recelos, de resentimientos, de dureza, la que ni siquiera se atreve a decir
por qué regresaste, ¡a ver, dime por qué regresaste!
Susana suspiró profundamente para aquietar la
agitación, miró al suelo y dijo, muy despacio: Regresé porque ya se había
terminado mi tiempo de andar de nómada, regresé porque eso era lo que tenía que
hacer, y eso hice. ¿Y nada más? ¿Yo dónde encajo? Eligio, por Dios, tú eres mi
marido, ésta es mi casa, por eso regresé, ¿o no es así? ¿Quieres que me vaya?
Muy bien, muy bien, ésta es tu casa, pero sólo que en verdad hables claro y me
expliques bien todo lo que te traías, porque no me vas a salir con esas mamadas
de que te fuiste para ser tú misma, ¿si ya eres tú misma a qué chingaos
regresas?, ¿a no ser otra vez?, yo te admito aquí feliz de la vida, pero si tú
y yo vamos a vivir juntos otra vez será porque me vas a jurar que nunca, nunca
más, te vas a largar de aquí como si yo no existiera, ¿me lo juras?,
ándale, júralo y vas a ver que no tendremos ningún pinche pedo. Ya está,
replicó Susana, ya estamos en la estúpida escenita que tanto quería evitar,
¿por qué todo tiene que ser con tanta palabrería?, ¿por qué no se puede estar
juntos simplemente sin hablar tanto, tratando de establecer una comunicación
profunda, menos obvia, menos banal y vulgar? Tú dirás lo que quieras, pero
conmigo te jodes. Yo necesito que me digan las cosas claramente, yo sé que
mucha otra gente no necesita decirse nada, pero yo no soy así, ni modo, y
necesito tener todo muy claro, porque, si no, vivo con miles de ideas estúpidas
en la cabeza y nomás valgo para pura chingada. Eligio, por favor, es que en
verdad eres muy superficial, podrías ahorrarte muchísimo de lo que dices. ¡No
me vengas con mamadas, pinche Susana! ¿De cuándo acá se ofenden tus exquisitos
oídos? Tú estás sacándole al parche, ¿ves?, y no me contestas, ¿me juras que
nunca más te vas a largar sin decirme nada? Susana no respondió. Eligio esperó
un poco antes de insistir. Comprende que si no me especificas muy
clarito que ya no vas a salir con tus mamadas yo no puedo estar en paz, porque
es verdaderamente feo que llegue a la casa feliz porque quiero compartir
contigo algo importante, como, por ejemplo, que ya empezó a nevar, y tú ya te
hayas ido. ¡Qué a toda madre! Susana continuó sin emitir ninguna palabra. Se
hallaba pálida, demudada. Bueno, dijo finalmente, si tanto insistes abriremos
las compuertas del melodrama, ay Dios, qué estúpido es todo esto. ¿De qué estás
hablando, carajo? Habla bien que no estás con tus amigos intelectuales. Estoy
hablando de que voy a tener un hijo. ¿Un hijo?, exclamó Eligio, ¿vas a tener un
hijo? Sí, respondió Susana. ¿Estás segura? Sí, sí estoy segura. ¿Estás segurísima,
ya te hicieron análisis y todo? Sí, Eligio, allá en Barcelona me hicieron todas
las pruebas y no hay duda del embarazo, sí voy a tener un hijo, te juro que
pensé abortarlo, pero nomás no podía ser, realmente me he dado cuenta de que me
gustaría tener ese bebé, pero no creas, añadió Susana con voz muy firme, que
regresé contigo porque voy a tener al niño, desde antes ya sabía que tenía que
regresar, desde que te dejé allá en la nieve supe que tarde o temprano regresaría
contigo, pero, claro, saber que estaba embarazada precipitó las cosas, de no
haber estado embarazada quizá me habría tardado otros meses, o no sé cuánto,
pero hubiera regresado Eligio, yo también sé que contigo me tocó, y creo que
para siempre. Espérate Susana, espérate, todo eso es muy importante y quiero
que después me lo repitas muy despa-ci-to, pero ahora dime de quién es ese hijo
que vas a tener, ¿es mío? Ay Dios, Eligio, ¿por qué tenemos que estar diciendo
todo esto?, es un horror toda esta corintelladez, ¿no te das cuenta? Susana, no
mames, otra vez te sales por la tangente, ¿de quién es ese niño? Claro que es
tuyo, Eligio, ¿de quién si no? Ay hija de la rechingada, me dan ganas de
agarrarte a cabronazos, ¿cómo de quién puede ser? Del polaco, tarada, o
de cualquier otro hijo de puta que hayas conocido. Te digo que no, respondió
Susana, tratando de controlar la impaciencia, pero si no crees que es hijo tuyo
pues no es tuyo y punto final, me largo a tener mi hijo y aquí no pasó nada,
pero qué equivocación más terrible, Eligio, te vas a arrepentir todos los días
de tu vida. Susana dijo esto con tal severidad que Eligio se estremeció y se
diluyó la ira que lo empezaba a anegar. Bueno, agregó con más calma, explícame
bien cómo está la cosa, Susana, porque creo que hasta tú te das cuenta de que
todo esto no es algo de todos los días. Mira, es más, si el chavo no es mío,
añadió, incómodo, yo después me serenaré y admitiré que vivamos con el chamaco,
pero ahorita mismo me vas a decir por qué ese niño es mío. Porque sí es. Pero
cómo lo sabes, no me vayas a salir con que tu relación con el pinche polaco fue
platónica, porque, ay pinche Susana, yo te vi cogiendo con ese
animal. Sí, ya sé, replicó Susana, muy fría; ésa es una de las peores cosas que
me han pasado en la vida, ¿por qué me fuiste a espiar, Eligio? Fue horrible, te
juro que no puedo quitarme de la cabeza que tú querías verme hacer el amor con
otros hombres, y no es que asuste la idea, pero es que entre tú y yo eso no
encajaba, ¿no crees?, porque nunca lo hablamos, y tú y yo Eligio, siempre nos
hemos dicho todo, o casi todo, ¿por qué me estabas espiando? ¡Yo no te estaba
espiando, con un carajo!, protestó Eligio, airado; pinche Susana te fui a
buscar para que regresaras conmigo, chance me aceleré con el numerito de que
iba a matar al polaco y hasta yo mismo me lo creí, pero fui a buscarte, ¿a poco
no te dabas cuenta? ¿Pero por qué me estabas espiando? ¡No te estaba espiando,
deveras! Andaba tratando de averiguar en qué cuarto estabas para ir por ti, y sí,
he pensado muchísimo que debí hacer mis averiguaciones en la administración de
ese pinche gallinero, pero allí andaban los otros dos tarados dizque
socialistas, y yo no quería que fueran con el chisme de que yo andaba ahí, para
que no te fueras a escapar, ¿ves?, y no sé, todo esto es muy raro, ya antes
había tenido un sueño que... bueno, el caso es que de pronto me asomé a esa
ventana, ya antes me había asomado en otras, porque yo sólo quería saber en qué
cuarto estabas sin tener que preguntarlo, ¿no?, y de repente te vi, y bueno...
déjame decirte que... sentí algo de lo más impresionante, algo me paralizó y no
me dejaba moverme, te juro que era como en esos sueños horrendos en los que te
quieres mover y nomás no puedes, por más esfuerzos que haces, pero yo no
te fui a espiar, no señor, no andaba de mirón, no me estaba haciendo una
chaqueta mientras tú te revolcabas con ese desgraciado... ¿Y cómo fue ese sueño
que tuviste antes, Eligio? Te juro que igual, igualito, sólo que sin nieve,
pero hasta el buey con el que estabas era casi el mismo, y bueno, no era
igual-igual, pero en esencia sí, qué horrible sueño. ¿Cuándo fue eso? ¿Qué, el
sueño? No sé, ah sí, el día en que salí de México a Estados Unidos.
Susana alzó la mirada, al parecer unas veladuras se
habían corrido de su rostro, y en ese momento parecía sinceramente consternada,
sin dejar de mirar a Eligio. Éste se hallaba muy inquieto, muy nervioso, se
había puesto en pie y no podía quedarse en un solo lugar. ¡Carajo, Susana!,
exclamó por último, ¡no me digas que no sabías que yo iba a irte a buscar,
porque, si no, sería gravísimo, ¿o no, o no? Bueno sí, admitió Susana,
bajando la vista de nuevo; algo seguía sin estar bien y eso la incomodaba
profundamente; pero tú estabas jugando, decía Eligio, algo así como al gato y
el ratón, sabías que tenías un poder sobre mí y estabas feliz utilizándolo,
utilizándome, y no me digas que no, bueno, quizá haya algo de eso mi amor, pero
las cosas no son tan fáciles, no, no son tan fáciles, no es tan fácil asegurar
con la máxima cara dura que el chavo que vas a tener es mío cuando en esa misma
época también te acostaste con más gente. Nada más con el polaco. Apuesto que
también con más gente, digamos que para ser tú necesitabas irte a la cama con
otros hombres. No seas estúpido Eligio por favor, nunca pensé que necesitara
acostarme con otros hombres, eso lo podría hacer sin irme de México, viviendo
contigo y sin que te enteraras de nada, es facilísimo, ¿no?, todo el mundo lo
sabe, bueno, ¡está bien!, te voy a decir por qué el hijo es tuyo, ¿por qué?,
porque allá en el Programa, la noche que llegaste, dijiste que tuviéramos un
hijo, sí, y a ti te pareció la peor onda del mundo, sí, sí es cierto, pero
después lo pensé, ¿no?, y sentí que deveras estaban saliendo las cosas bien, y
que en realidad yo nunca había pensado bien, a fondo, en tener un hijo, y de
repente pensé que estaba bien, es más: me vino una necesidad incontrolable, y
entonces me fui a ver un ginecólogo para que me quitara la espiral, así es que
la mayoría de veces que hicimos el amor fue sin ningún anticonceptivo, y por
eso el hijo es tuyo, estúpido, ¿sí?, pero después qué, ¿no te volviste a
acostar con el polaco?, sí Eligio, pero el bebé no es de él, pero cómo sabes,
yo lo sé y eso basta, escúchame Eligio te estoy diciendo que ese bebé es tuyo,
estoy segurísima, y si no me crees te juro que en este mismo instante me largo
de aquí y no te vuelvo a ver jamás, no mamenaces Susana, te juro que en
este momento me estás cayendo de lo más gorda y no te agarro a chingadazos
porque Dios es grande, ¡eso quisieras, verdad!, ¡agarrarme a golpes! ¡Crees que
por la fuerza se arregla todo! ¡Pero estás loco! Óyeme bien también esto: ¡Si
alguna vez te atreves a ponerme una mano encima te juro que te vas a
arrepentir, te vas a arrepentir!
Eligio se sobresaltó al ver a Susana tan exaltada;
en verdad muy pocas veces la había visto así. Ya ya, bájale de volumen, pidió,
impaciente; yo jamás te he pegado. ¡Pero no soltabas esa maldita pistola!, ¡te
sentías Benjamín Argumedo o qué sé yo!, andabas feliz con tu numerito de
mexicano muy macho, ¿no?, ¿crees que no vi cuando compraste la pistola? Eligio,
me sacaste a punta de pistola, de los cabellos, ¡eso no se me olvida!, ¿y cómo
querías que te sacara?, ¿entre aplausos?, ¿con una alfombra de flores?,
¡carajo!, bueno, está bien Eligio, pero escucha esto: ese hijo es tuyo, ay
Eligio, lo he pensado mucho y estoy segura de que es tuyo, algo
me lo dice con tanta claridad que no lo puedo dudar, ¡te digo que es
tuyo y de nadie más! Bueno ya, ¡ya!, a fin de cuentas ya sabes que yo soy El
Abnegado Padre Mexicano, el Cabecita Blanca Por Excelencia, ya te dije que no
hay pedo si el chavo no es mío si tú y yo estamos bien, además hay una forma facilísima
de saber de quién es ese chavo. Si sale güerito y lleno de pecas y todo velloso
de plano no es tuyo, ¿verdad? ¡Claro!, exclamó Eligio, así es que más te vale
que escupas un gorilita prieto y aindiado, o, si no, si te sale blanco, que se
parezca mucho a ti y que no tenga aire de Europeo Oriental o del cono sur porque
entonces se te arma el desmadre del siglo, y no porque el chavo no sea mío,
sino porque me mentiste en este momento sagrado con toda premeditación,
alevosía y etcétera.
Eligio descubrió, sorprendido, que estaba sonriendo;
se hallaba tenso y excitado, pero se sentía fuerte y dueño de sí mismo.
Advirtió que Susana ya no se hallaba tiesa en el borde del sillón, sino que se
había recargado, se pasaba la mano por la cabeza, suspiraba. ¿Me sirves otro
ron?, pidió, y Eligio asintió y fue por la botella, mírala nomás, ahora hasta
se echa un trago conmigo, ¡qué país! Le sorprendía la claridad que había en el
cuarto. Su percepción se había afinado a tal punto que veía todo con una nitidez
extraordinaria, la franja de luz oblicua que alcanzaba a entrar en verdad
parecía reverberar, y Susana, ay pinche Susana, parecía tan hermosa allí en el
sillón. ¿Y tú, no te sirves?, preguntó ella. No, respondió Eligio viendo la
botella, ya se me quitaron las ganas. ¿Me crees que chupo mucho menos? Ahora
soy la botana de los cuates, dicen que me eché a perder en Gringolandia. ¿Sí?,
pues allá bebías como cosaco. Eligio, ¿sabes qué?, de repente me di cuenta de
que todo había vuelto a la misma rutina de siempre, tú ya no te la pasabas
emborrachándote y carcajeándote con tus amigos actores, sino emborrachándote y
carcajeándote con tus amigos escritores, otra vez los ensayos y la
bebedera y los chistes, qué horror, ¿eh? ¿Y por esto te fuiste la segunda vez,
mi vida? No, no fue exactamente por eso, yo, no sé, tenía que saldar cuentas,
terminar en verdad todo con Slawomir, todo eso sé había quedado en el aire y yo
no me lo podía quitar de la cabeza. Pero por qué, Susana, ¿te enamoraste tan
feo de él?, preguntó Eligio nuevamente nervioso y encendiendo un cigarro. No,
no se trata de eso, ¿me pasas un cigarrito? Claro. Era más complejo, mi amor,
realmente nunca lo quise, sino que era, cómo decirte, un enigma, un acertijo
que yo tenía que resolver. Pero, ¿por qué tú? Porque a mí me tocó, te juro que
yo no fui a aventármele a este tipo, además no era ninguna perita en dulce,
Eligio, en verdad, yo misma estaba muy desconcertada, sólo con el tiempo logré
tener un poco de claridad... ¿Por qué, qué pensaste? No sé, es difícil de
explicar, yo creí que era algo así como una prueba, pero ya no hablemos de nada
de eso Eligio, por favor. Está bien, pero otro día, tranquilones, volvemos al
punto porque, ya sabes, mientras más claras tenga las cosas es mejor para mí,
deveras no puedo andar como buceando entre laberintos, perdido en el bosque,
viendo con las manos y no con los ojos. Nada más óyeme una cosa Susana, y si
estás de acuerdo te juro que, como dijo san Juan de la Cruz, tú y yo la vamos a
pasar requetebién hasta el fin de nuestros días. ¿Qué cosa?, preguntó ella,
incorporándose, nuevamente alerta. Mira Sana, allá en Arcadia te dije que había
ido por ti porque te quiero, porque desde que te conocí estuve bien pero bien
seguro de que tú eras la única mujer que me correspondía, y por eso
siempre supe que iba a luchar por ti, pasara lo que pasara, pues ahora
escúchame bien, maestra, precisamente porque estoy luchando por ti me
vas a dar un gustito y, si no, te vas a la mierda y tienes tu hijo en un bote
de la basura y aunque yo termine mi vida amargado y odiando a todos me vale
madre, porque tú no puedes regresar a tu casa, con tu marido como
si no hubiera pasado nada, que fácil es decir soy tuya, ¿no? ¿Pero qué dices,
de qué estás hablando?, preguntó Susana, ansiosa, ¿qué es lo que quieres? Una
cosa bien facilita y tú no te vas a negar. Pero antes dime, porque es muy
importante y realmente no me lo has respondido, ¿por qué regresaste, Susana?
¡Maldita sea, Eligio, no seas molesto! ¡Dime de una vez qué demonios quieres!
Tú quieres que me acueste con otros hombres, ¿no es así?, concluyó Susana
porque en verdad esa idea le llegó, fulminante, a la cabeza. ¡Que no! ¡Carajo,
qué bruta eres, me cae que rebuznas! ¡No quiero que te acuestes con nadie más
que conmigo, yo en eso, chava, soy a la antigüita y no entiendo esas cosas tan modernas!
¿Entonces qué quieres?, preguntó Susana, desconcertada, fumando rabiosamente
otro cigarro. Por Dios, Eligio, dime ya, cómo la haces de emoción. Qué bruta
eres, repitió Eligio, casi para sí mismo, te debería dar un cachetadón, carajo.
¡Eligio, dime ya! Mira, lo que yo quiero es, cómo se dice, algo así como
una satisfacción. ¿Cómo una satisfacción?, preguntó Susana,
palideciendo, ¿vas a querer que me ponga de rodillas y te pida perdón?, ¡estás
loco! No, estoy más loco de lo que crees, pero, mira, entiende que no rehuyo la
parte de responsabilidad que he tenido en todo esto, aunque, aquí entre nos, en
este momento no estoy muy seguro cuál es, pero dame unos días y lo estaré, y
actuaré en consecuencia, porque a mí me gusta aprovechar las experiencias y
corregir los errores, ¡hombre, ésa fue la gran lección que me dio mi maestro
Carlos Ancira! Eligio, habla claro, te juro que estás incoherente y nada más me
pones nerviosa, dijo Susana porque en verdad la exasperaba ver a Eligio de un
lado a otro, con una sonrisa diabólica y los ojos más brillantes que una
llamarada; lo sabía lleno de una fuerza que rebasaba toda cuestión física, y
eso no podía vaticinar nada bueno. Te estoy diciendo que admito parte de
la responsabilidad, pero estoy seguro de que tú también tienes que asumir tu
propia responsabilidad, no te portaste como una niña buena, maestra, te
portaste como verdadera cabrona, por una parte, y como escuincla que se escapa
de su casa, pero con la diferencia de que ya no eres la nena de papá, yo soy tu
esposo y me parece lo más normal del mundo que tú te portes como esposa, como
mujer adulta y no como chavita que no sabe ni quién es ni qué quiere; en pocas
y efímeras palabras: que no te hagas pendeja Susana. ¡Ya, Eligio, por Dios, qué
manera de andarse por las ramas! ¡Qué exasperante eres, caray! Lo que te quiero
decir es que tú también tienes que admitir que lo que hiciste no está bien,
porque no lo hiciste limpiamente, y lo que necesitas es un castigo, nada
más para dejar bien establecidas las cosas y para que podamos respirar
normalmente de ahora en adelante sin tener la estúpida idea de que algo no se
arregló como debería en el momento en que hacía falta y que tú necesitas una
revolucioncilla para rearreglar todo. ¿Cómo un castigo?, ¿qué castigo?, ¿qué te
pasa, Eligio?, ¡no me vayas a salir con una incoherencia porque te juro que
echas a perder todo, todo! Quiero que reconozcas que mereces un castigo,
tú admítelo y no hay problema. ¿Pero por qué me castigas, porque me fui de la
casa sin decirte nada, porque me acosté con otras gentes? Eligio, ¿crees que
todos estos meses yo andaba cantando La vida en rosa?, ¿crees que las cosas han
sido fáciles para mí?, yo también he pagado ya mis tributos de humillación, de asco
de mí misma, ¡mentira, pinche Susana!, tú en el fondo sigues creyendo que todo
lo que hiciste fue perfecto, y que puedes volverlo a hacer, nomás para ver cómo
reacciona el changuito, Susana tú ni siquiera me has dicho por qué regresaste,
¡no seas molesto Eligio, eso ya te lo respondí miles de veces!, mejor tú dime
qué te traes entre manos, porque ahora sí te juro que te desconozco, se me
vienen a la cabeza las cosas más absurdas, ya habla claro! Oquéi, Susana, ahí
te va: te voy a dar unas nalgadas. ¡Vete al demonio!, ¡no estás en una película
de John Wayne! Claro que no, te voy a dar unas nalgadas de lo más tranquilo,
sin ningún paternalismo, mírame nomás, salucita mi amor, bueno, Susana, te voy
a dar tus nalgadas ahora mismo y tú no vas a hacerla de pedo, ¡te digo que
estás loco!, repitió Susana, poniéndose en pie y mirando la puerta, ¡quién sabe
qué estupideces se te metieron, te has vuelto un morboso, y un hipócrita porque
no admites que eso eres, un morboso horrible, y además quieres que te lo festeje,
que te lo agradezca, qué bien te las arreglas!, mira Susana, no hagas
teorías pendejas porque eso sí me da coraje y no quiero darte tus nalgadas
enojado, así no funcionan las cosas, precisó Eligio poniéndose en pie, ¡ven
acá!, ordenó, ¡estás loco!, repitió Susana retrocediendo, lamento muchísimo que
por mi culpa hayas pescado esas costumbres, pero ni creas que voy a participar
de tus jueguitos, ¡así no!, Susana tú eres la morbosa, puras proyeccionazas,
¿eh?, así es que ven acá o voy por ti. Susana había retrocedido hasta la
puerta, y palideció porque en fracciones de segundo Eligio había tomado el
cuchillo cebollero y lo lanzó violentamente a la puerta, a centímetros de la
cabeza de Susana, mientras decía ¡quieta ahí!, y después, para sí mismo, ¡qué
tino me traigo!, y se acercaba calmosamente a ella, con una sonrisa gozosa y
ojos fulgurantes, ¡por la fuerza no, Eligio, eso es lo que más detesto!, ¡no
tienes idea de cómo te odié cuando llegaste a Chicago pistola en mano
queriendo arreglar todo como en los corridos! Eligio ya se hallaba junto a
ella, mirándola con malicia. Dime por qué regresaste, entonces, y no hay
madriza. ¡Vete al demonio! Susana, no olvides que las nalgadas van a ser porque
te sigues negando, a estas alturas, a responder lo que te pregunto, ¡dime por
qué regresaste!, ¡estás mal, Eligio, quítate de aquí o empiezo a dar de
gritos!, grita todo lo que quieras, avisó Eligio prendiéndola del brazo. Susana
lanzó una ráfaga de golpes y puntapiés y con todas sus fuerzas trató de
desprenderse, y Eligio la jalaba hacia el sofá cuando ella le propinó un
rodillazo en los testículos, pero aunque él palideció y se contrajo con un
alarido de dolor no soltó el brazo, al contrario, lo oprimió rabiosamente,
¡auxilio!, gritaba Susana, ¡sálvenme de este bruto que me quiere matar, me
quiere matar!, a grito pelado, mientras tiraba golpes y Eligio poco a poco la
arrastraba, grita todo lo que quieras, decía, y se desplomó en el sofá; Susana
cayó encima de él, tirando puñetazos, rodillazos y puntapiés, pero Eligio la
acomodó sobre las rodillas, ¡desgraciado, miserable, sexista, estúpido, te
odio, te odio!, rugía ella, pero Eligio, imperturbable, pudo alzarle el
vestido, qué suerte que no se puso pantalones, incluso llegó a pensar, y con
detenimiento y muchos esfuerzos logró bajarle las pantaletas, hasta que frente
a él quedaron las nalgas desnudas, muy blancas, de Susana, quien se debatía y
bramaba insultos; afuera había gente, seguramente atraída por el escándalo y en
segundos Susana vio que unas caras aparecían, eran rostros morenos, de pelo
lacio, que, sonrientes, procuraban no perder detalle, ¿había un niño chimuelo
allí?, ¡sálvenme, ayúdenme, llamen a la policía, llamen a la policía!,
gritó, y Eligio soltó la primera nalgada, fuerte y estentórea, y sintió que la
palma de su mano se incendiaba, ya, ya, dijo, no hagas tanto escándalo, si esto
no es nada del otro mundo, ¡te odio!, vociferaba Susana, ¡después de esto nunca
más me volverás a ver y me voy a vengar, cuídate porque me voy a vengar!, ya,
ya, reiteró Eligio, no te olvides que el actor soy yo, no te dejes ir tan feo,
te tiras a matar, decía Eligio, paciente, mientras nuevos golpes estallaban en
las nalgas de Susana, que habían enrojecido vivamente, la carne se había
contraído hasta el rojo más intenso. Susana dejó de gritar cuando sintió que ya
tenía desgarrada la garganta de tanto alarido, y la gente que se hallaba en la
ventana reía pero no hacía nada, ¿estaban haciendo apuestas?, era terrible que
ya no sintiera los golpes, sólo escuchaba, magnificados, como explosiones, cada
golpe que Eligio le propinaba y con cada golpe lo que ocurría era que todo se
elevaba, todo se confundía en una oscuridad que hervía, los golpes la habían
llevado a un límite y Susana, ya en la otra zona, veía imágenes del polaco
Slawomir que crecían como salidas de la tierra, agujeros oscuros llenos de
raíces húmedas y colgantes, tierra negra, profunda, de donde surgía el torso
del polaco, pero su cara no tenía ojos, más bien sí los tenía pero negros, no
había nada allí, el polaco era ciego, crónico, lleno de tierra y pequeñas
raíces blancas, viscosas, que le crecían de los cabellos, y Susana descubría,
hasta donde se lo permitían las extrañas explosiones que se escuchaban lejos,
muy lejos, que el polaco siempre había sido definitivamente rudo con ella,
ningún beso, ninguna caricia, ninguna ternura, en ocasiones incluso la había
empujado a la pared como trapo viejo y ella no sólo lo permitía sino que en el
fondo le fascinaba, le proporcionaba un placer tan rojo que todo se
ensombrecía, y sí, una vez le dio un golpe, le soltó un puñetazo que la
proyectó de la cama a la alfombra como si fuera pelota, Susana abrió los ojos y
le pareció ver que uno de los mirones trataba de sacarse un pedazo de carne de
entre los dientes, y de nuevo advirtió que Eligio la seguía nalgueando, sus
nalgas eran un bracero encendido, el fuego mismo, más allá del dolor, y las
palmadas seguían cayendo con un patrón fijo, ni rápidas ni espaciadas. Eligio
suspendió brevemente los golpes y se sopló la mano, que igualmente había
enrojecido al máximo, se había insensibilizado, otro objeto incandescente, y
Susana oyó que Eligio de nuevo le preguntaba con una infinita dulzura: dime por
qué regresaste, Susana, pero qué quieres que te diga, mi vida, respondió ella,
con la voz apagada, su voz también muy lejana, inmóvil ya sobre las piernas de
Eligio, dime qué quieres que te diga y te lo digo, óyeme, si yo sólo quiero que
me contestes por qué regresaste conmigo, ¿porque vas a tener un hijo mío?, mira
que ésa es una respuesta bien válida, al menos para mí, continuó diciendo
Eligio mientras reiniciaba las nalgadas, ¿cuántas le había dado ya? Susana
continuaba hundida en una oscuridad efervescente, en una negrura de ribetes
encarnados, con un calor tan intolerable que la hacía ver todo con una nitidez
terrible: las gentes que se empujaban, en la ventana, pero se hallaban lejos, o
había algo entre ellos, una barrera, no: una membrana, el polaco Slawomir con
los ojos apagados, el poeta ciego, ese polaco era el hombre más oscuro, más verdaderamente
negro que había visto, y de súbito se volvió hacia arriba, hacia atrás y vio el
rostro de Eligio: una expresión seria, profunda, concentrada, atenta, pero a la
vez translúcida, ése es Eligio, pensó; al fin renacía en lo más profundo de sí
misma el rostro de su marido, un rostro nítido, transparente, todo se veía a
través de él, y siempre había sido así, era el rostro, claro, del hombre que
amaba, el único hombre a quien en verdad había amado, aunque sólo hasta ese
momento lo supiera en su esencia más desnuda, y claro, sabía perfectamente qué
quería Eligio que ella respondiera, era tan sencillo y sin embargo jamás, hasta
ese momento, lo hubiera sabido. Mi amor, dijo de pronto Susana, y Eligio se
quedó muy quieto. ¿Sí?, preguntó. Ya sé qué quieres que te conteste. ¿Qué? ¿Me
lo preguntas otra vez? ¿Por qué regresaste conmigo? Porque te quiero, Eligio,
te quiero. ¿De veras?, preguntó Eligio acariciando suavemente las nalgas
enrojecidas. Te quiero, respondió ella, incorporándose para quedar cara a cara
con él. Yo también te quiero, Susana, añadió Eligio, radiante, te quiero con
toda mi alma.
FIN



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