© Libro No. 708. Volverás a Región. Benet, Juan. Colección
E.O. Abril 12 de 2014.
Título original: © Juan
Benet. Volverás a Región
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Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Juan Benet
Volverás a Región
Prólogo de Eduardo Chamorro
Volverás a Región Juan Benet
Juan Benet
(1927-1993) fue uno
de los principales
escritores del denominado grupo
«del medio siglo» o generación de los 50. Empezó escribiendo piezas para
Revista Española y relacionándose con autores como Luis Martín-Santos, con el
que compartía una posición diferenciada entre los escritores jóvenes del
momento. Para Benet la Guerra Civil se convirtió en su principal
fuente de inspiración
narrativa y en objeto de
estudio. Su mundo novelístico, de
gran originalidad, asomó en su primer libro de relatos, Nunca llegarás
a nada, donde
ya en algún
cuento aparecía Región,
el
territorio
mítico de toda su obra. Sin embargo, su aportación no se tomaría debidamente en
cuenta hasta que publica Volverás a Región en 1967, a la que seguiría el premio
Seix Barral con Una meditación. Desde entonces, el autor madrileño aportó un
modelo muy influyente durante dos decenios, aunque en cierto modo irrepetible.
Su producción se completó con una fecunda línea ensayística, inconfundible por
su independencia de criterio y la brillantez
dialéctica
y expositiva.
Volverás
a Región fue la primera novela de un por entonces prácticamente desconocido
ingeniero de caminos. En este espacio mítico, ubicado en una zona nórdica de un
país que podría ser otra España, aparecen personajes recurrentes (Numa, María
Timoner...) y dramas internos. Una narrativa que destruye la coherencia de la
historia -los personajes, la trama, el tiempo y el espacio- a favor de un
discurso estilísticamente elevado, lleno de sensibilidad y agudeza, rebosante
de simbolismo. Así Región se convierte en un santuario de la ruina,
impregnada
de una amarga soledad, fracaso, incomunicación, nihilismo, violencia... Todo se
mantiene en un tiempo indefinido, casi en suspenso. Aunque, sin mencionarla,
siempre se está hablando de España y de la pobre herencia que dejó la Guerra
Civil. En los últimos años de la década de los sesenta esta obra fue un
hallazgo para muchos lectores jóvenes que pudieron ver entre sus manos algo que
rompía los esquemas de la tradición en España. Hoy tiene ya la categoría de un
clásico.
Prólogo
Eduardo
Chamorro
«De forma
que tantas veces como pretendí ponerme en viaje -(..) me vi finalmente sentada
en la cuneta de una carretera desierta o en el andén de una estación del
absurdo...-. El lector que acaricie el proyecto de adentrarse en Región habrá
de hacerse a la idea de una prosa crecida en el amor propio y en el orgullo de
saber que es poco lo que debe a cualquier otra, y menos lo que está dispuesta a
facilitar y conceder para acomodo del lector. Lo que ese lector acaricia es
toda una aventura... »
Juan
García Hortelano señaló que los libros de Benet son como una expedición en
solitario a la alta montaña, y es bastante cierto: requieren del aventurero
asnas condiciones similares a las que fortalecen la voluntad de quien trepa por
la fachada más ardua de un pico de nombre impronunciable y de altura tan osada
que las nubes siempre acuden a celar su cumbre para tranquilidad de quien sea
menester. Semejante lector ha de contar con una musculatura felina (y con su
temperamento), una retentiva cercana a la del halcón y unos reflejos parecidos
a los del tirador de esgrima.
Es, por
otra parte, una aventura sin destino, pues no puede hablarse de propósito
alguno que la alimente y sostenga; se nutre de si misma. Y de eso queda el
aventurero advertido desde el primer momento. En realidad, Volverás a Región es
un catálogo de advertencias sobre lo áspero e infructuoso de todo merodeo
alrededor de Región.
Habrá de
contar ese lector o viajero con una cierta vocación de esqueleto, o si no tan
precisa, si, al menos, alejada de la intención de hurtar el cuerpo «a esos
hermosos, extraños y negros pájaros que han de acabar con él». El panorama que
se abre a sus ojos es un desierto entre «depresiones monstruosas y acantilados
de color de elefante», y unas praderas «por donde se dice que pasta una extraña
raza salvaje de caballos enanos». No es muy rica la fauna de ese paisaje,
aunque basta para poner algunos pelos de punta gracias a unas metáforas que
dejan al visitante atónito y casi sin respiración, como es normal ante Huna
multitud de insectos tan abigarrados de corazas y erizados de armas que siempre
parecen dirigirse a Tierra Santa». Ysi el intruso se siente en la necesidad de
saber algo sobre quienes le precedieron, también se le advierte sobre esa
perspectiva de la incertidumbre: aun cuando a la gente le consta que un cierto
número de personas ha tratado de subir allí, no se sabe de nadie que haya
vuelto.
Tales son
los límites y los alcances de un territorio donde lo siniestro y el sarcasmo
sirven como custodios de un insomnio irredento, mientras lo sacro se oculta en
los recodos de los caminos, en las pozas de los regatos, en Zas bocas de las
minas que vigilan los pasos del hombre como dragones ensimismados en un sopor
de siglos y borrascas. No se sabe qué es más atroz de esa geografia, lo que se
palpa o lo que sólo se siente, la muda y tensa geología o un clima regido por
una voluntad no por ciega menos aviesa. Es un espacio y un tiempo que no
abrigan otros instintos que los que tienden a la soledad, una soledad que es la
cifra y el vértigo de un destino guardado por el Numa, ese pastor homicida
educado en la vigilia y el acecho y que,
como todas las
razas habituadas a
la espera, goza
de un sentido
de anticipación funeraria del
porvenir.
El ser
humano y su estar son como manchas inquietas en semejante escenario donde las
peripecias y los personajes se trocean y aglutinan bajo el capricho y la
condena de un tiempo que no es la menor de todas las incógnitas: «Porque si el
futuro es un engaño de la vista, el hoy es el sobrante de la voluntad, un
saldo».
Puede
darse por sentado que Volverás a Región es el relato de lo que fue la Guerra
Civil en Región, pero eso no pasa de ser una manera de hablar. Ni lo escrito ni
lo leído se agotan en tan sucinto resumen. Si nadie sabe qué es y en qué
consiste la vida, tampoco en Región se avanza un paso más o menos sensato a
favor de ese conocimiento. Región es una conciencia enmarañada «que no recuerda
el odio pero atesora el rencor», sujeta a la obsesión de ese Numa justiciero
aunque quizá no tanto, quizá tan sólo solitario, preciso y eficaz, alguien sin
alma pero con oficio, eterno y, por eso, fatigado y taciturno y empecinado en
un vagabundeo circunscrito a la censura de sus múltiples emanaciones. Quizá
Región es el espíritu de un Dios abrazado a la desconfianza de la que se
alimentan sus infinitos atributos, y de la que constante e infructuosamente le
avisa una memoria que nada tiene que ver con los recuerdos. Un Dios cuyos
disparos aterran y despiertan a unos muertos que, así arrojados de sus tumbas,
ya nada saben de sí ni de sus pasos, y dan traspiés en esa condición del
cadáver errante, estupefacto, descamisado y sin reloj.
I
Es
cierto, el viajero que saliendo de Región pretende llegar a su sierra siguiendo
el antiguo camino real -porque el moderno dejó de serlo- se ve obligado a
atravesar un pequeño y elevado desierto que parece interminable.
Un
momento u otro conocerá el desaliento al sentir que cada paso hacia adelante no
hace sino alejarlo un poco más de aquellas desconocidas montañas. Y un día
tendrá que abandonar el propósito y demorar aquella remota decisión de escalar
su cima más alta, ese pico calizo con forma de mascarilla que conserva
imperturbable su leyenda romántica y su penacho de ventisca. O bien -tranquilo,
sin desesperación, invadido de una suerte de indiferencia que no deja lugar a
los reproches- dejará transcurrir su último atardecer, tumbado en la arena de
cara al crepúsculo, contemplando cómo en el cielo desnudo esos hermosos,
extraños y negros pájaros que han de acabar con él, evolucionan en altos
círculos.
Para
llegar al desierto desde Región se necesita casi un día de coche. Las pocas
carreteras que existen en la comarca son caminos de manada que siguen el curso
de los ríos, sin enlace transversal, de forma que la comunicación entre dos
valles paralelos ha de hacerse, durante los ocho meses fríos del año, a lo
largo de las líneas de agua hasta su confluencia, y en sentido opuesto. El
desierto está constituido por un escudo primario de 1.400 metros de altitud
media, adosado por el norte a los terrenos más jóvenes de la cordillera, que
con forma de vientre de violín originan el nacimiento y la divisoria de los
ríos Torce y Formigoso. Segado al oeste por los contrafuertes dinantienses da
lugar a esas depresiones monstruosas en cuyos fondos canta el Torce, después de
haber serrado esos acantilados de color de elefante que formaron hasta el siglo
pasado una muralla inexpugnable a la curiosidad ribereña; por el contrario, en
la frontera meridional que mira al este el altiplano se resuelve en una serie
de pliegues irregulares de enrevesada topografía que transforman toda la
cabecera en un laberinto de pequeñas cuencas y que sólo a la altura de
Ferrellan se resuelven en un valle primario de corte tradicional, el Formigoso.
Casi
todos los exploradores de cincuenta años atrás, empujados más por la curiosidad
que por la afición a la cuerda, eligieron el camino del Formigoso. Más arriba
de la vega de Ferrellan el río, en un valle en artesa, se divide en una serie
de pequeños brazos y venas de agua que corren en todas direcciones sobre
terrenos pantanosos y yermos en los que, hasta ahora, no ha sido posible
construir una calzada. El camino abandona el valle y, apoyándose en una ladera
desnuda, va trepando hacia el desierto cruzando colinas rojas, cubiertas de
carquesas y urces; a la altura de la venta de El Quintán la vegetación se hace
rala y raquítica, montes bajos de roble y albares de formas atormentadas por
los fuertes ventones de marzo, hasta el punto que en más de cinco kilómetros no
existe otro lugar de sombra que un viejo pontón de sillería por donde --excepto
los días torrenciales que pasa una tumultuosa, ensordecedora y roja riada-
corre un hilo de agua que casi todo el año se puede detener con la mano. A
medida que el camino se ondula y encrespa el paisaje cambia: al monte bajo
suceden esas praderas amplias (por donde se dice que pasta una raza salvaje de caballos
enanos) de peligroso aspecto, erizadas y atravesadas por las crestas azuladas y
fétidas de la caliza carbonífera, semejantes al espinazo de un monstruo
cuaternario que deja transcurrir su letargo con la cabeza hundida en el
pantano; surgen allí, espaciadas y delicadas de color, esas flores de montaña
de complicada estructura, cólchicos y miosotis, cantuesos, azaleas de altura y
espadañas diminutas, hasta que un desordenado e inesperado seto de salgueros y
mirtos parece poner fin al viaje con un tronco atravesado a modo de barrera y
un anacrónico y casi indescifrable letrero, sujeto a un palo torcido:
SE
PROHÍBE EL PASO. PROPIEDAD PRIVADA
Es un
lugar tan solitario que nadie -ni en Región ni en Bocentellas ni en el Puente
de Doña Cautiva ni siquiera en la torre de la iglesia de El Salvador- habla de
él aun cuando todos saben que raro es el año que el monte no cobra su tributo
humano: ese excéntrico extranjero que llega a Región con un coche atestado de
bultos y aparatos científicos o el desventurado
e inconsciente cazador
que por seguir
un rastro o
recuperar la gorra arrebatada por el viento va a toparse
con esa tumba recién abierta por el anciano guardián, que aún conserva el aroma
de la tierra oreada y el fondo encharcado de agua.
El viaje,
sin duda, no puede ser más desconsolador: una llanura sin encanto, una meseta
pobre y seca cortada al norte por el farallón calizo -donde anidan unas águilas
pequeñas como vencejos- que sólo puede coronarse con la cuerda; y por el este
un desierto de ardiente yeso salpicado de rocas basálticas, descompuestas y
afiladas, que al parecer la Sierra ha ido soltando con desgana para distraerse
en sus largas y solitarias jornadas a lo largo de siglos y huracanes; tan sólo
mitigado por pequeñas charcas de agua milenaria rodeadas de juncos y piornales
de malsano aspecto y extensas llanadas cubiertas a lo más de matorral, la jara
violenta y silbante y la mata del adviento, de formas leñosas, tenaces y
concentradas, habitadas solamente por los pequeños reptiles, esa raza extraña
(una estirpe no desesperada, que parece consciente de su próxima extinción) de
hermosos, negros, hambrientos y silenciosos pájaros que ya sólo confían en la
fosforescencia para su manutención, y una multitud de insectos tan abigarrados
de corazas y erizados de armas que siempre parecen dirigirse a Tierra Santa.
Cuando al fin --en un aroma inesperado, en el zumbido premonitorio de un
insecto o en el susurro de las espadañas (el melancólico canto de su anhelante
virginidad y de la lejana gloria del Monje, esa cima con forma de mascarilla
que de tanto en tanto envía su soplo desdeñoso y esterilizador)- se adivina la
proximidad del bosque prometido, el viajero se encuentra de pronto con un seto
de espino, un palo torcido y un letrero semiborrado que le advierte de la
antigua prohibición. Cabe pensar que el viajero decidido no se ha de volver con
las manos vacías -después de tantos esfuerzos- porque así se le antoje a un
aviso anacrónico, colocado allí hace más de cien años, y que se puede echar
abajo de un solo puntapié sin que nadie se aperciba de ello. Sin embargo, la
realidad debe ser algo distinta porque aun cuando a la gente le consta que un
cierto número de personas ha tratado de subir allí, no se sabe de nadie que
haya vuelto: se dice que es un país tan salvaje y desierto que sólo quien se
prepare a una aventura arriesgada puede concebir esperanzas de llegar a él:
porque los farallones infranqueables, los elevados e interminables desiertos
donde silba el tártago, los cañones cortados a pico donde cantan los arroyos de
montaña bajo el manto de una vegetación lujuriante y hostil (bosques de helecho
gigante y fosos infranqueables rellenos de acebo, viburno y hierbabuena) no
representan ni con mucho las mayores dificultades de la excursión. En Región
apenas se habla de Mantua ni de su extraño guardián: no se habla de él en
ninguno de los pueblos de la vega, ni en Región ni en Bocentellas ni en el
Puente de Doña Cautiva ni siquiera en la torre de la iglesia abandonada de El
Salvador esas pocas
noches -tres o
cuatro cada década-
en que unos
cuantos supervivientes de la comarca (menos de treinta vecinos que no se
hablan ni se saludan y que a duras penas se recuerdan, reunidos por un instinto
común de supervivencia, exagerado por la soledad, o por un viejo ritual cuyo
significado se ha perdido y en el que se representan los misterios de su
predestinación) se congregan allí para escuchar el eco de unos disparos que, no
se afirma pero se cree, proceden de Mantua. Lo cierto es que nadie se atreve a
negar la existencia del hombre, al que nadie ha visto pero al que nadie tampoco
ha podido llegar a ver y cuya imagen parece presidir y proteger los días de
decadencia de esa comarca abandonada y arruinada: un anciano guarda, astuto y
cruel, cubierto de lanas crudas como un pastor tártaro y calzado con abarcas de
cuero, dotado del don de la ubicuidad dentro de los límites de la propiedad que
recorre día y noche con los ojos cerrados.
La gente
de Región ha optado por olvidar su propia historia: muy pocos deben conservar
una idea veraz de sus padres, de sus primeros pasos, de una edad dorada y
adolescente que terminó de súbito en un momento de estupor y abandono. Tal vez
la decadencia empieza una mañana de las postrimerías del verano con una reunión
de militares, jinetes y rastreadores dispuestos a batir el monte en busca de un
jugador de fortuna, el donjuán extranjero que una noche de casino se levantó
con su honor y su dinero; la decadencia no es más que eso, la memoria y la
polvareda de aquella cabalgata por el camino del Torce, el frenesí de una
sociedad agotada y dispuesta a creer que iba a recobrar el honor ausente en una
barranca. de la Sierra, un montón de piezas de nácar y una venganza de sangre.
A partir de entonces la polvareda se transforma en pasado y el pasado en honor:
la memoria es un dedo tembloroso que unos años más tarde descorrerá los estores
agujereados de la ventana del comedor para señalar la silueta orgullosa, temible
y lejana del Monje donde, al parecer, han ido a perderse y concentrarse todas
las ilusiones adolescentes que huyeron con el ruido de los caballos y los
carruajes, que resucitan enfermas con el sonido de los motores y el eco de los
disparos, mezclado al silbido de las espadañas al igual que en los días finales
de aquella edad sin razón quedó unido al sonido acerbo y evocativo de
triángulos y xilófonos. Porque el conocimiento disimula al tiempo que el
recuerdo arde: con el zumbido del motor todo el pasado, las figuras de una
familia y una adolescencia inertes, momificadas en un gesto de dolor tras la
desaparición de los jinetes, se agita de nuevo con un mortuorio temblor: un
frailero rechina y una puerta vacila, introduciendo desde el jardín abandonado
una brisa de olor medicinal que hincha otra vez los agujereados estores,
mostrando el abandono de esa casa y el vacío de este presente en el que, de
tanto en tanto, resuena el eco de las caballerías. Cuando la puerta se cerró
-en silencio, sin unir el horror a la fatalidad ni el miedo a la resignación-
se había disipado la polvareda; había salido el sol y el abandono de Región se
hizo más patente: sopló un aire caliente como el aliento senil de aquel viejo y
lanudo Numa, armado de una carabina, que en lo sucesivo guardará el bosque,
velando noche y día por toda la extensión de la finca, disparando con infalible
puntería cada vez que unos pasos en la hojarasca o los suspiros de un alma
cansada, turben la tranquilidad del lugar.
Medio
centenar de personas, todo lo más: un par de veces cada década el vecino
arruinado de Región, de Bocentellas o de El Salvador, despierta de su siesta y,
sin esperar la orden del eco, descorre con inmutable indiferencia la persiana
de canutos o los estores agujereados para observar la nube de polvo en el
horizonte de un camino. Con los ojos cerrados su mano abre un cajón lleno de
viejas fotografías amarillentas, borlones de seda y bandas de raso de una
congregación desaparecida para extraer, de una vieja caja de frutas donde
guarda los retazos, un pequeño trozo de cuerda satinado por el uso y anudado en
varios puntos como un rosario, en el que, con un gesto diestro y rápido, hace
una nueva cuenta cuando el sonido del motor alcanza sus oídos. Imperturbable
reanuda la siesta que solamente suspende, dos o tres horas más tarde, para
observar la maniobra que se ve obligado a hacer en una estrecha encrucijada del
pueblo una tarde de cielo despejado, surcado de nubes hacia el oriente, un
viejo, desvencijado y renqueante vehículo de motor, atestado de bultos
cubiertos con lonas. En su mirada, a través del visillo, no hay curiosidad ni
asombro ni esperanza, pero –al recostar de nuevo su cabeza en un respaldo
comido por las ratas, al acariciar el brazo de terciopelo raído- no puede
ocultar un destello de malicia y una cierta sonrisa de alivio cuando, al
término de la calle y con el cambio de marcha, el sonido se sitúa en un
indefinible descenso que parece preludiar su próxima desaparición y abrir el
compás de silencio antes del redoble del destino. Nunca, ni en la ciudad
abandonada ni en lugar alguno de la vega, se oye decir que ha pasado un coche
en dirección a la Sierra; no se propaga el hecho ni el rumor corre, pero acaso
el presentimiento se extiende --ese estado polar del aire y ese súbito aroma a
pólvora virgen, salitre y algas marinas, esa repentina vitrificación del
silencio en una mañana de otoño preparada a recibir al viajero., empavesada de
augurios y muecas y susurros funerales- antes y después de que el ronquido de
un motor, tranquilo, extratemporal, indiferente, incapaz de saber que en su
propio jadear se acumulan sus últimos estertores, haya podido alterar la
tranquilidad del valle.
Esa misma
noche las gentes que lo sintieron pasar acuden con puntualidad a la solitaria
torre de la iglesia de El Salvador, para esperar el momento de la confirmación.
De noche refresca y en primavera y otoño llega el soplo de la sierra impregnado
con el aroma de la luisa y del espliego en el que se mezclan, reviven y vuelven
a huir las sombras descompuestas y viciosas de un ayer tantalizado: padres y
carruajes y bailes y ríos y libros deshojados, todas las ilusiones y promesas
rotas por la polvareda de los jinetes que con la distancia y el tiempo
aumentarán de tamaño hasta convertir en grandeza y honor lo que no fue en su
día sino ruindad y orgullo, pobreza y miedo. No hacen sino escuchar: la torre
es tan chica que en el cuerpo de campanas no cabe más de media docena de
personas, colgadas sobre el vacío: el resto se ve obligada a esperar en la
escalera -y aun en el corral, en aquellas ocasiones en que ciertos hechos
inusitados atraen una mayor concurrencia. No pronuncian una palabra, atentos
tan sólo a la dirección del viento y al eco que ha de traer, desde los parajes
prohibidos. La espera acostumbra a ser larga, tan larga como la noche, pero
nadie se impacienta: unos minutos antes de que las primeras luces del día
apunten en el horizonte -ese momento en el que los cautivos congregados para
emprender un viaje común deciden, pasada la primera desazón, desentenderse de
sus inquietudes para entregarse al descanso- el sonido del disparo llega
envuelto, entre oleadas de menta y verbena, en la incertidumbre de un hecho
que, por necesario e indemostrable, nunca puede ser evidente. La evidencia
llega más tarde, con el alba, la memoria y la esperanza aunadas para repetir el
eco de aquel único disparo que debía necesitar el Numa; que sus oídos habían
esperado como la sentencia de la esfinge al sacrilegio y que, año tras año,
aceptaban sin explicaciones ni perplejidad.
No quedó
ningún resto ni explicación alguna. Ni siquiera el rumor, flotando entre el
polvo ardiente del valle de Región en otoño, prorrogando para otro momento la
respuesta al desafío permanente de sus montes; nadie ha vuelto ni nada parece
haber quedado de aquellos viejos vehículos renqueantes que un día cruzaron el
pueblo y se alejaron rugiendo por las colinas blancas para ir a violar el
alambre de espino y la arcaica barrera que nadie ha logrado ver más que en su
legítima posición. Sólo queda el silencio continental de la Sierra, testimonio
del disparo que un día lo desgarró, y las huellas de unas cubiertas gastadas
que, unos metros más allá del tronco, se pierden bajo un bosque de helechos
gigantes y bromelias de color de sangre.
En
aquella ocasión no se trataba de una vieja camioneta cargada de bultos y
cuerdas sino de un coche negro, de modelo antiguo pero con empaque. No por eso,
ni el hecho de ser conducido por una mujer, despertó la curiosidad de los que
lo vieron pasar a la caída de la tarde, un día dorado de septiembre,
sublimación, éxtasis y agonía de un verano sediento y de un anhelo de agua; más
bien vino a aumentar el recelo por los extraños y la confianza en su tierra,
capaz de atraer hacia su fin a un género de personas hasta entonces nunca
vistas.
Un día
del antiguo verano había llegado hasta su casa un coche semejante; a la sazón
vivían allí solamente su madre, la vieja Adela y él, con pantalones cortos, que
arrastraba su soledad en un jardín recoleto en compañía de unas bolas de barro
y unas chapas de botella de cerveza con las que se desarrollaba el combate
entre un yo incierto, torpe y tímido y un adversario desdoblado, idealizado y
magnificado que las hacía correr con precisión y seguridad. Desde la
balaustrada su madre le llamó, vestida con un traje de calle, ofreciendo en la
mano su merienda. No parecía descompuesta; él no era entonces capaz de adivinar
su emoción debajo del colorete, el traje blanco de ciudad que despedía un
cierto tufo al arca y los zapatos de tacón, una indumentaria con la que ya no
la recordaba. Se acuclilló junto a él, le entregó la merienda, le atusó el pelo
y le sacudió el polvo de los pantalones y el barro de las rodillas. Él no dijo
una palabra; al ir a tocar un dije que llevaba en la solapa se apercibió de que
su labio vibraba. Ella le arregló de nuevo el cuello de la camisa y le besó
varias veces; le dijo que se iba de viaje a buscar a su hermano y le susurró al
oído, mordiéndole el lóbulo, unas cuantas palabras maternales -oración, amor y
bondad, recuerdos, lecturas y limpieza- mientras él jugaba con el dije. No fue
entonces para él un momento de separación tanto como un compromiso: ya había
pasado la mejor hora de la tarde y se avecinaba la espera en la cocina, jugando
con las chapas en la mesa de color hueso y profundas arrugas rellenas de polvo
de asperón.
-¿Mañana?
-le preguntó, mirando el dije.
-Pasado
mañana.
Su madre
sabía que más allá del mañana no existía en la mente del niño una noción del
tiempo y que por consiguiente seria una separación llevadera, agudizada por un
par de momentos, en la jornada del niño, de añoranza y cansancio. Pero el niño
ha trocado su desconocimiento en temor y trata de retener el broche en su mano
no para impedir la marcha de su madre sino para guardar algo de todo lo que va
a ser destruido en un inmediato futuro de incertidumbre y soledad. 4 tal vez
por eso no es capaz de retenerlo -ni de llorar- porque obediente a sus
premoniciones no espera sino poder librarse de ese vinculo involuntario para
poder combatir la amenaza del miedo y, en su doblez, abreviar el momento de la
separación para reintegrarse a un juego con, el que la soledad del niño
-incapaz de hacer comparaciones, incapaz de disfrazarla- se cierra sobre él
mismo, protegiéndole y abrazándole
con mil ramificaciones silenciosas
unidas a su
tronco como un
rodrigón parásito. Al cabo de los meses, echado en el suelo en un rincón
del jardín jugando a las bolas
-mientras
del otro lado de las tapias las radios echan al aire las noticias del frente y
los aires populares con letra de guerra- la vuelta de la madre se transforma
poco a poco en el único síntoma de su abandono, una emanación nocturna del
miedo y una ocupación del vacío producido por la retirada del jugador gemelo en
las horas malvas de la tarde, por el espectro siniestro, el estigma de una
condición aciaga. No sabía rezar y apenas lloraba; es posible que su propia
perdición comience por el hecho de no saber otra cosa que verse a sí mismo,
distraído por el solitario combate con el jugador gemelo y embriagado, por la
quimérica transposición de su propia imagen a una actividad ficticia, con esa
acumulación de deseos en el potencial pasado donde sitúa un reino -regido por
el «yo era», «yo estaba», «yo tenía» y «yo llevaba» que comienza allí donde
termina el de las lágrimas. Pero hay horas sin duda en que la soledad lo es
todo porque la memoria, alejada del juego, no sabe traer sino las imágenes del
hastío y los signos de aquella condición: los débiles reflejos de la calle en
los cristales húmedos, los pasos bajo la lluvia, los coches que pasan sin
detenerse y el sonido del agua que cae en la pila mientras Adela cose; sin
saberlo empieza a uncir con odio todos los síntomas de aquella condición: la
cama, la estampa piadosa que refleja la luz de debajo de la puerta y el ruido
del agua, los suspiros de la vieja Adela y el plato de arroz cocido, sin apenas
sal, que parecía surgir en el centro de la mesa de color hueso, fregada con
asperón con la luz propia de su oculto poder, y todo el orden fantasmal de la
casa medio vacía que -como el templo abandonado, saqueado y sumido en las
sombras y reducido al laconismo de sus piedras y sus enigmáticas inscripciones-
parecía imponer con mayor severidad su propia disciplina y su propio ceremonial
que en los días de sus fastos. En ese trance el niño se acostumbra de tal modo
a su soledad que sólo en su seno es capaz de reconciliarse con una imagen cabal
de sí mismo y necesita -a fin de robustecer y cuidar un crecimiento deforme-
aborrecer las leyes del hogar: no odiará el plato de arroz o de lentejas de
guerra por su sabor sino porque su presencia en la mesa ha conjurado el juego y
preludia las largas horas de cama, al igual que el jugador en el ático de un
casino aborrece el resplandor de la mañana en los cristales y esos primeros y
entumecidos ecos de la actividad callejera; el plato sí, y los suspiros, y esa
mano invisible que con gesto samaritano parece salir del mismo recóndito
tabernáculo donde se guardan los secretos del dogma doméstico para depositarlo
frente a él con todo el rigor del rito y la disciplina del penal. Pero él no lo
sabe, lo teme: su conciencia no reconoce todavía como odio lo que una memoria
ahorrativa atesora a fin de capitalizar los pequeños ingresos infantiles para
el día en que tenga uso de razón; no, no va unida a ella porque aun cuando la
razón demore o suspenda ese día la memoria mantiene abierta la cuenta y entrega
a un alma atónita los ahorros de una edad cruel: un broche de oro y una mano
con un plato de arroz amargo y las reverberaciones de un sueño en las marismas,
el horror con que los dos vieron pasar, con la nariz pegada al cristal y la
atención hechizada por el miedo, los desfiles y manifestaciones de la guerra
civil; apenas aparece, entre los brillos de la noche y el tableteo de las
armas, entre los resplandores de la batalla en la sierra y los susurros de la
vieja Adela a través de las cortinas desflecadas del recibidor, el final de la
guerra, la mañana de sol con todas las ventanas abiertas por primera vez en más
de dos años, y los gritos de la gente, apiñada en la plaza agitando banderas y
pañuelos. Sólo fue una mañana y la memoria se negó a aceptarla, tal vez porque
no venía avalada con los pasos de su madre. O tal vez porque vino, disfrazada
con una gabardina varonil y cubierta con un pañuelo atado a la cabeza, pero no
quiso verle. Cerró primero la puerta de la cocina, luego la del pasillo, corrió
la cortina de colores ajados del recibidor y cerró todas las ventanas,
volviendo a introducir en la casa el hedor polvoriento de la guerra, el aroma
acerbo de las viejas tapicerías, las habitaciones deshabitadas y los pasillos
en penumbra. No es la memoria la que odia; es ciertamente la que cree, la que
diez o veinte años más tarde se complace en presentar a una razón sin recuerdos
todo un balance de tardes en los pasillos, de esperanzas frustradas e
inversiones inútiles; es más, ni siquiera necesita comprobar el balance de esas
primeras y últimas energías que no vacilaron en sacrificar su razón para
mantener la integridad de una persona balbuceante, desorientada y abandonada.
La mano sí y sus palabras también: la vieja Adela que cortaba sus primeros
pantalones largos o removía el potaje al fuego lento, tan lento como para
conservarse encendido durante los dos años largos que hubieron de necesitar las
tropas para entrar en la ciudad, sin duda el plazo que debía permanecer
inmovilizada ante la mesa o la cocina de carbón para que la memoria del chico la
fijara para siempre impresionándola en la película no del rencor sino del
insaciable y frustrado apetito de esperanza. Y las palabras que, mientras
cocinaba de espaldas a él, subían con la misma irreprimible y gratuita fluidez
del humo, todo aquel mare mágnum de reyes cristianos y moros sanguinarios y
estandartes que seguían flotando al viento en las breñas más recónditas de la
sierra, todos aquellos combates de caballería que habían de terminar con una
intervención milagrosa, anticipación de aquella vengativa cabalgata de viejos
señores desbaratada por el guardián del bosque al que se dirigen todavía las
lágrimas y lamentaciones de esas viejas damas que, por miedo a enfrentarse con
las ruinas que las rodea, esconden sus
miradas hipnotizadas por
las carboneras de
las mansiones abandonadas, como
si ella, abrasada por la historia local, celara esa lenta y última
combustión de una
brasa a la
que un leve
giro o un
débil soplo transforma
en un instantáneo haz de llamas, y
con las que, a falta de otras historias, trataba de distraerle durante la cena
o sumirlo en el sueño que los ecos lejanos del combate en la sierra le
mantenían despierto en la cama, con los ojos brillantes clavados en el techo.
Así estaban la noche que siguió a la partida de su madre y así -se puede decir-
seguían dos o tres años después, esperando su vuelta. Ella decía que sabía
distinguir el ruido de un carruaje antes, incluso, de que los perros se
pusieran a ladrar porque durante media vida no había hecho sino acostumbrar y
acomodar el oído a lo que pudiera venir; no le dijo nunca: «Esta noche», «Mañana»,
«Ya oigo algo, hijo, que se acerca»; tampoco le dijo: «Duerme tranquilo, hijo, mañana
será un hermoso día» o «Pronto volverá tu madre»; tal vez solamente: «Locura,
es locura», «Les van a matar a todos», «Como al buen José, como a tu padre,
como a todos», «Ya verás como han de volver», «Ya te digo en qué estado
volverán»: un carruaje fúnebre y grotesco, devuelto por la Sierra corno los
restos de un naufragio por la marea, cargado con los restos mortales de todos
los antepasados deslumbrados por su propia ambición, conducido por un postillón
borracho o un cadáver o un par de mulas enloquecidas. Si algo sabían era oír
-por encima de los susurros de la noche, el eco del combate y los desolados
ladridos de los perros- «como si ellos mismos comprendieran la futilidad de su
acto» 1 -o el amenazador gemido del
monte- sino el
signo inconfundible devuelto
por el éter
para restaurar la paz de sus conciencias.
Los
carros que se acercaban, hundidos hasta los ejes, cargados de cal en lugar de
paja; en las calles desiertas los ayes y los gritos intramuros de las abuelas
abandonadas que en los lechos polvorientos trataban de resucitar los dolores
del parto; la imagen vacilante, fosforescente y cenicienta del marido, envuelta
en el aura de la mañana con un rictus siniestro y una sonrisa macabra al abrir
a sacudidas la puerta y, con un gesto de espanto, rasgar su camisa para mostrar
las terribles heridas y el agujero negro en el centro del pulmón, que todos los
años volvía a visitarla en la fecha de su aniversario para desaparecer momentos
antes de que el viento introdujera por la puerta abierta el testimonio de su
muerte: una pelota formada por papeles de periódicos atrasados que el viento
deshacía en el umbral de la casa para dejar en el suelo la esquela arrugada
publicada por un diario de provincias, unos días antes de su marcha. Porque si
algo habían desarrollado era un cierto sentido de la anticipación que les permitía
escuchar el sonido del carruaje antes de que hubiera alcanzado el límite de la
provincia, y el único a la postre en el que podían confiar tanto para no hacer
caso de las furiosas llamadas nocturnas del inoportuno visitante que podía
confundir la puerta del hogar abandonado con la de una partera fallecida, como
para esperar el tiro, la sanción, el veredicto pronunciado por el Numa a las
demandas de su ansiedad. No se trataba nunca de espejismos: porque el prófugo,
el marido, el amado o el padre siempre habían llegado después -como ese tardío
y exento de interés texto escrito de un telegrama cursado por teléfono-, con la
cara empolvada y el gesto, no de dolor ni asombro ni decepción sino de aversión
hacia aquel pasada momento de inconsciencia que les indujo a desestimar el
fallo que el monte les tenia reservado. Pero a la vejez, tanto más impaciente y
medrosa cuanto más se prolonga la espera, lo único que le importa es ese
testimonio y ese reconocimiento de su falta que a última hora viene a
justificar y revalorizar una juventud y una madurez mediocres, consumidas en el
holocausto a las virtudes domésticas, las dificultades económicas, el horror a
los viajes invernales y la firmeza para con los hijos. Adela había tenido un
hijo que, sin duda, a su vez había tenido un padre quien, pocos días antes
de alcanzar esa
condición, había abandonado
a su mujer
-no para huir
al monte ni refugiarse en la mina ni jugarse el resto
de su hacienda en el casino- para establecerse en un país donde tratar de prosperar:
por esa razón no se sabía nada de él ni se le mencionó jamás en la casa, aun en
los límites de la cocina. Pero como Adela se había educado en la vecindad y
compañía de buenas familias antes de ser madre había adquirido un sentido muy
estricto de la honestidad y los deberes del criado por lo que en cuanto su hijo
llegó a la edad de entenderla le inoculó esos desechos de la educación burguesa
que las clases humildes han de recibir como la ropa usada de los señores:
abrigos que es preciso convertir en chaquetas y camisas con las que hay que
hacer un pijama. Por eso su hijo debió comprender desde muy corta edad que si
un día debía abandonar el hogar al menos debía acarrear alguna tragedia, porque
añadir la prosperidad al abandono era algo que se salía de los límites de la
moral de contagio.
__________
1 Stephan
Andras.
Abandonó
el hogar en dirección opuesta al padre: antes de cumplir el servicio militar
huyó al monte y no se le volvió a ver, con lo que Adela, en su soledad, se vio
en parte recompensada con la posibilidad de esperar un hijo prófugo, un
privilegio de las buenas familias y de la gente educada. Le veía algunas
noches; cuando la señora se retiraba a descansar, escondida en su cuarto
encendía un cirio ante la fotografía del hijo vestido de uniforme y, sacando
una botella de vino que todo el día colgaba bajo las sayas, dialogaba con él
durante largas horas. A veces cantaba también, en una voz muy queda, aflautada
y temblorosa, adaptando las tres o cuatro letras que conocía -«vosotros, los
querubines» o «cubierta por el polvo de las tumbas» o «lo mismo que el metal»-
a una larga, lenta y primitiva melodía que parecía conjurar el susurro del
viento, el murmullo de los árboles y los ladridos nocturnos de los perros y
que, sin duda, el Numa -y toda su corte de víctimas y querubines- debía
escuchar extasiado en una pradera prohibida de Mantua. Nunca le había dicho
nada de él; de pronto quedaba detenida en actitud de escucha -un dedo en el
aire, el oído vuelto a la sierra y la mirada hacia él, sin verle, mezclando esa
supina y absorta atención del perro de caza con la expresión idiotizada y
soñadora de la cocinera que después de varias horas de limpiar lentejas levanta
hacia el techo la vista para suspirar. Él, con la boca abierta y los ojos
juntos detrás de los gruesos cristales de sus lentes, había aprendido a respetar
su atención: las pocas veces que en el curso de la guerra había tratado de ser
informado no había recibido más respuesta que el «calla, calla» o el signo del
dedo de Adela, negando en el aire o apoyado en sus labios. También él quería
escuchar -cuando Adela, alarmada por la carencia de signos, abandonaba el fogón
para pegar su oreja al cristal de la ventana pero no sabía el qué. Cuando
volvía al fuego, para revolver de nuevo el potaje o secarse las manos con el
paño, le preguntaba «¿Los van a matar? ¿Los han matado ya?» porque, sin que
ella le hubiera dicho nada, sabía que no se podía tratar de otra cosa. Como no
había aprendido a escuchar -una facultad o un privilegio exclusivo de quien
tenía un padre, un hijo o un amado enterrado en el monte- y como tampoco Adela
sabía decir nada acerca de lo que oía había llegado a desarrollar una ciencia
de interpretación de sus gestos -como si se tratara del vuelo de las aves o el
lenguaje de las entrañas- con la que traducir el significado que ella guardaba
tan celosamente. Por la manera en que detuvo la cuchara de palo, retiró la olla
y se desató el delantal -luego se secó las manos en el paño, le ordenó que
permaneciera sentado y callado y, dejando el delantal sobre una silla, abrió la
ventana para atisbar en la noche: unos pasos sonaron sobre el pavimento y
alguien llamó en la puerta de la calle. Aspiró profundamente y se arregló el
moño: «Aguarda aquí, no te muevas». Encendió las luces del corredor y la
escalera, se iluminaron los rincones de la casa que habían permanecido en
sombras durante dos años, un resplandor opalino invadió el comedor cubierto de
lienzos y guardapolvos, como un pequeño cementerio, y los pasos volvieron a
sonar en la escalera, pesados y pausados- comprendió que la guerra había
terminado pero que su madre no había vuelto. Había un hombre en la cocina
-mientras Adela vertía el potaje en las tazas- cubierto de polvo; vestido con
una cazadora de cuero oscuro y una gorra de chófer, que se sentó en un taburete
frente a él, jadeando. Se quitó la gorra y de un bolsillo interior sacó un
envoltorio cubierto con papel transparente, manchado de grasa. Tomó un pedazo
de pan seco y lo metió en la sopa pero no debió ablandarse. No habló nada.
Mientras tomaba la sopa fue deshaciendo el envoltorio y revisando un montón de
cartas y papeles arrugados y mugrientos. Apartó el plato y plegó el último
sobre en muchos dobleces. Se levantó, retiró la chapa del fuego y, lentamente,
fue introduciendo uno a uno todos los papeles sin decir una palabra. Luego
volvió a sentarse en el taburete, quitándose la cazadora.
-¿Y su
madre?
-Calla,
calla.
Los ojos
del niño, aumentados por los cristales de las gafas, no parpadearon. No eran
expresivos y, encerrados tras el cristal y deformados por el aumento, parecían
encarnar esa melancolía de la pecera donde no se añora la libertad y abundancia
de otras aguas, donde el pez no se lamenta de la pérdida de una condición
porque no ha alcanzado el nivel de la añoranza y el ansia de libertad y que,
por consiguiente, sólo sabe mirar con esa muda, profunda e impenetrable
seriedad en el fondo de la cual un brillo apasionado, pugnando por atravesar
mil tardes de abandono, se traduce en la superficie en una expresión de
asombro. Allí se mide la soledad que sólo el niño -no interesado en dar un
nombre a cada cosa e incapaz de expresar con el gesto el estado de ánimo- puede
medir; allí está la respuesta no a la ausencia aceptada dos años atrás ni a la
nueva moratoria, ni siquiera a la orfandad impuesta por el destino con la misma
falta de explicaciones y escrúpulos con que la naturaleza le impuso la miopía y
las dificultades para el habla, sino a la recusación del anhelo de libertad y
al deseo de olvidar ese anhelo a fin de, en la reclusión o en el abandono,
edificar sus propias leyes y su código propio y su propia razón de ser aunque
sólo sirvieran para hacer correr unas bolas por un pasillo en penumbra. No se
había movido, sentado en la silla con los brazos encima de la mesa y la cabeza
sobre ellos mirando fijamente al intruso, tratando tal vez de retroceder a una
de aquellas tardes sombrías de la guerra en las que, con ayuda del lenguaje de
los signos, era dado esperar y era posible dormir y despertar a sabiendas de
que un día terminaría la lucha y volvería su madre. O tal vez no, porque la
misma tarde que se despidió su madre una parte cruel de su memoria le había
inducido a perder toda esperanza de volverla a ver (aquella parte que deseaba
seguir jugando a las bolas, sin duda) y a hacerse fuerte en aquella actitud del
hombre que -tras haber enajenado su libertad para constituir su propio código-
desprecia la revocación del fallo impuesto por un error judicial porque ha
encontrado en sus propios recursos la sublimación de una libertad que ni
siquiera su madre será capaz de pignorar. El hombre se quitó las botas y sacó
una pistola negra; extrajo el cargador y media docena de balas, que el niño
observó con la indiferencia e integridad con que un juez integérrimo hubiera
contemplado un montón de monedas, corrieron por la mesa. Cogió unas pocas, las
puso en la palma de la mano y se las plantó delante de la nariz, pero aquellos dos
ojos inexpresivos apenas vacilaron, mirándole de frente, exento de miedo y de
sorpresa.
-¿A ti
qué te parece? Le levantó la barbilla.
-¿Qué te
parece todo esto?
-¿Por qué
no dejas en paz al chico?
Recogió
las balas e introdujo de nuevo el cargador en la pistola.
-Te voy a
dejar en paz, eso es.
-Deja al
chico ¿qué culpa tiene él?
Se
levantó, cogió la cazadora y guardó la pistola en el bolsillo del pantalón. Del
otro bolsillo extrajo unas cuantas balas que contempló despacio, como si
contara un montón de calderilla.
-Vete al
sótano -dijo Adela-, allí podrás estar. Ahora bajo yo.
-La culpa
-dijo, al tiempo que volvía a meter las balas en el bolsillo-,siempre la culpa.
El chico
no dijo una palabra ni movió un músculo pero comprendió que la guerra había
terminado. Ya debían estar terminados Adela los había estado planchando- sus
primeros pantalones largos, aprovechados de otros de su hermano; se diría que
aquellos dos largos años de guerra no habían constituido para él otra cosa que
el intervalo de alboroto provocado en las habitaciones traseras por las
personas de edad para mudar su traje de niño por las ropas de un, hombre. Así
lo había ordenado; su madre el día de la partida: Abandonó las bolas en el
jardín para ir a darla un beso y recibir las encomiendas de costumbre. Luego,
casi todo el tiempo lo pasó acuclillado, por el suelo de la cocina o el pasillo
en penumbra. Se levantó rara vez para seguir a Adela y asomar la nariz tras las
persianas, escudriñando una manifestación de hombres y mujeres vestidos de mono
y tocados con gorros y boinas que, en torno a unos coches pintarrajeados a los
que se habían encaramado unos cuantos de ellos, gritaban vivas y mueras,
entonaban unas letras y agitaban pañuelos, fusiles y bayonetas. Al intruso sólo
lo vio una vez más; demacrado y sin afeitar, sentado en el taburete de la
cocina sostenía con la mano la punta de la persiana para espiar la calle;
jadeaba con mucha violencia y en cada espiración salía de su garganta un
silbido ridículo y monótono. Hasta que un día le vino a despertar Adela, con
una bolsa en la mano y un pañuelo anudado en la cabeza. «Ponte esto», le dijo,
dejando en la cama los pantalones largos. «Vamos, no te duermas», un hombre
vestido de militar le miraba apoyado en el quicio de la puerta y unos pasos
apresurados sonaron en la escalera. Les llevaron a una casa donde estuvieron
mucho rato esperando, sentados en un banco cogidos de la mano. Un hombre
vestido de militar vino por Adela y entonces se durmió en el banco, con la
cabeza apoyada en la bolsa. A la mañana siguiente volvió Adela para darle un
beso; la acompañaba el doctor Sebastián. Le dijo que tenía que ir a su casa
adonde ella, a la vuelta de un corto viaje, le iría a buscar. En efecto, unos
meses después apareció en la vieja clínica, con el pañuelo anudado en la cabeza
y la bolsa de viaje. Pero por poco tiempo porque aquel mismo invierno murió
Adela a consecuencia de una congestión pulmonar.
Los
primeros combates en la Sierra de Región tuvieron lugar a comienzos del otoño
del año 1936, como consecuencia de los ataques llevados a cabo contra los
pueblos de la vertiente oriental de la cordillera, por unos pocos insurrectos
de Macerta. La guarnición de Macerta, un regimiento de ingenieros, se había
unido al alzamiento desde los primeros días, sofocando con diligencia la
revolución proletaria qué unos cuantos campesinos trataron de llevar a cabo a
su manera. Tomaron Macerta corno base de operaciones y, con el primer objetivo
puesto en Región, tras requisar todos los vehículos que encontraron a mano,
iniciaron una campaña montaraz que, mediante rápidas incursiones, sumarias
emboscadas, arrestos y medidas de seguridad que se prolongaron durante todo el
verano, debía llevar la atrición a todos los pueblos de la ribera opuesta, mal
comunicados y demasiado alejados para poder ser ocupados por una fuerza militar
tan exigua. A mediados de septiembre habían ocupado toda la carretera de
Macerta a Región hasta el puerto de Socéanos al objeto de llevar en meses
posteriores, con la llegada del buen tiempo y refuerzos de toda índole, la
guerra en gran escala a una Región que, con sus débiles recursos y agonizantes
energías, había decidido permanecer fiel a la causa del gobierno republicano.
Aun cuando por aquel entonces se trataba de una ciudad casi desierta, el verano
influyó no poco en aquella postura; no quedaba nadie importante y muy poco que
defender, un nombre, un instituto de enseñanza media, tres casonas y unos
cuantos gallineros. Ciertos intelectuales de Región -y la revolución de julio
vino a poner de manifiesto que aún quedaba alguna gente que no sólo se atribuía
tal título sino que sabía contraponer, con orgullo, la profesión de las ideas a
la de las armas y a la del dinero- habían hecho público durante el verano un
llamamiento a la conciencia nacional «para dirimir con la palabra, vehículo del
entendimiento, toda clase de diferencias» que pronto quedó tan invalidado y
anacrónico que hubo de ser sustituido por
«una
enérgica protesta ante ese intolerable gesto de desprecio hacia la vida
ciudadana de la nación y que, en su empeño, ni siquiera ha vacilado ante el
sacrificio de la vida humana». A la sazón vivía en el pueblo un hombre alto,
entrado en años y canas, y con el aspecto -quizá exagerado por el hecho de
salir todas las tardes a pasear, acompañado de su mujer, con un abrigo raído,
una boina negra y la cara casi oculta por unas gafas oscuras- de estar muy
acabado de salud. Todas las tardes de sol paseaba junto a la orilla del río,
cogido del brazo por aquella mujer que apenas le llegaba al hombro y que,
lanzando a todos lados miradas de furor parecía poseída de' esa domesticada
pero irreprimible fiereza de un perro en todo momento dispuesto a lanzarse
sobre los transeúntes para celar la seguridad de un amo que vive en las nubes.
Había asentado en Región un par de años antes de la guerra, en una modesta
pensión del barrio viejo, para buscar sosiego y restablecerse de una antigua
lesión pulmonar -que habla vuelto a entrar en actividad.- Se llamaba Rumbal o
Rombal o algo así; Aurelio Rumbal; no tenía don, en todas partes se le conocía
por el señor Rumbal. Había estado en América pero no movido por el dinero sino
por el afán docente; había vuelto pobre pero inflamado de cierto ardor
jacobino, aureolado de un nombre de luchador ya que no de profeta- a quien ni
siquiera la lesión pulmonar era capaz de domeñar. Eso, en parte, lo debía a una
melena leonada que había blanqueado prematuramente y a aquellas gafas oscuras
detrás de las cuales, al parecer, tenía su guarida una mirada feroz. Se ganaba
la vida como profesor, como intelectual; daba clases en el instituto; recibía
muchos impresos, escribía cartas a los
periódicos, enviaba artículos
que al parecer
se publicaban en
América y mantenía el último
vestigio de tertulia adonde acudían unos pocos jóvenes que esperaban, con el
tiempo, poderle llamar maestro. Su saber, con no ser muy profundo, abarcaba
casi todo el campo de la cultura: sabía qué condiciones se deben dar en una
sociedad para que la revolución sea posible, conocía el arte de vanguardia lo
bastante como para llamar retrógrado al que no lo era y tenía en su haber unos
rudimentos de matemáticas suficientes para dar clases de bachillerato. Aun
cuando la educación había caído en desuso en Región, desde la segunda década
del siglo, aún seguían abiertas dos escuelas públicas y un instituto de
enseñanza media; el patio, ciertamente, se había convertido en una cochera, los
porteros habían ido, poco a poco, transformando casi todas las dependencias en
corrales pero aún se daba clase y en casi todos los agujereados encerados de
las aulas seguían dibujadas con tiza, más indeleble que el pirograbado,
hipérbolas y elipses, frases de francés y fórmulas de química del tiempo de la
monarquía. Aún acudía por las mañanas algún profesor que, conservando su amor
por la enseñanza, había perdido la memoria para llevarla a cabo y trataba -en
compañía de tres o cuatro alumnos envejecidos, entristecidos y empujados a la
bebida- de resolver un enigma de la física que (en los años de prosperidad, en
el primer cuarto de siglo) habría servido a lo más como prueba de suficiencia
en un examen trimestral pero que para aquel entonces suponía el límite de la
ciencia y el umbral de la esperanza. No se sabe si el señor Rombal o Rembal
llegó a resolverlo; tal vez ni siquiera reparó en ello porque no fue necesario
para acreditar su prestigio. Apareció en la puerta del aula, acompañado de su
mujer, y después de contemplar con disgusto la escena de meditación cruzó el
escenario con paso decidido y, tomando la bayeta, trató de borrar las fórmulas
escritas sin que saliera de los bancos la menor protesta. No era fácil
borrarlas; ni siquiera pudo con ellas su mujer que quiso hacerlas desaparecer al
día siguiente con agua y jabón pero, más apagadas, como fondo de un encerado
rutilante que descubrió su color verde sombrío, las fórmulas quedaron allí para
siempre, memento de una hora de dolor, vergüenza y desolación
de una tierra
agotada y vencida.
Pero no por
eso tuvo un
momento de vacilación: con
soltura, con letra enérgica y elegante, con gran aplomo y cierto desprecio a lo
que había escrito debajo, ocupó toda la anchura del encerado con una verdad
incontestable, que, rebosante de frescura y vigor (algo así como «existe en
todos los gases una relación constante entre la presión, el volumen y la
temperatura») introdujo en el aula un nuevo espíritu que pronto se propagó a la
calle. A partir de entonces se prodigaron sus conferencias en aquel lugar; no
enseñaba grandes cosas ni se preocupaba en absoluto de la originalidad de sus
ideas sino que tuvo el supremo acierto -sin duda escarmentado de los efectos
desastrosos de toda enseñanza que se enfrenta con unos problemas sin contrastar
previamente su capacidad
para resolverlos- de
limitarse a verdades
palmarias e incontestables que para
aquel público -escaso pero en cierto modo selecto, apegado a las viejas
costumbres, que había vivido el desahucio de sus creencias más firmes y tan
necesitado de un alivio- constituían una fuente inapreciable de confianza y
seguridad, tras tantos años de inútiles sacrificios, de incertidumbres y
malestar. Y además estaba su mujer que siempre se sentaba junto al orador, de
cara al público, para lanzar a la concurrencia miradas furiosas en las que se
combinaba su amor a la disciplina, la complacencia y el desafío y con las que
logró abortar -al tiempo que los discursos fueron haciéndose más enigmáticos y
duros de tragar, cuando (una vez restablecida la confianza) pasó de las verdades
simples a las compuestas, de la mera exposición a la exhortación- una cierta
afición alas lágrimas y a la bebida que empezó a cundir entre los bancos de la
gente madura. Un día de junio pronunció unas palabras de agradecimiento y nadie
sabía por qué, ya que el agradecimiento debía partir más bien de la
concurrencia; entonces dijo «... nosotros, los intelectuales, tenemos el
deber...» creando una denominación y un vinculo que, bajo ia mirada autoritaria
de la señora Rubal, fue aceptado por el asombro y ratificado por el silencio.
Antes del final de julio acudieron de nuevo al aula -maltrechos, acobardados y
vacilantes trataron de buscar refugio entre los últimos bancos, para disimular
sus lágrimas y esconder el vino- a fin de escuchar, aprobar y firmar el
manifiesto redactado por el señor Rembal. Cuando terminó todos habían
comprendido que era llegado el momento de abonar la deuda que habían contraído
con él, pocos meses antes. Luego dejó el documento sobre el pupitre y, a una
orden de su mujer, se alinearon tras la mesa mientras ellos dos, sentados en el
primer banco, observaban los mapas orográficos y la figura anatómica del
hombre, una mitad mostrando las vísceras y la otra los músculos, con esa
involuntaria y forzosa atención con que el espectador de cine debe presenciar
durante el entreacto el anuncio de un colchón. Pero nadie quiso leerlo, era
demasiado terrible; lo más terrible era, después de tantos años, volver a
encontrar una finalidad de los actos y un motivo de lucha. Las firmas no eran
reconocibles, la tinta se corrió, las lágrimas lo dejaron más empapado que si
hubiera caído en un charco pero al fin fue firmado y sellado con un tampón que
la señora guardaba en el bolso. El señor Rubal lo leyó otra vez, en voz baja,
levantando sus gafas sobre la frente y recorriendo las líneas con parsimonia
hasta que, con aire de fatiga, de un solo y enérgico trazo que abarcaba toda la
anchura de la hoja, lo firmó también. Y después lo hizo su mujer, con
vindicativo desenfado, y de regalo dirigió a todos los presentes -apelotonados
y apretados contra la pared como ese grupo de colegiales del que ha salido una
pedrada, y que trata de defender el anonimato con el abigarramiento- una
sonrisa artificiosa y descarada con la que daba a entender -de sobra lo sabían-
que a partir de entonces existía entre todos ellos un vínculo secreto e
inquebrantable, una sola voluntad y un destino común. Las fórmulas apenas
cambiaron aun cuando la política vino a sustituir, durante casi todo el verano,
a la ciencia física. Una vez más el señor Roba¡ supo hacer uso de su habilidad
para convertir la fórmula del interés, de la amortización o de la ley que rige
la conducción eléctrica, con sólo cambiar el Capital en Comité, el Rédito en
Región y el Tiempo en Trabajadores, en unas siglas que, nacidas en el
instituto, invadieron todas las calles de Región en forma de grandes carteles
pintados con cal o alquitrán que habían de prevalecer durante todo el curso de
la guerra: CRT, TIR, TDAP, UTE. Durante un cierto tiempo apenas se les vio;
recluidos en su pensión renunciaron al paseo vespertino y a la tertulia del
mediodía, quizá porque el acto que
habían provocado era
demasiado trascendente como
para no alterar
su régimen cotidiano o quizá
porque aquella acumulación de manifiestos y consignas exigía de ellos dos una
tal dedicación que no dejaba lugar al ocio. Pero a principios de septiembre,
cuando la situación fue empeorando
y las noticias
de Macerta tomaron
un cariz inquietante, aparecieron de nuevo; ya por
aquel entonces la gente salía de casa lo menos posible, las calles desiertas y
apacibles, las casas y los comercios cerrados, se vivía en la ciudad con esa
falta de quehacer que sólo se da durante una guerra civil; aparecieron
encabezando un pequeño grupo de personas que recorrieron casi todo el pueblo a
un paso muy rápido, tan rápido que nadie llegó a creer nunca que se trataba de
una manifestación; a la cabeza de todos marchaba su mujer, lanzando miradas de
desafío hacia los balcones cerrados y arrastrando de la mano al señor Rumbás
(forzado a marchar a un paso demasiado violento para su salud) que parecía
obedecer a la voluntad de su mujer con la ciega mansedumbre (no había olvidado
sus gafas oscuras) de un elefante conducido por un enano vestido de húsar, en
el número final del espectáculo. Debieron pasar el día marchando tanto porque
carecían de meta cuanto porque una detención habría supuesto el colapso: un
pueblo que durante treinta años no había deseado otra cosa que carecer de deseos
y dejar que se consumaran los pocos que conservaba, que como mejor solución a
las incertidumbres del futuro y a la sentencia de un destino inequívoco, había
elegido el menosprecio del presente y el olvido del pasado; que había cerrado
las escuelas, había levantado las vías del ferrocarril y tumbado los postes del
telégrafo para silenciar los lamentos y las pavorosas advertencias de, aquellos
que -abandonando su piso en la calle del Císter- se echaron al monte a buscar
un montón de fichas de juego o a vivir del pastoreo; y que -más doloroso y
significativo todavía- una mañana ardiente y polvorienta del último verano de
la dictadura había visto cómo se clausuraba el último cuartelillo y cómo por la
carretera de Macerta se alejaba el último destacamento de la guardia civil -un
cabo y cinco números, con sus mujeres e hijos, los fusiles, los colchones y los
bultos en un par de carruajes que les enviaron al efecto- como un grupo alegre
y ansioso de abandonar una tierra que les negaba la subsistencia; ese pueblo
-refugiado
en los establos y carboneras de las grandes casas vacías, atenazado por las
deudas de un pasado en bancarrota y ayuno de toda esperanza que el destino
pudiera guisar a su antojo para servirla corno desesperación- tenía que ser
sacudido, conmovido en su fibra más sensible y movido a la acción por un
matrimonio de ideas avanzadas que recorría las calles a paso picado para pedir
el castigo de los culpables y el poder para los trabajadores. Pero... ¿qué
culpables?, ¿qué poder?, ¿qué trabajadores?
Sin duda
que el señor Rumbás había meditado sobre ello. Su instinto le había dicho que
había llegado el momento de levantarse con el poder pero -por su formación-
tampoco le era posible olvidarse de la diferencia entre un golpe de estado y
una revolución; primero era necesario inventar el poder -de una manera
automática la clase trabajadora adquiriría conciencia de tal para reclamar su
verdadero puesto- a fin de poderlo derribar en una primera revolución política
que había de abrir las puertas a la transformación social del estado. T además
todavía vivían en Región los Asián y los Mazón y los Robert, los últimos
vástagos de las familias liberales a los que sin duda no sería difícil
convencer de que el país, ahora más que nunca, tenía necesidad de ellos. Nada
era más sencillo, de acuerdo con las previsiones del señor Rubal, que sacarlos
de aquella bodega de la casa de Mazón donde desde el triunfo de la CEDA
parecían haberse refugiado para jugar al naipe, beber castillaza, esperar al
otoño para escuchar los disparos de Mantua y enseñar a cantar al pájaro del
capitán Ásián. Así que -tras un día entero de dar vueltas por las calles- se
reintegraron al instituto en una de cuyas aulas, con cierta solemnidad, y tras
despachar un propio a fin de cursar la invitación a que se unieran a él a unos
cuantos jóvenes principales de la ciudad, se constituyó el Comité de Defensa de
Región que había de influir tan decisivamente en el destino de la ciudad
durante los dos años de guerra y quién sabe si para el resto de sus días.
La
primera campaña que emprendió la fuerza republicana de Región -agrupada y
organizada por el Comité de Defensa- fue librada en los alrededores del puerto
de Socéanos, en los primeros días de noviembre del año 1936. Se trataba de
cortar el avance de una columna, en su mayor parte formada de falangistas, que
habla salido de Macerta por la carretera real con la intención de alcanzar el
valle del Torce. En verdad más que la lucha entre dos ejércitos aquello fue la
pugna de dos caravanas de coches y camiones anticuados (automóviles
amortizados, viejos ordinarios y camionetas de lecheros y leñadores) que
saliendo de los valles respectivos del Torce y del Formigoso trataron de
encontrarse y enfrentarse en el «divortium aquarum». Pero ninguna de las dos se
mostró capaz de coronar el puerto, por cualquiera de las vertientes. La
republicana no era una fuerza sino un muestrario: de hombres, de motores, de
camisas, de canciones, de mosquetes. Mandada por Eugenio Mazón -por su calidad
de conductor más experto y generoso (fue el primero que puso a disposición del
Comité aquel viejo sedán que tanta importancia tuvo en la política local de los
primeros años de la República)- y conducida por Luis I. Timoner (I. de
incógnito), como mejor conocedor del monte, ni siquiera aprovechó la lección
para aprender la necesidad de la unidad de mando. Los combates -los coches se
abandonaron en las cunetas con las cubiertas acuchilladas, los motores y
radiadores ametrallados, los depósitos llenos de agua, las baterías reventadas
y los cables sueltos- se prolongaron con ayuda de las caballerías (y con una
desgana muy comprensible en quienes se vieron obligados a renunciar a un
deporte y un lujo hasta entonces desconocidos) hasta la llegada de las primeras
nieves en el mes de diciembre, cuando ambas fuerzas decidieron retirarse, por
toda la duración del invierno, a sus respectivas bases de Región y Macerta,
manteniendo levantadas las espadas y dejando el puerto al cuidado de los
leñadores.
La Sierra
de Región -2.480 metros de altitud en el vértice del Monje (al decir de los
geodestas que nunca lo escalaron) y 1.665 en sus puntos de paso, los collados
de Socéanos y La Requerida- se levanta como un postrer suspiro calcáreo de los
Montes Aquilanos, un gesto de despedida hacia sus amigos continentales, antes
de perderse y ocultarse entre las digitaciones
portuguesas. El encuentro
de la cordillera
Cantábrica con el
macizo galaico-portugués se produce a la manera de un estrellamiento que
da lugar a la formación de esos, arcos materializados en terrenos primarios
que, al contacto con el sólido hipogénico, discurren en dirección NNE-SSW con
una curvatura que se va incrementando a medida que descienden hacia el oeste,
apoyándose en las formaciones eruptivas y cristalinas que, en dirección y
convexidad opuestas, presentan sus pliegues hacia el Atlántico. En aquel sector
la cordillera pierde esa continuidad lineal que, a lo largo de cuatrocientos
kilómetros, ha mantenido desde los Pirineos vascos -incluso asimilando a su
estructura el secundario de San Vicente de la Barquera- para resolverse en un
abanico que se abre en tres direcciones principales: el eje original paralelo a
la carrera del sol que, constituido por los plegamientos del ciclo herciniano
va avanzando y concentrándose frente al antepaís cantábrico hasta encontrar un
punto de máxima resistencia en el extremo oriental de Asturias, a la altura de
los Picos de Europa, manteniendo la divisoria de las aguas y estrechando al
mínimo la faja costera en el meridiano del Eo; el frente de resistencia apoyado
en el antepaís cantábrico e introducido en la península por la extremidad
gallega -en dirección a Extremadura- que se mantendrá presente actuando de
yunque durante todo el paroxismo herciniano; y por fin el de las líneas
principales de rotura, producidas por el conflicto entre los dos ejes dinámicos
anteriores y que vienen a coincidir -como una demostración a escala tectónica
del efecto de Poisson- con las dos familias de bisectrices de los ángulos
formados por aquellos, que define los límites occidentales de la meseta y que
se reitera, en la reproducción del conflicto a escala menor, en las direcciones
dominantes de todas las pequeñas formaciones, cordilleras y cuencas que la
accidentan. Pues bien, los esfuerzos hercinianos del momento westfaliense han
tomado forma (al parecer) en la región astur-leonesa a lo largo de un
geosinclinal cuyo eje debía pasar por algún punto de Galicia para resolverse en
una familia de arcos de plegamiento de dirección E-W que paralelos entre sí en
el occidente de Asturias se van cerrando al contacto con el macizo resistente
para mostrar una acusada convexidad en su extremidad gallega. Se supone, en
resolución, que con anterioridad al plegamiento existían y convivían dos
macizos que han funcionado, durante el paroxismo, como los cratones del
geosinclinal: el primero -que se ha dado en llamar «el antepaís cantábrico»-
había de ser un yunque formado en su mayor parte de gneis y que situado en el
occidente de Asturias y centro de Galicia sirvió de estrelladero de los empujes
orientales; el segundo, situado sin precisión al este de los Picos de Europa,
no podía ser sino un potente promontorio con una acumulación de rocas ácidas y
gneíticas cuyo continuo arrasamiento durante el paleozoico da lugar a esos
depósitos periféricos de muy distinta potencia y naturaleza, en los que se
adivina el compás y la influencia de las invasiones marinas. Este martillo,
introducido en la península a modo de punta de lanza de la plataforma europea y
cortado al sur por el mar de Tetys, será el agente ejecutivo de los empujes
orientales hercinianos y moldeará, en su carrera de igual signo que la del sol,
los pliegues septentrionales de Asturias. Sin embargo, ¿qué fue de él? Es
posible que el propio macizo -vehículo del empuje- sufriera en su carrera una
parcial o total disolución al contacto de los sedimentos periféricos pero
también es verosímil que en su marcha hacia Poniente lograra atravesar el mar
de Tetys para -tras una aceleración, como un vehículo por una cuesta abajo, por
los terrenos de escasa cementación lo que justifica la carencia de residuos--
incorporarse parcialmente al macizo homólogo del antepaís, creando una confusa
superposición de terrenos de parecida naturaleza pero diferente origen y
originando en el escudo leonés todo un sistema de pliegues que -desde el
Mampodre hasta Babia, de Rañeces a Láncara- presenta cierta analogía con el
oleaje de un navío que hubiera zarpado de Liébana para echar el ancla en las
riberas del Eo. Este sistema multivario de pliegues será con posterioridad
soliviantado y laminado por los empujes alpinos, lanzados enérgicamente en
dirección NS, esto es, en el sentido de la máxima fragilidad de la arquitectura
postherciniana cuyos espinazos lineales -coincidentes con las líneas cresta del
oleaje- serán fragmentados como un teclado, superpuestos como un tejado,
desplazados y dispersos como unas cartas de baraja, para dar lugar a ese mate
mágnum tectónico de las montañas cantábricas, leonesas, zamoranas, regionatas y
portuguesas. La Sierra de Región se presenta como un testigo enigmático, poco
conocido e inquietante, de tanto desorden y tanto paroxismo: un zócalo y unos
alrededores cársticos y permeables inducen a pensar en una tardía mudanza, un
viaje al exilio; su corona calcárea define -al igual que la concha dejada por
la marea sirve de testimonio del nivel alcanzado- el límite meridional de la
regresión estefaniense que, bajo el influjo herciniano, eleva la caliza de
Dinant a las cumbres más altas de la comarca; el amplio cinturón de cuarcitas,
pizarras y areniscas de cuarzo nos habla de aquellas largas, profundas y
tenebrosas inmersiones silúricas y devónicas
con las que
el cuerpo azotado
y quebrantado del
continente se introduce en el
bálsamo esterilizador de la mar para recubrirse de una coraza de calcio y sal.
En planta la Sierra presenta esa forma de vientre de violín, cruzada por un
puente de formaciones detríticas y carboníferas que la enlaza a los arcos de
plegamiento que apuntan hacia el lejano Eo, que al estrecharse -se diría, por
un prurito femenino del talle o por un impulso masculino de emulación- cobra
con el Torres, el Monje y el Acatón, la importancia y la envergadura de una
cordillera. En el estrangulamiento se sitúa el nacimiento y el divorcio- de sus
dos ríos principales: hacia levante el Torce, un arroyo saltarín que inicia con
malos pasos una breve y equivocada trayectoria que sólo a la altura de la
confluencia con el arroyo Tarrentino (una impresionante, sombría y negruzca formación
de cuarcitas en planos verticales y bordes en dientes de sierra) se cuidará de
enmendar para que rinda sus aguas donde son necesarias. Y hacia poniente el
Formigoso que, en comparación con su gemelo, observa desde su nacimiento una
recta, disciplinada y ejemplar conducta para, sin necesidad de maestros,
hacerse mayor de edad según el modelo establecido por sus padres y
recipendarios. Tal diferencia de carácter y costumbres parece inducirles a
separarse bruscamente interponiendo entre sus madres ese escudo primario de
planta torturada en cuya frontera oriental se alzan las cumbres -erizadas,
rotas, atormentadas y escoradas- más impresionantes de la serranía: el
esquinado Torres, el Monje, el Malterra y la pelada montaña de San Pedro.
Adelantada hacia el sur, como una torre albarrana de la muralla cantábrica, esa
sierra parece presumir de la jaque y arrogante soledad del baluarte que ha sido
evitado por los invasores septentrionales en su carrera hacia el norte y de esa
prestancia que guarda, con la mayor vigilancia y celo, los misterios y la
virginidad de unas tierras conservadas sin mancilla durante el milenario cerco.
Porque la curiosidad, la civilización, han tratado siempre de alcanzarlas por
el sur utilizando el curso de ambos ríos como caminos de penetración; pero ese
avance se ha visto detenido, a lo largo de la historia; aproximadamente en el
paralelo 42° 45" de latitud N, a los 800 metros de altitud, más al norte
del cual la exploración sólo se ha llevado a cabo mediante unas cuantas incursiones
esporádicas, ineficaces y desastrosas. Al norte de Región, sobre el Torce, y de
Macerta, sobre el Formigoso -situadas ambas en el límite septentrional de los
terrenos cretáceos y miocenos característicos de la meseta-, se despliega esa
banda avanzada de pisos primarios y complicada topografía que ni siquiera es
frecuentada cuando se levanta la veda y a la que solamente las guerras, de
cincuenta en cincuenta años, son capaces de liberar de su merecido olvido.
Cuando se abandonan las vegas bajas y los valles cuaternarios las márgenes se
estrechan y surgen las primeras
cerradas, pudingas y
conglomerados de color
ocre y vegetación
rala. Por un sarcasmo tectónico la margen derecha del
Torce, a lo largo de esos veinticinco kilómetros del curso encajado en el
paleozoico, parece coincidir con la línea de mayor resistencia de toda la
formación, definida por una acumulación sucesiva de casi todos los pisos
primarios superpuestos en varias hojas de corrimiento detenidas allí no por el
antagonismo de otras formaciones más jóvenes y resistentes sino por el
agotamiento de su impulso de avance. De forma que muy pronto, a la altura de El
Puente de Doña Cautiva, a menos de quince kilómetros al norte de Región, el
valle adquiere su perfil en V cerrada, tan característico de las cuarcitas, y
la presencia de, la Sierra -tan nítida y definida desde las terrazas de Región-
se oculta súbitamente tras sus propios aledaños. Menudean los cerrones,
cubiertos de una vegetación de pequeños arbustos de raíz somera y ramificación
económica, y los valles transversales, de muy escasa cuenca, se cierran al
pronto por un frontón de caliza de montaña; el camino -imposibilitado de
atravesar la hoz que el río ha cavado para su uso exclusivo- remonta un pequeño
cerro y, al tiempo que aparece de nuevo -más cercana, inesperada y majestuosa-
la silueta de las cumbres (alineadas como las unidades de una flota en orden de
batalla), se extiende ante el viajero toda la inmensa desolación del páramo:
una llanada estéril (a la que los rigores del clima le niegan incluso la
vegetación de los desiertos y donde sólo aciertan a arraigar algunas plantas de
constitución primitiva, crucíferas y equisetos, helechos y cardos que han
perdurado desde las edades paleozoicas gracias, en parte, a su infecundidad)
orlada en su horizonte por un festón cambiante, casi imaginario, de robles
enanos. En ese páramo, todos los caminos se pierden, divididos y subdivididos
en un sinnúmero de roderas alucinantes cada una de las cuales parece dirigirse
hacia una mancha que espejea en el horizonte: lagunas de aguas muertas y
milenarias, carentes de drenaje, que según las épocas del año se extienden y
recogen con el mismo avasallador y efímero ímpetu que la floración de
sangrientas bromelias o los fétidos yezgos. De pronto una barranca -en la que
se pone de manifiesto la naturaleza hermética e impermeable de la terraza,
formada de esquistos, pizarras y cuarcitas, gredas feldespáticas de color de
ladrillo recocido y colocadas en sardinel, recubiertas de una capa de arena de
cuarzo de un palmo de espesor-, pone fin a muchas horas de viaje que ya no será
posible recuperar ni prolongar. El Viajero advierte entonces la realidad del
desierto donde apenas quedan señales del hombre: caminos fantasmales y campos
baldíos, montones de papeles que corren empujados por la brisa superficial y
que parecen haberse agrupado en una colonia para buscar de consuno el camino de
su migración, observada con desdén y tristeza por un trozo de periódico
desteñido por la lluvia y tostado por el sol, enmarañado entre las ramas
espinosas que nacen en un médano; hace tiempo que dejó de ver la última
alquería abandonada, cuatro paredes de piedra en seco -porque la cubierta se la
llevó el viento un mes de marzo-, montones de huesos, carbones vegetales a
medio quemar y señales de fuego de pastores y nómadas. Tras la orla de robles
(ya no se recuerda la vertiente del río ni se sabe en qué dirección correrán
las aguas) el suelo cambia: encima de un farallón calizo desplomado, de
cuarenta metros de potencia, ornamentado de vegetación colgante, brillan las
hayas y graznan unas aves de vuelo lento y pesado, en torno a las troneras
naturales, teñidas y manchadas por el curso y. la caída de las aguas. Los
escalones se suceden, interrumpidos por los cortados y los paquetes de
cuarcita, los bulbos de pulinga, para prolongarse y enlazarse con laderas
abruptas cubiertas por la vegetación característica del monte bajo y las rocas
siliceas: urces y carquesas en una maraña continua de casi dos metros de
altura; bosques estrechos en el fondo de los valles que en planta -vistos desde
el avión- no son sino líneas sutiles apenas más perceptibles que los regueros
del agua que los engendra y que solamente parecen definir la complicada
geometría y organización de los tahlweg, pero en la realidad no es posible
atravesarlos y recorrerlos longitudinalmente: toda la vegetación que la
naturaleza ha negado a la montaña y economizado en la meseta, la ha prodigado
en los valles transversales donde se extiende y multiplica, se comprime,
magnifica y apiña transformando esas someras y angostas hondonadas en selvas
inextricables donde crecen los frutales silvestres -los cerezos bravíos, el
maíllo, los piruétanos, el árraclán y el avellano- entre salgueros y mirtos,
acebos arborescentes y abedules susurrantes, robles y hayas centenarios,
confundidos todos bajo el abrazo común del muérdago y del loranto. Y, sin
embargo, esos estrechos y lujuriantes valles también están desiertos, más
desiertos incluso que el páramo porque nadie ha sido lo bastante fuerte para
fijarse allí. Porque si la tierra es dura y el paisaje es agreste es porque el
clima es recio: un invierno tenaz que se prolonga cada año durante ocho meses y
que sólo en la primera quincena de junio levanta la mano del castigo no tanto
para conceder un momento de alivio a la víctima como para hacerle comprender la
inminencia del nuevo azote. A primeros de octubre comienzan las lluvias hasta
que una mañana soleada y fría -entre San Bruno y Todos los Santos-, tras unos
días cerrados de lluvia y niebla, la sierra aparece cubierta de blanco. Si el
año es húmedo los temporales de nieve acostumbran a menudear pasada la Navidad
con tanta frecuencia que rara es la nieve que -entre enero y abril- no cae
sobre el hielo dejado por la anterior. En la montaña y en el páramo los
síntomas de vida se reducen en esa época a las huellas de un zorro, de un
rebeco o de un lobo, el itinerario de un paisano -denunciado por las señales de
fuego- que ha buscado durante largas semanas el rastro de una novilla perdida.
Pero si el año es seco hacia el día de San Bruno empieza a caer la temperatura
por debajo de cero; no hay otro termómetro que el espesor de la capa de hielo,
la profundidad de la helada en la tierra, en las raíces y en la roca, la fuerza
expansiva del agua intersticial que al congelarse fragmenta y revienta los
lisos de cuarcita; todo el páramo se convierte en una inmensa nevera, los
cadáveres de los perros que mueren en diciembre no se descomponen hasta el mes
de mayo, cuando la primera floración viene a coincidir con un hedor tan extenso
e insoportable que, sin duda, ha inducido a la imaginación popular a relacionar
el color de la bromelia y la amapola con la sangre y las vísceras de los
difuntos invernales. En las laderas que miran hacia el norte, a lo largo de muchos
valles -los más frecuentes- que corren en dirección ortogonal a la carrera del
sol sus rayos no entran ni tocan la tierra durante cuarenta o cincuenta días y
las heladas se suceden e incrementan en profundidad lo mismo que la nieve en
altura. Por lo general enero y febrero acostumbran a ser los meses más crueles,
en los que -por muy benigno que venga el año- no es fácil que amanezca un solo
día grato. Luego vienen los ventones de marzo; tampoco hay anemómetros en la
comarca, no existen otros testigos ni registros de la fuerza del viento que esa
flora de aspecto austral, de formas peladas y atormentadas por el continuo
azote, esos robles desequilibrados y descarnados que sirven de percha al
muérdago, cuyas ramas sólo han crecido por la cara que mira al sur, opuesta al
soplo dominante, y que parecen alucinadas de su propia condición; y las dunas
detríticas en torno a los anfiteatros de los farallones quebrantados por esa
intemperie atroz. En los años de nieve la ventisca de marzo es más temible que
la propia tempestad. Cuando a la caída de la tarde se levanta una ligera brisa
marcina, a duras penas capaz de sacudir la nieve de las ramas y las cornisas,
el horizonte parece esconderse tras una pálida neblina que -en los días
despejados- en menos de una hora ha cubierto la Sierra con un aparente telón de
nubes; el paisano de la vega o el pastor del páramo saben entonces a qué
atenerse: cierra todas las ventanas y las contras, retira el ganado de las
cubiertas inseguras, recoge todo el grano y la leña que cabe en el interior y,
frente a las puertas que miran al septentrión, apoyados en el suelo y en la
pared a modo de tornapuntas, coloca cuantos tablones y rollizos tiene a su
alcance a fin de formar un jabalcón que le permita salir al exterior bajo un
túnel de hielo, cuando amaine el ventón; con la ventisca -en contraste con la
nevada- la temperatura baja mucho; el tiempo, el sol, el día y la noche
desaparecen bajo un torbellino opalescente de hielo en polvo que gira y sopla
en todas direcciones y no conoce obstáculo, alterando y deshaciendo a su antojo
esa distribución superficial e igualitaria de la nevada. Nadie es capaz de
saber por dónde soplará, qué es lo que va a mover porque no parece obedecer más
que a los designios destructivos de un Boreas enemigo que sabe introducirse por
las rendijas, soplar por un portillo, crear un remolino y un vacío para barrer
una era y colocar sobre la cubierta de un corralón dos metros de nieve,
sepultando animales, carros y personas; o sesgado, para concentrar toda la
carga a un solo lado de una tapia y hundirla en toda su longitud; o frontal,
para acumular frente a una puerta toda la nieve recogida en diez leguas de
páramo y arrasar la vivienda bajo un alud que tiene el don de la oportunidad
para elegir los momentos de parto, las cubiertas recién retejadas, el ganado
adquirido una semana antes de la feria. Es el viento de marzo el verdadero
diseñador de esa arquitectura paisana de cubiertas pinas y lisas, de muros
ataluzados y pequeños y altos huecos, como puestos de vigilancia de unos
baluartes rudimentarios que sólo conocen la tregua durante los sedientos meses
del verano. La naturaleza impermeable de los terrenos, la violenta topografía y
la sequedad y el rigor del verano dan lugar a una desecación tan rápida que la
mayoría de los años, entre junio y septiembre, sólo en los cauces del Torce y
del Formigoso es posible ver correr el agua, un espectáculo que en el resto del
páramo va siempre acompañado de daño y violencia, del acorde final y el
estruendo catastrófico del colofón de la tormenta. Porque la pluviometría de la
primavera y el otoño más que inútil es dañina: los pocos predios y sernas que
han sido susceptibles de cultivo quedan arrasados pronto bajo unos palmos de
azulada arcilla cámbrica o de greda roja en la que no crecen sino unos
famélicos piornales; a la rápida erosión del escaso manto vegetal sucede la
invasión tormenticia de los subsuelos sueltos, una masa de lechada pardusca que
arrastra bolos de cuarzo y cantos rodados para avanzar incontenible por las
vaguadas y cañadas en las que un reguero de agua de nieve y una sedimentación
aluvial de arcilla permitirá un principio de cultivo, un espejismo de vega y
una fraudulenta esperanza de iniciar una cultura con la que el pastor aspira
siempre a redimirse de su condición alimentando unas cabezas de ganado.
Los tres
meses de verano son, por lo general, rigurosamente secos. Sólo en las zonas
altas de la montaña se mantienen los pastos: la totalidad del páramo en diez
días de sol de mayo o junio queda más seco, hirsuto y apagado de color que un
estropajo olvidado en el antepecho de una ventana. Tampoco hay higrómetros pero
es tal la sequedad de la atmósfera y tan violenta la evaporación (cuando la
calina hace temblar la silueta de la Sierra) que los perros que mueren en esas
semanas ardientes (y a veces mueren ahorcados, para colgar de los árboles como
sacos de grano, todos los paquetes viscerales acumulados en los cuartos
traseros) se momifican en un par de noches y se conservan amojamados durante
toda la época seca para servir de alimento a las alimañas que bajan del monte
con las primeras nieves. Porque en verano allí sólo vuelan los insectos: ese
monte bajo, cubierto de brezo, carquesas y roble enano que no da sombra, guarda
e irradia de tal forma el calor que los jóvenes y desprevenidos aguiluchos y
cornejas que, abandonando sus frescas alturas, bajan al páramo en busca de
comida (aromas sofocantes, vapores tósigos, misteriosos destellos) pierden a
menudo sus sentidos y caen desvanecidos para servir de instantáneo pasto a un
enjambre de moscas zumbantes, azuladas y plateadas que pueden devorarlo en
menos de una hora con el frenesí y el fragor de una lluvia de cationes.
Es una
tierra que por exclusión -no por recursos- ha encontrado cierta compensación
ganadera a costa de tantos desengaños agrícolas. Refractaria al arado, alérgica
al fertilizante y renegada del árbol busca todavía en las mansas y verdes
praderas y lagas la riqueza que un subsuelo prometedor y engañoso supo
arrebatarle: terrible venganza de una comarca entregada de nuevo a una
ganadería ridícula y a una mesta arcaica para curar y saldar las heridas
abiertas por los pozos, las bocas de mina abandonadas, las torres podridas, las
pardas y estériles escombreras donde sólo crecen unas tenaces y esporádicas
ortigas, de malsana apariencia. Todos los fracasados intentos de reforma de la
economía de esa tierra de pastores y burgos podridos, no han servido a la postre
-desde 1771 y 1836- sino para exagerar el mal estado de cosas de la propiedad,
el laboreo y el aprovechamiento rural: los bienes de propios, arrebatados a
unas comunidades abúlicas y sacados a la pública subasta, fueron adquiridos por
los mismos lejanos y desconocidos potentados que llegaron a tiempo para
adquirir los bienes eclesiásticos a un precio tentador. Entonces se produjo esa
conocida inversión, consecuencia de una ley abrumada por la idea fija de la
colonización de las tierras incultas y amortizadas y la parcelación de las
grandes dehesas, privadas o comunes. Las tierras bajas, propiedad de la comuna
o de la Iglesia, donde en el siglo XVIII trabajaba el pueblo afectó y pastaba
el ganado en proximidad a los establos, fueron entregadas al mejor postor, un
aristócrata de Castilla, Cataluña o Extremadura, mientras que las dehesas altas
sólo aptas para el ganado lanar -que eran propiedad de los grandes señores que
controlaban la meseta- fueron parceladas y distribuidas entre los expropiados
vecinos, previa entrega del dinero que habían recibido en la transacción
anterior. Tras quince o veinte años de esfuerzos estériles para alimentar entre
aquellas breñas unas puntas de ganado bovino o por cultivar un centeno
raquítico, agrio, amarillento y granular -responsable de la desnutrición, la
degeneración de la raza y la pérdida del vigor físico- el paisano agotado y
arruinado, no vacilará un día en aprovechar la visita anual del administrador
de las fincas bajas para devolverle su parcela del monte a cambio de la
enfiteusis de una insignificante parte de su antigua propiedad. De forma que la
ley no ha servido -ala vuelta de los años- sino para convertir al pequeño
propietario rural en el enfiteuta de los grandes señores; y si antes no le daba
para progresar, ¿qué será ahora que tiene que compartir las rentas con un
propietario que a la menor dilación en el pago rescinde el contrato? Tal es la
fisonomía actual de los burgos, traducción sórdida y grotesca de esos
orgullosos rotten boroughs capaces, al menos, de alimentar un vástago cuya voz
suena en el Parlamento: en el fondo del valle, veinte o treinta casuchas de
piedra en seco -que han alcanzado la última etapa del progreso en cuanto la
paja de las cubiertas se sustituye por pizarra o teja- en torno a una iglesia descomunal
(y semejantes por su acumulación y pequeñez a ese enjambre de barcas, juncos y
saipanes de los pequeños mercaderes que se arriman al costado del trasatlántico
que hace escala en un puerto exótico de Oriente) y circundadas por un mosaico
de insignificantes predios separados entre sí por enormes tapias de fábrica,
coronadas de alambre de espino y cristales de botella de bordes afilados, todos
los instrumentos de defensa e intimidación que el enfiteuta ha ingeniado para
proteger una higuera, dos carros de hierba y un corral con media docena de
aves, de la voracidad de su vecino. Tal es el burgo, tal es su pacífica
convivencia: una agrupación de enfiteutas temerosos unos de otros; asediados
todos por la hostilidad de la geografía, la historia, la geología, la
climatología y la mesta, dispuestos a resistir el sitio y mantener su status
tanto para defender una economía paupérrima como para alimentar el miedo que
inspira toda emigración y todo cambio de su condición y de sus lares. Y en lo
alto de las sierras negras que rodean el pueblo las humaredas aisladas que
delatan la presencia de esos ocultos, desconocidos y omnipresentes enemigos del
paisano -los pastores- que, sin duda, aprovechan su estratégica condición y su
apariencia pacífica para vigilar noche y día la actividad del pueblo y cursar a
una lejana capital el aviso de evicción en cuanto un paisano levanta la vista
del surco del arado. Porque ellos son el brazo secular del terrateniente
extremeño o castellano; montados sobre pequeños borricos y encaramados sobre
una pirámide de colchones, atados y sartenes (e incluso ahora llevan radio), en
el centro de un rebaño maloliente y polvoriento -flanqueado por esos perros de
majada que antes que otra cosa parecen celar la segregación de sexos- vuelven
todos los añosa principios de mayo, con esa supina, maligna, adormecida,
bamboleante y enigmática expresión
de un Tamerlán
que, tras haber
recorrido y conquistado
todas las estepas asiáticas, apenas abre sus ojos
llenos de malicia ante los verdes paisajes de las riberas europeas. Pero desde
hace unos años algunos de ellos ya no emigran ni vuelven, con los fríos, hacia
su tierra aun cuando persisten -en -el espacio y en el tiempo- las leyes
migratorias de la mesta; los que se quedan suelen ser muy viejos, quizá
incapaces de hacer el viaje y su presencia solamente se delata por el humo; han
trocado su tradicional traje de pana y su manta de Béjar y su blusa de fustán
por una especie de armadura tártara de pieles curtidas y lanas crudas cosidas
con cáñamo, una especie de cabaña ambulante de la que, como el bernardo de su
concha peluda, ni siquiera en verano se despojan. Sólo el fuego les despoja de
ellas. Acostumbran a vivir a más de 1.500 metros de altitud, en las laderas que
miran hacia el mediodía, bajo unos montones de leña y hojarasca que, observados
a distancia, parecen termiteras. Se dice que, modernamente; con el uso de la
radio algunos de ellos han aprendido a cantar pero nadie es capaz de abonar una
afirmación semejante; antes no cantaban pero sí entonaban unas melodías muy
singulares -del tiempo de las guerras de religión o de las campañas
napoleónicas- que (sin duda por su sencillez, monotonía y tristeza) se podían
escuchar a muchas leguas de distancia. De cualquier forma deben ser muy viejos,
tan insaciables y crueles que cuando en un pueblo se advierte su proximidad las
campanas tocan a rebato; y sin embargo -en contraste con lo que ocurre con el
lobo o la alimaña- nunca, como consecuencia de la llamada, se sale a dar la
batida del pastor. Por lo general mueren abrasados. Su habitáculo no es más que
un stock de leña, una pila inmensa con un hueco central -el mínimo al
principio, que se va agrandando con el consumo-, una chimenea y el espesor
necesario para alimentar un pequeño hogar cavado en el suelo durante ocho
meses; un par de cabras ternales, colgadas de una cabria por las patas traseras
(las dos cabezas negras como dos enormes coágulos, donde se concentra y seca
toda la sangre del animal, son el último más sabroso y recio bocado que el pastor
reserva para la Navidad y para la noche de San Juan) constituyen, con veinte
azumbres de vino, toda su despensa. Y es cierto, no hay fuego más acogedor ni
más temible; no hay calor como el que refleja una pared de raíz de roble seca,
calentada por un hogar cercano donde arde la leña; no hay nada, en medio del
invierno regionato, que invite tanto al sueño ni nada que exija una vigilancia
más atenta porque al menor descuido -una vejiga que chisporrotea, un remolino
en la chimenea que alborota el tiro en el hogar, un leño que rompe y estalla en
cien brasas centelleantes- todo el rústico refugio, con el pastor, las cabras y
el vino dentro, puede pasar en un instante a formar parte de la hoguera, una
lucernaria que se mantiene encendida durante toda la noche y que es recibida en
los pueblos con júbilo y alivio, con disparo de bombas y toque de campanas.
Por eso
se sabe que esa raza de pastores -ala que pertenece el Numa, su más fiero y
terne hijo- se ha educado en la vigilia y el acecho; que apenas duermen y que
-sin salir del refugio- lo oyen todo; ven en la noche y tienen, como todas las
razas habituadas a la espera, un sentido de anticipación funeral del porvenir;
pues ¿qué otra anticipación del porvenir que no sea la cita con la muerte cabe
en esa tierra?
Así,
pues, el viajero que partiendo de Macerta desea alcanzar Región puede optar por
dos caminos muy diferéntes: o bien descender todo el valle del Formigoso hasta
la confluencia con el Torce para luego remontar el curso de éste, o bien cruzar
directamente la divisoria de las aguas -a través del puerto de Socéano o el
collado de La Requerida-, manteniéndose en la misma latitud en la dirección
este-oeste. El primer itinerario es penoso y laberíntico, a menudo
impracticable y en algunas estaciones benignas del año, fatal. El viajero que
lo intente sin un conocimiento previo del terreno arriesgará muchas horas y
leguas de inútil andar, a través de una maraña de caminos encharcados,
utilizados durante las épocas de riego como cauces de agua que con frecuencia desembocan
en un lagunazo, un pantano o una extensa balsa de cieno. Pues de todos los
terrenos de las comarcas ninguno parece más desordenado y caprichoso que los
regadíos de las vegas bajas; campos de alfalfa que centellean al mediodía, con
dos palmos de agua, y donde, al ocaso, surge ese furioso, unísono y alucinante
croar de las ranas al conjuro del cual cielo, crepúsculo, alfalfa, agua y
horizonte parecen fundirse en un sonoro y sereno caos que confunde al viajero
(con el fango hasta las rodillas, juraría que el ruido es una nube de insectos
que oculta las estrellas y no deja entrar un asomo de luz) y espanta a las
bestias. La confluencia de los dos ríos da lugar a una amplia vega, de
lujuriante y descuidada vegetación, en la que las corrientes de agua se dividen
y subdividen en un sin número de brazos y venas que corren en sentidos opuestos
y donde el viajero -perdido entre pastos, praderas, setos de chopos y abedules-
no será nunca capaz de encontrar el sendero acertado ni el abrigo seguro para
pasar la noche al amparo de los mosquitos. Mortificado por un enjambre de ellos
-que le acompaña como un velo de novia- toda su esperanza a la hora del ocaso
se cifrará en esa banda roja que a través de la spesura define las colinas
miocenas que circundan la vega y que tratará de alcanzar -antes que
retroceder-- cortando transversalmente por los campos anegados para ir a
desfallecer entre las robustas raíces de un alcornoque elevado sobre las mansas
aguas.
Aunque de
los dos caminos el segundo es más seguro también es más difícil: desde
noviembre hasta junio la nieve, la ventisca, las tormentas, los aludes, los
corrimientos y los ventones de marzo mantienen cerrado el puerto que solamente
en los albores de la sequía los leñadores y pastores se aventuran a abrir, con
un criterio temporero, para el paso del ganado y las carretas. De tarde en
tarde un contratista de maderas -adjudicatario eventual de una corta que nunca
ha llegado a dar el menor beneficio- ha tratado en vano de abrirlo también al
tráfico rodado. Pero lo más frecuente es que antes de que el acondicionamiento
del camino -unos troncos para cruzar los badenes, unos golpes de pico para
ensanchar una banqueta, un poco de piedra plegada para salvar puntos blandos-
alcance el vértice del puerto, el contratista se haya arruinado -o haya
desaparecido sin esperar la rescisión- sin saber cómo. Con media corta hecha
los trabajos son detenidos por la Guardia Civil y los troncos de tejo y roble,
junto con el arca que guarda la herramienta, cerrada con un candado y sellada
con un precinto descolorido e ilegible, quedan a disposición del Juzgado
Comarca] de Macerta que ha cursado la orden de embargo con el propósito de
conjurar la posibilidad de enlace entre dos poblaciones -enlace que nadie, en
e] fondo, apetece--- mediante un insoluble expediente de la justicia que
solamente se puede pasar por alto por la vía militar, en épocas de excepción.
Este
segundo fue el camino que en la primavera de 1938 decidió seguir el coronel
Gamallo
---en
franca oposición a la estrategia dictada por el Estado Mayor del Grupo de
Ejércitos del
Norte- en
la operación destinada a liquidar la bolsa de Región que hasta esas fechas,
aislada del resto de la República y reducida a sus propios recursos desde
finales del año 1937, había logrado mantenerse y aun rechazar dos ataques
sucesivos. Después de las efímeras intentonas de 1936 -y a comienzos del verano
de 1937- el Mando encomendó el curso de la operación a un coronel navarro que
con tres regimientos de infantería y una batería de artillería de montaña trató
de llevarla a cabo (con la atención puesta en el anterior fracaso de la columna
motorizada) sobre los lomos de las caballerías. Cuando la división alcanzó la
copada -en cuya ascensión el joven coronel navarro hizo gala de una energía y
unas dotes de mando notables-, a la vista del valle del Torce, el único hombre
que conocía algo el terreno trató de poner una serie de objeciones al avance
que solamente le proporcionaron ciertas dificultades con sus superiores. A sus
espaldas, entre los jóvenes compañeros suyos, volvieron a correr ciertas afirmaciones
poco agradables para su persona -su carencia de principios, sus fracasos en la
vida familiar, su escaso sentido táctico, su falta de maneras, su mano
agarrotada, su afición a la lectura y, en cualquier caso, su poca adaptación a
la vida del monte y su manifiesto despego hacia los ideales caseros- a las que
en verdad debía estar ya acostumbrado porque toda su madurez, en resumen, había
estado dominada por su incapacidad para salir al paso de ellas. No había
alcanzado el grado de capitán y era ya un hombre viejo, que se comía las uñas;
la mano derecha la tenía casi inmovilizada de resultas de una antigua herida de
arma blanca y para comerse las uñas la agarraba con la izquierda y se la
llevaba a la boca como si fuera un bocadillo. Nunca había brillado en su
profesión; no era metódico ni enérgico ni trepador ni siquiera seguro de sí
mismo pero sí terco y rencoroso, dotado de esa inalterable e inagotable
capacidad de perseverancia -casi independiente de sus éxitos o fracasos- del
hombre que sólo conoce un oficio y carece de toda posibilidad de mudanza y que
pasados los cincuenta años -reservado y hosco, su pecho exento de toda
condecoración- se transforma en el símbolo de una seguridad profesional
imprescindible -por paradoja- para alcanzar la victoria en una lucha urdida y
comenzada por unas manos más jóvenes, fuertes y fanáticas. Empezó a sentirse a
disgusto cuando alcanzaron la collada; quizá su mano inválida tembló sacudida
por uno de esos reflejos arcanos que hacen palpitar el corazón del hombre cuando
se cruza por la calle. a la mujer que amó, treinta años antes; cuando -antes
que la memoria lo advierta- el corazón delata que por aquel portal y por
aquella escalera, treinta años antes, subió hacia su primera noche de goce;
quizá el corazón no hace sino repetir las palpitaciones de entonces,
condicionado por un reflejo que adquirió en una sola noche, treinta años antes.
De acuerdo con el rito, se celebró en el alto una misa de campaña ante un
escenario de erizadas y torturadas montañas, semiocultas por una desordenada y
canosa formación de nubes, en un claro día de agosto. No vieron un alma en el
puerto, ni una huella ni el menor signo de actividad en las sendas que
descienden al valle. Había sido destacado a la división en calidad de ayudante
del coronel, sin mando, como conocedor del terreno y en cierto modo para
justificar el ascenso que había merecido tanto para rehabilitarle de muchos
años de ostracismo como para premiar y ratificar su buena disposición en los
primeros días del levantamiento. Una vez allí sugirió hacer fuerte una posición
en el collado -la llave de toda la operación, a su entender, que por ningún
motivo debía ser perdida- con la posibilidad de abastecerse durante unos meses
por la vertiente de Macerta e iniciar en la otra -de la que todo, su instinto y
su pasado, le inducía a desconfiar- una serie de reconocimientos antes de
lanzar el ataque final a Región. Pero eso suponía una campaña a largo plazo que
era lo último de lo que quería oír hablar el coronel. Apenas le prestó atención
ni -menos aún- le permitió entrar en una discusión táctica que sólo se podría
zanjar con una serie de reproches y acusaciones, de superior a inferior, que al
coronel por decoro le atraía muy poco; así que -fiel a la práctica cuartelera
de encomendar una función a quien pone reparos a ella- se decidió a lanzar el
ataque sin perder una fecha y le encargó la organización de unos pequeños
puestos defensivos, casi carentes de enlace e información, que habían de
escalonarse en la retaguardia, sobre la vertiente occidental, a medida que la
columna avanzara hacia el Torce. En los últimos días de agosto la columna -en
su descenso- comenzó a ser hostigada por la gente republicana; hasta la mitad
de septiembre se continuó, empero, el avance, con muy pocas bajas, a pesar de las
constantes escaramuzas -enérgicos e imprevisibles contraataques lanzados con
aquel inconfundible estilo guerrillero de Eugenio Mazón (a la sazón ya eran
tres, él, Julián Fernández y el viejo Constantino) que en la misma medida que
ponían de manifiesto su temple y su fibra descubrían la pobreza de sus medios--
con que trataron de rebajar la moral de la tropa navarra, desviar hacia el sur
la punta de lanza y contemporizar hasta la llegada de las lluvias y los fríos.
Por vez primera el coronel picó el anzuelo: al llegar al valle en lugar de
avanzar sobre el río giró su flanco izquierdo hacia el sur y entró en Burgo
Mediano el día de la Virgen de Agosto, persiguiendo a la brigada de Julián
Fernández a la que tomó por el grueso de las fuerzas enemigas. Al tener noticia
de ello el viejo Gamallo fue a reunirse apresuradamente -a lomos de una
caballería- con su coronel, a fin de celebrar una entrevista y sugerirle que no
consolidara aquella posición mientras no conquistara o destruyera el Puente de
Doña Cautiva pero tampoco en aquella ocasión su superior -su ánimo estimulado
por las facilidades que había encontrado hasta aquel momento y por unos cuantos
cerdos, mulas, animales de corral y estampas piadosas que encontró en el
pueblo-,situado ya a menos de veinte kilómetros de Región y sin más obstáculo
natural interpuesto entre su columna y la ciudad que el río Torce en su momento
de mayor estiaje- tomó la advertencia en consideración y se limitó a
despacharle con buenas palabras porque no tenía ganas ni de modificar sus ideas
ni de obligarle, jerárquicamente, a que se mantuviera en su sitio y supiera
guardar las distancias. La memorable acción de Burgo Mediano tuvo lugar entre
el 26 de agosto y el 3 de septiembre; aun cuando las fuerzas navarras
orientaron su avance, de forma indudable, en dirección a Región, los
republicanos, en previsión de un cambio cualquiera, se dividieron en tres
grupos: la brigada de Eugenio Mazón, en la margen derecha del río, apostada en
torno al Puente de Doña Cautiva y dispuesta a cruzarlo en cuanto los navarros
reanudaran la marcha y abandonaran el Burgo; la gente de Constantino -el viejo
minero, el viejo capataz- a lo largo del camino de Bocentellas a La Requerida,
sobre la ladera de la montaña, dominando en altura y a distancia, la vega del
Burgo; y, por fin, enfrentada al avance enemigo y escalonada a lo largo de la
carretera de Región a la Sierra que enlaza Bocentellas, el Burgo y el Puente,
el batallón de Julián Fernández reforzado con los pocos alemanes que quedaban
de la brigada Theobald. Contaban con un armamento heterogéneo: ocho piezas del
15,5, unos cuantos 8,8 y howitzers, y en cuanto a la infantería, las
formaciones parecían haber salido de una estampa de Epinal, de una vitrina de
museo o de un desfile de viejas y alborotadas glorias: campesinos calzados con
alpargatas y salomónicos cacherulos en la cabeza, armados con los viejos
Mannlicher de la primera guerra de África, junto a los milicianos de gorrillo
azul y mucha cartuchera, el casco ladeado y el barbuquejo caído, el máuser o el
Bren al hombro y atrás un par de acémilas con las nuevas Vickers, sin depósito
de refrigeración; y los herméticos extranjeros de las brigadas, con cazadora y
gorra de cuero y pistola al cinto en cuyas caras ya había desaparecido, tras un
año de combates, la sonrisa de la arribada para ser sustituida por la mueca del
deber; y las escuadras de mineros, tocados con boina, marchando con jactancia y
moviendo la cintura atiborrada de bombas de mano y granadas fabricadas en
casa, con latas
de conserva y
dinamita negra; y
aquella postrera
-apresuradamente
formada y más que provisional- promoción de oficiales y clases, estudiantes
humildes que en el pasillo del sindicato adquirieron una guerrera y un
entorchado y marcharon a la guerra con bufanda: jóvenes de cuarto de estar y de
pensión barata que avanzaban junto al batallón andando por las cunetas, con los
zapatos abiertos y el pantalón de franela disimulado con unas polainas
italianas. Contra ellos se lanzó, en la madrugada del día 26 de agosto, el
impulsivo coronel navarro. La misma noche del 26 al 27 la fuerza de Eugenio
Mazón cruzó el río, girando inmediatamente hacia el sur en dirección al Burgo
después de sorprender y arrollar a un pequeño destacamento, de casi nula
capacidad defensiva, que había sido apostado a la escucha en la vecindad de El
Puente. Solamente un alférez logró escapar para dar cuenta al Mando, al día
siguiente, de la inminencia del ataque por la retaguardia. Pero el Mando -en la
creencia de que con tales expedientes disciplinarios se podía garantizar la
defensa cualquiera que fuese la naturaleza del ataque- optó por pasarle por las
armas, aquella misma tarde y tras un juicio sumario, por abandono del puesto. Y
el ataque y el avance navarros se prosiguieron, en la medida en que el enemigo
lo permitió, de acuerdo con el plan previamente establecido y previsto. No
existe, para una división a pie, con escasa protección artillera, en todo el
valle de Torce un frente de ataque más ingrato que la llanada de Burgo Mediano;
un pueblo pequeño y apiñado en torno a la iglesia -toda la edificación es de
piedra a hueso- rodeado de extensas y áridas eras, sin un árbol, donde a duras
penas se puede encontrar un escondrijo y tan difícil es, en esa época del año,
hallar la sombra suficiente para cobijar ocho mil hombres. Ese hinterland de
arena, sol y pequeñas cercas, de unos cinco kilómetros de diámetro, está
rodeado de la foresta típica de la vega y una diadema de colinas rojas,
atalayas rústicas, campanarios que surgen entre las choperas desde las cuales
el menor movimiento de la tropa será observado día y noche. Toda la noche del
25 al 26 los escuchas exploraron el sector meridional de la llanada, sin
advertir otros movimientos que los de las patrullas enemigas; en las primeras
horas de la madrugada -antes de que apuntara el día- la columna avanzó en punta
de lanza, apretando el paso a fin de alcanzar la vega con las luces matinales.
Pero eso era lo que los de la República esperaban, abrigados entre los setos,
entre los cauces, los sembrados de centeno sin cosechar, las hileras de chopos,
distribuidos y organizados en una maraña de posiciones entre cuyas cuadriculas
habían de caer forzosamente los navarros. Rodeados por casi todos los flancos y
sorprendidos en aquel laberinto de cercas pronto perdieron todo sentido del
avance y se limitaron a defenderse allí donde fueron detenidos, esperando en
vano una resolución, una liberación o una tregua que no les fue concedida. A
mediodía apenas había tiroteo en torno a media docena de grupos apiñados tras
unos montones de cantos rodados que aguantaron hasta aquella hora de la tarde
en que, con el fuego de morteros, fueron aplastados por las mismas piedras que
les habían servido de refugio. Casi un tercio de la columna había sucumbido en
menos de diez horas; el resto o logró alcanzar el Burgo de nuevo o no llegó a
salir de él. Pero el coronel no se amilanó ante el revés; aquella misma noche
el Mando, irritado y espoleado por el desastre pero no amedrentado, mantuvo la
orden de ataque aun cuando se decidió a cambiar el rumbo para eludir la fatal
llanada y proseguir el avance por la falda de las colinas donde esperaba la
formación de Constantino -que durante la acción del día anterior se había
cuidado de no señalar su presencia- con las piezas del 15,5. Tal fue el origen
de la batalla de La Loma, el único triunfo real que obtuvieron los republicanos
de Región en dos años de guerra. En contraste con el día anterior la columna
navarra salió del pueblo en masa, con el Mando a la cabeza. Unas pocas horas
después que el último soldado abandonara el Burgo (porque con las pérdidas
sufridas ya no era
cuestión de dejar
en la retaguardia
guarniciones de escasa
capacidad de cobertura), éste fue
ocupado, sin que se cruzara un disparo, por la gente de Eugenio Mazón: se había
cerrado la tenaza del dispositivo republicano, ya sólo faltaba saber si sería
capaz de aguantar la embestida
enemiga. Al mediodía,
en las colinas
de arcilla roja,
entre las barrancas y pequeños
cationes, por los caminos huecos, se había entablado ese combate que durante
siete días se prolongará con el mayor encarnizamiento e intensidad. Acosados
por todos lados los navarros se pegaron al terreno, estrechando sus líneas,
obligados a luchar a media ladera; pero aleccionados por el desastre de la vega
prefirieron pujar en la dirección del monte -la que estaba más
desguarnecida- que volver a pisar el
terreno llano. No por eso dejaron
de presionar sobre
la gente de
Constantino y en
los últimos días
de agosto alcanzaron con fuego de
fusil la venta de El Quintán, que iba a definir el punto de su máxima
penetración. Los otros -sorprendidos sin duda ante tanta tenacidad y tanta
capacidad de empuje- decidieron sacrificar su estrategia combinada para
reforzar a la brigada del viejo Constantino y tratar de detener el avance en
aquel punto. Se ordenó a los alemanes de la Theobald que abandonaran sus
posiciones en la vega para subir hasta la quinta -donde establecieron su
cuartel y alojamientos los propios hermanos Strausse, quienes tuvieron que
disparar desde las ventanas en los tres días de acoso- y la gente de Eugenio
Mazón, rebasando el Burgo, se internó en la vega para seguir de cerca, a una
cota inferior, la progresión del enemigo. Pero sobre todo contaban con la
movilidad de los 8,8 montados sobre los camiones del Canadá, de ejes muy altos
y que, desplazándose por la carretera de La Requerida fue los mineros,
apostados en las cunetas, defendieron con granadas- prestaron un apoyo rápido y
definitivo en todos los sectores donde la posición republicana llegó a estar
comprometida. Así que sometido a tan fuerte acoso el coronel tuvo que adaptarse
a las circunstancias y se vio obligado a detener el avance el último día de
agosto; creyendo que todavía
guardaba en la
mano las bazas
suficientes para llevar
a cabo una
retirada controlada, a lo largo del mismo eje del avance, decidió
replegarse sobre el Burgo que fue de nuevo ocupado en la noche del 31 de agosto
al 1 de septiembre. Era lo que los otros esperaban: sabiendo que carecía de
fuerzas para salir de allí no se preocuparon sino de completar el cerco; Mazón
se volvió a replegar al Puente, el terreno que conocía como la palma de su
mano; la fuerza de Constantino tras perder el contacto con los que se retiraban
(un despegue que fue provocado y acelerado por las escaramuzas de los alemanes,
al sur del bastión) pasó a ocupar la carretera de Macerta a fin de cortar el
último camino de escape y consumar la destrucción de toda la división; situaron
la artillería posicional en la falda de la ladera y a la vega descendieron con
las piezas sobre camión. Entre el 1 y el 3 de septiembre el Burgo cambiará tres
veces de manos; pero en la tarde del último día la gente republicana apenas se
tomará la molestia de ocupar un montón de piedras calcinadas y humeantes,
salpicadas de harapos y cadáveres, que al caer la noche se sumirá en el
silencio -alterado solamente por el chisporroteo de las vigas, los lamentos de
los heridos, el intempestivo y alocado tableteo de los peines quemados- del que
no emergerá en el resto de los días. El viejo Gamallo tuvo noticias del
desastre cuando el desenlace era irremediable; aun así supo hacer gala de toda
la sangre fría, del coraje y de la ausencia de prejuicios necesarios para -en
contradicción con su propio sentir, ya desahuciado- reunir sus desperdigadas
guarniciones e intentar un ataque en apoyo de las fuerzas cercadas. Al frente
de unos mil quinientos hombres sólo llegó a tiempo para contemplar, desde un
punto elevado; el holocausto de la división; esperó durante dos días en aquel
cerro a medio camino entre el Burgo y el Puente de Doña Cautiva, con los
periscopios fijos sobre aquel montón de polvo y humo donde todo, incluso la
guerra civil, parecía haberse consumado. Después de presenciar, inmóvil y
oculto, el paso de una columna republicana en dirección al Puente y convencido de
que todas las fuerzas enemigas se retiraban a sus bases de retaguardia sobre
las mismas líneas en que habían llevado el ataque, inició una cautelosa
infiltración en dirección a Región, en busca de unos supervivientes que los hombres
de la República abandonaron a su suerte, conscientes de que el invierno, las
heladas y los pastores acabarían con ellos más económica y radicalmente. No
logró encontrar sino un centenar escaso de hombres agotados y barbudos, los
ojos hundidos y las caras desfiguradas por las ampollas y que, tras una semana
tirados sobre unas piedras o con medio cuerpo metido en el agua de una zanja,
eran tan incapaces de apercibirse de la llegada de sus libertadores corno de
quitarse de la boca las hormigas o los mosquitos. Durante casi una semana
merodeó por el teatro de la batalla, tratando por todos los medios de pasar
inadvertido y dispuesto a consumir el tiempo necesario para, con el mayor
ahorro posible, obtener la mayor cantidad de información y reconocer el camino
más práctico y expedito que le devolviera a la vertiente de Macerta. Casi un
mes duró aquella correría, ocultándose por los caminos y sendas, no
respondiendo al fuego de las patrullas enemigas, desandando una y otra vez el
mismo itinerario, recorriendo las líneas de convergencia del dispositivo
republicano y, en fin, cavando las tumbas de sus doscientas bajas. No pasó por
Socéanos ni por La Requerida sino por un collado mucho más elevado y
septentrional desde el cual -de haber hecho una noche despejada- habría
alcanzado a ver el horizonte humeante de Región y el resplandor de unas luces
que por aquellas fechas apenas se encendían. Aquel invierno en Macerta lo
dedicó al estudio y a la redacción de un anacrónico informe dirigido al Alto
Mando para dar cumplida cuenta de las causas del fracaso y de su posible
enmienda en un ulterior ataque. Quizá la persona a quien iba dirigido, a duras
penas recuperada de las emociones de Teruel, paró poca atención en él y
solamente lo comentó con su superior jerárquico con el piadoso reconocimiento
de quien se ha visto en situaciones más apuradas y ha sabido salir airoso de
ellas. Pero en un cierto nivel del Alto Mando hubo sin duda alguien que vio en
el informe de Gamallo -premonición que había de valer el coronelato del viejo-
un plan cuyas posibilidades e implicaciones estaban vedadas a los ejecutores
materiales de la guerra, a los hombres del frente que creen que la destrucción
del enemigo es el único propósito de una guerra civil. En su informe Gamallo
patrocinaba un ataque a Región en gran estilo, siguiendo en líneas generales el
mismo itinerario del desgraciado coronel caído en la acción de Burgo Mediano y
fundamentado no sólo en su experiencia de la campaña anterior, sino en otras
muchas razones, en cierto modo evidentes para cualquier hombre que contase con
un conocimiento sumario de aquellas tierras.
En primer lugar porque
se había demostrado
de forma palmaria y en toda la
amplitud posible que la conquista del puerto de Socéanos, con tiempo estable,
no suponía otros sacrificios que los de una expedición montañera en gran
escala; en segundo lugar porque la ocupación de todo el valle bajo del Torce
-haciendo la progresión en el sentido opuesto al de las aguas para coger por su
frente aquellos estrechamientos y puntos de resistencia en los que unos pocos
hombres con una ametralladora y un howitzer podían detener el avance de una
compañía- significaba cuando menos una campaña de cuatro meses y un número
prohibitivo de bajas y daños. Por consiguiente una vez conquistado el alto de
Socéanos, situado a los dos tercios de longitud del valle, las fuerzas de la
República tendrían que optar por defenderse en Región y aguantar el cerco o,
siempre que se les enfrentara una
capacidad ofensiva que
les obligara a renunciar a esa
división de sus efectivos que tan buen resultado les dio
en la campaña anterior, buscar refugio en el valle alto y en la montaña. Si se
decidían por defender Región y retirarse hacia aguas abajo bastaba con
perseguirlos, en el sentido, favorable de la marcha, y aniquilarlos en las
vegas bajas, destacando una fuerza que taponara la salida del valle, en la
confluencia del Torce y del Formigoso. Por el contrario, si optaban por
refugiarse en la montaña era posible afirmar que con sólo plantear la operación
de tal suerte se habría conquistado Región y la zona más codiciada y valiosa
del valle sin, necesidad de disparar un tiro, reduciendo la bolsa a un sector
montañero de ocho ayuntamientos y menos de mil vecinos, carente de los más
imprescindibles recursos para aguantar una guerra organizada durante más de un
par de meses. Todo el informe, en efecto, no era sino una cadena de sofismas
que el más inexperto oficial de Estado Mayor -a sabiendas de que para aquellas
fechas lo último que la liquidación del frente de Región exigía era una
operación de gran estilo- podía echar abajo con un comentario marginal. Pero en
marzo de 1938, tanto en el Grupo de Ejércitos del Norte como en el Alto Estado
Mayor un cierto número de oficiales de la más alta graduación -que con fundado
recelo observaban el hormigueo político en torno a los organismos del nuevo
Estado- no pudieron eludir su propio temor ante los progresos de la ofensiva de
Aragón: su frenesí triunfal había de trocarse, a mediados de abril de aquel
año, con la espectacular toma de Vinaroz y la división en dos del mapa
republicano, en apetito de velocidad primero y en vértigo ante el vacío
después. Ciertos ejecutores materiales de la guerra comprendieron por aquellos
días que hasta entonces no habían hecho sino procurar la victoria, descuidando
sus consecuencias y su inevitable desenlace y dejando a los hombres de la
retaguardia -que jamás empuñaron el fusil ni calzaron las botas- el
aprovechamiento de su triunfo. Todas las ofensivas, si se pueden llamar así,
que se plantearán en la primavera y verano del año 38 se traducirán, por deseo
expreso del Mando, en batallas de usura, en ataques frontales con los que desgastar
los cuadros -los
cuadros de campo
sustituidos a menudo
por oficiales políticos-, en
largas campañas de inútil atrición al único objeto de prolongar hasta sus
últimas consecuencias una guerra concluida con un plantel de vencedores
demasiado numeroso e inquietante. Los italianos del CTV (en el momento en que
se podían extraer sus largas espinas) y las divisiones marroquíes -todos los
políticamente inofensivos- son apresurada e inexplicablemente retirados de las
primeras líneas para sustituirlos por unas formaciones frescas procedentes de
Valladolid, de Galicia, de Navarra y del Maestrazgo, hombres que ocuparon
jubilosos las trincheras y que -antes que el manejo 'de las armas- aprendieron
a cantar, a ensayar los aires triunfales con que se dispusieron a hacer su
entrada en Madrid, en Valencia y en Región. El Plan Gamallo fue, por consiguiente,
uno de aquellos de última hora que se estudió con severidad y rigor y que, a
fin de cuentas, fue elegido como el más idóneo para terminar la campaña con la
ayuda de un par de divisiones de navarros entusiastas y pugnaces, de
vallisoletanos de honra y de flemáticos y reticentes gallegos cuyos nombres se
inscribieron en unas cuantas cruces y lápidas de mármol, los ornamentos con que
el nuevo Estado se decidió a pagar la destrucción que había acarreado a aquella
comarca refractaria a su credo. En unas pocas semanas el autor del plan fue
elevado al coronelato y a Macerta comenzaron a llegar camiones -capturados al
enemigo en el frente de Levante-, atiborrados
de soldados y
capellanes, toda suerte
de bastimentos y los
pertrechos más inútiles para llevar adelante la ofensiva: cocinas de campaña,
autoclaves, equipos de transmisiones y bengalas luminosas..., pero nada de
artillería. De cualquier manera aquella campaña deparó la oportunidad que el
coronel Gamallo -que se había unido al alzamiento después de ciertas
vacilaciones-,tras tantos años de esperá, había llegado a pensar en ella como
una extravagancia en el reino de las fantasías juveniles. Ya ni siquiera se
trataba de venganza, hasta el rencor se había esfumado para dar paso a la
curiosidad que habla renacido en su ánimo y que -con el plácet de su propia
hija, detenida en Región como rehén, que le empujó al frente en un angustioso
contacto personal que el servicio de canje arbitró en las postrimerías de la
batalla- estaba dispuesto a satisfacer a cualquier precio y que, cuando era
joven, ni su orgullo se atrevió a anticipar para reponer los agravios, ni su
honor para saldar las deudas del juego ni su amor propio para cobrarse venganza
de aquel donjuán de provincias que trampeó la apuesta y le quitó la mujer.
Había confiscado en Macerta, en las afueras del pueblo, una casa de dos plantas
muy semejante a la que habitó con sus tías cuando era estudiante. Una de las
habitaciones -en la que no entraba nadie sino él, cerrada con un candado en su
ausencia- había sido empapelada con todos los 50.000 del valle del Torce
(muchos de los cuales no eran sino áreas en blanco rodeadas de curvas de nivel,
de dudosa verosimilitud), pintarrajeados de cruces, rumbos, elipses peludas e
inscripciones enigmáticas: «Montón
dé fichas», «el
burro muerto», «aquí
la pastora»,
«volvemos».
Todas las mañanas venía a buscarle un coche militar pintado de color verde
oliva, con un chófer y dos ayudantes de su Estado Mayor a los que rara vez
dirigía la palabra; apenas les correspondía con el saludo -una manera de llevar
el dedo a la visera que ni era militar ni era civil, una regla que, salvando
las ordenanzas, se transformaba en un modo de hacer elocuente su menosprecio-
cuando le abrían la portezuela y entraba en el coche después de mirar al cielo
y al tiempo que apretaba el labio inferior con un gesto de permanente
pesadumbre. No confió con ellos ninguno de sus planes y limitó su trabajo en
común a cuestiones de trámite. En secreto -aun cuando no eludía ninguna
oportunidad para manifestar el carácter personal de toda guerra- recelaba de
ellos y no tanto por su brillante porvenir -porque a ellos sin duda se referían
los diarios cuando hablaban del mañana-,-, no por su altivez técnica ni por su
seguridad e intransigencia en cuestiones de patriotismo sino porque carecían de
un móvil personal que les hubiera empujado a la guerra y porque hablaban
demasiado de principios. Además tenía que justificar aquel ascenso a deshoras y
disimular su apetito cínico de curiosidad con un repliegue hacia la parsimonia
cuartelera y --en algún modola prosapia guerrera. No podía dejar entrever
cuáles eran sus intenciones e imaginó
que una cierta
hosquedad, una cierta
repugnancia al mando
y a la
acción constituían el mejor disfraz para cobijar una revancha de la que
ya nadie tenía por qué acordarse a pesar de desarrollarse en el mismo terreno
en que una mujer adúltera, un donjuán de provincias y una moneda de oro sobre
una mesa de juego destruyeron su carrera y arruinaron su porvenir. Cuando en
los años de la segunda República conocieron la misma suerte aquellos compañeros
de armas que le habían repudiado y obligado a despojarse del uniforme, no
vacilaron en volverle a llamar a su lado, con protestas de reconocimiento y
perdón, invitándole a unirse a ellos en la conspiración; respondió con evasivas,
sus ojos puestos en aquella montaña de brezo donde un jinete con la mano
vendada trata en vano de transformar su debilidad de carácter en un apetito de
venganza y convencido, una vez más, de que no mediaba en aquella demanda un
cambio en la estima sino una necesidad de ayuda. Pero en julio del 36 las cosas
cambiaron como consecuencia del provecho que podía extraer de la inquietud que
animaba a sus colegas. Sabía que no ahorrarían ningún esfuerzo por desmantelar
la situación del país en aquel entonces, que tanto les enojaba. Decididos a
todo sólo parecían esperar el mejor momento para actuar -como corresponde a
quien está acostumbrado, por su oficio, a calcular las probabilidades de éxito
de una acción tan temeraria y decisiva como la que se proponían-. Contaban en
primer lugar con el rencor de los privilegiados, con las vacilaciones de un
gobierno inexperto y amedrentado y con la brutalidad de una colectividad
inculta e ingenua, torpe y sanguinaria, poco menos que satisfecha de dejar
saldada la cuenta de cuatro siglos con los incendios y asesinatos de una noche
anticlerical. Aparte de todo ello nunca había sido un hombre de porvenir; la
mejor oportunidad de su vida se produjo cuando era niño, cuando -como
consecuencia de las enfermedades del pecho, de la esterilidad de sus tías- se
convierte en el único vástago varón de una familia en la que abundaron los
militares y que conservaba un cierto orgullo por el apellido. Su madre -la
única hermana que casó y tuvo hijos- hizo un matrimonio desgraciado con un hombre
sin carácter que vivía en una capital de provincia, separado de su mujer y de
sus hijos acogidos de nuevo a la hospitalidad paterna, la única capaz de darles
la alimentación y educación
que necesitaban. Sólo
una vez al
año, durante una
breve temporada por las vacaciones de Pascua, le iban a visitar: apenas
recuerda un cuarto esquinado en un barrio humilde y desportillado, cercano a la
estación. Al final de una tortuosa escalera de madera se abre una habitación
estrecha con una mesa camilla, una cama turca y una lámpara de flecos; un único
armario donde se guardan las dos camisas de calle, las medicinas y la fuente
del postre, unas pocas mandarinas y algo de turrón sobrante de la Navidad. Y un
padre triste, amargado y silencioso -sin una palabra de reproche-, sentado tras
la ventana junto al visillo mugriento, leyendo el diario que dejaba encima de
la mecedora cuando ellos llegaban de la calle para observar de pie, con miradas
furtivas, la colocación del mantel y los platos en la mesa camilla. Era hombre
de facciones finas y escasa corpulencia: no parecía tener otro don que el de
transformar la luz -incluso la de un mediodía del verano castellano- en esa
coloración pajiza y purpúrea de una frente melancólica. Pero su formación se
llevó a cabo en Región, entre sus tías (todas las noches rezaban ¿l rosario
ante una lamparilla de aceite o espíritu del vino) que en primer lugar le
enseñaron a andar derecho. En la casa de Región había dos palabras que
predominaban sobre cualesquiera otras: dinero y hombre, la primera dominada por
el disimulo, la segunda por el furor. La mayor de las tías -se recogía el pelo
en dos bolas sobre las orejas que le daban un aspecto de precursor de
telegrafista o piloto de pruebas- fue la que tomó a su cargo la responsabilidad
de hacerle comprender lo que significaba cada una de ellas. Existía además la
dignidad, el apellido: cada dos o tres meses rendían una visita al cementerio,
a una sencilla lápida horizontal con tantos nombres masculinos que ya por sí
sola constituía un memorial, ante la que se arrodillaban en fila india para
persignarse, golpearse el pecho y contemplar el cielo siseando palabras
semilatinas que al final de la pequeña ceremonia se traducían en la Oración del
Soldado. Sólo salían de visita y andaban por la calle -dos, tres o cuatro en
fondo, con el niño a un lado- con la barbilla alzada, haciendo girar sus
cabezas a pequeñas sacudidas al igual que una procesión de cabezudos carentes
de visión que recibían del éter -a través de las bolas de pelo brillante y alisado-
mensajes cifrados acerca del apellido, la decencia, la compostura y la
dignidad. Todos los años al llegar el buen tiempo volvían a regenerarse las
esperanzas matrimoniales de la menor, ligada por un compromiso secular a un
joven abúlico, de una familia de comerciantes, que sólo sabía andar en
bicicleta. Así que en verano también paseaban a menudo con el hombre de la
bicicleta que caminaba por la calzada, discretamente separado de su prometida
-que en aquel trance se encargaba de llevar al niño de la mano- por las tres
hermanas mayores que siempre llegaban sudadas a casa. Entraban agotadas,
embargadas sin duda por una sensación de futilidad y estancamiento provocada
por las indecisiones del ciclista o por el cúmulo de inhibiciones que imponía
la decencia, y, en el recibidor en sombras bañado en el aroma del pavimento y
las aspidistras regados al mediodía, caían sin resuello en los viejos sillones
de mimbre para concentrar sobre el niño una unánime mirada en la que se
destilaba todo el encono, la esperanza diferida y el recelo de una condición
que no se decidía a unirse al hombre por temor a perder su dinero; he ahí el
rayo que la mente del niño fijará para siempre en el negativo horrendo -un
corro de mudas y admonitorias miradas en el fondo de la penumbra veraniega, con
el zumbido de los abanicos y el agitado aliento de los pechos enlutados-, el
signo indeleble de su propia formación: volverá a revelarlo, años más tarde, en
los momentos de combate; ante la mesa de juego, al abalanzarse sobre el montón
de fichas de nácar, ajeno, siempre ajeno, al gesto de una mujer que retrocede
por los salones vacíos mientras e público corre hacia la mesa donde su mano
quedó atravesada por la navaja; a lomos de la mula holgazana, la mente
(espoleada por el eco vengativo y rencoroso de los abanicos) preocupada tan
sólo por el peso de la moneda que nunca llegó a tener en la mano. Porque todo
eso estaba previsto y decidido como consecuencia de una formación que
descansaba sobre ese sobreentendido; tal era el deber –a la sazón su padre
había descendido ya al reino de las sombras; nunca le había escrito y sólo de
tarde en tarde, entre sueños, asomaba la melancolía de una expresión, envuelta
en una luz cerúlea que apenas iluminaba el pómulo y la frente taciturna, en la
que no había censura sino una mitigada pero insalvable retracción nacida de un
concepto diferente del dinero-, un correlato de la gloria del apellido, un
dogma para revestir de recelo el objeto de su afán, una forma hereditaria de
defensa ante las imposturas del alma. Lo podía haber asumido el caballero de
americana blanca y camisa rayada y sombrero de paja que todos los domingos por
la mañana dejaba su bicicleta apoyada en la verja pero también él fue vencido,
a pesar de su espíritu pusilánime. Y sin embargo..., era también otra cara
-aunque más risueña- de la misma corrupción y de la misma avaricia. Durante los
inviernos, encerradas en un trastero del último piso desde donde se llegaba a
columbrar la sierra, se ocupaban de poner a punto, con todos los ornamentos de
seda y brocado que quedaban en el fondo de las arcas, un traje de soirée de
color azul índigo que, un día al fin, se encargaría de poner fin al terrible
combate entre los dos ídolos que luchaban en la casa. Lo habían encajado en un
alto maniquí de abultadas formas --que la mujer jamás sería capaz de igualar-
que, desde varios años atrás, presidía aquel cuarto de costura, convertido en
templo, y que parecía invadir toda la casa con los enigmáticos efluvios de un
culto secreto y prohibido. Pero él parecía reírse de su propio culto y
despreciar su feligresía. Algunas veces, a hurtadillas,. subía a verlo:
recortado contra la silueta de la Sierra en la ventana, iluminada por la luna,
se diría que cruzaba con ella un cambio de mensajes sibilinos y amenazadores,
en un lenguaje de destellos entre el corpiño de raso y las cumbres de caliza.
Era una conjura de. la que tampoco debía estar ajeno el hombre de la bicicleta
que tuvo que huir -sin despedirse ni hacer las maletas, la máquina la
encontraron después en un bosque de alcornoques- tal vez al día siguiente de
recibirse en el cuarto de costura el aviso más significativo: un disparo de
fusil que vino a rematar, como la explosión del cohete, el viaje por una
solitaria senda de la sierra de una bamboleante calesa envuelta en una nube de
polvo. Luego vino la reclusión, los años de estudio y avaricia. Una tarde clara
de octubre la mayor de sus tías le acompañó hasta la encrucijada donde paraba
el coche de Macerta, una carretera flanqueada de chopos dorados y salpicada de hojas
muertas de roble, del color de la sangre seca. Todos los años de internado
-corredores de azulejo chillón, delantales de mahón y un olor a rancho que
emanaba de las cocinas y parecía impregnar todos los pasillos y las aulas, y
los pasos susurrantes de los hermanos violentos y las tardes de los domingos
lluviosos, contemplando cómo en el patio se formaban los charcos y los
regueros- transcurrieron en la espera de un envío de dinero que no llegó nunca;
no sólo estaba incapacitado para todos los extras sino que al llegar la Navidad
o la Pascua tenía que ver cómo se quedaba solo a falta de un billete en el
ordinario que todas las mañanas, más allá de la tapia de ladrillo recocido y
carbonilla, pasaba en dirección a Región rompiendo el malva de la madrugada con
su terrible fanal de sodio. Vivió en el internado durante ocho años, sin
abandonarlo siquiera durante los períodos de vacaciones en los que todo el
alumnado se reducía a cuatro internos menesterosos que dormían en un dormitorio
semivacío y cenaban en silencio, al fondo del refectorio apenas iluminado,
presididos por el lego tuerto que
cuidaba de la huerta y separados
por una cortina de la mesa de los Hermanos charlatanes y gritones que, en
ausencia de la disciplina, se congregaban en una sola mesa para disfrutar a sus
anchas de la licencia. Entonces llegaba la carta: erg, una fórmula sencilla y
breve, semejante a la que el banco emplea para dar cuenta al cliente del estado
de su cuenta (y que al igual que ella parecía reclamar su conformidad con los
números), por medio de la cual su tía le venia a demostrar que el sacrificio y
el ahorro de hoy no son sino el bienestar y la hombría de mañana.
Más o
menos como lo había previsto, en la primera decena de aquel mes de septiembre
las fuerzas del coronel Gamallo clavaron de nuevo su bandera en el collado de
La Requerida, a la cota 1.640, tras seis días de marcha y sin otras bajas que
los enfermos y lesionados de costumbre, un par de muertos y siete heridos de
bala de fusil', caídos en una escaramuza nocturna con elementos republicanos no
identificados. Era un sábado. El domingo, por la mañana -un día despejado en
que soplaba el viento norte y las nubes procedentes del Cantábrico venían a
agruparse en el horizonte- se ofició en el collado una misa de campaña y se
repartió un rancho especial, con carne de conserva de Mérida. El coronel no fue
visto en todo el día; ni asistió a la misa ni a la comida de oficiales ni
siquiera pasó revista a las tropas, anunciada para la media tarde, y se limitó
a cursar -a través de un ayudante- la orden de romper filas después de cuatro
horas de inútil formación. Los oficiales con mando de mayor graduación trataron
de celebrar, después de la retreta, una entrevista con él a fin de confirmar y
repasar las órdenes e instrucciones del día siguiente y que en ningún momento
se había preocupado de trazar con el necesario detalle. Les hizo esperar
durante unas cuantas horas, mientras bebía un vaso de leche sin cocer y
contemplaba ensimismado
-ala luz
del carburo- una postal provinciana de antes de la Dictadura. No quería
convencer ni discutir; no quería censuras, recomendaciones ni interrogantes; no
tenía la menor intención de hacerles partícipes de un planteamiento táctico
basado, en gran medida, en la independencia de los sectores y en el
cumplimiento, por parte de cada unidad, del cometido asignado cualquiera
que fuese el
resultado vecino. Sabía
que su plan
era más que censurable, era inexplicable y ni siquiera
él tenía un deseo expreso de aclarárselo a sí mismo; era una locura, la única
aventura que un capitán responsable se hubiera prohibido a sí mismo por poca
que fuera su consideración de la fuerza del adversario. Pero en aquellas fechas
el adversario apenas contaba: era el último considerando que se introducía en
los cálculos y no porque la experiencia de la campaña anterior o la información
más reciente hubieran inducido a menospreciarlo sino porque tal factor, con no
ser decisivo respecto al resultado de la campaña sí lo podíá ser respecto a la
definición de los móviles que la motivaban. Cuando se estudia y compara el
desarrollo de las dos campañas de 1937 y 1938 no se comprende muy bien cómo dos
ejecutorias tan semejantes condujeron a resultados tan dispares y cómo el viejo
y lento Gamallo supo caminar con éxito allá donde, unos meses atrás, el coronel
navarro no hizo sino tropezar y caer. Sin duda el adversario no era el mismo
aun cuando técnica y militarmente hubiera sabido conservar intactas sus
fuerzas, ya que no incrementarlas. Pero políticamente no; ya era un cuerpo
enfermo, carente de futuro, acosado por las deudas, desfondado por los
desengaños, amedrentado por la incertidumbre y entregado al progreso de su
propio mal, «sin más calor en su interior que el necesario para alimentar su
fiebre». Todo el curso de la guerra civil en la comarca de Región empieza a
verse claro cuando se comprende que, en más de un aspecto, es un paradigma a
escala menor y a un ritmo más lento de los sucesos peninsulares; su desarrollo
se asemeja al despliegue de imágenes saltarinas de esa película que al ser
proyectada a una velocidad más lenta que la idónea pierde intensidad, colorido
y contrastes. Porque en Región no hubo coincidencia de fechas; el intento
republicano de sofocar un levantamiento militar no fue simultáneo a la
revolución proletaria que pignoró los recursos para llevar a cabo el primero.
Los efectos del levantamiento del mes de julio que sacudió al país fueron
apercibidos sólo en agosto, con el eco de unos disparos en la sierra y la
barahúnda de las bocinas de los coches requisados mezcladas con el grito de las
mujeres; y la revolución proletaria que había de cambiar la faz de media España
en aquel verano sangriento vino a repetirse, por un efecto de mimetismo, con
los suaves y ajados matices del otoño. Hacia finales del 36 empezó a cundir y
prevalecer en la parte
republicana una mentalidad
más estatal que
revolucionaria; en todos
los espíritus con las miras puestas en el triunfo militar -condición
indispensable para cualquier otra aventura- empezó a abrirse paso una cierta
intención conservadora de volver a la amalgame para, a costa de los intereses
de partido y de clase, crear el ejército por encima de la milicia y el estado
por encima del sindicato. Pero ese proyecto, penosamente elaborado y
trágicamente hecho pedazos en los campos del Jarama y el Tajo, en Brunete y en
Teruel, en cierto modo prevaleció en una Región circundada de silenciosas
montañas y pequeños predios, habitada por una colectividad homogénea en la pobreza
y carente de un proletariado que había emigrado diez años antes de que se
clausurara la última casa-cuartel de la Guardia Civil, y en la que el más
tímido intento de colectivización se emparenta con la locura, el
anticlericalismo será siempre un chiste, el sindicato una vanidad y la
anarquía, el respeto a la tradición. Fue republicana por olvido u omisión,
revolucionaria de oído y belicosa no por ánimo de revancha hacia un orden
secular opresivo sino por coraje y candor, nacidos de una condición natural
aciaga y aburrida. Prevaleció un año y medio, de finales del 36 al otoño del
38, acaso porque la unión republicana, que no tenía que mimar o paliar una
revolución, se formó
ante una mesa
de naipes y
se preocupó tan
sólo -sin socializar industrias ni colectivizar las
granjas ni quemar las iglesias ni fomentar la formación política de las masas-
de salir al paso de aquellos que cruzaban las montañas para interrumpir una velada
de amigos, en torno a una baraja o una botella de castillaza. Los sucesos de
agosto y septiembre que no nacieron violenta ni espontáneamente sólo sirvieron
para la creación de aquel ridículo Comité de Defensa, presidido por el señor
Rumbás, que -tras colaborar en el aborto de la ofensiva falangista de agosto-
fue arrinconado y sustituido por un Ejecutivo Popular en el que tomaron asiento
casi todos los hombres que habían participado en la subida a La Requerida. En
el Ejecutivo no sólo estaban representados todos los partidos sino también
todas las pasiones y facciones; no cabía hablar de delegados porque nadie
representaba más que a sí mismo toda vez que un partido o una facción -en la
comarca regionata- apenas contaba con más de seis miembros, si era numeroso,
todos los cuales se creían con derecho
a asistir a las sesiones.
Así pues, más
que un Ejecutivo
era un parlamento donde se
sentaba aquel que quisiera y donde fue posible -hasta una determinada fecha- no
sólo solventar las diferencias entre los diversos grupos sin que trascendieran
a la calle (que al fin y al cabo no se preocupaba de esas cosas) sino adoptar
las grandes líneas estratégicas -la unión de fuerzas democráticas, la línea
antifascista, el retorno al estatismo- con un cierto tácito consenso popular.
No es que el pueblo de Región se hubiera desinteresado de la política; en
realidad había pensado muy poco en ello y hasta la jubilosa algarada del 14 de
abril se vio en gran medida mitigada porque en todo el pueblo no existía una
sola bandera que teñir de morada ni a nadie se le pasó por la cabeza la idea de
subir al balcón del Ayuntamiento -que sin duda se hallaba en estado de ruina y
se hubiera venido abajo, tiñendo de luto el día- para agitarla. La política -o
más bien la expresión de alegría y desenfado republicanos- entró en Región
subida en un coche grande y viejo que había adquirido Eugenio Mazón nadie sabe
cómo. No podía ser con dinero -su madre no se lo daba ni él lo tenía- aunque él
afirmara, un tanto evasivamente, que no era más que un premio a un naipe
afortunado. El coche permaneció durante un par de años, las cubiertas podridas
entre los cardos, los gatos cobijados a su sombra, toda la capota cuajada de
excrementos blancos, en el jardín de la casa donde apenas servía para otra cosa
que para escondrijo de unos cuantos amigos cuando se trataba de beber
castillaza a altas horas de la noche. Porque la casa -silenciosa, arruinada,
casi todos los huecos entablonados y el jardín salpicado de desperdicios,
juguetes rotos y ropas miserables- seguía siendo una de las más respetables del
pueblo a pesar del suicidio del padre y de ciertos pasos equívocos de algunos
hermanos, gracias a la presencia de su madre que, todo el año, vivía allí,
completamente sorda y medio ida, sentada en la penumbra en un sillón de mimbre,
acompañada de una vieja doncella, haciendo nudos incansablemente a una cuerda
de cáñamo o a una cinta de terciopelo. Pero aparte de eso el coche empezó a
adquirir cierta inicua fama como lugar de citas amorosas hasta el punto de que
ciertas señoras giraban la cabeza al pasar junto al jardín y muchas mujeres se
negaban a subir a él, incluso a media tarde y en compañía de sus amigos. No fue
una cuestión de reputación sino de práctica lo que indujo a Eugenio Mazón a
ponerlo en marcha; pero sólo la mala fama les convenció de que, adquiriendo unas
cubiertas y una batería, podían utilizarlo para provecho de todos y para sacar
de él un fruto que les estaba vedado con la inmovilización. Además era un coche
en el que, bien arrimadas, cabían ocho o diez personas que para hacer una
excursión tenían que llegar a una cierta intimidad en común y olvidarse para
siempre de ciertos requisitos del pudor, de tantos tabús a los que la decencia
impone el rigor de la soledad. Luego, era justamente eso lo que trataban de
romper porque en aquellos años no hubo otro intento de liberalización de las
costumbres que el abandono de la soledad, una cosa que los jóvenes de Región
sólo pudieron hacer unidos entre sí y subidos al coche de Eugenio Mazón.
Ocurrió también que uno de aquellos amigos logró consolidar -nadie supo por qué
medios- su imposición como candidato independiente a las elecciones a Cortes
del otoño del 33. Aquella candidatura no sólo sirvió de pretexto a muchos
viajes de placer sino que -como consecuencia de la política expansionista de la
CEDA y su táctica de copar las circunscripciones olvidadas- constituyó un
vínculo de unión y de esfuerzo para todos aquellos jóvenes que, en su
entusiasmo, llegaron a encargarse trajes oscuros en una sastrería de Macerta.
Fue una campaña electoral breve pero intensa y hasta las mujeres se
acostumbraron a subirse a un asiento trasero del coche para, en una plaza de El
Auge o de Burgo Mediano o de El Salvador y ante media docena de gañanes que
habían dejado la partida de dominó para escucharlas extasiados, pronunciar su
conocido discurso sobre la nueva libertad sexual que ellos patrocinaban. Pero
aun cuando un programa así tenía por fuerza que ser sugestivo -viniendo de
aquellos labios- por regla general (y salvo algunos entusiastas que en medio de
grandes extremos y abrazos quisieron hacer efectivas y suyas las propuestas sin
esperar al voto) fue recibido con hostilidad y sarcasmo cuando no con insultos
y pedradas. En contraste con ellos los candidatos adversarios demostraron que
estaban a la altura de los tiempos: eficaces, diligentes y agresivos no
vacilaron un instante en salir al paso de aquellos aficionados inesperados en
cuyo programase reflejaba de manera palmaria la frivolidad de sus vidas. Para
luchar contra el dinero de la CEDA, contra la ideología socialista o los bastones
del partido radical -y a falta de un programa político atractivo para el
pueblo- decidieron utilizar un pájaro amaestrado que el capitán Asián había
comprado en Las Ramblas a muy buen precio. Era un pájaro grande, torpe y negro
y de aspecto poco simpático, que con un aleteo frenético volaba un corto trecho
a dos metros del suelo para posarse y, con esas miradas impertinentes de las
águilas de los blasones, lanzar un agrio graznido que sonaba siempre a burla.
Al principio lo soltaban en la calle, a la entrada de los mítines, para atraer
al público; poco a poco el capitán -que lo llevaba en una jaula disimulada bajo
un sayo negro- se fue atreviendo a soltarlo en las salas e incluso en aquellos
merenderos a orillas del río, donde con frecuencia se reunían los partidarios
de un determinado candidato para, con unas fuentes de jamón y unas jarras de
vino y unas cuantas sandías, celebrar la buena acogida de un discurso suyo. No
hubo acto que le resistiera, tal era su furor y su graznido; primero trataban
de cogerlo, atraídos por su vuelo bajo y sus patas abiertas, corriendo tras él
por las calles sin apercibirse de que sólo el capitán era capaz de cobrarlo,
tocando un silbato especial que le vendió también el hombre de Las Ramblas. Más
adelante se optó por huir de él, pues al parecer al volar arrojaba un
excremento que quemaba la ropa y producía pústulas. Y por fin, cuando los
oradores se reiteraban y alargaban en exceso, era requerido, buscado y recibido
con alivio y alegría. A la postre -y en gran parte gracias al pájaro y los
discursos femeninos- el pueblo de Región, aunque se abstuvo de votar, no pudo
por menos de lamentar su alejamiento de una política que le podía proporcionar
tan buenos ratos.
La
ofensiva organizada por Gamallo se proponía no sólo la captura de Región sino
la ocupación de todo el valle medio del Torce, mediante una serie de ataques
simultáneos: una primera columna, la más fuerte y colocada bajo su mando
directo, apoyada con piezas 12/125 y algunos Schneider, debía desde La
Requerida girar en dirección al mediodía para, después de cruzar los collados
por donde se había retirado el año anterior, descender al valle por algún
camino situado entre Región y Burgo Mediano, cortar la carretera que las
enlaza, avanzar hacia el río y proseguir la marcha hacia Región, por ambas
márgenes, cualquiera que fuese la disposición enemiga. La segunda columna,
gente bisoña y milicias de la retaguardia que no habían hasta entonces conocido
el fuego, agrupadas en torno a un núcleo de veteranos del Tercio, con dos
compañías de howitzers montados sobre mulas y cuatro secciones equipadas con
aquellas primeras ametralladoras Spandau -más impresionantes que eficaces-,
tenía cierto carácter defensivo y debía -de acuerdo con el plan- establecer más
o menos a la altura del Puente de Doña Cautiva una fuerte y doble posición que
atrajera sobre sí la atención del enemigo y ocupara todas sus fuerzas situadas
aguas arriba de aquel punto. De no existir tales fuerzas debía, tras una demora
prudente, apoyar el avance de la primera escalonándose en el espacio y en el
tiempo. La tercera columna, algunos moros y voluntarios veteranos, equipada con
armas cortas y automáticas, granadas y morteros, debía derivar hacia el norte,
manteniéndose aproximadamente a la cota 950, para cruzar el río a unos 20
kilómetros de El Puente y, al dictado de la oposición enemiga, hacerse firme
allí o reanudar su ataque en la dirección de las aguas a fin de enlazar con las
otras formaciones. Con este plan Gamallo esperaba en un plazo no mayor de diez
días no sólo ocupar todo el valle medio -en una longitud de unos treinta y
cinco kilómetros- sino descalabrar toda la defensa republicana y reducir sus
fuerzas a un par de bolsas, sin comunicación con el resto del país, obligadas a
rendirse o a proseguir la resistencia en el corazón de la montaña. Parece
evidente que sus intenciones no estaban exclusivamente dictadas por la mejor
estrategia para ocupar Región; si ése hubiera sido su único propósito le habría
bastado -en aquellas fechas- o bien lanzar un único ataque frontal en lugar de
escalonarlo y fragmentarlo en tres fases o bien repetir la vieja técnica
-ensayada y reiterada tantas veces en el norte, en Málaga y en Madrid- de
rodear la ciudad, cortar sus suministros, hacer cundir el pánico y dejar
abierto uno de sus caminos de escape para que por allí evacuara un enemigo con
escaso ánimo de defenderse. En esa campaña del 38 hay varios enigmas, muchas
cosas que no se comprenden si se analizan tan sólo a través del prisma de la
economía bélica; persiste, se diría, no tanto el deseo de liquidar
definitivamente -y en el menor plazo posible- la resistencia del enemigo como
-una vez que se ha alcanzado el resultado inevitable que asegura la victoria,
afianzada ya aun a pesar de algunos reveses locales- de asegurar la estabilidad
política para llegar al fin de las hostilidades con el mínimo margen de
amenazas y peligros y el máximo de seguridad interior. Toda la campaña del 38
se hubiera podido resolver con mayor economía y en menor plazo con un solo
ataque frontal lanzado sobre Región. Habría -inevitablemente- conquistado la
plaza en unos pocos días para -haciendo gala de fuerza, energía y resolución-
colocar a todos los republicanos en la situación de rendir sus armas. Porque,
aunque parezca paradójico, la rendición en masa o el abandono de toda voluntad
de resistencia se habría producido con sólo ocupar un solo punto, Región. Pero
viceversa -la otra cara del mismo axioma-, al extender el combate durante largos
meses a un extenso y complicado sector del valle no hizo sino concebir
esperanzas en el seno enemigo, incrementar su voluntad de resistencia y
prolongar la campaña hasta la consunción total de sus energías, en unas peñas
abruptas y unas breñas inaccesibles de aquella montaña que tanto ansió pero
nunca logró pisar.
Los
primeros contactos se establecieron en la madrugada del 13 de septiembre, a lo
largo de la carretera de La Requerida a Macerta, a unos nueve kilómetros de El
Puente. Una avanzada de voluntarios, abandonando las laderas y adentrándose en
la vega, llegó a vista de él al mediodía del día 12 para batirlo con fuego de
morteros durante toda la tarde de aquella jornada. Por la madrugada se vieron
hostigados por disparos sueltos, procedentes del lado de Macerta, que -para su
propio asombro- les fueron empujando hacia el río. Como recelaban una emboscada
no se decidieron a cruzarlo. Durante cinco días se prolongó un combate incierto
y poco enérgico, llegándose a cruzar el tiro a través del río y sin que ningún
combatiente se aproximara al adversario menos de quinientos metros. Cuando el
reconocimiento informó de la magnitud de la columna nacional todos los
republicanos del sector decidieron recogerse en la margen derecha y aguardar el
asalto, trasladándose y conservando el dominio artillero de la carretera. Hasta
el día 22 fueron capaces, con la concentración de toda la columna de Mazón en
un limitado sector frente al estribo del puente
-cavando
trincheras en las laderas y escondiendo los morteros entre los urces-, de
sostener el ataque enemigo que sólo esporádicamente y durante pocas horas logró
avanzar por la explanada opuesta: los últimos moros -las medias azuladas y los
amplios capotes, un pañuelo blanco y algún bonete rojo que asomaba entre los
setos- que enardecidos por el coñac barato intentaron durante siete días y sus
noches el asalto a las viejas torres de rajuela (y tal los descendientes de la
misma jarca, los mismos collares de hueso, de jade o de malaquita enhebrados
con hilo de esparto, los mismos rosarios y las mismas talegas de lino cargadas
con el fruto seco del Rif, el mismo polvo mogrebino que doce siglos atrás
vadeara el mismo río con las mismas voces agarenas para acuchillar a un
centenar de caballeros erguidos bajo los estandartes, cuyos lamentos y ruidos
de ferralla entre el chapoteo de los caballos el agua parece evocar y volver a
interpretar todos los años para conmemorar una fecha, los días de avenida) para
depositar bajo la mirada risueña e intemporal del león borbónico apoyado en su
blasón, unos cuantos cadáveres que a la luz de la luna en la explanada
brillaban como las gavillas en la era, sus capotes agitados por el céfiro de la
mañana mientras la luz del nuevo día despertaba los chillidos de los heridos,
enloquecidos por la sed, que arrastraban sus vísceras por la arena y llamaban a
sus compañeros de armas ocultos entre los espinos. La noche del 24 la brigada
de Julián Fernández -mucho más numerosa- se unió al grupo de Mazón, en espera
de que el ataque enemigo lanzara sobre aquel sector sus mejores fuerzas y
energías. Pero sin duda el enemigo, después de aquel primer y eventual revés,
decidió reorganizarse y reconsiderar la situación durante tres días de relativa
calma; por ambas partes cesó la acción y se prodigaron los reconocimientos, se
cavaron las trincheras, se consolidaron y reforzaron los puestos, se situaron
los nidos de ametralladoras sobre los puntos altos. En los últimos días de
septiembre el cáncer que amenazaba al organismo republicano presentó unos
síntomas que pusieron de manifiesto la envergadura del mal y el irremediable
final de aquel cuerpo enfermo que aún ayer tenia la apariencia de salud y de
reservas como para superar la crisis. Pero el cuerpo que en 1937 supo -haciendo
abstracción de sus propias desavenencias- olvidarse de sus males
constitucionales para combatir el mal exógeno se había abandonado ya al proceso
de la enfermedad, sacudido por los cañonazos rebeldes, las luchas entre grupos y
las diferencias personales, desmembrado en un número de facciones que ya no se
preocupaban de la salud del todo. Era un organismo -aquel Comité de Defensa
transformado en Ejecutivo Popular y vuelto a transformar en junta de Defensa-
no jerárquico, una especie de parlamento sin gobierno que se hallaba muy lejos
de poder salir al paso de las desavenencias y decisiones personales; por eso
pocas horas después de que un cabecilla abandonara airado la sala de juntas -en
el Ayuntamiento de Región o en el cercano edificio que requisó el Comité o en
la clínica de Sebastián o en aquel hotel de mala reputación, en la carretera de
la Sierrala gente del frente desertaba de sus posiciones para retirarse a un
feudo privado y continuar la campaña como francotiradores cuando no disparaban
contra sus antiguos camaradas de armas. Como a los diez días de ofensiva la
junta no supo tomar una decisión -ni siquiera la de abandonar Región- la
defensa se mantuvo y continuó en todos los puntos sin otro plan que el que cada
cual, en su frente, supo arbitrar al dictado de su juicio. El grupo de Asián,
Mazón y el viejo Constantino, partidarios de abandonar Región y de lograr en lo
posible una rendición negociada, logró en cierto modo conservar la disciplina
de la amistad y mantener durante toda la campaña una línea de conducía unánime,
ahorrativa y lógica aunque dictada por ciertos sentimientos derrotistas. La
negociación se hizo imposible -e inútiles todos sus esfuerzos y sacrificios-
por la intransigencia de otros grupos que, engañados por su fuerza y por su
credo, enarbolaron la insignia de la resistencia a ultranza sin pararse a
pensar en su famosa invencibilidad. Todavía en aquellos días finales del año el
mayor obstáculo para abandonar Región no lo constituían ni las cabezas de
puente de los insurgentes ni su desordenado e imprevisible cañoneo, ni los
ataques de la aviación que con sólo dos actos de presencia para ametrallar una
carretera apiñada de evacuados hizo cundir el pánico, sino las fuerzas de
Julián Fernández que, apostadas en todas las salidas y encrucijadas, más
dispuestas parecían a celar la observancia a las consignas de sus jefes que a
defenderse de la común agresión.
El 27 por
la noche, obedeciendo las instrucciones de un enlace despachado desde Región,
los trescientos hombres de la columna de Mazón -al socaire del bombardeo-
abandonaron sus puestos en
la explanada y,
divididos en pequeños
grupos y siguiendo
senderos diferentes, iniciaron su marcha hacia la Sierra para agruparse
de nuevo a unos veinte kilómetros aguas arriba de El Puente, al objeto de
franquear y asegurar un camino hacia la montaña que pudiera permanecer expedito
para los fugitivos políticos de Región. Rodeados éstos de la hostilidad de
todos los elementos de la 42 no contaban sino con la protección de una menguada
guardia personal, alojada en el mismo edificio del Comité, y el más que dudoso
apoyo de la gente de Asián que, con la ayuda de los alemanes, defendía en el
sector de Bocentellas el acceso directo a Región por la margen izquierda,
frente al grueso de las fuerzas de Gamallo, tan poco necesitado en apariencia
de la prisa y de la agresividad. Las acciones de Porticelle, de Nueva Elvira y
Bocentellas vinieron a definir las líneas de acción de una estrategia directa
cuyo objetivo no era difícil presumir; a finales de octubre entraba Gamallo en
Bocentellas, un pueblo incendiado entre cuyas ruinas yacían aniquilados los
restos de la vieja columna Theobald, tres docenas de alemanes, centroeuropeos y
judíos que, carentes de munición, optaron por arrojarse en los corrales en
llamas antes que entregarse a los insurrectos. Entonces se puso de manifiesto,
en toda su envergadura, el precio que había de pagar el mando de la 42 por sus
indecisiones de la quincena anterior. Porque en cuanto progresó el ataque en El
Puente, al afianzarse la posición en la margen derecha y cortarse en una
longitud de dos kilómetros la carretera de Región, el problema de dónde y cómo
y para qué plantear la defensa afloró con la más imperiosa e ineludible
urgencia toda vez que, en aquellas fechas, después de dos meses de lucha, era
fácil suponer adónde conducía la rendición. Sólo el viejo Constantino -el
primero entre los derrotistas que renunció a una solución pacífica- comprendió
que con el grueso de las fuerzas de Gamallo acampadas en la vega de Nueva
Elvira la única salida viable consistía en abandonar la defensa de Región para,
agrupando sus efectivos, tratar de anular la cabeza de puente y recuperar el
dominio de la carretera. En el curso de aquella última y dramática semana de
octubre Región quedó desierta; desierta quedará para siempre, comida por la
lepra de los disparos, las cubiertas agujereadas y las alcantarillas abiertas,
el viento que remolinea y susurra por los huecos abiertos, los lienzos
rasgados, las puertas que chirrían en sus goznes y golpean en sus marcos,
incapaces de cerrarse sobre una edad de vergüenza y estupor; hundida en el
polvo y rodeada -como la
Nínive de Jonás-
del fuego, la
ceniza y los
pedernales, emblema
desgraciado de aquella
voluntad fratricida. También
quedó a oscuras,
excepto por un instante en el colofón de la batalla,
aislada en aquel sombrío hinterland entre los dos ejércitos dispuestos a
asestarse el golpe mortal y -se diría- sumergiéndose lentamente en las
tinieblas de la historia, rodeada de los fugaces destellos del cañoneo y el
parpadeo de los vivacs, como las luces de los pequeños barcos pesqueros que han
abandonado sus faenas para acudir al punto donde se hunde el coloso. El avance
de Gamallo quedó detenido, con la noticia de la rotura del frente de la 42,
cuando sus avanzadas alcanzaron las primeras casas de la margen izquierda; pero
no se decidieron a entrar ni a cruzar siquiera el río mientras en la épave
repentinamente rodeada de sombras, humo y niebla, sonaron los ecos de los
combates callejeros, el ruido seco y espaciado de los pacos y la lánguida
respuesta de las ráfagas, creciendo en su furor hasta el inverosímil diapasón
del alarde final de una fiesta pirotécnica terminada en unas bengalas furtivas,
restos chisporroteantes y fumarolas rosas. Sin duda el viejo Constantino
adivinó su pensamiento y quiso anticiparse, en la medida de sus fuerzas: retiró
casi todos los efectivos del pueblo, lo rodeó de un cordón de vigilancia y
mediante esfuerzos recíprocos, trató de lograr la soldadura entre la 42 y los
restos de la 17 para embolsar la guarnición enemiga del Puente, decidido a
volver sobre el frente principal una vez que lograra terminar con la amenaza de
su flanco izquierdo. Pero en aquella operación de alivio los combates en El
Puente habían de prolongarse durante veinte días más en los que (a lo largo de
un sinfín de cambios de fortuna) aquella miscelánea landsturm española, formada
por campesinos, muy pocos obreros, viejos anarquistas y gente de doctrina,
comunistas de nuevo cuño, tres o cuatro militares de carrera fieles a la idea
republicana y unas quintas de jóvenes a los que sólo la conscripción fue capaz
de sacar de su atonía rural, volvía a demostrar los mismos vicios y virtudes
que en los tiempos de Aníbal y Sertorio: insegura y violenta, tan
indisciplinada en las horas de ardor triunfal como incontrolable en los
momentos de desmayo. Nunca fue otra cosa que una fuerza agresiva lanzada en pos
de la presa pero despectiva a toda previsión, indiferente a los planes y
carente en tal medida de fibra resistente que nunca supo consolidar sus
esporádicos triunfos- apenas dispuesta y preparada para soportar los rigores de
la guerre à outrance y, en cuanto su deseo agresivo quedaba satisfecho, su
apetito parecía liberarse de toda intención bélica y no ansiaba sino encontrar
un lugar donde marginarse y esconderse, para rehuir las consecuencias de su
anterior conducta; era como un animal en celo que tras consumar el acto sexual
busca inquieto, jadeante -los ojos desorbitados y el pelo erizado- un refugio
apartado y seguro donde cobijar su
agotamiento; aun cuando
las fuerzas republicanas
lograron en dos ocasiones alcanzar sus objetivos locales,
quedaron fuera de combate. Las dos cabezas de empuje lograron unirse, atravesando
de nuevo la carretera de Región, y forzar de nuevo al enemigo a pasar el río;
volvieron a ser cortados como consecuencia de los refuerzos que despachó
Gamallo -pacíficamente asentado frente a la desmoronada Región- y el combate
quedó limitado y centrado en la posesión de aquel paso. El siguiente empeño -el
más agresivo y sangriento, el único que la 42 combatió palmo a palmo, consciente
tal vez de que se trataba del último- se desarrolló en sentido inverso; tras
abandonar todo el sector entre la cabeza de puente y Región las fuerzas de la
República, antes de la huida final hacia la montaña, atacaron en dirección
norte-sur y llegaron a entrar en posesión de toda la llanada de El Puente -era
la segunda decena de noviembre y había caído la primera nevada- que en los
últimos días de su combate será el escenario de su final: su objetivo, su
trampa y su tumba. Al tener noticias de aquella postrer acción el viejo zorro
decidió sacudir su modorra y abandonar su campo frente a la vega del pueblo
para -cruzando a través de él sin necesidad de ocuparlo- ir a asestar el golpe
final a aquella desventurada fuerza que, deslumbrada por la conquista del puente,
no quería apercibirse de que ya no tenía reservas para defenderlo. Entonces se
le presentó la ocasión con que había soñado desde que empezó a planear la
operación: perseguir por el valle hacia aguas arriba, en dirección al norte y
con una división considerable y unificada bajo su mando, los restos de un grupo
de combate que trataría por todos los medios de buscar refugio en la montaña.
Retiró a los reclutas y a los moros, licenció los cuadros que habían demostrado
un comportamiento destacado y gallardo y, colocando los navarros en el frente
de avance, inició aquella lenta y segura marcha que debía terminar en los
antiguos dominios de sus mayores. Un mes más tarde, un día que debía visitar
las avanzadas y poco después de abandonar el cuartelillo que había organizado
en la clínica del doctor Sebastián, en un recodo de la carretera su coche fue
tiroteado por un grupo de guerrilleros y allí, en una cuneta y a media mañana,
murió junto a su chófer -sólo un ayudante escapó con unas heridas en la cabeza-
el hombre que, movilizando todo un ejército, había intentado, con el pretexto
de una vieja afrenta, violar la inaccesibilidad de aquella montaña y poner a la
luz el secreto que envuelve su atraso. Pocos días más tarde el Mando ordenó
suspender sine die la operación de limpieza y la guerra concluyó, en la Sierra
de Región, dejando las cosas (en lo que a la tradición se refieren) no sólo
igual que estaban el año 36 sino agravadas por la oculta y no desmentida
presencia de unos pocos hombres de la resistencia que buscaron su cobijo en los
terrenos prohibidos.
Años más
tarde se asegurará que se trata de un ejército fantasmal (con la ropa, la carne
y el cabello desteñidos); escondido entre los piornales, que flota vaporoso
sobre las ciénagas insalubres y que asciende por entre los urces, en las
madrugadas, al tiempo que se retira la niebla nocturna. Un nuevo regimiento
espectral que ha venido a unirse a los fieros voluntarios carlistas que
hundieron sus lanzas y clavaron sus gallardetes en el valle del
Tarrentino; a los
monásticos y rubios
y acorazados caballeros
que despiertan con
las avenidas de octubre para pasear su altivez y su desprecio por las márgenes
del río asesino; a los rencorosos guardianes y guardabosques de las viejas
mansiones, la carabina al hombro, las guerreras destrozadas y las barbas
enredadas con el mismo arañuelo parásito, como hilas de algodón, que se cría en
los rosales bravíos y en los espinos; a los viejos y hostiles pastores de ojos
menudos y vivos que habitan en las alturas y se esconden bajo sus montones de
leña. En realidad no hay una sola noticia exacta con referencia a aquellos
fugitivos que -una mañana muy fría de enero del año 1939- abandonaron el último
aprisco para, trepando penosamente por entre las laderas de brezo, perderse en
la niebla, un día tan cerrado que hasta los primeros farallones calizos se
ocultaban a la vista. Se dice que horas más tarde una serie de disparos llamó
la atención de una avanzada navarra que había ascendido hasta el refugio de
Muerte y que salió en descubierta, durante toda la tarde, para volver al mismo
sitio, empapados de agua y escarcha, sin haber podido encontrar el menor
rastro. Tampoco hay acuerdo acerca de la identidad y el número de los
fugitivos: quizá sólo eran diez o quince
-según el
sentir común- y entre ellos, Eugenio Mazón, el viejo Constantino transportado
en
unas
angarillas, herido en un pie y con un ojo vendado, el ahijado del doctor
Sebastián acompañado de aquel hombre maduro y enigmático que le había
acompañado durante toda la guerra, tres o cuatro soldados y -cerrando la fila-
el mayor de aquellos hermanos alemanes que miraba siempre hacia atrás (tenía
unos ojos de color de paja, una mirada inalterable no expresiva pero emotiva)
no tanto para vigilar como para despedirse de aquel valle del Torce donde
habían perdido la vida todos los suyos.
II
Ciertamente
era un coche parecido, del mismo color negro, a aquel en que se había marchado
su madre al principio de la guerra. Pero si el recuerdo de su madre se había
borrado --una miríada de pequeños cambios por medio de los cuales se transforma
el contacto de una mejilla en el sabor de una manzana-, el del coche había
quedado, aislado en la memoria e inatacable al dolor. Toda la tarde permaneció
cerrado en la carretera, bajo la sombra de una encina, un poco apartado. Toda
la tarde lo estuvo observando desde lejos, de detrás de una cerca de piedras,
los ojos clavados en sus dos grandes faros, incapaz de curar con el recuerdo
aquello que la memoria ha sellado con dolor; hasta que de improviso una mujer
de elevada estatura apareció junto a él. Un bolso le colgaba del hombro;
llevaba unas gafas oscuras que se quitó al abrir la portezuela, encendió el
cigarrillo y se introdujo en el coche, después de mirar al cielo.
Entonces
echó a correr, a través de los campos de centeno recién segados, saltando las
cercas de piedra,; toda la mañana había estado limpiando el caz, con una azada
de mango largo, los pies metidos en el agua; cuando se sentó a comer divisó por
primera vez la nubecilla de polvo en la carretera de Región, pero no se
sobresaltó. EL conocimiento que en vano interroga a la voluntad acerca de un
registres sepultado bajo la soledad, bajo mil tardes soleadas de abandono, se
transforma en malestar e inquietud; apenas podía masticar el pan de centeno y
poco a poco fue perdiendo el hambre, mientras contemplaba la nube de polvo que
avanzaba lentamente hacia él. Cuando llegó a la casa no te:7ía resuello y la
camisa le colgaba de la cintura; saltó la verja, corrió a la cuadra, trepó al
sobrado y, arrastrándose por la paja, se acercó al ventanuco para observar cómo
la mancha negra doblaba un recodo al tiempo que la nube de polvo rojizo
ocultaba momentáneamente la revuelta de la carretera. Raras veces se había
atrevido a entraren aquel cuarto y menos a las horas en que el Doctor -en los
últimos años apenas abandonaba aquella habitación- acostumbraba a dormir la
siesta en
el viejo sillón de cuero negro. Abrió la puerta de un golpe, el Doctor alzó la
cabeza y le vio temblar en la penumbra: una figura corpulenta y torpe, con el
torso medio desnudo y la cabeza desdibujada,
unos grandes lentes,
una maraña de
pelo prematuramente engrisecido y
esas facciones carentes de energía y carácter de quien ha madurado en la apatía
e ignorancia.
-Ahí
viene dijo.
El
Doctor, reclinado en el sillón con los pies encima del taburete, apenas se
movió.
-¿Qué
dices? ¿Qué haces ahí?
La
conciencia y la realidad se compenetran entre sí: no se aíslan pero tampoco se
identifican, incluso cuando una y otra no son sino costumbres. Raras veces un
suceso no habitual logra impresionar la conciencia del adulto sin duda porque
su conocimiento la ha revestido de una película protectora, formada de imágenes
adquiridas, que no sólo lubrifica el roce cotidiano con la realidad sino que le
sirve para referirlo a un muestrario familiar de emociones. Pero en ocasiones
algo atraviesa esa delicada gelatina que la memoria extiende por doquier
-aunque no conoce ni nombra- para asomar con toda su crudeza y herir a una
conciencia indefensa, sensible y medrosa que sólo a través de la herida podrá
segregar el nuevo humor que la proteja; y entonces se convierte en una
costumbre refleja, en conocimiento ficticio, en disimulo ya que, en verdad, el
miedo, la piedad o el amor no se llegan nunca a conocer. Hay una palabra para
cada uno de esos instantes que, aunque el entendimiento reconoce, la memoria no
recuerda jamás; no se transmiten en el tiempo ni siquiera se reproducen porque
algo -la costumbre, el instinto quizá- se preocupará de silenciar y relegar a
un tiempo de ficción. Sólo cuando se produce ese instante otra memoria -no
complaciente y en cierto modo involuntaria, que se alimenta del miedo y extrae
sus recursos de un instinto opuesto al de supervivencia, y de una voluntad
contraria al afán de dominio- despierta y alumbra un tiempo -no lo cuentan los
relojes ni los calendarios, como si su propia densidad conjure el movimiento de
los péndulos y los engranajes en su seno- que carece de horas y años, no tiene
pasado ni futuro, no tiene nombre porque la memoria se ha obligado a no
legitimarlo; sólo cuenta con un ayer cicatrizado en cuya propia insensibilidad
se mide la magnitud de la herida. El coche negro no pertenece al tiempo sino a
ese ayer intemporal, transformado por la futurición en un ingrávido y abortivo
presente. El Doctor lo comprende y le mira; «vamos, vamos» porque sabe que el
que padeció el abatimiento, el horror o la piedad está ya inhabilitado para
saber lo que son y para buscar su propia cura; sabe que tampoco es del tiempo
aquella mañana en la fonda del cruce, aquella mañana que degeneró en tarde
mientras esperaba, con su cabás en el suelo, sentado en la cerca de la
encrucijada, la llegada de María Timoner. Allí está el miedo, el abatimiento,
la pérdida de la justificación de un sí mismo que en adelante tendrá que
desconfiar, rehusar toda esperanza, anhelar un fin. Más tarde, cuando abra la
puerta, tendrá que decir: «Dormir, sí, dormir ¡es tan obvio! El amor también es
lo obvio, una vez ausente no caben los pretextos ni la justificación nada vale
por sí mismo. ¿La curación? ¿La curación de los demás?, ¿cómo es eso?». No
existe la confianza y por tanto ya no tiene necesidad de registrar el tiempo;
tampoco pertenecen a él aquellos pasos, en el salón vacío, tras el golpe de
navaja; un grupo de hombres armados -y sus voces susurreantes, los crujidos en
la escalera- que suben en la hora morada del crepúsculo la media docena de
peldaños, no pertenecen a nada porque si están presentes es que fueron y ya no
serán: vuelven casi todas las noches (silbantes, barbudos y apenas visibles,
los pasos lastrados con el peso de las armas y la fatiga de la caminata, el polvo
del desierto) para desvanecerse con los portazos de la madrugada; existe
también, colgado en el perchero, un pesado capote de lana que aún conserva,
tras una posguerra sin ser utilizado, la humedad de una noche de búsqueda;
existe solamente un largo y espasmódico instante nimbado por la luz de un
arrebato juvenil convertido en desolación, carente de significado, de pasado,
de dolor y de esperanza. Y el atardecer junto al cristal de una ventana que
recoge la luz para mostrar la penumbra de la habitación, un largo y sombrío
corredor de paredes
lívidas y desnudas
y un piso
cerámico con las
losas levantadas y un ribete de azulejo de dos colores sangrientos; era
una casa vieja y destartalada, carente de gusto; casi todas las habitaciones
carecían de muebles, los pocos que quedaban se habían agrupado en los rincones,
las paredes delataban las sombras de los espejos, los cuadros y los diplomas
con que un día las decoraron para preservar su primitivo color. Tan sólo el
despacho del Doctor conservaba la mayor parte del antiguo mobiliario: una
desordenada estantería, repleta de periódicos viejos, libros y revistas
desencuadernados, alguna botella vacía, una mesa de despacho en las mismas
condiciones, una lámpara de flecos y el viejo sillón tapizado de cuero negro
con los brazos y el respaldo gastados hasta el relleno por donde asoman los
muelles y donde un hombre -identificado con el mobiliario-, ya entrado en años,
contempla el atardecer en el cristal de la ventana, esa fortuita e ilusoria
coloración (el jardín en abandono desde aquella hora del ayer -más acá y más
allá de los climas, las estaciones, los años y las vigilias- que lo redujo a un
solo sentido en la duración, apenas alterado por el tremolar de una bandera, el
disparo de un cazador o el vuelo de un aguilucho) resucitada en las primeras
noches del otoño y con las primeras sombras de los arbustos -siempre la ficción
de un movimiento abortado, un haz de ramas que creció demasiado y que se
inclina sobre el suelo para traer a la memoria aquel andar encorvado- en torno
a un momento en suspensión en el seno de un ayer incoloro, saturado de un pudo
ser que no precipitó. Ya no había tañido de campanas, había callado el susurro
de los álamos, el griterío de las tropas, el eco de los disparos, el clamor de
las canciones guerreras repetidas con infatigable y gutural timbre por las
radios victoriosas, para dar paso al transcurso de las horas bajo cuyo
imperceptible oleaje se sumerge el podría-haber-sido que a sí mismo se sucede y
se destruye. «Ah, no es el tiempo -dirá después, cuando abra la puerta- ni
siquiera el miedo, el único aparato de medida que tiene la conciencia; es la
falta de otra cosa lo que le hace ser algo. Es la falta de otra cosa...» Había
perdido todo color; sus ojos carecían de color, ni su traje era negro ni blanca
su camisa; como si sus propios colores -y las palabras, por supuesto-
estuvieran hechos de un género que había dejado de ser lo que era. Se levantó
con lentitud, se acercó a la otra ventana que estaba cerrada, abrió el frailero
y observó con parsimonia el tramo de carretera. Luego, con el pulso agitado,
volvió a cerrar el frailero y, desde detrás de la mesa, contempló al joven
-enmarcado en el umbral- con acusado desconcierto y pesadumbre. «Vamos - le
dijo- vamos.» De un cajón de la mesa sacó una llave y unas cuerdas. Sus ojos,
dentro de las gafas, parecían inundados de lágrimas y su labio inferior, con la
boca entreabierta, temblaba intensamente. «Vamos, vamos», repitió al avanzar
por el pasillo y subir la escalera. En la habitación de arriba no había más que
un camastro de hierro, una palangana en el suelo y unas alpargatas, unos
montones de ropa descuidada y sucia, salpicada de barro y paja. La ventana se
hallaba protegida por una gruesa y doble malla metálica cuya pantalla exterior
estaba salpicada de mariposas de luz e insectos muertos. Le volvió la cara
hacia la ventana y le juntó los pies; luego, sin necesidad de hacer mucho
esfuerzo, en tal grado parecía el joven acostumbrado a ello, le ató los codos
junto a la espalda dejándole las manos libres. Cuando hubo terminado le fue
empujando con suavidad hacia el borde del camastro y le obligó a tenderse de
costado, con la cara vuelta hacia la pared. Le dijo unas palabras al oído y, al
tiempo que sacudía unas briznas de paja de sus pantalones, unas pocas espinas
clavadas en ellos, le dio unas palmadas en el hombro y se retiró del cuarto
echando la llave, con dos vueltas a la cerradura.
El
automóvil se detuvo a muy poca distancia de la verja del jardín de la antigua
clínica. Oculto tras el frailero observó cómo la mujer abría la portezuela y
salía del coche -mirando con atención la casa- sin preocuparse de volverla a
cerrar. Al cabo de un rato sonó la campanilla pero el Doctor no se atrevió a
abrir. Cerró el frailero, recorrió toda la planta baja para comprobar que todas
las puertas y ventanas estaban cerradas y de nuevo subió a la habitación del
joven, en la segunda planta, al fondo de la escalera, para escuchar su
respiración a través
de la puerta:
era una respiración
profunda y acompasada
que a intervalos regulares
producía un débil chasquido metálico al igual que un reloj eléctrico;
permaneció así, sentado al pie de la puerta cerrada durante un largo rato
computado por el compás del aliento, apenas alterado por los campanillazos del
piso de abajo, tras espaciados y pacientes silencios. Bajó otra vez -inquieto,
en actitud de malestar y desasosiego- y se puso a rebuscar algo en su despacho
sin saber claramente de qué se trataba. En su dormitorio, sobre una vieja
cómoda en desuso, había un montón de papeles y trastos de debajo de los cuales
extrajo una botella en la que quedaba un poco de licor amarillento. La llevó al
despacho, entreabrió de nuevo el frailero para comprobar una vez más la
presencia del automóvil (con las puertas cerradas seguía en el mismo sitio y
recibía en los cristales el último sol de la tarde) y echó un largo trago de
licor. Luego empezó a toser y a mover la cabeza; parecía desacostumbrado al
sabor de la bebida. Unos pasos femeninos se oyeron en la acera de loseta,
agrietada y hueca; se tumbó de nuevo en el sillón, con la botella sujeta por el
cuello, colocó los pies en un banquillo y se metió un dedo en la boca para
tratar de conciliar el sueño. No le despertó la campana sino un grito en el
piso de arriba, un grito largo y agudo que pareció cortar en dos el silencio de
la casa; volvieron a escucharse los pasos, una mano golpeó los librillos de la
persiana y se repitió el grito, seguido de unos golpes violentos del cuerpo que
se bamboleaba sobre el colchón y trataba de desembarazarse de sus ligaduras.
Espió el jardín por una rendija de la contraventana y sólo llegó a ver una
sombra que apenas se movía; subió una vez más, diciendo «calma, calma» en cada
peldaño. En el rellano escuchó sus sollozos, en la puerta dio unos golpes con
los nudillos. «Vamos, vamos», dijo. Vaciló un instante y a la postre pareció
adoptar la decisión a la que tanto se había resistido; fue a un cuarto de baño
y de un armario pequeño, blanco y despintado, extrajo la jeringa y
las agujas hipodérmicas
que limpió con
alcohol, sin necesidad
de hervirlas. Mientras -con el
pulso tembloroso pero con una destreza que indicaba una larga práctica- llenaba
la jeringa con una sola mano, sosteniendo en alto la ampolla con dos dedos, la
campanilla volvió a sonar con inusitada insistencia y el grito se repitió en la
habitación de arriba. Con la jeringa en alto, descorchó la botella, echó otro trago,
subió las escaleras y volvió a golpear con los nudillos. «Vamos, vamos, ¿cómo
estás? Échate boca abajo.» Escuchó con el oído pegado a la puerta, accionó la
cerradura con la derecha y la abrió de un golpe con el hombro. Sin darle tiempo
a que volviera la cabeza se sentó junto a él, pasó su mano libre por debajo de
su cintura, le soltó el cincho, le bajó un poco el pantalón y le clavó la aguja
en la nalga, con temblor y con destreza. Cuando hubo terminado respiró
profundamente y se pasó la mano, con la jeringa vacía, por la frente salpicada
de sudor. El joven yacía con la cabeza ladeada sobre el colchón sin sábanas, la
boca entreabierta y jadeante y el pelo desordenado; sus gafas se habían
deslizado por la cara y el ojo, pegado a la pared, parecía acomodarse a su
liberación de la visión con un parpadeo lento y rítmico, como la respiración de
un pez recién cobrado, tirado a la orilla del agua. Un mechón de pelo se había
metido en su boca; la nariz, los labios y la barba se hallaban mojados de
lágrimas.
En el
umbral de la puerta surgió la figura enlutada del Doctor, rodeada de sombras, y
mientras sostenía el pomo la miraba sin asombro, sin curiosidad ni reproches
-huraño y reconcentrado trataba en vano de recuperar la penumbra fétida
anterior al gesto que parecía exigir una justificación. No la había ensayado
porque cuanto más larga es la espera más de improviso surge la resolución;
parecía que -mirando a la mujer y al cielo alternativamente- buscaba unas
razones que no había olvidado pero que no recordaba: «Oh, sí, he abierto, claro
que he abierto. Qué importa a quién. Qué importa cuándo; tarde o temprano había
de llegar este momento, cosa que ya sabía cuando decidí la reclusión. Ha
llegado usted, aunque algo tarde. También podía no haber llegado y hubiera sido
igual, una prolongación de la tardanza. Usted sabe a qué me refiero, no vale la
pena entrar en detalles, che senza speme vivemo in disio. ¿Que si hubo un
tiempo en que eso no era así? ¡Qué pregunta! No, no, no es orgullo; hay una
reclusión y una renuncia y un abandono de todo menos de la paz consigo mismo
que no están dictados por la cobardía sino por el orgullo. Pero ¿qué tiene que
hacer aquí el orgullo, me pregunto yo? Le gustaría saber que en mis primeros
años de profesión recorrí estas tierras sin otra cosa que un carro, una mula,
una cocina de petróleo, una pizarra y una campanilla; y que yo mismo me
anunciaba a gritos en las plazas de los pueblos, para sacar muelas, asistir en
los partos y curar la hidropesía. Así que no se trata de orgullo; si me dijera
usted la lógica, ah eso es otra cosa. Y eso es lo triste, porque nos es dada
una lógica para pensar acerca del futuro y un pasado sobre el que comprobar los
resultados. Y para concluir le diré que no he recelado en ningún momento, ni
siquiera cuando esperaba ahí adentro. Le diré otras cosas también, cosas que no
sirven de nada -ni siquiera para agudizar el entendimiento- para quien, como a
usted, le queda algo que hacer. La he estado observando con atención desde que
llegó y he llegado a la conclusión de que le sobra confianza; es curioso cómo
una persona que dice carecer de esperanza puede llegar a confiar tanto. No sé
en qué, y sin embargo es así; no, no me refiero a unos vaticinios que ni
siquiera existen: ya no existe la rueda a la que podríamos consultar. No
importa, tengo y guardo una cierta seguridad acerca de la clase de fin que nos
espera y por eso pienso a veces que la única nota positiva que hay en mi
carácter radica en mi falta de resolución. Estoy seguro también de que -por
miedo, cobardía, desgana- esta situación se ha prolongado demasiado. Todo
termina cuando se agota el deseo, no cuando se nubla la esperanza; pero el
deseo que busca una explicación y trata de justificarse, se contradice consigo
mismo; de forma que la edad de la razón y la lucidez no es más que una
supervivencia -y quizá inmortal, como la gente cree, porque es lo único
transmisible. Y si no es eso ¿qué otra cosa le importa a usted de mí? Por eso
¿qué razón podía tener en negarle la entrada o si usted no desea entrar, en mantener
cerrada la puerta?». Apenas la había abierto en casi dos años. La casa era una
residencia rural de dos plantas, de ese gusto tan civil y solemne que el siglo
xix implantó por doquier sin hacer distinciones entre la casa ciudadana y la de
campo, construida sesenta años atrás para un indiano que no pudo verla
terminada; la rodeaba por todas partes un pequeño jardín en estado salvaje -las
ortigas y matoganes habían destruido el antiguo trazado, habían invadido los
muros y desnutrido los árboles, habían pandeado las columnas del porche y se
había vencido el balcón- limitado por una verja de puntas de lanza, casi todas
descabezadas o desplomadas; se había perdido el farol de la entrada -sólo
quedaba el arco que lo sustentó- y la puerta se había cegado con unas chapas de
bidón, de donde colgaba la campanilla. Un poco antes había caído un breve
chaparrón y todos los canalones goteaban por las juntas abiertas. El sol
empezaba a declinar sobre la colina de negrillos y encinas iluminando con
reflejos anaranjados los bordes de una cabellera que aún no había perdido color
ni suavidad; era una mujer entrada en años pero al contraluz era difícil
pronosticar su edad; su cara no era pálida ni delgada pero su sonrisa era de
cansancio, sublimación instantánea e involuntaria de un arte del disimulo que
desea -pero no quiere- dejar traducir el verdadero estado de su ánimo en un
atardecer en el campo; iba enfundada, en un ligero abrigo de color canela,
apretado a la cintura, calzada con unos zapatos de tacón bajo y el pelo
recogido bajo un pañuelo de seda cuyos lazos caían a la espalda con displicente
y macabra soltura. No parecía impaciente, había llamado sin prisa ni excitación
y ahora sonreía entre luces confusas -mientras las briznas de pelo en la frente
eran agitadas por la brisa vespertina- con la misma serena, cruel y pedante
delectación con que el agente de cobro llama a la casa en crisis; una casa, en
verdad, en crisis, una clínica en la que sólo lo incurable tiene acogida y en
la que no se sabe de otra cosa (el doctor, el portero, el paciente o lo que
fuera) que de la predestinación.
«Aguarde»,
dijo al Doctor. Mientras ella volvía al coche observó de nuevo el cielo al
tiempo que dejaba la
puerta entreabierta. Por
encima del horizonte
asomaba una silenciosa explosión de nubes anaranjadas y
malvas y de tanto en tanto dejaba de soplar la brisa y callaba la hojarasca
para, al dictado de un compás extravagante, dejar oír el murmullo de los
insectos y de los pequeños regueros que corrían bajo los arbustos. Sacó del
bolso un pequeño billetero de cuero y de él extrajo una tarjeta-una antigua
tarjeta amarillenta y arrugada con los bordes comidos y sucios (¿o era tal vez
una fotografía?) que alargó al Doctor.
«Dígame,
¿usted sabe si...?»
«¿Yo?
¿Cómo quiere que yo sepa algo?»
Porque
apenas se molestó en mirarla. Se diría que no tenía necesidad de leerla o que
-tras una rápida y sagaz mirada de reojo- prefería recurrir a un pretexto para
justificar su falta de disposición.
«No tengo
los lentes, perdone.»
Pero ella
no la recogió, mirándole de frente y moviendo la cabeza con un gesto en el que
resumía una mezcla de desprecio y lástima y una intención de no conformarse con
su recusación. La observó de nuevo y comprendió que en su actitud -sobre todo
en una expresión que ya no sonreía y en una mirada que, con serenidad, no hacía
ningún esfuerzo para evitar el parpadeo- había más firmeza (y quizá menos
esperanza, más cansancio) que la que había presumido. Había traído también un
pequeño maletín de viaje que, con el bolso, sostenía con ambas manos con
paciente tranquilidad como si en lugar de una resolución del Doctor esperara la
llegada del tren. Pero él bajó la vista, sacó medio cuerpo fuera, se apoyó en
el umbral y mirando hacia la carretera de Región, dijo:
«Es muy
mala carretera.» Ella asintió sin responder una palabra. «Y eso que ha elegido
usted el mejor momento. Dos o tres semanas más tarde y no hubiera sido capaz de
llegar hasta aquí. Primero las lluvias, luego la nieve y después el barro; todo
conduce al desaliento. Así que durante cuatro meses sólo es posible subir con
caballerías. ¿Y para qué? Porque al cabo de una breve temporada aquel que ha
logrado prevalecer se acostumbra de tal modo a la paz y el aislamiento que
pronto tiene que renunciar al viaje- de vuelta. Ése es el principio del mal.
Luego ¿quién es capaz de recobrar las antiguas ilusiones?» Volvió a mirarla con
intención admonitoria: «Así que antes de seguir adelante deseo que comprenda el
riesgo que corre. Es fácil llegar pero...» .
«Sabe
usted de qué se trata? ¿Por qué se imagina que ando buscando el aislamiento?»
«No; ni
sé nada ni nada me imagino, créame. Tampoco quiero saberlo porque no me importa
la raíz de la enfermedad. Y en cuanto al remedio... no está a mi alcance.»
«¿Tan
desesperado considera usted el caso?»
Alejó la
tarjeta de su vista todo lo que daba el brazo como para leerla sin necesidad de
los lentes. Después de darla muchas vueltas y examinarla como un experto que
recela una falsificación, se la alargó de nuevo:
«Desde
luego, totalmente. Fuera de toda duda. Un caso perdido.» No tuvo la menor
vacilación. «Dentro de poco se pondrá el sol. Pero lo de menos es saber la
razón que se esconde detrás de tanto despojo. No he visto nunca su astucia pero
no hablemos de eso ahora -recordó entonces el ritmo de los campanillazos
tranquilos y perentorios- lo importante es saber hasta cuándo será capaz de
facilitar unos recursos equivalentes a los que consume. El viaje es una locura,
por supuesto. No hay curación, si eso es lo que desea saber.» Parecía decidido
a no hablar más y a soslayar su presencia volviendo la mirada al fondo de
árboles, con gesto indiferente y un poco despectivo, como el de ese portero de
un club que pretende sustraerse a la presencia de un borracho inoportuno. Se
contuvo, no quiso dejar vislumbrar que apretaba la boca y apartaba la vista
porque en un instante =pasajero pero recurrente- comprendió el dolor que le
producían sus propias convicciones, lo mucho que había deseado
-en otra
edad, con otro dolor- haber permanecido en otras no tanto anteriores como menos
razonables. Aspiró por la nariz y se apretó las solapas de la chaqueta para dar
a entender el fresco que se avecinaba; de nuevo la miró de frente, balanceando
la cabeza con suavidad, con un gesto en el que se combinaban la reconvención,
la sorna y la compasión.
«Quizá
tenga usted razón.» Aún sujetaba el maletín con ambas manos. «Lo pensé durante
muchos años pero no me decidí a hacerlo nunca. No porque fuera una locura, como
usted dice, sino porque temía echar a perder lo único en verdad cuerdo y limpio
que tenía en mi haber. Luego, es la incertidumbre lo que se convierte en
locura, el resto es curación, extirpación tal vez. No es que lo comprenda ahora
sino que lo confirmo, con mi presencia aquí; siempre había sabido y temido que
la parte cuerda terminaría por triunfar; es decir, lo que llaman ustedes la
parte cuerda, todo lo contrario de lo que yo entiendo por eso. Pero no podía
permitirlo sin intentar, como último recurso, la prueba final que tanto tiempo
me resistí a llevar a cabo para no caer en la desesperación de la cordura, del
buen sentido y de la resignación. Sin duda que tiene usted razón, doctor -había
abierto el bolso para sacar un pañuelo y llevárselo a la nariz, pero no lloraba
ni moqueaba; era más bien un gesto de forcejeo, como quien saca un dinero para
forzar una transacción a la que el vendedor se resiste-; lo que no sabe usted
es hasta qué punto lo es; lo de menos es que lo parezca para quien es razonable
y goza de buen sentido; lo terrible es que representa una locura para quien no
ha podido salir nunca de la...»
«¿De
la...?», preguntó el Doctor.
«Tenía
entendido que esta casa era el lugar a propósito para curar... tales dudas.» El
Doctor no se inmutó; se inclinó -apoyado en la jamba- para encajarse una
zapatilla en el pie izquierdo. «Usted no pide eso», dijo al tiempo que
recobraba la compostura. «Yo no he pedido nada,
todavía.» Cerró el
bolso, a sabiendas
de que podía
ser el último
gesto de la conversación del cual no le quedaba otra
cosa por hacer que guardarse su dinero. «El camino de la Sierra; no muy lejos
de aquí había, hace tiempo, una venta de no muy buena fama. ¿A cuántos
kilómetros?» «Ya», respondió el Doctor. El bolso sonó; estaba impaciente pero
no inquieta; había algo en
ella que no era entusiasmo pero que rezumaba determinación -incluso en sus
pasos-. «Hace muchos años que se cerró. Está en ruinas. Sólo de vez en cuando
acampan por allí algunos gitanos, y los que van a cazar el rebeco.» Miró al
cielo con recelo, como si aguardara la reanudación de la tormenta. «No
comprendo qué se le puede haber perdido por allí. Parece cosa de leyenda.»
Había y se percibía- en sus palabras una íntima contradicción; se diría que
salían de su alma muy contra su voluntad, como si repitiera una lección en cuyo
recitado se traduce el esfuerzo con que la hubo de aprender.
«Se deja
usted esto», le dijo, al tiempo que le alargaba la tarjeta.
« ¿Eso?»,
preguntó. «Era una tarjeta de presentación. ¿Para qué la quiero ya?»
«Ya», la
agitó en el aire, como un abanico. «No comprendo su interés, se lo repito. No
comprendo siquiera su actitud. Son cosas pasadas. ¿A qué viene todo esto? ¿Es
que no están bien donde están? Son cosas pasadas que ya no cuentan; lo único
que cuenta es esta paz.
¿Sabe
usted que mañana puede quedar un día muy hermoso? Ya lo creo, fresco y limpio,
un día muy hermoso.»
«Eso es
lo que quiero; que me diga que no cuentan. Eso es justamente lo que necesito;
que me lo diga la única persona para quien es lo único que cuenta.»
«Va usted
a coger frío si se queda ahí. Estas noches son muy traidoras.» Avanzó unos
pasos, cruzó delante de ella -sin mirarla- y cerró la puerta que había estado
entreabierta.
«Hace
mucho tiempo que dejé de recibir visitas.» Una ligera ráfaga de viento
entreabrió la puerta de la casa y por primera vez -al tiempo que volvía- acercó
el papel a los ojos con intención de descifrar lo que en él había. «Tenga la
bondad de esperar un momento; parece que se nos echa encima el mal tiempo. Aquí
el verano dura poco, muy poco. Verdaderamente el verano dura muy poco -trataba
de leer la tarjeta por ambas caras- muy poco.» En el vestíbulo en penumbra
vislumbró unos viejos sillones de tubo, de los que menudean en los hospitales,
y unas hojas de periódico diseminadas por el suelo. Del interior emanaba un
intenso tufo a habitaciones cerradas, que no habían sido ventiladas en varias
semanas. Un calendario farmacéutico colgaba todavía en la pared y conservaba
algunas hojas de un año muy atrasado; los sillones -y una pequeña mesa de
recibidor- estaban cubiertos por aquellos almohadones y tapetes de lana
bordada, de colores ajados, que constituían el mejor exponente de aquel ingenuo
arte de náufrago, nacido y muerto en aquella casa: un borrico con alforjas y un
campesino con paraguas, un ocaso entre palmeras, el campanario de una iglesia y
el puente sobre el río, concebidos entre suspiros y desoladas miradas a la
ventana, trazados con esa licenciosa, paciente e inútil prolijidad que sólo con
la espera, la falta de otro quehacer -pero no el recreo- puede prolongarse y
ramificarse un entretenimiento pueril. Eran sin duda la obra de aquella mujer
de la que había oído hablar durante la guerra; había permanecido tejiendo
durante todo el tiempo que estuvo casada, multiplicando por doquier su bordado
ingenuo para llenar las horas que su marido la dejó sola, ocupado en buscar por
el monte el objeto de sus afanes, sentada sobre un sillón y ocultando debajo
del cojín (por temor a que pudiera entrar el Doctor y sorprenderla con
semejante lectura) un libro de higiene sexual para jóvenes cristianas que nunca
logró terminar y que siempre leyó a hurtadillas, entre miradas alarmadas y
acechantes, entre profundos suspiros e impacientes convulsiones. Porque en los
años que duró su inmaculado matrimonio ni siquiera el bordado le dio un momento
de paz. Se diría que el sobresalto que le procuró el Doctor al personarse en
casa de sus padres para contraer matrimonio le había de durar hasta su lecho de
muerte.
Por lo
menos, ya no le dio ninguno más; a los tres días había desaparecido, enfundado
en su gabán de color tostado y su sombrero de ciudad. Por primera vez, al cabo
de unos meses, había enviado desde una ciudad remota que ella no conocía
(representaba una calle céntrica, invadida por la gente, los tranvías y los
coches) una postal que decía: «No dejes de cuidar las plantas. Si se obstruye
el desagüe del baño avisa a Feliciano, el de la fonda. Tuyo, Daniel» y que
guardó entre las páginas de aquel libro prohibido. No podía dejar de mirarla
todos los días, absorta, extraviada, ilusa y estupefacta, enajenada por aquella
palabra «tuyo» a la que volvía una y otra vez para confirmar esa posesión a la
que sin duda se refería el libro de higiene sexual; acaso aquellas miradas y
aquellas lecturas estaban hechas de la misma sustancia que la plegaria gracias
a la cual -y al arte del bordado- fue capaz de alimentar y resistir su deseo
sin necesidad de pensar en el amor. Tal vez lo habría recusado, una sola
decepción le habría bastado para buscar su refugio en el sillón, el libro
escondido en la rendija del almohadón y la postal guardada entre sus páginas.
Al término del primer año
-con la
llegada de la primavera y el cultivo de las plantas que él dejó- comprendió lo
feliz que era, la mucha fortuna que le había deparado su matrimonio. Su suegra
-atacada por el reuma- dormitaba y languidecía en una habitación del piso de
arriba hasta que, desilusionada, cansada de esperar una cena caliente y un
cuadrante para apoyar la espalda antes de dormir, se fue a vivir con otra hija
casada que apenas la tuvo que soportar más de dos años. A partir de entonces
nada había ya que la distrajera de sus. pensamientos; debía sentirse tan íntima
y constantemente unida al Doctor que empezó a temer el fin de una época tan
venturosa y a recelar la llegada del intruso. Llegó una noche, sin hacer ruido;
sus manos tejían incansables mientras su mirada descansaba sobre la postal y el
libro abierto en su regazo, cuando se abrió la puerta y él dijo: «Buenas
noches». Enfundado en su gabán de color tabaco, tocado con su sombrero de
ciudad, no hizo sino dejar el maletín en una silla; cerró de nuevo la puerta y
se fue al baño para observar si funcionaba el desagüe. Cuando volvió habían
desaparecido el libro y la postal y ella, vuelta de espaldas, con la cabeza
escondida en el respaldo del sillón, lloraba intensamente. Con sumo tiento -y
andando de puntillas- volvió a coger el maletín, atravesó la habitación y abrió
el armario donde guardaba el instrumental, los específicos, los libros de
consulta. Sacó del maletín unos cuantos trastos y frascos vacíos y los
sustituyó por otros del armario hasta que quedó repleto. No se oyó sino el
ruido de la cerradura, los sollozos ahogados contra el respaldo del sillón. Al
pasar junto a ella -andando de puntillas, observó entonces, con cierta
sorpresa, aquella desordenada floración de almohadones y tapetes bordados con
dibujos infantiles- se detuvo un instante, de la rendija del sillón extrajo el
libro cuyo titulo leyó y tras depositarlo en el mismo sitio y decir «Buenas
noches», cerró la puerta con el mismo sigilo con que había entrado. No se había
quitado el gabán ni el sombrero, pero a partir de aquella visita sus cartas y
postales se hicieron algo más frecuentes, dos o tres por año. En una de ellas,
que representaba una parada militar, había tratado de reconfortarla con una
frase de la que ella sólo entendió las tres últimas palabras: «No existen otros
pecados que los de pensamiento pero cuando sólo hay pensamiento, todo es
virtud. Tuyo siempre, Daniel», a la que siguió meses más tarde, aquella otra
con una vista del Tibidabo, que decía: «La virtud, para serlo, no puede esperar
nunca su recompensa. Hasta pronto, Daniel». Murió virgen, sin haber llegado a
saber nada del hombre con quien estuvo casada durante veinte años, y
probablemente sin haber podido salir del asombro (al que tampoco fueron ajenos
sus padres) con que se llevó a cabo el enlace
-fue
sorprendida una tarde de lluvia (su padre era guardabarrera de aquel
ferrocarril de
Macerta
que nunca entró en servicio) por aquel médico, siempre enfundado en un gabán
entallado y largo, tocado con un sombrero de fieltro, cuyo nombre supo por
primera vez en una parroquia arrabalera de Región, y transportada en aquel
coche que hacia las delicias de sus padres, hasta una clínica de reposo de la
que tomó posesión tras ser conducida ante la presencia de una señora vieja,
enlutada y obesa cuyo desprecio no pudo manifestarse, anegado por el encono que
subía de su pecho al tiempo que el Doctor, desde el umbral, le decía: «Te
presento a la señora Sebastián. Ésa es mi madre», con el acento y el laconismo
de quien se dirige al empleado incumplidor para presentar su mesa -no su
persona- al sustituto que aguarda detrás, 1
y sin haber dado al mundo otros frutos que aquellos engendros del tedio,
del asombro y de la ignorancia, unas cuantas labores de ganchillo y aguja que
aún colgaban de las paredes y cubrían los sillones del recibidor.
Pero no
se trató de un engaño ni un abandono ni -mucho menos- una venganza; lo primero
porque, al parecer, a ella misma le confesó abiertamente su propósito la tarde
de la declaración, apoyado sobre la barrera del paso a nivel mientras los
padres de la novia, muy alborotados y ocupados con el baúl de la dote, entraban
y salían de la caseta, entre gritos y carreras, fascinados por el coche de
alquiler que esperaba a la puerta. Y ella asintió a sabiendas de lo que le
esperaba y en la confianza de que sus virtudes de esposa, su perseverancia y su
abnegación, lograrían modificar una decisión tan poco sensata; así que ella
también pecó de egoísmo. En cuanto al abandono, nunca lo es cuando un hombre
deja su casa -y su madre- para contraer matrimonio. De ser una venganza,
¿contra quién iba dirigida? « No se trataba de eso», un día le confesó el
ahijado del Doctor en la época de la guerra. «Es mucho más sencillo; si alguien
se va de casa una tarde, cansado y aburrido hasta de las paredes, y se encamina
a un café o un cine..., qué demonio, no se va a volver a casa porque el café
esté cerrado o el cine lleno. Supongo que buscará otro, eso es lo que yo creo;
no hay que dar demasiada importancia a las cosas y, a la que menos, al
matrimonio.
¿Qué
estás diciendo, qué es para toda la vida? Todo es para toda la vida y tampoco
eso es grave, si es que es cierto. Este pueblo y esta casa, también son para
toda la vida ¿y le damos por eso importancia? Mira esta casa, no la compró
porque le gustara sino porque estaba libre y se vendía a buen precio. Y la
compró a sabiendas de que le sorprendería la muerte en ella.
¿Y qué?
Si la mujer que quería no estaba libre, ¿es que no tenía que buscar a la que lo
estaba? Y a ese tenor fue lo bastante inteligente para buscar y elegir la más
inocua, la más barata y expedita; quiero decir, la que le costaba menos cariño,
aquella con la que no sentía (ni ella tampoco, no hay que olvidarlo) la menor
necesidad de amar. Creerás tú que es prudente unirse a una mujer que sigue en
el cariño a aquella otra a la que se debe renunciar. Pues bien, si se renuncia
a la primera se renuncia también al cariño y eso es todo, eso es lo que parece
más sensato. Por el contrario, si, por debilidad, se introduce una pizca de
cariño en el nuevo contrato, se ha pactado con el demonio que no sólo le
obligará a conformarse con una solución dolorosa e insatisfactoria, sino que le
obliga, por gozar de un poco de calor, a avivar el fuego que le ha de quemar.
¿Dónde está lo sensato? Así que en cuanto la trajo aquí se fue de viaje. ¿Qué
iba a hacer? Es cierto que ella no era sólo un pretexto; estoy hablando de mi madre;
y bien no acudió a la cita. La estuvo esperando toda la tarde, con todos los
ahorros en el bolsillo, dispuesto a lo que fuera. Lo que había pensado hacer
con él lo hizo con mi padre, eso es todo. También se había preparado a un largo
viaje; un hombre tan fiel a su pensamiento no se podía tampoco conformar con
una excursión en taxi hasta la caseta del guardabarrera. Así que se fue y si no
volvió fue menos por ella que por mi madre que decidió tenerme en Mantua y
criarme allí; le escribió entonces al Doctor y le contó lo que pasaba y él no
sólo la ayudó en el parto -sin mirarla a la cara, cubierta con un velo
atroz-,sino que a partir de aquel momento todos los años, poco más o menos,
cursó una visita para vigilar la crianza y los pasos de su ahijado, que
aprovechaba para saludar a su mujer: y comprobar que todo en su casa -incluso
el desagüe del baño- seguía funcionando con normalidad.» Con independencia de
ello, cuando se fue no tenía intención de volver, distanciado de su madre que
no hacía más que comer sopa de berza. Toda la casa -y ella también, en
particular, porque había engordado mucho gracias a aquellos platos de repollo,
patata y carne picada que desgraciaron al padre del doctor- olía a berza
fermentada. Los enfermos más humildes la habían abandonado.
________
1 Su
madre, sentada como una reina, boquiabierta por el espanto, inspiró tanto aire
que se levantó de la silla como un globo y, sueltas las amarras, se deslizó
majestuosa y sin decir una palabra ala habitación del piso alto de donde ya no
salió sino para abandonar la casa.
Entonces
comprendió -la misma tarde que tanto esperó- que con el sesgo que tomaban los
acontecimientos no se trataba sólo de marcharse, sino de procurar que en
aquella casa -que al fin y al cabo era la suya, y solamente suya- no se
cocinara más berza. Así que, antes de acordar la ceremonia pero después de
hacerla partícipe de sus propósitos de viaje, le preguntó si le gustaba la
berza.
«¿La
berza, qué clase de berza?» «La berza, no sabía que hubiera más de una clase.»
«Ah, sí, la berza. En casa no nos gusta; mi madre nunca la pone.» «Entonces,
vámonos ya. Dile a tus padres que se den prisa que el coche está esperando.»
Así que no fue una venganza, sino una solución de fortuna que se le ocurrió,
cerca ya del anochecer, cuando se convenció de que María Timoner no había de
comparecer, sentado sobre la cerca de la encrucijada, enfundado en su gabán y
con los pies encima de la maleta. Se acordó de ella entonces; la primera que en
ella reparó fue la propia María, un día que les levantó la barrera (que, como
el ferrocarril no estaba en servicio, permanecía siempre cerrada) cuando
tomaron aquel camino para ir al Casino. «Fíjate qué graciosa parece. Pobre
chica, tener que pasarse media vida ahí. Qué pensará de nosotros sino que somos
de otro mundo.» Luego, la recordó con ternura en un par de ocasiones. Por
consiguiente fue un caso de transferencia de sentimientos -los que él guardaba
para María y que, por incomparecencia de ésta fueron puestos a nombre de la
persona por la que demostró en un punto, varios instantes, un cierto interés-
para llevar a cabo, con todo el rigor de la ley, la desvalorización de un
título que, con un solo cambio de nombres, quizá de fechas, cruza la frontera
de las garantías. Pero ella fue terne, nunca despertó de su sueño como para
lamentarlo. De haber abierto los ojos no habría podido lamentar otra cosa que
el fracaso de su paciente, insomne y flemático latir -esa sangre crédula y
orgullosa que obedeciendo a una extraña imposición moral trata en vano de
adaptarse al código de la soledad, ese pulso obstinado que cada mañana
despierta, como un niño que sólo recuerda un castigo y una prohibición,
jadeante y lloroso, que durante la plegaria al tiempo que fuerza los labios
hacia una sonrisa seráfica y atontada hace sonar las válvulas del corazón y
golpea furioso en sus paredes para reclamar una atención que le es negada, ese
inútil y estéril afán maternal acallado por el tintineo de las agujas metálicas
cuyos engendros en secreto odia y compadece.
«Ha de
comprenderlo», dijo el Doctor. «Hay muchas cosas sobre las que ya no se puede o
no se debe volver, sólo porque así lo exige nuestra salud. Es mejor dejarlas
como están: es lo menos que podemos agradecer a la edad: habernos sacado de
aquel atolladero de los veinte o de los treinta años. Porque aquello, corno el
verano en este país, es pura leyenda. No es que dure poco, sino que se trata de
un espejismo que se repite lo bastante como para robustecer y reiterar el
engaño.» No parecía dirigirse a ella; había dejado la puerta abierta tras
haberla invitado a entrar y hablaba solo, distraído y ausente, al tiempo que se
calaba los lentes para leer el papel. Luego lo dejó -abatido pero no inquieto-
con ese gesto clínico del hombre para quien la lectura de un análisis no le
sirve sino para la confirmación de un diagnóstico anterior pero no para
enterarse de nada nuevo -una nueva masa de pesados nubarrones avanzaba por
detrás de los últimos sembrados. Una débil ráfaga de viento y un chirrido de la
puerta le hizo volver la cabeza hacia su visitante.
«Perdone.
«No hay
nada que perdonar. Dígame, ¿lo reconoce usted?»
«Sí, ya
lo sabía. No podía ser más que eso; eso o algo parecido.»
«Ahora se
dará cuenta de que, al menos, tenía y tengo buenas razones para haber hecho el
viaje.» Apenas se había movido en el umbral de la puerta.
«No lo
sé.»
«¿Qué es
lo que no sabe?»
«No sé si
son buenas o no. O no sé si son buenas para no haberlo hecho. No sé nada, eso
es todo.»
«¿Por qué
dice eso? ¿Cree que es lo que necesito?»
«Tampoco
sé lo que necesita. Quizá lo que usted necesita es que le dijera: ese hombre
murió en el año treinta y nueve, o alrededor de ese año, a consecuencia de unas
heridas provocadas por bala de fusil. ¿Lo creerá usted? Si lo cree, ¿por qué
está aquí? Y si no lo cree yo puedo hacer muy poco para sacarla de sus dudas.
Lo de creer y no creer es siempre cosa personal; para que no fuera así
tendríamos que creer sólo en cosas nocivas.»
«Mi
nombre es...» .
«Oh, no
hablemos de eso ahora», había vuelto a bajar el peldaño pasando por encima del
maletín. Apoyado en el umbral volvió a escrutar el cielo. «Compréndalo, hace
mucho tiempo que no recibo visitas. La tarde se está poniendo fría, no sé si
lloverá esta noche. Mucho, mucho tiempo.» Un tufo a humedad y descomposición
envolvió el vestíbulo -la otra puerta interior estaba vencida sobre sus goznes,
se abría sola y golpeaba su marco por efecto de la corriente- sumido en esa
repentina explosión de polvo añejo y fétido en que al atardecer -al conjuro de
sus palabras, esos instantes anteriores a la lluvia tan propicios al fenómeno
fotoquímico-, última coloración de un fluido inestable, pierde su estructura
diurna para descomponerse en mil fragmentos de un tiempo caótico y gaseoso, en
cada uno de los cuales están alojados -como el germen en el grano de polen-
palabras, trozos de memoria, indicios de recuerdos abortados y falsos y
engañosos ecos que la noche y el día borrarán al reestablecer el equilibrio de
las horas. Y es un instante en el que -en presencia de un catalizador de la
memoria, una habitación que se habitó años atrás, una tarjeta con una palabra
ilegible- se produce una fisura en la corteza aparente del tiempo a través de
la cual se ve que la memoria no guarda lo que pasó, que la voluntad desconoce
lo que vendrá, que sólo el deseo sabe hermanarlas pero que -como una aparición
conjurada por la luz- se desvanece en cuanto en el alma se restaura el orden
odioso del tiempo. « Compréndalo», se había metido las manos en los bolsillos y
el Doctor se apercibió de que tuvo un escalofrío prolongado. Cerró al fin la
puerta y el vestíbulo quedó casi a oscuras. «No le voy a pedir que me diga lo
que tantas veces me he dicho a mí misma y no habría tenido que decírmelo si
hubiera conocido un solo instante de reposo. No aspiraba a otra cosa porque de
todo lo demás, incluida la fidelidad, me creía ya curada. Pero el cuerpo que
envejece sin haber recibido la confirmación
de la gloria
juvenil mira con
aprensión y zozobra
un futuro cercenado por la
esterilidad, un ánimo en decadencia que ni siquiera se atreve a reconocer con
honradez y aflicción la suma de sus males sólo porque una memoria desobediente
y procaz gusta de recrearse con otra edad engañosa. Hubiera sido mejor
silenciarla, reducirla a lo que es; porque la memoria -ahora lo veo tan claro-
es casi siempre la venganza de lo que no fue -aquello que fue se graba en el
cuerpo en una sustancia a donde no llegan nuestras luces-. Quizá me equivoque,
pero ahora me parece tan evidente..., sólo lo que no pudo ser es mantenido en
el nivel del recuerdo y en registros indelebles- para constituir esa columna
del debe con que el alma quiere contrapesar el haber del cuerpo. Así que la
memoria nunca me trae recuerdos; es más bien todo lo contrario, la violencia
contable del olvido. No tengo intención de decirle hasta dónde llegaron mis
quebrantos, ni cuándo se secó la fuente de la fidelidad, ni en qué lecho, entre
qué sábanas terminaron mis abrazos y los anhelos, qué clase de ilusiones dieron
fin a mis esperanzas -porque una fortuna concluye siempre con un papel de
prestamista o una carta de pago, ay, no en el desenfreno de una despedida-. No
sé si he vuelto o he venido por primera vez a comprobar la naturaleza de una
ficción, pero en tal caso, ¿qué curación cabe esperar si mi propia vanidad me
impide hacerme cargo de sus propias
creencias, si mi
amor propio -de
acuerdo con la
confesión- manda sobre
mi voluntad? Entonces me dije: mírate por dentro, ¿qué guardas en el
fondo de tu más íntimo reducto? Ni es amor, ni es esperanza, ni es -siquiera-
desencanto. Pero si aplicas con atención el oído observarás que en el fondo de
tu alma se escucha un leve e inquietante zumbido -hecho de la misma naturaleza
que el silencio-; y es que está pidiendo una justificación, se ha conformado
con lo que ahora es y sólo exige que le expliques ahora por qué es eso así. Y
entonces me dije: "Vuelve allí, Marré; vuelve allí por lo que más quieras,
vuelve de una vez". Cuántas veces lo había intentado -cuántas tardes, con
un pretexto cualquiera, abandonaré esa habitación adornada con todo el esmero
que la cautiva en secreto aborrece, fiel a la fe que mamó en su infancia, y
cuántas mañanas un alma que busca la verdadera razón de su apetito o una fe
que, descompuesta por tantos propósitos fallidos, intenta prevalecer en la
renuncia (no se trata de una satisfacción en pos de un deseo) a unos amoríos
que la engaitan y distraen- para encontrarme a la postre aturdida y
desorientada, sentada en el banco de un andén desierto, en medio del páramo,
con la vista clavada en el horizonte sombrío de las montañas, un instante antes
de romper a llorar. Cuántas veces retrocederé, no invadida por el miedo sino
-ala vista de la sierra o con los ojos clavados en el horario de los trenes,
ante esa hora de la llegada a la estación de Macerta escrita con tiza y trazo
apresurado y en la que la voluntad se resistía a creer porque no podía concebir
los pasos que habría de dar, una vez que el tren se hubiera detenido- por ese
sentido del ahorro que el alma segrega cuando, vacilante, siente la necesidad
de preservar el único resto que le queda, tras el incendio motivado por sus
anhelos al dictado de una razón que, ausente de las lágrimas, se impone a una
carne desesperada y lastimera que tamborilea sobre el cristal de la taquilla o
muerde la punta de un guante. Hasta que un día, en el umbral de una edad no
definida por los años sino por el desvanecimiento del último deseo, una razón
en el límite de su resistencia consiente en satisfacer ese capricho de la carne
antojadiza. Sólo para detener el llanto y la pataleta y a sabiendas de que
todos sus sofismas tendrán un mentís en cuanto se abra la taquilla, en cuanto
le entreguen el billete de Macerta, en cuanto se suba al ordinario de Región
para dirigirse a aquella casa que no ha podido apartar de su mente desde que
acabó la guerra. No existe tampoco la esperanza porque no es legítima, porque
un instinto de supervivencia que no cree en ella trata de ridiculizarla a fin
de no caer en su misma demencia, en una edad sin encantos. ¿Quién puede creer,
por consiguiente, que vine aquí en busca de una curación? ¿No será más bien el
abandono a las fuerzas de la enfermedad, contra las que en vano y durante tanto
tiempo ha luchado todo el cuerpo unido, hasta que ha llegado al término de su
aliento? ¿No será un consuelo de última hora y que -al igual que el pez que
extrae de sus entrañas más vitales el alimento que ya no se puede procurar
fuera- ya no pide sino distraer su apetito (un alma viciada, desdeñada,
resentida y malvendida) con las sombrías. palabras de afecto, comprensión y
justificación que ya no podrá escuchar nunca si no es de su propia voz?» .
Había
roto a llover. Las primeras gotas más que de agua parecían formadas de una
frágil aleación, fundida y transubstanciada al contacto con la arena, cubierta
de un enjambre de limaduras. Pronto el agua comenzó a filtrarse a través del
alpendre y el Doctor, abriendo una vez-más la puerta, se asomó al umbral para
recibir el viento y mojarse los pantalones. El polvo remolineó en torno a sus
pies.
«Ya
habité en esta casa durante la guerra. Muy poco tiempo, una o dos semanas.»
El Doctor
no respondió; en unos instantes el cielo se había cubierto en su totalidad y
todo el jardín y el campo vecino. Mudó, su coloración, fugazmente abrillantado
por una capa de barniz;. un horizonte de- brezos y zarcanes, salpicados de
urcas. y majuelos, que bajo el cielo de color de coraza parecía poseído de
aquel malicioso sentido del ahorro que le permitía retener y magnificar la
última: luz de la tarde para dramatizar. el instante de su desvanecimiento.
Solamente preguntó, a modo de respuesta;- al tiempo quo cerraba la puerta tras
él y echaba la barra: «¿No cree usted que, se acerca el verano?»:
«¿La
luz?»
«Ah sí,
la luz. ¿Sabe usted que yo apenas hago uso de ella? Pero por aquí debe haber
una llave.» Conmutó un par de ellas, ninguna de las cuales encendió; al tercer
intento una pálida y temblorosa bombilla parpadeó en el centro del corredor
para apagarse en seguida y de nuevo, con renovada intensidad como si tratara de
superar su propio estupor con un exceso de celo, volvió a iluminarse. No
recordaba cuándo había tomado el maletín que una mano pálida y peluda dejó en
una silla del pasillo; una puerta -quizá la de la consulta- golpeaba también en
su marco, como si se tratara de un gesto de protesta a la intromisión de la luz
eléctrica en la noble morada de las sombras. Luego se abrió, al compás de su
andar, como accionada por un mecanismo automático: un sillón de caña,
desfondado y falto de patas, un montón de diarios, papeles y latas y botellas
vacías, una vieja carretilla, unos palos de escoba, unas alpargatas destrozadas
y un recipiente esmaltado --que contenía algo de arena- parecieron rebullirse y
recogerse sobre sí mismos, como un grupo de cansados viajeros violentados por
la intrusión del revisor. Las paredes habían sido -unos cuantos años atrás-
blanqueadas con cal o pintadas con temple pero las goteras y humedades habían
aparecido de nuevo, impregnando todos los rincones con olor a pudrición. La
pintura había saltado, algunos cristales estaban rotos y casi todos los muebles
habían desaparecido tras haber dejado en la pared la huella de su espalda; todo
a lo largo de aquel pasillo en crisis, sobre el suelo de mosaico, corría un
reguero de manchas de cal, el rastro de un fantasma herido que hubiera huido
por el ventanal del fondo. La misma humedad que había destruido la pintura,
podrido la madera y levantado el piso, parecía haber afectado al timbre de voz
del Doctor.
«Sí que
le corresponde. Le mentiría a usted si le dijera que no ha sido abierta en un
buen número de años. Le digo años para que sepa a qué atenerse respecto a esta
casa. Sólo en esa unidad se puede medir el número de veces que se ha encendido
una luz, que se ha abierto una puerta o que se ha usado una cama. Y esa
campanilla de la entrada que desde que terminó la guerra se ha oído menos veces
que los ecos de los disparos en las breñas o los lamentos de los suicidas.»
Abrió la primera puerta y metió el maletín; la habitación despedía un intenso y
malsano aroma dé una planta medicinal que se había secado en su oscuridad;
había una gran cama de estilo rematada en sus cuatro esquinas por pináculos
invertidos de los que un día debía haber colgado un dosel que el tiempo había
devorado; el testero estaba adornado con unas iniciales entrelazadas, en madera
de taracea, dibujadas con letras fin de siglo de amplios y grandilocuentes
vuelos. Todos los muebles -sin duda los últimos de valor que quedaban en la
casa- eran del mismo tono: un armario de porte majestuoso y funeral, una
consola con un tablero de mármol, con lavabo y damajuana de china -el mismo
juego de iniciales grabadas al fuego- en los que quedaba un poco de tierra
seca, un insecto seco y un estropajo que contaba la edad del siglo, la misma de
una escobilla de cerdas y un costurero en cuyo interior se acumulaban largas
tiras de un paño amarillento, unas muestras de terciopelo y unos
antiguos patrones cortados en hojas de
periódicos con las notas de sociedad y actualidad de treinta años atrás;
unos cuantos fragmentos se referían a un relato de viajes por mar, sin fecha
definida, y en cuya coloración, en cuya pulcra, un poco ditirámbica y ornada
prosa -más carente de sentido que de interés- parecía retratarse ese estado de
limbo que el papel -y toda la habitación, en suma- habían alcanzado con la
pérdida de actualidad, como esa casa del héroe que convertida en museo y
defendida por un cordón de seda es conservada en el mismo estado en que la dejó
cuando tuvo que partir -sin poder terminar una carta- para guerrear en
Ultramar. Un retrato suyo colgaba todavía de la pared; una de esas fotografías
coloreadas, fieras y ovaladas que la cámara acierta a impresionar sólo cuando
presiente que el personaje se coloca ante su objetivo por última vez. Había
concentrado en la mirada toda la lumbre y el furor necesarios para abrumar a
seis generaciones posteriores. Las mejillas y la boca se hallaban ocultas por
un gran bigote hirsuto y violáceo, semejante a un puercoespín colgado de la
nariz; había hinchado el pecho y alzado la barbilla hasta el punto de dar a la
fotografía una sensación de convexidad que había de transubstanciar
hipostáticamente a la persona representada -y que quizá no existió jamás- en el
símbolo de otra o de la gloria y del vínculo con el pasado de una familia
necesitada de cierta respetabilidad.
«Porque
la casa -le había de decir el Doctor mientras observaba la lluvia, a través de
la ventana del despacho, con las manos cruzadas a la espalda; por fin había
dejado el maletín y se había echado el abrigo sobre los hombros, con el cuello
alzado. Había amainado la intensidad de la tormenta; un gorrión posado en el
antepecho de la ventana se sacudía las gotas de las alas y, con bruscos
movimientos de su cabeza, estudiaba los árboles del otro lado de la carretera
para elegir uno donde pasar la noche; en lo alto de aquellos chopos comenzaron
a oírse los tímidos gorjeos de sus compañeros que, ocultos entre el follaje, le
anunciaban el fin de la lluvia. Pasó el dedo por el canto del marco de la
ventana y observó la huella de polvo que había dejado sobre la yema fue una de
esas compras tardías que cuestan cinco o diez o mil veces más que el dinero
entregado al antiguo propietario si todo lo que cuesta a partir del momento en
que se reciben el título y las llaves pudiera medirse en dinero. Si hubiera
alguna doctrina aritmética o alguna tabla que dijera: lo que vale tu madre es
tanto y tanto por tus hermanos; y tanto por tu mujer y por los hijos que no
pudiste tener; y por el futuro que pignoraste a cambio de estas cuatro paredes
de cascajo y por las ilusiones que alimentaste cuando eras estudiante y tanto
por la profesión en la que un día creíste y en la que nada acertaste a hacer y
tanto, en fin, por el saldo de rencor, resentimiento, fastidio y soledad que
trajo consigo el título de propietario en una región desafectada. Tal es la
trampa en que acostumbran a caer las familias advenedizas, privadas de visión,
que han consumido su existencia con el cuchillo sobre el presupuesto y el
tenedor clavado en el ahorro. Cuando llega el momento de invertir sus ahorros,
se equivocan, se equivocarán siempre, no en balde han rehusado siempre aprender
la ciencia del gastar. Yo no sé -ya no lo podré saber nunca- si es verdad que
el dinero atrae al dinero; pero lo que sí puedo asegurar es que el ahorro atrae
la ruina. Y ante tal axioma se comprende que existe un estado de falso
bienestar fundado en el ahorro mucho más pernicioso y nocivo que la propia
Ruina la cual, como decía el viejo Temístocles, nos preserva siempre de otra
mayor. Todo este estado de cosas -y yo no sé si el dinero en sí es el demonio;
lo único por lo que el hombre de este siglo está dispuesto a embrutecerse y
perderse- procede de un momento de ambición -y trágico entusiasmo- de mi madre.
Mi familia no procedía de estas tierras. Debimos llegar aquí antes del año 10
cuando mi padre, funcionario de la Administración de Correos y Telégrafos, fue
trasladado a la central de Región a petición ,propia. A pesar de ser un
funcionario y de esa clase- debía ser un hombre soñador y dulce, poco amigo de
encararse con la realidad y con una aversión manifiesta hacia los malos modos.
Pero todo su delicado pesimismo se fue trocando poco a poco, bajo los golpes
diarios que sólo una mujer corajuda y una familia saben propinar con un tesón
de fragua, en una tendencia a la fatalidad, el despego, el escepticismo y la
brujería. Hacia el fin de su vida ya no quería a nadie; yo -que al decir de mi
madre había heredado su misma falta de carácter (lo que quiere decir que había
nacido para ser una persona educada y modesta, afable y sincera)- le serví
muchas veces de paño de lágrimas, en sus últimos años. Porque incluso la rueda
comenzaba a engañarle, a gastarle bromas de mal gusto. Qué pronto me dejó y
cuánto lo lamenté porque un padre así es la mejor ayuda para soportar las
obligaciones de la primogenitura, en una familia mediocre espoleada por el afán
de respetabilidad. Un día le hablaré a usted de sus conocimientos de la rueda;
yo creo que era lo único que amaba en este mundo. Y creo también que --en
secreto- harto ya de una mujer que se bastaba con sí misma para todo -incluso
para su fecundación- se había casado en segundas nupcias con aquella compañera
silenciosa, discreta y resignada con la que todas las noches mantenía unas
conversaciones muy largas, muy tristes y quedas, en el pequeño cuarto anejo al
despacho público. Era el único lugar donde mi madre no entraba porque todo lo
demás -desde las conciencias de sus hijos hasta la caja del tesoro público de
la que mi padre tenía que responder- eran incuestionable propiedad suya. Tengo
entendido que en manos de mi padre, la rueda la debió de dar tal disgusto que
se le quitaron para siempre las ganas de volver a verla. La consultó, poseída
de su orgullo, convencida de que sus propias ficciones se habían convertido en
verdades inconcusas; pero al parecer ni su apellido encerraba tanta honra como
ella pretendía, ni su madre había sabido guardar las debidas ausencias a un
marido que trabajaba en las minas. Sólo la rueda, con sus sibilinos silbidos y
su inalterable presencia de ánimo, se atrevió a ponerlo de manifiesto y por
escrito. No sé qué razón influyó tan decisivamente en el ánimo de mi padre para
venir aquí; un cierto comienzo de prosperidad, una afluencia desusada de buenas
familias -las que inventaron el veraneo-, un clima de altura y, como siempre,
la calidad de la leche. Pero con la ayuda de la rueda mi padre debió prever lo
que se avecinaba y por eso rehusó siempre -a pesar del interés de su mujer-
convertirse en propietario. En sus últimos años ya no le importaba ni la caja
del tesoro; apenas se recibían despachos de otros puntos de la península;
procedían más bien de los aquelarres, de los cementerios y las grutas perdidas
en el corazón de la montaña, donde aquel mecanismo diabólico captaba sus
extraños y silbantes mensajes que mi padre escuchaba extasiado, durante horas y
más horas, encerrado en el cuartucho con una botella de castillaza claro.
Apenas cenaba; por aquel tiempo todos los hermanos nos sentábamos a la mesa
pero no éramos muchos. Eran unas comidas tristes y escasas, presididas por una
madre hermética, gruesa y dominante como un ídolo oriental, que nos servía por
turno un poco de sopa de avena mientras ella, haciendo uso de mil pretextos, se
engullía un hermoso plato de zanahorias, patatas y carne picada. Mi padre
entraba luego, casi a los postres (es decir, al postre de mi madre), con un
aire ausente y fatigado y una cara demacrada por el tabaco. Yo creo que cada
día esperaba un cambio y que al encontrar el mismo estado de cosas que dejó en
la comida anterior le entraba una terrible desgana y sólo para cubrir las
apariencias mordisqueaba de pie un pedazo de pan, contemplando la escena con
pesadumbre, sintiéndose incapaz de mejorar la nutrición de sus hijos. Porque
las pocas veces que, invadido de la antigua alegría de vivir, trató de echar al
cuerpo una cucharada de aquella sopa de cereales -quizá al tiempo que
acariciaba los rizos de su hija- se vio obligado a abandonar apresuradamente el
comedor para evitarnos a todos un espectáculo lamentable. Y cuando desaparecía,
mi madre -con la boca llena- nunca dejaba de susurrar un insulto, con el gesto
del más hondo desprecio que yo he visto en una cara. Ya por aquel tiempo su
única pasión era la rueda, su único alimento el tabaco, un tabaco horrendo -muy
del gusto de los funcionarios públicos- que compraba en paquetes de a libra y
que llenaba la casa con un aroma denso a hojarasca quemada las noches que mi
padre consultaba la rueda; él mismo la engrasaba, la impregnaba de pasta
adherente y` ejecutaba las pequeñas reparaciones porque no toleraba que nadie,
ni siquiera el mecánico electricista de la administración, pusiera las manos
sobre ella. Después de la presunta cena bajaba al cuartucho a estar con ella a
solas, hasta las primeras luces del día. Sabía mirar a través de sus radios
para calcular su velocidad y predecir la letra en el mismo instante en que la
rueda iniciaba su deceleración. A mí me quiso transmitir esa ciencia cuando
apenas había alcanzado la edad de la razón. Yo no sé muy bien qué es lo que
hacia; supongo que se limitaba a escuchar y transcribir los mensajes que un eco
demente en un país demente, unos muertos, unos supervivientes desesperados, un
éter zumbón y un par de aceleración desquiciado trataban de hacer llegar a los
incrédulos testigos de una edad catastrófica. Y quizá también las letras
terribles de aquellas canciones de pastores, canciones que siempre hacen
referencia al polvo y la destrucción. Porque muy raras veces consultaba el
porvenir, eso apenas le interesaba; entonces soltaba el acoplamiento, la hacía
girar a pedal y preguntaba: "Veamos si la rueda dice dónde acabarán mis
días" y la rueda, tras cuatro bruscos acelerones, punteaba en el
papel una palabra
que no dejaba
lugar a dudas:
"Jaén". Mi padre
murió durante la Dictadura; apenas había subido en cuatro
días ni para dormir ni para comer y mi madre me encomendó ir a buscarle, no
porque estuviera la cena servida sino porque "era su deber dar un ejemplo
decente a sus hijos". Le encontré recostado en su silla, con una mano
lánguidamente apoyada sobre su amiga de conjeturas y confidencias, una barba de
una semana, una expresión serena, indolente, abatida y en cierto modo risueña:
No me dijo nada, tan sólo me alargó el papel perforado con uno de los últimos
despachos que se había de recibir en aquella casa y en el que le comunicaban
que por necesidades del servicio había sido comisionado para trasladarse
provisionalmente -creo que a Linares- a colaborar en el montaje de una nueva
estación. Los dos habíamos guardado el secreto del antiguo vaticinio así que
-el uno ante el otro- hicimos el paripé de haberlo olvidado. Apenas se
despidió, una tarde polvorienta de finales de verano, el semblante risueño y un
pequeño atado de ropa bajo el brazo. Durante quince días esperé anhelante sus
noticias, celando y vigilando el pequeño edículo y espiando día y noche los
menores movimientos de aquel mecanismo parricida: Luego vino
la época de
las dudas -a
todo esta mi
madre apenas se
apercibió de su ausencia-,empecé a sospechar el
fraude--primero de la rueda que tantas veces había demostrado su antojadiza
afición a propalar noticias luctuosas y bromas de gusto macabro y luego... de
mi propio padre, tan necesitado dé un cambio de aires y tan poco corajudo para
tomar una decisión de aquella índole sin una inconcusa coartada- hasta que una
noche el zumbido inconfundible de la rueda me despertó de un torpe sueño para
comunicarme que mi padre había muerto en una fonda de Linares, al poco tiempo
de su llegada, de un ataque al corazón. Pero al cabo de los meses la misma
semilla de la sospecha, oculta por la aflicción y el luto, volvió a germinar en
un ardiente mes de abril, y a crecer y a desarrollarse sin que ya sea capaz de
extirpar su progenie ni abreviar sus ramificaciones. A partir de entonces ya no
sabré nunca de fijo el verdadero desenlace: en ocasiones, cuando trataba de
reconstruir el zumbido burlón de la rueda y la mueca de sarcasmo en los
reflejos de sus radios, creía adivinar todos los detalles de la añagaza de mi
padre (al que otras veces veía jugando a los naipes entre amigotes y
ausentándose por un instante, con una mirada nostálgica, para pensar en mí) que
se me aparecía por las noches, envuelto en el humo de su tabaco y rodeado de
sonidos ininteligibles, víctima de una civilización dominada por una mecánica y
unas mujeres que, nacidas en la esclavitud, habían subvertido el orden de sus
señores para imponer unas leyes incomprensibles. Recuerdo que una tarde en que
mi padre estaba en guisa de bromear
consultó a la
rueda sobre mi
destino y le
respondió: que mis días acabarían en Región, de manera bastante
violenta, en la década de los sesenta y en brazos de una mujer; y ésa es una
razón -y no la menos importante- que me ha inducido a retirarme aquí a esperar
la consumación de mi destino al cual ni me opongo ni me evado. Siempre me
extrañó esa muerte, con la cabeza en el regazo de una mujer, más aún porque
desde que acabó la guerra no se ha visto por aquí ninguna persona con faldas.
Vino una vez una expedición de montañeros belgas, con intención de subir al
Monje; los muy desgraciados... murieron todos, enloquecidos por la envidia y la
sed. Vestían de caqui. Eran tres o cuatro y
-además de mucha impedimenta- traían una mujer con la que hacían el amor
por turno. Vamos, si es que se puede llamar amor a cualquier cosa que hiciese
aquella mujer. Al principio me alarmé, pensando que podía corresponder a la del
vaticinio, pero luego comprendí que, por vestir con pantalones, si bien seguía
siendo mujer no se podía decir -cabalmente--- que tenía regazo. Así que es
usted la primera persona que concita todas las circunstancias predichas. Y en
cuanto a la violencia le diré que, aun cuando en apariencia no exista, en esta
tierra siempre la hay; es un estado latente y muy comprensible- pero que puede
ponerse en erupción en cualquier momento. Ya verá qué pronto lo comprende:»
Había agarrado por el cuello aquella botella sucia, mediada de un licor de
color amarillento, que llevó a sus labios mientras volvía hacia ella una mirada
provocativa y mordaz, para darla a entender que acaso había que entender sus
palabras por encima de su mero significado.
«Bromea
usted?»
«Oh no,
no bromeó. De ninguna manera. Usted lo debe saber; lo sabrá en seguida, ¿no es
la razón por la que está aquí? ¿Por qué no se sienta? Le dije antes que hay un
cúmulo de cosas sobre las que es inútil volver. No somos capaces de pensar en
la muerte, ni siquiera en un ámbito limitado. En
nuestro ánimo existe
una fe en la pervivencia, una
confianza ilimitada en que lo que una vez pasó puede ocurrir de nuevo. Y luego
no es así, la realidad no lo- confirma. Sin duda existe en nuestro cuerpo una
cierta válvula defensiva gracias a la cual la razón se niega a aceptar lo
irremediable, lo caducable; porque debe ser muy difícil existir si se pierde la
convicción de que mientras dure la vida sus posibilidades son inagotables y
casi infinitas. Solamente por debajo de nuestras convicciones fluye una memoria
bastarda que no deja nunca de saberlo (despertó con la edad de las
justificaciones, al término de la edad de lo obvio, ya hablaremos de eso)
porque atesora un caudal de desencantos que, en cuanto se produce un fallo en
el sistema de nuestras hipócritas y defensivas ilusiones, pasa a ocupar el
terreno acotado por la vanidad para robarnos materialmente un anticuado motivo
de vivir. Pero ¿por qué no se sienta?» De pie, con la nuca apoyada en el marco
de la puerta, había escuchado en silencio hasta que bajó la vista hacia el
suelo: «Y bien... usted es el médico. Quizá tenga razón; tal vez toda mi
curación (por llamarlo de esa manera) estriba en hacerme otra vez sensible a
los halagos. No lo sé».
«Yo
tampoco, lo confieso; además, ya no se puede decir que sea médico. Pero hay
todavía enfermedades que sólo los viejos enfermos que las han padecido pueden
remediar. Por eso se lo digo.»
«Empieza
a llover de nuevo. Creo que he estado muy oportuna en la elección de la fecha.
Pronto se echará el frío encima. ¡Qué viaje tan largo! ¡Qué largo, doctor, qué
largo! Una tarde de lluvia, un país desierto y talado, unas carreteras
horribles; una fonda en una encrucijada del purgatorio y un ventero que parece
esperar la llegada de un tropel de ánimas empapadas por el
chaparrón y ¿sabe?
los mismos lugares,
las mismas paredes
de la guerra irreconocibles e irrecordables. ¿Será
tan largo porque me ha devuelto al otro mundo?»
«Quién
sabe. No diré que no.»
«Pero
¿sabe lo que le digo, doctor?»
«Creo que
sí y no le falta razón. Otro mundo, es muy cierto, y por supuesto mucho más
fúnebre y silencioso que el que dejó.»
«Eso es
lo de menos. Dígame, ¿por qué le gusta recrearse en sus propias lágrimas?»
«Yo no me
recreo en nada. No he conocido las lágrimas. Jamás he lamentado nada ni he
añorado el pasado.
Eso queda para
los que viven
en sociedad, para
los que saben conformarse con la melancolía. Los que
vivimos en esta tierra necesitamos un plato más fuerte, una diversión más
brutal.»
«¿Más
brutal?»
«Me
refiero al fatalismo, un plato de más sustancia. Porque mi familia no era
buena; es decir, gente de humilde extracción pero, al menos, sin principios. Mi
padre sólo recibió parte de la educación media y unas lecciones de geografía
peninsular. La familia de mi madre también era humilde pero tenía más ínfulas;
era la rama más humilde de un tronco provinciano en cuya copa habían florecido
unos pocos y pacíficos militares de cuartel -de esos que tienen más afición a
la zarzuela que a las ordenanzas- y unos cuantos abogados belicosos, de esos
que llaman de secano, empapeladores locales que no parecen sino conservar y
alimentar el rencor contra la Providencia, por no haber, sido consultados por
ella en los días del Génesis. Mi madre siempre habló con énfasis de ellos, como
ejemplos inmarcesibles, origen y modelo de toda conducta, y como arca del
testimonio aportó a la alcoba conyugal la fotografía de un sujeto que sin duda
coartó y frustró, desde la noche de bodas, cualquier intento de mi padre de
ascender en el escalafón. La tiene usted todavía en la cabecera de la cama para
que no olvide qué vanas son las glorias de este mundo. Y no perdona a nadie, se
lo aseguro. Estaba yo a la mitad de la licenciatura cuando murió mi padre,
quién sabe si víctima de su curiosidad o de su afán de liberación. Lo que sí le
aseguro es que aquella misma mañana que, llegó el despacho -4.o trajo la rueda
cómplice; con una precisión que hacía pensar que llevaba mucho tiempo
preparando la noticia- juré en .silenció aborrecer y temer aquella curiosidad,
mantener- libres mis manos en la medida de mis fuerzas, resistir el cerco de la
sociedad y de las mujeres, evitar aquel juego de deberes y derechos, de favores
y agravios, de envites e infortunios en el que había caído la voluntad de un
pueblo que rehusaba presentar su demanda a un destino que se había adueñado de
sus campos. Ni mi hermano ni mi hermana hablan llegado entonces a la edad de la
razón, algo que si en algún momento estuvieron a punto de alcanzar mi madre se
cuidó de arrebatarles. Así que a partir de un cierto día -y todavía fresco el
cuerpo de mi padre, en un camposanto andaluz o en una taberna incógnita en los
alrededores de una estación- me vi convertido en el mascarón de proa de una
familia que, confiada en mi capacidad, lo había puesto todo en mí de tal forma
que para pagarme una carrera en Salamanca tenía que hacer tal número de
sacrificios que la enumeración de ellos le llevaba a mi madre un buen número de
horas cada día. Deforma que, al levantarme cada día, al ponerme en viaje hacia
Salamanca, al volver a la pensión todas las tardes, mi primera obligación no
era el estudio -que al fin y al cabo no era más que una forma de pago como otra
cualquiera que yo hubiera podido arbitrar y mi madre habría aceptado- sino el
reconocimiento de la deuda. Qué trágica tradición la de esa clase de familias
que sólo aspiran a un presunto bienestar, que no estimulan otro deseo que el de
la avaricia y que no infunden otro reconocimiento que el de la deuda; que no
vacilan en coartar la libertad de los hijos, infundiéndoles desde niños el
sentido de una responsabilidad estéril. Qué negros contrasentidos, qué falta de
generosidad la de tantas gentes que pasan por este mundo no para gozar sus
bienes sino para correr en pos de un engaño atroz y para llegar al término de
su aliento sin haber conocido un momento de reposo y deleite..., vicisitudes de
la miseria, ay, arcanos de la voluntad. ¿Me decía usted algo? Creía...»
«Tonterías.
Lleva usted muy poco tiempo aquí para haberse vuelto tan supersticiosa.
Tonterías, acomodaciones de la imaginación. No le diré cómo fueron mis años de
estudiante; muy sórdidos, muy escasos de todo. Sólo en un momento dado tuve que
sacar fuerzas de flaqueza para negarme a simultanear mis estudios con unas
oposiciones al Cuerpo de mi padre. Era también una idea de mi madre que, no
contenta con residir en una vivienda a la que no tenía ya derecho (pero cuya
devolución no le fue nunca exigida no sé si porque el despacho entró en desuso
o porque la Administración la temía), cada vez que entraba en aquella desierta
oficina y veía la rueda inmóvil y las interminables espirales de papel
perforado que habían invadido el suelo y la mesa (una especie de solitaria
segregación postmortuoria del espíritu de mi padre) y que debía considerar como
un despilfarro intolerable-, clamaba contra mi ingratitud, se hacía cruces de
mi falta de voluntad y repetía
-hasta
que se iba a la cama- la larga serie de sacrificios que había asumido para dar
una carrera a un desmemoriado. Pero yo temía a la rueda; incluso a los veinte
años pasaba corriendo por delante de su puerta y me despertaba entre
sobresaltos, con su silbido zumbón en mis oídos; en los pocos momentos en que
tenía que encontrarme con ella a solas y la veía semioculta en su rincón,
asomando entre un cúmulo de inquietantes papeles los tres cuartos de su
circunferencia -soberbia y enigmática, y que se sonreía como la esfinge
silenciosa que ha sido arrinconada por predecir certeramente los desastres de
su feligresía, poseída y consciente de su oculto poder-, entonces toda mi
juventud se ponía a temblar y a temer, a padecer insomnios y diarreas. Y si
bien nunca traté de zafarme del pago, decidí que al menos lo haría en los
plazos y en la forma que más me conviniesen. Si usted procede de una familia
que ha vivido apretadamente ha de saber hasta qué punto toda esa secuela de
detalles que en principio parecen tan de segundo orden, forman toda la maraña
de vínculos y resentimientos, derechos y deberes en los hogares donde todo es
escaso. Creo que obtuve la licenciatura sin ninguna brillantez, pero a una edad
relativamente temprana; conseguí al poco tiempo una litera de interno en el
Hospital de Santa Mónica, para enfermos incurables, que unos meses más tarde me
vi obligado a trocar por el petate por embarcarme hacia África, en la campaña
del 20. Estuve en Iberguren con el Cuerpo de Sanidad, y de allí escapé no sé cómo,
cruzando las montañas en un estado de delirante angustia que no me permitía
distinguir los llanos y las gargantas del Rif de las profundidades del
estrecho, que no sé si crucé a nado, a pie o por los aire-s. Cuando volví a mi
tierra, con las manos vacías, un par de bolas, una enfermedad en el uréter y
media docena de pagas en el bolsillo, mi madre me presentó al cobro el pagaré
que había firmado cuando tenía quince años, en concepto de deberes filiales,
era una habitación en el piso alto de la clínica del doctor Sardú, con cien
pesetas de paga al mes, cobijado y alimentado. Mi familia no vivía lejos de
allí y mi madre -fue empezaba ya á sufrir una artritis crónica que la producía
indecibles molestias- decidió sin duda aquella colocación porque la proximidad
a la clínica le permitía ejercer un control implacable de mis actividades y
porque su instinto le decía que por aquel punto --defendido por enfermos,
desquiciados, parturientas- debía empezar el ataque a la fortaleza de la
respetabilidad. La clínica estaba en las afueras del pueblo y tenía un jardín
abierto a las terrazas del Toree; la mayor parte del año estaba abierta como
casa de salud o reposo -que se decía antiguamente- en la que se trataban las
depresiones nerviosas, los casos de fatiga y soledad de los miembros de
aquellas buenas familias que -bajo los golpes del casino y las avenidas del
río- se iban
poco a poco
sumergiendo en la decadencia. Sardú era muy apreciado
entonces por su competencia, liberalidad y discreción y su establecimiento se
fue convirtiendo en lugar obligado para la gente -de Región y de fuera-
necesitada de un largo y anónimo retiro. Quiero decir que allí se trataban
también, con esmero y disimulo, algunos partos enojosos y que el propio doctor
se había hecho un nombre gracias a la suavidad de sus maneras y a su técnica
del raspado. A mediados de la década de los veinte -siguiendo el éxodo
general-, Sardú desapareció en el monte, la mañana de un domingo cuando ya
estaba abierta la veda; un albacea suyo, una quincena más tarde, vino a
comunicarme la decisión del difunto de encomendarme la dirección del
establecimiento (que por aquel tiempo ya no era sino una sombra de lo que fue),
incluida la gerencia y el arbitrio trimestral de las cuentas ante un consejo de
familia, con un sueldo que de haberse abonado algún mes habría sido muy sabroso
para aquellos tiempos. Pero los tiempos habían cambiado, hasta de embarazos
ilícitos conoció el país una gran escasez. Mi madre -que no era sensible al
cambio de los tiempos- ofuscada por aquella oportunidad pensó que había llegado
el momento tan deseado de alcanzar la respetabilidad con la ocupación de una
plaza que había sido abandonada. Nada más fácil, en aquellos días, que adquirir
una casa a muy bajo precio, comprar una docena de camas y venir a llenar el
vacío que había dejado la clínica de Sardú.
»La casa,
ya lo ve usted: una construcción chapucera que a duras penas aguanta la vida
media de una persona, con un olor peculiar, unas paredes que se desmoronan, un
instinto, una querencia por la destrucción y la ruina. Quizá es lo que siempre
fue -menos secreto que lo que se piensa--, un impulso y un esfuerzo que sólo
tiende a la consumación de su propia usura porque aquel propósito pecaminoso
que la levantó sólo se asocia -tácita y paradoxalmente- con un anhelo de
inocencia que se traduce siempre en una muerte prematura; no sólo el mentís
sino la burla más descarada a las aspiraciones de una familia pajaroide
(¿existió en algún momento? ¿Fue algo más que el fugaz y aborrecible señuelo de
un apetito virtuoso e ingenuo, destruido y descarriado por una cama de
matrimonio?) que sólo es capaz de conquistar los títulos gentilicios -al igual
que las letras protestadas- cuando aquellos se han transformado en los
sinónimos de la insolvencia, la falsedad, la ruina y la abyección. Entonces una
casa era mucho más que el simple cobijo, el abrigo de la familia, el caparazón
calcáreo indivisible del órgano pluricelular; es decir, casa y familia no
podían existir la una sin la otra y fuera de esa simbiosis sólo se podía dar la
corrupción. De hecho todos los desórdenes del siglo nacieron -se puede decir-
en el seno de unas familias que carecían
de una casa o
tomaron carta de
naturaleza bajo los techos públicos que
no cobijaban verdaderas familias. Creo que se hará usted cargo, puestas
así las cosas, de lo que hacia 1920 significaba para el orgullo de mi madre,
oír a su alrededor "¿Los Sebastián? ¿No se trata de la gente que vive en
la oficina de Telégrafos?". Porque en mi juventud la familia privaba; no
existía nada -ni siquiera la voluntad criminal, el acto doloso- que no
obedeciera a la determinación familiar.
Un hombre no
podía hacer nada
-ni pensar, ni
ejercer su profesión, ni (menos
aún) abandonar a la familia- si no era empujado por una conciencia y una
voluntad familiares. Yo veo a mi padre, en consecuencia, mientras nosotros
iniciábamos nuestra penosa escalada hacia la edad púber, arrimado a su rueda
-lloroso y arrinconado- como uno de esos viejos y harapientos tañedores de
vihuela que se ve obligado a ganarse la vida por las esquinas con aquello que
en su juventud sólo fue un hobby. Más tarde, en efecto, tiene una pequeña
reconciliación, una insignificante recompensa que a sus ojos es mucho -no se
traduce siquiera en unas monedas más sino en una cierta sonrisa esotérica-, que
es fruto del valor de su renuncia y medida de su propio fracaso y -todo lo más-
sirve para probar la honradez de unos sentimientos acerca de los cuales muy
poca gente cree y a nadie importan. Todo hogar es una lucha por la estabilidad
y en una cualquiera de sus vicisitudes asomará siempre el germen de su futura
descomposición. Y no sólo mueren antes que las personas (los hogares) sino que,
en comparación con ellas, consumen su vida luchando por vivir, afectados de una
terrible, crónica, incurable y letal enfermedad. Yo diría que tras esas paredes
y esos techos y esos revocos se ocultan unas intenciones ruinosas que no
prescriben y de la misma forma que un día frustraron los sueños del indiano que
la construyó para cobijar sus ilícitos amores, de la misma forma que más tarde
se reservaron su potestad para transformar el refugio en trampa a un grupo de
vencidos o para crear una ficción de hogar a una mujer -no engañada como a
usted le habrán hecho creer sino dispuesta voluntariamente al sacrificio- que
siempre careció de él, nos legaron a nosotros -aquella familia reducida a la
gelatina cristiana invalidez del caracol, cuyo caparazón se ha hecho añicos- el
fraude de sus techos. No le extrañe a usted la manifiesta reserva con que me he
acostumbrado a acoger todas las expresiones
del culto familiar;
ni deberá extrañarle,
por ende, la
falta de entusiasmo con que,
llegado el momento, participaré en mi propia aventura. Quiero decir: el poco
entusiasmo con que asistiré a una función cuyo desenlace ya conocía de
antemano. Lo poco que quedaba de aquel entusiasmo -el espíritu desertor. que
abandonó un semicadáver tendido en una colina rojiza del Rif, el que acompañó a
mi padre en su viaje por tierras de Jaén, refrescado por el vino de las ventas,
ausente del recuerdo de su mujer- se quedó en aquella encrucijada del camino de
Mantua, se lo aseguro; hasta aquel momento fui sincero, ingenuo y sincero,
sencillamente porque no necesitaba explicarme (y menos justificarme) lo que yo
quería; lo quería así y bastaba. La última fracción se consume en un cálculo de
posibilidades mal desarrollado, un viaje en taxi, un parto en el corazón de la
sierra y un último desengaño -el menos penoso- con el cacareo del gallo al
fondo; pero antes de darle la razón a mi madre consideré mi deber tratar de contradecir
y silenciar una forma de pensar que, al aprovechar un error mío, se hacía pasar
por correcta para subsumir mi libertad. Porque
una madre lo
primero que dice
es: "Eso es
una locura", sin
saber que
-desgraciadamente-
la mitad de las veces tiene razón. Pude abandonarla sin más y alejarme paca
siempre de aquella mentalidad filistea que sólo puede pensar con su .orgullo,
acerca de sus investiduras; pero preferí asumir mi papel justamente en la
dirección opuesta a la prevista por mi madre; no para empuñar el timón
familiar, sino para abordar ese mismo
navío fantasmal y devolverlo a su auténtica, condición, la épave. El timón
¿cómo creyó aquella visita funesta que se llamaba? María..., aguarde...,
Gubemaël, eso es, Gubernaël. Sin duda
esa noche estaba
desorientada en todo,
no sólo en los nombres
sino en las habitaciones. Todavía no habíamos
comprado la casa pero era en las postrimerías de la clínica de Sardú. Lo
comprendí mucho más tarde y entonces la induje a salir de allí porque la
visita, aparte de sus confusiones, no dejaba lugar a dudas respecto al hecho de
que la tenía apuntada en su lista. Cuando la volví a ver al cabo de dos años,
tapada por el velo, no pude menos de asociarla con aquella visita que me abordó
bajo los olmos de la carretera, que para hablar se tapaba la boca con un
pañuelo perfumado con una colonia barata pero que aun así no era bastante para
borrar la fetidez de un aliento muy cálido. Cuando me subí al coche aquella mañana,
mientras los gallos cantaban, sólo me quedaba entusiasmo para afirmar que ya no
me quedaba nada de eso, con toda mi capacidad de vehemencia y reiteración,
durante el viaje a la montaña. No fue un viaje largo pero sí significativo y
concluyente: un escuadrón de caballería y un pobre médico de pueblo buscaban,
cada cual por su lado, la víctima que les redimiera de sus faltas, el
prestamista que abonase sus deudas o el vehículo de su venganza..., llámelo
como quiera. Salimos con la nuestra ¿qué duda cabe?, pero...
¿cuál fue
nuestro fruto?»
Tenía la
sensación de que apenas le escuchaba. En varias ocasiones había intercalado,
como los errores y supresiones que se disimulan en un dibujo para dar lugar a
un juego de adivinanzas, ciertas insinuaciones y veladoras con las que esperó
despertar su interés y estimular su curiosidad. Nada le preguntó; rodeada de
sombras su cara -y su silueta- parecía haberse fundido con la pared que en la
oscuridad aún guardaba cierta coloración purpúrea de las últimas luces de la
tarde, de la misma tonalidad que las hojas marchitas de los chopos que cubrían
el antepecho de la ventana. La había invitado reiteradamente a sentarse pero
hasta entonces había permanecido de pie, inmóvil y atenta: El Doctor no sabía a
qué esperaba; no le había dicho todavía -aunque imaginaba que a la postre se
trataría de algo de eso- que pensaba seguir su viaje hacia la montaña y aunque
estaba seguro de que, en tal caso, debía disuadirla, no sabía muy bien por qué.
Trató de saber si su cara le había sido conocida, pero no lo logró no sin obligar
--deforma recurrente- a insistir a la memoria sobre el momento en que le había
abierto la puerta, para averiguar si se había producido una clase de
reconocimiento.
«A veces
he llegado a pensar que la familia es un organismo con entidad propia, que
trasciende a la suma de las criaturas que la forman. Es la verdadera trampa de
la razón: un animal rapaz, que vive en un nivel diferente al del hombre y que
constituido por una miríada de impulsos fraccionarios, de microseres sin otra
forma que una voluntad incipiente, un apetito voraz y un instinto automático
para aunar sus fuerzas en torno al sacrificio del hombre, prevalece gracias a
su condescendencia, a un deseo de tranquilidad que -aunque él lo niegue- está
aparejad¿ con su falta de dotes para la lucha; una de esas colonias de animales
pelágicos -como el banco de arenques que se une alrededor de un cetáceo que les
alimenta con sus excrementos y al que (actuando de pilotos) terminan por
dirigirle hacia las zonas de plancton que ellos no prueban- desprovistas de
razón de ser hasta el día en que logran aglomerarse en torno al individuo,
carente de instinto predatorio y maniatado, esclavizado y sojuzgado por una
razón que ya no puede evolucionar; todavía en mi juventud se daba por buena una
teoría -quién sabe si nacida del horror a toda forma de respeto social- que en
la liquidación de la familia veía la emancipación de un instinto anquilosado y
amordazado por una razón astuta que se interroga siempre sobre el objeto de su
entusiasmo (y en eso estimo su diferencia con la pasión) y que sólo en muy
contadas ocasiones se atreve a utilizar su saber, haciendo caso omiso de sus
propósitos y sus intenciones. No sé si resultó ser otra impostura, un nuevo
despropósito, un nuevo cimbel dispuesto por la sociedad para distraer al
individuo de su afán original, la pasión. Como quiera que fuera ese precario
instinto -que no se conjuga tan fácilmente con el anhelo suicida deslumbrado
por su satisfacción- también resultó fallido, porque incluso ante el cimbel
erró la puntería: por eso a veces me represento a la razón como la trampa
adonde el hombre ha ido a caer, perseguido por toda una turba de pasiones
inestables cada una de las cuales ha requerido una amputación. Mejor dicho,
este mundo no es una trampa, sino un escondrijo (en cierto modo gratuito y
frívolo, muy propio del dilettante que carece de energías y motivos para
abordar una actividad seria) que ese hombre. se ha fabricado para ocultarse a
su propio demonio. Incluso el humor procede de ahí, de la actitud de quien;
quieto y oculto, ve cómo los demás corren frenéticos en pos del agujero que él
ocupa. Sólo que esa existencia en el escondrijo de la razón... llega a cansar,
pronto se añoran aquellas carreras descabelladas, aquel no tener necesidad de
lucidez tanto como de piernas, de aliento, de miedo, sí, de miedo. ¡La
nostalgia del miedo! Hasta su propia razón se debilita, en la humedad de ese
agujero: un día, mientras languidece prisionero de su propia protección, para
superar su aflicción se deja arrastrar por el terreno de las confesiones. Ya
está perdido; luego, con el pretexto del cariño, de la comprensión, de la
compañía empieza a ser devorado por un cierto número de criaturas que lo consideran
cosa propia. Ya no será nunca más un individuo, un hombre dueño de sus actos
tanto como de un instante, un reducto de libertad. No sólo le exigirán la
entrega total, la primacía de los deberes para con ellos, sino que considerarán
ultrajante, vejatorio y punible aquel gesto -el más fútil e inocente- mediante
el cual pretende reservarse un pedazo de su vida para sí mismo. ¡Eso sí que no!
Lo que no comprendo es cómo hasta ahora no ha sido capaz de redactar un código
que esté de acuerdo con sus deseos, que se preocupe de defender su naturaleza
más íntima. En contraste, no conoce la fatiga para redactar las leyes de
protección a su más encarnizado enemigo, la familia, la sociedad. Y sin duda
porque los códigos son redactados por la razón, un aparato al que apenas le
interesa lo que el hombre es y desea. Yo me pregunto: si el hombre además de
tener razón contara con un caparazón calcáreo, con cuatro pares de patas
articuladas y una capacidad de reproducción de sesenta huevos por puesta, quizá
el código no dejara de ser el mismo, una serie de principios de forma
elaborados con abstracción de la naturaleza; no una regla de convivencia sino
un estímulo a la sociabilidad, para enajenar y atrofiar ese inagotable afán de
soledad y emancipación y libertad que constituye el tronco de su especie.
Porque el hombre no es un monumento al amor sino al desprecio al otro, el que
lo quiera olvidar se confunde. En la generación de mi padre se hablaba ya de la
comunidad humana e, incluso, de la “gran familia”. ¡Qué bien lo estamos
pagando, qué caro nos va a costar! Una gran familia, sí; pobre de recursos pero
atiborrada de principios; todos se deberán a todos y nadie se tendrá a sí
mismo. Los pocos hombres que nacieron en esta tierra y pretendieron luchar
contra esa corriente -porque eran demasiado ingenuos para renunciar a su amor
propio o porque, demasiado rudos, vieron con desprecio o compasión cómo una
doctrina de amor no buscaba más que la degradación de la grey- fueron buscados,
acorralados y aniquilados como animales dañinos.»
Acomodado
en el viejo sillón de cuero negro, tan gastado que dejaba asomar los muelles a
través de los agujeros y una segunda piel de color tabaco, se le veía un tanto
inquieto. La primavera anterior, con los días más largos y el aroma de almidón
de los castaños en floración, con los chillidos de los vencejos que,
embriagados de velocidad, giraban en torno a las chimeneas de la casa y los
olmos de la carretera, había vuelto a percibir ciertos síntomas que le
procuraban un profundo y permanente malestar. No podía decir con certeza de qué
se trataba, unas voces vespertinas, un zumbido nocturno y mañanero que sólo al
mediodía se silenciaba, unas luces esporádicas en la silueta sombría de los
montes, unos bandos de pájaros que no esperaban a octubre para dirigirse hacia
el sur y muchos montones de papeles que el viento traía apelotonados, subiendo
por la carretera: hojas de periódicos envueltas en un gran rollo y que al
llegar a su puerta se abrían insinuantes y a las que jamás se acercó pero que
durante todo el verano trataron por todos los medios de introducirse en la
casa, golpeándose contra los cristales, remolineando por los balcones y
obturando las chimeneas (todas las tardes las veía mientras reprimía sus
escalofríos tras el ventanal) para terminar, descoloridas y agujereadas por la
lluvia, deshechas por los golpes de viento, colgando de las ramas de los
arbustos y espinos. Y también -y no por ser lo más usual era lo menos grave- el
eco de un motor -o de unos motores- de poca potencia que, acelerado y agotado
al mismo tiempo, durante varios meses había tratado en vano de remontar un
repecho lejano y virtualmente próximo gracias a la resonancia con que una
topografía maligna lo había recogido, magnificado y repetido, después de una
tarde espejearte de agosto. Nada de todo aquello le había pasado inadvertido al
Doctor aun cuando su conciencia -su deseo de paz, su renuncia al inconformismo-
se negaba a aceptar la proximidad de nuevos hechos y posibles prodigios. Había
vivido y conocido muchos casos desgraciados y muchas aventuras insensatas y
pocas veces las premoniciones habían llegado a afectar a la paz en que vivía.
En ninguna ocasión el viajero se había detenido en su casa (con excepción del
día que, los belgas llamaron a su puerta, para pedir agua, potable); un par de
días después de que el eco repitiese y trasladase a una octava que el oído no
podía soportar, el zumbido del motor, y unas horas antes de que el viento
trajera a su puerta, la tarjeta de visita, había visto la nube de polvo,
después de rebasar la collada,, ascendiendo por el escabroso camino de Mantua.
Y sin embargo había abierto; a sí mismo se repetía que tal vez era la suerte
quien le habla deparado aquella prueba y no para devolverle, restaurarle o
regenerar la confianza en sí mismo sino, muy al contrario, para robustecer una
especie de abstracto despego y de radical desconfianza que nunca había sido
contrastada, al menos desde que terminó la guerra civil, con una realidad-no
por supuesta menos ingrata- que al fin iba a sancionar la misma fuente de sus
reservas. Sentada en el sillón gemelo de la consulta de tanto en tanto se
volvía hacia el Doctor con esa mirada significativa, chocarrera y vivaz, que
guarda para el fiscal que le acusa, ese delincuente regocijado que en medio del
estupor y espanto de la sala, se demuestra incapaz de comprender la magnitud de
su delito. Pero al Doctor no le había pasado inadvertida la posibilidad de que
su huésped, a fin de rehuir toda justificación, se refugiara en una suerte de
artificiosa indiferencia con la que silenciar el temor al fallo aun a costa de
poner de manifiesto una intención hipócrita. Por otra parte él no tenía la
menor duda de que, al hacer uso de su penetración para averiguar los móviles
del viaje, aun en una prudente medida y sólo con fines disuasorios, no podría
por menos de revelar una serie de opiniones cuyo verdadero origen y fuerza
estaba muy lejos de querer -o poder- confesar; así que contemplaba aquella
situación en que -voluntaria o involuntariamente, eso al fin y al cabo era lo
anecdótico- se había envuelto con esa mezcla de deleite e intriga que al
espectador procurare esos cuadros de tema mitológico, bíblico o devoto y cuyo
asunto no conoce cabalmente (como el Paisaje con el velo de Tisbe o el Viaje de
san Genaro), en la que toda la índole del argumento se centra en una liviana y
lejana figura al fondo de un escenario exuberante; y de la misma forma que en
tales cuadros la ignorancia estima caprichosos ciertos acontecimientos que se
desarrollan en otros planos que, de otra forma, están ligados a aquella-
enigmática figura por un vínculo que sólo puede descifrar una erudición ausente
o la clave de un lenguaje esotérico que el artista utilizó para hacer
manifiesta una creencia prohibida, así trataba de comprender la razón de
aquella visita y la relación que podía guardar con los augurios del monte y la
intolerable calma que parecía emanar de la sierra desde dos primaveras atrás
-después de tantos años de desastres y resignación que hasta los pocos
melocotoneros supervivientes se habían acostumbrado a producir orejones- y que
él, en cuanto hombre viejo y rodeado y protegido de astutos desengaños, intuía
que anunciaban el comienzo de una nueva revulsión. No podía creer en los
presagios y sin embargo no podía dejar de lado -sin hacer uso de todos los
prejuicios locales- la relación entre dos o más series de acontecimientos que
ninguna ciencia podía resumir: todos los años que florecían los jacintos había
una muerte violenta en Mantua. Sólo había logrado sentirse sosegado -yen paz
con su país- los días que el mal tiempo -que habían sido muy escasos- había
desplazado, siquiera fuera por unas pocas horas, aquel ambiente tan apacible
como inquietante. Y a pesar de que en su fuero interno se repetía -sin
convencerse- de que una reiterada coincidencia sólo podía dar lugar a una
ficción, un espejismo o cualquier forma de superstición (porque él ya no creía
ni en el tiempo ni en la salud del cuerpo; sabía que no existe lo porvenir ni
las nevadas ni las avenidas del río), en realidad sólo confiaba en los catarros
y en las tormentas para alejar de su espíritu un anhelo de presagios y sucesos
que se traducía en una permanente desazón. Había comprendido que vivía en la
zozobra cuando se apercibió de que -tras muchos años de haberlo tenido en
olvido, o, mejor dicho, secuestrado en un piso de la memoria donde con
independencia del buen sentido se recluyen ciertos registros ridículos para
curarlos de un sabor demasiado recio e ingrato y transformarlos en esa gelatina
conceptual de la que se alimentan los temperamentos serenos-- desde la
primavera anterior casi todos los mediodías se preguntaba por el estado del
cielo. En aquel momento estaba dispuesto a creer -tal era su impaciencia- que
aquella mirada maliciosa sabía muy bien lo que se estaba tramando en las alturas
de la atmósfera; a ratos callaba, volviéndose de súbito hacia ella para espiar
un movimiento, un gesto o un sesgo mediante el cual desenmascarar sus
intenciones; a ratos permanecía hundido en el sillón, con el dedo en la boca y
la respiración tranquila y una mirada extraviada, indolente; envuelta en un
halo de húmedos brillos provocados por anacrónicas semblanzas y propósitos
tardíos. Sin embargo se guardó muy bien de mencionar su temor; en un principio
pensó que llegado el momento se podría permitir ciertas preguntas sin abandonar
su actitud de discreción pero pronto rectificó; toda su fortaleza descansaba,
una vez más, en su capacidad para contemporizar y esperar sin adelantarse a las
preguntas de su huésped con un interés que difícilmente era capaz de demostrar
sin hacer visibles los síntomas de su desamparo; eso era justamente lo último
que habría confesado y lo primero que trataría de evitar, consumido y
mortificado desde mucho tiempo atrás y en sus fibras más íntimas- por una
incurable sensación de fracaso (y por consiguiente por ciertos residuos de
entusiasmo -ya no pasión-respecto a ciertas cosas ante las que a sí mismo se
consideraba desafectado y a través de las cuales se podían vislumbrar las
contradicciones de su supuesta pasividad, la supervivencia de las esperanzas
fenecidas) que las actitudes más escépticas y los remedios más delusorios no
habían sido capaces de mitigar. Y no era tanto un último residuo de pudor ni de
apego a la tierra o a sus costumbres, ni tampoco el horror que podía producirle
la opinión de una persona extraña y tan mal conocedora de unas circunstancias
que dominaban a cualquier interpretación, sino una forma de desconcierto y
estupor (que tanto se traducía en desprecio como en malestar) que desde su
vuelta a Región le habla encerrado en aquella casa, había abortado toda
decisión, le habla condenado a aquella butaca desvencijada junto a una ventana
en la que se iba acumulando el polvo y frente a un país desolado mientras en
una cabeza lúcida bullían todavía los viejos rencores, el fuego del desacato y
el humo de adolescentes ímpetus, y esa actitud boquiabierta, expectante y
suspensa del hombre que aguarda un estornudo frustrado, detenido a la altura de
la nariz con un picor singular. Había llegado a pensar que su padre vivía todavía
refugiado en Mantua, bajo la tutela del viejo Numa; que esperaba su vuelta, que
de vez en cuando enviaba un mensaje que él -por miedo, por impericia, por
cobardía- no había aprendido a captar. Pero tampoco lo podía llegar a creer:
era demasiado tiempo y, sobre todo, demasiado ocio. En cambio, su madre...
quizá era la que disparaba; no era una venganza sino la reanudación del ciclo
-crónico; la fiesta saturnal de una mente arcaica que exigía el regressus ad
uterum para borrar los errores y descarríos de la edad presente y preparar el
nacimiento de una nueva raza. Cuando llamó a la puerta se encontró ante la
disyuntiva dé franquear la entrada a la visitante o -al negarse á aceptar los
pertinaces timbrazos- arrumbar para siempre el difícil equilibrio que habla
logrado arbitrar entre el signo de los tiempos y su propio desconcierto. No
había querido tomar -respecto a la conducta de ella- una decisión porque ni
tenia urgencia en disuadirla ni razones bastantes para convencerla de la
inanidad de sus esperanzas y porque, en definitiva, no estaba en las
tradiciones del país -tolerante hasta la indiferencia respecto a las conductas
más inesperadas- el arrogarse una misión que sólo los acontecimientos sabrían
colocar en su justo marco. Ciertamente todo el país padecía una enfermedad
crónica y una epidemia porque (aparte de que nadie podía sentirse atraído por
el ministerio del augur) en la conciencia popular se había llegado a considerar
punible, insensata e imprudente la más ligera advertencia acerca de los peligros
que encerraban los atractivos del monte; era ese punto de hipocresía lo que
concedía al viaje anual el valor de un rito, el misterio de una fe y el sentido
de una confirmación. Sin duda la reiteración del caso había conducido a la
formación de un vínculo en la conciencia popular -ala que por fuerza no podía
sustraerse el Doctor- entre aquella confirmación y la preservación del secreto
por los habitantes del llano; algunas razas arcaicas -y ésa lo era, o lo es-
han llegado a la astucia a través de una perífrasis -un largo, complicado y
redundante período en el que se insertan premoniciones, costumbres,
superstición y mito-,tal vez para rehuir un esquema causal demasiado breve y
expedito, demasiado simple, y en el que no tiene entrada, ni justificación posible,
la contradicción de una especie que no aprende a vivir en paz. Sabía de sobra
que aquella hora era funesta; sólo salía de la casa un rato, antes de comer, y
entrada ya la noche a la hora en que (al igual que la madrugada para el
condenado a muerte)- la oscuridad sobre la montaña imponía una fecha más de
aquella inquietante tregua; salía para atrancar la cancela exterior y dar un
pequeño paseo por el jardín que el Doctor aprovechaba para orinar en la hierba
de acuerdo con una práctica que él reputaba como uno de los remedios más
eficaces contra el mal de nervios «y sobre todo en los días cálidos» «cuando el
sol, al levantar su mano déspota sobre la pradera, cae vencido y en la pradera
surge, instantáneo, acompasado y unísono al canto de victoria de las ranas y
las cigarras, esa explosión de voces jubilosas que se unen para alcanzar una
dimensión ultrasonora con la que festejar su reciente liberación». Apenas
cenaba y sólo lo hacia de tarde en tarde, los días que el mal estado de su
cabeza-le obligaba a beber con moderación, un guiso de patatas o zanahorias que
él preparaba para los dos. Hacía uso de la cena como de una medicina que, tres
o cuatro veces por semana, se veía obligado a ingerir para no interrumpir sus
hábitos de bebida y para poder prolongar, diariamente, sus largas veladas. Se
acostaba muy tarde, pero casi toda la mañana permanecía encerrado en la
habitación -no se oía el menor ruido en la casa. Acostumbraba a beber sólo por
la tarde, sentado en el sillón de cuero negro ante el largo vaso sucio en el
que todos los días -dentro del supino e impenetrable éxtasis inspirado no por
la unión mística con el orbe que le circundaba sino por la contemplación del
principio de individuación, cristalizado en el agua madre del absurdo, la
futilidad y la ingratitud- se reiteraban los procesos del caos representados en
la lenta e interminable ascensión de las pequeñas burbujas hacia el ambiente
que las extinguirá, para interrogarse -sin posibilidad alguna de encontrar una
respuesta- sobre esas constantes dolorosas de la memoria que el tiempo, como el
líquido, ha aprisionado en un medio del que sólo pueden salir para extinguirse.
«Estas
noches se hacen largas, muy largas. Estas noches -por demás- en las que la
luna, con su moderada claridad, invita al paciente a suspender temporalmente el
rencor que ha atesorado para contemplar el negativo engañoso: esos álamos y
abedules susurrantes y esas eras plateadas, las caras y las palabras del pasado
que vuelven desprovistas de encono por un artificio de la luz; o incluso ese
violento y despreciable apetito de perdón, de sosiego y beatitud que se apodera
gratuitamente del ánimo -demasiado cómodo, olvidadizo y pagado de sí mismo-
cuando la tierra (al igual que el peluquín platinado y magnificado por una
combinación de las sombras con la fiebre se transforma en una pecaminosa y
reiterativa pesadilla en la habitación del insomne) extiende sus rizos hasta el
antepecho de la ventana o el embozo de la cama para pedir con un gesto zalamero
y perverso un último gesto de esperanza que al día siguiente repugna como un
atentado a la dignidad. Es difícil defenderla porque es fácil sucumbir; oh, esa
razón acorralada no encuentra a la postre otro refugio que el garito que
siempre miró con desprecio y horror; se trata del honor, otro contrasentido.
Porque en él se refugia toda la capacidad de resistencia, de protesta e,
incluso, de sentido común, ese hijo de la razón que rehúsa salir en defensa de
su. mayor cuando lo ve vencido. Porque es allí, en el campo del honor (nunca
mejor dicho) donde la razón y la pasión luchan hasta la muerte su combate
final, como ese par de nobles, corajudos y apuestos caballeros que salieron a
la arena con las armas bruñidas y el propio orgullo agitando la cimera pero que
terminaron el combate a puñetazos y mordiscos, tirados en el suelo, envueltos
en el polvo. ¿Qué tiene de particular, a fin de cuentas, que a partir de ese
momento se vuelva tan cruel y sanguinario?>
Dormida,
su cara era más serena pero también más madura. Se había deslizado su abrigo y
entreabierto el escote del vestido dejando al descubierto el arranque del
cuello, de color de cera, ligeramente moteado, escorzado sobre el respaldo con
curvácea negligencia. El Doctor desenchufó y la habitación, al poco rato, quedó
iluminada por el resplandor opalescente de la luna en las sierras calizas, como
si obedeciera a esas mutaciones de luces, tonos y sombras que en la
luminotecnia teatral se estiman necesarias y suficientes para dar paso a la
evocación.
«¿Qué
más?»
Al pronto
sintió sus ojos abiertos y luego los vio, brillantes y negros en la penumbra
azulina y pugnando por liberarse de una sumisión contradictoria, como esas dos
joyas incrustadas en una figura inexpresiva y tosca, que tratan inútilmente de
salir de ella para hablar de su superior condición.
«¿Qué
más?»
Por
primera vez comprendió que en tal situación, sin que pudiera hacer nada contra
ella y sin que pudiera venir en su ayuda cualquiera de sus muchas reservas,
podía aflorar en su interior un sentimiento de compasión que -si persistía en
su actitud recogida, las largas piernas dobladas y los brazos cruzados por la
cintura, la cabeza reclinada sobre el respaldo- podría evolucionar hacia
cualquier otro que, sepultado durante muchos años, tal vez permanecía
incorrupto. No quería saberlo e incluso le atemorizaba el solo hecho de
interrogarse a ese respecto.
«¿Por qué
no sigue?»
Guardaba
el licor en su dormitorio, en un pequeño armario adosado a la pared junto a la
cabecera de la
cama que, corno todos
los días, estaba desordenada
y revuelta y aún guardaba el tufo de su sueño; tomó la
almohada, la sacudió, ahuecó y la colocó en su sitio, extendió una manta por
todo el lecho y, con una botella de castillaza entre las piernas, permaneció
-un rato absorto, mientras contemplaba el desorden habitual de su alcoba,
tratando de saber lo que había olvidado. La ropa, los paquetes de algodón, los
zapatos, el fonendoscopio asomaban por los cajones entreabiertos del viejo buró
de sus años de clínico, atestado de libros desencuadernados, más propios de un
estudiante que de un profesional, de envoltorios y periódicos atrasados,
antiguas facturas amarillas, recetas y muestras de específicos que habían
impregnado la habitación con un intenso y agrio aroma medicinal. Durante un
rato removió los cajones y la estantería sin ánimo de encontrar nada, pero de
repente tiró de uno de ellos, vació su contenido en el suelo y, tras apartar
unas chucherías (no parecía que le hubiera guiado la vista tanto como ese
instinto de identificación que reconoce el objeto de su búsqueda antes de que
los sentidos lo perciban) extrajo una fotografía de carnet, abarquillada y
amarillenta, con los bordes ahumados, que evidenciaba una larga temporada en la
oscuridad. Buscó un sacacorchos -había una vieja navaja oxidada debajo de la
mesilla de noche- y, sin apartar la vista de la fotografía, sacó de un tirón el
tapón produciéndose una pequeña herida en el dedo a la que, sin mucho
miramiento, aplicó un chorro de licor. Bebió un largo trago, tosió, se secó los
labios y permaneció sentado en el borde de la cama hasta que sintió que su
huésped, apoyada en el marco de la puerta, le observaba desde el umbral. .
«¿Qué es
ello, doctor?»
«Estas
noches son traidoras», dijo, al tiempo que guardaba la fotografía en el
bolsillo.
«Vamos»,
había limpiado un vaso que dejó al alcance de su asiento, encima de la mesa,
mediado
de aguardiente.
«Lo que
sí le puedo asegurar es que nunca me permití la menor licencia y que a mí misma
me impuse la disciplina del silencio desde que acabó la guerra. Si algo había
comprendido era que a partir de entonces existían dos mujeres diferentes que no
debían confundirse si es que yo quería conservar la integridad de la reclusa;
que cualquiera de las dos debía defenderse de la contaminación de la otra y que
una tercera mucho más lógica, ponderada y respetable- celaría y garantizaría la
convivencia, la independencia y la personalidad de ambas. Esa tercera -el
árbitro- es tal vez la que ha venido aquí y ha llamado a su puerta no en busca
de sus hijas desaparecidas sino de la penitencia con que una madre acosada por
las penas y los remordimientos trata de poner remedio a las pérdidas
irreparables. Pues si algo aprendí en aquellos días fue que los problemas de mi
amor eran excesivamente míos y que jamás podrían ser compartidos por aquella
persona a quien yo quería; y que, sin duda, habría considerado como una ofensa
o una demostración de egoísmo la más leve pretensión por mi parte de hacerle
partícipe de ellos. De forma que tantas veces como pretendí ponerme en viaje
-oh, era tan sólo una ficción y ninguna de las personas de la trinidad, ni
siquiera la reclusa, intimidada ante las otras por un prurito ridículo, le daba
la importancia de una escapatoria juvenil, seguras de que en ningún caso podría
llegar a su término; porque se trataba de un juego fraudulento y convenido, una
especie de asueto de la reclusa (incomunicada desde el final de la guerra) que
las otras dos (usufructuaria y celadora) tenían a bien tolerar con esa mezcla
de paternal severidad y condescendencia con que se observa y sigue el intento
de fuga de quien, víctima de su desesperación, no intentará a la postre sino
volver a la celda que le libera por la renuncia de tantos anhelos imposibles-
me vi finalmente sentada en la cuneta de una carretera desierta o en el andén
de una estación del absurdo, antes o después de Macerta, confiesa, turbada y
sin fuerzas para prolongar un instante más una decisión contraceptiva y
tratando de explicar a un factor somnoliento (envuelto en lágrimas, perfumes de
hollín y aromas de vino) las últimas consecuencias y el primer y más inmediato
remedio (todos los trenes pasaban a medianoche) contra un mal adquirido en los
últimos días de la guerra, en un laberinto de pasillos caóticos y bombillas
parpadeantes, habitaciones estrechas y camas enormes, viajes en camión y
palanganas sucias y disparos entre los matorrales, a lo largo de aquel viaje
interminable al corazón de la sierra. Un día, fue a instancias de aquel mismo
factor desquiciado y compasivo o fue tal vez un cochero que me esperaba dormido
en el pescante desde el día de mi conversión, llegué en mi desesperación a
alquilar una tartana que había de llevarme hasta el Hotel Terminus, de Ebrias,
donde paraba habitualmente el ordinario de Región... Conocía el hotel, de sobra
lo conocía y lo recordaba tan bien como para sospechar que en el momento en que
tuviera fuerza suficiente para empujar la puerta y hacer sonar los cascabeles
colgados del dintel habría logrado cerrar el ciclo de crecimiento de una
persona que hasta entonces sólo había sabido hacer brotar una flor malsana
entre apasionados y fétidos cultivos. Era mejor dejarla morir. Al otro extremo
de la calle y en la acera de enfrente, esperaban las otras dos tranquilamente,
seguras de que unos pasos antes de la puerta del hotel su insensata decisión se
habría venido abajo: “Pobrecilla; no tiene remedio”. Porque no era una decisión
lo que echaban de menos sino falta de fe, un mínimo de confianza de que con
aquello que iba a buscar en el vestíbulo del hotel habría de cerrarse (o
abrirse) el nuevo paréntesis. A través de la puerta vi entonces al conserje,
sólo asomaba su cabeza blanca por encima del pequeño mostrador, que con unas
gafas en la punta de la nariz leía un periódico local en un vestíbulo fresco,
sombrío y solitario... Dios mío, ¿quién era aquel conserje?, ¿por qué, sin
apartar la mirada del diario, me hizo de pronto desfallecer, sentir la
futilidad de mi quimera y volver vertiginosamente al punto de partida, mientras
las otras dos personas en el extremo de la calle se volvían de espaldas,
triunfantes y discretas, para disimular su alegría aprovechando un gesto con el
que se apiadaban de mi vergüenza? Ni siquiera si se hubiera tratado del burdel
habría logrado interponer entre ella y las dos personas que esperaban en la
acera de enfrente aquella barrera infranqueable que la se parara
definitivamente de una conducta decente. No, no había la menor posibilidad de
degradación, no tenía la menor fe en la perversión, es lo que me vino a decir
el conserje, frente a la escalera de madera barnizada; sin duda que no me
faltaba resolución para desertar de la decencia, del orden y de los escrúpulos
pero me faltaba valor, capacidad de sacrificio y la lucidez necesaria para
abrazar el credo canalla de una depravación en la que, por fuerza, me iba a
encontrar sola, sin nadie que me acompañara y nadie a quien recurrir en la
eventualidad de un fallo. Era lo que ellas dos me estaban diciendo con su
actitud: no te juzgamos, muy lejos de eso; únicamente te advertimos que después
de cruzar esa puerta ya no nos volverás a ver, eso es todo. No conozco un paso
más difícil de dar y supongo que todos los que viven en un estado así, han
llegado a la soledad a lo largo de un proceso lento y continuo de
descomposición y ascesis porque seguramente la persona no es, capaz de aguantar
ese acto de cirugía brutal e instantánea que, a lo vivo y a pocos pasos del hotel,
yo pretendía ejecutar. Las otras lo sabían; no hay posibilidad de sacudirse y
librarse de la educación ni de las normas ni de nada sino a una edad temprana
que yo había sobrepasado; y la mujer adulta, real que le pese, ha ido
incorporando a su conducta un sedimento moral que, por más que lo intente, ya
no podrá arrancar sin destruir sus fibras más íntimas. Lo terrible es que es un
proceso ignorado. Tras unos años de calma -travesía en calma, dominada por el
temperado soplo de la conciencia- hasta el esqueleto cambia y se niega, luego,
a obedecer los caprichos de la fantasía o a reconocer las doradas
evocaciones de la
memoria. Durante ese
viaje el alma
cambia y adquiere
una forma -consciente o
inconsciente- sin que el verdadero ímpetu de donde nació, distraído por aquel instante
de plenitud, tenga participación en ella. No es sólo que el alma sea mortal
sino que de verdad unida al cuerpo sólo vive dos o tres días, en un hotel de
mala fama o entre unos arbustos, qué sé
yo cuándo. Cuando
era niña, cuando
tuvo miedo. Luego,
por deseo unánime, se queda
reducida a eso. Sólo cuando la fiesta ha pasado y, tras un tiempo de
expectación que se define por su fe en su supervivencia, el alma pretende
despertar y revivir, se encuentra con un cuerpo disciplinado que desde su
propio interior le dicta la prohibición de transgredir sus normas: diez o
quince años más tarde se comprende muy bien: cómo la persona sale del légamo de
aquella juventud totalmente limpia, desnuda e inocua, agente pasivo de una
voluntad extraña que sólo la distrajo pero no la transformó en aquellos
instantes decisivos que quedan depositados en la memoria con una carencia
absoluta de recuerdo. Cuando comprende que ya su alma se extingue -cerca ya de
los cincuenta- es preciso recurrir a la imagen, sin cara ni voz ni nombre,
reducida y cristalizada en aquel éxtasis incoloro que la preserva incorrupta.
Cuando, en el limite de sus fuerzas, quiso por última y definitiva vez tratar,
como la Cenicienta, de eludir la vigilancia de sus hermanas para mirarse
en un espejo
y ver aquella
cara incolora, no
supo hacer otra
cosa que emprender este viaje y
llamar a esta puerta."
«¿Un poco
más?», interrumpió el Doctor, en voz alta. «No, no, por favor.»
«Es una
bebida muy limpia; le ha de sentar bien.» «No, muchas gracias. Más tarde.». .
«!Quién
sabe, las horas pasan en seguida:»
«¿El
tiempo?»
«Entonces
no hay duda: es el temor.»
«Mi padre
solía decir: "¿El tiempo?, ¿dónde está eso? Querrás decir la lluvia, la
lluvia...".»
«¿Su
padre?», preguntó el Doctor.
«Jamás
supo nada de mí. No se preocupó demasiado de mi persona, por lo cual le tengo
que estar muy agradecida. Ni siquiera lo aparentaba y antes que otra cosa
renunció a mi fotografía, la maleta atiborrada de papeles y mapas y brújulas.
Le aseguro que eso no me produjo más que tranquilidad, nada de resentimiento.
Pero da igual. No sé tampoco si empezó en esta habitación o si fue en el primer
piso del hotel de Ebrias, también me da igual. Una mañana cerca ya del mediodía
desperté al fin rodeada de un silencio y una calma anormales, un campo frío,
apacible y luminoso, sumido en esa extraña paz rural que sólo puede producirse
en los días de combate. Se había prolongado mi sueño hasta más tarde que de
costumbre, invadida de una pereza que nace de tantas horas de ocio y cama, de
tantas camas sin hacer y tanta ropa sin lavar y tanta sábana sin orear y que
sólo fui capaz de superar por culpa de aquel inquietante silencio. Cuando abrí
los postigos -y los pasos que se precipitaban por la escalera de tarima y el eco
de las descargas y los motores jadeantes que resonaban aún en mis oídos- olvidé
todos mis recelos porque mi atención quedó distraída por una pareja de perros
pordioseros que se olfateaban mutuamente, más allá de la cerca de piedra que
limitaba la pequeña huerta de la casa, en una pradera apagada de color por el
frío, con pequeños montones de nieve helada y sucia, donde habían extendido,
para secarlas, unas prendas recién lavadas y unas sábanas muy blancas. Sin que
yo lo supiera, en un instante de distracción, volví a encontrar la tranquilidad
perdida ante un temor pecaminoso traído a colación por un procedimiento
incomprensible: una ropa tendida a secar que -y entonces me llegó el tufo de
nuestra habitación, cerrada durante tantos días- me hablaba de nuevo del orden
samaritano del que yo creía haberme distanciado para siempre. No puedo decir
otra cosa sino que en aquel momento crucial de la transformación, cuando todo
mi cuerpo parecía preparado para abandonar la crisálida, después de consumado
el inmundo y grotesco proceso que ha de transformar los misterios adolescentes
y las grandes palabras de la juventud y los deseos imaginarios y el déficit de
pasión, por medio de una ilusión manquée, en el receptáculo de un instinto
suicida (y tal vez ridículo pero sin duda intrascendente), toda mi razón se
hallaba ocupada por unos perros de majada que iban a pisotear unas sábanas
recién lavadas. Cuánto tiempo permanecí asomada al frío de la media mañana,
apoyada en el antepecho observando cómo se perseguían, se abatían e intentaban
morderse y montarse en un juego procaz e inocente que sin duda me atraía y
fascinaba tanto como el recuerdo prohibido de una edad repentinamente remota y
virtualmente heroica -esto es, que queda registrada en la memoria unida y
motivada por una intención heroica, aun cuando no fue así- como la inesperada
estampa de un instinto que -entre personas o entre Perros- no podía ser ni
grosero ni punible sino por la amenaza que representaba al orden doméstico
materializado en aquellas sábanas tan blancas que transparentaban en azul las
sombras de la hierba. Quiero acordarme de las otras cosas y apenas puedo: cómo
-haciendo un gran esfuerzo-- media docena de caballerías eran cargadas al caer
el día en la esquina de la casa, frente a los corrales, por un burrero que
encinchaba las alforjas y las cajas bajo la mirada vigilante de un hombre
enfundado en un capote militar y cubierto con un pasamontañas que sólo dejaba
asomar la punta del cigarro; cómo a las primeras horas de la noche emprendían
el camino de la montaña, encabezados por el centinela, quizá el mismo que
vigiló y presenció, apoyado siempre en un umbral ubicuo, mi iniciación al
misterio, con las manos en los bolsillos, el cigarrillo en la boca y la
carabina cruzada bajo el capote, y cerrados por el peón somnoliento que se
bamboleaba en el último borrico. Cuánto tiempo permanecí absorta y ensimismada,
encerrada en aquella casa, sin poder apartar la imaginación de aquel viaje
atroz a quién sabe qué apartada breña de la montaña, en las noches heladas de enero,
sin poder distraer un pensamiento herido pero atraído y casi hipnotizado por,
el arañazo horizontal que el borde armado de las alforjas y la vara del burrero
-como si para aquella ascensión necesitaran esos últimos instantes de contacto
con la casa- estaban profundizando en la pared enjalbegada y desportillada, a
un metro del suelo; estoy segura de que mi conciencia -sin confesarlo- veía a
través de las luces abismales y fosforescentes del alma un rasguño semejante, a
la altura del bajo vientre, producido por una caravana de fugitivos. ¿Me
parecería yo a la tapia, me condenaría a su misma quietud y abandono, cuando no
otra cosa que un rasguño es el testimonio de los hombres que la habitaron y se
fugaron?; estoy también segura de que, entre silenciosas recriminaciones {como
aquellas explosiones de los combates mañaneros que al no ir acompañadas de
ruido no parecían terminar nunca, una conciencia apegada a las costumbres
trataba de ofenderme y avergonzarme con aquel arañazo horizontal, única muestra
de su paso por mi cuerpo pero ---lo que es peor- también lo único que se habían
llevado, distraídamente, unas motas de polvo y cal, en su largo exilio. Y
abundando en ello, sintiendo cómo en mi interior fructificaba la semilla de una
premonición funesta que en lo sucesivo habrá de dominarme siempre con un saber
cobarde y canalla que no necesita de la experiencia para estar en lo cierto,
con la anuencia del destino -y su afán por la irrevocabilidad- y del sentido
del deber y de la decencia que se oponen --y así justifican la dureza de su
regla- a la tendencia que todo cuerpo tiene hacia la corrupción, una vez que ha
conocido el limite de sus fuerzas, hasta que decidí llamar a esta puerta para
preguntar:
»"¿Es
usted ese único hombre que queda en la tierra que no tiene intención de curarme
ni corregirme? ¿Es usted, doctor?":
»Y me
respondió: Es posible, no estoy muy seguro pero es posible que así sea, como si
tuviera demasiada vergüenza en afirmarlo de una manera rotunda. Quizá hasta ese
mismo momento yo me había obstinado en mantener un único credo que investido de
nombres diferentes trataba de sobrellevar y vencer las crisis de la iniciación
de un cuerpo involuntariamente aferrado a una educación en la decencia,
hechizado y esclavizado para siempre a un momento turbulento y remoto, en la
caja de una camioneta o en el pasillo de un hotel de mala fama, en la carretera
de la sierra: Y sin embargo apenas lo creía: traté de defenderme o de defender
aquella parte de la persona que era indiferente a la hipocresía y, en cierto
modo, independiente del respeto a aquel cuerpo poseído que nadie fue capaz
luego de exorcizar, ni los oficiales de la posguerra ni el sosiego doméstico,
el mimo y el regalo con que -el orden al que fui restituida trató de curar las
heridas y afrentas del cautiverio, no ya en el altar del adulterio sino tampoco
en el fuego aberrante de las renuncias, el sacrificio y la fidelidad. Cuando,
al fin -tal vez sentada en este mismo sillón, un único atardecer, de lluvia,
qué más da eso- comprendí gracias al miedo que no había tal independencia, que
no existía en mi cuerpo tal escisión y que tan sólo me había aprovechado de un
legado que las monjas me dejaron con su educación -tanto por el respeto a las
leyes de la decencia como por el hábito del disimulo y del engaño para con uno
mismo- para mantener incontaminado un culto vicioso, me convencí de que me
había hecho vieja. Comprendí también que semejantes contradicciones y hiatos...
ay, no son sino aparato de juventud, los accidentes que surgen como no podía
ser menos en el curso de ese juego que han entablado la fantasía y el destino,
excitados como dos músicos rivales que tratan de mantener animada una macabra
noche de bullicio, han urdido para distraer el afán de la única edad que
esconde un sincero apetito no egoísta. Que trabaja para su propia destrucción
¿quién lo duda? ¿Es esa razón bastante para traer a la persona al culto de sí
misma? Y siempre es así; siempre, tarde o temprano, tiene que amanecer el día
en que el objeto que las manos anhelaron la noche anterior cobra todo su valor
no por sí mismo sino porque se halla entre esas manos. Algo se acaba entonces,
una edad tal vez que no está en los años -repito- sino en la extinción de
cierta generosidad.
¿Cuándo
cesa eso? Es la razón en lo sucesivo -aliada del temor- la que va a dictar qué
deseos son provechosos, cuáles son suicidas, qué rama es preciso extirpar para
enderezar un tronco que... usted debe saberlo: será -supongo- en el momento en
que tras veinte años ¿de qué?,
¿de
matrimonio?, ¿de inocencia?, ¿de desamparo?, ¿de prostitución?, ¿de
hipocresía?, ¿quién es capaz de darle su nombre cabal?, una mujer seducida en
la caja de una camioneta, acogida de nuevo al seno de una sociedad que más que
perdonarla la ha compadecido, comprende -al igual que el delincuente
reincidente e incurable- que su naturaleza tiende al delito y que antes será
necesario pasar por alto todos los códigos vigentes que abrazar el campo de la
virtud; y que ya que es preciso aborrecer algo- en lo sucesivo aborrecerá las
leyes, el orden y la decencia para vivir conforme a un credo que sólo en las
faltas encontró su verdadera razón de ser; un montón de brasas que despide más
calor que cuando los troncos ardían pero que, ay, ya no volverán a inflamarse.
Cuando me acerqué a aquel teléfono descolgado sobre la mesita moruna y la ves:
gangosa, impersonal, no perteneciente a nadie sino al éter enemigo...»
«Tenemos
un solo árbol -interrumpió el Doctor- pero ¿ha visto usted cómo brilla?»
«... no
en la guerra sino en la paz. Porque la guerra sólo era un pretexto, el ardid
que el destino impone, como a Ifigenia, para probar el apego a su padre; y mi
padre era todavía menos que aquella voz terrible, salida de una chapa
magnética...»
«Fue algo
más que eso, sin duda. La prueba de que no teníamos razón, de que no había
lógica en nuestros actos ni juicio en nuestras predilecciones. Por tanto, había
que volver al principio, era necesario borrar los últimos pasos que habían
conducido a semejante atolladero. En verdad, si no existía ya una confianza en
el futuro ni un apego a la tierra ni una verdadera fe en las creencias, ¿por
qué no volver al terreno del odio? Sólo de la derrota podía surgir algo nuevo;
no ha sido así, pero eso no quita nada al hecho de que fuera la mejor razón
para hacer la guerra: poderla perder.»
«Eso me
recuerda que... pero ¿por qué dice usted eso? Eso lo decía él pero no lo creía
sino en gracia de una intención aviesa. Para que yo comprendiera que algo
desaparecía para siempre. Pero justamente creer eso es eternizarlo, vivir en la
confianza de que existe -porque fue- aunque ya no lo volvamos a ver. Lo he
sabido siempre y en parte por eso estoy aquí. Apenas me enteré. de aquella
guerra sino cuando ya estaba terminando. Algo tarde, en algo más que una semana
sufrí todas sus consecuencias: un padre muerto, un amante desaparecido, una
educación hecha trizas, un conocimiento del amor que me incapacitaba para
cualquier futuro; ante mí, y en el seno de una sociedad dispuesta a acogerme
como una mártir y una prenda codiciable, no se abría otra posibilidad que la
del engaño, incapaz de confesar mi apego al enemigo y de renunciar (ya no digo
renegar) a él. No había otra solución porque yo había conocido la suerte de
esos seres desventurados que han sido engendrados un momento antes del
cataclismo y cuya naturaleza, inadecuada para las condiciones subsiguientes, no
tiene otro futuro que una lenta y muda extinción. Yo nací en cierto modo el año
treinta y ocho, al final de una edad continental: mis pulmones se abrieron al
oxígeno cuando el continente decidía
-sin contar conmigo, más bien contó con mi padre y sus amigos de promoción-
sumergirse en este mar letal para el que mi sistema no se halla (no lo estuvo
nunca) adecuado. Son regresiones y transgresiones que ocurren de forma
periódica, pero -en lo que se refiere a la vida del hombre- azarosa. Así que
esta nueva época continental que al parecer ya se anuncia en el horizonte, a mí
ya no me servirá de nada. Por otra parte, ¿qué me pueden importar mis amigos y
mi país si, como consecuencia de aquel cataclismo, no me queda sino amor
propio? Ni siquiera queda el sabor de la venganza, apenas guardo rencor para
los que -aclimatados a las condiciones de estos años pasados- pronto veremos en
el suelo, dando coletazos, ahogados por la atmósfera que trataron de viciar. Para
ellos ha de ser más duro porque yo al menos me formé -me tuve que someter- en
un clima carente de futuro. Ellos, no; han creído que sobrevivirían. Durante la
guerra, el amor, como cualquier otro artículo, estaba intervenido y había que
consumirlo con ese espíritu clandestino, cómplice, mezclado de ansiedad,
premura y picardía, que embarga a los chicos que hacen rabona. No podía
prevalecer a sabiendas de que había nacido y debía su existencia a un estado de
cosas que por fuerza no podía durar; por eso, acuciado por su futilidad, trató
de buscar su razón de ser en un instinto pecaminoso, en cierto sentido de la
burla, en una comedia de la comedia, decidido a no prolongar la representación
más allá de aquella situación efímera y renunciando de antemano a una ulterior
y falsa continuidad que tarde o temprano había de adulterarlo. Nos burlamos de
todo, aunque algo tarde; en una comedia así, el primero que sale mal parado no
es el propio orgullo sino el afán de generosidad. En cierta ocasión me dijo yo
creo que fue un momento de tregua, en aquella fuga hacia la montaña, sentado a
la puerta de una casilla mientras arrojaba piedras al camino.- lo mismo que
usted: que la mejor razón para prolongar un combate era siempre derrotista y
que en nuestro caso era absolutamente preciso continuar la guerra hasta ser
merecedor de la completa derrota. Sólo la derrota haría tolerable la
posguerra... ¿Cómo se llamaba aquel matrimonio que trabajaba en el Comité? Él
era un hombre alto, de gafas negras y de aspecto de mala salud; que apenas veía
nada y que se pasó toda la guerra paseando nervioso por los pasillos del
edificio del Comité, fumando sin parar. Y al parecer no fumaba antes de la
guerra porque una sola cajetilla le habría llevado a la tumba. ¿Robal? ¿Rubal? Su
mujer -lo recuerdo muy bien- también se llamaba Adela, la camarada Adela; era
pequeña, robusta y tras una incipiente obesidad escondía una violencia
contenida; es posible que la costumbre de servir de lazarillo a su marido le
hubiera inoculado un estado de permanente alarma y un afán de vigilancia
respecto a todo lo que les rodeaba. Durante más de un año, el último de la
guerra, dormí en la misma habitación que ella, cuando la economía de las
habitaciones impuso la separación de sexos; yo no sé si llegué a odiarla. Unos
pocos días antes que las tropas de mi padre ocuparan la ciudad les vimos
abandonar el edificio del Comité, cogidos de la mano: salieron al aire libre
por primera vez en cien o doscientos días y no se atrevían a dar un paso,
cogidos de la mano y contemplando la plaza del pueblo con la misma extrañeza
que si se tratara del país del Tendre. Qué abandono, qué crueldad. Supongo que
las tropas les debieron sorprender sentados en un banco de la misma plaza,
carentes de todo e incapaces de pensar en su propia situación, todo lo que
había pasado y la suerte que les estaba deparada, paralizados más por la nada
que por el miedo y sin saber -o poder- hacer otra cosa que apretarse mutuamente
la mano para retener esa última y única propiedad sobre la que nadie -ni ellos
mismos- se había de interrogar. Recuerdo que me quedé observándolos hasta que
un viraje de la camioneta al doblar una esquina los ocultó, impresionada por
una sensación que no me atrevo a calificar de ninguna manera: una mezcla de
compasión, alivio, envidia, culpa y menosprecio. Compasión ante su desamparo y
envidia de su simplicidad y regocijo, culpa, animosidad y muchas otras cosas
por la distancia que en todos los órdenes me separaba de ellos. Pero qué sabía
yo que a los Pocos días había de volver su imagen a mi memoria, nimbada con un
aura de fatalidad porque ya no se trataba de una estampa fugaz sino de una
condición. Sujeta a la misma condición me encontraba yo, a la puerta de aquel
hotel de montaña de mala reputación, secándome las manos en un paño de la
cocina después de fregar un cacharro mientras que por la vereda que subía de la
carretera ascendía hacia la casa la columna de navarros. Entonces no me di
cuenta; lo que yo me negaba a creer, lo: que mi amor propio trataba de hacer
público para forzar un cambio de mi sentimiento, lo que mi despecho temía y mi
vergüenza se empeñaba en negar, estaba implícitamente reconocido por una
memoria que recurría a la imagen de aquel desdichado matrimonio. Tampoco era
simpatía lo que al cabo de los días me volvía hacia ellos; sino una afinidad de
índole fatídica gracias a la cual sin atreverme ni querer comprenderlos ya no
los sentía extraños a mi propia naturaleza. No hubo ultraje ni engaño, eso es
lo peor; cuando al fin abandoné la casa volví a Región envuelta en mantas y
capotes militares, en compañía de un niño que acariciaba un gato recién nacido
y de un viejo carretero sordo que no paró la menor atención. a los puestos de
control, las columnas de evacuados y los grupos de prisioneros taciturnos y
harapientos- me embargaba todavía la sensación de culpa y retraso, como si
saliera de una fiesta cuyo bullicio resonaba aún en mis oídos en forma de
cansancio, sueño y satisfecha desazón, reconfortada en mi fuero interno por las
emociones que, tras unas horas (le descanso, habrían de repetirse. Pero no fue
así porque sin duda mi cuerpo -mi alambicada y frágil desolación- requería más
cuidados que el mero descanso y necesitaba otras garantías y otros alimentos
que los ensueños del despertar; qué no decir de aquella apariencia de inocencia
que llevada de una evasión fratricida trataba de consolarse con la palabra
expiación, con la palabra culpa y la palabra deber y esa última palabra,
renuncia; como si las palabras hubieran de tener el poder de suturar la herida
y relajar aquellos músculos tirantes que por nada del mundo querían volver a su
relajada posición ni salir de aquel absorto, tenebroso e idiotizado éxtasis,
tirada en la cama de la estudiante y rodeada de inocentes fetiches y muñecones
de trapo, donde tan pronto como comprendió que había quedado sólo el cuerpo en
secreto empezó a animar aquella soledad para practicar un culto prohibido.
Aunque yo no quería ni perdonar ni olvidar el testimonio que guardaba mi
tabernáculo era de esa índole que trata a toda costa de romper los secretos y
votos para ser profesado una vez más. En realidad, ¿qué tenía que ocultar,
aparte de la desviación respecto a la conducta normal y decente de una muchacha
de mi edad y de mi educación? ¿La guerra no era más que suficiente justificación
de los desórdenes de un cuerpo? ¿No fue suficiente en cuanto se refiere a la
niña crédula e impertinente, colocada a un paso de la sutil frontera que la
separa de una mujer pública? ¿No bastaron un par de semanas en un albergue de
mala reputación, un viaje en una camioneta desvencijada en compañía de unas
gentes que en cierto modo estaban en su derecho en el momento de violarme o de
matarme? ¿Qué otra réplica habían de dar a mi padre? ¿No era eso -y sigue
siéndolo, el frenesí de mi padre y sus amigos- un asunto de la mayor
importancia para parar mientes en los descarríos de la hija? Ah, si todo
hubiera sido así de simple yo hubiera salido inocente: quiero decir, yo habría
salido del sacrificio dueña de mí misma. Pero ¿para qué entrar en detalles?
¿Qué importan las personas, los nombres, los lugares, las fechas, la clase de
falta? ¿Qué importa lo que yo elegí frente a lo que me fue dado? ¿No luchaban
todos entre sí? Entonces ¿qué? ¿Importa que fuera yo la primera interesada en
perder la virtud? ¿Y si le dijera que de no haberse producido el
holocausto también la hubiera
perdido? ¿No cree
usted, doctor, que hay muchas
maneras de peder la virginidad?»
«Ciertamente,
no lo sé. En materia de conocimiento he tratado siempre de limitarme al terreno
de mis experiencias.»
«Señor,
hay todavía quien cree que cuando se deshoja ese frágil pétalo se adquiere un
nuevo estado. Supongo que es una manía puramente masculina, una especie de
garantía de que la calidad del producto depende de una etiqueta en el tapón.
Pero de qué poco le sirve a la mujer ese precinto, qué poco le importa el
estado del tapón. No sólo lo odia sino que se enorgullece en cuanto puede
romperlo y olvidarse para siempre de un estado que maldita la importancia que
tiene. La verdadera virginidad viene después, con el precinto roto. Y la
inocencia y la castidad también. Y entonces aunque no quería confesármelo yo lo
sabía, día y noche tumbada en aquella estrecha litera de estudiante, rodeada de
muñecos y recuerdos de colegio y tratando a todo trance de reconstruir el dolor
y el escozor de la herida en el bajo vientre porque con toda probabilidad para
aquel entonces mi pobre economía consideraba más barato suponer que me había
dejado arrastrar hacia un pecado perdonable y corregible. Pero qué poco dura
eso, qué pronto la verdadera economía del cuerpo se impone a las medidas y
cortapisas de la educación que trata de sanear un estado ruinoso y lastimero
con una purificación ficticia; y el juego se inicia de nuevo, con la siguiente
desventura; hay todo un largo momento en el que los acasos, los desastres, la
esperanza son transportados a un nivel imaginario determinado por' la culpa y
la regeneración entre las cuales la persona sé mueve corno una pelota voleada
entre las manos de un mismo malabarista que la mantiene en el aire sin que
llegue a tocar jamás la tierra. Eso es para mí lo más terrible: porque sin
apercibirse de ello en aquellos días finales de la guerra, en la caja de la
camioneta y en la habitación del albergue, había tocado el fondo de lo que se
ha dado en llamar la existencia. Y entonces no había necesidad de palabras, ni
de memoria ni -menos aún- de sentimientos: no había culpa ni falta ni moral, no
podía haber pecado ni arrepentimiento ni moratoria. De haber algo engañoso era
solamente un destino embustero que no quiso interrumpir el breve intervalo de
nuestros amores con la presentación de aquella cuenta atroz que al término de
los días nadie era capaz de abonar. Luego pasa y se ve con encono cómo la
mujer, el hombre, la sinceridad han sido burlados porque así se le ha antojado
a un destino irritante y necio cuya principal diversión no consiste en
determinar la fatalidad sino solamente de ocultarla... Cuando ya no hay
remedio, cuántas cosas se ven claras: cuando al cabo de los años se pregunta
uno por el fundamento de aquella moral que abortó tantas cosas -que había de
convertir en un
paisaje en ruinas
todos los impulsos
de una conducta...
¿inmoral?,
¿indecente?,
¿inoportuna?- no puede dejarse de pensar hasta qué punto el individuo tiene más
necesidad de justificarse ante sí mismo que ante el orden externo que siempre
considera culpable. Aún recuerdo aquel pasillo de los escalofríos desde el
dormitorio al cuarto de baño y la escalera, pintado de azulete, solado de
baldosa e iluminado por una única bombilla encima del rellano del fondo, que
tantas veces crucé aterrada y semidesnuda, temblando de frío, miedo y furor.
Recuerdo que mientras él dormía -en pocos instantes caía en un sueño de niño
que yo envidiaba y maldecía porque sentía celos de aquella oculta e insondable
naturaleza tan ajena a mí, que con tanta rapidez y soltura sabía zafarse de los
lazos del amor para recogerse en su dormir, de aquella respiración profunda,
acompasada y extraña como el latido de un caballo o el rugido nocturno del mar-
yo tenía a menudo que levantarme y cruzar aquel pasillo que permanecía toda la
noche iluminado no tanto para delatarme como para dramatizar con su luminotecnia
brutal los pasos del aprendiz por encima del abismo. No sé cómo sabía yo que
allí, más que en la enorme cama paisana, tenía lugar mi prueba y que la
consagración de mis votos, no la castidad de un cuerpo que ya había perdido
todo deseo de virtud pero sí la sinceridad de una conducta que buscaba a ciegas
la casta honestidad posvirginal de un infinitesimal sentimiento perdido entre
una muchedumbre de pasiones y recelos contradictorios, había de depender de la
soltura que debía demostrar para recorrer desnuda los doce metros de pasillo. Y
cuando al volver cerraba de nuevo la puerta de nuestra habitación (la misma
oscuridad que encerraba un cierto calor propio con el aroma de su carne, los
pálidos brillos de las esferas y el reflejo del agua quieta de la palangana,
aquella respiración, profunda, acompasada y poderosa que -al igual que el
oleaje contra la costa- parecía chocar contra las arrugas de las sábanas)
recibía la sensación de volver no a la erótica penumbra sino a la cálida
morbidez del refugio materno, tras el corto viaje a través de las tinieblas
susurrantes y hostiles. Yo tenía que llorar entonces, con la cabeza pegada a su
pecho, y sorber mis propias lágrimas en aquella piel humedecida y sacudida por
una respiración que hubiera querido ver detenida al solo contacto de mis
párpados. Pero dormido aunque no podía odiarle sí empezaba a recelar y advertir
que una parte de su condición estaría siempre alejada de mí y no porque me
avergonzara el terrible papel que mi cuerpo ensayaba en su comedia, no porque
un reticente amor propio replicara con el rencor al desdén de su público más
querido, no por nada sino porque una conciencia sórdida, pusilánime y avisada,
sentía que su amado, al amparo del sueño, al tiempo que se alejaba recobraba su
independencia como ese contrabandista que de tiempo en tiempo ha de buscar
refugio en las abruptas regiones sólo conocidas por los de su raza. Y la joven
malcriada que, sin saber cómo, ha logrado romper las barreras impuestas por su
casta para correr una aventura que atrae y horroriza a todos los gentiles,
contempla por primera vez la línea real del horizonte más allá de la cual jamás
verá nada por mucho que sea su atrevimiento: una piel envuelta en el olor de la
suavidad y el sudor, una respiración solemne y lejana, perfilada en las
tinieblas como la línea de la cordillera donde habita esa gente y esa raza
maldita; nunca será capaz de llegar allí, de convertirse en una más entre ellos
quizá porque el núcleo gentil que ha nacido con ella ha advertido que una gran
parte de su pasión descansa sobre el horror de sí misma y que -si emprende el
viaje- le acompañará también hasta aquellas regiones limítrofes; hasta las
tierras de aquella raza asurcana adonde, tarde o temprano, volverá el amado
cuando, más que la nostalgia' de su tierra; afluyan a su pecho el odio y el
desprecio a los gentiles. Fue un sinfín de días y noches tratando a todo trance
de no abandonar aquella habitación; yo no sé si era otra manifestación del
pudor; tras la primera vergüenza, que cambia de signo y se siente atraído hacia
la corrupción (la temperatura del aliento y el olor de las sábanas) cuando el
objeto de su defensa ha sido conquistado. Porque siempre tratará de defender
algo y cuando la virtud sea vencida se volverá contra su antigua aliada para
luchar por el vicio adquirido; y cuando éste se arruine se refugiará en el
cansancio o la laxitud. No era solamente el ejercicio de aprendizaje en el
pasillo de los escalofríos: el mismo aire de la mañana, el canto de los gallos
y de los pucheros que hierven, el aroma de las sábanas limpias llegan a
repugnar, se vuelven inmundos para aquel que ya no puede esperar una
regeneración (no puedo hablar del temor al castigo porque nunca lo sentí). Pero
me inclino a creer que con aquella reclusión trataba de no reflexionar para
alejar de mí el espectro del día -así lo temía- que debería abandonarme; no
quería, al menos, proporcionarle la excusa de una ausencia mía. Tal vez no;
quizá era yo la que necesitaba las cuentas claras para comprobar la índole de
un balance inequívoco, al final del ejercicio. Era yo quien ese día debía estar
convencida de que no había un acaso por medio y que, las cuentas claras, lo
último que habíamos hecho era jugar a escondernos del mañana. No existe el
destino, es el carácter quien decide. Apenas encendí la luz ni abrí los
postigos en dos semanas durante las cuales ni se orearon las sábanas ni se
hicieron las camas ni se ordenaron aquellas ropas entre las cuales un cuerpo
recién liberado, insinuante y jactancioso, se recreaba solitario en su gracia y
en su doblez, como el caballo que un gitano pasea por la feria, para asombrar y
ofender a una conciencia avara e incrédula que se resistía a considerarlo como
propio a pesar de haber avanzado la cantidad estipulada. Y yo pensaba..., esa
cantidad que el cuerpo -y solamente el cuerpo- ha sabido ganar, ¿no debía
corresponderle exclusivamente a él?, ¿es que no se trata de un negocio limpio,
puestas así las cosas?, ¿a qué vienen los quebrantos y beneficios de la moral?
En las largas horas -el frío, las dimensiones de la cama, el jugueteo de aquel
cuerpo desnudó y sin rienda, bajo las ropas desordenadas, era todo lo que me
impedía poner un orden y una limpieza que me horrorizaban- que permanecía sola
(tantas veces fue interrumpido nuestro sueño nupcial por unos golpes en la
puerta, los pasos de las botas que resonaban en las baldosas, bajo el peso de
las armas y los capotes húmedos) no hice sino tratar de explicarme, la
complicada operación financiera en cuya lógica la conciencia en el fondo nunca
creyó: cuál era el interés al capital moral desembolsado y cuál el beneficio y
cuál la amortización de aquel cuerpo usado en una buena parte de su vida. Cómo
podía yo saber entonces que toda la economía del amor se halla dominada por esa
primera inversión cuyo resultado se traduce casi siempre en un quebranto
definitivo e irreparable. Me parece que en nuestra lógica albergamos un
tribunal secreto y artero que lo sabe y lo calla y que, informado por un conocimiento
ancestral, acepta en su día la educación legada por las monjas para, sabedor
del fraude que se avecina, cargar toda la responsabilidad a un cuerpo desnudo
frente a un espejo obsceno. Y hasta es posible que todas las decepciones del
instinto -que la naturaleza ha engendrado sólo con miras al éxito, ay, otra
cosa sería si existiera en verdad una auténtica conciencia desgraciada-
provengan de un foco clandestino que conoce de sobra y de antemano la futilidad
del amor y contra la que el cuerpo se estrellará siempre. Hasta que su silueta
por la madrugada volvía a recortarse en el marco iluminado por la luz del
pasillo, un capote triangular y un pasamontañas de color nube enrollado en la
frente: "¿Duermes aún?" "Oh, Dios, dormir... ¿cómo puede haber
todavía quien lo crea?".
Que ¿qué
hice después? Ya te lo puedes imaginar. Nunca llegué a saber el tiempo que
permanecí allí; a duras penas he sabido después lo que ocurrió en la guerra,
por qué combatíais; qué razón os empujó a escapar. Ni el tiempo que permanecí
sola después de que tú te fuiste, queriendo creer que se trataba de una
separación más, análoga a las anteriores. No sé si me levanté de la cama porque
bajo las mantas, tras los postigos cerrados, aquel cuerpo juvenil, endiosado y
procaz se retorcía y apretaba a sí mismo para apartar de sí la idea del engaño,
para inventar una congoja distinta e imaginaria y permanecer sorda a las
revelaciones de una premonición cruel. Una mañana me apercibí de que había
demasiado silencio a mí alrededor: la educación había adivinado que al fin se
había presentado aquella soledad que tantas veces anunció y entonces el cuerpo
se levantó de un salto, abandonó la cama, se colocó la primera prenda que
encontró en la silla y corrió descalzo por ..el pasillo , en busca de la prueba
con que desmentirla. Hacía sol pero era una mañana muy fría y los prados
estaban todavía cubiertos ponla' escarcha, tras los matorrales; unas gallinas
trataban de sacudirse el frío aleteando en la era y picoteando en el umbral
soleado; pero ni en la casa ni en el camino ni en la orilla del arroyo se veía
un alma. Tan sólo el puchero hervía en la cocina, a cuyo olor habían acudido
dos o tres perros vagabundos que se perseguían y olfateaban y huían ante mi
presencia, con el rabo entre las piernas. Entonces el cuerpo volvió a la
habitación, cerró de nuevo los postigos, se despojó del vestido, se llevó a la
nariz una camisa de dormir que había quedado allí y volvió a la cama, desnudo y
decúbito, estrechando contra su cara y su pecho aquella prenda que aún
conservaba entre sus pliegues el recio aroma de sus perdidos amores. No sé
cuántos días -o si fueron solamente unas pocas horas- permaneció así, secando
sus lágrimas en aquel despojo que a la postre ya no olía sino a su propia
soledad; mordiendo el cuello ausente y estrujando las mangas vacías consumido
por la fiebre mientras la conciencia, al contemplar las rayas de luz del techo,
reconocía con espantosa lucidez que había perdido su primer combate y que, en
lo sucesivo, era menester hacer uso de un método menos inocente y de una
conducta más hipócrita para llevar a cabo la revancha. Un mediodía, al fin,
entró Muerte en la habitación, con un cigarrillo de tabaco negro en una
boquilla higiénica, cubierta con una bata negra estampada de grandes flores
multicolores y una sonrisa benevolente que dejaba al descubierto un diente de
oro. Me ofreció un cigarrillo, extrayendo del escote un paquete arrugado y
medio vacío; tenía un pecho pálido, surcado de venas azules, y enorme, tan
grande como para alimentar niños raquíticos.
Le pregunté dónde
estabas; yo creo
que ya no
era el cuerpo,
que había renunciado al despojo
maloliente, sino esa conciencia fiscal y verdugo que tras haber hecho pública
su sentencia se permite edulcorar sus últimos momentos con una actitud
caritativa y un gesto humanitario, destinado a la galería. Se sentó en el borde
de la cama, se recogió la bata sobre las rodillas y me preguntó si me apetecía
algo para el desayuno. Le dije que abriera los postigos y ella sonrió otra vez,
enseñando de nuevo el colmillo de oro, mientras se recogía el escote y
expulsaba hacia el techo el humo de la última bocanada. Cogió con dos dedos el
despojo y lo tiró al suelo; me miró de arriba abajo, moviendo la cabeza
contempló el estado de aquella habitación en la que no había entrado en las
últimas semanas, me dio unas palmadas tranquilas a la altura de los tobillos y,
después de aplastar la colilla contra el suelo de baldosa, pisándola con la
zapatilla del pompón rojo, tras unas miradas discretas a través de las rendijas
de los postigos, me dijo que iba a subir un poco de leche caliente y unas
galletas para desayunarme.
»Aunque
no lo creas puedo asegurarte que los reproches no empezaron entonces. Tardaron
mucho -creo que debes comprenderlo: será porque los reproches que no pueden
manifestarse nacen muertos o porque tuvieron que esperar a una certeza mucho
más amarga que aquella primera a la que "en vano a apagarla concurren
tiempo y ausencia" cuando el ímpetu derrotado en aquella aventura
comprende que en lo sucesivo ha de entregarse a la única persona que ha de
serle fiel. Era una derrota lo bastante grave como para tratar de eludirla con
una corte marcial y un reo en rebeldía, unos pronunciamientos favorables a mi
entereza, a mi ánimo, a las virtudes de mi raza y a la fortaleza de mi
educación. Me resisto a creer en la eficacia de tal sentencia: no trato una vez
más de justificarme sino de hacer inteligible cómo las fuerzas de la facción
vencida se niegan a colaborar con el nuevo gobierno y cómo la persona en lo
sucesivo quedará dividida en dos sectores irreconciliables; un ansia que ya no
tratará de legitimar sus aspiraciones sino de consumirlas en la clandestinidad
y una educación, una compostura -llámese como se quiera- que, de fuerza o de
grado, ha de renunciar para siempre al embargo de la pasión; un anhelo de
poseer y un anhelo de entregar que ya nunca se conciliarán, en ninguna
circunstancia, en ningún amigo. A partir de aquel momento comprendí que todo
reproche que tratara de lanzarte se había de volver irremediablemente contra mi
amor propio y que toda posible solución había de aceptar semejante escisión.
Así que cuando Muerte quiso aclarar la situación la primera sorprendida fue
ella. No tenía nada que consolar, ninguna frente que acariciar, ningún ánimo
que elevar. No tenía sino que extender el certificado de mi mala conducta, el
dinero que le pedí mientras me bebía la leche, mirándola por encima del borde
del vaso. No sé por qué la llamábamos así y supongo que el sobrenombre también
partió de ti. Cuando la conocí mejor adiviné que se trataba de la misma persona
que desde mi infancia celaba por mi seguridad, en ausencia de mi madre: No
había: en su naturaleza el menor ingrediente vicioso: no había más que rigor,
avaricia y un poco de crueldad aunque -en verdad-; no puedo reprocharla nada:
tuvo ciertas consideraciones para con,-, migo, me albergó en su casa y, al fin
(era tanto el miedo que tenía) me prestó el dinero sin hablarme para nada de la
fecha y la forma de pago. Era la primera venganza que yo saboreaba; al fin y al
cabo no era yo sino la gente de orden, como ella, la que por imprudencia o
ambición habían cometido el delito. Ahora tenían que pagar por su lenidad, lo
mismo exige el chiquillo avisado del ama que lo ha descuidado unos instantes
para hablar con un transeúnte. Y todo por culpa de mi padre, al que yo quise
esperar allí para preguntarle: "¿Qué hiciste de mi fotografía?". Es
posible que un par de años atrás no se hubiera molestado en bajar al comercio
vecino para hablar por teléfono con mi mentora pero bastaron veinticuatro horas
y una orden de incorporación al frente para divorciarse del becerro en cuyo
culto había intentado justificar durante mi niñez, su retiro y su cobardía.
Todavía lo veo en aquellos días, haciendo la maleta: en el fondo ha plegado el
uniforme recién desempolvado y en el último instante advierte que para cerrar
la maleta es preciso renunciar a la fotografía: la mía, vestida de colegiala,
porque la de mi madre... hace tiempo que voló. Creo que disfruté durante una
hora contemplando aquel vaso de leche pura, de quieta leche inofensiva ofrecida
en los prostíbulos a título regenerativo, como un arcaico vestigio de un rito
precursor de las depredaciones nupciales, mientras mi alma muy lejos de allí
-ausente por un momento del negocio que tanto le interesaba- olfateaba aún en
las colchas rojas, en el aroma de loción que impregnó la almohada, en la
viciosa penumbra y en los desordenados pliegues de las sábanas, los presagios
de un nuevo estado para el que estaba descubriendo una evidente vocación. Que
yo tenía esa vocación... tú, como siempre, lo dijiste el primero. Pero parece
que la vocación es poca cosa si no surge un estímulo extraño, algo que además
de revelar el atractivo hacia ese estado lo rodea de una gloria no parecida a
ninguna otra. Habiéndose evaporado para siempre todo vestigio de heroísmo esa
vocación por fuerza había de estar dominada por el desprecio. Sin duda que
influyó mi padre al salir de viaje para incorporarse a su Cuartel General
mientras el retrato de su hija ha quedado debajo de un armario. Así que decidí
esperarle en aquella casa y a poder ser en aquella habitación y a
`ser posible en
aquella cama, entre
aquellas sábanas, con el despojo maloliente apretado contra el pecho.
Pero Muerte dijo que no; tenía demasiado oficio y mucho miedo: esas regentas de
casas de tolerancia son, sobre todo, amigas del orden y respetuosas de la ley,
todo su negocio se cifra en sus buenas relaciones con los agentes del poder. Y
además no gustan de las bromas; y la mía era del peor gusto: un ultraje. Así
que tuvo que pagar para no sufrirla. Porque, después de que tú te fuiste, ¿qué
falta me hacían el pudor y el orgullo? No me quedaba sino un vestigio de ellos,
cada día más débiles y sucios, como ese manojo de certificados ennegrecidos,
arrugados, rotos y pegados con papel de goma que el cesante lleva siempre en el
bolsillo para acreditar un estado anterior menos lamentable. Cuando un par de
meses más tarde encontré a Tomé en la leñera de la casa ya no pude hacer nada,
ni siquiera podía añadir nada al deseo de revancha y en cuanto a la piedad ¡qué
poco tenía que hacer alrededor de su camastro! En otras circunstancias lo justo
era que hubiera vuelto a mí porque yo era lo único que le podía curar de todos
sus remordimientos... Exagero, sí. ¿Qué puedo hacer sino exagerar? ¿Qué me
queda sino tratar de enaltecer el antiguo valor de una moneda tan tierna y
rápidamente devaluada? En cuanto a Tomé, tú le conociste, quién mejor que tú
puede saber cómo me equivoqué por segunda vez al tratar de aplicarle el mismo
sambenito de la fatalidad. ¡Qué palabra! No podía comprender que yo me
encerrara en ella; no quiso comprender otra cosa que una multitud de
remordimientos que se llevó consigo a la tumba y que estoy segura de haber
podido curar si hubiera querido apartarme de los términos de mi contrato. Quién
mejor que tú puede saber respecto a qué cosas se sentía culpable, por qué se
quedó en Región, por qué se calló y por qué se murió; por qué esa frágil,
mudable y caleidoscópica voluntad puede surgir al azar ante el asombro de la
conciencia, no para anticipar la dirección de sus pasos tanto como para disimular
y ocultar la intención de un destino incongruente. Porque es el pasado el que
reflexiona e ilumina, como esa lente de flintglass que sólo con una determinada
orientación polariza la luz, para extraer de un presente desmemoriado y
estupefacto toda una serie de propósitos rutinarios que en realidad carecen de
figura temporal. Porque si el futuro es un engaño de la vista, el hoy es un
sobrante de la voluntad, un saldo. Cuándo Muerte me dio el dinero -el gesto
imperceptible que hizo girar el caleidoscopio- no se esfumó el pasado sino que
cobró todo su valor: el cuerpo estaba recubierto de esa película de álcali
rencoroso que en lo sucesivo atraerá, absorberá y descompondrá cualquier
preparado de la voluntad. Te quiero decir que el dinero apenas añadió nada sino
que formalizó un contrato que mi cuerpo y yo habíamos establecido en presencia
tuya, días atrás. No quedaba sino avalarlo y para eso se prestó mi padre:
vestido de uniforme y orlado de todas sus medallas, no tuvo necesidad de
calarse las gafas para firmar aquella orden sumaria sobre una de esas mesitas
morunas octogonales, sobre arcos de herradura, molduradas, taraceadas e
incrustadas de huesos y piedras, que los militares no pueden dejar de tener
cerca cuando se trata de resolver los asuntos de la patria.
»Me
despedí de Muerte; ella fue la que quiso hacerlo, con toda la solemnidad
necesaria para darle al acto el carácter definitivo. "Recuerda que no
conoces esta casa", me dijo. "¿Y el dinero?" "Es todo lo
que tengo. Ahora tengo que empezar de nuevo." "¿De nuevo?"
"Vamos, vete ya, criatura." "Nos volveremos a ver, ¿no es
cierto? Cuando tenga el dinero." "Sal de una vez, atente a lo que te
he dicho." "No quiero volver con mi padre." "Criatura ¿no
comprendes que está allí abajo?" "No quiero volver; cuando reúna el
dinero..." "Ahora no te ha de ver nadie." "Es posible que
vuelva antes de lo que usted piensa." "¿Quieres largarte de una vez,
criatura?", y me empujó fuera donde esperaba el carro.
»Me costó
volver más de lo que yo esperaba. Por la cantidad de dinero que me dio y lo
había tenido que sacar de no sé dónde- comprendí el miedo que había pasado.
Pero en cambio no esperé mucho para incrementarlo. Tú me enseñaste a no esperar
y en ese aspecto el contrato era claro y tajante. Tú me dijiste -si no recuerdo
mal- con la cabeza apoyada en el cristal temblón de la ventanilla y mirando
hacia el frente de la cuneta (no por cansancio como en ocasiones te acordabas
de aparentar sino para dar a entender que tampoco aquello te importaba mucho)
que yo era quizá -de toda la gente de la zona republicana- la única persona que
iba a ganar con la guerra. Pero yo no quería oírlo; me había despegado de tu
hombro y no hacía sino mirar también la cuneta iluminada por los faros, con los
ojos envueltos en una polvorienta mezcla de sueño, lágrimas y temor. Tú sabías
que en tres días no había dejado de llorar y, sin embargo, no tuviste otras
palabras de consuelo. No era crueldad ni tampoco una fórmula ociosa para endulzarme
el próximo desenlace sino una simple y mera convicción. Tú habías dicho
(después de fracasados tus propósitos de rendición) que la mejor razón para
prolongar aquella guerra había que buscarla entre las compensaciones de la
derrota. Que la guerra había que perderla, costase lo que costase, no ya para
adquirir un convencimiento más firme en la maldad del adversario como para
perder definitivamente toda confianza en la historia y en su porvenir. También
me dijiste que el fruto de la victoria de mi padre y sus amigos lo podrían
saborear aquellos que, como yo, sin haberlo buscado y sin tener culpa ninguna
saldrían del conflicto sin confianza en sus padres, ni fe en su religión, ni
ilusiones acerca del futuro. En aquella ocasión, como en tantas otras, cómo te
equivocaste.»
Cuando
llegaron a Región todos los arrabales estaban humeando y cuando cruzaron el
puente sobre el Torce empezó a caer una lluvia muy fina. A los pocos días de
conquistada la ciudad estalló un depósito de municiones que los republicanos
habían ocultado en una bodega de las afueras. Un chico, vestido con unos
grandes pantalones atados con una soga y una destrozada guerrera militar que le
llegaba hasta las rodillas, les adelantó corriendo y gritando, impulsado por
esa inconsciente determinación que le había de permitir atravesar los
incendios, las alambradas, los puestos de control sin otro salvoconducto que
sus cuerdas vocales. En cada esquina -como si cada calle constituyera una raya
del pentagrama- su grito perdía un semitono para perderse al final, entre los
desolados baldíos, en una nube rosácea de fuego, lluvia y humo de pólvora. Casi
todas las puertas estaban cerradas y las fachadas de la calle Císter parecían
bambolearse, bajo los soplidos de la lluvia y el humo, como el telón de
carácter tétrico que ha descendido sobre el escenario tras el último y augural
calderón. Las calles se hallaban sucias y desiertas; .antes de que llegara la
noche un incendio se produjo en la barriada del río que, detenido o reducido
por la lluvia, iluminó el horizonte con una quieta, opalina e iridiscente
claridad que sólo parecía alterada por el grito de aquel chico; por la rotura
del silencio provocada por la carrera dé un sonido sin control, en una emulsión
de lluvia, incendio y tinieblas. Cuando se hizo la noche sonaron algunos
disparos: disparos cercanos y sin sentido que cuando encontraban una pared
dejaban en el aire un eco menudo y seco, un chisporroteo de flatulentas
explosiones como si, allá en el arrabal, la lluvia cayera sobre una plancha de
hierro al rojo. Se cortó la luz eléctrica, casi todos los cristales de las
ventanas estallaron en sus marcos. A medianoche el cielo comenzó a abrirse y el
resplandor del incendio se reflejó en unas nubes bajas, con tintes morados y
anaranjados. El carro se detuvo en una esquina, próxima a la casa. El paisano
apenas se movió: la cabeza hundida y cubierta con un sombrero de fieltro negro,
enmarcada entre las orejas de la mula, que al cabo de los años es traída de
nuevo por la memoria para recordar lo que fue la guerra: una caballería
inmóvil, con las orejas enhiestas, negras sobre el resplandor del incendio y
una cabeza de paisano tan quieta como si meditara, entre las pancartas rotas y
los cadáveres de los perros, acerca del paso del tiempo. El portal estaba
entreabierto y el zaguán encharcado pero al final de la escalera, por encima
del brillo de los casquillos, parpadeaba una línea de luz de carburo. La cocina
estaba encendida y el mismo puchero que hervía en la montaña hervía de
nuevo allí, sin
aroma ni ruido.
Las mismas camisas
de niño y
los mismos delantales de dos años
atrás colgaban de una cuerda, encima del hogar, puestos a secar. Una voz de
edad, femenina y pausada, hablaba detrás de una puerta cerrada al tiempo que el
sonido de la bola de cristal que corría una vez más por el pasillo en sombras,
saltando en las juntas de la tarima hasta golpear el zócalo, parecía ironizar
sobre la futilidad de aquella guerra, sobre la fugacidad de tantos meses que
habían bastado para completar un ciclo de desastres y muertes pero no habían
sido suficientes para apartar al niño del juego de la bola. Estaba delgada, muy
delgada y encanecida, con la tez tostada por el hambre. Con la puerta
entreabierta se secaba las manos en el delantal, con el mismo gesto con que la
vio partir -tiempo atrás- conducida por dos hombres armados:
-Hija
mía, ¿de dónde sales tú a estas horas? -le preguntó con el acento sorprendido,
alterado y regañón de quien no ha hecho otra cosa que cuidar niños-. Aún se oía
en las afueras -figuraciones de una noche en la que no entraba el miedo porque
no había nada que esperar de ella- el grito de aquel chico harapiento que
corría por los descampados, más sonoro y pertinaz que la caída de la lluvia o
el zumbido del incendio. Casi toda la casa estaba a oscuras, los muebles
cubiertos con lienzos blancos. Sólo la cocina, al fondo del corredor, estaba
iluminada y -del otro lado de la puerta, con la nariz pegada al cristal- el
niño la observaba boquiabierto, con la expresión supina e indiferente de
aquellos ojos agrandados por los lentes. Entonces volvieron a sonar -por
primera vez en varios años las horas en el reloj del
vestíbulo; era un sonido
macabro, quizá la señal convenida
para que fueran retirados los forros de
los muebles; sólo en aquel momento comprendió que la guerra había terminado.
III
«No sé si
sería cierto pero tenía muy buenas razones para decirlo, me imagino -dijo el
Doctor, volviendo a llenar su copa-. Hay que comprender que para ellos no
quedaba la menor oportunidad y la guerra no fue sino el postrer y más lógico
acto de un proceso fatídico; algo así como el anuncio público de la suspensión
de pagos de una sociedad que el antiguo empleado -que ha comprado el diario
para leer las ofertas de empleo- lee al paso. Sin duda ese hombre recibe -no es
que le sirva de mucho- una última justificación de la mecánica social que le ha
dejado sin nada que llevarse a la boca, pero ellos ni siquiera recibieron eso.
La guerra, la guerra... para los que se vieron envueltos en ella sin haberla
tramado ni haberla esperado, no podía ser asunto de reflexión, ni de reflexión
ni de otra cosa sino temor. Había, sin embargo, una clase de gente para la que
la guerra constituyó la mejor oportunidad de encontrar la paz con ellos mismos.
Llevaban mucho tiempo viviendo en emulsión: un rencor disimulado y diferido, la
larga espera de un desastre que ha sido anunciado, pero que no acaba de tomar
cuerpo, esa delicuescente armonía en la sucesión de días con que una orfandad
sin recursos, un país asolado por el hacha, un subsuelo mezquino, un vivir
cotidiano y una generación sin porvenir han venido a restablecer el orden en la
herencia de los padres. Y todo el futuro suspendido en el vacío colgando de un
hilo que ha de romperse al primer arrebato, ese deseo de violencia solamente
frenado por un guarda forestal viejo y mudo, encarnación de una voluntad que
duerme a la intemperie, dispuesta a despertar al primer sonido extraño. Pero al
solo anuncio de la guerra civil la emulsión se rompe y las neutras partículas
de la memoria cobran de súbito una forma y coloración violentas. Se rompe hasta
la mortuoria armonía de la calle y cambia el silencio de las huertas. Por
encima de los sembrados de patatas -todas las ventanas estaban abiertas y las
persianas echadas, era un día de verano de mucho calor y las radios, a todo su
volumen, repetían cada cuarto de hora las mismas noticias de la sedición, sin
cambiar una palabra- se paseaba una voz gangosa y gutural que con acento
atónico y sílabas arrastradas anunciaba el fin de la tregua y el preludio de la
revancha. Hubo un momento de perplejidad gracias al cual hasta las caras, los
rincones más familiares
cobraron un nuevo
sesgo y, se
hubiera dicho que
-ocultándose
tras las esquinas-, hasta los muertos habían sido violentados de sus tumbas por
aquella voz terrible y átona para vagar al atardecer, con la camisa
desabrochada, en pos de un silencio perdido. Ya no era cosa de memoria porque
la radio no dejaba recordar nada. Desmemoriados, trataban de encontrar un
principio de conducta entre una maraña de sentimientos: venganza y miedo,
desprecio y afán. No los buscaban en la memoria que acaso no es sino la piedra
que cubre un hormiguero el cual -una vez levantada por la mano infantil,
asesina o curiosa- no sabe hacer otra cosa que correr en contradictorio
frenesí, sin otra protección entre el cielo -y la colonia que el miedo mutuo.
Así ocurre con la memoria individual y tanto más con la colectiva: por una economía
de almacén no recuerda el odio pero atesora el rencor y, cuando actualiza, no
busca lo que el alma guarda sino aquel sentimiento que, tras la expansión, la
vuelva a llenar de cólera o coraje. El sustantivo se me escapa: pero yo vi en
aquellos días, por doquier, el fantasma de muchos instintos y la búsqueda a
deshoras de una confianza que ya había perdido todas sus piezas de convicción y
trataba de encontrarlas en los lugares más insólitos, las cosas más fútiles y
las creencias más ridículas -las márgenes del río y las bodegas abandonadas,
los trasteros atiborrados de despojos, los retratos de familia, los viejos
disfraces-, como si aquel anuncio, como si aquella media docena de noticias
-repetidas con una monotonía obsesionante- procedentes de los cuarteles más
olvidados de la península no constituyera otra cosa que la invitación al baile
lanzada desde el estradillo de la música a un público reservado, que aún no ha
tenido tiempo de percatarse de la verdadera naturaleza de la fiesta ni de
superar su vergüenza pública. En el entreacto -entre obsoletas marchas
militares, mezcladas con aires republicanos- cierto sentido de la prudencia
trataba de poner orden a las emanaciones de la memoria, un paladar hecho a la
sobriedad procuraba disolver el gusto de una mezcla insaturada, agria y ácida
de rencor y asombro que afluyó a la boca tras un gesto inoportuno. No se
trataba de luchar, todavía, sino de comprender. Era preciso -así lo decía la
radio- saber; y la lucha será -también lo decía- la única forma de estudio
tolerada. Los últimos días de julio las calles quedaron desiertas y creció la
resonancia de las radios; una sola, en lo más hondo de una portería, en lo más
alto de una buhardilla, bastaba para llenar una calle soleada, ahogada y
desierta entre las tapias de dos conventos. Fue tal vez el temor al disparo de
los "pacos" lo que indujo a toda la gente a vivir en las habitaciones
traseras, de cara a los patios; allí, tras las persianas de canuto, alguien
trata de comprender: quién habla ahora, quién lleva razón, qué pasa en Madrid,
qué ocurre en Macerta..., mezclados con esa ebullición de pompas propias que la
radio involuntariamente ha desatado: "el nombre de la familia",
"los enemigos de la casa", "el bienestar de los tuyos",
"la ira de Dios", "el bien de la patria', "el odio, el
odio...". Siguió un momento de vacilación, más íntimo ue callejero; ese
pueblo llevaba tanto tiempo en el olvido que sin duda necesitaba un cierto
espacio de tiempo para llevar a cabo su elección. Una guerra civil, en un país
en ruinas, es siempre así: es preciso esperar -en el seno de cada sorprendido
corazón- a que los reactivos del coraje, el rencor, los resentimientos, el
deseo de venganza, el afán por el valor, transformen la emulsión de lechosos
copos en un precipitado de violenta coloración. Sólo al cabo de unas semanas
-no tanto de inquietud como de incertidumbre- se producen las primeras salidas,
escapadas al desván, paseos mañaneros, un bulto que es arrojado al río, un
montón de papeles que se quema en un estercolero. Durante esos días los hombres
de que le hablo tratan en vano de comprender; tratan de saber no la clase de
tormenta que amenaza al país, sino la clase de hombres que ellos son. Tal vez
no era fe ni confianza lo que les faltaba, sino credenciales; habían crecido en
un país cubierto por el jaramago, el tomillo, la retama; toda su vida se habían
alimentado de ruinas, nunca llegaron a ver cómo se pone una piedra; las fincas
abandonadas, los predios incultos, las sernas en barbecho, los bosques talados,
los campos sedientos y los torrentes destructores no eran para ellos obra del
azar ni de la desidia sino que constituía la médula de una tierra cuyo
estandarte era la escasez, cuyo himno la plegaria y cuyo bastión más
inexpugnable, el miedo. Y muy lejos -sordo, inflado, sibilino, reticente y
despectivo como un magistrado oriental- ese representante de la burocracia
indiferente al lento curso de la historia. Cuando todo el país fue dividido por
la catálisis del 36 no supieron al punto a qué polo acudir, cuál era la naturaleza
de su carga intima. Porque aquel que respetaba la Religión, ¿cómo iba a ponerse
del lado del padre Eusebio? Y aquel que por sus lecturas se sentía republicano,
¿qué forma de respeto iba a guardar para Rumbal? Más tarde lo aprendieron, si,
cuando tuvieron que hacer abstracción de todo lo que sabían o creían saber para
convertirse, por consiguiente, en los verdaderos derrotados; no lo sé, estoy
hablando en nombre propio, inmerso en el pacífico líquido neutro que después de
la electrólisis se ha visto despojado de rodas las partículas con carga y
carece, por ende, de todo valor reactivo. Para los que tenían que hacer la
guerra aquel momento de vacilación duró poco, incluso para aquellos -que fueron
muchos, quizá los más- para quienes la polaridad estuvo definida por la
proximidad al polo o por el flujo de partículas en torno a él. Yo no sé cuál
fue el agente que metió la corriente ni quién era el catalizador; la historia
dará en su día su fallo que es muy distinto al de los contemporáneos porque no
somos capaces de conformarnos con una simplificación. Lo que sí creo es que
cuando una sociedad ha alcanzado ese grado de desorientación que llega incluso
a anular su instinto de supervivencia, espontáneamente crea por sí misma un
equilibrio de fuerzas antagónicas que al entrar en colisión destruyen toda su
reserva de energías para buscar un estado de paz -en la extinción- más
permanente; de la misma forma que los colegiales sorprendidos por la ausencia
inesperada del profesor se dividen en dos equipos de fútbol en cuya formación
apenas intervienen la afinidad, la amistad o las diferencias sino un cierto
sentido del equilibrio de fuerzas que les ha de permitir mantener el interés
del juego durante esa hora de paréntesis. Yo estoy seguro de que antes que la
razón, la pasión y el miedo habían elegido ya. Porque lo primero que surge sin
duda es el enojo. Me acuerdo de mi juventud y de mi vida de estudiante y cuando
quiero reconstruir el hilo de mis decisiones, siempre lo veo al fondo, última
ratio. Lo veo también allí, una noche de juego en el principio del otoño,
supremo arquitecto de un montón de fichas de nácar iridiscente que, entre
criselefantinos destellos, avanza hacia el centro del tapete para conquistar
aquella moneda que se le había resistido todo el verano; y lo veo también (no
es el rubor) alojado en aquellos ojos profundos, siempre pesarosos, que sobre
la mano enguantada que ha levantado para ocultar su sonrojo mira hacia la mesa
del combate donde ella sabe que su suerte se decide mientras inspira y levanta
el pecho con un gesto de esperanza que acalla los latidos secos y pausados de
su agitado corazón. Yo estaba a su lado; y cuando hizo aquel gesto -sin esperar
a la suerte del naipe aun cuando en el momento en que su espalda cruzó la
puerta el aire se llenó del silencio y la vibración de la navaja- con el que
quería confirmar una decisión de la que tanto habíamos hablado, yo asentí. Cómo
me equivoqué, cómo supe que aquel error suponía una vida de deudas. En el
momento en que se decide a abandonar a su propio judas no es el desprecio ni el
arrebato de orgullo ni el súbito asesoramiento sino el enojo purificador que la
limpiará para siempre del desaire. Y no hay duda que parecía orgullo: sobre la
mesa dejó el pequeño bolso negro abierto -del que cayó un espejo, una cadena de
oro y asomó un pañuelo- y con paso tranquilo abandonó el salón mientras todo
el público corría
hacia el corro
donde la mano
del militar había
sido atravesada y unida a la mesa con una navaja de resorte. Y lo veo
más tarde aún, en el porte y en la mirada de todos los cazadores partidos en su
busca -o en busca del montón de fichas-, e incluso en las narices dé los
caballos y sus iracundos alientos por los caminos de Mantua, aquellas mañanas
tan frías y húmedas del otoño serrano. Pero si ese enojo cunde en un clima de
laxitud que siempre precede a la tragedia entonces aflora la pasión sin
necesidad de que intervenga un agente. No, no hubo tal ardid por parte de la
razón: aquel agosto fue caluroso en demasía y la gente de Región, ante el
desarrollo de unos sucesos que en lugar de resolverse cada semana se volvían
más complicados y temibles, decidió permanecer en sus casas por temor a los
paseos y saqueos. Y sin embargo, Región parecía desierta, abandonada a un
Comité de Defensa y a unos cuantos milicianos armados que todas las tardes -ala
caída de la fresca- subían a unos coches requisados y pintarrajeados, unas
camionetas y unos autobuses destartalados para --con el pretexto de acudir al
frente de Macerta- hacer correría por la vega; registraban dos o tres fincas,
saqueaban una bodega y se volvían a la ciudad por la madrugada, con un botín
que consistía por lo general en un viejo gramófono de cuerda y un administrador
corrompido y venal que, con las manos atadas a la espalda, el pantalón medio
caído y abierta la chaqueta del pijama, había adquirido ya esa falta de
expresión y esa palidez de tez, consecuencia de muchas sacudidas internas, del
hombre que ya ha dejado de existir cuando es conducido al sótano del
cuartelillo. Las calles no eran frecuentadas y casi todas las fachadas y las
tapias fueron de coradas con grandes letras y siglas proletarias, pintadas con
alquitrán; no había toque de queda pero nadie salía a deshoras; no habla
milicias ni serenos ni otro alumbrado que aquel, al fondo de una calleja
cortada por una tapia de carbonilla, de un pequeño y agitado colmado en cuyo
interior se congregaba todas las noches el bullicio republicano: unas cuantas
botellas de vino blanco
común y
sesiones arrabaleras de cante, con letras patrióticas y alusivas a los
revoltosos, cantadas en torno a los máuser y los gorros de cuartel mientras la
burguesía, en sus grandes pisos cerrados y oscuros, rumiaba horrorizada su
vigilia esperando la llegada de la brigada de registro que en el bar de la
esquina se había detenido a echar un trago y escuchar un fandango. Fue un
verano, para la clase acomodada, sin paz ni sol, que transcurrió todo él en las
habitaciones de atrás; las radios habían sido confiscadas y no recibían otras
noticias que los rumores recogidos por la vieja y fiel cocinera -la única que
salía de la casa- en un puesto del mercado. Y en cuanto al frente..., allí la
vida debía ser más sana y la gente más honrada, aunque a decir verdad no hubo
frente hasta el siguiente año. Pero los hombres decididos no quisieron saber
nada de todo esto: Eugenio Mazón, que no tenía creencias religiosas; ni él
tampoco, indiferente a todo. Las tenía en cambio Juan de Tomé, aunque, no sé
por qué, las ocultaba. Eran los únicos tres que podían haber declinado toda
participación en la lucha sin que nadie tuviera por qué llamarse a engaño; y
los tres que, una vez metidos en ella, podrían haberse salvado porque conocían
los caminos de Mantua desde que eran unos chiquillos. Ninguno hizo el más leve
gesto -si no fue al final- de retirada porque en su conciencia, tengo para mí,
había ciertos límites que no estaban dispuestos a transgredir. La
explicación... no sé dónde hay que ir a buscarla, acaso a la misma Mantua. Lucharon
como todos e incluso con más habilidad y lucidez que sus compañeros de armas
porque supieron elegir el campo. Es lo único que eligieron, lo demás -el
horror, la lucha fratricida, la mediocridad de los dirigentes, el engaño de la
doctrina, la falta de apoyo y hasta, la carencia de entusiasmo- les fue dado.
Así que jugaron a sabiendas de que la partida estaba perdida, ¿qué más se podía
pedir de ellos? Porque a fuer de sinceros es preciso considerar que si hubieran
cambiado un par de circunstancias, es posible que hubieran combatido del otro
lado. Quizá fue el padre Eusebio quien les empujó hacia las izquierdas. ¡El
padre Eusebio! ¡A quién no empujaría ése! Aún le estoy viendo desfilar, como
capellán del regimiento, ansioso de enseñar sus polainas. Y después de la
guerra, como era de esperar, empezó a hablar del suburbio, de la pobreza de
Cristo, de la humildad. Pero un momento antes también le veo echar la gorra al
aire, para celebrar la victoria, ante las mismas tapias del cementerio donde a
la madrugada absolvía a los reos. Luego les vimos arrodillarse y bajar la
testuz, con las bocas de los fusiles que apuntaban hacia el firmamento, para
que el padre -su silueta, con el sobrepelliz colocado sobre el uniforme, se
recortaba en la línea de la colina- impartiese su bendición sobre tanta cabeza
victoriosa y humillada, sobre una tierra silenciosa, curvada por el peso de una
imposición que, con su terca e impasible topografía, había tratado durante dos
años de abortar. No hay duda de que en aquellas fechas ya habían aprendido lo
que desconocía el verano del 36: lo que era el frío y las trincheras, pero,
sobre todo, lo que era el enemigo y el odio al enemigo. Ése era su doctorado;
al día siguiente amanecieron en una cocina soleada para saludar el alba de la
victoria con un tango arrabaleropatriótico, coreado por cinco reclutas y un
furriel. Y luego, con un trago de café, se dirigió al suburbio para hablar de
la caridad, de las fuerzas del bien, de los hermanos caídos que se sientan a la
diestra del Dios padre, de cuyo poder y de cuya gloria aquella victoria era
prueba irrefutable. Un poder que había tardado dos años en conquistar una loma,
un amor que no vaciló en matar para satisfacer el frenesí de su obstinación. No
veo por ninguna parte un resultado honroso, una prueba de nada. Veo, como
siempre, que la iglesia es el más consolador y duradero edificio que el hombre
ha inventado. En mi tiempo las cosas, si no eran más ciertas, al menos eran más
simples y atractivas. Y, por supuesto, aunque siempre se buscaba la confirmación,
el mentís venía pronto. Eso es honradez y seriedad. Me refiero al Numa, claro
está, no al padre Eusebio. En mi juventud -al poco de la muerte de mi padre- la
gloria debía hallarse muy cerca de Retuerta; es una venta que se llama así, muy
cerca del collado del mismo nombre. Es un lugar notable, situado casi a dos mil
me tros de altitud y abierto a los vientos del norte y del oeste; siguiendo su
vertiente sur, la única por la que es accesible, se llega a los cortados de la
Cautiva. Pero ¿qué estoy diciendo? Usted lo debe conocer muy bien, por lo que
me ha dicho. Es solitario, sí, pero en primavera y verano acostumbra a ser
visitado para el pasto por esas manadas de caballos pequeños y salvajes que no
sirven para el tiro ni para el arado pero que cada cuatro o diez años provocan
el apetito comercial de algún tratante de sangre gitana, más descreído que
desmemoriado, que los compra por docenas al primer paisano que encuentra
durmiendo entre las carquesas. Es un empeño extraño y una inversión nefasta,
aunque módica, tan reiteradamente inútil e incomprensible que llega uno a
asombrarse de la veracidad de los mitos y de lo bien fundadas que están casi
todas nuestras leyendas. Que las fábulas, como las del padre Eusebio, tengan
buen sentido, eso ya es otra cosa. Pues por aquellas alturas es asunto conocido
que los pastos que esa raza frecuenta adolecen de aguas muy calizas y salinas,
que el aire se halla infectado de emanaciones grisutáceas y que, entrado el mes
de abril, en el plazo de una semana, los prados, los ribazos y cómaros quedan
tapizados de una flor grande y roja, parecida a la bromelia, de hojas carnosas
en forma de vaina, ligeramente peludas y de un color algo más sanguíneo que el
de la amapola, que nacen reunidas en una bráctea, con motas pardas, de aspecto
atractivo y pernicioso. Son los cálices, al decir, de los pastores, que guardan
la sangre del padre Abraham, y del rey Sidonio y del valeroso Aviza -el joven
protestón- y de todos los caballeros cristianos que a lo largo de los siglos han
caído en los combates del Torce y de los que se alimentaba en su niñez aquel
Drácula rural de comienzos de siglo -el vampiro Atilano- que en los primeros
días de junio
-cuando
las flores marchitan y se abren sus secas bayas para extender por doquier unas
bolas pequeñas, rugosas y pardas como alcaparras- bajaba de noche hasta filas
tapias de Bocentellas, de El Salvador, Etán y Región, envuelto' hasta la cabeza
con una manta de paja, la boca coloreada de un tinte vegetal; también es la
sangre de todos los que cayeron en aquellos pagos, víctimas de su impaciencia y
del cruel e insaciable apetito de revancha del viejo guardián de Mantua. Es la
flor de la inquietud, de la desazón del alma, de los contrastes del espíritu,
de ese impulsivo anhelo que se apodera de la voluntad para conquistar las
alturas cuando los primeros días temperados despejan las nubes que las han
ocultado durante todo el invierno, para envolverlas con un halo morado,
preludio de la sequía... El paisano la maldice, no la coge jamás ni la extirpa
ni se atreve a llevar el ganado allá donde ella brota. El día que distraído la
pisa, da un salto atrás, cae de hinojos y se persigna tantas veces cuantas
flores se hallan a su vista; y si ha llegado a aplastarla o romperla la
costumbre le obliga a practicarse un pequeño corte en el dedo y: a fin de
redimir su falta y aplacar el enojo del muerto hollado, vierte unas gotas de su
propia sangre sobre el tallo cortado. Porque nace siempre
donde descansa un resto humano,
un hueso o un escapulario que está pidiendo venganza, recuerdo y redención al
mundo de los vivos. Tan considerable es la fuerza de la maldición que en más de
una ocasión el paisano que ha visto sus sembrados tapizados por el repentino
brote solferino (un pelillo temblón y urticante) no lo ha pensado dos veces:
sin lágrimas, desesperación ni aspavientos ha recogido el ganado y la familia,
ha llamado a sus vecinos para decir adiós, ha subido sus trastos al carro y
-según la magnitud de sus culpas o sus remordimientos- ha cerrado la casa y los
corrales y se ha marchado de allí, tras prenderles fuego. Y puede también que
sea la flor de Mitra, de que habla algún geógrafo romano, y que más tarde
buscarán en sus peregrinaciones, en el fondo de los precipicios y en las
venerables grutas de los santos, aquellos grandes pecadores de la alta edad
media para quienes ni Roma ni la ascesis sabían encontrar la penitencia
adecuada. Los jugadores de azar -todos hombres de fortuna- del primer cuarto de
siglo, tras esa última y trágica postura que les había de empujar;¡ la mina, se
la colocaban pomposamente en el ojal, muy entrada la noche, antes de abandonar
la casa del vicio. Ya no le quedaba otro patrimonio que un paquete mediado de
cigarrillos -los suficientes para desechar toda idea de suicidio-, la silueta
plateada del Monje, las noches de luna clara y, en las breñas de enfrente, en
una ladera muy negra, las luces tintineantes de la vieja mina de sílice,
semejantes a las de los pequeños barcos pesqueros inmovilizados en aquel punto
donde se confunden noche y océano y que para
el náufrago del
trasatlántico que inesperadamente se
sumerge en las
aguas, representan la única posibilidad de salvación. De igual forma que
el dandy convertido en náufrago en virtud de una grosería de la máquina, el
jugador recientemente arruinado –con la flor en el ojal- (y al igual que aquél
lo hace por encima de la borda, tras una mirada fugitiva al salón por donde ya
corren las mesas), lanza el cigarrillo a un tiesto de hortensias y (tras una
breve búsqueda de la mujer que en el salón prolonga la tertulia sin sospechar
el resultado de la última postura) salta por encima de la balaustrada para
echar a correr, en busca de salvación, por las tinieblas de esos campos que la
tarde anterior le eran tan indiferentes, donde cantan los grillos y -cerca del
arroyo- croan las ranas para acompañar el canto apenas perceptible de un
minero. Era un criadero perdido en una hoz de la montaña, que en sus años de
mayor actividad -durante la guerra del 14- no debía producir arriba de medio
millar de toneladas al año, de un grano de sílice muy fino y limpio -con un 98
% de pureza-. El producto se transportaba en carreta a Región y de allí se
enviaba -no se sabe por qué medios de transporte, a falta de aquel ferrocarril
que no entró nunca en servicio- a la industria del cristal y la cerámica de
Vizcaya y Levante, donde era muy apreciado no se sabe si por la pureza y
uniformidad del grano o por la irregularidad de los envíos. Pero pese a todas
las dificultades aquella industria -que nunca perdió su sabor rancio, su
carácter corporativo y su envergadura familiar-,fue en mayor medida que la
explotación de magnetitas de Ferrellán, los grasos del Formigoso o las piritas
del monte de San Pedro, uno de los más altos exponentes del auge minero y del
activo bienestar que conoció el país en los tres primeros lustros del siglo, y
quizá el último vestigio de un quehacer industrial. que quedó clausurado -sin
llegar a cuajar, como lo testimonian los desiertos túneles y las obras de arte
invadidas por la vegetación que crece en las impostas y las delirantes vías de
ese ferrocarril que no conoció otro tráfico ni otras composiciones que las de
los burreros- en los primeros años de la Dictadura. Fue siempre propiedad de
una familia de boticarios de Región que, cada cuatro o cinco años, la
arrendaban a un capataz emancipado cuya mujer heredó una partija, a un jugador
sin fortuna que -para su regeneración en el trabajo- apela por última vez a su
padre o a un carbonero escéptico -terriblemente escéptico- que aspira a,
edificar una fortuna no con el aprovechamiento de la sílice sino con el
hallazgo de una de esas arcas repletas de monedas fernandinas que -según se
afirma, con absoluta convicción- hay
escondidas en aquellos parajes de misteriosos perfumes. La sílice,
-ciertamente- tenía muy buen precio en el reducido comercio, de Región; tan
bueno que ni siquiera subió con la Segunda Guerra Mundial sin dejar por eso, de
rendir un amplio margen de beneficio a quien sabía explotarla, aun haciendo uso
de procedimientos arcaicos y manuales, con un poco de continuidad. Porque lo
cierto es que sólo se volvía a ella cuando se extenuaban los recursos para llevar
a cabo la excavación arqueológica que -aparte de alguna punta de lanza o alguna
alcarraza de barro poroso-,jamás sacó a la luz la menor traza de aquellos
supuestos tesoros. El personal de la mina despreciaba la sílice porque aquel
grano -tanto por su aspecto y color como por la imposición divina- le recordaba
la miga del pan; era un personal -no el capataz sino los peones- que tenla sus
ínfulas y que sólo picaba en la sílice -porque su vocación era la arcilla negra
que nunca dio nada- en casos de extrema necesidad, cuando la mera subsistencia
(la despensa agotada, los pies descalzos, ni un mal saco de carbón en los
peores días del invierno) constituía un problema que sólo podía ser resuelto
con la carga y el embarque a Región de tres o cuatro carretas de aquel producto
ingrato pero necesario. Solamente el juego les podía hacer abandonar tal
atonía, cuando -aburridos de los inocentes pasatiempos propios de solteras- se
decidían a recaudar un poco de dinero para reanudar las partidas nocturnas de
naipe grueso. Aparte del capataz -que vivía solo en un chamizo aislado y que
guisaba para sí mismo- trabajaban allí todo el año ocho o diez peones que se
alojaban en una barraca de madera. Ninguno era de baja extracción, no tenían
afición a la pala ni tiraban bien del pico pero -en contraste- todos tenían
apellidos sonoros; más de uno tenía título y gustaba de labrar sus armas, a
punta de navaja, en los testeros de la litera. No eran desgraciados; no se
alimentaban del rencor, al menos en el mismo grado que en la sociedad que los
trajo al mundo. Añoraban mucho pero no a sus padres ni a sus injustos,
desmemoriados y ambiciosos hermanos. Había un deseo común -pero que no era el
de venganza- cuyo mantenimiento -sobre todo en verano- se hacía excesivamente
fatigoso e inaguantable (cuando las luces del casino se alumbraban una noche
para anunciar el comienzo de la temporada) y que por fuerza daba paso, en el
invierno, a un más sedante sentimiento de nostalgia. Era el propio capataz, en
las épocas de bonanza, quien se acercaba al peón -amargado, indolente, roído
por el rencor- para preguntarle la causa de sus males: "Qué te pasa, hijo,
¿por qué lloras?". No había otra medicina que una pequeña bolsa de
arpillera, atada con un cordel, que guardaba en el cajón de su mesa. "Pero
ten cuidado, mucho cuidado; y recuerda a tus hermanos, a los de aquí, tus
verdaderos hermanos." Y él mismo, tras recomendarle prudencia (sobre todo
si tenía la desgracia de tener buena fortuna en la mesa, que también eso
ocurrió algunas veces) le ayudaba a escabullirse por la noche, para no despertar
la envidia de sus compañeros, en dirección a la casa de juego, con la bolsa
bamboleante, arrollada a un botón trasero del pantalón. La mayoría de ellos
tenía que volver a los pocos días -cuando no era esa misma noche, decepcionado
pero curado- y si bien es cierto que a algunos no se les volvió a ver también
lo es que de más de uno se supo que, tras levantar la mesa con una puesta de
mucha consideración, había cruzado el Atlántico para invertir sus ganancias en
unas minas del Perú o del Brasil. Ya ve usted qué cosas, qué poder tremendo el
de la educación. La afición a la mina -se lo aseguro- acaba metiéndose en la
sangre. Y aunque en aquélla no existían limitaciones para la admisión -tal como
obran, por ejemplo, en los clubes distinguidos-, cualesquiera que fueran el
carácter del capataz o las intenciones del arrendatario (porque los boticarios
de Región no quisieron nunca, o no se atrevieron, a escuchar las proposiciones
de compra) para entrar a trabajar en ella había que tener algo: buenas maneras,
un apellido conocido, una educación cabal y también un cierto espíritu de
clase. La entrada en la mina fue siempre consecuencia de una postura elevada y
que no estaba al alcance de cualquiera; si el capataz -en mucha mayor medida
que el croupier- exigía un mínimo en la postura no era llevado por un espíritu
de clase, sino porque, responsable del negocio, sabía muy bien que podría
permanecer allí quien cansado y decepcionado de tal mentalidad supiera
renunciar a ella y no quien, llevado de un impulso de emulación, tratara de
adquirirla mediante aquel subterfugio. Por consiguiente, le era necesario
guardarse tanto de la gente de poca monta como de aquellos advenedizos y
trepadores de temporada que, encubriendo unas intenciones muy distintas,
llegaban allí con los pantalones arrollados por los calcañares y los zapatos
manchados de barro, para solicitar un
puesto arriesgado y ganase
la confianza de sus compañeros;
unos días más tarde trataban de hacer un préstamo leonino, pretendían comprar
una joya de familia a un precio ridículo o bien, por el espacio del invierno,
cerrados todos los establecimientos que habían elegido para su actuación, no
querían sino matricularse en aquella escuela gratuita para aprender unas
maneras que les eran imprescindibles si habían de triunfar en la próxima
temporada. No hay que olvidar que algunas familias y no se trataba de una
extravagancia- renombradas de Región mandaron allí a alguno de sus vástagos,
tanto para que con el pico adquiriese una constitución física como para que el
contacto con sus compañeros le imprimiese un sello que de otra forma había que
irlo a buscar a un colegio inglés. Era, sin embargo, un acto suicida: el chico
volvía a casa, al término del verano, transformado... y eso cuando volvía:
despegado de los padres, ajeno a los placeres domésticos, enajenado por el
espíritu de la mina, las noches del juego, las luces del balneario, los
disparos y las leyendas de Mantua. Mira si no qué ejemplos tan elocuentes:
Eugenio Mazón, Juan de Tomé, Ruán, aquel Enrique Ruán tan callado... Esa
educación en tierras extrañas resulta siempre, se quiera o no, una confesión de
impotencia, una reclusión y un exilio. No quiero decir con todo eso que una
temporada en la mina involucraba una transformación perversa del individuo. O
una evolución hacia un estado desde el cual su edad anterior sólo podía
contemplarse como una prolongación de la niñez, informada por todos los
vínculos y mitos que sujetan al niño. Era eso o no era eso; debía haber algo
allí que atraía al peón por su misma simplicidad; quizá la mesa de juego del
salón del balneario no admite comparación, a la hora de medir el placer que
procura, con esa manta de Béjar, echada sobre la litera de un compañero al que
puedes insultar cuando saca un buen naipe, salpicada de pañuelos sucios,
colillas y cuarterones de tabaco. Y tampoco la admite el mejor vino de la casa
con ese trago de media mañana de una botella cobijada en la sombra de una
oquedad del frente de cantera donde corre un hilillo de agua. ¿Y para qué
hablar de la siesta? ¿Cuál cree usted que será mejor? Si ahora al hombre le
quita usted la ambición, el instinto de emulación y competencia y el apetito
por todos los falsos bienes que le enseñan sus padres y la sociedad, dígame
dónde es capaz de vivir mejor. Pero hay más: hay sin duda un goce en el
rebajamiento, un placer en la desventura y una delectación en la miseria que
-para el prisionero que arrastra sus botas por los caminos del cautiverio, para
el penado que escupe en las manos antes de coger la pala, el jugador que maldice
su penúltima pieza y el escolar que, solo en el aula, contempla embriagado y
aterrado ese montón de páginas en blanco que ha de llenar con el odioso
proverbio en el que ya no creerá jamás- tanto más perdurables y estimulantes
cuanto no conocen el hartazgo ni la satisfacción ni el premio. El yacimiento se
halla en la margen izquierda del arroyo Tarrentino, un par de kilómetros aguas
arriba de su confluencia con el Torce, encerrado entre paquetes verdosos,
pardos y verticales de cuarcita ordoviciense y arenisca devónica, escondido
entre las fragosidades de un estrecho y zigzagueante valle cubierto en su
mermada anchura de un manto de césped, unas hileras de melancólicos chopos y un
sonoro y violento curso de agua apenas visible bajo un continuo seto de salgueros,
abedules y maíllos, espinos y piruétanos y arces, limitado en sus dos caras por
aquellas abruptas y sombrías laderas, cubiertas de urces y carquesa, roble
raquítico y helecho gigante. Las aguas del arroyo son limpias y rápidas y en
los ribazos abundan los miosotis, el cólchico y la filipéndula; pero cuando
algún caballero de Región (o algún desalmado) se decide a sepultar sus ahorros
en las antracitas y piritas de la montaña de San Pedro, las aguas del arroyo se
tiñen en seguida de un color de grafito, las juncias, los jacintos silvestres,
la filipéndula brotan entonces a través de una fina capa de légamo negro,
agujereado por las lombrices. No hay camino de herradura hasta el yacimiento;
el producto hay que transportarlo hasta la orilla opuesta del Torce, en sacos y
a hombros. No hay ningún puente por allí; el río es preciso cruzarlo en un
pequeño y negro esquife (en cuyo fondo plano hay siempre cuatro dedos de agua
aceitosa) propiedad de una vieja barquera que lo impulsa tirando con las manos
de un trozo de cable de mina -destrenzado y seco como un sarmiento; sus
alambres sueltos no son lo bastante afilados para herir aquellas manos
terribles- amarrado en sus extremos a dos golfines hechos con maderos podridos.
No parece que cobre nada por el servicio pero tampoco se niega a recibir
limosnas, aunque bien es verdad que apenas hay alguien que se las dé. No se
sabe muy bien de qué vive, en una diminuta choza de la margen derecha, cuyas
paredes están formadas por unas empalizadas de medio quemadas traviesas del
ferrocarril, cubierta con una barda de paja y broza. No tiene cerca ni puerta,
pero tampoco tiene otra cosa que hacer -aparte de tirar de la barca- que
recoger por las riberas gusanos y raíces con los que alimenta una pequeña
sartén donde permanentemente hierven unos aceites terribles. Aquel que llegue
al lugar -los pantalones arremangados por los tobillos- sólo tiene que dar un
breve silbido y al punto, encorvada y descalza, cubierta con una saya negra,
saldrá de su guarida con paso corto -sin mirar al neófito-, mientras se aguanta
la risa y suelta por la ribera unos enjutos que rompe nerviosamente. Siempre se
esconde la cara para ocultar una risa maligna. "Suba el caballero. Je, je.
Suba, suba. Je, je, ahí está bien, ya lo creo, muy bien. Je, je." Se tiene
en la proa con el aplomo de un ballenero, con las piernas abiertas y una mano
fue se sucede a la otra- siempre agarrada al cable del que tira. Y tira con tal
vigor -lanzando de vez en cuando una mirada inquisitiva y mostrando al reír
unos pocos colmillos lupercales- que siempre se las arregla para embarrancar el
esquife, en la orilla de légamo negro, con un golpe tan brusco y violento que
el viajero desprevenido por fuerza cae de espaldas, yendo a dar con el culo en
el fondo encharcado de la embarcación. Es el momento en que -la muy bruja- echa
a correr, saltando y hundiendo sus pies horrendos en el schlamm, para ganar la
orilla seca y tirarse por un prado para
retorcerse de risa, sujetándose los riñones y enjugando las lágrimas con el
borde de la saya. Me imagino que ante semejante burla el Viajero novato (quién
sabe si era la primera vez que a través de las ropas de etiqueta sentía la
humedad del trasero) tenía por fuerza que apercibirse de que había cruzado el
umbral de una vida nueva, que un destino grotesco, zumbón, hiriente e incierto
había venido, en unas pocas horas, a sustituir la frialdad de la madurez
educada por las apasionadas emociones de la edad colegial. En cuanto a la
barquera..., todo parecía indicar que se trataba de una leyenda, alegoría de la
pudrición y el desatino, imagen viva de esa perversa y gratuita alegría que
cunde en el reino de los malditos. Y cuando el viajero que al alejarse por la
senda de la mina trata de recomponer su dignidad -al atusarse el cabello y el
trasero y bajar sus pantalones y sacudirse los espinos- vuelve la vista atrás
-más corrido que un chucho apedreado- aún tiene ocasión de gozar de todo el
sonrojo de que es capaz de procurarle su sangre: sentada junto al agua aún se
retorcía de risa mientras le señalaba con gestos procaces, agitando las sayas y
echando los pies por alto. En la mina no la odiaban, pero la temían. A veces no
la temían y entonces la odiaban y todos en tropel,.los sábados por la tarde,
bajaban hasta la ribera del arroyo para apedrear su chamizo -al otro lado de la
corriente- y llenarla de salvajes insultos; ella corría alrededor de las
tablas, como un animal enjaulado azuzado por un grupo de colegiales
licenciosos, jurando y gesticulando; se revolcaba en la hierba y -entre risas,
hipidos y blasfemias- se rasgaba las sayas, se despojaba de sus lanas para
aparentar los actos más obscenos, los más sucios regocijos y los más crueles
orgasmos. Uno de ellos, en particular, la hacía sufrir más que los demás; era
un joven extraño, atrayente y vicioso que llegó allí aureolado de un pasado
cuajado de tribulaciones y amoríos. Atlético, altanero y despectivo, gustaba de
introducirse desnudo en la corriente, fregarse con el lodo y enjuagarse todo el
cuerpo con el agua, con una delectación del artista que conoce los más
sugerentes e insignificantes atractivos de un pliegue y un músculo, mientras la
pobre vieja -refugiada tras sus tablas, mordiendo una moñiga negra- sufría
indecibles tormentos. Yo no sé muy bien de cuándo data la primera denuncia; se
me ha dicho que antes del beneficio de la sílice existía también allí una capa
de grasos donde, el siglo pasado, habían intentado su regeneración unos cuantos
menestrales de Región. Es posible que no existieran tales grasos, sino unos
sedimentos espurios y un cambio de coloración en los paquetes estefanienses,
pero como en aquellos tiempos las cosas no se valoraban tan sólo por sus
propiedades intrínsecas -y el carbón podía valer tanto por las calorías que
extraía del minero cuanto por las que entregaba al fogonero- un puñado de
hombres dispuestos todavía a sentirse en el reino de los vivos, asentó allí a
trabajar con ahínco cualquiera que fuese el fruto de su labor; porque de lo que
se trataba mayormente -y era su mejor ganancia- era de trastear al capataz y burlar
al padre, defraudar al dueño y engañar a la administración de tal forma que el
trabajo -llevado a cabo sin disciplina ni orden, sin responsabilidad ni
capataz, sin estímulo ni rigor empezó a rendir unos beneficios tan
desproporcionados e imprevisibles (se abrieron nuevos cortes, se descubrió la
sílice y se amplió la denuncia) que fue necesario imponer una limitación, a
través del orden, a tal estado de cosas. Por primera vez llegó allí un capataz
que se construyó una chabola independiente y bastante alejada- del barracón. No
se ocupó de otra cosa; era un hombre entrado en edad, serio y consciente pero
muy triste; casi sesentón vivía al parecer abrumado por una tragedia familiar
que le había ocurrido cuando era un adolescente y dejaba transcurrir las horas,
los días y los inviernos, encerrado en su chamizo, sentado en un taburete con
la cabeza apoyada en una mano mientras con la otra tamborileaba en el tablero
de una mesa de pino, cuando no se metía dentro del petate a llorar a lágrima
viva. Y sin embargo, a pesar de ejercer un mando tan moderado y suave su
presencia empezó a levantar recelos entre el personal. De aquella boca del
joven apuesto salieron las primeras palabras de venganza, de cobardía, de
indignidad, de liberación, y con tanta reiteración (no se pasaba una noche,
durante el juego, que no hablase de aquella "humillante condición")
que pronto le reconocieron como un cabecilla. Pero tal capitanía sólo servía
para dos cosas: para, los sábados por la tarde, bajar a engatusar, zaherir y apedrear
a la vieja barquera, y para, los domingos a la mañana, subir a despertar al
capataz, arrancarle a tirones del camastro y obligarle a picar en el corte (él,
que nunca había cogido un pico y que se hería los pies con él) mientras todo el
peonaje a su alrededor se reía de su falta de destreza. Un día llegó por allí
-y sin pedir explicaciones ni permiso a nadie ocupó una litera y un puesto en
el frente- un peón un tanto singular; más parecía un empleado de banca que un
jugador; vestido con un traje de confección y un sombrero de ciudad que nunca
se había visto por aquellas latitudes- trajo consigo una maleta de madera, lo
que produjo cierto estupor y llevó a más de uno a preguntarse si no sería un
recluta engañado por una broma de veteranos. Pero no se trataba ni de un agente
provocador, aquello saltaba a la vista. Era el hombre más débil del barracón y
también el más limpio porque, a diferencia de los demás, no sólo se rasuraba la
barba todas las mañanas, sino que guardaba en su maleta una jabonera de latón y
una toalla de buena felpa con la que cada tarde -al volver del corte, mientras
los demás caían en los camastros hasta la hora de la partida- salía hacia el
arroyo para, tras unos matorrales, enjugarse el torso y lavarse los pies.
Acostumbraba a volver cuando ya estaba la partida iniciada; jamás -en la
primera parte de su estancia allí- tomó parte en ella; muy al contrario se
refugiaba en su rincón, al fondo opuesto de la barraca, para escribir unas
anotaciones con trazo muy fino y preciso en una pequeña libreta con tapas de
hule que apoyaba en el muslo, alumbrado por una lámpara de carburo que trajo
consigo. Luego se supo que una vez por semana bajaba hasta el Torce para
proporcionarse un baño completo del cuerpo, en una poza que escapaba a la vista
de la barquera.»
-¿Qué son
esas voces? ¿No ha oído usted? -interrumpió ella, entreabriendo los ojos.
-«No, no
es nada. No es absolutamente nada. Es decir, lo es todo. Hay que acostumbrarse
a ello, nada más. Una vez conseguido ¿qué importancia tiene? ¡Hay que
acostumbrarse a tales cosas? Era un hombre del montón, sin duda, pero educado y
correcto; no era un arruinado ni un agente provocador ni un desertor. ¿De qué
se trataba, entonces? Tampoco le prestaban demasiada atención hasta que un día
su actitud y su puesto dentro de la comunidad cambiaron de raíz; era un sábado
en el que demostró tanta educación y tanta firmeza que a partir de entonces,
sin necesidad de mandar ni ser obedecido, fue mirado y respetado como el
primero de todos ellos. Acaso las bromas y procacidades de aquel joven
insolente habían llegado a un límite intolerable; debajo de cada risotada,
debajo de cada voz había una protesta, un gesto abortado e insatisfecho de
vergüenza, una sensación de pecado. Era un joven -le dije- con un cuerpo
atlético pero poco atractivo, marcado con las señales -de la crueldad femenina
que exhibía con un orgullo que a veces producía lástima y otras, irritación. Y
no hizo otra cosa sino meterse en el agua, tomarle de la mano -no le llegaba a
los hombros- y (sin que el joven opusiera la menor resistencia, toda su
docilidad emanaba de su asombro o de su cobardía) arrastrarle hasta la
empalizada tras la que se refugiaba la barquera y obligarle a hincarse de
hinojos y desnudo ante ella hasta recibir su perdón. Perdón que ella otorgó
complacida y estirada, con un amplio gesto de la mano que voló sobre la cabeza
del postrado para dirigirse -como en un adiós- a todo el grupo de hombres que
al otro lado del río contempló la escena reteniendo la respiración. A partir de
aquel día cesaron las burlas para con la barquera, nadie se atrevió a volver a
humillar al capataz, que, refugiado en su chabola, ajeno a toda iniciativa,
jamás se llegó a percatar del favor que se le había hecho. Sus visitas a la
barquera menudearon; no era raro verle sentado en un prado de la orilla,
siempre cerca de la jabonera envuelta en la toalla, en animada conversación con
la vieja que, arrodillada a sus pies, la cara animada por una expresión de
incipiente alegría y moderados y amainados gestos, replicaba al viajero que
pretendía distraerla para recabar sus servicios con un gesto de calma en virtud
del cual tenía que esperar durante varias horas y renunciar, a veces, al cruce
porque se echaba la noche encima. Debieron hablar mucho aquel invierno, aunque
no puedo imaginarme de qué; supongo que sería de amor y de política. Él dijo
después -y no en tono de confidencia- que aquella primavera la vieja le había
explicado lo que era la vanidad. Un día se llegó a saber -era sin duda una de
las últimas tardes de un septiembre dulce y dorado- que, sentado sobre una
piedra en el centro del río y completamente desnudo, durante un par de horas
largas y placenteras en las que la vieja se aplicó a ello con el mayor mimo y
esmero, había sido enjabonado y fregado por ella. Alguien llegó al barracón y
lo contó, jadeante, y al punto estuvo de cancelar la partida de naipe grueso.
Ya entrada la noche llegó él, tranquilo pero no jactancioso, con la jabonera en
la diestra, envuelta en la toalla empapada, y bien peinado. Se quitó las ropas
de campo y, tras extraer de la maleta de madera una muda limpia y un terno
planchado (una corbata de lunares, también) se vistió de ciudad, esto es, no
como un perfecto caballero, sino como todo hombre discreto y correcto, con una
cierta refinada y elaborada tendencia a la vulgaridad. Quizá fue aquella vulgar
negligencia, aquella ausencia de afectación, de cuidado del detalle lo que les
llevó al convencimiento de que -sin un traje adecuado, sin una moneda en el
bolsillo y sin demasiada soltura para presentarse en aquel lugar cuyas
estrictas reglas conocían de sobra- estaba dispuesto a intentar, aquella noche,
el asalto a la fortuna en unas condiciones que -por estar tan lejos de las
consabidas- por fuerza debían considerar ultrajantes e insufribles. Así que le
vieron salir con desdén. Por eso mismo ninguno del barracón se atrevió a
llamarle la atención sobre ciertos pormenores que hasta aquel día se habían
considerado si no imprescindibles al menos muy importantes. Y así -de paso-
eludían la necesidad de hacerle cualquier advertencia. De forma que cuando
cerró la puerta por el barracón se extendió una sensación de alivio que nadie
confesó. Una noche, ya muy entrada la hora, cuatro o cinco días después (cuando
apenas alguien se acordaba ya de él) se abrió la puerta y una luz intensa y
desacostumbrada iluminó el umbral (todos los cuerpos se rebulleron en las
literas como los gusanos, al levantar una piedra). Pálido, demacrado y ceñudo,
allí estaba de nuevo con una lámpara de sodio sostenida en alto en la mano
derecha y un hatillo en la izquierda. Apenas saludó, cruzó la doble fila de
literas mientras al compás de sus pasos sus compañeros se incorporaban del
lecho (con ese súbito, estupefacto y hierático automatismo de los muñecos de
barraca que surgen de sus tumbas y sus urnas al paso del visitante), se quitó
la chaqueta y la corbata y en la última litera arrojó el atado que sonó a
quincalla. Vació de sus bolsillos un buen puñado de billetes arrugados y muchas
monedas, entre las que había algún reloj, lo dejó todo encima de la litera,
tomó la toalla y la jabonera y abandonó de nuevo el barracón sin que nadie
fuera capaz de hacer una pregunta ni pronunciar una palabra. Aquélla fue una
noche de suspiros y lamentaciones, de sueños agitados y pesadillas, nadie
durmió en paz. A la tarde siguiente, peinado y perfumado, tocado con una camisa
de rayas, carente de toda timidez, se arrimó al grupo de jugadores que pronto
le hicieron un sitio.
»-¿Te
damos carta?
»-¿Qué es
lo que hay que hacer?
»-Hay que
hacer nueve. Si tienes buena carta, te plantas. Si te pasas, pierdes. Éstas no
valen nada y éstas su número. Si tienes menos de tres tienes obligación de
pedir naipe. Luego, tú verás. ¿Te damos carta?
»-Venga
el naipe.
»-Ésa
vale dos. Otra más. »-¿Qué tal te fue por allá? »-No me puedo quejar. ¿Y esta
otra?
»--¿Te
dejaron entrar al salón?
»-¿Qué
salón?
»-La sala
de juego, se entiende.
»-¿Y esta
otra?
»-Un
ocho, y dos, diez. Al pozo, perdiste la puesta.
»-Hay que
cogerlas así, mira qué nueve tan rico. A ver tú.
»-Ladrón,
¿qué formas son ésas?
»-Venga
el naipe, estoy impaciente.
»-Al
principio siempre es así. Ya te irás calmando; entre caballeros siempre se debe
perder.
»-Otro
nueve. ¿No sacas tú muchos nueves?
»-Así,
pues, ¿te dejaron entrar allí?
»-¿Qué te
pareció aquello? ¿Lo conocías?
»-No, no
lo conocía. Dadme naipe de una vez.
»-¿Te
dejaron jugar?
»-Y ésa,
¿qué vale?
»-¿No lo
ves? Es un dos.
»-Aguarda,
hombre, aguarda. Se echa de menos la educación. Entre caballeros... te he dicho
que aguardes.
»-¿Y ésa?
»-Ten
paciencia.
»-Anda,
saca otro billete que no te vamos a comer. ¿A qué crees que estamos jugando?
»-No
parece que te han ido mal las cosas.
»-¿Qué
cosas? ¿Y ésta?
»-Un as.
Pero ¿jugaste mucho?
»-Todas
las noches.
»-Pero
¿tenías dinero?
»-Lo
tenían los demás. En eso consiste el juego, creo yo.
»-¿Cómo
dices?
»-¿Entonces,
ganaste?
»-Todas
las noches.
»-¿Y
llegaste a ganar mucho?
»-Todo lo
que me dejaron. ¿Vas a dar naipe de una vez?
»-Aguarda,
hombre, todo llegará. ¿Es que nos vas a enseñar a jugar?
»-Pero
¿todas las noches? ¿Lo que se dice todas las noches?
»-Sí,
todas las noches y todas las jugadas. Yo ya lo sabía, no tiene ningún mérito,
¿de qué os asombráis?
»-Carajo.
»-¿Qué
has dicho?
»-He
dicho carajo. Lo he dicho en tono de admiración no de ofensa. No tienes por qué
ofenderte.
»-Sigamos,
venga el naipe. O ¿es que esto se ha acabado?
»-Ten
paciencia, demonio, que queda mucha noche. Ahí va el naipe. Suerte, señores.
»-Y las
mujeres... ¿viste qué mujeres hay allí?
»-¿Te
quieres callar?
»-Está
bien, no te enfades; ahí va el naipe. Señores, que haya suerte.
»Jugaron
hasta la madrugada y lo perdió todo -todo lo que había traído consigo- a
excepción de la impaciencia y una moneda que parecía de oro y que, al filo de
la mañana, se puso a contemplar tumbado en la litera. No parecía disgustado ni
extrañado de su mala suerte. A la
noche siguiente desapareció
de nuevo, enfundado
en el mismo
traje de confección de color
claro, y no volvió al barracón sino al cabo de una semana, con el mismo aspecto
fatigado, sucio y hosco, los bolsillos repletos de monedas y billetes
arrugados, papeles escritos y doblados que leía con parsimonia y rompía en
pedazos muy pequeños con un gesto de desdén, paquetes de chocolatinas que se
derretían debajo de su litera, cadenetas y sortijas y relojes que vaciaba en la
maleta con la ostensible negligencia de ese viajante que abre un fardo repleto
de navajas, peines y maquinillas de afeitar ante un corro de cohibidos e
indecisos paisanos. Volvió a perderlo todo en el curso de una noche, sin
alterarse ni mudar el talante por ello; en cambio frenó su impaciencia y ganó
en compostura. No parecía interrogarse sobre el cariz inmutable de su fortuna
que le llevaba a perder, en una noche y sin una compensación, todo lo que traía
de la casa de juego. Sin duda consideraba que ello entraba en el orden de las
cosas del que él no tenía por qué ser beneficiario sino mero agente. Nunca
levantó la menor protesta ni mencionó su mala suerte ni -lo que era más
notable- trató jamás de retirarse del juego si le quedaba una moneda que
perder. Solamente conservaba aquella hermosa moneda de oro, del tamaño de un
reloj de bolsillo, que todas las noches, cuando se retiraba a su litera,
contemplaba fascinado y le sacaba lustre con el pañuelo, tras echarle el
aliento. Era una moneda muy pesada, de oro de ley y cuño americano, que nadie
sabía cómo había llegado a sus manos -aun cuando se suponía que se trataba de
una ofrenda de la vieja barquera, a cambio de quién sabe qué dones- y que jamás
entre sus compañeros de barraca puso en la tela del juego. Jugaron durante una
larga temporada, todo aquel otoño y el invierno siguiente y casi toda la
siguiente primavera hasta la llegada de aquel violento, intempestivo y fugaz
verano en que había de morir, con sus anaranjados destellos y entintados
nubarrones, con el eco de las cabalgatas y los disparos solitarios, con el
susurro de los abedules y los graznidos de las cuervas en torno a las monturas
agonizantes y los jinetes enloquecidos, toda una edad sin razón y un pueblo sin
la menor medida en -el consumo de su- orgullo. No quedó sino un grito, el
sonido de unas pisadas en las primeras hojas muertas, la ilusoria visión de un
hombre que corría hacia el río por una ladera cubierta por el brezo, a la hora
del crepúsculo, para atravesar la corriente con, el agua por la cintura y
volver a resucitar -en el mismo punto donde la leyenda dice que bajaba a beber
el viejo Atilano- la mancha roja de la sangre de Aviza, del rey Sidonio y los
voluntarios carlistas. Como antes le dije, un par de kilómetros aguas arriba de
la barraca de la barquera desemboca en el Torce por la derecha el más caudaloso
y constante de sus afluentes, el Tarrentino; su cuenca se extiende al valle del
mismo nombre -5.000 hectáreas de monte en estado salvaje que es dicho
"porque en él se nombran tantos valles como días trae el año"- y las
estribaciones de los montes de Mantua, el Monje y la tenebrosa montaña de San
Pedro, siempre sola y grande. En planta, el arroyo describe un amplio arco de
ballesta cuya cuerda mira hacia el mediodía en paralelismo con la línea límite
del escudo primario -esos bancos de sombría arenisca devónica y esas
atormentadas cresterías carboníferas- que parece rodear y proteger con un alto
cinturón de rocas ácidas el orgulloso promontorio calizo que apuntado como un
rompeolas y destruido por su milenario combate con el océano se asoma a la
meseta terciaria para buscar refugio entre sus secuaces continentales. Es hacia
el sur donde se levantan las cumbres más altas y blancas de la cordillera
-quizá porque en virtud de su calidad de capitanes de ese diezmado ejército el
continente les ha otorgado una hospitalidad que negó a los rasos acantilados,
condenados a la dura vida del litoral para seguir sufriendo la agresiva
vecindad del mar-, enhiestas, altiyas y encopetadas como esas señoras de la alta
sociedad que en una mesa protegida por un dosel, mendigan el agua para la
sedienta meseta.» El Torres, con sus dos mil ochocientos y pico metros y su
aguja desplomada; y el Acatón, de perfil heráldico y nombre grecorromano que
aún parece pedir esa mitología con que un pueblo pobre en inventiva no ha
sabido adornarle; y el Malterra, romo y roto, aislado como una torre de
homenaje sobre cuyas almenas anidan las cuervas y crece el té y que a todo
trance trata de abrir el diálogo con el orgulloso Monje quien, con su penacho
blanco, reina sobre todo el circo de Región y gusta de rodearse de una corte de
enanos negros, pequeños y siniestros comparsas, los plumones y cascabeles de
Mantua. Nace el arroyo en el Collado de los Muertos adonde, en lo que va de
siglo, nadie da fe de haber subido. Allí se sitúa la divisoria de los términos
de Región, Macerta y El Salvador materializada en una hermosa lápida miliar,
una cruz de San Antonio y una inscripción que dice: «ego sum». Su nombre es, al
parecer, moderno y procede de un sangriento combate de las primeras guerras
carlistas en el que perdieron la vida muchos miles de hombres. Es cierto
también que durante la última de aquellas guerras una partida de guerrilleros,
perdida ya la campaña del Maestrazgo, en lugar de seguir su éxodo hacia Seo de
Urgel prefirió retirarse a lo largo del valle del Ebro con el fin de alcanzar
los núcleos vascos de resistencia; pero aislada y rechazada un sinnúmero de
veces se vio obligada a atravesar peleando todo el norte de Castilla para al fin
buscar refugio en aquel monte impenetrable donde la historia o la leyenda
sitúan, sucesivamente, un castro celta, un campamento de la Legión VII
levantado por el padre de Pilatos, un templo mitraico en el que se prolongarán
el culto y las costumbres prohibidas incluso después de la invasión africana;
un monte de penitentes que se desvían del camino francés -porque aborrecerán
los encantos, los placeres y los umbrosos huertos de la Tebaida española- para
cantar las alabanzas al Señor rodeados de brezales, nieves y alimañas; y una
fundación del Císter, cuatro torres, una tapia y un huerto cercado de avellanos
silvestres donde en las mañanas de otoño se escucha el canto sibilino de los
faisanes en celo; y para postre, una fábrica montaraz de pólvora, a comienzos
del xix, con la que el lugar vuelve a su línea guerrillera durante las campañas
de Dupont. Allí fue a refugiarse aquella partida carlista que -sin ninguna fe
que conservar ni línea dinástica que defender- se decidió por la vida del monte
antes que cavar acequias o sirgar barcazas de grano por las sedientas llanuras
de la Castilla borbónica. Los pastores y leñadores que se adentran por el valle
del Tarrentino cuentan que el monte se halla sembrado de grandes losas y
piedras tumbales, ataúdes tallados en arenisca que hoy sirven todavía de
pilones y abrevaderos, crestones que no se han meteorizado y que conservan,
como si se tratara de un fósil más, una indescifrable inscripción cúfica,
fechas incomprensibles talladas en la cuarcita y cubiertas de jaramago; entre
las atormentadas raíces de una encina o en el centro de un macizo de espinos
surge de pronto la cabeza herrumbrada de una lanza que se yergue todavía hacia
el cielo sosteniendo el raso descolorido y desflecado del distintivo
regimental; las .losas de tantos obispos y abades que, se diría, fueron
elevados a la mitra tan sólo para gozar de un ornamento en su sepulcro; o el
enigmático símbolo de un triángulo escaleno, con un número en su interior y una
orientación dirigida por su vértice grave, para señalar un itinerario perdido
entre la espesura del monte y medido en antiguas varas rurales. Al viajero
inadvertido que trate de llegar al corazón de la serranía -o que aspire a
escalar la cumbre del Monje por su vertiente sur- por el valle del Tarrentino,
todo parece invitarle a una excursión prometedora. Las primeras cuatro leguas,
desde el desagüe en el Torce hasta la confluencia de los dos arroyos que casi
por igual lo forman, por el camino que bordea el cauce -y que los paisanos
aprovechan para llevar el ganado a pastar durante los cuatro meses cálidos;
para la corta de leña de roble en la primera quincena de octubre y la tala del
haya cada cuatro o diez años (lo necesario para que el comprador de la madera
haya olvidado los desastres de la contrata anterior); para la pesca de la
trucha todo el verano y la caza de la alimaña en las vísperas de Navidad- no se
parecen a nada del resto del país porque la naturaleza ha prodigado allí lo que
ahorrado por doquier, con una tal providencia que no es posible reducirla a los
límites del cultivo y la cultura. Pero trascendida la Y que forman los dos
arroyos, el de los Muertos y el propio Tarrentino, las cosas cambian: la cara
del monte que mira hacia el sur no conoce otra vegetación que la planta enana
del roble y el brezo, laderas sombrías y muy pinas que de tanto en tanto se
abren a una cañada más ancha coronada en el horizonte por una cresta caliza
azulada cuya presencia se hace sentir por el penetrante y sofocante aroma de
las olagas, por una diadema de pequeñas encinas o el graznido solitario de las
grajas. Aislados entre los brezales surgen los esqueletos torturados de un
viejo roble o un salguero calcinado, deformado por los ventones que soplan del
collado y cubierto de harapos de muérdago, loranto y verdín. Pero en la cara
septentrional continúa el bosque; desde el cauce, cerrado por una barrera casi
infranqueable de avellanos silvestres, espinos y majuelos, se suceden y
prodigan los setos de maíllos, esos manzanos bravíos que dan un fruto pequeño y
agrio, tan resistente a las heladas que con él se alimenta el ganado los años
de clima recio; entre ellos despuntan susurrantes y acogedores esos redondeados
macizos de abedules, de hojas siempre temblonas que preludian un espejismo de
brisa en las tardes más calmas, y cosidos entre si por filas de alceas; un
verde más pálido, el del fresno, se acompaña siempre de un árbol de sombra
parecido a la acacia, pero más corpulento, el argumeno, donde anida la
verradilla, un ave que canta de noche para imitar el balido de la cabra. Por
encima de los 1.300 metros de altitud cunde el acebo que en el collado de los
Muertos adquiere la envergadura de un árbol maderable. El haya, el enebro y el
tejo van menudeando a medida que se pronuncian las pendientes hasta que,
siempre de forma súbita, un espeso seto y un bosque cerrado e impenetrable
ocultan la vista del collado, interrumpen el camino y -con letrero o sin él- se
empeñan en frustrar ese intento de ascensión. Se dice que hace años existía
un camino hasta
el collado que
hoy se ha
perdido porque la
falta de conservación y de
tránsito, el avance de las hayas, la acción de las aguas y el temor de los
paisanos han devuelto las laderas a su estado original. Así pues, si el viajero
animado de un espíritu infatigable, cuenta con una fortaleza excepcional y un
equipo como para atravesar la manigua, logrará cruzar el bosque de hayas (a
costa de su razón, sin duda, porque nadie con un adarme de cordura ha de
arriesgarse en una empresa que no parece la más adecuada para devolver el
juicio a quien carece de él) pero no el monte bajo, esa selva de arces, brezos
y negrales, esas trincheras cubiertas de raecilla y frambuesa brava, esos fosos
camuflados bajo los mantos de espino y escoba, majuelo y venenosos columbros,
mezclados y dispuestos con arreglo a ese riguroso orden no carente de un punto
de regocijado sarcasmo (la esbelta, grácil e inestable bromelia que surge en el
centro de un mate mágnum de espinas y ramificaciones; la mariposa violeta que
se pierde y guiña en el calor de la tarde por encima de una muralla de acebos y
cariátides) que parece insinuar que su disposición está dictada por el
propósito de defenderse del leñador, del rebaño, del arado y del camino. Sólo
el fuego llega hasta arriba: un día cualquiera, entre agosto y septiembre surge
una llama que se aviva y en un par de horas toda una extensa zona del monte se
convierte en una chisporroteante hoguera, avivada por los vientos que soplan de
Galicia, que tres días más tarde se agota y extingue en las lomas meridionales
acaso porque su propio frenesí carece ya de voluntad para llevar más lejos su
devastación. Y, sin embargo, con ser tan considerables, no son los obstáculos
que opone la Naturaleza los que han de empujar al viajero a su propia
desesperación. Es algo difícil de explicar, un tanto increíble y misterioso y
que, no obstante, sucede siempre; consecuencia de la falta de juicio, de la
temeridad o de un temor que poco a poco va invadiendo el campo ocupado poco
antes por el orgullo. El viajero avispado y tenaz, dispuesto a avanzar a razón
de un kilómetro al día -talando a machetazos una broza en el monte bajo, la
cabeza protegida por una escafandra de malla, única tela capaz de resistir los
ataques de esos enjambres de mosquitos descomunales, dispuesto a dejar un rastro
de jirones de ropa, de piel y de pelo entre las ramas de los matorrales (esa
especie de aliaga de tallo negruzco y espina alargada que se adhiere a la carne
con más tenacidad que el esparadrapo)- ¿qué puede hacer ante los toques de
campanas, los cantos funerales con que a veces se anuncia el nuevo día? En
ocasiones, al cabo de una mañana ocupada en escalar unos pocos crestones de
roca revestidos de hostil vegetación, cuando el viajero toma asiento para
contemplar el camino recorrido y en el momento en que levanta su cantimplora
para calmar su sed con un trago de vino fresco, un sonido que le es familiar
viene a distraer instantáneamente su atención. Lo conoce pero no lo sitúa y
cuando escéptico trata de apurar el trago, la memoria le obliga a reconocer lo
que su incredulidad rechaza; no hay duda, está fuera de lugar pero se trata de
un motor de explosión; olvida su hambre y su sed y sin abandonar el punto cuya
conquista le ha sido tan cara, trata a todo trance de localizar la procedencia
de las explosiones. Es un día soleado y seco y el contorno de los horizontes se
difumina entre la calina. Se hace de nuevo el silencio y con él vuelven a sus
oídos los sonidos tranquilizadores de la montaña, el susurro de las hojas, el
zumbido de los insectos, el alto graznido de los cuervos que acotan en el cielo
una dimensión comprensible. Trata de saber si tiene fiebre o si ha sufrido los
efectos de un vapor fugaz, consecuencia del esfuerzo realizado; humedece sus
muñecas, moja sus pulsos y su frente y cuando, reconfortado pero desganado, se
recuesta para descansar después de refugiar su cabeza a la sombra, en una
pequeña gruta bajo un arbusto, es de nuevo sobresaltado por ese sonido que
vuelve con intolerable y grotesca claridad; ya no le cabe la menor duda de que,
escondido en un punto del bosque que el eco aproxima con increíble fidelidad,
un hombre trata de encender a la manivela un motor de combustión que al cabo de
unas pocas revoluciones vuelve a detenerse con un eructo inconfundible. Y de
pronto (mientras el viajero jadea) se enciende de nuevo, excesivamente
acelerado, para silenciar con su rugido todos los susurros del monte y espantar
un bando de cornejas (testimonio objetivo que el viajero ya no puede dejar de
tomar en consideración) hasta que tras una serie de explosiones decrecientes en
ritmo y sonido y que resuenan en todo el ámbito con un tono sarcástico- se
detiene en seco para abrir un nuevo compás a la calma del monte. El viajero que
no quiere creerlo no tiene más remedio que aceptarlo; contempla el cielo sin
una nube, luego su calzado destrozado; busca por todas partes el humo de las
explosiones hasta que descorazonado pero no vencido decide desentenderse del
caso para conciliar un sueño y despejar una cabeza que, por causa de la fatiga,
el vino o la picadura de un mosquito, se deja engañar por unos síntomas falaces
y unos sentidos duales. Pero el sueño es difícil, el calor intolerable y la
inquietud impaciente. Un par de
horas después, sin
haber logrado conciliar
el sueño y
en ese lindero
del duermevela en el que todos los sonidos externos se asimilan a
ciertas imágenes recurrentes que se van sucediendo apoyándose las unas en las
otras, como los motivos musicales de un pot-pourri, surge otra vez la cadena
brutal de explosiones de un motor que a todo gas se ha puesto de nuevo en
marcha a pocos metros de su lecho. Entonces se levanta y se pone a gritar, está
atardeciendo. El sol se ha ocultado detrás de los sombríos montes de pizarra y
contra un cielo purpúreo describen sus altos círculos una pareja de aguiluchos
que no parecen afectados por esa extraña contingencia. Cuando exhausto y
afónico comprende la inutilidad de su gesto se ha hecho de nuevo el silencio,
tras unos resoplidos fallidos y fatídicos que se prolongan lo bastante para
resultar convincentes. No está dormido, ni se siente febril y como la luz
declina, decide, antes de que se haga de noche, deshacer su camino para
inspeccionar los alrededores. Pero no logrará encontrar nada hasta que,
desconcertado y entristecido, se verá obligado a hacer noche en aquella misma
peña donde horas antes, con un estado de ánimo bien distinto, había decidido
hacer un alto en aquel itinerario que se iba desarrollando de acuerdo con los
mejores auspicios. Así que enciende la lumbre y ante ese fuego corto y azulado
de las raíces del roble, con unos cuantos mordiscos a las galletas y al queso
-porque ya recela del vino su espíritu se reconforta para recobrar una parte de
aquella confianza cuya pérdida una vez más atribuye al cansancio, las moscas o
el sol. El cielo está estrellado y en derredor suyo cantan los grillos; poco a
poco se va sintiendo vencido por un sueño que se promete reparador. ¡Cómo te
equivocas, paisano! Un poco antes de la medianoche una luz inesperada,
acompañada del canto de una carraca, le deslumbra y despierta. Ofuscado,
obligado a protegerse la vista con las manos y a gatear con los codos para
salirse de entre las matas, acierta a levantar la cabeza. Pero ¿qué haces,
desgraciado? Antes de que un círculo de luz fosforescente, en cuyo centro parpadea
una luz roja envuelta en capitosos vapores, se desvanezca en la noche entre
furiosos aleteos y graznidos, un terrible e instantáneo aguijón se hunde en su
espalda a la altura de sus riñones para derrumbarle de nuevo al suelo entre
gritos de dolor y lágrimas de miedo; y toda la noche permanecerá tirado sobre
la roca, tembloroso y tiritón, mordiéndose las falanges, acariciando con temor
y aprensión el bulto ardiente que emerge de la picadura, maldiciendo su
imprudencia, insultando a esa tierra que no se deja hollar y que sólo otorga su
hospitalidad a los ángeles caídos..., el joven Aviza, el viejo Atilano, los
Cayetano Corral, Eugenio Mazón, Enrique Ruán, adversarios en la victoria y
hermanos en el pavoroso exilio. También se dice que por allí existe --aunque el
viajero nunca lo logrará saber con certeza- una especie degenerada de ave
rapaz, de plumaje oscuro y alas cortas y pegajosas (una suerte de cuervo de
corral, hipertrofiado de abdomen, de extraña torpeza y ninguna inteligencia)
que parece haber perdido el derecho a perpetuarse y que, en su fase de
extinción, sólo acierta a alimentarse de insectos nocturnos, en las noches
claras, gracias a una estratagema de la luz que refleja en su paladar. Son -en
cierta manera- parecidos a aquellos hombres y mujeres fosforescentes que por un
azar -no por una tradición- solían en el verano concentrarse en un caserón de
las riberas altas del Torce al que aun careciendo de manantial transformaron en
balneario para poder jugar toda la noche, en la primera década del siglo. Fue
en aquellos años cuando ciertas licencias en las costumbres de la alta
burguesía acarrearon tal incremento de las enfermedades secretas -que entonces
adoptaron tal título- que en casi todos los ríos se alumbraron manantiales con
poderes curativos. «Yo creo que por aquel tiempo -había de añadir el Doctor, y
si no lo añadió lo pudo hacer- también se inventó el verano. No sé mucho de
historia, pero no puedo menos que pensar que un gran número de cosas que hoy
consideramos naturales y que, a primera vista, han existido siempre, son en
realidad consecuencia de la máquina de vapor: el verano, la noche de bodas y
-en gran medida- el horror. O al menos se revistieron entonces de una nueva
importancia y una intención social de indudable carácter. Mi padre fue el
prototipo de persona nacida en un medio rústico, arrastrada por su tiempo a
otro muy distinto y que, en verdad, nunca llegó a comprender. Fue telegrafista,
pero hasta muy entrada su juventud no había conocido otro sistema de
comunicación a distancia que las señales de fuego. Compréndalo, después de eso
que el telégrafo tuviese hilos o no ¿qué importancia podía tener? Lo importante
e incomprensible fue lo primero, la rueda maldita que giraba a una velocidad
endemoniada y que perforaba en el papel lo que a cualquier insensato se le
podía ocurrir en el otro extremo de la península o en el más allá. Y eso, a una
persona como mi padre no sólo no le incrementó su confianza en su país y en sus
contemporáneos, sino que le restó la poca que tenía. Esa civilización demoníaca
-esto es, inútil e impuesta, dada que no elegida- tenía que, para ser
atractiva, presentar su contrapartida y por eso se inventó el verano, los
viajes de placer, la emancipación de la mujer y tantas otras cosas que a nadie
un poco avisado le tentaban lo más mínimo. Y para disfrutar de todo ello
también se inventó Región. Pronto comprendieron que como se trataba de una
civilización cuyo mayor orgullo era que se diferenciaba de todas las
anteriores, muchas cosas que habían existido con anterioridad (tales
como el adulterio,
la virtud, el
fraude, el amor
al prójimo) debían adaptarse a las nuevas circunstancias
y vestirse con la ropa adecuada. Y entre ellas -y no la menos importante- el
miedo. Ya se comprende que como el miedo siempre se refiere a algo cambia mucho
con los gustos y las modas. Aquellas máquinas y aquellas costumbres acabaron
con muchos miedos de carácter menor y casi familiar- que eran un alivio para el
hombre, como se vino a demostrar después porque a partir de entonces surgió el
miedo a sí mismo y sobre todo a sus semejantes. Y sin embargo, creo que nunca
se percataron cabalmente de la trampa en la que habían caído; fue un momento
difícil, el país vivía en paz, el bandolerismo, la facción política habían
pasado a la historia, unos casos aislados de suicidio o de locura no eran
suficientes para disipar la alegría de aquella inconsciente convivencia. Cuando
yo llegué a la edad de la razón muchos hombres conservaban una barba hirsuta,
de color de
humo; parecían tranquilos, decentes, bastante cultivados
y enteros. Y creo que también gozaban de una salud más corta pero más
completa; es decir, tenían tan buena salud que morían muy jóvenes. Fue una
generación notable que desapareció -spurlos versenkt- en menos de cuarenta y
cinco años y de la que hoy ya no se acuerda nadie. Aún conservaban la costumbre
dé subir al monte casi todas las semanas, espoleados por el miedo ciudadano,
armados de una garrota y una navaja, ya que nunca se decidieron a
aceptar la escopeta
que les ofrecía
El Siglo XX,
aquel pedante almacén atiborrado de géneros, quincalla y
molinillos domésticos, que se abrió en cada pueblo. Se escondían entre los
matorrales, se llamaban unos a otros imitando el canto del pecu o del faisán y,
de tarde en tarde, le abrían la cabeza a una zorra o a un peluquero, de un solo
garrotazo. Acostumbraban a poseer a su mujer los sábados por la tarde -antes
del paseo- y los domingos por la mañana se bañaban en un barreño de agua tibia
y cambiaban la blusa de fustán por una extraña pechera escarolada por entre
cuyos pliegues y ojales asomaban
-como
restos de otra edad- aquellos pelos morenos y rizados. Acudían a misa y al
paseo y a la tertulia siempre del brazo de la mujer: tenían mucho más de
domesticados que de civilizados; en
verdad, se veía
que aquellas costumbres
y aquella vida
ciudadana les encajaba
y cuadraba tan bien como el traje de camarero con que se viste a un mono
en un entreacto circense. No sólo era falta de confianza lo que se vislumbraba
en el guiño de sus ojos, era miedo, algo de furor, un extraño fluido que debajo
de cada almidonada pechera vibraba y pugnaba por salir de ella, parecido al
zumbido interno que se percibe en los postes de conducción eléctrica mucho
antes de que en el horizonte asomen los primeros síntomas dé la tormenta. Era
una pasión anacrónica, pero no suicida; no tenía en cuenta a sus hijos -bien es
verdad- ni se paraba a pensar en el progreso porque no acertaba a creer en el
fin del rencor. Lo único que puede progresar es la ingenuidad, eso ya se sabía
por entonces: esas abuelas en cuyo vientre se engendró la soledad y que,
respirando su propio horror, deambulan sin sentido ni duración (no existe el
aburrimiento ni el tiempo ni la memoria en esa suerte de limbo sideral en el
que oscilan) por las desnudas habitaciones donde la luz no ha entrado desde
hace años para no levantar acta del estado de ruina; y ese pequeño jardín donde
antaño se celebraban las veladas de julio y septiembre, que han convertido ^en
el minúsculo huerto cavado con la pala y la rastrilla del niño que vivió lo
justo para morir o enloquecer en la guerra civil, y del que logran sacar unas
pocas patatas pardas, algunas matas de habas y unas cuantas plantas de col
polaca con la que en tiempos mejores se alimentaba el ganado de matanza y que,
hervida con un poco de sal gruesa, constituye la alimentación básica de la
generación superviviente; sus grandes hojas pálidas cuelgan a secar y
amarillean junto a las centenarias palmas en casi todos los balcones del barrio
aristocrático del tiempo de la regencia lo que da a Región, cuando se entra por
el puente de Aragón, ese singular aspecto de estación bacaladera. Existe una
terracilla donde secan unas pocas mazorcas y un pozo del que la anciana, una
vez a la semana, saca un cubo de agua que hervirá durante seis días encima del
hogar, alimentado con patas de sillones y viejas mecedoras, montones de libros
y retratos patricios que en la hipóstasis del fuego lanzan su última mirada de
sereno rencor hacia las tinieblas de la supervivencia, desde las primeras horas
del domingo hasta el atardecer del sábado no se sabe si para hacer comestible
la hoja de ese cardo o para mantener viva -a fuerza de palmetazos- la llama
memorial de los difuntos en una enorme y desvalijada cocina convertida en
santuario gracias a una estampa ahumada que representa un beato levantino el
cual contempla el crucifijo que sostiene con las manos en alto con el mismo
supino asombro con que el pescador extasiado levanta una pieza que no esperaba
cobrar. Vecina al hogar una habitación en sombras -se han caído y roto los
cristales y los huecos se hallan cubiertos de papeles y esparadrapos- conserva
aún un resto de mobiliario: el lecho virginal que ha perdido su dosel pero
ornado aún con el rosario colgado en la cabecera, el espejo cuyo azogue se ha
ido desprendiendo para dejar a la vista las manchas y escamas del degenerado
estaño, y el pequeño tocador donde ya no queda sino un solo
frasco que no
sostiene sino polvo
endurecido sobre una
sustancia seca y transparente como
resina mineralizada en la que
quedó encerrada y
conservada una mariposa nocturna
para materializar y preservar la imagen del revolotear sin causa. Hasta hace
relativamente poco tiempo, los seguía visitando aun cuando ni siquiera se
apercibían ya de mi presencia: un brazo delgado, duro y pálido como un cirio,
cubierto de una piel moteada de manchas ocres y lentejuelas pardas y
encrespadas venas donde yo aplicaba el aparato para constatar una vez más que
aquel pulso hermético y empecinado, sitiado por la soledad y e¡ desamparo,
seguía latiendo con el mismo ritmo violento que el día de sus primeros amores.
Y no lo comprendía; trataba de hacerlo y, una y mil veces, hasta el
enfurecimiento, de llegar a entender la razón de ese asedio y de tal
resistencia sin tener que recurrir a la respuesta más obvia: sólo vivimos para
nosotros, tan sólo es necesario un suelo de odió y rencor para alimentar y
desarrollar y hacer prevalecer a la planta humana. Y ese pulso no es nada
misterioso, la medida del rencor, acaso el mismo furor que vibraba en las
pecheras almidonadas, aquellas gorgueras y puñetas escaroladas que quedaron
manchadas de sangre, colgando desgarradas entre los matorrales del monte de
Mantua a lo largo de un camino señalado por fichas de nácar, restos de
cadáveres mutilados y esqueletos que se conservan completos bajo aquellas
balmas, vestidos de levita y calzados de botines. Tan es así que sin mucho
esfuerzo se llega a pensar hasta qué punto es verosímil esa maldición, hasta
qué punto el futuro (persistiremos mucho en llamar futuro a eso, el verano de las
viudas, las hojas hervidas de la polaca, las reverberaciones urticantes de un
pasado dominguero?) ha de seguir determinado por la cerrazón y la puntería y el
insomnio de ese viejo guarda. Quizá ya no existe sino como cristalización del
temor o como la fórmula que describe (y justifica) la composición del residuo
de un cuerpo del que se sublimaron todos
los deseos. Ahora sabemos lo caro que costaban, un precio que no es comparable
al poco valor de lo que ahora gozamos; al conjuro de esta cuenta se ha decidido
-créame usted- que la maldición se prolongue cuanto sea posible. Por eso
acostumbran a ir allí cada año, a escuchar los disparos celestiales de un Numa
que, por lo menos, no se equivoca nunca. No entrega nada pero al menos no
permite el menor progreso; no aprieta pero ahoga. No vea usted en él una
superstición; no es el capricho de una naturaleza ni el resultado de una guerra
civil; quizá todo el organizado proceso de una religión, unido al crecimiento,
desemboca forzosamente en ello: un pueblo cobarde, egoísta y soez prefiere
siempre la represión a la incertidumbre; se diría que lo segundo es un
privilegio de los ricos. Yo no creo que siempre fuera así, pero a estas alturas
es difícil- hacerse cargo de cómo el crecimiento y el progreso -esa acumulación
de números y subterfugios con que la historia se regala a sí misma para darse
un aspecto consolador-- han trastornado
nuestra naturaleza original.
¿De qué estaré
hablando, demonio? Pues bien, no cabe duda de que el así llamado
progreso se consigue a costa de algo, quizá de lo que no puede progresar; el
juicio, el sano juicio, es uno de ellos, ¿no será menester sacrificarlo si
hemos de andar todos al mismo paso? Esa enfermedad se avecina. El Numa no es
más que el pródromo. Es cierto que vivíamos atrasados, ¿y por qué no habíamos
de hacerlo así? Y ahora nos estamos embutiendo en un disfraz sin saber cuáles
eran las ventajas del antiguo vestido, sólo porque era una antigualla. Al
hombre le pasa lo mismo, es otra antigualla. Cuando se escribe tanto acerca de
él es porque apenas cuenta, a punto está de ser retirado a los desvanes y los
museos. Lo que importa es su sociedad, su religión, su estado y su silencio; en
tiempos de mi padre se creía todavía que había que cuidar y celar esas cosas
para servir al individuo; y ahora, a lo más, es al revés. El hombre es una
pieza arqueológica; en tiempos de mi padre se creía que era posible redimirle
de su esclavitud y liberarle de la explotación por sus semejantes; y todo eso
ha venido a parar en que ya nadie explota pero todos somos explotados, por el
Estado, por la religión, por el bien común, por lo que sea y contra lo que
nadie puede luchar de forma que lejos de suprimir la explotación lo que se ha
hecho es transformarla en cosa invulnerable y sacramental. Y los que antes eran
unos retrógrados hoy serán unos adelantados y así será siempre, en este mundo.
Lo que no sabía la generación de mi padre es que aquella fuerza común que había
de liberarles de sus opresores iba, inconsciente, taimada y sibilinamente (y lo
que es peor, con el consenso de todos) a transformarse en un instrumento
impersonal y electivo de explotación contra el que, por su propia índole, no
cabe lucha alguna. Me imagino que así debe ser el reino de los cielos: apenas
nos hemos apercibido de ello y estamos cruzando sus umbrales. Y todo por hablar
demasiado de los hombres y de sus derechos. Pero ¿es que se habían preocupado
alguna vez de aquella palabra?, ¿una denominación común implicaba unos
derechos?, ¿no bastaba con llamarse Sebastián o Mazan o Tomé para saber lo poco
que había de común entre ellos?, ¿qué derechos podían gozar en común sólo
porque una palabra, cuyo significado a
diario se cuidaban
de negar, les
abrazase a todos
para destruir aquella
condición diferencial que les había bautizado? Así que la cabeza del rey
Sidonio -como reza la leyenda- saltando sobre las aguas revueltas del Torce y
remontándose aguas arriba hacia sus escondidas fuentes ¿apunta hacia el poder
omnímodo de un río y de un monte que no admite n otra jerarquía ni otro estado
de cosas que el dictado de sus caprichos? ¿Y la locura del joven Aviza,
abriendo las entrañas del cadáver de su padre para purgarle del vino que lo
mató (y al clamor de las copas sucede el de las espadas ultrajadas), informará
para siempre la conducta de un pueblo desahuciado y envilecido, empujado hacia
la decadencia y el atraso a fin de preservar su legítima potestad? Tal es el
enigma que en estos años, quizá en estos días, se ha de resolver. Cuando se
levanta el telón para dar comienzo al segundo acto (o tercero, cuarto... ¿qué
más da?) se advierte al instante que el escenario ha cambiado: la escena
representa, con un decorado convencional, un paraje semejante al anterior pero
el estado del tiempo es mucho menos apacible que en los días venturosos de la
mina y la casa de juego; corre una ligera brisa setembrina -no se sabe qué
preludia- y los urces se agitan con un susurro singular; acaso como símbolo de
la paz perdida, en el centro, una pastora tocada a la usanza del país, apacienta
el rebaño que bala entre las peñas sin temor. Yo no he visto nunca pacer a las
ovejas con temor, pero eso, amiga mía, es igual. Al pronto surge por el lateral
derecho una agitada turba de caballeros vestidos a la moda de 1925, los unos a
caballo, los seguidores a pie, armados de toda clase de instrumentos. En
segundo plano, apenas visibles, se distinguen unos militares con sus teresianas
azules. Al balido de las ovejas suceden los ladridos de la jauría y el toque de
las cornetas. Al detenerse la turba en el centro se levanta una nube de polvo
que durante varios minutos -o largas horas- oculta los confines de la sierra
mientras otro toque cazador, mucho más lejano, indica que un segundo escuadrón
cabalga por las riberas del Torce. Un corneta -portavoz de los caballeros-
descabalga y se dirige a la pastora con tonos agresivos y apremiantes para que,
sin la menor dilación, le señale el camino que ha seguido el fugitivo. La
pastora, indiferente, se arregla la falda, se sacude el polvo y le mira de
soslayo. Hay quien opina que no se trata sino de la vieja barquera, en uno de
sus famosos travestis. Todos los caballos relinchan a la vez y la turba se
impacienta. El corneta le advierte, con malos modos, que su vida peligra pero
la pastora, a guisa de respuesta, saca de entre las faldas un caramillo y
entona una canción obscena. Muchos caballos se ponen de manos y algunos
jinetes, mal precavidos o poco diestros, muerden el polvo. Por entre los
brezales, apartando las ramas, surgen las miradas llenas de malicia de la jacquerie
regocijada. El corneta, vejado, la amenaza de palabra. Ciertas risas contenidas
se oyen a través de los brezales, agitados por un viento de fronda. Un
escalofrío recorre a la turba que, impávida, las miradas contenidas, los puños
crispados sobre los borrenes, aprueba el sacrificio que el corneta,
desenvainando un sable corto y curvo, se adelanta a consumar. Uno de los
espectadores, en particular, no es capaz de reprimir su temblor; es un militar
que ha perdido su guerrera, enfundado en una pelliza prestada entre cuyos
pliegues, mientras lanza unas miradas oblicuas, esconde una mano vendada con
unas hilas sucias y manchadas de sangre. Ya por aquel entonces acostumbra a
morderse las uñas, incluso las de la mano herida que se lleva a la boca
ayudándose con la otra. Y en el momento en que el corneta se dispone a hundir
el arma en aquel pecho virginal y amplio y nacarino, el corpiño se desata, un
golpe de viento levanta las sayas de la pastora y una ficha de marfil, con un
número 50 pirograbado en el centro, cae al suelo como si se tratara de la
prenda más íntima de la virtud; la confusión es enorme, todos quieren cogerla.
"¿Y la moneda? ¿Y la moneda?", una voz insistente e irreflexiva surge
con agobiante reiteración mientras el grupo se bate y maltrata; porque a la
zozobra anterior sucede ahora un combate que apenas se vislumbra a través del
polvo, el flamear de los cuchillos, los fogonazos, las salpicaduras de la
sangre y el piafar de los caballos, los relinchos y las lamentaciones de los
moribundos que, cuando el humo se disipa, ocupan el centro de la escena
reculando y reptando, arrastrándose por el suelo en busca de la ficha, de la
moneda, de la vergüenza o de la venganza, de una quimera mortuoria o de una
página del código sobre la que vomitar la sangre que inunda sus pulmones. Y a
este respecto quiero una vez más llamarle la atención sobre cierto particular:
cómo las contradicciones que un pueblo está engendrando -y que un día u otro
provocarán su caída o su ruina- en muchas ocasiones cobran figura material y
toman cuerpo de tragedia en torno a unas personas o unas situaciones con las
que no guardaban más que una relación episódica. Cómo el destino, al pronto,
para fustigar a un pueblo que tal merece elige a un actor de paso, capaz de
catalizar las pasiones antagonistas y dar lugar a un clima de destrucción sin
que, para conjurarlo, puedan intervenir los intereses que mantienen un
equilibrio inestable. Porque, en suma, todos aquellos caballeros lanzados en
persecución de un fugitivo, azuzados por un montón de fichas de nácar y marfil,
¿qué buscaban, qué pretendían? Apenas se habían apercibido de su presencia el
primer día de su visita a la casa de juego; sólo por su extrema vulgaridad
podía haber llamado la atención. Se le podía tomar por uno de esos horteras de
otra época, que ni siquiera juegan los domingos y si lo hacen, es por la
mañana; que se colocan un ticket en el ojal y pasean por los salones con un
paquete de tabaco que no acostumbran a fumar y que han adquirido para esa
ocasión, mirando a los techos. Que parecen indiferentes a las mujeres porque
cuando se cruzan con ellas vuelven la cabeza y sólo las miran más tarde, de
lejos y a hurtadillas. Sin duda deben también tener sus pasiones, unas pasiones
tan complicadas y pertinaces que cuando estallan... no se puede saber lo que
provocan. De su primera visita apenas se puede acordar nadie, tal vez solamente
aquel militar -presunto amante de María Timoner- que todas las noches se jugaba
las fincas de sus tías. Después de reconocer todas las salas se sentó junto a
una mesa de naipes, en un puesto rezagado, donde permaneció toda la noche sin
hacer un gesto, sin mover un dedo pero haciendo ostentación de sus cigarrillos.
Cuando ya, al final de la velada, los jugadores se levantaban para retirarse,
se dirigió al joven teniente, quien -tras una noche afortunada- ordenaba sus
fichas en diversos montones según su tamaño y su color. Hurgó durante un rato
en el bolsillo del pantalón -a pesar de que era manifiesto que era lo único que
llevaba en él- y sacó una pieza dorada del tamaño de un reloj. "Me juego
eso", dijo. ";Y eso qué es?", preguntó el otro, con cierto
sarcasmo. "Una moneda de oro, ¿es que no lo ve?" "¿Una moneda de
oro? ¿De ese tamaño? Déjeme ver." 'Ta podrá ver todo el tiempo que quiera,
si la gana." "¿Es suya?", preguntó. "Eso lo ha de decidir
la carta", respondió, con cierta flema. "¿Y contra qué la quiere
jugar?", le preguntó mientras se agachaba a. mirarla, ya que el otro la sostenía
con el índice y el pulgar, como quien enseña la hora a un transeúnte. "Contra
una de esas fichas blancas." "Una de esas fichas blancas..., no ha
dicho usted nada. ¿Sabe usted lo que vale una de esas fichas?" "¿Y
sabe usted lo que vale esa moneda?", preguntó el otro, a guisa de
respuesta, con un tono provocativo.
Se la había
dado la barquera,
la tarde anterior,
después de muchas advertencias; apenas le había
escuchado con atención; toda la tarde había estado rascándose las manos,
mirándole de soslayo y mostrando al sonreír unas encías agujereadas, encogiendo
la nariz y meneando la cabeza. De repente le dio una palmada en el pecho,
tumbándole en la hierba, y salió corriendo, animada de una risa convulsiva.
Luego tosió largo rato; se sentó, fatigada, muy lejos de él y dándole la
espalda mientras se secaba las lágrimas con el borde de las sayas; de debajo de
las cuales extrajo la pieza de oro que echó al aire varias veces; contando las
que salían cara y las que salían cruz, colocando unos palos y unas piedras a
cada lado. De repente un grito sacudió todo su cuerpo al tiempo que reculaba y
se agarraba el pelo; en la misma postura -pero más serena- volvió a gritar,
girando la cabeza para lanzar el sonido en varias direcciones, como un gallo
encima de una piedra. Fue al punto donde había quedado la moneda y contó de
nuevo los montones de piedras y palos hasta que debió cerciorarse de algo.
Encorvada, se dirigió a él, le agarró por los bordes de la camisa y le
preguntó:
»--¿Así
que eres tú?
»-¿Qué es
lo que soy yo?
»-Eres
tú, eres tú. ¿Cómo no me di cuenta antes? y le besó en la ruano
prolongadamente, dejándole en la palma un resto de saliva que el joven se secó
con el codo-. Está bien; lo dicho, dicho está. Tómala, juégala como quieras;
pierde cuidado y sobre todo, no seas prudente, no lo seas nunca -le dejó la
moneda en sus manos y echó a correr; a bragas enjutas cruzó el río, aquellos
días en su mayor estiaje.
»---Está
bien --dijo el teniente-, ¿y a qué quiere jugar?
»-A lo
que jugaba usted.
»-¿Conoce
las reglas?
»-¿Es que
no las conoce usted?
»Perdió
tres veces seguidas. Cuando entregó la tercera ficha se quedó pensativo,
tamborileando sobre el tapete al tiempo que miraba. simultánearriente la moneda
y todos sus montones de fichas, casi intactos.
»-Vamos a
probar otra vez, ¿le parece? -preguntó el teniente. »-No digo que no. ¿Cuánto
va?
»-Lo
mismo que antes -dijo el jugador.
»-¿Cree
usted que una moneda que gana a tres vale lo mismo que una ficha? Si quiere
jugar ha de poner tres fichas, amigo.
»-¿Quién
ha dicho eso?
»-Lo digo
yo. ¿Acaso no es mía la moneda?
»-Adelante;
ahí van las fichas.
»-Adelante;
venga el naipe.
»Perdió
de nuevo y tragó saliva. Con un gesto experto cogió con dos dedos todo un
montón de fichas blancas y, tras contarlas con la mirada, dejó caer tres de
ellas sobre el tapete: "Vamos a ver cuánto le dura", dijo.
»-Probaremos
una vez más; en total son tres duros, ¿qué es eso para mí?
-¿Tres
duros? ¿Cree usted que una pieza que gana seis vale solamente tres duros? Ha de
poner seis, si quiere jugar.
»No quiso
insultarle porque prefirió ganarle, confiado en la cuantía de sus montones.
Tomó otras tres de mala gana, mirándole con encono.
»-Se está
usted pasando de listo. ¿Es que piensa que la suerte le va a ser constante
todas las jugadas? No sea loco. ¿No ve todo lo que tengo ahí? Puedo aguantar
mucho, hasta que cambie la suerte. Y entonces... ¿qué?
»-Así que
van seis, ¿no?
»Cuando
volvió a perder empezó a sudar. El jugador se sentía irritado consigo mismo no
tanto por su mala suerte como por no poderse salir de un juego infantil que se
empezaba a poner serio e incómodo. Así que jugaron largo rato, rodeados de
luces apagadas y bajo la vigilancia de un camarero somnoliento. Era ya muy
tarde cuando el teniente se levantó, con aire fatigado; con velada irritación y
manifiesto temblor recogió unas pocas fichas de escaso valor que habían quedado
en su campo, insuficientes para completar una apuesta.
»-Mañana
seguiremos -dijo, mientras se abrochaba el cuello, contemplando cómo el otro se
metía las fichas en los bolsillos.
»-¿Mañana?
»-Eso es;
un caballero siempre concede la revancha. ¿No lo sabía usted? ¿O es que no he
estado jugando con un caballero?
»-Cada
día se aprende algo nuevo -dijo el otro.
»En las
siguientes semanas la pieza de oro fue llamando la atención de algunos
habituales de la casa. Ganaba siempre; no así las ganancias que ella procuraba
y que -se diría- parecían gozar de una virtud opuesta porque cuando abandonaba
una mesa con los bolsillos llenos y se sentaba en otra para jugar con fichas, y
al objeto de no arriesgar la clave de su juego, perdía siempre; de forma que
aun cuando ganó mucho -mucho más que lo que la pieza podía valer cualquiera que
fuese su precio sólo pudo guardar aquella parte de sus ganancias que supo no
arriesgar. Por eso mismo era más atractiva la moneda de forma que, entre los
habituales de la casa, pocos fueron capaces de resistir la tentación de
envidarla. Pero sin duda el más terne -por ser el más ofendido, el que por
haber sido el primero en envidarla se consideraba que en cada postura gozaba de
unos derechos de tanteo- era el teniente quien sabía en otras mesas (y entre
caballeros) buscar la compensación a las pérdidas que le procuraba aquella
moneda cuya adquisición empezó a obsesionarle. Su prometida (o su amante, o lo
que fuera) no pisaba nunca las salas de juego pero desde lejos -rodeada siempre
de un corro de hombres maduros, estudiosos e indiferentes al juego- adivinó y
siguió toda la aventura con creciente inquietud. La primera vez que la vio fue
una tarde en la que dejó al militar, en menos de un par de horas, sin una pobre
pieza. Cruzó el salón a grandes pasos y desde la puerta de cristal le hizo una
discreta señal a la que ella obedeció, abandonando el corro de admiradores con
risueñas excusas. Fue -repito- la primera vez que la vio, apoyada contra el
quicio de la puerta, inquieta pero no azorada cuando con una ceja ligeramente
levantada observaba -sin tratar de disimularlo ni de aceptarlo con rubor- cómo
su prometido buscaba afanosamente en el interior de su pequeño bolso; fue el
primer atisbo de aquella mirada serena -ni alegre ni melancólica- y abierta
que, capaz tan sólo para la contemplación, no era susceptible de ser conmovida;
había en ella un algo atónito y reflejo y un poco pueril- que emanaba de una
aparente actitud interrogante pero que en el fondo no se interesaba por ninguna
respuesta; al contrario, a la vista (y al conjuro de ellos) de aquellos
grandes, hermosos y quietos ojos todas las respuestas parecían transformarse en
interrogantes, o al menos en conjeturas. Así que al poco rato se sentaba de
nuevo el militar frente a él, con un reducido montón de fichas verdes colocado
encima del tapete. "Yo creo que será mejor dejarlo por hoy', le dijo para
disuadirle. "Ésa no es la manera de conducirse de un caballero", le
contestó al tiempo que adelantaba el montón. "Es tarde." "Para
qué es tarde?", pero ya había desaparecido de su vista, oculta entre los
corros del salón vecino. "Debe ser tarde para muchas cosas", dijo,
con un tono abatido. "Está bien, jugaré con mis propias ganancias"-
añadió adelantando un montón de fichas equivalente al del otro. "Ah, esto
ya es otra cosa", dijo el militar al descubrir los naipes, "ya le
advertí que su suerte no le podía durar siempre." "Tampoco durará la
suya", replicó el hortera. Al poco rato había perdido todas sus ganancias
que habían pasado a manos del militar; ya estaban solos, en el salón vecino
-casi todas las luces apagadas- sólo
quedaba su prometida
con aquel joven
doctor que seguía
su tratamiento en la clínica de Sardú y que constituía su escolta todas
las noches de juego. Sólo le quedaba -una vez más- la moneda de oro y el
militar, con talante satisfecho y gesto arrogante, se levantó de la silla:
"María, Daniel, venid aquí que esto merece verse", dijo. El otro se
levantó y guardó su moneda: "Es muy tarde, buenas noches". "Aún
le queda a usted algo por jugar." "Y soy muy dueño de quererlo jugar
y de fijar su precio", dijo. "María, Daniel, venid acá." Y
cuando se acercaron a la mesa cogió con displicencia y menosprecio un grueso y
desordenado puñado de las fichas más grandes y las echó al centro de la mesa.
Pero el otro no se inmutó; volvió a sacar su moneda del bolsillo, apartó el
puñado del otro y escogió una sola ficha, la más pequeña y de menos valor de
todas. "Ése es su precio por esta vez y ésta es la última jugada.
Adelante, saque el naipe." "¿Y ése es su precio?"
"Adelante, he dicho." Y ganó: "No teniendo ninguna fe en
conservarlas, hay cosas que no tiene usted derecho a apostar", dijo, y
mientras recogía la única ficha se dirigió hacia aquellos ojos inmóviles y
apacibles, más atentos a sus pasos que a los bloques de fichas que apilaba su
prometido. Fue una larga partida a lo largo de un tiempo vago, verano, otoño,
invierno y primavera fundidos en torno a una lamparita verde y sin otra
mutación que el vestido de María que todas las noches, del brazo del médico,
acudía al último envite. Un día fue un reloj, con una miniatura de ella
enmarcada en la primera tapadera. Unas semanas, o unos meses, más tarde, una
pulsera que su amante soltó de su muñeca, oculto tras los pliegues de un
cortinaje. No había en su actitud ni afrenta ni reproches; sin querer
observarlo adelantó su brazo desnudo con la misma voluntaria obediencia que si
le fueran a poner una inyección. Sólo cuando retiró el brazo volvió su mirada
-impasible, indiferente, ignorante- hacia el verdadero autor del expolio, por
encima de los hombros de su amante que se acercaba ya a la mesa con la pulsera
colgando de su dedo índice. Quizá ya no había nadie y la lámpara de flecos
alumbraba un círculo del tapete tan pequeño que sólo se veían sus manos. Pero
hasta muy entrada la primavera siempre le fue posible encontrar un ardid para
conservar la moneda fuera del juego y reintegrarle lo que procedía de ella. Y
al fin fue una sortija, con un brillante, lo que le hizo comprender que no se
trataba solamente de la alhaja sino de la promesa que encerraba. Los ojos -en
la actitud más pasiva, más irreflexiva, más condescendiente-, lo confirmaron
con un gesto que por no indicar nada anticipaba su aceptación pero él -el
jugador, sólo se veían sus manos en el círculo de luz que arrojaba la
lamparilla, las uñas negras y los puños de la camisa con los bordes deshilachados
y sucios- rehusó semejante prenda y, en revancha, se las arregló siempre que la
sortija de la promesa coronaba el desordenado montón de fichas, para retirar la
moneda de oro que se escondía debajo de él, sin que el rival se apercibiese de
ello. De forma que moneda y sortija ganaban siempre porque nunca se enfrentaban
en la misma postura, durante aquel vago y largo plazo que duró el juego y que
no urdió el jugador sino el Tiempo, deseoso de encontrar su propio fin en el
hombre que envidaba. Pero un día del verano concluyó al fin no tanto porque el
rival supo obligarle a dejar la moneda (no contaba con fichas con que
esconderla y al fin la tuvo que equiparar únicamente a la sortija) como por
aquella mirada rezagada en el umbral de la puerta vidriera que supo cerrar los
ojos en el preciso instante para que el dueño de la moneda lo pudiera
interpretar como un ruego; porque ella ya lo sabía, mucho más tarde me di
cuenta de ello. Y cerró los ojos para decirle: "Por favor, termine de una
vez. Ya sé que va a ganar. No lo acepto, se lo ruego, se lo ruego...". Así
que adelantó su montón de fichas, un montón muy considerable, y encima de él
colocó la moneda; no había enfrente más que la sortija, y detrás de ellos,
María; y detrás de María, el joven e inexperto doctor. El militar dio los
naipes y el otro se levantó, sin mirarlos. El militar, bajo la lámpara de
flecos, fue abriendo con estudiada lentitud el abanico de sus cartas observando
tan sólo el símbolo del margen. Luego se volvió hacia la oscuridad del salón
contiguo mostrando en la mano el abanico abierto: "Esta vez no hay
duda", dijo, con una firme sonrisa al tiempo que el sonido de los tacones
le indujo al otro a pasar al salón contiguo. La cogió del brazo -y el doctor no
supo impedirlo- y le dijo: "Ya está.. hecho". "¿Y qué importa
eso?" "Hasta ahora no importaba nada. Ahora lo es todo", le
contestó y no esperó su respuesta sino que volvió corriendo a la mesa de juego
-donde el militar apilaba y contaba sus presuntas ganancias, rodeado de unos
cuantos adictos que bromeaban en torno a él-, para decirle: "Para
guardarse eso es preciso levantar esos naipes". Los extendió uno a uno,
los volvió a separar, incrédulo, boquiabierto y jadeante, mientras ella -a su
espalda- se apretaba las manos y trataba de reprimir el temblor de sus labios.»
El Doctor
se había apercibido, tiempo atrás, de un cambio; no sólo la encontraba más
distante, no sólo aceptaba su compañía no con el desenfado de antes sino con la
resignación que impone toda exclusión, sino que toda su actitud para con la
gente que la rodeaba y admiraba parecía teñida de una reserva que -el Doctor lo
sabía muy bien- no se podía atribuir solamente al cansancio o la timidez. Desde
el primer día en que se puso en juego la sortija el Doctor comprendió que por
parte de ella -y de manera tácita, por tanto mucho más irremediable- había
quedado roto uno de los vínculos que le unía a su amante. No quizá el afecto
pero sí el respeto; no la promesa ni la fidelidad ni la obediencia pero sí la
lealtad. Y el Doctor no tardó un solo día en sentirse el tercer protagonista,
llamado a sustituir al veleidoso capitán, pero decidió avanzar. por aquel
terreno con paso muy prudente, con la cabeza sobre los hombros y sin dejarse
arrastrar por el atractivo de María. Había ingresado en la clínica de Sardú un
año antes, para curar una dolencia nerviosa que al principio le dio que pensar
pero de la que pronto se convenció que era asunto baladí, si no una pura
comedia. Era una dolencia lo bastante vaga y caprichosa como para justificar su
permanencia en la clínica mientras su prometido difería en las mesas de juego
su decisión al matrimonio. No se le había ocultado a él, desde los primeros
días, que se trataba de su amante quien además de inducirla a trasladarse allí para tenerla cerca e iniciar su incorporación a la sociedad regionata
no quería de ninguna manera verse envuelto -en gracia de la reputación de su
nombre, de la posición que gozaban sus tías y de la herencia que de ellas
esperaba- en un tipo de relación que si se traducía en escándalo pondría en
compromiso aquellas prendas o le abocaría irremediablemente al matrimonio. Para
un caso tal la clínica ofrecía una solución y un refugio seguros; no sólo
justificaba, por razones de salud, la presencia en la ciudad de una joven
atractiva y desconocida que en otro lugar, incluso con casa propia, habría dado
lugar a habladurías, sino que, transcurridos unos cuantos meses de obediencia a
la dieta, la aureolaba de una inocencia y una delicadeza tanto más dignas de
respeto cuanto mayores eran las irregularidades que, en otro contexto, su
propio estado le hubiera permitido. Y además «un estado delicado de salud»
constituía el mejor pretexto para todas aquellas demoras, retiros y
separaciones a que se obligaba un amante cuidadoso para justificarse ante unas
tertulias siempre ávidas de sucesos de salón. El Doctor, empero, descubrió muy
pronto la urdimbre de la comedia. Sardú, llevado de su manera de ser enredadora
y traviesa, le había encomendado desde el primer momento el cuidado de la
enferma con una atención que por su celo y esmero se salía de los hábitos de la
casa. No se trataba solamente de la vigilancia clínica sino -más incluso que
eso- también de su presentación en sociedad. Quizá Sardú, pero no el doctor,
recibía del militar un plus a cuenta de los gastos de representación. En cambio
el Doctor, y a instancias de su patrono, se vio obligado a invertir el importe
de sus primeras mensualidades en un traje de etiqueta y en un curso de baile
por correspondencia a fin de poder acompañar con toda propiedad a las veladas
del casino y a algunas fiestas de Región tanto a ella como a otras enfermas de
más edad que sólo padecían de un mortal aburrimiento. A los seis u ocho meses
de su ingreso en el establecimiento, pasadas las fiestas navideñas, el Doctor
empezó a vivir en tal estado de permanente zozobra y ansiedad que, de todo el
establecimiento, él era el único que parecía necesitar una cura de nervios;
porque ya no sabía cuál era su profesión, porque no sabía qué clase de mujer
era la que le atraía y, lo peor de todo, no sólo qué futuro le aguardaba sino
de qué clase de presente era posible disfrutar sintiéndose atraído por una
mujer de cuya filiación no recelaba tanto como de su compromiso toda vez que
las muchas fluctuaciones que sufrían sus relaciones con su amante tanto le hacían
concebir esperanzas de llegar a ella por unos caminos mucho más limpios y
breves que aquellos a los que ella parecía estar habituada, como parecían
alejarle -definitiva y desesperadamente- de una persona en la que todo, hasta
su conducta, le era desconocido, ajeno y velado. Aquel invierno -el que
precedió al último verano- el Doctor tuvo un encuentro (o una visión, como se
quiera llamar) que le dio mucho que pensar, que afectó a su ánimo y transformó
su ansiedad en un incontenible deseo de resolver aquella situación y abandonar,
en compañía de María, aquel lugar. Y fue lo que, en definitiva, le empujó a una
decisión respecto a ella que al albur de sus frecuentes vacilaciones -y de los
cambios de fortuna y de actitud de su amante- no habría sido engendrada. Fue
hacia el final del invierno, una de esas raras noches que por precursoras de la
primavera gozan de un aroma incipiente que más tarde el clima se ocupará de
abortar; y la conducta de ella -aún no se había puesto la sortija sobre el
tapete de juego- pasaba por un momento firme y sereno, un tanto despegado de
todo lo que en aquellos días giraba a su alrededor. Habían salido después de
cenar, a tomar el fresco bajo los olmos de la carretera; recuerda el Doctor que
fue una de las primeras noches que la tomó del brazo para hablarle de un tema
que conocía muy bien, una meditación quizá comenzada bajo el sol africano, en
una trinchera del Rif; le estaba diciendo en qué -a su parecer- se diferenciaba
el amor propio del orgullo, dos sentimientos muy parecidos respecto a todas las
cosas propias y que sólo -si degeneran en dolencia- se pueden curar con
fracasos; el primero es el que se cura, el segundo el que se agrava porque el
fracaso viene a demostrar al hombre que aquello propio que tanto quería, hasta
hacerle perder la lucidez, no era digno de tal amor; mientras que el orgullo
prefiere negarse esa evidencia y, antes que poner en entredicho el amor a lo
propio, prefiere atribuir las causas de su fracaso a los errores ajenos que no
a sus propios desatinos... cuando en esto alguien le silbó, una sombra que
columbró más atrás -al otro lado de la carretera- escondida tras un tronco. Se
excusó por un instante, retrocedió unos pasos (tuvo un escalofrío) y preguntó
en voz alta quién le requería. «Acércate», dijo una voz apagada con un tono muy
seco. No acertó a vislumbrar sino una cabeza envuelta en sombras, adivinada más
bien por los reflejos de la frente y los pómulos, y un cuerpo cuyo vestido no
era fácil distinguir a pesar de la claridad nocturna; acaso no tenía pelo y
protegía su calvicie con un pálido y gaseoso velo que se cerraba por debajo de
la barbilla, a la altura de la boca. «Sebastián, ¿no es así?» «Eso es», repuso
él, pero con cierto recelo, «¿qué es lo que desea?» «Esa mujer que te acompaña
...», se diría que, bajo sus hábitos, consultaba una agenda de notas. Creyó ver
también unas manos enfundadas en guantes de cuero negro en uno de cuyos dedos y
eso le sorprendió más que cualquier otro detalle- brillaba una alhaja. «Yo
diría que se llama..., vamos a ver...» El Doctor esperó. «Se llama..., aquí
está: Gubernaël, eso es.» «¿Gubernaël? En absoluto, se apellida Timoner, María
Timoner.» «Gubernaël, Timoner..., qué confusión más pueril; pero muy
explicable», dijo, con una sonrisa suficiente. «¿Y cómo se encuentra?» Ni por
un momento se le ocurrió al Doctor salir al paso de aquel impertinente
interrogatorio. Contestó, «Bien, se encuentra muy bien. Fuera de todo cuidado».
«Cómo lo celebro. Hago votos por su salud y porque no se repitan estas enojosas
confusiones» -añadió, con un tono más seco aún; de su boca manaba un aliento
que no era cálido ni fétido pero tan seco que sus palabras parecían salir de un
instrumento de barro-. «;Y Gubemaël?, ¿no tienes una enferma de ese nombre?»
«Eso es.»
«¿Y cómo está?» «Está delicada; pasa por un momento estacionario pero su estado
general me inspira...» «No me digas más, no me digas más. ¿Estará durmiendo a
estas horas?» «Sin duda, hace un par de horas que la di un calmante.» «Está
bien, está bien. No tardes en retirarte. Estas noches son traidoras. Buenas
noches, doctor Sebastián...» y no le vio irse. Al instante le pareció advertir
que deshacía su camino, en dirección a la clínica, pero pronto desechó esa
idea. Al volver con María le embargaba la sensación de haber sufrido un
espejismo, uno de esos espasmos involuntarios que la memoria inicia pero que la
realidad no ratifica o el recuerdo entenebrece y que en adelante quedarán
suspensos en un tiempo de nadie, un instante abortado y un pasado sin sanción
ni registro. No la dijo nada, evadió sus preguntas y procuró abreviar el paseo.
Aquella madrugada, en la clínica, murió una señora anciana apellidada
Gubernaël, de ascendencia flamenca, que llevaba varios años en el
establecimiento, aquejada de una dolencia nerviosa que no tenía solución pero
cuyo estado tampoco hacía temer un desenlace inmediato. María le contó, unos
días después, que la noche del paseo había sufrido algunas pesadillas -una en
particular que insistía y reiteraba sobre el mismo tema; envuelta para ser
transportada era un millar de veces desenvuelta y vuelta a envolver por culpa
de muchas deficiencias y contraórdenes- y que, protegida por un sueño muy
superficial, había tenido la sensación de que alguien en la madrugada la había
ido a visitar a su habitación. Había llegado hasta su cabecera y levantó sus
sábanas pero al reconocerla se retiró sigilosamente, avergonzado de su propia
indiscreción o confundido por el mismo error que informaba la pesadilla. El
Doctor quedó muy pensativo: la confusión de nombres de la víspera, la actitud
incrédula de la sombra, la muerte de la Gubernaël y las noticias de la visita
que llegó a levantar el embozo de sus sábanas y que sólo se hacía sentir por su
aliento..., todo aquello le llevó a pensar que, gracias a una orden cursada por
error, se había puesto en marcha un mecanismo con la meta puesta en María y que
no iba a detenerse sino a la cabecera de su cama, gracias a... En las semanas
que siguieron su inquietud fue en aumento; no quiso salir al paseo vespertino,
la prodigaba toda clase de exagerados cuidados y, con la ausencia de Sardú y el
pretexto de una repentina anemia, la sometió a un plan cuyo rigor llegó a
levantar sospechas de aquel prometido que en ningún momento podía dar crédito a
la pretendida dolencia, aun cuando por aquellas fechas lo único que le
importaba seriamente era la moneda de oro de aquel jugador de medio pelo. Fue
una razón, y no la menor, por la que estuvo ausente durante la mayor parte de
aquella larga e incierta partida de naipes en la que, a partir del momento en
que entró en juego su sortija de prometida, ella misma por propia y tácita
voluntad se convirtió en prenda. Porque no había olvidado ni su gesto ni su
frase de despedida, cuando con mano experta le birló la moneda.
La
partida se prolongó mucho tiempo, en un escenario casi desierto; y con la
llegada del buen tiempo disminuyeron los temores del Doctor por lo que
menudearon sus visitas al casino para presenciar el resultado que aquellos dos
hombres, absortos y furiosos, incapaces de superar con la tenacidad y el tiempo
las leyes de unos números que parecían conjurados para destruirlos, habían
decidido sin contar con ellos (y ahí hay que incluir al Doctor). Y en los dos
últimos meses ya no se apartaron de la mesa; ella más pálida, reservada y
serena contempló inmutable (y secretamente esperanzada, quizá), sin un momento
de desmayo ni un cambio en el sentido del azar, cómo su prometido perdía su
fortuna que sólo momentáneamente pasaba a manos del otro -inmutable también, serio
y paradoxal, vestido siempre con el- mismo traje de confección y la misma
camisa de puños mugrientos, la misma corbata de dibujos escoceses, carente ya
de forma y anudada a su cuello como el cordón de un penitente, sentado ante la
mesa de juego con la terne e inalterable discreción de un empleado probo,
reservado y puntual- para evaporarse entre excrecencias de pasta e hipóstasis
del nácar, última sublimación de un dinero que nunca asomó pero que un día,
reducido a un papel arrugado y plegado y la sortija de promisión que quedó en
el centro del tapete, conoció su extinción.
El Doctor
no llegó nunca a saber cabalmente cómo se hizo el trato. Es posible que no
hubiera trato ninguno sino que a lo largo de tantos meses y tantas vicisitudes-
ambos jugadores comprendieron que la mujer, representada por la sortija, se
hallaba incluida en el lote. Y ella lo corroboró, segura del poder de la
moneda, con aquel cerrar de ojos con el que -además de otorgar su asentimiento-
hizo comprender al otro de qué se trataba realmente. Así que fue ella -no el
militar que todo lo más la había de dar por perdida pero no ganada por el otro
la que decidió la suerte de los tres; de los cuatro, más bien. Porque el Doctor
también se equivocó, convencido de que todo aquel juego no representaba para
ella sino una humillación, un despojo y una decepción: no supo tomar en
consideración la presencia del rival que, celoso de su juego como de su deber,
sin abandonar su actitud discreta y resuelta, apenas tuvo una mirada para ella.
Por eso el Doctor calculó y midió muy bien sus actos pero sin apercibirse de
que el único que había de sacar provecho de ellos era aquel a quien nadie
miraba, deslumbrados por su pieza de oro; sin que mediara una declaración, de
principio obviada por su anterior abnegación y por la delicadeza de una
conducta que a todo trance le procuraba ocultar el estado de sus sentimientos a
fin de evitarle en aquellas circunstancias mayores mortificaciones e
incomodidades, cuando le sugirió la idea del viaje (y lo hizo sin participarle
la intención de acompañarla sino solamente como un remedio a los muchos
trastornos que le provocaba la continuación del juego) no recibió sino un
tácito y apesadumbrado asentimiento, un «más adelante, más adelante» exponente
de tantos dolorosos trances que en los últimos días vinieron a transformarse en
una actitud de ansiedad y expectación y del reconocimiento de una manifiesta
inclinación por el jugador -no mitigada por el encono de un orgullo herido-,
independiente del agradecimiento que le debía al hombre que había sabido
reconfortarla y del enojo que le provocaba aquel que no había hecho sino
humillarla. A partir de entonces el Doctor supo a qué atenerse; sabía por
supuesto que, antes del final de la partida, la decisión no partiría de ella
--o de aquel orgullo en estado convaleciente, de aquel ingenuo aplomo no ratificado
por la reflexión ni el interés sino por otras virtudes más simples y, por así
decirlo, naturales-, paralizada en un momento un tanto expectante y atónito
-las manos a media altura, los ojos vueltos hacia un rincón- como un muñeco al
que se le ha acabado la cuerda antes de dar fin a su baile. Se diría que,
olvidada por aquella mano que la había puesto en marcha, no era capaz de
recuperar el movimiento a menos que otra mano, igualmente hábil, reparase en
aquel mecanismo que la otra había olvidado de súbito. Bastaba pues -de acuerdo
con los cálculos del Doctor- un poco de tacto; lo decidió -ella solamente
asintió, casi paralizada por la última humillación y enajenada por un psíquico
pudor que aún buscaba en su dedo la sortija de prometida-, una de las primeras
noches de septiembre y una de las últimas de juego. Arregló sus asuntos en la
clínica, hizo las maletas y para no despertar rumores se trasladó a una fonda
de las afueras de Región, una venta aislada, situada en el cruce de dos
caminos, adonde un coche de alquiler -que había de recoger previamente a María-
le había de ir a buscar a la media tarde. Y decidieron asistir a la velada por
última vez aun cuando el Doctor no las tenía todas consigo; se maliciaba que
-sin querer darle el carácter de un ultimátum- trataba de llevar a cabo un
postrer y casi involuntario -dominado por la inercia y la indecisión, al igual
que el jugador harto de perder se siente incapaz de levantarse de la mesa, de
dominar su curiosidad por un resultado en el que se mezclan intriga y
esperanza, nunca hastío y cansancio- intento de restaurar el orden subvertido
por el azar. Estaba casi exhausto y el otro había acumulado un considerable
montón de fichas de diversos colores; apenas les miró al entrar cuando,
espoleado por un guiño del Tiempo que al correr por un pasillo vecino y
entrecerrar una puerta daba a entender la índole de su apresuramiento, decidió
aventurar la última postura. Del bolsillo de la chaqueta sacó un sobre arrugado
que colocó en el recuadro acotado del tapete; luego, con parsimonia, se recostó
sobre el respaldo y levantó el mazo de cartas con una mirada interrogante e
impertinente hacia el otro. Era el sobre que contenía la sortija y con él la
renuncia pero el Doctor no sabía eso; para saberlo había de esperar unos cuantos
años. «Y eso ¿cuánto vale?», preguntó el otro, con cierta flema. «Lo sabe de
sobra; no vamos a andar con tapujos a estas alturas.» Ya jugaba con soltura,
había aprendido a contar un montón y valorar una apuesta con una simple mirada;
adelantó todas las fichas que tenía delante pero el otro, tranquilamente
recostado, meneó la cabeza y le hizo un signo con la barbilla; no tardó mucho,
no quiso mirar hacia atrás y -sin querer discutir, sin demostrar la menor
voluntad de recusar un fallo que le era dado- sacó del bolsillo del pantalón la
moneda y la arrojó al centro de la mesa. Luego se cruzó de brazos y esperó los
naipes como quien, ante la ventanilla de un despacho oficial, aguarda por un
certificado. No descubrió sus naipes, no vio el gesto del militar; se levantó y
sólo después de cambiar con ella unas palabras recordó que debía volver a la
mesa no para retirar su ganancia -de eso estaba seguro- sino para recibir el
certificado. Entonces fue cuando el Doctor -atento a la marcha de ella- oyó el
ruido de la silla al caer; le pareció que el otro quería huir pero antes de que
el cuerpo iniciara la carrera el miedo ya había reflexionado. Y se abalanzó
sobre la mesa porque comprendió que en aquellas circunstancias ya no tenía
tiempo de explicar que él no era el responsable del engaño, que por tanto no
había robo sino que se trataba de una apropiación que el Tiempo había
sancionado y consagrado al obligarle a aceptar la regla. Porque no había envite
por su parte sino una mera aceptación de una puesta y de una función de la que
ahora el azar trataba de burlarse. Era el Tiempo el que unía dos actos
independientes: una jugada que contradecía e invalidaba a todas las anteriores
y el compromiso adquirido a lo largo de éstas. No era su intención robar al
militar -ni mucho menos herirle- sino obligar al tiempo a desdecirse de su
jugada y restituir el orden, del que dependía la salvación de aquella mujer,
que había trastornado a su capricho sólo para demostrar, una vez más, que había
de prevalecer su señorío. No había, pues, dolo. Era el Tiempo el que, como
distribuidor cicatero y caprichoso de sus propias decisiones, transformaba en
acción dolosa el respeto a sus adquiridos compromisos ante los,, que Él tenía
que responder toda vez que los había inducido al transformar la jugada en ley.
Pero el propio agente del tiempo -había empezado a ordenar los montones para
llevar a cabo el inventario no tenía otra instrucción que llevar la ejecución
adelante; se abalanzó sobre la mesa en cuanto comprendió que era inútil
explicárselo (tan inútil como el intento de discutir el espíritu de las leyes
con el recaudador de contribuciones), porque no tenía tiempo para ello toda vez
que una mentalidad de jugador no había de aceptar las explicaciones de un
pensamiento causal y porque -en consecuencia- necesitaba de una prórroga, que
la sentencia le negaba, para presentar sin apelación y tratar de invalidar el
fallo; y sobre todo porque ella se había marchado ya. Antes de que el otro
tomara el sobre ya se había concedido la prórroga, la mano quedó detenida sobre
el tapete y unida a él por una navaja clavada entre sus huesos y que, salpicada
de sangre, vibraba aún con el diapasón decreciente de su vengativa justicia
hasta que el fluir de la sangre, corriendo sorprendida de su reciente
liberación, detuvo el temblor fascinante del acero para anunciar el dolor y la
culpa. Luego vio los montones de piezas de nácar y la moneda de oro, que cogió
a puñados para vaciarlos en los bolsillos, un gesto que formaba parte del
mecanismo que accionó el cuchillo una vez que la voluntad decidió apelar y la
memoria le obligó a aceptar todos los hechos del sumario. Al instante todos
volvieron atrás; se diría que habían estado ensayando una escena mil veces
repetida y que, alcanzada una cierta perfección, podían pasar a la siguiente; y
entonces vacilaron porque apenas recordaban cuál era el ademán, el gesto y el
tono requeridos por esa siguiente. «El acto tercero -o el que sea- se refiere a
las desventuras del escuadrón», dirá el Doctor más adelante, «desde los
primeros momentos de su formación en torno a la mesa de juego donde hemos
dejado clavada la mano del jugador (en escena se anuncia el soplo de la
némesis; todas las antiguas faltas van a encontrar su correlato en el aparato
de la ruina) hasta los pavorosos vivacs en el corazón de la montaña, los
lamentos infantiles del viento en las cañadas, los presentimientos del castigo,
los premonitorios avisos del guarda cuyos pasos resuenan en la hojarasca.
Consumido por la fiebre y abrasado por el deseo de venganza, un hombre -la
barba de tres días, se come las uñas de una mano sujeta con un torniquete-,
observa con recelo a sus compañeros de avanzada que tratan de distraerse con
los naipes, una noche de malos augurios. Ya no sabe qué es lo que quiere porque
venganza, mujer y fortuna se mezclan en su furor, avivado por la impotencia que
le embarga ante la inmensidad de la montaña; la vista del nácar, cuya futilidad
alguien menciona para justificar la retirada, obnubila su mente. De nuevo
brillan los cuchillos, los cuerpos comienzan a luchar, al grito sucede la
carrera, a la carrera..., un disparo solitario en los confines de Mantua. Una
escena de sainete se convierte a veces en el final de una época y unos
aficionados inexpertos tienen que representar a veces el mismo papel de Catón;
el telón de una anacrónica comedieta de costumbres se levanta para dar lugar a
un escenario en ruina y en el intermedio, mientras los comparsas se cambian los
disfraces y los actores fuman en los pasillos, estalla la guerra civil. Los que
hemos llegado tarde a la representación apenas nos hemos hecho cargo de la
clase de comedia que nos ha tocado presenciar...»
-Pero ¿y
esas voces? ¿No ha oído usted unas voces? Parece que dentro de la casa...
-Sí, las
he oído pero no las escucho -repuso el Doctor. Y añadió: «Es lo que queda de
aquel entonces, voces, suspiros, unos pocos disparos al final del verano..., es
todo el alimento de nuestra posguerra; vivimos del rumor y nos alimentamos de
cábalas pero nuestro momento ha pasado ya, ha pasado para siempre... El
presente ya pasó y todo lo que nos queda es lo que un día no pasó; el pasado
tampoco es lo que fue, sino lo que no fue; sólo el futuro, lo que nos queda, es
lo que ya ha sido; en esa última cocina habitada por una heroína de anteayer -incluso
las moscas la han abandonado- sólo las manecillas de un reloj barato se mueven para
señalar una hora equivocada, no tanto para medir ese tiempo inmensurable y
gratuito que el jugador
nos ha legado
con infinita largueza
como para materializar
con su interminable movimiento
circular la naturaleza del vacío que nos envuelve, del silencio que sucede a un
pasado ultrasonoro cuyos ecos resuenan en el ámbito de la ruina, los últimos
cornetazos, el golpeteo callejero de los cascos que entre los colores malvas de
la tarde frustrada por los goznes de las puertas y los débiles susurros de las
cortinas agujereadas y los largos suspiros -eructos de un tiempo empachoso e
indigesto- tratan de ascender de un ayer gaseoso a un hoy sin memoria para caer
una y otra vez, como ese escarabajo informado por una terca y grotesca voluntad
que no deja lugar a la reflexión, que vuelve al suelo patas arriba cada vez que
intenta trepar por un zócalo, no en el olvido sino en el desinterés, y que sólo
resucitan con los estertores lejanos de un motor que se acerca por una
carretera polvorienta en pos del cual acuden -los uniformes trocados en
guardapolvos, las barbas hechas de algodón y arañuelo, todo el orgullo, el
empaque y la guardarropía de la cabalgata reducidos a los limites de una
atribulada caravana de cómicos de la legua, las miradas hipnotizadas por un
punto del más acá-, a acogerse a la delirante hospitalidad de los
supervivientes, los espectros de un ayer tantalizado. Pero la premonición es
exacta; después de tantos años de resignación el inconfundible sonido del motor
(hubiera hecho jurar al más paciente) vuelve una vez más, para poner su fe a
prueba o para aliviar su purgatorio, ¿quiénes serán?, ¿son muchos o pocos?,
¿son jóvenes también, como nuestros padres?, o, por el contrario, han alcanzado
nuestra edad... Y del otro lado, ¿se acuerdan todavía de nosotros?, ¿piensan
quedarse?, ¿van a la guerra?, ¿piensan quemarlo todo, una vez más?, ¿se dirigen
a la sierra?, ¿les espera el anciano?, ¿vienen o van? A medida que el sonido se
aproximase hace la oscuridad en la habitación, siempre es así. Se cierran los
postigos, los fraileros, las fallebas; se encienden las candelas y arde el
reverbero, los otros espectros salen de los cajones, los tarjetones empolvados,
las estampas de los misales, las fotografías orladas de terciopelo. La luz de
los faros de un coche obligado a maniobrar en una encrucijada del pueblo
iluminan furtivamente, a través de los resquicios y los agujeros de las tablas,
ese mórbido escenario: todas las paredes padecen de humedad, ya no quedan
sillas, techos vencidos vacilan y medran, por un pasillo enfilado hacia las
sombras corre torpemente un bulto atacado por la fotofobia que apenas necesita
empujar una puerta para buscar refugio en el sótano de los gemidos. Entonces se
opera el fenómeno de la luz y del ruido, el tiempo se rompe para correr hacia
aquel instante en que quedó en suspenso; ya sé que no fue un instante y que
probablemente nunca sonó aquel aciago picaporte, como no sonaron los cascos de
los caballos ni las cornetas y disparos de Mantua, pero lo que ayer no fue hoy
tiene que haber sido; como no hubo grandeza hoy son necesarias las ruinas,
apenas existieron esas familias que hoy se apiñan en las tumbas y los
devocionarios, ni había la riqueza que justifique la podredumbre que hoy cunde,
ni fatiga, la falta de apetito procede de un desengaño porque nunca se llegó a
hacer la famosa promesa; así que no llegaron a pronunciarse las palabras que
hoy los techos y pasillos devuelven convertidas en añoranza. Es cierto que la
memoria desvirtúa, agranda y exagera, pero no es sólo eso; también inventa para
dar una apariencia de vivido e ido a aquello que el presente niega. En una nube
de polvo se llega
a ver a un padre
desesperado, una grieta
de la pared
¿cuántas veces representa una
figura en actitud de ofrenda? Hay un vaso en particular en cuyo fondo canta
toda una tarde de verano, punteada por las voces de los chiquillos que juegan
ante un estanque. Y sin embargo, no existía tal estanque. A veces calla:
escucha en silencio el testimonio de un amor propio herido (el amor propio
siempre está herido, por eso se conoce su existencia) que trata en vano de
justificar la conducta que la vanidad ensalza; quién sabe, repito, si existió
aquel padre, aquel prometido; pero sin duda hay treinta o cuarenta años de
desolación, de eutanásico desprecio a la calle y a la mañana y a sus semejantes
cuyas ofensas no quiere perdonar y sobre cuyas incógnitas no quiere interrogarse
porque su adúltero concubinato con el espectro de su intimidad le fuerza a
olvidar y deformar su único vínculo legítimo. Fue algo también combinado con la
luz, como si luz y espejo hubieran tratado de distraer su atención con un
reflejo casual a fin de que no reparara en el ruido postrero del picaporte,
mucho más abajo. Luego volverá a él, ya transformada en una abuela
mitómana, a compartir
con él ese
apasionado mare mágnum
de ilícitos amores
y enclaustrada grandeza que, al tiempo que aporrea la puerta cerrada, se
magnifica por el mismo impulso de la ira o la vergüenza para adoptar una
actitud altanera frente al espejo de la alcoba. ¡Cuánto le hablaría de la
comedia representada frente a ese espejo -ese monstruo de la doblez y la enajenación-
en cuyo helado interior se va a desarrollar en los años siguientes toda la
inmunda descomposición de un apetito frustrado, entre cuyos furtivos brillos se
va a producir la completa inversión de un orden que, carente de una sola
partícula de amor, no tendrá más remedio que devorarse a sí mismo para
restituirse a la estabilidad de la podredumbre, de la ruina, de la sinrazón y
del orgullo! Pienso que supo en seguida engañarla con una imagen falsa que tomó
sólo la mitad demente de su pasión mientras la otra mitad se resistía -por los
pasillos silenciosos y el sótano en penumbra- a creer en aquel ruido fatídico,
el clic terrible que sonó allá abajo apenas más perceptible que la caída de un
alfiler o el chasquido de un relé que detuvo el mecanismo de la casa, que
rompió el frágil precinto que preservaba nuestra edad ninfa de las venganzas,
vicisitudes y contradicciones de un tiempo pigre y marrullero. Era el adiós; la
joven que ante el espejo compone su figura y retoca su peinado adivina en
seguida -al igual que el celador experto percibe, por encima del zumbido de la
central, el disparo de la válvula- las horas de vejez y soledad que se avecinan
tras el ruido del picaporte. Apenas vestida correrá escaleras abajo, romperá
las cerraduras y los cristales, aporreará las puertas y atravesará todos los
pasillos hasta que de improviso (el eco del abandono se ha extendido por
doquier) la mitad cuerda se encuentra encerrada en la nueva crisálida gaseosa
del desamparo mientras la otra mitad, indiferente y sarcástica, ensaya los
pases de baile al compás de su propio silbar. En esas circunstancias pocas
veces se produce la renuncia, llega antes una especie de acomodo a la miseria
-mitigada por las fábulas- del mismo carácter que aquel insolente y degradante
apego al bienestar; es ese apego el que aguanta, el que no tolera los cambios,
el que, esas raras noches de los finales de verano, volverá a encender un cirio
para contemplar las fotografías de antaño y rogar, entre lágrimas, hipidos,
estertores y trémolos al Numa, una venganza radical. Existe un paraje, muy
cercano al que usted anda buscando, al que podríamos llamar el tabernáculo de
la ruina. Le diré dónde es: pasado el Burgo Mediano, un pueblo deshecho desde
la guerra, hay que tomar la carretera que sube hacia Mantua y pararse en un
pueblo que llaman El Salvador. Ya se imaginará usted por qué lo llaman así. En
verdad, sólo la torre de su iglesia permanece en pie. Era un pueblo, sin
embargo, situado en un paraje único, en una vega amena y fértil enclavada en el
centro del circo de montañas; así que desde esa torre aparece toda la Sierra de
Región como al alcance de la mano; en el centro, y en el norte justo, el Monje
cuya enigmática presencia se columbra hasta en las noches más negras; y al
este, mucho más lejos en apariencia y siempre orlado de nubes, el Malterra...,
la verdad, no sé de qué me asombro. Esas noches de que le hablo (y acostumbra a
ser en septiembre) un par de fechas después de haber sido visto el coche por la
carretera de Región, acuden al campanario unas cuantas personas que ya no
pueden vivir sino a expensas del sacrificio. El viaje es largo, sin duda, para
hacerlo a pie, pero el premio lo compensa todo. No olvide usted que lo que está
en juego es una clase de supervivencia; ni más ni menos. Apenas cogen allí y
aunque las noches son cálidas y despejadas en torno a la torre -que las
cornejas abandonan para tal ocasión, tal como los vecinos y propietarios de un
pueblo invadido por los veraneantes- no se oyen sino invocaciones y lamentos,
ese chisporroteo senil de mil deseos abortados medio siglo atrás que afloran a
los labios para subir al cielo en una interminable fumarola de susurros. Pues
allí, en Mantua, escondido entre los ardientes espinos, las verbenas y los
espliegos, duerme nuestra postrer esperanza; o no, acaso no duerme nunca; es
torpe, viejo y tuerto y -al decir del vulgo- de su bandolera cuelga todo un
rosario formado con las muelas de oro que ha arrancado a sus víctimas; a la
llegada del otoño, cuando da por terminada su temporada de caza, acostumbra a
cantar una canción muy larga y muy triste, que viene a durar diez o veinte
días, en la que se narra la desgraciada historia de aquella unidad carlista
que se refugió
en el valle,
y que, trivializada,
despojada de su
poder hipnótico, adecuada a una letra populachera -"por un pedazo
de pan" o "vosotros, los del metal"- se entona con voz
desafinada en todas las terrazas habitadas de Región, las mañanas del alivio.
En invierno se viste como un pastor de la taiga, una pirámide de lanas vírgenes
coronada por un morrión de pieles de zorro y conejo, anudadas salomónicamente,
y bajo el que se mueven continuamente sus ojos pequeños, negros y vivaces, que
no tienen necesidad de mirar para saber dónde pisa, dónde se agita la hojarasca
y dónde se estremece el matorral. Su historia ---o su leyenda- es múltiple y
contradictoria; se asegura por un lado que se trata de un superviviente
carlista que -con más de ciento y pico de años- del odio a las mujeres y a los
borbones saca cada año nuevas fuerzas para defender la inviolabilidad del
bosque; por el contrario, también cunde la creencia de que su existencia se
remonta a muchos años y decenios atrás: un monje hinchado de vanidad que
abandona la regla cuando la intransigente reforma moderadora trata de restringir
el consuelo del vino... Se afirma también que no se trata sino de un militar
que todos hemos conocido y que, habiendo amado a una mujer hasta la locura, se
fugó despechado y se retiró allá para ocultar sus voluntarias mutilaciones y
cobrar venganza en el cuerpo de sus seguidores. No parece inverosímil; yo no
digo que tales cosas no puedan ocurrir también en este siglo, pero sí afirmo
que entonces, quiero decir, antes, tenían unas consecuencias más nefastas. Lo
que sí parece cierto, es que siempre espera a la noche para empezar a actuar.
Algunas se hacen interminables, el oído agudizado en la dirección del horizonte
donde por última vez se vislumbró el resplandor de los faros; es la espera de
la confirmación de ese límite que la miseria ha impuesto a la supervivencia
para consagrar su condición, en un rellano de la escalera del campanario. En
algunas ocasiones -cuando, por ejemplo, una partida de belgas quiso llegar allá
con ayuda de muchos aparatos científicos- les ha obligado a esperar varias
noches, pero al final el Numa responde siempre. Está bien, lo mato. No me
pidáis más, yo lo mato y asunto concluido. Así vuestra conciencia sigue
tranquila y el bosque sigue siendo mío. ¿Es eso lo que queríais, no? No os
preocupéis más, ahí va eso, ¿satisfechos? Volveos tranquilos, nadie puede
llegar hasta acá, que yo me cuido
de eso. Ya comprendo que vuestra miseria
no sería tolerable a sabiendas de que cualquiera puede llegar hasta aquí; así
que esto es lo mejor para todos, ya lo comprendo. El pago... de sobra lo
conocéis: nada de inquietud y sobre todo que nadie abrigue otra esperanza que
la del castigo del transgresor, no digo ya del ambicioso. Una paz, por muy ruin
que sea, es siempre una paz. Yo me cuido de mantenerla aquí al igual que
vosotros la celáis allá abajo. ¿De acuerdo? Ahí va eso. ¿Qué dices tú de la
condición? ¿Y del futuro? ¿Que carecéis del futuro? Reflexionad: un futuro sólo
se abre a las amenazas, todo lo demás son habladurías. Volved a casa; no os
llaméis cobardes ni ruines, no ha lugar a eso porque en vuestra ruindad hay
escondida toda una ciencia del destino. Sí, no hay duda, es el Tiempo lo que
todavía no hemos acertado a comprender; es en el tiempo donde no hemos
aprendido a existir y es tras el tiempo -no después de la desesperación- cuando
nos resistimos a aceptar la muerte. Tenía razón el Jugador: él no había hecho
trampa ninguna, fue el tiempo quien se negó a aceptar la validez de sus razones
y aceptó, en cambio, una estúpida combinación de cartones. Así es él, qué le
vamos a hacer. Y me pregunto cómo es posible que persistamos en mantener tal
abuso: en habilitar al tiempo como depositario de nuestra esperanza cuando es
él -y solamente él- quien se encarga de defraudarla. Hay quien se ha
acostumbrado a tener un futuro ante sí y hay también quien, en su desvergüenza,
afirma que la parte más importante y decisiva de la vida es la que todavía no
se ha vivido.
¡Que nos
lo pregunten a nosotros! Ya le contaría yo a ése cómo en Región, a la mañana
siguiente, se hace de nuevo la paz y una mitigada alegría, cantada por el
hervor de las teteras, las risas de los sobrados y las canciones desafinadas en
las terrazas, de una frivolidad añeja y ridícula, viene a sustituir por pocas
horas el chillido de las ratas, los crujidos de las vigas combadas por el
liquen. Enmarcada en una alta ventana una cara risueña y pacífica y ligeramente
escorada parece entregarse a la recreativa contemplación de una mañana de sol
con esa indiferencia de quien está acostumbrado a los ecos sobrenaturales, de
la misma naturaleza que la de esos paisanos que -en el tapiz de Bayeux- labran
su tierra sin prestar atención a los fenómenos y apariciones celestiales que
pueblan el firmamento a espaldas de ellos. ¿Por qué esa paz? Sin duda porque no
cuentan con el porvenir, el Numa acaba de decir esa misma madrugada: “Queden
las cosas como están, el futuro a la mierda”. Ningún resto de esperanza, en esta
tierra de los desengaños, ha prevalecido desde que el tiempo fue sellado con el
clic del picaporte o con el disparo de Mantua; para nuestra salud nada mejor
podía haber ocurrido; ni prevalecerá -se lo puedo asegurar- mientras quede una
postal, una fotografía amarillenta como ésa que usted trae, un recuerdo de
cualquier índole con el que sondear el abismo de un hoy que no es sino un fue,
un algo que no ha existido nunca porque lo que existe fue y lo que fue no ha
sido. Sonó el picaporte -y como si obedeciera a un mecanismo escenográfico- se
cerró la casa, desapareció la calle, se hizo la penumbra y callaron las voces
de los chiquillos y todo quedó -como esa alegre colonia de insectos que en las
narraciones infantiles pasa de la bullanga veraniega a los rigores y penurias
del invierno- en el estado en que ahora lo ve usted. Me he pasado mi vida entre
ellos; toda mi ciencia se ha consumido al tratar de conservar ese último resto
de pulso que latía en sus brazos sin saber por qué, en nombre de qué. Creo que
la vida del hombre está marcada por tres edades: la primera es la edad del
impulso, en la que todo lo que nos mueve y nos importa no necesita
justificación, antes bien nos sentimos atraídos hacia todo aquello -una mujer,
una profesión, un lugar donde vivir- gracias a una intuición impulsiva que
nunca compara; todo es tan obvio que vale por sí mismo y lo único que cuenta es
la capacidad para alcanzarlo. En la segunda edad aquello que elegimos en la
primera, normalmente se ha gastado, ya no vale por sí mismo y necesita una
justificación que el hombre razonable concede gustoso, con ayuda de su razón,
claro está; es la madurez, es el momento
en que, para
salir airoso de
las comparaciones y
de las contradictorias posibilidades que le ofrece
todo lo que contempla, el hombre lleva a cabo ese esfuerzo intelectual gracias
al cual una trayectoria elegida por el instinto es justificada a posteriori por
la reflexión. En la tercera edad no sólo se han gastado e invalidado los
móviles que eligió en la primera sino también las razones con que apuntaló su
conducta en la segunda. Es la enajenación, el repudio de todo lo que ha sido su
vida para la cual ya no encuentra motivación ni disculpa. Para poder vivir
tranquilo hay que negarse a entrar en esa tercera etapa; por
muy forzado que
parezca debe hacer
un esfuerzo con
su voluntad para permanecer en la segunda; porque otra
cosa es la deriva. Pues bien, le diré una cosa: mi pueblo, mi gente, mi
generación apenas vislumbró la primera edad; en seguida nos dieron todo, no
pudimos elegir casi nada. Mediante un esfuerzo más considerable que su
estimación logramos sobrevivir gracias a una justificación incompleta, ilógica
y defectuosa pero suficiente. Y duró muy poco; en verdad no hemos conocido sino
la deriva o quizá el encallamiento, eso es, un encallamiento en una costa tan
sórdida, desértica y hostil que no nos hemos atrevido a salir de la barca que
nos trajo a ella. Y, todavía, le diré otra cosa...
Pero no
le dijo cómo aquella tarde de finales de septiembre había perdido a María
Timoner. No la había encontrado en la clínica, la misma noche del escándalo. No
había encontrado su equipaje ni unas letras ni una razón en la conserjería. Fue
a la fonda donde sus maletas estaban cerradas; tampoco supo nada de ella. Pero
la cita seguía en pie, en una encrucijada a donde llegaba la vista si se
asomaba al balcón de su cuarto. Y asomado al balcón dejó transcurrir un par de
horas, tres o cuatro. Llegó el coche que tenía apalabrado, subió sus maletas
excepto una y fue andando hasta el cruce donde esperó sentado sobre una cerca
hasta que se hizo de noche. Cerca de la medianoche no supo esperar más; subió
al asiento trasero y le dijo al conductor: «Adelante, ya le diré por dónde». Le
obligó a abandonar las carreteras, a cruzar los arroyos, a seguir los caminos
de herradura. «Adelante, adelante», decía, sentado en el asiento de atrás, con
los brazos apoyados en el delantero. Al cabo de tres días comprendió la verdad,
el' coche detenido en un prado junto al Tarrentino, y quizá de labios de
aquella barquera que le obligó a desistir y abandonar la búsqueda. «Olvídate de
eso; olvídate de eso y vuelve a Región» le pudo decir, con los pies metidos en
el agua negra. Comprendió el Doctor entonces que hay una clase de deber que
sólo se puede amortizar con despecho, el sacrificio no basta. Apenas conocía a
la familia que habitaba la caseta; hizo detener el coche frente a la barrera
del ferrocarril -que por no funcionar nunca siempre estaba cerrada- y dijo al
conductor que como se trataba de una parada muy breve no valía la pena detener
el motor. Los
padres se vieron
tan sorprendidos que
apenas supieron responder: «Es su
hija, ¿no? Es mayor de edad, ¿no? Me acepta como esposo, ¿no es así? ¿A qué esperamos
entonces?». Ni siquiera sabía cómo se llamaba. Sólo le hizo tres preguntas:
cómo se llamaba, si había pozo en la caseta y si le gustaba la sopa de berza.
-Pero
¿ahora mismo? -preguntó el padre.
-Ahora
mismo. ¿A qué vamos a esperar a mañana? -Luego dijo aquello que resolvió todas
las indecisiones de los padres-. Tengo un coche que está esperando a la puerta.
-¿Un
coche de caballos?
-No es de
caballos. Es un coche moderno que está esperando a la puerta.
-Entonces
podremos ir todos, si el Doctor no tiene inconveniente.
-Naturalmente
-dijo el Doctor.
Apenas
tenían nada que coger. El objeto de más valor era un costurero que subieron a
la baca del coche, junto con una maleta atada con cuerdas. Los tres se
acomodaron en el asiento de atrás, sorprendidos y tiesos, sin atreverse
siquiera a cerrar las portezuelas.
-A Región
-elijo el Doctor.
-Qué
suerte tienes, hija; ir en coche tan joven -dijo la madre.
-No
ocurrirá dos veces -dijo el padre, con acento sentencioso.
-Procuraremos
que no -respondió el Doctor. Y añadió-: De prisa a Región.
Viajaron
con la boca abierta, sin mover un dedo. La joven se sentó entre sus padres,
inmóvil y pálida, la mirada fija y la expresión absorta, un tanto anhelante.
Cuando el coche s$ detuvo sólo supieron mirar al Doctor con gesto interrogante
y cierto temor; no se atrevían ni a abrir las puertas.
-No hace
falta que salgan. Es cosa de un momento -dijo el Doctor, frente al
Ayuntamiento.
-Qué
suerte, hija, a tus años y en coche.
-¿Hemos
llegado ya?
La
siguiente parada fue frente a la parroquia.
-¿Hemos
llegado ya?
-Salgan
ustedes, es cosa de poco tiempo. Usted también -le dijo al conductor.
Tardaron
cosa de media hora; los padres estaban impacientes por subir de nuevo al coche.
Sólo cuando el Doctor retuvo a la joven por el brazo, su madre pareció
comprender la razón del viaje.
-Y ahora,
¿qué va a pasar? -preguntó.
-Ustedes
volverán a casa.
-¿Y qué
va a ser de nosotros?
-¿Y cómo
vamos a volver a casa a estas horas?
-Volverán
a casa en el coche -repuso el Doctor-. Usted les llevará ahora mismo, ya sabe
dónde es -repitió, dirigiéndose al conductor.
-Eso ya
es otra cosa -dijo el padre.
-Hay que
ver, un viaje en coche.
-Dos,
mujer, dos -erijo el padre, lacónicamente. Ni siquiera fueron capaces de volver
la cabeza cuando el coche se alejó; se habían olvidado de despedirla y besarla
y se llevaban de vuelta el pequeño ajuar, el costurero atado con cuerdas a la
baca del automóvil.
Aquella
noche no la llevó a la nueva casa. Lo hizo al día siguiente, por la tarde; la
empujó dentro de la habitación donde cosía su madre, sentada en un alto sillón
de madera, muy tieso, especial para su reuma y que el Doctor había mandado
fabricar a un ebanista del pueblo. No hizo más que la presentación: «Aquí te
presento a la señora Sebastián», dijo y salió.
«Le voy a
decir en pocas palabras lo que yo creo que es el tiempo», dijo el Doctor,
aquella misma noche: «es la dimensión en la que la persona humana sólo puede
ser desgraciada, no puede ser de otra manera. El tiempo sólo asoma en la
desdicha y así la memoria sólo es el registro del dolor. Sólo sabe hablar del
destino, no lo que el hombre ha de ser sino lo distinto de lo que pretende ser.
Por eso no existe el futuro y de todo el presente sólo una parte infinitesimal
no es pasado; es lo que no fue. Por eso sólo puede ser lo que su imaginación no
previó. La imaginación es una facultad que sólo se da en las criaturas que
tienen destino no para luchar contra él sino para negárselo a sí mismos. Quiero
ver cómo en un momento de nuestra historia nuestros padres tuvieron un sueño,
un sueño de gente educada. Veinte o treinta años más tarde despertaron con el
estruendo de las radios y el anuncio de la guerra. Cuando sumidos en aquel
sueño se insinuaron los primeros síntomas de la Ruina se debió comprender que
el destino y el tiempo, una vez más, se habían negado a financiar una inversión
que sólo en Teruel, en el Ebro o en el Puente de Doña Cautiva podría ser
amortizada.»
IV
No lo sé
-podía haber replicado ella. Pero la noche había empezado a refrescar; había
descorrido la cortina de nuevo y el resplandor del jardín iluminado por la luna
introdujo una cierta fosforescencia en la habitación. Sin que el Doctor la
ayudara logró, con bastante esfuerzo, abrir el ventanal. Es verdad -pensó al
contemplar el abandonado jardín- cómo en estos últimos días de septiembre el
aroma cambia y, de pronto, tras esa desconcertada barahúnda del verano, el
campo calla. Cómo parece recluirse en sí mismo e inmovilizarse en la cautela
mesmerizada por la amenaza del invierno. Se diría que hasta los chopos
contienen la respiración, antes del escalofrío que les arrancará el follaje.
Qué rara y contradictoria sensación de calma y tregua para el alma que todo lo
ha sacrificado -no el cuerpo- por volver a sentir una reminiscencia de aquel
alborotado sentir que nació en estos lugares; y qué no daría esa alma por
trocar la memoria -transformada en obsesión por una razón torticera- en la
savia suficiente para reproducir el extempóreo brote de aquel vertiginoso
presente tan intemporal, fugaz y apasionado que nunca pudo, transformarse en
pasado.
«¿No cree
que exagera, doctor?»
Una
discreta explosión de risa surgió entre los arbustos, desvanecida en el aura
plateada de la noche en mil destellos fugaces con que pareció acompañarse, en
el momento de su instantánea fusión, para iluminarse a sí misma (un traje
pálido y suelto con el que destemporalizarse
en el otoño
asexuado de un
jardín abandonado) con la iridiscente inocencia de una visión,
paradoxalmente perdurable y pasajera, carente de estigmas y de edad.
«Estas
noches son traidoras. Ese viaje... ya ve que no se lo aconsejo.»
«Yo creo
que exagera, doctor. Si usted hubiera vivido ese presente en el que ahora no
cree, ahora no tendría miedo. Quizá el miedo es lo de menos: hay algo antes que
él que puede procurar la fuerza suficiente para saltar por encima de él. O para
olvidarlo. O algo que no es el miedo pero que lo está pidiendo a gritos. Hay
algo de cierto en lo que usted dice pero no es eso lo terrible; lo terrible es
que el pago de un presente, que no fue tiempo, ha de hacerse en edad. 0 acaso
es el valor de una misma divisa, en dos monedas distintas, una muy fuerte, la
otra... apenas más valiosa que el papel que la representa. No lo sé. Parece que
el cuerpo debía haber aprendido a asimilar el paso de los días (desde delante
del jardín en sombras, al otro lado del ventanal, su voz parecía acompañada de
una sutil y emotiva fluorescencia que llegaba a iluminar su cara cuando la
palabra "se le pegaba a la garganta") hasta el punto que fuera
superfluo llenarlos con un sentimiento, un deber o una memoria. En realidad el
presente es muy poca cosa: casi fue todo. Quiero recordar que entonces no había
cumplido los veinte años. La guerra civil nos sorprendió en un momento del que
-no sé por qué- cabía esperar más alegría que la que esa edad acostumbra a
traer consigo. No, no era despreocupación. Dos o tres años antes había abandonado el internado de las Damas Negras y
ese plazo es más que suficiente para comprender que todo lo que nos habían
enseñado a respetar, eludir o temer era cosa exclusivamente nuestra. Porque la
joven que al abandonar el colegio religioso tiene que enfrentarse con un mundo
ante el que la educación se ha quedado
corta rara vez,
si no es
para incorporarse al
orden burgués por
la vía del matrimonio, puede conformarse con los
valores recibidos. Tampoco era rebelión, ni siquiera inconformismo sino, en
todo caso, una suerte de insuficiencia pedagógica que empezaba en el
vocabulario y que había de traducirse en ese crédulo y risueño papanatismo al
que es sensible el más tosco ganadero de pueblo, agasajado y paseado por la
capital' en virtud de un concurso rural. Porque al abandonar aquel colegio no
éramos más que unas señoritas provincianas que abrían sus ojos ante un mundo
muy distinto al representado por esa educación; esa falta de localidad crea en
el adolescente una especie de estrabismo social que le impedirá, al principio,
hacerse cargo de su situación en una época que pueden no llegar a entender
nunca. Seguramente fue eso lo que provocó en mí, hasta muy entrada la guerra,
esa sensación de ser, en medio de una compañía de grandes actores acatarrados,
un comparsa meritorio, chillón y vocinglero y que, incapaz de sacudirse su
propia inhibición, nunca llegará a entender el argumento de una comedia cuyas
situaciones y chistes conoce de memoria. La mujer de esa edad y de ese medio
pocas veces se encuentra desplazada en una sociedad en la que acostumbra a
mirarse y encontrarse como en un espejo. Pero en mi caso yo carecía de esa
sociedad, el espejo no hacía sino proporcionar una imagen desfigurada y
grotesca que de ser cierta no podría representar más que un papel bufo. Yo no
volví con mi padre sino con una tía suya, diez o doce años mayor que él, que
aún habitaba la casa de sus mayores. En aquella casa también había vivido rni
padre de estudiante y allí volvió -cuando ya no quedaban más que dos tías- un
verano de 19... a estrenar su primer uniforme de cadete. Allí nací yo y allí
murió mi madre. Aunque siempre viví distante de él necesité muy poco esfuerzo
para comprender que la carrera de un militar, educado entre aquellas paredes y
bajo aquellas miradas, debía tarde o temprano trocarse en despecho, un apetito
de regeneración que el país se ocuparía de transformar en venganza y
destrucción. Pero lo que mi padre salió a buscar una mañana de caza de 1925
cuando yo salí del colegio no daba pie ni para organizar un baile de disfraces,
de carácter retrospectivo. Quiero decir que aunque educados en el mismo medio y
regados por la misma sangre aquello que para la generación de mi padre
constituía la esencia de su orgullo y el código de su honor para nosotros no
era más que objeto de sorna. La educación que, por la vía del despecho como por
otra vía cualquiera, había pasado a formar parte de ini padre no era para mí
más que una cáscara inútil y enojosa de la que a todo trance tenía que
despojarme para recibir el sol de mi tiempo. Ni que decir tiene que las
relaciones sexuales, o la forma de encararse con ellas, forman el primer
capítulo del nuevo manual; ni que decir tiene que la Región que yo conocí, a
los diecisiete años, era una ciudad mucho más simple que la de mis padres,
desprovista de toda aquella prolija, peregrina vestimenta con que el orden
arcaico había adornado sus usos. Yo creo que veinte años atrás no hubiera sido
lo mismo ni mucho menos, la amistad con Juan de Tomé no tenía por qué haber
desembocado en el preámbulo de una aventura del sexo; pero en mi tiempo era
así, la nueva relación entre los dos sexos no era sino la eliminación de todos
aquellos ritos y sacrificios que sin duda conducían al matrimonio pero que
tampoco fueron sustituidos por otra cosa. De forma que esa amistad era
imposible si no conducía, igual que antes, sin ritos ni solemnidad, al
matrimonio. Fue un momento un poco ciego; el hombre joven que se creía liberado
no sabía ahora, qué hacer con sus manos ni con una libertad a la que no se
había preocupado de buscarle ocupación. ¿O es que las excursiones en coche y
los domingos en una casa de campo eran todo el premio de aquella nueva
libertad? Porque en definitiva no había sino eso: el coche de un privilegiado,
como aquel monstruo que Eugenio Mazón sacó de nadie sabe dónde, una merienda
entre las encinas, una casa en el monte donde vivía un matrimonio de edad que
cuidaba de él y siempre el fantasma, sólo el fantasma, de nuestra libertad
sexual al fondo. Cuando yo le vi por primera vez, aquel verano que estalló la
guerra, era una especie de sátiro triste refugiado en su bosque sabino, carente
de todo salvo de tutela y -se diría- atormentado por una reciente erupción de
masculinidad. No sé si se hará usted cargo de cómo para la joven que apenas lleva
dos años en el mundo tratando de saber cómo disipar el calor que ignorante está
acumulando mientras la educación y el ambiente familiar callan, toda esa
sociedad sin cánones, esas vidas sin norte y todos esos deseos carentes de
ambición, sin otra directriz que la de consumirse en el momento y el lugar
donde nacen, prevalecerán en su ánimo con mucho más entusiasmo que las sensatas
reglas de la razón burguesa. Semejantes abismos y tales antinomias sólo se pueden
producir en la adolescencia, esa edad "en la que a nuestro parecer basta
nombrar una cosa para creerla pero se creerá sólo lo que embriaga el alma y con
frecuencia sólo se nombra lo que no se conoce. Lo que no se conoce..., todo ese
imaginario, fascinante y vertiginoso horror que el destino sitúa ante la
perplejidad juvenil con el único objeto de frustrar su experiencia ulterior, de
defraudar sus prospectos a fin-de, al cabo de los años, lograr extraer de una
juventud malvendida toda una persona formada sobre un cúmulo de decepciones. De
forma que al estallar la guerra civil yo me encontraba sumida en esa
combinación de curiosidad, anhelo y miedo que invade a la persona en las
callejas sórdidas, ante los cartelones y símbolos obscenos del vicio, como ante
la barraca donde se exhiben los horrores del génesis, las aberraciones de la
naturaleza y el horrendo enigma de la perpetuación. Años más tarde, en el
umbral de una habitación de tolerancia apenas iluminado por los reflejos
opalescentes de los pasillos equívocos, el alma reconocerá con singular y cruel
lucidez que un único miedo, un único orgullo y un único egoísmo han venido a
coser tantas circunstancias heterogéneas para provocar el dégoût y devolver a
la arena los castillos de la edad inocente. Porque apenas descubre ni se
interroga ni vacila. Tan sólo, espera. Le estoy hablando del deseo; no puedo
referirme a él sin asociarlo a la época de la guerra y uncirlo a las guerreras
de cuero, los cristales rotos unidos con papeles de goma y protegidos con bandas
de esparadrapo, las noches en el edificio del Comité de Defensa, amenizadas por
el tableteo de las ametralladoras en la vega o en la sierra...
»Usted me
dijo antes que el presente nunca había llegado a suceder. Ha cerrado las
ventanas para no oír los gritos de un borracho o un enfermo que se ha echado al
monte desde hace varias semanas. No sabe bien para qué. Todo lo que usted me
dijo vino a aumentar mi confianza, se lo confieso. Cuando supe que toda su
diversión consistía en ahorcar perros vagabundos llegué a pensar que podía
tratarse de un antiguo conocido mío, atacado por el mismo mal y traducido en un
furor diferente. Pero qué poca diferencia hay, qué cerca me veo de ese límite
incomprensible que le separa de nosotros. Usted no me ve con fuerzas para
continuar el viaje y yo no me veo con salud para abandonarlo; una vez más
porque presenciamos la misma circunstancia desde dos puntos de vista algo
diferentes. Ambos se sitúan en el miedo, es algo común entre ellos; pero yo
estoy segura que mi miedo no es sino un envoltorio donde se guarda una
convicción mientras que ése del que usted me habla no es más que el último
estado antes de la desesperación. O viceversa. Toda esa continuidad en el
hastío, en la repugnancia y el egoísmo, de que antes le hablaba, ¿no cree
usted, doctor, que obedece a algo?, ¿no cree usted que se trata de ese
recóndito y amargo humor que segrega el alma viciada por una función impropia
para defender y preservar su último núcleo puro?, ¿qué trata de mantener
virgen, ese furor que le lleva a matar los perros?, ¿adónde quería en realidad
dirigirse? Lo mismo le digo; usted, sin embargo, tiene que haber comprendido
que bajo ese secreto se esconde el único remedio para una salud que poco a poco
va dejando de creer en todo. Si he hecho este viaje, si con él ha terminado mi
matrimonio, no será para escuchar unos cuantos consejos respecto al catarro. Ni
para oír hablar del brillo del nogal, en las noches de otoño. He envejecido
demasiado; lo he envejecido todo, mejor dicho, hasta lo que me rodea y he
decidido, por ende, tratar a todo trance de devolver un poco de calor a los
años que tengo por delante. He decidido alojarme en el hotel de Muerte; pienso
llegar allí esta noche o mañana por la mañana. No sé qué habrá sido de ella, no
sé si vivirá, si seguirá habitando y regentando el mismo establecimiento y
ganándose la vida con el mismo comercio. No la he vuelto a ver desde que, ya
casada, fui de nuevo a su casa a devolverle el dinero que me había prestado. En
realidad, ya se imagina usted para lo que era. No era yo, era mi marido quien
no tenía el menor deseo de ser informado de aquel respecto. Pero en mi fuero
interno ardía un deseo impaciente no de contarle la historia sino de contarla
con orgullo. De hacerle sabedor de mi orgullo y -era una forma anticipada de la
venganza- mi fidelidad. Pobre hombre, no tenía palabras para decir que no y -al
año de casados, le había hablado de un hostal en la montaña donde disfrutar las
vacaciones de Pascua- le arrastré allí como la res al matadero. No sé qué pasó,
Muerte regentaba aún el hotel pero acaso advertida con anterioridad de nuestra
llegada decidió blanquearlo por el espacio de nuestra estancia. Pero hay cosas
-aquel hotel al menos que no se dejan blanquear fácilmente. Fue una semana
violenta, silenciosa y difícil, que no sirvió para nada. Ninguno aprendió más
de lo que ya sabía, nadie pudo vencer las dudas sobre lo que ya recelaba de
forma que aquella estancia de seis o siete días no sirvió sino para definir con
mayor nitidez los mutuos recelos y sospechas y engendrar todos los sinsabores y
dificultades que -sin salir del estado latente- darán al traste con una unión
que no estaba basada en algo más que un aprecio recíproco. Ahora no hablemos,
por favor, de los recuerdos. ¡Si al menos fueran lo que con esa palabra se
quiere decir! Yo sabría a qué atenerme; yo sabría, empero, traducir la gloria
de ayer en la soledad de hoy y reconstruir ese tortuoso proceso de adulteración
que transforma una juventud dispuesta a todos los sacrificios en una esposa que
al mediodía sabe atender a los invitados de su marido y por la tarde le engaña
con un amante arrabalero. Pero no lo sé hacer, tal es el drama; no sé cómo
saliendo de aquel punto se llega a este otro, no sé qué ha pasado entremedias.
Sin duda perdí el hilo del discurso en la caja de la camioneta que en aquellos
días del invierno de 1938 nos llevó de Región a El Salvador, y de allí al hotel
de Muerte, durante diez, veinte o treinta días, ay, demasiado terribles y
demasiado turbulentos para ser inolvidables. Porque es justamente eso lo que se
olvida, en aquellos días en que la memoria no está presente. Yo creo que sólo
está presente el cuerpo y tal vez maniatado, amordazado y atontado. Un cuerpo
que para tales momentos necesita estar solo y recusa la compañía de esas
acompañantes inoportunas, la memoria, la conciencia, la educación y todo lo
demás. Luego, el cuerpo no será capaz de recordar nada, como el borracho
reincorporado al orden casero tras una noche de turbulento callejear. Apenas le
vi durante los dos primeros años de guerra. A finales del año 36 había sido
llamada a prestar una declaración cerca del Comité de Defensa donde, gracias a
una intervención de Juan de Tomé que tenia allí amistades de cierta influencia,
fui tratada con alguna deferencia. Se trataba de saber, por aquel entonces,
cuál era el. paradero y la actitud de mi padre respecto a la guerra pero aun
cuando tanto su carrera como su incomparecencia obligaban a presumir tales
respuestas éstas no fueron evidentes hasta el verano de 1937, cuando se vino a
saber que mi padre había sido asignado al Estado Mayor del ejército invasor. En
agosto o septiembre de aquel año, no recuerdo bien, fuimos de nuevo requeridas
pero mi tía salió al cabo de tres o cuatro días de internamiento, no sé si por
el poco valor de su persona como rehén, por el desprecio a que el miedo le
llevó a hablar de mi padre o por el temor a la costumbre del rosario diario que
el Comité adivinó que se había de producir si guardaban a mi tía en sus
sótanos. Juan de Tomé me vino a visitar; me dijo que se trataba de una
reclusión voluntaria -pero vigilada- no en calidad de rehén sino en evitación
de cualesquiera perjuicios que podía ocasionarme el ser hija de quien era. Más
tarde se me comunicó que, a través de las oficinas gubernamentales, se había
propuesto a mi padre un canje que de acuerdo con las previsiones había de
efectuarse dentro del año en curso. No sé por qué aquella propuesta vino a
suponer un cambio en mi condición; abandoné el sótano y, sin salir del
edificio, se me trasladó al último piso, las habitaciones de servicio del viejo
palacio, y se me procuró un alojamiento decente o incluso un trabajo de oficina
bajo la vigilancia de aquella famosa camarada (Adela). Era una mujer pequeña,
intransigente y huraña, que no pudo disimular su disgusto cuando unos soldados
del Comité trajeron de mi casa algunos vestidos y ciertos objetos de uso
personal que yo guardaba en una maleta, debajo de la cama, cerrada con llave, a
la que ella no tenía acceso. Al parecer el Comité tenía un buen número de
esperanzas puestas en mi canje. Con frecuencia la camarada (Adela) venía a
interrumpir mi trabajo y, con ostensible enojo, me obligaba a acompañarla hasta
un despacho del piso de abajo donde, después de haber entrado yo, se le cerraba
la puerta en las narices. Juan de Tomé, siempre en traje de paisano, acompañado
de otros dos o tres militares, acostumbraba a esperarme allí: "Parece que
tu marcha va a ser inminente. Todo está arreglado y no falta sino un pequeño
detalle que depende de tu propio padre. Pero ahora se trata de saber en qué
medida podemos confiar en ti...". Casi todo eran palabras abstractas para
mí cuya representación final apenas era capaz de materializar. En primer lugar
porque casi no me acordaba de mi padre o porque mantenía acerca de él una
visión de colegiala. En realidad todo aquello no era muy distinto de aquellas
llamadas en el colegio que, un par de veces a lo largo de cada curso, me hacían
salir de la clase o de la fila para seguir a una hermana hasta el despacho de
la superiora: "He tenido carta de tu padre. Está muy preocupado de tu
conducta y de tus calificaciones y me pide...". Tal fue mi filiación
infantil y tal continuaba siendo en mi juventud. Empecé a creer que mi padre se
avergonzaba de mí y que, receloso de un encuentro, procuraba por todos los
medios mantener una tutela ajena y una disciplina a distancia. Todo ello la
mente infantil lo traduce en indiferencia, alejamiento, sentimientos
abstractos..., despecho. Suponía que no eran sino las consecuencias de la
orfandad y que un padre y un hija, perdido el eslabón de la madre, no pueden
mantenerse unidos sino mediante una paradoxal e inflexible separación. Recuerdo
perfectamente un pasillo de mosaico con
grandes ventanales soleados a través de un patio interior y el momento en que,
llevada del brazo de la sor, la colegiala abandona la fila de sus compañeras
para ser conducida a la sala de visitas donde un señor corpulento, casi
desconocido, charla animadamente con la madre superiora. Recuerdo el beso, el
reconocimiento; esa cara que no es recordada sino en líneas abstractas (y por
tanto el cariño no informa a la memoria) que aparece de súbito idéntica a sí
misma para hacer más profundo el abismo que le separa de su imagen no afectiva,
ese contacto con la mejilla que despide un aroma no familiar a loción de
afeitar, esa especie de aturdida e invencible timidez con que el alma infantil,
cuando la extraña mano paterna acaricia sus cabellos o estrecha su talle, se
defiende de un acoso que no guarda relación con los datos de su memoria.
Recuerdo perfectamente la vuelta al patio donde se recrean las compañeras, con
una caja de bombones, sin atreverse a volver la vista a aquel rincón del
claustro donde la superiora y el padre -hacia donde convergen las miradas de
todas las niñas- se detienen un último instante: "Es mi padre" con
ese falso e inseguro acento del desamparo que con un engaño trata de
rehabilitar su orgullo. Porque el niño aloja siempre una clase precoz de temor
a que el equilibrio paterno pueda desmoronarse y que en ciertos recovecos de su
intimidad no necesita sino un mínimo estímulo para convertirse en certeza. Es
posible, por eso, que cuando dice: "Es mi padre" apenas lo cree ya,
apenas cree en esa palabra, carente del valor que se supone que no sirve más
que para la galería y que, a la hora de acostarse en el dormitorio comunal,
liberada de los compromisos y embustes que su amor propio le impone en el
patio, se convierte en llanto y dolor cuando la mente de la niña sondea
la profundidad de
su propio abandono
y, en contradictoria y
destructiva desazón, aprende a no confiar sino en sus propios temores y
lágrimas. Le aseguro a usted que esa vida de colegiala huérfana no se traduce
en grandes resentimientos; más bien es sangre fría si quiere usted entender por
eso esa carencia de afectos, intereses y reparos de quien se dispone a salir al
mundo sin grandes cosas que defender ni muchos deberes a los que sentirse
ligada. Mi padre, en una parte de su significado, había dejado de existir antes
de morir para legarme una manda de impaciencia, malogro y anticipación: porque
una gran parte de mi vida -ya lo verá usted- dejará de existir al término de la
guerra civil. Después de la guerra
veremos tanto de
eso que ni
siquiera nos asombraremos de la
rapidez y el desenfado con que tantos hogares burgueses han de abandonar los
preceptos morales en que se han formado como consecuencia de la muerte del
cabeza de familia, el expolio de una finca o la pérdida de la plata del
comedor. A mí me había ocurrido unos años antes, eso es todo, no tuve que
esperar a la guerra para verme despojada de padre, hogar, principios morales y
puesto en la sociedad. Ocurrió -no sé si las líneas republicanas se estaban ya
desmoronando- que desde un despacho del Comité de Defensa lograron establecer
una comunicación telefónica con su cuartel. ¿Es posible eso? Tal vez fue un
engaño, no lo sé, pero no comprendo su objeto a menos que obrase en su poder
una radioscopia de mis sentimientos filiales. Era un pequeño salón que daba la
impresión de una inmediata mudanza; todos los sillones estaban ocupados por
carpetas y papeles y el suelo por los embalajes y las máquinas de escribir.
Cuando yo entré un militar acuclillado frente a un pequeño velador
quería a veces
reanudar una dificultosa
conversación telefónica. No recuerdo quiénes más estaban, Juan desde
luego que no. Unos cuantos de ellos, obedeciendo a una llamada, abandonaron la
habitación en tropel para acudir a la centralita donde un oficial de
transmisiones trataba de restablecer la comunicación. Creo recordar que yo me
mordía las uñas sentada en el borde raído de un sillón mientras, apoyado en el
marco de la puerta, vestido con una guerrera caqui desabrochada que dejaba a la
vista una camisa blanca, me observaba de una manera provocativa y descarada,
mezclando el regocijo a la vigilancia. Unas cuantas veces se puso a aullar el
teléfono, a emitir sonidos mecánicos que se mezclaban a los gritos
entrecortados del oficial y todo un Comité en vísperas del exilio o el
cautiverio dispuesto a creer que al otro extremo del hilo un Pilatos de
caballería accedería gustoso a la concesión del perdón a cambio de una prenda
que, medrosa, huérfana y asustadiza, sin dejarse embriagar por sus propios
anhelos retrocedía horrorizada hacia el instante temible en que el juego
terminase: era el estado del niño que, tras el alboroto dominguero en compañía
de sus amigos en el cuarto de juegos de una casa donde ha sido invitado, en un
instante de silencio advierte en el pasillo la voz del aya que viene a
recogerle; como la voz familiar en el medio extraño donde se le han permitido
las licencias que la disciplina de su casa no tolera, se vuelve repentinamente
odiosa, agente de una autoridad que coarta su libertad, restringe su entusiasmo
y subroga sus deseos. Y entonces, de aquel rincón, de un cenicero abarrotado de
colillas y de un auricular abandonado en el velador salió aquella voz
impersonal, gangosa y autoritaria que velozmente me hizo retroceder a ciertos
momentos solitarios y amargos, las susurrantes amonestaciones, los cantos de
resignación, los corredores del claustro. Imagínese qué química complicada se
desarrollaba en mi interior bajo el influjo de aquellos dos agentes
antagonistas: los espasmos de aquella voz entrecortada que salía del teléfono
con el timbre morboso y atiplado que el mago utiliza para alcanzar el
subconsciente de la médium, para atraer hacia sí todas las partículas de mi ser
que flotaban coloidalmente en el miedo en espera del castigo, la reclusión o el
perdón, y aquella desocupada, un poco indolente despreocupación con que -a
pesar de su juventud y su situación-, haciendo chascar un sinnúmero de veces un
encendedor de capuchón que no podía encender, observaba el mate mágnum de
aquella habitación, los papeles y oficios por los sillones, el teléfono chillón
que no podía coordinar las órdenes del más allá y la rehén -o lo que fuera-
aturdida y temblorosa. La llama no llegó a encender, únicamente prendió en mi
interior una mezcla
inflamable de miedo,
desacato y deseos
de fuga, una
mezcla de partículas en pugna
cada una de las cuales antes de obedecer al perverso catalizador trataba en
última e íntima instancia de mantenerse en la anterior suspensión para no caer
en un mortecino y odiado equilibrio. Hizo un gesto muy particular, torciendo la
boca y lanzando un guiño de desprecio hacia el auricular iracundo. Luego, sin
yo saber por qué, puso su mano sobre mi hombro y apretó mi clavícula al tiempo
que alzaba los hombros para indicarme que no me preocupase por aquellos sonidos
desenfrenados y ridículos; yo no sé si se daba cuenta de que -al igual que el
niño con un instantáneo contacto de su dedo se complace en romper la rotación
de la peonza- toda aquella contradictoria catálisis había de resolverse al
simple contacto de su mano para depositar en su ánodo -volvió a apretar la
clavícula y luego lo hizo en el arranque del cuello- todas las partículas de mi
inquietud. Así debió ser: en mi fuero interno creo recordar el retroceso, el
abandono del miedo hacia un recóndito refugio donde se ha escondido la
feminidad y donde aguarda con extraña confianza -ya no teñida por el fastidio,
es más bien la predestinación- el momento en que se libre el combate del
himeneo. Luego desapareció, haciendo chascar el mechero al tiempo que calló el
teléfono y en aquel cuarto en desorden se hizo el silencio que sigue a la
consumación de todo ensayo. El ensayo estaba hecho -qué duda cabe-, mi cuerpo
había manifestado cuál era su polaridad. Ya no le volveré a ver hasta muchos
días más tarde -en la fonda de la carretera- y, sin embargo, a pesar de las
muchas vicisitudes que ha de conocer en el entretanto, mi virtud se perdió en
aquel breve episodio. Tal vez él lo sabía y luego lo ratificó. Un mes más tarde
la misma mirada segura e indolente -pero que ni siquiera parecía interesada en
el resultado de su moción- parecía dirigirse hacia aquel secreto mutuo y
aquella tácita complicidad que desde el momento del ensayo vino a unirnos en el
terreno de los sobreentendidos: "Ya ves qué poco esfuerzo era necesario.
Ya ves cómo, en el momento oportuno, una mano sobre el hombro puede bastar para
abrir los ojos de una persona en semejante trance", como si nada fuera más
natural que aquel sobrio y eficaz remedio, como si nada fuera más fácil y
pueril que aquel combate que desde niño -se diría- sabía librar con aplomo,
tranquilidad e, incluso, cortesía. Ahora, en cambio, me estoy refiriendo
indirectamente al atractivo. Es probable que ése fuera el verdadero remedio, no
el epiceno agradecimiento a una gesta caballeresca; me estoy refiriendo también
a aquella despreocupación, envuelta en la piel de una insuperable e
impenetrable reserva que, al igual que le permitió hacer el ensayo con tanta
economía le había de acreditar ulteriormente, sin otra documentación, para el
cobro de sus honorarios: "Tal es mi nombre, nunca me ha gustado perder el
tiempo". Así le veo yo ahora: todo un poder arcaico y ruin que avanzaba
hacia nosotros por el triunfo injusto de sus armas y que, añadiendo el
desprecio a la soberbia y la iniquidad a la rapiña, pretendía al término de la
lucha incorporarme a su causa con la intervención del espurio y vicario
portavoz detenido en un instante por un gesto despreocupado y viril, una mano
que apretaba mi cuello mientras en la mesita moruna el teléfono descolgado
vociferaba boca arriba como un animal vencido -que alardeaba de su poder para
reducirme a la obediencia-, para abrir mis ojos, deshonrar mi sospechosa virtud
y mostrar el camino de mi vocación rebelde. Entonces comprendí que sin haber
anticipado ni arriesgado nada había adquirido una naturaleza, no una segunda -como suele decirse-,sino la única que podía
albergar mi cuerpo y que en los claustros en penumbra, con las amonestaciones
susurrantes, habían tratado de ocultarme y que ahora era merecedora de una
rehabilitación y una indemnización, tras tantos años de injusta condena. Pero
entonces ya estamos en octubre, una Región invadida a todas horas por la
oscuridad, cañoneada desde todos los suburbios y habitada por unos pocos
supervivientes soñolientos que a deshoras corren de sótano en sótano para'
cargar los últimos carros con unos colchones y mantas y escapar por la
carretera de la Sierra. El hombre que allí mandaba se llamaba Julián Fernández,
un hombre enérgico -hijo de una asistenta de Región- pero no muy despejado y
que para salir de aquel atolladero no se le ocurría otra cosa que encerrar a la
gente bajo llave; al señor Robal en una habitación, a Adela y a mí en otra, y
en otra al pobre Juan de Tomé que, con su gabardina mugrienta, trataba de
convencerle de organizar una junta que entregase la ciudad a mi padre dentro de
las condiciones más honorables. Nunca se había movido de Región, ni sabía cómo
salir de ella; los que sabían hacerlo estaban, a la sazón, luchando por otros
parajes: Ruán y los alemanes en la vega de El Quintán, el viejo Constantino en
el Puente de Doña Cautiva y, más al norte todavía, entre El Salvador y el hotel
de Muerte, los únicos que de verdad conocían la montaña..., él y Mazón y aquél,
¿cómo se llamaba...?, Asián, yo creo, pero que en verdad sólo parecían
preocupados de su propia salvación. Eso fue, en última instancia, lo que movió
a Fernández, no las desgraciadas gestiones del pobre Tomé, convencido de que
ninguno de sus antiguos compañeros iba a sacrificar su seguridad por echarnos
una mano. Ya no se trataba de compasión
-creo yo-, sino
de la fidelidad
a un principio
común a todos
ellos y cuya deleznable realidad se iba a demostrar
claramente en las próximas semanas. Si aquello fue así, ¿por qué aquella
guerra...?»
-Pero
¿cuál es ese principio? ¿Por qué los únicos? ¿Qué seguridad es ésa? ¿Qué tienen
que hacer aquí la compasión ni la fidelidad? ¿Quién le ha metido eso en la
cabeza? 1
_____________
1 El Doctor sabía muy bien a lo que se refería
y podía, con cierto conocimiento de causa, hacer patentes ciertas reservas a
las que evidentemente deseaba sustraerse. Pero en cuanto Doctor y en cuanto
mentor accidental no podía menos de interrogarse -y de interrogarla- acerca de
una conducta que, habiendo dejado tantos puntos oscuros, no servía para
justificar una decisión tan grave como su viaje. Aun cuando a veces se trataba
de leyenda y otras veces de realidad lo cierto es que existía una finca que en
tiempo fue propiedad de Alejandro Cayo Mazón; existía también una fotografía de
su pupilo y una requisitoria -que podía comprobarse en cualquier hemeroteca-
del juzgado de Región reclamando la comparecencia de aquellos reos en rebeldía.
La sentencia no se hizo pública; solamente el señor Rubal, el único de ellos
que fue aprehendido, fue sentenciado a la pena capital y desapareció en las
sombras de la posguerra al poco tiempo de terminarse la guerra, llevándose
consigo los secretos dei sumario. Pero
en aquella sentencia
en rebeldía -yen
la fotografía ulteriormente, que no
correspondía a la época de la guerra- estaba implícita la supervivencia de unos
reos que, veinte años después, fueron dados por muertos. Aparte de la leyenda
del Numa existían, además, los disparos y -como consecuencia confirmatoria- la
inviolabilidad del bosque a partir de una revuelta evocadora del camino que el
Doctor conocía muy bien a través de una imagen imborrable: una vez hubo de
seguir al guarda (semejante a una estampa piadosa y caminera, un chambergo de
peregrino y una espalda encorvada por sus muchos años o por el peso de un
inmenso gabán) hasta un lugar extraño, metido en el fondo de un valle, unas
pocas casas de piedra en seco cubiertas de pizarra y paja, escondidas entre la
arboleda, de donde salía humo, para asistir de parto a una dama que ocultó su
identidad tras un velo negro. Le habrían visto volver, al final de un verano,
dos o tres años después, sin guarda ni mulo ni alforja, ni cabás,
repentinamente flaco, desencajado de cara y la ropa estropeada, aunque con un
paso más resuelto y una apostura más recia. Cuando a la vuelta de aquel viaje
entró en su casa y vio a su madre -la viuda le había esperado todo el verano,
sentada a la mesa de despacho de su padre que conservaba el olor de papel
engomado, con el puño cerrado apoyado en la mesa sobre una factura impagada y,
con una altiva sonrisa de triunfo, la mirada clavada sobre la puerta que tarde
o temprano se tenía que abrir- tal vez tenía tomada su decisión. Pero es probable
también que aquella actitud le determinara a cerrar la puerta de nuevo y
volverse a Región para alquilar un coche; cuarenta y ocho horas después abrirá
de nuevo la puerta, empujando hacia el interior una muchacha muy tímida y
humilde, para decirla: «Ahí tienes a la nueva señora de la casa» y cerrar la
puerta trae ella. Todos los años, por las mismas fechas y en cumplimiento de un
compromiso, hacía aquel viaje doble para visitar el niño y vigilar su salud y
para sanear sus pulmones de aquel ambiente de papel engomado y formaldehído que
respiraba todo el año. El niño vivía en la casa de los guardas, separada de la
otra. Acostumbraba a llegar a la caída de la tarde y a hacer noche en la casa.
A la mañana siguiente le miraba la garganta las pupilas y le auscultaba el
corazón. No parecía crecer día a día sino un tanto cada año en el espacio de
una noche. Luego la guardesa le lavaba y peinaba, le embutía en un traje de
ceremonia y ambos, cerca ya del mediodía, subían a ver a su madre en la otra
casa. Era una entrevista breve que no duraba más de un cuarto de hora, en un
salón gigantesco y vacío, con el suelo combado, al fondo del cual la señora
enlutada la cara cubierta con un velo negro, sentada en un sillón de mimbre que
situaba al otro lado de un ventanal para ocultarse de su vista con los rayos de
luz que entraban por él. «Buenos días, Doctor, ¿qué tal viaje hizo usted?,
¿cómo se encuentra el chico?» «El chico está fuerte, se ve que le prueba el
aire de la sierra» «Un poco pálido, ¿no?» «Ha salido poco el invierno; cosa de
bronquios, un par de catarros fuertes.» «Pero nada serio, ¿no?» «No, nada
serio.» «Y su educación, ¿conoce las reglas?» « La educación... quizá
convendría...» «Buenos días, Doctor, muchas gracias por su visita.» Era un niño
que apenas hablaba pero en cuya mirada no había el menor indicio de debilidad,
ni la más leve súplica: impenetrable, enigmático y huraño parecía estar tan
lejos de solicitar ayuda como de reprocharle su incapacidad para prestarle
porque era incapaz de comprender aquella compasión con que podía mirarle el
Doctor ya que, no habiendo salido de allí, no tenía la misma idea acerca de su
soledad. La última vez había tenido la sensación de que alguien -por el lindero
del bosque, el horizonte anaranjado de tanto en tanto por la silenciosa y
lejana tormenta que descargaba en la Sierra- le había estado siguiendo,
escondiéndose tras los árboles. Era una sensación ya vivida pero no recordada,
uno de esos estímulos que -como los aerolitos que cruzan la estratosfera y se
funden con su roce- entran en el campo denso de la memoria pero no llegan a
caer en ella, dejando una estela de dudosa luz en una zona convexa y sombría de
la razón, que posteriormente se «No lo sé. No lo he sabido nunca. Yo solamente
he pretendido explicarme unos hechos que pasaron con arreglo a unos principios
que entonces debían ser válidos. De otra forma no comprendo el sentido de esa
guerra, qué es lo que defendían, en qué se diferenciaban de mi padre. Como le
digo, nos encerraron en el último piso, en una habitación del servicio
abarrotada de muebles inútiles del antiguo palacio. Un soldado hacía guardia en
el rellano de la escalera. Allí estuvimos, sin salir durante un mes (la
camarada Adela y yo). La camarada (Adela) era una mujer robusta, disciplinada e
intransigente que en toda la guerra no se cambió una falda negra y una blusa
blanca, sin mangas, que dejaba al aire unos brazos enormes a los que no
afectaba el invierno. Se diría que había nacido para aquella situación: una
sola muda, una sola habitación y un mismo y permanente enojo. A veces me he
preguntado si no se trataba de una nueva encarnación, disimulada bajo un nuevo
disfraz, de esa migratoria persona que tan desafortunada influencia ha ejercido
sobre mí con el peso de su desmedida censura. (Adela), segura estoy de ello,
era un ser ganado por la revolución proletaria e incorporado al Comité de
Defensa para celar mis pasos, lo mismo que en el internado. Unas semanas más
tarde, bajo el peso de la derrota, se convertirá en Muerte a fin de saldar con
los beneficios de un burdel la deuda que ha contraído con la sociedad de los
vencedores. Un poco más tarde se transforma en mi madre política -una señora
autoritaria y lacónica- para reconciliarse definitivamente con aquella gente de
orden de la que en el fondo de su alma nunca renegó. Si todas esas personas no
son una sola y única me parece un despilfarro de la naturaleza y de la sociedad
emplear tanta gente para cumplir una sola función: velar por mi conducta y
tratar por todos los medios de tenerme sujeta al orden que encarnan. No sé de
dónde partió (de Adela) la idea de llevarme con ellos, en la sospecha de que mi
presencia y mi testimonio podían dar lugar a graves consecuencias en la ciudad unirá
a aquella visión casi olvidada, una noche templada en los alrededores de la
clínica, unas palabras de funestos augurios y un aliento de un ardiente y
violento verano. Una presencia oculta, zumbona e inaprensible, que parecía
detectarse en hacerle llegar, a todo lo largo del camino, ciertos guiños de la
luz y algunos cucús apenas perceptibles para demostrarle que estaba dispuesta a
seguirle hasta aquel lugar secreto. No sabía el Doctor si era el octavo o
noveno aniversario pero fue antes de la llegada de la República. Le vio primero
bajar las escaleras con porte tranquilo y resuelto, el mismo día de su llegada,
una última tarde de una primavera precoz, vestido con el traje oscuro de
ceremonia; pero cuando le vio apretó a correr, cruzó junto a él sin mirarle en
dirección a la casa de los guardas y la puerta de la finca. Luego oyó un único
y débil sollozo en el piso de arriba. En el salón de recepción, apenas iluminado
por la luz
del crepúsculo, su
madre yacía en
el suelo, debajo
del mueble, observando (su velo
se había despojado de su cara por primera vez) el techo de la habitación con la
supina, muda y absorta atención de quien en los reflejos de la luz sigue los
,avatares de un juego en el que ha perdido todos sus envites y agotados sus
recursos. No le volvió a ver hasta bien entrada la guerra, diez u once años
después, en un pasillo del Comité de Defensa, vestido con una guerrera militar
con las insignias de capitán y una pistola al cinto. No supo qué había pasado
entretanto, tal vez entre esos dos momentos no media otra cosa que la fuga;
como si al abandonar la casa hubiera seguido corriendo hasta el año 1938 para
detenerse en el único edificio donde él tenía cabida. Es con certeza el destino
el que-aprovechando un instante sin equilibrio y la poca visión de unos ojos
cubiertos con un velo negro- impulsará esos pasos infantiles por encima del
armario donde se guardaba la famosa medalla, para trazar la carrera de un
huérfano, un cabecilla y un desertor. De debajo del mueble solamente sobresalía
una pequeña y arrugada cabeza, como la de esa tortuga que en posición invertida
ya no pugna por enderezarse y ahorra todo movimiento para prolongar una agonía
cierta; se había desprendido su velo y -encaramado en el armario- el hijo de
María vio por primera y última vez la cara de su madre: nada más que dos ojos
desmesurados, verdosos y alucinantes, alojados en ese montón de podredumbre de
que extraían su alimento. Luego tres pasos, tres patadas furiosas y un grito de
estupor serán suficientes para lanzarle a esa carrera desenfrenada y fatídica,
ese interminable viaje a la noche del odio y la soledad para huir de cuanto le
rodea y olvidar la faz de su madre, sepultada bajo el armario, la mano crispada
sobre la moneda de oro, convertida por la enfermedad de una sangrienta calavera
salpicada de mordeduras negruzcas, dos bolas luminosas encima de un boquete que
despedía un intenso tufo de mucosidades.
recién
conquistada, a la hora de la represión. Pero esa sospecha desgraciadamente se
hizo extensible también a Juan de: Tomé, y a otros, en el sentido de que sus
oficios de última hora fueron interpretados como un acto de traición. Más tarde
vine a apercibirme de que yo había sido su anzuelo y su último recurso de
apelación. Fue a través del mismo hilo telefónico y fue sin duda su voz,
llamándome angustiada en auxilio suyo, quien vino a disuadirme de un deber y de
un afecto que ya no representaban nada para mí. Yo no lo sabía pero aunque lo
hubiera sabido tampoco habría acudido. Eso es lo trágico, eso es lo que se
elevará en aquel momento a los más altos altares del egoísmo criminal, lo que
me arrastrará a ese falso martirio a través del cual -paradoxalmente- recobraré
por la vía de la doblez ese puesto en la sociedad al que no tenía ningún
derecho. Fue una comunicación única que decidió las dos suertes; me lo imagino,
vestido con la gabardina mugrienta y las manos atadas a la espalda, rodeado de
pistolas y guerreras de cuero, y la mirada atenta en el oficial que con los
auriculares puestos no hacía sino dar voces para reclamar silencio. Supongo que
él también fue testigo de la misma escena, supongo que no necesitó recurrir a
los celos o a cualquier otra cosa para escabullirse del cuchitril de la
centralilla y venir al gabinete donde yo esperaba para apretar mi hombro, hacer
un gesto de qué-más-da e intentar distraída, mente encender el chisquero. Pero
de eso vine a convencerme mucho más tarde, cuando purificada por el falso
martirio la grey de los vencedores quería -sobre un catre de estudiante, en una
pueril habitación repleta de muñecos de trapo y trofeos universitarios- hacerme
olvidar todas las estaciones de aquel' supuesto calvario. Fue en los salones de
té de aquel primer año de posguerra, en compañía de aquellos engatillados y
dicharacheros capitanes que habían servido con mi padre y que, entonces, se
creían con derecho a tres meses de vacaciones, frivolidad y flirteo, antes de
incorporarse a sus privilegiadas posiciones, cuando comprendí que ni siquiera
el saber que se trataba de la voz de Juan hubiera sido capaz de alterar aquella
decisión provocada por un maligno movimiento de hombros que (pero entonces,
bajo el influjo de los nuevos uniformes, el gusto del pan blanco y del café de
Guinea, la horrenda inocencia que parecían destilar aquellos muñecos para
devolverme durante el sueño a una infancia blanca, su imagen había volado a una
zona dominada por la incredulidad, el imposible y el no reversible, para quedar
preservada por un preparado que el destino y el amor combinan para inmunizarle
de todos los ataques de una certeza ineficaz e inoperante) quería sellar su
suerte. Porque cuando la certeza le refiere -en un salón de té, en un
paréntesis entre los lugares comunes con que, después de tres años de
trincheras, aquellos militares sabían distraer a una mujer- que se trataba ni
más ni menos que del asesino de Tomé, hay todo un registro imperecedero que ya
no le hará caso y que prefiere cargar sobre sí aquella culpa o alterar la única
imagen que permanecerá fija en el seno de su depravación. Unos días después -no
por ser días de calma era menor la incertidumbre; nunca fue mayor el pánico ni
siquiera cuando atravesamos los frentes, que durante aquellas tardes encerrada
en un pequeño dormitorio con los cristales forrados de papel, sin poder hacer
uso de la luz eléctrica, con los oídos atentos al ajetreo de todos aquellos que
se preparaban para la fuga, temiendo en todo instante que aquella infeliz y
espontánea decisión de unirse a ellos pudiera ser olvidada, traicionada y
abandonada en un cuarto cerrado con llave donde la habían de encontrar,
humillada y defraudada, los testigos de su desacato- los últimos contingentes
que defendían la vega del Torce abandonaron sus puestos para refugiarse en
Región y unirse al éxodo del Comité. Algunos de ellos durmieron en la misma
casa y, entre otros, aquellos dos hermanos alemanes, probablemente los últimos
supervivientes de aquel batallón Theobald que venía luchando sin interrupción
desde finales del 36. Casi venían descalzos, con las polainas sueltas; ralos
sacaron por fin del cuarto y nuestras camas fueron ocupados por los heridos.
Nos repartieron por la ciudad, a mí me tocó (lejos por fin de Adela) el sofá de
un salón todo cubierto de colchones, donde dormían más de veinte personas
custodiadas por un centinela que, sentado a la puerta, hacía prolongar el
cigarrillo durante toda la noche, apagándolo y devolviéndolo al bolsillo
después de cada chupada. No sé el tiempo que estuvimos allí, más de una semana
seguramente. Todos los días una pequeña caravana de fugitivos, a la hora del
crepúsculo, abandonaba la ciudad haciendo uso de cualquier medio de transporte
pero en cualquier caso -no sé por qué- sin atreverse a abandonar el colchón. He
visto andar colchones de las formas más inverosímiles pero el resultado debió
ser siempre el mismo: cuando del hotel de Muerte volví a Región toda la
carretera estaba salpicada de restos de colchones, forros y borras mucho más
resistentes y perdurables que los frágiles propietarios que se esfumaron de la
faz de la tierra. La casa se fue despoblando poco a poco hasta que no quedamos
allí más que el centinela -parece que no tenía más que un cigarrillo por noche,
un cigarrillo que fue menguando con cada fecha hasta quedarse en un cucurucho
de papel del tamaño de un mondadientes-, el más joven de los alemanes y yo. Era
un joven atractivo y tímido, que llevaba la tragedia en los ojos; desaparecía
por el día, no se apartaba del naranjero, ,para volver a dormir cada día con
más polvo encima; el polvo de aquel alemán era, como su pelo, distinto del de
los españoles, de un color verdoso. Ya no quedaba ningún colchón y aunque
supongo que en Región debía haber muchas camas vacías venía siempre a dormir a
un mismo rincón del suelo, acostado contra el zócalo de cara a la pared y
cubierto por una manta gris. Doctor, en aquel rincón del suelo, bajo aquella
manta gris, devoró el alemán mi flor.
»¿Estaba
presente el centinela? No lo sé pero no me extrañaría que así fuera. No tenía
por otra parte mayor importancia porque, en resolución, aquel testigo obligado
de mi primera noche de amores tenía la misma conciencia que esos muñecos
vestido de hindú que acuclillados en los escaparates de las expendedurías de
café, alternativamente se llevan a los labios una taza con la diestra y un
habano con la siniestra. Sólo que carecía de taza, en vez de turbante se tocaba
con una boina y en lugar del habano no podía llevarse a los labios sino un
escuálido cucurucho de papel de fumar. Y aunque durante muchos años no podré
recordar cómo se llamaba, un día -apenas sin acordarme de él- me volvió la
certeza: se llamaba Gerd, era alto como yo y debía tener cuatro o cinco años
más. Sus ojos tenían un color verdoso indefinible, parecido al del agua
estancada. La primera noche no hicimos sino dormir abrazados, debajo de las dos
mantas para aprovechar mejor nuestro mutuo calor. Pero la segunda noche
dormimos abrazados e hicimos el amor. Yo no podía mirarle a la cara sin sentir
mucha pena. Hablaba muy poco, había perdido un hermano un mes antes pero no
asomaba a su cara el deseo de venganza. Debía creer en la predestinación y
esperaba la misma suerte que su hermano, sin impaciencia ni desesperación, como
el final de una aventura que no deparaba otra solución. No tenía ninguna prisa
en abandonar Región ni el menor deseo de unirse a una de aquellas caravanas
pero en cambio durante los dos días que estuvimos juntos en aquel salón no se
preocupó sino de mantener el orden y la limpieza en aquello poco que tenía a su
alcance; se quitó el polvo, cosimos las polainas, se lavó, limpió el arma y me
regaló una navaja alemana que no pude conservar. Aquella primera noche apenas
se movió echado boca arriba, mirando el reloj de tanto en tanto y dibujando en
la pared con la punta de la navaja. “Qué pena das, Gerd -yo no podía menos de
pensar cuando lo miraba de soslayo-, qué poco van a brillar esos ojos. Qué cara
tan serena tienes: qué lástima, Gerd, qué poco van a tardar en meterte una
ráfaga en el pecho.” De forma que a la segunda noche cuando sin decir nada ni
pedir nada volvió hacia mí la cabeza le besé en la boca e hicimos el amor. No
creo que aquello fuera distinto del abrazo anterior, del beso en la boca o del
impulso que incita a la mejilla insomne a buscar el latido de ese cercano y
armonioso pecho pero cuando se carga tanto el acento sobre ese acto aislado,
sin parar mientes en lo que le precede ni en lo que le sigue, es con objeto de
poner de relieve la importancia de una cosa que el hombre, en el fondo,
desearía que no la tuviera. En cambio en aquel gesto de indiferencia mientras
el teléfono aullaba, en el breve pellizco que descubrió una nueva naturaleza al
romper la gaseosa crisálida donde la larva se había desarrollado, nadie va a
reparar y sin embargo allí empieza todo. Yo creo que en mi breve romance alemán
aparte de la piedad y el deseo de profesión de la catecúmena tuvo mucha
importancia el temor a que aquel primer fruto fuera recogido por Julián
Fernández, el interés en engañarle anticipadamente y
en defender mi
castidad --con una rendición
anterior. El lance fue interrumpido
por la orden de marcha que perentoriamente vino a traernos un civil en un
momento en que nos ocupábamos de remendar una casaca. Se refería sólo a mí y,
con toda evidencia, había sido cursada por el propio Fernández; apenas tuve
tiempo de echar a la maleta ese último resto de ajuar -dos blusas, un abrigo,
una falda y una combinación desteñida y zurcida-, mantenido en situación de uso
que la más expoliada fugitiva conserva en su largo camino hacia el exilio.
Abandonamos Región aquella misma noche, un coche pintado de caqui y ocupado por
Julián y los suyos y una camioneta del ejército cubierta con una lona
camuflada, a cuya cabina me subieron a mí entre cuatro soldados. Marchábamos
muy despacio, con las luces apagadas y al cruzar por las últimas casas le vi
correr por la cuneta, sosteniendo el naranjero. No hizo ningún ademán para
pararnos, echó el fusil en la caja y luego saltó él. Trataron de expulsarle,
detuvieron la camioneta y fueron hacia él con las armas montadas. Yo oí, detrás
de mi cabeza, el ruido de su cerrojo; dijo sólo cuatro palabras, en un español
apenas comprensible y al punto volvieron todos a la cabina. Un poco más lejos
el coche que marchaba delante de nosotros nos detuvo y no sé por qué
permanecimos parados durante un largo rato. Volvieron a dar marcha atrás y de
nuevo entramos en Región donde permanecimos toda aquella noche y la mañana del
día siguiente. Julián Fernández había venido a verme, en el cobertizo donde
hicimos la noche, pero sorprendido por la presencia del alemán se limitó
solamente a decirme que con ningún pretexto abandonara la cabina de la
camioneta. Sentado en la caja y apoyado en mi mismo espaldero, Gerd permaneció
toda la noche cerca de mí, tan cerca que a través del tabique de tarima podía
oír cómo se cortaba y limaba las uñas con un instrumento de bolsillo.
Decidieron salir a plena luz, la tarde del día siguiente. Era un día de sol,
muy despejado y bastante frío. Yo no había visto la calle tan cerca, y con sol,
desde una eternidad. Cuando la camioneta arrancó volví la cabeza hacia atrás
para ver por el ventanuco la casa donde me había alojado durante casi un año;
cuatro o cinco: hombres salían en aquel momento del portal y aquel matrimonio
Robal entre ellos- con ese aire de pacífica resignación y limitado gozo con que
los internos de un hospital de menesterosos salen a disfrutar del sol de
invierno. Y entonces a sabiendas que ante mí había un viaje, un viaje largo y
sin compromisos, me: sentí libre, transportada, me atrevo a decir que feliz. El
viaje no; tuvo muchas incidencias al principio; los de la camioneta no tenían
otra preocupación que verse lejos de Región y reconocer aquella gente dispersa
e indefinible que de vez en cuando nos cruzábamos en la carretera. Se decía que
el coche delantero pretendía llegar a El Salvador sin pasar por El Puente,
haciendo uso de un camino que alejándose del río remontaba las lomas de su
margen izquierda y que por tanto debía estar en manos de la gente de
Constantino. En un cruce nos volvimos a parar y Julián, en persona, vino a
nosotros. Estaba vestido de paisano, con botas medias y cubierto con un capote
militar. Con él venía un hombre de pelo blanco, enfundado en una gabardina
abotonada hasta el cuello, que se dejaba conducir como un ciego. Le ayudaron a
subir a la cabina mientras otros dos soldados y yo nos vimos obligados a
trasladarnos a la caja y acomodarnos entre los embalajes, las cajas de munición
y las mantas, y reanudamos el viaje por aquella carretera de tierra, a través
de unos campos desiertos, tras la nube de polvo del coche de Julián que pronto
se perdió de nuestra vista. Pronto me dormí con la cabeza apoyada en su hombro,
sentada contra el testero de la caja y las rodillas abrazadas con su mano
izquierda cogida entre las mías, esa única forma decente de ser libre que la
niña había previsto ya en el dormitorio comunal del internado. Tuvimos
infinitas paradas, no sé cuántos pinchazos, por exceso de la carga el motor se
calentaba en aquellos repechos desolados. Me despertó un ruido -no un
resplandor-, un inverosímil redoble de tambor seguido de un olor a ropa
quemada. Gerd había disparado cuatro o cinco balas por debajo de la manta y, en
la oscuridad, el cañón humeante asomaba debajo del agujero en esa actitud
acechante de la víbora que después de morder e inocular su veneno asoma su
cabeza de debajo de la piedra para cerciorarse del resultado. Frente a mí un
soldado que parpadeaba con un solo ojo, trataba agachando la cabeza y echando
atrás la espalda como un borracho, de mantener un equilibrio imposible hasta
que se derrumbó sobre las mantas que cubrían las cajas de municiones. Cuando lo
levantaron para echarlo fuera yo ya no quise mirar, la cabeza hundida en su
pecho, con el olor de la pólvora entre los pliegues de la manta. Fue un viaje
largo y penoso; muy entrada la noche bajamos a descansar en unos caseríos y
apriscos abandonados, en una nava inculta en las terrazas inmediatas al río.
Enfrente de nosotros y no muy lejos la boya del río quedaba iluminada por el
resplandor del combate cuyo fragor nos acompañó durante todo aquél difícil
sueño.»
Se
trataba del combate que en la primera decena de noviembre libraba la División
42, a las órdenes del viejo Constantino, para despejar la cabeza de puente que
el enemigo logró establecer a la altura de Doña Cautiva, habiendo llegado a
cortar la carretera ¿e la Sierra. La tropa de Constantino, secundada por los
fugitivos que todos los días llegaban de Región, inició el contraataque el día
5 en la dirección sur-norte sin el apoyo que la poca gente de Mazón podía
prestarles si se decidían a despegarse de los voluntarios apostados en el
Ferrellán y El Salvador y correr en ayuda de sus compañeros en el sentido de
las aguas del río. Entre ambas fuerzas no existía otra comunicación que la que
llevaron a cabo, siguiendo instrucciones de Fernández, algunos contingentes que
habiendo escapado de Región eludieron el combate en El Puente haciendo uso de
aquel camino. El combate, que se prolongó hasta los primeros días del año 39,
fue el último que libraron los dos ejércitos, ya que a partir de él la guerra
se redujo a aquellas operaciones de persecución y limpieza contra las bandas
dispersas del ejército republicano que optaron por refugiarse en el monte,
escondiendo las armas y enterrando la munición, y que quedaron súbitamente
paralizadas antes de la victoria final por la repentina muerte del general
Gamallo. Fue uno de esos contraataques masivos, lanzados con insospechado brío
y sostenidos con temple, que aun cuando no pueden conducir a nada -ni siquiera
en el caso de una victoria táctica- es preciso organizar y ejecutar en las
horas postreras de una campaña cuyo resultado ya nada es capaz de alterar. Su
objetivo inmediato era la reconquista de El Puente de Doña Cautiva y su última
finalidad la eliminación de todas las fuerzas enemigas en la orilla derecha del
río al objeto de agrupar y constituir un reducido núcleo de resistencia, aguas
arriba de aquel punto, que lograse contemporizar hasta la llegada de una paz
honorable. Pero era una idea que el vencedor no estaba dispuesto a compartir.
En el mismo mes de noviembre el primer objetivo fue alcanzado, se reconquistó
el puente --en la más encarnizada lucha que se libró en la provincia en toda la
guerra- y las tropas republicanas llegaron a realizar una penetración de varios
kilómetros por la carretera de Burgo Mediano. Y eso fue todo. Gamallo, el
general rebelde, ocupó sin disparar un tiro una Región abandonada en los
primeros días de diciembre y, seguro ya que había encerrado los restos del
ejército del gobierno entre la montaña y el grueso de sus fuerzas, inició una
campaña de usura sin preocuparse de las ganancias territoriales, dispuesto a
llegar, a fuego de mortero y tiro de fusil, a las más recónditas breñas y a
clavar su bandera en lo alto del Monje. Pero en esa última campaña de
aniquilación las fuerzas de la República vendrán a demostrar que, en la víspera
de su extinción, habían aprendido a aglutinarse en un ejército, que sabían
defender la posición tan bien como su adversario y que estaban dispuestos a
hacerle pagar muy caro su último antojo. Se prolongará más de lo previsto y por
un nuevo sarcasmo de esa delirante guerra un accidente imprevisto frustrará su
fin, impedirá la aniquilación total del vencido y detendrá a la infantería
victoriosa, con el pie levantado para hollar las serranías vírgenes.
A finales
de noviembre, después de la reconquista de El Puente, volvieron a encontrarse y
reunirse casi todos los capitanes republicanos que desde finales de verano
venían luchando aisladamente. Bajo el mando supremo de Constantino se decidió
un plan de retirada hacia el norte que consistía en aceptar la batalla de
aniquilación y mover el ejército con el grueso de las fuerzas en contacto
permanente con el enemigo al tiempo que otros destacamentos, capitaneados por
aquellos que conocían el terreno, se habían de despegar de él para despejar y
mantener franco el camino de la Sierra. El plan no se, ejecutó porque la
obstinación y la resistencia de Constantino convirtieron aquella retirada en
una batalla inmóvil en la que, además de ser totalmente aniquilados, se vieron
envueltos y perdidos, por mantener el enlace y la continuidad en un territorio
tan alargado y que el viejo no quiso acortar, muchos de aquellos grupos móviles
que pudieron encontrar su salvación en el monte. De forma que a la postre
solamente un par de grupos muy exiguos, veinte o cuarenta personas en total,
alcanzaron a contemplar el día final de la contienda, de pie en un risco (las
armas ocultas en unos peñascales) observando con los prismáticos aquellas
soleadas, lejanas y humeantes llanuras donde el vencedor estrenaba e imponía su
ley.
Cuando en
la noche del 17 de noviembre la pequeña columna del destacamento de Mazón a la
que se habían unido los fugitivos, quiso vadear el río, unos doce kilómetros
aguas arriba de El Puente, junto al Molino donde el curso del agua se divide en
varios brazos y una presa, entre marjales y yerones, en un punto donde ya no
esperaban encontrar no un enemigo sino ni siquiera un vecino, fue sorprendida
por una lluvia de bengalas azules que disparadas desde la ladera de enfrente
rompieron las tinieblas para descubrir fugazmente esa secreta, imperturbable y
siniestra paz de la montaña, apenas turbada por la quimera destructiva de los
morteros y las voces de los moros. Casi la mitad de la columna fue detenida con
el agua por la cintura y abatida antes de alcanzar la orilla: los demás,
deslumbrados por la fugaz iluminación, corrieron a refugiarse tras las paredes
del molino, como los insectos hacia el zócalo cuando repentinamente se enciende
la luz delatora, la respiración contenida, la mirada como las antenas paralizadas
en un simulacro mortuorio, el dedo cerrado en el gatillo en actitud expectante.
Algo después, desde la ladera en sombras, comenzó el fuego de los howitzers
sobre el molino que a la mañana siguiente no era más que un montón de piedras
sin otro movimiento que la caída del polvo, el derrumbamiento y crepitar de las
vigas de madera calcinada. Todo
el día 18
permanecieron -Eugenio Mazón,
los alemanes y un
centenar de los suyos- escondidos entre los urces, entre los crestones de
cuarcita parda que normalmente bajan al río en forma de dientes de sierra,
vigilando los coches disimulados por el ramaje y espiando cualquier movimiento
de la ladera opuesta mientras apilaban sus peines y frotaban con saliva el
cañón del fusil, a la usanza de los guardas del bosque. Al llegar la noche, de
mata en mata, se fueron transmitiendo la orden de retirada, dispuestos a seguir
el camino a pie después de alcanzar y superar la cota de los navarros y los
moros. Volvieron a llover sobre ellos las bengalas, los espaciados, secos y
flatulentos disparos que jalonaron su ascensión como los crujidos de una
vetusta y podrida escalera. Durante dos días el combate se prolongó con fuego
de mortero y ametralladoras pesadas cruzado entre dos combatientes que se
ocultaban en las laderas opuestas. En la noche del 19 los moros cruzaron el río
por el mismo punto por donde había intentado Mazón y protegidos por el fuego de
elevación de los howitzers, asentaron sus posiciones para el ataque al molino.
Pero por aquellas fechas llegó a su cenit la penetración republicana por la
carretera de El Puente a Burgo Mediano y las avanzadas navarras que operaban al
norte de este punto empezaron a temer
su posible incomunicación por
lo que demoraron
el ataque para dedicar mayor atención a la vigilancia
de sus líneas. La intensidad de la lucha en El Puente obligó también a Mazón a
distraer su defensa para mirar hacia el sur y la llegada de ambas fuerzas,
inadvertidamente, a las proximidades de un puente romano no hizo sino aumentar
la confusión -exagerada por los sucesivos cruces del río que ambos bandos
llevaron a cabo- de aquellos combates que se prolongarán hasta los últimos días
del año. A los dos días de iniciar Gamallo el contraataque de Burgo Mediano las
avanzadas navarras -que gozaban de una cierta autonomía, espoleadas por el
ímpetu del meritorio- hicieron lo propio; pero mal administradas y debilitadas
por la vigilancia de un sector muy extenso fueron rechazadas ante las ruinas
del molino. Las dificultades para comunicarse entre los diversos sectores y la
aparente holgura de medios del enemigo que hacía suponer semejante revés
indujeron al mando nacional a creer que las fuerzas de Mazón, Julián Fernández
y Constantino habían entrado en contacto a lo largo de una línea continua que
barría más de cuatro kilómetros de frente. La firmeza ante el puente romano y
el molino vinieron a confirmar una hipótesis que de acuerdo con los principios
de la batalla de aniquilación, se tradujo en el refuerzo de la avanzada con una
brigada de moros y varias piezas Schneider del 15,5. El día 5 de diciembre se
reanudó el ataque al molino, a lo largo de dos líneas convergentes que partían
de las posiciones en el puente romano. El día 7, al atardecer, los moros
cruzaron de nuevo el río a bragas enjutas mientras los alemanes que ocupaban la
carretera de Región eran atacados frontalmente y obligados a retirarse por la
misma senda que una quincena atrás había utilizado Mazón. Era un atardecer
despejado y frío cuando el sol se ponía tras las cumbres después de la silenciosa
explosión que parecía disipar la guerra: un golpe de brisa se había llevado
-definitivamente hacia el sur- el eco de los disparos y la metralla para
restaurar el rumor del agua y (mientras el céfiro ondulaba los capotes caídos)
los ladridos «irreales, sonoros y regulares, timbrados por esa triste y
resignada desolación» 1 con que los perros se llamaban y buscaban, de serna en
serna y de ruina en ruina, para reanudar el coloquio que el fuego había
momentáneamente interrumpido.
Estaban
los alemanes descansando tras unos arbustos cuando oyeron muy lejos -quizá más
lejos de la realidad porque aquel sonido apagado, que parecía flotar en su
propio eco suspenso, venía timbrado por otra lejanía que la de la distancia-,
más allá de las lomas vespertinas y más allá del imaginario instante roto y
mutilado por mil explosiones pasadas, voces y gritos y restos de canciones
irreconocibles que parecían subir a las alturas en un fugitivo minuendo, el
último eco de la agonía que el viejo e inmóvil gramófono en equivocada rotación
había arrancado de las aguas rumorosas y las ramas silbantes, del plateado
sueño de los guijarros y los susurros de las hoces, el aliento de aquella
belicosa Sierra que al cabo de diez siglos volvía a ser hollada por los mismos
intrusos que vinieron a acuchillar a los caballeros rubios con sus aceros
curvos y sus lanzas de fresno y que hoy repetían su misma algarabía, con ruido
de ferralla y música de arrabal, para acompañar el definitivo rictus de la
muerte. Durante toda la noche se sucedieron los combates: avanzadas de moros
bajo sus amplios capotes que sólo sabían correr encorvados y que la noche
vomitaba, embriagados de coñac y griterío, para abandonarlos ante las tapias
del molino, ametrallados por esa ráfaga de una Vickers que, tras el primer
instante de aturdimiento, los devolvía a la serena quietud de la muerte. Grupos
de dos y tres que trataban de alcanzar el portalón; cubriéndose tras los
cadáveres de sus compañeros, amontonados sobre ellos como los sacos de grano bajo
la luna en la era batida por el fusil del alemán. Hasta que a la hora del alba
todo calló otra vez, las voces, los disparos, el eco propio de la guerra que
más que de las bocas de fuego parece salir de la misma tierra, deseosa de
participar en el estruendo como el público vocinglero de un espectáculo
obsceno, para dar paso a ese atónito instante de calma que (al compás de los
amargos, lejanos y desafinados acentos del viejo gramófono -el borbollar del
agua unido al canto de despertar de los últimos pájaros del año escondidos
entre los salgueros-) sólo en el seno de una guerra es posible disfrutar. No
eran shrapneds sino disparos de perforación (las piezas Schneider de tiro
rápido que nadie sabía entonces ni de dónde ni para qué tiraban) que rebotaban mansamente
en la terca e inamovible topografía demasiado dormida para despertar por tan
superficial barahúnda, que comenzaron a caer sobre el terreno recién
conquistado por sus legiones. A la mañana siguiente, tras un repliegue de
cobertura, embriagados por un coñac barato y alentados por el frecuente e
inútil apoyo artillero, trataron de nuevo de forzar la entrada de las ruinas y
desalojar a los alemanes y los hombres de Mazón -reconfortados por unos sorbos
de alcohol y unas pastillas de tabaco que encontraron entre las calzas de los
cadáveres- de su reducto. Un cerrado grupo de ellos -los turbantes amarillos,
los capotes colgantes, las ingrávidas pisadas- avanzó hacia él clavando una
mirada invisible pero palpable; disparó una ráfaga entera, sin mirar apenas,
hundiendo la cabeza de la culata tras el orgasmo del plomo veloz cuya
trayectoria -y trepidación- era casi capaz de sentir hasta que las balas se
perdían entre los paños colgantes; pero cuando de nuevo levantó la vista el
grupo se incorporaba, ante el cañón caliente, como una emanación y
materialización del humo mágico. Disparó de nuevo dos veces, bajando la mira,
haciendo saltar la tierra a treinta metros de él pero cuando el eretismo cesó,
al disiparse la neblina del humo apareció el grupo blanquecino, las cinco
figuras encorvadas con la misma imperturbable, quizá estática, y contradictoria
actitud de avanzar.
________________
1
Faulkner.
Entonces
se puso a gritar; se irguió sosteniendo el Bren; unas últimas balas, como el
postrer estertor de un animal que trata de mantenerse tras el colapso, salieron
del cañón para clavarse en el suelo cerca de sus pies hasta que soltó el arma y
echó a correr hacia ellos, arrastrando los pies y gritando en alemán,
tropezando con los capotes, las cabezas y las escorzadas miradas que después de
la muerte seguían interrogándose acerca de un grotesco y ridículo yo. Cuando
apuntó el alba del día 9, con, el ronquido de un motor ralentizado que
aguardaba en la carretera, apareció la figura de un hombre harapiento y sucio,
con un naranjero bajo el brazo, sobre las ruinas del molino. Con pasos cansados
pero sin prisa -en la carretera apareció otro que silbó y agitó los brazos para
llamarlo- fue levantando los cadáveres con la punta de la bota para darles la
vuelta y pasar sobre ellos con cuidado de no pisarlos, apartando las piedras de
los muros demolidos ---casi transparente, ese primer color virgen del día que tras
doce horas de descanso nocturno acierta a despejarse del polvo milenario-. El
cadáver se hallaba tendido en la orilla y cubierto de barro, con los pies en el
agua. Un perro famélico de color de lana le olfateaba con el hocico entre sus
pantalones. El perro gimió un breve lamento se desvaneció en el vacío glauco
del agua y el alba. Lo sacó del agua, lo volvió de cara y lo acostó en la
hierba helada. Con un poco de agua del río le lavó la frente, le sacudió el
barro y le atusó el pelo. Quiso estirar sus brazos y trató de cerrarle los
ojos; luego, acercándose a su oído, le dijo algo muy bajo, en alemán. Su cara
se había aligerado; con la caída del pómulo y la boca entreabierta su gesto se
había vuelto tenebroso y sus ojos verdes y turbios habían perdido la serenidad
para contemplar hipnotizados -sesgados por esa secreta y supina aquiescencia
con la muerte- el vértigo donde había desaparecido. Giró su cabeza para
encontrar de frente la mirada sosegada pero sus ojos esquivaron su intención,
clavados y vitrificados en el punto fijo que la muerte les había asignado. Otra
vez le habló en alemán y quiso besarle, pero no pudo sentirlo próximo ni su
pensamiento logró acercarlo. Entonces llegó hasta él el tufo que el perro había
dejado sobre el cadáver. Se levantó con calma, después de pasar la palma por su
cara, quitó el seguro del naranjero y se volvió al río para lanzar un agudo y
sostenido silbido. El perro levantó las orejas detenido un instante entre
interesado y receloso, sin saber si dar crédito al nuevo y dudoso amigo. Luego
dio un salto, levantando y echando hacia atrás las patas traseras, para
desplomarse boca arriba con todo el cargador en el lomo mientras el tableteo se
repetía en un tono más grave ascendiendo hacia las laderas con el vaho de las
aguas.
«Había
dejado de temblar pero mis ojos estaban a punto de romper a llorar porque antes
de conciliar el sueño le vi muchas veces abandonado en una ribera del río,
acribillado a balazos y cubierto de sangre y barro hasta el pecho. Yo creo que
fue la primera vez en mi vida, y quizá la única, que no lloré por mí sino por
él porque sin haberle llegado a amar no lo daba por perdido para mí sino por él
mismo abandonado, malgastado y perdido como un nuevo José que enajenado por el
amor fraterno hubiera optado por el sacrificio sin prestar atención a
sus sentimientos para consigo, sin
dejarlos siquiera hablar,
y por eso seguramente las lágrimas no acertaron a
brotar.
»Yo creo
que aquella misma noche llegamos a El Salvador; la estancia allí fue muy breve,
dos o tres días todo lo más, lo bastante para que, sin la protección del
alemán, Julián Fernández me hiciera su amante en esa cama de los pináculos,
bajo el retrato de ese señor. Cuanto más nos retirábamos más recelaba de sus
compañeros; aquí estuvimos casi solos con los conductores de los coches y unos
pocos soldados que había convertido en su guardia personal. En El Salvador le
debieron tender una trampa, yo nunca supe lo que pasó y lo único que llegué a
percibir fue que tenía el propósito de detenerse allí lo menos posible,
convencido de que Mazón y Asián y todos los demás, le estaban aguardando. Lo
que no sabía es que también estaba allí Constantino quien, herido en la cabeza
y en una pierna, había sido transportado en camilla desde El Puente. Yo ni
siquiera bajé de la camioneta; nos detuvieron junto a la iglesia y le obligaron
a bajar. Un desconocido, mucho más tarde, subió al asiento del conductor y
metió el coche en el portalón de la fonda donde nos alojamos varios días, los
hombres y las mujeres mezclados, durmiendo en los pasillos, las habitaciones y
las escaleras. Hay cosas que como no sirve de nada recordarlas la memoria las
guarda en un cajón de sastre, convencida de que nunca más volverán a tener un
uso o que sólo han de servir para un remiendo. Yo creo que lo supe aquella
misma noche, pero no logré sentirme cerca de él ni le eché de menos porque
todas mis fuerzas y mis sentimientos parecían afanados en guardar el calor de
mi horno como si temieran la próxima extinción de la llama que lo mantenía
encendido. Pero, además, mi vocación me estaba diciendo que no había hecho sino
empezar, poco menos que vestirme con las prendas impolutas del neófito que va a
ser introducido en los misterios que ha elegido; había algo en mi interior que
repugnaba aquella situación porque, sin querérselo confesar, temía que los
verdaderos misterios no alcanzasen otro nivel que el de las ceremonias de
iniciación, pero yo misma -no en balde educada en un colegio religioso y en
cierto modo intoxicada de una mentalidad que se defiende de lo que desconoce
con el desprecio- lo atribuía al miedo y la fugacidad de una pasión que no
admitía otro equilibrio ni otra temperatura que los del horno. Había algo que
temía un desarreglo profundo -algo que no podía dejar de lamentar la clase de
llanto que siguió a la muerte de Gerd y que no por estar abrumado y silenciado
por la sumisión al deseo sexual dejaba de sentirse sincero, limpio y decente,
el verdadero tabernáculo donde se guardaban los aceites para alimentar la
llama- y que no veía tras el chisporroteo lujuriante de partículas
incandescentes (vapores viciados por el anhelo, esperanzas sumergidas en la
pasión, ideales retraídos por el apetito), sino unos tejidos desgarrados al
rojo por la llama masculina y que al ser retirados de aquel soplete horrendo
que los había cortado a su antojo habían
de mostrar en
sus heridas informes
y en sus
fragmentos irrecomponibles la naturaleza destructora de la prueba. Era
una conciencia moral una vez más, una conciencia decente e íntegra pero tan
inoperante para detener la catástrofe como esos comités de objetores de
conciencia que pretenden salir al paso de una conflagración mundial, quizá la
única parte del cuerpo que se conoce a sí misma y que además de anticipar el
futuro daño -sin saber ponerle remedio- se complace en acusar y avivar el dolor
de la carne donde se desarrolla el conflicto. No hay duda de que es lo único
que -sin inhibirse, sin abandonar la carne que la aloja- no se tambalea cuando
todo lo demás empieza a vacilar: al tiempo que los residuos de aquella
educación son trasladados, ante el próximo incendio, al sótano de los
resentimientos, los viejos tejidos destruidos, las paredes del horno
recubiertas de una carbonilla refractaria y los fragmentos de una persona que
se creía formada dividida ahora en sus componentes simples a inertes, tratan de
recomponer su naturaleza con una infantilización, una vuelta -por así decirlo-
a la edad ninfa sin memoria que sabía asimilar el más completo desamparo, la
más amarga desilusión y el olvido más negro en un limbo intemporal, un trance
anodino en una hora -para el organismo que lo tiene todo en el futuro-
desalojada del tiempo. Nunca he comprendido por qué el amor llega tan tarde a
la cita con la persona y por qué, por consiguiente, se complace tantas veces en
destruir de un manotazo insolente y extempóreo toda una organización anterior.
Debe ser porque el proceso previsto por la naturaleza antepone el amor al deseo
sexual por lo mismo que ese guiso que no ha sido salado cuando estaba al fuego
no entregará su sabor cabal por mucha sal que se le eche en el plato. Ése es el
purgatorio de quienes transgredimos su regla, ni conoceremos su sabor ni nos
libraremos del vicio para calmar el hambre con un alimento atroz. Lo comprendí
mucho más adelante, después de mi matrimonio; el amor y el deseo sexual se
excluyen tras la primera prueba; el deseo y el acto sexual constituyen fa única
defensa contra la amenaza de un amor que ya en la adolescencia desfiguró su
fisonomía, desgarró sus tejidos y destruyó la integridad de su persona. Me
imagino que quien sabe conservar una porción de aquel amor -si es que esa
mezcla de veneno y explosivo admite la conservación- debe sufrir una acción
recíproca e inversa, recluido en su gozosa y aberrante castidad. Tengo para mí
que la niña se prepara en secreto a ese sacrificio porque una cierta y arcana
adivinación le enseña a esperarlo todo de la edad núbil y a restar importancia
a los sucesos de la juventud; por eso es más serena, más sabia y... más
hipócrita; y todas las ceremonias y ritos que anteceden a la pérdida de su
virginidad no son sino la preparación abreviada para esa vuelta a la infancia -si
es madre como si no lo es- en que se traduce su carrera cuando alcanza el
clímax del sacrificio. Hay un instinto en ello, un mecanismo de defensa que la
naturaleza ha reglado en secretó para atajar los efectos de una posible
destrucción; no es sólo la infantilización sino la vuelta también a ciertos
refugios inconscientes que la niña creó en otra edad y al abrigo de la lucha
amorosa, donde oculta su fracaso y clausura sus penas cada vez que el orgasmo
viene a desvanecer esas aspiraciones a la fusión masculina puramente ilusorias.
Cada edad tiene su terreno acotado, sus aspiraciones, sus peligros y su clima,
hablando en términos masculinos; pero cuando se intenta saltar y la mujer lo
intenta siempre, carente de una acotación precisa- de una edad no saturada a
otra en la que no se aprovechó el espíritu, ridiculizado y vapuleado por una
serie de reveses, retrocede aún más a una edad ambigua, epicena y pueril,
poblada tan sólo de alegrías playeras; pero entonces sí que el tiempo ha
pasado, el salto no lo mide el tiempo sino el terreno que se ha querido pisar.
He llegado a pensar que mis primeros amores no tuvieron otro efecto que
lanzarme fuera de mi edad a una suerte de anacrónica y lasciva ingravidez, de
senilidad prematura -si la senilidad es eso, hastío, desesperanza, falta de
curiosidad- que sólo conoció su propio horror cuando se vio acompañada de las
arrugas. ¿O será acaso esa pérdida del miedo que -se diría- es lo único que nos
sujeta a la edad y nos coarta esa curiosidad demente? Vivíamos -bueno ¡vivir!-
en el hotel de Muerte, a bastantes kilómetros de las líneas de fuego cuando
inopinadamente fuimos atacados por una unidad de reconocimiento que sin duda
desconocía que en aquel pequeño y escondido chalet se habían refugiado los
restos del ejército enemigo. Sonaron unos disparos y corrimos al sótano, Muerte
y yo y un par de mujeres más, mientras ellos salían por la puerta trasera
armando los fusiles. Porque el resto del tiempo no hacían sino jugar. Una vez,
tiempo atrás, después de llamar, había abierto tímidamente la puerta y asomé la
cabeza en aquella habitación secreta donde no entraban las mujeres, donde los
antiguos y nuevos miembros del Comité se reunían casi siempre de noche a la
vuelta del campo. Había tanto humo que al principio no vi nada, los haces
rectilíneos de la lámpara de carburo colgada de un garfio sobre la mesa camilla
donde el viejo Constantino, la cabeza vendada y un ojo tapado con un retazo
negro, jugaba un solitario. Pero había dinero en la mesa y
otras cartas sueltas,
muestras de una
partida interrumpida. Eugenio
Mazón, tumbado en un catre cerca de la puerta, dormía y roncaba boca
arriba con la mano caída en el suelo sobre una novela barata. Asián, que venía
del baño con una toalla al cuello y un vaso en la mano, abrió la puerta por
detrás de mí: "¿Qué haces tú ahí? ¿Qué estabas mirando?".
"Quería ver si había vuelto... Anoche." "Y si no ha vuelto,
¿qué?" En el fondo de la habitación, sobre una palangana, empezó a hacer
gárgaras. Después de vaciar cada buche se volvía a mirarme para repetirme
aquello: "¿Qué puede pasar si no vuelve, eh? ¿Qué crees tú que puede
pasar?". Luego, cuando terminó las gárgaras, se acercó al espejo para
observar las órbitas de sus ojos y las manchas de su cara mientras yo espantada
y boquiabierta no podía mover un dedo, plantada en el umbral, hasta que el
viejo volvió hacia mí su único ojo: "¿Quieres cerrar esa puerta y largarte
de una vez?".
»Pero me
dije que para vencer el miedo no hacía falta valor ni serenidad ni lucidez; era
cuestión de soledad. Allí, el ciclo que la niña había iniciado con la
conversación telefónica, entre incertidumbre y esperanzas, lo cierra la mirada
del viejo con una nueva certeza y una necesidad mucho más apremiante de vencer
al miedo que de alcanzar el amor porque el miedo es siempre real y el amor...
una invención especulativa para superar aquél sin querer combatirlo. Fue un
combate muy breve, los rodearon por todas partes y los acribillaron como a
conejos, pero algunos debieron escapar, dejando cuatro o cinco cadáveres cerca
de la casa; por lo que aquella misma noche, en previsión de un nuevo ataque,
abandonamos el hotel en los coches para refugiarnos en los senderos de la
montaña durante unos días prudenciales. Me acuerdo del tiempo que permanecí
acurrucada junto a la pared posterior de la casa, oculta por la esquina,
espiando mucho rato después de haber cesado los disparos el arbusto donde el
intruso se había refugiado. Los demás cruzaron corriendo y silbando entre sí,
como colegiales que iban a repetir con el fusil lo que en las calles de i niñez
habían aprendido a hacer con la pelota, la piedra o la intención. V i de pronto
cómo más allá de la cerca se incorporaba y corría hacia mí, sin armas, la
guerrera desabrochada con un gesto de alegría. Aún tuve tiempo de pensar que
aquella expresión de juventud, alegría y triunfo ya no tenía cabida más que en
el otro bando y por eso me he quedado con la idea de un hijo de familia, a
punto de saborear en su primera juventud los frutos de su entusiasmo y de su
triunfo. Se oyeron en el mismo instante un par de disparos perdidos pero con
extraordinaria agilidad saltó por encima de la cerca y fue a refugiarse entre
las matas a pocos metros de mi escondrijo. Su cabeza sobresalía por encima de
los tallos y una cara muy joven, vuelta hacia el sol de poniente, con una
expresión de malicia y un par de guiños me hizo saber la complicidad de nuestra
mutua situación. Fue una tarde soleada y fría, muy larga; unos pocos pájaros
negros volaban sobre nosotros, ensayando sus graznidos vespertinos y su tímida
acrobacia invernal. De repente la casa y sus alrededores quedaron desiertos y
me sentí completamente sola, en compañía nada más de aquella cara semioculta
que sin atreverse a abandonar su escondite insistía en sus guiños. Comprendí
entonces lo del miedo y no quise -o no pude- llorar ni temblar porque me sentí
embriagada, la cabeza turbia envuelta en un caos apacible y luminoso,
acompañado de breves sonidos solitarios y distantes, del que a medida que las
horas se alargaban temía no poder librarme. No sé si dormí; de nuevo levanté la
cabeza cuando se repitió un breve silbido y, al tiempo que un grajo abandonaba
un roble, le vi de nuevo correr tras los arbustos de la cerca, asomando tan
sólo la cabeza. No creo que fuera una ilusión, provocada por el vuelo del
pájaro, aunque mis ojos se hallaban nublados por un sopor desconocido. Me
acordé otra vez de esa inmemorial situación infantil del niño que abre los ojos
para encontrarse en el jardín, abandonado de todos sus compañeros de juego y
espiado por mil ocultas miradas que trata de adivinar a través de las hojas
temblorosas. Cuántas veces ese juego, angustiado el niño por la impotencia y la
soledad, termina en lágrimas y burlas, una serie de cabezas que salen entre las
ramas para afearle su cobardía y reprocharle la rotura de las reglas. Las
reglas..., las reglas..., ni siquiera la alumna precoz que un día se escapa con
el profesor de gimnasia se verá nunca en situación de eludirlas porque tratará,
en último término, de regir con ellas su subversión y sus desatinos. Cuando
pienso en ello, doctor, me pregunto qué es lo que hago aquí y para qué vine si
es imposible reconstruir toda aquella juventud que había de incapacitarme para
una madurez ulterior; no pretendo reconstruir nada ni desenterrar nada, pero sí
quiero recobrar una certeza -lo exige una memoria viciosa, amamantada por su
enfermiza mitomanía- que es lo único que puede justificar y paliar mi cuarentona
desazón. Ha pasado tanto tiempo y ha sido tal mi soledad que he llegado a dudar
si todo aquello ocurrió como lo he dicho. Hay algo en nuestra conducta que
todavía no obedece a la razón y que, en
secreto, confía en el
poder de la magia. En el poder
de la voz que unida al sentimiento será capaz de atraer al
amado llamándole con insistencia. Y el poder de la mirada y el puro poder
obcecado de la repetición: cuántas veces cree el amor que ha de reencontrar al
amado en aquel solitario banco donde lo vislumbró por primera vez, una tarde
lluviosa. Y que insatisfecho y contrariado vuelve las culpas a una razón venal
y un tiempo implacable que sólo la esperanza mágica logrará vencer. Ya no cree
en la carne ni quiere creer en la edad y se niega a reconciliarse con la muerte
y no desea sino que le devuelvan al limbo fétido de una edad en que todas
aquellas partículas andaban en armonía. Yo no sé muy bien para qué he venido
porque no me conozco, cada día me conozco menos, siento cada día más relajada
mi autoridad sobre aquellas partículas que antes del conflicto sabían marchar
de consuno y hacer gala de un orden y una disciplina únicos, pero que desde la
guerra se han puesto a guerrear cada cual por su cuenta, para ridiculizar el
mando y destruirse en mil acciones esporádicas. Supongo que vengo por todo eso,
en busca de una certeza y una repetición, a volver a pisar el lugar sagrado
donde al conjuro de un perfume y un exorcismo resucitarán los héroes
desaparecidos, los que inocularon en mis entrañas estériles las células
cancerosas de su memoria, para recuperar su presa postrera. Por el contrario,
yo he llegado a la conclusión que el tiempo es todo lo que no somos, todo lo
que se ha malogrado y fracasado, todo lo equivocado, pervertido y despreciable
que hubiéramos preferido dejar de lado, pero que el tiempo nos obliga a cargar
para impedir y gravar una voluntad envalentonada. Pero sólo hubo un momento
-repito-, un solo momento en el que batallan el amor y el miedo, en el que el
tiempo se esfumó; cuántas veces he vuelto a la cama esperando del hombre que
puesto que no podía devolverme el sabor de aquel momento fuera al menos capaz
de hacérmelo olvidar, para en las horas de penumbra de un cuarto cerrado a
través de cuyas persianas llegaban a la alcoba los ruidos de una actividad
callejera, no encontrar sino la corrupción, la pesadumbre del pasado y la
pereza del futuro. Cuántas veces intenté hacer este viaje y cuántas me quedé a
medio camino, vencida y estupefacta, aturdida por tantos impulsos contradictorios
y críticos ninguno de los cuales se demostró lo bastante enérgico para
dirigir mis pasos
y para distraerme
de una vez de aquella parpadeante juventud que con el
alejamiento cobró tan falsa proporción, como las luces de esa ciudad rutilante
que para el pasajero que se despide desde la bahía parecen ocultar tantos
secretos que pasaron desapercibidos cuando pisaba sus calles. He pensado
recobrar una parte de mi salud a cambio de una mutilación; el único desaire se
dirige a un amor propio obligado a malvender su joya más preciada para pagar la
deuda de un antiguo chantaje. Chantaje, sí. Esa fotografía apareció muchos años
después, entre viejos papeles; no recordaba haberla tenido nunca y me costó
cierto trabajo reconocer unos rasgos que yo conocí en una juventud menos
demacrada y atormentada. No, no se levante, estoy segura que usted la conoce
tan bien como yo. Nunca lograré averiguar por qué procedimiento llegó hasta mi
escritorio, una de esas materializaciones del deseo que pugnaba por devolver a
una retina atormentada por los esfuerzos de una evocación imposible y
contrariada por una imagen deformada, torcida e inmóvil que había sido
impresionada en una película defectuosa, pero que la mente no podía apartar de
sí. También las reglas de la memoria son así cuando se trata de un asunto que
no concierne a la razón; apenas suministran otros datos que una serie de gestos
atroces y rasgos exagerados, mil veces repetidos e hipertrofiados en una
recurrente sucesión de decepcionantes contrastes. Pero, en cambio, guardará
intangible la cabeza de aquel joven, caída sobre mi regazo en una tarde muy
clara y fría de enero o febrero. Tardé mucho en llegar hasta él, caminando a
gatas y echándome al suelo cada cuatro pasos. Cuando llegué a la cerca casi me
había olvidado de la cabeza, del combate y de los pájaros. Estoy segura de que
algo me dijo; algo, con una voz apagada, y yo pasé a su lado: agitó la mano y
trató de enderezar el cuerpo porque sus fuerzas ya no podían con la cabeza, en
una postura violenta e insostenible. Yo le quise ayudar, sostuve su cabeza y
fui a pasarle el brazo por la espalda cuando levantó la mirada, lanzó un
profundo eructo y su cabeza se desplomó en mi regazo con un enorme y
repentino vómito de
sangre, sangre negra,
ardiente, vertiginosa y chispeante como la colada de un horno,
apresurada por abandonar aquel cuerpo exánime para buscar a ciegas otro
alojamiento más duradero. Tuve un escalofrío y quedé alelada en aquel final
apacible de una
tarde fría, vaciada
y paralizada en aquella
menstruación horrenda con que vino a inaugurarse la fase adulta de la
mujer entronizada en la pérdida del miedo y los misterios de la desolación. Una
mano salida de detrás rodeó mi espalda, retiró el despojo de mi regazo y me
ayudó a incorporarme cuando el sol ya se había acostado y la helada se
anunciaba en el parpadeo de la estrella de occidente. Volví a despertarme en la
cabina de la camioneta, con un sabor en la boca a sangre coagulada y el zumbido
del motor en los oídos. Nos detuvimos cerca del río para que otro tomara la
dirección: "Vete despacio.
Puedes ir
sin luces", le dijo. Los demás pasaron a la cabina y nosotros nos
acurrucamos debajo de las
mantas en el
fondo de la caja. Me
dijo que me
quitara aquel mono embadurnado con la sangre del muerto y
que todavía despedía un olor acre y denso y que en cierto modo obraba como una
barrera, un sello en lacre impuesto por la guerra y el azar a nuestro mutuo anhelo.
Fue en la caja de la camioneta, marchando hacia la sierra una noche fría y
despejada que asomaba por los agujeros de la lona y el hueco del fondo; fue al
compás de un motor ralentizado y renqueante, entre los crujidos de la madera y
los suspiros del cambio de marcha; fue entre el aroma sutil y acerbo de las
mantas húmedas cuando el amor de aquel hombre me vino a demostrar que el tiempo
puede no existir, fundido en su totalidad entre todos aquellos instantes que
acuden en tropel -cuando en el horno colmado de tantas sustancias necesarias
para combinar en la fusión el producto final, se introduce al fin la llama-,
todos los instantes pasados y futuros de ese largo y penoso proceso de
formación de la mujer que
se resumen, anticipan,
actualizan y estallan
cuando el hombre
decide introducir la llama que robó al cielo; acuden en tropel y en la
medida en que su anhelo se ha visto engañado por los fraudes de la esperanza
descubre con incomparable y ay, única- lucidez que todo aquel torbellino de
emociones sepultadas y premoniciones remotas que nunca saldrán a la luz gozan
de un momento de repentino resplandor; un momento a través del cual las
estrellas de una noche de febrero y los crujidos de la madera y las sombras de
los olmos de la carretera no forman parte de un mundo extraño, distante y
hostil sino que constituyen el ornamento excepcional de ese presente fuera del
tiempo donde un alma acrisola el orden pasajero del universo.
»Ya lo
creo que duró poco. Dura lo que el miedo tarda en volver. Otra clase de miedo
que nace de dentro, de un interior al que el éxtasis no ha servido sino para
que germinaran recelos, inquietudes y sospechas. Entonces se entra, por decirlo
así, en el terreno comercial porque ese interior asustadizo y colérico empieza
a sospechar la mixtificación; la mujer lleva dentro un apetito de reclusión -no
pudor- que la impide entregarse cuando el miedo anda cerca. Qué frecuente es
entonces levantarse de la cama con la sensación de haberse sacrificado en vano
por haber querido negociar con un gitano, habiendo pagado el precio convenido
para descubrir que todas las nueces estaban podridas. Qué frecuente es tener
que volver a esa reclusión involuntaria, bajo el mandato del temor, en la que
el amor sexual se ejecuta como uno de los términos de un contrato con el tiempo
que el miedo avala; y qué raro es que la mujer haya tenido que recurrir al pago
en dinero cuando el trueque que ella desea le es, por naturaleza, negado. Me
veo una mañana envuelta en las mantas y la mejilla pegada al cristal para
contemplar cómo al pie de la ventana cargaban la camioneta con unas cajas;
trato de entender cómo puede el hombre -las mismas manos, los mismos ojos, la
misma camioneta- haberse alejado tan rápidamente; cómo la misma atención y la
misma intensidad que me tomaron en aquella caja se pueden volver ahora, tres o
cuatro días después, hacia un menester tan distinto. Qué capacidad de olvido,
qué fuerza para separar las funciones, qué voluntad y qué orden para hacer cada
cosa a su tiempo; me veo entonces y me he seguido viendo vuelta de nuevo a la
cama para morder el borde de la manta y evitarme a mí misma una explosión de
lágrimas que me revelara la pobreza de mi condición. Es cierto, yo no soy la
que yo conozco porque la imagen que tengo de mí ha sido trazada en la soledad,
purificada por el abandono e idealizada por el amor propio pero no se
corresponde ni con la imagen de la joven que no acudió al teléfono pero sí al
rincón del alemán, ni con la mujer que por conservar su secreto y preservar su
decencia dejó agonizar a Juan de Tomé, en un sótano sin luz, consciente por fin
del camino que debía tomar; ni siquiera con la de esa pobre mujer que, habiendo
andado el camino, vuelve al sótano y al hotel de Muerte convencida de que, una
vez más, es preciso rectificar. Después perdí la noción de las cosas; una
mañana primaveral, quizá la primera mañana risueña tras aquel invierno tenaz,
estaba yo a la puerta del hotel, después de fregar, secándome las manos en un
delantal cuando vi en la carretera la columna de boinas rojas. Llevaban las
mantas enrolladas al pecho, los fusiles al hombro y el segundo o tercero de la
fila, encorvado bajo el peso del equipo, la bandera de dos colores.
Registraron
la casa aunque toda su atención parecía acaparada por los pollos del corral.
Matamos unos pollos y abrimos una docena de botellas de vino; cuando acabaron
de comer se fumaron un cigarro en la hierba y reanudaron la marcha. Antes de
ocultarse en la revuelta de la carretera nos saludaron con los brazos.
"Esta historia ha terminado", dijo Muerte. "Terminado? ¿Qué es
lo que ha terminado?", pregunté yo, a aquella cara que no comprendía nada.
Todavía, puestas así las cosas, qué no hubiera dado en aquellas horas por
participar de esa condición masculina que casi siempre encuentra un placer en
sus actos, que rara vez y menos en el amor- siente el deseo suicida de
desaparecer y sublimarse en aras de una simbiosis sexuada, que cuenta siempre
con una naturaleza tan íntegra que no necesita ni el caparazón donde alojarse y
un sexo que no tiene por qué aniquilarse o rebajarse para recibir lo que
siempre ha considerado una deuda. Volví a salir a la puerta, después de fregar,
para contemplar los pocos pollos que quedaban y una pareja de perros que se
perseguían y olfateaban por entre la ropa recién lavada. Todavía aquella noche
la pasé casi en vela, arrimada a la ventana de atrás para escudriñar en las
montañas la llegada de una luz. No hubo
nada. Era un silencio terrible,
mucho más terrible que el eco y el resplandor del combate, porque
todo lo que venía a sugerirme era que el monte, al igual que mi cuerpo, había
quedado desierto, abandonado y olvidado. Volví a recuperar el miedo, el miedo
necesario para abandonar una ilusión desesperada, pero ¿qué podía hacer? Yo
sabía que había nacido de dentro para informarme de que, gracias a su traición,
aquel monte y aquel silencio y aquella soledad y aquel despecho eran los únicos
gananciales del matrimonio delirante con el hombre que había demostrado su
intención de no volver, que quizá ya no existía y que -quizá también- no
existió nunca. Esa idea me ha atormentado de tal manera que ha venido a
constituir la ordalía de mi feminidad, la señal de maldición que dejó en mi
cuerpo para sellar un compromiso y arrebatar al invasor e1 fruto que él se
había cuidado de hacer madurar.
»¿Que no
sabías que no quedé encinta? Por supuesto que lo sabías, ¿quién sino tú lo
había de saber? Mirando la montaña nevada y, después de que tú te fuiste,
dejando correr a la fantasía detrás de unos perros famélicos comprendí que
precisamente me habías abandonado porque no había quedado embarazada y que el
hijo que no se engendró te hubiera obligado a aceptar una solución que más
tarde despreciaste. Tú no podías saber que mi padre había muerto y pudiste
presumir, por tanto, que quedaba una solución para nosotros dos. Tampoco sabías
que todavía vivía Juan de Tomé a quien disteis por muerto en el sótano
del Comité. Y
entonces me sentí
herida, engañada y
mortificada porque tu abandono me vino a demostrar que yo no
valía ni como tabla de salvación. Y me sentí por primera vez avergonzada de
este inútil cuerpo mío que jamás ha querido dar lo que se ha pedido de él. Y el
hijo que no fue engendrado lo llevaré en lo sucesivo como el estigma de una
naturaleza imperfecta y estéril y como el fallido vínculo que nos hubiera
podido unir, aun cuando hubiera vivido mi padre. Luego no tendré más remedio
que seguir la búsqueda de ese núcleo ausente de mi ser donde debió engendrarse
aquel desmemoriado, ese núcleo que tú te llevaste o que dejaste incapaz para producir
la glándula necesaria. En lo sucesivo qué no tendré que sufrir para sacar de su
atonía a ese órgano paralizado, a qué intemperancias del cuerpo no tendré que
doblegarme y a qué insufribles comedias me veré obligada a asistir, como esa
ordinaria y desplazada madre de la debutante que entre bastidores, incapaz de
apreciar la calidad de la declamación, calcula las posibilidades del éxito por
los aplausos que la rodean. Porque no era solamente un hijo: era el pasado,
eras tú y ese núcleo ausente donde residen las virtudes generatrices y se
condensa el élan del futuro, recubierto de una carcasa coriácea que sólo
representa un pasado protector. Porque con el hijo sin duda hubiéramos llegado
a constituir esa molecular combinación fuera de la que tú y yo no éramos sino
símbolos abstractos que carecían de representación física en el cuaderno de la
naturaleza y por eso, a medida que se fue demostrando la esterilidad fue
acariciando con mayor ternura la idea denigrante de edificar mi vindicativa
supervivencia en el adulterio de aquel núcleo vacío. Pero entonces todo fue a
peor y vine a suponer que el desmemoriado a quien yo buscaba –aquel que había
de engendrar, alojar, concebir y alimentar como tuyo para que, mediante una
transposición mística tú resucitases en el seno de la trinidad que te
arrancaría de las sombras- obedecía órdenes, participaba de tu misma
indiferencia y se negaba a acudir a mi presencia. Entonces deseé y supuse- que
había de nacer solamente para que tú pudieras morir y para restituirme un hogar
en el que en lo sucesivo no faltaría más que el padre; en el que madre e hijo
podrían haberse fortalecido lo suficiente como para cerrarle la puerta -si un
día pretendía volver-, deseosos de no perturbar su paz con la presencia de un
desconocido. Pero, en cambio, mientras él no naciera yo tenía que esperarte, yo
no podía aspirar a mucho más que eso, la espera, el adulterio, la conservación
pacata y pervertida de un culto inútil mucho más allá de los límites de la
esperanza, de la edad y de la razón. Cuando volví a Región la poca gente que
seguía allí me abrió sus puertas; aún brillaba la lumbre en la cocina de la
vieja Adela y (yo creo que era lo único de todo Región que la guerra no había
alterado), en el pasillo en sombras el chico jugaba a las bolas con la misma
atención que en el año 36. No sabía a ciencia cierta quién podía ser, porque
hay una forma de llorar, ahogada y contenida, que no delata la edad ni la voz
ni el sexo; pero yo estaba segura de que no era el niño: no hacía sino jugar
con las bolas y de tanto en tanto alzaba hacia mí una mirada muy singular, una
mirada que procedía de un temor olvidado, pero no resuelto, y que había
cristalizado en sus ojos, detrás de los lentes, con ese tenebroso reflejo del
vacío que asomaba a su expresión cada vez que apartaba su atención de las bolas
y las chapas. Le había visto un par de días antes de ser conducida al Comité y
al cabo de dos años le volvía a ver en el mismo abandono, jugando en el pasillo
o en el centro de la cocina mientras la vieja Adela intentaba con suspiros
reavivar un fuego muy pobre. Pero tuve un sobresalto y yo creo que lo adiviné;
el niño dormía, pero Adela no estaba en su cama; entonces corrí a la cocina y
encontré abierta la trampilla che la leñera; percibí un suspiro y un quejido,
envueltos en el acompasado y zumbante latido de las tinieblas. Alumbrándose con
un candil en el suelo, Adela tenía su mano sobre su frente, cubierta con un
paño húmedo. He vuelto a revivirle y encontrarle mil veces, echado en un
camastro y cubierto con unas mantas que despedían el olor de la fiebre, con ese
profundo y lejano estertor de los pulmones con que se anuncia la muerte. En una
cara ardiente y afilada, la boca abierta y dos cavidades en sus pómulos, unos
labios hinchados apenas se movían; pero llegó a verme, segura estoy, y entonces
de aquella boca inmóvil, con ese sonido gutural del ventrílocuo que no puede
mover los labios, salió mi nombre y tras un lapso, última sublimación de una
respiración moribunda, salió también el tuyo. Yo despaché a Adela: "Se
está muriendo", dijo, pero pienso que era eso lo que yo quería. No sé el
tiempo que duró, acompañado de la música y las canciones callejeras. Pero
entendí que era sólo para mi; lo quise sorber y esconder y guardar no sólo como
única recipendaria de aquel póstumo legado, sino -aunque existía en cierne el
presentimiento de que no volvería a ser pronunciado ni escuchado todavía
estaban mis pistilos abiertos, aun cuando había pasado el momento de la
fecundación, por la estratagema de un clima engañoso- para que en mí germinara
la palabra, el nombre blanco, mortuorio y frágil que revoloteaba sobre un fondo
de canciones de marcha; no sé si yo lo maté apretándole contra mí para extraer
de él los últimos residuos de tu presencia, para ahondar y buscar en el estertor
de unos labios exangües envueltos en el halo de la muerte, aquel último núcleo
recóndito de donde había salido tu nombre, aquel último aire moribundo que tú
transubstanciaste en tu nombre para hacerme llegar tu voluntad y que en lo
sucesivo no pararé de buscar entre lágrimas y sábanas húmedas, en los espasmos
amorosos de un deseo que -en el ínterin- si no aprendió a olvidarte supo al
menos vengarse en mi cuerpo con la imposición de una receta imposible: estaba
para siempre unido a aquel aliento enfermo, al aroma mortuorio que en el más
acá el deseo destila para impedir el éxtasis en el más allá donde
desapareciste, el aliento de ese ángel de la muerte que vela todas las noches
de amor dispuesto a bajar la mano y cumplir la sentencia si en algún momento
son transgredidas las reglas del juego y las cláusulas impuestas en el tratado
de la camioneta que había de regular y mantener un orden desequilibrado y un
apetito inmitigado, el ángel que aleteó ingrávido, sonoro y fétido en el sótano
donde agonizó Juan de Tomé para soplarle tu nombre y sellar mi sumisión a
un interrogante intemporal
lo bastante firme
para garantizar mi voto y lo
bastante dúctil para no trocar en desesperación una condición atada a tu
memoria, trabada por la incertidumbre e imposibilitada para la regeneración.
"Ahora todo ha terminado", dijo Muerte, pero yo no supe reconocerlo
mientras dentro de mí perduraron encendidas las brasas de aquel fuego en espera
de que un nuevo soplo viniera a animarlo, pero ahora que considero este puñado
de cenizas he optado por devolverlas al punto donde años atrás debían haber
sido aventadas, en
vez de venir
a calentar una
esperanza ficticia o ser
abrigadas en un hogar extraño. No pude venir antes porque aún abrigaba alguna
esperanza y la esperanza, por encima del tiempo, se da la mano con el temor
para anticipar un nuevo desengaño que altere de nuevo los límites de mi
desgracia. He venido, pues, cuando he alcanzado ese límite para saber hasta qué
punto he sido impura e hipócrita o en qué medida he sido víctima de una
ficción: en qué medida el amor, el miedo y la memoria a las que quise ser fiel
no son más que esa ficción infantil que tú, al aniñarme, me indujiste y que, al
romper la virginidad del éxtasis, al situarte fuera del tiempo y de la muerte y
al incapacitarme para el consuelo y la regeneración, me obligaste a abrazar con
todos los votos de castidad, humildad, pobreza, renuncia y sacrificio que voy a
romper hoy para restituirme a la edad de unos primeros y tal vez últimos
anhelos sin memoria, sin amor, sin pasado, sin miedo y sin esperanza.»
No era
aún de día cuando el Doctor despertó. Había oído esos ladridos desolados de «un
perro que a tales horas también cree en los fantasmas»,1 envueltos en un olor
especial, aquel aroma combinado del salitre y la fetidez orgánica, primer
síntoma de las noches de venganza.
Se
levantó inquieto pero antes de llegar a la mesa tropezó un par de veces con sus
zapatillas. Entonces le llegó el ruido del motor y un reflejo del resplandor de
los faros asomó por el ventanal. Buscó el vaso y contempló el desorden de la
mesa, intacto durante varios años, los montones de papeles, carpetas y libros
donde no había puesto los ojos desde no sabía cuándo. En el borde de la mesa
estaba aún la fotografía. No era una tarjeta. Se caló los lentes y con manos
temblorosas la observó con atención: una fotografía de carnet con los bordes
arrugados y amarillentos, una cara aguda y una mirada oblicua pero no
particularmente penetrante, dignificada y entontecida por un punto de
anacronismo. En el revés tenía una inscripción a lápiz medio borrada, un nombre
del que sólo la primera sílaba era reconocible y una fecha que había sido
tachada. «Olvidó usted el salvoconducto. No le iba a servir de nada pero de
cualquier forma se le ha olvidado. Se le ha olvidado también que las cosas son
como son y que nadie es capaz de volverlas atrás. Si hemos aceptado tu ley es
porque el que venga a cambiarla impondrá una más dura. Deja las cosas como
están y no la permitas llegar. Aquellos que no se conforman con su desgracia,
en esta tierra nuestra, acarrean la catástrofe. Deja las cosas como están y
cumple con tus compromisos de la misma forma que nosotros acatamos tu mandato.»
Los pasos
de arriba sonaron con
mayor violencia y de nuevo
prorrumpió en voces.
«Cálmate,
hijo, cálmate.» Se bebió una copa de castillaza; luego fue al baño y llenó un
vaso de agua donde echó una pastilla. Mientras revolvía observó la noche por la
ventana, el primer resplandor en el horizonte, y pensó que debía estar subiendo
la presión; soplaba el viento del norte para llevar hasta allí el aroma del
espliego y los mirtos del monte. Luego dio una vuelta a la casa para comprobar
que todos los cierres estaban echados. Se asomó a la ventana del despacho y
tanteó la reja. Luego se detuvo a escuchar. Los pasos se habían detenido y sólo
de tarde en tarde se oía un suspiro. «Cálmate, que ya queda poco.» Cerró la
puerta, echó la barra y apretó el candado. De una escarpia detrás de la puerta
descolgó una llave del tamaño de una pistola. En el piso de arriba volvió a
comprobar la firmeza de los cierres. Luego encendió la luz del rellano; era una
puerta más fuerte que las demás, al final del corredor, cerrada por una barra
de acero que la cruzaba en diagonal. Golpeó con los nudillos y esperó. No se
oyó el menor ruido, la habitación estaba encendida y por el resquicio inferior
asomaba una raya de luz azulada. Volvió a repetir la llamada y entonces se oyó
un gemido.
1
Nietzsche.
-¿Qué te
ha pasado? ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué has gritado tanto? Los sollozos,
entrecortados, se hicieron continuos.
-¿Qué te
pasa, hombre? ¿Por qué lloras?
Con sumo
tiento descolgó la barra, dejando el vaso en el suelo. Metió la llave y dio una
vuelta a la cerradura, cuidando de no hacer ruido, sosteniendo la empuñadura
con ambas manos. Luego aplicó el oído a la puerta.
-Dime,
¿estás acostado?
Cogió el
vaso con la izquierda y abrió la puerta de un golpe.
Estaba en
el fondo del cuarto, acuclillado en un rincón, con las manos cogidas sobre la
nuca tapándose los oídos con los brazos. Estaba descalzo, las piernas abiertas
salpicadas de barro y estiércol. Despacio, levantó hacia él sus gafas no tanto
con objeto de mirar como de ser visto. Tenía la cara bañada en lágrimas, la
boca abierta y el labio inferior, mojado por ellas, temblaba convulsivamente;
un halo sombrío y morado parecía nacer de sus lentes para envolver su cara con
un desordenado reverbero. Inmóvil, tras tres o cuatro vacilaciones, pareció
crecer en lugar de incorporarse, como si hinchado repentinamente de un gas se
hubiera liberado de sus amarras para ocupar toda la altura del rincón. El
Doctor dejó el vaso en el suelo.
-Espera,
espera -le dijo.
No veía;
detrás de los gruesos vidrios de sus lentes no había sino una turbulenta y
delicuescente mezcla de brillos y lágrimas, temblor y furor. No dijo nada
tampoco, de la boca abierta emergió ese género de sonido hueco y débil, como el
de un conducto obturado, que no es más que el aborto de otro cualquiera.
-No, no
era ella. Espera. Te digo que no era ella. Créeme. ¿Cómo crees que te iba...?,
hijo... La puerta se cerró de nuevo bajo su peso. Antes de que su vista se
nublara alcanzó a ver aquellos ojos; detrás de los vidrios había también una
amorfa, iridiscente sustancia donde fosforescía el acecho anterior al asalto,
que con su quietud, severidad y dureza reflejaban el consenso de una conciencia
oculta a la venganza de aquella sustancia.
Cuando su
cabeza fue golpeada contra la pared sus lentes cayeron al suelo y de su boca
salió la palabra «hijo», como si caída y palabra fueran las dos acciones de un
mecanismo. Volvió a repetirla -mecánicamente, el sonido que fue repetido con la
gradual disminución del muñeco que va perdiendo su cuerda- tres o cuatro veces
al compás de los golpes de su cabeza hasta que, casi abatida, sus ojos rodaron
por las órbitas para quedar mirando al suelo como dos bolas prisioneras que al
desprenderse del mecanismo caen al fondo de las esferas.
El ruido
de sus pasos descalzos sonó por el corredor hasta que cayó por las escaleras.
Durante el resto de la noche en la casa cerrada y solitaria, casi vencida por
la ruina, sonaron los pasos apresurados, los gritos de dolor, los cristales
rotos, los muebles que chocaban contra las paredes; los muros y hierros
batidos, un sollozo sostenido que al límite de las lágrimas se resolvía en el
choque de un cuerpo contra las puertas cerradas. Hasta que, con las luces del
día, entre dos ladridos de un perro solitario, el eco de un disparo lejano vino
a restablecer el silencio habitual del lugar.
Pantano
del Porma, 1962. - Madrid, 1964.



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