© Libro No.513. Cuatro Años A Bordo De Mi Mismo. Zalamea Borda, Eduardo. Colección E.O. Noviembre
9 de 2013.
Título original: © Cuatro Años A Bordo De Mi Mismo. Eduardo
Zalamea Borda.
Versión Original: © Cuatro Años A Bordo
De Mi Mismo. Eduardo Zalamea Borda.
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Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Cuatro Años A Bordo De Mi Mismo
Eduardo Zalamea Borda
Prólogo
EL
VICIO INSACIABLE Y CORRUPTOR DE ULISES
Con la mano en el corazón,
contéstese usted mismo: ¿Quién fue Eduardo Zalamea Borda? No se preocupe:
tampoco lo sabe la inmensa mayoría de los colombianos. Sin embargo, una novela
insólita escrita a los veinte años, y más de treinta de periodismo ejercido con
una maestría práctica y un rigor ético ejemplar, deberían ser suficientes para
recordarlo como uno de los escritores colombianos más inteligentes y
serviciales de este siglo.
Fue un miembro distinguido de la
aristocracia local de las artes y las letras, que a los dieciséis años tiró por
la borda el lastre de sus pergaminos y se fue a vivir de sus manos en las minas
de sal de La Guajira. Fruto de esa experiencia de vida fue Cuatro años a bordo de mí mismo, una novela que rompió la
escafandra académica del género en Colombia. Pero el rastro de su talento fue
mucho más visible en el periodismo. Primero, en plena juventud, como cronista y
jefe de redacción de La Tarde, un
vespertino efímero intentado por EL TIEMPO para respaldar la candidatura de
Enrique Olaya Herrera; luego como jefe de redacción de El Liberal, y por último como editorialista, columnista y
subdirector de El Espectador, hasta
su último aliento.
Desde el punto de vista cronológico ‑nació en 1907‑ pertenecía al grupo de
Los Nuevos. Pero no es fácil encasillarlo en ese ni en ninguno de los cenáculos
literarios que se descuartizaban unos a otros por aquellos años, ni figura en
el Pequeño Larousse ‑donde está todo el mundo‑, y apenas si lo mencionan en los
manuales escolares. Esto podría
entenderse por la mala memoria que tenemos los colombianos para acordarnos de
los maestros, pero también porque Zalamea fue un visionario de rueda libre que
siempre se mantuvo un paso adelante de sus contemporáneos. Escribió su novela
bajo el hechizo ardiente del Ulises
de Joyce, que se había publicado en París apenas unos seis años antes. Del
mismo autor tomó los seudónimos ocasionales de Bloom y Dedalus, como si
uno solo fuera bastante para pregonar su fervor.
No era un hombre fácil. Como no lo fue a nunca
ni consigo mismo: una mala noche de su juventud turbulenta, bajo los almendros
legendarios del Café Roma de Barranquilla ‑que no tenía techo ni puertas‑ se
disparó un balazo en el pecho que le salió por la espalda y no logró
atravesarle la vida. Su sombrero blando, sus bigotes agrestes, su voz ronca y
pedregosa de fumador irredimible y el sobretodo de paño negro que debió ser el
último de la ciudad, completaron su imagen de hombre difícil. Llegaba a su
oficina del periódico con una puntualidad de relojero, siempre con los libros
que debían de leerse sin falta ‑en español, inglés o francés‑ y que él reseñaba
en su columna diaria con una autoridad de mano dura. Se sentaba durante horas
ante la máquina de escribir con una fluidez de mecanógrafo notarial, perfecto,
y seguía escribiendo sin pausas pero siempre pendiente de lo que ocurría en torno
suyo, preguntando y respondiendo sin dejar de escribir, como si pudiera usar
por separado y al mismo tiempo ‑al igual que los sabios delfines‑ los dos
lóbulos de su cerebro.
Es posible que muchos lectores de su libro no
supieran que él era el mismo galeote escondido tras el seudónimo de Ulises ‑que no había tomado de Homero,
como sería fácil suponer, sino de la novela homónima de James Joyce‑ y con el
cual firmaba en El Espectador una
columna diaria: La ciudad y el Mundo.
Es difícil imaginar un tema que no hubiera tratado en las muchos años que la
mantuvo viva, siempre bien informada y con una fidelidad liberal de hueso
colorado. Fue uno de los primeros periodistas que calificó las películas de
estreno con un criterio artístico y comentó los partidos de fútbol con un
método de crítico literario. En los años cuarenta creó y fue director absoluto
del suplemento literario Fin de Semana,
que se publicaba los viernes en El
Espectador como una ventana abierta al horizonte del mundo.
Sin embargo, su obra de mayor mérito ‑que sin
embargo parece condenada a permanecer para siempre en la sombra‑ fue la
influencia personal que ejerció sobre un buen número de escritores y artistas
jóvenes que hoy deberían conocerse como la Generación del 9 de abril. En
realidad eran grupos de creadores novatos con los que se reunía sin programa en
los cafés donde estudiaban todo el día por los cinco centavos de un solo tinto,
o a la salida de los cines de a peso o en las cantinas mustias donde se
retiraban a morir los poetas. Su tema fue siempre el mismo: la urgencia de
modernizar las artes y las letras de Colombia en sintonía con el mundo. Es
difícil concebir un hombre con tantas ideas propias sobre el oficio de
escribir, ni más claridad y poder para contagiarlas. Ese modo de ser, más que
una pasión, fue en él un vicio insaciable y corruptor que lo atormentó sin
pausa ni repososo hasta su muerte inadmisible a los cincuenta y seis años.
Los más afortunados fuimos los que
compartíamos con él la tertulia del periódico a las cinco de la tarde, que es
una instancia desaparecida en el periodismo de hoy. Tenía un olfato casi
sobrenatural para desentrañar las vocaciones ocultas y sustentar las definidas,
pero sin un ápice de complacencia. Era el lector más lúcido de manuscritos
crudos, y por lo mismo el más temible. Sin términos medios, pues lo mejor de su
corazón fue la voluntad radical con que nos convencía de romper los borradores
que no le parecían dignos de publicarse. Lo que se opone a lo bueno ‑solía
citar‑ no es lo malo sino lo mediocre. O de otro modo: un escritor es más
valiente por lo que se atreve a romper que por lo que se atreve a publicar. Y
por lo menos uno de nosotros sigue preguntándose todavía si seríamos lo que
somos hoy de no haber sido por él. Gracias a la sabiduría brutal con que nos
obligaba a respondernos a nosotros mismos qué clase de animales útiles debíamos
de ser ‑o merecíamos ser‑ en aquella Colombia retórica y confesional del medio
siglo.
Octubre 1998
Gabriel García Márquez
Cuatro Años A Bordo De Mi Mismo Eduardo Zalamea Borda
Partida. — Iniciación de la
línea. — Viaje.
La noche está sola. Sola como la luz.
Abandonada sobre el mundo, extendida sobre muchas ciudades, muchos campos,
bosques, islas, mares, aldeas. En la ciudad la acompaña la otra soledad. La de
las lucecitas pequeñas de las bombillas eléctricas, la de los cigarrillos
taciturnos dormidos en las manos fatigadas de la madrugada. Las lucecillas del
cigarro malo del asesino, que se esconde entre su sombra cuando siente pasos
cercanos. Pero aquí en Puerto Colombia, está más sola que en todos los lugares
del mundo, 3, 1, 7, 13 estrellas vacilantes le hacen desganada compañía. Atrás,
allá en el caserío dormido, hay unos pocos resplandores que no alcanzan a
equivaler a la luz de una estrella. Nubes bajas, olas sonoras. Olas que juegan
con el muelle. El muelle, largo y recto, acariciado por el viento. Viento
alegre que no parece viento nocturno sino viento de amanecer. Nubes, olas,
viento, estrellas, noche abandonada.
A las 12 han de venir a embarcarme los
marineros. Tengo miedo, un miedecillo vago, pequeño, como el miedo que sentía
en mi casa cuando era niño en mi casa cuando era niño y me dejaban solo en la
noche para que durmiera. Aquí, como allá entonces, estoy solo y es de noche. ¿Acaso no soy también un poco niño? ¡Qué miedo he
tenido! Como ese miedo vago que tuve en el muelle, mientras esperaba a los
marineros, creció y se hizo gigantesco, devorador, terrible, cuando llegó el
botecillo tambaleante a esperarme debajo de la parte alta del muelle. Donde las olas son más mugidoras, más grandes, más
marinas. El bote saltaba, nos echaba de un lado a otro, se movía sobre el momo
del mar. Y yo tenía que saltar a bordo. Los marineros me gritaban blasfemias,
ajos, se burlaban. Por fin salté... El bote se hundió de popa. Yo pensé que iba
a ahogarme y sujeté por el cuello a un negro remero. Me rechazó y caí en el
fondo. El bote estaba lleno de agua. Soplaba el viento. ¡Ya estoy a bordo! ¡Seguro! Y me marcho a la Guajira.
Tambalea la goleta. El viento sopla entre las
jarcias y en ellas se peina su cabellera rauda y musical. De la popa salen
voces y de la proa risas, y risas de la boca del capitán. ¡Oh capitán bueno de
la goleta sucia, de la goleta vieja de los comerciantes turcos! Capitán barbudo
y risueño que fumabas en tu pipa y siempre estás con ella en mi recuerdo!
Mi camarote, o mejor, mi litera, es sucia,
maloliente. En la otra litera hay dos negros que fuman su tabaco. Compañeros de
viaje. Tienen unas franelas húmedas de sudor y de agua, porque han estado
pescando. La goleta se mueve. Se mueve mucho... Intento fumar y la boca se me
llena de un agua lenta, fluida y salada... Desisto. ¡Oh! Pero ¿es en verdad una mujer? ¡Sí, una mujer! mulata de tez brumosa, que —cuando la
miro— se arrebola con grandes nubes grises ¿grises? Sí, serán grises...
¿He dormido unas horas? ¿He dormido unos
minutos? ¡No lo sé! Oigo la tos del capitán, el ruido del timón que
chirría, apartando masas de olas; entra al camarote un fuerte viento perfumado,
cálido. Viajamos, viajamos...
Entre la noche, nace un cantar:
Yo, como no soy valiente,
pongo trinchera y me tapo;
porque siempre
el hombre guapo
muere
miserablemente...!
Este cantar, de color y de ritmo negros, de
sílabas distendidas, fatigadas, rotas; ¡el chas!, de las olas contra los
costados del barco, el alegre canto del viento que juguetea con las olas
pequeñas, la conversación de los negros —con las eses guillotinadas— que hablan
a media voz; la constante y larga mirada de la mujer mulata, traen —quien sabe
de dónde— el hilo del sueño.
Largo tiempo he dormido. Con un sueño pesado, sueño lleno de mujeres mulatas, de indias, de olas y
de casas de Bogotá. Nos despierta el chiquillo que hace de grumete y de
ayudante del cocinero de a bordo. Es un chiquillo rubio; pero no de ese rubio
limpio, brillante y cuidado que tienen los niños de las ciudades lejanas. Rubio
ceniciento, lleno de mugre el de este chiquillo que ya tiene, con su cuerpecito
débil de 12 años, una cara hosca y dura de marinero antiguo.
—Toma café —dice y extiende una tacita.
La concisión de esta frase firme no está de
acuerdo con el tambaleo de la tacita esmaltada, llena hasta los bordes de un
café claro y malo, hecho a base de panela.
Se oye, en la claridad de la mañana, el
chirrido de los palos y el estirarse de las velas anchas con el viento
tempranero. El barco ya está despierto. Hay gaviotas y cantan los marineros que
están ya en traje de viaje. Con sus rudos pantalones de cotón azul, las
franelas y rayas blancas y rojas, descalzos y con fajas deshilachadas.
Más, apenas ha llegado el sol, cuando ya las
velas empiezan a arrugarse, tristes y a flamear, lentas. Es la calma. Nos
esperan quizá muchos días de silencio absoluto, de calor integral, de sed, tal
vez de hambre. Ya sentimos calor. Un calor pegajoso que nos unta todo el cuerpo
como una grasa pesada y molesta. El sol se hace más rubio, más violento,
sentimos sed. Hemos de beber el agua que viaja —tranquila, sin cielo— entre los
grandes barrilles que hay sobre la cubierta. Un agua gruesa, tibia, difícil. Y
después de haber bebido, nos sentamos sobre el piso caliente a esperar el
viento.
Sobre el mar cae —en grandes ondas— una
tranquilidad desesperante. No hay siquiera un pequeño soplo de viento. Fumanos,
y al arrojar al mar el cabo del cigarrillo americano
—¿por qué fumaremos cigarrillos americanos?—
que hace una pequeña serie de círculos concéntricos, nos ponemos a esperar que
de esos movimientos ínfimos del agua callada, nazca el viento esperado. El
viento fresco, salino, aromado de lejanía, que ha de llevarnos a nuestro
destino. Pero no. El viento no vendrá. ¿Por qué estamos aquí, en el centro de este terrible
círculo de agua y aire, eterno, cercano, infinito y distante? Olas leves
ondulan la superficie verde. Olas niñas, juveniles. Comienza ya a mordernos el tedio con sus engranajes aplastantes. Nos
sentimos tan solos individualmente, a pesar de que estamos rodeados de nuestras
mutuas miradas! La desesperación nos hace lentos los movimientos y obliga a
nuestras bocas a morder la carne elástica de los bostezos. Los ojos de la
mulata, son cada vez que me mira, más lánguidos, más de verdadero terciopelo.
El capitán mira al mar. Un mar tan claro, tan
diáfano como una sucesión infinita de frágiles placas de vidrio, y ve los
pargos rojos que muestran en el fondo sus ojos burlones y acuosos.
—¡Vamos, muchachos, dice, a pescar pargos!
—Pero, sudaremos más ...!
—¡No importa!
Y nos dedicamos todos a echar el anzuelo,
tediosos, cansados, sin la esperanza de que llegue el viento. El capitán sonríe
y los marineros hacen chistes malos sobre el tedio, el sudor y el cansancio.
Los odio. Sobre todo, a este negro hipócrita que me rechazó cuando embarqué en
el bote y que ahora sonríe, fumando su cachimba, mientras tiene entre las manos
caratosas el hilo del anzuelo. Ellos, el capitán, los marineros, los negros, la
mulata, están ya acostumbrados a las calmas y al mar. Pero yo no. Ellos han visto pasar la vida entre el mar, el viento y la calma. Yo nací
en una ciudad fría y distante. En una ciudad que se consume entre el abrazo
ciclópeo de cordilleras verdes y frescas; sobre todo frescas. ¿Por qué no
nacería en el mar? ¿En este mar verde, lleno de buques, de olas y de gaviotas?
Pero no. Mejor es haber nacido allá, porque ahora tengo siquiera el recuerdo de
la frescura. También la piel tiene memoria —memoria táctil— y guarda el
recuerdo de las temperaturas.
Me distraigo pescando pargos. ¡Es delicioso!
Se arrojan los anzuelos atados a los cabos largos, larguísimos y fuertes, con
su buen cebo de carne roja, sangrienta. Se les ve bajar —diluyéndose el rojo
entre el verde— hasta muy hondo, y entre las aguas casi blancas se contempla la
boca voraz que atrapa el cebo y el pargo que difunde el dolor con la cola en
contorsiones y movimientos bruscos. El pargo sube, haciendo toda clase de
movimientos torpes, con la boca abierta y los ojos menos brillantes. Es posible
que detrás del pargo llegue un tiburón que viniera siguiéndolo y nos robe a
mitad, cortándolo con sus dientes agudos. Pero si el pargo viene solo, lo
recibimos gozosos, aún vivo, congestionado, lleno de agua a la que comunica sus
estremecimientos agónicos. El pargo de fondo es grande y robusto; tiene casi un
metro de longitud y de belleza. Con escamas brillantes, regulares y de un
alegre color rosa.
Hoy hemos pescado muchos. Tantos, que casi no caben sobre la cubierta de la goleta que huele a sangre
y a fósforo, porque comeremos muy pronto el sancocho de pescado fresco. Los
otros, los salará el cocinero y se venderán en Riohacha.
El cocinero es un viejo de Curazao, negro y
mugriento, con una cara diabólica y un sombrero de color chocolate. Fuma
constantemente en una pipa casi carbonizada. Aún no he podido explicarme por
qué las pipas son el retrato de sus dueños. Al menos, las de los marineros. La
de éste es de un cerezo profundamente oscuro por el sudor y la mugre. Curvada,
lanza siempre al espacio un humo lento y sucio, lento y maloliente. Siempre la
tiene escondida hasta la mitad entre los bigotes de color de cobre patinado, y,
solamente cuando abre con su afilado cuchillo un pargo o degüella sobre la
borda del barco una gallina, se le alcanza a distinguir entre toda esa
oscuridad, dos dientes amarillos, sin que jamás puedan vérsele los labios.
Pero, al fin, es un buen cocinero. A Meme —ya sé el nombre de la mulata— le
gustan los plátanos y las tortas que fríe en la sartén, lentamente, como si
friera personas.
Es ya a hora de almorzar y aún no viene el
viento. Tan fatigados estamos que no sentimos el tedio. Me tiendo sobre un
foque viejo, amarillo, que quién sabe cuántas tempestades ha afrontado, cuántos
vientos sentido! Y, más cerca que antes de la frescura ilusa de las aguas, me
pongo a pensar, a recordar, a soñar. Y vuelvo a ver entonces las calles de mi
ciudad. Calles grises del atardecer, sin color, con los colores de los vestidos
femeninos borrados por la oscuridad de los aleros, que tienen a esa hora su sombra
más profunda. Calles por las que discurría mi adolescencia con los libros
inútiles bajo el brazo —no sabía que existieran la vida y la aventura— con los
ojos de los 14 años abiertos sobre el movimiento y la línea y con el
presentimiento terrible de la mujer que ya sentía llegar a mí, a mi carne y a
mi dolor.
Y ahora, aquí: tendido, solo, camino de la
Guajira. De las aventuras y de la vida.
Meme, la mestiza, tiene un traje de olán
blanco. A través de la tela, veo sus muslos lentos, firmes, pesados y morenos,
pero no tan morenos como la cara, a pesar de la sombra. El vientecillo
ligerísimo que sopla, los ciñe a la tela, para mostrar su redondez, su dureza.
(Alguna vez mordí un brazo a mi niñera).
Todos esperamos el sancocho. El sancocho de
pargo que nos hará sudar más. ¡Todavía más calor! No se puede ni comer. Por todo se suda. Cuaquier movimiento que hacemos nos
produce una larga humedad en el pecho, la frente, las sienes y las axilas. Pero
nos comeremos los pargos que hemos pescado —¡yo!— a pesar del calor y del
cansancio.
Está sabroso el caldo, con grandes ojos de
grasa y los pedazos de pescado blanco que se deshacen entre la boca. En otro
plato hay un pedazo de carne gorda y un trozo de plátano asado; comer carne con
caldo y pescado con yuca es muy sabroso. En la boca perdura un sabor ambiguo de
sal y de dulce. Después tomamos el café. El mismo café de esta mañana, hecho a
base de panela. Fumaré en mi pipa nueva que compré en Barranquilla. Pipa larga,
fina, para la ciudad. No he fumado 10 minutos cuando empiezo a sentir un grande
ardor en la lengua y en la garganta. El humo me saca lágrimas. Lole, uno de los negros, se da cuenta y, sonriendo, me dijo:
—Préstala, yo te la curo.
Vacilo un momento —después, en la Guajira, ya
curada, ¿con qué la desinfecto? Pero pienso en mi lengua dolorida y en lo
sabroso que será fumarla cuando tenga en el interior una dura capa de nicotina
y de cenizas, y se la entrego en silencio.
He dormido largo rato sobre cubierta, bajo la
sombra inconstante de las velas flácidas, con el sol dormido a su vez sobre mi
cuerpo, y he soñado con Meme. No recuerdo lo que he soñado, y es lo mejor
quizás. Su nombre, ese nombre de niña, de bebé, que es casi un vagido, una
queja, con sus dos sílabas exactas, repetidoras y monótonas, me ha roído toda
la tarde el cerebro. Me levanto con la cabeza pesada, turbia; con el cuerpo
cansado, revuelto; la boca reventando de bostezos, el horizonte gris, y la
encuentro sentada sobre el foque que me sirvió de asiento y de mesa durante el
almuerzo. Su calor y el mío deben haberse mezclado y ella debe sentir algo de
mi cuerpo fomando parte del suyo. No nos hemos hablado jamás. Hemos cambiado apenas un tímido saludo. Pero ahora sí voy a hablarle. ¿Qué otra cosa puedo
hacer durante el tiempo que tengamos encima la calma? Además, ya empiezan a
mirarla demasiado los marianeros. Si no me adelanto, será para algunos de
ellos.
Voy hacia ella, bajo las miradas torvas de
todos y la del sol, irónica y redonda.
Hacia mi ciudad por el
recuerdo
No he debido hablarle. Era, por lo menos, inútil. Me acerqué a ella con un
paso firme, que había perdido desde que embarqué hasta ahora, cuando la goleta
no tiene ese piso vacilante de terremoto que improvisan las mareas sujetas al
capricho de la luna hipócrita. Frente de nosotros estaba sentado sobre la obra
muerta del barco, el contramaestre Dick, holandés viejo y marrullero. Tenía la
mano derecha dentro de la faja, como si se acariciara el hígado.
¿Para qué decir las palabras que se cruzaron
entre nosotros, tropezando en los guijarros de la timidez y el desconocimiento?
Haría frases tontas, como todas las que se dicen a una mujer cuando se la desea
sinceramente, con verdad y con ansia. Y si dijera lo que me respondió, qué mala
idea se formarían de la pobre Meme! El viejo Dick se había dedicado a mirar
hacia el Nordeste, con los ojos tapizados por la inquietud de la espera. La
espera —tan larga ya— del viento. Sin decirnos nada, también nos pusimos a
mirar, esa línea variable y exacta de los horizontes marinos, de un azul
tierno, donde nacen los vientos esperados y los huracanes imprevistos.
Son las cinco de la tarde. Los crepúsculos de
estos lugares
—cercanos ya al cabo de San Juan de Guía— son
violentos, demasiados crepúsculos. No se tiene cuidado al repartir los matices
y hay un exceso de rojos y violetas, que marea. Las velas de “El Paso”, nuestra goleta, no han sido
arriadas. Sirven en su desmayo arrugado de
testimonio de que aún esperamos. Todo ha sido lo mismo en este día. Ya nos
conocemos ampliamente en nuestra simplicidad de personas sin importancia. El
capitán, el contramaestre, el grumete, el condenado cocinero, los marineros,
los pasajeros negros, Meme y yo. Nos hemos estado investigado-ramente mirando
todo el tiempo. Podría jurar que el capitán tiene en la mejilla dos pliegues
discretos que le acercan demasiado a la boca la oreja derecha, y que encima de
la ceja izquierda de Dick hay un pequeño lunar de color café.
En las jarcias hemos colgado nuestras ropas:
pantalones azules y franelas rayadas. Están húmedos de sudor y agua de mar. Dos
líquidos amargos y salados. Todo esto le da al barco un aspecto insólito de
cosa firme, de casa inmóvil y tranquila. Y sólo es el primer día de calma. He
oído referir historia y he leído en libros terribles que hay calmas eternas, de
muchas horas, de días interminables. Historias escalofriantes por las que
corrían redes temblorosas de hambre, estremecimientos de sed, convulsiones poeanas.
Y, en fin, todos los hombres de aquellas historias y de esos libros morían de
desesperación.
Otra vez a comer. Está tan cerca el recuerdo
—por escasez de sucesos— del almuerzo, que es repugnante el pensamiento de la
comida. Y comer lo mismo: el pesaco, la carne y el plátano. El café hecho con
panela. Y fumar tabaco. Sin embargo, como no hay nada más que hacer, comemos
desaforadamente.
¿Y qué más puedo decir de la goleta y de sus
tripulantes? Nada. En mi recuerdo se construyen a sí mismos arbitrarios y
confundidos, con rasgos ajenos y ademanes prestados. Pero dentro de esas
líneas, de esos gestos, duran siempre exactas la sensación de la calma y la
certeza del peligro.
Y ahora, hablaré un poco del objeto de mi
viaje. Soy —como se habrá podido observar— un muchacho —hablo en 1923— que
tiene grandes facultades para aburrirse por falta de movilidad. Y, sin embargo,
me fascina la inercia, me place la molicie, soy perezoso. En el colegio, cuando
un hermano cristiano, de cara morada como una berenjena madura puesta en el
plato del cuello, nos explicaba la lección de geometría, me quedaba dormido. Y
soñaba con ángulos, con triángulos isósceles y escalenos, en sueñecitos cortos,
en los cuales no cabían sino dos o tres figuras geométricas poco complicadas.
Quizá lo que más me disgusta es esta tranquilidad frozada y perfecta que nada
turba. Si hubiera viento, habría gaviotas blancas, angulosas gaviotas que
parecen hechas con el pedazo de papel duro que rasga cada uno de sus gritos
secos.
He dicho que soy perezoso e inerte. Es uno de los muy pocos defectos que me he encontrado, aunque siempre he
deseado tener muchos. Es la mejor manera de vivir. Y, si a los defectos se
añade un vicio, ya está hecha la fortuna. Los hombres buenos pasaron de moda
como las crinolinas. Y es preciso ser hombres del siglo, del año de la hora y
del minuto. ¡Es tan horrible saber que el tiempo nos ha tomado la delantera!
Además, ser malo es cómodo y grato. Pero aun habiendo hallado a la maldad estas
dos cualidades, no he podido llegar a ser perfectamente malo, lo cual me hace
dudar mucho de mi humanidad.
He prometido hablar del objeto de mi viaje.
Pero, en verdad, mi viaje no tiene objeto. No se piense que tengo otro defecto.
Mentir es otra gran cualidad. Lo ha dicho ese exquisito viejo Mark Twain humorísticamente, pero es
necesario tomar en serio a los humoristas.
Hablararé —en cambio— conmigo mismo, de mi viaje. Yo vívía en una ciudad
estrecha, fría, desastrosamente construida, con pretensiones de urbe gigante.
Pero en realidad no era sino un puebluco de casas viejas, bajas, y personas
generalmente antipáticas, todas vestidas con trajes oscuros. Solamente dos
cosas la hacían amable: las mujeres y los automóviles. Las mujeres eran unas
100.000 y 1.500 tal vez los automóviles. Mejor hubiera sido —para mí— lo contrario. Porque, ¿qué hace uno con ocho o nueve mujeres y sólo
un automóvil? En cambio, qué agradable tener sólo una mujercita y dos Buicks,
un Packard , un Chevrolet, un Nash!
Me aburría profundamente y concienzudamente en
esa corta ciudad, leyendo libros estúpidos y acaramelados de Ricardo León,
Jorge Ohnet y Bordeanx. No llegaban libros de otros autores y todos los
ciudadanos se creían grandes poetas y literatos. La ciudad era pintoresca, a
pesar de todo. Resultaba maravillosa como espectáculo. Pero no existe un
espectáculo tan decididamente divertido que pueda curar el aburrimiento
perenne. Y un día resolví irme. Sin saber para donde. Un abuelo mío había sido
pirata. Un abuelo o un bisabuelo. No lo recuerdo exactamente. Yo no sabía para dónde irme. Pero eso no
importaba. Lo único necesario era salir de
allí.
Y por fin llegó la mañana de aquel lejano día
de enero que debía ser el de mi viaje. Comencé a despedirme de la ciudad, como
si no hubiera de volver nunca. Crecía en mí la certidumbre de la ausencia y se
me alargaban las perspectivas de la distancia que habría de separarme de la
ciudad. Cada minuto que pasó de aquel día, me dejó recuerdos de años. Lo
remoto, lo desconocido, lo distante, adquirían frente a mi pensamiento
—anticipo de lo que había de dejar más tarde y para siempre la retina— aspectos
sorprendentes. Y en todos los instantes de aquel día —que para mí no tuvo
color— se agolparon paisajes que había de mirar más tarde. Nacieron entonces
rostros que eran en ese tiempo más jóvenes que cuando los vi en carne, y
esbozáronse sensaciones que experimenté después.
El tren salía a las 9 de la noche. Yo sabía
que estaban llenando mis maletas, mejor dicho, mi maleta, con mis ropas,
escasas y pobres. Además de las camisas, las medias y los pañuelos, sabía que
pondrían un escapulario de la Virgen del Carmen, un potecito de mentolatum,
hilos, bojones, agujas y un poco de mimo materno, que se quedaría escondido
entre el hule viejo y lustroso.
Mi capital era muy pequeño: solamente $58. Y
unas cuántas lágrimas. Partía de la ciudad donde mis ilusiones de niño
tropezaron por primera vez con la realidad; de la ciudad donde vi la primera
mujer, donde leí el primer libro —es cierto que fue de Eugenio Sue— y donde di
el primer beso. La ciudad que no veía ya, pero que comenzaba a descubrir ahora.
El tren corría sobre campos oscuros, horadados
en veces por campesinas luces trasnochadas. Labranzas verdes de pastos, de
papas y de trigos. Sembrados donde el maíz lanzaba su alegre carcajada vegetal
en las mazorcas jóvenes. De pronto, un rancho. Una casa grande de ladrillo. La
casa de una hacienda. Pueblecitos pequeños, dormidos, donde al paso del tren
salían parejas enamoradas.
En el vagón de primera en que viajaba —aún
creía yo que era más interesante viajar en primera que en tercera— iban varias
parejas de personas que se habían casado ese día. Por eso olía tanto a perfumes
finos. Se mezclaban todos los aromas sutiles y todos los aromas fuertes del
campo. A esa hora la piel de las recién casadas debía tener una deliciosa
tersura, hecha de deseo y de timidez. Olía el vagón a perfumes —esos perfumes
que sólo usan las mujeres el día de su matrimonio y que nadie sabe qué se
hicieron después. Las mujeres iban arrebujadas en sus abrigos y en el temor de
lo que deseaban imprecisamente con un temor vacilante, ruborizado como sus
rostros, sus tímidos rostros cubiertos por un hipócrita tinte violeta, débil
como las luces del campo. No recuerdo exactamente si aquellas mujeres —que
deben recordarme por mi soledad— eran bellas. Pero sí puedo asegurar que había
en la sombra muchas bocas temblorosas, gruesas y finas, grandes y pequeñas;
bajo las mantas, muchas manos sudorosas, reptantes; muchos pies en contacto,
ojos que deseaban verse y tenían miedo de mirarse; oídos alerta a la palabra
dulce que se posaba en la orilla de los míos de muchacho soltero, como una
mariposa cansada y tímida.
El tren seguía corriendo sobre los campos. Y
dentro del vagón la vida externa estaba inmóvil. Pero en el interior de esos
cuerpos corría a mayor velocidad que el tren. Campos fríos, campos de siega, de
cultivo, campos llenos de vacadas dormidas que manchaban el verde del campo con
sus colores de piedras de río. ¿Y Bogotá? Bogotá se iba quedando atrás con sus
luces y sus mujeres y sus automóviles. A esa hora, muchos seres se amaban.
Muchas mujeres besaban muchas bocas de hombres. Yo lo sabía y volví la vista a
mi derecha. Pero no puede sorprender a ninguno de mis compañeros de viaje. Olía a perfumes, a carbón, a campo! Todos, todos, perfumes femeninos. Chispas del tren
entre la noche. Unicamente yo estaba solo. La noche tenía estrellas; pocas,
pero las tenía. Tenían los campos sus frutos, y los potreros sus vacadas y las
vacas sus hijos y mis compañeros de viaje sus mujeres. Yo estaba solo. ¿Qué iba
a hacer en la vida? Y todos mis compañeros seguramente sabían imprecisamente
que algo o alguien los molestaba, y tal vez, me miraban sin darse cuenta
corriente de que yo, el único soltero del vagón, el único solo, les fastidiaba,
les impedía. Porque no era lo más natural que, entre todos ellos, casados
aquella mañana, se estableciera una mutua y tácita complicidad. ¿No iba a ser
su vida muy semejante desde aquel día? ¿No iban a besarse, a amarse, a
poseerse, a vivir siempre juntos, como vivirían siempre en mi recuerdo?
Con el cambio de línea, hemos cambiado de
clima. Ya comienza a sentirse el calor. No sé lo que será la tierra caliente.
Duermo un rato y me despierto oprimido, con la frente llena de gotas de sudor. Mi sueño ha sido turbio, pesado, inquieto. Oprimido por el temor de que mientras duermo se estén
besando. Tengo envidia. Envidia porque
yo no puedo besar a ninguna de esas mujeres, acaso vírgenes, acaso bellas,
buenas tal vez. No puedo besar a ninguna, ni a mí
ha de besarme nadie! Calor y sueño de mujeres. Mujeres que me muestran sus
bocas dulces como las manzanas maduras. Mujeres sedientas como yo, de besos y
de agua. Mujeres que también desean, como yo, que alguien vaya a besarlas.
Mujeres y montañas, campos ariscos. Campos curvados, elevados, recogidos, campos
y valles. Campos y llanuras y montañas. Oteros, colinas, collados. La tierra va
tomando —con el calor— la movilidad del cuerpo femenino y su gracia. Son
colinas redondas y torneadas como hombros, las que hay en el fondo del paisaje.
Onduladas, llanuras, de donde surgen cálidos perfumes, como de vientres
femeninos. Valles penumbrosos, redondos, herbosos como las axilas. El aire está
cruzado por el beso de las flores que se fecundan. Cálida noche de besos, de
estrellas y de frutas. A lo lejos, se oye el discurrir de un río. Pienso en el
agua que se mueve serpentina por bosques frescos, por montecillos agrestes, por
oquedades sonoras. Y cuando tengo esta visión tan clara del agua, del cristal y
de la frescura, tórnamela oscura, la devora y no me la devuelve, la obscuridad
del túnel.
Ahora sí tengo la seguridad de que se han
besado, porque, al salir del túnel a la noche, está más claro el vagón y la
atmósfera ha ganado un perfume, un olor acre, demasiado humano, en exceso,
tangible y masculino —¡el único! Yo estoy ahora más triste. Si, más triste y
más solo. ¿El río? El río se fue. Se quedó a mis espaldas, detrás, como se
quedaron las mujeres y las luces de Bogotá. Todos se fueron de mi vera. Y las
compañeras de viaje, las mujeres recién casadas, se hallan más unidas a sus
hombres, con una desnudez anticipada que les permite el calor. Tierra caliente
y tristeza. Campos perfumados con un perfume que ahora me marea. Mujeres, besos
y Bogotá. Todo, todo perdido. Ahora,
¡solo! ¡solo yo!
Después, el río, lento, amarillo y caliente. Con sus selvas y sus buques y
sus caimanes. Mosquitos. Recuerdos, recuerdos. Y Barranquilla. Y después de esa
larga distancia, después de haber vivido horas dulces y horas amargas, después
de haber sufrido y amado, estoy aquí, en esta goleta que me lleva a la Guajira.
Seguramente —como lo ha sido todo—, la Guajira será también una desilusión. He
adquirido sobre ella algunos datos. Me han dicho que es una península que se
extiende más de 18.000 kilómetros cuadrados al Norte del Río Calancala. Su
figura es la de un brazo fuerte y musculoso, cuyo contorno marcan golfos y
bahías. Es una tierra árida, de sol, de sal, de indias y de ginebra. Y yo voy
ahora hacia ella, como fueron Colón en su tercer viaje, Alonso de Ojeda en 1499
y Las Casas. Yo voy también, a la manera de los conquistadores. Voy a
conquistar la vida, el pan y el amor. No llevo sino mi juventud, mis músculos,
$135, 6 cuellos, 8 pares de medias y 3 camisas, además de 2 vestidos viejos y
uno bueno.
Me han asegurado que se realizan en la Guajira
maravillosos negocios. No lo creo. Es posible que se venda, y se
doble el valor de los objetos, pero no creo ya en los negocios fabulosos, ni
los deseo. No pierdo por eso la esperanza de trabajar y de vivir. Viviré y
conseguiré algún dinero. Entonces, me iré o me quedaré allá. Pero, más que
todo, lo que deseo es conocer a las indias, vivir al lado de los buzos que
pescan las perlas y, si es posible, conseguir un empleo en las salinas.
Permanecemos inmóviles. Cansados y
soñolientos. Un marinero canta y sobre la cubierta otros 2 juegan a los dados.
Los cubitos de hueso, al caer sobre la madera de cubierta, hacen un ruido
alegre, corren y se detienen. Voces, cantos, risas, sueño. Yo estoy también
jugando ahora mi vida al dado. El sol está lejos. Saltan las agujetas, como
sólidas agujas de aire, que cosen la atmósfera. No hay nubes. El cielo brilla con un azul dulce y claro, como los ojos de los niños
rubios. Lejos, hay jardines, jardines frescos y fuentes sonoras. Aquí el calor,
la distancia, el vacío. Estamos en la mitad del mundo, en el centro del mar,
como dentro de una cúpula. De una gran cúpula de cristal. El capitán en el
timón y yo sobre la cubierta mirando al sol, mirando al mar, mirando hacia el
recuerdo, hacia Bogotá, donde ahora todo es frío, fresco; calmado como aquí,
pero no denso y pesado como mi sueño. Caen los dados sobre la cubierta y se
levantan los marineros. Miro los dos cubitos de hueso. Qué exactitud la de los
puntitos negros, dibujados diagonalmente, que suman 6!
En mi memoria permanecen el sol, los 2 treses
y la cercanía de Meme.
La tempestad, y sin la
llegada, iniciar de nuevo la partida_TC
"La tempestad, y sin la
llegada, iniciar de nuevo la partida"_
Casi no puedo creeer lo que ha sucedido. Pero no hay lugar a duda. La duda no cabe. Revienta la certeza, a pesar de la
cárcel que quiere formarle la incredulidad. Estamos en Cartagena. ¿En
Cartagena? Sí. En la ciudad de las murallas y de la tradición heroica. En la
ciudad tranquila, de la colonia y del pasado.
“El Paso” está roto, desmantelado, como una
casa en día de mudanza. Ahora recuerdo, puedo recordar al mirarle. Con sus
velas desgarradas, con el tronco del palo mayor desastillado, que lo hace más
vasto, más solo, más triste.
Eran casi las 7. Habíamos mirado mucho tiempo
cómo el sol caía en el mar. Habíamos contemplado la púrpura violenta del ocaso.
Sabíamos que iba a aumentar la colección de soles que —como circulares tejos
dorados— hay en el fondo del mar. La noche era clara. Limpia había salido del
fondo del día. Del seno de las horas llegaba con sus estrellas nuevas. La luna
era tensa como un arco. Conversábamos, sin esperar nada espantoso. De pronto,
inopinadamente, un rayo certero, corto, vibrante, sin auxilio de truenos, como
un hachazo violento, cayó sobre el palo mayor. Lo cortó a un metro de la base y
fue a caer sobre el camarote de la izquierda, de donde acababa de salir Dick,
el holandés viejo y marrullero. Aquel viejo que nos miraba, a Meme y a mí,
cuando conversábamos de cosas que a él no le importaban, sintió la muerte que
llegaba, que estaba tan cerca, que hizo una mueca de resucitado. Y, sin que
hubiera un minuto de tiempo para arriar las velas restantes, llegó el viento
terrible y furioso, entre bloques de lluvia, gruesa y áspera. La embarcacación,
empujada por el huracán y por las masas de olas altas, agresivas, que pasaban
por encima de nosotros en mal disimulaba caricia, corría sobre penachos de
espuma. El mar tranquilo, ese mar al que ya teníamos confianza, que ya no
despertaba en nosotros el temor, era ahora espantoso, imponente, y violento.
Había cambiado su verde de infancia, de ternura, ese verde casi blanco, que
molestaba los ojos y los hería, como la luz de los sopletes eléctricos, por un
verde profundo, denso, oscuro, de ojos de mujer mala. Yo tenía miedo, un miedo
robusto y firme, sin huecos y sin hendiduras. Un miedo que estaba en mis
huesos, en mis carnes, en mi cerebro y en mi espíritu. Un miedo religioso que
me hacía olvidar las oraciones que me pedía la lengua. Ensayaba en vano rezar
el padrenuestro que me enseñó mi madre, el avemaría que aprendí hace ya tanto
tiempo y que olvidé antes de aprenderla —así es de remoto el recuerdo de sus
palabras— y mi lengua no podía decir nada. No articulaba palabras, formulaba
gemidos de terror. Con los vestidos húmedos, cerca de las lluvias, cerca del
mar, cerca del agua total, tenía miedo y lloraba como cuando me encerraban en
mi casa, en un cuarto donde decían que había terribles fantasmas.
Pero, más miedo que el mar y que la lluvia.
Más miedo que los rayos, me causaban las blasfemias espantosas de los
marineros. Las blasfemias rojas y sangrientas que moteaban la noche con luces
más diabólicas que las de los rayos. Rayos rojos, rayos iracundos que, al caer
en el agua, chirriaban como hierros candentes y levantaban pequeños surtidores
esbeltos, formando una lluvia inversa, como si el mar, cansado de sufrir sobre
su lomo, dividido en tantas olas, los aguijones de la lluvia, quisiera
responder inútilmente al ataque del cielo.
El capitán pretendía, en vano, aferrado al
timón con sus potentes manos vellosas, dominar a los marineros. Una rabia
cruda, de hombre herido, le corría por la cara. Las venas de su frente estaban
gruesas como dedos. El sudor, que brotaba de todos sus poros, no podía
confundirse con la lluvia, porque era de un turbio color amarillo y la lluvia
era clara como la seguridad del naufragio. Tenía su pistola en la mano y
amenazaba a los marineros amotinados, entes de pesadilla, que, escondidos en la
proa, entre las cadenas de las anclas, tenían un aspecto terrorífico de
condenados.
Yo estaba cerca de él, como si estuviera al
pie de una montaña. Me sentía más seguro cerca de ese hombre que crecía ante
mis ojos por su simpatía y ahora por su valor, por su coraje, por su decisión.
Estaba aterido por el frío y por el miedo, pero cerca de su robusto cuerpo
olvidaba todo, hasta lo más terrible: que no sabía nadar. Además, hubiera sido
inútil saber nadar. Porque con ese terrible oleaje, con esa monstruosa furia de
la tempestad ¿quién hubiera podido salvarse? El barco volaba en alas del viento.
Saltábamos, por encima de los abismos que formaban las olas, con la agilidad de
las agujetas. Los peces estaban alegres y en la sombra yo veía brillar los ojos
trágicos de los tiburones. Y veía también a mi madre, allá en el horizonte
gris, de humo y de ventisca.
Vimos el faro de Santa Marta, que recorría con
sus luces intermitentes el mar, en ayuda de los barcos. Las fajas de luz, que
abanicaban el temporal, corrían como corrían las luces del puerto donde ahora
todos dormían. Tal vez nosotros estaríamos ahora en la imaginación de las
mujeres de los marineros, de las humildes mujeres de los pescadores que
pensaban en el naufragio.
Y pasaron las luces de Puerto Colombia. No podíamos entrar. La tempestad nos llevaba a su antojo, donde quería, a
donde el viento había orientado su furia, su alegre furia que cantaba y rugía.
La lluvia era fina y constante. Menos temeroso, porque la goleta ya estaba en
manos de todos sus marineros, a quienes había hecho obedecer el capitán con su
pistola, que era el temor de muchos balazos, fui a tenderme en mi camarote,
temblando de terror y de frío. No sé si fue al amanecer o a qué horas cuando me
quedé dormido. Y he despertado ahora en Cartagena, ciudad de mujeres y de
murallas.
Meme —ha sido la desilusión más grande de mi
vida— había pasado por entre la tempestad en su camarote interior, sin que su
piel conociera la frescura de una sola de las gotas de agua marina o de lluvia,
que nos humedecieron en la noche terrible. Yo, que esperaba verla aparecer de
improviso, como una espantosa diosa negra, como una walkiria del trópico, para
calmar la lluvia, la tempestad y el olegaje! No pudo ver la batalla entre las
aguas marinas y las celestes, que querían endulzar el mar. No supo de los
truenos rotundos y altaneros, ni de los rayos rojos y cortos, que iluminaban
brevemente nuestros gestos temerosos y nuestras caras pálidas. Tal vez todo eso
lo viera a través del espanto que aún duraba en mis ojos.
Esperamos que llegue la lancha de la Sanidad,
que debe visitarnos antes de desembarcar. Entre tanto, yo miro la bahía. El
muelle de la Machina, allí, a mi izquierda donde descarga grandes bultos un
barco holandés. Un tren pequeñito corre gritando. A lo lejos, se ve el cerro de
la Popa; allá, en frente, la Torre del Reloj. Se alcanza a oír el grito de los
automóviles; veo pequeñas figuras que se mueven. El mercado, bullicioso; muchas canoas, botecitos,
cayucos. En el fondo del mar, se ve una
estrella animada. Una estrella que se mueve . ¡Es de plata! brilla con el sol
de la mañana. El agua es pura, clara. Y a un lado nuestro está el Castillo de
San Felipe.
Llegó la lancha, con un guarda viejo, con la
boca gruesa y trompona, con unos bigotillos desparramados, como cerdas. Es gordo y alto y negro. Sonríe con toda la cara de mulato satisfecho. La
chaqueta le queda corta y se le ve un pedazo de piel del estómago, cetrina y
llena de pelos ensortijados. Visitaron la bodega, miraron todo y se interesaron
por nuestra aventura.
El hombre gordo y negro, sonreía y se quedaba
a cada palabra nuestra con la boca abierta, como si se comiera las frases.
Habíamos llegado en arribada forzosa y esto nos daba cierto romántico
prestigio, ante los ojos de la marinería absorta que viaja al Sinú.
Uno de los marineros conversaba con un antiguo
compañero, desde nuestro barco. El otro estaba en una canoita nueva, limpia,
una canoa para pescar en mares tranquilos. Sus palabras, entre la calma y el
silencio del día, recorrían el camino de la boca del uno a los oídos del otro,
cansadas y llenas de pereza y de calor.
—¿Qué hubo, compa de la Juanita?
—La dejé en Riohacha en er último viaje. Etá
preñá...!
—¿De ti?
—¡Ah no, que va a ser de ti...!
Y estallaron en amplias risas, que no les
cabían en la boca, redondas y cubiertas de sudor, como estaría el vientre de la
mujer de quien hablaban.
En Cartagena hay, a una vecindad alarmanete
del mercado —en la orilla, en la orilla— una larga fila de canoas, que van a
Quibdó, a Tolú, al Sinú. Canoas pesadas, grandes y pequeñas, con velas sucias,
manchadas, con toldas improvisadas. Esta cercanía del mar a la vida terrestre,
de ese mar que está allí desprestigiado y sucio, lleno de cáscaras y de
inmundicias, es peligrosa en extremo. Todos lo saben, y se teme, con un pavor
impreciso, que algún día de calor, cuando todos los hombres rumien sus
pensamientos a la sombra y sólo el grito de un gamín rasque la calma de la
tierra cálida, se marchen de pronto las goletas y las canoas que están cerca
del mercado, llevándose a Cartagena a quien sabe cuál país extraño.
Cartagena no causó en mi ánimo una impresión
extraordinaria. Había pensado tanto en esa ciudad, rodeada por todas las
leyendas galantes y heróicas, que se me había anticipado casi totalmente en la
imaginación.
Conocí las calles estrechas, empedradas, donde
cada paso parece despertar un recuerdo, con sus casas altas con ventanas de
hierro llenas de tiestos con flores. Esas casas enrejadas que evocan el clavel
y la guitarra. El clavel que huele a canela y la guitarra que huele a serenata.
Fueron de mi agrado el amplio cinturón de las murallas de piedra, casi
destruido; los castillos de piedra, medio desmoronados, que dan a la ciudad un
aspecto de fuerza antigua, medio borrado por las agujas de las iglesias. Iglesia
de San Pedro Claver, donde está el cuerpo del santo. Patinada por los años y
por la brisa la piedra antigua y venerable. Aislada en un rincón colonial donde
todo parece más tierno, donde los aullidos de las sirenas de los automóviles se
hacen espesos y suaves como las voces de un órgano. Pero, lo que más me gustó
de Cartagena fueron los nombres de las calles: Calle de la Media Luna, Calle de
las Ventanas de Hierro, Calle de los Santos de Piedra, Calle del Estanco del
Tabaco, Calle del Candilejo, Calle de la Moneda, calles llenas de mujeres, de
turcos comerciantes, de negritos impertinentes, de gritos de vendedoras de
pescado.
Y los barrios modernos: Popa, Manga, El
Cabrero. Con sus elegantes residencias, de un exquisito mal gusto que arrojan
sobre los transeúntes macetas femeninas de flores extrañas y de luces
artificiales. Las calles del centro, con sus edificios modernos que vigorizan
la perpendicular, vacilante hacia la oblicua, de las casonas blasonadas. Y qué
alegre el Portal de los Dulces, con sus limpiabotas gritones, sus vendedores de
billetes de lotería y sus almacenes de abarrotes.
Después de 24 horas en Cartagena, ha
disminuido considerablemente mi capital. La culpa es del capitán. Ayer, por la
tarde, cuando fui a comer a bordo, después de haber paseado por la ciudad con
mi vestido de dril blanco, mi sombrero de paja y unos botines enormes que eran
de mi papá y me quedan grandes, me invitó a que fuéramos a tierra por la noche.
Accedí. Fumamos una pipa, miramos las estrellas y pensamos en lo que haríamos,
sin decirnos nada. Yo notaba que sus miradas eran más claras que de costumbre. Por
los labios le escurría una sonrisa, que era demasiado irónica para no revelar
un oscuro propósito.
A las 9 cuando es más bella Cartagena, con su
aspecto de ciudad africana, blanca, llena de cubos y de masas, de bloques
blancos, entre el polvillo de oro de las estrellas, con sus automóviles
discretos y sus autobuses vocingleros, cuando las voces de los cocheros se
pierden entre los huecos de luz de las ventanas, el capitán mandó echar el bote
al agua. Los marineros gruñeron y dijeron blasfemias cortas, pequeñas, que
merecieron del capitán una sonrisa y a mí me parecieron ridículas, ahora que
estaba seguro... Ya estaban todos borrachos de ron. No había esperado la noche
su impaciencia de alcohol y de sexo, fortificada por el peligro que habían
pasado.
Tardamos mucho en llegar al muelle, porque los
marineros estaban perezosos y soñolientos. ¿O sería que mi ansia de llegar me
estiraba las horas? El capitán maldecía como si para él no hubiera otra noche
en la vida. Como si todos fueran días marineros los que le esperaban. Días de
sol, en el mar, sin sombras propicias ni mujeres amables. Nos dejaron y
volvieron al barco, ahora si rápidos, remando al alcance del sueño.
Nos fuimos, muchos, por el lado del Arsenal.
Hay barcos en reparación, tendidos sobre un costado, que parecen cansados; la
brea les pone sus vendajes negros. Y huele mucho a pescado frito. Es un olor que va directamente al estómago y se indigesta. Caminamos por
algunas calles solitarias, y nos metimos por la de La Media Luna. Me impulsaba
un deseo picante de algo que no podía saber qué era. Llegamos a una taberna que
estallaba de gritos. Seguimos; todavía no era la hora de estar acompañados por
los borrachos pendencieros y habladores. Eso, más tarde. Otra taberna se mostró
ante nuestros ojos. Se quedó quieta, en toda la longitud de la calle que se
movía. Pequeña, con el techo bajo, del cual colgaban racimos de bananos maduros
y verdes. En el fondo de una de las botellas se veía brillar una tragedia.
Otra, tenía un reflejo de puñaladas. Embriagueces inmóviles y confiadas, en
espera de los predestinados. El mostrador amarillo y el estante, tenían el
aspecto más inocente. Se corría un pedazo de tela floreada que hacía las veces
de cortina, y el espectáculo cambiaba completamente. El humo se hechó sobre
nosotros, con la asfixia en las manos, como un estrangulador de película . 3 o
4 mesas con pequeñas butacas en torno. En un rincón, una negra muy joven
amamantaba a un pequeñuelo. Tenía el seno tan redondo y tan robusto, que daban
ganas de ser niño chiquito. Un mosquito se hinchaba de su sangre, roja y
fecunda, en una mano. Ella no se daba cuenta. El mosquito estaba tan alegre como el pequeñuelo. Aquella negra joven, sana y robusta, era una mancha de
tranquilidad que llenaba de redondeces el aposento hostil y agudo. Lo demás era
ruido, embriaguez y estrépito. Yo, que nunca me había embriagado sino en esa
ciudad lejana, fría, como un perro prudente y cauteloso y que sostenía mis
borracheras tímidas en las paredes encaladas, me sentía ahora fuerte, libre y
hombre. Viví aquella noche con toda mi alegría de muchacho aventurero y
sencillo.
El capitán pidió ginebra. Nunca creí que en
aquella tabernucha hubiera ginebra, licor que se me antojaba exótico y que
había deseado siempre, con un amor intensificado por los elogios que de ella
hacían muchos autores que leí cuando pequeño. Cuando leía a escondidas en mi
cuarto, listo para guardar el libro prohibido bajo la almohada.
La ginebra vino, oculta entre una canequita de
barro moreno, con su color beato de agua bendita. El primer trago que se me
salió de la boca, para regar el mentón árido, me causó una delicia
inconcebible. Dejó mi garganta regada con un dulce aroma de azahares, y el
calor, que subía repentino del estómago, era como una flecha de fuego hacia el
cerebro.
Bebimos mucha ginebra. El capitán comenzó a decir palabras duras, de una lengua desconocida, y a
pronunciar frases inconexas. Por su rostro desfilaba el recuerdo de
maravillosas aventuras que yo deseaba conocer, y en sus pupilas discurrían las
1.000 sirenas del azar. Sus labios rojos, de un rojo profundo, como el de las
cerezas demasiado maduras, se plegaban en sonrisas misteriosas y satisfechas.
Ahora lo conocía mejor. Estaba más cerca de mí. Con su olor de mar y de hombre.
Con sus mandíbulas duras y angulosas como codos, cubiertas de una barba
ligeramente bronceada, que temblaba toda cuando reía. Parecía salido de un baño
de recuerdo, cubierto por el sudor del esfuerzo. Yo bebía la ginebra a sorbos
pequeños, matando, estrangulando ese innoble deseo que nos viene de hacer,
cuando estamos borrachos, confidencias ridículas que no interesan a nadie. La
moza que nos servía, era pálida en toda la longitud de sus 20 años. Le
brillaban los ojos como vasos llenos de un vino oscuro. Le temblaban las manos
cuando miraba al capitán. Al verle las manos que habían apretado muchos talles
y la boca que había aspirado muchos labios. Era tan alta como yo. No sé decir
si bella o fea, pero me pareció bellísima. Su boca estaba siempre empapada de
sonrisa. De una sonrisa melosa, que parecía ajena. Las piernas finas, desnudas.
Largas y blancas, se escondían desde la rodilla redonda entre la falda roja.
Intenté muchas veces pasar de la rodilla, pero la imaginación me flaqueaba.
El capitán me refería episodios lejanos de su
pasada vida de contrabandista. Hablaba de una goleta negra —goleta para viajar
solamente en la noche— en la cual realizó estupendas proezas y que dejó en su
recuerdo un gran vacío de cariño.
Por la noche, decía, izábamos las velas en
silencio y parecía que se levantara sobre la cubierta una procesión de
fantasmas negros. Teníamos las poleas bien engrasadas para que nada chirriara,
con esos chirridos que delatan a los pescadores y hacen huir a los peces. Y
navegábamos por los mares de Margarita de aguas azules y por las aguas verdes
de Curazao y las puras de Venezuela. Llevábamos a todas partes contrabandos de
cigarrillos, telas de seda, whisky y ginebra. Nosotros, no fumanos opio ni
bebemos whisky. Eso, sólo lo beben quienes no prueban nuestra ginebra dulce,
nuestra ginebra caliente, que lleva directamente a las mujeres. Decía ésto con
un orgullo íntimo, como si fuera él único bebedor de ginebra.
Una vez en Maracaibo, continuaba, mirando mis
ojos absortos —y bajaba la voz al decir esto, como si en lugar de salir de su
boca a ella llegaran las palabras— de un puerto pequeño, de un caserío cercano
a la ciudad, me robé una morena más linda...!
Y el capitán saboreó el recuerdo de los muslos
de la morena, con una carcajada corta, rota en 4 tonos de goce.
Y la mujer pálida, esa moza que ha trasladado
a nuestros cuerpos la embriaguez de las botellas inmóviles, mira cada vez más
al capitán con ojos ardientes como la lumbre de un cigarro en la noche de un
campo. Temo el asalto de sus brazos blancos, finos y redondos, al cuello
nervudo del capitán. Pero éste no parece darse cuenta corriente de nada. Está
perdido en el caos de su memoria, llena de silenciosos disparos, de cuerpos que
caen entre una sangre rápida de muerte indudable, de goletas veloces, de balandras
ágiles, de senos y de manos femeninas. Refiere a media voz historias de
piraterías y de aventuras a bordo de la balandra negra. A cada momento que
pasa, se acendra la embriaguez. Un rayo de luna juega sobre mi brazo, y cuando
lo muevo, se coloca sobre mi costado. La ginebra se ha tornado espesa, como el
humo de las máquinas, y circula en nuestro cerebro como una niebla maléfica.
Deforma las figuras, oscurece el color de los objetos, y da a todo una pesadez
de sueño, de cansancio y de olvido, semejante a la de un despertar brusco.
Entorpece las ideas y las palabras, que no saben encontrar la música del
sonido, ni los hilos roncos de las cuerdas vocales. El capitán repite ahora,
una sola frase, fluida y exacta.
—Era muy dócil al timón, era muy dócil al
timón, era muy dócil al timón, era muy dócil...!
—¡Carmen, más ginebra...!
La orden del capitán es seca. Parece que
mandara echar el ancla del sueño. Yo no puedo oír casi nada de sus maravillosas
narraciones. No alcanzan todas las palabras a impresionar mis oídos. Se quedan
las sílabas en el aire, haciéndole cosquillas lentas, sobre todo allá, hacia la
puerta que tiene al abrirse y cerrarse contorsiones de niña mimada.
¡No sé ya qué hacer! Deseo irme, con una
extraordinaria velocidad de sed, de deseo y de pensamiento, a la ciudad fría y
brumosa que ayer odiaba tanto. ¡Es claro! Estoy aquí, ebrio, sudoroso, cansado. Cómo gesticulan aquellos hombres horribles que hay en
el almanaque. Ya se fueron los borrachos que había cuando llegamos. Es muy tarde. Al salir, gritaron, insultaron, maldijeron. Quiero fugarme de este
cruzamiento de emociones escuálidas que me aprisionan en sus mallas falaces. ¿Debo quedarme? No. Debo irme. Pero no otra vez a la goleta, embreada de gritos en el
día y en la noche —ahora— suspendida de los mástiles del silencio. Todos deben dormir. Entraría, con mis pasos dislocados, con mis pasos
confusos, perdidos, como si fuera a asesinar a alguien en una casa vacía. Debo
alejarme de esta temperatura de taberna, de las miradas robustas de Carmen, que
es una antorcha, una tea de lujuria, y de la voz aceitosa del capitán. ¿Dónde
estará Meme? ¿Qué hará Dick? ¿El cocinero seguirá friendo sus tortas, una a
una, como si friera personas?
Necesito evadirme, fugarme hacia la ciudad
oscura, agrietada en las esquinas por rumores de conversaciones; con sus calles
tortuosas, que corren paralelas a la nubes, cuando soplan vientos montañeros
del sur o del norte. La ciudad donde está todo el recuerdo de mi infancia, como
un tesoro abandonado. Necesito volver a oír sus ruidos, que cosquilleaban en
las axilas de las puertas cerradas. Que no sabían qué hacerse, sin oídos para
entrar. La ciudad donde están las 150.000 mujeres, esas 150.000 mujeres que jamás
he besado. Las habrá pequeñas, morenas, blancas, rubias, niñas, viejas. Pero
¿por qué no iba a haber entre ellas una como Carmen, fina, morena, redonda, con
la boca empapada en una sonrisa ajena? ¿No es estúpido todo cuanto hago? ¿No es innecesaria la aventura? Me nacen en todo el
cuerpo raíces gruesas que unen mi ser a la tierra abandonada. Me figuro que
todo debe de estar muy triste desde que abandoné sus calles, sus casas y sus
puertas. Los timbres de las bicicletas sonarán ahora roncos, como quejas
metálicas, y las bocinas de los automóviles —esos 1.500 automóviles— ya no
arrojarán a la calle sus aullidos regocijados que desgarraban telones de
silencio o colgaban vistosos cortinajes de escándalo.
¡Meme! ¿Dónde estará Meme? ¿Habrá algún
marinero cerca de ella? No, son tan imbéciles nuestros marineros, que no les
gusta Meme. Aman a las rameras de los arrabales, a las del Playón, que tienen
las bocas físicas quemadas con “rouges” baratos. Con los senos en un definitivo
descenso. En pendiente de beso y de fatiga. De mucho beso. ¿Quién creyera que
eso tan suave, tan dulce que es un beso, tiene una tan tremenda fuerza
destructora? Desgreñadas y procaces, les tiran los bigotes, duros espartos,
como si fueran gatitos consentidos. Y a los marineros les gustan esas caricias
minúsculas y burdas, porque están enseñados a que todo en su vida sea rudo y
pequeño. Ellos, en cambio, y por lo mismo, las golpean, con golpes que matarían
a un hombre. Unos golpes como disparos. Y esos golpes les gustan a ellas,
porque están enseñadas a que todo sea en su vida de una minúscula grandeza.
Debo irme, con mi carga de ginebra y de sueño,
a dormir. La embriaguez, cuelga de mis pestañas superiores kilogramos de
cansancio. Debo tener los ojos como los de los criminales —que economizan la
amplitud de las miradas— acunando las pupilas en los ángulos agudos de ojo, con
mimo maternal.
Carmen ha resuelto no mirar más al capitán,
que ahora está callado, con algo de desilusión entre los pliegues del vestido,
que se arruga en toda su extensión. Se sentó, un poco triste, pensando acaso
que no es bella, y que sus miradas han sido inútiles, como monedas arrojadas al
mar. Al capitán, nada le interesa ahora. Quién sabe qué cosas mira con sus ojos
que son una colección de paisajes y de estrellas. Cada vez que lo miro, esa
lucecita que todos tenemos en los ojos, ha cambiado. En ocasiones, la estrella
llega a ser luna en los ojos del capitán. No sé por qué siempre me han gustado
en exceso los ojos verdes. Y lo son mucho estos 2 que me miran. Y frente a sus
miradas, para estar de acuerdo interiormente con lo que él desea, me siento
convertido en un puerto holandés, con negros que descargan fardos enormes,
veleros que se van y trasatlánticos que llegan, o en una morena como la de
Maracaibo, por el cariño inconsciente que veo en esas apagadas pupilas.
He tardado en comprenderlo, pero no se me
puede hacer por ello reconvención alguna. Cuando nos anima el alcohol, tardamos
mucho en comprender las cosas. Por eso sucede que hasta las necedades y
tonterías más grandes nos parecen naturales y loables. Debo irme. Pero no para
la ciudad fría, cuyo recuerdo pone agujas de hielo en mi cerebro, sino para el
barco, a dormir. Todo
parece gritármelo. Yo no me había dado cuenta. Me lo está diciendo esta mesa, cojitranca y sucia, que
no sirve sino para que en ella beban dos personas, unidas entre sí por una
densa intimidad cercana.
Y me lo está gritando el candil, que pretende
apagarse hace rato. Ese candil de venta picaresca. De llama turbia y vacilante.
Lo dicen los racimos de bananos, que arrojan, sobre un rincón, su sombra
estriada y cómplice, una sombra que no debiera ser oscura, sino como ellos,
amarilla. Los dos únicos asientos cómodos, están diciendo, pidiendo que me
vaya. Y la ausencia de la negra con el pequeñuelo. La negra del seno redondo y
robusto. La complicidad de las personas y de las cosas, todo pide, unánime, y
acerca, como traídas a la fuerza, la intimidad y la desnudez propicias.
Me levanto y siento que mis piernas vacilan,
como si anduviera por grandes llanuras onduladas, donde se abriera a cada paso
un abismo y se irguiera una colina. Todo parece lanzar un suspiro de descanso.
El capitán, me mira con una mirada dividida, que quisiera multipicarse. Carmen
finge un sueño profundo. Me voy. Cuando apenas he dejado caer a mis espaldas la
cortina de tela floreada, siento que los dos únicos asientos cómodos, los que
me pedían a gritos que me fuera, se acercan hasta unirse.
Las calles están desiertas. Un pájaro marino,
grita. Susurran las palmeras. Brilla el asfalto bajo la lluvia. De una puerta
sale una mujerzuela baja y rechoncha. Me llama. ¿Voy? No, ¿para qué? Tal vez
Meme...
Y sigo mi camino, por la calle recta, que hace
para un lado y otro sus paredes, con el deseo de que yo no tropiece. La mujer,
al oír mi negativa, una negativa dura, muda, que no estuvo en mi boca, sino en
todo mi rostro, se inclina hacia la tierra y se sienta en el umbral de una
puerta... y mientras sigo mi camino hacia el barco, que es la iniciación de una
nueva partida hacia la Guajira, veo que en sus ojos crece el hambre y se muere
la esperanza de un pan.
Las calles y el vagabundo. Segunda vez Puerto
Colombia_TC "Las calles y el vagabundo.
Segunda vez Puerto
Colombia"_
He vagado mucho esta noche por las calles de
la vieja ciudad. Calles diversas, como los nombres que las distinguen; nombres
contradictorios, como el curso que siguen. Unas, llevan a los barrios de los
ricos; otras, a los extramuros, cerca del mar, a Pekín, al Boquetillo, barrios
de casuchas miserables, construidas con fragmentos de cajones, con tejas de
zinc viejas. Hay calles extrañas, oscuras, encogidas de hombros, con puertas
que se esconden dentro de las paredes, esquivas para abrirse, fastidiadas de ver
transitar a las personas. Otras, las más modernas, abiertas como la sonrisa de
una muchacha, muestran su piso de asfalto nuevo, limpio y brillante por la
lluvia reciente. El agua ha devuelto al asfalto su antigua negrura reluciente.
Y son bellas las calles así, negras; copian las luces, las distribuyen, las
extienden. Qué diferentes estas calles de aquéllas, polvorientas, grises,
tapizadas con los residuos que arrojan los transeuntes, de aquellas calles que
conducen a los arrabales. En muchas de las calles de Cartagena, sosteniendo la
esquina —proa de la manzana— hay cañones españoles, de la conquista. Antiguos
cañones oxidados, cubiertos por el orín del tiempo y de la humedad, vacíos,
desoladoramente vacíos, en espera aún de las balas redondas que circulaban por
su ánima trabajosamente. El tiempo les ha robado pedacitos redondos, para
guardarlos en quien sabe cuál de sus museos de antigüedades. No he podido
explicarme nunca por qué el tiempo deja sobre todas las cosas que toca con sus
alas de polilla, una superficie sedosa, agradable al tacto. Todos los objetos
antiguos que he conocido —joyas, bronces, libros— son suaves, aterciopelados,
tranquilos como estos cañones.
Llego al muelle, e, inútilmente, grito, con mi
voz más potente, con una voz profunda que no puedo adivinar de dónde me sale:
—Aaaaaah del Paaaaasooooo...!!!
Pero mi grito se queda sin respuesta. Lo repito muchas veces, pero no viene nadie. Solamente la luna me mira, sonriente y temerosa; cree
sin duda que soy loco y se admira porque no le digo versos imbéciles como los
que le hacían los poetas del Bogotá de 1910.
Y he seguido vagando por todas las calles. Soy ahora un vagabundo iluso que no busca un asilo.
Pasa un camión que trae leche de alguna hacienda vecina. Los panaderos caminan
lentos, llenos de sueño y de harina. Huele a madrugada, todo es bostezo, todo
es sueño, es cansancio la vida y la noche es reposo. En una de las calles,
vecina al mercado, hay una venta. Oscura, siniestra, arroja sobre la calle una
luz tibia y muchos gritos roncos. Llego y me siento en una mesa sucia,
brillante y opaca a trechos por las manchas de alimentos que han derramado
sobre ella. Hay inscripciones incomprensibles, sin sentido. Otras, claras en
exceso. “Manuel Garsía, noviembre 13 de 1921”; “El Juan Torres es un pendejo y
ladrón”; “Te quiero vesar Susana preciosa”... como éstas, muchas otras. Para refrescarme, he pedido una cerveza. ¡Que amarga y qué fría! Me produce náuseas! Un negro se me acerca. Está medio borracho. Debe ser un vendedor ambulante, porque lleva muchos
lápices en los bolsillos; le salen de todas partes cordones para botines,
libretines, cinturones; sus ojos, muy negros, están rojos por el sueño y por el
alcohol. Es de corta estatura, membrudo, pero débil; todo eso, es solamente
grasa. La boca siempre cerrada, como si temiera que se le cayeran los dientes
al abrirla. Con una voz gangosa y saturada de olores diversos a grasa y a ron,
me dice:
—Compa, dáme un trago.
—Bueno —respondo yo, temiendo que vaya a
hacerme un escándalo, a darme una puñalada, a abofetearme. Estoy tan cansado...
Se sienta a mi lado y comienza a hablarme. Me dice muchas cosas que no
entiendo, que no me importan. La dueña de la venta, nos mira impaciente y como
temerosa de que nos vayamos sin pagarle. Es una vieja gruñona, flaca,
flaquísima, un poco rubia, con la barba de un hombre de 20 años.
—Oye —me dice mi compañero, el negro— vamo ar
playón... allá si hay mujere de vetdá... Hay mucha blanca... Muucha... Hay hata
francesa... Yo tengo mucha gana de una francesa rubia, colorá, francesa mima...
Una que le cotó la cara a un gringo, poque le dijo que no sabía de francesimo
ni de ná... Vámo, muchacho y eperamo por allá un rato a que sea de madrugá...
¡Vámo! muchacho y eperamo por allá un rato a que sea de madrugá... ¡Vámo!
Camina, que carao ni qué carao...!
Me levanto y pago lo que debo. Es muy poco,
pero parece que en su vida la vieja flaca y enjuta no hubiera visto más dinero.
Camino al lado del negro que me ase por el brazo, y me lleva por la Calle
Larga. Paidecen las estrellas con la proximidad del día. Tengo sueño, mucho sueño. Parece que mis piernas fueran a doblarse, a dejarme
caer. El negro, a mi lado izquierdo, sigue hablando.
Tú ere cachaco, ¿vetdá? Si se te conoce en el
modo de hablá... Yo soy amigo de un dotó de Bogotá que etá en er Hoté
Americano, donde mite Bob... Eta e la calle latga...
Se detiene un momento en una esquina, para
encender su cabo de cigarro, y yo, entretanto, corro un buen trecho. Vuelvo la
cabeza y miro. Me busca, pero su mirada se ha nublado con la embriaguez. Tiene
el fósforo en la mano, va a quemarse, el fósforo vacila, grita muy fuerte:
¡Caraaaaaaajoooooo....!
Arroja el pedacito de cerilla, y sigue su
tambaleo entre las tinieblas.
Ya no tengo fuerzas. ¿Esto es un parque? ¿Sí? Caigo sobre un banco, todo da vueltas en torno
mío. Una última lucecita se mete en mi
ojo derecho. Ruedo, ruedo, ruedo por una
pendiente larga, suave y sedo... sa...
Me despiertan unos golpes en la espalda.
Levántate, ¿qué haces aquí?
Me quito de los ojos, con las manos, el sueño.
Bostezo, como si fuera a devorar a la persona que me habla. ¿Quién es? ¡Ah! Un policía. Todo está turbio, amargo,
como mi boca y como mi cabeza. Me duele el estómago. Me levanto y camino por el parque que ya está con sol.
He dormido en un parque, como frecuentemente duermen los vagabundos, los
miserables hambrientos en todas las ciudades del mundo. En New York, en París,
en Berlín, en Bogotá, en Moscú, duermen los hombres abandonados, sobre los
bancos bajo los puentes. Ateridos por el frío, o asfixiados por el calor. Sólo
la noche les presta su techo. Es más generosa la noche que la sociedad. Yo,
como ellos, no he tenido esta noche un ángulo de paredes que me acoja, ni un
pedazo de techo que me cubra. Bostezo, sudo, estoy sucio, huelo mal ¡todo está
tan lejano, tan distante mi vida buena! Estoy en uno de esos momentos de
despertar, de transición entre el sueño y la vigilia, en uno de esos momentos
geniales en que vemos lo oculto de la vida, el insospechado detalle, la línea
perdida de todas las cosas. Se iluminan aspectos que siempre estuvieron
oscuros. Pero esto sólo dura un momento, un brevísimo instante, en que la vida
se muestra tal como es, desnuda, pura, sin los tapujos de la educación, el
artificio, la hipocresía, la bondad. En esos momentos, somos de verdad hombres.
Pero, de nuevo, a los pocos minutos, volvemos a nuestra animalidad pasiva y
resignada. ¿Será, acaso, que toda la inteligencia que se replegó en un rincón
del cerebro para defenderse del contacto alcohólico, como si fuera un contacto
material, brota en ese instante, se escapa espontáneamente, fresca, para
evaporarse pronto, debilitada por la presión del tiempo?
Vuelvo al muelle y grito. Ya es de mañana y
llegan pronto con el bote. A pesar de ser temprano, los marineros me hacen mala
cara. Tengo la seguridad de que han ido arrojando sobre la estela que deja la
quilla, pedazos de maldiciones, mordidas con los dientes. Pero ¿a mí que me
importa? Es obligación suya llevarme y traerme cuantas veces quiera. Soy un
pasajero y pago. Si no estuviéramos en un puerto, tendría temor de que me
arrojaran al mar. Aquí no lo hacen, porque tengo probabilidades de salvarme, de
llegar a la orilla; no por bondad. Y sin embargo, son buenos muchachos. Les doy
—para que se calmen— un poco de picadura fina para sus pipas, y parecen
gozosos. Todos son maliciosos y les gusta hacer chistes aun a costa de lo más
querido. Me miran con ojillos irónicos y preguntan, con las palabras, tensas
como sus músculos, por el esfuerzo del remo:
—Oye ¿dónde dejaste al capitán?
No respondo nada. Me parece pueril contestar que lo he dejado solo,
cuando ellos ya lo saben.
No preguntan más. Llegamos al barco. Yo también he debido preguntar por
Meme y ellos —claro— no me dirán nada sin que yo lo averigüe.
He dormido bien. Son las 12. El sol está sobre mi cabeza. Parece que se
propusiera molestarme solamente a mí. Algo extraño siento en mi espíritu. Un desasosiego inexplicable me hace ver cosas terribles donde sólo está en
realidad mi pensamiento desorbitado. Sufro temores ridículos. Odio a todos los
hombres y a todas las cosas. Por mi cuerpo corren temblores súbitos. Mis
nervios están dispuestos a encogerse y a distenderse por lo más nimio. La sed
me obliga a beber enormes cantidades de limonada con hielo. Bebo con una avidez
de muchos años de sed, como si por la garganta me llegara la vida. Y a los
pocos momentos, otra vez la lengua, la garganta y los labios, están secos como
yesca.
Hasta este momento, no he visto a Meme. Cada una de sus miradas sería un mudo y terrible
reproche.
El capitán llegó a medio día, cuando habíamos
colocado sobre cubierta el toldo que nos protege del sol. Está un poco pálido.
Sobre todo, la boca es menos roja. ¡Claro! ha trasnochado mucho, ha bebido mucho. En sus manos hay un breve temblor de senos y en sus
ojos muchas curvas femeninas. Respira anhelante, se halla cansado, pero
satisfecho, gozoso.
—Está bien, muchacho —me dice, sonriente—, te
vas quién sabe para dónde y me dejas solo.
—No, capi —respondo turbado—, lo dejé allá... con Carmen...
No dice nada, pero en sus verdes pupilas de algas, en sus pupilas color de
yerbabuena, nacen las 2 lunas gemelas que le embellecen la mirada. Yo he
necesitado acercármele, a ver si me comunica un poco de esa alegría que lo hace
más joven y menos hombre, más ángel. El hombre es siempre poco humano, divino
casi, cuando está alegre. Me pone su mano pesada en el hombro y sonríe,
mientras los marineros duermen bajo la tolda de velas llena de sol. Nos iremos
muy pronto. Ya está compuesto el barco. No
he querido preguntarlo, pero creo que estoy en lo cierto, porque ya el capitán
está caminando como camina cuando viajamos, con un paso tardo, que es casi una
meditación de las piernas. Y debemos irnos. Es claro. Hoy, menos que nunca, sería capaz de volver a
esa ciudad que ahora miro con tristeza y recelo. Vamos a la Guajira, a la
tierra salvaje, a la vida limpia, blanca, sin civilización y sin vestidos. Nos
vamos... Nos vamos... El barco tiembla como un corazón. Como el corazón del mar... Como mi corazón...
Ya comienzan a izar las velas, que están perezosas y cansadas. Han recibido
mucho sol, y el sol sale de sus arrugas en forma de ruidos roncos. Estaban
calentitas, ahí, sobre la cubierta, y ahora las despliegan para que se abran a
la caricia de viento. El mar vuelve a hacernos suyos. Antes, aún estando a
bordo, nos rodeaba la tierra. Ya no nos importa Cartagena; ni sus murallas, ni
sus automóviles, ni los buses, que llevan un muchacho en un estribo, gritando:
¡Pooopaaa! ¡Poooopaaa! ¡Mangaaaa! ¡Mangaaa!
¡Mangaaa! ¡Poooopaaaa! Poooo...
¿Y éstos, no son también nombres marinos?
Nos hemos evadido del peligro terrestre.
Navegamos en un mar tranquilo, femenino. Un mar al cual ponen ángulos agresivos
las alas de las gaviotas.
La olas de este mar de Cartagena son
completamente civilizadas, gozan de una maravillosa disciplina; se mueven a un
compás lento, como niñas de escuela. Pasamos por el antiguo castillo de
Bocachica, el castillo de los presos políticos, que está según me dijeron,
lleno de estiércol de murciélago. Esto, al menos, sirve para abonos... También
sirve el castillo para vigilar, atentamente, que no entren a la bahía y se
tomen la ciudad, disfrazados de transatlánticos, los barcos de la escuadra del
Almirante Vernon.
El día es muy claro. Tan claro, que casi puede distinguirse el aire de la luz. Sería mejor que
hubiera nubes. Esas nubes que al pasar bajo el sol hacen sobre el agua bellas
manchas moradas, como extraordinarias e inmensas violetas. Pero no hay una sola nube. Todo es diáfano, transparente. El viento es bueno y constante. Todo está inmóvil. Inmóvil todo, menos nosotros. El mar va siempre delante y detrás de nosotros. Está
tan cerca de mí el horizonte, que cuando extiendo el brazo parece que se
metiera entre mi mano. Pero no. Está allá. En su eterna posición vergonzosamente horizontal. Horizonte sin paralelas.
Solo, único. ¡Qué bello un horizonte vertical!
Ahora, el capitán me habla de la Guajira, e
intenta, inúltilmente, que desista del viaje a esos lugares que ya casi conozco
de tanto acariciarlos con el deseo y con el pensamiento.
Está en el timón y yo estoy con Meme. Meme va
para Riohacha. Al manejar el barco, desde el timón, tiene el capitán un mirar
absorto, donde mueren todos los pensamientos y nacen los vientos de la rosa.
Los rumbos saltan en sus pupilas, N., S., NE., SSW... Los rumbos que podrían
encaminarnos a los países más extraños y a los más conocidos países. Mueve las
manos, lentamente, marcando el ritmo del viaje. Los saltos de la goleta, los
bamboleos, que hacen que nos figuremos que el cielo se derrumba sobre nosotros,
todo sale de sus manos que se mueven isócronas, monótonas. Tiene la pipa en los
labios y no parece que mordiera el cañón o el humo, sino la distancia.
—Tú, me dice, serías un buen marinero...
Sí. Yo sería un buen marinero. Amo el mar con
el amor más grande que haya sentido nunca. Aún no lo conozco sino en partes
pequeñas, en recodos usuales. Pero ya sé de sus olas y de sus mareas, de sus
colores variables y de sus tempestades inesperadas. He visto radas coloreadas
por soles distantes, donde los pescadores duermen a la sombra de las velas,
cansadas y sucias. Conozco las claras bahías colombianas, abiertas, redondas,
desiertas, que turban solamente los vuelos esporádicos de los alcatraces. He
visto los puertos, llenos de color y de gritos de negros. Los puertos
colombianos donde confluyen todos los olores de la tierra. Los olores frutales
de Santa Marta, esos olores que traen dentro de su médula el rumor de los
platanales. Los olores agrios de Puerto Colombia, puerto de barcos inmensos y
de balandras humildes. Olores de pescado, que saltan a todo lo largo del
muelle, olores de mujeres, de axilas, de sudor y de cerveza de los barcos
alemanes. Y conozco este mar, este amplio mar, este mar verde y azul y
amarillo, con sus olas dóciles que anoche fueron montañas y abismos. El mar,
este mar, que yo amo como a una mujer demasiado bella y demasiado grande, que
me da la seguridad de no ser correspondido, me llevaría siempre sobre su piel
movible sin turbarse, sin regocijarse, si mi destino no estuviera ya marcado,
señalado y tejido. Si no hubiera de ir a la Guajira. Entonces, con el capitán,
llevaríamos una alegre vida de turistas del mar. Llegaríamos a los puertos
humildes del Sur y del Norte. Puertos donde nos esperaría el amor de una mujer,
el alcohol de un vaso o la muerte de una cuchillada. Además mis manos aman el
roce áspero de los cabos, y me place inventar o descubrir velas en el horizonte
invariable y eterno. Quién sabe a dónde iríamos el capitán y yo, sujetos a las
4 tablas de una balandra con un solo
palo. Yo cambiaría las velas, achicaría y aprendería a gobernar. Comeríamos pescados frescos y beberíamos ron y
ginebra. Fumaríamos pipa y miraríamos a luz de las estrellas sobre el verde del
mar. Correríamos sobre esas manchas azules con nombres de mujer que hay en los
mapas. Iríamos a los lugares que nadie ha visitado. A las islas Falkland y a
las de Fidji y buscaríamos en el mundo, con nuestra brújula usada e inútil, el
golfo de Obi, el golfo de Anadir y el Archipiélago de las Perlas... La quilla
de nuestra nave, rayaría como un diamante vagabundo el vidrio de todas las
aguas.
Pero no. Hemos de ir a la Guajira y, primer
paso de nuestro camino, estamos en Puerto Colombia.
El capitán ordena echar el ancla. Suenan las
cadenas, con un ruido mohoso. La goleta queda inmóvil. Sobre el puerto, el humo
de un barco. Los ojos de los hombres están llenos de mujeres; en el grito de
las gaviotas se alcanza a oír una nota de la pianola que hay en el billar, y
ante la tierra, tristes, permanecemos en silencio, como si hubiera muerto para
nosotros el mar.
Capítulo
extraordinario y matemático como un vuelo de submarios.
El número
es la clave del mundo. —
1 más 1, igual a 3._TC "Capítulo
extraordinario y
matemático como un vuelo
de submarios. El número
es la clave del mundo. —
1 más 1, igual a 3."_
Al lado izquierdo del muelle, descarga un barco de la Flota Blanca. No hay ningún otro barco, ni es necesario. Este es suficiente, con sus pretenciosas chimeneas.
Las chimeneas de los buques dan siempre una idea de antibélico desafío al
cielo. Yo sé que la suya es una amenaza de imposible cumplimiento, pero, sin
embargo, nadie puede saber lo que harán algún día...
Puerto Colombia tiende a los navegantes y a
los barcos su mano larga, con el muelle, semejante a un pez espada. A lo lejos,
se ven las casitas de madera, el hotel, los baños de la playa donde las mujeres
se desnudan para vestir su trabaje de mar que las vuelve —un poco, no más—
sirenas. El tren, pequeñito, como los que se construyen con los “mecanos” de
juguete, enjabona el muelle con su ruidito pegajoso. Una gran cantidad de
tiburones se baña, como las mujeres, con sus trajes brillantes, resbalosos y
elásticos. Los tiburones y las mujeres son buenos amigos. Debe ser cuestión de
elasticidad.
El capi anuncia que partiremos esta noche para
Riohacha, sin hacer escala en ningún otro puerto. Me ha invitado a que vayamos
a tierra, pero yo —temeroso— he dicho que tengo sueño y él se ha ido,
desconsolado porque tendrá que contarme lo que haga y, sin duda, prefiere que
lo presencie. He resuelto irme con el viejo
Dick. Quiero saber qué hace en los puertos; tal vez algo muy raro; no ha
prometido nada, y eso me hace esperar mucho.
Hemos marchado despacio, por el muelle, como si no tuviéramos deseo de
llegar. Hoy he observado —con una grandísima satisfacción— que ya tengo algo de
barba en las mejillas y en el mentón. No es mucha, no. Pero eso de
tener ya barba me hace dichoso y en ello voy pensando mientras caminamos por el
muelle angosto, manco de una baranda. Seguramente Dick no piensa en su barba.
Ahora, compraré una “Gillete”. ¡Quien sabe qué perversidades estará tramando!
Tengo temor de este buen viejo, holandés y marrullero.
Es extraño nuestro contramaestre. No me llevó
a ninguno de esos lugares que llaman malos. En mi casa siempre me hablaban
mucho de las malas compañías.
En la playa había unas muchachas con maillots
claros, que jugaban con la arena y buscaban conchas con paciencia de
filatelistas. Todas eran frescas, blancas, como para llevárnoslas a la Guajira,
en la goleta. Ojalá recuerde el capitán a la morena. Pero que sea un recuerdo
multiplicado por 2. Sería una crueldad llevar a una sola mujer, que,
indudablamente, se aburríría... Dick observa que miro demasiado a las
muchachas, y me reprende con un gruñido que sale por el cañón de la pipa, lleno
de nicotina. ¿A donde me llevará Dick?
En Puerto Colombia, todo es mar. Un mar
perfectamente terrestre, o una tierra perfectamente marina. No he logrado
explicármelo, pero lo cierto es que las casas tienen brillos de fósforo. Los
hombres mueven las manos con un inconciente impulso de olas partidas por remos.
Las mujeres —negras de Puerto Colombia, con ojos de queso; muchachas
barranquilleras con la piel de lino; mujeres de Sabanalarga con una palidez
acre y retrasada—, todas son dúctiles y frescas como un rumor de velas al
viento. Todo tiene el ritmo y el valor del mar, en Puerto Colombia. Y tan
marina es Puerto Colombia, tiene tanta sal, tanto yodo, tanta arena, que se
alarga entre el mar metros y metros, por medio del muelle, como si quisiera
tender un puente para atravesar el océano.
Dick y yo —feliz con mi barba incipiente—
atravesamos el puerto. Me llevo en el recuerdo —pegados como carteles de
alegría— los cuerpos de las mujeres que se bañan y son —con sus maillots de
seda— un poco, no más, sirenas. Dick ya no gruñe. Mira, mira,
mira. Tiene la mirada como un reflector en la noche. Dick es el hombre faro.
Aureola cuando contempla con luces y sombras. Dick vivía con el espíritu libre
de amistades femeninas —ausentes hasta del recuerdo— sin aceptar de las hembras
que veía o amaba compañías que no fueran fugaces, con fugacidad fisiológica.
Pasamos por una escuela. Una escuela de niñas.
Y fue entonces cuando oí el canto más bello que haya oído en mi vida. El canto
matemático, que va disparando a cortos intervalos la música maravillosa de las
cifras. En los oídos entran —encorvados o rectos, angulosos o redondos— los
nombres de los números, claves del mundo.
2 x 2, 4...
2 x 3, 6...
2 x 4, 8...
2 x 5, 10...
Y, ordenadamente, aritméticamente, yo me pongo
a pensar en los números.
El 1.
El uno, el número uno, que corre sobre todas
las cosas. Un hombre, una mujer, un verso, un paisaje. El número 1, que se
desenvuelve, se multiplica y se agiganta hasta las cifras inconmensurables de
los trillones, de los cuatrillones. El 1, matriz de donde sale todo. El 1, que
designa su dios a cada uno de los hombres: Budha, Cristo, Dostoyewsky,
Confucio, Lenin, Nietzsche y Mahoma. El uno es el número que contiene toda la
soledad. La soledad, preñada como el número, de todas las posibilidades y todas
las multiplicaciones.
El 2.
El 2, suma de dos unos. El amor, los 2 sexos,
las 2 piernas, los 2 ojos, los 2 senos, los 2 labios, las 2 manos, los 2 oídos.
En el hombre rige y gobierna el número 2. El amor, el beso, la unión de 2
cuerpos, de donde nace el número 3.
El 3.
El 3, número enigmático, cabalístico,
misterioso. El padre, la madre, el hijo. Los animales, los vegetales, los
minerales. La fe, la esperanza, la caridad. El triángulo. El nacimiento, el
vértice y la muerte. Todo cuanto existe en el mundo contiene el número 3.
Y sigo así, pensando en todos los números,
mientras camino, silencioso, al lado de Dick.
A pesar de su cara seria, que me cohibe, miro
por la ventana. Hay
niñas rubias, morenas, negras. Y de sus boquitas impúberes salen sumas de palabras y multiplicaciones de
cifras untadas de infancia.
¿A dónde vamos? Dick no habla. Seguramente le parezco ridículo con mi curiosidad estrepitosa. Tal vez
piensa que todos debemos ser silenciosos y discretos. Pero yo no puedo convenir
con que se abandone a 2 hombres a las torturas inquisitoriales del pensamiento
fácil, porque es pronta la locura y el tedio abundante. No habla Dick, ni es necesario. El es la palabra misma. La palabra que habla, no por
su boca sino por sus manos, por sus ademanes, por sus 2 grandes ojos llenos de
silencio y de acontecimientos pasados. Cada una de esas rayitas rojas que
tenemos en los ojos, es la marca indeleble de un suceso terrible que hemos
visto. Por eso son tan límpidos y claros los ojos de los niños. Nos sentamos en
la playa, sobre la arena, frente al mar que está ahora quieto, casi inmóvil,
con olas pequeñitas que —quizá a pesar suyo, de él, que es todo redondez y
feminidad— se transforman al llegar a la playa en triángulos agudos. Triángulos
con 3 lados y 3 ángulos. Allá, en el fondo, como en una oleografía infame, de
las que hay en las casas de los pobres que nunca han visto el mar, está esa
goleta en que viajamos. “El Paso” tiene el palo mayor nuevecito. El palo mayor que huele a selva, a tierra, y que, por
las noches, cruje, fresco y satisfecho, a los cariñosos embates del viento
arrepentido, que jamás volverá a traicionarnos. Pero es necesario —y lo digo
aunque sea muy viejo y repetido— desconfiar de los vientos y de las mujeres.
Los rigen manos caprichosas y las gobiernan sutiles intenciones y desconocidos
propósitos. No tienen libertad. No dependen de sí mismos. Pero, a ellos, como a
las mujeres, es necesario amarlos por sus perfumes y por su dulzura. Vientos
perfumados y brisas alegres. Brisas suaves como sonidos de flautas distantes.
La arena, debajo de nosotros, se hace muelle.
Dick me mira, mientras continúo pensando en los números, con sus ojos,
sembradores de miradas. Siento que va a hablarme, a pesar de que tiene los
labios inmóviles. Ya empieza, y yo, inquieto, miro a todas partes para
abstraerme y que nada pueda robarme la línea, el matiz y el movimiento que
construyen mi emoción.
Creías tú, muchacho —comienza a decirme, con
su voz pesada y espesa como las tibias tinieblas— ¿que yo era como los otros,
que beben trago y besan a las mujeres? No, yo no bebo trago. No, yo no amo a las mujeres. Yo soy un hombre solo, un hombre que ama al mar. Y por
eso no amo ni bebo. Para poder amar el agua y las olas , las tempestades y los
palos de los buques; para poder sentir la blancura de una vela y el rumor de un
viento, es necesario ser puro, con la boca recién nacida, con la boca sin
besos, que la hacen amarga y dolorosa. Yo únicamente miro las mejillas y los
ojos de las mujeres. Ellas son semejantes —las mujeres— en su dulzura pegajosa,
al filo de las algas y a los bordes cortantes de los sargazos. Por eso te he traído a ver el mar. Cuando vengo a tierra no hago sino mirarlo, para
conocerlo por el aspecto de los hombres terrestres. Para verlo distante y creer
que me es imposible. Y el día que no pueda viajar, el día que no sirva para
nada, el día que no lo vea, que no lo sienta, que no lo huela, que sus aguas no
toquen mi cuerpo con su caricia única y diferente, me arrojaré a él, para que
me guarde, para que me conserve entre sus sales, sus plantas y sus peces. Me
arranco la vida, me la arranco, para dársela, como se arranca un estorbo
inservible... Yo lo amo, con un amor sexual, que mira senos en cada onda y
sirenas en cada curva, porque fue lo primero que vieron mis ojos allá en mi
tierra en esa isla mía movida siempre por el rumor de las mareas. En
Wilhelmstadt mi boca supo de la sal del mar en los senos redondos de mi madre.
De mi madre que también los había visto desde que nació. Que fue amada y besada
y mordida y fecundada por un marinero como yo. Mi vieja, que murió ya allá, en
Wilhelmstadt, esperándome a mí, a su hijo, que le llevaba los florines ganados
en el barco, para que hiciera funche... Pero, mira, no hablemos más... Es mejor mirar,
contemplar el mar...
Yo no digo nada. Estoy roto, desarticulado por la emoción que estas
palabras sinceras me comunican. Yo nunca pensé que nadie pudiera decir esas
palabras tan bellas y tan llenas de sinceridad. Todo es tan inesperado, tan
súbito e insólito, que mis deseos se desmoronan bajo el peso de tanta belleza.
Y miro su mirada que ahora tiene un baño de espumas. Sus manos, que han
dirigido a los barcos torpes por entre todos los vientos. Su cuerpo magro,
ceñido por la faja. Y su pipa, esa pipa, vieja como él, y como él marinera, es
también, como todo lo que dice, tan suavemente bella, que callo y miro el agua,
el viento, la goleta, el horizonte. La negrura de las olas —son ya las 6— tiene
conteras de estrellas. Debajo de los arcos del muelle —que son para los peces
arcos de triunfo— sigue saltando el agua, pensativa e indiferente. El agua de
Puerto Colombia, lejana como las promesas de sus mujeres, que llenaron de
alegría y de números una hora de mi vida. No queremos levantarnos. Pero la vida pasa pronto. Pasa sobre nosotros, con los
finos cuchillos que hacen las sutiles arrugas de los rostros. Y pasa con el
blanco de zinc para las canas, derramado a poquitos, con pinceladas ligeras,
comenzando por las sienes. Va arrancando de los ojos el brillo y lo cambia por
la opacidad que guarda en pomos que nadie ha visto. Todo eso se lleva y todo
eso deja la vida. La vida dulce, amable, ligera, ligera como una ola frágil y
recién nacida...
No hemos comido y son ya las 8. El capitán nos espera y nos esperan los marineros. Viajamos hacia la goleta
por el muelle, bajo una pesada capa de Nordeste. Dick enciende de nuevo la
lumbre de su pipa. Yo no
puedo fumar la mía. Es lástima,
porque sería agradable perfumar un poco más la noche con los hilos de humo de
mi tabaco rubio.
Fumo cigarrillos y —otra vez, ¿acaso siempre?—
viajo por el recuerdo hacia mi ciudad. Siempre que miro el mar, vuelvo a verla,
solitaria, fría, ceñuda y arrebujada entre sus cerros pelados, arañados por los
hombres y por las máquinas.
Entre el agua de las olas han quedado nuestras
miradas, para que los peces jueguen con ellas. Andamos, y nuestros pasos van
quedando escondidos entre los huequitos del cemento.
Meme duerme sobre cubierta. Está acostada a la
altura de mis ojos. La veo larga, extensa, como un puente para atravesar
océanos. 2 eminencias lejanas —que si ella fuera ese puente quedarían en Oslo y
en Riga— redondean la longitud máxima como 2 auroras boreales. Senos de Meme,
redondos y frescos; senos de Meme, besados y estrujados; senos de Meme,
redondos, redondos, redondos como 2 auroras boreales...
Las personas, cuando duermen, se colocan sobre
los ojos la venda del olvido, para ir tranquilas por las encrucijadas del
descanso. Meme tiene sobre sus ojos esa venda negra. Sutilísima, alcanzo a
verla, y da a sus párpados —convexos como naranjas, mandarinas— un color
azulado de risa.
En mi abstracción, me sorprende una voz que
canta:
—La mujere de Riohacha
son como el palo florío,
que, apena le dicen argo,
“Mamita, quiero marío...”
¿Quién canta con esa voz sabrosa, que unta a
la noche de mermelada, como a una tostada? ¡Meme! No podía ser sino ella. Meme,
con su voz dulce, como la jalea de guayaba. Con su voz lLena de hondas
profundidades, de largos ecos. Es terrible confesarlo, pero empiezo a amar a
Meme. Pero podré librarme de ella y de su amor. Afortunadamente, ha de quedarse
en Riohacha y yo me iré para la Guajira con esa pesada carga de descanso y de
libertad que deja la ausencia de una mujer.
El capi está disgustado conmigo. Lo comprendo mientras hacemos los últimos preparativos para el viaje. Me
duele ese dolor del capitán. ¡Es tan bueno! Nos vamos... Las 2 horas anteriores
y las 2 posteriores, cuando ya se va a ir uno y cuando todavía no se ha ido,
esas 2 horas que encierran el viaje entre un paréntesis de ausencia y de
llegada, son terribles para los capitanes. Ante sus ojos se abre en abanico el
recuerdo de la tierra. La tempestad muestra sus ojos siniestros. Pasan por su
memoria los vientos y los naufragios. Es la entrega al mar, y, como las
mujeres, al entregarse, se sienten solos, solos con su vida débil, los pobres
capitanes.
Me acuesto. La noche empuja hacia mi cerebro
masas de negación y de pesimismo. Ya hemos partido y no he visto la partida.
¿Qué se harían las lucecillas de Puerto Colombia? Esas lucecillas, mezcladas
con números, entre las cuales había para mí una mirada de una de las señoritas
de los maillots. Si ahora tuviera una de mi lado, aquí, junto a mi corazón, que
le daría golpecitos en su seno derecho; si ahora tuviera una mujercita de
aquéllas, con su cabello regado sobre mi brazo, como miel o como brea, le diría
cosas bonitas, cosas bellas, dulces palabras sin sentido. Le haría, con mis
dedos inexpertos en las caricias, cosquillitas suaves en las raíces de los
cabellos. Le diría que iba a ser muy bueno, y le prometería —si me daba un
beso— una muñequita de Lenci con un traje dieciochesco, para que creyera que
era ella, y se figurara que yo era gentil, como un marquesito empolvado y
ridículo. La sentiría, pesada, en reposo, con los ojos cerrados y con la
respiración modulada, sobre mi brazo izquierdo que, ignorante de toda esa
sedeña delicia, acabaría por cansarse. Pero, desgraciadamente, pasó ya la época
en que se podían robar las mujeres. Y sería tan agradable llevar una de éstas,
sobre las 4 ruedas de un automóvil veloz que le quitaría —como un borrador— con
el olor de la gasolina, su pretencioso perfume de Caron. No sería necesario
besarla tanto como hacían los amantes de antaño, que se pegaban a la mano de
una mujer como si se la fueran a quitar. Esos amantes que debilitaban a las
mujeres, las hacían pálidas, flacas, en una palabra, las devoraban. Yo no las besaría tanto. Las observaría. Las miraría mucho, metiéndome por
todos los resquicios de su cuerpo, para llegar a los de su alma. Y a los besos,
preferiría una de aquellas sonrisas milimétricas que usaba Monna Lissa. Alcanzo
a sentir entre mi camarote algo como un rumor de chinches. Seguramente mañana
amaneceré lleno de puntos rojos, como un mapa de la guerra europea. No quiero pensar en Meme. ¡Meme! ¡Meme! ¡Meme! Duerme cerca de mí. ¡Lástima que Meme no use maillot como las muchachas de
Puerto Colombia! No quiero pensar en ella y me
distraigo mirando una multiplicación o una suma extraordinaria que alguien
escribió, para que yo la viera, sobre una tabla de mi camarote. Seguramente fue
Meme quien la hizo. Esos números groseros, de niña que no sabe leer, ocultan
algo terrible:
1
1
3
Es maravillosa esta suma o multiplicación
incomprensible. Los 2 unos, se yerguen pretenciosos, con sus cabecitas, como
viseras de gorra, y el 3 tiene un vientre grueso, como deben ser los vientres
de los viejos millonarios. Entre los 2 unos y el 3, una línea torcida, corre
como una lagartija. Es agradable y desconcertante mirar esos números que quién
sabe que ocultan. Siempre los números ocultan algo terrible. Puede ser un
símbolo, símbolo espantoso de que de 1 y 1, puede surgir un 3. ¡No! ¡sería
terrible! 1, ella, y 1, yo, sumados, ¿produciríamos otro 1? Sumados los 2,
¿resultaríamos 3? ¡No! ¡No! Me convertiría en asesino de mí mismo. Sí ¡en
asesino de mí mismo! No en suicida; es necesario distinguir. En asesino de mí
mismo. Porque el suicida se limita a quitarse su vida, la vida que es suya,
suya, de él... Y el otro, el otro de una nueva vida... Ni siquiera pensarlo... ¡Odio a Meme! ¡Odio a Meme! Y admito sin embargo la posibilidad de que eso suceda.
¿Por qué la admito? Acaso
¿porque aún no la he logrado? ¿Acaso mi deseo puede permitir que todo se trunque, que mis convicciones se
caigan, flojas y débiles? ¿Pretenderá prevenirme? ¡No, no, no, no, noooooooo...!!! Y ¿por qué no? Tengo miedo, mucho miedo, no de mí mismo sino del
otro, de ese 3. De ese tercer ser. De ese
desconocido germen que bulle en mí y quiere aposentarse en otro cuerpo que lo
alimente y lo llene de vida y de fuerza... Nunca creí que dentro de mí mismo
hubiera tan grande peligro. Peligro mayor que los peligros externos. El viento,
los tiburones, el naufragio ¿qué son ante ese abismo, ciego, sordo, ceñudo y
terrible de mi deseo? Todos esos peligros, son débiles fichas de cartón delante
de lo terrible que sería eso. El 1, el 1 y el 3. Una mujer y un gato. Un
hombre, un hombre, un niño. ¡Y un beso! Meme, Meme, ¿eres tú quien me ha
mostrado esa posibilidad espantosa? ¡El 3, el 3! El 1, sumado al 1, ¿da 3? ¡Sí!
El número es la clave del mundo y estos 2 números, sumados, y su cuociente, son
la clave de mi vida, de mi vida, que si aquello se realizara, ¡sería
extraordinaria! sujeta a las matemáticas ¡como está sujeto a ellas todo en el
mundo! Voces de niñas: 2 x 2, 4; 2 x 3, 6; 2 x 4, 8; 2 x 5, 10; 1 más 1, 3, 1
más 1 ... ¡Meme! ¡Meme! Mamáááá...!! ¡Mamá...!! 1 más 1, 3... sobre mi cabeza
extraordinarios y matemáticos, vuelan los submarinos 1 más 1, 3... ¡Meme!
¡Meme! Mamáááá... ¡El treeees!
Riohacha, puerto de aguas bicolores. Visión
múltiple de la primera india. La ruleta. La reina de los estudiantes. Aspectos
diversos_TC "Riohacha, puerto de aguas bicolores. Visión múltiple de la
primera india. La ruleta. La reina de los estudiantes. Aspectos diversos"_
Han pasado otra vez, después de la tempestad,
las luces de Santa Marta. Y ha pasado el faro. El faro alegre con su cabecita
luminosa. Las luces pasan, enviándonos un calor que llega glacial, por la
distancia. Volvemos a los lugares del pargo y de la calma. El Morro mete su
mole de negrura en la obscuridad, haciéndola más pura y densa. Pero, al tiempo,
la daña. La confunde en su diafanidad que se creía intangible. Mañana, si hay
buen viento, llegaremos a Riohacha, cuando amanezca.
En el mar, a bordo de un buque de vela, el
tiempo no existe. El viento es el único reloj sin números que poseen los barcos
de vela. Me pongo a pensar cómo será Riohacha, una de las ciudades del país más
distantes de todo. ¡Riohacha! ¿Cómo será Riohacha? No puedo construirla porque
me hace falta la argamasa de la idea que une los ladrillos de la imaginación. A
mi lado está Meme, y ella pudiera decirme cómo es esa tierra cuyo sol ha
bebido, que le ha llenado todos los poros, desde que era una niña y en sus muslos
apenas comenzaba a ampliarse la vida, hasta cuando ya, mujer el sol cayó sobre
sus senos como una flor de luz. Pero haría mal despertándola y robándome a mí
mismo el goce que me procuraría una afortunada coincidencia.
El nombre de la ciudad a donde voy, es un
nombre híbrido. Media palabra es masculina, y media, femenina. Riohacha. El río
—tardo, pesado, con su carga de nubes—. Y el hacha. Lo más vigoroso. Lo que
proporciona la sensación del golpe y del esfuerzo. Y el río, dulce, femenino,
perfumado. El hacha que florece callos en las manos del hombre y el río que es
todo suavidad y caricia.
Mañana llegaremos. Mañana. Qué terrible palabra es ésta. El mañana es absurdo. Es la esperanza de vivir y la certeza de la muerte. No debiera existir el mañana. Siempre debiera ser hoy. El hoy es lo logrado, lo que
se alcanzó, la realidad, lo concreto. Hoy ¡todo debiera ser hoy! Con esa
redondez de verdad que tiene el hoy. El hoy que es la negación de la muerte. ¡Mañana llegaremos a Riohacha!
Estoy solo en estos momentos. Los 3 negros y Meme, duermen cerca de mí. Por
eso digo que estoy solo. Porque la compañía de personas dormidas no es tal. El
sueño arranca, levemente, sin que nadie lo sienta, la mariposa del alma. De ahí
la tranquilidad del hombre dormido. Y de ahí los sueños. Tal vez, porque en
esos momentos somos sólo carne, llegan otras almas vagabundas y taciturnas, que
nos muestran paisajes que no hemos visto nunca y rostros que no conoceremos
jamás. Y —como estoy solo— siempre hago lo mismo, me voy hacia la ciudad donde
Monserrate encontró su rascacielo construido por la naturaleza. ¡Tan bueno es El! Voy a buscar las figuras de algunas personas que
quizás también duermen y que siempre me mandan, por encima del mar, las flechas
de su recuerdo. Hay una que se levanta, alta y severa, como una estatua de
platino, porque es la misma bondad. para ella no encuentro —hombre moderno—
sino símiles metálicos. Por eso digo que es como un arca llena de oro. Y hay
otras figuras: son 2 figuras femeninas, hechas con líneas débiles y
quebradizas. Una es rubia, rubia cenicienta, y la otra es morena, con su moreno
tostado de india. Siempre están asomadas a la ventana del cariño, para verme
pasar en el film de su memoria. Hay también una figura maciza, robusta. Es un cuerpo y un alma de hombre. Fuertes, por sus
músculos y por sus venas, corren todos los trenes de la velocidad y del valor.
Pero, a la figurita rubia le hace falta la línea de la nariz. No la encuentro
para completar ese rostro. Quien sabe en cual recodo de mi memoria se ha
escondido ese segmento. La veo, desde los cabellos, hasta la curba de la
barbilla. Me queda perfecta hasta la ceja, que corre en vuelo de garza hacia
las sienes y vuelvo a encontrarla en el principio del labio, cuyo arco es perfecto.
Pero esa línea, que no sé si era curva o recta, o mixta, me duele, me lacera,
me rasga y me atormenta con sus extremos afilados. ¿Dónde buscaré esa línea?
Está perdida en uno de los meandros de mi cerebro, y surgirá de improviso para
dañarme el recuerdo de otra persona.
De vez en vez, suspira Meme. Me causan —dentro
de la oscuridad que nos ciñe— un terrible pavor esos suspiros. Y me quedo
pensando, un momento, en que Meme puede morir de repente. Los negros roncan
como un mar picado. Tal vez les queda en el cuerpo algo de la mariposa del
alma. La mariposa de los negros, la más bella de todas, pero la más vocinglera.
Desde aquí no puedo ver nada. Ni cielo, ni mar, ni capitán. Estoy solo y voy a quedarme dormido.
Seguramente estaré dormido cuando Meme muera. Porque creo que morirá esta
noche. Fácilmente, sin ruidos ni gritos. Sencillamente, no volverá su alma,
ahora ausente. Quisiera atarla, de una manera muy fuerte, con el hilo tenso de
mi tranquilidad. Mariposa de Meme, ¡vuelve! ¡vuelve!
Despierto circundado por una calma espesa,
pesada; hay en torno mío un rudo silencio y una tranquilidad tan grande, como
si hubiera muerto alguien. Vuelvo el rostro hacia la litera donde dormía Meme.
¡Ha desaparecido! ¿Moriría y la habrán arrojado al mar? No. ¡No puede haber
muerto! Pero ¿por qué no puede haber muerto? Si era apenas un poco de carne que
embellecía unos huesos, duros, largos y blancos... Sí. Es seguro que ha muerto.
¡Cómo sería la vida de arbitraria y anárquica si todos los hechos estuvieran
sujetos al capricho de nuestro deseo! Los 3 negros tampoco están. ¿Se habrán ido con Meme? Estarán con ella en
algún café del puerto. Sí, del puerto, porque hemos llegado a Riohacha. Pero no
hemos llegado juntos. Ellos
llegaron antes que yo. A ellos, a quienes no hacía falta. La estarán emborrachando con ron blanco que es amarillo y hace en la
garganta pequeños caminos de ardor, cuando se le bebe. Meme borracha, debe ser
exquisita. ¡Cómo danzarán sus ojos en las órbitas! Cómo se pondrá su boca de
sabrosa, de dulce, con esa dulzura extraordinaria que tiene la boca de las
mujeres ebrias. Le brillarán los labios rojos y frescos y levantará el vaso,
con el meñique en el aire, como si de él suspendiera la sed. ¿Se pondrá
inquieta y preguntará por mí? No. Tal vez no pregunte. Y sería mejor que no preguntara. ¿Para qué? Yo no puedo importar nada a su corazón, curtido,
macerado por muchos amores. ¿A cuantos hombres habrá amado Meme? Negros, blancos. Muchos la han besado
y se han tendido sobre la playa de su cuerpo. Muchos han mordido su boca y han
sentido la redondez de su hombro, bajo el cuello, lleno de barbas espinosas.
Muchos hombres que han visto cómo salta en sus ojos el surtidor del deseo...
Es mejor que haya muerto. Entonces, la
arrojarán al mar azul. Descenderá despacio, lentamente, hasta el fondo de
arena, donde se mueven las plantas marinas al ritmo de las mareas. La dejarán
deslizar, por la borda, suavemente, como sale de la boca una oración fervorosa.
Los tiburones, sufrirán extraño sobresalto, al mirar sus grandes ojos turbios,
que habrá hecho abrir la sal de las aguas. Sus miembros —que la muerte habría
hecho férreos, de plomo— volverán a ser ágiles, se abrirán los dedos, como si
fuera a coger algo, y entreabrirá los labios, como para besar. Como cuando
besaba en la tierra. Como cuando estaba viva. Los pececitos jóvenes, le harán
cosquillas que —como ella está muerta— sentiré yo, cerca de la boca. Y su boca
mostrará los dientes, como perlas, dentro de las valvas rojizas de una
madreperla que le hubiera nacido en la cara. Pero, es mejor no pensar en esa
boca y en ese cuerpo que aprisionarán —como tantos brazos lo apretaron en la
tierra— las algas verdes, cortantes y plateadas.
Aquí se siente llegar ya un aliento de la
Guajira. Huele a lo que deben oler las indias. Un olor compuesto de muchos
perfumes y aromas. Es la pampa, el desierto, la arena, el sexo y la muerte. Es
todo eso lo que huele, lo que perfuma y aroma. En el aire vibran cantos de
dardos y flechas.
Estoy absolutamente solo en la goleta. No hay
nadie sobre cubierta y están vacíos los camarotes de Dick y el capitán. El
cocinero tampoco se encuentra a bordo. El cocinero malo, el de la pipa vieja.
Es extraño que el cocinero haya ido a tierra. Tiene un horrible temor a las
casas, como a monstruos que fueran a devorarlo. Ahora miro para el lado del
puerto. El puerto de Riohacha, que por tanto tiempo atrajo mi anhelo. No pude figurármelo nunca. Puerto de aguas bicolores. De un lado, hacia la costa
amarillas, terrosas; y del otro, hacia afuera, hacia el mar, hacia la
distancia, azules, azules, marinas, marinas. Pocas aguas tan azules como las de
Riohacha a 500 metros de la playa. Y es porque el Calancala no deja que el azul
se acerque demasiado a la costa. El Calancala va metiendo su cabecita en el
mar. Su cabecita amarilla, gredosa, que viene cansada de ser ¡tanto tiempo
cabeza de río! Tiene sed del agua del mar, salada, fuerte, él, que lleva unas
aguas dulzarronas y anodinas. Y, en recompensa al mar por su baño de frescura y
de inmensidad, le proporciona ese color que trajo desde tan lejos.
Hay una gran cantidad de botecitos pesqueros
que salen presurosos, porque el sol va camino de lo más alto. Pasan, en una
pequeña embarcación, 2 negros de músculos cuadrados, llenos de aristas y de
belleza. Serían 2 maravillosas estatuas de la fuerza. Por toda su piel brota la
pujanza. El negro no tiene traje más bello que su piel. Debieran andar
desnudos, mostrando ese color reluciente, brillante, donde el sol quiebra sus
luces, pretendiendo —como en todas las oscuridades— hace siempre la claridad.
Salen del puerto botes saltarines, con sus
velas blancas, como la misma alegría. Los marineros cantan, con las redes en
las manos. El hombre que está en el timón, mira a derecha e izquierda del palo,
como si buscara los peces en el aire. Cerca de nuestra goleta, hay 2 balandras
ancladas. Una, es pequeñita, nueva, como recién salida del estuche de una joya.
Se ve que aún no conoce el mar, el mar lejano, el alto mar de las tempestades,
de las olas abrumadoras, de los días largos y cerrados alrededor de un barco.
La otra, es una balandra vieja, llena de cadenas oxidadas y velas sucias,
borracha de vientos, ebria de viajes, de velocidad y de saltos sobre las
espumas. Es la proa, hay un marinero dormido, que parece, a lo lejos, una vela
recogida. Me gusta más esa balandra, que no está quieta un momento. Ya tiene
adentro, en todas sus tablas, el alma del océano. La han penetrado las sales,
está saturada de vientos, llena de gritos, de aventuras, de recuerdos. Ha oído
referir muchas historias, y su bauprés ya ha hundido su lanza en muchos
horizontes. La otra es muy de juguete, de regata. Es una goleta para deportes.
Y el mar no es ¡qué va a ser! un campo de deportes, así sea verde. Por eso es
estúpido lo que hacen los señores y señoras hollywoodenses, que se lanzan al
agua en imbéciles caballos de caucho, para darse chapuzones más o menos
intencionadamente sexuales. Gentes que no saben lo que es una concha, lo que es
un cabo, lo que es una vela. No hacen otra cosa que ensuciar e irrespetar lo
único grande que existe en el mundo; el mar. Además, quieren industrializarlo,
como si fuera una vulgar caída de agua. Industrializarlo, como han industrializado el beso,
por medio del cine. Y cómo
besan esos galanes cinematográficos! ¡Que imbéciles son! ¡Cómo las hacen
adoptar posturas ridículas! ¡Creen que el todo está en la duración del beso! Y
por eso es que andan esas mujeres por las películas, con un terrible desgreño
en la mirada revuelta, que hace sentir deseos de no volver a mirar a ninguna.
Es necesario tener en cuenta corriente, también, que a las mujeres siempre les
sobran besos.
Hay también en el puerto, 3, 4, 5, 6 cayucos.
¡Cayucos! ¡Cayucos! que danzan, con su garrapín agarrado en el fondo. Bailan
trabajosamente, como una palabra indecisa. Las olas los obligan a adoptar
trabajosas posiciones de borrachos que pretenden no estarlo.
Ya llegó a tierra. A mí, me gusta mirar
lentamente las cosas, poco a poco, como saboreando ruidos, colores y perfumes,
con toda la profundidad de mis sentidos. En la observación radica la verdadera
sabiduría. Un hombre que mira detenidamente una cosa, u observa a una persona
con cuidado, llega a conocerla mejor, a saber más de ella, que si hubiera
vivido a su lado 23 años.
Los balcones, estos balcones de las casas de
los puertos, que viven reemplazando a sus dueños, para que nunca el mar se
quede sin miradas, son maravillosos. Me parece que aquel edificio de estilo
colonial, con gruesas columnas como las de Santo Domingo, es la Aduana. La
trampa que el hombre terrestre pone al mar en cada puerto. La garra con que lo
sujeta. Los empleados estarán haciendo manifiestos, liquidando, pesando,
haciendo todas esas cosas que se hacen en las aduanas y que producen ¡tanto
dinero!
Del otro lado, a la derecha, hay un edificio
de ladrillo, que debe ser el Mercado. Las vendedoras, con sabor de besos
-amargos ya- en la boca, y con los labios pegajosos por el sueño, deben estar
levantando los labios pegajosos por el sueño, deben estar levantando los sacos
viejos, con que cubrieron sus mercancías. Y aparecerán las sandías, con ese
aire tonto que tienen invariablemente. Y los melones, que parecen hechos a
mano. Las naranjas que hacen girar su color amarillo poroso, alrededor de su
redondez. Los plátanos, las piñas decorativas y el maíz, que llena el cesto o
el saco con sus granos multiformes, sin dejar vacíos. En otro lugar, estarán
los pescados ojiabiertos, boquiabiertos, con una gran sorpresa de mirar las
cosas de la tierra. Con la misma sorpresa dudosa que deben tener los buzos en
el fondo del mar. Estarán levantándose las muchachas. Las muchachitas que aún
van a la escuela con su gramática de Bello bajo el brazo. Con su gramática que
les enseñará versos a la Zona Tórrida y otras cosas inútiles, porque es
increíble que en ninguna reunión les vayan a pedir que reciten aquello de
“Salve, fecunda Zona...” Estarán en su casa estas muchachitas, frescas por el
baño, que ha llegado a donde nadie ha podido llegar, con sus combinaciones de
jersey, dándose polvos. Por eso en el aire tiembla algo ahora. Tiemblan curvas
en el viento, que huele a mujer, a axila, a cold-cream. Con la borla de los
polvos, se hacen las mujeres las caricias que nadie les ha hecho.
Siendo la Aduana un punto, equidistante del
mercado y de ella, hay un cobertizo hecho con tejas de zinc usadas, donde
juegan unos chiquillos entre un cayuco estropeado. Más hacia la izquierda,
están las ruinas de algo que debió ser un castillo. Murallas derrumbadas. Los
granitos de arena corren como alpinistas perseguidos por un alud. Todavía más
hacia la izquierda, está el convento de los capuchinos, que no alcanzó a ver
bien. Un corte de la tapia blanca, sobre el cielo azul. Bandera argentina.
Después, el faro seco, sin la humedad de sus luces; inútil ante la insolencia
del sol. Eso es el puerto.
Ahora recuerdo que algunas calles de Riohacha fueron devoradas por el mar.
Yo no hubiera huido cuando llegó la inundación. Me hubiera quedado allí y -a
todo nos acostumbramos- estaría ahora vendiendo a las sirenas collarcitos de
cuentas de vidrio. Me parece que una de esas calles se llamaba Calle de la
Joyería, o de la Platería. En todo caso, era una calle cuyo nombre era musical,
lleno de tañidos, de sones, de notas. El mar estaba cerca y quiso que sus olas
fueran más sonoras.
¡Allá viene el bote! Lentamente, muy lentamente. Deseo que llegue muy pronto para saber qué ha
sido de Meme. Es deplorable, pero estoy enamorado de Meme. Le preguntaré al
capitán si ha muerto o si se ha ido. Ya vienen. Alcanzó a ver al capitán que
viste su franela a rayas rojas y blancas. La franela de visitar los puertos.
Cuando está en el mar, usa una gris, quizá para estar a tono con una posible
tempestad. También tiene su pantalón de cotón azul. No alcanzó a distinguir la
faja. Ya, ya, ¡ya la veo! Bastaron 6 golpes de los 4 remos, para que pudiera
verla. Estoy listo para echarles el cabo. Ya están cerca. Llegan, y el capitán
sube -alegre como nunca lo había visto- por la escala.
¡Capi, buenos días!- le gritó, alegre yo
también por su comunicativo regocijo.
Buenos días, muchacho. Te quedaste dormido y
no bajaste a beber un trago. Donde Pepe hay un ron...
Dejo sin respuesta esta pregunta, que da a mi
lengua un delicioso sabor azucarado y me pone ante la vista la figura de
Carmen.
Capi- no me atrevo a preguntar todavía por Dick ¿dónde está el cocinero?
¡Yo qué voy a saber dónde se mete ese viejo!
Y ¿Dick?
Ese, debe estar donde la Perú
¿Quién es esa Perú, capi?
¡Ah! ¿No sabes quien es la Perú?- Y ríe, con
grandes carcajadas, amplias como toda su boca, y como ella, dentadas, mirándome
burlonamente.
Nó, no sé... Pero ya sé que no está con Meme.
Y qué me importa que esté con la Perú?
Le peguntaré a Dick quien es esa mujer, y él
me lo dirá, para que no vuelva a hacer esa cara de tonto que debí poner cuando
no supe responder al capitán.
¡Oye! -me dice- ¿no quieres ver a las indias?
Pero, ¿aquí las indias?
¡Claro que hay! y bonitas. Podemos ir y
talvez...
¿Talvez qué?
El capitán al oírme vuelve a reir, y yo
comprendo que nuevamente he aparecido como un imbécil.
¿De manera que hay indias bonitas? Sí, lo ha dicho el capitán. También ha dicho que las hay feas, como el cocinero,
con las caras rajadas porque se echan jagua. Un polvo hecho de plantas, que se
ponen en la cara cubriendo parte de las mejillas y la frente, como un antifaz,
para evitar las manchas que ocasiona el sol.
¿Vamos a tiera, capi?
Sí, vamos...
En el bote, todos estamos callados. El
capitán, sentado a mi lado, mira fijamente el puerto, fumando distraidamente.
Yo estoy preocupado por averiguar 2 cosas. Dónde está Meme y quién es la Perú.
Aquella risa iónica del capitán, me hace pensar muchas, muchísimas cosas. De
manera que Dick, el que decía que no gustaba de las mujeres, el que no amaba
sino el mar, tan pronto como tiene ocasión se va en busca de una mujerzuela.
¿Y Meme? Debe estar sola y talvez pienza en
mí, como yo pienso en ella.
El bote entra, con el último impulso de la ola
y el remo, hasta la playa. Como todos tenemos en las miradas un aire de viaje y
están nuestros cabellos llenos de brisa, las gentes nos miran con curiosidad
acostumbrada. Antes de ir a la ciudad, me pongo a caminar por la playa, sobre
la arena tibia que ya calienta en exceso los pies descalzos de los cargadores,
que hacen visajes bajo el peso de los fardos.
Todo el puerto se ha llenado de negritos con
las caras embadurnadas de una sonrisa que está lo mismo en la boca, en el
vientre, que en los ojos y los pies. Tienen os vientrecitos hinchados y
redondos. Conocen los nombres de los barcos, de las velas y de las maniobras,
que comentan burlones, cuando consideran que son mal ejecutadas. Todos los
marineros fueron como ellos. Pero el viento de afuera les quitó de la cara la
sonrisa melosa y únicamente les dejó a los lados de la boca 2 anchas zanjas de
grave serenidad.
Sin darme cuenta corriente, encamino mis pasos
por una calleja que, en la noche, debe ser extrañamente oscura. Ahora, está
toda llena -hasta los aleros de las casas, y desde el nacimiento de las
paredes- hasta los aleros de las casas, y desde el nacimiento de las paredes-
de un sol alegre, lustroso y sonriente. En la puerta de una de las casas hay
una muchacha que viste un traje de seda azul, como el día y como el sol. Adopta
una actitud romántica de tarjeta postal, con el brazo a lo largo del batiente y
los ojos a la zaga de una hoja que cae del árbol de almendro que hay en la
calle. No me mira. Yo para conocer el haz de su mirada y entrar en él,
sigo también el rastro de la hoja que huye.
En la esquina, hay un almacén de grandes
puertas, aireado y ventrudo que echa sobre la calle todos sus colores .
Zarazas, colones, clanes, driles, palm-beachs, todas las telas dan a la calle
un color vagabundo de feria. Colgados de clavos, collares. Muchas sartas de
collares hechos con cuentas de vidrio azul y rojo, collares de cornalina,
collarcitos negros hechos con corteza de coco. Dicen que con ellos se puede
engañar a las indias, pero yo aspiro a comerciar con ellas de una manera menos
burda.
Buscaré un hotel para pasar estos 3 días. Es
necesario que vaya acostumbrándome a abandonar la goleta. Muy pronto la dejaré
para siempre. Además, ya me hace falta la tierra. Y no volveré a embarcar sino
hasta cuando nos vayamos definitivamente para la Guajira. Me quedaré en esa
tierra largamente atraída por el deseo, en vez de irme con el capitán, en la
goleta oscura que golpean eternamente las olas como al rodillo los tipos de la
máquina. El mar es constante, pero sería mejor que callara en veces un poco,
para dejar oír esa respiración calmada que tiene en ocasiones. Pero, tan
seguido, tan exacto, tan igual, fastidia como una mujer a quien se ha besado
más de 112 veces. La mujer en sus 10 primeros besos pone partículas de alma que
les dan un sabor y un estremecimiento indefinibles. Después, hasta los 50
apenas vienen pequeños brillos de pasión. Los 40 siguientes, han ido acopiando
fastidio, hasta no llegar a ser sino fugitivas uniones de sabios. Después, son
apenas sombras, esbozos, remedos. Y, por último, los 2 finales no se realizan
jamás. son esos besos que damos a la primera mujer que encontramos una noche en
la calle y que nos lleva a su casa y a su sexo. De manera, pues, que de una
mujer los únicos besos utilizables son los 10 primeros y los 2 últimos.
Aquí está el hotel que necesitaba. Me sale al
paso, inopinadamente, con su tablilla atravesada, que reza: “Hotel Libertad”.
No sé qué querrá decir ese nombre, pero, en todo caso, es la verdad que no me
importa. Me darán un catre de ona, manchado por quién sabe cuántos besos
cuántos sudores, el petate estrujado por cuerpos y el mosquitero que aislará mi
cuerpo de los insectos,. Además, puede ser que aquí cambie la comida. Esa
comidas que ya ha limitado mi paladar a 2 o 4 únicos sabores. Es posible que me
den carne salada y papas. Las papas que se comen en mi tierra -la de las
colinas con iglesias alpinistas y el frío con abrigos de lluvia- mi tierra,
donde los poetas chirles las llaman “¡vil tubérculo!”
No hay necesidad de llamar para entrar al hotel. La puerta -grasienta, por el paso de muchas manos y
por los golpes -está abierta. Se ve en el fondo un comedor donde conversan unas
pocas personas. Parecen empleadillos modestos y visten de dril blanco todos.
Uno de ellos mete la corbata entro del plato de sopa, como si midiera la
cantidad de líquido que ingiere. Hay uno miope, con anteojos grandísimos que le
dan un aspecto lejano -¡muy lejano!- de automóvil. Les sirve una mujer flaca,
flaquísima, embarazada, completamente embarazada. Imposible negarlo. No parece
que estuviera en tal estado, sino que hiciera un forzado ejercicio gimanástico
para desarrollar los músculos de la cintura. Talvez en otra ocasión pensó lo
mismo... Se dirige hacia mí, con sus ojos bordeados de ojeras negras, como
pliegos de papel de luto.
¿Qué quiere, compa?
Vengo, señora, a ver si me puede dar comida y
alojamiento por unos días...
Comida, sí. Pero... aloja... ¿qué? ¿que é lo
otro?
Que si puedo dormir aquí.
Sí, pero mucho respeto. A mí no me gusta dale posada a lo “cachaco”, porque
son muy atrevío...
Pierda usted cuidado. ¿Cuánto vale el día?
Po sé a uté, 2 peso po día. pero tiene que pagáme por adelantao. Se me han
lagao debíéndome mucha plata.
Sí, señora. Aquí está el valor de 3 días.
Gracias, siga...
Y entro, escoltado por las miradas de todos
los presentes, que, como están comiendo, tienen las miradas untadas de grasa,
como los labios.
Pasamos por unos cuartos oscuros, llenos de
calor a la sombra, donde no se ve a nadie, pero se adivina que hay alguna
persona durmiendo. ¡A esta hora. dormir a las 12 del día! El que me destinan,
da sobre un patio pequeño, donde unas gallinas buscan, atareadas, granos de
maíz que no han existido nunca en otro lugar que en su imaginación. Un cerdo
flaco, llena de gruñidos una artesa. Hay, colgados de una cuerda, calzoncillos
y franelas que deben pertenecer al nombre que decoró con ojeras los ojos de
doña Rosa.
El cuartito es estrecho. El catre de tierra,
con patas débiles, define uno de los ángulo rectos. El mosquitero, cuelga,
lacio, sobre la estera que mira, extendida y boquiabierta, el cielo raso
agrietado. En un rincón hay un trípode amarillo con jarra y platón esmaltados.
La toalla, con un inmenso “buenos días” aborlonado, abre a mis ojos un
optimista panorama de aseo. Una silla, con las patas muy abiertas, como si
fuera a caer, y a la cabecera del catre de lona, un retrato del General Uribe,
clavado con 3 alfileres.
Este cuarto inodoro, no tiene tampoco color ni sabor. Se conoce que hace mucho tiempo nadie lo habita, y por
tanto ya ha perdido la presencia, el rastro de la persona que lo ocupó la
última vez. Oliera a cocina, siquiera. Pero no. La cocina está lejos, en un
corredor, y alcanzó a ver a la sirviente que destapa las ollas. Tiene un
muchacho en los brazos. En la costa, la mujer que no tiene un niño en los
brazos o en el vientre, lo tiene en el pensamiento. Unicamente no los tenían ni
Carmen ni Meme. Pero nosotros éramos talvez, para ellas, el recuerdo o la
posibilidad de uno.
Me siento sobre la silla, que hace inauditos
esfuerzos por sostenerse y sostenerme, y, como no hay nada más que mirar, miro
el retrato del General Uribe. Recuerdo que, cuanto yo era pequeño vi pasar su
entierro. Pero eso no tiene por ahora,
ninguna importancia. El cuarto está lleno, completamente lleno de liberalismo.
¿Es cosa grata o terrible? No lo sé. Pero se ve humo, revoluciones, generales,
Palonegro... Si fuera el retrato de Núñez,
estoy seguro de que el cuarto no tendría ángulos rectos. Los ojos del General
Uribe están sostenidos en las guías de los largos mostachos. Y esos ojos,
perseguidores y agudos, me buscan ansiosos, como para clavarme en la pared.
¿Sería un irrespeto haber recordado a Núñez en su presencia? Le vuelvo la
espalda y me quedo completamente solo; cierro los ojos y siento que sus miradas
se clavan sobre mi pulmón derecho. Las miradas terribles y perseguidoras del
Jefe asesinado, me impiden respirar. Y para olvidar todo esto, me pongo a
pensar en Meme. Habrá llegado a su casa. Seguramente es una casucha de paja. Por lo menos eso me han asegurado los marineros. También han dicho que vive sola. Ha tenido 3 o 4
amoríos sin consecuencias, es decir, sin hijos. ¿El hijo es, acaso, una
consecuencia? El candado, probablemente estára enmohecido y se abrirá con
pereza, por los tres meses de quietud. Todo está lleno de soledad. Del
chinchorro al techo han tendido las arañas telas límpidas que el tiempo ha
cubierto de polvo. Meme, activa, busca un plumero, sacude, limpia y todo queda
como cuando estaba allí hace 3 meses. Fatigada, mete el haz de curvas de su
cuerpo entre el chinchorro, y piensa, con los ojos en el techo. Cómo estarán de
blancos sus ojos, mirando al techo. La pupila, lo único negro, estará llena de
cal. Pensará que el cachaco era bueno. Tavez, confiesa que le gustaba un
poquito, pero tuvo miedo porque lo notó el capitán. Si él hubiera querido,
dirá, comprometerse conmigo, viviríamos muy sabroso. Aquí, y en la Guajira,
cuando la pesca. El no tiene dinero suficiente, pero yo, con mis negocios, he
logrado hacer un capitalito, como para comprar perlas a los indios... Si parece
que estuviera ahumándose el arroz... Pondríamos un ventorillo...
Salgo a la calle y me pongo a andar sin rumbo,
por todas partes, entre el aire caliente y las hojas de almendro. Casas nuevas
y viejas, como en cualquiera otra parte. Casas bajas y altas, pequeñas y
grandes. Casuchas, negros, blancos,
chicos... De pronto, de una casa veo salir
a Meme. No me ha visto, y de dirige a una vieja negra que fuma tabaco con la
lumbre entre la boca, como si quisiera iluminarse el paladar.
Comáe Francica -Meme ha recobrado, su acento
riohachero- ¿uté tiene de esa yeba que e buena pa el doló de cabeza? ¿De esa
que traen de Fonseca?
Sí, comáe. Aguádeme un momentico, que ya voy a
tréesela. ¡Pero ni salúa uté! ¿Cuándo vino? Etá más pretensiosa que si hubiera
traído de Panamá un gringo...
¡Yo qué pretensiosa ni qué gringo! La mima
negra e siempre... Lo que etoy e má mala que quién sabe qué... Préteme la
yebita, comáe...
La comadre Francisca sale corriendo, con su
carga de grasa a cuestas. Yo, detrás de un almendro, continúo mirando a Meme.
¡Qué pálida está1 Ya viene la vieja, con las manos arrugadas y secas,
rejuvenicidas por la verde frescura de las yerbas. No es fea esta Meme, con sus
ojos vivos y, colgada de una cadenita, al cuello, una medallita, que entra y
sale, cuando ella se inclina, como una moneda entre una hucha.
Tome, comáe y que se alivie.... Venga depué
por aquí y me cuenta corriente qué fue lo der cachaco...
¿Cachaaco...? responde Meme sorprendida y
ruborizada. Sale corriendo, con las manos llenas de la frescura que tenía entre
las suyas la comadre Francisca.
Yo, sin atreverme a nada, sin pensar en nada,
vago, camino y vuelvo al hotel. Meme está dentro de mí, fresca, pálida,
ruborizada, con su medallita y su cintura redonda, vibrante.
Salgo de nuevo. No puedo estar tranquilo en
ninguna parte. Son ya las 7 y he comido. Sobre el patio de la casa volaron en
la tarde bandadas de alcatraces, que me recodaron el mar. Ya conozco la ciudad
diurna y quiero ahora verla durante la noche. Es posible que vuelva a ver a
Meme. Tal vez ahora, solos, entre la noche y el mar, sobre la tierra...
Riohacha, de noche, es una ciudad tranquila y
antigua. 3 “Ford” desvencijados corren con gran ruido de carrocerías. En las
puertas de las casas, las gentes fuman y conversan, mientras mueven los
mecedores. Se oye el ruido seco de las bolas de un billar. El silencio sobre de
puerta en puerta. Las va cerrando, con su llave de sueño. Se agazapa para
saltar de una acerca a otra. Corre el silencio, corre por la noche, se
arrastra, trepa a una ventana, y de pronto lo asusta, lo sorprende un grito.
Permanece un instante inmóvil y desaparece por fin entre los gritos sucesivos.
24 coloraooo...
¡Ganáte, compa....!!! -grita una voz empapada
de ron blanco-.
¡A jugáaa!!! Que sale el 24, que sale el 8.
¡Qué hubo, compaaa...!!!
¡Qué va hombe...!!!
Cerca de 40 negros y blancos juegan en la
ruleta, dividida en dos, con cuadrados negros y rojos, numerados. La bolita
salta sobre los números, como si al detenerse se quemara.
¡Ya volvite a ganá!
¿Y too lo que llevo perdío? -contesta un
negrito viejo, pequeño y sucio, con la voz partida en los matices del placer y
el desagrado.
¿Qué hubo, compa? ¿No juega má? Depue que se
lleva toa la plata se va paonde la niña Lola a emborracharse...
Camine se manda er trago...
¿Trago, trago e qué?
De roon -responde el otro- con los ojos
iluminados por el apetito alcohólico.
¿De ron? ¡Pa fregáte, carajo!!
¡Hombe, compa, no sea macabí...!!
En un fondo de penumbra, veo rostros cortados por luces y sombras diveras
¿Quiénes serán?
Me acerco. !Dios mío! ¡Dios mío! ¿Es una
india? Sí, la primera ¡la primera india!! Me da un poco de miedo su mirada,
espinosa y oscura, que me detiene como una alambrada.
¡Qué bella! Geométricamente perfecta, con su
manta que la desnuda y la boca roja, tensa, ceñida, apretada en un imaginario
mordisco. Brazos en cilindros y en ángulos. Senos temblorosos y duros, que
perfuman la noche. ¡Cabellos lacios, duros, empapados en aceite de coco! ¡Oh el
aceite de coco, lubricante eficaz del deseo! ¡El primer olor y el olor eterno
de la Guajira! La figura de esta india -¡la primera!- despierta a mi sangre de
un largo sueño molecular. Quisiera estar cerca de ella, pero no puedo. Hay muchos
indios, que al ver la sorpresa extendida sobre mi rostro, me miran con ojos
recelosos. Siguen llegando a mis oídos los números de la ruleta.
¡5 negro!
¡24 colorao!
¿Quién juega? ¿A vé a vé ¿Quién pone má?
¡24 colorao!
Ya ha salido 2 veces el 24 colorado ¿Por qué
mientras puedo acercarme a la india de la mirada dura y los pies arqueados,
llenos de ajorcas, no juego 2 o 3 pesos? No, no, es mejor dejarlo todo para ella... ¿Para ella? ¿Para quién? Para... la Guajira...
Me acerco más a los jugadores y, mezclado con
ellos, experimento una envidia acre por el placer que experimentan. Se guardan
cuidadosamente las fichas blancas, y colocan sobre los números, pausadamente,
con toda la vida en los ojos, 5, 10, 15 pesos, distribuidos de acuerdo con
complicadas combinaciones y martingalas.
Y no dejo de mirar a la india, cuya mirada es
ahora más suave. Parece que la simpatía le hubiera limado las espinas y las
agujas que antes tenía. Está más cerca de la luz y puedo verla mejor. Tiene un
pañuelo rojo atado a la cabeza. La manta es de color azul claro, transparente.
me detengo en la transparencia del vestido, que delata los rincones de su
cuerpo. Calza sandalias con grandes bolsas de lana roja y verde. Cuando anda,
se oye un ruidillo duro, como si arastrara una larga cola metálica. Pero son las
ajorcas que le ciñen los tobillos, redondos, como dos conchas. ¡Ajorcas de
vidrio que musicalizan su andar! ¡Me gusta, me gusta y ella me sonríe! ¡Es
bella, adorable y de color de caoba! ¡Huele a aceite de coco! su boca siempre
muestra un mordisco.
Ahora gira su cara morena. Se cubre con un
largo brochazo de sombra gris, que le da un color leonado. Por todo mi cuerpo
corre un calorcillo jugoso que aumenta mi saliva y la endulza. ¿Cómo se
llamará? ¿Será el suyo un nombre sonoro como el ruido de la bocina de un
automóvil vertiginoso en una noche de placer? ¿O será uno de aquellos nombres
dulces, mimosos? -¿como Thérese, que es casi un respiración?- En todo caso, su
nombre no puede ser duro y seco como el de Meme, Meme, 2 martillazos sonoros y
monótonos...
La imaginación de los indios está perdida en
la persecución de la bolita saltarina. E hombre de la ruleta grita -los nombres
de los números ganadores y parece que estuviera contando estrellas.
¡Aaaaa jugáááá...!!
Ella -cuando se dice ella o él, solamente, sin
necesidad del hombre, es porque se comienza a amar a la persona- sonríe, con
una sonrisita burlona, como si no le gustaran mis malos pantalones azules,
gruesos y fuertes. Por primera vez reflexiono sobre mi vestido y comprendo que
no soy un petimetre. Mi franela a rayas rojas y blancas, tiene ahora un tercer
color que amalgama y funde el rojo y el blanco. El amarillo naranja de la faja.
La faja que he ceñido a mi cuerpo con las esperanzas de tener aspecto de hombre
marinero. os pantalones de cotón azul, salpicados con agua y arena, ya secas, y
remangados hasta la mitad de la pierna, dejan ver en toda su desolación de
vejez mis antiguos zapatos. Unos zapatos que alguna vez compré en Bogotá.
Blancos, de cabritilla, con la punta amarilla. Todo esto debe darme un aspecto
horrible: un hombre sucio, desgreñado, con pantalón azul y zapatos bicolores.
Si se burla de mi vestido, ¡tiene razón! pero ¿qué voy a hacer? Acaso me preferiría, petimetre y perfumado, vestido de
palmbeach? ¿O deseará verme con guayuco? Tal vez... Soy moreno... Yo no tendría inconveniente en usar sobre mi sexo
la fatiga blanca que alarga las piernas hasta la cintura.
Tengo ahora deseos de beber. Siento una
alegría extraña que necesito sostener con ron blanco, aguardiente o ginebra,
para que no vacile. Para que siempre dure. Para que no se muera. ¡Si tuviera un
amigo! Pero no tengo amigos, estoy
solo. Todos los ojos y las bocas son
desconocidos, hostiles. Hasta las manos, las manos, que siempre son dulces, se
alargan ahora, convertidas en garras, sobre los billetes y las fichas. Si por
aquí anduviera Dick... Ese sí es
mi amigo... El capitán es un hombre bueno, me
quiere, pero no es mi amigo. ¿Cómo puede serlo un hombre que pretende impedir
mi viaje a la Guajira?
¡Qué sorpresa! Dick está allí... Con su mirada
de niño que ve olas en todas partes. Mira ahora correr la bolita de madera,
pero en realidad no debe ver sino su pensamiento. Si lograse inducirlo a beber
unas copas conmigo... Es difícil... Me sacude un afán malo, con manos de
hierro. Me acerco a él con un temor vago de que esté disgustado conmigo. Parece
que hubiera hecho algo malo, y tal vez por eso, cuando pensé en él, no esperaba
verlo tan pronto...
¿Qué hubo, compa Dick?
Ná, hombre ¿qué te habías hecho? ¿Por qué no has vuelto a bordo? el capitán está
disgustado contigo...
Me siento un poco turbado y renace todo mi
cariño por el capitán. ¡Les he hecho falta! No se han olvidado de mí, mientras
estaba entregado a contemplar el recurso de Meme y a acariciar el deseo de una
india! Quisiera abrazar a Dick, pero sería tal vez ridículo. Además, eso no lo
conmovería. No lo conmovería ni un beso de la
misma Cleopatra. Vacilante la voz, para disculparme, le digo:
¿Sabes que he encontrado aquí a un conocido
viejo y me ha llevado a su casa?
Duda ¡claro que duda! sabe que estoy mintiendo
y responde:
¡ah! ¿un conocido? ¿Y quién es? ¿Tal vez algún
hermano de Meme?
¡Hermano de Meme! ¡No sabía que tuviera
hermanos! Creo que no tiene familia... En un amigo de Bogotá -resbalo en la
dificultad de encontrar un apellido y un nombre- un muchacho... Juan... Juan... Rodríguez...
Dick sonríe una vez más. Estas vacilaciones mías, sueldan y fortifican su
duda. Ahora, menos que nunca, puedo invitarlo allí, a la tienda de Polita, una
muchacha a quien he oído nombrar hace poco. Pero, como lo he engañado...
Yo quiero beber un trago de ron, lleno de brillos de espejo y soledades de
vidrio. Pero con Dick no puedo. En cambio, con el capitán se puede beber en cualquier
momento. Su boca está siempre abierta por los muelles de a sed. Sin embargo, me decido:
Dick ¿no te provoca beber un trago de ron?
¿Yo, ron...? -y la carcajada, salta, limpia como un cuchillo brillante, uno
de esos cuchillos “Winchester” de caza, que le dan a uno deseos de suicidarse.
Apresurado, rectifico, antes de que agote su
risa:
De ginebra... ¡De ginebra...!
No, de nada. Yo no bebo.
Pero, un trago solamente... No tiene nada...
Te acompaño, pero no bebo. Te miro.
Vamos. Creo que si bebo voluptuosamente, sus
deseos reventarán y tendrá que beber conmigo.
Polita es pequeña, gordita, redonda. No sé por
qué se me ocurre que todo su cuerpo debe tener la misma sensibilidad que la
planta de sus pies. Los ojos corren, rápidamente, por toda la órbita y se
quedan inmóviles, sorprendidos, de pronto. Han calumniado su comercio. No es
una taberna cualquiera. Es un bar bien puesto y, a un tiempo, almacén de
víveres. Hay una gran cantidad de cajas verdes y sardinas. Y potes rojos de
salmón. Todos alineados y simétricos. De aquí deben salir los borrachos con una
embriaguez regulada, geométrica, como las cajas de sardinas. Los paquetes
cilíndricos de “Quaker Oats”, le imprimen un movimiento rotatorio imperceptible
a la tienda. Las indispensables tortas de cazabe y una mesa con 2 copitas
limpias, como 2 arbolitos de vidrio sobre el desierto de la mesa. He observado
que, a pesar de todo lo que dice -mentiroso- a Dick no le disgusta Polita.
Explotaré esta circunstancia en mi favor. Pido 2 ginebras y bebo mi copa de un
trago largo, satisfecho y lleno de soledad.
La otra copita ha quedado sola, abandonada;
más que de ginebra, parece llena de aire. Inconscientemente también; a través
de ella mira a Polita, a la que debe ver, filtrada por el líquido y el cristal,
esterilizada, esbelta, con la redondez y la gordura estiradas, aéreas. Después
de mirar mucho, la apura de un sorbo corto, arenoso, lleno de disgusto.
Seguimos bebiendo ginebra. Cuando 9 copas han
pasado por nuestras gargantas, llega el capitán. ¡Es horrible! Se ha hecho
rasurar completamente. Esa no es su cara, esa es una cara prestada. Parece la
cara de un muerto, con la sombra azul que le riega la piel delicada, dolorida
por el paso de la navaja. Se condensa mi antipatía en las miradas que le clavo
como azagayas. Le ofenderé por ridículo, por caprichoso, porque está un poco
más ebrio que yo.
¡Hola, muchachos! -exclama- ¡Bebiendo!
¡Bebiendo! Pero ¡eres tú, Dick hipócrita...! Tu eres quien lo ha convencido
para que no se vaya conmigo...
A Dick le brillan los ojos, como un
alfiletero. Sus dedos se trenzan, como cables embreados por la ira.
¿Y a tí que te importa, capi e mierda...?
Creo que van a matarse, pero no sucede nada.
El capitán se calma, con la agresión brutal. todo queda tranquilo. Me quedó
absorto pensando en lo que ha podido pasar, y continuamos bebiendo, sin pensar
en otra cosa.
En el biombo, hecho con telas de sacos, hay
pegado un retrato de la reina de los estudiantes de Bogotá.
Un título a 4 columnas sirve de corona al
retrato: “Helena Ospina Vásquez fue elegida reina de los estudiantes de Bogotá”
Ojos dulces, labios dulces y rostro sonriente.
Pelo suave, piel suave, traje suave. Suavidad y sonrisa ¡feminidad de Helena!
Yo no he visto nunca ninguna fiesta de los estudiantes. Pero, a qué pensar
ahora en las fiestas, cuando por delante de mi está la vida, que promete ser
espantosa y admirable?
¿Cuando nos vamos, capi?- y lo pregunto,
sintiendo que me mecen olas imaginarias.
¿Para dónde? ¿Para la Guajira? A la
madrugada...
Yo, feliz, me pongo a pensar cómo será esa
noche de la partida. Abandonaré la vida civilizada, construida sobre la
endeblez de los ruidos que se quiebran. Esta vida que endulza el rouge y amarga
el cocktail. Vida de aeroplanos y transatlánticos. De jazz y de automóviles. De
mujeres vestidas con su desnudez, esas mujeres que en Bogotá, y en ciertos
lugares del cuerpo, tienen la temperatura costeña. Ilusa vida en espiral de
ideas y en ángulos de humo. Con recortes sentimentales y románticas taraceas.
Con malos poetas. Con literatos imaginativos, que construyen un mundo
arbitrario dentro de su cuarto. Con gramáticas y retóricas y sintaxis. Con
tinterillos, ingenieros, trotamundos, bailarinas, rufianes, tratantes, monjas,
choferes, petroleros. Vida, a pesar de todo, amable. Mujeres que se suicidan.
Vértigo de los vehículos, de los alcoholes y las drogas heróicas, de las
mujeres besadoras, de los invertidos, de las lesbianas. Hombres que huyen,
pesadillas de asaltos en cuadrillas de bandidos, hombres audaces, con el alma
colocada de filo, modistillas casquivanas, burguesitas coquetas, aristócratas
viciosas, vida vista, vida oída, gustada, tocada, olfateada y leída. Vida
cinematrográfica, rápida, rápida, como un pensamiento, como un arrepentimiento.
Y todo se va confundiendo en mi cerebro. Mescolanza arbitraria que hace la
ginebra en las cavernas cerebrales; crímenes por dinero, adulterios,
parlamentos, Venizelos, Disraeli, el Kaiser, Lenin, don Marco Fidel Suárez -por
qué nunca diremos “Marco Fidel Suárez” sino “don Marco Fidel Suárez”? -cables,
dancings, goletas, bofetadas, mordiscos, París, Bogotá... Bogotá... La Guajira.
La Guajira...
La embriaguez danza en torno mío, gira la
embriaguez, loca, revuelta, cortante, confusa, espesa... La india... El amor de
Meme... Polita, policroma... política... Polinesia... polvareda...
La Guajira, tierra de sol, de sed, de besos,
de muerte y de misterio
¿Cómo y por qué estoy en mi camarote? Ya
estamos navegando. Por la escotilla entra una tajada de aire, fresco, salado,
blanco, como un trozo de pescado frito. ¿No estoy dormido? No. Navego, viajo...
Es de noche, y el aire que entra por la escotilla tiene granitos blancos de
estrellas. Las estrellas que también viajan, que van con nosotros, que nos
envían sus lucecitas tardas, sus lucecitas que vienen de otro siglo... Me
parece inconcebible que me hayan traído aquí sin consultarme. Vendría en el
bote, bajo los bancos húmedos, como un cadáver ebrio. El capitán, reiría. Dick
gruñiría su embriaguez descubierta. No me han permitido ver a Meme ni a la
indica del nombre musical y los tobillos sonoros. Quisiera protestar. Pero
¿ante quién? Debo convencerme de que anoche abandoné la vida civilizada.
Quisiera ver la costa guajira. Esa tierra que tantas veces en la imaginación he
bañado con los almíbares de la esperanza. Pero me cuesta un horrible trabajo
levantarme. Cada pierna es un bloque de plomo. Y, sin embargo, es floja, laxa,
como un rollo de crespón de seda.
Por fin he podido salir a la cubierta. Sopla
un vientecillo suave, esbelto, puro. No se ve aún la costa. Apenas se vislumbra
un perfil remoto, como si se hubiera abierto una grieta en el cielo. El capi
está en el timón. No habla, pero sonríe con su odiosa cara glabra. No quiero
preguntar nada. ¿Para qué nutrir sus burlas con mi potente ira infantil? Es
mejor dejar que Dick me cuenta corriente lo que sucedió. Tal vez hice el
ridículo... ¿Habré matado a alguna persona y huimos, en busca de la oscura
impunidad que nos espera, escondida en los nopales guajiros? Es demasiado bello
para ser verdadero. No, no ha pasado nada. Me he embriagado como un carretero y
he dicho cosas tontas, necedades inmensas, he amenazado como un matón
profesional, me he burlado de todo, me he reído mucho de los demás cuando he
debido reirme de mí mismo... Procuro convencerme de que no he cometido ningún
crimen, más no puedo. Busco el consuelo en la inanidad de mi borrachera. El
terrible temor de que he hecho algo malo, me subyuga, me acogota, me obsesiona.
Temo no sé qué cosa extraña y desconocida. Tengo un gran calor y sudo. Un sudor
caliente que me recuerda, perezoso, la vida. Sería espantoso y desconcertante
un sudor frío. Procuro recobrar mi guada alegría, pensando en el mañana cercano.
El mañana del que estoy a 6 horas de distancia. La Guajira, tierra de sed
ardiente, de besos extenuantes, de sol agobiador, de misterio impreciso y de
muerte posible. La Guajira, tierra de sol, de sal, de indias y de alcoholes...
Veré indias ¡mañana! ¡Indias más indias! Indios llenos de flechas y de
plumas... Guajira, Guajira, tierra de indios y negros y blancos que forman la
tricolor bandera de la raza! De mi raza mestiza y mulata! Ranchos que no he
podido levantar, sobre pisos que desconozco. Y veré mañana otra vez la tierra
abierta, grande, larga, ancha como el mar, pero no como él blanda, sino dura,
dolorosa, hiriente, peligrosa: la tierra con plantas y árboles y animales,
caballos inquietos de orejas inquietas, de ojos vivos, negros. Perlas, sal, sol
y ginebra. Entre tanto, por sobre mi vida antigua, la vida pasa, como la noche,
en un largo desfile de sombras... Las velas están tensas, hinchadas como un
grávido vientre. Crujen, satisfechos, los palos. El viento corre, limpio, sin
cantos ni perfumes terrestres. Mañana, al amanecer, llegaremos a La Guajira,
tierra de beso, de ensueño y de misterio.
Recogido, guardao dentro de mí mismo, tendido
en el suelo, he reunido toda mi esperanza y el placer de la llegada -que
paseaban por mi cuerpo desconcertado- en los ojos y en el pensamiento. Me duele
el cerebro, como si al hacer esfuerzos por concentrarme, le hiciera secretar un
líquido doloroso. ¿Es por eso por lo que pienso que estoy pensando que no
pienso en nada?
El capitán, siempre en el timón, y yo, sentado
en el piso de tablas, no hablamos. Se cruzan nuestros involuntarios silencios,
bajo la clara luz de las estrellas. Oigo rumores desconocidos, infinitesimales
rumores. Ruidillos que se ocultan y extinguen cuando aún no se les ha oído.
Unicamente estamos despiertos nosotros. Todos duermen y sus sueños aligeran el
viaje. Recuerdo a Meme. Cuando ella estaba aquí, en la goleta, siempre me
sobraba algo. Todo me parecía naturalmente excesivo. Ahora, todo me parece empequeñecido.
Las líneas que rodean los objetos y los guardan, dentro de sus trazos, se han
reducido. ¿Por qué esta soledad? Vuelven a asomar sus cabezas a la ventana del
recuerdo, las dos cabecitas jóvenes, la morena y la rubia. Las veo confusas,
lejanas... ¿perdidas...?
Por centésima vez, mi imaginación recorre las
calles de la ciudad lejana y oscura. Otra vez mi sombra se pega a las pareces
de las casas. Todo está solo, abandonado, desierto. Las calles centrales, sin
gentes, con gritos aislados de borrachos, con rameras busconas, calles
brillantes y frías de las 3 de la mañana. Todas las puertas le han vuelto la
espalda a la calle, desdeñosas de la vida externa para mirar sólo hacia
adentro, al mundo de los jadeos y los abrazos, de los sudores y los sueños, de
las vigilias tardías y los insomnios insoportables, de los crímenes, de la
sangre de los partos... Las agujas de las torres tejen un espeso encaje de
plegarias; la noche es una red amplia que deja pasar suspiros. En las veletas,
duermen tranquilos los vientos ateridos. Los automóviles borrachos violan la
velocidad y la distancia. Duermen los niños, haraposos, en las puertas de los
clubes. De la ciudad sube hacia el cerro, hacia el Paseo Bolívar, hacia los
tugurios del hambre y de la puñalada, un vaho húmedo, de risas, de gritos, de
besos, de suspiros, de ayes y de músicas. Dios sigue siendo sordo, mudo, ciego
y omnipotente...!
Ahora recuerdo la ciudad, que he perdido, con
cariño. La ciudad de las prostitutas y los ladrones de las madres y los
humildes. Todo lo mío está allá. Y allá está todo lo que anhelé por mucho
tiempo y no pude lograr. En alguna boca me espera el amor, tal vez en unas
manos está recogida para mí la dulzura, y el descanso, el anhelado descanso me
busca inquieto en los rincones soleados de una casa tranquila, llena de flores
y de nidos. Es vergonzoso, infantil, pero saltan de mis ojos 2 lágrimas débiles
y tiernas, que impulsó hacia la noche está dúctil tristeza que me llena.
Yo, que durante tanto tiempo roí esta tierra
con los dientes duros y fuertes de la ansiedad, lloro ahora por la ciudad que
abandoné lleno de odio. Yo, que he levantado y derruido figuras, paisajes,
olas; yo, que construí playas azules, sin arenas, playas tranquilas y blandas
como las palmas de las manos... Yo, que hice a mi antojo indias y compañeros,
miradas, sonrisas y aventuras, todo cuanto encierra una vida desconocida, me
encuentro ahora, solo y perdido, sin que oprima mis espaldas el peso de una
resignación dolorosa. todo, todo, todo para siempre perdido...!
Amanece, y a mi memoria fatigada llegan los
versos de Gregorio:
“Alba gris, arponeros zarpan rumbo a
levante...”
Gris soñoliento y duro el de esta alba marina.
No ha salido el sol, pero se creyera que uno excepcional, gris, de aluminio,
hiciera grises el mar y la tierra y el cielo. Gruñen las olas con una cansada
pereza mañanera. Pereza de bostezos, de sueños y de mantas tibias. Nos
acercamos a la costa, que delimita el cielo. Le pone firmes barreras a la
invasión de las nubes de pluma. El sol asoma su borde superior, y sobre el mar,
corre, veloz, el primer reflejo amarillo. Porque no hay tal sol de oro, sino
sol amarillo, de amarillo de yema de huevo. Amarillo como la yema y dulzarrón
como los versos de Hugo. Debiera ser un sol de un color acre, salado. Un sol
como el que mira Baudelaire en “Un voyage a Cytthereé”. Un sol maravilloso y
horrible, negro y rojo, podrido, babeante. Y así yo viajaría en barco.
“Alba gris, arponeros zarpan rumbo o
levante...”
Gris soñoliento y duro el de esta alba marina.
No ha salido el sol, pero se creyera que uno excepcional, gris, de aluminio,
hiciera grises el mar y la tierra y el cielo. Gruñen las olas con una cansada
pereza mañanera. Pereza de bostezos, de sueños y de mantas tibias. Nos
acercamos a la costa, que delimita el cielo. Le pone firmes barreras a la
invasión de las nubes de pluma. El sol asoma su borde superior, y sobre el mar,
corre, veloz, el primer reflejo amarillo. Porque no hay tal sol de oro, sino
sol amarillo, de amarillo de yema de huevo. Amarillo como la yema y dulzarrón
como los versos de Hugo. Debiera ser un sol de un color acre, salado. Un sol
como el que mira Baudelaire en “Un voyage a Cythereé”. Un sol maravilloso y
horrible, negro y rojo, podrido, babeante. Y así yo viajaría en mi barco.
“Comme un ange enivré du soleil radieux”
Así debieron ser todos los soles que miraron
el pensamiento puro del siglo XIX. Pero este disco que se han atrevido a
comparar con una moneda de oro, es perfectamente anacrónico. Para que fuera un
sol del siglo XX debería tener velocidades de hélice o calores de llanta. Así
adoptaría el aspecto mecánico conveniente y no continuaría siendo el obediente
y manso sol de Josué.
El capitán grita, con sus gritos alegres,
sonoros, aun cuando esté triste, porque vamos a llegar a la tierra. Los
marineros salen de sus camarotes y de la proa, con los rasgos del rostro
borrados por el sueño.
Bueno, muchachos ¡echar el ancla...!
¡Abajo el foque...!
Hemos llegado a “El Pájaro”, primer puerto
guajiro hacia el Norte. La goleta se detiene, bruscamente, sujeta por el ancla,
como una señora a quien hubieran pisado la cola de un vestido del siglo pasado.
Seguramente el barco hubiera querido seguir por entre los nopales -mar verde y
vegetal de la Guajira- ¡hasta quién sabe dónde! Yo hubiera querido ver cómo
rompía y empujaba con su bauprés, como con un dedo redondo y femenino,
montículos de arena. Pero el ancla la ha detenido y ha quedado clavada -como
una barquita de papel- en las espinas de un cardón.
No hay muelles, ni barcos, ni puerto. Es la
ensenada curva y la playa virgen, a la que adoraría postrado de rodillas,
místicamente. La playa sin cementos, sin grúas y sin gritos. Playa con cardones
y nopales y guarumos cercanos. No se alcanza a ver del caserío sino un techo de
zinc cuyas láminas cuadriculan el cielo. Parece que esas tejas hubieran venido
volando con motores ocultos de alguna fábrica estadounidense o inglesa. Siempre
que veo láminas de zinc, no sé por qué, pienso en las fábricas y en Inglaterra.
Salen a recibirnos todos los habitantes de “El
Pájaro”. 13 personas en total. Alegres todos, y fajados de mar y de brisas. Se
creería que en las venas no llevan sangre, sino un viento verde, color de
Nordeste. 13 personas: 5 blancos, 3 indias, 3 mestizos y 2 negros.
Los 5 blancos
Augusto. Bogotano. Gran barba negra que le
enluta el rostro, como si fuera viudo. Sonrisa apretada. Manos generosas.
Profusa simpatía.
Manuel: Cartagenero, blanco, como la sal, muy
blanco. Con una blancura que es granulosa y áspera a fuerza de blanca, como el
papel de lija. Talvez bueno, siempre sonriente, joven, peinado en olas, de
ignorada inteligencia y agudos instintos.
Rodrigo:. Anciano, barba de 15 días, escasez
de “Gillette” -le daré una de las mías. Descalzo, miserable, cejas
entrometidas.
Inesita: 3 años, 2 meses, 5 días, hija de
Augusto, desnuda, por lo tanto desconocida. No se le ve nada más.
Rosa: Bogotana, morena, blusa y falda de
zaraza, aburrición de Augusto, celos de las indias, manos en las caderas.
Lascivia.
Las tres indias:
Anashka: Redonda, redonda, redonda como un mal
pensamiento, muslos de tintura de ratania, boca, boca, boca, mujer de Manuel,
no se puede decir nada más.
Ingua: ¡Quién sabe cuántos sacos de maíz se
habrá comido esta india! Pero no se le nota. Ni una cana, ni una arruga, ni un
desmayo en su carne de tiera. su marido la odia -se le nota a leguas- porque
considera abusiva esa extremada longevidad, generosa.
Pankai: Soltera, 8 años y medio, hermana de
Anashka, envuelta -solamente la cintura- en un guayuco blanco, senos en botón
¿para qué seguir?
Los 2 negros
Roque: Encantador, con su boca eternamente
llena de tabaco, ama a Anashka en secreto.
Pablo: Bloque de músculos que sujeta la piel
con sus finas e inconsútiles cadenas. De lo contrario, estallaría en fuerzas
dispersas y violentas. ¡Qué bueno! Apenas me ve, me abraza como si fuera un
niño de 6 meses.
Los 3 mestizos
Nipaj, Roberto, Daniel, 1, 5, 9 años,
respectivamente. Hijos de Ingua y, probablemente, de Rodrigo, su marido.
¡Cómo agradezco ese espontáneo abrazo que me
ha dado Pablo! Parece que fuera la cadena que me ha dado Pablo! ¡Parece que
fuera la cadena que ha de atarme a esta tierra! Es un abrazo lastimero,
compadecido. A pesar de eso, lo agradezco. Es solo. Seremos 2 soledades. Una
negra, fuerte, robusta, cariñosa, y otra tímida, infantil, semicivilizada y
morena.
Me invita a comer en su casa, donde vive en
compañía de su chinchorro y su tabaco. Es lástima que no fume pipa. No tiene
nada de raro que yo le regale la mía, que me devolvió -ya curada- Lole.
Augusto me interroga largamente acerca de
Bogotá, la ciudad nuestra. ¡Hacía tanto tiempo que no venía a la Guajira ningún
bogotano! No le escriben ni le envían periódicos y él quiere saberlo todo,
deseando que yo se lo diga.
De veras ¿es usted bogotano...?
Sí, señor...
¿De qué familia?
-....
¡Ah! Es usted primo de un primo político
mío... -No me interesa el parentesco y me molesta descubrir en este lugar un
remoto allegado.
Tal vez... No le conozco...
Bueno ¿y qué tal el General Ospina?
¿Progresista, no?
Bien, creo que estará bien... Como que es el
presidente. No sé si será o no progresista. Eso dicen...
Pero ¿usted no sabe nada de Bogotá?
No... Nada...
¿No sabe nada? ¡Es increíble! ¿Viene de
Barranquilla?
No, señor. De Cartagena.
¡Ah! Aquí sí que tarda en llegar el correo.
Siquiera usted tiene en Bogotá quien le escriba. A mí me olvidaron -en sus ojos
despunta una dulce tristeza-, Nadie me recuerda. Cuando uno está en la Guajira
sólo lo recuerdan para pedirle que les mande conchas y perlas... Como si las
perlas se encontraran en la playa... Acuérdese de mí, y verá que es cierto. Yo
hace 14 años que me vine y durante todo ese tiempo sólo he recibido 3 cartas.
La última, hace 2 años. Se me exigía, en todas, que mandara conchas y perlas.
Dejaron de escribirme y no he vuelto a saber nada de allá. Ni me hace falta...
Por eso, por sentirme tan solo, tan triste, tan olvidado, me casé con ésta.
Rosa llegó a Riohacha un día cualquiera y nos casamos. Vivimos aquí, y no he
vuelto a Riohacha, ni vuelvo...! Le gusta mucho está tierra, pero es muy
celosa- Rosa ríe, mostrando sus dientes simétricos, como una peinilla-. Ahora
no me importa nada. Vivo con mi mujer y recuerdo a Bogotá con algo de tristeza,
pero no volveré nunca. ¿Qué me importa ya todo? ¡Aquí me muero!
Calla. El sol viaja sobre nosotros. El día nos
rodea con sus luces, y dentro de él ha caído la tristeza de la historia de este
hombre. Es como una previsión de lo que me sucedería. ¡Me olvidarán! ¡Que me
olviden! Miro a Anashka. ¡Qué me importa! Me hace sufrir la mal disimulada
emoción de Augusto, que rueda por entre la barba espesa. Ama aún esa ciudad. No
se ha entregado todavía en total al mar, las indias y la arena. Por el
contrario. Y ha cometido una falta inmensa, casándose en la Guajira con una
mujer blanca, coterránea, para tener a todas horas, en los labios y en los
ojos, el recuerdo de su tierra y el perfume de su ciudad, solidificados en
carne femenina.
¡Vamos a tomar el café!
El capitán acepta y todos -yo detrás de Roque
y al lado de Pablo- marchamos, hurtando el cuerpo a las espinas de los nopales.
Pablo y yo, hablamos:
Cuéntame, cachaco ¿po qué te viniste pa la
Guajira? Aquí nunca podrá hacé nás. Se lo tiran a uno la india... Son mu mala y
le dan a lo blanco y a lo negro un bebedizo que sacan de lo animale y de la
yeba. Tú no volverá nunca a Bogotá. Fíjate en er blanco Auguto. Ese ya tá cogio
pa siempre. Yo no sé qué é lo que pasa... Pero yo hace 5 año vine y no he vueto
a Galera. Yo soy de Galera y conóco a tu tío el dóto. No volví a vé a la negra,
pero aquí vivo sabroso... ¡Qué carao...! Duetmo, como, fumo, peco... Esa e mi
vida... Te va a quedá aquí, o te va pa Manaure...? te puede etá aquí un poco de
tiempo, mientra llega la peca. Te va a viví a mi rancho, y, po la mañana, a las
4, no vamos a pecá allá afuera... No desayunamo a la 9 con pecao freco y café y
domimo un rato. Tngo otro chinchorro bonito, pero, si no te guta, te doy el
mío. ¿Tú cómo te llama? Yo soy Pablo Jiméne. ¡A la ótden...!
Toda esta charla incongruente e ilógica de
Pablo, mezclada de interés y de cariño, de deseos de conocer mi vida, me parece
extraordinariamente simpática. Pero, no me deja contestar sus preguntas, tan de
prisa habla. Lo haría de buen gusto, por satisfacer esa curiosidad salvaje. Su
cariño hacía mí es una fuerza de protección.
La casa -mejor dicho, el rancho- de Augusto,
está más o menos bien arreglao. Una salita llena de oleografías y almanaques
antiguos. Varias butacas en desorden y un chinchorro, que divide el cuarto en
dos triángulos. Desde un ángulo de la pieza, von Tirpititz se ríe de la Guajira
y de sus barbas escurre agua marina, 4 galgos que corren detrás de una liebre,
parece que quisieran salirse del marco y devorar un rey de Roma que Napoleón
tiene en las rodillas. Sus gruesas rodillas imperiales. Algunas damas, en el
mismo cuadro del emperador, juegan con flores y guirnaldas. que bello y, sobre
todo ¡que verosímil!!
Rosa trae el café -como un humo líquido, negro
y profundo- y lo sirve a todos. Mientras lo bebo, sorpreado entre Anashka e
Ingua, que están sentadas en cuclillas, un diálogo en su idioma. Bella lengua
la lengua guajira. Hablan de mí y sonríen maliciosas, mientras envuelven en sus
dedos los collares de cuentas de oro. Podían hablar del capitán o de Dick, que
no ha bajado a tierra. ¡Pobre! Debe estar solo. O conversará con el cocinero.
Rosa me traduce lo que dicen las indias y
ellas ríen, ruborizadas, escondiendo los rostros entre las mantas. Ingua dice
que vienen muchos españoles -arijunas- a la península, que acabaremos con os
indios. Anshka nos defiende y asegura que somos buenos. ¡Qué feliz es Manuel!
El capitán sabe que voy a ausentarme de él
para siempre, que me quedará aquí, y no puede ocultar su desagrado. ¡Quién sabe
qué se propondrá con esa insistencia! Parece que habla mal de mi a Pablo,
porque éste me mira con extrañeza. ¡Mentiras! ¡Mentiras! ¡Chismes despechados!
Me quedo ¿y qué? Y si no quieres abandonarme ¡quédate tú también...!
De pronto, todos nos quedamos callados. Sólo
se oyen algunos de esos inoportunos ruidos del estómago, que aparecen cuando
han cesado las conversaciones. Miro detenidamente todos esos rostros hasta hoy
desconocidos y no hay ninguno que me desagrade. ¡La pasaré bien con ellos!
Rosa me trae un pedazo de plátano maduro
asado. Dulce, brilla en su aurea rubicundez, como las maderas antiguas.
Anashka continúa discutiendo con Ingua. Oigo
palabras incomprensibles y musicales. Rodrigo busca su pipa, inútilmente. Todos
estamos callados. Silenciosamente, Augusto se tiende y la atmósfera se hace más
pesada. Mete los dedos, distraidamente, por los huecos del chinchorro y sonríe.
Pablo, sin atreverse a hablar, me llama a señas. Cuando estoy a su lado, me
dice, muy paso:
Vámo a almorzá...
Bueno, vamos... Pero, invita a Manuel y a
Anashka. Mi voz rompe como una piedra el silencio de cristal. Todos nos miramos
sorpendidos, y sorprendidos, sonreímos.
¿Para qué quiere que invite a Manué y a
Anáka?- responde Pablo, disgustado, con los dientes apretados.
No... Para nada...
Ven, Manué -grita-, a armozá con tu mujé a mi
rancho. Tengo arró y un buen mero...
Salimos hacia la casa de Pablo, después de
despedirnos. Por el camino brillan las espinas. En el fondo, verdean los
nopales. Se oye cercano el ruido del mar. ¿Y ahora? La vida nueva, la aventura,
el amor, la muerte.
Sobre una blancura caliza, monótona, 14
alcatraces inmensos trazan la exactitud de su vuelo.
El matrimonio indígena. Primera sangre sobre
el mar
Todos los senderos de la Guajira están
bordeados de nopales y cactus. Arenosos, llenos de conchas y de espinas. Por
uno de ellos, se llega al rancho de Pablo. Es, como casi todos los ranchos de
la Guajira, de yotojoro. Yotojoro gris, con un color extraño en esta tierra,
donde todo es rojo vivo, azul fulgurante, verde violento, dorado, pero gris,
nunca. Es pequeño, no tiene sino 4 paedes. en ese cuadrángulo, están contenidos
el comedor, la sala y la alcoba. Se cocinaba afuera, en un primitivo fogón
hecho con 3 piedras.
Nos sentamos, aún no estaba a punto el mero, y
el arroz se secaba a fuego lento. Un chinchorro flamante, desconsolado y lacio.
Pude observar entonces que la alegría de Pablo, cuando Anashka estaba cerca, se
tornaba preocupación. Ella parecía no notarlo. Los asientos eran un baúl
grande, forrado en cuero y unos 3 cajones de gasolina “Troco”. Sobre una tabla,
6 platos de hojalata, esmaltados. Una taza para caldo y un gran cuchillo. En un
rincón una hermosa carabina “Winchester”, limpia y brillante.
Conversamos mucho aquel día, que ha de
permanecer siempre en mi recuerdo, Manuel y yo. Pero de esa manera tímida y
balbuceante que tienen las personas cuando hace muy poco que se conocen. Hay
algo de respeto por el interlocutor. La confianza no es otra cosa que la
pérdida mutua el respeto. No sé por qué todas las personas que he hallado en la
Guajira aprovechan las ocasiones que se les presentan para contarme su vida.
hay en ellas una extraña necesidad de confidencia. Cuentan cómo vinieron,
cuánto tiempo hace que están aquí y muchas otras cosas.
Quieren saberlo todo de los lugares que han
olvidado. Interrogan, preguntan, inquieren. Sobre sus rostros y dentro de sus
ojos, brilla la llama de la esperanza frustrada. Quieren irse para otros
lugares, pero no pueden. Existe algo desconocido y terrible que los ata y
arraiga, que les impide hacer lo que desean. Eso sucede allá. Se sufre y se
goza como en todas partes, pero hay algo que acidula los placeres y recrudece
los dolores. Es la certidumbre de que todo es misteriosamente inevitable, que
no hay fuerzas, sapiencia ni voluntad que logren anular las caprichosas vueltas
del destino que todo lo anudan, que acaban por estrangular las gargantas, por
tornarlo todo sangriento y humeante con humo voraz e incendios interiores. Los
nopales, la salina, con la regularidad infinita de sus espejos prismáticos, las
indias, las riñas, los delitos, todo eso, con sus oscuridades, sus tibias
tinieblas y sus brillos, cautiva, encanta como los jardines de lotos de los
viajes de Odiseo.
No sé por qué entonces presentía algo duro,
terrible y lleno de dolor. No había notado hasta entonces que en todos los
rostros de los habitantes del puebluco aquél había la terrible certidumbre de
una espera, dilatada y constante. Pero más que en ningún rostro, en el de
Manuel se mostraba tenaz la inquietud.
Anashka estaba afuera, poniendo a todo cuanto
tocaba bordes de desnudez primitiva. Cocinaba, y me causaba extrañeza verla
cocinar, semidesnuda, con su cuerpo tan vecino de la llama y de los alimentos.
¿No era entonces su cuerpo una llama y su desnudez un alimento de la lujuria?
Sus brazos son largos, finos y redondos; corre por ellos el color de caoba,
que, al encontrar los brillos finos del oro e los collares hace contrastes
tibios y luces desconocidas, Pablo marchaba de un lado para otro, inquieto.
busca, mira, sale a la puerta.
Cuando estaba hablando con mi nuevo amigo,
sentí que ya venía aquello que todos esperábamos. Nos sentamos a comer. Y de
pronto, cuando Manuel se levantó a tomar agua -el agua estaba afuera, dentro de
una tinaja, bajo un cobertizo de yotojoro- oímos un grito. El fuerte paso de un
caballo que se alejaba. Pablo salió con la carabina en la mano, y yo, detrás.
En el suelo, sobre la arena, yacía Manuel, con una herida de cuchillo en la
espalda. Pablo lo vio apenas y salió corriendo hacia la playa, por donde se alejaba,
veloz, un caballo, con el jinete casi invisible. Corrí a su lado, 3 tiros,
seguidos, silvantes, pasaron frente a mis ojos. El primero detuvo el caballo,
lo sentó, como si una fuerza terrible lo hubiera dormido inopidamente. El
jinete, pude verlo entonces, era un indio. Un indio alto, con los dientes
brillantes y la boca sorprendida. Se volvió hacia nosotros, rápidamente puso la
flecha en el arco y cuando el brazo se curvaba para dispararla, sintió una bala
sobre la frente. Hizo un además brusco, como para espantar una mosca, sus
músculos se apretaron, se endurecieron hasta volverse como bolas; extendió los
brazos para abrazar la vida que se le fugaba y dio un salto terrible, con los
ojos muy abiertos, llenos de sol. Cayó cerca al caballo herido que miraba a
muerte con ojos tiernos... El agua del mar le humedecía los cabellos. Nos
acercamos. Tenía los ojos rojos por la fuente de sangre que descendía de la
herida. Pablo también los tenía rojos, oscuros, brillantes, llenos de ira. Todo
había sucedido sin decir una palabra. Mudos, con temor por lo que había
sucedido, nos miramos. Yo era entonces tan débil, que vi en su cara de hombre
que acaba de matar, el brillo de la compasión más pura y la seguridad de una
desesperada defensa en cualquier momento. Al levantar el cadáver para retirarlo
del mar, estaba ya frío. Y qué frío se sentía aquel cuerpo dentro de tanta luz
y tanto sol. La sangre y el agua del mar se mezclaron sobre su rostro. Los
miembros fuertes, envarados, con los escasos vellos erizados. Pablo lo levantó
por los pies, y, de pronto, soltó el cadáver y salió corriendo hacia el pueblo.
Yo, sin saber qué hacer, miré la cara que sonreía con su boca que aún vivía y
donde estaba el aire último, y corrí detrás de Pablo, como si la muerte fuera
contagiosa, como si detrás de mi corrieran las balas y cortaran el aire los
cuchillos. El cadáver del indio quedó solo, bajo el sol indiferente, que jugaba
sobre su cuerpo, que le daba sombras oscuras y violetas. Un escarabajito verde
corría por su mano derecha, la mano que aún conservaba el odio con su mano
derecha, la mano que aún conservaba el odio con que puso la flecha en el arco.
Una gota de agua sanguinolente escurrió por la mejilla y cayó sobre la arena;
siguió goteando lentamente; la arena cálida la absorbía, llena de sed y la luz
brillaba entre el rojo verdoso. Cuando llegué al rancho de Pablo, lleno de un
temor que se hacía más inmenso a cada momento, todo el pueblo estaba reunido
allí. Yo miraba todo esto que era para mi tan desconocido, tan distante, tan terriblemente
remoto, y, sin embargo, tan de ese momento. Me parecía que el indio había
muerto hacía ya mucho tiempo, que aquello no era sino un recuerdo de la primera
época de mi vida. Se unía la visión del cadáver a la del primer muerto que
contemplé en mi niñez, y se llenaba de esa misma vaguedad su rostro. Era tan
distante todo, que más parecía el recuerdo de una vida anterior.
Habían tendido a Manuel, boca abajo, sobre un
petate. Una vieja desconocida, con el rostro arrugado y cetrino, le colocó un
emplasto de húmedas hierbas sobre la herida. os comentarios se cruzaban por
encima de mi temor, haciéndolo más intenso.
Ahora van a venir los indios y nos matan a
todos- decía Rosa, acercándose a Augusto, que miraba con ojos ausentes.
Hay que pagarlo, y si no... -murmuraba otra
voz temblorosa-.
¿Hay que pagarlo? ¿Qué era aquello? Pablo,
cerca al petate donde el herido estaba, pálida y trémulo, conservaba aún la
carabina entre las manos.
¿Pagarlo? ¡Carajo! primero me matan eto indio
asesino...
Todos se miraron. Parecía que reprochaban a
Pablo lo que decía. En los ojos de Anshka se agigantaba la tristeza. En
cuclillas, miraba a Manuel, con los ojos llenos de una inmensa ternura. Era esa
una ternura temerosa, incierta, sin seguridad de nada. Llena de presentimientos
siniestros, parecía que a su lado sintiera el hálito de la muerte.
Todos se fueron, menos Pablo y Anashka.
Sentados en el suelo, sobre el piso tibio, nos miramos en silencio. Cómo deseo
ahora poder hablar, poder decirle cosas dulces, paralabras tranquilizadoras, a
esta mujer que está tan distante de mí por su lengua.
Es de noche ya. Una noche tersa y limpia, con
las estrellas bruñidas y límpidas por el viento. Todos los rumores se
agigantan. Hace calor, un calor suave, como una respiración cercana, mezclado
con el viento fresco. El cadáver del indio está allá todavía, sobre la arena, a
salvo de la marea más alta. Cómo estarán ahora sus ojos ¡bajo la luz nocturna!
Estarán llenos de tibias tinieblas, jugarán las estrellas en el charco quieto e
inmóvil de sus pupilas... Los dientes, apretados, deben tener ahora un color opaco,
de cal húmeda. El viento agitará los vestidos, la manta, la faja que tejió la
india que ahora espera, buscando entre las sombras la figura del que no llega,
del que salió con su caballo brioso, saltarín, fresco; con sus flechas
empapadas en veneno, y que estuvo toda la mañana afilando el cuchillo sobre la
piedra, dura y seca. Un cerdo gruñe, cercano, y todo el pueblo se llena de
tinieblas aún más profundas, con ese gruñido que templa las cuerdas del
silencio con ritmos agudos, sonoros, broncos.
¿Tú tienes sueño? -me pregunta Pablo-. Si
quiere, ahí al lado, etá el otro chichorro.
No. Todavía no. Dime: ¿Por qué ha sido todo
esto...?
Todo eto que... -responde, y su voz vuelve a
turbarse. El sabe de qué le hablo. Y no he debido hacerlo.
Lo... lo del indio y... Manuel y... y... tú...
¿Y a ti qué carajo te importa? -me responde,
con una voz ronca, grave y medrosa como su silencio de después de la muerte.
Callo, y pasan unos minutos. Por la puerta pasa un perro amarillo, flaco, que
mira, desconfiado. Se acerca, husmea. Se va e perro, que Pablo ha estado
mirando, absorto. Y Pablo comienza a hablar, nerviosamente, con una rapidez
vertiginosa, llena de todos los matices su voz que no tenía sino uno. Saltan el
odio, la ira, el amor, la dulzura y el desprecio, en esa conversación, como
surtidores de fuego.
Tú no sabe lo que é eto... Aquí, tiene uno la
muerte o dó cuata der pecho... Y si se descuida, lo joden lo indio o lo blanco,
o lo negro, o cualquiera. Todo son lo mimo. Ete -señala a Manuel- vino aquí sin
sabé ná, como tú. Y como tú, con uno poco centavo... A lo dó mese, cualquié día
vino Anáka a vendé leche... Entraron al rancho y la cogió... Se etuvo con ella
hata la tatde... Al otro día ella vino con el pae y el tío y lo hemano... que
tenía que pagala, que no sé qué... Que paquí. Que pallá... ¡Que patatín, que
patatán...! Que hubo de dale tóo lo que tenía, y como no tenía má se fueron
echo una fiera, le quitaron a la pobre to lo chivo y oveja que tenía, porque
aquí cuando uno etá con una india y ella va y lo cuenta corriente, tiene que
pagala... Y si no la paga, tiene que pagá la cogia... Y si no paga ná, lo
matan... Vaya, pue...! Y lo indio, que quedaron digutao, se la tenían jurá ar
pobre... Pero e que etá india son ma puta que er carajo... A cualquiera ya le
etán abriendo la pierna con vé un peazo de panela o un pote de maí... Y ella
creen que con lo civilizado van a llevá una vida de rica y se sacan uno
clavo... Porque qué carao... El que tiene plata en pila no e er que viene aquí
o joerse... Yo maté ar indio er carao, poque yo no pueo ve que a nadien le
metan una puñalá sin má ni má... ¡Qué carao! Que se la metan como macho, er uno
frente ar otro, pero po la epalda, eso si no son vaina... A mí no me impota...
Cuarquié día me largo y no tengo ná que lleváme... Pa eso ando ecotero... Que
le vaya yo a pagá er mueto...? ¡Ja, ja, ja...! Se van a vorvé rico con lo que
yo le dé... !Ja, ja, ja, ja, ja...! ¡Como si yo fuea tan pendejo...! Jaaaaa,
jaaaa, jaaa...!
Al reirse, estaba como fuera de sí. Los ojos
enrojecidos, congestionados, y la cara terrible, de poseído... ¡Ja... ja...
jaaa! Aún resuena esa voz en mis oídos. Se quedó serio, callado, con los
músculos saltando sobre su cara. Anashka había escondido el rostro entre las
piernas. ¿Lloraba? ¿Reía como él? El temor comenzó a crujir entre mis huesos, a
penetrar por mi sangre, a saturar mis carnes. Se abrían mis ojos para verlo
todo, con el temor de volver a ver aquel rostro con la boca toda abierta en la
mueca más siniestra que jamás viera, con los babosos labios tensos... Me
levanté sin hacer ruido y me fui al cuarto vecino, donde me tendí sobre un
chinchorro. Pensaba y daba vueltas a todo lo que había sucedido, sin que
pudiera hallar el cabo del hilo. Todo crujía en mi rededor. Creía oír sollozos,
gritos, suspiros, besos. Y recordaba los labios de Anashka, frescos y rojos
como la pulpa de las yguarayas, esos labios llenos de rayitas, que tienen toda
la boca cruzada y tejida, como si fueran las huellas de los besos que ha dado.
Anashka, redonda, redonda, como un mal pensamiento... De manera ¿que también yo
puedo comprar una india? ¿Una india que sea para mí solo? Oh el dolor terrible
de una puñalada, un flechazo en el vientre, o... o... un balazo en la frente...
Pero ¿qué es eso? ¿1, 2, 3 mujeres pueden comprarse...? ¿Es eso un matrimonio?
Es una indemnización po el valor que, como elemento de trabajo sustraído a sus
tareas y por tanto a su hacienda, a su producción, representa una mujer? Quizá
sí. Talvez sea eso. En todo caso es extraño. El indio, allá, cerca de las olas,
debe tener los oídos impresionados por los rumores de la resaca... Aún debe
sentir que la bala le rompe el hueso frontal, como un martillazo... Quizá no
sentiría nada. Que se le iba la vida, que todo el mundo se borraba ante sus
ojos. Que dejaba de recordar... Que sus dedos no le obedecían y que se
desmayaba su cuerpo como en un espasmo desconocido... La desmudez de Anashka...
Su desnudez, que corre a todo lo largo de su cuerpo como un fértil riachuelo,
que se oscurece en las hondonadas y se abre claro en las planicies... Desde la
cabeza, de revueltos cabellos que detienen su marcha en la redondez de la nuca,
hasta la cintura curvaa, deprimida por la continua redondez de las cuentas de
vidrio que forman el pesado cirapo... Ese cirapo, pesado en exceso paa su
cuerpo frágil. Pesa acaso 10, 15, 20 libras... el cirapo de vidrio que da a su
cuerpo asombrosa flexibilidad. ¡Oh, su piel de color de maní! Su piel que se
oscurece en los recodos, como la luz que entra a un aposento. Su piel que la
circunda de matices, la llena de tintes varios, la hace extrañamente cambiante.
Y, como si fuera el algodón brotado de las semillas del cirapo, nace en la
región de la cintura, el guayuco. El guayuco que en audaces incursiones cubre
las zonas prohibidas, zonas de maravilla y de goce, amplía las curvas que se
anticipan y relieva los mulos, los muslos de tintura de ratania... Y vuelve a
nacer entonces, de la unión de las piernas estrechas y exactas, la desnudez,
ahora más fluida. Desnudez que se acrecienta, que brota hacia el mundo, en las
2 gemelas redondeces de las rodillas, con la piel reluciente y tirante. Esa
desnudez que se agolpa en la articulación y desciende por las piernas finas,
largas, que se oculta en la fuga y disminución de las líneas, para volver a
nacer sobre el hueso, alimentado por muchos años con la harina amarilla del
maíz y a sangre roja de las yguarayas... Y después de todo ese recorrido,
vuelve la desnudez a encontrar obstáculos: una sucesión de pequeñas esferas de
oro. Las ajorcas que hacen sonoro su andar. Las ajorcas, que lamen, con las
lenguas de su música, el ritmo interrumpido de su inquietud salvaje. Y se
apodera la desnudez de os pies. De los pies que se abren en 10 caminos... 10
caminos para ir hacia la vida... 10 caminos para llegar a su boca... Pies de
Anashka, jardínes de tierra ocre, donde nacieron plantas de lana...! Pies que
hurtan a la movediza estabilidad de las arenas calientes las huellas fuertes y
macizas de su planta, que se prolonga en estrías concéntricas, caprichosas y
absurdas. Pies perseguidores del amor y el descanso, claros sinónimos que
definen la vida... Pies de Anashka que llevan a todas las rutas y a todos los
caminos ignorados...
No puedo dormir. El silencioso sueño que llega
sobre mis ojos que sus pasos de sombra. La noche, noche clara, entra por los
resquicios de las maderas y por la ventanilla que cae sobre el lado del mar y
que está toda abierta. Veo un pedacito de cielo, lleno de estrellas débiles y
pequeñas. El viento es salado y fresco, la claridad es casi diurna. Desde aquí
alcanzo a ver la cara de Pablo, por cuyas mejillas corren unas lágrimas que ya
empiezan a secarse, dejando esos pequeños y dobles caminitos de suciedad que
deja el paso del llanto sobre el rostro. Será acaso que arrastran a escoria del
alma. Miro a mi derecha y me recojo sobre mí mismo sorprendido y temeroso. ¿Qué
es aquéllo? Es el rincón hay un hueco de luz blanca, clarísima, fosforescente.
Es un hueco redondo. ¡Qué será, Dios mío! No me atrevo a levantarme. Talvez sea
alguna alucinación producida por los acontecimientos del día. Es terrible,
parece una redonda pupila gigantesca, fosforescente, blanca, como los ojos del
indio muerto. Vacilo mucho y me levanto descalzo soportando los dolores que en
mis plantas producen los fragmentos de conchas. Me acerco, y, en el momento
mismo que llego, desaparece. El miedo hace temblar mis miembros, la lengua
pierde su humedad, se hace seca, como papel secante, y mis ojos deben estar en
este momento desmesuradamente abiertos. Vuelvo hacia el chinchorro, y vuelve a
aparecer el círculo blanco, de fósforo. Entonces, empujado por quién sabe cuál
oculto resorte, me inclino, y mi mano se humedece con una humedad babosa, fría,
que me hace reflexionar y trae consigo la calma. ¡Qué fútiles y ridículos eran
mis temores! Era la olla donde estaba el agua, mezclada con sangre, del mero
que pescó Pablo. El fósforo, con la luz nocturna, la daba ese aspecto
terrorífico de fuego fatuo. Voy al chinchorro y me acuesto. Mis miradas no
pueden arrancarse de ese rincón, donde ahora todo es tan diáfano, tan claro,
tan sin misterio. He metido mis manos dentro de lo desconocido, y me han
revelado lo oculto. Los ladridos de los perros taladran la noche. Ladridos
delgados, con filos, con bordes de dolor. Un gallo canta en un corral, con toda
la pereza de su garganta madrugadora. ¿La una? ¿Las dos? ¿Las tres? Imposible
saberlo. La luz de las estrellas, va trepando por las maderas, se cuelga de los
lazos de mi chinchorro, pasa sobre mi cuerpo, lamiéndolo como una lengua
cariñosa, una lengua de perro miserable. Y yo sigo mirando, con los ojos
abiertos. Con las pestañas pegadas al nacimiento de las cejas y a las ojeras,
que deben tener ahora un azul más profundo, más denso, con esta sucesión varía
de luces y de sombras y esta obsesión de la mirada, fija en el rincón donde el
agua continúa mostrando su ojo de fuego fatuo. Debo tener un aspecto grotesco
de alucinado, con los ojos así y la boca entreabierta para dar paso a la
respiración difícil. Hasta mí llega el alentar de Anashka. Es la suya una
respiración, como la mía, de persona despierta, de persona que vela y espera
algo, como yo. Pero ¿qué es lo que yo espiro? Me detengo un momento sobre la
marcha de mis pulmones, para ponerla a tono con la de ella. Para marchar por la
vida, con los mismos golpes en el corazón y en las arterias, en las sienes, en
los pulsos, en el cuello, en todos esos lugares donde la vida está más cerca
del mundo, del aire, de todo cuanto existe. Donde nos tocamos la fragilidad del
vivir, y pensamos que si esas arterias se rompieran, por ahí se fugarían,
lentamente, nuestra vista, nuestro oído, nuestro gusto, el tacto, el olfato, la
memoria y la inteligencia. En las sienes sigue golpeando su telegrafía, el
corazón. Y vamos, de ahora en adelante, de la mano, por los caminos de la
respiración y del pulso. Senderos de las palpitaciones, iguales, invariables.
Partiremos, partiremos... Manuel con el clavel de su herida en la espalda...
Anashka, con su voz llena de raras turbaciones... Augusto, con su risa
destripada sobre los labios, risa que de tanto estar al aire libre parece
putrefacta... Y Rosa... Rosa, con las manos siempre sobre las caderas, como si
le dolieran los riñones... Embarazada, Rosa siempre ha de estar embarazada...
Siempre... Embarazada aún después de que muera Augusto y sin que comercie con
ningún otro hombre... Embarazada, embarazada... Rosa y Augusto... Un cayuco con
vela tropezoidal... Partir...
Mientras dormía, el chinchorro movíase
lentamente para que todo no fuera muerte a mi alrededor, y el agua de la olla,
mostraba su ojo de fósforo.
9
La soledad total al lado de la muerte.
Recuerdos
Había dormido algunas horas, con un sueño
ligero, atravesado por la falta de recuerdo. Se oían algunos rumores que
anunciaban la llegada del sol sobre la tierra. Todo volvía a nacer ante
nuestros ojos, se recreaban las formas bajo el señorío de la luz. Las líneas
que la oscuridad destruyó durante la noche, renacían ahora más netas, más
vigorosas, más definidas. Los nopales tenían las espinas más frías y más
agudas, y el color del mar era tierno y dulce, verde como los ojos de las
mujeres perversas. El cielo, transparente, amparaba la fuga del aire. Nubes de
armiño, largas y puras, con los bordes dorados; viento fresco, ligero, vida
blanca y desnuda.
Había comprado -convencido de su inutilidad-
unas guayreñas. Los zapatos, tan viejos ya, se llenaban de arena, que me mordía
la sensibilidad de los pies. Paso por el lado de Manuel; voy a bañarme. No hay
nadie allí. El herido, duerme, con la fiebre tendida sobre su cuerpo. ¿Cómo,
está sólo? Anshka, estará cocinando y debe haber ido a pescar Pablo. Me
encamino hacia el mar, que tiene una faja blanquecina en la costa. Las olas son
pequeñas, suaves, pausadas y tranquilas. Han dejado huellas semicirculares sucesivas,
sobre la arena. Tan tranquilo está el mar, que da miedo. Apenas se escucha un
ligero rumor, y a lo lejos el horizonte tiene un espeso color de leche fresca.
Las olitas llegan fatigadas, hasta muy lejos de donde han de venir sus hermanas
furiosas y alegres del medio día. El agua está fría y transparente. Tan fría
como el agua de Bogotá. Durante el espacio de la noche, el mar se ha despojado
de un poco de sargazo. Se le nota quizás por eso más libre, como si se hubiera
evadido de una infinidad de ligaduras.
Me desnudé lentamente, y cuando toda la
extensión de mi cuerpo recibió la helada caricia del aire, crucé -con ese
ademán instintivo e inevitable que hacemos cuando estamos desnudos- los brazos
sobre el pecho, con las manos muy cerca de los hombros. En toda persona
desnuda, al aire libre, hay algo tan extraordinariamente primitivo, tan tímido,
con la piel erizada, los vellos en guardia, el andar vaciante, a saltitos, que
causa risa. Y se anda, cuando se está desnudo, con la boca entreabierta,
mirando hacia arriba, y sonriendo no se sabe a quién. ¡Talvez sonría uno a la
revelación de su cuerpo tan desconocido...!
Y salté, pasando mi cuerpo por encima de ese
reborde de que dejan las últimas olas, donde se sitúan preferentemente las
rayas. Me sumerjo en el agua salada. Se siente en todo el cuerpo que nacen
plantas verdes de juventud y de vigor. Soy alegre y niño al contacto del agua,
pero no puedo nadar. En el horizonte, se ven unas pequeñas burbujas, índices de
peligro; quizás estén cerca de aquí los tiburones. Y pueden acercarse con este
mar tan tranquilo. Pero tampoco podría nadar, porque ¿cómo?
Cuando estuve vestido, con el cabello húmedo,
los ojos rojos por la sal y la nariz obstruida y ardorosa, me encaminé de nuevo
hacia donde Pablo, con el cuerpo caliente ya. En el pueblo estaban todos
levantados. Cuando llegué, lo primero que me preguntó Rosa fue por Pablo y
Anashka.
-No sé, respondí. Acabo de levantarme; fui a
la playa y me bañé, pero cuando pasé por aquí, por junto a Manuel, no había
nadie. No están por ahí...
-No, no están por ninguna parte. ¿qué se
harían?
En mi cerebro adquiere cuerpo la sospecha que
nació ayer, cuando ví la turbación de Pablo y de Anashka. Además, el negro dijo
en su conversación que algún día se marcharía. Pero, no me atreví entonces a
decir nada. Manuel estaba ya despierto y muy mejorado.
-¿Te duele mucho la herida? -pregunté, más que
con el propósito de enterarme, con el de hacer variar la conversación-.
-No, muy poco, casi nada... Creo que fue muy
superficial. Talvez el cuchillo tropezó con el hueso. De lo contrario
¡Adiós...!
-¿Te curarás pronto?
-¡Sí, claro! Perdí muy poca sangre, pero me
siento un poco débil. Intentaré levantarme-
-. Hace un esfuerzo para levantarse,
apoyándose sobre el brazo izquierdo, y en su cara se difunde un dolor vago. Le
ayudo, y con Rosa, lo llevamos a su rancho. No me explico por qué no preguntó
entonces por Anashka, ni por Pablo. ¿Lo sabría todo? ¿Lo presentiría? Quién
sabe...
Es una verdadera casa la de Manuel. Merece ese
nombre. No es uno de esos ranchos de yotojoro que hacen gris el paisaje. Es de
madera, fresca, perfumada, con una frescura de bosque recién lavado por la
lluvia. El zinc con que está techada, le comunica una vibración marina y
metálica. Sus ondulaciones simétricas de plata, se unen en el caballete,
formando ángulo obtuso. Y ese horizonte callado que se abre a sus puertas, es
el que ha dado a os ojos de Manuel su fijeza preocupada. Un pequeño bastidor la
divide en 2 partes. La sala tiene una mesita llena de libros -¡ay!- de Guido de
Verona. Un banquito, dos taburetes, algunos cajones cubiertos con retazos de
zaraza. Todo limpio, muy limpio. Sobre la mesita, cerca del tintero, un
retrato. ¿De quién es ese retrato? Un retrato distante, en sepia, que lo hace
aún más lejano. Un hombre lampiño, cuya piel no ha conocido nunca el andar,
lleno de tropiezos, de la navaja. Un hombre que no puede ser este Manuel,
Burdo, tieso y barbudo. Y sinembargo, es posible que sea él. Cambian tanto la
epidermis y el espíritu....
En ese banquito, se sentará a escribir las
cartas que no han de contestarle. Y, junto al “Loco de Candalaor” y ¨La vida
comienza mañana”, sigue secándose la tinta azul del tintero.
En la parte trasera, están guardadas las
provisiones. Un chinchorro amplio y blanco, onde debieron amarse mucho. Está
muy deformado. Aquí es donde han vivido, porque ¿no es acaso el sueño la parte
más vivida de la vida? También hay un catrecillo de lona verde, donde lo
tendemos, cubierto con una manta atigrada que tiene las pintas en espiral. Una
almohada de caucho levanta la cabeza para que todo se pueda ver sin
incomodidad.
¡Qué bien arreglado todo! ¡Qué orden! El maíz,
la panela, el azúcar, el chocolate, el café, todo cuidadosamente colocado. Todo
en su sitio, con un maravilloso sentido de la geometría doméstica. Y por todas
partes, bañándolo todo, rodeando las cosas, una tranquilidad excesiva y
meticulosa. No la tranquilidad del reposo después de la fatiga, sino algo más
profundo, más salido de lo oculto; tranquilidad incomprensible y amplia.
Doña Rosa se fue a difundir la noticia por e
pueblo. Nosotros no hablamos nada. ¿Para qué? Sería meter los dedos en la
herida de Manuel, en esa otra herida que no tiene ubicación, pero duele más que
todas las que se ven. Callamos. Y esperamos que nos traiga Rosa el desayuno. No
sé cómo llamarla. ¿Doña Rosa? ¿Rosa? ¿Rosita? Le diré como se me ocurra, cuando
sea necesario nombrarla. Me senté al lado del herido, cuyas miradas volteaban
por el cuarto en busca de recuerdos. Me fatigué pronto de la posición forzosa,
con la espalda sobre el resto del cuerpo, y me tendí en el chinchorro,
perfumado con e olor del aceite de coco. Ese suave olor suyo que ya no había de
sentir jamás. entonces, comenzó a hablar Manuel:
-Sí, ya sé que se fue y no volverá nunca. Cada
día lo esperaba y lo sabía. Se había de ir, como vino a mí aquella mañana.
Mira, fue uno de tantos días en que regresaba del mar, con esa tristeza
valerosa que nos deja siempre el recuerdo de un solo color mirado por mucho
tiempo. Con las manos heridas por la redonda suavidad de los remos lustrosos, y
en el rostro sombras de velas y rincones de vientos; la encontré frente a mi
casa. Esta misma casa que ahora me parece aburrida, triste, incolora. Y
entonces me pareció ella -ella- la revelación prodigiosa de lo mejor que había
en mí mismo. Venía -¿has visto a las indias que llegan todos los días?- con su
calabazo lleno de leche de cabra, que tenía un sabor agreste de campo, y sus
huevos que, dentro de la mochila, ovalaban el movimiento del cuerpo. También
traía en los labios muchos besos dormidos. Besos que despertarían a los míos...
Hace una pausa larga, cierra los ojos. Todo el
aposento se llena de un silencio cálido, lleno de suspiros, de recuerdos. Yo
también, por no ver ese rostro, cierro os ojos y pienso en la fugitiva y en
Pablo. Pero no puedo pensar en él con el rencor que debiera. ¡Me pareció tan
noble su propósito de vengar a Manuel! Y no sería su acción una estratagema...?
-Yo noté que le faltaba algo. Un hombre que
buscara en su espíritu esa zona vacía que todos tenemos, y la colmara de
cariño. Yo fue ese hombre... Yo la amé bravamente, virilmente, lleno de
audacia, como no hubiera podido amarla ninguno de los indios de su tribu, ni
ningún hombre de ninguna raza. Ella, era para mí. Para que yo amara su cuerpo y
su boca y su bondad y su fuga... Para que se fuera. Desde muchos siglos se
había acendrado para mí, pasando por los cuerpos de millares de generaciones el
sabor de su boca salada. Para mí eran la corriente roja de su sangre y la
estructura de sus huesos ágiles. Todo eso había pasado por hojas y por árboles,
por minerales y por animales, por cuerpos perdidos hoy en átomos de desconocida
definición. La amé mucho, mucho, a mi manera. Como un hombre fuerte y joven...
Ya comprendes... Sin hacerle jamás una súplica ni un ruego. sin prometer y sin
claudicar. Completando cerca de ella mi emoción del mundo, sin abdicar de nada.
Por lo contrario, adquiriendo, al conquistarlos, un espíritu puro, moldeable, y
un cuerpo lleno de tesoros y dulzuras por descubrir. Parecía que ella me
quisiera. Era buena, dulce y pasiva. En ocasiones, fulguraba en sus ojos una
llama de odio. ¿Hacia quién? Nunca lo supe. Era agradable y obediente. Me lavaba
mi ropa en el pozo de agua salobre y me cocinaba. En la noche, o en el día,
cuando lo ordenaba el deseo, nos amábamos furiosamente o tristemente,
haciéndonos daño, o con lágrimas de ternura en los ojos... Me tejió esta
faja...
Bueno, muchachos, nos vamos.... -entra
diciendo el capitán-.
¿Ya se van? -pregunto yo, con la voz trémula y
anudada.
Sí. ¿Tú, siempre te quedas?
Sí, capi... me quedo aquí... ¿Talvez pueda
hacer algo?
¿Algo? -y ríe, señalando a Manuel- Eso será lo
que harás. ¡Adiós!
Me estrecha la mano. Se despide de Manuel, y
Dick que había permanecido en la puerta, se acerca a mí y me da un paquetito.
Lo guardo distraidamente, le doy las gracias y salgo detrás de ellos. Volveré
en seguida, porque con la emoción del recuerdo y la tristeza, Manuel está muy
afiebrado.
Todo el pueblo, como a la llegada, se ha
reunido en la playa. Se nota la falta de Manuel, Anashka y Pablo. En todos los
rostros se cierne la preocupación, como la sombra de un ave gigante. Se van
todos. La goleta llena de recuerdos, llena de las voces de Meme y Dick y el
capitán. No volveré a verlos nunca, nunca, jamás... No estoy solo, totalmente,
porque aún me queda Manuel. Viviré cerca de él, a su lado, para tener una
compañía, ahora que todos se van. De la goleta salen gritos y voces. El capitán
tiene ya su cara de mar. La cara de partir y no volver Dick, lo mismo que
siempre, con la pipa atragantada por la emoción. Me llama nuevamente aparte el
capitán, y me dice:
Camina conmigo, porque aquí te va mal... Mira
lo que le pasó a Manuel... -Su boca y su voz están llenas de tristeza. En los
ángulos de sus ojos, se acentúa una arruga.
¡Adiós muchacho! -dice Dick-, y me estrecha la
mano con fuerza.
No he respondido al capitán, pero lo abrazo,
con un poco de lágrimas y un ligero estremecimiento.
¡Adiós...!
¡Adiós...!
El botecito salta alegre y se los lleva. La
goleta hincha sus velas, da un salto y se desliza sobre las olas. La veo
partir, con su aspecto de barco dibujado sobre un cuadro borroso; miro cómo se
aleja; después, se difunde su vela entre el cielo y la espuma, se empequeñece y
se pierde; no se ve sino un triángulo blanco, que hiende la distancia. Y me he
quedado solo también en la playa. Todos se han ido. Todos me han dejado, solo,
con mis 178 años, mis recuerdos y mis esperanzas. Solo, solo, solo...
Camino despacio y entro donde Manuel. Le ha
traído un caldo Augusto. Está sentado a su lado, y para mí trajo café, arepa y
un trazo de cordero asao. A pesar de todo, tengo hambre y como en silencio. La
fiebre enrojece el rostro de Manuel, y yo me siento tan solo, tan cerca de la
muerte, a pesar de la presencia de Augusto, que hace más obscuro el cuarto con
su barba espesa. Me mira durante un largo rato, y con los ojos bajos, después,
me pregunta, paso:
-¿Tú sí crees que... se fue...?
-¿Quién? -respondo, deseando no hablar de
eso-.
-¿Quién? ¡Cómo que quién! ¡No te hagas el
pendejo!
¿Se iría con Pablo? ¿Para dónde?
-Sí, se fue con Pablo... ¿Para dónde? Eso sí
no lo sé. Se internarían talvez...
-Pero ¿Para dónde? Tienen que haberse ido para
Riohacha. Pablo no iba a ser tan pendejo en meterse entre todos los indios
pariente del que mató ayer...
-A propósito ¿Qué hicieron del cadáver? ¿Lo
enterraron?
-Que lo iba a enterrar nadie... Esta mañana
cuando fui a ver qué hacíamos, con Rosa, si lo enterrábamos, o qué, no lo
encontramos. Se lo debió llevar la marea, o vinieron los indios por él...
-Decías que Pablo no sería tan tonto...
-¡Claro! Supónte que lo cojan los indios. No
dejan mi pa mogollas... Y la india no iba a ser tampoco tan boba. Ella no deja
de ser avispada y sabía lo que le iba por la pierna arriba. Si los cogen...
Debieron irse para Riohacha... Yo creo que esta madrugada pasó un cayuco a la
sirga. Me pareció oír voces... En ése se debieron ir...
Este -señalando a Manuel- ¿sabe algo?
Hago señal de que sí, con la cabeza, y ambos
volvemos a quedar muchos. La fiebre ha disminuido un poco. Manuel duerme, con
un sueño tranquilo. Augusto se aburre de mi mutismo y sale.
Otra vez solo, y ahora más que nunca. Se
fueron ya Meme, Dick, el capitán... Anashka y Pablo se fueron también... Manuel
está a mi lado, abandonado como yo...También lo han dejado... Sobre su rostro
vela la tranquilidad de sueño. Un mosquito toca su flauta monótona, da vueltas,
vacila, se pos sobre la frente de Manuel. Intento espantarlo, pero es posible
que lo despierte. Veo cómo se va hinchando, cómo se hace rojo... Lo ¿espanto?
El mosquito mueve sus patitas, satisfecho y voraz. Manuel se mueve, el mosquito
continúa chupando, y yo -¡horror!- soy feliz mirándolo. Es lo único
verdaderamente vivo que hay en este momento aquí. El viento mueve los vellos de
Manuel, y me arrebuja los cabellos. ¿Morirá? Es muy posible que la herida,
quizás mal curada, se infecte. Entonces puede sobrevivir quién sabe qué
enfermedad... Si hubiera hilas, agua oxigenada... Pero ¿Aquí, qué va a haber? Y
se muere, cerca de mí ¿a pocos pasos de mis ojos? Siento que la soledad se
agranda, se hace más vasta. Sólo la interrumpe la respiración regular. Un brazo
ha caído de la cama y cuelga, lacio, con la mano semicerrada, los dedos
sueltos. ¿La muerte, habrá de venir? Yo no la sentiría llegar... De pronto,
notaría que el rostro se tornaba blanco, pálido, como invadido por una nueva
luz. Los ojos tendrían un movimiento convulsivo, se abriría la boca, ensayando
una sonrisa, y todo el cuerpo, en un breve estremecimiento, daría la impresión
más profundamente vital. Entonces, todo quedaría inmóvil, y pocos minutos
después, a cabeza se doblaría sobre un hombro y comenzaría a salir por la boca
un fino hilo de baba... La soledad y la muerte. Pero, ahora no tengo miedo a la
soledad. Recibiría la muerte como lo más natural, como una cosa que se está
esperando hace mucho tiempo y que cuando llega no le da a uno tiempo de saber
que ha venido. No se oye nada. El pueblo parece dormido o desierto. Ni las aves
marinas gritan. Ni los cerdos gruñen. Los perros no ladran. Hace calor. Se ve
el calor, espeso y denso, danzando sobre la arena y rielando en el aire. Y ante
la posibilidad de que Manuel muera, mi sangre egoista y joven, circula más
libre, alegre y sana. Brinca en mis sienes, se agolpa en todos mis músculos y
hace que brote de mi frente y de mi pecho un sudor tibio. La muerte debe esta
ahora lejos, en otros lugares. En estos momentos hay muchos hombres que
agonizan. Que entreabren sus bocas anhelantes, en busca del aire que vivifica,
que nos hace ampliar el pecho y saborear a vida. Aquí no está la muerte. Está
la soledad y están también la tranquilidad y el silencio, que son los que más
se le parecen. La soledad, el silencio y la muerte, todos llenos de misterios,
de libertad y de grandeza.
El viento ha caído. Todo, todo está inmóvil.
Mi juventud y mi vida se alejan hacia el recuerdo de la primera mujer que amé.
Buscan en la memoria el sabor de su beso, ese beso que me dio miedo, el color
de sus ojos y el calor de sus senos... Pero mis ojos no encuentran sino el
color verde de este aire caliente, rielante; mi boca tiene un sabor amargo de
melancolía y el calor me rodea, me circunda y me abrasa... La mujer no me
llama, para que vaya a su boca, sino para que le lleve un poco de dulzura, esta
dulzura que ahora me invade, llena de soledad y de silencio.
10 La despedida del dolor. Manaure y la Salina
Así, lleno de dolor, de tedio, de soledad y de
silencio, pasé muchos días al lado de Manuel. Este, mejoraba visiblemente, pero
su mirada se había cambiado. No era la mirada de antaño, llena de franqueza y
dulzura. Esa mirada de hombre que tienen tan pocos hombres. La que nunca se ha
bajado ante ninguna otra mirada. Cuando se levantaba, salíamos a pasear por la
playa. Recogíamos conchas, piedras, trozos de madera. Nos poseía el deseo de
coleccionar objetos sin valor, como para poner un cariño, que estaba sin
ocupación, en esas cosas inútiles que nos gustaba tanto. Supe muchas cosas de
la vida de este amigo, que había de ser tan fiel y duradero, ya que no en mi
vida, sí en mi memoria. Yo también le referí, como a un hermano, sucesos de mi
vida pobre y llena de recuerdos terribles, de sucesos baladíes que siempre he
considerado trágicos. Y esa confianza mutua anudaba con lazos fuertes y seguros
nuestra amistad. Me contó que alguna persona le había ofrecido un puesto de
aguarda en la pesca de perlas, puesto que esperaba le sería concedido muy en
breve. No sabía aún a dónde lo destinarían. Pero en todo caso, yo me iría con
él. Allá veríamos lo que se podría hacer.
Uno de esos días, llegó un cayuco. En los
puertos de la Guajira, constituye siempre un acontecimiento la llegada de una
embarcación: goleta, bote, balandra, cayuco, todo tiene el mismo interés. Se
está tan lejos de la civilización, de los sucesos ordinarios, esos
acontecimientos sin importancia para el hombre abandonado a sí mismo, que hay
un inmenso anhelo de contacto con los hombres que vienen de otras tierras y
traen noticias. Yo, entonces, como siempre, no esperaba nada. ¿Quién podía
escribirme? ¿Quién iba a preocuparse de mí? Muy pocas personas presumían que yo
estaba en la Guajira. Y las que lo sabían, seguramente no se interesaban por mi
vida ni por mi suerte. No venía en el cayuco sino un negro, que llevaba una
provisión de plátanos para vender en los puertos. Traía cartas y unos paquetes
de periódicos, recomendados, seguramente, por el mensajero de correos, para
llevarlos a su destino. Con dificultad leía los nombres. Yo no esperaba nada.
Oí que me nombraba, y se dirigió a mí con un paquete de periódicos y una carta.
Una carta con membrete de la Administración de las Salinas Marítimas de Barranquilla.
La carta decía:
“Barranquilla, diciembre 2 de 19...
Señor
.ΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌ
Riohacha
Tengo el gusto de comunicar a usted que por
decreto número ... de la fecha, ha sido usted nombrado Guarda de las Salinas
Marítimas de la Guajira.
Si acepta, sírvase posesionarse.
De usted servidor muy atento,
(Fdo.) Luciano Jaramillo.”
El recibo de esta comunicación que no
esperaba, ni esperé nunca, me causó una inmensa alegría y una extrañeza aún
mayor. ¿Quién podía haberme conseguido este puesto? ¿Quién...? ¿Quién...?
¡Ah...! Talvez mi tío. Sí, sí, mi tío, el que vivía en Barranquilla, aquel buen
señor, largo, seco, enjuto, con la piel de pergamino antiguo. Sí, era él...
¡Qué bueno...!
Augusto se encontraba allí, y resolvía
interrogarlo.
-¿Tú sabes quién es el que manda en las
Salinas de la Guajira?
-¡Pues claro! El celador...
-¿Quién es?
-No recuerdo el nombre, pero hace unos 3 días
lo vi pasar en un bote. Iba para Manaure. ¿Por qué quieres saberlo?
-Porque me nombraron guarda...
-¡Ah! ¿Sí? ¡Qué bien...! Me alegro. Entonces
tienes que irte para Manaure y allá te posesionas. Véte pronto y así empiezas a
ganar aprisa...
-¿Sí? Entonces me voy mañana...
Fui corriendo a donde Manuel. Le conté con
inmenso regocijo que nos iríamos al día siguiente en el mismo cayuco que había
traído la carta. Se mostró muy satisfecho, pero se veía que le molestaba no ser
él quien fuera a ayudarme por ahora.
Le ayudé a empacar todas sus cosas. Regaló
algunas y otras las guardó cuidadosamente. Le vía, a escondidas, como si
temiera que lo supiera, guardar un guayuco de Anashkca, con sus camisas y sus
vestidos. Toda su ropa iba a oler en adelante a aceite de coco. Quizá para
hacerse la ilusión de que su contacto lo había perfumado.
Después de calurosas despedidas, nos
embarcamos al amanecer. El mar estaba alegre, juguetón y de un bello color azul
claro. Allá se quedaba todo el recuerdo... El dolor que me esperó y me recibió
con los brazos lacerantes abiertos, iba a quedarse allí para siempre. Pablo,
Anashka, el indio muerto ¿qué eran sino figuras apagadas ya por la memoria?
Ahora empezaba una vida distinta. Una vida que tenía ya un objeto. Trabajar, y
vivir. El trabajo me ha llenado siempre de un inmenso vigor espiritual y
físico. El trabajo que realza los músculos, ennoblece el esfuerzo, califica la
vida. Y yo iba a trabajar. Ahora viajaba. Otra vez viajaba. Y otra vez mi
espíritu se llenaba de ansias, locas de irse para mares distantes, por
desconocidos países. Siempre me ha sucedido eso al estar en el mar, pero la
vida siempre me echa a tierra, como arroja sobre las playas los cuerpos de los
náufragos y los fragmentos de las embarcaciones, el mar, el mar adorable y
eterno. El mar que iba a estar por tanto tiempo frente a mis ojos idólatras y a
mis oídos fervorosos para escuchar sus músicas.
El cayuco saltaba y nos llenaban de agua las
olas. Agua grata, que llegaba a nosotros con su espuma. Podíamos navegar con el
brazo entre el mar. Estábamos tan en contracto con ese Muzo líquido, como lo
estaría una persona que anduviera tocando la tierra con las manos. Y fueron
quedando atrás, en nuestras espaldas, y por tanto en nuestro pasado, las
casuchas de “El Pájaro”. Los ranchos de yotojoro se fundían en el cielo de la
mañana, y la casa de Manuel mostraba su brillo metálico a los primeros reflejos
del día. Por fin, se perdió todo.
Y ahora estamos en Manaure. El paisaje es
semejante, casi exacto, al de “El Pájaro”. Y sin embargo, tan disímil y
vario... Los ranchos, que el yotojoro dibuja sobre el cielo, lo semejante. Los
nopales verdes, los cayucos negros, la casita de zinc, lo exacto. El almacén de
la salina, lo disímil. Los rostros y las gentes, lo vario. Y lo único que
perdura en Manaure, puerto de sal, de sol y de velas, la blancura, la blancura
fatigosa, la blancura opaca y salina. Parece que el mar no copiara el cielo
sino que recibiera los reflejos de la salina, ahora cristalizada, esa marisma
que bordean los nopales, para copiar su verde eterno en la blancura efímera de
los cristales regulares. Desde la playa arenosa, que las escasas lluvias han
trabajado, formando hondonadas y caminillos negros, hasta la pila de sal que
oculta el horizonte con su masa, hay unos pocos metros de distancia. Allí es
todo sal y arena. Los ranchos, abiertos a todos los vientos, han sido
blanqueados por el Nordeste cortante. Todo hace pensar que se vive en el aire,
que no se está en ninguna parte, y que el aire se ha definido en casas, se ha
petrificado y hecho carne en tugurios, árboles y personas. Ese exceso de
blancura, hace soñar. Y se sueña en manaure con laxitud y pereza. Todo es
blanco, diáfano, espectral, embrionario. Nacen los sueños y se mueren al
comenzar la vida. Y la vida se muere como un sueño perdido. Pero si Manaure no
tiene color, es, en cambio, una deliciosa amalgama de perfumes. Otra vez el de
coco. El sexual perfume de las indias, que, cuando cierra uno los ojos, le da
la ilusión de estar besando una axila profunda. Perfumes de las algas y del
pescado, de los tabacos de makuira, de Virginia, venezolanos y la manilla
ardiente. Se oyen ruiditos débiles, ruiditos pequeños, ruiditos tambaleantes y
trémulos que corren a esconderse -como las verdes largartijas fisilíngües- bajo
las hojas silenciosas, en la inmovilidad perenne del calor, que les vuelca el
sol a cántaros.
Y aquí hemos de trabajar y de vivir. De amar,
quizá... Estaremos, entre la blancura, el sol, la sal y la sed, entregados a la
tibia tortura de nuestro pensamiento. Cada uno de nosotros -al meditar- tomará
e rojo sendero que le traza en la memoria un sexo... Y entonces, nos temblarán
las miradas como árboles trémulos. Recordaremos, dentro de esta esterilización
del deseo, profundidades de vientres y redondeces exactas de senos... Y así
leeremos nuestra vida en el alfabeto multicolor de las 24 horas del día...Las
12 horas que cambian hacia el blanco los matices del negro y las 12 que, del
negro, hacen todos los colores del espectro. Por el momento, vaga, cómo una
línea que no tiene un objeto para darle forma, nuestra primera hora de Manaure,
que gira en el discurrir de los minutos como entre los círculos concéntricos de
un despertar inopinado.
El celador estaba en el almacén o depósito,
donde guardan la sal. Fuimos allá. Era un hombrecillo gordo, bajo, como si
estuviera siempre de rodillas. Tenía en la mejilla derecha un lunar grueso y
parecía que estuviera un poco bebido. Le saludé tímido y afable. Me consta que
no contestó mi saludo, pero al entregarle el nombramiento, sonrió complacido.
-¡Ah...! Usted es...
-Sí, señor -me apresuré a responderle.
-Me alegro que nombren muchachos, porque aquí
hay que jalarle duro...
-Sí, señor... Yo no le tengo saco al
trabajo...
-Así me gusta... Entonces camine para la
oficina y allá lo posesiono.
La oficina estaba dentro del mismo edificio.
Habían hecho en uno de los ángulos una especie de cobertizo con tablas. Una
mesa inmensa, sucia, con manchas de tinta. Un estante con libros de
contabilidad y 3 o 4 asientos desvencijados. Había 3 personas en el despacho.
Me presentó.
-Este es el nuevo guarda, cabo...
El cabo era un antioqueño, con los ojos
biliosos y las cejas negrísimas. Me miró y me estrechó la mano en silencio,
balbuceando un nombre que nunca pude conocer. Todos decían “el cabo”.
-Nica, aquí está otro compañero.
Nica era un hombre de unos 45 años, barbudo y
sucio. Tenía los pantalones doblados por encima de la rodilla y la boca inmensa
encima de la barba. Parecía una buena persona.
-Luis, yo creo que éste le puede ayudar aquí
en la oficina.
El último de los presentados era un negrito
vivaracho y pequeño, muy limpio él, con los dientes blanquísimos. Me saludó
efusivamente.
-Tanto gusto, compañero; vamos a vivir muy
sabrosos por aquí. Todos somos buenos amigos...
-Sí quieren -continuó el celador- usted
también -dirigiéndose a Manuel- pueden quedarse en el almacén. Cuelguen sus
hamacas de los pilares y ahí duermen como unos santos... Eso sí, por esta época
hay un poco de plaga...
-Si quieren, yo les alquilo un rancho por 2
pesos- interrumpió Nica.
Yo miré a Manuel, y él me hizo señas de que
esperara.
-Bueno -respondí- ahora lo veremos...
-Es grande... allá pueden vivir perfectamente.
Está bien limpio, y queda cerca de la playa. Allí no más -y me llevó a la
puerta- Junto a aquél grande, ese de allá, un poco inclinado; éste otro es el
de Enriqueta...
-Luis, -exclamó el celador- ¡extienda el
acta...! El negrito buscó un librote y se sentó a la mesa. Escribió unos
momentos y dijo:
-Ya está...
Nica, que era el único que conservaba una
gorra mugrienta, se descubrió con evidente disgusto. El celador hizo una cara e
juez, muy grave, y me preguntó:
-¿Jura usted por Dios Nuestro Señor cumplir
fielmente los deberes del cargo para que ha sido nombrado?
-Sí juro- respondí con una voz que me salía
quién sabe de dónde y con los dedos índice y pulgar cruzados, Haciendo esa cruz
que se hace para jurar, y que, más que cruz, parece una horca.
-Bueno -dijo el celador- ahora caminen a mi
casa y les doy un trago de brandy.
Nos fuimos en silencio detrás del hombrecillo
bajo y rechoncho. Vimos la casita, blanca y limpia. Nos hizo sentar en la
puerta y sacó una botella de “3 Estrellas”. Bebimos y conversamos muchas cosas
sin importancia. Todos dijimos algo, menos el cabo. ¡Hombre silencioso y
extraño ese! Parecía que no tuviera sino ojos. Y continuaba mordiéndose los
labios.
Ahora, llevamos con Manuel nuestros efectos al
almacén. Nos ayudan Nica y Luis, que conversa desaforadamente. Interroga como
un niño de 4 años. Nos ayuda a colgar los chinchorros y nos indica que podemos
comer donde Nica, que da barata la alimentación. 10 pesos mensuales por cada
uno. ¡Me parece admirable! El almacén está lleno hasta la mitad, de sacos de
sal, regulares y colocados en forma de escalera para que puedan subir los
cargadores. La sal hace que el aire dentro del almacén sea caliente y pesado. Creo
que dormiremos muy mal. Así lo manifiesto, y Nica insiste.
-Lo mejor es tener uno su rancho. Nadie va a
fisgarlo, y además hay libertad para ciertas cosas...
Luis ríe y dice que sí con sus ojillos vivos
de roedor.
Almorzamos donde Nica, que tiene una mujer
horrible y tetona, con 3 chiquillos inquietos y sucios. Cuando acabamos, en la
puerta se han reunido 5 o 6 personas más a quienes somos presentados. Tomasito,
un negro horrible, largo y caratoso, fuerte, con os ojos saltones, que viste un
pantalón gris y una franela blanca, sucísima. ¡Dice cada palabrota...! Don
Pachito, hombre de cara muy distinguida y noble, canoso. Usa sombrero de
jipijapa y tiene los dientes orificados. Otro guarda, antioqueño, decidor y
violento, que se llama Rafael. Víctor, santanderano, guarda, con unos mostachos
inmensos y el cabello entre los ojos. Uribito, otro negro, joven, procaz,
gracioso. Y Gabriel, manizaleño, joven, rubio y serio.
Mientras ellos juegan, nosotros los miramos.
Después de un rato, don Pachito nos invita a su casa.
-Caminen para allá y nos tomamos un poco de
kojoso.
-¿Qué es kojoso?- le pregunté a Manuel.
-Es leche cuajada, que traen las indias, y se
bebe con dulce, azúcar o panela.
En su rancho, don Pachito nos presenta a su
mujer, Rosita. ¡Cómo hay de rosas en la Guajira! Es de Fonseca, en la provincia
de Padilla. Su voz es melosa y cansada; un poco bizca, pero qué senos tan bien
puestos, tan redondos y tan firmes ¡tan erectos como la pila de sal! ¡Caramba!
Bebemos el kojoso que nos sirve Rosita, y
conversamos.
-Yo también soy bogotano. Ahora trabajo aquí,
en la pesca de perlas. Por ahora no tenemos nada que hacer y me aburro mucho
entre esta negrita... Es una desgracia esto de vivir como os animales, sin
periódicos, sin noticias, sin nada. Todo son borracheras, peleas con los
indios; ¡Una vaina...! Y las guachafitas que arma el cabo con su mujer, porque
es celosísimo. Ya van a ver ustedes qué cosa tan divertida y tan exacta.
Don Pachito tiene una cotorra que danza al son
de una musiquilla fácil que silva su dueño. Es graciosísima, moviendo su
cuerpecito verde alrededor de la mesa.
Un hombrecillo, viejo, arrugado y colorado,
pasa por la puerta.
-¡Adiós don Pachito...!
-¡Hola, compadre Fermín! ¿Qué hay de nuevo?
¿Qué tal la vieja?
-Ahí lo mimo, potrá sin mejorá ná... Yo sí
tengo aquí mi remedio- Y saca de la faja una botella de ron blanco.
-¿Para qué toma tanto, compadre Fermín?
-¿Qué pa qué? ¡Pa emborracháme...! ¡Po tó mi
mueto...! -Y saca de la botella un gran trago, que pasa haciéndole estremecer
hasta los cabellos.
-Hata luego, pué...
-Hasta luego; no se le olvide que tiene que
apartarme una pierna mañana...
-A las 7 se la traigo, poque mato a las 5. Ahí
ta amarrao...
Un cordero triste, está, en efecto, amarrado a
un palo. Sabe que lo van a matar; y no come. Mira la tierra seca y se queda
inmóvil, como pensando en algo.
Después de comer, el pueblecito se llena de
luces. Es muy pequeño, pero hacen tanto ruido los jugadores de golfo y de
dominó, que parece inmenso.
Nos vamos a dormir, fatigados y tristes. No es
muy alegre todo esto. Y, además, se siente uno tan extraño cuando no conoce a
las personas y hay que temer de todas. ¿De don Pachito también?
En el almacén se quedan a dormir algunos
peones que están empacando sal. Entre ellos, Tomasito, que duerme cerca de
nosotros, en una hamaca. Allá tendido, con su cabeza cubierta de lanitas, y
masticando manilla.
Hay mucho mosquito. Por la puerta se entra la
noche, que viene llena de ruidos del mar y de la tierra. Olas, viento, gritos.
Se ven las luces de las lámparas de petróleo y de las estrellas. De los sacos
de sal viene un calor húmedo y pesado. Tomasito ronca.
A media noche despierto. Tengo necesidad de
salir. Afuera, todo está en silencio. La noche es clara. Me encamino hacia la
parte trasera del edificio de cemento. ¿Qué hay allí? Se mueven dos sombras...
No veo los cuerpos. Están ocultos detrás de una pared. Pero las sombras se
mueven, se unen, se separan. ¿Quiénes serán? Me acerco, muy paso para que no me
oigan, y, escondido detrás de un cactus, miro. ¿Ah! Es Luis, el negrito, que se
desmaya en brazos de una negra alta, rolliza, de caderas admirables. La blusa,
de zaraza floreada, revela sus senos, grandes y opimos, que son como cabezas
gemelas. Se abrazan y se estrechan con pasión que llega a comunicárseme. Los
ojos de los dos negros se ven brillar en la noche, como 4 estrellas móviles. Es
mejor irme. Antes de alejarme, veo cómo se unen sus bocas ávidas, urgidas por
el deseo. La lujuria hace temblar los senos de la negra, que vacila sobre sus
piernas robustas. Se aman, se desean, van a poseerse. Debo irme, no debo
profanar el amor de esos 2 seres, que ignoran que mis ojos los espían. Aún dura
su beso. Les doy la espalda y marcho hacia el lado contrario, procurando no
hacer ruido.
Al regresar, no puedo prescindir de echar una
mirada hacia la pared que los ocultaba. No veo sus sombras ni sus cuerpos, pero
paréceme que la sombra de a pared se ha prolongado sobre el suelo, con curvas,
y que hay algo en ella que se mueve rítmicamente. Oigo un ruido confuso...
¿Será una cascabel? Sigue cayendo sudor de las
frentes, y rocío de las estrellas...
11
Ron y cumbia - Aparición de Kuhmare
Ya hace 3 meses que estamos en Manaure, los
días fueron todos iguales, como las horas, interrumpidas en ocasiones escasas
por sucesos grotescos o trágicos. Pero, en general, no ha pasado nada
maravilloso.
Pocos días después de haber llegado, comenzó
la explotación de la salina. Estaba toda blanca y brillante, como un inmenso
espejo roto en millones de triángulos, rombos, cuadrángulos. En esa salina se
agotaban las líneas de geomtería. La recta adoptaba todas las posiciones:
tomaba su derecha, su izquierda, iba de frente, se detenía, jugaba a hacer
todas las figuras que no podía realizar en las cosas de los hombres. Y la
curva, se envolvía en los cuerpos de las indias morenas, daba saltos bruscos en
los senos, se prolongaba, con ligeras ondulaciones en los vientres fecundos, y
se deslizaba, fluida como un estemecimiento, a lo largo de las piernas ágiles y
robustas. Había tanta luz, se desprendía un resplandor tan fuerte de la inmensa
extensión blanca, que parecía que un sol hubiera descendido a la tierra.
8 días antes de comenzar la explotación,
principiarion a llegar largas caravanas de indios. Caravanas de indios morenos,
bronceados, con robustas sandalias, y al hombro el arco, nostálgico de la
flecha rauda, que dormía entre los rústicos carcajes de caña. Caravanas de
indias perfumadas, llenas de sol, de sexo y de miradas negras, cansadas por el
largo camino que hicieron sobre las 4 patas inquietas del asno, con la
perspectiva de a lejanía entre las 2 ramas de las orejas. Numerosas caravanas
llegaban a Manaure, tierra que era entonces tierra de promesa y de hartazgo
para las hambres mucho tiempo soportadas. Acampaban a la orilla de la salina,
colgaban sus chinchorros de fique de los árboles, y parecía aquella multitud un
inmenso enjambre de pájaros, detenidos en un vuelo nómade. Indias ricas, con
grandes collares y gruesas ajorcas de oro y de vidrio, con sartas de tumas
-extraña piedra horadada, que se encuentra enterrada entre vasijas en los
cementerios indígenas- inmensas. Indias miserables que no tenían otra joya que
la luz de su mirada y el fulgor de sus dientes. Con los guayucos deshilachados
y las mantas sucias. Y cuando llegó la explotación, toda la salina se volvió
redonda por los senos. Todas trabajaban mostrando sus esferas gemelas,
temblorosas y duras las de las muchachas -majuyuras-, y fatigadas, demolidas
por los besos y los mordiscos, las de las madres y las ancianas. Los ojos
saltaban de una a otra, perdiéndose y mareándose entre las olas de carne que
tenían todos los matices del cobre y del bronce. Se respiraba un aroma de
fatigada lujuria, de incesante deseo, de morbidez, de enfermedad de vida, de
beso y de grito... Desde la salina, traían a cuestas los sacos de sal y se los
cambiaban por vales que representaban maíz y panela, que podían cambiar a
voluntad.
Los primeros días, me causaba borrachera el
sol que me llegaba a los huesos. Después, dejé de ver senos, de mirar caderas,
de contemplar bocas y ojos. Todo cobró un color asexual y blanco, nos devoraban
el calor y la sal. La blancura brillante, se hacía caliza y opaca. las mujeres
eran todas planas, como figuras de sueño, sin relieves, sin volumen, sin vida.
Y fue entonces cuando apareció Kuhmare.
Eran las 6 y estaba claro. Claro todavía, con
últimas luces rojizas de día caliente. Un murmullo de voces que llegaban
extenuadas por la distancia, venía de los campamentos de los indios. A raíz del
suelo, se veían brillar las plantas rojas de las llamas, con una luz
desfiguraba por la del día, que se iba. En ese momento no había mar para mí,
porque se había quedado a mis espaldas. Miraba hacia la salina, y vi aparecer,
en el rojo de la manta, sobre el fondo arañado ya y no tan blanco como antes,
la línea indescifrable e su figura. Figura recta, figura mixta, curva. La veía
menos cuanto más se acercaba... Era que nacían, a mi vista, sus ojos... Venía
sola, sin compañías de hombres ni de bestias. Sin ángeles ni demonios a su
lado. Solamente traía dentro de sí el terrible amor y el terrible deseo,
asesinos... No sabía su nombre, pero me lo dijo su cuerpo, de donde se fugaban
los pasos. Llegó a mi lado, y fuimos al rancho -el rancho de Nica- vacío y
desnudo. Todo bostezaba a mi lado. Yo estaba a la orilla de su cuerpo, al borde
sedeño de su boca, frente al doble peligro de sus ojos y de sus brazos. Me
llamaban sus senos inmóviles; gritaban sus pies que era corto el camino hacia
mi lecho. Hacia e catre de lona de Manuel. La noche había llegado con ella... Y
la ondulación gris y plata del yotojoro, rumoroso y viejo, bendijo la unión de
4 labios, que nuestras dos columnas vertebrales sostenían en ángulos obtusos.
Y así, todas las noches, comencé a conocer a
Kuhmare. La sombra venía a su lado, y entraba a mi rancho con la primera
estrella. Con su shikiara de paja -especie de diadema-, los collares de tumas y
las ajorcas resonantes, se radiaban las ansias de mis ojos son multiplicaciones
de miradas. Era una escultura indígena, hecha con arena tostada y detritos de
conchas marinas. Había de verla de lejos, porque, de lo contrario, sus ojos me
ocultaban el resto de la figura. Era su color neto, unido, uniforme; pero entre
el espacio de cada poro se quebraba un matiz diferente que jamás conocieron mis
ojos, pero adivinó mi tacto omnividente. A Kuhmare se le perdían las palabras y
sólo encontraba, para expresarse, claras risas, pequeñas, redondas. Dentro de
los tonos de su voz, se escondía el significado de las frases. Como llegaba con
la noche, en la noche ella se escondía y yo me escondía en la noche. Yo dentro
de su cuerpo, que era noche, y ella dentro de mi alma, que no era día ni
mañana... ¡Oh, entonces, sí que conocí el significado del valor que oculta el
olor del aceite de coco! ¡olor del aceite de coco, que me hacía 2 centímetros
más largo cada nervio...! Su espíritu era un espíritu moderno. Era ella una
mujer mineral, pero su sexo la convertía en una ola incesante cubierta de
músculos. Cómo era de amable con su alma quimérica y mecánica, que hacía los
besos amargos como el hierro y levantaba -desplazándolos en todos los sentidos-
mis 62 kilogramos de peso.
Quería que yo lo comparara, que la hiciera mi
mujer, pero hube de convencerla -tras largas conversaciones mudas y mímicos- de
que eso era imposible. Yo era muy pobre y ella valía mucho. Le dije que era
bastante mejor que viniera a verme a ocultas, y convino. En sus ojos brillaba
lo vedado, como un fruto de oro colgante de la rama negra de las pestañas. La
explotación concluyó y se fue Kuhmare. Yo pasaba los días, que se deslizaban
lentamente, al pie de la báscula, donde se pesaban los sacos que empacaban los
peones contratados para ello. Y la vacilación de la balanza, era la vacilación
y la incertidumbre de mi espíritu. Manuel se había ido para Ahuyama, donde se
había iniciado la pesca. Lo nombraron poco tiempo después de llegar a Manaure.
Nos escribíamos cartas larguísimas en que no nos decíamos nada. En todas las
que yo recibía, flotaba el perfume de Anashka y soltaba su caudal la
melancolía. Nunca le dije nada de Anashka ni de Kuhmare... También yo presentía
algo. Me ligaba a esa mujer un tan furioso deseo, un tan terrible atractivo,
que en vano procuraba diluirlo con la reflexión. Era ella, ella, quien me había
atado al poste de su cuerpo con las cadenas invisibles de la piel lustrosa.
Tomasito cantaba todos los días, mientras
movía la aguja curva y cosía los sacos. En su boca se quedaba el tabaco
apagado, y, entonces, comenzaba a masticarlo hasta que lo consumía. Arrojaba
por todas partes una saliva carmelita y espesa, como las palabras salaces de
sus cantares.
Uribito se mofaba de todos, reía, contaba
chistes, hablaba de sus queridas, de sus borracheras, de sus aventuras. para
aquella noche, habían preparado una cumbia. Todos estábamos alegres, con la
perspectiva del alcohol y las hembras.
A las 6 suspendimos el trabajo y nos fuimos a
bañar. La cumbia tendría lugar cerca a la casa de Enriqueta -la de la noche
aquella-, en una plazoletica. Lole, el negro que viajó conmigo en “El Paso”, el
que me había curado la pipa, había llegado el día anterior. Era el negro más
cumbiambero y alegre que había por aquellos lados. Tocaba e tambor
maravillosamente, y sabía cantar los mejores cantares.
Allá estaban todos. El cabo, Víctor, Rafael
con su mujer, una treintera -del pueblo de Treinta-, la india del cabo, la
mujer de Nica, Gabriel, todos los guardas, todos los habitantes del pueblo.
Hasta Fermín que, más borracho que nunca, decía palabras inconexas. Don
Pachito, que se había decidido a beber, recitaba versos. Y Rosita estaba más
bizca, por los 4 tragos de ron que le habían dado.
Llegamos Uribito y Tomasito, Lole y yo.
-Ahora si que se va a poné eto bueno...
Empiéce compáe Lole y déle duro al tambó. Yo voy a cogé er “guache” -dijo
Uribito. Entró a la casa de Enriqueta que tenía los ojos enrojecidos, sacó un
plato y una cuchara y comenzó a hacer un ruido infernal. Lole hacía impactos en
la noche, con sus rítimicos golpes sobre la piel del tamborito.
El ron pasaba de boca en boca en una lata de
manteca “Swift” de 5 libras. Era un ron amarillo, que sabía a cobre y a
lágrimas.
-Déle duro, compáe Lole, que voy a bailá con
la gran negra- decía Uribito.
Enriqueta sale a la mitad. Sus ojos brillan
llenos de luces y de borrachera. Comienza a mover su cuerpo,
imperceptiblemente, desde el cabello hasta la cintura. Se desenvuelve en todo
él un oleaje de mar y de lujuria. El movimiento la recorre, desde los hombros
redondos y descubiertos, hasta el vientre tenso y fuerte; no mira a nadie,
parece abstraída en el misterio del amor, de la concepción, del espasmo.
Uribito se le acerca zapateando y moviendo su vientre, sus caderas estrechas,
finas, y con los brazos en alto. Todos cantan el aire de la cumbia:
-¡Mi pañuelo, mi pañuelo, mi pañuelo col´e
gallo...!
-¡Compa, suérteme er pañuelo, er pañuelo col´e
gallo...!
Y así, siguen desdoblándose las frases,
repetidas hasta la fatiga; se hacen más calientes, más densas, más cargadas de
deseo, a medida que los bailarines se aproximan, moviéndose, cimbreantes sus
cuerpos, con los ojos fijos, la boca jadeante, como después de un largo beso,
los labios llenos de humedad... Enriqueta tiene ahora los senos más duros y
firmes; sus caderas se han ampliado, como si esperaran algo, y el cuerpo de
Uribito, magro y seco, se ha envarado, se ha hecho de madera flexible, viva,
como si lo consumiera una llama profunda y lenta... Se oyen gritos obscenos de
borrachos.
-¡Púyala, púyala...!!
-¡Eso é una hembra caliente...! ¡No joa...!
-¡Arrímate pa que te coja...!!
-¡Cógela ahora que tá caliente...!
Ellos no se dan cuenta corriente. Parecen
ebrios de música y de movimiento. Las caderas giran como olas sujetas, como las
olas que han entrado en sus cuerpos. Los pies se mueven apenas. En todos los
rostros se dibuja la voracidad. Parece que todos los hombres fueran a caer
sobre las mujeres presentes y a violarlas como bárbaros. En los ojos de ellas
languidece el deseo, cobra colores de violeta, y sus senos tiemblan entre la
música y la noche. Fatigados, destruidos, como si hubieran estado mucho tiempo
besándose, Enriqueta y Uribito caen sentados sobre os toscos bancos de madera.
Sale otra pareja que no puedo distinguir a través de as brumas del ron y de la
figura de Kuhmare, que nace en cada sonido, en cada movimiento y en cada
perfume. Huele a sudor, a sudor caliente. Luisito, el que besó a Enriqueta la
noche aquella, se acerca a ella, paso entre paso, y la toma por la nuca. Parece
que fuera a gritar; tal es la mueca de su boca. Pero en vez de pronunciar una
palabra, su cabeza se deja caer entre la mano del hombre, cierra los ojos
lentamente, y por su cuerpo corre una convulsión placentera...
Sigue rompiendo el silencio la monorrítimica
cumbia de Lole y siguen cantando los hombres ebrios y las mujeres borrachas:
Por eta calle me voy,
por la otra doy la vueta,
la mujé que me quisiera,
¡que tenga la pueta abieta...!
.ΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌΌ.
El aire no se puede ya penetrar con las voces.
Todos se han muerto sobre su embriaguez, y sobre los senos de las mujeres nace
la luz del día. En el alba de mi despertar, florecen las olas verdes del mar
cercano y fresco, y, como una planta de cobre, se alza, borracha y lejana, la
figura de Kuhmare...
En un brazo desnudo, negro y brillante, se ha
recogido la noche. El tambor yace en el suelo, vacío de sonidos, y en los
ángulos de as bocas se descomponen los besos...
12
Vuelta de Pablo. Tiros, historias y sucesos
Durante todo el día hemos continuado bebiendo.
A fuerza de beber, no estamos borrachos. Nuestra vista se posa, fatigada, sobre
un rincón, en un objeto, y allí se queda largo tiempo, sin ver; sin que nuestra
retina se impresione con nada de lo circundante. El sueño murmura en torno de
los párpados, y la boca, la garganta, piden alcohol que embriague y que
destruya.
Enriqueta sigue bailando. Su boca amaneció
llena de jugo, como si en ella hubiera caído el zumo de las estériles estrellas
que murieron en la mañana.
El cabo, que ¡quien lo creyera! ha sido muy
bueno conmigo corre por todo el pueblo, caballero en un mocho retinto. Grita,
hace saltar a su cabalgadura, que tiene los labios negros llenos de espuma, va
de una parte a otra, serio, sin una sonrisa, grave, con la embriaguez dormida
sobre el rostro. Su india, una india baja y regordeta, que tiene las tetas como
calabazas, lo mira desde la puerta del rancho, con la mano sobre los ojos. El
calor y el sol nos embriagan más que el horrible ron blanco. Dicen que hoy
llegarán unos venezolanos contrabandistas, a vender brandy. El cabo hizo una
suscripción entre todos nosotros, para comprar 3 cajas. El sueldo de los 3
meses ha desaparecido. He comprado cigarrillos “Margaritas” y “Bandera Roja”,
pagué donde Nica lo que debía; estoy provisto de maíz para las indias. Además,
en 15 pesos, compré a Víctor un hermoso revólver “Smith & Wesson”, que
ostento, orgulloso, en mi faja. En el tambor duermen, como en una cuna
abrigada, 5 muertes incógnitas. ¿Para quién serán esas balas? ¿Para un cuerpo?
¿Para la arena, cuando dispare al blanco?
Sin que supiera cuándo ni cómo vino Pablo.
Está aquí, a mi lado. Me saludó como si nos hubiéramos visto ayer. No le he
preguntado, ni le preguntaré nada. Noto que en sus ojos ha trazado la arruga
silenciosa de la tristeza rastros finos y largos. Por lo demás, es el mismo. El
mismo negro silencioso y grave que vía en “El Pájaro”. Vino a pedir trabajo en
el empaque de sal, y el cabo dio orden de que le entregaran un pico, una pala y
una aguja. Cuando reanudemos los trabajos, él tomará parte. ¿Qué haría de la
mujer de Manuel? ¿La dejaría abandonada a su destino, que fatalmente tiene que
ser la prostitución, en Riohacha? Talvez lo sepa más tarde. En todo caso, me
intranquiliza su presencia, porque Manuel me anuncia que vendrá próximamente,
de paso para Riohacha: va de compras y estará aquí un día solamente. Si se
encuentran... ¿Pasará algo? Es muy posible. Yo no experimento -contra mi
voluntad- ningún rencor hacia Pablo. Me parece tan natural lo que ha hecho, que
no considero que pueda culpársele. Si no lo hubiera hecho él, lo habría hecho
yo, o cualquiera... -¿Es o era?- tan admirable...
Me di cuenta corriente ayer de que Rafael, el
guarda antioqueño, me tiene una profunda antipatía. En sus ojos saltones hay
odio cuando me mira. Talvez he mirado demasiado a su mujer... No tengo la
culpa, pero en esta tierra me gustan cuantas mujeres veo. Todas me seducen, y,
si al verlas me parecen feas, al poco tiempo los defectos se diluyen en mi
deseo. Conchita no es, no puede ser fea. Tiene 17 años y es dura, dura como las
miradas de su marido. Cuando veo sus piernas bien hechas, morenas, cubiertas de
un vello negro y ligero, no sé qué me pasa. ¡Hasta a Kuhmare olvido! Ella, como
todas las mujeres, se da cuenta corriente de mi muda admiración. Siempre está
junto a Rafael. Ahora, por ejemplo, que están jugando golfo, le echa un brazo
por el cuello, y su seno se roza con el brazo de él. Lole, el menos ebrio de
todos, continúa cantando sin que nadie le haga caso. Estamos ya tan
acostumbrados al ruido sordo del tambor, como si lo hubiéramos oído toda la
vida, que no nos damos cuenta corriente. Además, la vecindad del mar hace que
el rumor de éste disminuya la intensidad de los golpes de las manos de Lole
sobre la piel templada. Juegan, y en las cartas los reyes se atedian, con sus
mantos azules y rojos con vueltas de armiño. Con sus espadas y sus bastos, rojos
y verdes, maduros, al hombro. Con las copas amarillas, que parecen de madera, y
los oros, donde un sol boquiabierto se aburre extraordinariamente, en las
manos. Y los caballos saltan en mi imaginación, siempre parados en las 2 patas
traseras, con su cola crespa al aire, como una cabellera y sus jinetes bizcos,
con las manos en la caderas. Las sotas andróginas, con capas, birretes, calzas
y babuchas. ¡Qué estúpidas son estas figuras medioevales de los naipes, con su
aire manoseado y bobo, con sus cetros de madera y sus espadas de alfeñique!
Sobre la mesa se amontonan los billetes, los paquetes de cigarrillos, las
monedas sucias y las monedas brillantes. Pero todos tienen un aspecto
distraído, vago, con las miradas fijas, sin darle importancia a nada. Y con las
botellas al lado, esas botellas que hacen más verde este paisaje de mar, de
cardos, de bastos, de caballos y de rostros trasnochados. Apenas un breve gesto
hacemos, cuando terminamos de beber. Por lo demás ya hemos llegado a ese
momento de la embriaguez en que no se puede pasar adelante. Ya tuvimos el
momento de cólera, de pelea, de bronca. Ya pasó por cerca de nosotros el
momento sentimental. Ahora estamos mudos, llenos de un turbio silencio que nos
sella las bocas y hace temblar nuestras manos. Pablo no ha querido beber. Ni al
mismo don Pachito, que tiene la cara roja y los ojos brillantes, ahora, le
quiso aceptar un trago. Parece que interiormente se divirtiera, mirando esta
turba de borrachos, de jugadores, de pendencieros. Por los espacios que el yotojoro
deja libre, se cuela un sol limpio, sin polvo, lleno de calor y de brisa. En
las frentes nacen gotitas de sudor, que se unen y corren, descienden a lo largo
de la frente, se detienen en la confluencia de las cejas, y, cuando son
gruesas, saltan, ruedan haciendo cosquillas sobre las narices, y, caen sobre la
mesa o el vestido.
Fermín intenta bailar, pero la embriaguez le
traba los pies, se los une y ata con la pesada inmovilidad. Casi siempre está
borracho. Son las suyas unas borracheras extrañas. Desaparece semanas enteras.
Nadie sabe qué se hace. algunos dicen que tiene una india. ¿Pero, tan viejo...?
Sin embargo... es posible. Aquí todos, viejos y jóvenes, aman, poseen a las
mujeres, como si la virilidad creciera siempre y se rejuveneciera en la
Guajira.
El cabo, fatigado, ata su cabalgadura a un
poste y se sienta a mi lado.
-¿Por qué esta triste? -me pregunta- No sea
pendejo, ¡qué carajo! Camine, buscamos a la india y se la trae para acá esta
noche. Ella vive en el mismo rancherío donde está la familia de Susana. Yo sé
dónde és... Camine, déjese de esas pendejadas...! Aquí vamos a estar todos
contentos esta noche, y otras ¡qué carajo! Hasta que nos dé la gana. Aquí mando
yo, y todos hacen lo que yo diga. ¡Y al que no le guste que se pare!
-Bueno, vamos -respondió- pero esperamos a que
el sol haya caído un poco. Ahora está muy fuerte.
-Nó ¡que carajo! ¡lo que pasa es que usted
tiene miedo!!
-¿Yo? ¿Y miedo de qué...?
-De los indios...
-¡No sea pendejo usted! Ni a ellos, ni a usted
ni a nadie le tengo miedo. ¡Qué voy a tener miedo! ¡No faltaba más!
-¡Bueno! ¡Esta noche lo vemos! ¡Voy a llevarlo
de noche a ver si es cierto que no es pendejo! Si usté hubiera visto lo que
pasó aquí una vez, se muere... Estábamos en explotación. Los indios desde el
principio empezaron a joder, que les dieran 2 potes de maíz por cada saco. Se
les dijo por las buenas que no, e insistieron... Una mañana no quiso trabajar
ninguno... Por la tarde, sin que nadie les hiciera nada, empezaron a incendiar
los cardones vecinos a la salina, con el propósito de cercarnos. Nos encerramos
en el almacén para estar más seguros. Y empezaron a llover flechas sobre las
tejas. ¡Cómo sonaban las puntas de hierro sobre el asbesto! Nosotros no les
contestábamos, porque estábamos seguros detrás de las paredes de concreto y los
sacos de sal. Pero, al otro día, ya jartos de esperar a que pasara algo, me
puse mi cinturón, cogí el grass y el revólver y me salí. Todo estaba calmado.
Al llegar a la mitad de la salina, empezaron a dispararme flechas y tuve que
devolverme un poco. Por ahí tengo la camisa, toda desgarrada. Como la llevaba
por fuera, me la volvieron flecos. Pero no me hicieron nada, y yo empecé a
echarles bala desde detrás de aquel guarumo. Por fin, viendo que era una
pendejada, me volví para el almacén y ordené que hicieran una descarga con los
grasses. Entonces si que se enverracaron porque les mataron una india. Yo
ordené que las descargas las hicieran al aire, pero alguno se hizo el pendejo y
malsalvió a la pobre india... Así duramos 3 días, sin poder salir del almacén
ni a tomar agua... Los muchachitos se estaban muriendo de sed...
Afortunadamente, a los 3 días llegó el guardacostas, y al entrar disparó unos
cañonazos al aire, que nos los quitaron de encima... Si no viene tan pronto,
nos joden... Después querían que quedara todo en paz con e pago de la india.
Pero no se les dio gusto y siguieron trabajando tranquilos. ¡Es que aquí hay
que ser muy macho y trancarles a todos esos vergajos...! Si usté hubiera
estado, se muere de miedo... Ojalá hubiera otra vaina de esas para ver cuántos
somos y cuántos quedamos...
Yo callo, porque no me gusta ser fanfarrón.
Estoy seguro de que no me daría miedo. Nunca he sentido miedo de los hombres ni
me disgusta pelear... Pero no digo nada, porque talvez se arrepiente y no me
lleva a ver a Kuhmare. ¡Oh! ¡Qué feliz sería esta noche! ¡Con mi cansancio y mi
borrachera y Kuhmare! Le mordería a boca hasta hacerla sangre, hasta que
gritara, y, entonces, la mimaría como a un niño de pecho. ¡Esta noche voy a
verla, a besarla, a quererla. Kuhmare, Kuhmare! ¡Y su nombre me alegra la
lengua, me agiliza el espíritu y me enloquece los miembros!
Con la llegada de la noche retorna la alegría.
Otra vez se organiza la cumbia, y todos bailan, saltan y gritan. Lole canta y
Enriqueta lo acompaña, con su voz melada y sonora:
¡Ay, dáme lo que te pido,
que no te pido la vida...
De la cintura p´abajo,
de la rodilla p´arriba...!
-¡Otra! ¡Otra! -grita Grabriel, que danza como
un loco, al lado de Luisito, que hace de mujer.
-¡Otra! Que yo voy a salí p´allá!- exclama
Uribito, que ni un solo momento ha dejado ahogar su sonrisa, y cuyas carcajadas
son más anchas cuanto más bebe.
-¡Bueno! ¡Allá va l´otra!- costenta Enriqueta.
Zapateaba la negra, ¡caramba!
Con la punt´el tacón, ¡ay, carajo!
Y se pone a la prueba, a la prueba
¡d´este parrandóóón...!
...
Anoche me enamoré,
anoche me enamoré,
y la luna me engañó...
La luna no engaña a nadie,
que el emgañador fui yo...
...
Zapateaba la negra, ¡caramba!
con la punt´el tacón...
Voy al anca del caballo del cabo, con mi mano
izquierda sobre su corazón, que la golpea, isócrono y monótono... Los golpes
del tambor de Lole se confunden con las pisadas del caballo, sobre el piso
duro, lleno de sal. Pasamos por entre los nopales, que bajo la noche tienen un
brillo negro. La luna, una luna joven, de 3 días de nacida, luna nueva, lanza
sobre nosotros su luz amarilla. ¡Luz fresca y clara como la risa de Kuhmare!
Tenemos que marchar despacio, buscando el
camino, y también, para echar un trago. El cabo me cuenta corriente de los
indios.
-Estos indios tienen también sus leyendas y
sus tradiciones... Ellos creen que descienden de la luna... La luna es para
ellos del género masculino... Es macho ¿entiende? Pues ellos dicen que la luna
encontró una vez a una joven, la primera mujer, y engendró en ella un hijo, a
quien llaman Hialí, y él fundó la nación caribe... Después la abandonó, y,
entonces el hijo, deseoso de vengarse, puso un guarda, y cuando la luna
descendió a la tierra le manchó la cara con jagua... Por eso dicen ellos que a
luna tiene manchas...
Galopamos bajo la noche entre el olor de la
tierra, el olor de esta tierra, cansada y vieja, que tiene sobre sí miles de
millones de años. Tierra dura y arenosa, donde las pisadas del caballo resuenan
como sobre un piso de bronce. Se oye discurrir a los insectos, tan grande es el
silencio... Graznidos, chirridos débiles de los árboles que oprime el viento...
La luz de la luna juega con la sombra y hace bordados sobre el suelo... Veré a
Kuhmare... El corazón del cabo sigue golpeando mi mano...
A lo lejos se ve una luz... Una lucecita de
hoguera, donde deben estar cocinando las indias viejas. Los perros ladran con
voces iracundas que se clavan como agujas en el raso de la noche.
Es un rancho infeliz este rancho. No hay sino
un indio, que duerme en un chinchorro sucio y roto. Una india joven con un niño
de pecho en los brazos, está cerca de la lumbre, que le llena el rostro de
luces rojas y amarillas. Nos saluda, y pregunta a quién buscamos. El cabo le
responde en guajiro, lengua de la que ya comprendo algunas palabras. Seguimos,
porque la india ha hecho un ademán con el brazo derecho, que no indica el
camino.
Es tarde, bastante tarde, y el ron se acabó.
¿Qué vamos a hacer a estas horas? La luna se ausentó ya y quedaron abandonadas
unas pocas estrellas. Están solas ¡y tiemblan de frío! Debe hacer mucho frío
allá arriba... Está eso tan negro y tan solo... La oscuridad lo llena todo,
árboles, plantas, noche y silencio. Está por todas partes, aérea, impalpable y
sedosa. Se la puede tocar con los labios, con los ojos... El cabo calla, y yo
no digo nada... ¡El sabrá! ¡Vamos a ver quién es el que tiene miedo! Aunque me
muriera, aunque supiera que lo más espantoso iba a ocurrir, no diría nada. Mi
orgullo alimenta el valor, eficazmente. Me parece notar que el corazón del cabo
golpea sobre mi mano con más fuerza... ¿No será mi pulso...? Tengo el cuerpo
fatigado y calientes las nalgas. Quisiera que nos volviéramos. Pero no diré
nada...
-¿Qué hacemos? -dice el cabo- ¿Regresemos? Eso
no vamos a encontrar nada con esta noche... antes vivían ahí, donde está esa
india, pero me dijo que se habían internado para estar más cerca de un pozo que
hay por esos lados... Pero no encuentro na...
Lo interrumpen 6 tiros que nos pasan por
encima de la cabeza. Uno de ellos se lleva mi sombrero jipa. El corazón del
cabo golpea en mi mano como un martinete. Por mis sienes se escurre un sudor
pegajoso y frío. Nos quedamos un momento sin saber qué hacer, y el cabo saca su
revólver, yo saco el mío y hacemos cada uno 5 disparos en la dirección en que
debían estar los indios, y, cuando están descargados las armas, corremos, dando
una rápida vuelta al caballo, que se encabrita, hacia Manaure... Detrás de
nosotros corren los caballos y las balasΌ Son balas de WinchesterΌ Están bien
armados los condenadosΌ En nuestros oídos crece el rumor de las pisadas de los
caballosΌ Parece que fueran centenaresΌ Nuestro temor agiganta el peligro,
porque podemos caer, así salta el caballo a cada disparoΌ el cabo lo echa por
encima de los matorrales y de los cardos que pinchan al pobre animal con sus
espinas agudasΌ otra vez nos detenemos para cargar los revólveresΌ Al cabo no
le quedan sino ocho cartuchos y yo no tengo ningunoΌ Son inútiles hasta cierto
punto, porque con esta oscuridad es imposible hacer blancoΌ el carga su
revólver con cinco y yo con tresΌ Los disparamos con largos intervalos y
corremos tendidos, él sobre el caballo y yo sobre su cuerpo, en la posición más
incómodaΌ resbaloΌ caigo sobre una hoja de cactus, que me clava 7,000 espinas
en la mano.. ¡Ay! ¡Carajo!Ό.
-Qué fue, pendejoΌ ¿Le dieron? -responde a mi
grito.
-¡No! Que me espiné toda la manoΌ ¡Venga,
venga!Ό
Se acerca, con los ojos ardientes de ira, y yo
salto, espinándome de nuevo al apoyar mi mano sobre el anca del caballo. Todas
las espinas se hunden en mi carneΌ¡Maldita sea! Los rumores se van quedando
atrás, se distancian, se alejan, parece que los devorara la oscuridad.
Corremos, con el sudor de nuestros cuerpos y el del caballo, mezcladosΌ
Por fin llegamos a Manaure, fatigados, sin
embriaguez ya, y con la boca quemada por el peligro y por la sedΌ De la pata
derecha del caballo, sale un hilillo leve de sangre. Todavía están bailando, y,
a medida que nos acercamos, los gritos crecen, anchos y robustos.
Nos apeamos en la casa de Enriqueta, que está
acostada ya, pero despierta. A su lado, sentado sobre la cama, está Luisito,
que la mira con ojos lúbricosΌ tiene un seno descubierto, tan desnudo como su
rostroΌ me dan un trago de ron y lo bebo con ansia, con locura, primer acto
libre del horrible peligroΌ El cabo sonríe complacido, y me mira con sus ojos
burlones y biliososΌ Enriqueta me llama:
-Ven, muchachoΌ Tú, como que me tiene miedoΌ
Si yo ya soy una vieja y no le guto a nadieΌ
Me siento cerca de su cuerpo, medio tendido, y
su aliento de alcohol, de tabaco, me enerva, agiganta mi músculos, que se
distienden, con ansias de abrazo y de estrangulamiento.
-Pues si no le gustas a nadie, a mí si me
gustas muchoΌ
-¿Ah, sí? Entonces dáme un besoΌ -y me tiende
su boca ancha y roja, con los dientes brillantes y blancos. Acerco la mía
temblorosa, y siento que por ella se me escapa la vida. Cuando nos separamos,
veo los ojos de Luisito que me miran, sorprendidos, llenos de una luz azul,
como la de las lamparillas de alcohol. No dice nada, y el cabo estalla en una
inmensa carcajada:
-¡Jaaaaa! ¡Jaaaa! Tiene buen gusto la negra
ésta. Ya le echó mano al muchacho y le va a poner los cuernos a LuisitoΌ
¡Ja!Ό¡Jaaaa! ¡Jaaaa!
Sin que yo sepa cómo, he quedado solo.
Enriqueta me mira, con unos ojos que dan miedoΌ a través de la sábana con que
se cubre, se adivina su cuerpo, amplio, duro. Por mis venas la sangre corre
caliente, vertiginosa; me acerco y uno a su boca la mía, con ardor, con furorΌ
Todo se oculta en torno mío. Sólo veo el cuerpo, largo, redondo y ancho.
Redondo como el pecado y largo como el deseoΌ
Amanece. El catre se llena de una luz gris,
tibia, y llena de rumores de vida. Por la ventana entra una voz. Un perro
gruñe. Al lado de mi cuerpo hay otra vida, que se mueve, que se agita, que se
respiraΌ En uno de los ángulos del cuarto hay una tinaja con agua tranquila,
llena de sombra, frescaΌ Me levanto y bebo insaciablemente, humedeciéndome el
pecho, la barbilla y el cuello. Sobre la frescura del agua pura, del agua
fresca, del agua clara, nacen, como sobre un maravilloso espejismo, el recuerdo
y la vidaΌ
OJO FALTA ORIGINAL 108 Y 109
Arrepentimiento y asco. Los indios. Llega
Manuel. Encuentro
Que terribles han sido estos 3 días que he
pasado en mi rancho, solo, con la compañía única de mis recuerdos y mi
arrepentimiento. Salía únicamente a trabajar. Me traía Rosita la comida, porque
hace algún tiempo dejé de alimentarme donde Nica, por la mala calidad de los
alimentos. Y el resto del tiempo lo he pasado solo. Tendido sobre mi catre,
discutiendo conmigo mismo, arguyendo, procurando justificarme. Pero todo ha
sido en vano. Me encuentro culpable, y las mejores razones se me antojan
miserables disculpas. ¿Cómo pude hacer eso...? No lo sé. La borrachera, el
cansancio, la lujuria que aparece, furiosa, ávida, con sus ojos verdes que
buscan el sexo, el sexo maldito en los ángulos de los cuerpos. Después de los
excesos alcohólicos, se hace más intensa, más insaciable, más impaciente...
Talvez por eso... Pero, no... ¡Para eso hay indias, que no producen tanto asco!
Y sin embargo, son dulces sus besos... Fueron dulces y cálidos, perdidos en el
seno de la noche... Pero, otra vez, aparece la obsesión que me enloqueció
después de la salida de Puerto Colombia. Sí... Un hijo, mulato, de Enriqueta...
No, Señor, perdóname...! Yo no quise hacerlo... Me llamó ella... Ella me
brindaba el amor en su boca... Sobre sus senos ardía la fiebre de la caricia...
Y en sus muslos estaba el temblor del espasmo... Señor, perdóname... No me
castigues con ese terrible castigo... ¡Que no lo vea! ¡Que no lo sepa nunca...
Otra vez he sido fuerte! Anoche vino a buscarme y no quise abrirle. Mis nervios
vibraban, mis músculos se convulsionaban, mi carne pedía a gritos otra carne, y
no quise... Pude dominarme... A pesar de que su voz era afelpada y musgosa,
tierna y acariciadora, y caída sobre mi cuerpo como un baño de rosas, yo quité
de mi carne los gritos, estrangulé las convulsiones de mis músculos y destruí
las vibraciones de mis nervios... Sabía que estaba a pocos pasos de mis manos y
de mis labios... Su olor cálido y fuerte, llegaba a mi olfato, como una visita
del recuerdo... Del recuerdo de aquella noche que me hace sufrir tanto. ¡Y no
quise, señor, abrirle...! ¡Perdóname...! ¡Perdóname...! ¿Lloro? Sí... Lloro,
sin saber por qué... ¡Y mis lágrimas que se deslizan, tibias, por la mejilla,
llegan a mi boca, saladas, como los besos de Kuhmare!
Tuvimos que abrir una zanja de 300 metros para
que el agua del mar llegara a la salina, la licuara, y, de nuevo, empezara el
proceso de cristalización. Bajo e sol, redondo y ciego, trabajábamos con e agua
a las rodillas, entre un barro caliente. Tengo las manos rojas, llenas de
ampollas, y los brazos doloridos, como si me hubieran triturado los huesos.
Pasados esos tres días horribles, me atrevo a
salir y paso por la casa de Enriqueta, que me llama:
-Pero ¡qué te pasa... hombre... Ven acá...!
-¡Ahora vengo... Después... Voy allí, donde...
Luis!
-¿Y qué va a hacé allá? Mejó e que te venga a
está conmigo, que yo si te quiero de vetdá...
-Ahora, Queta, más tarde...
-¿Más tarde? ¿A qué hora?- y sus ojos brillan
en el rostro como dos carbones encendidos.
-Por la noche... ¿Quieres?
-Sí, encanto... Pero, vetdá que no me deja
eperando acotada yo solita...? ¿Vetdá que no...?
-No, vengo, seguramente...
Luisito no me ha dicho nada, ni ha variado
conmigo. En cambio, Rafael, el antioqueño, cada día tiene para mía la cara más
agria. Parece que no hubiera sido con Enriqueta, sino con Conchita, con quien
me hubiera acostado aquella noche. No pierde a ocasión de bromear a mi costa.
-Estos bogotanos sí que no sirven para el
trabajo duro. Parecen señoritas.
-¿Señoritas? -contestó- Señorita usted, que se
la pasa sentado, rascándose la barriga.
-Me la rasco porque es mía ¿Es en la suya?
-Rásquemela, a ver qué le pasa, gran pendejo?
-Sí -contesta Uribio-, rásquesela a ver qué es
la vaina. Utée lo antioqueño joden mucho y no hacen ná. Gritan y gritan, y
cuando llega la hora de peleá se quedan sentao... Porque no echamo uno puño,
allí afuera, y deja de jodé a,... poque lo ve má chiquito?... Camine...
Rafael no responde, pero en su cara cambia sus
colores el odio. Se aprieta las manos y abre la boca, anhelante. Está pálido.
-¿No le digo? -exclama. Uribito- Si son uno
maricone...
Nos acercamos a la playa, porque hemos visto
una vela en el horizonte, y debe ser el “Maza”, donde llegará Manuel.
¿Cómo he de hacer para que no se encuentre con
Pablo? Está allí, cerca, conversando con Nica. No sospecha que encontrará
dentro de pocos minutos al hombre a quien arrebató su amor, su mujer, lo más
bueno que tenía.
El bote llega saltando, con buen viento, las
velas iguales e hinchadas. Rompe las olas, que se desbordan de espuma. ¡Allá
está Manuel! El cayuco va por ellos y los trae a tierra. Aún no, han llegado,
cuando veo que la cara de Pablo se pone del color de la ceniza. Manuel ha
enrojecido, ha temblado, y, después, quedó inmóvil. Sus ojos estaban solamente
un poco más brillantes.
Salta a tierra, descalzo y sonriente. Nos
abrazamos y súbito, me pregunta:
-¿Qué hace aquí...?
-Está trabajando en el empaque...
-¡Ah...!
Vamos donde Nica. Manuel tiene ganas de que
vebamos un trago. Poco después, llegan el Cabo Rafael, Gabriel, Enriqueta y
Víctor.
Enriqueta se sienta a mi lado, y me echa el
brazo al cuello. Siento su calor, que me corre por el cuerpo como un fuego
húmedo. Y volvemos a beber. manuel refiere sucesos ocurridos en la pesca, como
una voz intranquila y turbada. Sus ojos no cesan de buscar a Pablo, que quién
sabe dónde se ha metido. Todos lo escuchan ávidos, menos yo, que estoy
únicamente intranquilo y temeroso. He visto en la faja de Manuel la empuñadura
de un revólver como el mío. Y recuerdo al indio. Y el ataque de que nos
hicieron víctimas los indios... No sé por qué, siento que en la noche hay
demasiado silencio, como cuando se hacen disparos. Entonces el aire es más
débil, y las balas rompen la atmósfera con sus cabecitas y vertiginosas de
metal.
Enriqueta se acerca cada vez más a mi cuerpo.
La siento tan pegada a mi carne, como el mismo calor. Pero no la digo nada. Que
haga lo que quiera. Sobre mi pierna ha puesto una mano, y, como ya está
borracha, la mueve, me acaricia. Vuelve a sonar la cumbia.
Rafael me mira y mira a Enriqueta. Se dirige a
Luisito y le dice:
-¡Usté si es bien pendejo! ¡Se dejó quitar la
mujer!
-¿A usté qué le importa? -responde el
negrito-, por primera vez en su vida iracundo.
Por un momento pasa la tormenta, porque ha
aparecido Pablo. Viene con la cara turbia. Los ojos inquietos y la boca seca.
Pero eso no durará más que un momento.
Hablan de los indios. El cabo, que es el que
más enterado está de esto, dice:
-Sí, los indios están divididos por castas.
Los arshainas, los urianas, los epieyúes, los ipuanas... Descienden, dicen
ellos, de la culebra cascabel, del turpial, del golero, del tigre...
Pendejadas. Y si uno mata a una culebra, la cobran los urianas, porque dicen
que puede ser que en ella esté el alma de algún pariente...
-Sí -reafirma Nica-, pa cobrá, no hay quién le
gane. ¡Vea qué vaina esa de cobrarle a uno porque nombra a un muerto. O porque
un indio se corta con un vidrio que uno haya tirado a la playa...!
-¿Y la sangre del pato no la cobran también?
-dice Enriqueta.
-Que si la cobran... !Claro! Si cobran tó.
-Y cuando una india se cada y está...
¿señorita? -pregunta Gabriel-.
-¿Señorita...? ¡Jaaaa! ¡Jaaaa...! -Contesta
Nica-. Si no hay señorita entre la india... ¿No ve que la devitga la partera?
-¿Sí? pregunto yo.
-¡Claro! Que pa que no sufran...
-¡Sufran...! -exclama Luisito, burlón-.
Ya hemos bebido mucho. Y Enriqueta quiere que
nos vayamos a acostar, pero no puedo, porque tengo que llevar a Manuel a mi
rancho y tender la hamaca.
Me voy a levantar, pero no puedo. Las piernas
están cansadas y se resisten a transportarme. Entonces, Rafael, vuelve a
burlarse.
-¡Anda! ¡Y sí que le hizo tiro...!
-¡Le haría tiro a su mamá...! ¡Hijueputa...!
-le contestó, airado.
Me abalanzo sobre él y veo brillar en su mano
un cuchilo sobre cuyo filo se quiebra la noche. Tomo mi revólver, y cuando voy
a disparar sobre él, siento que me sujetan el brazo y me lo levantan. El
disparo sale, pero, afortunadamente, al aire. Sin embargo, a mi lado ha salido
otro disparo de otro revólver. Gritos, confusión, caen las mesas y se apaga la
lámpara de petróleo. Más tiros... Yo me he tendido sobre el suelo y vigilo,
para que no se me acerque nadie... Pueden apuñalarme. Alguien se queja. Grito:
-¿Dónde está la lámpara?
-Por ahí está -contesta una voz- ¡Enciéndala!
Mire que hay un herido...
Me arrastro sobre la arena caliente, que se
mueve bajo el peso de mi cuerpo. Después de algunos momentos, encuentro la
lámpara. No tengo fósforos. Los he perdido.
-¿Quién tiene fósforos?
-Yo- contesta una voz, y se me acerca Nica, a
quien no puedo casi reconocer entre la oscuridad.
-¡Préstelos!
Enciendo, y, cuando brota la luz, que abre un
amplio hueco en las tinieblas, veo un cuerpo tendido a dos metros de mí. ¡Es
Pablo! Con los brazos extendidos, la cara llena de luz, los ojos abiertos,
cubiertos de estrellas, y en la boca toda la oscuridad de la muerte. Tiene un
balazo en el pecho ¿Quién sería? ¿Manuel...? Yo...? Yo...? No, no he sido yo...
No puede ser... Sería alguno de los otros...
-¡Cabo! ¡Venga, que aquí hay un muerto! -grita
Gabriel- que se ha acercado.
-¿Qué fue? Llega diciendo, afanado, el cabo.
Todos callamos, y bajamos los ojos hacia el
cadáver.
Manuel se acerca, sereno, sin que en sus ojos
haya nada extraño.
-¡Pobrecito...! -dice Enriqueta- Todo po el
antioqueño der carajo...! ¡Eso sí...! apena oyó lo tiro, se largó...
Su voz rompe el silencio extraño, que se había
formado sobre el cadáver, como una aureola. La miramos sorprendidos, y calla.
Ha muerto un hombre, una vida se ha detenido. Un pequeño universo, que giró al
rededor de muchos otros. Un pequeño universo, que giró al rededor de muchos
otros, y a cuyo rededor se movieron otros, se ha acabado. Y todo está lo mismo.
Siguen brillando las estrellas, la oscuridad es tan densa como antes. El mar
sigue lamiendo la tierra, con sus besos silenciosos y extensos. Nosotros, respiramos
y vivimos. El, está muerto.
Lo llevamos a la casa de Nica y lo ponemos
sobre una mesa, con una sábana por encima. El cabo aparece preocupado. Pero su
preocupación es infundada. ¿Quién lo mataría? ¿Manuel? ¿Yo? ¿El Cabo? No, el
cabo no tiene revólver ... ¿Gabriel...? ¿Luisito? Enriqueta sigue a mi lado,
más ceñida, como si temiera que yo fuera a morir...
En mi cerebro sigue la sospecha, la sospecha
de que fue Manuel... Pero ¿Cómo? ¿Ese sería el tiro que oí cuando se apagó la
luz? ¿Con esa luz se apagó la vida de Pablo. ¿Los quejidos, serían suyos?
De la mesa caen gotas de sangre, sucesivas,
monótonas, como el péndulo de un reloj. Se forma un arroyito escaso y negro,
que no alcanza a correr mucho porque la arena absorbe la sangre. Frente a mí,
la muerte; dentro de mí, el temor, la duda, que me muerde con sus tenazas de
acero. A mi lado, la carne, el amor, el beso, la promesa. Y afuera, la noche,
la naturaleza tranquila, vagabunda, que juega con el viento. E mar, que es
tranquilo como la muerte y terrible como el amor. ¡Y todo eso dejó de verlo
Pablo! Dejó de verlo para siempre, y ahora sus ojos son dos inmensas manchas
negras que copian lo desconocido, que es también negro, negro, negro... Como mi
alma, como mi recuerdo, y como él; también como el ánima de nuestros
revólveres. El de Manuel y el mío, entre los cuales se levanta una
interrogación siniestra que sale, como una serpiente, de sus bocas.
14
Cerca del cadáver -El entierro- El abominable
Tomasito
Toda la noche la hemos pasado al lado del
cadáver, cuyo rostro, cubierto por la sábana, adivino. Cesó de caer la sangre.
La que ya estaba en el suelo, se hizo negra, con el transcurso de las horas ,
que se deslizaban lentas, cargadas de sueño; que se detenían sobre nuestros
rostros, inclinados hacia el suelo. Conversábamos paso, o guardábamos silencio,
que incubaba los ruidos y os hacía desmesurados. Se oía la respiración de la
noche, que, como una gran fragua caliente, nos enviaba bocanadas de ardor. Unas
moscas verdes volaron largo rato sobre el cadáver. Se detenían en el lugar
donde debía encontrarse el rostro, buscaban la manera de penetrar hasta la
piel, volaban de nuevo, y nuestros ojos, sin nada que mirar, que no fuera
nuestro interior, se iban detrás de su vuelo. El viento había caído, temprano,
y aumentaba el calor. Sudábamos, y parecía que en todas las caras hubiera
lágrimas. Conchita, Rosita, Enriqueta, rezaban. En voz baja, que hacía más
profunda la oración, decían el avemaría y el padrenuestro. Repetían las
plegarias, volvían a comenzar, y tornaban el principio, como si anduvieran
sobre la línea de un círculo. Salíamos a beber, afuera. La noche era oscura,
aún al amanecer. Nubes profundas, de carbón, se cernían sobre el mar. Nica,
aseguraba que llovería. El cabo continuaba preocupado y serio. Otra vez, se
mordía los labios. Manuel no ha había aparecido por ninguna parte. Tomó su
hamaca, y le día la llave de mi rancho para que se acostara allá. Esa manera de
proceder parecía una fuga... Pero yo no podía asegurar que él hubiera sido el
homicida... Y ninguno de nosotros podía decir nada. La mayor parte de nosotros
había hecho disparos... ¿A quién culpar? Don Pachito, en silencio, mordíase las
uñas, preocupado a su vez. Fumábamos distraídamente, sin ver el humo, que se
perdía entre la oscuridad, y sin vernos las caras, que devoraban las tinieblas.
Apenas, punteaban a noche las brasas de nuestros cigarrillos. Las últimas
estrellas comenzaron a languidecer. Debilitábanse sus rayos, tornábanse
azulencos, fríos, con un frío que alcanzaba a aliviar nuestro calor. Y, por
fin, desaparecían, sin que se supiera si era entre la oscuridad o entre la luz
de la mañana, que ya asomaba su cabeza rubia. El mar apenas murmuraba, calmado
y abrumado por la fatiga del día. Sus aguas estaban grises, del color que
tienen los negros cuando están pálidos... Cuando están muertos, o están muy
cerca de la muerte. ¡Pablo! Nunca más volvería a ver su cuerpo, que la fuerza
henchía. Sus ojos, generosos y buenos, iban ahora hacia el polvo; se
desintegrarían todos sus músculos, se podriría bajo las raíces de un nopal
antiguo, que seguramente lo vio pasar muchas veces, con su vida encima,
cabalgando sobre los hombres cuadrados. La tierra iba a tenderse sobre él, para
toda la eternidad, como un gran fío, inmóvil y pesado. Su cuerpo iba a ser
devorado por los gusanos, por los terribles gusanos que salen de los huevos que
ya depositaron las moscas. Gusanos que devoran el cuerpo y a su vez, se devoran
unos a otros en una horrible carnicería. Cuando solamente queden sus huesos,
sus huesos fuertes y blancos, los ruidos de la tierra vibrarán, sordos,
subterráneos, en ellos. Oirá cómo trabaja el mundo de los insectos, con sus
oídos sordos, sordos como la piedra que estará vecina a su cabeza. Sentirá cómo
fluyen cerca de su carne, desfigurada y hecha polvo, las vetas de agua
cristalina, profunda, como largas venas de un animal tranquilo. Y la cal de sus
huesos, el hierro de su sangre, el fósforo, alimentarán una planta débil que
germinará trabajosamente, como él en su vida fetal e intrauterina, y, cuando
salga a la luz, bajo el sol atediado, atediado como el mundo, la savia verde
tendrá el mismo ritmo que tenía el corazón de Pablo.
El sol, que aún no ha salido, divide el cielo
gris en largas fajas color de naranja. Sobre la tierra comienzan a nacer,
visibles, los minutos. La realidad vuelve a apoderarse del mundo que sale de
las tinieblas, como salió antaño del caos, reluciente y fecundo. Los alcatraces
madrugadores vuelan en ángulo cerca de la costa. Tienen el mismo color de la
mañana débil, que promete un día triste. El sol sale pálido, trasnochado como
nosotros. Fatigado por la vista de otros lugares donde hay demasiadas luces, excesiva
civilización. Aturdido por el ruido de los automóviles, de los gritos de los
niños recién nacidos que buscan el seno materno. Nubes blancas aparecen en el
horizonte. Bajas, parecen lejanos navíos. La tranquilidad y la calma caen del
cielo como una tibia lluvia. Las largartijas salen de sus cuevas a recibir
sobre su piel color de mar la caricia del día. Un tuqueque, en una pared, clava
sus ojos de acero sobre una mosca. Está inmóvil todo su cuerpo, salvo la cola
que se mueve, rítimica e inquieta. La mosca parece fascinada ante el brillo de
los dos ojos redondos, como cabecitas de alfiler. Se acerca a su víctima. Da un
salto y la atrapa; moviendo más fuerte a cola, se dirige a su huequito, con los
ojos relucientes. Ha comenzado la vida asesina. La vida que necesita matar para
vivir. Pero ¿Manuel, necesitaba acaso matar a Pablo? No. Era innecesario.
Talvez no sería él quien le dio muerte... ¿Yo, acaso? ¿Yo...? No ¡yo no fuí...!
o sentiría, y estoy tranquilo. Me mordería la conciencia un oscuro dolor. Pero
no siento nada en mi conciencia. La tengo sana, fresca, limpia, como la piel
interior de un flanco femenino. En cambio ¡cómo me duele la cabeza! ¡Parece que
se me hinchara! ¿La conciencia no está acaso en... la... cabeza?
La muerte de Pablo, sin embargo, me ha sido
útil. Me libró de la mala noche que hubiera pasado al lado de Enriqueta. ¿Mala
noche? Sí, necesitaba, dormir, y no hubiera podido. Aunque tampoco he dormido,
me siento bien. Y, además, lo he hecho por mi voluntad. Esta noche, pasaba ya
la pesadilla, me iré a dormir en mi catre, solo, solo, sin nadie que me moleste
ni que me acaricie. Dormiré mucho y soñaré con Pablo y con el indio. Acaso
también sueñe con Kuhmare. Y después, recomenzará la vida interrumpida por la
caída de un hombre. Entonces, todo se detiene un momento a mirar. El viento se
aquieta y limpia sus alas elásticas, posado en el tibio zinc que cubre una
casa, en las ramas de un árbol, o en la motita de humo de una pipa. La
oscuridad se llena de pupilas, pequeñas y circulares, y la luz se hace más
clara y ávida, para poder verlo todo. Es como si la vida se mirara a sí misma
de reojo, y echara de nuevo a andar, llevándose únicamente el último aire que
había en la garganta de su víctima, aire que iba a hacer más veloz el soplo del
viento, que, otra vez se echaba a volar. Todo eso duraba apenas un momento, era
imperceptible. Y la vida reemprendía su interrumpido camino. Reanudaba sus
trabajos: construía hombres en los lechos mullidos y tibios de los ricos y en
los lechos fríos y duros de los miserables, para destruirlos después en el
prostíbulo, en el accidente, en la fábrica, en el amor y en la venganza. Pero
la vida no supo, ni lo supieron los hombres, que al caer ese cuerpo muerto
aplastó a millones de insectos de cuya existencia todo se ignora y cuya muerte
es desconocida, pero que, quizás, como nosotros, tienen su sociedad, sus leyes
y su Dios...
Lo envolvimos bien en otra sábana limpia, y lo
llevamos Nica, Gabriel, el cabo y yo. Pensaba mucho. Adelante, iba Luisito, con
un pico, y detrás, Tomasito y Uribito con palas. Nos detuvimos a 200 metros del
almacén y 300 de donde murió, para cavar a fosa. Ancha quedó, espaciosa,
excesiva; parecía que esperara 2 cuerpos... Lo arrojamos dentro y lo cubrimos
con tierra fresca, arenosa, salada... A falta de cruz, pusimos sobre su tumba
unas piedras, que nos permitirían reconocerla y recordarlo cuando pasáramos. Un
cardón, alto y florecido, la cubría con su interrumpida sombra de abanico.
Comí y pedí permiso para no trabajar en la
tarde. Necesitaba dormir y me encaminé, fatigado, al rancho. Estaba lleno de
soledad, que, al abrir dulcemente la puerta, se precipitó a mi encuentro. Un
pedazo de papel daba vueltas por el rancho. Algo brillaba cerca de mi catre,
entre muchos cabos de cigarrillos. ¿Qué era? Un cartucho de revólver vacío,
calibre 38. ¡El mí era 32! Entonces... ¿Había sido Manuel...? Yo no había sido,
porque no había fumado cigarrillos hacía mucho, en mi cuarto. Me dolía la mano,
hinchada, llena de los puntitos negros de las espinas, y la vainilla brillaba
entre la arena, donde la había arrojado de nuevo. El papel se detuvo frente a
mí. Era un recorte de periódico con un anuncio de las “Pillules Orientales”.
Una mujer robusta, con senos bovinos, lo ilustraba. ¿Habría sido Manuel...? Sí.
No se podía dudar. Cuando llegó, después de tender su hamaca, partió el
revólver, y saltaron 4 cartuchos intactos y una vainilla. La reemplazó y lo
puso en su funda. A pesar del sueño y de la intranquilidad, estoy alegre, pero
la mano me duele mucho. Tendré que hacerme extraer esas espinas. Sérá mañana.
A las 11 de la noche desperté, bañado en
sudor. La franela se pegaba a mi cuerpo, húmeda. Me enjuagué el rostro y salí a
pasear por la playa. A lo lejos se veía brillar la pila de sal. Parecía una
montaña de diamante, como las que aparecen en los cuentos. El viento era fuerte
y oscuro. No había luces en ninguna parte. La sombre de los ranchos se
proyectaba sobre la tierra, larga y desfigurada. Di una vuelta por el edificio.
Todo estaba tranquilo. Olía a sueño. La tierra viajaba por el espacio, muda e
inmóvil. Sobre el blanco bloque de la pila de sal, una sombra negra se movía
rítmicamente. Quise ver qué era aquello y me acerqué. Del lado donde está el
mar, viene una luz verde. ¿Ah? ¡Es Tomasito! Lo veo, de espaldas a mí, largo,
con su cabeza negra echada un poco hacia atrás, como si mirara muy lejos. Tiene
las piernas ligeramente abiertas, y una mano cuelga, lacia, a lo largo del
cuerpo. Es tan largo ese brazo entre la noche, que parece que tocada el suelo.
¿Y qué es lo que se mueve? ¡Ah! Es la otra mano, la mano derecha, que hace
movimientos fuertes y rítmicos, como si estuviera tirando un cable, o
destapando, con una baqueta, un fusil. No me explico qué hace. Pero los
movimientos de la mano se hacen más rápidos, más fuertes, casi no puedo verlos.
Y, de pronto, se queda quieto, una convulsión corre por su cuerpo; la mano cae,
tan larga como la otra, y temblorosa, al otro lado del cuerpo. Su cabeza se
inclina, y oigo un aullido pequeño, ronco... Una estrella fugaz, rasga el
cristal azul del cielo y la noche se hace más blanca. En este momento ¿Cuántos
hombres han muerto...?
15
El viaje de Don Pachito. Tucuracas y el Cardón
Algunos días pasaron, después de la visión de
Tomasito, sin que en Manaure nadie se diera cuenta corriente. Los miércoles y
los lunes, los jueves y los domingos, pasaron iguales, sin que se notara nada
que los hiciera distintos. La vida se arrastraba sobre la península árida,
trabajosamente. Venían ahora menos indias y algunos guardas se habían ido para
otros lugares. A Víctor lo mandaron para Bahía Honda, y después supe que allá
tenía a su mujer, que había venido desde Cúcuta, Gabriel también había sido enviado
a ese mismo lugar. Rafael estaba, con su mujer, en Riohacha. Parece que al
Celador no le disgustaba del todo Conchita. Y nosotros, los que quedábamos,
seguíamos nuestra vida saltando sobre las horas, y soportando el golpeteo de
los minutos, que se hacían más largos por falta de relojes. Comía donde don
Pachito y hablaba extensamente con él. Le llegaban periódicos de Barranquilla y
los leíamos, sin que nunca escuchara de mis labios ningún comentario. Prefería
oírlo y observarlo. Sus ojos se exaltaban, como los de los peces, a la vista
del cebo. Y el cebo era para é la política. Conocía a todas las principales
familias bogotanas, que en sus labios se disolvían con historias trágicas,
procaces y grotescas. Su mujer, con la visión del mundo tergiversada por la
desviación de los ojos, nos escuchaba en silencio. Era profundamente aburrida,
cuando no se le veían los senos. Y don Pachito lo sabía... Por eso, tan pronto
como yo salía de la casa, probablemente para no aburrirse, hacía cerrar la
puerta...
De Enriqueta me libró una afortunada
coincidencia. Es lo único que puede librar a los hombres de las mujeres. La
casualidad. Los sistemas se derrumbaban, y sólo el destino implacable y terco,
puede vencer la obstinación femenina. Pero, no sabía yo, entonces, que en un
hombre siempre ha de existir la preocupación por una mujer. No soñaba que al
librarme de Enriqueta iba a caer en manos de otra, ya que nunca caí en sus
brazos.
Desde la noche del ataque de los indios.
Luisito no había cambiado. Pero en su interior trabajaban los ácidos del dolor,
que destruían lentamente su aparente tranquilidad. Todas las mañanas iba donde
Enriqueta a que me extrajera las espinas con una aguja y me vendara la mano,
que untaba con grasa de cordero. Uno de esos días, me levanté más temprano que
de costumbre y entré en su casa, sin llamar, como siempre. El catre estaba en
un rincón, y, cubiertos por la sábana, pude ver 2 cuerpos. Sobre la almohada, 2
cabezas negras. Una boca roja y grande y unos ojillos vivarachos. No tuve
tiempo más que de decir, irónicamente:
-¡Perdón...!- y salí. La puerta se cerró sobre
ellos, y en mi acabó de cerrarse otra puerta, que ya casi lo estaba. Desde
entonces, fuimos tan amigos como siempre, pero yo procuré no tener nunca
ninguna explicación con Enriqueta. Era innecesario y peligroso.
Por aquella época no había trabajo de ninguna
clase. La salina estaba licuada, y parecía un lago verde oscuro, rizado siempre
por el viento. Los días transcurrían en la más total inacción. No jugábamos, no
bebíamos -únicamente persistía Fermín- y Manaure crecía en blancura. Tomasito,
Uribito y los otros trabajadores, se habían ido. La “Hollandia” vino y se llevó
4.000 sacos de sal. Cuando estuvo, el puerto era más verdaderamente puerto. Con
los marineros rubios y negros, ceñidos por las fajas rojas y azules, que les
hacían ver, a distancia, divididos en la región del vientre, por un espacio
azul o un espacio rojo. En sus bocas siempre había una blasfemia y un pedazo de
tabaco o de manilla.
En la “Hollandia” se fue don Pachito para
Riohacha. Su ausencia duraría 5 días. Yo continué yendo a comer solo, con
Rosita, que me servía callada, con sus ojos muy bizcos y su boca muy clara.
Nunca se me ocurría ninguna conversación mientras estaba con ella, pero
permanecía largo rato mirándola en silencio. Pero no miraba sino una parte de
su cuerpo... Ella, cuando se daba cuenta corriente, se ruborizaba hasta los
pies. Un día, cuando acababa de almorzar y me servia el café, no pude
contenerme, y, sin que yo pudiera evitarlo, mi mano se dirigió hacia uno de sus
senos -¡tan erectos como la pila de sal!- Se me llenó la mano de carne dura y
de calor moderado. Ella, cerró los ojos, y por su cara pasó una mancha de
impudicia. El viento azotó sus enaguas de zaraza... Media hora después,
estábamos muy pálidos y su desviación ocular era más notoria a mis ojos
normales.
Fermín apareció en la puerta y borracho,
malicioso, dijo, con su voz que parecía un gruñido:
-Cresta flor arrebatada ¿que pasa por tu vida?
No supe nunca el significado, de aquellas
palabras que pronunciaba siempre cuando no tenía nada qué decir. Pero en sus
ojos se notaba que nos había espiado.
Al día siguiente llegaron el celador y don
Pachito.
No supe si Fermín le dijo algo al último, pero
al día siguiente, cuando fui a desayunar, me dijo Rosita, turbada, que sentía
mucho pero que las indias no habían traído leche. Por tanto, no había desayuno.
En un rincón se alcanzaban a ver unas botellas con un líquido blanco. Sería
alguna medicina...
Bebí una taza de kojoso donde Nica y fui a la
oficina, porque el Celador me había mandado llamar.
Estaba solo. Parecía más gordo, más bajo y más
rojas su cara.
-Lo mandé llamar- dijo, porque se tiene que ir
para Bahíahonda. Allá necesitan ahora más guardas porque la explotación
comenzará pronto. Arregle sus chécheres y esté listo, porque “La Linda” pasará
por aquí mañana.
Sentía irme de Manaure por muchas cosas que en
ese momento se agolparon en mi imaginación. Kuhmare, Pablo, Rosita... Además,
ya tenía amigos en ese lugar, donde había pasado cerca de un año sin sentirlo,
y me desagradaba emprender la conquista tan difícil de otras simpatías.
-Está muy bien- dije, y me retiré.
Fui al rancho y en la maleta estropeada guardé
mis vestidos, que colgaban, de unos clavos. Envolvía el chinchorro y el cuarto
quedó desierto, como si nunca hubiera estado nadie allí. De todos me despedí.
De Enriqueta, cuyos ojos se oscurecieron, y de Luisito, que tuvo para mi su
mejor sonrisa. Don Pachito, tan amable como siempre, me deseó muchos éxitos. Y
Rosita volvió a cerrar los ojos, como cuando el viento azotó su enagua... Le
rogué a Nica que si veía a Kuhmare le dijera que yo estaba en Bahíahonda, y me
fui a las 5 de la mañana, con un mar suave y un cielo tierno.
“La Linda” era un velero maravilloso. Saltaba
por sobre las olas como una gaviota, y sus velas, desde la mayor hasta la
escandalosa, cantaban con el viento. Era pequeñita y hacia el servicio de
correos entre os puertos de la península. Navegábamos con buen viento de popa,
cerca de la costa, y llegamos temprano a Tucuracas. Solamente un negro bajó a
tierra a llevar la correspondencia para el patrón Luis Cotes. El primero que
llevó automóviles a la Guajira. Ese día, las yguarayas debieron enrojecer como
nunca, al sentirse marcadas con el olor urbano de la golosina. Los cilindros
gritones aullaban su “good morning” neoyorquino, ante la estupefacción
sonriente de los indios. Y al acelerar, el patrón Luis hacía que las bocas
rojas tornáranse pálidas, las narices temblorosas, como la hélice del motor. Y
los ojos oscuros se abrían y se dilataban en la negrura infinita del asombro,
mientras la lengua y el paladar se acidulaban con el sabor de lo misterioso. La
ensenada de Tucuracas es verde, profundamente verde, con verdura de puerto
tropical. Por eso, muy pronto se perdía de vista, confundida, disuelta en el
agua del mar.
En la tarde, cerca de las 6, pasamos por el
Cardón. Estaban pescando... Allá debía estar Manuel... El mar estaba en el
horizonte, decorado por las telas trapezoidales y los foques triangulares de
las velas de 48 balandras y 25 cayucos. Todo ese sector de la costa estaba
lleno de luces. Luces de los ventoros, pálidas y distantes. Luces rojas de los
fanales, luces verdes de señales. De la tierra llegaba un rumor confuso de
voces, cantos, gritos y disparos. La lona de las velas murmuraba; daban golpes,
que sonaban como coletazos, los foques. Y en las jarcias embreadas se
aprisionaba la noche. Todo lo que conservo en el recuerdo, de El Cardón, es una
mezcla imprecisa de colores, de gritos y de rostros. En las arenas habían
florecido tiendas, sonoras como las olas, con el viento del mar. Y tabucos
improvisados, que parecían muy antiguos, tan pronto se acomodada en ellos la
vida. Marineros margariteños, con la faja atravesada por un cuchillo y el andar
vacilante, como si estuvieran a bordo. Con los rostros señalados por cicatrices
profundas y largas de color de coral. Rameras de Santa Marta, de Maracaibo, de
Riohacha. Comerciantes turcos, franceses, colombianos. Mescolanza de razas y de
tipos. Buzos indígenas, con collares de oro, y pañuelos de seda en la cabeza.
Indias pedigueñas y busconas, mendigos haraposos, chiquillos impertinentes...
Abrían las conchas bajo la vigilancia de los guardas y de los propietarios, y,
si encontraban el prodigio de nácar, gritaban como poseídos:
-¡Perlaaaa...! ¡Perlaaa...! -y sonaban
disparos por todas partes.
Echaban las conchas dentro de fondos colocados
sobre hogueras, para buscar dentro de la carne las perlas pequeñas.
No encontré a Manuel en ninguna parte. En el
puerto había muy pocos cayucos. Y los pescadores regresarían en la madrugada.
En un rincón, mi margariteño poseía a una negra, que no podía verse casi,
oculta por la espalda ancha del hombre. Por las vecindades del improvisado
pueblo, que desaparecería, como nació, en la luz de 3 horas y en la sombra de
media, se perdían los gritos de las parejas. Parejas inusitadas: negros con
indios: crisol de fuego donde se funde la raza universal de América, con todas
las sangres revueltas.
Los ranchos tenían en sus tablas y en su
yotojoro, la remota musicalidad de los caracoles, que guardaban el rumor de las
olas; de los caracoles perdidos en los fondos claros y turbios, accesibles
únicamente a la titubeante pupila del buzo.
Embarcaremos de nuevo, sin que hubiera podido
ver a Manuel. Las rameras estaban todas vestidas de colorines, con las lanitas
apretadas -si eran negras- como granos de pimienta, llenas de lacitos de cinta
roja. ¡Ahora si hacían su agosto! La época de pesca marca un ascenso inmenso de
la natalidad y de las enfermedades veneras en aquellas regiones. La lujuria
queda registrada en el termómetro de la estadística. Nunca la estadística, sin
embargo, se ha ocupado de saber qué cantidad inútil de semen se vierte diariamente
en el mundo dentro de las rojas vaginas estériles y devoradoras.
Pasamos por entre los balandros negros y
blancos, con las velas flojas o tensas, según fueran de escafandras o de
rastra. Decoraban el mar, a la manera de Picasso, con sus velas llenas de
ángulos. Y las aguas estaban violadas por las civilizadas inmersiones de los
buzos monstruosos y las desnudeces -salvajamente bronceadas- de los indígenas,
con sus cuchillos, brillantes de yugulares cortadas, y el pecho inmenso de
respiraciones largas.
Los inmovilizaba el peso de las planchas de
acero y los zapatos de plomo. El tuvo de vida era grueso y llevaban en la mano
las jabas. Descendían lentamente, y dejando una estela vertical de redondas
burbujas. Los peces pasan a su lado y retroceden, atemorizados. Tienen temor
del terrible ojo único, con una cruz en el centro, para que, si acaso se quedan
en lo profundo, haya algo que señale en metal duro, de heteropsidos brillos,
porque las aguas habrán borrado todo reflejo terrestre. Hay pargos rosados cuando
llegan al fondo. E fondo, donde el corazón se precipita por la esala de las más
altas palpitaciones. Allí todo es igualmente móvil. Los peces rojos, negros y
verdes, los ojos azules y los ojos de agua. Las madréporas, las medusas
eléctricas, que van navegando con todos los colores del sol submarino. Y las
plantas, danzando siempre la danza de las mareas, bajo el peso de espantosas
presiones atmosféricas. Allá ve el buzo el suelo rocalloso, de arena,
constelado, como un cielo invertido, de las estrellas marinas, de plata,
granulosas, con la boca en el centro. Mueven sus puntas como brazos y se
arrastran... Y los caballos de mar, que pasan, verdes y veloces. Y los peces
espadas que llevan al corazón precipitado el temor de que corten el tubo de
vida, como muchas veces lo han hecho. La flora submarina que posee todos los
colores y muchos más que nadie puede revelar si no los ha visto. Son el rojo y
el violeta mezclados, confundidos en las profundidades del verde del agua;
verde que no dura, sino se esfuma a cada minuto, con las refracciones de los
rayos solares, o de las estrellas, o de la luna. Y las cavernas submarinas se
pueblan de colores, de múrices, de ónices, de convalescencias de color naranja,
de esfumados brillos de oro y de plata vieja.... Allá está toda la fiesta del
color, en sus matices más sutiles y diversos. Entre el rojo y el azul, vagan
los tonos intermedios, desde el bermejo hasta el resoa débil de la piel, y
desde el azul negro hasta el tierno de los cielos distantes. En el verde profundo
de las cavernas se oscurece la luz, como en el verde luminoso y brillante de
los eucaliptos y de los pinos. Franjas de color violeta marcan el paso de las
nubes. El aire llega, empapado de vida, por el tubo de caucho y alambre de
acero. La vida está arriba, en la luz, y en el mar, bajo el cielo, donde
brillan oscuras melagrinas y pintadinas blancas. Allá están las mujeres y los
barcos que llevan a la muerte, en el beso y en el naufragio. Pero aquí está la
belleza total, las formas de vida orgánica más extraña y confusa, más
desconocida y más arbitraria. Aquí todo es la vida enfrente de la muerte. No
hay un espacio de milímetros entre los dos poderes conflagrantes siempre: el
que respira, cambia sus células, se renueva , se multiplica, y el que se
desintegra y se pudre. La manta inmensa puede arrollar el tubo, romperlo y
dejar al buzo, con su ojo terrible abierto a la luz verde y roja y violeta y
azul. A la luz multicolor de la muerte, que guarda en uno solo y funde en una
sola mancha los colores. Los tiburones miopes pasan por el lado del buzo, con
su boca angular y sus cónicos dientes donde brilla el peligro. Allá va un
pargo, seguido por otro pez, grande, desconocido. Navega, vuela en ese aire
líquido, nada, salta, y cae, por fin, entre a boca llena de hambre. Pasan los
meros, en inmensas bandadas; peces solitarios y lentos mueven sus aletas
fatigadas y abren sus branquias. De las amplias cavernas salen las langostas
con su traje de fiesta, brillante, de acero. Los cangrejos marchan con sus
tenazas que reciben mensajes distantes, como antenas que todo lo captaran. Y el
buzo toma entre sus manos la inquietud de una concha, de 10 conchas, durante
largas horas, que le son minutos efímeros. Y sale, con un hilo de sangre en
cada oído y en cada nariz, como si su cuerpo llorara la savia más grata y
avara, por la tristeza del mundo submarino perdido. ahora podrá ver a su negra
y a su india o su blanca, que le parecerá sosa, tonta, con los ojos opacos y
los labios ajenos. Pero, a pesar de eso, le echará a la espalda un metro y
tantos centímetros de arena -eso depende- y los cabellos sobre el rostro, bajo
la sonrisa de la noche terrestre.
Nos alejamos. Allá, lejos, entre las luces ya
invisibles, los automóviles y los camiones duermen su indigestión de gasolina y
de grasa. Tucuracas dormía. Los 25 cayucos, las 48 balandras, velaban sobre la
diafanidad balanceante del agua, con los ojos despiertos y ambiciosos de sus
233 tripulantes.
Amanece. Las olas empujan una luna fina,
curvada. En el fondo del mar, hay un asalto a los tesoros escondidos. En la
tierra, en El Cardón, los hombres esperan ansiosos la llegada de las balandras
y los cayucos que les llevarán las perlas. Las perlas que iluminarán cuellos y
espaldas y brazos distantes con las extrañas luces submarinas.
Adiós. El Cardón, donde conocí el mar profundo
y amplio. Donde todos los colores llegaron a mis ojos y la vida me pareció
llena de polvo. ¡Cómo es de terrenal la vida! Adios, puerto verde, con alegre
verdura tropical. Con tu ensenada redonda, que turban solamente los silenciosos
murmullos de las velas, y con tus casuchas vocingleras y tus tiendas turgidas,
como senos de mulata. ¡Adiós, con tus mujeres y tus perlas, que llevo en el
recuerdo!
Sobre la redonda perla de mi alma, nace el
oriente azul de la mañana, que dibuja en el fondo el negro bloque del Cabo de
la Vela.
16
El Cabo de la Vela. Presentación sentimental y
poliédrica de la terrosa, azul, ventosa Bahíahonda
Aparece a proa, con el sol, el Cabo de la
Vela. Solitario desierto, cubierto por las nubes y por el cielo. Está saliendo
de la costa. Faro sin luces, negro, donde llegan las naves a orientar sus
rumbos: las naves que llevan a las ciudades de las luces y de la voluptuosidad.
A París, a Berlín, a Londres y a Génova. Allí van todas, al Cabo de la Vela, el
Cabo maravilloso que viera Juan de Castellanos y donde escribió sus cartas y
sus versos. Juan de Castellanos, el de Alanís, monje y guerrero. Escritor, poeta
y aventurero. El que vio Ojeda y miraron los ojos descubridores de nuestro
padre Colón. Cabo lleno de vuelos, de rumores, de olas y de aves. Avanzada de
la tierra sobre el Mar, vigia eterno que estás entre la espuma blanca y las
olas azules, verdeazules, con tu perfil de siglos. Saliste de las ondas,
terroso, fuerte, de rocas, para airearte con los vientos alisios perfumados.
Cabo sonoro, solitario Cabo, rítmico Cabo de la Vela, que estás crucificado en
la cruz de aire que señalan los puntos cardinales, con la mirada de toda tu
mole eternamente fija en las estrellas. Miras pasar los trasatlánticos,
cargados de mujeres y de músicas; las balandras que van a la zaga de la
aventura, los cayucos negros de los indios humildes que llevan toda la vida
entre una vela; las goletas contrabandistas que discurren calladas y ebrias,
como sus marineros en las noches lúbricas de los puertos. ¡Pastor de los
rebaños de olas verdes! Contra las duras piedras de tus flancos se suicidan los
alcatraces, y cuando pasa un barco se elevan bandadas de gaviotas que se posan
sobre las cofas con las patitas rojas inútiles y tardas. Parece que quisieran
defenderte con sus gritos, y llevarte en el ímpetu del vuelo. ¡Vigilante de los
horizontes! ¡Pastor de olas y de vientos! ¡Refugio de las espumas y de las
aves! ¡Guía de los marineros! ¡Atalaya para acechar las tempestades! ¡Cabo
sonoro! ¡Solitario Cabo! ¡Rítmico Cabo de la Vela!
Mi alma, como un imán, atrapa toda la tristeza
de la tierra. La tierra que no veo ahora y que está lejos inmóvil y quieta. Por
mi memoria pasan todos los rostros que he conocido en la Guajira: Anashka,
Pablo, Augusto, Ingua, Nica, Kuhmare, Tomasito -recuerdo abominable de su mano
agitándose entre la noche- Enriqueta, Rosita, el Cabo, don Pachito, Gabriel,
Conchita, Rafael y Víctor... Manuel... Hace tiempo, mucho tiempo que no lo veo.
Si llegara a encontrarlo, mi mirada tendría el color de cobre que tenía la
vainilla que encontré en mi rancho de Manaure... El comprendería, al verme, que
yo lo sabía todo. No podría negarlo... Matar a un hombre por una mujer...!
¡Matarlo por lo que es tan repetido, tan diferente, tan exacto y tan fácil.
Anular una vida difícil por conservar una boca siempre pronta...! ¡Ah sí! El
amor es una pendiente en cuyo fin está el crimen. Siempre está empapado con
sangre. Como el otro instinto, el de la reproducción, el de la nutrición,
cuesta la vida. Hay hombres que mueren o matan todos los días por pan o por
mujer. Es lo mismo. La mujer es un pan para todas las bocas. La mujer,
eternamente desconocida y nunca totalmente descubierta. La mujer, siempre en
camino hacia el misterio y de vuelta de la verdad. ¡Manuel, asesino por una
mujer! El crimen estará ahora, eternamente, aplastado tu memoria frágil, como
una losa de plomo. Caerá sobre ti todo el recuerdo, de esa noche, y en tus
oídos sonará siempre el rumor de la bala que iba en busca de la carne frágil.
De la vida, que se reunió en un solo lugar para que la encontrara más pronto la
muerte! ¡Manaure será el último paisaje que miren tus ojos a distancia! Y
cuando veas a Anashka, cuando la beses, sobre sus ojos que no copiarán el
cielo, ni el paisaje calmado de los tuyos; sobre su boca, riente y húmeda,
crecerá la figura de Pablo. La carne de tu hembra, morena y reluciente, tendrá
el turbio color del rostro de Pablo. En su risa se filtrará la voz del hombre
asesinado, y al tocar sus muslos o sus senos, estarán fríos, de piedra y de
hielo, como los huesos de Pablo bajo la tierra...!
¡Dónde estás, Kuhmare, la del nombre sonoro
como un vaso sagrado! ¿Dónde estás con tus ojos de vino y tu boca biangular?
¿Dónde las 2 cúpulas de bronce, cinceladas por el amor? Y ¿Dónde tus miradas
que horadaban la atmósfera dorada de Manaure? Estás lejos, acompañada por el
recuerdo. Como yo estoy acompañado por el tuyo, entre el tambaleo de esta
balandra, que tiene un hombre tierno como el corazón de una fruta. ¿Dónde está
el vivo pecado de tu cuerpo, la sal de tu boca, el viento de tus cabellos?
Sobre el blanco horizonte de mármol, aparece
la costa ¡Costa de Bahíahonda!
Se abre el abrazo circular de las rocas de la
costa, tenso, ceñido, como una tela elástica, a la absorta diafanidad de las
aguas violetas. A la izquierda de la bahía, donde saltan las tintoreras
gigantescas y las agujetas diminutas, en competencias de inmensidad y pequeñez,
está el castillo antiguo que fundaron los conquistadores aventureros, que
llegaron a estas tierras con armaduras resonantes y espadas relucientes de
acero. Los guerreros, que traían en los ojos los resplandores ambiciosos del
oro y sus bocas estaban vacíos de carne jóvenes y morenas. A la derecha,
acuchillan las aguas marinas los acantilados escuetos y morenos. Y en el fondo,
se abre, como un vago miraje, perdido entre las sinuosidades costaneras. ¡San
José de Bahíahonda! Bahíahonda, suma de amor y tedio, dividida por el hambre y
el dolor; cuociente: el silencio. Mi retina te copia entera, íntegra, en la
inmensidad de tus colores y la infinitud de tus detalles. Terrosa y azulada
¡dorada Bahíahonda! Estás cerca de mí, con los dolores cortantes de tus
conchas, despiertas en la playa, y los filos de tus arenas y la suavidad de tus
aguas. Diáfana, luminosa Bahíahonda. Las velas de “La Linda” y su quilla que
mordió los lomos sumisos de las olas y los de los esquivos tiburones, me traen
a tí, puerto de mar amplio y sereno, que te abres ante mis ojos en una luminosa
perspectiva de ensueño.
En el cayuco vienen cuatro hombres. Hemos
tenido que anclar lejos de la playa, porque hay poco fondo en este lugar de la
bahía. La costa es diversa, rocosa allí, plana y arenosa enfrente de nosotros.
En la parte alta, sobre la roca que avanza entre el mar, veo un edificio de
madera, rodeado de casuchas hechas con tablas de cajones, y techadas con zinc.
Aunque el techo es casi innecesario. ¡Como no llueve jamás...! De la playa al
edificio semioculto, lleva un camino pendiente y angosto y angosto. Nos esperan
unas cuantas personas cuyos rostros se borran en la distancia.
Me embarco en el cayuco entre la algazara de
los marineros que se despiden. Es preciso aprovechar el viento. Tienen que ir a
Castillete y estar aquí de regreso dentro de 5 días, para transportar al guarda
que ha de traer las provisiones.
Víctor, uno de los remeros, el de Manaure y
los mostachos, me presenta a los demás compañeros. Máximo, negro sonriente y
joven. Antonio, ceñudo y delgado, y Chema, negro también, alto y tuerto. ¡Ah,
Chema adulón y simpático! Olvidaba a Hernando, el boyacense amarillo, indio,
generoso y desconfiado.
Víctor me preguntó por todos los de Manaure y
yo le dí cuantas noticias, buenas y malas, pude. Le pregunté si era cierto que
había traído a su mujer y me contestó sonriente, que no era que la hubiera
traído, sino que ella había venido por su gusto. Parecía querer decir que no
tenía la culpa de nada.
En la playa estaban Gabriel, que me abrazó muy
afectuoso; Francisca, india alta y zahorí, mujer Antonio, Patricio, otro
guarda, el cabo, 3 indias más sin importancia y sin nombre, 4 chiquillos hijos
de Chema y otro indio “El Chulo”, burlón y desnudo, sin guayuco siquiera.
Subí, con mi maleta flaca a las espaldas, la
cuesta corta y pendiente. Aquí, en este sitio, azul y amarillo; sobre esta
tierra seca y frente a este mar, eternamente húmedo, y bajo este cielo, lleno
de aire y azul y gritos de gaviotas, iba yo a vivir mucho tiempo. La vida
pasaría sobre mí, tarda como una nube sin viento ¡memoria perdida ya del color
blanco de Manaure! Me humedecería los ojos el dolor de la vida, y los soles del
placer dorarían mi carne.
Talvez la muerte llegara a buscarme a este
lugar, donde se la sentía tan distante. Talvez encontrara, el amor en esta
tierra de los cuatro planos. El cielo, el mar, la tierra, la vida. La tierra
arenosa, con el color moreno y leonado de las carnes indígenas; el cielo,
amplio y abierto, como la sonrisa de Dios; apto y fácil para los vuelos del
alma. La vida brusca, la vida ruda, la vida moldeada por los sucesos, biselada
por la muerte, cortada por el filo de los días, endurecida por el gotear de los
minutos que descienden monólogos, como de una gárgola obstruida, del pico de
las horas. ¡Y el mar, el mar de azul y verde y oro! Con su existencia externa
de velas y de vientos, de naufragios y de crímenes. ¡Y su vida vedada a os ojos
humanos. Llena de peligros, de asechanzas, su vida sorda y muda y dentada!
El edificio de madera que los vientos del
Nordeste lamen con su lengua salada, está rodeado por los tugurios miserables.
En el primero, viniendo del Norte, viven Antonio y Francisca; después,
Hernando; Chema, en seguida; luego, Patricio; en el lado opuesto, Víctor al
lado de Gabriel y de Máximo. Entre la casucha de Chema y la de Hernando, había
un cuarto vacío, que me destinaron. Instalé mi catre, tendí el chinchorro, y,
sobre una mesa tosca, con las patas nudosas, que construyó el antiguo
habitante, coloqué mi maleta. Pregunté a Máximo, que me acompañaba, quien daba
alimentación. Rió, y me contestó, sorprendido:
-¿Alimentación? ¿Pero, hombre? ¡Si aquí tiene
que cocinar uno mismo...!
-¿Sí...? Pero, a mi nadie me dijo nada y no
traje anafe, ni olas, ni nada...
-¡Pue bueno! Mientra tanto, cocinamo pa junto
y depué tú me da de lo que encátgue a Riohacha.
Convivimos en eso y nos fuimos a conocer las
otras viviendas. Visitamos a Patricio, a Chema, que nos ofreció café, tendido
en su chinchorro, con el vientre descubierto. Estuvimos donde Antonio, a quien
no pareció agradar la visita, pero sí, mucho a Francisca, y, por fin, donde
Gabriel. El cabo y el otro guarda vivían dentro del almacén ahora vacío, y con
muy escasa capacidad para guardar la sal.
Observé que en los labios de Gabriel no
brillaba la alegría de antaño. Y su rostro era pálido, preocupado. De pronto,
reía con su risa alegre, con esa risa tan joven que le llenaba la boca de aire.
Pero, algo extraño había que no me acomodaba. que me lo distanciaba, lo hacía
extraño, casi desconocido. Talvez en sus ojos había el rostro de una mujer para
mí ignorada.
Comimos de la comida de Gabriel, en su rancho,
el más limpio y cuidado de todos. Sobre un cajón tendió un pedazo de cotón
marca “3 potricos”, a manera de mantel. Y nos dio arroz, con coco, cecina de
cordero y café con leche. Después, fumamos y conversamos de todas las cosas.
Aquí -decía Gabriel- el trabajo es menos
pesado que en Manaure. Todo lo que tenemos que hacer es descargar las pipas de
agua del cayuco y subirlas. Es un poco pesado, pero son 10 nada más... También
hay un turno de vigilancia de 2 horas, porque aquí existe más peligro de los
indios. No es como en Manaure. Aquí sí tiene uno que andar con cuidado. Como
estamos tan lejos de todo, pueden aprovechar. Cualquier día tienen hambre y
nosotros tenemos muchas cosas de que ellos carecen. Por lo demás, esto es lo
más tranquilo. Vienen muchas indias... Si uno es avispado, puede aprovechar
algo; si no, Chema las acapara a todas. ¡Ah fiera...!
-¿Y qué es, que le gustan mucho?
-¿Que si le gustan...? Si se sale a
esperarlas, lejos para que vayan a donde él. No sé si será solamente porque le
gusten, o porque quiere comprarles él solo los cueros de cabra. En todo caso,
allá llegan más indias que a ninguna parte. ¡Ese negro del carajo es un jodido!
-¡Sí, esa e la vaina! -reafirmó Máximo- que
Chema quiere que too lo indio vayan allá, pa comprále lo cuero. Y uno, ná. Uno
que se mame la vaina... Er mé pasao mandó una paca de má de 100 libra... Con
eso e que se mantiene poque lo que é er suetdo nadie sabe qué lo hace. Siempre
anda de aquí pallá, de ellá pacá, pidiendo pretao arró, maí, panela, café...
Poque no manda comprá ná. To e pa que le paguen deuda... No debiera sé tan
pendejo... ¿Pa qué paga? Que coma má bien de lo suyo...
-A mí me debe ya -dijo Gabriel- como 3 potes
de maíz... Y el último saco se me acabó ayer. No tengo ni con qué comprar la
leche para el café. Yo no les doy cotón por leche... Eso es para otras cosas...
-¿Pa qué? pregunté yo ingenuo.
-¿Para qué? ¡Para chingar...!
-¡Aaaah...!
Oye -dijo Máximo- ¿Cuándo viene Pepita?
-Yo no sé... Talvez el lunes... Dentro de 3
días. Como que estaba lejos, según me dijo María.
¡Vieja e mietda! -exclamó Máximo- ¿Quién la
mandará a meterse de lambona en tos la vaina?
-Eso es a ver si le saca a uno el maíz o la
panela. Pero, conmigo, ni agua...
¿De manera que aquí uno no puede conseguir
nada con dinero? -pregunté-
No. Aquí todo tiene que encargalo. Nada puedes
conseguir con plata. Ni un cigarrillo. A no ser que venga Parada, el
venezolano, que trae “Camel”...
¿Tú conoces la mujer de Víctor? -pregunté
inopinadamente-.
¿Pero, cómo no la voy a conocer? -respondió
rápidamente-, como si estuviera pensando en ella.
Y... ¿qué tal es...?
¡No joa... si é má linda que er carao!
-exclamó Máximo levantando las manos.
Sí, es bonita, muy bonita... -dijo Gabriel-.
¿De dónde es?
De Cúcuta.
¿Y por qué se vino...?
¡Ah vaina, pero tú si que preguntas...! Yo qué
voy a saber nada... Pregúnteselo a ella...
Casi siempre que se nombra a una mujer, nace
el silencio. Parece que todos se dedicaran a acariciarla imaginariamente. Y
ahora nació ese silencio. Máximo hacia un semicírculo en la arena, con el pie.
Gabriel, con la barba en la mano, miraba el suelo, y yo no sabía qué decir ni
de qué hablar. Tampoco me explicaba por qué callábamos. Se me habían olvidado
todas las preguntas que iban a formular. Y pensaba en esa mujer que no conocía
y cuyo nombre había regado sobre nosotros el silencio. ¿Cómo sería? Tenía que
verla pronto. No puedo soportar la curiosidad por mucho tiempo. Empieza a
convertirse en una necesidad impaciente, hasta que la realizo, aún a costa de
los mayores peligros. No puedo soportar lo oculto, lo vedado, lo que no se
quiere mostrar. Por eso necesitaba verla. Era ella la única persona a quien aún
no conocía. Y sin embargo, iba a vivir a su lado. A respirar el mismo aire, a
mirar el mismo paisaje, a vivir la misma miserable vida. Pablo rompió el
silencio con su pregunta imperativa:
¿Vamo...?
Salimos hacia la casa de Máximo. El nervioso
negro no se quitaba jamás la pipa de la boca. Una columnita en espiral, salía
siempre de su cuerpo, porque la pipa parecía parte de su figura. Tenía los
dientes limpios y blancos. Sanos, fuertes. Era todo un hombre. Un verdadero
Hércules negro y sonriente. Tenía un ligero parecido a Pablo... Talvez sería en
el color de a piel o en a dimensión de la sonrisa... Caminamos en silencio por
la pequeña mesetica que había delante del edificio, sobre el mar. Desde allí se
veía el otro lado de la bahía, desierto y ocre. A la izquierda, brillaban en un
cerro cristales de mica. El día era claro y tranquilo, con su luz fuerte y
larga.
-Camina conoce a Firpo- dijo Pablo.
A un lado del edificio -el edificio era el eje
de Bahíahonda- tenía Máximo su gallinero. Unas veinticinco gallinas de todos
colores y un gallo rojizo, con su brillante gorguera, se pavoneaban y buscaban
gusanillos. Bebían agua en un barreño de vidrio y levantaban los ojos al cielo
como para agradecer la frescura. En un rincón, amarrado de una pata, estaba
Firpo. Era un gallo cenizo, olinegro, robusto y ágil. Gorgoreaba, satisfecho,
bajo las caricias de su amo.
-Ete sí e un gallo fino... E hijo der Capitán,
que se tiró a tó lo gallo de Galera... Me cotó 15 peso... Er día que lo lleve a
Riohacha, me voy a llená de plata... Pío, pío, pío, canalla...!
El gallo mostraba su ojo de carbón, lleno de
luz de diamante. Esponjaba la garaganta de plata y sacudía las alas.
-Deja el gallo y camina le mostramos la
salina...
-La salina a éta hora... ¡Qué va...! Con ete
caló... Yo me voy a domí un rato...
Máximo se fue a su rancho y yo, con Gabriel, a
mi cuarto. Por la puerta estrecha entraba el calor. Me tendí en el catre y
Gabriel se acostó en el chinchorro.
-¿Qué tal son estos tipos? le pregunté.
-¿Aaa? Lo mismo que todos... En todas partes
son lo mismo de buenos y lo mismo de malos... Chema es una fiera para sacarle a
uno lo que tiene... Antonio es más neurasténico y celoso que el diablo. Es
milagro que hable con uno... ¡Mejor! El cabo no se mete con nadie. Víctor -y su
voz temblaba- se la pasa con la mujer...
Como si se la fueran a robar... Tengo la
seguridad de que no confía en ella... Y no es para tanto... Es que aquí le
parecen a uno más bonitas las mujeres blancas... Pero todas son lo mismo... En
la misma parte lo tienen... Y después de que me está encima, no se acuerda si
son o no blancas... Máximo es lo que más bueno que hay... Es el mejor de todos.
Siempre está dispuesto a ayudarle a uno. Yo estoy jarto. si me pudiera ir...
¿Pero con qué? Yo no sé en qué se tira uno el sueldo, pero nunca tiene un
centavo. Todo se le va en las indias... Desde que estoy aquí no he ahorrado ni
un centavo. El que sí tiene plata es Hernando. Es más apretado que el
demonio... pero de golpe suelta a mano y echa el rancho por la ventana...
¡Inventa unas comidas! Su delicia es cocinar... Yo, me aburro como el carajo...
No tengo ya nada qué leer. Por ahí me conseguí un libro lo más pendejo, que te
voy a prestar. Se llama “Los trabajos y los días”.... No habla sino de trabajos
agrícolas... Una jartera... Hasta luego.
Siempre, aun en compañía de alguien, estaré
solo aquí. La soledad es tan vasta, que parece que creciera sobre todas las
cosas como un musgo vigoroso. El silencio es más grande aún que la soledad...
Ni el ruido del mar se oye casi, a pesar de que estamos a muy pocos pasos de la
bahía y se la puede ver desde aquí. El tiempo corre, delante de la sombra que
ya llega. La primera noche... ¡Cómo será esto de solitario en la noche! Va a
darme miedo tanto silencio. Desde aquí oigo cómo las gallinas suben y caen del
gallinero... Cacarean y el gallo canta. Se oye una voz lejana:
-¡Cheeeeemaaaa...!
-¡Quéééé...!
El eco permanece largo tiempo en el aire, se
disuelve, se esconde, y al llegar a mis oídos muere. Otra vez el silencio, más
hondo, más apretado, como si se hubiera cerrado sobre las heridas que le
abrieron las voces.
Si tan largos como éste han de ser todos los
días, qué terrible vida voy a pasar. Viviré durmiendo soñando, y acabaré por
desesperarme. Estoy lejos de Kuhmare, de Meme, de rosita, de Anashka. Tendré
que acostumbrarme a los rostros desconocidos de los compeñeros. Compañeros de
Bahíahonda, blancos y negros, compañeros de faja y guayereñas, con las camisas
y los calzones de cotón azul, desgarrados.
El silencio es negro, como el olvido. Y me
envuelve en su calor, me va cubriendo, se hace más fuerte con la sombra, que
cae toda sobre la tinaja con agua. Se humedece la sombra caliente. Viene a
abrevarse en la frescura del agua, traída de Riohacha, como vino mi sombra de
hombre, mi carne frágil de niño aventurero a saciar su sed de aventura en la
tierra de la Guajira, acre y desoladora. Una araña teje su tela en un rincón.
Es una bella arañita, pequeña, carmelita. Hábil y ágil, desciende por su hilo,
ese hilo que sale de ella misma, y lo une a otro, lo ata, vuelve a subir y
traza sus regulares figuras geométricas, donde terminará el vuelo de las
moscas. Como esa arañita de color marrón, yo también hilo el hilo de mi
recuerdo y por él subo, bajo y construyo figuras geométricas: rostros,
paisajes, emociones.Todo anguloso, o cuadrado, o redondo. Ha suspendido su
trabajo, porque ya es de noche. Y yo comienzo mi vuelta incesante al ayer,
remoto y llano, como una larga llanura horizontal, amarilla y verde, que termina
en la redondez de unas montañas.
Desde aquí se oye el tímido golpear del reloj
sobre el muro del tiempo. Lo va horadando con el martillo de los segundos. Y se
desprende un trozo de eternidad a los golpes de las campanadas sonoras que
cuento mentalmente: una... dos... tres... cuatro... cinco... seis... siete...
Veo entre la sombra mis pies descalzos, con su
vida tan distante de la mía. Los pies que me han llevado a tantas tierras
distintas. Que me han traído aquí, como hubieran podido llevarme a Tombuctú o a
Bergeh, a la Polinesia o a Vladivostock. Caprichosos y ágiles, quién sabe a
dónde han de llevarme. O si se quedarán aquí algún día, fatigados de andar en
pos de lo que nunca se alcanza. Si un día, bajo este cielo y sobre esta tierra,
se quedarán inmóviles. Huele a yodo y a tierra; s enfermedad, a estrellas. Sigue
el viento desdoblado sobre el mundo sus telas de seda. El silencio es tan
grande, que parece que Dios hubiera muerto. O que estuviera construyendo otro
mundo.
17
Las conversaciones en la pila de sal. La mujer
de Víctor -doce de la noche- Primera guardia
Cuando salí de mi cuarto eran las 8 y media.
Fui a buscar a Gabriel y no lo encontré. Todas las otras puertas estaban
cerradas. Pensé que ya se habrían acostado todos, y me dirigí hacia la pila de
sal, que estaba detrás del edificio, hacia el oriente.
Arriba conversaban todos, menos Chema y el
cabo, que solían acostarse temprano.
-Fue esa vaina del cabo e una carajá -decía
Máximo- que no interrumpió su conversación con mi llegada.
Mira... me querré comprá india a eta hora e la
vía...Si ahí tiene tos la que quiera... Por un pote e maí se acuéta
cualquiera... Gana de echáse vaina encima... Ayé me dijo Chema que le iba a
mandá er colla y que con Vito iba a mandá comprá el maí, el cotón y la demá
vaina... Le va a cotá po lo meno su ciento cincuenta peso...
Pero si los vale -comentó Henando- porque la
india lo que sea, pero es bonita.
¡Qué bonita ni que ná...! -respondió el negro-
Como tóa. La misma vaina e una inia que otra. Toa son lo mimo e puta...
¡Todas, no! -exclamó Antonio-... Francisca
no...
Esa no é ahora poque tú etá aquí... Pero ya
había aguantado harto clavo cuando tú venite...
Antonio calló, porque sabía que todo eso era
cierto. Pero estaba tan ligado a esa mujer por un instinto puramente salvaje,
por una tan fuerte raigambre sexual, que aunque hubiera sabido que se acostaba
con todos nosotros no la habría abandonado.
Por mí -dijo Gabriel- que se case. Así
siquiera se está con su india y no nos viene a echar mentiras como la de la
mula. Lo cree pendejo a uno... Mulas hablando... ¡Carajo! Ni que nos hubieran
destetado ayer. Además, ¿ese día nos vamos a prender una jala...?
¡Claro! -dijo Máximo- Ese día e día de ajumáse
to el mundo. Va a mandá traé 4 cántara e ron blanco y 2 botella de ginebra. Que
se tire la plata que pa eso gana má que to nosotro, po escribí su pendejá allá
en la oficina...
¿Qué hubo, Máximo, de la india del otro día?
-preguntó Hernando.
Qué iba a habé... Esa india e má rebalosa e
una lisa. No quiere sino 20 cuenta corriente de oro... Le ofrecí un cóte de
coton y ná... Le dije que encima le regalaba el epejo, y tampoco... No quiere
sino la cuenta corriente, poque dice que ella no e tan pendeja de llevá coton
pa que se lo vea el mario...
¿Y por qué no lo esconde?
¿Aónde lo va escondé?
¿Y las cuentas no se las ve también?
Yo le dije eso y contestó que lo guatdaba en
er guayuco y la sacaba una por una para que no se apercibieran.
No les des cuentas y verás que de aquí a unos
días viene a rogarte por coton.
¿A rogarme? ¡Si e ma orgullosa que una
blanca...!
Pero yo sí creo que cae... Cómo me le voy a
arrimá...
Eso sí van a sé chorro...
-¿A tí a qué horas te toca de guardia? -me
preguntó Gabriel-.
No sé...
De 10 a 12 -dijo Antonio, con su voz
antipática y seria.
Entonces yo te llamo -dijo Hernando- y, como
no tienes grass, te dejo el mío mientras mañana te dan el tuyo.
-No hay necesidad de que me llames, porque yo
no me acuesto todavía. Ya son como las 9...
¿Las 9? Entonce vamo a tomá un poco e café...
Yo no tengo sino un poquito, pero alcanza pa tó. Lo dejé en el recóldo -dijo
Máximo levantándose y mientras se limpiaba el fondillo, lleno de granitos de
sal.
¡Está bonita la noche! -exclamó Antonio. Todos
los ojos se alzaron para mirarla, y después cayeron sobre él, sorprendidos.
Nunca decía nada... Era raro, eso.
Fuimos al cuarto del negro. En un rincón tenía
la cocina, con muchos plastos, ollas, sartenes. en el otro, estaba la cama. Una
camita de madera, barata. Un baúl de madera igual a la de la cama. Y, colgado
de un clavo, un sombrero grande de paja.
Me senté sobre la cama y bebimos todos el
café. Unos de pie, en la puerta; Gabriel y Hernando, sentados a mi lado.
Tiene que echále ojo al lao de la salina,
poque lo indio puén detapá la compueta -dijo Máximo, mirándome por encima del
borde de la taza.
¡Bueno!
Acompañé a Hernando hasta que dieron las 10.
Me dio el grass y 10 cartuchos y se fue a acostar.
¡Qué viento tan fuerte soplaba! Silbaba,
cantaba, rugía. La luna marchaba veloz sobre el cielo. El mar, abajo,
continuaba rompiéndose contra las rocas. Todo estaba en silencio. De vez en
vez, se escuchaba una tos. Me esforzaba por reconocerla, por adivinar quién
había tosido, pero era inútil. Todavía no podía saber de quien era ese tono de
tos. Si hubiera sido una carcajada, sería más fácil. Pero, la tos... La tos es
casi exacta siempre. No tiene sino uno o dos matices. El matiz de los pulmones
y el de la garganta.
Muy pronto, estaba ya cansado de ver la noche,
el edificio, la costa, el mar, la pila. Había dado 100 vueltas en torno de
todo, y fui a ver el reloj por una ventanita de la oficina, donde se
encontraba. ¡Era... Eran... las 10 y 25... ! ¡Imposible! ¿Las 10 y 25
solamente? De aquí a las 12 ¡cuánto tiempo! 95 minutos... 95 minutos por 60...
Seis por cinco, treinta... Cero y van tres... Seis por nueve... por cinco,
treinta... Cero y van tres... Seis por nueve... Cincuenta y seis... ¡No...!
¡54! Cincuenta y cuatro y tres, 57. Más un cero, no, más 2 ceros, 6.700
segundos ¡5.700 segundos...! ¡Carajo! Eso es mucho tiempo... Podría ir de aquí
a media legua...
La salina no se alcanza a ver bien clara. Sin
embargo, se huele y se siente. Parece que en el aire flotara una mancha verde
de perfume... La noche se hace más azul. Las estrellas tienen mayor brillo.
Baja la marea... Camino, para matar el tiempo. De la puerta del almacén a la
pila de sal. Uno, dos, tres, cuatro, cinco... Cuento hasta 250 y voy a mirar la
hora. ¡Maldita sea! ¡Son las 11 menos cuarto solamente! Y yo, que creía que ya
eran por lo menos las 11 y media! ¡Y yo, que creía que ya eran por lo menos las
11 y media1 Todo lo que he pensado, todo el camino que he recorrido, con mis
pasos y mi pensamiento, ha caído en el abismo que se abre, lento, de los
minutos perezosos. ¡Me siento tan infinitamente solo, rodeado por el sueño de
mis compañeros! Eran tranquilos, con sus rostros borrachos por el descanso del
día y por la fatiga de la noche que se pasa trabajosamente. Sus cuerpos adoptan
las posiciones extrañas de los cuerpos dormidos. Habrá alguno tendido cerca a
otro cuerpo. ¿Quién sentirá palpitar ahora otro corazón cerca del suyo? ¿Chema?
¿Antonio, anudado en los cabellos de humo de su india? O ¿Víctor? Víctor, que
estará ahora al lado de una mujer que no conozco ¿Cómo deben estar ahora muchos
hombres? ¿Y Gabriel no tendrá en estos momentos en su imaginación, una mujer
cerca de su cabeza, sobre su brazo? Acaricia a alguien, que está muy cerca de
él y muy distante?
No sé qué hacer con el fusil. Lo paso de un
hombro al otro. De una a la otra mano. Es un fusil viejo, de los que estuvieron
en la batalla de Carazúa. En las manos de un viejo revolucionario lleno de
odio, el fusil lanzaba sus grañiditos de muerte. Y estaba alegre, con su oscura
madera brillante, que ahora está sucia y grasienta. Y brillaba entre las basas
del enemigo, entre los disparos silvantes, con su mecanismo limpio y su cañón
pavonado. Ahora está cubierto por el óxido del viento, por la sal, por el tiempo.
Por su ánima, fatigada de la inacción, las balas gruesas y duras deben pasar
trabajosamente, como si quisieran atravesar una multitud. Y saldrán al aire, al
viento, desconcertadas, mirando a un lado y a otro, sin querer seguir el camino
que les marcó la voluntad del tirador. Pero han de ir allá, fatalmente, ciegas
e inconscientes, como los hombres por el mundo. ¡Hacia su destino, hacia su
destino...!
La sombra crece en torno de mi cuerpo, como si
aumentara con la noche el volumen de las cosas. La del edificio se prolonga
casi hasta la pila, con su sombrerete de pagoda. Y la mía, se alarga, delgada,
caricaturesca, con el fusil inverosímil, se quiebra en el filo del
alcantarillado y desciende de cabeza al mar.
He observado a las gallinas, que duermen con
la cabeza bajo el ala, como si las hubieran degollado. Pero su sueño es
inquieto, un sueño casi vigilante nervioso. En la puerta de Chema hay un perro
tendido. Amarillo y flaco; parece esperar algo. Quizás espera que le maten o le
den un pedazo de pan. Duerme sobre la tierra tibia su sueño de vagabundo. Su
sueño hambriento, cuajado de pesadillas.
¡Por fin! El reloj cuenta corriente sus
campanadas para saber si están completas y puede comenzar el día. Una... dos...
tres... cuatro... cinco... seis... siete... ocho.. nueve... diez... once...
doce... El horario y el minutero, por la cadena de los minutos, han ascendido
-como alpinistas- a la cúspide blanca de la noche, que cristaliza sus estrellas
sobre el lomo movible del aire. Durante todo el día se persiguieron, y ahora se
encuentran para durar un instante, el uno sobre el otro, en un beso que alcanza
a ser perfecto sólo un segundo. Pero este mismo segundo ha de vivir mañana,
dentro de 12 horas, con su efímera vida, su vida cienmilésima de eternidad.
Dentro de 12 horas volverá, diferente y exacto, con su carita sonriente que no
alcanza a ser de recién nacido, porque lo es de agonizante al mismo tiempo. Y
yo estoy dentro de su círculo infinitamente pequeño, como del infinitamente
inmenso de la soledad que, en torno mío, crece como una hierba. Ya no son las
12 de la noche. Y todo sigue siendo exacto, invariable, en la redondez
giratoria de la tierra y del cielo...
Voy a llamar a Máximo, que debe reemplazarme,
hasta las 2 de la mañana. Tengo algo de sueño y mucho de cansancio. En la parte
posterior de la cabeza, siento un peso indeciso y nebuloso.
Golpeo una, dos, tres veces... Nada. No
contesta. Debe estar profundamente dormido. Quién sabe por qué lugares de su
adolescencia o de su niñez su espíritu ahora discurre. Y yo tengo que
despertarlo, arrancarlo de su sueño que traerlo a la vida, a estas 2 horas de
soledad y de vigilia, más llenas de recuerdos que ninguna otra. Como no
responde, le llamo:
¡Máximo...! ¡Máximo...! ¡Son las 12...!
¿¡Aaaah...!? -contesta una voz, que me es
desconocida, una voz gruesa y gruñosa.
¡Que son las 12...! ¡Levántate...!
Bueno... Aaaah -bosteza- ya voy...
Mientras se viste paseo por frente a su rancho
y al de Chema, que ronca. La noche es ahora más transparente. Las estrellas
brillan más, con luces más seguras.
¿Qué hubo...? -Pregunto Máximo.
Nada... hasta mañana...
Que duetmas... Po la mañana no vamo a bañá
¿vetdá?
Sí. Hasta mañana...
El cuartucho está frío, solo, y en mi lecho
hace falta una persona que no soy yo.
Por la mañana, temprano, fuí a donde Pablo a
tomar café. Entre el amanecer brilllaban las llamas de la leña seca recién
cortada, como cuchillos limpios. Olía a montaña cercana. Y el mar estaba limpio
como el cuerpo de una desposada.
Todos fuimos a bañarnos. ¡Qué fuertes eran
ellos! ¡Los blancos y los negros! Todos sus músculos se movían bajo la piel,
independientes y armoniosos. El baño fue delicioso y bullanguero. El mar ponía
en los ojos de todos, hasta en los de Víctor, su límpida sonrisa azul.
Y, entonces, después de desayunar, fue cuando
llegó Víctor a invitarme para que fuera a su casa a conocer a su mujer.
Estaba tendida en el chinchorro. Blanca, muy
blanca, se veía correr la sangre por debajo de la piel. En sus ojos preocupados
jugueteaba la malicia. ¡Y qué dientes! Blancos, regulares, como estalactitas y
estalagmitas en una caverna de rubí. Su boca fresca, que debía besar con besos
muy dulces, muy finos, se entreabrió en una sonrisa de bienvenida:
Tanto gusto... ¿Por qué no había venido? Esta
es su casa.
Muchas gracias -respondí- turbado.
Siéntese y tome un poquito de café...
No se moleste, muchas gracias... Acabo de
tomar donde Máximo.
Eso no importa... El café nunca hace daño
¿verdad, Víctor? Este, nunca se cansa de tomar y uno le ha pasado nada... Debe
estar calientico...
Se levantó y entonces pude ver su cuerpo ágil
y fuerte, que se movía dentro del vestido amplio, como el agua al verterse en
el vaso.
Se acercó al anafe, donde se calentaba el café
en un tarrito que había sido de avena, ennegecido y con asa de alambre.
¿Tú quieres fumar? -pregunté a Víctor.
No... Yo prefiero siempre mi chicote. Esos
cigarrillos americanos me marean. A Lola sí le gustan... ¿Quieres?
Bueno... -respondió vuelta de espaldas a
nosotros.
Víctor me recibió el cigarrillo, y fue a
llevárselo. Se inclinó y le dijo algunas palabras al oído.
-Bueno- oí que respondió ella.
Víctor vino hacia mí, con un fósforo encendido
entre los dedos, cubriéndolo para que no le diera el viento, y me dijo:
Voy a ir hasta donde Chema a ver si tiene
carne todavía. ayer compró un chivo y voy a ver si me ha dejado algo.
Salió y yo me quedé solo, en esa peligrosa
soledad llena de una mujer. Ella no sabía seguramente a lo que se exponía el
día que Víctor se fuera. Porque a pesar de que no existía allá el problema
sexual, por la constante afluencia de indias, ella era la única mujer blanca.
¡Y tan blanca! ¡Y con su boca tan roja! ¡Y esos dientes!
Yo permanecía mudo, abstraído en esos
pensamientos, cuando vino con la tacita de café. Me la extendió y me dijo:
Quién sabe si estará bueno de dulce...
Lo bebí, en silencio, mientras la miraba. De
pronto me dijo:
Víctor quiere que usted venga a comer aquí,
mientras manda a Riohacha por sus provisiones... El no le quiso decir nada,
porque le da pena con Máximo y con... ¿cómo es que se llama?
¿Con Gabriel?
Sí... Con ese... Después dirán quién sabe qué,
que nosotros lo que queremos es engañarlo para sonsacarle después lo que mande
traer...
Le agradezco mucho, pero me da pena. Van a
creer que es que no les quiero ayudar a cocinar...
Eso sí... que se frieguen... Usted qué va a
saber de cocinar. Se quema todo. Es mejor que después del almuerzo venga aquí.
Yo voy a poner a hacer la sopa apenas Víctor traiga la carne, con eso está
tempranito. Aquí le da a uno mucha hambre...
Sí -respondí- Como no hace uno nada...
Eso es lo aburridor que tiene esto. Yo me la
paso cocinando y cosiendo. Y peleando con las indias. Quieren que uno les
regale todo lo que tiene... El otro día por una ovejita chiquita pedían unas
indias que viven aquí cerquita un corte de cotón... Figúrese. Son lo más
sinvergüenzas... ¿Usted no ha salido a pasear por el lado de la salina? ¿No? Un
día de éstos vamos... Es muy bonito
Víctor entró con el espinazo del chivo que
había comprado. Por sus manos corrían hilillos de sangre. Cualquiera habría
creído que venía de matar a alguien.
Me dejó lo peor el Chema... Es una vaina, pero
siempre que le encargó algo me queda mal. Me la quiera velar...
Pero si eso está bueno, mi amor -respondió
ella con su voz melosa.
¡Qué bueno...! Eso no alcanza para nada... Y
ahora quién sabe cuándo irán a matar. Y tenemos que jalarle a la cecina, que ya
me tiene hasta más arriba de la corona...
Gracias, Víctor -le dije- por tu ofrecimiento.
Te agradezco mucho...
¡Si eso no vale nada... No seas pendejo... Por
qué te vas...!
Me dijo Máximo que lo acompañara a cortar un
poco de leña.
¡Ah! ¿Pero entonces te esperamos a almorzar?
Sí, muchas gracias. Hasta luego, doña Lola...
Hasta luego... Pero, mire: a mí es mejor que
no me diga doña Lola... Quíteme ese apellido...
Bueno... hasta luego... Lolita...
No sé por qué me saldría de la boca ese
diminutivo, que me hizo ruborizar. Salí corriendo y fui a donde Máximo. allá
estaba Gabriel También, que tan pronto como llegué me preguntó:
¿Qué hubo...? ¿Cómo te pareció...?
Muy bien... Es muy bonita...
¿Y qué te dijo?
Nó... Nada... ¡Qué me iba a decir!
Bueno -interrumpió Máximo- caminen, porque ya
er só ya etá calentando...
Con el hacha al hombro y el machete en una
mano, salió adelante. Detrás íbamos nosotros, conversando.
Sabes -le dije a Gabriel- que me dijo que
fuera a comer allá.
¡Ah! ¿Sí? -y se puso pálido-. Después
enrojeció.
Sí. ¿Qué te parece?
Muy bien... ¿Qué más querías...? Nunca
salen...
¿No? ¿Y por qué?
El Víctor no la deja. Como es tan celoso... Yo
no la he visto más de tres veces...
El rubor y la palidez de Gabriel aumentaron
mis sospechas. Estaba enamorado de Lolita. Y eso me disgustaba. No porque yo lo
estuviera también, sino porque se me antojaba que era muy peligroso pretender
quitarle la mujer a Víctor.
En el resto del camino, lleno, como en Manaure
y en El Pájaro, de nopales, no cruzamos palabra. Ibamos cabizbajos y pensando
cada uno, a nuestra manera, en Lolita. Máximo, adelante, canturreaba. Aquí las
plantas y los árboles eran más verdes, más vegetales, en el fondo del cielo
claro. Este cielo de la Guajira que presencia el paso de todos los vientos.
Otra vez encontraba la mujer en mi camino. Pero hacia ésta no me atraía el amor
sino una fraternal simpatía. No creía que pudiera amar a Gabriel ni a Víctor. Y
la veía como cuando la conocí, en el chinchorro, abandonada, con sus ojitos
alegres donde jugueteaba la malicia. Por esa mujer algún día iba a pasar algo
aquí. Desde el primer momento, comprendí que estaba llena de una peligrosa
sonrisa, de un terrible atractivo. Como todas las mujeres bellas, incubaba el
pecado dentro de su cuerpo. Su voz era cálida, como la brisa de la tarde. En
ella jugaban las palabras a hacer músicas ardorosas, músicas de voluptuosidad y
de entrega. Al oírla, se le cerraban a uno los ojos, como si le hubiera puesto
una mano, una de sus manos redondas y cortas sobre la frente. Llena de
profundidades y suave, irrumpían en ella, repentinamente, estridencias
metálicas, como en un solo de violín el clangor de un cobre.
Lola amable, con tu dulce nombre de dos
cifras, que era el disfraz de tu terrible nombre: ¡Dolores...! De donde viniste
a esta tierra, seca como tu piel, y larga como tu cuerpo. ¿Por qué viniste a
este pedazo de costa, perdido entre el rumor del mar y cerca de la verdura de
los cactus y los cardones? ¡Aquí está la feroz avaricia del hombre, que no
desea oro sino carne y vida! ¡Te estaba esperando como un monstruo de mil
brazos y cien bocas, para extraer a tus labios todo su jugo de goce! ¿Por qué
viniste a destrozar tu alma, a lacerar tu cuerpo y a empalidecer tu rostro, que
sólo las miradas arrebolan? Lola, Lola, mujer de peligro y de sacrificio, de
aventura y de dolor, de ternura maternal y seducción diabólica. Mujer pura,
maternal, tenebrosa, complicada y sencilla. ¡Mujer blanca y boquirroja, con los
dientes albos y brillantes, venida de las tierras de la tragedia, con el arma
de tu blancura y de tu inquietud! ¡Vete, véte de aquí, antes de que el monstruo
te aprese y riegue la arena ávida con los arroyos rítmicos de tu sangre!
Pero ella permanecía, vencedora y desafiante,
con su boca roja, sus dientes brillantes y su sonrisa maliciosa.
18
En casa de Lola. Viaje de Víctor. Carta y
canciones
Después de que ayudé a Máximo a cortar la leña
y, en Bahíahonda, a preparar el almuerzo, fui a la casa de Lola. Desde que
llegamos, no sabía qué era de Gabriel. Talvez se hubiera ido al cuarto.
Lolita estaba cocinando, con la cara roja por
el calor. Con su delantal blanco, parecía más niña. Víctor fumaba su eterno
tabaco delgado, sentado en un cajón.
Ajá... ¿Cómo le fue?
Bien... ¿Y ustedes qué han hecho?
Pues ahí lo ve. Yo, cocinar y Víctor echar
cabeza. Yo no sé qué es lo que piensa este hombre... Pero ahí se está las horas
muertas, sin moverse. sólo para pedirme café. Se lo toma y otra vez. Eso ni
conversa ni nada...
Como si estuviera solo...
¡Vos qué sabéis! -dijo Víctor- levantando la
mirada hacia mí-
¿Por qué no juegan tute un ratico mientras
está el almuerzo?
Bueno -dije-, juguemos.
¿Qué jugamos?
Jueguen a cinco centavos el juego. Así se
distraen y no se arruinan,.
Jugamos largo rato. Víctor arrojaba las cartas
de la baraja mugrosa sobre la mesa, dando fuertes golpes. Me ganó cerca de 9
juegos. Yo no atendía y mi imaginación se encontraba muy cerca. Miraba de reojo
a Lolita, que, atareada, iba de un lado para el otro, haciendo sonar platos,
atizando el fuego. De las ollas salía un vapor lleno de promesas para el
paladar, que se regocijaba en compañía de la lengua.
¿Cuándo vendra “La Linda”? -preguntó-, de
pronto, como si esa pregunta respondiera a un largo soliloquio.
Yo creo que mañana, o esta noche. Ya era
tiempo de que estuviera aquí. Qué vaina esa de tener uno que ir a Ríohacha a
tirarse la poca plata que ha ahorrado.
Vaina seria quedarse uno aquí para siempre.
Allá siquiera ves algo distinto.
¿Tú ya hiciste tu lista? -Me preguntó Víctor.
No, todavía no. Pero si quieres, la hacemos y
me ayudas a ver qué es lo que necesito. Como no sé...
Bueno. Prestá un lápiz y un pedazo de papel
-dirigiéndose a Lola-, que lo tomó de una repisita y se los entregó.
-Apuntá vos que tenés mejor letra-. Desde
hacía algunos días había notado que Víctor hablaba como los bogotanos. Al
principio, eso me pasó desapercibido.
¿Tendrás suficiente con 2 sacos de maíz?
Yo creo que sí -respondió Lola por mí.
Bueno. Un saco de arroz para que no tengás que
mandar a comprar en cada viaje. Dos libras de café... Una lata de manteca de 5
libras... ¡Ah! Las ollas... ¿Cuántas?
¡Pues unas tres, hombre! ¿Para qué más?
-Volvió a decir Lola desde el rincón donde estaba el anafe.
Bueno... -siguió Víctor- 5 libras de azúcar...
20 panelas.
¿Veinte? ¿Y para qué tantas? -pregunté
asombrado- de pensar que yo sólo podía comerme 20 panelas.
Pues para cambiarlas por leche y por carne y
por gallinas y por huevos... ¿No ves que aquí todo hay que cambiarlo por panela
y por maíz?
¡Ah! Sigamos...
¿Querés que te compre un anafe? ¿O vas a
cocinar con leña?
Cómprale un anafe. Es mejor. Así -dijo Lolita-
es más fácil y no tiene uno tanto trabajo.
Bueno... Entonces, hay que comprar un saco de
carbón... ¿a tí te gusta la avena?
Yo le enseño, es muy fácil -dijo la mujer de
Víctor.
Entonces -continuó Víctor- 2 tarros de
avena...
Ñame, unas 10 libras... ¿Y papa? Otras 10...
Chocolate ¿te traigo? ¿Sí? Bueno... 2 libras... ¿Nada más? Yo creo que con esto
es suficiente... A las indias les podés comprar una tinaja para el agua. Y las
otras cositas ahí las vas consiguiendo poco a poco. ¡Ah! Se me olvidaba... Los
platos y las tazas y los cubiertos... Eso también hay que apuntarlo, porque si
no, no me acuerdo... 2 platos, 2 tazas, 2 cucharas, 2 tenedores, 2 cuchillos...
¿Y porqué de todos dos? -preguntó maliciosa
Lolita-. ¿Luego también va a hacer lo de Fabricio? ¿Va a hacer esa bestialidad?
No, no creo... Yo no comprendo cómo es de bruto ese Fabricio... En lugar de que
compre a esa india, podía traerse una muchacha de Riohacha.
Vos no te metás y no hablés recio, que va y te
oye y después es pa vainas... -dijo Víctor.
Es que yo no puedo convenir con eso... Como si
no hubiera más mujeres... Todo ha de ser con las indias... ¿Verdad que usted no
hace eso?
Sorprendido por aquel interés que no me
explicaba, respondía vacilante:
No...Yo no hago eso...
Bueno... -continuó Lolita- ahora, a almorzar,
porque está haciendo hambre.
Vengan, venga... Miren que se enfría la
sopa...
Nos estamos y todos comimos con buen apetito.
Afuera, sonaba un tamborito y una voz gruesa y poderosa cantaba canciones
extrañas.
¿Quién es el que canta? -pregunté.
¿Quién va a ser sino Chema, que desde que
amanece lo atolondra a uno con sus cantos en guajiro? A mí me tiene
desesperada. Antes hoy e cogió tarde la ventolera... Porque otras mañanas, es
desde que aclara.
Chema cantaba, con su voz turbada y fuerte,
esta canción de música triste, de música cansada y monótona, como el silbido de
un pájaro, eternamente prolongado:
Eeeeeeee guarapáin tanai,
eeeeeeee guarapáin tanai,
eeeeeee guarapáin tanai...
Hasta aquí, la canción era un quejido ritmado,
lento, y de pronto se alegraba y decía, cansada pero rápida y viva:
Painka puchira chon, taché...
Painka puchira chon, taché,...
Cococorocó... Conturera...
Eeeeee guarapáin tanai...
Cuando concluimos de comer, salí para oír a
Chema. Me senté a su lado, frente a la puerta del rancho, donde tres indias
sucias y feas y los chiquillos que había visto en el puerto retozaba, saltaban
y hablaban en guajiro.
Con su ojo turbio, ese ojo blanco, y azul,
terrible ojo móvil, me miraba Chema, mientras con el otro miraba hacia el
paisaje de verde cobalto. Golpeaba el tamborito, y se hinchaba su pecho,
cubierto por una franela sucia, cuando cantaba:
Terrín piama poú, makara piama juroks,
Jamush máraka putuma, entishi guayú toamana¿
Mureo tapa, ero, chche atapa ero...
Na por piáguatin taniki ayúishere tái
putuma...
Ay tu amaira piéchin taya, anákara térrin
pia...!
Entishi anúa mureo jurieski guaima kasá...
Jauya jurieskeski prana, panera, maiki,
aguariente...
Na pórsun áutere pia... Na pórsun áutere
taya...
Esta canción, repetida hasta el aturdimiento,
me llevaba a un país lejano, donde las músicas eran turbias como nieblas y
voluptuosas como promesas. Los indios danzaban en mi imaginación, mientras veía
a Chema, que, aturdido. golpeaba monótonamente el tamborito, mientras de su
boca salía sólo una voz flaca y cansada. Inopinadamente cambió el ritmo de la
música, que se tornó alegre, lujuriosa, negra. Ritmo de mulatas y de cafetales.
De caña dulce y de olor a tabaco. Se hizo de noche y corrieron los cocuyos en
la nueva canción, que saltaba en el aire, elástica y vibrante como un muslo de
doncella africana:
Carmela Lópe me la dió...
Carmela Lópe me la dió...
Lo mango y otra cosa nó...
Carmela Lópe me lo dió...
Después, quiso personificarse en las
canciones, y dijo:
Er pobre Chema Vanega,
empleao de la salina,
que gana tu triste suerdo,
pa sostén de tu familia...
Er pobre Chema Vanega,
que iba solo po lo monte,
porque vio montar a Diana
en er caballo de Lionte...
¿Te gútan eta cancione? -preguntó-.
Sí, Chema, me gustan mucho. ¿Qué quieren decir
las que cantaste en guajiro?
Ná, pendeja... Voy a vé si pueo decíte... La
primera, quié decí: Hacéte pa cá mujercita y dáme tu tetica... Lo demás e para
imitá er cacareo de la gallina cuando se le monta er gallo... La otra, quié
decí: Yo vi tu ojo hermoso, iguale a dó lucero... ¿Po qué te etá por allá y no
viene aonde tu indio? Tu tiene er coño grande... Sí, tu lo tiene mu grande...
Ha llegáo una goleta y vámo a pedí plátano, panela, maí, aguardiente. Así, no
tendremo hambre, ni tú ni yo... ¿Cómo te parece? Bonito ¿vetdá?
Sí... Es bonito... -contesté un poco
desilusionado. Una de las indias le dirigió algunas palabras en guajiro, que le
hicieron relampaguear los ojos, mejor dicho el ojo, porque el blanco, ese ojo
horrible, permaneció opaco y mudo. Me dijo:
Mercede dice que tú ere buen mozo y que ella
tiene una sobrinita muy bonita... Que porqué no se la compra...
¿Yo...?
¡Sí, tu! Una muchachita para que te acuéte con
ella. Pa que te lave la ropa y pa que te cocine. Así tú no tiene ná que hacé.
Sale barata. La der compáe Patricio se la negocié yo y no tié que da má que
cien cuenta corriente de oro, veinte saco de maí, cinco pieza de cotón y cinco
de zaraza... Casi ná...
Pero si yo no tengo ni con qué comprar
provisiones -respondí-.
De aquí a tré mese ya querrá cuarquiera tené
lo que tú tendrá ahorrao. No e como yo que tengo que mantené a toa eta gente.
No me arcanza er suetdo pa ná. Si no fuera poque procuro ayudáme con lo
cuerito, me moría de hambre. Va a vé que tú acaba po comprá una india...
Talvez... -respondí, y me levanté-.
Así pasaron cuatro días, sin que “La Linda”
llegara. Continuaba almorzando y comiendo donde Lolita. El desayuno era una
taza de café. Hacía mis guardias, con la misma soledad y elmismo silencio que
la primera. Desde el día de mi conversación con Gabriel sobre Lolita, el pobre
muchacho estaba más silencioso y aislado que nunca. La luz duraba en su cuarto
hasta el amanecer. Muchas veces quise hacerle compañía, pero me rehuía. Nunca
pude ver qué hacía a esa hora. Ella nunca lo nombraba, y Patricio, que iba en
veces a tomar café, llevaba siempre la conversación hacia él con una malicia
perversa. Cuando oíamos su nombre, callábamos, como si supiéramos que ese
nombre traía mala suerte.
Una noche que me tocó la guardia de las 2 a
las 4, oí toses y como sollozos en el cuarto de Gabriel. Me acerqué muy pasito
y puse el oído contra la puerta. Se oía que lloraba, con ese llanto terrible de
os hombres. Un llanto de sollozos largos, profundos, entrecortados. Seguramente
estaba tendido en el lecho bocabajo, porque sólo oí las palabras siguientes,
que llegaron a mis oídos, cansadas y turbias:
¡Tengo que largarme, carajo! O si... mato...
Maldita sea...!
Me retiré, y, como ya era hora, fui a llamar a
Máximo. Este no me preguntó nada, pero debió notar algo extraño en mi rostro,
porque se dirigió inmediatamente al cuarto de Gabriel. Oí los golpes que dio en
la puerta, y dijo:
Ábreme, que soy yo...
Entró, y cuando, después de haber dormido un
rato me levanté, o vi salir. Entré donde Gabriel y le dije:
¿Que tal? ¿Cómo te va? ¿Pasaste buena noche?
Sí... -me respondió un poco turbado- ¿por qué?
No... Por nada... Como vi salir a Máximo de
aquí, ahorita, creía que tú estabas malo.
Al medio día entró “La Linda”, flamante, con
sus velas tensas, que me habían traído hasta aquí. cuando entró por la boca de
la bahía, a velita era pequeña. Después se ocultó y volvió a aparecer, visible
ya toda, frente a nosotros, que la esperábamos en la playa. Víctor se había
despedido de su mujer, que quedaba abandonada a mis cuidados, porque me la
recomendó mucho, y estaba inquieto, con todos los sacos, paquetes, y demás
bultos que debía llevar. Echamos el cayuco al agua, que estaba tibiecita, y yo
me atreví a tomar un remo. Me dolían las manos cuando llegamos a bordo y
desembarcamos del cayuco para embarcarlas en la balandra las pipas en que nos
traerían el agua. El contramaestre sacó de una maleta una carta y me la entregó
diciéndome:
En Bahíahonda dejó una goleta esta carta para
tí. Una goleta que tenía que dejar un guarda allá en el resguardo. Ahora,
cuando estuvimos, me la entregaron para que te la trajera.
Guardé la carta entre la faja, para leerla
después, y me despedí de Víctor, que me dijo:
¡Cuídamela mucho!
En sus ojos querían brotar dos lágrimas.
Volvimos al cayuco, y “La Linda” levó su ancla
pequeña, y salió, veloz, con las velas inclinadas y viajeras. No las habían
arriado siquiera.
De nuevo varamos el cayuco, y Chema subió los
remos para guardarlos en su casa. Por todo el camino, hasta llegar a mi cuarto,
fui minuciosamente meditando en las responsabilidades que me acarreaba la
recomendación de Víctor. ¿qué podía yo hacer con ese hombre, con Gabriel? ¿Y
ella? Todo dependía de ella, que estaba ahora sola, abandonada, silenciosamente
presta a todo.
La carta, escrita a máquina, decía:
“Ríohacha, octubre 23 de... 19...
Mi muy querido amigo:
Tengo el gusto de dirigirle la presente para
darle una noticia que seguramente le va a disgustar mucho. Pero Nicanor, que
estuvo ayer aquí, me recomendó para que le escribiera. ¿Se acuerda de Manuel?
Pues bueno. Allá en El Cardón, donde estaba de guarda de la pesca, un día se
formó una chichonera con unos margariteños, a los que encontró con la india que
él tenía. Esa india que era tan floja de piernas. Pues bueno, como que les
llamó la atención y quiso pegarle a uno de ellos. Se formó la gazapera y le metieron
tres puñaladas. Al otro día murió y la india se fue con un turco que se llama
Andrés. No he podido saber el apellido. ¡Pobrecito! Eso de la pesca es una de
las cosas más peligrosas; yo se lo había dicho desde hacía tiempos, cuando
estaba en Manaure, que los margariteños son gente muy fregada. A Nicanor le
hizo mucha impresión, lo mismo que a mí y a Enriqueta, que le manda muchas
saludes. Ojalá tenga el gusto de verlo muy pronto por aquí, donde le ofrezco mi
casa. Me pasaron aquí, donde trabajo en la Oficina. todos los compañeros le
mandan muchas saludes. Y yo un abrazo, deseándole que se encuentre bien, y
esperando verlo, más bien que escribirle.
Luis”.
Para mí fue extraordinariamente dolorosa esta
carta, en que se me refería, de manera tan lacónica y fría, la muerte de un
amigo. De mi primer amigo de la Guajira. Todo por la mujer ésa. Por Anashka.
¿Para qué volvería a reunirse con ella? Yo nunca le dije nada porque tenía la
seguridad de que no lo haría. Pero, ahí estaba todo palpable. Después de la
muerte de Pablo, la de Manuel, causadas ambas por ella. Y ahora se iba con un
turco. ¡Ah india gran puta! Con el que primero se le presentaba, se iba...
Por qué no se iría con... No... ¡Que canalla
soy! Acabo de recibir la carta en que se me anuncia la muerte de Manuel y ya
estoy pensando en ella... ¿Y por qué no dirá nada de Kuhmare? ¿Sería
intencional su silencio? Está viviendo con Enriqueta... ¡Pobre! Es muy pendejo
y muy bueno este Luisito. Manuel, ahora has vuelto a encontrarte con Pablo...
Debes haberlo visto, con su cara sorprendida por la muerte, como la tuya... Te
habrá mirado, con sus ojos vacíos, y habrá sonreído con una larga sonrisa de
sus maxilares, llenos de dientes blancos. Ahora podéis veros de nuevo y
aclararlo todo. Maldeciréis entonces a la mujer, que es causa de todos los
males de la tierra, y os estrecharéis las manos, con un macabro ruido de
huesos, descarnados y duros, en señal de amistad eterna. La mujer... ¿Y yo no
estoy ahora encargado de vigilar a una? ¡Qué estúpido es eso de vigilar a una
mujer! Es como vigilar al viento, al aire, para que no entre en todos los
lugares. Es como pretender que el sol no llene todo con su luz durante el día.
Es imposible torcer el destino. Ahora estás, ahí, sola, bajo mi vigilancia, que
burlarás el día que quieras. Que sé que vas a burlar, con Gabriel, o con
cualquiera otro, Si no hubiera nadie más que yo, lo harían conmigo, porque en
tus ojos juega la malicia como una gotita de misterio con alma de maldad.
Hazlo, si quieres. Yo no puedo evitarlo. Pero, mira, que él nunca lo sepa. Que
a sus ojos, manchada seas limpia, y que tu boca que él cree para la suya
únicamente, no guarde el sabor de los besos ajenos. que no lo sepa jamás, que
no lo sospeche siquiera ¡como se fue, sospechándolo! Que cuando llegue, sepas
ser tan sublimemente falsa, que todo se te perdone por el fingimiento que
alcanzará a ser tangible como la realidad.
Sobre mí cae otra vez la muerte. Ahora muy
cercana y de brazo con el amor. Otra vez el amor y la muerte. ¡Maldita sea!
¿Por qué ha de ser esto siempre así? Un hombre besa a una mujer o una mujer se
entrega a un hombre, y ese beso, ese contacto de labios o de sexos, abona la
muerte que nace del espasmo, regada con la sangre de las entrañas, y llena de
vibraciones de nervios, como una planta de hojas cortantes, de acero negro. Con
unas hojas que no proyectan sombra.
¡Manuel! ¡Manuel! Haz que ella sea buena,
aquí, o, que si no lo es, él no lo sepa. Influye sobre ella definitivamente.
¡Que el viajero no vea violado su recuerdo y manchada su ausencia!
A mi lado siento bullir, como un riachuelo
subterráneo, el murmullo de la tragedia. ¿De la tragedia? ¿Del amor? ¿De la
muerte? En el aire vibran los rayos del sol, limpio y caliente. El perro
amarillo está tendido a mi lado, con su lengua roja afuera y la mirada clavada
en mis ojos. Esa mirada de los perros que es más humana que todas las miradas.
“La Linda” se fue con Víctor, y sería mejor que naufragara...
En mi abstracción, me sorprende la voz de
Lolita, que, en la puerta, me llama:
Pero muchacho... ¿Qué te pasa? Vamos al
almorzar...
Nunca la había visto fuera de su cuarto. Y
además, ahora me tutea.
Fuimos a la casa y almorzábamos en silencio,
como si nos tuviéramos un miedo mutuo, cuando llegó Gabriel. Se detuvo un
momento en la puerta, como sorprendido de lo que hacía y, por fin, entró.
Lolita ¿Buenos días...? -respondió ella, seca
y seria- ¿Quiere sentarse a tomar café?
No, gracias. Venía a decirle que si quería
carne para mañana que va a matar Máximo.
Sí, que me deje una pierna y el espinazo.
Gracias.
Me tranquilizó mucho su seriedad cortante y el
disgusto que demostraba.
Lolita había ido hacia el anafe, donde se
calentaba el café y yo, en silencio, miraba la puerta. De pronto, volví la
cabeza -no lo hubiera hecho nunca- y vi cómo, alargando los labios, esos labios
rojos y frescos, le ofrecía un beso. Se turbó y volvió el rostro hacia el muro.
Gabriel palideció y yo le lancé una mirada, furiosa, llena de desprecio y de
odio. Me levanté y salí.
Lolita corrió a la puerta y me dijo en voz
alta:
¿Por qué te vas sin tomarte el café...?
No quiero ¡gracias...! -le gritó sofocado y
sin volver siquiera la cabeza.
Se quedaron allá, solos, y yo no he sido capaz
de hacer nada. Pero ¿qué puedo hacer? Sí, si puedes, has debido arrojarlo como
a un alacrán y pisotearlo. ¿Así defiendes a un amigo? Pero, si es ella... Es
ella quien tiene la culpa. Ella que le mostraba sus labios en los que estaba el
ofrecimiento de todo su cuerpo. Ella, ella, que parecía tan buena. Ella, la
altiva, que dominaba todos los peligros. Allá se besarán ahora... Sí, deben
besarse con la furia de lo que se ha deseado mucho tiempo. Son libres y yo nos
les importo nada. No se han besado. Allá viene Gabriel, cabizbajo y mohino. Su
cuerpo tiembla no sé si de felicidad y alegría o de temor. Levanto la cabeza y
veo en todo su rostro, que está liso, sin gestos, llano como a pampa, la luz
maligna de los ojos de ella.
No puedo contenerme, y cuando pasa por mi
lado, mirándome insolente, le escupo.
¡Hijo de puta...!
Parece que el insulto le hubiera dado un golpe
en las piernas, que le vacilan. En sus ojos se apaga la luz y todo lo que ve es
turbio, silencioso, negro. Me mira una vez más, y, alzando los hombros, me
responde con un gesto cínico.
¿Por qué me dices eso? ¿Estás celoso?
Siento asco de su cobardía. Lo miro
desdeñosamente de arriba a abajo, y voy a mi cuarto.
Mi boca está amarga por el insulto y por el
dolor. El sol oculta mi sombra, casi redonda, bajo mis pies. Francisca sonríe
en la puerta de su casa, a la distancia. ¿Mira hacia su tierra, hacia su casa?
¿O a otro hombre? Entre mi faja está el revólver. Me tiendo en el lecho y oigo
la voz de Chema:
No te fíe de la mujere
aunque digan que son tuya,
Yo tenía dié amarrá
y totiaron la cabuya...
¡Qué imbécil es eso! ¿Por qué cantará ese
negro esas pendejadas? !Lolita, vuelve en tí! No hagas eso, que no lo sepa
él...
El perro se levanta y ladra. ¿A quién? No
viene nadie. Talvez ha visto a la muerte, que viene al encuentro del amor. En
mi faja brilla, con un rayo de sol solitario, el níquel del revólver...
19
El hilo se enreda y se anuda. Indias de cada
día. El encierro
En estos días de octubre, largos y claros, el
calor ha sido fuerte y vasto. Un calor pesado, que hace sutil el tacto y lustra
el ojo. Todas las cosas se definen y aclaran. Las yemas de los dedos son
sensibles, más sensibles que nunca sobre la superficie de los objetos. Todos
esos objetos deslucidos y burdos que tocamos aquí. Lonas, cables, cajones,
hamacas. No hay sedas aquí, ni hay terciopelos. Sí, sí hay sedas... Las de los
vestidos de Lola, intocables. El olfato parece dormido, tranquilo, sin ningún
perfume que lo turbe, durante largas horas. Pero cuando se acerca una india, se
acerca como un cuchillo y entra en el aroma de las cabelleras. La pupila
absorta y cansada del monótono color del paisaje, se estrella y hiere contra el
ángulo de una caja, que tiene filos. Y vuelve a buscar frescura en la húmeda
llanura del mar, mutable y dulce.
Así pasábamos esta vida, nosotros los
compañeros de Bahíahonda. Una vida sentada, inactiva y ociosa. Con el rostro
inclinado, la vista en la arena, mirando discurrir las hormigas que llevaban
cargas ligeras y conversaban misteriosamente, al oído; con el calor turbio o el
viento claro siempre a nuestro lado; la imaginación vagabunda surcando mares
eternos de azul y aventura. Nuestras manos perezosas, hacíanse blandas. Se
feminizaban por la ausencia de los callos. Pero tenía callos nuestro
pensamiento con la monótona repetición de las ideas, que golpeaban siempre en
el mismo sitio: soledad, silencio, abandono, mujeres, muerte...
El incidente que tuve con Gabriel, me separó
de él y de Máximo. Medité mucho sobre lo que había sucedido. Me pareció que mi
procedimiento había sido duro e ilógico. ¿Qué derecho tenía yo para insultarlo
en esa forma? No pude hallar una respuesta satisfactoria. Pero había una
respuesta que casi lo alcanzaba: mi cólera, que juzgaba noble, desinteresada,
vengadora. Vengadora ¿de qué y de quién?
Esa ruptura momentánea de nuestra amistad me
llevó hacia los demás compañeros, con quienes casi no había tratado. El cabo,
Hernando y Antonio. ¡Ah y el otro guarda! Ese hombre moreno, cetrino y
atabacado que tenía un nombre tan complicado como era simple su espíritu. Un
nombre que jamás pudo llegar a mi memoria. En realidad la población de
Bahíahonda estaba dividida en 3 grupos y un individuo. El primero lo componían
Víctor, Lolita y... Gabriel. El segundo, Chema con su indiada, sus chiquillos y
Máximo, que en ocasiones formaba parte del primero, lo mismo que Patricio. Y el
tercero, el cabo, Antonio y Francisco, Hernando, Patricio y el otro guarda. El
otro individuo, como todos ellos, pero diferente, era yo. Yo solo era un grupo.
No por mayor inteligencia, ni por bondad más grande, sino por más dificultad
comunicativa, mayor silencio, más recuerdos. El hombre que más recuerda es el
más silencioso. El parlanchín, el que siempre tiene en la boca la palabra
impulsada por el suceso o el paisaje, está vacío de memoria y de vida.
Entre los tres grupos y el individuo, había
una muda hostilidad, entrecruzada e indescifrable. Todos nos prestábamos con la
mejor voluntad y gusto más sincero, toda clase de servicios. Pero quizá la
afinidad de los caracteres, el nivel intelectual, acercaba a aquellos hombres
tan distintos, los aislaba, los separaba o los unía.
Chema todas las mañanas se levantaba a cantar,
con el alba limpia y la voz clara, que se iba haciendo oscura a medida que el
día crecía. Cantaba canciones, siempre exactas pero con un nuevo encanto. La
misma canción en guajiro, la misma copla de Carmela López y las que se había
construido para sí.
Por la noche, en la pila de sal, a donde ya no
iban Gabriel ni Máximo, que se pasaban el tiempo en el cuarto del último, sin
que se les viera casi nunca, Antonio tocaba un tiple y cantaba Hernando
canciones del interior. Canciones que me recordaban a mi tierra, cada día más
lejana. Esos bambucos que yo había oído cuando vivía en una casa por donde
pasaban los indios en la madrugada, los indios que llevaban a Bogotá sus jaulas
de huevos y rimaban su paso fatigado, caídos hacia la tierra, bajo el peso de
las cargas de ollas de barro, del color de su carne, como si fueran hechas de
su misma vida. Bebíamos café y oíamos al cabo. Contaba los más inverosímiles
embustes, las más grandiosas mentiras. Su imaginación le permitía hacer de un
grano de arena un rascacielos, de un microbio un dinosaurio. Los aparecidos y
los fantasmas, las brujas, los maleficios, los animales elocuentes, las flores
que encerraban princesas y los gatos negros, cuyos huesos servían para atraer
al diablo, poblaban su relato, confundidos hombres y entes, seres amorfos e
irreales en la más siniestra fauna.
Una noche nos hizo el siguiente relato:
Por allá de los lados de Pitalito había una
vez un hombre que era la mar de rico. Tenía muchas cabezas de ganado, tierras
cultivadas, plata en los bancos de la capital, adonde iba dos veces a
consignar, y en fin, todo lo que tiene un hombre bien rico. Nadie le conocía
familia, ni parientes cercanos o lejanos. Vivía solo, se cocinaba él mismo, y a
las 6 de la tarde despachaba a los peones para sus casas. Yo conocí la casa de
la hacienda, que era grandota, inmensa, mucho más que el edificio. Se veía que
estaba muy descuidada, porque donde antes hubo un jardín ahora estaba todo
lleno de hierbas, y las ventanas nunca tenían luz, ni de noche. Como era tan
apretado... Les regateaba a los pobres arrendatarios hasta el último centavo y
los días de pago eran para él días de fiesta, porque le había robado a alguno,
con toda clase de mañas y de engaños. La gente decía que ese hombre iba a morir
mal, que se lo iba a llevar el Patas, y así sucedió. Un día como le había
dado...
-¿Y cómo era él?- interrumpió el guarda que
tenía el nombre difícil.
¿Qué como era? Pues era un hombrecito bajo,
bajito, todo envuelto en una ruana gris, con los ojos más brillantes que un par
de carbones, y las manos con unas uñotas largas y sucias. Tenía unas barbas
escarraladas y largas y caminaba aprisa, conversando entre dientes. Era muy feo
el pobre.... Pues bueno, como a él le había dado por hacerse más rico de lo que
era le dio por llamar al diablo quesque para venderle el alma. Qué opinan del
sinverguenza viejo! Pues sí señor. Averiguó cómo se hacía para llamar al mandinga
y una vieja que trabajaba en la hacienda le dijo que tenía que robarse un gato
negro, un tercio de leña, una olla de barro, un poco de agua y unos fósforos.
Eso sí, todo tenía que ser robado, porque si no, el diablo no venía. ¡Ah!
También tenía que robarse unos palos para hacer tres cruces. La vieja le dio,
todos los datos. Tenía que irse una noche que no hubiera luna, a una monte que
estuviera por lo menos a una hora de la hacienda, con el gato encostalado, la
tinaja y el agua, la leña y las tres cruces. Tenía que ser un sábado y calcular
para llegar al monte en punto de doce. El viejo cogió camino una noche como a
las once, según me contaron después, con todas las cosas robadas y llegó a la
mitad del monte. Prendió la candela con los fósforos que llevaba. Puso a
calentar el agua y cuando estuvo bien hirviendo echó al pobre gato vivo.
¡Consideren cómo serían los berridos del pobre animalito y el susto del viejo
jijuna! ¡Ahí sí que se le debió dar la horrorosa! Tenía que tener las manos
puestas encima de la tapa de la olla para que no se le saliera el gato, que
berriaba como un condenado. Y con una noche tan negra y en la mitad de la
montaña. Cuando el gato estuvo muerto, claro que no se movía la tapa y entonces
era cuando venía la parte grave del pasillo. El viejo tenía que esperar a que
el gato se deshiciera y quedaran los puros huesos. Como el agua estaba bien
hirviendo, como para pelar pollos, el gato se deshizo en un volar. Y el viejo
temblando del puro miedo, con una terronera de los demonios, empezó a sacar, de
espaldas a la olla y listo para coger una cruz, los huesos del pobre animalito.
Cogía un huesito, y se le quemaba la mano, con el agua hirviendo. Y gritaba:
¿“Este es”? Y una voz ronca, como de viejo, le contestaba: “¡Nooooo!” El pobre
viejito se iba muriendo a cada berrido, más horrible que los del gato. Ni por
nada me había metido yo en ésas. Por fin, al buen rato, cuando ya no había casi
huesos y estaba sacando los de las paticas, volvió a gritar, casi llorando del
dolor en las manos y del miedo: “¿Este eees?” Y le conotestaron: “¡Síííí...!!”
El viejo agarró la cruz y pendió carrera, con el hueso apretado. Pero como
tenía que pasar una quebrada, la cosa era fregada. Con el hueso lo que tenía
que hacer era meterlo entre un baúl debajo de la cama, y siempre que el hueso
estuviera allí el baúl estaba lleno de plata. Pero el día que el diablo llegara
y le quitara el hueso, o que él le contara a otra persona, se moría ahí mismo e
iba a dar al último pailón. En todas esas iba el viejito corriendo, cuando
llegó a la quebrada, más muerto de miedo que un conejo. Y cuando estaba
buscando por donde pasar, oyó que un niñito, o una voz de mujer llamaba por ahí
entre las piedras:: “Paaaaapáááá...” Y lloraba. Al viejo, talvez del puro
miedo, se le achicó el corazón y se puso a buscar a la persona que llamaba. Y,
envuelto entre unos pañales, encontró a un niñito como de un año, bonito,
pelinegro y con unos ojos como carbones. Pero era chirriado el chino, y se
reía,. Lo alzó y pensó llevárselo a la casa, y empezó a pasar la quebrada,
cuando en la mitad, oyó que el chino le dijo, con una vozarrona como la que le
contestaba “Síííí...” y “Nooooooo...”: “¡Papá! ¡Ya tengo dientes!” El viejo se
asustó y volvió a mirar al chino, y ve que en lugar del muchachito bonito que
había recogido tenía entre los brazos al mismo demonio, con unos ojazos
grandotes, que echaban llamas y unas uñas como de gavilán y unos dientes
largotes. El pobre viejo soltó el joto en que estaba el diablo y al otro día lo
encontraron muerto ahí en la quebrada, todo arañado en todo el cuerpo, que
parecía que le hubieran pasado tenedores. Y en la mano tenía el huesito del
gato, pero no estaba blanco como él lo trajo, sino echando sangre como si
acabaran de matar al animalito. Ahí mismo lo enterraron porque nadie quiso
llevarlo al cementerio y la plata que tenía la sacaron del banco, vendieron la
casa y el ganado y dieron la plata para que dijeran misas y la demás paa un
convento. Ahí está lo que le pasó al viejo por avaricioso y sinvergüenza...
Todos comentábamos los cuentos de Federico
Ramírez que así se llamaba el cabo, y Patricio contaba cuentos verdes, y
Hernando y Antonio seguían tocando y cantando, hasta que poco a poco no quedaba
nadie, porque todos se iban a acostar para levantarse a hacer la guardia.
Uno de esos días se enfermó Antonio y me
tocaba llamar a Gabriel. Era un turno de las 12 a las 2 el que me tocaba a mí y
a él el de las 2 a las 4. Me disgustaba tener que hablar con él después de
nuestro disgusto, pero, como no había más remedio, me decidí a hacerlo. Después
de todo, qué me importaba? Lo llamaría hasta que me contestara y no tendría que
esperar a que se levantara para irme a acostar.
Me llamó Chema, como a las 11 y media, porque
él siempre tenía la costumbre de llamar antes a quien le seguía, y se ponía a
conversar con uno, a contarle cosas de los indios, de quienes sabía todas las
costumbres. Estaba empeñado en que yo comprara una india y esa noche volvió
sobre el asunto:
Como te lo he dicho, compa, e bueno que te
vaya preocupando por comprá la chinita. Yo te repondo que e honrá, porque lo
conóco. Y e mu bonita y jovencita. Mañana, si quiere, podemo ir al rancherío,
que queda aquí cerca y la conoce y si te guta le hablamo ar tío y lo demá se
arregla en un momento. Fíjate Antonio cómo vive de bien con Francica. Y eso que
esa era una india putísima...
Afortunadamente, se compuso y ahora ni a olé
se lo da a nadie aunque le ofrecan eta vida y la otra...
Bueno, si quieres, mañana vamos a ver a la
india, pero yo no me comprometo a nada. Es una vaina eso de meterse uno en
esas. Después le sale a uno un demonio y a ¿quién le va a dar las quejas?
¡Ah! Pue se lo dice ar tío y la cobra al que
la haya cogio y te tiene que da tu plata, lo mimo que te cotó...
¿Y tu crees que yo me voy a poner a hacer esas
cosas? No faltaba más...
Pue aquí no se pué vení a se pendejo, poque se
lo come a uno er tigre. Tiene que dejáse uno de pensá que eso e una
sinvergüenzura y hacé o que hacen tóo. ¿Pero, siempre vamo mañana, no?
Sí, mañana vamos al medio día, para volver por
la tarde. ¿Te parece?
Sí, ¡hasta mañana!
¡Que pases buena noche!
Me quedé solo, con mis pensamientos y mi
fusil, inútil. Y recordé minuciosmaente cuanto había sucedido desde el día de
la pelea con Gabriel.
Esa tarde, resolví ir a comer, como de
costumbre, donde Lolita. Esperaba que estuviera disgustada conmigo, e iba
preparado para hacerle algunas reflexiones amistosas. No hubo necesidad. Me
recibió como si no hubiera sucedido nada. Me sirvió la comida y se sentó a mi
lado. Yo sentía una turbación extraordinaria y seguramente ella lo notaba,
porque me dijo burlona:
¿Por qué te pones tan colorado...? ¿Crees que
te voy a comer? Ni que fuera una fiera...
No, si no me pasa nada...
No me pasa nada... Y estás como si hubieras
corrido una legua con un perro bravo detrás.
Es que está haciendo calor... ¿No lo siente?
Aún no me atrevía a tutearla.
¡Qué calor ni qué pan caliente! Yo sé qué es
lo que te pasa. ¿Es por lo de esta mañana?
¿Lo de esta mañana...? ¿Qué fue...?
No te hagas el bobo... Tu sabes lo que fue...
El chiste ese que le hice a Gabriel.
¿Chiste...? -y reía indignado e irónico-.
¡Sí, chiste...! ¿qué más podía ser? ¿Acaso iba
a ser de verdad? ¿Como si yo fuera a ponerme en esas cosas con cualquiera. No
faltaba más. ¿Es que usted no me conoce?
¿Se figura que con el primero que llega voy a
hacer quién sabe qué! ¡Ni lo piense! En sus ojos se veía el esfuerzo que hacía
para mostrarse airada y no reír.
Yo no he pensado nada... Solamente he visto...
¿Y qué viste?
No... Nada...
Conque nada... Entonces ¿por qué hacer esa
mala cara?
Yo qué mala cara voy a estar haciendo... ¿No
me ha visto que soy siempre así?
¡Qué va a ser siempre así! Lo que pasa es que
el Víctor quién sabe qué le diría... Como es tan malicioso...
Lo único que me dijo fue que “me la
recomendaba mucho” -subrayé estas palabras, diciéndolas en voz más alta,
mientras a miraba a los ojos.
¿Que me recomendaba mucho? ¿Y él qué demonios
tenía que recomendarme? Ja, ja, jaaaa...!! -Reía con una risa burlona y
maligna, llena de mofa y desprecio.
¡Sí, claro! Me la recomendó para que la
acompañara y para que le ayudara en lo que pudiera. Para nada más...!
¡Ah sí! ¿Para nada más? ¿Y entonces por qué
esas caras como si me fuera a pegar, por una bobería?
¿Y le parece bobería ofrecerle un beso a
Gabriel?
¿Beso? Si no estoy loca. A mi no me gustan los
hombres ojiazules. Me gustan son los ojinegros... como Víctor y como otra
persona...
¡Ah sí! ¿Los ojinegros...? -Y me levanté para
salir, pero me cogió por una mano y me detuvo-.
¿Pero, de veras estás creyendo que a mí me
gusta el bobo ése? ¡No!
Si yo no creo nada...
Salí, y no volvimos a hablar una palabra del
asunto. Cada día era más obsequiosa y llena de cuidados para mí. Me buscaba
siempre lo mejor y procuraba que estuviera contento. Jugábamos con Patricio al
tute y al póker y ella nos miraba, fumando o cosiendo. Pensé por un momento que
todo no era en efecto sino mala interpretación por mi parte, pero un pequeño
detalle me hizo volver a la duda. Un día que no tenía cigarrillos, le pedí que
me diera uno. Me dijo que no tenía, pero al rato que volví al cuarto a beber
agua, la encontré fumando “Camel”. El único que tenía de esta clase de
cigarrillos era Gabriel, a quien se los había traído Parada.
Pensando en todas estas cosas se ha pasado un
buen rato, sin que me haya dado cuenta corriente. Son ya casi las dos. El cielo
está tibio, lleno de nubes diáfanas, llenas de estrellas. No hace calor y sopla
un vientecillo suave, que trae hojas y polvo... Una chiva que Máximo tiene
atada a un poste, mira a todos lados y está inquieta. Parece que presintiera la
muerte cercana. La muerte que va a venir con el día. En el cuarto de Gabriel no
hay luz. Debe dormir y acaso sueña con Lolita. ¿Qué soñará? Acaso sueña que lo
besa, con el beso que le prometió un día y que talvez -¡Dios lo quiera!- aún no
le ha dado.
A medida que pasa la noche, las nubes van
haciéndose grises, planas, pesadas, de plomo. Bajan hacia el horizonte, sobre
el mar y sobre la tierra, caliente, que respira toda la frescura de la noche,
agobiada por el cansancio del sol que la quemó constante durante el día.
Ya son las 2. Voy a llamar a Gabriel. Tengo
sueño y dormiré hasta tarde. Hasta las 7. No se puede más. Al pasar por el
cuarto de Chema oigo un rítmico crujir de maderas. Es casi una música, pero
monótona, regular, como la que acompaña a sus canciones. Será que... Sí, debe
estar con aquella india que ha llegado esta mañana y que me pareció tan
seductora. Se llama Pepita y es muy morena, con unos ojos negrísimos e
inmensos. ¿Será con Pepita que está? Ese ruido, ese rumor... Y ese hombre tan
negro y tan feo... Tan sucio y ella, tan blanca... ¿Tan blanca? Pero, la estoy
confundiendo con Lolita. Es que son parecidos sus nombres, ¿Lolita acostada con
Chema...? ¡No! ¡No! Sería terrible.
¡Gabriel! ¡Son los dos!
Nada. Silencio, después de los golpes que he
dado sobre la puerta. Silencio ancho, infinito como la noche.
¡Gabriel! ¡Gabriel! ¡Son las dos! ¡Levántate!
-torno a llamar. Ahora es con angustia, con temor, con zozobra...
Otra vez responde la voz del silencio que es
el eco. El perro que duerme a la puerta de cuarto de Chema, ladra.
¡Gabriel! ¡Gabriel! ¡Gabrieeeel!!!! -Son
alaridos los que salen de mi garganta. Se van a despertar todos. Es mejor
empujar la puerta, hasta ver si le ha pasado algo o qué ha sucedido.
La puerta cede tras una breve resistencia. Le
había puesto un pedazo de remo roto y seguramente había salido por la ventana,
porque no había nadie en el cuarto. El lecho estaba intacto. En la hamaca había
dejado una manta roja. ¿Dónde estaba? ¡Maldita sea! ¿Acaso con ella? Iría a
buscarlo. Sí, los sorprendería para que murieran de terror al verme, al conocer
en mis ojos que se lo diría a Víctor. A Víctor, que los mataría a ambos.
Salgo del cuarto con el fusil en la mano, en
balanza, como si estuviera dispuesto a apuntar y a disparar. Patricio se ha
levantado y viene a mi encuentro, con el fusil listo también.
¿qué pasa? ¿Por qué gritaba? ¿Viste a los
indios?
No... Nada... Si no ha pasado nada... Vete a
acostar... No ha pasado nada...
¡Ah! Creí que venían algunos indios. Como a
veces llegan de noche y lo ponen a uno malicioso... ¿qué horas son?
La una y media...
¿La una y media? Parece que ya fuera a
amanecer... hasta mañana.
¡Hasta mañana!
Cuando Patricio acaba de entrar a su cuarto,
veo que Gabriel sale de la casa de Lola. Con el cabello revuelto, los ojos
vivos, atemorizados... a boca húmeda, el vestido flojo. No ha alcanzado a
atarse la faja y le cuelga uno de los cordones, por detrás.
Se acerca a mí, paso a paso, y me dice,
tembloroso, con un temblor lleno de lágrimas:
Mira... No... le... digas... na... na... da...
¿Que no le diga nada a quién? -respondió con
una voz dura y cortante. Con una voz que lo detiene antes de que me toque-.
A... a... a ella... Yo tengo toda la culpa...
Estoy loco por ella -su voz se hace firme, sin quebraduras- la idolatro y ella
ha cedido... Pero, no le digas nada... ¡Pobrecita! ¿Me lo prometes? ¡Dime que
no le dices nada! ¡Hazlo por lo que más quieras! ¿Verdad que vas a hacer como
si lo ignoraras? Sí ¿Verdad...?
Hay tanta angustia, tanto temor, tanto amor en
esta voz de hombre, temblorosa, llena de lágrimas, que, a pesar de lo que
quisiera le digo:
¡Bueno...! ¡Ya son las dos! Me voy a acostar.
Me sigue hasta mi cuarto, preguntándome.
¿Verdad que no le vas a decir nada? ¿Mañana no
le dirás que me viste esta noche salir de su cuarto? ¿Verdad que no?
Cierro la puerta sobre su rostro, como si
quisiera romperla sobre su pecado. Comienzo a desvestirme, y cuando ya voy a
tenderme, movido por un impulso irrefrenable salgo a la puerta. Está sentado en
el suelo, con el fusil entre las manos. El mío, que se lo he dado. Puede hacer
lo que quiera de mí. Pero no pienso en eso, y le digo:
¡No, no diré nada...!
Vuelvo a cerrar la puerta, y oigo un ruido
vago, como de sollozos o de besos. ¿Será él, que llora, o Chema que besa? Son
tan semejantes los rumores del llanto y de os besos...
No puedo dormir a pesar del cansancio y del
sueño. El problema de Lolita me preocupa insistentemente. En todos los lugares
que pasan por mis ojos, está ella. Con su cara blanca, blanca. Hoy es 30 de
octubre. 30 de octubre... Hace ya mucho tiempo que estoy en la Guajira... Va a
hacer 2 años... Lolita está acostada y Gabriel llora... ¿Qué hago? ¿Le digo a
Víctor? ¡No, sería una delación infame! ¡Que se lo diga otro! Pero ¿quién se lo
va a decir? ¿Y si no se lo digo yo, no comento una falta más grave? ¡Ser desleal
a su amistad, casi tanto como Gabriel! Pero tampoco podré condenar a la muerte
a esos dos seres que se aman. Porque se aman. No hay lugar a duda. la mujer no
se entrega sino por amor, o por dinero. Sobre todo aquí. en otros lugares
talvez lo hagan por vicio, por tedio, por curiosidad. ¿Pero, aquí? ¡Por amor o
por dinero. O por hambre! ¡Sí, como las indias! Pero, ella no tiene hambre ni
necesita dinero... ¡Lo ama, lo ama... Lo ama! ¿Y cómo voy yo a poner ante el
revólver de Víctor a estos dos cuerpos que se lanzan el uno hacia el otro con
un ansia devoradora y fecunda? ¿Cómo puedo hacer que la muerte destruya todo
cuanto han soñado, todo lo que han imaginado en sus momentos de locura? No....
No lo haré... Puede ser inmoral, pero, en estos momentos no me importa la
moral. Es mejor ser humano, profundamente humano -y humanidad es comprensión,
bondad, sacrificio-, que ser moral, ceñido a todas las reglas y a todos los
prejuicios sujeto. No... No lo haré... qué me importa Víctor que es un hombre,
bueno y fuerte, si frente a él están el amor y la vida de una mujer ¿para quien
es el amor razón única de existir? El hombre, no. El hombre tiene a todas las
mujeres, que le hacen olvidar a la Mujer. Tiene el alcohol, y tiene el juego, y
la aventura... ¿Pero, ella? Ella tiene su amor solamente. Su amor que la llena,
que la hincha de placer, que le da toda la dulzura de la vida en sólo un beso y
en sólo un beso puede agorarla de dicha. Ella amará a un hombre, porque no ha
encontrado el amor que le señaló la sociedad y la iglesia... ¡La sociedad...!!
¡La sociedad...! ¡Jaaa jaaa!! ¡Jaaaa...!! ¿Pero hay algo más despreciable, más
sucio, más inmoral que la sociedad? Que esa sociedad, pacata y lujuriosa, que
se esconde para fornicar, para mancillar, para robar, para asesinar y sale a la
mañana siguiente a predicar la moral y la justicia, la verdad, lo que ellos
llaman la verdad...? Aún sabven a alcohol sus bocas y huelen a sexo sus carnes,
cuando están diciendo: ¡maldito sea el lúbrico! ¡Maldito sea el ladrón! ¡Ay del
asesino! ¡Ay del soberbio! ¡Los miserables...! ¡La sociedad! ¡La sociedad! ¡Y
quién les ha dado ese derecho de juzgar? Ellos, ellos, que lo necesitan para
ocultar sus pecados, sus vicios, su maldad! ¡No diré nada, naa, nada... Auqneu
me mataran, no diría nada!
Que se amen, que se muerdan, que se bese, que
se estrujen sus cuerpos... Que la vida sea corta para ellos, para ellos que se
aman... Que la vida sea corta para ellos, para ellos que se aman... ¡Qué
importa la felicidad y ¿qué importa la vida de un hombre, ante la realidad del
amor de dos seres? ¡Lo único claro, lo único puro, lo único verdadero en la
vida es el amor, porque con él viene la muerte...! ¿Y lo demás que importa? ¡No
diré nada, nada, nada...! ¡Que se amen bajo el manto de mi silencio! ¡Que mi complicidad
sea blanda para sus besos. Y que vean en mis miradas reafirmarse su dicha...
¡Qué tarde es! El turpial de Hernando canta.
Canta con unos saltitos de la voz, que encuentra obstáculos en el aire denso,
con unos salticos que hacen dulces vaivenes y escorzos de sonidos. Mi cabeza
está limpia, como si hubiera acabado de nacer. Ningún recuerdo turba mi
tranquilidad, que se extiende a mi lado como el mar, ondulada y tranquila. Mi
tranquilidad, tranquila, justa, callada. Callada, callada, callada. ¡Oh la
dulzura de guardar un secreto! ¡De saber lo que sólo yo sé! Tengo un tesoro
para mis horas de tedio, una mina para que mis pensamientos busquen en ella
áureas vetas de misterio, de detalles. Nadie más sabe lo que yo sé. Todos lo
ignoran y callo, callo como el mar, que apenas murmura su canción sedosa, su
canción de lejano violín. !La mañana también es clara cuando del cuarto de
Chema sale Pepita! Estoy alegre, me siento bueno, amable.
¡Pepita, piraka!
¿Aaaah...? ¿Qué quieres?
Ven, ven que te voy a a decir una cosa...
Ahora, después vengo... -Me responde con su
voz tanto tiempo atrás presentida, con su voz de moneda de oro. Con su voz
guajira, sonora como el Nordeste y como el viento desgarrado por las espinas de
los nopales. ¡Ahora vendrá! ¡Pepita! ¡Lolita! ¡Ahora!
Solo, frente al paisaje de mar y de viento, de
plantas verdes y tierras grises, amarillas y blancas, contemplo y acaricio con
el pensamiento el recuerdo de las mujeres de la Guajira. Todas pasan sin que en
mis labios nazca la sonrisa, hasta llegar a Kuhmare, Kuhmare, mástil del barco
de mi vida, Kuhmare con labios de miel y brazos de color de nuez. Y ahora
Pepita, con sus ojos profundos donde de nuez. Y ahora Pepita, con sus ojos
profundos donde termina toda la negrura y comienza la luz: con su dorada piel,
con su boca jugosa que ha besado Chema, Chema el rijoso, el alcahuete, el
libidinoso. Que ha cubierto su cuerpo débil y amable hasta ocultarlo con la
masa del suyo borroso, sin líneas, amorfo.
El paisaje está abandonado en el silencio. Ni
un canto, ni una voz, no gorjea un pájaro. El calor no desciende del sol, baja
del aire, sale de la tierra, riela, moviliza las cosas y los seres en un
temblor de fiebres.
¡Allá viene Pepita! El viento le ciñe al
cuerpo la manta azul. Sus senos nacen a mi vista entre el aire, como dos
naranjas redondas y maduras donde está toda la frescura que se perdió en este
día. Allá está la dulce tibieza, la dorada molicie. En esas cúpulas de bronce
el aire toma formas ágiles, se envuelve, gira. Y su sonrisa aroma de atmósfera
que antes olía sólo a distancia y a sal. ¡Allá viene Pepita! ¡Allá viene! Yo
está a mi lado, con su boca más amplia y más severa, sin sonrisas, muda,
callada. En su cabello negro el sol cae como sobre un lago de pez. Pepita huele
a aceite de coco y a esencia de beso. entra a mi cuarto, que con la negrura de
su cabello y de sus ojos se ha hecho más oscuro. Nuestro beso llena de claridad
lo que fue negación de la luz, y muchos siglos de vida pasaron por encima de
nosotros en esos breves minutos.
¡Allá va Pepita...!
Ahora son más hondas sus caderas, su andar es
menos firme y en sus ojos brilla la luz difusa del cansancio esperado. El
cansancio que ambos sabíamos que vendría y sin embargo fuimos a buscar, por un
camino de piel árida por la fiebre como el paisaje de Bahíahonda. Un paisaje,
como el que ven mis ojos, de un solo color.
Vamos Chema, Hernando y yo a conocer a la
india que el primero de ellos desea que yo compre. Para tomar el camino que
conduce al rancherío seguimos por la derecha del edificio, descendimos a una
llanura, plana y terrosa, que fue antaño salina. Pasamos por un pequeño cerrito
vecino a la playa, lleno de espejitos romboidales y cuadrangulares de mica. En
ellos se mira el sol, pero no puede verse, porque sólo reflejan su propia luz,
insolente, exacta.
El resto del camino es semejante a todos los
caminos que he recorrido en la Guajira. Los mismos nopales y cardones y cactus
tendidos sobre los viajeros para detenerlos con sus espinas. Cardones en forma
de abanico, pesados y duros, con sus hojas de un verde marino llenas de espinas
blancas, tostadas. Ya hay yguarayas, picoteadas por los pájaros. Los guarumos
están secos, la tierra tiene sed, alza su boca abierta al cielo implacable que
le envía solamente luz y calor. ¿Pero, el agua? ¿Dónde está el agua? En los
pozos sucios, más bien que pozos, barrizales, donde el ganado de venas firmes y
largas bajo la piel de terciopelo, bebe toda la fescura que no alcanza a beber
en os ojos inmensos de sus compañeros.
La otra hamaca -dice Chema- se la vendí a
Gabrié, poque me dijo que la necesitaba, y, como que e que la quiere pa
regalásela a Patricio pa el día que compre la india, que ya e pronto, poque al
día siguiente al que llegue Vito, lo indio van a llevásela. La hermanita de esa
india, de Jenia, etá ahora en el encierro y saldrá de aquí a uno quince día.
Lo der encierro e que a la muchachita cuando
le viene la regla, que se llama majuyura, la encierran en una pate der rancho
aonde no la vea nadie. La econden y allá le pasan la comía y er agua por un
hueco y ella mientra tanto aprende a cosé, a tejé faja, a labrá totuma y
calabazo. Y cuando la sacan, a lo tre mese, entonce ya la puéen comprá. Ese día
hacen baile y casi siempre el mismo día la ecoge argún indio.
¿Y no las puede ver nadie?
No, no la pué ver nadie, poque entonce dicen
que le va a ir mal y que le han hecho maleficio. Eso indio son fiera para esa
vaina de lo maleficio. Como dicen que Guandurú -el espíritu del mal- y Yarujá
-el diablo, o algo parecido- andan derá de ello pa vé qué mal le pueen hacé, de
to se ponen sopechoso y le echan la curpa...
¿De modo que ellos creen en el diablo?
Que si creen... Pue claro. ¿No ve tú que nunca
un indio sale solo de noche ni por er carajo? E que tiene un miedo joiísimo de
que lo vaya a fregá Yarujá.
¿Y en Dios, sí creen?
Sí, ello creen en Dió. Y lo llaman Mareigua.
Pero no le rezan ni na...
¿Y los capuchinos no les han enseñado nada, ni
vienen por aquí?
¿Lo capuchino? Pero, hombre. Si lo capuchino
no hacen ná. Ello viven allá en Nazaré y en Pancho en su orfelinato sin hacé
ná, na má que engordá... Pa eso le paga er gobierno... Ca rato se le fugan a
indiecita y lo chinito, pero ello no saben ná... Y e poque le dan mitá y mitá
de pan y de panela y un poquito de mazamorra de maí y lo pobre tienen hambre...
Pero -arguyo- los indios siempre tienen hambre
y piden qué comer.
¡Ah! Sí... Pero e que como allá lo llevan
desde chiquitico, no se acostumbran...
¿De manera que los capuchinos no salen de
Nazareth y Pancho?
¿qué van a salí... A qué? No son tan
pendejo...
Ya llegamos. Nos saludan dos indios robustos y
altos, con sus temblorosas y bruñidas carnes desnudas, sus tekiaras de paja y
sus guayucos limpios, que les cubren el sexo. En un rincón una india joven
mastica el maíz y lo arroja entre una tinaja. Es joven y fresca, gordita, pero
no es bella ni tiene ningún atractivo. Chema le habla y me señala, y ella se
ruboriza, o intenta ruborizarse porque no se le nota. El rubor es del mismo
color que el resto de su cuerpo.
Anda, hombe, arrímatele... No sea flojo.... No
sea flojo... -dice Chema y me empuja hacia la india.
Mira -me dice Hernando-: allí es donde tienen
encerrada a la majuyura.
Y me enseña una especie de cobertizo hecho con
trapos viejos, sucios. Una india que nos ve observando aquello a muy poca
distancia, pone mala cara y nos hace seña de que debemos retirarnos. Nos
sentamos en los chinchorros y nos dan de beber chicha. Tiene un sabor agrio,
penetrante, que causa estremecimientos. Con ese licor se emborrachan los indios
a falta de ron o aguardiente. Por el sucio suelo, lleno de cortezas de
yguaraya, hay tinajas, artesas, totumas. Las gallinas con sus polluelos buscan
gusanillos, haciendo un ruidito sordo y continuado. Hay una gran cantidad de
perros. Todos flacos, llenos de huesos, con la mirada turbia y las colas
pegadas al piso. Van de un lado a otro, como locos, sin saber qué hacerse,
buscando algo qué comer. Una perra camina seguida por 6 perritos amarillos. Sus
tetas están lacias y negras, vacías, y los cachorros la detienen a cada momento
para mamar sin ningún resultado. Parece que estuviera convencida de que se va a
morir de hambre, porque no busca, no mira y sigue su camino, a cada momento
interrumpido por los gozquecillos impertinentes, sin preocuparse por nada.
Una india alta y delgada, blanca, con los ojos
color de tabaco claro, viene hacia nosotros, sonriente. En sus bellos dientes
húmedos brilla el verdor de los nopales.
¡Eta e la india e Patricio! -me dice Chema.
¿Chusca, no? -pregunta Hernando-, para quien
no hay una sola india que no sea perfecta.
No respondo y miro a la india, que conversa
con Chema. Ríe alegre, con una risa diáfana y pura. Seguramente Chema le da
bromas, por su próximo matrimonio. En un rincón, sentado, con la cabeza apoyada
en un poste, duerme un indio cuya cara me es conocida. Le preguntó a Hernando:
¿Quién es ese indio?
Ese -contesta- es “El Chulo”...
¡Ah! ¡Sí! El que estaba en la playa el día que
vine...
¡Claro!
Sí, va cuando llega la goleta, a ganarse un
poco de maíz y tabaco, ayudándonos a descargar las pipas.
Bueno -me pregunta Chema- ¿le digo a lo indio
que tú quiere comprá la majuyura?
No... No les digas nada todavía.
¡Mietda compa...! ¡Pero tú si que tá
apendejao...!
No, es que es mejor pensarlo... No me he
resuelto todavía...
¿Bueno, entonce no vamo?
Sí, camina...
Nos despedimos de los indios y tomamos el
camino de Bahíahonda. Es tarde y el crepúsculo se avecina. Nubes grises con
filos rosados, se agolpan en el occidente. El cielo adquiere tintes nuevos que
no conocíamos ayer. Anaranjados y violetas, amarillos y rojos, se diluyen en l
espacio. El viento sopla más fuerte, como si la vecindad de la noche le diera
fuerzas para llegar hasta el día siguiente. Marchamos en silencio, sobre la
arena tibia que cruje bajo nuestros pasos rítmicos.
De nuevo pienso en Gabriel y en Lolita. En
Lolita, a quien no he visto hoy. Esta mañana no quise ir a almorzar a su casa,
a pesar de que me mandó llamar con Patricio. Es una imprudencia, porque puede
sospechar que yo sé algo. Pero, no podía; un temor extraño de que viera en mi
rostro -que procuraba hacer tranquilo como un espejo frente al cielo, sin
ningún paisaje ni figura alguna, ni recuerdo alguno de líneas ni volúmenes- la
certeza de su perfidia- ¿por qué su perfidia? ¿Por qué esa estúpida palabra?
-me impidió hacerlo. En ese momento, sus manos tamblarían, con un temblorcillo
minúsculo; por su rostro correría la vergüenza en grandes oleadas oscuras que
reemplazaría en breve la palidez... ¡No! ¡No podía hacerlo...!
Más tarde, cuando ya mis ojos hubieran visto
otros rostros y mi pensamiento contemplara otros seres y estudiara otros
sentimientos y sucesos. Fui a donde Hernando, que me dio sopa, arroz y pollo.
Cómo son de baratas las gallinas aquí...
Y cuando Víctor llegara, en nuestras miradas
no tropezaría con la sospecha. Serían lo mismo de límpidas que cuando él se
fue. Lo mismo de fresca y de sincera sería nuestra sonrisa, porque ya el tiempo
nos habría acostumbrado a que un suceso que en el principio era insólito y
terrible, fuera ese día común e importante. Ahora, al llegar, iría. La sombra
nocturna, rota apenas por la lamparilla de petróleo, azul y amarilla, cubriría,
si algo quedaba, de esos gestos que hacemos cuando sabemos algo y no queremos
que el interlocutor se entere. Esos gestos que no podemos evitar y que nos
delatan con toda su elocuencia callada. Comería allá y me iría acostumbrando a
ver la tragedia desde cerca. A observar cómo empalidecía por los besos, que,
seguramente, Víctor no prodigaba, y cómo era dulce conmigo en los momentos en
que soñaba con él. Talvez en un instante de distracción, se le saldría su
nombre de la boca, querría alcanzarlo, volverlo a llevar a la mudez, a su cuna
de las cuerdas vocales, de donde salió, haría imposibles esfuerzos por aparecer
serena, y, por fin, sus ojos, que se asombraron en el momento en que vieron
cómo crecía en el aire la palabra indiscreta, se volverían hacia mí
arrepentidos y pidiendo misericordia. ¡Iría! ¡Iría a verla, para no comenzar a amarla!
Desde que aquella noche lo comprendí todo, comenzaba todo, comenzaba a sentir
por ella algo más que el cariño de antes, el que duraba desde que la conocí.
ahora, al oír su nombre, mi sangre se encabritaba sobre los músculos y hacía
que se distendieran o se crisparan. Apretaba las manos convulsivamente y mordía
mi labio inferior como si fuera el suyo. Y siempre estaba en mi cabeza por
todos los lugares del pensamiento, superponiéndose a todos los rostros,
buscando los huecos para aparecer en ellos, llenándolo todo; volúmenes, vacíos,
protuberancias y planicies.
Llegamos con luna. Nuestras sombras marchan
delante de nosotros, borrándonos el camino. Se mueven de izquierda a derecha,
como para impedir que veamos el sendero: se alargan, enflaquecen, se meten
entre los matorrales, y al cambiar de rumbo, siguiendo el camino, saltan a
nuestro lado, compañeras grises, aplastadas, variables y móviles.
Desde aquí se ven las luces de Bahíahonda,
trepada sobre la pequeña altura. Bahíahonda ¡donde está Pepita! Donde Lolita
cocina ahora para mí, pensando en Gabriel. ¿Pensará en él? ¿O... en mí? En mí,
por qué?
Aquí está otra vez mi cuarto, que va a guardar
mi fatiga. En nuestros cuartos siempre está la fatiga llenando los rincones con
su gris polvoriento. El cuarto lleno de frescura, la frescura del agua de la
tinaja, que se comunica a toda la atmósfera, a este ambiente que me rodea,
lleno aún del perfume de Pepita, que estuvo aquí hoy y puso en mi hamaca el
peso de su cuerpo frágil. Que me dejó en las manos el color de su carne dorada
y en los ojos las curvas de su figura de caucho. Si no fuera por las indias éstas,
buenas, fáciles, generosas, sería imposible vivir en la Guajira. En esta tierra
llena de cortes y de aristas, espinosa y terrosa y ventosa. Tierra de sed, de
sol y de sueño. Tan distinta de mi Bogotá, tierra fresca eternamente, con su
clima invariable que no oscila en el termómetro; que permanece inmóvil con sus
nubes situadas en los mismos lugares, con las mismas formas que se deshacen en
un tiempo medido. Aquí no cambia el tiempo, pero el calor está sujeto al
capricho del viento. Sopla el Nordeste con tanta fuerza en ocasiones que
tenemos que abrigarnos por la noche con mantas. Y el escenario del mar y del
cielo, eternamente cambiante. Con nubes voladoras, que se contorsionan, sedeñas
nubes que se disuelven en el espacio con un soplo de viento, y otras, como
gigantescas catedrales, que, negras el principio y profundas como vientres, van
invadiendo el cielo, poco a poco, con su color y con su masa.
Bahíahonda está ahora llena de molicie y de
amor. Dos seres que aman con furia, agotando los días en minutos y devorando
las horas que saltan, escapan de sus manos que quieren hacerlas eternas. Sus
bocas se tienden hacia la vida, hacia el mordisco que hace carne y sangre del
amor. Que lo objetiviza, lo concreta. El ojo, el gusto, la nariz, el tacto y
los oídos, son cinco contactos que la vida coloca sobre el pecho de la muerte.
Saben que cada mirada, cada perfume íntimo, cada uno de esos perfumes que tienen
tantos matices como e día, cada gusto de un beso, hará que su amor se acerque
al fin: el hijo o la muerte. En todo caso, la muerte. Y se van hacia la muerte,
ciegos, mudos, sordos, sin olfato y sin gusto, porque el amor ha comprendido y
compendiado todos los sentidos en el deseo único y dominador de poseerse.
Sobre sus cuerpos jóvenes está el cielo,
abierto como sus bocas tenaces. El mar acompasa su música a sus incomprensibles
palabras, y bajo ellos está, eterna y firme, como un miembro inmóvil, la tierra
seca y larga para que sobre ella se amen todos los hombres...
"20"_
Frente a los ojos de Lolita. La aventura
nocturna de Hernando. En Bahíahonda nace una nueva vida._TC "Frente a los
ojos de Lolita. La aventura nocturna de Hernando. En Bahíahonda nace una nueva
vida."_
Voy hacia donde Lolita, que me ha mandado
llamar con una de las indias que hay en la casa de Chema. Con un trapo húmedo
me limpio la cara, cubierta por la arena del viaje; me quito las guayreñas y
las golpeo una contra otra para que desaparezca el polvo y me paso el peine por
la cabeza de cabellos ya muy largos.
La comida está servida. La veo desde la puerta
sin atreverme a entrar. Pero mi sombra ya está al lado de la mesa. Talvez la
vea ella, con sus ojos sagaces, que siempre están mirando lo que uno desea
ocultar.
Lolita, buenos días...
Buenas noches -contesta-, haciendo hincapié en
la palabra noches, como para hacerme notar que estoy turnado. Como si no me
diera cuenta corriente...
Noches... -rectifico-, más turbado todavía.
Qué milagro... Todos los días me dejas con el
almuerzo o la comida hechos. Mira que ahora no está el palo para cucharas...
Me apena mucho, pero esta mañana me sentía un
poco mal.
¿Sí...? ¿qué tenías? ¿Alguna visita...? ¡Ah!
¡Pues claro! Si no recordaba que Pepita está aquí... Siempre que ella viene
todos andan como chiflados... Yo no sé qué tiene que los vuelve como locos...
Yo no tengo nada qué ver con Pepita...
-respondo seco-, deteniendo mi mano que lleva a la boca un pedazo de pescado.
No tengo qué ver... Si todos tienen qué ver
con ella. Como es igual a todas...
No creo que sea igual a todas las mujeres
-digo burlón.
Yo no he dicho que a todas las mujeres. ¿Oye?
Es como todas las indias. Eso es muy distinto. ¿O es que cree que yo soy como
ella? Salta del tuteo a esa otra forma del lenguaje que es más llena de
hostilidad y de distancia, con una facilidad sorprendente.
No sé cómo será usted ni cómo será ella...
¡Ah! ¿Se está haciendo el que no entiende?
Bueno, pues así se queda.
De pronto, como sorprendida por su propio
pensamiento, con igual voz, pero ademanes inquietos, me pregunta:
¿Cuándo viene la goleta?
Ya pronto, por ahí dentro de unos 5 días...
¿Cinco días...? -Y en sus ojos a amargura se
llena de colores, a la luz de la lámpara, que mueve su sombra.
Nos quedamos callados por un momento, por un
largo momento que se llena de nuestros pensamientos semejantes. Pensamos ambos
en la llegada de Víctor. Yo, con un poco de alegría, porque toda esta situación
anormal va a hacerse más tensa y más anormal, y ella, con la tristeza que le
presta la seguridad de que todo va a terminar, momentáneamente al menos. Es
tanta la fuerza que ponemos en el pensamiento de Víctor, que sentimos casi su
presencia. Parece que estuviera a nuestro lado, él que está ahora tan lejos de
aquí.
Me voy a acostar -dice-, deseperezándose, como
para que me vaya.
Bueno, Lolita, hasta mañana...
Que pases buena noche y mañana no vengas con
esa cara...
-¡Bueno! que tú también duermas!-. No sé por
qué al evocar el sueño, la tuteé. Talvez porque el sueño es lo más íntimo.
Afuera, la noche está sola, llena de
estrellas. Se ven luces en la entrada de la bahía. Debe pasar algún barco. Uno
de esos barcos que no conoceré nunca. Llenos de mujeres vestidas con magníficos
trajes, abrillantadas por las luces de las joyas y grávidas con el peso de los
perfumes. Pero, aquí también tienen nuestras indias su olor a aceite de coco...
Barcos que llevan a todos los mares y a todas las civilizaciones... Barcos en
que nunca viajaré... Yo soy un hombre de balandros pequeños, de botecitos minúsculos
y miserables como mi vida de perro vagabundo y hambriento. No viajaré nunca en
los transatlánticos llenos de cristal y de música. Para mí no son las mujeres
enjoyadas como la noche, sino las indias de cuerpos dorados como el día y
ágiles como el viento.
Es la pila de sal están los compañeros. Me
siento sin decir a nadie una sola palabra y sus conversaciones pasan por mis
oídos sin que las comprenda ni me dé cuenta corriente de nada.
Estoy invadido por una inquietud
incomprensible que no me deja estar en ningún lugar. Parece que debiera hacer
algo y no lo hago ni sé qué es. Voy buscando, con los ojos y con los oídos, la
persona o la voz que me lo sugiera, pero no las encuentro. Y así, me levanto,
vago por todo el sector cercano a la pila, llego al edificio y bajo a a playa,
que está llena de sargazos. La marea está alta y llega a mis pies. Los humedece
con su humedad babosa, llena de espumas gruesas y anchas. Playa desierta ésta,
con rocas y sin muelles, sin nada mecánico, sin nada artificial. Es una playa
desnuda, llena de colores que oscilan entre el verde y el negro, con sus
conchitas amarillas y sus conchas gruesas, blancas.
¿Será que estoy preocupado por Lolita? Pero si
así es ¿por qué esa preocupación no se define? ¿Por qué no puedo comprender qué
es lo que me hace estar con los nervios tensos y agudos, como si los tuviera
desnudos fuera de los músculos y de la piel? ¿qué es lo que me produce estos
repentinos impulsos de lucha, de estrangular, de asesino? ¿Por qué esos
decaimientos repentinos, ese decir versos repetidos, que obstruyen los canales
del cerebro, ese murmurar palabras sin sentido?
¿Estaré otra vez enamorado? ¿De Lolita? No, de
Lolita no puede ser. Me encuentro tan satisfecho, tan alegre, con una alegría
un poco rencorosa, por el amor de Gabriel y Lolita, que no puede ser por eso...
Sentiría celos y no es lo que me inquieta y atormenta. ¿De Pepita? No... ¡Qué
voy a estar enamorado de Pepita! Me gusta, como le gusta a todos los hombres...
Porque es bella y es dura y plástica. Porque en su boca hay muchos sabores.
Porque en su piel encuentra el tacto todas las dulzuras y todas las asperezas.
Porque de su voz nació toda la música. Y está embalsamada en el perfume espeso
del aceite de coco, ese perfume que la rodea como si fuera un ambiente único,
sólo de ella. Pero ¿enamorado? ¿Enamorado? ¡No...! Yo no estoy enamorado...
¡Qué voy a estar...! Lo que sucede es que estoy aburrido de esta exactitud
invariable de la vida. Sin que suceda nada que verdaderamente me hiera, me
acogote, me tienda de un golpe, fuerte y enérgico. Es este ver pasar la vida de
mi lado, sin que a mí me corresponda nada. Este ver cómo los días se suceden,
pasan los meses vacíos de un dolor y de una alegría. Así, qué sentido, qué
significación tiene la vida? Y menos mal que aquí estoy dentro de la aventura,
rodeado por la muerte, cerca del mar, del amor, bajo el cielo claro, y soy
libre. Si deseo irme mañana, no habrá quién pueda impedírmelo. Tomaré mi maleta
pobre de caminante eterno, de vagabundo perenne, y, con ella a las espaldas, me
iré en busca de otros rostros, otras bocas y otros paisajes. Si no, quedará
aquí mi cuerpo, sin importancia, como un árbol más bajo el sol. Sin que nadie
lo sepa y sin que a nadie le importe. Soy una cosa tan pequeña, tan sin
importancia y tan sin valor. ¿Y mi vida? ¿Mi vida qué vale? ¡Oh sí! Mi vida sí
vale, porque está cortada por todos los peligros, como el aire de un campo de
batalla. Mi vida es dura y árida en apariencia, pero su interior tiene campos
de dulzura, valles profundos donde mi memoria encuentra riachuelos de
cristalino recuerdo. Fuentes puras y dulces de remotas alegrías, de mis juegos
de niño, de las manos amadas de la madre que acarició mi frente, madura ahora
por el sol y por la vida. La vida misma, que está a nuestro lado, dentro de
nosotros y frente a nuestros ojos.
Qué me pasa. ¿Dios mío? ¿Pero por qué eso, eso
que no sé qué quiere decir?
En mi cuarto entra todo el mar con el rumor
distante. Y ha de venir el sueño, tranquilo, lleno de olvido, a volverme mañana
el que fui ayer, a entregarme a mí mismo, con mis flaquezas y mis virtudes, con
mis simpatías y mis fobias. El sueño que se llevará todos estos granos de
locura que ha puesto en mi alma la vecindad incompartida del amor trágico, del
amor asolado por el dolor que es su médula, su tuétano y su esencia. Mañana el
sol volverá a ver mis ojos tranquilos, mis manos hábiles, mis cabellos revueltos,
serpentinos. Y mi pensamiento será claro otra vez como mis ojos, y hábil como
mis manos.
-¡Levántate, que ya son la dó!- grita Chema en
mi puerta.
-¿Yaaaa?- esa voz no sale de mi garganta sino
de los meandros de mi sueño.
-¡Sí! Como ya te va a levantá, me voy...
¡Buena noche!
Caramba, pero si que estás apurado...
E... que... tengo sueño...
¿Sueño...? respondo, burlándome...
¡Claro...! ¿Y qué má va a sé?
Nada... ¿Pepita ya se fue?
No, ahí etá... Buena noche...
A las 2, ya ha comenzado el día. Se siente la
luz y el viento comienza a danzar más lento. La luz viene llena de paisaje de
otros países. Trae colores glaciales de los inviernos que visitó. Y hay tonos
primaverales en esta alba tan niña, rubia, con un coor que no lo es, a fuerza
de delicadeza. El sol está ahora más cerca de las estrellas, que comienzan a
blanquear y a opacar su luz de talco.
Aún no ha asfixiado mi sueño este viento
yodado y lleno de sal. Permanece oculto entre mis pestañas, en las comisuras de
mis labios, donde acaricia el sabor de los besos que dejaron allí su rescoldo.
Está todavía, tibio, en mis manos. El sueño que me trajo los paisajes viejos,
mis paisajes de eucaliptos negros, que borronan el cielo desmayado de la
sabana. Mis paisajes llenos de rumores de espigas, que el viento tendría, como
tienden sobre la tierra negra los labradores a las muchachas campesinas.
Muchachas de piernas rosadas y rollizas, de ojos negros y boca reventada por la
sangre y la vida. En ellas bulle la sangre del indio, rápida e hirviente. La
sangre noble pura de nuestro indio, asesinado por los conquistadores, robado
por los alcabaleros; el indio que explotan los traficantes blancos y engañan
políticos y frailes. ¡El indio! Almendra y meollo de América!
La soledad pasa a mi lado, con su exhibición
de figuras y su muestrario de recuerdos. ¡No hay nada más poblado que la
soledad! La soledad total o la soledad cortada en segmentos. Allí está un trazo
de mi alma, que se quedó en el gancho del olvido. Cerca a mi cabeza, sobre mis
cabellos revueltos, las estrellas elaboran su miel de luz, y la luna mide, como
un transportador, los ángulos de los paralelos.
¡Mañana iremos a pescar! En nuestro cayuco
viejo y negro, que tiene una vela cuadrangular, como la realización de mi
deseo. El deseo que es impreciso, redondo, gaseoso e informe, pero que, una vez
cumplido, adquiere líneas netas para poder fijarse en el recuerdo. Lloverán
nuestros arpones sus lluvias de muerte de acero, y la red elevará mezquitas en
el viento. Y a la llegada, iremos a la cocina, humeante como nuestros cuerpos.
La noche se ha hecho negra, como una nube
sobre la luz de un puerto. Y es a esta hora cuando comienza a germinar en mi
cerebro la semilla del pensamiento.
Una mano sobre mi hombro y detrás de la mano 2
ojos estrellados por una idea: Hernando. Pero ¿qué hace aquí?
¿Y esa vaina...? ¿Qué quieres?
No, nada... Quería ver si podía ir donde la
india esa que tiene allá en el pasadizo...
¿En el pasadizo?
Sí, hombre... No ves que como todos no caben
en el cuarto se pasó a uno de los corredores del edificio?
No sabía... ¿Y quieres ir donde Pepita?
Sí, me gusta mucho...
¿Pero, si te ve Chema?
!Que se joda, si no le gusta...! Pero si me la
busca se va al carajo, porque yo no ando con vainas...! Aquí lo llevo. Me
muestra el revólver, hinchado con su carga de muerte.
Bueno, camina pasito...
Por una de las puertas laterales, entramos al
edificio. Hay uno, dos, tres, cuatro... cinco chinchorros. Huele a sueño, a
sudor y a semen. Y a aceite de coco. Todos esos son los olores que forman el
olor del sexo.
¿En cuál hamaca está la india? -pregunto,
adelgazando la voz como si fuera a introducirla por un hueco muy pequeño..
Introducir. ¿Por qué se me viene al pensamiento la idea de introducción, aunque
no sea sino de la voz?
En la última. Chema está en la tercera de aquí
para allá...
¿Pero, tú ya le dijiste algo?
Sí, esta tarde me dijo que si a las 12 no
había ido a mi cuarto, viniera aquí.
Bueno, anda con cuidado, para que no los vayas
a despertar.
Me esperas en la puerta; por si acaso Chema se
despierta, lo distraes, y así puedo salirme...
Se tiende sobre el suelo de arena, y comienza
a arrastrarse. Sigo todos sus movimientos a la luz del amanecer, que se acerca.
Se arrastra, como un gato que va a apoderarse de una presa con el vientre
pegado a la tierra. Pasa bajo la sombra de las hamacas, que se mueven
lentamente. Ya no lo veo. Yo también estaba inclinado. Ahora, se levanta. Chema
gruñe. Está al lado del chinchorro, donde lo espera Pepita, una de cuyas
piernas cuelga en el aire, llena de amor y de lujuria, dorada, fuerte. en mis
dientes hay un dulce recuerdo de mordisco. Hernando se inclina sobre esa
pierna. Veo la cabeza revuelta, como una inmensa araña leonada sobre la piel
mestiza por la luz. De la sombra salen 2 brazos sin contornos y para ellos, en
ese momento, nace el amor en el mundo. Vuelvo a oír cómo cruje la madera y cómo
chirrían las cuerdas del chinchorro. Es mejor que salga a la puerta. A mi
cabeza sube, como un hálito envenenado, el olor mezclado de todos los olores.
Ahora hay uno más fuerte, que absorbe a los demás. Un olor espeso y punteado de
blancura. Los perros duermen, con sus caritas largas entre las patas
delanteras. Mueven una oreja; ¿un temblor corre por su espinazo? sueñan. ¿Qué
verán los perros en sus sueños? ¿Soñarán con los perros o con hombres? Pero
¿por qué no saldrá Hernando? ¿Pensará estarse con ella toda la noche? ¡La
noche! Si ya va siendo día, día claro y grande. Ya son las 4, pero no puedo
llamar a Antonio, porque podría ver a Hernando y no hay para qué. Es mejor
esperarlo. Además, ya no me acostaré para qué. Es mejor esperarlo. Además, ya
no me acostaré para levantarme a las 6. Es suficiente lo que he dormido. ¡Y la
mañana es tan bella! De muy lejos, llega un color rosado que limpia el cielo de
noche. Comienzan a nacer nubes, largas, esbeltas y silenciosas. Nubes blancas
que vienen del Sur. Hacia el Sur está el cadáver de Manuel. Y está Pablo
pudriéndose entre la tierra, mientras sobre su cuerpo está toda la vida. Hacia
el Sur está Víctor, que en cualquier momento que mi boca se abriera y dijera:
“Ellos... sí... una noche...”, llenaría sus manos de color de muerte y cubriría
los cuerpos pecadores con ella. En el Sur está Anashka, está Meme, está
Enriqueta, está Bogotá... Están los 125.000 mujeres y los 1.500 automóviles. En
el Sur está la muerte. Y a mi lado, a mi espalda, están el amor y la vida.
Desde aquella noche no he vuelto a ver a
Gabriel. Creó que se esconde cuando vamos a encontrarnos. Talvez lo avergüenza
haberme suplicado, con esas lágrimas mudas que llenaban sus ojos oscuros de
briznas de cristal. ¿Habrá vuelto donde Lolita? Seguramente. Es posible que a
esta hora esté contemplando como un alucinado la pereza del día, que se acerca
a sus ojos con a perspectiva de la separación. Y ella, ella estará con su cara
cubierta por el vientecillo del sueño. El vientecilo del sueño que se posó sobre
sus párpados convexos, y que emprenderá la fuga al menor movimiento del
compañero de amor y de lecho.
Hernando sale, con la cara roja y los ojos
borrados. En ellos ya no hay la lumbre de hace unos minutos. Como 2 rodelas de
acero, que fueron brillantes y limpias, están ahora abollados y turbios. Pero
toda la alegría que se evadió de su cuerpo dejó una huella en la boca
sonriente.
Me obligaste a hacer dos horas más de
guardia... -le digo en tono de reproche.
-Excúsame ¡pero, me gustaba tanto...!
Al decir estas palabras, por un momento ha
renacido el resplandor en sus pupilas, pero torna a apagarse.
¿Y ya no te gusta?
¡Claro! ¡Más que antes! ¡Lo malo es que s va
hoy!
¿Hoy? Has debido decírmelo antes... Talvez
pudiera haber ido después de ti.
¿Luego tú no has estado con ella?
Sí ¿pero eso que importa? ¿Luego no puede uno
estar con una mujer sino una sola vez?
No, pero tampoco es necesario más... Ya la
segunda vez es distinto... No hay lo del principio.
Callamos, pensando ambos en nuestra primera
vez. Ahora no es nuestra memoria sola la que recuerda. Son todos nuestros
sentidos, cada uno de nuestros músculos y nuestros nervios, que evocan unánimes
aquel momento. Brilla en nuestras frentes la luz del sol y nuestras carnes se
estremecen como la primera vez que el amor se nos hizo tangible, visible y
oloroso.
Ya se ha levantado Chema y está cantando.
Nosotros tomamos café en el cuarto de Hernando. Me cuenta corriente cuántas
indias ha conocido, a cuántas ha besado. Las aventuras son iguales,
invariables, no hay nada que las diferencie, como no sea el precio. Todas son
lo mismo de apetecibles, de duras y de sabrosas. Y la vieja María ¡hace tanto
cuarto!
Ya son las 8 y resolvemos ir a pescar. Pero no
podemos pescar en el cayuco, porque el cabo dice que está un poco malo el mar y
es mejor no exponernos a que el viento nos saque de la bahía y nos lleve quién
sabe a dónde.
Vamos a pescar almejas. No se quedan en el
caserío sino Chema y sus indias; Francisca, Máximo y Lolita. Todos los demás
vamos. Cada uno de nosotros lleva un balde. No es necesario ningún otro
artefacto para pescar almejas. Por la playa, caminamos en grupos. Nuestros pies
dejan sobre la arena, tierna y húmeda, huellas efímeras que en pocos minutos
borran las olas. Hay que caminar unos 2 kilómetros por la playa para llegar al
lugar donde se pescan con más facilidad. Nos doblamos los pantalones por encima
de la rodilla y entramos en el mar. Cuando el agua nos llega a la mitad de las
piernas, sentimos todos el deseo de arrojarnos a nadar, así, vestidos, sin
esperar a nada tanta y tan fuerte es la atracción del frío tibio en la piel y
sobre nosotros. Metemos los baldes entre la arena, los sacamos llenos de agua,
arena y conchas. Se menean de un lado para otro, se saca la arena y al cuarto
de hora están llenos de unas conchitas oscuras, moradas, cómo ojeras
petrificadas. No se pueden separar las valvas. Hacen un ruido alegre de
cascabeles entre el balde y mientras caminamos de regreso hacen una dulce
música marinera.
Voy a llevarle las mías a Lolita, para el
almuerzo. Que haga una buena sopa. Primero es necesario hervirlas en agua de
mar, para que no se gaste tanta agua dulce. Después, se levan para sacarles la
arena, ya muertas por la ebullición, y abiertas como estuches de fondo rosa.
También han caído entre las almejas algunas piches. Son más pequeñas las
conchitas, a franjas amarillas y blancas. Para el arroz estarán maravillosos.
Es tan agradable sentirlos entre la boca, un poquito duros, como goma de
mascar, y, al mismo tiempo, blandos, con su sabor afrodisíaco y salado. Son
para Lolita y para mí.
-¡Lolitaaa...!
Loooliiiitaaa...!
¿Quééé´.... quie... res...?
¿Pero, qué pasa? ¿Estás vomitando? ¿Y eso?
Noooo... séééé... Las bascas le cortan las
palabras con su peso sin filo. Con su gruesa bocanada de fastidio y de asco.
Como lo vi hacer alguna vez, tomo su cabeza entre mis manos y la oprimo con
fuerza. No sé para qué servirá eso, pero, a los pocos momentos, le ha pasado.
Eran unas náuseas incoercibles, veloces, repetidas monótonamente,
cronométricamente.
¿Y eso, de qué será? -Le pregunto, al verla
tranquila ya, sentada, con los ojos lacrimosos y el tibio rostro que toque,
pálido, fatigado por el esfuerzo.
No sé... Ya me ha dado 3 veces en estos días
ese vómito. Debe ser que estoy mala del hígado, porque son unos rebotes y unos
mareos, que me vuelvo loca...
¿Por qué no tomas algo...?
¿Pero, qué? Yo no tomo las porquerías de los
indios...
Al guarda que vaya a Ríohacha en el próximo
viaje, encárgale algún remedio... ¡Ah! Ahí te traje esas almejas y ese piche.
Tú verás si sirve para algo.
¡Pues claro que sirve. Precisamente hoy no
tengo carne. Ya se me está acabando todo. Ojalá aquél llegue pronto...!
¿Pero, es verdad que desea que él llegue
pronto? ¿No puedo creerlo. Desea que venga el que ha de destruir su felicidad,
tan sólo con su presencia? ¿Y esos vómitos? ¿Esas ojeras que crecen desde el
borde de as pestañas, en semicírculo, hasta la mitad de la altura de la nariz?
¡Esas ojeras donde debe ser la piel tan tibia! ¡Tan tersa como el aire! ¿Será
que está encinta? ¿Pero, de quién, de quién? ¿De Víctor? ¿De Gabriel? ¿De
quién? ¿De quién? Y no puedo contener las palabras que se me escapan de la
boca. ¡No puedo, no puedo! Y saltan, por fin, en el aire calmado:
¿No será que... estás... en... en... encinta?
¿Qué qué? -A su rostro llega la púrpura, como
cuando sale el sol sobre el mar, el primer rayo rojo. Hasta sus orejitas,
escondidas como caracoles entre el sargazo de los cabellos, están arreboladas.
¿Verdad que es eso?
Sí... -responde con una voz muda, con una voz
que no dice nada, pero está llena de una resignación afirmativa y orgullosa.
Baja la cabeza, y mira a un lado, inclinada. Su pie derecho hace un montoncito
de arena.
¿Cuánto hace que eres casada? -Preguntó sin
saber por qué-.Hace tres años...
¿Y... y... sólo ahora...?
Sí... no tiene nada de raro... Muchas a los 10
años, cuando no se lo figuraban, tuvieron hijos. ¿Por qué no iba a tenerlos yo?
Víctor se podrá muy contento...
No lo creo...
¿Por qué? ¡Si es lo más natural que se alegre!
No, él es tan raro. No sé...
Si te sientes muy mala, acuéstate. No te
preocupes por cocinar. Más bien, si quieres, yo te hago traer comida de donde
Hernando. ¿Quieres?
No, no, si creo que ahora no me va a volver a
dar ese vómito tan feo...
¡Bueno! Entonces, de aquí a un rato, vuelvo...
¡Hasta luego!
Ya llego a la puerta, cuando vuelvo la cabeza
y le digo:
¡Ah! Se me olvidaba felicitarte!
¡Gracias! Pero no te burles...
Qué voy a burlarme...
¡Oye, oye! No le vayas a decir a nadie... -Su
voz es suplicante, y temerosa, parece que al descubrirse este secreto que sólo
yo poseo, vayan a conocer el otro que también únicamente yo conozco.
No, no le dido a ninguno...
¿Me lo prometes?
¡Claro!
Bueno. No te dejes embolatar por allá, porque
es tan feo comer frío.
¡Está embarazada! En su vientre crece una
nueva vida. Una vida, que ha de ser como todas las nuestras, se alimenta de su
carne y de su sangre. Ahora ese germen recorre oscuros senderos, misteriosos y
estrechos, desconocidos caminos. Todo debe ser rojo allá adentro. Con un rojo
como el que se ve en los incendios distantes. Los órganos deben moverse como
manchas opacas, oscuras y terribles, con sus formas cavernosas y monstruosas.
El germen va hacia su aposento primero en la vida. La vida fetal y la vida intrauterina
transcurrirán sin que él vuelva, al llegar a la vida, a saber nada de aquello.
Aún está muerta a antena de la memoria, de la cual más tarde penderán, como
hojas de un árbol multicolor, los recuerdos. Es apenas uno de los 7.000.000 de
gérmenes que salieron del cuerpo de un hombre. Los otros perecieron en el
camino. Es difícil alcanzar la vida, como fácil llegar a la muerte. ¿Pero de
qué hombre? ¿De Víctor? ¿De Gabriel? ¿De cuál? ¿De cuál? ¡No importa! Es su
hijo, su hijo, al cual ella dará durante muchos días la savia de su carne, el
calor de su cuerpo; lo nutrirá con lo más íntimo de su ser, lo arrullará en la
cuna de sus caderas amplias y redondas ¡y lo mirará en todo cuanto contemple!
Es su hijo, y eso basta para que ella se haga más pura ante mis ojos ¿más noble
a pesar de su falta? Si no hubiera sido por eso falta, jamás su vientre habría
sido fecundado y ennoblecido. Sería estéril como esta tierra de arena y de
plantas que no necesitan agua para vivir. Sería yermo como la cal, inútil como
el humo. Ahora, en este momento, comienza su vida. Su vida, que es una
prolongación de un beso. Y el hijo es el amor hecho carne. El desenvolvimiento
y la fusión de dos carnes, dos sangres, dos espasmos. El hijo, que nos lleva a
la eternidad a través de los cuerpos futuros. El hijo, espejo para mirarnos. El
hijo que más tarde verá por nosotros, cuando no vean nuestros ojos; que
deleitará su olfato con los perfumes que el nuestro no percibe; cuyas manos
acariciarán lo que no pueden tocar nuestras manos mudas y sordas; el hijo cuyos
oídos llenarán músicas recónditas para nosotros. El hijo ¡flor de nuestro
cuerpo! ¿Será niño? ¿Será niña? ¿Será rubio? ¿Será moreno? Tendrá el color
leche de su piel y los ojos azules o verdes. Verdes, como el mar que ha mirado
su madre. Y su cabello, su cabello espeso, será del color del paisaje. Será su
cabello de bronce, en ondas gruesas y anchas. Entre el cristal del día, hay una
nueva vida. El sol entre otro cuerpo. En Bahíahonda ¡hay otro ser! ¡Un ser que
nació del amor! El amor que otros, yo mismo, he llamado pecado. Hay, ahora un
cuerpo en Bahíahonda, que tiene una vida doble. Una vida que mira para dos, se
alimenta para dos, oye para dos, huele para dos, y ama y acaricia para tres. la
sangre de ese cuerpo confluye, gozosa y precipitada, en un punto. vuelve a
regar las arterias azules, las venas hinchadas, jóvenes, llega al corazón y le
dice: “¡Cerca de ti está nuestro hijo!” Y el corazón, dichoso, golpea más
fuerte y más rápida sobre el seno izquierdo, redondo, duro y henchido, que ha
de nutrir, a la luz del sol, la carne del hombre nuevo.
En Bahíahonda, frente al mar, entre el viento,
que despliega sus telas de raso, bajo el cielo con sus nubes largas y finas,
hay una mujer que tiene un hijo en el vientre. ¡Ha nacido en Bahíahonda una
nueva vida! Se prolonga la existencia de un ser, deja de morir cuando muera,
porque sobre la tierra ha dejado un renuevo. La luz se ha hecho más dulce, y
entre al cuarto de Lolita para besar su boca y sus caderas. El viento se
detiene un momento, y vuelve a andar, vertiginoso, con un rumor satisfecho,
para ir a contar a los hombres que en Bahíahonda crece una vida nueva.
"21"_
Comparto uno de mis secretos -regresa “La
Linda”- Abundancia, trabajo y noticias_TC "Comparto uno de mis secretos
-regresa LaLinda- Abundancia, trabajo y noticias"_
No sé si sería perversidad o deseo de
contemplar a gusto la sorpresa, sobre su blanco rostro, plano y sereno, o que
me impulsó a decirle el secreto que me comunica Lolita. Talvez después me haya
arrepentido tardíamente -como nos arrepentimos en ocasiones, débiles y flojos-
pero si tal cosa ha sucedido, verdaderamente no me he dado cuenta corriente. Y
no era indispensable que me diera cuenta corriente, porque de nada habría
servido. ¿Hay por ventura algo más inútil que el arrepentimiento? ¿A qué
apesadumbrarnos por haber hecho un mal, obrado en tal forma, cuando ya se ha
realizado y no ocupa el presente sino la memoria? ¿A qué, si la ocasión no ha
de retroceder para permitirnos que actuemos de otra manera? ¡Eso es, por lo
menos, tonto! Si pudiéramos hacer que las horas se situaran en el punto que
nuestro deseo fijara ¡cómo sería de lineal, de regular y de terrible la vida!
Lo único que puede hacerla amable es lo inesperado, lo sorpresivo. Sabemos que
la sorpresa ha de llegar fatalmente en cierto momento y que somos sus sujetos,
al tiempo que sus instrumentos. Nosotros, estos seres humanos que andamos por
el mundo, gobernados por 2 instintos batalladores y violentos y una razón
titubeante.
Cuando menos lo esperaba, lo encontré en la
puerta del cuarto de Máximo. Su rostro estaba más pálido, pero era más
brillante su barba rubia, con los reflejos solares, de un sol de medio día, que
arriba, en el cielo, sostenía el firmamento, clavándolo con su clavo de oro.
Vestía como siempre. Pero ¿por qué me detengo en el vestido, si era el vestido
de siempre? El vello de sus antebrazos se movía en ondas. Y en sus ojos
brillaban los ojos de Lolita.
¿Sabes que te tengo que dar una noticia? -le
pregunté en el tono más amistoso que encontró mi lengua.
¿Una noticia...? ¿Cual es? -respondió
intrigado, con la cara afilada por la curiosidad, los ojos fijos en mis labios
y el pie derecho poseído por una inquietud inmensa, que se traducía en
movimientos isócronos.
¡Ah! Pues que Lolita... -me detuve, mientras
mis ojos se iban sobre su rostro y lo recorrían, husmeantes y veloces como
alanos cazadores. Y mis ojos encontraron la angustia, que se difundía en su
rostro, a grandes manchas, violetas y negras. Y en el ángulo de los ojos que
está vecino de la nariz, una sospecha afilaba su dardo.
...¿Lolita qué? -Pero ahora su voz era
distinta-. Era una voz de desafío, de venganza y de fuerza. Acaso pensaba que
le iba a decir yo qué ella ya no lo quería, y su orgullo de macho se preparaba
para atezar los músculos como cables.
-Lolita... está embarazada...- y sonreía, como
si yo no hubiera querido decirlo, como si hubiera escuchado un gracejo salido
de otra boca.
Lentamente, sus ojos se cerraron. Un
estremecimiento, un ligero temblor, como la primera brisa de la mañana sobre el
mar, rizó toda la longitud de su cuerpo. Cuando pasó por todos sus 173
centímetros, quedó la carne de piedra. Los ojos se abrieron rápidos y alegres,
y se cerraron las manos. Frunció la bivalva boca, la prolongó en una sonrisa
infinita y dijo:
¿Pero, es de veras...? ¡No mientes...? ¡No, tú
no mientes...!
En cada poro de su piel florecían los vellos
como plantitas de alegría.
Claro que es de veras... ¿Para qué te iba a
decir una mentira...? O es que tú crees que a mí me importa... todo esto...?
Y me separé de él sin dar lugar a que me
dijera una sola palabra. Ahora mi secreto ya no era mío solamente. Era un
secreto compartido, que ya no tenía importancia. Ya no me mordía la conciencia
y no empujaba las palabras hacia mi boca. Los secretos, apenas confiados,
organizan trabajosamente, más trabajosamente cuanto más discreto es el
depositario, las letras y las palabras. Y cuando la frase está hecha ya,
construida, empiezan a llevarla hacia la boca, y sale en la primera
oportunidad. ¿Qué haría? ¿Irá a donde Lolita a enterarse de si es cierto? No,
es seguro que esperará a que ella se lo diga. Será más grata la emoción, ya
fortificada por el conocimiento de lo que ella cree oculto y él ya conoce. Se
le acercará con sus pasos mecidos, con sus pasos de mujer encinta, ese andar
cansado de las mujeres grávidas; le pondrá una mano en el hombro; temblará la
mano, se agitarán los cinco deditos largos y las cinco uñas llenas de luz rosa;
su cuerpo más redondo ahora, se pegará al anguloso cuerpo del hombre; le acercará
la cara blanca, sobre la cual cae como un rayo muerto un mechón de cabellos, y,
llena de mimo, de ternura, de una turbación orgullosa y consciente, empezará a
decirle:
Sabes... Gaby -le dirá Gaby- Es muy
probable... vamos a tener un hijo...
Y él, fingiendo la sorpresa –lo más difícil de
simular-, responderá con una voz que en vano intentará ser ronca:
-¿Sí? ¡Qué bien! Pero... ¿No te da miedo?
-¿Miedo...? ¿Y de qué?
-De... de... nada...
Esa será su conversación. Y, después de todo,
no resolverán nada. Somos tan abúlicos, que dejamos para siempre jamás lo que
deberíamos hacer en el instante. Esperamos el desenvolvimiento natural de los
hechos y de los sucesos, sin que pretendamos nunca que nuestra voluntad
intervenga. De todas manera ¿Qué podríamos hacer para forzar al destino a obrar
como quisiéramos? ¿qué pase eso, o que pase aquello, no es siempre lo mismo. ¿A
qué se le puede temer? ¿A la muerte? No, a lo que menos se le debe temer ¡a la
muerte! La muerte debe estar siempre a nuestro lado, para que nunca nos
inspiren temor nuestros enemigos. La muerte que trae consigo el valor. El valor
para no temerle a una cuchillada y para no temblar al meterle 5 pedacitos de
plomo a una persona en el vientre, o en la cabeza, o entre la sexta y la
séptima costillas, en el lado izquierdo. Y al amor ¿por qué temerle? No,
buscarlo, buscarlo con todos los peligros, con todas las audacias, sin
vacilaciones, sin titubeos. Hay que ir por la vida con orgullo y con revólver.
Si va uno de otro modo, si está inerme de orgullo y de armas, lo desprecian, lo
befan y lo ultrajan. También sirven los músculos... Y si los otros, si el otro
-¿tiene esto importancia?- ¿también tiene su orgullo y su arma? ¿Entonces, para
uno los 5 conos o el puñetazo o la muerte? ¿Y si la muerte, qué importa? Allá
se verá. Pero lo esencial es no tener temor de sí mismo. Saltar por encima de
todo lo que nos prometemos no hacer y acostumbrarnos a pensar que la vida no es
nuestra. Que está en el tambor de cualquiera revólver o en el filo de una
navaja. No sabemos qué hora trae hacia nosotros a la muerte, y en todas debemos
esperarla sin sorprendernos. Es necesario que a cada momento que pase nos
hagamos más humanos, y la humanidad crece al pensamiento de la inexistencia.
Mi guardia de esta noche fue pesada. De las 12
a las 2. Cuando aún no se ha dormido lo suficiente y el deseo de sueño es más
grande. ¡Levantarse a las 12! A esperar que pasen los minutos, que golpean a la
puerta de la eternidad con su diminuto martillito de acero. Y ha de venir un
día ese día llegará, en que las puertas inmensas, las puertas cuyas hojas no
conoce nadie -¿puertas de acero, de aire, de imaginación?- Se abrirán para que
pasen los hombres a lo desconocido. Yo tengo que esperar que pasen 2 horas.
Mientras yo esté aquí, los minutos golpearán 120 veces, insistentes, sin
fatiga, y 7.200 segundos irán entre su seno como hormiguillas perezosas y
negras, cargadas de tedio, de amargura, de ilusiones y de esperanzas. ¿Cuántas
cosas miraré durante esos 7.200 segundos? ¿Cuántos recuerdos se irán con ellos?
Seré, cuando hayan pasado, 7.200 segundos más viejo que antes. ¡Habré perdido
120 minutos! ¿Y en mi vida han pasado yo 9.766.560 minutos! ¡Y apenas merecerán
recordarse los 60! Todos los demás han sido anodinos, asuetos, sin nada
extraordinario, como estos ¡7.200 segundos! No he hecho nada: me he pasado la
vida fumando cigarrillos y quemando recuerdos... ¡Pues bueno! ¿Pero, habrá algo
más importante por hacer en la vida? Es posible...
¡Por fin pasó el tiempo! Las horas fueron
entrando no sabe nadie dónde ¡como ninguno sabe de dónde salieron! Lo mismo que
las otras, pasaron estas dos. Como muchas de las que están por venir. Y llamé a
Gabriel, que estaba en su cuarto, sentado. Seguramente no había podido dormir.
Tan pronto como golpeé, me contestó:
Ya estoy... Puedes acostarte.
Duermo. Voy por un camino angosto, que cubren
con su sombra y sus hojas árboles altos y gruesos. Voy solo, pero a mi lado se
desliza una sombra que tiene los ojos del color del agua. La sombra me mira,
pero no puedo saber si sonríe, porque no le veo la boca. En el horizonte, que
es estrecho, porque se cierran casi los árboles, que marchan en línea recta,
hay un corte de luz. Voy mudo, con las manos sobre...
¡Levántate que allí viene “La Linda”...!
-grita Gabriel en mi puerta. ¡Maldita sea! Se ha apagado el sueño y no puedo
reconstruirlo. ¿qué era lo que soñaba?¿Había hojas... Y tierra... Agua, había
también agua? Unos ojos y luz... todo está mezclado, confundido, revuelto. No
puedo colocarlo en su lugar, para rehacer la frágil arquitectura deshecha.
No puedo saber dónde están mis pantalones,
porque el sueño me tiene los ojos cubiertos de niebla. Allí, talvez, donde la
sombra es más negra... Sí ¿aquí están! Me pongo la faja, y me preparo para el
frío del agua marina, que a esta hora es tranquila y pausada. Ato mi faja bien
estrecha, y salgo.
Ya están todos listos, en la playa, empujando
el cayuco hacia el agua, con los músculoss flojos por el sueño. Bajo y me
preguntan por Gabriel.
Yo no sé. El me llamó... ¿No está por aquí?
¡No... Gabrieeeel...!! -llama Chema con su voz
brusca:-
Anda y llámalo, porque tiene que ayudarnos a
las pipas. ¡El cabo se queda aquí esperándonos. Anda...!
Subo otra vez y voy hacia el cuarto de
Gabriel. No está. Entonces, sin saber cómo ni por qué, encamino mis pasos hacia
donde Lolita. Y, cuando ya voy a llegar, os veo en la puerta, unidos por un
beso tan largo, que hay tiempo para que la voz de Chema llegue a nosotros:
-Qué hubooooo... Caminen apriiisaaa...
Vuelven a mirar, y se encuentran con mis ojos
regocijados. Sin saber por qué, soy yo quien se llena de vergüenza. Vuelvo la
espalda, y en 4 saltos estoy abajo. ¡Pobrecitos! Era su último beso, quizás...
En él pusieron todo el amor de su vida y toda la resolución de hacer algo que
jamás lograrán hacer. Detrás de mí, viene Gabriel, saltando también, y con los
ojos grandes llenos de despedida. Parece que pensara que no la volverá a besar
nunca.
Nos embarcamos y empuñamos los remos. El
cayuco se desliza a saltos largos sobre la mar tranquila, de un verde sin
espumas, tierno como una hoja de naranjo. Vamos hacia “La Linda”, cuyas velas
aún no han arriado. Parece una gaviota niña con el pico de su bauprés
recogiendo las últimas estrellas.
Ya llegamos. Víctor está a babor,
esperándonos. Sus ojos están tan llenos del paisaje marino, que no pueden
comprender la tierra.
Apúrenleeee... ¿qué es la vaina...? ¿Tienen
hambre...? Ahí les traigo bastante que comeeeer... -Las risas oscurecen las
palabras.
¿Tiene mucha gana de ve a tu mujeeee...? -Le
responde Chema con las palabras interrumpidas por el esfuerzo que le demanda el
remar.
No, porque en Riohacha hay muchaaaaas...
¡Echa el cabo! -grita Patricio, que va en la
proa.
¡Uuuuuup...! ¡Cógelo...! ¿Ya etá!
Nos acercamos y subimos en tropel. Chema se
queda a bordo del cayuco, para sujetarlo por el cabo.
Saludos, voces, preguntas, respuestas
desganadas, noticias.
-¿Cómo te fue¿- Le preguntó a Víctor, que está
cercado por todos los cuerpos de sus compañeros, que lo reciben como si viniera
de un viaje extraordinario. Nos parece tan lejano todo, que buscamos en su
rostro y en sus vestidos huellas de lo extraordinario. Pero no tiene nada. A no
ser que su palidez es más densa y su boca más sonriente, más buena. Debe haber
juergueado mucho.
¿Que si me fue bien? ¡Claro! Estuve
contentísimo. Luisito te mandó una carta... Por ahí viene entre la maleta. Allá
vive en una casita con Enriqueta, del lado del camino de Pancho. El celador
viene en el otro viaje con el técnico.
-¿Me trajiste mi manilla?- pregunta Chema
desde abajo. Como no lo vemos, su voz es submarina.
Sí, ahi viene...
-Bueno, muchachos, descarguen, porque se nos
pasa el viento- dice el capitán, un viejito venezolano.
-Tenemo que hacé otro viaje po la pipa que
fartan...- dice Máximo.
Bajo al cayuco para ayudar a Chema a recibir
os sacos de maíz, de arroz, las latas de manteca, los paquetes, los bultos de
panela, las maletas...
El cayuco, bien cargado, navega lento, con la
línea perdida; parece que hubiera engordado. El agua está muy cerca de
nosotros.
¿Qué hay por Riohacha?
Nada... Lo mismo que siempre... Que todos se
quieren venir para aquí, porque en Manaure hay mucho trabajo. Les ha tocado
abrir un mundo de zanjas y están jartos... Dicen que aquí no hay que trabajar,
y por eso les gusta. Ahora hay una pieza que se llama “El Carbón”, que tiene a
todo el mundo loco.
-¿Y e bonita...?- dice Máximo.
-Claro... Allá la va a oí tú...- responde
Chema, como si la conociera.
Puea sé... A mí me toca y en er otro viaje...
-¡Ah! De parte de Polita, muchas saludes; ya
se me estaba olvidando..- me dice Víctor, con una sonrisa maliciosa.
Gracias; ¿Qué tal está?
¡Linda! Me preguntó que si sabía si habías
comprado india...¿Y tú, qué le dijiste?
-Que no, que siempre me hablabas de ella-
responde riendo.
En la puerta trasera del edificio, Lolita nos
hace señales con un pañuelo. No debe ser a Víctor sino a Grabriel o a mí, para
recordarle que no debo decirle nada de lo que sé. Si ella supiera que no es
solo eso lo que sé... Incidentalmente miro a Gabriel, que rema callado, y
vuelvo a encontrar en sus miradas la misma expresión suplicante de la noche en
que todo lo supe. Procuro que en mis ojos pueda hallar la certidumbre de que no
lo traicionaré y miro hacia la playa, donde blanquea la camisa del cabo.
-¿Cómo ha estado Lola?- me pregunta Víctor
repentinamente, como para que lo que le diga sea espontáneo y no pueda mentir.
Afortunadamente, encuentro la palabra precisa:
Un poco mala... No ha estado bien...
-¿Qué ha tenido...?- interroga, sin ninguna
inquietud, lleno de tranquilidad, como si estuviera seguro de ella.
Vómitos... dolores de cabeza... jaquecas...
¿Vómitos? ¿Muchos?
-Sí... yo creo que...- Me acerco a su oído y
le digo muy paso:
...Que está encinta...
Sus ojos se abren tanto, que parece que su
cara fuera una inmensa pupila. Y su boca también está entreabierta. Pero, no
dice nada. Se y inclina y permanece mudo.
Ya llegamos. Chema echa el garrapín, y con un
cabo atamos el cayuco por la proa a un poste clavado en la playa.
Subimos los bultos y los dejamos en la puerta
de Víctor para el reparto. Mientras tanto, él ha subido, y yo, por estar
ocupado, no he podido ver cómo se saludaba con Lolita.
Volvemos por las pipas metálicas, llenas de
agua, que debe estar mareada. ¡Cómo habrá dado de vueltas con los movimientos
de la balandra! Pesan espantosamente esas pipas, y hay que colocarlas
cuidadosamente, para que no naufrague el cayuco. Hay que ponerles cuñas para
que no se muevan. Vienen 6.
No hemos acabado de embarcar la última, cuando
la balandra, aliviada del peso de las pipas, de los sacos y de las noticias que
trae Víctor para nosotros, salta y se aleja, alegre, blanca, llena de fuerza y
de impulsos, como si fuera a volar en vez de navegar.
Desembarcamos las pipas y las subimos
fatigosamente por la cuesta, de una en una, entre dos de nosotros, empujándolas
con los hombros. Varamos el cayuco y nos desvestimos para echarnos al mar,
porque estamos llenos de arena y de polvo riohachero, que trajeron consigo los
sacos de maíz.
Limpios, ya, vamos al cuarto de Víctor, que ha
sacado una banqueta y consulta las litas.
A ver, tú, Antonio, 3 sacos de maíz, 1 de
panela...
Y tú, Máximo, la manteca, los tabacos,
fríjoles 2 libras, te quedó un poco de plata... Vamos a ver. Te quedan 8-45...
¿Está bien?
-Cuando uté lo dice...- responde, desconfiado
el negro...
No, nada de eso... A mí no me gustan las cosas
así. Después es para vainas. Toma la lista y fíjate a ver si no me he
equivocado en la suma...
Cuando nos ha repartido a todos, salimos con
nuestros bultos camino de nuestros cuartos correspondientes. Todos vamos
haciendo cuentas mientras andamos.
-Eta vé si que etuvo caro el maí...- me dice
Máximo, volviendo hacia mí su cara con dificultad, porque se lo estorba un
enorme paquete que lleva al hombro.
Sí, pero la panela ha bajado.
Eso si e vetdá...
En un rincón coloco los sacos de maíz. sobre
la mesita torcida, ordenadamente pongo el arroz entre un saco tejido espeso, la
avena, con su inconfundible aspecto de extranjera, el café, el tabaco, los
cigarrillos bien alineados , el té, el azúcar, todo lo que me trajo Víctor.
¡Qué bonitas están las ollitas! Brillantes, limpias, de un aluminio que parece
cristal. ¡Y el anafe! Un anafe de barro cocido, con color tostado de café con
leche. En el otro rincón, pongo el saco de carbón. Unas veces cocinaré con leña
y otras en el anafe, para que no se acabe tan pronto. Esta tarde cocinaré. El
cuchillo está sin filo. Los platos y los cubiertos son ligeros, como si no
pudieran contener nada. Los platos de aluminio y los cubiertos de alpaca. Qué
bien voy a estar ahora. Si no se me antoja salir, me la paso aquí, porque no
tendré necesidad de ir a cocinar. La pipa de agua que nos corresponde a Máximo
y a mí, está al lado de la puerta. Así, no tendré necesidad de salir a nada.
Pero ¿qué voy a hacer, si no sé hacer nada? Por ahora, chocolate y huevos
fritos, mientras tuesto el café y lo muelo. Además, ya va siendo tiempo de ir a
coger camarones... La salina está colorada... Hay un mundo... Entonces podré
hacer arroz y si no, los puedo hacer fritos... Son deliciosos... Le diré a
Hernando que me enseñe y unos días irá él a pescar y otros yo... Podríamos
hacer una compañía para cocinar cada uno... Así nos resulta mejor...
En todas estas cosas pienso mientras arreglo
mis provisiones, que han de durarme un mes. Es muy posible que no me duren
tanto, porque mañana empiezan a llegar las indias. El “Chulo” ya llegó y anda
por todos los cuartos con su sonrisa pegajosa, pidiendo tabaco y maíz. Pero
llegó tarde y no nos ayudó a subir las pipas.
Voy al cuarto de Hernando, que también está
arreglando todas sus cosas, y le pido café. Está hirviendo en una cafeterita
vieja. Me sirvo y le digo:
¿Te trajeron cartas?
No sé.... Creo que no... Como nunca me
escriben... ¿A ti sí?
Si me escriben... pero no mi familia...
Luisito, un compañero de Manaure.
Pero, tú siquiera sabes algo y se acuerdan de
ti. ¡Bueno! Camina a ver qué cuenta corriente Víctor.
Todos nos hemos reunido en el cuarto de
Víctor. Lolita hace café para todos y anda afanosa por el cuarto de un lado a
otro, como mariposa ofuscada por la luz. ¡Pobre Lolita! ¡Ahora sí, hasta quién
sabe cuándo!
-Aquí traigo una nota para ustedes, cabo...-
dice Víctor y extiende un pliego.
El cabo rompe el sobre y todos los miramos.
Puede ser que nos promuevan, o nos den de baja... El, lee mentalmente y al fin,
sonríe y dice con su voz fina, guiñando los ojos:
Ahora sí, muchachos, a ganar...
-¿A ganá...?- pregunta Máximo, en cuyos ojos
brillan las monedas.
-¡Pues plata...! ¿Entonces, qué?- Dice el
celador que se necesitan 30.000 sacos empacados, pesados, arrumados y listos
para embarcar. Que la “Hollandia” va a hacer 3 viajes y “El Paso” 2. Pagan por
cada saco puesto a bordo, 7 centavos. En la playa, 5. Así es que vamos a tener
bastante trabajo. Pero, si ustedes no quieren, como no es obligatorio,
contratamos unos 20 indios.
Qué indio ni qué na... -arguye Máximo-. ¿Luego
aquí no etamo nosotro que lo que tenemo que hacé e no engotdá má y ganá uno
peso pa salí de vaina? ¿Tu trabaja, vetdá Grabrié?
-Sí- responde el aludido, sin saber lo que le
preguntan.
-¿Y tú?- dirigiéndose a mí.
También... hasta donde alcance.
Antonio también ¿no?
-Claro- dice con su voz antipática, siempre
furiosa. No faltaba más. Si yo soy flaco pero no soy ningún pendejo. No me le
quedo atrás ni a Chema, que es el que tiene más fuerza.
-Sí- -dice éste-, pero no trabajo en esa
vaina. Prefiero seguí con mi cuero y mi india. Así saco pa pagá argo...
-¿Para pagar?- contesta Hernando. ¿Luego tú si
has pagado alguna vez?
¡Hombe! Si no fuera por eso etaría así...
Na, na... -continúa Máximo- no, no venga a
contá tu historia de que era rico y toa esa vaina... Eso e pa lo pendejo... Lo
que pasa e que tú to lo que coge lo manda a traé en cotón pa dale manta a la
india... A Pepita le dite como medio saco de maí y a mi no me ha pagao o tre
pote que te preté... Te hace er pendejo y así te va a quedá...
Todos, menos Chema, trabajaremos en el empaque
de sal. Y, después de resolver esto, vamos a nuestros cuartos a preparar el
almuerzo.
Del fogón de Máximo tomo un tizón, que, con el
viento, echa a volar una llamita débil. Coloco un poco de carbón en el anafe y
le pongo unas brasas encima. Lo saco a la puerta, con a abertura hacia el
Nordeste para que le llegue todo el viento, y, mientras el fuego va tomando
fuerza, pienso en Gabriel. ¿Qué hará ahora? Se desesperará... Se volverá loco,
con Lolita tan cerca y tan lejana. Puede tomarla en cualquier momento, asesinar
a Víctor, de cualquier modo puede hacerlo... Por ejemplo, una noche, cuando esté
de guardia, salir con el pretexto de acompañarlo y llevarlo sin que lo vea
nadie y sin que él lo note, a la orilla del acantilado. Un golpe en la espalda,
y adiós... Las llamas azules saltan en el aire. Brota una miriada de chispas
rojas que el día hace rosadas. Cómo serían de rojas si fuera ahora de noche.
Huele a carne asada, por el lado de Chema. No comeré hoy donde Lolita, ni hoy
besará a Gabriel... Los dos instintos que a ella nos llevaban y que hubieran
podido cambiar en cualquier momento. Si, algún día lo asesinará... O, cometerá
una imprudencia y será él la víctima. Las llamitas que fueron amarillas y
azules, están ahora rojas, como si mi pensamiento del asesinato las hubiera
empapado en sangre.
"22"_
El trabajo y la nueva amistad.— Vida de
Gabriel y Lolita.— La carta.— Muerte y entierro de María._TC "El trabajo y
la nueva amistad.— Vida de Gabriel y Lolita.— La carta.— Muerte y entierro de
María."_
¡Qué pereza nos da al mirar el bloque inmenso
y cónico de la pila de sal, que tantas veces nos ha servido de atalaya! Nos
subimos a ella para escrutar el horizonte, para apacentar nuestras miradas en
la verde llanura inacabable. Y vemos las velitas que se ocultan y crecen, las
manchas grises de los transatlánticos con la negrura de sus chimeneas tristes,
siempre llenas de humo. Y ahora vamos a destruirla. Se ha hecho tan dura la
costra que la cubre, costra de tierra y de viento, que nos cuesta grandes fatigas
romperla con las picas.
Nos hemos dividido en dos cuadrillas. Por una
parte, Máximo, Gabriel, Patricio y yo; la otra está compuesta por el cabo,
Antonio, Víctor y el otro guarda. Hernando cose por el momento, ayudado por
Francisca. Después, nos iremos reemplanzando.
Nuestro trabajo es monótono. Por la mañana,
cuando aún no está muy fuerte el sol, picamos la sal para que esté suelta y
podamos empacarla fácilmente. A mediodía, hasta las 4, llenamos los sacos. Es
peligroso sostener el saco en el suelo, tendido, con la boca abierta, mientras
lo llena Máximo a paladas, porque puede uno cortarse un dedo. La sal, blanca y
gruesa, provoca al mordisco. Sudamos y nuestros sudores riegan el trabajo. Caen
las gotas, espesas y turbias, llenas de fatiga, calientes por el esfuerzo, sobre
la fría blancura de la sal nevada. La pala un ruidito de arena, que destempla
los dientes, entre los cristales brillantes de la sal marina que va a viajar.
Mar sólido sobre el mar líquido. Al principio, me fatigaba extraordinariamente
y tenía las plantas de los pies que parecían telas de araña por las cortaduras.
Después, con los pies y las manos se endureció todo el cuerpo y ahora no me
importa el trabajo. Cada cuadrilla pretende ir siempre adelante de la otra. Nos
damos bromas y por encima de la pila pasan las chanzas y las vayas. Hernando
también está encargado de cocinar para todas las personas que trabajan. Menos
para Víctor, que come en su casa. Hemos hecho un pacto y cada día le toca
cocinar a uno de nosotros. De vez en cuando. Chema viene a mirarnos,
arrepentido tal vez de su inacción. Por nosotros, puede acaparar todos los
cueros. Con lo que vamos a ganar es más que suficiente. Hacemos, sin que nunca
nos lo comuniquemos, los más fantásticos castillos en el aire. ¡Tampoco es para
tanto! En el caso de que nosotros solos llenáramos, pesáramos, cosiéramos y
embarcásemos los 30.000 sacos —lo cual no es probable—, nos corresponderían a
200 y pico de pesos. Pero creo que vamos a tener que contratar a un indio para
que nos ayude a coser. Trabajamos mucho. ¡Por la noche, es lo más agradable!
Con la luna o con una lamparilla de petróleo sobre el brazo de la báscula, nos
iluminamos. El cabo siempre está animándonos. No se cansa jamás, lo mismo que
Máximo. Gabriel y yo somos un poco flojos. Hernando cose que cose, y conversa
con Francisca. De ahí puede salir algo... Pero Antonio, empeñado en no
desmayar, a pesar de que es muy débil, no piensa sino en el trabajo. Gabriel
está cada día más pensativo. No habla nunca y cuando le preguntan algo,
responde con un monosílabo seco y grosero. De pronto, se queda mirando a un
lugar, fijo, sin que se mueva un solo centímetro de su piel, con los ojos
llenos de recuerdos y la boca apretada, como si estuviera sobre otra. Creo que
desde la venida de Víctor no la ha visto dos veces... Yo también he estado un
poco alejado de ella. Pero la separación forzosa, me parece, no ha hecho en
ella la misma mella que en el hombre. La alegría del hijo la ha tornado
egoísta. Siempre vive sonriendo a una cara que sólo ella conoce, con esa doble
vista de las madres, que podrían describir al hijo desde antes de amar
siquiera. Siempre que la encuentro le miro el vientre, con una mirada casi
impúdica, que la hace ruborizarse y volverme la espalda, como si la hubiera
tocado o le propusiera algo...
No había vuelto a acordarme de la carta que me
traía Víctor. Cuando estaba almorzando fui a pedírsela. La sacó de una maleta y
me la dio. No tenía nada de extraordinario. Me contaba Luisito que al antiguo
capitán del barco en que vine a La Guajira, lo habían retirado porque lo
abandonó en Maracaibo y vivía borracho con una querida... Tal vez era la morena
de que me habló en Cartagena... Ah capitán... Y qué buenos fueron aquellos
días... Lo había reemplazado el viejo Dick. Volvería a verlo, ahora más serio,
con su cara siempre llena de espera y de presagio, con su pipa negra, con su
camisa a rayas... Viejo bueno, marrullero y socarrón. Vendría con “El Paso” a
cargar sal. Siempre he conservado cariñosamente el regalo que me hizo el día
que nos despedimos en “El Pájaro”, la tierra donde comenzó el drama de Manuel y
de Pablo...
Es un vasito de aluminio con mis iniciales
grabadas a cuchillo. Probablemente lo hizo él mismo. No estoy muy seguro de que
supiera leer, pero lo más probable es que conociera mis iniciales. Lo recibiré
en mi rancho y le daré café, sopa y tabaco. También me cuenta Luisito que van a
mandar a otro guarda, un riohachero. Probablemente vendrá con el celador. Me
cuenta que don Pachito ha estado muy malo y que Nica tuvo otro muchachito. Nada
más. De Kuchmare ni una palabra. Tampoco dice nada de Anashka ni de Augusto.
Esta mañana volvió la balandra de su viaje por
Castilletes. Sobre la cubierta viajan, mirando siempre al cielo, 25 tortugas.
Con sus conchas hacen un ruido de lija sobre la madera. Las refrescan con agua
salada, que les arrojan encima con grandes baldes. ¡Pobrecitas! Y qué mal deben
pasarlo ¡mirando siempre la eternidad del cielo! Con los ojos siempre llenos de
nubes y de azul. Ya deben conocer la situación exacta de todas las estrellas.
Los marinos se sientan sobre ellas y conversan sin importarles nada. Víctor
vendió sus 34 gallinas y Patricio mandó cuatro turpiales a una amiga de
Riohacha. Los guardaba su india hacía algún tiempo, y, probablemente, como
dentro de pocos días será el matrimonio, no quiere tener siquiera la
preocupación de otra mujer. Máximo se llevó a “Firpo” para hacerlo pelear en
Riohacha. Está resuelto a meterle toda la plata que lleva. Yo le di cinco pesos
para que los apostara por mi cuenta. Va contentísimo y lleno de esperanzas. Si
gana, me ha dicho, se va para Galera. Como tiene ya unos doscientos pesos, que
ha ahorrado y va a arriesgar, puede doblar el capital y comprarse una casita,
para ir a vivir con una negra bonita de senos duros y nerviosos. De senos
negros y de axilas tenebrosas. Comprará unos cochinos, criará gallinas, adquirirá
un burrito para ir a vender la manteca y a traer el maíz, y procederá a
procrear concienzudamente. Tiene un alma brillante y diáfana, como el cristal
de roca. ¡Buen viaje!
Nos ha hecho mucha falta Máximo, que nos
alegraba con su conversación el trabajo pesado y blanco. Este trabajo siempre
en un color. Los ojos se retiran en la noche, mareados de tanta blancura. No
hay un color más monótono y fatigoso, que guarde menos misterios y sugiera
menos pensamientos. O se le ocurren a uno pensamientos angelicales. Uno de
estos días recordé mi primera comunión. Fue el día 19 de marzo, día de nuestro
Padre San José, como decía una de las sirvientas de mi casa. Nuestro Padre?
Bueno... En paternidades de esa naturaleza es mejor no ahondar mucho... Me
pusieron en el brazo izquierdo un lazo de cinta inmaculada. Con la inmensa
corbata negra que me ataron al cuello marinero, debía parecer una paloma
mensajera. Y en la mano derecha me colocaron un cirio, lleno de azahares...
Azahares? No recuerdo bien si eran azahares... Yo tenía entonces los ojos
asustadizos y era tímido en grado extraordinario. Me llevaron a la iglesia y me
colocaron en la boca la hostia. En mi familia aseguraban que ése había sido el
día más feliz de mi vida. Yo no puedo reafirmarlo, ni tampoco podría
desmentirlo, porque no lo recuerdo. Mi madrina, una señora encantadora, me
regaló un libro. El primer libro que me regalaron en mi vida. ¡Por eso lo
quiero tanto! ¡Era la vida de San Luis Gonzaga! Empastado en azul y con
láminas. En el texto había numerosos grabados. Pero nunca pude ver cómo eran
los ojos de San Luis. Siempre estaban bajos, ¡como si Dios está en todas
partes! Como San Luis era tan casto, siempre tenía los ojos clavados en la
tierra... Raro, porque si hay algo que inspire pensamientos libidinosos es la
tierra, con sus insectos obscenos y la huella de los zapatos femeninos. En el
libro había muchos otros grabados. Pero, más que todos, me gustaba uno en que
estaba toda la familia del Santo, arrodillada, rezando. Las doncellas vestían
trajes severos y largos, a grandes pliegues. Sus cabecitas salían de una gola
de encajes finos. Pero a mí me gustaba más mirarles el pecho. No sé por qué,
pero era en ese lugar de sus cuerpos donde más insistentemente se detenían mis
miradas. Tenía 8 años y era muy tímido, como ya lo he dicho. Además, me daban
clases de Historia Sagrada, y los nombres de Raquel y de Lía, de Sarah y de
Esther me sonaban como música de pájaros en los oídos. Mi madrina no me regaló
ningún otro libro. El San Luis Gonzaga empastado en azul se perdió en una
mudanza. Si mi madrina supiera por dónde ando ahora, pensaría que su regalo
había sido inútil.
Todos esos pensamientos estúpidos son un
resultado de la blancura de la sal. La blancura vidriosa y polvorienta, que da
sed y da desesperación. Trabajamos de prisa, muy de prisa. Hemos llegado a
empacar sal en 500 sacos diarios. Estos sacos que tienen nombres de todos los
países y en todos los idiomas. En inglés más que en ninguna otra lengua. Los
hay de todos los tamaños, desde los larguísimos en que traen el arroz de Saigón
y el azúcar de Sincerín. —Cómo sabrá la sal que se empaca en estos sacos a
sulfato de soda!— hasta unos pequeñitos, casi cuadrados, para maíz. Como lo
suponía, tuvimos que recurrir al “Chulo” en reemplazo de Máximo. Es estupendo
este indio, siempre lleno de burla para todo, sin darle importancia a nada ni a
nadie. Parlotea un español lleno de guajirismos, que tiene en las frases tanta
elasticidad como los arcos de su raza. Trabaja incesantemente y nos cuenta
muchas cosas. Odia a los venezolanos y a los capuchinos. Dice que los roban
unos y otros, dándoles por los cueros miserables pedazos de panela que no valen
ni la centésima parte de lo que ganan en cada libra. Además, los capuchinos son
aficionados, según él, porque yo no he visto uno solo desde que me encuentro en
La Guajira, a las indias. En verdad, hay tipos de indios remendados. De color
moreno, pero más claro que el común. De color, como decía algún cronista de
antaño, que tira a rubio como los pelos del león, de manera que a ser y andar
vestidos no se diferenciarían de nosotros. Y hay unos ojos vascos, y unos ojos
cántabros... He hecho buenas migas con el “Chulo”. Parece afectuoso con los
civilizados. Me ha contado que es un buen buzo y me prometió llevarme a un
banco que hay en Bahía Honda, que sólo él conoce. Ha sacado muchas perlas de
ese lugar, pero es peligroso, porque es muy profundo y hay mantas. Nosotros
vimos el otro día la mancha gris de una sobre la bahía. Parecía un buque
náufrago. Las líneas no se determinaban. En verdad es muy peligroso si es
profundo, pero me gustará mucho saber que hay un banco que sólo conocemos los
dos. Me refirió que en la exploración no encontraron nada. Pero él está tan
seguro, tan contento de haber sustraído ese tesoro para él sólo, a la ambición
del Gobierno, que no ha podido resistir la alegría y resolvió hacerme su socio.
Duerme en un chinchorro al aire libre y se alimenta con nosotros. Le damos de
todo y se pone muy contento al ver que lo tratamos como a un compañero y no
como a una bestia.
Me preocupa Gabriel. Creo que algún día va a
acabar por hacer alguna tontería. No le puedo sacar una palabra. Me huye y
responde a mis preguntas evasivamente, de mala gana. Quisiera poder ayudarle,
para que no le vaya a suceder lo que a Manuel o a Pablo. Pero es inútil todo
cuanto hago por lograr un momento de verdadera confianza. No podemos estar
mucho tiempo solos, porque siempre llega un tercero que lo malogra todo. Pero
estoy convencido de que podían pasar mil años sin que él me confiara uno solo
de sus proyectos. Y proyecta algo; indudablemente trama su fuga con Lolita, o
la muerte de Víctor; algo, en fin. Porque es imposible que se pase las horas
muertas mirando al vacío, con las manos enclavijadas, el cabello revuelto, la
frente fruncida.
Es increíble, pero creo que Víctor no sospecha
nada. Parece mentira que no se dé cuenta de tantos detalles, que podrían ser el
hilo de la pista en el laberinto de lo escondido, de lo que se le veda. Esas
miradas, esos ademanes, esos silencios de Lolita son más elocuentes que todo lo
que yo pudiera decirle. Y, sin embargo, él no parece haber notado nada, o,
acaso, está tan convencido de todo, tan enterado, que ya ha formado un plan y
lo madura... Hay dos hombres que luchan sin luchar por una mujer. Su lucha es
interior, invisible. Mueven los sentimientos y los sucesos, calculan las
reacciones, miden los resultados, como en una partida de ajedrez. Algo nace
entre sus ojos, en ocasiones con suavidades de ternura y asperezas de odio; en
veces es almíbar de caricias y por momentos crispaturas de estrangulación. Y
ella va por entre esas sombras que se debaten en su persecución con armas
diferentes y fines distintos, con el vientre hinchado ya, más redondas las
caderas y las ojeras más vastas. Por una ojera, tal vez la derecha, corre una
venita azul, como un riachuelo sobre campos cubiertos de ceniza. ¿Qué le
importa ya a ella el hombre, si ha logrado lo que todas esperan? El hijo, el
hijo que les endulza la boca con su nombre, que se asoma por sus miradas para
ir conociendo la vida. Que se alimenta por su boca, que se mueve en el vientre
de la madre, como se moverá después entre el del mundo. Al nacer se cambia de
vientre únicamente. Allá también hay ríos, rojos ríos de sangre caliente. Y hay
montañas, montañas de los órganos oscuros. Y hay rocas de hueso, la cordillera
de la espina dorsal, el volcán del corazón que inunda con su lava todo el
cuerpo; el hígado secreta su bilis como la tierra el aceite. Allá también hay
sismos, conmociones, y, como en la tierra, viaja el feto en un vehículo que se
moviliza hacia lo desconocido, sin que él se dé cuenta.
María, la vieja alcahueta, la que nos concedió
tantos favores de Celestina —pobres Calixtos de aquellas Melibeas—, por cuyo
medio tantas indias obtuvimos, ha muerto. Murió de vejez. Un día su cuerpo se
sintió fatigado. Había recorrido toda la tierra guajira, tierra de sus indios y
de sus cardones. Fue a Garrapatamana, a Makuíra, a la sierra abundante y
fecunda; miró el bloque trunco del Cerro de la Teta, en cuyos alrededores
merodean los Cozinas; estuvo en Carraipía, en Nazareth, en Puerto Estrella, en
La Laguna de Tucacas. Por la costa, fue hasta ver a Punta Gallinas, punta donde
se afilan las tempestades. Vivió en Kojoro y siempre tuvo en los ojos los
Cerros del Carpintero, los guarumos de Ipapure y la esbeltez adusta del Cabo de
la Vela. Cuando murió, sus miembros estaban rayados por la geometría confusa de
las arrugas. Como no podía amar —seguramente amó mucho—, veía gozosa que se
amaran los jóvenes. Y nos traía indiecitas apenas asomadas a la ventana abismal
de la pubertad, con los senos nacientes como los botones de yguaraya y las
bocas frescas por el vino de la misma fruta.
Todos vamos al entierro. En el rancherío donde
estuve alguna vez, se halla su cuerpo, forrado en una hamaca. Según la
costumbre, se han reunido indios de todas las tribus y de todos los lugares.
Los parientes de la difunta alimentan por varios días a los concurrentes. Hay
indios tan pobres, que se la pasan viajando a los lugares donde ha muerto
alguien, para poder vivir algún tiempo. Cuando llegamos, ya hay muchos indios e
indias borrachos, con los ojos torpes por el alcohol y las manos ligeras. La
chicha y el ron circulan en las totumas labradas. Huele a carne asada y a
sancocho de chivo. El olor del aceite de coco es más pesado que nunca. Hay
majuyuras e indias viejas. Indios ricos, serios, como ídolos de bronce, y
muchachotes robustos, membrudos, que parecen salidos de un club de deportes.
Nos acercamos al chinchorro, y según es uso, damos gritos, inclinados hacia el
cadáver y con el rostro cubierto con las manos. Ya hemos “llorado”. Nos
retiramos con el “Chulo”, que vino con nosotros, quien nos lleva a tomar parte
en el banquete. Comemos carne asada fresca, de la que aún gotea la sangre y
bebemos chicha. Esa chicha agria y dulce, pero con los dos sabores separados,
inconfundibles: Veo a dos indias que se besan en un lugar lleno de sombra,
detrás de un rancho, y le pregunto a Chema:
—¿Y ... esas indias, por qué se besan?
—Esa de la manta blanca é la hija der cacique
de Ahuyama. E arepera y a la que besa, la chiquita, é su... mujé...
—¡Cómo que su mujer!
—¿Pue sí hombe, no vé que si tú ere marica, o
si una mujé e arepera pué compra su india o tú pué compra tu indio?
Me sorprende extraordinariamente esto. Una
raza que parece tan fuerte y tan poco degenerada permite estos matrimonios —se
podrán llamar matrimonios?— entre individuos de un mismo sexo? Pero a eso
llegará la civilización por el camino que lleva. En La Guajira son muy pocos
estos casos, verdaderamente extraordinarios, sin que tengan para nadie ese
carácter. Quizás por eso mismo. Es una raza extraña ésta, con esa libertad
sexual ilímite y con todos los conflictos sociales solubles por medio de la
indemnización.
Cuando ya nos vamos a retirar, Chema me lleva
donde los parientes de la india. A cada individuo que va al duelo le regalan
uno de los animales que poseía el difunto. A mí me dan una ovejita y a Chema
una cabra. Todos llevamos nuestros animales, pero cuando ya hemos andado cerca
de un kilómetro, nos damos cuenta de que Patricio no viene con nosotros.
—Ese debió quedá con su india —dice Chema.
—¿Pero, no vamos a buscarlo? —pregunta
Hernando.
—¿No, él viene solo, qué le va a pasá?
Una hora después de nuestra llegada, aparece,
con la cara radiante y nos comunica:
—Bueno, ñeros, mañana me la traen... Así es
que si el cabo quiere, mañana no trabajamos y hacemos fiesta.
—¿Que si quiero? ¡Pues claro! ¿Encargaste el
ron?
—Cómo no, por la mañana lo traen y una novilla
también.
—Pero no te va a encerrá a jalále con mucha
gana, poque amanece decuajao... —le dice Chema.
—¡Ah no...! Seguro que me voy a acostar
contigo. Para eso la compro, para aprovecharla; si no, me quedaba con las
otras, que no me falta.
—¿Y si depué no tiene aliento pa evantá un
saco?
—Eso es cuenta mía... Siempre me quedará un
restico...
De su imaginación no puede separarse la visión
del cuerpo desnudo. Ese cuerpo que no conoce sino por ligeros y furtivos
contactos. Ahí están sus ojos, absortos en la contemplación de la piel, de todo
eso que va a poseer mañana. Y en sus manos hay un ademán involuntario de
caricia. Las ahueca, como si tuviera algo muy duro y muy redondo entre ellas.
Lo miramos, e, involuntariamente, reímos avergonzados, como si lo hubiéramos
visto en el momento más íntimo.
23
El matrimonio de Patricio. —Una vida terrestre
se apaga bajo el mar—. Las perlas y la sangre. —Oración.
El día es claro y puro como la lumbre de un
diamante. A todo lo largo de la costa corre el viento; entra a curiosear en las
habitaciones, mira por los huecos de las cerraduras, sonríe si ha visto algo, y
sigue camino a 40 metros por segundo, enredándose en la plata vieja de las
algas secas. Deja en un caracol su recuerdo y pone en nuestros rostros su
pincelada diaria de color de oro limpio.
Hoy se casa Patricio. Sí, se casa, porque ese
es el matrimonio de los indios. Me disgusta que digan: “Compró una india”. No.
Debe decirse: “Se casó con una india”. ¿Por qué ha de ser menos matrimonio el
guajiro que el católico o el protestante o el judío? Este es el matrimonio
ultramoderno, el matrimonio del año 2050. La comercialización de la vida nos
llevará a hacer lo que estos indios practican hace centenares de años. La
indemnización en el matrimonio.
Novia se dice, en guajiro, “teméjinchón”. Y
mujer “terrinchon”. Mujercita, noviecita. Patricio debe estar a esta hora
repitiéndolas, pasito, para aprenderlas bien, sin que nadie lo oiga. También
dirá: “Kamáshira pía”, ¡Menéate!
Apoyados en una pared del edificio, están
regulares y ventrudos, los 20 sacos de maíz. Sobre un petate, las piezas de
cotón y de zaraza. Querían los indios que en vez de darles una mula les diera
una carabina, pero Patricio se negó rotundamente. Me decía, a mi juicio con
mucha razón:
—Yo no soy tan pendejo de darles cuchillo para
mi mismo pescuezo... Cualquier día se calientan conmigo y me mansalvean con la
misma carabina que les haya dado... Que lo hagan con las suyas, si se les
antoja... Hartas les dio el General Reyes... Pero con fusil que yo les dé, que
no cuenten...
Estas negociaciones se llevaron un poco de
tiempo pero los indios accedieron por fin a que se les aumentara el cotón en
dos piezas en vez de carabina. Chema agotó, para convencerlos, todos sus
recursos oratorios.
El collar que hace las veces de sortija en el
matrimonio guajiro, debe estar ya en manos del tío materno. Porque el único
parentesco que se reconoce entre ellos es el de la línea femenina. Dicen, quizá
con justicia, que nadie puede estar seguro de quién es su padre. El collar es
bonito, yo lo vi, con sus cien cuentas rayaditas. Pero no sé cómo se llama la
india de Patricio. O tal vez sí lo supe, pero lo he olvidado, y no puedo
recordarlo, ni recordarla. El nombre es el cimiento de la personalidad y no
recuerda uno a las personas cuyo nombre olvida. Porque, generalmente a la
memoria no llegan los rostros sin la evocación del nombre. ¡Ah! ¡Ya recuerdo:
se llama Jenia! Ahora sí puedo verla otra vez como el día que estuvimos de
visita en su rancho. Es alta y flexible, como el tallo de un lirio.
En todos los rostros hay una inusitada
animación. Tal vez ya han comenzado a frecuentar las cántaras de ron. Todo se
despereza. Los hombres levantan los brazos al cielo, como ramas de árboles, y
los árboles alargan sus ramas copiosas, como brazos, se estiran las pieles y
las cortezas. En todos los rostros que miran hacia el occidente, se refleja,
como un espejismo, la cabalgata de indios empenachados con plumas y los
caballos enjaezados con borlas de lana. Arcos, flechas y carabinas vienen con
ellos.
Francisca y las indias de Chema cuidan de los
calderos panzudos, que están llenos de sopa de maíz, con pedazos de cabra y
oveja. En parrillas improvisadas con duelas de barril, se asan trozos de carne
fresca de la novilla. Chema está contento, con la esperanza de la comilona y la
borrachera, y canta:
El indio cogió a la india
y le dio con un bejuco,
porque la encontró en la playa
sin cirapo y sin guayuco...
El cantar lento cae como humo sobre el
caserío, que se guarda y recoge en la penumbra.
Lolita, con las manos en las caderas rotundas,
en esas caderas que atraen todas las miradas por prometedoras y vibrantes,
sonríe, con esa sonrisa tan suya que le cuaja en los dientes gotitas de
alegría.
Pablo murió por una india. Quién sabe si lo
mismo le pasará a patricio, que está en la playa bañándose cuidadosamente, para
recibir a su prometida, que estará hoy cerca de su piel. Desde aquí lo veo.
Tiene un lunar grueso en el omóplato izquierdo. Va a quedar, con el agua
marina, limpio, lustroso, con un brillo verde que le brotará de todas las
articulaciones.
Y ella, Jenia también ha de venir limpia,
sedosa, aromada con aceite de coco su cabellera negra y siniestra como los ojos
de un búho. Tendrá un guayuco nuevo, sin olor de sexo todavía. Y un cirapo
brillante de cuentecillas recientes, que salieron de una fábrica checoeslovaca,
para venir a estar cerca de sus caderas y sobre el vaso de su ombligo. Sobre un
asno cubierto de colores chillones, llegará con la cara cubierta a medias por
el polvo ocre de la jagua. Y su boca rezumará la sonrisa más dulce y más lúbrica.
Patricio aparece, con la piel limpia y los
ojos brillantes. La toalla le ha opacado un poco el rostro. En sus manos hay
malignas lentitudes de caricia. Para las primeras caricias...
—¿Estás contento?
—¡Sí!, ¡Hombre! ¡Claro! —me responde con una
risa mentirosa.
Nos acercamos hacia la orilla de la altura en
que está situado nuestro caserío, nuestro poblado, el más septentrional de
Colombia acaso. Allá vienen los indios, entre una nube de polvo, como un
ejército. Traen a Jenia, y a medida que se acercan, Patricio se hace más serio.
Son bastantes. Treinta por lo menos, entre
ellos cuatro mujeres. La madre, una tía y dos hermanas. Las dos hermanas tienen
ya la molicie del matrimonio. Son jóvenes y no feas. Jenia desborda lozanía en
las mejillas redondas y las piernas rectas. Debe ser ardiente como el peligro.
Es fresca como un pétalo nuevo y como la savia de los cactus.
Como todo está ya convenido y acordado, cargan
los sacos sobre los asnos y la madre de Jenia, tomándola de la mano, la entrega
a su marido. Se van hacia el rancho, seguidos por la corte de nuestras miradas
salaces. Lolita ríe con una risa llena de procacidad. Sobre nuestras miradas,
que rebotan con el golpe, se cierra la puerta del cuarto. Ahora van a amarse.
Todo el deseo contenido por mucho tiempo va a correr ahora, quemante y libre,
por sus cuerpos nerviosos y crispados. Pero, ¿para qué pensar en esas cosas si
aquí está Lolita, a quien puedo mirar?
Ahora viene la boda. Los indios piden tabaco,
como si fuera su deber hacerlo. Como si no tuvieran otra cosa que hacer. Con o
sin provecho, piden y piden. Pero no lo fuman. Lo guardan, quién sabe para qué!
Nos sentamos sobre la arena para comer. Un
poco incómodos por la vecindad de las piernas a la boca. Sin poder sentarnos
como se sientan las mujeres, sobre las piernas, que parecen en ellas de caucho.
Deliciosa la comida que preparó Francisca, experta en miradas y en sopas.
Después viene el asado. La carne, húmeda de sangre, nos pone en la boca sabores
de selva. Nos sentimos más animales desgarrando las fibras. Y en nuestras
narices se hace presente un olfato diferente, que sólo huele carne. Olfato de
tigre o de lobo.
A las cinco de la tarde, todos estamos
borrachos. Los indios hacen disparos hacia el aire. Ahora no lo notamos, pero
esta noche habrá más estrellas en el cielo.
Uno de los hermanos de Jenia se me acerca,
tambaleando, y me dice:
—¿Jáuya Puyárajin guané anásh majúyur?
—¿Cuándo compras tú una india?
—Jiétsadido... —Ni de vainas.. —le respondo y
reímos en coro.
Bailamos la cumbia y la chichamaya. El baile
de los indios, monótono como su tierra. Las indias corren de espaldas, huyendo
del hombre que las persigue, y, al tiempo, intentando derribarlo. Bailamos y
Chema toca. Toca y canta sus canciones en el tamborito eterno. Ahora dice:
Que yo todo lo que tengo,
lo tengo dentro e mi rancho...
Porque la treintera tienen
toa la pata e gancho:
Por entre los abismos de la embriaguez pasa la
canción ilesa y danza segura la música frágil. Lolita no ha querido beber. Pero
Víctor y Gabriel están borrachos perdidos. Es necesario vigilarlos, porque de
su borrachera puede nacer la tragedia. Otra vez canta Chema:
María, flor de limón,
prenda de mi corazón,
la casa e Dibuja e tuya
y la otra de Pedro Antón...
Todas estas canciones embriagan más, con su
música de sopor, que el ron y que la chicha. Y a medida que estamos más
borrachos, las canciones se hacen obscenas:
Mi compadre mono, mono, mono,
hombre tan valiente,
cuando ve a la mona en cueros
no repeta gente.
Mi compadre mono, mono, mono, tiene dó corona.
Una en la cabeza
y otra en la paloma.
Me muero de la borrachera. La pila de sal
desbastada por nuestros picos, gira en torno mío, veloz, monótona, blanca.
Lolita y Francisca confunden sus rostros en mi memoria. Gabriel y Víctor se
funden en un solo hombre iracundo y bueno, maligno y benévolo. Por última vez
oigo a Chema:
Subiendo por una loma
me encontré a la Carmelita...
Le ví los ojos grandotes
y la boca chiquitita...
La borrachera nos envuelve en sus hilos de
niebla. Tapa los oídos con el sueño pesado y caliente. Danza la embriaguez, la
lujuria crece en los ojos y en las manos. El sueño se filtra por los poros. Y
el viento pasa por sobre nosotros, lleno de velocidad y de perfume. Danza la
embriaguez en torno nuestro. Las caderas de las mujeres redondea la noche y
aguza las puntas de sus senos.
Otra vez despertar con la amargura en la boca,
honda, honda y profunda. Amargura de cobre y de hierbas secas. Otra vez la
horrible náusea y el recuerdo espantoso y arrepentido de la noche pasada. Agua
sobre la boca, sobre la sangre de fuego, sobre la piel calcinada. Agua para la
garganta, para el pensamiento que se vuelve ceniza bajo el brillo de la
memoria. Cielo turbio sin manchas blancas de nubes. Cielo limpio para volar y
para irse a cualquier parte. A cualquier parte a donde nos lleve una vela, un
motor o dos piernas útiles. Cielo azul, azul, azul. De un azul violento, de un
azul hiriente, cortante y eterno.
Todos duermen aún bajo el sol de hierro, y el
cielo bruñido. Me acerco sin hacer ruido al cuarto de Patricio, para mirar por
una hendidura. Pero no puedo ver nada. ¡Ah! por qué veo negro, como si
estuviera muy oscuro? Allí hay un puntito de luz, algo blanco. Qué se mueve?
¡Qué imbécil! Si está cubierto el hueco con papel y el puntito es un orificio
imperceptible hecho por algún insecto. De día es más terrible la soledad. Me
paseo por todos los lados sin encontrar a nadie. Pero no deseo que despierte
ninguno. Me siento tan absolutamente solo, como si fuera el primer hombre que
habitó en el mundo. No se oye un solo ruido. Ni el más pequeño, ni el más sutil
de los ruidos. El mar está tendido sobre la tierra; cansado, duerme un sueño de
inmovilidad y de silencio. Todo lo abrillanta la luz, todo, todo, hasta mis
ojos que quisieran verlo todo, sin poder comprender nada. Como si empezara a
descubrir los seres y las cosas. Por qué no durará siempre, eternamente esta
soledad, esta soledad que me haría amar a las piedras, que me obligaría a amar
los trozos de sal y las hojas hostiles de los nopales? Un insecto sería
suficiente para llenar una vida de goce. Mirarlo cómo vive, cómo se reproduce,
cómo muere. Su sistema para alcanzar lo que le señalan los instintos, imperativos
y exigentes. Observar sus ojos que alcanzo a ver apenas y que me ven gigantesco
y peligroso. Y que él no sepa que yo lo amo, que no deseo hacerle daño, que
apenas busco en él una lección, una enseñanza...
Sobre el fondo gris y ocre del occidente, se
dibuja la figura de un indio, al carbón. ¿Viene a Bahíahonda? ¿Quién será? En
su cabeza se ve una mancha roja. Tal vez un pañuelo. Una rayita blanca le marca
las piernas y el lugar donde se unen, de cuya unión brota el sexo-botón del
cuerpo. A medida que se acerca, lo veo más borroso, con el sol que quiebra sus
rayos en la arena y teje una franjeada cortina de luz entre los dos. Ya está
muy cerca y ahora sí puedo conocerlo. Es el “Chulo”... ¡Claro! Pero, se iría
anoche o esta madrugada con los otros? Sí, debió partir y tal vez durmió en
algún rancherío vecino.
—¿Qué hubo...? ¿Cómo dormiste, hermano? —¿Bien
y tú?
Es raro que no me salude con un burlón saludo
acostumbrado: —¿Jerá pía aipá? —Cuántas veces copulaste anoche? Se queda un
momento en silencio, meditando y, resuelto, me dice:
—¿Sabes? Ahora que todos están durmiendo,
podemos ir al banco de perlas para que lo conozcas. ¿Quieres? Abajo tengo mi
cayuco.
Sí, sí —contesto con mi voz ambiciosa, mi voz
llena de esperanzas.
—Vamos... —Por qué serán tan concisos? No
explican nunca nada. Jamás extienden sus pensamientos, no prolongan las frases,
como nosotros, más de lo necesario. No usan sino las palabras indispensables.
Conchitas de piche brillan sobre la arena. Olitas imperceptibles llegan hasta
nosotros. El cayuquito es moreno, del color de la piel del “Chulo”. Con un
canalete lo maneja y navegamos sobre la superficie móvil del agua transparente.
Vamos cerca de la costa y me parece que no fuera a volver. ¿Por qué estoy tan arraigado
a este sitio? ¿Qué me ata con lazos tan fuertes a este pedazo de arena y de
tierra perdido en el territorio de mi patria grande, fría, cálida, umbrosa,
llena de bosques y de llanuras? ¿Por qué no buscar algo más dulce, más fresco?
Aquí es todo duro, seco, cortante. El mar, hasta el mar, es de un color
incoloro de berilo. El mar musical, el mar de mil cuerdas que tañen las zarpas
de los vientos. Más lejos, adentro, está la frescura vegetal de la tierra
opulenta, la tierra de las montañas, donde los plantíos pueblan de ternura los
ojos. Y la frescura de los plátanos, de las hojas inmensas y rumorosas, de lino
y de seda. La proa del cayuquito se hunde entre las aguas dóciles, estas aguas
sujetas a leyes desconocidas. Una estela breve de burbujas y espumas queda a
nuestras espaldas y se borra. Así son nuestras comunes vidas, estas vidas de
hombres buenos, abandonados al azar.
—¿Ya llegamos?
—Sí ahoritica... ¿Ves aquella roca? Es
enfrente, un poquito hacia el Nordeste.
Un último esfuerzo de todo su cuerpo y se
detiene frente a la roca húmeda, verde y negra, verde y azul. Llena de cortes
de filos, que se dirigen al mar en línea recta desde la cumbre.
—bueno, para que veas que es cierto todo lo
que te dije, voy a bajar a traerte una concha. Procura que no se aleje mucho el
cayuco. Ponle el canalete firme en la popa y siéntate. No puedo tardar.
Alcánzame el cuchillo.
Le entrego el cuchillo, que afiló hace poco.
Se para en el borde del cayuco, da un salto y entra en el agua, con su cuerpo
de bronce que brilla. El agua se cierra sobre él. Breves burbujas saltan y todo
queda inmóvil. No hay nadie y, sin embargo, un hombre está allá abajo en
inminente peligro. Sobre él pueden cerrarse con un crujido helado las
mandíbulas dentadas de un tiburón. ¿Qué verá ahora? El agua debe tener abajo un
color más profundo, de esmeralda disuelta en sol. El silencio de los peces,
lleno de peces, lo circunda con sus ojos de peligro. Ojos de ámbar copian la
arquitectura del cuerpo y marcan los lugares de muerte. Inmensos panoramas
multicolores se abren ante sus ojos. La fauna marina, dentada, acerada, llena
de espinas, de brazos de tenazas, lo observa...
—...glu... glu... glu... —hacen las burbujas,
y sale: —Mírala, mírala... Ábrela... Toma el cuchillo. —Me entrega la concha
mientras permanece apoyado con una mano en el borde del cayuco. Introduzco el
cuchillo entre las valvas apretadas y abro la concha. Nada... Nada... Lo miro
desconsolado. Hundo mis dedos en la carne y no encuentro la perla... Nada... Lo
miro en silencio y él me responde con una mirada terrosa, llena de fatiga. Sin
saber porqué, le entrego el cuchillo y cuando voy a decirle que nos vayamos,
apenas alcanzo a ver otra vez sus inmensos ojos negros y sus cabellos húmedos
que desaparecen entre el mar. Y vuelvo a pensar en lo que estará viendo, en
aquello que vi una vez en El Cardón y que desearía ver siempre. El ojo
terrestre no ha sospechado jamás la riqueza cromática de los fondos submarinos.
Ahora el agua debe ser más oscura, de un color profundo y denso, lleno de todos
los matices del ocre y del violeta. El paisaje suboceánico despliega ante sus
retinas ignorantes todos sus abanicos de maravilla y sus tesoros de luz. Allá
abajo se agita y vive y crece y muere el mundo de los pólipos, de las medusas,
de los moluscos... Allá, en el fondo, canta una vida primitiva, la vida más
antigua de la tierra y la más desconocida. Idioma suboceánico que sale de las
cavernas que tienen a los lados la flora del coral decorativo. Voz de silencio
de las aguas. Voz de los peces de ojos inmóviles, de ojos de color de luz. El
Sol envía sus rayos allá abajo, como el filo inmenso de una espada. Y llegan
húmedos al fondo llenos de temblores líquidos, del peso de masas enormes; en el
viaje de la superficie al fondo han enriquecido su ser con todos los colores
que no comprende nadie. Que no pueden imaginar los ojos acostumbrados a la
monotonía del espectro. Pero, ¿por qué no sale el “Chulo”? Imposible saber
cuánto tiempo hace que entró en el mar, pero parece que hiciera un siglo. Pero
en todo caso ya ha pasado un minuto. ¿Por qué no sale? ¿Por qué no sale? El
temor, la angustia, y el dolor entran en mi alma como balas blindadas. Me
laceran el corazón y despedazan mi sentimiento. No sale, no sale, ¿por qué no
sale? Debo hacer caras terribles, mis ojos deben estar abiertos, como los suyos
llenos de asombro. Miro a mi derecha y el mar está verde, claro tranquilo. A mi
izquierda y, apenas el color del agua —rojo diluido en azul— hiere mis retinas,
cierro mis ojos con fuerza, para no ver nada, para no sentir nada, para
ignorarlo todo, todo, todo. Pero no puedo ignorarlo, no puedo, no puedo, no
puedo! Otra vez mis ojos se abren... Allá está, casi devorada ya por el verde
eterno, su sangre, extendida en una mancha oblonga, que se alarga y debilita.
¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué si Tú podías, no lo salvaste?, Señor Tú que
hiciste este mar, que lo llenaste de tesoros, ¿porqué lo dejaste morir ahora,
allá abajo, sin que pudiera volver a ver la tierra? Señor, ¿por qué me muestras
tan cercana la muerte y tan terrible? ¡Dios mío, Dios mío, devuélvemelo! Ha
muerto por mí, por mí, por mí, por mí!
Ya han pasado las horas. El sol llegó al cenit
y comenzó su descenso. Me buscarán, pero yo no puedo ir. Estoy aquí sobre su
tumba, sobre el mar que se cerró sobre su cabeza y sobre la mirada de sus ojos
húmedos y profundos, como la puerta de la eternidad. El mar que ocultó para
siempre su vida. ¿Acaso un tiburón lo ha devorado? Sí un tiburón inmenso con
sus ojos miopes que guía la vista de su compañero de presa. Ahora sus ojos
muertos están rodeados de pececillos curioso. Por sus piernas desnudas trepa un
cangrejo. Todos van a mirarle los ojos negros, más bellos que todas las perlas.
¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué hiciste que no volviera? Maldigo y blasfemo en
mi atontamiento. Quisiera arrojarme al agua para buscarlo, al agua tranquila
que acaba de cometer un crimen. Pero no me atrevo. Aquí está toda la vida, la
vida borrosa y sin importancia, la vida recta, larga y exacta, pero al fin
vida, amable! En cambio, ahora allá todo es más trágico, con ese cadáver
dormido sobre el lecho de piedra si no lo ha devorado el tiburón. Si no, viaja
entre su vientre inmenso, confundido con trozos de pez, de langostas, con cajas
de lata vacías, con todas esas cosas absurdas que alimentan a los tiburones. Si
lo ha devorado un pez, se ha incorporado más definitivamente al mar. Yo estoy a
su lado y quisiera estar siempre aquí. Deseo llorar y no puedo. Hace mucho
tiempo se me agotó mi caudal de lágrimas y no lo he podido reemplazar. Miro al
agua, quiero escrutar para mirar una vez más sus ojos, pero no veo nada, nada,
nada... Otra vez han recobrado las aguas su color uniforme, su color mudo que
todo lo oculta.
¡Ah! Pero allá vienen... Vienen en el cayuco,
remando afanosos. Yo continúo inmóvil, saturado de muerte y de silencio.
—¿Qué fue, qué fue...? —me grita Gabriel.
—El “Chulo”... —murmuro y señalo con mi dedo
tembloroso, lleno de dolor, el agua de plomo y de muerte. —¿El “Chulo”...?
—responden todos asombrados, con los grandes ojos abiertos y las bocas
cansadas.
—Sí...
—Bueno, pero tú camina, ¿porque qué podemos
hacer?
—Vamos... Pásate aquí, Chema —respondo.
—Sí, agarra el cabo ... —me echa un cable y
acerca el cayuco. Se pasa, toma el canalete, y el cayuco grande nos remolca.
Parece que, como su dueño, fuera la embarcación que lo acompañó tanto tiempo,
un cadáver también, sin alma, sin nada...
En mis manos tengo la concha, la concha vacía,
la concha cortante, y la oprimo con fuerza como si dentro de ella estuviera la
vida del indio y yo quisiera impedir su fuga.
Otra vez la tierra, con el dolor más amplio y
más grande. Y allá, su tumba submarina, su tumba inviolable, que nadie conocerá
nunca. Mis ojos se van tras su recuerdo y tropiezan en un muro turbio de
lágrimas. Lágrimas que se secan ahí mismo. Otra vez abro la concha, y está
vacía... El mar murmura ahora una canción de dolor y en mi alma resuena como el
eco de su voz perdida y de su alma náufraga.
24
La tristeza y la vuelta de Máximo. —Patricio y
Jenia—. Trabajo.
Desde que ocurrió la muerte del “Chulo”, han
pasado dos meses por lo menos. No puedo asegurarlo, pero hace mucho tiempo,
tanto, que ya no encuentro en mi memoria ni uno solo de sus últimos gestos. La
última palabra que pronunció fue: “Ábrela”. Se refería a la concha que sacó
para mí y que deseaba llena de perlas. Ahí está la concha vacía. Sobre mi mesa,
limpia, brillante con el brillo rosa y azul del nácar en su interior, y afuera
opaca, caliza, incolora. La limpié con el cuchillo y la conservo como el más
amado recuerdo suyo. Y estoy triste, aún estoy triste. No me interesan ya las
indias, ni me importa nada. Vivo con la obsesión de su recuerdo, de que tal vez
murió por mi culpa. Pero, ¿por qué? Yo nunca le hice la menor fuerza para que
me mostrara el banco de perlas. Apenas me limité a acceder a sus ofrecimientos.
Era lo más natural. No tenía nada de extraordinario. Y sin embargo, algo como
un remordimiento, algo que es quizá su voz del más allá, me dice que no hice
bien. Pero, entonces, ¿qué he debido hacer? ¿Qué? ¿Suicidarme? No porque él
murió, porque él dejó de existir, también yo debía abandonar la vida, como si
él me fuera más necesario en el mundo que el aire. No, no, yo no tengo por qué
morir! Lo siento sí, y me ha efectado este suceso más que todos los que he
presenciado. ¿La muerte de Pablo y la de Manuel qué son al lado de ésta? ¿A mí
qué más ha podido hacerme sufrir sino esta muerte terrible, inopinada, más
muerte que todas las otras? Esa muerte cuyas causas se ven y se tocan, la que
palpamos, la que oímos, la que miramos. Pero ésta, silenciosa, muda,
misteriosa... El destino lo agarró en el fondo, lo sujetó, con el áncora de la
muerte... ¡Y yo estoy vivo! No debo pensar más en él. Aún puedo mirar el mar
asesino y besar la boca perversa y cautivadora de las mujeres. Aún están mis
nervios jóvenes y mis músculos duros. Trabajaré, viviré, besaré....
La muerte del “Chulo” me privó de observar
cómo había sido el despertar de Jenia y Patricio. Debieron salir a la luz con
los ojos llenos de sombra, que se replegó rápida en el fondo de las retinas.
Invasoras ojeras desprendíanse de sus párpados, como exóticas hojas de la
planta del amor y del sueño. Tal vez en un brazo de Jenia se ven huellas de
dientes... Quizás una equimosis mancha, casi invisible, su cuello... Cuello,
rada de besos...
Pero ahora la vida continúa lo mismo que
antes. Seguimos trabajando. Máximo, a su regreso, llegó lleno de goce,
victorioso, desbordante de felicidad. Traía a “Firpo” glorioso, entre una jaula
finísima que le mandó hacer ex profeso. Había ganado como 300 pesos. A mí me
dio 15. No hacía otra cosa que referir la pelea:
—No joa... !Eso e un gallo...! Ar domingo
siguiente de que llegué a Riohacha me fui sólito para la gallera con er animá
debajo der brazo. Lo tenía ma cuidado que a niña bonia. Etaba lito pa la pelea
con el que quisieran. Cuando entré, todo empezaron a reírse. Mietda! Pobrecito
er plateado...! Lo que é er jiro lo saca ya pal carao...” Empezaron a apotá y
yo le tranqué duro... To etaban contra mí, porque er gallo que iba a peleá era
riohachero... Ná má. Sólo mi compáe Lole que etaba conmigo me ayudaba a pará
apueta. Cuando tuve apotá toa la plata que llevaba se quearon tranquilo...
Creían que me iba a corré... Aunque me hubiera mueto de hambre... No joa...! Le
tenía yo má confianza ar Fipo que a mí mimo. Er dueño der jiro etaba como medio
orejero... Le soplé un trago e ron der Banco que llevaba en una botella y le
pasé er ecapulario por la cotilla. Lo suerto y se quéa mirándolo, con la pluma
esponjá que parecía que se lo iba a comé con ese ojo má lindo quer mimo
diamante...! Cuando lo veo e que tán ma agarráo que Patricio con su india...!
Er Fipo le prendió un picotazo en un múlo, que si má se lo arranca...! Ah
condenao de lindo er gallo mío! Epa! Conque lo va a sacá? Ni de vaina... vamo a
ve... Mardita sea no habé tenío má plata pa apotá...! Ar segundo revuelo no le
púo aguantá má er condenao jiro...! Si cojeaba como un paralítico...! Eso
qué...! Pero caliente er gallito, poque cojeando y tó y echando sangre a
chorro, se le arrimaba y le tiraba ca epuelazo que se me enfriaba er arma... Po
fin lo cogió er Fipo y le sopló un picotazo en un ojo y le dejó viendo luce...
Y ahí va er otro y er otro y ná, que acabó con é en e mímo momento...! Apena le
calentó er úrtimo y eponjó toa la garganta y miró a tóo lo lao, lo agarré y lo
cobijé y cobré mi apuéta que no me querían pagá, porque decía que etaba rezao
er gallo, me fui pal reguardo y lo envolví en una manta bien caliente pa que no
se refriara... Lo malo que no haya habío má pelea...! No joa...! Con ete gallo
sí me vuervo rico...! Apena acabemo e llená lo saco, renuncio y me latgo pa
Galera y voy po toá la cota con mi gallo...! Eso son vaina y pendejá. Que con é
no hay gallo fino que se pare! Carao!
Después de la muerte del “Chulo”, resolví irme
a vivir con Hernando. Como su cuarto es grande, cabemos ambos perfectamente.
Cocinamos por turno, cuando trabajamos. En estos días llegará la “Hollandia” en
su primer viaje. No nos pagan hasta que la sal haya llegado al Almacén de
Riohacha o la manden para Barranquilla. Me disgusta de mi vida en común, que a
cada rato tengo que salirme para dejar tranquilo a Hernando con sus indias. ¡Es
más braguetero!
La vida crece en el vientre de Lolita como la
espuma de jabón. Se le va hinchando el vientre, como si toda su vida fuera
concentrándose allí. Las caderas se han ampliado y camina anadeando, con un
paso cansado de pato. El pobre Gabriel está como si todas las noches le
chuparan la sangre invisibles vampiros. Se ha quedado en los puros huesos y no
habla con nadie, ni con Máximo. Es muy triste verlo cómo se consume. Si ella no
estuviera aquí, sería mejor. Al fin la olvidaría pero la tiene siempre ante sus
ojos al alcance de sus manos flacas y huesosas. Esas manos que fueron tan
robustas! Ella parece que sufre mucho también, pero no se puede saber
precisamente, porque su estado es engañoso. Quisiera sugerirle a Víctor que la
enviara a Riohacha para que allá la cuiden mejor cuando se acerque el parto,
pero no me atrevo. Es muy puntilloso, de comprensión difícil y terco como una
tapia. Seguramente se disgustaría conmigo y creo que espera el parto para
convencerse de la fidelidad de su mujer. Ese sería el obstáculo principal para
que se separara de ella. Si no dudara, sería muy fácil... Pero es terreno tan
resbaladizo el de la duda. Hasta cuando está trabajando y Gabriel se encuentra
con nosotros, le crecen las miradas y se van detrás de ella. Está inquieto y
nervioso. ¡Dos hombres destruidos, deshechos por una mujer! Ahí está, entre
ellos, el eterno conflicto del sexo, que proyecta sobre sus frentes una sombra
de sangre. Porque esto no acaba bien de ninguna manera. Tengo la certeza de que
pasará algo que no he podido definir, pero esa certeza me abruma. Creí, la otra
noche, sorprender a Hernando contándole todo esto porque es tanto lo que me ha
atormentado, que necesitaba buscar la compañía en ese suplicio. Pero no se
inmutó lo más mínimo. Lo sabía todo. Todo, hasta el último detalle. Y me
comunicó su pensamiento, exacto al mío. Desde entonces, muchas veces hemos
meditado en este asunto sin que hayamos podido hallarle una solución aceptable.
Lo mejor, ya que nada podemos evitar, es dejar que ruede la vida. En alguna ocasión
pensamos en decirle al cabo que pidiera a la Celaduría la promoción de Gabriel
a Manaure o a Riohacha o a cualquiera otra parte. Pero nos convencimos a los
pocos momentos de que era inútil. Desobedecería o renunciaría para quedarse
aquí. Dejar que se cumpla el destino de cada cual, porque qué vamos a hacer?
Hoy llegó la goleta y empezamos a cargar
sacos. Es un trabajo pesadísimo. Entre dos, levantan el saco, que pesa 62 y
medio kilos, por las puntas, y lo colocan en nuestras cabezas. Y tenemos que
bajar por la pendiente, cuidando de no resbalar, llegar al cayuco y colocarnos
dentro. A bordo está el cabo chequeando los sacos. Va a cargar 6.000. Es una
goleta grande, de tres palos, segura y bastante nueva. Su tripulación es toda
margariteña. “El Paso” vendrá dentro de unos tres días.
En este trabajo sudamos de una manera
horrible. Nos escurre en gruesas gotas tibias que hacen cosquillas; el sudor es
cristalino y salado. No podemos usar franela ni pantalón porque nos volveríamos
locos. Ha hecho un calor tan grande en estos días! Tenemos atadas en la cintura
tiras de cotón a manera de parumas. Con los pies descalzos, que a la noche
están hinchados, vamos de la pila al cayuco y del cayuco a la pila. Al
principiar el día, aún vemos los objetos. Pero, por la tarde, cuando ya han
caído sobre nuestras espaldas muchas toneladas de cansancio, todo es borroso,
indeciso, gris, turbio... Y vamos como autómatas, con los músculos sin dolor a
fuerza de dolor. Pero qué infinita delicia la de reposar sobre el catre
mullido, fresco, en la puerta del rancho, con el viento por todas partes!
El idilio de Patricio y Jenia se ha
prolongado. Andan juntos, siempre pegaditos. No se separan para nada. Cuando
estamos cargando, se para a mirarlo, en la playa y le da fuerzas con sus
sonrisas grandes y dulces. Si estamos llenando, ayuda a coser con Francisca. Ya
tenemos casi completos los 30.000 sacos. Por la tarde, acabaremos de cargar la
“Hollandia” y tendremos un día de descanso. “El Paso” ya salió de Riohacha, de
manera que llegará pasado mañana.
¡Por fin! Vamos a pasar un día volviendo a
contemplar tranquilamente todas las cosas. Vamos a reconocer tantos objetos que
habíamos olvidado. Acaba de irse la goleta y nos quedamos solos, con nuestros
compañeros, nuestro edificio, nuestros nopales, perdidos por tantas horas que
vivimos en zigzag.
Patricio se fue en la “Hollandia”, porque
mientras haya buques cargando sal no vendrá “La Linda”. Se llevó a Jenia para
Riohacha. Hizo bien en desconfiar, porque la soledad es peligrosa y llena de
ocasiones. Le habría pasado lo que a Víctor. ¡Al pobre Víctor!
Fuimos con Hernando a visitar a Lolita por la
noche. Estaba acostada en su chinchorro y Víctor, como de costumbre, fumando
sentado en un banquito, sin hablar.
—Qué tal, Lolita, ¿cómo te sientes?
—Voy bien... De golpe me siento un poco
cansada y me duele la cintura, pero no es cosa...
—Es que tú eres muy quejambrosa —dice Víctor,
con su voz regañona cuando se dirige a ella.
—Quejambrosa... Te viera yo con un chino entre
la tripa a ver así qué hacías... Es que como a ustedes no les toca, no saben lo
que es sabroso...
—Ah! sí... qué chusco que sería... !Nosotros
para todo... Muy bonito...
—Bueno —dice ella, cambiando la conversación—
cómo les parece lo que se están queriendo Patricio y Jenia.
—Muy bien —dice Hernando— pero para lo que les
va a durar...
—¿Y por qué no? Si ya hace como dos meses y
medio y están lo mismo que si fuera ayer.
—Eso es al principio —interrumpe Víctor—
después se jartan. Primero lo coge uno como si se fuera a acabar y después...
—Y qué —grita con una voz cortante Lolita— ¿tú
estás jarto? ¡Puedes avisar porque yo no vivo con un hombre que está jarto
conmigo! Si lo que quieres son indias ahí hay bastantes...! ¿Qué opinas?
—continúa dirigiéndose a mí— ¿Conque jarto? Pues está muy bonito...
—No, su merced, si es por molestar... Yo no
quise ofenderte.
—No, esas son flores que me echas. Muy bonito
—y repite muchas veces, con los ojos brillantes y los labios apretados—. Muy
bonito... Muy bonito... Muy bonito...
—Pero —le digo— no seas tonta, no te pongas
así por una chanza...
—Sí, chanza... Bonitas chanzas. Si siquiera
tuviera consideraciones y me dijera eso cuando no hay gente.
Nos quedamos callados todos y ella se acuesta
otra vez en el chinchorro; parece que sollozara y salimos.
—Hasta mañana... —grito desde la puerta, para
no obligarla a levantar la cara llorosa.
—Has... taa maña...na... —responde, con la voz
llena de lágrimas.
Me dan ganas de volverme y consolarla y dar de
bofetadas al canalla ése. Pero, me crearía un conflicto inútil e innecesario.
Ahora sí parece que va a estallar esto. De
cualquier manera, ya Lolita no es la misma. La hostilidad que siempre noté en
el matrimonio éste, ahora se ha agudizado y hará crisis muy pronto. Mejor. En
todo caso siempre es bueno que se resuelvan estos conflictos que a todos nos
inquietan y no traen beneficios a nadie.
Nos vamos a acostar para aprovechar el día de
descanso que se nos ofrece mañana.
La noche pasa en silencio, a escondidas, como
temerosa de que la vean con tan poca luz, tan pobre, tan negra, con su manta
raída y remendada. En los rincones, crece la sombra como una planta robusta, de
un solo tallo y una sola hoja. El viento zumba alegre y bueno, como siempre,
cargado de frescura y de aromas. Buen viento éste. Alegre y sereno.
¿Qué será de la vida de las personas que dejé
en Bogotá? ¿Habrán muerto? Aquí es tan fácil la muerte y allá no llega sino muy
de tarde en tarde, como si le hiciera daño subir a la altura. Allá no se muere
nunca como aquí, repentinamente, inopinadamente. Mueren las gentes de largas
enfermedades, rodeadas por inmensas nubes de parientes y de médicos que elevan
las murallas de la ciencia, murallas que siempre salva la muerte. Pero aquí se
muere solo, o acompañado por unos hombres, que son más o menos cómplices de
nuestra muerte. El indio que murió en “El Pájaro”... Aquél que mató Pablo de un
balazo en la frente! El que hizo una carta tan horrible, con los ojos llenos de
paisaje y en la boca de agua salobre de la agonía. Y el mismo Pablo, después,
entre las luces de las lámparas, como entre bandidos, sobre una mesa de juego.
Los dados cayeron al suelo, lo mismo que su cuerpo, y por unos. Mostraban sus
dos puntitos negros, como pupilas fijas de cadáver. Las monedas sonaron, y ese
ruido último llevaron sus oídos. Y Manuel, muerto por una india, ¡por la misma
que ocasionó la muerte de aquel indio y de Pablo! La mujer siempre guardada y
seguida por la muerte, ella, ella que es la misma vida, el arca donde se
guardan los tesoros y las semillas de la raza! Y el “Chulo”. El también murió
solo, entre el mar de color de berilo y bajo las miradas del sol de mis ojos.
—Hernando... Hernando... —llamo.
—¿Qué quieres...? —responde con un largo
bostezo entre cuyo fondo se pierden las palabras.
—¿Qué opinas tú de lo de esta noche?
—¡Uuuum! Eso está feo... Lolita no le aguanta,
y cualquier día vamos a tener nueva vaina...
—¿Sí crees?
—¡Pero, hombre! ¿Qué tienes en los ojos? ¿No
viste la cara que le hizo cuando le dijo que después se jartaban? Estaba que se
lo tragaba.
—Sí, es cierto, pero eso puede ser cuestión de
la cólera, de un momento de furia.
—No... Es que tú no la conoces... Si es
jodidísima... Antes ahora se ha calmado. Porque cuando recién llegada, eran
unos agarrones feroces. Creo que él llegó hasta pegarle...
—De razón entonces que ella sea así...
—No, si yo creo que ella ha sido siempre lo
mismo.
Callamos y nos quedamos pensando. No acabamos
de comunicarnos nuestro pensamiento, que está lleno de tragedia. Sabemos que
algo va a suceder, algo terrible, que ha de venir una noche, o un día o una
mañana. Pero que llegará.
Ya están cantando los gallos... Debe ser tarde
y a mí me toca hacer guardia de las 4 a las 6. Es una vaina tener que
levantarse uno temprano, pero no hay remedio...
Hernando ronca y mi sueño se anuda con el
suyo. Vamos de la mano, por entre la noche, con los ojos llenos de
incertidumbre y de temor. Por el mismo camino vienen dos personas... Y hay otra
que es una sombra... ¿Una sombra? Sí... una sombra... ¿Quiénes son? ¿Víctor?
¿Gabriel? ¿Lolita? Sí, Lolita es una de las personas... Pero imposible
distinguir entre la oscuridad a la otra... Una sombra... una sombra...
El sol entra por una ventana... No me han
llamado a hacer la guardia... Mejor... Vuelvo a dormirme para ver a la sombra,
pero el sueño se ha quedado inmóvil en el mismo lugar... No andan las figuras
que lo componían. Están los tres, inmóviles, quietos, como estatuas de piedra.
O de cualquiera otra cosa. Como estatuas. Solamente puedo ver la cara de
Lolita, sonriente y trágica. Las otras dos figuras no pueden definirse. Me
rompo la cabeza, intentando descubrirlas, contra los muros de lo imposible.
Y vuelvo a quedarme dormido, de día ya y con
el sol en el cuarto. Un sol que pasará pronto sobre mi cara como la tibia
lengua de un perro fiel.
—Levántate... No seas perezoso. —Me dice
Hernando—. Camina a tomar el café. Ya son como las 9... Arriba.
El cuarto está lleno de día. Por todas partes
hay luz, luz pura, luz clara de sol alegre, que borra las figuras del sueño de
mi imaginación, y me da el color de la vida brillante y buena.
Frente a mis ojos, despiertos y aventureros,
se abre el mar inmenso sobre el cual florece la rosa de mil pétalos de todos
los caminos, que llevan a un solo lugar...
25
El cambio de Dick. -La goleta abandonada.- Un
atentado.
Aquí está Dick, en mi cuarto. Le ofrecí mi
hamaca, una hamaca blanca que mandé hacer a Encha, la mejor tejedora de hamacas
de la Guajira. Y ahí está, atravesado en ella, con su misma pipa de siempre
entre la boca. Pero ha cambiado mucho. Su barba está llena de canas. Unas canas
brillantes, que más parecen de cobre que blancas. Y se ha hecho más taciturno y
silencioso. No ha querido decirme nada del capitán. Se ha negado en una forma
extraña, sospechosa. No tendría nada de raro que hubiera sido él mismo quien
denunció al capitán por embriaguez y abandono del buque, ante los propietarios.
¿Aquellas palabras que se cruzaron una noche en la tienda de Polita...? La
tripulación toda ha cambiado. Hasta el cocinero desapareció. Me dijo Dick,
secamente, cuando le pregunté por él:
—También se quedó.
—¿Dónde?
—Pues en Maracaibo. Allá se quedaron todos,
con el... con el capi...
—¿Y consiguieron empleo en algún otro buque?
—Creo que estaban negociando una balandrita
con la plata que el capi había ahorrado...
—¿Y... a ti no te disgusta estar solo entre
marineros desconocidos... en la goleta donde viajaste siempre con el capi?
—¿Por qué me va a chocar? Si todos los
marineros somos lo mismo. Hoy me conoces como el día que nos vimos en Puerto
Colombia y no más... Somos siempre lo mismo...
Pero no. Dick ha cambiado. Siempre está lleno
de una inquietud inexplicable. Desazonado, fuma su pipa y tiene los ojos
sombreados por quién sabe qué recuerdos. Estoy casi seguro de que él ha
traicionado al capitán. De otra manera no se explica cómo cuando lo nombro su
inquietud se acentúa.
Almorzó con nosotros y se fue a la goleta. Yo
iré a hacerle en la tarde una corta visita con Hernando. Ahora vamos a
continuar trabajando. La tarde es corta y tenemos que acabar al amanecer de
mañana, porque así lo ha dispuesto el Celador, que llegó con una mujercita
horrible, caratosa, que debe ser su querida. Se la oí nombrar: Mira. Debe
llamarse Amira. No me explico porqué aquí en la Guajira, algunas personas
ascienden a las cocineras a la categoría de queridas o de señoras. Como en este
caso. El dice que es su cocinera, pero es, indudablemente, también su querida.
La verdad es que un hombre como él no podía conseguir nada mejor. Siempre medio
borracho, con la botella de brandy en el bolsillo trasero del pantalón y la
cara roja empapada en sudor grasoso. También llegó el otro guarda. Juan se
llama. Es un hombre ya maduro y simpático. Tiene la boca grandísima, que lo
hace sonreír siempre, a pesar de sus esfuerzos por aparecer serio.
Afortunadamente el Celador se vuelve a ir pronto, en “El Paso”. Se ha hospedado
donde Víctor, cuyo cuarto es el mejor. Allá come y duerme en el interior del
edificio, en una hamaca inmensa, tendida entre las dos filas de columnas que
sostienen el techo. No he visto sino una sola hamaca. Pero no será sino una
noche la que van a pasar aquí. Porque “El Paso” estará cargado a más tardar al
mediodía. No carga sino 1.200 sacos. ¡Está ahora tan bonito!
Fuimos a la goleta en el cayuco lleno. Y
ayudamos a descargar los 34 sacos que llevaba. Está nuevecito todo en “El Paso”
y más limpio que nunca. Los marineros, lo mismo que cuando yo viajé, lo han
baldeado esta mañana. Y huele a pescado. El olor a pescado es el mismo. Ahora
el cocinero es joven, aseado. No es el viejo sucio, que me daba asco. Las
jarcias negras, relucientes, tiemblan como flores al viento. Y las velas son
también nuevas, sin lluvias todavía que las hayan amarillado y envejecido.
Barnizaron la goleta y la calafatearon en Maracaibo. Debe ser más velera que
“La Linda”, con todos sus aparejos lucientes, brillantes, con esa brillantez
rica que tienen las cosas poco usadas.
El capi —qué trabajo me cuesta decirle así a
Dick— nos invitó a comer. Muy temprano, como a las 6. Tal vez la vecindad del
agua nos daba una profunda sensación de limpieza. Nos dieron sopa de picúa,
deliciosa. Sierra frita con arroz, carne pasada por manteca y plátano madura
asado. Café, ese horrible café de los buques de vela.
Qué bien se debe viajar ahora en esta goleta!
Cómo caerán de peces cuando Dick en su turno de descanso echa el curricán por
la popa, entre la estela de espumas y saca sierras, picúas, meros... Y cuando
otra vez lo sorprendan las calmas, como en nuestro viaje que frustó la
tempestad, echará las palangres para pescar a los meros de fondo.
Pero ya no tengo ese furioso deseo —que me
agitaba cuando venía un buque— de viajar sin saber a dónde. El mar no se me
sube a la cabeza como antes. Me embriagaban sus colores, su música, su olor.
Mareábame en tierra y quería salir de mí mismo para irme a navegar de todas
maneras, sobre o bajo sus aguas. Pero no comencé a comprenderlo sino cuando
estuve en el fondo. Allá, la variedad del paisaje desgarra el mareo, que es
consecuencia de la monotonía. Cómo puede ser maerante ni monótomo todo aquello?
Mundo de las sirenas y los pulpos, del terror terrible y la bella belleza. El
ágata de cielo filtra su color entre el verde tierno, y el verde maduro de las
aguas, manchadas por el pulmón de las nubes.
Otra vez solos. Siempre estamos solos,
abandonados sobre la tierra dura y hospitalaria, cuando no hay un barco a la
vista. El barco nos muestra sus rumbos y sus caminos. Su bauprés puede señalar
todos los horizontes y su popa puede volver la espalda a todas las tierras.
Ahora lo buscamos sobre el plano ondulado de
la verde bahía, lo buscan nuestros ojos que señalan a los pies y a las manos el
lugar donde se encuentran los objetos, pero no hallan nada. Desierto el mar y
el cielo abandonado, con su sol fatigante y terco.
Fuimos a coger camarones por la tarde. Los
contornos de la salina y la salina misma están llenos. Los hay inmensos, casi
de 10 centímetros, rojos, con un rojo amarillento y oloroso. Trajimos cada uno
un saco lleno y después de cocinarlos los pusimos a secar al sol. Todo el
pueblo se llenó de ese fuerte olor sexual que tienen los camarones. Nos mareaba
el perfume amarillo, y sobre los sacos adquirían un color opaco de sol.
Hoy tuvo Chema su aventura. Llegó con su ojo
útil lleno de miedo, corriendo con su corpachón robusto temblando, a contarnos.
En el ojo blanco en vano intentaba mostrarse el terror, el terror que no
aparece sino sobre superficies brillantes. Por los pelos crespos de su barba
corría un sudor seco y frío que no sabía si era producido por el calor o por el
miedo.
—¿Qué te pasa, que vienes corriendo con esa
cara más pálida que si hubieras visto al diablo?
—¡Carajo! Que si má me joe un indio que etaba
econdío detrá de aquello barranco... Yo que voy a bajá a la playa a cagá y lo
veo lito a sortarme la raya... Gracias a Dió que lo arcancé a vé y salí
corriendo... Siempre me la diparó pero como yo etaba ya lejo no me logró...
Debe sé argún pariente de arguna india... Eta mardita india, que vienen aonde
uno a pedile maí y se acuétan con uno y uno no tiene la curpa y depué lo eponen
a uno a que lo joan lo indio...
—Pero es que tú les prometes a todas que las
vas a comprar y como no tienes con qué, no puedes cumplirles... Y ellas van y
cuentan...
—Yo qué... Si yo no le digo nunca, que la voy
a comprá... e que a ella cuando ya no le puén sacá na a uno se le antoja ir a
decí que uno la va a comprá pa vé si lo asútan a uno...
—Y a ti sí te asustó esta vez el indio
—comenta Hernando, irónico...
—Mira... Que si me asutó... E que tú no sabe
lo que é una raya... De eso no se ha sarvao nunca nadie... E una epina de raya
que cogen y con otra flecha la meten en un cardero donde echan a que se pudran
to lo animale que encuentran... Alacrane, culebra, raya, ciempié... Tóo lo
echan ahí y encima le riegan, un agua de una hieba que no ha querido decí
ninguno cómo se llama y lo dejan como un mé... Piensa cómo será eso... Ar que
le meten un rayazo se muere toito tembloroso y echando sangre por la narice y
po la oreja...
—Ten cuidado, porque cualquier día que salgas
por ahí, no vuelves...
—Lo que voy a hacé e que nunca má sargo sin er
fusí... Y le madrugo ar indio que me quiera joé...
A todas partes va con su historia, como si con
ello ganara algo. Encuentra un goce extraordinario en aparecer como la víctima
de todos, para después ir a prestar un pote de maíz o una libra de arroz.
El tedio nos llena otra vez. Otra vez estamos
inactivos, sin ningún trabajo. Los sacos están llenos y esperamos que llueva un
poco, porque si no sucede nada nos desesperaremos. No sabemos porqué, pero
todos hablamos de la lluvia, de que va a llover, sin que nuestras esperanzas
tengan ningún fundamento.
Los alcatraces pescan en la bahía. Vuelan con
su vuelo geométrico en bandadas grises y cuando van a caer, colocan el pico
vertical. Caen, engullen la presa, nadan unos momentos y vuelven a volar,
trabajosamente.
No hay nubes en el cielo. No hay barcos en la
bahía. No hay nada en nuestras pupilas, sino el paisaje exacto y monótono, de
un amarillo oscuro que se hace azul en el lejano horizonte. Las horas se
deshacen lentas, desmoronan sus minutos, avaras; sus minutos que se ahogan en
la laguna gris de nuestro tedio. Nuestro tedio azul e inmenso como el cielo y
el mar.
26
¡Tenemos hambre! —¡Hambre...!
¡¡¡H-a-m-b-r-e-e-e...!!! ¡¡¡Desesperación...!!!
Hace mucho tiempo que acabamos de cargar en la
“Hollandia” y en “El Paso” los 30.000 sacos de sal. De la pila queda apenas un
rastro grande, unas costras tiradas aquí y allá. No podemos ya mirar afuera,
hacia el mar lejano, porque la orilla opuesta de la bahía nos oculta todo.
Antes, sobre la pila, conversábamos, mirábamos, pensábamos. Ahora, tenemos que
sentarnos en el suelo o sobre los cajones de gasolina Troco, a la puerta de
nuestros cuartos.
Y lo peor de todo no es eso. Lo peor de todo
es que si no viene pronto “La Linda”, pasaremos hambre. Gabriel se fue en el
último viaje que hizo “El Paso”, a traer las provisiones. Y desde entonces han
pasado más de 15 días. No puede ser que “El Paso” haya naufragado, porque un
indio que vino de Manaure nos dijo que le habían dicho que había llegado bien a
Riohacha. Tal vez “La Linda” no se encontraría en Riohacha cuando llegó Gabriel
y tendrá que esperarla. Nos preocupa la perspectiva del hambre, más aún que la
sensación misma, que ya empieza a molestarnos.
Nos dimos cuenta del peligro cuando ya era muy
tarde. Y siempre con la confianza de que al día siguiente llegara la goleta,
comíamos en mayores cantidades que el día anterior. Pero esta mañana no hemos
tenido nada con qué desayunar. Chema nos dio unos pocos granitos de maíz
tostado que encontró por ahí en el suelo. Es bueno Chema. Mañana saldrá, a la
madrugada, a buscar algo donde los indios.
Son las 4 de la tarde y lo único que he comido
fueron los granos de maíz tostado y un pedacito infinitesimal de panela.
Después bebí agua hasta que la sentí en la garganta, gruesa, tibia y salada...
Iba a vomitar el pedacito de panela. No, no, no, ¿porque qué iba a hacer los
otros días si no encontraba nada...? Pero a pesar del egoísmo, a pesar de que
en mi estómago siento un vacío que me produce náuseas, pienso en Lolita.
¡Probrecita! El corazón se me aprieta y se me hace menudo como una avellana
cuando la recuerdo. No la veré, porque sería más desesperante.
En las ciudades hay ahora hombres que comen
cosas maravillosas: pollos dorados, quesos tiernos, carnes asadas, papas
fritas. Me provoca una salivación abundante, que paso ávido, este pensamiento
de las deliciosas provisiones que elaboradas, cocinadas, sazonadas con
pimientas y salsas comen los hombres de las ciudades. ¡Ah! También comen pan.
Un pan tierno, blando, que se deshace entre la boca. Pero en las ciudades
también hay hombres hambrientos... Sí, hay hombres miserables que no tienen
nada qué comer... Pero ellos pueden pedir. ¿Pedir? Sí, ellos piden cuando ya se
les ha comido el hambre hasta la vergüenza. Cuando un hombre pide para comer es
porque moriría si no le dieran nada... Piden con unos ojos tímidos, ávidos,
llenos de paisaje de manjares, de grasas... Y esconden entre los bolsillos
raídos el billete o la moneda que les proporcionará la infinita delicia de
calmar por unos pocos momentos su apetito. ¿Pero nosotros, aquí, qué podemos
hacer? Tenemos todos dinero. ¿Pero de qué nos sirven los billetes que en la
ciudad nos harían tan felices? ¿De qué? ¿De qué...? Aquí no puede darnos
vergüenza pedir. Todos somos amigos, todos tenemos hambre, pero ninguno tiene
nada qué comer...
Ya por la noche, extendimos sobre mi catre un
periódico y sacudimos los sacos de arroz. Nada, unos granitos que no nos sirven
para nada.... Unos granitos, pocos, blancos y opacos... Nada, nada qué comer...
¡Pobrecita Lola! ¡Pobrecita! Ella debe sentir más hambre. Ella sentirá
horribles mareos que la tienden como golpes, sobre la cama donde no encuentra
el sueño. Con su sangre débil tiene que alimentar al ser que lleva en las
entrañas. Sentirá la doble amenaza de la muerte. La muerte suya y la del hijo,
y querrá vivir más, con una fuerza más grande, con un más intenso anhelo...
Nos acostamos temprano, para esperar el día,
que tal vez nos traiga la goleta... Quisiera rezar pero no puedo. Con la noche
crece nuestra angustia, como una planta que regaran las tinieblas. Entre la
sombra que llena el cuarto, rayada por franjas de luz débil, aparecen los
recuerdos de todas las cosas que comimos. Y, por fin, el sueño, un sueño pesado
y terrible, lleno de pesadillas, se apodera de nosotros.
Segundo día. Me levanto al amanecer con un
dolor de estómago espantoso. Los intestinos se distienden, se alargan, se
mueven entre mi vientre, y el estómago da saltos como un feto rebelde.
Terribles picadas, como si me clavaran cuchillos afilados en las entrañas, me
atraviesan. Todas las cosas se borran de mis ojos... Tengo un trastorno de
todos los recuerdos, de todos los sucesos, que no me deja colocar las personas
en su sitio ni los objetos en su lugar. Soñé anoche con una cascada de
chocolate. Caía frente a mí su pluma carmelita, llena de espumas tornasoladas.
Detrás, una montaña de papas fritas, llenas de sal. Y yo estaba cerca, cerca,
ya iba a llegar. Olía a papas fritas, a salchichas, ese olor de las salchichas
que acidula la lengua... Pero no pude llegar, no pude. Un barranco negro, alto,
espeso, se atravesó en mi camino. Yo daba vueltas, asediado por los olores. No,
no llegaba... No podía llegar... Y desperté con este dolor que me muerde como
un perro rabioso el estómago, los intestinos, las entrañas todas. Bajo a la
playa y hago cuanto es posible por calmarlo, pero es inútil. Nada. Los
esfuerzos que haga me producen más dolores aún. Y vuelvo a subir y de nuevo me
tiendo sobre mi catre, que me parece ahora más grande, infinitamente extenso,
verde, con un color que me marea y me hace sentir náuseas. Intento vomitar,
pero no puedo: me sale una baba espesa y salada, gruesa. El estómago se
revuelve, se agita, queriendo arrojar lo que no tiene. Parece que se me fuera a
salir esa bolsa flácida por la boca, que se me llena de sabores amargos, de
sabores metálicos, minerales, áridos. Bebo agua, poquita, lentamente y me
encuentro un poco mejor.
Ya es de día. La mañana es clara y grave.
Parece que todo estuviera preocupado y adusto. Y pienso en los cuentecillos que
leía cuando era niño y no sentía hambre. Hablaban de un extraordinario país,
llamado Jauja. Por las calles de la ciudad corrían arroyos de leche, las
casitas eran de hojaldre, los tejados de caramelo, el césped de mermeladas...
Se tendían las gentes bajo los árboles y les caían entre la boca las frutas
maduras: guindas, peras, cerezas, manzanas. Frutas frescas, frescas como el
recuerdo de un río... Los pollos corrían asados, ensartados en sus asadores,
con los cuchillos clavados en el lomo...
Pero, ¿para qué pienso en eso? ¿Para qué?
Hernando está sentado en la orilla de la cama, con la cabeza entre las manos.
Los dedos se meten por entre los cabellos, y arañan el pericráneo con furia. No
ha dicho una sola palabra. No nos hemos dicho nada.
—Hernando, Hernando —está tan distraído que no
me oye— ¡Hola...!
—¿Qué? —vuelve a mirarme con unos ojos
amarillos y tristes.
—¿Por qué no vamos a pescar?
—¿Con qué? No ves que no tenemos anzuelos?
Chema estuvo aquí a buscar...
—¿Y con el arpón?
—El arpón se lo llevó enterrado la manta que
no pudimos coger el otro día... ¿No te acuerdas?
—Sí! Maldita sea... Entonces, ¿qué hacemos?
—Esperemos... Tal vez hoy llegue la goleta...
—¡Qué va a llegar...! ¡Nos van a dejar morir
de hambre esos canallas...!
—No te desesperes... ¿Qué hiciste los granitos
de arroz que recogimos anoche?
—Los... los... —no me atrevo a decirlo— los
boté...
—¿Los botaste....? —sus ojos se llenan de odio
y de amenazas.
—Sí, como eran tan poquitos...
—Pero cómo eres de imbécil. ¡Maldita sea!
¡Ahora sí nos acabamos de joder!
No puedo replicarle nada. Tiene razón. He sido
un imbécil! Y el hambre nos ha tornado a todos tan irascibles, de afables y
buenos que éramos. Callo, pensando en lo que vamos a hacer y lo miro. Otra vez
tiene la cabeza entre las manos y las uñas le rasgaban el cuero cabelludo.
Se me ocurre un último recurso. Tal vez... No
estoy seguro... Eso lo reconciliará conmigo. Le digo con una voz temblorosa:
—Oye... Pero sí podemos pescar almejas...
—No seas bruto... ¿Cómo vamos a pescar almejas
si estamos en julio?
—¿Y... y... no hay? —respondo con el temor
seguro de que me va a decir que no.
—¡Claro que no hay! Si hubiera, ¿tú crees que
todos estábamos aquí tan tranquilos? ¡Pendejo!
—Y piches... —continúo, como si no hablara
sino siguiera el curso de mi pensamiento.
—Tampoco, menos... Esos son de enero...
De enero. Y estamos en julio. Hace ya más de
tres años que salí de Bogotá. ¡Imbécil! ¿Quién me mandaba aquí? ¿Por qué no me
estuve allá, donde siquiera tenía segura la comida? Maldita sea...
—¡Ay...! ¡¡Ayayay...!! ¡Ay mi estómago! —grita
Hernando con las manos apretadas sobre el vientre y curvado como para hacer
menos fuerte el dolor. Sale corriendo hacia la playa. Lo mismo que yo. Lo mismo
volverá. Sin haberse podido aliviar. ¿Cómo? ¿Quién puede cagar sin alimentarse?
Si desde anteayer no hemos comido nada que valga la pena... El pedacito de
panela y los granitos de maíz... Nada más...
Tengo la cabeza llena de una niebla oscura,
pero ya me duele menos el estómago... Me invade un sopor fuerte, pesado, como
si hubiera ingerido un estupefaciente. Pero no dormiré, porque entre tanto es
posible que llegue Chema y los otros no me dejen nada...
Salgo y encuentro a Máximo. Está sentado en el
dintel de la puerta, mirando hacia la entrada de la bahía. Me mira como si
fuera un desconocido, con sus ojos sin memoria y su boca seca, con un borde
blanco, como de sal. Entre su jaula está “Firpo”. ¡Un gallo! Y yo, que no lo
recordaba. La felicidad me inunda, me congestiona y se me sube a la cara. El
también debe haberlo pensado. ¿Lo habrá pensado? No le digo nada, porque si no
quiere, se pondrá en guardia y lo esconderá o se lo comerá él solo.
—¿Qué hubo...? ¿Vendrá la goleta? —le
pregunto.
—¡Yo qué carao voy a sabé! Pendejo yo no
habéme ido cuando acabamo de llená el saco... Cobro mi plata en Riohacha y me
voy y me evito toa eta mardita vaina... Eso me pasa po pendejo...
—¿Tú qué crees que haya pasado? —continúo
mientras miro al gallo que saca el pico por entre los barrotes de la jaula. Su
pico corvo.
—¿Pero no te digo que yo qué carao voy a sabé?
¡Vea qué vaina! Que se hundiría, o que no ha salío o cuarquié vaina... Pero la
cosa que no impóta e que llegue aquí argo qué comé... Mardita sea... ¿Tú no
tiene cigarrillo?
—No, no tengo, desgraciadamente. Hace como
tres días se me acabaron. Ayer me fumé los últimos cabos. Pero, tú tienes pipa.
¿Por qué, si quieres fumar no le metes un fósforo, que siempre le sacarás algo
de humo?
—Si ya lo hice... Y me quemé toda la lengua...
Er tabaco siquiera entretie a uno er hambre... Pero ni eso...
Para no despertar sus sospechas continúo
conversando con él. Pero ya tengo mi proyecto. Es lo único que nos puede
salvar...
—¿Chema se fue siempre? —le pregunto, sin
ningún interés, porque ya tengo algo seguro.
—Sí, a la madrugá salió. Yo etaba de guatdia.
Pero ya ve tú que son como la tré y no ha llegao ná... Si tó lo indio que había
po eto lao se han ido poque como nosotro no tenemo ná que dale....
—¿Y en el resguardo de la Aduana, están lo
mismo que aquí?
—¡Pue claro, hombe...! Mucho peó. ¿No víte
luego a Ramíre que vino eta mañana a que le pretáramo argo?
—¡Ah! ¿Esta mañana vino alguno? ¡No sabía!
—Qué iba a sabé... Como te la pasa
dutmiendo...
—¿Y qué quieres que haga? ¿Me voy a poner a
llorar?
Me voy para nuestro cuarto a comunicarle a
Hernando mi proyecto. Pero ha salido. No está por aquí. Tal vez donde
Antonio... Sí, allá está, sentado, con Francisca y Patricio y Jenia. Antonio
está adentro. Jenia volvió ya de buscar alguna cosa en su casa, pero no
encontró ni casa. Ya se habían ido, y sólo quedaba del rancho el fogón y cuatro
postes.
Están todos mudos. No hablan una palabra.
Todos miran hacia el mar, donde no hay una sola blancura. ¡Cómo brillaría la
alegría en nuestros rostros si naciera una vela en el horizonte! Cómo
correríamos a la playa, para estar más cerca de ella. Pero nada. Nada. El mar,
lleno de peces que podrían salvarnos de la muerte con su carne tierna y blanca.
Todos se ha confabulado contra nosotros. Todo... Todo... Ni anzuelos, ni
arpones, ni almejas, ni piches...
¡Maldita sea mi suerte! ¡Ah! ¿Y mi proyecto?
El gallo de Máximo ... Y llamo a Hernando:
—Mira, que voy a decir una cosa urgente...
—¿Qué carajo tiene que decirme? Encontraste
algo?
—¡No, qué iba a encontrar! ¡Pero mira!
—¿Y por qué no vienes? Si me necesitas ven
aquí.
—No, no, es una cosa que tengo que decirte en
secreto...
Se levanta de mala gana. Está pálido y
tembloroso.
Unas ojeras lilas le llegan hasta cerca de la
boca. Me pregunta:
—¿Qué fue? ¿Encontraste alguna cosa? — y en su
voz vibra la esperanza, el anhelo nace.
—Sí —respondo—. Pero camina allí, para el
cuarto, allá te digo.
Marcha delante de mí, rápido, con los pasos
vacilantes. Se sienta en mi catre y espera, con los ojos llenos de angustia.
Me acerco a él y me siento a su lado. Vacilo
un poco, temo que rechace mi propósito. Pero me resuelvo:
—Máximo... El gallo... “Firpo”....
Sus ojos se clavan en los míos, muy abiertos e
inquietos. Parece asombrado.
—No... No... —responde—. No podemos hacer eso.
Se morirían de la pena... No ves que él tiene todas sus esperanzas en ese
animal?
—¿Y que carajo nos importa a nosotros? ¡Tú sí
que eres pendejo! ¿Qué derecho tiene él para guardar ese animal que nos puede
servir para no morirnos de hambre? ¿Por qué? Mira, esta noche se lo quitamos.
El lo deja siempre afuera... Lo matamos y nos comemos cada uno un pedazo... Le
llevamos otro a Lolita, a escondidas, y guardamos el resto... Las plumas las
podemos echar al mar, o las enterramos... ¿Sí quieres?
—No, no, no... Es mejor que esperemos hasta
que venga Chema. Tal vez haya conseguido algo... Si no, tal vez la goleta
llegue esta noche... Yo no me meto en eso... Si lo sabe, es capaz de matarnos o
de matarse...
—¿Y a nosotros qué nos importa que se mate o
que nos mate? ¿De todos modos es mejor no morirnos de hambre? Qué es, ¿qué te
da miedo? Yo no lo hago tanto por ti ni por mí sino por Lolita. Miento como un
miserable al decir esto. Es por mí, por mí únicamente por quien lo hago. ¿A mí
qué me importan Hernando y Lolita? Que se mueran, pero que no me muera yo...
—A mí también me da mucha lástima con Lolita,
pero no me atrevo a hacer eso... Es malo hacerlo...
—¡Lo que es malo es dejarnos morir de hambre
como unos pendejos! ¿Y ya que no podemos hacer otra cosa, por qué no cogemos al
gallo ese y lo matamos? Piensa en la pobre Lolita, que debe estar muy mala y
muy débil...
No contesta nada... No me responde y yo pienso
en la forma de apoderarme del aminal sin que su dueño se dé cuenta. El vientre
de Lolita es inmenso. Le levanta la falda por delante. Y sus ojeras se hacen
cada día más oscuras, casi negras, se han comenzado adelgazar sus bellas
piernas. Sus piernas que eran largas y finas, comiezan a deformarse, y tiene
los tobillos hinchados. Sus tobillos, que eran redondos como conchas y con el
color de nácar. Hernando interrumpe mis pensamientos, diciéndome:
—Bueno, esperamos a que llegue Chema... Si no
trae nada entonces...
—¿Si... A ti, a qué horas te toca hacer la
guardia?
—¿De 12 a 2. Y a él, a qué horas...?
—Tal vez de las 4 a 6... ¿Tú a quién llamas?
—A chema...
—Ah! Entonces le toca de 6 a 8, porque Chema
me llama a mí.
—Así está bien... Puede pensar que ha sido
algún indio...
—¿Y qué hacemos con los huesos...?
—Pues los echamos al mar... Voy a ver si ya
llega Chema.
Yo también intento levantarme, pero mis
piernas están tan débiles, tan flojas, que desisto. Parece que no tuviera
huesos. Que se me hubieran desechado y que todo fuera una carne fofa, sin
consistencia ni fuerza. Ya no me duele el estómago. Pero en la cabeza tengo un
dolor tan horrible, que me enturbia los ojos y me los apaga. Una niebla densa,
oscura, danza delante de mi vista. Teje arabescos complicados con la sombra y
la luz. La luz que se va ya, cansada de ver hambre y miseria, en este lugar
abandonado donde mueren unos hombres de quienes no se acuerda nadie. Mi cabeza
está entre unas tenazas de acero. Las sienes golpean, el corazón palpita,
débil, agitado, presuroso, con afán. La sangre es clara, débil, sin fuerzas. Y
Chema no llega. Pero aunque llegara ya es tarde. No traerá nada... Vamos a
morir, sí vamos a morir. Moriremos de hambre, de mordiscos en el estómago, en
los intestinos, de dolores de cabeza enloquecedores.
El hambre aguza todos los sentidos. Se
perciben hasta los más pequeños olores, y aun los recuerdos de los olores
cobran fuerza. Aquí, en el cuarto, huele a plátanos, a banano, pero no me
explico porqué, porque no hay ni una hoja, ni una corteza. ¿Será una
alucinación? No, no es alucinación... Huele a bananos, a esencia de bananos.
Olor que tiene un color rojo, rojo, sí, rojo... En mis manos está dormido el
tacto. Toco la tela de mis pantalones, que es gruesa, burda, áspera, y la
confundo con la manta. Me equivoco y tomo entre mis dedos un extremo de ésta, y
es lo mismo de burda que los pantalones... No, no es eso, no es eso... Es que
los pantalones son tan sedeños y finos como la manta... Sí, sí, pero, ¿por qué
voy a volverme loco? Si todo está revuelto, confuso, tan mezclado que no puedo
diferenciar nada... No, a mis oídos llega una voz lejana, lejana, lejana... Es
la voz de mi madre... La misma voz que me llamó en la cuna con sus nombres más
dulces y mimosos... La misma voz que otras veces me ha dado consejos y me ha
encaminado... Es esa voz que viene, porque ya es la hora de la muerte... Sí,
allá viene la muerte, corre por entre esa voz, como un pájaro sin alas. Como un
pájaro mutilado, viene despacio. No, no es como un pájaro mutilado, es... es...
¿Cómo, cómo es? Es como... como un gallo... Sí, como un gallo plateado... No
trae guadaña, no trae su pico corvo, que afila en todas las piedras, que son
las consonantes de las palabras que pronuncia esa voz... Una voz que dice:
Amo... rrrr mío... Aaaaamoooorrrrr mío... Por qué me llaman? Voy a morir y por
eso viene a despedirse de mí... Para que no me vaya tan solo... Para que lleve
en el recuerdo esas palabras... No es la voz de mi madre, no. Sería más lejana,
menos segura. Es la voz de ella... ¿Ella...? ¿Ella...? Si, la de Ella, que
tiene color de futuro pasado. Luz de mañana, ella que ya quiere que me vaya con
ella antes de llegar. Ella y la muerte... Ella... La muerte. Ellamuerte...
Muertella... ertella... tella... ella... aaa...a...
Todo está oscuro... ¿Será que ya mis ojos no
ven? ¿Será que empiezo a enceguecer? Sí, ya no veo... No veo... No veo...
Despierto sin darme cuenta. No puedo
establecer si estoy aun soñando... Si todo lo que veo es ficción o realidad,
porque no es posible. El cuarto está lo mismo de solo, de abandonando... Han
pasado muchas horas, días acaso desde que me quedé dormido... y Hernando está
aquí, profundamente dormido también... A sus pies están los huesos de un ave...
¿De un ave? Sí... Los recojo... Están rotos... Los ha triturado con los
dientes, les ha extraído hasta la última partícula de médula. No tiene nada, y
su vista me produce bascas... ¿Pero qué puedo vomitar? Si mi estómago esta
vacío... Vacío... Como el aire.... Está lleno de aire como el cielo. ¡Maldito
sea... ! ¿Por qué no me despertó? ¿Por que no me dio nada? Me arrojo encima de
él y le golpeo la cara con unas manos débiles y flojas como de algodón. No le
puedo hacer daño.... Parece que mis puños y mis brazos fueran de otra
persona...
—¡Hijo de puta... Canalla... ! ¡Se lo diré a
Máximo... ! ¿No le diste a Lolita? ¿No le diste? ¡Maldito!
Se levanta y se deshace de mí con facilidad. Y
me grita con los ojos rojos por la ira:
—¡Qué creías, gran pendejo! ¡Que iba a robar
para ti?
¿A exponerme por tu linda cara? ¡Marica!
Otra vez me arrojo sobre él pero antes de que
haya podido tocarlo, toma el grass y me lo tiene.
—Estáte quieto, carajo, o te meto un tiro! —
me grita con voz más ronca.
Me detengo ante la boca circular, desdentada y
negra del fusil. No quiero, no quiero, no quiero morirme sin haber comido algo,
algo, algo... Y sin embargo, fanfarroneo:
Dísparame, dísparame si te atreves... Qué hubo
que no me matas, cobarde?
—Mira, déjate de pendejadas, porque no estoy
para chanzas. Aquí te guardé un pedazo. ¿Quieres? ¿Quieres que te lo dé?
—¡Sí, sí, dámelo, dámelo pronto...! — le
grito, aguijoneado por el deseo de morder algo, de hundir mis dientes en un
pedazo de carne. De cualquier cosa, de algo, de algo... Aunque fuera carne
humana la comería con delicia.
En un plato me extiende el pedazo que me
guardó. Se ve que está arrepentido de haber guardado eso, pero no tiene
remedio. Ya abandonó el grass y puedo estrangularlo. Me abalanzo hacia el plato
y tomo la pierna del gallo, apenas a medio cocer, y la devoro. Me sabe tan a
delicia, tan a felicidad, que parece que todo mi cuerpo experimentara el más
desconocido y duradero de los espasmos... Tengo hambre... Tengo h-a-m-b-r-e...
Sí, hambre, hambre y me lo comería todo... Entre mis dientes, que se han
fortalecido en la espera de algo qué destrozar, cruje el hueso delgado y fino.
El huesito del gallo de Máximo. Cuando ya no queda nada, nada, nada, voy hacia
la pipa con el vasito de aluminio que dio Dick. Bebo un poco de agua y me
siento lleno de felicidad.
—¿Oye, cómo hiciste? —le pregunto.
—Pues muy sencillo... Como Chema no consiguió
nada, y no había esperanzas de nada, esperé a que Máximo se durmiera y fui a
buscar el gallo. Lo había escondido, pero la puerta estaba abierta. Entré
pasitico y cogí la jaula. Ni se movió siquiera... Yo creo que estaba enfermo...
Saqué la jaula afuera y lo maté; la volví a llevar y no se despertó... No dijo
ni mu el pobre animalito. Vine y calenté el agua, llevé las plumas entre un
papel, sin dejar una sola, les eché un poco de arena adentro y las tiré al mar.
Despúes me vine, acabé de cocinarlo, con pura sal, porque no había nada más...
Llamé a Lolita, que vino y se tomó toda la olla de caldo. Nos comimos el gallo
y te dejamos esa patica... ¿Estás contento? Después me quedé dormido y por eso
es que los huesos están aquí... Hay que rrecogerlos... Te gusto?
—Sí... —contesto de mala gana. Me parece que
ha sido muy egoísta. Y ya me empieza a doler el estómago otra vez. Maldita sea!
—¿Eso cuándo fue? —le pregunto.
—No sé... Debió ser ayer... No me acuerdo...
Salgo. Me duele otra vez la cabeza. El
estómago se contrae y me obliga a curvarme, a hacer dolorosos gestos. Para
bajar a la playa tengo que pasar por el cuarto de Máximo. ¿Pero qué es esto?
¿Es verdad? Sí. sí, me ha engañado Hernando... Aquí está “Firpo” entre su
jaula, lo mismo que siempre. Corro, sorprendido, al cuarto y le digo:
—Pero, pero... si allí esta “Firpo”...
—¿Si...? —responde riendo—. ¡Ah pendejo! Pero
si lo que comiste es alcatraz ¡Ja...! ¡Ja...! ¡Ja...! Ese mismo día que me
dijiste del gallo, se me ocurrió que podríamos matar unos alcatraces. Maté dos
y nos los comimos entre todos y les conté lo del gallo... Me dijieron que
trajera los huesos para acá y te engañara diciendo que nos habíamos comido a
“Firpo”... ¿No ves que ahí hay cuatro patas? ¿O es que tú crees que hay gallos
de cuatro patas?
Salgo otra vez, mohíno y desconsolado voy
hacia la playa, pensando que ojalá hubiera otros 10 alcatraces para comérmelos.
Yo sí noté un sabor almizcloso... Algo salado y coriáceo, pero como “Firpo” es
un gallo de pelea, no tenía nada de raro que así fuera el sabor de los gallos
finos. Cuando ya bajo, oigo un grito de Chema:
—Mírala, mírala... Allá viene la goleta...
Corro hacia donde está él en la orilla del
acantilado, y veo una vela entrando a la bahía. Lo abrazo lleno de gozo, y de
mis ojos salen unas breves lágrimas. ¡Estamos salvados! ¡Que felicidad! A
nuestros gritos se han congregado todos en la playa, menos Lolita, que se
encuentra muy mal. ¡Está enferma la pobrecita! Cómo estará de débil. Yo voy
donde ella, que está tendida sobre su hamaca y al entrar no veo sino la masa
movible de su vientre, que me oculta el rostro. Me acerco. Está con los ojos
abiertos. Absorta.
—Ya viene la goleta —le digo.
—¿Si? — me responde con una voz débil.
—Sí apenas llegue, te hago un caldo, ¿Quieres?
Tal vez a bordo tengan gallinas, o si no, nos pueden vender un poco de carne...
—Bueno, bueno, gracias...
Parece tan feliz y tan agradecida; debe sufrir
tanto que me dan ganas de volver a llorar. Siempre que veo a una mujer encinta
me vienen ganas de llorar. Salgo y me reúno a los compañeros. En sus rostros
hay una inundación de alegría, de felicidad. ¡Otra vez están vivos pero qué
pálidos! ¡qué flacos y desmedrados! Las barbas de muchos días les ponen en los
rostros unas oscuras sombras fúnebres, pero son bellos así, saliendo de los
brazos de la muerte para entrar a la vida, la vida que viene entre la goleta,
llena de promesas, henchida de sangre y de vigor.
Ya no tenemos hambre. Ha bastado la esperanza
que tenemos de saciarnos para satisfacernos.
Otra vez podemos mirar el sol que está
reluciente y dorado, más dorado que nunca. El mar, el mar que nos trae la vida.
Y el paisaje que mordieron nuestros dientes ociosos.
Dentro del día puro como un cristal, hemos
vuelto ha nacer en este momento y nuestros corazones dicen a Dios con sus
golpecitos:
—Gra-cias... Gra-cias... Gra-cias...
Y Dios se burla de nosotros, ¿porque a El qué
le importa? ¿Y a nosotros también qué nos importa Dios en este momento? Tal vez
lo que dicen nuestros corazones se dirige al destino... Pero, ¿el destino no es
acaso un seudónimo de Dios?
27
El hartazgo. -
El parto. - Comienzo y fin. - Despedida.
No he podido recordar cuánto tiempo he durado
comiendo. Pero he comido de todo, de todo, revuelto, sin método vorazmente,
como si nunca más fuera a comer durante la vida. Como si fuera para toda la
existencia.
Y estoy harto. Mi vientre está hinchado, con
la piel tensa. Y una inmensa satisfacción me invade. Es posible que me ponga
enfermo, que todos nos pongamos mal, pero no nos importa. Aunque muramos,
sabiendo que podemos morir, hemos comido hasta saciarnos.
Llegamos a la goleta sin fuerzas, que habíamos
agotado las últimas en el esfuerzo para llegar, y nos abalanzamos a la cocina
como fieras hambrientas. Bebimos caldo, café, cominos carne, plátanos, de
todo... Y por nuestras sienes pálidas, el sudor descendía en chorros delgados.
En los ojos de Gabriel crecía la angustia.
Eran dos mudas preguntas sus pupilas dilatadas por el temor. No se atrevía a
interrogarnos, pero Hernando y yo comprendimos lo que quería saber. Y le
dijimos recalcando:
—Todos y todas, todas, estamos bien... ¡Pero
si no llegan tan a tiempo...!
El que más devora es Chema. Engulle cuanto
está al alcance de sus ojos y de sus manos. Es natural... ¡El pobre Chema!
Ahora estamos un poco mareados, un poco
trastornados. Muy hartos y muy débiles, conversando en el edificio. Nos
reunimos aquí porque afuera sopla el viento terroso y salado. Gabriel habla:
—No pueden figurarse cómo ha sido mi angustia.
Nos cogió una calma frente al Cabo de la Vela. Salimos oportunamente de
Riohacha. Allá estaba “La Linda”, lista desde el principio. Compré todo y nos
vinimos. Pero ahí nos tuvo 15 días la calma. Yo sabía que ustedes no tenían
provisiones...
—¿Quince días? —pregunto.
—Sí, si hasta salimos con cinco de
anticipación, pero llegamos con cinco de retraso...
Entonces en aquella ocasión dormí tres días,
tres días, cuando desperté habían pasado. ¡Imposible! Me pareció que solamente
unas horas habían transcurrido cuando encontré los huesos del alcatraz al lado
de mi cama... tres días que se me habían perdido, que no encontraba en el
recuerdo ni en el sueño. Tres días que devoró mi hambre nutrida de aire y de
sombra y de luz sucesivas en esas 72 horas... tres días que nunca podría hallar
en mi recuerdo, ni situar en mi vida. Tres días vagabundos y ajenos dentro de
mi existencia...
Gabriel continúa:
—Nosotros teníamos esperanza de que pasara un
cayuco, un bote, algo, aunque fuera con remos llegaría más pronto que nosotros.
Pero no pasaba ninguna embarcación. Me daba asco todo lo que comía, porque
pensaba en ustedes que se estaban muriendo. Si la calma dura tres días más,
quién sabe cómo los hubiéramos encontrado...
—¿Dónde está Víctor? —Le pregunto a Hernando.
—Está en la casa. Lolita está muy mala... Yo
creo que con todas estas cosas se le ha anticipado el parto.
—¿Anticipado? Si ya es tiempo... ¿En qué mes
estamos?
—En julio... Hoy es 18...
—¿Y con quién más está?
—Con Francisca y una india que estaba donde
Chema...
—Bueno —continúa Gabriel— creo que alguno de
nosotros nos iremos... Parece que hay bajas en la nota que le traje, ¿verdad,
cabo?
—Sí —responde éste— Me da mucha pena y siento
de veras que se vayan tan buenos compañeros... Pero así es la vida...
Sí, ¿pero quienes son? —pregunta Antonio.
—¿Yo? ¡A mí me importa un carajo! El Gobierno siempre es así. Cuando menos lo
piensa uno, ¡zuás! ¡la patada...!
—No, tú no eres. Son Hernando y... Gabriel
y...
—¿Yo? —pregunto con la voz detenida en la
garganta.
—Sí...
—Bueno, respondo con las lágrimas al borde de
los ojos. —¿Qué vamos hacer?
—Oiga cabo... dice Máximo. —Yo también me voy.
Renuncio y me latgo... No le jalo má a eta vida...
Aquí se muere uno de hambre, y si aguatdo, se
comen a Fitpo...
Ahí se lo querían comé er otro día... Si no ha
sío por Hetnando... Me habían obligado a matá a arguno— concluye sonriente,
mirándome, y me echa el brazo por encima del hombro.
—¿Me habrías matado? —le pregunto con una voz
triste, que ya comienza a ser despedida.
—¡No hombe...! Qué te iba a matá... Eso son
chanza...
—Entonces —me dice Hernando—, arreglamos
nuestras cosas para irnos en “La Linda” apenas regrese?
—¡Claro! responde Máximo. —¿Qué hacemos aquí?
—Yo les puedo comprar provisiones de las que
les trajo Gabriel —dice Antonio.
—Y yo —dice el cabo—. —Aquí nunca sobran...
—Yo también —agrega Juan— les puedo comprar
maíz y panela.
—Bueno... Mañana arreglaremos eso, después de
que aclaremos nuestras cuentas —dice Gabriel.
—¡¡¡Aaaaaaayyyyy...!!!¡¡¡Aaaaaaaayyyyyy...!!!
¡¡¡¡¡Aaaaaaayayayyaaaaaayyyyyyy...!!!!!!
Estos tres gritos, agudos, penetrantes, se
clavan en nuestros oídos, comunicándonos todo su dolor. Son los gritos de la
carne, que se desgarra para dar paso a una nueva vida. Nos miramos asombrados y
el cabo pregunta, afanoso:
—¿Qué es? ¿Qué pasa...?
—Es Lolita... —le respondo en voz baja,
temeroso de nombrarla, como si quisiera ayudarla con mi silencio.
—¡Ah! —dice, y se pone grave, serio, ceñudo.
Los tres gritos se han prolongado entre la
noche, llenándola de ecos y de resonancias. La noche clara, como para que nazca
un nuevo ser. Hay luna limpia, fina y delgada. Nos salimos del edificio y vamos
a sentarnos cerca del cuerpo de Víctor, en el suelo, por si acaso algo se
ofrece. Yo quisiera estar allí para prestarle algún auxilio, para decirle
algo... Gabriel está como poseído... Va de un lado a otro, inquieto, con los
ojos saliéndose de su rostro, como si quisiera adelantarse a su curiosidad y a
su temor.
Procuro imaginarme cómo será aquello. Está
blanca, con una blancura opaca de porcelana antigua sobre todo el rostro. No
hay un solo lugar en su cara que tenga sombra. Ni en esos rincones donde
siempre hay algo oscuro, una manchita que tizna la piel, ni en los rincones de
los ojos, hay un solo centímetro de sombra. Sólo arrojan sombra sobre el rostro
santificado por el sufrimiento, las pestañas largas, las pestañas curvadas, que
parecen miradas que se hubieran materializado. En su frente se aprietan las arrugas
y forman cauces estrechos para el sudor abundante. Los ojos miran el techo sin
verlo; todo lo que miran es rojo, rojo, rojo como la vida ardiente. Hay un
incendio de púrpura en cada pupila, que se abre copiando un espacio de techo
que no mira. Los sollozos y los gritos le salen del vientre, de lo hondo de las
entrañas, de lo más sangriento y más íntimo y oculto, de la almendra misma de
su ser. Al pasar por su garganta, como por un tubo hueco, no hacen que se
temple la piel inmaculada ni se mueva su boca que está pálida, marchita, seca y
partida, como un pétalo helado. Para mayor comodidad deben haberla tendido en
el suelo. Sobre las sábanas inmaculadas como su piel, sábanas olorosas a sal y
a perfume de su cuerpo, esas sábanas que conocen todos los misterios de su
carne y de su amor, se crispan las uñas de los deditos finos, afilados por el
hambre y por el dolor. Su vientre se mueve, como un monte sacudido por un
terremoto. El nuevo ser, que va a salir a la vida, busca su colocación para
arrojarse, de cabeza al mar del existir, a ese mar de aire, de sentimientos, de
seres y de objetos... Y contorsiona el vientre materno, lo desgarra, lo lacera
con sus movimientos de criatura independiente ya, unida sólo a la otra vida, a
la que lo sustentó por tantos meses, por un hilo frágil de sangre y de carne.
Por un guiñapo que le comunicó sangre, sentimientos en germen, pasiones en
embrión... Y en el bajo vientre, que tiene la piel tensa como el tambor de
Chema, se abre la flor triangular del sexo, roja y negra, la flor que va a
arrojar a la tierra su primera semilla, su primer fruto... Cómo se le harán de
terribles y de eternas las horas... Querrá, a pesar de dolor, ver cómo es el
rostro de ese hijo que la hace sufrir tanto... Recordará el beso y el abrazo, y
el espasmo que la fecundó... Mirará la cara del hombre amado, entre la niebla
espesa de sus gritos y de su sufrimiento... Ella quiere mirar los ojos amados
de su hijo... Quiere conocer al que le rompe el dolor, se lo multiplica y se lo
dilata... Y vuelve a salir de su boca el grito, ahora más agudo, más hondo, más
largo, más lleno de sangre:
—¡¡¡¡¡Aaaaaaaaaayyyyyyyyyyy...!!!!!!
Esas íes del sonido del grito se clavan en mi
corazón y en mi cerebro. Se me clavan en las partes más sensibles de mis oídos
y de mi alma. Y dura, dura el grito, dura tanto, que se detiene el tiempo, y la
noche se inmoviliza de terror. Las estrellas están pálidas como ella; la luna
se ocultó temerosa; el viento es discreto. Son las tres. Ahora fluye de su sexo
un agua opaca, babosa, que anticipa la llegada de la criatura.... ¿Es agua? ¿Es
linfa? No sé... Pero he oído decir que sale algo líquido, como una fuente, como
una fuente mucho tiempo sujeta, que se desborda pro la desnudez de sus
piernas.... Hace ya como cinco horas que grita... Y ahora son más hondos los
alaridos, más humanos. Debe asomar en este momento la cabecita del niño, una
cabecita rubia, limpia, tierna... Y todo su cuerpecito blando y caliente... La
sangre le sigue en un arroyo precipitado y turbio, sangre espesa, sangre de
amor y de ternura. De dolor y de beso, sangre santificada por el hambre y por
el martirio. Sangre más valiosa que la sangre de las vírgenes, que la sangre de
los héroes, que la sangre de los santos! Sangre materna que eres sangre que
brota de las heridas del amor, como la sangre de Cristo! Francisca asoma a la
puerta y dice:
—Ya, ya estuvo...
Entonces, todos, menos Gabriel, que corre
hacia el cuarto donde está la parturienta, vamos por nuestros fusiles. Y,
puestos en fila, saludamos la vida nueva con una salva de seis disparos, que se
pierden entre el silencio de la noche y el último grito. Las balas salen, como
sale la vida del cuerpo de la mujer, sin destino, sin rumbo, locas, al arbitrio
de la colocación de nuestros fusiles. Acaso con ellas hayamos dado muerte a los
dolores que lo esperan.
Ahora deben correr por sus mejillas los
arroyos del llanto satisfecho y del amor cumplido, hecho carne. Recordará con
dulzura la maldición bíblica y se dormirá entre su sangre, entre un lago hecho
de su misma vida, con las manos tranquilas, el vientre fecundo recogido, los
ojos húmedos y los senos hinchados y redondos. Ya soportó el último dolor, a la
separación del otro ser, y ahora son dos vidas distintas, que pueden llegar a
ser hostiles. Sólo queda de todo ese proceso largo y difícil, una bolsa fibrosa
y asqueante y un apéndice largo y sangriento... Duerme. Quisiera verla. Gabriel
está adentro. Nos acercamos... Ya vamos a llegar a la puerta, cuando sale,
atropellándonos, con una cara de loco, los cabellos al aire y los gritos al
viento, Víctor. Corre, corre diciendo:
—No es mío...!! No es míooooo!!! No es
míííooo...!!
—Y lo vemos cómo llega a la orilla del
acantilado. Hay en su cuerpo un breve instante de inmovilidad pétrea, de temor,
de recuerdo acaso, pero, cuando aún no hemos acabado de darnos cuenta de lo que
pasa, la sombra de su cuerpo dividido en blanco y en negro, pasa como un borrón
sobre la noche y desciende hacia el mar, hacia la muerte. Aún alcanzamos a oír
un fragmento de grito, largo, eterno, perdurable para siempre en nuestras
memorias:
—...ííííííííííoooooooooo...!!!!!!!
Se apaga como un tizón la longitud del grito;
se empequeñece, se oculta, y todo queda en silencio. El silencio que precede a
la vida y que sigue a la muerte. El vasto, hondo, profundo silencio mudo. Ha
nacido un hombre, un hombre ha muerto. La vida sigue su curso, monótona y
exacta. En el mismo sitio está la noche. Sólo se ha movido una hoja de un árbol
y ha gritado un pájaro.
Nos precipitamos hacia la playa, para ver si
podemos salvarlo. No hay nada. Sobre una roca vemos algo blanco, y algo rojo
también... Sangre y sesos... Nada... De él, del hombre asesinado por la mujer,
por el amor, no queda nada... El mar sigue tranquilo, moviendo sus aguas
espesas y oscuras color de silencio.
En nuestros corazones ha entrado el dolor como
una vasta y profunda sombra. Están oscuros nuestros pechos y en nuestros ojos
hay una transparencia de llanto. Hasta Chema llora, con unas lágrimas que le
hacen caminos de diamantes en el rostro de tinieblas. Murmura, con odio, con
rencor, con una voz que desgarra las palabras en los dientes iracundos:
—La maldita mujere...!
No decimos nada, lo miramos con los ojos de la
tragedia, pero todas nuestras fibras asienten.
Vamos a dormir. A dormir? No, a soñar, a
meditar, a sufrir en el frío abandono de nuestros lechos. Las emociones de esta
noche, los dolores, los gritos, han formado en mi espíritu un zumo amargo y
negro, que corre por mis venas febriles. Es inútil que pretenda dormir y así se
lo digo a Hernando. Es mejor salir al aire fresco, que llenará nuestras frentes
con la caricia de sus manos innumerables.
Nos acercamos al cuarto de Lolita y miramos.
La puerta está entreabierta y podemos ver a Gabriel sentado en la banqueta que
ocupaba Víctor para fumar, cerca del lecho de la mujer dormida. Ahora él es
verdaderamente el hombre. El otro se quedó tan sólo en el recuerdo sin
fronteras... A la izquierda de ella, hay un bultito, entre un cajón lleno de
almohadas y de mantas. Duerme el niño. Y por cerca de su vida reciente acaba de
pasar la tragedia. Un hombre ha muerto, mientras él no había respirado 100
veces. El cristal de su vida ha sido cortado ya por el diamante de la muerte.
Gabriel se abalanza a nosotros, afanoso y al tiempo alegre. En sus ojos brillan
un placer oscurecido por el remordimiento. Todo es en él una mezcla indefinible
de angustia y de pesadumbre. Barbota, no dice; habla, y las palabras se le
salen de la boca sin método y sin ritmo:
—Yo... yo... Lolita... no tuve... no tuve...
la culpa... es un niño... un niño... la muerte... Víctor... no tuve... la
culpa... está bien... tiene los ojos azules... los ojos azules... no tiene
nada... la culpa... la culpa... la culpa... Lolita... la vida.
No queremos oír ni entender nada de lo que nos
dice. Estamos distanciados de él por un tácito, inexplicable desprecio. Vamos a
entrar y nos detiene:
—No, no, están dormidos... —su voz es tierna,
afelpada por la dulzura, temblorosa de emoción y cariño.
Hasta que el día llega, muy poco tiempo,
paseamos sin que crucemos una sola palabra. En nuestras mentes están mezclados
los más diversos pensamientos y las emociones más disímiles. Pensamos en el
viaje, en la muerte, en el mar y en el parto. Todo se entreteje y enreda, se
bifurca y encuentra. Es un caos luminoso de sentimientos, de emociones y de
ideas.
Ya esta el sol a nuestro lado, ya lo podemos
mirar, y sabemos que no nos negará su luz, como no se la negará a cuantos han
cometido crímenes. Es el mismo para todos, el sol dulce y bueno, que contempla
la vida con su escéptica pupila invariable.
Oímos el llanto del niño. Y nos miramos con
una mirada de tristeza por el hombre muerto. ¿Por quién llorará? ¿Por la muerte
del otro o por su propia vida?
Ahora sí podemos verlo. Lolita continúa
durmiendo. Tiene una mano fuera del embozo, sobre el pecho, como una flor de
palidez y de nácar. Las ojeras están tranquilas, profundas, llenas de sueño y
de felicidad. En su rostro vaga perdida una sonrisa que no tiene ubicación
definida. ¿Es de la boca, de los ojos, vendados por el reposo, del cabello
húmedo? No, no, nos dice nuestro corazón; es la sonrisa de su amor y de su
alma.
El nene está despierto, con unos ojos velados,
azules, azules claros, todavía llenos de la oscuridad de nueve meses de
tinieblas. Envueltito, tan frágil, tan pequeño, es increíble que haya podido
causar tanto dolor. Todas las cosas que no comprende pasan ante sus ojos
ignorantes, sus ojos azules, sus ingenuos ojos de hijo adulterino o de hijo
legítimo. —Odiosas distinciones entre los hijos, que son sola y únicamente eso—
los hijos.
Salimos de allí con más temor por la vida, con
las almas tambaleantes. Nuestras almas que eran verticales a la horizontal de
la existencia, son ahora oblícuas por el golpe de la tragedia. No queremos
pensar más en eso y no podemos dejar de hacerlo. Como una lima, mella nuestros
cerebros todo lo sucedido y está siempre en nuestras pupilas un color: el azul
indeciso de aquellos ojos. Y una figura: la de un hombre que cae al mar, abismo
único donde están el silencio y la paz.
...
...
Ya tenemos casi completamente listas nuestras
maletas. Muy poco es lo que poseo que sea útil para llevar. Unas cuantas piezas
de ropa interior, unos zapatos, un traje viejo, muy viejo. Tendré que proveerme
en Riohacha de un vestido decente para seguir el viaje. ¿A dónde voy? A
Barranquilla. La vida me arroja de aquí, donde no he encontrado la felicidad.
Me llevaré mis vestidos viejos, salados por las brisas y por el mar, para que
más tarde me recuerden todo. Dos libros pongo entre mi maleta. Los dos únicos
libros que me han acompañado aquí: “Los trabajos y los días” de Hesíodo y “El
viajero y su sombra” de Nietzsche. Este último aún no lo he leído. En el viaje
me acompañará. Lo leeré en los largos días de sol en la goleta que ha de
llevarme para nunca volver.
Hemos regalado todos nuestros enseres de
cocina y Antonio nos compró las provisiones. Parece feliz. Se quedará casi
solo. Es el más apegado a esta tierra por la soledad y por su alejamiento de
todo cuanto no sea silencio. Aquí se quedarán y nosotros nos vamos. Chema y
Máximo conversan y se hacen mutuas recomendaciones, se dicen secretos, y parece
que tienen una gran pena por no volverse a ver. Gabriel permanecerá aquí
algunos días, probablemente en espera de que Lolita acabe de mejorar, para irse
con ella y con su hijo. Al principio, la engañaron, le dijeron que Víctor había
sido enviado a una comisión a Manaure, urgentemente, pero, naturalmente, ella
lo comprendió todo. Ni una sola lágrima salió de sus ojos. Permaneció tranquila
y llena de dulzura, la misma dulzura de siempre. Qué le importa a ella que el
otro haya muerto, si tiene consigo al hijo y al hombre amado?
Máximo dejó todas sus cosas a Chema; yo
también le regalé un saco de maíz. Hernando dividió rigurosamente, con máxima
justicia, sus provisiones y sus útiles de cocina. Ya estamos de viaje. En la
tarde llegará “La Linda”. La vemos desde aquí, bordeando para entrar, porque
sopla viento de tierra.
Y ya está cercana la partida. Me despido
mentalmente de todos los objetos, de cada uno de los árboles y de los lugares
que marcó el suceso. Allí está la roca que señala el banco de perlas; allí,
endurecida más cada día por los golpes del agua... Y enfrente, al volver sobre
mi derecha, está el cardón que veía todas las mañanas, con sus espinas y con
sus hojas en abanico. Y el edificio a cuyo cobijo se formaron nuestros tugurios
miserables. El edificio que ha oído mis gritos de espanto, de angustia, de
alegría y mis quejidos de hambre... De todo me despido con mi corazón, con mi
alma desgarrada, trémula, como una hierbecita sedienta y humilde.
Me despido de Lolita. Me causa tristeza
dejarla. No volveré a verla jamás, pero siempre estará en mi memoria. Nos
decimos adiós, sin una palabra. Y le doy un beso en la frente. Hago una caricia
al niño, estrecho la mano de Gabriel y lo miro con una mirada híbrida, de
amistad y de rencor.
Abrazo a Francisca, cuyos senos contra mi
pecho me dan la última sensación carnal de la Guajira. Ríe, con una risa
satisfecha y lúbrica.
Nos embarcamos en el cayuco. En la playa se
queda el cabo que nos despide fraternalmente y, ya al irnos, nos dice, con la
voz llena de escepticismo:
—No nos olviden... Escriban...
Está llena de tortugas la cubierta. Chema sube
a bordo y nos abraza; con la voz sollozando nos despide y se baja al cayuco,
como si hubiera quedado huérfano. Juan es el menos emocionado de todos. Nos
conocemos tan poco. Antonio, Patricio y el otro guarda, nos abrazan en
silencio. Descienden a su cayuco y, ya al partir, Chema me extiende su mano
nudosa y noble, mano de hombre bueno, de hombre condenado a presidio en la
península. La estrecho y nos separa el impulso de la goleta que leva ancla y
salta como un pez sobre las aguas, iguales a las aguas del día de mi llegada.
Estamos acodados en la popa, arrodillados y
prolongando nuestras miradas para ver por última vez el lugar que nos abrigó
durante tanto tiempo.
Bahíahonda luminosa y azul, llena de muerte,
de tragedia y de amor. Allá quedas y te ocultas entre el horizonte, inmóvil y
tranquila sobre la tierra firme que regaron mis lágrimas. Chema el negro,
bueno, dulce y perezoso; Antonio, huraño, afirmativo e imperioso; Gabriel,
traidor a la amistad, pero por eso más humano; Lolita, carne de mujer, carne de
tragedia y de dolor; Francisca, Jenia, Patricio, Federico, Juan, adiós, adiós
compañeros de Bahíahonda! Compañeros indios y blancos y negros! Adios, Víctor!
Adios, adiós “Chulo”! Adios tierra pobre y maldita, de dolor y de tedio y de
hambre, de sacrificio y de martirio, de lujuria y de santidad! Adiós tierra
donde está entre los nopales y la arena, entre el mar y la costa, toda la vida,
como un fruto abierto, como una boca ansiosa!
Ya no podemos ver nada. Todo se oculta a
nuestros ojos, que quieren fijar para siempre lo que nunca han de volver a
encontrar. Máximo y Hernando están inmóviles, contemplando el paisaje que se
dibuja ya no en sus retinas, sino en sus cerebros.
La goleta salta, sopla el viento por popa.
Viajamos otra vez hacia lo desconocido... Otra vez al lugar que nos marque el
destino de la rosa de los vientos del azar. En la proa, entre las cadenas, está
el ancla como una flor de hierro.
Todo lo que fue vida y temblor,
estremecimiento y espasmo, ahora es recuerdo...
Salimos de la bahía al mar abierto, al mar
eterno de todos los tiempos.
Terrosa y azulada, perdida Bahíahonda!
Viaje de regreso. - Encuentro con la
civilización. - Balance.
“Parece como si me oyera a mí mismo, con voz
más débil”, dice el viajero a su compañera de aire que brota de la luz, cuando
le dice que hace tiempo no le oye hablar, en este libro incomprensible e
irónico.
Yo también me oigo a mí mismo ahora, entre la
noche y entre el viaje. Vamos bajo las alas del viento, que tiene un color
gaseoso, lleno de lentejuelitas de velocidad. Vamos sobre un mar azul,
fosforescente, luminoso, con la luz de sus habitantes interiores. Grandes
manchas de color amarillo azulado se extienden delante de nosotros. Nuestra
vida ahora, está a proa. El cielo también está lleno de luces trémulas. Tiembla
la noche bajo el peso opulento de su cosecha de estrellas. La luna es aún fina,
como el filo de una uña. ¡Es la misma luna que vio caer a Víctor!
Y yo oigo las palabras que dice a mi oído mi
alma. Me sugiere tantas cosas, me revela aspectos tan insospechados de mi vida
en Bahíahonda, que la curiosidad se elabora difícil pero segura en mí, como un
mineral en el seno geológico de las montañas. Ya hemos pasado por el Cabo de la
Vela, que vio mis ojos quedarse muy atrás de mi cuerpo, acompañados sólo por el
deseo para prolongar la despedida. Y pasamos por El Cardón, donde conocí el
subocéano. Donde vi la luz revolucionaria, la luz de otro mundo, de otro
planeta y de otro universo. Y por Manaure, donde quedó el cadáver de Pablo y el
amor de Kuhmare y la pila de sal. No hemos hablado casi en estas horas de noche
y de día. No hemos hecho otra cosa que escuchar nuestras voces interiores.
Hemos reconstruido rostros, sucesos y palabras. Volvemos a mirar atrás como si
estuvieran los compañeros, pero sólo está la noche. La noche, acompañada por el
mar y seguida por su cortejo de silencio.
Amanece y entre el alba nace Riohacha.
Mientras dormíamos ha pasado el puertecito de “El Pájaro”, donde conocí por
primera vez a los indios y donde vi la mirada de Anashka. Allá se quedan
Augusto, Roque, Ingua, Rosita... Allá están, ya perdidos entre el misterio de
lo pasado y confundidos en la línea geográfica de la península que se alarga
hacia el Norte, fatigada y serena.
Como todavía nos quedan algunos pesos del
valor de mi trabajo en el cargue de la sal, vamos a cobrar, lo mismo que a
reclamar nuestros sueldos.
Luisito está en la oficina, lo mismo de pulcro
que siempre y con su eterna sonrisa. El celador también. Nos hacen cuentas y
nos dan explicaciones. Por fin, nos envían donde el Almacenista, que cancela
nuestros saldos. Ahora tengo con qué pagar mi pasaje hasta Puerto Colombia y
vivir algunos días en Barranquilla, mientras sigue mi vida tejiendo caminos
sobre la tierra.
Compré un vestido de dril, hecho, y me vine
sin despedirme de nadie, a esta goleta sin nombre que sale dentro de media
hora. Me pongo a recordar mi llegada. Todo está lo mismo. Lo mismo. Exactas las
casas y las gentes. Y el mar exacto. Dentro de media hora partiremos y
llegaremos dentro de los tres días a Puerto Colombia.
No he tenido valor para despedirme de Máximo
ni de Hernando, mis amigos más íntimos. Les dejé en el hotel, y con mi maleta
vieja y pobre me vine a la goleta. Les dije que volvería. Mentira, como todo en
mi vida. Adiós, adiós, compañeros, adiós recuerdos y vida de músculos y de
instintos. Allá enfrente, están la civilización y la mecánica. Aquí, la
tragedia y el dolor y la desnudez y el hambre y la miseria, se extienden hacia
el Norte en una gran mancha de ocre y verde.
Otra vez navegar. Navegar siempre, siempre
viajar, siempre movernos, trasladarnos, andar... Otra vez el azul del cielo y
el azul del mar. Otra vez...
Los días transcurren llenos de nombres:
Kuhmare, Anashka, Ingua, Francisca, Pepita, Pepita... Lolita, Rosita, Rosita,
Enriqueta... Llamo a mis recuerdos, para ver si están todos completos, y al
nombrar a esos cuerpos que viven lejos, surgen los rostros y se animan los ojos
con el último gesto que les conocí.
Y los muertos aparecen con sus caras
empalidecidas, con sus facciones desniveladas, con sus ángulos escuetos, con
sus volúmenes desmoronados: Pablo, el “Chulo”, Víctor, Manuel, María y el indio
innominado. Todos tienen entre las manos la sombra. Y entre los ojos cerrados
duerme el misterio.
Chema, cara de lágrimas y cantos de cumbia y
manos de hombre. Gabriel, con los ojos azules, los ojos azules, la súplica, y
la traición, azul, como los ojos de su hijo. Y Juan, anodino, vulgar, sin
importancia. Y el cabo con sus historias...
Pasa Santa Marta y viene la tierra del
continente con su perfume agrícola y su aire lleno de ruidos. Aquí fue la
tempestad, que me hace recordar al Capitán y a Dick.
Y por mi memoria sigue, desfilando el
recuerdo, lleno de nombres y de rostros. Nica, Luisito, el cabo de Manaure, don
Pachito. Los voy contando como en un inventario. Fermín y Antonio y Patricio.
Allá os quedáis, sobre la tierra y frente al mar, y yo me quedo, dividido y
multiplicado en vuestro recuerdo.
Pasamos por Bocas de Ceniza, con fuerte oleaje
y viento propicio. Llegaremos pronto, dentro de una o dos horas. Todo mi
recuerdo del mar queda fijo en color verde y en olor de sal. Ya nunca olvidaré
la descomposición de los matices y la subdivisión de los olores. Ante mí, se
abre otra vez la civilización.
El bote, el ancla, que cae sobre el fondo del
mar, como una semilla; apretones de manos, y, ahora, para siempre, la tierra.
La tierra inmóvil, innavegable, estática.
Estoy en el muelle. El mismo muelle que me vio
partir por dos veces. El que sintió mis pasos y los de Dick. Allá estarán ahora
las mismas muchachas y la civilización cantará sus cifras. Luces débiles entre
la tarde naciente. Aún hay luz de sol oculto. Soledad en mi compañía. Noche
triste, que empieza, abandonada como yo. Sobre mi maleta, sentado, miro de
nuevo el mar y los caminos que he recorrido surcan mi memoria. Se abren como
una baraja todas las rutas. Allá París y Berlín y Bahíahonda y todas las
ciudades y los pueblos del mundo. A mi lado muge el “Sixaola”. De la tierra
llegan gritos y músicas mecánicas. Aquí está la civilización que ya no conozco.
La civilización con sus mecánicos vuelos, con sus alas, con sus ruedas. Aquí
está la vida hipócrita y cubierta y escondida tras la educación y los
prejuicios. Bajo el rouge de los labios florece la perversidad y entre el vapor
de los cocktails pasan los fantasmas del asesinato. Aquí está la civilización,
llena de números, de fechas, de marcas. Allá estaba la vida verdadera, dura y
desnuda como una piedra. Allá estaban las mujeres desnudas, los hombres
francos, los peligros simples y con los dientes descubiertos. Aquí está todo
velado, escondido, falsificado.
Y mi voz me pregunta: ¿qué has hecho, tú,
minúsculo pedacito de carne, tú, atado de huesos, almácigo de recuerdos,
hacecillo de sensaciones, paquetito de sentimientos? y mi carne dolorida
responde por la boca que mordieron el sol y la sal y las mujeres:
Yo vi en todo este tiempo, que fue largo y
extenso, que fue múltiple y uniforme, incógnito y tangible; miré el sol todos
los días y todas las noches llevé la contabilidad de las estrellas. Vi a los
hombres matarse por las mujeres, vi a las mujeres engañar a sus maridos y besar
a sus amantes; vi al indio escarnecido y explotado; vi los vicios todos de las
cinco ciudades malditas sueltos por el mundo como demonios desencadenados. Miré
besarse a las lesbianas, con los ojos llenos de brasas y de estrellas de goce.
Vi al onanista temblando entre la noche, frente a la figura de la mujer ajena
que poseía, arbitrariamente —espejo de su deseo. El sexo marcó de dolor todos
mis sentidos. Y la lujuria se mostró ante mis ojos buenos, haciéndolos
perversos. En todas sus formas estaba siempre ante mí el amor. Y vi al hambre,
con sus dientes sin filo, deshacer convicciones, destruir conceptos, forjar
maldiciones y blasfemias y descubrir nuevas perspectivas a la vida. Y la muerte
se mostró ante mí en todas sus maneras: el asesinato, el homicidio por celos,
el suicidio. La muerte estaba siempre al lado del amor. La muerte estaba
cercada por la vida, pero, de pronto, saltaba por encima de las fortalezas
físicas, se escondía en la hoja de plata o de acero de un cuchillo, iba en la
punta de una bala o esperaba en el fondo del mar. Y vi la embriaguez, y la
sentí en mi cabeza y sobre mis espaldas. Y reí y lloré y mis lágrimas me
supieron a hieles y a azúcares mis risas. Trabajé, gané mi vida, huí de la
muerte como todos los hombres, teniéndola muy cerca. En mis manos, el trabajo
puso callos duros que fueron para mí más suaves y nobles que el elogio y la
belleza. He visto la tragedia, el parto, el beso, el amor y la muerte; he
sentido el grito de la felicidad de la mujer poseída y el grito de dolor del
hombre que se suicida; he gustado los sabores de las comidas rudas y el sabor
dulce, agrio y amargo del hambre; he tocado senos de bronce, pieles de maní,
manos generosas de hombre; y cabos de cuchillos y de revólveres, y conchas de perlas;
y a mi olfato han llegado todos los olores: el de la sangre, mareante y mezlado
siempre con la locura, el del amor, el del aceite de coco, el olor de la sal y
del yodo del mar. He oído, he gustado, he olido, he tocado, he visto, he
sufrido, he llorado, he copulado, he amado, he reído, he odiado y he vivido...!
La voz ríe, hipócrita, dentro de mí, y
pregunta:
—¿A eso llamas haber vivido?
Y yo tembloroso, sin saber por qué, con una
voz antigua, de hace muchos días, llena de horas y de angustia, respondo:
—Sí, he vivido cuatro años a bordo de mí
mismo...
Y como siempre todo ha de ser lo mismo, hágase
un triángulo del esto, el eso y el aquello.
(Aquí se pone siempre un punto final, pero de
todo punto —siempre también— nace una línea).
NOTICIA:
Comenzóse a escribir esta novela un viernes,
día 9 del mes de mayo de 1930, a las 9 de la noche, entre ruidos callejeros y
en una máquina de escribir cuyo número ignoro, marca “Continental”. En las
oficinas de “La Tarde”, calle 14, número 89.
Interrumpióse por mucho tiempo su elaboración
y se concluye hoy, 24 de enero de 1932, a las 11 y 30 minutos de la noche, en
la máquina “Underwood” número A23679867. Calle 57, número 11. Noche oscura,
gris y azul, sin estrellas y con niebla. Viento SSW, nubes bajas, alegría, inmensa alegría! ¿Y para qué?


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