© Libro No.514. La Antorcha. Zimmer Bradley, Marión. Colección E.O. Noviembre
9 de 2013.
Título original: © La Antorcha. Marión Zimmer Bradley
Versión Original: © La Antorcha. Marión
Zimmer Bradley
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La antorcha – Marion Zimmer Bradley |
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Emancipación: Guillermo Molina Miranda
La Antorcha
Marión Zimmer Bradley
Título original
de la obra: THE FIREBRAND
¡Oh ciudad de
Troya! ¡Heroica ciudad de Troya en llamas!
ROSSETTI
Antes del
nacimiento de Paris, Hécuba, reina de Troya, soñó que había parido una antorcha
que arrasaría las murallas de su ciudad.
ÍNDICE
LIBRO PRIMERO La
llamada de Apolo
LIBRO SEGUNDO El
don de Afrodita
LIBRO TERCERO La
maldición de Poseidón
Prólogo
La lluvia
había estado cayendo durante todo el día; ora con fuerza, ora debilitándose en
algunos aguaceros, pero sin detenerse nunca por completo. Las mujeres
trasladaron sus ruecas bajo techado, junto al mar, y los niños se agolparon
buscando protección en los voladizos del patio, aventurándose unos minutos
entre los chaparrones para chapotear en las pozas de ladrillo y regresar al
interior llevando sus embarradas huellas hasta el propio mar. Hacia el ocaso,
la más anciana de las mujeres que estaban junto al hogar creyó volverse loca
con los chillidos y los chapoteos, los ataques de los pequeños ejércitos, los
golpes de las espadas de madera sobre escudos también de madera, los cambios de
bando de los contendientes, los gritos de muerto y herido cuando quedaban fuera
del juego.
Era demasiada la lluvia que
seguía cayendo por la chimenea para que pudiera cocinarse como es debido. Al
concluir aquella tarde invernal se encendieron fuegos en los braseros. Cuando
la carne y el pan cocidos empezaron a exhalar su aroma, uno tras otro acudieron
los niños y se acurrucaron como cachorros hambrientos, husmeando ruidosamente y
disputando todavía a media voz. Poco antes de cenar apareció un huésped en la
puerta: un vate, un vagabundo cuya lira sujeta a su hombro le aseguraba en
todas partes acogida y alojamiento excelentes. Tras haber comido y después de
bañarse y ponerse ropa seca, el vate eligió para descansar el lugar reservado
al más grato de los huéspedes, cerca del fuego. Empezó a templar su
instrumento, acercando la oreja a las clavijas de concha y probando el sonido
con un dedo. Luego, sin pedir permiso —también en aquellos días un vate podía
hacer cuanto quisiera— tocó un solo y sonoro acorde y declamó:
Cantaré
las batallas y a los grandes hombres que las libraron.
A los
hombres que aguardaron diez años ante las murallas de Troya, alzadas por
gigantes.
Y a los
dioses que al fin derribaron aquellas murallas: a Apolo, Señor del Sol, y a
Poseidón, el que agita con fuerza la Tierra.
Cantaré la
historia de la cólera del poderoso Aquiles, nacido de una diosa y tan fuerte
que ningún arma podía abatirle.
Y también
la historia de su arrogante orgullo y de aquel combate, en que por tres días
pelearon él y el gran Héctor en la planicie, ante las altas murallas de Troya.
Al altivo
Héctor y al valiente Aquiles, a los centauros y a las amazonas, a los dioses y
a los héroes.
A Odisea y
a Eneas, a todos los que lucharon y muñeron en la planicie ante Troya...
—¡No!
—exclamó ásperamente la anciana, dejando caer la rueca al tiempo que se ponía
en pie—. ¡No lo permitiré! ¡No dejaré que se cante en mi casa tal dislate!
El vate
abandonó su mano sobre las cuerdas entre sonidos disonantes; su mirada estaba
llena de consternación y de sorpresa pero su tono fue cortés.
—Señora...
—¡Te digo
que no consentiré que se canten junto a millar esas estúpidas mentiras!
—exclamó con vehemencia.
Los niños
mostraron ruidosamente su decepción. Con un gesto imperioso les impuso
silencio.
—Vate,
aquí comerás y disfrutarás del fuego pero no consentiré que llenes los oídos de
los niños con esos mentirosos relatos. No sucedió en modo alguno como dices.
—¿Sí?
—inquirió el tañedor, aún cortésmente—. ¿Cómo sabéis eso, señora? Canto la
historia tal como la aprendí de mi maestro, tal como se canta en todas partes,
desde Creta a la Cólquida...
—Puede que
se cante de esa manera desde aquí hasta el mismo fin del mundo —dijo la
anciana—, pero no sucedió así en modo alguno.
—¿Cómo
sabéis eso? —preguntó el vate.
—Porque yo
estaba allí y lo vi todo.
Los niños
murmuraron y gritaron.
—Nunca nos
dijiste eso, abuela ¿Conociste a Aquiles, a Héctor, a Príamo y a todos aquellos
héroes?
—¡Héroes!
—exclamó con desdén—. Sí, los conocí. Héctor era hermano mío.
El vate se
inclinó hacía adelante y la miró fijamente.
—Ahora sé
quien sois —dijo al fin.
Asintió
ella, inclinando su cabeza blanca.
—Entonces
señora, quizá debáis contar vos misma la historia; y así yo, que sirvo al dios
de la verdad, no cantaría mentiras para que todos los hombres las escuchasen.
La anciana
calló durante largo tiempo. Al fin contestó:
—No, no
puedo revivirlo. —Los niños protestaron, desilusionados—. ¿No tienes otro tema
que cantar?
—Tengo
muchos —repuso el tañedor—, pero no quiero narrar una historia de la que os
burléis, diciendo que es falsa. ¿Por qué no me relatáis la verdad para que
pueda cantarla en todas partes?
Ella negó
con la cabeza.
—La verdad
no es tan maravillosa.
—¿Podéis
al menos decirme en dónde se desvía mi relato, para que pueda enmendarlo?
—Hubo un
tiempo en que lo hubiera intentado, pero ningún hombre desea saber la verdad.
Porque tu relato habla de héroes y de reyes, no de reinas; y de dioses, no de
diosas.
—No es
cierto —contestó el vate—, pues gran parte de la historia se refiere a la bella
Helena, secuestrada por Paris; y a Leda, la madre de Helena, y Clitemnestra,
que fue seducida por el gran Zeus, bajo la forma de su esposo el rey...
—Ya sabía
yo que no entenderías —lo interrumpió la anciana—. Porque, para empezar, en
esta tierra no había reyes sino sólo reinas, las hijas de las diosas, y tomaban
consortes donde les placía. Y luego llegaron hasta nuestro país los adoradores
de los dioses del cielo, los jinetes, los que empleaban hierro; y cuando las
reinas los tomaron como esposos se llamaron reyes a sí mismos y exigieron el
derecho de reinar. Y así los dioses y las diosas contendieron y llegó un
momento en que llevaron a Troya sus rencillas...
Calló
abruptamente.
—Ya es
bastante —declaró después—. El mundo ha cambiado. Lo que ahora puedo decirte
serviría para que me creyeses una anciana cuya mente desvaría. Ése ha sido
siempre mi destino: decir la verdad y nunca ser creída. Así ha sido y así será.
Canta lo que te plazca; pero no te burles de mi propia verdad en mi propio
hogar. No faltan relatos. Háblanos de Medea, señora de la Cólquida, y del
vellocino de oro que Jasón robó de su templo; si es que lo hizo. Yo podría
afirmar que la verdad de esa historia es otra, pero no sé cual ni me importa.
Hace muchísimos años que no he pisado la Cólquida.
Cogió su
rueca y comenzó a hilar.
El vate
inclinó la cabeza.
—Sea como
decís, Casandra —afirmó—. Todos creíamos que habíais muerto en Troya o en
Micenas, poco después.
—Eso te
demuestra que, al menos en algunos pasajes, ese relato no dice la verdad
—contestó ella en voz baja.
Sigue
siendo mi destino: decir siempre la verdad, para que me consideren loca. Aún no
me ha perdonado el Señor del Sol...
LIBRO PRIMERO
La llamada de Apolo
1
En aquella
época del año, la luz retrasaba su marcha hasta muy tarde; pero el último
resplandor del ocaso había desaparecido ya por el oeste y las brumas comenzaban
a alzarse del mar.
Leda,
Señora de Esparta, se levantó del lecho en donde aun estaba su cónyuge,
Tíndaro. Como de costumbre, tras yacer con ella, se había sumido en un pesado
sueño y no advirtió que abandonaba el lecho ni que, echándose sobre los hombros
un ligero chal, salía al patio cercano al recinto de las mujeres. El recinto de
las mujeres, pensó con rabia la reina, cuando es mi propio palacio; podría
pensarse que soy yo, y no él, la intrusa; que él, y no yo, es quien rige
legítimamente Esparta. La Madre Tierra ni siquiera conoce su nombre.
Se mostró
bien dispuesta cuando él llegó a solicitar su mano, aunque era un invasor del
norte, un adorador del trueno, del roble y de los dioses del cielo, un hombre
rudo y cubierto de vello que lucía el odioso y negro hierro en su lanza y su
coraza. Y ahora los de su clase estaban por doquier y solicitaban esposas
conforme a sus nuevas leyes, como si sus dioses hubiesen arrojado de su trono a
la diosa que era dueña de la tierra, de las cosechas y de las gentes. De la
mujer que se casaba con uno de estos portadores de hierro esperaban que se le
uniera en la adoración a sus dioses y que sólo a ese hombre entregase su
cuerpo.
Leda pensó
que la diosa castigaría a aquellos hombres por impedir que las mujeres
rindieran el debido homenaje a las fuerzas de la vida. Aquellos hombres
afirmaban que las diosas estaban sometidas a los dioses, lo que a Leda le parecía
una horrible blasfemia y una inversión demencial del orden natural de las
cosas. Los hombres carecían de fuerza divina; no concebían ni parían y, sin
embargo, de alguna manera, creían poseer un derecho natural al fruto de los
cuerpos de sus mujeres, como si yacer con una mujer les diese alguna clase de
propiedad, como si los hijos no pertenecieran de modo natural a la mujer cuyo
cuerpo los había albergado y nutrido.
Mas
Tíndaro era su esposo y ella lo quería; y, como lo amaba, se hallaba incluso
dispuesta a tolerar su locura y sus celos y a arriesgarse a la cólera de la
Madre Tierra por yacer sólo con él.
Sin
embargo deseaba lograr que comprendiera que no debía estar encerrada en el
recinto de las mujeres; que, siendo sacerdotisa, tenía que salir y recorrer los
campos para asegurarse de que la diosa recibiera los servicios que se le
debían; hacerle entender que tenía que ofrecer el don de su fertilidad a todos
los hombres, y no sólo a su cónyuge, porque la diosa no podía acceder a que
ella limitara sus dones a uno solo aunque se llamara rey a sí mismo.
El gruñido
del trueno resonó lejano, como si hubiera salido del mar o como si la Gran
Serpiente que causaba los temblores de la tierra estuviera removiéndose en sus
profundidades.
Un soplo
de viento batió el ligero chal en torno de los hombros de Leda y sus cabellos
se agitaron como un pájaro solitario en pleno vuelo. Un tenue relámpago iluminó
de repente todo el patio. En el umbral de la puerta distinguió la silueta de su
esposo que iba en su busca. Leda sintió miedo. ¿La reprendería por haber
abandonado el recinto de las mujeres, incluso a esta hora de la noche?
Pero no
habló; se limitó a avanzar hacia ella, y algo en sus pasos y en su forma de
andar, le dijo que, a pesar de su figura y sus rasgos familiares, ahora
claramente visibles a la luz de la luna, aquél no era su esposo. Ignoraba cómo
resultaba posible tal cosa, pero en torno a sus hombros parecían juguetear
rayos fugaces y, al caminar, sus pies golpeaban las losas con el leve sonido de
un trueno lejano. Parecía más alto, con la cabeza echada hacia atrás contra la
luz que crepitaba en su pelo. Con un estremecimiento que erizó el vello de su
cuerpo, Leda supo que uno de los dioses extranjeros se había introducido en su
esposo, dirigiéndolo como dirigiría a uno de sus caballos. Y el resplandor de las chispas le
dijo que era Zeus del Olimpo, Amo del Trueno, señor del Rayo.
Esto no
era nuevo para ella que conocía la sensación del momento en que la diosa
llenaba y rebosaba su cuerpo cuando bendecía las cosechas o cuando yacía en el
campo invocando el poder divino que hacía crecer el grano. Recordó cómo le
parecía hallarse fuera de su propia naturaleza, siendo la diosa quien en
realidad oficiaba los ritos, dominando a todos los demás con el poder que
emanaba de ella.
Supo que
Tíndaro estaba ahora observando desde dentro cómo Zeus, el dueño de su cuerpo,
se acercaba a su esposa. Lo supo porque Tíndaro le dijo una vez que, de todos
sus dioses, el Señor del Trueno era el de su mayor devoción.
Se apartó.
Quizá no captara su presencia y lograra mantenerse oculta hasta que el dios
abandonara a su marido. La cabeza que ahora era del dios se movió, y el aleteo
luminoso siguió el movimiento de su cabello. Se dio cuenta de que la había
visto. Pero no fue la voz de Tíndaro la que habló sino una voz más cálida y
profunda, una voz grave que se impuso a los ecos del distante tronar.
—Leda
—dijo Zeus Tenante—, ven a mí.
Tendió su
mano para tomar la de ella, y obedientemente, dominando su súbito temor
interior —¿sería abatida por una centella al contacto de este dios portador del
rayo?—, se la entregó. Su carne estaba fría y la mano de Leda se estremeció al
tocarla. Cuando le miró, percibió en su rostro la sombra de una sonrisa, por
completo diferente del semblante adusto e inflexible de Tíndaro, como si el
dios se riese... no, no de ella, sino con ella. La rodeó con el brazo,
cubriéndola con el borde de su manto, de modo que pudo percibir su calor. No
volvió a hablar mientras la conducía a la estancia que ella había abandonado
hacía sólo unos momentos.
Entonces
la abrazó con más fuerza, bajó el manto, y pudo sentir el deseo que albergaba.
¿Acaso las
leyes que prohíben yacer con cualquier otro hombre incluyen a un dios que ha
adoptado la apariencia de mi esposo?, se preguntó desatinadamente. Desde algún
lugar, el auténtico Tíndaro debía de estar mirándola, ¿celoso o
complacido, de que su esposa fuera objeto de la elección de su dios? No podía
saberlo; y por la fuerza con que la estrechaba supo que era inútil resistirse.
Al
principio, le había parecido helada su piel desconocida, ahora la sentía
cálida, casi febril.
Lo sintió
sobre sí. Los relámpagos destellaban alrededor de su rostro y de su cuerpo. Los
truenos eran como un eco de los latidos de su corazón. Por un momento le
pareció que no era un hombre, que no era humano en absoluto; que se hallaba
sola en una alta cima barrida por el viento, rodeada de batientes, alas o de un
gran anillo de lenguas de fuego, o como si alguna bestia estuviese dando
vueltas en torno a ella hasta atraparla al fin, llenándola de confusión. Batir
de alas, truenos...
De
repente, todo terminó y fue como si hubiera sucedido hacía mucho tiempo, como
un recuerdo borroso o un sueño. Se encontró sola en el lecho, sintiéndose muy
pequeña, aterida y abandonada, mientras el dios se erguía ante ella. Se inclinó
y la besó con gran ternura. Leda cerró los ojos y, cuando despertó, Tíndaro se
hallaba profundamente dormido a su lado. Ni siquiera estaba segura de haber
abandonado la cama. Era Tíndaro. Cuando extendió la mano para cerciorarse,
advirtió que su carne estaba caliente y que no existía el más ligero rastro de
luminosidad en los cabellos que yacían en la almohada junto a ella.
¿Habría
sido sólo un sueño? Cuando aquel pensamiento cruzó por su mente, oyó lejano el
retumbar del trueno. Allá donde había ido, el dios no la había abandonado por
completo. Y ahora sabía que, por largo que fuese el tiempo en que viviera como
esposa de Tíndaro, jamás miraría a su marido a la cara sin buscar allí algún
signo del dios que la había visitado bajo tal forma.
La reina
Hécuba jamás traspasaba las murallas de Troya sin volver la cabeza para
contemplar con orgullo esta ciudadela que se alzaba, terraza tras terraza,
sobre la planicie fértil del verde Escamandro, tras el cual se extendía el mar. Siempre se
maravillaba de la obra de los dioses que le habían confiado la soberanía de
Troya. A ella, la reina, y a Príamo, como su esposo, guerrero y consorte.
Era la
madre del príncipe Héctor, su sucesor. Un día sus hijos y sus hijas heredarían
la ciudad y las tierras que se desplegaban hasta donde alcanzaban sus ojos.
Incluso si
el niño que esperaba fuera una hija, Príamo no tendría motivos de queja. Héctor
contaba siete años, edad suficiente para aprender el manejo de las armas. Ya
habían encargado al herrero que servía a la casa real su primera armadura. Su
hija Polixena había cumplido cuatro años y sería una mujer hermosa, con largos
cabellos rojizos como la propia Hécuba; un día sería tan valiosa como cualquier
hijo, porque a una hija podían casarla con alguno de los reyes rivales de
Príamo y consolidar una firme alianza.
La casa de
un rey debe abundar en hijos y en hijas. Las mujeres del palacio le habían dado
muchos hijos y pocas hijas. Pero Hécuba, como reina, se hallaba al frente del
recinto infantil y era su deber, o mejor su privilegio, indicar la forma en que
debía ser educado cada uno de los hijos del rey, nacido de ella o de cualquier
otra mujer.
La reina
Hécuba era hermosa, alta y de anchos hombros. Llevaba su cabello castaño con
reflejos rojos suavemente peinado hacia atrás desde la frente y caía en largos
bucles siguiendo la línea de su cuello. Caminaba como la diosa Hera, portando
con orgullo el embarazo, ya próximo a su fin. Vestía el corpiño corto y las
faldas superpuestas de brillantes rayas que constituían la indumentaria
habitual de las mujeres nobles de Troya. En su cuello relucía un collar de oro
tan ancho como la palma de la mano.
Mientras
avanzaba por una tranquila calle próxima a la plaza del mercado, una mujer de
la plebe, morena, baja y pobremente vestida de lino color de tierra, se
adelantó a tocar su vientre, murmurando como sorprendida de su propia
temeridad:
—¡Una
bendición, oh reina!
—No soy yo
—replicó Hécuba—, sino la diosa quien te bendice.
Cuando
tendió sus manos, sintió sobre ella la sombra de la diosa como una tensión
sobre su cabeza, y pudo ver en el rostro de la mujer el reflejo del espanto y el asombro que le produjo
tan súbito cambio.
—Que
concibas muchos hijos e hijas, para nuestra ciudad. Te ruego que tú también me
bendigas —dijo Hécuba, con voz grave.
La mujer
alzó los ojos hacia la reina, aunque quizá sólo vio a la diosa y, murmuró:
—Señora,
que la fama del príncipe que lleváis en vuestro seno supere incluso a la fama
del príncipe Héctor.
—Así sea
—murmuró la reina y se preguntó por qué sentía un estremecimiento premonitorio,
como si de algún modo, entre los labios de la mujer y sus propios oídos, la
bendición se hubiese transmutado en maldición.
Esa
sensación debió evidenciarse en su cara porque la doncella que la acompañaba se
acercó y le dijo al oído:
—Señora,
estáis pálida. ¿Es que el parto ha comenzado?
Tal era la
confusión de la reina que por un momento creyó que el extraño sudor helado que
le cubría indicaba el inicio del nacimiento. ¿O se trataba sólo del resultado
de la breve presencia de la sombra de la diosa? No recordaba que le ocurriera
nada semejante durante el embarazo de Héctor, pero entonces era muy joven y
apenas consciente del proceso que tenía lugar en su interior.
—No lo sé
—contestó—. Es posible.
—Entonces
debéis volver al palacio y habrá que informar al rey —dijo la mujer.
Hécuba
dudó. No tenía deseos de regresar al interior de las murallas pero, si
verdaderamente estaba de parto, era su deber; no sólo respecto al niño y a su
esposo, sino también respecto al rey y a todo el pueblo de Troya. Tenía que
salvaguardar al príncipe o a la princesa que llevaba en su seno.
—Muy bien,
regresaremos a palacio —dijo y se volvió.
Una de las
cosas que le molestaban cuando caminaba por la ciudad era la multitud de
mujeres y de niños que la seguían siempre, pidiéndole que los bendijera. Desde
que su embarazo se hizo visible, le suplicaban la bendición de la fertilidad
como si ella pudiera, al igual que la diosa, otorgar el don de tener hijos.
Acompañada
de la doncella, pasó bajo las leonas gemelas que guardaban las puertas del
palacio de Príamo y cruzó el gran patio que había tras ellas, donde los
soldados se adiestraban en el manejo de las armas. Ante la entrada, un centinela
alzó su lanza en señal de saludo.
Hécuba
observó a los soldados, que luchaban por parejas con armas de punta roma. Sabía
de armas tanto como cualquiera de ellos porque había nacido y se había criado
en la planicie, hija de una tribu nómada cuyas mujeres cabalgaban y se
adiestraban como los hombres de las ciudades en el empleo de la espada y de la
lanza. Su mano anhelaba una espada, pero no era costumbre en Troya y, aunque al
principio Príamo le permitió manejar armas y ejercitarse con sus soldados,
cuando quedó embarazada de Héctor se lo prohibió. En vano le explicó ella que
las mujeres de su tribu montaban a caballo y empuñaban las armas hasta pocos
días antes de tener a sus hijos; no quiso escucharla.
Las
parteras reales le dijeron que con sólo tocar armas afiladas, podría herir a su
hijo y quizás a los propietarios de las mismas. El contacto de una mujer,
afirmaban, en especial el de una en su situación, inutilizaría el arma para la
batalla. Aquello le pareció a Hécuba una solemne necedad, como si a los hombres
les asustara la idea de que una mujer pudiera ser lo bastante fuerte para
protegerse a sí misma.
—Pero no
necesitas protegerte, amor mío —le dijo Príamo—. ¿Qué clase de hombre sería yo
si no pudiese tener en seguridad a mi esposa y a mi hijo?
Eso zanjó
la cuestión y desde aquel día, Hécuba ni siquiera tocó la empuñadura de un
arma. Ahora, al pensar en el peso de una espada en su mano, hizo una mueca,
sabiendo que se había debilitado a causa del trabajo doméstico femenino y
reblandecido por falta de adiestramiento. Príamo no era tan duro como los reyes
argivos que mantenían confinadas a sus mujeres en el interior de sus casas,
pero no le complacía que se alejase mucho del palacio. Había crecido con
mujeres que siempre estaban bajo techo, y sentía cierto desprecio por las que
perdían la blancura de su piel por su afición a permanecer al aire libre.
La reina
franqueó una puertecita que la condujo a la fresca penumbra del palacio. Cruzó
salas pavimentadas con mármol, percibiendo en el silencio el susurro de sus
faldas al rozar con el suelo y el leve sonido de las pisadas de su doméstica
tras ella.
En sus
soleadas habitaciones, con todas las cortinas descorridas, como ella prefería
que estuvieran, sus mujeres se hallaban soleando y aireando la ropa de cama y,
cuando cruzaba las puertas, se detenían a saludar.
—La reina
está de parto —anunció la doncella—. Llamad a la partera real.
—No,
espera. —La voz suave pero enérgica de Hécuba cortó los gritos de excitación—.
No hay prisa. Aún no estoy segura. Me siento extraña y no sé a qué atribuir mi
malestar, pero eso no significa nada.
—Entonces,
señora, si no estáis segura, deberíais permitir que venga —dijo la doméstica
para convencerla, y la reina accedió al fin.
Era
evidente que no había necesidad de apresurarse. Si estaba de parto, no tardaría
en saberse; si no lo estaba, no le perjudicaría hablar con esa mujer. La
extraña sensación había pasado como si nunca hubiese existido, y no volvió.
El sol
inició su declive, y Hécuba dedicó el resto del día a ayudar a sus mujeres a
doblar y guardar los lienzos aireados. Al atardecer Príamo le envió recado de
que pasaría la velada con sus hombres; ella cenaría con sus mujeres y se iría
al lecho sin esperarlo.
Pensó que,
cinco años antes, aquello la habría apenado; no hubiera sido capaz de dormir
sin hallarse rodeada por sus brazos fuertes y amorosos. Ahora, sobre todo con
el período de gestación tan avanzado, le complacía la perspectiva de tener la
cama para ella sola. Incluso cuando cruzó por su mente la idea de que pudiera
estar compartiendo el lecho de alguna otra mujer de la corte, quizá con una de
las madres de los otros niños reales, no se preocupó; sabía que un rey debe
tener muchos hijos y que Héctor se hallaba firme en el favor de su padre.
No se
iniciaría el parto aquella noche; así que llamó a sus mujeres para que la
acostaran con la debida ceremonia. Por alguna razón, la última imagen que ocupó
su mente antes de dormirse fue la de la mujer que aquel día, en la calle, había
pedido su bendición.
Poco antes
de medianoche, el guardián apostado ante las habitaciones de la reina, que se
había adormecido, fue despertado por un terrible grito de desesperación y
espanto que pareció llenar todo el palacio. Recobrando plena conciencia de la
realidad, el guardián penetró en las habitaciones y llamó hasta que apareció
una de las mujeres de la reina.
—¿Qué ha
sucedido? ¿Está la reina de parto? ¿Se está quemando algo?
—Un mal
augurio —le dijo la mujer—. El peor de los sueños...
Y entonces
la reina apareció en el umbral.
—¡Fuego!
—gritó y el guardián contempló aterrado la figura habitualmente digna de la
reina, con sus largos cabellos cobrizos en desorden que le llegaban a la
cintura. La túnica se había soltado del hombro, dejando al descubierto parte de
su cuerpo. Nunca había advertido que la reina fuese tan bella.
—¿Qué
puedo hacer por vos, señora? —preguntó—. ¿Dónde está el fuego?
Entonces
contempló algo sorprendente. En un abrir y cerrar de ojos la reina cambió, y
dejó de ser una desconocida asustada para convertirse en la regia dama que él
conocía. Su voz aún temblaba de miedo pero consiguió decir suavemente:
—Debe de
haber sido un sueño. Un sueño sobre fuego, nada más.
—Contádnoslo,
señora —le pidió la doncella, aproximándose a la reina, aunque mantenía la
mirada fija en el guardián.
—Vete, no
debes estar aquí —le dijo a éste.
—Tengo el
deber de asegurarme de que todo está en orden en las habitaciones de las
mujeres del rey —declaró con firmeza, clavados los ojos en la cara de nuevo
serena de la reina.
—Déjalo,
no hace más que cumplir con su deber —le dijo Hécuba a la doncella, con voz aún
temblorosa—. Te aseguro, guardián, que sólo fue un mal sueño. He ordenado a las
mujeres que revisen todas las estancias. No hay fuego.
—Hemos de
enviar a alguien al templo para que venga una sacerdotisa —dijo una mujer que
estaba junto a Hécuba—. ¡Debemos saber qué peligro presagia un sueño tan
funesto!
Se oyeron
unos pasos firmes y la puerta se abrió por completo. El rey de Troya apareció
en el umbral. Era un hombre alto y fuerte, en la década de los treinta, de músculos sólidos y
hombros anchos, de negro pelo rizado y cuidada barba también negra y rizada. Al
momento, exigió en nombre de todos los dioses y de todas las diosas que se le
dijera a qué se debía semejante conmoción en su casa.
—Señor...
—Los criados retrocedieron cuando Príamo entró a grandes zancadas.
—¿Estás
bien, mi señora? —preguntó, y Hécuba bajó los ojos.
—Lamento
este revuelo. He tenido un mal sueño.
Príamo
hizo un gesto a las mujeres.
—Id y
aseguraos de que todo se halla en orden en las estancias de los niños reales
—les ordenó.
Las
mujeres desaparecieron al instante. Príamo era un hombre de carácter afable,
pero no era conveniente ponerse en su camino en las escasas ocasiones en que se
mostraba enojado.
—Y tú
—ordenó al guardián— ya has oído a la reina. Ve al templo de la Gran Madre, e
informa de que la reina ha tenido un sueño de malos presagios, y necesita una
sacerdotisa que lo interprete, ¡de inmediato!
El
guardián echó a correr escaleras abajo y Hécuba tendió una mano a su esposo.
—¿Es
cierto que fue sólo un sueño? —preguntó.
—Sólo un
sueño —le contestó, pero bastó su recuerdo para que se estremeciera.
—Cuéntamelo,
amor —le pidió mientras la conducía al lecho, se sentaba junto a ella y se
inclinaba para tomar sus dedos entre las callosas palmas de sus manos.
—Me siento
necia por haber perturbado a todos por una pesadilla.
—No,
tenías derecho a hacerlo. ¡Quién sabe! Puede que el sueño te haya sido enviado
por algún dios, enemigo tuyo o mío. O por un dios amigo, para advertirte de un
desastre. Cuéntamelo.
—Soñé,
soñé... —Hécuba tragó saliva, tratando de imponerse a la opresora sensación de
miedo—. Soñé que había nacido nuestro hijo, un niño, y que yo yacía
contemplando cómo lo fajaban, cuando un dios surgió en la estancia de repente.
—¿Qué
dios? —la interrumpió Príamo—. ¿Bajo qué forma?
—¿Cómo
podía saberlo? —preguntó a su vez, Hécuba razonablemente—. Conozco pocas cosas
de quienes habitan en el Olimpo. Pero estoy segura de no haber ofendido a
ninguno de ellos ni de haberles deshonrado.
—Háblame
de su apariencia —insistió Príamo.
—Era un
joven, lampiño, tan sólo seis o siete años mayor que nuestro Héctor —explicó.
—Entonces
tiene que haber sido Kermes, el mensajero de los dioses —dijo Príamo.
—¿Mas por
qué iba a acudir a mí un dios de los argivos?
—Las
acciones de los dioses no son de nuestra incumbencia. ¿Cómo puedo hacértelo
entender? Sigue.
La voz de
Hécuba aún temblaba:
—Entonces
Kermes, o el dios que fuese, se inclinó sobre la cuna y cogió al recién nacido.
—Hécuba estaba blanca y en su frente se veían gotas de sudor, pero se esforzó
por estabilizar su voz—. Pero no era un recién nacido, sino... un niño... un
niño desnudo que ardía... Quiero decir que le cubrían las llamas y ardía como
una antorcha. Y cuando se puso en movimiento, el fuego invadió el castillo,
quemándolo todo y extendiéndose a la ciudad... —Estalló en sollozos—. Oh. ¿Qué
puede significar?
—Sólo los
dioses lo saben con certeza —dijo Príamo, sujetando con fuerza sus manos en las
de él.
—En mi
sueño el bebé corría por delante del dios... —balbuceó Hécuba—. Un niño recién
nacido, que corría ardiendo por el palacio, dejando tras de sí las estancias
incendiadas. Luego salió a la ciudad... yo me hallaba en la terraza que la
domina, y el fuego se extendió tras su paso de tal modo que toda Troya se llenó
de llamas desde la ciudadela a la costa, e incluso el mar se incendió...
—En nombre
de Poseidón —masculló Príamo—. ¡Qué presagio tan funesto... para Troya y para
todos nosotros!
Permaneció
sentado en silencio, frotando con fuerza una mano de Hécuba hasta que un leve
ruido en el exterior de la estancia anunció la llegada de la sacerdotisa.
Entró en
la habitación y dijo con voz serena y alegre:
—La paz a
todos los de esta casa; alegraos, oh Señor y Señora de Troya. Mi nombre es
Sarmato. Os traigo las bendiciones de la Santa Madre. ¿Qué servicio puedo
prestar a la reina?
Era una
mujer alta y de constitución robusta, probablemente aún en edad de tener hijos,
aunque entre sus negros cabellos asomaban ya algunas hebras grises.
—Ya veo,
reina, que la gran diosa te ha bendecido. ¿Estás enferma o de parto? —le dijo a
Hécuba, sonriendo.
—Ni una
cosa ni otra —contestó ésta—.¿No te han informado, sacerdotisa? Algún dios me
envió un mal sueño.
—Cuéntame
—rogó Sarmato—, y no temas. Los dioses nos quieren bien; estoy segura de eso.
Así que habla sin temor.
Hécuba
volvió a describir su sueño, comenzando a sentir, mientras lo narraba que,
ahora que estaba completamente despierta, le parecía más absurdo que horrible.
No obstante, se estremeció con el mismo terror que había experimentado en el
sueño.
La
sacerdotisa escuchaba con el entrecejo levemente fruncido. Cuando Hécuba
terminó, dijo:
—¿Estás
segura de que no hay nada más?
—Nada que
recuerde, señora.
La
sacerdotisa, con gesto preocupado, extrajo un puñado de guijarros de una bolsa
sujeta a su cintura; se arrodilló en el suelo y los lanzó como si fuesen tabas,
estudiando la disposición en que quedaron y mascullando palabras. Repitió la
operación dos veces más y después los recogió y los guardó de nuevo en la
bolsa.
Entonces
alzó sus ojos hacia Hécuba.
—Así te
habla el mensajero de los dioses del Olimpo. Llevas un hijo con un destino
maligno que destruirá la ciudad de Troya.
Hécuba
contuvo la respiración, consternada, pero sintió que los dedos de su esposo
apretaban los suyos, fuertes, cálidos y tranquilizadores.
—¿Puede
hacerse algo para evitarlo? —preguntó Príamo, ansioso por encontrar una
solución.
La
sacerdotisa se encogió de hombros.
—Cuando
los hombres tratan de sustraerse a su sino, suelen acercarse a él. Los dioses
os han enviado una advertencia pero han optado por no manifestar lo que podéis
hacer para evitar la desgracia. Tal vez sea mejor no hacer nada.
El
semblante de Príamo se oscureció.
—Entonces
habrá que abandonar al niño en cuanto nazca.
Hécuba
gritó horrorizada:
—¡No! ¡No!
No fue más que un sueño, un sueño...
—Un aviso
de Hermes —afirmó Príamo con severidad—. Óyeme, abandonarás al niño tan pronto
como nazca. —Y añadió la fórmula inflexible que proporcionaba a sus palabras la
fuerza de leyes grabadas en piedra—. He dicho. ¡Hágase!
Hécuba se
desplomó llorando sobre las almohadas.
—No te
causaría esta pena, mi amada, ni a cambio de Troya entera, pero no es posible
desoír a los dioses —le dijo Príamo con ternura.
—¡Dioses!
—gritó frenética Hécuba—. ¿Qué clase de dios es el que envía engañosas
pesadillas para aniquilar a un niño inocente, a un recién nacido en su cuna?
Entre mi pueblo un niño es de su madre, y sólo ella, que lo portó durante la
mayor parte de un año y lo dio a luz, es quien puede señalar su sino. Si se
niega a amamantarlo y a criarlo, sólo a ella le incumbe. ¿Qué derecho tiene un
hombre sobre los niños?
No había
dicho un simple hombre pero el tono equivalía a esta expresión.
—El
derecho de un padre —afirmó adustamente Príamo—. Soy el amo de esta casa y lo
que he dicho se hará. ¡Óyeme, mujer!
—No me
llames mujer con ese tono —gritó Hécuba—. ¡Soy la reina y no una de tus
esclavas o concubinas!
Mas, pese
a sus palabras, sabía que Príamo impondría su voluntad. Cuando aceptó casarse
con un hombre de los que habitan en ciudades y se arrogan derechos sobre sus
mujeres sabía que aceptaba aquello. Príamo se levantó de su lado y entregó una
moneda de oro a la sacerdotisa; ésta se inclinó y salió.
Tres días
más tarde se inició el parto de Hécuba que concluyó con el nacimiento de
gemelos; primero un niño y después una niña, tan semejantes como los capullos
de la misma rama de un rosal. Ambos estaban sanos y bien formados y lloraban
con vigor, aunque eran tan diminutos que la cabeza del niño cabía en la palma
de la mano de Hécuba y la niña era aún más pequeña.
—Mírale,
mi señor —dijo con orgullo a Príamo cuando fue a verla—. No es mayor que un
gatito. ¿Temes que él haya sido enviado por algún dios para desgracia de Troya?
—Hay algo
cierto en lo que dices —reconoció Príamo—. La sangre real es, al fin y al cabo,
sangre real y sagrada; es hijo de un rey de Troya... —Reflexionó un instante—.
Sin duda bastaría con que se criase lejos de la ciudad. Tengo un viejo servidor
en quien puedo confiar, un pastor de las laderas del monte Ida. Velará por el
niño. ¿Te satisface?
Hécuba
sabía que la alternativa consistía en que el niño fuese abandonado en una
montaña. Y era tan pequeño y débil que pronto moriría.
—Sea así
entonces, en el nombre de la diosa —admitió con resignación.
Entregó el
bebé a Príamo que lo sostuvo torpemente, como persona no acostumbrada a los
niños.
—Te
reconozco, hijo —dijo el rey, mirando a los ojos del recién nacido.
Hécuba
suspiró aliviada. Tras haber reconocido formalmente a su hijo, un padre no
podía hacer que lo matasen ni abandonarlo para que muriera.
Habían
permitido a Héctor y a Polixena que acudiesen y hablaran con su madre, y Héctor
dijo:
—¿Darás a
mi hermano un nombre real, padre?
Príamo
torció el gesto, pensativo. Luego respondió:
—Alejandro.
Así pues que la niña se llame Alejandra.
El rey
salió, llevándose consigo a Héctor, y Hécuba guardó en el hueco de su brazo a
la niña de negro pelo, juzgando que podía contentarse con saber que su hijo
viviría, aunque no fuese ella quien le criara, al tiempo que le quedaba una
hija de la que cuidar. Alejandra, se dijo. La llamaré Casandra.
La
princesa había permanecido en la estancia con las mujeres y entonces se acercó
aún más a Hécuba. Ésta le preguntó:
—¿Te gusta
tu hermanita?
—No, es
colorada y fea y ni siquiera tan bonita como mi muñeca —contestó Polixena.
—Así son
todos los bebés cuando nacen —le dijo Hécuba—. Tú estabas tan colorada y fea
como ella; pronto será tan guapa como tú.
La niña
frunció el entrecejo.
—¿Por qué
quieres otra hija si ya me tienes a mí?
—Porque si
tener una hija es bueno, con dos me sentiré por dos veces bendecida.
—Pero
padre no cree que dos hijos varones sean mejor que uno —arguyó Polixena.
Hécuba
recordó entonces las palabras de la mujer en la calle. En su propia tribu, a
los gemelos se los consideraba un mal presagio y siempre eran sacrificados. Si
hubiera permanecido con los suyos habría tenido que soportar la muerte de los
dos recién nacidos.
A Hécuba
aún le quedaba un residuo de miedo supersticioso. ¿En qué habría errado para
que le enviaran dos hijos en un solo parto, como si fuese la carnada de un
animal? Aquello era lo que las mujeres de su tribu creían que debía hacerse;
sin embargo, le habían dicho que la verdadera razón del exterminio de los
gemelos era sólo que a una mujer le resultaba casi imposible amamantar dos
niños al mismo tiempo. Al menos, sus gemelos no habían sido sacrificados a la
pobreza de la tribu. Había sobradas nodrizas en Troya; podría haber mantenido a
ambos. Pero Príamo decidió otra cosa. Perdía un hijo... pero, gracias a la
diosa, sólo uno, no los dos.
Una de las
mujeres murmuró en tono casi inaudible:
—¡Príamo
está loco! ¡Enviar lejos de aquí a un hijo y criar a una hija!
Entre mi
gente, recordó Hécuba, a una hija no se la valora menos que a un hijo. ¡Si esta
pequeña hubiese nacido en mi tribu, podría haberla criado hasta que llegara a
convertirse en una guerrera! Pero, de haber nacido en mi tribu, no hubiese
vivido. Aquí se la apreciará sólo por la dote cuando la casen, como a mí, con
algún rey.
¿Qué sería
de su hijo? ¿Viviría siempre como un oscuro pastor? Era, quizá, mejor que la
muerte, y puede que lo protegiese el dios que le había enviado el sueño, y en
consecuencia era responsable de su destino.
La luz
destellaba con hiriente brillantez en el mar y la piedra blanca.
II
Casandra
entornó los ojos y tiró suavemente de la manga de Hécuba.
—¿Por qué
vamos hoy al templo, madre? —preguntó.
En
realidad no le disgustaba. Para ella constituía toda una aventura salir de las
habitaciones de las mujeres y aún más abandonar el palacio. Fuera cual fuese el
lugar a que se dirigiera, le complacía salir.
—Hemos de
rezar para que el bebé que daré a luz este invierno sea un varón —le contestó
Hécuba, en tono bajo.
—¿Por qué,
madre? Ya tienes un niño. Creo que deberías querer otra hija; sólo tienes dos.
A mí me gustaría contar con otra hermana.
—Estoy
segura de eso —dijo la reina, sonriente—, pero tu padre desea otro varón. Los
hombres siempre desean hijos, para que cuando crezcan puedan luchar en sus
ejércitos y defender la ciudad.
—¿Hay una
guerra?
—No, ahora
no; siempre existe amenaza de guerra cuando una ciudad es tan rica como Troya.
—Pero si
tengo otra hermana, podría ser guerrera, como lo fuiste tú y aprender a manejar
las armas y a defender la ciudad tan bien como cualquier muchacho—. Hizo una
pausa para analizar la situación—. No creo que Polixena pudiese ser guerrera;
es demasiado blanda y tímida. Pero a mí me gustaría.
—Estoy
segura de que te gustaría, Casandra; pero eso no es costumbre en Troya. —¿Por
qué no?
—¿Qué
significa esa pregunta? Las costumbres existen. No es preciso que haya una
razón.
Casandra
lanzó a su madre una mirada escéptica, pero había aprendido a no replicar
cuando empleaba aquel tono de voz. Pensaba para sí que su madre era la mujer
más regia y bella del mundo, alta y hermosa con su corpiño corto y su airosa
falda, pero ya no estaba segura de que fuera tan sabia como la diosa. En sus
seis años de vida, había oído algo semejante casi cada día y lo creía menos
cada año. Mas cuando Hécuba hablaba de aquella manera, Casandra sabía que no
conseguiría que le diera más explicaciones.
—Cuéntame
cosas de cuando eras guerrera, madre. —Soy de la tribu nómada de las amazonas
—empezó a decir Hécuba.
Casi
siempre parecía dispuesta a hablar de la primera etapa de su vida, sobre
todo, pensó Casandra, desde el último embarazo.
—Nuestros
padres y hermanos son también jinetes y muy valientes.
—¿Son
guerreros?
—No, niña;
entre las tribus ecuestres, las mujeres son las guerreras. Los hombres son
curanderos y magos. Conocen todas las ramas de la sabiduría y saben de árboles
y hierbas.
—¿Podré
vivir con ellos cuando sea mayor?
—¿Con los
centauros? Claro que no; las mujeres no pueden criarse en la tribu de los
hombres.
—No, me
refiero a tu tribu, a las amazonas.
—Creo que
a tu padre no le gustaría —dijo Hécuba, pensando que aquella hija pequeña y
solemne podría haber crecido hasta convertirse en una figura de mando entre los
nómadas de donde ella procedía—, pero quizá pueda arreglarse algún día. En mi
tribu, un padre sólo tiene autoridad sobre sus hijos varones y es la madre
quien decide el destino de una hija. Tendrías que aprender a cabalgar y a
manejar las armas.
Tomó entre
las suyas la mano pequeña y blanda y pensó que era difícil que aquella mano se
convirtiera en la de una guerrera.
—¿Qué
templo es ése de allí arriba? —preguntó Casandra, señalando a la más alta de
las terrazas que tenían ante ellas e indicando un edificio blanco que
resplandecía bajo el sol.
Desde
donde se encontraban, Casandra, apoyada en el muro que protegía la tortuosa
escalera ascendente, pudo ver abajo los tejados del palacio y las pequeñas
figuras de las mujeres que estaban tendiendo la colada, los arbolitos plantados
en toneles, los vivos colores de sus ropas y las esteras en donde se tendían
para descansar al sol. Más abajo todavía, se distinguían las murallas que se
alzaban sobre la planicie.
—Es el
templo de Palas Atenea, la más grande de las diosas del pueblo de tu padre.
—¿Es igual
que la gran diosa, la que tú llamas Madre Tierra?
—Todas las
diosas son una y todos los dioses son uno; pero se muestran a los hombres con
diferentes rostros en diferentes ciudades y en diferentes tiempos. Aquí, en Troya, Palas Ateneas
es la diosa virgen, porque en su templo, al cuidado de sus doncellas, se guarda
el objeto más sagrado que hay en nuestra ciudad. Se le llama Paladio.
Hécuba
hizo una pausa, pero Casandra, consciente de que allí había una narración, no
despegó los labios y su madre prosiguió con tono evocador:
—Dicen que
cuando la diosa Atenea era joven tenía una compañera mortal, la doncella Libia
Palas; y que al morir Palas, Atenea se apenó tanto que añadió su nombre al
propio y por eso se la conoce como Palas Atenea. Modeló una imagen de su amiga
y la colocó en el Templo de Zeus en el Olimpo. En aquel tiempo Erecteo, que era
rey en Creta y antepasado de tu padre antes de que su gente viniese a esta
parte del mundo, tenía un gran rebaño de un millar de magníficas reses; y
Bóreas, el hijo del Viento del Norte, las amaba, y las visitaba bajo la forma
de un gran toro blanco; y estas reses sagradas se convirtieron en los
toros-dioses de Creta.
—No sabía
que los reyes de Creta fuesen antepasados nuestros —dijo Casandra.
—Son
muchas las cosas que ignoras —afirmó Hécuba con acento de reproche y Casandra
contuvo la respiración. ¿Se habría enfadado su madre hasta el punto de
interrumpir el relato? Pero el leve enojo de Hécuba no le impidió continuar.
—Lio, el
hijo de Erecteo, vino a estas costas y participó en los Juegos sacros. Fue el
vencedor y, como tal, consiguió el premio de cincuenta muchachos y cincuenta
muchachas. En vez de convertirlos en sus esclavos, dijo: «Los haré libres y con
ellos fundaré una ciudad». Partió en una nave cuyo rumbo dejó a la voluntad de
los dioses... y ofreció sacrificios al Viento del Norte para que lo empujase al
lugar adecuado donde construir su ciudad, a lo que pretendía llamar Ilion, que
es otro de los nombres de la ciudad de Troya.
—¿Le
empujó hasta aquí el Viento del Norte? —preguntó Casandra.
—No, fue
desviado de su rumbo por un torbellino; y cuando se dirigió a descansar cerca
de la desembocadura de nuestro sagrado Escamandro, los dioses enviaron una de
aquellas vacas, una bella novilla hija del Viento del
Norte, y
una voz llegó hasta Lio, gritando: «¡Sigue a la vaca! ¡Sigue a la vaca!». Dicen
que la vaca vagó hasta llegar a la curva del río Escamandro y que allí se
tendió; en ese lugar alzó Lio la ciudad de Troya. Una noche oyó otra voz del
cielo que le decía: «Conserva la imagen que te entrego; porque mientras Palas
more en el seno de tu ciudad, ésta nunca caerá». Al despertar vio la imagen de
Palas con una rueca en una mano y una lanza en la otra, como la propia Atenea.
Así que, al construir la ciudad, alzó primero ese templo, en el lugar más alto
y lo dedicó a Atenea. Era una nueva apariencia de la diosa, una de las grandes
figuras del Olimpo, adorada incluso por quienes honran a los dioses del cielo y
al Tonante. La convirtió en patrona de nuestra ciudad. Ella fue quien nos dio
las artes del hilado y los dones de la viña y del olivo, el vino y el aceite.
—¿Pero no
vamos hoy a su templo, madre?
—No,
cariño; aunque la diosa virgen es también patrona del parto y yo debería hacer
sacrificios en su honor. Hoy iremos ante Apolo, Señor del Sol. Es además Señor
de los Oráculos; mató a la gran Pitón, diosa del averno y se convirtió también
en Señor del Averno.
—Dime.
¿Cómo es posible que pudiese matar a la Pitón si se trataba de una diosa?
—Oh,
supongo que porque el Señor del Sol es más fuerte que cualquier diosa —dijo su
madre mientras subían por la colina que se alzaba en el centro de la ciudad.
Los
escalones eran muy altos y Casandra sintió cansancio en sus piernas mientras
subía. Una vez que volvió la vista atrás vio que estaban ya muy arriba, tan
cerca del templo del dios, que podía distinguir por encima de la muralla de la
ciudad los grandes ríos que cruzaban la llanura y se reunían en una gran
corriente plateada camino del mar.
Entonces,
por un instante, le pareció que la superficie del mar se sombreaba y que veía
naves que empañaban el brillo de las olas. Se frotó los ojos y preguntó:
—¿Son ésas
las naves de mi padre?
Hécuba se
volvió.
—¿Qué
naves? Yo no veo nave alguna. ¿Bromeas?
—No, de
verdad que las veo. Mira hacia allá, una tiene una vela grisácea... No, era el
sol que me daba en los ojos. Ahora no puedo verlas.
Le dolían
los ojos y las naves habían desaparecido. ¿O había sido todo una ilusión del
resplandor del agua?
Le pareció
que la atmósfera estaba muy clara y plagada de puntitos luminosos, como un
tenue velo que en cualquier momento podía desgarrarse o descorrerse para
permitir la visión de otro mundo más allá de éste. No podía recordar haberla
visto así nunca. Sintió, sin saber cómo, que las naves que había contemplado
pertenecían a ese otro mundo. Tal vez se tratara de algo que vería algún día.
Era demasiado pequeña para pensar cuan extraño resultaba aquello. Su madre se
le había adelantado y, por alguna razón, le pareció que la importunaría si
tornaba a hablarle de las naves que había visto y que ya no podía ver, se
apresuró para alcanzar a la reina, sintiendo el dolor de sus piernas al subir
los escalones.
El templo
de Apolo Helios, Señor del Sol, estaba a más de la mitad del camino hasta la
cumbre de la colina donde se asentaba la gran ciudad de Troya. Más arriba sólo
se hallaba el templo de Atenea virgen, pero el de Apolo era el más bello de la
ciudad. Había sido construido con deslumbrantes mármoles blancos y altas
columnas a ambos lados sobre cimientos de piedra, colocado, como le habían
dicho a Casandra más de una vez, por titanes antes incluso de que hubieran
nacido los más ancianos de la ciudad. La luz era tan intensa que Casandra se
protegió los ojos con las manos. Bueno, si era la casa del dios del Sol, ¿qué
podía esperarse excepto una deslumbrante y perpetua luz? En el patio exterior,
donde los mercaderes vendían toda clase de cosas, incluyendo animales para los
sacrificios, pequeñas imágenes del dios en arcilla, alimentos y bebidas, su
madre le compró una raja de melón. Ésta le suavizó la garganta, reseca tras la
larga y polvorienta subida. El área protegida por el pórtico del patio
siguiente estaba sombreada y fresca. Allí, varios sacerdotes y funcionarios
reconocieron a la reina y se acercaron a saludarla.
—Bienvenida,
señora —dijo uno de ellos—, y sea también bienvenida la princesita. ¿Os
agradaría sentaros aquí y descansar un momento hasta que la sacerdotisa pueda
hablaros?
Condujeron
a la reina y a la princesa hasta un banco de mármol a la sombra. Por un
momento, Casandra permaneció sentada en silencio junto a su madre, contenta de
haber dejado atrás el calor. Terminó su raja de melón y se limpió las manos en la
falda. Luego miró a su alrededor en busca de un lugar en donde dejar la
cáscara. No le parecía bien tirarla al suelo en presencia de los sacerdotes y
sacerdotisas. Junto el banco descubrió un cesto en donde había cáscaras y
mondaduras de fruta y puso la suya con las demás.
Después
caminó lentamente en torno al recinto, preguntándose qué podría ver allí y
cuáles serían las diferencias entre la casa de un dios y la casa de un rey.
Ésta desde luego, era sólo la antecámara donde las gentes aguardaban a ser
recibidas. Había un lugar como aquél en el palacio, en el cual esperaban
quienes deseaban obtener un favor del rey o entregarle un presente. Se preguntó
si el dios tendría una alcoba dónde dormiría o se bañaría. Entonces pudo ver,
al pasar, la estancia principal, que supuso era el salón de audiencias.
Allí
estaba. Los colores con que se hallaba pintado resultaban tan naturales que,
por un instante, Casandra no se dio cuenta de que lo que estaba viendo era una
estatua. Le pareció razonable que un dios tuviera una altura superior a la de
los humanos y que, rígidamente erguido, mostrase una sonrisa distante pero
acogedora. Casandra penetró subrepticiamente en la sala, llegó hasta los pies
del dios y, por un momento, le pareció oírle hablar. Luego supo que era tan
sólo una voz en su mente.
—Casandra
—dijo, y parecía perfectamente natural que un dios conociera su nombre sin que
se lo hubiese dicho—. ¿Serás mi sacerdotisa?
Ella
murmuró, sin saber ni importarle si hablaba en voz alta.
—¿Me
necesitas, Apolo?
—Sí, y por
eso te llamé —le contestó.
La voz era
profunda y matizada, como imaginaba que debía de ser la voz de un dios; y le
habían dicho que Helios era también el dios de la música y de las canciones.
—Pero soy
sólo una niña, aun no tengo edad para dejar la casa de mi padre.
—Aun así,
te ordeno que, cuando llegue el día, recuerdes que me perteneces —dijo la voz.
Durante un
momento, las motas de polvo dorado que danzaban en el oblicuo rayo de sol se
unieron en una gran banda a través de la cual le pareció que el dios llegaba hasta ella
con un ardiente contacto... y entonces, el fulgor desapareció y pudo
ver que era sólo una estatua, fría e inmóvil y en manera alguna semejante al
Apolo que le había hablado.
Llegó la
sacerdotisa conduciendo a su madre hasta la imagen, pero Casandra tiró de la
mano de la reina.
—Todo va
bien —murmuró con insistencia—. El dios me ha dicho que te otorgará lo que le
has pedido.
No tenía
idea de cuándo había oído aquello; simplemente sabía que el hijo de su madre
era un varón. Y si conocía lo que antes ignoraba, tenía que haber sido el dios
quien se lo había dicho y así, aunque no había oído su voz, supo que lo que
afirmaba era cierto.
Hécuba la
miró escéptica, luego se soltó de su mano y fue con la sacerdotisa hacia la
sala interior. Casandra miró a su alrededor.
Junto al
altar había un pequeño cesto de mimbre. En su interior Casandra advirtió un
cierto movimiento. Al principio pensó que se trataba de gatitos y se preguntó
por qué, puesto que no se sacrificaban gatos a los dioses. Observando más de
cerca, reparó en que dentro del cesto había dos pequeñas culebras enroscadas.
Sabía que las serpientes pertenecían al Apolo del Infierno. Sin detenerse a
pensar, tendió los brazos y agarró una serpiente en cada mano, acercándolas a
su cara. Las sintió blandas, cálidas, secas y tenuemente escamosas entre sus
dedos y no pudo resistirse a besarlas. Se notó extrañamente alborozada y un
poco mareada, y su menudo cuerpo comenzó a temblar.
No supo
cuánto tiempo permaneció en cuclillas, sosteniendo las serpientes. Ni podría
haber revelado lo que le dijeron. Sólo sabía que las escuchó con atención
durante todo el tiempo.
Entonces
oyó el grito de temor y de enojo de su madre. Sonriendo, alzó hacia la reina su
mirada.
—No te
preocupes —dijo, advirtiendo la agitación en el rostro de la sacerdotisa que se
hallaba tras Hécuba—. El dios me dijo que podía hacerlo.
—Déjalas
inmediatamente —le ordenó la sacerdotisa—. No deberías haberlas cogido; te has
expuesto a que te muerdan.
Casandra
hizo una última caricia a cada una de las serpientes y con cuidado, las
devolvió a su cesto. Le pareció que se sentían contrariadas por abandonar su compañía y se inclinó para prometerles que
volvería y jugaría con ellas. —Eres una niña mala y desobediente! —exclamó
Hécuba mientras Casandra se levantaba. La agarró por un brazo, pellizcándola
con fuerza. Casandra le echó hacia atrás, asustada. Jamás había visto a su madre tan
enfadada con ella como en aquel momento, y además no comprendía por qué se
había irritado tanto. — -No sabes que las serpientes son venenosas? —Pero
pertenecen al dios —replicó Casandra—. Él no permitiría que me mordiesen.
—Has
tenido mucha suerte —declaró la sacerdotisa, con gesto preocupado.
—¡Tú las
coges sin miedo! —exclamó Casandra.
—Pero yo
soy sacerdotisa y me han enseñado a manejarlas.
—Apolo
dijo que yo sería su sacerdotisa y me aseguró que podía tocarlas —afirmó con
voz firme, y la sacerdotisa la miró ceñuda.
—¿Es eso
cierto, niña?
—Pues
claro que no lo es —terció Hécuba con aspereza— ¡Se lo ha inventado! Siempre se
imagina cosas.
Aquello
resultaba tan falso y tan injusto que Casandra se echó a llorar. Su madre la
aferró de un brazo y la condujo afuera, empujándola con tal vigor por la
escalinata que tropezó y a punto estuvo de caerse. Él día parecía haber perdido
todo su dorado esplendor. El dios había desaparecido. Ya no era capaz de sentir
su presencia y habría llorado más por eso que por el dolor que le producía la
mano de su madre en el brazo.
—¿Por qué
has dicho tal cosa? —tornó a reñirla Hécuba?—. ¿O es que eres como un bebé a
quien no se puede dejar solo veinte minutos sin que haga una trastada? Jugar
con las serpientes del templo... ¿Ignoras el daño que podrían haberte causado?
-Pero el
dios dijo que no permitiría que me hiriesen declaró obstinadamente
Casandra y su madre volvió a pellizcarla, dejándole una magulladura en el
brazo.
—¡No debes
decir tal cosa!
—Pero es
verdad —insistió la niña.
—Tonterías.
Si vuelves a decirlo, te pegaré.
Casandra
calló. Lo que había sucedido había sucedido.
No deseaba
que le pegasen pero conocía la verdad y no podía negarla. ¿Por qué su madre no
la creía? Ella siempre decía la verdad.
No
soportaba el hecho de que su madre y la sacerdotisa pensasen que había mentido.
Y mientras en silencio, ya sin protestar, bajaba los peldaños con la mano
cogida con fuerza por la mano más grande de la reina, se aferró al recuerdo del
rostro de Apolo, a la voz cordial que había resonado en su mente. Sin que
hubiese tenido conciencia de ello, algo en la profundidad de su seno había
estado aguardando aquel sonido.
A la
siguiente luna llena, Hécuba dio a luz un hijo, que habría de ser el último. Le
llamaron Troilo. Casandra, de pie junto al lecho de su madre en la estancia en
donde había parido, no mostró sorpresa al ver la cara de su hermano menor. Pero
cuando le recordó a su madre que desde el día de la visita al templo sabía que
iba a ser un varón, Hécuba dio muestras de incomodidad.
—¿Cómo es
posible que te comportaras así? —preguntó enfadada—. ¿Pero realmente crees que
te habló el dios? Tratas sólo de darte importancia, y no pienso hacerte caso.
Ya no eres tan pequeña para tales niñerías.
Pero
Casandra pensó que aquello era importante, que era importante que ella hubiera
sabido y que el dios le hubiera hablado. Entonces, ¿es que le hablaba a los
bebés? ¿Por qué se enfadaba su madre? Ella sabía que la diosa le hablaba a la
reina. La había visto descender sobre Hécuba cuando esta la invocaba en la
época de la recolección y a la hora de bendecir.
—Escucha,
Casandra —dijo la reina, en tono serio—. El mayor crimen es decir de un dios
algo que no sea la verdad. Apolo es el Señor de la Verdad; si invocas
falsamente su nombre, te castigará y su ira es terrible.
—Pero
estoy diciéndote la verdad; el dios me habló —insistió Casandra, angustiada.
Hécuba
suspiró, resignadamente, porque, a fin de cuentas, aquello no era algo
inaudito.
—Bueno,
supongo que debemos dejarlo todo en sus manos. Pero te advierto de que no
hables de esto con nadie más.
Ahora que
había otro príncipe en palacio, otro hijo de Príamo y de su reina, toda la
ciudad se regocijó. Dejaron a Casandra a su propio albedrío, y ella se preguntó
por qué tenía que ser un príncipe mucho más importante que una princesa.
Resultaba inútil pedirle a su madre que se lo aclarara. Podía preguntárselo a
su hermana mayor, pero Polixena sólo parecía interesada en charlar con las
domésticas sobre bellos trajes, joyas y bodas; cosas que a Casandra le
aburrían, pero le aseguraban que cuando fuese mayor se preocuparía más de las
cosas que eran importantes en la vida de una mujer. A ella le costaba aceptar
que aquello fuera importante. Estaba dispuesta a ver bellos trajes y joyas pero
no sentía deseo alguno de lucirlos; prefería que lo hicieran Polixena o su
madre. Las domésticas de Hécuba la consideraban tan extraña como Casandra a
ellas. En una ocasión se negó obstinadamente a entrar en una estancia, gritando
«¡Se caerá el techo!». Tres días más tarde se produjo un pequeño terremoto y se
desplomó.
A medida
que transcurría el tiempo y una estación sustituía a otra, Troilo comenzó a
gatear, a caminar y a hablar. Antes de lo que Casandra hubiera esperado, era
casi tan alto como ella. Mientras tanto, Polixena superó la talla de su madre y
fue iniciada en los Misterios de las mujeres.
Casandra
ansiaba que llegara el momento en que también ella fuese reconocida como mujer,
aunque, según su criterio, aquello hubiera hecho más juiciosa a Polixena. ¿Le
hablaría el dios de nuevo cuando hubiese sido iniciada en los Misterios?
Durante todos aquellos años jamás volvió a oír su voz; tal vez tuviera razón su
madre y sólo lo había imaginado. Anhelaba escuchar de nuevo aquella voz, aunque
sólo fuera para asegurarse de la realidad de la primera vez. Sin embargo, su
deseo estaba paliado por cierto temor. Al parecer, convertirse en mujer
implicaba un cambio tan notable que le haría perder su propia identidad.
Polixena estaba ahora atada a la vida del recinto de las mujeres y se mostraba
contenta de que así fuese; ni siquiera parecía molestarle la pérdida de su
libertad, y ya no conspiraría más con Casandra para escapar a la ciudad.
Muy pronto
Troilo llegó a la edad suficiente para ser enviado a dormir al recinto de los
hombres, y ella misma cumplió doce años. Aquel año, su estatura aumentó; y por
ciertos cambios que se produjeron en su cuerpo, supo que pronto sería contada
entre las mujeres del palacio y que ya no se le permitiría corretear por donde
le placiera.
Obedientemente,
Casandra permitió que la vieja ama de su madre la enseñase a hilar y a tejer.
Con la ayuda de Hesione, la hermana soltera de su padre, consiguió tejer y
confeccionar un vestido para su muñeca de arcilla con la que todavía jugaba.
Odiaba aquella tarea que le dejaba los dedos doloridos, pero se sintió
orgullosa de su obra una vez terminada.
Compartía
entonces en el recinto de las mujeres una estancia con Polixena, que ya había
cumplido dieciséis años y estaba en edad de casarse, y con Hesione, una
muchacha vivaz que había pasado de los veinte y poseía el rizado pelo negro y
los verdes ojos de Príamo. De acuerdo con unas normas de conducta aparentemente
descabelladas e impuestas por su madre y por Hesione, Casandra había de
permanecer en aquel recinto e ignorar todas las cosas interesantes que pudieran
estar pasando en el palacio o en la ciudad. Pero había días en que conseguía
sustraerse a la vigilancia de las mujeres y escapaba hacia algunos de sus
lugares favoritos.
Una mañana
logró deslizarse fuera del palacio y tomó el camino que a través de las calles
subía hasta el templo de Apolo.
No sentía
deseos de llegar hasta el propio templo ni la impresión de que la hubiese
llamado el dios. Se dijo a sí misma que, cuando ese día llegase, lo sabría.
Mientras subía, a medio camino de la cuesta, se volvió para mirar el puerto y
distinguió las naves. Allí estaban, justamente como el día en que el dios le
habló, pero sabía que ahora se trataba de navíos del sur, de los reinos isleños
de los aqueos y de Creta. Se dirigían a comerciar con los países hiperbóreos y
Casandra pensó, con una excitación casi física, que llegarían a la región del
Viento del Norte de cuyo aliento habían nacido los grandes toros-dioses de
Creta.
Sintió el
anhelo de navegar rumbo al norte con las naves, pero jamás iría. A las mujeres
nunca se les permitía ir en una de aquellas grandes naves mercantes que, al
pasar por los Estrechos, habían de pagar un tributo al rey Príamo y a Troya. Y
mientras contemplaba los barcos, un estremecimiento distinto de cualquier
sensación física que hubiese experimentado antes recorrió todo su cuerpo...
Estaba
tendida en un rincón de una nave, subiendo y bajando con el movimiento de las
olas; presa de náuseas, mareada, exhausta y asustada, magullada y dolorida. Mas
cuando alzó los ojos por encima de la gran vela que resplandecía al sol, vio el
cielo azul y centelleante por obra del astro de Apolo. El rostro de un hombre
se volvió hacia ella. Mostraba una sonrisa salvaje, horrible y triunfal. En un
momento de terror se le quedó grabada para siempre en su mente. Casandra nunca
había sabido lo que eran el miedo o la afrenta auténticos; sólo había conocido
una turbación momentánea ante un suave reproche de su madre o de su padre;
ahora supo lo que eran los dos. Con una parte de su mente sabía que jamás había
visto a aquel hombre pero se daba cuenta de que nunca en toda su vida olvidaría
aquella cara, con su enorme nariz ganchuda como el pico de alguna feroz, ave de
presa; sus ojos, que brillaban como los de un halcón, la sonrisa cruel y fiera,
el tosco mentón prominente y una negra barba que la llenó de miedo y de pavor.
Fue todo
cosa de un instante. Al momento siguiente se hallaba de nuevo sobre los
peldaños y veía allá abajo las lejanas naves en el puerto. Mas sabía que un
instante antes había estado tendida en una de esas embarcaciones, cautiva.
Había percibido la dura cubierta bajo su cuerpo, el viento salino sobre ella,
el restallido de la vela y el crujido de las tablas del navío. Sintió de nuevo
el terror y el extraño alivio que no podía comprender.
Era
incapaz de saber lo que le había sucedido o por qué. Giró sobre sí misma, alzó
sus ojos hacia lo alto, en donde se levantaba el blanco templo de Palas Atenea,
y suplicó a la diosa virgen que lo que había visto y sentido no fuese más que
una especie de pesadilla sin sueño. ¿Sucedería verdaderamente aquello algún
día?... ¿Sería ella alguna vez esa magullada cautiva de la nave, presa de aquel
hombre de rostro de halcón? No se parecía a ningún troyano que ella hubiese
visto...
Rechazó
con toda su voluntad aquel helado horror. ¿Pesadilla? ¿Visión? Se volvió y miró
hacia tierra adentro, donde se elevaba el alto y sagrado monte Ida. En algún
lugar de las laderas de esa montaña... no, lo había soñado, nunca había puesto
el pie en las laderas del Ida. Allá arriba estaban las nieves perpetuas y más
abajo, los verdes pastizales en donde, según le habían dicho, se criaban las
manadas y los numerosos rebaños de su padre al cuidado de los pastores. Se
frotó los ojos, con inquietud Si al menos pudiese ver lo que había más allá de
su visión...
Ni
siquiera años después, cuando todas las cosas relacionadas con el don de la
profecía y de la Visión constituían para ella una segunda naturaleza, estuvo
Casandra segura de dónde le llegaba el súbito conocimiento de lo que tenía que
hacer de inmediato. Nunca afirmó ni creyó que hubiera oído la voz del dios, que
la hubiera conocido e identificado como tal. Estaba simplemente allí, en una
parte de su ser. Se volvió en redondo y echó a correr hacia el palacio. Al
pasar por una calle que le era familiar, miró casi ansiosamente a la fuente;
no, aquella agua no estaba lo bastante quieta para lo que necesitaba.
En el
patio exterior vio a una de las mujeres de su madre y se ocultó tras una
estatua, temiendo que pudieran haber enviado en su busca a aquella doméstica.
Ahora, siempre que se escapaba del recinto de las mujeres, se producía un gran
alboroto.
¡Qué
estupidez! De nada le sirvió a Hesione hallarse dentro, pensó, y no supo lo que
aquel pensamiento significaba. Al evocar a Hesione experimentó un súbito pavor
y, sin saber por qué, se le ocurrió, que debería prevenirla. ¿Prevenirla? ¿De
qué? ¿Por qué? Sería inútil. Lo que tiene que suceder, sucederá. Algo dentro de
ella le empujaba a correr hacia Hesione o hacia su madre, o hacia Polixena o el
ama, en busca de alguien que pudiera calmar ese terror sin nombre que hacía
temblar sus rodillas y contraerse a su estómago. Pero fuera cual fuese su
misión resultaba para ella más apremiante que los peligros imaginados o
previstos. Aun continuaba acurrucada, oculta tras la columna; pero la mujer
había desaparecido. Temí que me viese.
¿Temí?
¡No!¡Desconozco el significado de la palabra! Tras el pavor de aquella visión
en el puerto, Casandra sabía que ya no temería nada que fuese menor que aquello. Aun así, no deseaba que la
viesen presa de tal apremio; era posible que alguien le impidiese hacer lo que
tenía que llevar a cabo. Corrió hacia el recinto de las mujeres y halló un
cuenco de barro, lo llenó con agua fresca de la cisterna y se arrodilló ante la
vasija.
Contemplando
el agua, vio al principio su propio rostro, como en un espejo. Luego, cuando
las sombras se agitaron sobre la superficie, supo que estaba contemplando la
cara de un muchacho muy parecida a la de ella: los mismos cabellos negros,
abundantes y lacios, los mismos ojos hundidos, sombreados por largas y tupidas
pestañas. Miraba hacia algo situado más allá de donde estaba ella, hacia algo
que Casandra no podía distinguir.
Preocupado
por las ovejas, a cada una de las cuales conocía por su nombre, pisando con
cuidado, sabiendo en dónde se hallaban y lo que había que hacer con cada una,
como si estuviese orientado por una secreta sabiduría. Casandra deseó
apasionadamente que se le pudiera confiar a ella una tarea tan responsable e
importante como aquella. Permaneció algún tiempo arrodillada junto a la vasija,
preguntándose por qué había sido impulsada a verlo, y qué podría significar. No
era consciente de su entumecimiento, ni del frío, ni del dolor que provocaba en
sus rodillas la inmovilidad de su postura; vigiló con él, compartiendo su
disgusto cuando uno de los animales se cayó, su placer ante la luz del sol,
alcanzando y rozando con la mente sus temores ocasionales a los lobos y a
bestias más grandes y peligrosas... Ella era aquel muchacho desconocido cuyo
rostro era como el suyo propio.
Un súbito
grito la sacó de esta apasionada, identificación.
—¡Alto!
¡Socorro, fuego, crimen, violación! ¡Socorro!
Por un
momento pensó que había sido él quien había gritado; pero no, se trataba de
otra clase de sonido, percibido con los oídos físicos y que la arrancó de su
trance.
Otra
visión pero esta vez ni de dolor ni de miedo. ¿Proceden de un dios? Recobró con
un doloroso sobresalto la conciencia del lugar en que se hallaba: en el patio
del recinto de las mujeres.
Y de
repente olió a humo y el cuenco, cuya agua enturbiada aún contemplaba, se
volcó. El agua se derramó por el suelo. La inmovilidad visionaria desapareció
con el líquido y Casandra descubrió que podía moverse.
Pasos
extraños resonaban sobre las losas. Oyó chillar a su madre y se precipitó por
el corredor. Se hallaba vacío, tan sólo le llegaban los gritos de las mujeres.
Luego vio a dos hombres con armadura y casco de alto penacho. Eran de gran
estatura, mayor que la de su padre o la de Héctor, que aun no había acabado de
crecer. Hombres velludos y de apariencia salvaje, bajo cuyos cascos asomaban
sus rubios cabellos. Uno de ellos llevaba sobre el hombro a una mujer que
chillaba. Con sorpresa y horror, reconoció a la mujer: era su tía Hesione.
Casandra
ignoraba por completo lo que había sucedido o por qué; todavía se hallaba a
medio camino de vuelta de su visión. Los soldados pasaron junto a ella,
corriendo, tan próximos y tan veloces que uno de ellos estuvo a punto de
derribarla. Los siguió, con la vaga idea de que podría ayudar a Hesione, pero
ya habían desaparecido por la escalinata del palacio. Como si su visión
interior continuara, vio a Hesione, aún gritando, llevada por la escalera y a
través de la ciudad. Las gentes huían ante los invasores. Era como si la mirada
de aquellos hombres poseyese la facultad de la cabeza de Medusa de trocar a los
hombres en piedra; no sólo debía evitarse mirar a los aqueos, sino incluso la
mirada de ellos.
De la
parte baja de la ciudad se alzó un horrible griterío y pareció que todas las
mujeres del palacio lo repitieran a coro.
Los gritos
prosiguieron durante algún tiempo y luego se extinguieron tras un triste
gemido. Casandra fue en busca de su madre, repentinamente asustada y
sintiéndose culpable por no haber pensado antes en el peligro que había corrido
Hécuba. A lo lejos percibió amortiguado el entrechocar de las armas; oyó los
gritos de guerra de los hombres de su padre que combatían a los invasores, ya
de retirada hacia las naves. De algún modo, Casandra fue consciente de que
aquella lucha era vana.
¿Sucederá
a Hesione lo que vi, lo que sentí? ¿La tomará cautiva ese hombre terrible de
cara de halcón? ¿ Vi y sentí lo que le pasará?
No sabía
si admitir la posibilidad de no tener que sufrir aquello, o avergonzarse de
desear que la sustituyera su amada y joven tía.
Llegó a la
estancia de su madre. Allí se hallaba Hécuba, pálida como una muerta, con
Troilo en su regazo.
—Ya estás
aquí, muchacha díscola —dijo una de las domésticas—. Temíamos que también te
hubiesen secuestrado los aqueos.
Casandra
corrió hacia su madre y se arrodilló a su lado.
—Los vi
llevarse a tía Hesione —murmuró—. ¿Qué será de ella?
—La
llevarán a su tierra y la tendrán allí hasta que tu padre pague el rescate
—dijo Hécuba, enjugándose las lágrimas.
Junto a la
puerta, se oyeron los pesados pasos que Casandra siempre asociaba con su padre
y Príamo penetró en la estancia. Llevaba la armadura mal colocada, como si se
hubiese preparado precipitadamente para la lucha.
Hécuba
alzó los ojos y vio, detrás de Príamo, la armada figura de Héctor, un esbelto
guerrero de diecinueve años.
—¿Estáis
bien los niños y tú? —inquirió el rey—. Hoy tu hijo mayor ha luchado junto a mí
como un auténtico guerrero.
—¿Y
Hesione? —preguntó Hécuba.
—Desaparecida.
Eran demasiados para nosotros y escaparon a las naves antes de que pudiésemos
alcanzarlos —contestó Príamo—. Sabes muy bien que nada les importa la mujer; se
trata sólo de que, siendo mi hermana, piensan que podrán exigir concesiones y
librarse del peaje portuario. Eso es todo.
Dejó a su
lado la lanza, con expresión de disgusto.
Hécuba
atrajo a Héctor a su lado y comenzó a besarle hasta que él se apartó.
—¡Ya está
bien, no soy un pequeño para seguir pegado a tus faldas! —exclamó, irritado.
—¿Quieres
que haga traer vino, mi señor? —preguntó Hécuba, dejando al niño y poniéndose
en pie con presteza.
Pero
Príamo negó con la cabeza.
—No te
molestes —dijo—. No debía haber venido a importunarte, pero pensé que te
gustaría saber que tu hijo peleó con honor y salió ileso de su primer combate.
Abandonó
la estancia y Hécuba dijo entre dientes:
—¡Combate!
No pierde tiempo para ir en busca de su última mujer, eso es todo. ¡Y ella le
dará vino sin aguar y se pondrá malo! Y por lo que a Hesione se refiere, poco
le importa! ¡Mientras que no entorpezcan su preciada navegación, los aqueos
pueden atraparnos a su placer a todos!
Casandra
sabía muy bien que no era el mejor momento para preguntar nada a su madre. Mas
de noche, cuando se reunieron en el gran comedor del palacio (porque Príamo aún
mantenía la vieja costumbre de que hombres y mujeres cenasen juntos, en vez de
aceptar la nueva que hacía a las mujeres cenar aisladas en su propio recinto;
«para que no tengan que aparecer ante hombres extraños», como la justificaban
los tiránicos aqueos) aguardó a que el rey estuviese de buen humor,
compartiendo su mejor vino con su madre e hiciera una seña a Polixena, a la que
siempre mimaba, para que se sentase junto a él. Entonces se levantó, y Príamo,
tolerante, le indicó que se aproximase. —¿Qué quieres, Ojos Brillantes?
—Sólo
hacerte una pregunta, padre, acerca de algo que hoy vi.
—Si se
trata de tía Hesione... —empezó a decir.
—No. ¿Pero
crees que los aqueos pedirán un rescate por ella?
—Probablemente,
no —repuso Príamo—. Probablemente uno de ésos se casará con ella e intentará
así reivindicar unos derechos sobre Troya.
—¡Qué cosa
tan terrible! —murmuró Casandra. —No es tan malo, después de todo. Conseguirá
un buen marido entre los aqueos y, de tal manera, por este año se evitará una
guerra por los derechos de tráfico —explicó Príamo—. De ese modo se producían
muchos matrimonios en los viejos tiempos.
—¡Qué
horrible! —exclamó tímidamente Polixena—. Yo no querría ir tan lejos para
casarme. ¡Y preferiría celebrar mi boda en vez de ser raptada!
—Bueno,
estoy seguro de que, más pronto o más tarde, podremos arreglar eso —dijo Príamo
con indulgencia—. Está ese pariente de tu madre, el joven Aquiles, de quien se
dice que será un poderoso guerrero... Hécuba movió la cabeza al declarar:
—Aquiles ha sido prometido a su prima Deidamia, hija de Licomedes, y no
desearía yo que mi hija entrase a formar parte de esa familia.
—Es igual,
si ha de ganar fama y gloria... He oído que el muchacho es ya un gran cazador
de leones y jabalíes. Me agradaría tenerlo por yerno. —Suspiró—. Bien, habrá tiempo sobrado de
pensar en maridos y en bodas para las muchachas. ¿Qué es lo que hoy viste,
pequeña Casandra, y acerca de lo cual querías preguntarme?
Incluso
cuando las palabras salieron de sus labios, Casandra sintió que debería haber
guardado silencio, que lo que había visto en el agua de aquel cuenco no debía
ser revelado. Pero su confusión y su ansia de saber eran tan grandes que no
pudo evitarlo. Las palabras brotaron:
—Padre,
dime quién es el muchacho que tiene una cara exactamente igual que la mía.
Príamo la
observó de tal modo, que tembló de terror. Luego alzó la mirada sobre su cabeza
y la dirigió hacia Hécuba, diciendo con voz terrible:
—¿Adónde
la has llevado?
Hécuba,
turbada, respondió a Príamo:
—No la he
llevado a parte alguna. No tengo ni la más leve idea de lo que está diciendo.
—Ven aquí,
Casandra —dijo Príamo, al tiempo que apartaba a Polixena—, cuéntame más acerca
de eso. ¿En dónde viste al muchacho? ¿Estaba en la ciudad?
—No,
padre, sólo le vi en el agua de un cuenco. Guarda ovejas en el monte Ida y
tiene mi misma apariencia.
Le asustó
el abrupto cambio que se produjo en el rostro de su padre.
—¿Y qué
hacías tú, mirando en el agua de ese cuenco? —le preguntó.
Se volvió
hacia Hécuba con gesto furioso y, por un momento, Casandra temió que golpeara a
la reina.
—Esto es
obra tuya. Te confío la crianza de mis hijas y he aquí a una de ellas,
escrutando en el agua de un cuenco y husmeando en brujerías, oráculos y cosas
semejantes...
—¿Pero
quién es? —inquirió Casandra.
Su
necesidad de respuesta era más grande que su temor.
—¿Y por
qué se parece tanto a mí? —volvió a preguntar.
Entonces,
su padre bramó palabras ininteligibles y la abofeteó en plena cara, con tal
fuerza que perdió el equilibrio y cayó por los escalones del trono, golpeándose
la cabeza.
Su madre
gritó indignada y se apresuró a recogerla.
—¡Bestia!
¿Qué le has hecho a mi hija?
Príamo
fulminó a su mujer con la mirada y se puso en pie, airado. Alzó la mano para
golpearla pero Casandra gritó entre sollozos.
—¡No! ¡No
pegues a mi madre, que ella no ha hecho nada!
En los
límites de su visión percibió que Polixena les observaba con ojos desorbitados
pero demasiado asustada para hablar. Y pensó con más desdén que rabia: ¿Se
mantendría al margen y dejaría que el rey golpease a nuestra madre?
—¡No fue
culpa de madre, que ni siquiera lo sabía! Fue el dios quien me dijo que podía
hacerlo. Afirmó que, cuando fuese mayor, sería su sacerdotisa y fue él quien me
mostró cómo emplear el cuenco con agua...
—¡Silencio!
—ordenó Príamo, que volvió a mirar con ira a Hécuba.
Casandra
no lograba entender la causa de que se enfureciera tanto.
—No quiero
brujerías en mi palacio, señora. ¿Me oyes? —declaró Príamo-. Envíala lejos de
aquí antes de que difunda sus tonterías entre las demás muchachas, perjudicando
su educación.
Miró a su
alrededor y su ceño se suavizó cuando sus ojos repararon en la sonrisa afectada
de Polixena. Luego se clavaron de nuevo en Casandra que aún permanecía
encogida, con las manos puestas en su cabeza sangrante. Ahora ella sabía que
existía realmente algún secreto respecto al muchacho cuyo rostro había visto.
Las
palabras del rey no se referían a Hesione. No le importa. Le basta con que se
case con uno de esos invasores que la raptaron. El pensamiento, unido al miedo
y a la turbación de la visión (si de esto se había tratado) le hicieron sentir
un súbito pavor. Padre no me lo dirá. Bien, entonces se lo preguntaré a Apolo.
Sabe más
cosas que padre. Y me dijo que yo había de ser suya; de haberse tratado de mí y
no de Hesione, no habría permitido que me llevase aquel hombre. A mi padre le
basta con que se case. ¿Consentiría en un matrimonio como ése si tal individuo
me robara? Jamás la abandonaría la visión del hombre de rostro rapaz. Mas, para
apartarla, cerró los ojos
trató de
evocar de nuevo la dorada voz del Señor del Sol, Diciendo: Tú eres mía.
Los
cardenales de Casandra aún tenían un tono verdearnarillento. En el cielo
matinal se dibujaba una tenue media luna. Se hallaba junto a su madre que
guardaba en una bolsa de cuero algunas de sus túnicas con sus sandalias nuevas
y un cálido manto invernal.
—Pero aún
no es invierno —protestó.
—Hace más
frío en la llanura —le explicó Hécuba—. Créeme, cariño, lo necesitarás para
cabalgar.
Casandra
se apretó contra su madre y dijo casi sollozando:
—No quiero
separarme de ti.
—También
yo te echaré de menos, pero creo que serás feliz. Me gustaría ir contigo.
—¿Por qué
entonces no vienes, madre?
—Tu padre
me necesita.
—No, no es
cierto —dijo Casandra—. Él tiene sus otras mujeres; puede vivir sin ti.
—Estoy
segura de que podría —repuso Hécuba, con una leve mueca—, pero no deseo dejarlo
con ellas. No tienen los cuidados que yo tengo con su salud y con su honor. Y
además también tu hermano pequeño me necesita.
Casandra
no le encontró sentido a eso. Con el Año Nuevo habían enviado a Troilo al
recinto de los hombres. Pero si su madre no quería ir, nada podía hacer ella.
Pensó que nunca tendría hijos, si eso implicaba renunciar por completo a obrar
según su propia voluntad.
Hécuba
alzó la cabeza al oír ruido en el patio.
—Creo que
ya llegan —dijo y tomó a Casandra de la mano.
Juntas se
apresuraron a bajar por la larga escalera.
Muchas de
las domésticas se habían congregado para ver a las mujeres que entraban en el
patio, montadas en caballos blancos, bayos y negros. Quien las mandaba, una mujer alta
de cara morena y pecosa, se dejó caer de su I montura y corrió a abrazar a
Hécuba.
—¡Hermana!
¡Qué alegría me da verte!
Hécuba
correspondió a su abrazo; y Casandra se asombró al ver a su madre, siempre tan
sosegada, riendo y llorando al mismo tiempo. Tras un momento, la alta
desconocida la soltó y dijo:
—Estás
gorda y blanda por vivir bajo techado. ¡Y tu piel es tan pálida que pareces un
fantasma! —¿Tan mal estoy? —replicó Hécuba. La mujer frunció el entrecejo.
—¿Y son
éstas tus hijas? ¿También ratones caseros? —preguntó.
—Eso
tendrás que averiguarlo tú —contestó Hécuba, indicando a las muchachas que se
acercasen—. Esta es Polixena. Tiene ya dieciséis años.
—Parece
muy frágil para una vida al aire libre como la nuestra. Creo que quizá la has
mantenido encerrada demasiado tiempo, pero haremos por ella lo que podamos y te
la devolveremos sana y fuerte.
Polixena
se escondió tras su madre y la alta amazona se echó a reír. -¿No?
—No, te
llevarás a la pequeña, a Casandra —dijo Hécuba.
—¿La
pequeña? ¿Qué edad tiene?
—Doce años
—respondió Hécuba—. Ven, Casandra, y saluda a tu pariente Pentesilea, cabeza de
nuestra tribu.
Casandra
examinó atentamente a la mujer. De más edad que Hécuba, la superaba también en
estatura, aunque su madre podía considerarse una mujer alta. Se tocaba con un
puntiagudo gorro de piel; bajo el cual, Casandra distinguió los rizos recogidos
de unos cabellos rojizos ya canosos. Vestía un corto ropón ajustado; sus
piernas, largas y delgadas, asomaban bajo calzas de cuero que le llegaban hasta
más abajo de la rodilla. En su cara estrecha abundaban las arrugas. Y su piel
estaba no sólo quemada por el sol sino moteada por millares de pecas pardas. A
Casandra le pareció más un guerrero que una mujer, pero su rostro se parecía
tanto al de Hécuba que no dudó de que fuesen de la misma familia. Sonrió a
Casandra, con buen humor. —¿Crees que te gustará venir con nosotras? ¿No estás asustada?
Me parece que tu hermana tiene miedo de nuestros caballos —dijo.
—Polixena
tiene miedo de todo —contestó Casandra—. Quiere ser lo que mi padre llama una
muchacha como es debido.
—¿Y tú no?
—No, si
eso significa estar siempre en casa —repuso Casandra, y vio que Pentesilea
sonreía—. ¿Cómo se llama tu caballo? ¿Muerde?
—Es una
yegua y se llama Corredora. Todavía no me ha mordido —declaró Pentesilea—.
Veremos si consigues hacerte amiga de ella.
Casandra
se adelantó con osadía y tendió su mano como le habían enseñado a hacer con un
perro desconocido para que pudiera percibir su olor. La yegua inclinó su enorme
cabeza y resopló. Casandra le frotó los sedosos ollares y observó sus ojos
grandes y dulces. Al captar su mirada, comprendió que había encontrado una
amiga entre todas aquellas desconocidas. Pentesilea le preguntó: —¿Estás
dispuesta a venir con nosotras? —¡Oh, claro! —respondió con entusiasmo. El
rostro adusto y alargado de Pentesilea parecía más cordial cuando sonreía.
—¿Crees
que podrás aprender a montar? Dulce o no, la yegua le parecía enorme, pero
Casandra contestó con valentía:
—Si tú
conseguiste aprender y mi madre consiguió aprender, supongo que no hay razón
para que no pueda hacerlo yo.
—¿Queréis
ir al recinto de las mujeres y tomar algo antes de partir? —ofreció Hécuba.
—Naturalmente,
pero siempre que ordenes a alguien que se ocupe de nuestros caballos —dijo
Pentesilea.
Hécuba
llamó a uno de los sirvientes y le ordenó que llevase a la cuadra el caballo de
Pentesilea y los de sus acompañantes. Aquellas dos mujeres vestían de modo
semejante al de Pentesilea. Ésta las presentó como Caris y Melissa. Caris era
delgada y pálida, casi tan pecosa como la reina, pero su cabello tenía el color
del bronce; el de Melissa, regordeta y de mejillas rosadas, era rizado y
castaño. A Casandra le pareció que tendría quince o dieciséis años.
Se
preguntó si serían hijas de Pentesilea pero era demasiado tímida para
expresarlo.
Al subir
al recinto de las mujeres, Casandra se extrañó de que nunca hubiese reparado en
lo sombrío que era. Hécuba había llamado a sus domésticas para que trajeran
vino y dulces. Mientras las invitadas los probaban, Pentesilea requirió a
Casandra y le advirtió:
—Para
cabalgar con nosotras, cariño, has de vestir como es debido. Te hemos traído
unos calzones. Caris te ayudará a ponértelos. Y para ir a caballo tienes que
llevar una capa de abrigo. Cuando se pone el sol, el frío hace acto de
presencia rápidamente.
—Mi madre
me hizo un manto grueso —dijo Casandra. Y fue con Caris a su habitación para
recoger la bolsa con las prendas. Los calzones de cuero le estaban un poco
grandes. Se preguntó quien los habría usado antes porque relucían de puros
desgastados por los fondillos. Pero le parecieron muy cómodos una vez que se
acostumbró a la rigidez del cuero contra sus piernas. Pensó que ahora podría
correr como el viento sin pisarse la falda. Estaba metiendo el cinturón de
cuero por las tablillas, cuando oyó los pasos de su padre.
—Caramba,
cuñada. ¿Has venido a ponerte al frente de mi ejército contra Micenas para
rescatar a Hesione? Qué monturas tan espléndidas; las vi en la cuadra. ¡Cómo
los caballos inmortales de Poseidón! ¿En dónde los conseguiste? —De Idomeneo,
el rey de Creta —contestó Pentesilea—. Nada sabía de Hesione. ¿Qué le ha
sucedido?
—Fueron
los hombres de Agamenón, llegados de Micenas, o al menos eso creemos —declaró
Príamo—. En cualquier caso aqueos, corsarios. Los rumores afirman que Agamenón
es un rey malvado y cruel. Ni sus propios hombres le quieren, pero le temen.
—Es un
poderoso guerrero —dijo Pentesilea—. Confío en batirme con él algún día. Si no
quieres enviar tu ejército a Micenas para rescatar a Hesione, aguarda a que
convoque a mis mujeres. Tendrás que proporcionarnos naves, pero yo podría
traerte a Hesione con la próxima luna nueva.
—Si fuese
posible ir ahora contra los aqueos, no necesitaría de una mujer para que
mandase mi ejército —manifestó Príamo, en tono desdeñoso—. Prefiero aguardar y
ver qué piden.
—¿Y qué
será de Hesione en manos de Agamenón? —preguntó Pentesilea— ¿Vas a abandonarla?
¿Sabes lo que le sucederá entre los aqueos?
—De un
modo u otro tendría que hallarle un marido —repuso Príamo—. Esto al menos me
ahorra la dote, pues si es Agamenón quien se la ha llevado no tendrá la
insolencia de pedirme una dote como botín de guerra.
Pentesilea
frunció el entrecejo y también Casandra se asombró de aquellas palabras. Príamo
era rico, ¿por qué escatimar una dote?
—Agamenón
tiene ya mujer —dijo Pentesilea—. Es Clitemnestra, hija de Leda y de su rey,
Tíndaro. Tuvo de Agamenón una hija que ahora debe contar unos siete u ocho
años. No puedo creer que estén tan escasos de mujeres en la Acaya como para que
tengan que recurrir al rapto... ni que Agamenón precise tanto de una concubina
cuando podría tener a la hija de cualquier caudillo de su reino.
—¿Así que
se casó la hija de Leda? —El rostro de Príamo se ensombreció por un instante—.
¿Es aquella de la que, según dicen, Afrodita sintió celos por su hermosura y
para la que su padre hubo de escoger entre casi cuarenta pretendientes?
—No
—respondió Pentesilea—. Tuvo gemelas, lo que es
siempre de mal agüero. Una fue Clitemnestra; la otra hija, Helena, era
la bella. Agamenón logró embaucar a Leda y a Tíndaro, los dioses sabrán cómo,
para que unieran a Helena con su hermano Menelao en tanto que él se casaba con
Clitemnestra.
—No
envidio a Menelao —declaró Príamo—. ¡Ay del hombre que tiene una mujer hermosa!
—Sonrió distraídamente a Hécuba—. Gracias a los dioses tú nunca me diste esa
clase de inquietud. Ni tampoco tus hijas son peligrosamente bellas.
Hécuba
observó con frialdad a su esposo. Pentesilea intervino:
—Eso
podría ser cuestión de opiniones. Pero por lo que sé de Agamenón, y a menos de
que los rumores sean falsos, piensa menos en la belleza de la mujer que en su
poder; cree que, merced a las hijas de Leda, podrá reclamar toda Micenas y
también Esparta hasta hacerse llamar rey. Y entonces, tratará de conseguir más
poder en el Norte... Parece como si tuviese los ojos puestos en la propia
Troya.
—Pues yo
creo que tratan de obligarme a que pacte con ellos —manifestó Príamo—. Para que
les reconozca como reyes. Y eso será cuando Cerbero abra las puertas y deje
escapar a todos los muertos del reino de Hades.
—Dudo de
que estén buscando oro —dijo Pentesilea—. Ya hay suficiente oro en Micenas;
aunque los rumores dicen que Agamenón es un hombre codicioso. A mi parecer,
Agamenón te exigirá que le otorgues la posibilidad de comerciar más allá de los
estrechos. —Señaló hacia el mar—. Sin el peaje que percibes.
—Jamás
—declaró Príamo—. Un dios trajo a mi pueblo hasta aquí, a las orillas del
Escamandro, y cualquiera que desee ir más lejos, camino del país del Viento del
Norte, tendrá que rendir tributo a los dioses de Troya. —Observó con
destemplanza a Pentesilea e inquirió—: ¿Y qué te va a ti en esto? ¿Qué le
importa a una mujer el gobierno de los países y el pago de tributos?
—Yo
también vivo en tierras donde se atreven a llegar los corsarios aqueos —repuso
la reina de las amazonas—, Y si robasen a una de mis mujeres, se lo haría
pagar, no sólo en oro o en dotes sino con sangre. Y puesto que tú no les
impides que se lleven a tu propia hermana, te lo repito: mis guerreras están a
tu servicio si las necesitas.
Príamo se
echó a reír, pero mostró los dientes, y Casandra se dio cuenta de que estaba
furioso aunque no lo revelaría ante Pentesilea.
—Cuñada,
el día en que recurra a unas mujeres, parientes o no, para la defensa de la
ciudad, Troya se hallará en un mal aprieto. ¡Ojalá esté muy lejano ese día!
Giró en
redondo y vio a Casandra que, con sus calzones de cuero y la pesada capa,
regresaba a la estancia.
—Bien.
¿Qué es esto, hija? ¿Muestras tus piernas como si fueses un muchacho? ¿Has
decidido convertirte en amazona, Ojos Brillantes?
Sorprendentemente
parecía hallarse de buen humor, pero Hécuba intervino al momento.
—Me
dijiste, esposo, que la enviara lejos de la ciudad y pensé que la tribu de mi
hermana era tan buena para eso como cualquier otro sitio.
—Encontré
en ti la mejor de las esposas, vinieras de donde vinieses, y no dudo de que tu
hermana sabrá cuidar de ella —manifestó Príamo.
Se inclinó
ante Casandra y ella se echó hacia atrás, casi esperando otro golpe; pero él la
besó en la frente.
—Sé una
buena chica y no olvides que eres una princesa de Troya.
Hécuba
tomó a Casandra entre sus brazos y la estrechó con fuerza.
—Te echaré
de menos, hija; sé buena y regresa sana y salva, cariño.
Casandra
se aferró a su madre, de la que había desaparecido toda aspereza, consciente
sólo de que iba a vivir entre extraños. Luego Hécuba la soltó al tiempo que le
decía:
—Quiero
darte mis propias armas, hija.
Le
presentó, guardada en su verde vaina, una espada cuya hoja tenía la forma de la
de un árbol y una lanza corta rematada por un pincho metálico. Eran casi
demasiado pesadas para que pudiera alzarlas pero, haciendo acopio de todas sus
fuerzas y de todo su orgullo, Casandra logró sujetar sus correas al cinturón.
—Eran las
mías cuando cabalgaba con las amazonas —dijo Hécuba—. Llévalas con fuerza y
honor, hija mía.
Casandra
parpadeó para ahuyentar las lágrimas que nacían en sus ojos. Príamo parecía
ceñudo, pero Casandra estaba acostumbrada a los gestos de desaprobación de su
padre. Con aire retador tomó la mano que le tendía Pentesilea. Al fin y al
cabo, la hermana de su madre no podía ser muy distinta de la propia Hécuba.
Cuando las
amazonas recogieron sus cabalgaduras en el patio de abajo, Casandra se sintió
decepcionada al ver que la alzaban hasta la grupa de Corredora, tras
Pentesilea.
—Creí que
iba a montar un caballo yo sola —dijo, con labios temblorosos.
—Así será
cuando aprendas, hija mía, pero ahora no tenemos tiempo de enseñarte. Queremos
estar lejos de esta ciudad antes de que caiga la noche; no nos complace dormir
entre murallas ni deseamos acampar en tierras regidas por hombres.
Aquello le
pareció lógico a Casandra: sus brazos se aferraron con fuerza a la estrecha
cintura de la mujer, y partieron.
Durante
los primeros minutos necesitó de todas sus fuerzas y de su entera atención para
sostenerse, agitada arriba y abajo por la marcha irregular del caballo sobre
las piedras.
Luego aprendió a relajar el cuerpo, dejándolo que se acomodara a los
movimientos de la cabalgadura. Miró en su torno y contempló la ciudad desde una
nueva perspectiva. Tuvo tiempo de volver la cabeza y lanzar una rápida mirada
al templo que se levantaba en lo alto de la ciudad; luego dejaron atrás las
murallas y empezaron a descender hacia las verdes aguas del Escamandro.
—¿Cómo
cruzaremos el río, señora? —preguntó, inclinando su cabeza hacia delante para
acercarla al oído de Pentesilea—. ¿Saben nadar los caballos? La mujer se volvió
ligeramente.
—Pues
claro que saben, pero hoy no necesitarán nadar: hay un vado a una hora de
camino aguas arriba.
Con los
talones tocó ligeramente los flancos del caballo, y el animal empezó a galopar
con tanta rapidez que Casandra hubo de sujetarse con todas sus fuerzas. Las
otras mujeres corrían a los lados, y Casandra experimentó en todo su cuerpo un
sentimiento de júbilo. Tras Pentesilea se hallaba un poco protegida del viento,
pero sus largos cabellos ondeaban tan furiosamente que por un instante se
preguntó cómo sería capaz de volverlos a peinar. No importaba; en la excitación
de la carrera lo olvidó.
Habían
cabalgado durante cierto tiempo, cuando de repente Pentesilea tiró de las
riendas de su montura para que se detuviese y lanzó un silbido que fue como el
chillido estridente de alguna extraña ave.
De entre
la maleza que tenían ante sí emergieron tres caballos montados por amazonas.
—Saludos
—dijo una de las recién llegadas—. Ya veo que has vuelto sana y salva de la
casa de Príamo; tardaste tanto que empezábamos a inquietarnos. ¿Cómo está tu
hermana?
—Bien,
pero se ha puesto gorda, vieja y ajada con los partos en la casa del rey
—repuso Pentesilea.
—¿Es esa
nuestra adoptada, la hija de Hécuba? —preguntó otra de las que acababan de
llegar.
—Lo es
—contestó Pentesilea, volviendo la cabeza hacia Casandra—. Y si es una
verdadera hija de su madre, será más que bienvenida entre nosotras.
Casandra
sonrió tímidamente a las recién llegadas, una de las cuales le tendió los
brazos y se inclinó para abrazarla.
-—De
jóvenes, yo era la amiga más íntima de tu madre __le dijo.
Cabalgaron
hacia el fulgor del río Escamandro. Cuando detuvieron los caballos ante el
vado, el crepúsculo se estaba aproximando. Antes de ponerse el sol, Casandra
distinguió el fugaz centelleo de sus rayos sobre las ondas y las piedras
puntiagudas del lecho de aquella parte en donde el río fluía rápido y poco
profundo. Se quedó sin aliento cuando la yegua saltó al agua desde la abrupta
orilla y de nuevo se le advirtió que se sujetara con fuerza.
—Si caes,
no será fácil recogerte antes de que te destroces contra las peñas.
No
sintiendo deseo alguno de caer sobre aquellas afiladas piedras, Casandra se
aferró con firmeza y pronto la yegua alcanzó la orilla opuesta. Galoparon
durante los escasos minutos de luz que aún restaban; luego se detuvieron,
colocaron en círculo los caballos y desmontaron.
Casandra
contempló fascinada cómo una de las mujeres hacía fuego mientras otra sacaba de
sus alforjas una tienda y comenzaba a desplegarla y a montarla. Pronto hirvió
en un caldero carne seca que exhalaba un apetitoso olor.
Se sentía
tan entumecida que, cuando trató de acercarse al fuego, vaciló como una
anciana. Caris se echó a reír y Pentesilea la riñó:
—No te
burles de la niña; no ha rechistado y fue una larga cabalgada para alguien que
no tiene costumbre de montar a caballo. Tú no eras mejor cuando llegaste. Dale
algo que comer.
Caris
introdujo un cazo en el guiso y llenó un cuenco de madera que tendió a
Casandra.
—Gracias
—dijo ésta, metiendo en el cuenco la cuchara de cuerno que le habían dado—.
¿Hay pan, por favor?
—No
tenemos —replicó Pentesilea—. Nosotras no cultivamos la tierra, viviendo como
vivimos con nuestras tiendas y con nuestros rebaños.
Una de las
mujeres vertió algo blanco y espumoso en una taza. Casandra lo probó.
—Es leche
de yegua —le explicó la mujer que había dicho llamarse Elaria, y ser amiga de
Hécuba.
Casandra
la tomó con curiosidad, sin estar segura de que le gustara el sabor o la
procedencia, pero, como las otras mujeres bebieron de sus respectivas tazas, supuso que no le haría
daño alguno.
Elaria rió
con disimulo al observar la mirada de cautelosa repugnancia que mostraba la
cara de Casandra.
—Bébetela
y crecerás hasta ser tan fuerte y resistente como nuestras yeguas, y hasta tu
pelo se volverá más sedoso —le dijo.
Acarició
los largos y negros cabellos de Casandra.
—Serás mi
hija adoptiva mientras estés con nosotras. En nuestra aldea vivirás en mi
tienda. Tengo dos hijas que serán amigas tuyas.
Casandra
miró con una cierta ansiedad a Pentesilea pero imaginó que, si aquella mujer
era una reina, estaría demasiado ocupada para atender a una chica, aunque se
tratase de la hija de su hermana. Y Elaria parecía amable y cordial.
Cuando
concluyeron la cena, las mujeres se congregaron en torno de la hoguera.
Pentesilea designó a dos para que montaran la guardia.
—¿Por qué
tenemos centinelas? ¿Es que hay guerra? —preguntó Casandra, en un susurro.
—No en el
sentido que se da en Troya a esa palabra —respondió Elaria en el mismo tono—.
Pero aún nos hallamos en tierras regidas por hombres, y las mujeres están
siempre en guerra en tales territorios. Muchos, los más, nos consideran como
presas legítimas, y a nuestros caballos también.
Una de las
mujeres inició una canción; las otras se le unieron. Casandra escuchaba,
ignorante de la melodía y del dialecto, pero al cabo de un tiempo canturreó en
los coros. Se sintió fatigada y se tendió a descansar, alzando los ojos hacia
las grandes estrellas del cielo. Después advirtió que la llevaban en la
oscuridad. Se despertó sobresaltada.
—¿En dónde
estoy?
—Te
quedaste dormida junto al fuego y ahora te llevo a mi tienda —le dijo
quedamente Elaria.
Casandra
se echó y volvió a dormirse para no despertar hasta que penetró en la tienda la
luz del sol. Alguien le había quitado sus calzones de cuero. Tenía rozaduras y
magulladuras en sus piernas. Entonces entró Elaria. Alivió su malestar con un
ungüento y le entregó unos calzoncillos de lino para que se los pusiera bajo el
cuero. Luego tomó un peine y empezó a desenmarañar los largos y sedosos cabellos de Casandra que
después trenzó y guardó bajo un puntiagudo gorro de cuero como el que llevaban
todas las mujeres. A Casandra se le humedecieron los ojos por los tirones de
pelo que tuvo que soportar mientras lo desenredaban, pero no se quejó, y Elaria
le dio unos golpecitos en la cabeza en muestra de aprobación.
—Cabalgarás
conmigo —le anunció—. Quizás hoy mismo lleguemos a nuestros pastizales y
podamos encontrar una yegua para ti con la que enseñarte a montar. Vendrá un
día, y no está muy lejano, en que podrás pasar toda una jornada en la silla de
montar sin sufrir de fatiga.
El
desayuno consistió en un pedazo de carne seca y correosa que seguía masticando
cuando se subió al caballo tras Elaria. A medida que cabalgaban, el aspecto de
la tierra cambiaba poco a poco. Los fértiles campos de la orilla del río dieron
paso a una árida planicie barrida por el viento, que ascendía. Al extremo de la
llanura se alzaban montes redondos y pelados de un tono parduzco. En sus
laderas se destacaban grandes peñascos y más allá se distinguían altos
farallones. Por la falda de uno de esos montes se desplazaban muchos animales.
Eran mayores que ovejas. Elaria se volvió para señalárselos.
—Allí
están los pastos de nuestros caballos —dijo—. Al caer la noche nos hallaremos
en nuestra propia tierra. Pentesilea cabalgaba junto a ellas. —Pero esos
caballos no son nuestros —le informó, en voz baja—. Mira hacia allá y verás
correr entre ellos a los centauros.
Ahora
Casandra los distinguía mejor; los cuerpos velludos y las cabezas barbudas de
unos hombres se destacaban entre los caballos. Como todos los niños de las
ciudades, Casandra había oído muchos relatos sobre los centauros, seres
salvajes e indómitos con cabeza y torso de hombre mientras que de cintura para
abajo su cuerpo era el de un equino. Entonces pudo comprender el origen de
aquellas antiguas narraciones. Eran hombres de corta talla y tostados por la
vida al aire libre; su larga y desordenada cabellera, que les caía por la
espalda, daba la impresión de ser las crines de un caballo y el color de sus
cuerpos se fundía con el de sus monturas. Sus piernas se arqueaban en torno de
los cuellos de los caballos. Hombres de cintura para arriba, caballos de cintura
para abajo. Como a muchas niñas, a Casandra le habían dicho de pequeña que
robaban mujeres de ciudades y aldeas, y su niñera le había prevenido: «Si no
eres buena, te llevarán los centauros».
—¿Nos
harán daño, tía? —preguntó, un poco asustada.
—No, no,
pues claro que no; mi hijo vive entre ellos —respondió Pentesilea—. Y si
pertenecen a la tribu de Quirón son amigos y aliados nuestros.
—Yo creía
que las amazonas sólo tenían hijas —dijo Casandra, sorprendida—. ¿Tienes un
hijo?
—Sí, pero
vive con su padre, como todos nuestros hijos varones —aclaró Pentesilea—. Pero,
¿es que crees que los centauros son monstruos? Mira, sólo son hombres. Jinetes
como nosotras.
Sin
embargo, cuando se acercaron, Casandra se encogió en su cabalgadura. Los
hombres se hallaban casi desnudos y su aspecto no era muy civilizado. Se ocultó
tras Elaria para que no la viesen.
—Salve,
Señora de las Amazonas —exclamó el jinete que iba en cabeza—. ¿Cómo fue tu
estancia en la ciudad de Príamo?
—Bien,
como puedes comprobar —contestó Pentesilea—. ¿Qué hay de nuevo entre vosotros?
—Esta
mañana encontramos una colmena en un árbol y hemos conseguido un tonel de miel
—dijo el hombre, mientras se inclinaba para abrazar a Pentesilea desde su
montura—. Tendrás tu parte, si la quieres.
Ella se
apartó y dijo:
—El precio
de tu miel es siempre demasiado alto. ¿Qué es lo que quieres de nosotras esta
vez?
Él se
enderezó y cabalgó junto a la amazona, sonriente.
—Puedes
prestarme un servicio, si te parece bien. Uno de mis hombres perdió la cabeza
por una aldeana, y hace varias lunas se la llevó sin molestarse en solicitar la
autorización de su padre. Pero ella no sirve más que para la cama. Ni siquiera
es capaz de ordeñar una yegua o de hacer queso, y llora y gime todo el tiempo.
Está ya harto de los gimoteos de esa perra y...
—No me
pidas que te libre de ella —le interrumpió Pentesilea—. Tampoco serviría para
nada en nuestras tiendas.
—Lo que
quiero —prosiguió el hombre— es que se la devuelvas a su padre.
Pentesilea
lanzó un bufido.
_¿Y
enfrentarnos con la ira y las espadas de los hombres de su tribu? ¡Ni mucho
menos!
—Lo peor es que esa mujerzuela
está preñada —explicó el centauro—. ¿No puedes acogerla hasta que nazca el
niño? Creo que se encontraría mejor entre mujeres.
—Si viene
con nosotras, sin crear trastornos —dijo Pentesilea— la tendremos hasta que
nazca su hijo. Si es niña, nos quedaremos con las dos. Si es un hijo. ¿Lo
querrás?
—Pues
claro —contestó el hombre—. Y por lo que a la mujer se refiere, una vez que
haya parido, puedes quedarte con ella, devolverla a su aldea o, si me apuras,
ahogarla.
—Tengo
demasiado buen corazón para hacer eso —respondió Pentesilea—. ¿Y por cuánto he
de libraros del conflicto que vosotros mismos os habéis creado?
—¿Hace
medio tonel de miel?
—Por medio
barril de miel —intervino Elaria—, yo misma cuidaré de la mujer, la ayudaré a
parir y la devolveré a su aldea.
—Todas lo
compartiremos —declaró Pentesilea—. Pero la próxima vez que uno de tus hombres
busque mujer, envíalo a nuestras tiendas y, sin duda, alguna de nosotras lo
complacerá sin tantos problemas. Cada vez que uno de tus hombres va tras una
muchacha de las aldeas, se nos implica a todas las tribus y, de boca en boca,
corren historias sobre lo salvajes que somos tanto los hombres como las
mujeres.
—No me
riñas, señora —dijo el hombre ocultando por un momento la cara tras sus manos—.
Ninguno de nosotros es sobrehumano. ¿Y qué es eso que se esconde detrás tu
compañera?
Miró a
Elaria, y guiñó un ojo a Casandra. Tenía un aspecto tan grotesco con su barbudo
rostro torcido tras sus enmarañados pelos, que la muchacha se echó a reír.
—¿Has
robado una niña de la ciudad de Príamo?
—En modo
alguno —contestó Pentesilea—. Es la hija de mi hermana, que vivirá con nosotras
durante algún tiempo.
—Es una
muchacha muy bonita —comentó el centauro—. Pronto todos mis hombres estarán
peleándose por ella.
Casandra
se ruborizó y se ocultó de nuevo tras Elaria. En el palacio de Príamo, hasta su
madre reconocía abiertamente que Polixena era la guapa mientras ella era la
lista. Casandra se había dicho a sí misma que no le importaba, pero le
resultaba agradable pensar que a alguien le parecía bonita.
—Bueno
—declaró Pentesilea—. Veamos esa miel y la mujer de la que quieres
desembarazarte.
—¿Te
quedarás? Estamos asando un cabrito para la cena —dijo el centauro, y
Pentesilea miró a sus mujeres.
—Esperábamos
dormir esta noche en nuestras tiendas —objetó—, pero ese cabrito huele bien;
sería una pena no participar en el banquete.
—¿Por qué
no nos quedamos aquí una o dos horas? Aunque no estemos de regreso esta noche,
lo estaremos I mañana —dijo Elaria.
Pentesilea
se encogió de hombros. —Mis mujeres han respondido por mí; aceptaremos tu
hospitalidad con placer... o quizá simplemente con gula.
El
centauro hizo una seña y cabalgó hasta la hoguera que ardía en el centro del
campamento, y Pentesilea indicó a sus mujeres que lo siguieran. Arrodillada
junto al fuego, una mujer joven hacía girar el espetón donde se asaba el
cabrito. La grasa que goteaba sobre las llamas olía muy bien y de la crujiente
piel se escapaba un siseo. Las amazonas bajaron de sus caballos. Después de un
momento, los hombres las imitaron.
Pentesilea
se dirigió al lugar en que estaba la mujer que removía el espetón. Casandra
advirtió con horror que sus tobillos habían sido perforados y que una cuerda
pasada por las heridas impedía que la mujer pudiese dar pasos largos. La reina
de las amazonas la miró con amabilidad y le preguntó:
—¿Eres la
cautiva?
—Sí, me
raptaron de casa de mi padre el verano pasado.
—¿Quieres
volver?
—Cuando
atravesó mis tobillos juró que me amaría y que cuidaría de mí para siempre. ¿Me
abandonará ahora? ¿Podría aceptarme mi padre inválida y preñada de un centauro?
—Él me ha
dicho que no eres feliz aquí —declaró Pentesilea—. Si deseas venir con
nosotras, podrás vivir en nuestra aldea hasta que nazca el niño y luego
regresar a casa de tu padre o ir al lugar que prefieras.
Los sollozos contrajeron el
rostro de la mujer. —¿Así? —preguntó, señalando a sus mutilados tobillos.
Pentesilea se volvió hacia el jefe de los centauros. —De no estar herida, la
aceptaría de buen grado. Pero no puedo devolverla de este modo a su padre. ¿No
le bastó a ese hombre raptarla y privarla de su virginidad?
El
centauro extendió las manos en gesto de impotencia. —Juró que la querría
siempre, para guardarla y amarla, y que temía que ella se escapara.
—Después
de tanto tiempo deberías saber cuánto dura esa clase de amor —le increpó la
reina de las amazonas—. Rara vez sobrevive a la virginidad. En ocasiones, un
amor eterno llega a durar medio año pero nunca resiste un embarazo. ¿Qué
podemos hacer ahora con ella? Sabes tan bien como yo que de ese modo no podrá
regresar a casa de su padre. Esta vez te has metido en algo de lo que no
conseguiremos sacarte.
—Mi hombre
estaría dispuesto a pagar por librarse de ella —afirmó el centauro.
—Y lo
hará. ¿Cuánto pretende dar? —Una yegua preñada como indemnización a su padre, o
como dote, si quiere casarse.
—Quizás
gracias a eso consigamos deshacernos de ella "cuando pueda andar de nuevo
—dijo Pentesilea—, pero te aseguro que ésta es la última vez que soluciono tus
problemas amorosos. Mantén a tus hombres lejos de las aldeanas, y tal vez así
mejoremos nuestra fama. Tendrá que ser una buena yegua o no valdrá la pena
intentarlo. Husmeó con atención.
—Pero
sería una lástima que el cabrito se quemase o se pasara mientras yo te riño.
Vamos a comer un poco. ¿Eh? Uno de los centauros tomó un gran cuchillo y
comenzó a cortar la carne y la piel crujiente del cabrito. Las mujeres se
reunieron y se sentaron en la hierba mientras se repartían los trozos
acompañados de vino de una bota y de panales de miel. Casandra comió
vorazmente; estaba exhausta de cabalgar. Al cabo de un rato se sintió mareada y
se tendió, cerrando los ojos cargados de sueño. En su casa sólo le permitían
beber vino muy aguado y ahora experimentaba un cierto malestar. Sin embargo, le
parecía que jamás le había sabido tan buena una comida en el interior de las
murallas.
Uno de los
jóvenes que había cabalgado junto al jefe de los centauros acudió para volver a
llenar la copa que aún tenía en su mano. Casandra negó con la cabeza.
—No más,
gracias —dijo.
—El Dios
del Vino se irritará contigo si rechazas sus dones —afirmó el muchacho—. Bebe,
Ojos Brillantes.
Así era
como la llamaba su padre las pocas veces en que se mostraba amable con ella.
Bebió unos tragos más.
—¡Estoy ya
demasiado mareada para subir en el caballo!
I
—Descansa
entonces —le aconsejó el muchacho.
Y tiró de
ella para que se apoyase en su hombro, al tiempo que le pasaba sus brazos
alrededor del cuerpo.
Los ojos
de Pentesilea captaron la escena.
—¡Déjala!
No es para ti. Se trata de la hija de Príamo. Es una princesa de Troya —le dijo
al muchacho.
El jefe de
los centauros se echó a reír.
—Pues su
categoría no es muy inferior a la de ella. Es hijo de un rey.
—Conozco a
tus adoptados de sangre real —contestó Pentesilea—. Recuerdo muy bien cuando
Teseo nos arrebató a la reina Antíope y la hizo vivir entre murallas hasta que
murió. Esta doncella ha sido confiada a mi cuidado y el que la toque tendrá que
vérselas conmigo.
El joven
se echó a reír y se separó de Casandra.
—Tal vez
cuando crezcas, Ojos Brillantes, tu padre me tenga en más consideración que tu
pariente; a su tribu no le gustan los hombres, ni el matrimonio.
—Ni a mí
tampoco —replicó Casandra, apartándose.
—Es
posible, Ojos Brillantes, que cambies de opinión cuando seas mayor —dijo el
muchacho.
Se inclinó
hacia adelante y la besó en los labios. Casandra se echó hacia atrás y se
limpió con fuerza la boca mientras los centauros reían. Observó que la mujer
inválida la miraba, ceñuda.
La reina
de las amazonas ordenó a sus mujeres que volviesen a los caballos, y con la
ayuda de una de ellas cargó sobre el lomo de una montura la prometida miel.
Luego cortó la cuerda que trababa los tobillos de la inválida y la ayudó a
subir a otro caballo mientras le hablaba en tono amable. La mujer ya no
lloraba; iba de buen grado en su compañía. El jefe de los centauros abrazó a
Pentesilea cuando montó.
—¿No podemos convencerte para que
paséis la noche en nuestras tiendas?
—Otra vez
quizás —prometió Pentesilea y le devolvió su abrazo—. Por el momento, adiós.
Casandra
se sentía confusa. ¿Eran aquellos hombres y muchachos los terribles centauros
de las leyendas? Parecían bastante amistosos. Pero se preguntó qué clase de
relaciones mantenían con las amazonas. No las trataban del mismo modo que
empleaban los soldados de su padre con las domésticas del palacio. El apuesto
muchacho que la había besado se acercó y alzó los ojos hacia ella, sonriendo.
—¿Te veré
en la competición de caballos? —le preguntó.
Casandra
volvió la cabeza, ruborizándose. No sabía qué decirle. Aquél era el primer
chico con quien, a excepción de sus hermanos, había hablado en toda su vida.
Pentesilea
hizo un signo a las mujeres para que la siguieran. Casandra advirtió que
cabalgaban hacia el interior, hacia donde se alzaba el monte Ida. Recordó la
visión que tuvo del muchacho que se parecía a ella y que guardaba rebaños en
las laderas de aquel monte.
Puede que
guarde rebaños, pero yo voy a aprender a cabalgar, pensó. Aún mareada por el
vino al que no estaba acostumbrada, se apoyó en Elaria y se durmió, mecida por
el movimiento del caballo.
El mundo
era más grande de lo que había creído hasta entonces. Aunque habían cabalgado
desde las primeras luces del día hasta que la oscuridad fue tan densa que
impedía la visión, a Casandra le parecía que no habían hecho más que avanzar
por la planicie. A sus espaldas aún se divisaban las colinas de Troya, no mucho
más lejanas que antes. A veces tenía la impresión, en aquel aire límpido, de
que podía tender la mano y tocar la deslumbrante cima de la ciudad.
Pocas semanas
después Casandra estaba
completamente adaptada como si siempre hubiera vivido con las amazonas de la
tribu. Desde que amanecía hasta que anochecía apenas ponía los pies en el
suelo, e incluso antes de desayunar se hallaba ya a lomos de la alazana que le
habían asignado y a la que llamó Viento del Sur. Con las otras muchachas de su
edad montaba la guardia en previsión de la llegada de invasores, y por las
noches se cuidaba de mantener reunidos a los caballos mientras contemplaba las
estrellas.
Quería a
Elaria, que cuidaba de ella como de sus propias hijas, una de once y otra de
diecisiete años. Adoraba a Pentesilea, aunque la reina de las amazonas rara vez
le dirigía la palabra, excepto para interesarse diariamente por su salud y
bienestar. Crecía fuerte, bronceada y sana. En el ardiente sol que inundaba la
planicie veía el rostro de Apolo, el Señor del Sol, y le parecía vivir bajo su
mirada.
Llevaba ya
más de una luna en compañía de las amazonas, cuando un día en que la tribu
había bajado de los caballos para tomar el frugal almuerzo de fuerte queso de
leche de yegua en un lugar desde donde se veía el ahora lejano monte Ida, se
descubrió contando a Pentesilea todo lo referente a su extraña visión.
—Su rostro
era tan parecido al mío como si me estuviera viendo a mí misma en el agua —le
dijo—. Pero cuando le hablé a mi padre de lo que vi, me golpeó y se enfureció
también con mi madre.
Pentesilea
se concedió una larga pausa antes de responder, y Casandra se preguntó si iba a
repetirse la actitud silenciosa de sus padres. Luego, la mujer dijo lentamente:
—Puedo
advertir que tu madre, y en especial tu padre, no quieren hablar de esto, pero
no veo razón alguna para que no te digan lo que media Troya sabe. Se trata de
tu hermano gemelo, Casandra. Cuando naciste, la Madre Tierra, que es también la
Madre Serpiente, envió a mi hermana Hécuba un mal augurio: gemelos. Deberían
haberos matado a ambos —terminó con rudeza.
Pero
cuando Casandra se echó hacia atrás, con labios temblorosos, se inclinó hacia
ella y acarició su cabello.
—Me alegro
de que no te mataran —añadió—. Sin duda algún dios puso su mano sobre ti. Tu
padre quizá creyó que podía escapar de su destino abandonando al niño; pero
como adorador del principio de la paternidad, que es en verdad un
culto a la fuerza viril y a la capacidad de engendrar hijos, no se atrevió a
renunciar por completo a un hijo, y el niño fue criado en algún lugar lejos del
palacio. Tu padre no quiere saber nada de él a causa del mal presagio de su
nacimiento; así que se enfureció cuando lo mencionaste. Casandra experimentó un
tremendo alivio. Le pareció que toda su vida había caminado sola cuando debería
haber tenido a alguien a su lado, muy semejante a ella pero en cierto modo
diferente.
—¿No es
perverso desear verlo en el agua del cuenco? —Tú no precisas del agua del
cuenco —repuso Pentesilea—. Si la diosa te ha proporcionado la visión, sólo
necesitas mirar dentro de tu corazón. No me sorprende que estés tan dotada por
la divinidad; tu madre poseyó ese don de muchacha y lo perdió al casarse con un
habitante de la ciudad.
—Yo creía
que la visión... era un don del Señor de Sol —dijo Casandra—. En su templo tuve
la primera.
—Quizás
—admitió Pentesilea—. Pero recuerda, niña, que antes de que Apolo llegara a
regir estas tierras, se hallaba aquí nuestra Madre Caballo..., la Gran Yegua,
la Tierra Madre de quien todos procedemos.
Se volvió
y, con ademán reverente, colocó sus dos manos sobre la oscura tierra. Casandra
imitó su gesto, aunque sólo lo comprendiese a medias. Le pareció que podía
sentir una oscura fuerza que se alzaba del suelo y que fluía a través de su
cuerpo; era la misma clase de hálito beneficioso que experimentó cuando tuvo en
sus manos las serpientes de Apolo. Se preguntó si era desleal con el dios que
la había llamado.
—En el
templo me dijeron que Apolo mató a Pitón, la gran diosa infernal. ¿Es ésa la
Madre Serpiente de la que hablas?
—Ella es
la Gran Diosa a la que nadie puede matar porque es inmortal; quizás opte por
retraerse en sí misma durante un tiempo, pero existe y existirá siempre —afirmó
la reina de las amazonas y Casandra, sintiendo el vigor de la tierra bajo sus
manos, tomó sus palabras como una verdad absoluta.
—¿Entonces
la Madre Serpiente es la madre del Señor del Sol? —inquirió.
Pentesilea
hizo una pausa reverente y le explicó:
—Es la
madre tanto de los dioses como de los hombres, la madre de todas las cosas, así
que Apolo es su hijo como hijas suyas somos tú y yo.
Entonces...
si Apolo quiso matarla. ¿Trataba de matar a su propia madre? Casandra retuvo el
aliento al medir toda la maldad del pensamiento. ¿Pero podía ser malvado un
dios? Y si ciertos hechos resultaban malvados en los hombres, ¿lo eran también
en un dios? ¿Cómo era posible matar a una diosa si como tal poseía la
inmortalidad? Aquellas cosas eran misterios y todo su ser se animó de repente
con la firme resolución de comprenderlos algún día. Apolo la había llamado y le
había confiado sus serpientes; un día la conduciría también hasta el
conocimiento de los misterios de la Madre Serpiente.
Las
mujeres terminaron su almuerzo y se tendieron sobre el césped para descansar.
Casandra no tenía sueño; no estaba acostumbrada a dormir la siesta. Contempló
las nubes que cruzaban el cielo y luego las laderas del monte Ida que se erguía
muy alto sobre la llanura.
Su hermano
gemelo. Le enfureció pensar que todo el mundo lo sabía cuando a ella, a quien
importaba más el hecho, se le había ocultado.
Intentó
evocar deliberada y conscientemente el estado en que se hallaba cuando vio a su
hermano en el agua del cuenco. Arrodillada e inmóvil sobre la hierba, con los
ojos puestos en el cielo, la mente en blanco, buscó la cara que había visto una
vez y sólo a través de una visión. Por un instante, sus pensamientos de
búsqueda se pasaron sobre su propio rostro, y lo vio como si se reflejara en el
agua, y el dorado resplandor que en su mente aún asociaba con el rostro y el
aliento de Apolo, Señor del Sol.
Luego las
facciones ondearon y el rostro fue el de un muchacho. Era su propia cara y sin
embargo, de algún modo sutil, no lo era, puesto que estaba marcada por un
resentimiento completamente extraño a ella. Supo entonces que había encontrado
a su hermano. Se preguntó cómo se llamaría, y si podría verla.
De algún
lugar del misterioso lazo que los unía llegó la respuesta: él podría si lo
deseaba; pero no tenía razón para buscarla, ni particular interés. ¿Por qué
no?, se preguntó Casandra, sin saber aún que había topado con el mayor defecto
del carácter de su hermano gemelo: una total falta de
interés
por todo lo que no se relacionara consigo mismo o contribuyese de alguna manera
a su comodidad y satisfacción.
Por un
instante, esto la contundió lo suficiente para que perdiera el hilo de la
visión; luego se recogió en sí misma para recobrarlo. Sus sentidos estaban
llenos del aroma embriagador del tomillo de las laderas de la montaña, donde la
intensa luz y el calor de la presencia del Señor del Sol integraban los aceites
fragantes de las hierbas y concentraban su aroma en el aire. Mirando a través
de los ojos del muchacho, vio el tosco cepillo en sus manos cuando cepillaba
los costados de un gran toro e imprimía suaves ondulaciones a los pelos blancos
y relucientes de sus flancos. La bestia era más grande que él. Como Casandra,
el muchacho era esbelto y de constitución enjuta, delgado más que musculoso.
Sus brazos se hallaban quemados por el sol como los de cualquier pastor, sus
dedos estaban encallecidos por el trabajo duro y continuo. Permaneció allí con
él, moviendo su brazo con el suyo, dibujando ondas sobre la piel del toro. Y
cuando su pelaje quedó bien alisado y brillante, dejó a un lado el cepillo.
Introdujo entonces un pincel en un recipiente de pintura que tenía cerca, y
doró sus cuernos. Los grandes ojos oscuros del toro se clavaron cariñosos y
confiados en los de Casandra, aunque con un rastro de extrañeza. Casandra se
preguntó si de algún modo el instinto del animal le decía lo que su hermano
ignoraba: que no era sólo su dueño quien se hallaba con él.
Cuando
concluyó de peinar al animal y de dorar sus cuernos, Paris (no se preguntó cómo
sabía ahora su nombre pero lo conocía como si le fuera propio) dispuso una
guirnalda de verdes hojas y de cintas en torno del ancho cuello del animal y
retrocedió para contemplar su obra con orgullo. Sin duda, el toro era hermoso,
el más bello que ella hubiese visto nunca. Casandra compartía los pensamientos
de su hermano, sabía que él podía considerar con justicia a aquel magnífico
animal, a cuyas apariencia y condición había dedicado sus esfuerzos durante
todo el año anterior, como el mejor toro de la feria. Ató con cuidado una soga
en torno a su cuello y recogió su cayado y una bolsa de cuero en la que
guardaba un buen pedazo de pan, unas cuantas lonchas de carne seca y un puñado
de aceitunas maduras. Tras atar la bolsa a su cintura, deslizó los pies dentro
de las
sandalias.
Dio un cariñoso golpecito en el flanco del engalanado toro y comenzó a bajar
por la ladera del monte Ida. Con gran sorpresa por su parte, Casandra se halló
de vuelta a su propio cuerpo, arrodillado en la planicie entre las amazonas que
dormían. El sol había descendido un poco de su cénit y supo que la tribu pronto
despertaría y se dispondría a cabalgar.
Había oído
que en las islas de los reinos del mar, muy lejos al Sur, al toro se le
consideraba sagrado. Había visto en los templos estatuillas de toros sagrados,
y alguien le contó la historia de Pasifae, la reina de Creta, de quien Zeus se
enamoró. Llegó hasta ella bajo la forma de un gran toro blanco y, según se
dice, después Pasifae parió un monstruo con cabeza de toro y cuerpo de hombre.
Le llamaron Minotauro y fue el terror de todos los reyes del mar hasta que lo
mató el heroico Teseo.
Cuando
Casandra era una niña pequeña creía en aquel relato; ahora se preguntó qué
habría de verdad, si es que había algo, tras esa historia. Luego de haber
conocido la realidad que se ocultaba tras la leyenda de los centauros, le
parecía que debía existir una cierta verdad, por oscura que fuese, en el seno
de todos aquellos relatos.
Existían
hombres deformes que eran bestiales tanto en apariencia como en su actuación;
se preguntó si el Minotauro habría sido un individuo semejante, con la marca
del disfraz de animal de su padre en el cuerpo o en la mente.
Estaba
ansiosa por saber lo que había sido de Paris y de su magnífico toro blanco. A
las muchachas, sobre todo a las de palacio, jamás se les permitía acudir a las
ferias de ganado que se celebraban por toda la comarca, pero había oído hablar
de tales ferias y sentía una gran curiosidad.
Pero las
mujeres empezaron a agitarse, y en pocos minutos sus movimientos y sus voces
acabaron con la quietud necesaria para permanecer en el estado que le hubiera
permitido seguirle. Se puso en pie, un poco pesarosa, y corrió a recoger su
yegua.
Una o dos
veces, en los dos días que siguieron, captó imágenes fugaces de su hermano que
conducía al toro engalanado. Vadeó un río (en donde echó a perder sus
sandalias) y después se topó con otros caminantes que como él llevaban reses
adornadas. Pero ninguno de los animales era tan espléndido ni bello como el
suyo.
La luna se
tornó llena e iluminó por completo el cielo desde el ocaso al alba. Durante el
día, el sol cegaba y hacía brillar en el aire un polvillo blanco. Soñolienta en
su montura mientras las yeguas se movían constantemente, pastando en su
cercado, Casandra contempló cómo los remolinos de polvo se alzaban y giraban a
través de la hierba antes de disolverse. Y pensó en el inquieto dios Hermes,
señor de los vientos, del engaño y de los artificios.
Como en
sueños, vio agitarse y temblar a uno de aquellos pequeños torbellinos plateados
hasta alzarse y tomar la forma de un hombre. Y de este modo siguió al inquieto
y mudable viento de poniente a través de la planicie hasta llegar al pie mismo
del monte Ida. Bajo la luz cegadora del sol, un haz de sus rayos se agitó y
alteró su resplandor hasta tomar la figura de un hombre pero más alto y más
resplandeciente que cualquier hombre, con el rostro de Apolo; y ante los dos
dioses caminaba un toro.
Casandra
había oído hablar de los toros de Apolo, grandes reses relucientes más bellas
que las terrenales. Seguramente ésta era una de ellas; de ancho lomo y cuernos
relucientes, que no precisaban de dorados ni de cintas para destellar con la
luz. Una de las baladas más antiguas que cantaban los juglares de la corte de
su padre se refería al modo en que Hermes, de niño, robó la sagrada manada de
Apolo y luego aplacó su furia construyéndole una lira con la concha de una
tortuga. Ahora el brillo de los ojos del toro sagrado y el lustre de su pelaje
empañaban el recuerdo del toro que Paris había adornado con tanto afán. No era
justo. ¿Cómo podía un toro mortal aventurarse a ser comparado con las reses
sagradas de un dios?
Se inclinó
hacia adelante, con los ojos cerrados. Había aprendido a dormir sobre el
caballo, relajando su cuerpo con los movimientos del animal. Adormilada, su
mente se lanzó en pos de su hermano. Tal vez fue la visión del toro de Apolo la
que la condujo hasta el que Paris llevó a la feria.
A través
de los ojos de su hermano, Casandra contempló el gran número de reses
congregadas, y con la mente de él examinó sus defectos y sus virtudes. Aquella
vaca tenía flancos demasiado estrechos; esa otra presentaba en su ubre un feo
moteado pardo y rosado; este toro tenía los cuernos inclinados y no aptos para
guardar la manada; en
aquel otro
se destacaba una joroba sobre su cuello. Ni de cerca ni de lejos, pensó Paris
con orgullo, se veía una sola res que pudiera compararse con la suya, con el
animal que había adornado con tanto esmero y llevado hasta allí. Podía estar
seguro de que los honores del día serían para el toro de su padre adoptivo.
Éste era el segundo año en que había sido elegido para juzgar el ganado y se
sentía ufano de su destreza y orgulloso de la confianza que los pastores,
vecinos y compañeros suyos, ponían en él.
Se movió
entre las reses, empujando suavemente a alguna hacia adelante para poder
examinarla mejor o apartando la vista del animal que no mereciera mayor
atención. Había elegido ya la mejor novilla y el mejor ternero y luego, entre
murmullos de aclamación, la mejor vaca. Esta era espléndida sin duda, de pálida
piel y manchas de un gris tan suave que parecían azules; tenía ojos plácidos y
maternales y una ubre tersa y rosada por igual, como el seno de una doncella.
Sus cuernos eran pequeños y abiertos y su aliento tenía fragancias de romero.
Ya llegaba
el momento de juzgar a los toros. Paris se encaminó con satisfacción hacia
Niveo, el de su padre adoptivo, el animal que había cuidado y engalanado con
tanto esmero. Tras examinar el ganado durante todo el día, sabía honestamente
que no había toro que pudiera comparársele y se sentía autorizado a otorgar el
galardón a la res de su padre adoptivo. Ya abría la boca para empezar a hablar
cuando reparó en los dos desconocidos y en su toro.
Cuando el
más joven (Paris supuso que era el más joven) se dirigió a él, supo que se
hallaba en presencia de alguien que, de algún modo, superaba a los mortales.
Paris nunca había tenido encuentro semejante, pero el brillo de los ojos del
hombre bajo el sombrero y algo en su voz, que parecía llegar de lejos y estando
tan cerca, le dijeron que no era un ser corriente. En cambio, Casandra hubiera
reconocido en cualquier parte el halo celestial en torno de los dorados rizos
de su dios; y quizá sin que Paris tuviera conciencia de ella, parte de la mente
de su desconocida hermana penetró en él.
—Extranjeros,
acercad ese toro para que pueda verlo. Jamás contemplé animal tan perfecto
—dijo, en voz alta.
Paris
pensó que quizás el toro tenía algún defecto que no se destacaba, y lo examinó
por todos lados. No, las patas eran como columnas de mármol, y hasta agitaba la cola con un aire de
nobleza. Los cuernos eran lisos y gruesos, la mirada altiva y, sin embargo
amable. El animal soportó incluso que Paris abriera suavemente su boca y
apreciara la perfección de sus dientes.
¿Qué
derecho tiene un dios a traer a su toro perfecto para que sea juzgado entre
hombres mortales?, se preguntó Paris. Bien, era el destino y sería arrogancia
inútil alzarse contra él.
Hizo una
seña al hombre que sujetaba la soga atada en torno del cuello del toro y le
dijo, lanzando una mirada de pesar hacia Niveo:
—Lamento
decirlo pero en mi vida he visto un toro tan perfecto. Extranjeros, el premio
es vuestro.
La
brillante sonrisa del inmortal se disolvió en el sol y, cuando Casandra
despertó, oyó una voz que sólo era un eco en su mente: Este hombre es un juez
honesto, quizás el indicado para zanjar el reto de Eris. Después, se vio sola
en su silla. Paris había desaparecido, situándose fuera del alcance de
cualquier llamada de ella. No volvería a verlo hasta que pasara mucho tiempo.
Tan pronto
como regresaron a la región de las amazonas, cambió el tiempo. Un día hubo un
sol cegador desde el principio de la mañana hasta el crepúsculo; luego, de
repente, se sucedieron largas jornadas lluviosas y noches en que la humedad se
introducía por todas partes. Montar ya no era un placer sino una tarea molesta.
Para Casandra cada día significaba una lucha constante contra el frío y la humedad.
Las
amazonas mantenían encendidos los fuegos en sus campamentos; muchas vivían en
cuevas, otras en tiendas recubiertas por pesados cueros y alzadas en espesos
bosquecillos. Las niñas pequeñas y las mujeres embarazadas permanecían
refugiadas allí todo el tiempo, acurrucadas muy cerca de las humeantes
hogueras.
A veces,
aquella tibieza la tentaba; pero, en la tribu, las muchachas de la edad de
Casandra se contaban ya entre las guerreras, así que se cubría con un grueso
ropaje de lana aceitada y soportaba la humedad lo mejor que podía. Creció en el
transcurso de la lenta estación húmeda. Un día, al desmontar para disfrutar en
el campamento de una de las escasas comidas calientes, descubrió que su cuerpo
comenzaba a redondearse y que unos senos pequeños surgían bajo sus toscas y
amplias vestiduras.
De vez en
cuando, mientras cabalgaban, su mente captaba imágenes del muchacho que tenía
su mismo rostro. Era rnás alto ahora; la túnica de lana que vestía apenas
cubría sus muslos, y Casandra tiritó por afinidad mientras él trataba de
protegerse con un manto demasiado corto. Vivía en las laderas del monte,
rodeado de sus bestias, y en una ocasión le vio en una fiesta: era uno de los
muchachos engalanados que interpretaban una danza. En otra, estando ella en su
interior, él se sentó ante un gran fuego tras haber recibido un nuevo y cálido
manto y de que le hubieran cortado sus largos cabellos para ofrendarlos en el
altar del Señor del Sol. ¿Se hallaba también bajo la protección de Apolo?
Otra vez,
por primavera, silencioso entre un grupo de muchachos, contemplaba a varias
niñas, algunas más altas que él, interpretando la danza ritual de la Doncella.
Pocas
veces pensaba en la vida bajo techo, exceptuando el vago, constante e irritante
recuerdo de la época en que vivía confinada en el palacio sin que nunca le
permitieran salir. Extrañas sensaciones molestaban su cuerpo, como la aspereza
de la lana de la túnica sobre su pecho, tuvo que pedir a una de las mujeres una
prenda interior de algodón, más suave. Solucionó el problema en parte, pero no
del todo. Continuaba sintiendo molestias durante la mayor parte del tiempo.
Los días
menguaban y en el cielo lucía una pálida luna invernal. Los animales vagaban en
círculos, sin destino fijo, a la búsqueda de pastos. Después, las yeguas
perdieron la leche y los hambrientos equinos iban inquietos de un pastizal ya
exhausto a otro que no lo estaba menos.
La
desaparición de la leche de las yeguas, principal alimento de las amazonas,
significó una disminución de los recursos comestibles, ya escasos, y que los
que quedaban tuviesen que ser reservados, según la costumbre, para las mujeres
embarazadas y para las niñas más pequeñas. Día tras día, Casandra vivió
aguijoneada por el hambre. Guardaba un poco de su comida hasta el momento de ir
a dormir para no despertar soñando con las cocinas del palacio de Príamo y el
tibio aroma del pan cocido. En los pastizales, mientras cuidaba de los
caballos, buscaba sin cesar frutos secos o correosas bayas aún pendientes de
los desnudos arbustos: como las demás muchachas, se comía todo lo que
encontraba, aceptando el hecho de que casi la mitad de aquello le haría
sentirse enferma.
—No
podemos quedarnos aquí —decían las mujeres—. ¿A qué aguarda la reina?
—Una
indicación de la diosa —respondían otras.
Las más
ancianas de la tribu acudieron a Pentesilea, para rogarle iniciar la marcha
hacia los pastizales de invierno.
—Sí —les
contestó la reina—, tendríamos que habernos ido hace una luna. Pero hay guerra
en la comarca. Si nos desplazamos con nuestras hijas y las ancianas, seremos
capturadas y esclavizadas. ¿Es eso lo que queréis?
—No, no
—protestaron las mujeres—. Bajo tu mandato viviremos libres y, si es preciso,
moriremos libres.
Sin
embargo, Pentesilea prometió que cuando volviera a haber luna llena solicitaría
el consejo de la diosa para conocer su voluntad.
Al verse
reflejada en un charco después de una fuerte lluvia, Casandra apenas se
reconoció. Su estatura había aumentado y su cuerpo adquirido esbeltez, su
rostro y sus manos estaban oscurecidos por el sol implacable, sus rasgos se
habían afirmado y eran ya más los de una mujer que los de una muchacha... o
quizá los de un muchacho. También vio pecas en su cara, y se preguntó si sus
familiares la reconocerían si se presentaba ante ellos sin anunciarse o si, por
el contrario, dirían: «¿Quién es esta mujer de las tribus salvajes? Echadla
fuera». ¿O tal vez la confundirían con su gemelo exilado?
Pese a la
dureza de su vida, no sentía deseo de regresar a Troya; en ocasiones echaba de
menos a su madre, pero nunca la vida en la ciudad amurallada.
Una noche,
al regresar las muchachas al campamento para cambiar sus ropas por otras secas
y compartir la comida que hubiera (por lo común agrias raíces cocidas o algunas
duras habas silvestres), se les ordenó que no volvieran a sacar los caballos,
que permanecieran reunidas con las ancianas. De todos los ruegos del campamento
sólo quedaba una hoguera. Reinaban la oscuridad y el frío.
Apenas
había un bocado que llevarse a la boca, y Elaria informó a su ahijada de las
órdenes dadas por la reina de que todas ayunasen hasta que la diosa fuera
invocada.
—Eso no es
nada nuevo —manifestó Casandra—. Creo que en este último mes hemos ayunado lo
suficiente para complacer a cualquier diosa. ¿Qué más puede exigirnos?
—Silencio
—le ordenó Elaria—. Nunca dejó de velar por nosotras. Aún todas seguimos con
vida. Durante muchos años las correrías de los bandidos fueron frecuentes en
esta comarca. Cuando lográbamos salir de nuestros pastos habían muerto ya la
mitad de las niñas pequeñas. Este año la diosa no se ha llevado ni un bebé, ni
siquiera una yegua. —Tanto mejor para ella —comentó Casandra—. No imagino qué
utilidad puedan tener para la diosa unas mujeres muertas a no ser que pretenda
que la sirvamos en el Más Allá.
Acuciada
por el hambre, Casandra se desembarazó de las húmedas prendas de cuero con que
había cabalgado y vistió una tosca túnica de lana. Pasó por sus cabellos un
peine de madera y luego los trenzó, formando un moño en su nuca. Se sentía
cansada y famélica, pero la ropa seca y el calor del fuego, la confortaron
placenteramente. Durante un rato se quedó inmóvil, limitándose a percibir como
el calor se extendía por su cuerpo, hasta que una de las mujeres la apartó de
allí. En la atmósfera cerrada de la tienda, el humo se extendía cada vez más.
Tosió y tosió, y habría vomitado de no tener el estómago tan vacío.
Junto a
ella percibía la presión de otros cuerpos, la agitación silenciosa de las
mujeres, las muchachas y las niñas; toda la tribu parecía haberse congregado en
la oscuridad, a sus espaldas. Las mujeres se acurrucaban en torno del fuego. De
algún lugar le llegó el suave golpear de unas manos sobre pieles tensadas en
torno de un aro y el resonar de unas semillas secas en calabazas huecas, como
un rumor de hojas, como el golpeteo de la lluvia sobre las tiendas. El fuego
humeaba oscureciendo la penumbra y Casandra sólo sentía las tibias corrientes
de un calor en disminución.
Del oscuro
silencio próximo al fuego se alzaron tres de las mujeres más ancianas de la
tribu y arrojaron a la hoguera el contenido de un pequeño cesto. De repente,
unas hojas secas ardieron, retorciéndose entre espesas y blancas nubes de un
humo aromático. Llenó la tienda un perfume dulzón y extraño. Al respirarlo,
Casandra sintió que su cabeza flotaba y que intensos colores se movían ante sus
ojos, haciéndole olvidar la continua desazón que le producía el hambre.
Pentesilea
dijo en la oscuridad:
—Hermanas
mías, sé que estáis hambrientas. Pero, ¿acaso no comparto yo vuestra suerte?
Quien no se sienta dispuesta a seguir con nosotras, es libre de ir a las aldeas
de los hombres donde podrá compartir sus alimentos si yace con ellos. Pero que
no traiga a nuestra tribu las hijas que nazcan de esa unión, que las deje
esclavas como ella misma eligió ser. Si hay alguna que quiera marcharse, que se
vaya, porque no es digna de continuar aquí mientras rogamos a nuestra Doncella
Cazadora, que ama la libertad de las mujeres.
Silencio.
Ninguna se movió en la tienda rebosante de humo.
—Entonces,
hermanas, en nuestra necesidad, roguemos a la diosa que nos socorra.
De nuevo
silencio, sólo quebrado por el tamborileo de los dedos. Después, del silencio
emergió un aullido largo y aterrador.
¡Ouu... ooooo... ooooo.... oooooou!
Por un
instante, Casandra creyó que algún animal acechaba ante la tienda. Luego
distinguió las bocas abiertas de las mujeres, las cabezas inclinadas hacia
atrás. El aullido se repitió una y otra vez. Las caras ya no tenían una
apariencia del todo humana. Los aullidos proseguían, alzándose y extinguiéndose
mientras ellas se mecían y chillaban. Pronto se le unió un seco:
-Yip... yip... yip... yip...
yip... yip... yip.
El ruido
llenó la tienda. Golpeaba y agitaba sus sentidos; tuvo que utilizar todas sus
fuerzas para que no la arrastrara. Había visto a su madre poseída por la diosa,
pero jamás presa de un frenesí tan enloquecedor como aquél.
En ese
momento, por vez primera en muchas lunas, el
rostro de
Hécuba se presentó de repente ante los ojos de Casandra y le pareció oír la
dulce voz de su madre:
—No es
costumbre...
¡Por qué
no?
No hay
razón para las costumbres. Existen, simplemente...
No lo
creyó entonces ni lo creía ahora. Tenía que existir
alguna
razón para que este extraño aullido fuese el camino
indicado
para invocar a la Doncella Cazadora. ¿Hemos de
convertirnos
en las bestias salvajes que Ella caza?
Pentesilea
se alzó, tendiendo sus manos a las mujeres. De un instante a otro, Casandra vio
enturbiarse el rostro de la reina y el esplendor de la diosa brilló a través de
su piel. Su voz era irreconocible cuando gritó:
—¡No hacia
el Sur, por donde vagan las tribus de los hombres! ¡Cabalgad hacia el Este,
cruzad los dos ríos! Allí permaneceréis hasta que caigan las estrellas de la
primavera.
Tras esto
se desplomó hacia adelante. Dos mujeres de la tribu la sostuvieron mientras la
acometía un acceso de tos tan violento que acabó en débiles náuseas. Cuando se
levantó de nuevo, sin que nadie la ayudase, su rostro había vuelto a ser el de
siempre. Preguntó con voz ronca: —¿Nos ha respondido?
Una docena
de veces repitieron las palabras que había pronunciado mientras se hallaba
poseída.
—¡No hacia
el Sur, por donde vagan las tribus de los hombres! ¡Cabalgad hacia el Este,
cruzad los dos ríos! Allí permaneceréis hasta que caigan las estrellas de la
primavera.
—Partiremos
al amanecer, hermanas —anunció Pentesilea, con voz aún débil—. No hay tiempo
que perder. No conozco ningún río situado al Este; pero si damos la espalda al
Padre Escamandro y cabalgamos hacia el Viento del Este, con seguridad
llegaremos hasta allí.
—¿Qué
quiso decir la diosa cuando habló de «hasta que caigan las estrellas de la
primavera»? —preguntó una de las mujeres.
Pentesilea
encogió sus estrechos hombros.
—Lo
ignoro, hermanas; la diosa habló pero no explicó sus palabras. Si cumplimos su
voluntad, nos lo hará saber.
Cuatro de
las mujeres llevaron cestos repletos de raíces retorcidas e hicieron circular
botas de vino.
—Festejemos
en su nombre, hermanas, y cabalgaremos al amanecer rebosantes de los dones de
la diosa —dijo Pentesilea.
Casandra
se dio cuenta del esfuerzo que había supuesto guardar aquellos víveres para el
banquete invernal. Se precipitó hacia las retorcidas raíces como el animal
famélico que sentía ser y bebió su porción de vino.
Cuando los
cestos quedaron vacíos y se hubo escurrido la última gota de vino de las botas,
reunieron las escasas posesiones de la tribu: las tiendas desmontadas y
envueltas, unas cuantas ollas de bronce, un montón de viejos mantos que fueron
de antiguas reinas. Casandra aún percibía la cara de la diosa a través y sobre
la de Pentesilea y seguía oyendo la curiosa alteración en la voz de su tía. Se
preguntó si algún día la diosa le hablaría a través de su voz y de su espíritu.
La tribu
de las mujeres dispuso sus caballos en orden de marcha. En cabeza iban
Pentesilea y sus guerreras, y las mujeres muy ancianas y las embarazadas en el
centro de la columna con las niñas muy pequeñas, rodeadas por las jóvenes más
robustas.
Casandra
empuñaba una lanza y conocía la forma de emplearla; en consecuencia, ocupó un
puesto entre las guerreras jóvenes. Pentesilea la vio y frunció el entrecejo,
pero no dijo nada, así que ella interpretó su silencio como aceptación. No
sabía si desear enfrentarse a la lucha por vez primera o rezar para que el
viaje transcurriera sin incidentes.
Al
iniciarse el alba, cuando en el cielo oscuro sólo había una estrella solitaria,
Pentesilea dio la señal de marcha. Casandra se estremeció bajo la túnica de
lana que había vestido en la ceremonia. Confiaba en que no lloviera durante la
primera etapa; había dejado en la tienda sus calzones que fueron enfardados con
las bolsas de cuero y los cestos. Su compañera más íntima, una niña de unos
catorce años a quien su madre llamaba «Estrella» y que cabalgaba junto a ella,
no ocultaba sus ansias de pelear.
—Un año,
cuando yo era pequeña, hubo guerra contra una de las tribus de los centauros,
no con la de Quirón, que son amigos nuestros, sino una del interior. Nos
acometieron en el preciso instante en que abandonábamos nuestro campamento y
trataron de arrebatarnos el mejor de nuestros garañones —le contó Estrella—. Yo
apenas pude verles; aún cabalgaba con mi madre. Pero oí chillar a los hombres
cuando Pentesilea cargó contra ellos. —¿Vencimos?
—¡Pues
claro que vencimos! En caso contrarío, nos habrían llevado a su campamento y
quebrado las piernas para que no pudiésemos huir —dijo Estrella.
Casandra
recordó entonces a la inválida del campamento de los hombres.
—Pero
hicimos la paz con ellos y les prestamos el garañón por un año para mejorar sus
yeguadas. Y aquel año accedimos a visitar su aldea en vez de ir a la de Quirón.
Pentesilea afirmó que ya estábamos demasiado emparentadas con su gente y que
deberíamos dejar pasar unos cuantos años porque no es prudente yacer con los
familiares durante muchas generaciones. Aseguró que, cuando se procede así, los
bebés nacen débiles y a veces mueren.
Casandra
no lo entendió y se lo dijo. Estrella se echó a reír y le advirtió:
—De todas
formas, no te dejarán ir. Antes de dirigirte a las aldeas de los hombres has de
ser una mujer, no sólo una muchacha.
—Yo soy
una mujer —manifestó Casandra—. Hace ya diez lunas que soy apta para concebir.
—Aun así,
tienes que ser una guerrera que haya demostrado su valía. Yo soy mujer desde
hace un año o más y, sin embargo, aun no me permiten ir a las aldeas de los
hombres. Pero no tengo prisa; al fin y al cabo, podría quedarme preñada por
nueve lunas y luego parir un varón inútil que habría que entregar a la tribu de
su padre —dijo Estrella. —¿Ir a las aldeas de los hombres? ¿Para qué? —preguntó
Casandra y Estrella se lo aclaró.
—Me parece
que lo has inventado —comentó Casandra—. Mi madre y mi padre jamás harían una
cosa así.
Era capaz
de entender lo que sucedía entre una yegua y un garañón pero la idea de sus
regios padres consagrados a semejante actividad se le antojaba repugnante. No
obstante, de mala gana, recordó que siempre que su padre llamaba a su
dormitorio a una de las numerosas mujeres del palacio, más pronto o más tarde
(las más de las veces pronto) había un nuevo bebé en el palacio y, si era un
varón, Príamo acudiría al orfebre y tanto la mujer como su hijo
recibirían importantes regalos en forma de anillos, cadenas y copas de oro.
Así que,
después de todo, podía ser verdad lo que Estrella le había dicho. Había visto
nacer niños, pero su madre le había explicado que no era digno de una princesa
prestar atención a la cháchara de las mujeres del palacio. Ahora recordaba
ciertas burlas groseras que entonces no entendió y sintió arder sus mejillas.
Hécuba le había explicado que la Madre Tierra enviaba los niños a los vientres
de las mujeres y ella se había preguntado a veces por qué no le había enviado
uno, ya que tanto le gustaban.
—Por eso,
quienes viven en las ciudades guardan a sus mujeres encerradas en gineceos
—afirmó Estrella—. Se dice que las mujeres de las ciudades son tan lujuriosas
que no es posible dejarlas en libertad.
—No es
verdad —protestó Casandra, sin saber a ciencia cierta por qué le irritaban
tanto aquellas palabras.
—¡Pues
claro que lo son! ¿Cómo de otro modo iban a tenerlas encerradas los hombres
entre cuatro paredes? Nuestras mujeres no son así —dijo Estrella—. Pero las
mujeres de las ciudades son como cabras... Fornican con cualquier hombre que se
les acerque. —Sonrió malignamente y preguntó—: Tú eres de la ciudad ¿no es
cierto? ¿Acaso no te encerraron para mantenerte apartada de los hombres?
Casandra
oprimió con sus rodillas los flancos de su yegua y se lanzó contra Estrella,
aullando de rabia. Ésta le arañó, pero Casandra se aferró a sus bastas trenzas,
tratando de desmontarla. Sus cabalgaduras relinchaban y resoplaban mientras
ellas peleaban, golpeándose y arañándose entre chillidos. Un codo de Estrella
chocó con la nariz de Casandra, que empezó a sangrar al tiempo que sus uñas
rastrillaban la mejilla de Estrella.
Entonces
aparecieron Pentesilea y Elaria, y separaron a las contendientes. Pentesilea
arrancó a Casandra de su silla y la sostuvo bajo su brazo mientras ella se
debatía furiosa.
—¡Qué
vergüenza, Casandra! ¿Cómo vamos a seguir en paz con las otras tribus si
peleamos de ese modo entre nosotras? ¿Así tratas a tus hermanas? ¿Por qué
peleabais?
Casandra
inclinó la cabeza y no quiso responder. Estrella aún mostraba aquella odiosa
sonrisa.
—Le dije
que a las mujeres de las ciudades las tienen encerradas porque fornican como
cabras —declaró Estrella, burlona—. Y si eso no es cierto, ¿por qué me ha
atacado?
—¡Mi madre
no es así! ¡Dile que retire eso! —gritó Casandra, llena de furia.
Pentesilea
se inclinó aún más sobre ella y le murmuró al oído:
—¿Será tu
madre diferente por lo que alguien diga, verdadero o falso?
—No, claro
que no. Pero si ella afirma...
—Si ella
lo afirma, ¿temes que alguien lo oiga y lo crea? —preguntó Pentesilea alzando
una de sus finas cejas—. ¿Por qué otorgarle tal poder sobre ti?
Casandra
bajó la cabeza y no respondió. Entonces Pentesilea miró con desdén a Estrella.
—¿Es así
como tratas a alguien de tu clan y huésped de la tribu, hermanita?
Se acercó
y con sus dedos tocó la arañada y sangrante mejilla de Estrella.
—No te
castigaré porque ya has sido castigada. Bien se defendió ella. La próxima vez
mostrarás más cortesía con una huésped de nuestra tribu. La buena voluntad de
la esposa de Príamo es muy valiosa para nosotras.
Dando la
espalda a Estrella, se volvió hacia Casandra a la que todavía sostenía contra
su pecho. La muchacha pudo percibir la hilaridad en sus palabras.
—¿Eres lo
bastante mayor para cabalgar sola sin meterte en apuros, o debo llevarte
delante de mí como si fueses un bebé?
—Puedo
cabalgar sola —dijo Casandra, aún enfadada, aunque se sentía agradecida a
Pentesilea por haberla defendido.
—Entonces
te dejaré de nuevo sobre tu yegua —añadió la reina de las amazonas.
Y, con
satisfacción, Casandra volvió a sentir bajo ella el ancho lomo de Viento del
Sur. Estrella la miró, arrugó la nariz y Casandra supo que eran de nuevo
amigas. Pentesilea volvió a la cabeza de la columna y ordenó que se reanudase
la marcha.
Caía una
lluvia fina y helada que iba calándolas poco a poco. Casandra trató de proteger
su cabeza, cubriéndola con la túnica de lana, pero sus cabellos ya estaban
húmedos y lacios. Cabalgaron durante todo el día y prosiguieron la marcha
durante la noche. Se preguntó cuándo llegarían a los nuevos pastos. No tenía ni
idea del lugar hacia donde se dirigían; se limitaba a avanzar en la húmeda
oscuridad, tras la cola del caballo que la precedía.
Cabalgaba
en un oscuro sueño y experimentaba unas curiosas sensaciones que acometían su
cuerpo y que era incapaz de identificar. Entonces apareció ante sus ojos el
resplandor de un fuego y supo que no lo veía con sus propios ojos. En algún
lugar, Paris se hallaba sentado ante una hoguera y observaba a una joven
esbelta, de largos cabellos rubios que envolvían su cuello, situada al otro
lado del fuego. Vestía la larga y suelta túnica plegada de las mujeres del
continente y Casandra percibió el modo en que Paris era incapaz de apartar los
ojos de ella y el intenso apetito de su cuerpo, que la turbaron tanto que tuvo
que desviar sus ojos del fuego. Entonces se vio cabalgando de nuevo y sintió la
humedad de su manto y frías gotas que caían sobre su cuello, que dejaba al
descubierto. Aún su cuerpo vibraba con la fuerza de lo que sabía que era deseo,
aunque no lo entendiera. Era la primera vez que había sido plenamente
consciente de su propio cuerpo... y sin embargo no era su propio cuerpo. La
asaltaron el recuerdo de los grandes ojos de la muchacha, la suave curva de su
mejilla, la ondulación de sus senos juveniles que alzaban la túnica, de la
manera en que todas estas evocaciones suscitaban unas extrañas sensaciones.
Como en una revelación, comenzó a asociar todo aquello con las cosas
inquietantes que le había dicho Estrella, sintió tristeza y algo que a causa de
su inocencia, no pudo identificar como vergüenza.
Hacia la
madrugada cesó la lluvia y se desgarraron las oscuras nubes. Asomó la luna, y
pudo advertir que atravesaban una cordillera por un estrecho desfiladero
rocoso. Bajó los ojos hacia la amplia llanura que se extendía a sus pies,
cubierta de árboles pequeños y retorcidos y de bien cuidados campos de labor
que deslindaban bajo muros de piedra. Descendieron lentamente por la abrupta
ladera y los caballos que abrían marcha redujeron el paso, poco a poco, hasta
detenerse. Desenfardaron las tiendas, y la olla, envuelta en húmedos paños, fue
colocada en el centro del lugar escogido. Los primeros rayos de un rojo sol
atravesaban ya el cañón que habían cruzado por la noche. Enviaron a las
muchachas en busca de leña seca. No abundaba tras días de una lluvia que
lo había empapado todo pero, bajo los gruesos y retorcidos olivos, Casandra
encontró algunos palos.
El sol fue
elevándose mientras se asentaban, en un alud de tonos rojos que anunciaban más
lluvia. Disfrutaron de su húmedo calor, y secaron sus cabellos y sus ropas.
Luego, las mujeres más ancianas se encargaron de vigilar la instalación de una
tienda e introdujeron en ella a una mujer a punto de dar a luz; las guerreras
encargaron a las jóvenes que llevaran el ganado a pastar y Casandra fue con
ellas.
Se hallaba
muy cansada y con los ojos ardientes, pero no sentía sueño; una parte de su
mente había vuelto a la tienda donde se agrupaban las mujeres, animando a la
que estaba de parto, y otra parte continuaba muy lejos, con Paris. Sabía que se
hallaba en la ladera, con su ganado, y que sus pensamientos eran para la
muchacha cuyo recuerdo le obsesionaba. Conocía su nombre de dulce sonido,
Enone, y sabía que Paris se aterraba de tal modo a ese recuerdo que olvidaba lo
que debía haber sido más importante para él, la obligación de cuidar del
ganado. E incluso antes de que lo advirtiera el propio Paris, oyó (o sintió u
olió) la presencia de la muchacha, acercándose furtivamente por entre la
espesura de la falda del monte.
Les
envolvía el acre olor de los enebros. Casandra apenas supo quién de los dos,
Paris o la muchacha, descubrió primero al otro o inició la carrera hasta unirse
en un abrazo. La sensación de aquellos besos ansiosos casi la devolvió de golpe
a su propio cuerpo y a su propio lugar pero ahora estaba preparada para la
experiencia y se aferró a la conciencia de las emociones y sensaciones de él.
Después supo que Enone estaba tendida en la mullida hierba mientras Paris, se
arrodillaba junto a ella.
Fue
repentinamente consciente de que aquel momento no debía ser compartido ni
siquiera por una hermana gemela, se apartó de allí y volvió a sentirse sobre su
yegua mientras las gotas de lluvia resbalaban por su cara. Anheló el sol de su
propia tierra, el brillo del sol de Apolo y, por vez primera desde que se
hallaba con las amazonas, se preguntó cuándo regresaría.
Se sintió
mal, le quemaban los ojos y la acometieron las náuseas. El recuerdo de lo que
había compartido respondía a algunas de las numerosas preguntas que se había
formulado en mente, pero no estaba segura de si había participado en aquella
curiosa experiencia como su hermano o corno Enone, si había sido el amante o la
amada.
No tenía
la certeza de hallarse dentro de su propio cuerpo o de seguir aún tendida en la
mullida hierba del monte Ida con su hermano y la muchacha, todavía entrelazados
en los arreboles del deseo. Su mente no permanecía dentro de los confines de su
cuerpo sino que se extendía mucho más allá; de tal modo que una parte se
hallaba allí, en el círculo de los caballos y de las muchachas, y otra
alcanzaba la tienda en donde se había arrodillado la parturienta en medio de un
corro de mujeres que la observaban, le gritaban lo que tenía que hacer y la
animaban. Los dolores del parto parecían acosar ahora a su propio cuerpo
inexperto. Se sentía atormentada por la confusión, percibía cómo la sangre
abandonaba sus mejillas y oía el jadeo de su propia garganta.
Se volvió
con furia; tiró con tal fuerza de las riendas, que su yegua a punto estuvo de
dar un traspiés. Clavó entonces sus talones en los ijares de su montura y se
lanzó al galope por la planicie como si a través de un violento esfuerzo físico
pudiera atraer toda su conciencia a su propio cuerpo. Pentesilea vio cómo se
alejaba del campamento y saltó al punto sobre su caballo para lanzarse en pos
de ella.
Casandra,
semitendida sobre el lomo de su yegua, trataba desesperadamente de encerrarse
en sí misma. Advirtió la persecución de que era objeto y espoleó aún más su
cabalgadura. Pero el caballo de Pentesilea tenía remos más largos y ella era
una amazona mejor; poco a poco se redujo la distancia entre las dos y la reina
sobrepasó a la muchacha. Entonces advirtió con horror el enrojecimiento del
rostro de Casandra y el pánico que se reflejaba en sus ojos.
Tendió los
brazos y agarró a Casandra, haciéndole dejar su montura, sujetándola en la
silla ante sí.
Sintió que
su frente ardía como si tuviese fiebre. Casi delirante, la muchacha pugnaba por
soltarse, y la amazona la retuvo con más fuerza aún.
—¡Vamos!
¡Vamos! ¿Qué te pasa, Ojos Brillantes? Tienes la frente como si hubieras
sufrido una insolación y, sin embargo, hoy no puede decirse que haga calor.
Su voz era
cordial pero a Casandra le pareció que se burlaba, y pugnó frenéticamente por
soltarse.
—No me
pasa nada... Yo no quería... —No te inquietes, niña. Nadie te hará daño, nadie
te amenaza —le dijo Pentesilea para tranquilizarla.
Al cabo de
un momento, Casandra dejó de luchar y se quedó inerte entre los brazos de la
amazona. —Cuéntame.
La
muchacha comenzó a hablar atropelladamente. —Yo estaba... con él. Con mi
hermano. Y una joven. Y no podía dejar de ver parte alguna del campamento.
—Que la
diosa se apiade de ti —murmuró Pentesilea. A la edad de Casandra también ella
había poseído el don, o la maldición, de verlo todo. Compartir experiencias
para las que la mente o el cuerpo no se hallaban preparados podía significar
llegar hasta el borde de la más íntima locura y no siempre era posible volver
de allí sin daño. Casandra estaba entre sus brazos, sólo consciente a medias, y
Pentesilea no sabía muy bien qué hacer con ella.
Lo más
importante era regresar al campamento. Estaban muy lejos de las demás mujeres y
de sus caballos, y cabía la posibilidad de que por aquellas soledades
merodeasen malhechores desconocidos. En su presente estado, un encuentro de esa
clase podía empujar a Casandra más allá de las fronteras de la cordura. Se
volvió, sujetando las riendas de la yegua de la muchacha para que las siguiese.
Apretó a Casandra contra su pecho y, cuando estuvieron dentro del círculo del
campamento, la bajó del caballo y la introdujo en la tienda donde la nueva
madre descansaba junto a su bebé dormido. Pentesilea tendió a Casandra sobre
una manta y se sentó junto a ella. Con su firme mano sobre la frente de su
sobrina, cubriéndole los ojos, pretendiendo cerrar su mente a toda intrusión.
Los
sollozos de Casandra disminuyeron y fue calmándose paulatinamente, volviendo la
cara bajo la mano de Pentesilea como si fuera un bebé, apretándose contra ella.
Al cabo de un largo rato, la reina de las amazonas le preguntó:
—¿Te
sientes mejor ahora?
—Sí,
pero... ¿volverá otra vez?
—Probablemente.
Es un don de la diosa y debes aprender a vivir con él. Yo poco puedo hacer por
ti. Tal vez la Madre Serpiente te ha elegido para que hables en nombre de los
dioses; entre nosotras hay sacerdotisas y profetisas.
Quizá
cuando llegue el momento de que desciendas bajo tierra y te encuentres frente a
ella...
—No lo
entiendo —dijo Casandra.
Entonces
recordó el momento en que Apolo le habló y le pidió que fuese su sacerdotisa.
Se lo contó a Pentesilea y la amazona pareció aliviada.
—¿Con que
es eso? Nada sé de tu Señor del Sol, pero me parece extraño que una mujer
busque a un dios en lugar de a la Madre Tierra o de a nuestra Madre Serpiente.
Es ella quien vive bajo tierra y gobierna todos los reinos de las mujeres... la
oscuridad del nacimiento y de la muerte. Tal vez también te llamó y no oíste su
voz. Me dijeron que, en ocasiones, así les sucede a las que nacen sacerdotisas
y, que si no oyen su llamada, ella las toca con su mano a través de la
oscuridad de sueños malignos para que aprenda el modo de escuchar su voz.
Casandra
estaba confusa ante aquello; sabía poco de la Madre Serpiente de que le hablaba
Pentesilea, pero se acordaba de las bellas serpientes del templo de Apolo y de
cuánto había anhelado acariciarlas. Tal vez fuera cierto que también la había
llamado la Madre Serpiente y no sólo el deslumbrante y amado Señor del Sol.
Había
confiado en que su tía, que tanto sabía de la diosa, le dijera lo qué tenía que
hacer para evitar aquellas visiones indeseadas. Entonces comprendió que tenía
que dominarse y hallar dentro de sí un medio para cerrar las puertas antes de
que las visiones la poseyeran.
—Lo
intentaré —dijo—. ¿Hay alguien que sepa de estas cosas?
—Tal vez
entre los servidores de los dioses. Eres princesa de dos casas reales, la de
las amazonas y la de tu padre. Nada sé de esos dioses pero tiene que llegar un
tiempo en que, como cada una de nosotras, desciendas a las profundidades para
reunirte con la Madre Serpiente y, como ya te ha llamado, supongo que ese
momento está próximo. Tal vez sea cuando regrese la luna. Hablaré con las
ancianas para saber lo que dicen de ti.
Quizá, se
dijo Casandra, fue por eso por lo que el dios me llamó su servidora. Ella misma
había abierto aquellas puertas; no podía quejarse de haber recibido el don
solicitado.
Día tras
día, la tribu cabalgó bajo terribles vientos y gélidas lluvias. El tiempo se
hacía cada vez más frío y por la noche las mujeres se envolvían en todas sus
ropas de lana y en sus mantas. Casandra se acurrucaba junto a su yegua,
protegiéndose con el calor de su enorme y rozagante cuerpo. De vez en cuando,
el cielo se despejaba y cesaba la lluvia. La tribu proseguía su camino hacia el
Este; y si las mujeres preguntaban cuándo descansarían y hallarían pastos para
sus caballos, Pentesilea, suspirando, se limitaba a decir:
—Primero
hemos de cruzar dos ríos, como ordenó la diosa.
La luna
había crecido y menguado de nuevo cuando vieron a los primeros seres humanos
que encontraban en su éxodo: un pequeño grupo de hombres cubiertos de pieles
con pelo, lo que indicó a las mujeres que aun desconocían el arte del curtido.
Aquí hay
pastos, pensó Casandra; éste podría ser un buen lugar para que descansara
nuestro ganado e incluso para que nos estableciéramos. Pero no con estos
hombres...
Aquellos
seres rústicos se quedaron atónitos al ver a las mujeres. Pentesilea condujo su
caballo hasta ellos.
—¿De quién
son estos rebaños? —preguntó, señalando a
las ovejas
y las cabras que pastaban en aquella tierra fértil.
—Son
nuestros. ¿Qué clase de cabras montáis? —dijo uno de los hombres—. Jamás
vimos cabras tan grandes y hermosas.
Pentesilea
iba a explicar que no eran cabras sino caballos cuando resolvió que su
ignorancia podría resultar ventajosa para la tribu.
—Son las
cabras de Poseidón, dios del mar —respondió. El hombre preguntó: —¿Qué es el
mar?
—Agua
desde aquí hasta el horizonte —contestó ella.
Pareció
quedarse sin aliento.
—¡Oh,
nosotros nunca vemos más agua que la de charcas fangosas que se secan en
verano! ¡No es extraño que sean tan hermosas y gordas!
Luego
sonrió socarronamente y preguntó en su rudo lenguaje si a las mujeres les
gustaría que su ganado pastara junto al suyo.
—Tal vez
por una noche o dos —respondió Pentesilea.
—¿En dónde
están vuestros hombres?
—Nosotras
no tenemos ninguno: somos libres de los hombres —dijo la amazona—, pero
aceptaremos la hospitalidad de tus pastos por esta noche ya que hemos cabalgado
durante largo tiempo. Nuestros animales se hallan cansados y les vendrá bien un
poco de esa excelente hierba.
—Bienvenidas
seáis —declaró otro de los hombres, que parecía un poco más aseado y mejor
vestido que los demás.
Mientras
desmontaban, Pentesilea advirtió en voz baja a Casandra que fueran cautelosas y
que, en vez de dormir, vigilasen a sus caballos incluso durante la noche.
—Porque no
confío en estos hombres en absoluto —murmuró—. Creo que en cuanto nos durmamos,
o nos crean dormidas, tratarán de robarnos nuestros caballos y quizás de
atacarnos.
Los
hombres intentaron deslizarse dentro del círculo que formaban las mujeres y de
acariciarlas con disimulo. Casandra pensó que, de haber continuado en la
ciudad, ignorante de tales maniobras, no habría comprendido lo que estaban
haciendo los hombres. Se adelantó con las demás muchachas para empezar a tender
las mantas. Trabó las patas de su yegua, al objeto de que no pudiera alejarse
mucho durante la noche, se añojo el cinturón de cuero y se tendió en su manta
entre Elaria y Estrella.
—Me
pregunto hasta dónde tendremos que ir —murmuró Estrella, envolviendo sus
delgados hombros en la manta para protegerse de la humedad—. Si no encontramos
pronto víveres, las niñas empezarán a morirse.
—Las cosas
no están tan mal como crees —le increpó Elaria—. Aun no hemos comenzado a
sangrar a los caballos. Podemos vivir de su sangre al menos un mes antes de que
empiecen a debilitarse. Una vez, en un año muy malo, subsistimos con la sangre
de las yeguas durante dos meses. Murió mi primera hija y estábamos tan cerca de
la inanición que cuando fuimos a la aldea de los hombres ninguna quedó preñada
al menos casi durante medio año.
—Pues yo
me siento tan hambrienta —murmuró Estrella—, que tomaría la sangre de las
yeguas o cualquier otra cosa.
-Eso no se
hará hasta que Pentesilea lo ordene. —Le advirtió Elaria—. Ella sabe lo que
hace.
—No estoy
tan segura —masculló Estrella—. Dejarnos
dormir
aquí entre todos esos hombres...
—No
—repuso Elaria—. Nos advirtió que no durmiéramos.
Lentamente,
la luna se asomó por encima de los árboles y fue subiendo. Entonces, a través
de sus párpados entornados, Casandra vio oscuras siluetas que se deslizaban por
el calvero.
Aguardaba
la señal de Pentesilea cuando, de repente, las estrellas de la bóveda celeste
desaparecieron tras una negra sombra y sintió el peso de un hombre sobre su
cuerpo; unas manos tiraron de sus calzones. Aferró su daga de bronce y luchó
por liberarse, pero el hombre la sujetaba contra el suelo. Pateó y mordió la
mano que cubría su boca. El hombre aulló (como el perro que era, pensó con
rabia) y ella le golpeó con fuerza en la boca con la empuñadura de la daga.
Gritó otra vez y un chorro de sangre y de maldiciones brotó de sus labios
rotos. Entonces, Casandra consiguió agarrar bien la daga y le asestó una
puñalada. Los aullidos del hombre subieron de tono y se derrumbó sobre ella en
el mismo instante en que Pentesilea gritaba y se ponían en pie todas las
mujeres que estaban en el bosquecillo. Alguien encendió una antorcha en la
moribunda hoguera y su resplandor se reflejó en las dagas de bronce que
empuñaban los hombres.
—Así que
ésta es vuestra hospitalidad.
—¡Ya he
eliminado a uno! —gritó Casandra.
Se
desembarazó del hombre que gemía en el suelo. Pentesilea corrió hacia allí y le
miró.
—Remátalo
—dijo—. No dejes que muera lentamente entre dolores.
Pero no
quiero matarlo, pensó Casandra, ya no puede hacerme daño y en realidad no me
hizo daño alguno. No obstante, conocía la ley de las amazonas: la muerte para
cualquier hombre que intentase violar a una de ellas. Y no podía transgredir
esa ley. Ante la fría mirada de Pentesilea, Casandra se inclinó contra su
voluntad sobre el herido y le atravesó la garganta con su daga. El hombre
emitió un estertor y murió.
Casandra,
sintiéndose enferma, se incorporó y advirtió entonces la firme mano de
Pentesilea sobre su hombro.
—Bien
hecho. Ahora eres en verdad una de nuestras guerreras —murmuró, alejándose a
grandes zancadas hacia donde estaban los hombres congregados bajo la luz de las
antorchas.
—Los
dioses decretaron que los huéspedes son sagrados —bramó Pentesilea—. Y sin
embargo uno de los vuestros ha pretendido forzar a una de mis doncellas. ¿Qué
excusa podéis dar ante tal quebrantamiento de las leyes de la hospitalidad?
—¿Quién
oyó hablar nunca de mujeres como vosotras que cabalgan solas? —preguntó el
jefe—. Los dioses sólo amparan a esposas honradas y vosotras no lo sois, no
pertenecéis a nadie.
—¿Qué dios
te dijo eso? —inquirió Pentesilea.
—No
necesitamos un dios que nos diga lo que es de razón. Y, como no tenéis maridos,
decidimos tomaros y proporcionaros lo que más precisáis, hombres que os cuiden.
—Eso no es
lo que precisamos lo que buscamos —dijo la amazona, e hizo un gesto a las
mujeres que rodeaban a los hombres con las armas preparadas.
—¡A ellos!
Alzada la
daga, Casandra se lanzó hacia adelante como las demás. El hombre al que
acometió no hizo un gran esfuerzo para defenderse. Lo derribó y, poniéndole
encima una rodilla, acercó la daga a su cuello.
—¡No nos
matéis! —gritó el jefe de aquellos individuos—. ¡Nada os haremos!
—\Ahora no
—repuso con fiereza Pentesilea—, pero cuando estemos durmiendo y nos creáis
indefensas, nos mataréis o nos violaréis!
Pentesilea
mantenía la daga contra su garganta.
—¿Juraréis
por vuestros propios dioses no acosar nunca más a mujer alguna de nuestra tribu
o de cualquier otra si os dejamos con vida?
—No, no
juraremos —respondió el jefe—. Los dioses os enviaron y nosotros quisimos
tomaros y creo que lo que hicimos bien hecho está.
Pentesilea
se encogió de hombros y lo degolló. Los otros aullaron que jurarían, y
Pentesilea hizo una señal a las mujeres para que los soltasen. Uno a uno se
arrodillaron y juraron lo que se les exigía.
—Pero ni
siquiera confío en vuestro juramento —declaró Pentesilea—. No cuando estéis
fuera del alcance de nuestras armas.
Ordenó que
reuniesen sus bagajes y que ensillaran los caballos para partir al amanecer.
A Casandra
le ardían los ojos, tras una noche sin dormir, y le dolía la cabeza. Aún sentía
sobre sí las ásperas manos de aquel hombre. Cuando quiso moverse, no pudo; su
cuerpo se hallaba rígido, anquilosado. Oyó que alguien pronunciaba su nombre
pero el sonido le llegó desde muy lejos.
Pentesilea
acudió a su lado y, al contacto de su mano, Casandra se recobró.
—¿Puedes
cabalgar? —le preguntó.
Ella
asintió, sin hablar, y se alzó hasta la silla. Su madre adoptiva se le acercó
y, tras abrazarla, le dijo:
—Te
portaste bien, has matado a un hombre y ya eres una guerrera, capaz de luchar
por nosotras. Has dejado de ser una niña.
Pentesilea
dio la orden de partir y Casandra, tiritando, apremió a su yegua a ponerse en
marcha. Se echó la manta por los hombros.
Uf, pensó,
huele a muerte.
Cabalgaron
de cara a la lluvia fría. Envidió a las mujeres que portaban cerradas vasijas
de barro con carbones encendidos en su interior. Marcharon hacia el Este,
alejándose cada vez más, bajo un viento cada vez más gélido. Al cabo de un
largo rato, el cielo se aclaró hasta adquirir un color gris pálido, pero no a
causa de la luz del día. En torno de ella, Casandra oyó gruñir a las mujeres y
sintió las punzadas del hambre y del frío.
Al fin
Pentesilea dio el alto y las mujeres comenzaron a instalar sus tiendas por vez
primera en muchos días. Casandra se aferró a su montura, sin poder prescindir
de su calor; el doloroso frío parecía penetrar en cada músculo y en cada hueso
de su cuerpo. Poco después ardían hogueras en el centro de la acampada y se
dirigió allí para acurrucarse junto a las llamas.
Pentesilea
señaló hacia un lugar cercano y las mujeres contemplaron con sorpresa los
verdes campos de cereal a medio madurar. Casandra apenas podía dar crédito a
sus ojos. ¿Grano en aquella estación?
—Es trigo
de invierno —explicó Pentesilea—. Las gentes de aquí siembran antes de las
primeras nevadas. Las semillas permanecen a lo largo del invierno bajo la nieve
y el cereal madura antes de la cosecha de cebada. En este clima frío tienen dos
cultivos y lo que yo busco es el centeno.
La reina
de las amazonas hizo un signo a su sobrina y ésta acudió a su lado.
—¿A qué
tierra hemos llegado, tía?
—Este es
el país de los tracios —contestó Pentesilea, mientras señalaba—. Y más al Norte
se halla la antigua ciudad de Colquis.
Casandra
recordó uno de los relatos de su madre.
—¿Dónde
Jasón halló el vellocino de oro con la ayuda de la hechicera Medea?
—La misma.
Pero ahora hay poco oro, aunque abunda la hechicería.
—¿Vive
alguien aquí? —preguntó Casandra.
Le parecía
imposible que alguien escogiera un lugar tan desolado para establecerse.
—Los
campos de trigo y de centeno no se plantan solos —respondió Pentesilea con tono
reprobador—. En donde hay grano hay siempre alguien, hombre o mujer, para
sembrarlo. Y aquí hay gente y también caballos.
Su tía
señaló hacia el horizonte y Casandra percibió unas motitas, apenas visibles,
que se desplazaban. Le parecieron ovejas pero, por el modo en que se movían,
pudo advertir que se trataba de caballos. Cuando las bestias se acercaron,
Casandra se dio cuenta de que eran muy distintas de las que montaban las
amazonas: de corta alzada y tonos sombríos, cuerpo rechoncho y pelaje hirsuto y
espeso.
—Los
caballos salvajes del Norte; jamás fueron montados ni domados —explicó
Pentesilea—. Ningún dios los designó para los hombres o las mujeres. De
pertenecer a algún dios o diosa, serían propiedad de Artemisa la Cazadora.
Como
impulsada por un espíritu, toda la manada volvió grupas y se alejó. La yegua
que la precedía se detuvo un instante, irguiendo la cabeza para observar, con
los ollares dilatados y los ojos brillantes, a las mujeres.
—Huelen a
nuestro garañón —afirmó Pentesilea—. Es preciso vigilarlo; si capta el rastro
de una manada de yeguas, es muy posible que trate de sumarlas a las que tiene y
estas bestias no nos servirían para nada. No podríamos alimentarlas ni
encontrar pastos suficientes.
—¿Qué
vamos a hacer aquí? —preguntó Casandra.
—La diosa
es sabia —contestó su tía—. En el país de los tracios se puede traficar y
conseguir hierro para reponer nuestras armas. Habrá grano a la venta en la
ciudad de Colquis, si no más cerca, y tenemos artículos para cambiar: cueros,
sillas, bridas y algunas cosas más. Iremos esta tarde a la aldea y trataremos
de adquirir víveres.
Casandra
observó el cielo gris y se preguntó cómo se podía distinguir allí la mañana de
la tarde. Supuso que Pentesilea tenía algún modo de hacerlo.
Pasado
cierto tiempo de aquel mismo día Pentesilea mandó llamar a Casandra y a otra de
las muchachas, Evandre, y cabalgó con ellas hasta la aldea que había en medio
de los campos de labor. Cuando las mujeres penetraron en la aldea (sólo unas
cuantas casas de piedra, redondas y pequeñas, y un edificio central abierto al
cielo donde unas mujeres moldeaban recipientes de barro), los habitantes
acudieron a verlas.
Muchas de
las mujeres llevaban husos con lana o pelo de cabra enrollados a la cintura.
Vestían largas y amplias faldas de pelo de cabra, teñidas de verde o de azul;
sus cabellos eran oscuros y deslustrados. Algunas llevaban niños en brazos o
cogidos a sus faldas.
Con un
estremecimiento de terror, Casandra advirtió que muchos de ellos eran
extrañamente deformes. Una chiquilla mostraba una grieta en carne viva que se
extendía desde el labio hasta su nariz, semejante a una llaga; otro tenía tan
sólo el pulgar y un dedo retorcido que daban a su manecita el aspecto de una
garra. Jamás había visto niños así. En Troya, cuando un niño nacía deforme era
inmediatamente abandonado en las laderas del monte Ida para que fuera pasto de
los lobos o de otras bestias salvajes. Las mujeres y los niños permanecían
inmóviles y en silencio pero observaban con curiosidad a las amazonas y a sus
caballos.
—¿A dónde
vais?
—Hacia el
norte, por indicación de nuestra diosa y, ahora, a Colquis —contestó
Pentesilea—. Nos gustaría conseguir grano aquí.
—¿Qué
tenéis para cambiar?
—Buenos
cueros —respondió Pentesilea y las mujeres negaron con la cabeza.
—Hacemos
nuestros propios cueros de las pieles de nuestros caballos y de nuestras cabras
—dijo una que parecía tener autoridad—. Pero véndenos una docena de tus niñas
pequeñas y te daremos todo el grano que puedas llevarte.
Pentesilea
palideció de ira.
—Ninguna
mujer de nuestra tribu se vende como esclava.
—No las
queremos como esclavas —manifestó la mujer—. Las adoptaremos como hijas. Por
aquí se ha extendido un mal y han sido muchas las mujeres que han muerto de
parto mientras otras están imposibilitadas para traer al mundo niños sanos. Por
eso son aquí tan preciadas las mujeres.
La palidez
de Pentesilea se acentuó.
—Vuelve y
advierte que ninguna mujer debe desmontar en esta aldea ni siquiera un instante
ni por ningún motivo, sea cual fuere. Seguiremos adelante —le dijo a Evandre,
en tono bajo.
—¿Qué
sucede, tía? —preguntó Casandra.
—No
debemos tocar su grano. —Luego añadió dirigiéndose a la mujer—: Lamento vuestra
enfermedad pero nada podemos hacer por ayudaros. Sin embargo, si queréis
libraros de ese mal, segad todos vuestros cereales y quemadlos. No permitid
siquiera que sirva para abonar vuestros campos. Traed nuevas semillas de algún
lugar del Sur. Examinadlas cuidadosamente a la búsqueda de cualquier rastro de
roya; eso es lo que ha emponzoñado los vientres de vuestras mujeres.
Mientras
se alejaban de la aldea, Pentesilea, cabalgando por los campos de centeno, se
inclinó y recogió algunos de los tallos aún verdes. Los retuvo en la mano y
señaló el lugar en donde surgiría el grano.
—Mira
—dijo, indicando los hilos purpúreos que brotaban de las puntas de los tallos
al tiempo que los acercaba a Casandra—. Huélelo porque, como sacerdotisa,
tendrás que reconocerlo allí en donde lo encuentres. No lo pruebes jamás, ni lo
comas aunque te estés muriendo de hambre.
Casandra
lo olió y apreció un curioso rastro de moho, de légamo, casi un olor a pescado.
—Este
centeno envenará a cualquiera que lo coma crudo o incluso si se alimenta con
pan de su harina. Y la peor forma de envenenamiento consiste en que mata a los
niños en el vientre de su madre y puede acabar durante
años con
la fertilidad de una mujer. Es posible que la aldea esté ya condenada. Lástima,
sus mujeres son bellas e industriosas y notables sus hilados y tejidos. Además
también hacen magníficos cántaros y tazas.
—¿Morirán
todos?
—Probablemente
serán muchos los que coman el grano envenenado y no mueran; pero en esa aldea
no nacerán más niños sanos y, cuando estén ya bastante desesperados para
imponer quizás un año de hambre a su pueblo, quizá sea demasiado tarde.
—¿Y los
dioses permiten eso? —preguntó Casandra—. ¿Qué diosa puede estar tan enojada
para envenenar el grano de la aldea?
—No lo sé,
tal vez no sea obra de ninguna diosa —contestó la reina—. Sólo sé que se
presenta año tras año, sobre todo cuando ha llovido mucho.
Nunca se
le había ocurrido a Casandra dudar de que el grano de los campos creciera
gracias a la directa intervención y los cuidados de la Madre Tierra. Ésta era
una terrible herejía y la apartó de su mente con tanta rapidez como le fue
posible. Se sintió otra vez consciente de su hambre. Llevaba tanto tiempo sin
tomar una comida sustanciosa que, a veces, dejaba de sentirla durante días
enteros.
Mientras
cabalgaban empezaron a ver pequeños animales que entraban y salían de agujeros
abiertos en el suelo. Una muchacha de las más jóvenes apuntó rápidamente con su
arco y lanzó una flecha de caza, hecha de madera endurecida al fuego en lugar
de metal. El animal cayó al momento y se agitó. La arquera desmontó de su
pequeño caballo y le dio un golpe en la cabeza. Una nube de flechas siguió a la
primera, pero sólo dos acertaron en los blancos. Ante el pensamiento de la
liebre asada en un espetón, a Casandra se le hizo la boca agua.
Con un
gesto, Pentesilea detuvo la marcha de las amazonas.
—Acamparemos
aquí y os prometo que no volveremos a emprender la marcha hasta que hayamos
comido algo —dijo—. Guerreras, tomad vuestros arcos y cazad. Por lo que se
refiere a las demás, montad las dianas y ejercitaos con vuestras flechas. En
estos días de cabalgada hemos descuidado la práctica de nuestras destrezas
cazadoras y bélicas. Muchas de estas flechas no alcanzarán su blanco.
En vida de
mi madre, con estos recursos, habríamos conseguido liebres suficientes para
alimentarnos a todas.
»Sé cuán
hambrientas estáis. Yo no me siento mejor que cualquiera de vosotras, y llevo
el mismo tiempo sin comer nada sustancioso. Os ruego, hermanas, que si habéis
hallado, o robado, un poco de grano o cualquier alimento elaborado con el grano
en esa aldea, me lo mostréis antes de comerlo. Ese cereal está maldito y
quienes coman pueden abortar o tener un hijo con un solo ojo o con un solo
dedo.
Una mujer
sacó de entre los pliegues de su túnica una dura y un tanto mohosa hogaza, con
gesto desafiante.
—Se la
daré a cualquiera que haya pasado de la edad de tener hijos para que pueda
comerlo sin peligro —dijo—. No lo he robado, lo cambié por una hebilla vieja.
—Yo me
quedaré con esa hogaza a cambio de mi parte en la liebre que maté de un
flechazo. Hace ya demasiado tiempo que no pruebo el pan y desde luego no tendré
más hijos a quienes pueda hacer daño —dijo una de las mujeres más viejas de la
tribu.
La vista
del pan despertó el hambre de Casandra hasta el extremo de sentirse tentada a
correr el riesgo de un futuro aborto o de dar a luz a un niño malformado, en un
lejano futuro, pero no se atrevió a desobedecer a su tía. Otras amazonas
aportaron diversos víveres que habían cambiado o robado en la aldea, y casi
todos fueron confiscados por Pentesilea, que los arrojó al fuego.
Casandra
fue a hacer prácticas de tiro mientras las guerreras experimentadas partían en
busca de caza y las mujeres de más edad se dispersaban por la llanura en busca
de algo comestible. Estaba demasiado avanzado el invierno para que quedasen
bayas o frutas, pero podía haber en algún sitio raíces o setas comestibles.
El breve
día invernal se trocaba ya en penumbra cuando retornaron las cazadoras y pronto
las liebres, ya limpias, empezaron a cocer en un caldero con judías silvestres
y algunas raíces. En un gran fuego se asaban pedazos de una bestia mayor, ya
desollada. Casandra sospechó que se trataba de alguno de los peludos caballos
salvajes. Sin embargo, se sentía demasiado hambrienta para que le preocupase su
procedencia. Aquella noche al menos llenarían sus estómagos y Pentesilea les
prometió que habría comida abundante en Colquis.
—Allí está
—dijo Pentesilea—. Ésa es la ciudad de Colquis.
Acostumbrada
a las ciclópeas murallas fortificadas de Troya, que se alzaban a gran altura
sobre los ríos de la planicie, Casandra no se sintió impresionada al principio
por los muros de adobe deslustrados bajo la brumosa luz del sol.
Esta
ciudad, pensó, resultaría vulnerable a un ataque desde cualquier sitio. En el
año que llevaba con las amazonas había aprendido algo de estrategia, no de un
modo formal, sino a través de los relatos de asedios y guerras que había
escuchado.
—Es como
las ciudades de Egipto y las de los hititas —declaró Pentesilea—. No construyen
fortificaciones colosales, ni las necesitan. Tras sus puertas de hierro verás
los templos y las estatuas de sus dioses. Son más grandes que los templos y las
estatuas de Troya, como las murallas de Troya son mayores que las de Colquis.
Según dicen, esta ciudad fue fundada por el antiguo pueblo navegante del lejano
Sur pero la gente es distinta de la de cualquier otro pueblo de aquí, como
advertirás en cuanto penetremos en la urbe. Parecen extraños sus usos y
costumbres. —Se echó a reír y añadió—: Pero supongo que eso es también lo que
ellos dirán de nosotras.
De todo lo
que se había dicho Casandra sólo había oído puertas de hierro. Poco era lo que
había visto de ese metal. Una vez, su padre le mostró un anillo negro,
indicándole que era de hierro.
«Es un
metal muy caro y demasiado duro para hacer armas —le comentó—. Algún día,
cuando la gente sepa más acerca del arte de forjarlo, el hierro podrá ser
empleado en los arados. Es mucho más resistente que el bronce.»
Ahora
Casandra, al recordarlo, pensó que un pueblo que sabía del hierro lo bastante
para forjar unas puertas debía de ser sabio, sin duda.
—¿Y la
ciudad no ha sido conquistada gracias a que sus puertas son de hierro?
—preguntó.
Pentesilea
la miró con cierta sorpresa.
—Lo ignoro
—dijo—. Son gente brava pero rara vez se han visto envueltos en una guerra.
Supongo que es porque se hallan lejos de las principales regiones comerciales.
Pero, a pesar de eso, hasta aquí acudirán desde el fin del mundo en busca de
hierro.
—¿Entraremos
en la ciudad o acamparemos fuera de las murallas?
—Dormiremos
esta noche dentro; su reina es casi una de las nuestras —explicó Pentesilea—.
Es hija de la hermana de mi madre.
Así que,
pensó Casandra, es pariente de mi madre y mía también.
—¿Y el
rey?
—No hay
rey —repuso Pentesilea—. Aquí reina Imandra y aún no ha decidido tomar
consorte.
Tras la
ciudad se alzaban farallones de un rojo herrumbroso que empequeñecían las
puertas. El camino que llevaba hasta la urbe se hallaba pavimentado con
gigantescas losas y las casas, de arcos y escalinatas de piedra, estaban
construidas de troncos y tablas, encaladas y pintadas. No había empedrado en
las calles sino que se veían fangosas y holladas. Entre las casas pasaban
extrañas bestias de carga, cornudas y peludas, que transportaban grandes fardos
y cántaros. Sus dueños las apartaban a palos para dejar pasar la formación casi
militar de las amazonas. Casandra, consciente de todos los ojos que la
observaban, aferró con fuerza su lanza pese al cansancio de la cabalgada y se
irguió sobre su montura, tratando de parecer una guerrera.
La ciudad
era muy diferente de Troya. Las mujeres deambulaban libremente por las calles,
portando cántaros y cestos en la cabeza. Sus indumentarias eran largas, pesadas
y embarazosas, pero a pesar de sus complicadas faldas y de sus ojos pintados
parecían fuertes y competentes. Vio también una herrería en donde trabajaba una
mujer de cara morena y tiznada de hollín, con gruesos músculos de soldado. Casi
desnuda hasta la cintura para soportar el intenso calor, martilleaba sobre una
espada. Una mujer joven, casi una niña, manejaba el fuelle. En los meses que
había pasado con las amazonas, Casandra había visto a mujeres hacer extrañas
cosas, pero aquélla era la más sorprendente de todas.
Quienes
montaban guardia en las murallas eran también mujeres, que podían tomarse por
amazonas porque se hallaban armadas, lucían petos de bronce y portaban largas
lanzas. Mientras las amazonas cruzaban por las calles, las centinelas lanzaron
un prolongado alarido de batalla y al momento, aparecieron ante ellas media
docena de mujeres con sus lanzas en posición de descanso como signo de paz. La
que estaba al frente se adelantó y abrazó a Pentesilea desde su montura.
—Te
recibimos jubilosas, Pentesilea, reina de las yeguas —dijo—. La Señora de
Colquis te envía sus saludos y te da la bienvenida. Te pide que tus mujeres se
instalen dentro de la ciudad, en el campo próximo a la Muralla del Sur y te
invita a que acudas al palacio con una amiga o dos, si lo deseas.
La reina
de las amazonas transmitió las noticias que la centinela le había dado.
—Y además
—declaró la mujer de Colquis—, la reina envía a tus mujeres como regalo dos
ovejas y un cesto de pan cocido hoy en los hornos reales; que coman aquí
mientras tú te reúnes con la reina en el palacio.
Las
amazonas prorrumpieron en un largo vítor ante la idea de aquella comida que
durante tanto tiempo les había estado vedada.
Pentesilea
cuidó de que acamparan, alzasen sus tiendas y sacrificaran los corderos.
Casandra, a su lado mientras ardía en honor de la Cazadora una buena porción de
pecina, advirtió que los corderos tenían una apariencia normal, como la de los
de Troya. Pentesilea reparó en su mirada y le dijo:
—¿Qué te
sucede? ¿Es que esperabas que los corderos de Colquis tuviesen vellocino de
oro? Pues no es así. Ni siquiera nacen con él los que forman parte de los
rebaños de Apolo. Pero los cólquidos sumergen la lana en los ríos cuyas aguas
arrastran pepitas. Y aunque quizás haya menos oro que en tiempos de Jasón,
antes de que salgas de Colquis verás tal vellocino de oro. Ahora vistámonos
para comer en la mesa de la soberana.
La reina
de las amazonas se encaminó a su propia tienda, se despojó de sus ropas de
montar y se puso su mejor falda, botas de piel blanca y una túnica que dejaba
un pecho al descubierto como allí era costumbre. Y ya que le había dicho que se
vistiese lo mejor que pudiera, Casandra
se colocó
su traje troyano, que le resultaba demasiado corto y sólo le llegaba a media
pantorrilla, y calzó sus sandalias.
Pentesilea
cogió de sus alforjas un poco de galena para pintarse los ojos; luego se volvió
y le preguntó:
—¿Es ése
el único vestido que tienes, niña?
—Eso me
temo.
—Pues no
te sirve. Has crecido más de lo que pensaba —declaró Pentesilea.
Revolvió
en su propio equipaje y sacó un vestido un poco deteriorado de color azafrán
pálido.
—Te
quedará demasiado grande pero es lo más que puedo hacer por ti.
Casandra
se pasó el vestido por la cabeza y lo sujetó con sus viejos alfileres de
bronce. Se sintió tan torpe y trabada por las faldas en torno de las rodillas
que le costó recordar que antaño llevaba esas prendas todos los días.
Juntas
caminaron por una parte de Colquis en donde las calles se hallaban
pavimentadas. Hacía tanto tiempo que Casandra no había estado en el interior de
una urbe que advirtió que se quedaba boquiabierta como un bárbaro ante los
altos edificios.
El palacio
había sido construido de un modo que le recordaba al de Troya, con mármol gris
de la comarca. Se levantaba sobre una elevación en el centro de la ciudad y ni
siquiera un templo alcanzaba mayor altura. Casandra se quedó un poco asombrada,
acostumbrada como estaba a que en su tierra las moradas de los hombres nunca
fueran tan altas como los templos de los dioses.
Cuando
llegaron a la escalinata del palacio, pudieron divisar el mar. Igual que en
Troya, pensó Casandra. Pero aquel mar no era de un azul tan intenso como el que
recordaba sino de un gris oscuro, aceitoso. Unos hombres cargaban y descargaban
calmadamente las naves amarradas en el puerto; no eran piratas ni merodeadores
sino comerciantes. Tantos barcos cerca de Troya hubieran sido indicio de un
desastre o de una guerra.
Y sin
embargo podía verlos ante Troya, tantos barcos que oscurecían el azul del
mar...
Con un
esfuerzo, tornó al presente. Aquí no existía peligro...
Pentesilea
le tocó un brazo.
—¿Qué es
eso? ¿Qué viste?
—Naves
—murmuró Casandra—. Naves... que amenazaban Troya.
—Sin duda,
si Príamo sigue como antes —dijo su tía, en tono seco—. Tu padre ha tratado de
conseguir un poder sin ser bastante fuerte para retenerlo y un día ese poder se
verá puesto a prueba. Pero no hagamos esperar a la reina Imandra.
A Casandra
nunca se le había ocurrido pensar en la política de su padre: mas podía
advertir que lo que Pentesilea decía era cierto. Príamo cobraba tributo de
todas las naves que pasaban por los estrechos hacia este mar. Hasta entonces,
los aqueos lo habían pagado porque representaba un esfuerzo menor que el de
reunir una flota para negarse a abonarlo. Observó las puertas de hierro y
comprendió que, más pronto o más tarde, significarían un nuevo modo de vida.
Se dijo a
sí misma que estaba perdiendo el contacto con la realidad; su padre era fuerte,
contaba con numerosos guerreros y aliados. Podría defender perpetuamente Troya.
Tal vez llegase un día en que Troya tuviera puertas de hierro como la ciudad de
Colquis. Al pasar por los anchos corredores alzaron sus puños, a guisa de
saludo, mujeres que montaban guardia con petos de bronce y cascos de cuero con
incrustaciones metálicas. Luego penetraron en una estancia de alto techo con
claraboya de nefrita translúcida. En el centro se alzaba un elevado sitial de
mármol que ocupaba una mujer.
Parecía
una guerrera con su peto de plata labrada. Pero por debajo lucía un lujoso
vestido de brocado del lejano Sur y una ligera camisa de gasa egipcia, del
género al que se conocía como «aire tejido». Sobre su cara lucía una barba
postiza dorada y sujeta como una peluca ceremonial: señal, consideró Casandra,
de que gobernaba no como mujer sino como rey de la ciudad. Sus caderas estaban
rodeadas por un cinturón con incrustaciones de nefrita y del que colgaba una
espléndida espada. Calzaba botas de cuero bordado y teñido que le llegaban
hasta las pantorrillas. Justo bajo su peto, en torno del talle, mostraba un
curioso cinturón que parecía alzarse y descender con su respiración. Cuando
estuvieron más cerca, Casandra reparó en que era una serpiente viva.
Al
aproximarse, la reina se levantó.
—Te saludo
con alegría, prima —dijo—. ¿Han sido acogidas y obsequiadas como merecen tus
guerreras? ¿Hay algo más que pueda hacer en tu honor, Pentesilea, reina de las
amazonas?
Pentesilea
sonrió.
—Hemos
hallado una gran acogida, Señora. Dime ahora qué es lo que deseas de nosotras.
Porque te conozco desde que éramos niñas y entiendo que cuando, no sólo yo sino
todas mis guerreras, reciben tan cordial acogida, no es sólo por cortesía.
Basta, Imandra, el parentesco para que yo con mis mujeres me ponga a tu
servicio. Di lo que quieres de nosotras.
—Cuan bien
me comprendes, Pentesilea. Es verdad que tengo necesidad de guerreras amigas
—dijo con voz grave y bien timbrada—. Pero comamos primero. Dime, prima, ¿quién
es esta doncella? Me parece demasiado joven para ser una de tus hijas.
—Es la
hija de nuestra pariente Hécuba de Troya.
—¡Ah! —Las
cejas delicadamente pintadas de Imandra se arquearon con elegancia.
Hizo una
señal a una de sus damas y chasqueó con suavidad los dedos. Bastó aquello para
que aparecieran varias esclavas llevando bellos platos sobre los que se
hallaban los más diversos manjares: asados de vaca y de aves con deliciosas
salsas, frutas confitadas, dulces tan elaborados que Casandra no fue capaz de
imaginar de qué estaban hechos.
Había
pasado hambre durante tanto tiempo que todos aquellos alimentos lograron que se
sintiera un poco indispuesta. Comió con frugalidad asado de ave y algunas
tortas y luego, ante la insistencia de la reina, probó un sabroso dulce con
canela. Reparó en que Pentesilea también comía poco. Cuando retiraron las
bandejas y vertieron agua de rosas sobre sus manos, la reina de Colquis dijo:
—Prima,
pensé que Hécuba había olvidado hacía largo tiempo sus días de guerrera.
¿Cabalga contigo su hija? Bien, no tengo querella con Príamo de Troya.
Bienvenida sea. ¿Es ella quién ha de casarse con Aquiles?
—No, no he
oído tal cosa —contestó Pentesilea—. Creo que cuando trate de hallar un esposo
para ella, Príamo descubrirá que los dioses la han reclamado para sí.
—Tal vez
sea entonces una de sus hermanas —añadió
Imandra
con indiferencia—. Si necesitamos de un rey en Colquis, tal vez case a mi
propia hija con uno de los hijos de Príamo; tengo una en edad de tomar estado.
Cuéntame, hija de Príamo, ¿está ya comprometido en matrimonio tu hermano mayor?
Casandra
repuso tímidamente:
—No lo he
oído decir, Señora, pero mi padre no me confía sus planes. Es posible que
llegara a un acuerdo sobre eso hace muchos años y que nada supiera yo.
—¡Has
hablado con honestidad —dijo Imandra—. Cuando vuelvas a Troya, mis enviados
irán contigo con objeto de ofrecer a mi hija Andrómaca para un hijo de tu
padre; si no es el mayor, puede ser otro. Tiene cincuenta, me parece, y varios
son hijos de tu real madre. ¿No es cierto?
—No creo
que sean cincuenta —declaró Casandra—, pero hay muchos.
—Así se
hará entonces —manifestó Imandra.
Y al
tender su mano a Casandra, la serpiente que rodeaba su cintura comenzó a
agitarse. Cuando Casandra tendió su propia mano, el animal acercó su cabeza,
seguida de sus anillos; empezó a enroscarse en torno de la muñeca de Casandra,
formando un brazalete.
—Le
agradas —dijo Imandra—. ¿Te han enseñado a manipular serpientes?
Casandra
replicó, recordando las del Templo de Apolo:
—No me son
extrañas.
—Ten
cuidado; si ésta te mordiese, te pondrías muy enferma —advirtió Imandra.
Casandra
no sintió miedo sino una especie de júbilo cuando la serpiente se arrastró a lo
largo de su brazo. El seco y suave deslizamiento de sus escamas proporcionó a
su cuerpo una sensación estimulante.
—Y ahora,
vayamos a las cuestiones serias —manifestó Imandra—, Pentesilea, ¿has visto las
naves en el puerto?
—¿Quién
dejaría de verlas? Son numerosas.
—Han
venido del país de los hiperbóreos cargadas con hierro y estaño —dijo—, que
codician diversos reyes como es natural. Puesto que, según afirman, no les
vendo el suficiente estaño para su bronce, porque le tengo miedo a las armas
que fabricarían con él, cuando la verdad es que no cuento con mucho para mi
propio uso y ellos carecen de cualquier cosa que me sea necesaria. Ahora han
empezado
a atacar
mis caravanas de estaño y a llevárselo sin pagar. En esta ciudad son escasas
las fuerzas adiestradas. ¿Qué pedirías a cambio de que tus guerreras
protegiesen mis cargamentos de metal?
—Supongo
que sería más fácil y más barato venderles lo que desean —dijo Pentesilea,
alzando las cejas.
—¿Y
permitirles que se armen contra mí? Mejor es que mis herreras hagan armas y que
ellos me paguen en oro todas cuantas quieran. Envío un poco de estaño y plomo y
también de hierro a los reyes hititas, a los pocos que quedan. También esas
caravanas son asaltadas. En esa tarea hay oro para ti y para tus mujeres, si lo
queréis.
—Yo puedo
defender tus caravanas —manifestó Pentesilea—, pero el precio no será pequeño.
Mis mujeres han viajado hasta aquí inducidas por un augurio y no anhelan
guerrear; todo lo que desean es retornar a sus propios pastos en primavera.
Casandra
perdió el hilo de la conversación; se sentía absorta en la serpiente enroscada
en torno a su brazo que se deslizaba por la pechera de su vestido hasta
acurrucarse en su seno. Desvió la vista a un lado, hacia una de las esclavas,
que realizaba juegos malabares con tres pelotas doradas, y se preguntó cómo
conseguía hacerlos. Cuando tornó a prestar atención a lo que estaba sucediendo,
Pentesilea e Imandra se abrazaban e Imandra decía:
—Aguardaré
a tus guerreras pasado mañana. Para entonces, la caravana estará cargada y las
naves habrán zarpado de nuevo hacia las minas secretas de los países
septentrionales. Mis guardias os escoltarán hasta el campamento de vuestras
mujeres. ¡Qué la diosa te conceda una buena noche y a ti también, mi pequeña
pariente! —Entonces tendió su mano—. Mi serpiente me ha abandonado. Te ruego
que me la devuelvas.
Casandra.
Con desgana, Casandra cogió a la serpiente y ésta empezó a enroscarse en su
muñeca. Torpemente, la desenroscó.
—Tienes
que volver y jugar con ella de nuevo. Por lo general, si pido a alguien que la
sostenga, ella se prepara para morder —dijo Imandra—. Pero se ha comportado
contigo como si fueses una sacerdotisa. ¿Volverás?
—Será un
placer —murmuró Casandra, mientras Imandra tomaba la serpiente.
El ofidio
se deslizó sobre su brazo y acabó por esconderse entre los pliegues del vestido
de la reina.
—Entonces
te veré otro día, hija de Hécuba. Adiós.
A su
regreso, con la escolta de mujeres a dos pasos tras ellas, Casandra pensó que
más parecían prisioneras que invitadas a quienes se honra con tal protección.
Sin embargo, mientras caminaban entre el gentío de las calles, oyó ruido de
peleas y percibió un grito apagado. Consideró entonces que al fin y al cabo era
posible que aquella extraña ciudad no fuese muy segura para unas mujeres que no
formaban parte de Colquis.
Diez días
más tarde, Pentesilea partió a caballo de Colquis con un escogido grupo de
amazonas entre las que figuraba Casandra. Acompañarían a la caravana que había
cargado el estaño de las naves del puerto y lo llevaban camino del Sur hasta el
lejano país de los reyes hititas.
A la mente
de Casandra llegaron las palabras de la profecía: «¡Allí permaneceréis hasta
que caigan las estrellas de la primavera!». ¿Estaba acaso desobedeciendo su tía
el mandato de la diosa? Pero no era el momento de hacerse preguntas. De su
hombro colgaba el arco escita formado por dos cuernos y cuya cuerda era una
trenza de pelos de cola de caballo. A su costado portaba la corta jabalina de
pincho metálico de una guerrera amazona. Cabalgando junto a Estrella, recordó
que su amiga ya había librado un combate.
La mañana
era apacible. El aire era nítido bajo el pálido sol y unas cuantas nubes se
deslizaban por el cielo. Los cascos de los caballos producían un apagado sonido
sobre el camino que recorrían, contrapunto al pesado estruendo de los carros,
cada uno arrastrado por dos tiros de muías. Sobre tales vehículos se
amontonaban haces de grandes lingotes de oscuro metal con vetas brillantes,
cubiertos por lienzos negros tan pesados como las velas de una nave.
La noche
anterior había vigilado con las demás guerreras la operación de cargar los
carros. Al recordar la intensa negrura de los lingotes de hierro y el deslustre
de aquellas lupias de estaño, se preguntó por qué sería tan valiosa materia de
tan fea apariencia. Con seguridad tenía que haber en las entrañas de la tierra
metales suficientes para que todos pudieran utilizarlos. ¿Por qué los hombres,
y las mujeres, tenían que pelear por aquello? Si no había bastante para quienes
los deseaban, no debía de ser difícil extraer más de las minas. Sin embargo
parecía como si la reina Imandra se enorgulleciese de que quedaran desatendidas
las demandas de muchas.
El día
transcurrió sin acontecimiento alguno. Las amazonas cabalgaban en fila de a una
por la gran planicie, al paso que marcaban los traqueteantes carros. Casandra
iba junto a una de las herreras de Colquis, hablando con ella acerca de su
curioso oficio. Para su sorpresa descubrió que aquella mujer estaba casada y
que tenía tres hijos varones ya crecidos.
—¡Y ni una
hija a la que transmitir mi oficio!
—¿Por qué
no puedes enseñar a tus hijos el oficio de herrero? —le preguntó Casandra.
La mujer
la miró con el entrecejo fruncido.
—Creía que
vosotras, mujeres de las tribus de las amazonas, lo comprenderíais —dijo—. Ni
siquiera criáis a vuestros propios hijos varones, sabiendo lo inútiles que son.
Mira, muchacha, el metal es arrancado de las entrañas de la Madre Tierra, ¿cuál
sería su ira si cualquier hombre osase tocar y moldear su preciado bien? Tarea
de una mujer es trabajarlo hasta darle la forma adecuada para que los varones
lo usen. No hay hombre alguno que pueda desempeñar el oficio de herrero, porque
la Madre Tierra no le perdonaría su intromisión.
Si la
diosa no quiere que esta mujer enseñe su oficio a sus hijos varones, pensó
Casandra. ¿Porqué no le dio hijas? Pero estaba aprendiendo a no expresar todos
los pensamientos que cruzaban por su mente.
—Es
posible que tenga una hija —comentó.
—¿Cómo?
¿Corriendo de nuevo el riesgo de un parto cuando he vivido casi cuarenta
inviernos? —objetó la herrera.
Casandra
nada respondió a aquello. Se limitó a espolear a su yegua hasta alcanzar a
Estrella. La muchacha, mayor que ella, se limpiaba las uñas con un cuchillito de hueso.
—¿Crees
que tendremos que pelear?
—¿Importa
algo lo que yo crea? Eso es lo que piensa la Señora, y ella sabe más que yo.
Desairada
de nuevo, Casandra se concentró en sí misma. Soplaba un viento frío. Se
envolvió en su pesado manto y pensó en los combates. Desde que vivía con las
amazonas no había pasado día sin que se le exigiera practicar con el arco, y
poseía una cierta destreza con la jabalina e incluso con la espada. Su hermano
mayor, Héctor, comenzó a ser adiestrado en el combate desde que tuvo edad
suficiente para aferrar una espada. Le hicieron su primera armadura cuando
tenía siete años. Su madre, antes de casarse, había sido también guerrera y sin
embargo, en Troya, a nadie se le ocurrió que Casandra o su hermana Polixena
debieran aprender algo de las armas o de la guerra. Y aunque, como todos los
hijos de Príamo, había sido destetada con relatos de héroes y de gloria, veces
había en que se le antojaba que la guerra era algo horrible y que mejor era
hallarse al margen de ello. Pero si la guerra resultaba algo tan malo para las
mujeres, ¿por qué entonces tenía que ser algo bueno para los hombres? Y si
constituía algo espléndido y honroso para los hombres, ¿por qué iba a ser
inconveniente que las mujeres compartiesen el honor y la gloria?
La única
respuesta a la que podía recurrir en su perplejidad era el comentario de
Hécuba: No es costumbre.
Pero, ¿por
qué?, había preguntado entonces y la única respuesta de su madre fue: Ato
hay razón para las costumbres; existen,
simplemente.
No lo
creía ahora más de lo que lo creyó entonces.
Ensimismada,
se descubrió buscando en su interior a su hermano gemelo. Troya y las soleadas
laderas del monte Ida parecían muy lejanas. Evocó el día en que él persiguió y
alcanzó a Enone y las extrañas y apasionadas sensaciones que su emparejamiento
suscitó dentro de ella. Se preguntó en dónde se hallaría en aquel momento y qué
estaría haciendo.
Pero,
excepto una rápida e indiferente visión de las ovejas y las cabras que pastaban
en las laderas del monte Ida, nada había que contemplar. Por lo común, eran los
hombres quienes viajaban y las mujeres quienes permanecían en casa.
Pero yo estoy aquí, se dijo, lejos, y es mi hermano quien se ha quedado en las
laderas de la montaña sagrada. Bueno, ¿por qué no podían ser así las cosas, al
menos por una vez?
¿Alcanzaría
quizás el rango de heroína en lugar de ser Héctor o Paris quienes cobrasen fama
por sus hechos heroicos?
Pero nada
sucedía. Los carros traqueteaban lentamente y las amazonas cabalgaban detrás.
Cuando el
temprano crepúsculo invernal prolongó las sombras en formas desiguales y
cambiantes, las amazonas reunieron sus caballos para acampar, formando un
estrecho círculo en torno a los carros. Pentesilea dijo en voz alta lo que
todas pensaban.
—Yendo tan
protegida la caravana, es posible que no la ataquen; tal vez sólo tengamos un
largo y cansado viaje.
—¿No sería
eso lo mejor que podría suceder, que nunca nos acometiesen y que la caravana
llegase en paz al final de su viaje? —preguntó una de las mujeres—. Entonces
esto se resolvería sin lucha...
—No se
resolvería en modo alguno —añadió otra—. Sabríamos que ellos continuaban al
acecho y que en cuanto se retirase la guardia atacarían de nuevo. Es posible
que perdamos aquí todo el invierno. Me gustaría acabar de una vez con esos
bandoleros.
—Imandra
quiere que aprendan que no deben atacar a las caravanas de Colquis —proclamó
con altivez una de las mujeres—. Y esa lección merecerá la pena.
Cocinaron
un estofado de carne seca en la hoguera, y se tendieron en círculo en torno de
los carros. Muchas de las mujeres, notó Casandra, invitaban a los hombres de
los carros a que acudiesen a sus mantas. Se sentía muy sola, pero no se le
ocurrió imitarlas. Percibió cómo poco a poco el campamento se sumía en el
silencio hasta que ya no se oyó más que el continuo sonido del viento sobre la
planicie. Todos dormían.
Daba la
impresión de que el día se sucedía a sí mismo una y otra vez. Avanzaban como
orugas geómetras contrayéndose sobre una hoja, al ritmo de los pesados carros;
y Casandra, mirando hacia atrás sobre la vasta llanura, pensó que, con un buen
caballo, podría recorrerse la distancia que las separaba de las puertas de
hierro de la ciudad de Colquis y de las naves de su puerto en una sola jornada.
Había
perdido la cuenta de aquellos días tediosos que pasaban llenos de monotonía, en
los que no se producían más aventuras que la caída de un fardo de un carro, con
la consiguiente detención de toda la columna para que los hombres lo
devolvieran a su lugar.
Al
undécimo o duodécimo día (no había nada con que marcar el tiempo) vio cómo uno
de los fardos se desplazaba lentamente hacia atrás bajo el lienzo embreado que
cubría toda la carga. Sabía que hubiera debido adelantarse con su caballo y
avisar al jefe de la caravana, o al menos al que conducía el carro para que
sujetaran mejor el fardo; pero, cuando cayese, al menos quebraría la
uniformidad de la jornada. Contó los pasos hasta que perdiera el equilibrio y
se precipitase al suelo.
—No puede
decirse que sea una aventura —le comentó a Estrella—. Escoltando la caravana,
llegaremos al país de los hititas. ¿No habrá nada más interesante que esto?
—Quien
sabe —repuso Estrella, encogiéndose de hombros—. Creo que hemos sido engañadas.
Se nos prometieron combates y una buena paga. Y hasta ahora sólo hemos conocido
esta aburrida marcha. Al menos en el país de los hititas tendremos algo que
ver. He oído que allí nunca llueve; todas sus casas son de adobe, así que si
alguna vez lloviera fuerte, las casas, los templos, los palacios y todo lo
demás se disolvería, y se derrumbaría el Imperio. Pero aquí hay tan poco en que
pensar que me siento tentada a invitar a mi lecho a ese apuesto palafrenero.
—¡No lo harás!
—¿No? ¿Por
qué? ¿Qué tengo que perder? Excepto que está prohibido para una guerrera —dijo
Estrella—. Si tuviese un hijo, habría de pasar cuatro años amamantando al
mocoso y lavando pañales en vez de pelear y hacerme un nombre.
Casandra
estaba asombrada. Su compañera hablaba muy a la ligera de aquellas cosas.
—¿No te
has fijado en cómo me mira? —insistió Estrella—. Es guapo y de constitución
fuerte. ¿O es que piensas ser una de esas muchachas que hacen voto de castidad
en honor de la Doncella Cazadora?
Casandra
no había pensado seriamente en eso. Había dado por supuesto que
permanecería al menos varios años con las amazonas, que consideraban la
castidad como algo normal.
—¿Pero
toda tu vida, Casandra? ¿Vivir sola? Eso bien puede estar para una diosa, capaz
de tener a cualquier hombre cuando quiera —volvió a insistir Estrella—, pero se
dice que incluso la Doncella mira desde los cielos de vez en cuando y elige a
un joven apuesto para compartir su lecho.
—Yo no lo
creo —contestó Casandra—. Me parece que los hombres gustan de inventar tales
cosas porque no les agrada pensar que una mujer pueda resistírseles; no quieren
imaginar ni aun que una diosa pueda optar por la castidad.
—Bueno,
pues a mí me parece que tienen razón —declaró Estrella—. Yacer con un hombre es
lo que toda mujer desea, sólo que nosotras no nos vemos obligadas a permanecer
con un hombre, ni a cuidar de su casa ni a vivir pendientes de sus deseos. Pero
sin los hombres no tendríamos hijos. Estoy ansiosa por escoger el primero y, a
pesar de todo lo que digas, tengo la seguridad de que no eres diferente de
nosotras.
Casandra
recordó al tosco pastor que intentó violarla y se sintió mal. Al menos aquí,
entre las amazonas, nadie la apremiaría a que se entregase a cualquier hombre a
no ser que ella lo decidiera por sí misma. Y no podía imaginar por qué una
mujer se decidiría a semejante cosa.
—Para ti
es distinto —añadió Estrella—. Eres una princesa de Troya y tu padre dispondrá
tu matrimonio con el hombre que quieras: un rey, un príncipe o un héroe. No
existe nada semejante en mi futuro.
—Pero si
deseas un hombre —dijo Casandra—, ¿por qué cabalgas con las amazonas?
—No pude
elegir —le explicó Estrella—. No soy amazona por mi gusto sino porque lo fue mi
madre y porque, antes que ella, la madre de mi madre optó por esta vida.
—No puedo
concebir vida mejor que ésta —afirmó Casandra.
—Entonces
eres muy corta de imaginación —dijo Estrella—. Casi cualquier otra vida que yo
pueda imaginar sería mejor que ésta. Prefiero ser una guerrera a ser una
aldeana con la pierna quebrada, pero preferiría vivir en una ciudad como
Colquis y elegir un marido a ser una guerrera.
Aquél no
era el género de vida que Casandra deseaba, y no encontró nada que decir. Tornó
a observar el movimiento de los pesados fardos de los carros. Cabalgaba medio
dormida en su silla cuando un fuerte grito la hizo estremecerse y el carretero
cayó de repente sobre el camino con el cuello atravesado por una flecha.
Pentesilea
alertó a sus mujeres y Casandra se desciñó rápidamente el arco, dispuso una
flecha y la lanzó contra el más próximo de los hombres harapientos que, de
repente, habían invadido la planicie como si hubieran brotado igual que dientes
de dragón1 de la arena. La flecha alcanzó certeramente su blanco y
el hombre que más se había aproximado al carretero se desplomó aullando. En el
mismo momento, la pesada carga rechinó y se precipitó al sendero pedregoso,
aplastando a uno de los atacantes que trataba de subir al carro. El hombre y
los lingotes rodaron cuesta abajo. Una de las guerreras desmontó y corrió tras
él hasta que logró traspasarlo con su jabalina.
Otro de
los asaltantes se aferró a la guarnición de la silla de Casandra y tiró de una
de sus piernas. Trató de desembarazarse de una patada pero él, a pesar de eso,
consiguió desmontarla. La muchacha pugnó entonces por desenvainar su daga.
Le asestó
una cuchillada de abajo a arriba y el hombre cayó sobre ella, sangrando por la
boca. Luego le atacó con la jabalina y el enemigo se derrumbó sin vida sobre
ella. Mientras se esforzaba por librarse de su peso le llegó una jabalina
dirigida a su cuello; levantó la daga para desviarla y sintió un dolor agudo en
la mejilla.
La mano de
un hombre aferró su codo. Ella lo impulsó hacia atrás con fuerza, contra la
boca de su atacante; y recibió en su propia cara un chorro de sangre y un
diente. De soslayo pudo ver a muchos hombres que se apoderaban de los fardos de
lingotes y los lanzaban al camino. Oyó los gritos de Estrella en alguna parte y
el siseo de las flechas lanzadas. Por doquier resonaba el estridente grito de
guerra de las amazonas. Casandra lanzó su jabalina y el hombre que la había
atacado cayó muerto al suelo. Tiró del arma para recobrarla y la sacó llena de
sangre. A toda prisa empuñó de nuevo el arco y empezó a asaetear a los
bandidos,
1. Se
refiere a una planta silvestre. (N. del T.)
pero el
temor a herir a alguna de sus compañeras acompañaba a cada flecha que lanzaba.
Después
acabó todo. Pentesilea corrió hacia el carro, llamando a las mujeres para que
se le acercasen. Casandra se apresuró a recobrar su yegua que, para su
sorpresa, había resultado indemne pese a las nubes de flechas. El carretero
yacía cadáver en el suelo, tendido boca arriba. Estrella estaba medio aplastada
bajo su caballo derribado; media docena de las flechas de aquellos hombres
habían acabado con la vida del animal. Espantada, Casandra se esforzó en alzar
el cuerpo del caballo para liberar a su amiga. Estrella permaneció inmóvil, con
la túnica desgarrada, con la parte posterior de la cabeza en un charco de
sangre y los ojos muy abiertos y fijos.
Quería un
combate, pensó Casandra. Pues bien, ya lo ha tenido. Se inclinó sobre su amiga
y cerró sus ojos con suavidad. Entonces reparó en el estado de su mejilla
herida. La sangre goteaba de la piel y de la carne rasgadas.
La reina
de las amazonas acudió a su lado y se inclinó sobre el cuerpo de Estrella.
—Era
demasiado joven para morir —declaró tiernamente la reina de las amazonas—. Pero
peleó con bravura. De poco le servirá eso ahora a Estrella, pensó Casandra.
Pentesilea la miró directamente a la cara. —Pero estás herida, niña, deja que
te cure —le dijo. —No es nada. No me duele —contestó ella, con voz apagada.
—Ya te
dolerá —aseguró su tía.
Y la
condujo hasta uno de los carros en donde Elaria lavó con vino la mejilla
desgarrada y le aplicó después aceite de oliva.
—Ahora
eres en verdad una guerrera —afirmó Elaria. Casandra recordó que dijo más o
menos lo mismo la noche en que mató al hombre que trató de violarla, pero
supuso que el auténtico combate era lo que la convertía realmente en una
guerrera. Se sintió orgullosa de su herida, de la marca de su primer combate.
Pentesilea,
con la cara manchada de sangre, se inclinó sobre la herida ya limpia y frunció
el entrecejo.
—Véndala
con cuidado, Elaria, porque de otro modo le quedará una horrible cicatriz y hay
que evitarlo a cualquier precio.
—¿Qué
importancia tiene eso? —preguntó Casandra débilmente—. La mayoría de las
amazonas muestran cicatrices.
La propia
Pentesilea tenía un tajo en su mentón del que goteaba sangre. Casandra tocó su
mejilla con cuidado.
—Cuando
esté curada, apenas se notará. ¿A qué viene tanta preocupación?
—Pareces
olvidar, Casandra, que tú no eres una amazona.
—Mi madre
fue guerrera —protestó Casandra—. Ella comprenderá lo que es una honrosa
cicatriz de guerra.
—Ella ya
no es una guerrera —le indicó Pentesilea—. Hace largo tiempo que decidió ser lo
que ahora es, que optó por vivir con tu padre, atender a su casa y tener hijos.
Así que si tu padre se irrita, y se irritará, créeme, si te devolvemos con tu
belleza menguada, tu madre se sentirá muy angustiada. Y su buena voluntad
resulta muy valiosa para nosotras. Regresarás a Troya cuando nos dirijamos al
Sur en primavera.
—¡No!
—protestó Casandra—. Sólo ahora empiezo a ser de alguna utilidad para la tribu
en vez de representar una carga. ¿Por qué tengo que volver a ser un ratón
casero —pronunció esas palabras desdeñosamente— cuando me he demostrado a mí
misma que valgo para luchar?
—Piénsalo,
Casandra y sabrás por qué has de irte —le dijo Pentesilea—. Te has convertido
en una guerrera, y eso estaría bien si fueses a pasar el resto de tu vida con
nosotras. Yo te acogería de buen grado en nuestra tribu, como a una verdadera
guerrera y a una verdadera hija. Pero no puede ser. Más pronto o más tarde has
de retornar a tu vida en Troya; y por tanto, en beneficio tuyo, será mejor que
lo hagas pronto. Has alcanzado edad suficiente para casarte. Es posible que tu
padre ya te haya escogido esposo. Yo no debo enviarte cambiada hasta el punto
de que no puedas evitar sentirte desgraciada durante toda tu vida si tienes que
pasarla entre las murallas de una ciudad.
Casandra
sabía que aquello era cierto, pero le parecía que la castigaban por haberse
convertido en una de ellas. —No te quedes tan triste, Ojos Brillantes; no voy a
devolverte mañana —le dijo su tía, atrayéndola contra su pecho y acariciando
sus cabellos—. Permanecerás a nuestro lado al menos una luna más, quizá dos, y
regresarás con nosotras a Colquis. No he olvidado la promesa que te hice. La diosa te ha
llamado a su servicio, puso su mano sobre ti como sacerdotisa suya; en
cualquier caso, no podríamos reclamarte como guerrera nuestra. Antes de que te
alejes de nosotras, haremos que seas presentada a Ella.
Casandra
aún se sentía burlada; se había esforzado mucho y derrochado valor para
conseguir ser aceptada como guerrera amazona, y habían sido ese mismo esfuerzo
y ese mismo valor en el combate los que le habían privado del ansiado objetivo.
Estaban
poniendo orden en el escenario del combate. Se llevaron los cadáveres de las
amazonas para incinerarlos. Además de Estrella habían muerto dos mujeres
asaeteadas y una aplastada bajo un caballo al caer. Pentesilea retuvo con
suavidad a Casandra cuando ésta intentó ponerse en pie.
—Descansa,
estás herida.
—¿Descansar?
¿Qué están haciendo las demás guerreras, heridas o no? ¿Es que no puedo
desempeñar el papel de guerrera al menos mientras aún siga entre vosotras?
Pentesilea suspiró.
—Como
quieras. Tienes derecho a contemplar a los que has enviado al Señor del Otro
Mundo.
Rozó con
ternura la mejilla herida de la muchacha. Diosa, Madre de las Yeguas, Señora
que decide nuestros destinos, pensó, ¿Por qué no enviaste a mi vientre a ésta,
a la verdadera hija de mi corazón, en vez de destinarla al de mi hermana, que
ha decidido entregarla a la dominación de un hombre? Allí no conocerá la
felicidad, y ante ella sólo veo negrura; negrura y la sombra del destino de
otro.
Su corazón
suspiraba por Casandra como jamás había suspirado por sus propias hijas. Sin
embargo comprendía que la hija de Hécuba debía seguir su propio rumbo, que ella
no podía cambiarlo y que la Diosa Sombría había puesto su mano sobre la
muchacha.
No hay
mujer alguna que pueda escapar á su destino, pensó, y es locura tratar de
privara la Madre Tierra del sacrificio por ella decidido. Sin embargo, por amor
a Casandra, preferiría enviarla a servir abajo a la Madre Tierra que
sentenciarla a servir a la Sombría aquí, en tierras mortales.
Casandra
contempló sin rastro visible de emoción cómo eran entregadas a las llamas sus
compañeras. Luego cuando acamparon aquella noche, y por la insistencia de
Pentesilea y Elaria, extendió sus mantas entre ambas.
En su
mente se filtró la idea de que se había tomado una decisión sin consultarla.
Ahora que lo peor del peligro había pasado, parecían recordar de repente que
era una princesa de Troya y que debía ser cuidadosamente protegida. Pero no era
ni más ni menos princesa de lo que había sido dos o tres días antes.
Echaba de
menos a Estrella, aunque suponía que no habían sido amigas en realidad. Pero en
ella yacía un horror soterrado ante el pensamiento de que cada una de las
noches del viaje había extendido sus mantas junto a las de la muchacha cuyo
cuerpo se había convertido en cenizas tras ser destrozado por los golpes y
traspasado por las flechas.
Con un
poco menos de suerte y un adversario más diestro, la jabalina que desgarró su
mejilla habría atravesado su garganta y su cuerpo hubiera ardido en la pira,
aquella noche. Se sentía vagamente culpable y era demasiado nueva en el mundo
de la guerra para saber que cada una de las mujeres tendidas a su alrededor
compartían sus sentimientos de culpabilidad e inquietud por estar vivas.
Pentesilea
había dicho que la diosa había puesto su mano sobre ella como si eso fuera algo
normal, y empezó a preguntarse si habría quedado con vida porque la diosa la
reservaba para una misión.
Su mejilla
desgarrada le escocía con enloquecedora ferocidad, y cuando se llevó la mano a
ella para tratar de aliviar la sensación, rascándose o frotándose, un agudo
dolor se lo impidió. Removió el manto colocado bajo su cabeza y trató de hallar
una postura cómoda para dormir. ¿Qué diosa había puesto la mano sobre ella?
Pentesilea le dijo una vez, distraídamente, que todas las diosas eran la misma,
aunque cada aldea y cada tribu la designaran con nombres distintos. Eran
numerosas: Señora de la Luna, cuyos vaivenes y cambiantes ritmos imponían su
apremio sobre cada ser femenino; Madre de las Yeguas, a quien invocaba
Pentesilea; la Doncella Cazadora, que protegía a las vírgenes a quienes
disparaban con el arco, guardiana de los guerreros; Madre Sombría de Ultratumba;
Madre Serpiente del Más Allá... pero ella, pensó Casandra, más confusa a medida
que el sueño empezaba a enturbiar su mente, había sido herida por las flechas
de Apolo...
Como le
sucedía a menudo antes de dormirse, su espíritu percibió el contacto familiar
de los pensamientos de su hermano gemelo. Le llegó un soplo de viento de su
tierra y por sus sentidos cruzó el aroma a tomillo del monte Ida. La envolvió
la oscuridad de una choza de pastor en la que su propio cuerpo jamás había
estado. Se preguntó qué le habría parecido la batalla, si la habría considerado
como algo normal. No, porque ahora ella, una mujer, lo superaba en experiencia
bélica. Advirtió muy próxima la oscura silueta durmiente que reconoció, o
sintió, como Enone, la mujer que durante tanto tiempo había sido el centro de
sus fantasías, o de las de él. En los últimos meses había logrado acostumbrarse
a esa curiosa división de sí misma y de su gemelo hasta no estar segura de
cuales eran sus emociones y sensaciones y cuáles las de Paris. ¿Dormía y soñaba
ella, o él?
La luz de
la luna destacó en el oscuro umbral de la choza una figura femenina que
resplandecía tenuemente. Casandra supo que estaba contemplando la imagen de la
Señora, una reina majestuosa y deslumbrante; pero el resplandor se desplazó y
la luz fluyó entonces del arco de plata cuyas flechas de luz de luna inundaron
la estancia.
Era una
luz que parecía traspasar el cuerpo de Casandra, o el de él, correr por sus
venas y envolverla como si fuese una red, atrayéndola hacia la figura del
umbral. Le pareció hallarse de pie ante la Señora y una voz dijo tras su hombro
izquierdo:
—Paris, te
has mostrado como un juez justo y honesto —Casandra vio por un instante el toro
al que Paris otorgó el galardón en la feria—. Juzgarás pues ahora cuál es la
más bella entre las diosas.
La
contestación de Paris brotó como surgida de los propios labios de Casandra.
—Verdaderamente,
la Señora es la más hermosa en todas sus apariencias.
Una risa
juvenil resonó junto a su hombro.
—¿Y puedes
adorarla con perfecta ecuanimidad en todas las diosas, sin otorgar preferencias
a una sobre las otras? ¡Hasta el Padre de los cielos rehuye una imparcialidad
tan difícil!
En las
manos de Paris cayó algo terso, frío y muy pesado, y una luz dorada brilló
sobre su rostro.
—Toma esta
manzana y ofrécesela a la diosa más hermosa.
La silueta
de la puerta cambió un poco. La luna llena la coronó con un halo y sus
vestiduras brillaron como si fueran de mármol pulido. Allí estaba la Reina del
Padre de los cielos, Hera, señorial y majestuosa, arraigada en la tierra pero
reinando sobre ella.
—Sírveme,
Paris, y serás grande. Regirás todos los países conocidos y tuyas serán las
riquezas del mundo.
Casandra
sintió que Paris inclinaba la cabeza.
—Verdaderamente
eres hermosa, Señora, y muy poderosa.
Pero la
manzana aún siguió pesando en su mano. Casandra alzó los ojos con cautela,
temiendo la ira de la diosa; pero entonces la luna pareció brillar a través de
una dorada neblina, centelleando en el casco y en el escudo que la Señora
portaba. La luz dorada irradiaba también de ella e incluso la lechuza que
estaba sobre su hombro derecho relucía con el reflejo de su gloria.
—Poseerás
una gran sabiduría, Paris —declaró Atenea—. Sabes que no puedes gobernar el
mundo si antes no logras gobernarte a ti mismo. Te entregaré el
autoconocimiento como base de todos los demás saberes. Aprenderás a vivir y a
lograr la victoria en todas las batallas.
—Gracias,
Señora, pero soy un pastor y no un guerrero. Y aquí no hay guerra. ¿Quién se
atrevería a desafiar el poder del rey Príamo?
Casandra
creyó percibir una mirada de desdén en el rostro de la Señora, pero luego ésta
se acercó tanto a Casandra que hubiera podido tocarla con sólo extender la
mano. Su escudo y su casco habían desaparecido, al igual que sus pálidas
vestiduras, y la luz brotaba de su cuerpo perfecto. Paris se protegió los ojos
con la mano que aún sostenía la manzana.
—Radiante
Señora —murmuró.
—Hay otras
batallas que un pastor puede ganar con facilidad. ¿Y qué victoria existiría sin
el amor y sin una mujer con quien compartirla? Eres hermoso, Paris, y complaces
a todos los sentidos.
El aliento
de la diosa alcanzó su mejilla y se sintió aturdido como si toda la montaña
girase en torno de él. El aire que lo envolvía era tibio. Relucía inmerso en el
dorado resplandor de la Señora.
—Eres un
hombre con el que cualquier mujer se enorgullecería de casarse, hasta una mujer
como Helena de Esparta, la más bella en el mundo —continuó la diosa.
—En
verdad, Señora, no existe mujer mortal que comparársete pueda.
Paris miró
a los ojos de Afrodita y Casandra tuvo la extraña sensación de que ella y él se
fundían, arrastrados por la marea de luz que brotaba de los ojos de la diosa
del amor.
—Pero
Helena no es del todo una mortal; es hija de Zeus y su madre fue lo bastante
hermosa para atraerlo. Es casi tan bella como yo y, por añadidura, dueña de
Esparta. Todos los hombres la desean. Todos los reyes, entre los argivos,
solicitaron su mano. Eligió a Menelao, pero te aseguro que bastaría con que te
dirigiera una sola mirada para que olvidase tal elección. Porque eres hermoso,
y la belleza atrae hacia sí.
Casandra
pensó en Enone, tendida y hechizada junto a Paris. ¿Qué es lo que él desea de
una mujer hermosa? Ya tiene una a su merced. Mas Paris no parecía consciente de
la presencia de Enone. La manzana apenas pesaba en su mano cuando se la entregó
a la diosa Afrodita y el resplandor dorado brilló como si lo consumiese.
La luz del
sol tocó sus ojos cuando Elaria apartó la cortina de la entrada de la tienda.
—¿Cómo te
encuentras esta mañana, Ojos Brillantes?
Casandra
se estiró levemente, entornando los ojos ante la luz, que no era más que la
producida por el sol, sin comparación con el intenso resplandor lunar de las
flechas de la diosa. ¿Había sido una visión o sólo un sueño? Y de haber sido
sueño, ¿fue suyo o de su hermano? Tres diosas, pero ninguna la Doncella
Cazadora. ¿Por qué?
Tal vez a
Paris no le interesan las doncellas, pensó con ligereza. Mas tampoco había
percibido rastro alguno de la Madre Tierra. ¿Era la Madre Tierra idéntica a Hera? No, porque la Madre
Tierra era diosa por derecho propio, no por haberse desposado con un dios, y
todas aquellas diosas se definían como esposas o hijas del Padre de los cielos.
¿Eran pues semejantes a las diosas de Troya?
No, no
podían serlo, ¿por qué iba a aceptar una diosa ser juzgada por un hombre... o
incluso por un dios?
Ninguna de
esas diosas es la diosa tal como yo la conozco, la Doncella, la Madre Tierra,
la Madre Serpiente. Ni siquiera la Madre de las Yeguas de Pentesilea. Quizás en
un país regido por los dioses de los cielos sólo se concebía a las diosas como
sirvientes divinas. Aquella idea la dejó aún más perpleja.
No pudo
haber sido un sueño mío porque, de haber soñado yo con diosas, habría sido con
aquellas a las que adoro y honro. He oído hablar de esas diosas. Mi madre me
habló de Atenea y de sus dones de olivas y uvas, pero ésas no son las mías ni
tampoco las de las amazonas.
—Casandra,
¿aún sigues durmiendo? —le preguntó Elaria—. Tenemos que regresar a Colquis, y
Pentesilea ha preguntado por ti.
—Ya voy
—contestó Casandra, poniéndose los calzones.
Cuando
estuvo de pie, la tensión del sueño, o de la visión, pareció esfumarse hasta
que en su memoria quedó sólo el extraño recuerdo de las diosas extrañas.
La visión
ha sido de mi hermano, no mía.
—Di a mi
tía que iré —dijo Casandra—. Pero deja que me peine.
—Te
ayudaré —le pidió Elaria, arrodillándose junto a ella—. ¿Te duele la cabeza? Se
te ha caído el vendaje. Bueno, no te quedará cicatriz; la herida está cerrando
muy bien. La diosa ha sido generosa contigo.
Casandra
se preguntó: ¿qué diosa?, pero no lo dijo en voz alta. Pocos minutos después,
estaba sobre su silla. Cuando emprendieron el largo camino de regreso a
Colquis, Casandra vio ante ella, bajo la intensa luz del sol, los rostros y las
figuras de las diosas. Pero, ¿qué desean de mi hermano o de mí esas diosas de
los aqueos? ¿O qué desean de Troya?
Cabalgando
a su paso, libres ya de la traqueteante lentitud de los carros que
transportaban el estaño, Pentesilea, Casandra, y las demás que volvían a
Colquis dejaron que la caravana prosiguiera su camino hacia el lejano país de
los hititas. A Casandra le dolía la cara, y el movimiento de su montura
aumentaba su malestar. Se preguntó cuál sería la suerte de las guerreras que
continuaban la ruta, y casi deseó haberlas acompañado hacia la desconocida
comarca, aunque sólo fuese para compartir con ellas el combate o incluso la
muerte. Pero, pensó, no debo quejarme. He viajado lejos de mi hogar más que
cualquier otra mujer de Troya, mucho más que mis hermanos y hasta que el propio
Príamo.
Cuando
emprendieron el regreso a la ciudad, Pentesilea pareció despreocuparse de la
posibilidad de que fuesen atacadas. Tal vez no valiera la pena acometer a las
amazonas sin el metal que protegían. Casandra se preguntó quien se encargaría
de proteger a la siguiente caravana cuando se habían necesitado tantas amazonas
para que escoltaran aquélla. Pero sabía que ese asunto no le incumbía.
Ahora que
reflexionaba al respecto, advirtió que deseaba conocer mejor la ciudad de
Colquis, y el oráculo le había ordenado a Pentesilea que se quedara allí
durante algún tiempo. Todo lo que le restaba por hacer era aguardar su regreso
a Troya. Entonces comprendió a lo que se refirió su tía cuando le dijo que
tendría que volver antes de que resultase penoso llevar la vida habitual de una
mujer de Troya. Pero, pensó Casandra, ya es demasiado tarde para eso.
Enloqueceré, aprisionada entre las paredes de una casa durante el resto de mi
vida.
Luego
recordó su visión de las diosas y de su hermano. Con tal don, dispondría
siempre de un medio para alejarse de su entorno inmediato y, en consecuencia,
sería más afortunada que otras muchas mujeres.
Pero
¿podría sustituir eso a un desplazamiento real? ¿Constituiría simplemente una
burla el hecho de que su mente, a diferencia de su cuerpo, fuese capaz?, de
escapar de los muros que la aprisionaban?
Sintió
deseos de hablar detenidamente sobre esa cuestión con su madre, que había
conocido las dos vidas y podía entenderla. Mas ¿estaría dispuesta a hablar de
aquello con entera libertad tras haber elegido de una manera irrevocable? ¿Qué
era lo que había conseguido su madre a cambio de todo a lo que había
renunciado? ¿Volvería a elegir del mismo modo?
Casandra
era consciente de que no tendría nunca semejante oportunidad. Para Hécuba era
importante parecer poderosa, y nunca admitiría ante Casandra, ni ante nadie,
que hubiera errado al elegir.
¿Con qué
otra persona podría hablar? ¿Había allí alguien a quien confiar su confusión y.
su angustia? No era capaz de pensar en nadie. Resultaba improbable que
Pentesilea se prestara a hablar de eso con ella. Casandra estaba segura del
cariño de su tía, pero también de que la consideraba una niña, no una igual con
la que pudiera expresarse libremente.
Aunque
cabalgaban a la mayor velocidad que podían proporcionarles sus monturas, el
viaje a Colquis parecía interminable. Al final del primer día llegaron a
divisar las altas murallas de la ciudad de puertas férreas, pero aún les
quedaba un largo trecho, varios días sobre la silla desde las primeras luces
sin más parada que una breve al mediodía para comer el habitual queso, o la
cuajada. Al menos aquello era mejor que el hambre sufrida en los pastizales del
Sur. Al ocaso del tercer o cuarto día pasaron las fatigadas amazonas bajo las
grandes puertas junto a las torres. Lanzaron vítores a los que Casandra trató
de unirse, pero al abrir la boca para gritar, sintió el dolor de su herida
vendada. Había refrescado y amenazaba lluvia.
Junto a
las murallas las aguardaba una mensajera que habló a Pentesilea. Después, ésta
llamó a Casandra.
—Tú y yo
hemos de ir a palacio, y el resto reunirse con las demás en el campamento.
Casandra
se preguntó qué querría de ellas la reina. Trotaron lentamente por las calles
empedradas con guijarros, entregaron sus caballos a las puertas del palacio y
fueron conducidas ante la presencia real por las mujeres de la reina Imandra.
Las
aguardaba en la misma estancia donde las recibió la primera vez. A su lado,
recostada sobre una alfombra, había una muchacha de oscuros cabellos, peinados en tirabuzones.
—Te has
comportado bien —declaró Imandra, indicándoles que se acercaran; tomó la mano
de Pentesilea y puso en su palma un brazalete de hojas de oro labradas, con
incrustaciones de nefrita. Casandra jamás había visto nada tan bello.
—No te
retendré mucho tiempo —dijo la reina—. Tras tu largo viaje, estarás deseando
tomar un baño y cenar. Pero quiero hablar contigo un rato.
—Me
complace, prima —repuso Pentesilea.
—Andrómaca
—dijo la reina Imandra, volviéndose hacia la muchacha que se hallaba junto a
ella—, ésta es tu prima Casandra, hija de Hécuba de Troya. Es la hermana de
Héctor, el hombre con quien estás prometida.
La
muchacha morena se incorporó hasta sentarse, apartando de su rostro sus largos
rizos.
—¿Eres
hermana de Héctor? —preguntó, con interés—. Háblame de él. ¿Cómo es?
—Es un
pendenciero —contestó Casandra, de inmediato—. Tendrás que mostrarte muy firme
con él si no quieres que te trate como a una estera y te pisotee hasta
convertirte en un ser tímido y humilde que se limite a asentir perpetuamente a
todo lo que diga, como hace mi madre con mi padre.
—Mas eso
es lo justo entre marido y mujer —afirmó Andrómaca—. ¿De qué otro modo debe
precederse con un hombre?
—Será
inútil cuanto le digas, Casandra —intervino la reina Imandra—. Debería haber
sido hija de una de tus mujeres de la ciudad. Pretendí que se adiestrara como
guerrera, como puedes deducir del nombre que le puse.
—Casandra
no entiende el significado del nombre —dijo Pentesilea—. No habla más lengua
que la suya propia.
—Es
horrible —le explicó Andrómaca—. Mi nombre significa Quien pelea como un hombre
¿Y quién querría pelear como un hombre?
—Yo
—respondió Pentesilea—, y además lo hago.
—No quiero
ser descortés contigo, tía —dijo Andrómaca—, pero a mí no me gusta pelear en
manera alguna. Mi madre no me ha perdonado que no naciera guerrera como
ella, para
aportarle todo género de honores con las armas.
—Condenada
muchacha —se lamentó Imandra—. Jamás quiso tener nada que ver con armas. Es
perezosa y pueril; sólo quiere vivir bajo techado y lucir bonitos vestidos. Y
su mente rebosa ya de hombres. Cuando yo tenía su edad apenas sabía de más
hombres que mi maestro de armas y sólo quería que se sintiera orgulloso de mí.
Cometí el error de dejar que fuese educada por mujeres y en palacio. Debería
habértela entregado, Pentesilea, tan pronto como fue capaz de sostenerse sobre
un caballo. ¿Qué clase de reina será para Colquis, si sólo le interesa casarse?
¿Y de qué sirve eso?
—¡Oh,
madre! —exclamó Andrómaca, irritada—. Tienes que aceptar que no soy como tú.
Oyéndote hablar, cualquiera pensaría que en la vida no hay nada más que la
guerra, las armas y el gobierno de tu ciudad y, más allá de eso, comercio y
naves lejos de las fronteras de tu mundo.
Imandra
sonrió y declaró:
—Yo no he
hallado nada mejor. ¿Y tú?
—¿Qué me
dices del amor? —preguntó Andrómaca—. He oído hablar a mujeres, auténticas
mujeres que no pretenden ser guerreras...
Imandra
cortó sus palabras, inclinándose y abofeteándola.
—¿Cómo te
atreves a decir que «no pretenden» ser guerreras? ¡Yo soy una guerrera y no por
eso menos mujer!
Andrómaca
sonrió malignamente cuando se llevó una mano a la enrojecida mejilla.
—Los
hombres afirman que las mujeres que empuñan las armas y pretenden usarlas, lo
hacen porque son incapaces de hilar, de tejer, de hacer tapices y de parir
hijos...
—Yo no te
encontré debajo de un olivo —la interrumpió Imandra.
—¿Y en
dónde está mi padre para corroborarlo? —preguntó la muchacha, con descaro.
Imandra
volvió a sonreír.
—¿Qué
dicen al respecto nuestras invitadas? Casandra, tú has vivido de ambos modos...
—Por el
cíngulo de la Doncella —dijo Casandra—, preferiría ser guerrera a esposa.
—Eso me
parece una locura —afirmó Andrómaca—, porque no significó la felicidad para mi
madre.
—No me
cambiaría por mujer alguna, casada o soltera, de las costas de este mar —dijo
Imandra—. Y no sé qué entiendes por felicidad. ¿Quién metió en tu cabeza esas
ideas sentimentales?
Pentesilea
intervino en la discusión por primera vez.
—Déjala en
paz, Imandra. Ya que has decidido que se case, adecuado es que se contente con
tal estado. A su edad, una muchacha no sabe lo que quiere ni por qué; sucede
también entre las nuestras.
Casandra
examinó a la joven de piel suave y mejillas rosadas que tenía a su lado.
—Creo que
resultas perfecta tal como eres. Me sería difícil imaginarte de otro modo.
Andrómaca
alzó su mano hacia la mejilla vendada de Casandra.
—¿Cómo te
lo hiciste, prima?
—No tiene
importancia —respondió Casandra—, sólo es un simple rasguño.
Y ante la
suave mirada de Andrómaca sintió que en verdad carecía de importancia, un
incidente trivial indigno de mención.
Imandra se
inclinó hacia adelante y, al hacer ese gesto, Casandra percibió la pequeña
cabeza cuadrangular que asomaba de su corpiño. Extendió la mano.
—¿Puedo?
—preguntó, en tono suplicante, y la serpiente se deslizó hasta enroscarse en su
muñeca. Imandra guió a la serpiente hasta la mano de Casandra.
—¿Te
hablará?
Andrómaca
la observó, ceñuda.
—¡Uf!
¿Cómo puedes tocar esas cosas? Me horrorizan.
Casandra
acercó confiadamente el reptil a su mejilla.
—Qué
tontería —dijo—. No me morderá; y aunque me mordiese, no me haría mucho daño.
—No es por
miedo a que muerda —explicó Andrómaca—. No está bien, no es normal, la carencia
de temor hacia las serpientes. Incluso un mono que hubiese pasado toda su vida
en una jaula, sin haber visto jamás una serpiente viva, gritaría y temblaría si
le arrojaras un trozo de cuerda, al tomarla por una serpiente. Y creo que la
naturaleza humana rechaza a las serpientes.
—Bueno,
quizás. Entonces será que no soy normal —le contestó Casandra.
Acercó la
cabeza a la serpiente, murmurándole.
—No todo
el mundo puede lograr eso, Casandra —dijo Imandra, con amabilidad—. Sólo lo
consiguen quienes, como tú, han nacido ligados a los dioses.
—No lo
comprendo —dijo Casandra, sintiéndose de malhumor e inclinada a contradecir
cualquier cosa que le dijeran.
Acarició
la serpiente y añadió:
—La otra
noche soñé con las diosas, o quizá tuve una visión. Pero la Madre Serpiente no
estaba entre ellas.
—¿Soñaste?
Cuéntamelo —dijo Imandra.
Casandra
dudó. En parte porque consideraba que revelar su sueño podía debilitar su
magia, puesto que tal vez le había sido enviado como un secreto sagrado, no
destinado a nadie más. Dirigió una mirada suplicante a Pentesilea porque
tampoco quería ofender a la reina que tan generosa se había mostrado con ellas.
—Te
aconsejo que se lo cuentes, Casandra —manifestó la reina de las amazonas—. Es
una sacerdotisa de la Madre Tierra y quizá pueda explicarte lo que significa
para tu destino.
Así
animada, Casandra empezó a narrar minuciosamente su visión hasta concluir con
la confusión que le causó ver que entre las diosas no aparecían la Doncella, la
Madre Tierra y la Madre Serpiente. Imandra escuchó con atención, incluso cuando
Casandra, momentáneamente dominada por el recuerdo, dejó que su voz se
transformase en un murmullo.
Cuando
terminó, Imandra le preguntó, con voz calmada:
—¿Fue ese
tu primer encuentro con cualquiera de los inmortales?
—No,
Señora; he visto a la Diosa Madre de Troya hablar por boca de mi madre, aunque
entonces era muy pequeña. Y una vez... —tragó saliva, inclinó la cabeza y se
esforzó por afirmar su voz, sabiendo que de otro modo rompería en sollozos sin
saber por qué —... una vez, en su propio templo... Apolo me habló.
Los dedos
de Imandra acariciaron su pelo.
—Es lo que
pensé la primera vez que hablé contigo; estás llamada a ser sacerdotisa. ¿Sabes
lo que eso significa?
Casandra
negó con la cabeza y trató de imaginarlo.
—¿Qué debo
vivir en el templo y ocuparme de los oráculos y de los ritos?
—No, no es
tan sencillo, niña —dijo Imandra—. Significa que debes hallarte entre los
hombres y los inmortales para servir de mediadora... No es ésa la vida que yo
habría escogido para mi hija.
—¿Pero por
qué he sido elegida?
—Pequeña,
sólo los que te llamaron conocen la respuesta a esa pregunta —dijo Imandra,
añadiendo cariñosamente—: En algunos de nosotros ponen su mano de un modo
inconfundible. No nos explican sus motivos. Pero, si tratamos de esquivar su
voluntad, tienen medios para obligarnos a servirlos, no lo olvides... Nadie
trata de ser elegido; son los dioses quienes nos escogen, no nosotros a ellos.
Sin
embargo, pensó Casandra, creo que yo habría escogido este servicio. Al menos no
lo acepto contra mi voluntad. La serpiente pareció haberse dormido, enroscada
en su brazo. Imandra se inclinó hacia adelante y la recogió, sin despertarla,
deslizándola por su vestido como si fuese parte de él.
—Cuando la
próxima luna brille en su plenitud, la verás —declaró.
Y Casandra
lo tomó como un augurio.
—Sé tan
poco de lo que significa ser sacerdotisa —dijo Casandra—. ¿Qué debo hacer?
—Si la
diosa te ha llamado, te lo explicará —afirmó Pentesilea—. Y si no te ha
llamado, será inútil que te esfuerces en saber. —Golpeó cariñosamente a
Casandra en la cabeza. Has de procurarte una serpiente y una vasija para
guardarla.
—Preferiría
tenerla bajo el vestido, como hace la reina.
—Eso está
bien —dijo Pentesilea—, pero cualquier animal debe tener un lugar que considere
propio, como refugio suyo.
Casandra
lo entendió y, en consecuencia, se dirigió al mercado con su tía en busca
de una vasija para su serpiente; mañana, se dijo a sí misma, iré al campo para
encontrar una. No le pareció conveniente comprarla en el mercado, aunque
suponía que podría hablar con quienes las criaban para el templo. Tal vez consiguiese
que Imandra le dijera lo que debía saber.
Recorrió
los puestos de los cacharreros del mercado y finalmente halló un recipiente de
un tono verdiazul, decorado con animales marinos. En un lado, estaba la imagen
de una sacerdotisa que ofrendaba una serpiente a una diosa desconocida. A
Casandra le pareció que aquella vasija era la indicada para guardar su
serpiente, y la compró con el dinero que Pentesilea le había entregado. Había
muchas decoradas de forma parecida y se preguntó si todas estarían destinadas
al mismo uso.
Después de
ponerse el sol y en compañía de Andrómaca, observó desde la terraza del palacio
cómo se encendían una tras otra las luces de la ciudad que se extendía a sus
pies.
—No puedes
presentarte ante la diosa con calzones de amazona —dijo Andrómaca—. Te prestaré
un vestido.
—¿Acaso es
estúpida la diosa? —preguntó Casandra un poco molesta—. Soy lo que soy. ¿Crees
que puedo engañarla por cambiar de indumentaria?
—Tienes
razón, desde luego —contestó Andrómaca, conciliadora—. No es que a la diosa le
importe; pero algunos fieles podrían verte y, no comprendiéndolo, sentirse
escandalizados.
—Ésa es
otra cuestión —admitió Casandra—. Entiendo lo que dices. Llevaré un vestido si
tienes la amabilidad de prestármelo.
—Pues
claro, hermana —dijo Andrómaca, dudó, y añadió como defendiéndose—. Serás mi
hermana si me caso con Héctor; y, cuando llegue a Troya, contaré con una amiga
en tu extraña ciudad.
—Sí.
—Casandra la tomó del brazo y permanecieron inmóviles en la oscuridad—. Pero
Troya no es más extraña que tu ciudad.
—Más
extraña para mí, sin embargo —afirmó la muchacha—. Estoy acostumbrada a una que
está gobernada por una reina. ¿Es cierto que tu madre Hécuba no gobierna la
ciudad?
Casandra
lanzó una. risita ante la idea de que Hécuba pudiera mandar a su adusto padre.
—No, no
gobierna. ¿Tu madre no tiene marido?
—¿De qué
le serviría un marido? Dos o tres veces, desde que murió mi padre, tomó un
consorte por una temporada y lo despidió cuando se cansó de él. Eso es legítimo
para una reina si siente el deseo de un hombre... al menos en nuestra ciudad.
—¿Y sin
embargo tú estás dispuesta a casarte con mi hermano y a someterte a él como se
hallan sometidas a sus hombres nuestras mujeres?
—Creo que
me gustará —declaró Andrómaca, riéndose, y luego gritó— ¡Oh, mira!
Una
brillante luz cruzó el cielo y desapareció al instante.
Otra la
siguió sin tardanza, y otra más, tan brillantes que por un momento pareció que
la tierra se tambaleaba y el cielo se movía. Una tras otra, las estrellas
parecían romper sus amarras y caer. Mientras las dos muchachas las
contemplaban, Casandra murmuró:
—... allí
permaneceréis hasta que caigan las estrellas de la primavera.
En la
oscuridad, una sombra se dividió en dos, y aparecieron en la terraza la reina
Imandra y Pentesilea.
—Ah,
supuse que estaríais aquí. Ocurre como la diosa nos dijo —declaró Pentesilea,
observando el resplandor celestial del que parecían caer las estrellas—. Una
lluvia de estrellas fugaces.
—Pero,
¿cómo pueden caer las estrellas? ¿Lo harán todas las del cielo? —preguntó
Andrómaca—. ¿Y qué sucederá cuando todas hayan desaparecido?
Pentesilea
se echó a reír.
—No temas,
muchacha. Son numerosos ya los años en que he visto caer las estrellas; siempre
quedan muchas en el cielo —dijo.
—Además
—agregó Imandra—, no me imagino qué consecuencias podría tener para la tierra,
excepto la desaparición de su luz.
—En una
ocasión —explicó Pentesilea—, cuando yo era aún muchacha, cabalgaba con mi
madre y su tribu por las llanuras que se extienden al norte de aquí, entre las
montañas del hierro, y una cayó cerca de nosotras entre un enorme
estruendo y un gran resplandor. Buscamos durante toda la noche, guiándonos por
el olor a quemado, y al final hallamos una enorme piedra negra, aún enrojecida.
Por eso creen muchos que las estrellas son fuego fundido que al enfriarse se
torna roca. Mi madre me legó esta espada, que yo vi forjar con el metal del
cielo.
—El hierro
del cielo es mejor que el hierro arrancado de la tierra —confirmó Imandra—.
Quizá porque no pesa sobre él la maldición de la Madre; no ha sido arrebatado a
la tierra sino que es don de los dioses.
—Me
gustaría encontrar una estrella caída —murmuró Andrómaca—. Son tan bellas...
Su tono
era tan anhelante que Casandra le dijo.
—Me
gustaría encontrar una para hacerte el regalo que mereces.
—Así que
ya podemos regresar a nuestros propios llanos y pastizales; aun no sé por qué
la diosa nos envió hasta aquí —comentó Pentesilea.
—Sea cual
fuere la razón —dijo Imandra—, fue para fortuna mía. Tal vez la diosa sabía que
te necesitaba aquí. Y si algunas de tus mujeres deciden quedarse y adiestrar a
las mujeres de mi guardia, serán bien pagadas.
Alzó la
vista hacia el cielo por donde se deslizaban todavía las estrellas fugaces, y
murmuró:
—Casandra,
quizá la diosa envió estas estrellas como augurio de tu viaje hacia ella. No
tuve yo presagio semejante cuando la busqué por los campos para ofrecerme a su
servicio —añadió casi con envidia.
—¿A dónde
he de ir? —preguntó Casandra—. ¿He de viajar sola?
En la
oscuridad, Imandra tocó su mano cariñosamente.
—El viaje
es del espíritu, sobrina; no necesitarás dar un solo paso. Y aunque tendrás
muchas compañeras, cada candidata viaja sola, como sola se halla siempre el
alma ante los dioses.
Los ojos
de Casandra estaban deslumbrados por las estrellas fugaces y, en el extraño
ambiente de aquella noche, le pareció que las palabras de Imandra poseían un
significado más hondo del que expresaban?
—Habladme
más del metal del cielo —rogó Andrómaca—. ¿No deberíamos empezar a buscar ya
que las estrellas están cayendo a nuestro alrededor? Entonces no necesitaríamos
sacarlo de la tierra ni enviar naves para que lo traigan de los países
septentrionales.
—Los
astrólogos de mi corte profetizaron esta lluvia de estrellas y estarán
vigilando desde un campo fuera de la ciudad. Tienen caballos veloces. Por
tanto, si una estrella cae cerca, saldrán a buscarla. Sería impiedad dejar que
un don de los dioses quedase abandonado o cayera en manos de quienes no lo
trataran con la debida reverencia —dijo Imandra.
Le pareció
a Casandra que habían caído centenares de estrellas pero, cuando miró al cielo,
vio tantas como siempre. Tal vez, pensó, caen unas y surgen otras. El
espectáculo empezaba a aburrirla y apartó los ojos del cielo, suspirando.
—Deberías
acostarte —le aconsejó Pentesilea—. Mañana serás conducida con las otras que
buscan a la diosa en su tierra. Y come bastante antes de dormir porque ayunarás
durante todo el día.
—Dormirá
en mi alcoba esta noche, madre —anunció Andrómaca—. Le he prometido prestarle
un vestido para mañana.
—Has
tenido una excelente idea —dijo Imandra—. Id entonces a descansar, muchachas, y
no perdáis el tiempo en charlas.
—Te lo
prometo —contestó Andrómaca.
Por una
escalera oscura condujo a Casandra al interior del palacio. Llevó a su prima a
sus habitaciones y llamó a una doméstica para que les preparase el baño y les
llevara pan, frutas y vino. Tras haberse bañado y cenado, Andrómaca comentó:
—Mira, aún
caen estrellas.
—Y sin
duda seguirán cayendo durante toda la noche —comentó Casandra—. A no ser que
una entre por la ventana, me parece que ya no nos afecta.
—Supongo
que no —dijo Andrómaca—. Si cayese una aquí, podrías conseguir una espada como
la de Pentesilea. Yo no siento deseo alguno de tener armas.
—Imagino
que tampoco yo las necesitaré puesto que, al parecer, seré sacerdotisa y no
guerrera —comentó Casandra, suspirando.
—¿Te
gustaría guerrear durante toda tu vida, Casandra?
Casandra
le contestó, con los dientes apretados:
—No creo
que mis preferencias tengan importancia; mi destino ha sido determinado y nadie
puede luchar contra su sino, por muchas que sean las armas con que cuente.
Después de
que se acostaran una junto a otra en el lecho de Andrómaca y, cuando incluso la
luz intermitente de las estrellas fugaces disminuyó al acercarse el alba,
Casandra sintió a través de su inquieto sueño que alguien se hallaba de pie en
el umbral de la puerta; se incorporó a medias para murmurar una pregunta, pero
aun estaba atrapada por el sueño y no emitió sonido alguno. Pero supo que era
Pentesilea quien había entrado silenciosamente en la estancia, y que la observó
durante largo tiempo a la luz de la luna y luego tendió la mano para tocar sus
cabellos un instante, como si la bendijera. Después desapareció, aunque
Casandra no la vio salir, y en la alcoba sólo quedó la luz de la luna.
Empezaba a
amanecer cuando una mujer entró en la estancia sin llamar y descorrió por
completo las cortinas. Andrómaca metió la cabeza bajo las sábanas para
protegerse de la intromisión, pero Casandra se sentó en el lecho y la miró. Era
una mujer de Colquis, morena y corpulenta, con la d
osis de
seguridad en sí misma que tenían las guerreras de Pentesilea. Vestía un largo
traje de lino blanquísimo, sin adorno alguno. En torno a su muñeca se enroscaba
una pequeña serpiente verde y Casandra supo que se trataba de una sacerdotisa.
—¿Quién
eres? —le preguntó Casandra.
—Mi nombre
es Evadne y soy una sacerdotisa enviada para prepararte —contestó—. ¿Eres tú o
es tu compañera quien ha de presentarse hoy ante la diosa? ¿O sois las dos?
Andrómaca
miró un momento por encima de las sábanas y explicó:
—Yo fui
iniciada el año pasado; se trata sólo de mi prima.
Volvió a
cerrar los ojos, y se dispuso a dormir de nuevo. Evadne le sonrió a Casandra y
luego volvió a su seriedad.
—Verás
—dijo—. Todas las mujeres deben servicio a los inmortales, como también todos
los hombres. ¿Pretendes servirles cuando te lo pidan o dedicarles toda tu vida?
—Estoy
dispuesta a consagrar toda mi vida a ese servicio —afirmó Casandra—, pero
ignoro qué exigirá de mí.
Evadne le
tendió el vestido que Andrómaca había dejado sobre un banco.
—Pasemos a
la estancia inmediata para no molestar a la princesa —dijo.
Cuando
estuvieron allí le preguntó:
—Ahora,
dime. ¿Por qué quieres ser sacerdotisa?
Casandra
volvió a contar lo que le sucedió en el templo de Apolo, hablando sin reparos
por vez primera. Aquella mujer conocía a los inmortales y si algún ser vivo
podía entenderla, era ella. Evadne le escuchó sin hacer comentario. Al final
del relato sonrió.
—El Señor
del Sol es un amo celoso —dijo—. Y creo que te ha llamado. Pero aun así, la
Madre es dueña de cada mujer y no puedo negarte el derecho de verla.
—Mi madre
me dijo que la Madre Serpiente y el Señor del Sol son viejos enemigos, Señora.
—El término de respeto afloró a sus labios de un modo natural—. Afirmó que
Apolo, Señor del Sol, luchó contra la Madre Serpiente y que la mató. ¿Es eso
cierto? ¿Seré desleal al Señor del Sol si sirvo a la Madre?
—Ella es
la madre de todo lo nacido y, en consecuencia, jamás podrá morir —respondió
Evadne, haciendo un gesto de reverencia—. Por lo que al Señor del Sol se
refiere, los inmortales se comprenden entre sí y no ven estas cosas de la
manera en que las vemos nosotros. La Madre Tierra, según dicen, tuvo primero su
templo donde Apolo construyó su oráculo. Afirman que mientras edificaban su
templo, surgió del centro de la tierra una gran serpiente o un dragón y el
Señor del Sol, o quizá su sacerdote, mató a la bestia con sus flechas. En
consecuencia, las gentes ignorantes aseguraron que el dios se había enfrentado
con la Madre Serpiente; pero el Señor del Sol, como todos los demás seres
creados, es hijo suyo.
—¿Puedo
responder entonces a la llamada de la Madre aunque ya me haya llamado el Señor
del Sol?
—Todos los
seres creados le deben servicio —manifestó la sacerdotisa, repitiendo su gesto
reverente—. No puedo decir más a quien todavía no se ha iniciado. Ahora, me
parece, debes arreglarte y reunirte con las demás que te acompañarán en el
viaje. Más tarde, si lo deseas, podré contarte algunos relatos referentes a la
diosa tal como es aquí adorada.
Casandra
se apresuró a obedecer, poniéndose el vestido que Andrómaca había arrojado
descuidadamente sobre el banco. Le estaba demasiado largo, cubriéndole los
tobillos. Se lo recogió un poco por el cíngulo para poder andar con facilidad.
Luego peinó sus cabellos y se los dejó sueltos como le habían dicho que era
costumbre entre las vírgenes de la ciudad, aunque le resultaba molesto que los
alborotara el viento.
De la
calle le llegaban los ruidos de la fiesta. Las mujeres salían de sus casas y
corrían, llevando ramas verdes y ramos de flores. Volvió Evadne y la condujo al
salón del trono dónde estaban reunidas varias muchachas de su edad. El trono
aún se hallaba vacío, cubierto por un paño de oro tejido sobre el que estaba
enroscada la gran serpiente de Imandra.
—Mira
—cuchicheó una de las chicas—, dicen que la reina es también una sacerdotisa
que puede transformarse en serpiente.
—Qué
tontería —contestó Casandra—. La reina se halla en otro lugar y ha dejado a la
serpiente en el trono como símbolo de su poder.
Pentesilea
figuraba entre las mujeres que aguardaban. Casandra se deslizó a su lado y la
reina de las amazonas tomó su mano y la apretó; aunque Casandra en realidad no
estaba asustada, se alegró por aquel contacto tranquilizador. Imandra se
hallaba allí también, entre ellas, pero al principio Casandra no la reconoció
porque la reina vestía el traje de sacerdotisa. Aquello le pareció razonable a
Casandra; también era costumbre en Troya que la reina fuese la representante
mortal de la Gran Diosa.
Le
sorprendió no encontrar entre las mujeres a Andrómaca. ¿Por qué no se reunía
con las demás sacerdotisas si había sido iniciada el año anterior? Parecía que
Andrómaca no estaba muy comprometida con la religión; y se preguntó si ésa era
otra de las razones por las que Imandra dudaba sobre la designación de su hija
como heredera del trono. Hasta entonces nadie le había hablado sobre eso, pero
Casandra se estaba acostumbrando a enterarse de lo que no se decía y a ver lo
que no se mostraba.
Imandra
hizo un gesto para silenciar a las parlanchinas muchachas, y las
sacerdotisas ya iniciadas la rodearon. Casandra advirtió que ella era la mayor
de las candidatas a la iniciación; probablemente era costumbre en la ciudad que
este acto tuviese lugar a una edad más temprana. Se preguntó si todas aquellas
muchachas tendrían que dedicar sus vidas a la diosa o si se trataba sólo de
«ofrecer su servicio cuando se le requiriese» que era la alternativa que Evadne
le había sugerido. De cualquier modo, parecía que aquél era el paso preliminar
e imprescindible en el servicio de los inmortales.
Las
mujeres de más edad colocaron a las chicas aún no iniciadas en círculo, con
Imandra en el centro. Casandra percibió tras ella, procedente de algún lugar,
el sonido de un tambor cuyos ecos suaves e incesantes le llegaban como los
latidos de un corazón.
—En esta
época del año —entonó Imandra—, celebramos el retorno de la Hija de la Tierra
desde las profundidades en donde ha permanecido aprisionada durante los fríos
de la estación invernal. Contemplamos su llegada cuando el verde de la
primavera se extiende por las tierras baldías, vistiendo los prados y los
bosques con la brillantez de las hojas y de las flores.
Silencio,
sólo alterado por el resonar de los tambores que batían las mujeres a sus
espaldas.
—Aquí nos
sentamos en la oscuridad, aguardando el retorno de la Luz. Aquí cada una
descenderá a buscar a la Hija de la Tierra por los reinos de las tinieblas.
Cada una de nosotras quedará purificada y aprenderá los caminos de la Verdad.
El relato
prosiguió monótono, explicando lo sucedido a la Hija de la Tierra y como fue
atraída hacia los reinos subterráneos y cómo las serpientes la consolaron y
juraron que ninguna de ellas le haría jamás daño. Hasta entonces, Casandra
había escuchado sólo fragmentos de aquella historia porque o les era
desconocida a las no iniciadas o se estimaba inconveniente que llegara a oídos
extraños. Prestó atención, fascinada, aunque le doliera la cabeza a causa del
incesante sonido de los tambores que acompañaban a las voces.
Empezó a
parecerle que estaba atrapada en un sueño que se prolongaba durante días y
días. Sabía que estaba despierta pero nunca del todo consciente. Poco tiempo
despues se dio cuenta, sin la más leve idea de cómo o dónde había ocurrido, de
que ya no estaban en el salón del trono sino en una cueva grande y oscura. El
agua rezumaba de los muros húmedos que se extendían hacia lo alto, formando
grandes espacios ecoicos que reproducían las voces y el sonido de los tambores.
De algún
lugar le llegaba las distantes notas de un caramillo y la llamaban con una voz
que casi reconocía. Entonces sintió (porque la oscuridad era demasiado intensa
para ver nada) un cuenco poco profundo, con dibujos en relieve, que pasaba de
mano en mano para que bebiese en él cada una de las muchachas. Después no pudo
recordar lo que le dijeron cuando le llegó el turno de beber. Hasta que sus
labios tocaron el líquido creyó que se trataba de vino.
Su sabor
contenía un rastro de amargor que le indujo a pensar en el olor del cereal que
Pentesilea le ordenó que recordara. Creyó que su estómago se rebelaría cuando
lo tragara, pero dominó el malestar empleando toda la fuerza de su voluntad, y
volvió a prestar atención a los tambores. El relato había concluido; y aunque
le hubiera ido en ello la vida no habría podido recordar cómo acababa, ni cuál
había sido el destino de la Hija de la Tierra.
Poco
después, su desorientación aumentó hasta el extremo de sentirse fuera del
círculo de mujeres y de la gruta y no tenía ni idea de dónde estaba, ni tampoco
se lo planteó. Por su mente cruzó el pensamiento de que aquel líquido debía de
ser una especie de droga, pero tampoco se paró a analizarlo. Tocó el frío y
húmedo suelo y se sorprendió al advertir que estaba recubierto por las
habituales losas. ¿Es que no se había movido? Extraños colores pasaban ante sus
ojos y, durante un momento, tuvo la sensación de que estaba caminando por un
túnel grande y oscuro.
Comparte
con la Hija de la Tierra el descenso hacia la oscuridad, dijo una voz,
guiándola desde lejos. Nunca supo si era real o no. Tendrás que renunciar a
cada una de las cosas de este mundo que te son más queridas, porque ahora no
tienes parte en ellas,
Descubrió
que llevaba sus armas; hubiera estado dispuesta a jurar que no las había cogido
aquella mañana. A través del sonido de los tambores oyó de nuevo la voz que la
guiaba.
Ésta es la
primera de las Puertas del Mas Allá. Aquí has de
renunciar
a todo lo que te liga a la Tierra y a los reinos de la Luz.
Casandra
manipuló desmañadamente el cinto del vestido que le habían prestado y se quitó
el enjoyado cinturón que sostenía su espada y su jabalina. Recordó que Hécuba
la había exhortado a que las llevara siempre con honor, pero aquello quedaba
muy lejos y no tenía relación con aquella oscura estancia. ¿Habría llegado
también Pentesilea hasta la tenebrosa entrada y abandonado sus armas ante ella?
Advirtió cómo caían al suelo la espada y la lanza, y el sonido metálico de su
choque, que se impuso un instante al ruido de los tambores.
¿Por qué
se movían tan lentamente sus manos? Pero, ¿se habían movido en realidad? ¿Era
todo una ilusión provocada por los tambores y aún seguía acurrucada e inmóvil
en el oscuro círculo, incluso cuando avanzaba a largos pasos por el negro
túnel, vistiendo el traje largo y desceñido de Andrómaca que ahora ya no la
entorpecía?
En algún
lugar había un ojo de fuego. ¿Había llamas detrás de él? ¿O estaba contemplando
el ojo rasgado de una serpiente?
Observó
que no parpadeaba y una voz le exigió:
Ésta es la
segunda Puerta del Más Allá, en donde has de renunciar a tus temores y a todo
lo que te impida penetrar en este reino como una de aquellas cuyos pies conocen
y siguen el Sendero tras mis propias huellas.
El ojo de
la serpiente estaba ahora cerrado; éste se movió, acariciando a Casandra, y en
un destello de recuerdo, procedente de siglos atrás y quizá de otra vida, se
vio acariciando a las serpientes en el templo del Señor del Sol y abrazándolas
sin temor. Era como si la escena se repitiera y el ojo se acercara más y más.
El mundo se contrajo hasta que sólo quedó oscuridad y el abrazo de la
serpiente. El dolor la inundó y llegó a estar segura de que se estaba muriendo,
y aceptó la muerte casi con alivio.
Pero no
estaba muerta; aún seguía avanzando en soledad a través de la misteriosa
negrura. Surgió una voz entre el redoble de los tambores que persistió hasta
llenar su cabeza.
Ahora
estás en mi reino y ésta es la Puerta tercera y última del Más Allá. Aquí nada
tienes más que tu vida, ¿la abandonarás también para servirme?
Casandra
pensó, enloquecida: No puedo imaginar de qué le va a servir mi vida, pero he
llegado tan lejos que no retrocederé ahora. Tuvo la sensación de haberse
expresado en voz alta, pero una parte de su mente le indicó que no había
emitido sonido alguno, que sus palabras eran una ilusión, como todo lo demás
que le había sucedido en el viaje; si de un viaje se trataba y no de un extraño
sueño.
No
retrocederé ahora aunque eso me cueste la vida. Lo he dado todo, tómala
también, Negra Señora.
Permaneció
insensible en la oscuridad, traspasada por el fuego, envuelta en el sonido
continuo de unas alas que se batían con rapidez.
¡Diosa, si
he de morir por ti, deja al menos que contemple tu rostro!
Se aclaró
un poco la negrura. Percibió un pálido remolino del que emergieron lentamente
dos negros ojos y un rostro blanquecino. Había visto antes ese rostro,
reflejado en una corriente... Era el suyo. Una voz muy cerca de ella le murmuró
a través del tamborileo y de las gimientes flautas:
¿Aún no
sabes que tú eres yo y que yo soy tú?
Entonces
las batientes alas se apoderaron de ella, eclipsándole todo. Alas y oscuros
vientos huracanados la llevaban hacia arriba, cada vez más arriba, hacia la
luz, afirmando: Pero hay mucho más que saber...
Los
vientos la despedazaban; un relámpago reveló los crueles ojos y picos que
rajaban y desgarraban; era como si algo extraño fluyese a través de ella,
inundándola como una profunda y negra agua, aventando todo pensamiento y toda
conciencia. Miró hacia abajo desde una gran altura a alguien que era y al mismo
tiempo no era ella misma, y supo que contemplaba el rostro de la diosa.
Entonces se quebró su tenue sujeción a la conciencia y, aún aferrándose, cayó
en una interminable sima silenciosa de luz cegadora.
Alguien
tocaba suavemente su cara.
—Abre los
ojos, mi niña.
Casandra
se sentía enferma y débil pero abrió los ojos al silencio y al húmedo aire
frío. Había vuelto a la gruta. Pero ¿la había abandonado? Su cabeza reposaba en
el regazo de Pentesilea; la cara de aquella mujer se hallaba nimbada por tal
halo de luz que Casandra se protegió los ojos con las manos.
—Pero tú,
¡tú eres la diosa...! —exclamó.
Luego
enmudeció de espanto ante su tía. Le dolían los ojos y volvió a cerrarlos.
—Claro
—murmuró la mujer—, y también lo eres tú, mi niña. Nunca lo olvides.
—Pero,
¿qué ha sucedido? ¿Dónde estoy? Yo creí que me hallaba...
Pentesilea,
a guisa de advertencia, cubrió rápidamente con una mano los labios de Casandra.
—Silencio,
está prohibido hablar del Misterio —dijo—. Pero has llegado muy lejos. La
mayoría de las candidatas no pasan de la primera Puerta. Ven. Vamos.
Casandra
se levantó, insegura, y su tía la sostuvo.
Habían
callado los tambores; sólo quedaba el fuego y un leve gemido. Ahora podía ver
quién tocaba la flauta, una mujer delgada, encorvada tras el fuego. Tenía vacía
la mirada y oscilaba ligeramente, como si se hallara en trance. Pero, al menos,
el fuego y la flauta habían sido reales. En el círculo del que formaban parte,
aún seguían en trance la mitad de las muchachas, cada una vigilada por una
sacerdotisa. Quedaban espacios libres en el círculo. Pentesilea le apremió a
que cruzara con cuidado, sin tocar a nadie, hacia la entrada de la caverna.
Fuera llovía pero, por la luz tenue, pudo advertir que transcurrían las últimas
horas del día. Las gotas de lluvia cayeron heladas y limpias sobre su cara. Se
sintió mal y poseída de una sed terrible. Trató de recoger con sus manos el
agua de lluvia y de sorberla, pero Pentesilea le hizo pasar a través de una
puerta, que recordaba vagamente haber visto, y se halló en el salón del trono
de Imandra, iluminado por una lámpara, en donde había comenzado su mágico viaje.
Aún caminaba cautelosamente como si fuese una frágil jarra llena hasta los
bordes de un vino extraño que se derramaría al menor descuido. De algún lugar
surgió la reina Imandra que la estrechó con fuerza.
—Bienvenida,
hermanita, de los reinos donde la Negra caminó contigo. Tu viaje fue largo pero
me complace tu feliz regreso —dijo la reina—. Ahora eres una con todas las que
le pertenecemos.
—Cruzó las
tres Puertas —informó Pentesilea.
—Lo sé
—replicó Imandra—. Pero se demoró demasiado su iniciación. Es
sacerdotisa por nacimiento, y ha sido tarde para ella.
Dio un
paso atrás y tomó a Casandra por los hombros como pudiera haber hecho su madre.
—Estás
pálida, chiquilla. ¿Cómo te encuentras?
—Tengo una
sed terrible.
Pero
cuando Pentesilea escanció vino, sólo su olor le hizo sentirse mal y pidió
agua. Más ligera y fría, alivió su sed a pesar de que, como todo lo que comiera
o bebiera en los siguientes días, tenía un penetrante sabor a légamo y a
pescado.
—Procura
recordar lo que sueñas esta noche; recibirás un mensaje especial de la Hija de
la Tierra —le advirtió Imandra.
Luego,
dirigiéndose a Pentesilea; preguntó:
—¿Regresarás
pronto al Sur ahora que se ha cumplido la palabra?
—En cuanto
Casandra sea capaz de cabalgar y Andrómaca esté dispuesta a ir con ella a Troya
—respondió la reina de las amazonas.
—Hágase
así —admitió Imandra—. Ya he preparado la dote de Andrómaca y tengo listo a su
numeroso séquito. Y por lo que se refiere a nuestra sobrina, le reservo un
regalo.
El regalo
era una serpiente, pequeña y verde y muy parecida a la de Imandra, pero no más
larga que su antebrazo y tan delgada como su pulgar. Casandra le dio las
gracias, balbuciente.
—Un regalo
adecuado de una sacerdotisa a otra, niña —le dijo, en tono bajo—. Procede de un
huevo de mis propias serpientes; además, ¿qué otra cosa podría hacer con ella?
Andrómaca huiría ante su presencia. Creo que le gustará viajar al Sur en ese
bello cuenco y servir contigo en el templo de Troya.
Aquella
noche, Casandra permaneció largo tiempo despierta, disturbada por la
importancia de lo que podía soñar. Pero en su sueño sólo vio las laderas del
monte Ida azotadas por la lluvia y a las tres extrañas diosas que parecían
pelearse entre sí, no por ganar el favor de Paris sino por ella y por Troya.
Emprendieron
la marcha con carros tan pesados y lentos como los que transportaban el estaño,
cargados con los regalos de novia de Andrómaca, con su dote y con obsequios de
la reina para sus parientes de Troya, escogidos de entre los tesoros de
Colquis: armas de hierro y de bronce, broches y pasadores, vasijas de barro
cocido, oro, plata e incluso joyas.
Casandra
no era capaz de entender por qué la reina Imandra se hallaba tan ansiosa de
aliarse con Troya a través de su hija, y menos imaginar por qué Andrómaca
aceptaba, anhelaba, aquel proyecto. Pero si tenía que regresar a Troya prefería
llevar consigo algo del ancho mundo que allí había descubierto.
Además
había llegado a querer a Andrómaca; y si tenía que separarse de Pentesilea y de
las mujeres de la tribu, al menos contaría en Troya con una verdadera amiga,
con la que por añadidura estaba emparentada.
El viaje
le pareció interminable. Los carros se arrastraban como tortugas por las vastas
llanuras. Crecía y menguaba una luna tras otra y no parecían aproximarse a las
lejanas montañas. Casandra hubiese querido montar y galopar velozmente con la
escolta de las amazonas, dejando que los carros siguieran detrás como mejor
pudiesen. Pero Andrómaca no sabía o no quería montar y le molestaba quedarse
sola en un carro. Deseaba la compañía de Casandra; así que de mala gana ésta
aceptó el confinamiento y viajó con ella, jugando interminables partidas del
Sabueso y el Chacal en un tablero de ónice tallado. Tenía además que escuchar
el insulso parloteo de su prima sobre vestidos, joyas y adornos para el pelo y
qué haría cuando estuviese casada, materia que a Andrómaca le resultaba
verdaderamente fascinante (había decidido incluso los nombres de sus tres o
cuatro primeros hijos), hasta que Casandra creyó volverse loca.
En su
viaje de ida (tenía la impresión de que entonces era muchísimo más joven),
Casandra no se dio cuenta de las enormes distancias que habían recorrido; sólo
cuando regresó el verano y estuvieron lo bastante cerca para ver las
lejanas colinas situadas a espaldas de Troya fue del todo consciente de lo
largo que había sido. En Troya, la gente consideraba que Colquis se hallaba a
medio mundo de allí. Ahora era suficientemente mayor para tomar en
consideración los numerosos meses de viaje; y desde luego, con los carros,
tuvieron que desplazarse con más lentitud que si lo hubiera hecho a caballo. No
sentía prisa por llegar, puesto que sabía que los muros del recinto de las
mujeres la rodearían de nuevo. No obstante sentía curiosidad por saber qué
había sucedido en la ciudad durante su ausencia. Una noche, mientras Andrómaca
dormía, extendió su espíritu para ver, si no Troya, al menos la mente de su
hermano gemelo que no había visitado durante mucho tiempo. Y al cabo de un rato
comenzaron a formarse imágenes, al principio pequeñas y remotas y, poco a poco,
más grandes y definidas...
Lejos, al
Sur en las laderas del monte Ida, donde un joven moreno llamado Paris iba en
pos de los toros y de las vacas de su padre adoptivo, apareció en la falda de
la montaña, ya bien entrado el otoño, un grupo de jóvenes de elegante
apariencia. Paris, siempre alerta a todos los peligros que pudiesen amenazar a
su ganado, se les acercó con cautela.
—Saludos,
extranjeros. ¿Quiénes sois y en qué puedo serviros?
—Somos los
hijos y los servidores del rey Príamo de Troya —contestó uno de ellos—. Hemos
venido hasta aquí en busca de un toro, el mejor de la manada, para sacrificarlo
en los Juegos Fúnebres de uno de los hijos de Príamo. Muéstranos el mejor.
Paris se
sintió un tanto turbado ante la arrogancia de sus maneras, pero su padre
adoptivo, Agelao, le había enseñado que los deseos del rey eran ley y no quería
que le juzgasen descortés.
—Mi padre
es servidor de Príamo —dijo— y todo lo que tenemos se halla a su disposición.
Está ahora ausente. Si deseáis aguardar su regreso, él podrá enseñaros lo que
tenemos. Si descansáis en mi cabaña al resguardo del calor del sol del
mediodía, mi esposa os traerá vino o suero fresco; o, si lo preferís, hidromiel
de nuestras propias abejas. Cuando regrese mi padre os enseñará nuestras
manadas y podréis escoger el que queráis.
—Gracias;
un poco de hidromiel será bien recibido —contestó uno de los recién llegados de
la ciudad.
Paris les
precedió en el camino hacia la casita donde vivía con Enone, y oyó murmurar al
otro:
—Un joven
educado. No hubiera imaginado hallar tales modales tan lejos de la ciudad.
Cuando
Enone, luminosa y bella, con su túnica y el pelo recogido bajo el pañuelo que
se ponía por las mañanas para barrer la casa, les sirvió hidromiel, les oyó
cuchichear.
—Pues si
en estos parajes abundan ninfas tan encantadoras como ésta no comprendo qué
hace hombre alguno en la ciudad —comentó uno de ellos.
Enone miró
de soslayo a Paris, como si le preguntara quiénes eran aquellos hombres y qué
querían. Pero él sabía poco más que ella y, aunque no deseaba dar explicaciones
en su presencia, dijo:
—Estos
hombres quieren negociar con mi padre. Agelao retornará antes del mediodía y
entonces hablarán con él.
De haber
buscado cabras o incluso ovejas, Paris se habría sentido autorizado para tratar
con ellas, aunque fuese de animales destinados al sacrificio. Pero el ganado
vacuno constituía el orgullo y la alegría de su padre. Por tanto, bebió un poco
del hidromiel que le había servido Enone y, tras un momento, preguntó:
—¿Sois los
dos hijos del rey Príamo?
—Sí
—respondió el mayor—. Yo soy Héctor, el primogénito de Príamo y de su reina
Hécuba, y éste es mi hermanastro Deifobo.
La
estatura de Héctor era asombrosa, casi una cabeza más alta que Paris que no era
hombre de corta talla. Poseía los anchos hombros de un luchador nato y su
rostro, de marcados rasgos, era hermoso, con ojos de color castaño sobre unos
altos pómulos y una boca y un mentón que revelaban una fuerte voluntad. Lucía
al cinto una espada de hierro que Paris envidió, aunque hasta hacía poco tiempo
creía que no podría existir arma mejor que la daga de bronce que le dio Agelao
como regalo especial cuando durante una tempestad de nieve del invierno
anterior consiguió recobrar doce debilitados corderos que de otro modo hubieran
perecido.
—Habladme
de esos Juegos Fúnebres —dijo al fin. Reparó en el modo en que Héctor miraba a
Enone y no le gustó. Pero también advirtió que Enone no prestaba atención a
ninguno de los desconocidos. Es mía, pensó; es una mujer buena y modesta y no
precisamente de las que se quedan contemplando a los extraños.
Se
celebran cada año —explicó Héctor—, y son como cualesquiera otros. Pareces
fuerte y atlético, ¿nunca has competido en tales Juegos? Estoy seguro de que
podrías conseguir muchos premios.
—Me
confundes —dijo Paris—. No soy un noble como vosotros, que pueda dedicarme al
ocio; soy un humilde pastor y el servidor de vuestro padre. Los Juegos y cosas
semejantes no son para mí.
—Has
hablado con modestia —afirmó Héctor—, pero los Juegos se hallan abiertos a
cualquier hombre que no haya nacido esclavo. Serías bien recibido. Paris
reflexionó. —Has hablado de premios...
—El premio
mejor es un trípode con un caldero de bronce —le informó Héctor—. A veces mi
padre concede una espada por una proeza especial.
—Me
gustaría ese premio para mi madre —dijo Paris—. Tal vez vaya si mi padre me
autoriza.
—Ya eres
un hombre. Debes de tener quince años o más —comentó Héctor—. Ésa es una edad
suficiente para no necesitar permiso.
Cuando
Paris le oyó, pensó que así debería ser. Pero jamás había ido ni pensado ir a
ningún sitio sin el permiso de Agelao. Advirtió que Héctor le observaba con
fijeza, con las cejas arqueadas en gesto interrogativo.
—Me
pregunto en dónde te he visto antes —dijo Héctor, mostrando cierto
nerviosismo—. Tus ojos... me recuerdan a alguien que debo conocer bien pero no
puedo determinarlo.
—A veces
acudo al mercado por encargo de mi padre o de mi madre —le aclaró Paris.
Pero
Héctor negó con la cabeza. Paris tenía la sensación de que sobre él gravitaba
una extraña sombra; de un modo instintivo le desagradaba aquel joven alto. Sin
embargo Héctor no lo había ofendido; por el contrarío, lo trataba con impecable
cortesía. ¿Por qué era?
Se levantó
inquieto y se dirigió a la puerta, para mirar fuera.
—Mi padre
adoptivo ha llegado a casa —anunció al cabo de un momento.
Poco
después penetró en la estancia un hombre pequeño y delgado, Agelao, que se
movía con presteza a pesar de su edad.
—Príncipe
Héctor —le saludó, inclinándose—. Me siento honrado. ¿Cómo está mi señor, tu
padre? Héctor le explicó lo que quería.
—Es mi
hijo quién podrá ayudarte en eso —dijo Agelao—. Él conoce el ganado mejor que
yo, pues no en balde es juez en las competiciones de las ferias. Paris, lleva a
estos caballeros a los pastos y muéstrales lo mejor que tengamos. Paris eligió
el mejor toro de la manada y Héctor se acercó para examinar la cabeza del
animal.
—Yo soy un
guerrero —declaró—, y sé poco de ganado. ¿Por qué has escogido este toro?
Paris le
indicó la anchura de sus paletillas y la magnitud de sus flancos.
—Y su
pelaje es suave, sin cicatrices ni imperfecciones, propio para un dios
—declaró.
Mas pensó:
Resulta demasiado bueno para el sacrificio; debería guardársele como semental
Cualquier toro viejo serviría para que le cortasen la cabeza y verter su sangre
sobre el altar.
Y este
príncipe arrogante llega, hace un gesto y se lleva el mejor ejemplar de una
manada que tantos sudores nos ha costado a mi padre y a mi. Pero tiene razón:
todo el ganado pertenece a Príamo y nosotros somos sus servidores.
—Sabes más
que yo de estas cuestiones —repitió Héctor—. Así que acepto tu palabra de que
este toro es el mejor para el sacrificio al Señor del Trueno. Ahora debo
conseguir una novilla para la Señora, su consorte.
Al
instante, Paris vio en su mente a la diosa hermosa y señorial que le había
brindado riqueza y poder. Se preguntó si estaría resentida con él por no
haberle ofrecido la manzana. Tal vez le perdonase si escogía para ella el mejor
animal de todos.
—Esta
novilla —dijo— es la mejor. Fíjate en la suavidad de su pelaje castaño y en su
cara blanca. Mira qué bellos son sus ojos, casi parecen humanos.
Héctor
golpeó suavemente la paletilla del animal y le pidió una soga.
—No la
necesitarás, príncipe —dijo Paris—. Si te llevas al toro, le seguirá como un
cachorro.
—Así que
las vacas no son diferentes de las mujeres —comentó Héctor, con una grosera
risotada—. Gracias y deseo que medites lo de ir a los Juegos. Estoy seguro de
que ganarías la mayor parte de los premios. Eres un atleta por naturaleza.
—Y tú muy
amable por decirlo, príncipe —contestó Paris, y se quedó mirando mientras
emprendían el descenso de la ladera camino de la ciudad.
Aquella
tarde, cuando fue con su padre adoptivo a recoger las cabras para ordeñarlas,
mencionó la invitación de Héctor. No se hallaba en modo alguno preparado para
la respuesta del anciano.
—¡No! Te
lo prohíbo. Ni siquiera pienses en eso, hijo mío. ¡A buen seguro que te
sucedería algo terrible!
—¿Pero por
qué, padre? El príncipe afirmó que no importaba que yo no fuese de noble cuna.
¿Qué mal podría acontecerme? Y me gustaría conseguir el caldero y el trípode
para mi madre, que tan buena ha sido conmigo y que no posee cosas semejantes.
—Tu madre
no quiere calderos; nosotros sólo deseamos ver aquí a nuestro buen hijo, sano y
salvo, en donde nada pueda sucederle.
—¿Qué
podría pasarme, padre?
—Me está
prohibido decírtelo —repuso el anciano, con gesto serio—. Fuiste siempre para
mí un hijo bueno y obediente, y debería bastarte con que te lo indicara.
—Padre, ya
no soy un niño —protestó Paris—. Ahora necesito saber la razón por la que no
puedo hacer algo. Agelao contrajo la boca en un gesto adusto. —No admitiré
imposiciones y no tengo que darte razón alguna. Harás lo que te digo.
Paris
había sabido siempre que Agelao no era su verdadero padre y desde que soñó con
las diosas empezó a sospechar que su linaje era de más alcurnia de la que se
había atrevido a imaginar hasta entonces. Creía que la prohibición de Agelao
estaba relacionada con aquello. Pero cuando planteó la pregunta, Agelao se
mostró más cerrado que nunca.
—No puedo
decirte nada en absoluto —declaró. Tras decir eso, se dirigió a toda prisa a
ordeñar las cabras. Paris lo imitó, sin decir más. Pero la rabia lo quemaba por
dentro.
¿Acaso no
soy más que un bracero al que decir en todo momento a dónde tiene que ir?
Incluso un bracero tiene derecho a descansar y mi padre jamás me negó un
permiso. Iré a los Juegos. Mi madre, al menos, me perdonará si vuelvo con el
caldero y el trípode para ella. Pero si gano el premio y no lo quiere, se lo
entregaré a Enone.
Nada dijo
al respecto aquella noche. Pero a la mañana siguiente, muy temprano, se vistió
su mejor túnica de fiesta (era en realidad basta, aunque su esposa la hubiese
tejido con su mejor lana y teñido con zumo de bayas que le proporcionó un suave
tono rojo) y fue a despedirse de ella. Enone le miró, con la cara contraída por
la angustia.
—Así que
te vas. A pesar de la advertencia de tu padre. —No tiene derecho a prohibírmelo
—contestó Paris, a la defensiva—. Ni siquiera es mi padre y, por tanto, no es
impío desobedecerle.
—De
cualquier modo se ha comportado contigo como un padre bueno y amable —le dijo
ella, con labios temblorosos—. No está bien lo que haces, Paris. ¿Cuál es el
verdadero motivo de que quieras participar en los Juegos? ¿Qué significa el rey
Príamo para ti?
—Voy
porque ése es mi destino —afirmó acaloradamente—. Porque ya no creo que sea
voluntad de los dioses que yo permanezca aquí durante toda mi vida, guardando
cabras en la ladera del monte. Venga, muchacha, dame un beso y deséame buena
suerte.
Ella se
puso de puntillas y lo besó pero le previno: —Te advierto, amor mío, que en
este viaje no hay buena fortuna para ti.
—¿Te crees
una profetisa? —se burló él—. No me interesan tales augurios.
—Aún así
debo informarte —insistió Enone, mientras se arrojaba en sus brazos, llorosa—.
Paris, amor mío, te suplico que te quedes.
Se llevó
tímidamente la mano al vientre ya hinchado, y
le rogó:
—Hazlo por
él ya que no quieres hacerlo por mí.
—Lo mejor
que puedo hacer por él es partir y buscar fama y fortuna —le contestó
Paris—. Su padre será algo más que un pastor de Príamo.
—¿Qué
tiene de malo ser el hijo de un pastor? —inquirió Enone—. Yo me siento
orgullosa de ser la esposa de un pastor.
—Si no me
das tu bendición, tendré que partir sin ella. ¿O es que me deseas el mal? —dijo
Paris, dejando de lado sus palabras.
—Nunca,
amor mío —afirmó ella—. Pero tengo el terrible presentimiento de que si te vas
no regresarás nunca.
—Ésa es la
mayor locura que jamás he oído —dijo Paris.
La besó de
nuevo. Ella se aferró a él, quién al fin se liberó cariñosamente de sus manos y
partió ladera abajo; pero Paris fue consciente de su mirada hasta que se alejó
lo bastante para que ésta no pudiera alcanzarlo.
Poco a
poco, Casandra reconoció el lugar en que se hallaba: en la oscuridad del carro
y no bajo la clara luz otoñal del monte Ida. Y apenas entrado el verano.
Llegarían a Troya quizás en otoño. A su lado, Andrómaca dormía tranquila.
Aterida y tensa, Casandra se introdujo bajo las mantas, agradecida por la
tibieza que se desprendía del cuerpo de su prima.
Está en
Troya. Quizás estará en Troya cuando yo llegue; por fin lo veré. Aquel
pensamiento resultaba demasiado excitante para soportarlo. Casandra no volvió a
dormir en toda la noche.
Fue
Andrómaca y no Casandra la primera en distinguir en la lejanía las altas
murallas de Troya. Pareció impresionarse.
—Es
realmente más grande que Colquis —dijo. —Ya te lo advertí —le recordó Casandra.
—Sí, pero no te creí entonces. No podría creer que ciudad alguna pudiese ser
realmente mayor que Colquis. ¿Qué es ese edificio que resplandece en la parte más alta de la ciudad? ¿Se
trata del palacio?
—No, es el
templo de la Doncella. En Troya,,los lugares más altos se reservan para los
inmortales. Y Ella es nuestra patrona, la que nos otorgó el olivo y la vid.
—No es
posible que Príamo sea un rey verdaderamente grande —dijo Andrómaca—. En
Colquis está prohibido que ninguna casa, incluso la de una diosa, se alce a más
altura que el palacio real.
—Y, sin
embargo, sé que tu madre es una mujer que respeta a la diosa —comentó Casandra.
Recordó
que cuando llegó por primera vez a Colquis, le pareció una blasfemia que
hubieran construido tan alta la casa de unos mortales. Sus ojos se apartaron
del templo del Señor del Sol con sus tejados dorados, construido en una meseta
por encima del palacio, y le señaló este último a Andrómaca.
—No es un
edificio muy alto, pero es tan espléndido como cualquiera de Colquis —le dijo.
Ahora que
se hallaban realmente cerca de la ciudad, Casandra hizo un somero examen de sus
propios sentimientos, como si mordiera con un diente cariado. No sabía qué
pensar de su regreso a Troya tras un período de libertad. Se sentía ansiosa de
ver a su madre y a su hermana Polixena, y se dio cuenta de que su mente trataba
de hallar ese vínculo inmaterial y confuso que la unía con su hermano gemelo y
que a veces parecía más real que su propia identidad.
No volveré
a ser encerrada. Luego, lo enmendó un poco: No dejaré que me encierren de
nuevo. Nadie puede aprisionarme a no ser que yo acepte ser aprisionada.
Miró a la
escolta, que la rodeaba, casi deseando poder regresar con ellas al país de las
amazonas. Pentesilea no las acompañaba. Alegó que tras su larga ausencia tenía
que poner en orden los asuntos de su tribu. Casandra sabía que de continuar
viviendo con las amazonas, habría sido enviada con las otras mujeres en edad
fértil a las aldeas de los hombres para aportar prole a la tribu. Pensó que
incluso se habría mostrado deseosa de observar la costumbre si ése era el
precio que tenía que pagar por permanecer con ellas; mas aquella opción no se
le había brindado.
—¿Pero qué
sucede? —preguntó Andrómaca—. ¿Hay alguna fiesta?
De las
puertas salían largas filas de hombres y mujeres ataviados con sus mejores
ropas y de animales engalanados con cintas y flores; pero no podía determinar
si los conducían a una feria o al sacrificio. Después distinguió a Héctor y a
algunos de sus hermanos, que vestían sólo la sucinta pampanilla con la que
participaban en las pruebas atléticas, y supo que se trataba de los Juegos.
Éstos no eran para las mujeres, aunque una vez su madre le contó que en tiempos
antiguos las mujeres competían en las carreras pedestres, en el lanzamiento de
jabalina y en el tiro con arco. Casandra, que era una excelente arquera, deseó
que sus senos no se hubieran desarrollado aún para poder pasar por un muchacho
y disparar con ellos. Pero si antaño hubiese sido capaz de disfrazarse de tal
modo, ya no era posible. Resignada, pensó: Bueno, quizás algún día mi destreza
con las armas pueda ser útil a mi ciudad en la guerra, ya que no en los Juegos.
Entonces vio, casi al final del desfile, un carro en el que iba su padre, Príamo,
un poco encorvado pero aún impresionante. Estuvo a punto de arrojarse del suyo
propio e ir a abrazarlo, pero sus cabellos grises la impresionaron.
Tras él,
en un carro más pequeño y portadora de la insignia de la diosa, iba su madre.
Hécuba no parecía haber cambiado nada. Casandra descendió de su carromato y se
adelantó. Se inclinó ante su padre en señal de respeto y luego corrió hacia los
brazos de su madre.
—Has
llegado en buena hora, querida hija —afirmó Hécuba—. ¡Pero si estás hecha toda
una mujer! Difícilmente habría reconocido a mi hijita en esta alta amazona.
—Ayudó a Casandra a subir a su carro—. ¿Quién es tu compañera, hija mía?
Casandra
miró a Andrómaca que aún seguía sentada en el banco delantero del carromato.
Parecía muy sola y fuera de lugar. Éste no era el modo que había imaginado para
presentar a su amiga en Troya.
—Es
Andrómaca, hija de Imandra, reina de Colquis —dijo lentamente Casandra—.
Imandra, nuestra pariente, la envía como esposa de uno de mis hermanos. Trae
como dote un carromato cargado de tesoros de Colquis.
Mientras
hablaba, sus palabras le parecieron vulgares, como si se refiriesen a una
simple cuestión comercial, como si Imandra hubiese enviado a su hija para
sobornar a Príamo.
—Ahora veo
que se parece a Imandra —comentó Hécuba—. Pero sobre las cuestiones de
matrimonio, es tu padre quién decide. De todas formas, es bienvenida aquí como
sobrina mía, tanto si se casa como si no.
—Madre
—dijo Casandra, sin perder la calma—, tras haber hecho tan largo viaje,
Andrómaca no puede ser rechazada. Es la única hija de la reina de Colquis y a
mi padre le sobran hijos. Si no destina a alguno de ellos a tal alianza, es que
no es tan inteligente como dice su fama.
Se
apresuró a ocuparse de Andrómaca, ayudándole a bajar del carromato y
presentándola a Príamo y a Hécuba. Ésta la besó y Andrómaca sonrió cuando se
inclinó con sumisión ante ambos. Príamo acarició su mejilla y la condujo a la
tribuna junto a él, llamándola hija. Le indicó que se sentara entre Hécuba y
él, mientras Casandra se preguntaba la razón de que Andrómaca fuera tan
agasajada. —¿Y en dónde está mi hermana Polixena? —preguntó. —Se ha quedado en
el palacio, como es adecuado para una muchacha modesta —le explicó Hécuba con
cierto tono de desaprobación—. Es natural que no le interese presenciar las
competiciones de unos hombres casi desnudos. Perfecto, pensó Casandra, si me
quedase alguna duda, ahora sé que estoy de nuevo en mi casa. ¿ Tendré que pasar
el resto de mi vida como una muchacha modesta? Aquella perspectiva la deprimió.
Contempló
con poco interés la prueba inicial, que era una carrera pedestre, tratando de
identificar a aquellos de los hijos de Príamo a quienes conocía de vista. Al
momento reconoció a Héctor y a Troilo que, según sus cálculos, ahora debía de
tener unos diez años. Al iniciarse la carrera, Héctor se puso en cabeza y no
abandonó ese puesto durante la primera vuelta; pero tras él comenzó a ganar
poco a poco terreno un joven más delgado y de cabellos oscuros. Lo adelantó
casi sin esfuerzo y ganó la competición, tocando la meta un instante antes que
la mano extendida de
Héctor.
—¡Magnífica
carrera! —gritaron los demás participantes, rodeándolo.
—Querida
—dijo Príamo, inclinándose sobre Andrómaca para dirigirse a Hécuba—. No conozco
a ese joven, pero si ha podido ganar a Héctor es un atleta valioso. Averigua de
quien se trata. ¿Quieres?
—Desde
luego —respondió Hécuba. Hizo una seña a un doméstico y, cuando éste se hubo
aproximado, le ordenó:
—El rey
quiere saber quién es el joven que ha ganado la carrera pedestre. Averígualo.
Casandra
protegió sus ojos con la mano para observar al vencedor, pero éste había
desaparecido entre el gentío. Los participantes estaban colocando cuerdas en
sus arcos. Casandra, que se había convertido en una arquera experta, los
contempló fascinada y, de repente, deslumbrada por el sol, se sintió confusa.
Se hallaba en el campo, colocando una flecha en la cuerda... Mis padres se
irritarán tanto... Después, al dirigir la vista hacia el fuerte brazo desnudo,
mucho más musculoso que el suyo, supo lo que había sucedido: sus pensamientos
se habían entrelazado de nuevo con los de su hermano gemelo. Ahora sabía por
qué le había parecido casi dolorosamente familiar el vencedor de la carrera. Se
trataba de su hermano gemelo, Paris. Y, como había previsto ella, lo encontró
en Troya a su regreso.
Con esa
extraña doble visión, le pareció estar al mismo tiempo en el campo de
competición y en la tribuna, contemplar a Príamo como a un desconocido e
impresionante anciano por primera vez revestido por la apariencia distante y
majestuosa de la realeza y como a su padre. También había otros ancianos cuyos
nombres ignoraba... y Paris dedujo acertadamente que eran los consejeros del
rey; una mujer ya entrada en años y de mirada dulce que identificó como a la
reina; un grupo de niños parlanchines y de trajes de colores vivos que, supuso,
eran los hijos menores de Príamo, aun no en edad de participar en los juegos, y
algunas bellas muchachas que llamaron su atención por lo distintas que era de
Enone. Se preguntó qué estarían haciendo allí; tal vez a las mujeres del
palacio se les permitiese presenciar los juegos. Bueno, él les proporcionaría
algo que ver. Entonces le hicieron señas de que se acercase para tirar a la
diana.
La primera
flecha de Paris partió desviada, porque se sentía nervioso, y la segunda voló
del blanco.
—Dispara
otra vez —dijo Héctor—. No estás acostumbrado a nuestras dianas, pero si puedes
lanzar una flecha tan alta y tan lejos seguro que eres capaz de acertar el
blanco.
Se lo
señaló y le explicó las reglas.
Paris se
dispuso a tirar otra vez, muy sorprendido por la cortesía de Héctor. Lanzó su
flecha, que esta vez se clavó en el centro de la diana. Los otros arqueros
tiraron uno tras otro, pero ni siquiera Héctor pudo mejorar su acierto. Ya no
sonreía, su semblante revelaba hosquedad e irritación y Casandra supo que
lamentaba su impulso de generosidad.
Continuaron
las pruebas y Casandra, retrayéndose con un terrible esfuerzo a su propia mente
y a su propio cuerpo, observó interesada y complacida cómo las ganaba todas su
hermano gemelo. En la lucha derribó a Deifobo, casi sin dificultad, y cuando
Deifobo se levantó y se lanzó contra él, le dejó insensible en el suelo y allí
permaneció para no levantarse hasta que concluyeron los Juegos. Lanzó su
jabalina más lejos aun que Héctor, sonriendo complacido a quienes gritaban: «Es
tan fuerte como Heracles».
Un
servidor acudió ante el rey y la reina, y Casandra oyó a su padre preguntar en
voz alta:
—¿Dices
que el joven desconocido se llama Paris y es hijo adoptivo del pastor Agelao?
Hécuba se
tornó tan blanca como un hueso.
—Debería
haberlo reconocido; se parece a ti. Pero, ¿cómo hubiera podido pensarlo? Hace
tanto, tantísimo tiempo...
Las
pruebas ya habían concluido y Príamo hizo un gesto a Paris, el vencedor, para
que se acercase. Después se levantó.
—Agelao
—gritó—, viejo rufián. ¿En dónde estás? Trajiste a mi hijo.
El anciano
servidor se adelantó presuroso, pálido e inquieto. Se inclinó ante el rey y
murmuró:
—Yo no le
dije que viniese, señor. Lo hizo sin mi permiso, y comprendo bien que estés
enojado conmigo... Con los dos.
—No, en
absoluto —contestó Príamo de buen humor. Y Casandra vio cómo se relajaban los
blancos nudillos de su madre—. Te honra y me honra. La culpa es mía por haber
prestado oídos a esas consejas supersticiosas. Sólo puedo darte las gracias, mi
viejo amigo.
Se quitó
un anillo de oro y lo puso en un dedo de Agelao, deformado por las rudas
faenas.
—Mereces
un premio mejor que éste, amigo mío, pero por ahora es todo lo que puedo darte.
Antes de que retornes a cuidar de tus rebaños te entregaré un don mejor.
Casandra
observó atónita cómo su padre, que la derribó de una bofetada tan sólo por
preguntar sobre la existencia de su hermano, abrazaba ahora a Paris y le
otorgaba todos los premios del día. Hécuba lloraba y se adelantó para estrechar
a su hijo perdido.
—Jamás
pensé que vería este día —murmuró—. Prometo sacrificar a la diosa una novilla
sin mácula.
Héctor
frunció el entrecejo al ver a su padre entregar espléndidos regalos a Paris: el
trípode prometido (que Paris dijo que pensaba enviar a su madre adoptiva), un
manto carmesí con blondas bordadas, tejido por las mujeres de palacio, un bello
casco de bronce labrado y una espada de hierro.
—Y desde
luego irás a palacio y cenarás con tu madre y conmigo —le anunció, con una
amplia sonrisa.
Cuando
Príamo se puso en pie, recogiendo su manto sobre el brazo, uno de los ancianos
que le rodeaban se acercó y le murmuró algo apresuradamente. Casandra reconoció
en aquel hombre a uno de los parásitos del palacio, un sacerdote adivino.
Príamo
frunció el entrecejo e hizo un gesto para que se alejase.
—¡No me
hables de presagios, viejo cuervo! Basura supersticiosa. Jamás debería haberles
prestado atención.
Casandra
pudo sentir el asombro, que era casi temor, de Paris ante aquellas palabras.
Debía de conocer los presagios que le habían arrojado del palacio y de su
linaje... O quizás era la primera vez que tenía noticia de ellos.
Héctor
dijo al oído de su padre, aunque lo bastante alto para que lo captara Paris:
—Padre, si
los dioses decretaron que es un peligro para Troya...
Príamo le
interrumpió:
—¿Los
dioses? No, una sacerdotisa, una intérprete de las entrañas de las aves y de
los sueños; sólo un estúpido se habría privado de un hijo como éste por
semejante necedad. Un rey no escucha los augurios de una parturienta ni sus
fantasías...
Casandra
se sintió dividida entre la simpatía que experimentaba por aquel hermano
gemelo, cuyo miedo e inseguridad sentía como propios, y el terror de su madre.
Hubiese deseado dar un paso adelante y atraer sobre sí la ira de su padre; pero
antes de que pudiese hablar, los ojos de Príamo se fijaron de nuevo en
Andrómaca.
—Y ahora
repararé mi antiguo error y llevaré a mi casa al hijo perdido. ¿Qué te parece,
Hécuba? ¿Casaremos a Andrómaca con nuestro maravilloso y nuevo hijo?
—No puedes
hacer eso, padre —intervino Héctor al tiempo que Casandra percibía la mirada
codiciosa de Paris sobre Andrómaca—. Paris ya tiene una esposa; la vi en la
casa de Agelao.
—¿Es
cierto eso, hijo mío? —preguntó Príamo. Paris pareció desconcertado, pero
percibió la amenaza implícita y contestó cortésmente:
—Es
verdad; mi esposa es una sacerdotisa del dios del río Escamandro.
—Entonces
enviarás por ella, hijo mío, y la presentarás a tu madre —dijo Príamo, luego
añadió, volviéndose hacia Héctor—. Y a ti, Héctor, mi primogénito y heredero,
te otorgo la mano de la hija de la reina Imandra. Esta noche se formalizará el
matrimonio.
—No tan
aprisa, no tan aprisa —dijo Hécuba—. La muchacha necesita tiempo para
confeccionar sus vestidos nupciales como cualquier otra joven; y las mujeres
del palacio también lo necesitan para preparar la fiesta, la más importante en
la vida de una mujer.
—Tonterías
—declaró Príamo—. Si la novia está dispuesta y zanjada la cuestión de la dote,
cualquier vestido servirá para la boda. Las mujeres siempre están preocupándose
de cosas triviales.
Todo eso
puede ser estúpido, pensó Casandra, pero resulta una grosería por parte de
Príamo desdeñarlo. ¿Qué pensaría la reina de Colquis de saber que la boda de su
hija se había celebrado apresuradamente tras la clausura de los Juegos? Se
inclinó hacia Andrómaca y le murmuró: —No permitas que te apremien de ese modo.
¡Eres una princesa de Colquis, no un manto viejo para ser otorgado como
galardón adicional de los Juegos, o como premio de consolación a Héctor por no
haberlos ganado!
Andrómaca
sonrió y respondió en el mismo tono a Casandra:
—Creo que
me gustaría casarme con Héctor antes de que tu padre cambie de opinión otra vez
o decida destinarme como premio para otro.
Alzó los
ojos y murmuró con una voz débil y tímida que Casandra no conocía, y tan
carente de naturalidad que creyó que podría provocar la hilaridad de Príamo:
—Mi señor
Príamo... padre de mi esposo... la Señora de Colquis, mi madre la reina, me ha
enviado con toda clase de vestidos y de lienzos, así que, si te place, podremos
celebrar la boda cuando lo juzgues oportuno.
Príamo se
mostró radiante y le dio un suave golpecito en el hombro.
—He aquí
una espléndida muchacha —dijo.
Andrómaca
se ruborizó y bajó los ojos pudorosamente cuando Héctor se acercó y la observó
con detenimiento, como había examinado la novilla que Paris escogió para el
sacrificio.
—Me
complacerá tomar por esposa a la hija de la reina Imandra.
El largo
día estaba próximo a su fin. Ayudaron a Príamo y Hécuba a subir a sus carros
para regresar al palacio. Casandra se halló caminando junto a Paris. Se sentía
muy angustiada porque no le había dirigido una sola palabra ni dado muestra de
reconocer el vínculo que existía entre ambos y que tan importante era para
ella. ¿Cómo podía ignorarlo?
Se
preguntó si también se hallaría bajo la protección especial del Señor del Sol,
puesto que había podido presentarse ante el padre que pensó en dejarle morir y
que ahora lo reconocía como hijo y se disponía a situarlo en su legítimo puesto
dentro de la familia.
Héctor
caminaba muy cerca de Andrómaca. Se volvió y puso su mano en el hombro de
Casandra; luego la abrazó con fuerza.
—Vaya,
hermana Casandra, qué tostada estás. Claro es que no debería sorprenderme
después de todos esos años que has pasado con las amazonas. ¿Por qué no
empuñaste tu arco y fuiste al campo a tirar con los arqueros?
—Podría
haberlo hecho, no lo dudes —afirmó Andrómaca—. Y habría tenido mejor puntería
que tú.
—No lo
dudo. No estaba hoy en mi mejor día y preferiría ser vencido por una muchacha
que por un advenedizo.
Terminó la
frase en voz baja, mirando de soslayo a Paris; después se volvió a Deifobo, que
aún tenía puestas las manos en la cabeza, como si le doliese. Dime, hermano,
¿qué vamos a hacer con ése? Ahora salen con la historia que nuestro padre le
expulsó porque constituía una amenaza para Troya. ¿Voy a soportar eso porque
nuestro padre juzgue oportuno otorgarme una bella esposa?
—Parece
que nuestro padre está encantado con él —contestó Deifobo—. Debería haber
imitado al rey Pelias cuando encontró a su perdido hijo Jasón; recuerdo que
envió a Jasón en busca del vellocino de oro en el remoto fin del
mundo...
—Pero ya
no hay oro en Colquis —aclaró Andrómaca.
—Entonces
debemos encontrar otro camino para desembarazarnos de él —dijo Héctor—. Tal vez
podamos lograr que nuestro padre lo envíe a la corte de Agamenón, al objeto de
que utilice sus cualidades para convencerlo de que devuelva a Hesione.
—Es una
buena idea —comentó Deifobo—. Y si eso falla, podemos enviarle... bueno, a
convencer a las sirenas de que le entreguen sus tesoros marinos o a herrar a
los centauros allá en donde moren... o a capturarlos para que tiren de nuestros
carros de guerra...
—O a
cualquier cosa que le lleve a mil leguas de aquí —apostilló Héctor—. Y eso será
también en beneficio de nuestro padre, si los dioses decidieron que no es bueno para
Troya...
—Desde
luego, no lo es para nosotros —declaró Deifobo.
Pero
Casandra ya había oído bastante. Se apartó del camino y esperó a que llegara
Paris, que iba detrás.
—¡Tú!
—exclamó él, mirándola con dureza—. Tú. Creí que eras un sueño.
Y cuando
sus ojos se encontraron por primera vez, ella sintió que el vínculo entre ambos
se restablecía. ¿Era también consciente él de que sus almas estaban ligadas?
—Pensé que
eras un sueño —repitió—. O quizás una pesadilla.
La
sequedad de sus palabras fue como un golpe. Casandra había esperado que la
abrazara.
—Hermano,
¿sabes que están conspirando contra ti? Nuestros otros hermanos no te quieren
en Troya.
Le tendió
la mano pero él la rehuyó con brusquedad. —Ya lo sé —le contestó—, ¿Me crees un
estúpido? Y a partir de ahora, hermana, guárdate para ti tus pensamientos. ¡Y
quédate fuera de los míos!
Casandra
se contrajo con dolor ante la forma en que la expulsaba de su mente. Desde que
conoció su existencia y el vínculo que los unía había imaginado que, cuando se
encontrasen, él la recibiría con júbilo y que se convertiría para Paris en un
ser especial y muy querido. Mas se veía rechazada y tachada de intrusa. ¿Es que
no advertía que ella era allí la única persona dispuesta a acogerle con un
cariño aun más grande que el del propio Príamo? Pero no lloraría ni imploraría
su afecto. —Como quieras —dijo—. Nunca fue mi deseo hallarme atada a tí de ese
modo. ¿Crees que nuestro padre expulsó al gemelo que no debía?
Se apartó
de él y corrió por el sendero hasta reunirse con Andrómaca. Le había sido
arrebatado todo el júbilo de su retorno a casa.
A lo largo
de la velada, Casandra pensó que aquélla era más una fiesta por la integración
de Paris en la familia que por la de la boda de Héctor y Andrómaca; aunque, una
vez que Príamo hubo decidido celebrarla, se esforzó cuanto pudo para que nada
faltara. Envió a buscar el mejor vino de las bodegas reales y Hécuba acudió a
las cocinas a ordenar los manjares más exquisitos que añadir a la cena: frutas,
panales de miel y todo género de confituras. Y se reunieron músicos,
recitadores, bailarines y acróbatas.
Llamaron a
una sacerdotisa del templo de Palas Atenea para que presidiese los sacrificios
que eran parte imprescindible de unas bodas reales. Casandra permaneció junto a
Andrómaca que, ante la proximidad del hecho, parecía pálida y asustada. Aunque
también era posible, pensó Casandra con una ironía que la asombró, que
Andrómaca creyera que era el modo en que una mujer verdaderamente recatada
debía comportarse en sus nupcias.
Cuando se
congregaron en el patio para asistir a los solemnes sacrificios, Andrómaca se
inclinó hacia Casandra.
—Creo que
los dioses ya han tenido hoy demasiados sacrificios —le dijo, en voz baja—. ¿No
crees que estarán aburridos de ver a la gente matando animales en su honor? A
mí no me gustaría.
Casandra
tuvo que contener una risa que habría sido escandalosa. Pero era cierto; ya se
habían llevado a cabo muchas ofrendas en los Juegos. Los contrayentes, juntos,
aferraron el cuchillo de los sacrificios. Héctor se inclinó hacia un lado y le
murmuró unas palabras a Andrómaca. Ella negó con la cabeza pero él insistió, y
fue la certera mano de ella la que atravesó con el cuchillo el cuello de la
blanca novilla. Para Casandra, que no había comido desde la mañana, fue como
ambrosia el olor de la carne asada.
Al cabo de
unos minutos, todos pasaron al interior del palacio. Hécuba envió a las mujeres
para que ayudasen a Andrómaca y a Casandra a vestirse de fiesta. Se hallaban en
la habitación que Casandra compartía con Polixena cuando eran niñas. Pero ya no
era una estancia infantil. Las paredes habían sido pintadas al estilo cretense
con murales de seres marinos, extraños y sinuosos calamares, pulpos
tentaculares envueltos en algas, nereidas y sirenas. Las mesas eran de madera
tallada y estaban llenas de cosméticos y perfumes en frascos de cristal azul,
con formas de peces y sirenas. Las cortinas de las ventanas eran de algodón
egipcio, teñido de verde, y a través de ellas se filtraba la luz del atardecer
onduladamente, logrando un curioso efecto submarino.
El
carromato que transportaba los regalos de Colquis había sido descargado, y sus
fardos trasladados al palacio. Andrómaca buscó entre todos aquellos cajones un
regalo de bodas adecuado para su futuro esposo. La reina envió a Casandra un
elegante vestido de gasa egipcia y Andrómaca halló entre los cofres de Colquis
un largo traje de seda, teñido con la inapreciable púrpura de Tiro, y tan fino
que podía pasar a través de un anillo.
La reina
ordenó también a sus propias doncellas que prepararan bañeras de agua tibia
donde bañaron y perfumaron a las dos muchachas. Rizaron sus cabellos con
tenacillas calientes, las sentaron luego y pintaron sus caras con cosméticos.
Enrojecieron sus labios con un ungüento que olía a manzanas frescas y a miel;
luego emplearon polvo de galena egipcia para ennegrecer sus cejas y enmarcar
sus ojos y cubrieron sus párpados con una pasta azulada que parecía tiza pero
olía como el mejor aceite de oliva. Andrómaca aceptó aquellos cuidados como si
toda su vida hubiese estado acostumbrada a tales afeites, pero Casandra bromeó
nerviosa mientras la atendían las mujeres.
—Si
tuviese cuernos, segura estoy de que los dorarían —dijo—. ¿Acudo invitada a una
boda o voy a ser sacrificada?
—Así lo
ordenó la reina, señora —declaró una de las domésticas.
Casandra
supuso que Hécuba había decidido todos aquellos preparativos para que la
princesa de Colquis constatara que no había menos lujo en Troya del que pudiera
haber en su remota ciudad.
—Indicó
que tú no debías resultar menos elegante que ella misma, y justo es que así
sea, porque la vieja canción dice que cada dama es una reina cuando marcha en
su carro nupcial. Y así acicalé a Polixena para cada fiesta desde que estuvo en
edad de acudir —dijo otra de las domésticas. Frunció el ceño al frotar las
manos de Casandra con aceite aromático que olía a lirios y a rosas.
—Tus manos
están encallecidas, señora Casandra —dijo, en tono reprobatorio—. Nunca serán
tan suaves como las de la princesa, que parecen pétalos de rosa, y son tal y
como han de ser las manos de una dama.
—Lo
siento, pero nada puedo hacer por evitarlo —contestó Casandra, retorciendo las
tan denostadas manos.
Fue en
aquel momento cuando comenzó a comprender que ya echaba de menos la vida al
aire libre, y también a su cabalgadura. Pentesilea le había entregado una
espléndida yegua como regalo de despedida; pero, al final del viaje, Casandra
decidió devolvérsela con la escolta de amazonas. Sabía que no se le permitiría
montar con libertad y no deseaba ver a su noble compañera recluida en las
cuadras o, peor aun, cedida a uno de sus hermanos para que tirase de un carro.
El sol se
estaba poniendo y las domésticas encendieron antorchas. Luego colocaron
un broche de oro sobre el hombro de la túnica de Casandra y la revistieron con
un listado manto nuevo de lana. Andrómaca deslizó sus pies en unas sandalias
doradas.
—Y aquí
tienes otro par para ti, igual que el de ella —dijo una sirviente, inclinándose
para calzar los pies de
Casandra.
—Estarás
tan hermosa como la novia —comentó después.
Pero a
Casandra le pareció que Andrómaca, con sus espléndidos y negros rizos, era más
bella que cualquier mujer de Troya.
Las dos
muchachas se apresuraron a bajar. Mas Casandra no podía correr con un calzado
tan delicado y tuvo que descender lentamente, peldaño a peldaño, los largos
tramos de la escalera.
El gran
salón resplandecía de antorchas y de lámparas. Príamo se hallaba ya sentado en
su alto trono y se mostraba inquieto por su tardanza. Pero cuando el heraldo
anunció a Casandra y a la princesa Andrómaca de Colquis, extendió la mano como
señal para que las muchachas se acercaran. Sentó junto a él a Andrómaca, en el
lugar de honor, compartiendo con ella su plato y su copa de oro. Hécuba indicó
a Casandra que se sentase a su lado. —Ahora en verdad pareces una princesa de
Troya y no una mujer salvaje de las tribus. Estás muy bella —le murmuró.
Casandra
pensó que debía de parecer una muñeca pintada, como esas pequeñas efigies que
llegaban de Egipto con destino a las tumbas de reinas y de reyes. Ése era el
aspecto que tenía Polixena. Pero no protestaría si aquello resultaba del agrado
de su madre.
Cuando
todos estuvieron sentados, Príamo propuso el primer brindis, alzando su copa.
—Por mi
maravilloso y nuevo hijo Paris y por el benévolo destino que nos lo ha devuelto
a su madre y a mí como consuelo de nuestra ancianidad.
—Pero
padre —protestó Héctor en voz baja—, ¿has olvidado que cuando nació se
profetizó que traería el desastre a Troya? Yo era sólo un niño pero lo recuerdo
muy bien. Príamo se mostró disgustado y Hécuba estaba a punto de echarse a
llorar. Paris no se alteró: Agelao debía de habérselo advertido. Pero era una
grosería de Héctor semejante mención en el banquete.
Vestía
éste sus mejores ropas, una primorosa túnica con bordados de oro que Casandra
reconoció como obra de la propia reina; Paris también había recibido una túnica
lujosa y un manto nuevo como el de Casandra, y tenía una espléndida apariencia.
Príamo contempló a ambos con satisfacción.
—No, hijo
mío, no he olvidado el augurio, que no se me hizo a mí sino a la reina —dijo—.
Pero la mano de los dioses me lo ha devuelto y ningún hombre puede oponerse al
destino o a la voluntad de los inmortales.
—¿Estás
seguro —insistió Héctor— de que han sido los dioses y no es obra de algún hado
maligno, afanado en la destrucción de nuestra casa real?
El moreno
rostro de Paris se ensombreció aún más, pero Casandra no pudo penetrar en los
pensamientos de su hermano gemelo.
—¡Paz,
hijo mío! —dijo Príamo, con un adusto gesto de advertencia que hizo encogerse a
Casandra—. Sobre este asunto no te escucharé. Si llegase el caso, preferiría
ver perecer a Troya entera a que fuera dañado mi apuesto y recién hallado hijo.
Casandra
se estremeció. Príamo, que desdeñaba las profecías, acababa de hacer una.
El rey
sonrió con benevolencia a Paris, que se hallaba sentado al otro lado de Hécuba
con los dedos estrechamente entrelazados con los de ella. El rostro de la reina
estaba envuelto en sonrisas, y Casandra experimentó una punzada de dolor, el
descubrimiento de Paris significaba la pérdida de la acogida que esperaba de
parte de su madre. Se sintió triste y agraviada, pero se dijo a sí misma que
Pentesilea había llegado a convertirse en su verdadera madre; entre las
amazonas una hija era útil y apreciada, mientras que en Troya una hija era sólo
la esperanza del hijo que podía dar a luz.
Príamo
apremiaba a Andrómaca a beber cada vez que le pasaba la copa, olvidando que era
sólo una muchacha a quien de ordinario no se le permitiría ni se la animaría a
beber de ese modo. Casandra podía advertir que su amiga estaba ya un poco
embriagada y vacilante. Quizá sea lo mejor, pensó, porque al final de este
banquete será enviada sin
riñas al
lecho de mi hermano Héctor. Y él ya está también bastante ebrio.
De repente
se le ocurrió que se alegraba de que Andrómaca no se hubiera casado con Paris,
como habían propuesto al principio; con el vínculo mental entre ellos, era
probable que no hubiese podido evitar compartir la consumación del matrimonio.
Aquella idea le causó calor y frío, alternativamente. ¿Dónde estaba Enone? ¿Por
qué Paris no la había llamado para que asistiese, como esposa suya, a la boda?
Héctor,
quizá porque ya estaba embriagado, optó por insistir en su tema.
—Bueno,
padre, has decidido honrar a nuestro hermano, ¿no crees que debería
permitírsele que se hiciera merecedor del honor que le confieres? Te suplico
que, al menos, lo envíes ante los aqueos con una misión, de modo que si la
maligna profecía aún tiene vigencia pueda serles traspasada.
—Ésa una
buena idea —masculló Príamo, que no tenía la mente clara después de haber
bebido tanto vino—. Pero tú no deseas dejarnos ahora, ¿verdad, Paris?
Paris
replicó con corrección que él se hallaba a la disposición de su padre y rey.
—Nos ha
gustado a todos —afirmó a Héctor, no sin malicia—. ¿Por qué no dejarle pues que
ensaye su irresistible encanto ante Agamenón y lo convenza de que libere a
Hesione?
—Agamenón
—dijo Paris, levantando la vista vivamente—. ¿No es el hermano de ese Menelao
que se casó con Helena de Esparta? ¿Y no está a su vez casado con él la hermana
de la reina espartana?
—Así es
—contestó Héctor—. Cuando los aqueos llegaron del Norte con sus carros, sus
caballos y sus dioses tonantes, Leda, la Señora de Esparta, casó con uno de sus
reyes; y cuando le dio dos hijas gemelas, se rumoreó que una de ellas había
sido concebida por el propio Señor del Trueno.
»Y Helena
casó con Menelao, aunque se dice que era tan bella como una diosa y
que hubiera podido casarse con cualquier rey desde Tesalia hasta Creta. Según he oído, hubo
muchas oposiciones a la boda de Helena, hasta llegar casi al punto de provocar
una guerra.
—Tú no
eres mal parecida, Andrómaca mía —dijo después, acercándose para examinar su
cara con atención—, pero no tan bella como para tenerte prisionera con el fin
de que no me envidien ni te codicien todos los hombres.
Tomó su
barbilla en las manos.
—Mi señor
es muy amable con su humilde esposa —dijo Andrómaca, con una leve sonrisa en la
que sólo Casandra descubrió el sarcasmo.
Paris
estaba observando a Héctor con tanta atención que Casandra no pudo dejar de
advertirlo. ¿Qué estaría pensando? ¿Podría sentir celos de Héctor que no era ni
tan apuesto ni tan inteligente como él? Con una esposa tan bella como Enone,
difícilmente podría desear a Andrómaca sólo porque fuese una princesa de
Colquis. ¿O envidaba a Héctor por ser el mayor y el favorito declarado de su
padre? ¿O se hallaba irritado porque, al fin y al cabo, Héctor lo había
insultado?
Bebió
lentamente el vino de su copa, preguntándose qué sentiría en realidad Andrómaca
respecto a su matrimonio. No podía imaginar que le entusiasmase la idea de
hallarse casada con un pendenciero como Héctor, pero suponía que a Andrómaca no
le desagradaba la perspectiva de convertirse con el tiempo en reina de Troya.
Subrepticiamente (su madre siempre le advirtió que no estaba bien mirar con
fijeza a los hombres) observó a los que había en el salón, preguntándose si le
agradaría casarse con alguno de ellos. Desde luego ninguno de sus hermanos le
parecía un buen marido suponiendo que no existiese el vínculo de consanguinidad
Héctor era rudo y arrogante, Deifobo, taimado y artero; e incluso Paris, a
pesar de sus cualidades, había abandonado ya a Enone. Troilo era sólo un niño,
si bien, cabía la posibilidad de que cuando creciese siguiera siendo amable y
cariñoso. Recordaba que, entre las amazonas, las jóvenes hablaban sin cesar de
muchachos y que también allí había sentido en su corazón el peso de ser diferente.
¿Por qué a ella no le interesaba lo que tan importante era para las demás?
Tenia que
existir algo valioso en el matrimonio, puesto que lo ansiaban todas las
mujeres. Entonces recordó que la reina Imandra le había dicho que ella era
sacerdotisa desde el nacimiento. Al menos ésta constituía una razón válida de
la diferencia.
A Casandra
se le cerraban los párpados. Hizo un esfuerzo por mantener los ojos abiertos y
se irguió en su asiento, deseando que todo concluyera cuanto antes. Llevaba
levantada y en camino desde antes de que rompiera el día, y ésta había sido una
larga jornada.
Príamo
había llamado a Paris a su lado y hablaban de barcos, de la ruta de navegación
hasta las islas aqueas y del mejor modo de acercarse a las gentes de Agamenón.
Andrómaca se hallaba medio dormida. Casandra pensó que aquélla había sido la
fiesta más anodina que había visto, aunque en verdad no había asistido a
muchas.
Finalmente
Príamo propuso un brindis en honor de los recién casados y pidió antorchas para
escoltar a Héctor y a su esposa hasta la cámara nupcial.
Primera
entre las mujeres, Hécuba encabezó el cortejo con una flameante antorcha en la
mano. Ésta fluctuaba y resaltaba los colores de las paredes al pasar ante
ellas. Tras Hécuba, Casandra y Polixena escoltaban a Andrómaca; seguían todas
las mujeres del palacio, las concubinas de Príamo, sus hijas, las domésticas y
hasta las criadas de las cocinas. El humo de las antorchas irritó los ojos de
Casandra. Le pareció que sus llamas se elevaban, que había un terrible fuego al
otro lado de aquellos muros, dentro incluso de la cámara nupcial; que conducían
a Andrómaca hacia un terrible destino...
Se llevó
las manos a los ojos como si quisiera apartar de sí la visión, y comenzó a
gritar:
—¡No! ¡No!
¡El fuego! ¡No la hagáis entrar ahí!
—¡Cállate!
—Hécuba apretó una de sus muñecas hasta que Casandra se retorció de dolor—.
¿Qué te sucede? ¿Te has vuelto loca?
—¿No
puedes oír el estruendo? —le preguntó Casandra—. No, no, allí hay sólo muerte y
sangre... Allí hay fuego, rayos, destrucción...
—¡Silencio!
—le ordenó Hécuba—. ¿Qué horrible presagio junto al tálamo de una novia! ¿Cómo
te atreves a hacer semejante escena?
—Pero no
pueden oír, no pueden ver...
Casandra
se sintió envuelta en oscuridad, y sólo percibía el fuego a través de aquella
negrura. Se tapó los ojos para no verlo. ¿O acaso todo aquello no era más que
el humo de las antorchas que distorsionaba su visión?
—¡Qué
vergüenza! —Su madre aún la amonestaba mientras tiraba de ella—. Creí que la
princesa de Colquis era amiga tuya. ¿Por qué pretendes estropear su noche de
bodas con este escándalo? Siempre te mostraste celosa de las personas que
acaparaban en cualquier momento la atención de los demás, pero pensé que, al
crecer, lo habías superado...
Llevaron a
Andrómaca hasta la cámara nupcial. También había sido decorada con seres
marinos, tan bien representados que parecían retorcerse y nadar en los muros.
Hécuba le había dicho en la cena que varios artesanos de Creta estuvieron
pintando las paredes del palacio al estilo de su isla durante un año, y que los
muebles tallados constituían un tributo de la reina de Cnoxos.
En la mesa
próxima al lecho había una estatuilla de la Madre Tierra. Asomaban sus senos
sobre un corpiño apretado, lucía una falda con volantes y aferraba una
serpiente en cada mano. Andrómaca murmuró a Casandra mientras las mujeres le
despojaban de su traje nupcial y le ponían una camisa de gasa egipcia:
—Mira, es
la Madre Serpiente. Me la dio mi madre para que me bendijera esta noche...
Por un
instante las oscuras aguas volvieron a inundar el interior de Casandra,
amenazando con envolverla y arrastrarla. Se ahogaba de miedo. Sentía ansias de
gritar ante el horror y el pánico que trataban de estrangularla: Fuego, muerte,
sangre, condenación para Troya... para todos nosotros...
El rostro
de su madre, adusto e irritado, la obligó a controlarse. Abrazó a Andrómaca
llena de temor, señaló la estatuilla, mientras que le decía en voz baja:
—Que te
bendiga con la fertilidad, hermana.
En aquel
momento parecía una niña alta. Sus cabellos, ya cepillados, habían perdido sus
bellos tirabuzones y caían sobre sus hombros, sus ojos pintados parecían
enormes y oscuros. Casandra, aún sumergida en las oscuras aguas de su visión,
se sintió vieja y ajada entre todas aquellas muchachas que jugaban a las bodas
sin tener la menor idea de lo que había detrás.
Ahora
podía oír los epitalamios de los hombres que acompañaban escaleras arriba a
Héctor, hacia su esposa. Andrómaca la abrazó y le dijo en voz muy baja:
—Tú eres
aquí la única persona que no me es extraña. Casandra, te lo ruego, deséame
felicidad.
Casandra
sentía la garganta tan seca que apenas pudo hablar.
Si fuese
tan fácil otorgar felicidad como desearla...
A través
de sus labios resecos brotaron las palabras:
—Te deseo
felicidad, hermana.
Pero no
habrá felicidad... sólo perdición y la mayor tristeza de este mundo...
Casi podía
oír los gritos de angustia y de dolor entre los alegres cantos de himeneo.
Cuando Héctor penetró en la estancia escoltado por sus amigos, los rojos
reflejos de las antorchas tiñeron sus caras con el escarlata de la sangre. ¿O
sólo iluminaban los huesos de sus rostros, haciendo aparecer las calaveras?
De pie
junto al lecho, la sacerdotisa les entregó la copa nupcial. Casandra pensó: Ésa
debería haber sido tarea mía. Pero se hallaba presa del terror y supo que jamás
habría podido tener el suficiente ánimo para poner la copa en manos de su
amiga.
—No
muestres esa cara tan desconsolada, hermanita —dijo Héctor, acariciando
ligeramente sus cabellos—. Pronto te llegará el turno; en la cena nuestro padre
estuvo hablando de que ahora había que encontrarte un marido. ¿Sabes que se te
ha ofrecido el hijo del rey Paleo, Aquiles? Nuestro padre afirma que existe una
profecía según la cual será el héroe más grande de todos los tiempos. Tal vez
un matrimonio con un aqueo zanjaría estas estúpidas guerras, aunque yo
preferiría luchar contra Aquiles y ganar la gloria del combate.
Casandra
se aferró frenéticamente a los hombros de Héctor.
—Ten
cuidado con lo que pides —murmuró—, porque algún dios podría concedértelo.
¡Ruega para que nunca tengas que enfrentarte con Aquiles!
La miró
disgustado y retiró las manos de sus hombros.
—Como
profetisa, hermana, eres un pájaro de mal agüero; y no me gusta oír tus
graznidos en mi noche de bodas. Vete a tu cama y déjanos en la nuestra.
Ella
sintió que se retiraban las negras aguas, dejándola vacía, desconsolada y
enferma; e ignorante de lo que había estado diciendo.
—Perdóname,
no pretendía ofenderte —susurró—. Sabes muy bien que sólo deseo bienes para ti
y para nuestra prima de Colquis...
Héctor
rozó su frente con los labios.
—Ha sido
un largo día y vienes de muy lejos —dijo—. Sólo los ^dioses saben qué locuras
aprendiste en Colquis. No es extraño que casi desvaríes por el cansancio.
Buenas noches entonces, hermanita y... mira lo que hago con tus presagios.
—Tomó la antorcha que había junto a la cama y, rápidamente, la apagó. ¡Qué
desaparezcan igual que la llama!
Ella se
volvió, insegura, mientras que las restantes mujeres alzaban sus voces en el
último epitalamio. Sabía que también ella debería cantar pero sintió que,
aunque hubiera estado en juego su propia vida, no hubiese podido emitir una
sola nota. Con pasos torpes se apartó del lecho y salió de la cámara nupcial,
dirigiéndose apresurada a su propia estancia. Cayó sobre su lecho, sin
molestarse siquiera en despojarse de sus galas ni limpiar su rostro de
cosméticos. Se sumió en el sueño cuando las oscuras aguas se alzaron otra vez
sobre ella, ahogando los últimos ecos de las alegres canciones de himeneo.
Durante
muchos días resonaron en el puerto los martillazos y los hachazos a medida que
crecía la nave en la basada en donde habían montado la quilla. Y cada noche
llegaban al gran salón arpistas para entonar la balada de Jasón y la
construcción del Argos.
Durante
semanas cargaron provisiones para el viaje, mientras los veleros cosían con sus
grandes agujas el enorme lienzo extendido sobre la blanca arena de la playa.
Para secar o ahumar toneles de carne, ardieron hogueras noche y día en el
patio. Se reunieron cestas de frutas y grandes cántaros de aceite y de vino y
muchas armas. Las mujeres tenían la impresión que durante meses todos los
herreros del reino habían estado forjando puntas de flecha de bronce,
espadas de bronce o de hierro y armas de todas clases.
Docenas de
los mejores guerreros de Príamo acompañarían a Paris, no para hacer la guerra
sino en previsión de que encontraran piratas al cruzar el Egeo, tanto si se
trataba del famoso saqueador Odiseo (que a veces acudía al palacio de Príamo a
vender su botín, o tan sólo para pagar el tributo que se exigía a los barcos
que cruzaban los estrechos rumbo al Norte) como de cualesquiera otros. Esta
expedición, cargada de regalos para Agamenón y otros reyes aqueos, no sería
saqueada; la misión, o al menos así lo dijo Príamo, consistiría en negociar un
rescate honorable por Hesione.
Casandra
observó cómo crecía la nave bajo las manos de sus constructores y deseó
apasionadamente navegar en aquella embarcación con Paris y los demás.
Durante
dos o tres días, mientras los guerreros se adiestraban en el patio, tomó una de
las túnicas cortas de Paris y, enmascarada bajo un casco, se adiestró con ellos
en el combate con espada y escudo. La mayoría de los guerreros creyó que quien
peleaba era Paris. Como éste aparecía pocas veces en el campo de maniobras,
tardó en ser descubierta. Aunque sabía que aquello sólo era una simulación,
disfrutó inmensamente y, durante un tiempo considerable, la destreza de sus
largos miembros y su fuerza muscular mantuvieron oculta su identidad.
Pero un
día combatió contra un amigo de Héctor y fue derribada. El propio Héctor lo
presenció y le quitó el casco. Luego, airado, le arrebató la espada de la mano.
—Ahora
vete dentro, Casandra, y ocúpate de hilar y de tejer —bramó—. Hay trabajo
suficiente para ti en las tareas femeninas. Si vuelvo a sorprenderte disfrazada
aquí, te destrozaré con mis propias manos.
—¡Déjala
en paz! —gritó Andrómaca, que había observado la escena desde un banquillo.
Estaba
confeccionando un rojo cojín para el carro de Héctor y remataba el bordado de
oro. Su esposo se volvió hacia ella, enojado.
—¿Sabías
que ella estaba aquí, Andrómaca?
—¿Y qué
importa que lo supiera o no? —inquirió Andrómaca, con rebeldía— ¡Mi propia
madre y también la tuya combatieron como guerreras!
—No es
conveniente que mi hermana, o mi esposa, estén en el exterior, a la vista de
los soldados —dijo Héctor, malhumorado—. Ve dentro y atiende a tus propios
asuntos; y no más confabulaciones con esta maldita marimacho.
—¿Crees
que también a mí puedes golpearme? —preguntó Andrómaca con petulancia—. ¡Pues
ya sabes lo que conseguirás si lo intentas!
Casandra
advirtió atónita el rubor que asomaba en el turbado rostro de su hermano.
El viento
fresco agitaba en torno de la cara de Andrómaca sus negros cabellos. Vestía una
túnica suelta casi del mismo color que el de su traje nupcial y estaba muy
bella. Héctor respondió por fin, en tono tan bajo que Casandra supo que no
deseaba que nadie más que su mujer lo oyera, ni siquiera su propia hermana:
—Pudiera
ser, esposa. Pero me parece más conveniente que te dirijas al recinto de las
mujeres y que te ocupes de tu telar: es mucho el trabajo que te aguarda. Y
prefiero que allá estés a que vengas hasta aquí y acabes por imitar a Casandra.
Si mis palabras hacen que te sientas mejor, te prometo que no te pegaré esta
vez.
Después,
en tono normal, dijo dirigiéndose a Casandra:
—Por lo
que a ti se refiere, ve y dedícate a tus propios asuntos. De otro modo se lo
diré a nuestro padre y quizás él logre hacerse obedecer.
Comprendió
ella que le había impresionado la hosquedad que asomaba a su rostro porque
añadió más amablemente:
—Vamos,
hermanita, ¿crees que yo estaría aquí, adiestrándome hasta el agotamiento con
el escudo y la lanza si pudiese permanecer fresco y cómodo dentro de casa? El
combate puede parecerte bello cuando se trata tan solo de pelear con lanzas y
flechas contra tus amigos y hermanos. —Desnudó su brazo, alzando la manga de su
túnica de lana por encima de la cenefa de vivos bordados, y mostró un largo
tajo rojizo, aún rezumante en el centro—. Mira todavía me duele cuando muevo el
brazo. ¡Las heridas reales que se causan y se reciben, hacen que la guerra no
resulte tan atractiva!
Casandra
observó la herida que afeaba el terso y musculoso brazo de su hermano y sintió
una opresión extraña y enfermiza bajo su diafragma. Titubeó y recordó el
instante en que degolló al hombre que intentó violarla. Casi sintió deseos de
contárselo; era un guerrero y desde luego lo entendería. Luego le miró a los
ojos y supo que no sería así. Nunca, pensó, él vería más allá del hecho de que
era una
muchacha.
—Alégrate,
hermanita, de que fuese sólo yo quien te vio caída —añadió sin aspereza— porque
si te hubieses revelado como mujer en el campo de batalla... He visto violar
guerreras sin que ningún hombre se opusiera. Si una mujer rechaza la protección
que es legítima para esposas y hermanas, no puede esperar otra.
Se caló el
casco y se alejó, seguido por las miradas de las dos mujeres, Casandra estaba
irritada, sabiendo que se esperaba de ella que se sintiese avergonzada;
Andrórnaca contenía la risa. Al cabo de un momento dejó de reprimirla
y rió.
—¡Qué
furioso estaba, Casandra! ¡Me habría sentido aterrada de haber sido yo el
blanco de su ira! —Se puso el chal sobre los hombros para protegerse del fresco
viento—. Vamos, entremos. Tiene razón, y tú lo sabes; si te hubiese descubierto
cualquier otro hombre... —Frunció los labios y exclamó, fingiendo
estremecerse—: ¡Desde luego habría sucedido algo terrible!
No viendo
otra alternativa, Casandra asintió y Andrómaca la tomó del brazo.
Por
primera vez en muchos días, Casandra advirtió que la oscuridad profética hacía
presa de ella.
Mientras
había estado en el campo, empuñando un arma, no fue consciente de lo que la
hizo gritar la noche de las bodas. Ahora, a través de esas oscuras aguas, vio a
Andrómaca y en torno de ella algo más, envuelto en un frío y terrible fuego de
tristeza y terror, pero también de un gran júbilo previo al dolor que le
impulsó a poner la mano en el brazo de Andrómaca y preguntarle en voz baja?
—¿Esperas un hijo?
Andrómaca
sonrió; no, pensó Casandra, destelló. —¿Te lo parece? Aún no estoy segura. Creo
que le preguntaré a la reina cómo puedo tener esa seguridad. Ha sido tan amable
conmigo tu madre, Casandra. Mi propia madre nunca me comprendió ni aprobó mi
conducta, porque yo era blanda y cobarde y no deseaba ser guerrera; pero Hécuba
me quiere y creo que se alegrará si espero un hijo.
—Yo estoy
completamente segura de eso —opinó Casandra.
Y luego,
como sabía que Andrómaca estaba a punto de preguntarle la razón de tal certeza,
buscó la manera de explicárselo sin hablarle de las oscuras aguas y de la
terrible corona de luego.
—Me
pareció por un momento que podía verte con un hijo de Héctor en los brazos.
Andrómaca
sonrió sin reservas y, por una vez, Casandra sintió que había proporcionado
placer y no miedo con su don indeseado.
En los
días que siguieron no volvió a tomar las armas pero acudió con frecuencia, sin
que se le reprochara, a ver cómo progresaba la construcción de la nave. Crecía
día a día sobre la enorme basada en la arena y casi antes de que el embarazo de
Andrómaca resultase visible, estaba ya dispuesta para la botadura. Un toro
blanco fue sacrificado en el momento en que se deslizó suavemente por la rampa
hasta el agua.
Entonces,
Héctor, que se hallaba entre su esposa y Casandra, preguntó:
—Tú que
constantemente profetizas sin que nadie te lo solicite. ¿Qué futuro le ves a
esta nave?
—Nada veo.
Y quizá sea éste el mejor augurio —respondió ella, en voz baja.
Podía
distinguir a la nave de retorno con un dorado resplandor, como el del rostro de
algún dios y nada más.
—Sin
embargo, creo que eres afortunado por no ir en ella, Héctor —añadió.
—Así sea,
pues —dijo Héctor.
Paris se
acercó para despedirse. Estrechó cordialmente la mano de Héctor y abrazó a
Casandra, sonriéndole. Besó a su madre y saltó a bordo de la nave. Toda la
familia vio cómo ésta se alejaba del muelle, con la enorme vela hinchada por el
viento. Paris se hallaba junto al remo timón, erguido y esbelto; su cara estaba
iluminada por el sol poniente. Casandra se soltó del brazo de su madre y se
abrió paso entre el gentío que vitoreaba. Se dirigió hacia una mujer alta que
permanecía con los ojos clavados en la vela cuyo tamaño había menguado hasta
parecer de un barco de juguete.
—Enone —la
llamó, reconociéndola por haberla visto con los ojos de Paris. ¿Qué
estás haciendo aquí? ¿Por qué no viniste a despedirte de él con el resto de su
familia?
—Cuando
empecé a amarlo ignoraba que era un príncipe —dijo la muchacha, con su
encantadora voz, ligera y musical. —¿Cómo iba a acercarse al rey y a la reina
una plebeya como yo cuando estaban despidiendo a su hijo?
Casandra
pasó un brazo en torno a los hombros de Enone y le dijo con ternura:
—Debes
venir a vivir en el palacio. Eres su esposa y la madre de su hijo, así que te
querrán lo mismo que al propio Paris.
Y si no
quieren, pensó, tendrán que comportarse como si así fuera, en aras del honor de
la familia. ¡Pensar que ha partido sin decirle adiós!
El rostro
de Enone estaba cubierto por las lágrimas. Se aterró al brazo de Casandra.
—Dicen que
eres profetisa, que puedes ver el futuro —afirmó, entre sollozos—. ¡Dime que
volverá! ¡Dime que volverá a mí!
—Oh, pues
claro que volverá —dijo Casandra. Volverá, pero no a ti.
Se sentía
confusa ante la profundidad de sus propias emociones.
—Permíteme
que hable a mi madre de ti —le rogó. Y fue a buscar a Andrómaca para que
presenciara su charla con Hécuba.
—¿Cómo se
te ha ocurrido, Casandra, llevar a palacio a una campesina? —le preguntó su
cuñada, con un suave tono de reproche.
—No es
sólo eso; su cuna es tan noble como la nuestra —manifestó Casandra—. Te basta
observar sus manos para advertirlo. Su padre es un sacerdote del dios del río
Escamandro.
Repitió
este argumento a Hécuba, cuyo primer impulso fue decir:
—Desde
luego, si espera un hijo de Paris; pero, ¿cómo puedes estar segura de eso,
hija?... Debemos cuidar de que se halle bien atendida y de que nada le talle.
¿Crees que es necesario llevarla a palacio?
Sin
embargo, cuando conoció a Enone, quedó encantada de su belleza y le destinó
unas habitaciones del piso más alto del palacio, con mucha luz y ventilación,
desde las que se veía el mar. Estaban vacías y olían a ratones, pero Hécuba dijo:
—Nadie ha
usado estas habitaciones desde que murió la madre de Príamo, que vivía aquí.
Traeremos artesanos y haremos que las decoren de nuevo para ti, querida, si
puedes arreglarte tal como están, por una noche o dos.
Los ojos
de Enone, muy abiertos, expresaban su incredulidad.
—Eres
demasiado buena conmigo... Esto es harto lujoso para mí...
—No seas
tonta —le contestó Hécuba, con brusquedad—. Nada hay demasiado lujoso para la
esposa de mi hijo, que pronto me dará un nieto. Llamaremos a los artesanos de
Creta que se hallan aquí pintando frescos en algunas casas de la ciudad y
decorando vasos y ánforas de aceite. Les enviaré mañana un mensaje.
Cumplió su
palabra, y al cabo de dos días acudieron los cretenses a revocar las estancias
y a pintar en los muros escenas festivas, grandes toros blancos y los saltos de
los danzarines taurinos, con colores reales. Enone se mostró maravillada de la
decoración, y se alegró como una niña cuando Hécuba envió a varias domésticas
para que la cuidasen.
—No debes
hacer esfuerzos excesivos para no perjudicar a mi nieto —la cortó Hécuba cuando
ella trató torpemente de darle las gracias.
Andrómaca
se mostró también amable con Enone, aunque de un modo desenfadado. Al principio
Casandra pasaba largos ratos con ella, confusa ante sus propios sentimientos.
Andrómaca pertenecía ya a Héctor y Enone a Paris; ella carecía de amigas
íntimas y, si bien Príamo hablaba casi cada día de la necesidad de hallarle un
marido, no estaba segura de lo que deseaba ni de lo que respondería si se lo
preguntaban, aunque probablemente no tendría esa oportunidad.
No
entendía por qué le afectaba tanto la presencia de Enone, aunque suponía que
era por haber compartido las emociones de Paris hacia la muchacha cuando la
hizo su esposa. Pero si Paris amaba a Enone, ¿por qué se había mostrado
dispuesto a abandonarla? Experimentaba un gran deseo de cuidarla y consolarla,
y al mismo tiempo de apartarse de ella, cohibida incluso cuando la abrazaba
despreocupadamente como es común entre muchachas.
Inquieta y
asustada, empezó a rehuir a Enone y eso significó que rehuyó también a
Andrómaca; porque las dos jóvenes esposas pasaban ahora mucho tiempo juntas,
hablando de los bebés que esperaban y preparando su ropita, que era una
actividad que carecía de atractivo para Casandra. Su hermana Polixena, de la
que nunca fue amiga, aun no se había casado si bien Príamo negociaba para
obtener la mejor alianza posible y ella no pensaba ni hablaba de otra cosa.
Casandra
pensaba que cuando Paris volviera, ella se sentiría menos obsesionada con
Enone. Pero ignoraba cuando llegaría ese momento. Sola, bajo las estrellas, en
la alta terraza del palacio, lanzaba sus pensamientos en busca de su hermano
gemelo y no recibía más que la brisa marina y una visión estremecedora de la
honda oscuridad del mar, tan real que podía distinguir los guijarros del fondo.
Un día,
eligiendo un momento en que Príamo se hallaba de buen humor, acudió a él, e
imitando las zalamerías de Polixena, le preguntó con suavidad:
—Por
favor, dime, padre, ¿hasta dónde irá Paris y cuánto tiempo tardará en regresar?
—Mira,
hija mía. Aquí estamos en la costa de los estrechos —dijo Príamo, sonriendo con
indulgencia—. A diez días de navegación rumbo al Sur se encuentra un grupo de
islas gobernadas por los aqueos. Si logra evitar los arrecifes de aquí —esbozó
un litoral—, puede navegar por el Sur hasta Creta o hacia el Noroeste para
llegar a los territorios continentales de los atenienses y de los micénicos. Si
ha tenido vientos favorables y no ha padecido tormentas capaces de hacer
zozobrar una nave, puede estar de regreso antes de que concluya el verano; pero
tiene que negociar y quizá sea invitado por uno o más de los reyes aqueos...
como se llaman a sí mismos. Son recién llegados a estas tierras; algunos de
esos pueblos arribaron en vida de sus padres. Sus ciudades son nuevas; la
nuestra es antigua. Había aquí otra Troya, hija mía, antes de que mis
antepasados construyesen nuestra ciudad. —¿De veras?
Logró que
su voz fuese suave y llena de admiración como la de Polixena. Él sonrió y le
habló de la antigua ciudad cretense que antaño se alzó a no más de un día de
navegación a lo largo de la costa.
—En esa
ciudad —añadió— había grandes almacenes de vino y de aceite y puede que por eso
ardiera cuando el gran Poseidón que agita la tierra hizo levantarse el mar y
temblar el suelo. Durante un día y una noche se cernió sobre todo el mundo una
gran oscuridad, que por el Sur alcanzó incluso a Egipto. La bella isla de
Kallistos se sumió en el mar. Se hundió el templo de la Madre Serpiente, pero
quedaron intactos los de Zeus Tenante y de Apolo. Por esa razón ahora se adora
menos en las tierras civilizadas a la Madre Serpiente.
—¿Pero
cómo sabemos que fueron los dioses quienes hicieron temblar la tierra?
—preguntó Casandra—. ¿Enviaron mensajeros para decírnoslo?
—No lo
sabemos —repuso Príamo—. Más, ¿quién podía ser sino ellos? Sin dioses no
existiría más que el caos. Poseidón es uno de los más grandes dioses de Troya y
nosotros le suplicamos que mantenga firme la tierra bajo nuestros pies.
—Que así
sea por largo tiempo —murmuró fervorosamente Casandra.
Y como
advirtió que la atención de su padre se había desviado hacia su copa de vino,
solicitó respetuosamente permiso para retirarse. Príamo se lo otorgó, y ella
salió al patio con muchas cosas en que meditar. Si se produjo un gran terremoto
(del cual había oído hablar desde niña como acaecido antes del nacimiento de
Príamo), quizá fuera razón suficiente para desacreditar el culto de la Madre
Tierra, sin más excepción que la de las tribus de las mujeres.
Reinaba
gran actividad en el patio. Por todas partes se afanaban los artesanos que
estaban pintando los frescos de las habitaciones altas asignadas a Enone;
molían nuevos pigmentos y los mezclaban con aceite. Los escribas contaban
ánforas de vino recogidas como diezmo de una de las naves amarradas en el
puerto; algunos soldados practicaban con las armas. Lejos de la ciudad,
Casandra pudo distinguir una nube de polvo que era probablemente Héctor,
adiestrando a los caballos de su nuevo carro. Vagó entre los hombres como un
fantasma que nadie viera; como si fuese una hechicera y me hubiese tornado
invisible, pensó, y se preguntó si sería capaz de conseguirlo realmente y si
sería ventajoso para ella hacerlo.
Sin razón
alguna, sus ojos se fijaron en un joven que se afanaba en marcar muesas en
una tarja y precintaba con cera las cuerdas que mantenían cerradas las grandes
ánforas de aceite o de vino. Cada precinto significaba que la vasija
correspondiente estaba destinada a la casa del rey.
Pareció
sentirse un poco inquieto bajo el escrutinio a que lo sometía, y miró hacia
otro lado. Casandra, ruborizándose, apartó los ojos, puesto que le habían
enseñado que era impropio de una doncella mirar fijamente a los jóvenes, mas
después se sintió impulsada a mirarlo de nuevo. Aquel muchacho parecía
resplandecer. Sus ojos adquirieron un aspecto extraño, casi vacuno; luego se
enfocaron, y él se incorporó. Daba la impresión de que su estatura había
aumentado cuando estuvo frente a ella. Sí, era en Casandra en quien clavaba los
ojos y, en una instantánea revelación, comprendió que el dios estaba en
posesión de aquel hombre, porque ella estaba contemplando de nuevo el rostro de
Apolo, el Señor del Sol.
Su voz
resonó como el trueno y ella se preguntó, con un retazo de conciencia, cómo era
posible que los demás continuaran tranquilamente su trabajo.
Casandra,
hija de Príamo, ¿me has olvidado? —Nunca, señor —susurró ella.
¿Has
olvidado que puse mi mano sobre ti y que te llamé? —Nunca —murmuró ella, de
nuevo. Tu lugar se halla en mi templo; ve allí, te lo ordeno. —Iré —contestó
ella casi en voz alta, mirando la forma luminosa.
Entonces
el despensero cruzó el patio y el joven rieló, ondeó en el sol, y éste nubló
los ojos de Casandra...
La visión
había desaparecido, y por un momento se preguntó si en efecto se le había
ordenado ir al Templo del Señor del Sol. ¿Debería tomar su manto y su serpiente
y ascender a la cima de los dioses al instante? Dudó; si en realidad lo había
soñado y no había sucedido, ¿qué le diría a los sacerdotes y las sacerdotisas
del templo? Con seguridad, existirían castigos para blasfemias de ese género...
No. Era la
hija de Príamo, una princesa de Troya y sacerdotisa de la Gran Madre. Puede que
estuviese equivocada, pero eso no era una blasfemia, ni algo que debiera quedar
ignorado. Silenciosamente, entró en el palacio.
Si no he
sido llamada, Señor del Sol, envíame una señal —rogó.
En la gran
escalera se encontró con Hécuba, que vestía una bata. Las arrugas de su
entrecejo la hacían parecer más vieja.
—Estás
ociosa, hija —la censuró Hécuba—. Si no eres capaz de ocuparte en algo, yo te
encontraré alguna tarea; a partir de ahora no abandonarás por la mañana el
recinto de las mujeres hasta haber hilado y tejido. Dejas que tu hermana haga
tu trabajo, y no te avergüenzas. ¿Fue sólo haraganería lo que aprendiste entre
las mujeres de mi tribu?
—¡No estoy
ociosa! —replicó airada Casandra. ¿Era ésta la señal que había pedido?—. He
sido enviada por el dios, que me ha ordenado que acuda a su templo.
El
entrecejo de Hécuba se arrugó aún más, y sus ojos se estrecharon.
—Casandra,
los dioses eligen a sus sacerdotisas entre la gente común. No llaman a una
princesa de Troya.
—¿Me crees
de menor valía que cualquier otra? —estalló Casandra—. ¡Desde niña supe que
Apolo deseaba que fuese suya, y ahora me ha convocado!
—Oh,
Casandra —suspiró Hécuba—, ¿por qué dices semejantes desatinos?
Pero ella
ya no la escuchaba. Dio media vuelta y bajó corriendo la escalera, cruzó las
grandes puertas y se apresuró a subir la colina camino del templo de Apolo.
Casandra
ascendió por los escalones de la calle que atravesaba la ciudad desde la parte
más baja a la más alta, casi sin darse cuenta de que las mujeres que vivían en
las casas que bordeaban apretadamente la calle de escalones habían salido con
gran alboroto de vestidos teñidos de vivos colores, para contemplar su
precipitado ascenso. Los latidos de su corazón la obligaron a disminuir la
velocidad y después a detenerse.
Se
inclinó, sintiéndose casi enferma. Había sido educada para guardar el decoro
ante los desconocidos, oprimió una de las anchas mangas de su vestido contra
sus labios, tratando de dominar las náuseas y el agudo dolor de su pecho, y
buscó un escalón donde sentarse para recobrar el aliento. No quería aparecer en
el umbral del dios como una fugitiva desastrada.
—Princesa
—dijo una voz amable y alzó los ojos para ver a una mujer de edad que
se inclinaba sobre ella con un tazón de barro en las manos—. Has subido mucho y muy aprisa,
con este sol, ¿me permites que te ofrezca agua? ¿O prefieres entrar en mi casa
para que te dé un poco de vino frío?
La idea de
la fresca sombra del interior resultaba tentadora, pero a Casandra le
avergonzaba mostrar o reconocer debilidad.
¿Cómo
puede debilitarme el sol? Soy la amada de Apolo... Pero no pronunció estas
palabras sino que murmuró unas frases de agradecimiento, antes de llevar el
recipiente a sus labios. El agua sabía un poco a cieno y estaba tibia pero le
hizo bien a sus labios y a su garganta resecos.
—¿Quieres
descansar unos momentos dentro de mi casa, princesa?
—No,
gracias —mantenía apartados los ojos—. Me encuentro bien; me sentaré aquí y
descansaré un instante.
La luz
hería sus ojos. Hizo pantalla con una mano para proporcionarles sombra, miró
hacia abajo, al deslumbrante reflejo del puerto. Durante un momento, el sol le
nubló la vista; después vio con claridad y estuvo a punto de gritar: «El azul
del mar se ha oscurecido con las velas de muchas naves.»
¡Muchas!
¿De dónde procedían?
No eran
naves de su padre. Cuando trató de centrar su mirada en una de ellas, dudó de
repente de que se hallasen allí. Al cabo de unos pocos momentos, las azules
aguas del puerto volvieron a resplandecer vacías, excepto por un viejo navío
cretense, portador de pinturas y madera. Había sido sólo una visión, una
alucinación. Apartó sus ojos doloridos del engañoso mar, se puso en pie
lentamente y reanudó la subida. Mantenía los ojos entrecortados a causa del
sol, que resplandecía como fuego sobre las murallas de Troya. Siguió
ascendiendo, poco a poco, mientras iba tomando conciencia de que aquella huida
era una locura, que no se corre hacia un dios como una cabra escapa del rebaño.
Debería haber acudido, pero con la dignidad de una princesa de Troya,
acompañada adecuadamente y portadora de las ofrendas precisas para la casa del
dios.
Sin
embargo, sería un error regresar ahora. A no ser que la falsa visión de las
naves le hubiera sido enviada como advertencia... No, ni aun así, no podía
retrasar el cumplimiento de su compromiso con el dios.
Remontó la
cuesta, acercándose al templo del Señor del Sol.
Un
estallido de luz, desencadenado por el resplandor de un relámpago veraniego,
atrajo su atención a las alturas, donde se alzaba el templo de Palas Atenea y,
de repente, la asaltaron dudas. Había sido iniciada como sacerdotisa de la
diosa, enviada al Más Allá en su busca y aceptada por ella. ¿Acaso no fue la
Madre Tierra quién la llamó en su temprana niñez y le habló con la voz de la
profecía? ¿Estaba entonces mostrándose desleal con la Madre Divina, Doncella y
protectora de las doncellas, desdeñándola por el bello Señor del Sol?
Fue presa
de un súbito pánico, tan extremado que creyó que iba a vomitar. Luego tragó
saliva entre espasmos. Todo su cuerpo rebosaba de un miedo cuyo sabor podía
paladear. Oyó fuertes pasos tras ella y, por un momento, el cielo se oscureció
sobre su cabeza. Una idea dominó su mente anegada en las oscuras aguas: tengo
que llegar al templo de la Doncella; sólo allí estaré a salvo... Ningún hombre
osaría poner sus manos en quien ella protege...
Casandra
parpadeó, incrédula. No había peligro, ni llamaradas ni perseguidor. El puerto
relucía vacío y azul; en aquella calle sólo había unas cuantas mujeres que
observaban su lenta ascensión hacia las grandes puertas del templo de Apolo.
¿Es el
dios quién me envía esta locura? Hizo una pausa para recobrar el aliento y
cruzó el umbral del templo.
Sintió una
súbita ráfaga de viento, como si una mano gigantesca la hubiese empujado hacia
el interior. Se arregló maquinalmente el cabello y miró en torno de sí, casi
decepcionada de que nadie pareciese haber reparado en ella. ¿Qué esperaba? ¿Qué
saliera el propio dios a darme la bienvenida?
Una mujer
de cierta edad, con el vestido normal de sacerdotisa, blanca túnica y un velo
teñido de azafrán, alzó la cabeza y miró a Casandra. Luego se puso en pie y se
dirigió hacia ella.
—Bienvenida
seas, hija de Príamo. ¿Llegas en busca de un oráculo, de un augurio o para
ofrendar un sacrificio?
—le dijo.
—No, por
nada de eso —contestó con firmeza, pero le faltaban palabras para revelar su
propósito—. He venido... porque el dios me dijo que viniese... para ser
sacerdotisa suya...
Y calló,
sintiéndose estúpida. Pero la mujer le sonrió con amabilidad. —Sí, claro.
Recuerdo el día en que nos visitaste cuando eras sólo una niña y te mostraste
tan satisfecha de estar aquí... Pensé que quizás un día el Señor del Sol te
llamaría. Así que pasa y háblame. En primer lugar, ¿qué edad tienes? Me parece
que ya eres toda una mujer.
—Mi madre
me ha dicho que cumpliré dieciséis años después del solsticio de verano
—respondió Casandra mientras entraban.
Recordó la
estancia donde había comido sandía mientras su madre aguardaba el oráculo, y le
pareció increíble que hubiese cambiado tan poco en tantos años. Se preguntó por
las serpientes que vio y acarició entonces. Eran de una especie de corta vida;
probablemente haría ya mucho tiempo que murieron. El pensamiento la
entristeció. La sacerdotisa le indicó con un gesto que se sentara. —Háblame de
ti —le pidió—. Dime lo que te hace pensar que has sido llamada a nuestro
templo.
Cuando
Casandra hubo concluido su relato, la sacerdotisa dijo:
—Bien,
Casandra. Si deseas ser una de nosotras, tendrás que vivir durante un año en el
templo para aprender a interpretar los oráculos y los presagios y a hablar con
el dios. —Me alegrará vivir en la casa del dios —contestó Casandra, llena de
felicidad.
—Entonces
debes enviar a una dé las servidoras del templo para que traiga tus cosas; sólo
unas cuantas mudas y tal vez un manto de abrigo. Porque llevarás el vestido
normal de sacerdotisa. Todas somos aquí hermanas. Y no lucirás joyas ni otra
clase de adornos mientras mores en el templo.
—Nada me
atraen las joyas —manifestó Casandra—, ni tengo muchas. Pero, ¿por qué no están
permitidas?
La mujer
sonrió.
—Es una
regla del templo e ignoro por qué existe. Quizá sea porque muchas de las gentes
que llegan a consultarnos son pobres y, si nos viesen cargadas de joyas,
podrían considerar que estábamos enriqueciéndonos con sus ofrendas.
»Me llamo
Caris. Es uno de los nombres de la Señora de la Tierra. He morado en la casa
del Señor del Sol desde que tenía nueve inviernos, y ya cumplí cuarenta y
siete. Vivimos largo tiempo aquí a no ser que optemos por tener un hijo para el
dios y muramos en el parto; pero eso no sucede con frecuencia, puesto que
muchos de nuestros hermanos y hermanas son curanderos. ¿Tienes el permiso de tu
madre o de tu padre para residir en la casa del dios?
—Creo que
mi madre accederá —contestó Casandra—. Por lo que a mi padre se refiere, tiene
numerosos hijos e hijas. No creo que le importe si estoy en la casa del dios o
en la suya. Nunca he sido una de sus favoritas.
»Pero
dime, ¿puedo conservar a mi serpiente en el templo? Fue un regalo de Imandra,
reina y sacerdotisa de Colquis y nadie en Troya la estima. Temo que la
descuiden en mi ausencia.
—Será
bienvenida —manifestó Caris—. Puedes decir que la traigan.
La
sacerdotisa llamó entonces a una doméstica, y Casandra le dio instrucciones
acerca de qué debería recoger del palacio.
—Y acude a
mi madre, la reina Hécuba, y dile que imploro su bendición.
La
sirviente se inclinó y partió.
—Y ahora,
si lo deseas —añadió Caris—, te mostraré las estancias en donde duermen las
vírgenes de Apolo.
Así
comenzó la época que Casandra recordaría más tarde como la más feliz y serena
de toda su vida. Aprendió a consultar los oráculos, a leer los augurios y a
servir al templo con las ofrendas aportadas. Cuidó de las serpientes sagradas y
se instruyó en el arte de interpretar los significados de sus movimientos y de
su conducta.
Como había
previsto, su madre no formuló objeción alguna; envió con la sirviente todo lo
solicitado y un mensaje: Di a mi hija Casandra que la bendigo y apruebo lo que hace; dile
además que le envío muchos besos y abrazos.
Halló muy
pronto amigas en el templo y, al cabo de unos pocos meses, eran numerosos los
fieles y orantes que acudían en su busca y que preferían que fuese ella quien
aceptara sus ofrendas y quien les diese consejo.
—No
comprendo por qué vienen al dios con preguntas tan estúpidas para las que no
necesitarían de la palabra de un inmortal sino sólo el preciso sentido común
—le dijo un día a un sacerdote, ya anciano.
—Porque
muchos de ellos son estúpidos de nacimiento o, peor aún, creen que los dioses
no tienen nada mejor que hacer que resolver los asuntos de los hombres —le dijo
él—. Yo pienso que los dioses poseen suficientes preocupaciones propias en la
tierra de los inmortales para atender a las minucias de los hombres vulgares.
Tal vez se ocupen de los reyes y de los héroes pero... —Bajó los ojos y
disminuyó el tono de su voz hasta convertirla casi en un murmullo—. Incluso de
eso he visto muy pocas pruebas, hija de Príamo.
Casandra
se sintió un poco asombrada ante aquella blasfemia, pero consideró que si el
sacerdote tenía escasa fe en el dios, más le perjudicaba a él que a otros. Por
lo que a sí misma atañía, mientras permaneció en el templo, experimentó una
sensación grande y con frecuencia abrumadora de la presencia de su dios, como
cuando la llamó por primera vez.
Eso no
significaba que su vida en el templo estuviese exenta de cuidados. Algunas de
las vírgenes se mostraban manifiestamente envidiosas porque la consideraban
favorita de sacerdotes y sacerdotisas mayores, y le hablaban o se referían a
ella ante otros con dureza y rencor. Pero nunca había despertado muchas
simpatías entre las muchachas de su edad, ni siquiera en su hermana y medio
hermanas, excepto entre las amazonas, y se había resignado a tal circunstancia
incluso antes de salir de la niñez.
Pero en
general, se sentía objeto de cariñosas atenciones. ¿Qué otra cosa podía suceder
cuando moraba en la casa del dios? Eran muchas las mujeres del templo que
hablaban del Señor del Sol como otras hablan de un marido o de un amante; en
realidad, una de las designaciones habituales de las sacerdotisas era la de
«esposas del dios». De una de las mujeres, Filida, se consideraba que había
sido realmente
esposa del dios: había dado a luz un niño que fue aceptado como hijo de Apolo.
Cuando
Casandra lo supo, se sintió incomodada y disgustada ante lo que le pareció una
tonta superchería.
¿Es esa
muchacha una estúpida, engañada por un vulgar seductor? ¿O había inventado
aquello para disimular una aventura prohibida?, se preguntó Casandra; Porque a
las vírgenes del dios les estaba vedada toda relación con hombres. Eran
cuidadosamente vigiladas y a ninguna se le permitía recibir visitas ni regalos
o ver a su padre o a sus hermanos varones excepto en presencia de una de las
tutoras que cuidaban y escoltaban a las doncellas del Señor del Sol. Si yo
deseara ser la novia de cualquier mortal, pensó, a mi padre le encantaría
disponer mi matrimonio. A veces, Casandra pasaba casi toda la noche en vela,
escuchando la inconfundible voz del dios cuando le hablaba, un inmortal
resplandeciente que era algo más que un simple hombre. Más de una vez soñó que
yacía desmayada en los brazos de su dios, un éxtasis sobrenatural que dominaba
todos sus sentidos: al oír hablar a otras muchachas (aunque su timidez le
impidiera participar en esas confidencias) supo que no era la única favorecida
con tales sueños.
En cierta
ocasión, cuando una de las muchachas narraba su último sueño, lleno de detalles
eróticos, que Casandra consideró producto de su imaginación, le dijo:
—Si tanto
sueñas, Esiria, con yacer con un hombre, ¿por qué no llamas a tu padre y le
pides que te encuentre un marido? ¿No puedes hallar además otra cosa en que
ocupar tus pensamientos y de lo que sea más útil hablar?
—Lo que te
pasa es que estás celosa porqué el dios no quiere yacer contigo ni siquiera en
un sueño —replicó Esiria—. Y si él lo quisiera, ¿tratarías de negarte? Un
extraño escalofrío recorrió a Casandra. —Si quisiera yacer conmigo —declaró—,
intentaría asegurarme de que en verdad era el dios y no algún hombre lujurioso,
propicio a engañar a una mujer estúpida y crédula o a una muchacha romántica.
Sé que hay hombres en este templo que no dudarían en aprovecharse así de
alguien. ¿O crees que los sacerdotes son eunucos porque hayan aceptado el voto
de castidad?
Esiria no
dijo más, y Casandra tampoco; pero al día siguiente, cuando las mujeres
acudieron a sacar agua del pozo, buscó a Filida y le pidió que le dejase ver a su hijo. Como cualquier
madre, la joven (porque no tenía aún la edad de Casandra) se mostró dispuesta a
mostrarle a su niño.
Era, sin
duda, muy guapo, con grandes ojos azules y rasgados, y cabellos rubios y
rizados que hacían fácil creer la paternidad del Señor del Sol. Casandra lo
admiró y lo besó. Luego preguntó a Filida con un tono adecuadamente temeroso:
—¿Cómo
supiste que era el dios quien acudía a ti? —Al principio no lo supe —respondió
la muchacha—. Creí que era un hombre con la máscara del dios e intenté gritar
para llamar a una de las tutoras. Pero luego... ¿Has oído alguna vez la voz del
dios, hija de Príamo?
Casandra
sintió una opresión en la garganta, al recordar la voz.
—Oí...
—Pero no pudo continuar.
—Entonces,
si te sucede, lo sabrás —dijo Filida de un modo abrupto.
Casandra
miró al bebé de nuevo.
—Qué guapo
es. ¿Me lo dejas un momento? —le pidió. —Claro que sí.
El niño se
había quedado dormido aunque su boca, como una rosa a medio abrir, se aferraba
aún al pecho de la madre. Filida lo separó y lo puso en brazos de Casandra. Se
agitó y gimió pero ella lo acunó un poco, como había visto hacer a su madre, y
el niño se calló. Su peso, húmedo y suave, era diferente a todo lo que hasta
entonces hubiera sentido. Incluso entre las amazonas jamás tuvo en brazos a un
niño tan pequeño. Se inclinó, acercándose a él, y tocó su suave piel con los
labios: el tacto era exactamente igual que el de los pétalos de una rosa.
Un inmenso
júbilo se apoderó de ella durante un momento; luego tuvo la impresión de que el
sol se cubría con una nube y que la envolvía un viento frío, aunque se hallaba
sentada en el cálido y luminoso patio, bajo un sol que casi abrasaba y había
extendido su velo sobre el bebé para que el sol no dañase sus ojos o quemara su
piel. Reconoció la negrura de la visión e, inmóvil, aguardó lo que no podía
evitar.
En su
esencia era sufrimiento y pesar. De algún modo se había deslizado a través del
tiempo y supo que habían transcurrido los años desde aquel sereno instante: el niño que yacía contra
su pecho era suyo. Su cabecita era morena y rizada, e incluso cuando un extraño
impulso de felicidad brotó de ella, quedó enturbiado por la desesperación, el
recuerdo de este mismo momento y una reacción de ira. La visión adquirió tal
fuerza que, por un instante, se sintió paralizada; luego supo de nuevo dónde se
encontraba. Una vez más había conseguido impedir que la ahogaran las oscuras
aguas.
Cuando
devolvió el bebé a los brazos de su madre advirtió en los ojos de Filida, muy
abiertos e infantiles, algo semejante al terror.
—Parecías
tan lejana y extraña, Casandra. Dicen que puedes escrutar en el futuro, ¿qué
viste para mi hijo? —le preguntó.
Y como
Casandra callaba, volvió a preguntarle.
—¿No
habrás lanzado una maldición sobre mi niño?
—No, no,
claro que no, pequeña —respondió Casandra.
—¿Lo
bendecirás entonces, hija de Príamo?
Casandra
hubiera deseado tranquilizarla y, dentro de sí misma, pugnó por llegar hasta la
diosa, para tomar de ella el poder de bendecir. Mas, por el contrario, se oyó
decir:
—Ay, no
puede haber bendición para cualquier hijo de Troya nacido en este infausto año;
pero quizás Apolo, su padre, pueda bendecirle aunque a mí me sea imposible.
Se levantó
rápidamente y se alejó, seguida por los ojos de una Filida muda y angustiada.
Unos días
más tarde llegó un doméstico con regalos para el templo, enviados por la casa
del rey Príamo, y un mensaje para Casandra.
—Tu padre
y tu madre quieren que acudas a tu casa para asistir a la boda de tu hermana
Creusa —le dijo.
—Tendré
que solicitar permiso —contestó Casandra.
El permiso
le fue otorgado sin problemas, quizá con demasiada facilidad. Casandra sabía
que no habría sucedido así en el caso de cualquier otra de las sacerdotisas jóvenes y realmente
hubiera deseado que la trataran como a ellas. Pero no podía culpar a los
sacerdotes y a las sacerdotisas de que no quisieran ofender al rey de Troya.
Sólo insistieron en que, puesto que no era todavía una verdadera sacerdotisa
sino que se hallaba en su año de prueba, si deseaba pasar la noche en casa de
su padre tenía que ser debidamente acompañada y escoltada por una sacerdotisa
mayor. —En tus manos está el poder de conferir ese favor, hija de Príamo. ¿A
quién elegirás para acompañarte? —le dijeron.
Casandra
no era del todo ignorante respecto a esa clase de intrigas cortesanas; fuera
cual fuese la elegida, las demás se sentirían desdeñadas. Optando por una
elección que nadie pudiese censurar o envidiar, eligió a Caris que había sido
la primera en darle la bienvenida a la casa del dios.
Vistió una
de las indumentarias más alegres entre los pocos y sencillos trajes de que
disponía y, con su acompañante al lado, cruzó las calles, seguida tan sólo por
una de las servidoras del templo.
Caris, que
tantos años había vivido en la casa del Señor del Sol, se sintió impresionada
cuando se acercaron a la gran ciudadela de Príamo y apenas pronunció una
palabra.
Casandra
también callaba porque había observado desde las alturas y visto de nuevo las
negras naves en el puerto, sin saber si realmente estaban allí o si habrían de
llegar algún día.
Cuando
penetraron en el patio exterior, Hécuba salió a recibirlas. Casandra se inclinó
para abrazar a su madre. Hécuba era una mujer alta pero ahora Casandra la
superaba en estatura.
—¡No
puedes seguir creciendo más! —exclamó su madre al elevar la mirada hacia su
rostro—. ¡Eres más alta, Casandra, que la mayoría de los guerreros! No es
posible que a un hombre le guste tenerte cerca...
—¿Qué
importa eso, madre? Como no voy a casarme sino que pienso vivir en la casa del
dios...
—Cosa que
yo nunca aceptaré —dijo Hécuba, con energía—. Quiero ver a tus hijos antes de
morir.
Pero nunca
los verás, supo de repente Casandra. Con el recuerdo del instante en que tuvo
contra sí al hijo de Filida llegó la dolorosa certeza, la amargura, la desesperación, de que antes que
pudiera mecer a sus nietos, los ojos de Hécuba se habrían cerrado para siempre.
—No
hablemos de eso, madre. Si quieres una boda, ya tienes a Creusa para casarla. Y
Polixena es mayor que yo y aún está soltera. Hállale un marido y no te
preocupes por mí. Háblame ahora del prometido de Creusa.
—Va a
casarse con Eneas, hijo de Anquises —dijo Hécuba—. Es tan apuesto que se le
considera verdadero hijo de Afrodita, la nacida de la espuma del mar.
—Diosa de
la que nada sé —afirmó Casandra antes de recordar a la más hermosa en el sueño
de Paris, la diosa del amor y de la belleza—. Pero si su padre afirma ser el
amante de Afrodita, creo que las diosas se hallarán irritadas con él. He de
conocer a esa maravilla de hombre.
—Creusa
está encantada con él y lo mismo le sucede a tu padre —manifestó Hécuba—. Y en
mi juventud yo me habría alegrado de tener un marido semejante. Por favor, no
trates de profetizar desgracias en esta boda; impresiona mucho a la gente.
¿Piensa
acaso que profetizo por placer?, se dijo Casandra súbitamente irritada. Pero su
madre parecía tan preocupada que su rabia se esfumó.
—Desde
luego trataré de no ver desastres, si los dioses son benévolos —le dijo,
besándola—. Puede que incluso sea capaz de predecir algo bueno.
—Que los
dioses lo permitan —murmuró Hécuba piadosamente—. Bien, entremos hija. Te he
echado mucho de menos.
Tras haber
pasado una luna en la casa del Señor del Sol todo en el palacio le pareció más
pequeño y estridente, pero querido y familiar. Andrómaca, que vestía para la
ceremonia un lujoso traje teñido de rojo, se apresuró a ir a su encuentro. Su
embarazo era ya más que evidente y avanzaba con el paso típico de una mujer en
su estado, inclinando el cuerpo hacia atrás para equilibrar el peso. Casandra,
al pensar en la hija de Imandra, se sintió entristecida, pero Andrómaca la
abrazó llena de júbilo.
—¡Cuánto
me alegra verte! ¡Tengo ganas de que te cases, de que vuelvas al palacio para
que podamos estar juntas! ¡Fíjate, dentro tan sólo de otra luna, tendré a mi
hijo en los brazos!
—¿Dónde
está Enone? ¿Acaso no debería hallarse contigo? Entre los invitados a una boda,
una mujer embarazada es quien mayor fortuna trae.
—Concluyó
su embarazo —dijo Andrómaca—. ¿No lo sabías? Hace cuatro días que dio a luz un
hijo de Paris y aún sigue en el lecho. La pobre pasó un mal parto. Tu madre
dice que es tan menuda que debería haberlo pensado mejor antes de tener un
hijo. Pero cuando le pregunté cómo podría haberlo evitado, no me lo dijo.
Afirma que a Héctor no le gustaría. Enone ha llamado a su hijo Corito... Así
que si Creusa quiere contar en su boda con una embarazada tendrá que
conformarse conmigo.
—Creusa es
afortunada, teniéndote entre sus invitadas —manifestó Casandra.
Andrómaca
sonrió como un gatito lamiendo crema.
—Confío en
que ella piense lo mismo —dijo.
—Voy a ver
a Enone —anunció Casandra.
Andrómaca
la cogió de la mano y la condujo escalera arriba.
—Mejor
será que no vayas —opinó—. Se ha mostrado muy extraña en los últimos días.
Cuando iba a verla, no me hablaba. Dice que yo era enemiga de su marido porque
Héctor le ha enviado lejos.
Fueron a
la sala donde las mujeres vestían a la novia. Era una bella estancia con los
murales cretenses de los bailarines taurinos.
—Pero ésta
es una de las habitaciones que mi madre cedió a Enone —comentó.
—No quiso
quedarse aquí —explicó Andrómaca—. Afirmó que no deseaba tener el mar ante sí
durante todo el día, puesto que la separaba de Paris; así que insistió en
trasladarse a una sala del otro lado del palacio desde donde se divisa el monte
Ida, el lugar del que procede. Pero no te preocupes por eso ahora; ven a ayudar
a vestir a la novia.
De abajo
llegaban las voces de los hombres que bebían y brindaban por la boda.
Estaban
cubriendo a Creusa con un velo bordado. Lo apartó de su rostro y se adelantó
para saludar a Andrómaca con una reverencia; luego abrazó con frialdad a
Casandra.
—Bienvenida,
hermana —dijo.
No era
hija de Hécuba sino de la más importante de las concubinas de Príamo.
Estrictamente hablando, la etiqueta palaciega prescribía que fuese Casandra la
primera que se refiriese al vínculo fraternal, pero en aquel momento no le
preocupaba mantener el protocolo. Devolvió el abrazo a Creusa, con cordialidad.
—Que la
Madre Tierra y los Resplandecientes te bendigan, hermana —le deseó.
—¿Puedes
ver en mí buena fortuna, Casandra, puesto que eres profetisa?
—Lo sabré
cuando vea a tu marido —replicó Casandra, sin comprometerse.
—Cuando le
hayas visto, creo que me envidiarás —afirmó Creusa.
Casandra
sonrió.
—Desde
luego espero que así sea, hermana. Mi madre me ha dicho cuan apuesto es.
—Y también
es rico y príncipe en su país —afirmó Creusa—. Con seguridad que ninguna mujer
puede ser más afortunada que yo.
—No digas
tales cosas, no sea que provoques los celos de los inmortales —la reprendió
Caris—. Recuerda el destino de la mujer que se jactó de que su hilado era tan
fino como el de Palas Atenea. ¡Palas Atenea la convirtió en araña, condenada a
hilar para siempre lo que barrerían de sus casas todas las mujeres!
—Vamos,
vamos —intervino Andrómaca que era la principal dama de honor de la novia—.
Acabemos pronto de vestirla o los hombres estarán borrachos cuando llegue.
Casandra, tus dedos son muy ágiles, ¿quieres ponerle las flores en el pelo?
Casandra
formó rápidamente una corona con las flores y la sujetó en la cabeza de Creusa.
—Ya está
dispuesta. Acompañémosla abajo.
Tomándola
de las manos, las mujeres rodearon a la novia, sujetándola al bajar la escalera
para que no tropezase y empezara su matrimonio con un paso en falso, el peor de
los presagios.
Alzaron
sus voces para entonar el más antiguo de los epitalamios, el consagrado a la
Madre Tierra, y Casandra se sintió invadida por tanto júbilo y alegría como si
fuese su propia boda. Por una vez, pensó, puedo sentirme tan despreocupada como
cualquier muchacha. Fue consciente de que las demás no la veían como a una de
ellas. ¿Cuál era la diferencia? Mas en esta ocasión tenía una respuesta a esa
dolorosa sensación de diversidad. Soy una sacerdotisa y es preciso que no sea
como las otras; basta con que de alguna manera logre aparentarlo.
Se
hallaban en el umbral de la sala del banquete, cuando oyeron un grito de
sorpresa y bienvenida.
—¡Odiseo,
viejo tramposo! —exclamó Príamo—. ¡Qué bien sabes escoger el momento de llegar
para probar nuestro mejor vino de boda! ¡Ven y bebe, querido amigo!
Casandra
tendió la mano y retuvo a Creusa.
—Deja que
nuestro padre reciba primero a su invitado.
—¡No
quiero en mi boda a ese viejo pirata! —dijo Creusa hoscamente.
—He oído
hablar durante toda mi vida de sus historias —murmuró Andrómaca—. Ha llegado
navegando más lejos que Jasón y sabe muchos relatos de viajeros. Visitó a mi
madre en Colquis y le regaló un peine de nácar que, según dijo, había recibido
de una sirena.
—Tal vez
te ha traído también un regalo de boda, Creusa —sugirió Casandra—. En cualquier
caso, hasta los dioses se deben mostrar hospitalarios. Entremos.
Entonó el
primer versículo del himno a la Doncella, siempre cantado en las bodas, y las
otras muchachas la siguieron. Príamo alzó los ojos y les hizo una señal para
que se acercaran. Casandra vio a un apuesto joven, alto y esbelto, de rizados y
brillantes cabellos castaños y con algunas oscuras pecas que adornaban su cara.
Por la fastuosa túnica de púrpura que vestía, supuso que debía de tratarse del
novio. En aquel momento se aproximaba al trono un hombre de mediana edad, bajo
y fornido, de pelo muy rizado, rostro curtido por la intemperie y nariz
aguileña, con profundos ojos azules que parecían escrutar inmensas distancias.
Imaginó, incluso antes de advertir los signos de reconocimiento en los ojos de
Andrómaca, que aquél debía ser el famoso marino y pirata, Odiseo, viejo amigo
de su padre.
El marino
se volvió y gritó:
—¡Qué
ramillete de bellezas, viejo amigo! No todas pueden ser hijas tuyas, ¿o lo son,
Príarno? Me parece recordar que a ti te han gustado las mujeres más de lo
habitual.
Príamo las
atrajo con un gesto de su mano.
Casandra
se vio envuelta en un enorme abrazo de oso.
—Tu
segunda hija, ¿verdad? ¿Es la novia? Bien, ¿por qué no, en nombre de todos los
demonios?
Olía a mar
y tenuemente a vino. No pudo sentirse ofendida por el abrazo; había sido
cordial y afectuoso como una ráfaga de viento.
—¿Verdad
que buscabas una tan bella como ésta, querido Eneas?
Casandra
advirtió que los ojos de Eneas se clavaban en ella, apreciando su belleza, y
que Creusa parecía a punto de echarse a llorar.
Se apartó
suavemente de Odiseo.
—No,
señor. Yo no soy para hombre alguno. Soy una virgen de Apolo y satisfecha de
serlo —aclaró.
—¡Fuego
del infierno! —Su juramento fue enorme como todo lo que había en él—. ¡Qué
despilfarro, preciosa! Yo mismo estaría dispuesto a casarme contigo si no fuese
porque tengo esposa en Itaca y Hera, mi divinidad protectora, es la diosa de la
fidelidad conyugal. Me vería en apuros con ella si rondase a otras mujeres. Y
no es que sea muy casto, pero no podría casarme con ninguna otra. Además, lo
que tú necesitas es algún joven bien parecido y no una vieja morsa como yo.
Se echó a
reír. Con sus enormes bigotes parecía realmente una morsa.
—¿Y es
ésta la esposa de Héctor? —preguntó volviéndose hacia Andrómaca—. ¿No te
importará, Héctor, que un viejo bese a tu esposa? Es costumbre, ya sabes, en la
parte del mundo de que procedo.
Tomó a
Andrómaca entre sus brazos y palmeó su abultado vientre.
—No es
posible acercarse bastante para darte un verdadero beso, ¿verdad, muchacha?
Bueno, otra vez será.
—Traje
algunas cosas en mi equipaje: el botín de un barco cretense. Son regalos de
boda para tu hija, Príamo, y también para ese espléndido nieto que va á darte
dentro de unos días esta joven tan bella. Y como ésta otra no se casará, haré
en su nombre donaciones al templo del Señor del Sol.
—En el
nombre de Apolo, te las agradezco, señor —dijo Casandra cortésmente, pero
Odiseo la obligó a sentarse a su lado.
—Aquí,
quédate junto a mí y bebe de mi copa. Eres de las presentes la única sin
vínculos y nadie se ofenderá si te cortejo ante tu padre y tu madre.
—Mi
hermana Polixena no está casada —dijo Casandra, con un atisbo de malicia.
—No por
mucho tiempo —afirmó Odiseo, riendo—, si conozco a tu padre. Polixena es
bastante atractiva pero, y que quede entre tú y yo, prefiero a las muchachas
con más carne sobre sus huesos. Como tú.
Ella tomó
su copa y aguó su vino y, cuando pasaron los domésticos, llenó su plato.
Descubrió que simpatizaba con aquel hombre ya entrado en años.
—Y ahora,
danos las noticias que tengas, Odiseo —solicitó Príamo—. Además, amigo,
necesito tu consejo. Tengo una propuesta para Polixena de Aquiles, el hijo de
Peleo, ¿la aceptarías de hallarte en mi lugar? Es noble y he oído que también
es valiente...
—Valiente,
sí lo es —manifestó Odiseo—, pero se complace en matar. Si yo tuviera una hija,
le cortaría el cuello antes de permitir que se casara con ese loco.
—Posee la
fuerza de Heracles... —empezó a decir Héctor, como disculpándolo.
—Y muchos
de sus defectos —le interrumpió Odiseo—. Como Heracles, no es hombre que
convenga a una mujer. Se encapricha con alguna de vez en cuando y es probable
que la mate en un momento de locura. Navegué con Heracles... sólo una vez. Con
ésa tuve bastante. Me cansé del trato que dispensaba a sus amiguitos y de sus
súbitos ataques de rabia. En mi opinión, Aquiles es muy semejante. Hay muchos
jóvenes excelentes en Troya e incluso aqueos honorables y apuestos, si es eso
lo que deseas para ella. Parece una buena muchacha. Búscale otro. Ése es mi
mejor consejo.
Luego
gritó a un doméstico y ordenó que trajeran sus cofres al salón. De cada uno de
ellos extrajo cosas extrañas y bellas que ofreció pródigamente a Príamo y a sus
hijos e hijas. Para Héctor hubo una pequeña copa, no mayor que un puño, de oro
batido.
—De la
Casa de los Toros en Creta —anunció—. Estuve en las ruinas de lo que fue antaño
el Laberinto; los dioses sabrán cómo les pasó por alto a otros saqueadores.
—Tal vez algún dios la preservó para ti. —Quizás —admitió Odiseo—. ¿Veis los
toros? Hécuba admiró la copa y luego la pasó de mano en mano para
que la contemplaran
las demás mujeres. Cuando le llegó el turno a Casandra
y vio la fina talla, un toro atrapado en una red minuciosamente cincelada, con
unos jóvenes en un carro y una vaca para atraer al toro, exclamó:
—¡Pero
esto es un tesoro inapreciable! Deberías guardarlo para tu esposa.
—También
llevo cosas muy valiosas para mi esposa y para mi hijo —contestó Odiseo—. No
regalo todo lo mejor. Para Andrómaca reservó un peine de oro y para Creusa un
espejo de bronce con perlas doradas alrededor.
—Un espejo
digno de la propia Afrodita —dijo—. Lo recibí de una ninfa marina. Nos amamos
durante toda la noche en su gruta y, cuando al amanecer nos separamos, me lo
entregó porque dijo que jamás volvería a mirarse si no era lo bastante bella
para retenerme. —Guiñó un ojo y añadió—: Así que embellécete para tu marido
ante este espejo. El regalo de Casandra fue un collar de cuentas azules que
parecían de vidrio, con forma oblonga y de factura simple, que se cerraba con
un sencillo broche de oro.
—Es una
fruslería pero creo recordar que a las sacerdotisas no se les permite lucir
joyas costosas y esto es bastante sencillo para que puedas llevarlo en recuerdo
de un viejo amigo de tu padre.
Emocionada
por aquellas palabras, Casandra le besó en la mejilla, gesto que difícilmente
se hubiera atrevido a hacer con su propio padre.
—No
necesito regalos para recordarte, Odiseo; pero lo llevaré siempre que se me
permita. ¿De dónde es?
—De
Egipto, el país que gobierna el Faraón y en donde los reyes construyen grandes
tumbas junto a las que toda la ciudad de Troya parecería una aldea —explicó.
Estaba ya
tan acostumbrada a sus fantásticas historias que no supo durante muchos años
que, por una vez, había dicho la verdad.
Una vez
entregados los regalos, preguntó a Príamo:
—¿Cuándo
vas a otorgarme la libertad en los estrechos para que pueda pasar sin pagar los
tributos que te entregan los otros aqueos?
—Eres
desde luego distinto de los demás —reconoció Príamo—, y pecaría de ingratitud
si después de tantos regalos, te exigiese aún más dinero. Pero no puedo
permitir que nadie navegue por mis aguas. El tributo que te impongo es sólo que
me digas lo que sucede en las regiones remotas. ¿Hay paz en las islas en donde
reinan los aqueos?
—Allí
habrá paz, quizá, cuando salga el sol por el Oeste —respondió Odiseo—. Como le
sucede a Aquiles, para esos reyes la guerra es el mayor de los placeres. Yo
guerreo sólo cuando mi propia tierra y mi gente se hallan amenazados; pero
ellos consideran el combate como el pasatiempo mejor de todos... el gran juego
al que consagrarían con gusto sus vidas. Me creen cobarde y afeminado por el
hecho de que no quiera pelear aunque combata mejor que la mayoría de ellos.
—Durante
años han estado tratando de provocarnos para que entráramos en guerra —añadió
Príamo—. Pero me esforcé por ignorar sus insultos e incitaciones, incluso
cuando secuestraron a mi propia hermana. Tú vives entre los aqueos, amigo mío,
¿lucharás también contra nosotros si ellos nos atacan?
—Intentaré
no verme envuelto en semejante contienda —afirmó Odiseo—. Sólo me hallo ligado
por un juramento. Cuando se casó la mujer que es ahora reina de Esparta, eran
tantos los pretendientes que no estaban dispuestos a ceder ante otro, que
parecía que sólo una guerra podría zanjar la cuestión. Entonces fui yo quien
propuso un arreglo del que me siento orgulloso.
—¿Qué
hiciste? —inquirió Príamo.
Odiseo
sonrió.
—Imagínate
esto: la mujer quizá más bella que haya llevado el cíngulo de Afrodita y muchos
hombres proclamando los regalos que entregarían a su padre y ofreciéndose a
luchar por ella, para vencer, conseguir desposarla y recibir Esparta como dote.
Entonces, propuse que eligiese ella misma, y que todos se comprometieran bajo
juramento a respetar su decisión y a defender al marido que ella determinase.
—¿Y a
quién escogió? —preguntó Hécuba.
—A
Menelao, hermano de Agamenón, un pobre diablo; pero tal vez ella creyó que era
prudente y fuerte como su hermano —explicó Odiseo—. O quizá fue por cariño
hacia su hermana, que el año anterior se había casado con Agamenón. Dos
hermanas casadas con dos hermanos... Eso crea confusión en una familia, o al
menos así me lo parece.
—Pues si
Eneas tuviera un hermano, yo estaría dispuesta a casarme con él —murmuró
Polixena al oído de Casandra—. Aunque sólo fuese la mitad de apuesto y amable.
—Y yo
también —le contestó Casandra, en el mismo tono.
Hécuba les
advirtió, con sequedad:
—Muchachas,
es una grosería cuchichear. Hablad en voz alta o permaneced calladas. Todo lo
que no se puede decir de esa forma no se debe decir de ninguna.
Casandra
estaba ya cansada de la rigidez de las normas de cortesía de su madre.
—No me
avergüenzo de lo que hablábamos; comentábamos solamente que cualquiera de
nosotras dos estaría dispuesta a casarse con un hermano de Eneas con tal de que
se le pareciese —dijo, para que todos la oyeran.
Fue
premiada por una rápida y ardiente mirada de Eneas, que afirmó sonriente:
—Ay, hija
de Príamo, soy el único hijo varón de mi padre; pero me haces desear tener un
mellizo o dos para poder compartir con vosotras tres la copa nupcial. ¿Qué
opinas, señor? —preguntó, dirigiéndose a Príamo-. ¿Es lícito para mí tener
tantas esposas como tienes tú? Si estás dispuesto a casar a tus hijas, de buen
grado tomo a las tres, con tal de que Creusa me conceda permiso.
Polixena
bajó los ojos y se ruborizó; Casandra se oyó a sí misma reír.
—Prefiero
ser la primera y única esposa —dijo Creusa—. Aunque la ley te permita tener
tantas como quieras.
—Ya está
bien de bromas —intervino Príamo—. Las hijas de un rey, yerno, no están
destinadas a ser concubinas.
Eneas
sonrió amistosamente.
—No
pretendía ofender a tus hijas, señor.
—Lo sé muy
bien —contestó Príamo, que estaba un poco bebido—. Ya avanzado un banquete,
cuando el vino ha corrido más de lo que sería prudente, pueden perdonarse bromas mucho más
indecorosas que ésta. Y ahora quizá sea el momento de que las mujeres se lleven
a tu novia antes de que la fiesta se torne demasiado grosera para los oídos de
las doncellas.
Hécuba
reunió a las mujeres y éstas rodearon a Creusa con sus antorchas. Casandra, que
tenía la mejor voz, inició el himno nupcial. Creusa besó a su padre y tendió su
mano a Eneas; luego las mujeres la condujeron escaleras arriba. Creusa, que se
hallaba cerca de Casandra, le susurró:
—¿Puedes
profetizar, buena fortuna para mi matrimonio, hermana?
Casandra
oprimió su mano y le respondió también en voz baja:
—Me agrada
tu marido, ya me oíste decir que de buena gana me casaría con alguien como él.
Tendréis con seguridad toda la buena fortuna que pueda llegar a cualquier
matrimonio contraído este año. Veo larga vida y fama para tu marido y para el
hijo que le darás.
Andrómaca
tocó en el hombro a Casandra y cuchicheó:
—¿Por qué
no hiciste tal profecía para mí, Casandra? Somos amigas y te quiero.
Casandra
se volvió hacia ella.
—No
profetizo lo que deseo, Andrómaca, sino lo que el dios me encarga decir. Si
pudiese elegir las profecías, te desearía una vida larga y grandes mercedes,
muchos hijos e hijas que os rodeasen a Héctor y a ti en una honrosa ancianidad
en el trono de Troya.
Y sólo los
dioses saben cuánto hubiera deseado que me hubiese sido enviada esa profecía...
Andrómaca
sonrió y tomó la mano de Casandra.
—Tal vez
tu buena voluntad llegue a contar más que tus profecías —declaró—. ¿Y puedes
penetrar lo suficiente en el futuro para ver cuánto tiempo queda para que nazca
el hijo de Héctor... y para saber si será un varón? Mi madre hubiese deseado
que diera a luz una hija pero Héctor no habla más que de su hijo, así que yo
también quiero un niño. ¿Viviré hasta después del parto para ver su cara?
Con enorme
alivio, Casandra oprimió con su mano los finos dedos de su amiga.
—Oh, es un
varón —declaró—. Tendrás un hijo hermoso y robusto y vivirás para guiarle hacia
la virilidad...
—Tus
palabras me proporcionan valor —dijo Andrómaca.
Casandra
sintió agarrotada su garganta al recordar los incendios que vio en la boda de
Andrómaca. Tal vez, pensó, se tratase de una locura y no de una verdadera
profecía; así lo consideró mi madre. Preferiría estar loca a creer, en este
sereno lugar y bajo las apacibles estrellas, que el fuego v el desastre caerán
sobre todos los que quiero.
—Casandra,
otra vez estás sumida en tus ensoñaciones; ven y ayúdanos a desvestir a la
novia —le rogó Andrómaca—. No podemos desatar los nudos que hiciste en el pelo
de Creusa.
—Voy —dijo
Casandra, con presteza.
Y acudió
para ayudar a las otras mujeres a preparar a su hermanastra para la llegada de
su marido. Con todo su corazón se alegraba de no haber visto para ella un
desastre futuro.
Tras todo
el ruido y la excitación de la boda, la casa del dios le pareció aún más
silenciosa y serena, más aislada de la algarabía de la vida ordinaria. Diez
días después de la boda de Creusa, Casandra fue convocada de nuevo al palacio
para celebrar el nacimiento del hijo de Héctor y de Andrómaca, primer nieto de
Príamo.
—Pero no
es el primer nieto de Príamo —dijo Casandra—. Ya ha nacido el hijo de Paris y
Enone.
—Puede que
así sea —repuso el mensajero—, pero Príamo ha decidido considerar al hijo de
Héctor como su primer nieto y, por lo que sé, el rey tiene derecho a designar
al que será el segundo en la línea de sucesión tras el príncipe Héctor.
Casandra
pensó que era cierto, pero resultaría muy duro para Enone ver cómo se marginaba
a su hijo de la misma forma que se marginó a su esposo.
Se había
acostumbrado a gozar de la paz y de la calma del templo y le irritaba que se
alterasen, pero obtuvo permiso para visitar a Andrómaca. La halló en aquellas
espléndidas estancias entre los murales de seres marinos, aún sobre almohadas,
con el bebé de carita enrojecida en una cesta de mimbre, a su lado. Parecía
sana y dichosa, con buen color en las mejillas. Casandra se sintió aliviada ya
que eran muchas las mujeres que morían de parto o poco después, pero Andrómaca
tenía un aspecto excelente.
—¿Qué es
esa tontería del hijo de Héctor? —le preguntó medio en broma—. Fuiste tú quien
lo llevó durante la mayor parte de un año y quien sufrió los dolores y
molestias de darle a luz. ¡Yo le llamaría el hijo de Andrómaca! Andrómaca hizo
una mueca y después se echó a reír. —¡Tal vez has escogido bien, consagrándote
al dios y renunciando a los hombres! Te aseguro que no tengo prisa alguna en
que Héctor vuelva a mi lecho. Se estiman en demasía los gozos de la maternidad.
Preferiría dejar pasar unos años antes de probarla de nuevo. ¿Y dicen que las
mujeres son demasiado frágiles para manejar armas? ¡Me pregunto qué clase de
bravura hubiera mostrado Héctor en esta batalla! —Entonces rió de nuevo—.
¿Puedes imaginártelo? ¡Cambiar todas las costumbres para que los rapsodas
reciten baladas sobre la valentía de Hécuba, madre de Héctor! Bien, ¿y por qué
no? ¡Ha triunfado en esa batalla al menos una docena de veces, lo que significa
que es más valiente de lo que yo espero ser! Nos hablan de las delicias del
matrimonio... Se educa a las muchachas para que no piensen en otra cosa; pero a
nosotras corresponde descubrir por nuestra cuenta las delicias del parto. Ah,
bueno...
Se inclinó
un poco, hizo un gesto de dolor al moverse y, con una seña, ordenó a una de las
domésticas que le pusiera el bebé en sus brazos. La mirada de felicidad en su
cara desmentía las palabras que acababa de pronunciar.
—¡Creo
—dijo— que el botín que he obtenido en esta batalla vale más que el saqueo de
toda una ciudad!
—También
lo creo yo —afirmó Casandra, tocando el puñito del recién nacido—. ¿Cómo se
llamará?
—Astiánax
—contestó Andrómaca—. Así lo quiere Héctor. ¿Sabes que cuando sea conducido al
banquete en que se le impondrá el nombre lo llevarán sobre el escudo de Héctor?
¡Fíjate qué cuna!
Casandra
trató de imaginarse al niño en el centro del gran escudo de guerra de Héctor.
De repente, se estremeció y se puso rígida, viendo al gran escudo y al niño. ¿Qué edad tenía? ¡Con
seguridad demasiado pequeño para ser un guerrero! El cuerpo del niño estaba
preparado para su sepelio. Fue como una ola de agua helada pero Andrómaca,
sosteniendo satisfecha al bebé contra su pecho, no reparó en lo que le sucedía
a Casandra.
Cerró sus
ojos con la esperanza de que así desapareciera la terrible visión.
—¿Cómo
está Creusa? —preguntó. —Parece feliz; afirma que anhela quedarse embarazada.
¿Debo explicarle las sorpresas que le aguardan?
—No seas
cruel —dijo Casandra—. Deja que disfrute de su primera época de felicidad; ya
habrá tiempo después para todo lo demás.
—Tienes
razón; sobran las brujas que tratan de amargar la dicha de las recién casadas,
previniéndolas de lo que les reserva la vida —admitió Andrómaca—. Y a pesar de
eso, no renunciaría por nada a mi pequeño.
Enterró
sus labios en el suave cuello del bebé y le sopló, extasiada. Como cuando vio a
Filida con su hijo, Casandra se sintió emocionada y casi envidiosa. —¿Hay otras
noticias?
—Sí. Han
avistado la nave de Paris; un mensajero del vigía de la montaña acudió a
decírselo al rey —explicó Andrómaca—. Paris es hermano gemelo tuyo pero no creo
que se te parezca mucho.
—Según
dicen, en apariencia física somos casi iguales —dijo Casandra, con ciertas
dudas—. Pero creo que no nos parecemos tanto. Hay quienes creen que es el
hombre más apuesto de Troya.
Andrómaca
comentó despreocupadamente, apretando la mano de Casandra:
—Desde
luego yo no me encuentro entre esas personas; para mí no hay hombre comparable
a Héctor, tanto en apariencia como en lo demás.
Aquellas
palabras complacieron a Casandra; se sentía responsable de aquel matrimonio y
se alegraba de que Andrómaca estuviese realmente satisfecha con su marido. Y
tampoco Héctor tenía razón alguna para sentirse descontento.
—Todo el
mundo te considera bella —prosiguió Andrómaca—, pero no creo que tus facciones
sean adecuadas para un hombre; son demasiado delicadas. No lo recuerdo tan parecido a ti.
¿Resulta afeminado?
—No lo
creo, y con seguridad es muy viril puesto que ganó tantas pruebas en los
Juegos. Es un espléndido arquero, atleta y luchador y un diablo sobre el carro.
Pero tengo la impresión —añadió maliciosamente— de que si compitiéramos en ese
terreno, no sería mejor guerrero que yo.
—Mi madre
decía —comentó Andrómaca— que tú tienes el alma de un gran guerrero en el
cuerpo de un ratón de campo.
Casandra
se echó a reír y puso su cara junto a la de Astiánax; sentía como si le hubiese
perjudicado dar rienda suelta a sus visiones.
—Que todos
los dioses le bendigan. Y a ti también, querida —declaró.
—¿Te
quedarás a brindar por su buena fortuna en el banquete de la imposición de su
nombre.
—No, creo
que no —contestó Casandra—. Vendré, quizás, uno o dos días cuando regrese
Paris. Ahora iré a abrazar a mi madre y luego regresaré al templo.
Se
despidió de Andrómaca, sabiendo que se sentía más cerca de ella que de Polixena
o de cualquiera de sus medio hermanas, y acudió unos instantes a recibir la
bendición de Hécuba. Luego se dirigió a las estancias sencillas de la parte
posterior del palacio en donde vivía Enone con un par de domésticas, muchachas
calladas que habían sido como ella adoradoras del dios del río.
Enone
estaba echada en una hamaca, amamantando a su hijo. Casandra la abrazó,
consciente de la fragilidad de aquella mujer. Era Enone y no ella, pensó, quien
poseía el espíritu de un guerrero en el cuerpo de un ratón de campo. De puro
delicada, daba la impresión de que un simple roce la quebraría.
—¿Te
encuentras bien, hermana? —le preguntó Casandra, empleando deliberadamente esa
palabra.
En
realidad, quería más a Enone que a Creusa e incluso que a Polixena. Pero cuando
se hallaba cerca de ella experimentaba de nuevo ese impulso inquietante de
protegerla y acariciarla. Y como no sabía si tal inclinación respondía a sus
propias emociones o a las de Paris, se sentía apocada e incómoda en su
presencia.
—Me
hubiera gustado venir a verte con ocasión de la boda de Creusa, pero me dijeron
que no te hallabas en condiciones de recibir visitas.
—Bueno,
ahora que ha nacido el hijo de Andrómaca y el puesto de Héctor está asegurado,
ya no tengo que temer por mi hijo —le contestó Enone, sonriendo.
Casandra
se quedó atónita.
—Pero a
buen seguro no has de temer por él...
—Espero
que así sea —dijo Enone—. Pero Héctor consiguió desembarazarse de Paris y no
creo que se sienta satisfecho con el nacimiento de su hijo o que tenga razón
alguna para quererle.
—Me parece
que juzgas mal a Héctor —declaró Casandra—. Nunca se ha mostrado envidioso de
Paris... al menos en mi presencia.
Enone se
echó a reír.
—Oh,
Casandra, no creo que sepas lo que todos valoran tu buena opinión y tu buena
voluntad, lo que les hace mostrarte sólo lo mejor de sí mismos. En caso de que
Héctor sintiera de ese modo, tú serías la última en saberlo.
Casandra
se ruborizó. Para acabar con aquella conversación, tomó al bebé y lo meció en
sus brazos.
—Es muy
guapo —afirmó—. ¿A quién crees que se parece, a su padre o a ti?
—Aún es
pronto para decirlo —repuso Enone—. Espero que se parezca a mi propio padre, y
sea sincero y honesto.
Casandra
advirtió la decepción en sus palabras. Más intensa quizá de lo que la propia
Enone percibía.
—Puede que
sea como tú, y entonces nadie podrá poner en duda su bondad.
—Sólo el
tiempo dirá cual de los dos tendrá más capacidad para gobernar esta ciudad, el
hijo de Héctor o él, pero en verdad me complace que no se vea obligado a
soportar semejante carga ni tal destino.
—Enone,
nunca envidies el destino del hijo de Héctor —se apresuró a decir Casandra.
—¿Qué has
visto? —le preguntó, temerosa—. No, no me lo digas. Oí que profetizaste en la
boda de Andrómaca. Yo no deseo tal suerte para mi hijo... para el hijo de
Paris.
—Estuve
hablando de eso con Andrómaca —le dijo Casandra—. Al menos, entre las amazonas,
un hijo puede llevar el nombre de su madre. Héctor sería el hijo de Hécuba...
—Y mi
hijo, el hijo de Enone, no el hijo de Paris de la casa de Príamo —dijo Enone—.
Sería más justo. Pero en tu ciudad, sólo el hijo de una prostituta lleva el
nombre de su madre en lugar del de su padre.
—Nadie
tiene derecho a llamarte eso, y puedo atestiguarlo.
Pero sus
palabras carecían de valor porque no tenía poder para alterar la realidad.
Andrómaca había sido proclamada esposa de Héctor ante toda la ciudad mientras
que Enone, si aparecía como esposa de Paris, era sólo en cuanto que ella le
había aceptado con la bendición del padre de la propia muchacha.
—¿Quién
fue tu madre, Enone?
—Nunca
supe su nombre —contestó—. Mi padre me dijo que murió joven. También era
sacerdotisa del templo del dios del río.
Sí, las
mujeres que paren hijos de dioses son más anónimas incluso que las que dan a
luz a los hijos de los hombres. Besó a Enone y prometió enviarle un regalo a su
hijo.
En el
camino de vuelta al templo del Señor del Sol, Casandra tuvo mucho en que
pensar. Si en el mundo había hombres como Eneas, puede que existieran algunos
con los que ella estaría dispuesta a casarse.
Una mañana
se hallaba en la estancia de Filida, sosteniendo al rubio bebé mientras su
madre doblaba una brazada de pañales y mantillas recién lavadas. Le había
quitado la faja para que pudiera mover las piernas, sin obstáculos, y sostenía
en sus manos los regordetes piececitos mientras admiraba la perfección de sus
deditos y uñas, besándolos y acariciándolos con los labios. Le sopló en su
blando vientre para hacerle reír y rió con él. En aquel momento, casi deseó
tener un hijo propio con el que jugar, aunque en modo alguno le atraían los
necesarios preliminares de la maternidad.
Filida se
acercó para coger a su hijo, pero Casandra se aferró a él.
—Le gusto
—declaró con orgullo—. Parece que me conoce. ¿No crees?
—¿Cómo no
va a conocerte? —preguntó Filida—. Siempre estás dispuesta a acariciarle y a
mimarle mientras yo me hallo demasiado ocupada para prestarle toda la atención
que busca.
Al oír la
voz de su madre, el niño empezó a chillar y se volvió hacia ella.
—Tiene
hambre —dijo Filida con resignación, al tiempo que empezaba a abrirse la túnica
por el cuello—. Y me temo que eso no lo puedes hacer por mí.
—Lo haría
si pudiese —contestó Casandra, casi en un susurro.
—Lo sé
—admitió Filida, sentándose a amamantar a su hijo.
Mientras
la observaba con el niño, sintió a las oscuras aguas de una visión crecer y
asentarse.
—¿Por qué
no me dices lo que ves, Casandra? —preguntó Filida, observándola con temor.
Casandra
calló.
Esta
mañana he tenido en mis brazos tres bebés y no he visto futuro para ninguno.
¿Qué significa eso? Puede que sea porque voy a morir y no estaré aquí para
verlos crecer hasta hacerse hombres. Si fuera tan sencillo... Si creyese que
sólo de eso se trataba, yo misma me lanzaría de las alturas de la ciudad antes
de que se hubiese puesto el sol de este día.
Pero aquél
no era su destino. Una fatalidad se estaba aproximando a ella, y debía vivir
para verla y soportarla.
Se inclinó
para besar a Filida y al bebé.
—Todos
hemos de soportar nuestro sino: tú, yo y también el niño. Créeme, conocer el
propio sino no hace que se soporte con más facilidad —dijo, sin responder a su
pregunta.
—No te
comprendo —confesó Filida.
—Tampoco
yo me comprendo.
Salió y
fue al patio del templo desde donde se dominaba el mar. Vio una nave... Sí,
Andrómaca había dicho que había sido avistado el barco de Paris.
No era
obligación suya dar la bienvenida a Paris a su retorno a la ciudad, pero algo
más fuerte que el deber la empujó a bajar.
Cuando
descendía por la escalonada calle, vio una comitiva que salía del barco y se
preparaba para dirigirse al palacio, y otra que bajaba lentamente del palacio
hacia la costa.
Paris
conducía su carro. Sin duda, lo había hecho desembarcar antes de que cualquier
otra cosa para hacer en la ciudad una entrada impresionante que contrastara con
su llegada sin heraldos a los Juegos. En el carro, junto a él, iba una figura
femenina cuya identidad ocultaba un largo velo.
¿Había
pues logrado Paris que Hesione regresara a Troya? Casandra apresuró un poco el
paso de modo que atravesó las puertas de la ciudad justo cuando Paris llegaba
ante ellas. Al mismo tiempo, Príamo y Hécuba, en el mejor carro real de
ceremonias, se encontraron con él. Héctor, a un paso tras su padre, no parecía
muy complacido. Casandra buscó con la mirada a Andrómaca. ¿Cómo iba a perderse
su amiga un acontecimiento tan interesante? Alzó los ojos hacia su ventana, y
la vio allí con Enone a su lado, cada una con su hijo en brazos. Incluso a tal
distancia pudo advertir que Enone se aferraba al alféizar.
Paris bajó
del carro y se volvió para ayudar a descender a la mujer velada. Luego hizo una
profunda reverencia ante Príamo que le hizo incorporarse y lo abrazó.
—Bienvenido
a casa, hijo mío.
Tendió una
mano para saludar a la mujer velada que permanecía inmóvil junto al carro.
—¿Has
triunfado en tu misión?
—Mucho más
de lo que se podía imaginar.
Héctor
trató de parecer como satisfecho.
—¿Has
traído a Hesione, hermano?
—No
—contestó Paris—. Rey y padre mío, te traigo un triunfo mucho mayor que el que
me enviaste a buscar.
Acercó a
la dama y retiró su velo: Casandra se quedó sin aliento. Aquella mujer era más
bella de lo que nadie pudiera imaginar.
Alta y
maravillosamente formada, sus cabellos eran tan finos y rubios como el oro
mejor batido. Sus facciones parecían esculpidas en mármol cincelado y sus ojos
poseían el azul de las profundidades de un cielo tormentoso.
Te
presento a Helena de Esparta, que ha consentido en convertirse en mi esposa.
Casandra
alzó los ojos hacia la ventana en donde Enone se llevó una mano temblorosa a la
boca, luego giró sobre sí misma y desapareció ante el gesto angustiado de
Andrómaca. Paris alzó la mirada. Casandra no pudo adivinar si había advertido
la rápida desaparición de Enone.
Paris se
volvió rápidamente hacia Helena, quién le susurró algo; luego se dirigió de
nuevo a Príamo.
—¿Darás,
padre, la bienvenida a Troya a mi esposa?
Príamo
abrió la boca, pero fue la voz de Hécuba la que se oyó primero.
—Si está
aquí por su libre voluntad, bienvenida sea —dijo la reina—. Troya no amparará
el robo ni el rapto de mujeres; de otro modo, no seríamos mejores que el hombre
malvado que nos arrebató a Hesione. Y hablando de Hesione, ¿dónde está? Tu
misión, hijo mío, consistía en devolver a Hesione a nuestra familia; en esto,
al menos, parece que fracasaste. ¿Has llegado aquí voluntariamente, Helena?
Helena de
Esparta sonrió, y ahuecó sus brillantes cabellos. Largos y sueltos, tal como en
Troya sólo las vírgenes los lucían, eran como un velo resplandeciente, apenas
más pálido que la diadema de oro que los mantenía alejados de su frente. Vestía
una túnica del más fino lino del país de los faraones y ceñía su fino talle un
cíngulo de discos de oro batido con incrustaciones de lapislázuli que hacían
juego con el color de sus ojos.
Su cuerpo
era sólido, con desarrollados senos y de largas piernas cuya forma era apenas
perceptible bajo los pliegues transparentes del lino. Cuando habló su voz fue
suave y profunda.
—Te ruego,
Señora de Troya, que me des la bienvenida y que me acojas aquí; la propia diosa
me dio a tu hijo, y ni ella misma podría sentir más amor del que yo siento por
él.
—Pero tú
tienes ya un marido —dijo Príamo, dudando—. ¿O no es cierto que te casaste con
Menelao de Esparta, como nos dijeron?
—La
entregaron a él de forma ilegítima —contestó Paris—. Menelao es un usurpador
que la tomó por esposa porque ansiaba sus tierras. Esparta pertenece a Helena
por derecho materno. Su madre, Leda, la recibió de su madre y ésta de su
abuela. Su padre...
—No es mi
padre —le interrumpió Helena—. Mi padre fue Zeus Tonante, no ese usurpador que
se apoderó de mi ciudad por la fuerza de las armas y se casó con una reina
contra la voluntad de ésta.
Príamo aún
se mostraba suspicaz.
—Poco sé
del Tonante —dijo—. No es adorado en Troya. Y nosotros no somos ladrones de
mujeres...
—Mi Señor
—dijo Helena, adelantándose hacia Príamo y tomando su mano con un gesto que a
Casandra se le antojó osado—, te ruego en nombre de la diosa que me otorgues la
protección y la hospitalidad de Troya. Por amor a tu hijo me he convertido en
una exiliada para los aqueos que conquistaron mi país, ¿me devolverás para que
sea una proscrita entre ellos?
Príamo
contempló aquellos ojos maravillosos y, por vez primera, Casandra advirtió el
efecto que Helena ejercía siempre sobre los desconocidos. Fue como si su cara
se fundiese. Tragó saliva y tornó a mirarla.
—Eso
parece razonable —dijo, pero incluso para pronunciar una frase tan breve tuvo
que respirar dos veces—. Jamás se apeló en vano a la hospitalidad de Troya. Es
evidente que no podemos devolverla a un marido que la tomó por la
fuerza...
Casandra
no pudo contenerse por más tiempo. —Al menos en eso, miente —gritó—. ¿No
recuerdas que nos dijo Odiseo que ella misma eligó a Menelao de entre más de
dos docenas de pretendientes y que hizo jurar a los otros que defenderían al
marido escogido contra cualquiera que se negase a aceptar tal elección?
»¡Padre,
no escuches a esa mujer! ¡Ella es quien traerá la ruina y el desastre a nuestra
ciudad y a nuestro mundo! ¿Qué es lo que en realidad busca aquí?
La
bellísima boca de Helena se abrió en un gesto de sorpresa y lanzó un grito.
Como el de un animal herido, pensó Casandra, resuelta a no sentir lástima de la
reina espartana. Paris miró a Casandra con manifiesta aversión. —Siempre supe
que estabas loca —afirmó—. Señora, te ruego que no le hagas caso; es mi hermana
gemela, a quien los dioses enviaron la locura y la engañosa creencia de que es
una profetisa. No habla más que de ruina y de muerte para Troya, y ahora
empezará a imaginar que tú serás la
causa.
Los
grandes ojos de Helena continuaron fijos en Casandra.
—¡Qué pena
que padezca locura una mujer tan bella!
—Yo la
compadezco —dijo Paris—. Pero es preciso que no escuchemos sus desvaríos. ¿No
puedes hablar de otra cosa, Casandra? Todos hemos oído antes eso y estamos ya cansados.
Casandra
apretó los puños.
—Padre
—suplicó—, razona al menos. Tanto si estoy loca como si no lo estoy, ¿qué tiene
que ver eso con lo que Paris ha hecho? No puede casarse con esa mujer porque
ella ya tiene un marido, escogido por propia voluntad, con quien contrajo
nupcias ante docenas de testigos, y Paris tiene una esposa, ¿o has olvidado a
Enone? —¿Quién es Enone? —preguntó Helena. —Nadie que deba preocuparte, mi
bienamada —dijo Paris, mirando a los ojos de Helena—. Es una sacerdotisa del
dios del río de aquí, el Escamandro, y la amé durante cierto tiempo, pero
desapareció para siempre de mi mente el día en que por vez primera contemplé tu
rostro.
—Es la
madre de tu primer hijo, Paris —afirmó Casandra—. ¿Te atreves a negarlo?
—Lo niego
—contestó él—. Las sacerdotisas del Escamandro toman amantes en donde les
place, ¿cómo sé yo quién es el padre del niño que parió? ¿Por qué crees que no
la tomé en matrimonio?
—Aguarda
—dijo Hécuba—. Nosotros aceptamos a Enone porque tenía un hijo tuyo...
Enone bien
valía para mujer de un pastor, hijo de Agelao, pero no tiene rango bastante
para el hijo de Príamo, pensó Casandra.
—Si
abandonas a Enone —dijo—, serás un estúpido y un villano. Pero, ante cualquier
cosa que él decida hacer, padre, te ruego que no te relaciones con esa mujer
espartana. Porque puedo decirte ahora que traerá, al menos, la guerra contra
esta ciudad...
—Padre
—intervino Paris—, ¿harás más caso a esta loca que a tu hijo? Porque te
advierto que, si niegas refugio a la esposa que los dioses me han otorgado, me
iré de Troya y jamás regresaré.
—¡No!
—gritó Hécuba desolada—. ¡No digas eso, hijo mío! Ya te perdí una vez...
Príamo,
con semblante turbado.
—No deseo
querellas con el hermano de Menelao —dijo Príamo, que se hallaba turbado—. ¿Qué
opinas, Héctor?
Héctor se
adelantó y miró a Helena a los ojos. Casandra advirtió angustiada que también
él había sucumbido a su belleza. ¿Es que ningún hombre podía conservar la razón después de mirar a
Helena?
—Bueno,
padre —dijo Héctor—, me parece que ya tienes querellas con Agamenón. ¿Olvidas
que aún retiene a Hesione? Y podremos decir que la mantenemos como rehén hasta
que nos la devuelvan. ¿Es que sólo somos un país donde esos aqueos pueden robar
mujeres y ganado? Te doy la bienvenida a Troya, Helena... hermana. —Tendió su
mano y envolvió con sus robustos dedos los delicados de ella—. Y proclamo ante
ti que un enemigo de Helena de Esparta es un enemigo de Héctor de Troya y de
toda su familia. ¿Te satisface, hermano?
—¡Si la
aceptas en esta ciudad, eres tú quién está loco, padre! —gritó Casandra—. ¿No
puedes ver siquiera el fuego y la muerte que arrastra tras de sí? ¿Harás que
arda toda Troya porque un hombre desleal haya deseado la mujer de otro?
Había
decidido mostrarse serena e indiferente, pero cuando sintió que las oscuras
aguas la inundaban y alcanzaban su garganta gritó con desesperación: —¡No! ¡No!
Te suplico, padre... Príamo subió a su carro.
—He
tratado de ser paciente contigo, muchacha, pero ya no me queda más paciencia.
Vuelve a la casa del Señor del Sol, que es quien ampara a los dementes, y
ruégale que te dé visiones más alegres. Por lo que a mí se refiere, nunca se
dirá que Príamo de Troya negó hospitalidad a una mujer que acudió a
suplicársela.
—Oh,
dioses —clamó Casandra—. ¿Ni siquiera podéis ver? ¿Estáis todos hechizados por
esa mujer? ¿No puedes advertir, madre, lo que ha hecho a mi padre y a mis
hermanos?
Héctor se
adelantó y llevó a Casandra, contra su voluntad, lejos del paso de los carros.
—No te
quedes aquí gimiendo —le dijo, con amabilidad—. Cálmate, Ojos Brillantes.
Imagina que en realidad estalla la guerra con la turba aquea, ¿crees que no
podremos hacer que vuelvan aullando a esos prados de cabras que llaman país? La
guerra significaría un desastre, no para Troya sino para nuestros enemigos.
Su voz era
cariñosa. Casandra echó hacia atrás la cabeza y lanzó un largo gemido de
angustia y desolación.
—Pobre
muchacha —dijo Helena, acercándose a ella—. ¿Por qué has decidido odiarme? Eres
la hermana de mi marido. Estoy dispuesta a quererte como a una hermana.
.Casandra
se apartó con violencia de las manos que le tendía Helena. Sintió que perdería
todo control y vomitaría si aquella mujer llegaba a tocarla. Clavó sus ojos
acongojados en Príamo.
—¿Por qué
no me escuchas? ¿No puedes advertir lo que esto significará? Quienes aquí
pugnan no son sólo los hombres sino también los dioses... y ningún hombre puede
vivir cuando hay guerra entre los inmortales. ¡Y sin embargo afirmas que estoy
loca! ¡Tu locura es peor que la mía, te lo aseguro!
Dio la
vuelta y corrió hacia el palacio.
Su corazón
latía con fuerza como si hubiese llegado corriendo desde el templo del Señor
del Sol; se sentía enferma y temblorosa y le pareció que corría entre llamas
que surgían en torno de ella, envolviendo todo el palacio con olor a quemado,
el humo... Cuando la tocaron unas manos, chilló de terror y trató de apartarse.
Pero las manos la retuvieron con firmeza y, en un momento, se vio rodeada por
unos brazos que expresaban cariño. Miró confusamente a los oscuros ojos de
Andrómaca.
—¡Casandra,
querida mía!, ¿Qué te aflige?
Casandra
salió de repente de la pesadilla pero, aun no del todo consciente de lo que
ocurría o del lugar en que se hallaba, sólo pudo mirarla, incapaz de hablar.
—Hermana,
estás exhausta; has permanecido demasiado tiempo al sol —dijo Andrómaca.
Volvió a
rodearla con sus brazos y la condujo a una estancia fresca y sombría.
—Oh, si
sólo se tratase de eso —se lamentó Casandra mientras Andrómaca la tendía sobre
los blandos cojines de un banco y acercaba a sus labios una copa de agua fría—.
¿No crees que preferiría estar loca o haber sufrido una insolación si ello
significase que no había visto lo que he visto?
—Te creo
—respondió Andrómaca—. No pienso que estés loca pero tampoco creo en tus
visiones.
—¿Te
parece que he inventado una cosa semejante? ¡Cuán malvada me juzgas! —protestó
Casandra, indignada.
Andrómaca
la retuvo afectuosamente contra ella.
—No,
hermana. Creo que los dioses te han atormentado con falsas visiones —declaró—.
Nadie puede considerarte lo bastante malvada para simular tales cosas. Pero,
querida, atiende a razones. Nuestra ciudad es fuerte y se halla bien defendida;
no carecemos de guerreros ni de armas ni, en caso necesario, de aliados; si los
aqueos fuesen tan estúpidos como para venir tras esa perra en celo, en vez de
decir «Váyase en buena hora esa basura», ¿por qué crees que conseguirían más de
Troya que en sus anteriores incursiones?
Casandra
era capaz de comprender la sensatez de aquellas palabras, pero acongojada, con
el corazón encogido.
—Sí,
Héctor dijo algo semejante —murmuró—, pero...
Se oyó
gritar de nuevo.
—¡Es que
los inmortales están irritados con nosotros!
Pugnó
desesperadamente por alzarse sobre las negras aguas.
—Al menos
tú sabes que no es más que una perra en celo —dijo al fin.
—Oh, sí,
advertí las miradas que lanzaba a Héctor, e incluso a tu padre —manifestó
Andrómaca—. Y muy bien puede ser que represente una maldición lanzada contra
nuestra ciudad por uno de los inmortales, pero si es voluntad de ellos no
podemos evitarlo.
Casandra
se agitaba desesperada. Las palabras serenas y la resignación de Andrómaca la
llenaban de angustia.
—¿Crees
verdaderamente que los dioses se rebajarían a luchar contra una ciudad mortal?
¿Qué razón podrían tener? No somos malvados ni impíos. No hemos irritado a dios
alguno.
—Tal vez
—dijo Andrómaca—, los dioses no necesiten razones para hacer lo que hacen.
—Si los
dioses no son justos —dijo Casandra, llorando—, ¿qué esperanza nos queda?
Como en
una llamarada vio el rostro de la bella, de la diosa que había tentado con
éxito a Paris.
Te daré la
mujer más hermosa del mundo...
Como pensó
entonces, volvió a pensar ahora: ¡Pero él ya tiene una mujer!
Alzó su
cara hacia Andrómaca.
—¿A dónde
fue Enone?
—Lo
ignoro; tal vez a cuidar de su hijo...
—No, vio a
Paris con Helena y entonces huyó —le informó Casandra—. Iré a buscarla.
—No
entiendo por qué la abandona Paris por Helena, por bella que ésta sea —dijo
Andrómaca—, a no ser que alguna diosa lo haya ordenado.
—Jamás
serviría a una diosa tan injusta —afirmó con amargura Casandra.
Andrómaca
se tapó los oídos con las manos.
—No digas
eso —imploró—. Es una blasfemia. Todos nos hallamos sometidos a los
inmortales...
Casandra
alzó la copa que aún no había vaciado y bebió toda el agua; pero sus manos
temblaban y casi la derramó.
—Voy a
hablar con Enone —dijo, levantándose.
—Sí —le
apremió Andrómaca—, ve y dile que la queremos y que jamás aceptaremos a esa
espartana en su lugar, aunque fuese la propia Afrodita.
Casandra
registró a conciencia el palacio, pero no halló a Enone en parte alguna. Ni
volvería a vérsela en la casa de Príamo. Después, cuando oyó al séquito real en
la escalera, disponiéndose para la solemne boda de Paris, pensó que, como Enone
no estaba allí para oponerse, nadie podría impedirlo. Abandonó el palacio y
regresó en silencio al templo del Señor del Sol. No tenía deseos de oír los
epitalamios por Helena cuando le habían sido negados a Enone. Habría estado
dispuesta a reprobarlos en nombre de cualquier dios si un dios la hubiese
hablado. Pero nada sucedió y no sentía deseos de ponerse más en evidencia,
proclamando la muerte y el desastre que sólo ella podía ver.
LIBRO SEGUNDO
El don de Afrodita
Ni en el
templo del Señor del Sol ni en parte alguna, a nadie habló Casandra de Helena o
de Paris, pero debería haber sabido que noticias tales jamás quedan ignoradas.
Antes de que transcurrieran tres días, la historia de Helena y la profecía de
Casandra estaban en todas las lenguas de Troya.
Había
quienes, al ver la belleza de Helena creían, o decían creer, que la propia
diosa aquea del amor y de la belleza, Afrodita, había llegado a la ciudad. Si
le preguntaban al respecto a Casandra sólo respondía que Helena era muy bella,
lo suficiente para hacer perder la cabeza a cualquier mortal, y para que en su
propio país se la considerara hija de un inmortal.
Ni sabía
ni le importaba que alguien creyese aquello. Su única preocupación era ahora
Enone. Anhelaba que la muchacha se hubiera limitado a tomar a su hijo y
regresado al templo de Escamandro; pero no lo creía. En lo más hondo de su
mente, le obsesionaba el miedo a que Enone hubiese optado por sacrificarse ella
y por sacrificar a su hijo al dios del río. Si Afrodita era la diosa del amor,
¿por qué no había protegido el amor entre Enone y Paris?
Se
preguntó cómo sería esa diosa Afrodita que ponía tales tentaciones en los
corazones de los hombres... y también en los de las mujeres. No era sólo que
Paris, tras haber elegido mujer, no hubiese podido resistirse a Helena. También
Helena, aunque reina de Esparta por derecho materno, había optado por
entregarse a Paris, tras haber elegido marido como pocas mujeres aqueas podían
hacer. Si yo fuese reina, pensó, preferiría ser como Imandra y reinar sola, sin tomar
marido.
Las diosas
de Troya y de Colquis eran diosas razonables, que reconocían la primacía de la
tierra y de la maternidad, pero esa diosa que lo quebrantaba todo por un
capricho al que llamaban amor... No, no era una diosa a la que ella aceptaría
servir.
Después,
una noche, soñó que se hallaba en un extraño templo ante la diosa aquea, muy
parecida a la reina espartana.
¿Así que
has asegurado que no me servirás, Casandra de Trova? Sin embargo has entregado
tu vida al servicio de los inmortales...
Casandra
era casi consciente de que estaba soñando; alzó los ojos hacia la diosa y vio
que era aún más bella que Helena de Esparta y, por un momento, le pareció que
en la cara de Afrodita se hallaba la belleza semiolvidada de la visión de
Apolo. ¿Podía resistirse a la llamada de ese amor?
—He jurado
servir a la Madre de Todo —dijo—. Tú no eres ella ni tienes parte en su
adoración, porque creo que la niegas.
En la
lejanía, sonó una risa que era como un tañido de campanas.
Me
servirás al fin, hija de Príamo. Tengo más poder que tú y más que las diosas de
vuestras ciudades. Todas las mujeres de aquí me adorarán y tú también lo harás.
—¡No!
—gritó Casandra.
Y se
despertó con un sobresalto para hallar su estancia vacía, y un rayo de sol
tocando la ventana, como un recuerdo de la belleza que había contemplado.
Cuan
extraños eran aquellos aqueos. Primero escogían adorar a una diosa del
matrimonio que castigaría a cualquier mujer que se desviase del vínculo, y
luego elegían a una diosa del amor apasionado quien tentaba a la mujer para que
olvidase los votos que había hecho. Era como si los aqueos temieran y desearan
a la vez la infidelidad en sus esposas; o tal vez sólo buscasen una excusa para
abandonarlas.
Quizá
fuese mejor que un niño perteneciera sólo a su madre. Tal vez el matrimonio y
la paternidad no conviniesen a los hombres. Una mujer debe cuidar del bienestar
del niño que ha portado en su seno, pero la procreación de los
hijos
sobrevenía con harta facilidad para los hombres; y se trocaban en peones para
ser empleados en beneficio de sus padres. Quizá Filida había salido al fin y al
cabo mejor librada; un dios podía tener tantas esposas como desease y no
necesitaba desembarazarse de la antigua cuando eligiera a la nueva.
Este
pensamiento recordó a Casandra que tenía unas obligaciones en el templo y que,
si bien nunca había jurado servir a Afrodita, había hecho voto de servir al
Señor del Sol. Debería bajar y reunirse con las demás sacerdotisas y sacerdotes
para la salutación del alba.
Ya estaban
congregados allí, desde los venerables y ancianos sacerdotes curanderos a los
novicios más jóvenes, y Caris le lanzó una mirada paciente y reprobadora. El
sumo sacerdote los miró a todos, y dijo:
—En nombre
del Señor del Sol, os pido que acojáis entre nosotros a un recién llegado. Ha
servido en el templo de Délos, en la propia isla del Sol. Dad la bienvenida a
nuestro hermano a quien llaman Crises.
Le iba
bien el nombre de Crises: oro. Era muy alto, casi tanto como Héctor, aunque no
tan musculoso ni bien constituido. Sus finos rasgos se hallaban uniformemente
cubiertos por tenues pecas; sus rubios cabellos parecían aún más rubios porque
estaba bronceado por el sol. Su sonrisa era radiante, y revelaba unos dientes
blancos y parejos, y sus ojos eran de un intenso azul oscuro.
Cuando
hablaba, su voz resonaba fuerte y vibrante con ecos que recordaban mucho a
Casandra los tiempos en que oía la voz del dios. Bien ha escogido al dios a
quién servir, pensó. El Señor del Sol podría sentirse celoso de aquel mortal.
—¿A quién
corresponde hoy —preguntó Caris— recibir y contar las ofrendas?
Casandra,
llamada a sus obligaciones, se sobresaltó.
—A mí
—dijo.
—Entonces
llevarás a nuestro hermano al patio y le mostrarás cómo se recogen.
Casandra
bajó tímidamente los ojos, como si sintiese que Crises podía leer sus
pensamientos, harto audaces a su parecer.
—Te doy
las gracias por esta acogida —declaró Crises—. ¿Podría sin embargo solicitar de
ti un favor, señora?
—Puedes hacerlo
—respondió Casandra secamente cuando se hizo obvio que
Caris no iba a contestar—. Pero no puedo prometerte nada hasta que no sepa qué
deseas.
Él alzó
los ojos como si le hablara a todos los presentes.
—Querría
que dieseis aquí albergue a mi hija que no tiene madre —dijo al tiempo que
hacía una seña para que se acercase una niña hasta entonces casi oculta entre
las plantas de un rincón del patio.
Casandra
calculó a primera vista que tendría unos once años. Vestía una vieja túnica,
que además le estaba pequeña, hasta el extremo de que apenas le cubría las
rodillas. Sus cabellos, del mismo y
sorprendente tono dorado de los de su padre, le colgaban enmarañados hasta
medio pecho.
—He
viajado durante mucho tiempo, y es difícil para un hombre solo cuidar
adecuadamente de una niña que se hace mujer —se disculpó Crises, siguiendo la
mirada de Casandra—. ¿Puede vivir aquí, en el templo del Señor del Sol?
—Desde
luego —repuso Caris—, pero es demasiado joven para convertirse en una de las
doncellas de Apolo; tiempo tendrá cuando crezca de elegir por sí misma ese
camino si lo desea. Mas ahora... Casandra, ¿quieres llevarte a la niña y
asegurarte de que sea adecuadamente atendida? —Entonces estaré dos veces
agradecido a Casandra —dijo Crises, inclinándose sonriente.
Tratando
de no mirar de nuevo a Crises, tendió la mano hacia la niña.
—Ven
conmigo, bonita. ¿Tienes hambre? —Sí, pero mi padre dice que no debo pedir
nada. —Bien, comerás; nadie se queda con hambre en la casa del dios —afirmó
Casandra.
La condujo
a su propia estancia, llamó a una sirvienta y pidió que llevaran pan, vino y un
cesto de fruta.
—Primero
has de tomar un baño y ponerte ropa limpia —dijo, porque la indumentaria de la
niña estaba sucia además de rota.
Con la
ayuda de una de las tutoras la bañó. Mientras enjabonaba el pequeño cuerpo,
reparó en que no era tan niña como parecía. Limpia del polvo de los caminos,
poseía la belleza de su padre y Casandra, tras preguntarle su nombre, no se
sorprendió al escuchar la respuesta.
—Al nacer,
mi madre me puso Helike; pero mi padre siempre me llamó Criseida.
Dorada.
—El nombre
te conviene —opinó Casandra—. En especial cuando tu pelo no esté tan
enmarañado.
—Supongo
que tendré que cortármelo —dijo Criseida.
—Oh no,
eso sería una lástima. Es demasiado bello.
Tomó un
peine y, con cuidado, deshizo gran parte de la maraña; en dos o tres ocasiones
resultó imposible desenredar los cabellos y hubo de cortarlos. Cepillada hasta
tornarse suave y reluciente, aquella cabellera dorada caía en bucles sobre los
hombros de la niña. Cuando estuvo vestida con el hábito blanco de las novicias,
Casandra puso en torno de su cintura un cíngulo de seda de su propiedad.
Criseida lo tocó con dedos cuidadosos.
—¡Jamás
tuve nada tan bonito!
—Ahora
pareces digna de ser una de las vírgenes del Señor del Sol —dijo Casandra—. Le
serías grata a Apolo, cosa imposible cuando estabas sucia.
La
muchacha parecía a punto de desfallecer de hambre. Sus manos temblaban cuando
cogieron el pan y las uvas, como si no hubiera comido nada en varios días,
aunque Casandra pudo advertir que trataba de dominarse y mostrar buenos
modales. Le dio las gracias con lágrimas en los ojos.
—Mientras
viajábamos, mi padre comía a veces en los templos —dijo—. Pero no quería que me
viesen desconocidos.
Luego,
para que no pareciese que le criticaba, añadió:
—Guardaba
algo para mí siempre que podía.
De nuevo
contra su voluntad, Casandra se sintió emocionada.
—Si la
tutora consiente, podrás dormir en mi estancia y yo cuidaré de ti.
Criseida
sonrió con timidez.
—¿Y tendré
también obligaciones que cumplir en el templo?
—Así es.
Nadie se halla ocioso en la casa del Señor del Sol —le contestó Casandra—. Pero
hasta que sepamos en qué eres diestra, te confiaremos tareas que sean adecuadas
a tu edad.
Se volvió
hacia la tutora.
—Llévala
ante Filida —le sugirió—. Y haz que le ayude en el cuidado del niño.
—Sacerdotisa,
deseo preguntar al dios qué puedo hacer para casar bien a mi hermana —dijo—. Mi
padre ha muerto y yo he pasado muchos años lejos de mi aldea, sirviendo en el
ejército del rey.
A Casandra
le habían hecho muchas veces preguntas semejantes. Acudió al santuario y la
repitió formalmente. No creía que fuese lo bastante importante para que la
respondiera el dios; sin embargo, aguardó durante varios minutos por si él
tenía algo que decir. Luego retornó al hombre que aguardaba.
—Acude al
amigo más antiguo de tu padre y pídele consejo en nombre de la amistad que con
él tuvo; y no olvides hacerle un generoso regalo.
El rostro
del hombre se iluminó.
—Me siento
agradecido al dios por su consejo —declaró.
Casandra
asintió ante él, cortésmente, conteniéndose para no decirle: Si hubieras
empleado el ingenio que el dios se dignó brindarte, podrías haberte ahorrado el
trabajo de venir hasta aquí. Mas como cualquier persona juiciosa pudiera
haberte dado semejante respuesta, bien podemos nosotros aceptar tu regalo.
—¿Cómo
sabes qué responder? —le preguntó después Crises—. Me resulta difícil creer que
un dios se preocupe de semejantes cuestiones.
Casandra
le explicó que los sacerdotes habían preparado respuestas adecuadas para las
preguntas más comunes.
—Pero no
olvides nunca de permanecer en silencio unos momentos, por si el dios tiene
otra respuesta que darte. A veces, el dios parece dispuesto a contestar incluso
a las preguntas que nos parecen más estúpidas.
Al cabo de
un rato llegó otro hombre, portador de una gran cesta de excelentes melones.
—¿Qué debo
sembrar este año en mi campo del Sur? —preguntó.
—¿Ha
conocido tu tierra un incendio, una inundación o algún otro gran cambio?
—No,
señora.
Penetró en
el santuario y permaneció sentada durante unos instantes ante la gran imagen
del Señor del Sol, recordando cómo creyó que era un hombre vivo la primera vez
que le vio de niña. Como el dios no habló, retornó y dijo:
Aún era
temprano cuando regresó al patio en donde la aguardaban Caris y Crises. La
sacerdotisa estaba ayudándole a contar y ordenar las ofrendas dejadas en el
patio del templo durante la noche, ofrendas entregadas como simple muestra de
piedad por ciudadanos que no tenían petición especial que hacer. Marcaban las
tarjas: una muesca por cada ánfora de aceite o de vino, otra por una bandeja de
tortas, otra por un par de pichones en una jaula de mimbre. Casandra les dijo
los planes que había hecho respecto a la niña.
—Muy
oportunas —convino Caris—. En nada puede perjudicarle que se dedique a mecer al
niño, y de ese modo Filida podrá volver a sus obligaciones.
—No sé
cómo expresar mi gratitud —dijo Crises—. A un hombre le es casi imposible
atender a una niña que está haciéndose mujer. Cuando era más pequeña todo
resultaba más sencillo. Ahora que está casi desarrollada debo vigilarla noche y
día. Nada ha de temer entre las vírgenes del Señor del Sol.
—Puedes
estar seguro de que preservaremos su virginidad —aseguró Caris—. ¿Pero es tan
importante precisamente ahora? Yo creí que sólo tenía unos once años.
—Eso creí
yo también —dijo Casandra—. Pero cuando la bañé, advertí que era mayor.
Crises
reflexionó.
—Su madre
murió hace diez años y estoy seguro de que entonces no tenía tres. Hace cuatro
meses se hizo mujer y ni siquiera sabía yo qué decirle ante eso. Fue entonces
cuando decidí abandonar mi vida vagabunda e instalarme en alguna parte donde
pudiera ser convenientemente atendida. Viajando ni siquiera podía alimentarla,
y es demasiado bella para dedicarla a mendigar.
—Pobre
niña sin madre —dijo Casandra—. Yo cuidaré de ella como si fuese mía.
—¿Tú no
tienes hijos, señora?
—No
—afirmó Casandra—. Soy una virgen de Apolo.
Sintió que
se ruborizaba ante la mirada que le dirigió, y dijo:
—Comienzan
a llegar con ofrendas y para consultar al santuario. Debo ir para hablar con
ellos.
El primer
hombre había llevado como ofrenda una jarra de buen vino.
—Siembra
lo mismo que sembraste hace tres años.
No era
posible que esa respuesta fuese nociva. Si había estado practicando la rotación
de cultivos, como ahora recomendaban la mayoría de los jefes de las aldeas, el
consejo no estaría en contradicción con tales usos; y en caso contrario, no
empeoraría las cosas. Cuando le dio las gracias, ella sintió la exasperación
habitual; ésta era la respuesta más adecuada para cualquier labrador en
cualquier año y consideraba que él hubiera debido saberlo, sin necesidad de
preguntar. Pero, de cualquier modo, disfrutarían de los melones.
La mañana
transcurrió lentamente. Sólo le formularon una pregunta que la obligó a
reflexionar unos momentos. Un hombre, que ofrendó un robusto cabrito, dijo que
su mujer acababa de parir.
—¿Y
quieres dar las gracias al Señor del Sol?
El hombre
se agitó, inquieto, como un chiquillo culpable.
—Bien, no
exactamente —murmuró—. Deseo saber si el niño es mío o si mi mujer me ha sido
infiel.
Aquélla
era la pregunta que Casandra más temía. El tiempo que pasó con las amazonas le
había enseñado que la suspicacia de un hombre respecto de una mujer significa
por lo regular que no se considera merecedor de su atención.
Sin
embargo aceptó la ofrenda serenamente y penetró en el santuario. A veces, esta
pregunta era respondida en realidad, sin que nadie supiera porqué. Si no estás
seguro, abandona de inmediato al niño. Pero esta vez no hubo respuesta; así que
ella le proporcionó la que estaba preparada para tales ocasiones.
—Si puedes
confiar en tu mujer en otras cosas, no hay razón para que no confíes también en
ésta.
El nombre
la miró, inmensamente aliviado, y Casandra suspiró y añadió:
—Ve ahora
a casa y da gracias a la diosa por haberte dado un hijo. No olvides además
disculparte ante tu mujer por haber dudado de ella sin razón.
—Lo haré
—prometió.
Viendo que
no había ya más solicitantes de consultas, Casandra se volvió hacia Crises.
—A esta
hora cerramos el santuario y descansamos hasta que el sol comienza a
declinar —le dijo—. Es costumbre tomar un poco de pan y de fruta antes de
volver para ver a quiénes han llegado.
Él le dio
las gracias y agregó:
—Caris me
dijo que eres la segunda hija del rey Príamo y de su reina. Vienes pues de
noble cuna y eres tan bella como Afrodita. ¿Por qué sirves aquí, en el
santuario, cuando cada príncipe y noble de esta costa y por el Sur hasta Creta
te habrá pedido en matrimonio?
—Oh, no
tantos ni mucho menos —contestó ella, riendo con nerviosismo-. El Señor del Sol
me llamó a su servicio cuando era más pequeña de lo que es ahora tu hija.
Él se
mostró escéptico.
—¿Te
llamó? ¿Cómo?
—Eres un
sacerdote. Con seguridad te habrá hablado —dijo Casandra.
—Nunca
tuve tal fortuna —respondió él—. Creo que los inmortales sólo le hablan a los
grandes. Mi madre, que era pobre, me consagró a los dioses cuando mi hermano
mayor se salvó de las fiebres que asolaron Micenas hace ya bastantes años.
Pensó que hacía un buen trato; mi hermano era un guerrero y yo, según dijo,
para nada valía.
—Eso no
fue justo —declaró Casandra con vehemencia—. Un hijo no es un esclavo.
—Oh, me
presté de buena gana —afirmó Crises—. Me faltaban cualidades para convertirme
en guerrero.
Casandra
rió brevemente.
—Es
extraño, con seguridad eres más fuerte que yo, que fui durante cierto tiempo
guerrera con las amazonas.
—He oído
hablar de esas mujeres —afirmó Crises—. Y me dijeron también que mataban a sus
amantes y a sus hijos varones.
—Eso es
falso —respondió ella—. Pero allí los hombres viven separados de las mujeres. A
los niños varones se les envía con sus padres tan pronto como son destetados.
—¿Y tenías
entonces un amante, bella amazona?
—No
—contestó quedamente—. Como ya te dije, soy una virgen consagrada al Señor del
Sol.
—Es triste
que una mujer tan bella se haga vieja sin ser amada.
—No tienes
por qué apiadarte de mí. Me siento feliz de no tener amante.
—Por eso
me entristezco —dijo Crises—, Eres una princesa bella y amable, como lo prueba
tu comportamiento con mi hija. Sin embargo vives sola aquí, dedicas tu tiempo a
esos infelices solicitantes y sirves como pudiera hacerlo una doncella de baja
cuna...
Súbitamente
la atrajo hacia sí y la besó. Sorprendida, trató de apartarle, pero él la
retuvo con tanta fuerza que no pudo escapar. Su boca se sintió sorprendida del
calor de sus labios.
—No
pretendo deshonrarte —murmuró él—. Sería tu amante o tu marido si tú quisieras.
Casandra
se apartó frenéticamente y huyó de allí, corriendo por las escaleras como
perseguida por demonios. Su corazón latía con fuerza y percibía en sus oídos el
sonido de su propia sangre. En la estancia de Filida halló a Criseida que mecía
al bebé y le cantaba con voz tenue y agradable. Filida dormía, pero se
incorporó en cuanto entró en la habitación.
Casandra
había estado dispuesta a contarle todo lo sucedido. Pero al ver a Criseida
pensó: Si me quejo de él, lo echarán; y entonces esta niña se hallará de nuevo
al albur de los caminos.
—Me duele
la cabeza a causa del sol, Filida —se limitó a decir—. ¿Quieres encargarte de
mis obligaciones esta tarde y llevar las ofrendas al santuario mientras cuido
del niño? Puedo enviar a alguien a buscarte cuando necesite mamar.
Filida
accedió de buen grado, afirmando que estaba cansada de permanecer dentro de la
casa con el niño y que, en cualquier caso, ya era tiempo de destetarle. Cuando
se hubo marchado, Casandra puso al niño a la luz del sol, para que jugara y se
sentó a reflexionar sobre lo que le había sucedido.
Comprendió
que se había dejado llevar estúpidamente del pánico, puesto que ningún
sacerdote de Apolo la habría violado en el santuario del dios.
Era seguro
que no pretendió causarle ningún mal. No sintió la repugnancia que experimentó
cuando aquel salvaje trató de violarla en la época en que formaba parte del
grupo de las amazonas. Si no hubiese escapado, ¿qué habría dicho o hecho él?,
Su deseo no era matarlo, pero ¿habría llevado él las cosas demasiado lejos?
En
realidad no quería saberlo. Le agradaba Crises y no experimentaba una
auténtica furia, sólo una sensación de desamparo. No lo hizo por ella. Sintió
dentro de sí la ascensión de las negras aguas y supo que lo ocurrido tampoco
era lo que la diosa deseaba para ella.
Durante
varios días, Casandra consiguió sustraerse a la obligación de recoger las
ofrendas; pero supo por otros que Crises estaba ganando popularidad entre los
demás sacerdotes y sacerdotisas. No sólo se hallaba familiarizado con el manejo
secreto de las abejas y con el arte de extraer la miel (aunque a ella le habían
dicho que en Creta esa tarea estaba vedada a los hombres y permitida sólo a
determinadas sacerdotisas), sino que también dominaba muchas de las artes
conocidas en Creta y en Egipto.
—Ha
viajado hasta Egipto —le reveló Caris—. Allí ha aprendido el arte de hacer
signos de cálculo y ha dicho que lo enseñará a quien desee conocerlo. Eso
simplificará mucho nuestras cuentas, de modo que podremos saber en un instante
lo que hay en los almacenes sin contar siquiera las tarjas.
Otros le
hablaron de su cordialidad, de las numerosas narraciones de sus viajes y de su
cariño por su hija; así que empezó a sentir que se había comportado como una
tonta. El día en que retornó a sus obligaciones ordinarias, penetró en el
santuario y encontró allí a Crises dispuesto a trabajar con ella, le dio
vergüenza levantar los ojos hasta él.
—Me
complace volver a verte, Casandra. ¿Aún sigues enojada conmigo?
Algo en su
voz fortaleció su resolución, diciéndole que al menos no había imaginado lo
sucedido entre ellos. ¿Por qué tengo que sentirme avergonzada de mirarle a la
cara? Nada malo he hecho. Si alguien cometió una trasgresión fue él y no yo.
—No te
guardo rencor. Pero te ruego que no vuelvas a tocarme jamás —dijo.
Se sintió
molesta consigo misma porque había hablado
como si
estuviese pidiendo un favor y no imponiendo su derecho a rechazar unas caricias
indeseadas.
—No tengo
palabras para decirte cuánto lamento haberte ofendido —enfatizó Crises.
—No hay
necesidad de disculpas; no volvamos a hablar de eso —dijo Casandra, apartándose
con nerviosismo.
—No
—contestó él—. No puedo dejar las cosas como están. Sé que no te merezco; soy
sólo un pobre sacerdote y tú la hija de un rey.
—No se
trata de tal cosa —afirmó ella—. He jurado no pertenecer a ningún hombre, no
ser más que del dios.
Crises se
echó a reír. Fue una risa breve y amarga.
—Él nunca
te reclamará ni se mostrará celoso.
—Por lo
que a eso se refiere, no sería yo la primera...
—Oh,
Casandra —la interrumpió, riendo—. ¡Te creo inocente pero a ciencia cierta no
lo bastante para dar crédito a esos viejos cuentos!
—No
hablemos de tales cuestiones. Pero si es verdad o falsedad que el dios puede
reclamar lo que es suyo, no es a ti a quien corresponde decidirlo.
—No digas
eso —suplicó—. Jamás en toda mi vida he deseado a una mujer como a ti te deseo,
ni creí que la desearía de esta forma hasta que te vi aquí.
—Te creo
si así lo dices —asintió Casandra—. Pero aunque sea cierto, no vuelvas a
hablarme de ello.
Él inclinó
la cabeza.
—Como
quieras —dijo—. Ni por todo el mundo te ofendería, princesa; estoy en deuda
contigo por la amabilidad que has mostrado con mi hija. Sin embargo, pienso que
Afrodita, la dueña del deseo, me ha impulsado a amarte.
—Una diosa
como ésa sólo transmite la locura a los hombres y a las mujeres. Jamás amaría a
un hombre porque ella me lo ordenase. Yo pertenezco al Señor del Sol. Y no
digas más, si no deseas ofenderme.
—Está bien
—dijo Crises—. Sólo digo que si niegas el poder a Aquella a quien deben servir
todas las mujeres, puede que te castigue.
Esa nueva
diosa creada por los hombres, pensó Casandra, para excusar su propia lascivia;
no creo en su poder. Luego recordó su sueño pero se encogió de hombros. Lo he
tenido demasiado tiempo en mi mente, es como soñar con el trueno cuando se oye
la lluvia sobre el tejado.
—Hay
adoradores en el templo y hemos de recoger las ofrendas. ¿Me enseñarás ese
nuevo método de llevar la cuenta por escrito? He visto las escrituras de Egipto
pero son muy complicadas. Una vez, hace años, un anciano que había vivido allí,
me explicó que los escribas egipcios deben estudiar toda la vida para
aprenderlo.
—Así es
—contestó Crises—. Pero los sacerdotes de Egipto tienen una escritura más
simple que no resulta difícil de aprender, y el estilo cretense es más sencillo
aún porque cada marca no es una imagen o una idea, como sucede en las tumbas de
los reyes, sino un sonido, así que puede ser empleado en cualquier lengua.
—¡Qué
inteligente! ¿Quién es el dios o el gran hombre que creó ese sistema?
—Lo ignoro
—dijo Crises—. Más dicen que el Hermes Olímpico, el dios mensajero que viaja en
alas del pensamiento, es el patrón de la escritura.
Extrajo
sus tablillas y sus tarjas.
—Te
mostraré los signos más simples y cómo escribirlos; luego pueden copiarse en
tablas de arcilla, para que cuando se sequen quede una anotación que nunca
desaparecerá ni dependerá de la memoria de ningún hombre.
Casandra
aprendió en muy poco tiempo. Fue como si algo dentro de ella clamase por ese
nuevo conocimiento y lo absorbió como la tierra a la lluvia tras una larga
sequía. Aprendió tan bien la escritura cretense que amenazó con llegar a ser
más rápida que Crises; entonces, él insistió en que no debía aprender más.
—Es por tu
propio bien —dijo—. En Creta ninguna mujer, ni siquiera la reina, puede
aprender esta escritura. Los dioses ordenaron que a las mujeres no se les
enseñen tales cosas porque dañarían sus mentes, secarían sus vientres y el
mundo se tornaría estéril por completo. Cuando se agotan los manantiales
sagrados, el mundo padece sed.
—Eso es
una estupidez —protestó Casandra—. A mí no me ha dañado.
—¿Cómo
puedes saberlo? Ya me has rechazado a mí, y a cualquier amante, ¿acaso no es
eso un insulto a la diosa y un signo de que rechazas la feminidad?
—Así que
me niegas eso en venganza por no haberte aceptado.
Él pareció
ofenderse.
—No me has
rechazado sólo a mí, sino también al gran poder de la naturaleza que determinó
que la mujer estuviese hecha para el hombre. Sólo las mujeres poseen ese poder
sagrado y maravilloso de concebir...
A Casandra
le pareció tan ridículo que no consiguió evitar la risa.
—¿Tratas
de decirme que antes de que los dioses y las diosas dieran a los hombres
sabiduría e instrucción, los hombres podían parir hijos y que al varón se le
negó ese poder porque creaba otras cosas? Hasta las amazonas están mejor
enteradas. Hacen todo género de cosas vedadas a las mujeres de aquí y sin
embargo también paren hijos. —Hijas —dijo él desdeñosamente. —Muchas amazonas
han dado a luz hijos hermosos. —Me han dicho que las amazonas matan a sus hijos
varones.
—No, les
envían a sus padres. Y conocen todas las artes que en tribus de costumbres
diferentes se hallan reservadas a los hombres. Por tanto, si a las mujeres de
Creta no se les permite leer, nada tiene que ver eso conmigo. No estamos en
Creta.
—Una mujer
no debería ser capaz de razonar así —protestó Crises—. La vida de la mente
destruye la vida del cuerpo.
—Eres más
tonto de lo que creía —le replicó Casandra—. Si eso fuese cierto, sería aún más
importante mantener a los hombres en la ignorancia para no destruir su
capacidad de guerrear. ¿Acaso son eunucos entonces todos los sacerdotes de
Creta?
—Piensas
demasiado —afirmó Crises tristemente—. Eso te destruirá como mujer.
Los ojos
de Casandra relucieron de malicia.
—¿Y me
salvaría de tan horrible destino si me entregase a ti? Eres desde luego muy
amable, amigo mío, y yo soy muy ingrata por no haber apreciado el gran
sacrificio que estás dispuesto a hacer por mí.
—No te
burles de estos misterios —dijo Crises, en tono serio—. ¿No crees que, si el
dios ha puesto ese deseo en mi corazón es orden suya que te haga mía?
Alzando
las cejas con desdén, Casandra contestó:
—Desde el
comienzo de los tiempos cada seductor ha hablado de ese modo, y cada madre
enseña a su hija a no escuchar tan falsas tonterías. ¿Le dirías a tu propia hija que si algún
hombre la desea es deber suyo entregarse?
—Mi hija
nada tiene que ver con esto.
—Tu hija
tiene todo que ver; mi conducta ha de ser un modelo de su virtud. ¿Querrías que
estuviese dispuesta a entregarse al primer hombre que afirmara desearla?
—Desde
luego no, pero...
—Entonces
eres un hipócrita además de estúpido y mentiroso —declaró Casandra—. Hubo un
tiempo en que me agradaste, Crises. No completes la obra de destrucción de toda
mi buena voluntad respecto de ti.
Se apartó
de él y salió del santuario. Durante todo el tiempo en que habían trabajado
juntos no había dejado de importunarla un solo día. Ya no lo soportaría más.
Acudiría a Caris, o al sumo sacerdote, y le diría que no iba a trabajar más con
Crises, porque él no dejaba de intentar algo que ella no podía permitir.
Resultaría
más fácil abandonar el templo. ¿Pero debo dejar que un hombre como ése me
aparte de mi camino?
Anochecía.
Tratando de aliviar su exasperación, descendió por la colina hacia el recinto
donde se albergaban las sacerdotisas. Cuando estaba próxima al edificio, la
inquietó un leve ruido. Se volvió y vio dos figuras fundidas en las sombras.
Impulsivamente se acercó, y el hombre echó a correr hasta perderse de vista.
Casandra no lo había reconocido ni en realidad le importaba. La segunda figura
era otra cuestión; Casandra se movió con celeridad y cogió por el brazo a
Criseida.
El vestido
de la muchacha estaba sucio y desordenado. Su boca se hallaba dilatada e
hinchada, su rostro enrojecido y soñoliento. Atónita, Casandra pensó: ¡Pero si
es una niña! Sin embargo era evidente lo que habían estado haciendo y que, sin
duda, la muchacha había participado voluntariamente.
Hoscamente
Criseida se arregló el vestido y se frotó su brazo contra la cara. Casandra
estalló al fin.
—¡Desvergonzada!
¿Cómo te has atrevido? ¡Eres una virgen de Apolo!
Retadora,
la niña masculló:
—No me
mires de ese modo, solterona agria y estéril. ¿Cómo te atreves a censurarme
cuando a ti ningún hombre te desea?
—¿Qué cómo
me atrevo? —repitió Casandra.
¡Y porque
me preocupaba por ella oculté la ofensa de su padre! No hay necesidad de
discurrir para saber como ha llegado a esto.
—Pienses
lo que pienses de mí, Criseida, de lo que ahora se trata no es de mi conducta
sino de la tuya —dijo, con serenidad—. Eso está prohibido a las vírgenes de
aquí. Buscaste refugio en el templo del Señor del Sol, y debes por tanto
obedecer las reglas que rigen sobre sus doncellas.
Tal vez,
pensó, sería más prudente expulsar de la morada del dios a esta hija
desvergonzada y a su padre.
—Entra en
la casa, Criseida —continuó esforzándose por mostrarse amable—. Cámbiate de
vestido y lávate, o no seré yo la única que te increpe.
La
muchacha había sido confiada a su cuidado. De algún modo tenía que tratar de
que no constituyera una deshonra para la casa del Señor del Sol ni para sí
misma. Cuando Criseida estuvo dentro, pensó: Ahora parece como si estuviera a
merced de Afrodita. ¿Alegará también Criseida de que se halla bajo la
influencia de esa diosa cuya misión consiste en atraer a las mujeres hacia el
amor vicioso e ilegítimo? Alzó los ojos al cielo.
—Estamos
en tu poder, Apolo —rezó—. Cierto es que presides esta casa y los corazones y
las mentes de quienes por juramento te han consagrado sus vidas. No pretendo
ser irrespetuosa con ningún inmortal, pero ¿no podrías mantener en orden tu
propio lugar y tu propio santuario?
Su
pregunta no tuvo respuesta inmediata, pero no la esperaba. Durante varios días
evitó presentarse en el santuario, aduciendo enfermedad; parecía como si la
casa del Señor del Sol, antaño tan feliz, se hubiese tornado desapacible,
porque Crises se hallaba en todas partes. Al fin ascendió hasta la colina en la
cima misma de la ciudad y allí ofreció un sacrificio a la Doncella, diosa
patrona de Troya. Sus pensamientos eran confusos y se preguntó si al obrar así
estaba siendo desleal con Apolo, de quien era sacerdotisa. Pero había sido
convocada a presencia de la Madre Tierra y también se le había hecho
sacerdotisa de ella.
Cuando
ofreció su sacrificio se sintió más tranquila, aunque la diosa no le habló
directamente. Volvió a la casa del Señor del Sol, se presentó en la ceremonia
del crepúsculo y cuando vio a Crises entre los sacerdotes y él le sonrió, no
trató de rehuir su mirada. No era ella quien había hecho algo malo, ¿de qué
tenía que sentirse avergonzada?
Aquella
noche sus sueños fueron tumultuosos y terribles. Le pareció que una tormenta se
cernía sobre Troya y que se hallaba en la parte más alta de la ciudad, en los
dominios de la Doncella, buscando de algún modo que cayeran sobre ella los
rayos para que no fulminasen a quienes amaba. El Señor Tonante de los aqueos
cruzaba sobre las altas murallas, agitando los puños. El que Hace Temblar la
Tierra, Señor de Troya, que fue llamado para ser consorte de la Madre Tierra,
se afanaba y luchaba por proteger a su ciudad. Había también otros inmortales
y, por alguna razón ella, Casandra, los había enfurecido. Pero yo no he hecho
nada malo, protestó confusa. Si alguien había cometido una trasgresión era
Paris. Llamó al Señor del Sol para que salvase a su ciudad, pero él frunció el
entrecejo y ocultó el resplandor de su rostro, diciendo: También me adoran
entre los aqueos. Despertó con un grito de terror. Cuando estuvo completamente
consciente comprendió lo absurdo del sueño, no había por qué pensar que los
dioses, que eran omniscientes, castigarían a una gran ciudad por las estúpidas
ofensas de un solo hombre y de una mujer.
Al cabo de
un tiempo volvió a dormirse, y de nuevo comenzó a soñar.
Soñó que
le estaba dando de mamar al bebé de Filida y experimentó otra vez la mezcla de
intensa ternura, de repugnancia y desesperación. Algo iba mal, terriblemente
mal. Luchó por recobrar la conciencia. Persistía la presión sobre su seno y una
oscura forma se cernió sobre ella, salvo donde la luz de la luna llena
resplandecía contra la dorada máscara de Apolo. Pero reconoció la mano que
estaba sobre su pecho y abrió la boca para gritar.
La mano se
desplazó rápidamente para tapar su boca.
—¡Eres
mía, Casandra! —proclamó una voz harto conocida—. ¿Te negarás a tu dios?
Casandra
mordió la mano, que se retiró con un grito que nada tenía de divino. Se sentó,
poniendo en orden sus ropas.
—Conozco
la voz del dios, Crises —bramó con furia—. ¡Y no es tu voz! ¿Crees, blasfemo,
que Apolo no puede proteger a los suyos?
Su voz se
había alzado considerablemente en la última frase y oyó en el pasillo las voces
de otras sacerdotisas que acudían a ver qué pasaba. Saltó de la cama, tratando
de llegar hasta la puerta; pero Crises le cerró el paso y la empujó contra la
pared. Sus tentativas para retenerla allí, aunque en parte tuvieron éxito, no
fueron silenciosas y la estancia se llenó rápidamente de una multitud de
mujeres, entre las que estaban Caris, Filida y Criseida. Crises volvió la
cabeza para que el grupo de mujeres viese la máscara.
—Dejadnos
—dijo con voz grave e impresionante. Al principio Filida pareció quedarse sin
aliento al ver la máscara del dios; luego, reconociendo la voz del hombre, miró
a Casandra y a él con el horror de haber comprendido. Criseida soltó una
risita. Las demás mujeres no sabían qué hacer.
Casandra
lo golpeó con fuerza en el estómago y escapó de las manos que intentaban
sujetarla.
—¡Vil
sacerdote! —dijo con voz entrecortada— ¡Te atreves a emplear la apariencia del
dios para dar satisfacción a tu lujuria! ¡Profanas lo que no entiendes!
Temblaba
con una mezcla de rabia y de horror. —¡Por la Madre de Todo, que no yacería
contigo aunque estuvieses verdaderamente poseído por Apolo!
—¿No lo
harías, Casandra? —Un estremecimiento pasó por el cuerpo de Crises y luego
inesperada e inconfundiblemente, su voz fue la de Apolo—. Eres mi elegida,
¿crees de verdad que no te protegería de un mortal vicioso y estúpido?
Casandra
escuchó el grito de reconocimiento de Filida, pero la negra marea fluyó sobre
ella, la cubrió y sintió crecer dentro de sí el empuje de la diosa. Lo último
que oyó fue la voz de ésta:
¿Tuya,
Sol?¡Me fue confiada incluso antes de que naciese en este mundo mortal ni
sintiera tu tacto! No supo más.
Su cuerpo
estaba apoyado contra la pared, y sentía cada partícula de su piel como si
hubiera sido quemada. Unas uñas se clavaron en su mejilla y continuaron bajando
hasta agarrar su túnica por el hombro.
—¡Asesina!
—le gritó Criseida junto al oído—. ¡Has matado a mi padre! ¡Te considerabas
demasiado para él! ¡Crees que por ser una princesa eres mejor que nosotros! ¡Te
comportas como si no fueses ni siquiera humana! Pues claro, no lo eres... eres
una bestia y una sucia cobarde...
Casandra
abrió los ojos. Crises estaba tendido en el suelo, inmóvil y demudado. Filida
se inclinaba sobre él.
—Se pondrá
bien, Criseida —dijo para tranquilizarla. —El dios le poseyó. Sólo ha sido eso.
Pero
Criseida no la escuchaba.
—¡Es una
bruja! ¡Le lanzó un sortilegio maligno! —gritó.
Caris
apartó de Casandra a la histérica muchacha y la confió a los brazos de otras
dos sacerdotisas.
—¡Sacad de
aquí a esta estúpida! —les pidió.
Los gritos
de Criseida resonaron mientras la llevaban a la fuerza por el pasillo. Luego
quedaron apagados por la distancia.
Casandra
sintió que su cuerpo se deslizaba hacia el suelo, pero nada pudo hacer para
detenerlo. Tenía los ojos abiertos, mas todo le parecía muy lejano y no por
completo real. Sólo una parte de ella se hallaba en su cuerpo; el resto se
cernía sobre la escena, viendo cómo Caris y la tutora la recogían y la tendían
sobre su cama. Una novicia le llevó una copa de vino. Caris vertió un poco en
su garganta. Por unos instantes, la reanimó y la retrajo un poco más a su
cuerpo; pero se notaba terrible e insoportablemente fría, como si hubiese
perdido la mayor parte de su energía vital. Podía ver que Caris sostenía su
mano pero no sentir la presión de los dedos de la sacerdotisa. De repente fue
presa de la nostalgia del campamento de las amazonas y de Pentesilea, que había
sido para ella más madre de lo que fue o sería Hécuba. Las lágrimas enturbiaron
su visión y se deslizaron por sus mejillas.
—Cálmate
—le dijo Caris, extendiendo la sábana para cubrirla—. Descansa ahora y no te
acongojes. Ya habrá tiempo mañana para hablar de todo esto.
Casandra
pudo ver tras Caris cómo Filida recogía reverentemente la máscara de Apolo. Dos
sacerdotes llegaron en silencio, hablaron unos instantes con la tutora y después se llevaron de
allí a Crises. Tenía los ojos abiertos, pero parecía ofuscado y casi
inconsciente.
Los
sacerdotes hablaban entre sí cuando pasaron junto a la cama. Casandra captó las
palabras «posesión genuina». ¿Más de quién? ¿De Crises o de ella?
Despertó
justo antes del amanecer con la sensación de que cada músculo y cada hueso de
su cuerpo había sido golpeado. Permaneció inmóvil, reflexionando sobre lo
sucedido.
Algo era
cierto: Crises, ilícitamente, había portado la máscara del dios y tratado de
seducirla. No estaba del todo segura de lo que sucedió después. Recordaba que
Criseida la había insultado a gritos y también la voz de Apolo, imponiéndose al
ruido y a la confusión que reinaban en la estancia, y las infaustas palabras
que le había lanzado a Crises.
No yacería
contigo aunque fueses el propio dios...
¿Había
dicho verdaderamente esas palabras a su dios? Crises se las merecía; pero todo
su cuerpo se contrajo de pesar ante el pensamiento de que Apolo pudiera
habérselas atribuido.
Pero, más
allá del miedo o del pesar, conocía ahora la fuente de las negras aguas: la
diosa la reclamó como suya. Se había consagrado al dios con la sinceridad plena
de su primer amor y sin embargo no era enteramente libre.
Se abrió
la puerta y entró Caris, que se inclinó sobre ella con ternura.
—¿Te
levantarás, Casandra? Hemos sido convocados todos al santuario para tratar de
lo que verdaderamente sucedió aquí anoche.
Caris le
llevaba un poco de vino, pan y miel, pero no pudo probar bocado; tenía la
garganta agarrotada y sabía que se sentiría mal si trataba de comer.
Caris la
ayudó a vestirse y cepilló sus cabellos. Casandra se los recogió
descuidadamente en una trenza y la siguió hasta el santuario donde ya se
hallaban reunidos los sacerdotes y las sacerdotisas.
Uno de los
sacerdotes ancianos, que conocía a Casandra desde su niñez, le dijo:
—Debemos
averiguar la verdad de este infortunado acontecimiento. ¿Nos dirás lo que
sucedió, hija de Príamo?
—Dormía, y
desperté hallando a un hombre en mi estancia. Portaba la máscara del dios pero
reconocí la voz de Crises. En otras ocasiones me había pedido que me entregara
a él, pero me negué siempre. Alzó su cabeza y miró a Crises a los ojos.
¡Pregúntaselo a ese lascivo blasfemo, a ver si se atreve a negarlo!
El
sacerdote inquirió:
—¿Qué
tienes que decir, Crises?
Crises
miró directamente a Casandra y repuso:
—Nada
recuerdo. ¡Sólo que desperté en su estancia y que esa fiera me clavaba sus
garras!
—¿No te
pusiste deliberadamente la máscara del dios para engañarla?
—¡Ciertamente
no! —contestó Crises, en tono indignado—. Apelo al testimonio de Apolo mas dudo
de que comparezca para acusarme o para defenderme.
—Miente
—declaró Filida—. Conozco la voz del dios. ¡Y juraré que era sólo la voz de
Crises! ¡Casandra me había comentado con anterioridad que solicitaba de ella lo
que no es legítimo conceder a ningún hombre mortal! Después le oí hablar con la
voz del Señor del Sol...
—Todas la
oírnos —manifestó Caris—. La cuestión es determinar quién blasfemó, o si fueron
los dos o ninguno.
—Afirmo
que es culpable de rechazar la palabra de Apolo —dijo Crises—. Blasfemó y en
nombre del dios a que ambos servimos...
—Es cierto
que invocó a la diosa en la casa de Apolo —dijo Caris—, y eso está prohibido.
—Creo que
los dos deberían ser expulsados por haber dado lugar a un escándalo —declaró el
anciano sacerdote.
—No veo
razón para ser castigada por luchar contra un lascivo sacerdote que habría
violado a una mujer consagrada al dios a quien él simulaba servir —objetó
Casandra—. Por lo que a la diosa se refiere, yo no busqué su protección. Ella
viene y se va como le place. Nada tengo que ver en su contienda con Apolo.
—Apelo a
Apolo para que atestigüe... —empezó a decir Crises acaloradamente.
Casandra
lo interrumpió con aspereza.
—¿Y qué
harías tú, blasfemo, si llegase a responderte?
—Es seguro
que no vendrá —contestó Crises, con arrogancia—. Pretendí a Casandra, sí; y
sirvo al dios, como ella dice que hace...
—Ten
cuidado —dijo Caris secamente, pero Crises se echó a reír.
—¡Correré
ese riesgo!
—Debemos
protección a Casandra —afirmó Caris—. Las vírgenes del templo se hallan
consagradas al dios y no pueden ser presa de un hombre mortal sea sacerdote o
cualquier otra cosa; y además, valiéndose de una superchería de tal género.
Se oyeron
murmullos en la sala. Casandra se sintió agradecida a Caris por su defensa.
-Tengo
algo que preguntar —declaró el anciano sacerdote—. Acércate, hija de Príamo. Te
oyeron decir que no te entregarías a él aunque estuviese en verdad poseído por
Apolo, ¿sentías lo que decías o hablabas así en razón de tu furia?
—Como el
dios no vino a mí, hablaba sólo para rechazar a aquel que me habría violado en
nombre de Apolo.
Surgió una
luz cegadora y Casandra alzó los ojos para ver el resplandor en el lugar donde
había estado Crises.
La
profunda y conocida voz resonó hasta en los rincones de la sala.
Casandra...
Era
indudablemente la voz del dios. Casandra advirtió que sus rodillas se
debilitaban y se deslizó hacia el suelo, sin atreverse a levantar los ojos ni a
hablar.
Mi siervo
no creía que yo pudiera actuar sobre él de esta forma, pero ahora lo sabe.
Conocerá la magnitud de mi poder antes de que pase mucho tiempo. Me encargaré
de eso.
La forma
resplandeciente se volvió hacia Casandra. Ella tembló e inclinó la cabeza.
Tú,
Casandra, a quien yo amaba, tú te entregaste a mi antigua enemiga, aunque yo te
había llamado y eres mía. No te liberaré. Pero me has ofendido y te privo de mi
don divino de la profecía. ¡Éstas son mis palabras!
La voz
estaba llena de tristeza. Casandra, de rodillas e inclinada la cabeza, sintió
dentro de sí un estallido de protesta y de resentimiento.
—Señor del
Sol, desearía que pudieses —dijo en voz alta—. ¡Nada anhelo tanto como verme
libre de ese don que no busqué!
¡Tú
también conocerás mi poder!
De súbito
la forma desapareció. Casandra, libre del agarre de los inmortales en liza, se
desplomó al suelo. Vagamente advirtió que Caris se inclinaba para alzarla. Como
si flotase en algún lugar próximo al techo de la sala, vio a Crises caer, con
el cuerpo agitado por convulsiones. Sus talones golpeaban el suelo y sus
dientes castañeaban de un modo frenético. De sus labios brotó espuma teñida en
sangre y un grito espectral vació sus pulmones.
Lo merece,
pensó, quién pretendió hablar con el poder de Apolo para engañar a una de las
suyas...
Y oyó como
un eco de la voz de Apolo.
Me serviré
de él en los días venideros...
Temblando
de frío, sintió que las oscuras aguas se retiraban y volvió a sí misma como si
surgiera a la superficie tras una profunda inmersión. Aún no podía hablar. Los
sacerdotes atendían a Crises mientras su propia cabeza descansaba en el regazo
de Caris.
Caris la
meció cariñosamente.
—No
llores, aunque sea terrible la cólera de Apolo, representará para ti un bien
verte libre de esa terrible maldición de la presciencia.
¿Cómo
podía decirle que no lloraba por la pérdida del don de la profecía ? ¿ O que no
era la cólera sino el amor de Apolo lo que temía? No quería ser ella misma un
campo de batalla entre los inmortales.
Si
Casandra creyó que la reconvención a Crises resolvería algo, estaba equivocada;
parecía como si hubiese sido destruida la paz a cambio de nada.
Y no era
sólo ella quien se mostraba trastornada. Crises estaba pálido y exhausto.
Todavía se le necesitaba en el santuario porque, excepto a ella misma, aun no
había enseñado su nuevo método de escritura a alguien que pudiera reemplazar.
Había logrado hacerse casi indispensable. La mayoría de los sacerdotes eran
ancianos. Con no más de treinta años, él era el único sacerdote de Apolo aún en
el apogeo de su vigor.
Cada vez
que veía reflejarse el sol en su rubia cabellera recordaba el momento en que le
habló con la voz de Apolo. Seguramente, él fue capaz de invocar a Apolo... ¿O
fue ella, al clamar contra la impostura, quien hizo aparecer al dios para
protegerla de aquel hombre a quien tanto despreciaba? Pero si hubiera sido
Apolo, bajo cualquier apariencia terrenal, y ella no se hubiera negado, podría
llevar ahora en su seno al hijo del dios. ¿Era eso lo que deseaba? ¿Era ése su
destino y lo había rechazado?
De
cualquier forma, lo hecho hecho estaba, y podía alegrarse, aunque con cierta
amargura, del castigo a la arrogancia de Crises. No es posible burlarse de los
inmortales y ahora Crises lo sabía.
Y también
yo. Apolo se ha burlado de mí, que hable con reverencia contra lo que se me
pareció una blasfemia, un agravio a las elegidas del Señor del Sol. He sido
castigada tanto como el pecador.
No la
consolaba que Apolo hubiese intervenido; ya se decía (y desde luego la historia
se propaló primero por el templo y después por toda la ciudad), que había
rechazado al mismo dios y que por eso Apolo la había maldecido. Sólo quienes se
hallaban allí aquella noche sabían la verdad y, pensó desesperadamente, ni
siquiera ellos conocían toda la verdad.
Creían que
Apolo la había privado del don de la profecía. Pero poseía la presciencia desde
su infancia y el Señor del Sol no podía quitársela porque no era él quien se lo
había otorgado. Sólo se había asegurado de que sus palabras nunca fuesen
creídas.
Tampoco le
satisfacía ver a Crises considerado con la misma mezcla de temor y reverencia
que ella misma. Al menos una vez al día, e incluso dos o tres, era presa de
convulsiones y caía al suelo, estremeciéndose y temblando. Ella había visto,
aunque no con frecuencia, comportarse de ese modo a hombres, mujeres e incluso
niños; por lo general se los consideraba víctimas o favoritos del dios.
Casandra empezó a preguntarse si aquello no sería una enfermedad como cualquier
otra, pero ¿por qué Crises no había mostrado antes signos de padecerla?
No la
complacían estas dudas y preguntas; de cualquier modo, anhelaba su antigua fe
infantil. Se veía constantemente obligada a soportar la compañía de Crises. Al
cabo de un
tiempo comprendió que el episodio los había ligado en las mentes de la mayoría
de los sacerdotes y sacerdotisas, como si ella hubiese cometido realmente la
acción infame a la que había tratado de inducirla Crises, en vez de ser ambos
víctimas de la ira de Apolo. O de su malicia, pensó.
¿Qué más
puede hacerme Apolo? Estoy segura de su amor... ¿Mas en qué consiste? ¿Es mejor
su amor que su malevolencia? ¿He de agradecerle que no me hiciese también
víctima de las convulsiones?
Un día fue
llamada al patio por Criseida, a quien se había confiado la misión de llevar
mensajes en el interior del santuario.
—Casandra,
tienes una visitante. Creo que es la princesa de Colquis.
Acudió al
patio y miró en torno hasta distinguir a Andrómaca con su hijo en brazos y
vestida como una plebeya. Corrió a abrazarla.
—¿Qué
sucede?
—Oh, es
algo peor de lo que puedas imaginar —dijo Andrómaca—. Todos están hechizados
por la espartana, incluso mi propio esposo. He tratado de repetirle lo que
dijiste sobre Helena, y afirma que todas las mujeres se sienten celosas de una
belleza, eso es todo. Yo creo que tú eres más hermosa que Helena. ¡Pero nadie
lo admite!
—Es como
si llevase el cíngulo de Afrodita —dijo Casandra, en tono sombrío.
—Lo que,
como todos sabemos, hace que los hombres capaces sólo piensen con sus genitales
—añadió Andrómaca con una sonrisa sarcástica—. ¿Pero también impresiona a las
mujeres? ¿La consideras tan bella, Casandra?
—Sí
—afirmó ésta—. Es tan seductora como la propia diosa. —Se asombró de sus
propias palabras, y le murmuró a Andrómaca, casi a modo de disculpa—. Desde la
niñez he visto a través de los ojos de Paris.
No dijo
más. No podía explicar la extraña intensidad con que siempre había reaccionado
ante Enone, ante Helena, ni siquiera a Andrómaca que, criada entre amazonas,
probablemente lo hubiera comprendido.
—Algún día
—añadió—, te lo diré todo. Mas, ahora, cuéntame lo que sucede.
—¿Ignoras
que ha llegado Menelao? —No lo sabía, ¿cómo es?
—No más
parecido a Agamenón de lo que yo a Afrodita —contestó Andrómaca—. Llegó, débil
e inseguro y pidió que le devolviéramos a Helena. Príamo, riendo, le contestó
que quizá, quizá fíjate, la devolveríamos cuando Hesione fuera devuelta a
Troya, con una dote como compensación por los años que había permanecido
soltera. Menelao contestó que Hesione tiene marido, que la aceptó sin dote,
impresionado tal vez por la circunstancia de que fuese hermana del rey de
Troya, y que él al menos no robaba esposas a sus maridos.
—Eso debe
de haber complacido a mi padre —comentó Casandra, haciendo una mueca.
—Luego
—prosiguió Andrómaca—, Menelao afirmó que Hesione no volvería a Troya y sugirió
que Príamo enviara a alguien para preguntar a la propia Hesione si quería
volver, aunque sin su hijo, puesto que el hijo es un auténtico espartano y
pertenece a su marido.
—¿Y cómo
reaccionó mi padre ante eso?
—Le dijo a
Hécuba que Menelao había caído en su propia trampa. Mandó llamar a Helena y le
preguntó en presencia de Menelao si quería regresar con él.
—¿Qué
respondió?
—Dijo: No,
mi señor, y Menelao se quedó rígido, y la miró como si lo hubiera destrozado.
Luego Príamo manifestó: Ahí tienes la respuesta, Menelao.
—¿Qué
contestó Menelao?
—Empeoró
las cosas, diciendo: ¿Tendrás en cuenta los deseos de esta prostituta infiel?
Te aseguro que es mía y que me la llevaré. La agarró por una muñeca y trató de
arrastrarla.
—¿Y se la
llevó? —preguntó Casandra, pensando que si Menelao había actuado con tal
resolución muy bien podía haber impresionado al propio Príamo.
—Oh, no
—contestó Andrómaca—, Héctor y Paris se precipitaron a impedírselo. Entonces
Príamo dijo: «Agradece a tus dioses, Menelao, que seas mi invitado, porque de
otro modo dejaría que mis hijos hiciesen contigo lo que quisieran. Pero ningún
invitado mío recibirá agravio bajo mi techo». Menelao empezó a tartamudear,
esta vez de rabia y declaró: «Detén tu lengua, viejo, o te faltará un techo del que yo
necesite sacarte». Después le dijo algo sucio a Helena, que no repetiré por
respeto a este sagrado recinto —añadió Andrómaca con un gesto supersticioso—. Y
lanzó la copa de la que había estado bebiendo al tiempo que afirmaba que no
aceptaría hospitalidad de un... un pirata que enviaba a sus hijos a robar
mujeres.
Los ojos
de Casandra se dilataron. Jamás había visto a nadie desafiar a Príamo, excepto
a sus propios hijos.
Andrómaca
continuó:
—Entonces
Príamo preguntó: ¿No? ¿Cómo conseguís pues esposas los aqueos? Menelao le
apostrofó y dijo que no sabía de qué hablaba, llamó a sus servidores y salió de
allí a toda prisa, declarando que si Príamo no le escuchaba, quizás escucharía
a Agamenón. —Andrómaca se echó a reír—. Entonces Príamo manifestó: Sí, cuando
yo era niño a veces decía a alguien que me hostigaba que se lo diría a mi
hermano mayor para que le pegara. Paris añadió: En ese caso, Menelao, yo
también tengo un hermano mayor. ¿Os gustaría a ti o a tu hermano enfrentaros
con Héctor? Después, Menelao abandonó el palacio maldiciendo hasta que subió a
su nave.
Abrumada,
Casandra apenas oyó las últimas palabras. Pensó: Ya ha ocurrido. Podía ver el
puerto ennegrecido por naves extranjeras y el mundo que ella conocía hecho
pedazos. Le fue imposible dominarse e interrumpió a Andrómaca, gritando:
—¡Orad a
los dioses! ¡Orad y haced sacrificios! ¡Ya dije a mi padre que no se
relacionara con la mujer de Esparta!
La voz de
Andrómaca fue suave cuando dijo:
—No te
inquietes así, Casandra querida.
Así que
hasta ella piensa que estoy loca.
—¿Qué te
induce a creer que no rechazaremos a los aqueos hasta las islas que ocupan?
—razonó Andrómaca—. ¡Una cosa es que consiguieran derrotar a los sencillos
pastores y braceros que vivían en esas islas... y otra muy distinta que sean
capaces de enfrentarse contra la poderosa Troya! ¡Aguarda a que los aqueos lo
comprueben por sí mismos! ¿Vamos a permitir que crean que pueden continuar
secuestrando impunemente y castigarnos si los imitamos?
—¿También
tú estás ciega, Andrómaca? ¿No consigues ver que Helena es sólo una excusa?
Agamenón ha estado tratando desde hace muchos años de hallar una razón para entrar en guerra
contra nosotros, y ahora hemos caído en su trampa. Veremos cómo esos portadores
de armas de hierro intentarán dominar todas las tierras que se extienden desde
aquí hacia el Sur. Reunirá toda la fuerza de esas gentes belicosas para... ¿Más
qué importa? —Casandra se dejó caer sobre un banco—. No puedes darte cuenta
porque eres como Héctor... ¡Crees que la guerra sólo conduce a la fama y a la
gloria!
Andrómaca
se arrodilló junto a Casandra y pasó sus brazos en torno de ella.
—No te
preocupes —le dijo—. No debería haberte asustado. Tendría que haber sido más
prudente.
Casandra
casi podía oírla pensar. Pobre muchacha, está loca. Después de todo, Apolo la
maldijo.
Era inútil
discutir sobre aquello, así que renunció a advertirla y le preguntó:
—¿Qué se
sabe de Enone?
—Regresó
al monte y se llevó consigo a su hijo —repuso Andrómaca—. Paris hubiera deseado
quedarse con el niño, puesto que al fin y al cabo es su primogénito. Pero Enone
se negó a dejarlo alegando que si era su hijo y optaba por reconocerle como
tal, ella era su legítima y primera esposa y esa extranjera sólo una segunda
esposa o concubina.
—Es lo que
merece —dijo Casandra—. Al parecer, Paris carece de honor y decencia. Mi padre
debería haberle dejado en el monte Ida con sus corderos, si es que éstos lo
soportaban.
Se sentía
profundamente desilusionada de su hermano. Hubiese querido que Paris fuera
estimado por el pueblo tanto como Héctor: su campeón y su héroe, tanto por su
valía y su conducta honrosa como por su aspecto físico.
—He de
regresar a palacio; pero, dime, ¿qué podremos hacer si estalla una guerra? —le
preguntó Andrómaca.
—Luchar,
naturalmente; e incluso puede darse el caso de que tú y yo tengamos que empuñar
las armas si se alzan contra nosotros tantos aqueos como pretende Agamenón
—dijo Casandra desesperanzada.
Andrómaca
la abrazó y partió. Después de que se perdió de vista, Casandra salió por la
puerta de la parte más alta del templo de Apolo y emprendió la subida al de
Palas Atenea. En el ascenso, el sudor empapó su túnica. Trató en vano de
rezar una oración. Pero ninguna brotó de sus labios.
Bajó la
vista hacia el puerto, negro de buques como ya tantas veces lo había
contemplado. No sabía si las naves se hallaban en realidad allí, pero esta vez
no importaba. Si no estaban, pronto estarían.
¡Apolo!¡Señor
del Sol bienamado!¡Ya que no puedes arrebatarme el don y privarme de esta
presciencia que no deseo, al menos no me condenes a no ser nunca creída!
Llegó al
templo de Palas Atenea, en la cima misma de la ciudad, y penetró en el
santuario. Al reconocerla como hija de Príamo o como sacerdotisa del Señor del
Sol, o quizá por ambas cosas, los guardianes se apartaron a su paso,
permitiéndole llegar ante la gran estatua de la diosa que aparecía como una
mujer joven con los bucles sueltos y la guirnalda de una virgen.
Doncella,
tú que amaste a Troya, tú que nos entregaste los dones inapreciables de la vid
y del olivo, tú que estabas aquí antes que esos arrogantes adorantes del trueno
y de los dioses celestiales, protege ahora a nuestra ciudad.
Miró hacia
las cortinas descorridas de la estancia interior en donde se guardaba, traída
de los cielos, la imagen antigua y tosca de Palas y recordó a la diosa de las
amazonas.
Ante ti,
que eres virgen como la Doncella Cazadora, acude una virgen que ha sufrido la
injusticia del Señor del Sol. ¿He de continuar sirviéndole cuando me ha
rechazado v escarnecido?
No
esperaba en verdad una respuesta, pero en la profundidad de su mente sintió el
movimiento ascendente de las negras aguas de la diosa.
Oscuramente
confortada, bajó de la colina y acudió al templo para asumir su tarea en la
recepción de ofrendas.
Crises se
hallaba allí como de costumbre, marcando sus símbolos en tablillas de cera,
inscribiendo gran cantidad de cántaros de aceite y de grano, cebada y mijo;
ofrendas de vino y panales de miel, liebres, pichones y cabritos. Aún evitaba
mirarlo, aunque se decía a sí misma que no era ella quien debería sentirse
avergonzada.
Una de las
sacerdotisas más jóvenes había dejado caer el cántaro que portaba, que chocó
con otro, rompiéndolo de modo que la pegajosa miel que contenía se mezcló con
un montón de cebada. Los esfuerzos de la muchacha por remediar el daño no hacían
más que agravarlo. Casandra pidió que trajeran una escoba de retama y un
recipiente con agua y ella misma se encargó de limpiar el desastre. Estaba
ordenando a la muchacha que apartara una jaula de pichones, cuando oyó la voz conocida
y odiada.
—No
deberías ocuparte en eso, Casandra, que es tarea para una esclava.
—Todos,
tanto tú como yo, Crises, somos esclavos ante los inmortales —contestó,
Casandra con los ojos puestos en la escoba.
—Una
afirmación correcta; pero, ¿cuándo ha dicho la señora Casandra algo que no lo
fuese por mucho que le costara a ella o a cualquier otra persona? —dijo
Crises—. No podemos continuar así, tú siempre temerosa de mirarme.
Irritada,
alzó los ojos y lo miró a la cara, con rabia.
—¿Quién se
atreve a decir que yo tema algo?
—Si no es
así, ¿por qué tus ojos siempre me rehuyen?
Su voz se
hizo cáustica.
—¿Tan
bello te estimas como para creer que hallaría placer en mirarte?
—Vamos,
Casandra —contestó—, ¿no puede haber paz entre nosotros?
—No siento
por ti aversión especial —respondió sin volver a mirarlo—. Mantente lejos de mí
y te devolveré la cortesía, si es eso lo que quieres.
—No —dijo
Crises—. Ya sabes lo que quiero de ti.
Casandra
suspiró.
—Crises,
nada quiero de ti, excepto que me dejes en paz. ¿Está bastante claro?
—No —dijo
él, aferrando sus manos—. Te deseo, Casandra; tu imagen se halla en mi mente
día y noche. Me has hechizado; si no puedes amarme, libérame al menos de tu
sortilegio.
—No sé qué
decirte. No he lanzado contra ti sortilegio alguno, ¿por qué iba a hacerlo? No
te quiero; no me agradas en absoluto y, si de mí dependiera estarías en Creta o
en uno de los infiernos o incluso más lejos aún. No sé cómo decirlo con más
claridad; pues, si lo supiera, te lo diría. ¿Lo entiendes?
—¿No
puedes perdonarme, Casandra? No pretendo tu deshonor. Si tú accedieras, iría a
pedirte a tu padre en matrimonio, aunque soy un sacerdote pobre y humilde.
Tienes que sentir alguna ternura por mí porque fuiste tierna con mi hija sin
madre...
—Como lo
sería con un gatito extraviado —lo interrumpió Casandra—. Por última vez te
diré que no me casaría contigo aunque fueses el último hombre que hubieran
creado los dioses. Si la alternativa fuera permanecer virgen toda mi vida o
casarme con un mendigo ciego del mercado o incluso... con un aqueo, la
escogería antes que a ti.
Crises dio
un paso atrás, con el rostro tan blanco como el mármol de los muros del
santuario.
—Algún día
lo lamentarás Casandra —masculló, apretando los dientes—. Quizá no sea siempre
un sacerdote desamparado.
Sus rasgos
parecían contraídos. Se preguntó de repente si habría estado bebiendo vino puro
a tan temprana hora del día. Pero el vino que servían en la mesa de los
sacerdotes estaba siempre muy aguado. Tampoco mostraba el enrojecimiento que
hubiera debido tener en tal caso. Su aliento no delataba el olor, pero de sus
ropas parecía desprenderse otro olor extraño. No pudo identificarlo pero supuso
que se trataba de alguna medicina que los sacerdotes curanderos le habrían dado
para sus convulsiones.
Se volvió
para irse, pero él la retuvo, cogiéndole una mano, y la atrajo a sí, apoyándola
contra la pared. Presionó su cuerpo con fuerza contra el suyo y, con su mano
libre trató de desnudarla, oprimiendo su boca contra la de Casandra.
—Me has
enloquecido —dijo con voz entrecortada—. ¡Y nadie puede culpar a un hombre por
castigar a una mujer que lo ha empujado al frenesí!
Casandra
luchaba por desasirse y habría gritado, si hubiera podido. Finalmente,
consiguió morderle en un labio. Él se echó hacia atrás, y entonces Casandra le
dio un empujón. Crises cayó al suelo. Ella se tambaleó cuando la agarró de
nuevo, hasta que logró soltarse, con violencia. Intentó incorporarse y ella le
dio una patada en las costillas. Entonces huyó del santuario y no dejó de
correr hasta que estuvo segura en su propia habitación.
Casandra
soñaba con un incendio que barría la colina de Troya en dirección al palacio
cuando despertó entre el olor del humo y un clamor de voces, procedente de las
estancias del templo del Señor del Sol. Era la parte más oscura de la noche,
cuando la luna se ha puesto y desaparecen las estrellas. Tomó un manto, que se
echó sobre la corta túnica con la que dormía, y corrió hacia el patio.
Abajo, en
el puerto, se veían las tenues luces de las naves y las antorchas,
presumiblemente portadas por manos humanas, que ascendían por la colina.
Todo lo
que pudo pensar fue: Ya ha ocurrido. Gritó, y entonces oyó el estruendo de la
alarma, el terrible sonido de la gran matraca de la ciudadela de Príamo. Era la
señal para que las mujeres, los niños y los ancianos se refugiasen en la
fortaleza, y para convocar a los soldados. Se quedó contemplando las luces que
se movían por la ciudad a sus pies, y escuchando el entrechocar de las armas; y
al final, las fuertes voces de los oficiales, enviando a los hombres a sus
puestos.
Alguien
tiró suavemente de su manga y, al volverse, halló a Criseida junto a ella.
—¿Qué
ocurre, Casandra?
—Los
aqueos han llegado, como preveíamos —dijo, sorprendida de su propia
tranquilidad—. Hemos de prepararnos para buscar refugio en la ciudadela.
—Mi
padre...
—Déjalo,
niña; él tendrá que ir con los soldados. Ve y vístete rápidamente.
—Pero su
enfermedad...
—Si los
aqueos lo atrapan, tendrá algo peor. Date prisa niña.
Tomó a
Criseida de la mano y la llevó al interior. Con toda celeridad, le puso una
gruesa túnica que la protegiese del frío de la noche, sujetó su manto y ató
sandalias en sus pies. Tan pronto como Criseida estuvo lista, acudieron al
patio. Caris congregaba a las mujeres en torno de ella, diciéndoles que se
dirigiesen hacia la entrada principal del palacio.
Casandra,
sin soltar de la mano a la joven, descendió sin demora la escalonada calle.
Parecía un error ir hacia las antorchas y el ruido de las armas; seguramente
los aqueos nunca llegarían a un lugar tan alto. Lo que buscaban se hallaba en
el palacio, no en el templo. Podía oír los estremece-dores gritos de guerra y
la potente voz de Héctor llamando a sus hombres.
Las demás
mujeres se agolpaban en torno de ellas cuando Casandra se abrió camino hacia
las puertas del palacio. Guardias y soldados apremiaban a las mujeres a que
entraran al tiempo que cada uno recogía una lanza de un gran montón que se
hallaba junto a la entrada de la armería.
Casandra
pensó en tomar una lanza e ir con los soldados, pero Héctor se enfurecería. De
cualquier manera puede que llegue un tiempo en que no desprecie mi destreza con
las armas. Por el momento, decidió permanecer junto a las mujeres. Constituían
un grupo desaliñado, la mayoría a medio vestir, habiendo sido arrancadas
abruptamente del sueño. Muchas no se habían preocupado de ponerse una túnica y
cubrían su cuerpo con una manta, como también cubrían a sus hijos. Los pequeños
chillaban y se debatían en los brazos de madres o nodrizas. Casandra y las
demás sacerdotisas de Apolo eran casi las únicas que estaban convenientemente
preparadas para aparecer en público y que mantenían la compostura. La mayoría
de las otras tenían los rostros bañados en lágrimas, y gritaban en demanda de
una explicación o de una ayuda.
También
Helena guardaba su dignidad entre aquellas mujeres histéricas. Cada bucle de
sus cabellos se hallaba en su sitio y parecía como si acabara de abandonar los
cuidados de la doméstica tras un baño. Daba la mano a un niño de cinco o seis
años, correctamente vestido y peinado; y aunque oprimía con sus manitas los
dedos de su madre, su cara estaba limpia y no lloraba.
Examinó la
estancia con mirada serena que se encontró con la de Casandra. Entonces
atravesó la sala, abriéndose paso con calma por entre la multitud de mujeres
que gemían, y se detuvo ante ella.
—Te
recuerdo —dijo—. Eres la hermana gemela de mi esposo. Es bueno ver a alguien
que no ha perdido la cabeza a causa del miedo. ¿Por qué no lloras y gritas como
las demás?
—No lo sé
—contestó Casandra—. Tal vez no me asusto con facilidad, y quizá prefiera no
gritar hasta que me sienta herida.
Helena
sonrió.
—Ah, bien.
¡Qué estúpidas son la mayoría de las mujeres! ¿Crees que hay peligro?
—¿Por qué
me lo preguntas? Supongo que no habrán olvidado decirte que estoy loca.
—No tienes
la apariencia de una enajenada —opinó Helena—. En cualquier caso, siempre
prefiero juzgar las cosas por mí misma.
Casandra
frunció levemente el entrecejo y se volvió. No quería que le agradase aquella
mujer ni encontrar algo admirable en ella. Bastante malo era ya que cuando la
mirase viera algo de lo que Paris veía.
—Entonces
podrás juzgar por ti misma si hay peligro —dijo, con voz seca—. Sólo sé que me
despertó la matraca del vigía y bajé hasta aquí, obedeciendo la llamada. Como
vi naves aqueas en el puerto, supongo que es algo que tiene relación contigo y
así, aunque a nosotras nos invada el temor, no existe razón para que lo
compartas.
—¿Eso
crees? —preguntó Helena—. Agamenón no es muy amigo mío. Su propósito sería
devolverme a Menelao, y es seguro que se quedaría para comprobar que no
escapaba indemne.
Aquel niño
tan extraordinariamente arreglado que se aferraba a la mano de Helena parecía
cansado. Helena lo advirtió y lo miró con cariño. Casandra no supo por qué le
sorprendía aquello. ¿Es que la espartana no podía ser una madre tierna y
solícita?
—¿Qué edad
tiene tu hijo?
—Cumplirá
cinco años en el solsticio de verano —repuso Helena.
Hizo una
señal a una mujer delgada y de aire aristocrático que vestía la falda larga y
el corpiño escotado de las cretenses y ésta se acercó, cruzando la atestada
sala.
—Etra, por
favor, ¿quieres llevarte a Nikos para que duerma en algún sitio?
Besó al
niño, que se aferraba a ella, y le dijo tiernamente:
—Ahora
vete a dormir como un niño bueno.
Se fue sin
protestar, caminando sumiso junto a la mujer.
—¿Es hijo
de Menelao? —preguntó Casandra.
—Tal vez
es esa tu forma de decirlo —contestó Helena en tono indiferente—. Yo digo que
es mi hijo. En cualquier caso no quise dejarlo con su padre. No me agrada la
forma en que trata a los niños. A mi hija Hermione no le perjudicará ser su
precioso juguete dorado. Pero lo único en que pensaba Menelao era en hacer a
Nikos a su imagen o, peor aún, a imagen de su maravilloso hermano. He alejado a
Nikos porque, alguien dijo por descuido cerca de él que, si su padre nos
capturaba, nos mataría a los dos. Y Etra tiene también motivos para temer.
—Etra más
parece una reina que una doméstica —opinó Casandra.
—Es una
reina —afirmó Helena—. Madre de Teseo. Él me la envió. Creo que por alguna
razón se enfrentaron. Etra prefiere permanecer conmigo y trata a mi hijo como
si fuese su nieto, lo que no haría con el hijo de Antiope, princesa de las
amazonas.
—Ahora que
el niño está protegido —agregó—, me gustaría averiguar qué está pasando.
—No hay
peligro aquí, por ahora —afirmó Casandra—. Creo que hubiera sido más cuerdo
dejar arriba a las mujeres del templo del dios. Con toda seguridad, los
invasores no ascenderán más allá de la entrada del palacio.
Salió
junto a Helena al patio, desde donde se dominaba toda Troya y el puerto.
El sol
acababa de salir. Casandra podía ver a los hombres que luchaban en la ciudad.
—Mira
—dijo Helena—. Tus soldados troyanos, bajo el mando de Héctor, les han cerrado
el paso hacia el palacio; y ahora los aqueos están saqueando y quemando la
parte baja de la ciudad. Esa es una de las naves de Agamenón y creo que Menelao
se halla con él.
El tono
indiferente con que hablaba Helena fascinaba a Casandra. ¿Es que no sentía nada
en absoluto por su anterior marido?
Las llamas
se alzaban ahora de las casas situadas junto al mar y de los edificios aún más
alejados; casas humildes, de muros de troncos y de tablas. Las construcciones
que se alzaban sobre la colina eran de piedra y no había modo de hacerlas
arder, pero los soldados aqueos entraban en ellas y se llevaban cuanto podían
hallar.
—No
encontrarán grandes tesoros ni botín ahí abajo —afirmó Casandra, y Helena
asintió.
Se
inclinaron sobre la balaustrada, para ver mejor a los hombres. Casandra
reconoció a uno de los aqueos, un gigante que sobresalía de entre los demás
casi por una cabeza. A la luz del sol naciente la cimera de su casco brillaba
como si estuviese bañada en oro. Era uno de los que entraron en el palacio y se
llevaron a Hesione, que forcejeaba por escapar. Eso sucedió... ¿Cuándo? ¿Hacía
quizá siete años? Pero aun se estremeció al recordarlo y sintió que su estómago
se contraía.
—Ése es
Agamenón —dijo Helena. —Sí, lo sé —contestó Casandra, en un murmullo. —Fíjate,
Héctor y sus hombres tratan de cortarles la retirada a la nave. ¿Crees que la
quemarán?
—Lo
intentarán —afirmó Casandra mientras contemplaba a los soldados tróvanos que se
esforzaban por aislar al jefe aqueo, obligándole a combatir a cada paso en su
camino de vuelta al buque. El sol había ascendido y su reflejo en el mar les
impedía ver más. Casandra se volvió, protegiéndose los ojos.
—Vayamos
adentro. Hace frío. No está en manos de Agamenón decidir el destino de Héctor
—afirmó.
Volvieron
a la estancia en donde las demás mujeres parecían más calmadas. Los niños se
habían dormido sobre las mantas, y media docena de comadronas se congregaban en
torno de Creusa, quien trataba de convencerlas de que se hallaba bien y que no
iba a iniciar el parto sólo para que se distrajeran aquella noche.
Hécuba,
envuelta en su manto más viejo, que se había echado sobre un ajado vestido de
diario, había encontrado unos restos de lana y hacía girar maquinalmente una
rueca. Por la irregularidad del hilo, Casandra supuso que sólo trataba de pasar
el tiempo.
—Oh,
estáis aquí, muchachas... Me estaba preguntando dónde habríais ido. ¿Qué pasa
allá abajo, hija? Tus ojos ven más que los míos. ¿Qué decías de Héctor,
Casandra?
—Dije que
Héctor no se enfrentará con su destino a manos de Agamenón.
—Espero
que no —dijo Hécuba, en tono que mostraba irritación—. ¡Bien hará ese gigantón
aqueo en rehuir a nuestro Héctor!
Algunas de
las mujeres habían salido a la terraza, y Casandra las oyó lanzar vítores.
—¡Se van,
ya han vuelto a su nave y zarpan! ¡Los aqueos se han ido!
—Y no
pueden haber conseguido gran botín en las casas de la costa; unos cuantos sacos
de aceitunas y algunas cabras quizá. Estás a salvo, Helena —dijo Hécuba.
—Oh,
seguro que volverán —afirmó Helena y Casandra, que había estado a punto de
decir lo mismo, se preguntó cómo lo sabía.
Aquella
mujer aquea no era ninguna estúpida, y eso contristó a Casandra. Lo último que
deseaba era simpatizar con Helena o respetarla. Pero no podía evitarlo.
Criseida
se acercó a Casandra, y le murmuró:
—Caris ha
dicho que podemos volver al templo, ¿estás dispuesta?
—No,
querida. Me quedaré un poco más con mi madre, mis hermanas y las esposas de mis
hermanos, si Caris me lo permite —dijo Casandra—. Regresaré en cuanto pueda.
—Siempre
te dejan hacer lo que quieres —afirmó Criseida con envidia—. Estoy segura de
que no te censurarían si decidieses no volver.
Hécuba oyó
aquellas palabras, pero era demasiado bondadosa para captar malicia en la voz
de la joven.
—Han sido
muy amables, permitiendo que estés aquí para ayudarnos. No olvides, Casandra,
decir a Caris lo que se lo agradezco. Supongo que con todas estas gentes en
palacio debo hallar el modo de que desayunen. ¿Me ayudarás, Casandra, ya que
tus obligaciones en el templo no te reclaman de inmediato?
—Desde
luego, madre —contestó Casandra.
Helena se
brindó alegremente.
—Y yo
también.
Casandra
se asombró al ver que Hécuba daba a Helena un afectuoso cachete en la mejilla.
—Iré a
hablar con Caris —dijo, y se alejó rápidamente.
—Como es
natural, debes quedarte puesto que tu madre te necesita al estar Creusa
embarazada y Andrómaca aún dándole el pecho al niño —afirmó Caris—. No te
preocupes, Casandra; Quédate el tiempo que tu madre precise.
—¿Qué es
eso? —preguntó Andrómaca, temblando, cuando resonó un golpe en la puerta.
Otras
mujeres también temblaron y gritaron de miedo.
—No seáis
tan tontas —les dijo Helena, frunciendo el entrecejo—. Hemos visto partir a los
aqueos.
Fue y
abrió la puerta por completo, su rostro se iluminó, aumentando su belleza y
Casandra supo quién estaba allí incluso antes de ver a su hermano gemelo.
—¡Paris!
—Quería
asegurarme de que el niño y tú estabais bien —dijo él, mirando a su alrededor
en busca del niño—. ¿No le habrás dejado abajo mientras te refugiabas aquí?
—Pues
claro que no. Duerme por allí, en brazos de Etra —dijo Helena, y Paris sonrió.
Una
sonrisa, pensó Casandra, que no debería haber mostrado fuera de su propia
alcoba.
—¿Sentiste
miedo, querida?
—No cuando
me di cuenta de que estábamos tan bien protegidas —murmuró, y él apretó su
mano.
—Le dije a
Héctor que viniera conmigo para asegurarnos de que nuestras esposas y nuestros
hijos estaban a salvo —explicó Paris—. Pero se hallaba demasiado ocupado en
ordenar vino y víveres para la guardia de palacio.
—Héctor
jamás descuidaría sus deberes con sus hombres —dijo secamente Andrómaca—. Ni yo
desearía que lo hiciese.
¿ Y qué
está haciendo aquí Paris entre las mujeres en un momento como éste? Casandra
sabía que Héctor se estaba comportando como debía, pero tampoco ignoraba que en
aquel instante cada mujer de Troya le envidiaba a Helena su marido.
—¿Estaba
Menelao allí? —preguntó ella en voz baja.
—Si
estaba, no lo vi —dijo Paris—. Ya te previne que era demasiado cobarde para
venir. Y ahora nos hemos desembarazado de Agamenón.
—No lo
creas —estalló Casandra—. Volverá casi antes de haber tenido tiempo para reunir
a sus hombres, y la próxima vez no te librarás de él tan fácilmente.
Paris la
miró con amable indulgencia.
—¿Todavía
sigues profetizando catástrofes? ¡Pobre muchacha! Eres como un rapsoda que sólo
conoce un poema y lo repite en cualquier sitio a que va —afirmó—. Pero siento
que estés asustada por esos buitres aqueos. Esperemos que ya hayamos visto lo
peor de ellos.
También
yo. Él ignora cuánto lo deseo.
—Debo ir y
ayudar a nuestra madre a preparar un desayuno para todas estas mujeres —dijo
alejándose.
Parecía
una incongruencia que a causa del terror y la confusión se celebrara una
fiesta; pero los hombres también lo estaban festejando. Celebraban que Agamenón
hubiera sido rechazado, al menos por el momento.
—Preferiría
quedarme contigo —declaró Paris—. Pero si no voy a reunirme con Héctor y los
hombres, nunca dejarían de reprochármelo. Perdóname, amor mío.
Besó la
mano de Helena y se alejó a buen paso. Casandra permaneció inmóvil hasta que la
llamó Andrómaca para que le ayudara a preparar el desayuno destinado a los
inesperados huéspedes del palacio.
Aquél fue
sólo el primero de los ataques. Durante el resto del invierno, le pareció a
Casandra que, cada vez que miraba hacia el puerto, veía allí naves aqueas, y
generalmente sus ocupantes estaban luchando en las calles. Con el tiempo, la
mayoría de los objetos de valor fueron trasladados a la ciudadela del palacio o
incluso más lejos, a la casa del Señor del Sol. La ciudad se hallaba sometida a
un constante asedio.
En una
ocasión, los aqueos se deslizaron en torno de la ciudad, lanzándose hacia el
monte Ida, y antes de que pudiera reunirse el ejército, capturaron todas las
cabezas de ganado vacuno de Príamo y la mayor parte de sus ovejas. Por
entonces, Casandra cumplía con sus obligaciones en el templo y, cuando
registraba la entrada de las ánforas de aceite, advertía que la cantidad, si no
la calidad, de las ofrendas había disminuido. En un momento determinado, se
sintió dominada por un acceso de rabia, dolor y desesperación tan súbitos que
lanzó un fuerte aullido de dolor. No pudo comprender qué desgracia había
acaecido hasta que reconoció el carácter peculiar de la intensa emoción que
siempre sentía al entrar en comunicación íntima con la mente de
su hermano; ella, o mejor dicho él, se hallaba en la ladera del monte y ante
sí, envuelto en un enjambre de moscas que zumbaban, estaba tendido el cadáver
de Agelao, el anciano pastor.
—Debe de
haber tratado de interponerse, solitario y frágil, entre los rebaños de Príamo
y los soldados de Agamenón —masculló Paris.
Y aunque
Casandra sólo había visto fugazmente al anciano en los Juegos que le abrieron a
Paris las puertas de la ciudad, experimentó toda la tristeza y la furia de su
hermano.
—No tenía
ningún otro hijo. Yo debería haberme quedado con él para protegerlo en su
ancianidad —dijo Paris al fin, extendiendo con cariño su rico manto sobre el
cadáver. Ante estas palabras, Casandra fue capaz de separarse de su hermano lo
suficiente para pensar: ¡Ojalá te hubieras quedado con él! ¡Mejor habría sido
para ti, para Agelao, para Enone... y también para Troya!
Paris
llevó el cadáver a Troya y Príamo otorgó al anciano el funeral de un héroe (en
realidad había muerto como un héroe al defender los rebaños del rey) con
banquetes y juegos. Unos cuantos extranjeros que se hallaban en la plaza del
mercado el día del primer ataque, también fueron honrosamente enterrados en el
templo de Mermes, dios de los viajeros y de los extranjeros. Pero no hubo nadie
que reclamara sus cuerpos, ni plañideras, ni ritos que excedieran de los
imprescindibles para aplacar a sus airados espíritus. El viejo pastor era el
primer ciudadano de Troya que moría en aquella guerra y Paris, al menos, nunca
lo olvidaría. Se cortó los cabellos en señal de duelo; y cuando Casandra volvió
a verle en la fiesta de la imposición del nombre a la primogénita de Creusa,
apenas reconoció a su hermano gemelo.
—¿Era
necesario? Sólo se trataba de un sirviente —le dijo Casandra—, aunque anciano y
honesto. Pero incluso así...
—Era mi
padre adoptivo —afirmó Paris—. No conocí otro durante toda mi niñez.
Sus ojos
estaban enrojecidos por el llanto. Ella no imaginaba que fuese capaz de sentir
tanto dolor.
—Que los
dioses me olviden si olvido honrar como debo su memoria.
—No
pretendía decirte que no mereciese tu duelo —le aclaró Casandra.
Y en aquel
momento lo sintió más hermano suyo de lo que nunca había sido. Siempre había
compartido sus sentimientos involuntariamente, más sólo ahora empezaba a
conocerlo como quien era, con sus defectos y también con sus virtudes, y a
comprenderlo un poco.
Aun
estaban uno junto al otro cuando resonó de nuevo la alarma y les llegó del
exterior la algarabía de las mujeres y niños que acudían presurosos a
refugiarse en la ciudadela. Casandra fue a atender a las mujeres que llevaban
en brazos niños ya crecidos, mientras Paris, de mal talante, iba por sus armas
para reunirse en las murallas con los hombres de Héctor. Junto a las puertas de
la ciudad había una escalera que ascendía por el interior de la gran muralla y
allí se congregaron los hombres. Casandra, observándolos, consideró que tanto
su hermano como ella se hubieran sentido mejor de haber podido cambiar de
puesto.
Estuvo
todo el día ocupada, contribuyendo a distraer a las mujeres y a los niños y a
mantenerlos tranquilos. El confinamiento propiciaba las querellas, y se
preguntó si los hombres de fuera no tendrían una tarea más fácil, con un blanco
al que disparar. Pensó que sería un placer apuntar a alguno de aquellos
condenados mocosos, pero procuró calmarse y considerar que los niños no hacían
más que comportarse como niños. Cuan malvada soy al sentirme encolerizada con
estos pequeños inocentes. Sin embargo, admitió ante sí misma que le gustaría
coger a algunos de ellos y zarandearlos hasta que el entrechocar de sus
pequeños dientes resonará en sus cabezas.
Criseida
se comportaba muy bien. Había reunido a varios chiquillos y los entretenía con
juegos ruidosos. Desde luego era exactamente lo que debía hacer una buena
muchacha de su edad. Lo había organizado tan bien que todas las mujeres la
mimaban y la elogiaban. Pero al cabo de un rato dejó a los niños y se dirigió a
lo lato de la muralla del palacio donde se hallaba Casandra. Esta vez los
agresores no se habían contentado con atacar la parte baja de la ciudad sino
que combatían en las calles que conducían al palacio, abriéndose camino hacia
los graneros y tesoros de Príamo. Casandra pensó que pronto tendrían que
fortificar aquellas murallas y abandonar a los aqueos la ciudad.
Si al
menos tuviese mi arco. Me falta práctica pero aun podría rechazar a algunos
antes de que se aproximaran al palacio.
Paciencia,
ya llegará ese día. Por un momento, Casandra creyó que alguien había hablado.
Entonces Criseida le tocó el brazo.
—¿Quiénes
son los jefes de los aqueos? ¿Conoces a alguno de ellos?
—Sí. Quien
los manda es Agamenón, ese gigante de negra barba.
Como
siempre, la repugnancia que le causaba la visión de aquel hombre contrajo su
estómago. Pero Criseida lo observaba con manifiesta admiración.
—¡Qué
fuerte es y qué apuesto! Es una lástima que no sea nuestro aliado en vez de
nuestro enemigo.
Tratando
de no mostrar su disgusto y su repulsión, Casandra le preguntó:
—¿Piensas
en algo que no sea en los hombres?
—No con
frecuencia —repuso Criseida jovialmente—. ¿En qué otra cosa debe pensar una
mujer?
—Pero tú
eres una de las vírgenes consagradas a Apolo...
—No para
siempre —declaró Criseida—. Ni tampoco fui a cabalgar con las amazonas ni me
comprometí a odiar a los hombres. Soy una mujer. No pedí que los dioses me
hicieran así. Pero dado que soy de este modo, tanto si lo deseo como si no,
¿por qué no iba a complacerme con eso?
—Ser una
mujer no significa comportarse como una prostituta —declaró Casandra, irritada.
—No creo
que tú conozcas la diferencia —dijo Criseida—. Preferirías ser un hombre, ¿no
es cierto? Me parece que, si las leyes lo permitiesen, tomarías esposa.
Casandra
estuvo a punto de responder duramente, pero se dominó. Tal vez Criseida tenía
razón.
—Todos
hemos olvidado al pobre Agelao y su pira —dijo, con sequedad— Debe de haberse
consumido ya. Es preciso guardar honrosamente sus huesos en una urna. Iré.
Paris es mi hermano y yo desempeñaré su papel en esta última muestra de respeto
por su padre adoptivo.
Los
ataques prosiguieron durante el resto del invierno y el comienzo de la
primavera, día tras día. Príamo estableció campamentos en cada una de las
colinas más altas al Sur de la ciudad para que sus vigías pudieran divisar a
las naves cuando se acercaran y encender hogueras que diesen la alarma. Así que
los aqueos, al desembarcar, no hallaban más que paredes desnudas y cimas bien
defendidas y todos sus esfuerzos resultaban baldíos.
Luego los
hombres de Príamo aprovecharon una larga temporada de lluvias para reparar las
murallas exteriores y reforzar las grandes puertas y, cuando los aqueos
trataron de atravesarlas y abrirse camino hasta las calles altas de Troya, no
lo lograron. La parte baja de la ciudad era un laberinto de callejuelas
escalonadas y sinuoso, donde los defensores podían abatir fácilmente a los
asaltantes.
—Están
descubriendo que esta ciudad no era la fruta madura que imaginaban conseguir
con tanta facilidad —comentó Eneas, en tono sarcástico, contemplando desde las
murallas del palacio las calles de abajo atestadas de aqueos que iban y venían.
Incluso
Héctor, por una vez, había accedido a utilizar las murallas como defensa; y la
mayoría de las mujeres de la ciudad habían acudido a observar la frustración de
los asaltantes. Allí estaban Andrómaca con su hijo, que comenzaba a andar y
Creusa con su hija envuelta en su mantón. Tales alarmas se habían hecho tan
frecuentes que Hécuba ya no se molestaba, en proporcionar el desayuno a sus
indeseados huéspedes, tras una noche de luchas. Pero cuando Héctor distribuía
puñados de grano y redomas de aceite entre sus combatientes, la regla era que
cada mujer que acompañase a su marido podía reclamar una parte similar.
Casandra
observó la distribución de las raciones. —Diles que devuelvan las redomas —le
advirtió. —Esas redomas no valen gran cosa, ¿por qué ser mezquinos? —protestó
Héctor.
—No se
trata de mezquindad. Los alfareros van a luchar con el resto de los hombres. Si
esto dura mucho tiempo no habrá suficientes redomas para cada día de combate.
Héctor dio
la orden y nadie se quejó. Los silos de Troya estaban rebosantes y por el
momento no escaseaban los víveres. Casandra participaba diariamente con las
demás mujeres del palacio de Príamo en la tarea de rellenar las redomas y de
preparar las raciones de vino. Incluso al final del invierno abundaban
los cereales en los graneros de la ciudadela; pero Héctor comenzaba a sentirse
preocupado.
—¿Cómo
vamos a sembrar en primavera si nos atacan todos los días? —preguntó una noche
en el palacio durante la cena.
—Seguramente
no lo harán durante la siembra —dijo Andrómaca—. En mi país de origen todas las
guerras se suspendían durante la siembra y la recolección para honrar a los
dioses.
—Pero esos
aqueos no temen a la Madre —dijo Eneas—. Y quizá no honren a nuestros dioses.
—¿Mas no
son todos uno los inmortales? —preguntó Casandra.
—Tú lo
sabes y yo lo sé —manifestó Eneas—. Cosa muy distinta es que lo sepan los
aqueos. Por lo que he oído, no me sorprendería mucho que considerasen la guerra
más importante que cualquier dios. No te preocupes por eso, Casandra. Es
cuestión de hombres.
—Pero si
entran más padecerán las mujeres que los hombres —le contestó.
Él pareció
sorprendido por un momento. —La verdad es que así sucede. Jamás lo había
pensado. Un hombre sólo se enfrenta con una muerte honrosa pero las mujeres han
de sufrir la violación, la captura, la esclavitud... Pero, la guerra no es para
las mujeres sino para los hombres. Me pregunto cómo podría una mujer dirigir
esta guerra.
—Una mujer
se habría esforzado por no provocarla —dijo Casandra, con gran amargura—. Si
los aqueos anhelaban el oro y las riquezas de Troya, tendrían que venir contra
nosotros sabiendo que no luchaban por honor sino por codicia, que los dioses
odian.
—Recuerda,
Casandra, que hay hombres que conciben esta guerra como un gran campo de juego,
como una liza en donde los premios sólo son coronas de laurel y honores.
—Héctor participa en cada batalla como si fuese a ganar un caldero de bronce y
un blanco toro de cuernos dorados —convino ella.
—No estás
equivocada —dijo Eneas—. Héctor no es vanidoso ni temerario. Se trata
únicamente de que debemos vivir conforme a las reglas del dios que elegimos, y
Héctor eligió al dios de las batallas. Pero su dios no es mi dios; la guerra puede
ser parte de mi vida pero nunca será lo más importante. —Tocó suavemente su
mejilla—. Pareces cansada, hermana y no deberías estarlo. La reina tiene muchas
mujeres y cualquiera de ellas podría encargarse de esas pequeñas tareas. Creo
que los dioses te han reservado algo más importante y puede que nosotros, los
hombres, necesitemos de tus peculiares dones antes de que concluya la guerra,
sea cual fuere el final que los dioses han decidido que tenga.
Se alejó,
deteniéndose junto a su esposa. Le vio inclinarse sobre el mantón, tocando la
carita de la niña con un dedo; dijo algo, se echó a reír y fue a reunirse con
sus hombres.
Cuan
diferente es de Crises, pensó Casandra, viéndole bajar por la colina. En su
boda dije que si mi padre me hubiese hallado tal marido, me habría sentido
feliz.
En toda mi
vida, y soy casi la única mujer de mi edad en la corte de Príamo que aún no se
ha casado, no he conocido a hombre alguno con el que deseara unirme en
matrimonio. Con la excepción de éste, que es el marido de mi hermana y el padre
de su hija.
Enderezó
su cansada espalda y se inclinó de nuevo para reanudar la faena de llenar de
aceite las redomas.
—Casandra,
estás derramando el aceite. No llenes tanto el cucharón —le avisó Creusa, que
había acudido a sentarse a su lado—. ¿Qué te decía mi marido durante tanto
rato?
—Me
preguntaba cómo dirigiría yo esta guerra si fuese soldado —contestó Casandra,
con toda veracidad.
Pero
Creusa se echó a reír.
—Bueno, no
me lo digas si no lo deseas —dijo desdeñosamente—. No soy de la clase de
mujeres que sienten celos en cuanto su marido cruza dos palabras con otra.
—Te he
dicho la verdad, Creusa; ésa fue una de las cosas que hablamos. Además, nos
preguntábamos qué deberíamos hacer si los aqueos no observan la tregua habitual
para la siembra.
—Ah,
supongo que fue porque eres una sacerdotisa y sabes de tales cosas —dijo
Creusa—. Pero ni siquiera Agamenón podría ser tan impío, ¿verdad?
Y como
Casandra no respondió de inmediato, le preguntó:
—Tú, que
eres sibila, deberías saberlo. ¿Lo sabrás? Casandra no podía determinarlo pero
declaró: —Creo que no. Ignoro lo que hacen o cómo sirven a sus dioses.
Pero no
bastaba con ser una profetisa; más tarde, todo aquel primer año de la guerra se
trocó en su mente con un torbellino de fuegos, ataques, hombres que aullaban,
quemados vivos por las flechas incendiarias. Una mujer cometió la necedad de
penetrar en el campamento aqueo y fue violada por una docena de hombres. La
hallaron delirando entre gritos. Las sacerdotisas curanderas del templo del
Señor del Sol se esforzaron por salvarla pero, el primer día en que pareció lo
bastante restablecida como para que la dejaran sola un momento se lanzó desde
lo alto de la muralla de la ciudadela. Alguien de cuna demasiado humilde para
rehuir la tarea tuvo que descender y recoger su cuerpo destrozado y desfigurado
de las piedras de abajo.
Pocos días
antes de que comenzara la siembra, los sacerdotes y las sacerdotisas
despertaron una mañana con las alegres notas de una trompeta que ascendían
desde el palacio, y descubrieron el puerto sin naves. Los aqueos se habían
marchado, dejando sólo sucia y hollada, una larga y negra faja de playa donde
estuvieron sus tiendas.
Hubo
júbilo en la ciudad, incluso cuando los hombres de Héctor tuvieron que ir a
limpiar la suciedad y recoger los desperdicios. También bajó su hijo, el
pequeño Astiánax. Travieso y parlanchín, era adorado por los soldados; a cada
minuto traía cualquier objeto abandonado que le parecía un tesoro: la
reluciente hebilla de bronce de un arnés, un pedazo de peine de madera, un
fragmento de pergamino en el que alguien había dibujado un tosco plano de la
ciudad. Casandra se lo arrebató pese a sus protestas y lo estudió durante largo
tiempo, preguntándose qué enemigo de Troya habría trazado aquel plano.
—¡Devuélvemelo!
—gritó Astiánax, intentando quitárselo.
—No,
pequeño. Tu abuelo tiene que ver esto —le dijo Casandra.
—¿Ver qué?
—preguntó Héctor, arrancando de sus manos el pergamino y devolviéndoselo al
niño.
Pero
Casandra se inclinó y le tomó de nuevo sin hacer caso de los gritos airados del
pequeño.
—¿Qué te
sucede, Casandra? Dáselo. Ya se han ido. No hay razón alguna para preocuparse
de la basura que han dejado —dijo Héctor, y dirigiéndose al niño—. Si no lloras
más, hijo, te llevaré en mi carro.
—No
tardarán mucho en volver —dijo Casandra—. ¿Crees que renunciarían a la ventaja
que esto les proporciona?
—Estás
dejándote llevar por tu imaginación —afirmó Héctor—. ¿Qué quieres hacer con
eso?
Señaló
ella los símbolos que le eran familiares pero que no podía leer por completo.
—Los hizo
alguien de Creta, y yo pensaba que los cretenses eran aliados nuestros. Tengo
que enseñárselo... —Entonces lo pensó mejor y añadió—: Entre las mujeres de
Helena hay una nativa de allí; se lo mostraré a Etra.
Si alguna
mujer conocía aquella extraña forma de escritura, tenía que ser ella que era
reina, y sacerdotisa.
—Bien, haz
lo que te plazca —le concedió Héctor, encogiéndose de hombros—. Nunca vi a
mujer alguna tan preocupada por algo semejante.
Pero Etra
lo miró sin entenderlo, y dijo que había visto tales símbolos en Creta pero que
nunca le enseñaron a leerlos.
—Ni
siquiera soy capaz de imaginar quién podría trazarlos —declaró—. Tal vez lo
sepa Crises.
Pero a
Casandra le avergonzaba explicar a aquella mujer tan digna por qué no deseaba
hablar con el sacerdote.
No
obstante al final, decidió mostrarle el pergamino a Caris y explicarle la
situación. Esta conocía la causa de su temor y repugnancia hacia Crises, y
accedió a acompañarla a consultar con él.
Crises
examinó los signos con atención, frunciendo el entrecejo y moviendo los labios
mientras que con el dedo índice seguía sus trazos. Luego alzó los ojos.
—Sólo se
trata de un plano de la ciudad —dijo—. Pero han inscrito unos nombres. ¿Los
ves? Aquí se muestran las estancias de la reina, los graneros, el gran comedor, están señaladas las
diferentes partes del palacio. ¡Fíjate! Aquí está el templo de Apolo, y aquí el
de Palas Atenea.
—Es lo que
pensaba —dijo Casandra—. ¿Puedes decirme quién lo trazó?
—No lo sé,
pero no fue un amigo de Troya. Sólo puedo decir que es probable que tampoco
haya sido un cretense —aventuró Crises—. Porque en Creta enseñan a hacer las
letras un poco distintas.
Casandra
pensó que podía haber llegado a tales conclusiones sin ayuda. Luego le llevó el
pergamino a Príamo, quien le prestó escasa atención aunque comprendió de qué se
trataba.
—No creo
que haya una docena de hombres fuera de Troya que puedan dibujar esto; con tal
pergamino, sería muy fácil hallar cualquier lugar en Troya —dijo—. Sólo sería
capaz de hacerlo alguien que conociera muy bien el palacio y la ciudad y no
logro imaginar que sea alguno de los nuestros. Sólo... —Príamo dudó y después
negó con la cabeza—. No, es amigo jurado mío y ha sido invitado en mi casa. No
puedo creer que nos haya traicionado.
—¿Quién,
padre? —preguntó.
Pero
Príamo, moviendo aún la cabeza, dijo:
—No.
Sólo... no.
—¿Odiseo?
—inquirió ella.
—¿Crees
que mi viejo amigo podría ser tan falso?
Casandra
no quería pensar eso de Odiseo pero la posibilidad estaba allí.
—En la
guerra los hombres, padre, olvidan otros juramentos —dijo.
—Es
posible. Pero me prometió que no se dejaría arrastrar a esta contienda —afirmó
Príamo—. No le acusaré sin haberlo escuchado. Tus pensamientos están llenos de
veneno, Casandra.
—Padre, no
fui yo quien pensó tal cosa —se excusó—. Me limité a preguntarte en quién
pensabas.
—Pues
estoy seguro de que mancillé a mi viejo amigo con semejante idea —dijo Príamo—.
Y aguardaré hasta preguntarle directamente si esto es obra suya.
En su
corazón Casandra estaba segura. Odiseo, así había oído, estaba lleno de tales
habilidades y tretas. Pero tampoco ella deseaba pensar que había traicionado su vieja amistad con
Príamo y con Troya.
No
tuvieron que aguardar mucho tiempo. Aún no habían transcurrido diez días desde
la partida de los aqueos, cuando fue avistada la nave de Odiseo. Casandra había
ido al palacio para visitar a Creusa y preparar una pócima curativa para su
hija, que sufría fiebre estival, y después fue convocada a la gran sala. Eneas
acudió a saludarla al momento, la abrazó corno de costumbre y la besó en la
mejilla.
—¿Está
bien la niña, hermana?
—Oh sí; no
le ocurre gran cosa. Preferiría hacer una poción para curar la ansiedad de
Creusa. Cada vez que cambia el viento cree que la pequeña padece una enfermedad
mortal. Al menos Andrómaca ha aprendido ya que los niños tienen pequeños
trastornos y que es mejor no medicarlos en exceso; suelen mejorar sin ayuda y,
cuando así no sucede, hay tiempo suficiente para llamar a un curandero.
—Me alivia
escuchar eso; pero debes ser paciente con Creusa, hermana. Es joven y se trata
de su primera hija. Ven y come algo —dijo Eneas, conduciéndola hacia adelante.
Odiseo se
levantó del asiento reservado al invitado, junto a Príamo, y se acercó a
Casandra. La abrazó con tal fuerza que ella se contrajo; luego le dio un sonoro
beso.
—Aquí está
mi guapísima novia —dijo—, ¿Qué has estado haciendo todos estos meses de
guerra? Traigo un regalo para ti: una sarta de cuentas de ámbar que hace juego
con tus ojos brillantes. No he conocido a nadie que tuviese unos ojos de ese
amarillo con un toque de rojo en el fondo.
Extrajo un
collar de entre los pliegues de su túnica y se lo puso. Casandra suspiró, se lo
quitó y, tomándolo en sus manos, lo examinó con atención, observando casi
codiciosamente las brillantes cuentas.
—Te lo
agradezco. Es muy bonito, pero no me permitirán usarlo. ¿Crees que puedo
entregarlo como ofrenda al Señor del Sol?
Odiseo
recogió el collar, frunciendo el entrecejo.
—Te va muy
bien, y el Señor del Sol, aunque no tengo querella con él —hizo un gesto
piadoso—, no necesita de tales dones.
Miró en
torno a sí y sus ojos se detuvieron en Helena, sentada con modestia junto a
Paris.
Ella dijo
con su amable voz: —Querido y viejo amigo, yo guardaré el collar de Casandra y
se lo devolveré en cuanto me lo pida.
Su
embarazo era ya visible, pero Casandra advirtió que la hacía aún más bella.
Andrómaca se había mostrado fuerte y animosa durante su preñez, pero su cara se
tornó pálida y abotargada. Creusa se sintió mal durante todo el embarazo,
incapaz de retener ningún alimento, hasta el punto de parecer una rata
arrastrando un melón robado. Helena le recordaba la estatua de una diosa
encinta que había visto en Colquis; o a Afrodita, si la diosa del amor
consintiera en quedarse en ese estado.
Helena
tomó el collar de manos de Odiseo. —¿Quién sabe, hermana? —dijo, dirigiéndose a
Casandra con gentileza—. Puede que no estés toda tu vida al servicio del Señor
del Sol. Te doy mi palabra de que este collar será tuyo en cuanto lo reclames.
Contra su
voluntad, Casandra se sintió animada por la radiante presencia de Helena. Le
dijo, con más cordialidad de la que pretendía: —Gracias, hermana. Helena
oprimió su mano y le sonrió. Príamo las interrumpió sin ceremonias. —Bien está
eso de tenerte aquí como invitado mío y de que regales collares a las
muchachas, Odiseo, pero dime, ¿no estaba tu nave entre las de los atacantes y
no te hallabas tú entre los enemigos ante las murallas? Creí que habías
prometido que no te dejarías arrastrar por esos aqueos a una guerra contra mí.
—Cierto
es, viejo amigo —declaró Odiseo, sonriente y vaciando de un trago su copa.
Polixena
se apresuró a llenarla y él le sonrió, casi con malicia.
—Ojalá
siguiese soltero, bella niña, porque entonces tu padre podría haberme concedido
tu mano, aunque tenga edad bastante para ser tu abuelo y no sea dado a buscar
novias tan jóvenes. Así Agamenón no me habría jugado la mala pasada de
enfrentarme contra viejas amistades. Príamo se mostró cortésmente escéptico.
—Confieso, amigo mío, que no entiendo —dijo. —Bueno —empezó Odiseo y Casandra
pensó que, verdadera o falsa, la historia que contase tenía que ser
interesante—. Recordarás que me hallaba con los pretendientes de Helena cuando
se casó con Menelao. Supongo que Helena me habrá perdonado que no fuese yo uno
de esos pretendientes porque sólo quería estar casado con Penélope, hija de
Icario.
Helena
sonrió.
—Que los
dioses de la verdad te perdonen tan completamente como yo, amigo mío. Me
hubiera gustado conseguir un marido que me fuese tan fiel como le eres tú a
Penélope.
Odiseo
prosiguió:
—Y cuando
todos los pretendientes reñían, fui yo quien concibió el compromiso que
permitió acabar con tal situación: que Helena escogiera por sí misma y que
todos nosotros jurásemos defender contra cualquier contendiente al marido por
ella elegido. Así que, al estallar esta guerra, me vi cogido en mi propia
trampa. Agamenón me mandó llamar para que cumpliera el juramento prestado en
favor de Menelao.
Príamo
lanzó una mirada desdeñosa, aunque Casandra pudo advertir que su padre no
estaba en realidad irritado; quería conocer el resto de la historia.
—¿Y qué
fue de tu juramento con tu anfitrión y amigo?
—Hice
cuanto pude por honrarlo, Príamo, te lo aseguro —afirmó el viejo marino—. Ya he
visto bastante del mundo. Deseaba quedarme en casa y cuidar de mis propias
tierras. Por tanto, hice que Penélope enviase un mensaje en el que decía que me
hallaba enfermo y que no podía ir; que había perdido el juicio, convirtiéndome
en un pobre loco. Y cuando acudió Agamenón, me calé un gorro viejo, uncí un
caballo y un buey y empecé a arar un campo de cardos. ¿Y sabes lo que ese...
—titubeó—... bien, hay damas presentes, lo que Agamenón hizo?
Dio al
nombre la entonación de una obscenidad y miró en torno para comprobar el efecto
de su relato en la atenta audiencia.
—Pues
cogió a mi pequeño Telémaco, que entonces andaba a gatas y era, Héctor, como tu
Astiánax, y lo puso delante de las bestias, justo por donde tenía que arar.
¿Qué iba a hacer yo? ¿Seguir arando en línea recta hasta alcanzar al niño?
Naturalmente, desvié a los animales y Agamenón, riéndose a mandíbula batiente,
me dijo: ¡Vamos, viejo zorro, no estás más loco que yo! Y exigió que cumpliera mi juramento de
defender a Menelao. Así que vine, pero créeme, fui yo quien les envió a sus
casas para la siembra. Volverán después, he acudido para advertiros a todos.
Príamo
había reído tanto como cualquiera. Entonces se serenó y dijo:
—Comprendo,
Odiseo, que no podías hacer otra cosa que la que hiciste. Pese a todo sigues
siendo amigo mío.
—Lo soy
—afirmó Odiseo, y se sirvió pescado y pan.
—Y que
siempre lo seas —concluyó Príamo—, como yo lo soy de ti.
Casandra
contrajo los ojos, observando a Odiseo como si buscase la Visión. Por mucho que
lo intentó, vio sólo a un viejo inofensivo, desgarrado entre antiguas amistades
y vecinos incómodos con los que debía mantenerse en paz para seguridad de su
propia familia. Sí, sería amigo de ellos mientras le resultase provechoso. A
menos de que, sagaz o incluso alevosamente, pudiese sacar partido de la
situación para hacer un buen chiste o contar un buen relato. A eso no se
resistiría nunca Odiseo en aras de ninguna amistad.
Acabó
rápidamente su propia comida y, levantándose, pidió a su padre permiso para
retirarse. Él se lo otorgó con aire distraído; besó a su madre y a Andrómaca,
alzó en sus brazos al pequeño Astiánax y le besó también, aunque éste se
resistió y dijo que era demasiado mayor para que le besaran. Después abandonó
la sala.
Al cabo de
un minuto advirtió que alguien la seguía. Creyendo que sería una de sus
hermanas, deseosa de hacer a una sacerdotisa una pregunta demasiado íntima para
formularla en presencia de los hombres, se detuvo a esperar. Entonces la
rodearon unos brazos fuertes y viriles y, por un momento, permaneció en los
brazos de Eneas hasta que se apartó, contra su voluntad.
—Eneas,
no. Eres el marido de mi hermana. —A Creusa no le importaría —susurró Eneas—.
Desde que nació nuestra hija, me rehuye cada vez que acudo a su lecho. No me
desea, te lo juro. Le agradaría que encontrase amor en otra parte.
—No lo
hallarás en mí —dijo entristecida Casandra—. También yo he hecho un juramento.
Me he consagrado al Señor del Sol y haría falta un hombre más bravo que tú para
contender con él por una mujer.
—Pues me
enfrentaré a él si tú quieres, Casandra. Por ti arrostraría incluso su ira.
—Calla
—dijo, poniéndole los dedos en la boca—. No digas eso. No lo escucharé. Pero
debo confesarte que si los dos fuésemos libres, gustosa te aceptaría como
marido o como amante, como tú prefirieses. Mas he visto la ira de Apolo y no la
provocaría conscientemente contra ningún hombre; en especial, contra ti, a
quien bien podría haber amado.
Mientras
hablaba, sus dedos se deslizaban cariñosamente por los labios de él casi sin
que se diese cuenta.
—No
quieran los dioses —dijo piadosamente Eneas—, que me enfrente con ninguno de
ellos a menos de que tú lo exijas de mí. Si estás satisfecha con pertenecer al
Señor del Sol y a nadie más... —Retrocedió un paso—. Sea como quieres. Lo juro
por el propio Apolo. —Besó con respeto la delicada mano de ella—. Seré siempre
tu fiel amigo y hermano, si necesitas mi ayuda, juro que la tendrás frente a
cualquier hombre o ante cualquier dios.
—Te lo
agradezco. Siempre seré tu amiga y tu hermana, pase lo que pase —dijo Casandra,
conmovida.
La tomó
cariñosamente de los hombros.
—Querida,
no pareces feliz. ¿Estás de veras contenta en el templo de Apolo?
—Si lo
estuviese —contestó en un murmullo—, habría huido de ti antes de que llegásemos
a esto.
Se apartó
de él y salió del palacio. Su corazón aún latía con tanta fuerza que pensó que
Eneas debía de estar oyéndola. Mientras subía la larga colina hacia el templo
del Señor del Sol, las lágrimas contenidas oprimían sus ojos.
No quiero
ser infiel a mis votos. Juré ser de Apolo y él fue quien me abandonó. Jamás lo
traicionaré con hombre mortal alguno, y sin embargo ese blasfemo sacerdote me
ha difamado en el templo. Por culpa suya parezco profanada a los ojos de todos
cuando soy inocente de cualquier pecado.
¿Sería que
la diosa a la que sirvió durante el tiempo que estuvo con las amazonas se había
puesto de parte de un hombre contra la que fue consagrada sacerdotisa suya? ¿O
se trataba tan sólo de que un dios, cuando se enfrentaban un hombre y una
mujer, jamás se ponía del lado de ésta, fueran cuales fuesen sus derechos? Ella
pertenecía al dios como si se hubiese casado con cualquier hombre mortal.
Pero tanto
Crises como yo pertenecemos a Apolo y, en consecuencia, tendríamos que ser
iguales a sus ojos.
Franqueó
las grandes puertas de bronce y el vigilante nocturno se inclinó reverente.
—Llegas tarde, princesa.
—He estado
en el palacio, con mi padre y mi madre —dijo ella—. Buenas noches. —Buenas
noches, princesa.
Se dirigió
hacia las estancias de la parte posterior donde dormían las mujeres. Se quitó
las sandalias y el vestido y se acostó, preparándose para el sueño.
Aún le
dolían los ojos y, cuando relajó los músculos de su rostro, las lágrimas
inundaron sus mejillas. Volvió a su memoria el abrazo de Eneas y, por un
momento, se recreó con aquel recuerdo. Si quisiera, podría arrebatárselo a su
hermana y Creusa ni siquiera se enfadaría con ella, satisfecha de verse libre
de sus obligaciones maritales...
¿A quién
dañaría si se entregaba a Eneas? ¿Debía olvidarse de sus votos puesto que
ningún bien había recibido de su consagración? ¿O era que esa diosa extranjera
del amor ilícito lo había enviado para tentarla? Después, ante sus ojos, el
rostro de Eneas se perdió en la deslumbrante evocación de la faz del Señor del
Sol y de la suave e inolvidable música de su voz cuando decía Casandra...
Mientras
se deslizaba hacia el sueño, se preguntó cómo era posible que una mujer
prefiriese un simple hombre a un dios. Tal vez fuera mejor permanecer olvidada
o ignorada por el Señor del Sol que ser amada o deseada por cualquier hombre
mortal.
Comenzó a
rumorearse por toda la ciudad que los aqueos habían renunciado a sus propósitos
y que no volverían. Casandra sabía bien que no era cierto, porque aún había
ocasiones en que al mirar a la ciudad desde el templo, la veía envuelta en
llamas. De este modo conocía que el don de la presciencia no la había
abandonado.
Pero de
nada le servía a ella ni a ningún otro; cuando hablaba de sus visiones, nadie
la escuchaba. Sin embargo, Apolo, sea lo que fuere lo que me has quitado, día
llegará en que recuerden lo que dije y sepan que no mentí.
A veces
pensaba: Esto es sólo una maldición. Puesto que nadie cree lo que digo, ¿por
qué debo sufrir con ese conocimiento y ser incapaz de transmitirlo? Mas, tras
orar para que le fuese retirada la presciencia, se decía: ¡Oh, no! Mucho peor
sería ir a ciegas e ignorar lo que los Hados han decidido.
Pero si
éste es el destino de todos los hombres, ¿cómo podían soportarlo?
Día tras
día, los mares continuaron libres de navíos de guerra y de corsarios. Llegaban
otros barcos, rumbo al Norte, hacia Colquis y 3\ país del Viento del Norte, que
pagaban su tributo a Troya. Y, desde Colquis, la reina Imandra enviaba regalos
y saludos a su hija, y también a Casandra.
Una
mañana, Casandra halló a su serpiente muerta en su cuenco, y este hecho fue
para ella el peor de los presagios. Últimamente había tenido poco tiempo para
dedicárselo a aquel animal, y se culpó por no haber advertido que se hallaba
enfermo. Pidió permiso para enterrar a la serpiente en el recinto del templo.
Cuando lo hubo hecho, Caris la mandó llamar y le encargó que cuidase de todos
los ofidios del templo de Apolo.
—¿Por qué?
—preguntó Casandra—. No soy la más indicada. Cuidé del mío tan mal que enfermó
y murió.
—¿Sabes
por qué te confiamos esa tarea? Porque no eres feliz, Casandra. ¿Nos crees
ciegos? Te quiero, te queremos todos. —Como Casandra hizo un gesto de protesta,
añadió—: No, ésta es la verdad. ¿Crees que no somos conscientes de lo que te ha
hecho Crises? Si tuviésemos libertad para expulsarlo, serían muchos los que lo
habrían hecho. De este modo tenemos una excusa para confiarte una tarea en la
que no precises encontrarte con él cada día y a cada hora.
Mas seguía
sin comprender por qué no eran libres para expulsarlo del templo. Había
intentado violar a una virgen del dios. Aquello era un enigma que no podía
descifrar, ni tampoco conseguir de Caris una explicación. Era evidente que
carecían incluso de libertad para explicar por qué tenía Crises ese poder sobre
ellos.
Había una
anciana sacerdotisa en el templo que sabía mucho de serpientes. Más vieja que
Hécuba, superaba a ésta al menos en los años que Hécuba llevaba a su hija.
Casandra, dispuesta a que las demás serpientes del templo no corrieran la
suerte de la suya, pasó muchas horas con aquella anciana. Tenía los cabellos
blancos, y ya escasos, y los ojos hundidos. Sufría parálisis senil y sus manos
temblaban tanto que era incapaz de sostener ni la cuchara para alimentarse;
este mal fue lo que determinó que se la relevara del cuidado de las serpientes.
Casandra
dedicaba todo su tiempo a la anciana, la atendía y alimentaba y, cuando la
sacerdotisa tenía tuerzas bastantes para hablar, aprendía todo lo referente a
culebras y serpientes, incluso de especies que ya no se guardaban en el templo.
A veces, Casandra pensaba que le gustaría hacer un largo viaje, sólo para dotar
al templo de Apolo de las más extrañas clases de estos animales: las que vivían
en los lejanos desiertos del Sur, o de las llamadas pitón, tan gruesas como el
cuerpo de un niño y capaces de tragarse un cabrito e incluso una oveja entera.
Casandra no estaba por completo segura de la existencia del animal, pero le
gustaba oír los relatos de la anciana, y se hubiera pasado los días enteros
escuchándolos.
Tras echar
la comida a las serpientes había poco que hacer, excepto atender a Melianta.
Casandra escuchaba y se entregaba a sus ensoñaciones, recordando el momento en
que compareció en el Más Allá ante la diosa en su advocación de Madre Serpiente
y preguntándose de dónde procedía la historia de la muerte de la Pitón a manos
de Apolo. El año estaba avanzado; unas tardías lluvias invernales caían
mansamente sobre el mar y en las ramas desnudas de los árboles se veían
pequeñas protuberancias de donde surgirían las hojas. Un día, en que estaba en
la parte más alta del templo del Sol, oyó un lejano y estridente grito. —Mira,
las cigüeñas vuelan de nuevo hacia el Norte. Me pregunto, pensó, hacia qué
lejanas tierras se dirigen, más allá del país del Viento del Norte.
Pero sus
compañeras tenían cosas más prácticas en que
. pensar.
—Pronto
llegará la fiesta de la siembra de primavera —dijo Criseida con un brillo ávido
en los ojos—. Estoy cansada de vivir siempre entre mujeres.
Casandra
se sintió golpeada por el miedo; seguramente los aqueos retornarían con la
primavera. La última luna del invierno creció y menguó, y llegaron días grises
de suaves lluvias. Poco después de que las cigüeñas emprendieran el vuelo hacia
el Norte, las nubes disminuyeron y una estrecha luna creciente apareció en el
cielo anunciando la llegada de la primavera y de la fiesta de la siembra.
El primer
día después de la luna nueva. Casandra fue llamada a palacio por su madre. La
encontró con sus mujeres, haciendo los preparativos para los ritos de la
siembra. Una sacerdotisa de la Madre Tierra se hallaba allí, supervisando la
tarea.
Casandra
no sabía lo que iba a decir hasta que se oyó pronunciar estas palabras:
—¿Estáis
organizando la tiesta para que puedan divertirse los aqueos? A te mía que
celebrar ahora una fiesta es sólo invitarlos a que vengan y nos expolien.
La
sacerdotisa, una mujer de cierta edad a la que Casandra no conocía bien, le
contestó despreciativamente.
—¿Qué
puedes ofrecernos como alternativa Casandra? ¿No querrás que dejemos de sembrar
el grano?
—Oh, ya sé
que hay que plantar el grano —dijo Casandra casi con furia—. Pero, ¿es preciso
llamar la atención con una tiesta?
—¿Es que
esperas disfrutar de los regalos de la diosa sin honrarla? —le preguntó la
sacerdotisa.
Casandra,
sin apenas saber qué decir, deseó gritar. Si la diosa es tan grande y
benevolente, pensó, seguramente nos daría el grano sin exigir tanto. ¿Es la
diosa Tierra una vieja mujer del mercado para regatear con nosotros: tanto
grano por tantos himnos v danzas? Como no podía decir aquello, no dijo nada en
absoluto; pero sabía que había provocado la desaprobación de la sacerdotisa.
—¿Qué
tiene que ver la fiesta contigo, que optaste por permanecer virgen en el templo
del Señor del Sol y no pagar su tributo a la diosa? —le preguntó, con gesto
hosco.
—No fue
por mi elección —respondió sumisamente—. El Señor del Sol me llamó y la diosa
Tierra no se opuso. Si hubiera exigido de mí que la sirviese, la habría
obedecido.
¿ Y por
qué no tendió su arco para salvarme de Apolo? ¿No soy más que un huidizo animal
entre las pendencias de esos dioses?
Pero la
sacerdotisa estaba aún enojada con ella, y daba la impresión de aguardar una
respuesta más concreta.
—Aunque
también yo me alimento por su bondad, no veo razón por la que una fiesta pueda
inutilizar una siembra. Porque si los aqueos vienen a acabar con nuestra fiesta
poco será lo que obtengamos de ella.
—¿Estás
diciéndome que los aqueos no rinden homenaje a la diosa?
—Sólo digo
que temo su impiedad —afirmó Casandra—. Si crees que rinden homenaje a la
diosa, ¿por qué no le pides a uno de sus devotos o envías a un mensajero para
que negocie una tregua y se comprometan a no perturbar los rituales de la Madre
Tierra?
Y se me
censura por ese miedo como si la impiedad fuese mía. Debería aprender a estar
callada.
Se inclinó
en silencio ante la sacerdotisa, una vez formulada su advertencia. No se
hallaba obligada a decir más. Su madre había estado observándola en silencio, y
Casandra cruzó la estancia para reunirse con ella. —¿No puedes comprender mi
temor, madre? —Confío en la bondad de la diosa. Con seguridad es capaz de
levantar su mano y golpear a esos aqueos —declaró Hécuba con tono de reproche—.
Estás llena de miedo, Casandra.
—Tú has
servido a la Madre Tierra todos estos años, ¿alzó alguna vez la mano para
protegerte?
Su madre
la miró profundamente disgustada y dijo: —No corresponde a las mujeres hacer
tales preguntas. Tú, que eres sacerdotisa, deberías saberlo y no formularlas.
Los dioses no son remisos en castigar a quienes se pronuncian en contra o dudan
de ellos.
Debería
haber sido yo quien dijese eso, pensó Casandra. He vivido en el templo del
Señor del Sol y he visto cómo golpea..., y cómo protege a los suyos. Suspiró y
no dijo más. Su madre dijo amablemente:
—No estoy
regañándote, Casandra. Pero si no has hallado la felicidad en el templo del
Señor del Sol deberías volver con nosotros. No acabo de convencerme de que sea
bueno para una muchacha de tu edad continuar siendo doncella. Si vuelves a la
casa de Príamo, tu padre te hallará un marido. Me complacería verte casada y
con un hijo en los brazos. Y así se acabarían todos esos malignos sueños y
profecías que te atormentan.
Pese al
tono tierno de su madre, Casandra sintió una oleada de ira tan grande que a
punto estuvo de ahogarla. Ah, esel remedio para todas las cosas que van mal en
las mujeres. Si una mujer es desgraciada, si comete un error o si no hace lo
que todo el mundo quiere que haga, entonces convendría que tomase un marido y,
si tenía un hijo, ésa sería la panacea para todos sus males.
—¿También
tú, madre? ¿Hubieras sido tan rápida en decidir qué era lo que me convenía
cuando cabalgabas con Pentesilea y sus mujeres? ¿Me hubieses dado un marido, o
habrías cuidado de que quedase preñada, justamente para que no dijera la verdad
y aterrase a la gente?
Hécuba se
sintió consternada ante su airado tono. Golpeó con suavidad los agarrotados
dedos de Casandra y los acarició, tratando de relajarlos.
—No te
irrites, querida mía. No sé por qué estás siempre tan enojada. Sólo deseo que
seas feliz, mi niña.
—Me irrito
por hallarme rodeada de estúpidos —afirmó Casandra— y lo único que me propones
es que me convierta en uno de ellos.
Se levantó
y abandonó con rapidez la estancia. Su madre quedó desesperada. Y, sin embargo,
hubo un tiempo en que era fuerte y sabía bastarse a sí misma; Casandra tenía
armas para investigarlo. ¿Y por qué había permitido que su madre se desviase de
la cuestión esencial que era el peligro para la siembra? Hécuba había preferido
sustituirlo por el viejo tema del matrimonio, como si una mujer casada ganase
automáticamente en sabiduría. Ciertamente, Andrómaca no era más juiciosa tras
su matrimonio con Héctor, ni Creusa por haberse casado con Eneas.
¡Si
creyese que podía conseguir tan favorable cambio no sólo estaría dispuesta,
sino que anhelaría casarme!
Un poco
antes de que rompiera el día, Casandra oyó el tañido de las campanas y el ruido
de la agitación que se es-
taba
produciendo en la ciudad. Cuando levantó la cabeza, una oleada de malestar se
apoderó de ella; tuvo la impresión de que la quietud de la habitación se
quebraba con gritos y estruendo de armas. Oh, no, pensó, dejándose caer sobre
la almohada y cubriéndose la cabeza con la manta. Permaneció inmóvil unos
minutos. Se había prometido que si acaecía una catástrofe, ella estaría lejos
cuando sucediese; ya la había anunciado y eso era suficiente.
Fuera de
la estancia continuaban los sonidos de la fiesta. Pronto acudieron a llamarla,
y al final se levantó, se vistió y fue a cuidar de las serpientes del templo.
Casi había esperado que en un día de tan siniestros presagios las hallaría
dentro de sus recipientes y agujeros, pero parecían comportarse como siempre.
Fue a buscar comida a las cocinas y sirvió a la anciana Melianta pan empapado
en vino aguado. Cuando concluyó todo lo que pudo hacer, miró por encima del
muro y vio a centenares de mujeres que salían por las puertas de Troya camino
de las fértiles tierras situadas entre los ríos. No se engalanó con su ropa de
fiesta ni se detuvo a ponerse una guirnalda, sólo se arregló y recogió sus
negros cabellos para que no le cayeran sobre los ojos; luego abandonó el
templo. En el camino de bajada reconoció una figura de cabello dorado rojizo,
que caminaba delante de ella. Se apresuró a alcanzar a la mujer.
—¿Qué
haces aquí, Enone? ¿No hay campos que sembrar en el monte Ida, hermana?
Animada
por sus palabras, Enone le sonrió afectuosamente pero no respondió y, al cabo
de un momento, Casandra supo, como si Enone se lo hubiese dicho, que deseaba
ver a Paris, aunque fuera un momento. Casandra no podía darle aliento ni
esperanza, así que alzó sus manos hacia el niño que cabalgaba sobre los hombros
de su madre.
—¡Cuánto
ha crecido! ¿No pesa demasiado para que lo lleves de esa manera?
—Sus ojos
son oscuros y cada vez se parece más a su padre —dijo Enone, sin responder a la
pregunta de Casandra.
En verdad,
los ojos del niño, de un azul nebuloso como los de tantos bebés, se habían
oscurecido hasta adquirir un brillante color castaño muy parecido al de los
ojos de Paris o de la propia Casandra.
Él no se
lo merece, pensó Casandra, tan irritada que le era difícil hablar. Y como
no podía increpar a Enone por su esperanza absurda y vana, dijo airadamente:
—Vete a tu
casa, Enone y cuida de la siembra en el monte Ida. Nada conseguirás de esta
fiesta. Los dioses se hallan enojados con Troya. Paris no acudirá; es sólo para
las mujeres. Creí que conocerías lo bastante bien nuestras costumbres para
saber eso.
—Aún así,
si es preciso, acudiré y oraré con las demás para disipar la ira de la Madre
Tierra —le contestó Enone.
Casandra
comprendió que nada de lo que le dijese podía cambiar su propósito.
—Deja que
te lleve el niño —le rogó, y extendió los brazos hacia el chiquillo.
Pesaba
mucho, pero había brindado su ayuda y no retiraría su oferta. Pensó que era una
lástima que Paris no pudiera llevar a su propio hijo. Luego, entre las mujeres
que bajaban del palacio, distinguió a su madre y a Andrómaca con Astiánax, el
hijo de Héctor, lo bastante crecido ya para caminar junto a su madre, agarrado
a su falda.
La niña de
Creusa, aún pequeña, iba envuelta en el mantón que cubría los brazos de su
madre. Polixena encabezaba el grupo de las hijas de Príamo, todas vestidas con
la tradicional túnica de fiesta de las doncellas, adornada con largas cintas
que flotaban por impulso de la brisa. Vieron a Casandra, la saludaron con la
mano y ella no quiso incurrir en la grosería de no devolverles el saludo. Ya
que no aplazaban la fiesta o la celebraban calladamente, de un modo que no
atrajera la catástrofe que ella había previsto, debían disfrutar mientras les
fuese posible. En lo alto de la colina alguien había empezado a cantar el
primero de los himnos de la sementera:
Trae el
grano, por el invierno oculto, Tráelo con canciones, banquetes y júbilo...
Otras
mujeres se unieron a la que cantaba. Casandra percibió la voz sonora y dulce de
Creusa y luego las de las demás, pero cuando trató de cantar sintió que se
ahogaba, y su voz no brotó.
—Mira
—dijo Enone, señalando—. Los hombres se hallan en la muralla, observándonos.
—Allí está
tu padre, mi niño —añadió, intentando dirigir la atención del niño hacia
donde se encontraba Paris revestido de su brillante armadura que reflejaba como
flechas los rayos de un pálido sol.
El niño se
giró en los brazos de Casandra, tratando de ver lo que su madre le indicaba.
Pesaba lo bastante para hacerle perder el equilibrio, y Casandra estuvo a punto
de caer.
—Mejor
será que yo le lleve —dijo Enone, y Casandra no se opuso.
Podía ver
el rojo penacho del casco de Héctor, la deslumbrante armadura de Príamo y a
Eneas, más alto que ningún otro hombre.
Ya habían
llegado a los campos, que estaban preparados desde hacía varios días. Las
mujeres se detuvieron y se despojaron de sus sandalias porque ningún pie
calzado podía hollar en este rito el pecho de la Madre Tierra. Hécuba, que
vestía una túnica escarlata, alzó las manos para la invocación, después se
detuvo e indicó a Andrómaca que se acercase; la joven, que lucía un vestido
purpúreo de Colquis, se adelantó para ocupar su puesto.
Casandra
lo entendió. Hécuba era ya vieja, y aunque había parido diecisiete hijos de los
que más de la mitad sobrevivieron al quinto año, espléndido signo del favor de
la Madre Tierra, había pasado de la edad de tener hijos y el rito debía ser
oficiado por una mujer fértil, por una madre. Durante los últimos años, aquello
no se había tenido demasiado en cuenta; pero ahora que el grano iba a ser
indispensable para la supervivencia de la ciudad, no debía correrse el riesgo
de que una mujer esterilizada por la edad afrentara a la Madre Tierra por su
presencia en el más grande de los rituales.
Andrómaca
hizo un gesto, y todas las vírgenes y las demás mujeres que jamás habían dado a
luz a un hijo con vida abandonaron las tierras labradas. Casandra se despidió
con un ademán, de Enone y se dirigió hacia la cerca de piedras y el seto de
espinos y matas que bordeaban el campo. Distaban de ser estériles; podía
percibir en su interior los sonidos de pequeños insectos, grillos y
escarabajos. En las lindes del campo crecían además muchas hierbas y plantas
cuya utilidad empezaba ella a conocer. Reparó en una estrecha hoja, indicada
para curar las erupciones cutáneas de los niños y de los animales pequeños, y
se inclinó para arrancarla, murmurando una oración de gracias a la diosa por su
generosidad incluso fuera de las tierras a ella consagradas.
Ahora que
las mujeres estaban en los campos, bajaban los hombres. El rey Príamo, padre de
su abuelo, que sólo llevaba sobre sí una pampanilla, bellamente teñida de
púrpura y un collar de piedras del mismo color, tomó entre sus manos el arado
de madera y lo alzó en el aire. Los vítores que brotaron fueron ensordecedores.
Con sus propias manos unció un blanco asno a las varas del arado. Casandra
sabía que este animal, por el que se había pagado un alto precio, había sido
escogido entre todas las bestias de Troya para que arase el rey porque no tenía
mácula.
Príamo
hundió la reja en la tierra, y de nuevo estallaron los vítores cuando abrió un
oscuro surco de arcilla fértil en la superficie reseca por el sol. Las voces de
las mujeres se alzaron otra vez para entonar un nuevo himno. Cuando Casandra
era muy pequeña le dijeron que los cánticos estaban destinados a ahogar los
gritos de la Madre Tierra al ser así violada. Durante su estancia con las
amazonas, éstas le enseñaron otra teoría. La Madre Tierra daba alimento a sus
hijos por su libre voluntad y los himnos eran sólo de alabanza y gratitud; pero
incluso ahora tuvo que reprimir un estremecimiento cuando el arado penetró.
Entonces,
todas las mujeres fértiles de la ciudad penetraron en el campo. Se despojaron
de las ropas que cubrían la parte superior de sus cuerpos, e hicieron gestos
simbólicos de dar su leche a la tierra que aguardaba, para nutrir los campos.
Más de la mitad se hallaba encinta, desde muchachas muy jóvenes con vientres
hinchados por su primera preñez y senos pequeños a mujeres de la edad de Hécuba
que habían tenido un hijo cada una durante casi una generación.
Casandra
se unió al grito que se elevó hacia los cielos:
Madre
Tierra, nutre a tus hijos, te suplicamos.
Entregaron
cestos de simiente a todas las mujeres fértiles y éstas comenzaron a avanzar,
diseminando el grano. Príamo aró con apresurada rudeza hasta el final del
campo, tropezó y cayó al suelo cuan largo era, manchando su vestidura. Aquel
funesto presagio levantó murmullos. Príamo fue atendido y trasladado
cuidadosamente hasta donde se hallaban los demás hombres que rodeaban el campo,
contemplando la siembra. El sol se hallaba alto y lanzaba con fuerza sus
deslumbrantes rayos.
—Tal vez a
la tierra no le importa lo que hagamos o dejemos de hacer —dijo un hombre
fuerte y tosco que Casandra no conocía—. Yo he estado en lugares de infieles, y
crece el cereal lo mismo que aquí.
—Cállate,
Ayax; no necesitamos que nos expongas tus estúpidas ideas —dijo una voz
profunda y fuerte que Casandra identificó como la de Eneas—. Tanto si están
relacionadas con los dioses como si no, así han de hacerse las cosas por decoro
y por costumbre. Y además, ¿qué puede perjudicar?
El trueno
resonó a lo lejos y las nubes corrieron a ocultar el sol.
Casandra
advirtió que los insectos del seto guardaban silencio. Después, algunas gotas
de lluvia cayeron sobre las secas ramas de los matorrales y, en unos momentos,
los leves vestidos de las mujeres se pegaban a sus cuerpos.
—¡Gracias
te damos, Madre Tierra, que nos envías la lluvia para nutrirnos! —gritaron.
Los himnos
concluyeron cuando arreció la lluvia. Las mujeres acabaron de arrojar las
últimas simientes y todas, incluyendo a las niñas pequeñas y a las ancianas y
estériles, se precipitaron al campo para presenciar el enterramiento del último
grano. Casandra había empezado a correr para reunirse con Enone cuando una
oscura ola surgió ante sus ojos. Se detuvo, insegura, con la impresión de que
el suelo había temblado bajo sus pies.
Después se
oyó un grito de guerra y vio a hombres de negras vestiduras que penetraban
corriendo en el campo, gritando y aullando. Uno provisto de armadura se apoderó
de Enone y, echándosela al hombro, corrió hacia la oscura línea de naves que
había surgido mientras todos los ojos estaban puestos en el arado y en la
sementera.
Conforme a
una antigua costumbre, los troyanos no habían llevado armas al campo. Los más
de ellos se precipitaban ahora hacia la muralla de la ciudad en donde las
habían dejado. Paris fue uno de los primeros en reaparecer sobre la muralla,
lanzando flecha tras flecha contra la turba de soldados extranjeros. El hombre
que llevaba a Enone cayó entre convulsiones, alcanzado en el corazón, y Enone
se liberó de él. Llovieron más flechas y venablos, que alcanzaron a muchos
aqueos; la mayoría de los que se habían apoderado de mujeres las soltaron y
consiguieron llegar a las naves antes de ser blanco de la nube de flechas.
Enone se acercó a Hécuba y miró a su alrededor, buscando a su hijo. Al hallarle
sin daño, se integró en el grupo de mujeres que rodeaban a la reina. Casandra
aún permanecía escondida tras el seto. Vio a Helena junto a Enone y se preguntó
qué podrían decirse, si es que algo se decían, las dos esposas de Paris.
También advirtió que el cuerpo escultural de Helena se hallaba claramente
desfigurado por el embarazo.
Se
preguntó si también lo habría visto Menelao. De ser así, con seguridad
regresaría a su tierra y dejaría a Helena con Paris; no seguiría luchando por
conseguir a la madre del hijo de otro hombre.
Eligiendo
cuidadosamente el momento, Casandra abandonó el seto y atravesó el campo
corriendo. Llegó sin aliento hasta el grupo de la reina y se situó junto a
Enone. Todas las mujeres observaban temerosas a los aqueos que se retiraban a
sus naves. Distinguió la alta y rostrada figura de Agamenón; no era un
monstruo, sólo un hombre, más rudo, más fuerte y más cruel que la mayoría, pero
el verlo helaba la sangre en las venas.
Hécuba
miraba a su alrededor y contaba a sus mujeres.
—¿Estáis
todas aquí? ¿Han capturado a alguna?
Varias
sacerdotisas del templo del Señor del Sol se arracimaban junto a las mujeres de
Hécuba. Filida las contaba con discreción.
—¿En dónde
está Criseida? —gritó de repente—. ¿No se hallaba contigo, Casandra? Creí
haberla visto a tu lado.
—Sí,
estaba conmigo; quizás aún siga en el seto. ¿Quieres que vuelva y la busque? Me
parece que todos... esos han vuelto a sus naves.
—No
—respondió Filida, con firmeza—. No debes correr ningún riesgo. Recuerda que
eres hija de Príamo y supondrías una gran presa para cualquiera de los
invasores. Quédate junto a tu madre —le recomendó al tiempo que la reina se
acercaba y cogía a Casandra de la mano.
—¿Te
encuentras bien? Estaba preocupada por ti —dijo Hécuba—. ¿Cómo sabías que nos
atacarían?
—Lo
consideré probable —repuso Casandra—, y así fue.
—Pero no
han logrado cautivar a nadie —afirmó
Hécuba—.
Han tenido que volver con las manos vacías.
—No, no
hemos salido indemnes —declaró Casandra—. Se llevaron a una de las vírgenes del
templo de Apolo.
—¡Oh, qué
horrible! —dijo Hécuba, suspirando.
Casandra
pensó que la pérdida no era grande. La muchacha había sido desde el principio
fuente de preocupaciones, y no estaba segura de que fuese virgen.
Se sintió
agradecida por el hecho de que el ataque hubiese causado tan escaso daño.
Decidió buscar a Helena y preguntarle cuándo nacería su hijo.
Una vez
más le pareció que Helena se hallaba bajo el hechizo de la diosa; incluso en la
fase de embarazo más avanzada, se mostraba bella y deslumbrante. Y no eran sólo
los ojos de Paris los que la seguían como la noche al crepúsculo.
Helena
sonrió a Casandra con tal afecto que ésta casi sintió debilitarse sus rodillas.
Era preciso que conservase el favor de la diosa. Sin él, las mujeres podrían
haber hecho allí pedazos a la reina espartana. Después de todo, ella había
traído sobre los hombres de Troya los peligros de esta guerra. Pero yo no tengo
marido ni amante, pensó Casandra, por quien deba temer. Helena la abrazó y ella
le devolvió el saludo con la misma cordialidad
Es
extraño; cuando llegó a Troya supliqué a mi padre y a mi madre que no se
relacionasen con ella. Ahora la quiero bien y, si trataran de expulsarla, yo
sería la primera en hablar en su defensa. ¿Es eso la voluntad de la diosa a la
que encarna? ¿La sirvo yo con mi amistad hacia Helena? No, ahora preñada, debe
buscar la protección de la Madre Tierra. —¿Para cuándo esperas el niño? —Para
la recolección de otoño.
—Y es hijo
de Paris. Entonces quizá Menelao parta y acepte que te quedes aquí —sugirió
Casandra. Helena sonrió cínicamente.
—Si él
dijera eso, nadie le escucharía. Vamos, Casandra, sabes tan bien como yo que mi
cuerpo y mi adulterio son sólo un pretexto para esta guerra. Agamenón ha
buscado durante años una excusa adecuada para atacar Troya. Si esta noche
tratase yo de volver a Menelao, amparándome en la oscuridad, te apuesto
cualquier cosa a que encontrarían mi cadáver colgado de la muralla y que los
aqueos seguirían luchando con el pretexto de vengarme.
Aquello
era tan verosímil que Casandra no se molesto en comentarlo.
—Muchas
veces he pensado que hubiera hecho mejor en consagrar mi virginidad a la
Doncella Luna —dijo Helena—. Incluso ahora me siento tentada de ir a su templo
y abjurar para siempre de los hombres. ¿Crees que me aceptaría?
—¿Cómo
puedo saberlo? —repuso Casandra, dudando.
—Bueno,
eres sacerdotisa...
—Todo lo
que sé es que ella nunca rechaza a la mujer que acude en su busca —afirmó—.
Pero me parece que tu destino es convertirte en símbolo de la rivalidad entre
los hombres, y nadie puede oponerse a su destino.
—Resultaría
demasiado bueno para ser cierto, supongo, que lograra encontrar a la diosa, y
bajo su protección desviar el curso de mi destino —dijo Helena—. ¿Pero cómo sé
que ha sido un dios el que ha determinado ese destino y no que me he visto
complicada en las estratagemas de dos hombres implacables a quienes nada
importan los dioses?
—Creo que
eso pertenece a la clase de cosas de las que nadie puede saber nada —dijo
Casandra—. Sin embargo, advierto en este asunto la mano de algún dios. Sé cómo
Paris se vio empujado a buscarte.
—¿Pretendes
decir entonces que la presente guerra entre Troya y mi pueblo fue decidida por
los inmortales? —preguntó Helena—. ¿Por qué? Quiero decir. ¿Por qué tuve que
ser yo y no otra?
—Si
supiera eso, sería entonces la sibila más favorecida por los dioses. Sólo puedo
imaginar que la diosa que te otorgó tal belleza debió de hacerlo con ese
propósito.
—Pero aún
pregunto: ¿por qué tuve que ser yo?
—Pregunta
todo lo que quieras —dijo Casandra—. Y si recibes una respuesta, ven y
compártela conmigo.
Soñó que
los dioses estaban enfurecidos con la ciudad y que luchaban en el cielo que
cubría Troya. Allí sus lanzas chocaban con ruido de truenos y el centelleo de sus grandes espadas era
como el rayo. Cuando despertó, llovía intensamente y sintió un soterrado dolor
en los ojos.
Aunque
nunca lo hubiera sospechado, echaba de menos a Criseida. Había llegado a
acostumbrarse a la compañía de la muchacha y no podía dejar de pensar una y
otra vez en la suerte que habría corrido en el campamento de los aqueos.
Después de todo, llevaban varios meses sin sus propias mujeres. Aunque sabía
que algunas de las mujeres de la ciudad cruzaban las murallas para ir a vender
sus cuerpos en el campamento costero, no suponía que fuese lo mismo. Sin
embargo, cuando empezaba a apiadarse de Criseida, se dio cuenta de que eso era
exactamente lo que ella quería. Había pasado varios meses mirando a los
extranjeros desde la muralla.
Casandra
la apartó de sus pensamientos, se puso un vestido y fue a cuidar de las
serpientes y de la anciana sacerdotisa.
Cuando
entró en la estancia destinada a la anciana y a las serpientes, la halló
desordenada. Dos o tres estatuas habían caído y yacían rotas en el suelo. No se
veía ni una sola serpiente en ninguna parte. Las llamó; había oído decir que
las serpientes eran sordas, pero no estaba segura de que fuera verdad y nada
malo iba a ocurrir si las llamaba. De la sala adyacente le llegó la voz débil
de Melianta.
—¿Eres tú,
Casandra, hija de Príamo? —preguntó. Casandra se dirigió, sin perder un
momento, a la oscura habitación interior donde yacía la anciana sobre un
jergón. —¿Qué te sucede, Melianta? ¿Estás enferma? —No —contestó la
sacerdotisa—. Me estoy muriendo. En la escasa luz, Casandra vio que su cara
estaban aún más arrugada que de costumbre. Sus ojos estaban nebulosos, velados
de blanco.
—No es
preciso que llames a las serpientes porque se han ido todas. Nos han abandonado
y se han retirado a las profundidades de la tierra. Las que aún siguen aquí,
yacen muertas en sus recipientes. Compruébalo por ti misma.
Casandra
fue a comprobarlo y vio varios vasos intactos. Dentro, las serpientes se
hallaban heladas e inmóviles. Volvió adonde se encontraba la anciana
sacerdotisa para preguntarle qué había sucedido.
—¿No has
oído esta noche la ira de El que Hace Temblar la Tierra? No sólo los cuencos
sino todas mis estatuas están rotas.
—No, nada
oí, pero tuve malos sueños acerca de la ira ¿e los dioses —dijo Casandra—. ¿Es
la Madre Serpiente la que está enojada con nosotros?
—No
—contestó desdeñosamente la anciana sacerdotisa—. No castigaría a sus
serpientes para revelar su ira hacia nosotros. Por el contrario, nos fulminaría
por el bien de sus ofidios. Sea cual fuere el dios que ha hecho esto, nada
tiene que ver con la Madre Serpiente.
La vieja
parecía tan agitada que Casandra se dispuso a atenderla.
—¿Quieres
pan y vino, señora?
—No soy
capaz de pensar en tales cosas en momentos como éstos. Ponme mis ropas de
sacerdotisa y pinta mi cara. Luego llévame al sol en el patio para que pueda
contemplar una vez más el rostro de aquél a quien consagré mi vida.
Casandra
hizo lo que le pedía y le puso las recargadas vestiduras de lino teñido de un
fuerte color azafrán. Encontró un tarro de cosmético y, tal como quería la
anciana, con gestos inseguros pintó de un rojo brillante sus mejillas y sus
labios, aunque la pareció que adquiría un aspecto grotesco. Después se agachó
para tomarla en brazos y la llevó al intenso sol del patio donde la acomodó
sobre varios cojines. La anciana, exhausta, yacía tendida boca arriba y
Casandra pudo advertir cómo se extinguía el pulso en la vena azul que le
atravesaba la sien. Su respiración era un estertor ronco y fatigado.
—¿No
quieres que llame a un curandero?
—No, ya es
demasiado tarde para eso —dijo Melianta—. Me alegra no vivir para ver los días
que aguardan a Troya. Pero tú fuiste buena con mis serpientes y con mi aliento
moribundo oraré para que, de algún modo, consigas escapar a lo que los Hados le
han reservado a esta desdichada ciudad.
Cerró los
ojos un instante y Casandra se inclinó hacia ella para comprobar si aún
respiraba. Melianta alzó una mano temblorosa.
—Acércate,
hija mía, no puedo ver tu cara —dijo—. Sin embargo, brilla ante mí como una
estrella. El Sol no te ha abandonado.
Entonces
la besó con sus arrugados labios y, abriendo los ojos, gritó:
—¡Apolo,
Señor del Sol! ¡Déjame ver tu faz resplandeciente!
Sufrió un
violento temblor, se dejó caer en los cojines y Casandra supo que había muerto.
Ahora
podía dejarla sola, así que corrió en busca de Caris para informarla de lo
sucedido.
—Era la
más vieja de todas nosotras —dijo ésta—. Cuando llegué al templo, con sólo
nueve años ella ya era vieja. Sentí anoche a El que Hace Temblar la Tierra y
debería haber ido a verla, pero de nada le hubiera servido. Bien, ahora hemos
de enterrarla como corresponde a una sacerdotisa de Apolo.
Ordenó a
varías mujeres que hicieran guirnaldas de flores y pasteles de miel y vino.
—No
debemos llorar cuando una de las nuestras se encamina a los reinos eternos
—reprendió a las que sollozaban—. Nos congratulamos porque, tras una larga vida
de servicio, la Madre Serpiente se la ha llevado.
»Y ellas
—señaló a las serpientes muertas en sus cuencos—, sus pequeñas amigas, la han
precedido para darle la bienvenida en esos reinos. Allí podrá verlas de nuevo y
jugar con ellas como siempre le gustó hacer.
Dos días
más tarde, Casandra oyó la alarma que anunciaba un ataque de los aqueos y vio a
los hombres de Troya, entre ellos a su hermano Paris, correr para hacer frente
a los invasores. Se sorprendió al advertir cuan trivial empezaba a antojársele
no sólo a ella sino aparentemente a toda la ciudad. A excepción de los
combatientes, nadie parecía prestar gran atención a los ataques. No se alteraba
en manera alguna la fluida rutina del tiempo y, desde la muralla, podía ver a
las mujeres yendo con toda tranquilidad a las fuentes para llenar de agua sus
cántaros.
Había sin
embargo alguien no combatiente todavía interesado en las acciones de los
aqueos. Crises contemplaba la lucha con gesto desdeñoso. Como no quería
relacionarse para nada con él, Casandra se dirigió sin decir nada a las
habitaciones de las vírgenes. El pueblo de Troya, pensó, comienza a considerar
a los aqueos sin más preocupación de la
que te
causaría una súbita granizada. ¿No pueden advertir que nos destruirán? Pero
supongo que nadie es capaz de vivir durante mucho tiempo en estado de terror.
Yo sentiría sin duda la misma calma de no haber tenido las visiones que me
trastornaron.
Poco
después, llegó a su presencia un mensajero de la ciudad para decirle que Helena
estaba de parto y deseaba verla. Tras la muerte de Melianta, eran escasas o
nulas sus obligaciones en el templo del Señor del Sol y, en consecuencia, no se
molestó en solicitar permiso para ir a palacio. Halló a su madre y a sus
hermanas, excepto Andrómaca, reunidas en las habitaciones de Helena.
Preguntó
por Andrómaca y se le dijo que se había llevado a su habitación a todos los
niños pequeños para narrarles cuentos y darles dulces para entretenerlos.
—Porque si
hay algo que no necesitamos aquí son chiquillos alborotando —dijo Creusa.
A Casandra
le pareció razonable. Se preguntó si era bondad por parte de Andrómaca
encargarse de los niños o si no quería revivir su propio parto, presenciando
otro. La cuestión no tenía relevancia; en cualquier caso era preciso hacer
aquello y no importaban los motivos de Andrómaca.
La
habitación de la parturienta se hallaba repleta de mujeres, que más servían de
estorbo que de ayuda. Pero la costumbre exigía que hubiese testigos en un
nacimiento real. Casandra se preguntó si entre los aqueos se haría otro tanto,
y decidió preguntárselo a Helena cuando tuviera ocasión. Sin embargo, por el
momento, Helena estaba rodeada de numerosas comadronas, de domésticas afanadas
en rizar sus cabellos o en mostrarle vestidos y joyas para que eligiera lo que
después quería ponerse, de sacerdotisas que le entregaban amuletos o entonaban
himnos para el caso, de cocineras con golosinas y bebidas para tentar su
apetito, que Casandra no pudo acercarse a la cama. Decidió aguardar a que
Helena preguntara por ella.
Creusa
había llevado una lira y, sentada en un rincón, la tocaba. Tras el rumor de las
palabras se escuchaba una serena melodía. Al cabo de un rato Helena reparó en
Casandra y le hizo señas para que se acercara.
—Ven y
siéntate a mi lado, hermana. Esto es como una fiesta... y supongo que, para la
mayoría de ellas, de eso se trata.
—Como una
boda —declaró Casandra—. Una gran diversión para todos menos para los más
interesados. Lo único que nos falta son unas cuantas acróbatas y danzarinas y
alguien que, a cambio de unas monedas, nos enseñase un conejo de dos cabezas y
comiera fuego y espadas...
—Estoy
segura de que si lo indicara, Hécuba me los traería —dijo Helena, alzando las
cejas en gesto resignado. Casandra advirtió que, incluso en circunstancias
tales, se mostraba encantadora.
—Al menos
acróbatas y danzarinas —opinó Casandra—. Príamo tiene varias en palacio. No
estoy segura de que pudiera proporcionarte un conejo de dos cabezas.
—Vamos,
Casandra, nuestra regia madre no haría eso. Ofendería a su dignidad darse por
enterada de la existencia de las danzarinas y flautistas de Príamo —intervino
Creusa entre dos acordes.
Casandra
se echó a reír.
—No lo
creas. Tarea de Hécuba es vigilar lo que come todo el que vive bajo este techo.
Es probable que controle las aceitunas que cena cada una, y sepa a quién le
gusta la miel y las tortas y cuáles tienen el suficiente cuidado para no quedar
encinta.
—Sin duda,
una acróbata estaría un año sin trabajo si se quedase —dijo Helena—. En Micenas
yo tenía dos muchachas, hermanas, que solían acudir a bailar ante mí.
Era la
primera vez, por lo que recordaba Casandra, que hablaba de su antigua casa.
—Ninguna
muchacha que trabaje desea cargar con el peso del embarazo y del parto. Eso es
para mujeres ociosas... como nosotras.
—Quizá
seamos nosotras quienes más trabajamos —dijo Casandra—. Mi madre dio a luz y
amamantó diecisiete hijos.
Helena se
estremeció.
—Pues
hasta los veintitrés años yo sólo he tenido a Hermione y a Nikos. Soy
afortunada —declaró.
Entonces,
su rostro se contrajo y guardó silencio por unos momentos.
—Éste ha
sido terrible —dijo—. Creo que ya no tardará mucho.
Miró en
torno de sí.
—¿Necesitas
algo? —le preguntó Casandra.
Helena
negó con la cabeza. Parecía entristecida. Se siente sola aquí, pensó Casandra.
Entre tantas mujeres no cuenta con una verdadera amiga de su propia tierra.
—¿Dónde
está Etra?
—Ha vuelto
a Creta. Yo no quería ser también la causa de su exilio —repuso Helena al
tiempo que tendía la mano hacia Casandra, se la apretó con fuerza.
—¿Te
quedarás conmigo, hermosa? No conozco a estas mujeres y no confío en ellas —le
susurró Helena.
Con su
mano libre, Creusa empujó una banqueta hacia ellas. Casandra se sentó,
arreglando sus engorrosas vestiduras. Advirtió que ahora Helena se veía pálida
y demacrada. Percibió que no poseída en aquel momento por su diosa, parecía una
mujer insignificante cuya belleza residía en sus cabellos claros. Le caían en
espléndidas bandas, enmarcando su cara sudorosa. Sus ojos se mostraban cansados
y un poco enrojecidos. Permaneció a su lado, dejando que oprimiese su mano.
Creusa tocaba en tono bajo, y daba la impresión de que la música le
proporcionaba cierta ayuda, aunque, quizá de todas formas, hubiera tenido un
parto fácil. Casandra sentía curiosidad pero le gustaba hacer preguntas;
aquella experiencia le era ajena por completo.
Cuando el
sol de la tarde penetró en la estancia, Hécuba despidió a todas las mujeres,
con la excepción de dos comadronas expertas, una doméstica para los recados y
una sacerdotisa portadora de numerosos amuletos que distribuía alrededor de la
cama. Hubiera deseado alejar de allí también a Casandra.
—Eres
doncella —le dijo—. Este lugar no es adecuado para ti.
Pero
Helena se aterró a su mano.
—Es mi
amiga, madre. Y no sólo es doncella sino sacerdotisa. Ninguna estancia de mujer
está vedada para una sacerdotisa de la Madre.
—¿Has
traído contigo a las serpientes sagradas? —preguntó Hécuba.
—No, todas
las que había en el templo murieron en el terremoto.
La
sacerdotisa, que introducía un amuleto bajo los senos de Helena mientras
mascullaba un sortilegio, alzó la cabeza para decir:
—No
menciones aquí malos augurios. —No puedo advertir por qué la muerte de las
serpientes del templo de Apolo ha de ser un presagio, bueno o malo, para mi
hijo —dijo Helena—. Apolo no es mi dios; ni para bien ni para mal tengo
relación con él. Por lo que se refiere a la Madre Serpiente, tampoco es mi
diosa.
La mirada
de la sacerdotisa se cruzó con la de Casandra, y la mujer hizo un signo contra
la mala suerte. Casandra opinaba como Helena. Estaba habituada a ver como
cualquier acontecimiento fortuito se consideraba un presagio, pero pensaba que
era absurdo.
La
sacerdotisa fue a calentar un cuenco de agua en el brasero, y la estancia se
llenó del olor a hierbas medicinales que echó al agua. Poco antes del ocaso,
Helena alumbró a un niño pequeño y arrugado al que llamó Binomos.
Hécuba
observó al diminuto bebé que se retorcía, y su rostro reveló un leve gesto de
preocupación.
—¿Cuánto
tiempo llevas entre nosotros, Helena? Es pequeño... jamás vi un bebé de
gestación completa de ese tamaño. No pesa más que un pollo de asar.
—Tampoco
yo pesé mucho —manifestó Casandra—, según me has dicho en numerosas ocasiones.
Es probable que toda esta agitación y esta inquietud, la interrupción de la
fiesta, el terremoto... hayan adelantado el parto unos días o unas semanas.
¿Importa eso si es fuerte y sano?
—Sólo
quiere asegurarse de que se trata del hijo de su propio hijo —le murmuró
Helena—. Puedo haberme comportado con ligereza, pero no hasta ese extremo.
Sabía que estaba embarazada de Paris antes de que huyésemos de la casa de
Agamenón. Pero no sé cómo decírselo sin escandalizarla.
Casandra
sonrió pero no pudo servirle de ayuda.
—Creo que
tendrá los mismos ojos que su padre —dijo Creusa, cogiendo en brazos al niño—.
Los recién nacidos que después tendrán ojos oscuros, poseen un azul más
nebuloso que aquellos que los tendrán claros.
Casandra
quedó sorprendida. Nunca hubiera esperado tal ayuda de su media hermana. De
niña, Creusa siempre había tenido la habilidad de empeorar las situaciones
difíciles y una tendencia a la histeria cuando se sentía ignorada. Tal vez su
matrimonio con Eneas le había proporcionado más sensatez de la que podía
esperarse.
Se oyeron
pasos en la puerta y Casandra, reconociéndolos, acudió a recibir a Paris.
—Hermano,
has tenido otro hijo —le comunicó.
—He tenido
un hijo —la corrigió Paris—. Y si profetizas algo malo de él, Casandra,
machacaré los huesos de tu rostro de tal modo que la gente huya de ti como de
Medusa.
—No te
atrevas a amenazarla —gritó Helena—. Tu hermana es amiga mía.
Casandra
tomó al niño en sus brazos y le besó.
—No he
recibido profecía alguna para este niño —dijo después—. Es fuerte y sano. No es
a mí a quien corresponde decir cuál será su destino cuando crezca.
Le entregó
el niño a Paris. Se inclinó sobre Helena y tras eso, se echó el velo sobre la
cara.
—¿Te vas,
hermana? —preguntó Helena—. Esperaba que cenarías con nosotras puesto que Paris
no ha de quedarse en el recinto de las mujeres.
—No. Tengo
que ir al mercado —contestó Casandra—. ¿No lo oíste? Perdimos todas nuestras
serpientes en el terremoto. Las que no murieron, nos abandonaron; se sumieron
en las profundidades de la tierra y no volverán. El templo de Apolo no puede
carecer de sierpes. He de sustituirlas.
—¡Qué cosa
tan extraña! —exclamó Creusa—. ¿Qué crees que significa?
Contra su
voluntad, porque no deseaba asustarlas ni enojar a Paris o a su madre por
hablar de lo que no querían oír, Casandra contestó:
—Creo que
los dioses están irritados con la ciudad. No es éste el primer augurio funesto
que hemos recibido.
Paris se
echó a reír.
—No hace
falta que estén irritados para que las serpientes se hundan en las
profundidades tras un temblor de tierra; es su modo natural de proceder. Vi
muchas veces cómo lo hacían en las montañas. Pero siento la pérdida de tus
animales. —Apoyó levemente la mano sobre un brazo de Casandra—. Ve al mercado,
hermana, y elige con cuidado. Tal vez tus nuevas serpientes te sean más fieles.
—Que así
me lo otorguen los dioses —dijo Casandra con fervor, saliendo de la estancia.
Decidió
detenerse unos instantes para visitar a Andrómaca antes de abandonar el
palacio.
—¡Casandra!
—exclamó ésta, complacida al verla—. Ignoraba que estuvieses aquí. ¿Te llamaron
para el parto?
—Sí
—contestó Casandra, abrazando a su amiga—, Helena ha tenido un niño y los dos
están bien.
—Ya oí que
el recién nacido era varón —dijo Andrómaca—. Me informó la niñera cuando vino a
llevarse a los chiquillos. Pero... —sonrió maliciosamente—. ¿Dices que Helena,
no Paris, ha tenido un niño? ¡Qué vergüenza, Casandra, que des a entender
semejante cosa!
—¡Qué
vergüenza, Andrómaca, que des tal sentido a mis palabras! —le contestó
Casandra—. ¿Quién fue tu padre? Sabes muy bien que viví entre las amazonas el
tiempo suficiente para considerar a un niño como de su madre... sobre todo
cuando acabo de verlo nacer. Si Paris lo hubiera dado a luz...
Las dos
mujeres se abrazaron riendo.
—Me
gustaría que hubiera sido él —declaró Andrómaca—. ¡Y bien que se lo merecería!
Casandra
sintió un súbito estremecimiento. Vio ante sí una imagen de Paris yaciendo,
entre convulsiones de dolor, en el jergón de la cabaña que había compartido con
Enone. Ésta se inclinaba sobre él y le enjugaba el sudor de su frente con un
lienzo. A su lado, en el suelo, había un peto dorado.
—¡Casandra!
—Andrómaca la cogió por los hombros, la condujo hasta una banqueta y la obligó
a bajar la cabeza hasta colocarla entre las rodillas—. ¡Qué estúpida he sido,
obligándote a permanecer de pie cuando sin duda no has comido nada desde el
alba! Ten la cabeza baja hasta que pase el mareo y haré que te traigan algo de
comer.
Se dirigió
a la puerta y llamó a una criada. Luego llenó una copa del vino de la jarra que
había sobre una mesa situada en un rincón de la estancia.
—Bebe esto
—le ordenó—. Y come mientras tanto frutos secos.
Le tendió
un plato y Casandra tomó un puñado de pasas. Se llevó una a la boca y obligó a
sus mandíbulas a masticarla.
—Por una
vez, los niños no se comieron todo lo que estaba en su campo de visión.
—Visión
—suspiró Casandra—. Me gustaría no tenerla. —Ahora te traerán pan y carne de
las cocinas —dijo Andrómaca—. Eso te confortará. Después de cada visión
importante, mi madre solía comer carne roja muy caliente y todo el pan que
podía tragar. Estoy segura de que las sacerdotisas no ayunarían antes de sus
rituales si eso no contribuyese a su presciencia.
—Sin duda
—admitió Casandra—. Y, en cierto modo, el parto es un ritual.
—Lo es
—declaró Andrómaca con calor—. ¿Lo pasó mal Helena?
Casandra
negó con la cabeza.
—Será una
prerrogativa —Andrómaca hizo una mueca—. Bueno, supongo que si Afrodita la
empuja a tomar amantes, lo menos que puede hacer es proporcionarle el arte de
parir hijos con facilidad. Y hablando de niños... ¿Viste a Enone y a su hijo en
la sementera?
—Igual que
tú —dijo Casandra—. Vino para ver a Paris aunque fuera un momento y de lejos.
Me temo que todavía lo quiere.
—De poco
va a servirle —afirmó Andrómaca.
Entró una
doméstica con comida. Cuando se fue, Casandra dijo:
—Enone era
amiga mía. Me siento culpable al sentir simpatía por Helena. Y ahora Paris
olvida incluso que tuvo un hijo de Enone.
—Creo que
todo el mundo quiere a Helena —declaró Andrómaca—. El propio Príamo jamás se
muestra malhumorado con ella. Y eso que es un experto en trucos y zalamerías de
las mujeres y no se deja seducir con facilidad. Por lo que atañe a Paris...
Bien, ¿qué se podía esperar? Si tiene en su lecho a la diosa del amor, ¿cómo va
a inclinarse ante una sacerdotisa del río? ¿Y cómo reaccionaría la diosa si la
prefiriese?
Casandra
se estremeció.
—No me
gusta esa diosa aquea —dijo—. Ojalá no ponga nunca sus manos sobre mí.
Andrómaca
adoptó una expresión seria.
—Yo te lo
desearía —afirmó—. Sentiría que nunca llegases a saber qué es el amor.
—¿Qué te
hace pensar que no lo sé? —preguntó Casandra, con curiosidad—. Amo a mis
hermanos y a mi madre, a mis serpientes, a mi dios...
Andrómaca
sonrió con cierta tristeza.
—Soy
afortunada —dijo— porque mi amor es por el hombre que me fue entregado como
marido y no puedo imaginar querer a otro. Por lo que he hablado con Helena,
creo que ése fue su caso hasta que la diosa puso su mano sobre ella. A partir
de entonces, sólo se sintió capaz de pensar en Paris.
—Entonces
ese amor debe de ser una maldición y no un don —opinó Casandra—. Ruego que
nunca caiga sobre mí.
Andrómaca
la abrazó cariñosamente.
—Ten
cuidado con lo que pides, Casandra. Yo deseaba partir de Colquis y tener un
marido honorable y de gran renombre. Y esos deseos me trajeron hasta aquí,
lejos de mi madre, a una ciudad en el otro extremo del mundo y en estos negros
tiempos.
Tomó un
poco de la sal que había en la bandeja junto a la carne y la lanzó al aire al
tiempo que mascullaba una palabra. Casandra, que no pudo oírla, por estar
ocupada en cortar una pequeña loncha de carne asada y colocarla sobre un trozo
de pan, charco las cejas sorprendida.
—Rogaré
por ti —dijo Andrómaca—. Para que tus peticiones sean escuchadas solamente del
modo en que te beneficien.
Casandra
abrazó a su amiga.
—No sé si
los dioses atienden tales ruegos... Pero te quedo agradecida.
Cuando
hubo terminado de cenar con Andrómaca y ayudado a acostar a Astiánax, abandonó
el palacio. Deambulaba entre los puestos en penumbra del mercado vespertino,
cuando se dio cuenta de que había olvidado preguntar a Andrómaca qué podía
significar el hecho de que las serpientes abandonaran el templo. Entonces le
vino a la memoria que Andrómaca no quería ni siquiera oír nombrar a las
serpientes.
Decidió
que, antes de comprar ni una sola para el Señor del Sol, debía recabar
información de todas las sacerdotisas que pudiese hallar sobre cualquier mujer
u hombre versado en la materia, ya fuera un sacerdote o una sacerdotisa de la
Madre Serpiente o de Pitón. Seguramente en la gran ciudad de Troya tenía que
existir alguien que supiera de tales cuestiones.
Desde el
ataque del día de la sementera, Crises se hallaba sumido en una profunda
depresión; descuidaba las obligaciones que se le habían asignado en el templo y
pasaba largos ratos en el alto baluarte que dominaba el campamento aqueo.
—Por
favor, ve y dile que baje —pidió Caris a Casandra—. Le agradas y quizá puedas
persuadirlo de que su vida no ha terminado.
—No es
agrado lo que siente por mí —objetó Casandra.
Pero tuvo
compasión por él y más tarde, aquel mismo día, fue a buscarlo a tan alto lugar.
—La cena
está dispuesta, y te aguardan —le dijo.
—Gracias,
Casandra pero no tengo hambre.
No se
había bañado ni afeitado desde el ataque. Se hallaba desarreglado y sucio, y
olía a hierbas extrañas.
—¿Cómo voy
a comer y a dormir tranquilamente cuando se han llevado a mi hija? No puedo
soportar el pensamiento de que mi pobre niña está ahí abajo entre esos salvajes
soldados.
—No
mejorarás su suerte ayunando y descuidando tu persona —le contestó Casandra,
con desdén—. ¿O es que crees que el verte con ese aspecto ablandará el corazón
de los aqueos?
—No, pero
puede que se ablande el corazón de algún dios —declaró, con una sorprendente
sinceridad en la voz.
—¿Lo crees
de veras?
—Tal vez
no —dijo, y lanzó un suspiro tan profundo que pareció salir de las entrañas de
su cuerpo—. Pero no tengo ánimo para comer ni para descansar estando ella allí.
—Pero no
habrá sido entregada a los soldados —afirmó Casandra—. Será un botín precioso
para uno de los caudillos, quizás incluso para el propio Agamenón.
—¿Crees
que eso me consuela?
Parecía
desesperado. Ella hubiera tratado de animarlo pero ante sus ojos surgió una
oleada de negrura y, por un momento, no supo en dónde se hallaba ni lo que
había estado diciendo.
—¿Por qué
guardé su virginidad con tanto celo durante todos esos años sólo para
traerla hasta aquí? ¡Podía haberla vendido en un prostíbulo! —dijo él. Casandra
se irritó.
—Se la
vendiste a Apolo, a cambio de una vida cómoda para ti. Por lo que a la muchacha
se refiere, cuando la virginidad no mora en el alma, es inútil guardar el
cuerpo. Si deseas la protección o la venganza de Apolo, en nada puedo ayudarte.
Sólo me cabe decir que es improbable que él intervenga cuando te has revelado
ante todos nosotros inútil o indigno. Si deseas su ayuda, o su misericordia,
debes primero servirle bien; no es posible chalanear con un dios.
Casandra
contempló desde el baluarte la niebla marina que envolvía el campamento de los
aqueos a sus pies. Había llegado al extremo de odiar el mar a causa de aquella
negra fila de naves que había junto a la playa. Crises se volvió hacia ella con
tal furia que tuvo miedo de que la golpeara. Después se contuvo, hundiéndose de
nuevo en su apatía.
—Tienes
razón —dijo lentamente—. Acudiré a la cena, pero primero me bañaré y me
arreglaré para tener el porte exigido a un sacerdote del Señor del Sol.
—Haces
bien, hermano —afirmó Casandra.
Entonces
vio en sus ojos un brillo que hubiera preferido no encontrar allí y,
maldiciéndose a sí misma por su momentáneo impulso de simpatía, se alejó de él.
A primera
hora de la mañana siguiente llamaron a su puerta y, cuando fue a abrir,
encontró a uno de los sacerdotes más jóvenes, que hacía las veces de mensajero,
dentro del templo de Apolo.
—¿Eres la
hija de Príamo? —le preguntó, con respeto—. Te buscan en la sala de la entrada.
Hay allí un hombre que afirma ser tu tío y dice que tiene que hablar contigo de
inmediato.
Casandra
se envolvió en su manto, preguntándose de qué o de quién podía tratarse. No
conocía a ninguno de los hermanos de su padre y, desde luego, Hécuba no tenía
ninguno. Tardíamente pensó en la posibilidad de una estratagema y cuando,
dentro ya de la estancia, vio a tres hombres con mantos argivos, retrocedió
dispuesta a gritar en demanda de socorro.
—Soy yo,
Casandra —dijo una voz conocida, y su dueño echó hacia atrás la capucha que
ocultaba su rostro.
—¡Odiseo!
—No tan
alto, niña, ¿es que quieres que nos maten a todos? He de ver a tu padre y, tal
como están las cosas, no podía desembarcar entre esos aqueos y abrirme paso a
través de ellos hasta llegar a las puertas de Troya. Me hubieran linchado. Mi
nave se halla oculta en una caleta que descubrí cuando vivía con los piratas.
Al amparo de la niebla, desembarqué anoche. Tengo que hablar con Príamo para
ver si existe un modo honroso de poner fin a esta guerra. Pensé que quizás en
este templo podría arbitrarse algún medio.
—Pero no
es posible que salgas por la puerta del recinto y bajes hasta el palacio —dijo
Casandra—. Estoy segura de que hay ojos y oídos aqueos en el mercado e incluso
aquí, en el templo del Señor del Sol, peregrinos, espías que se hacen pasar por
fieles adoradores. Serías reconocido al instante. Déjame pensar un poco, por si
se me ocurre algo. Tratándose de ti, estoy segura de que mi padre prescindirá
del voto que ha hecho de no hablar con ningún argivo, pero ¿quiénes son tus
compañeros?
—Descúbrete,
Aquiles —dijo Odiseo, y el joven que había a su lado se echó hacia atrás la
capucha.
No era
demasiado alto, pero poseía la constitución musculosa de un luchador. Los
cabellos le llegaban a los hombros. Aún no tenía edad suficiente para que se
los hubiesen cortado en los ritos de la virilidad. Era de un rubio muy claro,
casi plateado. Sus facciones eran muy definidas y fieras. Pero fueron sus ojos
lo que más impresionó a Casandra, los ojos acerados de un ave de presa.
Aquiles le
habló a Odiseo:
—Prometiste
traerme a esta guerra con mis soldados y ahora hablas de evitarla, como si
fuese honroso rehuir una guerra. Ésas son palabras femeninas, no de un hombre.
¡Y no quiero oírlas más!
—Tranquilízate,
Aquiles —le aconsejó el otro joven, que era más alto y esbelto, con músculos de
corredor o de gimnasta. Representaba más edad que Aquiles, quizás unos veinte
años—. Hay más cosas en la guerra que el honor y la gloria, y Odiseo actúa
guiado por los dioses. Si quieres lucha, no te faltará, ya que nunca escasea en
la vida de cualquier hombre. No es preciso que nos precipitemos a la des-
trucción.
No hay que considerar la guerra como una diversión. —Sonrió a Casandra y
añadió, mirando con afecto a Odiseo—. Así es como este pirata marrullero
consiguió traerle hasta aquí.
—¿Cómo te
atreves a llamarme marrullero, Patroclo? —dijo Odiseo, en tono ofendido— Hera,
Madre de la Sabiduría, fue mi guía en cada paso. Permíteme que te lo cuente,
Casandra.
—Con
placer —declaró ella—. Pero estaréis hambrientos y cansados. Aguardad a que
pida que os traigan el desayuno y podrás explicármelo mientras coméis.
Llamó a
una doméstica para que le sirviese pan, aceite de oliva y vino. Odiseo narró lo
prometido:
—Cuando
Menelao nos convocó a todos para que cumpliéramos nuestro juramento de luchar
por Helena, previ esta guerra, y otros como yo. Tetis, sacerdotisa de Zeus
To-nante...
—Mi madre
—lo interrumpió Aquiles, en voz baja.
—Tetis
trató de saber por las profecías cuál sería la suerte de su hijo y las
profecías señalaron...
—Estoy
harto de profecías y de cuentos de viejas —masculló Aquiles—. Son un puro
dislate. Quiero a mi madre pero, en lo que asuntos de guerra se refiere, no es
más lista que las demás mujeres.
—Aquiles,
si dejases de interrumpirme, ya habría acabado el relato —dijo Odiseo, mojando
con parsimonia pan en el aceite—. Tetis, que es casi tan sabia como la Madre
Tierra, leyó los presagios y éstos le dijeron que si su amado hijo combatía en
esta guerra, podría morir. Para eso no hace falta más presciencia de la que
exige predecir nieve en el monte Ida durante el invierno. Pero para ayudarle a
escapar de su destino, lo vistió con ropas de mujer y lo ocultó entre las
numerosas hijas de Licomedes, rey de Sciros...
—¡Bonita
muchacha debía de parecer! —exclamó Patroclo—. ¡Con unos hombros como los
suyos! Me habría gustado ver a esta preciosidad con el cabello rizado y sujeto
con cintas...
Aquiles
propinó a su amigo un fuerte puñetazo entre los omóplatos que le hizo caer de
rodillas.
—¡Bien, ya
te has reído bastante, amigo mío; menciónalo de nuevo y podrás ir a reír a los
infiernos! —gruñó—. ¡Ni siquiera a ti te lo consiento!
—No
peleéis, muchachos —declaró Odiseo, con insólita dulzura—. Basta una broma
infausta para separar a unos amigos jurados. Sea como fuere, yo también recurrí
a los presagios y mi diosa me dijo que el destino de Aquiles era participar en
esta guerra. Pero creí que quizá se habría tornado cobarde con su educación
femenina. Así que reuní muchos regalos para las hijas del rey y los esparcí
ante las muchachas: vestidos, sedas y cintas. Mas entre tales regalos oculté
una espada y un escudo; y mientras ellas disputaban por todas aquellas cosas,
Aquiles empuñó la espada. En consecuencia, lo traje.
Casandra
se echó a reír.
—Bravo,
Odiseo —dijo— pero tu prueba no era del todo fiable. Yo también he portado
armas. Cabalgué con las amazonas y, de haber estado entre las hijas del rey,
habría hecho exactamente lo mismo. No hace falta ser un héroe para sentirse
desesperadamente harta de los chismorrees en las estancias de las mujeres.
Aquiles rió con desprecio.
—Pentesilea
dijo una vez que sólo quienes odian y temen la guerra son capaces de
enfrentarse a ella con eficacia —dijo ella.
—Una mujer
—comentó Aquiles desdeñosamente—, ¿qué puede saber de la guerra una mujer?
—Tanto
como tú... —empezó a decir Casandra, pero Odiseo, que parecía muy cansado, la
interrumpió. —¿Nos ayudarás, Casandra?
—En todo
lo que esté en mi mano —repuso—. Deja que vaya a advertir a mi padre para que
esté dispuesto a encontrarse contigo esta noche.
—Eres una
buena chica —afirmó Odiseo, abrazándola. Ella le abrazó también, y besó su
correosa mejilla. Luego, sorprendida de su propia audacia, se disculpó:
—Bueno,
dijiste que eras mi tío. Es natural, pues, lo que he hecho.
Patroclo
se echó a reír.
—Yo
también seré tío tuyo, Casandra, si me besas de ese modo —dijo.
Aquiles
frunció el entrecejo, y Casandra se ruborizó. —Odiseo —dijo—, es un viejo amigo
al que conozco desde que era niña. No beso a ningún hombre que sea más joven
que mi padre.
—Déjala,
Patroclo; es una virgen consagrada a Apolo —intervino Odiseo—. Te conozco.
Cuando veas a su hermano Paris, la olvidarás; son tan semejantes como dos gotas
de agua.
—¿Un
hombre con su belleza? Me gustaría verlo —afirmó Patroclo.
—Ah ¿se
trata de ese Paris? ¿De ese cobarde tan guapo? —preguntó Aquiles, con aspereza.
—¿Cobarde,
Paris? —se asombró Casandra.
—Lo vi
ayer en la muralla, cuando Odiseo me desembarcó con mis soldados, antes de que
por la noche y sin que me viesen volviera a reunirme con él en el lugar donde
había ocultado su nave. Y entonces me dije: Estos troyanos son cobardes; se
quedan en las murallas como si fuesen mujeres y lanzan sus flechas en vez de
acudir a batirse con la espada.
Todo lo
que Casandra se le ocurrió responder ante tales palabras fue:
—El arco
es el arma preferida de Apolo. —Pues, a pesar de eso, sigue siendo el arma de
un cobarde —afirmó Aquiles.
Ésa es su
forma de ver el mundo, limitándolo a combates v honor —pensó ella—. Es posible
que, si viviese lo suficiente, cambiara de manera de pensar. Pero los hombres
que ven el mundo de ese modo no viven tiempo bastante para cambiar tal
criterio. Casi podría decirse que es una lástima, pero quizás el mundo
mejoraría sin tales hombres.
Los
visitantes de Casandra aguardaron entonces a que ella hablase. Les sugirió que
permanecieran ocultos durante el calor del día. Luego, al amparo de la noche,
los conduciría al palacio de Príamo.
—No me
gusta eso —dijo Aquiles—. No me parece bien deslizarme en la oscuridad. No temo
a ningún troyano ni a la horda de hijos y soldados de Príamo. Lucharé contra
ellos hasta llegar al palacio y cuando salga de allí.
—Calla,
loco —lo amonestó Patroclo, dándole un afectuoso golpe en un hombro—. Nadie
duda de tu valor, ¿por qué entonces has de perder el tiempo en escaramuzas
cuando puedes aguardar a la gran batalla y desafiar a cualquiera de los
caudillos de los ejércitos de Príamo? Tienes bastantes guerreros ante ti,
Aquiles. No seas impaciente. —Sonrió y puso su brazo sobre el de su amigo.
¿Puede
considerarse a éste el más grande de los guerreros, pensó Casandra, un
chiquillo entusiasmado con el nuevo juguete de su espada y de su refulgente
armadura?
¿Y depende
la supervivencia de Troya y de nuestro mundo de semejante niño loco?
Cerró la
puerta y los dejó dentro de la sala, rogándoles que permaneciesen ocultos. El
sol ya se hallaba alto. Casandra se cubrió la cabeza con un chal y descendió de
la colina camino del palacio. Pocas veces había buscado deliberadamente
encontrarse con su padre, y podía contar con los dedos de una sola mano las
veces en que había estado a solas con él.
Odiseo no
lo creerá, pensó, pero a mi, hija de Príamo, me cuesta más llegar a su
presencia de lo que le costaría a él mismo.
Finalmente
acudió a un viejo doméstico, quien le dijo que su padre estaba examinando las
armas distribuidas a los soldados ya que aquel día los aqueos habían optado por
no atacar.
—Después
de eso, princesa, irá al baño con sus hijos mayores y más tarde, probablemente,
beberá vino en sus estancias. Estoy seguro de que si acudes a él entonces, te
recibirá de buen grado.
Pasó las
horas que mediaban hasta la ocasión, en la estancia de Creusa, jugando con su
niña. Creusa la informó sobre la hora que solían regresar los hombres y
entonces acudió a las habitaciones de su padre, con la esperanza y el temor de
encontrar allí a su madre. Le resultaría difícil explicar su misión ante
Hécuba, que no estimaría adecuado que una mujer tomase parte activa en la
guerra. Aunque si esta ciudad cae en poder de los aqueos, pensó Casandra
desesperada, sufrirá tanto como cualquier otro y más que la mayoría.
Encontró a
Príamo sólo con su armero, quien le mostraba algunos nuevos venablos. Se volvió
para espetarle con irritación:
—¿Qué
haces aquí, Casandra? Si querías hablar conmigo, deberías habérselo dicho a tu
madre y yo te habría recibido en el recinto de las mujeres.
Ella no se
molestó en protestar.
—Sea como
fuere, padre, ¿me escucharás ahora que estoy aquí? ¿Hablarías con Odiseo si eso
contribuyese a poner fin a esta guerra?
—Para eso
tendría que hablar con el propio Agamenón —respondió Príamo—. Pero entre las
naves invasoras no he visto la de Odiseo.
—No, se
halla oculta en una ensenada secreta —le informó Casandra—. Odiseo se encuentra
ahora en el templo del Señor del Sol y quiere hablar contigo esta noche. ¿Puedo
traerle, en compañía de Aquiles a palacio a la hora de la cena?
—¿También
a Aquiles? ¿No esconderás también bajo tus faldas a Agamenón y a Menelao,
acechando para acometernos traicioneramente?
—No,
padre. Se trata tan sólo de Odiseo, de Aquiles y de su amigo. Odiseo ha de
presentarse mañana a los jefes aqueos, pero primero quería tratar contigo en
aras de vuestra vieja amistad.
—Cierto.
Fue un buen amigo durante muchos años —dijo Príamo pensativamente—. Que venga,
y también Aquiles y su compañero... He oído que jamás da un paso sin él.
—Se lo
diré, padre —prometió Casandra. Y se marchó antes de que Príamo pudiera hacerle
más preguntas o cambiar de opinión. No se molestó en informar a su madre ni a
ninguna de las mujeres del palacio. Allí había siempre comida bastante a la
hora de la cena para una docena más de bocas y la idea misma de albergar a
Aquiles aterraría a las domésticas.
Regresó
muy cansada al templo del Señor del Sol. Sólo se concedió tiempo para vestir
sus mejores ropas y ponerse el collar de cerámica azul que le regaló Odiseo.
Después se dirigió a la sala donde los había dejado. Patroclo le sonrió con
simpatía, pero Aquiles iba y venía con impaciencia por la estancia y Odiseo
parecía también inquieto e impaciente. —Ya te dije, Aquiles, que no podíamos
irrumpir sin más en el palacio de Príamo. No pasaríamos más allá del cuerpo de
guardia. Y aunque consiguiésemos abrirnos paso no seríamos recibidos con la
cortesía debida a unos embajadores. Y eso resulta crucial para nuestra misión.
Confía en Casandra: ella conseguirá que nos reciba.
—No confío
en ninguna mujer —declaró con hosquedad Aquiles—. Por lo que sé, ésta podría
tendernos una trampa y llamar a los soldados troyanos para que nos capturaran.
—Ya te
dije que estaba bien dispuesta hacia nosotros.. Aquí la tienes —dijo Odiseo—.
¿Qué tal te ha ido, Casandra?
—Bastante
bien —contestó—. Mi padre os recibirá a los tres a la hora de la cena.
Y ahora,
pensó, el problema estriba en conseguir que vayan desde aquí a la gran sala de
Príamo sin que les descubran los espías que pueden estar en la ciudad.
—Los tres
debéis vestir mantos de los sacerdotes de Apolo —les aconsejó—. A nadie le
extrañaría ni se preguntaría la razón de que Príamo os llamase.
Le
proporcionó a Odiseo un enorme manto que lo hacía irreconocible. Aquiles se
resistió un poco a disfrazarse.
—¡Como si
tuviera miedo de cualquier troyano, desde un simple sacerdote al propio Héctor!
—¡Dioses
poderosos! ¿Es que este hombre no sabe pensar en otra cosa? —preguntó Casandra.
—Ya está
bien, Aquiles —intervino Odiseo—. Cuando te incorporé a esta misión, juraste
por tu sagrado linaje que me obedecerías en todo; ahora te ordeno que vistas
ese disfraz. Cumple tu promesa.
Protestando,
Aquiles se envolvió en el manto y Patroclo le cubrió la cabeza con el capuchón.
—Te
reconocerían por tus cabellos. Mantenlos cubiertos —le apremió mientras se
envolvía en el tercer manto, ocultando su cara.
—¿Pero
realmente van así los sacerdotes de Apolo con esta temperatura, Casandra?
¡Pensarán que los tres sufrimos dolor de muelas!
Ella no
pudo contener la risa.
—¿A quién
le importa lo que piensen? Lo que hacen los sacerdotes, bien está. Es posible
que crean que participáis en algún asunto misterioso, pero nadie os preguntará
nada ni os pedirá que les mostréis los rostros. Y eso es lo único que interesa.
Venid por aquí. Saldremos por una puerta que se usa poco. Es mejor que todo el
mundo crea que se trata de tres sacerdotes en una misión que no desean que se
conozca.
Aquiles
aún seguía protestando en voz baja, pero Casandra no le prestó atención. Los
condujo hacia abajo, al amparo de la creciente oscuridad del crepúsculo. Aún no
estaba muy avanzado el año y éste llegaba a horas tempranas.
Ardían
antorchas al pie de las escaleras del palacio y la gran sala rebosaba de luz.
Príamo se hallaba sentado en su trono pero bajó unos escalones y saludó
ceremoniosamente a los tres hombres. Ignoró a Casandra, que se deslizó hacia su
lugar habitual, cerca de Hécuba, desde donde podría ver y oír bien.
Su madre
le golpeó cariñosamente la mano. —No sabía que te tendríamos aquí esta noche
—le murmuró—. ¿Es ése Aquiles? Parece bastante distinguido para ser un aqueo,
pero mi padre solía decir que la distinción está en los hechos. ¿Tan joven es o
sólo tiene ese aire de chiquillo porque está recién afeitado?
—Lo
ignoro, madre, pero yo diría que aún es demasiado joven para los ritos aqueos
de la virilidad; tendrá dieciséis o a lo sumo diecisiete años.
—¿Y ese
muchacho tan guapo es el más grande de sus guerreros?
—Eso
dicen. Yo no lo he visto luchar pero me han contado que, cuando lo hace, se
halla poseído por su dios de la guerra —cuchicheó Casandra.
Odiseo se
acercó para besar la mano de Hécuba en señal de homenaje.
—Y todas
tus hijas están más bellas que nunca —comentó—. ¿No se halla hoy en la mesa la
encantadora Helena?
—Aún sigue
en cama tras el parto —le informó Hécuba—. Y además no es muy proclive a cenar
con hombres que no sean de la familia.
—Todos
perdemos con eso —afirmó Odiseo—. Pero supongo que debe permitírsele que
mantenga las costumbres de su propio pueblo, si ése es su deseo. ¿Ha tenido,
pues, un hijo?
—Oh, sí,
precioso. No es grande, pero parece fuerte y sano. Cualquier abuela me
envidiaría —declaró Hécuba, llena de satisfacción.
—De
haberlo sabido, habría traído un regalo para el pequeño —dijo Odiseo,
sonriendo—. Pero tal vez lo que aquí nos ha traído esta noche, si concluye como esperamos, sea mejor regalo para
todos nuestros hijos que cualquier sarta de piedras preciosas.
Hizo una
inclinación y volvió a su sitio cuando las criadas empezaron a entrar con el
vino y las bandejas de comida.
La
costumbre exigía que se diera prioridad a saciar el hambre de los invitados.
Sólo cuando retiraron el cabrito y las aves asadas, el pescado hervido, las
grandes roscas de pan y las frutas con miel, y el anfitrión y los invitados
empezaron a entretenerse con nueces y vino, se volvió deliberadamente Príamo
hacia Odiseo y le dijo:
—Siempre
es un placer tenerte invitado a mi mesa, Odiseo. Pero creo que esta noche no
has venido sólo a compartir mi comida, ¿qué otro objeto te ha traído hasta aquí
en compañía de tus amigos del país y de las islas de los argivos?
Aquiles
cenó en abundancia, pero se mostraba inquieto. Se había levantado y deambuló
por la sala, examinando algunas armas antiguas colgadas en los muros. Se mostró
especialmente interesado por un hacha de doble hoja, provista de un mango cuya
longitud doblaba la talla de un hombre. Parecía ansioso por descolgarla y
probarla.
—¿Es ésta,
Príamo, una auténtica hacha de guerra o se trata de una reliquia de los
titanes?
De niña, a
Casandra, le habían contado extraños relatos de los combates de los titanes en
los que desempeñaron un importante papel las armas de esa clase. Se había
preguntado numerosas veces por su veracidad, pero jamás se atrevió a
investigarlo. Supuso que sería necesario ser alguien como Aquiles para formular
tal pregunta a su padre y obtener una respuesta.
—No lo sé
—dijo—. Por su tamaño, podría ser una reliquia de la guerra contra los titanes,
pero no puedo asegurarlo.
—No es un
arma, al menos no para un combate entre mortales, ni incluso entre titanes
—dijo Hécuba, con seguridad—. Se trata de un objeto ritual del Templo del Hacha
de Doble Filo en el país de los minoicos, traído hasta aquí después de que el
gran santuario fuese anegado por el mar. Existen hachas tales de tamaño no
superior a mi dedo pero hay muchas como ésta e incluso, según me han dicho,
mayores. Nadie sabe su verdadera utilidad, ni siquiera en Cnosos, pero una vez
me contaron que los sacerdotes las empleaban en los sacrificios, cercenando de
un solo tajo la cabeza de un toro.
Aquiles
examinó con atención la enorme hacha, como si intentase averiguar si podía ser
empleada de ese modo, porque el mango medía más del doble de su estatura.
—Ese
templo tuvo que contar con unos sacerdotes desmesuradamente altos —comentó—.
Si no titanes, al menos cíclopes. No
creo que ni siquiera vuestro Héctor pudiera cercenar en un
sacrificio la cabeza de un hombre o de un toro con un hacha así.
Héctor
descendió de su asiento y se acercó a Aquiles para estudiar el arma.
—Siempre
he querido probar qué podía hacer con un hacha semejante —afirmó—. Pero cuando
era muy joven, me dijeron que sería un sacrilegio empuñarla. Ahora soy mayor y
si existe un dios que pueda ofenderse, no le conozco.
Alzó la
vista hacia Príamo, solicitando su permiso.
—¿Podemos,
padre?
—No veo
nada malo en eso —repuso el rey—. Ningún dios lo ha prohibido. Si es sagrada a
cualquier dios, éste se halla en su templo hundido, a cien brazas de
profundidad. Aunque se ofendiera, dudo de que ahora pudiera o quisiera
castigarte. Haz como te plazca.
—Es un
sacrilegio —intervino Hécuba, indignada—. La hoja está consagrada a la Madre
Tierra.
Pero su
voz no se alzó lo bastante para que la oyesen Príamo o Héctor.
Éste
arrastró un banco hasta colocarlo bajo la enorme hacha. Pese a sus musculosos
brazos, hubo de hacer tres intentos antes de alzarla de los ganchos que la
sujetaban. La aferró por la mitad del largo mango y saltó del banco,
sujetándola con las dos manos. La enarboló, haciéndola girar por encima de su
cabeza.
Aquiles
saltó, hacia adelante pero Héctor le gritó:
—¡Atrás!
¡Retírate!
El hacha
giraba con rapidez creciente sobre su cabeza.
—¡El toro
para el sacrificio! —gritó Héctor.
—Déjamela
ahora a mí —solicitó Aquiles.
—No seas
necio —dijo Héctor secamente—. Estoy seguro de que eres fuerte, muchacho, pero
te quebrarás o te romperás los tendones si tratas siquiera de levantarla. Eres
nuestro invitado y no querría que te lastimases.
—¿Cómo te
atreves, troyano, a llamarme muchacho en ese tono? Te demostraré que soy más
fuerte que tú y que puedo alzar cualquier cosa que tú alces —gritó Aquiles,
aferrando el hacha.
Pero
mientras que Héctor había tenido que bajarla, Aquiles estaba obligado a
levantarla del suelo. Acudió Patroclo y lo amonestó con voz susurrante. Mas
Aquiles lo apartó con gesto brusco. Sus manos eran demasiado grandes para su
talla. Las aferró con fuerza en torno del mango e intentó abrazarla. Se
marcaron las venas de su frente. Se detuvo para escupir sobre sus manos, al
objeto de conseguir mejor sujeción, y probó de nuevo. Lentamente elevó el hacha
hasta mantenerla en equilibrio sobre su cabeza, con los brazos extendidos.
Entonces, empezó a girarla, describiendo grandes círculos en el aire, que
producían un ruido silbante. Brotaron vítores de la mesa principal a los que se
unieron pronto los de todos los hijos de Príamo, y Héctor, generosamente, inició
una ovación.
—¿Qué dios
te dotó de semejante fuerza? —le preguntó, añadiendo antes de que le
respondiera—. ¡No dudo de que seas más fuerte que yo! Desearía medirme contigo
en una lucha amistosa porque prefiero ser tu amigo a tu enemigo, aqueo.
Los labios
de Aquiles se contrajeron en un gesto burlón pero Odiseo intervino:
—Por esto,
Príamo, traje esta noche a los dos jóvenes. Si Aquiles no entra en combate, aún
podrás hacer la paz con los aqueos. Así lo han afirmado los oráculos.
—También
yo preferiría tenerlo como amigo a contarle entre mis enemigos —aseguró
Príamo—. ¿Tendremos que luchar, joven? Voy a hacerte un ofrecimiento: cásate
con aquella de mis hijas que prefieras y serás heredero de esta ciudad con los
mismos derechos que Héctor cuando yo muera. El pueblo escogerá libremente a su
rey entre Héctor y tú. ¿Evitarás esta terrible guerra, convirtiéndote en hijo y
heredero mío? Porque si no te unes a ellos, los aqueos se retirarán.
—¿Incluso
Agamenón y Menelao? —inquirió Hécuba.
—Menelao
sabe que Helena no le quiere —dijo Paris calmadamente—. Se someterá
al destino y a Afrodita, sabiendo que es por voluntad de la diosa del amor.
—Y
Agamenón ha tenido malos presagios —afirmó Odiseo—. Luchará, si ésa es la
voluntad de los dioses, pero en Aulida, donde su ilota halló una calma chicha,
le persuadieron para que ofreciese a su primogénita en sacrificio a los
vientos. Era su favorita; considera que el precio fue demasiado alto, y su
mujer no se lo ha perdonado. Creo que se retiraría con gusto de esta guerra si
pudiera hacerlo sin merma de su prestigio. Esta profecía acerca de Aquiles le
proporcionaría una excusa perfecta y podríamos conseguir la paz. Y Aquiles
gobernará Troya con Héctor en vez de perecer ambos en combate.
—¡No temo
morir en la batalla! —dijo Aquiles, irritado—. Pero quizá podría ganar renombre
al ser designado como rey de Troya. Por lo que a tus hijas se refiere, rey
Príamo... —Se interrumpió y buscó a Casandra con la mirada—. ¿Podría ser ésa?
Casandra
se disponía a protestar, pero Príamo respondió:
—No puedo
darte a ésa en matrimonio. Ha sido consagrada Virgen de Apolo. El Señor del Sol
la reclamó. ¿Contenderías con Apolo?
—En manera
alguna —contestó Aquiles, con un devoto estremecimiento.
Volvió a
dirigir su mirada hacia el banco en donde se hallaban sentadas las mujeres y
caminó hacia ellas hasta inclinarse ante Andrómaca.
—Ésta es
sin duda la más bella —dijo.
—¡No! ¡Es
mi esposa y la madre de mi hijo! —gritó Héctor.
La boca de
Aquiles se contrajo en su mueca peculiar, ocultando los labios.
—¿Quieres
que luchemos por ella?
—De ningún
modo. Es la hija de la reina de Colquis —contestó Héctor.
—Vamos,
vamos —intervino Odiseo, un poco turbado—. Esta guerra comenzó por una esposa
robada; no podemos seguir por ese camino. Aquiles, elige a una de las hijas
vírgenes de Príamo, a una que esté en disposición de casarse. Polixena, que es
tan bella como la reina espartana.
—El
ofrecimiento no ha sido sincero —afirmó Aquiles con despecho—. He elegido no
una, sino dos veces y ambas me han sido negadas. ¿Por qué no luchar limpiamente
por tu esposa?
Héctor se
echó a reír.
—Combatiré
contigo por algo que sea razonable, pero no arriesgaré a mi esposa. Ella no
merece eso de mí —dijo.
—Bonita
oferta entonces la de Príamo —declaró Aquiles en un estallido de rabia—.
Olvidadla entonces. Lucharé contra vosotros en el campo de batalla y, cuando
haya tomado la ciudad, tomaré a tu esposa, Héctor.
Éste se
adelantó con gesto amenazador.
—¡Tendrás
que matarme a mí primero!
—De
acuerdo, así lo haré si es preciso —repuso Aquiles—. Y estoy seguro de que ella
me preferirá.
Andrómaca
se inclinó hacia Héctor y le murmuró unas palabras. Su marido puso una mano
sobre su hombro cariñosamente, mientras decía:
—Si ese
día ha de llegar, yo no puedo impedírtelo. Pero tal batalla será larga.
—Ha sido
ordenado por los dioses que yo participe en la guerra —manifestó Aquiles—. Y
Troya caerá.
—¿Rechazas
entonces mi ofrecimiento, Aquiles? —preguntó Príamo.
—Así es.
Prefiero ser tu enemigo a tu aliado, anciano. Y yo mismo tomaré esta ciudad y
la gobernaré sin tu ayuda ni la de Héctor... y con una, dos o tres de tus
hijas, si me place.
—Mi
hermana Casandra es una sibila, y me atrevo a decir que puede profetizar mejor
que tú —dijo Héctor y, volviéndose hacia Casandra, le preguntó—: En nombre de
Apolo, hermana, ¿se apoderará de Troya este gallo enano y pendenciero?
Casandra
se sintió irritada contra Héctor por atraer sobre ella la atención de todos.
—Así dicen
los dioses: Aquiles ganará renombre en Troya. Mas ten cuidado, Aquiles, porque
cuando salgas de Troya esta noche jamás volverás a entrar, ni tendrás
posibilidad de gobernarla.
Del airado
rostro de Aquiles había desaparecido todo rastro de cortesía.
—También
nosotros tenemos profetisas —masculló—. Por la moneda más mezquina te darán una
docena de profecías, la derrota o el triunfo, lo que quieras. Mi propia madre
es una gran profetisa y prefiero escucharla a ella que a cualquier troyana de
Apolo.
Desenvainó
su espada.
—Aquí y
ahora, Héctor —gritó—. Te arrebataré el reino de Troya. ¿Por qué perder el
tiempo en una guerra?
Patroclo
sujetó sus brazos y se esforzó por girarlos hacia la espalda.
—¡Tu
anfitrión es sagrado! —le gritó.
Y Héctor
dio unas pasos hacia adelante.
—Pelearía
con él aquí y ahora si lo quiere —dijo—. Pero es huésped de mi padre.
—Llévatelo
de aquí, Odiseo; lo recibí porque tú me lo pediste —intervino Príamo.
Odiseo se
le acercó para abrazarlo:
—Perdóname,
viejo amigo, que haya traído a tu palacio a este salvaje. Lo lamento con todo
mi corazón —dijo.
—Hiciste
lo que te pareció mejor para todos nosotros, Odiseo —afirmó Hécuba—. Con guerra
o sin ella, siempre serás bienvenido aquí. Confío en que llegue un día en que
puedas volver sin esconderte.
Él se
inclinó y besó su mano.
—Hécuba
—dijo—, que Hera sea testigo de que no te deseo más que bienes. Y si un día
llega en que pueda hacerte un gran favor, ruego para que ella me muestre cómo
he de proceder.
—Así lo
quieran los dioses —contestó ella, sonriéndole con afecto.
Casandra
sintió un temblor. Hubiera deseado gritarle algo a su madre, pero había pasado
el momento. Odiseo se envolvió en su manto. Aquiles y Patroclo abandonaban ya
apresuradamente la sala, seguidos por la mirada enfurecida de Héctor. Casandra
se estremeció porque le pareció que la luz de las antorchas había adquirido el
color de la sangre y que, como un halo sangriento, rodeaba los rubios cabellos
de Aquiles.
Cuando los
aqueos hubieran salido, Príamo hizo la señal a Casandra para que se acercase.
—Recibí a
esos hombres —dijo con voz irritado—, porque tú me lo pediste. Ya no eres una
amazona; no vuelvas nunca a tratar de hablar conmigo de tales materias.
Casandra
inclinó la cabeza. Le pareció que de su padre emanaba el olor de la sangre
y de la carroña, y que tanto él corno ella se hallaban sumergidos en sangre
hasta los tobillos. ¿Cómo era posible que él no viese ni oliera la sangre?
Además le había ordenado que no volviese a hablarle de la guerra.
Nunca. No
mientras yo viva. Ni después.
Durante
los días que siguieron, Casandra observó desde las alturas del templo la
llegada de los soldados de Aquiles. Los llamaban mirmidones, hormigas, y desde
aquella altura, eso le parecieron tan numerosos y oscuros como insectos que
bulleran por la playa. Por el momento, sin embargo, no parecía que tuvieran
intenciones de dirigirse hacia la ciudad sino que iban y venían por la llanura,
corriendo y ejercitándose en maniobras militares. La figura de Aquiles
resultaba claramente visible entre ellos, destacando no sólo por su manto
purpúreo sino también por el color rubio plateado de su cabello y la arrogancia
de su porte.
Pocos días
después, bajó a visitar a su madre. Le preocupó ver que se habían acentuado las
arrugas de su rostro. Cuando se aproximaba a las habitaciones de la reina, se
extrañó al oír los gritos de una trifulca. No entendía las palabras pero
percibió con claridad que salían de bocas de mujeres. Cuando llegaba junto al
gran telar, situado en la sala principal, oyó el ruido de una fuerte bofetada y
un grito ahogado. Luego la voz de Hécuba dijo:
—¡Jamás!
—Entonces,
iré sin tu permiso —afirmó una voz joven—. Y sin tu bendición, señora.
Las
mujeres callaron al reconocer a Casandra y se apartaron para dejarle paso.
Parecía como si se hubiesen reunido todas las domésticas del palacio en torno
de Hécuba, que llevaba un vestido viejo. Sus cabellos, en vez de estar peinados
en su corona habitual, le caían en mechones lacios y grises. Una de las
costureras, una muchacha cuyo nombre ignoraba Casandra aunque había admirado a menudo la pericia de sus
trabajos, anunció:
—¡Aquí
está la princesa! Es sacerdotisa y sabrá qué decirle.
Casandra
penetró en el círculo de mujeres que, excepto por un murmullo o dos, guardaban
silencio.
—¿Qué
sucede, madre? —preguntó—. ¿Qué pasa aquí? Una joven, con la mejilla enrojecida
por la bofetada, se levantó con gesto orgulloso para hablar. Era esbelta y
bella, poseedora de sedosos cabellos de color castaño que le llegaban casi
hasta la cintura, porque el incidente se había producido mientras se peinaba.
Sus grandes ojos oscuros quedaban a la sombra de largas pestañas.
—El dios
me ha hablado, y yo he elegido a mi señor —afirmó.
—Esta
estúpida muchacha —explicó Hécuba—, esta niña necia, se ha empecinado... ¡Oh,
casi me avergüenza decírtelo! Que una mujer sea capaz de degradarse hasta tal
punto, de rebajarse hasta ese extremo... No es una doméstica ni una esclava
sino una mujer de buena cuna, una de mis mejores bordadoras y siempre la he
tratado como a una hija aquí en el palacio. No le faltaba de nada...
—Bien,
dime qué ha hecho —demandó Casandra—. ¿Ha abierto las puertas de la ciudad para
que entrasen los aqueos?
—No, aún
no ha llegado a eso —reconoció Hécuba.
—Está loca
—afirmó Creusa—. En el banquete de hace unos días puso sus ojos en Aquiles y,
desde entonces, no habla de otra cosa: de lo fuerte que es, de su destreza con
las armas, de lo bello que parece, si es que un hombre puede ser bello, y ahora
se le ha metido en la cabeza la idea de bajar y ofrecerse...
—¿A los
aqueos? —preguntó Casandra, consternada.
—No
—repuso quedamente la muchacha, cuyos ojos relucían—. A mi señor Aquiles.
—Ni
siquiera el rey Príamo te enviaría a él como esclava —afirmó Casandra.
—No puede
ser esclavitud porque le amo —dijo la muchacha—. Desde la primera vez que puse
los ojos en él supe que no podría existir para mí otro hombre en el mundo.
—Mi madre
tiene razón. Has perdido el juicio —manifestó Casandra—. ¿No comprendes que es
una bestia, que es un bruto? No piensa en nada más que en la guerra; sólo obtiene placer
matando. Y desde luego en su vida no hay sitio para ninguna mujer, ni para el
amor de una mujer. Si ama a alguien, es a Patroclo, su compañero de armas.
—Estás
equivocada —dijo la mujer—. Me amará.
—Pues si
así fuera, sería lo peor que podría acontecerte —afirmó Casandra—. Te aseguro
que ese hombre está trastornado, que su mente se halla emponzoñada por un
vehemente anhelo de muerte.
—No,
reparé en que me miraba —dijo la joven—. ¿Cómo se te ocurre decir tal cosa? Es
el hombre más apuesto que jamás crearon los dioses; semejante belleza debe
significar también bondad. Sus ojos...
Con un
estremecimiento, Casandra recordó a la mujer de la aldea de los centauros, con
los tobillos atravesados por una cuerda y defendiendo su mutilación como un
acto de amor. Era inútil razonar con alguien en semejante estado.
Sin
embargo, debía intentarlo aunque sólo fuese porque las dos eran mujeres y por
tanto hermanas.
—Tú...
¿Cómo te llamas? —empezó por decirle.
—Briseida
—respondió Hécuba—. Es una tracia.
—Escúchame,
Briseida —dijo Casandra—. ¿No puedes siquiera advertir que estás engañándote?
Eso es un loco capricho que ha metido en tu cabeza algún demonio, no un dios.
Has inventado un hombre en tus sueños y lo has llamado Aquiles. ¿Crees en
verdad que si te dejásemos ir y llegases hasta los aqueos significarías para él
algo más que una prostituta o que una esclava?
—No creo
que pudiera amarlo tanto sin despertar algún amor a cambio —afirmó Briseida.
Creusa se
adelantó y la sacudió.
—¡Escúchanos,
loca! ¡Esa clase de amor no es más que la fantasía de una muchacha estúpida! Si
deseas un varón, hablaré con mi padre y él dispondrá un matrimonio para ti.
Aquí hay soldados y caudillos de todo el mundo. Y tu padre es un hombre
respetado en su propio país; el mío te hallará un marido adecuado.
—Pero no
deseo un marido adecuado —protestó Briseida—. Yo sólo deseo a Aquiles; le amo.
Estás celosa porque el amor no llegó hasta ti de ese modo. De haber sido así,
sabrías que no puedo hacer otra cosa. No hay nada en el mundo que me importe, a excepción de
Aquiles. No puedo comer ni dormir pensando en él, en sus ojos, en sus manos...
El mismo
tono de voz con que hablaba convenció a Casandra de que era inútil tratar de
persuadir a aquella mujer.
—Dejadla
sola —dijo, desesperanzada—. Ésta es una fiebre semejante a la de Paris por
Helena, una maldición de su diosa del amor. Recobrará el sentido tan pronto
como le haya hecho suyo, mas para entonces ya será demasiado tarde.
—Con tal
de que sea mío, nada me importa lo que pueda sucederme después —dijo Briseida,
y Hécuba enjugó las lágrimas de sus ojos.
—¡Pobre
niña! —exclamó—. No puedo impedírtelo. Ve, si quieres, y paga las consecuencias
de tu locura. Mandaré un recado a Príamo y te enviaremos en una litera con un
mensaje que indique que eres un regalo para Aquiles y que si se digna aceptarte
y no te arroja a la soldadesca para revelar su desdén por nuestros obsequios...
Por un
instante la muchacha palideció, pero luego dijo: —Me querrá en cuanto vea lo
que le quiero. Y si así fuere, tanto peor para ti, pensó Casandra. Pero se
abstuvo de pronunciar en voz alta aquellas palabras.
Observó
cómo las mujeres vestían y engalanaban a Briseida. Hécuba incluso le puso al
cuello un collar de oro. Cuando estuvo dispuesta, Casandra casi la envidió,
puesto que parecía completamente feliz.
Las
mujeres sueñan con esa clase de amor. Y luego llega la cuerda que atraviesa los
tobillos, la esclavitud, la degradación. Debería hallarme en su lugar, pensó
Casandra. Aquiles me pidió y estoy segura de que me hubiera recibido conforme a
mi rango. Luego, mientras durmiese, una daga en su cuello v quizás el final de
esta guerra. El gran Aquiles vencido no por un héroe sino por una mujer, por su
propia pasión, aunque ningún guerrero de Troya conseguiría derrotarlo.
¿Acaso
está esa mujer cumpliendo mi propio destino? No. A veces los dioses pueden
darnos lo que a otro pertenece, como a Paris la mujer de Menelao. Pero a nadie
le es dado vivir el destino de otro.
Confío en
que así sea. Lo creo. Porque, de no ser cierto, jamás sabría cómo soportar mi
culpa.
Varios
días después, Casandra volvió a bajar al palacio de Príamo y halló a Helena en
el patio, observando el campamento aqueo. Su hijo Binomos jugaba cerca de ella
y Casandra, contando mentalmente, calculó que Helena llevaba con ellos casi dos
años. Ya resultaba difícil imaginar sin ella el recinto de las mujeres, o que
hubo un tiempo en que no existía la guerra.
Hace tres
años, pensó, yo cabalgaba con las amazonas. Y deseó hallarse de nuevo en la
planicie, libre de la ciudad y de los muros de palacio.
¿Abandonaría
el templo del Señor del Sol? Me ha olvidado. Ya no me habla. No soy más que
otra mujer. Pero a quien quiero es a un dios, no a un hombre... Supongo que
será mejor amar a un dios que a un hombre como Paris o como Aquiles...
Se acordó
de Briseida y buscó con la mirada la tienda de Aquiles. Cerca de ella, pudo
distinguir los paramentos de llamativos colores de la litera en la que Hécuba
envió a la muchacha. Y junto a la entrada de la tienda reparó en la figura
esbelta y erguida del guerrero y en la silueta más pequeña, envuelta en telas
de colores vivos, de una mujer. ¿Briseida? Así que al menos no había desdeñado
el regalo, no la había arrojado a la soldadesca. Casandra se preguntó si se
sentiría feliz y satisfecha.
—Al menos
tiene lo que más deseaba —dijo Helena, aproximándose al muro y señalando a la
muchacha envuelta en velos de color azafranado—. Hay, pues, al menos una mujer
en Troya que ha hecho lo que más anhelaba.
—Como tú.
¿No es cierto, Helena?
—No lo sé
—contestó Helena—. Quiero a Paris... Al menos bajo la bendición de la diosa del
amor, le quería. Pero cuando ella no está conmigo, no lo sé.
También
ella sólo ama conforme a la voluntad de un dios... ¿Por qué se entrometen en
nuestras vidas los dioses? ¿Es que no tienen bastante con sus reinos divinos y
han de venir a mezclarse en las vidas de los hombres y de las mujeres mortales?
Pero se limitó a preguntarle:
—¿Crees
que atacarán hoy?
—Así lo
deseo. Los hombres se aburren encerrados tras las murallas —dijo Helena—. Si
los aqueos no nos atacan en uno o dos días, nuestros soldados saldrán y
atacarán a los aqueos, simplemente para ocupar el tiempo. ¿Qué te sucede,
Casandra? Te has puesto pálida.
—Se me
ocurrió —contestó Casandra, hablando con dificultad—, que si esta guerra se
prolonga mucho, ningún niño de Troya sobrevivirá para convertirse en guerrero.
—Bueno, yo
preferiría que mis hijos fuesen cualquier otra cosa en lugar de esa —afirmó
Helena—. Como Odiseo quizá, para que vivieran pacíficamente en su país natal y
fueran jueces prudentes de su pueblo. ¿Qué desearías para tu hijo, Casandra, si
lo tuvieses?
Jamás
había pensado en eso.
—No lo sé
—dijo—. Cualquier dedicación que le hiciese feliz. Guerrero, rey, sacerdote,
labriego o pastor... Todo menos esclavo de los aqueos.
Helena se
volvió hacia su hijo y le tendió los brazos. Él acudió corriendo hacia ellos.
—Antes de
que éste naciera, aún yo tenía poder, y a menudo pensé en ejercerlo para
detener esta guerra —dijo, pensativa—. Se me ocurrió entonces la posibilidad de
bajar furtivamente hasta el campamento y buscar a Menelao. Creo que habría
aceptado la idea de regresar a casa y cuando no hubiese más por lo que luchar,
o al menos pretexto alguno para el combate, los aqueos habrían tenido que dar
la vuelta y retornar a nuestras propias islas. Pero ahora ya no me aceptaría
con el hijo de otro hombre en mis brazos.
—Déjalo
aquí entonces. Su padre cuidará de él y yo también lo haré, si es eso lo que en
verdad deseas.
Tras haber
pronunciado estas palabras comprendió que Helena era casi la única persona en
Troya con quien podía hablar en esos días. Su madre ya no la comprendía, ni
tampoco sus hermanas. Echaría de menos a Helena si ésta regresara a tierras de
Esparta.
Helena
frunció el entrecejo, y luego preguntó: —¿Por qué tendría yo que renunciar a mi
hijo sólo porque Menelao sea un estúpido? —Al cabo de un instante añadió—: A
decir verdad, Casandra, y de no ser que te halles bajo el sortilegio de
Afrodita, no existe mucha diferencia entre un hombre y otro, pero no es tan
fácil prescindir de los hijos. No soy responsable de esta guerra y creo que
Agamenón la habría iniciado tarde o temprano, independientemente de lo que yo
hiciese o dejara de hacer. —Suspiró y apoyó su cabeza en el hombro de
Casandra—. Hermana, no soy tan valiente como creía ser. Me sería posible, con
un gran
esfuerzo de voluntad, volver a Menelao e incluso dejar a Paris; pero no me
siento capaz?, de abandonar a mi hijo.
Recogió al
pequeño, que se apoyaba en su rodilla, y lo oprimió contra su corazón.
—¿Abandonar
a tu hijo? ¿Y por qué tendrías que hacerlo? —preguntó Andrómaca que, en
compañía de Creusa, se acercaba a la muralla justo a tiempo de oír las últimas
palabras—. Ninguna mujer se sentiría capaz de abandonar al hijo que ha parido
o, en caso contrario, no sería mejor que una prostituta.
—Me alegra
oírte decirlo —dijo Helena—. Trataba de convencerme a mí misma de que mi
obligación era volver con Menelao...
—Ni
siquiera debes pensar en semejante cosa —declaró Andrómaca, abrazando a
Helena—. Ahora nos perteneces y no permitiremos que vayas con los aqueos que
están ahí abajo. Ni aunque Príamo, Paris y todos los hombres quisieran que
fueses, y no lo quieren. Los dioses te han enviado a nosotros, y te
protegeremos, ¿no es cierto, Creusa? —añadió, dirigiéndose a la otra mujer.
—La diosa
te ha bendecido y no dejaremos que te vayas —dijo ésta.
Helena
sonrió levemente.
—Es bueno
escuchar esas palabras. Durante toda mi vida, los hombres se han mostrado
amables conmigo, pero las mujeres nunca; es bueno poder consideraros como
amigas.
—Eres
demasiado bella para despertar simpatía entre las mujeres, pero llevas aquí dos
años y, a diferencia de otras bellezas, no has hecho intento alguno de seducir
a nuestros maridos —dijo Andrómaca.
—¿Por qué
iba a hacer eso? Tengo un marido de más, ¿por qué habría de precisar a los
vuestros? —preguntó Helena, bromeando—. No siento gran amor por Troya. Me
gustaría ver más del mundo, pero las mujeres no pueden viajar.
Siempre
que Casandra oía a cualquiera decir: Las mujeres no pueden... sentía deseos de
demostrar lo contrario.
—Pero yo
estoy a punto de emprender un viaje, por voluntad de mi dios, y puedes venir
conmigo si lo deseas. Me sería grato contar con tu compañía.
—También a
mí ir en la tuya; mas, lo repito, no puedo dejar a un niño tan pequeño
—repuso Helena—. ¿A dónde vas y por qué?
—A
Colquis, a ver a la reina Imandra y a adquirir conocimientos sobre las
serpientes —dijo Casandra—. Hace una luna que las nuestras murieron o huyeron
del templo. Y no quiero reemplazarlas hasta hallarme segura de que no fue por
culpa de algo que hice o que dejé de hacer.
Les
refirió lo sucedido, y Andrómaca mostró añoranza.
—Lleva mis
mejores saludos a mi madre; y dile que estoy felizmente casada y que he tenido
un hijo de Héctor.
—¿Por qué
no vienes conmigo y la saludas tú misma? Tu hijo es ya lo bastante mayor para
quedarse con Hécuba y con su padre.
—Me
gustaría ir —dijo Andrómaca—. Si me lo hubieses dicho hace un mes... pero ahora
estoy encinta. Quizás esta vez sea una hija que se convierta en guerrera de
Troya.
—¿Una
guerrera?
—¿Por qué
no? Tú lo eres, Casandra, y antes que tú lo fue tu madre.
—¿No oíste
lo que dijo Paris cuando quise acudir con mi arco a las murallas? —preguntó
Casandra, disgustada—. Podría disparar ahora, y matar a Aquiles, y acabar con
esta guerra sin que Helena tuviera que alejarse de nosotros. Pero eso no
complacería a los hombres; ellos no quieren que acabe esta guerra.
—No —dijo
Andrómaca—. Quieren ganarla. Héctor se ha reservado a Aquiles para sí, y nunca
aceptará ningún otro modo de poner fin a los combates. ¿Puedes decirme cuándo
sucederá eso y cuánto tiempo más hemos de seguir guerreando?
Casandra
sonrió maliciosamente.
—Héctor me
ha prohibido que profetice catástrofes —dijo—. Y créeme, nada tengo que decir.
—Quizá sea
conveniente que viajes a Colquis —aventuró Helena—. Casandra, amiga mía,
también los dioses me han hablado y nada me han dicho de ningún desastre.
—Entonces,
tal vez sea que tus dioses dicen la verdad y los míos mienten —aceptó
Casandra—. Nada me complacería tanto como regresar para enterarme de que
Aquiles había muerto a manos de Héctor, y que todos los demás se habían alejado
para siempre.
Pero no
será así, no puede ser así...
Casandra
creyó que, una vez tomada la decisión de viajar a Colquis, sólo tendría que
obtener permiso de los sacerdotes y sacerdotisas superiores, recoger las ropas
que deseara llevarse consigo, escoger a una persona que la acompañase (o tal
vez dos) y ponerse en marcha.
Pero no
resultó tan fácil: Se le recordó que existía un estado de guerra oficial entre
los aqueos y Troya; por tanto, habían de hacerse los oportunos arreglos,
mediante prolijos mensajes enviados de templo en templo, para que viajara bajo
la Paz de Apolo, como mujer y sacerdotisa sin vinculación con ninguno de los
bandos contendientes. Se le dio a entender que aquello encerraba una gran
dificultad, puesto que se trataba de una hija de Príamo, estrechamente
emparentada con los principales combatientes de la guerra. Mucho antes de que
hubieran podido obtenerse los salvoconductos y permisos oficiales, Casandra
estaba ya cansada de todo el asunto y arrepentida de haber tenido la idea de
hacer el viaje. Al final hubo de formular un juramento sagrado por todos los
dioses de los que había oído hablar, y por algunos cuya existencia ignoraba, de
que no transmitiera mensaje de ninguno de los dos bandos en relación con la
guerra; y, tras esto, se la declaró mensajera oficial de Apolo, autorizada para
viajar donde quisiera.
Crises
deseaba acompañarla, y Casandra sintió cierta compasión por él. Aún seguía
lamentando la suerte de su hija en el campamento aqueo, y saber que Agamenón la
había elegido como amante no mitigó su pena. Pero aunque Crises juró a Casandra
que guardaría su virginidad como si se tratase de su propia hija, ella no
confió en su juramento y se negó a admitir su compañía. Como era un sacerdote
dé Apolo muy respetado, al principio pareció que no se permitiría a Casandra
viajar sin que la escoltara. Pero finalmente recurrió a Caris y le dijo que
estaba decidida a encanecer entre las murallas antes de dar un solo paso con
aquel hombre y la cuestión quedó zanjada.
Entonces,
Príamo quiso darle mensajes para sus numerosos amigos, establecidos a lo largo
del camino que había de recorrer, y ella tuvo que jurar que se trataban de
cuestiones familiares o religiosas sin relación alguna con la guerra. Era
comprensible la razón de aquella exigencia, porque solía ocurrir que los
viajeros bajo la inmunidad religiosa se aprovecharan de ésta para espiar en un
bando o en otro. Y, por último, su madre se negó a dejarla partir sin las
debidas damas de compañía; así que Casandra, que hubiese preferido viajar sola
o con una compañera, preferiblemente una amazona como Pentesilea, tuvo que
aceptar la presencia de las dos más ancianas y pacatas domésticas de Hécuba,
Kara y Adrea, y prometer que en el camino compartiría el lecho con ellas.
¿Qué es lo
que cree? se preguntó. Si deseara entregarme al libertinaje, ciertamente no
tendría por qué ir al otro extremo del mundo y recurrir al duro suelo, tras
cabalgar una /ornada, cuando sería más fácil en mi propia habitación.
Pero sabía
que su madre era así y que nada podía hacer para cambiarla; por tanto, aceptó
la elección de las acompañantes que había hecho Hécuba.
—Porque si
me niego —le dijo a Filida, cuando al fin pareció que había superado todos los
obstáculos y partiría al día siguiente—, pensaría que pretendo escapar a su
vigilancia; y no se le ocurrirá otra razón para explicarlo, excepto que me
propongo comportarme libertinamente. ¿Qué hay en las mujeres, Filida, que las
induce a sospechar tales cosas de sus semejantes?
—La
experiencia —contestó Filida, suspirando—. ¿Acaso no me dijiste que hacías
vigilar a Criseida noche y día y que ni aun así hubieras podido certificar su
inocencia?
Casandra
sabía que era cierto, pero se irritó. Se acordó de Estrella cuando afirmaba que
las mujeres de las ciudades eran tan lascivas que tenían que ser encerradas
entre cuatro paredes.
Las
mujeres, pensó, excepto las amazonas, pasan el tiempo sentadas y pensando a
quien aman, sólo porgue no tienen otra cosa en qué ocupar sus mentes. Si
contaran con un rebaño de ovejas o con una recua de caballos que cuidar, se
hallarían mucho mejor. Pero eso no salvó a Enone de marchitarse en el
sufrimiento, cuando Paris la abandonó.
Yació
despierta buena parte de 1a. noche, meditando sobre la misteriosa emoción que
transformaba a mujeres, por lo demás juiciosas, en estúpidas capaces tan sólo
de pensar en los hombres que les habían inspirado amor.
Se había
decidido que partiría al iniciarse el alba. Se levantó en cuanto empezó a
clarear el cielo y tomó un poco de pan y una copa de vino aguado. Al principio
había proyectado viajar en un caballo rápido, pero sus acompañantes eran
demasiado viejas y sosegadas para tal cosa. Así que tuvo que optar por un
tranquilo y viejo asno y hacer que llevaran en sillas de manos a las otras dos
mujeres. Los porteadores y asistentes que casi podían considerarse guardianes,
eran jóvenes sirvientes del templo de Apolo.
Confiaba
en salir sin ser vista pero, cuando se aproximó a las puertas, vio que había
reunido allí un pequeño grupo: Crises, Filida y varios más que deseaban decirle
adiós.
Filida la
abrazó, la besó y le deseó un viaje agradable y un regreso sin incidentes.
Crises se adelantó y también la abrazó, aunque contra la voluntad de Casandra.
—Vuelve
pronto con nosotros, sana y salva, querida —murmuró con los labios muy próximos
a su oído—. Te echaré de menos más de lo que puedo expresarte. Dime que te
acordarás de mí.
Casandra
pensó: Te echaré de menos como de menos se echa un dolor de muelas, pero tuvo
la cortesía de decir:
—Que los
dioses te conserven con salud y te devuelvan a Criseida.
Mientras
lo decía, se dio cuenta de que no le deseaba mal alguno, pero que le gustaría
que hallase una esposa y dejara de acosarla. Luego arreó al asno y se marchó.
Antes de
abandonar la costa tenían que pasar junto a las naves aqueas. Allí se pondría a
prueba por vez primera la eficacia de la tregua de Apolo.
Ante el
campamento surgió un centinela que - dio la alerta. Uno de los capitanes,
perfectamente revestido de dorada armadura, se acercó a la comitiva.
—¿Quién
pretende pasar? ¿Acaso el rey troyano que intenta huir de la ciudad y del
asedio? —empezó a gritarles.
—No hay
tal —replicaron los guardias—. La dama es una sacerdotisa de Apolo y viaja bajo
su compromiso de paz.
—Ah, ¿sí?
—dijo el capitán.
Y miró a
Casandra a la cara de un modo tan directo e insolente que, por primera vez en
su vida, comprendió la razón de la costumbre que imponía a las mujeres aqueas
el uso de velos.
—¿Conque
se trata de una sacerdotisa? ¿De Afrodita? Lo bastante hermosa para serlo.
—No, es
una de las vírgenes consagradas al Señor del Sol —aclaró el jefe de la
guardia—. Y está vedada a cualquier hombre.
—¿Así que
es una virgen? ¡Qué despilfarro! —exclamó el capitán con pesar—. Pero haría
falta un hombre más bravo que yo para enfrentarse con Apolo por una de sus
vírgenes.
—¿Y qué
bellezas se ocultan en esas sillas de manos? —preguntó, descorriendo las
cortinas.
Casandra
estaba ya cansada de ocultarse tras su guardia.
—Dos de
las domésticas de mi madre —dijo—. Para cuidar de mí y garantizar que ningún
hombre me ofenda.
—Están
seguras conmigo y me atrevería a decir que con cualquier hombre —contestó el
soldado, cerrando con presteza las cortinas.
—Siento
que las damas no merezcan tu aprobación —declaro Casandra—, mas son, señor,
para conveniencia mía y no para la tuya. Yo pertenezco a Apolo, no a ti, así
que te ruego que me dejes pasar.
—¿A dónde
vas? ¿Y qué asunto tiene Apolo fuera de su templo?
—Voy a
Colquis —afirmó—. Y viajo en misión del dios. Busco a alguien que sepa lo
bastante de serpientes para que las suyas estén debidamente atendidas en su
templo. —¿Y una mujer como tú piensa ir sola tan lejos? Si fueses hija mía, no
lo consentiría, pero supongo que el dios sabe que lo que a él pertenece se
halla seguro en cualquier parte. Pasa, señora y que Apolo te guarde. Dame su
bendición, te lo ruego —añadió, con gesto reverente.
Esto era
lo último que hubiese podido esperar, pero extendió las manos en gesto de
bendición.
—Que Apolo
te bendiga y te guarde, señor —dijo. Después reanudó su camino.
Aún seguía
viendo las cimas de las murallas de Troya; había olvidado lo lento que sería el
viaje. Aquella noche, y varias más acamparon a la vista de la ciudad y
despertaron contemplando el resplandor de los rayos del sol sobre el templo de
Apolo. Recordó su viaje con las amazonas, y apenas podía creer que desde
entonces hubiese permanecido prisionera tras las murallas de su ciudad. Troya,
su hogar y su prisión, ¿volvería a verla?
En el
largo período transcurrido desde el momento en que decidió hacer el viaje hasta
que se puso en marcha, había tenido tiempo suficiente para hacer los
preparativos y, en consecuencia, había podido encargar que le
hiciesen ¿os tiendas: una, ligera, de lino aceitado y otra de cuero, como las
usadas por las amazonas en épocas de lluvia. Durante los primeros días, las
temperaturas fueron agradables, bajo las estrellas, el interior de la tienda se
hallaba bastante fresco. Sin embargo, las dos acompañantes, interpretando de
forma literal las instrucciones de su madre, hacían que tendiera sus mantas
entre las de ellas. Casandra, que siempre tuvo mal dormir, permanecía a veces
despierta durante horas, sintiendo cómo se clavaba en sus caderas, a través de
la estera de la tienda, cada piedra o cada prominencia del suelo, sin atreverse
a cambiar de postura por temor a molestar a una u otra de sus acompañantes. Mas
podía escuchar el viento y sentir la fría brisa de afuera y, al menos aquello,
era diferente del viento inmutable de las alturas de Troya.
Día tras
día, la pequeña caravana avanzaba con lentitud por la gran planicie. Se
cruzaron con pocos viajeros en su camino, a excepción de una larga hilera de
carretas que llevaban hierro hacia Troya. Cuando quienes la dirigían supieron
que la ciudad estaba asediada, dudaron entre ir hacia el Norte, hasta Tracia, o
regresar a Colquis.
—Porque
los aqueos no trafican con metales —afirmó el jefe—. Prefieren su propia clase
de armas, y lo más probable es que no nos dejen entrar en la ciudad. Entonces
tendríamos que regresar sin haber sacado beneficio alguno de nuestros
esfuerzos, y hasta es posible que los aqueos se apoderasen de toda la caravana.
Casandra
consideró lo último como muy probable.
—¿Sabes
quiénes de los aqueos están allí?
—Aquiles,
hijo de Peleo; Agamenón, rey de Micenas y Menelao de Esparta, Odiseo...
—Eso es
diferente —declaró el jefe de la caravana—. Podemos traficar con Odiseo como
traficaríamos con Príamo; se trata de un hombre honesto y de un comerciante
honrado.
Alzó la
voz para que le oyesen sus carreteros.
—Parece,
amigos, que a fin de cuentas, iremos a Troya.
Y después,
como era de esperar, quiso saber qué hacía ella, viajando sin su
familia y, cuando se lo explicó, le dijo lo que esperaba que le dijera; si
fueses hija mía, no te lo habría permitido.
—Pero
supongo que tu padre sabe lo que hace —concluyó, dubitativo.
Casandra
no estimó necesario hacerle saber que no había solicitado el permiso de Príamo
y, por tanto éste no había tenido la oportunidad de otorgarlo o negarlo.
—¿Quieres
que lleve algún mensaje tuyo a Troya?
—Sólo que
hagas saber en el templo del Señor del Sol que me encuentro bien. Ellos se
encargarán de transmitir el recado a mi madre y a mi padre.
Y con
mutuas expresiones de buena voluntad y bendiciones se separaron, desplazándose
lentamente por la gran planicie como dos corrientes que van en direcciones
opuestas. Pasadas varias noches más, la comitiva cruzaría las fronteras del
país de los centauros.
—¿Los
centauros? —preguntó Adrea, una de sus acompañantes.
—¡Dioses,
los centauros! —exclamó Kara, la otra.
—Así es;
viven en este país y hemos de cruzar su territorio. Es casi inevitable que
encontremos a uno o más de sus grupos nómadas.
A aquellas
mujeres se les había imbuido las antiguas consejas acerca de tales seres.
—¿Y no
tienes miedo de los centauros, Casandra?
—Ninguno
—contestó.
Supuso que
era una respuesta poco femenina. Kara la miró como si se ofendiera por el hecho
de que una mujer no se asustara de lo que a ella le causaba tanto pánico.
Casandra emitió un suspiro y apuró el vino de su copa.
—Hemos de
acabar este vino —dijo—. Está empezando a agriarse y no soportará el calor.
Podremos conseguir más en la próxima aldea, dentro de un día o quizá de dos.
Y el resto
de la conversación trató de temas mucho más banales...
Tal como
Casandra había dicho, vieron a los centauros a hora muy temprana del
día siguiente. Al principio, cabalgando sobre un interminable mar de hierba,
Casandra no pudo distinguirlos; luego, muy lejos, en el límite de su visión,
percibió movimientos y sombras y, por último, una, pequeña silueta... no, dos...
no, tres, a caballo, oscuras contra el dorado ondear de las hierbas. Entonces,
pareció que habían captado el avance de su pequeña caravana y se congregaron
para deliberar. Durante un momento, ella pensó que huirían. Luego volvieron
grupas, encaminándose hacia los tróvanos.
Casandra
hizo que su asno se detuviera, pero no dio muestra alguna de tener propósitos
de retroceder. Sabía desde hacía tiempo que nunca se debía dar ocasión a un
centauro de pensar que se le temía, pues de otra manera se aprovecharía de la
situación.
Dijo en
voz baja, a través de las cortinas de la litera donde iban las domésticas.
—¿Queríais
ver a un centauro? Ahí tenéis uno.
—Yo no he
dicho eso —respondió Adrea.
No
obstante, adelantó la cabeza y miró entre las cortinas. Kara la imitó.
—¡Qué
hombrecillos tan feos y extraños! —exclamó—. Y también desvergonzados. Van
desnudos como animales.
—¿Por qué
iban a llevar ropas cuando no hay nadie que les vea ni se preocupe de su
atuendo? Tienen vestiduras que suelen ponerse cuando van a las ciudades —dijo
Casandra, mientras observaba al grupo que se acercaba.
El primero
entre ellos era un individuo encorvado y de cabellos grises. Sus piernas
parecían aún más cortas y arqueadas que las del resto. Lucía un collar de
dientes de león. Por achacoso y viejo que estuviese, Casandra le reconoció.
—Quirón
—dijo. Y él se inclinó sobre su montura.
—Te
saludo, sobrina de Pentesilea. La vez anterior que te encontramos teníamos miel
silvestre. Ahora nuestra tribu es pobre. Son demasiados los viajeros que
atraviesan esta planicie; ahuyentan la caza, pisotean las plantas de los
campos. Nuestras cabras apenas tienen leche para sus cabritos. Pasamos
mucha hambre.
—Viajamos
hacia Colquis —dijo Casandra—. ¿Puedes mostrarnos el camino?
—Me
placerá hacerlo, si es lo que deseas —contestó, con su rudo acento, el viejo
centauro—. Pero, ¿por qué os alejáis de Troya? Parece que el mundo entero va
hacia esa guerra; si no para luchar, al menos para vender algo a los
combatientes de un lado o de otro.
Aquello
era tan cierto que resultaba innecesario comentarlo.
Antes de
salir de Troya, había pedido en las cocinas media docena de hogazas de pan,
sabiendo que los centauros ni cultivaban ni molían los cereales y que
constituían un lujo para ellos. Cuando las desenvolvió y se las entregó,
Casandra dedujo del brillo de los ojos que padecían auténtica hambre.
—La hija
de Príamo es generosa —dijo el hombrecillo—. ¿Participa tu marido en las
grandes batallas ante Troya? Si es así, le regalaré flechas mágicas que
acabarán con sus enemigos, aunque no les alcancen en una parte vital.
—No tengo
marido —dijo ella—. Estoy consagrada al Señor del Sol y no tendré a nadie más
que a él. No necesito ninguna de tus flechas emponzoñadas con veneno extraído
de los sapos.
Durante un
momento, el hombre pequeño la miró ceñudo, luego se echó hacia atrás, estalló
en una gran carcajada e hizo algo, que Casandra no pudo captar, que obligó a su
caballo a encabritarse para recobrar luego su postura normal.
—Jo, jo,
jo —rió, entre dientes—. La hija de Príamo es lista y buena; ningún hombre de
los míos le causará daño, ni a ella ni a quienes le acompañan, cuando
atraviesen mi país. ¡Ni siquiera a esas viejas que observan con lascivia a mis
hombres detrás de las cortinas! Pero, si no te hacen falta esos viejos sapos,
dáselos a mis hombres; ya no sirven para bang-bang —acompañó esas sílabas
carentes de sentido con un gesto obsceno que se lo proporcionaba claramente—.
Mas podemos cocerlas para hacer veneno de flechas.
Casandra
se esforzó por mantener su expresión imperturbable.
—De
ninguna manera. No quiero ir sin mis mujeres; son buenas conmigo, y no viajaría
por tu país con mujeres jóvenes y guapas.
—Eres
lista —afirmó mientras hacía girar a su caballo y se alejaba rápidamente.
Casandra
alzó la mano para indicarle que no había terminado su parlamento, y el centauro
volvió grupas y se acercó.
—¿Sabe el
sabio jefe del pueblo de los caballos en donde pastan este verano las yeguas de
las mujeres de Pentesilea?
El hizo un
gesto y le dio una rápida explicación en su jerga, como no la obligaba a
apartarse mucho de su camino, Casandra decidió que iría hasta allí. Se despidió
cortésmente de Quirón, que había empezado a compartir con sus hombres las
hogazas y que mostraba ya migas en torno de su boca.
Tras otro
largo día de marcha en la dirección que le había indicado el centauro,
distinguió en la distancia una figura ecuestre. La desconocida era portadora de
un arco como el que las mujeres de Pentesilea llevaban siempre atravesado a la
espalda. Casandra le hizo señas y la mujer se aproximó.
—¿Quién se
atreve a penetrar en nuestro país con una escolta de hombres?
—Soy
Casandra, hija de Príamo de Troya, y busco a mi tía, la amazona Pentesilea
—respondió.
La mujer,
que lucía el ropón de cuero y los calzones de las amazonas y llevaba recogidos
en un moño los cabellos largos, ásperos y negros, la observó con suspicacia, y
al fin dijo:
—Te
recuerdo de cuando eras niña, princesa. No puedo abandonar a mis yeguas... —Con
un ademán indicó a los flacos animales que, dispersos, pastaban la hierba
rala—. Además, no es mi misión convocar a la reina. Pero enviaré una señal para
indicar que se la busca y, si quiere, vendrá.
Desmontó y
encendió una pequeña hoguera, después arrojó algo a las llamas que produjo
grandes nubes de humo. Entonces cubrió la hoguera y la destapó, una y otra vez,
lanzando sucesivas nubes de humo en grupos de a tres.
Al cabo de
algún tiempo, Casandra vio una alta silueta a caballo que se acercaba cruzando
la planicie. Cuando estuvo más próxima, reconoció a su tía.
Al
acercarse el caballo de Pentesilea, Casandra pudo advertir la expresión de
sorpresa en la cara de la amazona. Al cabo de un momento comprendió que su tía
no la había reconocido. Cuando dejó a Pentesilea era aún una muchacha muy
joven; ahora, mayor, vestida y ataviada como una princesa, como una
sacerdotisa, le resultaba por completo desconocida.
La llamó
por su nombre y añadió:
—¿No me
reconoces, tía?
—¡Casandra!
El seco y
tostado rostro de Pentesilea se relajó pero siguió pareciéndole avejentado.
Llegó, desmontó y abrazó a Casandra con cariño.
—¿Qué te
trae por aquí, niña?
—Verte,
tía.
La última
vez que la había visto, Pentesilea parecía joven y tuerte. Ahora Casandra se
preguntó cuántos años tendría en realidad. Su cara se hallaba surcada por
centenares de diminutas arrugas, que se concentraban alrededor de la boca y de
los ojos. Siempre había sido delgada pero ahora estaba flaca sin paliativos,
Casandra pensó si las amazonas pasarían hambre como los centauros.
—¿Cómo va
esa guerra de Troya? —le preguntó—. ¿Pasarás la noche con nosotras y nos lo
contarás?
—Con mucho
gusto —contestó Casandra—. Y podremos hablar de esa guerra, aunque ya esté
cansada de ella.
Ordenó a
los porteadores que siguiesen a la amazona y ella marchó junto a Pentesilea
hasta una cueva que se abría en una ladera. En el interior, había una media
docena de mujeres, casi todas de cierta edad, y varias niñas. Cuando las dejó
eran al menos cincuenta. Ahora no se veían bebés ni mujeres jóvenes en edad de
parir.
Pentesilea
advirtió la expresión de su mirada y explicó:
—Elaria y
otras cinco se hallan en la aldea de los hombres. Me asustaba que fueran pero
supe que tenía que dejarlas ir o nunca me hubiera atrevido a permitírselo en el
futuro. Pero... ¿ignoras pues lo que sucedió? Entonces nuestra vergüenza no ha
llegado aún a oídos de Troya...
—Nada he
sabido, tía.
—Ven y
siéntate. Hablaremos mientras comemos —sonrió y husmeó apreciativamente—. Desde
hace muchas lunas no sabemos lo que es comer bien. Gracias.
A la
comida de las amazonas se había añadido carne seca y pan de las provisiones de
Casandra.
—De
cualquier modo —dijo Pentesilea—, no estamos tan mal como los centauros. Mueren
de inanición y pronto habrán desaparecido. ¿Has hallado a alguno de ellos?
Casandra
le narró su encuentro con Quirón y Pentesilea hizo un gesto de asentimiento.
—Sí,
siempre podemos confiar en él y en sus hombres. En nombre de la diosa, deseo...
—se interrumpió—. El año pasado acordamos ir a una de las aldeas de los
hombres. Hicimos un trato para intercambiar peroles, caballos y también algunas
de nuestras cabras lecheras. Pues bien, fuimos como de costumbre y todo pareció
desarrollarse bien. Transcurrieron dos lunas; algunas de las nuestras ya
estaban preñadas y nos hallábamos dispuestas a partir. Nos rogaron que
permaneciésemos otro mes, y aceptamos. Cuando por fin nos disponíamos a
marchar, organizaron un banquete de despedida y nos obsequiaron con un vino
nuevo. Dormimos profundamente y, al despertar nos vimos atadas y amordazadas.
El vino estaba drogado. Nos dijeron que no podíamos abandonarles, que habían decidido
vivir como los hombres de las ciudades, con mujeres que les atendieran durante
todo el año y compartieran sus lechos y sus vidas...
Hizo una
pausa, temblando de indignación y de tristeza.
—Cada
animal tiene su propio tiempo para aparearse, intentamos recordárselo, pero no
quisieron escucharnos —prosiguió—. Así que les respondimos que lo
consideraríamos si nos dejaban ir. Entonces afirmaron que teníamos que
prepararles una comida porque los hombres de las ciudades tienen mujeres que
cocinan para ellos y atienden a sus necesidades. ¡Obligaron incluso a ir al
lecho a algunas de las mujeres que ya estaban preñadas!
»De modo
que les preparamos la comida. Puedes imaginarte de qué clase —sonrió con
fiereza—. Pero algunas mujeres mostraron oposición a que quitásemos la vida a
los padres de sus hijos. Sólo la Madre Tierra sabe de dónde habían sacado tales
ideas. En consecuencia, varios de ellos estaban prevenidos. Mientras vomitaban
y defecaban, nos dispusimos a marchar. Pero hubo quienes nos obligaron a pelear. Bien, no
pudimos matarlos a todos y perdimos a muchas de las nuestras; las traidoras se
quedaron allí y no volvieron con nosotras.
—¿Que se
quedaron con los hombres que os habían hecho tal cosa?
—Sí,
afirmaron que estaban cansadas de luchar y del pastoreo —contestó Pentesilea
con desdén—. Se acostarán con los hombres a cambio de la comida, sin más
dignidad que las prostitutas de vuestras ciudades. Es una perversión de esos
aqueos, que afirman incluso que nuestra Madre Tierra no es más que la esposa de
Zeus Tonante...
—¡Qué
blasfemia! —exclamó Casandra—. ¿Ocurrió lo que me has referido con los hombres
de la tribu de Quirón?
—No, en
ellos podemos confiar. Se aterran, como nosotras, a las viejas costumbres
—afirmó Pentesilea—. Pero cuando este año Elaria condujo a las mujeres a la
aldea de los hombres, les obligamos a prestar juramento de que no quebrantarían
las costumbres y dejarían con nosotras a todos los niños lactantes. Nos
ocultamos en cuevas porque, ausentes nuestras mujeres más jóvenes y fuertes, no
tenemos guerreras para guardar nuestros animales...
A Casandra
no se le ocurrió nada que decir. Era el final de una clase de vida que había
persistido miles de años en aquellas llanuras, ¿mas qué cabía hacer? Le
preguntó:
—¿Ha
habido sequía? Quirón me dijo que era difícil encontrar alimentos.
—También
eso. Algunas tribus, demasiado codiciosas, crían más caballos de los que puede
mantener la llanura, para cambiarlos luego por ropas, peroles y cualquier otra
cosa. De este modo, quienes tratamos bien a la tierra nos estamos muriendo. La
Madre Tierra no ha extendido su mano para castigarlos. No sé... quizá ya no hay
dioses que se preocupen de lo que los hombres hagan...
Su cara
agostada revelaba su fatiga.
—No lo
entiendo —dijo Adrea—. ¿Por qué te preocupa tanto que algunas mujeres hayan
decidido vivir como las de las ciudades? Así conoceréis una existencia
desahogada, con maridos que cuiden de vosotras y de vuestros caballos; podréis
criar a vuestros hijos como lo hacéis con vuestras hijas, sin necesidad de
dedicar todo el tiempo a combatir para defenderos. Muchas, muchísimas mujeres
viven así y no les parece mal. ¿Crees que son ellas las equivocadas? ¿Por qué queréis
vivir separadas de los hombres? ¿No sois mujeres como las demás?
Pentesilea
suspiró pero, en lugar de la rápida respuesta desdeñosa que había esperado
Casandra, reflexionó durante un momento. Casandra tuvo la sensación de que
realmente deseaba que la comprendiera aquella vieja de la ciudad que de tal
modo desaprobaba su modo de existencia.
—Ha sido
costumbre nuestra vivir libres entre las de nuestra propia clase —contestó al
fin—. A mí no me agrada morar tras paredes. ¿Y por qué sólo las mujeres tienen
que hilar, tejer y cocinar? ¿No visten ropas los hombres? Pues que se las
hagan. Y los hombres comen. ¿Por qué han de cocinar las mujeres todo lo
comestible? En sus propias aldeas, los hombres cocinan cuando no hay mujeres
que lo hagan. ¿Por qué han de vivir las mujeres como esclavas de los hombres?
—A mí no
me parece esclavitud —protestó la doméstica—, sino justo intercambio. ¿Te
parece entonces que los hombres son esclavos de las mujeres cuando cuidan de
los caballos y de las cabras?
Pentesilea
replicó apasionadamente:
—Pero las
mujeres hacen tales cosas como si con eso compensaran a los hombres por
compartir sus lechos y engendrar a sus hijos. Como las prostitutas que se
venden a sí mismas en vuestras ciudades. ¿No podéis advertir la diferencia?
¿Por qué han de vivir las mujeres con los hombres cuando pueden cuidar de sus
propios rebaños, alimentarse de sus propios huertos y vivir libres?
—Mas si
una mujer desea tener hijos, necesita a un hombre. Incluso tú, reina
Pentesilea...
—¿Puedo
preguntaros, sin que os ofendáis, por qué no os casasteis? —la interrumpió
ésta.
Kara fue
la primera en responder:
—De buena
gana lo habría hecho, pero prometí que permanecería con la reina Hécuba
mientras ella aceptara mi compañía. No echo de menos el matrimonio; en mi
regazo nacieron sus niños y participé en su crianza. Y, como Casandra, nunca
conocí a un hombre al que amara lo bastante para separarme de mi querida
señora.
—Te admiro
por tu actitud —declaró Pentesilea—. ¿Y tú, Adrea?
—Yo nunca
he sido ni bella ni rica; en consecuencia, ningún hombre me pretendió
—respondió la anciana—. Y ahora ese tiempo ya quedó atrás. Así que sirvo a mi
reina y a sus hijas, acompañando incluso a Casandra por estas soledades dejadas
de la mano de la diosa en donde moran centauros y otras gentes salvajes...
—De modo
que, al margen de la simple iniquidad, existen otras razones por las que una
mujer puede decidir no casarse —añadió Pentesilea—. Si está bien en ti no
haberte casado por lealtad a tu reina, ¿por qué no había de permanecer Casandra
leal a su dios?
—No es que
no se case —declaró Adrea—, sino que no quiere casarse. ¿Cómo es posible
comprender a una mujer como ella?
Aquello
fue demasiado para Casandra. Estalló con palabras que había estado conteniendo
durante días.
—No he
pedido vuestra comprensión como tampoco solicité vuestra compañía. No os invité
a venir conmigo y bien podéis regresar, si queréis, a Troya en donde viviréis
rodeadas de auténticas mujeres. Yo viajaré hasta Colquis con mis parientes y su
escolta —afirmó acaloradamente—. Y no necesito vuestra protección.
—En
realidad —dijo Adrea con suficiencia—, te conozco desde que eres un bebé y lo
que digo no es más de lo que diría tu propia madre y sólo por tu propio bien...
Pentesilea intervino conciliadora:
—Os ruego
que no disputéis; tenéis un largo camino ante vosotras. Casandra, mi querida
niña, aunque pudiese viajar contigo hasta Colquis, mi compañía no te serviría
de protección. Ruego que el nombre de Príamo y la Paz de Apolo sirvan al
efecto. Tal vez sea por culpa de esta guerra, o quizá se deba a la propagación
de las costumbres aqueas ahora, pero se ha derrumbado el mundo minoico. Ni
siquiera me has dicho por qué vas a Colquis. ¿Es sólo por tu antigua amistad
con la reina, o tal vez Príamo ha decidido buscar aliados incluso tan lejos?
Explicó a
Pentesilea lo sucedido en el seísmo y la desaparición de las serpientes del
templo, y la amazona palideció ante el presagio.
—Aun así
confiaré en el Señor del Sol —dijo Casandra—. No tengo a nadie más en quien
depositar mi fe y si puedo llegar sana y salva a Colquis, sin más salvaguardia
que su bendición, lo consideraré como signo de que persiste su buena voluntad
hacia mí.
—Entonces
que él te bendiga y te guíe —declaró Pentesilea—, y que la propia Madre
Serpiente te acoja y te dé su bendición en Colquis... y en todas partes,
querida mía.
Poco
después se retiraron a descansar, pero Casandra permaneció despierta durante
largo tiempo.
Cuando por
fin se durmió, sus sueños estuvieron cargados de inquietud. Buscaba un arma
perdida, un arco quizá, pero siempre que creía haberla encontrado no era la que
deseaba sino que estaba rota, o le faltaba la cuerda, o cualquier otra cosa
imprescindible para su uso.
¿Qué le
estaban diciendo los dioses? Era una sacerdotisa; le habían enseñado que todos
los sueños constituían mensajes de ellos. Si pudiese averiguar lo que
significaban... Él hecho de que no fuera capaz de entenderlo indicaban tan
sólo, como sospechaba desde hacía mucho tiempo, que no era digna de recibir el
favor del Señor del Sol, que él se había apartado de ella. Esforzándose al
máximo, sólo pudo deducir que se trataba de un augurio poco claro que le
indicaba que fuera cual fuese el propósito de su viaje, no lo conseguiría.
Por la
mañana, Pentesilea entregó regalos para ella y sus domésticas, entre ellas,
nuevas sillas de montar y un cálido traje de piel de caballo.
—Lo
necesitarás, créeme, al cruzar la gran llanura —declaró—. En los últimos
tiempos, los inviernos han sido más duros y puede que allá todavía encuentres
nieve.
Al
abrazarla para despedirse, Casandra sintió deseos de llorar.
—¿Cuándo
volveremos a vernos, tía?
—Cuando
quieran los dioses. Si fuese voluntad de la Madre Tierra que acabe mis días en
una ciudad, iré a Troya y moriré allí; te lo prometo, hija mía. No creo que tu
madre rechazase a la última de sus hermanas ni que Príamo me cerrase su puerta.
Tal vez debería ir con mis guerreras y tratar de hacer huir a algunos aqueos.
—Cuando
ese día llegue, yo pelearé a tu lado —le prometió Casandra.
Pero
mientras la abrazaba con ternura, Pentesilea dijo:
—Ése no es
tu destino en la vida, querida mía, no hagas promesas que no podrás cumplir.
Y se alejó
de ellas, cabalgando sin volver la vista atrás.
El
invierno continuó durante mucho tiempo en la gran llanura. Cuatro días después
de la noche que pasaron con Pentesilea y el resto de las amazonas, se oscureció
el cielo y comenzó a caer la nieve tan copiosamente que Casandra se preguntó
cómo podría seguir su comitiva el sendero tan estrecho y mal trazado. Nevó a lo
largo de la jornada y de toda la siguiente. Aunque continuaron su marcha, no
hallaron signo alguno de vida humana. Sólo una vez, muy lejos a través de la
nevada, vieron recortarse contra el horizonte a un vigilante centauro pero,
cuando le hicieron señales, él hizo volver la grupa a su caballo y se alejó al
galope.
No le
sorprendió a Casandra. Por lo que le había dicho Pentesilea, sabía que los
habitantes de la gran planicie, nunca predispuestos a confiar en extraños, se
hallaban ahora aún menos inclinados al respecto. Por fortuna, no había
necesitado traficar con ellos para obtener víveres u otros artículos. Día tras
día, cruzaron lentamente la gran llanura. Los cascos de sus caballerías
hollaban el mojado terreno donde antes había hierba congelada. La nieve no era
bastante espesa para constituir un peligro y las monótonas lluvias jamás
suficientes para deshelar más que unos centímetros del suelo. La gran estepa se
hallaba vacía y estéril; encontraron escasos alimentos con los que complementar
sus desabridas raciones de viaje. Casandra se sentía cansada de avanzar por
tierras desiertas, bajo un cielo interminable que parecía tan gris y adusto
como los rostros de sus acompañantes.
Los días
se sucedieron hoscos mientras la luna menguaba hasta desaparecer y luego volvía
a agrandarse. ¿Cuánto tiempo duraría aquel invierno? Luego, una noche, tras una
visión fugaz de la luna llena entre jirones de nubes, percibió el ruido del
viento que aumentaba y de una intensa lluvia que parecía que iba a arrasar la
tierra.
La nueva
mañana alumbró un paisaje transformado. Por todas partes corrían riachuelos
sobre las superficies de la pradera, reflejando un sol intenso y nuevo. Por
doquier se veía hierbas, mecidas por vientos tibios y suaves. Pronto la
temperatura aumentó, obligando a Casandra a sustituir su traje de piel de
caballo por una túnica ligera.
Llegaron a
una aldea en uno de esos días de primavera.
Apenas era
más que un pequeño grupo de redondas cabañas de piedras. Pero, a su alrededor,
se extendían campos de verde trigo invernal que había dejado al descubierto el
rápido deshielo. Casandra se acordó de la aldea enferma con tantos niños
deformes, que conoció años atrás durante su viaje en compañía de las amazonas.
Pero si éste era el mismo poblado tenía que haber sobrevivido de algún modo al
terrible mal, porque los niños que vio parecían fuertes y sanos. Más tarde, sin
embargo, vio a un muchacho con tan sólo dos dedos en una mano. Llevaban ocho o
diez días sin percibir rastro de presencia humana; y cuando la mujer que
gobernaba aquella aldea acudió a recibirles, también parecía satisfecha de
verles.
—El
invierno se ha prolongado mucho tiempo en esta tierra —afirmó—. Y no hemos
visto en toda la estación más que a un pequeño grupo de centauros, tan
debilitados por el hambre que no hicieron intento alguno de capturar a nuestras
mujeres, limitándose a pedirnos cualquier clase de alimentos.
—Qué
suerte tan triste —comentó Casandra, pero la mujer hizo un gesto desdeñoso.
—Eres
sacerdotisa; supongo que es misión tuya compadecerte incluso de gentes
semejantes. Pero nos aterrorizaron con harta frecuencia para que pudiéramos
experimentar otro sentimiento que no fuese el de satisfacción cuando los vimos
en semejante estado. Con suerte, todos morirán de inanición y no será preciso
que volvamos a temerles. ¿Lleváis metales o armas con que traficar? En estos
días nadie pasa por aquí para eso. Todos los metales de que se dispone van
hacia la guerra de Troya y nada podemos conseguir nosotros.
—Lo
siento, no poseo más armas que las propias —contestó Casandra—. Pero
compraremos algunos de vuestros cántaros si aún los hacéis.
Sacaron
las vasijas, que fueron detenidamente examinadas. Oscureció mientras los
miembros de la comitiva de Casandra se ocupaban de eso, y la mujer que
gobernaba la aldea los invitó a cenar a su mesa y a continuar el trueque por la
mañana. Puso a su disposición algunas cabañas de piedra y les sirvió la cena en
la cabaña central. La comida fue parca: carne que parecía de algún roedor,
guisada con bellotas amargas e insípidas asclepias. Pero al menos estaba recién
hecha. Casandra, recordando el cereal venenoso, se sentía poco inclinada a
comer aquello, pero se dijo a sí misma que no tenía por qué preocuparse. Aunque
siga siendo fértil, pensó, no estoy casada ni es probable que me case. Y, en
cualquier caso, mientras estas domésticas duerman a mi lado, es poco probable
que quede embarazada.
Si esta
aldea no se ha recobrado de algún modo del mal que sufría, desaparecerá cuando
mueran quienes la habitan.
Pocos días
después, divisaron las puertas de hierro de Colquis, tan altas e impresionantes
como siempre. Casandra prescindió de su ropa de montar para vestir sus mejores
prendas trovarías, teñidas en vivos colores, e hizo que una de las domésticas
arreglara sus cabellos, trenzándolos en el complicado peinado que lucía en el
templo del Señor del Sol. Al menos, la reina Imandra la vería como una princesa
de Troya y no como una mendiga vagabunda.
Fueron
recibidos en las puertas de hierro de la ciudad como enviados de Troya y se les
anunció que se alojarían en palacio. Casandra, tras decir que primero debía
orar en el templo del Señor del Sol, acudió al gran santuario, situado en el
centro de la ciudad, y sacrificó un par de pichones al Apolo del Gran Arco.
Después, la condujeron al palacio, a unas lujosas estancias donde la aguardaban
varias doncellas y tenían preparado el baño. En la larga operación de bañarse,
o mejor de ser bañada, pensó que durante el largo viaje casi había llegado a
olvidar aquellas comodidades. Disfrutó del agua caliente, de los aceites
tragantes, del masaje ligero de los cepillos y las suaves manos de las mujeres.
Luego la vistieron con espléndidas ropas que le había enviado su anfitriona y
la condujeron al salón de audiencias de la reina Imandra.
Esperaba
que la reina Imandra hubiera envejecido. Ella misma ya no era la muchacha casi
adolescente que llegó allí por vez primera, tímida y tartamudeante, junto a
Pentesilea. Pero el cambio era mayor del que pudiera haber imaginado. De haber
encontrado a aquella mujer en cualquier lugar que no fuese el salón del trono,
nunca la hubiera conocido como a la orgullosa descendiente de Medea.
Imandra
había engordado mucho. Resultaba más imponente que ridícula, cubierta de oro
por todas partes, pero había dejado de adornar su oronda humanidad con los anillos de sus
serpientes vivas. Sus mejillas y labios estaban pintados de rojo y lucía las
sutiles prendas teñidas que, por los caminos de Oriente, llegaban del país de
los faraones. Sus cabellos aparecían como siempre, recamados de joyas. Entre
todo aquel esplendor, sólo sus ojos oscuros y alegres, casi perdidos entre los
pliegues de carne, parecían los de siempre.
Cuando
Casandra penetró en la sala y se detuvo para hacer el saludo ritual, Imandra se
levantó del trono y caminó, balanceándose como un pato, hacia ella.
—No,
querida, no quiero que se postre mi pariente —dijo, sujetando a Casandra para
abrazarla afectuosamente.
El perfume
que la envolvió era tan familiar como sus ojos.
—Me siento
más alegre de lo que pueda manifestar, hija de Príamo. ¡Qué viaje tan largo has
hecho! Me traes sin duda noticias de mi hija...
—De tu
hija y de tu nieto. Andrómaca ya es madre y pronto lo será... No, ahora ya
habrá tenido otro hijo si todo ha ido bien —contestó Casandra ante una Imandra
radiante de satisfacción.
—Lo sabía,
lo sabía. ¿No te dije, querido, que había pasado tiempo suficiente para que
fuese abuela si mi hija había sabido cumplir con su deber? —preguntó,
dirigiéndose a un joven apuesto, vestido con ropajes dorados, como un atleta o
el vencedor de unos Juegos, y que había estado sentado cerca de ella. Mañana he
de mirar en el charco de tinta y trataré de ver a su hijo y si le ha ido bien a
ella.
Tomó las
manos de Casandra y la condujo hasta una mesa alta, sentándose entre ella y el
joven lujosamente ataviado.
—Cuéntame
ahora todo lo sucedido en Troya desde que te separaste de mí, llevándote mi más
preciado tesoro. Y qué te ha conducido tan lejos de tu familia.
—Quizá
Casandra —dijo el joven—, ha venido a implorar nuestra ayuda en esa guerra
contra los aqueos.
—No si ha
viajado al amparo de la tregua de Apolo —afirmó la reina Imandra—. Sé algo de
eso, muchacho.
Después,
se dirigió a Casandra.
—Aun así,
no es preciso que rompas tu promesa si es que la has hecho. No hace
falta que me lo pidas; enviaré a Príamo todos los soldados que pueda hallar,
hombres o mujeres, y también tantos carros con metales y armas como me sea
posible.
—Eres más
que generosa —dijo Casandra. Le explicó su misión, e Imandra sonrió y la besó.
—Mis sacerdotisas y cuidadoras de serpientes serán consultadas mañana temprano,
o el primer día que indiquen como propicio para tales cosas —dijo—. No es
necesario que te diga que todos los conocimientos que pueda haber en esta
ciudad se hallan a
tu disposición y a la disposición
del Apolo troyano. Estarás en libertad de hablar con ellas en cualquier
momento, pero has de prometerme que tu visita será larga.
—Eres muy
bondadosa, reina —declaró Casandra. Se sentía cansada a causa del viaje, y en
aquel momento sólo deseaba una larga estancia en Colquis.
—En modo
alguno —contestó Imandra—. ¿Acaso no somos compañeras en el sacerdocio y tú la
más próxima a mi hija en parentesco? Y mis adivinos afirman que lo que llevo
ahora en mi seno será otra hija y me parece un buen presagio que estés aquí
para el nacimiento.
Casandra
no había captado el menor indicio de que la reina estuviese embarazada; sin
embargo, de haber pensado en tal posibilidad, habría llegado a la conclusión de
que Imandra era demasiado vieja para concebir. Pero ahora que la observaba con
más atención, reparó en que la reina se hallaba en los inicios del embarazo.
Tras haberlo advertido, felicitó a Imandra por su estado y le preguntó: —¿Será
ésta entonces la heredera de Colquis en lugar de Andrómaca?
—Lo será.
A Andrómaca no le interesa, como te habrás dado cuenta, la dignidad real—
replicó Imandra—. Y no resulta difícil que una mujer olvide los asuntos propios
de una reina cuando es feliz. ¿No te he dicho eso antes, Agón? —Sin duda, mi
reina —contestó el joven apuesto. Cuando sus ojos se posaron en su favorito, la
ancha cara de Imandra se iluminó con una sonrisa que Casandra sólo hubiese
podido calificar de boba. Al comprender de repente cómo estaban las cosas,
Casandra quedó asombrada. ¿La independiente Imandra, reina de Colquis, sometida
a un guapo muchacho no mayor que su hija? Y lo estaba ciertamente; el mismo tono
de su voz lo revelaba. Él compartía su plato y su copa de vino, y ella buscaba
los mejores manjares para ofrecérselos.
Cuando
hubieron cenado, Casandra mandó llevar a su presencia los cofres que habían
transportado desde Troya, y sacó los regalos que enviaba Andrómaca a su madre:
paramentos bordados, paños ricamente teñidos e incluso espadas y cuchillos de
bronce, de espléndida factura. Con un gesto de indiferencia, la reina entregó
varias de estas armas a su consorte.
—Pero no
me digas que quieres ir a pelear en Troya —le dijo—. Te necesito a mi lado para
que me ayudes a educar a nuestra hija, y aún más si se equivocan los adivinos y
se trata de un niño.
—Jamás
pensaría en dejarte, no para luchar en un lejano país —contestó él—. Si
Agamenón o cualquiera de quienes le siguen viniese a conquistar Colquis, sería
otra cuestión.
Imandra se
volvió hacia Casandra.
—Háblame
de esa guerra y de la reina espartana —dijo—. Por lejos que estemos, sé
naturalmente algo acerca de su familia. ¿Qué clase de persona es para, haber
desencadenado una guerra semejante?
Casandra
habló lentamente:
—No
esperaba que me agradase ni que pudiera respetarla. Pero así es. Me parece que
los dioses la trataron con dureza cuando la pusieron en el camino de mi hermano
Paris.
—Ella
tenía derecho a tomar un consorte —dijo Imandra, sonriendo maliciosamente al
joven Agón—. ¡Pero erró al no repudiar a Menelao o sacrificado! Es preciso
proceder con orden en las cosas. La equivocación de Helena, recuérdalo, no
consistió en haber tomado un amante; estaba en su perfecto derecho y nadie
podía negárselo. Su madre era legítima reina de Micenas y Helena había de
reinar en Esparta. Su delito, y verdaderamente delito fue en una reina,
consistió en permitir que Menelao se apoderase de Esparta. Eso enturbió la
cuestión. ¿Permitirán que reine su hija después de ella? Aseguraría que no;
Hermione es demasiado joven para ser consciente de su condición regia. Esos
salvajes aqueos que tratan de introducir el concepto de reyes en nuestro mundo
civilizado, y que hablan de la
paternidad
como si los hombres crearan la vida. Sólo la diosa alienta la vida en sus
hijos. Y, sin embargo, algunos de esos hombres llevan su arrogancia al extremo
de afirmar que la mujer es tan sólo un horno en el que se cuecen los hijos de
ellos, de ellos. ¿Has oído nunca mayor estupidez? Ése Agamenón... ¡Maldito sea
por todas las diosas y furias!
—Es el
caudillo de los ejércitos aqueos de la propia Micenas — aseguró Casandra.
—Sí.
¿Sabes que se casó con la hermana de Helena, que sucedió a su madre en Micenas?
Clitemnestra era la mayor de las gemelas y muy bella, pero no podía compararse
con Helena. Tenía una hija, Ingenia, consagrada a la Madre Serpiente y,
naturalmente, custodio del santuario y suma sacerdotisa desde que era niña.
Pues bien, cuando empezó esta guerra, Agamenón, como había jurado ayudar en
todo a su hermano, hubo de dejar Micenas y temió que Clitemnestra lo
reemplazase como consorte. A ella le irritó que se hubiese atrevido a prestar
semejante juramento sin su permiso, y lo amenazó con compartir el lecho con su
primo Egisto, si la dejaba. Agamenón la
amenazó a su vez con separarla de Orestes, hijo de ambos. Ella le dijo
que podría hacer lo que quisiera con el muchacho, pero que si pervertía a
cualquiera de sus hijos con sus malvados dioses, lo echaría tras echarlo a él.
Así que Agamenón hizo á Orestes sacerdote de Poseidón (creo que era Poseidón,
el dios Caballo). Y lo envió a que se criara entre los centauros. Cuando los
ejércitos de Agamenón se congregaron para embarcar hacia Troya, quedaron
detenidos por falta de vientos propicios. Entonces, le pidió a Clitemnestra que
enviara a su hija Ingenia, para que oficiara los sacrificios a los vientos y
Ingenia fue, como sacerdotisa, y él la sacrificó, siguiendo instrucciones de
falsos oráculos. En consecuencia, Clitemnestra no podría tomar consorte porque
su hija menor era demasiado joven para sucedería. He oído que esa hija menor,
Electra, abandonó la religión de la Madre Tierra. ¿Quién la podría censurar? De
haberse convertido en sacerdotisa como su hermana Ingenia, también se hubiese
expuesto a la muerte. Pero Clitemnestra juró venganza, y un día Agamenón se
enfrentará con la ira de la Madre Tierra. No lo dudes, morirá. Los dioses no
pueden ser burlados de esa forma.
—O sea que
todo se limita a si la tierra ha de ser regida por reyes o por reinas.
—¿De qué
otra cosa podría tratarse? ¿Por qué han de regir los hombres en el hogar o en
la ciudad donde las mujeres lo han hecho desde que la Madre Tierra alentó por
vez primera la vida? Eran mejores las viejas costumbres, cuando el rey tenía
que morir todos los años por su pueblo y no se planteaba la posibilidad de que
un hombre pudiese imponer a su hijo como sucesor. Durante miles de años, hasta
que llegaron esos salvajes aqueos para cambiar nuestras costumbres, ésa fue la
regla de nuestra vida.
»Y
después, ¿quién sabe? Quizá se produjo una guerra y un rey fue demasiado
diestro como caudillo para que lo mataran; o alguna mujer estúpida como yo
misma no quiso perder a su joven amante. —Se volvió para mirar con cariño a
Agón—. Entonces arribaron a caballo esas gentes con los primeros reyes, y
alzaron a sus arrogantes dioses e incluso al Señor del Sol, que proclamó haber
matado a la Madre Serpiente. —Imanara bostezó—. El mundo está cambiando, te lo
aseguro... pero por culpa de las mujeres que no mantuvieron a los hombres en su
sitio.
—¿Crees
que eso es la causa de la guerra? —preguntó Casandra.
—Querida
mía, estoy segura —afirmó la reina—. Jamás habría podido suceder en Colquis.
Pocos días
más tarde, Casandra, que ocupaba, en el recinto del palacio asignado a las
hijas de la realeza, la misma estancia desde la que una noche contemplaron
Andrómaca y ella las estrellas fugaces, fue despertada por la propia Imandra.
—Querida,
la suma sacerdotisa del templo de la Madre Serpiente se muestra dispuesta a
recibirte.
Casandra
despertó a sus domésticas e hizo que la vistieran con una sencilla túnica
blanca, propia de una suplicante.
—Eres una
princesa de Troya y por añadidura sacerdotisa —protestó Adrea—. Deberías
comparecer ante ella como igual.
—Pero
trato de obtener la sabiduría que ella posee y yo no tengo —alegó Casandra—.
Parece más adecuado que me presente humildemente, impetrando su ayuda.
La
doméstica resopló, pero la reina Imandra dijo: —Me parece que obras
cuerdamente, Casandra. Cuando me convoca, incluso yo acudo a ella con humildad.
Casandra
suspiró aliviada y se ató las flexibles sandalias. Le desagradaba mucho lucir
los ostentosos trajes de corte y que la vistieran como a una princesa.
Aunque el
sol no se hallaba muy alto en el cielo, ya habían desaparecido las nubes
matinales y el calor caía con fuerza sobre su cabeza y sus hombros, aunque
éstos estuvieran protegidos por la túnica. Le pareció que recorría un largo
camino a través de la ciudad, y sus pies estaban cansados cuando al fin
ascendió hasta el santuario por los enormes peldaños tallados por los titanes.
El
interior, para alivio de Casandra, estaba oscuro y fresco, y se oía lejano el
agradable sonido del agua al caer. Una silenciosa sirviente vestida de negro la
condujo a un patio enlosado y sombreado, en cuyo extremo opuesto se alzaba un
alto trono ceremonial que ocupaba una anciana de blancos cabellos, alta y
gruesa.
—La
sacerdotisa Arikia —murmuró Imandra. Avanzaron lentamente. Al principio,
Casandra pensó que había una serpiente viva enroscada en la dorada diadema de
la sacerdotisa. Luego comprendió que era sólo una reproducción muy perfecta de
barro moldeado y pintado, o quizá de madera tallada. La sacerdotisa vestía una
túnica sin mangas de un paño purpúreo, estampado con dibujos que hacían
recordar a las escamas de las serpientes. En torno a su cintura si se hallaba
enroscada una sierpe viva, la más grande que Casandra hubiese visto nunca, tan
gruesa como uno de los brazos de la voluminosa sacerdotisa. La serpiente daba
dos vueltas alrededor de la cintura de Arikia y la anciana sostenía en su mano
la cabeza del ofidio, acariciándola perezosamente bajo su mandíbula inferior.
Declaró
con una voz suave que sin embargo parecía impregnada de autoridad:
—Te
saludo, reina Imandra. ¿Es ésta la princesa troyana de quien me hablaste?
—Lo es,
señora —contestó Imandra—. Casandra, hija de la reina Hécuba de Troya.
Casandra
sintió que se clavaban en ella los ojos de la anciana sacerdotisa, tan oscuros
e imperturbables como los de la serpiente.
—¿Y qué
deseas de mí, Casandra de Troya?
Casandra
se sintió impulsada a arrodillarse ante la anciana.
—He venido
de mi tierra para aprender de ti o, para ser más precisa, de la Madre Serpiente
—dijo.
—Pues dime
lo que buscas —solicitó la anciana sacerdotisa—. Por ti, hija de Hécuba, haré
todo cuanto esté en mi poder.
Así
animada, Casandra le refirió la muerte o la desaparición de las serpientes del
templo del Señor del Sol, y su deseo de no reemplazarlas hasta que supiera más
del modo de cuidarlas. La anciana sonrió sin dejar de acariciar a la enorme
serpiente bajo el mentón, o en el lugar donde hubiera estado si lo hubiese
tenido.
—Debería
llamar a mis sacerdotisas para que te conocieran —dijo al fin—. Porque en toda
Colquis no puedo hallar a una sola mujer que quiera aprender esta ciencia. Y tú
has venido desde Troya para obtenerla de mí. Dime ahora, Casandra, ¿prestarás
la debida reverencia a la Madre Serpiente mientras te halles en su templo?
—Lo juro,
señora.
Arikia
sonrió y le tendió la mano.
—Así sea
—dijo—. Te acepto. Puedes quedarte aquí y, mientras vivas entre nosotras, nada
de nuestra ancestral sabiduría se te ocultará. Déjala con nosotras, Imandra.
—Y tú
también puedes irte —añadió, lanzando una iría mirada sobre Adrea—. Ella no
necesitará de doméstica alguna en el templo de la Madre; la asistencia que
precise le será prestada por sacerdotisas.
—Prometí a
su madre, mi señora, que no me apartaría de su lado ni un solo día mientras
estuviese en tierras extranjeras —afirmó Adrea, con voz fina.
—No puedo
censurarte por eso, hija —le respondió Arikia amablemente—. ¿Pero de verdad
crees que precisa tu vigilancia cuando se halla en manos de la Gran Madre?
—Supongo
que no, mi señora, puesto que tú lo dices. ¿En dónde podría hallarse más segura
que en las manos de la gran diosa? Pero no puedo romper la promesa que hice a
la reina Hécuba —dijo Adrea, como forzada a ello.
—Aun así,
creo que debes dejarla al cuidado de la diosa y mío. Pero puedes venir con
frecuencia y hablar con ella a solas para confirmar por ti misma que se halla
segura y que permanece aquí por su libre voluntad.
—¿Debe
alojarse en el templo, Arikia? —preguntó Imandra—. Yo preferiría tenerla en el
palacio como huésped, y ella podría asistir a todas las ceremonias del templo
que tú juzgaras convenientes.
—No, eso
no serviría; tiene que morar entre nosotras y aprender a vivir con nosotras y
con nuestras serpientes —afirmó Arikia—. ¿Te disgusta, Casandra?
—En
absoluto —dijo Casandra—. Reverencio a Imandra como pariente de mi madre y
amiga mía, pero anhelo morar en el templo de la Madre como conviene a una
sacerdotisa.
Imandra y
Adrea la abrazaron y se despidieron. Cuando se hubieron marchado, la anciana
sacerdotisa, que había observado las atentas miradas de Casandra a la
serpiente, aún enroscada e inmóvil en torno de su cuerpo, le preguntó:
—¿Le
tienes miedo a las sierpes, Casandra?
—Ninguno,
señora —y añadió impulsivamente—: ésta es muy bella.
—Es una
verdadera matriarca entre las sierpes —afirmó Arikia— ¿Te gustaría cogerla?
—Desde
luego, si acude a mí —contestó Casandra, aunque jamás había manejado una
serpiente tan grande—. Supongo que no es venenosa.
—¿No
puedes advertirlo con sólo mirarla? Bien, ésa es una de las primeras cosas que
he de enseñarte. Pero, ésta no lo es. No me aventuraría a tener así una
serpiente venenosa. No suelen mostrar tan buen temperamento. Y casi nunca son
tan grandes.
Arikia
apartó de su cuerpo la cola de la gran serpiente.
—Mira, así
puedes desenroscarla puesto que le es imposible apretarse contra mi cuerpo
mientras la sostengo de este modo. Extiende tu mano y deja que te huela.
Casandra
obedeció, sin inmutarse cuando se le acercó la enorme cabeza y luego la
lengua buida salió y entró en la boca, tocando apenas su mano. Después la
serpiente se movió, deslizándose tan flexiblemente como la seda a lo largo del
brazo de la anciana sacerdotisa y más tarde por los hombros de Casandra hasta
enroscarse en torno de su cintura. La gran cabeza cuneiforme se alzó hasta el
rostro de Casandra; ésta la tomó en su mano y empezó a frotarla suavemente bajo
la mandíbula inferior. Le sorprendió advertir toda la tensión que escapaba del
cuerpo de la serpiente cuando su enorme peso gravitó sobre ella.
—Bien...
le gustas —dijo Arikia—. De poco serviría que te aceptase aquí en caso
contrario. Pero de cualquier modo, si se asusta o se sobresalta mientras la
sostienes, es posible que te muerda. ¿Sabes qué hacer en tal caso?
La vieja
Melianta se lo había enseñado en el templo del Señor del Sol.
—Sí, no
asustarla más ni tratar de librarme de ella, sino procurar la ayuda de alguien
que la desenrosque, empezando por la cola —dijo Casandra al tiempo que extendía
su mano y mostraba las pequeñas cicatrices que le dejó una mordida de serpiente
cuando fue ayudante de Melianta. Arikia sonrió.
—Bien,
¿qué deseas entonces aprender de nosotras?
—Oh,
muchísimas cosas —contestó ansiosamente Casandra—. Quiero saber cómo hallar y
recoger serpientes en los campos, cómo incubar sus huevos y cómo adiestrarlas
para que vengan y vayan, según se les ordene, cómo alimentarlas y cuidarlas
para que vivan largo tiempo y cómo ganar su confianza y mantenerlas satisfechas
de manera que no escapen.
La anciana
rió entre dientes, tendiendo su mano para rodear la cabeza de la enorme
serpiente.
—Creo que
podemos enseñarte todas esas cosas. Ahora será mejor que me la devuelvas. Yo
estoy acostumbrada a su peso y no creo que una muchacha tan delgada como tú
pueda sostenerla durante mucho rato. Tienes que comer bien v ponerte gruesa
como yo, o como Imandra, antes de poder ser más verdaderamente una sacerdotisa
de la Madre Serpiente. Puede que llegue el día en que te sientes y la muestres
ante la gente; a ella le gusta exhibirse, o así parece. Una cosa más: algunas
muchachas son demasiado blandas de corazón o demasiado sentimentales con los
animales pequeños, tales como palomas, ratones y conejos, destinados a
alimentar a las serpientes, ¿te inquietará eso?
—En
absoluto. No fui yo sino los dioses quienes determinaron que algunos animales
se alimenten de seres vivos. No los creé y no me incumbe decir con qué deberían
alimentarse —contestó Casandra.
Había oído
una vez a Melianta decir aquello a una muchacha del templo demasiado
escrupulosa para servir ratones vivos a las serpientes.
—De
acuerdo —dijo Arikia—. Tenemos que hallarte una habitación y una sacerdotisa
que te atienda, y hacer saber al resto que vives aquí. Eres una princesa de
Troya y confío en que no te parezca todo demasiado pequeño y humilde para ti.
—Oh, no
—dijo Casandra—. Anhelo ser una de vosotras. Arikia la abrazó con cariño y la
condujo al interior de la casa de la Madre Serpiente.
Comenzó
entonces para Casandra una época completamente distinta a cualquier otra de su
vida. Como era sacerdotisa, no hubo de pasar previamente por ordalías y pruebas
fatigosas aunque, al igual que las más jóvenes (muchas de las sacerdotisas del
templo eran ancianas y débiles porque escaseaban las muchachas que optasen por
servir a la Madre Serpiente), se le asignaron obligaciones tales como la de
cuidar de los animales que se criaban para alimentar a las serpientes, la
limpieza de vasijas y la aceptación de las ofrendas al templo, de las que
también había que llevar la cuenta. Fue bien acogida por todas y tratada
conforme a su rango. La propia reina Imandra no era objeto de mayor deferencia,
y pronto Arikia llegó a quererla como si fuera hija suya.
En muchos
aspectos, su estancia en el templo de la Madre Serpiente fue como la de los
primeros años en el templo del Señor del Sol, pero con una gran diferencia:
sólo mujeres se consagraban a la Madre Serpiente y no conoció problemas
semejantes a los que le planteó Crises. Los únicos hombres que había en la Casa
de la Serpiente eran esclavos, y ninguno se habría atrevido a insinuarse a una
sacerdotisa.
Aprendió
todo lo que aquellas mujeres pudieron enseñarle sobre serpientes y culebras.
Pronto supo cómo distinguir las venenosas de las inofensivas, y cómo domesticar
y manejar a las que siendo inofensivas parecían venenosas, de modo tal que
cualquiera que la viese pudiera creer que estaba desafiando a la muerte. No
sentía miedo ni incluso de las más grandes y pronto se destacó entre quienes
las cuidaban. Con frecuencia, cuando la gran matriarca de las serpientes era
transportada en procesión, Casandra era una de las escogidas para llevarla.
Nada de lo
relativo al mundo de los ofidios se le escapaba: cómo hallar y capturar
culebras salvajes, cómo bañarlas y cuidarlas mientras cambiaban de piel. Incubó
incluso una, llevando el huevo en su pecho durante más de un mes. Por esto se
le otorgó el título honorífico de Madre Culebra, tan ansiado por las
sacerdotisas.
Pocas
veces se acordaba de Troya. Esporádicamente, llegaban a Colquis, tergiversadas
por el largo viaje, noticias de la guerra. Idomeneo de Creta y los reyes
minoicos se convirtieron en aliados de Troya; la mayoría de los del continente
se alinearon con los aqueos. Los isleños, por obra de las alianzas creadas
cuando aún gobernaba los mares Atlas, apoyaron a Príamo y a las diosas de Troya
y de Colquis.
A veces,
durante la luna llena, Casandra encendía un fuego mágico y, a su luz, observaba
el agua de un cuenco. Así supo que Andrómaca había dado a Héctor un segundo
varón, que murió antes de que cicatrizase el cordón umbilical. Aquella noche
deseó estar en Troya para poder consolar a su apenada amiga.
También
supo que Helena había dado gemelos a Paris, hecho que no le resultó del todo
sorprendente, puesto que Paris era gemelo y también lo era Helena. Pensó que si
ella misma tuviese hijos le podría ocurrir lo mismo, quizá dos hijas. Los de
Helena eran niños fuertes y sanos, aunque carecían de la belleza de sus padres,
y se desarrollaron con tanta rapidez que andaban antes de cumplir un año.
Antes de
que el primer año de vida transcurriera para los hijos pequeños de Paris,
Príamo sufrió una caída durante una escaramuza en la costa. Y, durante la
convalecencia sufrió un ataque que le dejó contraído y paralizado el lado
derecho del rostro y, a partir de entonces, cojeó del pie derecho. Sin que nadie
se extrañase, designó a Héctor jefe de sus ejércitos. Los soldados, aunque le
eran leales y vitoreaban a Príamo en las raras ocasiones en que aparecía ante
ellos, adoraban a Héctor como si fuese el propio Ares. El tiempo transcurría en
Colquis sin sobresaltos. Casandra era siempre bien acogida en el palacio, e
Imandra la mandaba llamar a menudo; la mayor parte de las veces sólo para
disfrutar de su compañía, aunque otras lo hacía para que mirase en el agua del
cuenco y le dijera cómo se desarrollaba la guerra o dónde se encontraban las
amazonas, para asegurarse de que a Pentesilea y a su grupo no les iban las
cosas demasiado mal. Como sus días estaban ocupados en el estudio y el
cumplimiento de sus obligaciones, Casandra se sorprendió al descubrir que
llevaba ausente de Troya más de un año. Entre las mujeres, un nacimiento era
invariablemente ocasión de fiesta y casi siempre había alguna que daba a luz en
el palacio. Pero las mujeres consagradas a la Madre no se casaban y la mayoría
hacían solemne voto de castidad, de modo que no había nacimientos en el templo.
Se preguntó cuándo tendría su hijo la reina.
Pronto oyó
en la ciudad que Imandra saldría a bendecir a sus súbditos en nombre de la
Madre Tierra. Casandra tenía un vago recuerdo, que se remontaba a su primera
infancia, de que Hécuba hizo eso antes de que naciera Troilo. En Troya
constituía tan sólo una antigua costumbre, evocada a medias y observada sin
formalismos; siempre que la reina se mostraba en las calles, las mujeres se
precipitaban hacia ella, solicitando su bendición. En Colquis, donde se
mantenían los hábitos conforme a los antiguos ritos, no le sorprendió a
Casandra descubrir que se trataba de una procesión solemne. Pero con toda
seguridad la habían demorado en exceso y el parto debía de ser inminente.
Imandra no caminaría por las calles sino que sería conducida en una litera.
Arikia, representante terrenal de la Madre Serpiente, la acompañaría, adornada
de pies a cabeza con las serpientes de la sabiduría, de tal manera que todas
las mujeres de la ciudad podrían obtener la bendición no sólo de la reina
embarazada sino también de la Madre Serpiente.
—¿Mas por
qué tan tarde? ¿Es que quieren que comience en la calle el parto de la reina?
—Ya
sucedió antes —repuso Arikia—. No sería el primer hijo de una reina de Colquis
que naciera en las calles de la ciudad; habrá numerosas comadronas palaciegas
en la procesión. Pero los adivinos regios han escogido este día como propicio;
y es evidente que cuanto más próximo esté el parto de Imandra, mayor bendición
puede conferir ella.
—Sí,
claro.
Casandra
podía entenderlo. Era la mañana de la procesión y, junto con las demás
sacerdotisas, Casandra ayudaba a vestir y engalanar a Arikia, enroscando la
serpiente matriarca en torno de su cintura y dos sierpes más pequeñas alrededor
de sus brazos. Resultaría fatigoso para la mujer porque había de sostener en
alto a los ofidios para que la gente pudiera verlos. Casandra hubiera deseado,
por ser más joven y más fuerte, poder reemplazar a la anciana. Así lo dijo,
pero Arikia sólo le respondió:
—Resulta
aún más difícil para la reina, querida mía; está tan gruesa como un pitón que
se hubiese tragado a una vaca. Tal vez en la próxima ocasión. Imandra es una
vieja amiga y me alegra participar en su procesión. Se ha mostrado por
añadidura más que amable contigo. Un poco más de púrpura en mi mejilla
izquierda, por favor, y algo de polvo de hierbas para que arda en el brasero; a
las serpientes les gusta y causan menos problemas cuando pueden olerlo. ¿Irás
conmigo, Casandra? Puedes alimentar el brasero y estar preparada para quitarme
las serpientes pequeñas si se muestran inquietas. No es probable pero todo
puede suceder.
Casandra
sabía que éste era un privilegio del que se mostrarían envidiosas otras
sacerdotisas del templo pero al que condescenderían por tratarse de una
princesa de Troya. Por tanto, fue a ponerse su mejor traje de ceremonia, se
enroscó en los brazos dos o tres de las serpientes más pequeñas y se colocó
otras dos alrededor de la frente, formando una corona. Así dispuesta y pensando
que su corona era digna de adornar la frente de la legendaria, salió a la calle
y cuando alzaron a Arikia hasta la alta litera, permitió que la alzaran tras
ella.
Hacía
frío; un fuerte viento soplaba a través de las calles entre los altos edificios
y todas las hojas habían desaparecido de árboles y matorrales. Se sentó,
sosteniendo en alto sus serpientes para que las mujeres pudiesen verlas con
claridad. La silla de manos de Imandra iba delante. Casandra podía distinguir
la silueta de la reina, visiblemente deformada por el avanzado estado de su
embarazo. Los cabellos, le caían sueltos por la espalda. Las calles rebosaban
de mujeres, muchas de ellas preñadas, que se precipitaban hacia las literas,
empujando a los guardianes mientras tendían los brazos para impetrar la
bendición.
El viento
la dejó aterida. La alegró sentir el agradable peso de las serpientes, que
parecían adormecidas. Como a mí, tampoco les agrada el frío, pensó con
nostalgia del cálido sol de su tierra.
Casi se
sumió en un trance, observando la alta figura de Imandra en su silla, envuelta
en la magia poderosa y la fascinación de la diosa. Las mujeres corrían, alzaban
sus manos, clamando por la fertilidad, en busca de la buena fortuna que
representaba tocar a la reina preñada, encarnación de la diosa. Sosteniendo
como una autómata las serpientes, oyó a las mujeres gritar los nombres de
Imandra, de la Madre Tierra, de Arikia y de la Madre Serpiente. Luego, oyó que
alguien decía desde algún lugar entre el gentío:
—¡Mirad,
es la sacerdotisa troyana, la amada de Apolo!
Aquello
despertó súbitamente su conciencia. ¿Seguía siendo cierto? ¿O había sido
olvidada por Apolo? Quizá ya era tiempo de regresar a Troya, a su propio pueblo
y a sus propios dioses; sirviendo a la diosa, las mujeres eran aquí más libres.
Pero, ¿de qué valía esa libertad si había de morar para siempre entre
extranjeros? Entonces su corazón se conmovió; aquí era amada y tenía muchas
amigas, ¿podría soportar abandonarlas y regresar a una ciudad en donde se
esperaba de las mujeres que viviesen sometidas a sus maridos y a sus hermanos?
El sol
cobró más fuerza. Se echó un velo sobre la cabeza y mojó su pañuelo en un
cuenco de agua para humedecer las cabezas de las serpientes.
—Pronto,
pequeñas —murmuró—, concluirá todo y volveréis a un lugar fresco y sombrío.
Una de las
serpientes trataba de deslizarse hacia la oscuridad del interior de su vestido.
Los
porteadores redujeron la marcha y luego se detuvieron. Las servidoras bajaron
con cuidado y no sin dificultad a Imandra. Con pasos torpes, la reina se
dirigió hacia la litera en donde se sentaban las sacerdotisas rodeadas por sus
serpientes.
—Casandra,
amiga mía, ¿acudirás esta tarde a palacio y mirarás para mí el agua de tu
cuenco?
—Con
placer. Tan pronto como haya cumplido con mis deberes y si Arikia me concede
permiso —contestó, mirando a la suma sacerdotisa, que le sonrió, asintiendo a
la petición que aún no le había formulado.
En el
templo de la Madre Serpiente ayudó a los porteadores a instalar a Arikia en su
cama en una estancia en penumbra. Luego, contribuyó a la tarea de desenroscar
las serpientes y bañarlas en la fuente del patio interior. Tras comer un poco
de fruta y pan, vistió una túnica sencilla y salió otra vez cuando transcurrían
las primeras horas de la tarde. El ambiente estaba ahora un poco más templado,
porque el sol se hallaba en la plenitud de su fuerza. Las calles estaban
repletas de gente, pero nadie pudo reconocer en aquella muchacha morena y
delgada que vestía un traje humilde a la sacerdotisa que, con sus mejores galas
y coronada de serpientes, había sido llevada por toda la ciudad.
Las
domésticas de la reina condujeron a Casandra a las estancias reales. Allí había
una temperatura agradable gracias al fuego de la chimenea. Imandra estaba
tendida en una hamaca, con el cabello en desorden. Su enorme cuerpo descansaba
sobre almohadones. Ya no poseía la fascinación de la diosa y parecía cansada;
su rostro debía de estar pálido bajo los afeites que cubrían sus mejillas.
Tendría
que haber mantenido a Andrómaca aquí, en Colquis, en vez de enviarla a Troya. Y
además no debería haberse expuesto a los riesgos de un parto tardío, pensó
Casandra, sorprendiéndose a sí misma. Ahora necesita una hija para que la
suceda en Colquis.
Como si le
hubiese llegado algún atisbo de los pensamientos de Casandra, la reina abrió
sus ojos.
—Ah, hija,
has venido para hacerme compañía. Me alegro. Creo que la pequeña puede nacer
hoy —dijo, poniéndose una mano sobre el vientre—. Pero al menos concluyó la
procesión y no ha sido preciso dar a luz a una reina en las calles. Pronto
llamaré a las mujeres del palacio. Se enfadarán si no lo hago; tienen derecho a
su fiesta. ¿Cuántos años tienes, Casandra?
Trató de
calcularlo. En Troya no se llevaba la cuenta de la edad de una mujer después de
alcanzar la pubertad.
—Creo que
tendré diecinueve o veinte este verano —respondió—. Mi madre me dijo que nací
cerca del solsticio de verano.
—Un año
más que Andrómaca —observó Imandra—. Y me dijiste que el primogénito de
Andrómaca tiene ya edad suficiente para haber recibido su primer casco de
bronce y las lecciones iniciales de esgrima. Creo que no conozco a mujer alguna
de tu edad que no esté casada. A veces pienso que mi hija deberías haberlo sido
tú, puesto que te acomodas a las viejas costumbres de Colquis y Andrómaca
parece feliz en Troya, aunque sea como esposa sumisa de Héctor. —Sus labios se
fruncieron ligeramente, casi desdeñosamente—. Pero tú que eres hija de Príamo y
troyana, ¿deseas permanecer toda la vida soltera, querida mía?
—Ése es mi
propósito —contestó Casandra—. Estoy consagrada a Apolo.
—Pero
renuncias a todo lo que hace a la vida digna de ser vivida —dijo Imandra,
suspirando.
Frunció el
ceño y permaneció inmóvil durante algún tiempo. Luego añadió:
—¿Mirarás
en el agua del cuenco y permitirás que esta vieja ponga de nuevo sus ojos en el
hijo de su hija? Casandra vaciló.
—Tal vez
ahora deberías centrar tus pensamientos en la hija que va a nacer. Has de
ahorrar toda tu fuerza y energía hasta que se encuentre segura entre nosotras.
—Hablas
como una sacerdotisa, y las sacerdotisas dicen tonterías —declaró enojada
Imandra—. No soy una niña de quince años en su primer parto. Soy una mujer
madura y una reina, y no menos sacerdotisa que tú, Casandra de Troya.
—No
trataba de sugerirte... —empezó a decir Casandra, a la defensiva.
—Oh, sí,
lo dijiste, no lo niegues —replicó Imandra—. Haz lo que te pido, Casandra. Si
no quieres, otras lo harán aunque no haya muchas que vean tan lejos ni tan
bien.
Todo lo
que Imandra afirmaba era cierto y Casandra lo sabía.
—Muy bien
—accedió, añadiendo mentalmente, vieja testaruda—. Llama a tus mujeres y diles
que te preparen para el parto. No me culpes si lo que revelo te causa dolor o
pena. No soy más que el mensajero, las alas del ave que aporta tales nuevas.
Se
arrodilló, disponiéndose para encender el fuego mágico del sortilegio de la
visión.
Llegaron
las mujeres de Imandra a cumplir su cometido. Entre ellas estaban las dos
domésticas de Casandra que acudieron a saludarla y le preguntaron en voz baja
para que la reina no pudiera oírlas:
—¿Vamos a
quedarnos para siempre en esta ciudad extranjera, princesa? ¿Cuándo
regresaremos a Troya?
—Cuando la
reina Imandra me autorice —dijo Casandra—. No la abandonaré mientras me
necesite.
—¿Cómo
puede necesitarte más que tu propia madre? ¿Crees verdaderamente que la reina
Hécuba no ansia tu presencia?
—Tenéis mi
permiso para regresar a Troya siempre que deseéis —repuso con indiferencia
Casandra—. Esta misma noche, si os place. Pero yo he hecho una promesa a
Imandra y no la romperé.
Se levantó
y, con pasos rápidos, se dirigió a la alta cama en donde las mujeres habían
colocado a la reina para que descansase hasta que llegara el momento de ponerla
en la silla paritoria. Lentamente, la estancia se llenó de mujeres del palacio
que habían acudido a presenciar el nacimiento real.
—Me
pregunto —musitó Imandra, con inquietud—, si alguna vez la Madre Tierra se
equivoca al enviar un bebé a un vientre. Por lo que de ella sé, a Hécuba le
habría parecido Andrómaca una hija perfecta y tú siempre estuviste incómoda en
Troya.
Se aferró
a la mano de Casandra.
—No me
dejes —le rogó—. Los dioses demorarán la visión hasta que nuestros ojos estén
preparados para ver.
—No sé
cuáles pudieron ser los propósitos de la diosa al enviarme al vientre de Hécuba
de Troya y no al de Imandra de Colquis —dijo Casandra, acercando su mejilla a
la de su tía—: pero, cualesquiera que hayan sido, te quiero y te respeto como
si en verdad fueses mi madre.
—Te creo
—dijo Imandra, volviendo la cara para besar a Casandra—.
Si la
diosa me lleva hoy, cosa que puede suceder a cualquier mujer en un momento como
éste, prométeme que te quedarás en Colquis y educarás a mi hija conforme a las
viejas costumbres.
—Vamos, no
debes hablar de muerte. Vivirás muchos, muchísimos años y verás a tu hija con
sus propios hijos e hijas en sus rodillas —afirmó Casandra.
Una de las
servidoras le entregó una copa de vino y una bandeja de pasteles de miel. Bebió
el vino distraídamente y apartó a un lado los pasteles.
—Déjame
que mire por ti en el cuenco —dijo.
Se
arrodilló de nuevo sobre las losas junto al fuego mágico, concentrando su mente
en el día en que el primer hijo de Andrómaca, en el rostro, pálido y tenso de
Héctor que contemplaba a la pequeña criatura...
Unas
sombras se agitaron en el agua hasta detenerse en el rostro de Héctor... El
rojo penacho se desdibujó, envuelto en un limo aún más rojo... Casandra se
sobresaltó cuando un súbito dolor traspasó su corazón ¡Héctor! ¿Había muerto ya
o estaba viendo lo que habría de ocurrir? ¡Cuándo una ciudad se hallaba en
guerra, resultaba más que probable que el jefe del ejército, que siempre
luchaba a la vanguardia de sus hombres, cayera a manos de... en las
ensangrentadas manos de Aquiles!... Ese rostro desdeñoso, bello y pálido, bello
y maligno... La nieve corrió sobre la superficie del agua y Casandra supo que
lo que contemplaba era lo que había de llegar en años futuros. ¿Pero en que
año? No tenía modo de averiguarlo.
Imandra,
con los ojos clavados en el rostro de Casandra, como si tratase
desesperadamente de compartir su visión.
—¿Qué has
visto? —le preguntó.
—La muerte
de Héctor en batalla —murmuró Casandra—. Mas para un guerrero no existe otro
final y sabíamos desde hace largo tiempo que eso tendría que ocurrir, pero aún
no, quizá dentro de muchos años...
—Y el niño
—murmuró Imandra—. ¡Háblame del niño!
—La última
vez que lo vi se hallaba sano y estaba bien desarrollado; ya tenía una espada
de madera y un casco de juguete —dijo Casandra, quien no quería mirar de nuevo
y contemplar un desastre que, por alguna razón, esperaba ver—. Los presagios
señalan que esta noche no es propicia para la visión, Imandra. Te ruego que me
excuses si no vuelvo a mirar.
—Haz lo
que quieras —contestó Imandra, pero en su cara se dibujó un gesto de
decepción—. Moriría contenta sólo con poder ver al hijo de mi hija aunque fuese
a través de tus ojos y no de los míos...
Un
revoloteo cromático corrió sobre la superficie del agua: luces de fuegos,
llamas en las puertas de Troya... y recordó la voz burlona de Paris.
Siempre
repites la misma cantinela, Casandra, fuego y catástrofes para Troya. Y la
cantas sea oportuno o no, como un rapsoda que sólo conoce un poema...
Sí, sé que
Troya ha de perecer pero aún... Te ruego que me dejes mirar un poco más...
Las llamas
se extinguieron; surgió un resplandor, la brillante luz del sol que se
reflejaba en las blancas murallas de Troya... fundiéndose con el rostro sombrío
y airado de Crises, contraído en un gesto de dolor.
Apolo,
Señor del Sol, si veo todo esto a tu luz, ¿por qué no me muestras más que lo
que ya conozco?
Entonces
todo se convirtió en un intenso destello, como si estuviese contemplando
directamente la cara del sol. Tuvo la impresión de que Crises se agrandaba y
vio el halo deslumbrante del dios, y supo quién recorría ahora las murallas y
los baluartes de Troya con terrible ira, su luminoso arco disparaba flechas
doradas... al azar. Las flechas de Apolo se dirigían tanto contra los aqueos
como contra los troyanos.
Casandra
gritó, cubriéndose el rostro con las manos. La visión se enturbió y se disolvió
hasta desaparecer.
—No contra
nosotros —gimió—. No contra tu propio pueblo, Señor del Sol; no tu ira, no las
flechas de Apolo...
Todas la
rodearon, sacudiéndola; trataron de levantarla y llevaron vino a sus labios.
—¿Qué
viste? Intenta decírnoslo, Casandra. —No, no —gritó ella, esforzándose para que
su voz no se trocara en un aullido—. ¡Tenemos que irnos de inmediato! ¡Tenemos
que regresar a Troya!
Pero el
horror heló su corazón cuando pensó en las interminables leguas de viaje entre
Colquis y su tierra.
—¡Tenemos
que irnos ahora mismo! Tenemos que partir al rayar el día o incluso esta noche
—repitió, tendiendo las manos hacia sus domésticas que la sujetaban—. Tenemos
que irnos... no podemos perder un momento...
Se puso en
pie, temblando, y se acercó a Imandra.
—Los
dioses me reclaman en Troya, te ruego que me otorgues permiso para partir —le
suplicó, arrodillándose junto a ella.
—¿Irte
ahora? —preguntó Imandra con la mente y el cuerpo concentrados en los dolores
del parto que la llenaban y mirándola sin comprender—. No, te lo prohíbo.
Prometiste permanecer conmigo...
Desesperada,
Casandra advirtió que no podía imponer sus propias necesidades sobre las de
aquella mujer dominada por el más imperioso de los apremios. Estaba obligada a
esperar. Se enjugó las lágrimas que hasta entonces había ignorado, aunque
corrían por sus mejillas, y volvió su atención a Imandra.
—¿Viste al
hijo de Andrómaca? —le preguntó ésta, en tono suplicante.
—No
—contestó dulcemente Casandra, apartando de su mente la imagen del cuerpo
destrozado del niño ante las murallas de Troya.
... Había
visto eso antes...
—No, esta
noche los dioses no me dieron tal visión —añadió—. Sólo contemplé lo mal que
iban las cosas en la ciudad.
El mar
ennegrecido por las naves aqueas, las murallas de Troya bajo el acoso
hormigueante de los ejércitos de Aquiles... Muros que se desploman, llamas que
se alzan... No, aún no... no es la destrucción final, todavía no... pero es
peor, las terribles flechas de la ira de Apolo, volando tanto contra aqueos
como contra troyanos...
Una de las
mujeres inició uno de los himnos tradicionales de natalicio, y fue seguida por
otras tras un confuso momento de duda.
¿Cómo
podían cantar y comportarse como en cualquier otra fiesta de mujeres? Pero
ellas no habían visto la sangre, ni las llamas ni las flechas del dios airado.
Casandra se sumó al canto, animando al alma expectante de la niña a que
penetrara en el cuerpo que le había sido preparado, para que la diosa liberase
a ese cuerpo del vientre que lo aprisionaba. Los himnos sucedieron a los himnos
y después algunas de las sacerdotisas interpretaron la extraña danza del Mundo
del Más Acá. La noche transcurrió lentamente y cuando, ya próxima el alba,
empezó a palidecer el cielo, la reina, con un grito de triunfo, dio a
luz. La primera de las comadronas del palacio, en cuyas manos había nacido la
criatura, la aulló, gritando:
—¡Es una
niña! ¡Una hija fuerte y sana! ¡Una pequeña reina de Colquis!
Las
mujeres iniciaron un himno triunfal de bienvenida, llevándola a la niña hasta
la ventana para levantarla hacia el sol naciente. La pasaron de mano en mano
para que cada mujer pudiera sostener y besar a la recién nacida. La reina
Imandra pidió al fin:
—Dádmela.
Quiero comprobar que es en verdad sana y fuerte.
—Aguarda
un momento. Primero hemos de envolverla para que no se enfríe —dijo una de las
comadronas del palacio mientras la abrigaba con uno de los chales de la reina.
Luego, ya
lavada, la puso en manos de Imandra y la reina acercó tiernamente su cara
contra la mejilla de la pequeña.
—Ah,
cuánto tiempo te aguardé, hija mía. Es cómo parir a mi propia nieta. No sé de
mujer alguna que haya tenido un hijo a mi edad y haya sobrevivido y, sin
embargo, me siento tan fuerte y segura como cuando pusieron en mis brazos a
Andrómaca.
Desenvolvió
a la niña tan nerviosamente como todas las madres, contando cada uno de los
dedos de sus manos y de sus pies, volviendo a contarlos por si había cometido
algún error, para besar después cada uno, como tributo especial.
—Es bonita
—dijo, sonriendo satisfecha, cuando hubo acabado de besuquear al bebé.
Se sacó de
uno de los dedos una costosa sortija y se la entregó a la comadrona principal
del palacio.
—Esto,
además de tu salario que te pagará mi chambelán.
La
comadrona agradeció el regalo con frases entrecortadas y se retiró, abrumada
por tanta generosidad.
—Le
impondremos un nombre el primer día que sea propicio —continuó diciendo
Imandra—. Hasta entonces será mi pequeña perla... puesto que es tan tersa y
rosada como una de las perlas que los buceadores de las islas arrancan al mar
de sus profundidades. Y la llamaré Perla, mi princesita perla.
Todas las
mujeres coincidieron en declarar que era un nombre bonito y adecuado. Sería el
que le darían hasta que la princesa recibiese de las sacerdotisas un nombre
oficial y constituiría su apelativo familiar durante toda su vida.
La reina
Imandra hizo una señal a Casandra para que se acercase.
—Tus ojos
están enrojecidos, Casandra, y no pareces regocijarte con nosotras. ¿Has visto
algún presagio funesto para mi hija y por eso no compartes nuestra alegría?
Casandra
se encogió. Tal como temía, no había sido capaz de ocultar su aflicción a la
mirada aguda de Imandra.
—No,
reina, en verdad me regocijo de tu felicidad —dijo, mientras se inclinaba para
besar a la princesita— y no puedo expresarte cuan grande es mi satisfacción por
el hecho de que te encuentres bien. Pero mis ojos están siempre enrojecidos
cuando duermo tan poco como esta noche. Y... —titubeó— los dioses me han
enviado un presagio infausto sobre Troya. Me necesitan allí. Te suplico, reina,
que me des permiso para partir al instante, camino de mi casa.
Imandra
pareció ofenderse, pero el dolor que se reflejaba en el rostro de Casandra
mitigó su irritación.
—¿Con este
tiempo? Se acerca el invierno y el viaje sería terrible. Esperaba que te
quedases para ayudarme a educar a mi hija. Tuve escasa fortuna en la educación
de Andrómaca para que me sucediera como reina. Mi fe en oráculos y augurios no
es grande; sin embargo, nada puedo negarte el día en que la diosa me ha enviado
a esta preciosa hija. Pero no es mi permiso el que debes conseguir sino el de
la Madre Serpiente. Es a ella, no a mí, a quien te hallas consagrada. Y has de
esperar al menos hasta que pueda yo reunir los regalos que habré de enviar a
Troya, para Andrómaca y su hijo, para mi prima Hécuba y, naturalmente, para ti,
mi querida hija.
Casandra
sabía que se le exigiría esto y se dijo a sí misma que la catástrofe que había
previsto quizá no fuese tan inminente para que un día o incluso una semana de
retraso significaran diferencia alguna. No era posible ignorar los imperativos
del parentesco y de la cortesía respecto de alguien que había sido tan buena
con ella como la reina Imandra. Pero su corazón se rebeló; todo lo que la
retenía lejos de Troya le parecía ahora odioso. Estaba segura de que Arikia la
reprendería por su deslealtad, pero no tenía
en su mano
otro recurso honorable. Le habían entregado generosamente sus conocimientos y
su amistad; al fin y al cabo no podía escapar de Colquis como una ladrona.
Así que
sacó fuerzas de flaqueza y fue a solicitar el permiso de la Sacerdotisa de la
Serpiente.
Durante la
noche y el largo día que le siguió, mientras preparaban carros, bestias,
regalos y todo lo que precisaría en su largo viaje hasta Troya, Casandra tuvo
tiempo de recobrar un cierto grado de serenidad aunque sólo fuera porque no
podía vivir tan llena de angustia y terror. Sabía bien que los dioses la habían
llamado a Troya para que se cumpliera su destino, fuera cual fuese, pero no
consideró que podría evitarlo quedándose en Colquis; la Historia rebosaba de
relatos sobre aquellos que egoístamente creyeron sustraerse a su destino,
incumpliendo alguna obligación, y que de un modo inevitable atrajeron sobre sí
ese mismo destino que tanto temían.
Puede que
la visión no significara una catástrofe; puede incluso que significase que
Apolo no toleraría la guerra, tal como estaba librándose. Quizá los obligaría a
concertar cualquier clase de pacto y todo se arreglaría.
Así que al
final, aun lamentando sinceramente partir de Colquis y perder la libertad y los
honores que allí había conocido, se puso en marcha tres mañanas después,
contenta, o al menos sin pesar, de hallarse otra vez en camino.
El viaje
comenzó antes que el alba. Las tres mujeres iban en un sólido carro, tirado por
muías que les había proporcionado la reina Imandra. Cuando el vehículo empezó a
traquetear por la ciudad, la oscuridad era completa, sin más luz que las
chispas de una forja en donde trabajaba una corpulenta herrera. Adrea y Kara se
mostraban francamente jubilosas por volver a su tierra, aunque hablaban con
terror del largo viaje que les aguardaba, de los peligros de
bandidos y centauros, así como de los caminos cubiertos de nieve y vigilados
por salvajes atracadores, hombres o mujeres, que podían creerlas portadoras de
tesoros o para quienes sus víveres y sus ropas fuesen riqueza suficiente.
Casandra iba en silencio; añorando ya a sus amigas del templo de la Madre Serpiente,
tanto mujeres como reptiles, y se sentía pesarosa de haber dejado a Imandra.
Era improbable que volvieran a encontrarse en este mundo.
Cuando
atravesaron las puertas de hierro de Colquis, caían algunos copos de nieve y el
cielo se mostraba gris y desapacible. Aumentó la luz, pero no apareció el sol,
y Casandra lanzó una mirada postrera a las altas puertas de la ciudad que
brillaban rojizas bajo el alba grisácea.
No podía
haber muchas mujeres de su edad que hubieran hecho dos viajes como aquél y, si
era capaz de recorrer tal distancia un par de veces, ¿por qué no tres o más?
Quizá la aguardaban aún muchas aventuras y, aunque fuera de regreso a Troya, no
había necesidad de sentir la opresión de las murallas de su ciudad, hasta no
hallarse tras ellas.
La primera
noche, cuando como de costumbre se prepararon sus mujeres y ella para
acostarse, Adrea preguntó: —¿Vas a dormir, princesa, con esa cosa en tu lecho?
Casandra pasó la mano sobre los anillos de la serpiente, tibia y suave.
—Por
supuesto. Soy su madre. La incubé con el calor de mi propio cuerpo y ha dormido
en mi seno todas las noches de su vida. Además hace frío a estas horas; moriría
si no le diese calor.
—Mucho
haría y mucho he hecho por la hija de tu madre, pero no compartiré mi lecho con
una culebra —dijo Adrea—. ¿No puede dormir junto al fuego, en un cajón o en un
recipiente?
—No, no
puede —dijo Casandra, rebosante de secreta satisfacción—. Te aseguro que no te
morderá y que es mejor compañera de cama que un niño, porque no mojará ni
manchará las sábanas como es probable que hiciera un bebé. Nunca dormirás con
criatura más limpia. —Acarició a la serpiente y añadió—: No tienes por qué
preocuparte; permanecerá a mi lado. Estoy segura de que tiene más miedo de ti
que tú de ella.
—No —dijo
suplicante Adrea—. No, por favor, Casandra. No puedo hacerlo. No puedo dormir
con una serpiente.
—¿Cómo te
atreves a hablar de ese modo? Es una de las criaturas de la diosa, igual que
tú, Adrea. Tú no serás tan tonta, ¿verdad, Kara?
—Tampoco
yo pienso acostarme con ninguna viscosa serpiente. Seguro que se deslizaría por
encima de mí en cuanto me durmiese —afirmó ésta.
—Ni
siquiera muerde, y no te haría daño aunque lo intentase —le dijo Casandra,
enojada—. Aún no le han salido los dientes.
Se tendió,
acariciando distraídamente con un dedo la pequeña cabeza de la serpiente.
—Si
tuvieras el juicio que los dioses han dado a una gallina —añadió después—, y te
forzaras a tocarla, comprobarías que no es viscosa en absoluto, al menos no más
que un ave. Es muy suave y tersa y está tibia.
Envuelta
en su mano, se la acercó a Adrea pero la mujer retrocedió, chillando. Casandra
se echó sobre sus almohadas.
—Bueno,
estoy cansada y voy a dormir aunque vosotras dos seáis tan estúpidas como para
hacerlo en el frío piso del carro. Haceos las camas en donde os plazca pero
apagad la lámpara y durmamos en nombre de la diosa, de cualquier diosa.
Pronto
perdieron de vista a Colquis. Avanzaban entre colinas redondeadas y pasaron por
diferentes aldeas. Los días se hacían cada vez más fríos y caía una nieve fina
que se fundía en el suelo.
Una mañana
que se habían puesto en marcha antes de la salida del sol, Casandra oyó un
extraño e insistente gemido.
—¿Qué es
eso? Parece un niño y, a juzgar por el sonido, un bebé. ¿Qué hace un bebé en
estas soledades en donde únicamente puede haber lobos y quizás osos? —dijo a
sus acompañantes.
Bajó del
carro y miró por los alrededores entre los copos de nieve que caían para hallar
el origen del sonido. Al cabo de un rato, vio en la ladera un bulto de burda
tela de lana que contenía a una niña pequeña y bien constituida, cuyo cordón
umbilical aun no había cicatrizado. Una negra pelusa cubría su cabeza.
—¡No la
toques, princesa! —dijo Adrea—. Es sólo un bebé abandonado por alguna mujer de
las aldeas, una prostituta que no puede criar a su hija o alguna madre que
tiene demasiadas.
Casandra
se inclinó y alzó a la niña. Estaba helada a pesar de los paños que la
envolvían pero aún pateaba con fuerza. Al apretarla contra su pecho, se calmó
un poco y cesaron sus gemidos. Comenzó a retorcerse buscando donde mamar.
—Ea, ea
—dijo Casandra, meciéndola—. Yo nada tengo para ti, pobre niña. Pero estoy
segura de que algo podremos encontrarte.
—¿Por qué
tenemos que hacerlo? —preguntó Adrea, horrorizada—. ¿No pensarás en quedarte
con ella, princesa? —Te parecería bien que me casase para tener un hijo —dijo
Casandra—. Pues ahora puedo tener uno sin quebrantar mi juramento de castidad
ni sufrir los dolores del parto. ¿Cómo no iba a aceptar a esta hija que la
diosa me envía directamente?
La niña
entró en calor y se quedó dormida en los brazos de Casandra.
—No cabe
duda de que es un hecho virtuoso salvar la vida de un niño —añadió.
Había
pronunciado tales palabras para burlarse de Adrea, pero empezaba a meditar en
todos los problemas que se le plantearían cuando la mujer le dijo:
—¿Cómo vas
a alimentarla, princesa? No tiene edad suficiente para masticar y habrías de
hallar en alguna parte una nodriza y llevártela contigo a Troya.
—No, eso
no es necesario —contestó Casandra, tras reflexionar un momento—. Ve a esa
aldea de allí. Busca una cabra que esté criando y que tenga mucha leche. A los
bebés les gusta la leche de cabra.
El rostro
de Adrea expresó la disconformidad que sentía.
—Ve ahora
mismo —le ordenó—. Esa leche nos vendrá bien a todas. O quédate con mi
serpiente mientras yo voy... Ante la alternativa, Adrea se apresuró a ir a la
aldea y volvió con una cabra joven, blanca y negra, que parecía sana y fuerte y
que, desde el primer instante, aturdió a todos con sus balidos. Ninguna de las
domésticas sabía ordeñar a una cabra pero Casandra les mostró cómo habían de proceder
y, cuando consiguieron llenar un cuenco, ella alimentó al bebé, mojando un dedo
en la leche. La niña chupó con entusiasmo y luego volvió a dormirse en sus
brazos, aún aterrada al dedo. Casandra hizo tiras de un trapo para formar un
cabestrillo. De esa manera podría llevarla colgada cuando cabalgara en el asno,
sujeta a su cuello como los hijos de las amazonas. Decidió que, de momento, la
llamaría «Miel» porque lavada, caliente y bien alimentada exhalaba un suave
olor que recordaba el de la miel silvestre.
Al menos
la distraería durante el largo viaje hasta Troya. Y cuando allí llegase, si no
quería tener una niña a la que criar, se la cedería a la reina o a uno de los
templos; las niñas resultaban siempre útiles en todos los hogares para la
interminable y necesaria tarea de hilar y tejer.
Al
principio, Adrea y Kara hacían comentarios sobre la niña abandonada, pero
pronto discutieron por llevar a Miel en su regazo durante los largos trayectos
en el carro, cantándole y contándole cuentos que su escasa edad no le permitía
entender. Fue desarrollándose rolliza y hermosa. Peinaron su pelo rizado y le
hicieron vestidos con sus propias ropas. Pronto pareció decidir quién era su
madre. Las mujeres se mostraban cariñosas con ella, pero siempre intentaba
dejarlas cuando Casandra le tendía los brazos; aunque le estuvieran dando una
comida de su gusto. En las tediosas etapas del viaje dormía acurrucada en la
parte trasera del carro con la serpiente de Casandra enroscada a su lado; y a
menudo quería tenerla sobre su propio vestido. Cuando las mujeres protestaron,
Casandra se limitó a reír.
—Ved,
posee más sentido que vosotras; no tiene miedo de una de las criaturas de la
diosa. Ha nacido para ser sacerdotisa y lo sabe.
Los días
pasaban lentos y tediosos. Cuando llegaron a la gran llanura doblaron la
vigilancia ante la eventualidad de que apareciesen bandas de centauros.
Casandra deseaba encontrarse con ellos. Sentía debilidad por las tribus
ecuestres, pero tanto las domésticas como la escolta y los carreteros confiaban
evitar semejantes encuentros. Mas no hallaron ninguno. Una tarde, dentro de una
zanja, vieron un caballo muerto. Aferrado al animal, estaba el cadáver
retorcido de su jinete cuyos huesos casi eran visibles bajo la piel,
indicándoles que aquel pobre hombre había muerto de hambre v de trío. El
corazón de Casandra se conmovió de compasión por él, aunque su carretero y las domésticas afirmaron que
había encontrado lo que se merecía y desearon a todos sus congéneres un destino
semejante.
Otra
tarde, cuando se disponían a acampar, Casandra distinguió a lo lejos a un
pequeño grupo de jinetes, formado por un hombre macilento y deformado por años
sobre el caballo y media docena de los que parecían ser niños pero eran
probablemente muchachos en quienes la desnutrición había retrasado el
desarrollo. Casandra no hubiera podido asegurarlo, pero le pareció que el
hombre era Quirón. Les hizo señas y los llamó en su propia lengua, mas no se
acercaron. Se limitaron a cabalgar lentamente en torno del campamento,
demasiado lejos para que los distinguieran con claridad o para oír lo que
decían.
—Será
mejor que montemos una guardia —dijo uno de los carreteros—. Si no lo hacemos
quizá cuando durmamos se aproximen para asesinarnos y robarnos. Nunca se puede
confiar en un centauro.
—Eso no es
cierto —afirmó Casandra—. No nos harán nada. Nos temen más de lo que nosotros a
ellos.
—Habría
que acabar con todos —intervino Kara—. No son hombres civilizados.
—Están
hambrientos, eso es lo que ocurre —dijo Casandra—. Saben que tenemos víveres y
animales; sólo nuestra cabra les proporcionaría la mejor comida que han
conocido en todo este año, pero no nos atacarán.
Pese a la
reprobación de sus domésticas y de la escolta, se mostró dispuesta a darles
algunos víveres y, durante algún tiempo, trató de atraerlos hacia el
campamento, pero ellos se mantuvieron a una prudente distancia, cabalgando
alrededor, y no se acercaron. Por tanto, se dispusieron a pasar la noche
protegidos por un par de centinelas. Casandra permaneció despierta, pensando en
los centauros que se hallaban sobre sus monturas en la oscuridad. A la mañana
siguiente, les dejó unas hogazas de pan de cebada y algunas viandas en una
vasija rajada que los viajeros pensaban abandonar.
Cuando se
alejaban del lugar en que habían acampado advirtió que los centauros se
aproximaban a él; al menos conseguirían algunos víveres que retrasarían su
muerte por inanición. Para Miel, pensó, serán sólo una leyenda, v todos le
dirán cuan malvados eran. Pero también son poseedores
de una sabiduría y una forma de vida que nunca volveremos a encontrar.
¿Será ése también el destino de las amazonas?
Después de
haber visto a los centauros, el camino le pareció más largo y vacío; día tras
día avanzaron por la enorme planicie, sin cruzarse con viajero alguno, y no se
diferenciaban unos de otros más que por el crecer y el menguar de la luna, por
los cambios del buen tiempo a las nevadas. Al pasar por las comarcas en donde
había esperado hallar tribus de amazonas no encontraron jinetes de ningún tipo,
ni hombres ni mujeres. ¿Habían perecido las amazonas o fueron secuestradas para
servir en las aldeas de los hombres? Le hubiera gustado enviar un mensaje a
Pentesilea pero no sabía cómo hacérselo llegar y ni siquiera si aún vivía.
Intentó verla en el agua de su cuenco pero no lo consiguió.
La estepa
se hallaba cubierta por una espesa capa de nieve y reinaba un intenso frío.
Casandra temió por las vidas de sus serpientes. Miel y ella, envueltas en
mantas y calentadas por un brasero, compartían su calor con las serpientes. A
veces, la nieve era tan espesa que el carro no podía avanzar y habían de
permanecer detenidos un día entero, sin luz, poco calor y sólo comida fría.
Tenían además que guardar la cabra en el carro para preservarla de la nieve.
Con el
paso de los meses, Miel cambió. Había veces en que Casandra tenía la impresión
de que crecía entre el alba y el ocaso. Cada día aprendía o le sucedía algo
nuevo que fascinaba a su madre adoptiva. Poco después de la aparición de los
centauros, le salió su primer diente; luego aprendió a beber leche en una taza
y, al cabo de escaso tiempo, comía pan mojado en leche o papillas que tomaba
con cuchara. Antes de lo que Casandra había esperado, tenía ya todos los
dientes y cogía y masticaba lo que podía alcanzar del plato de cualquiera. Ya
no se podía dejar en el suelo durante las paradas nocturnas porque se escapaba
a gatas y desaparecía rápidamente, complaciéndose en que la llamaran y
buscasen. Finalmente llegó un tiempo, por fortuna después que hubieran pasado
las peores nevadas, en que tuvieron que vigilarla de continuo para que no se
bajase del carro, incluso en marcha; y pronto corrió por lo alrededores en cada
parada que hacían. Casandra pensaba que no era una niña especialmente guapa
pero sí fuerte y robusta, hasta el extremo de que jamás se ponía enferma y rara
vez se mostró inquieta ni siquiera durante la dentición.
Con el
paso del tiempo y tras haber recorrido una larga distancia, llegaron a una
comarca con mejores caminos y encontraron numerosos viajeros. Parecía como si
todo el mundo se encaminase a Troya con armas y los más diversos artículos para
vender a los troyanos, o a los aqueos; parecía también que los aqueos
bloqueaban ahora todas las rutas que por tierra o por mar llegaban a Troya. Y
al fin un día vieron la silueta familiar del monte Ida y comenzaron a avanzar a
lo largo del Escamandro hacia la ciudad. Cuando tuvieron ésta a la vista, a
Casandra le pareció que había surgido otra población al pie de las grandes
murallas, una dispersa ciudad de cobertizos, tiendas y albergues y que el mar
estaba ennegrecido por las naves que llenaban el puerto. De allí procedía un
intenso hedor como si las aguas se hallasen contaminadas; las calles de esta
nueva urbe estaban obstruidas por carromatos y carros de guerra y, tan pronto
como la escolta de Casandra condujo el vehículo a las proximidades de aquella
aglomeración, soldados aqueos, con armaduras que le recordaban a las de los
hombres de Aquiles, se acercaron para inquirir qué venía a hacer allí.
Su escolta
no logró hacerse entender; así que Casandra, que hablaba un poco mejor la
lengua de ellos, bajó del carro con Miel colgada a los hombros y les explicó
que era la hija de Príamo que regresaba de un largo viaje a Colquis. Esta
noticia, que Casandra no supuso que les resultaría tan sorprendente, fue de
boca en boca; siendo por último opinión general que el jefe de las tropas debía
oírla de sus labios.
Imaginó
que se referían a Aquiles, pero en su lugar se presentó el joven moreno, más
alto y fuerte, que conoció como compañero de Aquiles. Era Patroclo, se dirigió
a ella con cierta cortesía, mayor en cualquier caso de la que recordaba en el
propio Aquiles.
—Así que
afirmas ser hija del viejo rey. Aguarda un minuto. Hay aquí una muchacha en la
tienda de Agamenón que se crió en el palacio de la ciudad, o al menos eso dice.
Aquí hay una mujer e las tiendas de Agamenón, ella podrá aclararnos eres o no
eres quien aseguras ser. Espera aquí.
Tras esto,
se alejó.
Miel le
pesaba demasiado, y Casandra pidió a uno de los hombres de su escolta que la
bajara.
—Quédate
cerca de mí —le ordenó.
. Suponía
que ninguno de aquellos soldados infringiría daño a un niño, como no fuese en
el frenesí del combate, pero no tenía tal seguridad y no confiaba bastante en
los aqueos para poner a prueba semejante teoría.
Al cabo de
cierto tiempo, Patroclo regresó con una mujer velada. Ésta se echó entonces el
velo hacia atrás.
—Sí, es la
hija de Príamo —afirmó.
Casandra
se sintió asombrada y entristecida al reconocer a Criseida en aquella muchacha.
Pese a
todo, le alivió saber que Criseida estaba viva y bien.
—Querida
Criseida —le dijo—. He estado preocupada por ti y sé cuan angustiado se ha
sentido tu padre.
Criseida
parecía ahora más alta y corpulenta, pero aún resultaba sorprendente el tono
dorado de sus cabellos que le había dado nombre.
Patroclo
hablaba con uno de los soldados. Daban la impresión de estar discutiendo sobre
si retenerla para obtener un rescate o para cambiarla por alguno de los aqueos
prisioneros.
—No puedes
hacer tal cosa —le dijo el que mandaba la escolta de Casandra—. Es una
sacerdotisa de Apolo y viaja bajo la tregua del dios.
—Ah, ¿sí?
—dijo Patroclo—. Quizá podamos entonces silenciar a ese sacerdote de Apolo que
nunca deja de quejarse a Agamenón o a quien le escuche. Nuestros propios
sacerdotes continúan exigiendo que hagamos ofrendas a Apolo; tal vez deberíamos
consultar con ella acerca del sacrificio adecuado. —Se volvió hacia Casandra y
le preguntó: ¿Harías un sacrificio a Apolo en nuestro nombre?
—Recuerdo
muy bien la suerte de la última sacerdotisa que Agamenón envió para hacer
sacrificios en vuestro nombre —contestó ella—. Sé quién y qué debería ser
sacrificado.
Casandra
pudo advertir en sus rostros que la respuesta no les había complacido en modo
alguno.
Criseida
se dirigió a ella por vez?, primera, y le dijo:
—No
deberías hablar así de Agamenón.
—No es
amigo mío ni de mi familia. Ni tengo con él deber alguno como huésped, puesto
que no lo es. Hablaré de él como me plazca. ¿Por qué te muestras tan deferente
con su persona?
—Porque es
mi señor y el hombre más poderoso entre los aqueos —contestó Criseida—. Harás
bien en evitar irritarle. Aquí todos estamos sometidos a su poder.
—¿Quieres
que cuando regrese a la ciudad haga gestiones para obtener tu libertad?
Criseida
negó con la cabeza, y dijo desdeñosamente:
—Nada te
he pedido. Mi padre ha estado invocando a Apolo para lograr mi retorno, pero el
poder del dios carece de importancia aquí comparado con el de Agamenón. Además,
prefiero ser de un hombre que de un dios.
Entonces
Casandra recordó su terrible visión. Se dio cuenta de que estaba temblando;
entonces miró a Patroclo y le dijo:
—No has
sido descortés conmigo, así que te daré una información valiosa. He visto las
terribles flechas de Apolo cayendo en esta ciudad, tanto sobre los tróvanos
como sobre los aqueos.
Percibió
que su voz subía de tono hasta convertirse en grito y el calor y el resplandor,
que tan bien conocía, del Señor del Sol.
—¡Ten
cuidado con su ira, cuidado con la ira de Apolo! No provoques sus mortales
flechas!
Patroclo
pareció impresionarse un poco, pero la miró con gesto adusto.
—Sí, he
oído que eres una sibila —dijo—. Escúchame, mujer. No temo a tu Apolo troyano,
pero es siempre imprudencia provocar a los dioses de otro. Me siento inclinado
a dejarte marchar. Nuestros sacerdotes dirán probablemente lo mismo y no me
place contender con mujeres. Mas al propio Aquiles corresponde tomar la
decisión final.
Se dirigió
a un muchacho que estaba observándolos y le ordenó que corriera a avisar al
jefe.
Alrededor
del carro se había congregado un considerable gentío que miraba a las
domésticas. Patroclo alzó los ojos hacia las dos viejas y preguntó a Casandra:
—¿Quiénes
son estas mujeres?
—Servidoras
de mi madre, mis domésticas.
—¿Y
también ellas son sacerdotisas consagradas a Apolo?
—No, no lo
son; pero se hallan bajo mi protección y la del dios. —Comenzó a sentirse
incómoda ante el modo que la observaban. Recogió a Miel, que andaba a gatas
entre sus pies, y la sostuvo en brazos.
—No
tenemos en nuestro campamento mujeres bastantes para desempeñar las tareas
femeninas. No pugnaré por ti con el Apolo troyano pero estas mujeres son mis
legítimas prisioneras —dijo Patroclo, tras una pausa.
Se dirigió
al carro y cogió a Kara de un brazo.
—Baja,
anciana señora. Tú te quedas aquí.
Se
desembarazó de él con un gesto furioso.
—Quítame
las manos de encima, sucia bestia aquea.
Deliberadamente,
Patroclo alzó la mano y la abofeteó, sin mucha fuerza, en la boca.
—No he
comprendido del todo lo que has dicho pero ésta es tu primera lección, vieja.
Entre nosotros no se habla de ese modo a los hombres. Entra allí; encontrarás
algunas ropas que remendar. Si lo haces bien, puede que te demos de comer.
—¡Ya te
dije que estas mujeres se hallaban bajo mi protección y la del Señor del Sol!
¡Déjala en paz... o cuidado con la ira del dios! —exclamó Casandra.
—Y yo te
dije —contestó Patroclo—, que nada me importa tu Apolo troyano. Honraré su
tregua hasta el punto de no agraviar a su profetisa, pero estas mujeres son
prisioneras mías y nada puedes hacer para impedirlo.
Casandra
advirtió que entre el gentío había bastantes mujeres, ninguna de las cuales
parecía sorprendida por las palabras o las acciones de Patroclo. Kara gritó y
empezó a correr hacia las puertas de Troya. Patroclo hizo una señal a uno de
los soldados para que la atrapara.
—Tú, que
hablas su lengua, repítele lo que digo —le ordenó a Criseida—. Nadie la
ofenderá si trabaja bien. Que, a su vez, se entere la hija de Príamo, puesto
que tampoco ella parece entender mis palabras.
Criseida
empezó a repetir a Kara lo que había dicho Patroclo, pero Casandra la
interrumpió:
—Di al
capitán aqueo que entiendo muy bien lo que dice, pero que estas mujeres son
sirvientas mías y se hallan como yo bajo la protección de Apolo. No puede arrebatármelas.
—¿Crees,
princesa, que vas a impedírmelo? —replicó el hombre al tiempo que arrastraba a
Adrea fuera del carro—. Vamos con ésta, también es demasiado vieja para el
lecho pero apuesto a que sabe cocinar. Aquiles ha estado diciendo que busca a
alguien para atender a la mujer que guarda en su tienda. Llevádsela a Briseida.
Uno de los
hombres que lo rodeaban, preguntó:
—¿Qué
hacemos con la niña? Parece sana y fuerte... ¿La cojo?
—Dioses de
ultratumba, no —repuso Patroclo—. Aún se meará encima. ¿O es que piensas que
nos quedaremos en Troya el tiempo suficiente para poder llevarla al lecho?
Olvídate de ella.
—Agradece
que te hallas bajo la protección de Apolo —dijo después, dirigiéndose a
Casandra—. Te sugiero que montes en tu carro y sigas tu camino. Pero no todavía
—hizo una seña a sus hombres y les ordenó—: sacad del carro los víveres y todo
lo que pueda sernos de utilidad.
Los
soldados se subieron al carro y comenzaron a descargar las provisiones.
Casandra permaneció en silencio, puesto que sabía que no iban a escucharla. Al
cabo de un tiempo, tal como sabía que ocurriría, se apoderaron de las mantas
enrolladas y comenzaron a extenderlas en el suelo. Entonces, uno de los
soldados saltó hacia atrás y lanzó un grito cuando la mayor de las serpientes
se desenroscó ante él. Empuñó su lanza pero Casandra le gritó en su propia
lengua:
—¡No!
¡Está consagrada a Apolo, no te atrevas a tocarla!
El hombre
siguió retrocediendo, tan pálido como un muerto. Casandra, durante el tiempo
pasado en Colquis, había olvidado el terror que producían tales animales en las
islas. Entonces se introdujo una mano en el escote e impulsó la culebra para
que saliera deslizándose lentamente. Rodeó su cintura y se extendió por su
brazo mientras que, uno a uno, los soldados fueron retrocediendo, presas de un
supersticioso terror.
—¡Mirad
esto! ¡Ved lo que ha hecho con sus brujerías!
—No seáis
estúpidos —les dijo Patroclo—. También en nuestra tierra enseñan a las
sacerdotisas a cuidar a las serpientes. No pongáis ni una mano sobre ella.
—No las
queremos aquí. Vete —ordenó a Casandra—, y llévate a tus malditos animales.
Casandra
comprendió que no sacaría más partido de la situación. Kara y Adrea,
arrodilladas, lloraban. Se acercó a ellas y les dijo en voz baja:
—No os
asustéis; haced lo que os dicen y no provoquéis su furia. Pero, lo juro por
Apolo, conseguiré rescataros.
No sentía
gran cariño por ninguna de las domésticas, pero se hallaban bajo su protección
y su madre las quería.
Ahora pudo
ver la razón para la ira de Apolo. Hablaría de inmediato con sus sacerdotes.
Mientras
el carro traqueteaba acercándose a las murallas de Troya, Casandra comprendió
que los centinelas de los baluartes tenían que haber visto todo lo sucedido. El
paso de un carro no debía de ser un hecho anómalo, ya que en otro caso habrían
intervenido, al menos lanzando flechas contra el campamento aqueo. Los viajeros
mejor informados y con mercancías destinadas a Troya sabrían sin duda que era
mejor aproximarse a la ciudad por el lado opuesto al mar, como ella debería
haber hecho.
Conservaba
las serpientes destinadas al templo del Señor del Sol. Estaba ilesa y los
aqueos no habían amenazado seriamente a Miel. Las cosas podrían haber sido
peores. Pero notó que había crecido el grado de hostilidad; debería haber
pensado antes en informarse de cómo se desarrollaba la guerra.
Ante las
puertas, la detuvo un soldado troyano armado y, al cabo de un momento,
reconoció en él a Deifobo, hijo de Príamo y de una de las mujeres de su
palacio.
Se inclinó
ante ella.
—La calle
principal es demasiado pendiente para el carro, princesa. Tendrás que dar un
rodeo para entrar por el otro lado. Pero te abriré la puerta pequeña que hay
junto a la grande. Ésta se halla ahora siempre cerrada por temor a que irrumpan
los aqueos. No podrán forzarla... a no ser que algún dios, Poseidón quizá,
decida romperla —añadió rápidamente, haciendo un gesto contra la mala suerte.
—Ojalá
esté lejano ese día —deseó Casandra—. ¿Puedes hallar a alguien que lleve el
carro al templo de Apolo? Porta serpientes para la casa del Señor del Sol y no
deben asustarse ni coger trío.
—Enviaré
de inmediato un mensajero al templo —le prometió cortésmente Deifobo—. ¿Irás
directamente a palacio, hermana?
—Sí, ansió
ver a mi madre —replicó Casandra—. ¿Supongo que estará bien?
—¿La reina
Hécuba? Oh, sí; aunque, como todos nosotros, no ha rejuvenecido —contestó
Deifobo.
—¿Y
nuestro padre? ¿Cómo está de salud? Oí que había tenido una enfermedad...
—¿Se
extendió tanto la noticia como para llegar a Colquis? Fue fulminado por el
dios; se halla lisiado y tiene contraído un lado de la cara —le informó el
joven oficial—. Y ahora el príncipe Héctor manda los ejércitos de Troya.
—Sí, eso
he sabido —dijo Casandra—. Pero en el largo camino desde Colquis no tuve
noticias de ninguna clase, ni el trayecto fue propicio para la visión. Temí que
hubiese muerto desde entonces.
—No, me
alegra decirte que, aunque más viejo, se halla bastante bien para asomarse cada
día a la muralla y ver lo que sucede —dijo Deifobo—. Mientras Príamo reine,
Héctor no se mostrará demasiado temerario.
»Aquiles
—hizo un gesto desdeñoso hacia el campamento aqueo— trata siempre de provocar a
Héctor para que luche con él en solitario, pero mi hermano tiene demasiado
juicio para aceptar. Además todos conocemos la sucia jugarreta que le hizo
Agamenón a su propia hija, así que no es probable que observaran las reglas de
ese tipo de combate. Es probable que se precipitaran contra él diez o más. Sólo
se puede confiar en un aqueo teniendo un total control sobre él; y así dicen
que, si un aqueo te besa, cuenta después los dientes porque esos ladrones
bastardos te robarán alguno. Mas he visto que te han dejado pasar sin daño...
—Ilesa
pero he sufrido sus latrocinios —contestó Casandra—. Y si no me robaron más fue
por temor a las serpientes de Apolo. No por reverencia al dios sino por miedo a
las propias
serpientes. Me han arrebatado a las dos domésticas que me cedió mi madre, que
no eran sirvientas de Apolo sino mías o, en realidad, de Hécuba.
Deilobo se
acercó y le puso una mano sobre el hombro, cariñosamente.
—No temas,
hermana, conseguiremos devolverte a tus sirvientas. Pero permíteme que avise al
templo del Señor del Sol para que acudan hombres de allí a descargar tu carro,
y te busque una escolta hasta el palacio. No está bien que una princesa camine
sola por la ciudad. Mejor aún, déjame que mande a buscar al palacio una silla
de manos. Es lo que Andrómaca emplea cuando va a saludar a Héctor antes de que
comience el combate.
Casandra
hubiese querido protestar y decir que era capaz de ir andando. Pero Miel pesaba
demasiado en sus brazos y accedió a utilizar la silla.
Poco
después, aparecieron los sirvientes con la indumentaria característica del
templo de Apolo y Casandra les dio minuciosas instrucciones acerca de las
serpientes, prometiéndoles que ella misma iría a supervisar esa tarea en cuanto
hubiera saludado a sus padres. Luego Deifobo la condujo por la puerta lateral a
un pequeño cuerpo de guardia. Allí le preparó un refresco mientras aguardaba la
silla que había de llevarla al palacio.
Se había
desacostumbrado al fuerte resplandor del sol y a su intenso calor, pareciéndole
excesivo incluso en la estación presente. Pronto se sintió acalorada, además de
inquieta por Kara y Adrea.
Miel
andaba a gatas por el recinto. Casandra reparó en que estaba ensuciándose la
túnica y en que sus rodillas ya estaban negras, pero se sentía demasiado
fatigada para impedir que continuase.
Deifobo
llamó su atención hacia una pequeña escalera abierta en el muro, que subía por
el interior del baluarte.
—¿Quieres
echar una mirada desde lo alto de la muralla? Podrás ver todo lo que se
extiende desde aquí hasta el campamento aqueo. Nuestro padre, Príamo, acudirá
ahora a observar. Viene todos los días —dijo Deifobo—. Oigo a su guardia.
Volvió los
ojos hacia Miel.
—La niña
estará aquí segura. Es lo bastante mayor para que nadie la pise sin darse
cuenta.
Tomó un
venablo que había apoyado junto al muro y se lo llevó consigo.
—Eso es,
así no podrá hacerse daño con nada. Vamos.
Casandra
le siguió por los escalones de la estrecha escalera. Cuando él llegó arriba se
volvió para darle la mano. Era cierto: desde allí podía llegar con la mirada
hasta el campamento aqueo. Deifobo le señaló una tienda grande y adornada que
era la de Agamenón; otra más pequeña pero aún más adornada, que correspondía a
Aquiles y a Patroclo; y el recinto de Odiseo que parecía como si hubiese
trasladado a tierra un camarote de su nave.
—Y hay
muchas más. Afuera se hallan gran número de naves cerca de aquí, que pertenecen
a los aqueos; hay un poeta que está versificando los hechos —declaró—. De darle
crédito parecería como si cada héroe del continente se hubiese alzado en ayuda
de Agamenón y de los suyos. Nuestros aliados son también muchos, pero no creo
que eso te interese.
—No
especialmente —confesó Casandra—. Ya oí en Colquis bastante acerca de ambos
bandos.
—Colquis
—dijo pensativo—. Pensando en eso, Colquis no se ha alineado con ninguno de los
contendientes. ¿Porqué su rey no ha enviado soldados en favor de Troya?
—Porque
Colquis no tiene rey —le informó Casandra—. Colquis se halla regida por una
reina y este año último estuvo embarazada; su hija, y heredera, nació días
antes de que yo partiera.
—¿No hay
rey y gobierna una mujer? Parece una extraña forma de regir una ciudad.
Antes de
que tuviera tiempo de decir algo más, lo interrumpió el ruido de unos soldados
que se acercaban y Príamo, acompañado de varios de sus oficiales, a muchos de
los cuales reconoció Casandra como hijos de sus mujeres del palacio, llegó a lo
alto de la muralla.
Por
fortuna, estaba prevenida por la visión; de otro modo sólo hubiera podido
reconocer a su padre por el rico manto que vestía. De mediana edad, había sido
un hombre sano y robusto; ahora lo veía como a un anciano, de piel terrosa y
arrugada, con la cara contraída, un párpado caído sobre el ojo y la boca
torcida por un lado. Hablaba lentamente y con dificultad.
—¿Qué
sucede esta mañana en el campamento aqueo?
—le
preguntó a Deifobo—. ¿Están interceptando otra vez envíos de armas? Si así es,
tendremos que fundir nuestras espadas para hacer otras nuevas. Necesitamos un
par de carros cargados con hierro de Colquis pero hemos de preparar una escolta
especial o hallar el medio de sobornar a alguien... —Se interrumpió para
censurarle—, ¿Cuántas veces te he dicho que no quiero aquí mujeres a no ser que
esté presente la propia reina para asegurarse de que saben comportarse? Conoces
tan bien como yo qué clase de mujeres llegan hasta aquí para solazar a los
soldados...
—No,
padre. No es culpa de Deifobo —contestó Casandra—. Él me brindó una protección
contra el sol y una vista de la muralla, después de que los aqueos se
apoderaron de mi carro...
No
concluyó lo que estaba diciendo, pero no era preciso. Príamo la había
reconocido.
—¡Así que
has vuelto, Casandra, como un mal presagio! —exclamó—. Creí que estabas
resuelta a pasar el resto de tu vida en Colquis, y tendría una mujer menos de
la que preocuparme si cayese esta ciudad. Pero tu madre te echaba de menos,.
Se acercó
a ella y, ceremoniosamente, la besó en la frente.
—¿Quieres
decir que los aqueos osaron quebrantar la tregua de Apolo? —preguntó después.
Cuando era
pequeña, a Casandra le parecía aterradora la ira de Príamo; ahora la veía
reducida a simple mal genio, como el de un hombre pueril y mimado.
—No
importa, padre, nadie ha sido herido y las propiedades de Apolo, incluyéndome a
mí supongo, se hallan a salvo —le contestó cariñosamente—. Tan pronto como
llegue mi silla de manos, iré a tranquilizar a mi madre.
—Pareces
fuerte y sana, ¿por qué necesitas una silla para ir hasta allí? —preguntó
malhumorado.
La guerra
no transcurre según su deseo, tradujo para sí misma, y dijo humildemente.
—Sí,
padre, estoy segura de que tienes razón.
—Tu silla
te aguarda —anunció Deifobo, y Casandra la vio acercarse a la muralla por la
parte que daba a la ciudad.
Bajó las
escaleras y recogió a Miel, deseando encontrar la posibilidad de lavar a la
niña y darle de comer antes de presentarla a su madre; pero allí no tenía
recursos a mano.
Ella misma
estaba desarreglada tras el largo viaje y el tiempo que había pasado en el
polvoriento campamento de los aqueos, así como de llevar en sus brazos a la
niña ya sucia; pero tampoco podía poner remedio a aquello ¿ Y porqué habría de
vestir mis mejores galas y lavar mis manos y mi cara para presentarme ante mi
madre?, se preguntó. Pero cuando fue conducida a presencia de la reina Hécuba y
advirtió su mirada de desaprobación, lo supo.
—¡Bien,
Casandra! ¡Mi querida, mi queridísima hija! —exclamó Hécuba, mientras se
acercaba a abrazarla.
Pero se
detuvo y dio un paso atrás, con un leve gesto de consternación en el rostro.
—¿Cómo te
has descuidado así, querida mía? —le preguntó—. Tu vestido está hecho una
lástima y tus cabellos...
—Madre,
tras mi encuentro de esta mañana con los aqueos, puedo considerarme afortunada
con que me dejasen un vestido con el que presentarme ante ti —le dijo Casandra,
sonriendo—. Temo que los regalos que te traía de parte de tu prima Imandra se
han quedado en el campamento de los aqueos.
Hécuba
pareció profundamente angustiada:
—¿No te...
ofendieron?
—Nadie me
violó, si es eso lo que quieres saber —contestó, riendo.
—¿Cómo
puedes tomar a bromas tales cosas? —le preguntó su madre.
Casandra
le dijo, besándola:
—¿Qué otra
cosa puedo hacer? Son estúpidos, todos ellos; pero también hay en Troya
bastante estupidez.
Los ojos
de Hécuba repararon en la niña que llevaba Casandra en brazos.
—¿Cómo?
¿Pero qué es esto? Una niña, y tan pequeña... su pelo... rizado como tú cuando
tenías su edad... ¿qué ha ocurrido?...
—Oh, no,
madre —se apresuró a responder Casandra—. No es mía, o mejor dicho, no la di a
luz. Es una niña abandonada.
Hécuba aún
se mostraba escéptica y Casandra suspiró. ¿Por qué estaba siempre dispuesta a
pensar mal de ella?
—¿Crees
que me resultaría fácil hallar a un hombre dispuesto a compartir mi cama,
ocupada por una serpiente, aunque sea tan pequeña como ésta? —le preguntó.
Metió la
mano en su vestido para extraer la que siempre llevaba allí enroscada durante
el día.
—¡Una
culebra... y en tu propio seno! —exclamó Hécuba, un poco asustada.
—Es más
hija mía que la niña —le dijo Casandra, riendo—. Porque yo misma la incubé.
Pero cualquiera de los que me acompañaron puede decirte que hallé a Miel en la
ladera de una colina durante una nevada, abandonada para que muriese por una
madre que decidió que ese año no criaría a una niña.
Hécuba se
acercó y examinó atentamente a la criatura.
—Ahora que
la observo bien, no se parece a ti.
—Ya te lo
dije.
—Es
cierto. Siento haberlo sospechado. No hubiera deseado creer...
Quizá no
lo desearas, pero lo habrías creído, pensó Casandra.
Mas
después su madre hizo la pregunta que había estado temiendo.
—¿Dónde
están Kara y Adrea?
—En las
tiendas de Agamenón y de Aquiles, pero no por su gusto —contestó.
Le explicó
lo que les había sucedido.
—Así que
tendremos que pactar el pago de un rescate o quizá canjearlas por prisioneros
aqueos.
—¿Un
canje? ¿Por qué hemos de tener tratos con los aqueos? —inquirió una voz
familiar.
Y
Andrómaca penetró en la estancia.
—¡Oh,
Casandra! ¡Mi querida hermana! —corrió a abrazarla, ignorando la suciedad de su
vestido—. ¡Así que has vuelto! ¡Sabía que no nos traicionarías quedándote en
Colquis todo el tiempo que durase la guerra! ¡Qué niña tan encantadora!
—exclamó al fijarse en Miel—. ¿Es tuya? Oh, no, ¿pero qué estoy diciendo?
Luego
reparó en la culebra y retrocedió un poco.
—Así que
continúas con tu vieja afición a jugar con serpientes! Debería haberlo
recordado —añadió.
Al ver la
culebra, Miel tendió las manos hacia el animal. Casandra, riéndose, permitió
que el ofidio se enroscara en torno de la cintura de la niña. Andrómaca no pudo
reprimir un gesto de miedo pero el placer que experimentaba la niña no dejaba
lugar a dudas.
—¿Por qué
no un gatito, Casandra? —sugirió Hécuba—. Sería mucho más conveniente para
ella.
Casandra
tornó a reír.
—Se
complace con los animales que le dejo. Ya la verás con nuestra matriarca de las
serpientes, una que es casi tan grande como ella.
—¿No
tienes miedo? Las serpientes no tienen muy buena vista y una de ellas podría
confundirse y tragársela —dijo Andrómaca.
—Conocen a
los suyos. Miel las ha alimentado con pichones y conejos. Pero, madre, éste no
es un tema de conversación propio de tus habitaciones.
—¿La
culebra... o la niña? —le preguntó Hécuba, riendo. —Ambas —contestó Casandra,
abrazando de nuevo a su madre—. Permíteme que llame a alguien para que se la
lleve, la bañe, la vista de limpio y le dé de comer. Entonces tendrá mejor
aspecto; y además no ha comido nada desde esta mañana temprano.
Entonces,
mirando a Hécuba para comprobar su aquiescencia, llamó a una doméstica para que
se llevase a la niña y la serpiente al templo del Señor del Sol.
—Temo que
yo misma debo ir allí en seguida —añadió—. Aunque estoy segura de que les
complacerá autorizarme a presentar mis respetos a mi madre y a mi familia y
también me gustaría ver a los hijos de Helena.
—Ah, los
hijos de Helena —dijo Hécuba, con amargura—. En el ejército aqueo dicen
bromeando que Helena está constituyendo un ejército para Troya.
—Lo que no
puedo hacer yo por Héctor —se quedó Andrómaca, con los ojos llenos de
lágrimas—. Pero esa aquea, en cuanto ha parido, se queda de nuevo encinta.
—Qué cosas
dices —protestó Hécuba—. Has tenido mala suerte al abortar. Eso es todo. Has
dado a Héctor un hijo espléndido y cualquier hombre en el ejército conoce su
nombre y le admira. ¿Qué más quieres?
—Nada
—dijo Andrómaca—. Hablando entre mujeres, os confesaré que me alegra no
quedarme embarazada cada uno o dos años. Le he dicho a Héctor que si quiere
tener cincuenta hijos como su padre, debe conseguirlos de la misma forma que él
lo hizo. Pero hasta ahora sólo desea compartir mi lecho, e incluso rechazó a
una de las aqueas capturadas. Quizá no me gusten los niños tanto como a Helena,
pero me agradaría tener una hija antes de hacerme demasiado vieja. A propósito
de hijas, Casandra, ¿sabes que Creusa ha puesto tu nombre a su segunda hija?
—No, no lo
sabía —contestó, preguntándose si la idea habría sido de Creusa o de Eneas.
—Y ahora,
antes de que te vayas, háblame de mi madre.
Casandra
informó a Andrómaca del nacimiento de la heredera de Colquis y Andrómaca
suspiró.
—Desearía
poder ir a Colquis para que Héctor reinase allí; quizá pueda arreglarse cuando
concluya esta condenada guerra.
—Imandra
considera que debe educar a su pequeña hija Perla para ser reina —afirmó
Casandra—. Y Héctor no se contentaría con sentarse al pie del trono, como hace
el consorte de tu madre, entreteniéndose en cazar y pescar en compañía de sus
amigos.
Andrómaca
suspiró de nuevo.
—Tal vez
no, pero se acostumbraría, supongo, como yo me he acostumbrado a estar
encerrada y a hilar hasta tener callos en los dedos —dijo en tono de queja—.
Ahora que has regresado, Casandra, tal vez podamos organizar algunas
excursiones fuera de las murallas...
—Si los
aqueos lo permiten...
—O si se
cansan de aguardar ante las murallas y de lanzar piedras a los guardias —dijo
Andrómaca—. Eso es aproximadamente todo lo que han hecho en los últimos meses;
aunque una o dos veces trataron de asaltar los baluartes e incluso trajeron
escaleras de extraordinaria longitud. Pero a Héctor se le ocurrió la idea de
vaciar sobre sus cabezas el enorme caldero en donde hervía la sopa para la cena
de sus guardias y bajaron mucho más aprisa de lo que habían subido, te lo
aseguro. —Se rió de buena gana—. Ahora siempre tienen allí un caldero donde
hierve algo, y pueden considerarse afortunados los asaltantes si sólo es la
sopa. La última vez fue aceite, y desde entonces no han vuelto a intentarlo.
¡Qué gritos salieron aquella noche del campamento aqueo! Todos sus sacerdotes
curanderos cantaron y ofrecieron sacrificios a Apolo hasta después del
amanecer. ¡Eso les enseñará a no trepar sigilosamente por las murallas cuando
crean dormidos a los centinelas!
—No llevas
armas ahora pero te encuentro muy beligerante —comentó Casandra.
—Tengo un
hijo al que proteger —alegó Andrómaca, y Casandra recordó que ella misma se
había sentido dispuesta a matar cuando los soldados amenazaron a Miel.
—Y yo
muchos pero todos en edad de defenderse a sí mismos —dijo Hécuba—. Ahora, dime,
Casandra, ¿hallaste a mi hermana Pentesilea cuando atravesaste la comarca de
las amazonas?
—Sólo la
vi en el viaje de ida —contestó.
Le habló a
su madre de su encuentro con las amazonas y de cuántas habían sido las mujeres
que optaron por instalarse en las aldeas con los hombres. Luego, con más
viveza, la informó de los centauros hambrientos que vio en el viaje de regreso
y de que no había percibido rastro alguno de las mujeres de las tribus.
—Que la
diosa la acompañe —declaró Hécuba fervorosamente—. No he tenido sensación de
que estuviese muerta, y creo que lo hubiera sabido. Estuvimos tan unidas como
si fuésemos gemelas, aunque ella sea cuatro años más joven que yo. Espero que
venga a pasar en Troya los últimos días de su vida.
—Que ese
tiempo esté aún lejos —deseo Casandra—. Me dijo que, si la suerte de la guerra
nos era desesperadamente adversa, vendría y acabaría sus días en Troya.
Con un
extraño fluctuar de la luz, como si una nube hubiera por delante del sol, vio a
Pentesilea cruzar a caballo las puertas de Troya... ¿Triunfante o derrotada? No
pudo averiguarlo; la visión desapareció y hablaron de otras cosas.
Al fin se
puso en pie.
—Aquí
sentada como una vieja charlatana entre mujeres —dijo—, cuando tengo tantas
cosas que hacer en el templo del Señor del Sol—. Pero ha sido agradable hablar
v descansar, y comentar cosas de mujeres como la crianza de los niños, pensó.
En tiempos había considerado que aquello debía de resultar muy tedioso, pero
ahora que tenía una niña comenzaba a comprender que era interesante. Pero no
hablar de otra cosa durante toda la vida...
—No
vuelves todos los días de un viaje tan largo —dijo Andrómaca—. Helena querrá
verte y mostrarte a sus niños... y Creusa también a la que lleva tu nombre. Se
parece más a Polixena que a ti, pelirroja y de ojos azules; y es tan guapa como
si Afrodita hubiera dejado en su cuna el
don de la
belleza. Se casará con un príncipe si esta guerra nos deja a algunos con vida
para poder pensar en matrimonios.
—No creo
que nadie diga de mi pequeña que es guapa —dijo Casandra—. Pero supongo que a
una madre tiene que parecerle encantadora el más insignificante de sus hijos.
En cualquier caso, si los dioses me lo permiten, pretendo enviarla a Pentesilea
para que la eduque como a una guerrera. Aún me entristece no haberlo sido yo.
—Oh, no
puedes sentir eso, Casandra —protestó Hécuba, despidiéndose de ella con un
abrazo.
—¿Por qué
no? Madre, si cualquiera de los regalos de Imandra se ha librado del expolio de
los aqueos, te lo enviaré en el momento en que sea descargado el carro —le
prometió antes de marcharse.
Andrómaca
manifestó que la acompañaría parte del camino.
—Salgo muy
pocas veces, y a Héctor le preocupa mucho que vaya sola. Pero no puede negarme
que acompañe a su propia hermana —dijo mostrando descontento—. A menudo paseo
con Helena, mas hoy no ha venido. Paris recibió una pequeña herida en el último
combate. Nada importante, pero sí suficiente para proporcionarle una excusa que
le permita quedarse en casa a que lo cuiden. En otras circunstancias, estoy
segura de que habría acudido a saludarte.
Tras de un
corto recorrido se separaron. Andrómaca regresó cuesta abajo al palacio y
Casandra prosiguió cuesta arriba hacia el templo del Señor del Sol.
Había
empezado a cruzar el patio para comprobar el estado de las serpientes, cuando
encontró a Crises. Parecía cansado y avejentado. Había nuevas arrugas en su
rostro y mechones plateados y mates en sus cabellos rubios. Era difícil admitir
que era el mismo hombre que tiempo atrás fue considerado casi tan hermoso como
Apolo por personas de aquel mismo templo.
La
reconoció al punto y gritó a guisa de saludo:
—¡Casandra!
Todos te hemos echado de menos.
Corrió a
abrazarla. Durante un momento, se sintió impulsada a retroceder, pero no
resultaba desagradable ver una cara familiar y saberse tan bien recibida; en
consecuencia le permitió el abrazo, pero poco después lo la-
mentó y
consiguió desviar la cara de manera que sólo pudo besarle en el mentón.
Se
desembarazó de él rápidamente, y se situó fuera de su alcance.
—Parece
que te ha ido bien en mi ausencia —observó—. Tienes buen aspecto.
Por nada
del mundo le habría dicho que fue su cara en una revelación lo que adelantó su
regreso a Troya.
—Pero no
es cierto —dijo él—. No volveré a recobrar la salud ni la alegría hasta que los
dioses decidan devolverme a mi propia hija deshonrada.
—Crises,
¿no son ya casi tres años los que lleva Criseida en el campamento de los
aqueos?
. —Como si fuera toda una vida —dijo él
apasionadamente—. Penaré, protestaré y gritaré a los dioses...
—Grita,
entonces. Pero no esperes que te oigan. Penas por tu propio orgullo y no por tu
hija —afirmó Casandra, con dureza—. Yo la vi esta mañana en el campamento
aqueo; parece estar bien, feliz y contenta, y cuando le pregunté si debería
gestionar un canje, me contestó que me ocupase de mis propios asuntos. Creo que
verdaderamente se halla satisfecha con ser la mujer de Agamenón, aunque no
pueda ser su reina.
El rostro
de Crises se nubló de ira.
—Ten
cuidado, Casandra, lo dices para herirme, pero no creo una palabra de todo eso.
—¿Por qué
iba a querer herirte? Eres mi amigo y tu hija fue como mi propia hija. Piensa
sólo en su felicidad, Crises, y déjala en donde está. Te lo advierto, si
persistes en tu actitud atraerás la ira de los dioses sobre nuestra ciudad.
El rostro
de Crises se contrajo de rabia.
—¿Y crees
que voy a admitir que quieres mi bien de buena fe? Nada te importo yo... yo que
tanto te he amado...
—Oh,
Crises —dijo Casandra, tendiendo hacia él las manos con absoluta sinceridad—.
Por favor, por favor, no vuelvas a hablar de eso otra vez. ¿Por qué has de
pensar que te quiero mal sólo porque no te desee?
—¿Qué
harías entonces si me quisieras mal? Ya has destruido toda la ternura que
pudiera existir en mi corazón...
—Si tal
ternura ha quedado destruida, ¿por qué dices que es culpa mía? ¿No puede un
hombre considerar a una mujer a no ser que ella esté dispuesta a yacer con él?
—preguntó Casandra—. Te hablo con el corazón en la mano, Crises; no insistas.
—Tú
quieres ver a mi hija deshonrada y a Apolo insultado...
—En nombre
de todos los dioses, Crises, la cuestión no es lo que tú sientas sino lo que
siente tu hija —dijo, con exasperación, recordando la mirada orgullosa de
Criseida cuando Patroclo le ordenó que tradujera sus palabras.
Pero no
deseaba excitar aún más la ira de Crises y agravar así la situación. Ya era
suficiente con aquello. Le habló con toda la cordialidad de que disponía.
—Si no me
crees. ¿Por qué no bajas al campamento de los aqueos, que respetarán en su
sacerdote a la tregua de Apolo, y preguntas a tu hija si se siente desgraciada?
Te juro que si desea abandonar a Agamenón, acudiré a Príamo y no pararé hasta
conseguir que la liberen o la canjeen. Pero si es feliz con Agamenón y él con
ella... Créeme, no es su prisionera; recurrieron a ella para que hiciese de
intérprete cuando me privaron de mis domésticas, que realmente no querían
quedarse en el campamento de los aqueos. Mas te lo prometo: si Criseida desea
volver, haré todo lo que esté en mi mano ante el rey y la reina.
—Pero la
deshonra... mi hija, concubina de Agamenón...
—¿No
puedes darte cuenta de que no eres razonable? ¿Por qué resulta tan deshonroso
que sea la mujer de Agamenón? Y si eso hace que te estremezcas de vergüenza,
¿por qué entonces te muestras tan ansioso de convencerme de que en nada me
dañaría ser la tuya? ¿Es diferente para tu hija que para la hija de Príamo? —le
preguntó con aspereza, ya con la paciencia perdida.
Ahora él
estaba auténticamente furioso y aquello complació a Casandra; eso significaba
que no tendría que temer que intentase abrazarla.
—¿Cómo te
atreves a mencionar a mi hija, comparándola contigo? —le preguntó—. A ti no te
importa lo que a ella le suceda, mientras puedas seguir comportándote de modo
antinatural y rehusar entregarte, para humillar a un hombre...
—¿Humillarte?
¿Es eso lo que piensas? —le dijo, ya cansada—. Crises, hay centenares de
mujeres en el mundo que se te entregarían gustosas, ¿por qué has elegido a una,
quizás a la única, que no te desea?
_No fue mi
voluntad desearte —repuso, fulminándola con la mirada—. Tampoco lo
es no sentir deseo por ninguna otra. Me has embrujado, por un perverso afán de
humillarme. Yo... Se detuvo, tragó saliva y prosiguió: ¿Crees, hechicera, que
no he tratado de romper el sortilegio con que me has atrapado?
Durante un
momento Casandra casi se apiadó de él. —Crises, si estás bajo una maldición,
alguien, que no yo, la habrá lanzado. Lo juro por la Madre Serpiente, la Madre
Tierra, y por el mismo Apolo, a quienes adoro. No traje mal sobre ti ni te
deseo mal alguno y suplicaré a cualquier dios que te libre de ese sortilegio.
No quiero someterte a mi poder y bendeciría tu virilidad con tal de que
hallaras otra mujer con quien ejercerla.
—¿Así que
persistes en tu actitud? Aun sabiendo lo que me ocurre te niegas a complacerme.
—Crises
—clamó—. Ya está bien. Me aguardan arriba y debo comparecer ante Caris y las
sacerdotisas. Te deseo que pases bien el resto de la tarde.
Le volvió
la espalda, pero él masculló: —Te arrepentirás de esto, Casandra; aunque me
cueste la vida, te juro que lo lamentarás.
.
Viajé
hasta Colquis y volví, para escapar del acoso de este hombre, y al regresar no
lo encuentro mejor que lo dejé; por el contrario, su ira ha crecido durante
estos dos años.
¿Era
voluntad tuya, Apolo, que me entregase a este hombre que tanto me disgusta? Y
se preguntó, casi espantada de sus propios pensamientos. ¿Me habría entregado a
Crises si Apolo me lo hubiera pedido?
Pero él no
se lo había pedido. Y Crises... era siempre fuente de aflicciones. ¿Debía ser
ella partícipe de tal pesadumbre?
Permaneció
despierta gran parte de la noche, reviviendo mentalmente su disputa, con
Crises, preguntándose qué debería haberle dicho. Con seguridad, él habría
acabado por ver claro si ella hubiera sabido hallar las palabras oportunas.
Por
último, aceptó que aquel hombre era incapaz de razonar en su actual estado. ¿Le
ocurría lo mismo a cualquier hombre en lo que a una mujer atañía? Ciertamente,
Paris no mostró mucho juicio respecto a Helena... teniendo ya una
mujer virtuosa y bella que le había dado un hijo; y, según había oído, eso era
lo que los hombres más deseaban.
Pera
aquello no sólo le ocurría a los hombres; también las mujeres parecían perder
la razón en lo relacionado con los hombres. Incluso la reina Imandra, fuerte e
independiente; y Hécuba, que se crió como una amazona, revelaron escaso juicio
en esos asuntos. Y por lo que se refiere a Briseida o a Criseida, pensó
Casandra casi con desdén, son como cachorrillos, que alzan las cuatro patas al
aire en cuanto los acaricia su amo.
Tal vez la
cuestión no sea por qué lo hacen, sino por qué yo no siento deseo de hacerlo.
Cambió de
postura en la cama para dejar sitio a la serpiente que se enroscaba lentamente
en torno de su brazo. Mejor era dormir en una cama que sobre el duro piso del
carro. Antes de abandonarse al sueño, se recordó a sí misma que tenía que
examinarlo para ver si algunos de los regalos de Imandra, les habían pasado
inadvertidos a los soldados aqueos. Su miedo a las serpientes podía haberles
impedido explorar todos los rincones del carro.
Despertó
al amanecer. Miel jugaba a los pies de la cama, dejando que la serpiente se
ciñera a su cintura y luego pasase a sus brazos. Bañó a la niña, le dio el
desayuno y se dirigió a la parte más alta del templo desde donde se podía ver
los primeros rayos tocando las cimas de Troya. Pensó en ir aquel día al templo
de la Doncella y saludar a las amigas que entre las sacerdotisas tenía y quizás
hacer una oferta en agradecimiento por haber vuelto a Troya sin daño. Pero
antes de tener la oportunidad de poner en práctica sus planes, reparó en Crises
entre los sacerdotes congregados para saludar el alba.
Tenía un
aspecto todavía peor que la noche precedente. Tenía el rostro abotargado y los
ojos enrojecidos como si no hubiera dormido en absoluto, Pobre hombre, pensó,
no debería vejarlo ni esperar que se mostrara razonable, estando sumergido en
tal angustia. No tiene sentido que padezca así. ¿Pero cuándo le sirvió
la lógica a alguien para dejar de sufrir?
Caris
estaba hablando con él. Luego vio que ésta señalaba a varios de los sacerdotes
presentes, uno tras otro, diciendo:
—Tú, tú y
tú; no, tú no; de ti no podemos prescindir. Cuando Casandra se aproximó, Caris
le indicó que se acercara aún más.
—He sabido
por Crises que ayer viste a su hija en el campamento argivo, cuando lo
atravesaste. ¿Estás segura de que se trataba de Criseida? Han transcurrido
algunos años y era aún una niña en desarrollo cuando... se ausentó.
—Cuando
cruelmente nos la arrebataron, querrás decir —añadió Crises fuera de sí.
—Sí, estoy
segura —contestó Casandra—. Aunque no la hubiese identificado, ella me
reconoció; se dirigió a mí por mi nombre y me previno para que no irritase a
Agamenón.
—¿Y
dijiste eso a su padre?
—Sí, pero
la noticia le enfureció —declaró Casandra—. Llegó a acusarme de haberla
inventado para atormentarlo.
—Sabes que
siempre guardó resentimientos contra mí —afirmó Crises.
—Si
quisiera inventar una historia para irritar a Crises, sería mejor que ésa —dijo
Casandra—. Te lo aseguro, sucedió exactamente como he dicho.
—Entonces
será mejor que les acompañes al campamento aqueo —decidió Caris—. Está resuelto
a ir y a exigir en nombre de Apolo que le devuelvan a su hija. También ellos
tienen sacerdotes del Señor del Sol y observan su tregua.
Como era
lo que ella le había sugerido que hiciera, no se sorprendió excepto porque
podía haber adoptado esa decisión meses o años atrás. Pero supuso que primero
había agotado todos los recursos, fueran cuales fuesen éstos. Fueron unas tres
docenas de sacerdotes, con las túnicas y tocados ceremoniales, los que al fin
se pusieron en marcha por las largas calles y llegaron ante las puertas de
Troya. La guardia no se mostró dispuesta a dejarles pasar pero cuando Crises
explicó que deseaban parlamentar con Agamenón para pactar en nombre de Apolo el
retorno de una prisionera, la guardia envió un heraldo para que concertase la
cita. Aguardaron bajo el fuerte sol durante casi una hora hasta que vieron
acercarse con paso resuelto a un hombre alto y robusto, de abundante cabello negro y rizado.
Casandra
había estado ya tan cerca de Agamenón como en aquel momento y, como entonces,
se sintió poseída por el horror y la repulsión. Bajó los ojos al suelo y no
volvió a alzarlos, confiando en que no repararía en ella.
Él no la
miró. Contempló belicosamente a Crises y le dijo:
—¿Qué
quieres? No soy sacerdote de Apolo; si pretendes concertar una tregua para una
celebración o algo semejante, tendrás que tratar con mis sacerdotes, no
conmigo.
Crises se
adelantó. Era más alto que Agamenón. Su apostura imponía, aunque sus cabellos
se hubiesen descolorido, y sus rasgos se marcaban intensamente. Su voz sonó
fuerte y profunda.
—Si eres
Agamenón de Micenas, entonces es contigo con quien debo hablar. Yo soy Crises,
sacerdote de Apolo, y tú retienes a mi hija prisionera en tu campamento; fue
capturada hace tres años en la sementera de primavera.
—¿Cómo?
—preguntó Agamenón—. ¿Y cuál de mis hombres tiene a esa mujer?
—Agamenón,
su nombre es Criseida y creo que eres tú quien la tiene. En nombre de Apolo, me
declaro dispuesto a pagar el rescate que sea conveniente y acostumbrado. Y si
no quieres liberarla, te pido que me pagues su dote y que la veamos casada con
las formalidades de rigor.
—Así que
era eso —dijo Agamenón—. Me preguntaba lo que querríais todos vosotros, tan
ceremoniosamente ataviados. Bien, Crises, sacerdote de Apolo, escúchame. Estoy
resuelto a conservarla y, por lo que al matrimonio se refiere, no me es posible
porque tengo ya una esposa. —Tras decir eso, lanzó una carcajada sarcástica—.
Por tanto os sugiero, a ti y a tus amigos, que volváis a Troya sin tardanza,
antes de que decida destinar a varias mujeres más al campamento. —Sus ojos
barrieron las filas de sacerdotes y sacerdotisas—. La mayoría de vuestras
mujeres parecen demasiado viejas para la cama. Sólo he visto a una adecuada
para eso. Pero podríamos emplear a las otras como cocineras y lavanderas.
—¿Persistes
en este insulto a Apolo? ¿Continúas insultando a su sumo sacerdote? —preguntó
Crises.
Agamenón
contestó lentamente, como si le hablara a un niño a o un tonto:
—Atiéndeme
bien, sacerdote. Yo adoro a Zeus Tenante y
Al Que Hace Temblar la Tierra, Poseidón, Señor de los Caballos. No
interferiré en los asuntos de Apolo; no es mi dios. Pero, del mismo modo, tu
Apolo hará bien en no inmiscuirse en mis asuntos. Esa mujer que hay en mi
tienda es mía y no renunciaré a ella ni pagaré su dote. Esto es todo lo que
tengo que decirte. Y ahora, vete. Dominando su furia, Crises contestó:
—Agamenón, lanzo mi maldición sobre ti. Eres un hombre que has quebrantado las
sagradas leyes y ningún hijo tuyo honrará tu tumba. Si no temes mi maldición,
teme a la de Apolo, porque es su anatema lo que lanzo sobre tu pueblo y no
saldrás indemne. Proclamo que sus flechas caerán sobre vosotros.
—Proclama
cuanto te plazca —dijo Agamenón—. Ya he conocido antes la rabia de mis enemigos
y, entre todos los sonidos, ése es el más grato a mi corazón. En cuanto a tu
Señor del Sol, desafío su maldición; que lance su ira contra nosotros. Ahora
salid de mi campamento o diré a mis arqueros que se ejerciten con vosotros como
blanco.
—Así sea,
rey —repuso Crises—. Ya verás cuánto tiempo puedes seguir burlándote de la
maldición de Apolo.
—Agamenón,
¿quieres que mate a este insolente troyano? —gritó un arquero.
—No, no lo
hagas —dijo Agamenón con su profunda y matizada voz—. Es un sacerdote, no un
guerrero. Yo no mato mujeres, ni niños, ni eunucos, ni cabras, ni sacerdotes.
Las risotadas de las filas de arqueros privaron a la retirada de Crises de gran
parte de su dignidad, pero su paso fue firme, y no volvió la vista atrás. Uno
tras otro, los sacerdotes y las sacerdotisas lo siguieron. Casandra mantuvo la
mirada baja mas, por alguna razón, pudo sentir clavados en ella los ojos de
Agamenón. Puede que sólo fuese por ser la más joven de las mujeres que
participaban en la comitiva, ya que la mayoría de las sacerdotisas elegidas
pasaban de los cincuenta años, pero quizás era por algo más. Sólo sabía que no
quería enfrentarse a la mirada de Agamenón.
¡Y
Criseida vino a este hombre... voluntariamente!
Ascendieron
a través de la ciudad hasta llegar a la plataforma del templo del Señor del Sol
desde la que se dominaba la llanura que se extendía ante Troya. Crises había
desaparecido. Cuando compareció de nuevo ante los sacerdotes, llevaba la
máscara dorada del dios y portaba el arco ritual. De repente pareció que su
estatura había aumentado y adquirido una extraña dignidad. Los ojos de todos
los aqueos que había abajo se alzaron hacia donde él se erguía. Crises levantó
su arco y gritó:
—¡Ay de
vosotros, que habéis ofendido a mi sacerdote!
Casandra
comprendió quién se hallaba tras la máscara. La voz, fuerte, resonante,
sobrehumana, se extendió por toda Troya y llegó hasta los confines del
campamento aqueo.
Ésta es mi
ciudad, aqueos. Y de ello os prevengo.
Mi
maldición y mis flechas caerán sobre cada uno de vosotros.
Si a mi
sacerdote no devolvéis la que tan ilegítimamente le arrebatasteis.
¡Guardaos
de mi maldición y de mis flechas!, os lo aviso, ¡caudillos impíos!
Incluso
Casandra, familiarizada con la voz del dios, se sintió paralizada por el
terror. Era incapaz de mover un músculo o de pronunciar una sola palabra.
El ser que
a la vez era y no era Crises, lanzó de inmediato tres flechas al aire. Una cayó
directamente sobre la tienda de Agamenón, otra ante la tienda de Aquiles y la
tercera en el mismo centro del campamento. Observó la escena, paralizada por el
miedo, como si antes la hubiera presenciado. Era como si se hallase muy lejos y
un grueso muro de cristal o la magnitud de un océano ondeara ante ella,
apartándola de lo que veía y oía.
¡La
maldición de Apolo! ¡Ha caído sobre nosotros. Oh Señor del Sol!
¿Era esta
maldición sólo para los aqueos?
Pero si
los aqueos están malditos, pensó, de algún modo nosotros lo pagaremos porque
nos hallamos a su merced. Me pregunto si Príamo lo comprende. Pero si no él,
segura estoy de que lo entiende Héctor.
Entonces,
poco a poco, comenzó a ser consciente de lo que sucedía a su alrededor. El
resplandor del mediodía, la luz que reflejaban las murallas de la ciudad, la
llanura que se extendía allá abajo, las risas y las burlas de los aqueos, que
parecían creer que aquello era una pantomima y no se les ocurriría considerar que
podía haber sido el propio Apolo quien lanzara la maldición contra su pueblo y
contra su ejército.
¿O lo he
soñado?
Fuera cual
fuere la verdad, ella tenía deberes que cumplir. Entró en el templo e inició la
tarea de aceptar y contar las ofrendas. Al cabo de una hora de contar y marcar
ánforas de aceite y hogazas de pan de trigo se sintió como si nunca se hubiera
alejado de Troya.
Trabajó
hasta el atardecer. Cuando hubo concluido con las ofrendas, acudió a atender a
las serpientes y a ver qué lugares se les habían destinado. Luego fue a hablar
con Caris, la decana de las sacerdotisas, y le dijo que ella sola no podía
cuidar de tantas serpientes si tenía que desempeñar otras obligaciones. Pidió
que le enviaran a alguien para que aprendiera a atenderlas y todo el saber
necesario para ello. Caris le preguntó si Filida le parecía adecuada.
—Sí,
siempre ha sido amiga mía —replicó Casandra. Caris la mandó llamar y le
preguntó si aceptaba la tarea.
—Te
enseñaré todo lo que aprendí en Colquis —le dijo Casandra.
Filida se
mostró complacida.
—Si
trabajamos juntas, nuestros hijos podrán crecer como hermano y hermana
—afirmó—. Fui yo quien bañó a tu pequeña ayer y le dio su cena. Es muy lista y
algún día será también muy bella.
Casandra
sospechó que Filida había dicho aquello para halagarla pero no le disgustó en
manera alguna. Cuando todo hubo sido acordado, salieron de nuevo para observar
el campamento aqueo. Había menguado la intensidad del sol y el calor del día y
se había levantado un leve viento. Podían ver alzarse el polvo en el campamento
aqueo y las siluetas de muchos hombres, algunos vestidos con las túnicas
blancas de los servidores de Apolo.
—Así que
no se sienten tan despreocupados como quisieron dan a entender —comentó Filida.
No había
formado parte de la comitiva que fue al campamento, pero sabía todo lo
sucedido, y Casandra pudo advertir que no se le había pasado por alto ningún
detalle.
—Mira
—dijo—, están celebrando ritos para purificar el campamento y apaciguar al
Señor del Sol.
—Deben
hacerlo, puesto que han desdeñado su maldición —contestó Casandra.
—No creo
que los soldados lo hayan hecho —opinó Filida—. Me parece que fue sólo Agamenón
y sabemos ya que es un descreído.
—¿Qué
están haciendo?
—Encienden
fuegos para purificar los campos —explicó Filida.
Luego se
contrajo ante el gran gemido de duelo que se alzó del campamento aqueo. Habían
sacado un cadáver de una de las tiendas y lo arrojaron a las llamas.
Se
hallaban demasiado lejos para que pudieran entender las palabras que gritaban
en su desesperación, pero nunca habían oído gritos semejantes.
—¡Hay
peste en su campamento! —exclamó Filida, en tono asustado.
—¡Ésa es
entonces la maldición del Señor del Sol! —afirmó Casandra.
Cada
mañana y durante los diez días que siguieron, pudieron ver cómo eran quemados
los cadáveres de las víctimas de la peste, en el campamento. Después del tercer
día, empezaron a trasladarlos hasta la costa y los quemaban allí, por miedo al
contagio. Casandra, que había visto el polvo, la suciedad y el desorden del
campamento, no se sorprendió de que se hubiese producido una epidemia, aunque
no tomaba a la ligera la maldición del Señor del Sol y sabía que los aqueos
creían en ella. Al amanecer, a mediodía y al ocaso, Crises aparecía en los
baluartes de Troya, cubierto con la máscara de Apolo y portador de su arco.
Siempre que surgía se alzaba en el campamento aqueo un clamor de voces que
imploraban piedad.
Príamo
ordenó que cada soldado y cada ciudadano de Troya compareciese todas las
mañanas ante los sacerdotes de Apolo y que cualquiera que mostrase signos de la
enfermedad quedara confinado a solas en su propia casa. Aquella medida aisló a
algunos que padecían un enfriamiento y a uno o dos hombres que no habían andado
con cuidado en sus incursiones por el distrito de las mujeres. Cerró dos o tres
burdeles y también un sucio mercado, pero no se advertían hasta entonces
rastros de la peste en el interior del recinto amurallado. Fijó una
fecha para las oraciones y los sacrificios en honor de Apolo, implorándole que
siguiese evitando su maldición a la ciudad. Pero cuando Crises solicitó
audiencia y pidió a Príamo que exigiera el retorno de Criseida, éste le replicó
secamente:
—Has
llamado a un dios en tu ayuda y, si eso no es bastante, ¿qué más crees que
podría hacer un mortal aunque sea rey de Troya?
—¿Quieres
decir que no harás nada por ayudarme?
—¿Qué me
importa a mí lo que le ocurra a tu condenada hija? Habría podido sentir la
compasión que siente un padre por otro si me hubieras pedido socorro hace tres
años, cuando te la arrebataron. Pero no has recurrido hasta hoy. No puedo creer
que estés tan necesitado de ayuda, a no ser que lo que pretendas sea jactarte
de que el rey de Troya es aliado tuyo —dijo Príamo.
—Si hice
caer la maldición de Apolo sobre el campamento argivo, bien puedo maldecir a
Troya... —amenazó Crises.
Príamo
alzó una mano para detenerle.
—¡No!
—tronó—. ¡Ni una palabra! ¡Juro por el propio Apolo que si levantas un dedo o
profieres una sola sílaba para maldecir a Troya, yo mismo te lanzaré al
campamento aqueo desde el más alto baluarte de la ciudad!
—Como
quieras, rey —dijo Crises.
Se inclinó
profundamente y se volvió para marcharse. Príamo, todavía enfurecido, lo miró
con desprecio mientras se alejaba.
—¡Ese
hombre es demasiado orgulloso! ¿Oísteis cómo amenazaba con maldecir a la propia
Troya? —le comentó a sus consejeros reunidos en el salón del trono—. ¡Si vuelve
a solicitar audiencia, decidle que no tengo tiempo para hablar con él!
A Casandra
no le disgustó el desenlace de la entrevista. Aún conservaba en el fondo de su
mente un viejo temor: que Crises, como una vez había amenazado, acudiera a
Príamo para solicitarla en matrimonio y que su padre pudiera otorgársela,
incluso con renuencia, porque deseaba para ella el matrimonio, cualquiera que
fuese, y no encontraba razón para rechazar a un sacerdote de Apolo, respetable
en apariencia. Ahora que sabía que a Príamo le desagradaba Crises casi tanto
como a ella, respiró aliviada.
Durante
diez días vieron cómo asolaba la peste el campamento aqueo. Al décimo, los
soldados sacaron a un magnífico caballo blanco y lo sacrificaron a Apolo. Poco
tiempo después, un mensajero portador del báculo serpentado del Señor del Sol
acudió a la ciudad y solicitó una tregua con el objeto de hablar con los
sacerdotes.
—Una
delegación bajará al campamento —se le dijo. Crises, desde luego, la
encabezaba. Casandra no preguntó si podía acompañarles. Simplemente se puso sus
atavíos de ceremonia y se unió discretamente con ellos.
Agamenón,
Aquiles y otros varios caudillos, entre los que Casandra reconoció a Odiseo y a
Patroclo, se alineaban tras los sacerdotes de Apolo. El sumo sacerdote de los
aqueos, un hombre esbelto y vigoroso, con aspecto de atleta, se acercó a
Crises.
—Parece
—dijo—, que los inmortales se hallan irritados con nosotros. Te pregunto,
compañero, si aceptarías regalos nuestros.
—Deseo que
devuelvan a mi hija, o que se case como es debido con el hombre que se la llevó
cuando era una inocente doncella...
Agamenón
lanzó un bufido; pero al parecer había aceptado que los sacerdotes hablaran en
su nombre.
—No cabe
esperar —empezó a decir el sacerdote—, que el rey de Micenas acepte casarse con
una prisionera de guerra, sobre todo teniendo ya una reina.
—Muy bien
—dijo Crises—. Si no se casa con mi hija, deseo que se me la devuelva,
debidamente dotada ya que no es virgen y, sin dote, no podré hallarle un
marido.
Los
sacerdotes conferenciaron unos instantes. Finalmente manifestaron:
—Supón que
te ofrecemos la posibilidad de que escojas entre las mujeres de todas las
ciudades que hemos saqueado en la comarca, doncella por doncella.
—¿Creéis
que soy un libertino? —preguntó Crises con voz vibrante de indignación—. Soy un
padre agraviado y recurro a Apolo para que compense el mal que se me ha
infringido.
—Bien,
Agamenón —dijo el sacerdote argivo—, creo que no existe alternativa; debemos
obrar con justicia y devolver a este hombre su hija.
Agamenón
irguió cuan alto era y cruzó los brazos.
—¡Nunca!
Esa muchacha es mía.
—No lo es
—aseguró el sacerdote—. La raptaste durante una tregua, en la siembra de
primavera, y por tal impiedad la Madre Tierra se halla enojada.
—Ninguna
mujer, ni siquiera una diosa puede decirme lo que he de hacer —contestó
Agamenón.
Casandra
advirtió un visible temblor en las filas de los hombres y que Odiseo se
mostraba particularmente enfadado.
—Los
inmortales —dijo Odiseo—, odian el gran orgullo que sólo a ellos corresponde,
Agamenón. Vamos, devuelve a la muchacha y paga a su padre la legítima dote.
—Si
renuncio a la muchacha... —Agamenón consideró la posibilidad, por primera vez,
al notar que los otros caudillos le miraban con ira—. Si renuncio a la muchacha
—repitió—. ¿Por qué vosotros podéis quedaros con el botín que habéis
conseguido, y reíros de mí? Eh, Aquiles, ¿renunciarás a la mujer que tienes en
tu tienda si yo me veo obligado a renunciar a la mía?
Aquiles
bramó:
—No fui
tan estúpido como para robarla a un sacerdote de Apolo —bramó Aquiles—. Mi
mujer vino a mí porque yo le gustaba más que cualquiera de los hijos de Príamo
que hay tras las murallas de Troya. Y puesto que acudí a Troya por complacerte,
Agamenón, cuando por derecho debería estar luchando del lado de mis parientes
tróvanos, no veo por qué debes mezclar en esto a mi mujer. Es una buena
muchacha; acudió a mí por su libre voluntad y es diestra en todos los oficios
femeninos. He pensado en llevármela a mi tierra, si es que regreso de esta
guerra, y hacerla mi esposa, puesto que no tuve que casarme como tú con una
reina vieja para conseguir el gobierno de su ciudad.
Agamenón
apretó los dientes. Casandra percibió cuánto se esforzaba por dominarse.
—Por lo
que a mi reina se refiere —afirmó—, te recuerdo que es la hermana gemela de esa
Helena a quien se considera lo bastante hermosa para que su pérdida fuera la
causa del inicio de esta guerra. ¿Vale menos por ser la legítima reina de una
gran ciudad? Me ha dado nobles hijos, y va se ha hablado bastante de ella.
—Sí,
bastante —repuso el sumo sacerdote—. Agamenón, juraste que harías todo lo que
fuese necesario para librarnos de esta peste, así que hemos resuelto que esa
muchacha, Criseida, sea devuelta a su padre. Entre todos nosotros reuniremos la
dote que solicita.
Agamenón
apretó los puños y sus mandíbulas se cerraron con tal fuerza que Casandra se
preguntó si estallarían sus dientes.
—¿Me
obligáis a eso —clamó—, a pesar de lo que he hecho por vosotros? Bien merecido
os estaría si os replicara: «Buscad a otro para que mande vuestros ejércitos».
Tú, Menelao, ¿estás con esos que pretenden robármela?
Un hombre
de cabellos castaños, constitución menuda y pequeña y rizada barba, se agitó
inquieto antes de declarar:
—Prefiero
no sufrir la ira de Apolo por tu impiedad, o por tu mala fortuna o tus malos
modos, al llevarte a una muchacha a la que habrías debido no tocar.
—¿Cómo iba
yo a saber que el padre de la condenada muchacha era un sacerdote o a
preocuparme de ello de haberlo sabido? ¿No creerás que pasamos el tiempo
hablando de su padre? —dijo Agamenón, lleno de furia.
La
sacerdotisa que estaba tras Casandra apretó los labios para reprimir la risa y
murmuró quedamente:
—No hay
duda de que no lo pasa aprendiendo buenos modales.
Entonces
le tocó a Casandra el turno de apretar la boca para contener la risa. Agamenón
volvió la cabeza hacia las dos mujeres y pareció irritarse aún más.
—Muy bien
—declaró—. Dado que todos vosotros os habéis puesto de acuerdo para dejar que
me roben, tomad a la chica y malditos seáis. Pero he de ser compensado con la
mujer que hay en la tienda de Aquiles.
Aquiles
salió de entre las filas aqueas.
—¡No! ¡Antes
tendrás que pasar
sobre mi cadáver!
—gritó.
—Supongo
que, si insistes, podría encargarme de eso —contestó Agamenón—. Patroclo, ¿no
puedes controlar a este muchacho salvaje? Apenas tiene edad suficiente para
tomar parte en los asuntos de los hombres. Vamos, Aquiles, ¿para qué
necesitas a tu edad una mujer? Te enviaré el cajón de juguetes que he reunido
para mi propio hijo.
Los ojos
de Casandra se estrecharon. Agamenón no debería haber dicho eso; Aquiles es
joven pero no lo bastante para ser vilipendiado de tal manera sin que estalle
su ira. El sumo sacerdote de los tróvanos preguntó: —Crises, ¿tienes un manto
para Criseida? Con la peste que aquí reina no puede llevarse nada; lo que vista
ha de ser quemado antes de cruzar las puertas de Troya y habrá que cortarle los
cabellos.
Crises
mostró una larga túnica y un manto. —Quemad todas las ropas que ellos le dieron
—dijo—. Pero, ¿es preciso cortar sus cabellos?
—Lo
siento. Es el único modo de asegurarse de que no llevará la peste consigo
—contestó el sacerdote.
Agamenón
volvió de su tienda acompañado por Criseida, y Crises se adelantó a abrazarla.
Pero el sumo sacerdote lo detuvo.
—Que antes
la desnuden las mujeres y que entregue sus vestidos para que los quemen —dijo.
Caris y
Casandra se acercaron a ella. Las otras mujeres formaron un círculo a su
alrededor para ocultarla de las miradas mientras era despojada de su túnica y
de su manto aqueos que cayeron al suelo. Con dignidad, Criseida las ignoró.
Pero cuando Caris deshizo su peinado y sacó un cuchillo para cortar sus
cabellos, dio un paso atrás.
—No, lo he
soportado todo pero no toleraré la humillación de que me privéis de mis
cabellos. ¡No creo necesitar purificación ni arrepentimiento! Caris le dijo
amablemente.
—Es sólo
por miedo al mal. Vas de un lugar apestado a otro que hasta ahora se halla
libre de la epidemia.
—No tengo
la peste ni he estado cerca de nadie que la haya tenido —contestó Criseida
llorando—. ¡No cortéis mis cabellos!
—Lo
siento; hemos de hacerlo —declaró Caris al tiempo que se apoderaba de la larga
mata de pelo y la segaba a la altura de la nuca.
Criseida
sollozaba inconsolablemente.
—¡Oh,
mirad lo que habéis hecho! ¡Qué aspecto tan grotesco tendré para burla y mofa
de todos! ¡Siempre me odiaste, Casandra! Y ahora has conseguido esto...
—¡Qué
muchacha tan estúpida! —exclamó Caris, con brusquedad—. Hemos hecho lo que los
sacerdotes nos pidieron, nada más. No censures a Casandra. Echó sobre los
hombros de Criseida la túnica que Crises había llevado.
—No tengo
broche; tendrás que sujetarla tú misma con las manos.
—No
—repuso Criseida con hosquedad—. Si no tienes un broche, poco me importa que se
caiga el vestido.
Caris se
encogió de hombros.
—Si
quieres que eso ocurra ante todos los soldados aqueos, haz lo que quieras pero
podrías disgustar a tu padre. En atención a él, sujeta tu vestido para que no
padezca tu modestia.
Hizo a las
mujeres seña de que abrieran un hueco en el círculo, para que Criseida pudiera
reunirse con su padre. Agamenón dio un paso hacia ella pero Odiseo le retuvo,
hablándole con precipitación en voz baja.
El día que
siguió el regreso de Criseida a Troya, Casandra fue llamada a cenar en palacio
con sus padres y supuso que Príamo deseaba saber cómo se habían desarrollado
las negociaciones. Junto al rey y la reina se hallaban Creusa y Eneas, Héctor y
Andrómaca, con su pequeño, y Helena y Paris con sus hijos. Nikos, un niño muy
guapo, era un año mayor que el hijo de Héctor; los gemelos corrían por allí,
pero sin provocar gran alboroto. Cada uno tenía su propia niñera que lo
mantenía dominado hasta cierto punto.
A Casandra
le pareció extraño que los años de guerra hubiesen aportado tan escasos cambios
al comedor del palacio. Las pinturas de las paredes estaban un poco desvaídas y
agrietadas y supuso que los servidores que hubieran debido restaurarlas tenían
otras obligaciones o estaban enrolados en el ejército. Había manjares muy
diversos, incluyendo pescado fresco, aunque éste desde luego no abundaba.
Andrómaca la informó de que los aqueos habían contaminado el puerto y, por
tanto los peces no se acercaban a la costa y no era posible que los brotes de
pesca rompieran el bloqueo de los soldados enemigos.
—Y cuanto
un barco lo consigue —añadió—, los aqueos suelen capturarlo y conducirlo a la
costa y se quedan con las mejores capturas.
Pero
abundaba las frutas, el pan de cebada y la miel. Y
el vino de
uvas de parras que crecían por toda la ciudad.
Príamo
insistió en que Casandra repitiera cada palabra pronunciada en las
negociaciones. Movió la cabeza con enojo cuando supo de la arrogancia de Agamenón.
—No he
visto que se hayan producido más víctimas de la peste en el campamento aqueo, y
quieran los dioses que no haya ninguna en nuestra ciudad. Así que la muchacha
ha vuelto con nosotros. ¿Qué hará ahora su padre con ella? —No lo sé. No se lo
he preguntado —dijo Casandra, pensando: ni tengo intención de hacerlo ni me
importa—. Supongo que con la dote que le dieron los aqueos le hallará un
marido. Parecían ansiosos de aplacar al Señor del Sol. ¿Quién podría
censurarles tras la peste?
—Creo que
ninguno de los caudillos aqueos se contagió de la epidemia.
—Ninguno
que yo sepa —declaró Eneas—. Desde luego ni Agamenón ni Aquiles la han
padecido. Pero estuvieron a punto de enfrentarse cuando Criseida abandonó el
campamento. Al final Agamenón se fue a su tienda y Aquiles a la suya: parece
que hubo una disputa... —La hubo —afirmó Casandra.
Y les
contó cómo había insistido Agamenón en que, si le quitaban a su mujer, tendría
que ser compensado con Briseida, y cómo reaccionó Aquiles.
—Eso
explica lo que vi después, aunque entonces ignoraba su significado —dijo
Eneas—. Varios soldados de Agamenón fueron a la tienda de Aquiles y hubo una
cierta pelea entre ellos y los hombres de Aquiles. Entonces se presentó Odiseo
y les habló durante largo tiempo. Después, los soldados de Aquiles comenzaron a
arrancar gallardetes y paramentos. Parecía como si se dispusieran a marcharse.
—Así lo quieran los dioses —deseó Héctor—. Agamenón es un enemigo honorable,
pero Aquiles está loco. Prefiero pelear con hombres cuerdos.
Casandra
tenía en su regazo a su tocaya, la hija de Creusa.
—No creo
que esté cuerdo hombre alguno que participe en esta guerra -afirmó.
—Todos
sabemos lo que piensas, Casandra —dijo Héctor—. Y estamos cansados de oírlo.
—¿Crees de
veras que podemos ganar esta guerra, Héctor? Si los dioses se hallan irritados
con Troya...
—No he
visto signo alguno de su ira —dijo él—. Y me parece que, al menos Apolo, se
halla irritado con los aqueos. Si se marcha Aquiles, no temo a los demás.
Combatiremos y venceremos honrosamente y luego concertaremos un acuerdo y
viviremos en paz con ellos, si somos afortunados, el resto de nuestras vidas.
—¿Y cuál
será nuestra situación? —preguntó Paris.
Se hallaba
sentado junto a Helena que con una cuchara de hueso daba fruta machacada a uno
de los gemelos. Parecía serena y tranquila; encantadora, pero sin rastro de la
misteriosa belleza que mostraba cuando se hallaba poseída por Afrodita.
—Si la paz
se produce —dijo Andrómaca—, también la habrá para ti y tanto vosotros como
vuestros hijos podréis vivir como queráis.
—Sin
guerra será un mundo tedioso —declaró Héctor, bostezando.
—Ya he
tenido más guerra de la que deseaba. Tiene que haber cosas mejores que hacer en
la vida —disintió Paris.
—Hablas
como nuestra hermana —dijo Héctor—. Pero la paz llegará, nos guste o no; si
todo lo demás falla, tras la paz de la tumba, llegarán los combates y las
exhortaciones al honor.
Casandra
dijo maliciosamente.
—Parece un
cielo especialmente concebido por el dios de Aquiles.
—Que ese
cielo no sea entonces para mí —dijo Paris—. Ya he luchado aquí bastante. No
quiero seguir luchando en la otra vida.
—Quieres
decir que no elegirías pasar así tu vida de ultratumba —aclaró Héctor—. No
estoy seguro de que se nos permita elegir.
En aquel
momento se oyó un gran alboroto. Los niños habían estado jugando en el extremo
de la sala y de allí llegaba el ruido de entrechocar de espadas de madera y de
gritos infantiles. Héctor y Paris vieron que el pequeño Astiánax y el hijo de
Helena, Nikos, se estaban arrastrando por el suelo, luchando y golpeándose el
uno al otro, y gritando de forma incoherente, con las caras enrojecidas y
cubiertas de lágrimas.
Helena y
Andrómaca se apresuraron hacia sus hijos y cuando volvieron con un niño
gimoteante bajo el brazo cada una, Héctor indicó que los dejaran en el suelo.
—Vamos,
¿qué es todo esto? '¿No hay ya bastante guerra ante las murallas para que la
tengamos también a la hora de cenar? Astiánax, Nikos es nuestro invitado en
Troya; un huésped tiene derecho a nuestra hospitalidad. ¿Por qué le pegabas?
—Porque es
un cobarde como su padre —declaró Astiánax, lanzándole un puñetazo a los ojos.
Nikos le
contestó con una patada en la espinilla, y Astiánax murmuró:
—Tú lo
dijiste, padre.
Héctor se
esforzó para mantener el gesto impasible. —No, Astiánax, dije que su padre,
Menelao, era un enemigo honorable. Paris no es su padre, ya lo sabes. Y además
dijera lo que dijese, hay siempre una tregua para la cena —afirmó, levantando
la voz porque los niños volvían a gritar—. Si el propio Agamenón llegase ante
esta mesa, yo estaría obligado como hombre de honor a alimentarlo si tenía
hambre. El primer deber que tenemos con los dioses es la hospitalidad. ¿Me
oyes? —Sí —susurró Astiánax. Héctor se volvió hacia Helena.
—Te ruego
que a la hora de la cena, y por respeto a mi padre y a mi madre, impongas orden
a tu hijo o le envíes con su niñera.
—Lo
intentaré —dijo ella.
Pareció
que Paris iba a estallar, pero no se atrevió a contradecir a Héctor. Nadie
osaba hacerlo en aquellos días.
Casandra
concentró su atención en las frutas confitadas
que habían
puesto en su plato al final de la cena, después le
preguntó a
Príamo:
—¿Existe
algún indicio de que las domésticas de mi madre puedan ser canjeadas o
liberadas?
—Aún no
—gruñó Príamo—. ¡La hija de ese condenado sacerdote, que es una mala pécora
aunque Apolo esté de su lado, ha sido la causa de que se paralizaran todas las
demás negociaciones! Cuando podamos, lo intentaremos
de nuevo, pero temo que por ahora no existe esperanza.
Creusa se
levantó, acunando a su niña.
—He de
llevarla a la cama —anunció, dirigiéndose a todos—. ¿Vienes conmigo, Helena?
Casandra
también se levantó.
—Y yo me
despido. Madre, padre, buenas noches y gracias. He cenado ciertamente mejor en
vuestra mesa que en el refectorio de las sacerdotisas.
—No veo
por qué tiene que ser así —dijo Príamo con voz pastosa—. Allí se recibe lo
mejor.
—Con tu
permiso, señor —dijo Eneas—. Acompañaré a Casandra. Es tarde y puede
encontrarse con algún indeseable, ahora que los hombres mejores están en el
ejército.
—Te lo
agradezco, cuñado, pero en realidad no es necesario.
—Deja que
vaya contigo —le ordenó Hécuba, con firmeza—. Así me sentiré más tranquila.
Polixena no ha estado aquí esta noche porque en el templo de la Doncella no
podían prescindir de un hombre para que la escoltase.
—¿Cómo?
¿Dónde se halla Polixena? —preguntó Casandra.
No había
notado la ausencia de su hermana, dada la poca relación que mantenían.
—Sirve a
la diosa Doncella. Es una larga historia —dijo Hécuba, en un tono que indicaba
que fuera larga o corta la historia, no tenía intención de contarla en aquel
momento.
Casandra
besó a su madre y a los niños y dejó que Eneas, en vez de una doméstica, la
envolviese en su manto. Héctor se levantó también, abrazó a su esposa y a su
hijo y, en la puerta del palacio, se despidió de Eneas y de Casandra.
—Estás más
guapa que cuando fuiste a Colquis —le dijo amablemente—. Hay una balada que
canta tu belleza como digna del amor de Apolo. Si quisieras, tengo la seguridad
de que nuestro padre podría encontrarte un marido, sin todas las tonterías que
llevaron a Polixena al templo de la Doncella.
—No,
querido hermano. Me siento feliz en el templo del Señor del Sol.
No
obstante, lo abrazó cariñosamente, conociendo que su intención era buena.
La
oscuridad no era muy intensa cuando ascendieron por las escalonadas calles que
conducían al templo, la luna estaba alta, redonda y brillante. Eneas se detuvo
para observar la llanura donde acampaba el ejército argivo.
—Si
Agamenón y Aquiles no hubiesen disputado, esta noche hubiera sido imprudente
que Héctor cenase en su casa con su familia —dijo Eneas—. Por lo general, en
estos tres últimos años y en las noches de luna llena, nos han atacado desde el
mar. Pero, mira, todo está oscuro allá abajo, excepto la tienda de Aquiles, en
donde, me imagino, aún siguen discutiendo mientras beben vino.
—Eneas,
¿qué le ha sucedido a Polixena?
—Oh,
dioses. No conozco la historia completa; nadie la conoce. Aquiles... Bueno,
Príamo la ofreció a Aquiles, confiando en sembrar la discordia en el campo
aqueo. Tu padre, después de eso, empezó a decir que era tan bella como Helena
de Esparta y que se la otorgaría al más poderoso...
—¿Qué?
¿Polixena tan bella como Helena? ¿Es que está perdiendo la vista mi padre?
—Supongo
que intentaba crearles problemas a los aqueos; la ofreció al rey de Creta...
—¿A
Idomeneo? Pero si oí que se había puesto del lado de los aqueos con Agamenón.
Fue una traición, naturalmente; los minoicos son parientes y aliados nuestros
desde antes de que se hundiera la tierra de los atlantes.
—Puede que
así sea; de cualquier modo, Príamo la ofreció como esposa a muchos de los
isleños, mas todos los que deseaban aceptarla eran aliados de los aqueos. Y al
final Polixena se rebeló...
—¿Que se
rebeló? Pero si Polixena hizo siempre lo que le mandaban —se asombró Casandra.
—Y así
era; pero dijo que se sentía como un cántaro pregonado en el mercado; un
cántaro rajado que nadie quisiera comprar. Y se consagró al servicio de la
diosa Doncella. Allí está desde entonces. Príamo se enfureció con ella más que
contigo cuando fuiste a servir al Señor del Sol.
—Es lógico
—repuso Casandra—. Desde muy pequeña, mi padre siempre me consideró una
rebelde. Pero cuando Polixena lo desobedeció debió de sentir lo que sentiría un
niño a quien su conejito le mordiese.
—Sí, creo
que fue algo semejante. Tu madre se mostró muy abatida.
—No me
extraña. Nuestra madre nos educó para que pensáramos por nosotras mismas y
luego se espanta y se disgusta cuando lo hacemos. Me alegra que mi hermana
supiera decidir.
Avanzaron
en silencio por la calle escalonada. De repente, Casandra tropezó en la
oscuridad y Eneas la sostuvo.
—¡Ten
cuidado! —le advirtió— ¡Una caída desde aquí sería terrible!
Su brazo
la ceñía. No llevaba armadura, sólo la túnica y el manto, y Casandra sintió su
cuerpo contra el de ella, cálido y fuerte. Se dejó llevar unos cuantos pasos;
pero cuando intentó soltarse, él rodeó con más fuerza aún su cintura e inclinó
el rostro para besarla. En la oscuridad sus labios se encontraron.
—No —dijo,
suplicante, echándose hacia atrás—. No, Eneas. Tú no.
No la
soltó al instante pero alzó la cabeza y dijo quedamente:
—Te deseé
desde la primera vez que puse los ojos en ti. Y creo que no te resultó del todo
desagradable.
—Si todo
hubiera sido distinto... pero he hecho voto de castidad y eres el marido de mi
hermana.
—No por
voluntad propia, ni por la de Creusa —afirmó Eneas en voz baja—. Nos casamos
por voluntad de mi padre y del vuestro.
—Aun así,
hecho está —dijo Casandra—. Yo no soy Helena, para abandonar un compromiso de
honor...
Pero dejó
que su cabeza descansara sobre su fuerte brazo. Se sentía débil, como si sus
piernas fuesen incapaces de sostenerla.
—Creo que
se habla demasiado del honor y del deber. ¿Por qué tenía Helena que seguir
siendo fiel a Menelao? Se casó con él sin pensar en su felicidad. ¿Nos traen a
este mundo sólo para cumplir una obligación respecto de nuestras familias?
¿Acaso los dioses no nos otorgan la vida para que la vivamos por nosotros
mismos en bien de nuestros propios corazones, mentes y almas?
—Si
piensas así —dijo Casandra, que sintió frío al apartarse de Eneas—. ¿Por qué
aceptaste tu matrimonio con ella?
—Entonces
era más joven —respondió Eneas—, y durante toda mi vida había estado oyendo que
mi deber exigía que me casara con la princesa que escogieran para mí. Además,
por aquella época aún creía que una mujer no se diferenciaba mucho de otra.
—¿Y no es
así?
—No —se
precipitó a negar—. No, en absoluto, Creusa es una buena mujer, pero tú y ella
sois tan distintas como el vino y el agua de una fuente. Nada puedo decir
contra la madre de mis hijos, pero en aquel tiempo aún no había conocido
ninguna mujer que me interesara, que despertara mi amor, con quien pudiese
hablar de igual a igual y considerar como compañera. Casandra, te lo juro, si
antes de casarme con Creusa hubiese tenido la oportunidad de hablar varias
veces contigo, habría dicho a Príamo y a mi padre que no me casaría con ninguna
otra mujer del mundo... que serías mi esposa o que permanecería célibe hasta la
tumba.
Casandra
se sintió aturdida.
—No es
posible que sientas eso. Estás burlándote de mí.
—¿Por qué
habría de hacerlo? —preguntó—. Yo no... Yo no... quiero destrozar mi vida ni
perturbar tu serenidad o herir a Creusa, pero pienso que la diosa del amor, que
tan cruel treta jugó a Paris, ha querido también sembrar la discordia en mi
camino y consideré que, por una vez, debía decirte lo que sentía.
Casandra
extendió una mano, sin saber apenas lo que estaba haciendo, y tocó la suya. Él
la sujetó con fuerza.
—La
primera vez que te vi, Casandra, sentada entre las muchachas, en actitud
modesta y con los ojos bajos, supe de inmediato que era a ti a quién quería y
que debía levantarme y proclamarlo ante Príamo y mi padre...
Aquella
idea hizo sonreír a Casandra.
—¿Y qué
habría dicho Creusa entonces?
—No
debería haber permitido que nadie decidiera mi destino —continuó Eneas—. Era mi
vida la que estaba en juego. Dime Casandra, ¿me habrías aceptado por marido? Si
hubiese rechazado a Creusa y te hubiera pedido como esposa... como premio por
luchar en favor de Troya...
El corazón
de Casandra latía tan alocadamente como hablaba Eneas.
—No lo sé
—contestó al fin—. Pero ya es demasiado tarde para pensar en qué hubiera podido
decir o hacer.
—No tiene
por qué ser demasiado tarde.
La
estrechó entre sus brazos. Ella no supo que estaba llorando hasta que un dedo
de Eneas enjugó una lágrima.
—No
llores, Casandra. No quiero hacerte desgraciada. pero no puedo soportar el
pensamiento de que habiendo descubierto que sólo a ti te amo, jamás habrá nada
entre nosotros.
Su abrazo
fue tan fuerte, tan apremiante, que el mundo dejó de existir. Ella se ahogaba,
se angustiaba sintiendo que se disolvía en la nada; incapaz de pensar. Sin
embargo, después de un tiempo corto que pareció demasiado largo, se irguió de
nuevo, se afirmó sobre sus pies y se secó los ojos con el vestido. Así que era
esto.
Sabía que
su voz temblaba cuando dijo:
—Eres el
marido de mi hermana; eres mi hermano.
—¡Por mi
antepasada inmortal! ¿Crees que no he pensado en eso hasta la saciedad?
—murmuró él—. Sólo te ruego que no te enojes conmigo.
—No —dijo
ella, y le sonó tan tontamente inadecuado en aquel momento que, sin poderlo
evitar, se echó a reír—. No, no estoy enfadada contigo, Eneas.
La encerró
de nuevo en un abrazo que ella no pudo ni quiso rehuir. Pero esta vez existía
también cautela en Eneas, como si se esforzase por no herirla o asustarla.
—Dime que
me quieres, Casandra —le susurró.
—Oh,
dioses —dijo ella en el mismo tono—, ¿tienes que preguntarlo?
—No. No
tengo que preguntarlo pero necesito oírtelo decir. No creo que pueda seguir
viviendo si no lo oigo.
De
repente, Casandra se sintió rebosante de la más increíble sensación de
generosidad. Estaba en su mano dar algo que él deseaba mucho.
—Te quiero
—le dijo—. Creo... creo que te quiero desde que te vi por primera vez.
Y lo
sintió satisfecho junto a ella como si fuera así como siempre había querido
estar. Sólo sus manos estaban unidas, pero aquel contacto era más íntimo que un
abrazo. Casandra hubiese querido que la estrechara de nuevo pero era consciente
de que si se lo permitía, ella y sólo ella sería responsable de lo que
sucediese.
—Eneas...
—dijo, con ternura.
—¿Qué,
Casandra?
—Creo —murmuró
con una sensación
de inmenso asombro—,
creo que sólo deseaba oírme a mí misma pronunciar tu nombre.
La rodeó
con sus brazos suavemente, como si temiera que el más ligero roce la
quebrantase.
—Amor mío.
No sé... no estoy seguro de lo que deseo, pero no es seducirte y llevarte a mi
lecho; eso puedo conseguirlo de cualquiera, en cualquier momento. Te quiero
Casandra. Deseo decírtelo, intentar que comprendas...
—Te
comprendo —dijo ella, oprimiendo su mano.
Sobre los
dos, la luna desprendía tanta luz que Casandra podía ver la cara de él como si
fuese de día.
—Mira
—señaló Eneas—, han apagado todos los fuegos en el campamento aqueo. Es ya muy
tarde. Debes de estar cansada. Tendríamos que despedirnos.
Era tarde.
Casandra se apartó un poco de él, sintiendo frío lejos de sus brazos, y le
tendió una mano. Se inclinó hacia ella pero no volvió a besarla.
—Buenas
noches, amor mío, y que la diosa te proteja. Me quedaré aquí hasta que te
halles segura tras las puertas del templo del Señor del Sol.
Casandra
subió sola los últimos escalones y llamó a la puerta, que se abrió desde
dentro.
—Ah,
princesa Casandra —dijo uno de los servidores al verla—. ¿Vuelves de cenar con
tus padres en el palacio? ¿Viniste sola?
—No, me
escoltó Eneas —contestó.
El joven
asomó la cabeza.
—¿Quieres,
Eneas, una antorcha encendida para el regreso?
—No,
gracias —dijo cortésmente Eneas—, La luna está muy clara. —Luego, se inclinó
ante Casandra—. Buenas noches, hermana y señora.
—Buenas
noches —dijo ella.
Y cuando
ya no podía oírla murmuró:
—Buenas
noches, amor mío.
Se espantó
de sí misma. Había jurado, sin saber lo que hacía, que jamás serviría a la
diosa Afrodita ni sucumbiría a esa clase de pasión.
Y ahora
era como cualquier servidora de la diosa aquea.
Los
soldados de Aquiles estaban cargando sus naves; evidentemente, las querellas no
se habían solucionado en el campamento aqueo. Uno de los informadores favoritos
de Príamo, una anciana que vendía tortas en el campamento aqueo y que regresaba
diariamente a la ciudad en busca de más provisiones (y para tener una larga
charla con el capitán de la guardia), anunció que Aquiles no se había movido de
su tienda. Patroclo había intentado convencer a los soldados de que no
partieran, sin mucho éxito.
Según
ella, Patroclo era querido por todos los soldados, pero éstos consideraban que
debían lealtad a Aquiles y que si él había decidido renunciar a la lucha,
también ellos debían abandonarla.
Mediada la
mañana, Casandra fue a la muralla para verlo por sí misma, junto a las demás
mujeres de la casa de Príamo: Hécuba, Andrómaca, Helena y Creusa.
Escucharon
el informe de la anciana de las tortas y se preguntaron lo que aquello
significaría para la causa aquea.
—No mucho
—dijo Paris, que mandaba la guardia aquel día—. Aquiles es un maníaco de la
guerra, pero Agamenón y Odiseo son los cerebros de la campaña. Aquiles es
grandioso en un combate singular, y desde luego conduce endemoniadamente su
carro: esos mirmidones lo seguirían en una carga hasta más allá del fin del
mundo.
—Qué
lástima que no podamos persuadirle para que lo haga —murmuró Creusa—. Eso
resolvería la mayor parte de nuestros problemas... con Aquiles al menos.
¿Conoce alguien a algún inmortal que adoptara la forma de Aquiles y arrastrase
a sus hombres en una misión urgente hasta el otro lado del mundo, o los
convenciera de que se les necesita en su patria?
—La
cuestión es —declaró Paris, ignorándola—, que Aquiles no tiene nada más en su
favor: le enloquece matar. No sabe una maldita palabra de estrategia ni de
tácticas bélicas. Perder a Aquiles en esta guerra, verlo regresar a su casa
como un niño que dice ya no juego más, no significa un gran golpe para los
aqueos. Sería mucho peor para ellos, o mejor para
nosotros, si perdieran a Agamenón, a Odiseo o incluso a Menelao.
—Qué pena
que no se nos ocurra alguna argucia para desembarazarnos de uno de ellos —dijo
Hécuba.
—Está a
punto de ocurrir —dijo Paris—. Esta disputa entre Aquiles y Agamenón supone que
tendrán que perder a uno o a otro. La ausencia de Aquiles angustia a los
soldados, puesto que es su ídolo; pero los caudillos saben que no podrían
prescindir de Agamenón sin poner en peligro la campaña..¿Por qué creéis que le
han permitido apoderarse de la mujer de Aquiles? Saben cuan importante es
Agamenón para el éxito de la guerra. ¿Por qué creéis que Aquiles está tan
irritado? Porque se le ha demostrado muy claramente que para nadie es tan
importante como Agamenón.
—Algo
sucede allá abajo —avisó Helena—. Mirad, ahí va Agamenón, con Menelao tras él
como de costumbre, y con su heraldo.
Casandra
había visto antes al heraldo: un joven alto, quizá demasiado enteco para ser
muy eficaz con la espada y el escudo, pero con una espléndida voz de bajo que
llegaba hasta los confines del campamento. Lástima de voz, dijo en una ocasión
Crises. Y desde luego habría sido un rapsoda o un cantante espléndido.
Ahora
Agamenón le daba órdenes. El heraldo cruzó a grandes zancadas el campamento y
se dirigió hacia la muralla. Paris tomó su alto escudo ondulado, se ajustó el
casco en la cabeza y se asomó.
—¡Paris,
hijo de Príamo! —gritó el heraldo.
—Yo soy
—contestó Paris, cuya voz parecía débil e insegura tras aquellos tonos
resonantes y modulados—. ¿Qué quieres? Si Agamenón tiene un mensaje para mí,
¿por qué no viene hasta la muralla, en vez de enviarte a ti a quien no puedo
legítimamente matar?
Prosiguió,
riendo:
—¿Cuándo
levantarán la veda de los heraldos? Creo que deberían ser exterminados, como
los centauros.
—Paris,
hijo de Príamo, traigo para ti un mensaje de Menelao de Esparta, hermano de
Agamenón, Señor de Micenas...
—Sé
perfectamente quién es Menelao —le interrumpió Paris—. No necesitas explicarlo,
ni enumerar todos los motivos de animosidad de uno contra otro.
—Oh, deja
que ese pobre hombre transmita su mensaje, Paris —dijo Helena con voz que se
oyó claramente—. Estás poniendo nervioso al muchacho, que trata de hablar como
un guerrero, ya que no puede luchar como si lo fuese. Si continúas así, podría
mojar su túnica y piensa cuan turbado se sentiría ante tantas mujeres.
—Bien, si
traes un mensaje de Menelao, suéltalo ya —repuso Paris.
El
heraldo, enrojeciendo, hizo un visible esfuerzo por recobrarse.
—Escucha
las palabras de Menelao, Señor de Esparta: «Paris, hijo de Príamo, mi disputa
es contigo, no con Príamo ni con la gran ciudad de Troya. Te propongo ahora que
zanjemos esta guerra en un combate singular ante todos los soldados
congregados, tróvanos y aqueos. Si me matas o me rindo, tuyos serán Helena y
todos mis bienes que están en tu posesión; y mis hombres, incluyendo a mi
hermano Agamenón, se comprometerán a no continuar la lucha, ni a vengarme, sino
a tomar sus naves y alejarse de Troya para siempre, con lo que de ese modo
concluirá la contienda. Pero si te mato o te rindes, Helena me será entregada
con todos sus bienes y nosotros tomaremos su casa sin reclamar otra cosa de
Troya. ¿Qué dices? ¿Cuál es tu respuesta?»
Paris se
irguió en toda su estatura y declaró:
—Di a
Menelao que he escuchado su ofrecimiento y que consultaré con el rey Príamo y
con Héctor, jefe de los ejércitos troyanos. Porque creo que los motivos de esta
guerra no se limitan a Helena. Pero si mi padre y mi hermano desean zanjarla de
este modo, accederé a pelear.
Surgieron
vítores de ambos lados cuando Paris se retiró, dirigiéndose al rincón desde
donde las mujeres habían presenciado la escena. Helena se puso en pie y, sin
decir palabra, lo besó.
—¿Qué
intenciones esconde todo esto? —dijo Paris—. Menelao sabe tan bien como yo que
en esta guerra se ventila algo más que la suerte de Helena. ¿Cómo habrá logrado
Agamenón convencerlo para que dé tal paso? ¿O se trata de un ardid para que yo
abandone la muralla?
—Pienso
que Menéalo siente rencor bastante para hacerlo pero carece del ingenio para
tramarlo —opinó Helena.
—¿Cuál
creéis que será la respuesta de Príamo? —inquirió Paris—. ¿Y la de Héctor?
Probablemente Héctor considerará beneficiosa la oportunidad de apartarme de su
camino, para dirigir la guerra como le plazca.
—Te
equivocas con tu hermano, muchacho —declaró Hécuba.
—Ojalá
pienses siempre así, madre —contestó Paris—. Y ojalá también esté yo siempre en
disposición de discutirlo.
—El meollo
de la cuestión es que no puedes pelear con Menelao —dijo Casandra.
—¿Por qué
no? ¿O es que piensas que le temo? —Si no le temes, eres más estúpido de lo que
yo creía —afirmó Andrómaca.
—Pero a
Héctor le gustará tanto acabar la guerra con un combate singular, que
probablemente hará que Paris acepte; pero sólo con la condición de que la lucha
sea entre Agamenón y él —aseguró Casandra.
—Bueno,
podría brindarse a luchar contra Menelao en mi lugar —dijo Paris—. Le prestaré
mi manto y todos los soldados lo confundirán conmigo.
—No
hagamos más conjeturas sobre lo que Héctor piense, pregúntaselo porque ahí
viene —dijo Andrómaca. Héctor y sus guerreros avanzaban por las calles de
Trova, camino de la puerta. Eran unos ciento cincuenta soldados bien armados y
otros que tiraban del carro de guerra de Héctor por las calles escalonadas para
situarlo ante las puertas, donde engancharían los caballos, para que subiera a
él y lo condujera. En cuanto los divisó sobre la muralla, les gritó:
—¿Qué ha
sucedido? He oído gritos en las calles... Hécuba le informó rápidamente del
reto de Menelao, y Héctor hizo un gesto de preocupación.
—Es
probablemente lo mejor que pueden hacer ahora que Aquiles se retira. ¿Vas a
luchar con él, Paris?
—Prefiero
no hacerlo —confesó—. No confío en él para enfrentarme en combate singular.
Creo que lo más probable sería que tratara de tenderme una emboscada o de que
me abatiesen una docena de arqueros. Héctor lo miró con severidad.
—Maldita
sea, Paris. Nunca sé si hablas como un cobarde o con sentido común.
—No creo
que exista mucha diferencia —dijo Paris—.
Sin
embargo deduzco de tus palabras que deseas que salga v luche con él.
—¿Es que
existe algún problema?
Y por la
expresión de Héctor, Casandra advirtió que era incapaz de entender por qué
Paris no estaba ansioso de pelear.
—Pues sí
—declaró Paris—. Si le mato, todos partirán y nunca tendrás oportunidad de
enfrentarte con Agamenón o con Aquiles. Eso te privaría de diversión. ¿No es
cierto?
—¿Y si te
mata?
—Trato de
no pensar en tal posibilidad. Dudo de que eso fuera un impedimento para tu
afición. Pero ellos se regocijarían sin duda mientras se llevaran a Helena y
todo lo que les gustara de Troya. Y, como he dicho, podría no ser la clase de
lucha limpia que tú te sentirías obligado a aceptar si Aquiles te retase.
—Helena
—dijo Héctor—. Tú conoces a Menelao mejor que nosotros, ¿crees que cumplirá su
palabra?
Ella se
encogió de hombros.
—Creo que
sí —dijo—. Dudo de que fuese capaz de concebir una trampa. Desde luego no tengo
idea de lo que pueda haber planeado Agamenón; ésa es una cuestión diferente por
completo.
—Bien,
Paris; a ti corresponde decidir —lo apremió Héctor—. No puedo obligarte a
luchar; mas, por otro lado, no quiero ser responsable del rechazo del desafío.
Paris miró
hacia abajo donde Menelao iba y venía ante la muralla, envuelto en su manto de
púrpura.
—Helena,
¿deseas que acepte? ¿Deseas que luche por ti?
—Héctor no
te dejará en paz hasta que lo hagas; por tanto, creo que será mejor que te
decidas. Pero hemos de encontrar una vía de escape para ti. Tal vez podamos
convencer a algún inmortal para que intervenga.
—¿Cómo
harás eso? —preguntó él.
—Mejor
será que lo ignores. Mas no creo que la diosa del Amor y de la Belleza me
trajera hasta aquí para ser devuelta vergonzosamente a mi tierra tras el carro
de Agamenón. Mientras pelees, presta atención. De un modo o de otro echaremos
una escala por la muralla. Y si la diosa te otorga un momento para que la
subas, bien, no dejes pasar la oportunidad a no ser que Menelao esté ya muerto
a tus pies.
Paris se
encogió de hombros, se asomó a la muralla y gritó a Menelao que se reuniría con
él pasada una hora, si él lo deseaba.
Entonces,
se puso su armadura y bajó al campo con Héctor. Cuando le vieron en el carro,
los aqueos prorrumpieron en un clamor.
—¿Qué vas
a hacer? —preguntó Casandra, acercándose a Helena.
Ésta
aferró las manos de Casandra.
—Eres su
hermana gemela y además sacerdotisa —dijo—. Únete a mí ahora en los cánticos y
oraciones para que la Nacida del Mar nos envíe una de sus nieblas marinas.
Hécuba, te lo ruego; si amas a tu hijo, haz que traigan una escala de fuertes
cuerdas. No podemos pedir a la diosa lo que cualquier cordelero haría por una
moneda de cobre.
Hécuba
envió a un mensajero en busca de una escala de cuerda y, cuando la tuvo, Helena
acudió con Casandra hasta el borde mismo de la muralla, observando a Paris y a
Menelao que se aprestaban a combatir mientras sus heraldos intercambiaban
insultos.
Menelao y
Paris medían cuidadosamente el campo, marcando el círculo en el que no podría
penetrar ningún soldado de ambos ejércitos mientras uno de los contendientes
conservara la vida. Concluida la tarea, se inclinaron ceremoniosamente. Sonó
una trompeta y empezaron a luchar.
—¡Cantad!
—apremió Helena— ¡Rezad! ¡Rogad a la diosa que nos envíe una de sus nieblas
marinas!
Las
mujeres iniciaron un cántico. Casandra estaba tan atenta a las fintas de los
hombres que blandían sus espadas que apenas podía pronunciar las palabras de la
oración. El combate pareció muy igualado al principio. Paris era más alto y de
brazo más largo pero, aunque la inactividad revelaba haber hecho mella en
Menelao, éste se movía con la celeridad de una mangosta. Describían círculos
uno en torno del otro, intercambiaban golpes, midiendo cuidadosamente la
destreza del adversario pero sin comprometerse seriamente.
A Casandra
le dolían los ojos. ¿Era a causa del polvo que el combate levantaba, o se
estaba elevando un remolino de niebla de la costa? No podía estar segura.
Helena se adelantó al borde de la muralla y dejó caer la escala. Para
mayor seguridad la había sujetado a las piedras del muro. Entonces se
irguió en toda su estatura.
—¡Menelao!
—gritó.
Él miró
hacia arriba un momento, deteniéndose en mitad de una estocada. Helena desató
lentamente el cuello de su túnica y dejó que se deslizara descubriendo la parte
superior de su cuerpo.
Mientras
permanecía así inmóvil, a Casandra le pareció que el aire se llenaba de
pequeñas y luminosas chispas doradas como si el velo entre los dos mundos se
hiciera más sutil. Helena, envuelta en ese dorado resplandor, parecía haber
ganado más altura y majestad, y un brillo procedente de su interior que la
dotaba de una belleza sobrehumana. Ya no era una mujer sino la diosa quien se
alzaba en la muralla.
Menelao se
quedó inmóvil, como si sus pies hubiesen echado raíces en la tierra.
No era ése
el caso de Paris. Cuando sus ojos contemplaron a Helena bajo la forma de la
diosa, escapó a la carrera hacia el pie de la muralla. De las filas de los
aqueos surgió un terrible grito de espanto y admiración. Paris llegó a lo alto
de la muralla y retiró la escala. Con los ojos de todos fijos en Helena, o en
la diosa, Casandra comprendió que no era probable que nadie lo hubiese visto
subir por la escala.
Helena
continuó inmóvil. Su cuerpo irradiaba luz. Luego, en un abrir y cerrar de ojos,
el espejismo, si espejismo había sido, se esfumó y sólo quedó Helena, con el
rostro un poco quemado por el sol, sujetándose la túnica. Se acercó a Paris y
le dijo:
—Estás
herido.
—No es
nada serio.
Tenía los
ojos dilatados, pero de la franja roja que se veía justo en el borde de su
coselete de cuero empezó a gotear sangre.
—Ven
conmigo, te curaré.
Y se alejó
con él.
Ahora
llegaban gritos del campamento aqueo:
—¡Paris!
¿Dónde se ha ido ese cobarde?
Pero entre
aquellos gritos se oían también otros:
—¡La
diosa! ¡Se apareció ante nosotros en la muralla! ¡La Bella, la Nacida de la
Espuma del Mar!
El carro
de Héctor atravesó rápidamente las puertas, de regreso a la ciudad. Un
minuto después subía a grandes zancadas por la escalera del interior de la
muralla. Miró en torno y preguntó:
—¿En dónde
se halla?
Hécuba
dijo con voz vibrante:
—¿No viste
cómo se lo llevaba la diosa?
—Eso es lo
que dicen en el bando aqueo —declaró Héctor—. Y cuando pregunté al conductor de
mi carro, me juró que había visto a Afrodita descender de la muralla, tender su
manto sobre Paris y llevárselo. Por lo que a mí atañe, no sé lo que vi. Quizá
sólo el resplandor del sol en mis ojos. ¿Dónde está Helena?
—Cuando la
diosa trajo a Paris hasta aquí, vio que sangraba y le llevó a sus habitaciones
para vendar las heridas —contestó Andrómaca—. Ahora se encontrarán
probablemente en el baño.
—No lo
dudo —gruñó Héctor—, pero si las diosas tenían que intervenir, hubiera deseado
se esperaran hasta que las cosas hubieran quedado debidamente zanjadas. Si la
diosa vino para salvar a Paris, llevándoselo, bien podía haberse llevado a
Menelao, y también a Helena, de regreso a Esparta. Ya que es capaz de una cosa,
tiene que serlo de la otra. Y advertid, inmortales, que no cometo la impiedad
de negar que pudiera hacerlo. ¿Qué viste, Casandra? ¿Vas a contarme otro cuento
acerca de la diosa, atrayéndolo desde la muralla?
Por un
momento Casandra se sintió satisfecha. Héctor recurría a ella como a testigo
digno de crédito.
—En modo
alguno. Pero me pareció como si Menelao hubiese tenido una especie de visión.
Dejó de luchar y se quedó inmóvil, contemplando fijamente la muralla. Entonces,
Paris escapó para salvar su vida.
—Es ya
demasiado tarde hoy para ninguna clase de combate —dijo Héctor, suspirando—. No
resta sino esperar. Pero, si intervino la diosa aunque fuese proporcionando a
Menelao una visión, nadie puede censurar a Paris.
Mas no
parecía plenamente convencido.
LIBRO TERCERO
La maldición de Poseidón
Al
anochecer todos los soldados de los dos ejércitos y la mayoría de los
habitantes de la ciudad conocían ya la historia que desde luego creció de boca
en boca.
Según la
mayor parte de los testigos, la diosa había aparecido en la muralla de la
ciudad y había arrebatado a Paris de debajo de la espada misma de Menelao,
librándolo de un golpe mortal; en otra versión, Menelao había abierto a Paris
del mentón a la pelvis de una sola estocada y la diosa le había sanado. Puso en
sus heridas néctar y ambrosía y le trasladó a la alcoba de Helena.
Cuando le
preguntaron, Casandra respondió que no estaba segura de lo que había visto; que
el sol le daba en los ojos.
Estaba
segura de que la diosa había intervenido de algún modo. No sabía bien como,
pero tenía el convencimiento absoluto de que, al menos durante un momento,
Helena había adquirido su apariencia. Después de todo, no habría sido la
primera vez.
Durante
dos días no se habló en la ciudad de otra cosa que no fuese el duelo y la
supuesta intervención de Afrodita. Héctor y Eneas volvieron de los consejos
diciendo que los aqueos insistían en que Menelao había ganado el desafío puesto
que Paris había huido y herido además.
—¿Qué les
respondisteis? —inquirió ansiosamente Príamo.
—¿Qué
crees? Les dijimos que resultaba obvio que Paris había ganado puesto que la
diosa había intervenido para salvar su vida —contestó Héctor.
Casandra,
que había estado observando desde las murallas durante gran parte del día,
mientras recordaba su propio adiestramiento bélico y pensaba que podría batirse
tan bien como la mayoría de los soldados aqueos o como cualquiera de los
tróvanos, preguntó:
—¿Qué es
lo que sucedió esta tarde? Vi a dos soldados que no conozco dispuestos para el
combate y, antes de iniciarlo, uno de ellos comenzó a desarmarse y desnudarse
hasta quedar tan sólo con su pampanilla. ¿Es que decidieron forcejear en vez de
batirse con espadas?
Eneas se
echó a reír.
—Oh, no
—contestó—. ¿Conoces a Glauco el tracio?
—He
hablado con él —dijo Helena—. Era el piloto de una de las naves que nos
trajeron aquí.
—Pues
salió y desafió a cualquier aqueo a luchar contra él, y Diómedes aceptó. Así
que empezaron a gritar su linaje para averiguar si podían enfrentarse
honrosamente en combate singular, y antes de que llegaran a sus bisabuelos
descubrieron que eran primos.
—Así que
decidieron no luchar, ¿verdad? —preguntó Casandra.
—¿No lo
viste? —preguntó a su vez Eneas.
—No, me
llamaron del templo. Una de las serpientes grandes está a punto de cambiar de
piel y necesita muchos cuidados. En ese tiempo las serpientes se quedan ciegas
y no pueden ser atendidas por extraños —explicó Casandra.
—Acordaron
que debían combatir en aras del honor, pero decidieron intercambiar las
armaduras. Diómedes afirmó que la suya de diario no era lo bastante buena para
que el regalo fuese digno. Así que envió a buscar a su nave una preciada
armadura en plata con incrustaciones de oro. En consecuencia, Glauco hubo de
llegar a un acuerdo con sus compañeros para que le proporcionasen un regalo de
igual valor. Parecían un par de viejos en un mercado de objetos de segunda
mano, regateando sobre el valor de alguna baratija, y aquello se alargó... y al
final lucharon con sus viejas armaduras, colgando las otras dos para que fuesen
admiradas.
—¿Quién
venció? —preguntó Helena.
—Lo
ignoro. Creo que se asestaron uno o dos golpes y, como se hizo de noche, se
abrazaron, se dieron las gracias por tan preciados regalos y se fueron a cenar.
Héctor se
echó a reír.
—Imagino
que ninguno se impuso al otro, pero así pasaron la tarde. Desde luego no
teníamos nada mejor que hacer; hasta que los consejeros de ambos bandos hayan
decidido si fue Paris o Menelao quien ganó el duelo, todo lo demás es un puro
entretenimiento. Glauco y Diómedes deberían haber librado un combate cuerpo a
cuerpo, sin armas. Al menos habríamos podido apostar. Tentado estuve de
desafiar a Ayax el Mayor a una de esas peleas. Es el hombre más corpulento del
campo aqueo. Ignoro si sabe luchar...
—Sabe
—dijo el joven Troilo—. Ganó la corona de laurel en lucha en sus Juegos de los
Sacrificios.
—Entonces
lo retaré —afirmó Héctor.
—Cuida de
que no te dé en la cara con un codo; su especialidad es romper dientes —le
previno Troilo.
En la
cena, Héctor preguntó a Príamo:
—¿Qué
sucederá si el Consejo decide que Menelao no ganó?
Príamo se
encogió de hombros.
—Nada
—dijo—. Los aqueos se negarán a aceptar la decisión y la guerra proseguirá. No
quieren zanjar la cuestión. No renunciarán hasta derribar las murallas de Troya
y saquear la ciudad.
—Padre,
hablas como Casandra.
—No —dijo
Príamo—. Sé lo que piensa Casandra.
Mas, por
una vez, Casandra levantó los ojos, golpeados de nuevo por aquel terrible
pavor, y la visión de Troya en llamas que se alzaba entre ella y el mundo de
los vivos. Príamo le sonrió cariñosamente, como si tratase de disipar sus
temores.
—Con
frecuencia la he oído decir que nos destruirán. Pero no es lo que va a suceder
—añadió.
—¿No
pueden romper las murallas de Troya, padre? —preguntó Paris.
—No, a no
ser que convenzan a Poseidón de que les auxilie con un terremoto —afirmó
Príamo.
Ahora
Casandra lo sentía por todo su cuerpo; las murallas caerían ante la ira de
Poseidón, ante su terremoto. Debería haber sabido siempre que los nimios
esfuerzos de los hombres no podrían romper las murallas de Troya; sólo un dios
conseguiría que se desplomase la alta ciudadela.
—Si eso
crees deberíamos hacer sacrificios en honor de Poseidón lo antes posible —dijo
Héctor— porque él es el único dios que puede socorrernos.
—Sí —dijo
Casandra rápidamente—. ¡Ofrezcámosle sacrificios a Poseidón y ruguémosle que
apoye nuestra causa! ¿No es uno de los dioses guardianes de Troya?
Ignoraba
lo que iba a añadir hasta que irrumpió en su mente como un grito de angustia:
—¡Paris!
¡Tú..., cuídate del terremoto! ¡Haz sacrificios a Poseidón! ¡Implórale!, porque
él te destruirá... destruirá... destruirá...
Logró
callarse mediante un gran esfuerzo físico, llevándose las manos a los labios.
Príamo la miró, lleno de irritación y disgusto.
—¡Ya está
bien, Casandra! —exigió—. ¡En la propia mesa de tu madre! ¿No puedes siquiera
aclarar qué dios va a destruir la ciudad? En verdad pienso que tienes que estar
loca.
Ella no
pudo hablar; el nudo que sentía en su garganta era tan grande que precisaba de
todas sus fuerzas para respirar. Tragó saliva y sintió las lágrimas corriendo
por su cara. Helena se acercó y le enjugó el rostro con su velo. La ternura de
aquel gesto desarmó a Casandra hasta tal punto que sólo fue capaz de mirar a la
esposa de su hermano y murmurar:
—Es a ti a
quien destruirá.
—Mi pobre
niña —dijo Hécuba—. Los dioses aún te acosan con tales visiones. Déjala,
Helena, ya que nada puedes hacer por ella. Casandra, vuelve al templo, reúnete
con tus compañeras. Estoy segura de que los sacerdotes tendrán algún remedio
para los posesos.
—No
vuelvas a profetizar aquí, Casandra. Así lo ordeno y así tiene que ser —dijo
Príamo.
Incapaz de
controlar los sollozos, Casandra se levantó, salió corriendo de la sala, y huyó
a través de las calles. Al cabo de un rato, advirtió el sonido de unos pasos
que la seguían en la subida, y luego sintió unas manos que se apoyaban en ella
con cariño, forzándola a detenerse.
—¿Qué te
sucede, Casandra? —preguntó una voz masculina.
Presa del
pánico, intentó liberarse de aquellas manos, pero al advertir que se trataba de
Eneas, se serenó, aunque permaneció callada.
—¿No
puedes decírmelo? —le preguntó—. ¿Qué te pasa?
—Ya sabes
que dicen que estoy loca —contestó en voz baja.
—Ni por un
instante lo he creído —dijo Eneas—. Quizá te halles atormentada por un dios,
pero distas mucho de la locura.
—Ignoro la
diferencia. Y no puedo callar cuando me llega la visión. He de expresarla...
Percibió
que el temblor de su propia voz hacía sus palabras casi incomprensibles.
—Tal vez
todos aquellos que ven más allá que el resto de la gente sean considerados
locos por quienes son incapaces de captar algo más lejano que el desayuno del
día siguiente —dijo Eneas, pasando un brazo en torno a sus hombros—. Cuando
huiste corriendo, temí por ti, temí que cayeses y te hirieras. Ni por un
momento consideré la posibilidad de que hubieras perdido la cabeza. Tampoco
entiendo la razón de que te juzguen loca por advertir a nuestro pueblo de que
los dioses ansían nuestra ruina. Incluso a mí, desde que llegué a Troya, me
pareció que nos hallamos bajo la sombra de uno o más inmortales llenos de ira,
y en cada viento creo oler el peligro de la destrucción.
La besó
tiernamente en la mejilla.
—¿Puedes
decirme ahora qué has visto? —preguntó a continuación.
Ella le
miró a los ojos, súbitamente llena de confianza.
—He visto
que sobrevivirás al peligro. Te he visto abandonar Troya vivo y sin daño.
Él le
palmeó el hombro, con cariño.
—No hay
duda de que es bueno saber eso. Pero no es lo que te preguntaba. Vamos, deja
que te acompañe hasta el templo del Señor del Sol.
Ascendieron
en silencio durante unos momentos. Luego él añadió:
—¿Sientes
verdaderamente que no existe en esta guerra esperanza para Troya?
—Lo supe
cuando Paris trajo a Helena. Y, créeme, no hay ruindad en lo que digo. He
llegado a querer mucho a Helena, como si fuese mi propia hermana de sangre. Lo
supe cuando Paris cruzó bajo las puertas de Troya para acudir a los Juegos;
Héctor estuvo acertado al desear enviarle lejos, aunque sus razones fueran
erróneas, Héctor temía que Paris tratara de convertirse en rey, pero ése no era
el peligro...
Eneas
acarició su mejilla.
—No
comparto tu visión, Casandra, pero confío en ti; hablas sinceramente. Puede que
yerres pero no por ruindad o por locura. Y si eso es lo que ves, puedes estar
segura de que los dioses te lo transmiten para que lo digas.
Habían
llegado ya a las puertas del templo.
—Cuando
hables, siempre te escucharé, te lo prometo —dijo, abrazándola.
—Creo que
fueron algunos inmortales quienes iniciaron esta guerra, pero que Afrodita
tenía la oportunidad de ayudarnos o de destruirnos; y ahora parece que no se
trata de ellos, sino que es la rivalidad entre otros dioses lo que nos amenaza.
Cuando mi padre afirmó que ningún mortal podía derribar las murallas de Troya,
supe que tenía razón. No pereceremos a manos de los aqueos sino de los dioses,
e ignoro por qué ellos quieren destruir nuestra ciudad.
—Tal vez
los dioses no necesitan razones para sus actos —opinó Eneas.
—Es lo que
estoy empezando a temer —dijo Casandra.
El clima
de Troya era mucho más cálido que el de Colquis; las serpientes que Casandra
trajo de la ciudad de la reina Imandra se mostraban aquí más activas y ella
tenía que dedicar gran parte de su tiempo a atenderlas.
Por esta
razón, no se enteró de inmediato que el Consejo determinó que ni Paris ni
Menelao habían ganado el duelo y que se proclamaría una tregua mientras seguía
considerándose la cuestión. Casandra comprendió que esta decisión carecía de
relevancia; ambas partes se hallaban resueltas a continuar la lucha, así que
prestó escasa atención al asunto. Aún seguía ocupada con las serpientes cuando
le llegaron noticias de que se habían reanudado las hostilidades. Más tarde
alguien le dijo que la tregua se había roto cuando uno de los capitanes
argivos, quien afirmaría después que lo había impulsado la diosa Doncella,
lanzó una flecha contra Príamo, agujereó su mejor traje y estuvo a
punto de matarlo.
Pocos días
después, en la protección de la muralla, contempló junto a las demás mujeres
del palacio cómo se congregaban las fuerzas de Héctor, tanto las de carros como
los infantes armados. Oyó decir a las mujeres que Eneas había aceptado un
desafío de Diómedes, el aqueo que había luchado con Glauco.
Creusa no
tomó muy en serio la noticia.
—No he
oído que Diómedes sea un guerrero del que preocuparse —comentó—. ¿Qué había
sido aquel intercambio de regalos sino una excusa para sustituir la pelea por
la charla?
—Yo no
tendría eso muy en cuenta —dijo Helena—. Es evidente que ese día ambos
bromeaban, pero he visto a Diómedes cuando estaba realmente dispuesto a
combatir y creo que quizá sea más fuerte que Eneas.
—¿Tratas
de asustarme? —preguntó Creusa—. ¿Estás celosa?
—Querida,
créeme —dijo Helena—. No tengo interés en más marido que en el propio.
—¿En cuál?
—inquirió Creusa, en tono impertinente—. Hay dos que afirman serlo y nadie
habla en Troya de ninguna otra mujer.
—No es mía
la culpa de que no tengan nada que hacer, excepto ocuparse de los asuntos de la
familia real —contestó Helena—. Dime, ¿hay alguna mujer en Troya que afirme que
le he dicho una sola palabra a su marido que no pueda repetirse ante mi madre y
la suya?
—No digo
eso —murmuró Creusa—. Pero, al parecer, te gusta exhibirte ante todos los
hombres como la diosa...
—Entonces
tu agravio proviene de ella, no de mí, Creusa; no me culpes de lo que la diosa
haga.
—Supongo
que no... —empezó a decir Creusa, pero Casandra la interrumpió.
—No seas
tonta, Creusa. ¿No es ya bastante malo que los hombres estén en guerra? Si las
mujeres empezamos también a pelear entre nosotras no quedará en Troya ni un
ápice de sentido común.
—Si los
dioses y las diosas están disputando, ¿cómo podremos quedarnos al margen de la
disputa? —preguntó Andrómaca—. Creo que tal vez a los dioses les complazca
vernos luchar, como les complace luchar entre sí. Sé que el mayor placer de
Héctor es el combate, y que lloraría si esta guerra acabase mañana.
—Lo que
me inquieta es
que parece propiciarla —afirmó Helena—. Cualquiera
pensaría que se halla poseído por Ares. Casandra, tú que eres sacerdotisa, ¿es
verdad que los hombres pueden ser poseídos por sus dioses? Ella pensó en Crises
y dijo:
—Es
cierto, pero ignoro cómo o por qué sucede. Creo que no basta que lo deseen.
Helena, yo te he visto eclipsada por la diosa. ¿Cómo pudo suceder?
—No me
digas que deseas mostrarte como Afrodita —dijo Helena, riendo—. Creí que eras
enemiga suya. Casandra hizo un gesto piadoso.
—Lejos de
mí la idea de ser enemiga de ningún inmortal —declaró—. No la sirvo porque me
parece que la Bella no es una diosa como son la Madre Tierra y la Madre
Serpiente, e incluso la Doncella.
—¿Cuándo
una diosa no es una diosa? —inquirió Helena con una extraña sonrisa—. Me parece
que no te entiendo, Casandra.
—Quiero
decir que las diosas de vuestras gentes aqueas son diferentes de las de nuestro
pueblo —afirmó Casandra—. Vuestra diosa Doncella, la guerrera, Atenea, es la
clase de diosa que un hombre hubiese inventado, porque dicen que no nació de
mujer sino que surgió armada de la cabeza y de la mente de Zeus. Y sin embargo,
pese a sus armas, es una muchacha con todas las virtudes domésticas que la
harían ser una buena esposa de cualquier dios. Atiende a sus hilados y tejidos
y es patrona de la vid y del olivo. ¿Acaso no crearía un hombre una doncella
guerrera como ésa, valiente y virtuosa, pero sumisa al más grande de los
dioses? Y vuestra Hera es como nuestra diosa Tierra pero, los aqueos la llaman
sólo esposa de Zeus Omnipotente y afirman que le está sometida en todo mientras
que la Madre Tierra es todopoderosa por sí misma. Ella alumbra todas las cosas,
pero sus hijos y sus amantes van y vienen, y ella los acepta según su voluntad;
cuando el dios de la Muerte se apoderó de su hija, ella paralizó por completo a
la Tierra, de modo que nadie parió ni dio fruto...
—Mas
nosotros tenemos también una diosa de la Tierra —puntualizó Helena—. Demeter.
Dicen que cuando Hades se apoderó de su hija, ella provocó un invierno de frío
y oscuridad terribles, y consiguió que Zeus ordenara que la muchacha tuera
devuelta a su madre...
—Exactamente
—la interrumpió Andrómaca—. Aseguran que hasta la Madre Tierra se halla plegada
a la obediencia de ese gran Zeus. Pero tal cosa no tiene sentido. ¿Por qué
había de estar sometida a hombre o dios alguno la diosa Tierra, que es
todopoderosa y anterior a todo?
—Si vais a
discutir acerca de cuál de los dioses es más poderoso —dijo Helena—, también
hay que considerar que la fuerza del amor puede alterar las vidas de los
hombres, y también de las mujeres, y cegarlos para todo lo demás...
—Creando
el desorden y el aniquilamiento, querrás decir —declaró Casandra.
—Hablas de
ese modo, Casandra, sólo porque nunca te has visto bajo el dominio de Afrodita
—observó Andrómaca—. Si la desafías, ella te lo hará pagar.
Bien
cierto era. Casandra evocó el espantoso conflicto que sintió en brazos de
Eneas. Ignoras que ella ya me hace sufrir. Pero no podía hablar de aquello ante
ninguna de las mujeres presentes.
—Lejos de
mí tal propósito —manifestó Casandra—. No desafío a nadie, especialmente a
ningún inmortal.
Sin
embargo, mientras hablaba, recordó el momento en que Crises le dijo que su reto
constituía una provocación al propio Apolo. ¿Era cierto o se trataba tan sólo
de que el sacerdote sentía el rencor que cualquier hombre experimenta hacia una
mujer que no había satisfecho su lascivia? Y ella... aunque sólo fuese en un
sueño... había desafiado el poder de Afrodita.
—Incluso
dicen de Apolo —continuó, un poco temerosa de ofender al dios con sus palabras
—que mató a la Madre Serpiente y que le arrebató su Poder. Mas todos los
hombres consideran malvado a aquel que mata a la mujer que le dio el ser,
¿podrían los inmortales aceptar en un dios lo que se considera perversión en
cualquier hombre? Si lo que dicen es cierto, Apolo no sería dios sino el peor
de los demonios, lo que con seguridad no es.
—Y por lo
que se refiere a la Madre Tierra, que hizo que en todo un año no hubiera
flores, ni frutos, ni cosechas
serpientes
como pudiera. Ésta había acostado a su hijo y a Miel ambos abrazados a una
inquieta serpiente. Cuando Casandra se inclinó para acariciar a los niños, su
mente estaba llena de imágenes de techos que se desplomaban. Ordenó que
llevaran sus camas al patio donde nada los aplastaría.
Luego
corrió hasta allí, y gritó:
—¡Oh,
Apolo! ¡Aparta la mano de tu hermano que agita la tierra! ¡Las serpientes me
han transmitido tu aviso; permite que todos tus servidores lo escuchen!
Acudieron
muchos al oírlo.
—¿Qué
sucede? —preguntó Crises—. ¿Estás enferma? ¿Te ha fulminado la mano del dios?
Casandra
trató de dominar el insoportable temblor de su cuerpo. Se esforzó por hablar de
un modo racional, incluso por pronunciar bien las palabras.
—Las
serpientes del templo del Señor del Sol me lo han anunciado —gritó, sabiendo
que parecía estar enloquecida, o algo peor—. Como hicieron cuando murió
Melianta, se muestran inquietas y tratan de escapar. Antes de que llegue la
mañana se agitará la tierra. Todo lo que sea valioso ha de ser puesto a buen
recaudo y nadie debe dormir esta noche bajo un techo si no quiere perecer.
—Está loca
—afirmó Crises—. Sabemos que desde hace muchos años delira profetizando.
—No
importa —dijo uno de los sacerdotes más ancianos—. Sea lo que sea o ignore de
los dioses, en Colquis aprendió todo lo referente a las serpientes de una mujer
versada en tal arte. Si éstas le han transmitido el presagio...
—El
augurio ha sido formulado; no podemos desoírlo —decidió Caris—. Hagamos lo que
dice o pagaremos las consecuencias. Por lo que a mí se refiere, prepararé mi
lecho bajo el cielo que, al menos por ahora, no caerá sobre nosotros.
Ya había
oscurecido, se repartieron antorchas y las sacerdotisas pusieron manos a la
tarea de retirar del exterior todo lo que peligrase si caían piedras o se
desplomaban los muros. Crises aún protestaba. Le convenía, pensó ella, que se
creyese que nada de lo que ella decía era cierto.
Corrió
hacia la entrada.
—Abrid las
puertas —gritó—. ¡He de ir a alertar a las gentes de la ciudad y al palacio de
Príamo!
—dijo
Helena—; el año en que la isla de los atlantes se hundió en el océano (según
contaba el padre del padre de mi madre), se sucedieron grandes terremotos e
inmensas nubes de cenizas ocultaron el sol, y no hubo verano, porque se
conmovieron los cimientos mismos de la tierra, ¿quién podría imaginar que
aquello fuese obra de un dios? No sería sorprendente que los hombres se
sintieran traicionados por la Madre Tierra y trataran de poner fin a sus
desvaríos, imponiéndole un amo que la obligara a servir a los hombres como
debía...
—No lo
creo —le interrumpió Creusa, con nerviosismo—. De poco sirve cuestionar aquí la
conducta de los inmortales. No se presentan a los hombres para responder ante
ellos de sus acciones. Puede que decidan castigarnos por esto.
—¡Oh, qué
tontería! —exclamó Casandra—. Si fueran tan estúpidos y celosos de su poder,
¿por qué iba a servirlos nadie?
—Y tú, que
juraste servir a los dioses, ¿no les temes? —preguntó Andrómaca.
—Temo a
los dioses —afirmó Casandra—, pero no a las caricaturas que de ellos hacen los
hombres.
En el
templo del Señor del Sol, las serpientes parecían comportarse de forma extraña,
y así lo dijo Filida cuando Casandra acudió a verlas. Algunas se ocultaban y no
salían siquiera para comer o bañarse. Otras se mostraban pasivas y aletargadas.
Mientras pasaba de una a otra, tratando de averiguar el motivo que las
perturbaba, recordó el terremoto del día en que murió Melianta. ¿Era aquello un
aviso de un golpe similar de la mano de Poseidón?
Debería
enviar un mensaje al palacio, pensó. Pero la última vez que expresó un augurio
ante sus habitantes fue objeto de burlas e improperios y Príamo le prohibió que
volviese a profetizar. No me creerán mientras sólo sea un presagio. Y entonces
supo, sin sombra de duda, que no debía negarse a escuchar la voz que le enviaba
el augurio. No porque ella fuera capaz de hacer algo para detener la mano de
cualquier dios que desencadenase el terremoto, sino porque parte de lo peor de
su furia podía ser paliado. Aturdida, tomó un manto y le gritó a Filida que
atendiese a las
—¡No!
—ordenó Crises—. ¡Detenedla!
Se acercó
a Casandra y trató de cogerla por los brazos, para impedir por la fuerza que
abandonase el templo.
—Si ha de
darse aviso, haced sonar la alarma; así las gentes saldrán de sus casas sin que
nadie les diga que todos hemos sido castigados por los dioses y que nos
sentimos agitados sin otra razón que los sueños de una estúpida muchacha.
—¡Ay de ti
si me tocas! ¡Voy a advertirles, como los dioses decidieron!
Sus gritos
le impresionaron tanto que saltó, y ella se precipitó hacia la puerta antes de
que hiciese un nuevo intento de detenerla. Cuando estuvo en la calle proclamó,
forzando al máximo su voz:
—¡Oíd!
¡Las serpientes del Apolo han transmitido el augurio! ¡La tierra temblará!
¡Protégeos como podáis! ¡Que nadie duerma bajo un techo que puede derrumbarse
sobre su cabeza!
Al oírla,
las gentes salieron a las puertas de sus casas. Empujada por un terrible
apremio, prosiguió su carrera, repitiendo una y otra vez su presagio. Oyó voces
y gritos tras ella. Algunos decían:
—¡Escuchad
el augurio de la sacerdotisa de Apolo!
Pero otros
protestaban.
—Fue
maldecida por el dios, ¿por qué habíamos de creerla?
Era como
si estuviera invadida por el fuego, ardiendo con el calor del presagio que
aullaba y llameaba en su seno. Bajó frenéticamente por las calles, aullando su
augurio mil veces. Cuando recobró la conciencia de su entorno, vio que se
hallaba en el patio exterior del palacio, y que la garganta le dolía. Más de
una docena de personas del palacio la contemplaban. Roncamente, reiteró su
advertencia:
—Que nadie
duerma bajo un techo; el dios agitará la tierra y los edificios caerán...
caerán... Helena, tus hijos... Paris...
Lo cogió
por los hombros y él la rechazó con violencia.
—¡Estoy
cansado de esto! ¡Bastantes augurios malos has proferido ya! ¡Te juro,
Casandra, que te haré callar con mis propias manos!
Y sus
manos se cerraron en torno de su cuello. Empezó a perder la conciencia de lo
que sucedía y, casi con alivio, percibió que la oscuridad que la rodeaba se transformaba en un inmenso
estallido luminoso, dentro de su cabeza.
Le dolía
la garganta. Se llevó una mano al cuello, con esfuerzo.
—Sigue
echada, y bebe un poco —le dijo una voz amable.
Probó el
vino, tosió y se atragantó pero la copa permaneció ante, ella hasta que volvió
a beber. Se despejó su mente. Se hallaba tendida sobre las losas y sentía su
cabeza como si hubiera sido rota por un hacha.
Eneas se
inclinó sobre ella y le dijo:
—Ya pasó
todo. Paris trató de ahogarte, pero Héctor y yo lo detuvimos. De llamar loco a
alguien...
—Pero
tengo que hablar con él —insistió—. Se trata de sus hijos, de Helena...
—Lo siento
—dijo Eneas—. Príamo ha ordenado a todos los del palacio que se acuesten.
Afirma que los has trastornado demasiadas veces, y ha prohibido a todos que te
escuchen. Pero, si te sirve de consuelo, he ordenado a Creusa que duerma en el
patio con su bebé, y me parece que Héctor también te ha hecho caso porque dice
que, tanto si conoces como si ignoras el proceder de los dioses, conoces el
proceder de las serpientes. Ahora bebe un poco más y deja que te acompañe al
templo del Señor del Sol. O, si lo prefieres, puedes quedarte aquí y compartir
el lecho con Creusa y su bebé.
Sintió
ganas de llorar ante el amor que se percibía en su voz. Sabía que era eso, y no
una gran creencia en su augurio, lo que determinaba su conducta. Se puso en
pie, sintiendo como si cada uno de los huesos de su cuerpo hubiese sido
golpeado con un garrote.
—Tengo que
volver —dijo—, para estar con los del templo, las serpientes, mi niña...
—Ah, sí.
Creusa me contó que tenías una niña pequeña, una expósita supongo.
—Sí, eso
es, pero ¿cómo lo sabías?
—Te
conozco demasiado bien para imaginar que fueses capaz de deshonrar a tu familia
teniendo un hijo fuera de un matrimonio honorable.
Y ella
pensó: Ni siquiera mi madre confía tanto en mí.
—¿Me
acompañas, pues?
—Será un
placer —dijo él—. Pero saliste sin tu manto. Déjame que busque uno para que no
te enfríes.
Le entregó
un pesado manto que había visto llevar a veces a Creusa, y ella se lo puso. La
noche se había tornado tría y Casandra, aún envuelta en el manto, tiritó, no
tanto por la baja temperatura como por algún peligro sutil que captaba en el
aire. Era como si pudiese oír los gruñidos de la misma tierra de abajo de la
superficie. En su mente y en su corazón sentía una opresión insoportable.
Apenas pudo reunir fuerzas y voluntad para poner un pie delante del otro, y se
apoyó en el brazo de Eneas. Luego, cuando él se inclinó para besarla, se
apartó.
—No, no lo
hagas —le rogó—. Deberías volver... tienes una mujer y unas hijas de quienes
preocuparte si sobreviene...
—No
recuerdes eso —le pidió y la atrajo más hacia sí.
Al cabo de
un momento, dijo:
—Te
quiero, Casandra.
La
acarició suavemente del modo que tanto la inquietaba, y ella le rehuyó. Eneas
añadió en voz baja.
—Amor mío.
Ojalá tuviese derecho para enfrentarme con Paris por haberte agredido. Pero, si
vuelve a hacerlo, descubrirá que es lo más peligroso que ha hecho nunca. Él no
tiene ninguna autoridad sobre ti.
—No se da
cuenta de eso —dijo ella.
Habían
llegado ante las grandes puertas de bronce del templo, mas Casandra no entró.
Por el contrario, se sentó sobre un muro bajo.
—No tengo
marido —dijo—, por tanto, mi hermano se cree en el derecho de dirigirme.
Supongo que, para los que no ven ni oyen lo que hago, mi profecía debe de
parecerles locura. Tratan de protegerse contra ella negándose a creerla. Yo me
siento tan dispuesta como cualquiera a ignorar lo que no quiero saber.
—Sí, me he
dado cuenta —afirmó Eneas cariñosa e intencionadamente.
Se acercó
aún más. Ella permitió que la besara pero suspiró, expresando cansancio, y
Eneas se apartó.
—Volveremos
a hablar de esto mañana —dijo— quizás...
—Si hay un
mañana —dijo Casandra, tan fatigada que Eneas parpadeó sorprendido.
—Si no
llegase ese mañana, lamentaría incluso más allá de la muerte no haber conocido
tu amor —afirmó con tanto apasionamiento que ella sintió que su corazón se
contraía como si una mano lo oprimiera.
—Creo que
yo también lo lamentaría. Pero estoy tan cansada...
Y se echó
a llorar.
—Entonces,
amor mío, oremos para que haya mañana.
Mientras
Casandra le veía alejarse, sintió el peso del mundo tembloroso, como si
estuviese a punto de quebrarse y caer sobre su cabeza vacilante.
Dentro del
templo, todos dormían en los patios, envueltos en mantas. Reinaba la
tranquilidad, pero sentía violentas palpitaciones en su cabeza, que le hacían
sentirse como si a cada paso fuese engullida por inmensas olas. Subió al patio
de las serpientes. Allí dormían los niños. Se tendió junto a Miel y la tomó en
sus brazos. Imaginó a la tierra como un gigantesco ofidio enroscado en la
cintura de la Madre Serpiente, a quien se imaginaba como una mujer enorme y
majestuosa, parecida a la reina Imanara. Tenía la impresión de que el suelo se
mecía suavemente bajo ella y, cuando se sumió en el sueño casi confió en que
aquellos anillos la sujetarían también a ella.
Por el
contrario, tuvo la sensación de que se deslizaba a través de acres y campos de
nubes, y una gran extensión de cielo; y al final llegó sin ser vista, a una
gran montaña. Supo que se hallaba sola en la cumbre del monte prohibido en
donde se reunían los dioses de los aqueos y oyó el lejano sonido del trueno
cuando hablaron. Vio a Zeus Tenante como un hombre alto e imponente, en la
plenitud de su vida, con una gran barba grisácea. Le pareció que pequeños
destellos de rayos se movían alrededor de sus cabellos, como una corona, cuando
hablaba.
—Ahora que
ha concluido ese absurdo duelo entre Paris y Menelao, es obvio que Menelao ha
quedado vencedor. Os sugiero que concluyamos esta guerra estúpida para
ocuparnos de nuestras propias cosas.
—¿Cómo
puedes decir que Menelao ha vencido cuando no mató a Paris? —inquirió Hera.
Era una
mujer alta e impresionante, quizá demasiado corpulenta, cuyos cabellos estaban
peinados en forma de corona en torno a su cabeza.
—Insisto
en que hay que destruir Troya: su soberano y sus gentes no me sirven como es
debido. Además, soy la diosa del matrimonio, y Paris me insultó personalmente y
huyó a Troya donde Helena fue recibida como su esposa sin ritos ni sacrificios
alguno para mí.
—No
importa, me rinden homenaje a mí y yo he bendecido su amor —dijo otra diosa de
resplandecientes vestiduras.
Su
cabellera estaba cubierta de rosas. Por su parecido con Helena, Casandra supo
que era la dorada Afrodita.
—Tus ritos
no son los del legítimo matrimonio —objeto Hera, un poco enfadada.
—No, me siento orgulloso de que así sea
—dijo Afrodita—, porque los tuyos son sólo los aprisionantes lazos de la Ley y
del Deber. Paris y Helena hacen honor al amor verdadero y estoy a su lado.
—No podía
ser de otra forma —dijo Hera—. Sin embargo, yo soy la reina de los inmortales
y, en uso de mi privilegio, exijo la destrucción de Troya.
Ante el
tono de su voz, Zeus pareció inquieto, tan apurado como Casandra había visto a
Príamo cuando discutían sus mujeres:
—Mi
querida Hera, nadie pone en duda tu derecho a exigirlo —dijo—. Pero debe
hacerse adecuadamente. No podemos destruir de repente la ciudad. Si los
troyanos son capaces de defenderla, los aqueos no conseguirán arrebatársela.
Atenea...
Casandra
vio a la Doncella batalladora con el casco puesto, con su resplandeciente lanza
como la de una amazona, cuando Zeus le hizo señas para que se acercase. Pero
fue la regia Hera quien le habló:
— Ve, hija
mía, y aconseja a los aqueos; están desmoralizados y a punto de zarpar.
Anímalos a que reanuden la lucha y diles que yo, Hera, no permitiré su derrota.
—Eso
parece una injusticia —dijo gentilmente la alta y solemne Atenea—, porque nada
malo han hecho los troyanos. Y los aqueos son orgullosos. Si les entregas la
ciudad de Troya, te prevengo de que cometerán en su jactancia v en su maldad
actos tan perversos que ofenderán a todo dios conocido por la humanidad. Pero
no tengo camino sino obedecer tu voz, Regia Señora.
Se inclinó
ante Hera y voló. Casandra, mientras contemplaba la brillante estela de su
casco, semejante a la cola de un cometa, se encontró de pie en la llanura que se extendía ante la ciudad de
Troya, en donde Atenea se posó. Un gran garañón blanco cerraba el paso de la
diosa al campamento aqueo.
—Poseidón,
El que Hace Temblar la Tierra. ¿Por qué estás aquí? —preguntó Atenea.
Y la
silueta del caballo ondeó como una imagen submarina y se convirtió primero en
un centauro, mitad hombre y mitad caballo, y luego en un hombre fuerte y alto,
con algas marinas en lugar de pelo.
Poseidón,
el hermano de Zeus, pareció hablar con la voz tañante de su divino hermano.
—Has sido
enviada a traicionar a mi ciudad. No te dejaré que entres en ella.
Y, al
hablar, golpeó el suelo con el pie y se ovó un largo trueno y tembló la
tierra...
Casandra
despertó en el patio de las serpientes. Los dos niños aún dormían a su lado.
Pero el suelo se ondulaba como si fuese líquido y pudo oír el sonido del
trueno, ¿o era el golpear del pie de Poseidón? Gritó con fuerza, y Miel se
despertó y comenzó a gemir. Casandra protegió a la niña con sus brazos y, a la
luz grisácea del amanecer, vio cómo se inclinaba hacia uno y otro lado el gran
arco de la entrada hasta que se desplomó.
Había una
lámpara encendida en un ángulo del patio, que osciló y voló, y una lengua de
fuego lamió el paño sobre el que estaba puesto. Casandra se levantó de un salto
y apagó el fuego. De todo el templo surgían gritos de terror. El suelo se
elevaba y se combaba. En la tierra se abrió una gran grieta que se extendió a
través del patio y volvió a cerrarse. Casandra observó en silencio, sintiendo
cómo se disolvía el gran peso de su mente. Había llegado; ya estaba libre de la
opresión.
¿Habrían
detenido su mano si hubiesen hecho sacrificios a Poseidón? No lo sabía ni podía
saberlo. Dejó en el suelo el cántaro de agua con el que había apagado el fuego
y corrió por los patios. Se habían desplomado varios edificios, incluyendo el
dormitorio de las sacerdotisas. También habían caído la viga que soportaba una
de las puertas de bronce de la Casa del Señor del Sol, que ahora colgaba de sus
goznes, retorcida. El templo se hallaba en ruinas. Contempló la ciudad desde
las puertas rotas. Las casas se habían convertido en escombros donde ardían
fuegos por todas partes.
¿Debería
bajar al palacio? No, había dado allí su aviso, y Príamo prohibió que la
escuchasen. Probablemente, ni él ni Paris se sentirían complacidos si llegara
diciendo: Os lo advertí. Pero lo había anunciado. ¿Porqué las gentes se negaban
a oír la verdad?
Se volvió
lentamente hacia el templo de Apolo. Al menos los suyos la habían escuchado; al
parecer, todos habían sobrevivido y los pocos incendios que se produjeron
fueron rápidamente sofocados. Nada podía hacer en el palacio de Príamo. Fue a
buscar a los niños. Estarían asustados por el terremoto y la necesitarían.
La
reconstrucción del templo del Señor del Sol comenzó casi de inmediato. Eran
tantos los edificios destruidos, y algunos en tal magnitud, que Casandra pensó
que sería necesaria la fabulosa fuerza atribuida a los titanes para alzar de
nuevo los muros. Resultaba imposible recolocar algunas de las grandes piedras
con la actual escasez de obreros, la mayor parte de los hombres de la ciudad se
hallaban ahora luchando a las órdenes de Héctor contra los aqueos.
Gracias a
la oportuna advertencia de Casandra no se perdieron vidas en el templo de
Apolo. Varios sacerdotes sufrieron heridas. Había piernas rotas, clavículas
astilladas y algún tobillo quebrado por las piedras y cascotes que cayeron, y
se produjeron muchas quemaduras entre quienes se encargaron de extinguir los
incendios. En la confusión, una o dos serpientes habían escapado, o refugiado
bajo piedras amontonadas, y aún no habían sido halladas. Una de las
sacerdotisas más ancianas enloqueció de espanto y no volvió a pronunciar ni una
sola palabra cuerda; las demás la trataron con una pócima de hierbas y tocaron
para ella músicas sedantes, pero los curanderos más experimentados consideraron
improbable que llegara a recobrar por completo el juicio.
En
términos relativos, el templo de Apolo había salido bien librado. Decían que
varias sacerdotisas habían muerto en el templo de la Doncella cuando se hundió
el techo de su dormitorio. Nadie sabía cuántas y Casandra pensó con
preocupación en su hermana Polixena, pero no tuvo tiempo para ir a informarse
sobre ella. Procuró creer que si Polixena hubiese muerto le habrían transmitido
la noticia.
Como
siempre, los más afectados fueron los barrios más pobres de la ciudad, con sus
precarias casas de madera y sus hogares inadecuadamente protegidos. De haberse
producido el seísmo unas horas antes, la catástrofe habría sido aún mayor
puesto que, debido a lo tardío de la hora, casi todos los fuegos encendidos
para preparar la cena se habían apagado.
Aun así,
en las calles yacían muertos incontables excepto donde, al arder, las casas les
habían proporcionado su propia pira fúnebre. Algunos cadáveres todavía se
hallaban bajo los edificios desplomados cuyos escombros habría que retirar para
recuperarlos, ya que con harta frecuencia los espíritus de los muertos
insepultos desencadenaban la peste como venganza. Los sacerdotes de Apolo
trabajaron noche y día, pero no fue suficiente y todo el mundo temía la
represalia de tantos cadáveres sin enterrar.
El palacio
de Príamo tampoco quedó sin daño. Los edificios eran de piedras titánicas que
habían resistido la fuerza de la furia de Poseidón pero se desplomó una
estancia, aquella donde dormían los tres hijos de Paris y Helena. La mayoría de
los familiares de Príamo, incluyendo estos últimos resultaron ilesos.
Nikos, el
hijo de Helena y de Menelao, había evadido en compañía de Astiánax la
vigilancia de sus niñeras. Ambos durmieron al aire libre en uno de los patios
contra las órdenes recibidas, y ambos escaparon sin daño y sin castigo. Mas el
palacio se hallaba sumido en duelo por la muerte de los hijos de Paris. La
tregua se prolongó hasta después de los ritos fúnebres y el sepelio de los
niños.
Casandra
bajó al palacio para unirse al duelo de las mujeres; puesto que, dada la
circunstancia de que ninguno de los niños, había cumplido los siete años, los
guerreros no podían hacerse eco oficialmente de la muerte de quienes se
hallaban todavía confiados a los cuidados femeninos. Allí
estaba
Paris, tratando de consolar a Helena. Ésta parecía pálida y cansada; y también
se hallaba Nikos, como para recordar a su madre que aún tenía un hijo.
Helena se
levantó, para recibir a Casandra y la abrazó.
—Trataste
de advertirme, hermana, y te lo agradezco.
—Lo siento
—le contestó—. Sólo quiero...
—Lo sé
—dijo Helena—. Esta pena no es nueva para mí. Mi segunda hija no vivió; tendría
un año menos que Hermione y dos años más que Nikos. Nunca llegó a respirar.
Cuando nació Nikos fuerte y sano, y conté una reina para Esparta y un hijo para
que Menelao le educara como guerrero, hice el propósito de no tener más hijos.
Pero nada fue como yo había decidido.
—Rara vez
sucede en este mundo de mortales —afirmó Casandra.
Paris se
aproximó a tiempo de escuchar estas últimas palabras y se dirigió a Casandra en
tono irritado.
—Así que
has venido a resaltar tu triunfo.
—No
—contestó abrumada—. Sólo para deciros cuánto lo lamento.
—¡No
necesitamos tu compasión, pájaro de mal agüero! —tronó Paris, furioso—. ¡Tu
propia presencia nos trae mala suerte!
—¡Calla,
Paris! ¡Qué vergüenza! —intervino Helena—. ¿Has olvidado ya que vino a tratar
de prevenirnos de la ira de Poseidón? ¿O la acogida que tuvo su intento?
Paris se
limitó a mirarla con desdén, pero Casandra se dio cuenta de que parecía un poco
abochornado. Bien, ella no necesitaba de su consideración para seguir viviendo;
prefería contar con la de Helena.
Los niños
fueron incinerados, según la costumbre y enterradas sus cenizas. La tregua duró
dos días más y luego fue rota por un capitán troyano (quien, como el aqueo que
violó la tregua anterior, afirmó que le había impulsado uno de los dioses
aunque se negó a decir cuál). Lanzó una flecha e infligió a Menelao una herida
dolorosa pero (por desgracia, dijo Príamo) no fatal. De haber muerto Menelao,
afirmó el rey, los aqueos habrían tenido una buena excusa para acabar la guerra
y regresar a su país. Casandra no estaba segura de eso; quizá los dioses se
hallaban realmente ansiosos de destruir la ciudad, como ella había visto en
su... ¿O sólo fue un sueño?
Únicamente
las mujeres se mostraron preocupadas por el final de la tregua. A Héctor, pensó
Casandra, le complacía volver a la lucha. Partió en su carro al día siguiente
para ponerse al frente de los ejércitos troyanos, yendo y viniendo ante la
larga formación de infantes, aregándolos mientras los aqueos se disponían al
combate. Como de costumbre, las mujeres observaban desde la muralla.
—Héctor es
ciertamente el mejor auriga —comentó Andrómaca.
Creusa se
echó a reír.
—Querrás
decir que tiene el mejor auriga —declaró—, y me parece que Eneas al menos le
iguala. ¿Quién es el auriga de Héctor? Conduce como el viento... o como un
demonio.
—Troilo,
el hijo menor de Príamo —dijo Andrómaca—. Quería participar en el combate, pero
Héctor deseaba no perderle de vista. Le preocupa porque no tiene más de doce
años y es bisoño en la lid.
—¿Cree de
veras Héctor que Troilo estará más seguro en su carro? Me parece que es allí
donde la lucha será más dura y que, en consecuencia, Héctor no tendrá tiempo
para protegerle —dijo Casandra.
Andrómaca
se encogió de hombros.
—No me
preguntes lo que Héctor piensa.
Casandra
se dio cuenta de que para Andrómaca, Troilo no significaba nada, sólo era el
hermano menor de su marido. Lloraría su muerte, pero del mismo modo que había
llorado la de los hijos de Helena, como un deber familiar.
Helena,
con los ojos enrojecidos, aún parecía ajada y desfallecida por el dolor. Apenas
se había molestado en apartar de la cara sus cabellos, que parecían
deslustrados, y menos aún en peinárselos y ungirlos con aceites aromáticos.
Vestía una vieja túnica manchada, y era casi imposible encontrar en ella
rastros de la belleza fulgurante que tuvo cuando la poseíala diosa del amor.
Pero Casandra le recordó con la ternura que siempre sentía por su cuñada. ¿Era
éste un signo de indiferencia hacia Paris? ¿O un reproche para la escasa
atención que él había dedicado a sus hijos? Imaginaba que Helena se sentiría
confortada por no haber perdido en el terremoto a su varón primogénito, pero
percibía que los hijos de Paris habían sido más queridos por Helena que el que
concibió de Menelao.
Volvió los
ojos hacia el campo de batalla donde Eneas recorría la vanguardia en su
espléndido carro, voceando lo que imaginó que era un desafío. Había visto que
las hostilidades adoptaban con frecuencia los requisitos de los duelos entre
campeones. Era algo muy distinto de las batallas campales que libró cuando
vivía con las amazonas, combates desordenados en los que cada uno mataba a
tantos como pudiese y de la forma que pudiera.
—Allí ha
encontrado a alguien que acepta su reto. ¿Quién es? —preguntó Creusa.
—Diómedes
—contestó Helena.
—El que
cambió de armadura.
—El mismo,
sí —dijo Andrómaca—. Pero creo que Eneas es un luchador más duro, con ese carro
y tales caballos.
—Su madre
fue sacerdotisa de Afrodita o, según algunos, la propia Afrodita —explicó
Creusa—. Y ella le regaló esos caballos cuando vino a Troya... Mirad, ¿qué
sucede?
Bajo
ellas, Diómedes acometía como un loco a Eneas y con su lanza logró volcar el
carro, arrojándolo al suelo. Creusa, gritó, pero su marido se puso en pie de un
salto, evidentemente ileso, con la espada desenvainada y dispuesta. Pero
Diómedes había cortado los arneses de los caballos y se apoderó de sus riendas;
de sus gestos podía deducirse que reclamaba como suyos a los caballos y al
carro. Eneas gritó, protestando con rabia, en voz tan alta que pudieron oírla
las mujeres aunque no entendieran las palabras que pronunciaba. Se volvió hacia
Diómedes y, mientras le observaban, pareció aumentar de estatura ante sus ojos
y un aura resplandeciente rodeaba su cabeza. En la mente de Casandra
relampagueó un pensamiento: ¿Cómo? ¡No sabía que sus cabellos fueran del mismo
color que los de Helena! Entonces comprendió que veía ante sí a la propia diosa
de la belleza, lanzándose contra Diómedes con la furia de un inmortal. Diómedes
se alteró visiblemente, puesto que no estaba preparado para aquello. Pero su
valor no se debilitó; se lanzó contra la imponente silueta de Afrodita y la
acometió con su espada, hiriéndola en una mano.
De
repente, fue otra vez Eneas quien estaba en el campo, gritando como una mujer y
temblándole la mano que manaba la sangre. Diómedes no perdió la ventaja ganada
pero, con el escudo y la espada, se dispuso a la defensiva. Eneas contraatacó
con vigor y, al cabo de un instante, Diómedes se hallaba tendido en el suelo
cuan largo era. Unos segundos después, Agamenón y cuatro de sus hombres fueron
en socorro de Diómedes, rechazando a Eneas con un torbellino de golpes. Surgió
el carro de Héctor y éste saltó al suelo, intercambió salvajes estocadas con
Agamenón, y subió a Eneas a su carro. Se retiraron rápidamente hacia las
puertas de Troya, mientras un puñado de soldados de Héctor rechazaba a Agamenón
y a los suyos y recuperaban el carro y los caballos de Eneas.
—Está
herido —grito Creusa mientras corría ya escalera abajo.
Las demás
mujeres la siguieron de inmediato, justo en el momento en que llegaba el carro
de Héctor. Éste saltó a tierra e hizo un gesto imperioso para que se apartaran.
—Atrás
—les dijo—. Dejad que cerremos las puertas si no queréis que entren Agamenón y
la mitad del ejército aqueo.
Las
mujeres retrocedieron y los hombres empujaron las puertas hasta cerrarlas,
atrapando entre sus hojas a un infortunado soldado aqueo.
—Lanzadlo
por la muralla a sus amigos —ordenó Héctor—. Ellos lo quieren y nosotros no.
Creusa
sostenía a Éneas mientras llamaba a los curanderos para que acudiesen a vendar
su mano. Parecía aturdido pero cuando acudió Casandra y se encargó de vendarlo,
le sonrió.
—¿Qué ha
pasado? —preguntó.
—Si tú no
lo sabes —terció Héctor—, ¿cómo vamos a decírtelo? Estabas luchando con
Diómedes y de repente te detuviste...
—No fuiste
tú, sino Afrodita —declaró Helena—. Luchó ella a través de ti.
Eneas se
echó a reír.
—La verdad
es que no recuerdo nada más que mi rabia cuando Diómedes trató de apoderarse de
mi carro y de mis caballos; lo que después supe fue que mi mano sangraba y que
oía gritar a alguien...
—Fuiste tú
quien gritó —dijo Héctor—, o la diosa.
Eneas rió
de nuevo.
—La Bella
—declaró—, gritando todo el camino de aquí
hasta el Olimpo, supongo, para sentarse en el regazo de Zeus Tonante y
hablarle de los horribles hombres que pelean. Confío en que el Tonante le
ordene de un modo perentorio que a partir de ahora permanezca apartada del
campo de batalla. Éste no es sitio para las mujeres... ni siquiera para las
diosas.
Casandra
prosiguió vendando su mano.
Eneas la
miró a los ojos y le sonrió. Ella lo seguía viendo con el atractivo que le
había conferido la diosa y su corazón latió con más fuerza. Se dio cuenta de
que no sería capaz de resistirse si la buscaba de nuevo. ¿Es ésta la venganza
de Afrodita por no haberla servido? ¿Me ha conquistado Afrodita cuando Apolo no
lo consiguió?, se preguntó.
Terminó de
vendarlo, y soltó su mano lentamente. Estaban cerca de un pequeño puesto donde
a mediodía los soldados compraban pan y vino. Héctor se dirigió hasta allí y
volvió con dos copas. Tendió una a Eneas, pero éste la rechazó.
—Bébelo;
has perdido sangre —le aconsejó Creusa.
Pero él
negó con la cabeza.
—Me he
hecho cortes peores y he perdido más sangre afeitándome —dijo, pero, a pesar de
eso, se bebió el vino—. Me pregunto si dirán de esto locuras semejantes a las
que contaron cuando apareció la diosa en el combate entre Paris y Menelao.
—Sin duda
—aseguró Casandra—. A los aqueos parece gustarles esa clase de historias.
Eneas no
apartaba sus ojos de ella.
—Los
dioses harán como les plazca, y no lo que nosotros les pidamos —dijo—. Sin
embargo, y lo juro por mi divina antepasada, desearía que se fuesen y nos
dejaran luchar solos en esta guerra. No es asunto suyo sino nuestro.
—Pues yo
creo que quizá sea más suyo que nuestro, y que poco podemos objetar al respecto
—intervino Helena.
—¿Por qué?
¿Qué les importa a los dioses quién gane una guerra entre mortales? —preguntó
Andrómaca.
—¿Por qué
no? —preguntó a su vez Héctor, encogiéndose de hombros.
Y ni
Casandra se aventuró a responder a aquello.
—Hubo un
tiempo —añadió Héctor—, en que creí que todos estábamos a merced de las fuerzas
aqueas. Pero ahora que Aquiles las ha abandonado...
—Por poco
tiempo —aseguró Helena—. No puedo imaginarme que el gran Aquiles permanezca
metido en su tienda y enfurruñado como un chiquillo...
—Pero
precisamente eso es Aquiles —dijo Eneas—. Un chiquillo cruel y arrogante. Puede
que exista algo de grande y de heroico en la derrota ante un loco, pero un
chiquillo chiflado es otra cosa.
Héctor
afirmó sin cambiar de expresión:
—No
debemos poner en cuestión las decisiones de los
dioses.
—Si los
dioses toman decisiones semejantes a las que tomaría un hombre loco, tal vez no
deban ser obedecidas ciegamente —objetó Eneas y, bajando la voz mientras miraba
temeroso a su alrededor, añadió—: Quizás están probándonos para comprobar si
tenemos la inteligencia suficiente para oponernos a ellos.
—Tal vez
sean tan tercos como Aquiles; y si no pueden dirigir el juego, rompan todos los
juguetes —dijo Helena.
—Creo que
es algo así —intervino Héctor—, y que nosotros somos los juguetes.
Durante
los días que siguieron, Casandra tuvo noticias de la guerra por la anciana
vendedora de tortas. Al parecer, Aquiles continuaba en su tienda, sin asomarse
ni siquiera para animar a sus compañeros. La guerra continuaba sin grandes
cambios. Héctor había luchado con Ayax, en un duelo que se prolongó hasta que
la noche les impidió proseguir sin que ninguno de los dos alcanzara ventaja
alguna sobre su adversario. Agamenón intentó presionar con una baladronada
amenazando con retirarse de la guerra si Aquiles no luchaba. Pero los aqueos
acogieron la amenaza con tanto entusiasmo, corriendo hacia sus naves y
apresurándose a recoger sus pertenencias, que hubo de dedicar buena parte del
día siguiente a convencer a sus hombres de que volviesen, ofreciéndoles regalos
y sobornos para que continuaran la contienda.
Casandra
pasó la noche sumida en sueños confusos sobre el Olimpo. Hera, alta y
orgullosa, exigía ayuda para la destrucción de Troya.
—Zeus nos
ha vedado intervenir —declaró la majestuosa Atenea, sombría y entristecida—,
aunque me ha permitido aconsejar a los tróvanos, si es que atienden a mi
sabiduría. ¿Porqué les odias tan fanáticamente, Hera? ¿Aún te sientes celosa de
que Paris no te otorgase la corona de la belleza? ¿Qué esperabas? Al fin y al
cabo, Afrodita es la diosa de la belleza. Aprendí hace largo tiempo a no
competir con ella. ¿ Y por qué ha de importarte lo que un mortal piense?
—¡Poseidón!
—La orgullosa diosa se volvió hacia el dios marino, corpulento, barbudo y
musculoso como un nadador—. Ayúdame a destruir las murallas de Troya. Zeus lo
ha ordenado, no se enojará.
—No lo
haré —dijo Poseidón—. No, hasta que llegue el momento decretado. Sé que no debo
conspirar con una mujer contra la voluntad de su esposo.
Destelló
un relámpago, dio un golpe con el pie y gritó: —¡Te arrepentirás!
Pero
Poseidón había adoptado la apariencia de un gran garañón blanco y galopaba ya a
lo largo de la costa; el ruido de sus cascos era como la acometida de las olas
contra el malecón que habían erigido los aqueos.
Casandra
se despertó aterrada, oyendo el sonido de la cólera de Poseidón y preguntándose
si presagiaba otro terremoto. Pero todo era silencio en el templo y volvió a
dormirse. Por la mañana descubrió que de mesas y baldas habían caído algunos
vasos y platos, y que una lámpara volcada se había quemado sobre las losas sin
propagar su fuego. Si se había producido un terremoto, había sido pequeño,
apenas poco más que un simple encogimiento de los hombros del dios. Las
querellas de los inmortales parecían tan carentes de solución como los
interminables duelos entre los soldados. Bueno, pero los soldados no eran más
que hombres y no podía culpárseles en exceso por conducirse de modo tan
estúpido, mas Casandra consideró que los dioses debían comportarse de mejor manera.
Decidió
que aquel día no acudiría a las murallas. Ya estaba cansada de tantos desafíos
y suponía que, con Aquiles todavía encerrado en su tienda, nada más sucedería.
Era sorprendente la cantidad de tiempo que había perdido en los
últimos días, chismorreando con las demás mujeres mientras observaban desde las
murallas.
A Miel
empezaban a quedársele pequeños sus vestidos. Casandra decidió dedicar toda la
mañana a examinar sus ropas y consultar con las sacerdotisas. Tal vez pudiera
hallar entre las ofrendas algo que le conviniera a su hija. Le dieron un paño
teñido de un tono azafranado que iría bien con el pelo negro y rizado de la
niña y con sus ojos oscuros y vivaces, del que se podría hacer un vestido y un
pañuelo. La niña también necesitaba sandalias; ahora corría por todas partes y
a consecuencia del gran terremoto, los patios estaban llenos de cascotes que
podían lastimar sus pies. Casandra pensó en llamar a una sirviente con objeto
de que fuese al mercado en busca de cuero para unas sandalias pero luego
decidió ir ella con la niña.
Miel ya
estaba lo bastante crecida para caminar a su lado y comprender que iba a tener
sandalias como una niña mayor. Disfrutó al sentir la manita gordezuela en su
mano. Examinó con detenimiento las sandalias que estaban en venta, comprobando
que sus precios no eran desmesurados. Probó a la niña un par de apariencia
consistente y, tras haberse asegurado de que eran de su medida, dejó a la
pequeña Miel que escogiera el modelo que más le gustase.
—¿No
deseas otras para ti, señora? —le preguntó el vendedor.
Por
hábito, Casandra iba a decir que no. Luego siguió la mirada del hombre hasta
sus pies. Sus sandalias estaban muy desgastadas, la suela era ya muy fina y una
de las correas había sido remendada varias veces. Al fin y al cabo, las usaba
ya cuando fue a Colquis y con las mismas sandalias volvió.
—Estas
sandalias han dado media vuelta al mundo. Supongo que merecen un honroso retiro
como una vieja yegua —dijo.
Permitió
que el vendedor le mostrase varios pares, que le quedaban demasiado grandes. Al
final él midió su pie y
declaró:
—Señora,
tienes un pie tan pequeño que tendré que hacértelas a medida.
—Yo no di
forma a mis pies —respondió Casandra—, pero hazme un par como ése. Le señaló
las que más le gustaban de entre las que le había mostrado. Mientras tanto,
supongo que puedes volver a remendarme estas correas.
—No creo
que aguanten, han sido ya recosidas muchas veces —objetó—. Si accedes, señora,
a esperar en mi humilde tienda, en tan sólo media hora tendré dispuestas las
nuevas. ¿Puedo ofrecerte un vaso de vino? ¿Una raja de melón? ¿Otro refrigerio?
¿No? ¿Algo para la niña? —No, gracias —dijo Casandra.
Miel debía
aprender a aguardar pacientemente cuando fuese necesario. Se quedó allí,
observando cómo el artesano recortaba las suelas de las sandalias que le
estaban grandes, cambiando de lugar las correas y cosiéndolas con una gruesa
lesna. Era de hierro, sin duda, por eso trabajaba con rapidez. Las leznas de
bronce no penetraban con tanta facilidad en el cuero. Se preguntó si habría
burlado el bloqueo o si la habría conseguido de los aqueos, y decidió que era
mejor no saberlo. Ese comercio estaba prohibido pero, si los celadores de
Príamo fuesen a encarcelar a todo el que traficase ilegalmente, acabarían por
desaparecer los intercambios y se paralizaría la ciudad.
Tras el
largo asedio, era difícil ya conseguir muchos víveres; lo que había salvado a
la ciudad era la profusión de huertos existentes dentro del recinto amurallado.
De sus vides y olivos obtenían el vino y el aceite y allí cultivaban también
las hortalizas. En muchas casas tenían antes jaulas de palomas o de conejos
dispuestos para el sacrificio. Ahora se los comían, librándose así de pasar
hambre. El pan escaseaba excepto para los soldados y el palacio, aunque durante
la tregua y evitando las naves argivas, habían entrado cantidades apreciables
de grano.
¿Se
endurecería el asedio ahora que la tregua había concluido de manera oficial? ¿O
se cansarían los aqueos de pelear sin Aquiles y se marcharían de nuevo? Tal vez
esto último fuera lo mejor que podría ocurrir.
Pero si
consideraban a los dioses de su parte... Los pensamientos de Casandra se
arremolinaron en la antigua confusión. ¿Por qué tenían que mezclarse los dioses
en las querellas de los hombres? Ante esta pregunta, Héctor se había limitado a
decir: ¿Por qué no? De cualquier modo, estaba planteándose esa cuestión desde
que empezó la guerra y sólo en sueños había obtenido respuesta. ¡Sueños!¿De qué
servían?
Sin
embargo, sus sueños le habían dado aviso del gran terremoto y debía prestarles
crédito. No le quedaba elección. Los sueños estaban allí. Si los ignoraba, el
riesgo sería para ella, y también para Troya y su mundo.
Estaba
sumida en sus meditaciones cuando oyó una gran conmoción en las calles; el
carro de Héctor cruzó por la ciudad hacia las puertas de abajo. A Casandra, que
observaba sentada en un banco del taller del zapatero, le pareció que la mitad
de los pobladores de Troya había salido para verlo. Después del tiempo
transcurrido en la contienda, podría esperarse que la gente, ya cansada, se
dedicara a sus propios asuntos. Pero Héctor despertaba el mismo entusiasmo del
primer día, cuando desfiló al frente de sus tropas. Era una suerte para él,
pensó, no del todo sin sarcasmo. En aquel momento, se aproximó a ella el
zapatero con las sandalias nuevas, y se quedó embobado ante el carro de Héctor
en vez de ayudarle a calzárselas.
—Conduce
su carro como el mismo dios de las batallas. ¿Es hermano tuyo, princesa?
—Sí, hijo
de mi madre y de mi padre —contestó.
—Dime.
¿Cómo es? ¿Es verdaderamente tan heroico como parece?
—Es
ciertamente un esforzado y valeroso guerrero —dijo.
¿Pero se
trataba de valor, o sólo era falta de imaginación? Paris podía simular el
valor, pero porque temía que le llamaran cobarde más que a nada en el mundo.
—Pero es
algo más —añadió—. Aparte de un excelente soldado, Héctor es un hombre bueno.
Posee otras virtudes además de la valentía.
El
zapatero la miró un poco sorprendido, como si no pudiera imaginar otras
prendas.
—Quiero
decir que sería digno de admiración aunque no hubiese guerra —le aclaró.
Y pensó
que aquello difícilmente podría decirse de ninguno de sus otros hermanos. Éstos
parecían poco más que armas animadas, incapaces de pensar en lo que hacían ni
en por qué. Paris poseía algunas buenas cualidades... aunque pocas veces las
revelase ante su hermana. Era cariñoso con Helena, se mostraba amable y
respetuoso con sus padres y quiso a sus hijos mientras vivieron. Era incluso
cordial con el hijo que Helena tuvo de Menelao. Eneas también poseía tales
virtudes. ¿O se las adjudico porque le quiero'?, se preguntó. El zapatero aún
seguía cantando las alabanzas de Héctor.
—A Héctor
le agradaría saber que es tan considerado en la ciudad —le dijo Casandra. Y
ciertamente dijo la verdad.
Pagó lo
que debía y salió a la calle. De inmediato hubo de tirar de Miel para que no
fuese arrollada por el gentío que, tras haber ocupado la calzada, se retiraba
ahora precipitadamente para dejar paso a cuatro carros que conducían Eneas,
Paris, Deifobo y Glauco, el capitán tracio, en pos de Héctor hacia la puerta
principal.
¿Había
decidido Príamo enviar a sus mejores campeones contra los aqueos, sin
importarle que Aquiles no estuviera con ellos... o esperaba atraer al propio
Aquiles? El pensamiento avivó su curiosidad. Miel trataba de seguir a la
multitud, así que ambas se dirigieron a las murallas y, una vez allí, subieron
la escalera hasta el punto de observación que frecuentaban las mujeres.
Tal como
esperaba, encontró a Helena, Andrómaca y Creusa, con Hécuba. Todas la saludaron
con cariño. Le pareció que Helena se había recobrado un poco y pronto le confió
que creía estar de nuevo embarazada.
—No
comprendo cómo puede una mujer traer un niño a un mundo donde se libra una
guerra semejante —comentó Andrómaca—. Y así se lo he dicho a Héctor, pero me
contestó que es precisamente ahora cuando más se necesitan.
—Y los
niños también mueren cuando no hay guerra —añadió Helena—. Yo perdí a mi
segunda hija por desidia de la comadrona y tres de mis hijos perecieron en un
terremoto. Del mismo modo podrían haber muerto al resbalar de las peñas al
buscar nidos de pájaros o arrollados por un toro desmandado de los Juegos. Los
niños no están seguros en parte alguna de este mundo mortal. ¿Mas qué sería del
mundo si por tal razón todas decidiésemos no tener hijos? —Tienes más valor que
yo —declaró Andrómaca—. De lo misma forma que Paris es más osado con su carro
que Héctor. ¡Mira con que rapidez ha atravesado las puertas!
Resultaba
difícil decidir cuál de aquellos hombres conducía más temerariamente. Los cinco
carros surgieron de la muralla casi al mismo tiempo, seguidos por los infantes
de Héctor. Los aqueos aún no habían formado en línea de batalla.
Casandra advirtió el desorden y el caos del campamento argivo, donde los
soldados salían de sus tiendas, gritando mientras buscaban sus armas. Los cinco
carros avanzaron a la vez por la explanada. Entonces, Casandra reparó en que
cada carro llevaba un brasero encendido y algo más. ¿Alquitrán? ¿Pez? Y que un
arquero hundía con celeridad sus flechas en aquella ardiente masa y las lanzaba
contra la línea de naves ancladas ante la costa, más allá del campamento.
Durante unos minutos, mientras trataban de enfrentarse con los carros, los
aqueos no advirtieron el objetivo del ataque. Luego estalló un clamor de
cólera, mas para entonces los carros ya estaban en la playa y varias de las
naves envueltas en llamas.
Los
infantes de Héctor se mostraron bien organizados y atacaron a las aún
sorprendidas huestes de Agamenón.
Ardían las
naves, una tras otra, cuando una flecha incendiaria se prendió en los pliegues
de sus velas arriadas. Los marineros, incapaces de luchar contra el fuego,
saltaban por la borda, aumentando la confusión. Después, los hombres de Héctor,
apartándose de las naves, centraron su atención a las tiendas del ejército.
Todo el campamento se agitaba entre alaridos y confusión mientras los argivos
intentaban organizar sus huestes, luchar contra el fuego y atender a los
heridos. Una de las naves que, según se supo, estaba cargada de aceite, se
hundió después de que las llamas alcanzasen su línea de flotación. Los hombres
de Héctor prorrumpieron en vítores entusiastas.
Los carros
troyanos se hallaban ahora rodeados por infantes aqueos que pugnaban por
derribar a los aurigas. Pero los arqueros siguieron lanzando flechas
incendiarias contra las tiendas, hasta que la humareda producida impidió a las
mujeres de la muralla la vista del campamento aqueo. El mar apagó las llamas en
otra nave que se hundió lentamente.
Las
mujeres aplaudieron. Luego se produjo una gran agitación entre los centinelas
de la muralla, y junto a ellas corrieron algunos soldados troyanos hacia un
baluarte en donde se encontraban varios arqueros. Oyeron un fuerte griterío,
mezcla de vítores y de burlas, y un gran estrépito. Cuando regresó el capitán
de los arqueros, Andrómaca le preguntó qué había sucedido.
—Al
principio pensamos que se trataba del propio Aquiles que había decidido
emprender una maniobra de diversión —dijo, tras saludarla ceremoniosamente—.
Pero no era él sino su amigo, ¿cómo se llama?, ah, sí. Patroclo. Escaló la
muralla occidental, allí por donde hay piedras sueltas desde el último
terremoto.
—¿Lo
apresasteis? —preguntó Andrómaca. —No tuvimos suerte, señora. Sin embargo le
disparamos varias flechas que zumbaron cerca de su cabeza. Perdió el equilibrio
y cayó. Entonces, sus arqueros comenzaron a responder para cubrirlo mientras él
corría hacia su campamento. Fue una lástima que no lo alcanzáramos, si le
hubiésemos atravesado el cuello con una flecha, tal vez Aquiles, desanimado,
hubiera regresado a su tierra.
—No
importa —dijo Andrómaca—. Hicisteis lo que estuvo en vuestra mano. Y, al menos,
no entró en la ciudad. —Perdóname, señora, pero lo que estuvo en nuestra mano
no será bastante para el príncipe Héctor —dijo el soldado, con pesimismo—. Mas
creo que tienes razón; nada se puede hacer ahora, ni de nada sirve preocuparse
por lo que no tiene remedio. Tal vez vuelva a darnos oportunidad y le
capturemos.
—Que el
dios de la guerra te lo otorgue —le deseó Andrómaca.
Las
mujeres volvieron a observar de nuevo desde la muralla. Para entonces, los
carros se habían retirado ya del campamento y corrían de vuelta a Troya.
Casandra no podía distinguir a tan larga distancia un carro de otro, los contó
y comprobó que estaban todos. El ataque a las naves había sido un éxito total.
Bajo
ellas, el centinela gritó:
—¡Preparaos
para abrir las puertas!
Oyeron el
crujido de las sogas que abrían el portón. Helena y Andrómaca bajaron la
escalera para recibir a sus maridos; las otras mujeres se quedaron detrás.
Hécuba se
acercó a Casandra y ésta le preguntó:
—¿No
estaba el rey en los carros?
—Oh, no,
hija —contestó su madre—. Sus manos ya no sirven para dirigirlos. Los
sacerdotes curanderos le han tratado con sus pócimas y sus sortilegios, pero
empeora cada día. Apenas puede atarse los cordones de sus sandalias.
—Me apena
oírlo —dijo Casandra—. Mas para la vejez no hay sortilegios
curativos, madre; ni aún tratándose de un rey.
—Supongo
que tampoco los hay para una reina —comentó Hécuba.
Al
observarla con atención, Casandra advirtió cuan avejentada estaba su madre, con
la espalda encorvada y delgada hasta el punto de que los huesos se destacaban
bajo su piel. Su piel, que había sido siempre fresca y lozana, ahora se veía
grisácea y apergaminada, y sus cabellos habían adquirido un feo tono blanco
amarillento. Hasta el brillo de sus ojos había desaparecido.
—Tú no
estás bien, madre.
—No me
encuentro mal. Pero me preocupa tu padre —dijo Hécuba—. Y Creusa. Está otra vez
embarazada y en el invierno escasearán los víveres. Las cosechas no han sido
buenas y los aqueos quemaron parte de la que maduraba.
—Hay
víveres suficientes en el templo del Señor del Sol —manifestó Casandra—. Miel y
yo recibimos más de lo que necesitamos. Cuidaré de que nada le falte a Creusa.
—Eres
buena —dijo Hécuba cariñosamente, tendiendo la mano para acariciar sus
cabellos.
Desde que
dejó de ser pequeña, Hécuba la había acariciado pocas veces, y Casandra se
sintió conmovida.
—No sólo
tenemos víveres, sino también abundancia de hierbas medicinales. Llámame si
alguien del palacio se pone enfermo o las necesita —añadió—. Se da por supuesto
que podemos compartir con nuestras familias todo lo que tenemos. Enviaré
algunas hierbas para mi padre y deberás cocerlas, empapad después un paño en la
cocción y envuelve sus manos con él. Puede que no le cure, pero al menos
aliviará sus dolores.
Hécuba
alzó los ojos para mirar a Miel, que estaba sentada en el suelo, jugando con
guijarros. Casandra recordó un juego similar de cuando era muy pequeña; ella y
sus hermanas, las otras niñas de la casa real, cogían piedras redondeadas y las
colocaban en los huecos de la muralla como si fuesen bollos u hogazas,
examinándolas cada pocos minutos para ver si estaban bastante cocidas. Sonrió.
Los carros
habían cruzado la muralla y las puertas ya estaban cerradas.
—¿Cenarás
en palacio? —le preguntó Hécuba—. Aunque seguramente comerás mejor en el
templo...
—Creo que
esta noche no iré —contestó Casandra—, pero te lo agradezco. Te enviaré las
hierbas con un mensajero. Espero que le hagan bien a mi padre. No podemos
permitirnos que se debilite en estos días. Ni siquiera Héctor se halla
preparado para gobernar Troya, aunque sobreviviese a su padre.
Se detuvo,
pero Hécuba la había oído y la miraba asombrada.
No habló.
Mas Casandra supo lo que estaba pensando.
Cree que
Héctor puede morir antes que su padre, por viejo y enfermo que esté Príamo.
¿Qué más habrá visto?
Los
aurigas abandonaron sus carros. Héctor y Paris, acompañados de sus esposas,
subieron por la escalera y Eneas se reunió con Creusa. Casandra recogió a Miel.
Como no pensaba ir a palacio aquella noche, ya era tiempo de despedirse.
Creusa
acudió a ella y le dijo:
—Hermana,
te acompañaré hasta el templo del Apolo.
—Me alegra
tu compañía pero aún el sol está alto en el cielo. No necesito escolta
—protestó Casandra—. No deberías fatigarte con tan dura caminata.
—Iré
—insistió Creusa—. Quiero hablar contigo.
—Muy bien,
entonces, como ya te dije, me alegra tu compañía.
Creusa
entregó su hija a una sirviente, encargándole que le diera la cena si ella no
había regresado. Luego se reunió con Casandra que estaba poniéndole a Miel un
sombrero de alas anchas para protegerla del sol.
—Está muy
crecida para su edad —dijo—. ¿Cuánto tiempo tiene? ¿Cuándo nació?
—Estoy
segura de que mi madre te ha dicho que no puedo precisarlo —contestó Casandra—.
Pero, cuando la encontré, debía de tener pocos días. Y salí de Colquis hacia la
mitad del invierno pasado.
—Casi un
año entonces; poco más o menos como mi hija —dijo Creusa—. Y sin embargo es más
alta y más fuerte. Andando a tu lado, parece ya una niña mayor. La pequeña
Casandra aún anda a gatas como un cachorro.
—Quienes
saben de niños dicen que cada uno empieza a andar y a hablar cuando llega el
momento oportuno, unos pronto y otros más tarde —contestó Casandra—. Mi madre
cuenta que yo empecé pronto a andar y a hablar, y recuerdo cosas que tuvieron
que haber sucedido no más tarde de mi segundo verano.
—Es cierto
—afirmó Creusa—. Astiánax no anduvo ni habló hasta bien cumplidos los dos años.
Sé que Andrómaca empezaba a preguntarse si era del todo normal.
—Eso debió
de ser terrible para ella —admitió Casandra.
Se sentía
confusa. No creía que Creusa hubiera emprendido la larga subida sólo para
hablarle del crecimiento de los pequeños cuando en el palacio contaba con
varias niñeras a quienes consultar.
Fuera lo
que fuese, a Creusa le resultaba difícil plantearlo. Pero cuando empezaba a
preguntarse si de algún modo habría averiguado el contenido de sus
conversaciones con Eneas y sentirse vagamente culpable, Creusa dijo:
—Eres
sacerdotisa, y dicen que sibila. Fuiste tú quien advirtió de la inminencia del
terremoto. ¿No sucedió así?
—Creí que
estabas presente cuando di el aviso —contestó Casandra.
—No, fue
Eneas quien me dijo que no durmiera aquella noche bajo techado y que me llevase
a las niñas. ¿Qué más has visto?
Creusa
sabe tan bien como yo que he visto la muerte y la destrucción de Troya, pensó.
Pero estaba segura de que su hermana tenía alguna razón más allá de eso para
preguntárselo.
—¿Estás
segura de que quieres saberlo? —le preguntó, dudosa—. Príamo ha prohibido que
se escuchen mis profecías. Quizá sea mejor no irritarlo.
—Déjame
entonces que te diga por qué te lo pregunto. Eneas me contó que profetizaste
que él sobreviviría a la caída de Troya.
—Sí
—contestó Casandra, un poco turbada—. Parece que los dioses le reservan una
misión en otro lugar, porque lo he visto partir ileso ante un fondo de Troya en
llamas.
Creusa se
llevó las manos al pecho en un gesto extraño.
—¿Es eso
cierto?
—¿Crees
que te mentiría en algo así?
—No, no,
claro que no. Pero, ¿por qué es él elegido para sobrevivir cuando tantos
morirán?
—Lo
ignoro. ¿Por qué tú y tus hijas os salvasteis mientras que Helena perdió a tres
hijos en el gran terremoto?
—Porque
Eneas atendió a tu presagio y Paris no lo hizo.
—No es eso
lo que quiero decir —dijo Casandra—. Nadie puede explicar por qué los dioses
escogen a uno para que muera y a otro para que viva; y quizá quienes vivan no
sean los más afortunados.
Desearía
estar segura de que sólo me aguardaba la muerte, pensó, sin decírselo a Creusa.
—Éneas ha
decidido que abandone la ciudad lo antes que pueda, llevándome a mis hijas —le
informó Creusa—. Tendré que ir a Creta, o a Cnosos, o incluso más lejos. Pensé
en negarme, en decirle que mi sitio estaba a su lado, tanto en la guerra como
en la muerte; pero si es cierto que él sobrevivirá, puedo entender por qué
desea que me vaya. Para que podamos reunimos en un país más tranquilo cuando
haya concluido la contienda.
—Estoy
cierta de que piensa sólo en tu seguridad.
—Se ha
mostrado extraño últimamente. Me pregunté si habría otra mujer y deseaba
apartarme de su camino.
Casandra
sintió que su boca se secaba.
—Aunque
así fuese, ¿qué podría importar? Como casi todos los habitantes de la ciudad
habrán de morir cuando caiga...
—No,
supongo que no. Si alguien que ha de morir puede hacerlo feliz durante una
temporada... ¿Por qué debería importarme? ¿Crees que debo partir?
—Yo no
puedo decirte eso; sólo puedo afirmar que serán pocos los que sobrevivan a la
caída de esta ciudad —declaró Casandra.
—¿Pero es
seguro viajar con una niña tan pequeña?
—Miel sólo
tenía unos días cuando la encontré y sobrevivió. Los niños son más fuertes de
lo que creemos.
—Pensaba
que quizá sólo deseaba deshacerse de mí —insistió Creusa—. Pero tú me has hecho
comprender la razón de que me vaya. Gracias, hermana.
Inesperadamente,
la abrazó con fuerza, diciéndole:
—También
tú deberías abandonar la ciudad antes de que sea demasiado tarde. Tú eres ajena
a esta guerra con los malditos aqueos y no hay razón para que perezcas aquí. Le
pediré a Eneas que haga los arreglos necesarios para que te ausentes.
—No —dijo
Casandra—. Parece que éste es mi destino, y debo acatarlo.
—Eneas
habla bien de ti, Casandra —afirmó Creusa—. Una vez me dijo que eras más
inteligente que todos los oficiales de Príamo juntos, y que si tú ostentases el
mando podríamos incluso ganar esta guerra.
Casandra
rió forzadamente.
—Entonces
me juzga demasiado bien —dijo—. Pero debes irte, Creusa, reúne tus cosas y
mantente dispuesta a partir en cuanto él pueda hallar una nave o los medios que
fueren para poneros a salvo a ti y a las niñas.
Creusa la
abrazó de nuevo.
—Si he de
partir pronto, quizá no volvamos a vernos. Pero te deseo felicidad, hermana,
cualquiera que sea tu destino. Y si verdaderamente Troya cae, pido a los dioses
que te preserven.
—Y a ti
—dijo Casandra, besándola en la mejilla,
Casandra
se quedó mirando a su hermana, hasta que se perdió de vista, sabiendo en su
corazón que jamás volvería a verla.
Desde el
día en que ardieron hasta la línea de flotación cinco de las naves aqueas y
otras resultaron con daños considerables, los argivos habían estrechado de tal
modo el asedio que, como decía Héctor, ni un cangrejo podría entrar en la
ciudad. Por esta razón, Eneas no trató de hacer salir a Creusa por mar. Se
marchó en un carro por el lado de tierra y seguiría la costa durante bastante
tiempo después de pasar el bloqueo hasta el lugar donde estaría la nave que la
llevaría primero a Egipto y después a Creta. Casandra observó su partida y
pensó que si a Príamo le quedaba algo de juicio debería enviar fuera de la
ciudad a todas las mujeres y a todos los niños. Pero nada dijo, puesto que ya
había hecho todo lo posible para prevenirlo.
Incluso el
lado de tierra ya no era completamente seguro. Un carro cargado con armas de
hierro de Colquis fue interceptado y llevado con gran alborozo al campamento
argivo. Poco después, un pequeño ejército de tracios, que llegaron
por tierra para unirse a las fuerzas de Príamo, sufrió una emboscada preparada
por capitanes aqueos. Según los rumores fueron Agamenón y Odiseo quienes
prepararon la celada. Se apoderaron de todos los caballos y asesinaron a los
soldados tracios.
—Esto no
es una guerra —dijo Héctor—, sino una atrocidad. Los tracios no formaban aún
parte de los ejércitos de Troya y Agamenón no tenía pendencia con ellos.
—Ni ahora
la tendrá —añadió Paris cínicamente.
Este
incidente precedió a otro ataque de los aqueos, mandados por Patroclo, quien
escaló de nuevo las murallas a la cabeza de sus propios hombres. Los troyanos
lograron rechazarlos y se dijo que Patroclo había sido herido, aunque no
gravemente.
Ante las
apremiantes instancias de Casandra, los moradores del templo del Señor del Sol
construyeron un altar y sacrificaron a Poseidón dos de los mejores caballos de
Príamo. Otro terremoto semejante al anterior podría derribar todas las puertas
y murallas de Troya y dejar a la ciudad a merced de las fuerzas de los aqueos.
Este era ahora el único temor de Casandra. Sabía lo que tenía que ocurrir, pero
si los troyanos concentraban todos sus esfuerzos para aplacar a Poseidón, quizá
lograran detener su mano.
Las
huestes aqueas combatían sin el más grande de sus guerreros, Aquiles aún
permanecía en su tienda. De vez en cuando salía, sin la indumentaria bélica, y
paseaba taciturno por el campamento, sólo en compañía de Patroclo. Pero nadie
podía decir de qué hablaban. Los rumores recogidos por los espías afirmaban que
Agamenón había acudido a Aquiles y le había ofrecido la preferencia de elección
sobre el botín de la ciudad, para él y sus hombres. Pero Aquiles sólo respondió
que ya no confiaba en ningún ofrecimiento procedente de Agamenón.
—No puedo
censurarlo —dijo Héctor—. Yo no confiaría lo más mínimo en Agamenón. Sin
embargo, esas disidencias en el bando enemigo son muy convenientes para
nosotras. Mientras riñen entre ellos, nos darán tiempo para reparar nuestras
murallas y reorganizar nuestras defensas. Pero si las superan y deciden actuar
unidos, que el dios se apiade de Troya.
—¿Qué
dios? —preguntó Príamo.
—Cualquiera
al que ellos no hayan ya sobornado para tenerlo de su parte
—contestó Héctor—. Imaginad que Eneas y yo nos peleásemos y nos negáramos a
actuar juntos.
—Confío en
que nunca suceda eso —dijo Eneas—. Sospecho que ese día nos destruiríamos a
nosotros mismos sin necesidad de que lo hicieran los dioses.
Príamo
apartó su plato, en donde sólo había legumbres y un poco de pan, con gesto de
cansancio.
—Tal vez
podríamos organizar una cacería por el lado de tierra —dijo—. Me agradaría
comer venado o, al menos, conejo.
—Nunca
creí que te oiría decir eso, padre. Comimos carne en exceso durante mucho
tiempo cuando tuvimos que matar las cabras por falta de piensos, y ahora sólo
quedan unas cuantas para proporcionar leche a los niños más pequeños —dijo
Héctor—. Los cerdos pueden comer las sobras de nuestras mesas y aún quedan
bellotas en el monte bajo, aunque comienzan a escasear. Tal vez podamos
cazar...
—Creo que
habría que matar también a los cerdos —opinó Deifobo—. Este invierno
necesitaremos las bellotas para hacer pan; deberíamos dedicar a su recogida a
todos los muchachos que aún no tienen edad para combatir. De todas formas, el
próximo será un invierno de hambre.
—¿Cómo van
las cosas en el templo del Señor del Sol? —preguntó Eneas—. Ahí estás sentada,
callada y prudente, Casandra. ¿Qué dice la sabiduría de Apolo?
—Poco
importa lo que hagáis —declaró Casandra sin pensarlo—. Cuando el invierno
llegue, Troya ya no necesitará víveres.
Paris dio
una gran zancada hacia ella.
—¡Te
previne, hermana, de lo que haría si volvías de nuevo aquí para darnos tus
malignas noticias! —rugió.
Eneas
detuvo su brazo en el aire.
—¡Pega a
alguien de tu talla, o pégame a mí puesto que yo formulé la pregunta cuya
respuesta no deseabas oír! —le gritó.
—¿Tan malo
será, Casandra? —preguntó luego, dirigiéndose a ella con amabilidad.
—Lo ignoro
—dijo ella, mirando hacia ellos con expresión desesperanzada—. Incluso es
posible que los aqueos se hayan marchado y no sea preciso almacenar víveres...
—Pero tú
no lo crees así...
Movió la
cabeza. En aquel momento, todos estaban pendientes de ella.
—Las cosas
no continuarán como hasta ahora durante mucho tiempo, eso es lo que sé. Pronto
se producirá un cambio.
Se hacía
tarde. Eneas se puso en pie.
—Voy a
dormir en el campamento con mis soldados, puesto que mi mujer y mis hijas no
están aquí.
—Supongo
que yo también debería enviar lejos a Andrómaca y al niño, si existe aquí tanto
riesgo —dijo Héctor.
—Ahora
comprenderás por qué considero que Casandra debe ser silenciada a toda costa
—afirmó Paris—. Está difundiendo tal desánimo por Troya que antes de que nos
demos cuenta se habrán marchado todas las mujeres. ¿Por quién tendremos de
luchar entonces?
—Yo no me
iré —dijo Helena—. Vine a Troya para lo bueno y para lo malo y ya no existe
para mí otro refugio. Permaneceré al lado de Paris mientras los dos estemos con
vida.
—Y yo
—afirmó Andrómaca—. Si Héctor tiene valor para quedarse, permaneceré junto a
él. Y en donde yo esté, también estará mi hijo.
Casandra,
recordó que Andrómaca había sido criada como guerrera, pensó que, después de
todo, Imandra podría sentirse orgullosa de su hija. Me gustaría tener su valor.
Entonces se dio cuenta de que Andrómaca no sabía lo que les aguardaba. Tal vez
fuese más fácil tener valor cuando se cree que no ha de suceder lo que se teme.
En sus oídos resonaban los truenos de Poseidón y apenas podía ver el lado
opuesto de la sala porque las llamas parecían interponerse.
Sin
embargo la sala se hallaba fresca y tranquila, y los rostros que la rodeaban
mostraban expresiones serenas. ¿Cuánto tiempo los tendría aún cerca de ella? Ya
había perdido a Creusa, ¿quién la seguiría?
Sabía que
su obligación era permanecer en el templo del Señor del Sol, pero no podía
mantenerse apartada del palacio, y todos los días se reunía con las demás
mujeres para observar desde la muralla. Por esto fue una de las primeras en ver
a las gentes salir tan precipitadamente de sus casas, que se preguntó por un
momento si se habría producido otro terremoto. Entonces le llegaron los gritos.
—¡Aquiles!
¡Es el carro de Aquiles!
Héctor
soltó un juramento y corrió escalera arriba hacia el puesto del centinela de la
muralla.
—¿Aquiles
ha vuelto? Es la peor noticia que podíamos recibir. Ó tal vez la mejor— dijo
con voz ronca, apresurándose hacia donde las mujeres observaban—. Sí, es
cierto, ése es su carro.
Hizo
pantalla con una mano. Luego se volvió desdeñoso.
—¡Por el
dios de las batallas! ¡Ése no es Aquiles sino alguien que viste su armadura!
¡Los hombros de Aquiles son el doble de anchos! Tal vez se trate de su
amiguito. Ni siquiera le sienta bien la armadura. En nombre de Ares, ¿a qué
está jugando? ¿Piensa en realidad que puede engañar a alguien que haya visto
pelear a Aquiles?
—Supongo
que se trata de un ardid para animar a los hombres —aventuró su auriga, el
joven Troilo.
—Sea como
fuere, pronto terminaremos con él —dijo .Héctor—. Puede que no me sintiera
seguro al enfrentarme con Aquiles, incluso en un día propicio; pero aún no ha
amanecido el día en que tema enfrentarme con Patroclo. Tal vez, jovencito,
debería ponerte mi armadura, montarte en mi carro y enviarte para que lo
trajeras.
—Lo haré
de buena gana si me lo permites —se ofreció el muchacho, Héctor rió y le palmeó
el hombro.
—Estoy
seguro de que lo harías, pero no subestimes a Patroclo, hasta ese extremo. No
es un mal luchador, aunque no alcanza mi categoría ni la de Aquiles. Tú aún no
estás preparado para pelear con él; no este año, ni probablemente tampoco el
que viene.
Llamó a su
armero que acudió con su mejor armadura y le ayudó a ponérsela. Luego se oyó
crujir el portalón al darle paso.
—Eso me
aterra —dijo Andrómaca, apresurándose a colocarse en el mejor punto de
observación—. Gran Madre, ¡cómo conduce el carro ese condenado muchacho! ¿Es
que Héctor no le ha enseñado prudencia ni sentido común? ¡Volcarán en un
instante!
Los dos
carros se precipitaron el uno contra el otro como se arremeten los ciervos en
celo. Troilo se ocupaba de los mirmidones que acosaban su carro. Rechazó a uno
tras otro mientras Héctor aguardaba al campeón. Entonces
saltó del carro, dejándole a Troilo la defensa de éste, y se enfrentó con
el hombre que lucía la dorada y brillante armadura de Aquiles.
Héctor
alzó su espada ante el aqueo, que se lanzó hacia él de un salto. Dio un rápido
paso y Patroclo cayó. Mas cuando Héctor se precipitó para rematarlo, el joven
se levantó y retrocedió con agilidad como si la pesada armadura no fuese más
que un manto de plumas. Los contendientes intercambiaron ráfagas de golpes tan
veloces que Casandra no pudo determinar cuál de los dos llevaba ventaja, por
pequeña que fuese. Un leve grito de Andrómaca le dijo que su marido había
recibido una herida; pero cuando miró, vio que Héctor se había recobrado al
instante y acometía con tanta violencia que Patroclo se retiraba hacia su
carro. La espada de Héctor penetró por donde el peto se une al guardabrazo y,
al retirarla, brotó un chorro de sangre. Patroclo retrocedió, tambaleándose;
uno de los mirmidones le cogió por la cintura y le alzó hasta el carro. Aún
seguía en pie, pero cavilaba, y su rostro estaba blanco. Su auriga, ¿o era el
de Aquiles?, azotó a los caballos que partieron hacia la playa y las tiendas de
los aqueos con Héctor detrás.
Troilo
lanzó una flecha que alcanzó a Patroclo en una pierna. Perdió el equilibrio y,
sólo porque el auriga le sujetó a tiempo, no se cayó del carro. Héctor hizo una
seña a Troilo para que abandonase la persecución. Patroclo estaba muerto, o
herido de tanta gravedad que su muerte sería sólo cuestión de tiempo. El carro
de Héctor dio la vuelta hacia Troya. Andrómaca se precipitó hacia la escalera
al oír los crujidos de las cuerdas que abrían la gran puerta, pero Casandra la
retuvo y ambas aguardaron a que Héctor subiera. Acudió su escudero y comenzó a
despojarlo de las piezas de su armadura, mas Andrómaca ocupó su puesto.
—¡Estás
herido!
—Nada
serio, te lo aseguro, querida —afirmó Héctor—. He recibido heridas peores
adiestrándome en el campo.
Tenía en
el antebrazo una larga cuchillada que no había alcanzado el tendón. Bastaría
lavarla con vino y aceite y cubrirla después con un vendaje apretado. Andrómaca
no quiso aguardar al curandero y se ocupó ella misma.
—¿Lo
mataste? —le preguntó.
—No estoy
seguro de que haya muerto, pero sí de que nadie se recupera de una
estocada como ésa en los pulmones.
Antes de
que acabara de hablar, oyeron un gran grito de cólera y de dolor, que se alzó
del campamento aqueo.
—Está
muerto —dijo Héctor—. Buen golpe, al menos para Aquiles.
—Mira
—señaló Troilo—. Allí está.
Sin duda,
era Aquiles, que vestía tan sólo su pampanilla. Salió de la tienda, y se
dirigió a grandes zancadas hacia las murallas de Troya. Sus largos y rubios
cabellos flotaban en el aire. Cuando llegó casi al alcance de un tiro de
flecha, se detuvo y alzó un puño, que agitó ante las murallas. Gritó algo que
la distancia impidió que oyeran.
—Me
pregunto qué estará diciendo —comentó Héctor.
Paris, que
estaba desarmándose cerca de él, contestó:
—Supongo
que algo como ¡Héctor, hijo de Príamo, baja aquí, que voy a matarte diez
veces!, con algunos comentarios intercalados sobre tus antepasados y
progenitores.
—O, más
probablemente, diez mil veces —agregó Héctor—. No soy capaz de entender las
palabras pero el tono es bastante sugerente.
—Y ahora
¿qué? —preguntó Paris—. ¿Lo celebramos?
—No
—contestó Héctor serenamente—. Yo no me alegro; era un hombre valiente y
honorable, según creo. Puede que fuese el único que frenaba la locura de
Aquiles. Estoy seguro de que la guerra empeora por su desaparición.
—No puedo
entenderte —dijo Paris—. Nos hemos desembarazado de un gran guerrero y no te
muestras contento. De haberle matado, yo estaría dispuesto a celebrar una
fiesta y un banquete.
—Si todo
lo que deseas es un banquete, seguro estoy de que podremos disponerlo de un
modo o de otro —dijo Héctor—. Tengo la certeza de que muchos se alegrarán; pero
si matamos a los enemigos decentes y honorables entre los aqueos, nos
quedaremos con los locos y con los rufianes. No temo a ningún hombre cuerdo,
pero Aquiles... ésa es otra cuestión. Posiblemente lamento la pérdida de
Patroclo tanto como cualquier hombre a excepción del propio Aquiles.
Eneas se
asomó a la muralla.
—¿En dónde
está Aquiles? Ha desaparecido.
—Es
probable que haya regresado a su tienda y esté tratando de conseguir de
Agamenón la suspensión de la lucha durante unos días de duelo.
—Ésa
podría ser la ocasión de golpearles con fuerza, antes de que Aquiles se recobre
y mientras se hallen desorganizados —dijo Paris.
Héctor
negó con la cabeza.
—Si
solicitan una tregua, estamos obligados por nuestro honor a otorgársela
—afirmó—. Ellos nos la concedieron para llorar a tus hijos, Paris.
—Yo no la
pedí —bramó Paris—. ¡Esto no es una guerra, sino un minucioso intercambio de
cumplidos, como una especie de danza!
—La guerra
es un juego con reglas como cualquier otro —dijo Príamo—. ¿No fuiste tú, Paris,
quien se quejó de que Agamenón y Odiseo habían vulnerado las normas cuando se
apoderaron de los caballos tracios?
—Si
tenemos que luchar, hemos de intentar vencer —contestó Paris—. No veo la razón
de intercambiar cortesías con un hombre a quien trato de matar y está haciendo
cuanto puede por devolverme el favor.
Héctor y
Paris empezaron a hablar al mismo tiempo.
—Primero
uno y después otro —exigió Príamo.
Héctor se
impuso con su fuerte voz.
—Esas
«cortesías», como las llamas, son lo que hace de la guerra una empresa honrosa
para hombres civilizados; si dejáramos de otorgar tales cortesías a nuestros
enemigos, la guerra no sería más que una faena sucia, desempeñada por
carniceros y por la hez de la canalla.
—Y si no
vamos a luchar, ¿por qué no zanjamos nuestras diferencias tirando al blanco con
el arco, o en una prueba de lucha sin armas? —preguntó Paris—. Me parece que en
este caso sería más lógica la competición que la guerra; estamos compitiendo
por un premio.
—¿Es
Helena el premio? ¿Crees que ella estaría dispuesta a ser el premio en una
prueba de tiro? —preguntó Deifobo.
—Probablemente,
no —contestó Paris—. Pero es normal otorgar a las mujeres como premio para
alguien.
A primeras
horas del día siguiente, Agamenón, vistiendo la blanca túnica de un heraldo,
acudió bajo la bandera de paz al palacio de Príamo y, como oferta de paz,
entregó a las dos domésticas de Hécuba, Kara y Adrea. Luego solicitó de Príamo,
en honor del muerto, una tregua de siete días, porque Aquiles deseaba celebrar
unos Juegos fúnebres para honrar a su amigo.
—Se
otorgarán trofeos —dijo—. Los hombres de Troya están invitados a competir y, a
la hora de conferir los premios, se les considerará en términos de igualdad con
nuestra propia gente.
Al cabo de
un momento añadió que Príamo sería bien acogido como juez de aquellas pruebas
en las cuales fuese experto, quizás en carreras de carros o en tiro con arco.
Príamo le dio las gracias con solemnidad y ofreció un toro como sacrificio a
Zeus Tonante y un caldero de metal de premio para la competición de lucha.
Después de
que Agamenón hubo aceptado los regalos y se marchara entre corteses expresiones
de estimación, Paris inquirió con enojo:
—Supongo
que competirás en esta farsa, ¿verdad, Héctor?
—¿Por qué
no? El espíritu de Patroclo no me negará un caldero o una copa, ni un buen
banquete de funerales. Ya no existe pendencia entre él y yo. Y si he de morir
en el asalto final a Troya, en caso de que se produzca, tendremos algo de qué
hablar en el Más Allá.
Un
silencio mortal gravitó sobre Troya y sobre el campamento aqueo durante todo el
día siguiente. A media tarde, Casandra bajó hasta las murallas de la ciudad.
Desde lo alto del muro del templo del Señor del Sol su visión abarcaba el
campamento y la playa llena de naves, pero no oía nada ni era capaz de deducir
lo que estaba sucediendo.
Andrómaca
se hallaba en la muralla con Héctor y otros miembros de la casa de Príamo.
Dieron la bienvenida a Casandra y le hicieron sitio donde pudiera ver lo que
estaba sucediendo.
—Éste
sería el mejor momento para atacarles y quemar el resto de sus naves —sugirió
Andrómaca.
Pero una
mirada furiosa de Héctor la obligó a rectificar.
—Bromeaba,
amor mío. Sé que no eres capaz de romper una tregua.
—Ellos lo
son —le recordó Paris—. Si yo hubiera muerto y vosotros solicitado una tregua
para enterrarme, ¿crees de veras que no os asaltarían en mitad de las fiestas?
Es probable que Odiseo y Agamenón estén apremiándoles precisamente ahora para
que nos ataquen cuando menos lo esperemos.
—El
campamento parece casi desierto —dijo Casandra—. ¿Qué estarán haciendo?
—¡Quién
sabe! —dijo Paris—. ¿A quién le importa?
—Yo lo sé
—respondió Héctor—. Los sacerdotes preparan el cadáver de Patroclo para la
cremación o el sepelio. Aquiles gime y llora. Agamenón y Menelao tratan de
hallar algún medio de romper la tregua. Odiseo intenta que no griten para que
no podamos oírles. Los mirmidones se disponen para los Juegos de mañana y el
resto del ejército se emborracha.
—¿Cómo lo
sabes, padre? —preguntó Astiánax.
—Porque es
lo que haríamos nosotros de estar en su situación —contestó Héctor, riendo.
En aquel
momento surgió del interior de la muralla un joven mensajero que vestía la
túnica de los novicios de Apolo.
—Perdonadme,
nobles; traigo un mensaje para la princesa Casandra.
Casandra
frunció el entrecejo. ¿Habría mordido a alguien una de las serpientes o estaría
enfermo alguno de los niños? No podía imaginar otra razón para que fueran a
buscarla. Había cumplido con sus deberes cotidianos en el templo, nunca
demasiado acuciantes, y recibido permiso para ausentarse.
—Aquí
estoy. ¿Qué quieres?
—Señora,
han llegado huéspedes al templo del Señor del Sol. Vinieron por las montañas
para sustraerse al bloqueo aqueo y te buscan. Dicen que se trata de una
cuestión muy urgente que no admite demora.
Extrañada,
Casandra se inclinó ante su padre y partió. Mientras subía hacia el templo se
preguntaba quiénes podrían ser y por qué reclamaban su presencia. Penetró en la
sala en donde se recibía a los visitantes; en la oscuridad de la estancia, tras
el resol de afuera, los desconocidos eran sólo media docena de siluetas
contusas.
Una figura
se destacó de entre quienes esperaban, fue hacia ella y abrió sus brazos.
—Mi
corazón se alegra al verte, hija —declaró.
Y
Casandra, adaptando sus ojos a la penumbra, pudo ver el rostro de la amazona
Pentesilea, y la abrazó con entusiasmo.
—¡Oh,
cuánto me alegra verte! ¡En mi regreso de Colquis no encontré rastro de
vosotras y creí que habíais muerto! —gritó.
—Sí, he
oído que nos buscabas pero habíamos ido a las islas en demanda de ayuda y quizá
de un nuevo lugar para vivir —le explicó Pentesilea—. Nada de eso logramos. Por
tanto, tuvimos que regresar y no encontré medio de enviarte un mensaje.
—¿Pero qué
estáis haciendo aquí? ¿Cuántas sois?
Traje
conmigo a todas las que quedaban y no optaron por vivir en las ciudades bajo el
dominio de los hombres. Hemos venido a defender Troya de sus enemigos. Príamo
me dijo una vez, hace muchos años, que mal tenía que estar Troya para que
recurriese a las mujeres en defensa de su ciudad. Quizás ahora conozca yo mejor
que él la terrible situación en que Troya se encuentra.
—Ignoro si
mi padre aceptará eso —dijo Casandra—. El ejército tiene alta la moral porque
Héctor acaba de matar al segundo entre los más peligrosos guerreros de las
huestes aqueas.
—Sí, me lo
han dicho en el templo —contestó Pentesilea—. Pero no creo que Troya esté
ahora* más segura por la muerte de Patroclo.
—Tía —dijo
Casandra, en tono grave—. Troya caerá, mas no por la intervención de hombre
alguno. ¿Crees que podemos detener la mano de un dios?
Pentesilea
mostró su antigua sonrisa.
—No es la
destrucción de las murallas lo que debemos temer sino la destrucción de
nuestras propias defensas. Troya podría ser derrotada y saqueada y si es
voluntad de los poderes superiores que eso suceda... —Su voz se quebró y
extendió los brazos hacia Casandra que se refugió en
ellos como
la niña que antes había sido—. Mi pobre hija, ¿cuánto tiempo has soportado sola
todo esto? ¿Es que no hay nadie en Troya, soldado, rey o sacerdote, que confíe
en tu misión? —preguntó mientras la apretaba contra su enjuto pecho—. ¿Ni entre
tus parientes y hermanos? ¿Ni siquiera tu padre?
—Ellos
menos que cualquiera —murmuró Casandra—. Les irrita que hable de la destrucción
de Troya. No quieren escuchar. Y tal vez tengan razón, puesto que no puedo
brindarles un modo de sustraerse a ese destino sino decir tan sólo que ha de
sobrevenir.
—Pero
hacerte sufrir todo esto aislada... —empezó a decir Pentesilea, luego calló y
suspiró—. Mas ahora tengo que presentarme con mis guerreras ante Príamo y
saludar a tu madre y hermana mía.
—Te
acompañaré al palacio para que te reciba —decidió Casandra.
La vieja
amazona rió.
—No le
entusiasmará mi llegada, hija mía, y cuanto más desesperadamente precise de las
destrezas bélicas de mis mujeres, menos bienvenida seré. Lo mejor que puedo
esperar es que no nos rechace. Tal vez he aguardado lo bastante para que
comprenda la situación en que está y que necesita incluso a un pequeño grupo de
buenas guerreras. Las mías suman treinta y cuatro.
—Sabes tan
bien como yo que Troya no puede permitirse rechazar ninguna ayuda, venga de
donde viniere, aunque hubieses traído contigo un ejército de centauros.
Pentesilea suspiró y movió la cabeza. —Jamás volverá a haber un ejército
semejante —dijo entristecida—. Los últimos guerreros han desaparecido. Después
de que murieron sus caballos acogimos a media docena de sus niños más pequeños.
Ahora los aldeanos rascan el suelo para obtener una cosecha de cebada y unos
nabos para sus cabras y cerdos en donde antaño galopaban los caballos de los
centauros. Nuestras yeguas también han perecido, salvo unas cuantas que se
hallan en un estado lamentable. Son pocos ahora los caballos en las planicies
próximas a Troya. Las últimas manadas salvajes fueron capturadas por los aqueos
o por los propios tróvanos.
—La manada
sagrada de Apolo aún pasta en libertad por las laderas del monte Ida; nadie se
ha aventurado a tocarla —le recordó Casandra—. Ni siquiera las sacerdotisas del
Padre Escamandro han osado pasar una brida por sus cabezas.
Pero eso
le hizo pensar en Enone y se preguntó cómo viviría. Habían pasado años desde la
última vez que vio a la muchacha. Ahora las mujeres del monte Ida jamás bajaban
a la ciudad, ni siquiera en las fiestas. Paris nunca la mencionaba y, por lo
que Casandra podía deducir, nunca pensaba en ella, a pesar de que ahora,
muertos los hijos de Helena, el de Enone era el único que tenía.
—Tú y tus
mujeres debéis estar cansadas del viaje —dijo—. Os ofrezco la hospitalidad del
templo del Señor del Sol. Dejadme que llame a las sirvientas para que os
conduzcan al baño y, si queréis, os proporcionarán túnicas limpias...
—No,
querida niña —contestó Pentesilea—. Un baño nos vendría bien pero mis mujeres y
yo nos presentaremos con nuestras armaduras y nuestros calzones de cuero. Somos
lo que somos y no pretendemos otra cosa.
Casandra
fue a organizar la nueva situación y decidió cenar en el palacio. Enviaría un
mensaje anunciando que se presentaba con invitados, pero sólo revelaría su
identidad a la reina Hécuba. Sabía que, en razón del parentesco, les brindaría
una buena acogida; pero también sabía que a Príamo no le gustaban las amazonas.
Incluso así, las leyes de la hospitalidad eran sagradas y estaba segura de que
el rey jamás las transgrediría.
Como
desafío, pensó en ponerse sus antiguos calzones de cuero y portar sus armas.
Príamo se enfurecería, pero ella mostraría que se identificaba con las
amazonas. Mas cuando sacó del cofre las antiguas prendas, recordó que no había
tenido en cuenta la suave túnica interior. Fue confeccionada para la niña que
era cuando cabalgaba con las amazonas. El cuero de los calzones estaba viejo y
agrietado y también le estaban pequeños. ¿Por qué había guardado aquello
durante tantos años? La muchacha que ella había sido ya no existía.
En el
fondo del cofre descansaba su arco de madera y cuerno. Supuso que aún podría
tensarlo. Y conservaba sin herrumbre y relucientes su espada y su daga. Aún
podría cabalgar y tengo la seguridad de que sería capaz de luchar si preciso
fuese, pensó, aunque no posea indumentaria propia
de una
amazona; quizás antes de que la ciudad caiga, pueda empuñar las armas en su
defensa. No es el vestido sino las armas y la destreza, las que hacen a una
amazona. Se vio y se sintió, colocando una flecha en el gran arco y tirando de
la cuerda hacia atrás hasta hacer volar la saeta, aunque no había movido ni un
solo músculo, Mas, ¿contra quién? No veía el blanco al que se dirigía la
flecha...
Sin
embargo, la confortó pensar que no se hallaría inerme en la defensa final de
Troya. Guardó sus armas en el cofre; el calzón de cuero lo tiraría o, mejor
aun, lo guardaría para entregárselo a Miel algún día. Vistió una fina túnica de
lino de Colquis y se puso sus mejores pendientes; tenían la forma de cabezas de
sierpes. Añadió a su atuendo un brazalete de oro y el collar de cuentas azules
de Egipto y bajó a reunirse con sus huéspedes.
Éstas se
hallaban con un hombre alto y armado. Con sorpresa, advirtió que se trataba de
Eneas.
—He venido
a escoltarte, Casandra, y mientras te esperaba he estado hablando con tus
invitadas —dijo—. Agradeceremos contar con las amazonas arqueras para defender
la torre principal; las situaremos en las murallas...
—Estoy a
tu disposición —declaró Pentesilea—. Y tengo una vieja rencilla con el padre de
Aquiles; al menos, lucharé contra su hijo.
Casandra
sintió de nuevo que el agarro de la oscuridad oprimía su garganta, impidiéndole
hablar o gritar.
—¡No!
—murmuró.
Pero supo
que ninguno de los presentes podía oírla.
Eneas
volvió a hablar.
—Bien,
Héctor es quien nos manda; a él corresponde decidir dónde habrás de pelear.
Arreglaremos eso en uno o dos días. ¿Nos vamos?
Ofreció
cortésmente su brazo a la reina de las amazonas y abandonaron la sala,
poniéndose en camino hacia el palacio. Aún no había anochecido por completo y
Pentesilea contempló con disgusto los cascotes que todavía bloqueaban las
calles. De forma perentoria, se habían construido algunas chozas de madera,
pero la ciudad parecía aún la caja de juguetes de un niño gigantesco destruida
por él mismo en un exceso de rabia.
—Mi padre
me relató muchas historias de las guerras entre los centauros y las amazonas
—dijo Eneas—. En nuestra corte había un poeta que solía cantar una balada... —Tarareó unos
compases—. ¿La conoces?
—Desde
luego, y si tus vates la ignoran, yo la cantaré por ti —afirmó Pentesilea—,
aunque mi voz ya no sea la que tenía de muchacha.
Mientras
cruzaban los patios, Casandra miró con detenimiento al pequeño grupo de
amazonas. Pentesilea había envejecido más de un año o dos desde la última vez
que la vio en su viaje a Colquis. Siempre había sido alta y delgada; ahora
estaba flaca, sus brazos y sus piernas rígidas y fibrosas, sin nada que
suavizara sus tendones. Todavía conservaba los dientes, tuertes y blancos.
Nadie podría describirla como una anciana.
Ninguna de
las otras la igualaba en edad. La más joven, advirtió Casandra, era aún
adolescente; una muchacha tan tuerte y peligrosa como su propio arco.
Esto es lo
que yo podría haber sido, lo que debería haber sido. Casandra observó a la
joven guerrera con mal disimulada envidia. Al menos ella no tiene que
permanecer ociosa mientras se desploman los baluartes de su ciudad.
—Pero tú
nunca has estado ociosa —le dijo Eneas en un susurro.
Y se
preguntó, aunque nunca lo sabría con certeza, si había leído sus pensamientos o
si ella los había manifestado en voz alta.
—Eres una
sacerdotisa —continuó él—. No son sólo los soldados quienes sirven a una ciudad
en guerra.
Pasó un
brazo en torno de su cintura y caminaron entrelazados lo que restaba de camino.
Cuando entraron en la gran sala de Príamo, el heraldo gritó sus nombres:
—La
princesa Casandra, hija de Príamo; Eneas, hijo de Anquises; Pentesilea, reina
de las tribus guerreras de las amazonas y dos docenas de sus señoras... ejem...
—el heraldo tosió para ocultar su confusión— de sus guerreras... ¿Cómo diré...?
—Tranquilízate,
asno —le dijo Pentesilea—. Ninguno de nosotros tenemos más inteligencia de la
que los dioses nos dieron. Tu rey y tu reina saben quién soy.
Pero
sonrió divertida mientras el heraldo trataba de secarse en la túnica las manos
sudorosas Hécuba abandonó su trono y fue hacia su hermana con los brazos
abiertos.
—Mi
querida hermana —dijo.
Pentesilea
devolvió el abrazo.
También se
levantó Príamo que, bajando de su trono, abrazó a Pentesilea del mismo modo que
su esposa.
—Bienvenida
seas, cuñada. Toda mano que pueda empuñar un arma es bien acogida por nosotros
en este día. Tendrás tu parte en el botín del campamento aqueo con los demás
guerreros, te lo prometo. Y cualquiera que lo contradiga, no será considerado
amigo mío —declaró, mirando aguda y significativamente a Héctor.
—¿Hemos de
llegar a esto, padre?
—Acogería
incluso a los centauros para luchar contra el ejército de Aquiles —contestó
Príamo—. Dime, hermana, ¿qué armas has traído?
—Conmigo
vienen dos docenas de guerreras, todas dotadas con espadas de hierro de Colquis
—repuso Pentesilea—. Cada una de nosotras es diestra también con el arco.
Ninguna fallaría en alcanzar a cien pasos el ojo de un garañón a la carrera.
—¿Participará
alguna de vosotras en la prueba de arco que se celebrará en los Juegos fúnebres
de mañana? —preguntó Paris—. Aquiles ha ofrecido los mejores carros capturados
y, para el primero de los tiradores, el gran arco de Patroclo.
—No se lo
otorgará a una mujer —afirmó Héctor—. Aunque aventajase al mismo Patroclo.
—Pues ha
jurado conceder los premios al vencedor.
—Nada es
sagrado para Aquiles —aseguró Pentesilea—. Me gustaría competir aunque sólo
fuera para que lo viesen todos sus hombres; pero podría sorprenderme. Mas ni
deseo ni necesito un carro, y me basta mi propio arco. —Se echó a reír—. No
vengo a esta guerra en busca de oro o de botín, ¿qué haría yo con una cautiva?
—Si ganas
botín suficiente en esta guerra, podrás reestablecer tus ciudades —dijo
Andrómaca—. O fundar una urbe en alguna otra parte, como hizo mi madre en
Colquis.
—Hay ideas
peores —admitió Pentesilea—. Creo que lo pensaré. Y si gano ese carro, Príamo,
¿rne lo cambiarás por oro?
—Si él no
lo hace —intervino Hécuba—, lo haré yo. Serás bien pagada. Tú y tus guerreras.
Pasaron de
nuevo las copas de vino. Todos los hombres reían y bromeaban, diciendo
en qué pruebas competirían y lo que harían con el premio en caso de ganarlo.
—Tú
deberías conseguir a alguna mujer, Eneas —dijo Deifobo—. Alguien que mantenga
caliente tu lecho mientras Creusa está en Creta.
—No —dijo
Eneas, alzando su copa—. Si consigo una cautiva, la enviaré a Creta como
doncella de Creusa y niñera de mis hijas. Y le pagaré un salario justo con el
que algún día pueda comprar su libertad. No me gusta eso de que se considere a
las mujeres como trofeos. No me agrada que una mujer venga a mí si no es por su
libre voluntad. Como veis, en algunas cosas coincido con Pentesilea.
Por encima
del borde de su copa dorada sus ojos se cruzaron con los de Casandra. Ella supo
lo que le pedía y cuál sería la respuesta.
Casandra y
Eneas, subieron lentamente por la colina, camino del templo del Señor del Sol;
no había luna y en las calles no se veía más luz que la que salía de una de las
casas. Casandra tropezó en una piedra suelta y Eneas pasó un brazo en torno de
su talle para protegerla... o quizá simplemente para estrecharla. Tampoco ella
estaba segura de no haberle proporcionado la excusa voluntariamente. Aunque la
noche era tibia, la cubrió con su manto y Casandra sintió que el calor de Eneas
se iba transmitiendo a su propio cuerpo.
En
realidad no estaba asustada, pero estaba nerviosa y un poco preocupada. Durante
muchos años, su vida había sido la de una sacerdotisa y su virginidad había
ocupado el centro de esa vida. De repente recordó todos los argumentos que
acumuló contra Crises y se preguntó si no estaba comportándose como una
hipócrita. Ahora que había decidido rendirse, lo hacía ante el marido de su
hermana. Pero la misma Creusa le había dicho que no le importaba. No tenía por
qué sentir escrúpulos a ese respecto.
¿Y por el
dios? Hacía ya mucho tiempo que había dejado de creer que Apolo se preocupaba
de lo que ella hiciera. Hacía ya mucho tiempo que él la había abandonado; pero,
a pesar de todo, supo que no lo desafiaría en el supuesto de que él prohibiera
dar ese paso. Dentro de ella había un ardiente y pequeño centro de colérica
desolación: A él no le importaba; ni siquiera le preocupaba que algunos de sus escogidos
rompieran su compromiso con él.
Pero tal
pensamiento se hallaba muy soterrado en su mente; en la superficie sólo quedaba
espacio para Eneas.
Se
aproximaban a las grandes puertas. Un sacerdote se hallaba allí, vigilando las
entradas y las salidas. Casandra se volvió para que no la reconociera.
—No
podemos pasar por ahí —dijo—. Si entras conmigo y no sales de inmediato...
Él
comprendió al instante.
-Tienes
razón —reconoció—. Has de cuidar de tu fama; yo no la pondré en peligro,
Casandra. Tal vez deberíamos habernos quedado esta noche en palacio...
—No —lo
cortó—. No hubiera accedido a eso. No me siento avergonzada... no es que...
—Pero no
debes provocar un escándalo —dijo él.
Eneas se
dirigió al muro desde donde se veían las calles en descenso. Casandra se sintió
torpe. No había pensado en aquello hasta ese momento. Pentesilea y sus mujeres
habían abandonado antes el palacio, y no las habían visto en las calles. Ella
había logrado que Aquiles y Odiseo, cubiertos con mantos de los novicios,
salieran del templo sin ser reconocidos, pero no podía hacer lo mismo con Eneas
aunque dispusiera de un manto de aquellos. Frunció el entrecejo, mientras
trataba de hallar un modo de introducirlo. Su partida en la mañana no
constituía un problema serio.
—Hay un
lugar donde el muro se desplomó con el gran terremoto; incluso los niños
pequeños pueden trepar por allí —le dijo con voz casi inaudible—. No ha sido
reconstruido porque todos los obreros se destinaron a la reparación de las
puertas de la ciudad. Ven por aquí.
Lo condujo
a lo largo del muro exterior. En ningún punto era muy alto, y antaño hubo una
puerta en aquel lado. La cerraron hacía una o dos generaciones y, cuando el
viejo arco se derrumbó, dejó un montón de cascotes por donde era fácil subir.
Incluso con su larga túnica, Casandra no tuvo muchas dificultades para trepar,
aunque las piedras rodaban bajo sus pies.
Pensó que
probablemente no era la primera mujer del templo que llevaba por allí a un
amante; al menos, podía esperarse de Criseida. No sintió placer en compararse
con aquella gata callejera, pero tenía que aceptar que no era
mejor. Tendió una mano a Eneas para proporcionarle un punto de apoyo en la
bajada y sintió su aliento muy próximo. Entonces recordó sus frecuentes
reproches a Criseida por esa clase de cosas.
Si a
Creusa no le importa y Apolo no habla para impedirlo, no hay nadie, hombre,
mujer o dios, que pueda sentirse ofendido, se dijo, para darse confianza. Lo
guió bajo la oscura sombra que proyectaba el muro y, en vez de ir hacia la
puerta del dormitorio de las sacerdotisas y por el pasillo hasta su habitación,
lo encaminó a la ventana y por allí pasaron.
En el
interior, todo era penumbra y silencio. Ardía tan sólo una lamparilla que daba
luz suficiente para distinguir la cama y el jergón donde dormía Miel. Cuando se
acercó al lecho, Casandra vio la morena cabeza de la niña sobre la almohada y,
al inclinarse para trasladarla, una silueta alargada se desenroscó e irguió,
con los ojos relucientes como cristal de roca. Advirtió que Eneas retrocedía y
le dijo en voz baja:
—No te
hará daño, no es venenosa.
—Lo sé
—contestó Eneas—. Mi madre era sacerdotisa de Afrodita y compartía su lecho con
seres más extraños que las serpientes. No me preocupa tu culebra.
—Puedo
trasladarla a la cama de la niña, si lo prefieres —dijo Casandra al tiempo que
alzaba a Miel y la tendía en el jergón.
La niña
gimió y Casandra se sentó a su lado, arrullándola hasta que consiguió que
volviera a dormirse.
—No es que
me importe —declaró Eneas—, pero para ella yo soy un extraño. Pasará una noche
más tranquila en la camita de la niña.
Cansandra
sintió que le ardían las mejillas cuando se levantó y cogió a la serpiente,
tendiéndola cerca de Miel. Ésta se deslizó, envolviendo con sus anillos la
cintura de la niña. Miel se quedó tranquila por aquel contacto familiar.
Cansandra se volvió, tomó el manto de Eneas y lo dejó a un lado.
—Ignoraba
que tu madre fuera sacerdotisa de Afrodita —comentó.
—Cuando
era niño, me decían que era hijo de Afrodita. Más tarde supe quién era en
realidad mi madre y llegué a conocerla bien. No me sorprende que a mi padre le
pareciese la diosa. Era muy bella. Creo que las sacerdotisas de Afrodita son
elegidas por su belleza.
—Y si la
sirven adecuadamente, ella podría prestarles la suya propia —añadió Casandra.
—No puede
ser sólo eso —declaró Eneas—; pues en tal caso, hace tiempo que habrías sido
elegida para su servicio.
La
observación hizo que se estremeciera. ¿Estaba siendo introducida
deliberadamente a servir a la diosa que infundía el desordenado culto al amor
carnal en las vidas de los hombres y las mujeres? ¿Era esa despreciada diosa la
que trataba ahora de poner su mano sobre ella y apartarla del compromiso que
había contraído con Apolo?
Ya había
visto cómo Afrodita trastornaba a quienes la adoraban. Eneas era hijo suyo, ¿la
adoraba también?
No podía
preguntarle aquellas cosas. Él se sentó en el borde de la cama para
descalzarse. Ella se acercó y Eneas la tomó en sus brazos, retirando el pasador
de sus cabellos que cayeron sueltos hasta ocultar su cara y todas sus
preguntas. Ya no importaba. Todas las diosas, cualesquiera que fuesen, eran
sólo una y ella debía servirla como cualquier otra mujer.
Oyó
deslizarse a la serpiente mientras desplazaba sus anillos. Eneas extendió una
mano hacia el ofidio, manteniendo su otro brazo alrededor de su cintura.
—No es
extraño que hayas permanecido virgen tanto tiempo con semejante guardián de tu
castidad —murmuró, con una sonrisa—. ¿Tienen todas las doncellas de Apolo
vigilantes como ésta?
—Oh, no
—dijo ella mientras se retrepaba en sus brazos. Luego se levantó para apagar la
lamparilla. La oscuridad llenó la estancia y se oyó a sí misma reír de nuevo,
quedamente. Más allá de su risa percibió, muy lejano, el resonar del trueno y
después el repentino repiqueteo de la lluvia.
—Resplandeciente
Afrodita, si he de servirte como casi todas las mujeres, después de haberme
negado a tu servicio durante tantos años, derrama sobre mí algunos de tus dones
—murmuró.
Percibió
una vibración luminosa rodeándola. ¿O fue sólo el ocasional destello de un
relámpago cuando la acarició Eneas en la oscuridad?
Al llegar
el alba, Casandra se deslizó silenciosamente de la cama para sentarse ante la
ventana, recordando y saboreando cada detalle de la noche. Pronto los aires de
la cima despejarían de la perlada niebla que envolvía la ciudad.
En el
lugar más elevado del templo de Apolo los vientos ya rugían en torno de los
muros. Eneas estaba en pie, aún no armado.
—No hay
razón para que me arme si he de competir en lucha sin armas —dijo—. Aceptaré a
cualquier adversario que no sea Aquiles. Anoche soñé...
—¿Te envió
el dios un sueño dichoso? —le preguntó Casandra.
—Dichoso o
infausto, no lo sé —contestó—. Me parece que ya he conseguido mi buena fortuna.
Se inclinó
y la besó.
—¡Prométeme
que no lo lamentarás, querida mía!
—En
absoluto —le dijo.
Ya no le
importaba. Había aguardado tantos años, rechazando incluso, según creía, al
propio Señor del Sol... y ahora, en plena guerra, entre las sombras de la
muerte, había hallado el amor sabiendo que no podía durar. Cuando en el lado
opuesto de la estancia Miel se agitó, presa de alguna pesadilla, corrió a
tranquilizarla. La acunó y arrulló con cariño, y vio que los ojos de Miel se
volvían hacia aquella figura que no le resultaba familiar en el dormitorio. De
repente, se sintió vagamente satisfecha de que la niña fuese demasiado pequeña
para expresar su sorpresa o su curiosidad.
Luego,
cuando volvió a estar junto a él, pensó en todas las mujeres de Troya que
durante todos aquellos años habían ceñido las piezas de las armaduras de sus
hombres, que les habían enviado a luchar o a morir; y en que por una vez
compartía sus preocupaciones y temores.
Le ayudó a
atarse la última correa del peto. El resto de su armadura se lo pondría en el
campo. Aún no había sonado la trompeta que llamaba a los hombres al campo. Y no
era seguro que se oyese aquella mañana. Sólo quienes fueran a competir en los
Juegos fúnebres de Patroclo necesitarían levantarse y salir, aunque se montaría
una atenta guardia por si los aqueos trataban de romper la tregua.
—Ven,
bésame, amor mío. He de irme —dijo él abrazándola con fuerza por última vez.
—Aún no,
¿Quieres que te traiga un poco de pan y de vino? —le preguntó.
—No te
preocupes, cariño, he de desayunar con los soldados de mi unidad —titubeó y
apretó su rostro contra la mejilla de ella—. ¿Puedo volver esta noche?
Casandra
no supo qué decir y él confundió la causa de su silencio.
—Ah, no
debería... tus hermanos son amigos míos, tu padre es mi anfitrión...
—Por lo
que respecta a mi padre o a mis hermanos, no hay hombre en toda Troya ante el
que deba responder de mis actos —declaró Casandra secamente—. Y tu esposa, mi
hermana, me dijo cuando nos despedimos que no abominaría de nada que te hiciese
feliz.
—¿Dijo eso
Creusa? Me pregunto... bien, se lo agradezco entonces. Yo podría habértelo
dicho, pero ha sido mejor que lo supieras de ella.
Impulsivamente
la atrajo hacia sí de nuevo.
—Permíteme
que vuelva —suplicó—. Puede que no tengamos mucho tiempo... ¿Y quién sabe lo
que puede ser de nosotros? Pero estos días de tregua...
Por toda
Troya, pensó ella, mujeres que acababan de abandonar los lechos de sus hombres,
ajustaban sus armaduras, aprovechando esos últimos y breves momentos de demora
y de besos, tratando de no pensar en la vulnerabilidad de la carne que
acariciaban.
Eneas pasó
una mano por sus cabellos.
—Ni
siquiera con Afrodita tengo ahora pendencia... porque fue ella quien te trajo
hasta mí. Le sacrificaré una paloma tan pronto como pueda.
Había
palomas suficientes en el templo de Apolo, pero Casandra le repugnó sugerirle
que comprase una. En cierto sentido, Eneas había robado algo que pertenecía a
Apolo, aunque ella no sabía ahora ni había sabido nunca por qué tenía que
pertenecer a alguien que no fuese ella misma. Entonces se recriminó su
estupidez; no era la primera de las doncellas del Señor del Sol que llevaba un
hombre a su lecho y difícilmente sería la última. Se alzó de puntillas para
besarlo.
—Hasta la
noche entonces, amor mío —dijo.
Acudió al
parapeto para verle bajar por la ciudad. Aún no había amanecido del todo. Las
nubes cruzaban por la llanura ante Troya y sólo se veían algunas siluetas en las calles; soldados
que iban en busca de su comida matinal.
Se sentía
cansada y hubiera debido volver a la cama. Pero se preguntó cuántas de las
mujeres de la ciudad que acababan de enviar a sus amantes o a sus maridos al
combate, o al combate simulado de los Juegos que iban a celebrarse, podrían
volver a dormir. Regresó a su habitación y halló todavía a Miel bajo las
mantas. Se vistió con rapidez. No deseaba andar por los patios; por alguna
razón, estaba segura de que se encontraría con Crises y de que éste intuiría al
instante lo ocurrido, sin que ella pudiera soportar su mirada. En los últimos
tiempos le había ido dejando a Filida el cuidado de las serpientes así que no
tenía razón alguna para ir al patio de los ofidios.
Advirtió
con sorpresa que le pesaba la soledad. Siempre había vivido sola y se había
acostumbrado a no necesitar compañía. Entonces recordó que no había nadie en el
templo del Señor del Sol con quien poder hablar de lo que pasaba en su corazón.
Varias de
las mujeres de Pentesilea ocupaban una estancia no muy alejada de la de
Casandra; las más se hallaban en un patio cercano en donde dormían sobre mantas
enrolladas. Una o dos estaban despiertas y desayunaban pan y el áspero vino
nuevo que se elaboraba en el templo. A Pentesilea, por su rango, se le había
asignado una pequeña habitación situada al final de la gran sala. Casandra
atravesó el antiguo mosaico de conchas marinas y espirales, de puntillas para
no despertar a las que dormían. Llamó con suavidad a la puerta. La vieja
amazona la abrió y le pidió que pasara.
—¡Buenos
días, mi querida niña! ¡Qué cansada y soñolienta pareces!
Abrió los
brazos y Casandra se refugió en ellos, llorando sin saber por qué.
—No tienes
que llorar —dijo Pentesilea—. Pero si lloras, yo diría que hay motivo bastante.
Sé que anoche saliste del banquete con Eneas, ¿te ha seducido ese rufián?
—No, no es
nada de eso —contestó Casandra, con acritud.
Y se
preguntó por qué sonreía Pentesilea.
—Bien, y
si se trata de que estás enamorada, ¿por qué lloras?
—No... no
lo sé. Supongo que porque soy tan estúpida como siempre supe que lo eran las
mujeres que participan en tales juegos con los hombres y hablan de amor y
lloran...
Y ahora,
pensó, no soy mejor que ninguna de ellas.
—El amor
puede trocar en estúpida a cualquiera —afirmó Pentesilea—. Tú has conocido el
amor más tarde que la mayoría, eso es todo. El tiempo para llorar por amor es
el de los trece años, no el de los veintitrés. Y, como cuando tenías trece no
lloraste ni gemiste por ningún guapo muchacho, llegué a creer que quizá serías
de las que buscan amantes entre las mujeres...
—No, nunca
pensé en eso —afirmó Casandra—. He conocido lo que es desear mujeres —añadió,
pensativa—. Pero lo atribuí a que quizá las veía a través de la mente y de los
ojos de Paris.
Recordó a
Helena y a Enone y cuan intensamente había sido consciente de su presencia; una
parte de ella siempre sentiría un gran afecto por Helena. Pero lo de ahora era
algo distinto y del todo inesperado. La enfurecía sentirse tan estúpida por un
hombre con quien ni siquiera podía esperar compartir la vida.
Lloró de
nuevo; esta vez con rabia. Trató de expresarla con palabras, pero Pentesilea
dijo:
—Es mejor
la ira que la pena, Casandra. Tiempo habrá de penar si la guerra prosigue.
Vamos, ayúdame, Ojos Brillantes.
El viejo
apelativo cariñoso hizo que sonriera a través de las lágrimas.
Casandra
recogió la armadura, confeccionada con piezas superpuestas de cuero cocido y
endurecido, y reforzadas con placas de bronce. Estaba adornada con espirales y
rosetas de oro. La pasó sobre la cabeza de la amazona, haciendo que se volviera
para ajustar las correas.
—Si algún
daño me sobreviniese en esta guerra —dijo Pentesilea—, prométeme que mis
mujeres no serán esclavizadas ni se verán obligadas a casarse; eso destrozaría
sus corazones. Haz que, si la ciudad sobrevive, queden en libertad de marcharse
sanas y salvas.
—Te lo
prometo —murmuró Casandra.
—Y si yo
muriese, quiero que este arco sea tuyo; mira, tengo incluso aquí, en el fondo
de mi aljaba, algunas flechas de los centauros. La mayoría de mis mujeres
emplean
ahora
saetas de punta metálica porque pueden perforar armaduras como la mía; pero las
flechas de los centauros... ¿Conoces el secreto de su magia?
—Si, sé
que emplean veneno...
—Exacto,
venenos poco conocidos, extraídos de la piel de los sapos —afirmó Pentesilea—.
Y son capaces de matar aunque la herida que inflijan sea leve. Pocos de tus
enemigos, ni siquiera entre los aqueos, irán protegidos de los pies a la
cabeza. Estas flechas son, por así decirlo, un modo de compensar la desventaja
que las mujeres tenemos en talla y fuerza.
—Lo
recordaré —dijo Casandra—. Mas pido a los dioses que no reciba en herencia a
tus mujeres ni a tu arco y que portes tus armas hasta que se depositen en tu
tumba.
—Pero este
arco en mi tumba de nada serviría —objetó Pentesilea—. Cuando haya muerto,
tómalo, Casandra, o deposítalo en el altar de la Doncella Cazadora.
Prométemelo.
Los aqueos
no intentaron romper la tregua durante los sietes días que duraron los Juegos
fúnebres en honor de Patroclo ni durante los tres siguientes, que fueron
dedicados a una fiesta en la que se distribuyeron los premios. Casandra no
asistió a los Juegos ni a la fiesta pero supo de ambos a través de Eneas, que
venció en el lanzamiento de la jabalina y ganó una copa de oro. Héctor se
mostró contrariado porque participó en lucha y fue vencido por el capitán aqueo
llamado Ayax el Mayor; mas le consoló un poco que su hijo Astiánax ganase la
carrera pedestre para muchachos, aunque era el más pequeño de los
contendientes.
—¿Qué
recibió? —le preguntó Casandra.
—Una
túnica de seda de Egipto, teñida con púrpura. Resulta demasiado grande para él
y demasiado bonita para que la destroce un niño pero podrá vestirla cuando
crezca —dijo Eneas—. Y a final del banquete, nos dieron las gracias por nuestra
presencia en los Juegos y afirmaron que por la mañana nos encontraríamos en el
campo de batalla. Así que vamos a dormir, amor mío, porque harán sonar el cuerno
para despertarnos una hora antes del amanecer.
Se tendió
y la atrajo hacia sí. Ella le abrazó con júbilo. Pero al cabo de un momento,
preguntó:
—¿Estuvo
Aquiles?
—Sí, la
muerte de Patroclo lo ha enfurecido más que cualquier insulto de Agamenón.
Deberías haber visto cómo miraba a Héctor; parecía Gorgona dispuesta a
convertir a tu hermano en piedra. Sabes muy bien que nadie me considera
cobarde, pero me alegra que mi destino no sea luchar contra Aquiles.
—Es un
loco —dijo Casandra, con un escalofrío.
Y cortó la
charla, poniendo la cabeza de Eneas bajo la suya para besarlo. Se durmieron
abrazados; pero pasado cierto tiempo, Casandra tuvo la impresión de que se
despertaba y se levantaba... No, porque, volviendo la vista atrás, pudo verse
todavía en la cama, yaciendo entre los brazos de Eneas.
Ligera
como un espíritu, se deslizó a través del templo, flotando donde las amazonas
aún permanecían despiertas, afilando sus armas. Pasó sobre el palacio hasta
llegar a las habitaciones que ocupaban Paris y Helena. Paris dormía
profundamente; y Helena vagaba, con las mejillas mojadas por las lágrimas,
arriba y abajo de la habitación donde habían muerto sus hijos. Aún tiene a
Paris, ¿pero es suficiente? ¿Qué será de ella si somos derrotados?¿La
arrastrará Menelao hasta Esparta sólo para matarla? Durante un momento, a
Casandra le pareció ver a los capitanes aqueos echando a suertes a las mujeres
conquistadas y llevándoselas a las negras naves que llenaban el puerto,
rebosantes de suciedad y de horror...
No,
aquello no era más que un sueño. Existía la posibilidad que nunca llegara a
realizarse. La muerte de Patroclo y el retorno de Aquiles a la contienda habían
cambiado el sentido de las corrientes del futuro, lo sabía. Incluso los dioses
estarían haciendo nuevos planes. La noche parecía centellear con reflejos de
luz de luna y, mientras se deslizaba como un fantasma hacia el campamento
aqueo, enormes siluetas atravesaron la oscuridad. Ningún ser mortal, lo sabía,
podía verla en su estado presente, mas para los dioses era fácil sorprenderla
mientras espiaba en este mundo de espíritus...
Ignoraba
hacia dónde se dirigía; pero por alguna razón desconocida, un firme
sentido de determinación la impulsaba. Se detuvo un instante en la tienda donde
dormía Agamenón. No le pareció realmente más alto de lo normal sino un hombre
de aspecto corriente con un gesto de inquietud en el rostro. Este hombre estaba
casado con la hermana de Helena y había sacrificado a su propia hija para
obtener un viento propicio. ¿Exigían en verdad los dioses de los aqueos actos
tan odiosos, o es que tenían sacerdotes que así lo proclamaban en servicio de
sus afanes corrompidos? Supuso que un hombre malvado era malvado en todas
partes, y que entre los aqueos se desenvolvería con más facilidad. Mientras
deambulaba por allí, el durmiente se volvió boca arriba y abrió los ojos.
Casandra tuvo la impresión de que podía verla, y quizás era cierto si él estaba
soñando.
—¿Has sido
enviado para tentarme, doncella? —murmuró, aunque ella no creyó que en realidad
hablara.
—Sólo
sueñas que estoy aquí —le dijo—. Soy el espíritu de la hija que enviaste a la
muerte, y pido a los dioses que te envíen sueños malignos.
Salió a
través de la pared de la tienda, pero oyó el alarido que emitió al despertar
aterrado. No hubiera deseado ser él esa noche.
Siguió
avanzando hasta encontrarse en la tienda de Aquiles. El príncipe aqueo se
hallaba despierto, tendido boca arriba y con los ojos muy abiertos. Al otro
lado de la tienda, sobre una camilla, estaba el cuerpo de Patroclo. Casandra no
comprendió aquello, el cadáver debería haber sido ya incinerado o enterrado, o
incluso expuesto para que lo devoraran las grandes aves carroñeras, como era
costumbre entre algunas de las tribus de las grandes estepas. Sin embargo, el
cuerpo había sido embalsamado y Aquiles continuaba velándolo. Sus extraños y
pálidos ojos aparecían hinchados como si llevara llorando largo tiempo, y hasta
ella llegó el sonido de sus sollozos.
—¡Oh,
madre! —exclamó entre suspiros.
Casandra
no supo si invocaba a su madre terrenal o si llamaba a una diosa.
—¡Oh,
Madre, me dijiste que Zeus Tonante prometió para mi honor y gloria y mira cuál
es mi estado: vilipendiado por Agamenón y ahora privado de mi único amigo!
Pensó:
Deberías haber pertenecido a la clase de persona que pueden tener más de un
amigo en la vida. Percibió de
nuevo sus
gemidos sin palabras y después sus gritos, dirigidos a Patroclo:
—¿Cómo es
posible que me hayas abandonado? ¿Y qué diré a tu padre? ¡Te advirtió que te
quedases en tu tierra y que te ocuparas de los asuntos de tu propio reino; Pero
yo le juré que no sufrirías ningún daño y que te devolvería a tu casa cubierto
de honor y de gloria! Sí, te llevaré a tu casa... pero ahora no hay para ti
honor ni gloria.
Sus
sollozos aumentaron en intensidad.
Por un
momento Casandra casi llegó a sentir piedad del dolor del príncipe aqueo. Pero
había oído demasiado de su loca afición por la guerra. Mataba sin compasión,
infligiendo todos los sufrimientos de que era capaz. Mas cuando le llegaba el
turno de sufrir, mostraba escasa fortaleza. Jamás habría sucedido aquello si
hubiera salido él a luchar. Patroclo había muerto por hallarse en donde debía
haber estado Aquiles. De repente, supo lo que había ido a hacer allí.
—Aquiles
—le dijo suavemente, imitando el acento que había oído en el campamento aqueo.
Aquiles se
incorporó hasta quedar sentado, y miró a su alrededor con los ojos desorbitados
por el miedo.
—¿Quién me
llama?
—Los
espíritus carecen de nombres —dijo ella, haciendo más grave su voz—. Yo tengo
un número entre los muertos.
—¿Eres tú,
Patroclo? ¿Por qué has venido a acosarme, amigo mío? ¿Por qué permaneces aquí
en vez de reposar?
—No podré
descansar mientras esté insepulto. Mi espíritu seguirá acosando a los que
intervinieron en mi muerte.
—Ve
entonces y acosa al troyano Héctor —gritó Aquiles, dominado por el pavor, con
los ojos desorbitados— ¡Fue su espada la que te arrebató la vida, no la mía!
—Ay —gimió
Casandra—. Permanezco aquí porque me llegó la muerte cuando vestía tu armadura
y en el lugar que tú deberías haber ocupado en el combate... —Luego con súbita
inspiración, añadió—: ¿Has dejado de amarme porque he franqueado las puertas de
la muerte?
—Los
muertos no tienen lugar entre los vivos; no me lo reproches o moriré de pena
—dijo Aquiles, entre sollozos.
—No te lo
reprocho —se quejó Casandra, con voz sepulcral—. Lo dejo a tu propia
conciencia; sabes que sufrí la muerte que hubiera debido ser la tuya.
—¡No!
—aulló Aquiles—. ¡No! ¡No escucharé eso! ¡Socorro! ¡Guardias!
¡Pobre
diablo!, pensó. ¿Cree verdaderamente que sus guardias pueden arrojar de aquí a
un espíritu? Cuatro hombres armados se precipitaron en la tienda.
—¿Nos has
llamado, príncipe? —preguntó el primero de ellos, evitando mirar el cadáver de
Patroclo, tendido en las parihuelas.
—Registrad
el campamento —les ordenó—. Algún intruso ha penetrado sin ser visto y me ha
dicho cosas terribles con la voz de Patroclo. ¡Encentradle y traédmelo y
ensartaré sus ojos en un espetan! ¡Le arrancaré las entrañas y las freiré ante
sus ojos! ¡Y... pero traédmelo primero!
Agitó el
puño y los hombres se precipitaron al exterior.
Concluida
su misión, Casandra se deslizó tras ellos y oyó decir a uno de los cuatro:
—Lo sabía.
Estaba loco cuando se encerró en su tienda pero eso le ha enloquecido aún más.
—¿Crees
que hay un espía?
—No pienso
molestarme en buscarlo dentro de su pobre mente enferma, muchacho —declaró
cínicamente el primero que había hablado—.Es el único sitio en que podríamos
hallar al intruso.
Casandra
habría reído si hubiera sido capaz de hacerlo. Como un espectro de niebla
ascendió por la larga ladera hacia las cimas de Troya barridas por el viento.
Luego, silenciosamente, descendió hasta fundirse con su cuerpo todavía rodeado
por los brazos de Eneas.
Durmió sin
soñar.
Ahora que
tenía un hombre entre los guerreros, Casandra experimentaba con más fuerza que
antes el impulso que enviaba hasta las murallas a las mujeres para contemplar
el combate. Delegó por completo en Filida la tarea de cuidar de las serpientes
y a las otras sacerdotisas la de curar a los heridos. Aquella mañana los carros
en línea parecían pintados en colores más brillantes; las armas relucían más
amenazadoras que nunca. Héctor estaba al frente de ellos, flanqueado por Eneas
y Paris, armados y formidables como si fuesen los dioses de la guerra en
persona. Tras la línea de carros iban largas filas de infantes con sus
deslumbrantes armaduras de cuero, sus jabalinas y sus lanzas. Pensó que, de
hallarse entre los aqueos, ella hubiera escapado a la carrera.
Las tropas
argivas, formadas a lo largo del terraplén que habían construido entre la
llanura y la plaza donde estaban ancladas sus naves, no se inmutaron cuando
Héctor dio la orden de carga. Resonó el grito de guerra de los troyanos. Los
carros se lanzaron estruendosos contra la inconmovible línea aquea. Los argivos
enviaron una nube de flechas y, en un movimiento concertado, se alzaron los
escudos troyanos. La mayor parte de las saetas cayeron sobre el techo formado
por los escudos de los troyanos, sin producir daño. A la primera siguió
rápidamente una segunda nube de flechas; se desplomaron uno o dos soldados, o
abandonaron tambaleándose la formación para volver a las murallas. Pero los
carros no se detuvieron.
Un gran
grito se elevó de ambas formaciones. En lo alto del terraplén asomó un enorme
carro de bronce, adornado con alas doradas y un sol que irradiaba sus rayos.
Sobre el carro se erguía una figura resplandeciente: Aquiles se había unido a
la batalla, dominando las líneas de aqueos como un gallo domina un gallinero.
En contraste, todos los demás parecían pequeños e insignificantes.
Entre
alaridos, alzó su gran escudo y guió su carro terraplén abajo como una Furia
lanzada contra Héctor. Saltó entonces a tierra y proclamó su desafío. Héctor
estaba obligado a responderle. Lo acometió con su venablo, pero éste rebotó
sobre el escudo de Aquiles; luego, con la espada en una mano y el escudo en la
otra, volvió a atacarlo. Incluso desde donde se hallaba, Casandra pudo sentir
el impacto de aquel primer golpe que arrojó hacia atrás, vacilantes, a los dos
hombres.
Andrómaca
estaba junto a ella, aferrada a su brazo con tal fuerza que sus uñas se
clavaron en su piel. Aquel combate había sido inevitable desde el momento en
que Patroclo fue muerto.
Casandra
gritó de excitación. Tras los infantes que avanzaban para atacar a los soldados
aqueos entre los carros, estaban las amazonas. Sus flechas y sus espadas
acabaron con muchos guerreros argivos. Héctor, frente a Aquiles, parecía ahora
más alto e impresionante. Casandra sintió que ya no era su hermano sino el
propio y resplandeciente dios de la guerra. Hirió a Aquiles y el aqueo cayó. El
grito de entusiasmo de las filas troyanas pareció reanimarle y, de nuevo en
pie, obligó a Héctor a retroceder hacia su carro. El príncipe troyano subió al
estribo e hizo girar el vehículo, arremetiendo contra Aquiles. Éste cayó y a
punto estuvo de ser arrollado, pero se recobró una vez más y le lanzó su
venablo. Rebotó en la armadura de Héctor, mas a tal golpe siguió una fuerte
estocada que alcanzó al troyano en el cuello.
Héctor se
desplomó en su carro. Troilo empuñó las riendas y, derribando de nuevo a
Aquiles, emprendió una carrera hacia las murallas. Entonces las amazonas
acometieron al aqueo con sus lanzas, pero éste fue protegido de inmediato por
casi dos docenas de sus mirmidones que formaron una sólida barrera ante él. Las
amazonas se vieron obligadas a retirarse porque, aunque habían abatido a diez o
doce hombres de Aquiles, de continuo acudían más.
Los
mirmidones alcanzaron el carro de Héctor cuando ya estaba junto a las murallas
de Troya. Tras ellos irrumpió Aquiles sobre su propio carro, tirado por un solo
caballo; había cortado las riendas del otro. Deliberadamente arremetió con su
vehículo contra el de Héctor. El joven Troilo saltó despedido. Cayó de pie y
fue acosado por un enjambre de mirmidones. Andrómaca gritaba. Casandra se
volvió para calmarla y, cuando tornó a mirar, Aquiles empuñaba las riendas del
carro troyano y corría hacia las líneas aqueas con Héctor... o con su cadáver.
Troilo
luchaba rodeado de enemigos. Una de las amazonas se lanzó hacia él, mató a tres
hombres de Aquiles y lo izó a su montura. Paris y Eneas perseguían a Aquiles,
pero los hombres del terraplén enviaron contra ellos un tropel de jabalinas que
empalaron a sus caballos. Cargaron las amazonas y rescataron a Paris y a Eneas,
aunque sus carros volcados quedaron en poder de los aqueos. Aquiles, con Héctor
y su carro, había desaparecido.
Aún
cubiertos por los arqueros que lanzaban flechas desde las murallas, los
troyanos necesitaron una hora de encarnizada lucha para retroceder hasta las
puertas. Allí los esperaba Andrómaca.
—¿No
pudisteis siquiera recobrar su cadáver? —chilló—. ¿Le dejasteis en sus manos?
—Hicimos
todo lo que pudimos, pero Aquiles...
Fue Paris
quien habló. Había perdido la mayor parte de las piezas de su armadura y,
apoyado en su auriga, sangraba de un enorme tajo en el muslo.
—¡Aquiles!
¡Maldito sea para siempre! ¡Que sus huesos se pudran insepultos en las orillas
de la laguna Estigia! —prorrumpió Andrómaca, gritando salvajemente su pena—.
¡Héctor ha muerto! ¡Perezca Troya!
Hécuba se
sumó al plañido.
—¡Está
muerto! ¡Está muerto el más grande de nuestros héroes! Muerto o en manos
aqueas...
—Está
muerto —dijo Eneas, con tristeza.
—Me
avergüenza admitirlo, pero sin la carga de las amazonas todos estaríamos
muertos —afirmó Deifobo, que había bajado a Troilo de la silla de la amazona y
examinaba sus heridas.
Hécuba
corrió hacia él y le tomó en sus brazos mientras reclamaba la presencia de un
sacerdote curandero.
—¡Ah,
hijos míos! ¡Héctor! ¡Mi primer hijo y mi último hijo en tan sólo una hora!
¡Ah, la más fatídica de todas las batallas! —gimió antes de desplomarse
inconsciente.
Casandra
se arrodilló presurosa junto a ella, temiendo aterrada que aquel golpe la
hubiese matado también.
—No,
Troilo vive —dijo Eneas, alzando con cuidado a la anciana—. Has de ser fuerte,
madre; necesitará de todos tus cuidados si no quieres perderlo también.
Puso a
Troilo al cuidado de un sacerdote curandero, que le devolvió la conciencia con
un poco de vino y luego reconoció sus heridas. Las mujeres distribuían vino a
su alrededor. Eneas tomó una copa, y la vació de un trago.
—Creo que
mañana le apuntaré cuidadosamente a Aquiles desde las murallas y trataré de
matarlo antes de que nos aventuremos a salir.
—No puede
morir de ese modo —afirmó Deifobo—. Su armadura ha sido forjada por un dios.
¡Las saetas rebotan como si fuesen ramitas!
—No
forjada por un dios —dijo Pentesilea—, sino en sólido hierro. ¿Imaginas lo que
debe pesar? Ni siquiera pueden atravesarla las saetas escitas de punta metálica
que lanzan mis mujeres.
—Se afirma
que Aquiles se halla protegido por encantamientos, de forma que ninguna herida
infligida por mortal podrá abatirlo —comentó Paris, preocupado.
—Dejadme
que le clave un arma y os garantizo que morirá —dijo Eneas—. Pero hemos de
subir a comunicar a Príamo las noticias; las peores de todo el año.
—Esto
debería haberse previsto —masculló Casandra—. Héctor mató a Patroclo. Aquiles
actuó para tal fin en cuanto puso un pie fuera de la muralla. No ha sido una
acción de guerra sino un asesinato.
Pero, en
su interior, se preguntó si existía mucha diferencia.
—Tenemos
que ir ante Aquiles de inmediato —dijo Eneas—; quizás antes de decírselo a
nuestro padre, y solicitar una tregua para enterrar y llorar a nuestro hermano.
—¿Crees de
veras que accederán? —preguntó Paris, en torno sarcástico—. Tienes una opinión
demasiado buena de ellos.
—Deben
concederla —afirmó Eneas—. Nosotros les dimos una tregua para los Juegos
fúnebres de Patroclo.
—Si es
necesario, yo misma iré y me arrodillaré ante Aquiles y le suplicaré que me
devuelva el cuerpo de mi marido —dijo Andrómaca.
—Lo
devolverán —aseguró Eneas—. Aquiles siempre está hablando de honor.
—Sólo del
suyo, según mis noticias —puntualizó Casandra.
—Bien,
pues entonces su propio honor le obligará a hacer lo que es honroso —contestó
Eneas—. Ellos me conocen; dejadme ir al frente de una delegación de la guardia
de Héctor para traer su cadáver.
—Hemos de
comunicárselo primero a nuestro padre —intervino Troilo quien, muy pálido y con
la cabeza vendada, abandonaba ya los cuidados del curandero—. Si queréis, yo lo
haré. Soy el culpable. Yo lo dejé caer en manos de Aquiles.
Hécuba lo
abrazó con fuerza.
—Nadie te
culpa, hijo mío. Me alegro de que no le siguieras en la muerte —y añadió—. Pero
sí, ve a Príamo; nada podrá consolarle de la pérdida de nuestro primogénito
salvo saberla por un hijo con que aún somos bendecidos...
—Yo iré y
se lo diré —aseguró Paris—. Pero primero hemos de reunimos los hermanos. Todos
los que aún vivimos compareceremos ante él, dispuestos a consolarlo.
—Y yo iré
al templo de la Doncella para enterar a Polixena —dijo Casandra—. Héctor y ella
eran muy próximos en edad y se querían mucho.
Se
disponían ya a desempeñar sus diversos cometidos, cuando Andrómaca se dirigió a
la muralla y lanzó un agudísimo lamento.
—¡Ah, el
demonio, el monstruo! ¿Qué hace ahora?
—¿Quién?
—preguntó Casandra.
Pero ya lo
sabía; sólo una persona podía ser demonio y monstruo. Se precipitó al parapeto.
El sol
estaba alto pero aún no era mediodía aunque les pareciera que habían estado
contemplando la batalla durante toda una mitad de la jornada. En la llanura
ante Troya se alzaba una gran nube de polvo; al despejarse un poco, pudo ver el
carro de Aquiles. El caudillo aqueo conducía a sus dos caballos, de nuevo
emparejados. Entre la polvareda que dejaba el carro, vio también otra figura
cuya armadura revelaba claramente su identidad.
—¡Héctor!
¿Pero qué está haciendo? —inquirió.
Era harto
evidente lo que hacía. Arrastraba por el polvo tras su carro el cadáver de
Héctor. Los tróyanos observaron horrorizados cómo describía círculos en la
planicie.
—Pero está
loco —dijo Casandra—. Yo pensaba...
Había
pensado que le llamaban loco en forma retórica; pero el hombre que maltrataba
el cadáver de un enemigo caído, aunque fuese el adversario que había matado a
su más querido amigo, tenía que estarlo en realidad.
Ese hombre
debería ser controlado, pensó estremeciéndose.
—Esto va
más allá de la venganza; ese hombre es inhumano —dijo Eneas.
—Quizás ha
enloquecido por la pena —opinó Casandra—. Amaba a Patroclo más allá de toda
razón y, cuando éste murió, perdió el último de sus lazos con la cordura.
—Aun así,
es preciso acabar con esto —dijo Eneas—. Hemos de acudir a los aqueos. Odiseo
al menos es un hombre razonable, y conseguir el cadáver de Héctor antes de que
llegue esto a oídos de su padre.
—Pero yo
he de permanecer aquí —clamó Andrómaca, apretando los puños—, y ver esto sin
enloquecer de dolor, pero Príamo, hombre y rey, tiene que ser protegido de las
palabras, no sólo de la escena... —Echó hacia atrás la cabeza y gritó—: ¡Yo
misma bajaré, si es preciso, y persuadiré a ese hombre con un látigo de que no
puede hacer eso ante toda la familia de Héctor!
—No —dijo
Paris, abrazándola cariñosamente—. No, Andrómaca, no te escuchará. Te lo
aseguro, está loco.
—¿Loco? ¿O
finge locura para que paguemos un fuerte rescate por el cuerpo de Héctor?
—preguntó Andrómaca.
Casandra
no había pensado en aquella eventualidad.
Al fin
Troilo, llevando consigo a dos de los otros hijos de Príamo, subió a comunicar
al rey la muerte de Héctor. Mientras tanto, Paris y Eneas se armaron y
partieron en un carro con el heraldo favorito de Príamo. Trataron en vano de
que Aquiles los escuchara; él se limitó a azotar frenéticamente a sus caballos,
negándose a escuchar una sola de las palabras que pronunció el heraldo.
Pasado
cierto tiempo dejaron de intentarlo, deliberaron y se dirigieron al campamento
principal de los aqueos para hablar con Agamenón y los otros caudillos. Poco
después regresaron a Troya, con el desánimo pintado en sus semblantes.
Andrómaca
se precipitó hacia ellos
—¿Qué
dijeron? —preguntó, aunque era obvio que no habían tenido éxito.
Allá
abajo, en la llanura, el carro de Aquiles seguía arrastrando en círculos el
cadáver. Parecía dispuesto a continuar así al menos hasta el ocaso.
—No
intervendrán para detener a Aquiles —informó Eneas—. Dicen que es su jefe. Y
que debe hacer lo que le plazca con sus cautivos y prisioneros. Mató a Héctor y
el cadáver es suyo, para obtener un rescate o para lo que quiera.
—Pero es
monstruoso —afirmó Andrómaca—. ¡Vosotros no dudasteis en otorgarles una tregua
para que llorasen a Patroclo! ¿Cómo pueden hacer esto?
—No
querían hacerlo —explicó Paris—. Agamenón no osaba mirarme a la cara. Saben que
están violando todas las reglas de la guerra, reglas que ellos mismos dictaron
v que nosotros accedimos a cumplir. Pero también saben que no tienen
posibilidad de triunfo sin Aquiles. Le encolerizaron una vez, y no quieren
correr el riesgo de volver a enfurecerlo.
El sol
había descendido mucho y sobre parte de la llanura de Troya se extendían ahora
las largas sombras de las murallas.
—Sólo nos
queda salir y luchar por su cadáver —dijo Paris.
Llamó a su
escudero y empezó a ponerse la armadura —Llamad a las amazonas; con una carga y
sus flechas podrán cubrirnos. Son fieras combatientes, más fieras que cualquier
hombre —declaró Eneas—. Sacrificaré al dios de la guerra mi mejor caballo si
conseguimos el cadáver de Héctor.
—Yo
sacrificaré más que eso si me concede a Aquiles —afirmó Paris—. Héctor y yo no
estuvimos muy unidos, pero era mi hermano mayor y le quería. Y aunque así no
fuese, las obligaciones del parentesco me prohíben permanecer ocioso mientras
su cuerpo es mancillado. Ni siquiera Aquiles puede tener pendencias con los
muertos.
—Recuerdo
que Héctor dijo que Patroclo y él tendrían mucho de que hablar en el Más Allá
—manifestó Casandra. —Sí —repuso Eneas con tristeza—. Si Aquiles se detuviera
en reflexionar, sabría que Héctor y su amigo serían buenos compañeros en las
estancias de la Otra Vida.
—Confío en
que sea voluntad de los dioses que no me halle cerca de Aquiles en el otro lado
de la muerte —dijo Paris sombríamente—. O juro que, a menos de que aprenda allí
algo que no me ha sido dado conocer en esta vida, quebrantaré la paz de ese
mismo mundo cuando me encuentre allí con Aquiles.
—Oh,
callaos —pidió Eneas—. Ninguno de nosotros sabe lo que pensaremos o haremos una
vez franqueada esa puerta; pero en este mundo se nos ha enseñado que la
enemistad concluye con la muerte y que lo que Aquiles está haciendo ahora es un
ultraje y una atrocidad... así como también un insulto a las buenas maneras.
Debería mostrar respeto por un enemigo caído; tú lo sabes, yo lo sé, los demás
aqueos lo saben. Y te doy mi palabra de que, si Aquiles lo ignora, me sentiré
feliz dándole una lección, aquí y ahora. ¿Están los soldados armados y
dispuestos? —Sí —contestó Paris—. Abrid las puertas. Príamo pasó lentamente
entre las filas y se dirigió a la parte de la muralla donde estaban las
mujeres. Estaba tan pálido como la muerte, y Casandra observó que había llorado.
__Si
rescatas el cadáver de mi hijo para que podamos enterrarlo honrosamente, podrás
pedir como premio lo que te plazca —dijo a Eneas, cuando éste descendía camino
de la puerta.
Eneas
volvió, se arrodilló un momento ante él, y le besó la mano.
—Padre,
Héctor era mi cuñado y mi compañero de armas. No necesito premio alguno por
hacer lo que bien sé que él hubiera hecho por mí.
—Entonces
que la bendición de todo dios que yo conozca descienda sobre ti —declaró
Príamo.
Cuando
Eneas se levantó, le dio un rápido abrazo y besó su mejilla. Luego le dejó ir y
los hombres bajaron a la puerta.
Troilo
pretendió unirse a ellos pero Hécuba gritó:
—¡No! ¡Tú,
no!
Y lo
sujetó por la túnica. Pero Troilo se desembarazó de ella y Príamo hizo señal a
la reina de que lo dejase ir.
Hécuba se
echó a llorar.
—¡Viejo
cruel! ¡Padre desnaturalizado! Hoy hemos perdido un hijo. ¿Quieres que perdamos
otro? —gritó.
—No es un
niño —dijo Príamo—. Desea ir y no se lo prohibiré. Tampoco me opondría si
buscara una excusa para quedarse, pero debo sentirme orgulloso de él.
—¡Orgulloso!
—exclamó con rabia mientras observaba la carrera que emprendían los carros en
cuanto franquearon la entrada— ¡Hay más de un loco aquí!
Casandra
había visto luchar a las amazonas muchas veces y deseó haber podido cabalgar
con ellas. Sin embargo, aunque el combate de la mañana le había parecido muy
violento, fue suave comparado con la ferocidad de la batalla por el cadáver de
Héctor.
Una y otra
vez los soldados troyanos se lanzaron a ataques suicidas contra el carro de
Aquiles, tratando de volcarlo, arrollarlo y apoderarse del cadáver. Pero las
fuerzas conjuntas de Héctor y las amazonas no pudieron lograrlo Parecía como si el
propio dios de la guerra acompañase a Aquiles. Más de una docena de soldados y
siete amazonas cayeron en estas acometidas ante los aurigas de Agamenón
mandados por Diómedes, y los más fuertes arqueros espartanos.
Cuando
empezó a escasear la luz, se inició la retirada de los troyanos; y al
desplomarse Troilo, atravesado por una saeta disparada por el propio Aquiles,
Eneas dio por terminada la batalla y llevó el cuerpo de Troilo al interior del
recinto amurallado.
—No quería
vivir —dijo Hécuba, sollozando sobre el cadáver—. Se culpaba... le oí... de la
muerte de su hermano...
En el
rojizo crepúsculo, la nube de polvo que seguía al carro de Aquiles no mermaba.
—Parece
que pretende proseguir durante toda la noche —comentó Paris—. No hay nada que
podamos hacer.
—Es
probable que yo sea capaz de ver en la oscuridad mejor que sus caballos —dijo
Eneas—. Podríamos probar de nuevo a la luz de la luna...
—No hay
razón para eso —intervino Pentesilea—. Ahora tienes un hermano al que enterrar
y llorar; mañana habrá tiempo de volver a pensar en Héctor.
Hécuba,
arrodillada ante el cuerpo de Troilo, alzó su cara sofocada por los sollozos,
que parecía haber envejecido veinte años.
—Si es
preciso, iré a Aquiles y le suplicaré por el amor de su propia madre que me
deje enterrar a mi hijo —afirmó—. Seguramente tiene una madre y la honra.
—¿Crees de
verdad que un ser humano ha podido parir a ese monstruo? —preguntó Andrómaca,
llorando—. ¡Seguramente procede del huevo incubado de una serpiente!
—Como
cuidadora de serpientes, me ofende lo que has dicho de ellas —dijo Casandra—.
No existe serpiente tan cruel; matan para comer o defender a sus crías pero
ninguna hace por placer la guerra a otra, sea quien fuere el dios al que sirva.
—Dejémoslo
por esta noche —dijo Andrómaca—. Quizás el nuevo día le devuelva la razón.
Se apartó
de la muralla, rehuyendo deliberadamente la visión del carro de Aquiles y de la
nube de polvo que ocultaba el cadáver de Héctor. Levantó con suavidad a Hécuba
cogiéndola de un brazo, y sostuvo con fuerza el peso de la anciana. Juntas
subieron hacia el palacio.
Casandra
se inclinó sobre el cuerpo sin vida de Troilo. Recordó la carita enrojecida y
redonda con que había nacido, sus lloros y el modo en que alzaba sus puñitos.
¡Cómo había rezado su madre por tener otro hijo y cuan feliz se sintió cuando
llegó! Pero a ella le alegraba siempre el nacimiento de un niño en el palacio,
incluso de los que parían las concubinas; la reina era siempre la primera en
tener al recién nacido en sus brazos, por humilde que fuese la madre.
Bueno,
había prometido decírselo a Polixena. Subió lentamente por las calles hacía el
templo de la Doncella. A la altura del patio exterior, en donde se levantaba la
imagen de la diosa, el viento tiró hacia atrás su manto y sus cabellos.
Habían
sido tantos los años vividos como sacerdotisa que casi había dejado de
preocuparse acerca de la naturaleza de los dioses y diosas, de si
verdaderamente procedían de algún lugar fuera de lo humano o si debían su
existencia al afán del hombre por adorar las más grandes virtudes y su esencia
divina. Sin embargo ahora, al contemplar el rostro sereno de la Doncella, se
preguntó de nuevo: ¿Podía alguien humano o divino nacer sin una madre? ¿No era
ese mismo concepto una blasfemia contra todo lo divino? Casandra no había
parido ningún hijo pero su insatisfecha pasión de la maternidad había llevado a
Miel hasta sus brazos y sabía que la protegería con su propia vida, como
cualquier otra madre.
Con su
misma madre compartía ahora un terrible dolor. Se sentía culpable de haber
subestimado a Aquiles. Debería haber sabido que su locura le hacía aún más
peligroso.
Mas, de
haberlo advertido, no habría sido escuchada.
Una de las
sirvientes del templo la reconoció y se acercó a preguntarle con deferencia
cómo podía atender a la hija de Príamo.
—Deseo
hablar con mi hermana Polixena —dijo.
La
sirvienta fue a llamarla.
Al poco
tiempo oyó pasos, y Polixena apareció en la estancia.
—¡Traes
malas noticias, hermana! ¿Acaso nuestra madre o nuestro padre...? —gritó, al
ver el semblante de Casandra.
—No, aún
viven —le contestó—. Aunque ignoro las consecuencias que en definitiva tendrán
para ellos las noticias que vengo a traerte.
Polixena,
ya próxima a los treinta años, conservaba en su rostro la frescura de la piel
de un niño. Se acercó y abrazó a Casandra, llorando.
—¿Qué has
venido a anunciarme? Dímelo.
—Héctor...
—empezó a decir, pero se detuvo al sentirse a punto de echarse a llorar.
—Lo peor
—dijo después—, es que no sólo se trata de Héctor sino también de Troilo. —Se
agarrotó su garganta, pero se forzó a continuar—. Ambos muertos en el espacio
de unas horas, a manos de Aquiles; ese demente arrastra el cadáver de Héctor
tras su carro y no quiere entregar su cuerpo para que sea enterrado...
Polixena
estalló en sollozos y las hermanas se abrazaron, unidas como no lo habían
estado desde que eran muy pequeñas.
—Iré de
inmediato —declaró Polixena—. Nuestra madre me necesita. Voy a buscar mi manto.
Salió a
toda prisa y Casandra pensó entristecida que aquello era cierto; ella no podía
consolar a su madre. Incluso Andrómaca se hallaba más cerca de Hécuba que ella
misma. Así había sido toda su vida. De sus hijos, Héctor era el más próximo al
corazón de sus padres y Casandra la menos querida. ¿Sucedió así sólo porque
ella era diferente de los demás?
Le
destrozaba el corazón saber que ni siquiera en aquel terrible momento podía
acercarse a su madre. Porque ella siempre conservaba el control de sí misma al
no mostrar sus sentimientos, nadie creía que también necesitaba consuelo. Su
tristeza, profunda y solapada, la hacía parecer ante su madre fría e inhumana,
totalmente distinta de lo que debiera ser una mujer.
Polixena
regresó cubierta con el pálido manto de las sacerdotisas. De su cintura colgaba
algo envuelto en un paño. Sus ojos estaban enrojecidos, pero había dejado de
llorar. Sin embargo, Casandra sabía que volvería a hacerlo al ver las lágrimas
de su madre.
Me
gustaría poder llorar. Héctor merece todas las lágrimas
que
derramemos por él Y se preguntó desesperada: ¿Qué es lo que me sucede que no
puedo llorar por mis hermanos más queridos?
Mas,
dentro de su corazón, una vocecilla juiciosa dijo: Héctor fue un estúpido;
sabia que Aquiles era un loco que no se atenía a ninguna norma de guerra
civilizada y, sin embargo, en nombre de algo que llamaba honor, se precipitó a
la muerte. Ese honor le importaba más que su propia vida, o que Andrómaca o su
hijo o el pensamiento del dolor que infringiría a sus padres. Y pese al horror
que implicaba lo que Aquiles estaba haciendo con su cadáver, eso no
incrementaba su tristeza por la muerte. Héctor estaba muerto y harto terrible
era ya tal desgracia. ¿Qué podía empeorar el hecho?
De
cualquier modo, todos moriremos; y pocos de nosotros tan rápida o benignamente.
¿Por qué no alegrarnos de que se le hayan ahorrado más sufrimientos?
Polixena
entregó a Casandra el envoltorio, y ella sintió que había algo duro en su
interior.
—Son mis
joyas —dijo—. Nuestro padre puede necesitarlas para pagar el rescate del cuerpo
de Héctor. Aquiles codicia tanto el oro como lo que él llama gloria; tal vez
esto servirá de algo.
—Si es
así, también ofreceré las mías —afirmó Casandra—. Aunque tengo pocas; sólo los
anillos y las perlas de Colquis.
Juntas
descendieron por la colina hacia el palacio. Ya era tarde. El sol se había
ocultado tras un denso banco de nubes y el viento llevaba olor a tierra húmeda.
En la llanura no se veía rastro del carro de Aquiles; había renunciado a su
vergonzosa venganza, al menos por la noche.
—Tal vez
emprendan una incursión nocturna para rescatarla —aventuró Polixena— o, si
llueve, quizás Aquiles acepte el pago de un rescate; no querrá conducir su
carro bajo una tormenta.
—No creo
que eso suponga ninguna diferencia para él —afirmó Casandra—. Me parece que lo
prudente sería aceptar la situación y hacer lo que él no espera. Dejar que se
quede con el cadáver de Héctor y reunir mañana todas nuestras fuerzas para
lanzarlas en un intento desesperado de dar muerte a Aquiles, a Agamenón y quizá
también a Menelao.
Polixena
la miró con auténtico espanto. Las primeras gotas de lluvia empezaron a
confundirse en sus mejillas con las lágrimas.
—Te
suplico, hermana, que nada digas de esto a nuestra madre o a nuestro padre. No
creo que ni siquiera tú puedas ser tan desalmada como para dejar a Héctor
insepulto bajo la lluvia.
—No es
Héctor quien yace insepulto —dijo Casandra con firmeza—, sino un cuerpo muerto
como cualquier otro.
—Ignoro si
eres muy estúpida o simplemente mala —dijo Polixena—, pero hablas como un
bárbaro y no como una mujer civilizada, que además es princesa y sacerdotisa de
Troya.
Apartó los
ojos, y Casandra supo que no había hecho más que empeorar las cosas. Se alejó
unos pasos de Polixena para que no viera las lágrimas que salían de sus ojos,
aunque sabía que Polixena la tendría en mejor concepto por ellas. No volvieron
a hablarse,
Cuando
llegaron al palacio, una doméstica tomó sus mantos empapados, secó sus cabellos
y sus pies con toallas y las condujo al gran comedor. Casandra advirtió que los
ojos de la anciana se hallaban tan hinchados y enrojecidos como los de su
madre; hasta los últimos marmitones de las cocinas adoraban a Héctor y todas
las mujeres del palacio recordaban a Troilo cuando era un niño pequeño y
mimado.
La
estancia estaba casi igual que siempre, iluminada por un crepitante fuego y las
antorchas de madera que producían una brillantez en la cual las pinturas
murales parecían ondear, adquiriendo el aspecto de paisajes submarinos. Estaba
vacío el banco tallado que habitualmente ocupaba Héctor, y Andrómaca se sentaba
entre Príamo y Hécuba, como una niña entre sus padres.
Paris y
Helena se hallaban próximos, con las manos entrelazadas. Se levantaron para
recibir a Polixena, que primero fue a besar a sus padres. Casandra ocupó su
lugar acostumbrado, junto a Helena. Pero cuando las domésticas le sirvieron no
pudo tragar bocado y tan sólo fue capaz de mordisquear unas verduras cocidas y
de beber un poco de vino aguado. Paris parecía entristecido pero Casandra supo
que tenía muy presente su recién adquirida posición de hijo mayor de Príamo y
de la reina, y la de jefe de sus ejércitos. Si queda alguna esperanza para
Troya, alguien debe
disuadirlo
de esa idea, pensó. Él no es Héctor. Luego se sorprendió de sí misma. Conocía
hacía tiempo que no existía esperanza para Troya. ¿Por qué continuaban
alzándose una y otra vez indomables pensamientos de esperanza?
¿Significaba
eso que sus visiones de destrucción sólo eran alucinaciones o desvaríos de la
mente, como todo el mundo decía? ¿O sería que, tras la desaparición de Héctor,
había surgido de algún modo una nueva esperanza para Troya? No, eso era
ciertamente locura. Él era el mejor de todos nosotros, pensó; y supo que
alguien ¿Paris? ¿Príamo? acababa de decirlo en voz alta.
—Él era el
mejor de todos nosotros —afirmó Paris—, pero ha desaparecido; y sin él hemos de
librar el resto de esta guerra. Aunque no sé cómo lo haremos.
—En
realidad es tu guerra —afirmó Andrómaca—. Dije a Héctor que debería habértela
dejado a ti solo.
Se oyó un
sollozo; procedía de Helena. Andrómaca se volvió hacia ella, súbitamente
enfurecida.
—¿Cómo te
atreves? ¡De no ser por ti, él estaría con vida y su hijo no sería un huérfano!
—Oh,
vamos, querida —terció Príamo en tono conciliador—, realmente no debes hablar
así a tu hermana... bastante dolor hay esta noche en esta casa.
—¿Hermana?
¡Jamás! Esta mujer procede de nuestros enemigos, de donde vienen todos nuestros
males... mírala ahí sentada, complacida de que su amante vaya a mandar todos
los ejércitos de Príamo...
—Los
dioses saben que no me complazco —contestó Helena, ahogando sus lágrimas—.
Lloro por los hijos caídos de esta casa, que se ha convertido en la mía, y por
el dolor de quienes son ahora mi padre y mi madre.
—¿Cómo te
atreves...? —empezó a decir de nuevo Andrómaca, pero Príamo la tomó por una
mano, que retuvo entre las suyas, y le habló al oído.
—¿Cómo
tendría que manifestar mi dolor? —preguntó Helena, levantándose y acercándose
al alto trono de Príamo. Sus largos cabellos rubios, sueltos, caían sobre sus
hombros; sus ojos azules, hundidos en su cara y ensombrecidos por el llanto,
destellaban a la luz de las antorchas.
—Padre
—dijo a Príamo—, si es tu voluntad, bajaré al campamento; yo misma me ofreceré
a los aqueos a cambio del cadáver de Héctor.
—Sí, hazlo
—dijo Hécuba rápidamente, casi antes de que Helena hubiese terminado de hablar
y de que Príamo iniciara su respuesta—. No te harán ningún daño. Andrómaca se
mostró de acuerdo. —Puede que fuese el único acto bueno de toda una vida y la
expiación por todo lo que has traído a esta casa —dijo. Casandra se sentía
clavada a su asiento, aunque su primer impulso había sido levantarse y gritar:
¡No, no! Recordó sin embargo lo que profetizó la primera vez que Paris apareció
ante las puertas de Troya; que era una antorcha que prendería un fuego en el
que ardería toda la ciudad, una profecía repetida cuando trajo a Helena. Eso
sucedió hacía mucho tiempo; ya no censuraba a Helena por el hecho de que
hubiese acudido a la ciudad; ése era el destino ordenado por los dioses. Y
entonces no la escucharon ni su padre ni sus hermanos, ni siquiera Héctor.
Ciertamente harían lo contrario de lo que dijera. Mejor era callar. Príamo
contestó cariñosamente.
—Oferta
generosa la tuya, Helena, pero no podemos permitir que lo hagas. No eres la
única causa de esta guerra. Rescataremos el cadáver de Héctor con todo el oro
de Troya, si es preciso. Aquiles no es el único capitán de los aqueos. Es
seguro que habrá allí algunos que atenderán a razones. -¡No!
Andrómaca
se puso en pie y dirigió a Helena una mirada fija y sombría. Casandra
comprendió por qué algunos la consideraban más hermosa que Helena, aunque su
belleza fuese de un estilo diferente, morena mientras que Helena era rubia,
delgada mientras que Helena era opulenta. —No, padre. Déjala ir, te lo suplico.
Me debes algo más; yo parí al hijo de Héctor. Te lo ruego, déjala partir; y si
no se marcha, échala a latigazos. Esta mujer ha sido siempre una maldición para
Troya. Paris se puso en pie.
—Si
expulsas a Helena, yo iré con ella —afirmó. —Ve, entonces —aulló Andrómaca—.
¡También eso sería una bendición para nuestra ciudad! Bien hizo tu padre cuanto
te envió lejos de aquí.
—Está
delirando —dijo Deifobo con rudeza—. Helena no se irá mientras yo viva; la
diosa nos la envió y ningún otro techo la cobijará mientras vivamos mis
hermanos y yo.
La mirada
de Príamo descendió sobre la sala.
—¿Qué debo
hacer? —se preguntó casi en voz alta—. Mi reina y la esposa de mi Héctor nos
han dicho...
—Tiene que
marcharse —gritó Andrómaca—. Si se queda aquí, yo saldré esta noche de Troya. Y
convocaré a todas las mujeres de la casa de Príamo para que vengan conmigo.
¿Hemos de quedarnos bajo el mismo techo que la que ha arrastrado a nuestra
ciudad por el polvo?
—Mas las
murallas de Troya se mantienen firmes —dijo Paris—. No todo se ha perdido.
Se puso en
pie y se acercó a ella. Después tomó suavemente su mano y se la llevó a los
labios.
—No te
guardo rencor, pobre muchacha —declaró—. Te hallas cegada por tu dolor y no es
extraño que así sea. Puedo asegurarte que Helena no guarda rencor contra ti.
Andrómaca
se apartó de un salto.
—Mujeres
de Troya, os convoco, salid del techo maldito que acoge a esta falsa diosa,
empeñada en conseguir la ruina y la esclavitud de todos nosotros... —Su voz se
alzó, aguda e histérica; recogió una antorcha y gritó—. Seguidme, mujeres de
Troya...
Príamo se
levantó sin apartarse de su sitio, y rugió:
—¡Ya es
bastante! ¡Hartos dolores hemos sufrido sin tener que recurrir a esto! Hija
mía, comprendo tu desesperación; pero te ruego que te sientes y escuches. Nada
se resolvería expulsando a Helena. Muchos soldados cayeron en guerras tiempo
antes de que naciera Héctor... o yo.
Tendió los
brazos para estrechar a Andrómaca y, al cabo de un instante, ella se desplomó
contra su pecho, sollozando. Hécuba acudió a sostenerla.
—Paz
—clamó con tono sombrío—. Hemos de llorar y enterrar a Troilo antes de que
salga el sol; y vosotras, mujeres, recoged vuestras joyas para ofrecerlas como
rescate de Héctor.
Casandra
se unió a las que iban a velar el cuerpo de Troilo y se preguntó si Andrómaca
había obrado justamente. La viuda de Héctor fue la única que no siguió a
Hécuba; se quedó a los pies de Príamo, llorando con desconsuelo.
—Yo no
tengo un cuerpo sobre el que lamentarme —dijo; luego alzó la voz—. ¡Madre, que
no toque Helena el cuerpo de Troilo! ¿No conoces el dicho ancestral que asegura
que un cadáver sangrará si lo toca su asesino?... ¡Y poca es la sangre que
puede quedarle al pobre muchacho!
Durante
toda la noche, Casandra oyó a la lluvia y el viento azotar y acosar el palacio
de Príamo mientras las mujeres de la casa real lloraban a Troilo. Lavaron y
amortajaron el cuerpo con especias preciosas y quemaron incienso para cubrir el
maligno olor de la muerte. A la luz grisácea que reina entre la oscuridad y el
alba, interrumpieron los lamentos que se habían sucedido durante toda la noche
para beber vino y escuchar la canción que interpretó uno de los vates. Era una
elegía a la belleza y el valor del joven muerto, en la que se proclamaba que
había caído porque su belleza fue tal que el dios de la guerra lo deseó y tomó
la forma de Aquiles para poseerlo.
Cuando
concluyó la canción, Hécuba llamó al músico y le entregó un anillo como
recuerdo de su noble canto. Una de las mujeres logró persuadirla para que se
sentase, descansara y bebiese una copa de vino caliente con especias. Helena,
que también había aceptado una copa, acudió a sentarse junto a Casandra
—Iré a
cualquier otra parte —dijo—, si no deseas que te vean hablando conmigo; porque
parece que ahora no soy bien acogida por las mujeres.
Su cara se
había afilado, se veía incluso macilenta y pálida. Había enflaquecido desde la
muerte de sus hijos y Casandra advirtió tonos apagados en el oro de sus
cabellos.
—No,
quédate aquí —le pidió—. Debes saber que siempre seré amiga tuya.
—Ya nada
tiene importancia —contestó Helena—. Mi oferta era sincera. Volveré con
Menelao. Probablemente me matará, pero quizá tenga la oportunidad de ver antes
de morir a la única hija que me queda. Paris cree que tendremos otros hijos, y
también yo lo había esperado... pero ya es demasiado tarde para eso. Creo que
deseaba que nuestro hijo le sucediera en el gobierno de Troya.
Miró
interrogativamente a Casandra y ésta asintió, con la asombrosa impresión de que
al aceptar lo que Helena había dicho, también aceptaba que se consumase la
destrucción.
En los
últimos años se había acostumbrado a esa sensación y sabía que era una necedad;
la culpa, si culpa existía, era sólo de los dioses o de aquellas fuerzas que
impulsaban a los dioses a actuar de tal modo. Alzó su copa hacia Helena y
bebió, percibiendo que el efecto del vino era fuerte tomado a hora tan
insólita. Y además apenas había comido el día anterior. Helena pareció haber
captado su pensamiento, puesto que dijo:
—Me
pregunto si la reina obra cuerdamente sirviendo un vino tan fuerte y puro
cuando todas estamos abrumadas por la pena o el hambre; dentro de media hora,
estas mujeres estarán delirando a causa de la embriaguez.
—No es una
cuestión de cordura sino de hábito —explicó Casandra—. Si no sirviese el mejor
vino, ellas pondrían en tela de juicio su cariño y su respeto por el muchacho
muerto.
—Es
curiosa la manera en que la gente piensa, o se niega a pensar, en la muerte
—dijo Helena—, Paris, por ejemplo, parece creer que la muerte de nuestras hijas
preservará nuestras vidas.
—No creo
que ningún dios le quite la vida a un inocente para preservar lo de un
culpable, y sin embargo existen gentes que sí lo creen —afirmó Casandra. Y
añadió casi en un murmullo—. Tal vez sea una idea que los dioses, o los
demonios, ponen en las mentes de los hombres para confundirlas. ¿No sacrificó
Agamenón a su propia hija en el altar de la Doncella para obtener un viento
propicio que condujera a su flota hasta Troya?
—Así fue
—dijo quedamente Helena—. Aunque Agamenón asegura ahora que fue su esposa, mi
hermana, quien la sacrificó a su diosa. Los aqueos temen a las antiguas diosas
y afirman que están emponzoñadas. Los hombres más valientes huyen aterrorizados
de los Misterios de las mujeres. Casandra paseó su mirada por la lúgubre
habitación donde las mujeres bebían y hablaban en pequeños grupos. —Desearía
que pudiésemos infundirles ese terror ahora —dijo, recordando su visita a la
tienda de Aquiles. ¿O fue sólo un sueño?
Por su
pensamiento deambuló la idea de que quizá pudiera tener todavía acceso a la
mente del héroe aqueo; lo intentaría en la primera oportunidad que se le
presentara. Alzó su copa en silencio y bebió. Helena la imitó, cruzando su
mirada con la de ella por encima del borde de la copa.
De repente
se produjo una fuerte corriente en la estancia. Se había abierto una puerta y
Andrómaca estaba ante ella, sosteniendo una antorcha cuyas llamas agitaba el
aire del corredor. Sus largos cabellos goteaban agua de lluvia y su vestido y
su manto se hallaban empapados. Cruzó la estancia como un fantasma, entonando
quedamente un himno fúnebre. Se inclinó sobre el cuerpo amortajado de Troilo y
besó su pálida mejilla.
—Adiós,
querido hermano —dijo con voz clara—. Vas delante del más grande de los héroes
para hablar a los dioses de su eterna vergüenza.
Casandra
acudió rápidamente a su lado y le dijo suave pero audiblemente:
—La
vergüenza inferida al valiente es sólo vergüenza para quien comete el crimen,
no para quien es sujeto de él.
Pero
Héctor había combatido con Aquiles por su propia voluntad, había participado en
el juego de un golpe por otro golpe. Sólo hizo lo que toda su vida le habían
enseñado a hacer.
Escanció
vino con especias en una copa; era más pesado ahora, más denso que cuando
estaba colmado el jarro. Tal vez fuese mejor así. Andrómaca se dormiría y
hallaría algún alivio a su horror, aunque no a su pena. Puso la copa en manos
de su cuñada, percibiendo en su aliento el olor a vino. Viniera de donde
viniese, allí había bebido.
—Tómalo,
hermana.
—Ah, sí
—dijo Andrómaca, con el rostro cubierto de lágrimas—. Contigo llegué a Troya
cuando éramos muchachas, y tú me informaste de lo valiente y apuesto que era.
Mi hijo nació en tus manos. Eres la amiga más querida que he tenido.
Abrazó a
Casandra y se aferró a ella, tambaleándose. Casandra comprendió que ya estaba
embriagada. Ella misma advertía los efectos del vino que había tomado. Percibió
la inquietud y el ansia de la viuda de Héctor.
Andrómaca
se inclinó de nuevo para besar el rostro muerto de Troilo.
—Eres
afortunada, madre mía, por haber podido amortajar y llorar su cadáver —le dijo
a Hécuba—, Héctor yace pudriéndose bajo la lluvia sin que nadie lo acompañe, ni
nadie lo sepulte.
—No es
cierto —dijo Casandra cariñosamente—. Todos nosotros estamos con él. Su
espíritu oirá tus sollozos y tus lamentos, tanto si su cuerpo descansa aquí
como si es arrastrado por los caballos de Aquiles.
Su voz se
quebró. Recordó el día, poco después de la llegada de Andrómaca a Troya, en que
Héctor le prohibió portar armas-y la amenazó con castigarla si no lo obedecía.
Había hablado en un intento de consolar a Andrómaca, pero de repente se
preguntó si no había empeorado las cosas. Los ojos de Andrómaca estaban fríos y
secos. Casandra la condujo hasta un asiento; pero cuando vio allí a Helena, se
echó hacia atrás; sus labios se abrieron para mostrar los dientes y su rostro
adquirió una horrible expresión que casi transformó su rostro en calavera.
—¿Estás
aquí fingiendo llorar?
—Los
dioses saben que no finjo nada —dijo Helena, manteniendo la serenidad—. Pero si
lo prefieres, me iré. Tu derecho a estar aquí es superior al mío.
—Oh,
Andrómaca no te comportes así —dijo Casandra—. Las dos llegasteis a esta ciudad
como extranjeras y encontrasteis un hogar. A mano de los dioses, tú has perdido
a tu marido y Helena a sus hijos. Deberíais compartir la pena, no enfrentaros y
heriros. Las dos sois hermanas mías y os quiero.
Con una
mano atrajo a Helena, pasó el otro brazo en torno a Andrómaca.
—Tienes
razón —dijo Andrómaca—. Todas nos hallamos indefensas en sus manos.
Se aclaró
la garganta y bebió el resto del vino. Con voz turbia añadió, arrastrando las
palabras:
—Hermana,
las dos somos víctimas de esta guerra; la diosa prohíbe que esta locura de los
hombres tenga que se-par... separarnos.
Se le
trabó la lengua y ambas lloraban cuando se abrazaron. Hécuba acudió para
fundirse en un abrazo con las tres. También ella lloraba.
—¡Tantos
desaparecidos! ¡Tantos desaparecidos! ¡Tus preciosos hijos, Helena! ¡Mis hijos!
¿En dónde está el hijo de Héctor, mi último nieto?
—No es el
último, madre. ¿Lo has olvidado? Creusa y sus hijas fueron enviadas a lugar
seguro; no corren ningún riesgo —le recordó Casandra—. Ahora están fuera del
alcance de la locura de Aquiles o de los ejércitos aqueos.
—Astiánax
está demasiado crecido para hallarse en el recinto de las mujeres —afirmó
Andrómaca—. Ni siquiera puedo consolarle, ni hallar consuelo, viendo a su padre
en su rostro. —Su voz era más triste que sus lágrimas.
—Cuando
perdí a los pequeños —dijo Helena, temblorosa—, llevaron ante mi a Nikos para
que me consolara. Iré y traeré a tu hijo, Andrómaca.
—Que los
dioses te bendigan —repuso Andrómaca.
Casandra
intervino:
—Déjame
que te lleve a tu habitación. No debes recibirle aquí, entre tantas mujeres
embriagadas.
—Sí, lo
acompañaré allí —dijo Helena—. Aún tienes un hijo y ése es el más grande de
todos los dones.
Una por
una, o en grupos de dos o tres, las mujeres, exhaustas por la pena y los
efectos de un vino tan fuerte, se alejaban hacia sus lechos. Sólo Hécuba y
Polixena, revestida con sus prendas de sacerdotisa, permanecerían a la cabecera
y a los pies de Troilo hasta que llegasen los que entregarían su cuerpo a la
tierra. Casandra se preguntó si también ella debería quedarse; pero no se lo
pidieron, ni siquiera para que prestase los servicios propios de una
sacerdotisa, purificando la cámara mortuoria. Andrómaca, e incluso Helena, la
necesitaban más. Sabía que era una extraña entre las mujeres troyanas como lo
había sido entre las de Colquis e incluso entre las amazonas.
Permaneció
con ellas hasta que Helena se dirigió a las habitaciones de Paris para
encontrarse con Nikos y Astiánax. Los dos habían llorado. La cara de Astiánax
estaba sucia y mostraba los rastros de las lágrimas. Evidentemente alguien le
había hablado de la muerte de su padre y tratado después de consolarlo. Helena
llevó a los dos hasta el pozo del patio y les lavó la cara con la punta de su
velo.
Astiánax
se sintió confortado por la presencia de su madre.
—No
llores, madre —le pidió, tratando de mostrarse fuerte—. Me dijeron que yo no
debía llorar, porque mi padre es un héroe, ¿por qué lloras tú?
Helena le
explicó cariñosamente:
—Astiánax,
has de ayudar a secar las lágrimas de tu madre; ahora serás tú quien cuide de
ella, puesto que tu padre ya no está.
Al
contacto del niño, Andrómaca, embriagada, rompió de nuevo en sollozos. Helena y
Casandra la condujeron a su habitación y la acostaron, con el niño a su lado.
—Nikos se
quedará conmigo —dijo Helena—. ¿Por qué nos los quitan a tan temprana edad?
Pero
cuando tomó en sus brazos a Nikos, él se apartó indignado.
—¡No soy
un bebé, madre! Tengo que volver con los hombres.
—Como
quieras, hijo, pero abrázame primero —le concedió Helena, ahogando su pena.
Nikos
accedió de mala gana y escapó a toda prisa. Su madre, mientras las lágrimas se
deslizaban por sus mejillas, le vio marcharse sin protestar.
—Paris no
ha sido para él mejor que Menelao —comentó—. No me gusta lo que los hombres
hacen de los muchachos, tratando de convertirlos en imágenes suyas. Gracias a
los dioses, Astiánax aún no se avergüenza de estar con su madre.
Fuera, la
lluvia caía con fuerza.
—¡Casandra!
—exclamó de repente. Su voz estaba tan cargada de horror y se aferró a ella con
tanta fuerza, que Casandra a punto estuvo de soltar la antorcha—. ¿Qué será de
mi hijo si caemos en manos de los aqueos? ¡Tal vez los troyanos no se detengan
ante nada para asegurarse de que Menelao no pueda recuperarlo!
—¿Estás
diciendo que mi padre o mis hermanos matarían al muchacho para impedir que lo
llevasen de nuevo a Esparta? —Casandra apenas podía dar crédito a sus oídos.
—Oh, no
puedo creerlo verdaderamente, pero...
—Si lo
crees, quizá debieras reunirte con Menelao y llevarlo a lugar seguro —dijo
Casandra—. Con seguridad te acogería bien si te presentases con su hijo...
—Y yo que
pensaba que Nikos estaría mejor en Troya, que Paris sería para él mejor padre
que Menelao —declaró tristemente Helena—. Lo era, Casandra, lo era; mas
ahora... parece odiarlo porque se halla con vida y sus propios hijos están
muertos.
—¿Irás
entonces...?
_No puedo
—contestó aturdida—. No puedo dejar a Paris. Me digo a mí misma que es voluntad
de los dioses que permanezca a su lado hasta que haya concluido todo entre
nosotros... Ya no me ama, pero prefiero Troya a Esparta.
Al cabo de
unos momentos añadió:
—Casandra,
estás fatigada. No debo mantenerte más tiempo lejos de tu lecho. ¿O piensas
volver a velar a Troilo?
—No, no
creo que me deseen allí —dijo Casandra—. Regresaré al templo del Señor del Sol.
—¿Con esta
lluvia? Escucha la tormenta. Duerme aquí si quieres. Puedes dormir en mi
cama... no es probable que Paris venga ahora. Habrán bebido tanto en honor del
espíritu de Héctor que se habrán perdido por las escaleras. O, si prefieres,
diré a la doncella que te prepare un lecho en la otra habitación.
—Eres muy
amable, hermana, pero a estas horas las domésticas duermen. Deja que descansen.
La lluvia despejará mi cabeza.
Se puso el
manto con la capucha echada; luego abrazó y besó a Helena.
—Andrómaca
no sentía lo que te dijo —afirmó.
—Oh, lo
sé; en su lugar a mí me hubiera sucedido lo mismo —admitió Helena—. Teme por su
futuro ahora, y por el de Astiánax. Paris ya ha decidido que sucederá a Príamo,
sin admitir los derechos sucesorios del hijo de Héctor. Y si Paris consiguiera
de algún modo concluir bien esta guerra...
—No existe
probabilidad alguna —afirmó Casandra—. Sin embargo, no debes temer. Menelao no
ha luchado todos estos años empujado por la venganza.
—Lo sé; he
hablado con él —reveló Helena, sorprendiéndola—. Ignoro sus motivos, pero
parece que desea que vuelva.
—¿Qué has
hablado con él? ¿Cuándo? —empezó a preguntar.
Pero
entonces recordó que, como esposa de Paris, Helena podía ir a donde se le
antojara e incluso bajar al campamento aqueo. ¿Mas por qué había de hablar con
los capitanes de los enemigos?, se preguntó, con suspicacia. Luego,
mentalmente, absolvió a su amiga de la acusación de traición. Era perfectamente
razonable que Helena quisiese negociar, pensando en su propio destino y en el
de su hijo.
—Si hablas
con él de nuevo, pregúntale si existe algo que pueda influir sobre Aquiles y
permitir que llegue a nosotros el cadáver de Héctor.
—Créeme,
ya lo he intentado y lo intentaré de nuevo —respondió Helena—. Escucha, la
lluvia ha disminuido un poco. Si partes ahora, quizá llegues al templo antes de
que se recrudezca el temporal.
La besó de
nuevo y bajó con ella hasta la pesada puerta del palacio. Casandra salió a la
gélida lluvia. Antes de que hubiera subido medio tramo de las largas escaleras,
la lluvia redobló su fuerza y el viento tiró de su manto como si una bestia
salvaje lo hubiera apresado en sus garras.
Pensó por
un momento, que debía haber aceptado el ofrecimiento de Helena. Eneas estaría
en el festín, bebiendo con los hombres, y sería improbable que se reuniese con
ella aquella noche. Pero era inútil pensar ahora en volver. Siguió subiendo
bajo la tormenta. Cuando entró en la calle del templo, oyó tras ella unos pasos
ligeros. Después de tantos años de guerra, se sentía nerviosa ante la presencia
de desconocidos. Se volvió a mirar y la luz de las antorchas de la entrada le
descubrió el rostro y la silueta de Criseida, que llevaba su manto. Incluso así
pudo advertir que el vestido de la muchacha aparecía en desorden y manchado de
vino, y que se había corrido la pintura de su cara. Suspiró, preguntándose en
qué cama extraña habría dormido buena parte de la noche y por qué se había
molestado en dejarla con semejante tormenta. Parece como una gata después de
una noche de vagabundeo... Pero una gata se habría lavado la cara.
El
guardián de las puertas del templo del Señor del Sol las saludó con sorpresa
(Venís tarde, señoras, con este tiempo tan inclemente), pero no solía mostrar
curiosidad por las idas y venidas de Casandra. Pensó que podría haber tenido
tantos amantes como Criseida sin que nadie lo hubiese sabido o le importara.
Cuando subieron las escaleras camino de sus estancias, situadas en la parte
alta del recinto, Casandra redujo el paso para acomodarse al de la muchacha.
—Es tan
tarde que ya casi es temprano —dijo—. ¿Quieres venir a mi habitación y lavarte
antes de que te vean así?
—No
—contestó Criseida—, ¿por qué? No me avergüenzo de lo que hago.
—Yo le
ahorraría a tu padre la visión del aspecto que ofreces —afirmó Casandra—.
Destrozarás su corazón.
La risa de
Criseida fue como el ruido de un cristal al quebrarse.
—¡Oh,
vamos, no creo que todavía se haga ilusiones de que salí virgen del lecho de
Agamenón!
—Tal vez
no —dijo Casandra—. No puede culparte de los avatares de la guerra, pero le
horrorizaría verte en ese estado.
—¿Crees
que me importa? Yo estaba muy bien allí, y hubiera preferido que se ocupase de
sus propios asuntos y me dejara en paz.
—Criseida
—dijo Casandra, en tono amable—, ¿tienes idea de cuánto sufrió por ti? No
pensaba en otra cosa.
—Su
estupidez no tiene límite.
—Criseida...
—Casandra miró a la muchacha, preguntándose qué había en su corazón, si es que
lo tenía. Al fin inquirió con curiosidad—. ¿No te avergüenzas ante todos los
hombres de Troya, conociendo que todos saben que fuiste concubina de Agamenón?
—No
—contestó Criseida, en tono desafiante—. No más de lo que podría avergonzarse
Andrómaca de que todos los hombres supieran que pertenecía a Héctor, ni Helena
por el hecho de que todos la conozcan como esposa de Paris.
Existía
una diferencia, Casandra lo sabía, pero no consiguió concentrar sus
pensamientos para explicar a la muchacha en qué consistía.
—Si la
ciudad cae —dijo Criseida—, todas nosotras caeremos en manos de un hombre o de
otro. Así que yo me entrego ahora mientras soy capaz de elegir. Casandra,
¿guardarás tu virginidad para que te la arrebate por la fuerza cualquier
vencedor?
En modo
alguno puedo censurárselo. Casandra no fue capaz de añadir una palabra más. Se
limitó a volverse e ir hacia su propia habitación.
Dentro,
alguna sirvienta negligente había dejado abiertas las ventanas. La lluvia y el
viento batían los postigos. Incluso el jergón de Miel estaba mojado y la niña
había rodado fuera de él y sobre el suelo de piedra hasta colocarse contra el
muro para evadirse de la lluvia. Aun así se hallaba empapada.
Casandra
cerró los postigos y llevó a la niña a su propia cama. Miel estaba tan fría
como una rana y gimió cuando la levantó, pero continuó durmiendo. La envolvió
en mantas y la acunó, apretándola contra su pecho hasta que sintió cómo
empezaban a entibiarse los piececitos y las manitas helados. Al final Miel se
sumió en el sueño profundo de cualquier niño sano.
Después la
tendió y se echó a su lado, envueltas ambas en su cálido manto. Tras los
postigos cerrados llegaba suavizado el estruendo de la tormenta pero aún
golpeaba con fuerza en las tablas. Cerró los ojos, tratando de alejar su
espíritu de aquel lugar.
Para
sorpresa suya, cuando su espíritu se liberó de su cuerpo, desplazando su
conciencia de la cama y a través de la ventana, no sintió la borrasca sino sólo
un hondo silencio. En el nivel en que se desplazaba ahora su espíritu no
existía el tiempo meteorológico. Tan rápidamente como lo pensó, se deslizó
cuesta abajo a la luz de la luna, volando sobre la llanura entre las puertas de
Troya y el terraplén que defendía el campamento aqueo.
Bajo aquel
increíble resplandor lunar, las sombras se extendían precisas y negras sobre la
planicie silenciosa y sin otra presencia que la de un único y adormilado
centinela. Eneas tenía razón, pensó; deberían haber lanzado de noche todas sus
fuerzas contra el campamento. Recordó entonces que en el mundo físico el
terraplén aqueo estaba mejor defendido por la lluvia que caía a cántaros que
por todos los centinelas del mundo. Pudo ver un bastimento sombrío en el que
reconoció el carro de Aquiles y una forma confusa atada a éste que tenía que
ser el cuerpo de Héctor. Su primer pensamiento fue de gratitud. En lo que
parecía el mundo del Más Allá (¿y cómo era posible que ella deambulara con
tanta facilidad por ese mundo de los muertos cuando aún se contaba entre los
vivos?), el cuerpo de Héctor no sufría el acoso de la lluvia ni del fuerte
viento. Y mientras lo evocaba, apareció ante ella, de pie y sonriente.
—Hermana
—dijo—, estás aquí. Podía haber imaginado que vendrías.
—Héctor...
¿Cómo te sientes?
—Pues...
—Se detuvo y pareció reflexionar—. Mejor de lo que esperaba. El dolor ha
desaparecido. De lo que deduzco que estoy muerto. Sólo recuerdo haber sido
herido y el pensamiento de que aquello era el final.
Después desperté y Patroclo acudió a levantarme. Estuvo conmigo un rato,
después dijo que tenía que ver a Aquiles y partió. A primeras horas de esta
noche fui al palacio, pero Andrómaca no pudo verme. Traté de hablar con ella y
luego con nuestra madre, de decirles que me hallaba bien; mas ninguna de las
dos dio muestra de haberme oído.
—¿Oías tú
las voces de los muertos cuando estabas con vida?
—No,
cierto que no. Jamás pude oírlas.
—Pues por
eso tampoco ellas pueden. ¿Necesitas algo, hermano? ¿Deseas sacrificios o...?
—No sé qué
bien me reportarían. Pero di a Andrómaca que no llore; me parece muy extraño no
ser capaz de consolarla. Dile que no se lamente y, si te es posible, que
acudiré pronto para recoger a Astiánax. Me gustaría dejarlo a su cuidado pero
me han dicho...
—¿Quién?
—Lo ignoro
—repuso Héctor—. No consigo recordarlo, quizá fuese Patroclo. Mas sé muy bien
que pronto estarán conmigo mi hijo, nuestro padre y Paris. Pero no Andrómaca;
ella permanecerá allá largo tiempo.
Se acercó
y Casandra sintió el tenue tacto de sus labios contra su frente.
—He de
despedirme de ti, hermana. Pero no temas. Serán muy grandes los sufrimientos
mas, yo te lo aseguro, tú te salvarás.
-¿Y Troya?
—Ah, no.
Ya ha caído. ¿Ves?
Con un
gesto cariñoso de sus manos fantasmales le hizo volverse y vio en el lugar que
ocupaba Troya un gran montón de ruinas del que se alzaban llamas. ¿Cómo era
posible que no hubiera percibido el ruido de tal destrucción?
—Aquí no
existe el tiempo. Lo que es y lo que ha de ser son todo uno. No acabo de
comprenderlo —declaró, con cierta incomodidad—, porque esta noche recorrí las
salas del palacio de mi padre mientras cenaban y ahora, mira, la ciudad aparece
derruida desde hace largo tiempo. Tal vez debiera haberme informado por
aquellos que saben estas cosas cuando aún me hallaba en la tierra, pero nunca
encontré el momento oportuno. Ahora veo a Apolo y a Poseidón... mira. Luchan
entre sí por la ciudad.
Y señaló a
un lugar donde, sobre las desplomadas murallas, parecía que forcejeaban dos
figuras monstruosas, cuyas cabezas llegaban a las nubes. Sus cuerpos
destellaban como los relámpagos.
Casandra
se estremeció ante la visión del rostro amado del Señor del Sol, coronado por
brillantes y dorados rizos. ¿Se volvería y la vería en aquellos reinos vedados?
Resueltamente giró hacia la forma de Héctor.
—¿Qué ha
sido de Troilo? ¿Se halla bien?
—Estuvo
conmigo un momento: llegó hasta aquí corriendo, al poco de arribar yo —declaró
Héctor—. Pero ha vuelto al palacio con nuestra madre. Intentó decirle que no se
acongojara. No comprendió que no conseguiría que le oyese. Tal vez ella te
escuche si le hablas. Sabe que eres sacerdotisa y versada en tales materias.
—Ah,
querido hermano, no sé si me creerá. Tiene sus propias opiniones y en su mente
no queda espacio para las mías. Vine aquí por nuestros padres y la paz de sus
espíritus... —Se detuvo para reflexionar—... Tratando de asustar a Aquiles para
que entregue tu cadáver a cambio de un rescate; tal vez tú lo conseguirías con
más facilidad que yo.
—¿Piensas
que teme a los fantasmas? Ha matado a tantos que debe vivir rodeado de
espíritus en todo momento. Pero iré y veré lo que puedo hacer. Regresa,
hermana, vuelve a tu propio lado de este muro que ahora se alza entre nosotros,
y di a nuestra madre y a nuestro padre que no pierdan su tiempo llorando.
Pronto estarán conmigo. Y asegúrate de decir a Andrómaca que no se acongoje.
Aguardaré aquí a nuestro hijo; dile que no tema. Estaré dispuesto para
acogerle. Andrómaca no debe desear que su hijo viva los días que se acercan.
Héctor se
apartó de ella y se deslizó hacia la tienda de Aquiles. Al cabo de un momento
volvió; y entonces, pensó ella, parecía lejano y extraño, un hombre al que no
conocía.
—No, no me
sigas, hermana, nuestros caminos se separan aquí. Tal vez volvamos a
encontrarnos y nos comprendamos mejor.
—¿No me
reuniré contigo y con Troilo, con nuestra madre y nuestro padre?
—Lo
ignoro. Sirves a otros dioses. Creo que, cuando franquees la muerte, quizá
vayas a otro lugar. Pero me ha sido dado saber que nuestros caminos se separan
aquí por largo tiempo, si no para siempre. Que todo te sea propicio, Casandra.
La
estrechó y ella se sorprendió al sentir el vigor de sus brazos. No era un
fantasma sino alguien tan real como ella misma. Luego desapareció e incluso su
sombra se desvaneció en la planicie.
Hacia la
mañana cesó la lluvia, reemplazada por fuertes vientos. Casandra durmió a
intervalos, soñando que trataba de seguir al espíritu de Héctor hasta la tienda
de Aquiles, donde el aqueo se incorporaba para gritar aterrado ante la visión
que entraba y salía una y otra vez a través de su tienda, riéndose de él. ¿O se
veía en la tienda de Agamenón? El rey la contempló con mirada salvaje e intentó
apoderarse de ella pero se escapó de sus brazos como si estuviese hecha de
niebla; y él gritó rabioso y corrió en pos, aullando de frustración.
Cuando por
fin despertó, la tenue luz del sol se filtraba por los postigos y Miel la
observaba sorprendida. Se preguntó si habría hablado o gritado mientras soñaba.
En pocas ocasiones dormía hasta tan tarde, pero había que tener en cuenta que
no se acostó hasta casi el alba. Mientras se vestía con rapidez, trató de
grabar en su memoria los mensajes que Héctor le había pedido que transmitiese.
Sabía con qué celeridad se esfumaban tales experiencias, como sueños apenas
recordados. Acababa de ceñirse el vestido cuando Filida llegó corriendo.
—Casandra,
ven sin demora. Las serpientes...
—No puedo.
He de transmitir un mensaje —dijo Casandra—. Confío en que sepas hacer todo lo
preciso.
—Pero...
—Bien,
dilo pronto... ¿Se han escapado o se han deslizado todas bajo tierra?
—preguntó, súbitamente temerosa de que ésta fuese la advertencia de un terrible
seísmo. ¡Estaba segura de que llegaría pronto... mas, oh dioses, hoy no, hoy
no!
—No,
pero...
—Entonces
no me preocupa. Tengo asuntos graves en que pensar y no puedo quedarme a
charlar contigo. Llévate a Miel, vístela y dale algo para que desayune...
Volveré y me ocuparé de ella cuando me sea posible —dijo al tiempo que salía
corriendo de la habitación y después del templo.
Mientras
descendía, se detuvo un instante para observar por encima de la muralla. El
carro de Aquiles describía nuevos círculos sobre la planicie. Azotados, los
caballos corrían al límite de sus fuerzas. Detrás se arrastraba el bulto inerte
del cuerpo de Héctor. Sin embargo, su visión era ahora tan clara entre los dos
mundos que pudo distinguirle como una silueta brillante, de pie al borde de la
planicie, riéndose de las necedades que cometía el capitán aqueo. Sabía que
aquello le parecía divertido. Y cuando llegó al lugar de la muralla, situado
sobre las puertas, donde como de costumbre se hallaban sus padres, lanzó una
sonora carcajada.
Los ojos
de Hécuba, casi cerrados por la hinchazón producida por el llanto, se volvieron
furiosos hacia ella.
—¿Cómo
puedes reírte?
—¿Pero es
posible que no veas, querida madre, cuan estúpido es todo eso? Fíjate allí, en
aquella figura junto al terraplén. Héctor se ríe de la estupidez de Aquiles...
mira cómo se refleja el sol en su pelo.
Hécuba
lanzó a Casandra una mirada que revelaba su pensamiento: Pues claro, está loca
y no cabía esperar que se comportase como una persona normal. Pero Casandra la
cogió por los brazos.
—Madre,
cuanto te digo es cierto. Anoche hablé con Héctor en el mundo del Más Allá y te
aseguro que se halla bien.
—Lo
soñaste, querida —repuso Hécuba, comprensivamente.
—No,
madre, le vi como te veo y lo toqué.
—Desearía
creerte...
Las
lágrimas se agolparon lentamente y brotaron de los ojos de la anciana.
—¡Madre,
es verdad; Tienes que creerme! Y me pidió que te dijera que no debes llorar...
—Anoche
casi lo hubiera creído... En una ocasión incluso me pareció oír la voz de
Troilo...
—¡La
oíste, madre, te aseguro que la oíste! —Casandra gritó, excitada, consciente de
su mensaje—. No vi ni hablé a Troilo porque Héctor me dijo que había regresado
junto a ti, tratando de consolarte, intentando que lo oyeras.
—Cuando
Polixena y yo dejamos de velarle, ya había salido el sol; salí al jardín un
momento y tuve la sensación de que Troilo tocaba mis cabellos como hacía cuando
creció tanto que me besaba en lo alto de la cabeza. Fue un niño tan cariñoso,
el mejor de mis niños...
Sus ojos
se llenaron de nuevo de lágrimas que corrieron por su cara. Casandra la abrazó
con fuerza.
—Estaba
junto a ti. Te lo juro.
—Y Héctor,
dices que se halla en paz. ¿Pero cómo puede sentirse libre cuando su cuerpo no
ha recibido aún el debido sepelio ni se ha rendido honor a su espíritu?
—preguntó Hécuba—. Y si es así, ¿por qué los dioses ordenaron los ritos
fúnebres?
—Sólo sé,
madre, lo que vi.
—Es inútil
—prosiguió Hécuba, desesperada, después de reflexionar—. No puedo concebir que
su espíritu esté libre mientras veo su pobre cuerpo... ¡Mira cómo alza el
polvo, incluso tras una noche de intensa lluvia!
Se echó a
llorar otra vez.
Casandra
trató de enjugar con su velo las lágrimas de su madre, reprendiéndola:
—A Héctor
se le romperá el corazón, viéndote llorar así. Aquiles no puede dañarle ahora,
haga lo que haga. Aunque despedazara el cadáver de Héctor y lo arrojara a sus
perros, no lesionaría en manera alguna a la parte de Héctor que conocemos.
Hécuba se
contrajo, dando la impresión de que se sentía enferma.
—¿Cómo
puedes decir tales cosas, Casandra?
—Juré ante
Apolo declarar la verdad. A quienes no quieran oírla sólo puedo decirles que
eso no me exime de manifestarla —contestó, preguntándose por qué su madre sólo
conseguía irritarla aunque, o precisamente porque, tratara de no decirle nada
que pudiese herirla.
—Pero has
afirmado que podríamos arrojar a nuestro Héctor a los perros...
—¡No dije
tal cosa, madre! —Casandra estaba ahora furiosa pero se esforzó para que su voz
fuese firme y serena—. ¡No me oíste bien! Sólo dije que si Aquiles, en su
locura, hiciera semejante cosa, no produciría daño a Héctor, sino a nosotros.
—Pero
dijiste... te oí, que no necesitábamos rendirle exequias fúnebres —aseguró
Hécuba.
Casandra
suspiró como si arrastrase una pesada carga cuesta arriba.
—Madre, no
creo que los ritos fúnebres tengan importancia para Héctor ni para los dioses,
sino sólo para nosotros —repitió como si estuviese tratando de explicar a Miel
por qué no podía comerse una docena de dulces.
Hécuba
alzó el mentón.
—Y yo
declaro que ésta es una de tus enloquecidas ideas.
—Sí, es
muy probable, madre —contestó Casandra, reprimiendo su cólera. Es vieja. No
debo esperar que entienda algo que resulta nuevo para ella.
---Te
ruego, pues, que no digas nada de eso a Andrómaca; ya tiene bastante
sufrimiento para soportar más.
—¿Qué?
—inquirió Andrómaca, que llegó a la muralla a tiempo de oír las últimas
palabras.
—Estaba
diciéndole... —empezó Casandra.
Hécuba le
dirigió una mirada dura, que significaba: No te atrevas..., y Casandra se dio
cuenta de que la discusión con su madre le había hecho olvidar las palabras
precisas que pretendía transmitir.
—Estaba
diciéndole —empezó otra vez—, que anoche, en una visión, hablé con Héctor y me
rogó que te comunicara que se halla contento y en paz, con independencia de lo
que están haciendo con su cuerpo.
Había algo
más que Héctor le había pedido que dijese a Andrómaca... ¿Qué? Que pronto iría
a buscar a su hijo... Pero no puedo decirle que su hijo morirá cuando acaba de
perder a Héctor... Ella... ¿qué fue?... Ella no debería desear que su hijo
viviese en los días que se avecinan...
Andrómaca
la observaba con un escepticismo que se revelaba en sus cejas arqueadas.
—Me pidió
que te dijera que... que él velaría por su hijo —añadió Casandra.
—De mucho
puede servirnos eso —declaró Andrómaca, con los ojos muy abiertos para contener
las lágrimas—, cuando él nos ha abandonado.
—Pero no
quiere que llores y te apenes —aseguró Casandra—. De nada puede valerle ahora.
—Cada
vidente y cada profeta dice cosas semejantes —contestó Andrómaca, en tono
amargo—. Esperaba algo mejor de ti, si es que eres capaz de ver más allá de la
muerte.
—Hablo
como los dioses me dicen que hable, con palabras que las gentes se muestren
dispuestas a oír —afirmó Casandra, apartándose.
Afuera, en
el campo, Aquiles seguía flagelando a sus caballos con furia aún más maníaca.
Así
continuó durante todo el día desde que el sol se alzó hasta que declinó sobre
Troya. En dos ocasiones, Paris, al frente de un grupo, trató de capturar el
carro de Aquiles y las dos veces fue rechazado por las tropas de Agamenón.
Murieron tres de los hijos que Príamo había tenido con mujeres del palacio, y
al final comprendieron que no podrían nada contra Aquiles simplemente porque se
hallaba muy bien protegido.
—¡Basta!
—ordenó Príamo tras el tercer ataque—. Ya está poniéndose el sol. Cuando se
haga de noche, yo mismo iré ante Aquiles y trataré de negociar el rescate del
cuerpo de mi hijo. ¡Qué necedad tan inútil, pensó Casandra. Héctor no es ese
montón de carne putrefacta atado tras Aquiles a su maldito carro! ¿Por qué ella
lo creía mientras sus padres se mostraban incapaces de entenderlo? ¿Estarían
ellos en lo cierto? Le espantó la posibilidad de que así fuese.
Se sintió
desfallecida. Había permanecido todo el día junto a su madre, sin compartir
siquiera el pan duro y el aceite distribuidos a los soldados al mediodía. Fue a
comer un pedazo de pan, que tragó con un poco de vino aguado. Luego se reunió
con Hécuba que ayudaba a los fámulos de Príamo a vestirle con sus más ricas
galas.
—Si acudo
a Aquiles sin engalanarme —dijo—, podría creer que no le considero merecedor de
tal honor. Así es, desde luego; pero no quiero que lo piense.
—No estoy
seguro, padre —dijo Paris mientras recortaba meticulosamente su barba con las,
tijeras que Helena empleaba en sus labores de tapicería—. Tal vez la vanidad de
ese demente se sintiera más halagada si te presentases a él vestido de duelo,
como un suplicante.
—Y
mostrarle el oro de Troya puede suscitar en él la codicia si no podemos apelar
a su honor —añadió Andrómaca.
—Difícilmente
podríamos apelar a su honor —afirmó Paris—. Es obvio que no lo tiene. La
cuestión es averiguar cómo podríamos conseguir persuadirle de que nos entregue
a Héctor para que le enterremos.
—Me
presentaré ante él como suplicante —dijo Príamo, empezando a quitarse las
lujosas prendas—. Traedme mi atuendo más sencillo y, además, iré solo.
—¡No!
—gritó Hécuba, cayendo de rodillas con el apremio de su desesperación—. ¡Ya
hemos visto que no siente respeto por el cumplimiento de las costumbres, o
Héctor estaría en su tumba! Si te pones a su alcance, te matará o te
maltratará, y quizá dé a tu cuerpo el mismo trato vejatorio que ha dispensado
al de Héctor. No puedes ir sin escolta.
—Acudiré
primero a nuestro viejo Odiseo, quien me llevará protegido hasta Aquiles —dijo
Príamo—. Sabemos que le interesa que Odiseo tenga buena opinión de él; no me
agraviará en su presencia.
—Eso no es
suficiente —protestó Hécuba, aferrándose con fuerza a sus rodillas—. Si decides
cometer esa locura, no darás un solo paso porque no te dejaré ir.
Príamo
trató de desembarazarse de ella, pero Hécuba resistió. La miró con tristeza.
—Vamos
—dijo al fin—. ¿Qué quieres que haga? Si acudo a Aquiles con hombres armados,
pensará que trato de desafiarle en combate singular. ¿Es eso lo que deseas?
—¡No!
—gritó Hécuba, pero no lo soltó.
—Bien,
¿qué es pues lo que pretendes que haga? ¿Por qué una mujer no puede ser nunca
razonable?
—¡No lo
sé, señor y amor mío, mas no irás solo en busca de ese loco!
—Dejadme
ir —dijo Andrómaca, con serena dignidad—. Dejadme que lo obligue a explicar a
la viuda y al hijo de Héctor por qué no aceptará el pago de un rescate.
—Oh,
querida mía... —empezó a decir Príamo, pero Hécuba le interrumpió indignada.
—Si crees
que permitiré que lleves a mi nieto cerca de ese demonio... —dijo, dirigiéndose
a Andrómaca.
—Se me
ocurre una idea mejor —intervino Helena—. Llévate a un sacerdote... aunque sólo
sea como testigo ante los dioses. Aquiles teme a los dioses...
—Mejor aún
—contestó Príamo—. Llevaré dos sacerdotisas, Casandra y Polixena. Una sirve a
Apolo y otra a la Doncella; así que, sea cual fuere la inmortal que tema
Aquiles, tendrá un testigo de su impiedad. —Se volvió hacia Casandra—. ¿Tienes
miedo de ir con tu anciano padre a presencia de Aquiles?
—No, padre
—replicó—, e iré armada o desarmada, según sea tu voluntad. ¿Has olvidado que
fui adiestrada como guerrera?
—No
—declaró Polixena, con su vocecilla infantil—. Nada de armas, hermana. Iremos
descalzas y con los cabellos sueltos, suplicando merced. Halagará su vanidad
que nos arrodillemos a sus pies. Ve y viste una simple túnica blanca sin
bordados ni cintas, y deshaz tu peinado... o córtate el pelo en señal de duelo.
Se apoderó
de las tijeras que aún tenía Paris.
Cortó sin
dudar sus largos y rojizos cabellos, prescindiendo de los gritos de protesta de
su madre. Luego prosiguió con los de Casandra y, cuando ésta miró espantada
cómo caían al suelo las trenzas que hasta entonces le habían llegado a la
cintura, clamó:
—¿No es
una ofensa a tu orgullo, Héctor?
No lo
diría si creyese que a Héctor le importa, pensó Casandra, pero tuvo la cordura
suficiente para no expresar en alta voz su pensamiento. Dejó que Polixena la
despojara de sus anillos y del collar de perlas que lucía, y que después se
quitara sus propias joyas. Príamo sólo conservó en un dedo un anillo con una
enorme y bella esmeralda, un regalo para Aquiles, según dijo, y hasta se
despojó de las sandalias. Casandra tomó una antorcha en la mano y Polixena otra
y descendieron del palacio con su padre. Ante las puertas de Troya, Príamo rogó
a sus servidores que se fueran.
—Sé que no
deseáis abandonarme —dijo—, pero si no logramos hacer esto solos, es probable
que no se logre. Si Aquiles no escucha a un padre y a unas hermanas
angustiadas, no escuchará a toda la fuerza armada de Troya. Volved.
Muchos de
ellos lloraban de dolor y de miedo por él. Pero al fin, uno a uno, volvieron la
espalda y los tres suplicantes franquearon la puerta ya abierta e iniciaron su
camino por la llanura a la luz de sus dos antorchas.
Bajo sus
pies, el suelo estaba aún húmedo por de la lluvia de la noche anterior. Reinaba
una gran oscuridad porque
el cielo
se hallaba cubierto de densas nubes que a veces se abrían para mostrar una luna
deslustrada. Casandra se estremeció bajo su liviana túnica. De sus pies
embarrados ascendía la sensación de trío y se preguntó si se abrirían los
cielos a un nuevo aguacero. Era aquélla una misión inútil. Pero, ¿cómo negarse,
si le proporcionaba paz a la mente de su padre?
Advirtió,
con dolor de su corazón, que Príamo caminaba lentamente, como si apenas pudiera
contar con sus piernas y fuese arrastrado tan sólo por la fuerza de su
voluntad. ¿Será esto su muerte? ¡Oh, maldito Héctor por haber tenido la mala
fortuna y el mal juicio de acudir a hacerse matar! pensó, andando torpemente
tras Polixena con los ojos tan cargados de lágrimas que apenas podía ver adonde
se dirigía.
¿Seguía
Héctor allí en la llanura, ligado de algún modo a ese montón de carne
putrefacta que arrastraba el carro de Aquiles? ¿Por qué no se mostraba y
hablaba con ellos para impedir que su padre se humillase ante Aquiles? No,
Héctor le había dicho adiós y le anunció que no volverían a encontrarse. ¿La
habrían creído su padre y su madre si hubiese dicho que había contemplado las
ruinas de Troya? ¿O habría aumentado su ansiedad de arreglar todas las cosas
mientras aún había tiempo?
Un
centinela solitario les dio el alto:
—¿Quién
va?
La voz de
Príamo sonó débil y temblorosa. Casandra jamás había advertido cuan anciano y
caduco parecía.
—Príamo,
hijo de Laomedonte, rey de Troya; busco parlamento con Aquiles.
Se oyó un
murmullo de voces y, al cabo de un rato, una antorcha destelló ante ellos.
—Señor de
Troya, bienvenido; pero si traes guardia armada, debes dejarla aquí.
—No llevo
guardia ni armada ni desarmada —respondió Príamo—. Vengo sólo como suplicante a
Aquiles; mi única compañía son mis dos jóvenes hijas.
Parecía,
pensó Casandra, como si fuesen niñas pequeñas y no mujeres adultas que
rebasaban de los veinte años. Como si lo hubiera expresado con palabras, Príamo
añadió:
—Ambas son
sacerdotisas consagradas, una a Apolo y otra a la Doncella; ninguna es esposa
de guerrero.
—¿Por qué
están aquí entonces?
—Sólo para
sostener a su padre si tropieza en el camino —dijo Polixena cuando la luz tocó
su rostro.
—Soy
conocida de los capitanes aqueos. Estuve presente en las negociaciones para el
retorno de Criseida, hija de un sacerdote de Apolo. —Casandra agregó.
Después se
preguntó si debería haber mencionado aquello. Aquiles no había salido de aquel
encuentro tan bien parado como para desear recordarlo.
Pero
evidentemente el centinela no lo sabía o no le importaba.
—Pasad
entonces —dijo, y tras bajar la luz, agregó—: Seguidme.
Les
condujo por un terreno marcado por las ruedas de los carros hacia la luz que se
filtraba en la tienda de Aquiles. En el interior, la temperatura era tibia e
incluso existía un cierto grado de comodidad: sillas cubiertas de pieles,
tapices y una mesa con frutas y vino. Aquiles estaba sentado en el centro de la
tienda como si se hubiera instalado para recibir en audiencia. En el extremo
más alejado, en las sombras que quedaban entre la luz que producían media
docena de lámparas, yacía la figura vendada y momificada de Patroclo, justo
como Casandra le había contemplado en su visión. Más próximos a la puerta se
hallaba Agamenón, y Odiseo junto a él con una copa de vino en la mano; todos
con el aspecto de estar posando para un pintor. Aquiles parecía recién salido
de un baño. Se veía muy limpio; su piel tan sonrosada como la de un niño; su
pelo, que había sido cortado y despedía reflejos plateados a la luz, estaba
siendo peinado por una esclava en quien Casandra reconoció a Briseida. Cuando
fijó su mirada en Príamo, alzó una mano para que detuviera su tarea y la mujer
retrocedió.
—Bien,
Señor de Troya —dijo, y sus delgados labios se entreabrieron en lo que a juicio
de Casandra fue una mueca de desdén—. ¿Qué te ha hecho salir en una noche como
ésta?
¡Como si
no lo supiera perfectamente! Pero resultaba obvio que Aquiles se hallaba
dispuesto a disfrutar de la ocasión. Príamo se adelantó hasta la zona
iluminada. Casandra y Polixena se acercaron una a otra, observándole. El rey de
Troya se arrodilló con dificultad y extendió las manos en un gesto de súplica
hacia aquel hombre joven.
—Oh,
Aquiles, seguro estoy de que no necesito decirte a qué he venido. Te ruego que
cumplas con lo que es acostumbrado y justo, y me entregues el cuerpo de Héctor,
mi hijo, para que reciba adecuada sepultura.
Los
músculos faciales de Aquiles se contrajeron levemente en una casi imperceptible
sonrisa. Príamo prosiguió:
—Tú eres
valiente, señor, y has luchado mucho; pero durante el tiempo en que nos has
combatido, te devolvimos a tus muertos para que sus cuerpos fuesen entregados
al fuego y sus espíritus enviados al Más Allá.
—Héctor me
enfureció —dijo Aquiles—. No debiera haberse permitido la arrogancia de alzarse
contra mí, a quien los dioses han jurado proteger.
Príamo se
detuvo y tragó saliva; no sabía que responder a aquello. Casandra apretó los
puños bajo sus amplias mangas.
¡Y se
atreve a hablar de arrogancia!
Príamo
volvió a hablar:
—Aquiles,
un guerrero reta al mejor de sus adversarios. Y él ha caído, ¿no puedes
mostrarte compasivo con la esposa y el hijo de Héctor, tú que tan poderoso
eres?
—No, no
puedo —dijo Aquiles.
Y Casandra
pudo advertir que todos estaban atentos en espera de que continuara. Pero su
silencio fue tan largo que pensó que no diría nada más. Pero entonces afirmó:
—He jurado
tomar la venganza que me ha sido brindada.
Príamo se
inclinó hacia adelante y puso sus manos en las rodillas de Aquiles. Sus
palabras brotaron en torrente.
—Príncipe Aquiles, debes de haber
tenido padre. ¿No puedes ser clemente en nombre de tu propio progenitor? Héctor
era el mayor de mis hijos. Me sentía orgulloso de él como tu padre hubo de
sentirse de ti. Y cuando el valiente Patroclo cayó en el combate, Héctor no
intentó retener su cuerpo. ¡Honró a un bravo adversario caído! Acudió a los
Juegos fúnebres en honor de Patroclo porque, afirmó, Patroclo no le regatearía
una buena fiesta. Y declaró que confiaba en tener mucho de que hablar con
Patroclo en el Más Allá. Ambos eran guerreros y esperaba que, cuando hubiesen
concluido las luchas de este mundo, serían amigos como compañeros de profesión.
Deja que sepultemos a Héctor para que descanse como tú harás con Patroclo.
Aquiles
miró hacia el rincón en penumbra de su tienda, y Casandra advirtió que sus
ojos se llenaron de lágrimas Podía advertir cómo se perseguían sobre sus rasgos
las emociones: el odio, el desdén, la piedad, la pena; pero la pena
predominaba. Evidentemente, su padre había hallado lo único que podía abrirse
paso a través de la arrogancia y el desdén. Aquiles habló lentamente:
—Tienes
razón, Señor de Troya; Patroclo cuenta, pues, con un amigo en el Más Allá.
¡Guardias! —bramó—. ¡Id y traednos el cuerpo del regio Héctor!
Los
soldados se inclinaron y partieron.
Aquiles
preguntó:
—Has
hablado de un rescate. ¿Qué rescate me ofreces?
—A ti,
noble Aquiles, te corresponde fijarlo —contestó Príamo.
Extrajo de
su dedo la sortija y la pasó por un dedo de Aquiles.
—En primer
lugar, te ofrezco esto con mi agradecimiento.
Aquiles la
miró atentamente, calculando su valor.
—Supongo
que Héctor es más importante para ti que unos cuantos carros capturados.
Este loco
disfruta de la situación. Era obvio para Casandra que meditaba algo vergonzoso.
—He jurado
que pagaré sin discutir todo lo que me pidas, príncipe Aquiles —dijo Príamo.
Aquiles se
acarició el mentón, intentando obtener de aquella escena el máximo dramatismo.
—Agamenón
¿qué debo pedir como rescate?
—Algo
bueno —dijo Agamenón, con ligereza—. El rey de Troya puede permitirse cualquier
cosa que le pidas; su ciudad guarda tras sus murallas la mitad de las riquezas
del mundo.
Odiseo le
interrumpió.
—Tu
nobleza será medida por tu generosidad, Aquiles —dijo—. ¿Dejarás que un troyano
te exceda en generosidad?
Mantenía
los ojos apartados de Príamo y de ellas. A Casandra le pareció que estaba
avergonzado, y deseó que sólo hubieran tenido que tratar con él.
—Es fácil
ver que siempre has sido amigo de los troyanos, Odiseo —dijo Agamenón—. No he
olvidado cuánto me costó convencerte para que luchases a nuestro lado.
—La mitad
de las riquezas del mundo —murmuró Aquiles observando con avaricia la sortija—.
Pero aun así, no Quiero mostrarme demasiado codicioso. ¿Qué haría yo con a
mitad de las riquezas del mundo? Sólo pediré el peso en 01-o del
cuerpo de Héctor.
—Lo
tendrás —afirmó Príamo, sin alterarse—. Lo he jurado.
Pero esto
es intolerable, pensó Casandra; jamás se pidió ni se pagó semejante rescate en
toda la historia de las guerras. Sólo Aquiles podía proponer una cosa así.
Odiseo hizo un movimiento brusco, como si estuviese a punto de protestar, pero
no habló. Casandra supo por qué: una palabra inoportuna podría desencadenar la
locura de Aquiles e impedir cualquier acuerdo.
—Al
amanecer será pesado ante tus ojos junto a las murallas de Troya —dijo Príamo—.
Recibirás, Príncipe Aquiles, hasta la última onza.
Se inclinó
para que Aquiles no pudiese ver en su cara el profundo desprecio que sentía.
Aquiles
sonrió. Había conseguido lo que deseaba, y lo había obtenido en presencia de
sus aliados.
—¿Beberás
conmigo para celebrar el trato, Señor de Troya?
—Gracias
—respondió Príamo.
Era obvio
que hubiera preferido escupir el vino al rostro de Aquiles, pero alzó la copa
que el príncipe puso en su mano y bebió. Después la pasó a Polixena y luego a
Casandra, quien se llevó la copa a los labios sin probar el líquido.
—¿Puedo
pues llevarme el cuerpo de Héctor para que su madre y sus hermanas lo preparen
para el sepelio?
—Te será
devuelto lavado y decentemente amortajado, ungido con aceite y especias, al
amanecer, ante las murallas, cuando sea pagado el rescate —dijo Aquiles.
—¡En
nombre de Zeus Tenante, Aquiles! —estalló Agamenón—. ¡El rey de Troya sólo
tiene una palabra! ¡Entrégale lo que vino a buscar!
—No creo
que un padre desee ver el cuerpo de su hijo en el estado en que se encuentra
ahora —dijo Aquiles deliberadamente, observando el rostro de Príamo mientras
hablaba, como un niño cruel que arranca las alitas de los polluelos—. Prefiero
que tenga una apariencia que pueda contemplar su madre.
Tan pronto
llegaron a Troya, Príamo impuso a todos los de su casa una frenética actividad
para despojar al palacio de los ornamentos de oro, exigiendo de las mujeres
collares, pendientes y anillos de oro y recogiendo de la mesa copas del mismo
metal, incluso antes de abrir la cámara del tesoro. Hizo después que
trasladasen todo aquello a las murallas.
Envió a
buscar a un sacerdote del templo del Señor del Sol para que equilibrase la
balanza. Llegó Crises, y por una vez estuvo de veras demasiado ocupado para
prestar la menor atención a Casandra mientras montaba poleas y pesos. Ella
observó su trabajo, comprendiendo los principios en que se basaban, pero
consciente de que ella carecía de la destreza y el conocimiento imprescindibles
para hacerlo. Cuando quedó montada aquella balanza de extraña apariencia, le
pidió que se colocase en una de las plataformas para probarla.
—Mantente
como si fueses un peso muerto —le dijo.
—Lo
intentaré.
Ocupó su
puesto y vio cómo las gentes del palacio apilaban el oro en la otra plataforma.
Se sorprendió de la insignificancia del montón que equilibró su peso, alzándola
lentamente en el aire. Él captó su asombro y dijo:
—El oro es
más pesado de lo que cree la gente.
Estaba
segura de que Aquiles sabía de antemano y con precisión cuánto oro conseguiría.
Después retiraron el oro y lo apilaron.
—Tu peso
en oro, Casandra —señaló Crises—. Si fuese mío, lo ofrecería todo por ti.
—No
empecemos de nuevo, hermano.
—¿Debo
entonces renunciar a toda esperanza de felicidad en este mundo?
—Si lo que
deseas es una esposa —le contestó, en tono colérico—, hay mujeres de sobra en
Troya.
—Sabes que
para mí no existe ninguna más que tú.
—Entonces
temo que vivirás y morirás célibe —afirmó Casandra—. Aunque todo ese oro fuese
tuyo y pudieras comprarme con él.
Bajó de la
plataforma, observando el montón de oro que igualaba su peso. Jamás se había
sentido muy interesada por las joyas, y sólo podía maravillarse de que aquel
bulto inerte provocase tanta codicia en la gente. De algún modo, aun conociendo
a Aquiles como le conocía, no creía que hubiera podido convencérsele sólo con
el oro; pensaba que tramaría alguna otra humillación para la casa real de
Troya.
Sobre
ellos, el sol comenzaba a elevarse, iluminando las piedras más altas. Casandra
subió a la muralla y extendió en silencio sus brazos en mudo saludo al dios.
—Canta el
himno matinal, Casandra —le pidió Crises—. Tu voz es dulce, pero pocas veces
nos es dado escucharla, ni siquiera en honor de Apolo.
Negó
rotundamente con la cabeza. Si cantaba, volvería a acusarla de que se proponía
hechizarlo.
—Prefiero
cantar sólo en presencia del dios —murmuró.
Llegó
Príamo con sus sirvientes y otro cesto de oro. Aunque la preciada mercancía
apenas cubría el fondo del cesto, era tan pesada que hubo de ser llevado entre
dos hombres.
—¿Está
preparada la balanza, sacerdote?
—A tu
disposición, mi señor, para lo que te plazca.
—¿Que me
plazca? ¿Crees, estúpido, que me place todo esto? —le preguntó Príamo, con
enojo.
Aún vestía
la blanca túnica de suplicante, manchada con el barro del terraplén. Y de barro
estaban también cubiertos sus pies descalzos.
Polixena
le cuchicheó unas palabras, pero él las contestó en voz alta.
—¿Piensas
que por ese maldito Aquiles debo bañarme, peinar mis cabellos y vestir bellas
prendas como si fuese una boda y no a un funeral? !Y tampoco me importa si éste
es el primero entre los sacerdotes del Señor del Sol; no deja por eso de ser un
estúpido!
Tiró de la
manga de su padre. Príamo estaba llorando con la cabeza inclinada. Lo
sostuvieron entre Polixena y Casandra, y salieron de la tienda rápidamente,
para que Príamo no oyese la risotada de Aquiles a sus espaldas.
Casandra
se tapó la boca con la mano; parecería inoportuno sonreír en aquel momento.
Había poco de que sonreír, exceptuando la expresión que mostraba el rostro de
Crises, que parecía decirle que su padre había hablado con el tono avinagrado
de la senilidad.
Príamo
ordenó a sus criados que colocaran el cesto junto al oro apilado.
—Ahora
esperemos a Aquiles —dijo—. No sería muy extraño en él forzarnos a un acuerdo
tan degradante como éste y luego hacernos esperar todo el día... o no aparecer.
—Accedió ante testigos —le recordó Polixena—. Ellos le harán venir. Están
ansiosos de proseguir la guerra ahora que no tienen que enfrentarse a Héctor.
Se produjo
un silencio mientras las gentes de la casa de Príamo se congregaban lentamente
en la muralla. Hécuba y Andrómaca flanqueaban al rey.
Casandra
no estaba segura de qué esperaba: tal vez el carro de Aquiles, corriendo
frenéticamente como de costumbre hacia las murallas. Mantuvo puestos los ojos
en el sol naciente hasta que le dolieron.
Crises
estaba a su lado y aprovechó la ocasión para cogerla del brazo como si le
prestase apoyo. Ella se sintió exasperada pero no quiso llamar la atención
apartándose. El sacerdote anunció:
—Se
advierte movimiento en el campamento argivo. ¿A qué aguardan?
—Quizás a
humillar aún más a mi padre, viéndolo desmayarse, exhausto por el calor
—murmuró—. Comparado con Aquiles, Agamenón es un hombre noble y amable.
—Poco
conozco de él —repuso Crises—, mas sí lo suficiente para no desear ver el
destino de Troya en sus manos; y la salud y la fuerza de Príamo son ahora la
única esperanza que nos queda.
Poca
esperanza es ésa, pensó ella, pero calló. No deseaba hablar con nadie de los
temores que le inspiraba su padre, y desde luego no con un hombre del que
desconfiaba.
—Mirad
—dijo Polixena y señaló, alzando apenas su brazo.
Allá
lejos, en la llanura, se movían unas figuras que parecían acercarse. Casandra
distinguió a Aquiles, cuyos pálidos cabellos brillaban bajo la cegadora luz del
sol. Iba a la cabeza de un pequeño grupo. Tras él, ocho soldados portaban un
cuerpo en una camilla, que sólo podía ser el de Héctor, y después una media
docena de caudillos aqueos, todos revestidos de sus armaduras pero sin armas.
Al menos
por una vez. Aquiles ha cumplido su palabra. Respiró hondo, comprendiendo
entonces que, hasta distinguir el cadáver de Héctor, no había creído ni por un
momento que llegara a verlo.
Ya estaba
muy cerca, y pudo distinguir cada uno de los rostros e incluso el dibujo de los
bordados del paño mortuorio que cubría el cuerpo de Héctor. Al llegar, Aquiles
se inclinó ante Príamo.
—Como
prometí, Señor de Troya, te entrego el cuerpo de tu hijo.
—El
rescate te aguarda, príncipe Aquiles —contestó Príamo, dirigiéndose hacia la
camilla, echando hacia atrás el pesado paño mortuorio para descubrir el
rostro—. Mas permíteme primero que me asegure de que es en verdad el cadáver de
mi hijo...
Hécuba se
acercó a él mientras tiraba del paño. Pentesilea estaba junto a ella por si
necesitaba apoyo. Casandra se afirmó, dispuesta a oír a su madre estallar en
gemidos o gritos pero simplemente asintió y se inclinó para besar la fría y
blanca frente.
—La
balanza ha sido montada por un sacerdote de Apolo que es diestro en tal arte.
Si quieres comprobar los pesos... —dijo entonces Príamo.
—No, no
—respondió Aquiles con una sorprendente afabilidad—. Sé muy poco de tales
cosas. Crises condujo a Aquiles hasta la balanza. —Actuaste en contra de tu
propio interés, príncipe Aquiles, cuando dejaste que se destrozase de tal modo
el cadáver de Héctor. En perfectas condiciones, te habría proporcionado más
oro.
La
observación parecía burda e inoportuna. Al advertir el temblor de las manos de
Crises y el inusitado brillo de sus pupilas, Casandra se preguntó si a hora tan
temprana habría estado bebiendo vino puro o sazonado con semillas de adormidera
hasta el punto de olvidar en presencia de quien se hallaba.
—Vayamos
al caso. —Dijo Príamo secamente. Hizo un gesto, y alzaron el cuerpo de Héctor
para depositarlo en la plataforma. Los servidores de Príamo empezaron a colocar
oro en la otra, unas cuantas piezas de cada vez. Aquiles observaba, sonriendo
levemente, cuando la plataforma que sostenía el cuerpo tembló y comenzó a
alzarse del suelo. Casandra se preguntó si a los demás les parecía la escena
tan grotesca como a ella.
La balanza
osciló y vibró hasta el punto de que el cadáver se deslizó hacia un lado, pero
no cayó. El viento se alzaba en las alturas de Troya pero, allí abajo, en las
murallas, la atmósfera mantenía una quietud opresiva, casi asfixiante. Casandra
advirtió que de ninguna parte de la ciudad llegaba el sonido del canto de un
solo pájaro. ¿Era esto también parte del presagio que había recibido? ¿Estaban
a punto de ser ultimados por Poseidón? Que ataque ahora y acabe con esta
obscenidad, con esta parodia de la decencia y del honor. Fijó los ojos en una
de las cuerdas de las poleas y allí mantuvo su mirada. La cuerda tembló y
cayeron varios ornamentos de oro. Vamos, Poseidón, ¿es esto lo mejor que puedes
hacer por Héctor?
Uno de los
esclavos de Príamo recogió los ornamentos y volvió a colocarlos en el lugar de
donde habían caído. Añadió un pesado peto de oro y la plataforma bajó de golpe.
Evidentemente soportaba más peso que la del cadáver. —Es demasiado —dijo
Príamo.
Y la
retiró, reemplazándola por un collar de oro de varias vueltas.
—Ahora
falta un poco —afirmó Aquiles, cuyos ojos observaban codiciosos el peto.
Polixena
se adelantó, se quitó sus-largos pendientes y los lanzó a la plataforma. La
balanza osciló y luego se detuvo, equilibrada.
—Ya está
—dijo—. Es suficiente. Toma tu oro y márchate. La mirada de Aquiles se trasladó
del oro a Polixena. Sus ojos brillaban.
—Respecto
al oro, una muchacha dorada como ésta podría sustituirlo —dijo—. Rey Príamo, te
perdono la mitad del rescate por esta mujer, incluso si es una de tus esclavas
o concubinas.
—Soy hija
de Príamo —contestó Polixena— y sirvo a la Doncella, que no es amiga de la
lascivia ni siquiera en un rey
o en el hijo
de un rey. Conténtate con el oro y tu palabra empeñada, Príncipe Aquiles, y
déjanos con nuestro cadáver.
Aquiles
apretó los labios con fuerza y Casandra vio como se destacaba una vena en su
frente.
—¿Sí? ¿Me
la entregas entonces con honor, en legítimo matrimonio, a cambio de una tregua
de tres días para enterrar a tu hijo? —propuso—. De otra forma, la guerra se
reanudará al mediodía.
—¡No!
—tronó la voz de Odiseo entre las silenciosas filas de los caudillos aqueos—.
Esto es demasiado, Aquiles, honra tu palabra, como juraste, o te verás al
mediodía luchando contra mí. Prometimos a Príamo una tregua de tres días para
los funerales de Héctor y así será.
Aquiles se
vio obligado a aceptarlo, contra su voluntad.
Alzó una
mano hacia sus hombres. Éstos metieron el oro en cestos, con los cuales
cargaron, y se alejaron por la llanura del mismo modo en que habían venido.
Casandra
no se quedó a presenciar cómo organizaban los Juegos fúnebres, aduciendo sus
obligaciones en el templo. Debía ir sin demora para ver lo que presagiaban las
serpientes. Al parecer, nadie había advertido el peso de la mano, o de la punta
de un dedo, de Poseidón. Emprendió con celeridad la larga subida hasta el
templo del Señor del Sol. Al cabo de un momento, advirtió que Crises la seguía.
Bien, aunque así fuera, tenía tanto derecho como ella a entrar en el templo.
Pero no se acercó ni le habló hasta que franquearon la entrada.
—Sé lo que
ocurre en tu mente, princesa —dijo—. También yo lo sentí. El dios se halla
irritado con Troya.
Parecía
pálido y ojeroso, ¿qué había estado bebiendo tan de mañana? ¿Algo quizá para
aguzar sus visiones, o su entendimiento?
—No estoy
segura de haberlo sentido —empezó a decir ella—. No sé si lo soñé o imaginé.
—Si lo
soñaste, también lo soñé yo —dijo él—. Ahora sólo es cuestión de tiempo. ¿Por
cuánto tiempo puede retrasar Apolo toda la furia del golpe de Poseidón? También
yo los he visto luchando por Troya...
Recordando
su propia visión, ella contestó: —Es verdad. Ningún mortal puede quebrar las
murallas de Troya. Pero sí un dios.
—Hay fuera
un ejército más poderoso que todas las fuerzas de Troya —afirmó
Crises—. Y nuestro más grande campeón aguarda sus funerales mientras ellos
tienen tres guerreros que superan a los mejores nuestros. —¿Tres? Reconozco que
Aquiles...
—Agamenón,
que podría aventajar a Paris y a Deifobo juntos si fuera preciso, y Odiseo y
Ayax que igualaban a Héctor, aunque ninguno le superó.
—Bien
—dijo Casandra, preguntándose a dónde iría a parar—. Mientras nuestras murallas
resistan, eso no importa; y si está predestinada su caída..., entonces
conoceremos lo que nos está reservado.
—No deseo
quedarme a presenciar la caída de la ciudad. Si fuese un guerrero, permanecería
y lucharía. Pero no fui adiestrado en el manejo de armas y no estoy capacitado
ni para defenderme a mí mismo. ¿Vendrás conmigo, Casandra? No deseo que mueras
cuando la ciudad caiga.
—Me
gustaría que el único peligro que me acechara fuese la muerte.
—Pretendo
ir a Creta en la primera nave que pueda hallar y he oído que hay un navío
fenicio en alta mar, fuera de la ensenada. Ven conmigo y nada tendrás que
temer.
—Salvo a
ti.
—¿No
puedes perdonarme un instante de locura? —preguntó Crises—, en tono suplicante.
Respetaré tu honor, Casandra. Me casaré contigo si quieres o, si estás resuelta
a no casarte, juraré que viajaremos como hermana y hermano, que no pondré ni
siquiera un dedo sobre ti.
Pero yo no
confiaría en tus palabras, aunque jurases por la virtud de tu propia madre,
pensó y negó con la cabeza sin ira. —No, Crises, créeme, te agradezco la
proposición. Pero los dioses han decretado que desempeñe un papel en Troya. No
sé aún lo que me han destinado, pero sin duda me lo dirán cuando lo crean
necesario.
—Ciertamente
de nada servirás como una lanza cuando la ciudad caiga —afirmó Crises—. ¿Te
quedarás para consolar a tu madre y a tu hermana cuando se las lleven cautivas
los capitanes argivos? ¿De qué les servirá?
Casandra
le lanzó una mirada aguda. Daba la impresión de no haber comido durante mucho
tiempo, pero su aspecto no sólo revelaba inanición. Su corazón se condolió por
él; no lo amaba como él hubiera deseado, pero lo conocía desde años atrás y no
le deseaba mal alguno.
En la sala
de las serpientes halló a las sacerdotisas, corriendo de un lado para otro, a
medio vestir, tratando de recuperarlas. Aquella mañana muchas habían abandonado
los lugares en que tenían que hallarse y se habían refugiado en el jardín. Una
o dos de las más dóciles, al ser atrapadas y devueltas a sus sitios, habían
mordido a quienes
Bastaría
con que el dios le tocase un solo momento para que muriese, pensó,
entristecida.
_Si ésa es
la única tarea que los dioses me reservan —dijo con firmeza—, la llevaré a
cabo.
_No merece
la pena que me vaya solo a Creta o a Thera —opinó Crises—. Podrías ir conmigo
como fuiste a Colquis para estudiar las artes de las serpientes; o a Egipto,
donde siempre son bien acogidas las sacerdotisas. En Egipto, y en especial en
Cnosos, construyen de continuo y hay trabajo para un hombre entendido en pesos
y medidas. He oído que van a reconstruir el palacio que se derrumbó con el
último toque de Poseidón, El que hace temblar la Tierra.
—Pues no
vayas solo —repuso Casandra—. Llévate a Criseida. Jamás fue feliz aquí. No
querrás que cuando la cautiven vuelva al lecho de Agamenón, ¿verdad?
—No es a
Criseida a quien Agamenón desea —afirmó Crises—. Y tú lo sabes tan bien como
yo.
Casandra
se estremeció, percibiendo la vibración de la verdad en la voz del sacerdote.
Pero contestó:
—Me atengo
a mi destino como tú, hermano, te atienes al tuyo; vete pues a Cnosos o a
Egipto o al lugar al que te conduzca tu destino, y que todos los dioses te
mantengan allí con salud. —Movió la mano, en gesto de bendición—. Sólo te deseo
bien, pero separémonos aquí, para siempre.
—Bésame,
aunque sólo sea una vez —suplicó él, cayendo de rodillas.
Se inclinó
y apoyó levemente los labios contra la arrugada frente, como una madre que
besara a su hijo.
—Que
lleves la bendición del Señor del Sol allí a donde vayas y me recuerdes con
cariño —dijo Casandra.
Prosiguió
su camino, dejándole aún arrodillado y confuso. Su mente ya no es la que era,
pensó, y quizá sea mejor así. Sufrirá menos cuando lo golpee el destino; no
puede tardar para él. Ni para ninguno de nosotros.
Casandra
se sintió aterrada. Filida había tratado de decírselo, pero ella no la escuchó.
El augurio había sido malo, pero el tiempo del temor ya había pasado
—El Señor
del Sol no envió a los suyos una falsa advertencia —afirmó—. En realidad cayó
sobre nosotros la mano de Poseidón pero su golpe fue ligero. Oíd, las aves
canta de nuevo; el peligro ha pasado, al menos por hoy. Sin embargo, algunas
aún parecían inquietas. —La gran sierpe, la Madre de las Serpientes, no ha
salido en tres días a buscar su comida —manifestó Filida La hemos tentado con
ratones y conejos recién nacidos y luego con un pichón e incluso con un cuenco
de leche fresca de cabra. (Este último era ya un raro manjar en Troya, donde
habían tenido que sacrificar muchas cabras por falta de pienso; la leche que
restaba se reservaba para niños pequeños o para mujeres que, al comienzo de su
embarazo, no podían tolerar otro alimento.) ¿Qué significa este augurio,
Casandra? ¿Está la Madre irritada con nosotras? ¿Y qué podemos hacer para
apagar su ira?
—Lo ignoro
—contestó—. No he recibido de la diosa mensaje alguno que indique irritación
con nosotras. Creo que quizá debiéramos vestirnos con nuestras prendas de
fiesta y cantar en su honor. (Al menos aquello no podría acarrear ningún daño.)
Y luego bajaremos e interpretaremos una danza de devoción en los funerales de
Héctor.
La idea
provocó exclamaciones de alegría entre las mujeres. Como había supuesto,
ahuyentó al momento sus temores sobre los presagios. Pero Filida, que había
aprendido de Casandra buena parte del arte de las serpientes de Colquis,
aguardó un instante mientras las otras iban a cambiarse de ropas.
—Todo eso
está muy bien, querida mía, ¿pero y si la gran serpiente sigue negándose a
comer?
—Supongo
que deberemos aceptarlo como el peor de los augurios —contestó Casandra—.
Después de todo, hasta la propia Madre de las Serpientes es sólo una bestia; y
ningún animal deja de comer sin razón. Yo he alimentado a la fuerza a
serpientes más pequeñas, pero no me siento capaz de hacerlo con ésa. ¿Lo harías
tú?
Filida
negó con la cabeza, y Casandra prosiguió: —Así que lo mejor que podemos hacer
es llevarle la comida que más le gusta y rezar para que se la coma.
—En suma,
exactamente lo que haríamos con uno de los Inmortales —dijo Filida con una
cínica sonrisa—. Cada vez me pregunto más para que sirven los dioses.
—Tampoco
yo lo sé, Filida, pero te ruego que no hables de eso con las demás muchachas
—respondió Casandra—, y supongo que mejor será que vayamos también nosotras a
vestir nuestras ropas de fiesta.
Filida le
palmeó la mejilla, y dijo:
—Pobre
Casandra, no sentirás muchos deseos de bailar y de festejar cuando Héctor yace
muerto.
—Héctor se
halla mejor que la mayoría de quienes aún vivimos en esta ciudad —afirmó
Casandra—. Créeme, querida, me alegro por él.
—Ninguno
de los míos está combatiendo —dijo Filida—. Y hace tanto tiempo que no voy a
una fiesta de funerales que me alegraría aunque fuese en honor de mi propio
padre. Danzaremos por la Madre Serpiente y en memoria de Héctor, y espero que
les beneficie a ambos.
Se marchó
y Casandra se inclinó ante la gran ruta artificial que había sido excavada en
el muro.
Dudó hasta
asegurarse de que Apolo no hablaría para prohibirle la entrada y luego penetró
con una antorcha encendida para investigar lo que sucedía. La vieja serpiente
conocía su olor y no la atacaría, pero tampoco se acercaría a la antorcha. En
la semioscuridad del interior de la cueva, Casandra percibió el antiguo hedor
que llevaba el miedo hasta la misma médula de los huesos de los humanos, pero
ella había sido adiestrada para ignorarlo.
Se
arrastró, evitando una mancha de inmundicias en la cueva. En condiciones
normales, las serpientes eran más limpias que los propios gatos; ésta no
hubiera ensuciado su cueva si todo fuera bien. Empezó a tantear, buscando el
gran bulto de anillos escamados. Prosiguió arrastrándose mientras murmuraba
para tranquilizarla. Tendió una mano insegura y frotó con suavidad. Pero en vez
de las cálidas escamas que esperaba hallar, tocó lo que le pareció fría
cerámica. Presionó con más fuerza. Inerte bajo su mano, la gran serpiente yacía
muerta.
Así que
ése era el motivo de que no saliera a comer. El presagio era peor de lo que
suponían las muchachas, pensó Casandra, suspirando, tendida por un instante al
lado del animal muerto. Se preguntó si sería posible volver a la planicie
gris de la muerte donde se hallaba Héctor aguardando a su hijo, si encontraría
allí a la Madre de las Serpientes y si lograría que le hablase, siendo su
sacerdotisa, con voz humana.
Bien, eso
no supondría una gran ventaja. Si tenía ocasión de cruzar de nuevo la llanura,
tal vez la encontrara; eran tantas las preguntas sin respuesta acerca de la
muerte que nunca podía entender que alguien la temiese o se enfrentara a ella
sin una ansiosa curiosidad.
Retrocedió
arrastrándose hasta salir de la cueva y colocó ante la entrada la antorcha, en
señal de que no debía molestarse a su ocupante. Filida regresó y le preguntó:
—¿Entraste en la gruta? ¿Está bien? —Muy bien —contestó Casandra con voz
firme—. Ha cambiado la piel y no debe inquietársela. Filida se sintió aliviada.
—Oh, pero
aún no te has arreglado... ni te has puesto tus sandalias de danza.
—Héctor no
se preocupará de lo que vista —le contestó—. Y puedo bailar tanto descalza como
con sandalias. Cuando las muchachas se reunieron de nuevo en el santuario, ella
marcó los pasos de la danza, que era más antigua que la propia Troya. Al
concluir, lanzó el lamento postrero, murmurando para sí una oración por la
vieja serpiente. Luego se preguntó si sería adecuado rezar por el alma de una
bestia que probablemente no existía. Bien, si poseía alma, bienvenida sería la
oración; y si no la tenía, no le causaría daño.
—Y ahora a
la fiesta —dijo y las hizo salir hacia el palacio. Príamo no las esperaba;
pero, a pesar de eso, fueron bien recibidas, y a Hécuba le complació que
hubiesen acudido a rendir tributo a Héctor. Casandra permaneció en el centro de
las danzarinas, observando cómo se enroscaba en torno de ella la larga espiral
de mujeres, entre el revoloteo de sus blancas vestiduras, y luego marcó el
despliegue de los anillos de la antigua danza del laberinto. Cuando terminaron
la danza y la canción, Casandra indicó a las sacerdotisas que antes de sentarse
ayudasen a llenar las copas de los invitados. Ella misma escanció una copa y la
llevó a Pentesilea. Fatigada y desalentada, sintió que no había nadie más en la
sala con quien pudiera hablar. Ni incluso con Eneas, aunque éste le sonrió y le
hizo señas.
Pentesilea
no la importunó con preguntas; simplemente hizo que se sentara junto a ella y
compartiera su copa de vino. Y sólo después inquirió:
—¿Qué te
sucede, pequeña? Pareces indispuesta. ¿Es sólo por la muerte de Héctor?
Casandra
advirtió que las lágrimas inundaban sus ojos. Para todos los demás en Troya era
la sacerdotisa, la portadora de cargas, la que respondía a todas las preguntas
que era preciso hacer. Nunca se le ocurrió a nadie que también ella podía tener
temores o preguntas propias.
—Hay veces
en que desearía haber optado por ser una guerrera —confesó—. No consigo ver en
qué se beneficia nadie porque yo sea sacerdotisa.
—Con
frecuencia, Casandra, nos son marcados los caminos de la vida. —Al decir esto,
la voz de Pentesilea adquirió un tono acerado.
—Entonces,
¿por qué a algunas les es factible elegir?
—Creo que,
a veces, nuestra posibilidad de elegir se halla limitada por decisiones que
antes tomamos... si no en esta vida quizás en otra —dijo Pentesilea.
—¿Crees
realmente eso? —preguntó Casandra.
—Oh,
querida, no sé qué creer. Sólo que, como los demás, hago lo que puedo con las
opciones que se me brindan en cada momento. Y así haces tú. Pero no debes
quedarte aquí sentada, discutiendo con una vieja acerca de los recovecos de las
cosas extrañas de la vida. Mira, Eneas ha intentado una y otra vez llamar tu
atención. Unos pocos minutos con tu amante te alegrarán más que todas mis
filosofías.
Casandra
pensó que era posible que tuviera razón, pero no se sentía con ánimos. A pesar
de eso, alzó la vista hacia Eneas y le devolvió la sonrisa. El se levantó para
acercarse donde ella estaba, y Casandra aceptó una segunda copa de vino aunque
advirtió que estaba tan diluido que casi todo era agua.
—Esa danza
es encantadora. Jamás había visto nada igual. ¿Es una de las antiguas danzas de
Troya?
—Sí, es
muy antigua —le dijo—. Pero creo que procede de Creta. Se trata de la danza del
laberinto, la espiral de los anillos de la Serpiente Tierra. Dicen que ya se
bailaba en el templo de Apolo antes de que éste matase a la Gran Serpiente.
Y una vez más la Gran Serpiente
yace muerta y Apolo no
nos
transmitió advertencia o presagio, pensó abrumada por su temor... ¿Qué podía
significar todo eso? Con seguridad la muerte de Héctor era sólo el comienzo de
un desfile de desgracias...
Eneas se
inclinaba hacia ella con ansiedad, preocupado por su angustia. No quiso
asustarle; con él podía hallar incluso un cierto alivio en su inmensa
desesperación.
—Déjame
que te traiga algo —le rogó—. Apenas has probado nada en el festín. Y hay
cabritos y corderos asados; Príamo ha sido generoso. Héctor no querría que te
sintieras angustiada. Sea cual fuere el sitio en que esté, podemos tener la
seguridad de que se halla bien y de que no mejorará con nuestros lamentos.
Aquello
sonaba tan próximo a lo que ella había estado tratando de decir que se sintió
poseída de júbilo. Al menos Eneas me entiende cuando hablo ¡No necesito abrirme
camino a través de una montaña de miedo y de supersticiones en torno de la
muerte! Su rostro parecía resplandecer a la luz de las antorchas. Recordó que
le había visto salir ileso de las ruinas de Troya; viviría y el resplandor de
su rostro era simplemente la luz de la vida, mientras que por los demás se
extendía la palidez de la muerte.
—No quiero
comer nada —dijo, aunque un poco antes se había sentido hambrienta.
—Abandonemos
entonces esta sala de lamentaciones. Todos los dioses pueden atestiguar que yo
quería a Héctor, pero no veo cómo puede mejorar su destino o nuestro
entendimiento de éste porque unas personas se sienten en corro y coman hasta
casi no poder moverse y beban hasta embriagarse.
Pasó un
brazo en torno de ella. Enlazados, salieron a la terraza y contemplaron abajo
la oscura superficie del campamento argivo. Había unas cuantas luces dispersas,
pero en el resto reinaban las tinieblas.
—¿Qué
estarán haciendo ahí abajo? —preguntó Eneas.
—Lo
ignoro. Puedo ser una profetisa pero no alcanzo a ver tan lejos. Tal vez alcen
un altar a Poseidón. Pero es demasiado tarde para eso y deberían saberlo.
—Quizás
sus adivinos no son tan buenos como tú —bromeó, ciñéndola con fuerza—.
Casandra, déjame ir a tu habitación...
Ella
titubeó un momento, al final aceptó.
—Ven, si
lo deseas —dijo.
Mañana
habría tiempo suficiente para ocuparse de las serpientes muertas y de las
ciudades moribundas.
Yendo por
la empinada calle vieron caer una estrella fugaz cuya luz barrió todo el cielo
de tal modo que, por un instante, pareció como si la tierra se hubiese
inclinado. Se aferró al brazo de Eneas, recordando la noche en que Andrómaca y
ella contemplaron las estrellas fugaces en Colquis, cuando aún era muy joven.
Desde entonces no había visto una sola estrella fugaz, aunque había observado
los cielos con atención. ¿Se trataba de alguna clase de presagio? ¿O no
significaba absolutamente nada?
—¿Qué te
ocurre? —preguntó Eneas, estrechándola contra sí y hablándole con gran ternura.
—Sólo que
he visto la estrella.
—¿Estrella?
¿A qué estrella te refieres, amor mío?
Ahora
imagino cosas. Ya está bien, pues, por esta noche, se dijo a sí misma con
firmeza. Condujo a Eneas a su habitación, sabiendo con una súbita punzada de
dolor que sería la última vez.
La tregua,
con sorpresa de Casandra, no fue quebrantada por los aqueos. Ninguno de ellos
compitió en los Juegos fúnebres de Héctor a excepción de un mirmidón anónimo
que participó en lucha, venció sucesivamente a cuatro adversarios, incluido
Deifobo, recogió la copa de oro ofrecida como trofeo y desapareció sin revelar
su nombre. Las murmuraciones de la ciudad aseguraron que era un Inmortal
disfrazado pero no fue así. Paris le había visto en las filas argivas y se
trataba de un simple soldado. Tanto troyanos como aqueos siguieron los diversos
acontecimientos y aplaudieron deportivamente a los ganadores.
Pentesilea
insistió en competir con el arco. Su participación fue causa de algunos
problemas porque ganó con facilidad a todos los contendientes, incluyendo al
propio Paris que obviamente esperaba conseguir aquel premio.
Protestó
pero nadie le respaldó. Como a Paris se le había oído decir con frecuencia que
ningún hombre vivo podría vencerle con el arco, varios de los hijos menores de
Príamo, que no lamentaban el hecho de que por una vez su hermano resultase
derrotado, insistieron en que no tenía derecho a quejarse puesto que había sido
vencido por una mujer.
A la
tercera mañana, Casandra se despertó temprano, oyendo con alivio los cantos de
infinidad de pájaros que resonaban en los jardines del templo de Apolo. Al
menos ese día no iba a producirse un terremoto importante.
Acudió
pronto al palacio, donde ahora moraban Pentesilea y sus mujeres, y ayudó a
revestir a la amazona con su armadura de cuero endurecido y placas de metal.
—Hoy
lucharemos todas. Las amazonas lanzaremos nuestras fuerzas contra Aquiles
—afirmó—. Hemos combatido durante muchos años. Y un guerrero, por fiero que
sea, no podrá abatirnos a todas.
—Desearía
que os dispusierais a atacar a alguien menos peligroso —dijo Casandra,
inquieta—. Sobran enemigos; es preciso matar también a hombres como Menelao e
Idomeneo. ¿Por qué no os lanzáis contra Agamenón? ¿Por qué has de desafiar al
orgullo de los aqueos?
—Porque si
el que muere es Agamenón o Menelao, Aquiles seguirá allí para aliento de sus
tropas; pero si el muerto es Aquiles, serán como un enjambre de abejas cuando
desaparece la reina. Los mirmidones, al menos, quedarían completamente
desmoralizados; recuerda que, cuando Aquiles se hallaba enojado, apenas
luchaban y, sin duda alguna no peleaban como el ejército disciplinado que ahora
forman.
—Puedo
entender tus razones —dijo Casandra—, pero ésta no es ni siquiera tu guerra.
Desearía que todas partierais antes de que empezara hoy el combate.
Pentesilea
la miró fijamente:
—¿Has
recibido un presagio, Ojos Brillantes?
—En
realidad, no —declaró Casandra.
Luego
comprendió que su respuesta hubiera debido ser afirmativa. Tal vez la amazona
le hubiera creído. Echó los brazos a su cuello y comenzó a llorar.
—Querría
que no lo hicieras —fue todo lo que pudo decir, aferrándose a Pentesilea.
—Vamos,
vamos, ¿dónde está la guerrera que yo misma adiestré? —le preguntó ésta—.
¡Estás comportándote como una mujer débil que ha pasado su vida entre cuatro
paredes! Sécate esos ojos brillantes y déjame partir.
Casandra
la soltó de mala gana, tratando a la vez de ahogar sus sollozos.
—Pero
Aquiles es invulnerable. Dicen que un dios le protege y que ningún hombre puede
matarlo.
—Paris se
jactaba de que ningún hombre podía vencerle con el arco —contestó Pentesilea,
con una sonrisa burlona—. Tal vez signifique tan sólo que está destinado a
morir a manos de una mujer. Y si no soy yo, quizás otra de mis mujeres pueda
hacerlo para vengarme. Querida, ningún mortal es invulnerable; y si cualquiera
de los dioses protege a semejante monstruo, tal dios debería sentirse
avergonzado. Hemos atribuido demasiados poderes a Aquiles, pero es un hombre
como cualquier otro.
Sin
embargo mató a Héctor, pensó Casandra. Pero no había más que añadir porque
Pentesilea tenía razón. Caminaron juntas, rodeadas por las demás amazonas,
hasta donde se preparaban para el ataque los caballos y los carros. Pentesilea
pasó un brazo por la cintura de Casandra. —¡Pero si estás temblando, muchacha!
—No puedo evitar sentir miedo por ti —respondió ella, con voz ahogada.
El rostro
de Pentesilea expresó preocupación. Luego su voz se hizo más tierna.
—Esto no
se corresponde con la vida de una guerrera, Ojos Brillantes. No quiero que
nadie te vea llorar así. Vamos, hija, déjame partir.
¡No puedo
soportar verla marchar! Jamás regresará... Pero contra su voluntad se soltó de
su tía. Pentesilea la besó y
dijo:
—Suceda lo
que suceda, has de saber que para mí has sido más que una hija y más querida
que cualquiera de mis amantes. Fuiste mi amiga.
Casandra
se apartó y vio entre lágrimas cómo la amazona se izaba en la silla. Sus
mujeres cerraron filas en torno a ella, hablando en voz baja de estrategias
bélicas. Luego se abrió la puerta y salieron.
Sabía que
debería ir a ver a su madre en el palacio, o dirigirse al templo para ocuparse
de las serpientes. Allí reinaba una gran confusión desde que se conocía la
muerte de la Gran Serpiente. Pero en vez de hacer una cosa u otra, subió a la
muralla para contemplar cómo se lanzaban contra los aqueos Pentesilea y sus
guerreras. Delante avanzaban media docena de carros tróvanos para acometer de
frente a las fuerzas armadas con lanzas y espadas. Luego, como un torbellino se
precipitó sobre Aquiles y sus hombres la carga de las amazonas.
Chocaron
entre un estruendo de lanzas, claramente percibido por las mujeres de la
muralla. Cuando el polvo se despejó, dos de las amazonas yacían en el suelo
tras haber sido derribados sus caballos. Una consiguió ponerse en pie y abatir
con su lanza a un adversario; la otra quedó inmóvil mientras su caballo se
revolcaba, pugnando por alzarse. Un soldado aqueo advirtió sus esfuerzos y le
cortó el cuello rápidamente. Después se arrodilló junto a la mujer caída para
despojarla de su espléndida armadura. Casandra vio que Pentesilea había
sobrevivido a la primera carga. Su caballo estaba herido, pero aun se mantenía
en pie.
La reina
de las amazonas hizo girar a su montura y cargó contra un grupo de soldados de
Aquiles, lo dividió y mató a más de uno con su lanza. Casandra advirtió el
instante en que Aquiles fue consciente de su presencia: cuando ella derribó a
un hombre que debía formar parte de su guardia personal. Vio su reacción y que
se acercaba a la amazona, como si la invitase a desmontar y luchar cara a cara.
Pentesilea
echó pie a tierra para enfrentarse con él, espada en mano. Era más alta que
Aquiles y su alcance con su espada era mayor. Se acometieron con una serie de
golpes, demasiado rápidos para poder seguirlos. Aquiles retrocedió y, por un
instante, cayó de rodillas. Hizo alguna señal, de modo que sus hombres se
precipitaron contra las otras guerreras. Entonces, rápido como una serpiente
que ataca, se puso en pie y su espada se movió demasiado velozmente para ser
captada con la vista. Pentesilea retrocedió unos pasos hasta tropezar con el
flanco de su caballo. Luego, la implacable espada de Aquiles siguió acosándola
hasta abatirla. Casandra oyó su último estertor cuando Aquiles cayó junto a la
amazona. ¿Qué estaba haciendo aquel loco? Arrancó frenéticamente sus ropas, se
echó sobre ella y, mientras le contemplaban horrorizadas, violó el cadáver.
¡Monstruoso,
pensó, si al menos hubiese tenido mi arco! Aquiles había concluido y ahora
combatía contra cuatro amazonas que acudieron a atacarlo. Abatió a dos al
instante. Luego acometió a otra con una lanza hiriéndola de tal modo que, al
retroceder, fue rematada por uno de los soldados. La mujer que restaba intentó
a la desesperada recobrar el cuerpo de Pentesilea, pero se vio rodeada por gran
número de enemigos y, al cabo de unos pocos minutos, no quedaba con vida una
sola amazona. Los soldados recogieron y se llevaron los caballos que habían
sobrevivido. Una sola hora de combate había acabado con las últimas de la
tribu, con toda su cultura y sus recuerdos. Y aquel diabólico Aquiles había
infligido el insulto último a una guerrera que se atrevió a desafiarle.
Casandra no creyó ni por un instante que hubiese obrado a impulsos de la
lascivia; había sido un ultraje perpetrado a sangre fría.
Pensó que
hubiera sido oportuno que Apolo hubiera lanzado su flecha para alcanzarle en el
mismo momento en que estaba poseído por la indescriptible soberbia. El dios que
odiaba los excesos en la venganza o en la guerra habría sido el perfecto
vengador. Aquiles, comprendió Casandra, no podía ser ya considerado un
adversario honorable en el combate; era como un perro rabioso.
Pero los
dioses lo contemplaron y nada hicieron. Si Aquiles fuese un perro rabioso,
alguno habría acudido y le habría matado, no para vengar a los muertos sino
para proteger a los vivosy acabar con la calamidad de esa pobre bestia
enloquecida.
Y si Apolo
no interviene, a mí que juré servirle corresponde hacer lo que el más inocente
de sus sacerdotes esperaría del dios. Por vez primera desde que muy joven se
arrodilló ante el Señor del Sol para aceptarlo, supo con claridad por qué había
acudido al templo de Apolo. Miró por última vez el cuerpo de Pentesilea,
vergonzosamente desnudo en el campo, y luego se volvió. Había llorado cuanto le
fue posible aquella mañana, cuando suplicó a Pentesilea que no saliese. Ya no
le quedaban lágrimas.
Se dirigió
al templo y a sus habitaciones. Del cofre que allí tenía sacó el arco que le
regaló Pentesilea, ornado de complejos dibujos dorados e incrustaciones de
marfil como el del mismo Apolo. Tomó una saeta sencilla, la necesitaría para
determinar su alcance, y en su aljaba puso además la última de las flechas
envenenadas que había hecho el viejo centauro Quirón.
Advirtió
que temblaba de pies a cabeza. Bajó a las cocinas, halló un poco de pan duro y
miel y se obligó a corner Las mujeres cocían pan para la fiesta de funerales de
la Gran Serpiente y rogaron a Casandra que aguardase a que sacaran pan tierno,
pero rechazó cuanto le ofrecían excepto una taza de vino aguado. Todas se
quedaron sorprendidas al ver a su sacerdotisa armada, más se abstuvieron de
hacer preguntas; debido a su rango, suponían que cuanto hiciese tendría un buen
propósito por misterioso u oscuro que pareciera y no debían formular reparos.
Luego,
deliberadamente, descendió a la cámara más secreta del templo y de un cofre del
que sólo tenían llaves algunos de los sacerdotes y sacerdotisas importantes,
sacó cierta túnica ornamentada con adornos dorados y la máscara de oro del
Señor del Sol. Con manos diestras se la puso y ató sus cintas.
No estaba
del todo segura de no hallarse cometiendo el peor de los sacrilegios. Pensó en
Crises, revistiendo tales ropajes en su intento de seducir a una muchacha
inexperta en aras de una lascivia que no podía satisfacer de otro modo; y se
preguntó si, por el contrario, ella estaba sirviendo al honor de Apolo,
ejecutando lo que era preciso y el dios no hacía.
Las
sandalias formaban parte de la indumentaria; sandalias doradas con pequeñas
alitas de oro sujetas a los talones. Se las ató, deseando que tuviesen
auténticas alas para poder volar sobre el campamento aqueo. En silencio subió a
la terraza desde la que se dominaba el campo de batalla y recordó cómo se había
alzado allí Crises bajo la apariencia de Apolo para lanzar las flechas de la
peste contra los argivos, y también que había gritado con la voz de Apolo.
Los
cadáveres de las amazonas yacían envueltos en nubes de moscas. Los caballos
habían desaparecido; los aurigas e infantes troyanos que salieron por la mañana
se habían retirado tras las murallas de' la ciudad. Aquiles se pavoneaba entre
sus propios guerreros, aguardando aparentemente a que alguien acudiera a
desafiarlo. ¿No podían advertir sus propios hombres que su jefe había
traspasado todos los límites de la cordura y de la decencia? ¡Y sin embargo aún
le respetaban y admiraban!
No gritó
como Crises; Apolo no le había indicado nada que decir, aunque fuese el dios de
la canción. Tal vez alguien compusiera un canto acerca de aquello, pero no
sería con sus palabras. Tensó el arco, apuntó con cuidado a Aquiles y soltó la
flecha. Cayó un poco corta, pero ahora conocía su alcance. El héroe aqueo no
había visto la saeta y continuó su deambular entre los carros. ¿Adónde podía
apuntar cuando la armadura de hierro cubría tan completamente su cuerpo? Le
observó de la cabeza a los pies hasta ver que, si bien el casco cubría su cara
y su pelo, sus pies estaban calzados con unas sandalias que no eran más que un
par de finas tiras de cuero. Allí sería entonces. Lanzó la flecha hacia sus
pies.
Le alcanzó
en un talón desnudo. Evidentemente, no creyó que se tratase de algo más que de
la picadura de un insecto, porque le vio inclinarse para apartarlo de un
palmetazo; entonces extrajo la saeta y miró a su alrededor para ver de dónde
procedía. Uno tras otro, los soldados troyanos alzaron los ojos hacia el templo
para ver qué miraban y señalaban los mirmidones de Aquiles. Casandra permaneció
inmóvil; probablemente se hallaba fuera del alcance de un arco corriente que,
además hubiera tenido que lanzar sus flechas hacia arriba, incluso si alguien
hubiese tenido el valor de disparar contra quien podría haber sido el dios. Se
sintió invulnerable; pero hubiera hecho lo que decidió, aunque hubiese sabido
que sería asaetada bajo el sol cegador del mediodía.
Aquiles
aún seguía en pie, mirando hacia el lugar de donde había partido la flecha, aún
sin conocer la naturaleza de su herida. Pero al cabo de un tiempo, le vio
echarse mano y señalar a su pie para indicar a uno de sus hombres que se lo
vendara. Bien, pueden intentarlo, pero sabía que, aunque en aquel instante
cortasen su pie, el veneno había penetrado ya en su sangre y Aquiles podía
considerarse hombre muerto.
Aún paseó
arrogante por el campo durante unos minutos más. Después se tambaleó y cayó.
Ahora se hallaba en el suelo entre convulsiones. Estalló la confusión en el
campamento aqueo y se alzó un gran grito de rabia y desesperación, no diferente
del que se oyó tras la muerte de Patroclo. Abajo, en las murallas de la ciudad
desde donde observaban las otras mujeres se alzaron gritos de júbilo y
plegarias de agradecimiento a Apolo. Mas Casandra ya había bajad del parapeto y se
hallaba en la cámara secreta, devolviendo la máscara y la túnica al cofre que
cerró con su llave" Cuando salió, el pueblo de Troya se
agolpaba contra la muralla pugnando por saber lo sucedido.
—Uno de
los caudillos aqueos ha muerto —le dijo alguien—. Puede incluso que sea
Aquiles. Dicen que el propio Apolo apareció en lo alto de Troya y le alcanzó
con sus flechas de fuego.
—¿De
verás? —preguntó, con tono escéptico.
Y cuando
le repitieron la historia, se limitó a comentar
—Ya era
hora.
Desaparecido
Aquiles, se extendió por Troya un sentimiento de confianza; todos aguardaban un
rápido final de la guerra. No hubo período formal de duelo, ni Juegos fúnebres.
Casandra sospechó que entre los aqueos eran pocos los que lamentaban
sinceramente la muerte de Aquiles, aunque en torno de la pira fúnebre se
alzaron algunos gemidos rituales. Casandra recordó a Briseida, que acudió a
Aquiles por su libre voluntad, y se preguntó si la muchacha lloraría al amante
que había idealizado. Casi deseaba qué así fuese. Incluso tratándose de
Aquiles, no era justo que nadie que le llorase.
Mas
Agamenón, que había asumido el mando de todas las tropas aqueas y hasta el de
los mirmidones en el combate, parecía no tener duda alguna del resultado último
de la contienda. Los aqueos comenzaron a alzar por el Sur un enorme terraplén
desde donde poder asaltar la muralla en la parte en que fue afectado por el
último terremoto. Pasaron varias horas antes de que los troyanos advirtiesen lo
que estaban haciendo. Cuando lo hicieron, Paris envió a todos lo arqueros de
que podía disponer a la parte más alta de la muralla para asaetear desde allí a
los soldados. Durante un tiempo considerable los aqueos trabajaron
protegiéndose bajo escudos desmesuradamente grandes. Pero corno uno
tras otro caían a ritmo más rápido que el de su reemplazo, los jefes argivos
renunciaron por fin a su tentativa y retiraron a los trabajadores.
Casandra
no había contemplado la pira fúnebre de Aquiles ni la batalla de los arqueros,
aunque las mujeres del Señor del Sol la informaron día tras día de su
desarrollo. El templo estaba de duelo por la Gran Serpiente y ese período de
luto sería muy prolongado. No se hallaban serpientes como aquélla en las
llanuras de Troya y habrían de solicitar una del continente, de Colquis o
incluso de Creta. Casandra creía, pero a nadie lo comunicó, que la muerte de la
Gran Serpiente había sido augurio no sólo de la muerte de Aquiles, que había
precedido tan inmediatamente, sino de la caída de Troya que estaba por llegar.
Habló al
respecto una noche en el palacio, donde había bajado para ver a su madre.
Hécuba no
se había recobrado por completo de la muerte de Héctor. Su apariencia era ahora
frágil y desmedrada, sus manos como manojos de sarmientos. No comía y decía
siempre: Reservad mi parte para los niños pequeños, los viejos no necesitamos
tanto como ellos. Palabras en efecto cuerdas, pero había ocasiones en que
Casandra pensaba que la mente de su madre flaqueaba. Hablaba con frecuencia de
Héctor pero, al parecer, sin comprender que había muerto; se refería a él como
si se hallara en algún lugar sobre la ciudad desde donde observase a los
ejércitos.
—¿Qué
hacen ahora los aqueos? —preguntó Casandra a Polixena.
—Han
cortado muchos árboles a lo largo de la costa y los convierten en tablas. Hablé
con la mujer que vende tortas de miel a los soldados aqueos y dijo que tienen
el proyecto de construir un gran altar a Poseidón y sacrificarle muchos
caballos.
Poseidón
favorecería desde luego a esos aqueos si pudieran persuadirlo de que derribase
nuestras murallas; y sus adivinos lo saben cuando han convencido a los
atacantes para que invoquen a Aquel que Hace Temblar la Tierra.
Se apartó de su hermana y fue a
hablar con Helena. Sabía desde hacía tiempo que Paris no la escucharía pero
que, a veces, cabía la posibilidad de llegar hasta él a través de su esposa.
Helena la acogió tan afectuosamente como de costumbre.
—Regocíjate
conmigo, hermana; la diosa se ha apiadado de mi pena y nos enviará otro hijo
por los que perdí a consecuencia de los golpes de Poseidón. —Y como Casandra no
mostró contento, le rogó—. ¡Oh, alégrate por mí!
—No es que
no me alegre por ti —le contestó, con voz pausada—. Mas, ¿resulta cuerdo
precisamente ahora? La bella sonrisa de Helena se acentuó. —La diosa nos envía
hijos, no cuando queremos sino cuando quiere —dijo—. Pero tú no eres madre y
puede que no lo entiendas.
—Sea madre
o no, creo que escogería un momento más propicio que el final de un asedio
—respondió Casandra—. Aunque eso significase enviar a mi marido a dormir con
los soldados en luna llena o cuando el viento sopla del Sur.
—Paris
necesita un hijo. No puedo pedirle que acepte a Nikos como heredero, poniendo
al hijo de Menelao en el trono de Troya —objetó Helena, ruborizándose.
—No había
tenido en cuenta ese problema —dijo Casandra—. Creí que reinaría el hijo de
Andrómaca como sucesor de Héctor. ¿Ha decidido Paris, usurpar el trono?
—Astiánax
no puede regir Troya con ochos años —dijo Helena—. Mal van las cosas en
cualquier país que tenga a un niño por rey. Paris tendrá que gobernar por él
durante mucho tiempo, al menos.
—Entonces
quizá fuese mejor para Paris no tener un hijo y no sentir así la tentación de
derrocar al heredero legítimo. —Helena pareció indignarse, así que Casandra
añadió—: Paris tiene ya un hijo de Enone, la sacerdotisa del río, que vivió con
él como esposa hasta que llegaste de Esparta. No es justo que se niegue a
reconocer a su primogénito.
Helena
frunció el entrecejo.
—Paris me
ha hablado de ella. Afirma que no está seguro de ser el padre del hijo de
Enone.
Casandra
vio la expresión de los ojos de Helena y decidió dejar de momento aquel
terreno.
—No es de
esto de lo que vine a hablar. ¿Hay en el campamento aqueo más caballos de los
que precisan para tirar de los carros de Agamenón y de los demás caudillos?
—Lo
ignoro. Nada sé de tales cosas —declaró Helena.
Se inclinó
sobre la mesa para tocar la mano de Paris y le repitió la pregunta que le había
hecho Casandra. Paris la miró fijamente.
—No lo
creo —dijo—. Han tratado de capturar caballos de nuestros carros, incluso al
precio de abandonar objetos de oro y los propios carros.
Casandra
preguntó, con nerviosismo:
—Aunque
estén construyendo un altar para Poseidón, no pensarás que van a sacrificar los
caballos que tiran de sus propios carros, ¿verdad? Te ruego que pongas bajo
doble guardia a todos los caballos de Troya, en cualquier lugar que se hallen
sus cuadras.
—Nuestros
caballos están a buen recaudo tras las muralla —afirmó despreocupadamente
Paris—. Y son tan inaccesibles para los aqueos como si se hallasen en las
cuadras del faraón de Egipto.
—¿Estás
seguro? Odiseo, por ejemplo, es diestro en maniobras. Recurriendo a algún
truco, puede penetrar y robar los caballos.
Paris se
limitó a reír.
—No creo
que consiguiera franquear nuestras puertas aunque se hiciera pasar por el
propio Zeus Tunante. Esas puertas no se abrirán a hombre ni Inmortal alguno.
Incluso al rey Príamo o a mí nos sería difícil persuadir a alguien para que las
abriera de noche. Y aunque logre entrar de algún modo, ¿cómo crees que podría
salir? Si Agamenón quiere sacrificar caballos tendrá que recurrir a los suyos
porque no conseguirá los troyanos.
A Casandra
le pareció que zanjaba la cuestión con excesiva ligereza, pero no lograría nada
con insistir; Paris jamás reconocería la debilidad de sus defensas,
especialmente ante su hermana. Sabía que era inútil, pero también que si Paris
estaba equivocado, lo pagaría toda Troya; por tanto, insistió:
—Te ruego
que, al menos durante cierto tiempo, dobles la guardia de las caballerizas. —Y
le repitió lo que Polixena le había contado.
—Hermana
—dijo Paris, en tono casi amable—, seguramente tienes mucho trabajo femenino
por hacer y no necesitas preocuparte de cómo se desarrolla esta guerra.
Casandra
apretó los labios, sin la más mínima duda de que Paris no tendría en cuenta
nada de lo que le dijese.
Ella no
podía montar guardia junto a los caballos, pero habló con los sacerdotes del
templo y éstos accedieron a vigilar las caballerizas reales.
Ya
avanzada la noche, se dio la alerta en las murallas v los soldados de Paris,
que acudieron prestos, capturaron a media docena de hombres, mandados por el
propio Odiseo, cuando abandonaban las cuadras reales. Los guardias que no
reconocieron al general argivo, afirmaron que se presentó en las caballerizas
con orden sellada por el rey de llevar al palacio media docena de caballos. Le
creyeron mensajero del propio Príamo y le entregaron los caballos sin
objeciones. Sólo cuando marchaban reparó uno de los sacerdotes de Apolo en las
sandalias aqueas que calzaban, sospechó que se trataba de una estratagema y dio
la alarma.
Paris
ordenó ahorcar al guardia engañado y cuando Odiseo fue conducido ante él, le
preguntó:
—¿Existe
alguna razón para que no te cuelgue de la muralla más alta de Troya como el
ladrón de caballos que eres?
—En mi
tierra, troyano, ahorcamos a los ladrones de mujeres —contestó Odiseo—. Si no
nos hubieses demostrado la velocidad a que puedes correr no quedarían de ti
ahora más que unos huesos colgados de las grandes murallas de Esparta y ninguno
de nosotros habría tenido que dejar su hogar y pelear aquí durante todos estos
años.
Príamo,
que había dejado su lecho con precipitación, miró a su viejo amigo tristemente
y dijo:
—Bien,
Odiseo, ya veo que sigues siendo un pirata. Pero no encuentro razón para
colgarte. Siempre estamos dispuestos a aceptar un rescate por los cautivos.
—¿Qué
rescate quieres? —preguntó Odiseo, dirigiéndose a Príamo e ignorando a Paris.
—Media
docena de caballos —contestó Paris.
Odiseo
hizo un gesto con la mano.
—Ahí los
tienes —dijo.
Paris
frunció el entrecejo ante su afrenta.
—Ésos son
nuestros. Queremos una media docena de los tuyos.
—¿Eres un
impío? —preguntó Odiseo—. Tales caballos han sido consagrados ya a Poseidón. No
está en mi mano devolvértelos; pertenecen a El que Hace Temblar la Tierra.
Paris se
puso en pie de un salto, dispuesto a asestarle un golpe que Odiseo esquivó con
facilidad.
—Príamo,
tu hijo carece de los modales de la diploma-
cia.
Prefiero tratar contigo. Puedes quedarte con esos caballos si quieres correr el
riesgo de irritar con tu mezquindad a Poseidón, El que Hace Temblar la Tierra,
pero juré que se los sacrificaría. ¿Crees realmente que favorecerá a Troya si le privas de su sacrificio?
—Si has
consagrado esas bestias a Poseidón, suyas son —respondió Príamo—. No soy menos
generoso que tú con un dios. Que esos caballos sean pues para Poseidón más
media docena de los de tu gente para pagar tu rescate. —Así se haga —declaró
Odiseo.
Príamo
llamó a su heraldo para que transmitiese un mensaje al ejército aqueo.
Casandra
pensó que Agamenón no se sentiría complacido. No le deseaba daño alguno a
Odiseo, pese al puesto que ocupaba en las huestes enemigas. Le era imposible
dejar de considerar amigo al viejo pirata, como lo había sido durante tantos
años. Aún guardaba en uno de sus cofrecillos la magnífica sarta de cuentas
azules que entonces le regaló.
Cuando
Odiseo partió para disponer la entrega del rescate, Paris dijo a su padre:
—¡Qué
locura! ¿Vas a sacrificar realmente esos caballos? ¿Qué son para ti las
promesas de Odiseo? ¿No creerás que iba a sacrificarlos?
—Aunque
así fuere —manifestó Príamo—, ¿qué perdemos con eso? También nosotros
necesitamos de la buena voluntad de Poseidón y conseguiremos media docena más
por el rescate de Odiseo.
—No me
parece que hagan al dios la mitad del bien que harían a nuestros ejércitos
—objetó aún Paris.
Pero
cuando Príamo decidía algo, no cabía oponerse. A la mañana siguiente, los
caballos fueron sacrificados ante las murallas de Troya. Casandra contempló la
matanza, preocupada. Príamo carecía de fuerza. Recordó tales sacrificios en su
niñez, cuando su padre poseía vigor bastante para cortar de un solo tajo la
cabeza de un toro. Ahora sus manos temblorosas apenas eran capaces de empuñar
el hacha, y se limitó a bendecir el arma. Un sacerdote fuerte y joven la tomó
en sus manos y completó el sacrificio, entonando invocaciones a El que Hace
Temblar la Tierra.
Cuando
estaba mediado el sacrificio y cayó al suelo el sexto caballo, percibió un
ligero ruido como un trueno
muy lejano
y vibró levemente la tierra bajo sus pies. ¿Un presagio? se preguntó. ¿O sólo
era una muestra de que Poseidón aceptaba su sacrificio?
Apolo,
Señor del Sol, imploró, ¿No puedes salvar, a esta ciudad que ha sido tuya
durante tan largo tiempo, aunque se la quitaras a la Madre Serpiente?
El
resplandor del sol hirió con fuerza sus ojos y la voz que tan bien conocía
pareció resonar en sus oídos como el lejano rumor del oleaje.
Ni
siquiera yo, hija, puedo oponerme a lo que el Tonante ha decretado. Sucederá lo
que ha de suceder.
Prosiguió
el sacrificio, pero ella no se quedó a contemplarlo. ¿De qué servía rendir
homenaje a Poseidón si él se hallaba sometido al Tonante, que no es un dios mío
ni dios de Troya, y obligado por éste a destruir al pueblo que se lo rendía.
Apolo tendría que presenciar impotente el aniquilamiento de la ciudad, su
propia ciudad, a manos de El que Hace Temblar la Tierra.
¿A qué
sacrificar y suplicar a los Inmortales si todo estaba ya decidido? El reto se
revolvía en su interior, jamás sofocado por completo, el viejo grito aún sin
respuesta: ¿De qué sirven estos dioses?
Le pareció
que, por encima de la ciudad, como anteriormente había contemplado en una
visión, dos poderosas figuras, revestidas de nubes y tormentas, pie contra pie
como luchadores, contendían lanzándose rayos y truenos. El estruendo pareció
resonar a través de su conciencia. Se tambaleó con los ojos puestos en los dos
Inmortales que combatían.
Luego se
desplomó, pero perdió el sentido antes de tocar el suelo.
Cuando
volvió en sí, se halló tendida con la cabeza apoyada en el regazo de su madre.
—No
deberías haberte expuesto al sol del mediodía —le reprendió cariñosamente
Hécuba—. No está bien perturbar los sacrificios.
—Oh, no
creo que a los dioses les importe gran cosa —respondió Casandra,
incorporándose, pese al agudo dolor que sentía entre los ojos—. ¿No te parece?
Pero, al
notar un ligero asombro en el semblante de su madre, tuvo la impresión de que
la reina no comprendía lo que le estaba diciendo, y de que ella misma tampoco
estaba segura de entenderlo.
—Lo
siento, no pretendía faltar al respeto a los dioses. Todos estamos aquí para
honrarlos, pero, ¿crees que se sentirán obligados a devolvernos la cortesía?
Mas todo
lo que vio en los ojos de Hécuba fue la antigua mirada, la mirada que decía: No
te entiendo.
—En nombre
de todos los dioses, ¿qué es lo que están haciendo ahí fuera? —preguntó Helena.
—Polixena
oyó que estaban construyendo un altar para Poseidón —explicó Casandra.
Abajo, en
el espacio abierto que había sido durante tanto tiempo campo de batalla,
parecía que todos los soldados aqueos arrastraban maderos y, bajo la protección
de una auténtica muralla de escudos revestidos de cuero y enlazados,
martilleaban y serraban frenéticamente.
—Sus
sacerdotes trazaron los planos —dijo Crises, que se había acercado a las
mujeres.
También
acudió Paris, quien se inclinó para besar la mano de su madre.
—No se
parece a altar alguno que yo haya visto. Más bien se me antoja una especie de
máquina de sitio. Mirad; si la construyen alta, podrán lanzar sus flechas
contra la muralla e incluso descender sobre la ciudad como quien toma una nave
al abordaje.
Hécuba
mostró preocupación en el tono de su voz, al preguntar:
—¿Has
hablado ya con Héctor acerca de eso?
Paris
inclinó la cabeza y se apartó, pero no antes de que Casandra reparase en las
lágrimas que llenaban sus ojos.
—¿Cómo
soportar que hable así? —murmuró él.
—La
cuestión no es cómo podemos soportarlo, sino que ella lo padezca —replicó
Casandra—. Tú, al menos, puedes salir e intentar vengar los males que han
infligido a nuestra madre y que están acabando con nuestro padre. Dime, ¿es
posible que construyan eso hasta una altura que les permita entrar en la
ciudad?
—Lo es,
pero no lo lograrán mientras yo viva —contestó Paris—. Reuniré a los aurigas y
arqueros que nos quedan.
Besó a
Helena y descendió por la escalera. Poco después oyeron el grito de batalla,
cuando Paris y los carros disponibles se lanzaron a una endiablada velocidad
contra la edificación, enviando nubes de flechas que casi llegaron a oscurecer
el cielo. Aquella carga salvaje derribó una esquina de la estructura, que se
vino abajo con gran estruendo; seis hombres se desplomaron entre alaridos.
Los
soldados aqueos emprendieron la huida, perseguidos muy de cerca por los carros
troyanos. Cuando parecían resueltos a llegar hasta las naves, Paris dio el alto
y regresó a la construcción que había quedado abandonada. Halló un barril de
pez en el lugar y, derramándolo en torno, le prendió fuego. Mientras ardía, los
troyanos oyeron los gritos de Agamenón que trataba inútilmente de reunir a sus
hombres. Los soldados de Paris regresaron a la ciudad antes de que Agamenón
pudiese iniciar un contraataque.
Los que
habían observado lo sucedido desde las murallas profirieron voces de júbilo.
Era la única batalla que habían ganado claramente desde el incendio de las
naves aqueas. Paris acudió y se arrodilló ante Príamo.
—Si
quieren construir un altar a Poseidón, no lo alzarán en suelo troyano.
—Bien
hecho —dijo Príamo, abrazándolo con cariño.
Helena
acudió a despojarlo de su armadura.
—Estás
herido —declaró al ver el gesto que hacía cuando retiró uno de los cubrebrazos.
—De
flecha. Pero no ha llegado al hueso.
—Casandra
—le rogó Helena—. Ven a ver esto, ¿qué te parece?
Casandra
se acercó y levantó la manga de Paris. Era una herida superficial, una pequeña
depresión justo por encima del codo. Purpúrea e hinchada, ya se había cerrado
tras dejar escapar una o dos gotas de sangre.
—No creo
que sea grave —anunció—. Pero habría que lavarla con vino y curarla con agua
caliente y hierbas. Cuando una perforación se cierra demasiado pronto, puede
tener malas consecuencias. Es preciso mantenerla abierta y hacer que sangre
bien para que se limpie.
—Tiene
razón —añadió Crises, trayendo una botella de vino que empezó a verter sobre la
herida.
Paris se
apoderó de la botella.
—Lástima
de vino —dijo, llevándosela a los labios: pero tras beber, hizo un gesto de
desagrado—. ¡Uf, qué mal sabor tiene! Tal vez sirva para lavarme los pies.
Crises se
encogió de hombros.
—En el
templo del Señor del Sol hay mejor vino para beber, príncipe Paris. Éste es de
mala cosecha y se emplea para limpiar heridas. Ven conmigo y te daré de una cosecha mejor mientras
te atiendo.
—Más vale
que vayas a nuestras habitaciones del palacio y allí te curaré —dijo Helena—.
Ya has peleado bastante por hoy y no hay nadie a quien combatir.
—No
—repuso Paris, acercándose a la muralla—.He oído a Agamenón. Ha reunido a
algunos de sus arqueros para atacarnos. Hemos de bajar cuando eso ocurra. Se
dice, Helena, que paso demasiado tiempo en tus habitaciones; y estoy cansado de
tener fama de cobarde. Véndame el brazo con tu pañuelo y deja que me vaya.
Se puso de
nuevo la armadura sobre la herida y bajó la escalera. Pronto le oyeron gritar a
sus hombres.
—¿Por qué
tiene que padecer un maldito ataque de heroísmo precisamente ahora? —se quejó
Helena—. ¿Crees que el dios se irritará por el incendio si fuese verdaderamente
un altar para Poseidón?
—No veo
qué otra cosa podrían haber hecho, tanto si el dios se irrita como si se queda
indiferente —dijo Casandra—. Quizá se acuerde El que Hace Temblar la Tierra de
los magníficos caballos que le hemos sacrificado gracias a Odiseo.
—Confío en
que esa herida no le estorbe para cabalgar ni para lanzar flechas —manifestó
Helena—. Cuando vuelva, si sobrevive a esta carga, lo llevaré para que sea
atendido por el mejor de los curanderos.
—Enviaré
al palacio a los sacerdotes curanderos más diestros —afirmó Crises, que partió
sin demora colina arriba.
Casandra
observó la carga; Paris luchaba como un loco, como si el propio dios de la
guerra alentase en él. Perdió la cuenta del número de soldados aqueos que
abatió y dejó ensangrentados en el suelo.
—Jamás le
vi pelear así antes —dijo Helena.
Reza para
que no vuelvas a verle de ese modo, pensó Casandra.
—Tal vez
la herida sea tan leve como afirma. No parece afectarle.
—Cabalga
como el propio Héctor —declaró Príamo, contemplándole desde la muralla—. Todos
hemos sido injustos con ese muchacho, juzgándole menos heroico que su hermano.
Helena
cerró los ojos cuando una espada descendió sobre Paris. Paró el golpe en el
preciso momento en que parecía que iba a separar la cabeza de sus hombros. Fue
la última estocada. Un momento después los hombres de Agamenón se dispersaron y
corrieron como si no pensaran en detenerse hasta llegar a sus naves. Paris
gritó, al parecer dispuesto a perseguirles hasta el mar, pero al poco rato
retiró a sus hombres.
—Si queda
algún buey, que lo maten para la cena de los hombres —dijo a Hécuba cuando
subió por la escalera para reunirse con las mujeres, que le aguardaban—. Jamás
vi un combate semejante.
Helena se
apresuró a abrazarle.
—¡Gracias
sean dadas a Afrodita por haberte conservado con vida!
—Sí,
continúa cuidando de nosotros. No te trajo a Troya para abandonarnos ahora.
Paris
observó las cenizas de la construcción que habían tratado de levantar los
aqueos.
—Si está
dedicada a algún dios, pido que me perdone. Ahora, si encuentras a ese
curandero, Helena, me alegrará que me preste sus buenos oficios. Me duele el
brazo.
Mientras
se dirigía al palacio se apoyó en ella y Casandra le miró horrorizada.
—Mejor
será que vayas con él —dijo Crises, a quien Casandra había oído regresar—. Eres
tan buena curandera como cualquiera del templo del Señor del Sol.
Casandra
no estaba segura al respecto pero no supo cómo decirlo.
—Miraste
la herida más atentamente que yo. Sabes lo mala que es. No me gusta ese tipo de
heridas, aunque en apariencia carezcan de importancia.
Corrió
hacia las habitaciones de Paris y Helena sólo para que se le dijera que no se
necesitaban sus servicios.
La noche
fue tranquila, pero por la mañana estaba levantado de nuevo el andamiaje y los
aqueos martilleaban y serraban como si no hubieran sido interrumpidos.
—Volveremos
a hacer lo de ayer —afirmó Deifobo que había acudido aquella mañana a visitar a
Príamo—. ¿En dónde se halla hoy el regalo de Afrodita a las mujeres? ¿Todavía
oculto tras las faldas de Helena?
—Calla
—repuso ásperamente Príamo—. Fue herido ayer; quizás esté peor o se haya
enfriado.
Llamó a
uno de sus jóvenes mensajeros y le ordenó:
—Ve a
buscar al príncipe Paris y pregúntale por qué no está aquí con su ejército.
—Vaya
herida —dijo con desdén Deifobo—. La vi; un arañazo de gato, o más
probablemente un mordisco amoroso.
El
muchacho partió corriendo y regresó pálido. Se inclinó ante Príamo y declaró:
—Señor,
Helena pide que acuda la sacerdotisa Casandra para ver la herida de su hermano.
Dice que ella no tiene poder para curarla.
—Padre
—solicitó Deifobo—. ¿Me das permiso para sacar los carros y perseguir a esas
hormigas como hizo Paris ayer?
—Ve —le
autorizó Príamo—. Pero cuando Paris esté curado le entregarás el mando de
nuevo; nada de lo suyo te pertenece.
—Veremos
—dijo Deifobo.
Y partió
tras despedirse de Príamo.
Casandra
bajó al palacio. Cruzó las salas que aquella mañana le parecieron húmedas,
frías y silenciosas, incluso con retazos de niebla marina en el aire. En las
estancias reservadas a Helena y Paris, éste, medio vestido y muy pálido, yacía
sobre un jergón, murmurando. A su lado, Helena, trataba de lavar la herida con
agua caliente, perfumada con hierbas. Se puso en pie de un salto y acudió a
Casandra.
—Doy
gracias a Afrodita por haberte traído. Tal vez te escuche porque a mí no quiere
hacerme caso.
Casandra
se acercó y retiró el velo con el que había sido cubierta la herida. Toda la
parte superior del brazo estaba muy hinchada; la perforación seguía
obstinadamente cerrada y rezumaba un líquido claro. El brazo había cobrado un
tono purpúreo con trazos rojizos que se extendían hasta la muñeca.
Casandra
contuvo el aliento. Jamás había visto una herida de flecha como aquella.
—¿La han
examinado los sacerdotes de Apolo?
—Anoche
vinieron dos veces. Me dijeron que la lavase con agua caliente y que
probablemente habría que cauterizarla. Pero no he tenido valor para hacerle
pasar por eso cuando no pudieron prometerme que lo curaría. En la última hora
parece haber empeorado y ya no me conoce.
Hace unos
pocos minutos gritaba a los criados que le trajeran su armadura y los amenazó
con pegarles si no le ayudaban a levantarse y a ponérsela.
—Esto no
tiene buen aspecto —dijo Casandra—. He visto curar heridas peores pero...
—¿Debo
dejarlos que la quemen?
—No. De
haber estado yo aquí, les habría dicho que la tratasen con vino y aceite de
oliva. A veces sé que resulta eficaz un emplasto de pan mohoso y de telarañas
para limpiar una herida de perforación. Los curanderos tienen harta afición a
emplear sus cauterios. Anoche quizás hubieran podido abrirla para que sangrase
mejor, pero nada más. Ahora es demasiado tarde. La infección se ha afirmado y
vivirá o morirá. Pero no desesperes —añadió rápidamente—. Es joven y fuerte y,
como te dije, he visto curar heridas peores.
—¿No se
puede hacer nada? —inquirió Helena, con desesperación—. Tu magia...
—No poseo
magia curativa alguna —declaró Casandra—. Pero rezaré. No puedo hacer más.
Dudó un
momento y añadió:
—Enone, la
sacerdotisa del río... era diestra en magia curativa.
Helena
vislumbró una esperanza.
—¿No
puedes llamarla? —imploró nerviosamente—. ¡Suplícale que venga y le cure! Que
pida lo que quiera y será suyo, lo prometo.
Pero ya le
has quitado lo único que ella deseaba, pensó Casandra.
—Le
enviaré un mensajero pero no puedo asegurar que venga.
—¿Cómo
podría ser tan cruel para negar su ayuda si con ella evitaría su muerte,
habiéndolo querido tanto?
—No lo sé,
Helena. Abandonó el palacio muy resentida con él.
—Si es
preciso, yo, reina de Esparta, me arrodillaré ante ella con los cabellos
cubiertos de ceniza. ¿Debo ir pues en busca de Enone?
—No, la
conozco. Iré yo. Mientras tanto ora y haz sacrificios a Afrodita, que te
favorece con su protección.
Helena la
abrazó con fuerza.
—Casandra,
¿supongo que no me desearás ningún mal?
Son tantas
las mujeres de Troya que me odian. Puedo verlo en sus ojos, advertirlo en sus
voces...
La voz de
Helena parecía casi la de un niño que suplicara y Casandra le acarició
cariñosamente la mejilla. —Sólo te deseo bien, Helena. Lo juro. —Pero cuando
llegué a Troya lanzaste una maldición contra mí...
—No
—dijo—. Sólo profeticé que nos traerías desgracias. El hecho de que yo viese el
daño no significaba que lo causara. Fue obra de los Inmortales y no mía más que
tuya. Nadie escapa a la mano del destino. Iré ahora a las fuentes del
Escamandro, hallaré a Enone y le imploraré que venga y cure a Paris.
Crises la
saludó cuando abandonaba el palacio, y Casandra le miró sorprendida.
—Creí que
a estas horas te hallarías en una nave rumbo a Creta o a Egipto. ¿Por qué no te
has ido?
—Es
posible que pueda hacer algo por la ciudad que me acogió o por Príamo que ha
sido mi rey —dijo Crises—, o incluso por ti. ¿Quién sabe?
—No
deberías quedarte por mí. Me alegraría que te hallases a salvo cuando ocurra lo
que ha de ocurrir.
—Nada
deseo —replicó con voz extrañamente serena—, excepto que sepas, antes de que
llegue el final para todos nosotros, que mi amor por ti es verdadero y
desinteresado, que no quiero más que tu bien. £50 es cierto, pensó Casandra.
—Te creo,
amigo mío, y te ruego que te pongas a salvo tan pronto como puedas. Alguien
debe recordar y contar la verdad sobre Troya a los que vengan después. Me
inquieta que, a través de las leyendas, los hijos de nuestros hijos lleguen a
creer que Aquiles fue un gran héroe o un hombre bueno.
—No es
posible que nos dañe ni tampoco que a Aquiles le beneficie lo que digan o
canten en tiempos futuros. Sin embargo, si sobrevivo, juro que diré la verdad a
todo el que quiera saberla.
Casandra
subió rápidamente al templo del Señor del Sol y se despojó de su traje
ceremonial. Se puso una túnica oscura y usada con la que podría pasar
inadvertida, calzó fuertes sandalias de cuero y recogió un pesado manto para
protegerse del viento o de la lluvia. Luego salió por el portillo derruido y
tomó el camino del monte Ida, a lo largo del menguado cauce del Escamandro. Lo
que fue vereda se había convertido en vía frecuentada. Eran muchos los hombres
y los caballos que pasaban por allí. Y las aguas que antaño corrían rápidas y
limpias ahora parecían fangosas y turbias. La última vez que hizo aquel camino
las aguas eran claras y en el sendero casi no se veían huellas. ¿Cuántos años
hacía de eso?
Incluso
ahora, de haber sido menos urgente y acuciante su propósito, habría disfrutado
del viaje. El sol se había ocultado tras las nubes. Las copas de los árboles
que cubrían las colinas se perdían entre la bruma, y unos vientos suaves
anunciaban lluvia y probablemente tormenta. Prosiguió a buen paso pero, aunque
era fuerte, la cuesta pronto se hizo tan empinada que tuvo que detenerse a
descansar, puesto que le faltaba el aliento. A medida que ascendía, lo que
había sido río se trocaba en arroyo de aguas cristalinas. Ningún hombre o
caballo había contaminado el sendero o el agua. Se arrodilló y bebió porque, a
pesar de las nubes y del viento, hacía calor.
Al fin
llegó al lugar en donde manaba con fuerza el agua de la roca, protegida por una
imagen tallada del Padre Escamandro. Tiró de la campana para llamar a las
potámides; y cuando apareció una joven, le preguntó si podía ver a Enone.
—Creo que
está aquí —le contestó—. Su hijo se halla enfermo con liebres estivales; ella
no bajó con las demás a las fiestas del esquileo.
Casandra
había olvidado que la época del esquileo estaba ya próxima.
La
muchacha se marchó y Casandra se sentó en un banco, cerca de la fuente, y
disfrutó del silencio; cuando Miel fuese mayor tal vez podría enviarla a este
lugar para que sirviera entre las potámides del dios. Un sitio agradable para
que allí creciese una niña... quizá no tanto como cabalgar con las amazonas,
pero aquello ya no era posible. Casandra empezó a comprender que apenas había
comenzado a sentir pena por la muerte de Pentesilea. Había estado tan afanada
en la venganza y después con otras muertes que tuvo que apartar a un lado su
pesar hasta cuando dispusiera de tranquilidad para llorarla.
Pasará
mucho tiempo antes de que pueda llorar a mi hermano, pensó, y a
renglón seguido se preguntó por qué se le había ocurrido aquello.
Oyó pasos
tras ella y se volvió. Al principio apenas pudo reconocer a Enone. La muchacha
esbelta se había trocado en una mujer alta y corpulenta, de grandes pechos y
profusos rizos que se enroscaban en torno de su cuello. Sólo los ojos en hondas
órbitas eran los mismos; pero, aun así, Casandra dudó antes de pronunciar su
nombre.
—¿Enone?
Me ha costado trabajo reconocerte.
—Ninguna
de las dos somos tan jóvenes y bonitas como fuimos antaño —dijo Enone—. Eres la
princesa, sin duda... ¿Casandra?
—Sí
—contestó—. Supongo que también yo he cambiado.
—Es cierto
—declaró Enone—. Aunque sigues siendo bella, princesa.
Casandra
esbozó una sonrisa.
—¿Cómo
está el hijo de mi hermano? Me han dicho que se hallaba enfermo.
—Oh, nada
serio, simplemente uno de esos pequeños trastornos que sobrevienen a los niños
en verano. Se recuperará en uno o dos días. ¿Pero cómo puedo servirte?
—No he
venido por mí —dijo Casandra—, sino por mi hermano Paris. Está muriéndose, de
un flechazo y tú eres diestra en curar. ¿Vendrás?
Enone
enarcó las cejas.
—Casandra,
para mí tu hermano murió el día en que abandoné el palacio y no pronunció una
sola palabra para reconocer a su hijo —afirmó—. Ha estado muerto para mí todos
estos años. No siento ahora deseo de resucitarle.
Casandra
supo en su corazón que debía haber esperado tal respuesta, que no tenía derecho
a llegar hasta allí y solicitar nada de Enone. Inclinó su cabeza y se levantó.
—Puedo
entender tu amargura —dijo—. Y sin embargo... él está muriéndose. ¿Es posible
que siga siendo tan grande tu rencor para mantenerlo frente a la muerte?
—¿Muerte?
¿No crees que fue como la muerte para mí que me apartara de su vida sin una
palabra, como si fuese una prostituta barata de las calles de Troya? ¿Y que no
haya tenido durante todos esos años ni una palabra para su hijo? No, Casandra.
¿Me preguntas si es tan grande mi rencor? Aún no has empezado a saber nada de
mi rencor y no creo que quieras saberlo.
Vuelve a tu palacio y llora a tu hermano como yo le he llorado todos estos
años. —Su voz se endulzó—. Mi rencor no se dirige a ti; siempre fuiste amable
conmigo y así también se comportó conmigo tu madre.
—Si no
vienes por Paris o por mí —suplicó Casandra—, ¿no vendrás tampoco por mi madre?
Ha perdido a tantos hijos...
Su voz se
quebró y se mordió los labios, no queriendo llorar en presencia de Enone.
—Si
representase diferencia alguna... —empezó a decir Enone—. Pero ahora, con la
ciudad en manos de un dios encolerizado... Ah, ¿te sorprende que lo sepa?
También yo soy sacerdotisa. Vuelve a la ciudad y cuida de tu hija... Envíala a
lugar seguro, si puedes; no hay mucho tiempo. No odio a la reina espartana pero
nada me es posible hacer por Paris. Cuando me abandonó, ultrajó al Padre
Escamandro, que es el propio Poseidón.
A Casandra
nunca se le había ocurrido antes que el dios del río, Escamandro, fuese una
advocación de Poseidón, El que Hace Temblar la Tierra. Pero Paris olvidó a la
sacerdotisa del dios del río por la hija de Zeus Tonante y había osado juzgar
en una controversia entre Inmortales, abandonando a los dioses de su propio
país para servir a la Afrodita aquea.
—No soy
culpable de su muerte —prosiguió Enone—. Su destino está en sus manos, como el
tuyo y el mío está en las nuestras. Que los dioses te protejan, Casandra.
Alzó la
mano en un gesto de bendición y Casandra se encontró descendiendo por la
colina, mientras se sentía como una campesina expulsada de la presencia real.
Cuesta
abajo, el retorno fue más breve que la ida. Cuando por fin llegó al palacio,
oyó los gemidos. Paris había muerto. Pese a sus palabras de ánimo a Helena,
estaba segura de que no podría sobrevivir mucho tiempo a tal herida.
Salió a la
terraza para observar la planicie en donde los ejércitos aqueos se afanaban en
la construcción. Entonces pudo ver la silueta imprecisa de lo que el andamiaje
envolvía. Allí se alzaba enorme, tosca e inconfundible la figura de un caballo
de madera.
Así que
éste es su altar, pensó, la forma misma del propio
Poseidón,
El que Hace Temblar la Tierra. ¿Creen que ese caballo coceará hasta derribar
las murallas de Troya o que atraerá al dios para que las derribe?
Luego, sin
saber por qué, fue presa de temblores violentos; de tal intensidad, que hubo de
envolverse en el manto a pesar de la fuerza del sol. Se debieron al terror que
le produjo, aunque desconociera la razón, aquella figura del caballo o del
dios.
Incluso
antes de que se celebraran las exequias de Paris, Deifobo se presentó ante
Príamo y solicitó el mando de los ejércitos tróvanos. Cuando Príamo protestó,
dijo:
—¿Qué otra
opción tienes? ¿Hay alguien más en la ciudad salvo, quizás, Eneas? Y no
pertenece a la casa real de Troya ni tampoco es troyano por su cuna.
Príamo se
limitó a dirigir la vista al suelo, confuso.
—¿Te
gustaría tal vez entregar los ejércitos a tu hija Casandra, que fue antaño
amazona? —preguntó Deifobo, sarcástico.
Por vez
primera desde la muerte de Héctor, Hécuba habló con voz clara y casi fuerte.
—Mi hija
Casandra no mandaría los ejércitos de Troya peor que tú. Fuiste un niño cruel y
codicioso y eres ahora un hombre arrogante y codicioso. Mi señor y rey Príamo,
te ruego que busques a algún otro para que mande las fuerzas de Troya, o nos
sucederá lo peor a todos nosotros.
Pero todos
sabían que no había otro. Ninguno de los hijos de Príamo que quedaban con vida
tenía edad o experiencia suficientes para dirigir los ejércitos. Cuando fue
convocado ante las tropas y Príamo le otorgó formalmente el mando, Deifobo
anunció:
—Sólo
aceptaré el mando si se me otorga como esposa a Helena, la viuda de Paris.
—Estás
loco. Helena es legítima reina de Esparta, no un botín que pase de un hombre a
otro como una concubina.
—¿No?
—preguntó Deifobo—. ¿No has tenido ya bastantes problemas de los que puede
causar una mujer cuando se le deja elegir al hombre con quien compartir su
lecho? Se casará conmigo y estará satisfecha de hacerlo. ¿No es cierto, Helena?
¿O preferirías volver con Menelao? Yo podría arreglar eso, si lo prefieres.
Casandra
advirtió que Helena se estremecía, pero ésta se limitó a decir a Príamo en voz
alta:
—Me casaré
con Deifobo si así lo deseas, señor.
Príamo
pareció turbado.
—Si
existiera otro recurso, no te pediría eso, hija.
Helena se
arrojó en los brazos del anciano.
—Basta con
que sea eso lo que quieres de mí, padre.
La abrazó
cariñosamente y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Te has
convertido en un miembro de nuestra familia, hija. No hay más que decir.
—Pues si
todo está acordado —dijo Deifobo, casi a gritos—, que dispongan el festín
nupcial.
—¿Es éste
tiempo para festejar, con Paris muerto y aún insepulto? —protestó Hécuba.
—Puede que
después no haya lugar —insistió Deifobo—. ¿O es que voy a ser el único entre
los hijos de Príamo cuya boda no se festeje y honre?
—Poco es
lo que hay que honrar aquí —comentó Príamo, en voz baja.
Sólo
Hécuba y algunas de las mujeres le oyeron. Sin embargo, llamó a los criados y
les ordenó que abriesen las bodegas, que mataran y asaran un cabrito y
preparasen otros alimentos para la comida.
Casandra
fue con las mujeres de palacio, entre las que figuraba la madre de Deifobo, a
recoger frutas ya maduras y colocarlas en fuentes. Coincidía con Hécuba en que
no era momento para fiestas, pero si la boda tenía que celebrarse, sería mejor
que pareciera un asunto de elección y no de coacción. ¿Por qué había de
oponerse ella cuando Helena lo aceptaba?
Pese a
todos los manjares y a los músicos apresuradamente llamados, las nupcias no
fueron alegres. El conocimiento de que Paris yacía muerto arriba llenaba de
tristeza todo el palacio. Mucho tiempo antes de enviar al lecho a la novia y al
novio, Casandra se excusó y partió. Contemplando desde arriba las luces, pensó
que quizá los humildes de Troya, que disfrutaban de los víveres y del vino
enviados del palacio de Príamo, creyeran que se trataba de una auténtica
fiesta. Si criticaban a Helena era sólo por la facilidad con que se acomodaba a
un nuevo matrimonio cuando aún había que enterrar a su marido. Que disfruten,
pensó. Tal vez no les quede mucho tiempo para hacerlo.
Las
exequias de Paris se celebraron a la mañana siguiente en presencia de Helena,
majestuosa y pálida, y de su hijo Nikos, de nueve años, muy serio a su lado.
Había insistido en que le cortasen el pelo en señal de duelo.
—Sé que no
era mi padre —dijo—, pero fue el único padre que conocí y se mostró cariñoso
conmigo.
Sus
esfuerzos por no llorar, destrozaron el corazón de Casandra.
Una vez
terminadas las ceremonias, con un suspiro de alivio, Deifobo declaró
apresuradamente:
—Ahora que
hemos concluido, bajaremos y nos ocuparemos de ese caballo como lo hizo Paris.
Necesitaremos un buen barril de pez hirviendo o de resina de pino y unas
cuantas flechas incendiarias. Pronto acabaremos con él. ¿Qué te parece, esposa?
La voz de
Helena fue apenas audible.
—Debes
hacer lo que creas mejor, esposo.
Se
mostraba sumisa y mansa, como cualquiera de las mujeres de los soldados
troyanos, sin apenas rastro de la belleza que le otorgó la diosa y que todos
creyeron eterna. Las palabras eran también respetuosas, las mismas que podía
haber dicho a Paris; pero Casandra pensó que, con aquella sumisión, estaba
burlándose de él. Deifobo no parecía creerlo así; la miró con satisfacción y
placer. Ahora tenía lo que siempre había envidiado: la esposa de Paris y el
poder de Paris. Si aquel matrimonio había proporcionado felicidad al menos a
una persona, no era del todo malo.
Pero a
Andrómaca no se le había exigido nada semejante. Se le otorgó el tiempo
necesario para llorar a Héctor. ¿Por qué tenía que negársele a Helena el mismo
privilegio?
Pero
Helena había actuado para mostrar a todas las mujeres que podían hacer lo que
ella había hecho, y ellas deberían mostrarse agradecidas y también admirarla.
Deifobo
estaba reuniendo a sus aurigas, para examinar rápidamente con ellos la
estrategia que seguirían. Casandra vio cómo Helena se despedía de él y le
recomendaba que tuviese cuidado en la batalla, exactamente como había hecho con
Paris.
¿Sería que
Helena estaba tan acostumbrada a plegarse a la voluntad de un hombre que le era
indiferente la identidad del mismo? ¿O se hallaba tan anonada por la pena que
no le importaba nada más? Si yo hubiese amado a alguien como ella amó a Paris v
me lo hubieran arrebatado... Quiero mucho a Eneas pero cuando se aleja de mí
sigo siendo yo misma. Si él tuviera que morir en vez de dejarme para volver al
lado de Creusa, lloraría su muerte, inconsolable, pero no me destrozaría como
la muerte de Héctor ha destrozado a Andrómaca. ¿Lloraba Andrómaca a Héctor o
sólo la pérdida del lugar que le confería ser la esposa de Héctor?
Los
aurigas se lanzaron a la carrera, a través de los soldados que retiraban el
andamiaje en torno del monstruoso caballo de madera; éstos se dispersaron y
huyeron por todas partes mientras una docena caían bajo las ruedas de los
carros. Había en el aire un extraño olor acre que Casandra no pudo identificar.
Cuando los aurigas se aproximaron al Caballo lanzaron sus flechas de fuego,
pero éstas no incendiaron la figura.
Los
soldados de Agamenón los atacaron desde el escondite que les ofrecía el
andamiaje. Los troyanos lucharon con bravura, pero se vieron obligados a
retirarse en sus carros hasta las murallas. Cuando se abrieron las puertas para
dejarlos pasar, se entabló un combate. Era preciso impedir que los hombres de
Agamenón y una multitud de los mirmidones de Aquiles, ahora acéfalos,
penetrasen en las calles de Troya. Unos pocos lograron abrirse paso pero fueron
abatidos en las callejuelas y los hombres de Deifobo lograron cerrar las
puertas.
—Parece
que volveremos a tener un asedio —declaró Deifobo—. Hay que evitar a cualquier
precio que entren en la ciudad, lo que significa que estas puertas no se deben
volver a abrir. Lo malo es que esa monstruosidad de allá afuera nos priva de
ver lo que pasa en su campamento y en la llanura. Ni siquiera podemos quemarla;
la han impregnado con algo que la hace incombustible, quizás una mezcla de
vinagre y alumbre. Puede que haya sido un error quemar antes el andamiaje; les
previno de que-eso sería lo primero que trataríamos de lograr.
—¿No será
un acto sacrílego si representa a nuestro dios Poseidón? —preguntó Hécuba
—Yo lo quemaría primero y después haría las
paces con
El que Hace Temblar la Tierra —contestó
Deifobo—. Pero
ahora no arderá.
—¿Y es completamente imposible quemarlo? —preguntó Príamo.
—Haré
cuanto pueda —dijo Deifobo—. Intentaremos lanzar flechas untadas de pez y
confiar en que se prendan. Sigo preguntándome si habrán puesto ahí esa cosa
para darnos algo en qué pensar y no podamos advertir lo que están haciendo en
otro lugar, como tratar de abrir un túnel bajo las murallas por el lado de
tierra o ascender hasta el templo de la Doncella y atacarnos desde allí.
—¿Crees
que lo conseguirían? —preguntó Hécuba, temerosa.
—Seguro
estoy de que lo intentarán. Bien atentos hemos de estar a todos los trucos que
esté tramando ese maestro de bribones, Odiseo, distrayendo nuestros ojos y
nuestras mentes con esa maldita cosa de allí.
Miró con
odio al Caballo y alzó el puño en su dirección. La imagen del Caballo de madera
deambuló aquella noche por los sueños de Casandra. En una pesadilla cobró vida,
encabritándose como un garañón y pateando el suelo. Luego coceó, y la fuerza de
sus poderosos cascos derribó la puerta principal de Troya mientras del Caballo
surgía un ejército que asolaba las calles. Su cabeza se alzaba negra, como la
de un dragón, sobre las llamas que consumían la ciudad. Cuando se despertó, tan
vivido le parecía el sueño que, sin echarse nada sobre su camisa de noche,
salió a la terraza y contempló la llanura. Allí estaba como antes, sólido e
inmóvil a la pálida luz de la luna, el Caballo de madera. No era ni siquiera
tan grande como le había parecido en su sueño. Es tan sólo algo de madera y
pez, pensó, tan inofensivo como la imagen que se alza junto al Escamandro. Ante
el Caballo ardían unas pálidas antorchas. ¿En homenaje a Poseidón? Recordó la
visión en la que contempló a Apolo y a Poseidón contendiendo por la ciudad y
acudió al templo para arrodillarse y rezar.
—Apolo
—imploró—. ¿No puedes salvar a tu pueblo? Y si no puedes, ¿por qué te llaman
dios? Y si puedes y no quieres, ¿qué clase de dios eres?
Y luego,
aterrada ante su forma de orar, huyó del templo. Fue de súbito consciente de
haber formulado la última pregunta que cualquiera haría a un dios y la única
que jamás tendría respuesta. Por un momento temió haber blasfemado; después
reflexionó: Si no es un dios o no es bueno, no existió tal blasfemia. De él se
dice que ama la Verdad y, si no la ama, todo lo que me han enseñado es falso.
Pero si no
es un dios, ¿qué es lo que yo vi, luchando por la ciudad? ¿Qué fue lo que se
apoderó de trises o de Helena?
Si los
Inmortales son peores que el peor de los hombres, mezquinos, despreciables y
crueles, sean quienes fueren, no son dignos de que la humanidad los venere. Se
sintió desolada; había consagrado gran parte de su vida a una intensa pasión
por el Señor del Sol. No soy mejor que Helena; opté por amar a un dios que no
es mejor que el peor de los hombres.
Volvió a
la terraza y permaneció allí, petrificada por el horror mientras el sol se
alzaba por última vez sobre la ciudad condenada.
Ante ella
se extendía la llanura de Troya a las primeras luces de la mañana. Dentro de la
ciudad nadie se movía; afuera, unas cuantas antorchas brillaban débilmente en
el alba.
El
silencio era absoluto. Incluso la lejana línea del mar, más allá del terraplén
aqueo, parecía serena e inmóvil como si la misma marea hubiese dejado de acosar
a la tierra. El resplandor rojizo del cielo era cual el de lejanas llamas que
devorasen la luz tenue de la luna en su ocaso. Otra vez, como en sus sueños, el
Caballo de madera ante las murallas pareció encabritarse y golpear con sus
monstruosos cascos a la ciudad.
Gritó,
oyendo su propia voz extinguirse inaudible en su garganta, y entonces gritó de
nuevo contra el silencio hasta que por fin percibió su voz como si estuviesen
desgarrando su garganta.
—¡Oh,
guardaos! ¡El dios está furioso y atacará a nuestra ciudad!
Fue como
si tras aquel silencio de muerte pudiera captar grandes ondas sonoras, cuando
se quebró el equilibrio entre Apolo y Poseidón en su lucha por la ciudad, y
Poseidón derribó al Señor del Sol.
Sus gritos
no habían pasado inadvertidos; las mujeres salían ya a medio vestir de los
edificios y de las cabañas.
—¿Qué es
eso? ¿Qué sucede?
Casandra
era apenas consciente de lo que decían.
Es
Casandra, la hija de Príamo. No la oís: está loca.
No,
escuchad lo que dice. Es sibila; ve...
—¿Qué
pasa, Casandra? —preguntó Filida, hablándole pausadamente para tranquilizarla—.
¿No puedes decirnos sin gritar lo que has visto?
Aún las
palabras se precipitaban estridentes de su boca. Trató de escucharse a sí
misma, porque se sentía tan turbada como quienes la oían; le pareció como si su
cabeza hubiese sido hendida por un hacha y pensó: Si yo lo estuviese oyendo,
también creería que estoy loca. Sin embargo, a pesar de su confusión, una parte
de su mente se mantenía clara con la gélida diafanidad de la desesperación, y
pugnó por concentrarse en aquella parte e ignorar lo que era un caos de pánico
y desesperación.
Percibió
que gritaba:
—¡El dios
está furioso! ¡Apolo no puede vencer a El que Hace Temblar la Tierra; las
murallas de la ciudad serán derribadas! ¡Nuestro propio dios hará lo que los
aqueos no consiguieron en todos estos años! ¡Estamos perdidos, seremos
destruidos! ¡Escuchad y huid!
¿Mas de
qué servía tal advertencia? Sabía que nadie escaparía, que sólo podía ver
muerte y desastre... Se tornó consciente de que luchaba por desasirse de las
manos de Filida que la sujetaban, y de que su amiga decía a otra sacerdotisa:
—Dame tu
ceñidor para que la ate; no quiero que se hiera a sí misma. Mira cómo sangra su
cara por los arañazos que se ha infligido.
Pasó con
cuidado el ceñidor en torno de las muñecas de Casandra.
Ésta
exclamó, desesperada:
—¡No debes
atarme! ¡No haré daño a nadie!
—Temo que
te lo hagas a ti, querida —dijo Filida—. Li-cura, ve a buscar vino mezclado con
jarabe de semillas de adormidera; eso la calmará.
—No —dijo
Crises, acercándose a grandes zancadas.
Apartó con
rudeza a Filida y retiró el ceñidor de las manos de Casandra.
—No
precisa calmantes. Ninguno la serenaría. Ha tenido una visión. ¿Qué ha sido,
Casandra? —Puso sus manos en sus sienes y añadió con voz fuerte e imperiosa al
tiempo que la miraba con fijeza—. Di lo que el dios te permite decir. Juro por
Apolo que nadie te tocará mientras yo viva.
Pero ahora
eres tan impotente como tu Señor del Sol, pensó frenética.
—Escucha
entonces —dijo, tratando de silenciar los latidos de su corazón con la presión
de las manos entrelazadas sobre el pecho—. El que Hace Temblar la Tierra ha
derribado al Señor del Sol como derribará a nuestra ciudad. Sufriremos la
cólera de El que Hace Temblar la Tierra con más fuerza de la que sentimos
nunca. Ni un muro, ni una casa, ni una puerta, ni el propio palacio escaparán a
su furor.
«¡Advertid
al pueblo que huya, incluso a los brazos de los aqueos! Apagad los fuegos de
las cocinas; aseguraos de que no quede una sola lámpara encendida de pez o de
aceite. Que nadie permanezca bajo techado si no quiere que su cuerpo sea
destrozado por las piedras cuando caigan. Crises dijo secamente, volviéndose
hacia las mujeres: —Puede que aún tengamos un poco de tiempo. Id y soltad a las
serpientes, a cualquiera que no haya escapado ya. Luego dos de vosotras
acudiréis al palacio e informaréis al rey y a la reina de que tenemos malos
presagios y les rogaréis que huyan a terreno despejado. Quizá no os escuchen,
pero hemos de hacer cuanto esté en nuestra mano.
—De nada
servirá —gritó Casandra, tratando de serenarse—. ¡Nadie puede escapar a la ira
de Poseidón! Que las mujeres se refugien en el templo de la Doncella. Es
posible que Ella sienta alguna piedad de nosotras.
—Si, id
—las acució Crises—. Llevaos a los niños y permaneced al aire libre hasta que
los temblores remitan; quizás allí podáis ocultaros de nuestros enemigos si
penetran en la ciudad. Es grande el botín que pueden sacar de Troya y tal vez
no se molesten en subir.
Sostuvo a
Casandra mientras ésta empezaba a recobrarse. Sentía un agudo dolor de cabeza y
una sensación de ahogo, como si contemplara el mundo de aguas profundas.
—Debo ir,
Casandra, y hacer cuanto pueda para difundir el presagio. ¿Quieres ese
calmante? ¿Te refugiarás en los patios de este templo o bajarás a la ciudad?
¿Qué puedo hacer para ayudarte?
Advirtió
que la voz de Crises le llegaba como si viniese a través de las llanuras y de
las legiones de los muertos pero, cuando le respondió, su propia voz fue
serena:
—Gracias,
hermano. Nada necesito. Ve y haz lo que debes. Yo me cercioraré de que mi hija
se halle a salvo.
Crises
partió y Casandra se dirigió a su habitación. Miel dormía, todavía acurrucada
entre las "mantas, pero reparó en que la serpiente había desaparecido. Más
cuerda que los humanos, había buscado refugio en algún lugar recóndito sólo
conocido por ellas. Casandra se inclinó y despertó suavemente a la niña. Miel
le echó los brazos para que la cogiese y Casandra la vistió rápidamente. Tenía
que hallar algún modo de sacar a la niña de Troya antes de que los invasores
atravesaran las murallas.
—Ven,
preciosa —le dijo y tomó de la mano—. Tenemos que marcharnos aprisa.
Miel
pareció confusa pero trotó obediente junto a ella al cruzar el recinto. En la
subida hacia el templo de la Doncella, con la mano de Miel en la suya, tropezó,
y unas manos fuertes la sostuvieron.
—Casandra
—dijo Eneas—, ya ha llegado. ¿Era ése tu augurio?
—Pensé que
habías salido de la ciudad —contestó ella, tratando de imprimir seguridad a su
voz.
—No puedes
quedarte aquí. Ven conmigo. Encontraré una nave que se dirija a Creta...
—No.
Huye... Los dioses han abandonado a Troya.
Le condujo
rápidamente hasta el santuario más recóndito del templo de la Doncella. Había
allí varias sacerdotisas, y les gritó:
—Apagad al
instante todas las antorchas. ¡Sí, incluso la llama sagrada! ¡Los dioses nos
han abandonado!
Soltó la
mano de Miel y ella misma tomó la última antorcha y extinguió el fuego que
ardía ante la Doncella. Mientras las sacerdotisas corrían hacia las puertas,
arrancó el velo del templo.
—Eneas,
esto es lo más sagrado que hay en Troya. Tornó la antigua imagen, el Paladio, y
la envolvió en el velo—. Llévatela más allá de los mares o hasta donde yayas.
Alza un altar a la diosa y prende el fuego sagrado. Di la verdad sobre lo
ocurrido en Troya.
Él hizo un
gesto como si fuera a desenvolver del velo el objeto sagrado, pero Casandra
retuvo su mano.
—No,
ningún hombre debe verlo. Jura que lo llevarás hasta un nuevo templo y que allí
lo confiarás a una sacerdotisa de la Madre. ¡Júralo! —repitió y Eneas la miró a
los ojos.
—Lo juro.
Casandra no tienes ya razón alguna para permanecer aquí. Ven conmigo... Una
sacerdotisa debiera ser quien lo porte a través de los mares.
Se inclinó
para abrazarla. Casandra lo besó apasionadamente y luego retrocedió.
.—No puede
ser —dijo—. Mi destino está aquí. El tuyo es salir de Troya ileso, con vida.
Pero vete ahora y que contigo vayan todas nuestras esperanzas y todos nuestros
dioses. —No debes quedarte aquí... —empezó a decir. —Te lo prometo, abandonaré
Troya antes de que vuelva a salir el sol. No es la muerte lo que me aguarda,
pero no estoy en libertad de ir contigo. Los dioses han decidido otra cosa.
Eneas la
besó de nuevo y tomó el envoltorio. —Juro por mi propio linaje divino que
cumpliré tu voluntad... y la de la diosa.
Sus ojos
se enturbiaron por las lágrimas cuando él salió con paso firme del templo.
Casandra
apenas había acabado de cruzar el patio cuando dentro de su cabeza oyó un gran
rugido. El suelo osciló bajo sus pies; tropezó y cayó al suelo con Miel en
brazos. Permaneció inmóvil con el cuerpo contra la tierra de repente inestable,
que ondulaba y se agitaba bajo ella. Su única emoción no era el miedo sino la
rabia: Madre Tierra, ¿por qué permites que tus hijos jueguen de esta manera con
lo que tú has hecho?
Pareció
que el movimiento iba a durar siempre. Luego remitió y ella se dio cuenta de
que el sol sólo asomaba un poco por el horizonte: el terremoto no podía haber
durado más de unos instantes. Los sollozos de Miel habían dado paso a un suave
hipo.
Casandra
miró tras de sí, y comprobó que el estruendo que había oído procedía del
derrumbe de los muros del templo del Señor del Sol, que cayeron hacia dentro.
Era difícil que hubiera quedado en pie un solo edificio del recinto. La
construcción principal, en donde moraban, estaba reducida a un montón de
escombros. Evidentemente, nada podría salvarse de allí. Oyó gritos ahogados:
alguien había quedado atrapado dentro, bajo las piedras caídas. Miró impotente
hacia el distante montón de piedras. Poco después cesaron los lamentos.
En algún
lugar de los jardines empezó a cantar un pájaro.
¿Significaba
eso que todo había concluido?
Como en
respuesta, el suelo pareció estremecerse y ondear de nuevo y luego quedó
inmóvil. Aturdida, Casandra se dirigió hacia una atalaya desde donde se
abarcaba toda la planicie.
Se habían
desplomado la gran puerta y la muralla de Troya por esa parte y entre los
escombros y cascotes de la muralla y la puerta, Casandra vio, derribado, el
Caballo de madera, con una de sus patas grotescamente alzada como si hubiese
coceado la muralla con su enorme casco. Las antorchas habían prendido fuego al
andamiaje, que ardía con violencia. Pero las llamas solo lamían al Caballo, sin
afectarle.
En los
barrios pobres, el incendio adquiría cada vez más fuerza, alimentado por las
casas de madera. Era la visión que tuvo siendo niña, una visión en la que nadie
creyó: El incendio de Troya.
A través
de la brecha abierta en la muralla, los soldados aqueos irrumpían ya a oleadas,
penetrando en las casas que aún no se habían derrumbado para llevarse todo
cuanto podían acarrear. ¿Dónde debía ocultarse? ¿A dónde llevaría a Miel, que
era más importante que ella misma? Aún se mantenía en pie un edificio del
templo de Apolo: el santuario. Puede que allí hubiese víveres, restos de las
ofrendas del día anterior. Con gran asombro por su parte se dio cuenta de que
estaba hambrienta. Se dirigió hacia allí pero, al llegar, se detuvo, sin
entrar, si se producía un nuevo temblor, el edificio podría derrumbarse.
Entonces advirtió que había caído la imagen del Señor del Sol, y que bajo la
estatua yacía aplastada una figura humana. Al acercarse con una inútil curiosidad,
puesto que nada podía hacer, vio que era Crises.
Al fin,
pensó; Ahora el dios le ha fulminado verdaderamente. Se arrodilló junto al
hombre caído, cerró sus ojos que estaban muy abiertos, se levantó y prosiguió.
En la
estancia que se abría tras la imagen, donde se guardaban las ofrendas, halló
hogazas de pan, ya muy duro. Pero se comió una, compartiéndola con la niña, que
parecía aturdida aunque no lloraba. Guardó otra entre los pliegues de su
túnica, en previsión de necesidades futuras, y se detuvo a considerar la
situación. Los aqueos atacaban ya la parte baja de la ciudad. ¿Habría caído el
palacio? ¿Habrían muerto sus padres, Andrómaca, Helena...? ¿Quedarían algunos
soldados troyanos para oponerse al saqueo? ¿O sólo habían sobrevivido la niña y
ella para ser testigos de aquella devastación?
Escuchó
atentamente, tratando de captar algún sonido que le indicara la existencia de
algún ser con vida en el templo del Señor del Sol; pero sólo percibió silencio.
Tal vez no hubiesen muerto todos en el palacio. ¿Habrían escuchado la
advertencia a tiempo de refugiarse en los patios o en los jardines
Aunque el
sol calentaba ya con fuerza, ella estaba temblando. Su cálido manto y el resto
de sus ropas, a excepción de la camisa de noche que vestía, se hallaban
sepultados bajo las ruinas del recinto de Apolo.
Debía ir
al palacio. Aun sabedora de la presencia de soldados aqueos en la ciudad, se
sentía desesperadamente ansiosa de saber si aún vivía su madre. Recogió a Miel
y empezó a bajar por la calle escalonada.
El camino
se hallaba obstruido por cascotes y escombros de las casas medio derruidas. Las
gentes que halló eran sobre todo mujeres de mirada ausente, a medio vestir como
ella, y la mayoría descalzas; y unos cuantos soldados armados que se habían
levantado temprano para reunirse con Deifobo.
El palacio
no se había desplomado. Habían caído las puertas de la fachada y algunas
tallas, pero los muros aún resistían y no había rastro de fuego. Al acercarse,
oyó un penetrante gemido y, reconociendo la voz de su madre, echó a correr. En
las losas del patio, ahora levantadas y rotas, vio tendido a Príamo, y no pudo
precisar si estaba muerto o sólo inconsciente.
Hécuba se hallaba inclinada sobre él, gimiendo. Allí estaban también Helena,
envuelta en un manto, junto a Nikos y Andrómaca, que aferraba a Astiánax.
Andrómaca
alzó sus ojos hacia Casandra y le dijo, con firmeza:
—¿Te
satisface que haya caído sobre nosotros la destrucción que profetizaste?
—¡Calla!
—exclamó Helena—. No hables como una loca, Andrómaca. Casandra trató de
advertirnos, eso es todo. Estoy segura de que hubiera preferido no tener que
decir nada. Me alegra, hermana, ver que estás ilesa.
Abrazó a
Casandra y, al cabo de un momento, Andrómaca también lo hizo.
—¿Cómo
está nuestro padre? —preguntó Casandra. Se acercó a Hécuba y la alzó
cariñosamente—. Vamos, madre, hemos de refugiarnos en el templo de la Doncella.
—¡No! Yo
me quedaré con mi señor y rey —gritó Hécuba, trocando sus gemidos en sollozos.
Andrómaca
la abrazó, y luego acudió Astiánax quien pasó sus brazos alrededor de Hécuba,
diciendo:
—No
llores, abuela; si le sucede algo a mi abuelo, el rey, yo cuidaré de ti.
Casandra
se arrodilló junto a su padre, tomando su fría mano entre las de ella. Alzó uno
de sus párpados cerrados. No había en su cuerpo el menor indicio de vida; sus
ojos estaban ya velados. Sabía que debería unirse a Hécuba en el plañido
ritual, pero sólo suspiró y dejó caer la mano de su padre.
—Lo
siento, madre. Está muerto.
Los gritos
de Hécuba comenzaron de nuevo.
—Madre, no
hay tiempo para eso; los soldados aqueos se hallan en la ciudad —le dijo, con
nerviosismo.
—Pero,
¿cómo es posible? —preguntó Hécuba.
—Las
murallas se derrumbaron a causa del terremoto —le explicó, preguntándose
desesperadamente si todos ellos habían perdido el juicio o la capacidad
sensorial por el seísmo. ¿Es que no habían oído nada? Ya habían tomado las
calles y no tardarían en llegar al palacio—. ¿Dónde está Deifobo?
—Creo que
debe de estar muerto —dijo Helena—. Oímos a nuestra madre gritar que Príamo se
había caído víctima de un ataque. Acudimos al instante y Deifobo lo trajo de su
estancia hasta aquí. Luego volvió corriendo a llamar a su madre, en el momento
en que se produjo el primer temblor; se hundieron los suelos y creo que también
algún techo. Yo cogí a Nikos y corrí con él.
—Así que
quedamos seis con vida —concluyó Casandra—. Pero hemos de ocultarnos en alguna
parte si no queremos caer en manos de los soldados. Ignoro lo que hacen los
aqueos con las mujeres cautivas y no deseo saberlo.
—Oh,
Helena nada tiene que temer de ellos —aseguró Andrómaca, mirando fijamente a la
argiva—. Pronto estará aquí su marido para reclamarla, estoy segura, para
cubrirla con todas las joyas de Troya y llevársela en triunfo hasta su tierra.
Cuán afortunada fuiste con que Deifobo muriese a tiempo... aunque no creo que
esto te importe. Casandra se espantó de su rencor. —No es momento de disputar,
hermana; deberíamos alegrarnos de que una de nosotras no tema ser capturada.
¿Nos refugiaremos en el templo de la Doncella? Allí fue a donde enviamos a las
mujeres del templo del Señor del Sol, y estoy segura de que sigue intacto.
—Pasó un brazo en torno de Hécuba y añadió—: Vamos.
—No, yo me
quedo con mi rey y señor —repitió con obstinación la anciana, tornando a
arrodillarse junto al cadáver de Príamo.
—¿Crees
verdaderamente, madre, que mi padre desearía que te quedases aquí para que te
capturara algún capitán aqueo? —preguntó Casandra, exasperada.
—Fue un
soldado hasta su muerte; no le abandonaré ahora que ha caído —insistió Hécuba—.
Eres una mujer joven, ve y escóndete en donde no te encuentren, si existe un
lugar así en Troya. Yo me quedo con mi señor. Helena permanecerá a mi lado. Ni
siquiera los aqueos osarán insultar a la reina de Troya. Hemos caído ante un
dios y no ante ellos.
Casandra
hubiera deseado poseer un poco de aquella seguridad. Pero ya podía oír
acercarse a los soldados. Tomó la mano de Miel. Astiánax se hallaba en los
brazos de Andrómaca, protestando; pugnaba por bajarse pero su madre lo retuvo.
—Ocultémonos
en alguna de las casuchas que hay por aquí. No se les ocurrirá mirar donde no
hay nada que llevarse —sugirió Andrómaca, pero Casandra negó con la cabeza.
—Mi hija y
yo nos pondremos en manos de la Doncella de Troya. Aunque nuestros dioses nos
hayan abandonado, quizá las diosas nos protejan.
—Como
quieras —murmuró Andrómaca—. No creo ya en ningún dios. Hasta la vista
entonces, y buena suerte.
Se
introdujo en la más pequeña y sucia de las casuchas y Casandra, con Miel, se
dirigió a toda prisa hacia el lugar más alto de Troya, donde se alzaba intacto
el templo de la Doncella. No había caído la imagen del patio. Casandra puso a
Miel en el suelo y se postró a los pies de la estatua. Seguramente ningún
hombre, ni siquiera un bárbaro aqueo, se atrevería a ofender a una mujer que se
hubiese refugiado allí.
Oyó las
voces de las demás mujeres en una de las estancias interiores. Poco después se
reuniría con ellas.
—¡Ah, está
aquí!
Fue un
grito de triunfo en la lengua bárbara de los soldados.
Dos
hombres armados irrumpieron por la puerta.
—Me
preguntaba dónde se hallarían todas las mujeres.
—Ésta será
para mí; es la princesa, la hija de Príamo. Es sibila y virgen de Apolo; pero
si Apolo hubiese querido proteger a sus vírgenes, lo habría hecho. ¿Quieres
mirar adentro en busca de más?
—No
—contestó el otro—. Me llevaré a la pequeña. Cuando la gente cree que han
llegado a la edad adecuada, son demasiado viejas para mí.
Casandra
se volvió horrorizada, y vio a un gigantesco soldado que hacía señas a Miel.
—¡No!
—gritó—. ¡Es una niña! No, no...
—Me gustan
así —dijo el enorme soldado. Casandra se lanzó hacia él, usando las uñas y los
dientes para apartarlo de Miel. Una salvaje patada la envió casi inconsciente
hasta un rincón. Oyó chillar a Miel pero no podía moverse. Le pesaban tanto sus
miembros que se sentía incapaz de mover un solo dedo. Sintió que el otro hombre
se apoderaba de ella y se defendió violentamente. Un puñetazo en la cara la
derribó de espaldas y toda tuerza escapó de ella como la arena de un saco
desgarrado.
Continuó
oyendo los gritos desvalidos de Miel hasta que, asustándola aún más,
cesaron. Casandra no perdió el sentido, aunque no pudiera moverse ni hablar,
cuando el hombre la empujó contra el pavimento de mármol.
¡Diosa!
¿Permitirás que esto suceda en tu propio templo, ante tus ojos? Imploró. Y
entonces recordó de repente que ya no honraba a los Inmortales. ¿Por qué iba a
protegerla la Doncella?
Pero Miel
nada malo hizo. ¡Y es una niña pequeña! Si la Doncella ve esto y no puede
impedirlo, no es una diosa. Y si puede y no...
Entonces
la desgarró un terrible dolor cuando el hombre penetró violentamente en ella y
sintió que la envolvía la oscuridad.
Percibió
luego que se evadía de su cuerpo atormentado por el dolor, consciente de la
presencia del hombre que la había violado y de la de Miel, sangrando y gimiendo
sobre las piedras. Se alzó y se alejó, caminando sobre la planicie uniforme. El
sol se había trocado en una luz gris que era todo lo que allí había. Avanzó por
la llanura que era, y no era, la ciudad de Troya donde el Caballo de madera
había coceado las murallas y que, si bien no sobre sus patas, se alzaba entero
y pavoroso sobre la ciudad muerta.
Vio a
otros en aquella planicie: soldados aqueos, y unos cuantos troyanos. Parecían
confusos, buscando a un jefe. Luego observó a Deifobo, medio vestido, portando
aún en brazos a su madre, chamuscadas por el fuego su cara y sus manos. Así que
habían muerto juntos, como Helena sospechaba.
Trató de
llamarla pero Casandra no deseaba hablar con él. Se volvió y se dirigió
apresuradamente en sentido opuesto, preguntándose que habría sido de Andrómaca.
Allí
estaba Astiánax, con la cabeza ensangrentada y las vestiduras rotas. Parecía
aturdido pero, mientras le observaba, su cara se iluminó y empezó a correr por
la llanura, gritando de alegría. Le vio lanzarse a los brazos de Héctor, que lo
cubrió de besos. Así que Héctor había recobrado a su hijo; no le sorprendió que
los soldados aqueos le hubiesen quitado la vida. Andrómaca sufriría, ignorando
que se hallaba con su padre, como Héctor había prometido. Casandra confió en
que el muchacho no hubiera conocido un gran terror antes de encontrar su muerte
por obra de una lanza aquea. ¿O le habrían arrojado desde las murallas?
Luego vio
a Príamo, alto y majestuoso como le recordaba de sus tiempos de niñez. Le
sonrió y dijo:
—La ciudad
ha desaparecido. ¿No es cierto? ¿Estamos todos muertos?
—Sí, eso
creo —contestó Casandra.
—¿En dónde
está tu madre? ¿Aún no ha llegado? Bien, la aguardaré aquí —dijo, mientras
miraba a su alrededor—. ¡Oh! Ahí están Héctor y el chico...
—Sí, padre
—dijo, sintiendo un nudo en la garganta; parecía tan feliz.
—Creo que
iré a reunirme con ellos; si tu madre llega, díselo. ¿Lo harás?
Pero no es
posible que todos estén muertos. Allí hay más...
Alzó los
ojos y contempló frente a ella a Pentesilea, que le sonreía. Rodeada por una
docena de las guerreras que pelearon a su lado hasta el último día, su cara
resplandecía. Riendo de júbilo, Casandra corrió a los brazos de la amazona. Le
sorprendió hallarlos tan sólidos, fuertes y cálidos como el día en que la
abrazó cuando partió a luchar ante Troya y a morir a manos de Aquiles.
Sorprendida, Casandra le habló en voz muy alta.
—Entonces
supongo que también ha de estar por aquí Aquiles.
—Eso creí
—respondió Pentesilea—, pero parece haber ido a su propio lugar, sea el que
fuere.
Más allá
de Pentesilea la planicie de los muertos se esfumaba y Casandra pudo distinguir
lo que le pareció una luz cegadora, mucho más intensa que la de Apolo cuando lo
contempló en su primera y subyugante visión. Y a través de la luz distinguió la
silueta de un gran templo, mayor que aquél donde sirvió en Colquis e incluso
más bello.
—¿Es allí
adonde he de ir? —preguntó, asombrada.
Más allá
de la luz comenzó a oír música; arpas y otros instrumentos llenaban el aire de
armonías como una docena, no, como un centenar de voces unidas en una canción
límpida, aguda y cada vez más próxima. Así era como había pensado que sería la
Casa del Señor del Sol. Crises, de pie en el umbral, le hizo una seña; su
rostro estaba exento de la insatisfacción y de la codicia que antes vio en él.
Así que era al fin lo que siempre había querido. Le tendió los brazos y se
dispuso a correr hacia él como había corrido Astiánax hacia Héctor.
Pero
Pentesilea se interpuso en su camino. ¿O era la propia Doncella
Guerrera, revestida de la armadura de la amazona? Llevaba a Miel de la mano,
sonriente e ilesa. Así que también ella ha muerto.
—No —dijo
Pentesilea—. No, Casandra. No todavía.
Casandra
luchó por articular palabras. Era el lugar que había contemplado en sus sueños,
aquél al que siempre supo que pertenecía. Y no sólo Crises sino todos los que
ella quiso estaban allí, aguardándola a que uniese su voz al gran coro y
ocupara su lugar.
—No. —La
voz de Pentesilea era pesarosa pero inflexible y sujetó a Casandra como se
retiene a un niño pequeño—. Tú no puedes entrar allí; aún hay algo que debes
hacer entre los vivos. No pudiste partir con Eneas; no puedes venir conmigo.
Has de regresar, Casandra; aún no ha llegado tu hora.
El bello
rostro, bajo el casco resplandeciente, comenzaba a disolverse entre un
torbellino de brillantes motas. Casandra se esforzó por percibirla.
—Pero yo
quiero ir... la luz... la música —dijo.
La luz se
extinguió y volvió a rodear la oscuridad. Fue consciente de un olor espectral,
como el de la muerte, como el del vómito; yacía en el sucio suelo de una
especie de cabaña. Entonces es que no he muerto. Lo único que sintió fue una
decepción profunda. Luchó por retener en la memoria la luz, pero ya estaba
desapareciendo. Se tornó consciente del dolor de su cuerpo. Sangraba y, en
parte, lo que olía era su propia sangre sobre su cara y su camisa. El hombre
que la había violado yacía sobre su cuerpo. También olía su vómito y,
lentamente, como si emergiera de un profundo trance, oyó una voz familiar y
distinguió un rostro de nariz aguileña y negra barba, que durante años la había
acosado en sus pesadillas.
—Te dije
que era la que yo quería —afirmó Agamenón—. Mira, respira de nuevo. Si la
hubieses matado, te habría desollado vivo. Sabías que me tocó cuando la echamos
a suertes. Siempre fuiste despreciable, Ayax.
Casandra
experimentó una sensación de agonía en todo su cuerpo. Una agonía mezclada con
la desesperación.
Entonces
no he muerto; la Doncella me salvó. ¡Para esto!
Yacía
quieta, demasiado maltrecha para moverse.
—¿Miel?
—preguntó dolorosamente a través de la llaga que era su garganta. Pero no hubo
respuesta. Recordó haber visto su pobre cuerpecito ensangrentado, abandonado,
arrojado por el hombre que lo había mancillado.
Tiene que
estar muerta ya. Espero que haya muerto. Sí, está con Pentesilea.,
Estará
buscándome.
No quiero
vivir. Quiero volver con Pentesilea y con mi padre... y con la música...
Pero podía
percibir su propia respiración, los fuertes latidos de su propio corazón.
Viviría. ¿Qué fue lo que Pentesilea dijo? Aún hay algo que tienes que hacer
entre los vivos... Si hubiese sido para cuidar de Miel, habría vuelto... no de
buena gana pero sin quejarme. Pero la niña ya no está, no puedo ayudarla ahora.
¿Por qué me hallo aquí y por qué se han ido todos antes que yo?
Oscuramente
advirtió que yacía en el suelo de un pequeño cobertizo y que a su alrededor
había cajas, bultos y fardos de sedas, ricos mantos, tapices, ánforas y vasos,
sacos de grano y cántaros de aceite, riquezas todas de la ciudad saqueada.
Andrómaca estaba tendida a su lado, boca abajo, cubierta con una burda manta.
Distinguió su cara en la penumbra. Sus ojos estaban enrojecidos e hinchados de
tanto llorar. Los abrió y miró a Casandra.
—Oh
—dijo—. Has vuelto en ti. Cuando te trajeron decían que estabas muerta y
Agamenón no quiso admitirlo.
—Tengo la
seguridad de que estaba muerta —contestó Casandra—. Quería estarlo.
—Y yo
—dijo Andrómaca—. Se llevaron a Astiánax.
—Lo sé. Le
vi... corriendo hacia los brazos de su padre.
Andrómaca
se quedó pensativa un instante.
—Sí. Si
alguien puede ver más allá de la muerte, supongo que eres tú.
—Créeme,
se siente libre y feliz y se halla con su padre —repitió Casandra, y su voz
despertó la conciencia de su situación—. Se hallan mejor que nosotras; desearía
estar en el lugar donde ellos se encuentran.
Al cabo de
un momento, añadió:
—¿Por qué
nos retienen aquí? ¿Qué va a ser de nosotras? ¿Dónde estamos?
—No podría
asegurarlo, pero creo que esto es una especie de almacén para la carga de las
naves aqueas —contestó Andrómaca.
—Escucha
—dijo Casandra en un susurro—. Alguien viene.
Podía oír
los pesados pasos sobre el suelo. Pero había perdido la visión preternatural
del estado de trance y se sentía embotada y enferma, encerrada en sus
ordinarios sentidos de mortal. Notó un sabor desagradable en la boca.
—¿Hay agua
aquí?
Andrómaca
suspiró y se movió. Luego se sentó y extendió el brazo para tomar un jarro que
acercó con cuidado a Casandra. Ésta bebió hasta saciar su sed. Había tenido que
sentarse para beber y temió que la cabeza le estallara. Ayudó a Andrómaca a
devolver la jarra a su sitio y se tendió otra vez, exhausta con tan leve
esfuerzo.
Entonces
dijo, en un murmullo:
—También
ha muerto Miel. Me la arrebataron en el templo mismo de la Doncella y la
violaron a pesar de sus pocos años.
La mano de
Andrómaca se cerró sobre las suyas.
—Sé cómo
debes sentirte aunque no fuera tu propia hija.
—Era tan
mía como pudiera haberlo sido cualquier otra —respondió Casandra tristemente.
—Dices eso
porque nunca pariste un hijo —afirmó Andrómaca, y tapó de nuevo el rostro con
su manto.
—¿Te
encuentras bien? ¿Te han hecho algo? —Casandra intentaba penetrar en la sorda
desesperación de Andrómaca.
Andrómaca
volvió su cara hacia ella:
—No, no me
pusieron una mano encima. Supongo que me han capturado porque halaga a su
orgullo pensar en tener como esclava a la esposa de Héctor. Por lo que se
refiere a mi hijo... De haber sido su padre un hombre de menor rango, puede que
le hubiesen dejado con vida... —Al cabo de un momento inquirió—: ¿Pero qué ha
sido de ti? Estás herida...
Acercó la
mano hasta casi tocar el corte abierto en la frente de Casandra.
—¿Te
pegaron y te...?
—Sí, me
violaron. Pensé... esperaba haber muerto. Pero, por una razón o por otra, me...
devolvieron.
Evocó
dolorosamente las palabras de Pentesilea: aún hay algo que debes hacer entre
los vivos. ¿Por qué? No era posible que la hubiesen devuelto simplemente para
consolar a Andrómaca y decirle que su hijo se hallaba bien con su padre. ¿Mas
qué otra cosa podría hacer? ¿Vengar de algún modo la afrenta que había recibido
en Agamenón? Era ridículo; todos los ejércitos de Troya no consiguieron
abatirlo y ella era una mujer sola, herida y violada.
Una forma
oscura obstruyó la luz que penetraba por la puerta y una voz ruda declaró:
—Bien, tú,
entra ahí con las otras.
Alguien
fue empujado hacia el interior, tropezó y cayó junto a Casandra; era una mujer,
pequeña y débil. Gimió y alzó la cabeza, dolorosamente.
—Casandra.
¿Eres tú?
—¡Madre!
—Casandra se sentó y la abrazó—. Te creí muerta...
—Y yo oí
que Agamenón se había apoderado de ti...
—Me ha
reclamado —respondió Casandra, tratando de hablar con firmeza—, pero aún no han
cargado las naves, así que al menos disponemos de algunos instantes para
despedirnos.
—Aún sigue
disputando por los despojos —declaró Andrómaca con amargura, sentándose para
abrazar a Hécuba—, incluyéndonos a nosotras.
—No sé
dónde me llevarán —dijo Hécuba—, ni de qué les serviría como esclava, al ser ya
vieja.
—Al menos,
madre, tú no tienes que temer que te conviertan en concubina de alguno.
Hécuba se
rió un poco, y luego contestó:
—Nunca
pensé que hallaría algo que me hiciese reír de nuevo. Pero vosotras sois
jóvenes; incluso como esclavas, puede que encontréis que queda algo bueno en la
vida.
—Jamás —afirmó Andrómaca—. ¡Oh,
no discutamos acerca de cuál de nosotras ha de sufrir más!
—Alguien
viene —susurró Casandra.
Era
Odiseo. Su ancho cuerpo parecía ocupar toda la entrada. El guardián de la
puerta, le preguntó:
—¿Qué
quieres, señor?
—Una de
las mujeres de aquí me pertenece. Resulté perdedor en el sorteo, pero quizás
haya sido mejor así; Penélope, mi esposa, se irritaría conmigo si llevase a
casa una esclava joven y bella.
—¡Oh, qué
miserable! —masculló Hécuba, apretando una mano de Casandra—. Y pensar que fue
tantas veces invitado en nuestro hogar. ¡No puedo soportar esta humillación!
Odiseo
penetró y se inclinó junto a las mujeres. Su voz no era hostil.
—Bien,
Hécuba, parece que has de venir conmigo. No temas; no tengo pendencia contigo y
mi mujer aún menos. -Tendió una mano para ayudarle a levantarse, y Hécuba se
puso en pie con dificultad. Luego se inclinó sobre Casandra—. No temas por tu
madre. La cuidaré bien. Siempre tendrá un hogar mientras yo viva. Hubiera
querido llevarte también a ti, Casandra, pero Agamenón está decidido a que seas
suya; por tanto, parece que te convertirás en concubina del rey.
—¿Quién se
llevará a Andrómaca?
—Va
destinada al país de Aquiles, a su padre, como parte de sus propiedades.
—Podría
haber sido peor —comentó Andrómaca, con hostilidad.
—¿Y
Polixena? —preguntó Hécuba.
Odiseo
bajó los ojos.
—Ella será
una compañera del propio Aquiles.
—¿Qué
puede significar eso? —exigió Hécuba, pero Odiseo desvió la mirada para no
encontrarse con la de ella.
Casandra,
sin embargo, lo había visto en sus ojos.
—Muerta,
sacrificada, degollada y su cuerpo arrojado a la pira de Aquiles como si fuese
el de algún animal.
Odiseo dio
un paso atrás.
—¿Es eso
cierto? —inquirió Hécuba.
—Hubiese
querido que no lo supieras. Aquiles había ofrecido casarse con ella; así que la
enviaron para que se reuniera con él en el Más Allá.
Casandra
trató de consolar a Hécuba, diciendo:
—No lo
lamentes, madre; se encuentra mejor que la mayoría de nosotras y tú estarás
pronto con ella.
Hécuba se
secó las lágrimas con su vestido.
—Sí, mejor
que cualquiera de nosotras —dijo—. El Más
Allá tiene
que ser mejor que esto y pronto me hallaré con mi señor, rey y padre de mis
hijos. Bien, vamonos, Odiseo.
Se inclinó
para abrazar a Casandra.
—Adiós,
hija mía. Espero que nos reunamos pronto.
—Nunca
será demasiado pronto para mí —dijo Casandra cuando se iban.
Se tendió,
apoyando su dolorida cabeza en un fardo de lienzos. Sabía que no volvería a ver
a su madre a este lado de la muerte y que Hécuba no estaría sola allí.
La luz se
desplazó con lentitud por el suelo. Debía de haber pasado ya el mediodía. ¿Fue
aquella misma mañana cuando cayó la ciudad? Tenía la impresión de que habían
transcurrido semanas... no, años.
La luz
había perdido fuerza cuando oyó a una voz aquea decir en tono de disculpa:
—No es
preciso que esperes aquí con ellas, señora.
Y luego la
protesta suave y cortés en una voz familiar.
Después
una figura grácil penetró, preguntando quedamente:
—¿Quién
está ahí?
—¿Helena?
—Casandra se incorporó—. ¿Qué haces aquí?
—Prefiero
estar aquí que a bordo de la nave de Menelao para que los marineros me
contemplen —dijo Helena—. Vendrá y me llevará cuando el navío esté listo para
zarpar.
Casandra
se tendió de nuevo. Se daba cuenta de que debería experimentar un cierto
resentimiento hacia aquella mujer, pero Helena se había limitado a seguir su
propio destino cómo ella había seguido el suyo. Helena reparó, espantada, en la
herida de la cabeza de Casandra que aún sangraba.
—¡Oh, qué
horrible!
—No me
duele mucho —contestó Casandra.
—Y a ti,
que merecías lo peor, ni siquiera te han tocado —comentó Andrómaca con
amargura—. ¡Cielos, pero si incluso vas fastuosamente vestida!
Observó
con resentimiento su nueva túnica de color rojizo, el manto con broches de oro
y el cinturón del mismo metal.
Helena
esbozó una sonrisa:
—Menelao
insistió. Y envió a Nikos con los soldados, afirmando que yo no era digna de
cuidar de él.
—Al menos
tu hijo vive —dijo Andrómaca.
—Pero lo
he perdido y Menelao ha jurado que si el que llevo en mi vientre llega a nacer,
lo abandonará. Créeme Andrómaca, preferiría ir a parar a manos de un
desconocido, incluso con un hombre que me ganara a los dados. No cabe duda de
que Menelao me hará sentir su furia durante el resto de mi vida. Más querría
ser enterrada aquí junto a Paris, a quien amé.
—No lo
creo —afirmó Andrómaca, con aspereza—. Estoy segura de que te gustaría tener un
hombre nuevo a quien cautivar con tu belleza.
Se volvió
de espaldas y no volvió a hablarle.
Casandra
tendió una mano a Helena, y ésta la tomó.
—¿Es que
todas las mujeres de Troya me hacen responsable...?
—Yo, no.
—No, lo
sé. Y hallé amigos en Troya —dijo Helena, inclinándose para besar a Casandra—.
Desearía no haber venido nunca aquí para destruiros a todos...
—Fue
Poseidón quien lo hizo —aseguró Casandra.
Luego
callaron, con las manos cogidas como dos muchachas. Poco después se oyeron
pasos en el interior, y Menelao se agachó un poco para franquear la puerta, que
era muy baja.
—¿Helena?
—Aquí
estoy —respondió, con voz sumisa.
Casandra
alzó la vista hacia el resplandor que pareció inundar el cobertizo. Los
cabellos de Helena eran de un brillante color dorado y toda ella emitía el
mismo resplandor que la había inundado cuando se alzó sobre las murallas de
Troya; el aura de la diosa.
Menelao
parpadeó como si hubiera cegado sus ojos. Luego, contra su voluntad, se inclinó
y murmuró:
—Mi reina
y señora.
Como si
tuviera miedo de acercarse a ella, le ofreció su brazo y Helena se aproximó
lentamente a él.
Después,
ambos salieron, Menelao a medio paso detrás Helena.
Empezaba a
oscurecer cuando Casandra vio al fin la conocida figura de Agamenón, que asomó
la cabeza.
—Hija de
Príamo —dijo—, ven conmigo; la nave está ya lista para zarpar.
¿Qué he de
hacer ahora? ¿Someterme?¿Luchar? Es inevitable. Es el destino.
Se levantó
y él la tomó del brazo, sin rudeza pero con un cierto orgullo de propietario.
Declaró, aventurando una sonrisa:
—De todo
el botín de Troya, sólo a ti te reclamé. Créeme, no te trataré mal, Casandra.
No es poco ser amada por un rey de Micenas.
Oh, lo
creo, pensó. Se le ocurrió que, de no haber estado ya Agamenón casado con la
hermana de Helena, Príamo muy bien hubiera podido entregarla en matrimonio a
aquel hombre. Lo que ahora le aguardaba, a excepción de unos ritos formales y
de la bendición de su familia, no sería muy diferente. Para cualquier aqueo,
una esposa no era más que una esclava en Troya. Se estremeció. Él se volvió
hacia ella, solícito.
—¿Tienes
frío? —le preguntó.
Se inclinó
y tomó un manto de un montón de prendas robadas que por allí había. Era un
manto azul que nunca había visto.
—Ponte
esto —le pidió, magnánimo, envolviendo sus hombros.
La guió
por el abrupto terreno hasta el muelle y sostuvo su mano para que subiese a la
nave. La cubierta oscilaba cuando la cruzó. Parecía más grande que vista desde
las murallas de Troya. Los remeros en sus bancos la observaron con curiosidad,
mientras ella se esforzaba por caminar sin pisar el manto. En la cubierta se
alzaba una pequeña tienda como las usadas por los aqueos durante la guerra.
Levantó el halda para que pasase Casandra. En el interior había mullidas
alfombras y ardía una lámpara.
—Aquí
disfrutarás de intimidad —afirmó ceremoniosamente—. Zarparemos con la marea,
dos horas antes del amanecer.
Salió y
Casandra se dejó caer sobre las alfombras, sintiendo el suave bamboleo de la
cubierta. Se preguntó si podría deslizarse hasta el otro lado de la nave,
meterse en el agua y ahogarse. Pero no, con seguridad la vigilaban y se
apoderarían de ella antes de que lo consiguiera. Además se había predicho que
no moriría.
Permaneció
tendida, tratando de resignarse al momento en que Agamenón acudiese a ella.
No podía
ser peor que Ayax. Y había sobrevivido aquello. Sobreviviría también a esto.
Al menos
ya no sentía náuseas. Casandra se deslizó fuera de la tienda para sentir en
cubierta el fresco aire de la tarde. Aún no podía soportar la idea de comer;
experimentaba entonces un espasmo de advertencia. Pero esta vez consiguió estar
erguida, aunque de rodillas. El movimiento del navío hacía inconcebible
mantenerse en pie, sin exponerse a una caída poco digna. Miró con curiosidad la
costa y los islotes rocosos frente a los que pasaban.
Le parecía
haber vivido siempre en el mar. La noche anterior vio la luna, que iniciaba su
ciclo, leve y pálida, y se alegró porque sabía que aparecía en el Sudoeste y
eso le proporcionó cierta orientación ahora que era incapaz de hallar ninguna
en aquel mar sin caminos ni direcciones. Pensó que su confusión aumentaba su
malestar; no era más que un cuerpo enfermo y mareado en el centro de un vórtice
de un enorme mar y de una oscilante cubierta. Al principio se sintió tan mal
que nada le importaba, ni los olores del mar ni los ruidos de los remeros, ni
el empleo que Agamenón hacía de su cuerpo indiferente, ni de la comida que
tenía que rechazar. Entonces creyó que se debía a los efectos del golpe que
recibió de Ayax; las lesiones en la cabeza solían ser causa de náuseas y de
confusión. Pero cuando no remitieron los síntomas en un tiempo razonable,
determinó como causa el movimiento de la nave.
Ahora,
contando el tiempo por la luna, empezó a preguntarse, con espanto y repulsión,
si estaría encinta. La primera vez que llevó a Éneas a su lecho no pensó mucho
al respecto. A las sacerdotisas se les enseñaban modos de evitar tales cosas,
si lo preferían. Pero esas artes a menudo fallaban y a bordo de la nave se
había sentido demasiado enferma para observarlas. Se resignaba al hecho de que,
más pronto o más tarde, podía tener un hijo de Eneas. Pero la posibilidad de
que éste pudiese ser hijo de Eneas resultaba muy pequeña. Desde que recibió el
golpe en la cabeza le había sido difícil recordar exactamente cuándo fue la
última vez que había estado con ella, o cuando tuvo la última evidencia de que
no estaba encinta. Así que, probablemente, éste era hijo de Agamenón o, peor
aún, de Ayax, que la tomó primero. Casandra rara vez atendía a las charlas de
las muchachas, mas les había oído decir con harta frecuencia que no era muy
probable quedarse embarazada la primera vez que se estaba con un hombre. Pero
tenía pruebas, a pesar de lo que ellas creyeran o esperaran, de que bastaba con
una vez. De haber podido escoger, sería hijo de Agamenón; lo detestaba pero no
fue él quien la violó junto al cadáver de su hija. No le complacía el hecho de
que se la reconociese como propiedad suya y botín de guerra. Toda mi vida he
tenido miedo de él, pensó, recordando su primera visión de niña, pero al menos
no se había comportado peor de lo que la costumbre autorizaba en tales casos.
Era, en
verdad, una costumbre malvada, pero no la había inventado él y no sería
razonable censurarlo por seguir semejante tradición. Si le hubiera sido
entregada por sus padres en matrimonio, no la habría tratado peor, y
probablemente tampoco mejor.
Supuso
que, no más reprobable que cualquier otro aqueo. Tal como se comportaba, podría
considerársele un hombre bueno. Incluso admitió que estaba preocupado por su
constante malestar. Al principio trató de tranquilizarla, diciéndole que así
solía ocurrir siempre al iniciar el viaje y que pronto se acostumbraría, y la
animó a que tomase el aire fresco. Pero cuando su estado no cambió, la dejaba
sola mucho tiempo; gesto por el cual se sentía vagamente agradecida.
Pensaba a
veces que quizás estuviese tratando de mostrarse amable. Una vez que vomitó
todo sobre él (sin disculparse, puesto que no había sido deseo de ella
emprender el viaje) no la golpeó, como en parte había esperado, sino que pidió
agua dulce para que se enjuagara la boca y la sostuvo en sus brazos,
cubriéndola con un manto limpio mientras trataba de tranquilizarla para que se
durmiese.
Eso
sucedió al principio del viaje, cuando aún se hallaba enloquecida por la
confusión y el odio. No lo miraba ni le hablaba, y él pronto renunció a
entablar diálogo sobre las tierras frente a las que pasaban. Ahora deseaba
haberlo estimulado a tales charlas, que podrían serle útiles si tenía que escapar.
Era imposible regresar a Troya; no había sitio alguno al que volver. Pero quizá
lo fuera dirigirse a Colquis, donde la acogería la reina Imandra o cualquier
sacerdotisa del templo de la Madre Serpiente. O a Creta. En las islas había
muchos templos en donde una sacerdotisa diestra en las artes de curar y en el
cuidado de las serpientes podía hallar acomodo.
No era
vigilada estrechamente, quizá porque al principio resultaba obvio que, herida
en la cabeza y mareada, le sería imposible andar y menos aún intentar cualquier
clase de rebelión o fuga.
Ahora,
tendida en la soleada cubierta, ante la tienda que compartía con Agamenón y
escuchando el lento golpeteo del tambor que marcaba el ritmo de los remeros,
pensó: Es más que eso. Jamás se les ocurriría que una mujer pudiera pensar en
escaparse. Una semana antes, cuando desembarcaron en una pequeña isla para
proveerse de agua, la dejaron sin vigilancia. No trató de huir entonces; podía
advertir que la isla resultaba demasiado pequeña para hallar un escondrijo o un
refugio. Si allí vivía alguien, pedirle amparo hubiera significado desencadenar
la ira de Agamenón contra el desventurado campesino que se hubiese apiadado de
ella. Sólo de haber hallado un templo de la Doncella, o del Señor del Sol, se
habría atrevido a solicitar asilo sagrado.
Aún podía
hacerlo, si hallaba tal templo, aunque supuso que Agamenón podría reclamarla
legítimamente como justo botín de guerra. Los esclavos huidos despertaban muy
escasa simpatía y ya no podía aducir su condición de princesa puesto que Troya
había caído. Todo el que hablaba de ella (había escuchado a soldados y criados
de Agamenón sin que reparasen en su presencia) parecía pensar que no existía
razón alguna para que no se sintiese satisfecha de pasar en su compañía el
resto de su vida.
Comprendió
que estaba permitiendo que su mente divagara en vez de pensar seriamente en la
posibilidad de estar embarazada de Agamenón. ¿Debería decírselo? No de
inmediato; le complacería demasiado y podía creer que trataba de ganarse su
favor o su cariño.
Agamenón
se hallaba en popa, junto al hombre que sostenía el remo del gobernalle.
Vestía, como todos los suyos, una simple pampanilla de lino crudo y desgastado.
Pero la cadena de oro en torno de su cuello, su aire de guerrero y sus gestos
imperativos, revelaban quién era el rey y quiénes sus servidores.
La vio
sentada a la sombra de la vela y cruzó la cubierta para reunirse con ella.
—Bien,
Casandra, me alegra verte despierta. El mar está en calma y el sol te hará
bien. Cuando esta mañana fuimos a tomar provisión de agua, mis hombres
recogieron algunos racimos de uvas.
Sin
aguardar su respuesta gritó a las cuatro criadas que pasaban la mayor parte del
tiempo acurrucadas en popa, chismorreando:
—Eh,
venid... —Casandra ignoraba los nombres de las mujeres porque Agamenón sólo se
dirigía a ellas, llamándolas muchacha o Tú— traednos uvas. ¿No os las habréis
comido todas, bestias hambrientas?
—Oh, no,
mi señor —murmuró la más alta de las cuatro mientras se ponía en pie.
De un
enorme cesto tomó cuatro o cinco racimos de pequeñas uvas silvestres, los
colocó en una bandeja de plata, que Casandra conocía del palacio y Hécuba
dedicaba al mismo uso por las uvas grabadas en ella, y se la acercó.
La
muchacha se arrodilló ante Agamenón. Con un gesto, éste le indicó que se la
ofreciera primero a Casandra. Le pareció conocerla. ¿La habría visto alguna vez
por las calles de Troya o en alguna otra parte?
—Princesa...
—murmuró humildemente, los ojos bajos.
Casandra
se preguntó entonces qué habría sido de Criseida cuando cayó la ciudad.
Extendió la mano, arrancó unas cuantas uvas de un racimo y mordió una. La
jugosa acidez le resultó agradable y se la tragó, con miedo, esperando que
volviesen las náuseas. Agamenón había tomado un racimo y las comía con placer.
Sus dientes eran grandes, blancos y fuertes, como los de un caballo, pensó
Casandra con una fascinada repulsión. Hubo de volverse para evitar un espasmo
convulsivo, pero consiguió tragar varias uvas y no se sintió de inmediato
forzada a vomitarlas.
—Me alegra
verte comer de nuevo —observó Agamenón—. El mareo no suele durar tanto tiempo,
y en el momento en que recobres la salud serás tan bella como cuando te vi por
vez primera y despertaste mi deseo.
Comprendió
que él pensaba que aquellas palabras la complacerían; trataba de mostrarse
amable. Bien, parecía que tendría que vivir atada a él al menos por ahora; de
hallarse encinta, debía renunciar a toda idea de fuga hasta que naciera el
niño. Y sería una necedad obligarle a que la considerase enemiga y quizás a que
la vigilase más atentamente como sin duda haría de saber sus intenciones.
¿Cree
verdaderamente que lo amaré y que lo obedeceré como si fuese mi marido, cuando
asesinó a mis hermanos, a mis padres y destruyó mi ciudad?
Parecía
que eso era lo que él pensaba. —¿Quieres más uvas? —preguntó, escogiendo un
racimo de la bandeja.
Casandra
asintió y comió algunas más. Al cabo de un momento intentó a hablar, pero no
había pronunciado una palabra desde que subió a bordo y advirtió que su voz se
quebraba. Hubo de aclarar su garganta un par de veces antes de poder decir
algo.
Agamenón
pareció sorprenderse, como si se hubiera acostumbrado tanto a su mutismo que
casi hubiese llegado a creer que no podía hablar. Pero contestó con bastante
amabilidad:
—Comprendo
que estés fatigada del viaje. Nunca es posible asegurar cuánto durará; con
vientos propicios y tiempo adecuado, podríamos llegar antes de dos plenilunios.
Con mal tiempo y vientos contrarios, quizá no lleguemos hasta la época más
cruda del invierno.
Deseó no
haberlo preguntado; la idea de continuar todavía dos meses embarcada le hizo
estremecerse. ¿Y qué sería de ella cuando llegasen a Micenas?
Aquel
pensamiento debió de reflejarse en su cara, porque él dijo, para
tranquilizarla:
—No debes
tener miedo. Clitemnestra, mi esposa, es una dama amable y no tratará mal a
quien ha sido princesa de Troya. No cree que deba demostrar su realeza,
tratando a los demás como a inferiores. En nuestra casa, cualquiera, aunque sea
criado o esclavo, es tratado como exige la costumbre, ni mejor ni peor.
No se le
había ocurrido a Casandra sentir miedo de Clitemnestra. Era la hermana gemela
de Helena y Casandra había considerado a Helena como a una buena amiga.
Entonces se le ocurrió que el propio Agamenón temía a su esposa, y
que por eso había creído que ella se sentía asustada.
¿La temía
por ser reina del país y por haber llegado a ser rey sólo como consorte? Quizás
aún alentara en ella el rencor por el maligno truco que había empleado al
sacrificar a su hija Ingenia al dios de los vientos; después de todo, Ingenia
era la primogénita y tal vez Clitemnestra la considerase como heredera suya.
Casandra
recordó las viejas y vulgares chanzas sobre campesinas de mal carácter que
acogían a sus maridos infieles ó embriagados golpeándoles la cabeza con un
bieldo o un rodillo de amasar. ¿Temía Agamenón semejante recibimiento?
Le miró y
advirtió que el miedo era más hondo y más terrible. Por un instante, le pareció
como si su rostro estuviera manchado con una sangre que ningún lavado
limpiaría; se dijo que era la rojiza luz del sol en el ocaso. Y si en verdad
había visto sangre, ¿qué de extraño tendría? Era un hombre sangriento, un
guerrero que en su larga carrera había abatido hombres a centenares.
Dejó a un
lado las uvas y cambió de postura. Retornaron las irritantes náuseas, que
habían remitido un poco. Suspiró y se deslizó de vuelta a la tienda, ansiosa de
un nuevo descanso. No, no era posible ocultárselo. Se hallaba encinta, de
Agamenón o de otro, y más pronto o más tarde tendría que saberlo.
Aquella
noche, el tiempo empeoró; sopló el viento del Norte y la nave fue tan
zarandeada que, incluso después de arriar la vela, las grandes olas se
abatieron sobre la tienda y Agamenón dio órdenes de que amarrasen todo.
Casandra estaba tan mareada por el balanceo y la agitación de la nave que ni
siquiera sintió miedo. Permaneció tendida, aferrada a una cuerda con la que la
había atado Agamenón para su seguridad, vomitando de vez en cuando. Deseó que
la nave se estrellase contra las rocas o que las olas arrebataran la tienda
para poder ahogarse y quedar en paz.
La
tormenta se prolongó durante muchos días; e incluso cuando amainó, su único
deseo era estar recostada sobre la cubierta e imaginar que estaba muerta. Su
única esperanza estribaba en que la violencia que la rodeaba la hiciera
abortar. Pero no ocurrió así. Su rabia alternaba con su desesperación. ¿Qué podía
hacer ella, cautiva, con un hijo? ¿Criarlo como cualquiera de las esclavas de
Agamenón?
Al fin
llegó el día que ella sabía que tenía que llegar. Agamenón la observó y dijo:
—Estás embarazada.
Asintió
hoscamente, sin mirarlo, pero él sonrió y acarició sus cabellos.
—¿Has
olvidado, querida, mi promesa de que no serás mi esclava sino mi legítima
consorte?
Sin duda
había dicho algo semejante, pero no le prestó más atención que a todo lo demás
que había dicho mientras ella vomitaba a cada hora.
—No debes
temer por nuestro niño. Te doy mi palabra de que no será un esclavo sino que
será reconocido y tratado como hijo mío. No confío en los de Clitemnestra.
Nuestro hijo será una muestra de cuánto valoro a su madre que fue princesa de
Troya.
Apenas era
consciente de que trataba de complacerla, de que se consideraba muy generoso e
indulgente. ¿Creía en realidad que podía estarle agradecida porque la tratara
como a un ser humano?
Supuso que
algunas mujeres podrían haberse sentido reconocidas por no haber sido tratadas
peor, dado que su poder era ilimitado. Alzó los ojos y dijo, sin sonreír:
—Eres muy
amable, mi señor.
Temerosa
por vez primera de lo que él pudiese hacer, había pronunciado las palabras que
se prometió no pronunciar jamás.
Le
complacieron, como ella sabía que tenía que ocurrir; era tan fácil embaucar y
halagar a los hombres... Él sonrió y la besó. Se acercó a uno de los grandes y
numerosos cofres en los que guardaba su parte en el botín de Troya, extrajo un
collar de oro de cuatro vueltas, cada una constituida por numerosos y pequeños
eslabones y placas grabadas. Se inclinó y se lo pasó por el cuello.
—Esto va
bien con tu belleza. Y si nace un varón, tendrás otro para hacer juego.
Hubiera
deseado arrojárselo a la cara. ¡Qué arrogancia, darle como regalo una pequeña
parte de lo que había robado a su familia! Luego pensó: Si escapo, este collar,
vendiendo los eslabones uno a uno, me llevaría hasta Colquis o
incluso a
Creta. Allí está Creusa y quizás Eneas. Sólo tienen hijas y puede que acojan
bien a un niño, aunque sea hijo de Agamenón.
¿Como se
sentiría si en lugar del hijo que desea, tiene una hija? Eso casi me
complacería, pensó, darle lo que no quiere; pero luego reflexionó: ¿Quién de
este mundo preferiría una hija para que sufriese a manos de los hombres todo lo
que las mujeres sufren?
Pero su
corazón se ablandó ante el pensamiento de una niña pequeña como Miel, aunque su
padre fuera Agamenón. Si era una niña, la llevaría a Colquis para que pudiese
crecer en donde nunca seria una esclava.
Transcurrieron
los días y, como había visto ella en otras mujeres que se hallaron en manos de
las Fuerzas de la Vida, se tornó indolente y pesada en su andar, y poco
dispuesta a levantarse. Pero Agamenón, ahora que conocía su embarazo, se
mostraba más amable con ella. Cada día, cuando el tiempo era bueno, la
acompañaba por cubierta, insistiendo en que debía tomar el aire y hacer algún
ejercicio. Una vez expresó la esperanza de que arribasen a Micenas antes del
parto.
—Tenemos
excelentes comadronas allí y estarías segura en sus manos —declaró—. Ignoro si
alguna de las mujeres de la nave sabe de tales cosas.
Una de
ellas había sido doméstica de su madre y la principal de las parteras del
palacio; pero no se lo dijo a Agamenón. Por el contrario, se las arregló para
hablar en secreto con aquella mujer y decirle lo que le había sucedido.
—Oh,
princesa —dijo—, si le das un varón, te apreciará aún más; te encontrarás
segura en Micenas como madre del hijo del rey.
Casandra
había esperado que la mujer compartiera su sensación de ultraje, y pensado en
preguntarle si podía preparar una pócima de hierbas que la hiciese abortar.
Pero su reacción confirmó la creencia de que en todas partes las mujeres
apoyaban a sus propios opresores.
En una
ocasión en que, sentado junto a ella, Agamenón hablaba del hijo que iban a
tener, le preguntó:
—¿Pero no
tienes ya un hijo varón de Clitemnestra? Y, siendo el mayor, tendrá prioridad.
¿No es cierto?
—Ah, sí
—repuso Agamenón con una sonrisa maligna—. Pero mi reina aprecia sólo a sus
hijas; pretendió creer que una de ellas le sucedería en el trono. Incluso envió a nuestro hijo lejos
del palacio, para que yo no pudiera adiestrarle en las artes del gobierno.
Casandra,
pensó que aquello era lo mejor que había oído de Clitemnestra. Se preguntó cómo
había sido posible, incluso por razones de carácter político, que la hermana de
Helena hubiera aceptado casarse con Agamenón. Pero tal vez el pueblo no le
había dado otra opción o quería un rey que se impusiera con mano férrea sobre
sus contrarios.
—Nuestro
hijo, Casandra, puede regir tras de mí la ciudad de Micenas. ¿No te complace?
¿Complacerme?
Pero se
limitó a sonreírle; había aprendido que, cuando sonreía, él lo tomaba por
aceptación y se quedaba más satisfecho que cuando hablaba.
No había
en aquella época del año buen tiempo en el mar. Las lluvias y los tuertes
vientos parecían no tener fin; y cada vez que avanzaban hacia donde deseaban
ir, los vientos crecían y les obligaban a retroceder de manera que siempre
estaban en peligro de ser empujados contra las rocas.
Con
frecuencia, Agamenón tenía que dirigir el navío a mar abierto para sustraerse
al peligro de que la nave se hiciera pedazos en la costa. Parecía como si
llevasen meses y meses de navegación, sin hallarse más cerca del lugar al que
pretendían llegar. Un día, después de que un viento terrible les mantuvo
durante muchas jornadas sin ver tierra, sobrevino una calma matinal. Un
marinero acudió a decir a Agamenón que habían avistado una corriente de agua
verdosa que se extendía como un río a través del mar. Agamenón avanzó por
cubierta, maldiciendo, y ella le oyó gritar a sus hombres. Cuando regresó,
parecía furioso, con los rasgos contraídos por la cólera.
—¿Qué
pasa? —le preguntó. Estaba tendida en cubierta, tratando desesperadamente de
retener en su estómago el poco pan y la fruta que había desayunado.
—Hemos
avistado el caudal vertido por el Nilo, el gran río del país de los faraones
—le contestó—. Poseidón, que rige los mares y los terremotos, nos ha empujado
lejos de nuestra tierra, hasta las costas de Egipto.
—Eso no
parece una catástrofe. Decías que necesitábamos alimentos frescos y agua dulce.
¿No podemos hallarlos aquí?
—Oh, sí,
pero la noticia de la caída de Troya se ha extendido ya por todo el mundo y
esperarán recibir mucho oro por los víveres —murmuró—. Además, cada uno cuenta
de modo diferente lo que sucedió...
—Las
gentes ignoran que Troya no cayó bajo el poder de las armas y de la estrategia
bélica sino a causa de un terremoto —dijo Casandra—. Mas tú podrás decirles lo
que más te plazca y no tendrán la descortesía de ponerlo en duda.
La miró
irritado, pero en aquel momento el vigía de proa gritó que había avistado
tierra. Agamenón fue hacia allí y pronto regresó para decir que habían llegado
a Egipto.
Enviaron a
la costa a algunos de los hombres, que regresaron con una invitación del faraón
para cenar en palacio. Casandra había esperado permanecer echada en la tienda,
disfrutando del hecho de que hubiese cesado el balanceo del buque, mas no sería
así. Agamenón sacó de sus cofres varios vestidos de seda.
—Ponte el
que desees, querida; enviaré a alguna de las mujeres para que te vista, te
peine y prenda joyas en tu pelo. Debes estar bella, sí, tan bella como la misma
Helena, para honrarme ante la corte del faraón.
Por vez
primera, le suplicó:
—Oh, no,
te lo ruego. Me encuentro mal... no me pidas eso. Nada te he solicitado hasta
ahora, pero, por el hijo que he de darte, evítame esto. Será fácil decirles que
estoy enferma; no me exhibas como a una esclava ante un monarca extranjero.
—He
afirmado ante ti una y otra vez que no eres una esclava sino mi consorte —le
dijo más entristecido que irritado—. Clitemnestra nunca me complació; cuando me
des un hijo, serás mi reina.
Lloró,
desesperada; él argumentó, la halagó y, por último, salió enfurecido de la
tienda.
—No
discutiré más contigo, vístete sin demora y yo te enviaré una mujer —dijo, en
tono imperioso.
Permaneció
tendida, sollozando, y sólo se levantó cuando la mujer que había sido partera
de Hécuba penetró en la tienda.
—Vamos,
vamos, princesa, no debes seguir llorando de ese modo, dañarás al bebé. Te he
traído esto —le tendió una copa de loza con una pócima que exhalaba una
fragancia—. Bébetela, sentará tu estómago y estarás muy bella cuando cenes en
palacio.
—Eres una
mujer malvada. ¿Por qué ha de imponer su voluntad Agamenón? ¿Cómo has llegado a
convertirte en su criada más fiel? ¿No puedes darme algo que me ponga tan
enferma que incluso él comprenda que no puedo ir?
La mujer
la miró, espantada.
—Oh, no
sería posible hacer eso; el rey se enfurecería y es preciso que el rey no se
irrite, señora.
Colérica,
pero sabedora de que su situación era irremediable, Casandra permitió que la
mujer la vistiera. Se negó a elegir su indumentaria y dejó que le pusiese un
vestido de seda, a listas purpúreas y doradas que había visto lucir a su madre
en el palacio. Bebió la pócima, que le hizo sentirse mejor. ¿Qué importaba que
Agamenón exhibiera a su princesa cautiva? Si el faraón, de quien había oído que
tenía más de cien esposas, sabía algo de la caída de Troya, conocería que no
estaba allí por su voluntad; y si no era así, no tenía importancia.
—No es
posible fiarse de los vientos en esta estación —dijo el hombre calvo que se
llamaba a sí mismo faraón y a quien su corte consideraba un dios encarnado—.
Nos complacería que te quedases aquí como invitado nuestro hasta que cambie la
estación y puedas contar con vientos que te lleven a Micenas, o adonde quieras
ir.
—El señor
de los dos países es muy bondadoso —objetó Agamenón—, pero desearía volver a mi
tierra sin demora.
—El faraón
dio ese consejo al noble Odiseo cuando le acogimos, y Odiseo lo ignoró
—manifestó uno de los cortesanos—. Ahora han llegado noticias de que su nave se
hizo pedazos contra las rocas de Ea; jamás se volverá a saber de él.
Casandra
se entristeció puesto que Hécuba iba en la nave.
—Bien,
bien, supongo que es mejor regresar tarde a casa que llegar pronto a las
orillas de ningún sitio —dijo Agamenón—. Acepto tu amable invitación para mí y
para mis hombres.
Casandra
sabía que estaba enojado, puesto que aquello significaba buscar en sus cofres
regalos dignos del faraón. Y si permanecían demasiado tiempo, regresaría a su
país sin rastro del botín. No eran los primeros en verse empujados hacia
aquellas costas. Las salas del faraón mostraban ya objetos reconocibles de la
ciudad, incluyendo la imagen de Apolo arrebatada a su templo.
En los
días que siguieron, Casandra descubrió que varios sacerdotes y sacerdotisas del
templo de Apolo se habían refugiado allí, aunque ninguno era tan amigo de ella
como para pedirle apoyo. Habría estallado de júbilo de saber que Filida estaba
entre ellos, o incluso Criseida.
Egipto era
una tierra cálida y seca, batida por vientos acres del desierto que podían
acabar con todo signo de vida si las gentes no se refugiaban al momento. Su
daño se advertía incluso en el gran palacio de piedra del faraón.
Sin
embargo, al menos se hallaba en tierra, y mejor que batida diariamente por el
viento y el mar.
Casandra
estaba complacida por aquel descanso. Los egipcios murmuraban acerca de
Agamenón, y una de las domésticas le dijo en secreto que todo el mundo en
Egipto sabía que, tras la muerte de Ingenia, Clitemnestra había jurado venganza
y tomado un amante, un primo suyo Hámago Egisto, y que vivía con él en el
palacio de Micenas. Casandra se limitó a comentar:
—¿Y por
qué no iba a tener un amante? Agamenón, lejos en Troya, no le servía como
marido.
Pero los
egipcios también adoraban dioses masculinos y consideraban que la esposa de un
hombre debía realizar cuanto él le ordenase y que lo peor que podía hacer una
mujer era compartir el lecho con algún hombre que no fuese su marido. Si la
esposa de un rey se comportaba de esa forma, atraería la desgracia a todo el
país. Casandra sólo podía esperar que Agamenón no oyera la historia y se
sintiese objeto de otro agravio. Hablaba con frecuencia de alejar a
Clitemnestra y de hacer a Casandra reina legítima, y eso era lo último que ella
deseaba.
Oyó
incluso que Clitemnestra, sintiéndose rejuvenecida cuando llevó a Egisto a su
lecho, desheredó a todos los efectos a la hija que le quedaba, Electra,
casándola con un hombre de humilde cuna que había sido porquerizo del palacio o
algo semejante. Quienes veneraban a las reinas estimaban por lo general que una
reina, pasada ya su edad fértil, debía abdicar en favor de su hija. En
consecuencia, los habitantes de Micenas opinaban que Clitemnestra tendría que
haber casado a Electra con Egisto y permitido que ésta ocupara su trono. Todos
estaban de acuerdo en que Electra había sido unida en matrimonio a un hombre al
que posiblemente nadie aceptaría como rey.
Agamenón
supo por fin la historia referente al matrimonio de Electra. Y se mostró
colérico. Pero tuvieron buen cuidado de que no llegase a sus oídos nada
relativo al amante de Clitemnestra.
—Clitemnestra
no tiene derecho a hacer eso con nuestra hija; ha obrado como si me considerase
muerto. A mí me correspondía disponer la boda de Electra, un matrimonio
dinástico que me habría proporcionado aliados. Odiseo habló de casar a su hijo
Telémaco; y ahora que se ha perdido la nave de su padre, éste necesitará
aliados poderosos para defender Itaca de quienes ambicionan conseguirla.
»O podía
haberla unido al hijo de Aquiles: nunca se casó formalmente con su prima
Deidamia, pero oí que sedujo a la muchacha y que ésta tuvo un hijo. Pues bien,
cuando llegue a mi país, Clitemnestra sabrá que pretendo poner orden en mi casa
y que va a concluir su mando. Electra, viuda, resultará igualmente valiosa como
peón nupcial; la muchacha no puede tener más de quince años. Y será tu hijo y
no Orestes, el de Clitemnestra, quien se siente en el Trono del León cuando yo
haya desaparecido.
Casandra
se había dado cuenta de que los aqueos pensaban demasiado en las brujas que les
sucederían; daba la impresión de ser su forma de aceptar la idea de la muerte,
porque no parecían tener concepto de una vida ulterior. No era extraño que
careciesen de un código de normas de conducta; no creían que sus dioses fueran
a pedirles cuenta en la otra vida de todo lo que hicieron en ésta.
Los días
en el tranquilo país egipcio se sucedían tan iguales unos a otros, que Casandra
apenas era consciente del transcurso del tiempo;
sólo por el crecimiento del niño en su seno se daba cuenta de que se acercaba
el momento. Al fin, la estación estuvo lo bastante avanzada para que el faraón
dijese que podían zarpar; pero aquella misma noche Casandra inició su parto, y
al amanecer del día siguiente dio a luz a un pequeño varón.
—Mi hijo
—declaró Agamenón, tomando el bebé para examinarlo cuidadosamente—. Es muy
pequeño.
—Pero sano
y fuerte —dijo solícita la partera—. En verdad, mi señor Agamenón, que los
niños tan pequeños suelen crecer hasta ser más altos que aquellos que nacieron
grandes. Y la princesa es una mujer de caderas estrechas; difícil le hubiera
sido parir un hijo de talla adecuada a la tuya. Agamenón sonrió al oír esas
palabras, y besó al niño. —Mi hijo —repitió a Casandra. Pero ésta apartó la
mirada. —O el de Ayax —dijo.
Frunció el
entrecejo disgustado de que se le recordase esa posibilidad.
—No, creo
que se me parece —aseguró. Confió en que te complazca pensarlo, pensó ella,
pero eso no aumentará la belleza del pobre niño.
—¿Le
llamaremos Príamo como tu padre? ¿Un Príamo en el Trono del León?
—A ti
corresponde decidirlo.
—Bien, lo
pensaré. Eres profetisa; quizá pueda ocurrírsete un nombre cargado de buenos
presagios. Se inclinó y devolvió al niño junto a su seno. Pero no hay buenos
presagios para un hijo de Agamenón, pensó ella, recordando que en su país
aguardaban Clitemnestra y su nuevo rey. Nunca se sentarían en el Trono de León
de Micenas ni aquel niño ni Orestes, el hijo de Clitemnestra.
Sintió en
su cabeza el zumbido lejano y conocido, y el sol cegó sus ojos. El niño pareció
pesar menos en sus brazos. ¿O lo había soltado? Creyó que la visión la había
abandonado para siempre; no consiguió salvar a su pueblo ni a los seres
queridos con su don profético y se había considerado al fin libre de aquella
carga.
Entonces
vio la enorme hacha de doble hoja que cortaba las cabezas de los grandes toros
de Creta y a Agamenón, tambaleándose, con sus ojos llenos de sangre.
Se llevó
las manos a sus propios ojos para cerrarlos a la visión.
—Sangre
—murmuró— como la de los toros de. Creta. Pero no de un sacrificio...
Él se
inclinó para acariciar sus cabellos.
—¿Qué has
dicho? ¿Un toro? Bien, por este espléndido regalo, entregaré un toro a Zeus
Tonante. Pero no aquí, en Egipto; aguardaremos a llegar a mi país en donde
tengo toros en abundancia y no es preciso pagar las enormes cantidades que aquí
exigen los sacerdotes por el sacrificio de animales. Creo que Zeus esperará
hasta entonces los homenajes adecuados; pero, cuanto te levantes, puedes
sacrificar un par de pichones a su Madre Tierra en agradecimiento por este
magnífico niño.
Tal vez,
eso fue lo que vi, pensó, un sacrificio de algún modo fallido. Pero de repente
todo su rencor se esfumó; lo había odiado y despreciado, pero ahora le veía
entre los muertos y se preguntó si después de la muerte tendría que enfrentarse
con todos los hombres que había matado en combate. Héctor le dijo que, cuando
cruzó la puerta de la muerte, fue recibido por Patroclo. Pero sería diferente
para Agamenón, como sabía que habría sido para Aquiles.
Permaneció
en la cama más de lo necesario, sabiendo que en cuanto pudiera andar, Agamenón
pondría rumbo hacia el puerto de Micenas. Y se había sentido tan mal durante el
viaje que la había llevado allí que ahora le aterraba volver al mar.
Finalmente
decidió llamar a su hijo Agatón. Antes de su nacimiento, no podía imaginar que
querría a un niño así concebido, y sospechaba que gran parte del malestar que
había acompañado su embarazo sólo era repulsión ante la idea de que aquel
parásito de la violación hubiera anidado en su seno y continuara en él. Si
hubiese resultado emponzoñado por su odio hasta el punto de nacer con dos
cabezas o la cara desfigurada, lo habría considerado lógico.
Y sin
embargo allí estaba junto a su pecho, tan pequeño e inocente, y nada podía ver
en él que fuese como Agamenón. Era simplemente como cualquier otro recién
nacido, muy pequeño desde luego, pero todo en él se hallaba perfectamente
formado, hasta las uñitas de los diminutos dedos de sus manos y sus pies.
Qué
extraño era pensar que aquel ser, tan diminuto y suave que hubiera podido
yacer en el centro del gran escudo de su padre y dejar sitio para un perro de
buen tamaño, pudiese llegar a destruir una poderosa ciudad. Pero por ahora era
todo suavidad y fragancia de leche y cuando rozó su seno no pudo evitar el
recuerdo de Miel, desvalida en sus brazos. ¿Por qué culpar a esta criatura
perfecta de lo que su padre había hecho?
Mas sabía
que, como Clitemnestra, ella procuraría enviar lejos a su hijo para que
Agamenón no pudiera adiestrarlo en las artes del gobierno. No le complacía la
idea de que pudiera sentarse algún día en el Trono del León. No deseaba que su
hijo se educara como los hijos de los aqueos.
Supuso que
Helena habría dado ya a luz al último descendiente de Paris, y se preguntó si
Menelao habría cumplido su amenaza y abandonado al niño. Aquello formaba parte
de la clase de cosas que podía esperarse de ellos; los aqueos parecían cuidarse
tan sólo de sus propios hijos, como si un niño pudiera ser de alguien que no
fuese la madre que lo dio a luz.
Agamenón
ni siquiera sabía si el niño era suyo, de Ayax o..., de Eneas. Cuidaría de no
volver a mencionar eso. Era hijo de ella, y no de hombre alguno. Pero guardaría
silencio y dejaría que Agamenón pensara lo que quisiese, por su seguridad.
Envolvió
al bebé en los pañales que le habían proporcionado en el palacio del faraón y
recorrió las calles de la ciudad con una de las mujeres de la casa real que
había parido el día anterior. En el templo de la diosa, una, imagen repulsiva
de una mujer con grandes ubres como las de una vaca y cabeza de cocodrilo,
sacrificó un par de pichones y se arrodilló, tratando de rezar.
Era una
extraña en aquella tierra y una extraña para aquella diosa. Supuso que no
existía tanta diferencia entre la diosa de los cocodrilos y la diosa de las
serpientes, pero ninguna oración brotó de sus labios ni logró penetrar en el
futuro para ver si sería propicio al niño.
Debería
haber acudido a la casa del Sol; allí, en Egipto, era el más grande de los
dioses y se le llamaba Ra. Pero aún desconfiaba del dios que había sido incapaz
de salvar a su ciudad y no se acercaría a él.
Si no pudo
salvarnos, no es un dios; si pudo y no quiso, ¿qué clase de dios es?
Al día
siguiente, los bienes de Agamenón fueron preparados y cargados, entregó sus
últimos regalos al faraón y partieron.
A Casandra
le aterraba volver a marearse, pero esta vez experimentó tan sólo unas pequeñas
náuseas la noche en que la tripulación levó el ancla, y a la mañana siguiente
se sentía completamente bien. Comió frutas y el pan compacto de la nave con
buen apetito y se sentó en cubierta, con el bebé en brazos. La enfermedad había
sido pues efecto secundario de la herida de la cabeza, y luego del embarazo.
Nada sabía
de naves ni de navegación, pero Agamenón se mostraba complacido con los fuertes
vientos que día tras día les empujaban a través de las claras y azules aguas.
El bebé se reveló tan buen marinero como su padre. Mamaba con fuerza y parecía
aumentar de peso cada día. Sus manitas se hicieron más modeladas; su nariz y su
barbilla, antes simples bultitos, cobraron precisión. Se le ocurrió que,
considerando la forma de esto último, bien pudiera ser el hijo de Agamenón. A
su padre le gustaba cogerlo y agitarlo para hacerle reír. Eso era lo último que
hubiera esperado. Bien, Héctor e incluso Paris disfrutaban jugando con sus
hijos. Por doloroso que fuera reconocerlo, los aqueos no diferían gran cosa de
los demás hombres.
Una
mañana, justo cuando empezaba a amanecer, salió a cubierta para lavar los
pañales del niño en un cubo de agua de mar y ponerlos después a secar. La nave
se hallaba en silencio. Sólo el hombre del gobernalle estaba en popa. Los
vientos eran tan fuertes que no se necesitaba de los remos más que en las
maniobras muy próximas a tierra.
Miró de
una a otra parte del horizonte; el mar estaba en calma y, en aquel momento la
nave pasaba entre dos costas. Una era una montaña que se alzaba abrupta sobre
ellos, cuya sombra casi llegaba al barco. La otra era una lengua de tierra
larga, y baja, desprovista de árboles. De repente, del lado de la montaña,
surgió un chorro ígneo que se elevó hacia el cielo como si allí hubiera brotado
una flor de fuego. El hombre del gobernalle lanzó un grito de alegría y llamó a
voces a uno de sus compañeros para que fuera a ocuparse del remo.
Agamenón
apareció en cubierta y gritó a la tripulación:
—¡Ahí
está, mis valientes! ¡La baliza de nuestro cabo!
¡Después
de todos estos años, volvemos por fin a casa! ¡Un toro para Zeus Tonante!
La luz del
sol se reflejó en sus ojos, tan roja como la sangre, pensó Casandra. Sus
propios ojos estaban fatigados y resecos, y de pronto sintió que él no debería
alegrarse tanto por volver a casa. ¿Quién podía saber lo que encontraría allí?
Ella se
dirigió hacia la barandilla con el niño en sus brazos, y se quedó junto a él.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Cuando
abandoné mi tierra ordené que se dispusiera una gran pila de leña y que allí
hubiese un vigía en todo momento. Cuando zarpé, envié aviso con un mensajero
para que se preparasen a avistar mi nave. Ahora nos han visto y lo comunicarán
al palacio. Nos prepararán un festín.
»Será
magnífico hallarse en casa de nuevo. Ansió mostrarte mi tierra y el palacio
donde reinarás, Casandra. —Tomó al niño de sus brazos, inclinándose sobre su
carita y añadió—: Tu país, hijo mío; el trono de tu padre. Casandra, ¿por qué
estás tan silenciosa?
—Éste no
es mi país —respondió—, y estoy segura de que Clitemnestra no me dispensará una
jubilosa acogida, por mucho que anhele verte de nuevo. Y temo por mi hijo.
Clitemnestra...
—No tienes
por qué temer nada —dijo él, con arrogancia—. Entre los aqueos, las mujeres son
esposas sumisas. No se atreverá a formular una sola palabra de protesta. Tuvo
las manos libres mientras yo estuve ausente; pronto sabrá lo que espero de ella
y hará cuanto le diga o le pesará, créeme.
—Hace
frío. Iré a buscar mi manto. —A mí me parece que la temperatura es templada,
pero quizá sea porque éste es el puerto de mi ciudad natal. Mira, ahora puedes
ver el palacio sobre la colina y las murallas, construidas por los titanes hace
siglos. A este puerto se le llama Nauplia.
Casandra
fue a buscar su manto y luego permaneció junto a Agamenón en la proa, mientras
la mujer que había sido partera de su madre se ocupaba del niño.
Arriaron
la gran vela y los remeros ocuparon sus puestos para la maniobra de la entrada
en el puerto; la nave se deslizaba suavemente por las aguas protegidas por la lengua de tierra.
Entonces
vio a cierto número de personas a lo largo del malecón. Cuando la nave se
acercó, un hombre lanzó un grito de júbilo y los soldados de Agamenón,
agrupados en la borda de la nave, empezaron a manotear y a vocear a quienes
conocían en tierra.
Pero la
mayoría de los espectadores estaban en silencio cuando la nave se acercó al
muelle lentamente. Aquel silencio le pareció ominoso a Casandra. Se estremeció
aun envuelta en el rico y cálido manto, y tomó al bebé de los brazos de la
mujer para sostenerlo contra su cuerpo.
La proa de
la nave golpeó con suavidad el muelle. Agamenón fue el primero en saltar a
tierra; y, una vez allí, se arrodilló en el suelo y besó solemnemente las
piedras del muelle, proclamando a toda voz:
—¡Doy
gracias al Tonante por haberme devuelto sano y salvo a mi tierra!
Un hombre
alto y pelirrojo con un collar de oro en torno al cuello se acercó a él y dijo,
tras hacer una reverencia:
—Agamenón,
mi señor. Soy Egisto, pariente de tu reina; me ha enviado con estos soldados
para escoltarte con gran honor hasta el palacio.
Los
hombres cerraron filas en torno Agamenón. A Casandra le dio la impresión de que
eran la guardia de un prisionero más que la escolta de un rey. Agamenón se
mostraba molesto: ella pudo advertir que aquello le disgustaba. Sin embargo fue
con ellos sin protestar.
Uno de los
hombres del muelle saltó a bordo y se acercó a Casandra.
—¿Eres tú
la hija del Príamo de Troya? La reina te manda llamar y te asegura que serás
tratada con todo respeto. Tenemos un carro para ti, tu hijo y tu doméstica.
Le tendió
su mano y le ayudó a pasar el muelle, instalándola en el carro con el bebé
sobre sus rodillas y la doméstica acurrucada a sus pies.
Pese a tal
acogida, y que el camino hasta el palacio era tan empinado que temió tener que
subirlo a pie, Casandra se sintió inquieta. Las pétreas murallas del gran
palacio, casi tan enormes como las destruidas de Troya, parecían desaprobarla,
sumidas en las sombras. Pasaron bajo una
gran
puerta sobre la que dos leonas, pintadas con vivos colores, montaban guardia
frente a frente. Mientras el carro traqueteaba a través de la Puerta del León
se preguntó si representaban a los antiguos dioses del lugar o si eran el
emblema propio de Agamenón. Pero se trataba de leonas, no de leones, y, en
cualquier caso, Agamenón había llegado hasta allí como consorte de la reina
conforme a las antiguas costumbres ¿Símbolo entonces de Clitemnestra?
Por
delante del carro iban Agamenón y su guardia de honor, con Egisto. Tras la
Puerta del León se extendía una ciudad construida sobre la ladera, de la misma
forma que Troya: el palacio, templos, jardines, uno sobre otro, con muros
alzados en muchas terrazas y balcones. Era una ciudad bella pero tenebrosa; sus
densas sombras cayeron sobre Agamenón mientras avanzaba rodeado de soldados.
En las
escalinatas del palacio apareció una mujer, alta y majestuosa. Sus rubios
cabellos, de bucles recién formados con tenacillas, flameaban al sol de la
mañana. Iba regiamente ataviada al estilo cretense: corpiño de encaje muy
escotado y una falda de volantes, cada uno teñido de un color distinto.
Casandra
apreció al momento su gran parecido con Helena. Debía de ser su hermana
Clitemnestra. La reina cruzó entre la escolta y se inclinó profundamente ante
Agamenón. Su voz era clara y dulce.
—Señor,
con gran júbilo se te recibe desde estas costas al palacio donde antaño
gobernaste a mi lado. Hemos esperado largo tiempo este día.
Le tendió
las dos manos; él las tomó ceremoniosamente y las besó.
—Es una
alegría volver a casa.
—Hemos
dispuesto una celebración y un sacrificio adecuados para la ocasión, —dijo
ella—. Apenas puedo aguardar a matarte.
No, pensó
Casandra espantada. No puede ser que haya dicho eso; pero es lo que yo he oído.
Lo que en
realidad dijo Clitemnestra fue:
—Apenas
puedo aguardar a verte ocupar el puesto que hemos preparado para ti.
—Todo está
listo para tu baño y el festín —añadió Clitemnestra—. Estamos completamente
dispuestos para verte yacer muerto entre los sacrificios.
Una vez
más Casandra había oído lo que Clitemnestra pensaba, no lo que en realidad
habían expresado sus labios. Así que, de nuevo, sin desearlo, tuvo la visión de
lo que iba a suceder.
Clitemnestra
señaló a Agamenón con un gesto los peldaños del palacio.
—Todo está
a punto, señor; entra y oficia el sacrificio. Él se inclinó y empezó a subir la
escalinata. Clitemnestra le vio ascender con una sonrisa que hizo estremecer a
Casandra ¿No podía verla él?
Pero el
rey avanzó sin titubeos. En el preciso momento en que llegaba ante las grandes
puertas de bronce que coronaban la escalinata, Egisto, armado con la gran hacha
de los sacrificios, las abrió y le hizo entrar. Las puertas se cerraron tras
él.
Clitemnestra
bajó los peldaños hasta el carro. —¿Eres la princesa troyana, la hija de
Príamo? Mi hermana envió a decirme que fuiste la única amiga que halló en
Troya.
Casandra
se inclinó; no estaba segura de que el siguiente paso de Clitemnestra no fuese
atravesar su corazón con un cuchillo.
—Soy
Casandra de Troya, y en Colquis fui consagrada sacerdotisa de la Madre
Serpiente.
Clitemnestra
observó al niño que llevaba en sus brazos. —¿Es hijo de Agamenón?
—No
—repuso Casandra, ignorando de donde le llegó el valor para hablar con tal
audacia—. Es mi hijo.
—Bien
—afirmó Clitemnestra—, no queremos hijos del rey en esta tierra. Que viva
entonces.
En aquel
momento se oyó un gran grito a través de las puertas de bronce. Alguien las
abrió desde dentro, y en lo alto de la escalinata, apareció Agamenón, huyendo.
Tras él surgió Egisto, que empuñaba la gran hacha ceremonial de doble hoja:
La volteó y la dejó caer sobre el cráneo del rey fugitivo. Agamenón se tambaleó
y cayó rodando por los peldaños hasta llegar casi a los pies de Clitemnestra.
Ésta proclamó:
—¡Gentes
de la ciudad, sed testigos, así venga a Ingenia vuestra Señora!
Estalló un
jubiloso vocerío y un grito de triunfo. Bajó Egisto con el hacha ensangrentada
y se la entregó. Varios soldados de Agamenón se rebelaron contra aquello pero la guardia de Egisto
les abatió rápidamente.
Clitemnestra
preguntó a Casandra, con furia:
—¿Tienes
algo que decir, princesa de Troya que pensabas quizá ser reina aquí?
—Sólo que
hubiera deseado empuñar yo el hacha —contestó Casandra, invadida por un júbilo
salvaje.
Se inclinó
ante Clitemnestra y añadió:
—En nombre
de la diosa, has vengado los agravios que le han sido inferidos. Cuando una
mujer es agraviada, también ella lo es.
Clitemnestra
le devolvió la reverencia y tomó sus manos:
—Eres
sacerdotisa y sabía que lo entenderías —dijo, contemplando la carita del niño
dormido—. No te guardo rencor. Haremos que retornen aquí las viejas costumbres.
Helena no tiene valor para hacerlo en Esparta pero yo lo conseguiré. ¿Te
quedarás aquí entonces y serás la sacerdotisa de la diosa? Puedes ingresar en
su templo si lo deseas.
El corazón
de Casandra aún latía con fuerza ante lo repentino de su liberación. A través
de las facciones de Clitemnestra aun veía el ansia de destrucción; aquella
mujer había vengado el deshonor inferido a la diosa, pero Casandra aún la
temía. La diosa adoptaba muchas formas pero, en aquélla, Casandra no la amaba.
Jamás se había enfrentado con una mujer tan fuerte: princesa y sacerdotisa. Por
una vez había hallado una fuerza superior a la suya.
¿O sería
quizás que advertía en Clitemnestra el antiguo poder de la diosa tal como había
sido antes de que los dioses y los reyes invadieran aquella tierra? No podía
servir a esta diosa.
—No me es
posible —contestó con tanta serenidad como consiguió reunir—. Éste no es mi
país, reina.
—¿Regresarás
entonces al tuyo?
—No puedo
volver a Troya. Si me autorizas a partir, buscaré en Colquis a las mujeres de
mi familia.
—¿Un viaje
como ése, con un niño de pecho? —preguntó Clitemnestra, sorprendida.
Entonces
se produjo un extraño cambio en la cara de Clitemnestra. Una paz sobrenatural
relajó sus duros rasgos y pareció resplandecer desde dentro. Una voz que
Casandra conocía muy bien dijo:
Sí, Yo te
llamo. Sal al instante de ese lugar, hija mía.
Casandra
se inclinó hasta el suelo, había llegado la palabra. Aún no tenía idea de cómo
viajaría o qué sería de ella, pero se hallaba de nuevo bajo la protección de la
voz que la llamó por vez primera cuando era sólo un niña.
La
sacerdotisa de Colquis le había dicho: Los Inmortales se comprenden unos a
otros.
—Solicito
permiso para partir sin demora —dijo.
—No
debemos retener a quien un dios ha llamado —contestó Clitemnestra—. ¿Pero no
necesitas descanso, ropa limpia y alimentos para ti y para el niño?
—Nada
preciso —dijo Casandra, sabiendo que con el oro que Agamenón le había dado se
hallaba bien provista.
No deseaba
aceptar nada de Clitemnestra... ni de la diosa de aquel lugar.
Partió al
cabo de una hora.
Con el
niño colgado de su chal, se dirigió al puerto donde encontraría una nave que
los llevase durante la primera etapa de este arduo viaje a través de medio
mundo hasta llegar ante su pariente Imandra y las puertas de hierro de Colquis.
Y sobre todo, ya no estaba ciega ni privada del don de la profecía; era ella
misma otra vez y, después de todos los sufrimientos, sabía que los dioses no la
habían abandonado.
En los
muelles se le acercó una mujer, vestida con una raída túnica de color terroso y
la cara cubierta por un andrajoso chail.
—¿Eres la
princesa troyana? —inquirió—. Yo me dirijo a Colquis y he oído que vas hacia
allá.
—Sí, lo
soy; pero, ¿por qué...?
—También
voy a Colquis —volvió a decir la mujer—. Un dios me ha dicho que me dirija
allí. ¿Puedo ir contigo?
—¿Quién
eres?
—Me llaman
Zakintia.
Casandra
la miró y nada pudo ver. Tal vez la mujer fuese hacia ella por obra del
destino: en cualquier caso, ningún dios lo prohibía. E incluso Clitemnestra
había dudado de su capacidad para hacer sola tan largo viaje con un niño de
pecho. Con un suspiro de alivio desató el chal del que colgaba su hijo y se lo
entregó.
—Toma
—dijo—. Puedes llevarlo hasta que tenga que darle de mamar.
La mujer
era mansa y obediente, sumisa incluso; cuidaba del niño acunándole y
manteniéndolo tranquilo. Casandra, presa de nuevos accesos de mareo, tenía
escasa oportunidad de prestar mucha atención a su hijo o a la mujer, aunque la
observó durante varios días para asegurarse de que cabía confiar en que la
sirviente, de quien al fin y al cabo nada sabía, no maltrataba o descuidaba al
bebé cuando creía que nadie la miraba. Parecía responsable y atenta con el
niño; le cantaba y jugaba con él como si realmente le gustasen los pequeños.
Tras unos días, Casandra decidió que había tenido muchísima suerte al encontrar
una buena criada que lo atendiese y relajó un poco la vigilancia.
Sin
embargo, empezaba a sospechar que su acompañante no era lo que decía ser. Bajo
sus harapientos vestidos, parecía fuerte y sana. Casandra sólo podía suponer su
edad, quizás treinta años, o más. Cuando estaba a su lado se mostraba modesta
en sus modales, pero su voz era áspera y ruda y su comportamiento con los
marineros y tripulantes tan libre como la de las amazonas. Luego, un día sobre
cubierta, Casandra advirtió que un golpe de viento ceñía el vestido de Zakintia
contra su pecho y le pareció demasiado plano para ser femenino. Sus piernas,
reparó también, eran velludas y musculosas y su cara tenía aspecto de no haber
conocido nunca cosméticos ni aceites suavizantes. Entonces consideró la
posibilidad de que Zakintia no fuese mujer sino hombre.
—¿Por qué
la buscaría bajo el disfraz de una mujer? Y sin embargo, de ser un hombre,
quizás trataría de sacar ventaja de ella aunque, viendo su reflejo en un cuenco
de agua, no pudo imaginar que hombre alguno la deseara. Ahora estaba
empalidecida por el mareo, vestida con prendas harapientas y su cuerpo aún
seguía deformado tras el parto. Incluso así, decidió dormir con Agatón en sus
brazos; si un bebé no disuadía a un violador, probablemente nada lo
conseguiría, excepto su cuchillo.
Una noche
de tormenta, cuando la nave era sacudida como si fuese un corcho por las
fuertes olas, Zakintia extendió su manta junto a la de Casandra y se ofreció a
llevar el bebé a su propia yacija. El oleaje hizo que sus lechos se desplazaran
juntos de uno a otro lado del pequeño y repleto camarote, hasta que al fin
Zakintia, cuyo talla y peso eran mayores, tomó a Casandra en sus brazos.
Ella,
mareada y fatigada, sólo sintió alivio ante la protección que el cuerpo de
Zakintia le brindaba contra la constante agitación.
Tras este
incidente, remitió parte de su temor. Con seguridad ningún hombre corriente
hubiera desperdiciado semejante oportunidad. Empezó a considerar otras
posibilidades. Tal vez fuese un eunuco o un sacerdote curandero con voto de
castidad. ¿Más por qué vestía entonces prendas femeninas y se hacía pasar por
mujer? Al final decidió que aquello carecía de importancia; y transcurrido
cierto tiempo, optó por no preocuparse de si su acompañante era mujer u hombre,
puesto que él o ella le había demostrado una amistad en la que Casandra
confiaba y empezaba a apreciar. El pequeño también quería a su niñera y siempre
se mostraba dispuesto a dejar los brazos de su madre para que lo acunasen los
de Zakintia.
Cuando la
nave llegó a puerto, y desembarcaron, Casandra se dirigió al mercado en busca
de caballos.
—Pero,
señora, —dijo el tratante— no puedes viajar con un bebé y una sola sirvienta
por el país de los centauros.
—Creo que
ninguno quedó con vida —declaró Casandra—. Y de todas formas no les temo.
Esperaba
encontrar en su viaje a algunos de los miembros de la raza desaparecida. Solo
tuvo que entregar un eslabón de oro a cambio de los caballos y los víveres para
el viaje. Adquirió también para sí un manto que podía hacer las veces de manta
sobre la que dormir o de tienda.
—Tendríamos
que conseguir otra túnica para ti, Zakintia —dijo, entregándole el retal de un
paño con el que poder hacer un manto para el niño—. La tuya está tan destrozada
que pareces una mendiga. He pensado que antes de reanudar el viaje debería
cortarme el pelo y vestir ropas de hombre. El bebé pronto podrá ser destetado y
con seguridad encontraremos cabras por allí. Quizá sea más seguro viajar así
por un país tan despoblado como ése, ¿qué opinas? Eres más alta y fuerte que
yo; quizás tendrías un aspecto más temible como hombre.
Su
acompañante se quedó inmóvil pero lanzó un suspiro de consternación antes de
contestarle en voz baja:
—Debes
hacer, señora, lo que creas mejor; pero yo no puedo ponerme ropas de hombre ni
viajar como tal.
—¿Por qué
no?
Zakintia
desvió su mirada.
—Es un
voto. No me es posible decir más.
Casandra
se encogió de hombros.
—Entonces
viajaremos como mujeres.
Casandra
alzó la vista hacia las puertas de Colquis y recordó la primera vez que las
vio, cuando era una muchacha y formaba parte del grupo de amazonas de
Pentesilea. Ella había cambiado y el mundo había cambiado pero las grandes
puertas seguían siendo tal como fueron.
—Colquis
—le dijo suavemente su acompañante—. Al fin los dioses nos han traído hasta
aquí.
Dejó a
Agatón, que empezaba a dar sus primeros pasos, en el suelo. Pensó que si el
viaje no hubiese sido tan largo tal vez ya supiera andar. Pero se había visto
obligada a cargar con él la mayor parte del tiempo, sin permitirle andar a
gatas antes de que diera sus primeros pasos. Tenía ya casi dos años; y en su
acentuado mentón, sus oscuros ojos y sus cabellos negros y rizados, se podía
ver que era hijo de Agamenón.
Al menos
no sería educado en la versión de la virilidad
que tenía
su padre.
Fue un
camino largo; pero no interminable como le había parecido. Viajaron de noche la
mayor parte del tiempo, ocultándose de día en bosques y zanjas. Había gastado
varios pares de sandalias y las prendas que vestía ya sólo eran harapos. Tuvo
pocas oportunidades de sustituirlas.
Se
encontraron con soldados, veteranos del saqueo de Troya, pero no vieron ni
oyeron nada referente a los centauros; y cuando preguntó por ellos, comprobó
que se les consideraba personajes legendarios y, a veces, la acusaron de
difundir falsedades, o sonreían disimulada y desdeñosamente cuando ella
afirmaba haberles visto en su juventud.
Se
ocultaron a bandas de ladrones, sobornaron para conservar su libertad y
emplearon su ingenio y, a veces sus cuchillos, para escapar de los peligros.
Pasaron frío y hambre; y en ocasiones, ni siquiera a cambio de oro hallaron
víveres. Se detuvieron una o dos veces durante una temporada entera para
desempeñar un trabajo de hilado o cuidar de animales.
Viajaron
durante algún tiempo con un hombre que exhibía serpientes danzantes. Se unieron
en una o dos ocasiones a otros viajeros solitarios y se perdieron en largos
trechos.
Y tras
tantas aventuras, que Casandra sabía que nunca se atrevería a referir, llegaban
sanos y salvos a Colquis.
Tomó al
niño en brazos para cruzar las puertas. Era consciente de que tenía la
apariencia de una mendiga. El manto que llevaba era el azul, ahora descolorido,
con el que Agamenón la cubrió cuando subió a la nave. Vestía una deformada
túnica de lana cruda y se sujetaba el pelo con una tira de cuero que antes
había empleado para atarse una sandalia. Zakintia presentaba, de ser posible,
peor aspecto; más parecía un rufián que una mendiga. Sus sandalias estaban
destrozadas y tendría que proveerse de otro par en Colquis aunque éste no fuese
el lugar de su destino.
Pero
consiguieron que el niño se mantuviera abrigado y bien vestido. Su túnica,
aunque ya le quedase corta, era de un buen paño de lana, que había adquirido en
una ciudad del camino, sujeta con un broche de oro; y sus sandalias eran
sólidas y fuertes. A veces pensaba que se parecía más a su hermano Paris que a
Agamenón.
—Ya hemos
llegado al final de nuestro viaje —le dijo a Zakintia.
Preguntó a
una mujer con la que se cruzaron por el camino del palacio y si aun gobernaba
la reina Imandra.
—Sí,
aunque cada vez está más vieja —le contestó—. Han llegado del palacio rumores
de que se halla mortal-mente enferma, pero yo no lo creo. —Observó el andrajoso
manto de Casandra—. ¿Y qué puede desear de nuestra reina alguien como tú?
Casandra
se limitó a dar las gracias a la mujer por su información, y no contestó a su
pregunta. Emprendió el camino hacia el palacio y Zakintia tomó al niño.
Al subir
los peldaños de la escalinata, Casandra alisó nerviosamente sus cabellos con
los dedos. Tal vez hubiera debido detenerse en el mercado y proveerse de las
ropas adecuadas para visitar a la reina.
Habló a
quien montaba guardia, una mujer que Casandra reconoció de su anterior estancia
en Colquis.
—Solicito
audiencia de la reina Imandra.
—Me parece
muy bien —dijo la mujer, en tono desdeñoso—. Pero ella no recibe a todos los
mendigos que vienen a verla.
Casandra
llamó a la mujer por su nombre.
—¿No me
conoces? Tu hermana era una de mis novicias en el templo de la Madre Serpiente.
—¡Casandra,
mi señora! —exclamó la mujer—. Pero si nos llegaron noticias de que habías
muerto...
Casandra
sonrió.
—Como ves,
estoy viva. Te ruego que me conduzcas ante la reina.
—Se
alegrará de saber que sobreviviste a la caída de Troya. Te lloró como si
hubieras sido su propia hija.
La mujer
deseaba llevarla a una de las cámaras para invitados con objeto de que se
arreglasen para la audiencia, pero Casandra se negó. Pidió a Zakintia que la
esperase, pero su acompañante negó con la cabeza.
—También
estoy aquí por obra de la diosa —repuso—. Y sólo a Imandra le puedo revelar por
qué he venido.
Ansiosa de
conocer su historia, Casandra accedió. Unos instantes después se hallaba en
brazos de su pariente.
—Creí que
habías muerto en Troya —declaró Imandra—. Como Hécuba y los demás.
—Pero mi
madre partió de Troya con Odiseo.
—No, una
de sus mujeres llegó hasta aquí y afirmó que murió, con el corazón destrozado,
cuando cargaban las naves. Odiseo naufragó después y nadie ha oído hablar de él
desde entonces, hace cerca de tres años. Andrómaca fue entregada a uno de los
reyes aqueos, no puedo recordar su bárbaro nombre, pero he sabido que vive. ¿Es
éste tu hijo? —Imandra tomó al pequeño y lo besó—. Así que algún bien surgió de
tantas penalidades.
—Bueno,
estoy viva y he conseguido llegar hasta aquí.
Después
empezaron a hablar del resto de los supervivientes. Helena y Menelao aún
reinaban en Esparta, y Hermione, la hija de Helena, había sido prometida al
hijo de Odiseo. Clitemnestra había muerto de parto y su hijo Orestes había
matado a Egisto y recobrado el Trono del León de Agamenón.
—¿Y has
sabido algo de Eneas? —preguntó Casandra, mientras evocaba con dulce melancolía
las noches estrelladas del último y fatídico verano de Troya.
—Sí, se ha
hablado mucho de sus aventuras. Visitó Cartago y tuvo amores con su reina.
Dicen que cuando los dioses le mandaron partir, ella se suicidó, desesperada;
pero no lo creo. Mas si la reina fue lo bastante estúpida para matarse por un
hombre, traicionó su dignidad. No podría decirse gran cosa de una mujer así, y
menos aún de una reina. Luego los dioses le ordenaron dirigirse al Norte donde,
aseguran, llevó el Paladio del templo troyano de la Doncella y fundó una
ciudad.
—Me alegra
saber que se salvó —afirmó Casandra.
Tal vez
debería haber ido con Eneas a su nuevo mundo pero ningún dios la había llamado.
Eneas tenía su propio destino, que no coincidía con el de ella.
—¿Y
Creusa? —preguntó después.
—De ella
nada sé —repuso Imandra—. ¿Consiguió escapar de Troya?
Casandra
meditó un momento. Recordaba la partida de Creusa, pero había pasado tanto
tiempo y tantas cosas que, se preguntó si lo había soñado. Para ella, todos los
hechos que rodeaban a la caída de la ciudad eran ahora como sueños.
—¿Recuerdas
a mi hija Perla? —preguntó Imandra—. Ven aquí, niña, y saluda a tu pariente.
La niña se
aproximó y saludó a Casandra con tal aplomo que ésta no la besó como hubiese
hecho con cualquier otra de su edad.
—¿Cuantos
años tiene? —preguntó.
—Cerca de
siete —dijo Imandra—. Y me sucederá en el trono de Colquis; aquí mantenemos las
viejas costumbres. Con suerte, nunca cambiarán.
—No queda
ya mucha suerte en el mundo —afirmó Casandra—. Pero éste no cambiará mañana ni
pasado.
—Así que
todavía te hallas dotada de la visión.
—No
siempre y no para muchas cosas.
—¿Qué
quieres de mí, Casandra? Puedo darte oro, vestidos, albergue; eres pariente mía
y te acogería en mi casa como a una hija. Eso es lo que me gustaría hacer. Sé
que el templo de la Madre Serpiente te aceptaría como a la superiora de sus
sacerdotisas.
Clitemnestra
también le había hecho semejante oferta; pero ella sabía que era demasiado
tarde para dedicar el resto de su vida a semejante tarea.
—O si
deseas —añadió Imandra—, haré lo que tu padre debió hacer hace mucho tiempo y
te encontraré un marido.
Casandra
dijo impetuosamente:
—Sigo
siendo poco inclinada a constituirme en propiedad de un hombre. Pasé menos de
un año con Agamenón y ya tuve bastante.
Zakintia
las interrumpió súbitamente; se adelantó y se postró ante Imandra.
—Oh, reina
—dijo con su ronca voz—, la diosa me conminó a que acudiera en demanda de tu
ayuda. Se me ha ordenado que funde una ciudad y no puedo hacerlo solo. Al
principio creí que me enviaba aquí en busca de alguna amazona que hubiera
sobrevivido porque en una visión me dijo que sólo una mujer podría ayudarme en
semejante tarea.
—¿Y quién
eres tú? —demandó Imandra.
—Mi nombre
es Zakintos —contestó el que Casandra conocía como Zakintia—. ¿No ha quedado
amazona alguna que pueda ayudarme a fundar una ciudad en donde sea servida la
diosa sin dioses ni reyes? Yo no tomaría una esposa al modo de los aqueos, sino
alguien que pudiese servir como sacerdotisa en esa ciudad. Pero he oído que no
existen ya tales mujeres.
—No
—declaró Casandra—. Ninguna amazona quedó con vida tras la batalla en que murió
Pentesilea.
—No puedo
admitirlo —manifestó Zakintos, echando hacia atrás el velo que había vestido
como mujer—. Ahora me hallo libre de mi voto y buscaré por el mundo entero si
es preciso.
—¿Cuál fue
tu voto? —preguntó Imandra. —Vivir como mujer hasta que llegase a Colquis, de
modo tal que conociera la vida que las mujeres han de llevar. Antes de que
pasasen tres días vestido con prendas femeninas, supe por qué tienen que temer
las mujeres y por eso busqué la protección de la princesa troyana. En su
compañía viajé mientras descubría por qué las mujeres desean verse libres de
los hombres. Ella no necesitó de la protección ni de la ayuda de un varón.
—Sin
embargo —intervino Casandra con amabilidad—,
la
protección que me diste, compartiendo mi viaje y mi carga...
—Pero no
por ser hombre —contestó Zakintos—. Y una y otra vez juré que recorrería el
mundo, si fuera preciso, hasta hallar una mujer en quien aún alentara el
espíritu de las amazonas.
—¿Y la has
encontrado? —preguntó Imandra.
—Sí —se
volvió hacia Casandra—, y he llegado a conocerla muy bien.
Casandra
se echó a reír.
—Hace ya
tiempo que perdí cualquier afición a las armas, Zakintos. Sin embargo... ¿Cómo
fundarás tu ciudad?
—Navegaré
muy lejos hacia Poniente por el gran mar y allí hallaré un lugar en donde alzar
una urbe. Apartada de esas islas malditas en donde los hombres adoran a dioses
de hierro y opresión...
Oyéndole,
Casandra no pudo por menos de recordar a Eneas; también había sido ése su
deseo. A ella le habría gustado ayudarle a realizarlo, y Zakintos parecía
impulsado por el mismo espíritu.
—Busco un
mundo en donde la Madre Tierra sea adorada conforme a los antiguos usos
—declaró con entusiasmo—. Fue ella quien me dio esa visión, el sueño de una
ciudad en donde las mujeres no sean esclavas y en donde los hombres no hayan de
consagrar sus vidas a guerras y luchas. Tiene que existir tanto para los
hombres como para las mujeres un modo mejor de vivir que esa gran guerra que
consumió toda mi niñez y arrebató las vidas de mi padre y de todos mis
hermanos...
—Y de los
míos —dijo Casandra.
—Y de los
tuyos.
Zakintos
se volvió y se arrodilló de nuevo ante Imandra.
—Te
imploro, como pariente de esta mujer, que me des permiso para tomarla en
matrimonio.
—Pero el
matrimonio es algo que trajeron las nuevas costumbres. ¿Quién soy yo para
entregártela como si fuese una esclava? —objetó Imandra.
Zakintos
suspiró.
—Tienes
razón —dijo—. Casandra y yo hemos viajado juntos durante mucho tiempo, y me
conoce bien. —Y volviéndose hacia ésta preguntó—: ¿Continuarás viajando
conmigo... para construir un mundo mejor que el de Troya?
—Pero,
como otros hombres, tú querrás un hijo... —supuso Casandra.
—Llevé a
tu hijo en mis brazos al menos durante la mitad de ese camino. Si he podido ser
madre para tu hijo, ¿dudarás de que pueda ser también un padre para él? Porque
creo que, en mi búsqueda de ese mundo remoto, no hallaría una mujer más
adecuada para mis fines. Y quizá también para los tuyos —añadió sonriendo—
¿Deseas quedarte aquí, a hilar en la corte de Imandra?
—¿No te
preocupa que me viese forzada a ser la concubina de Agamenón y que le diese un
hijo? Todos los hombres lo sabrán.
Él sonrió
otra vez y ella pensó de nuevo en Eneas. —Sólo tanto como te inquiete a ti. Y
por lo que al niño se refiere es hijo tuyo y has visto cuánto le quiero. Quizás
algún día tengamos otros para quienes yo pueda ser tanto padre como madre...
—Su voz era muy tierna cuando añadió—: Me gustaría tener una hija como tú.
Había
pasado gran parte de su vida creyendo que nunca podría casarse: mas la guerra
se llevó a todos los de su linaje y no tenía lugar alguno que pudiera
considerar propio. Y las amazonas habían desaparecido, como Troya. Su nueva
ciudad podría ser un lugar donde los hombres y las mujeres no necesitasen ser
enemigos, donde los dioses no fueran los enemigos implacables de la diosa...
Si Troya
no pudo durar eternamente, no existía seguridad de que la nueva ciudad fuese
eterna. Pero si consagraba su existencia a participar en la creación de una
urbe en donde los hombres no transformasen a sus hijos en luchadores, de modo
tal que no necesitasen seguir a dioses crueles en la batalla, ni a sus hijas en
instrumentos de placer para otros hombres, su vida sería fructífera.
Recordó a
la muchacha que fue, cuando respondía con cordura en el templo del Señor del
Sol a las consultas de los fieles ¿Qué decía entonces?
Doy las
respuestas que ellos podrían darse si se molestaran en emplear el ingenio que
los dioses les otorgaron. Pero añadía: Antes de hablar, aguardo siempre, por si
el dios me transmitiera otra respuesta.
Escuchó
dentro de su corazón, mas allí sólo había silencio, y el recuerdo de la
ardiente sonrisa del dios. ¿Llegaría un día en que, como cualquier esposa
sumisa, viese el rostro del dios en su marido? Miró a Zakintos. No era Apolo,
pero su rostro revelaba sinceridad y cariño. Difícilmente imaginaría a un dios
habiéndole a través de él, pero al menos lo que decía no era cruel ni
caprichoso. Agamenón no fue peor que Poseidón; Paris desencadenó el incendio de
Troya, instigado por una diosa más cruel y caprichosa que cualquier hombre. En
su vida, los hombres no habían sido tan malos como el mejor de los dioses. Y el
daño que causaron fue por imperativo de los dioses que los poseyeron.
Escuchó
pero ninguna voz de un dios habló para prohibirla. Sabía en aquel momento cuál
sería su respuesta, y ya su corazón corría a través del gran mar hacia un nuevo
mundo, que si no mejor que el viejo, sería al menos tan bueno como pudiesen
hacerlo los hombres y las mujeres.
—Vamos,
Zakintos, en busca de nuestra ciudad. Tal vez llegue un día en que quienes
vengan después de nosotros conozcan la verdad de Troya y su caída —dijo,
tomando su mano en la suya.
En algún
lugar, una diosa sonrió. Casandra no creyó que fuera Afrodita.
La Ilíada
no dice cuál fue el destino de Casandra de Troya. Esquilo, en su Agamenón, la
presenta compartiendo su muerte a manos de Clitemnestra. Se consideraba
completamente lícito introducir personajes de la Ilíada si su destino no había
formado parte del poema. Eurípides muestra a Casandra como una de las cautivas
troyanas; cabe destacar que es la mujer que exige venganza contra sus
apresadores, pero también resulta muy claro que está loca. Y en otra aparición
dramática, Casandra se pone a la cabeza de las mujeres de Troya que se suicidan
heroicamente.
Pero la
tablilla —803 del Museo Arqueológico de Atenas dice como sigue:
ZEUS DE
DODONA, ACOGE ESTA OFRENDA
MÍA Y DE
MI FAMILIA. AGATÓN. HIJO DE EJEFILOS,
LA FAMILIA
ZAKINTIA,
CÓNSULES
DE LOS MOLOSIANOS Y DE SUS ALIADOS,
DESCENDIENTES
POR TREINTA GENERACIONES
DE
CASANDRA DE TROYA.
Deseo
manifestar en especial mi gratitud a mi marido, Walter Breen que me ayudó
materialmente en las investigaciones previas a este libro y cuyo conocimiento
de la Grecia clásica, tanto de su lengua como de su historia, resultó
inapreciable para la creación de este relato, incluyendo la cita del Museo de
Atenas con que concluye este libro y proporcionándome una base histórica para
el destino, y la misma existencia histórica, de Casandra de Troya, desde cuyo
punto de vista se narran los hechos.
Es posible
que algunos lectores objeten: «Así no es como sucedió en la Ilíada». Pues claro
que no. Si me hubiese contentado con lo que relata la Ilíada, no habría
existido razón para escribir una novela. Además, la Ilíada se detiene
precisamente en el punto más interesante, permitiendo que quien esto escribe
conjeture acerca del desenlace de ese acopio de leyendas y tradiciones. Si los
autores de las tragedias griegas se consideraron libres para imaginar, yo no
necesito disculparme por haber seguido tan excelente ejemplo.
Reconozco
también la deuda contraída con Elisabeth Waters que, en muchas ocasiones en que
me atascaba en las dificultades del qué ha de ocurrir ahora, nunca dejó de
ayudarme a encontrar la respuesta más constructiva, y con los demás miembros de
mi familia que sufrieron conmigo las vicisitudes de la caída y el saqueo de
Troya.
Marión
Zimmer Bradlev


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