© Libro N° 15034. Cuentos Populares Coreanos Para Niños. Jun Na, Hyeon. Emancipación. Abril 18 de 2026
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CUENTOS
POPULARES COREANOS PARA NIÑOS
Hyeon Jun
Na
Cuentos Populares Coreanos Para Niños
Hyeon Jun Na
Cuentos Populares Coreanos Para Niños
Hyeon Jun Na
El tigre que le tuvo miedo a un caqui seco
Un día muy frío de invierno, en el que todas las cosas estaban
congeladas por las bajas temperaturas, un tigre hambriento bajó de la montaña
en busca de comida. Al llegar a la llanura, el fiero animal divisó una casa
solitaria de la cual salía humo por la chimenea y empezó a acercarse a ella.
Una vez allí, cegado por el hambre dijo rugiendo:
—¡Grrrr, grrrr…! Llevo varios días sin comer; seguro que aquí encontraré
algo que satisfaga mi vacío estómago.
Ya se dirigía a la puerta de la casa cuando, procedente del establo de
las vacas, oyó un mugido. Entonces, el tigre cambio de dirección y se encamino
hacia ese lugar. Pero al pasar frente a la ventana de la cabaña, escuchó el
llanto de un niño a quien la mamá le decía:
—¡Si no dejas de llorar, va a venir el lobo!
Pero el chiquillo hizo oídos sordos a las palabras de su madre y lloró
más intensamente:
—¡Bua, bua, bua...!
Entonces, la mamá volvió a amenazarlo, pero esta vez con un fantasma:
—¡Si no dejas de llorar, va a venir un fantasma y te va a asustar!
Sin embargo, el niño lloró más fuerte:
—¡Bua, bua, bua...!
La mujer, un poco impaciente, le dijo:
—¡Hijo, no llores más! Si continúas haciéndolo, va a venir el tigre de
la montaña, el animal más feroz y hambriento de la región, y te devorará.
Pero al chiquillo no le importó que viniera el temible animal y continuó
llorando. El tigre quedó muy desconcertado pues había pensado que el niño se
callaría al escuchar que un tigre vendría a comérselo. Así que se preguntó
sorprendido:
—¿Cómo es posible que un chiquillo no le tenga miedo al animal más fiero
de la región?
En ese momento, la mamá le dijo al niño:
—No llores más. ¡Mira, un caqui seco!
Tan pronto como la mamá pronunció "caqui seco", el chiquillo
se calló. Entonces, el tigre, que no sabía qué era un caqui seco, pensó:
—¿Qué será un caqui seco? ¡Debe ser una criatura terrorífica para que el
niño le tenga más miedo que a mí!
El tigre se sintió muy atemorizado y buscó un lugar para esconderse.
Pensó que el establo sería un buen lugar para resguardarse del caqui seco y se
dirigió allí sigilosamente, olvidándose de que tenía hambre. Allí permaneció
oculto un rato, pero de vez en cuando se asomaba para ver si podía ver al
terrible caqui seco. El tigre, aunque era el animal más feroz de la región,
sentía miedo al pensar que existía una criatura más temible que él. Se
encontraba absorto en este pensamiento cuando, de repente, una vaca que estaba
en el establo mugió:
—¡Muuuuuu, muuuuuuu...!
El tigre, cual gatito asustado, brincó hasta el techo; pensó que ese
mugido era del temible caqui seco y se dio a la fuga. En ese mismo momento, un
ladrón de vacas entraba al establo con la intención de robarse un ternero y
chocó con el tigre. El ladrón, en la oscuridad de la noche, no pudo darse
cuenta de que el animal que salía no era una vaca, sino un tigre, por eso se
montó en el lomo de este para no dejarlo escapar y dominarlo. El tigre, por su
parte, pensó que el que se había subido a su espalda era el caqui seco. Así qué
rugía diciendo:
—¡Grrrr, grrrr…! ¡Bájate, bájate, caqui seco! ¡No me hagas daño!
Al escucharlo rugir, el ladrón se dio cuenta de que el animal no era una
vaca, sino un tigre, y muerto del miedo, se aferró más fuerte al tigre, pues si
se dejaba caer, el animal lo atacaría y se lo comería. Asimismo el tigre al
sentir que lo agarraban con más fuerza, pensó que el caqui seco realmente era
un animal poderoso puesto que era más fuerte que él. Finalmente el tigre salió
del establo corriendo y saltando con un jinete encima. Tanto la bestia como el
ladrón de vacas estaban muertos del susto.
Al pasar por debajo de un árbol, el hombre se soltó del tigre y se
agarró a una de las ramas, y a toda prisa comenzó a trepar hasta la copa para
quedar a salvo del animal. Respirando con alivio, pensó:
—¡Uf, casi me devora el tigre!
Por su parte, el tigre, al sentirse sin el peso del supuesto caqui seco
encima, corrió con más prisa y se internó en la profundidad del bosque. Y rugió
pensando:
—¡Grrrr, grrrr…! No sabía que existiera un animal más terrible que yo;
¡por poco me mata el caqui seco!
Así, después de esta terrible experiencia, el ladrón de ganado prometió
nunca más volver a robar. Por su parte, el tigre quedó convencido de que en ese
lugar había un animal más peligroso que él que se llamaba “caqui seco”.
Los hermanos Heungbu y Nolbu
Hace mucho tiempo, en un pueblito, vivían unos hermanos. El menor,
Heungbu, era amable y bondadoso, pero el mayor, Nolbu, siempre estaba de mal
genio y era muy egoísta. Cuando sus padres fallecieron, Nolbu echó de la casa a
Heungbu y se apropió de toda la gran fortuna familiar. A los pocos días del
entierro, Nolbu le dijo a su hermano menor:
—Lo mío es lo mío y lo tuyo también es mío. ¡Así que sal de mi casa!
Como Nolbu se apoderó de todos los bienes, Heungbu y su familia vivían
en condiciones precarias: el viento y el frío del invierno entraban por todos
los huecos de la casucha a la que les había tocado irse a vivir; no tenían nada
que comer y lo estaban pasando muy mal. Heungbu lamentaba mucho la muerte de
sus padres y le dolía ver a su familia pasando penurias:
—¿Qué puedo hacer? No tengo trabajo y mis hijos han pasado varios días
sin comer; si continuamos así, ellos se enfermarán. Y yo no tengo ni un won
para empezar de nuevo —él decía esto al ver a sus hijos y a su esposa viviendo
en la miseria.
Un día, Heungbu, cansado de pasar hambre y angustiado por su familia,
decidió ir a la casa de su hermano mayor a pedirle algo de comer. Al llegar a
su antiguo hogar, se encontró con su cuñada y la saludo:
—¿Qué más cuñada? ¿Cómo ha estado últimamente?
Y la orgullosa mujer respondió fingiendo no conocerlo:
—Y este mendigo, ¿qué hace aquí?! ¿Quién lo dejó entrar a mi casa?
El pobre Heungbu le dijo suplicante:
—¡Ay!, cuñadita, ¿no será que me puede dar arroz tostado para mitigar el
hambre de mi mujer y mis hijos?
—¿Adónde cree que ha llegado? ¡Esta no es la casa de la caridad!
—respondió la cuñada y, además, lo golpeó con un cucharón. Heungbu no tuvo más
remedio que irse triste y desolado por la actitud de la cruel mujer.
Al llegar la primavera, un par de gorriones hicieron su nido en el techo
de la casucha de Heungbu. La pareja de pájaros vivía feliz con sus crías. Pero
un día, una culebra atacó el nido y uno de los pichones se cayó al suelo. El
pobre gorrioncito se partió una pata y no podía caminar.
—¡Maldita culebra!, ¿no fuiste capaz de encontrar otra forma de llenar
tu estómago? —dijo Heungbu al ver esta situación. Luego, espantó a la culebra y
le curó la pata al pichón.
Así pasó un año y cuando volvió la cálida primavera, el gorrión regresó
con una semilla en el pico y la dejó caer en la mano de Heungbu, quien dijo
emocionado:
—¡Uy, una semilla! ¿De qué planta será?
Con mucho cuidado, él sembró la semilla y cada día la regaba con esmero.
Pasada una semana, se dio cuenta de que le habían brotado los primeros retoños.
Dos días después, las hojitas habían abierto completamente y dos semanas más
tarde aparecieron las primeras flores, que en muy poco tiempo dieron paso a los
frutos, los cuales estuvieron listos para ser recogidos transcurridos varios
días. Heungbu empezó a cosecharlos. Los frutos, anaranjados, grandes y duros,
eran calabazas. Él estaba tan emocionado y agradecido que gritó:
—¡Gracias, amigo gorrión, por la semilla de calabaza!
Finalmente, Heungbu y su esposa abrieron la primera calabaza, pero… ¡qué
sorpresa se llevaron!: esta se encontraba llenas de joyas y comidas deliciosas.
Al abrir la segunda, salieron unos carpinteros pequeñitos, quienes le
construyeron una gran casa. La familia Heungbu se sentía muy feliz de tener
semejante suerte. Entonces Heungbu hizo una gran fiesta e invitó a todos sus
vecinos y les dio de comer, pues ellos eran gente humilde y no tenían con qué
alimentarse.
—¡Estoy furioso! ¿Por qué mi hermano cuenta con tan buena suerte? —gritó
Nolbu muerto de envidia.
Como Nolbu sabía la historia del gorrión, fue y le partió una patita a
un pichón fingiendo un accidente, y luego se la curó aparentando gran
preocupación por el estado del pájaro. Él le envolvió la patita en un trapo y
le dijo:
—A ver, gorrioncito, como te curé la patita, tú debes traerme una de
esas semillas que le diste a mi hermano menor, ¿oíste?
El pajarito voló y al regresar trajo una semilla en su pico.
Entonces, Nolbu, feliz, sembró la semilla de calabaza y en su huerto
también nacieron muchos frutos grandes.
Sin embargo, al cortar el primero, Nolbu gritó:
—¡Calabaza, te ordeno que me des muchas riquezas!
Entonces, de repente, de la calabaza salieron muchos hombres enojados y
empezaron a pegarle a Nolbu con palos mientras le gritaban:
—¡Devuélvenos nuestro dinero!
Además, se escuchaba la voz del gran general del mundo que decía:
—¡Nolbu, eres un maldito; tú sabes por qué te están golpeando; has sido
un hombre muy malo y mereces ser castigado!
Después de recriminarlo, el general lanzó un rayo de estiércol que
cubrió totalmente la casa de Nolbu. Él se arrodilló y pidió perdón arrepentido
por todo el mal que había hecho.
Al escuchar lo que estaba ocurriendo en el hogar de su hermano, Heungbu
fue inmediatamente a socorrerlo. Al llegar le preguntó:
—Hermano, ¿qué ha pasado aquí? No llore más, levántese. Yo lo perdono.
Vivamos en casas cercanas y seamos buenos hermanos.
Heungbu le construyó una casa a Nolbu, y este se arrepintió aún más de
haber sido egoísta y malo con su hermano menor. Por eso, a partir de ese día,
él fue muy generoso y solidario con Heungbu y con sus vecinos. Así fue que
Nolbu y Heungbu se convirtieron en los mejores hermanos del mundo y vivieron
felices hasta el final de sus vidas.
Kongiwi y Padjwi
Vivía en otros tiempo una niña muy bonita y de gran corazón llamada
Kongjwi. Cuando ella era pequeña, su mamá murió y quedó al cuidado de su padre.
Un día, el papá de Kongjwi decidió casarse otra vez para que su hija tuviera
una mamá que le diera amor, la escuchara y la aconsejara.
La mujer con la que el viudo se casó también tenía una hija llamada
Padjwi. Kongjwi estaba muy emocionada porque le hacía mucha ilusión tener una
hermana. Así que una vez casado su padre, la madrastra y su hija se fueron a
vivir a la casa de la bella Kongjwi.
Al comienzo, la madrastra trataba bien a Kongjwi, pero pasado un tiempo
empezó a mostrar preferencias por su hija, y a ignorar y a tratar con
displicencia a Kongjwi. Un día la madrastra llevó a las jóvenes al sembrado: a
Kongjwi le dio una azada de madera y a Padjwi le entregó una de hierro.
—Kongjwi removerá el pedregal que está en la cuesta y Padjwi el sembrado
que tiene la tierra más blanda —ordenó la madrastra.
—¿Por qué tengo que labrar la tierra? Tú me habías dicho que cuando
viviéramos aquí, no tendría que trabajar, que viviríamos como reinas.
—No te preocupes, mi tesoro. Será por poco tiempo —le contestó su madre.
Por su parte, Kongjwi trató de realizar, lo mejor que pudo y sin
quejarse, la labor que le había encomendado su madrastra, a pesar de que el
terreno que esta le había asignado era muy extenso, pedregoso y difícil de
labrar con una azada de madera. Ella estaba trabajando duro cuando se le partió
la azada.
—¡Oh! ¿Ahora qué voy a hacer? —se preguntó Kongjwi nerviosa.
En ese momento, desde el cielo bajó un buey negro y aró el cascajal en
lugar de ella.
—¡Gracias, buey negro! —dijo Kongjwi.
Padjwi, mientras tanto, había dejado su labor sin terminar y bastante
mal hecha.
—¡Mamá, ya terminé mi tarea! —anunció Padjwi al regresar a casa.
—¡Buen trabajo, hijita mía! Debes estar muy cansada; siéntate aquí, te
daré algo de tomar —le dijo su mamá.
Pasados unos minutos, llegó Kongjwi:
—Terminé mi labor, el terreno estaba muy duro y pedregoso —le comentó a
su madrastra.
—¿Cómo pudiste terminar tan rápido? —le preguntó, sorprendida, la
mujer—. Seguramente no has realizado bien tu trabajo. ¡Eres una holgazana!
Al día siguiente la madrastra salió con Padjwi al mercado.
—Voy a ir con mi hija de compras; llena todos los barriles con agua de
la fuente —le ordenó la madrastra a Kongjwi antes salir.
Kongjwi empezó a llenar el primer barril cuando se dio cuenta de que
este tenía un hueco.
—Pero ¡¿cómo me pasan tantas cosas malas?! ¿Ahora qué haré? Va a llegar
mi madrastra y va a pensar que yo lo agujereé a propósito para no llenarlo de
agua —se lamentó Kongjwi.
Así que comenzó a llenar otro barril, pero este también estaba
agujereado, al igual que los otros tres que había al lado. Viendo su mala
suerte, no pudo más y rompió a llorar. En ese momento aparecieron unos sapos y
se colocaron sobre los huecos de los barriles y Kongjwi pudo llenarlos de agua.
—¡Gracias, amigos sapos! No sé que habría hecho sin ustedes —les dijo.
La madrastra se sorprendió al ver todos los barriles llenos de agua y al
mismo tiempo se enfadó, porque pensaba regañarla por no haber terminado la
tarea que le había ordenado. La mala mujer estaba segura de que Kongjwi no
podría hacer lo que le había encomendado porque ella misma había agujereado los
barriles para tener el pretexto de regañarla.
Unos días después hubo una fiesta en el pueblo. La madrastra y Padjwi se
vistieron pomposamente y, al salir de casa, le advirtieron a Kongjwi:
—Si quieres ir a la fiesta, tendrás que descascarillar nueve bultos de
arroz y tejer nueve rollos de seda.
—Bueno, primero le quitaré la cáscara al arroz. Pero ¿cuándo terminaré
semejante trabajo? No concluiré mi labor a tiempo para ir a la fiesta —pensó
Kongjwi.
e repente llegó una bandada de gorriones y se posó sobre los bultos de
arroz. Kongjwi, pensando que los pajaritos se iban a comer el arroz, intentó
espantarlos. Pero al acercarse un poco más, se dio cuenta de que los gorriones
solo se estaban comiendo la cascarilla del arroz.
—¡Perdón por haber pensado mal de ustedes, amigos gorriones! Me han
ayudado mucho —les agradeció Kongjwi.
—Ahora tengo que hacer el segundo trabajo —dijo Kongjwi.
Y al entrar a la habitación para tejer los nueve rollos de seda, se
sorprendió porque un hada ya había realizado la labor por ella. Además, el hada
le había preparado un hermoso vestido de seda y unas lindas zapatillas
adornadas con flores.
—¡Ve a la fiesta!— le dijo el hada.
Kongjwi, feliz por lo que le había ocurrido, salió de casa con el traje
y los zapatos puestos.
Después de la fiesta, Kongjwi regresó a su hogar, pero por el camino se
le cayó una de las zapatillas con flores al río; trató de recuperarla, pero fue
imposible. No tuvo más remedio que seguir su camino sin esta. El hijo del rey,
que pasaba por ahí, encontró la zapatilla y al verla tan fina y hermosa, les
ordenó a sus guardias que buscaran a la dueña del hermoso calzado en todo el
reino. Sus soldados inmediatamente acataron la orden y fueron casa por casa
buscando a la dueña de la zapatilla, pero no tuvieron éxito. Por último,
llegaron a la casa de Kongjwi.
Ella estaba en la cocina con la madrastra cuando escuchó un alboroto en
la calle; por eso no salió a enterarse de qué era lo que estaba sucediendo. Era
Padjwi que estaba intentando ponerse la zapatilla, pero como tenía el pie
demasiado largo y ancho, el fino calzado no le entraba.
—¡Señorita, deje ya la zapatilla! ¡La va a romper!— le advirtió uno de
los guardias mientras se la arrebataba.
—¡Bueno, vámonos! Aquí tampoco vive la dueña de esta hermosa zapatilla
—ordenó otro soldado.
Ya se disponían a partir cuando uno de ellos vio a Kongjwi y dijo:
—¡Alto, todavía no nos podemos marchar! Esta señorita no se ha probado
la zapatilla.
Con mucha delicadeza, Kongjwi comenzó a introducir su pie… y la
zapatilla le calzó a la perfección.
—¡Le queda muy bien! Por fin hemos encontrado a la hermosa dueña de la
zapatilla. El príncipe se pondrá muy feliz —dijo el soldado.
Todos los habitantes del pueblo comentaron que esa era una bendición
para Kongjwi y la alabaron. El príncipe se enamoró de Kongjwi al verla. Y
después de un tiempo se casaron y vivieron felices.
FIN


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