© Libro N° 15033. Cuatro Bicicletas. Ivanier, Federico. Emancipación. Abril 18 de 2026
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Portada E.O. de: Imagen con Nano Banana 2
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CUATRO
BICICLETAS
Federico
Ivanier
Cuatro Bicicletas
Federico Ivanier
Cuatro Bicicletas
Federico Ivanier
Siempre odié las navidades. Siempre detesté todo acerca de ellas. Todo:
la histeria de las compras, las locuras del 24, las corridas para salir con un
millón de cosas rumbo a la casa de la tía Claudia, el calor insoportable y el
sudorcito que me recubría antes de llegar (volviendo inútil el baño que me
habían forzado a darme). Nunca me banqué ni el turrón, ni el pan dulce, ni el
budín inglés, ni las avellanas, ni nada esa comida invernal destinada a
recargarte de calorías. ¿Acaso nadie se da cuenta de que estamos en Uruguay y
ya es verano y seguro en ese día se superaron los 35 grados?
Y después, chequear todo el tiempo el reloj, consultar con la tele, con
el teléfono, a ver cuándo iban a ser justito, justito las doce, ni un minuto
más, ni uno menos, para ir a observar cómo la literalmente gente quemaba dinero
con fuegos artificiales. Y cuando ya terminó eso, todo el mundo te besuqueó, te
deseó feliz navidad y brindó con sidra (que nunca se toma fuera de las fiestas,
así que evidentemente no ha de ser tan rica), ¡a abrir los regalos!
Todo el mundo empieza a decir, como si tuvieran una sobredosis de
antidepresivos: vino Papá Noel, vino Papá Noel. Se piensan que seguimos en el
jardín de infantes. Ya desde primero sabés que ningún gordito se metió en el
living justo cuando vos no veías. Pero los adultos son impenetrables a estas
cuestiones. Son como la Muralla China: siguen y siguen. Les encantan los juegos
donde ellos mienten y los niños, como unos bananas, les creen todo. Y ojo, no
importa si ya dejaste de ser niño. Ellos igual siguen. Les encanta que les
creas las pavadas que se les ocurren.
Así que dale que va: vino Papá Noel, vino Papá Noel, cuando se sabe que
el tío Marcos o la tía Claudia terminaron de acomodar los paquetes junto a un
arbolito que, en pleno verano de un país donde nunca nieva, ¡tiene nieve! Y
bueno, a esa altura, ya está, estás jugado: no queda otra que abrir los
regalos. Tus temores se confirman: alguien te regaló medias de fútbol de
equipos como Jorge Wilsterman o Guaraní. Eso o calzoncillos con dibujos de Los
Padrinos Mágicos. Te ponés a pensar cuándo va a empezar el colegio, pero no
para volver a clase, sino para ir a charlar con la psicóloga o la psicopedagoga
o alguien (quien sea) que se encargue de tu parte psico.
Sí, detesto todo eso. Detesto que Papá Noel lleve ese ridículo disfraz
rojo, abrigado como si estuviera en el Polo cuando los mosquitos no te dejan
dormir de noche. Y detesto que venga en un trineo de renos. A ver, ¿cuánta
gente en Uruguay tuvo alguna vez un trineo o vio de veras un reno? Si alguien
viera renos por acá, haría asado de reno, pulpón de reno, chorizo de reno,
morcilla de reno, pamplonas de reno y mollejas de reno. Mirá si acá algún reno
se nos va a ir volando. Justo.
Ufa con la navidad. Es, supuestamente, un momento para pasar bien, pero
no: todo el mundo anda estresado, a lo loco de acá para allá. No tiene sentido.
¿Nadie se da cuenta? Termina siendo un negocio gigantesco, nada más. Y no soy
el único que piensa así, ¿eh? Estoy cansado de escuchar a varios que odian las
fiestas. Pero nunca hacen nada. Nunca arman un boicot respetable. Se entregan,
así, sin más, al derrotismo. También se estresan. Andan a las carreras. Tienen
mil vueltas que dar. Y se olvidan que pasar bien debería ser algo simple,
sencillo. Nada más que pasar bien.
Ah, pero eso, en navidad, es imposible.
Lo que, por supuesto, me lleva a detestarla todavía más.
Y, obvio, sí, también está el costado de mis padres. Antes, cuando
estaban casados, se peleaban por qué llevar para la cena, con qué ropa cada uno
debía ir vestido, a qué hora estar prontos, qué faltaba hacer, etcétera,
etcétera. Las fiestas les multiplicaban las discusiones. Y llegaban a la casa
de mi tía malhumorados. Eso hacía que mi madre tuviese los clásicos
intercambios en voz baja con su hermana y que el mal humor fuera una especie de
reguero de pólvora que nunca terminaba de explotar, pero que nos circunvalaba
constantemente.
Ahora que están separados, debería ser más fácil, pero no. Tampoco.
Ahora el tema es con quién mi hermana Ainara y yo vamos a pasar las fiestas. El
acuerdo es que se turnan: pasamos un 24 con cada uno, pero igual los dos
quieren vernos aunque sea un ratito ese día (aunque no tiene nada de diferente,
por ejemplo, a un 13 de agosto: seguimos siendo los mismos) por lo que los líos
son como la novela de Michael Ende: la historia interminable.
Es debido a toda esta serie de consideraciones que, finalmente, tomé una
decisión clave e inquebrantable: hacer una (la primera del mundo, estoy seguro)
huelga de navidad.
—¡¿Una qué?! —saltó mi madre.
—Una huelga de navidad —le repetí, en tono monocorde.
—¿Qué es eso?
—Una medida de fuerza para mostrar mi odio profundo a la navidad.
—Ajá —(es lo que dice cuando no sabe qué decir).
Le enumeré mi larga lista de cosas que detesto acerca del 24 de
diciembre.
—Por tanto —culminé—, decidí que no voy a participar en nada que tenga
que ver con este ritual decrépito y deprimente.
—¿Cómo que no vas a participar en nada? No entiendo.
—No voy a hacer nada, eso. No voy a ir a reunirme, no le voy a desear
feliz navidad a nadie, no voy a escuchar ninguna oración que incluya las
palabras Papá Noel o, peor todavía, Santa Claus. Tampoco voy a recibir regalos
ni a ayudar a poner la mesa ni a comer pan dulce ni lengua a la vinagreta. Voy
a hacer huelga. He dicho.
Vi que me contemplaba asombrada. Azorada, diría yo. Pensaba qué decirme.
Y no se le ocurría nada.
—No podés ponerte de huelga. Tenés trece años, nada más —me dijo Ainara,
que estaba allí, en el living, contemplando la conversación y viendo qué podía
sacar ella a su favor. Mi hermana es así. De aprovechar todas las
oportunidades.
—Ja. Y vos tenés diez, mijita —le respondí—. Si yo no tengo ni derecho a
huelga, entonces vos no tenés derecho a nada de nada. Estás frita. Pensá un
poco.
Mi hermana se dirigió a mi madre.
—Pensándolo bien, Francisco tiene derecho a ponerse de huelga. Yo
también estoy de huelga. ¡Vamos a hacer un piquete!
—Calma, ADEOM (1), calma —levantó la mano mi madre—. Está bien. Acepto
la medida de lucha. Ahora, ¿cuál es la plataforma reivindicativa?
—Que se anulen las navidades para siempre —dije, apostando fuerte.
—Imposible.
—Bueno, entonces, no sé —repliqué—. Que se me dé libertad de acción ese
día.
—Se nos dé —aclaró Ainara.
—Uf, sí, sí. Libertad, siempre libertad —resopló mi madre—. ¿Libertad
para hacer qué?
—No sé. Para andar en bici.
Que nadie se crea que eso era un plan o fantasía o algo así que yo
tenía. No, nada que ver. Dije lo primero que se me cruzó, nomás. Hubiera
preferido decir subirme a un yate, pero no tenemos yate.
—Bueno, podés ir a andar en bici todo el día… Y de noche…
—No. Me refiero, precisamente, a andar en bici de noche.
—Claro —arrugó la boca mi madre—. Con todo el mundo manejando borracho.
¡¿Querés que te atropellen?!
—Bueno, podría salir un rato antes de las doce, cuando todo el mundo
está adentro. Ta.
En realidad, no tenía mucho sentido lo que estaba diciendo, razón por la
que, obviamente, me encantaba decirlo. Más allá de eso, tampoco era que yo
viviera muy pendiente de andar en bici ni nada. Pero fue lo más en contra que
se me ocurrió. Y eso de estar en contra siempre me vino bárbaro.
—Muy bien —pronunció mi madre, dando por terminada la negociación
colectiva—. Tenés permiso para quedarte solo en casa ese día.
Y quedó en eso. Corría principios de diciembre y la súbita aceptación de
mi progenitora despertaba severas sospechas en mi mente, pero preferí no
ventilarlas. Al fin y al cabo, ella había declarado públicamente que yo estaba
a salvo del castigo. No podría retractarse, al menos no sin sufrir
consecuencias funestas.
Pasaron los días y finalmente llegó el 24. Ni una palabra acerca de mi
huelga. La mía y la de Ainara, en todo caso, aunque ella pedía una suspensión
de las medidas de lucha para abrir regalos (pensaba recibirlos igual).
Llegaron las diez de la noche y todo estaba tranquilo, tranquilísimo. Mi
madre no parecía con planes de ir a lo de la tía Claudia. Chequeé en el
almanaque, para ver que no me había confundido de fecha, y no, no me había
confundido. Era 24 de diciembre nomás. Bueno, pensé. Y a eso de las diez y
cuarto, llegó mi padre… en bicicleta.
—Muy bien, ¿están listos? —preguntó luego de los saludos.
Había traído también una bicicleta para mi madre y cuatro chalecos
fosforescentes.
—¿Y todo eso? —le dije.
—Nos plegamos a la huelga —sonrió mi madre, haciéndome una guiñada.
Y ante mi absoluto pasmo, repartió chalecos, nos hizo ponérnoslos, ella
misma se colocó uno, se calzó una mochila (mi padre también llevaba una,
descubrí), se puso un chaleco y se subió a su birrodado. Ainara aplaudió y sacó
su bici también. Yo saqué la mía, esperando ver la cámara oculta o que alguien
me dijera, jua, te la creíste, zoquete.
—Bueno, Franchu —suspiró mi padre—, guianos.
—¿Guianos? ¿Guianos adónde?
—¿No era que querías pasar navidad en bici?
—Sí, pero…
—¿Qué?
—Okey, ¿cuál es la trampa?
—Francisco Daniel Echeverría —me encaró mi padre—, permitime que,
humildemente, te dé un consejo: no seas tan paparulo como para no darte cuenta
de cuando conseguiste lo que querías. Guianos.
—Entonces… ¿vos también venís con nosotros?
—Hasta donde sé —me dijo, con una sonrisa—, estamos todos de huelga,
¿no?
¿No tenés nada para discutir con mamá?, pensé, sin decirle nada. ¿No se
van a pelear por nada? Quedó clarito que me agarró al vuelo, porque alzó una
ceja y me dijo:
—¿Y? —me preguntó—. ¿Qué esperás?
Solté una risa y me subí a mi bici. Si no tenían planes de discutir,
mucho mejor. ¡Huelga de discusiones también, caramba! Y así salimos. Recorrimos
Montevideo mientras todo el mundo se juntaba a comer, mientras algunos asaban
carne directamente en el cordón de la vereda. La ciudad entera parecía
adormilarse bajo la noche estrellada, como acostada en una hamaca paraguaya.
Estaba silenciosa y el último vestigio de una brisa primaveral tenía lugar para
recorrer las calles, arrastrando perfumes a comida y a los últimos claveles que
algunos vendedores todavía intentaban liquidar en las esquinas.
Tomamos por sitios que nunca había visto, yendo despacio, comentando
detalles. En un par de ocasiones, incluso nos dimos cuenta de que íbamos por
lugares familiares, pero que, en cierto modo, les descubríamos características,
hasta ese momento, desapercibidas. No seguimos ningún camino en particular:
nada más torcíamos hacia un lado u otro o seguíamos de largo si se nos
antojaba. Pronto Ainara también quiso hacer de guía y le cedí felizmente el
lugar, hasta que luego mi padre y hasta mi madre pidieron para hacer de
líderes.
Terminamos en las canteras del Parque Rodó, mirando el mar, donde se
reflejaba la luna, y la costa con los edificios, que formaban un arco casi
interminable. Nos sentamos en el pasto y justo cuando empezaba a tener hambre,
mi madre abrió su mochila y sacó una torta de pollo y un par de refrescos. Mi
padre hizo aparecer unos sándwiches y la cena estaba lista. Una cena
insuperable, porque la torta de pollo de mi madre es de calidad intergaláctica.
Cuando los fuegos artificiales iluminaron el cielo, parecía una
película: una burbuja con un millón de estrellas. Mil colores. Mil formas. Mil
dibujos que estallaban y desaparecían. Y nosotros allí, siendo testigos
privilegiados de todo.
—Feliz navidad —me dijo mi madre.
—Igualmente —le respondí.
No pasó nada raro, no cayó ningún plato volador ni nos encontramos un
billete de mil pesos tirado en el suelo. No pasó nada sobre lo que algún día se
podría escribir un cuento, creo yo. Pero igual me puse a pensar que estaba
buenísimo estar ahí. ¡Hasta era posible pasar bien en navidad, mirá vos!
No había sido tan difícil, en realidad. Había alcanzado con cuatro
bicicletas. Y dos, eran prestadas.
Nota:
(1) Sindicato de la Municipalidad de Montevideo. Sindicato muy fuerte,
caracterizado por ejercer medidas de lucha incluso cuando tienen una posición
privilegiada. (Nota del autor.)
FIN


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