© Libro N° 15032. El Par De Zapatos. Gripari, Pierre. Emancipación. Abril 18 de 2026
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EL
PAR DE ZAPATOS
Pierre
Gripari
El Par De Zapatos
Pierre Gripari
El par de zapatos, Marelles, Nanasse et Gigantet y
Histoire du Prince Pipo, de Pipo le cheval et de la princesse Popi, entre otros
muchos. Falleció en su ciudad natal, en 1990, dejando una amplia y polémica
bibliografía que abarca diversos géneros literarios.
'> Pierre Gripari
Había una vez un par de zapatos que estaban casados. El zapato derecho,
que era el señor, se llamaba Nicolás. Y el zapato izquierdo, que era la señora,
se llamaba Tina.
Vivían en una bonita caja de cartón donde estaban envueltos en papel de
seda. Eran muy felices y esperaban que aquella felicidad durara para siempre.
Pero he aquí que, una mañana, una vendedora los sacó de su caja para
probárselos a una dama. La mujer se los puso, dio algunos pasos con ellos, y
después, viendo que le quedaban bien, exclamó:
–Los compro.
–¿Hace falta que se los envuelva? –preguntó la vendedora.
–No, no hace falta –dijo la mujer–. Me los llevo puestos.
Pagó y salió con los zapatos nuevos.
Fue así que Nicolás y Tina caminaron todo el día sin poder verse uno a
otro. Solo en la noche volvieron a encontrarse dentro de un oscuro clóset.
–¿Eres tú, Tina?
–Sí, soy yo, Nicolás.
–¡Qué felicidad! ¡Te creía perdida!
–Yo también. Pero ¿dónde estabas?
–¿Yo? En el pie derecho.
–Pues yo estaba en el pie izquierdo,
–Ya lo comprendo todo –dijo Nicolás–. Cada vez que tú estabas delante,
yo estaba detrás. Y cuando tú estabas detrás, yo estaba delante. Por eso fue
que no pudimos vernos.
–¿Y eso va a ser así todos los días? –preguntó Tina.
–¡Me temo que sí!
–¡Pero eso es horrible! ¡Estar todo el día sin verte, mi querido
Nicolás! No me podré acostumbrar jamás.
–Escucha –dijo Nicolás–, tengo una idea. Puesto que yo estoy siempre a
la derecha y tú siempre a la izquierda, para no sentirnos solos, cada vez que
yo avance al mismo tiempo te daré un golpecito. Así nos saludaremos. ¿De
acuerdo?
–¡De acuerdo!
Eso hizo Nicolás, de manera que a lo largo del siguiente día, la dueña
de los zapatos no pudo dar tres pasos sin que su pie derecho fuera a enredarse
con el izquierdo, y ¡plaf!, cada vez la señora caía despatarrada al suelo.
Muy inquieta, ella fue ese mismo día a consultar un médico.
–Doctor, no sé qué es lo que tengo, ¡Me pongo zancadillas a mí misma!
–¿Zancadillas a usted misma?
–¡Sí, doctor! Casi a cada paso que doy, mi pie derecho se enreda en el
izquierdo, y eso me hace tropezar.
–¡Muy grave! Si el problema continúa, será necesario cortarle el pie
derecho. Tenga esta receta. Las medicinas le costarán diez mil francos. Deme a
mí dos mil por la consulta y vuelva a verme mañana.
Esa misma tarde, en el clóset, Tina le preguntó a Nicolás:
–¿Oíste lo que dijo el doctor?
–Sí, lo oí.
–¡Es horrible! Si le cortaran el pie derecho a la señora, ella te botará
y estaremos separados para siempre.
–¡Hay que hacer algo!
–Sí, pero ¿qué?
–Tengo una idea. Mañana seré yo la que dará un golpecito para saludarte
cada vez que avance. ¿De acuerdo?
–De acuerdo.
Así lo hizo Tina, de tal modo que a lo largo de ese segundo día fue el
pie izquierdo el que se enredó con el derecho y, ¡plaff! la pobre dama volvía a
verse en el suelo. Más y más inquieta, ella regresó donde el médico:
–¡Esto va de mal en peor! –le contó–. ¡Ahora es mi pie izquierdo el que
se enreda con el derecho!
–El caso se pone cada vez más grave –comentó el doctor–. Si continúa
así, tendremos que cortarle los dos pies. ¡Tome! Tenga esta receta por veinte
mil francos de medicinas. Déme tres mil por la consulta y, sobre todo, no
olvide volver mañana.
Esa noche, Nicolás preguntó a Tina:
–¿Oíste?
–Sí.
–Si le cortaran los dos pies, ¿qué será de nosotros?
–¡Ni me atrevo a pernsarlo!
–¡Y, sin embargo, yo te amo Tina!
–¡Yo también, Nicolás! ¡Te amo mucho!
–¡No quisiera separarme jamás de ti!
–¡Yo tampoco!
Así hablaba el par de zapatos en la oscuridad, sin darse cuenta de que
la dama que los había comprado se paseaba en pantuflas por el corredor, pues
las palabras del médico no la dejaban dormir. Al pasar frente a la puerta del
clóset, ella había escuchado la conversación y, como era muy inteligente, lo
comprendió todo.
"¡Ah, era eso!", pensó la señora. "No es que yo esté
enferma, sino que mis zapatos se aman. ¡Ay, qué tierno!".
Enseguida tiró al basurero los treinta mil francos de medicamentos que
había comprado, y a la mañana siguiente le dijo a su sirvienta:
–¿Usted ve este par de zapatos? No me los pondré nunca más, pero los
quiero conservar de todas maneras. Así que me los lustra bien, los cepilla para
que estén brillantes y, sobre todo, ¡no los separe jamás el uno del otro!
Cuando se quedó sola la criada pensó: "La señora está loca. ¿A
quién se le ocurre guardar un par de zapatos si no van a usarse? Dentro de unos
quince días, cuando se haya olvidado de ellos, me los robaré".
Quince días más tarde, se los robó y se los puso. Pero cuando los tuvo
en los pies, también ella empezó a ponerse zancadillas. Una noche cuando bajaba
la basura por la escalera de servicio, Nicolás y Tina quisieron abrazarse y
¡TRAZ!, ¡PLAF!, ¡BUNG!, la criada cayó sentada sobre un escalón, con la cabeza
llena de desperdicios y una cáscara de papa que le colgaba en espiral como un
bucle sobre la frente.
"Estos zapatos están embrujados", pensó. "¡No me los
pondré más! Se los voy a regalar a mi sobrina, que es coja".
Y así lo hizo. La sobrina se pasaba casi todo el tiempo sentada en una
silla, con los pies muy juntos, y cuando por casualidad caminaba, lo hacía tan
despacio que no se podía poner zancadillas. Los zapatos estaban dichosos porque
ahora sí pasaban juntos todo el día.
La felicidad duró largo tiempo. Pero desafortunadamente, su nueva dueña
gastaba más un zapato que otro al caminar.
Una noche, Tina le dijo a Nicolás:
–Querido, siento que mi suela se está poniendo fina, fina, fina. Pronto
estará llena de huecos como un colador.
–¡No, por favor! Si eso sucediera, nos botaría y quedaríamos separados.
–Lo sé bien –respondió Tina–, ¿qué quieres que haga? No puedo evitar
envejecer.
Tal y como lo pensaba, ocho días después en su suela apareció un
agujero.
La sobrina de la sirvienta compró zapatos nuevos y decidió botar a Tina
y a Nicolás.
–¿Qué será de nosotros? –preguntó Nicolás.
–No sé –dijo Tina–. ¡Si al menos pudiera estar segura de que nunca me
separaré de ti!
–Acércate –dijo Nicolás– y amarra tu cordón al mío.
Así nunca nos podrán separar.
Eso hicieron y juntos fueron a dar al tanque de la basura, juntos fueron
transportados por un camión y juntos terminaron abandonados en un terreno
baldío. Allí permanecieron unidos hasta que, un día, un niño y una niña los
descubrieron.
–¡Hum! ¡Mira! ¡Dos zapatos! ¡Y van tomados del brazo!
–Es que están casados –dijo la niña.
–Bueno –exclamó el chiquillo–, pues si están casados, deben hacer su
viaje de novios.
El niño tomó los zapatos y los clavó sobre una tabla, uno al lado del
otro. Después llevó la madera hasta la orilla de un arroyuelo y la puso a
flotar en el agua, corriente abajo, hacia el mar.
Mientras la tabla se alejaba, la niña movía su pañuelo gritando:
–¡Adiós, zapatos, y buen viaje!
Fue así como Nicolás y Tina, que ya no esperaban nada más de su
existencia, tuvieron, de todas maneras, un bello viaje de novios.
FIN


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