© Libro N° 15017. Sangre Extraña. Shólojov, Mijail. Emancipación. Abril 11 de 2026
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SANGRE
EXTRAÑA
Mijail
Shólojov
Sangre Extraña
Mijail Shólojov
SANGRE EXTRAÑA
MIJAIL SHÓLOJOV
Kruzhilino-Rusia, 1905-Veshenskaya, 1984
Mijaíl Aleksándrovich Shólojov fue un novelista soviético. Además fue un
político y miembro importante del Partido Comunista. Principal exponente de la
cultura soviética, sus obras han sido traducidas a más de 30 idiomas. En el año
1965 ganó el Premio Nobel de Literatura. Shólojov fue la figura más importante
en el siglo XX dentro de la literatura rusa. Nació a orillas del río Don en una
pequeña aldea de la stanitsa Vyóshenskaya, en el seno de una familia cosaca.
Participó en la Primera Guerra Mundial y luego en la Guerra Civil Rusa. En
1917, conmovido por los eslogan y proclamas de los bolcheviques, se alista al
Ejército Rojo; también trabajó como periodista y editor. Ocupó diversos cargos
militares, administrativos y políticos, llegando a ser elegido diputado del
Sóviet Supremo de la URSS. Fue galardonado con diversos premios, medallas y
órdenes por el gobierno de la URSS de la época. Obtuvo reconocimiento
internacional por sus logros en el campo literario, y en 1965 se le otorgó el
Premio Nobel de Literatura.
Para San Filipp, después de la vigilia, cayó la primera nieve. Por la
noche sopló el viento del Don, hizo susurrar en la estepa la hierba salpicada
de escarcha, festoneó los oblicuos caballones de nieve y lamió hasta desnudarlo
el espinazo bacheado de los caminos,
La noche envolvía el pueblo en silencio de una oscuridad verdosa. Más
allá de las casas dormitaba la estepa sin arar, invadida por las malas hierbas.
A medianoche aulló sordamente un lobo en los barrancos. Los perros le
contestaron en la stanitsa 1, y el abuelo Gavrila se despertó. Sentado en el
relleno de la estufa, recostado en la chimenea y con piernas colgando, estuvo
tosiendo mucho rato, luego escupió y buscó a tientas la petaca.
Todas las noches se despierta el abuelo después del primer canto de los
gallos y allí se sienta, fuma, tose arrancando los esputos de los pulmones y,
en los intervalos entre los ahogos, los pensamientos siguen en la imaginación
la trocha habitual y trillada. Sólo en una cosa piensa el abuelo: en el hijo
desaparecido en la guerra.
Había tenido uno solo: el primero y el último. Para él trabajaba sin
descanso. Llegando el momento de que se marchara al frente contra los rojos,
llevó una yunta de bueyes al mercado y, con lo que dieron por ellos, compró a
un calmuco un caballo de combate que no era un caballo sino una tormenta
desencadenada en la estepa. Sacó del baúl la silla de montar y el bridón con
guarnición de plata. Al despedirse dijo:
-Te he equipado, Petró, de manera que incluso a un oficial le pintaría
ponerse así en campaña. Sirve como sirvió tu padre, y no dejes mal a las tropas
cosacas ni a nuestro Don. Tus abuelos y tus bisabuelos prestaron su servicio al
Zar, y también debes prestarlo tú...
El abuelo mira hacia la ventana, salpicada de destellos verdosos de
luna, presta oído al viento que anda husmeando por el patio y recuerda los días
que no volverán ni nadie hará volver...
Cuando despidieron al hijo, bajo el tejado de mimbre de la casa de
Gavrila cantaron los cosacos su vieja canción:
Golpeamos, nunca quebramos nuestras filas.
Siempre a la orden, cumplimos
Lo que mandan nuestros comandantes, nuestros padres.
Y vamos allá... tajamos a sablazos, pinchamos y golpeamos.
Petró estaba sentado a la mesa, ebrio, lívido. La última copa, la de
despedida, la apuró entornando los ojos de cansancio, pero montó a caballo bien
firme. Ajustó la sháshka 2 al cinto y, doblándose desde la silla, agarró un
puñado de tierra del patio paterno. ¿Dónde descansaría ahora, y qué tierra
cubriría su pecho en comarcas extrañas?
El abuelo tose, con tos larga y seca. El fuelle de su pecho croaja y
borbotea y en los intervalos, cuando después del golpe de tos recuesta la
espalda encorvada en la chimenea, los pensamientos siguen en la imaginación la
trocha habitual y trillada.
*
Al mes de marcharse el hijo, llegaron los rojos. Irrumpieron como
enemigos en la existencia secular cosaca y volvieron del revés la vida
acostumbrada del abuelo como quien vuelve del revés un bolsillo vacío. Petró
estaba al otro lado del frente, cerca del Donets, ganándose con su celo en los
combates los galones de alférez mientras que, en la stanitsa, el abuelo Gavrila
nutría, arrullaba y mecía -lo mismo que a Petró cuando era un chiquillo de
rubia cabeza- un enconado odio profundo contra aquellos intrusos de rojos.
Adrede, para que rabiaran, llevaba en el ancho pantalón de paño,
abombachado sobre las botas, la distintiva franja roja 3 que pespunteaba al
costado con hilo negro. Se ponía el chekméñ con pasamanería de color naranjo
-distintivo de las unidades de la guardia cosaca- y las huellas de las
charreteras de vájmistr 4 que había llevado en su tiempo. En el pecho se
colgaba las medallas y las cruces que le habían merecido su celo y su lealtad
en servicio al monarca. Y los domingos, camino de la iglesia, llevaba abierta
la zamarra para que todos las vieran.
El jefe del comité soviético del pueblo le dijo una vez al cruzarse con
él:
-Hombre, viejo, quítate esos colgajos. Ahora no se llevan.
El abuelo estalló como pólvora:
-¿Me los has colgado tú para mandarme ahora que me los quite?
-El que te los colgó estará seguramente hace mucho tiempo sirviendo de
rancho a los gusanos, je-je-je...
-¿Y qué?... ¡pues yo no me los quito! ¿Me los vas a arrancar cuando esté
muerto?
-¡Que cosas se te ocurren! Si te lo aconsejo, no más, es por tu bien...
Por mí, puedes dormir con ellos si quieres. Pero, mira que los perros van a
hacerte trizas los pantalones. Los pobres, como no están acostumbrados ya a
estas alturas a ver tipos con esta apariencia, ya no reconocen a los suyos...
El agravio le supo tan amargo como el ajenjo en flor. Se quitó las
condecoraciones, pero la inquina crecía en su alma, se henchía, y comenzó a
emparejar con la rabia.
Desapareció el hijo, y no hubo ya para quién multiplicar la hacienda.
Los cobertizos se venían abajo, el ganado rompía los corrales y se podrían los
cabrios del tejado del establo, arrancados durante una tormenta. En la cuadra
vacía campaban por sus respetos los ratones y bajo un cobertizo se cubría de
herrumbre la segadora.
Los caballos de combate se los habían llevado los cosacos al marcharse;
los pocos que quedaban los requisaron los rojos y el último, peludo de patas y
orejudo, que le habían dejado los soldados rojos en lugar del suyo, se lo
“compraron” los de Majnó nada más verlo, dejándole a cambio un par de polainas
inglesas.
-Aunque lo nuestro valga más, no importa -dijo un ametrallador guiñando
un ojo-. Aprovéchate de lo nuestro, abuelo.
Se esfumaba todo lo acopiado a lo largo de decenios. Las manos
rechazaban el trabajo. Pero en primavera, cuando la estepa célibe se tendía
bajo los pies, sumisa y lánguida, la tierra atraía al abuelo, le llamaba por
las noches con llamada muda pero imperiosa. Sin poder resistir, enganchaba los
bueyes al arado y marchaba a surcar la estepa con la hoja de acero y a sementar
de gruesos granos de trigo su insaciable entraña de tierra negra.
Regresaban cosacos del mar o desde más allá de los mares, pero ninguno
de ellos había visto a Petró. Habían servido en otros regimientos y habían
luchado en lugares distintos -¡con lo grande que es Rusia!-, pero del
regimiento donde iban Petró y otros cosacos paisanos suyos se sabía que
perecieron allá por el Kubañ combatiendo contra los rojos del destacamento de
Zhlobin.
Con su vieja, Gavrila apenas hablaba del hijo.
Por las noches la oía sorberse las lágrimas y enjugarlas en la almohada.
-¿Qué te ocurre, vieja? -preguntaba carraspeando.
Ella callaba un poco y luego contestaba:
-Debe de haber tufo... Se me ha levantado dolor de cabeza.
Fingiendo que no caía en el cuento, aconsejaba:
-Toma un poco de salmuera de los pepinos. Ahora bajo y te traigo del
sótano.
-Déjalo. Ya se me pasará...
Y de nuevo extendía el silencio su invisible velo de encaje por la casa.
La luna se asomaba descaradamente a la ventanilla contemplando el dolor ajeno,
la angustia maternal.
De todos modos aguardaban al hijo, tenían la esperanza de que vendría.
Gavrila dio a curtir unas pieles de cordero y le dijo a su mujer:
-Tú y yo nos arreglaremos de cualquier manera. Pero cuando venga Petró,
¿qué se va a poner? Ya entra el invierno: hay que hacerle una pelliza.
Hicieron un abrigo de pelliza de la medida de Petró y la guardaron en el
baúl. También prepararon unas botas, para cuando tuviera que atender al ganado.
El viejo cosaco cuidaba de su uniforme de paño azul, lo espolvoreaba de tabaco,
a que no fuera a picarlo la polilla. Luego mataron un corderillo y con su piel
hizo el viejo una papája 6 para su hijo y la colgó de un clavo. Cuando entraba
del corral, la miraba y le daba la impresión de que Petró iba a salir de la
sala preguntando sonriente: “¿Hace frío en la calle, padre?”
Habían pasado un par de días, cuando, a la caída de la tarde, fue
Gavrila a atender al ganado. Echó paja en el pesebre y quiso ir a traer agua
del pozo, pero advirtió que había olvidado las manoplas en casa. Volvió, abrió
la puerta y encontró a su mujer, de rodillas junto a un banco, meciendo como si
fuera una criatura a la papája de Petró sin estrenar apretada contra su pecho.
Ciego de ira, se abalanzó a ella como una fiera, la tiró al suelo y
rugió, sorbiendo la espuma que le asomaba a los labios.
-¡Suelta, canalla!... ¡Suelta!... ¿Qué estás haciendo?
Le arrancó la papája de las manos, la arrojó al baúl y puso un candado.
Pero desde entonces advirtió que la vieja tenía un tic en el ojo izquierdo y la
boca torcida.
Fluían los días y las semanas, fluía el agua del Don, verde y
transparente al acercarse el otoño, y siempre presurosa.
Aquel día se había formado la primera orla de hielo junto a las orillas
del Don. Pasó volando sobre la stanitsa una bandada rezagada de gansos
silvestres. Al atardecer se acercó a casa de Gavrila un chico de la vecindad.
-¡Buenas tardes tengan! -saludó a la vez que se santiguaba a toda prisa
de cara a los iconos.
-Si Dios quiere.
-¿Se ha enterado usted, abuelo? Prójor Lijovídov ha venido de Turquía. Y
él servía en el mismo regimiento que Petró...
Gavrila iba presuroso por la calleja, ahogándose de la tos y de la
carrera. No encontró a Prójor en su casa: se había marchado a un caserío a ver
a una hermana diciendo que regresaría al día siguiente.
Aquella noche no durmió Gavrila. Se la pasó en el rellano de la estufa
atormentado por el insomnio.
Antes de que amaneciera encendió un candil de sebo y se puso a remendar
unas botas de fieltro.
La mañana, pálida impotencia, amasaba en el oriente gris un amanecer
raquítico. La luna fue sorprendida por la aurora en medio del cielo, sin haber
tenido fuerzas para llegar hasta una nubecilla donde recogerse durante el día.
*
No habían desayunado aún cuando Gavrila miró por la ventana y dijo,
bajando la voz sin saber por qué:
-¡Ahí viene Prójor!
Entró el cosaco, y en verdad que tal no parecía por su vestimenta
extraña. En sus pies crujían unas botas inglesas herradas y llevaba un abrigo
de corte raro, que sin duda había sido de otra persona por lo mal que le
sentaba.
-Buena salud tengas, Gavrila Vasílich...
-Si Dios quiere, muchacho... Pasa y siéntate.
Prójor se quitó el gorro, saludó a la vieja y tomó asiento en el banco,
en sitio de honor.
-¡Vaya cómo se ha puesto el tiempo! Ha caído tanta nieve que no se puede
dar un paso...
-Es verdad que este año ha nevado temprano... Antes, el ganado salía a
pastar todavía en esa época...
Hubo un minuto de angustioso silencio. Gavrila, fingiendo indiferencia y
firmeza, observó:
-Has envejecido, muchacho, allá por tierras extrañas.
-Como que no había razones para rejuvenecer, Gavrila Vasílich -sonrió
Prójor.
La vieja arriesgó:
-A nuestro Petró...
-¡Calla, mujer!... -la reprendió severamente Gavrila-. Deja que se
reponga del frío... Ya tendrás tiempo... de enterarte...
Volviéndose hacia el visitante, preguntó:
-¿Y que tal la vida , Prójor?
-Poco bueno puedo decir. He vuelto por fin a casa como un perro
perniquebrado, y le doy gracias a Dios.
-Vaya, vaya... De manera que no se vive muy allá donde los turcos, ¿eh?
-El que llegaba a atar cabos podía darse por contento -Prójor tamborileó
con los dedos sobre la mesa-. Pues también tú, Gavrila Vasílich, has envejecido
de lo lindo. Tienes la cabeza casi blanca. ¿Cómo viven aquí con el poder ese
soviético?
-Esperando al hijo... para que ampare los últimos días de estos
viejos... -sonrió Gavrila con una mueca.
Prójor apartó apresuradamente la mirada. Gavrila se dio cuenta de esto y
preguntó áspera y abiertamente:
-¿Dónde está Petró, di?
-¿No les han llegado rumores?
-Rumores, corren muchos -atajó Gavrila.
Prójor se enrolló en los dedos los flecos sucios del tapete y tardó en
hablar.
-Allá por enero... sí, en enero fue..., estaba nuestra sótnia 7 cerca de
Novorossíysk... Una ciudad que hay junto al mar. Conque, allí estábamos, como
suele estar en estos casos...
-¿Le han matado? -inquirió Gavrila en un susurro, inclinándose.
Como si no hubiera oído la pregunta, Prójor calló sin levantar la vista.
-Allí estábamos, y los rojos empujaban hacia las montañas para juntarse
con los verdes, los suyos que andan por los bosques. Entonces, a tu Petró lo
mandó el atamán8 ir de patrulla... Teníamos de comandante al suboficial
Sénin... Entonces ocurrió...
Junto a la estufa, se estrelló sonoramente contra el suelo un perol.
Extendidas las manos hacía delante, la vieja se dirigía a la cama con la
garganta desgarrada por un grito.
-¡Déjate de plañidos! -lanzó rabioso Gavrila y, acodado en la mesa,
mirando fijamente a Prójor, profirió lenta y cansinamente-: ¡Termina de una
vez!
-¡Lo mataron a sablazos! -exhaló Prójor en un grito y, pálido, se
incorporó buscando el gorro a tientas sobre el banco-. A sablazos... mataron a
Petró... Se habían detenido cerca de un bosque para que respiraran los
caballos, y él le aflojó la cincha al suyo. En esto salieron los rojos del
bosque... -Prójor se atragantaba con las palabras y arrugaba el gorro entre las
manos trémulas-. Petró se agarró al arzón para montar, pero la silla resbaló
bajo la barriga del caballo... Era un caballo fogoso... No pudo retenerlo, y
allí se quedó... ¡Eso es todo!
-¿Y si yo no me lo creo? -articuló Gavrila.
Sin volver la mirada, Prójor fue presuroso hacia la puerta.
-Allá usted, Gavrila Vasílich... Yo, francamente... Digo la verdad... La
pura verdad... Lo vi con mis ojos...
-¿Y si yo no me lo quiero creer? -rugía broncamente Gavrila amoratado.
Los ojos se le habían llenado de sangre y de lágrimas. Después de desgarrar el
cuello de la camisa avanzaba con el pecho velludo hacia Prójor sobrecogido y
gemía, echada para atrás la cabeza sudorosa-: ¿Matarme al hijo único? ¿A
nuestro sostén? ¿A mi Petró? ¡Mientes, hijo de perra! ¿Me oyes? ¡Mientes! ¡No
te creo!...
Y por la noche, con la zamarra sobre los hombros, salió de la casa,
llegó hasta la era haciendo crujir la nieve bajo las botas de fieltro y se
detuvo junto a un almiar.
De la estepa soplaba el viento trayendo polvo de nieve. La oscuridad,
negra y rigurosa, se acumulaba en los guindos desnudos.
-¡Hijo! -llamó Gavrila a media voz. Aguardó un poco y, sin moverse, sin
volver la cabeza, llamó de nuevo-: ¡Petró! ¡Hijo mío!...
Luego se tendió de bruces sobre la nieve pisoteada al lado del almiar y
cerró los ojos dolorosamente.
*
En el pueblo se hablaba de la contingencia alimenticia y de las tropas
de los blancos que subían desde el curso inferior del Don. En el Comité local,
durante las reuniones, corrían en voz baja las noticias; pero el abuelo Gavrila
no había puesto nunca el pie en el destartalado portal del Comité -no tenía
necesidad ni interés alguno de ir allí- y, por eso, desconocía muchas cosas. Le
extrañó que un domingo, después de la misa, se presentara a su casa el
presidente del Comité acompañado de tres hombres con cortas zamarras y fusiles.
El presidente estrechó la mano de Gavrila y, en seguida y abrupto, como
un mazazo:
-Di la verdad, viejo, ¿tienes grano?
-¿Te has creído que nos mantenemos solamente del Espíritu Santo?
-Déjate de pullas, y di claramente dónde está el grano.
-En el granero. ¿dónde ha de estar?
-Vamos allá.
-¿Y podría yo saber qué tienen ustedes que ver con mi grano?
Uno alto, rubio, que parecía el jefe, dijo pegando taconazos en el suelo
para combatir el frío:
-Requisamos los excedentes de los privados para el Estado. Por el
sistema de contingentación. ¿No has oído hablar de eso, viejo?
-¿Y si no lo doy? -inquirió Gavrila con voz bronca mientras la inquina
crecía dentro de él.
-¿Si no lo das? Lo llevaremos igual sin tu consentimiento, viejo
porfiado.
Después de consultar a media voz con el presidente se metieron, así no
más, en el granero dejando en el trigo limpio, cobrizo, pegotes de nieve que se
desprendían de sus botas. El rubio dispuso, encendiendo un cigarrillo:
-Dejen lo justo para simiente y para el consumo, y lo demás se requisa.
Tasó con mirada entendida la cantidad de trigo y se volvió hacia
Gavrila:
-¿Cuántas desiátinas piensas sembrar?
-¡Un cuerno voy a sembrar!... -resopló Gavrila tosiendo y con una mueca
temblorosa-. ¡Llévenselo todo, canallas malditas! ¡Saquear a la gente! ¡Todo
para ustedes!
-¿Te has vuelto loco o qué, Gavrila? ¡Cálmate, viejo Gavrila!...
-instaba el presidente agitando una manopla en dirección al abuelo.
-¡Así revienten ustedes con el bien ajeno! ¡Zámpenselo todo!...
El rubio se arrancó de una guía del bigote un carámbano que se
deshelaba, lanzó de soslayo una mirada sabelotodo y burlona a Gavrila y dijo
con tranquila sonrisa:
-¡No te pongas así, viejo! Con gritar no se consigue nada. ¿Por qué
pegas esos chillidos? ¡Ni que te hubieran pisado el rabo!... -y, frunciendo el
ceño, quebró de pronto la voz-: Deja la lengua quieta. Y si es demasiada larga,
te la guardas entre los dientes antes que te la corten por agitación
antisoviética... -sin terminar la frase, pegó una palmada en la funda amarilla
de su revolver que tiraba de su cinto y concluyó, ya más blando-: ¡Que lo
lleves hoy mismo al punto de acopio!
No podría decirse que el viejo cosaco se amedrentara. Pero la voz segura
y neta le hizo perder bríos al comprender que, en efecto, gritando no se
conseguía nada. Con ademán evasivo, se dirigió hacia el portal. No había
llegado a la mitad del patio cuando lo sobresaltó un grito ronco y feroz:
-¿Dónde están los comisarios?
Gavrila volvió la cabeza... Al otro lado de la cerca giraba un jinete
sobre un caballo encabritado. El presentimiento de algo extraordinario le puso
un temblor bajo las rodillas. No había tenido tiempo de abrir la boca cuando el
jinete, al ver a los rojos junto al granero, aplacó de golpe al caballo, y,
moviendo imperceptiblemente un brazo, se quitó el fusil del hombro.
Restalló un disparo, y en el silencio que le siguió por un instante y
llenó el patio, chascó netamente el cerrojo y la vaina salió despedida con un
breve susurro.
Pasó el momento de estupor: pegado al quicio, el rubio tardó un tiempo
horriblemente largo en sacar con mano temblorosa el revolver de su funda; el
presidente se lanzó dando saltos de liebre hacia la era a través del patio; uno
de los otros rojos, rodilla en tierra, disparó todo un cargador de su carabina
contra la papája cosaca negra y peluda que se mecía al otro lado de la cerca.
Invadieron el patio los chasquidos de los disparos. Gavrila arrancó a duras
penas los pies de la nieve, a la que parecían adheridos, y echó una pesada
carrerilla hacia el portal. Al volver la cabeza vio que los tres de las
zamarras amarillas, los del Comité, corrían por separado, dispersos, hacia la
era atascándose en la nieve y que por el portón abierto de par en par irrumpían
unos jinetes.
El primero, con kubánka, 9 se encorvó pegándose al arzón de su potro
alazán e hizo girar la sháshka sobre su cabeza. Ante Gavrila se agitaron como
alas de cisnes los extremos de su bashlík blanco10 y le saltó a la cara nieve
arrancada por los cascos del caballo.
Recostado sin fuerza contra la barandilla tallada, Gavrila vio que el
potro alazán saltaba la cerca encogiendo las patas y se ponía a girar,
encabritado, junto a una hacina de paja de cebada comenzada y que su jinete,
inclinándose desde la silla, descargaba dos sablazos cruzados sobre uno que se
arrastraba a gatas...
En la era se escuchaba ruido entrecortado y confuso, ajetreo, luego un
grito prolongado y desgarrador. Al poco, sonó sordamente un disparo aislado.
Las palomas, que después de revolotear asustadas por el tiroteo habían vuelto a
posarse sobre el tejado del cobertizo, se remontaron hacia el cielo como una
perdigonada de color violeta. Los cosacos echaron pie a tierra en la era.
Por el pueblo flotaban persistentes voces de bronce. Pásha el bobo había
trepado al campanario y, con su escaso cacumen, soltaba todas las campanas a
vuelo en alegre repique pascual.
Se acercó a Gavrila el de la kubánka y el bashlík blanco sobre los
hombros. Su rostro arrebatado y sudoroso tenía un tic nervioso, y las comisuras
de los labios le colgaban húmedas de saliva.
-¿Tienes avena, abuelo?
Gavrila se apartó trabajosamente del portal. Abrumado por lo que acababa
de ver, no podía mover la lengua paralizada.
-¿Te has quedado sordo o qué? Te pregunto que si tienes avena. Trae acá
un saco.
No habían conducido aún a los caballos hasta el dornajo de grano cuando
irrumpió otro jinete por el portón:
-¡A caballo!... Baja infantería roja del monte...
Maldiciendo, el de la kubánka embridó al potro cubierto de sudor
humeante y estuvo frotando con nieve el puño de la manga derecha, embadurnado
de escarlata.
Del patio salieron cinco jinetes, y Gavrila reconoció, amarrada por unas
correas a la silla del último, la zamarra amarilla del rubio con chafarrinones
de sangre.
*
Hasta por la tarde tronaron disparos en el barranco de los endrinos,
detrás del altozano. En la stanitsa, el silencio estaba encogido como un perro
apaleado. Azuleaba el crepúsculo cuando Gavrila se decidió a ir a la era. Entró
por el postigo abierto de par en par y vio que en el seto colgaba, caída la
cabeza, el presidente del Comité tal y como lo había alcanzado la bala. Los
brazos pendientes parecían querer recoger el gorro tirado al otro lado del
seto.
Junto a una hacina, en la nieve salpicada de broza y tamo, yacían
alineados los tres de la requisa sin más ropa que la interior. Contemplándolos,
Gavrila no experimentó ya en el corazón estremecido de horror la inquina que
anidaba en él desde por la mañana. Le parecía un disparate, una pesadilla, que
en la era donde andaban las cabras de los vecinos hurtando paja yacieran ahora
hombres muertos. De ellos y de los charcos de sangre, helada en burbujas
después de haber derretido la nieve, se exhalaba ya un leve olor a cadáver.
El rubio yacía con la cabeza torcida de extraña manera y, de no haber
sido por lo hundida que la tenía en la nieve, se habría podido pensar que
descansaba acostado por la forma tan natural en que tenía cruzadas las piernas
una encima de la otra. El segundo, mellado y con bigote negro, estaba
encorvado, con la cabeza metida entre los hombros y una mueca intolerante y
rabiosa. El tercero, sepultada la cabeza en la paja, daba la impresión de nadar
inmóvil sobre la nieve, de tanta fuerza y tanta tensión como había en el
despliegue de sus brazos inmovilizados por la muerte.
Gavrila se inclinó sobre el rubio, observando el rostro renegrido, y se
estremeció de compasión: yacía ante él un muchacho de unos diecinueve años y no
el comisario de contingencia alimenticia, severo y de mirada punzante. Bajo el
bozo amarillo, la escarcha recalcaba junto a los labios un pliegue doloroso.
Solo la frente estaba cruzada por una arruga oscura, profunda y severa.
Sin objeto, Gavrila posó la mano sobre el pecho descubierto, y se
tambaleó de la sorpresa: a través del frío que estremecía, la palma había
percibido un atisbo de calor...
La vieja ahogó un grito y retrocedió santiguándose hacia la estufa
cuando Gavrila trajo sobre sus espaldas, carraspeando y gimiendo, el cuerpo
anquilosado, renegrido de la sangre.
Gavrila lo tendió encima del banco, lo lavó con agua fría y estuvo
friccionándole las piernas, los brazos y el pecho con un áspero calcetín de
lana hasta quedar rendido y sudoroso. Luego aplicó el oído al pecho aterido y
captó a duras penas los latidos sordos y muy espaciados del corazón.
*
Llevaba más de tres días tendido en la sala, lívido, semejante a un
difunto. Una cicatriz, roja de la sangre coagulada, le cruzaba la frente y una
mejilla. Bajo las vendas prietas, el pecho levantaba la manta al aspirar el
aire con ronco estertor.
Gavrila le metía todos los días en la boca su índice agrietado y
calloso, separaba con cuidado los dientes encajados valiéndose de la punta de
una daga, y la vieja le vertía por un junco leche tibia y caldo de huesos de
cordero.
Al cuarto día, asomó desde por la mañana arrebol a las mejillas del
rubio. Al mediodía, su rostro ardía como una mata de escaramujo después de una
helada; estremeció su cuerpo un fuerte temblor y bajo la camisa brotó un sudor
frío y viscoso.
Desde entonces comenzó a delirar a media voz, intentando levantarse de
la cama. Día y noche lo velaban Gavrila y la vieja por turno.
En las largas noches invernales, cuando el viento soplaba desde el Don,
removía el cielo renegrido y desparramaba las nubes frías a ras de la stanitsa,
Gavrila permanecía junto al herido caída la cabeza en las manos, escuchándolo
delirar y referir algo con incoherencia y deje extraño en el que acentuaba la
“o”; contemplaba largamente el triángulo tostado del sol en su pecho y los
párpados azules de los ojos cerrados que subrayaban grises semicírculos. Y
cuando de los labios exangües fluían largos gemidos, una orden ronca o
juramento soeces y la ira y el dolor desfiguraban el rostro, las lágrimas se
agolpaban en el pecho de Gavrila. En esos momentos lo embargaba una importuna
compasión.
Veía Gavrila que cada día, cada noche de insomnio, palidecía y se
consumía junto a la cama la vieja. Advertía también lágrimas en sus mejillas
surcadas de arrugas, y comprendió, o mejor dicho intuyó con el corazón, que el
amor a Petró, al hijo muerto, no mitigado por las lágrimas, se había volcado
con todo su ardor sobre aquel hijo extraño, postrado, al que la muerte había
besado ya...
Una vez se acercó a casa de Gavrila el comandante de un regimiento del
Ejército Rojo que pasaba por la stanitsa. Dejó el caballo junto al portón con
el ordenanza y subió él solo al portal, muy aprisa, haciendo sonar la sháshka y
las espuelas. En la sala se quitó el gorro y permaneció un buen rato callado,
junto a la cama. Por el rostro del herido vagaban sombras pálidas y de sus
labios que abrasaba la fiebre fluía saliva sanguinolenta. El oficial inclinó la
cabeza prematuramente encanecida y, ensombrecido, mirando a un punto aparte de
los ojos de Gavrila, dijo:
-Cuida de este camarada, viejo.
-Lo cuidaremos -afirmó Gavrila.
Corrían los días y las semanas. Pasaron las Navidades. Al día
decimosexto abrió el rubio por primera vez los ojos, y Gavrila oyó una voz
tenue y áspera.
-¿Eres tú, viejo?
-Sí, soy yo.
-¿Me han dado duro, eh?
-Dios nos libre de algo igual...
En la mirada, transparente y vaga, capto Gavrila una ironía benigna.
-¿Y los muchachos?
-A esos... los enterraron en la plaza.
Callado, movió los dedos sobre el edredón y se puso a mirar las tablas
sin pintar del techo.
-¿Cómo te llamas? -preguntó Gavrila.
-Nikolay.
-Pues nosotros te llamaremos Petró... Como el hijo que teníamos...
Petró... -explicó Gavrila.
Después de pensar un poco quiso preguntar algo más, pero percibió una
respiración acompasada y, haciendo equilibrios con los brazos, se apartó de
puntillas de la cama.
La vida volvía a él lentamente, como a desgana. Al mes levantaba con
dificultad la cabeza de la almohada y se le habían hecho llagas en la espalda.
Cada día notaba Gavrila con espanto que le tomaba cariño al nuevo Petró
mientras la imagen del primero, del suyo, se difuminaba y se volvía opaca como
el reflejo del sol poniente en una ventanilla de mica. Se esforzaba por
reavivar la angustia y el dolor de antes, pero lo anterior se alejaba más y
más, y Gavrila se sentía avergonzado y violento por ello... Salía al corral,
donde se pasaba horas trajinando, pero al recordar que la vieja estaba junto a
la cama de Petró experimentaba un sentimiento de celos. Volvía a la casa, daba
vueltas sin decir nada junto a la cabecera, retocaba con dedos rebeldes la
funda de la almohada y, al advertir la mirada enfadada de la vieja, se sentaba
sumisamente en el banco y se quedaba quieto.
La vieja hacía tomar a Petró grasa de marmota y también infusiones de
hierbas medicinales recogidas cuando florecen en mayo. Ya fuera por eso, ya
porque la juventud podía más que los males, el caso es que las heridas se
cicatrizaban, la sangre teñía las mejillas redondeadas, y sólo el brazo
derecho, con el hueso partido cerca del hombro, no acababa de curarse: se
conoce que no recobraría su validez.
Sin embargo, a la segunda semana después de la Cuaresma pudo sentarse
Petró por primera vez en la cama sin ayuda de nadie y, asombrado de su propia
fuerza, estuvo mucho rato sonriendo incrédulo.
Por la noche, en la cocina, tosiendo en el rellano de la estufa, Gavrila
preguntó en voz baja:
-¿Estás dormida?
-¿Qué quieres?
-Parece que el chico se repone... Saca mañana del baúl los pantalones de
Petró... Prepárale toda la ropa... Porque él no tiene nada que ponerse.
-¡Ya lo sé, hombre! Esta tarde la he sacado toda.
-¡Mírala que lista!... ¿Y has sacado el abrigo de pelliza?
-Claro, hombre. No va a salir el muchacho a cuerpo.
Gavrila rebulló acomodándose y se iba a quedar ya traspuesto, cuando
algo que le acudió a la mente le hizo levantar la cabeza triunfante:
-¿Y la papája? ¿A que te has olvidado de la papája, vieja pánfila?
-¡Déjame ya! Cuarenta veces habrás pasado por delante sin verla. En el
clavo está colgada desde ayer...
Gavrila carraspeó contrariado y calló.
La inquieta primavera agitaba ya el Don. El hielo se había renegrido,
como roído por los gusanos, y se henchía, esponjándose. El monte estaba calvo.
La nieve se había replegado de la estepa a los barrancos y las quebradas. La
región del Don se deleitaba bajo el alud de sol que la inundaba. El viento
traía a grandes bocanadas de la estepa los olores del amargor renaciente del
ajenjo,
Corrían los últimos días de marzo.
*
-¡Hoy me levantaré, padre!
Aunque todos los combatientes que habían transpuesto el umbral de la
casa de Gavrila solían llamarle padre al considerar su cabello pulcramente
blanqueado por las canas, Gavrila percibió esta vez un matiz cálido en el tono
de la voz. Ya fuera figuración suya, ya que Petró pusiera efectivamente cariño
filial en aquella palabra, Gavrila se puso todo rojo, empezó a toser y,
disimulando la confusa alegría, murmuró:
-¡Ya es la hora, Petró! Llevas más de dos meses en cama...
Salió Petró al portal moviendo las piernas como si fueran zancos, y
estuvo a punto de ahogarse de la cantidad de aire que el viento le metió en los
pulmones. Gavrila lo sostenía por detrás y la vieja se aspaventaba junto a la
puerta enjugándose las lágrimas.
Al pasar delante del cobertizo con el tejado torcido preguntó el nuevo
Petró:
-¿Llevaste entonces el grano?
-Sí... -rezongó Gavrila.
-Hiciste bien, padre.
Y otra vez llevó la palabra “padre” calor al pecho de Gavrila. Cada día
caminaba lentamente Petró por el patio cojeando y apoyándose en una muleta. Y,
desde donde estuviera -desde la era o desde debajo del cobertizo-, Gavrila
acompañaba al nuevo hijo con mirada inquieta y anhelante, a que no fuera a
tropezar y a caerse.
Hablaban poco. Dos días después de la primera salida de Petró al patio,
Gavrila preguntó cuando se disponía a acostarse en el relleno de la estufa:
-¿Tú, de dónde eres, hijo?
-Del Ural.
-¿Campesino?
-No. Soy obrero.
-¿Qué quieres decir? ¿Tienes un oficio como el de zapatero o tonelero?
-No, padre. Yo trabajaba en una fábrica. En una fundición. Desde
pequeño.
-¿Y cómo fue eso de ponerte a requisar el grano a la gente?
-Me mandaron del ejército.
-¿Tenías allí algún grado, como los comisarios esos?
-Sí.
Costaba trabajo hacer la pregunta, pero ella sola se formaba:
-¿Esto significa que eres del partido ese?...
-Sí. Soy comunista -contesto Petró con franca sonrisa.
Y, quizás por aquella sonrisa sincera, no le pareció ya terrible a
Gavrila la palabra extraña. Aprovechando el momento, la vieja inquirió con
viveza:
-¿Y tienes familia, hijito?
-Ni un alma... Estoy solo como la luna en el cielo.
-¿Se murieron tus padres?
-Yo era todavía un crío, tendría unos siete años..., cuando mataron a mi
padre estando borracho. En cuanto a mi madre, no sé por dónde anda...
-¡Vaya, hija de perra! ¿Y te dejó abandonado, pobre de ti?
-Se marchó con un aparejador. Y yo me crié en la fábrica.
Gavrila se sentó en relleno con las piernas colgando y, después de un
largo silencio, habló clara y lentamente:
-Entonces, hijo, ya que no tienes a nadie, quédate con nosotros...
Teníamos un hijo, y por eso te llamamos Petró a ti... Pero, lo hemos perdido.
En la guerra. Ahora nos hemos quedado solos la vieja y yo... En estos meses
hemos padecido tanto por ti que seguramente por eso nos hemos encariñado
contigo. Aunque es sangre ajena la tuya -no eres cosaco- sufrimos por ti como
si fueras hijo nuestro... ¡Quédate! Sacaremos el sustento de esta tierra
nuestra del Don que es fértil y generosa... Te acabaremos de curar, te
casaremos... Yo he vivido ya lo mío. Hazte ahora tú cargo de la hacienda. Por
mí, sólo te pido que respetes nuestra vejez y no nos niegues el pan cuando no
podamos valernos... No abandones a estos viejos, Petró...
Detrás del horno se oía el canto chirriante y monótono de un grillo.
Las contraventanas gemían, batidas por el viento.
-Mi vieja y yo hemos empezado incluso a buscarte novia... -Gavrila guiñó
un ojo con fingida alegría, pero una sonrisa lamentable torció los labios
trémulos.
Petró tenía los ojos clavados a sus pies en el suelo desigual y con la
mano izquierda pegaba unos golpes secos en el banco. Resultaba un ruido
inquietante y espaciado: tuc-tic-tac, tuc-tic-tac... tuc-tic-tac...
Se conoce que estaba pensando la respuesta. Cuando tomó una decisión,
dejó de golpear y sacudió la cabeza:
-Yo me quedaría encantado, padre, pero ya ves que no puedo ser de mucho
provecho en el trabajo... Este maldito brazo, que es el que da de comer, no
acaba de curarse. De todas maneras, trabajaré lo que me permitan las fuerzas.
Pasaré aquí el verano, y luego veremos.
-Y luego puede que te quedes del todo -concluyó Gavrila.
Bajo el pie de la vieja, la rueca se puso a zumbar y bordonear con
alegría enrollando la lana fibrosa en el huso.
No sé si arrullaba con su runrún rítmico o si prometía una vida dichosa.
*
A la primavera siguieron días abrasados por el sol, greñudos y canosos
del compacto polvo de la estepa. Hacía buen tiempo. El Don, turbulento como de
joven, se encrespaba en olas melenudas. La riada llegaba a las casas extremas
de la stanitsa. Las márgenes verdigrises saturaban el viento con el olor meloso
de los álamos en flor, y, en un prado, se matizaba del color rosado de la
aurora un lago cubierto de pétalos de manzano silvestre. Por las noches
surcaban el cielo fulguraciones de blancura virginal, y las noches eran breves
como sus ramalazos de luz. Los bueyes no tenían tiempo de descansar de la larga
jornada. En los prados pastaba el ganado, despeluchado y con el costillar
marcado bajo la piel.
Gavrila y Petró se pasaron una semana en la estepa: araban,
rastrillaban, sembraban, dormían debajo del carro, tapados con la misma
pelliza, pero nunca hablaba Gavrila de que el nuevo hijo lo había vinculado con
sólido lazo invisible. Rubio, alegre, trabajador, había relegado la imagen del
difunto Petró. Gavrila iba recordándolo con menos frecuencia. El trabajo no
dejaba lugar para los recuerdos.
Los días transcurrían con paso furtivo e inadvertido. Llegó el momento
de segar.
Un día se puso Petró a reparar la segadora. Con destreza que sorprendió
a Gavrila, montó las cuchillas en la forja e hizo un bastidor nuevo en lugar
del que se había roto. Anduvo con la segadora a vueltas desde por la mañana y,
al crepúsculo, se marchó al Comité: lo habían convocado a una reunión. La
vieja, que había ido por agua, trajo entonces del correo una carta. El sobre
estaba manoseado y arrugado. Venía dirigido a Gavrila, con una nota: “Para
entregar al camarada Nikolay Kosij.”.
Angustiado por una confusa inquietud, Gavrila estuvo mucho rato dándole
vueltas al sobre de letras borrosas trazadas a grandes rasgos con lápiz tinta.
Lo levantaba y lo miraba al trasluz, pero el sobre guardaba celosamente
el secreto ajeno, y Gavrila notaba, sin querer, creciente rabia contra aquella
carta que alteraba la calma habitual.
Tuvo un momento la idea de romperla; pero, después de pensarlo un poco,
decidió entregársela a Petró. En el portón mismo lo acogió con la noticia:
-Ha llegado una carta de no sé dónde para ti, hijo.
-¿Para mí? -se sorprendió Petró.
-Sí. Anda a leerla.
Después de encender la luz de casa, Gavrila observaba con mirada atenta
e inquisitiva el rostro gozoso de Petró mientras leía la carta. No pudo
reprimir la pregunta:
-¿De dónde es?
-Del Ural.
-¿Y quién te escribe? -curioseó la vieja.
-Los compañeros de la fábrica.
Gavrila se puso sobre aviso.
-¿Qué te dicen?
Los ojos de Petró perdieron su brillo, oscureciéndose, y contestó de
mala gana:
-Que vuelva a la fábrica... Piensan ponerla en marcha. Desde el año
diecisiete está parada.
-¿Cómo es eso?... ¿Y vas a marcharte? -preguntó sordamente Gavrila.
-No sé...
*
Petró iba quedándose demarcado y perdiendo el color. Gavrila le oía
suspirar y removerse en la cama por las noches. Después de larga reflexión
comprendió que Petró no se quedaría a vivir en la stanitsa, que no removería
con el arado la tierra negra virgen de la estepa. La fábrica que había criado a
Petró se lo robaría tarde o temprano, y volvería el negro discurrir de los días
tristes y adustos. De buena gana habría desbaratado Gavrila ladrillo a ladrillo
la fábrica aborrecida, la habría arrasado para que crecieran en ella las
ortigas y se multiplicaran las malas hierbas.
Al tercer día, en la siega, habiendo coincidido con Gavrila en el
campamento para beber agua, habló Petró:
-¡No puedo quedarme, padre! Me iré a la fábrica... Me tira, no me deja
sosiego...
-¿Tan mal vives aquí?
-No es eso... Nuestra fábrica, cuando llegó Kolchak con sus tropas, la
defendimos semana y media. A nueve de los nuestros los ahorcaron los de Kolchak
en cuanto ocuparon el poblado. Y, ahora, los obreros que han vuelto del
ejército están poniéndola otra vez en pie... Pasan un hambre feroz ellos y sus
familias, pero trabajan... ¿Cómo puedo vivir yo aquí? ¿Y la conciencia?
-¿Y de qué vas a servirles allí? No tienes válido el brazo.
-¡Qué cosas tan raras dices, padre! Allí tienen valor todos los brazos.
-No te retengo. ¡Márchate!... -dijo Gavrila fingiendo ánimos que no
tenía-. Pero a la vieja, engáñala... Dile que volverás... Que estarás allí una
temporada y vendrás luego... Si no, del pesar y pena no levantará cabeza... Tú
eras lo único que nos quedaba...
Y asiéndose a la última esperanza, murmuró con respiración entrecortada
y ronca:
-Puede que vuelvas de verdad. ¿Eh? ¿No vas a tener compasión de nuestra
vejez, di?
*
El carro rechinaba, los bueyes caminaban con paso desigual, el suelo
calcáreo y blando se desmenuzaba susurrante bajo las ruedas. El camino, que se
deslizaba sinuoso a lo largo del Don, torcía a la izquierda junto a una ermita.
Desde el recodo se veía la iglesia de la stanitsa donde estaba la estación y el
caprichoso encaje verde de sus huertos.
Gavrila había ido todo el camino hablando sin cesar. Trataba de sonreír.
-En ese sitio hace tres años que se ahogaron unas muchachas en el Don.
Por eso se levantó esta ermita. -Señaló con el mango del látigo la triste
cúpula de la ermita-. Aquí nos despediremos. El carro no puede seguir porque
más adelante ha habido un desprendimiento. De aquí a la estación hay poco más
de un kilómetro. Tú lo andarás poco a poco.
Petró retocó el hatillo de la comida que llevaba colgado de una correa y
se saltó del carro. Sofocando un sollozo, Gavrila tiró el látigo al suelo y
adelantó las manos trémulas.
-¡Adiós, hijo querido! Sin ti, el sol dejará de alumbrar para
nosotros... -Y, con el rostro contraído por el dolor y humedad de las lágrimas,
levantó de pronto la voz hasta gritar-: ¿No se te han olvidado los bollos,
hijo?... Los ha cocido la madre... ¿No se te han olvidado?... Bueno, pues
adiós... ¡Adiós, hijito!...
Cojeando, Petró echó a andar, casi a correr, por el estrecho borde del
camino.
-¡Que vuelvas!... -gritaba Gavrila aferrado al carro.
“¡No volverá!...”, sollozaban en su pecho unas palabras que no salían
con las lágrimas.
Por última vez divisó en la vuelta la amada cabeza rubia, por última vez
agitó Petró la gorra, y el viento juguetón levantó y arremolinó el polvo gris
blanquecino en el sitio donde había posado el pie.
FIN
1: stanitsa: aldea cosaca
2. sháshka: sable cosaco
3. franja roja: significaba la libertad de los cosacos
4. chekméñ: levita cosaca
5. vájmistr: grado militar en unidades cosacas, equivalente al de
sargento
6. papája: gorro tradicional cosaco
7. sótnia: formación tradicional cosaca, compuesta por cien hombres
8. atamán: comandante cosaco
9. kubánka: gorro típico de los cosacos de Kubañ
10. bashlík blanco: parte del traje tradicional de los cosacos de Kubañ
y de Térek, se llevaba sobre los hombros
Traducción: Isabel Vicente. Correcciones: Ruslan Gavrilov.


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