© Libro N° 15016. En La Estación Ferroviaria. Babel, Isaak. Emancipación. Abril 11 de 2026
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EN
LA ESTACIÓN FERROVIARIA
Isaak
Babel
En La Estación Ferroviaria
Isaak Babel
La trama se sitúa
en una pequeña estación de tren cerca de Penza, descrita como un lugar
"alejado de la mano de Dios". El narrador observa una escena
melancólica y caótica: un grupo de personas despide a un soldado (Iván) que
parte hacia el frente de batalla.
Ambiente: El aire está
cargado de alcohol; los personajes beben aguardiente mezclado con colonia en
vasos sucios.
Contraste: Babel utiliza el
contraste entre la música alegre de un acordeón tocado por un soldado ebrio y
la tristeza desesperada de un joven obrero que lo observa temblando.
Estilo: El cuento es un
ejemplo temprano de su técnica de "maestro del silencio", donde lo
que no se dice (el horror inminente de la guerra o el destino del soldado) pesa
tanto como lo descrito.
Temas principales
La despedida: El desgarro
emocional de quienes se quedan frente a la incertidumbre de quienes se van a la
guerra.
La decadencia
social: Reflejada en el consumo de alcohol y la precariedad del entorno rural
ruso.
La guerra: Aunque
ocurre en una estación, la sombra del conflicto bélico lo domina todo.
EN LA ESTACIÓN FERROVIARIA
ISAAK BABEL
Odesa-Rusia, 1894-1940
Isaak Emanuílovich Bábel, fue un periodista, escritor y dramaturgo
soviético. Fue detenido, torturado y ejecutado durante la Gran Purga de Stalin.
Sucedió hace dos años en una estación ferroviaria alejada de la mano de
Dios, cerca de Penza.
Una pequeña multitud se encontraba en una esquina del edificio de la
estación. Decidí acercarme también. Resultó que estaban despidiendo a un
soldado que se embarcaba rumbo al frente.
El soldado, borracho, con la cabeza erguida, tocaba un pequeño acordeón.
Un hipante jovencito –un obrero, a juzgar por su apariencia– extendía las manos
hacia el ejecutante y susurraba, con todo el cuerpo temblando: -Oye, Iván, la
llevas bien, la llevas bien- - Entonces se alejó y dejó caer unas cuantas gotas
de colonia en un vaso sucio con aguardiente.
Una botella con turbio líquido pasaba de mano en mano. Todos habían
bebido demasiado. El padre del soldado estaba sentado en el piso, algo
apartado, pálido y silencioso. El hermano del soldado seguía vomitando. Se
cayó, su cara golpeó el charco de vómito y se quedó dormido.
El tren llegó a la estación. Empezó la despedida. Sin embargo, el padre
del soldado no quiso moverse -ni siquiera se levantó ni abrió los ojos.
-Semyonych, levántate -dijo el obrero-. Dale la bendición a tu hijo.
El viejo no respondió. Empezaron a sacudirlo. Un botoncito pegado a su
sombrero de piel pendía de un hilo, balanceándose de un lado a otro. Se acercó
un policía.
-¡Idiotas -dijo-, el tipo está muerto y todavía lo siguen sacudiendo!
Resultó que tenía razón. El tipo se había dormido y pasado a mejor vida.
El soldado lo miraba, sin saber qué hacer. El acordeón temblaba en sus manos y
estas vibraciones hacían que sonara como si lo estuviera tocando.
-Así es -seguía diciendo-, así es -extendió la mano con el acordeón y
agregó-: El acordeón se le queda a Pete.
El jefe de estación apareció en la plataforma.
-Sigan festejando -dijo-, encontraron un buen lugar para festejar-
Prokror, hijo de puta, da la segunda llamada-
El policía golpeó la campana dos veces con la gran llave de hierro del
baño de la estación (el badajo de la campana había sido arrancado hacía mucho
tiempo).
-¿Por qué no te despides de tu padre -le dijo alguien al soldado-, en
lugar de quedarte ahí como una bestia idiota?
El soldado se inclinó, besó la mano fría de su padre, se persignó y
caminó hacia el tren. Su hermano seguía dormido sobre su propio vómito.
Pronto se llevaron al viejo. La multitud se empezó a dispersar.
-Según tú, esta es nuestra vida de sobriedad -dijo un diminuto
comerciante que estaba cerca de mí-. Caen como moscas estos hijos de puta-
-Vida de sobriedad-, una mierda -habló un campesino barbado con voz
firme y pausada-. Nuestro pueblo es un pueblo borracho, porque necesita tener
la mirada turbia-
-¿Qué dices? -preguntó el comerciante, aparentemente tenía dificultad
para oír.
-Ira aquí -respondió el campesino y apuntó con la mano hacia el remoto
campo negro que se extendía hasta el infinito.
-¿Y eso qué?
-¿Y eso qué?- ¿Y eso qué? ¿Acaso se ve algo turbio allá? Por eso nuestro
pueblo necesita una mirada turbia, de veras turbia.
Traducción de Guillermo Vega Zaragoza
Isaak Emanuílovich Bábel
Isaak Bábel
FIN


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