© Libro N° 15018. Mi Mamá Se Fue A Algún Lado. Rasputin, Valentin Grigorievich. Emancipación. Abril 11 de 2026
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MI
MAMÁ SE FUE A
ALGÚN
LADO
Valentin
Grigorievich Rasputin
Mi Mamá Se Fue A
Algún Lado
Valentin Grigorievich Rasputin
MI MAMÁ SE FUE A ALGUN LADO
VALENTIN GRIGORIEVICH RASPUTIN
Ust-Udinsky, Irkusk (Rusia),
1937-Moscú, 2015
Hijo de campesinos, nace Valentín Rasputin en la aldea de Ust-Udá,
distrito de Irkutsk, en 1937. Ha publicado cuatro novelas: "Vive y
Recuerda" "El Ultimo Plazo", "El Dinero para María"
"El Adiós a Matiora" y dos decenas de cuentos. Rasputín forma parte
de esa inesperada pléyade de escritores siberianos (Astáfiev, Abrámov, Bykov,
etcétera) que ha causado asombro en las últimas décadas. No obstante, es
difícil considerarlo ya "como el más destacado de los escritores
siberianos", etiqueta que él mismo ha rechazado alguna vez. Con su novela
"El Adiós a Matiora" Rasputin ha traspuesto los límites de grupo y ha
alcanzado un lugar destacado no sólo en la literatura rusa, sino en la
literatura de nuestro tiempo. A diferencia de los escritores del grupo
siberiano, Rasputin se preocupa más por describir las atmósferas que crean los
hondos y contradictorios conflictos interiores de sus personajes que por la
trama de las historias que cuenta. Profundo conocedor del alma humana es el más
afortunado heredero de esa tradición que sale del "Capote" de Gógol y
que continúa con Dostoyevski y con Chéjov.
El niño abrió los ojos y vio una mosca que caminaba por el techo.
Parpadeó y se quedó mirando a dónde iba
La mosca avanzaba en forma irregular hacia la ventana. Correteaba sin
detenerse y lo hacía rápidamente.
El niño pensó que iba por un camino y esperó hasta ver si otra mosca no
la seguía porque quería saber si realmente era un camino. Pero no había más
moscas. A decir verdad, había, pero no andaban en el techo y el niño pronto
perdió el interés en ellas. Se enderezó en la cama y gritó
-¡Mamá, ya desperté!
Nadie le contestó.
-¡Mamá! -llamó. Soy yo. Ya desperté.
Silencio.
El niño esperó, pero el silencio seguía.
Entonces saltó de la cama y corrió descalzo hacia la estancia. Estaba
vacía. Miró primero el sillón, luego la mesa y las repisas con sus filas de
libros, pero no había nadie. Todo estaba simplemente en su lugar, ocupando un
espacio.
El niño corrió precipitadamente a la cocina, después al cuarto de baño.
Nadie estaba escondido ahí tampoco. -¡Mamá! -gritó el niño.
Su grito se hundió en el silencio que inmediatamente se hizo más denso.
El niño, desconcertado, corrió de nuevo a su habitación; las huellas de sus
talones y de sus dedos desnudos se marcaban sobre el piso pintado y al
enfriarse se esfumaban y desaparecían.
-Mamá -dijo el niño con la mayor tranquilidad que pudo-, desperté y tú
no estás.
Silencio.
-¿No estás, verdad? -preguntó.
Su rostro se contrajo mientras esperaba la respuesta; volteó hacia todas
partes, pero la respuesta no llegaba y el niño rompió a llorar.
Entre lágrimas, caminó hasta la puerta y empezó a jalarla. La puerta no
cedía. Entonces la golpeó con la palma de la mano, luego la empujó con el pie
desnudo, lastimándose, y su llanto creció con más fuerza.
Estaba de pie, en medio de la habitación y sus tibias y grandes lágrimas
rodaban por su cara y caían al suelo. Después, sin dejar de llorar se sentó.
Todo a su alrededor le escuchaba en silencio.
Sentía que de pronto, a sus espaldas, se escucharían pasos pero nada
sucedía y no podía recuperar la calma.
Permaneció así un largo tiempo. ¿Qué tanto? No lo sabía.
Finalmente se acostó en el piso y se puso a llorar. Estaba tan cansado
que ya no se sentía a sí mismo y ni siquiera se daba, cuenta de que estaba
llorando. Su llanto era tan natural como su respiración y ya no estaba bajo su
control. Al contrario, era más fuerte que él.
De repente, al niño le pareció que alguien estaba en la habitación.
De un salto se levantó y empezó a mirar a su alrededor. La sensación que
lo había hecho ponerse de pie no cesaba y el niño corrió a la otra habitación,
después a la cocina y al cuarto de baño. No había nadie.
Sollozando, regresó y se tapó los ojos con las palmas de sus manos.
Lentamente empezó a quitar las manos de sus ojos y una vez más miró a su
alrededor. Nada había cambiado en la habitación. El sillón estaba vacío, la
mesa estaba sola, los libros aguardaban como siempre en las repisas, pero sus
lomos de diferentes colores miraban tristemente y como a ciegas. El niño se
quedó pensativo:
-No lloraré más -se dijo-. Mi mamá no tardará. Seré un buen niño.
Se fue a la cama y enjugó su rostro lloroso con el cobertor. Después,
sin apresurarse, como si anduviera de paseo, recorrió el departamento,
examinando cosa por cosa. Una idea luminosa cruzó por su mente.
-Mamá-dijo a media voz-, quiero hacer pipí...
No era cierto, pero sabía que si su mamá estaba en la casa sólo así la
haría acudir inmediatamente.
-Mamá- repitió.
Pero su mamá no estaba en la casa. Ahora lo había entendido
definitivamente.
Tenía que hacer algo. "Me pondré a jugar. Mi mamá tiene que
venir" -decidió-. Se fue al rincón donde estaban todos sus juguetes y
eligió a la liebre. Era su consentida. Se le había caído una pata y su papá
varias veces le había propuesto pegársela, pero él de ningún modo había
consentido. Volver a tenerla con sus dos patas sería aceptar que ya no la
quería porque se había quedado con una sola y la otra, además, andaba por ahí,
en alguna parte y vivía ahora su propia vida.
Juguemos, liebrecita -propuso el niño.
La liebre asintió en silencio.
-Tú estás enferma. Te duele una patita y ahora yo te voy a curar.
El niño acostó a la liebre en la cama, tomó un clavo y hundiéndolo en el
vientre de la liebre, la inyectó.
La liebre estaba ya acostumbrada a las inyecciones y jamás se quejaba.
Como si hubiera recordado algo, el niño se puso pensativo. Después se
alejó de la cama y miró hacia la sala. Todo estaba igual, y el silencio, como
antes, se balanceaba de un rincón a otro en la habitación.
El niño suspiró, regresó a la cama y miró a la liebre. Estaba recostada
tranquilamente sobre una almohada.
-No, así no -dijo el niño-. Ahora yo seré la liebre y tú el niño
pequeño. Tú me curarás a mí.
Sentó a la liebre en una silla y se acostó en la cama. Encogió una
pierna y empezó a gemir.
Sentada en la silla, la liebre lo miraba sorprendida con sus grandes
ojos azules.
-Yo soy la liebre, me duele una pierna -le explicó el niño.
La liebre callaba.
-Liebre -le preguntó él enseguida-, ¿a dónde se fue mamá?
La liebre no contestó.
-No te duermas. Mira, dilo ¿A dónde se fue mamá?-demandó el niño y tomó
a la liebre de un brazo. La liebre seguía callada.
El niño había olvidado que era él el que contestaba siempre por la
liebre y que enseguida representaba el papel de los dos, y ahora, en serio, le
exigía una respuesta. Había olvidado que la liebre era sólo un juguete como los
otros, como sus cubos que se colocaban uno junto al otro sólo si alguien los
ponía, como sus coches que caminaban sólo si alguien los jalaba, como sus
animalitos de peluche que rugían y conversaban sólo si alguien rugía y
contestaba por ellos.
Se había olvidado de todo.
-Habla, habla -exigía.
Y la liebre seguía callada.
El niño la arrojó al suelo, saltó de la cama y se fue sobre ella dándole
de puntapiés.
La liebre rodaba por el suelo dando saltos y volteretas y el niño rodaba
también, saltaba y daba vueltas alrededor de la liebre, repitiendo sin parar
"Habla, habla, habla." Pero la liebre ni contestaba ni podía tampoco
librarse de él porque sólo tenía una pata. De repente el niño lo comprendió. Se
detuvo y se quedó mirando cómo la liebre, apretando su cara contra el suelo,
lloraba en silencio. Oyó su llanto. Se inclinó sobre la liebre y perplejo
exclamó con todo el peso de su culpa:
-Mi mamá se fue a algún lado.
Y en ese momento al niño le pareció que alguien subía por la escalera.
-¡Mamá!-gritó arrojándose hacia la puerta, pero tropezó con el sillón y
se cayó. Sin dejar de escuchar se incorporó, mas en la puerta no había nadie. Y
entonces el niño rompió de nuevo a llorar. Lloraba de dolor y de soledad. Lo
que era el dolor ya lo sabía, pero acababa de conocer la soledad.
Ubicación: Irkutsk, Óblast de Irkutsk, Rusia
FIN


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