© Libro N° 14987. La Lámpara Azul. Hermanos Grimm. Emancipación. Abril 4 de 2026
Título Original: ©
Versión Original: ©
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original
de textos:
https://www.grimmstories.com/es/grimm_cuentos/la_lampura_azul
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una
licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido,
con la única condición de citar la fuente.
La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio
de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos
publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del
conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones
originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está
prohibida su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con
fines comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir
este texto.
Portada E.O. de: Imagen con Nano Banana 2
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
LA LÁMPARA AZUL
Hermanos
Grimm
La Lámpara Azul
Hermanos Grimm
Érase un soldado que durante muchos años había servido lealmente a su
rey. Al terminar la guerra, el mozo, que, debido a las muchas heridas que
recibiera, no podía continuar en el servicio, fue llamado a presencia del Rey,
el cual le dijo:
- Puedes marcharte a tu casa, ya no te necesito. No cobrarás más dinero,
pues sólo pago a quien me sirve.
Y el soldado, no sabiendo cómo ganarse la vida, quedó muy preocupado y
se marchó a la ventura. Anduvo todo el día, y al anochecer llegó a un bosque.
Divisó una luz en la oscuridad, y se dirigió a ella. Así llegó a una casa, en
la que habitaba una bruja.
- Dame albergue, y algo de comer y beber -pidióle- para que no me muera
de hambre.
- ¡Vaya! -exclamó ella-. ¿Quién da nada a un soldado perdido? No
obstante, quiero ser compasiva y te acogeré, a condición de que hagas lo que
voy a pedirte.
- ¿Y qué deseas que haga? - preguntó el soldado.
- Que mañana caves mi huerto.
Aceptó el soldado, y el día siguiente estuvo trabajando con todo ahínco
desde la mañana, y al anochecer, aún no había terminado.
- Ya veo que hoy no puedes más; te daré cobijo otra noche; pero mañana
deberás partirme una carretada de leña y astillarla en trozos pequeños.
Necesitó el mozo toda la jornada siguiente para aquel trabajo, y, al
atardecer, la vieja le propuso que se quedara una tercera noche.
- El trabajo de mañana será fácil -le dijo-. Detrás de mi casa hay un
viejo pozo seco, en el que se me cayó la lámpara. Da una llama azul y nunca se
apaga; tienes que subírmela.
Al otro día, la bruja lo llevó al pozo y lo bajó al fondo en un cesto.
El mozo encontró la luz e hizo señal de que volviese a subirlo. Tiró ella de la
cuerda, y, cuando ya lo tuvo casi en la superficie, alargó la mano para coger
la lámpara.
- No -dijo él, adivinando sus perversas intenciones-. No te la daré
hasta que mis pies toquen el suelo.
La bruja, airada, lo soltó, precipitándolo de nuevo en el fondo del
pozo, y allí lo dejó.
Cayó el pobre soldado al húmedo fondo sin recibir daño alguno y sin que
la luz azul se extinguiese. ¿De qué iba a servirle, empero? Comprendió en
seguida que no podría escapar a la muerte. Permaneció tristemente sentado
durante un rato. Luego, metiéndose, al azar, la mano en el bolsillo, encontró
la pipa, todavía medio cargada. "Será mi último gusto," pensó; la
encendió en la llama azul y se puso a fumar. Al esparcirse el humo por la
cavidad del pozo, aparecióse de pronto un diminuto hombrecillo, que le preguntó:
- ¿Qué mandas, mi amo?.
- ¿Qué puedo mandarte? -replicó el soldado, atónito.
- Debo hacer todo lo que me mandes -dijo el enanillo.
- Bien -contestó el soldado-. En ese caso, ayúdame, ante todo, a salir
del pozo.
El hombrecillo lo cogió de la mano y lo condujo por un pasadizo
subterráneo, sin olvidar llevarse también la lámpara de luz azul. En el camino
le fue enseñando los tesoros que la bruja tenía allí reunidos y ocultos, y el
soldado cargó con todo el oro que pudo llevar.
Al llegar a la superficie dijo al enano:
- Ahora amarra a la vieja hechicera y llévala ante el tribunal.
Poco después veía pasar a la bruja, montada en un gato salvaje,
corriendo como el viento y dando horribles chillidos. No tardó el hombrecillo
en estar de vuelta:
- Todo está listo -dijo-, y la bruja cuelga ya de la horca. ¿Qué ordenas
ahora, mi amo?.
- De momento nada más -le respondió el soldado-. Puedes volver a casa.
Estáte atento para comparecer cuando te llame.
- Pierde cuidado -respondió el enano-. En cuanto enciendas la pipa en la
llama azul, me tendrás en tu presencia. - Y desapareció de su vista.
Regresó el soldado a la ciudad de la que había salido. Se alojó en la
mejor fonda y se encargó magníficos vestidos. Luego pidió al fondista que le
preparase la habitación más lujosa que pudiera disponer. Cuando ya estuvo lista
y el soldado establecido en ella, llamando al hombrecillo negro, le dijo:
- Serví lealmente al Rey, y, en cambio, él me despidió, condenándome a
morir de hambre. Ahora quiero vengarme.
- ¿Qué debo hacer? -preguntó el enanito.
- Cuando ya sea de noche y la hija del Rey esté en la cama, la traerás
aquí dormida. La haré trabajar como sirvienta.
- Para mí eso es facilísimo -observó el hombrecillo-. Mas para ti es
peligroso. Mal lo pasarás si te descubren.
Al dar las doce abrióse la puerta bruscamente, y se presentó el enanito
cargado con la princesa.
- ¿Conque eres tú, eh? -exclamó el soldado-. ¡Pues a trabajar, vivo! Ve
a buscar la escoba y barre el cuarto.
Cuando hubo terminado, la mandó acercarse a su sillón y, alargando las
piernas, dijo:
- ¡Quítame las botas! - y se las tiró a la cara, teniendo ella que
recogerlas, limpiarlas y lustrarlas. La muchacha hizo sin resistencia todo
cuanto le ordenó, muda y con los ojos entornados. Al primer canto del gallo, el
enanito volvió a trasportarla a palacio, dejándola en su cama.
Al levantarse a la mañana siguiente, la princesa fue a su padre y le
contó que había tenido un sueño extraordinario:
- Me llevaron por las calles con la velocidad del rayo, hasta la
habitación de un soldado, donde hube de servir como criada y efectuar las
faenas más bajas, tales como barrer el cuarto y limpiar botas. No fue más que
un sueño, y, sin embargo, estoy cansada como si de verdad hubiese hecho todo
aquello.
- El sueño podría ser realidad -dijo el Rey-. Te daré un consejo:
llénate de guisantes el bolsillo, y haz en él un pequeño agujero. Si se te
llevan, los guisantes caerán y dejarán huella de tu paso por las calles.
Mientras el Rey decía esto, el enanito estaba presente, invisible, y lo
oía. Por la noche, cuando la dormida princesa fue de nuevo transportada por él
calles a través, cierto que cayeron los guisantes, pero no dejaron rastro,
porque el astuto hombrecillo procuró sembrar otros por toda la ciudad. Y la
hija del Rey tuvo que servir de criada nuevamente hasta el canto del gallo.
Por la mañana, el Rey despachó a sus gentes en busca de las huellas;
pero todo resultó inútil, ya que en todas las calles veíanse chiquillos pobres
ocupados en recoger guisantes, y que decían:
- Esta noche han llovido guisantes.
- Tendremos que pensar otra cosa -dijo el padre-. Cuando te acuestes,
déjate los zapatos puestos; antes de que vuelvas de allí escondes uno; ya me
arreglaré yo para encontrarlo.
El enanito negro oyó también aquellas instrucciones, y cuando, al llegar
la noche, volvió a ordenarle el soldado que fuese por la princesa, trató de
disuadirlo, manifestándole que, contra aquella treta, no conocía ningún
recurso, y si encontraba el zapato en su cuarto lo pasaría mal.
- Haz lo que te mando -replicó el soldado; y la hija del Rey hubo de
servir de criada una tercera noche. Pero antes de que se la volviesen a llevar,
escondió un zapato debajo de la cama.
A la mañana siguiente mandó el Rey que se buscase por toda la ciudad el
zapato de su hija. Fue hallado en la habitación del soldado, el cual, aunque
-aconsejado por el enano- se hallaba en un extremo de la ciudad, de la que
pensaba salir, no tardó en ser detenido y encerrado en la cárcel.
Con las prisas de la huida se había olvidado de su mayor tesoro, la
lámpara azul y el dinero; sólo le quedaba un ducado en el bolsillo. Cuando,
cargado de cadenas, miraba por la ventana de su prisión, vio pasar a uno de sus
compañeros. Lo llamó golpeando los cristales, y, al acercarse el otro, le dijo:
- Hazme el favor de ir a buscarme el pequeño envoltorio que me dejé en
la fonda; te daré un ducado a cambio.
Corrió el otro en busca de lo pedido, y el soldado, en cuanto volvió a
quedar solo, apresuróse a encender la pipa y llamar al hombrecillo:
- Nada temas -dijo éste a su amo-. Ve adonde te lleven y no te
preocupes. Procura sólo no olvidarte de la luz azul.
Al día siguiente se celebró el consejo de guerra contra el soldado, y, a
pesar de que sus delitos no eran graves, los jueces lo condenaron a muerte. Al
ser conducido al lugar de ejecución, pidió al Rey que le concediese una última
gracia.
- ¿Cuál? -preguntó el Monarca.
- Que se me permita fumar una última pipa durante el camino.
- Puedes fumarte tres -respondió el Rey-, pero no cuentes con que te
perdone la vida.
Sacó el hombre la pipa, la encendió en la llama azul y, apenas habían
subido en el aire unos anillos de humo, apareció el enanito con una pequeña
tranca en la mano y dijo:
- ¿Qué manda mi amo?
- Arremete contra esos falsos jueces y sus esbirros, y no dejes uno en
pie, sin perdonar tampoco al Rey, que con tanta injusticia me ha tratado.
Y ahí tenéis al enanito como un rayo, ¡zis, zas!, repartiendo estacazos
a diestro y siniestro. Y a quien tocaba su garrote, quedaba tendido en el suelo
sin osar mover ni un dedo. Al Rey le cogió un miedo tal que se puso a rogar y
suplicar y, para no perder la vida, dio al soldado el reino y la mano de su
hija.
*
* * *
*
FIN


Publicar un comentario