© Libro N° 14984. Los Dos Príncipes. Hermanos Grimm. Emancipación. Abril 4 de 2026
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LOS DOS PRÍNCIPES
Hermanos Grimm
Los Dos Príncipes
Hermanos Grimm
Érase una vez un rey que tenía un hijo, todavía niño. Una profecía había
anunciado que al niño lo mataría un ciervo cuando cumpliese los dieciséis años.
Habiendo ya llegado a esta edad, salió un día de caza con los monteros, y, una
vez en el bosque, quedó un momento separado de los demás. De pronto se le
presentó un enorme ciervo; él quiso derribarlo, pero erró la puntería. El
animal echó a correr perseguido por el mozo, hasta que salieron del bosque. De
repente, el príncipe vio ante sí, en vez del ciervo, un hombre de talla
descomunal que le dice:
- Ya era hora de que fueses mío. He roto seis pares de patines de
cristal persiguiéndote, sin lograr alcanzarte.
Y, así diciendo, se lo llevó. Después de cruzar un caudaloso río, lo
condujo a un gran castillo real, donde lo obligó a sentarse a una mesa y comer.
Comido que hubieron, le dijo el Rey:
- Tengo tres hijas. Velarás una noche junto a la mayor, desde las nueve
hasta las seis de la madrugada. Yo vendré cada vez que el reloj dé las horas, y
te llamaré. Si no me respondes, mañana morirás; pero si me respondes, te daré a
la princesa por esposa.
Los dos jóvenes entraron, pues, en el dormitorio, y en él había un San
Cristóbal de piedra.
La muchacha dijo a San Cristóbal:
- A partir de las nueve vendrá mi padre cada hora, hasta que den las
tres. Cuando pregunte, contestadle vos en lugar del príncipe.
El Santo bajó la cabeza asintiendo, con un movimiento que empezó muy
rápido y luego fue haciéndose más lento, hasta quedarse de nuevo inmóvil.
A la mañana siguiente díjole el Rey:
- Has hecho bien las cosas; pero antes de darte a mi hija mayor, deberás
pasar otra noche con la segunda, y entonces decidiré si te caso con aquélla.
Pero voy a presentarme cada hora, y cuando te llame, contéstame. Si no lo
haces, tu sangre correrá.
Entraron los dos en el dormitorio, donde se levantaba un San Cristóbal
todavía mayor, al que dijo, asimismo, la princesa:
- Cuando mi padre pregunte, respóndele tú.
Y el gran Santo de piedra bajó también la cabeza varias veces,
rápidamente las primeras, y con más lentitud las sucesivas, hasta volver a
quedar inmóvil. El príncipe se echó en el umbral de la puerta y, poniéndose la
mano debajo de la cabeza, se durmió.
Dijo el Rey a la mañana siguiente:
- Lo has hecho bien, pero no puedo darte a mi hija. Antes debes pasar
una tercera noche en vela, esta vez con la más pequeña. Luego decidiré si te
concedo la mano de la segunda. Pero volveré todas las horas, y, cuando llame,
responde; de lo contrario, correrá tu sangre.
Entraron los dos jóvenes en el dormitorio de la doncella, y en él había
una estatua de San Cristóbal, mucho más alta que los dos anteriores. Díjole la
princesa:
- Cuando llame mi padre, contesta.
El gran Santo de piedra estuvo lo menos media hora diciendo que sí con
la cabeza, antes de volverse a quedar inmóvil. El hijo del Rey se tendió en el
umbral y durmió tranquilamente.
A la mañana siguiente le dijo el Rey:
- Aunque has cumplido puntualmente mis órdenes, todavía no puedo
otorgarte a mi hija. Tengo ahí fuera un extenso bosque; si eres capaz de
talarlo todo desde las seis de esta mañana hasta las seis de la tarde, veré lo
que puedo hacer por ti.
Y le dio un hacha, una cuña y un pico, todo de cristal. Al llegar el
mozo al bosque, púsose a trabajar; pero al primer hachazo se le partió la
herramienta, probó entonces con la cuña y el pico; más también al primer golpe
se le deshicieron como si fuesen de arena. Afligióse mucho y pensó que había
sonado su última hora; sentóse en el suelo y se echó a llorar.
A mediodía dijo el Rey:
- Que vaya una de las muchachas a llevarle algo de comer.
- No - contestaron las dos mayores -, no le llevaremos nada. Que lo haga
la que pasó con él la última noche.
Y la menor hubo de ir a llevarle la comida. Al llegar al bosque
preguntóle qué tal le iba, y él contestó que muy mal. Díjole la doncella que
comiese algo; pero el príncipe se negó. ¿Para qué comer, si tenía que morir?
Ella lo animó con buenas palabras, y, al fin, pudo persuadirlo de que comiera.
Cuando hubo tomado algún alimento, le dijo:
- Te acariciaré un poquitín, y así te vendrán pensamientos más
agradables.
Y bajo sus caricias, sintiendo el muchacho un gran cansancio, se quedó
dormido. Entonces la princesa, sacando el pañuelo y haciéndole un nudo, golpeó
con él por tres veces la tierra, exclamando:
- ¡Trabajadores, aquí!
E inmediatamente aparecieron muchísimos enanos y le preguntaron qué les
mandaba.
- En tres horas debe quedar talado, todo el bosque y estibados todos los
troncos.
Los hombrecillos llamaron en su ayuda a toda su parentela, pusiéronse a
la faena y, a las tres horas, todo estaba listo. Presentáronse a la princesa a
comunicárselo, y ella, sacando de nuevo el pañuelo blanco, gritó:
- ¡Trabajadores, a casa!
Y, en un abrir y cerrar de ojos, todos se esfumaron. Al despertarse el
hijo del Rey tuvo gran alegría, y la princesa le dijo:
- En cuanto den las seis, te vienes a casa. Así lo hizo, y le preguntó
el Rey:
- ¿Has talado el bosque?
- Sí - respondió él.
Estando en la mesa, díjole el Monarca: - Todavía no puedo darte a mi
hija por esposa. Quiero que hagas aún otra cosa.
- ¿Qué cosa? - preguntó el muchacho.
- Tengo un gran estanque. Mañana irás allí y le quitarás todo el barro,
de manera que quede límpido y terso como un espejo, y, además, habrá de
contener toda clase de peces.
Por la mañana le dio una pala de cristal y le dijo: - A las seis debe
quedar listo el trabajo.
Marchóse el mozo y, llegado al estanque, al clavar la pala en el cieno
se le rompió. Probó luego con el azadón, pero se le partió igualmente; y otra
vez sintióse invadido por la tristeza. A mediodía, la princesita volvió a
llevarle comida, y le preguntó qué tal le iba el trabajo. El muchacho hubo de
responderle que muy mal, y que le costaría la cabeza:
- Se me ha roto de nuevo la herramienta -añadió.
- Lo mejor es que comas algo. Así te vendrán otras ideas.
Resistióse él a comer, diciendo que estaba demasiado triste, pero ella
insistió hasta persuadirlo. Luego volvió a acariciarlo, y él se quedó dormido.
Sacó la doncella el pañuelo, le hizo un nudo y, golpeando el suelo con él, por
tres veces gritó:
- ¡Trabajadores, aquí!
Y volvieron a comparecer muchísimos enanitos, los cuales le preguntaron
qué deseaba. En el espacio de tres horas deberían limpiar completamente el
estanque, dejándolo tan terso que uno pudiese mirarse en él, y, además, debían
poblarlo de todo género de peces. Pidieron los enanos la ayuda de sus
congéneres, y a las dos horas quedaba todo terminado. Después se presentaron a
la princesa, diciéndole:
- Hemos hecho lo que nos ordenaste.
Y la princesa, sacando el pañuelo y dando con él otros tres golpes en la
tierra, dijo:
- ¡Trabajadores, a casa!
Al despertar el hijo del Rey, el estanque estaba limpio, y la princesa
le dijo que a las seis regresara a palacio. Preguntóle el Rey al llegar:
- ¿Has limpiado bien el estanque?
- Sí - respondió el príncipe.
- A pesar de ello, todavía no puedo otorgarte la mano de mi hija. Debes
hacer otra cosa.
- ¿Qué cosa? - preguntó el mozo.
- Tengo una gran montaña - dijo el Rey -, toda ella invadida de
matorrales y espinos. Tendrás que cortarlos y edificar en la cumbre un gran
palacio, magnífico, como nadie haya visto jamás otro semejante. Y dentro le
pondrás todos los muebles y enseres domésticos.
Cuando se levantó a la mañana siguiente, el Rey diole un hacha y una
barrena, las dos de cristal, y lo despachó advirtiéndole que a las seis debería
estar todo terminado. Al primer golpe que asestó a un espino, el hacha le voló
en mil pedazos, y tampoco hubo modo de utilizar la barrena.
Afligido, aguardó el muchacho la llegada de su princesa, esperando que
volviera a sacarlo de su difícil situación. Y, en efecto, presentóse a mediodía
con la comida. Salióle él al encuentro y, después de comer un poquito, durmióse
otra vez bajo sus caricias.
La princesa sacó de nuevo el pañuelo y repitió la llamada:
- ¡Trabajadores, aquí!
Y nuevamente aparecieron los enanitos y pidieron órdenes. Díjoles ella:
- En el término de tres horas debéis tener cortado toda la maleza y los
espinos, y construido en lo alto de la montaña el palacio más bonito que un
hombre pueda imaginar, y provisto de todos los muebles y enseres necesarios.
Salieron los hombrecillos en busca de sus parientes, y, a la hora
señalada, la labor había quedado lista. Acudieron a comunicarlo a la princesa,
y ella, golpeando la tierra por tres veces con su pañuelo, exclamó:
- ¡Trabajadores, a casa!
Desaparecieron todos en el acto. Al despertarse el hijo del Rey y ver
todo aquello, sintióse feliz como el pájaro en el aire, y a las seis se
encaminaron los dos a palacio.
- ¿Está terminado el trabajo? - preguntó el Rey.
- Sí - respondió el príncipe. Ya en la mesa, dijo el Monarca:
- No puedo darte a mi hija menor antes de que haya casado a las dos
mayores.
Estas palabras entristecieron profundamente a los dos jóvenes: pero no
se veía la manera de solucionar el caso. Llegada la noche, los dos príncipes
huyeron. Cuando ya se habían alejado un buen trecho, al volverse ella a mirar
atrás vio a su padre que los perseguía.
- ¡Ay! - exclamó -. ¿Qué hacemos ahora? Mi padre viene en nuestra busca
y nos alcanzará. Mira, te transformaré en espino, y yo me convertiré en rosa.
En el centro de la zarza seguramente estaré a salvo.
Y, al llegar el Rey al lugar, sólo vio una zarza espinosa y una rosa en
medio. Intentó cortar la flor, pero se le clavó una espina en el dedo,
obligándolo a desistir y a regresar a palacio. Preguntóle su esposa por qué no
había capturado a los fugitivos, y el Rey le explicó que, cuando ya casi los
había alcanzado, de repente desaparecieron de su vista, y sólo vio un rosal con
una rosa en medio. Dijo la Reina:
- Pues debiste cortar la rosa. El rosal habría seguido por sí mismo.
Marchóse de nuevo el Rey en busca de la rosa; pero, entretanto los
fugitivos habían avanzado mucho, y su perseguidor fue tras ellos sin descanso.
Volvió la princesa nuevamente la cabeza y vio a su padre. Y dijo:
- ¡Ay! ¿Qué hacemos? Te transformaré en una iglesia, y yo seré el cura y
predicaré desde el púlpito.
Al llegar el Rey se encontró frente a un templo, en cuyo púlpito un cura
estaba predicando. Escuchó el hombre el sermón y regresa a palacio; entonces su
mujer volvió a preguntarle por qué no traía a la pareja. Respondió el Rey:
- Corrí largo trecho tras ellos, y cuando ya creía darles alcance, me
encontré con una iglesia, y en el púlpito, un cura predicando.
- Debiste traerte al cura - riñóle la mujer -. La iglesia habría seguido
por sí sola. Ya veo que de nada sirve mandarte a ti. No hay más remedio; tengo
que ir yo misma.
Cuando la Reina vio desde lejos a los que huían, su hija, que también
había visto a su madre, exclamó:
- ¡Ay de nosotros! ¡Qué desgracia! Ahora viene mi madre en persona. Te
transformaré en estanque, y yo seré un pez.
Al llegar la Reina al lugar, extendióse ante ella un gran estanque, en
cuyo centro saltaba un pececito, el cual asomó alegremente la cabecita por
encima de la superficie. La mujer intentó cogerlo, pero en vano. Airada y
colérica, bebióse todo el estanque, con la esperanza de capturar al pez. Mas le
vino un mareo tan terrible, que tuvo que vomitar toda el agua que se había
tragado. Dijo entonces:
- Bien veo que esto no tiene remedio - y, dirigiéndose a los príncipes,
los invitó a acercarse a ella y hacer las paces. Al despedirse dio tres nueces
a su hija, diciéndole:
- Te serán de gran utilidad cuando te encuentres en un apuro.
Y los jóvenes prosiguieron su camino.
Habrían andado cosa de diez horas, cuando llegaron al palacio del que
había salido el príncipe. Junto al palacio había una aldea. Y dijo el príncipe:
- Aguárdame aquí, querida; yo iré a casa de mi padre y volveré a
buscarte con un coche y criados.
Cuando se presentó en el castillo, todo el mundo sintió una gran alegría
por tener entre ellos al hijo del Rey. Contóles él que su novia lo esperaba en
el pueblo y dispuso que saliesen a buscarla con una carroza. Engancháronla,
pues, y subieron en ella numerosos criados; y cuando se disponía a subir el
príncipe, su madre le dio un beso, y, al instante, se borró de su memoria todo
lo que le había sucedido y cuanto había de hacer. Ordenó la madre que
desenganchasen y regresó la comitiva a casa.
Mientras tanto, la doncella estaba en el pueblo, consumiéndose de
impaciencia. Mas nadie acudía. Al fin, la princesa hubo de colocarse como
sirvienta en un molino, propiedad del Rey. Allí había de pasarse las tardes al
borde del río, fregando platos. Hasta que un día la Reina que había salido a
pasear por aquellos lugares, viendo a la diligente muchacha, exclamó:
- ¡Qué jovencita tan hacendosa! De veras que me gusta.
Todas la miraron, pero nadie la reconoció.
Transcurrió largo tiempo, y la muchacha continuaba sirviendo en casa del
molinero con toda lealtad y honradez. Entretanto, la Reina había buscado una
nueva novia para su hijo, una joven de lejanas tierras, y la boda debía
celebrarse en cuanto llegase. Congregóse un gran gentío deseoso de presenciar
la fiesta, y la princesa pidió permiso al molinero para ir a verla también.
Díjole el amo:
- Vete, pues, si quieres.
Ella, antes de marcharse, abrió una de las tres nueces, que contenía un
vestido maravilloso. Se lo puso, se fue a la iglesia y se colocó junto al
altar. Entraron los novios y se sentaron en primer término. El cura se disponía
a echarles la bendición, cuando he aquí que los ojos de la novia acertaron a
posar sobre la hermosa muchacha que estaba de pie cerca de ella. Levantóse en
seguida y declaró que no se casaría mientras no tuviera un vestido tan
primoroso como el de aquella dama. Regresaron todos a palacio y, mandando
llamar a la joven, le preguntaron si quería vender su vestido.
- No, venderlo no - respondió ella -; pero la novia podría ganárselo.
¿Cómo? ¿Qué quería decir con estas palabras? Entonces ella les ofreció
la prenda a cambio de que le permitiesen dormir aquella noche ante la puerta
del príncipe. La novia no vio en ello inconveniente alguno y asintió. Y,
sentándose en el umbral, la muchacha prorrumpió a llorar y recordó a su amado
cuanto por él había hecho. Cómo gracias a su ayuda había sido talado el bosque,
limpiado el estanque y construido el castillo; cómo lo había transformado en
rosal, luego en templo y, finalmente, en lago. ¡Y ahora lo había olvidado todo!
Pero el hijo del Rey no pudo oírla, pues los criados habían recibido orden de
administrarle un somnífero; sin embargo, como estaban despiertos, lo habían
oído todo y quedaron perplejos.
Al levantarse, a la mañana siguiente, la novia púsose el vestido y se
dirigió a la iglesia con su prometido, mientras la muchacha abría la segunda
nuez y sacaba de ella otro vestido más precioso aún que el de la víspera. Y
ocurrió como la víspera. Otra vez fue autorizada a pasar la noche junto a la
puerta que daba acceso al dormitorio del príncipe, y otra vez recibieron los
criados la orden de administrar un somnífero al príncipe. Pero diéronle uno que
lo mantuvo despierto. Y la moza molinera volvió a su llanto y a la enumeración
de todas las cosas que por él había hecho. Oyóla el príncipe y sintió en su
corazón una gran tristeza. Mas, de repente, se iluminó su memoria y recordó con
claridad todo lo pasado. Quiso salir en busca de la doncella, pero su madre
había cerrado la puerta con llave, por lo cual hubo de esperar a que apuntase
el día. Entonces fue al encuentro de su amada, contóle lo ocurrido y le pidió
que no le guardase rencor por haberla tenido tanto tiempo olvidada. La princesa
abrió entonces la tercera nuez y vio que contenía un vestido más bello aún que
los anteriores. Se lo puso y se encaminó a la iglesia con su novio. Y acudieron
muchísimos niños, que les ofrecieron flores y les cubrieron el camino de cintas
multicolores. Luego bendijo el cura su unión y se celebró una fiesta
brillantísima y llena de alegría. La falsa madre y su hija hubieron de
marcharse. Y quien lo ha contado últimamente, tiene aún la boca caliente.
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* * *
*
FIN


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