© Libro N° 14982. El Hábil Cazador. Hermanos Grimm. Emancipación. Abril 4 de 2026
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EL
HÁBIL CAZADOR
Hermanos Grimm
El Hábil Cazador
Hermanos Grimm
Érase una vez un muchacho que había aprendido el oficio de cerrajero. Un
día dijo a su padre que deseaba correr mundo y buscar fortuna.
- Muy bien -respondióle el padre-; no tengo inconveniente -. Y le dio un
poco de dinero para el viaje. Y el chico se marchó a buscar trabajo. Al cabo de
un tiempo se cansó de su profesión, y la abandonó para hacerse cazador. En el
curso de sus andanzas encontróse con un cazador, vestido de verde, que le
preguntó de dónde venía y adónde se dirigía. El mozo le contó que era
cerrajero, pero que no le gustaba el oficio, y sí, en cambio, el de cazador,
por lo cual le rogaba que lo tomase de aprendiz.
- De mil amores, con tal que te vengas conmigo -dijo el hombre. Y el
muchacho se pasó varios años a su lado aprendiendo el arte de la montería.
Luego quiso seguir por su cuenta y su maestro, por todo salario, le dio una
escopeta, la cual, empero, tenía la virtud de no errar nunca la puntería.
Marchóse, pues, el mozo y llegó a un bosque inmenso, que no podía recorrerse en
un día. Al anochecer encaramóse a un alto árbol para ponerse a resguardo de las
fieras; hacia medianoche parecióle ver brillar a lo lejos una lucecita a través
de las ramas, y se fijó bien en ella para no desorientarse. Para asegurarse, se
quitó el se quitó el sombrero y lo lanzó en dirección del lugar donde aparecía
la luz, con objeto de que le sirviese de señal cuando hubiese bajado del árbol.
Ya en tierra, encaminóse hacia el sombrero y siguió avanzando en línea recta. A
medida que caminaba, la luz era más fuerte, y al estar cerca de ella vio que se
trataba de una gran hoguera, y que tres gigantes sentados junto a ella se
ocupaban en asar un buey que tenían sobre un asador. Decía uno:
- Voy a probar cómo está -. Arrancó un trozo, y ya se disponía a
llevárselo a la boca cuando, de un disparo, el cazador se lo hizo volar de la
mano.
- ¡Caramba! -exclamó el gigante-, el viento se me lo ha llevado -, y
cogió otro pedazo; pero al ir a morderlo, otra vez se lo quitó el cazador de la
boca. Entonces el gigante, propinando un bofetón al que estaba junto a él, le
dijo airado:
- ¿Por qué me quitas la carne?
- Yo no te la he quitado -replicó el otro-; habrá sido algún buen
tirador.
El gigante cogió un tercer pedazo; pero tan pronto como lo tuvo en la
mano, el cazador lo hizo volar también. Dijeron entonces los gigantes:
- Muy buen tirador ha de ser el que es capaz de quitar el bocado de la
boca. ¡Cuánto favor nos haría un tipo así! -y gritaron-: Acércate, tirador; ven
a sentarte junto al fuego con nosotros y hártate, nosotros y hártate, que no te
haremos daño. Pero si no vienes y te pescamos, estás perdido.
Acercóse el cazador y les explicó que era del oficio, y que dondequiera
que disparase con su escopeta estaba seguro de acertar el blanco. Propusiéronle
que se uniese a ellos, diciéndole que saldría ganando, y luego le explicaron
que a la salida del bosque había un gran río, y en su orilla opuesta se
levantaba una torre donde moraba una bella princesa, que ellos proyectaban
raptar.
- De acuerdo -respondió él-. No será empresa difícil.
Pero los gigantes agregaron:
- Hay una circunstancia que debe ser tenida en cuenta: vigila allí un
perrillo que, en cuanto alguien se acerca, se pone a ladrar y despierta a toda
la Corte; por culpa de él no podemos aproximarnos. ¿Te las arreglarías para
matar el perro?
- Sí -replicó el cazador-; para mí, esto es un juego de niños.
Subióse a un barco y, navegando por el río, pronto llegó a la margen
opuesta. En cuanto desembarcó, salióle el perrito al encuentro; pero antes de
que pudiera ladrar, lo derribó de un tiro. Al verlo los gigantes se alegraron,
dando ya por suya la princesa. Pero el cazador quería antes ver cómo estaban
las cosas, y les dijo que se quedaran fuera hasta que él los llamase. Entró en
el palacio, donde reinaba un silencio absoluto, pues todo el mundo dormía. Al
abrir la puerta de la primera sala vio, colgando en vio, colgando en la pared,
un sable de plata maciza que tenía grabados una estrella de oro y el nombre del
Rey; a su lado, sobre una mesa, había una carta lacrada. Abrióla y leyó en ella
que quien dispusiera de aquel sable podría quitar la vida a todo el que se
pusiese a su alcance. Descolgando el arma, se la ciñó y prosiguió avanzando.
Llegó luego a la habitación donde dormía la princesa, la cual era tan hermosa
que él se quedó contemplándola, como petrificado. Pensó entonces: "¡Cómo
voy a permitir que esta inocente doncella caiga en manos de unos desalmados
gigantes, que tan malas intenciones llevan!". Mirando a su alrededor,
descubrió, al pie de la cama, un par de zapatillas; la derecha tenía bordado el
nombre del Rey y una estrella; y la izquierda, el de la princesa, asimismo con
una estrella. También llevaba la doncella una gran bufanda de seda, y, bordados
en oro, los nombres del Rey y el suyo, a derecha e izquierda respectivamente.
Tomando el cazador unas tijeras, cortó el borde derecho y se lo metió en el
morral, y luego guardóse en él la zapatilla derecha, la que llevaba el nombre
del Rey. La princesa seguía durmiendo, envuelta en su camisa; el hombre cortó
también un trocito de ella y lo puso con los otros objetos; y todo lo hizo sin
tocar a la muchacha. Salió luego, cuidando de no despertarla, y, al llegar a al
llegar a la puerta, encontró a los gigantes que lo aguardaban, seguros de que
traería a la princesa. Gritóles él que entrasen, que la princesa se hallaba ya
en su poder. Pero como no podía abrir la puerta, debían introducirse por un
agujero. Al asomar el primero, lo agarró el cazador por el cabello, le cortó la
cabeza de un sablazo y luego tiró el cuerpo hasta que lo tuvo en el interior.
Llamó luego al segundo y repitió la operación. Hizo lo mismo con el tercero, y
quedó contentísimo de haber podido salvar a la princesa de sus enemigos.
Finalmente, cortó las lenguas de las tres cabezas y se las guardó en el morral.
"Volveré a casa y enseñaré a mi padre lo que he hecho -pensó-. Luego reanudaré
mis correrías. No me faltará la protección de Dios".
Al despertarse el Rey en el palacio, vio los cuerpos de los tres
gigantes decapitados. Entró luego en la habitación de su hija, la despertó y le
preguntó quién podía haber dado muerte a aquellos monstruos.
- No lo sé, padre mío -respondió ella-. He dormido toda la noche.
Saltó de la cama, y, al ir a calzarse las zapatillas, notó que había
desaparecido la del pie derecho; y entonces se dio cuenta también de que le
habían cortado el extremo derecho de la bufanda y un trocito de la camisa.
Mandó el Rey que se reuniese toda la Corte, con todos los soldados todos los
soldados de palacio, y preguntó quién había salvado a su hija y dado muerte a
los gigantes. Y adelantándose un capitán, hombre muy feo y, además, tuerto
afirmó que él era el autor de la hazaña. Díjole entonces el anciano rey que, en
pago de su heroicidad, se casaría con la princesa; pero ésta dijo:
- Padre mío, antes que casarme con este hombre prefiero marcharme a
vagar por el mundo hasta donde puedan llevarme las piernas.
A lo cual respondió el Rey que si se negaba a aceptar al capitán por
marido, se despojase de los vestidos de princesa, se vistiera de campesina y
abandonase el palacio. Iría a un alfarero y abriría un comercio de cacharrería.
Quitóse la doncella sus lujosos vestidos, se fue a casa de un alfarero y le
pidió a crédito un surtido de objetos de barro, prometiéndole pagárselos
aquella misma noche si había logrado venderlos. Dispuso el Rey que instalase su
puesto en una esquina, y luego mandó a unos campesinos que pasasen con sus
carros por encima de su mercancía y la redujesen a pedazos. Y, así, cuando la
princesa tuvo expuesto su género en la calle, llegaron los carros e hicieron
trizas de todo. Prorrumpió a llorar la muchacha, exclamando:
- ¡Dios mío, cómo pagaré ahora al alfarero!
El Rey había hecho aquello para obligar a su hija a aceptar al capitán.
Mas ella se fue a ver al propietario de la mercancía y le mercancía y le pidió
que le fiase otra partida. El hombre se negó: antes tenía que pagarle la
primera. Acudió la princesa a su padre y, entre lágrimas y gemidos, le dijo que
quería irse por el mundo. Contestó el Rey:
- Mandaré construirte una casita en el bosque, y en ella te pasarás la
vida cocinando para todos los viandantes, pero sin aceptar dinero de nadie.
Cuando ya la casita estuvo terminada, colgaron en la puerta un rótulo
que decía: "Hoy, gratis; mañana, pagando". Y allí se pasó la princesa
largo tiempo, y pronto corrió la voz de que habitaba allí una doncella que
cocinaba gratis, según anunciaba un rótulo colgado de la puerta. Llegó la
noticia a oídos de nuestro cazador, el cual pensó:
"Esto me convendría, pues soy pobre y no tengo blanca", y,
cargando con su escopeta y su mochila, donde seguía guardando lo que se había
llevado del palacio, fuese al bosque. No tardó en descubrir la casita con el
letrero: "Hoy, gratis; mañana, pagando". Llevaba al cinto el sable
con que cortara la cabeza a los gigantes, y así entró en la casa y pidió de
comer. Encantóle el aspecto de la muchacha, pues era bellísima, y al
preguntarle ella de dónde venía y adónde se dirigía, díjole el cazador:
- Voy errante por el mundo.
Preguntóle ella a continuación de dónde había sacado aquel sable que
llevaba grabado el nombre de su padre, y el cazador, a su cazador, a su vez,
quiso saber si era la hija del Rey.
- Sí -contestó la princesa.
- Pues con este sable -dijo entonces el cazador- corté la cabeza a los
tres gigantes -y, en prueba de su afirmación, sacó de la mochila las tres
lenguas, mostrándole a continuación la zapatilla, el borde del pañuelo y el
trocito de la camisa. Ella, loca de alegría, comprendió que se hallaba en
presencia de su salvador. Dirigiéndose juntos a palacio y, llamando la princesa
al anciano rey, llevólo a su aposento donde le dijo que el cazador era el
hombre que la había salvado de los gigantes. Al ver el Rey las pruebas, no
pudiendo ya dudar por más tiempo, quiso saber cómo había ocurrido el hecho, y
le dijo que le otorgaba la mano de su hija, por lo cual se puso muy contenta la
muchacha. Vistiéronlo como si fuese un noble extranjero, y el Rey organizó un
banquete. En la mesa colocóse el capitán a la izquierda de la princesa y el
cazador a la derecha, suponiendo aquél que se trataba de algún príncipe
forastero.
Cuando hubieron comido y bebido, dijo el anciano rey al capitán, que
quería plantearle un enigma: Si un individuo que afirmaba haber dado muerte a
tres gigantes hubiese de declarar dónde estaban las lenguas de sus víctimas,
¿qué diría, al comprobar que no estaban en las respectivas bocas? Respondió el
capitán:
- Pues que no tenían lengua.
- No es posible esto - es posible esto -replicó el Rey-, ya que todos
los animales tienen lengua.
A continuación le preguntó qué merecía el que tratase de engañarlo. A lo
que respondió el capitán:
- Merece ser descuartizado.
Replicóle entonces el Rey que acababa de pronunciar él mismo su
sentencia, y, así, el hombre fue detenido y luego descuartizado, mientras la
princesa se casaba con el cazador. Éste mandó a buscar a sus padres, los cuales
vivieron felices al lado de su hijo, y, a la muerte del Rey, el joven heredó la
corona.
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FIN


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