© Libro N° 14977. El Pobre Mozo Molinero Y La Gatita. Hermanos Grimm. Emancipación. Abril 4 de 2026
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EL POBRE MOZO MOLINERO Y LA GATITA
Hermanos Grimm
El Pobre Mozo Molinero
Y La Gatita
Hermanos Grimm
Vivía en un molino un viejo molinero que no tenía mujer ni hijos, sino
sólo tres mozos a su servicio. Cuando ya llevaban muchos años trabajando con
él, un día les dijo:
- Soy viejo y quiero retirarme a descansar. Salid a recorrer el mundo, y a
aquel de vosotros que me traiga el mejor caballo, le cederé el molino; pero con
la condición de que me cuide hasta mi muerte.
El más joven de los mozos, que era el aprendiz, se llamaba Juan, y los otros lo
tenían por necio y no querían que llegase a ser dueño del molino. Marcháronse
los tres juntos y, al llegar a las afueras del pueblo, dijeron los dos a Juan
el tonto:
- Mejor será que te quedes aquí; en toda tu vida no podrás procurarte un
jamelgo.
Sin embargo, Juan insistió en ir con ellos, y al anochecer llegaron a una cueva
en la que se refugiaron para dormir. Los dos mayores, que se creían muy listos,
aguardaron a que Juan estuviese dormido, y luego se marcharon, abandonando a su
compañero.
¡Ya veréis cómo saldrá la criada respondona!
Cuando, al salir el sol, se despertó Juan, encontróse en una profunda caverna
y, mirando en torno suyo, exclamó:
- ¡Dios mío!, ¿dónde estoy?
Subió al borde de la cueva y salió al bosque, pensando: "Solo y
abandonado, ¿cómo me procuraré el caballo?". Mientras andaba sumido en sus
pensamientos, salióle al encuentro una gatita, de piel abigarrada, que le dijo
en tono amistoso:
- ¿Adónde vas, Juan?
- ¡Bah! ¿Qué puedes hacer tú por mí?
- Sé muy bien qué es lo que buscas - respondióle la gata -: un buen caballo.
Vente conmigo; si me sirves durante siete años, te daré uno tan hermoso como
jamás lo viste en tu vida.
"¡Vaya una gata maravillosa! - pensó Juan -; voy a probar si es cierto lo
que me dice". Condújolo la gata a un pequeño palacio encantado en el que
todos los servidores eran gatitos; saltaban con gran agilidad por las
escaleras, arriba y abajo, y parecían de muy buen humor. Al anochecer, cuando
se sentaron a la mesa, tres de ellos se encargaron de amenizar la comida con
música: tocaba uno el contrabajo; otro, el violín, y el tercero, la trompeta,
soplando con toda la fuerza de sus pulmones. Después de cenar, y levantados los
manteles, dijo la gatita:
- ¡Anda, Juan, vamos a bailar!
- No - respondió él -, yo no sé bailar con una gata; jamás lo hice.
- Entonces, llevadlo a la cama - mandó la gata a los gatitos. Acompañáronlo con
una vela a su dormitorio; uno le quitó los zapatos; otro, las medias y,
finalmente, apagaron la luz. Por la mañana se presentaron de nuevo y le
ayudaron a vestirse. Púsole uno las medias; otro le ató las ligas; un tercero
le trajo los zapatos; el cuarto le lavó la cara, y, finalmente, otro se la secó
con el rabo.
- ¡Qué suavidad! - dijo Juan. Pero él tenía que servir a la gata y ocuparse en
partir leña todos los días, para lo cual le habían dado un hacha de plata,
cuñas y sierras de plata también, y el tajo, que era de cobre. Y he aquí que,
por cortar la leña, estaba en aquella casa donde no le faltaba buena comida ni
bebida y no veía a nadie, aparte la gata y su servidumbre. Un día le dijo la
dueña:
- Ve a segar el prado y haz secar la hierba - y le dio una guadaña de plata y
un mollejón de oro, recomendándole que lo devolviese todo en buen estado. Salió
Juan a cumplir lo mandado, y, una vez listo el trabajo, volvió a casa con la
guadaña, la piedra afiladora y el heno, y preguntó al ama si quería darle ya su
prometida recompensa.
- No - respondióle la gata -; antes has de hacerme otra cosa. Ahí tienes tablas
de plata, un hacha, una escuadra y demás instrumentos necesarios, todos de
plata; con ello vas a construirme una casita.
Juan levantó una casita y luego le recordó que seguía aún sin el caballo, a
pesar de haber cumplido cuanto le ordenara; pues, sin darse cuenta apenas,
habían transcurrido ya los siete años.
Preguntóle entonces la gata si quería ver los caballos que tenía a lo que Juan
respondió afirmativamente. Abrió ella la puerta de la casita, y lo primero que
se ofreció a su vista fueron doce caballos soberbios, pulidos y relucientes,
que le hicieron saltar el corazón de gozo. Dioles la gata de comer y de beber,
y luego dijo a Juan:
- Vuélvete a tu casa, ahora no te daré el caballo. Pero dentro de tres días iré
yo a llevártelo -. Y le indicó el camino del molino.
Durante todo aquel tiempo no le había dado ningún traje nuevo; seguía llevando
su vieja blusa andrajosa que, en el curso de los siete años, se le había
quedado pequeña por todas partes. Al llegar a casa encontró que los otros dos
mozos estaban ya en ella, y cada uno había traído un caballo, aunque el uno era
ciego, y el otro, cojo.
- ¿Dónde está tu caballo, Juan? - le preguntaron.
- Llegará dentro de tres días.
Echáronse los otros a reír, diciendo:
- ¡Mira el bobo! ¡De dónde vas a sacar tú un caballo que no sea un saldo!
Al entrar Juan en la sala, el molinero no lo dejó sentarse a la mesa, porque
iba demasiado roto y harapiento. ¡Sería una vergüenza que alguien lo viese!
Sacáronle a la era una pizca de comida, y cuando fue la hora de acostarse, los
otros se negaron a darle una cama, por lo que tuvo que acomodarse en el corral,
sobre un lecho de dura paja.
A la mañana siguiente habían transcurrido ya los tres días, y he aquí que se
presentó una carroza, tirada por seis caballos relucientes que daba gloria
verlos; venía, además, otro que un criado llevaba de la brida, destinado al
pobre mozo molinero. Del coche se apeó una bellísima princesa, que entró en el
molino; no era otra sino la gatita, a la que el pobre Juan sirviera durante
siete años. Preguntó al molinero por el más pequeño de los mozos, y el hombre
respondió:
- No lo queremos en el molino, porque va demasiado roto; está en el corral de
los gansos.
Dijo entonces la princesa que fuesen a buscarlo. El muchacho se presentó
sujetándose la blusa, que a duras penas alcanzaba a cubrirle el cuerpo. El
criado sacó magníficos vestidos y, después que lo hubo lavado y vestido, quedó
tan bello y elegante que ni un rey podía comparársele. Quiso la princesa ver
los caballos que habían traído los otros dos, y resultó que, como ya hemos
dicho, eran uno ciego y el otro cojo. Mandó entonces al criado que trajese el
séptimo, que no venía enganchado a la carroza, y, al verlo, el molinero hubo de
confesar que jamás había entrado en el molino un animal como aquél.
- Éste es el caballo de Juan - dijo la princesa.
- Suyo será, pues, el molino - contestó el molinero.
Pero la princesa le dijo que podía quedarse con el caballo y el molino, y,
llevándose a su fiel Juan, lo hizo subir al coche y se marchó con él. Fueron
primero a la casita que él había construido con las herramientas de plata y
que, a la sazón, se había transformado en un gran palacio, todo de plata y oro.
Allí se casó con él, y Juan fue rico, tan rico, que ya no le faltó nada en toda
su vida. Nadie diga, pues, que un tonto no puede hacer nada a derechas.
* * *
* *
FIN


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