© Libro N° 14930. Avaricia. Norris, Frank. Emancipación. Marzo 21 de 2026
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AVARICIA
Frank
Norris
Avaricia
Frank Norris
Avaricia se desarrolla casi por completo en un espacio urbano y se traslada, en su parte final, a las minas de oro de las montañas y al desierto, donde la historia alcanza su clímax con situaciones próximas al wéstern. Entre ambos ambientes, la novela nos muestra cómo el deseo, la envidia, la pobreza y la codicia pueden llevar a las personas, incluso a las más bondadosas, al engaño, el robo y el crimen; cómo los instintos más primarios aparecen de repente para acabar con la amistad y el amor y desembocar en la muerte.
Frank Norris
Avaricia
ePub r1.0
Titivillus 17-02-2026
Título original: McTeague
Frank Norris, 1899
Traducción: Olga Martín Maldonado
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
Dedicado a L. E. Gates,
de la Universidad de Harvard.
Prólogo
EL HECHO de que la gran novela de Frank Norris, McTeague (Avaricia), no haya sido traducida hasta ahora al castellano es uno de los grandes misterios de la cultura hispánica. Y no es un misterio porque haya sido ignorada como pieza clave de la literatura naturalista en Estados Unidos, que vacíos de esa clase hay muchos, sino porque es determinante en el devenir de un género enormemente difundido en todas las lenguas: la novela negra, que, por otra parte, ha sido volcada al español, con mayor o menor fortuna, en abundancia.
Lo que hoy llamamos novela negra hunde sus raíces tanto en los relatos de misterio e investigación de Edgar Allan Poe y sir Arthur Conan Doyle, como en el naturalismo, que tiene su cumbre europea en Zola pero alcanzó su mayor desarrollo en la novela norteamericana de la primera mitad de siglo XX, que tuvo su deriva más popular en el hard boiled mistery (hard boiled: aproximadamente, que no se cuece en un solo hervor), también llamada novela dura, que va de Hammett a Ellroy, y su deriva culta en las obras de Theodor Dreiser y, luego, de la generación perdida. Norris, como algunos de sus contemporáneos —Stephen Crane, O. Henry, Ambrose Bierce—, está en el inicio de las dos tendencias.
Benjamin Franklin Norris nació en Chicago, Illinois, en 1870, y murió en San Francisco, California, en 1912. Una vida corta y fructífera, como la de su coetáneo Crane (1871-1910). Bierce vivió más: de 1842 a 1914; conoció la vejez. O. Henry, nacido en 1862 y muerto en 1910, no llegó a los cincuenta años. Jack London, nacido en 1876, se suicidó en 1916, a los cuarenta. Es de suponer que, de haber vivido Norris unos años más, hubiese legado una obra muy extensa. A los treinta y dos había escrito, además de McTeague, dos de las novelas de la que iba a ser su trilogía Tibe Epic of Wheat (La epopeya del trigo): The Octopus (El pulpo, 1901) y The Pit (El Pozo, publicada póstumamente, en 1903), obras naturalistas y, en cierto sentido, reaccionarias en su concepción de la lucha entre los buenos salvajes rurales y el avance del ferrocarril y el maquinismo. En 1914 apareció Vandover y el bruto, una narración menor. En vida del autor habían sido impresas Moran of the Lady Letty (1898), La mujer de un hombre y Blix, ambas en 1900.
Norris era hijo de un comerciante acaudalado y de una actriz, y fue el mayor de cinco hermanos, dos de los cuales, Frank y Charles Gilman, se dedicaron a la literatura. No es este el sitio para hablar de la obra de Charles Gilman Norris ni de la de su esposa, la novelista Kathleen Norris. Baste decir que ambos fueron muy leídos en las décadas de 1940 y 1950 y que también merecerían los honores de la traducción.
Mediado el año 1887, Lester Norris, hermano de Frank, murió de difteria. Siguiendo el consejo de un amigo, el señor Norris padre decidió que era mejor alejar a sus otros hijos, enviándolos a estudiar al extranjero. Toda la familia acompañó a Frank Jr. a Londres, pero la impresión que les causó la escuela británica que habían escogido para el primogénito les hizo cambiar de planes y enviarlo a París, donde el muchacho, de diecisiete años, concurriría al Atelier Julien para aprender pintura. La pasión por la plástica cedió pronto, aunque fuese el origen de una tendencia que iba a trasladar a la narrativa.
Norris asistió a la Universidad de California en Berkeley durante cuatro años, a partir de 1890, y fue un estudiante mediocre, que jamás hizo un curso de matemáticas y no se graduó, no obstante lo cual conoció a un profesor que le marcaría de por vida: el sabio evolucionista Joseph Le Conte, quien aspiraba a conciliar las enseñanzas de Darwin con la religión. A través de Le Conte, Norris conoció la obra de Darwin. El darwinismo, tanto en su vertiente biológica como en la social, hizo profunda mella en Norris y en la mayoría de los escritores naturalistas, tanto en América como en Europa.
La formación de Norris se completó mediante los viajes. En 1895 partió hacia África, con el propósito de recorrerla desde Ciudad del Cabo hasta El Cairo, en la estela legendaria abierta por Henry Morton Stanley. Pero Stanley, además de contarle al mundo que África existía, había contribuido más que nadie a la invasión colonial europea, y en 1881 ya se había librado la primera guerra anglobóer por la posesión de los territorios del sur del continente: las colonias británicas de El Cabo y Natal, por un lado, y el Estado libre de Orange y la República Sudafricana, en manos holandesas, por otro. El 31 de diciembre de 1895, apenas llegado Frank Norris a la zona, Leander Starr Jameson, administrador general de Matabelelandia, planeó y llevó a cabo una incursión en territorio bóer, que sería el primer antecedente serio de la segunda guerra anglobóer, que estallaría cuatro años después. Es decir que Norris se encontró en medio de la reyerta y, viendo interrumpido su viaje, aprovechó para enviar unas crónicas de su experiencia al Chronicle de San Francisco. Para colmo de males, cogió una fiebre tropical que le impuso regresar a California y pasar seis largos meses de recuperación. Posteriormente, sería corresponsal en Cuba del McClure’s Magazine durante la guerra hispano-norteamericana de 1898.
Este modo de relacionarse con el resto del mundo, convirtiéndose en testigo de grandes acontecimientos, que alcanzó al paroxismo con Hemingway, es habitual en los escritores americanos desde el siglo XIX. Crane, que nunca se casó, tuvo una relación mucho más firme y duradera que muchos matrimonios con Cora Stewart-Taylor, propietaria del Hotel de los Sueños, el burdel de Jacksonville, Florida; y juntos fueron a la guerra greco-turca de 1897. Stewart-Taylor, que era una notable escritora, no le acompañó al año siguiente a Cuba, en la expedición del Commodore, que intentaba hacer llegar provisiones y armas a las fuerzas independentistas cubanas.
En California, Norris trabajó en el Wave de San Francisco. En 1898 pasó a Nueva York, llamado por el McClure 's Magazine. En 1900 fue contratado como lector por Doubleday. En esa función le tocó recibir y defender ante los editores el original de M hermana Carrie, de Theodore Dreiser, con la que se abrió un nuevo rumbo para las letras americanas. La estética de Dreiser era afín a la de Norris, ambos pensaban que el escritor tenía determinadas obligaciones (véase La responsabilidad del novelista y otros ensayos, de Norris, traducido, prologado y anotado por Constante González Groba, publicado por la Universidad de León), y ambos estaban decididos a hablar, a contracorriente, de cosas esenciales como la sexualidad, las diferencias sociales, la herencia y la educación.
El problema de la herencia está presente en todos los escritores naturalistas, y en algunos que no lo fueron pero resultaron influidos por el darvinismo social y por el positivismo criminológico de Lombroso (1835-1909). No es otro el fondo de la literatura del doble, desde El Horla de Maupassant hasta El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde de
Stevenson, muerto en 1894. La idea de que todos llevamos un monstruo interior, atávico e inevitable cuando las circunstancias morales o sociales le son favorables, está también en La bestia humana de Zola, publicada en 1890 y que sin duda llegó a las manos de Norris. La bestia humana de McTeague se revela por la codicia. El oro es, en su caso, el factor desencadenante. En este sentido, las dos obras, la de Zola y la de Norris, son novelas naturalistas. Y novelas sociales. Y novelas tan lombrosianas como el clásico de Stevenson, no pocas veces llamado (en el cine y en algunas traducciones) £7 hombre y la bestia. El mal nos es consustancial.
En otro orden, ambas son antecedentes del hard boiled con el mismo derecho que los cuentos de O. Henry, y ambas han sido objeto de atención por grandes directores cinematográficos: La bestia humana fue rodada en 1938 por Jean Renoir, el mismo que un año antes había convertido en actor a Erich Von Stroheim, al ofrecerle el papel de Rauffenstein en La gran ilusión, el modelo de todos los militares alemanes del cine posterior.
El término inglés greed, que se puede traducir tanto por codicia como por avaricia, fue el elegido por Erich Von Stroheim para titular su película sobre la obra de Norris. Stroheim enloqueció al leer McTeaguey empezó a rodarla sin guion, página tras página. Filmó 96 horas, montó nueve y el productor Irving Thalberg, responsable de horribles mutilaciones cinematográficas, se la recortó y se la dejó en dos (a pesar de lo cual, en la entrega de los Oscar se concede un premio Irving Thalberg).
Greed aumenta el misterio respecto del desconocimiento de la obra fundamental de Frank Norris en nuestra lengua. El solo hecho de ser la base de una de esas películas que invariablemente, año tras año, los críticos de cine de todo el mundo eligen como las diez mejores, debería haber llevado a alguien a preguntarse por el libro, pero no ha sido así. Tampoco han acudido demasiado los editores a la historia de la literatura, pues es raro el texto que no la mencione y, de hecho, yo busqué Avaricias partir de uno de ellos, obra de un profesor universitario español. En fin, no nos lamentemos más: aquí está la novela traducida.
Los lectores que hoy se entregan Avaricia (no al revés) conocen seguramente a O. Henry, a Crane y, seguramente menos, a Dreiser, otro autor que rescatar; pero, sobre todo, conocen a Dashiell Hammett, a James M. Cain, a Horace McCoy o a David Goodis. Todos ellos son sus descendientes.
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Richard Layman, biógrafo de Hammett y editor de las memorias de la hija de este, dice a propósito de El balcón maltes: «es una novela que adoptó valores modernos: el realismo social descrito con dolorosa precisión, una actitud pragmática hacia la vida y una pintura de la moralidad sin referencia a instituciones sociales. El balcón maltés implicó una separación de la pulp fiction de Black Mask. Tenía una relación más próxima con las obras de Frank Norris, Theodore Dreiser, Jack London y Hemingway».
En el prólogo a una edición de Double Indemnity (Pacto de sangre, llevada al cine por Billy Wilder, con el título de Perdición, con guion del autor y el director, y la actuación de Fred MacMurray, Barbara Stanwyck y Edward G. Robinson), James M. Callahan Cain define las claves de esa comunidad literaria; él, que siempre se resistió a las etiquetas de toda clase, escribe: «Yo no hago ningún esfuerzo consciente por ser duro, ni hard boiled, ni macabro, ni ninguna de esas cosas que suelen decir de mí. Simplemente escribo como escribiría el personaje y nunca olvido que el hombre medio, de los campos, de las calles, de los bares, de las oficinas y hasta de los barrios bajos de su país, ha adquirido una habla llena de vida que va más allá de cualquier cosa que yo pueda inventar, así que si me aferro a su legado, a ese logos del territorio americano, alcanzo un máximo de efectividad con muy poco esfuerzo». Ahí se unen naturalismo y novela dura. En lo mismo que Erskine Caldwell, novelista social afín al naturalismo y cultivador de lo que cabría llamar hard boiled rural, hace con finalidades diferentes: escuchar. Osvaldo Soriano decía que todos, en inglés o en español, habíamos aprendido de Caldwell a escribir diálogos creíbles. Layman, por su parte, afirma que en el párrafo citado, Cain muestra la estrecha relación de su obra con las de Norris, Dreiser, London y Hemingway. Olvida que la gran síntesis del hard boiled (rural y urbano) y la literatura culta se debe, cómo no, a William Faulkner. Santuario está preanunciada en Avaricia.
La historia de McTeague, y esto es lo que impresiona al narrador tanto como al lector, lo que enamoró a Von Stroheim, es la historia de un hombre corriente. Lejos del elogio mussoliniano al uomo qualunque, Norris sostiene, creo que por primera vez, lo que después sería casi un lugar común de la novela negra: ese tipo gris, irrelevante, de segunda categoría en todos los órdenes, incapaz de matar una mosca según sus vecinos y familiares, es un asesino en lo más recóndito de su alma y solo
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necesita un estímulo mínimo para mostrar lo peor de sí mismo. Lo mejor del personaje es esa nada aparente en la que se mueve habitualmente; lo peor está por verse. El bien y la sabiduría tienen límites; el mal y la ignorancia, no. Mal e ignorancia es lo que heredamos, el bien y la sabiduría, si los alcanzamos en alguna forma, son producto de un enorme trabajo, que la mayoría no está dispuesta a hacer. Norris, como casi todos los autores americanos del siglo XX, es ante todo un moralista lleno de pesimismo en lo que toca a los seres humanos.
HORACIO VÁZQUEZ-RIAL
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ERA DOMINGO, y según su costumbre de ese día, McTeague almorzó a las dos en la cantina de los revisores del tranvía en Polk Street. Tomó una sopa gris y espesa; una carne gruesa, poco hecha, muy caliente, en un plato frío; dos clases de verduras, y una especie de pudín de manteca, lleno de mantequilla y azúcar. De regreso al consultorio, una calle más arriba, se detuvo en la taberna de Joe Frenna y compró una jarra de cerveza steam, solía devolver la jarra de camino al almuerzo.
Una vez en el consultorio, o, como indicaba su cartel, la clínica dental, se quitó el abrigo y los zapatos, se desabrochó el chaleco y, tras llenar la estufa con carbón, se recostó en el sillón de operaciones que daba al mirador a leer el periódico, beber su cerveza y fumar su enorme pipa de porcelana mientras digería la comida; con el buche lleno, aturdido y caliente. Al poco rato, harto de cerveza steam y agobiado por el calor de la habitación, el tabaco barato y los efectos de la comida pesada, se durmió. A última hora de la tarde empezó a cantar el canario en la jaula dorada que colgaba justo encima de su cabeza. McTeague se despertó despacio, se acabó la cerveza —a esas alturas, caliente y sin gas— y, tras bajar su concertina de la estantería, donde haría compañía a los siete volúmenes del Allen’s Practical Dentist entre semana, interpretó unas cuantas melodías tristísimas.
McTeague esperaba esas tardes de domingo como un momento de relajación y disfrute. Las pasaba siempre de la misma manera, invariablemente. Sus únicos placeres eran comer, fumar, dormir y tocar su concertina.
Las seis melodías lúgubres que se sabía lo transportaban siempre a la época en que trabajaba como cargador de la mina Big Dipper en Placer County, una década atrás. Recordaba los años que había pasado allí tirando de las pesadas vagonetas cargadas de minerales, hacia dentro y hacia
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afuera, bajo la dirección de su padre. Durante trece días cada quincena, su padre era jefe de turno de la mina, estable y trabajador; un domingo cada dos semanas se convertía en un animal irresponsable, una bestia, un bruto enloquecido por el alcohol.
McTeague recordaba también a su madre, —quien cocinaba para cuarenta mineros con la ayuda del Chino—. Era una sirvienta explotada; impetuosa y enérgica a pesar de todo, invadida por la idea de que su hijo saliera adelante y aprendiera un oficio. La oportunidad llegó finalmente con la muerte del padre, quien, corroído por el alcohol, se desplomó en pocas horas. Dos o tres años más tarde, un dentista ambulante visitó la mina y alzó su tienda cerca de la barraca, y aunque era un tanto charlatán, avivó la ambición de la señora McTeague. De modo que el joven McTeague se marchó con él para aprender su oficio, y lo hizo en cierta forma, sobre todo viendo operar al charlatán. También leyó varios de los libros necesarios, pero era irremediablemente demasiado estúpido como para sacarles gran provecho.
Luego, un día, la noticia de la muerte de su madre llegó a San Francisco. Le había dejado algo de dinero; no mucho, pero suficiente como para montar su negocio, así que McTeague se liberó del charlatán y abrió una clínica dental en Polk Street, una calle de viviendas y tiendas pequeñas en el barrio residencial de la ciudad. Allí reunió lentamente una clientela de carniceros, vendedoras, dependientes de colmados y revisores del tranvía. Tenía pocos conocidos. En Polk Street lo llamaban doctor y hablaban de su fuerza descomunal, pues McTeague era un joven gigante que cargaba su enorme mata de pelo rubio a un metro noventa del suelo, moviendo lenta y pesadamente sus extremidades inmensas, llenas de músculos. Tenía unas manos enormes y rojas, cubiertas por una capa de vello rubio y recio, duras como mazos de madera, fuertes como tomos, las manos del antiguo cargador; con frecuencia prescindía de los fórceps y extraía un diente difícil con el pulgar y el índice. Su cabeza era cuadrada, angulosa, y la mandíbula prominente, como la de los carnívoros.
La mente de McTeague era como su cuerpo: pesada, de acción retardada, lenta. Sin embargo, el hombre no era malo en absoluto. En general hacía pensar en un caballo de tiro, fortísimo, estúpido, dócil, obediente.
Al abrir la clínica dental, McTeague sintió que su vida era un éxito, que no podía esperar nada mejor. A pesar del nombre, solo había un
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cuarto: una habitación esquinera en el segundo piso sobre la sucursal de Correos, y daba a la calle. McTeague había arreglado ahí también su dormitorio y dormía en el gran sofá cama contra la pared opuesta a la ventana. Había un lavabo detrás del biombo en la esquina donde fabricaba los moldes. En el mirador redondo estaban el sillón de operaciones, el aparato dental y el aparador móvil donde ponía los instrumentos. Tres sillas —una ganga en la tienda de segunda mano— se alineaban con precisión militar contra la pared debajo de un grabado de la corte de Lorenzo de Medici, que había comprado porque tenía una buena cantidad de figuras para lo que costaba. Sobre el sofá cama colgaba un calendario de anuncio de un fabricante de fusiles que nunca usaba. Los otros adornos eran una mesita de mármol cubierta de números atrasados de The American System of Dentistry, un doguillo de piedra sentado delante de la estufita y un termómetro. Una estantería ocupaba una esquina y contenía los siete volúmenes del Allen’s Practical Dentist. En el estante superior, McTeague guardaba la concertina y una bolsa de alpiste para el canario. La habitación entera despedía una mezcla de olores a ropa de cama, creosota y éter.
Pero McTeague se habría contentado perfectamente con una sola cosa. Justo al otro lado de la ventana estaba su cartel —algo modesto—, donde ponía: «Doctor McTeague. Clínica dental. Se administra gas»; eso era todo. Su ambición, su sueño, era tener una enorme muela dorada que sobresaliera en la ventana esquinera, una muela con puntas enormes, algo magnífico y atrayente. Algún día la tendría, estaba decidido; pero aún estaba fuera de su alcance.
Al terminar la cerveza, McTeague se limpió los labios y el enorme bigote rubio con el borde de la mano, lentamente. Se levantó con dificultad, se acercó a la ventana y se quedó mirando hacia la calle.
La calle nunca dejaba de interesarle. Era uno de esos cruces característicos de las ciudades del oeste, situado en pleno barrio residencial pero ocupado por pequeños comerciantes que vivían en las habitaciones encima de sus comercios. Había colmados esquineros con enormes botes de líquidos rojos, amarillos y verdes en sus vitrinas, alegres y llamativos; había papelerías con los semanarios ilustrados clavados en los tablones de anuncios; barberías con casetas de cigarros en los vestíbulos; oficinas de fontaneros de aspecto triste; restaurantes baratos, en cuyas ventanas se veían unas pilas de ostras sin abrir sujetadas con cubos
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de hielo, y vacas y cerdos chinos hundidos hasta las rodillas en capas de judías blancas. En un extremo de la calle, McTeague podía ver la inmensa central eléctrica de la compañía del tranvía. Justo enfrente estaba el mercado grande, y más allá, por encima de las columnas de las chimeneas de las casas intermedias, el tejado de vidrio de unos enormes baños públicos relucía como un cristal bajo el sol de la tarde. Debajo, la sucursal de Correos abría sus puertas, como solía hacerlo entre las dos y las tres de la tarde del domingo. Un acre olor a tinta subió hacia él. De vez en cuando pasaba un tranvía, rodando pesadamente con el rumor estridente de los cristales vibrantes.
Entre semana, la calle era muy animada. Empezaba a trabajar alrededor de las siete, en el momento en que los vendedores de periódicos hacían su aparición junto con los jornaleros. Estos marchaban penosamente en una fila desordenada: aprendices de fontanero con los bolsillos llenos de trozos de cañerías de plomo, pinzas y alicates; carpinteros que no llevaban más que sus pequeñas fiambreras de cartón pintado para imitar el cuero; grupos de albañiles con sus monos salpicados de arcilla amarilla y sus picos y palas de mango largo echados al hombro, y yeseros manchados de cal de pies a cabeza. Este pequeño ejército de obreros, que avanzaba firmemente en una dirección, se encontraba y se mezclaba con otros de distinta descripción: revisores y operarios de la compañía del tranvía que empezaban su turno; empleados nocturnos de los colmados que se iban a dormir con los ojos pesados; inspectores que volvían a la estación de policía del distrito para hacer el reporte de la noche y jardineros del mercado chino que se tambaleaban bajo los pesados cestos. Los tranvías empezaban a llenarse; por toda la calle podían verse los tenderos levantando las persianas.
La calle desayunaba entre las siete y las ocho. De vez en cuando, un camarero de uno de los restaurantes baratos cruzaba la acera balanceando en una mano una bandeja cubierta por una servilleta. El olor a café y a filetes friéndose inundaba el aire. Un poco más tarde, siguiendo el camino de los jornaleros, llegaban los oficinistas y las dependientas, vestidos con una elegancia barata, siempre con prisa, mirando con aprensión el reloj de la central eléctrica. Sus empleadores llegaban más o menos una hora después —la mayoría en tranvía—; caballeros barrigudos con patillas que leían los diarios con gran circunspección; administradores y aseguradores con flores en los ojales.
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Al mismo tiempo invadían la calle los escolares, llenando el aire con un clamor de voces chillonas, deteniéndose en las papelerías y holgazaneando un rato a la entrada de las confiterías. Tomaban las aceras durante más de una hora, después desaparecían repentinamente, dejando tras de sí a uno que otro rezagado que se apresuraba con grandes zancadas de sus piernecitas delgadas, muy ansioso y preocupado.
Hacia las once hacían su aparición las damas de la gran avenida a una calle arriba de Polk Street, paseándose por las aceras sin prisa, con parsimonia, mientras hacían la compra matutina. Eran mujeres guapas, hermosamente vestidas, y conocían personalmente a sus carniceros, tenderos y vendedores de verduras. Desde su mirador, McTeague las veía frente a los tenderetes, con sus guantes, velos y zapatos finos, y, a su lado, los serviciales hombres de los suministros garabateando a toda prisa en los libros de pedidos. Todas parecían conocerse entre sí, las grandiosas damas de la avenida elegante. Se reunían por aquí y por allá; comenzaban una conversación; otras llegaban; se formaban grupos y celebraban pequeñas recepciones improvisadas ante los tajos de los puestos de los carniceros o en torno a las cajas de frutas y bayas en las aceras.
Entre el mediodía y el atardecer, la población de la calle tenía una personalidad variada. Eran las horas más concurridas, en las que se alzaba un murmullo extenso y prolongado… la mezcla de pies arrastrándose, el traqueteo de las ruedas, la marcha pesada de los tranvías. A las cuatro, los escolares volvían a pulular por las aceras y volvían a desaparecer inesperada y sorpresivamente. A la seis empezaba el gran regreso a casa; los tranvías iban atestados, los obreros inundaban las aceras, los repartidores de prensa anunciaban los periódicos vespertinos. Luego, la calle se tranquilizaba súbitamente; casi no se veía un alma, las aceras quedaban abandonadas. Era la hora de cenar. Empezaba la noche, y una multitud de luces, desde el resplandor demoníaco de las ventanas de los colmados hasta la deslumbrante blancura azulada de las farolas eléctricas, se espesaba de esquina en esquina, una por una. La calle volvía a llenarse. Ahora ya solo se pensaba en la diversión. Los tranvías estaban repletos de gente que iba al teatro: hombres con sombreros de copa y mujeres con abrigos de piel. En las aceras se veían grupos y parejas —los aprendices de fontanero, las chicas de los mostradores de mercería, las pequeñas familias que vivían en la segunda planta sobre sus tiendas, las modistas, los pequeños doctores, los fabricantes de arneses—, todos los diversos
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habitantes de la calle estaban fuera, paseándose ociosamente de vitrina en vitrina, tomando el fresco tras el día de trabajo. En las esquinas se reunían grupos de chicas que hablaban y reían con fuerza, haciendo comentarios acerca de los jóvenes que pasaban a su lado. Aparecían los hombres de los tamales y un conjunto de miembros del Ejército de Salvación empezaba a cantar delante de un bar.
Luego, poco a poco, Polk Street volvía a caer en la soledad. El reloj de la central eléctrica daba las once. Se extinguían las luces. El tranvía se detenía a la una, dejando un silencio abrupto en el aire. De repente, todo parecía muy tranquilo. Solo se oían las ocasionales pisadas de un policía y los gritos persistentes de los patos y los gansos del mercado cerrado. La calle dormía.
Día tras día, McTeague veía cómo se desenvolvía el mismo panorama. El mirador de su clínica dental era para él una tribuna desde donde veía pasar el mundo.
Los domingos, sin embargo, todo cambiaba. De pie en el mirador, mientras se limpiaba los labios y contemplaba la calle después de terminar su cerveza, McTeague era consciente de la diferencia. Casi todas las tiendas estaban cerradas. No pasaba ningún carruaje. Unas cuantas personas iban y venían a toda prisa por las aceras, vestidas con las galas baratas del domingo. En ese momento pasó un tranvía; en las sillas exteriores iba un grupo de excursionistas que regresaba a casa. La madre, el padre, un joven, una chica y tres niños. Los dos mayores sostenían en sus regazos unas fiambreras vacías, mientras que las bandas de los sombreros de los niños estaban llenas de hojas de roble. La chica llevaba un enorme ramo de amapolas y flores silvestres que empezaban a marchitarse.
Cuando el tranvía se acercó a la ventana de McTeague, el joven se levantó, se balanceó para bajar de la plataforma y se despidió del grupo agitando la mano. McTeague lo reconoció de pronto.
«Ahí está Marcus Schouler», masculló detrás del bigote.
Marcus Schouler era el único amigo íntimo del dentista. La relación había empezado en la cantina de los revisores del tranvía, donde los dos ocupaban la misma mesa y se encontraban en cada comida. Después habían descubierto que vivían en la misma casa; Marcus ocupaba una habitación en la planta de arriba de la de McTeague. En varias ocasiones, el dentista había atendido a Marcus por un dolor de muelas y se había
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negado a aceptar que le pagase. Al poco tiempo, esto se convirtió en un acuerdo tácito entre los dos. Eran compinches.
McTeague escuchó con atención y oyó que Marcus subía las escaleras hacia su habitación. La puerta volvió a abrirse al cabo de unos minutos. McTeague sabía que Marcus había salido al pasillo y se había inclinado sobre la barandilla.
—¡Eh, Mac! —gritó.
McTeague salió a la puerta.
—¡Hola! ¿Eres tú, Mark?
—Claro —respondió Marcus—. Sube.
—Baja tú.
—No, sube.
—Ah, vamos, baja tú.
—¡Ay, qué tipo más perezoso! —protestó Marcus mientras bajaba las escaleras—. He estado en Cliff House en un pícnic —explicó al sentarse en el sofá cama—, con mi tío y su familia… los Sieppe, ya sabes quiénes. ¡Maldición! ¡Qué calor hacía! —exclamó de repente—. ¡Mira esto! ¡Mira nada más! —gritó, y tiró del cuello de su camisa—. Es la tercera desde esta mañana; así es… así es, es un hecho… ¡y tú has encendido la estufa! —Empezó a contarle del pícnic, hablando muy rápido y fuerte, gesticulando frenéticamente, emocionándose mucho por detalles triviales. Marcus no podía hablar sin acalorarse—. Tendrías que haberlo visto, tendrías que haberlo visto. Te lo digo, ha sido increíble. Increíble; así ha sido; así ha sido, es un hecho.
—Sí, sí —respondió McTeague perplejo, intentando seguirlo—. Sí, increíble.
Al contar cierta disputa con un ciclista torpe en la que parecía haberse involucrado, Marcus se estremeció de furia.
—«Dímelo otra vez», le digo. «Solo dilo otra vez y…» —aquí hubo una larga explosión de palabrotas— «regresarás a la ciudad en el coche de la morgue. ¿Es que no tengo derecho a cruzar una calle, quisiera saberlo, sin que me atropellen, ah?» Es atroz, digo yo. Lo habría apuñalado en cualquier momento. Ha sido una atrocidad. Una atrocidad, te lo digo.
—Claro que sí —se apresuró a contestar McTeague—. Claro, claro. —Uy, y hemos tenido un accidente —gritó el otro, cambiando de tema
súbitamente—. Ha sido espantoso. Trina estaba en el columpio… mi prima Trina, tú sabes quién… y se ha caído. ¡Maldición! Creí que se había
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matado. Se ha golpeado la cara contra una roca y ha perdido uno de los dientes frontales. Es un milagro que no se haya matado. Es un milagro; así es, es un hecho. ¿O no? ¿Eh? ¿No? Tendrías que haberlo visto.
McTeague tenía la idea vaga de que Marcus Schouler estaba prendado de su prima Trina. Ambos pasaban juntos mucho tiempo; Marcus cenaba donde los Sieppe cada sábado por la noche en su casa en la estación de B Street al otro lado de la bahía, y los domingos por la tarde solían hacer pequeñas excursiones a los suburbios. McTeague empezó a preguntarse vagamente por qué Marcus no había ido a casa de su prima en esa ocasión. Como sucedía a veces, Marcus le dio la explicación al instante.
—Le prometí a un tipo de aquí arriba en la avenida que recogería a su perro esta tarde a las cuatro.
Marcus era el asistente del viejo Grannis en una pequeña clínica para perros que este último había puesto en una especie de callejón muy cerca de Polk Street, a unas cuatro calles hacia arriba. El viejo Grannis vivía en una de las habitaciones traseras de la casa de McTeague y era un inglés experto en cirugía canina, pero Marcus Schouler era un metepatas. Su padre había sido cirujano veterinario y tenía una caballeriza en California Street, y Marcus había aprendido acerca de las enfermedades de los animales domésticos sin orden ni concierto, al estilo de la educación de McTeague. De algún modo, se las había arreglado para impresionar al viejo Grannis, un anciano dulce e ingenuo, con sus capacidades, desconcertándolo con un torrente de frases vacías, pronunciadas con gestos bruscos y un estilo de lo más convincente.
—Deberías venir conmigo, Mac —comentó Marcus—. Recogemos al perro del tipo y después nos damos un paseíto, ¿eh? No tienes nada que hacer. Ven conmigo.
McTeague salió con él, y los dos amigos se encaminaron a la avenida, hacia la casa donde estaba el perro. Era una casa enorme, estilo mansión, en medio de un jardín inmenso que ocupaba un tercio de la manzana; y mientras Marcus subía pesadamente las escaleras delanteras y hacía sonar la campana con descaro, para demostrar su independencia, McTeague se quedó abajo, en la acera, mirando con ojos estúpidos las ventanas con cortinas, los escalones de mármol y los grifos de bronce, inquieto y un poco confundido por todos esos lujos descomunales.
Después de llevar al perro a la clínica y dejarlo gimoteando tras la malla, regresaron a Polk Street y bebieron una cerveza en la habitación
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trasera de la tienda de la esquina de Joe Frenna. Desde que salieran de la enorme mansión de la avenida, Marcus había criticado a los capitalistas, una clase que fingía aborrecer. Era una pose que solía adoptar, convencido de que así impresionaba al dentista. Marcus había aprendido unas cuantas verdades a medias sobre economía política, era imposible decir dónde, y en cuanto se acomodaron en la habitación trasera de Frenna con sus cervezas, retomó el tema del trabajo. Lo debatía a voz en cuello, vociferando, agitando los puños, acalorándose a sí mismo con su propia voz, y utilizaba continuamente las frases hechas de los políticos profesionales; frases que había aprendido en alguno de los mítines del distrito electoral y en las reuniones de ratificación. Estas rodaban por su lengua con un énfasis increíble y aparecían en cada giro de su conversación: «electorados indignados», «causa del trabajo», «asalariados», «opiniones sesgadas por intereses personales», «ojos cegados por los prejuicios del partido». McTeague le escuchaba, atemorizado.
—¡Ahí es donde se esconde el demonio! —gritaba Marcus—. Las masas tienen que aprender a autocontrolarse; es lo lógico. Mira las cifras, mira las cifras. Disminuyes la cantidad de asalariados y aumentas los salarios, ¿no? ¿No?
Absolutamente desconcertado y sin comprender una palabra,
McTeague contestaba:
—Sí, sí, así es… autocontrol… así se dice.
—¡Son los capitalistas los que están arruinando la causa del trabajo! — gritó Marcus, y golpeó la mesa con el puño hasta que los vasos de cerveza se tambalearon—; zánganos cobardes, traidores, con sus hígados blancos como la nieve, comiéndose el pan de las viudas y los huérfanos; ahí se esconde el demonio. Anonadado por las protestas de su amigo y sacudiendo la cabeza, McTeague respondió:
—Sí, eso es; creo que es por sus hígados.
De pronto, Marcus se tranquilizó y olvidó su pose.
—Oye, Mac, le he dicho a mi prima que venga a verte por lo del diente. Vendrá mañana, supongo.
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DESPUÉS de desayunar, a la mañana siguiente, lunes, McTeague revisó las citas que había anotado en la pizarra que colgaba del biombo. Su letra era enorme, muy torpe y muy redonda, con eles y haches altas y barrigonas. Vio que le había dado hora a la una a la señorita Baker, la modista jubilada, una pequeña solterona que tenía una habitación minúscula a unas cuantas puertas al fondo del pasillo, contigua a la del viejo Grannis.
De esta circunstancia había surgido toda una historia. La señorita Baker y el viejo Grannis tenían más de sesenta años, y, aun así, entre los inquilinos de la casa se hablaba con frecuencia de que estaban enamorados. Por extraño que pareciera, ellos ni siquiera se conocían; nunca habían cruzado una palabra. De vez en cuando se encontraban en las escaleras; él de camino a su pequeña clínica para perros, ella al regresar de unas cuantas compras en la calle. En esas ocasiones pasaban uno al lado del otro apartando la vista, fingiendo cierta preocupación, súbitamente invadidos por una vergüenza enorme, la timidez de una segunda infancia. Él se dirigía a su trabajo, inquieto y pensativo. Ella se apresuraba a su cuarto diminuto, con sus ricitos falsos y extraños temblando de agitación y con un ligerísimo indicio de rubor apareciendo y desapareciendo de sus mejillas lánguidas. La emoción causada por uno de estos encuentros ocasionales los acompañaba el resto del día.
¿Acaso era el primer amor en la vida de cada uno? ¿Recordaría el viejo Grannis algún rostro de los que había conocido cuando era el joven Grannis, el rostro de alguna chica de pelo muy claro, como los que se ven en las viejas ciudades catedralicias de Inglaterra? ¿Seguiría atesorando la señorita Baker en un cofre o cajón rara vez abierto algún daguerrotipo descolorido, algún parecido extraño y anticuado con su pelo rizado y su alto linaje? Era imposible saberlo.
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María Macapa, la mexicana que se encargaba de las habitaciones de los inquilinos, había sido la primera en llamar la atención de la casa respecto a este asunto al divulgar la noticia de cuarto en cuarto, de planta en planta, y en los últimos tiempos había hecho un gran descubrimiento, con el que seguían emocionadas todas las inquilinas. El viejo Grannis volvía del trabajo a las cuatro, y entre esa hora y las seis, la señorita Baker se sentaba en su habitación, con las manos sobre el regazo, sin hacer nada, escuchando, esperando. El viejo Grannis hacía lo mismo, ponía el sillón junto a la pared, a sabiendas de que la señorita Baker estaba al otro lado, consciente, quizá, de que ella estaba pensando en él; y así, los dos pasaban las horas de la tarde sentados, escuchando y esperando, sin saber qué exactamente, pero cerca el uno del otro, separados solo por la delgada división entre sus habitaciones. Habían llegado a conocer las costumbres del otro. El viejo Grannis sabía que justo a las cinco menos cuarto la señorita Baker preparaba una taza de té en la hornilla de aceite sobre la mesita que tenía entre la cómoda y la ventana. Por instinto, la señorita Baker percibía el momento en que el viejo Grannis bajaba la pequeña máquina de encuadernar del segundo anaquel del armario y empezaba su oficio favorito de empastar gacetas; gacetas que nunca leía, a pesar de todo.
En su clínica dental, McTeague empezó el trabajo de la semana. Contempló el platillo de vidrio donde guardaba el oro esponjoso y, al advertir que había utilizado todas las bolitas, se puso a hacer más. Al examinar los dientes de la señorita Baker en la sesión preliminar había encontrado una caries en uno de los incisivos, y la señorita Baker había decidido que se la empastara con oro. En ese momento, McTeague recordó que se trataba de lo que se conocía como un caso interproximal, en el que no hay suficiente espacio para empastar con grandes trozos de oro. Entonces se dijo a sí mismo que tendría que usar láminas e hizo varias de estas con la cinta de oro no cohesivo, cortándola de forma transversal en trocitos que podían insertarse de lado entre los dientes y fundirse al empastar. Tras elaborar las láminas continuó con otro tipo de empastes en oro que tendría ocasión de utilizar durante la semana: bloques para grandes caries interproximales, que hacía doblando la cinta sobre sí misma varias veces para después darle forma con las pinzas de soldadura, y cilindros para iniciar los empastes, los cuales formaba enrollando la cinta en torno a una aguja llamada tiranervios para después corlarla en
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diferentes longitudes. Trabajaba despacio, mecánicamente, haciendo girar la lámina entre sus dedos con la destreza manual que se ve a veces en la gente estúpida. Tenía la cabeza completamente vacía de cualquier pensamiento y no silbaba mientras trabajaba, como lo habría hecho otra persona. El canario compensaba el silencio con su trino constante y su chapoteo en el baño matutino, sosteniendo un ruido y un movimiento incesantes que habrían enloquecido a cualquiera menos a McTeague, quien no parecía tener nervios en absoluto.
Después de terminar los empastes hizo el gancho de un tiranervios con un poco de alambre de piano para reemplazar uno viejo que había perdido. Ya era de hora de almorzar, y al regresar de la cantina de los revisores del tranvía encontró a la señorita Baker esperándolo.
La pequeña y vieja modista estaba siempre dispuesta a hablar del viejo Grannis a quienquiera que la escuchara, y no era consciente en absoluto de los chismes de la casa. McTeague la encontró alborotada de la emoción. Había sucedido algo extraordinario. Había descubierto que el empapelado de la habitación del viejo Grannis era el mismo que el de la suya.
—Esto me ha llevado a pensar, doctor McTeague —exclamó agitando sus ricitos falsos—. Usted sabe que mi habitación es muy pequeña, y bueno, al tener el mismo empapelado (el diseño continúa directamente en la de él), pues creo que en algún momento fue una sola. Piénselo, ¿usted cree que lo fue? Viene siendo casi lo mismo que ocupar la misma habitación. No lo sé… en realidad, vaya… ¿usted cree que debería decírselo a la casera? Anoche estuvo encuadernando gacetas hasta las nueve y media. Dicen que es el hijo menor de una baronesa y que hay razones para que no le dieran el título; su padrastro fue cruelmente injusto con él.
Nadie había dicho nada parecido. Era ridículo imaginar un misterio relacionado con el viejo Grannis. La señorita Baker había decidido inventar la ficción y había creado el título y el padrastro injusto a partir de un recuerdo borroso de las novelas de su niñez.
La mujer tomó asiento en el sillón de operaciones. McTeague comenzó con el empaste. Se hizo un largo silencio. A McTeague le era imposible trabajar y hablar al mismo tiempo.
Justo cuando estaba bruñendo la última lámina en el diente de la señorita Baker, la puerta de la clínica se abrió, haciendo sonar la campana que el dentista había colgado por encima y que era absolutamente
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innecesaria. McTeague se volvió, con un pie en el pedal del aparato dental y el disco de corindón girando entre sus dedos.
Fue Marcus Schouler quien entró, acompañando a una joven de unos veinte años.
—Hola, Mac —exclamó—, ¿estás ocupado? He traído a mi prima por lo del diente roto.
McTeague asintió gravemente.
—Enseguida —respondió.
Marcus y su prima Trina se sentaron en las sillas rígidas bajo el grabado de acero de la corte de Lorenzo de Medici y se pusieron a hablar en voz baja. La joven contempló la habitación, fijándose en el doguillo de piedra, el calendario del fabricante de fúsiles, el canario en su prisión dorada y las sábanas revueltas en la cama, sin hacer, que estaba contra la pared. Marcus empezó a hablarle de McTeague.
—Somos colegas —explicó con una voz apenas superior a un susurro
—. Ah, Mac es un buen tipo, desde luego. Mira, Trina, es el tipo más fuerte que hayas visto. ¿Qué crees? Puede sacarte los dientes con sus dedos; sí que puede. ¿Qué te parece? Con sus dedos, que conste; sí que puede, es un hecho. Y date cuenta del tamaño que tiene, vamos. Ah, Mac es un buen tipo.
Mientras tanto, María Macapa había entrado en la habitación y se había puesto a hacer la cama de McTeague. De repente, Marcus exclamó bajito:
—Ahora vamos a divertirnos. Es la chica que se encarga de las habitaciones. Es latina, y está mal de la cabeza. No está completamente loca, pero no sé, es rara. Tienes que oírla hablar de una vajilla de oro que dice que pertenecía a su familia. Pregúntale cómo se llama y verás lo que dice.
Trina retrocedió, un poco asustada. —No, pregúntale tú —susurró.
—Ah, vamos, ¿de qué tienes miedo? —la instó Marcus. Trina sacudió la cabeza con fuerza y apretó los labios—. Bueno, escucha —dijo Marcus codeándola. Después alzó la voz y exclamó—: ¿Qué tal, María? —María asintió por encima del hombro al tiempo que se inclinaba sobre la cama—. ¿Trabajando duro estos días, María?
—Bastante.
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—Pero no siempre tuviste que ganarte la vida cuando comías en platos de oro, ¿o sí?
María no contestó, simplemente alzó el mentón y cerró los ojos, como diciendo que tendría una larga historia si quisiera contarla. Todos los esfuerzos de Marcus para sacársela fueron inútiles. María solo respondió con movimientos de cabeza.
—No siempre puedo hacerla hablar —le dijo Marcus a su prima. —Pero ¿qué es lo que hace cuando le preguntas cómo se llama? —Ah, claro —dijo Marcus, que lo había olvidado—. Oye, María,
¿cómo te llamas?
—¿Eh? —preguntó María enderezándose y poniendo las manos en las caderas.
—Dinos cómo te llamas —repitió Marcus.
—Me llamo María-Miranda-Macapa. —Luego, tras una pausa, agregó como si acabara de pensarlo—: Tenía una ardilla voladora y la dejé ir.
María Macapa daba esta respuesta invariablemente. No siempre hablaba de la famosa vajilla de platos de oro, pero una pregunta sobre su nombre nunca dejaba de provocar la misma extraña respuesta, pronunciada en voz baja y veloz:
—Me llamo María-Miranda-Macapa. —Luego, como si acabara de ocurrírsele—: Tenía una ardilla voladora y la dejé ir.
Por qué María asociaba la liberación de la ardilla mítica con su nombre, no se sabía. La casa no sabía absolutamente nada acerca de María, aparte de que era hispanoamericana. La señorita Baker era la inquilina más antigua, y, a su llegada, María ya era parte del mobiliario como criada para todos los oficios. Había una leyenda acerca de que su familia había sido inmensamente rica en Centroamérica, tiempo atrás.
María volvió a concentrarse en su trabajo. Trina y Marcus la miraban con curiosidad. Se hizo el silencio. La turbina de corindón del aparato dental de McTeague zumbaba con un tono monótono y prolongado. El canario gorjeaba de vez en cuando. La habitación estaba caliente, y la respiración de las cinco personas en el espacio reducido hacía que el aire estuviera pesado y denso. Muy de vez en cuando, un acre olor a tinta subía desde la sucursal de Correos que estaba justo debajo.
María Macapa terminó su trabajo y se dispuso a marcharse. Al pasar junto a Marcus y su prima, se detuvo y sacó sigilosamente un manojo de billetes azules del bolsillo.
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—¿Compra un billete de lotería? —preguntó mirando a la chica—.
Solo un dólar.
—Vete, María —dijo Marcus, quien no tenía más que treinta centavos en el bolsillo—. Vete; va contra la ley.
—Compre un billete —insistió María, tendiendo el manojo hacia Trina
—. Pruebe su suerte. El carnicero de la otra manzana ganó veinte dólares en el último sorteo.
Muy incómoda, Trina compró un billete con tal de quitársela de encima. María desapareció.
—¿No es un bicho raro? —rezongó Marcus, muy avergonzado e inquieto por no haber comprado el billete para Trina.
Pero hubo un movimiento repentino. McTeague acababa de terminar con la señorita Baker.
—Debería observar —le dijo la modista en voz baja— que él siempre deja la puerta un poco entornada por la tarde.
Cuando la mujer se hubo marchado, Marcus Schouler llevó a Trina hacia adelante.
—Mira, Mac, esta es mi prima, Trina Sieppe.
Los dos se dieron la mano en silencio. McTeague movió lentamente su cabezota con su enorme mata de pelo rubio. Trina era muy pequeña y bien formadita. Tenía la cara redonda y más bien pálida; sus ojos, alargados, estrechos y azules, eran como los ojos entreabiertos de un bebé; sus labios y los lóbulos de sus orejas diminutas eran pálidos, lo que parecía indicar que tenía anemia, y sobre el puente de su nariz pasaba una adorable línea de pecas. Pero era su pelo lo que más llamaba la atención. Montones y montones de trenzas y moños negros azulados; una espléndida corona de cintas oscuras; una verdadera diadema de azabache, pesada, abundante, olorosa. Toda la vitalidad que debía haberle dado color a su rostro parecía haber sido absorbida por ese pelo maravilloso. Era el peinado de una reina, que ensombrecía las pálidas sienes de esa pequeña burguesa. Era tan pesado que le inclinaba la cabeza hacia atrás, alzándole un poco el mentón. Tenía un porte encantador, inocente, desprevenido, casi pueril.
Iba toda vestida de negro, muy modesta y llanamente. El efecto de su rostro pálido sobre todo ese negro contrastante era casi monástico.
—Bueno —exclamó Marcus de repente—. Tengo que irme. Debo volver al trabajo. No le hagas demasiado daño, Mac. Hasta luego, Trina.
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McTeague y Trina se quedaron solos. Él estaba avergonzado, preocupado. Las jóvenes lo inquietaban y desconcertaban; no le gustaban. El dentista conservaba tenazmente esa desconfianza intuitiva ante todo lo femenino… la aversión obstinada de un grandullón que en el fondo es un niño. Por otra parte, ella estaba perfectamente relajada; no había duda de que la mujer que habitaba en su interior no se había despertado aún; podría decirse que aún no tenía sexo. Era casi como un chico, franca, cándida, sin reservas.
Trina tomó asiento en el sillón de operaciones y le dijo cuál era el problema, mirándolo directamente a la cara: se había caído de un columpio en la tarde del día anterior, se le había aflojado un diente y se le había caído el otro.
McTeague la escuchó con una impasibilidad aparente, asintiendo de vez en cuando a medida que ella hablaba.
La intensidad de su aversión hacia ella como mujer empezó a suavizarse. Comenzó a pensar que era más bien guapa, que incluso le gustaba porque era tan pequeña, tan bien formada, tan buena y franca.
—Echémosles un vistazo a sus dientes —dijo alzando el espejo—. Es mejor que se quite el sombrero.
Ella se recostó en el sillón y abrió la boca, dejando a la vista las filas de sus dientecitos redondos, tan blancos y parejos como los granos de una espiga de trigo verde, salvo en el lado donde se abría un hueco horrible.
McTeague metió el espejo en la boca y tocó un diente tras otro con el mango de una cucharilla. Poco después se enderezó y limpió el vaho del espejo con la manga del abrigo.
—Bueno, doctor —dijo la chica ansiosamente—, es una desfiguración atroz, ¿no? ¿Qué puede hacer al respecto?
—Bueno —contestó McTeague despacio y contemplando distraídamente el suelo de la habitación—, las raíces del diente roto siguen en la encía y hay que sacarlas, y supongo que también tendré que sacar el otro premolar. Déjeme ver otra vez. Sí —añadió enseguida mientras examinaba la boca de Trina con el espejo—, supongo que también habrá que sacarlo. —El diente estaba flojo, decolorado, claramente muerto—. Es un caso curioso —continuó—. No sé si he atendido un diente así antes. Es lo que se llama necrosis. No pasa a menudo. Seguramente habrá que sacarlo.
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Entonces se desencadenó una discusión al respecto. Trina se había enderezado en el sillón y sostenía el sombrero en su regazo; McTeague se había recostado en el marco de la ventana, había metido las manos en los bolsillos y paseaba la mirada por el suelo. Trina no quería que le sacaran el otro diente; un hueco como ese ya era suficientemente grave, pero dos… ay, no, ni pensarlo.
Pero McTeague razonó con ella, y en vano intentó hacerte entender que no había ninguna conexión vascular entre la raíz y la encía. Trina mostró una persistencia ciega; la persistencia de una chica que ha tomado una decisión.
A McTeague empezó a gustarle cada vez más, y después de un rato empezó a sentir que sería una lástima desfigurar una boca tan bonita. Empezó a interesarse; a lo mejor podría hacer algo, algo del estilo de una corona o un puente.
—Volvamos a echarle un vistazo —dijo, y alzó el espejo. Examinó la situación con mucho cuidado, deseando realmente reparar la imperfección.
El que faltaba era el primer premolar, y aunque parte de la raíz del segundo (el flojo) permanecería después de la extracción, estaba seguro de que no sería lo suficientemente fuerte como para sostener una corona. De repente se puso terco, decidido con toda la fuerza que un hombre burdo y primitivo pone en vencer la dificultad contra viento y marea. Dio vueltas a los detalles del caso. No, era obvio que la raíz no era lo suficientemente fuerte como para sostener una corona; además, su posición en el arco era un poco irregular. Pero, por fortuna, en los dos dientes a cada lado del hueco había caries: una en el primer molar y otra en la superficie palatal del colmillo. ¿No podría abrir un hueco en la raíz que quedaba y unos huecos en el molar y el colmillo, y empastar el espacio con una especie de semipuente-semicorona? Se decidió a hacerlo.
¿Por qué habría de comprometerse con este caso arriesgado? McTeague no lo sabía. Con la mayoría de sus clientes se habría conformado con extraer el diente flojo y las raíces del que se había roto. ¿Por qué habría de arriesgar su reputación en este caso? No podía decir por qué.
Fue la operación más difícil que había hecho en su vida. Se equivocó varias veces, pero al final la resolvió bastante bien. Extrajo el diente flojo con los fórceps de bayoneta y preparó las raíces del diente roto como para un empaste incrustándoles un trozo de alambre de platino aplanado a
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modo de perno. Pero esto era solo el comienzo; en total fue un trabajo de dos semanas. Trina iba casi cada dos días y pasaba dos o incluso tres horas en el sillón.
Paulatinamente, la incomodidad y la desconfianza que McTeague había sentido al principio desaparecieron por completo. Se hicieron buenos amigos. El dentista llegó incluso al punto de poder trabajar y hablar con ella al mismo tiempo, algo que nunca antes le había sido posible.
Hasta entonces nunca se había relacionado tanto con una chica de la edad de Trina. Las jóvenes de Polk Street —las dependientas, las chicas de las heladerías, las camareras de los restaurantes baratos— preferían a otro dentista, un tipo joven que acababa de graduarse de la universidad, un presumido, un ciclista, un hombre de mundo que usaba chalecos increíbles y apostaba dinero en las carreras de galgos. Trina era su primera experiencia. Con ella, el elemento femenino había entrado de súbito en su pequeño mundo. No era solo ella lo que veía y sentía; era la mujer, el sexo entero, una humanidad completamente nueva, extraña y cautivadora, lo que parecía haber descubierto. ¿Cómo lo había ignorado tanto tiempo? Era deslumbrante, delicioso, inenarrablemente encantador. Su estrecho punto de vista se amplió y se desdibujó de repente, y de pronto vio que en la vida había algo más que concertinas y cervezas steam. Tenía que rehacerlo todo. Tenía que cambiar su burda concepción de la vida. El deseo masculino, viril, que yacía en su interior despertó tardíamente, se avivó a sí mismo, fuerte y brutal. Era irresistible, inexperto, algo que no podría mantener a raya ni un segundo.
Poco a poco, de forma gradual y casi imperceptible, empezó a pensar en Trina día tras día, hora tras hora. Se descubría pensando en ella constantemente; a cada segundo veía su cara redonda y pálida; sus ojos estrechos y de color azul lechoso; su mentón ligeramente prominente; la diadema de pelo negro, enorme y pesada. De noche se quedaba despierto durante horas bajo las gruesas mantas de la cama, con la vista alzada hacia la oscuridad, atormentado de pensar en ella, exasperado por la malla delicada y sutil en la que se había enredado. En las horas anteriores al mediodía, mientras trabajaba, pensaba en ella. Mientras preparaba el yeso de París para los moldes en el lavabo de la esquina detrás del biombo, le daba vueltas en la cabeza a todo lo que había pasado, todo lo que había sido dicho en la sesión anterior. Había envuelto en un poco de periódico el dientecito que le había sacado y lo guardaba en el bolsillo del chaleco. Con
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frecuencia lo sacaba y lo sostenía en la palma de su mano enorme y callosa, sujetándolo con un sentimiento torpe y extraño, moviendo la cabeza al verlo y soltando unos suspiros tremendos. ¡Qué insensatez!
A las dos de la tarde de los martes, los jueves y los sábados, Trina llegaba y se acomodaba en el sillón de operaciones. Mientras trabajaba, McTeague se veía obligado a inclinarse muy cerca de ella todo el tiempo; le tocaba la cara, las mejillas y el mentoncito adorable con las manos; le apretaba los labios con los dedos. Ella le respiraba cálidamente en la frente y los párpados, y el olor de su pelo, un encantador perfume femenino, dulce, fuerte, debilitante, llegaba a sus orificios nasales, tan penetrante, tan delicioso, que sentía un ardor y un hormigueo en la carne; una verdadera sensación de desmayo recorría a este sujeto inmenso y calloso, con sus huesos enormes y sus músculos fibrosos. McTeague se quedaba sin aliento y las mandíbulas se le tensaban de repente, como unas tenazas.
Pero esto era solo a veces; un arrebato extraño, irritante, que se apagaba casi de inmediato. La mayoría de las veces disfrutaba el placer de esas sesiones con una tranquilidad firme, con una felicidad ciega por el hecho de que ella estuviera ahí. Este dentista pobre y burdo de Polk Street, estúpido, ignorante, vulgar, con su educación falsa y sus gustos plebeyos, cuya única distracción era comer, beber cerveza y tocar su concertina, estaba viviendo su primer amor, su primer idilio. Era delicioso. Las largas horas que pasaba a solas con Trina en la clínica, silenciosa de no ser por el chirrido de los instrumentos y el run-run de las turbinas del motor, en esa atmósfera viciada, recalentada por la estufita y cargada de olor a éter, creosota y sábanas trasnochadas, tenían todo el encanto de las citas secretas y los encuentros furtivos bajo la luna.
La operación progresó poco a poco. Un día, justo después de que McTeague hubiera puesto los empastes temporales de gutapercha y cuando ya no podía hacer nada más en esa sesión, Trina le pidió que revisara los demás dientes. Eran perfectos, con una excepción: una mancha de caries blanca en la superficie lateral de un incisivo. McTeague la empastó con oro, ampliándola con curetas y cucharillas y después con fresas de medio cono. La cavidad era profunda, y Trina empezó a hacer muecas de dolor y a gemir. Hacerle daño a Trina era un auténtico suplicio, pero un suplicio que estaba obligado a soportar durante toda la sesión. Era desgarrador — McTeague sudaba— tener que torturarla a ella, entre todas las mujeres del mundo, ¿podría haber algo peor que eso?
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—¿Duele? —preguntó ansiosamente.
Ella respondió torciendo el gesto con una inhalación brusca, puso los dedos sobre los labios cerrados y asintió con la cabeza. McTeague roció el diente con ácido tánico, pero no surtió efecto. Para no hacerle daño, se vio obligado a utilizar anestesia, lo que detestaba. Tenía la sensación de que el gas de óxido nitroso era peligroso, de modo que en esa ocasión, como en todas las demás, utilizó éter.
Le puso la esponja sobre el rostro varias veces, más nervioso que nunca, y observó de cerca los síntomas. La respiración de Trina se volvió brusca e irregular; los músculos le temblaron ligeramente. Cuando los pulgares se doblaron hacia las palmas, McTeague apartó la esponja. Trina se desmayó muy rápido y se hundió en el sillón con un largo suspiro.
McTeague se enderezó, dejó la esponja en el estante que tenía por detrás y mantuvo la mirada fija en el rostro de Trina. Se quedó mirándola un rato mientras ella yacía allí, inconsciente e indefensa y muy guapa. Estaba solo con ella, y ella no podía defenderse.
De repente, el animal que habitaba dentro del hombre se agitó y se despertó; los instintos malignos que en él estaban tan cerca de la superficie cobraron vida, gritando y clamando.
Era una crisis; una crisis que había surgido en un instante, una crisis para la que no estaba preparado en absoluto. McTeague la combatió a ciegas y sin saber por qué, estimulado por un irracional instinto de resistencia. En su interior, otro ser, un McTeague mejor, había surgido junto con la bestia. Los dos eran fuertes, con la fuerza bruta y descomunal del hombre mismo. Forcejearon. Allí, en esa clínica dental ordinaria y desvencijada, se desató una lucha aterradora. Era la vieja batalla, tan vieja como el mundo, ancha como el mundo… el repentino salto de pantera del animal, con los labios tensionados y los colmillos a la vista, horrendo, monstruoso, imposible de resistir; y el despertar simultáneo del otro, el mejor que grita:
—Abajo, abajo, —sin saber por qué, que agarra al monstruo, que lucha por estrangularlo, por empujarlo hacia abajo y hada atrás.
Mareado y apabullado por el impacto, un impacto que no había experimentado nunca, McTeague se apartó de Trina y contempló la habitación, desconcertado. La lucha era dura; los dientes le rechinaban entre sí con un ruidito áspero; la sangre le zumbaba en los oídos; tenía la cara colorada y las manos retorcidas como un nudo de cables. Su furia
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interior era como la furia de un toro joven al calor del verano intenso. Sin embargo, a pesar de todo, sacudía la cabezota de vez en cuando y mascullaba: «¡No, por Dios! ¡No, por Dios!».
Débilmente, pareció darse cuenta de que si cedía en ese momento nunca podría volver a sentir afecto por Trina. Ella nunca volvería a ser la misma para él, nunca volvería a ser tan radiante, tan dulce, tan adorable; el encanto se desvanecería en un instante. A lo largo de la frente de Trina, su frentecita pálida, bajo la sombra de ese pelo espléndido, vería seguramente la mancha de una inmundicia infecta, la huella del monstruo. Sería un sacrilegio, una abominación. McTeague le rehuyó con todas sus fuerzas.
«¡No, por Dios! ¡No, por Dios!»
Retomó el trabajo como buscando refugio. Pero al acercársele de nuevo, el encanto de la inocencia y la indefensión de Trina volvieron a cautivarlo. Era una última protesta contra su determinación. De repente, se inclinó sobre ella y la besó groseramente en la boca, de lleno. Todo pasó antes de que pudiera darse cuenta. Aterrorizado por su debilidad en el preciso momento en que se creía fuerte, se volcó en su labor con una energía apremiante. Para cuando estaba fijando la lámina de goma sobre el diente, ya había vuelto a controlarse. Estaba inquieto, seguía temblando, vibrando con la agonía de la crisis, pero era el amo; el animal había sido derrotado, acobardado, al menos por esa ocasión.
Sin embargo, pese a todo, la bestia estaba ahí. Ahora por fin estaba viva, despierta, tras una larga inactividad. De ahí en adelante sentiría su presencia constantemente; la sentiría tirando de su cadena, esperando la oportunidad. ¡Vaya por Dios! ¿Por qué no podía amarla siempre puramente, limpiamente? ¿Qué era esa cosa salvaje y retorcida que habitaba dentro de él, atada a su carne?
Bajo la fina tela de todo lo bueno que había en él discurría la corriente repugnante del mal hereditario, como una cloaca. Lo mancillaban los vicios y pecados de su padre y del padre de su padre, hasta la tercera y la cuarta y la quinta generación. La maldad de una raza entera fluía por sus venas. ¿Por qué? Él no lo deseaba. ¿Acaso era su culpa?
Pero McTeague no podía entender esa cosa que lo había enfrentado, eso que enfrentaba a todos los niños y hombres tarde o temprano. No podía comprender su importancia; razonar con ello estaba más allá de sus capacidades. Solo podía oponerle una resistencia instintiva y obstinada, ciega, inerte.
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Prosiguió con su trabajo. Mientras golpeaba los pequeños bloques y cilindros con el mazo, Trina volvió en sí despacio y con un largo suspiro. Todavía se sentía un poco confundida y se quedó quieta en el sillón. Hubo un largo silencio, roto solo por el golpeteo irregular del mazo de madera dura. Al cabo de un rato dijo:
—No he sentido nada. —Y después le sonrió hermosamente bajo el dique de goma.
McTeague se volvió hacia ella de repente, con el mazo en una mano y las pinzas sosteniendo una bola de oro esponjoso en la otra. Súbitamente, con la ingenuidad y la franqueza de un niño, le dijo:
—Oiga, señorita Trina, usted me gusta más que nadie, ¿por qué no nos casamos?
Trina se incorporó rápidamente en el sillón y se alejó de él, asustada y perpleja.
—¿Se casará conmigo? ¿Sí? —preguntó McTeague—. Dígame, señorita Trina, ¿sí?
—¿Qué pasa? ¿A qué se refiere? —gritó ella confusamente; las palabras se le enredaban bajo el dique de goma.
—¿Sí? —repitió McTeague.
—No, no —exclamó ella, negándose sin saber por qué, sintiéndose presa de un miedo súbito hacia él; el miedo intuitivo de la hembra ante el macho. McTeague solo conseguía repetir la misma frase una y otra vez. Trina, cada vez más asustada ante sus manos enormes, las manos del antiguo cargador, ante su cabezota cuadrada y su descomunal fuerza bruta, gritó «No, no» tras el dique de goma, sacudió la cabeza con violencia, estiró las manos y se encogió en el sillón de operaciones. «No, no», gritó aterrorizada. Luego, cuando exclamó: «¡Oh, estoy mareada!», tuvo un acceso repentino de vómito. Era el efecto secundario y nada inusual del éter, ayudado por la agitación y el nerviosismo. McTeague se contuvo, vertió un poco de sedante en un vaso medidor y se lo acercó a los labios.
—Tome, trague esto —le dijo.
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UNA VEZ cada dos meses, María Macapa conmocionaba la casa entera. La recorría de la buhardilla al sótano, buscando en cada rincón, hurgando en todos los baúles, cajas y barriles viejos, husmeando en los últimos estantes de los armarios, escudriñando entre las bolsas de trapos, exasperando a los inquilinos con su persistencia y su importunidad. María recogía trastos, pedazos de hierro, jarras de cerámica, botellas de vidrio, bolsas y prendas viejas. Era una de sus bonificaciones. Le vendía los trastos a Zerkow, el ropavejero que vivía en un cuarto mugriento en el callejón justo detrás de la casa y que a veces le pagaba una suma de hasta tres centavos por libra. Las jarras de cerámica, sin embargo, valían cinco centavos. María se gastaba el dinero que Zerkow le pagaba en blusas y corbatas de lunares azules, tratando de vestirse como las chicas que vendían los refrescos en la confitería de la esquina. Se moría de envidia por estas chicas. Ellas estaban en el mundo, eran elegantes y gallardas y tenían novio.
En aquella ocasión, María se presentó ante la habitación del viejo Grannis a altas horas de la tarde. La puerta estaba un poco abierta. La de la señorita Baker estaba entornada unos cuantos centímetros. Los dos viejos se estaban acompañando a su manera.
—¿Tiene algún trasto, señor Grannis? —preguntó María en la puerta, con un almohadón sucio y a medio llenar sobre un brazo.
—No, nada… nada que se me ocurra, María —contestó el viejo Grannis, irritadísimo por la interrupción pero sin querer ser antipático—. Nada que se me ocurra. Pero, de todos modos… a lo mejor… si quieres mirar…
Estaba sentado en el centro de la habitación ante una mesita de pino y con la pequeña máquina de encuadernar enfrente. Tenía una enorme aguja de tapicero enhebrada con cáñamo entre los dedos y un punzón al alcance, y en el suelo, a su lado, había una gran pila de gacetas con las páginas sin
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cortar. El viejo Grannis compraba Nation y The Breeder and Sportsman. En esta última encontraba ocasionalmente algunos artículos acerca de perros que le parecían interesantes. Rara vez leía la primera. No tenía con qué suscribirse a ninguna de las dos, pero compraba los números atrasados por veintenas, casi exclusivamente por el placer de encuadernarlos.
—¿De qué le sirve coser los libros, señor Grannis? —preguntó María cuando empezó a hurgar entre los estantes del armario del viejo Grannis
—. Aquí en los estantes hay cientos de ellos; y no le sirven de nada. —Bueno, pues —respondió el viejo Grannis en tono amigable,
frotándose la barbilla—, yo… no sé muy bien por qué; es una pequeña costumbre, ¿sabes? Una distracción, una… una… Me mantiene ocupado, ¿sabes? Yo no fumo; esto ocupa el lugar de una pipa, quizá.
—Aquí hay una vieja jarra amarilla —dijo María al salir del armario con la jarra en la mano—. Tiene el asa rota; usted no la quiere, mejor démela.
El viejo Grannis sí quería la jarra. Ya no la usaba nunca, cierto, pero la había conservado durante mucho tiempo y se aferraba a ella de esa forma en que los viejos se aferran a cosas triviales, sin valor, que han conservado durante muchos años.
—Oh, esa jarra… bueno, María, yo… yo no sé. Me temo que… verás, la jarra…
—Ah, vamos —le interrumpió María Macapa—; ¿de qué le sirve? —Si insistes, María, pero preferiría… —Se frotó la barbilla, perplejo y
enfadado; odiaba negarse, y deseaba que María se fuera.
—¿Por qué? ¿De qué le sirve? —insistió María. Él no pudo darle una respuesta adecuada—. De acuerdo, pues —afirmó ella mientras se llevaba la jarra.
—Eh… María… oye, podrías… puedes dejar la puerta… eh, no la cierres del todo… aquí dentro se siente un poco de bochorno a ratos.
María sonrió burlonamente y abrió la puerta de par en par. El viejo Grannis estaba avergonzadísimo; verdaderamente, María se estaba volviendo insoportable.
—¿Tiene algún trasto? —gritó María a la puerta de la señorita Baker. La viejecita estaba sentada en su mecedora muy cerca de la pared, sus manos descansaban despreocupadamente sobre su regazo.
—Bueno, María —dijo con voz quejumbrosa—, siempre buscando trastos; tú sabes que yo nunca tengo nada parecido por aquí.
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Era verdad. La diminuta habitación de la modista jubilada era una maravilla de pulcritud, desde la mesita roja con sus tres cucharas de Gorham dispuestas en paralelos exactos, hasta los decorosos geranios y miñonetas en la caja de almidón en la ventana, bajo la pecera con su único y venerable pececillo. Ese día, la señorita Baker había estado lavando un poco. Dos pañuelos de bolsillo, todavía húmedos, se secaban al sol pegados al cristal de la ventana.
—Ay, supongo que tiene algo que no quiere —prosiguió María mientras escudriñaba en los rincones de la habitación—. Mire lo que me ha dado el señor Grannis. —Y le enseñó la jarra amarilla. De inmediato, la señorita Baker sintió una confusión estremecedora. Cualquier palabra pronunciada en voz alta podría ser escuchada perfectamente en la habitación contigua. ¡Qué sosa más estúpida era esa María! ¿Podría haber algo más duro que esa situación?
—¿No es cierto, señor Grannis? —gritó María—. ¿No me ha dado esta jarra?
El viejo Grannis fingió no oír; la frente se le llenó de sudor; la timidez lo invadió como si fuera un colegial de diez años. Se levantó a medias, manoseándose la barbilla nerviosamente con los dedos.
María abrió la puerta del armario de la señorita Baker sin inmutarse. —¿Y estos zapatos viejos? —exclamó, y se dio la vuelta sosteniendo
un par de polainas de seda a medio usar. No estaban lo suficientemente viejas como para tirarlas, ni mucho menos, pero la señorita Baker estaba casi fuera de sí. Era imposible saber qué iba a pasar después. Solo podía pensar en deshacerse de María.
—Sí, sí, lo que sea. Puedes llevártelas, pero vete, vete. No hay nada más, nada de nada.
María salió al pasillo y dejó la puerta de la señorita Baker abierta de par en par, como por malicia. Había dejado el almohadón sucio en el corredor, y se quedó ahí, entre las dos puertas abiertas, mientras guardaba la vieja jarra y los zapatos de seda a medio usar, haciendo comentarios a todo volumen, gritándole primero a la señorita Baker, luego al viejo Grannis. De algún modo, ella hacía que los dos viejos se encontraran cara a cara. Cada vez que se veían obligados a contestar a sus preguntas era como si estuvieran hablando directamente el uno con el otro.
—Estos son unos zapatos de primera clase, señorita Baker. Mire, señor Grannis, fíjese en los zapatos que me ha dado la señorita Baker. ¿No tiene
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un par que no necesite, eh? Ustedes dos tienen menos trastos que el resto de la gente de la casa. ¿Cómo lo hace, señor Grannis? Ustedes los viejos solteros son como las viejas solteras, limpios como una tacita de plata. Son iguales los dos… usted y el señor Grannis… ¿o no, señorita Baker?
Nada podría haber sido más terriblemente embarazoso, más incómodo. Los dos viejos sufrieron una verdadera tortura. Cuando María se hubo marchado, cada uno soltó un suspiro de alivio inenarrable. Empujaron sus puertas suavemente, dejando abierto un espacio de un par de milímetros. El viejo Grannis volvió a su máquina de encuadernar. La señorita Baker se preparó una taza de té para calmar los nervios. Cada uno trató de recuperar la compostura, en vano. Al viejo Grannis le temblaban tanto los dedos que se pinchó con la aguja. La señorita Baker dejó caer la cuchara dos veces. No se les pasaban los nervios. Estaban perturbados, inquietos. En pocas palabras, la tarde se había echado a perder.
María recorrió la casa de cuarto en cuarto. Ya había visitado a Marcus Schouler temprano esa mañana antes de que este saliera. Él la había insultado, vociferando con excitación. ¡No, maldita sea! No, no tenía nada para ella; no tenía nada, era un hecho. Era una auténtica persecución. Todos los días le invadían la privacidad. Se quejaría a la casera, sí, lo haría. Se mudaría a otra parte. Al final le había dado a María siete petacas de whisky vacías, una rejilla de hierro y diez centavos; esto último porque ella llevaba el pelo como una chica que él conocía, según dijo.
Tras salir de la habitación de la señorita Baker, María llamó a la puerta de McTeague. El dentista estaba echado en el sofá cama, sin zapatos, holgazaneando al parecer, mirando hacia el techo, perdido en sus pensamientos.
Desde que le hablara a Trina Sieppe y le pidiera abruptamente que se casara con él, McTeague había tenido una semana tormentosa. Ya no había vuelta atrás. Ahora estaba Trina y nadie más. Le daba lo mismo que su mejor amigo, Marcus, probablemente estuviera enamorado de la misma chica. Debía poseerla a pesar de todo; la poseería incluso a pesar de sí misma. No se detuvo a reflexionar sobre el asunto; siguió su deseo ciega e imprudentemente, con furor e ira ante cualquier obstáculo. Y ella le había gritado «¡No, no!»; no podía olvidarlo. Ella, tan pequeña y pálida y delicada, lo había mantenido a raya a él, tan grande, tan inmensamente fuerte.
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Además, todo el encanto de su intimidad había desaparecido. Tras esa infeliz sesión, Trina ya no se mostraba franca ni directa. Ahora era cauta, reservada, distante. Él ya no podía abrir la boca; le faltaban las palabras. En una sesión en particular se habían dicho solo buenas tardes y adiós. Él se sentía torpe y patoso; se decía a sí mismo que ella lo despreciaba.
Pero su recuerdo le acompañaba todo el tiempo. Noche tras noche, yacía completamente despierto pensando en ella, preguntándose por ella, atormentado por el deseo infinito de poseerla. La cabeza le ardía y parecía a punto de estallarle. Las palmas de las manos se le secaban. Se dormía y se despertaba y caminaba sin rumbo por la habitación oscura, chocándose contra las tres sillas firmemente alineadas bajo el grabado de acero y tropezándose con el doguillo de piedra frente a la estufita.
Además, lo mortificaban los celos que le producía Marcus Schouler. Cuando María Macapa entró en la clínica para preguntarle si tenía algún trasto, lo encontró echado en el sofá cama, cuan largo era, mordiéndose los dedos en un acceso de furia silenciosa. Ese día, durante el almuerzo, Marcus le había hablado de una excursión planeada para el siguiente domingo por la tarde. El señor Sieppe, padre de Trina, pertenecía a un club de tiro al blanco que se reuniría en Schuetzen Park, al otro lado de la bahía. Todos los Sieppe irían; harían un pícnic. Como siempre, Marcus estaba invitado a formar parte del grupo. McTeague estaba desesperado. Era su primera experiencia, y sufría como nunca, pues no estaba preparado en absoluto. ¿Qué dificultad miserable era esta en la que se había involucrado? Puesto que amaba a Trina, le parecía muy sencillo llevársela de una vez con él, sin detenerse ante nada, sin hacer preguntas, apoderarse de ella y llevársela lejos a la fuerza, a algún lado, no sabía exactamente adónde, a un país incierto, un lugar desconocido donde todos los días fueran domingo.
—¿Tiene algún trasto?
—¿Eh? ¿Qué? ¿Qué pasa? —exclamó McTeague al levantarse de la cama repentinamente. A María solía irle bien en la clínica. McTeague rompía muchas cosas que luego no mandaba a arreglar por estúpido; para él, todo lo que se rompiera estaba perdido. Si no era una escupidera era una pala para la estufita o una taza china para afeitarse.
—¿Tiene algún trasto?
—No sé… no me acuerdo —masculló McTeague. María se paseó por la habitación, y él la siguió con sus enormes pies cubiertos solo por los
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calcetines. De repente, María se abalanzó sobre un montoncito de instrumentos viejos que había en una caja de cigarros destapada: condensadores, curetas y cucharillas. María llevaba mucho tiempo codiciando hacer un descubrimiento como ese en la clínica de McTeague, consciente de que debía de estar en algún lado. Los instrumentos estaban hechos del acero templado más fino y eran muy valiosos.
—Oiga, doctor, me los puedo quedar, ¿cierto? —exclamó María—. A usted ya no le sirven.
McTeague no estaba muy seguro. En el montoncito había muchos que se podían reparar o reestructurar.
—No, no —dijo meneando la cabeza.
Pero María Macapa, que sabía con quién estaba tratando, le soltó enseguida un torrente de palabras y le hizo creer que no tenía derecho a retenerlos, que había prometido guardárselos a ella. Hablaba fingiendo gran indignación, frunciendo la boca, alzando el mentón como si la hubieran herido de un modo sutil, cambiando de ánimo rápidamente y llenando la habitación con un clamor tan estridente que McTeague se sintió aturdido y embotado.
—Bien, de acuerdo, de acuerdo —dijo intentando hacerse escuchar—.
Eso sería muy mezquino. No los quiero.
Cuando el dentista se dio la vuelta para alzar la caja, María aprovechó para robar tres láminas del oro esponjoso que había en el platillo de vidrio. Ella solía robar el oro de McTeague casi en sus narices; en realidad era tan fácil que casi no tenía gracia. María se marchó después. Él regresó al sofá cama y se echó boca abajo.
María terminó su colecta poco antes de la hora de cenar. La casa había quedado completamente libre de trastos. El almohadón sucio estaba lleno a reventar. María aprovechó la hora de cenar para llevar su bulto a la vuelta de la esquina, al fondo del callejón, donde vivía Zerkow.
Cuando entró en la tienda, Zerkow acababa de regresar de sus rondas diarias. El carro decrépito estaba frente a la puerta, como los restos de un naufragio encallado; el caballo abatido, con sus deplorables articulaciones hinchadas, se alimentaba con gula de un puñado de paja podrida en un cobertizo en la parte trasera.
El interior de la tienda de trastos era oscuro y húmedo y apestaba a toda clase de olores asfixiantes. En las paredes, el suelo y colgando de las vigas había un mundo de desechos ennegrecidos por el polvo, corroídos
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por el óxido. Ahí estaba todo, todos los oficios estaban representados, todas las clases de la sociedad, cosas de hierro y tela y madera; todos los despojos que una gran ciudad desecha en su vida cotidiana. La tienda de trastos de Zerkow era el último lugar perdurable, la casa de beneficencia de esos objetos que ya no tenían razón de ser.
María encontró a Zerkow en el cuarto trasero, cocinando una especie de comida sobre una hornilla de alcohol. Zerkow era un judío polaco, aunque, curiosamente, su pelo era rojo encendido. Era un viejo seco y arrugado de sesenta y tantos años. Tenía los labios delgados, ansiosos y gatunos del codicioso; unos ojos que se habían vuelto agudos como los del lince por la larga búsqueda entre la porquería y los desechos, y unos dedos prensiles, como garras, los dedos de un hombre que acumula pero no distribuye. Era imposible ver a Zerkow y no notar enseguida que la avaricia —una avaricia desmedida, insaciable— era su pasión principal. Era el «hombre del escarbador», que hurgaba constantemente entre la porquería de la ciudad en busca de oro, oro, oro. Era su sueño, su pasión; a cada instante creía sentir en sus manos el peso abundante y sólido del metal gordo y crudo. El brillo del oro estaba siempre en sus ojos, y el sonido metálico resonaba siempre en sus oídos, como el tintineo de unos címbalos.
—¿Quién es? ¿Quién es? —exclamó Zerkow al oír los pasos de María en la estancia exterior. Su voz era apenas perceptible, ronca, reducida casi a un susurro por su prolongada costumbre de gritar en las calles—. Ah, eres tú otra vez, ¿cierto? —añadió mientras atisbaba entre la penumbra de la tienda—. Veamos; ya has venido antes, ¿no? Eres la mexicana de Polk Street. Tu apellido es Macapa, ¿eh?
María asintió.
—Tenía una ardilla voladora y la dejé ir —masculló distraída.
Zerkow se quedó confundido y la miró fijamente un segundo, después descartó el tema con un movimiento de cabeza.
—Y bien, ¿qué me traes? —preguntó. Dejó que se le enfriara la comida, embebido de inmediato en el asunto.
Entonces comenzó una larga disputa. Cada trozo de basura del almohadón de María fue analizado, sopesado, debatido. Se gritaron a la cara por la jaira rota del señor Grannis, las polainas de seda de la señorita Baker y las petacas de whisky de Marcus Schouler, y llegaron al clímax del desacuerdo cuando salieron los instrumentos de McTeague.
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—¡Ah, no, no! —gritó María—. ¡Quince centavos por el montón! ¡Hasta te hago un regalo de Navidad! Además, tengo unos empastes de oro, míralos.
La respiración de Zerkow se aceleró ante el súbito centelleo de las bolitas en la mano de María. Ahí estaba: el metal intacto, el mineral puro, sin aleación; su sueño, su deseo devorador. Sus dedos se estremecieron y se curvaron entre sus palmas; sus labios delgados se tensaron sobre sus dientes.
—Ah, tienes un poco de oro —masculló, y alargó la mano para cogerlo.
María cerró el puño sobre las bolitas.
—El oro va con el resto —anunció—. Me darás un buen precio por el montón o me lo llevo.
Al final llegaron a un acuerdo que satisfizo a María. Zerkow no era de los que dejan que el oro salga de su casa; hizo la cuenta del precio de todos los trastos y le entregó cada moneda con renuencia, como si fuera la sangre de sus venas. El negocio quedó concluido.
No obstante, Zerkow tenía algo más que decir. Cuando María dobló el almohadón y se levantó para irse, el viejo judío le dijo:
—Bueno, espera un segundo, tomaremos… tomarás una copa antes de irte, ¿no? Solo para demostrarte que las cosas están bien entre nosotros.
María volvió a sentarse.
—Sí, supongo que tomaré una copa.
De una encimera clavada a la pared, Zerkow bajó una botella de whisky y un vaso de vidrio rojo con la base rota. Bebieron juntos; Zerkow, de la botella, María, del vaso roto. Se limpiaron los labios despacio, luego volvieron a respirar. Hubo un rato de silencio.
—Oye —dijo Zerkow finalmente—, ¿y los platos de oro de los que me hablaste la última vez que viniste?
—¿Qué platos de oro? —preguntó María, confundida.
—Ah, ya sabes —replicó el otro—. La vajilla que tu padre tenía en Centroamérica hace mucho tiempo. ¿Te acuerdas, la que sonaba como un montón de campanas? Oro rojo, ya sabes, como las naranjas.
—Ah —dijo María alzando el mentón, como si pudiera contar una larga historia al respecto si quisiera—. Ah, sí, la vajilla de oro.
—Cuéntamelo otra vez —dijo Zerkow rozando el pálido labio inferior contra el superior; tocándose la boca y la barbilla con los dedos que
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parecían garras—. Cuéntamelo, vamos.
El viejo respiraba entrecortadamente; los brazos le temblaban un poco. Era como si una hambrienta bestia depredadora hubiera olido una presa. María seguía rehusando, alzando la cabeza, insistiendo en que tenía que irse.
—Oigámosla —insistió el judío—. Bebe otra copa. —María tomó otro trago de whisky—. Empieza, vamos —repitió Zerkow—, oigamos la historia.
María cuadró los codos sobre la mesa de pino y miró directamente hacia adelante con ojos que no veían nada.
—Bueno, así fue —empezó—. Fue cuando yo era pequeña. Mis padres debieron de ser ricos; oh, ricos y millonarios… por el café, supongo… y había una casa grande, pero yo solo recuerdo los platos. ¡Oh, esa vajilla! Era maravillosa. Había más de cien piezas, y todas de oro. Tendrías que haber visto el espectáculo cuando se abría el baúl de cuero. Casi te deslumbraba. Era un resplandor amarillo como el fuego, como una puesta de sol; toda esa gloria, amontonada toda junta, una pieza sobre la otra. ¡Vaya! Si la habitación estaba a oscuras sentías que de todos modos podías ver con tanto brillo. No había pieza que tuviera un rasguño; todas eran como espejos, tersas y brillantes, como un charquito cuando el sol brilla en él. Había platos llanos y soperas y jarras; y grandes fuentes muy largas y anchas; y jarritas para la nata y tazones con asas talladas con enredaderas y esas cosas; y tazas para beber, todas de distinto tamaño; y salseras; y también una ponchera enorme y estupenda y un cucharón, y la ponchera estaba toda tallada con figuras y racimos de uvas. ¡Vaya! Solo esa ponchera valía una fortuna, supongo. Cuando ponían toda la vajilla en la mesa era un espectáculo digno de un rey. ¡Así era esa vajilla! Todas las piezas eran pesadas, ¡huy, muy pesadas! Y gruesas, ¿sabes?; oro gordo y grueso, nada más que oro… oro rojo, brillante, puro, rojo-anaranjado… y al golpearlo con los nudillos, ¡ah, tendrías que haberlo oído! Ninguna campana ha tenido un sonido más dulce o más claro. También era oro suave; podías morderlo y dejar la marca de tus dientes. ¡Oh, esa vajilla! Puedo verla claramente… sólida, sólida, pesada, suntuosa, oro puro; nada más que oro, oro, pilas y pilas de oro. ¡Qué vajilla era aquella!
María calló y sacudió la cabeza, pensando en el esplendor desaparecido. Por más ignorante y falta de imaginación que fuera respecto a los demás temas, su ingenio deformado evocaba este cuadro con una
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nitidez fabulosa. Era obvio que veía la vajilla claramente. Su descripción era certera, casi elocuente.
¿Existió alguna vez esa maravillosa vajilla de oro fuera de la imaginación enfermiza de María? ¿Realmente estaba recordando la realidad de una niñez lujosísima? ¿Habrían poseído sus padres en alguna época una fortuna incalculable derivada de alguna plantación de café en Centroamérica, una fortuna confiscada hacía mucho tiempo por ejércitos de insurrectos o dilapidada en apoyo a los gobiernos revolucionarios?
No era imposible. Del pasado de María Macapa antes de su llegada a la casa no podía saberse absolutamente nada. Había salido de la nada, de repente; una extraña mujer de raza mestiza, cuerda respecto a todo menos al tema de la famosa vajilla de oro, pero insólita, compleja, misteriosa, incluso en sus mejores momentos.
Pero ¡qué agonía la que tenía que soportar Zerkow al oír ese cuento! Pues él había decidido creerlo, se había forzado a creerlo, fustigado y acosado por una avaricia despiadada que no se detenía ante ningún cuento de tesoros, por más absurdo que fuera. La historia lo embelesaba con deleite. Estaba cerca de alguien que había poseído esa riqueza. Estaba viendo a alguien que había visto ese montón de oro. Se sentía cerca del oro; estaba ahí, en alguna parte cercana, bajo sus oíos, bajo sus dedos; era rojo, reluciente, pesado. Miró a su alrededor desenfrenadamente: nada, nada más que la sórdida tienda de trastos y las latas oxidadas. ¡Qué exasperación, qué suplicio más auténtico, estar tan cerca y saber que se había perdido irrecuperable e irrevocablemente! Lo atravesó un espasmo de angustia. Se mordió los pálidos labios ante la desesperanza, la cólera, la furia de ese hecho.
—Vamos, vamos —susurró—; oigámosla de nuevo. Brillante como un espejo y pesada, ¿eh? Sí, lo sé, lo sé. Una ponchera que vale una fortuna. ¡Ah! ¡Y dices que la tenías toda!
María se levantó para irse. Zerkow la acompañó a la puerta, insistiéndole para que bebiera otra copa.
—Vuelve otra vez, vuelve otra vez —dijo con voz ronca—. No esperes a tener trastos; ven cuando quieras, y háblame más acerca de la vajilla.
La siguió un trecho por el callejón.
—¿Cuánto crees que valdría? —preguntó ansioso.
—Oh, un millón de dólares —contestó María vagamente.
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Cuando María se hubo ido, Zerkow regresó al cuarto trasero de la tienda y se quedó de pie frente a la hornilla de alcohol, contemplando la comida fría, ensimismado, pensativo.
«Un millón de dólares», masculló con su voz baja, áspera, gutural; se paseó los dedos sobre los labios, delgados y gatunos. «Una vajilla de oro que vale un millón de dólares; una ponchera que vale una fortuna; platos de oro rojo, montones y pilas. ¡Dios!»
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PASARON los días. McTeague terminó la operación de los dientes de Trina. Ella no volvió a la clínica. Las cosas se reajustaron un poco entre los dos durante las últimas sesiones. Aunque Trina mantenía sus reservas y el dentista seguía sintiéndose patoso y torpe en presencia de ella, la limitación y la vergüenza que había sentido después de su burda declaración se habían disipado poco a poco. A pesar de sí mismos, fueron reanudando lentamente las respectivas posiciones que habían ocupado cuando se conocieron.
Pero McTeague sufría muchísimo por todo esto. Nunca poseería a Trina, lo veía claramente. Ella era demasiado buena para él, demasiado delicada, demasiado refinada, demasiado bien formada para él, que era tan ordinario, tan enorme, tan estúpido. Ella era para otro… Marcus, sin duda, o al menos para un hombre más sutil. Debería haber ido a algún otro dentista; el tipo joven de la esquina, por ejemplo, el que se hacía el interesante, el que iba en bicicleta, el que iba a las carreras de galgos. McTeague empezó a detestarlo y envidiarlo. Lo espiaba cuando entraba y salía del consultorio, y observaba sus corbatas color rosa salmón y sus chalecos impresionantes.
Un domingo, pocos días después de la última sesión de Trina, McTeague se encontró con Marcus en la mesa de la cantina de los revisores del tranvía, junto a la tienda de arneses.
—¿Qué tienes que hacer esta tarde, Mac? —preguntó el otro mientras se comían el pudín de manteca.
—Nada, nada —respondió McTeague meneando la cabeza con la boca llena de pudín. El dentista se acaloraba al comer, y tenía unas gotitas de sudor en el puente de la nariz. Esperaba pasar la tarde en su sillón de operaciones, como siempre. Al salir de la clínica había puesto diez
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centavos en su jarra y la había dejado en el bar de Frenna para que se la llenara.
—¿Qué te parece si damos un paseo, eh? —preguntó Marcus—. Ah, eso es… ¡un paseo, un buen paseo, caray! Será genial. De todos modos tengo que sacar a tres o cuatro perros a hacer ejercicio. El viejo Grannis cree que lo necesitan. Caminaremos hasta el Presidio.
Últimamente, los dos amigos habían adquirido la costumbre de hacer largas caminatas de cuando en cuando. En los días de fiesta y las tardes de domingo en que Marcus no salía con los Sieppe, caminaban juntos, a veces iban al parque, a veces al Presidio y otras incluso al otro lado de la bahía. Disfrutaban muchísimo de la compañía mutua, pero en silencio y con reservas, albergando el horror masculino ante cualquier demostración de amistad.
Esa tarde caminaron cinco horas hacia arriba, a lo largo de California Street y a través del Presidio hasta Golden Gate. Después dieron la vuelta y, siguiendo la orilla, subieron a Cliff House, donde se detuvieron a beber una cerveza; Marcus juraba que tenía la boca seca como un bote de heno. Antes de empezar el paseo habían pasado por la pequeña clínica para perros y Marcus había dejado salir a cuatro de los convalecientes, que enloquecieron de dicha ante la liberación.
—Mira este perro —le gritó a McTeague señalando a un setter irlandés bien alimentado—. Es el perro que pertenecía al tipo de la avenida, el que recogimos ese día. Lo he comprado. El tipo creía que tenía moquillo y lo tiró. Y no tenía nada, solo un catarrito. ¿No es un bicho raro? Di, ¿no lo es? Mira su cola, es perfecta, y mira cómo la lleva, alineada con el lomo. Mira cómo tiene de tiesos y blancos los bigotes. ¡Ay, caray! A mí no me engañan en lo que tiene que ver con los perros. Este perro es un ganador.
En Cliff House se sentaron con sus cervezas en un rincón tranquilo del salón de billar. Había solo dos jugadores. En algún lugar en otra parte de la casa, una enorme caja de música hacía sonar un quickstep. De fuera llegaban las ráfagas largas y rítmicas de las olas y el ladrido sonoro de las focas en las rocas. Los cuatro perros se echaron sobre el suelo de arena, hechos un ovillo.
—¡Eso es! —dijo Marcus, después de vaciar el vaso hasta la mitad—. ¡Aah! —añadió respirando profundamente—. Qué buena está; sí, es un hecho.
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Marcus era el que más había hablado durante la última hora del paseo, mientras que McTeague se había limitado a contestarle con movimientos inciertos de cabeza. En realidad, el dentista había estado silencioso y preocupado toda la tarde, y Marcus lo había notado finalmente. De repente, al poner el vaso en la mesa con un golpe, exclamó:
—¿Qué te pasa últimamente, Mac? ¿Tienes algún problema? Desembucha.
—No, no —respondió McTeague mirando hacia el suelo, con los ojos en blanco—. Nada, no, no.
—¡Ah, maldición! —replicó el otro. McTeague guardó silencio. Los dos jugadores de billar se marcharon. La inmensa caja de música cambió a una nueva melodía.
—¡Ja! —exclamó Marcus con una risita—. Supongo que estás enamorado. —McTeague soltó un grito ahogado y arrastró sus enormes pies bajo la mesa—. Algo te pasa, en todo caso —prosiguió Marcus—. Quizá pueda ayudarte. Tú sabes que somos amigos. Mejor cuéntame qué pasa; supongo que podremos arreglarlo. Ah, vamos, desembucha.
La situación era terrible. McTeague no podía aceptarlo. Marcus era su mejor amigo, su único amigo. Eran compinches. Y McTeague lo apreciaba mucho. Pero los dos estaban enamorados, probablemente, de la misma chica, y ahora Marcus intentaría sacarle el secreto; se precipitaría ciegamente hacia la roca que habría de separarlos, estimulado por el mejor de los motivos, con el único deseo de ayudar. Además, no había nadie distinto a Marcus a quien McTeague hubiera preferido contarle sus problemas; pero respecto a ese, el mayor problema de su vida, debía guardar silencio, debía abstenerse de contárselo a Marcus más que a nadie.
McTeague empezó a sentir débilmente que la vida era demasiado para él. ¿Cómo había sucedido todo esto? Hacía un mes estaba contento; estaba calmado y tranquilo, disfrutando de sus pequeños placeres a medida que llegaban. Su vida se había conformado a sí misma, y, sin duda, debía continuar en esa misma línea. Una mujer había entrado en su pequeño mundo, y la discordia había surgido de inmediato. Había aparecido el elemento inquietante. Dondequiera que la mujer había puesto los pies, había brotado ahí la causa de complicaciones angustiantes, como el crecimiento repentino de unas flores extrañas y desconcertantes.
—Anda, Mac, venga, suéltalo —insistió Marcus, inclinándose hacia él —. ¿Acaso te está molestando algún tipo? —gritó; su rostro se enrojeció al
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instante.
—No —dijo McTeague con un gesto de impotencia.
—Vamos, amigo mío —insistió Marcus—; cuéntame. ¿Cuál es el problema? Haré todo lo que pueda para ayudarte.
Era demasiado para McTeague. La situación era insoportable. Habló estúpidamente, con las manos metidas hasta el fondo de los bolsillos y la cara echada hacia adelante.
—Es… es la señorita Sieppe —dijo.
—¿Trina, mi prima? ¿Cómo? —preguntó Marcus bruscamente. —Yo… yo… yo no sé —tartamudeó McTeague en una confusión
irremediable.
—Quieres decir —exclamó Marcus en una iluminación súbita— que tú… tú también.
McTeague se revolvió en el asiento y contempló las paredes del salón para esquivar la mirada del otro. Asintió con la cabeza, después espetó:
—No puedo evitarlo. No es mi culpa, ¿o sí? —Marcus se quedó mudo y se echó para atrás en la silla, sin aliento. De pronto, McTeague soltó la lengua—: Te lo digo, Marcus, no puedo evitarlo. No sé cómo pasó. Fue tan rápido que… que… que todo pasó antes de que me diera cuenta, antes de que pudiera evitarlo. Yo sé que somos amigos, nosotros dos, y yo sabía cómo… cómo eran las cosas entre la señorita Sieppe y tú. Lo sé ahora, lo sabía entonces, pero eso no habría cambiado nada. Antes de que me diera cuenta… ya… ya… ya estaba ahí. No pude evitarlo. Por nada del mundo habría dejado que pasara si hubiera podido detenerlo, pero no sé, es superior a mis fuerzas, sencillamente. Ella venía… la señorita Sieppe venía a la clínica tres o cuatro veces por semana, y era la primera mujer que conocía… ¡no te imaginas! Dios, yo estaba tan cerca de ella, le tocaba el rostro a cada minuto, y la boca, y olía su pelo y su aliento… Oh, no puedes imaginártelo. No puedes hacerte una idea. Yo tampoco lo sé muy bien; solo sé que estoy obsesionado. Yo… yo… no hay nada que hacer; es demasiado tarde, no hay vuelta atrás. Dios, no puedo pensar en nada más, noche y día. Eso es todo. Es… es… oh, ¡eso es todo! Yo… yo… vaya, Mark, eso es todo… no puedo explicarlo. —Hizo un gesto de impotencia con ambas manos.
Nunca había estado McTeague tan nervioso; nunca había hecho un discurso tan largo. Sus manos se movían con gestos violentos, inciertos; tenía el rostro rojo; sus mandíbulas enormes se cerraban con un chasquido
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seco en cada pausa. Era como una bestia colosal atrapada en una malla delicada e invisible, furiosa, exasperada, incapaz de liberarse.
Marcus Schouler no dijo nada. Se hizo un largo silencio. Luego se puso de pie, caminó hacia la ventana y se quedó mirando hacia afuera pero sin ver nada.
—Bueno, ¿quién lo habría pensado? —dijo entre dientes.
Tenían un problema. Marcus quería a Trina. No lo dudaba en absoluto. Esperaba ansiosamente las excursiones de las tardes de domingo. Le gustaba estar con ella. Él también percibía el encanto de la chica… el encanto de su frente pálida; el mentoncito echado hacia adelante como con seguridad e inocencia; la corona de pelo negro, pesada y olorosa. Le gustaba muchísimo. Algún día se pronunciaría; le pediría que se casara con él. Marcus había pospuesto el asunto del matrimonio para algún momento en el futuro; algún momento… en un año, o quizá dos. El asunto no había tomado forma en su cabeza todavía. Marcus andaba en compañía de su prima Trina, pero también conocía a muchas más chicas. En realidad le gustaban bastante todas ellas. Pero ahora lo asustaban la determinación y el ímpetu de la pasión de McTeague. El dentista se casaría con Trina esa misma tarde si ella lo aceptaba, pero ¿lo haría él, Marcus? No, no lo haría. Si de eso se trataba, no, no lo haría. Sin embargo, sabía que Trina le gustaba. Podría decir… sí, podría decir que la amaba. Era su chica. Los Sieppe lo reconocían como el joven de Trina. Marcus regresó a la mesa y se sentó de lado.
—Bueno, ¿qué vamos a hacer al respecto, Mac? —preguntó.
—No lo sé —respondió McTeague muy angustiado—. No quiero que nada se… se interponga entre nosotros, Mark.
—Pues no se interpondrá nada, ¡claro que no! —gritó el otro—. No, señor; claro que no, Mac. —Se quedó pensando seriamente. Podía ver con toda claridad que McTeague amaba a Trina más que él; que, de algún modo, ese tipo enorme y salvaje era capaz de sentir una pasión más fuerte que él, que era el doble de inteligente. De repente, tomó una decisión impetuosa—. Bueno, Mac, ¡oye! —gritó al tiempo que golpeaba la mesa con el puño—, adelante. Supongo que ella te… te gusta mucho. Yo me apartaré; sí, me apartaré. Te la cedo, amigo mío. —Marcus se sintió embargado por la sensación de su propia magnanimidad. Se vio a sí mismo como a otro hombre, muy noble, abnegado. Apartado de sí, vio a ese otro ser con una admiración ilimitada y una compasión infinita. Era tan
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bueno, tan magnífico, que casi sollozó. Hizo un amplio gesto de resignación, alzó los brazos y gritó—: Mac, te la cedo. No me interpondré entre vosotros.
Hasta los ojos se le llenaron de lágrimas mientras hablaba. No había duda de que se creía sincero. En ese momento, estuvo a punto de creer que amaba a Trina a conciencia y que se estaba sacrificando por su amigo. Los dos se levantaron, se miraron cara a cara y se dieron la mano. Fue un momento grandioso; incluso McTeague percibió el dramatismo. ¡Qué cosa tan maravillosa era esta amistad entre los dos! El dentista atiende a su amigo por un dolor de muelas y se niega a que le pague; el amigo le corresponde renunciando a su chica. Eso era nobleza. De pronto, el aprecio y el afecto mutuo aumentaron tremendamente. Eran Damón y Pitias; David y Jonatán; nada podría distanciarlos. Era algo para la vida o la muerte.
—Te estoy muy agradecido —murmuró McTeague. No sabía qué más decir—. Te estoy muy agradecido —repitió—, muy agradecido, Mark.
—Nada, nada —afirmó Marcus Schouler con valor, y se le ocurrió añadir—: Seréis felices juntos. Dile de mi parte… dile… dile… —No pudo continuar. Le apretó la mano al dentista en silencio.
Ninguno de los dos pensó en que era posible que Trina rechazara a McTeague, quien se animó de inmediato y creyó ver en la retirada de Marcus un final para todas sus dificultades. Las cosas se arreglarían después de todo. La tensión y exaltación nerviosa de Marcus también tuvo un cambio; su pena se transformó de repente en una dicha exultante. La tarde había sido un éxito. Se dieron unas buenas palmadas en la espalda mutuamente y bebieron a la salud del otro en una tercera ronda de cerveza.
Diez minutos después de haber renunciado a Trina Sieppe, Marcus dejó a McTeague estupefacto con una hazaña tremenda.
—Mira esto, Mac. Yo sé algo que tú no puedes hacer. Te apuesto veinticinco centavos a que no podrás hacerlo. —Los dos pusieron una moneda en la mesa—. ¡Ahora mira esto! —gritó Marcus. Cogió una bola de billar del estante, la sostuvo un rato delante del rostro y después, con una súbita y aterradora dilatación de la mandíbula, se la metió en la boca y cerró los labios por encima de esta.
McTeague quedó atónito por un instante; los ojos se le salieron de las órbitas. Después lo sacudió una carcajada descomunal. Bramó y gritó, balanceándose en el asiento, golpeándose la rodilla. ¡Qué bromista era este
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Marcus! Claro, uno nunca sabía qué iba a hacer después. Marcus se sacó la bola, la limpió con el mantel y se la pasó a McTeague.
—Ahora veamos cómo lo haces.
McTeague se puso serio de repente. Era un asunto importante. Se separó los bigotes tupidos y abrió su mandíbula enorme como la de una anaconda. La bola desapareció en su boca. Marcus aplaudió ruidosamente y gritó:
—¡Bien hecho!
McTeague alargó la mano para coger el dinero y se lo metió en el bolsillo al tiempo que movía la cabeza con un aire de complicidad.
Entonces, de repente, se puso lívido; movió la mandíbula convulsivamente y se golpeó las mejillas con las dos manos. La bola de billar se había deslizado fácilmente en su boca y, sin embargo, ahora no podía sacarla.
Era terrible. El dentista se puso de pie y se tropezó con los perros; tenía el rostro crispado y los ojos fuera de órbita. Por más que lo intentaba no podía ensanchar la mandíbula lo suficiente como para sacar la bola. Marcus no sabía qué hacer y gritaba a todo pulmón. McTeague sudaba horrorizado, agitaba los brazos desaforadamente y de su boca atiborrada salían unos sonidos inarticulados. Los cuatro perros se contagiaron de la excitación y empezaron a ladrar. Un camarero llegó corriendo; los dos jugadores de billar regresaron; se formó una pequeña multitud. Era una auténtica escena.
Súbitamente, la bola salió de la mandíbula de McTeague tan fácil como había entrado. ¡Qué alivio! Él se dejó caer en una silla, enjugándose la frente y buscando aliento.
Al calor de los acontecimientos, Marcus Schouler invitó a todo el grupo a beber con él.
Para cuando el asunto hubo pasado y el grupo se hubo dispersado, ya eran más de las cinco. Marcus y McTeague decidieron regresar a casa en el tranvía, pero al poco descubrieron que era imposible. Los perros no los seguían. Solo Alexander, el nuevo setter de Marcus, corría detrás del vagón. Los otros tres enloquecieron de inmediato; salían corriendo desenfrenadamente por las calles con la cabeza en alto o se alejaban del tranvía con un galope furioso. Marcus silbó y gritó y se retorció de ira en vano. Los dos amigos se vieron obligados a caminar. Cuando por fin
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llegaron a Polk Street, Marcus encerró a los tres perros en la clínica. A Alexander se lo llevó a casa con él:
En la parte trasera había un patio diminuto donde Marcus le había hecho una caseta con un antiguo barril de agua. Antes de pensar en su propia cena, Marcus acostó a Alexander y le dio un par de galletas para perros; McTeague lo había seguido hasta el patio para acompañarlo. Alexander se volcó enseguida sobre su cena y masticó las galletas enérgicamente, con la cabeza hacia un lado.
—¿Qué vas a hacer ahora con… con lo… con lo de mi prima, Mac? — preguntó Marcus.
McTeague sacudió la cabeza en un gesto de impotencia. Ya se había hecho de noche, y hacía frío. El patio trasero estaba mugriento y lleno de olores. El dentista estaba cansado por la larga caminata. La desazón por el asunto con Trina había regresado. No, ella no era para él, sin duda. Marcus o algún otro hombre terminaría conquistándola. ¿Qué rayos podía ver ella en él… en él, un gigante torpe con manos que parecían mazos de madera? Ya le había dicho una vez que no se casaría con él. ¿No era eso definitivo?
—No sé qué hacer, Mark —dijo.
—Pues tienes que tratar de ganarte sus favores —afirmó Marcus—. Ve a visitarla.
McTeague se sobresaltó. No había pensado en visitarla. La idea lo asustaba un poco.
—Claro —insistió Marcus—, como Dios manda. ¿Qué esperabas?
¿Creías que no volverías a verla?
—No sé, no sé —respondió el dentista mirando al perro con ojos estúpidos.
—Tú sabes dónde viven —prosiguió Marcus Schouler—. En la estación de B Street, al otro lado de la bahía. Yo te llevaré cuando quieras. ¿Sabes qué?, iremos en el aniversario de Washington. Es este miércoles próximo. Claro, se alegrarán de verte.
—Era muy amable de su parte.
El agradecimiento de McTeague por lo que su amigo estaba haciendo por él despertó súbitamente, y balbució:
—Oye, Mark… eres… eres un buen tipo.
—¡Qué va! —dijo Marcus—. No es nada, amigo mío. Me gustaría veros juntos a los dos, eso es todo. Iremos el miércoles, desde luego.
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Regresaron a la casa. Alexander dejó de comer y los vio alejarse, primero con un ojo, después con el otro. Pero era demasiado orgulloso como para gimotear. No obstante, para cuando los dos amigos hubieron llegado al segundo descansillo de las escaleras traseras, un alboroto terrible se desató en el pequeño patio. Los dos se precipitaron hacia una ventana abierta al final del pasillo y miraron hacia abajo.
Una cerca delgada separaba el patio de la casa del de la sucursal de Correos, donde vivía un pastor escocés. Este y Alexander se habían olido mutuamente, olfateándose por entre las grietas de la cerca. De repente, la riña explotó a cada lado. Los perros se rugieron el uno al otro; les brillaron los dientes. Se gruñeron y ladraron con un odio frenético; arañaron la cerca con las garras delanteras e inundaron la noche entera con su clamor.
—¡Maldición! —gritó Marcus—. Esos dos no se gustan. Oye, ¿no habría una buena pelea si se encontraran? Hay que probarlo algún día.
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LA MAÑANA del miércoles, día del aniversario de Washington, McTeague se levantó muy temprano y se afeitó. Además de las seis tristes melodías de concertina, el dentista se sabía una canción. La cantaba siempre al afeitarse, y en ningún otro momento. Su voz era un bramido rugiente, suficiente como para hacer que los marcos de las ventanas vibraran. Justo en ese momento despertó a todos los inquilinos de su planta. Era un gemido deplorable:
Nadie a quien amar, nadie a quien acariciar, completamente abandonado en la jungla de este mundo.
Al hacer una pausa para afilar la navaja, Marcus entró en su habitación a medio vestir; parecía un fantasma atemorizador con unos pantalones de franela roja.
Marcus solía ir y venir entre su cuarto y la clínica dental mostrando diversos grados de desnudez. La vieja señorita Baker lo había visto así varias veces a través de su puerta entreabierta, sentada en su habitación, escuchando y esperando. Se mostraba inenarrablemente impresionada. Escandalizada, ofendida, con la boca fruncida y la cabeza en alto, habló de quejarse a la casera.
—Y el señor Grannis aquí al lado también. Usted no entiende lo difícil que esto es para nosotros dos. —Tras una de estas apariciones, la vieja modista salió al pasillo agitando sus ricitos falsos, hablando con voz fuerte y estridente a quienquiera que pudiera oírla.
—Bueno —gritó Marcus—, entonces cierre la puerta si no quiere ver.
Mire, ahora, aquí estoy de nuevo. Y esta vez no llevo encima ni un yeso.
En la mañana del miércoles, Marcus llamó a McTeague para que saliera al corredor, a la cima de las escaleras que llevaban a la puerta de la calle.
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—Ven y escucha a María, Mac —dijo.
María estaba sentada en el segundo escalón, con el mentón apoyado en los puños. El judío polaco de pelo rojo, Zerkow el ropavejero, estaba en la entrada y hablaba ansiosamente.
—Bueno, solo una vez más, María —decía—. Cuéntamela solo una vez más.
La voz de María subía por las escaleras en un tono monótono. Marcus y McTeague alcanzaban a oír alguna que otra frase.
—Había más de cien piezas, y todas de oro… solo esa ponchera valía una fortuna… oro espeso, pesado, rojo.
—¿Te das cuenta? —observó Marcus—. El vejete la ha puesto a hablar de la vajilla. ¿No hacen una buena pareja?
—Y sonaba como campanas, ¿no? —la incitó Zerkow.
—Más dulce que las campanas de la iglesia, y más claro.
—Ah, más dulce que las campanas. ¿No pesaba muchísimo esa ponchera?
—Tenías que esforzarte al máximo para cargarla.
—Lo sé. Oh, lo sé —respondió Zerkow arañándose los labios—. ¿Adónde ha ido todo? ¿Adónde ha ido?
María sacudió la cabeza.
—Se ha ido, en todo caso.
—¡Oh, se ha ido, se ha ido! ¡Increíble! La ponchera se ha ido, y el cucharón tallado, y los platos y las copas. ¡Qué espectáculo debió de ser, toda amontonada!
—Era un espectáculo maravilloso.
—Sí, maravilloso; tuvo que haberlo sido.
En los escalones inferiores de esa casa barata, la mexicana y el judío polaco de pelo rojo pensaron largamente en esa vajilla de oro semimítica y desaparecida.
Marcus y el dentista pasaron el aniversario de Washington al otro lado de la bahía. El viaje hasta allá fue una larga agonía para McTeague. Temblaba con un pavor amorfo, incierto, y de no haber sido por Marcus habría estado a punto de regresar varias veces. El gigante impasible estaba nervioso como un colegial. Creía que su visita a la señorita Sieppe era una afrenta vergonzosa. Ella lo congelaría con la mirada; le mostraría la puerta, lo expulsaría, lo deshonraría.
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Al bajar del tren local en la estación de B Street, chocaron de repente con toda la tribu de los Sieppe —la madre, el padre, tres niños y Trina—, equipados para uno de sus eternos pícnics. Irían a Schuetzen Park, adónde se podía ir caminando desde la estación. Iban agrupados alrededor de cuatro cestas. Uno de los chicos, un niño pequeño, llevaba un galgo negro con una soga atada al cuello. Trina vestía una falda azul de paño, una blusa a rayas y una gorra blanca de marinero; un cinturón de imitación de piel de caimán ceñía su cintura redondeada.
La señora Sieppe se puso a hablar con Marcus de inmediato. Él les había escrito que irían, pero el pícnic se había decidido antes de la llegada de la carta, le explicó la señora Sieppe. Era una mujer mayor, enorme, de rostro rosado y un pelo espléndido, completamente blanco. Los Sieppe eran una familia suizo-alemana.
—Vamos al pagrque, Schuetzen Pargk, con todos los ninios, una pequenia excugrsión, ¿no? A grespigragr aigre fgresco, una celebgración, un pícnic a la ogriia del magr. Ach, segrá muy alegrre, ¿ah?
—Claro que sí. ¡Será fantástico! —gritó Marcus, que se había entusiasmado en un instante—. Este es mi amigo el doctor McTeague, de quien le hablé, señora Sieppe.
—Ach, el doctogr —gritó la señora Sieppe.
McTeague fue presentado, y estrechó manos solemnemente a medida que Marcus le fue empujando de uno en uno con el hombro.
El señor Sieppe era un hombrecillo de aspecto militar que se tomaba a sí mismo con mucha seriedad, henchido de importancia. Era miembro de un equipo de tiro al blanco. Sobre uno de sus hombros se balanceaba un fusil Springfield, y tenía el pecho decorado con cinco medallas de bronce.
Trina estaba encantada. McTeague estaba anonadado. Ella realmente parecía alegrarse de verlo.
—¿Cómo está, doctor McTeague? —preguntó sonriéndole y dándole la mano—. Qué alegría volver a verlo. Mire qué bien está mi empaste. — Levantó una de las comisuras de los labios y le enseñó el burdo puente de oro.
Entretanto, el señor Sieppe trabajaba arduamente y transpiraba. La responsabilidad de la excursión recaía en él, y parecía considerarla como un asunto de gran importancia, una verdadera expedición.
—¡Auuguust! —le gritó al niño que llevaba al galgo negro—. Tú ievagrás al pegrro y la cesta númegro tgres. Los gemelos —añadió
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llamando a los más pequeños, que iban vestidos exactamente igual—, os grelevagréis el asiento de akampagr y la cesta númegro cuatgro. Entendido, ¿eh? cuando agrrancamos, vosotgros los ninios magrcháis pogr delante. Esas son vuestgras ógrdenes. Pegro ¡no agrrancamos! —exclamó agitado—, pegrmanecemos. Ach Gott, Selina, que no iega.
Selina, al parecer, era sobrina de la señora Sieppe. Estaban a punto de salir sin ella cuando llegó de pronto, casi sin aliento. Era una chica de aspecto delgado, enfermizo, que trabajaba más de la cuenta dando clases de pintura por veinticinco centavos la hora. Le presentaron a McTeague. Todos empezaron a hablar al mismo tiempo; la casita de la estación se inundó con una confusión de voces.
—¡Atención! —gritó el señor Sieppe, con el bastón de cabeza dorada en una mano y el fusil Springfield en la otra—. ¡Atención! Pagrtimos.
Los tres niños salieron primero; el galgo empezó a ladrar repentinamente y a tirar de su correa. Los demás alzaron sus bultos.
—¡Adelante! —gritó el señor Sieppe agitando el fusil y asumiendo la actitud de un teniente de infantería que encabeza una ofensiva. El grupo empezó a descender por la vía del ferrocarril.
La señora Sieppe caminaba junto a su marido, quien se apartaba de ella constantemente para gritarle una orden a la fila, de arriba abajo. Los seguían Marcus y Selina. McTeague se descubrió a sí mismo con Trina al final de la procesión.
—Casi todas las semanas salimos a hacer estos pícnics —dijo Trina para empezar—, y casi todos los días festivos también. Es una costumbre.
—Sí, sí, una costumbre —respondió McTeague asintiendo—; una costumbre… así se dice.
—¿No cree que los pícnics son una buena diversión, doctor McTeague? —continuó ella—. Uno lleva su almuerzo, sale todo el día de la ciudad mugrienta, corre al aire libre y cuando llega la hora de almorzar, huy, ¿no está uno hambriento? ¡Y los bosques y la hierba huelen tan bien!
—No sé, señorita Sieppe —respondió el dentista con la mirada clavada en la tierra entre las vías—. Nunca he ido a un pícnic.
—¿Nunca ha ido a un pícnic? —gritó Trina asombrada—. Huy, ya verá cómo nos divertimos. Por la mañana, padre y los niños buscan almejas en el lodo de la orilla y luego las cocemos y… ¡Vaya! Hay miles de cosas para hacer.
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—Una vez fui a navegar por la bahía —dijo McTeague—. Era un barco remolcador; pescamos desde la proa. Yo atrapé tres bacalaos.
—A mí me da miedo salir a la bahía —dijo Trina sacudiendo la cabeza
— los veleros se vuelcan muy fácilmente. Un primo mío, el hermano de Selina, se ahogó en un Día de los Caídos. Nunca encontraron su cuerpo. ¿Usted sabe nadar, doctor McTeague?
—Solía hacerlo en la mina.
—¿En la mina? Ah, cierto, lo recuerdo, Marcus me contó que era minero.
—Era cargador; todos los cargadores solíamos ir a nadar al embalse junto a la acequia los jueves por la noche. A uno de ellos lo mordió una serpiente cuando se estaba vistiendo. Era francés y se llamaba Andrew. Se hinchó y empezó a estremecerse.
—¡Huy, cómo odio a las serpientes! Son tan rastreras y gráciles… pero por eso mismo me gusta mirarlas. ¿Conoce ese colmado de la ciudad que tiene un escaparate lleno de serpientes vivas?
—Matamos a la serpiente con un látigo.
—¿Cuánto cree que podría nadar? ¿Alguna vez lo ha intentado? ¿Cree que podría nadar más de un kilómetro?
—¿Más de un kilómetro? No lo sé. Nunca lo he intentado. Supongo que sí.
—Yo nado un poco. A veces vamos todos a Crystal Baths.
—A Crystal Baths, ¿ah, sí? ¿Nada de un lado al otro de la piscina? —Huy, sé nadar muy bien siempre y cuando papá me sostenga el
mentón. En cuanto él quita la mano, me hundo. ¿Usted no odia que le entre agua en los oídos?
—Nadar es bueno.
—Si el agua está demasiado caliente, no lo es. Es debilitante. El señor Sieppe llegó corriendo por la vía, agitando el bastón.
—A un lado —gritó haciéndoles señas para que se salieran de la vía—, el tgren viene.
Un tren local de pasajeros circulaba por la estación de B Street, a unos cuatrocientos metros tras ellos. El grupo se detuvo a un lado para darle paso. Marcus puso una moneda de cinco centavos y dos clavos cruzados sobre el riel y agitó el sombrero ante los pasajeros cuando el tren pasó rugiendo. Los niños lanzaron unos gritos estridentes. Cuando el tren se hubo ido, todos se precipitaron a ver la moneda y los clavos cruzados. La
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moneda había salido de la vía, pero los clavos habían quedado aplanados y guardaban un lejano parecido con unas tijeras abiertas. Entre los niños se desató una gran discusión por la posesión de estas tijeras, y el señor Sieppe se vio obligado a intervenir. Reflexionó seriamente. Era un asunto importantísimo. Todo el grupo se detuvo, a la espera de su decisión.
—Pgrestad atención, ahogra —exclamó de repente—. No segrá tan pgronto. Al final del día, cuando haiamos gregresado a casa, entonces se decidigrá, ¿eh? Una grecompensa de mégrito a quien se pogrte mejogr. Es una ogrden. ¡Adelante!
—Era un tren de Sacramento —le dijo Marcus a Selina cuando empezaron a caminar—; así es, es un hecho.
—Yo conozco a una chica de Sacramento —le contó Trina a McTeague—. Es jefa de una tienda de guantes y tiene tisis.
—Una vez estuve en Sacramento —observó McTeague—, hace casi ocho años.
—¿Es un lugar bonito… tan bonito como San Francisco?
—Es caluroso. Estuve ejerciendo ahí un tiempo.
—A mí me gusta San Francisco —dijo Trina mirando al otro lado de la bahía, donde la ciudad se amontonaba sobre las colinas.
—A mí también —afirmó McTeague—. ¿Le gusta más que vivir aquí? —Oh, por supuesto; quisiera que viviéramos en la ciudad. Si uno
quiere ir por cualquier cosa, pierde el día entero.
—Sí, sí, el día entero… casi.
—¿Usted conoce a mucha gente en la ciudad? ¿Conoce a alguien llamado Oelbermann? Es mi tío. Tiene un almacén de juguetes al por mayor en la Misión. Dicen que es riquísimo.
—No, no lo conozco.
—Su hijastra quiere ser monja. ¡Imagíneselo! Y el señor Oelbermann no lo acepta. Dice que sería como enterrar a su hija. Sí, ella quiere entrar al convento del Sagrado Corazón. ¿Es usted católico, doctor McTeague?
—No. No, yo…
—Papá es católico. De vez en cuando va a misa en los días festivos.
Pero mamá es luterana.
—Los católicos están tratando de apoderarse de las escuelas —observó McTeague al recordar de pronto una de las diatribas políticas de Marcus.
—Eso es lo que dice el primo Marcus. Nosotros vamos a llevar a los gemelos al kindergarten el próximo mes.
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—¿Qué es el kindergarten?
—Ah, ahí les enseñan a hacer cosas con paja y mondadientes… es como un lugar para mantenerlos alejados de la calle.
—Hay uno arriba en Sacramento Street, no muy lejos de Polk Street.
He visto el cartel.
—Yo sé dónde. ¡Vaya! Selina tocaba el piano allí.
—¿Ella toca el piano?
—Huy, debería oírla. Toca muy bien. Selina tiene mucho talento.
También pinta.
—Yo sé tocar la concertina.
—¿Ah, sí? Me habría gustado que la trajera. La próxima vez tráigala. Espero que venga con frecuencia a nuestros pícnics. Ya verá cómo nos divertimos.
—Es un buen día para un pícnic, ¿no? No hay ni una nube.
—Así es —exclamó Trina alzando la mirada—, ni una sola nube. Oh, sí, ahí hay una, justo sobre Telegraph Hill.
—Eso es humo.
—No, es una nube. El humo no es de ese blanco.
—Es una nube.
—Sabía que tenía razón. Nunca digo nada a menos que esté muy segura.
—Parece una cabeza de perro.
—¿Sí? A Marcus le gustan los perros, ¿verdad? —La semana pasada compró uno nuevo… un setter. —¿Ah, sí?
—Sí. Él y yo sacamos a un montón de perros de la clínica hasta Cliff House para dar un paseo el domingo pasado, pero tuvimos que regresar caminando todo el tiempo porque no nos seguían. ¿Ha estado en Cliff House?
—No por mucho tiempo. Hicimos un pícnic ahí un Cuatro de Julio, pero llovió. ¿No le encanta el mar?
—Sí… sí. Me gusta mucho.
—Oh, me gustaría salir en uno de esos grandes buques de vela. Lejos, lejos y más lejos, a donde sea. Los buques son distintos a los veleros pequeños. Me encantaría viajar.
—Claro, a mí también.
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—Papá y mamá vinieron en un buque de vela. Tardaron veintiún días. El tío de mamá era marinero. Era capitán de un vapor en el lago Léman, en Suiza.
—¡Alto! —gritó el señor Sieppe, blandiendo el fusil. Habían llegado a las puertas del parque. McTeague se quedó helado de repente. Solo tenía una moneda de veinticinco centavos en el bolsillo. ¿Qué esperaban que hiciera? ¿Que pagara lo de todo el grupo, o lo de Trina y él, o solo su billete? Incluso en el último caso, ¿bastaría con la moneda de veinticinco centavos? Como no sabía qué hacer, puso los ojos en blanco, impotente. Luego se le ocurrió fingirse muy distraído, aparentando que no sabía que había llegado el momento de pagar. Miró fijamente la vía de arriba abajo; a lo mejor venía un tren.
—Hemos llegado —gritó Trina cuando se unieron al resto del grupo, que se había amontonado en la entrada.
—Sí, sí —observó McTeague, con la cabeza en alto.
—Dame cincuenta centavos, Mac —dijo Marcus al acercarse—. Aquí es donde apoquinamos.
—Yo… yo… yo solo llevo veinticinco —masculló el dentista, abatido. Sentía que se había arruinado ante Trina para siempre. ¿Qué objeto tenía intentar conquistarla? El destino estaba en su contra—. Solo tengo veinticinco —balbució, a punto de decir que no entraría en el parque; esa parecía ser la única alternativa.
—¡Bah, no importa! —dijo Marcus con soltura—. Yo pagaré lo tuyo; después lo arreglamos, cuando volvamos a casa.
Entraron en fila; el señor Sieppe los contó a medida que entraban. —¡Ah! —exclamó Trina, que aspiró largamente cuando ella y
McTeague atravesaron el portillo—, henos aquí de nuevo, doctor. — Parecía no haber notado la vergüenza del dentista. La dificultad había sido superada de algún modo. Una vez más, McTeague se sintió salvado.
—¡A la playa! —gritó el señor Sieppe. El grupo desfiló hacia la orilla del mar tras dejar las cestas en el quiosco de los cacahuetes. Soltaron al galgo. Los niños salieron corriendo por delante.
De uno de los paquetes más grandes, el señor Sieppe había sacado un barquito a vapor hecho de hojalata —el regalo de cumpleaños de August —; un juguetito extravagante que se podía caldear y conducir por medio de una lámpara de alcohol. El viaje de prueba tendría lugar esa mañana.
—Dámelo, dámelo —chilló August, saltando alrededor de su padre.
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—Así no, así no —gritó el señor Sieppe, sosteniéndolo en alto—.
Pgrimegro debo hacegr el ekspegrimento.
—¡No, no! —gimió August—. Quiero jugar con él.
—¡Obedece! —tronó el señor Sieppe. August se calmó. Un pequeño embarcadero se prolongaba hasta el agua. Ahí, tras un cuidadoso estudio de las instrucciones impresas en la tapa de la caja, el señor Sieppe empezó a encender el barquito.
—Quiero ponerlo en el aaaguaaa —chilló August.
—¡Atgrás! —gritó el padre—. Tú no sabes tanto como io, aquí hay peligrro. Si no pgrestas atención, eksplotagrá.
—Quiero jugar con él —protestó August, empezando a llorar.
—¡Ach, so, iogra, Bubé!, —dijo el señor Sieppe a voces—. Mamma — dirigiéndose a la señora Sieppe—, se ganagrá una paliza, ¿eh?
—Quiero mi baaarcooo —berreó August, dando saltos.
—¡Silencio! —rugió el señor Sieppe. El barquito empezó a silbar y echar humo.
—So —observó el padre—, ahogra empieza. ¡Atención! Lo pongo en el agua. —Estaba muy emocionado; gotas de sudor le caían de la nuca. Echó el barquito al agua. Este silbó con más furia que nunca y echó nubes de vapor, pero no se movió.
—Tú no sabes cómo funciooonaaa —sollozó August.
—¡Lo sé mucho más que un grrandísimo tontote como tú! —gritó el señor Sieppe violentamente, con el rostro morado.
—¡Tienes que empuj-jarlo! —exclamó el niño.
—¡Entonces eksplotagrá, idiota! —gritó su padre. De repente, la caldera del barco estalló con un crujido seco. El juguetito de hojalata se volcó y se hundió antes de que nadie pudiera hacer nada.
—¡Aaah! ¡Buaaa! ¡Buaaa! —chilló August—. ¡Se ha ido! Enseguida, el señor Sieppe le dio una bofetada. Tuvo lugar una escena lamentable. August desgarró el aire con sus alaridos. El padre lo zarandeó hasta que las botas empezaron a revolotear sobre el embarcadero, y le gritó a la cara:
—Ach, idiot! ¡Ach, bgruto! ¡Ach, misegrable! ¡Te dije que eksplotagría! Pagra de iogragr. ¡Pagra! Es una ogrden. ¿Quiegres que te hunda en el agua, eh? Habla. ¡Silencio, Bubd Mamma, ¿dónde está mi palo? Grecibigrá la paliza más grrande de su vida.
El niño se fue calmando poco a poco, tragándose los sollozos, frotándose los ojos con los nudillos, mirando con arrepentimiento el lugar
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donde se había hundido el barco.
—So, así está mejogr —comentó el señor Sieppe al soltarlo finalmente
—. La pgróksima vez, a lo mejogr le kgreegrás más a tu padre, la no más. Vamos a buscagr almejas. Mamma, una fogata. Ach, Himmel! La pimienta hemos olvidado.
La búsqueda de almejas empezó de inmediato; los pequeños se quitaron los zapatos y los calcetines. August se negó a consolarse al principio, y fue solo cuando su padre lo guio hasta el agua con el bastón de cabeza dorada cuando accedió a unirse a los demás.
¡Qué día fue aquel para McTeague! ¡Qué día inolvidable! Estuvo con Trina todo el tiempo. Rieron juntos… ella, con recato, los labios cerrados, el mentoncito echado hacia afuera y amigando la naricita rosa pálido con sus adorables pequitas; él, rugiendo con toda la fuerza de sus pulmones y su enorme boca dilatada, dándose mazazos en la rodilla con el puño cerrado.
El almuerzo fue delicioso. Trina y su madre prepararon una cazuela de almejas que se le derretían a uno en la boca. Las cestas quedaron vacías. Comieron durante dos horas enteras. Había unas barras enormes de pan de centeno con semillas de amapola. Había salchichas vienesas y de Frankfurt. Había mantequilla sin sal. Había bretzel. Había pollo frío y poco hecho, que comieron en tajadas y untado con un maravilloso tipo de mostaza que no picaba. Había manzanas secas, que hicieron que al señor Sieppe le diera hipo. Había muchas botellas de cerveza y, por último, un éxito rotundo, una fantástica trufa de Gotha. Después del almuerzo vino el tabaco. Lleno a reventar, McTeague dormitó sobre su pipa, boca abajo, tendido al sol, mientras Trina, la señora Sieppe y Selina lavaban los platos. El señor Sieppe desapareció por la tarde; las detonaciones de su fusil resonaron en el campo de tiro. Los demás revolotearon por el parque, luego en los columpios, luego en el casino, luego en el museo, luego en el tiovivo.
El señor Sieppe reunió al grupo a las cinco y media. Era hora de regresar a casa.
La familia insistió en que Marcus y McTeague cenaran con ellos en casa y pasaran ahí la noche. El señor Sieppe sostuvo que no conseguirían una cena decente si regresaban a la ciudad a esa hora; podían coger un barco temprano por la mañana y llegar a sus oficios a buen tiempo. Los dos amigos aceptaron.
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Los Sieppe vivían en una pequeña casa al pie de B Street, la primera a la derecha al subir de la estación. Tenía dos plantas y un gracioso tejado abuhardillado y rojo, de tejas ovaladas. El interior estaba dividido en muchos cuartos minúsculos, algunos tan pequeños que apenas eran mejores que gabinetes para dormir. En el patio trasero había un artefacto para bombear agua desde la cisterna que interesó a McTeague de inmediato. Era una rueda, una enorme caja giratoria en la que el triste galgo negro pasaba la mayor parte de sus horas activas. Esa era su caseta; ahí dormía. De vez en cuando, durante el día, la señora Sieppe aparecía en la puerta trasera y gritaba con voz estridente: «¡Ale, ale!», y le tiraba trozos de carbón para espolearlo.
Todos estaban muy cansados y se acostaron temprano. Tras una larga discusión, decidieron que Marcus dormiría en el sofá en el salón de entrada; Trina dormiría con August y dejaría su habitación a McTeague. Selina se fue a su casa, más o menos a una calle arriba de la de los Sieppe. A las nueve el señor Sieppe enseñó a McTeague su cuarto y lo dejó solo con una vela recién encendida.
Durante un buen rato después de que el señor Sieppe se hubiera ido, McTeague permaneció inmóvil en el centro de la habitación, con los codos apretados a los lados, mirando por el rabillo de los ojos. Casi no se atrevía a moverse. Estaba en el cuarto de Trina.
Era un cuartito extraordinario. En el suelo había una alfombrilla blanca y limpia; un papel gris, salpicado de flores rosas y verdes, cubría las paredes. En un rincón, bajo un mosquitero blanco, había una camita; la madera tenía una pintura alegre de flores brillantes. Cerca de esta, contra la pared, había una cómoda de nogal negro. Una mesa de trabajo con patas en espiral estaba junto a la ventana, donde colgaba una cortina verde y dorada. Enfrente estaba el armario, entreabierto, y en el rincón diagonal a la cama había un lavabo minúsculo con dos toallas limpias.
Y eso era todo. Pero era la habitación de Trina. McTeague estaba en el tocador de su dama, que le pareció como un nidito, íntimo, discreto. Se sintió completamente fuera de lugar. Era un intruso; él, con sus pies enormes, sus huesos descomunales, sus gestos burdos, brutales. El solo peso de sus piernas, estaba seguro, aplastaría el catrecito como a una cáscara de huevo.
Luego, cuando la primera sensación se desvaneció, empezó a percibir el encanto de la pequeña cámara. Era como si Trina estuviera muy cerca
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pero invisible. McTeague sintió todo el deleite de su presencia sin la vergüenza que solía acompañarlo. Estaba cerca de ella; más cerca que nunca. Podía escudriñar su vida cotidiana, sus pequeñas costumbres, sus hábitos, sus pensamientos. ¿Y no había en el aire de esa habitación un leve aroma que él conocía, que la evocaba con una nitidez asombrosa?
Al poner la vela sobre la cómoda, vio allí el cepillo. Lo cogió de inmediato y se lo llevó a la cara sin saber por qué. ¡Qué fragancia más deliciosa! El olor fuerte y debilitante de su pelo, ¡su pelo maravilloso y espléndido! El olor de ese cepillito era como un talismán. Solo tuvo que cerrar los ojos para ver a Trina claramente, como en un espejo. Vio su figura diminuta, redondeada, vestida toda de negro; pues, aunque parezca extraño, fue la primerísima impresión que tuvo de Trina la que recordó en ese momento, no la Trina de las últimas ocasiones, no la Trina de falda de paño azul y gorra blanca de marinero. La vio como la había visto el día en que Marcus los presentó: vio su cara pálida y redonda; sus ojos estrechos y a medio abrir, azules como los de un bebé; sus orejas diminutas y pálidas, que parecían indicar que tenía anemia; las pecas sobre el puente de la nariz; sus labios pálidos; su corona de pelo negro y magnífico y, sobre todo, el porte exquisito de su cabeza, inclinada hacia atrás como por el peso de toda esa cabellera… el porte que le empujaba el mentón un poco hacia afuera, con ese movimiento tan desprevenido, tan inocente, tan casi pueril.
McTeague recorrió la habitación suavemente de un objeto a otro, contemplando a Trina en todo lo que tocaba o veía. Por último llegó a la puerta del armario. Estaba entornada. La abrió de par en par y se detuvo ante el umbral.
Ahí colgaba la ropa de Trina: faldas y blusas, chaquetas y enaguas blancas y almidonadas. ¡Menuda imagen! Por un instante, McTeague se quedó sin aliento, embelesado. Si hubiera descubierto súbitamente a la misma Trina ahí dentro, sonriéndole, tendiéndole las manos, difícilmente habría quedado más abrumado. Enseguida reconoció el vestido negro que había usado ese famoso día. Ahí estaba la chaquetita que había llevado sobre el brazo el día en que la había aterrorizado con su burda declaración, y otras más, y otras… todo un conjunto de Trinas se le presentó ahí dentro. Se sumergió en el armario y tocó la ropa con cuidado, acariciándola con sus palmas enormes y callosas. Al mover las cosas, un perfume delicado se desprendió de los pliegues. ¡Ah, ese exquisito olor femenino! Ya no era
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solo su pelo, era la misma Trina: su boca, sus manos, su cuello; la fragancia indescriptiblemente dulce y camal que era parte de ella, pura y limpia y con olor a juventud y lozanía. De repente, invadido por un impulso irracional, McTeague abrió sus brazos enormes, cogió las ropitas y hundió su rostro en ellas hasta el fondo para saborear su delicioso olor, soltando unos profundos suspiros de lujuria y dicha suprema.
El pícnic en Schuetzen Park fue decisivo. McTeague empezó a visitar a Trina con regularidad los domingos y los miércoles por la tarde. Reemplazó a Marcus Schouler. Este lo acompañaba a veces, pero solía ser para ver a Selina, con quien se citaba en casa de los Sieppe.
Pero Marcus se aprovechaba al máximo de su renuncia a su prima y recordaba su gesto a McTeague constantemente. Le entristecía y le desconcertaba retorciéndole la mano, soltando suspiros que parecían desgarrarle el corazón o mostrándole asomos de una melancolía infinita. «¿Qué es de mi vida? —exclamaba—. ¿Qué me queda? ¡Nada, maldición!» Y cuando McTeague intentaba protestar, Marcus clamaba: «No importa, amigo mío. No me hagas caso. Ve, sé feliz. Te perdono».
Perdonar ¿qué? McTeague estaba muy confundido, abrumado por la idea de haber causado a su amigo un daño misterioso, irreparable.
«¡Ah, no pienses en mí! —exclamaba Marcus en otras ocasiones, incluso cuando Trina estaba ahí—. No penséis en mí; yo ya no cuento. Ya no cuento». Parecía regodearse en el desmoronamiento de su vida. No había duda de que se lo pasaba bien en esos días.
Al principio, los Sieppe quedaron perplejos con el cambio de frente.
—Conque Tgrina tiene un nuevo chico —exclamó el señor Sieppe—.
Pgrimegro Schoulegr, ahogra el doctogr, ¿eh? ¡Qué diablos! Transcurrieron las semanas. Pasó febrero, y marzo llegó muy lluvioso,
lo que puso freno a todos los pícnics y excursiones de domingo.
Un miércoles por la tarde, en la segunda semana de marzo, McTeague fue a visitar a Trina; llevaba su concertina, como se había vuelto costumbre. Cuando bajó del tren en la estación, se sorprendió al encontrar a Trina esperándolo.
—Hoy es el primer día que no ha llovido en semanas —explicó ella—, y pensé que sería agradable dar un paseo.
—Claro, claro —asintió McTeague.
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La estación de B Street no era más que un pequeño cobertizo. No había taquilla, solamente un par de bancos tallados y grabados. Estaba construida cerca de las vías del ferrocarril, al otro lado de las cuales estaba la orilla sucia y enlodada de la bahía de San Francisco. A unos cuatrocientos metros por detrás de la estación estaba el borde del pueblo de Oakland. Entre la estación y las primeras casas del pueblo había unos inmensos pantanos de sal, recortados por corrientes curvas de agua negra y cubiertos por una capa de hierba áspera, extrañamente decolorada en algunas partes por unas manchas enormes de amarillo naranja.
Cerca de la estación, un trozo de valla pintada con un anuncio de cigarros se tambaleaba entre el barro, mientras que a su sombra yacía un carro abandonado, con las ruedas echadas por tierra. La estación estaba conectada con el pueblo por medio de la prolongación de B Street, que discurría en línea recta a través de los pantanos y a cuyo lado se extendía una fila de postes unidos por alambres. Al otro lado de los pantanos, en la periferia del pueblo, estaban los vertederos; las siluetas de unos cuantos traperos chinos se desplazaban por encima de los montes de basura. La vista se interrumpía a lo lejos por el enorme bidón marrón rojizo de la fábrica de gas a la izquierda y estaba delimitada por las chimeneas y los talleres de una fundición de hierro a la derecha.
Al otro lado del ferrocarril, de cara al mar, se veía el largo trecho del banco de lodo negro dejado por la marea, que estaba lejos, a unos ochocientos metros de distancia. Nubes de gaviotas subían y bajaban constantemente a ese banco de lodo. Por encima, un embarcadero ruinoso y abandonado se arrastraba sobre unas patas vacilantes, y, muy cerca, un viejo velero estaba escorado en su sentina.
Pero más allá, al otro lado de las aguas amarillas de la bahía, más allá de Goat Island, estaba San Francisco, una línea azul de colinas, escarpada de tejados y chapiteles. A lo lejos, hada el ocadente, se abría Golden Gate, una zanja inhóspita entre las cuestas de arena, a través de la cual alcanzaba a verse el océano Pacífico.
La estación de B Street estaba solitaria; a esa hora no pasaba ningún tren; no había ni un alma a la vista, aparte de los traperos lejanos. El viento soplaba con fuerza y se llevaba consigo la mezcla de olores a sal, alquitrán y algas muertas. El cielo estaba oscuro y se cernía sobre la estación; caían algunas gotas muy de vez en cuando.
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Trina y McTeague se habían sentado en la calzada de las vías cerca de la estación, al borde del banco de lodo. Disfrutaban del paisaje, el aire libre, los pantanos de sal y la vista del agua lejana. De vez en cuando, McTeague tocaba sus seis melodías tristes en su concertina.
Después de un rato empezaron a recorrer las vías de arriba abajo. McTeague hablaba de su oficio; Trina le escuchaba, muy interesada y absorta, intentando entender.
—Para sacar las raíces de los molares superiores utilizamos los fórceps de cuerno de vaca —prosiguió el dentista monótonamente—. Ponemos el pico interior sobre las raíces palatales y el pico de cuerno de vaca sobre las raíces bucales; esas son las raíces que están por fuera, ¿sabe? Después cerramos los fórceps, y eso atraviesa directamente el alvéolo, que es la parte de la cavidad en la mandíbula, usted me entiende.
En otro momento le habló de su único deseo insatisfecho.
—Algún día tendré una gran muela dorada por fuera de mi ventana, como anuncio. Esas grandes muelas doradas son preciosas, preciosas… pero cuestan demasiado, yo no tengo con qué comprar una ahora.
—Huy, está lloviendo —exclamó Trina de repente, estirando la mano. Se dieron la vuelta y llegaron a la estación bajo la llovizna. La noche se acercaba, oscura y lluviosa. La marea regresaba, murmurando y chapoteando en el banco de lodo. Un tranvía pasó al otro lado de los pantanos, al borde del pueblo, desplegando una larga Mera de chispas brillantes en los alambres elevados.
—Dígame, señorita Trina —dijo McTeague después de un rato—, ¿de qué sirve seguir esperando? ¿Por qué no podemos casamos?
Trina volvió a sacudir la cabeza, diciendo «No» instintivamente, a pesar de sí misma.
—¿Por qué no? —insistió McTeague—. ¿No le gusto lo suficiente? —Sí.
—¿Y entonces por qué no?
—Porque no.
—Ay, vamos —dijo él, pero Trina siguió sacudiendo la cabeza—. Ay, vamos —siguió insistiendo McTeague. No podía pensar en nada más que decir, y repitió la misma frase una y otra vez ante todas sus negativas—: ¡Ay, vamos! ¡Ay, vamos!
De pronto la cogió entre sus brazos enormes y la aplastó contra él con su fuerza descomunal. Trina se rindió en un instante y volvió el rostro
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hacia él. Se besaron escandalosamente, de lleno en la boca.
Un rugido y un chirrido de la tierra se acercaron de repente y pasaron a su lado en medio de un hedor a vapor y aire caliente. Era el Overland, con su faro luminoso, que se dirigía al continente.
El paso del tren los asustó a los dos. Trina luchó por liberarse de McTeague.
—¡Oh, por favor! ¡Oh, por favor! —suplicó, a punto de llorar. McTeague la liberó, y en ese momento le invadió un asco ligero,
apenas perceptible. El instante en que Trina se rindió, el instante en que le permitió besarla, cambió la opinión que tenía de ella. Después de todo, no era tan deseable. Pero esta reacción fue tan débil, tan sutil, tan intangible, que al poco rato dudó de que hubiera ocurrido. Pero después regresó. ¿No había cambiado algo en Trina? ¿No estaba decepcionado de ella por haber hecho precisamente lo que había deseado? ¿Acaso Trina la sumisa, la dócil, la alcanzable, no era la misma, igual de delicada y encantadora a Trina la inaccesible? A lo mejor había entendido débilmente que así debía ser, que era parte del orden inalterable de las cosas… el hombre desea a la mujer solo por lo que ella le niega; la mujer venera al hombre por lo que ella le entrega. Con cada concesión ganada, el deseo del hombre se enfría; con cada rendición, la adoración de la mujer se intensifica. ¿Pero por qué había de ser así?
Trina se liberó de golpe y se apartó de McTeague. Le temblaba el mentón; tenía el rostro colorado hasta los lóbulos de sus orejas pálidas, y los ojos azules y estrechos llenos de lágrimas. De repente se tapó la cara con las manos y empezó a sollozar.
—Oiga, oiga, señorita Trina, escuche… escúcheme, señorita Trina — gritó McTeague y se acercó un poco.
—¡Oh, no! —jadeó ella, encogiéndose—. Tengo que ir a casa —gimió, y dio un brinco—. Es tarde. Tengo que… Tengo que… No venga conmigo, por favor. Oh, estoy tan… tan… —No podía encontrar las palabras—. Déjeme ir sola —prosiguió—. Puede… venga el domingo. Adiós.
—Adiós —dijo McTeague; la cabeza le daba vueltas ante este giro inesperado, inexplicable—. ¿No puedo volver a besarla?
Pero Trina se puso firme ahora. Cuando se trataba de súplicas —un simple asunto de palabras—, era lo suficientemente fuerte.
—¡No, no, no debe! —exclamó con energía. Al instante siguiente, ya se había ido. Atónito, desconcertado, el dentista se quedó mirándola como
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un estúpido mientras ella corría a lo largo de B Street bajo la lluvia. Pero una alegría súbita lo invadió de repente. La había conquistado. Trina sería suya, después de todo. Sus gruesos labios se dilataron en una sonrisa enorme; los ojos se le ensancharon y centellearon; respiró profundamente, se golpeó las rodillas con los puños que parecían mazos y exclamó entre dientes—. «¡Es mía, por Dios! ¡Es mía, por Dios!». Al mismo tiempo tuvo una mejor opinión de sí mismo; su amor propio se intensificó enormemente. El hombre que podía, conquistar a Trina Sieppe era un hombre de una habilidad extraordinaria.
Trina sorprendió a su madre mientras esta ponía una trampa para ratones en la cocina.
—¡Oh, mamá!
—¿Eh, Tgrina? Ach, ¿qué ha pasado?
Trina se lo contó todo de un tirón.
—¿Tan grápido? —fue la primera observación de la señora Sieppe—. Eh, bueno, ¿y entonces pogr qué iogras?
—No sé —gimió Trina, y tiró del extremo del pañuelo.
—¿Amas al joven doctogr?
—No lo sé.
—Bueno, ¿y pogr qué lo has besado?
—No lo sé.
—¿No lo sabes? ¿No lo sabes? ¿Dónde tienes la cabeza, Tgrina? Besas al joven doctogr, iogras y no lo sabes. ¿Es pogr Magrcus?
—No, no es el primo Mark.
—Entonces debe de segr el doctogr.
Trina no dio respuesta.
—¿Eh?
—Supongo… supongo que sí.
—¿Lo amas?
—No lo sé.
La señora Sieppe soltó la trampa con tal violencia que esta brincó con un chasquido seco.
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NO, TRINA no lo sabía. «¿Lo amo? ¿Lo amo?» Mil veces se hizo esta misma pregunta durante los dos o tres días siguientes. Casi no dormía por las noches, y yacía totalmente despierta durante horas en su camita pintada con alegres colores y su mosquitero blanco, torturándose a sí misma con dudas y preguntas. A ratos se moría de vergüenza al recordar la escena de la estación, y otras veces se avergonzaba de recordarla con un estremecimiento de dicha. Nada podía haber sido más repentino, más inesperado, que su propia capitulación. Durante más de un año había pensado que Marcus sería su marido algún día. Suponía que se casarían en algún momento futuro, no sabía cuándo exactamente; el asunto no había tomado forma en su cabeza todavía. Le gustaba mucho el primo Mark. Y de repente se había desencadenado esta contracorriente; había aparecido este gigante rubio, este tipo enorme e imperturbable, con su fuerza burda y descomunal. No lo había amado al principio, eso era seguro. El día en que él la había abordado en la clínica, ella solo se había sentido aterrorizada. Si él se hubiera limitado simplemente a hablarle, como Marcus, a razonar con ella, a cortejarla en la distancia, anticipándose a sus deseos, demostrándole pequeñas atenciones, enviándole cajas de caramelos, ella lo habría soportado fácilmente. Pero solo tenía que cogerla entre sus brazos, aplastar su resistencia con esa energía descomunal, dominarla, conquistarla con una fuerza bruta, y ella cedía al instante.
Pero ¿por qué? ¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué sentía el deseo, la necesidad de ser conquistada por una fuerza superior? ¿Por qué le agradaba? ¿Por qué la había conmocionado de repente, de los pies a la cabeza, con una veloz y aterradora ráfaga de pasión que no había experimentado jamás? Ni en sus mejores momentos Marcus la había hecho sentir así, y, sin embargo, siempre había pensado que el primo Mark le gustaba más que nadie.
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Cuando McTeague la había cogido súbitamente entre sus brazos inmensos, algo había cobrado vida en su interior… algo que hasta entonces había estado dormido, algo fuerte y apabullante. La asustaba ahora, al pensar en ello, ese otro ser que se había despertado y que gritaba y clamaba por ser reconocido. Y aun así, ¿había de temerle? ¿Era algo de qué avergonzarse? ¿No era, después de todo, algo natural, limpio, espontáneo? Trina sabía que era una mujer pura, sabía que esa conmoción repentina dentro de ella no acarreaba ni la menor insinuación de vicio.
Vagamente, como unas figuras vistas al despertar de un sueño, estas ideas flotaban en la cabeza de Trina. Comprenderlas con claridad estaba más allá de sus capacidades; no podía saber qué significaban. Hasta aquel día lluvioso junto a la orilla de la bahía de San Francisco, Trina había vivido su vida con la misma autoconciencia de un árbol. Era franca, directa, un ser humano saludable y natural, sin sexo hasta entonces. Era casi como un niño. De pronto había habido una conmoción misteriosa. La Mujer que habitaba en su interior había despertado súbitamente.
¿Amaba a McTeague? Difícil pregunta. ¿Lo escogía, para bien o para mal, deliberadamente, por su propia voluntad? ¿Acaso tenía alguna opción ante ese paso que habría de mejorar o estropear su vida? La Mujer se despierta y, al salir del sueño, atrapa ciegamente lo primero con lo que se topan sus ojos recién abiertos. Es un hechizo, un embrujo, regido solo por la casualidad, inexplicable… un hada enamorada de un payaso con orejas de asno.
McTeague había despertado a la Mujer, ahora era suya irrevocablemente, lo quisiera o no; por más que se resistiera, ella le pertenecía, en cuerpo y alma, en vida o muerte. Ella no lo había buscado; no lo había deseado. El hechizo le había caído encima. ¿Era una bendición? ¿Era una maldición? Era todo eso; ella le pertenecía, indisolublemente, en las buenas y en las malas.
¿Y él? El mismo acto de sumisión que la ataba a él para siempre la había hecho parecer menos deseable ante sus ojos. La perdición de los dos había empezado ya. Pero ninguno tenía la culpa. Desde el primer día, ellos no se habían buscado. La casualidad los había hecho encontrarse cara a cara, y unos instintos misteriosos, tan ingobernables como los vientos celestiales, se habían puesto en obra para entretejer sus vidas. Ninguno de los dos había pedido que así fuera, que sus destinos, sus propias almas, fueran solaz de la casualidad. Si hubieran podido saberlo habrían evitado
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el riesgo aterrador. Pero no tenían voz en el asunto. ¿Por qué habría de ser así?
La escena de la estación de B Street había tenido lugar un miércoles. Durante el resto de la semana, a todas horas del día, Trina se hizo la misma pregunta: «¿Lo amo? ¿Realmente lo amo? ¿Acaso es así el amor?». Al recordar a McTeague —recordar su cabezota cuadrada, su mandíbula prominente, su mata de pelo amarillo, su cuerpo pesado y torpe, su mente lenta—, encontraba poco que admirar en él más allá de su fuerza física, y en esos momentos sacudía la cabeza con determinación. No, no cabía duda de que no lo amaba. La tarde del domingo, sin embargo, McTeague fue a visitarla. Trina le había preparado un breve discurso. Iba a decirle que no sabía qué le había pasado la tarde del miércoles, que había actuado como una niña mala, que no lo amaba lo suficiente como para casarse con él, que ya se lo había dicho antes.
McTeague se reunió con ella a solas en el saloncito de entrada. En cuanto la vio, se le acercó directamente. Ella vio lo que pretendía hacer.
—¡Espere un momento! —gritó estirando las manos—. Espere. Usted no entiende. Tengo algo que decirle.
Bien podría haberle hablado al viento. McTeague le apartó las manos con un solo gesto y la atrajo hacia sí con un abrazo de oso que no hizo más que sofocarla. Trina no era más que un junco ante esa fuerza gigante. McTeague atrajo el rostro de Trina hacia el suyo y volvió a besarla en la boca. ¿Dónde estaba toda la determinación de Trina entonces? ¿Dónde estaba su breve discurso cuidadosamente preparado? ¿Dónde estaban toda la vacilación y las dudas torturantes de los últimos días? Trina se sujetó del enorme cuello rojo de McTeague con sus delgados brazos, alzó su adorable mentoncito y lo besó, exclamando: «¡Oh, sí te amo! ¡Sí te amo!». Nunca volvieron a ser tan felices como en ese momento.
Poco después, esa misma semana, cuando Marcus y McTeague estaban almorzando en la cantina de los revisores del tranvía, el primero exclamó de repente:
—Oye, Mac, ahora que ya tienes a Trina, tienes que hacer más por ella. ¡Caray! Tienes que hacerlo, es un hecho. ¿Por qué no la llevas a alguna parte… al teatro o algún lado? No estás haciendo tu trabajo.
Naturalmente, McTeague le había contado a Marcus su éxito con Trina, y Marcus había adoptado un aire de solemnidad.
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—Conque es tuya. Pues me alegro, amigo mío. Me alegro, es un hecho. Sé que serás feliz con ella. Sé lo feliz que habría sido yo. Te perdono; sí, te perdono, sin reparos.
McTeague no había pensado en llevar a Trina al teatro. —¿Crees que debo hacerlo, Mark? —preguntó, titubeando. Marcus respondió con la boca llena de pudín de manteca: —¡Anda! Desde luego. Como Dios manda. —Bueno… bueno, así es. El teatro… así se dice.
—Llévala al espectáculo de variedades del Orpheum. Tienen un buen número esta semana. Tendrás que llevar también a la señora Sieppe, desde luego —añadió.
Marcus no estaba seguro de sí mismo en lo concerniente a ciertas convenciones; en realidad, ninguno de los habitantes del pequeño mundo de Polk Street lo estaba. Las dependientes, los aprendices de fontanero, los pequeños comerciantes y demás, quienes no tenían una posición social claramente definida, nunca estaban seguros de hasta dónde podían llegar sin perder la respetabilidad. Siempre que deseaban ser correctos, se excedían. No era como si pertenecieran a los villanos, quienes no tenían ningunas apariencias que guardar. Polk Street se codeaba con la avenida de una calle más arriba, y había ciertos límites que sus habitantes no podían rebasar; pero, por desgracia para ellos, estos límites no estaban bien definidos. Nunca podían estar seguros de sí mismos. En cualquier momento de descuido podían ser tenidos por villanos, de modo que solían tomar la dirección incorrecta y comportarse con una formalidad ridícula. Nadie tiene un ojo más agudo para las cortesías que quienes no tienen una posición social asegurada.
—Ah, desde luego, tendrás que llevar a su madre —insistió Marcus—.
Tal como Dios manda.
McTeague emprendió la misión. Fue un suplicio. Nunca en su vida se había sentido tan perturbado, tan terriblemente ansioso. Visitó a Trina el miércoles siguiente y concertaron los planes. La señora Sieppe preguntó si podían incluir al pequeño August; eso lo consolaría por la pérdida del barquito.
—Claro, claro —dijo McTeague—. August también. Todos —añadió distraídamente.
—Siempre tenemos que volver tan temprano —se quejó Trina— para poder coger el último barco. Justo cuando la cosa se está poniendo
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interesante.
Ante esto, por sugerencia de Marcus, McTeague insistió en que pasaran la noche en casa. Marcus y el dentista les dejarían sus habitaciones y dormirían en la clínica para perros. En la sala de enfermos había una cama que el viejo Grannis ocupaba a veces cuando había que vigilar un caso grave. McTeague tuvo una idea repentina, una verdadera inspiración.
—Y… y… y… ¿y si después comemos algo en mi clínica?
—Muy bien —comentó la señora Sieppe—. Cegrveza, ¿eh? Y unos tamales.
—¡Ay, me encantan los tamales! —exclamó Trina aplaudiendo. McTeague regresó a la ciudad, repitiendo las instrucciones una y otra
vez. La salida al teatro empezaba a adquirir unas proporciones tremendas. Antes que nada debía comprar las localidades, en la tercera o cuarta fila de adelante hacia atrás, al lado izquierdo, para estar lejos de la percusión de la orquesta; tenía que arreglar lo de los cuartos con Marcus; debía abastecerse de la cerveza pero no de los tamales; tenía que comprarse una corbata de batista blanca, según las indicaciones de Marcus; debía asegurarse de que María Macapa ordenara perfectamente su habitación y, por último, debía reunirse con los Sieppe en el muelle del transbordador a las siete y media de la noche del lunes siguiente.
El verdadero esfuerzo de la misión empezó con la compra de los billetes. En el teatro, McTeague entró por las puertas equivocadas; lo mandaron de una ventanilla a otra; quedó desconcertado, apabullado; malinterpretó las indicaciones, y de un momento a otro quedó convencido de que no tenía suficiente dinero y empezó a regresar a casa. Hasta que por fin se encontró ante la taquilla.
—¿Aquí es donde se compran los billetes?
—¿Cuántos?
—¿Aquí es…?
—¿Para qué noche los quiere? Sí, señor, aquí es.
McTeague se libró con gravedad de la fórmula que había estado recitando durante las últimas doce horas:
—Quiero cuatro asientos para la noche del lunes en la cuarta fila de adelante hacia atrás y a la derecha.
—¿A la derecha mirando a la sala o mirando al escenario?
McTeague quedó anonadado.
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—Quiero estar a la derecha —insistió imperturbable, y añadió—: Para estar lejos de la percusión.
—Pues la percusión está a la derecha de la orquesta mirando al escenario —dijo el otro, impaciente—; entonces quiere a la izquierda mirando a la sala.
—Quiero estar a la derecha —insistió el dentista.
Sin decir ni una palabra, y con un gesto magnificente y desdeñoso, el vendedor sacó cuatro billetes.
—Aquí tiene, entonces, cuatro asientos a la derecha, justo junto a la percusión.
—Pero no quiero estar cerca de la percusión —protestó McTeague, que empezó a sudar.
—¿Acaso sabe qué es lo que quiere? —dijo el vendedor de localidades con tranquilidad, sacando la cabeza hacia McTeague. El dentista sabía que había herido los sentimientos de ese joven.
—Quiero… quiero… —tartamudeó. El vendedor sacó con violencia un mapa de la sala y empezó a explicar con excitación; era lo único que faltaba para completar la confusión de McTeague.
—Aquí están sus cuatro asientos —concluyó el vendedor mientras le ponía los billetes en la mano—. Están en la cuarta fila de adelante hacia atrás y lejos de la percusión. ¿Satisfecho?
—¿Están a la derecha? Yo quiero a la derecha… no, a la izquierda.
Quiero… No sé, no sé.
El vendedor soltó un rugido. McTeague se alejó despacio, contemplando con ojos estúpidos las cuatro tiras azules de cartón. Dos chicas ocuparon su lugar en la taquilla. Al rato, McTeague regresó, se asomó por encima de los hombros de las chicas y le gritó al vendedor:
—¿Son para el lunes por la noche?
El otro no se dignó a contestar. McTeague volvió a retirarse tímidamente y guardó los billetes en su enorme cartera. Se quedó un momento en los escalones del vestíbulo, pensativo. Entonces se encolerizó de golpe; no sabía muy bien por qué, se sentía ofendido de alguna manera. Una vez más, regresó a la taquilla.
—¡Usted no puede ningunearme! —gritó por encima de los hombros de las chicas—. No puede… no puede ningunearme. Le daré un golpazo en la cabeza, pequeño… pequeño… pequeño… pequeño cachorro.
El vendedor de localidades se encogió de hombros, cansado.
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—Un dólar y medio —les dijo a las dos chicas.
McTeague lo fulminó con la mirada y respiró sonoramente. Por último, decidió dejarlo así y se alejó, pero al llegar a los escalones, una sensación de agravio e indignación volvió a apoderarse de él.
—¡No puede ningunearme! —gritó por última vez, meneando la cabeza y agitando el puño—. Le daré… le daré… le daré… sí, le daré. — Se marchó refunfuñando.
Finalmente, llegó la noche del lunes. McTeague se reunió con los Sieppe en el transbordador; iba vestido con una levita negra, sus mejores pantalones azul pizarra y la corbata de batista que Marcus había escogido para él. Trina iba muy guapa con el vestido negro que McTeague conocía muy bien. Llevaba un par de guantes nuevos. La señora Sieppe llevaba unos mitones de hilo de Escocia y cargaba dos plátanos y una naranja en una bolsa de malla.
—Pagra Auuguust —le confió. Auuguust llevaba un traje estilo Fauntleroy demasiado pequeño para él. Ya había estado llorando—. ¿Puede cgreegr, doctogr, que este ninio se ha groto ia los calcetines? Camina delante, tú; deja de iogragr. ¿Dónde está el policía?
Un pánico aterrador invadió a McTeague en la entrada del teatro. Había perdido los billetes. Hurgó entre sus bolsillos y registró su cartera. No los encontró por ningún lado. De repente se acordó, y con un suspiro de alivio se quitó el sombrero y los sacó de debajo de la faja interior.
Entraron y ocuparon sus puestos. Era absurdamente temprano. Todos los faroles estaban apagados. Los acomodadores estaban reunidos bajo las galerías; su plática ruidosa resonaba en el auditorio. De vez en cuando un camarero iba y venía por el pasillo con una bandeja. Justo delante de ellos estaba la gran cortina de hierro del escenario, pintada con todo tipo de anuncios. Desde el otro lado llegaba de cuando en cuando un ruido de martillos y voces enérgicas.
Estudiaron los programas mientras esperaban. Primero, la orquesta tocaría una obertura, después vendrían «Los Gleason, en su alborozada farsa musical titulada “El cortejo de McMonnigal”». A esto le seguirían «Las hermanas Lamont, Winnie y Violet, seno-cómicas y bailarinas de cancán». Después habría un gran despliegue de diversos actores y artistas especializados, maravillas musicales, acróbatas, dibujantes, ventrílocuos y, por último, «La gran atracción de la noche, el mayor acontecimiento del siglo XIX: el kinetoscopio». McTeague estaba emocionado, deslumbrado.
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En cinco años no había ido ni dos veces al teatro. Ahora se veía a sí mismo invitando a su chica y a su madre a que lo acompañaran. Empezó a sentir que era un hombre de mundo. Pidió un cigarro.
Entretanto, la sala se fue llenando. Encendieron unos cuantos faroles laterales. Los acomodadores iban y venían por los pasillos, con los cabos de los billetes entre el pulgar y el índice, y desde cualquier parte del auditorio se podía oír el golpeteo de los asientos cuando los echaban hacia abajo. Se alzó un murmullo de voces. En la galería, un golfillo emitió un silbido estridente y llamó a unos amigos que estaban al otro lado de la sala.
—¿Ya van a empezar, ma? —gimió Auuguust por quinta o sexta vez, y añadió—: Oye, ma, ¿me compras un caramelo?
Un niño pequeño y cadavérico había pasado por el pasillo gritando:
—Caramelos, surtido de caramelos franceses, palomitas, cacahuetes y
golosinas.
Entró la orquesta; los músicos salieron arrastrándose por una abertura que estaba debajo del escenario y era apenas más grande que la puerta de una conejera. Ahora, la multitud aumentaba a cada instante y había muy pocos asientos desocupados. Los camareros se precipitaban de un lado a otro por los pasillos con las bandejas llenas de vasos de cerveza. Un olor a humo de cigarro inundó el aire, y, poco después, una bruma azul claro empezó a alzarse por todos los rincones de la sala.
—Ma, ¿cuándo van a empezar? —chilló Auuguust. Mientras hablaba, la cortina de hierro de los anuncios se levantó y reveló la verdadera cortina, que era todo un espectáculo. En ella había un cuadro estupendo: un tramo de escaleras de mármol descendía hacia una corriente de agua en la que flotaban dos cisnes blancos con sus cuellos arqueados como una «S» mayúscula. En lo alto de las escaleras había dos jarrones con flores rojas y amarillas, y al pie estaba amarrada una góndola llena de alfombrillas rojas de terciopelo que colgaban por el costado y se arrastraban en el agua. En la proa, un joven con un leotardo bermellón sostenía una mandolina en la mano izquierda y le daba la derecha a una chica vestida de raso blanco. Un spaniel inglés, que arrastraba una correa con forma de enorme faja rosa, seguía a la chica. Sobre los dos últimos escalones estaban esparcidas siete rosas color rojo escarlata, y ocho flotaban en el agua.
—¿No es bonito, Mac? —exclamó Trina volviéndose hacia el dentista.
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—Ma, ¿no van a empezar ya-ya? —gimió Auuguust. De repente, los faroles centellearon por toda la sala.
—¡Oh! —exclamaron todos de inmediato.
—¡Está ieno! —murmuró la señora Sieppe. Todos los asientos estaban ocupados; incluso había muchas personas de pie.
—Siempre me gusta más cuando hay mucha gente —dijo Trina. Estaba muy animada esa noche. Su cara pálida y redonda lucía verdaderamente sonrosada.
La orquesta tocó la obertura a toda velocidad y terminó de pronto con una gran fanfarria de violines. Siguió una breve pausa. Después tocó una variedad de quicksteps y la cortina se alzó dejando a la vista un interior amueblado con dos sillas rojas y un sofá verde. Una chica, con un vestidito verde y calcetines negros, entró a toda prisa y empezó a quitarles el polvo a las dos sillas. Estaba de muy buen humor, hablaba rapidísimo y se quejaba del nuevo inquilino. Al parecer, este último no pagaba nunca el arriendo y llevaba una vida demasiado noctámbula. Luego pasó a las candilejas y empezó a cantar con una voz formidable, áspera y uniforme, casi como la de un hombre. El estribillo, de escasa originalidad, decía:
Oh, qué feliz seré,
cuando vea la cara de mi amado;
Oh, decidle que me busque al claro de la luna,
donde florecen las azucenas doradas.
La orquesta tocó la melodía del estribillo una segunda vez, con ciertas variaciones, mientras la chica bailaba al compás de la música. Se desplazaba sigilosamente hacia un lado del escenario y levantaba una pierna, para luego desplazarse sigilosamente hacia el otro lado y levantar la otra pierna. Cuando terminó la canción, entró un hombre, obviamente el inquilino en cuestión. Al instante, McTeague soltó una carcajada sonora. El hombre estaba embriagado, tenía el sombrero hundido, un extremo del cuello desabotonado y estirado hacia el rostro, la leontina pendía de su bolsillo y tenía una zapatilla de satén amarillo atada a uno de los ojales del chaleco. Tenía la nariz colorada y un ojo amoratado. Tras un breve diálogo con la chica, apareció un tercer actor vestido de niño, el hermano menor de la chica. Llevaba un inmenso cuello doblado y daba unas volteretas y unos maravillosos saltos mortales todo el tiempo. El acto giraba en torno a estas tres personas: el inquilino abrazaba y besaba a la chica del vestidito verde;
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el niño gastaba todo tipo de bromas al hombre, le daba unos codazos tremendos en las costillas o unas palmadas en la espalda que lo hacían toser, le quitaba las sillas, se arrastraba a cuatro patas por entre sus piernas para enfadarlo y lo atropellaba en momentos inoportunos. Todas sus caídas eran acentuadas por un estrépito del bombo. La gracia del acto parecía consistir en los tropiezos del inquilino embriagado.
Este jugueteo le produjo un placer inconmensurable a McTeague, que rugía y gritaba con cada caída del inquilino, se golpeaba las rodillas y meneaba la cabeza. Auuguust emitía gorjeos estridentes, aplaudía y preguntaba todo el tiempo:
—¿Qué ha dicho, ma? ¿Qué ha dicho?
La señora Sieppe reía sin moderación, su cuerpo enorme y gordo se sacudía como una montaña de gelatina. De vez en cuando exclamaba:
—¡Ach, Gott, qué tonto!
Hasta Trina estaba emocionada y reía recatadamente, con los labios cerrados, llevándose a la boca una de sus manos cubiertas por los guantes nuevos.
La función continuó. Ahora seguían las maravillas musicales: dos hombres maquillados exageradamente como trovadores negros, con unos zapatos gigantes y chalecos a cuadros, parecían capaces de sacar una melodía a partir de casi cualquier cosa: botellas de vidrio, violines hechos con cajas de cigarros, cuerdas de cascabeles y hasta tubos graduados que frotaban con los dedos untados de resina. McTeague estaba absolutamente anonadado.
—Eso es lo que se llama ser músicos —afirmó solemnemente. Hogar, dulce bogar tocado en un trombón. ¡Increíble! Era el no va más del arte.
Los acróbatas lo dejaron sin aliento. Eran unos jóvenes deslumbrantes, con el pelo hermosamente peinado con raya en medio, que le hacían gestos gráciles al público todo el tiempo. El dentista creyó reconocer en uno de ellos un gran parecido con el chico que había atormentado al inquilino embriagado y que había dado esos maravillosos saltos mortales. Trina no pudo soportar sus cabriolas y miró hacia otro lado con un leve estremecimiento.
—Eso me marea siempre —explicó.
La hermosa joven, «La contralto de la sociedad», que llevaba un vestido de gala y cantaba las canciones sentimentales con unas partituras
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que no miraba nunca, fue lo que menos le gustó a McTeague. Sin embargo, Trina quedó encantada y pensativa con
No me amas… no;
dime adiós y márchate.
Estaba tan emocionada que rompió sus guantes nuevos cuando terminó.
—¿No te encanta la música triste, Mac? —murmuró.
Entonces llegaron los dos comediantes, que hablaban a una velocidad aterradora y parecían tener un ingenio y un repertorio inagotables.
—Cuando yo bajaba ayer por la calle…
—¡Ah! Cuando tú bajabas por la calle… de acuerdo.
—Yo vi a una chica en una ventana…
—Tú viste a una chica en una ventana.
—Y esta chica sí que estaba buena…
—¡Ah! Cuando tú bajabas ayer por la calle, tú viste a una chica en una ventana y esta chica sí que estaba buena. De acuerdo, continúa.
El otro comediante continuó. La broma evolucionó de repente. Cierta frase llevó a una canción que cantaron a la velocidad del rayo. Los dos hacían exactamente los mismos gestos exactamente en el mismo momento. Eran irresistibles. McTeague, aunque solo captó un tercio de las bromas, podría haberse quedado escuchándolos toda la noche.
Después de que los comediantes se hubieran ido, bajaron la cortina de hierro de los anuncios.
—¿Qué sigue ahora? —preguntó McTeague, desconcertado.
—El intermedio de quince minutos.
Los músicos desaparecieron a través de la conejera, y el público se levantó y se desperezó. La mayoría de los jóvenes abandonaron sus asientos.
Durante el intermedio, McTeague y su grupo tomaron algo. La señora Sieppe y Trina bebieron unos Queen Charlotte; McTeague, un vaso de cerveza, y Auuguust se comió la naranja y uno de los plátanos. Suplicó que le compraran un vaso de limonada, y lo consiguió finalmente.
—Solo pagra tenegrlo kalmado —observó la señora Sieppe.
Pero casi después de beber la limonada, una agitación repentina se apoderó de Auuguust. Se retorcía y se contoneaba en el asiento; balanceaba las piernas con violencia y miraba a su alrededor con los ojos llenos de una angustia imprecisa. Finalmente, justo cuando regresaron los
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músicos, se puso de pie y le susurró enérgicamente algo a su madre. Esto sacó de quicio a la señora Sieppe de inmediato.
—¡No, no! —gritó, y volvió a sentarlo con brusquedad.
La función se reanudó y apareció un dibujante que hacía caricaturas y retratos con una rapidez increíble. Incluso llegó a pedir que el público le sugiriera personas, y desde las galerías le gritaron los nombres de hombres prominentes. Hizo retratos del presidente, de Grant, de Washington, de Napoleón Bonaparte, de Bismarck, de Garibaldi y de P. T. Bamum.
Y así transcurrió la velada. La sala se fue caldeando, y el humo de los infinitos cigarros hacía que les ardieran los ojos. Una densa bruma azul pendía sobre las cabezas del público. El aire estaba lleno de diversos olores: a cigarros pasados, cerveza sin gas, cáscaras de naranja, vaho, polvillos y perfumes baratos.
Los artistas salieron a las tablas uno tras otro. McTeague no se distrajo ni un segundo. Trina y su madre disfrutaron enormemente. Se hacían comentarios todo el tiempo, sin apartar la vista del escenario:
—¿No es divegrtidísimo ese tonto?
—Qué canción más bonita. ¿No te gusta ese tipo de canciones? —¡Maravilloso! ¡Es maravilloso! ¡Sí, sí, maravilloso! Eso es.
Sin embargo, Auuguust perdió el interés. Se quedó de pie en su puesto, de espaldas al escenario, masticando un trozo de cáscara de naranja y mirando a una niña sentada en el regazo de su padre al otro lado del pasillo; tenía los ojos fijos en una mirada vidriosa, como de buey. Pero estaba intranquilo. Saltaba en un pie y en el otro, y de vez en cuando le suplicaba algo con susurros roncos a su madre, quien no se dignaba responderle.
—Ma, oye, maaa —gemía mientras masticaba la cáscara de naranja distraídamente y miraba a la niña—. Maaa, oye, ma.
A ratos, su plañidera monótona llegaba hasta la conciencia de su madre, quien de repente se daba cuenta de que eso era lo que la estaba molestando.
—Auuguust, ¿quiegres sentagrte? —Lo cogió de golpe y lo hundió en el asiento—. ¡Cáiate! Migra, eskucha a las jóvenes.
Tres chicas y un joven que tocaba la cítara entraron al escenario. Iban vestidos con trajes tiroleses y cantaban en alemán acerca de «cumbres» y «cazadores audaces» y cosas por el estilo. El coro tirolés era una maravilla de modulaciones como de flautas. Las chicas eran realmente guapas y no
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iban maquilladas. El acto tuvo mucho éxito. La señora Sieppe estaba en éxtasis. De inmediato recordó su niñez y su pueblo nativo de Suiza.
—Ach, es divino; justo como en nuestgro antiguo país. Mi abuela era una de las cantantes tigrolesas más famosas. Cuando io egra pequeña, eios egran justo así.
—Maaa —volvió a exclamar Auuguust ansiosamente en cuanto se fueron las cantantes tirolesas. No podía quedarse quieto ni un segundo; se retorcía de un lado para otro y balanceaba las piernas con una velocidad increíble—. Maaa, quiero irme a casa.
—¡Compógrtate! —exclamó su madre, y lo sacudió del brazo—. Migrra, la ninia te está migrrando. Es la última vez que te tgraigo al teatgro, ¿ves?
—No me impooortaaa, tengo sueño.
Finalmente, se durmió, para gran alivio de los demás, con la cabeza contra el brazo de su madre.
El kinetoscopio los dejó casi sin aliento.
—¿Qué harán ahora? —observó Trina asombrada—. ¿No es maravilloso, Mac?
McTeague estaba atemorizado.
—Mira cómo mueve la cabeza ese caballo —gritó emocionado, completamente extasiado—. Mira el tranvía que viene… y el hombre que cruza la calle. Mira, aquí viene un camión. ¡Es realmente increíble! ¿Qué diría Marcus de esto?
—¡Es un tgruco! —exclamó la señora Sieppe con una convicción súbita—, lo no soy tonta; no es más ke un tgruco.
—Pues claro que sí, mamá —exclamó Trina—; es…
Pero la señora Sieppe alzó la cabeza e insistió:
—Soy demasiado maior pagra que me engarrien. Es un tgruco. —No pudieron sacarle nada más.
Se quedaron hasta el último minuto del espectáculo, aunque el kinetoscopio era el penúltimo del programa y casi la mitad del público había salido justo después de este. No obstante, mientras el desafortunado comediante irlandés terminaba su acto ante las espaldas de la gente que salía, la señora Sieppe despertó a Auuguust, que estaba muy enfadado y adormilado, y empezó a recoger sus cosas. El niño empezó a retorcerse de nuevo en cuanto se despertó.
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—Guagrda el pgrogrrama, Tgrina —susurró la señora Sieppe—, lévaselo a pappa. ¿Dónde está la gogrra de Auuguust? ¿Tienes mi paniuelo, Tgrina?
Pero Auuguust tuvo un accidente espantoso en ese momento; su angustia llegó al clímax; su fortaleza se desplomó. ¡Qué sufrimiento! ¡Era una verdadera catástrofe, deplorable, lamentable, algo indescriptible! Por un instante, miró a su alrededor con ojos desorbitados, indefenso, petrificado de asombro y terror. Después se manifestó su pena, y los últimos compases de la orquesta se mezclaron con un prolongado lamento de una tristeza infinita.
—¿Qué pasa, Auuguust? —gritó su madre mirándolo con una sospecha naciente. Y de repente—: ¿Qué has hecho? ¿Has estgropeado tu nuevo tgraje Fauntleroy? —Se puso roja, y sin más preámbulo, le dio un manotazo sonoro. Fue entonces cuando Auuguust llegó al límite de su sufrimiento, su tristeza, su terrible malestar; su desdicha estaba completa. El niño inundó el aire con sus tristes alaridos.
—¿Qué… qué ha pasado? —preguntó McTeague.
Trina se puso colorada.
—Nada, nada —exclamó a toda prisa, y miró para otro lado—. Ven, tenemos que irnos. Ya casi se ha acabado.
El fin del espectáculo y la dispersión del público ayudaron a superar la vergüenza del momento.
Salieron al final de la cola del público. Ya empezaban a apagar las luces y los acomodadores extendían unos paños sobre los asientos tapizados.
McTeague y los Sieppe cogieron un tranvía que iba hacia el distrito residencial y los acercaría a Polk Street. El vagón iba lleno; McTeague y Auuguust tuvieron que quedarse de pie. El niño insistió para que su madre lo llevara en su regazo, pero la señora Sieppe se negó rotundamente.
Camino a casa, comentaron el espectáculo.
—Lo que… lo que más me gustó fuegron las cantantes tigrolesas. —Ah, la solista fue la mejor… la mujer que cantaba esas canciones
tristes.
—¿No era… no era maravillosa esa linterna mágica en la que se movían las figuras? ¡Maravilloso… ah, maravilloso! ¿Y no fue gracioso ese primer acto, en el que el tipo se caía todo el tiempo? Y el acto musical,
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y el tipo de la cara pintada con corcho quemado que tocaba Más cerca de ti, mi Dios con botellas de cerveza.
Se bajaron en Polk Street y ascendieron una cuadra hasta la casa. La calle estaba vacía y oscura; enfrente, al fondo del mercado desierto, los patos y los gansos gritaban sin parar.
Mientras le compraban los tamales a la mexicana mestiza de la esquina, McTeague anunció:
—Marcus no se ha acostado aún. Mirad, hay luz en su ventana. ¡Vaya! —exclamó de repente—, he olvidado la llave de la entrada. Bueno, Marcus puede abrirnos.
Apenas había tocado la campana cuando se corrió el cerrojo. Desde el pasillo, en lo alto de las escaleras largas y estrechas, llegó el sonido de un gran correteo. Ahí estaba María Macapa, sosteniendo la cuerda que descoma el pestillo; a su lado estaba Marcus; al fondo, el viejo Grannis miraba por encima de sus hombros; la pequeña señorita Baker se inclinaba sobre la barandilla, y a su lado había un hombre con un sobretodo gris. Cuando el grupo de McTeague entró en el vestíbulo, diversas voces gritaron:
—¡Sí, son ellos!
—¿Eres tú, Mac?
—¿Es usted, señorita Sieppe?
—¿Su nombre es Trina Sieppe?
Luego, con una voz más estridente que todas las demás, María Macapa chilló:
—Oh, señorita Sieppe, suba rápido. ¡Su billete de lotería ha ganado cinco mil dólares!
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—¡NO PUEDE ser! —respondió Trina.
—Ach, Gott! ¿Qué pasa? —gritó la señora Sieppe, quien no entendía y supuso que había sucedido una desgracia.
—¿Qué… qué… qué? —tartamudeó el dentista, desconcertado por las luces, la escalera llena de gente, el popurrí de voces. Subieron hasta el descansillo. Los demás los rodearon. Solo Marcus parecía estar la altura de las circunstancias.
—¡Déjame que sea el primero en felicitarte! —gritó, y le cogió la mano a Trina. Todos hablaban al tiempo.
—¡Señorita Sieppe, señorita Sieppe, su billete ha ganado cinco mil dólares! —gritó María—. ¿Se acuerda del billete de lotería que le vendí en el consultorio del doctor McTeague?
—¡Tgrina! —exclamó su madre casi en un grito—. ¡Cinco mil dólagres! ¡Cinco mil dólagres! ¡Oh, si pappa estuviegra aquí!
—¿Qué pasa…? ¿Qué pasa…? —exclamó McTeague, con los ojos en blanco.
—¿Qué harás con el dinero, Trina? —preguntó Marcus.
—Ahora es usted una mujer rica, querida mía —dijo la señorita Baker, cuyos ricitos falsos se estremecían de excitación—, y me alegro por usted. Déjeme darle un beso. ¡Creo que yo estaba en la habitación cuando compró el billete!
—¡Oh, no! —interrumpió Trina sacudiendo la cabeza—. Hay un error. Tiene que haber un error. ¿Por qué… por qué habría yo de ganar cinco mil dólares? ¡No puede ser!
—Ningún error, ningún error —chilló María—. Su número era el 400.012. Está aquí, en el periódico de esta tarde. Lo recuerdo bien porque llevo una cuenta.
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—Pero yo sé que se equivoca —respondió Trina, y empezó a temblar a pesar de sí misma—. ¿Por qué habría yo de ganar?
—¿Eh? ¿Pogr qué no? —gritó su madre.
En efecto, ¿por qué no? Trina lo pensó de repente. Al fin y al cabo, no era cuestión de méritos o esfuerzo por parte de ella. ¿Por qué habría de suponer que había un error? ¿Y si era verdad ese maravilloso golpe de fortuna que llegaba como una especie de soga lanzada al azar?
—Oh, ¿eso crees? —exclamó jadeando.
El extraño del sobretodo gris se acercó.
—Es el agente —gritaron dos o tres voces al mismo tiempo. —Supongo que es usted uno de los afortunados, señorita Sieppe —dijo
—. Supongo que ha guardado el billete.
—Sí, sí; cuatro, tres ceros, doce… lo recuerdo.
—Así es —reconoció el otro—. Presente su billete en la sucursal local lo antes posible, la dirección está impresa en el reverso del billete, y recibirá un cheque de nuestro banco por cinco mil dólares. Habrá que corroborar su número con la lista oficial, pero hay muy pocas probabilidades de que haya un error. Enhorabuena.
En un momento, una alegría inmensa se apoderó de Trina: iba a poseer cinco mil dólares. Se dejó llevar por la dicha de su buena fortuna, una dicha natural, espontánea… la dicha de una niña que recibe un regalo nuevo y maravilloso.
—¡Oh! ¡He ganado, he ganado, he ganado! —gritó y aplaudió—. Mamá, date cuenta. He ganado cinco mil dólares solo por comprar un billete. Mac, ¿qué dices? Tengo cinco mil dólares. August, ¿te has enterado de lo que le ha pasado a tu hermana?
—Dale un beso a tu mamma, Tgrina —ordenó la señora Sieppe de repente—. ¿Qué vas a hacegr con todo ese dinegro, eh, Tgrina?
—¡Ja! —exclamó Marcus—. Casarse con él antes que nada. —Todos soltaron la carcajada; McTeague esbozó una sonrisa burlona y miró a su alrededor tímidamente—. Hablando de suerte… —masculló Marcus sacudiendo la cabeza y mirando al dentista. De pronto añadió—: ¿Vamos a quedarnos hablando aquí fuera en el pasillo? ¿Podemos pasar todos a tu clínica, Mac?
—Claro, claro —exclamó McTeague, y abrió la puerta a toda prisa.
—¡Entgrad todos! —gritó la señora Sieppe de manera amistosa—.
¿Vegrdad, doctogr?
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—Todos —repitió el dentista—. Hay… hay algunas cervezas.
—¡A celebrar, caray! —exclamó Marcus—. Uno no gana cinco mil dólares todos los días. Solo los domingos y los festivos legales.
Una vez más, Marcus hizo que todos soltaran la carcajada. Cualquier cosa era graciosa en un momento como ese. Todos estaban eufóricos de algún modo. La rueda de la fortuna había girado cerca de ellos. Estaban cerca de esa gran cantidad de dinero. Era como si ellos también hubieran ganado.
—Estaba sentada justo aquí cuando compré el billete —exclamó Trina después de que entraran en la clínica y Marcus encendiera el gas—. Justo en esa silla. —Se sentó en una de las sillas rígidas bajo el grabado de acero —. Y, Marcus, tú estabas aquí…
—Y yo estaba saliendo del sillón de operaciones —interrumpió la señorita Baker.
—Sí, sí. Así es, y tú —prosiguió Trina, señalando a María Macapa— te acercaste y me dijiste: «Compre un billete de la lotería, solo un dólar». Oh, lo recuerdo tan claro como si hubiera sido ayer, y yo no pensaba comprarlo al principio…
—¿Y te acuerdas de que le dije a María que iba contra la ley?
—Sí, me acuerdo, y después le di un dólar y guardé el billete en mi bolso. Ahora está ahí, en el bolso, en casa, en el último cajón de la cómoda… Oh, ¿y si lo robaran ahora? —exclamó de repente.
—Ahora vale mucho dinero —afirmó Marcus.
—Cinco mil dólares. ¿Quién lo habría pensado? Es maravilloso. Todos se sobresaltaron y se dieron la vuelta. Era McTeague. Estaba en
el centro del grupo, meneando su cabezota. Parecía que acababa de darse cuenta de lo que había sucedido.
—¡Sí, señor, cinco mil dólares! —exclamó Marcus con una amargura repentina e incomprensible—. ¡Cinco mil dólares! ¿Te das cuenta? Prima Trina y tú seréis ricos.
—Al seis por ciento son veinticinco dólares al mes —conjeturó el agente.
—Increíble. Increíble —masculló McTeague mientras vagaba por la habitación con los ojos desorbitados y agitando las manos.
—Un primo mío ganó cuarenta dólares una vez —observó la señorita Baker—. Pero se gastó hasta el último centavo en más billetes y nunca volvió a ganar.
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Entonces empezaron las remembranzas. María habló del carnicero de la manzana siguiente que había ganado veinte dólares en el último sorteo. La señora Sieppe conocía a un fontanero de Oakland que había ganado varias veces, una de ellas, cien dólares. La pequeña señorita Baker afirmó que siempre había creído que la lotería estaba mal; pero, de todos modos, cinco mil dólares eran cinco mil dólares.
—No está mal cuando es uno el que gana, ¿no es así, señorita Baker? —observó Marcus con cierto sarcasmo. ¿Qué le pasaba a Marcus? A ratos parecía extrañamente irritado.
Pero el agente tenía muchísimas historias. Les contó sus experiencias, los mitos y leyendas que se habían creado a lo largo de la historia de la lotería; les habló del pobre vendedor de periódicos que debía mantener a su madre moribunda y había ganado quince mil dólares; del hombre cuya miseria lo había llevado a suicidarse pero que tenía (si lo hubiera sabido) el número que dos días después de su muerte había ganado el premio gordo de treinta mil dólares; de la pequeña sombrerera que había jugado a la lotería sin éxito durante diez años y un día había anunciado que compraría otro billete y después dejaría de intentarlo, y de cómo ese último billete le había traído una fortuna que le había permitido jubilarse; de billetes que se habían perdido o habían sido destruidos y cuyos números habían ganado fabulosas sumas en el sorteo; de criminales que habían caído en el vicio por la pobreza y que se habían reformado después de ganar; de jugadores que habían jugado a la lotería como quien juega a faraón y habían vuelto a usar sus ganancias al instante para comprar miles de billetes por todo el país; de supersticiones acerca de números terminales e iniciales así como de días de suerte para comprarlos; de coincidencias maravillosas: tres premios gordos que habían caído de forma consecutiva en una misma ciudad; un millonario que había comprado un billete y se lo había dado a su limpiabotas, quien había ganado mil dólares con este; de un mismo número que había ganado la misma suma durante una cantidad de veces indefinida, y un larguísimo etcétera. Siempre era el necesitado quien ganaba; el indigente y el hambriento despertaban en medio de la riqueza y la abundancia; el trabajador virtuoso encontraba su recompensa repentinamente en un billete comprado al azar; la lotería era una gran caridad, la amiga del pueblo, una gran máquina benefactora que no sabía de rangos ni de clases ni de riquezas.
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La visita empezó a alegrarse más y más. Trajeron sillas y mesas de las habitaciones contiguas, y mandaron a María a que comprara más cervezas y tamales; también le encargaron que comprara una botella de vino y una tarta para la señorita Baker, quien aborrecía la cerveza.
Un gran caos reinaba en la clínica. Había botellas de cerveza vacías en el aparador móvil donde se guardaban los instrumentos; había platos y servilletas en el sillón de operaciones y en la estantería del rincón, junto a la concertina y los volúmenes del Allen’s Practical Dentist. El canario se había despertado y gorjeaba enfadado, con las plumas erizadas; el suelo estaba cubierto de envoltorios de tamales; el doguillo de piedra, sentado frente a la estufita, miraba la inusitada escena con sus ojos de vidrio desorbitados.
Comieron y bebieron de manera improvisada. Marcus Schouler asumió la labor de maestro de ceremonias. Presa de una excitación histérica, corría de un lado para otro, abría botellas de cerveza, servía tamales, le daba palmadas al dentista en la espalda y reía y hacía bromas todo el tiempo. Hizo que McTeague se sentara en la cabecera de la mesa, con Trina a su derecha y el agente a su izquierda; y él mismo —cuando por fin se sentó— se ubicó a los pies, con María Macapa a su izquierda, a cuyo lado estaba la señora Sieppe, frente a la señorita Baker. A Auuguust lo habían acostado en el sofá cama.
—¿Dónde está el viejo Grannis? —exclamó de repente. En verdad, ¿adónde había ido el viejo inglés? Había estado allí al principio.
—Yo lo llamé junto con todo el mundo —chilló María Macapa—, en cuanto vi en el periódico que la señorita Sieppe había ganado. Todos fuimos a la habitación del señor Schouler a esperarlos. Debe de haber regresado a su cuarto. Supongo que lo encontrarán cosiendo sus libros.
—No, no —observó la señorita Baker—, a estas horas no. Obviamente, el viejo y tímido gentilhombre había aprovechado el caos
para escaparse furtivamente.
—Lo traeré —gritó Marcus—; tiene que acompañarnos.
La señorita Baker se puso muy inquieta.
—Yo… yo creo que mejor no —murmuró—; él… él… no creo que beba cerveza.
—¡Él se entretiene cosiendo libros! —chilló María.
No obstante, Marcus lo sacó de su habitación después de encontrarlo preparándose para acostarse.
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—Yo… debo disculparme —balbució el viejo Grannis en la puerta—. No me esperaba… yo… no estaba… no estaba preparado. —No llevaba ni cuello ni pañuelo, por culpa de las prisas de Marcus Schouler. Le molestaba de una forma indescriptible que la señorita Baker lo viera así. ¿Podría haber algo más vergonzoso?
El viejo Grannis fue presentado a la señora Sieppe y a Trina como el empleador de Marcus. Se dieron la mano con aire de gravedad.
—¡Creo que él y la señorita Baker no han sido presentados nunca! — gritó María Macapa con voz estridente—, y llevan años viviendo uno al lado del otro.
Los dos viejos se quedaron mudos y evitaron mirarse. Había llegado la hora, por fin; iban a conocerse, a hablarse, a tocar la mano del otro.
Tirando de la manga del abrigo del viejo Grannis, Marcus lo llevó hasta el otro lado de la mesa, donde estaba la señorita Baker, y exclamó:
—Pues bien, yo creía que os conocíais desde hace mucho tiempo. Señorita Baker, este es el señor Grannis; señor Grannis, esta es la señorita Baker.
Ninguno de los dos habló. Se miraron mutuamente como dos niños; incómodos, constreñidos, cohibidos por la vergüenza. Luego, la señorita le tendió la mano tímidamente. El viejo Grannis la tocó un segundo y la dejó caer.
—Ahora ya os conocéis —exclamó Marcus—, y ya era hora.
Sus ojos se encontraron por primera vez; el viejo Grannis tembló un poco y se llevó la mano a la barbilla, vacilante. La señorita Baker se sonrojó ligerísimamente, pero María Macapa pasó de repente por entre los dos con una botella de cerveza semivacía. Los dos viejos se apartaron, la señorita Baker volvió a sentarse.
—Aquí hay un puesto para usted, señor Grannis —gritó Marcus y le abrió un espacio a su lado. El viejo Grannis se deslizó en el asiento y se retrajo de la atención del grupo enseguida. Se quedó mirando el plato fijamente y no volvió a hablar. La vieja señorita Baker empezó a hablarle a la señora Sieppe acerca de flores de invernadero y toallitas medicinales.
Fue en medio de esta cenita improvisada cuando se anunció el compromiso de Trina y el dentista. La señora Sieppe se inclinó hacia adelante y, dirigiéndose al agente, dijo:
—Bueno, usted sabe que mi hija Tgrina se casagrá muy pgronto. Eia y el dentista, el doctogr McTeague, ¿eh, sí?
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Hubo una exclamación general.
—¡Me lo he temido todo el tiempo! —gritó la señorita Baker emocionada—. La primera vez que los vi juntos, dije: «¡Qué pareja!».
—¡Estupendo! —exclamó el agente—. Casarse y ganar una cómoda fortuna al mismo tiempo.
—Vaya… vaya… —murmuró el viejo Grannis, y asintió mirando su plato.
—¡Les deseo suerte a los dos! —chilló María.
—Él ya tiene suficiente suerte —gruñó Marcus entre dientes, y por un minuto recayó en esa amargura extraña que lo había caracterizado toda la velada.
Trina se puso colorada y se acercó a su madre tímidamente. McTeague sonrió de oreja a oreja, los miró a todos de uno en uno y exclamó:
—¡Ja! ¡Ja!
Pero el agente se puso de pie con un vaso recién vuelto a llenar de cerveza. Era un hombre de mundo, este agente. Él conocía la vida. Era sofisticado y tranquilo. Tenía un diamante en el dedo meñique.
—Damas y caballeros —empezó. Se hizo silencio al instante—. Esta es, en efecto, una ocasión feliz. Me… me alegro de estar aquí esta noche; de ser testigo de tan buena fortuna, de participar en estas… en esta celebración. Vamos, que me alegro casi tanto como si yo mismo hubiera tenido cuatro, tres ceros, doce; como si los cinco mil fuesen míos en lugar de pertenecer a nuestra encantadora anfitriona. Los buenos deseos de este humilde servidor para la señorita Sieppe en este momento de su buena fortuna, y creo que… de hecho estoy seguro de que puedo hablar en nombre de la gran institución, la gran compañía a la cual represento. La compañía felicita a la señorita Sieppe. Nosotros… ellos… eh… ellos le desean toda la felicidad que su nueva fortuna pueda procurarle. Ha sido mi deber, mi… eh… mi feliz deber, visitar a los ganadores de grandes premios y ofrecerles la felicitación de la compañía. En mi experiencia he visitado a muchos, pero nunca había visto una fortuna otorgada con tanta felicidad como en este caso. La compañía le ha dado su dote a la futura novia. Estoy seguro de que hago eco de los sentimientos de este grupo al desearle toda la dicha y la felicidad a esta feliz pareja, feliz por la posesión de una cómoda fortuna y feliz… feliz por… —concluyó con una inspiración repentina—: la posesión el uno del otro. Bebo a la salud, la
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riqueza y la felicidad de los futuros novios. Pongámonos de pie y bebamos.
Todos bebieron con entusiasmo. Marcus se dejó llevar por la excitación del momento.
—¡Fantástico, fantástico! —gritó mientras aplaudía—. Muy bien dicho. A la salud de la novia. ¡McTeague, McTeague, que hable, que hable!
Al instante, toda la mesa clamó porque el dentista se pronunciara. McTeague estaba aterrorizado; se aferró a la mesa con las dos manos y miró desenfrenadamente a su alrededor.
—¡Que hable, que hable! —gritó Marcus mientras corría hacia el otro lado de la mesa e intentaba alzar a McTeague.
—No… no… no… —masculló el otro—. Por favor, no.
Todos golpearon la mesa con sus botellas de cerveza, insistiendo en que se pronunciara. McTeague se afincó tercamente en su silla, con la cara muy roja y sacudiendo la cabeza con fuerza.
—¡Ay, vamos! —exclamó—. No quiero hablar.
—Ay, levántate y di algo —insistió Marcus—. Tienes que hacerlo.
Como Dios manda.
McTeague se puso de pie con un esfuerzo. Hubo un estallido de aplausos. Miró lentamente a su alrededor, después volvió a sentarse y sacudió la cabeza con un gesto de impotencia.
—¡Ay, vamos, Mac! —gritó Trina.
—¡Levántate y di algo! —gritó Marcus tirando de su brazo—; tienes que hacerlo.
Una vez más, McTeague se puso de pie.
—¡Ja! —exclamó con la mirada clavada en la mesa. Después empezó
—: No sé qué decir… yo… yo… yo nunca he dado un discurso; yo… yo
nunca he dado un discurso. Pero me alegra que Trina haya ganado el
premio…
—Sí, seguro que sí —dijo Marcus entre dientes.
—Me… me… me alegra que Trina haya ganado y… y… quiero… quiero… decir que… sois… todos bienvenidos, y bebed copiosamente, y estoy muy agradecido con el agente. Trina y yo nos casaremos, y me alegra que todos estéis aquí esta noche, y sois… todos… bienvenidos, y bebed copiosamente, y espero que volváis, y sois siempre bienvenidos…
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y… yo… y… y… eso… es… todo… lo que tengo que decir. —Se sentó y se enjugó la frente en medio de un aplauso enorme.
Poco después, todos se retiraron de la mesa y se reunieron en parejas y grupos. Los hombres, a excepción del viejo Grannis, empezaron a fumar; el aroma a tabaco se mezcló con el olor a éter, creosota y sábanas trasnochadas que dominaba en la clínica. Al rato tuvieron que abrir las ventanas. La señora Sieppe y la vieja señorita Baker se sentaron juntas en el mirador y se hicieron confidencias. La señorita Baker se había doblado la falda exterior del vestido, tenía un plato de tarta en el regazo y de vez en cuando bebía un sorbo de vino con la elegancia de un gato blanco. Las dos mujeres estaban interesadas la una en la otra. La señorita Baker le contó a la señora Sieppe todo acerca del viejo Grannis, sin olvidar la ficción del título y el padrastro injusto.
—Es todo un personaje en realidad —dijo la señorita Baker. La señora Sieppe guio la conversación hacia sus hijos.
—Ach, Tgrina es una chica muy buena —dijo—. Siempgre alegrre, sí, cantando de la maniana a la noche. Y Auuguust, él es tan bgrillante, sí, ¿eh? Tiene genio pagra las máquinas, siempgre haciendo cosas con gruedas y cogrdones.
—Ah, si yo… si yo… hubiera tenido hijos —murmuró la pequeña solterona con una pizca de añoranza—, uno habría sido marino; habría empezado de guardiamarina en el barco de mi hermano y con el tiempo se habría hecho oficial. El otro habría sido paisajista.
—¡Oh, Mac! —exclamó Trina alzando la mirada hacia el rostro del dentista—. Piensa en todo este dinero que nos ha llegado justo ahora. ¿No es maravilloso? ¿No te asusta un poco?
—¡Maravilloso! ¡Maravilloso! —masculló McTeague sacudiendo la cabeza—. Compremos muchos billetes —añadió al pensar en esa idea.
—Bueno, así es como uno puede distinguir un buen cigarro —le dijo el agente a Marcus mientras los dos fumaban al final de la mesa—. El extremo que va a encenderse debe enrollarse en punta.
—Ay, los fabricantes chinos de cigarros —exclamó Marcus apasionado, blandiendo el puño—. Ellos son los que están arruinando la causa del trabajo en blanco. Son ellos, son ellos, es un hecho. ¡Ay, los comerratas! ¡Ay, esos bellacos cobardes!
En el rincón, junto a la estantería, el viejo Grannis escuchaba a María Macapa. La mexicana se había conmovido violentamente por la riqueza
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repentina de Trina; su mente había regresado a sus días de juventud. Estaba inclinada hacia adelante, con los codos sobre las rodillas, el mentón apoyado en las manos, los ojos bien abiertos y la mirada fija. El viejo Grannis la escuchaba con atención.
—No había pieza que tuviera un rasguño —decía María—. Todas eran como espejos, tersas y brillantes; oh, brillantes como un solecito. Así era esa vajilla… había ensaladeras y soperas y una gran ponchera inmensa. Cinco mil dólares, ¿cuánto es eso? Esa sola ponchera valía una fortuna, vamos.
—¡Qué historia más maravillosa! —exclamó el viejo Grannis, sin dudar de su veracidad ni un instante—. ¿Y dices que se ha perdido todo?
—Todo, todo —repitió María. —¡Vaya! ¡Qué lástima! ¡Qué lástima!
De repente, el agente se puso de pie y soltó:
—Bueno, debo irme si quiero alcanzar el tranvía.
Les dio la mano a todos, ofreció un cigarro de despedida a Marcus, felicitó a McTeague y a Trina por última vez e hizo una reverencia al salir.
—Qué caballero más elegante —comentó la señorita Baker.
—Ah —dijo Marcus asintiendo con la cabeza—. He ahí un hombre de mundo. Completamente dueño de sí mismo, ¡caray!
La reunión se disolvió.
—¡Vamos, Mac! —gritó Marcus—; esta noche dormimos con los perros, acuérdate.
Los dos amigos dijeron buenas noches a todos y se encaminaron a la pequeña clínica para perros.
El viejo Grannis se precipitó furtivamente a su habitación, atemorizado de volver a encontrarse cara a cara con la señorita Baker. Entró a toda prisa y prestó atención hasta que oyó los pasos en el corredor y la puerta que se cerraba suavemente. Ella estaba ahí, cerca de él, podría decirse que en la misma habitación, pues él también había descubierto la semejanza del empapelado. Muy de vez en cuando podía oír un ligero crujido cuando ella se movía. ¡Qué noche había sido aquella para él! La había conocido, le había hablado, le había tocado la mano; se estremecía de excitación. De un modo parecido, la vieja modista escuchaba y temblaba. Él estaba ahí, en esa misma habitación que los dos compartían, separada únicamente por un tabique delgadísimo. Él estaba pensando en ella, estaba casi segura. Ya no
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eran unos extraños; eran conocidos, amigos. ¡Qué noche había sido aquella para los dos!
Aunque era tarde, la señorita Baker preparó una taza de té y se sentó en la mecedora cerca del tabique; se meció suavemente mientras bebía el té y se recuperaba de las emociones de esa velada maravillosa.
El viejo Grannis oyó el tintineo de las tazas de té y olió el suave aroma. Era como una señal, una invitación. Acercó la silla a su lado del tabique, ante la mesa de trabajo. En la máquina de encuadernar había una pila de The Nation a medio empastar. Enhebró su enorme aguja de tapicero con un bramante resistente y se puso a trabajar.
Era su téte-á-tete. Los dos sentían la presencia del otro por instinto, percibían el pensamiento del otro a través del delgado tabique. Era encantador; estaban absolutamente felices. En la calma que se posó sobre la casa media hora después de la medianoche, los dos viejos se acompañaron y disfrutaron a su manera ese pequeño romance que había llegado tan tarde a la vida de cada uno.
Camino a su habitación en la buhardilla, María Macapa se detuvo bajo la única lámpara de gas que ardía en lo alto de la escalera, se aseguró de que estaba sola y se sacó del bolsillo una de las cintas de oro no cohesivo de McTeague. Era el robo más valioso que había hecho en la clínica dental; se dijo a sí misma que valdría por lo menos un par de dólares. De pronto se le ocurrió una idea y se acercó a toda prisa a la ventana al final del pasillo. Puso las manos en visera sobre el rostro y bajó la mirada hada el pequeño callejón que estaba justo detrás de la casa. Zerkow, el judío polaco de pelo rojo, se quedaba despierto hasta tarde algunas noches, haciendo las cuentas de lo que había recogido en la semana. En ese momento había una luz tenue en la ventana.
María subió a su habitación, se echó un chal a la cabeza y bajó al patio de la casa por las escaleras traseras. Al salir por la puerta que llevaba al callejón, Alexander, el setter irlandés de Marcus, se despertó de repente con un ladrido áspero. El pastor escocés que vivía al otro lado de la cerca, en el patio trasero de la sucursal de Correos, respondió con un gruñido. En un instante se reanudó la enemistad infinita entre los dos perros. Los dos tiraron de sus respectivas casetas hacia la cerca y se reprendieron mutuamente con un odio frenético a través de las grietas; los dientes les chasqueaban y brillaban; se les erizaron los pelos de los lomos. Sus
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clamores espantosos podían oírse a varias manzanas a la redonda. ¡Vaya masacre la que habría si esos dos se encontraban!
Entretanto, María llamó a la puerta de la miserable casucha de Zerkow. —¿Quién es? ¿Quién es? —gritó desde dentro el ropavejero con su voz ronca, casi un susurro, al sobresaltarse y guardar un puñado de plata
en el cajón.
—Soy yo, María Macapa. —Y después, con voz más baja y como si estuviera hablando consigo misma—: Tenía una ardilla voladora y la dejé ir.
—Ali, ¡María! —gritó Zerkow y abrió la puerta servilmente—. Pasa, pasa, mi niña; tú eres siempre bienvenida, incluso así de tarde. ¿No traes trastos, eh? Pero aun así eres bienvenida. Tomarás una copa, ¿no?
La condujo hacia el cuarto trasero y bajó la botella de whisky y el vaso rojo con la base rota.
Después de beber juntos, María sacó la cinta de oro. Los ojos de Zerkow centellearon enseguida. Ver oro siempre hacía que un reparo le recorriera el cuerpo. Por más que lo intentara, no podía contenerlo. Los dedos le temblaron y se le clavaron en los labios; respiraba entrecortadamente.
—¡Ah, ah, ah! —exclamó—. Dámelo, dámelo; dámelo, María. Esa es una buena chica, dámelo.
Regatearon el precio, como siempre, pero esa noche María estaba demasiado excitada por otros asuntos como para gastar demasiado tiempo discutiendo por unos centavos.
—Oye, Zerkow —dijo en cuanto cerraron el negocio—, tengo algo que contarte. Hace poco le vendí un billete de lotería a una chica de la casa; el sorteo apareció en el periódico de esta tarde. ¿Cuánto crees que ganó esa chica?
—No sé. ¿Cuánto? ¿Cuánto?
—Cinco mil dólares.
Fue como si hubieran acuchillado al judío; un espasmo de dolor casi físico le retorció la cara, el cuerpo entero. Alzó los puños cerrados, apretó los párpados y se mordió los labios.
—Cinco mil dólares —susurró—; cinco mil dólares. ¿Por qué? Por nada, simplemente por comprar un billete; y yo que he trabajado tan duro por ello… tan duro, tan duro. Cinco mil dólares, cinco mil dólares. Ay, ¿por qué no podía haberme tocado a mí? —gritó con voz ahogada y los
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ojos se le llenaron de lágrimas—. ¿Por qué no podía haberme tocado a mí? Llegar tan cerca, tan cerca, y no tocarme… a mí, que he trabajado por ello, que he luchado, que he pasado hambre, que muero por ello todos los días. Date cuenta, María, cinco mil dólares, todas esas piezas brillantes y pesadas…
—Brillantes como el crepúsculo —interrumpió María, con el mentón apoyado en las manos—. Todo ese esplendor, y pesado. Sí, todas las piezas eran pesadas, y tenías que esforzarte al máximo para cargar esa ponchera. Esa ponchera sola valía una fortuna, vamos…
—Y sonaba cuando la golpeabas con los nudillos, ¿no? —la animó Zerkow ansiosamente; los labios le temblaban; los dedos se le retorcían como garras.
—Más dulce que cualquier campana de iglesia —prosiguió María. —Continúa, continúa, continúa —gritó Zerkow al tiempo que le
acercaba la silla y cerraba los ojos, extasiado. —Había más de cien piezas, y todas de oro… —Oh, todas de oro.
—Tendrías que haber visto el espectáculo cuando se abría el baúl de cuero. No había pieza que tuviera un rasguño; todas eran como espejos, tersas y brillantes, lustradas para que reflejaran, tú sabes a qué me refiero.
—Oh, ¡lo sé, lo sé! —gritó Zerkow, y se humedeció los labios. Después la asedió con preguntas; preguntas que cubrían cada detalle de
esa vajilla. Era suave, ¿no? ¿Podías morder un plato y dejar la marca? Los mangos de los cuchillos, ¿también eran de oro? El cuchillo entero estaba hecho de un pedazo de oro, ¿no? ¿Y los tenedores también? El interior del baúl era acolchado, por supuesto. ¿Había lustrado los platos ella misma alguna vez? Cuando comían en esa vajilla debía de producirse un ruido magnífico… esos cuchillos y esos tenedores de oro entrechocándose sobre esos platos de oro.
—Bueno, oigámosla toda de nuevo. María —suplicó Zerkow—. Empieza ahora con… —Había más de cien piezas, y todas de oro—. ¡Vamos, empieza, empieza, empieza!
El polaco de pelo rojo estaba en una excitación febril. La letanía de María se había convertido en una verdadera obsesión. Mientras escuchaba con ojos cerrados y labios temblorosos, imaginaba que veía la vajilla ante sí, ahí, sobre la mesa, bajo sus ojos, bajo sus manos, pesada, maciza, brillante. Entonces atormentó a María para que repitiera la historia por
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segunda vez… por tercera vez. Cuanto más pensaba en ello más se intensificaba su deseo. Luego, ante la negación de María a seguir contándola, vino la reacción. Zerkow despertó como de un sueño deslumbrante. La vajilla se había ido, se había perdido para siempre. En esa habitación miserable no había nada más que trapos mugrientos y hierro oxidado. ¡Qué tormento! ¡Qué martirio! Estar tan cerca… tan cerca: verla en su imaginación deformada tan nítidamente como en un espejo. Conocer cada una de las piezas como a un viejo amigo, sentir su peso; quedar encandilado por su brillo; llamarla propia, propia; tenerla para uno solo, abrazada al pecho; y después sobresaltarse, despertarse, bajar a la horrible realidad.
—Y tú, tú la tuviste una vez —jadeó Zerkow, e intentó arañarle el brazo—, la tuviste una vez, toda tuya. Date cuenta, y ahora se ha ido.
—Se ha ido para siempre.
—A lo mejor está enterrada cerca de tu antigua casa, en algún lado. —Se ha ido… ido… ido —salmodió María con voz monótona. Zerkow se clavó las uñas en el cuero cabelludo y tiró de su pelo rojo. —Sí, sí, se ha ido, se ha ido… ¡se ha perdido para siempre! ¡Para
siempre!
Marcus y el dentista ascendieron por la calle silenciosa y llegaron a la pequeña clínica para perros. Casi no hablaron por el camino. A McTeague le daba vueltas la cabeza: le faltaban las palabras. No podía dejar de pensar en el acontecimiento grandioso que había sucedido esa noche e intentaba entender qué efecto tendría en su vida… la suya y la de Trina. Marcus había recaído en un silencio sombrío en cuanto habían salido a la calle, pero McTeague estaba demasiado abstraído como para notario.
Entraron en el consultorio minúsculo de la clínica, con su alfombra roja, la estufa de gas y las estampas a color de perros famosos que colgaban de las paredes. En un rincón estaba la cama de hierro que iban a ocupar.
—Acuéstate, Mac —dijo Marcus—. Yo voy a echarles un vistazo a los perros.
Salió y entró en el patio limitado en tres costados por los corrales donde guardaban a los animales. Un bull terrier que estaba muriendo de gastritis lo reconoció y empezó a gimotear débilmente.
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Marcus no les prestó atención a los perros. Por primera vez en esa noche estaba solo y podía dar rienda suelta a sus pensamientos. Dio varias vueltas por el patio, de arriba abajo, y de repente exclamó en voz baja: «¡Eres un idiota, Marcus Schouler, un idiota! Sí te hubieras quedado con Trina habrías tenido ese dinero. Podrías haberlo tenido tú mismo. Has tirado la oportunidad de tu vida a la basura… renunciar a la chica, sí… pero esto —pateó el suelo con furia—, tirar cinco mil dólares por la ventana… meterlos en los bolsillos de otro cuando podrían haber sido tuyos, cuando podrías haber tenido a Trina y el dinero… y todo ¿por qué? Porque somos amigos. Ay, está bien ser amigos… pero cinco mil dólares… habérselos puesto en bandeja… ¡Maldita suerte!».
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LOS DOS meses siguientes fueron una delicia. Trina y McTeague se veían con regularidad, tres veces por semana. El dentista iba a B Street los domingos y los miércoles por la tarde como de costumbre, pero los viernes era Trina la que iba a la ciudad. Pasaba la mañana entre las nueve y las doce en el centro, principalmente en los grandes almacenes baratos, haciendo la compra semanal para ella y para la familia. Al mediodía cogía el tranvía que llevaba al distrito residencial, se encontraba con McTeague en la esquina de Polk Street y almorzaban juntos en un hotelito justo a la vuelta de la esquina en Sutter Street, donde les habían dado una salita para ellos solos. Nada podía haber sido más delicioso. Solo tenían que cerrar la puerta corrediza para aislarse del mundo entero.
Trina llegaba sin aliento de sus batidas en los mostradores de ofertas, con sus pálidas mejillas sonrojadas, el pelo revuelto y algunos mechones entre las comisuras de los labios y con la bolsa de malla de su madre llena a reventar. Una vez en la minúscula habitación privada, se dejaba caer en la silla soltando un gemidito.
—Ay, Mac, estoy tan cansada; he andado por toda la ciudad. Ay, qué bueno sentarse. Date cuenta, he tenido que estar de pie en el tranvía todo el trayecto, después de andar toda la bendita mañana. Mira lo que he comprado. Cosas y más cosas. Mira, un velo de lunares que he comprado para mí; mírame, ¿me queda bien? —Se lo echó sobre la cara—. Y una caja de papel para escribir, y un rollo de papel crepé para hacer la pantalla de una lámpara para el salón de entrada; y, qué crees, he visto un par de cortinas de encaje de Nottingham a cuarenta y nueve centavos, ¿no es muy barato? Y unos portieres de felpilla a dos y medio. ¿Y qué has hecho tú desde la última vez que te vi? ¿El señor Heise ha tenido finalmente el valor de dejarse sacar la muela?
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Trina se quitó el sombrero y el velo y se acomodó el pelo ante el espejo.
—No, no… todavía no. Ayer por la tarde estuve donde el pintor de anuncios para averiguar lo de la gran muela dorada. Cuesta demasiado; todavía no puedo comprarla. Hay dos tipos de dorado: uno alemán y uno francés, pero el dorado alemán no es bueno.
McTeague suspiró y meneó la cabeza. Ni siquiera Trina y los cinco mil dólares podían hacerle olvidar ese deseo insatisfecho.
En otros momentos hablaban largamente acerca de sus planes mientras Trina bebía a sorbos su chocolate y McTeague devoraba unos pedazos de pan sin mantequilla. Se casarían a finales de mayo, y el dentista ya le había echado el ojo a un par de cuartos que formaban parte de la suite de un fotógrafo arruinado. Estaban en la casa, justo detrás de la clínica, y creía que el fotógrafo se los subarrendaría amueblados.
McTeague y Trina no tenían ningún temor en cuanto a sus finanzas. De hecho, podían estar seguros de una rentita decente. A él le iba bastante bien, y podían contar con los intereses de los cinco mil dólares de Trina. Para la mente de McTeague, este interés resultaba deplorablemente pequeño. El dentista había tenido unas ideas inciertas con relación a esos cinco mil dólares; había imaginado que los despilfarrarían, que a lo mejor comprarían una casa o amueblarían las nuevas habitaciones con un lujo abrumador… un lujo que implicaba alfombras de terciopelo rojo y banquetes ininterrumpidos. La idea del antiguo minero acerca de la riqueza fácilmente ganada y rápidamente gastada prevalecía en su cabeza. Pero cuando Trina empezó a hablar de inversiones e intereses y porcentajes, McTeague se sintió preocupado y no poco decepcionado. La suma total de cinco mil dólares era una cosa, unos míseros veinte o veinticinco centavitos al mes era algo muy distinto; y, además, otra persona tenía el dinero.
—Pero no entiendes, Mac —le explicaba Trina—, de todos modos es nuestro. Podemos recuperarlo cuando queramos; es la forma razonable de hacerlo. No podemos perder la cabeza, Mac, cariño, como ese hombre que se gastó todo lo que había ganado en comprar más billetes. ¡Qué tontos nos sentiríamos después de gastarlo todo! Debemos seguir igual que antes, como si no hubiésemos ganado. Debemos ser sensatos, ¿o no?
—Bueno, bueno, supongo que sí —respondía el dentista y bajaba la vista hacia el suelo, despacio.
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Justamente la pregunta sobre qué hacer con el dinero en última instancia fue tema de infinitas discusiones en la familia Sieppe. La caja de ahorros solo les daba un tres por ciento, pero los padres de Trina creían que podían conseguir algo mejor.
—Está el tío Oelbermann —sugirió Trina al recordar al pariente rico que tenía el almacén de juguetes al por mayor en la Misión.
El señor Sieppe se dio una palmada en la frente.
—Ah, una idea —gritó. Y al final llegaron a un acuerdo: invertirían el dinero en el negocio del señor Oelbermann, quien le daba a Trina un seis por ciento.
De ese modo, el dinero de Trina produciría veinticinco dólares al mes. Ella tenía además su propio negocito: hacía animales del arca de Noé para el almacén del tío Oelbermann. Sus ancestros, por parte del padre y de la madre, eran suizo-alemanes, y un ancestro del siglo XVI largamente olvidado, un tallador de maderas del Tirol que usaba pantalones de estambre, les había legado el talento de la industria nacional que reaparecería de esa forma extrañamente distorsionada.
Trina hacía los animales del arca de Noé tallándolos de un bloque de madera blanda con una navaja afilada, el único instrumento que usaba, y se sentía muy orgullosa de explicarle su trabajo a McTeague, tal como él le había explicado el suyo.
—Mira, cojo un bloque de pino de vetas lisas y recorto la forma aproximada con la cuchilla grande al principio; después la repaso con la cuchilla pequeña, con más cuidado; luego pongo las orejas y la cola con una gota de pegamento y lo pinto con una pintura no tóxica… marrón Vandyke para los caballos, los zorros y las vacas; gris pizarra para los elefantes y los camellos; rojo pardusco para los pollos, las cebras y demás; y por último, un punto de blanco zinc para los ojos, y ya está, listo. Se venden a nueve centavos la docena. Lo único es que no puedo hacer los hombrecillos.
—¿Los hombrecillos?
—Las figuritas, tú sabes… Noé y su mujer, y Sem, y todos los demás. Era verdad. Trina no podía tallarlos lo suficientemente rápido y lo suficientemente baratos como para competir con el torno de madera, que podía sacar tribus y pueblos enteros mientras ella elaboraba una familia. Sin embargo, hacía todo lo demás: el arca, toda ventanas y sin puerta, la
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caja donde se empacaba y hasta pegaba la etiqueta que ponía: «Hecho en Francia». Ganaba entre tres y cuarto dólares a la semana.
Los ingresos de estas fuentes —el oficio de McTeague, los intereses de los cinco mil dólares y los animales tallados por Trina— sumaban una rentita aceptable. Trina anunció que incluso podrían ahorrar algo para ir sumando a los cinco mil dólares poco a poco.
Pronto se hizo evidente que sería una ama de casa asombrosamente buena. La economía era su fuerte. Por sus venas corría aún bastante sangre campesina sin diluir, y tenía todo el instinto de una raza montañera, menesterosa y persistente; el instinto que ahorra sin pensarlo, sin pensar en las consecuencias, que ahorra por ahorrar, que acumula sin saber por qué. Ni siquiera McTeague sabía cuánto se aferraba Trina a su nueva riqueza.
Pero no siempre pasaban la hora de almuerzo discutiendo acerca de ingresos y ahorros. A medida que el dentista fue conociendo mejor a su mujercita, ella se fue convirtiendo cada vez más en un enigma y una dicha para él. Trina interrumpía súbitamente un discurso serio sobre el arriendo de las habitaciones y el costo de la luz y el combustible con un brusco arrebato de cariño que ponía a McTeague a temblar de placer. De repente dejaba a un lado el chocolate, se inclinaba sobre la mesa angosta y exclamaba:
—¡Nada de eso importa! Oh, Mac, ¿me amas de verdad y en serio?
¿Me amas muchísimo?
McTeague tartamudeaba algo, jadeando y meneando la cabeza, fuera de sí por la ausencia de palabras.
—Oso viejo —exclamaba Trina, lo agarraba de sus enormes orejas y le zarandeaba la cabeza de un lado a otro—. Bésame, entonces. Dime, Mac, ¿pensaste mal de mí esa primera vez que te dejé besarme en la estación? Oh, Mac, cariño, qué nariz más graciosa tienes, toda llena de pelos por dentro, ¿y sabes que tienes una calvita, Mac? —Tiraba de su cabeza hacia ella—. Justo en la coronilla. —Después besaba con seriedad la calvita en cuestión y declaraba—: Esto hará crecer el pelo.
Trina disfrutaba infinitamente al jugar con la cabezota cuadrada de McTeague, le alborotaba el pelo hasta dejárselo de punta, le metía los dedos entre los ojos o le estiraba bien las orejas y contemplaba el efecto con la cabeza inclinada hacia un lado. Era como una niña pequeña jugando con un San Bernardo gigante y bondadoso.
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Había una distracción en particular de la que nunca se cansaban. Los dos se inclinaban sobre la mesa hacia el otro. McTeague cruzaba los brazos bajo el pecho. Trina, apoyada en los codos, le separaba el bigote — el gran bigote rubio de un vikingo— con las dos manos y lo levantaba de sus labios, con lo que hacía que su rostro pareciera una máscara griega. Luego lo ensortijaba con cada dedo índice y tiraba de sus puntas. Entonces McTeague reía a gritos hasta que se le saltaban las lágrimas. Luego volvían a empezar de inmediato, y Trina protestaba con un nerviosismo tembloroso:
—Ya… ya… ya, Mac, no, que me asustas mucho.
Sin embargo, estos deliciosos téte-á-tétes con Trina eran contrarrestados por la frialdad que Marcus Schouler había empezado a adoptar hacia el dentista. McTeague no lo notó al principio, pero para entonces hasta su mente lenta había empezado a percibir que su mejor amigo —su compinche— no se portaba con él, igual que siempre. Seguían encontrándose a la hora del almuerzo casi todos los días menos los viernes en la cantina de los revisores del tranvía, pero Marcus estaba malhumorado, era indudable. Evitaba hablar con McTeague, leía el periódico todo el tiempo y contestaba con monosílabos bruscos los tímidos intentos del dentista por conversar. A veces incluso se ponía de lado y hablaba largamente con Heise, el fabricante de aeneses, cuya mesa estaba junto a la de ellos. Ya no salían a caminar cuando Marcus sacaba a los perros a hacer ejercicio, y Marcus tampoco volvió a hablar de su generosidad al haber renunciado a Trina.
Un martes, al sentarse a la mesa de la cantina, McTeague descubrió que Marcus ya estaba allí.
—Hola, Mark —dijo el dentista—, ¿ya estás aquí?
—Hola —respondió el otro con indiferencia mientras se servía salsa de tomate. Se hizo el silencio. Después de un buen rato, Marcus alzó la mirada repentinamente.
—Oye, Mac —exclamó—, ¿cuándo vas a pagarme el dinero que me debes?
McTeague se quedó pasmado.
—¿Eh? ¿Qué? Yo no… ¿te debo dinero, Mark?
—Pues, me debes cincuenta centavos —contestó Marcus obstinadamente—. Yo pagué lo tuyo y lo de Trina en el pícnic aquel día, y tú nunca me los devolviste.
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—¡Oh… oh! —respondió McTeague angustiado—. Así es, así es. Yo… debías habérmelo dicho antes. Aquí está tu dinero, y te estoy agradecido.
—No es mucho —dijo Marcus con resentimiento—. Pero hoy en día necesito todo lo que pueda conseguir.
—¿Estás… estás pelado? —preguntó McTeague.
—Y tampoco he dicho nada acerca de la noche en que dormiste en la clínica —rezongó Marcus mientras se guardaba la moneda en el bolsillo.
—Bueno… pues… quieres decir… ¿debí haber pagado por eso? —Pues habrías tenido que dormir en algún lado, ¿no? —espetó Marcus
—. Habrías tenido que pagar medio dólar por una cama en la casa.
—Está bien, está bien —gritó el dentista precipitadamente, y se llevó la mano al bolsillo—. No deberías estar en ningún aprieto por mi culpa, amigo mío. Toma, ¿cincuenta centavos es suficiente?
—No quiero tu maldito dinero —gritó Marcus en un acceso de ira, y le lanzó la moneda—. No soy ningún mendigo.
McTeague estaba abatido. ¿Cómo había ofendido a su amigo? —Pues quiero que lo aceptes, Mark —dijo, y empujó la moneda.
—Te digo que no voy a tocar tu dinero —exclamó el otro entre dientes, lívido de ira—. Ya me habéis tomado por imbécil demasiado tiempo.
—¿Qué te pasa últimamente, Mark? —protestó McTeague—. Te pasa algo. ¿Es algo que he hecho yo?
—Bueno, ya está bien, ya está bien —replicó Marcus, y se levantó de la mesa—. Ya está bien. Me habéis tomado por imbécil demasiado tiempo, eso es todo. Me habéis tomado por imbécil demasiado tiempo. —Se marchó con una malévola mirada de despedida.
En la esquina de Polk Street, entre la casa y la cantina de los revisores del tranvía, estaba el bar de Frenna. Era una tienda esquinera; en la acera había unos anuncios de huevos y mantequilla barata pintados con tinta verde para rotular sobre papel de envolver. La puerta estaba decorada con un enorme cartel de cerveza Milwaukee. Detrás de la tienda propiamente dicha había una taberna que tenía el suelo cubierto de arena blanca. Había unas cuantas mesas y sillas dispersas aquí y allá. En las paredes colgaban unos anuncios de tabaco pintados suntuosamente y unas litografías a color de caballos galopantes. En la pared detrás del mostrador había una maqueta de una fragata dentro de una botella.
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Era en este lugar donde el dentista solía dejar su jarra para que se la llenaran los domingos por la tarde. Desde su compromiso con Trina había abandonado esta costumbre. Sin embargo, seguía yendo al bar una o dos noches por semana. Allí pasaba una hora placentera, fumando su enorme pipa de porcelana y bebiendo su cerveza. Nunca se sumaba a ninguno de los grupos de jugadores de piquet que se reunían en torno a las mesas. Es más, casi ni hablaba con nadie aparte del tabernero y Marcus.
Puesto que el bar de Frenna era uno de los lugares favoritos de Marcus Schouler, pasaba ahí buena parte de su tiempo. Se involucraba en unas tremendas discusiones políticas y sociales con Heise, el fabricante de arneses, y con uno o dos viejos alemanes asiduos del lugar. Marcus mantenía estas discusiones a voz en grito, como era su costumbre, gesticulando con violencia, golpeando la mesa con los puños, blandiendo platos y vasos, emocionándose a sí mismo con su propio clamor.
Cierta tarde de sábado, unos días después de la escena en la cantina, el dentista pensó en pasar una tarde tranquila en la taberna de Frenna. Llevaba tiempo sin ir y, además, recordó que ese día era su cumpleaños. Se permitiría fumar otra pipa y beber unos cuantos vasos de cerveza. Cuando McTeague entró en la habitación trasera de la tienda de Frenna por la puerta principal, encontró que Marcus y Heise ya estaban instalados en una de las mesas. Sentados frente a ellos estaban dos o tres de los alemanes viejos, que engullían su cerveza de vez en cuando. Heise fumaba un cigarro; Marcus tenía delante de sí el cuarto cóctel de whisky. Cuando McTeague entró, Marcus tenía la palabra.
—¡No puede probarse! —gritaba—. Desafío a cualquier político cuerdo, cuyos ojos no estén cegados por los prejuicios del partido, cuyas opiniones no estén envueltas por un sesgo personal, a que pruebe esa afirmación. Examinad vuestros hechos, examinad vuestras cifras. Soy un ciudadano americano libre, ¿o no? Pago mis impuestos para apoyar a un buen gobierno, ¿o no? Es un contrato entre el gobierno y yo, ¿o no? Pues bien, ¡maldición!, si las autoridades no me ofrecen o no piensan ofrecerme protección para la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, entonces mis obligaciones se terminan, me niego a pagar impuestos. Me niego… me niego… he dicho. ¿Eh? —Miró a su alrededor, en busca de oposición.
—Es una tontería —observó Heise tranquilamente—. Inténtalo una vez, te procesarán y te pondrán entre rejas.
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Esta observación del fabricante de arneses enardeció a Marcus al máximo.
—¡Sí, ah, sí! —gritó, y se puso de pie, agitando el dedo ante el rostro del otro—. Sí, iré a la cárcel. Pero porque estoy… estoy aplastado por una tiranía, ¿eso hace que la tiranía tenga la razón? ¿Tener el poder es tener la razón?
—Debe hacer menos ruido aquí dentro, señor Schouler —dijo Frenna desde detrás del mostrador.
—Bueno, es que me enfurece —respondió Marcus agitado, y se limitó a gruñir y a volver a su silla—. Hola, Mac.
—Hola, Mark.
Pero la presencia de McTeague inquietó a Marcus de inmediato y le provocó una sensación de injusticia. Se retorció en la silla de atrás para adelante; encogió primero un hombro y luego el otro. Peleón como era siempre, el calor de la discusión anterior había despertado toda su combatividad natural. Además, ya iba por el cuarto cóctel.
McTeague lo miró boquiabierto, perplejo. Se sacó la pipa de la boca por segunda vez y contempló a Marcus con la mirada llena de preocupación y desconcierto. Luego empezó a llenar su enorme pipa de porcelana. La encendió, sopló una gran nube de humo y se arrellanó en la silla. El olor del tabaco barato flotó hacia los rostros de los reunidos en la mesa contigua, y Marcus se ahogó y tosió. Sus ojos llamearon enseguida.
—¡Vaya, por Dios! —gritó—, ¡apaga esa pipa! Si tienes que fumar un tabaco como ese, fílmatelo en una multitud de estercoleros y no entre caballeros.
—¡Cállate, Schouler! —exclamó Heise en voz baja.
McTeague quedó atónito por el ataque repentino. Se sacó la pipa de la boca y miró a Marcus sin comprender; sus labios se movieron, pero no dijo ni una palabra. Marcus le dio la espalda, y el dentista volvió a fumar su pipa.
Pero Marcus estaba lejos de haberse apaciguado. McTeague no pudo oír la conversación que siguió entre este y el fabricante de arneses, pero tuvo la sensación de que Marcus le hablaba a Heise de una herida, un agravio, y de que este último intentaba calmarlo. En un instante, la conversación subió de tono. Heise puso una mano en la manga del abrigo de su compañero en gesto de contención, pero Marcus giró en la silla,
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clavó los ojos en McTeague y gritó como en respuesta a una protesta por parte de Heise.
—Lo único que sé es que me han burlado cinco mil dólares. Si se cumplieran mis derechos —gritó con amargura—, tendría parte de ese dinero. Es mi derecho… es lo justo.
El dentista guardó silencio.
—Si no hubiera sido por mí —prosiguió Marcus dirigiéndose a McTeague—, no te tocaría ni un centavo… no, ni un centavo. ¿Dónde está mi parte? Quisiera saberlo. ¿Dónde aparezco yo? No, yo ya no cuento. Me has tomado por imbécil, y ahora que tienes todo lo que podías sacarme, ahora que me has quitado a mi chica y mi dinero, te haces el sueco. Vamos, ¿dónde estarías hoy si no hubiera sido por mí? —gritó Marcus en un ataque de exasperación—. Estarías empastando dientes a veinticinco centavos la hora. ¿No sientes ni la menor gratitud? ¿No tienes ninguna decencia?
—Ah, para ya, Schouler —se quejó Heise—. No querrás meterte en una riña.
—No, no quiero, Heise —replicó Marcus con tono quejumbroso y ofendido—. Pero es que es demasiado cuando lo piensas. Él me robó el cariño de mi chica y ahora que es rico y próspero y tiene cinco mil dólares que yo podría haber tenido, se hace el sueco; me ha tomado por imbécil. Veamos —gritó, y volvió a dirigirse a McTeague—, ¿me toca algo de ese dinero?
—No es mío para repartirlo —respondió McTeague—. Estás borracho, eso es lo que te pasa.
—¿Me toca algo de ese dinero? —volvió a preguntar Marcus.
El dentista sacudió la cabeza.
—No, no te toca nada.
—Vaya… vaya —clamó el otro y se volvió hacia el fabricante de arneses como si eso lo explicara todo—. Mira por dónde, mira por dónde. Bueno, pues mi relación contigo se ha terminado de aquí en adelante.
Para entonces, Marcus se había puesto de pie y parecía que iba a marcharse, pero se volvía a cada instante, gritaba sus frases a McTeague a la cara y volvía a ponerse en marcha después de pronunciar las últimas palabras para darles más efecto.
—Esto queda saldado aquí mismo. He terminado contigo. No te atrevas a volver a hablarme —su voz se agitaba de furia—, y no vuelvas a
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sentarte a mi mesa en el restaurante. Siento haberme rebajado a andar en compañía de semejante porquería. ¡Ah, dentista de poca monta! ¡Ah, sacamuelas a diez centavos… gorila… estercolero! ¡Quita tu maldito humo de mi cara!
Entonces las cosas llegaron a un clímax repentino. En su agitación, el dentista había estado fumando su pipa con fuerza, y cuando Marcus le acercó el rostro por última vez, McTeague, al abrir los labios para replicar, sopló una nube acre y sofocante directamente en sus ojos. Marcus le golpeó la pipa con los dedos en un movimiento súbito de la mano, y la pipa salió volando por la habitación y se rompió en pedazos contra una esquina lejana.
McTeague se puso de pie, con los ojos abiertos de par en par. Pero aún no estaba enfadado, solo sorprendido, absolutamente desconcertado tanto por lo inesperado del estallido de Marcus como por su irracionalidad. ¿Por qué le había roto la pipa? ¿Y qué significaba todo eso? Al levantarse, hizo un movimiento impreciso con la mano derecha. ¿Acaso Marcus lo malinterpretó como un gesto de amenaza? En todo caso, dio un brinco hacia atrás como para evitar el golpe. De pronto se oyó un grito. Marcus había hecho un movimiento rápido y extraño, balanceando el brazo hacia arriba con un gesto amplio e histriónico; la navaja estaba abierta en su palma, luego salió disparada al ser arrojada, brilló repentinamente junto a la cabeza de McTeague y tembló al clavarse en la pared de atrás.
Un escalofrío súbito recorrió la habitación; los otros quedaron petrificados, como ante el paso veloz de un viento frío y mortal. La muerte se había inclinado ahí un instante, se había inclinado y había pasado, dejando una estela de terror y confusión. Después, la puerta que llevaba a la calle se cerró de un portazo; Marcus había desaparecido.
Enseguida se alzó una gran babel de exclamaciones. La tensión de ese instante casi fatal se quebró, y el habla volvió a hacerse posible.
—Te habría acuchillado. —Has escapado por poco. —¿Qué clase de hombre es ese? —No es su culpa, no es un asesino. —Yo haría que lo detuvieran por eso. —Y los dos han sido los mejores amigos. —No lo ha tocado, ¿o sí? —No… no… no…
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—¡Qué… qué demonio! ¡Qué traidor! ¡Una jugada típica de los latinos!
—Cuídate de que no te apuñale por la espalda. Si esa es la clase de hombre que es, nunca se sabe.
Frenna sacó el cuchillo de la pared.
—Supongo que guardaré esta navaja —dijo—. Ese tipo no vendrá a recogerla corriendo; además, la cuchilla es de buen tamaño.
Todos la examinaron con profundo interés.
—Lo suficientemente grande como para quitarle la vida a un hombre —observó Heise.
—¿Por qué… por qué… por qué lo ha hecho? —tartamudeó McTeague—. Yo no me he peleado con él.
Estaba desconcertado y abrumado por todo ese asunto tan extraño. Marcus lo habría matado; le había arrojado su puñal al estilo auténtico y enigmático de los latinos. Era inexplicable. Volvió a sentarse y contempló el suelo con ojos estúpidos. Con el rabillo del ojo vio su pipa rota en una esquina de la habitación: un montón de esquirlas de porcelana pintada y la boquilla de madera de cerezo y ámbar.
La cólera tardía, rezagada tras la afrenta original, se encendió repentinamente ante esta imagen. Sus mandíbulas se cerraron enseguida.
—Él no puede ningunearme —exclamó de repente—. Ya verá, Marcus Schouler… ya verá. —Se puso de pie y se encasquetó el sombrero.
—Vamos, doctor —le reconvino Heise poniéndose entre él y la puerta —, no vaya a hacer ninguna tontería.
—Déjelo en paz —añadió Frenna cogiendo al dentista por el brazo—.
De todos modos está borracho.
—Me ha roto la pipa —respondió McTeague.
Eso fue lo que lo enfureció. El puñal arrojado, el atentado contra su vida, estaba fuera de su entendimiento, pero que le hubiera roto la pipa, eso sí lo comprendía perfectamente.
—Ya verá —exclamó.
McTeague apartó a Frenna y al fabricante de arneses como si fuesen unos niños pequeños y atravesó la puerta dando unas zancadas como de elefante furioso. Heise se quedó quieto frotándose el hombro.
—Es como tratar de detener a una locomotora —masculló—. El hombre está hecho de hierro.
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Mientras tanto, McTeague salió a la calle como un vendaval y se dirigió a la casa meneando la cabeza y refunfuñando para sí. Conque Marcus le había roto la pipa, ¿ah, sí? Y él era un sacamuelas, ¿ah, sí? Ya vería Marcus Schouler. Nadie podía ningunearlo. El dentista subió las escaleras pesadamente hacia la habitación de Marcus. La puerta estaba cerrada. Puso una mano enorme en el pomo y empujó la puerta hacia adentro hasta romper la madera y arrancar el pestillo. Nadie… la habitación estaba oscura y vacía. Daba igual, Marcus tendría que ir a casa en algún momento esa noche. McTeague bajaría y lo esperaría en su clínica. Lo oiría al subir las escaleras, seguro.
Al llegar a su cuarto, McTeague se tropezó en la oscuridad con un paquete grande que estaba en el pasillo justo delante de su puerta. Desconcertado, pasó por encima, encendió el gas de la habitación, empujó el paquete hacia adentro y lo examinó.
Estaba a su nombre. ¿Qué podía significar eso? No esperaba nada. Nunca, después de haber amueblado su habitación por primera vez, le habían dejado cajas embaladas de esa forma. No podía ser un error. Ahí estaban su nombre y su dirección claramente. «Doctor McTeague, dentista; Polk Street; San Francisco, California», y la etiqueta roja de Wells Fargo.
Invadido por la curiosidad dichosa de un grandullón que en el fondo es un niño, levantó las tapas con la punta del badil. La caja estaba llena de virutas de madera. En la parte superior había un sobre dirigido a él y escrito con la letra de Trina. Lo abrió y leyó: «Para mi querido Mac en su cumpleaños, de Trina», y debajo, en una especie de posdata: «El hombre pasará mañana para colgarla». McTeague removió las virutas. De repente, soltó una exclamación.
Era la Muela —la famosa muela dorada con sus puntas enormes—, su anuncio, su deseo, el único sueño no realizado de su vida. Además, era del dorado francés, no del dorado alemán barato, que no era bueno. ¡Oh, qué mujercita más querida era esa Trina, mantenerse tan silenciosa y recordar su cumpleaños!
«Ella es… es sencillamente… sencillamente una joya —exclamó McTeague entre dientes—, una joya… sí, sencillamente una joya, así se dice».
Con mucho cuidado removió el resto de virutas, sacó la pesada Muela de la caja y la puso sobre la mesita de mármol. ¡Qué inmensa se veía en
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ese cuartito! Era enorme, apabullante… la muela de un fósil gigantesco, dorado y deslumbrante. Todo lo demás se hacía pequeño a su lado. Incluso el mismo McTeague, con sus huesos anchos y su tamañote, se encogió y empequeñeció en presencia del monstruo. En el instante en que sostuvo la muela entre sus manos parecía un Gulliver enclenque luchando con el molar de algún inmenso Brobdingnagian.
El dentista caminó alrededor de esa maravilla dorada, jadeando de placer y estupefacción, tocándola cautelosamente con sus manos como si fuera algo sagrado. En todo momento volvía a pensar en Trina. No, nunca había habido una mujercita como la suya… justo lo que quería… ¿cómo se había acordado? Y el dinero, ¿de dónde había salido? Nadie sabía mejor que él lo costosas que eran esas cosas; ningún otro dentista de Polk Street podía permitírselo. ¿Dónde había encontrado el dinero entonces? Había salido de sus cinco mil dólares, sin duda.
Pero ¡qué muela más maravillosa y más preciosa, brillante como un espejo, reluciente con su capa de dorado francés como con luz propia! No había peligro de que esa muela se ennegreciera con el clima, como sucedía con el engañoso dorado alemán. ¿Qué diría el otro dentista, el presumido, el conduce bicicletas, el que apostaba a los galgos, cuando viera esta maravillosa muela colgando del mirador de McTeague como una bandera desafiante? No había duda de que sufriría auténticas convulsiones de envidia, enfermaría de celos. ¡Si McTeague pudiera ver su cara en ese momento!
Durante toda una hora se quedó sentado en su saloncito de dentista contemplando su tesoro, extasiado, deslumbrado, sumamente contento. La habitación entera adquirió un aspecto distinto gracias a la muela. El doguillo que estaba delante de la estufita la reflejaba en sus ojos saltones; el canario se había despertado y gorjeaba débilmente ante este nuevo dorado, mucho más brillante que las barras de su pequeña prisión. Lorenzo de Medici, sentado en el centro de su corte en el grabado de acero, parecía comérsela con el rabillo de un ojo, mientras que los colores resplandecientes del calendario del fabricante de fusiles que permanecía sin usar parecían desteñirse y palidecer ante el fulgor de ese esplendor mayor.
Finalmente, bien pasada la medianoche, el dentista se preparó para acostarse y se desvistió sin quitarle los ojos de encima a la gran muela. De pronto oyó las pisadas de Marcus Schouler en las escaleras y se puso en
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marcha con los puños cerrados, pero enseguida volvió a echarse en el sofá cama con un gesto de indiferencia.
Ya se le había pasado la agresividad. No podía volver al ánimo colérico con el que había salido de la tienda de la esquina. La muela lo había cambiado todo. ¿Qué le importaba el odio de Marcus Schouler cuando tenía el cariño de Trina? ¿Qué le importaba una pipa rota ahora que tenía la muela? Debía dejarlo en paz. Como había dicho Frenna, no valía la pena. Oyó que Marcus salía al pasillo y le gritaba ofendido a quienquiera que pudiera oírlo: «¡Y ahora se mete en mi habitación… en mi habitación, maldita sea! ¿Cómo sé cuánto habrá robado? ¿Conque ahora le ha dado por robarme?». Luego entró en la habitación y cerró de un portazo la puerta astillada.
McTeague alzó la mirada hacia el techo, de donde venía la voz, y masculló: «Ah, vete a la cama».
Él mismo se acostó después de apagar el gas, pero dejó las cortinas abiertas para que la muela fuera lo último y lo primero que viera antes de dormirse y al levantarse por la mañana.
No obstante, estuvo inquieto por la noche. A cada rato lo despertaban unos ruidos a los que ya se había acostumbrado hacía tiempo. Si no era el graznido de los gansos en el mercado desierto al otro lado de la calle era la suspensión del tranvía, el silencio súbito que llegaba casi como una descarga, o los ladridos furiosos de los perros en el patio trasero… Alee, el setter irlandés y el pastor escocés de la sucursal de Correos se atacaban mutuamente a través de la cerca, gruñéndose su odio infinito cara a cara. Cada vez que se despertaba, McTeague se volvía y buscaba la muela con la sospecha repentina de que acababa de soñarlo todo. Pero la encontraba siempre, el regalo de Trina, el regalo de cumpleaños de su mujercita… una mole inmensa e imprecisa que brotaba de entre la penumbra en el centro de la habitación, brillando tenuemente como con una misteriosa luz propia.
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TRINA Y McTEAGUE se casaron el primer día de junio en las habitaciones del fotógrafo arrendadas por el dentista. El hogar de los Sieppe estuvo patas arriba durante todo el mes de mayo. El pedacito de casa vibraba de agitación y confusión, ya que no solo debían hacer los preparativos para el matrimonio de Trina sino que además debían encargarse de los preliminares para la hégira de toda la familia Sieppe.
Iban a mudarse al sur del estado el día siguiente al matrimonio, pues el señor Sieppe había comprado un tercio de las acciones de un negocio de tapicería en los suburbios de Los Ángeles. Era posible que Marcus Schouler se marchara con ellos.
Ningún Stanley al penetrar por primera vez en el Continente Oscuro ni ningún Napoleón al guiar a su ejército a través de los Alpes llevó a cuestas una responsabilidad más grande, cargó más preocupaciones ni se sintió más invadido por la sensación de importancia de su empresa que el señor Sieppe durante este período de preparaciones. Desde el amanecer hasta el anochecer, desde el anochecer hasta temprano al amanecer, el señor Sieppe bregaba, planeaba y sufría, organizando y reorganizando, calculando y disponiendo. Los baúles estaban marcados —A, B y C—; los paquetes y los bultos más pequeños estaban numerados. Cada miembro de la familia tenía una misión especial que desempeñar, unos bultos particulares que supervisar. No se descuidó ni un solo detalle; los billetes, los costos y las propinas se calcularon hasta con dos decimales. Incluso se determinó la cantidad de comida que necesitarían llevar para el galgo negro. La señora Sieppe estaba encargada de las cuentas, el dinero, los billetes y, por supuesto, la supervisión general. Los gemelos estaban bajo el mando de Auuguust, quien a su vez estaba bajo las órdenes de su padre.
Día tras día ensayaron estas minucias. Los niños se entrenaron en sus papeles con una precisión militar; la obediencia y la puntualidad se
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convirtieron en virtudes esenciales. Se insistió en la enorme importancia de la empresa con una repetición escrupulosa. Era una maniobra, un ejército que cambiaba de base de operaciones, una auténtica migración tribal.
Por otro lado, el cuartito de Trina era el centro en torno al cual giraba otro orden de cosas muy distinto. La modista iba y venía; las visitas de felicitación invadían el salón de entrada; un parloteo de voces desconocidas llegaba desde las escaleras delanteras; había cajas de sombreros y metros de tela tirados sobre las camas y los asientos, así como papeles de envolver, papeles de seda y trocitos de cuerdas desparramados por el suelo; en una esquina del tocador había un par de zapatillas de satén blanco; la mesita de trabajo estaba sepultada bajo cortes de velo blanco que semejaban una ráfaga de nieve, y detrás de la cómoda apareció finalmente una caja de flores artificiales de naranjo que habían dado por perdida.
Los dos sistemas de operación chocaban y se enredaban con frecuencia. La señora Sieppe fue descubierta por su nervioso marido mientras ayudaba a Trina con el talle del vestido cuando debía estar en la cocina rebanando pollo frío. El señor Sieppe guardó la levita, la que tendría que ponerse en la boda, bien al fondo del baúl «C». El pastor, que pasó para ofrecer sus felicitaciones y concertar planes, fue confundido con el cartero.
McTeague iba y venía furtivamente, mareado y agitado con tanto ajetreo. Se atravesaba; pisaba y rasgaba cortes de seda; rompió la boquilla de gas del corredor al tratar de ayudar a cargar las cajas de embalaje; sorprendió a Trina y a la modista en un momento inoportuno y, al retirarse a toda prisa, tumbó unas pilas de cuadros amontonadas en el corredor.
Había un ir y venir incesante a todas horas del día, un griterío intenso que iba de arriba abajo y de un cuarto a otro, un abrir y cerrar de puertas y un martilleo intermitente que llegaba desde la lavandería, donde el señor Sieppe bregaba entre las cajas de embalaje en mangas de camisa. Los gemelos retumbaban contra el suelo sin alfombra de las habitaciones desnudas; Auuguust recibía palmadas a cada hora y lloraba sobre las escaleras delanteras; la modista pedía una plancha caliente desde la barandilla; los carteros subían y bajaban pesadamente; la señora Sieppe interrumpía la preparación de los almuerzos para gritarle «Ale, ale» al galgo y lanzarle trozos de carbón. La rueda del perro crujía, la campana de
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entrada sonaba, los vagones de reparto se alejaban tronando, las ventanas vibraban… la casita era un verdadero alboroto.
Para entonces, Trina tenía que a ir a la ciudad a encontrarse con McTeague casi todos los días de la semana. No más coqueteos después del almuerzo. Ahora era cuestión de negocios. Los dos recorrían las salas de muebles para el hogar en los grandes almacenes, revisaban y preguntaban los precios de cocinas económicas, cosas de ferretería, loza y demás. Las habitaciones del fotógrafo las arrendaron amuebladas y, por fortuna, solo tuvieron que comprar los utensilios de la cocina y el comedor.
El dinero para esto, así como para el ajuar, salió de los cinco mil dólares de Trina, pues la familia había decidido finalmente que se destinarían doscientos dólares de esta suma para la instalación del nuevo hogar. Ahora que a Trina le había tocado la lotería, el señor Sieppe ya no veía la necesidad de dotarla, y menos al pensar en el enorme gasto que le supondría el viaje de su propia familia.
Tener que separarse de una parte de sus queridos cinco mil dólares significó un dolor espantoso para Trina, quien se aferraba a esta suma con una tenacidad sorprendente; se había convertido en algo milagroso, un deus ex máchina que había descendido repentinamente sobre el escenario de su pequeña y humilde vida, algo casi sagrado e inviolable. Nunca, nunca debería gastarse un centavo de esta suma. Hubo más de una pelea entre ella y sus padres antes de que pudieran inducirla a separarse de los doscientos dólares.
¿Acaso el dinero para la muela dorada salió de esos doscientos? Tiempo después, el dentista solía preguntárselo, pero Trina se le reía en la cara siempre y afirmaba que ese era su secreto. McTeague nunca lo supo.
Un día durante esa época, McTeague le contó a Trina lo que había sucedido con Marcus. Ella se exaltó de inmediato.
—¿Te arrojó su puñal? ¡Cobarde! No se habría atrevido a enfrentarse a ti como un hombre. Ay, Mac, ¿y si te hubiera dado?
—Me pasó a un pelo de la cabeza —añadió McTeague con orgullo. —¡Increíble! —exclamó Trina jadeando—. Y quería parte de mi
dinero. Pues vaya cara, ¡parte de mis cinco mil! Si son míos, todos y cada uno de esos centavitos, vamos. Marcus no tiene ni el menor derecho a ellos. Son míos, míos… quiero decir, nuestros, Mac, cariño.
Sin embargo, los padres de Trina buscaron la forma de excusar a Marcus. Probablemente, había bebido bastante y no sabía lo que hacía. Él
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tenía un temperamento espantoso en todo caso. Quizá solo quería asustar a McTeague.
Los dos hombres se reconciliaron la semana anterior al matrimonio. La señora Sieppe los juntó en el salón de entrada de la casa de B Street.
—Vamos, seniogres, no seáis tontos. A dagrse la mano y hacegr las paces, so.
Marcus masculló una disculpa. McTeague, terriblemente avergonzado, paseó la mirada por la habitación y murmuró:
—Está bien… está bien… está bien…
No obstante, cuando se le propuso que fuera el padrino de McTeague, Marcus volvió a estallar con una violencia renovada. ¡Ay, no! ¡Ay, no! Había hecho las paces con el dentista ahora que se marchaba, pero que lo asparan —sí, que lo asparan— antes que ser su padrino. Eso era refregárselo en las narices. Que se lo pidiera al viejo Grannis.
—¡He hecho las paces con él! —gritó Marcus—, ¡pero no me pondré a su lado! No pienso ser el padrino de nadie, no señor.
La boda iba a ser muy tranquila; así lo prefería Trina. McTeague invitaría solo a la señorita Baker y a Heise, el fabricante de arneses. Los Sieppe enviaron invitaciones a Selina, con quien contaban para la música, a Marcus, por supuesto, y al tío Oelbermann.
Finalmente, llegó el gran día, el primero de junio. Los Sieppe habían embalado la última caja y le habían puesto la correa al último baúl. Los dos baúles de Trina ya habían sido enviados a su nuevo hogar: las habitaciones del fotógrafo reformadas. La casa de B Street quedó desierta; la familia entera se fue a la ciudad el último día de mayo y pasaron la noche en uno de los hoteles baratos del centro. Trina se casaría a la tarde siguiente, y los Sieppe partirían hacia el sur inmediatamente después de la cena nupcial.
McTeague pasó el día en una agitación febril, muriéndose de miedo cada vez que el viejo Grannis se separaba de su lado.
El viejo Grannis estaba absolutamente encantado con la perspectiva de hacer de padrino en la ceremonia. Esta boda en la que iba a figurar le llenaba la mente de ideas vagas y pensamientos a medio formar, y se descubría a sí mismo preguntándose continuamente qué pensaría de eso la señorita Baker. Durante todo el día estuvo en un ánimo reflexivo.
—El matrimonio es… una institución noble, ¿no es así, doctor? —le comentó a McTeague—. La… la base de la sociedad. No es bueno que el
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hombre esté solo. No, no —añadió, pensativo—, no es bueno.
—¿Eh? Sí, sí —respondió McTeague con la mirada perdida, oyéndole apenas—. ¿Usted cree que las habitaciones están bien? Entremos y volvamos a echar un vistazo.
Caminaron por el corredor hasta donde se encontraban las nuevas habitaciones, y el dentista las inspeccionó por vigésima vez.
Las habitaciones eran tres en total: primero el salón, que también era el comedor, después el dormitorio y detrás de este la cocina minúscula. El salón era especialmente encantador. Unas esteras limpias cubrían el suelo, y aquí y allá había dos o tres alfombrillas de colores vivos. Los respaldos de las sillas estaban cubiertos con unos tapetes de estambre tejido, muy alegres. El mirador debía de haber estado ocupado con la máquina de coser de Trina, pero la habían movido al otro lado de la habitación para dejar espacio a una mesita de nogal negro con patas en espiral, delante de la cual se casaría la pareja. En un rincón estaba el órgano de lengüeta, un bien de la familia Sieppe que los padres le habían regalado a Trina. En las paredes colgaban tres cuadros. Dos eran piezas compañeras. Uno representaba a un niño con unos anteojos enormes que intentaba fumar una pipa inmensa. Este se llamaba Soy el abuelito, el título estaba impreso en grandes letras negras. El cuadro compañero se titulaba Soy la abuelita, una niña de gorra y anteojos, con guantes y un tejido. Estos cuadros colgaban a cada lado de la repisa de la chimenea. El otro era algo especial, muy grande y llamativo. Era una litografía a color de dos niñas de pelo dorado con sus pijamas. Estaban arrodilladas y rezaban; sus ojos —muy grandes y muy azules— miraban hacia arriba. Este cuadro se llamaba Fe y estaba bordeado por un ribete de felpa roja y un marco de imitación de latón batido.
Una puerta cubierta con cortinas de felpilla —una ganga a dos dólares y medio— daba paso al dormitorio. Este contaba con una alfombra con incrustaciones de tres hebras, cuyo diseño eran unas flores rojas y verdes en cestas amarillas sobre un fondo blanco. El papel tapiz era digno de admiración: cientos y cientos de diminutos mandarines japoneses, todos idénticos, que ayudaban a cientos de damas con ojos almendrados a cargar cientos de cachivaches increíbles, mientras que cientos de palmas de bambú ensombrecían a las parejas y cientos de cigüeñas de patas alargadas se alejaban de la escena con desprecio. La habitación estaba llena de cuadros. La mayoría eran impresiones a color de ediciones navideñas del
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Graphic de Londres y el Illustrated News, que habían sido enmarcadas y cuyo tema implicaba siempre unos fox terriers muy alertas y unas niñas de cara redonda muy bonitas.
Detrás de la habitación estaba la cocina, una creación de Trina, una cocina de ensueño, con su fogón, su fregadero revestido de porcelana, su caldera de cobre y su abrumador despliegue de estaño brillante. Todo era nuevo; no faltaba nada.
María Macapa y un camarero de uno de los restaurantes baratos de la calle prepararían allí la cena nupcial. María ya había llegado. El fuego crujía en el fogón nuevo, que echaba mucho humo; en el aire flotaba un olor a comida cociéndose. La mujer espantó a McTeague y al viejo Grannis con amplios gestos de sus brazos desnudos.
La cocina era la única de las tres habitaciones que habían tenido que amueblar completamente, pues la mayoría de los muebles del salón y el comedor iban con la suite. Habían comprado unos cuantos artículos, el resto lo había llevado Trina de la casa de B Street.
Los regalos estaban expuestos sobre la mesa ampliable; los padres de Trina le habían dado un juego para el agua helada y un cuchillo y un tenedor de trinchar con mangos de cuerno de alce. Selina había pintado una vista de Golden Gate sobre un trozo de secuoya que servía como pisapapeles. Marcus Schouler —después de recalcarle a Trina que su regalo era para ella y no para McTeague— había enviado un reloj de cadena de plata alemana. El regalo del tío Oelbermann, sin embargo, había producido gran expectativa. ¿Qué enviaría él? Era un hombre muy rico, y Trina era su protegida en cierto modo. Un par de días antes de la boda habían llegado dos cajas con su tarjeta. Trina y McTeague las habían abierto con la ayuda del viejo Grannis. La primera caja contenía toda clase de juguetes.
—Pero ¿qué… qué…? no lo comprendo —exclamó McTeague—.
¿Por qué nos ha enviado juguetes? Nosotros no necesitamos juguetes.
Roja como un tomate, Trina se dejó caer en una silla y, cubriéndose con el pañuelo, se rio hasta gritar.
—Los juguetes no nos sirven de nada —masculló McTeague y la miró con ojos perplejos. El viejo Grannis se rio con discreción y se llevó una mano trémula a la barbilla.
La otra caja era pesada y estaba atada con ramas en los bordes; los sellos y las etiquetas habían sido marcados con fuego.
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—Creo… realmente creo que es champán —dijo el viejo Grannis en un susurro. Así era. Una caja llena de Monopole. ¡Qué maravilla! Ninguno de ellos había visto algo así antes. ¡Ay, este tío Oelbermann! Eso significaba ser rico. Ninguno de los otros regalos produjo una impresión tan profunda como ese.
Después de que el viejo Grannis y McTeague recorrieran las habitaciones para echar un último vistazo y ver que todo estaba listo, regresaron a la clínica de McTeague. Al llegar a la puerta, el viejo Grannis se excusó.
A las cuatro, antes de empezar a vestirse, McTeague se afeitó delante del espejo de mano que colgaba de la madera del mirador. Y mientras se afeitaba cantó de manera extrañamente inapropiada:
Nadie a quien amar, nadie a quien acariciar, completamente abandonado en la jungla de este mundo.
Pero mientras estaba delante del espejo, concentrado en afeitarse, se oyó el retumbar de unas ruedas sobre los adoquines frente a la casa. McTeague se precipitó hacia la ventana. Trina había llegado con su padre y su madre. Él la vio bajarse, y cuando ella alzó la vista hacia la ventana, sus miradas se encontraron.
Ah, ahí estaba ella. Ahí estaba ella, su mujercita, mirándolo con su mentoncito encantador alzado con ese porte conocido de inocencia y seguridad. El dentista volvió a ver, como por primera vez, su carita pálida asomándose por debajo de la espléndida corona de pelo negro; volvió a ver sus ojos azules, alargados y estrechos; sus labios, su nariz y sus orejitas pálidas, que parecían indicar que tenía anemia, como si las trenzas y los moños de ese pelo maravilloso hubieran chupado toda la vitalidad que debía haberles dado color.
Cuando sus ojos se encontraron se saludaron con la mano, felices; después, McTeague oyó a Trina y a su madre subir por las escaleras y entrar en el dormitorio de la suite del fotógrafo, donde se vestiría la novia.
No, no; ya no le quedaba ninguna duda. Sabía que la amaba. ¿Cómo había podido dudarlo un instante? La gran dificultad era que ella era demasiado buena, demasiado adorable, demasiado dulce, demasiado delicada para él, que era tan gigantesco, tan torpe, tan salvaje.
Llamaron a la puerta. Era el viejo Grannis. Llevaba su único traje negro de tela burda, muy arrugado, y se había peinado el pelo
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cuidadosamente sobre la frente calva.
—La señorita Trina ha llegado —anunció—, y el pastor. Aún le queda una hora.
El dentista terminó de vestirse. Se puso un traje comprado para la ocasión: una levita de confección que tenía las mangas demasiado cortas, pantalones azules a rayas y unos zapatos de charol nuevos, unos verdaderos instrumentos de tortura. Alrededor del cuello llevaba una corbata preciosa que le había dado Trina; era de satén rosa salmón, y, en el centro, Selina había pintado un puñado de nomeolvides azules.
Finalmente, tras una espera eterna, el señor Sieppe se presentó a la puerta.
—¿Estáis pgrepagrados? —preguntó en un susurro sepulcral—. Venid entonces.
Era como el rey Carlos llamado al patíbulo. El señor Sieppe avanzó delante de ellos con paso fúnebre por el pasillo. Se detuvo. De repente, el sonido del órgano llegó desde el salón. El señor Sieppe alzó el brazo.
—¡Adelaaante! —gritó.
Los dejó a la puerta del salón y se fue al dormitorio, donde lo esperaba Trina y adónde entró por la puerta del corredor. Estaba tremendamente nervioso y tenso, temeroso de que algo saliera mal. Había empleado el tiempo de espera en repasar su papel por quinta vez, repitiendo en voz baja lo que tenía que decir. Incluso había hecho unas marcas de tiza en la estera en los puestos donde debía ubicarse.
El dentista y el viejo Grannis entraron en el salón; el pastor estaba en el mirador detrás de la mesita, sosteniendo un libro y señalando una parte con el dedo; estaba rígido, erguido, impasible. A cada lado, en un semicírculo, estaban los invitados: un hombrecillo picado de viruela y con anteojos, sin duda el famoso tío Oelbermann; la señorita Baker, con su vestido de granadina negra, sus ricitos falsos y su prendedor de coral; Marcus Schouler, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, solemne y sombrío; Heise, el fabricante de arneses, con guantes amarillos y la mirada clavada en el diseño de la estera, y Auuguust, con su traje al estilo Fauntleroy, anonadado y un poco asustado, paseando la vista de un rostro al otro. Selina, sentada al órgano de lengüeta tocando las teclas, deslizó la mirada hacia las cortinas de felpilla y dejó de tocar cuando McTeague y el viejo Grannis entraron y ocuparon sus lugares. A continuación se hizo un silencio profundo. Podía oírse el crujido de la pechera del tío Oelbermann
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cuando respiraba. Una expresión absolutamente solemne invadía todos los rostros.
De repente, las cortinas se agitaron con violencia. Era una señal. Selina abrió los registros y empezó a tocar la marcha nupcial.
Entonces entró Trina. Iba vestida de seda blanca, de gala por primera vez, con una corona de flores de naranjo alrededor de su pelo oscuro y un velo que le llegaba hasta el suelo. Tenía la cara sonrojada, pero por lo demás estaba tranquila. Al atravesar la habitación, miró con calma a su alrededor hasta que sus ojos se posaron en McTeague, a quien sonrió con mucha gracia y absolutamente dueña de sí misma.
Iba del brazo de su padre. Los gemelos, vestidos idénticos, iban por delante; cada uno llevaba un enorme ramo de flores cortadas y atadas con un lazo de encaje. La señora Sieppe los seguía por detrás. Lloraba; su pañuelo estaba hecho un nudo. De cuando en cuando miraba la cola del vestido de Trina a través de las lágrimas. El señor Sieppe condujo a su hija justo hasta el centro del salón, dio un giro de cuarenta y cinco grados y la llevó donde el pastor. Dio tres pasos atrás y se plantó sobre una de las marcas de tiza; la cara le brillaba de sudor.
Después, Trina y el dentista se casaron. Los invitados permanecieron en una actitud constreñida, mirando furtivamente por el rabillo de los ojos. El señor Sieppe no movía ni un músculo; la señora Sieppe lloraba detrás de su pañuelo todo el tiempo. Selina tocó Llámame tuya en el órgano, muy suavemente, con el registro del trémolo abierto, mirando por encima del hombro de vez en cuando. Durante las pausas de la música podía oírse la voz baja del pastor, las respuestas de los participantes y los sonidos sofocados de la señora Sieppe. Fuera, los ruidos de la calle subían hasta las ventanas en tonos apagados; un tranvía pasó retumbando; un vendedor de periódicos pasó anunciando la edición vespertina; de alguna parte de la casa llegaba el ruido continuo de un serrucho.
Trina y McTeague se arrodillaron. Las rodillas del dentista chocaron con un golpe sordo contra el suelo y dejaron a la vista las suelas de sus zapatos, dolorosamente nuevas y sin usar, el cuero todavía amarillo, las cabezas de los clavos de latón todavía brillantes. Trina cayó a su lado con mucho garbo y se acomodó el vestido y la cola con un ligero gesto de su mano libre. Los asistentes inclinaron la cabeza; el señor Sieppe tenía los ojos bien cerrados. La señora Sieppe, sin embargo, aprovechó el momento para dejar de llorar y hacerle unos gestos furtivos a Auuguust, señalándole
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que se arreglara el abrigo. Pero Auuguust no hacía caso, tenía los ojos desorbitados y la barbilla caída sobre el cuello de encaje, y de vez en cuando inclinaba la cabeza de un lado a otro en un movimiento constante y maníaco.
La ceremonia terminó de súbito, antes de lo que esperaban. Los invitados se quedaron un rato en sus puestos, mirándose mutuamente, temerosos de hacer el primer movimiento, no muy seguros de que todo hubiera terminado. Pero la pareja se volvió hacia la habitación y Trina se echó el velo hacia atrás. Ella —quizá McTeague también— sintió que algo había faltado en la ceremonia. ¿Eso era todo? ¿Acaso esas pocas frases dichas entre dientes los hacían marido y mujer? Se había acabado en un instante, pero los había atado para toda la vida. ¿No se había omitido algo? ¿No había sido todo muy ligero, superficial? Era decepcionante.
Pero Trina no tuvo tiempo de pensar en ello. Marcus Schouler, cual hombre de mundo que sabía cómo actuar en cualquier situación, dio un paso adelante y estrechó la mano de Trina incluso antes que el señor o la señora Sieppe.
—Permitidme ser el primero en felicitar a la señora McTeague —dijo, sintiéndose muy noble y heroico. La tensión de los segundos anteriores se disipó de inmediato; los invitados se aglomeraron alrededor de la pareja para darles la mano—, se alzó una babel de voces…
—Auuguust, ¿quiegres agrreglagrte ya el abgrigo?
—Bueno, mi querida, ya es usted una mujer casada y feliz. La primera vez que los vi juntos me dije: «¡Qué pareja!». Ahora seremos vecinas; tiene que venir a verme muy a menudo y tomaremos té juntas.
—¿Ha oído el serrucho que ha sonado todo el tiempo? Me estaba sacando de quicio, de verdad.
Trina besó a su padre y a su madre, y lloró un poco al ver las lágrimas en los ojos de la señora Sieppe.
Marcus se acercó por segunda vez y, con aire de gravedad, besó a su prima en la frente. Heise fue presentado a Trina y el tío Oelbermann al dentista.
Los invitados permanecieron de pie en grupos durante más de media hora e invadieron la pequeña habitación con un gran parloteo. Después llegó la hora de prepararse para cenar.
Esta fue una tarea tremenda, en la que casi todos los invitados se vieron obligados a participar. El salón se convirtió en un comedor.
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Quitaron los regalos de la mesa ampliable y la extendieron a toda su capacidad. Pusieron el mantel, acercaron las sillas —que habían alquilado en la escuela de baile cercana—, colocaron los platos y les quitaron los ramos a los gemelos, bajo sus protestas estridentes, para ponerlos en unos floreros en ambos extremos de la mesa.
Hubo un intenso ir y venir entre la cocina y el comedor. Trina, a quien se le permitió no hacer nada y quedarse sentada en el mirador, se angustiaba y llamaba a su madre de vez en cuando.
—Las servilletas están en el cajón de la derecha de la despensa. —Sí, sí, las he encontgrado. ¿Dónde guagrdas los platos sopegros? —Oye, prima Trina, ¿tienes un sacacorchos? ¿Qué es un hogar sin un
sacacorchos?
—En el cajón de la mesa de la cocina, en el rincón de la derecha. —¿Estos son los tenedores que desea utilizar, señora McTeague? —No, no, hay unos de plata. Mamá sabe dónde están.
Todos estaban muy alegres, se reían de sus errores, se atravesaban en el camino de los otros, se precipitaban hacia el comedor con las manos llenas de platos y cuchillos o copas y después volvían a salir disparados en busca de más. Marcus y el señor Sieppe se quitaron los abrigos. El viejo Grannis y la señorita Baker se cruzaron en el corredor en medio de un silencio obligado; el vestido de granadina de ella rozó el codo de la levita arrugada de él. Con la gravedad de un magistrado, el tío Oelbermann supervisó a Heise en la apertura de la caja de champán. A Auuguust se le asignó la tarea de llenar con sal y pimienta los nuevos botes de vidrio rojo y azul.
Todo quedó listo tras un rato increíblemente corto. Marcus Schouler volvió a ponerse el abrigo, se enjugó la frente y comentó:
—Me he ganado mi ración con la faena, os lo digo.
—¡A la mesa! —ordenó el señor Sieppe.
Todos hicieron mucho ruido al sentarse. Trina, al pie; el dentista, a la cabeza; los demás se acomodaron al azar. Pero sucedió que Marcus Schouler ocupó el asiento junto a Selina, hacia el que se dirigía el viejo Grannis. Solo quedaba otra silla libre, y era la que estaba junto a la señorita Baker. El viejo Grannis titubeó y se llevó la mano a la barbilla. Pero no tenía escapatoria. Con gran nerviosismo, se sentó al lado de la modista jubilada. Ninguno de los dos habló. El viejo Grannis no se atrevía
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a moverse y se mantuvo rígido, con los ojos clavados en el plato de sopa vacío.
De repente se oyó una detonación como de un revólver. Los hombres se sobresaltaron en sus asientos. La señora Sieppe soltó un grito ahogado. El camarero del restaurante barato, contratado para ser el asistente de María, se enderezó sosteniendo una botella de champán espumante y con una sonrisa de oreja a oreja.
—No os asustéis —dijo para tranquilizarlos—; no está cargada. Cuando todas las copas estuvieron llenas, Marcus brindó por la salud
de la novia, de pie. Los invitados se levantaron y bebieron. Casi ninguno de ellos había probado el champán. McTeague rompió el silencio que se hizo después del brindis al decir:
—Es la mejor cerveza que he bebido en mi vida.
Hubo una explosión de risas. Sobre todo a Marcus le hizo gracia el desliz del dentista y estalló en un auténtico espasmo de regocijo, golpeando la mesa con el puño y riendo hasta que se le saltaron las lágrimas. Se pasó toda la cena imitando las palabras de McTeague con risas socarronas.
—Es la mejor cerveza que he bebido. Ay, Dios, ¡vaya plancha!
¡Qué cena más maravillosa! Hubo sopa de ostras; hubo lubina y barracuda; hubo un enorme ganso asado relleno de castañas; hubo berenjenas y boniatos (la señorita Baker los llamó «camotes»). Hubo una cabeza de ternera en aceite, con la que el señor Sieppe entró en éxtasis; hubo ensalada de langosta; hubo arroz con leche, y helado de fresa, y gelatina de vino, y ciruelas cocidas, y coco, y frutos secos, y pasas, y frutas, y té, y café, y agua mineral y limonada.
Los invitados comieron durante dos horas, con la cara roja, los codos separados y la frente cubierta de sudor. Alrededor de toda la mesa se veía el mismo movimiento incesante de las mandíbulas y se oía el sonido ininterrumpido de las bocas masticando. Heise pasó su plato tres veces para que le sirvieran más ganso asado. El señor Sieppe devoró la cabeza de ternera soltando largos suspiros de satisfacción. McTeague comió por comer, sin más opción; todo lo que estaba al alcance de sus manos se abría paso hacia su enorme boca.
La poca conversación que hubo giró solo en torno a la comida; se intercambiaron opiniones con el vecino acerca de la sopa, la berenjena o las ciruelas cocidas. La habitación empezó a calentarse al poco rato; una
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ligera humedad se posó sobre las ventanas; el aire estaba cargado del olor a comida guisada. Trina y la señora Sieppe instaban a todos a que volvieran a llenarse el plato constantemente, y se dedicaron a repartir patatas, cortar el ganso y servir salsa. El camarero contratado daba vueltas alrededor de la mesa, con la servilleta sobre el brazo y las manos llenas de platos y fuentes. Era un gran bromista, y tenía una forma propia de llamar a las cosas que producía estallidos de risa en toda la mesa. Cuando se refirió a un manojo de perejil como «paisaje», Heise estuvo a punto de ahogarse con un bocado de patata. En la cocina, María Macapa trabajaba por tres, con la cara colorada y las mangas remangadas, y a cada rato soltaba unos gritos estridentes pero ininteligibles, supuestamente dirigidos al camarero.
—Tío Oelbermann —dijo Trina—, permítame servirle otra ración de ciruelas.
Los Sieppe trataban al tío Oelbermann con gran deferencia, y así lo hizo también el resto del grupo. Hasta Marcus Schouler bajaba la voz al dirigirse a él. Al comienzo de la cena, le dio un codazo al fabricante de arneses y le susurró, cubriéndose la boca con la mano y señalando con la cabeza al negociante al por mayor:
—Tiene treinta mil dólares en el banco; sí, señor, es un hecho.
—Pues no dice mucho —observó Heise.
—No, no. Así es él; nunca abre la boca.
A medida que avanzó la velada encendieron el gas y las dos lámparas. El grupo seguía comiendo. Los hombres, hartos de comida, se habían desabotonado los chalecos. McTeague tenía las mejillas hinchadas y los ojos muy abiertos; su mandíbula enorme y prominente se movía con una regularidad maquinal; de vez en cuando soltaba una serie de respiros cortos por la nariz. La señora Sieppe se enjugó la frente con el pañuelo.
—Oie, tú, chico, ponme otgro poco de esa… cómo se iama… agua bugrbujeante.
Así era como el camarero se había referido al champán: «agua burbujeante». Los invitados habían aplaudido sonoramente, fantástico. Era un bromista tremendo ese camarero.
Abrieron botella tras botella. Las mujeres se tapaban los oídos cuando salían los corchos. De repente, el dentista soltó una exclamación, hizo una mueca y se tapó la nariz con la mano.
—¿Qué pasa, Mac? —gritó Trina alarmada.
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—Ese champán se me ha venido a la nariz —gritó con los ojos aguados—. Pica como un condenado.
—Gran cerveza, ¿eh? —exclamó Marcus.
—Bueno, Mark —protestó Trina en voz baja—. Bueno, Mark, cállate ya, que ya no es gracioso. No quiero que te burles de McTeague. Él lo ha llamado cerveza a propósito. Supongo que él lo sabe.
A lo largo de la comida, la vieja señorita Baker estuvo casi todo el tiempo pendiente de Auuguust y los gemelos, a quienes les habían dado una mesa para ellos solos, la mesa de nogal negro ante la cual había tenido lugar la ceremonia. La modista se daba la vuelta todo el tiempo para preguntarles a los niños si querían algo, preguntas que ellos contestaban casi siempre clavándole los ojos como bueyes, con una mirada fija e inexpresiva.
De repente, la pequeña modista se volvió hacia el viejo Grannis y exclamó:
—Me gustan mucho los niños.
—Sí, sí, son muy interesantes. A mí también me gustan mucho.
Acto seguido, los dos viejos se sintieron abrumados por la turbación. ¿Cómo? Se habían hablado después de todos esos años de silencio; por primera vez habían comentado algo.
La vieja modista sufrió una vergüenza indecible. ¿Por qué le había dado por hablar? No lo había planeado ni deseado. Las palabras se le habían escapado repentinamente, él había respondido, y eso había sido todo… se había acabado antes de que pudieran darse cuenta.
Los dedos del viejo Grannis temblaban sobre el borde de la mesa; el corazón le latía con fuerza; se había quedado sin aliento. Aunque pareciera mentira, le había hablado a la pequeña modista. La posibilidad que había esperado durante años —esa compañía, esa intimidad con su compañera inquilina, esa relación encantadora que habría de madurar en un momento lejano, no sabía cuándo exactamente— había llegado de repente a un punto crítico, ahí, en esa habitación abarrotada, sobrecalentada, en medio de toda esa comida, rodeada por el olor de los platos calientes, acompañada por el sonido de un masticar incesante. ¡Cuán diferente había imaginado que sería! Habrían de estar solos —él y la señorita Baker—, al anochecer, en alguna parte retirada del mundo, muy silenciosa, tranquila y serena. La conversación habría de ser acerca de sus vidas, sus ilusiones perdidas, no de los hijos de otros.
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Los dos viejos no volvieron a hablar. Se quedaron sentados, uno junto al otro, más cerca que nunca, inmóviles, abstraídos, con la mente muy lejos de la escena del banquete. Pensaban el uno en el otro y eran conscientes de ello. Cohibidos, con la timidez de la segunda infancia, constreñidos y avergonzados por la presencia del otro, estaban, no obstante, en un pequeño elíseo de su propia creación. Caminaban de la mano por un jardín exquisito donde siempre era otoño; juntos y solos entraban en el romance largamente retrasado de sus vidas comunes y poco interesantes.
Finalmente, se terminó esa gran cena; se lo habían comido todo. El enorme ganso asado se había reducido a un puro esqueleto. El señor Sieppe había convertido la cabeza de ternera en un simple cráneo. Una hilera de botellas de champán vacías —«soldados muertos», como las había llamado el camarero burlón— cubría la repisa de la chimenea. De las ciruelas cocidas no quedaba nada más que el jugo, que dieron a Auuguust y los gemelos. Las fuentes estaban tan limpias como si las hubieran lavado; la mesa estaba llena de migas de pan, cáscaras de patatas y nueces y trozos de tarta; manchas de café y helado y salsa solidificada señalaban dónde había estado cada plato. Era una devastación, un saqueo; la mesa parecía un campo de batalla abandonado.
—¡Uf! —exclamó la señora Sieppe al empujar la silla hacia atrás—, he comido y comido, ach, Gott, ¡cómo he comido!
—Oh, esa cabeza de tegrnerra —murmuró su marido lamiéndose los labios.
El camarero burlón había desaparecido. Él y María Macapa se habían reunido en la cocina, arrimados a la tabla del fregadero, y festejaban con las sobras de la cena: rebanadas de ganso, restos de la ensalada de langosta y media botella de champán que tuvieron que beber en tazas de té.
—Salud —dijo el camarero galantemente al alzar su taza e inclinarse ante María—. Escucha —añadió—, están cantando ahí dentro.
El grupo se había levantado de la mesa y se había reunido en torno al órgano, donde estaba Selina. Primero lo intentaron con algunas de las canciones populares del momento, pero tuvieron que desistir puesto que ninguno se sabía más que el primer renglón del estribillo. Finalmente, se decidieron por Más cerca de ti, mi Dios, la única que se sabían todos. Selina se encargó de la voz contralto, muy desafinada; Marcus entonó el bajo, con el ceño muy fruncido y la barbilla hundida en el cuello. Cantaron
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a un ritmo muy lento. La canción se convirtió en un canto fúnebre, un gemido de angustia, prolongado y lamentable:
Mááás cercaaa de ti, mi Diooos,
mááás cercaaa de tiii.
Al terminar la canción, el tío Oelbermann se puso el sombrero sin ningún preámbulo. Se hizo un silencio inmediato. Los invitados se pusieron de pie.
—¿Se va tan pronto, tío Oelbermann? —protestó Trina cortésmente. Él se limitó a asentir con la cabeza. Marcus dio un brinco para ayudarle con el abrigo. El señor Sieppe se acercó, y los dos hombres se dieron la mano.
Luego, el tío Oelbermann expresó una frase de oráculo. No había duda de que la había pensado durante la cena. Dirigiéndose al señor Sieppe, dijo:
—No ha perdido a una hija, sino que ha ganado un hijo.
Esas fueron las únicas palabras que pronunció en toda la velada.
Después se marchó. Todos quedaron profundamente impresionados.
Unos veinte minutos después, mientras Marcus entretenía a los invitados comiendo almendras, con cáscara y todo, el señor Sieppe se puso de pie, con el reloj en la mano.
—Once y media —gritó—. ¡Atención! Ha iegado la hogra; pagrad todo. Pagrtimos.
Esto produjo una confusión tremenda. El señor Sieppe se deshizo inmediatamente de su anterior aire de relajación; la cabeza de ternera cayó en el olvido; una vez más, era el líder de grandes empresas.
—¡A mí, a mí! —gritó—. Mamma, los gemelos, Auuguust.
El hombre reunió a su tribu con grandes gestos de mando. Tras la sacudida, los gemelos despertaron de pronto a una conciencia aturdida; Auuguust, quien había quedado petrificado de admiración ante la forma de comer almendras de Marcus Schouler, fue consciente de sus alrededores después de una bofetada.
El viejo Grannis, con la delicadeza que lo caracterizaba, sintió por instinto que los invitados —los meros asistentes, ajenos a la situación— debían partir antes de que la familia empezara a despedirse de Trina. Después de darles a los novios unas precipitadas buenas noches, se retiró discretamente.
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—Bueno, señor Sieppe —exclamó Marcus—, no nos veremos por un tiempo.
Marcus había abandonado su intención inicial de unirse a la migración de los Sieppe y habló largamente acerca de ciertos asuntos que lo mantendrían en San Francisco hasta el otoño. Últimamente, había empezado a albergar el deseo de llevar una vida de ranchero, criando ganado. Tenía un poco de dinero y simplemente estaba buscando a alguien que lo acompañase. Soñaba con una vida de vaquero, y se veía a sí mismo en una visión fascinante que involucraba espuelas de plata y potros indómitos. Se decía a sí mismo que Trina lo había abandonado, que su mejor amigo lo había tomado por imbécil, que Dios mandaba a retirarse del mundo por completo.
—Si se entera de alguien por allá —siguió hablando con el señor Sieppe— que quiera poner un rancho, avíseme.
—Sooo, sooo —respondió el señor Sieppe distraído, buscando con la mirada la gorra de Auuguust.
Marcus se despidió de los Sieppe. Él y Heise salieron juntos. Mientras bajaban las escaleras, se les oyó hablar de la posibilidad de que el bar de Frenna aún estuviera abierto.
Luego salió la señorita Baker, después de besar a Trina en ambas mejillas. Selina se fue con ella. Solo quedó la familia.
Con una desazón creciente y un temor ligero, Trina los vio partir uno por uno. Al cabo de un rato se habrían ido todos.
—Bueno, Tgrina —exclamó el señor Sieppe—, adiós; a lo mejogr vienes a vegrnos algún día.
La señora Sieppe empezó a llorar de nuevo.
—Ach, Tgrina, ¿cuándo volvegré a vegrte?
Los ojos de Trina se llenaron de lágrimas a pesar de sí misma. Rodeó a su madre con los brazos.
—Oh, algún día, algún día —lloró. Los gemelos y Auuguust se aferraron a su falda, inquietos y llorosos.
McTeague se sintió abatido. Estaba lejos del grupo, en una esquina.
Ninguno parecía pensar en él; no era uno de ellos.
—Escríbeme pronto mamá, y cuéntame todo… acerca de August y los gemelos.
—Es hogra —gritó el señor Sieppe, nervioso—. Adiós, Tgrina. Mamma, Auuguust, decid adiós, tenemos que igrnos. Adiós, Tgrina. —La
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besó. Alzó a Auugust y a los gemelos—. Vamos, vamos —insistió el señor Sieppe, y se dirigió hacia la puerta.
—Adiós, Tgrina —exclamó la señora Sieppe, llorando más intensamente que nunca—. Doctogr, ¿dónde está el doctogr? Doctogr, sea bueno con eia, ¿eh? Sea muy bueno, ¿eh? Algún día, doctogr, tendgrá una hija y tal vez sabgrá cómo me siento, sí.
Ahora estaban en la puerta. El señor Sieppe iba por la mitad de las escaleras y no dejaba de gritar:
—Vamos, vamos, que pegrdemos el tgren.
La señora Sieppe soltó a Trina y se alejó por el corredor; los gemelos y Auuguust la siguieron. Trina se quedó en la puerta, mirándolos a través de las lágrimas. Se iban, se iban. ¿Cuándo volvería a verlos? Había de quedarse sola con ese hombre con el que acababa de casarse. Un terror súbito e incierto se apoderó de ella; dejó a McTeague, corrió por el pasillo y abrazó a su madre por el cuello.
—No quiero que te vayas —le susurró al oído entre sollozos—. Oh, mamá, tengo… tengo miedo.
—Ach, Tgrina, me grompes el cograzón. No iogres, pobgre chiquiia. —Meció a Trina entre sus brazos como si fuera una niña—. Pobgre chiquiia asustada, no iogres… so… so… so, no hay nada que temegr. Anda, ve con tu magrido. Escucha, Pappa está iamando de nuevo; ve, adiós.
Se soltó de los brazos de su hija y empezó a bajar las escaleras. Trina se inclinó sobre la barandilla y siguió a su madre con la mirada.
—¿Qué pasa, Tgrina?
—Oh, adiós, adiós.
—Vamos, vamos, que pegrdemos el tgren.
—¡Mamá, oh, mamá!
—¿Qué pasa, Tgrina?
—Adiós.
—Adiós, mi chiquiia.
—Adiós, adiós, adiós.
La puerta de la calle se cerró. Se hizo un silencio profundo. Trina se quedó inclinada sobre la barandilla durante otro rato, contemplando la escalera vacía. Estaba oscura. No había nadie. Ellos —su padre, su madre, los niños— la habían dejado, la habían dejado sola. Se volvió hacia las
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habitaciones… hacia su marido, su nuevo hogar, la nueva vida que estaba a punto de empezar.
El corredor estaba vacío y desierto. La gran casa a su alrededor se veía nueva y enorme y extraña; se sintió terriblemente sola. Incluso María y el camarero contratado se habían ido. Oyó a un bebé que lloraba en una de las plantas superiores. Se quedó ahí un instante, en medio del corredor oscuro, con sus galas nupciales, mirando a su alrededor, escuchando. A través de la puerta del salón salía una raya de luz dorada.
Avanzó por el pasillo hacia la puerta del corredor que llevaba al dormitorio.
Al pasar suavemente por delante de la puerta del salón, echó un vistazo veloz hacia adentro. Las lámparas y el gas ardían intensamente; las sillas estaban separadas de la mesa, tal como las habían dejado los invitados, y la mesa misma, abandonada y desierta, dejaba a la vista el ligero caos de platos, cuchillos, tenedores, fuentes vacías y servilletas arrugadas. El dentista estaba ahí sentado, apoyado sobre los codos, dándole la espalda; se veía descomunal contra el blanco borroso de la mesa. Por encima de sus hombros se alzaba su cuello grueso y rojo y su mata de pelo rubio. La luz brillaba en un tono rosa a través de los cartílagos de sus enormes orejas.
Trina entró en el dormitorio y cerró la puerta tras de sí. Oyó que McTeague se había sobresaltado y se había puesto de pie al sentir el ruido.
—¿Eres tú, Trina?
Ella no respondió; se detuvo en medio del cuarto y contuvo la respiración, temblando.
El dentista atravesó la habitación exterior, abrió las cortinas de felpilla y entró. Se acercó a ella rápidamente y se dispuso a cogerla entre sus brazos. Los ojos le brillaban.
—¡No, no! —gritó Trina, y se apartó, sintiéndose presa de un miedo súbito hacia él, el miedo intuitivo de la hembra ante el macho. Todo su ser temblaba ante McTeague. La aterrorizaba su cabezota cuadrada; su mandíbula poderosa y prominente; sus manos enormes y rojas; su fuerza descomunal e irresistible—. ¡No, no… tengo miedo! —gritó, y retrocedió hacia el otro lado del dormitorio.
—¿Miedo? —replicó el dentista, perplejo—. ¿De qué tienes miedo, Trina? No voy a hacerte daño. ¿De qué tienes miedo?
En realidad, ¿de qué tenía miedo Trina? No lo sabía. Pero ¿qué sabía ella de McTeague después de todo? ¿Quién era ese hombre que había
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llegado a su vida, que la había apartado de su hogar y de sus padres, con quien se había quedado sola en esa casa inmensa y extraña?
—¡Oh, tengo miedo! ¡Tengo-miedo! —exclamó.
McTeague se le acercó, se sentó a su lado y la rodeó con un brazo. —¿De qué tienes miedo, Trina? —le dijo en tono tranquilizador—. No
quiero asustarte.
Ella lo miró con sus ojos estrechos y azules, desorbitados y anegados en lágrimas; el encantador mentoncito le temblaba. Después, su mirada adquirió cierta determinación, y contempló el rostro del dentista con curiosidad, para decirle casi en un susurro:
—Tengo miedo de ti.
Pero el dentista no le hizo caso. Una dicha enorme se había apoderado de él… la dicha de la posesión. Trina era toda suya ahora. Ahí estaba, indefensa y muy guapa.
Esos instintos que en él estaban tan cerca de la superficie cobraron vida súbitamente, gritando y clamando, irresistibles. Él la amaba. Oh, ¿acaso no la amaba? El olor del pelo y el cuello de Trina se alzó hacia él.
De repente la cogió entre sus dos brazos enormes, aplastó su resistencia con esa fuerza suya descomunal y la besó de lleno en la boca. Después, el gran amor de Trina por McTeague estalló en su pecho, y se entregó a él como lo había hecho antes, cediendo de inmediato ante ese extraño deseo de ser conquistada y dominada. Se aferró a él, con las manos enganchadas por detrás de su cuello, y le susurró al oído:
—Oh, debes ser bueno conmigo… muy, muy bueno conmigo, cariño… pues eres lo único que me queda en el mundo.
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PASÓ el verano, luego el invierno. La estación de las lluvias empezó en los últimos días de septiembre y continuó a lo largo de octubre, noviembre y diciembre. Muy de vez en cuando llegaba una semana de días perfectos, de un cielo sin nubes y un aire inmóvil pero tocado por una cierta agilidad, una ligera efervescencia estimulante. Luego, sin advertencia, en una noche mientras soplaba un viento del sur, una voluta gris de nubes se desenrollaba y pendía sobre la ciudad, y la lluvia volvía a caer tamborileando, primero en chaparrones aislados, después en una llovizna ininterrumpida.
Trina pasaba todo el día sentada en el mirador del salón, que disponía de una vista de un pequeño tramo de Polk Street. Cada vez que levantaba la cabeza podía ver el mercado grande, una confitería, la tienda de un instalador de campanas y más allá, por encima de los tejados, las claraboyas de cristal y los tanques de agua de los grandes baños públicos. En el primer plano discurría la calle misma; los tranvías rodaban de arriba abajo retumbando sobre las uniones de las vías; montones de carretas del mercado iban y venían conducidas mayoritariamente por jóvenes preocupados, en mangas de camisa y con lápices detrás de las orejas, o por chicos imprudentes con delantales de carnicero manchados de sangre. En las aceras, el pequeño mundo de Polk Street pululaba y avanzaba a empellones por su ronda cotidiana de vida. Cuando hacía buen tiempo, las grandiosas damas de la avenida de una esquina más arriba invadían la calle y se presentaban ante los puestos de los carniceros, abstraídas en la compra del día. En los días de lluvia, sus sirvientes —los cocineros chinos o las criadas— ocupaban su lugar dándose aires de importancia, cargando sus grandes paraguas de algodón como habían visto que sus señoras llevaban las sombrillas, y regateando con los hombres del mercado de forma desdeñosa y con la barbilla en alto.
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La lluvia continuaba. Todo cuanto cabía en el campo visual de Trina, desde las lonas de los caballos de las carretas del mercado hasta los cristales del tejado de los baños públicos, se veía brillante y barnizado. El asfalto de las aceras relucía como la superficie de una bota de charol; en todos los huecos de la calle había charcos que parpadeaban como ojos cada vez que les caía una gota de lluvia.
Trina seguía trabajando para el tío Oelbermann. Por las mañanas se ocupaba de la cocina, el dormitorio y salón; pero por la tarde, después de almorzar, se dedicaba a los animales del arca de Noé durante dos o tres horas. Se llevaba su trabajo al mirador y extendía un cuadrado grande de tela bajo la silla para atrapar las astillas y las virutas, las cuales utilizaba después para encender el fuego. Cogía los bloquecitos de madera de pino de vetas lisas, uno tras otro; el cuchillo destellaba entre sus dedos; la figurita crecía rápidamente bajo su destreza, y en un tiempo brevísimo quedaba lista para pintar y caía en el cesto a su lado.
Sin embargo, muy a menudo durante ese invierno lluvioso que siguió a la boda, Trina detenía su trabajo, ponía las manos sobre el regazo, y sus ojos —sus estrechos ojos azul pálido— se abrían y se quedaban meditabundos mientras contemplaban, sin ver, la calle lavada por la lluvia.
Ahora amaba a McTeague con un amor ciego e irracional que no admitía duda ni vacilación. De hecho le parecía que había sido después de casarse con el dentista cuando realmente había empezado a amarlo. Con la entrega final y absoluta de sí misma, la sumisión última e irrevocable, había aparecido un cariño con el que no había soñado nunca en los antiguos días de B Street. Pero Trina no amaba a su marido porque creyera ver en él ninguna de esas cualidades nobles y generosas que inspiran cariño. El dentista podía o no tenerlas, a Trina le daba igual. Lo amaba porque se había entregado a él voluntariamente, sin reservas; había fundido su individualidad con la de él; le pertenecía a él; era suya para siempre y toda la eternidad. Nada que él pudiera hacer (se decía a sí misma), nada que ella misma pudiera decir, la haría cambiar a este respecto. McTeague podía dejar de amarla, podía dejarla, podía morir incluso; daba igual, ella era de él.
Pero no había sido así al principio. Durante esos días largos y lluviosos de otoño, días en que se quedaba sola durante horas, cuando la excitación y la novedad de la luna de miel empezaban a decaer, cuando el nuevo
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hogar se había asentado en sus rutinas, pasó muchas horas de dudas, de vacilación, incluso de auténtico arrepentimiento.
Nunca olvidaría una tarde de domingo en particular. Llevaba apenas tres semanas de casada. Después de almorzar, ella y la pequeña señorita Baker habían salido a caminar un poco para aprovechar una hora de sol y contemplar unos maravillosos geranios en la vitrina de una floristería en Sutter Street. Las había sorprendido un chaparrón, y al regresar a casa, la pequeña modista había insistido en llevar a Trina a su cuartito y prepararle una taza de té fuerte para que entrara en calor. Las dos mujeres charlaron y bebieron té casi toda la tarde, luego Trina regresó a sus habitaciones. No había pensado en McTeague durante casi tres horas, y al atravesar la pequeña suite, cantando para sí misma en voz baja, se topó con él inesperadamente. Su marido estaba en la clínica, acostado en el sillón de operaciones, casi dormido. La estufita estaba llena de carbón; el cuarto, sobrecalentado; el aire, denso y viciado con el olor a éter, gas de carbón, cerveza pasada y tabaco barato. El dentista estaba tumbado con sus miembros gigantes sobre el terciopelo gastado del sillón; se había quitado el abrigo y el chaleco y los zapatos, y sus pies inmensos, envueltos en los calcetines grises y tupidos, pendían por el borde del reposapiés; la pipa, que se había caído de su boca medio abierta, había derramado las cenizas en su regazo, y en el suelo, a su lado, estaba la jarra de cerveza medio vacía. La cabeza reposaba lánguidamente sobre un hombro, tenía la cara roja de tanto dormir, y de su boca abierta salían unos ronquidos aterradores.
Trina se quedó un rato contemplándolo ahí echado, postrado, inerte, a medio vestir y pasmado por el calor de la habitación, la cerveza steam, y el humo del tabaco barato. Luego empezó a temblarle el mentoncito, y un sollozo ascendió por su garganta. Salió de la clínica corriendo y se encerró en el dormitorio, se echó en la cama y estalló en un llanto desesperado. Oh, no; oh, no; no podía amarlo. Había sido un error espantoso, y ahora era irrevocable; estaba atada a este hombre de por vida. Si la cosa se veía así de mal ahora, solo tres semanas después del matrimonio, ¿cómo sería en los años por venir? Año tras año, mes tras mes, hora tras hora, vería ese mismo rostro de mandíbula prominente, sentiría el contacto de esas manos enormes y rojas, oiría los pesados y torpes pasos de esos pies gigantescos envueltos en esos calcetines grises y tupidos. Año tras año, día tras día, no habría ningún cambio, y duraría toda su vida. Sería un asco prolongado e
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ininterrumpido, o —peor aún— llegaría a contentarse con él, llegaría a ser como él, se rebajaría al nivel de la cerveza steam y el tabaco barato, y todas sus bellas costumbres, sus pequeños hábitos pulcros y elegantes caerían en el olvido, pues serían desechados por su marido estúpido y salvaje. ¡Su marido! Ese de ahí era su marido —aún podía oír sus ronquidos—, para toda la vida, toda la vida. Una gran desesperación se apoderó de Trina. Hundió la cara en la almohada y pensó en su madre con una nostalgia infinita.
Finalmente, McTeague empezó a despertarse despacio por el gorjeo del canario. Después de un rato bajó su concertina y tocó las seis melodías tristísimas que se sabía.
Echada en la cama boca abajo, Trina seguía llorando. De un extremo al otro de la pequeña suite se oían solo dos sonidos: los compases lúgubres de la concertina y el llanto ahogado.
Que su marido no notara su angustia implicaba un resentimiento adicional para Trina, y, con una falta de coherencia obstinada, empezó a desear que él fuera a ella, que la consolara. Él tenía que saber que estaba angustiada, que se sentía sola e infeliz.
—Oh, ¡Mac! —gritó con voz temblorosa. Pero la concertina seguía gimiendo y lamentándose. Entonces Trina deseó estar muerta, y en ese instante dio un brinco, corrió a la clínica, se echó en brazos de su marido y exclamó—: ¡Oh, Mac, cariño, ámame, ámame mucho! Soy tan infeliz.
—¿Qué… qué… qué? —exclamó el dentista, sobresaltado y perplejo, un poco asustado.
—Nada, nada, solo ámame, ámame por siempre y siempre.
Pero esa primera crisis, esa sublevación momentánea, más un asunto de nerviosismo femenino que cualquier otra cosa, pasó, y el cariño de Trina hacia su viejo oso creció a pesar de sí misma. Empezó a amarlo más y más, no por lo que él era, sino por lo que ella le había entregado. Solo una vez más volvió a sufrir una reacción en contra suya, que duró solo un instante y fue provocada por, curiosamente, un pedazo de huevo en el bigote tupido de McTeague una mañana justo después del desayuno.
Además, los dos aprendieron a hacer concesiones; poco a poco, e inconscientemente, fueron adaptando su estilo de vida al del otro. En vez de rebajarse al nivel de McTeague como lo había temido, Trina descubrió que podía hacer que él ascendiera al suyo, y en esto vio la solución a muchas dificultades y complicaciones sombrías.
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Por ejemplo, el dentista empezó a vestirse un poco mejor; Trina consiguió incluso inducirlo a que usara un sombrero de copa y una levita los domingos. Después él renunció a la siesta y a la cerveza de las tardes de domingo a cambio de tres o cuatro horas en el parque con ella, dependiendo del clima. De modo que las dudas de Trina cesaron gradualmente y, cuando la asaltaban, podía al menos enfrentarlas encogiéndose de hombros y diciéndose a sí misma: «Bueno, ya está hecho y no puedo remediarlo; hay que hacer lo que se pueda».
Durante los primeros meses de su vida de casados, las recaídas nerviosas de Trina alternaron con unos bruscos arrebatos de cariño en los que su único temor era que el amor de su marido no fuera igual al suyo. Sin el menor preámbulo, se enganchaba del cuello de McTeague y frotaba la mejilla contra la suya, murmurando:
—Mi querido viejo Mac, te amo tanto, te amo tanto. Oh, ¿no somos felices juntos, Mac, solo los dos y nadie más? Me amas tanto como yo a ti, ¿cierto, Mac? Oh, si no fuera así… si no fuera así.
Pero las emociones de Trina, que al principio habían oscilado de un extremo al otro, empezaron a asentarse en un equilibrio de tranquilidad y quietud plácida hacia mediados del invierno. Los quehaceres domésticos empezaron a absorber cada vez más su atención, pues era una ama de casa admirable, que mantenía la pequeña suite en un orden maravilloso y regulaba la lista de gastos con una economía que solía rayar en una auténtica mezquindad. Ahorrar dinero era algo que la apasionaba. En el fondo de su baúl, en el dormitorio, escondía una cajita fuerte de latón que hacía las veces de caja de ahorros. Cada vez que añadía una moneda de veinticinco o cincuenta centavos a su pequeña reserva, se reía y cantaba con un placer realmente infantil, mientras que cuando el carnicero o el lechero le cobraban un recargo se sentía infeliz el resto del día. No ahorraba para algún propósito ulterior; acumulaba por instinto, sin saber por qué, y respondía a las protestas del dentista con un: «Sí, sí, sé que soy un poco avara, lo sé».
Trina había sido siempre un personajillo ahorrador, pero fue solo al tocarle la lotería cuando se volvió especialmente mísera. Sin duda, por miedo a que su buena suerte los corrompiera y los llevara a adoptar costumbres extravagantes, se había ido al otro extremo. Nunca, nunca gastarían un centavo de esa fortuna milagrosa; es más, debían añadir dinero. Era un ahorro, un ahorro gigantesco, como una roca; no tan grande,
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sin embargo, como para no poder hacerla crecer. Ya para finales de ese invierno Trina había empezado a compensar el déficit de los doscientos dólares que había tenido que gastar en las preparaciones del matrimonio.
McTeague, por su parte, nunca se preguntaba si amaba a Trina la esposa tanto como había amado a Trina la joven. Había habido una época en la que besarla, cogerla entre sus brazos, lo había emocionado de pies a cabeza con una alegría indecible; hasta el aroma de su magnífico pelo oloroso había hecho que una sensación de debilidad le recorriera todo el cuerpo. Esa época estaba lejos. Los súbitos arrebatos de cariño de su mujercita, arrebatos que solo se intensificaban con el tiempo de convivencia, lo confundían más que agradarle. Había llegado a someterse a ellos de buena gana, respondiendo a sus preguntas apasionadas con un «Claro, claro, Trina, claro que te amo. ¿Qué… qué te pasa?».
El dentista no sentía pasión por su mujer. Le gustaba mucho tenerla cerca; disfrutaba enormemente al verla moviéndose por las habitaciones, tan a gusto, alegre y cantando de la mañana a la noche, y le encantaba pedirle que fuera a su clínica cuando había un paciente en el sillón y, mientras sostenía el condensador, verla golpear los empastes de oro con el pequeño mazo de boj, como él le había enseñado. Pero esa pasión tempestuosa, ese deseo aplastante que lo había invadido súbitamente el día en que le había administrado éter, una vez más cuando la había cogido entre sus brazos en la estación de B Street y otra y otra vez durante los primeros días de su vida matrimonial, ya casi no se despertaba. Por otro lado, nunca lo asaltaban dudas acerca de lo acertado de su matrimonio.
McTeague había recaído en su impasibilidad acostumbrada. Nunca se hacía preguntas, nunca buscaba razones, nunca iba al fondo de las cosas. El año que siguió al verano en que se casaron fue una época de gran satisfacción para él; en cuanto la novedad de la luna de miel hubo pasado, entró fácilmente en el nuevo orden de cosas sin titubear. Esa sería su vida en los años por venir. Trina estaba ahí; él se había casado y asentado. Aceptaba esa situación. Las pequeñas comodidades animales que para él constituían el placer de la vida le eran suministradas a cada momento, o cuando algo interfería en ellas —como en el caso de la siesta y la cerveza de la tarde del domingo— encontraba algún reemplazo agradable. En sus intentos por mejorar a su marido —por sacarlo de la estúpida vida animal a la que se había acostumbrado en sus días de soltero—, Trina tuvo el tacto de moverse con tal cautela y lentitud que el dentista no notó ningún
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proceso de cambio. En lo referente al sombrero de copa, McTeague sentía que él mismo había tenido la iniciativa.
El dentista fue mejorando poco a poco bajo la influencia de su mujercita. Ya no salía con los puños raídos alrededor de sus muñecas enormes y rojas; o lo que es peor, sin puños. Trina le mantenía la ropa limpia y zurcida; le lavaba casi todo e insistía en que se cambiara de pantalones —unos pantalones de franela roja y densa, con unos enormes botones de hueso— una vez por semana; las camisas, dos veces por semana, y los cuellos y los puños, cada dos días. Le quitó la costumbre de comer con el cuchillo, le hizo reemplazar la cerveza steam por cerveza embotellada y lo indujo a quitarse el sombrero delante de la señorita Baker, la mujer de Heise y las demás mujeres que conocía. McTeague no volvió a pasar las noches en la taberna de Frenna y, en cambio, llevaba unas cuantas botellas de cerveza a las habitaciones y las compartía con Trina. Ya no se mostraba brusco ni indiferente con las mujeres que iban a verlo a la clínica, y llegó al punto de poder trabajar y hablar con ellas al mismo tiempo, incluso las acompañaba hasta la puerta cuando la operación había terminado, se la abría y les hacía una reverencia con su cabezota cuadrada.
Además, empezó a contemplar los intereses más amplios y anchos de la vida, intereses que lo comprometían no solo como individuo sino como miembro de una clase, un oficio o un partido político. Empezó a leer los periódicos; se suscribió a una revista odontológica; iba a misa con Trina en Pascua, Navidad y Año Nuevo. Comenzó a tener opiniones y convicciones: no era justo privar del privilegio de votar a las mujeres que pagaban sus impuestos; la educación universitaria no debía ser un requisito esencial para entrar en una escuela de odontología; había que refrenar los esfuerzos de los curas católicos por apoderarse de las escuelas públicas.
Pero lo más maravilloso de todo: McTeague empezó a tener aspiraciones… ideas muy vagas, muy confusas, acerca de algo mejor; ideas tomadas de Trina en su mayor parte. Algún día, quizá, él y su mujer tendrían una casa propia. ¡Vaya sueño! Una casita solo para ellos, con seis habitaciones y un baño, con un trozo de césped en la fachada y unas calas. Después llegarían los hijos. Tendría un niño, que se llamaría Daniel, que iría a la escuela y a lo mejor se convertiría en un fontanero próspero o en un pintor de casas. Luego este hijo Daniel se casaría y vivirían todos juntos en esa casa de seis habitaciones y un baño; Daniel tendría hijos, y
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McTeague envejecería entre todos ellos. El dentista se veía a sí mismo como un patriarca venerable rodeado de hijos y nietos.
Así pasó el invierno. Fue una estación de mucha felicidad para los McTeague. La nueva vida había encontrado su cauce; empezó una rutina.
En los días laborables se levantaban a las seis y media, despertados por el chico que llevaba la leche embotellada y a quien le habían indicado que llamara a la puerta del dormitorio al pasar. Trina hacía el desayuno: café, tocino, huevos y un panecillo vienés de la panadería. Desayunaban en la cocina, sobre la mesa de pino redonda cubierta con el mantel de hule brillante clavado con tachuelas. Después de desayunar, el dentista pasaba inmediatamente al consultorio para atender las citas de las primeras horas de la mañana, empleados y dependientas que pasaban por ahí media hora antes del trabajo.
Entretanto, Trina se ocupaba de la suite, recogía el desayuno, le pasaba la esponja al mantel de hule, hacía la cama y se entretenía barriendo y quitando el polvo. Hacia las diez abría las ventanas para ventilar las habitaciones, después se ponía la chaqueta gris, el sombrerito redondo de ala roja, sacaba la libreta del carnicero y el tendero (que guardaba en el cesto de los cuchillos dentro del cajón de la mesa de la cocina) y bajaba a la calle, donde pasaba una hora deliciosa… primero en el mercado inmenso del otro lado de la calle, luego en la tienda de ultramarinos con su aromático olor a café y especias, y luego ante el mostrador de la mercería, resuelta a hacer una comprita, removiendo puntas de velos, tiras de goma o esquirlas de ballena. En la calle se codeaba con las grandiosas damas de la avenida, preciosamente vestidas, o de vez en cuando se encontraba con alguna que otra conocida… la señorita Baker, la mujer coja de Heise o la señora Ryer. A veces pasaba por la casa y alzaba los ojos hada las ventanas de la suite, marcadas por la inmensa muela dorada que sobresalía con su brillo en el mirador de la clínica. Veía las ventanas abiertas en el salón, las cortinas de encaje de Nottingham agitándose e hinchándose con las corrientes y la cabeza de María Macapa envuelta en una toalla a medida que la criada mexicana iba de un lado a otro de la suite, barriendo o quitando el polvo. Ocasionalmente, en la ventana de la clínica veía la espalda redondeada de McTeague cuando este se inclinaba al trabajar. A veces, incluso, se veían y se saludaban con la mano alegremente.
Trina regresaba a casa hacia las once, con la bolsa de malla —que antes pertenecía a su madre— llena de paquetes. De inmediato se ponía a
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preparar el almuerzo: salchichas, quizá, con puré de patatas; o el asado de la noche anterior recalentado o en estofado; chocolate, que le encantaba, y una guarnición o dos: un arenque salado o un par de alcachofas o una ensalada. El dentista volvía de la clínica a las doce y media, trayendo consigo el olor a creosota y éter. Almorzaban en el salón y se contaban lo que habían hecho antes del mediodía; Trina le enseñaba sus compras, McTeague narraba el progreso de una operación. Se separaban a la una; el dentista regresaba a la consulta y Trina se ponía a trabajar en los animales del arca de Noé. Hacia las tres guardaba el trabajo y tenía diversas ocupaciones durante el resto de la tarde: a veces tenía que zurcir, a veces tenía que lavar, otras tenía que colgar unas nuevas cortinas, o clavar un trozo de la alfombra, o escribir una carta o devolver una visita, generalmente a la señorita Baker. Hacia las cinco iba a preparar la cena la mujer mayor que habían contratado para ese propósito, pues Trina estaba por encima de la tarea de preparar tres comidas al día.
Esta mujer era francesa y en la casa la conocían como Augustine. Nadie se había interesado lo suficiente en ella como para preguntarle su apellido; lo único que sabían era que era una lavandera francesa venida a menos, paupérrima, cuyo negocio se había arruinado hacía mucho tiempo por la competencia china. Augustine cocinaba bien, pero en todo lo demás no era nada grata, y Trina perdía la paciencia con ella en todo momento. La característica más marcada de la vieja francesa era su timidez. Trina casi no podía darle una orden sin que Augustine no temblara y se encogiera. Una reprobación, por más suave que fuese, le provocaba una confusión tormentosa, y la furia de Trina la hacía sumirse de inmediato en un colapso nervioso en el que perdía cualquier capacidad de expresión, mientras asentía con la cabeza con un temblor incontrolable de los músculos, muy parecido a las oscilaciones de la cabeza de un burro de juguete. La timidez de Augustine era exasperante, su sola presencia en la habitación hacía que a uno se le pusieran los nervios de punta, y su deseo morboso de no ofender solo servía para desarrollar en ella una torpeza que a veces resultaba increíble. Trina había decidido infinitas veces que no podía soportar más a Augustine, pero había seguido con ella al pensar en sus sopas de col y sus pudines de tapioca, de admirable elaboración, y —lo que a ojos de Trina era el aspecto más recomendable— en el miserable sueldo con que se conformaba.
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Augustine tenía un marido espiritista, un profesor. A veces llevaba a cabo sesiones en las habitaciones más grandes de la casa, en las que tocaba una armónica enérgicamente e invocaba a una parienta a la que llamaba Edna y de quien aseguraba que era una doncella aborigen.
El anochecer era un período de relajación para Trina y McTeague. Cenaban a las seis, después de lo cual McTeague fumaba su pipa y leía los periódicos durante media hora, mientras que Trina y Augustine recogían la mesa y lavaban los platos. Luego, unas veces sí y otras no, salían juntos. Una de sus distracciones era ir al centro cuando ya había anochecido a pasear por Market y Kearney Street. Era muy alegre, y había mucha más gente paseándose. Todas las tiendas estaban muy iluminadas y muchas seguían abiertas. Los dos caminaban sin rumbo, contemplando las vitrinas. Trina se cogía del brazo de McTeague, y él, avergonzadísimo, se metía las dos manos en los bolsillos y fingía no notarlo. Se detenían ante las vitrinas de los joyeros y los sombrereros y les encantaba escoger cosas para el otro, mientras comentaban que elegirían esto o lo otro si fueran ricos. Trina era la que más hablaba; McTeague se limitaba a asentir con un gruñido o un movimiento de la cabeza o de los hombros. A ella le interesaba lo que exhibían algunas de las tiendas baratas; él encontraba un encanto irresistible en una enorme muela con cuatro puntas que colgaba en una esquina de Kearney Street. A veces contemplaban Marte o la Luna a través de los telescopios, o se sentaban un rato en la rotonda de los enormes grandes almacenes donde una banda tocaba todas las noches.
Ocasionalmente, se encontraban con Heise, el fabricante de arneses, y su mujer, con quienes habían entablado una relación. Después concluían la noche los cuatro juntos en el Luxembourg, un restaurante alemán tranquilo que quedaba debajo de un teatro. Trina pedía un tamal y un vaso de cerveza; la señora Heise (una profesora de escritura venida a menos) comía ensaladas y bebía almíbar de granada con pasas de Corinto. Heise bebía cócteles y whisky solo, y apremiaba a McTeague para que lo acompañara. Pero McTeague era terco y sacudía la cabeza.
—No puedo beber esa cosa —decía—. Eso no va conmigo; me pongo un poco loco después de dos vasos. —De modo que se atiborraba de cerveza y salchichas vienesas cubiertas de mostaza alemana.
Tras la inauguración de la Feria Mecánica Anual, McTeague y Trina solían pasar ahí las noches estudiando las exposiciones detenidamente (pues, según Trina, educación significaba saber cosas y ser capaz de hablar
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acerca de ellas). Cuando se cansaban subían a la tribuna y se inclinaban para contemplar desde arriba el inmenso anfiteatro lleno de luces y color y movimiento.
Entonces les llegaba el ruido enorme de miles de pies que se arrastraban y el rugido apagado de las conversaciones, que sonaba como un gran molino. A esto se le sumaba el ronroneo de la maquinaria lejana, el sonido de los chorros de una fuente temporal y los compases de una banda de música, mientras que en la exposición de pianos un intérprete contratado tocaba con gran floritura en un piano de cola. Más de cerca podían oír partes de conversaciones y risas, el ruido de los vestidos que se movían y el crujido de las faldas rígidamente almidonadas. Los escolares se abrían paso a empujones por aquí y por allá entre la multitud, soltando gritos estridentes y con las manos llenas de panfletos de divulgación, abanicos, figuras y fustas de juguete, y el olor a palomitas de maíz invadía el aire.
Incluso pasaban un rato en la galería de arte. Selina, la prima de Trina que daba clases de pintura a veinticinco centavos la hora, solía tener algo expuesto, y a ellos les interesaba verlo. Por lo general se trataba de un ramo de flores amarillas sobre terciopelo negro y con marco dorado. Ellos se quedaban frente al cuadro un rato para aventurar sus opiniones y después avanzaban lentamente de cuadro en cuadro. Trina había hecho que McTeague comprara un catálogo y se había impuesto la obligación de encontrar el título de cada obra. También eso, le decía a McTeague, era un tipo de educación que uno debía cultivar. Trina se preciaba de ser una aficionada al arte; probablemente había adquirido el gusto por la pintura y la escultura en su experiencia con los animales del arca de Noé.
—Por supuesto —le decía al dentista— que no soy una crítica, solo sé qué me gusta.
Sabía que le gustaban las «Cabezas ideales», unas chicas preciosas de pelo color paja, largo y suelto, y enormes ojos dirigidos hacia arriba. Estas siempre llevaban títulos como Ensoñación o Un idilio o Sueños de amor.
—Estos cuadros me parecen preciosos, ¿a ti no, Mac? —decía.
—Sí, sí —respondía McTeague asintiendo con la cabeza, desconcertado, tratando de entender—. Sí, sí, preciosos, así se dice. ¿Estás totalmente segura, Trina, de que todo esto es pintado a mano igual que las amapolas?
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Así pasó el invierno; transcurrió un año, luego dos. La pequeña vida de Polk Street, la vida de los pequeños comerciantes, dependientes de colmados, tenderos de ultramarinos, dueños de papelerías, fontaneros, dentistas, doctores, espiritistas y demás, discurría monótonamente por sus cauces habituales. Los primeros tres años de su vida de casados trajeron pocos cambios en la fortuna de los McTeague. En el tercer verano, la sucursal de Correos se mudó de la planta baja de la casa a una esquina más arriba para estar cerca de la vía por donde pasaban los tranvías del correo. En su lugar se instaló una taberna alemana llamada Wein Stube, pese a las protestas de todas las inquilinas. Unos meses después una auténtica ráfaga de agitación recorrió la calle con ocasión del Festival al Aire Libre de Polk Street, organizado para celebrar la introducción de las luces eléctricas. El festival duró tres días y fue todo un acontecimiento. La calle estaba engalanada con banderitas blancas y amarillas, hubo procesiones y carrozas y bandas de música. Marcus Schouler estuvo en su elemento durante toda la celebración. Era uno de los miembros del desfile, y fue visto a toda hora del día luciendo un sombrero de copa alta y guantes de algodón y galopando sobre los adoquines en un caballo abatido. Llevaba un bastón recubierto de percal blanco y amarillo con el que hacía unos pases y gestos frenéticos. El griterío permanente hizo que su voz se redujera pronto a un susurro, y protestó y fastidió por nimiedades hasta desgastarse. McTeague estaba indignado. Cada vez que Marcus pasaba bajo las ventanas de la casa, el dentista mascullaba: «Ah, te crees muy listo, ¿no?».
El resultado del festival fue la creación de un organismo conocido como el Club de Mejoras de Polk Street, del que Marcus fue elegido secretario. McTeague y Trina solían enterarse del desempeño de Marcus en calidad de secretario por boca de Heise, el fabricante de arneses. Era evidente que había empezado a albergar aspiraciones políticas. Parecía que estaba ganando reputación como hacedor de discursos, los cuales daba con énfasis encendido y a veces aparecían reimpresos en el Progreso, el órgano del club… «Electorados indignados», «opiniones sesgadas por intereses personales», «ojos cegados por los prejuicios del partido», etcétera.
Cada dos semanas, Trina recibía noticias de su familia en cartas de su madre. El negocio de tapicería que el señor Sieppe había comprado no iba bien, y la señora Sieppe lamentaba el día en que había dejado B Street. El
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señor Sieppe perdía dinero todos los meses. Auuguust, quien debía haber ido a la escuela, había sido forzado a trabajar en una tienda recogiendo los desechos. La señora Sieppe tenía que buscar uno o dos inquilinos. Las cosas estaban muy mal. De vez en cuando hablaba de Marcus. El señor Sieppe no se había olvidado de él a pesar de sus problemas y seguía pendiente de alguien con quien Marcus pudiera poner un rancho.
Fue hacia el final de este período de tres años cuando Trina y McTeague tuvieron su primera pelea grave. Trina había hablado tanto acerca de tener una casita propia en un futuro, que McTeague había terminado por contemplar el asunto como fin y objeto de todos sus esfuerzos. Durante mucho tiempo le habían echado el ojo a una casa en particular que quedaba en un cruce muy cercano, entre Polk Street y la gran avenida de una calle más arriba, y casi no había tarde de domingo en que Trina y McTeague no fueran a mirarla. Se quedaban media hora entera al otro lado de la calle, examinando cada detalle exterior, aventurando suposiciones acerca de cómo estarían organizadas las habitaciones y haciendo comentarios sobre el barrio contiguo, que era bastante sórdido. La casa, de dos plantas y de madera, había sido construida por un contratista torpe con un espantoso estilo Reina Ana, lleno de volutas y entramados fútiles y una imitación barata de una vidriera en la lámpara sobre la puerta. Al frente había un patio microscópico lleno de calas polvorientas. La puerta principal contaba con una campana eléctrica. Pero para los McTeague era una casa ideal. Su idea era vivir en esa casita; el dentista conservaría solamente el consultorio en la casa. Los dos sitios estaban a la vuelta de la esquina, de modo que McTeague podría almorzar con su mujer, como siempre, e incluso podría seguir con las citas de las primeras horas de la mañana y volver a casa a desayunar si lo deseaba.
Sin embargo, la casa estaba ocupada. Una familia húngara vivía en ella. El padre tenía un bazar de artículos de papelería y mercería al lado de la tienda de aeneses de Heise en Polk Street, y el hijo mayor tocaba el tercer violín en la orquesta de un teatro. La familia arrendaba la casa sin amueblar por treinta y cinco dólares más el agua.
Pero un domingo, cuando Trina y McTeague volvían a casa después de su paseo habitual y pasaban por el cruce donde estaba la casita, inmediatamente advirtieron un ajetreo inusitado en la acera. Un carro tenía la parte trasera sobre el bordillo; un vagón de mudanzas lleno de muebles
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se puso en marcha; las aceras estaban cubiertas de armazones de camas, espejos y jofainas. La familia húngara se mudaba.
—¡Oh, Mac, mira! —dijo Trina jadeando.
—Sí, sí —masculló el dentista.
Después de eso hablaron muy poco. Se quedaron más de una hora en la acera de enfrente, concentrados en mirar todo lo que sucedía, absortos, ansiosos.
Al día siguiente, al anochecer, fueron a visitarla y disfrutaron enormemente al pasar de un cuarto a otro e imaginarse a sí mismos instalados en ella. Aquí estaría el dormitorio, aquí el salón, aquí una salita encantadora. Cuando volvieron a salir a las escaleras delanteras se encontraron con el dueño, un tipo inmenso y de cara roja, tan gordo que su andar parecía solo un movimiento de sus pies con el que empujaba el estómago delante de sí. Trina habló con él unos minutos pero no llegaron a ningún acuerdo, y se marcharon después de darle al hombre su dirección. Mientras cenaban esa noche, McTeague dijo:
—Trina, ¿qué piensas, eh?
Trina alzó el mentón e inclinó hacia atrás su pesada corona de pelo oscuro.
—No estoy segura aún. Treinta y cinco dólares más agua. Creo que no nos alcanza, Mac.
—¡Ah, vamos! —gruñó el dentista—. Claro que sí.
—No es solo eso —dijo Trina—, también costaría mucho hacer la mudanza.
—Bah, hablas como si fuéramos indigentes. ¿No tenemos cinco mil dólares?
Al instante, Trina se puso roja hasta los lóbulos de sus orejas diminutas y apretó los labios.
—Bueno, Mac, tú sabes que no me gusta que hables así. Ese dinero no se toca nunca, nunca.
—Y además has estado ahorrando un montón —prosiguió McTeague, exasperado con la manía ahorrativa permanente de Trina—. ¿Cuánto dinero tienes en la cajita de latón en el fondo de tu baúl? Casi unos cien dólares, supongo… sí, seguro. —Cerró los ojos y movió la cabezota con un gesto de certeza.
Trina tenía más que eso en la mencionada cajita de latón, pero su instinto acaparador la había llevado a no contárselo a su marido. Y en ese
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momento le mintió con una fluidez inmediata.
—¡Cien dólares! ¿De qué hablas, Mac? ¡No tengo ni cincuenta! ¡No tengo ni treinta!
—Ay, quedémonos con esa casita —la interrumpió McTeague—. Ahora tenemos la oportunidad, y puede que nunca volvamos a tenerla. Vamos, Trina, ¿nos la quedamos? Dime, ¿la alquilamos, eh?
—Tendríamos que ser muy ahorrativos si lo hiciéramos, Mac.
—Pues claro, yo digo que sí.
—No sé —dijo Trina titubeando—. ¿No sería maravilloso tener una casa solo para nosotros? Pero no decidamos hasta mañana.
Al día siguiente, el dueño de la casa fue a verlos. Trina había salido a hacer su compra matutina, y el dentista, como no tenía a nadie en el sillón en ese momento, lo recibió en la clínica. Antes de enterarse de lo que había hecho, McTeague había cerrado el trato. El dueño lo había desconcertado con un mar de frases, le había hecho creer que mudarse a la casita sería un gran ahorro y al final había ofrecido no cobrarle el agua.
—De acuerdo, de acuerdo —dijo McTeague—. Me la quedo.
El otro sacó un papel enseguida.
—Bueno, entonces usted firma por un mes de arriendo y trato hecho.
Así son los negocios, ya sabe.
Y McTeague, titubeando, firmó.
—Me habría gustado hablarlo más con mi mujer —dijo con desconfianza.
—Bah, no se preocupe —dijo el otro con soltura—. Supongo que si el jefe de familia quiere una cosa, eso es suficiente.
McTeague no podía esperar a que llegara el almuerzo para contarle las noticias a Trina. En cuanto la oyó entrar, dejó a un lado el molde de yeso de París que estaba haciendo y pasó a la cocina, donde la encontró cortando cebollas.
—Bueno, Trina —dijo—, tenemos la casa. La he alquilado.
—¿Qué quieres decir? —replicó ella rápidamente.
El dentista le explicó.
—¿Y has firmado un papel por el primer mes de arriendo?
—Claro, claro. Así son los negocios, ya sabes.
—¿Y por qué lo has hecho? —gritó Trina—. Podías haberme preguntado antes. Pero ¿qué has hecho? He estado hablando con la señora Ryer esta mañana cuando salí, y ella me ha dicho que los húngaros se
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mudaron porque era totalmente insalubre; hay agua en el sótano desde hace meses. Y también me ha dicho —continuó Trina indignada— que ella conoce al dueño, y estaba segura de que nos la dejaría en treinta dólares si negociábamos. ¿Y qué has hecho? Yo no me había decidido a arrendar esa casa en absoluto. Y ahora no la pienso alquilar, con el agua en el sótano y todo eso.
—Bueno… pues —tartamudeó McTeague, impotente— no tenemos que mudarnos si es insalubre.
—Pero ¡has firmado un papel! —gritó Trina exasperada—. Tienes que pagar el arriendo de ese primer mes de todos modos, por multa. ¡Ay, eres un estúpido! Treinta y cinco dólares tirados a la basura. No entraré en esa casa; no moveremos ni un pie de aquí. He cambiado de opinión, además hay agua en el sótano.
—Pues supongo que podemos pagar esos treinta y cinco dólares — masculló el dentista—, si tenemos que hacerlo.
—Treinta y cinco dólares tirados a la basura así, sin más —gritó Trina; los dientes le chasqueaban; hasta el último instinto de su mezquindad se había despertado—. Ay, eres el hombre más alelado que haya conocido. ¿Crees que somos millonarios? Ay, pensar en perder treinta y cinco dólares porque sí. —Los ojos se le llenaron de lágrimas, lágrimas de dolor y de furia. McTeague nunca había visto a su mujercita tan agitada. De repente, Trina se puso de pie y tiró la tabla de cortar sobre la mesa—. ¡Pues no pagaré ni un centavo! —exclamó.
—¿Eh? ¿Qué? ¿Qué? —tartamudeó el dentista, sorprendidísimo por ese arrebato.
—Te buscarás el dinero, los treinta y cinco dólares, por tu cuenta. —Pero… pero…
—Es tu estupidez la que nos ha metido en esto, y serás tú quien tenga que sufrir por ello.
—No puedo; no lo haré. Nos… nos dividiremos en partes iguales. Vamos, tú dijiste… tú me dijiste que alquilarías la casa si no nos cobraban el agua.
—Nunca dije eso. Nunca. ¿Cómo puedes decir algo así y quedarte tan ancho?
—¡Tú me lo dijiste! —gritó McTeague, empezando a enfadarse con su mujer.
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—Mac, no te dije eso y tú lo sabes. Es más, no pagaré ni un centavo. El señor Heise paga su cuenta la próxima semana, son cuarenta y cinco dólares, bien puedes sacar de ahí los treinta y cinco.
—Pero ¡tú tienes unos cien dólares ahorrados en tu cajita fuerte! — gritó el dentista, y sacudió un brazo con un gesto torpe—. Tú pagas la mitad y yo pago la mitad, eso es lo justo.
—¡No, no, no! —exclamó Trina—. No son cien dólares. Y no vas a tocarlos; no vas a tocar mi dinero, que lo sepas.
—Ah, ahora resulta que es tuyo, ¿por qué? Me gustaría saberlo.
—¡Es mío! ¡Es mío! ¡Es mío! —chilló Trina; tenía la cara colorada y los dientes le castañeteaban como el chasquido de un bolso que se cierra.
—No es más tuyo que mío.
—Cada centavo me pertenece.
—Ah, vaya lío en el que me has metido —gruñó el dentista—. He firmado el papel con el dueño; así son los negocios, tú lo sabes; y ahora te echas para atrás. Si hubiéramos alquilado la casa nos habríamos dividido el arriendo, ¿no?, tal como hacemos aquí.
Trina se encogió de hombros fingiendo una indiferencia absoluta y se puso a cortar cebollas una vez más.
—Tú arreglarás las cosas con el dueño —dijo—. Es tu problema; tienes el dinero. —Fingió asumir una cierta calma, como si el asunto ya no le incumbiera. Su actitud exasperó a McTeague mucho más.
—¡No lo haré; no lo haré; no lo haré! —bufó—. Yo pagaré mi mitad, y él puede venir a pedirte la otra mitad.
Trina se tapó las orejas para no oír los gritos.
—¡Ah, no te hagas la lista! —gritó McTeague—. Vamos, sí o no, ¿pagarás tu mitad?
—Ya has oído lo que he dicho.
—¿Pagarás?
—No.
—¡Avara! —gritó McTeague—. ¡Avara! Eres peor que el viejo Zerkow. Está bien, está bien, guárdate tu dinero. Yo pagaré los treinta y cinco completos. Prefiero perder ese dinero que ser tan avaro como tú.
—¿No tienes nada más que hacer —replicó Trina— que quedarte aquí insultándome?
—Bueno, por última vez entonces, ¿me ayudarás?
Trina cortó las cabezas de un nuevo ramo de cebollas y no respondió.
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—¿Eh? ¿Me ayudarás?
—Quisiera poder estar sola en mi cocina, por favor —dijo con un tono afectado, irritante hasta la médula. El dentista salió pisando fuerte y cerró la puerta de un portazo.
La brecha entre los dos permaneció abierta casi toda una semana. Trina solo hablaba al dentista con monosílabos, mientras que él, exasperado por la serenidad y la cautela frígida de su mujer, se enfurruñaba en la clínica, donde mascullaba cosas terribles detrás del bigote o se consolaba con su concertina, tocando las seis melodías lúgubres una y otra vez, o le decía unas palabrotas espantosas al canario. Cuando Heise pagó la cuenta, McTeague, encolerizado, le envió la suma al dueño de la casa.
No hubo una reconciliación formal entre el dentista y su mujercita. Las cosas se reajustaron por sí mismas a la fuerza. Hacia el final de la semana se mostraban tan cordiales como siempre, pero tardaron un buen tiempo en volver a hablar de la casita. Tampoco volvieron a visitarla los domingos por la tarde. Cerca de un mes después, los Ryer les contaron que el dueño se había mudado a ella. Los McTeague nunca la ocuparon.
Pero Trina sufrió una reacción después de la pelea. Empezó a lamentarse por haberse negado a ayudar a su marido, por haber hecho que las cosas llegaran hasta ese punto. Una tarde, mientras trabajaba en los animales del arca de Noé, se sorprendió a sí misma llorando por el asunto. Amaba demasiado a su viejo oso como para ser injusta con él, y quizá, después de todo, se había equivocado. Entonces pensó en lo bonito que sería aproximársele por detrás, inesperadamente, y ponerle el dinero, treinta y cinco dólares, en la mano, y acercar a ella su cabezota y besarle la calvita como solía hacerlo en los días antes de casarse.
Después titubeó y paró de trabajar; el cuchillo cayó en su regazo, una figurita a medio tallar quedó entre sus dedos. Si no los treinta y cinco dólares, al menos quince o dieciséis, la parte que le correspondía. Pero en su interior se despertó una sensación de renuencia, una sublevación repentina en contra de su decidida generosidad.
«No, no —se dijo a sí misma—. Le daré diez dólares. Le diré que eso es lo único que me alcanza. Eso es lo único que me alcanza».
Se apresuró a terminar la figura del animal en la que estaba trabajando, le puso las orejas y la cola con una gota de pegamento y la echó en el cesto a su lado. Luego se levantó, fue al dormitorio y abrió el baúl después de sacar la llave de debajo de una esquina de la alfombra donde la escondía.
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Bien al fondo, debajo del vestido de novia, guardaba sus ahorros. Estaba todo en monedas; medios dólares y dólares en su mayoría, aquí y allá una moneda de oro. La cajita fuerte de latón se había desbordado hacía mucho tiempo. Trina guardaba el excedente en una bolsa de gamuza que había hecho con una vieja pechera. Justo entonces, cediendo ante un impulso que solía invadirla, sacó la cajita y la bolsa de gamuza, vado el contenido en la cama y lo contó con cuidado. Había ciento sesenta y cinco dólares en total. Lo contó y volvió a contarlo, hizo torres y lustró las monedas de oro con los pliegues del delantal hasta sacarles brillo.
—Ah, sí, diez dólares es todo lo que puedo darle a Mac, e incluso así, vamos, diez dólares… necesitaré cuatro o cinco meses para poder ahorrarlos de nuevo. Pero mi querido viejo Mac, yo sé que le alegraría, y quizá —añadió de repente al pensar en esa idea—, quizá rehúse aceptarlo.
Cogió una moneda de diez dólares del montón y guardó el resto. Luego se detuvo. «No, la de oro no —se dijo a sí misma—. Es demasiado bonita. Puedo darle unas de plata». Hizo el cambio y contó diez monedas de plata sobre la palma. ¡Pero cómo cambiaba el aspecto y el peso de la bolsita de gamuza! Se había encogido y mermado; unas arrugas largas se prolongaban hacia abajo desde el cordón. Era una imagen deplorable. Trina contempló con ojos nostálgicos las diez monedas que tenía en la mano. Entonces, de repente, el deseo intuitivo de ahorrar, su instinto de acumular, su amor al dinero por el dinero creció con fuerza en su interior.
«No, no, no. No puedo hacerlo. Puede que sea tacaña, pero no puedo evitarlo. Es más fuerte que yo». Volvió a meter el dinero en la bolsa, la guardó junto con la cajita de latón dentro del baúl e hizo girar la llave con un largo suspiro de satisfacción.
No obstante, al regresar al salón y retomar el trabajo se sintió un poco inquieta.
«Yo no era tan agarrada —se dijo—. Desde que gané la lotería me he vuelto muy mezquina. Y cada vez lo soy más, pero no importa, es un buen defecto, y de todos modos no puedo evitarlo».
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CIERTA mañana en particular, los McTeague se levantaron media hora antes de lo habitual y desayunaron a toda prisa en la cocina sobre la mesa de pino con su mantel de hule. Trina estaba limpiando las habitaciones esa semana y tenía el presentimiento de que le esperaba un arduo día de trabajo; McTeague había recordado que le había dado cita a las siete a un pequeño zapatero alemán.
Hacia las ocho, cuando el dentista llevaba ya más de una hora en el consultorio, Trina salió del dormitorio con la cabeza envuelta en una toalla y el cepillo en la mano, cubrió la cómoda y la máquina de coser con sábanas y descolgó las cortinas de felpilla que separaban el dormitorio del salón. Al atar las cortinas de encaje de Nottingham con grandes nudos, vio a la vieja señorita Baker en la acera de enfrente y abrió la ventana para llamarla.
—Oh, ¡es usted, señora McTeague! —gritó la modista jubilada, mirando hacia arriba. Entonces empezó una larga conversación. Trina, con los brazos cruzados debajo del pecho, los codos apoyados en el alféizar y con ganas de no hacer nada un rato; la vieja señorita Baker, con la cesta de la compra en el brazo y las manos envueltas en los bordes del chal de estambre para protegerse del frío de las primeras horas de la mañana.
Charlaron, gritándose de la ventana al bordillo; el aliento salía de sus labios en débiles bocanadas de vapor, sus voces sonaban chillonas y más altas para dominar el clamor de la calle que despertaba. Los vendedores de periódicos ya habían hecho su aparición junto con los jornaleros. Los tranvías habían empezado a llenarse; por toda la calle podían verse los tenderos alzando las persianas; algunos seguían desayunando. De vez en cuando un camarero de uno de los restaurantes baratos pasaba de una acera a la otra, balanceando en una mano una bandeja cubierta por una servilleta.
—¿No ha salido hoy muy temprano, señorita Baker? —gritó Trina.
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—No, no —contestó la otra—. Siempre me levanto a las seis y media, pero no siempre salgo tan temprano. Quería comprar una buena col y unas lentejas para una sopa, y si uno no va al mercado temprano, los restaurantes se quedan con lo mejor.
—¿Y ya ha ido al mercado, señorita Baker?
—Pues sí, y he comprado un pescado… un lenguado… mire.
—Sacó de la cesta el lenguado en cuestión.
—¡Oh, qué lenguado más precioso! —exclamó Trina.
—Se lo he comprado a Spadella, él siempre tiene buen pescado los viernes. ¿Cómo está el doctor, señora McTeague?
—Ah, Mac siempre está bien, gracias, señorita Baker.
—La señora Ryer me ha contado —gritó la pequeña modista y se movió hacia adelante para darle paso a un instalador de vidrios— que el doctor McTeague le sacó un diente al cura católico, el padre… oh, no recuerdo cómo se llama… en todo caso, le sacó el diente con los dedos. ¿Es eso cierto, señora McTeague?
—Ah, claro que sí. Ahora Mac lo hace casi siempre, sobre todo con los dientes frontales. Eso le ha dado muy buena reputación. Él dice que le ha traído más pacientes que el anuncio que le regalé —añadió señalando la gran muela dorada que colgaba de la ventana del consultorio.
—¡Con los dedos! Vaya, es increíble —exclamó la señorita Baker meneando la cabeza—. ¡Qué fuerza tiene! Es maravilloso. ¿Haciendo la limpieza hoy? —preguntó, mirando la toalla en la cabeza de Trina.
—Ajá —respondió Trina—. María Macapa vendrá a ayudarme dentro de poco.
Ante la mención del nombre de María, la pequeña modista soltó una exclamación repentina.
—Pero bueno, si estoy aquí hablando con usted y he olvidado algo que me moría por contarle. Señora McTeague, ¿sabe qué? María y el viejo Zerkow, el polaco judío de pelo rojo, el ropavejero, ya sabe quién, van a casarse.
—¡No! —gritó Trina asombradísima—. ¿En serio?
—En serio. ¿No es lo más gracioso que ha oído?
—Ay, cuéntemelo todo —dijo Trina, y se inclinó ansiosamente sobre la ventana. La señorita Baker cruzó la calle y se puso justo debajo de ella.
—Pues María vino a verme anoche y quería que le hiciera un vestido nuevo, dijo que quería uno alegre, como los que usan las chicas de la
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confitería cuando salen con sus chicos. Yo no entendía qué bicho le había picado, hasta que finalmente me dijo que quería algo para ponerse en su matrimonio, que Zerkow le había pedido que se casara con él y que ella había aceptado. ¡Pobre María! Supongo que es la primera y única vez que se lo han pedido, y eso la ha trastornado.
—Pero ¿qué ven esos dos el uno en el otro? —gritó Trina—. Zerkow es un horror. Es un viejo, y tiene el pelo rojo y se ha quedado sin voz, y además es judío, ¿no?
—Lo sé, lo sé, pero es la única oportunidad que María tiene de conseguir marido, y no piensa dejarla escapar. Usted sabe que no está muy bien de la cabeza, de todos modos. Yo lo siento muchísimo por la pobre María. Pero no entiendo por qué Zerkow quiere casarse con ella. Es imposible que esté enamorado de María, no hay duda. Además, María no tiene dónde caerse muerta, y estoy segura de que él tiene mucho dinero.
—Ya sé por qué —exclamó Trina con una convicción repentina—; sí, ya sé por qué. Mire, señorita Baker, usted sabe que el viejo loco de Zerkow anda siempre detrás del dinero y el oro y ese tipo de cosas.
—Sí, lo sé, pero usted sabe que María no tiene…
—Bueno, escuche. Usted ha oído hablar a María de esa maravillosa vajilla de oro que dice que sus padres tenían en Centroamérica; ella enloquece con ese tema, ¿recuerda? Está cuerda en cuanto a todo lo demás, pero póngala a hablar de esa vajilla de oro y le hablará hasta el cansancio. Puede describirla como si la viera, y puede hacer que uno la vea también, casi. Pues verá, María y Zerkow han llegado a conocerse muy bien. María va a verlo cada dos semanas más o menos para venderle trastos; así se conocieron, y yo sé que María ha ido a verlo con mucha frecuencia este año, y a veces él viene a verla a ella. Ha hecho que le cuente la historia de esa vajilla una y otra y otra vez, y María se la cuenta y se alegra de hacerlo, porque él es el único que se la cree. Ahora va a casarse con ella para poder oír la historia todos los días, a toda hora. Está casi tan loco como ella en lo que a eso se refiere. Son toda una pareja, ¿o no? Ambos locos por un montón de platos que nunca existieron. A lo mejor María se casa con él porque es su única oportunidad de conseguir marido, pero estoy segura de que es más porque así puede hablar con alguien que cree su historia. ¿No le parece que tengo razón?
—Sí, sí, supongo que tiene razón —reconoció la señorita Baker.
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—Pero es una pareja rara, se mire como se mire —dijo Trina, meditabunda.
—Ah, usted lo ha dicho —contestó la otra asintiendo con la cabeza. Se hizo el silencio. Durante un largo rato, la mujer del dentista y la modista jubilada, una en la ventana y la otra en la acera, se quedaron absortas, pensando en lo extraño del asunto.
Pero algo las distrajo de repente. Alexander, el setter irlandés de Marcus, a quien su dueño le había dado la libertad de correr por el barrio, giró por la esquina con brío y trotó por la acera donde estaba la señorita Baker. En ese mismo momento, el pastor escocés que alguna vez perteneciera a la sucursal de Correos salió por la verja lateral de una casa a menos de quince metros de distancia. Los dos enemigos se reconocieron al instante. Se detuvieron con brusquedad y plantaron las patas delanteras rígidamente. Trina soltó un gritito.
—Oh, tenga cuidado, señorita Baker. Esos dos perros se odian como si fueran humanos. Mejor tenga cuidado. Seguramente van a pelearse.
La señorita Baker se refugió en un vestíbulo cercano, desde donde contempló la escena con mucho interés y curiosidad. La cabeza de María Macapa asomó por una de las ventanas del último piso de la casa y emitió un chillidito. Hasta la silueta enorme de McTeague apareció por encima de los visillos de las ventanas de la clínica, y sobre sus hombros podía verse el rostro del paciente con un babero metido en el cuello y el dique de goma pendiendo en su boca. Toda la casa estaba enterada de la enemistad entre los perros, pero el par nunca se había encontrado cara a cara.
Entretanto, el pastor y el setter se acercaron y se detuvieron como por un acuerdo natural cuando estuvieron a metro y medio de distancia. El pastor giró de lado hacia el setter; el setter giró de costado hacia el pastor. Sus colas se elevaron y se tensaron; alzaron los labios por encima de los colmillos largos y blancos, los pelos de la nuca se les erizaron, y se mostraron mutuamente el blanco salvaje de sus ojos mientras respiraban con gruñidos prolongados y ásperos. Parecían la personificación de la furia y el odio insatisfecho. Entonces empezaron a rodearse mutuamente con una lentitud infinita, caminando con las patas rígidas sobre los puros extremos de sus garras. Luego se dieron la vuelta y empezaron a girar en la dirección contraria. Repitieron este giro dos veces; sus gruñidos se intensificaron. Pero seguían sin encontrarse, y la distancia de metro y medio que los separaba se mantuvo con una precisión casi matemática. Era
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algo espléndido, pero no era la guerra. Luego, el setter se detuvo y apartó la cabeza lentamente. El pastor olisqueó el aire y fingió estar interesado en un viejo zapato que yacía en la alcantarilla. Poco a poco, y con toda la dignidad de unos monarcas, se alejaron. Alexander regresó altivamente a la esquina de la calle. El pastor regresó impacientemente a la verja lateral por donde había salido, fingiendo haber recordado algo muy importante. Desaparecieron. En cuanto se perdieron de vista mutuamente, empezaron a ladrar con furia.
—¡Increíble! —exclamó Trina indignadísima—. Por la forma como se han estado comportando esos dos, uno pensaría que se habrían hecho pedazos a la menor oportunidad, y heme aquí perdiendo toda la mañana… —Cerró la ventana de un golpazo.
—¡Ataca, ataca! —gritó María Macapa en un intento vano por promover una pelea.
La vieja señorita Baker salió del vestíbulo frunciendo los labios, bastante molesta por el fiasco.
—Después de tanto escándalo —se dijo a sí misma, ofendida.
La pequeña modista compró un sobre de semillas de capuchina en la floristería y regresó a su habitación diminuta en la casa. Pero cuando iba subiendo despacio por el primer tramo de escaleras, de repente se encontró cara a cara con el viejo Grannis, quien iba bajando. Eran entre las nueve y las diez, y él se dirigía a su pequeña clínica para perros, sin duda. El temor invadió a la señorita Baker de inmediato, sus ricitos falsos se agitaron, sus mejillas arrugadas se ruborizaron tenuemente —muy tenuemente—, y el corazón le latió con tal violencia debajo del chal de estambre que se sintió obligada a pasarse la cesta de la compra al otro brazo y sujetarse del pasamanos con la mano libre.
Por su parte, el viejo Grannis se sintió inmediatamente abrumado por la confusión. Su torpeza pareció paralizarle las piernas; los labios le temblaron y se le secaron; se llevó la mano trémula al mentón. Pero lo que intensificó la vergüenza espantosa de la señorita Baker en esta ocasión fue el hecho de que el viejo inglés la viera de esa forma, cargando la infame cesta de la compra llena con un pescado y una col infames. Parecía que una suerte maliciosa insistía en juntar cara a cara a los dos viejos en los momentos más inoportunos.
Sin embargo, en ese preciso momento sucedió una verdadera catástrofe. La pequeña y vieja modista se pasó la cesta al otro brazo justo
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en el momento equivocado, y el viejo Grannis, al precipitarse para pasar y quitarse el sombrero en un saludo apresurado, golpeó la cesta con el antebrazo y la tumbó. La cesta cayó rodando y rebotando por las escaleras, el lenguado se estampó sobre el primer rellano, las lentejas se desparramaron por toda la escalera, y la col descendió ruidosamente saltando de escalón en escalón hasta chocar contra la puerta de la calle con un golpe que retumbó por toda la casa.
La pequeña modista, terriblemente desconcertada, nerviosa y avergonzada, tuvo que esforzarse para contener las lágrimas. El viejo Grannis se quedó quieto un momento, apartando la vista y murmurando:
—Oh, lo siento, lo siento. De verdad… perdone, de verdad… de verdad.
Marcus Schouler, que bajaba de su cuarto, salvó la situación. —Hola, señores —gritó—. ¡Caray! Se ha volcado su cesta… Sí, es un hecho. Vamos, recojámosla.
Él y el viejo Grannis subieron y bajaron por la escalera y recogieron el pescado, las lentejas y la col tristemente aporreada.
Marcus estaba furioso por la pusilanimidad de Alexander, de la que le acababa de hablar María.
—Lo cortaré en dos con el látigo —gritó—. Lo haré, lo haré, sí, señor, es un hecho. Conque no ha querido pelear, ¿eh? Le daré todas las peleas que quiera, perro callejero, sarnoso y asqueroso. Si no pelea, no come. Cogeré a la cría del toro del carnicero, los meteré a los dos en una bolsa y la agitaré. Lo haré, es un hecho, y supongo que A Zec peleará. Vamos, señor Grannis. —Y se llevó al viejo inglés.
La pequeña señorita Baker corrió a su habitación y se encerró. Estuvo agitada y alterada el resto del día, y escuchó atentamente hasta que el viejo Grannis regresó esa tarde. Este se puso a trabajar de inmediato en la encuadernación de The Breeder and Sportsmany números atrasados de The Nation. Ella lo oyó acercar suavemente a la pared la silla y la mesa en la que había puesto la pequeña máquina de encuadernar, así que hizo lo mismo enseguida y se preparó una taza de té. A lo largo de todo ese anochecer, los dos viejos se acompañaron mutuamente a su modo propio y peculiar. «Anocheciendo juntos», así había empezado a llamarlo la señorita Baker. Que los hubieran presentado, que incluso se hubieran visto forzados a hablarse, no había cambiado nada en sus respectivas posiciones. Habían vuelto a sus viejas costumbres casi de inmediato, totalmente
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incapaces de vencer su timidez, de dominar la vergüenza sofocante que los invadía en presencia del otro. Era una especie de hipnotismo, algo más fuerte que ellos. Pero no estaban del todo descontentos con la forma en que habían resultado las cosas. Era su pequeño idilio, el último, y lo estaban viviendo con un goce supremo y una satisfacción apacible.
Marcus Schouler seguía viviendo en su vieja habitación arriba de los McTeague, pero lo veían muy poco. Muy de vez en cuando, el dentista o su mujer se lo encontraban en las escaleras de la casa. Él se detenía a veces y hablaba con Trina para preguntar por los Sieppe y saber si el señor Sieppe ya se había enterado de alguien con quien él, Marcus, pudiera poner un rancho. A McTeague apenas lo saludaba con la cabeza. La pelea entre los dos hombres no se había arreglado por completo. Ahora al dentista le parecía imposible que Marcus hubiera sido su amigo en algún momento, que alguna vez hubieran dado largos paseos juntos. Se lamentaba de haber atendido gratis a Marcus por un dolor de muelas mientras que este le había recordado diariamente que su renuncia a su chica —la chica que había ganado una fortuna— había sido el gran error de su vida. Marcus había visitado a Trina solo una vez después de la boda, en un momento en que sabía que McTeague estaría fuera. Trina le había enseñado las habitaciones y le había contado, inocentemente, lo felices que eran ahí. Marcus había salido casi enfermo de envidia; el rencor que sentía hacia el dentista —y hacia sí mismo en realidad— no conocía fronteras. «¡Y podrías haberlo tenido todo para ti mismo, Marcus Schouler! — masculló para sí en las escaleras—. ¡Zopenco, maldito idiota!»
Entretanto, Marcus había empezado a involucrarse en la política del distrito. Al descubrir que como secretario del Club de Mejoras de Polk Street —que en poco tiempo se convirtió en todo un acontecimiento y empezó a asumir proporciones de una maquinaria política republicana— podía ganar un poco, un poquito más de lo necesario para vivir, renunció de inmediato a su trabajo como asistente del viejo Grannis en la clínica para perros. Sentía que necesitaba una esfera más amplia, y ya le había echado el ojo a un lugar conectado con la perrera municipal. Durante la gran huelga de los ferrocarriles, consiguió que lo contrataran como ayudante del sheriff y pasó una semana memorable en Sacramento, donde se vio envuelto en más de una terrible refriega con los huelguistas. Marcus tenía esa susceptibilidad y esa agudeza apasionada para ofenderse que en su clase se tiene por valentía. Pero, cualesquiera que fueran sus motivos,
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no se podía dudar ni un segundo de su prontitud para enfrentar el peligro. Después de la huelga regresó a Polk Street, donde se entregó al Club de Mejoras en cuerpo, corazón y alma, y en poco tiempo se convirtió en una de sus figuras dirigentes. En cierta elección local, en la que se jugaba un enorme contrato de adoquinado, el Club se hizo sentir en el distrito, y Marcus manejó sus cartas y movió los hilos de tal forma que al final consiguió cuatrocientos dólares de más.
Cuando McTeague salió de la clínica al mediodía del día en que Trina había oído la noticia del futuro matrimonio de María Macapa, encontró a su mujer quemando café en una pala en el salón. Por más que lo intentara, Trina no lograba erradicar de sus habitaciones un olor leve e indefinible, particularmente desagradable para ella. El olor de los químicos del fotógrafo persistía pese a todo lo que hiciera para combatirlo. Quemaba pastillas y yesca china e incluso café en una pala, como en ese momento, pero en vano. En realidad, la única desventaja de su hogar encantador era ese desagradable olor generalizado que lo invadía… un olor que se desprendía en parte de los químicos del fotógrafo, en parte de guisar en la pequeña cocina y en parte del éter y la creosota de la consulta.
Cuando McTeague entró a almorzar en esta ocasión, encontró que la mesa ya estaba puesta. Había un mantel rojo con flores blancas, y en cuanto tomó asiento, su mujer dejó la pala en una silla y llevó el bacalao estofado y la chocolatera. Al meter el babero entre el enorme cuello de su camisa, McTeague miró distraídamente a su alrededor con los ojos entornados.
Durante los tres años de su vida de casados, los McTeague habían añadido muy pocas cosas a su mobiliario; Trina afirmaba que no les alcanzaba. El salón podía vanagloriarse apenas de tres adornos nuevos. Sobre el órgano colgaba el certificado de matrimonio en un marco negro. Lo equilibraban por un lado el ramo nupcial de Trina en un marco de cristal, conservado por algún proceso temible, y al otro la fotografía de Trina y el dentista con sus galas nupciales. Esta última era algo muy especial, y había sido tomada inmediatamente después de la boda, cuando el traje de McTeague todavía estaba nuevo y antes de que las sedas y el velo de Trina perdieran su rigidez. Representaba a Trina, con el velo echado hacia atrás, sentada muy erguida en un sillón rojo, con los codos pegados a los lados, sosteniendo el ramo de flores derecho delante de ella. El dentista estaba de pie a su lado, con una mano sobre el hombro de
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Trina, la otra metida en el pecho de su levita, la barbilla en alto, la mirada desviada hacia un lado y el pie izquierdo hacia adelante con la actitud de la estatua de un secretario de Estado.
—Oye, Trina —dijo McTeague con la boca llena de bacalao—, Heise ha venido a verme esta mañana. Y me ha dicho: «¿Qué tal si hacemos un pícnic en Schuetzen Park el próximo martes?». Tú sabes que los empapeladores estarán en la clínica todo el día, así que tendré el día libre. Por eso a Heise se le ocurrió la idea. Me ha dicho que también propondrá a los Ryer que vengan. Es el aniversario de su matrimonio. Le diremos a Selina que venga; puede reunirse con nosotros al otro lado. Anda, vamos, ¿sí?
Trina no había olvidado su obsesión por los pícnics familiares, una de las costumbres más preciadas de los Sieppe, pero ahora había otras cosas en qué pensar.
—No sé si podemos permitírnoslo este mes, Mac —dijo mientras servía el chocolate—. La próxima semana tengo que pagar la cuenta del gas, y en algún momento tendremos que pagar el empapelamiento del consultorio.
—Ya lo sé, ya lo sé —respondió su marido—. Pero esta semana he tenido un nuevo paciente; le empasté dos molares y un incisivo superior en la primera cita, y va a traer a sus hijos. Es un barbero de la manzana siguiente.
—Bueno, tú pagas la mitad entonces —dijo Trina—. Costará por lo menos tres o cuatro dólares; y ojo, que los Heise paguen sus propios billetes de ida y vuelta, Mac, y cada uno lleve su propio almuerzo. Sí — añadió después de una pausa—, escribiré a Selina para que nos acompañe. No la he visto en meses. Sin embargo, supongo que tendré que prepararle un almuerzo —reconoció—, como la vez pasada, pues ahora vive en una pensión y le arman un escándalo por hacerse un almuerzo.
En esa época del año —era mayo— podían contar con un buen clima, y aquel martes fue todo lo que habrían podido desear. A las nueve se reunieron en el muelle del transbordador, cargados de cestas. Los McTeague fueron los últimos en llegar; Ryer y su mujer ya habían embarcado. En la sala de espera se encontraron con los Heise.
—¡Hola, doctor! —gritó el fabricante de arneses cuando se acercaron los McTeague—. Esto es lo que se llama un pícnic de viejos amigos, todos casados esta vez.
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Cuando arrancó el barco se reunieron en la cubierta superior y se sentaron a escuchar la banda de músicos italianos, que esa mañana tocaba en el exterior por lo agradable que estaba el clima.
—Ah, ¡nos divertiremos mucho! —gritó Trina—. Si hay algo que me encante son los picnics. ¿Te acuerdas de nuestro primer pícnic, Mac?
—Claro, claro —contestó el dentista—; comimos una trufa de Gotha. —Y August perdió su barco a vapor —añadió Trina—, y papá le dio
un sopapo. Lo recuerdo perfectamente.
—Caramba, mirad —dijo la señora Heise señalando con la cabeza una figura que se acercaba a la escalerilla—. ¿No es ese el señor Schouler?
Era Marcus, realmente. Al verlos, se quedó mirándolos boquiabierto y después corrió hacia ellos con los ojos bien abiertos.
—¡Caray! —exclamó agitadamente—. ¿Qué pasa? ¿Adónde vais todos juntos? Vaya, ¿no es raro que nos encontremos todos de esta forma? — Hizo grandes reverencias histriónicas ante las tres mujeres, le dio la mano a su prima Trina y se volvió hacia los hombres del grupo—. Qué gusto verlo, señor Heise. ¿Qué tal, señor Ryer?
Al dentista, quien había formulado una especie de saludo reticente, lo ignoró por completo. McTeague se reclinó en su silla, gruñendo inarticuladamente detrás del bigote.
—Bueno, bueno, ¿qué pasa? —gritó Marcus de nuevo.
—¡Un pícnic! —exclamaron las tres mujeres al tiempo. Y Trina añadió —•: Vamos al viejo Schuetzen Park de siempre. Pero tú vas muy arreglado, primo Mark; parece que también vas a algún lado.
En efecto, Marcus se había vestido con mucho esmero. Llevaba un nuevo par de pantalones azul pizarra, un chaqué negro y una corbata de batista blanca (que para él era el símbolo de la elegancia máxima). También llevaba su bastón, una delgada vara de ébano con empuñadura de oro que el Club de Mejoras le había entregado en reconocimiento por sus servidos.
—Así es, así es —dijo Marcus con una sonrisilla—. Yo también me he tomado un descanso el día de hoy. Tengo que resolver un asunto en Oakland y pensé que podría pasar después por B Street y ver a Selina. No la he visitado…
Todos soltaron una exclamación.
—Pues Selina viene con nosotros.
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—Se reunirá con nosotros en la estación de Schuetzen Park —explicó Trina.
El asunto en Oakland era mentira. Marcus cruzaba la bahía esa mañana exclusivamente para ver a Selina. Había empezado a verse con ella poco después del matrimonio de Trina y había estado cortejándola intensamente desde entonces, deslumbrado y atraído por sus habilidades, ante las cuales fingía un gran respeto. Se sintió realmente decepcionado ante la idea de no ver a Selina en esa ocasión, y el desconcierto adoptó de inmediato la forma de su exasperación contra McTeague. Todo era culpa del dentista. Ah, McTeague se metía ahora entre él y Selina así como se había metido entre él y Trina. Debía estar atento, maldición, para ver cómo lo engañaba ahora. El rostro se le encendió al instante y miró con furia al dentista, quien, al leer su mirada, volvió a refunfuñar detrás del bigote.
—Bueno —empezó a decir la señora Ryer con cierta vacilación y mirando a Ryer en busca de aprobación—, y ¿por qué no viene Marcus con nosotros?
—¿Por qué no?, claro —exclamó la señora Heise haciendo caso omiso de los enérgicos codazos de su marido—. Creo que tenemos suficiente comida, ¿no le parece, señora McTeague?
Puesto que la idea la atraía, Trina no pudo más que estar de acuerdo. —Pero claro, primo Mark —dijo—; por supuesto, ven con nosotros si
te apetece.
—Pues claro que sí —gritó Marcus, quien se había entusiasmado al instante—. Vaya, esto es fenomenal; lo es, es un hecho; un pícnic… oh, sí… y nos reuniremos con Selina en la estación.
Justo cuando el barco iba pasando por Goat Island, el fabricante de arneses propuso que los hombres bajaran al bar que estaba en la cubierta inferior a tomar unas copas. La idea tuvo un éxito inmediato.
—Me apunto —dijo Ryer.
—¡Una copa, caray! Sí, señor, una copa, es un hecho.
—Claro, claro, una copa, así se dice.
En el bar, Heise y Ryer pidieron cócteles. Marcus pidió un créme Yvette para sorprender a los demás. El dentista pidió un vaso de cerveza.
—¡Eh! Escuchadme —exclamó Heise de pronto cuando cogieron los vasos—. Escuchadme, señores —se volvió hacia Marcus y el dentista—. Vosotros dos habéis tenido una rencilla durante el último año más o menos, ¿por qué no os dais la mano y lo dejáis de una vez?
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Enseguida, McTeague se sintió invadido por una gran sensación de magnanimidad y alargó su enorme mano.
—No tengo nada contra Marcus —masculló.
—Bueno, darse la mano no hace ningún daño —admitió Marcus un poco avergonzado cuando sus manos se tocaron—. Supongo que está bien.
—Así se hace —exclamó Heise, encantado con su éxito—. Vamos, muchachos, ahora bebamos.
Sus codos se doblaron y bebieron en silencio.
El pícnic de ese día fue muy alegre. Nada había cambiado en Schuetzen Park desde el otro pícnic memorable de los Sieppe hacía cuatro años. Después del almuerzo, mientras Selina, Trina y las otras dos mujeres recogían los platos, los hombres se fueron al polígono de tiro. Una hora más tarde, se reunieron con ellas de muy buen ánimo. Ryer había ganado la competición improvisada con una puntuación muy buena, que incluía tres dianas, mientras que McTeague no había sido capaz de dar siquiera en el blanco.
Esta competición despertó un espíritu de rivalidad entre los hombres, que se pasaron el resto de la tarde haciendo pruebas atléticas. Las mujeres, sentadas en la pendiente de césped, con sus sombreros y guantes a un lado, los contemplaban mientras se esforzaban por ganar. Ellos, excitados por los grititos femeninos de asombro y los aplausos de sus manos desnudas, empezaron a lucirse de inmediato. Se quitaron los abrigos y los chalecos e incluso las corbatas y los cuellos, y bregaron hasta quedar empapados de sudor con tal de impresionar a sus mujeres. Hicieron carreras de cien metros lisos en la pista de ceniza y ejecutaron torpes hazañas en los ruedos y en las barras paralelas. Incluso encontraron una piedra enorme y redonda en la playa y se dedicaron a lanzarla un rato. Cuando se trataba de habilidad, Marcus era el mejor de los cuatro, pero la fuerza descomunal del dentista, su fuerza bruta, cándida y burda, produjo gran asombro en todo el grupo. McTeague cascó nueces inglesas —sacadas de las cestas del almuerzo— con el cuenco de su brazo, y lanzó la piedra dos metros más allá de la mejor marca. Heise creía tener unas muñecas especialmente fuertes, pero el dentista hizo girar con una sola mano un bastón que el fabricante de aeneses sostenía con las dos, y casi le tuerce el brazo. Después se dedicó a levantar pesas e hizo barras hasta hacerles creer que nunca se cansaría.
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El gran éxito se le iba subiendo a la cabeza; se pavoneaba de un lado a otro frente a las mujeres, sacando pecho y con la enorme boca dilatada en una permanente sonrisa triunfal. A medida que fue sintiendo más y más su fuerza, el dentista empezó a abusar de ella; avasallaba a los otros, de repente los cogía del brazo hasta que se retorcían de dolor, y a Marcus le dio una palmada en la espalda que lo dejó boquiabierto y asfixiado. La vanidad infantil del grandullón era tan obvia como la de un escolar. Empezó a contar las maravillosas proezas de fuerza que había hecho cuando era joven. Vaya, una vez había derribado a una novilla que estaba a medio crecer con un puñetazo entre los ojos, seguro, y la novilla se había quedado rígida, se había estremecido y había muerto antes de volver a levantarse.
McTeague contó esta historia una y otra vez. Durante toda la tarde podía oírsele contando su hazaña a quienquiera que le escuchara, exagerando el efecto de su golpe, inventando unos detalles aterradores. Vaya, la novilla había echado espuma por la boca y se le habían salido los ojos —ah, seguro, se le habían salido los ojos—, y el carnicero había dicho que el cráneo estaba todo destrozado —destrozado, seguro, así se dice— como si le hubieran dado con un mazo.
A pesar de la reconciliación en el barco, los alardes y las fantochadas del dentista hicieron que la cólera de Marcus se intensificara. Cuando McTeague lo golpeó en la espalda, Marcus se retiró a cierta distancia mientras recuperaba el aliento y lo fulminó ferozmente con la mirada, mientras el otro se paseaba dando grandes zancadas, regodeándose ante las miradas de admiración de las mujeres.
—Ah, dentista de poca monta —masculló entre dientes—. Ah, sacamuelas, matavacas, ya verás, estercolero grandullón, tú… tú… ¡matavacas! —Cuando volvió a reunirse con los demás, los encontró preparándose para un combate de lucha.
—Os propongo una cosa —dijo Heise—: hagamos un torneo. Yo lucho contra Marcus y el doc contra Ryer, y después los ganadores entre sí.
Las mujeres aplaudieron emocionadas. La cosa prometía. Trina gritó:
—Mejor dame tu dinero, Mac, y tus llaves, para que no se te caigan de
los bolsillos.
Los hombres dieron sus objetos de valor a sus mujeres y empezaron al instante.
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El dentista derribó a Ryer sin siquiera cambiar de llave. Marcus y el fabricante de arneses lucharon unos minutos hasta que Heise resbaló de repente sobre un poco de hierba y cayó hacia atrás. Mientras caían, Marcus se zafó de debajo de su contrincante y, cuando aterrizaron en el suelo, le empujó primero un hombro y después el otro.
—De acuerdo, de acuerdo —resolló el fabricante de arneses de buena gana—. Tocado —añadió al levantarse.
La competición entre McTeague y Marcus prometía ser interesante. El dentista, por supuesto, tenía una enorme ventaja en cuanto a la fuerza, pero Marcus se enorgullecía de su forma de luchar y sabía un poco de llaves al cuello y medias-nelsons. Los hombres se apartaron para dejarles un espacio libre, y Trina y las otras mujeres se pusieron en pie, emocionadas.
—Apuesto a que Mac lo derribará como sea —dijo Trina.
—¡Listos! —gritó Ryer.
El dentista y Marcus dieron un paso adelante, se miraron con cautela y dieron vueltas alrededor del cuadrilátero improvisado. Marcus buscaba una oportunidad ansiosamente, rechinaba los dientes y se decía a sí mismo que derribaría a McTeague aunque lo matara. Ah, ya vería. Los dos hombres se entrelazaron de repente; Marcus cayó de rodillas. El dentista echó toda su mole sobre los hombros de su contrincante, le puso una palma enorme en la cara y lo empujó hacia atrás y hacia abajo. Era imposible resistir esa fuerza descomunal. Marcus se zafó de un tirón y cayó boca abajo en tierra.
McTeague se irguió al instante, con una enorme sonrisa de júbilo.
—¡Has caído! —exclamó.
Marcus se puso de pie con un brinco.
—Ningún caído —gritó, apretando los puños—. ¡Ningún caído, maldición! Tienes que tumbarme hasta que mis hombros toquen el suelo.
McTeague se movía de un lado a otro con gesto altanero, henchido de orgullo.
—¡Ja! Has caído. Te he derribado. ¿No lo he derribado, Trina? Ja, no puedes luchar conmigo.
Marcus brincó encolerizado.
—¡No me has derribado! ¡No! ¡No! ¡Y no puedes! ¡Tienes que darme otra oportunidad!
Los otros hombres se apiñaron a su alrededor. Todos hablaban al mismo tiempo.
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—Tiene razón.
—No lo ha derribado.
—Los dos hombros al mismo tiempo.
Trina aplaudió y saludó a McTeague con la mano desde la pequeña cuesta de césped, encima de donde estaban los luchadores. Marcus se apartó del grupo, agitándose con furia y excitación.
—Te digo que esa no es la forma de luchar. Tienes que derribar al otro hasta que sus hombros toquen el suelo. Tienes que darme otro asalto.
—Así es —intervino Heise—, los dos hombros abajo al mismo tiempo. Volved a intentarlo. Tendréis otro asalto.
McTeague estaba desconcertado por tanta charla simultánea. No podía entender de qué se trataba. ¿Era posible que hubiese vuelto a ofender a Marcus?
—¿Qué? ¿Qué? ¿Eh? ¿Qué pasa? —exclamó perplejo, paseando la mirada del uno al otro.
—Vamos, tienes que volver a luchar conmigo —vociferó Marcus. —Claro, claro —gritó el dentista—. Volveré a luchar contigo. Lucharé
con todos —gritó al ocurrírsele una idea. Trina lo miró con cierto temor.
—Mark se enfada mucho —dijo a media voz.
—Sí —reconoció Selina—. El señor Schouler es terriblemente susceptible, pero no le tiene miedo a nada.
—¡Listos! —gritó Ryer.
Marcus fue más cuidadoso esta vez y se apartó hábilmente las dos veces en que McTeague lo atacó. Pero cuando el dentista lo asaltó por tercera vez, con la cabeza inclinada, Marcus se alzó cuan largo era y lo agarró del cuello con ambos brazos.
El dentista lo sujetó y le desgarró la manga de la camisa. Hubo grandes risotadas.
—¡Cuidado con tu camisa! —gritó la señora Ryer.
Los dos hombres forcejearon salvajemente. Los demás podían oír cómo jadeaban y gruñían mientras luchaban y bregaban. Sus botas levantaban grandes terrones de hierba. De repente cayeron al suelo con un golpe tremendo. Pero incluso mientras caían, Marcus, como una auténtica anguila, se zafó de las garras del dentista y cayó de lado. McTeague se desplomó encima de él como un buey derribado.
—Ahora tienes que ponerlo de espaldas —le gritó Heise al dentista—.
No ha tocado hasta que no lo pongas de espaldas.
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El dentista presionaba y empujaba hundiendo su barbilla enorme y prominente en el hombro de Marcus. Tenía la cara roja; la inmensa mata de pelo rubio le caía sobre la frente, empapada en sudor. Marcus empezó a ceder a pesar de sus esfuerzos desesperados. Ya había caído un hombro; el otro empezaba a caer poco a poco, poco a poco iba bajando. El reducido público contuvo el aliento ante el suspense del momento. Selina rompió el silencio y chilló:
—¡Qué fuerte que es el doctor McTeague!
Marcus la oyó, y su furia llegó al clímax de inmediato. La ira ante la derrota a manos del dentista y ante los ojos de Selina, el odio que aún sentía hacia su antiguo compinche y la cólera impotente ante su propia incapacidad se desataron de repente.
—¡Maldito seas! ¡Quítate de encima! —gritó entre dientes, escupiendo las palabras como una serpiente escupe su veneno. El reducido público soltó un grito. Al maldecir al dentista, Marcus había torcido la cabeza y le había mordido el lóbulo de la oreja. Hubo un destello repentino de sangre roja y brillante.
Luego siguió una escena terrible. La bestia que en McTeague yacía tan cerca de la superficie cobró vida de repente, monstruosa, irresistible. Se puso de pie con un brinco y emitió un clamor agudo e insignificante, nada parecido al bajo normal de su voz. Era el grito espantoso de una fiera herida, el chillido de un elefante lastimado. No moduló ninguna palabra; en la ráfaga aguda que emanó de su boca abierta de par en par, no había nada articulado. Ya no era humano, era más bien un eco de la jungla.
Por más aletargado y lento que fuera para enfurecerse en ocasiones corrientes, McTeague se convertía en otro hombre cuando lo provocaban. Su rabia era una especie de obsesión, una manía funesta, la embriaguez de la pasión, la furia exaltada y distorsionada del desquiciado, ciega y sorda, una cosa desmedida.
Al levantarse, cogió las muñecas de Marcus con ambas manos.
No atacó; no sabía lo que hada. Lo único que podía pensar era en apalear hasta la muerte al hombre que tenía enfrente, aplastarlo y aniquilarlo en el instante. Sujetando a su enemigo con sus manazas endurecidas, nudosas y cubiertas por una capa de vello amarillo —las manos del antiguo cargador—, lo blandió como un lanzador de martillos blande su instrumento. Los pies de Marcus se separaron del suelo, y este revoloteó en torno a McTeague, tan indefenso como un bulto de ropa. De
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repente se oyó un chasquido seco, casi como la detonación de una pequeña pistola. Después, Marcus cayó rodando por el suelo cuando McTeague lo soltó. El brazo que le había agarrado el dentista se dobló repentinamente como si entre la muñeca y el codo se hubiera formado una tercera articulación. Estaba roto.
Pero para entonces todos gritaban al tiempo. Heise y Ryer corrieron a separarlos. Selina apartó la vista. Trina retorcía las manos y lloraba con un pavor desesperado.
—Oh, ¡detenedlos, detenedlos! ¡No dejéis que peleen! Oh, es demasiado espantoso.
—Vamos, vamos, doc, ya basta. ¡No haga el ridículo! —gritó Heise sin soltar al dentista—. Ya es suficiente. Escúcheme, por favor.
—¡Oh, Mac, Mac! —gritó Trina al correr hacia su marido—, Mac, cariño, escucha; soy yo; soy Trina; mírame, tú…
—Cógele el otro brazo, Ryer —jadeó Heise—. ¡Rápido!
—¡Mac, Mac! —gritó Trina, envolviéndole el cuello con los brazos. —¡Por el amor de Dios, doc, contrólese, por favor! —gritó el
fabricante de arneses—. Usted no quiere matarlo, ¿o sí?
La señora Ryer y la esposa coja de Heise invadieron el aire con sus alaridos. Selina soltó unas risitas histéricas. Marcus, aterrorizado pero demasiado valiente como para huir, había alzado una piedra picuda con la mano izquierda y se había puesto a la defensiva. El brazo derecho, al que le había rasgado la camisa, estaba hinchado y colgaba a su lado; el dorso de la mano estaba donde debía estar la palma. La camisa misma era una masa de manchas de hierba y salpicaduras de la sangre del dentista.
Pero McTeague, en medio del grupo que luchaba por contenerlo, estaba a punto de enloquecer. Un lado del rostro, el cuello y todo el hombro y el pecho de su camisa estaban cubiertos de sangre. Había dejado de gritar, pero seguía murmurando entre sus mandíbulas apretadas mientras bregaba por liberarse de las manos que lo sujetaban:
—¡Ah, lo mataré! ¡Ah, lo mataré! ¡Lo mataré! ¡Maldito sea, Heise! — exclamó de repente, intentando golpear al fabricante de aeneses—, suélteme, suélteme.
Lo apaciguaron poco a poco o, más bien (pues él puso muy poca atención a lo que le dijeron), su furia bestial se apagó lentamente. Se dio la
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vuelta y dejó caer los brazos, respirando profundamente y mirando a su alrededor con ojos estúpidos; primero examinó el suelo con impotencia, luego observó el círculo de rostros que le rodeaban. Su oreja sangraba como si no fuera a parar nunca.
—Oiga, doctor —preguntó Heise—, ¿qué podemos hacer?
—¿Eh? —exclamó McTeague—. ¿Qué… qué quiere decir? ¿Qué pasa?
—¿Qué hacemos para detener la hemorragia?
McTeague no contestó, pero clavó la mirada en la pechera de su camisa manchada de sangre.
—Mac —gritó Trina, con el rostro muy cerca al de su marido—, dinos algo… ¿qué podemos hacer para detener la hemorragia de tu oreja?
—Colodión —dijo el dentista.
—Pero no podemos conseguirlo ahora mismo, tenemos…
—Hay un poco de hielo en nuestra cesta del almuerzo —interrumpió Heise—. Lo trajimos para la cerveza; coge las servilletas y haz un vendaje.
—Hielo —masculló el dentista—, claro, hielo, así se dice.
La señora Heise y los Ryer se encargaron del brazo roto de Marcus. Selina se quedó sentada en la pendiente del césped, jadeando y sollozando. Trina rompió las servilletas en tiras y con un poco de hielo triturado hizo un vendaje para la cabeza de su marido.
El grupo se dividió en dos: los Ryer y la señora Heise inclinados sobre Marcus, mientras el fabricante de aeneses y Trina revoloteaban en torno a McTeague, sentado en el suelo, con la camisa vuelta una masa roja y blanca que destacaba violentamente contra el fondo de césped verde pálido. Entre los dos grupos estaba el trozo de hierba desgarrado y pisoteado, el cuadrilátero de lucha; por aquí y por allí se veían las cestas del pícnic, junto con botellas de cerveza vacías, cáscaras de huevo rotas y latas de sardinas desechadas. En el centro del cuadrilátero improvisado, la manga de Marcus revoloteaba entre la brisa del mar de vez en cuando.
Nadie le prestaba atención a Selina, quien, súbitamente, volvió a soltar unas risitas histéricas para después gritar con una carcajada:
—¡Oh, qué forma de terminar nuestro pícnic!
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—YA, VENGA, María —dijo Zerkow con su voz cascada y forzada, apenas más alta que un susurro, y acercó la silla a la mesa—, ya, vamos, mi niña, oigámosla toda de nuevo. Háblame de la loza, la vajilla de oro. Empieza con: «Había más de cien piezas, y todas de oro».
—No sé de qué hablas, Zerkow —respondió María—. Nunca hubo ninguna vajilla de oro, ninguna loza de oro. Supongo que lo has soñado.
María y el judío polaco de pelo rojo se habían casado cerca de un mes después del pícnic de los McTeague que había terminado de un modo tan lamentable. Zerkow se había llevado a María a su hogar en el tugurio del callejón detrás de la casa, y los inquilinos se habían visto forzados a conseguir a una nueva criada para todos los oficios. Pasó el tiempo; un mes, seis meses, todo un año. Finalmente, María dio a luz un bebé, un bebé desgraciado y enfermizo que no tenía siquiera suficiente fuerza ni ingenio para llorar. María perdió el juicio con el parto, continuó en un estado de demencia durante casi diez días y se recuperó justo a tiempo para disponer el entierro. Pero ni el nacimiento ni la muerte del pequeño afectaron apenas a Zerkow o a María. Él lo había recibido con una desaprobación marcada, puesto que tenía una boca que alimentar y necesidades que atender. María estuvo loca tanto tiempo que apenas podía recordar cómo era. El bebé fue un simple episodio en sus vidas, una cosa que llegó sin ser deseada y se fue sin ser lamentada. Ni siquiera tuvo un nombre, un ser pequeño y extraño, híbrido, que llegó y se fue en el lapso de una quincena y que, sin embargo, combinaba en su cuerpecito enclenque la sangre judía, polaca e hispana.
Pero el nacimiento de este bebé tuvo unas consecuencias extrañas. Al salir de su demencia, María retomó sus deberes y el hogar volvió a asentarse en su régimen sórdido en pocos días. Hasta que una noche, más o menos una semana después del entierro del bebé, Zerkow le pidió a
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María que le contara la historia de la famosa vajilla de oro por centésima vez.
El judío polaco había llegado a creer en la historia indefectiblemente. Estaba absolutamente convencido de que en algún momento María o su familia habían poseído esos cien platos de oro, y la alucinación se había desarrollado aún más en su mente distorsionada: la vajilla de oro no solo había existido alguna vez sino que seguía existiendo, entera, intacta; no faltaba ni una sola de sus piezas de oro bruñidas. Estaba en alguna parte; alguien la tenía; encerrada bajo llave en ese baúl de cuero con su forro de edredón y su candado redondo de latón. Había que buscarla y ponerla a salvo, luchar por ella, conseguirla como fuera. María tenía que saber dónde estaba; Zerkow le sacaría la información a base de preguntas. Si era persistente, algún día daría con la combinación correcta de preguntas, la sugerencia correcta que desenredaría los recuerdos confusos de María. Ella le diría dónde estaba guardada, escondida, enterrada, y él iría a ese lugar y la pondría a salvo, y todo ese oro maravilloso sería suyo para siempre y toda la eternidad. Zerkow se había obsesionado con esa vajilla.
Aquella noche, más o menos una semana después del entierro del bebé, en el miserable cuarto trasero de la tienda de trastos, Zerkow hizo que María se sentara a la mesa frente a él —la botella de whisky y el vaso de vidrio rojo con su base rota entre los dos— y le dijo:
—Ya, vamos, María, cuéntame otra vez la historia de la vajilla de oro. María se quedó mirándolo, una expresión de perplejidad se posó sobre
su rostro.
—¿Qué vajilla de oro? —preguntó.
—La que tu familia tenía en Centroamérica. Venga, María, empieza, empieza.
El judío estiró el cuello hacia adelante y se arañó los labios ansiosamente con los dedos enjutos.
—¿Qué vajilla de oro? —preguntó María, y lo miró con el ceño fruncido mientras bebía su whisky—. ¿Qué vajilla de oro? No sé de qué estás hablando, Zerkow.
Zerkow se recostó en el asiento y la miró fijamente.
—Pues la loza de oro de tu familia, en la que solíais comer. Me has hablado de ella cien veces.
—Estás loco, Zerkow —dijo María—. Pásame la botella, ¿quieres?
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—Vamos, ya —insistió Zerkow, sudando de deseo—, ya, mi niña, no seas tonta; oigámosla; oigámosla. Empieza ahora: «Había más de cien piezas, y todas de oro». Oh, tú lo sabes; venga, venga.
—No recuerdo nada de eso —protestó María y estiró la mano para coger la botella. Zerkow se la arrebató.
—¡Idiota! —resolló, intentando sacar un grito de su voz cascada—. ¡Idiota! No trates de engañarme, o acabaré contigo. Tú sabes cuál es la vajilla de oro y sabes dónde está. —De repente alzó su voz al tono prolongado y áspero que usaba para gritar en la calle y se puso de pie, con los dedos largos y prensiles cerrados en puños. Era amenazador, con una cólera espantosa. Se inclinó sobre María y le puso los puños en la cara—. ¡Yo creo que la tienes tú! —gritó—. ¡Creo que la tienes tú y me la estás escondiendo! ¿Dónde está, dónde está? ¿Está aquí? —Paseó la vista por la habitación, desenfrenadamente—. ¿Eh? ¿Eh? —prosiguió, zarandeando a María—. ¿Dónde está? ¿Está aquí? Dime dónde está. ¡Dímelo o acabaré contigo!
—No está aquí —gritó María, zafándose—. No está en ninguna parte.
¿Qué vajilla de oro? No recuerdo nada acerca de ninguna vajilla de oro.
No, María no se acordaba. El trastorno y la confusión de su cabeza tras el nacimiento del bebé parecían haber reajustado sus ideas enfermizas acerca del asunto. Su obsesión había tenido una crisis que, al amainar, le había despejado el cerebro de esa única ilusión. No se acordaba. O era posible que la vajilla de oro que María recordara alguna vez sí hubiese tenido algún cimiento en realidad, que su letanía de aquellos esplendores sí hubiese sido cierta, honesta y cuerda. Era posible que su actual «mala memoria» al respecto fuese una especie de trastorno mental, un vestigio de la demencia del parto. De cualquier modo, María no se acordaba, la idea de la vajilla de oro había abandonado su mente por completo, y ahora era Zerkow quien se ahogaba en su alucinación. Ahora era Zerkow, el recogedor de la porquería de la ciudad, el buscador de oro, quien veía esa hermosa vajilla en el ojo de su mente distorsionada. Era él quien ahora podía describirla con un lenguaje casi elocuente. María se había contentado simplemente con recordarla; pero la avaricia de Zerkow lo incitaba a creer que aún existía, guardada en algún lugar, quizá en esa misma casa, escondida por María. Era lógico, ¿o no?, pensar que María no hubiera podido describirla con una precisión tan maravillosa y unos
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detalles tan meticulosos si no la hubiera visto recientemente, el día anterior quizá, o ese preciso día, esa precisa hora, ¿esa precisa hora?
—Cuídate —le susurró con voz ronca a su mujer—. Cuídate, mi niña. La buscaré y la buscaré y la buscaré, y algún día la encontraré… lo haré, ya verás… la encontraré, la encontraré; y si no, encontraré una manera de hacer que me digas dónde está. Te haré hablar… créeme, lo haré, lo haré, mi niña… confía en mí.
Y de noche, María se despertaba a veces para darse cuenta de que Zerkow había salido de la cama y se había puesto a escarbar en algún rincón a la luz de su lámpara oscura, murmurando para sí: «Había más de cien piezas, y todas de oro… cuando se abría el baúl de cuero casi te deslumbraba… Vaya, solo esa ponchera valía una fortuna, supongo; maciza, maciza, pesada, suntuosa, oro puro; nada más que oro, oro, pilas y pilas de oro… ¡qué esplendor! La encontraré, la encontraré. Está aquí en alguna parte, escondida en alguna parte de esta casa».
Finalmente, empezó a exasperarse con la constante falta de éxito. Un día sacó el látigo del carro de trastos y le dio una paliza a María mientras jadeaba:
—¿Dónde está, bestia? ¿Dónde está? Dime dónde está; te haré hablar. —¡No lo sé, no lo sé! —gritaba María, esquivando los azotes—. Te lo
diría, Zerkow, si lo supiera; pero no sé nada de eso. ¿Cómo puedo decírtelo si no lo sé?
Hasta que una noche estalló la crisis. Marcus Schouler estaba en su habitación, la habitación de la casa que siempre había ocupado, justo arriba de la clínica de McTeague. Eran entre las once y las doce. La enorme casa estaba en silencio; fuera, Polk Street estaba muy tranquila, excepto por el esporádico traqueteo y zumbido de un tranvía que pasaba y el ruido permanente de los patos y los gansos en el mercado desierto justo enfrente. En mangas de camisa, Marcus transpiraba y maldecía con fuerza mientras trataba de meter todas sus pertenencias en un baúl absurdamente inadecuado. La habitación estaba hecha un desastre; Marcus parecía a punto de mudarse. De pie frente al baúl, sostenía en la mano su querido sombrero de seda metido en la sombrerera y rabiaba ante la obstinación de un par de botas que se negaba a caber en el baúl, sin importar cómo las acomodara.
«He intentado guardaros así y así —exclamó ferozmente entre dientes —, y no cabéis». Empezó a maldecir horriblemente mientras cogía las
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botas con la mano libre. «Dentro de poco decidiré no llevaros; no os llevaré, es un hecho».
Entonces lo interrumpieron el ruido de unos pies arrastrándose por las escaleras traseras y un golpeteo ruidoso en su puerta, y la abrió para dar paso a María Macapa, quien tenía el pelo alborotado y los ojos desorbitados de terror.
—Oh, señor Schouler —dijo jadeando—, cierre la puerta rápido. No deje que me atrape. Tiene un cuchillo y dice que acabará conmigo si no le digo dónde está.
—¿Quién tiene? ¿Qué tiene? ¿Dónde está qué? —exclamó Marcus, ardiendo de excitación al instante. Abrió la puerta y atisbo hacia el pasillo oscuro, con los puños cerrados, listo para pelear… no sabía con quién ni por qué.
—Es Zerkow —gimió María al tiempo que tiraba de él hacia la habitación y le echaba el pestillo a la puerta—, y tiene un cuchillo así de largo. Ay, Dios, ¡ahí viene! ¿No es él? Escuche. —Zerkow subía las escaleras llamando a María—. No deje que me atrape, por favor, señor Schouler —jadeó.
—Lo partiré en dos —gritó Marcus, lívido de rabia—. ¿Crees que le tengo miedo a su cuchillo?
—Sé dónde estás —gritó Zerkow desde el descansillo—. Estás en el cuarto de Schouler. ¿Qué haces en el cuarto de Schouler a estas horas de la noche? Sal de ahí, deberías estar avergonzada. Acabaré contigo, mi niña. Sal de ahí enseguida y verás.
—Yo mismo acabaré contigo, judío asqueroso —gritó Marcus, le quitó el pestillo a la puerta y salió corriendo al pasillo.
—Quiero a mi mujer —exclamó el judío y retrocedió por las escaleras
—. ¿Qué pretende hacer escapándose de mí y metiéndose en tu cuarto? —¡Cuidado, que tiene un cuchillo! —gritó María a través de la ranura
de la puerta.
—Ah, ahí estás. ¡Sal de ahí y vuelve a casa! —exclamó Zerkow. —¡Lárgate tú! —gritó Marcus, y avanzó furiosamente hacia el judío
—. Lárgate.
—María tiene que venir también.
—¡Lárgate! —vociferó Marcus—, y suelta ese cuchillo. Puedo verlo, no trates de esconderlo detrás de tu pierna. Dámelo —gritó de repente, y
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antes de que Zerkow se diera cuenta, Marcus se lo había quitado—. Ahora lárgate.
Zerkow retrocedió, escudriñando y espiando por encima del hombro de Marcus.
—Quiero a María.
—Lárgate. Vete ya, o te sacaré.
La puerta de la calle se cerró. El judío se había ido.
—¡Ja! —resopló Marcus, henchido de arrogancia—. ¡Ja! ¿Cree que le tengo miedo a su cuchillo? Yo no le tengo miedo a nadie —gritó deliberadamente, pues McTeague y su mujer se habían despertado por el ruido y se asomaban por la barandilla desde el descansillo—. A nadie — repitió Marcus.
María salió al corredor.
—¿Ya se ha ido? ¿Seguro que se ha ido?
—¿Cuál es el problema? —preguntó Marcus de repente.
—Me desperté como hace una hora —explicó María—, y Zerkow no estaba en la cama; a lo mejor ni siquiera se había acostado. Estaba de rodillas junto al fregadero, había levantado algunos tablones del suelo y estaba escarbando. Tenía su lámpara oscura. Estaba escarbando con ese cuchillo, supongo, y todo el tiempo murmuraba para sí mismo: «Había más de cien piezas, y todas de oro; más de cien piezas, y todas de oro». Entonces, de pronto, me vio. Yo estaba sentada en la cama, y él dio un brinco y se me acercó con el cuchillo y me dijo: «¿Dónde está? Dímelo o te acuchillo». Entonces le engañé y me mantuve alejada hasta que me puse la bata y salí corriendo. No me atreví a quedarme.
—¿Y por qué le hablaste de tus platos de oro? —gritó Marcus.
—Yo nunca le hablé de eso —protestó María enérgicamente—. Nunca le hablé de eso; nunca he oído hablar de ningunos platos de oro. No sé de dónde sacó la idea; debe de estar loco.
Para entonces, Trina y McTeague, el viejo Grannis y la pequeña señorita Baker —todos los inquilinos de las plantas superiores de la casa— se habían reunido en torno a María. Trina y el dentista, que ya se habían acostado, estaban a medio vestir; la enorme melena negra de Trina colgaba por su espalda en dos trenzas gruesas y largas. Y, por tarde que fuera, el viejo Grannis y la modista jubilada seguían levantados y en pie cuando oyeron a María.
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—Pero, María —dijo Trina—, tú siempre nos hablabas de tus platos de oro. Decías que eran de tus padres.
—¡Nunca, nunca, nunca! —exclamó María con vehemencia—. Todos ustedes deben de estar locos. Nunca he oído hablar de unos platos de oro.
—Bueno —intervino la señorita Baker—, eres una chica rara, María; eso es todo lo que puedo decir. —Se apartó del grupo y regresó a su habitación. El viejo Grannis la vio irse con el rabillo del ojo y la siguió poco después, apartándose del grupo tan desapercibidamente como se le había unido. La casa se tranquilizó poco a poco. Trina y McTeague volvieron a sus habitaciones.
—Creo que regresaré ahora —dijo María—. Él ya está bien. No me da miedo mientras no tenga el cuchillo.
—Bueno, ¡escucha! —le gritó Marcus mientras ella bajaba las escaleras—, si vuelve a ponerse raro, solo tienes que gritar; yo te oiré. No dejaré que te haga daño.
Marcus volvió a entrar en su cuarto y retomó la riña con las botas obstinadas. Su mirada cayó en el cuchillo de Zerkow; un cuchillo de caza largo y afilado, con mango de cuerno de ciervo. «Te llevaré conmigo — exclamó de repente—. Me vendrás bien allá adónde voy».
Entretanto, la vieja señorita Baker se había puesto a hacer té para calmar los nervios tras la agitación producida por la incursión de María. Esa noche hasta hizo té para dos y colocó otro puesto al otro lado de la mesita, con una taza y un platillo y una de las cucharas de plata de Gorham. Muy cerca, al otro lado del tabique, el viejo Grannis encuadernaba números completos de The Nation.
—Mac, ¿sabes qué creo? —dijo Trina cuando regresaron a sus habitaciones—. Creo que Marcus se marcha.
—¿Que qué? —masculló el dentista, muy adormilado y estúpido—. ¿Qué dices? ¿Qué pasa con Marcus?
—Creo que Marcus ha estado haciendo el equipaje los últimos dos o tres días. Me pregunto si será que se marcha.
—¿Quién se marcha? —preguntó McTeague, pestañeando.
—Ay, acuéstate —dijo Trina y lo empujó amablemente—. Mac, eres el hombre más estúpido que haya conocido.
Pero era cierto. Marcus se marchaba. A la mañana siguiente, Trina recibió una carta de su madre. El negocio de limpieza de alfombras y tapicería en el que el señor Sieppe se había metido iba de mal en peor. El
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señor Sieppe había tenido incluso que hipotecar la casa. La señora Sieppe no sabía qué iba a ser de ellos. Su marido había empezado a hablar hasta de emigrar a Nueva Zelanda. Entretanto, informaba a Trina de que el señor Sieppe se había topado finalmente con un hombre con quien Marcus podría tener un rancho, un rancho ganadero en la zona sur oriental del estado. Ella no sabía mucho del asunto, pero sabía que Marcus estaba entusiasmadísimo con la idea, y le estaban esperando antes de fin de mes. Mientras tanto, ¿podría Trina enviarles cincuenta dólares?
—Mac, Marcus sí que se marcha, finalmente —le dijo Trina a su marido ese día al verlo salir de la consulta y sentarse en el salón ante el almuerzo de salchichas, puré de patatas y chocolate.
—¿Eh? —preguntó el dentista, un poco confundido—. ¿Quién se marcha? ¿Schouler se marcha? ¿Por qué se marcha Schouler?
Trina se lo explicó.
—¡Oh! —gruñó McTeague detrás del bigote tupido—. Pues yo no pienso detenerlo.
—Y, oye, Mac —prosiguió Trina mientras servía el chocolate—, ¿qué opinas de esto? Mamá quiere que le mande… que le mandemos cincuenta dólares. Dice que están pelados.
—Bueno —dijo el dentista después de un rato—, supongo que podemos enviárselos, ¿no?
—Ay, eso es fácil de decir —se quejó Trina alzando el mentoncito y frunciendo los labios pálidos—. Me pregunto si mamá cree que somos millonarios.
—Trina, te estás volviendo una verdadera avara —refunfuñó McTeague—. Cada vez estás peor.
—Pero cincuenta dólares son cincuenta dólares, Mac. Piensa en todo lo que tardamos en ganar cincuenta dólares. ¡Cincuenta dólares! Son dos meses de nuestro interés.
—Bueno —dijo McTeague con soltura y la boca llena de puré—, tú has ahorrado un montón.
Ante cualquier alusión al pequeño tesoro de la cajita fuerte de latón y la bolsa de gamuza en el fondo de su baúl, Trina se molestaba de inmediato.
—No hables así, Mac. Un montón. ¿A qué le llamas un montón? Creo que no tengo ni cincuenta dólares ahorrados.
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—¡Ja! —exclamó McTeague—. ¡Ja! Yo creo que tienes cómo ciento cincuenta. Eso es lo que creo que tienes.
—No tengo eso, no tengo eso —afirmó Trina—, y tú sabes que no. Desearía que mamá no me hubiera pedido dinero. ¿Por qué no puede ser un poco más ahorrativa? Yo me las arreglo bastante bien. No, no, no me alcanza para mandarte cincuenta.
—¡Ah, qué va! ¿Qué harás entonces? —rezongó su marido.
—Le enviaré veinticinco este mes y le diré que le enviaré el resto en cuanto pueda.
—Trina, eres una auténtica avara —dijo McTeague.
—No me importa —respondió Trina, empezando a reírse—. Supongo que lo soy, pero no puedo evitarlo, y es un buen defecto.
Trina pospuso el envío del dinero un par de semanas, y su madre no lo mencionó en la carta siguiente. «Supongo que sí lo desea tanto —dijo Trina—, volverá a hablar de ello». De modo que volvió a posponer el envío. Siguió aplazándolo día tras día. Cuando su madre se lo pidió por segunda vez, a Trina le pareció más difícil que nunca desprenderse hasta de la mitad de la suma que le pedía, y le respondió diciéndole que ellos también estaban muy pelados ese mes pero que se lo enviaría en unas semanas.
—Te diré lo que haremos, Mac —le dijo a su marido—, tú envías la mitad y yo la otra mitad; enviaremos veinticinco dólares entre los dos. Doce y medio cada uno. Es una idea, ¿qué te parece?
—Claro, claro —respondió McTeague y le dio el dinero. Trina envió los doce dólares de McTeague, pero nunca envió los doce que le correspondían. Un día, el dentista le preguntó por ellos.
—Le enviaste los veinticinco dólares a tu madre, ¿no? —dijo.
—Uy, hace tiempo —respondió Trina sin pensarlo.
De hecho, Trina nunca se permitía pensar mucho en el asunto. Y, de hecho, poco después surgió otro tema que absorbió su atención.
Un domingo al anochecer, Trina y su marido estaban juntos en el salón. Oscurecía, pero aún no habían encendido la lámpara. McTeague había llevado algunas botellas de cerveza de la Wein Stube de la planta baja, donde antes estaba la sucursal de Correos. Aún no habían abierto las cervezas. Era un cálido anochecer de verano. Trina estaba sentada en el regazo de McTeague en el mirador y había anudado las cortinas de Nottingham de modo que podían contemplar la calle oscurecida y ver la
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luna que se alzaba sobre el tejado de cristal de los enormes baños públicos. De vez en cuando se quedaban así durante una hora o más, jugueteando; Trina se arrellanaba sobre el cuerpo inmenso de McTeague, frotaba su mejilla contra la barbilla sin afeitar y le besaba la calvita en la coronilla o le metía los dedos en los ojos y las orejas. Un arrebato brusco de pasión se apoderaba de ella a veces y, soltando un pequeño suspiro nervioso, enganchaba sus bracitos al cuello rojo y grueso del dentista y le susurraba al oído:
—¿Me amas, Mac, cariño? ¿Me amas mucho, mucho? ¿Seguro que me amas tanto como cuando nos casamos?
Desconcertado, McTeague respondía:
—Pues ya lo sabes, ¿no, Trina?
—Pero quiero que me lo digas; que me lo digas siempre y siempre.
—Pues sí, claro que sí.
—Dilo entonces.
—Bueno, pues, te amo.
—Pero no lo dices por tu propia voluntad.
—¿Qué… qué… qué…? No te entiendo —balbucía el dentista, perplejo.
Alguien llamó a la puerta. Confundida y avergonzada, como si no estuvieran casados, Trina se levantó del regazo de McTeague y se precipitó a encender la lámpara, murmurando:
—Ponte el abrigo, Mac, y arréglate el pelo. —Y le hizo una seña para que guardara las cervezas. Abrió la puerta y soltó una exclamación—: ¡Anda, primo Mark!
McTeague le lanzó una mirada fulminante; se había quedado mudo, en una confusión inenarrable. En la puerta, sonriendo con gran afabilidad y completamente relajado, estaba Marcus Schouler.
—Oye —observó—, ¿puedo entrar? Sorprendidísima, Trina solo pudo responder: —Anda… supongo que sí. Sí, por supuesto… entra.
—Sí, sí, entra —exclamó el dentista de repente, hablando sin pensar—.
¿Una cerveza? —añadió al ocurrírsele la idea.
—No, gracias, doctor —dijo Marcus en tono agradable.
McTeague y Trina estaban desconcertados. ¿Qué podía significar esa visita? ¿Acaso Marcus quería reconciliarse con su enemigo? «Ya sé —se
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dijo Trina a sí misma—. Se marcha y quiere que le preste dinero. No sacará ni un centavo, ni un centavo». Apretó los dientes con fuerza.
—Bueno —dijo Marcus—, ¿cómo va el negocio, doctor?
—Eh —dijo McTeague, nervioso—, eh, no sé. Supongo… supongo — enmudeció, con una vergüenza impotente.
Para ese momento, todos se habían sentado. Marcus seguía sosteniendo el sombrero y el bastón, la vara negra de ébano con empuñadura de oro que le había dado el Club de Mejoras.
—¡Ah! —exclamó meneando la cabeza y mirando a su alrededor—. Vosotros tenéis las mejores habitaciones de toda la casa. Sí, señor, así es, es un hecho. —Paseó la mirada desde la litografía de marco dorado y felpa roja (las dos niñas rezando) hasta los cuadros de Soy el abuelito y Soy la abuelita, observó la estera blanca y limpia y los alegres tapetes de estambre sobre los respaldos de las sillas, y pareció contemplar en éxtasis la fotografía enmarcada de McTeague y Trina en sus galas nupciales—. Vosotros dos sois muy felices juntos, ¿no? —dijo sonriendo de buen humor.
—Oh, no nos quejamos —respondió Trina.
—Dinero en abundancia, mucho que hacer, todo bien, ¿eh?
—Tenemos mucho que hacer —replicó Trina, pensando en atajarlo—, pero no tenemos dinero en abundancia.
Pero, claramente, Marcus no quería dinero.
—Bien, prima Trina —dijo frotándose la rodilla—. Me marcho.
—Sí, mamá me ha escrito, te vas a un rancho.
—Voy a poner un rancho con un tipo inglés —corrigió Marcus—. El señor Sieppe ha arreglado las cosas. Ya veremos si podemos criar unas vacas. Yo sé mucho de caballos, y él ya ha tenido ganado… el inglés. Además, estaré pendiente de alguna oportunidad en la política por allá. Tengo unas cartas de presentación del presidente del Club de Mejoras. Ah, ya me las arreglaré, seguro.
—¿Por cuánto tiempo te vas? —preguntó Trina.
Marcus la miró fijamente.
—Anda, pues no volveré nunca —gritó—. Me marcho mañana, y para siempre. Vengo a despedirme.
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Marcus se quedó más de una hora esa noche. Conversó con soltura y agrado, dirigiéndose tanto a McTeague como a Trina. Finalmente, se puso de pie.
—Bueno, adiós, doc.
—Adiós, Marcus —respondió McTeague. Los dos se dieron la mano. —Supongo que no volveremos a vernos —prosiguió Marcus—. Pero
te deseo suerte, doc. Espero que algún día tengas pacientes haciendo cola en las escaleras.
—¡Ja! Supongo que sí, supongo que sí —dijo el dentista.
—Adiós, prima Trina.
—Adiós, Marcus —respondió Trina—. No te olvides de darles mis recuerdos a mamá y a papá y a todos. Voy a hacerles dos grandes juegos de animales del arca de Noé a los gemelos para su próximo cumpleaños; August ya está muy mayor para los juguetes. Pero diles a los gemelos que les haré unos animales bien grandes. Adiós, muchos éxitos, Marcus.
—Adiós, adiós. Suerte para vosotros dos.
—Adiós, primo Mark.
—Adiós, Marcus.
Y se marchó.
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UNA MAÑANA, más o menos una semana después de que Marcus se marchara hacia el sur del estado, McTeague encontró un sobre alargado que habían echado por el buzón de la puerta de la clínica. La dirección estaba escrita a máquina. Lo abrió. Era una carta del ayuntamiento con el sello del estado de California en una esquina, muy oficial; el formulario y los números de archivo estaban sobrescritos.
McTeague estaba haciendo empastes cuando llegó esta carta. Estaba en su consulta, inclinado sobre el aparador móvil bajo la jaula del pájaro en el mirador, haciendo bloques para utilizar en las grandes caries interproximales y cilindros para empezar los empastes. Oyó las pisadas del cartero en el pasillo y vio cómo los sobres empezaban a entrar por la ranura del buzón. Luego vino el sobre gordo y alargado con su sello oficial, que se estampó contra el suelo con un golpe brusco y sordo.
El dentista dejó a un lado el tiranervios y las tijeras y recogió su correspondencia. Había cuatro cartas en total. Una era para Trina, con la elegante letra de Selina; otra era un anuncio de una nueva especie de sillón de operaciones para dentistas; la tercera era una tarjeta de un sombrerero de la manzana siguiente que anunciaba su inauguración, y la cuarta, contenida dentro del sobre gordo y alargado, era un formulario impreso, con espacios en blanco para los nombres y la fechas, y dirigido a McTeague desde una oficina del ayuntamiento. La leyó toda con dificultad. «No sé, no sé», masculló, y miró con ojos estúpidos el calendario del fabricante de fusiles. Luego oyó a Trina en la cocina, cantando mientras hacía tintinear los platos del desayuno. «Supongo que le preguntaré a Trina», masculló.
Atravesó la suite por el salón, donde el sol caía a través de las cortinas de Nottingham sobre la estera blanca y limpia y sobre la superficie barnizada del órgano, pasó por el dormitorio, con sus litografías
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enmarcadas de bebés ingleses con mejillas redondas y fox terriers en guardia, y entró en la cocina de suelo de ladrillo. Estaba limpia como una patena; el fogón recién ennegrecido brillaba como la piel de un negro; los botes y cazos revestidos de porcelana podrían haber sido de plata y marfil. En el centro de la habitación, Trina limpiaba con una esponja húmeda el mantel de hule sobre el que habían desayunado. Nunca había estado tan guapa. Por temprano que fuera, la enorme corona de pelo oscuro estaba cuidadosamente peinada en un moño, no había ni una sola pinza suelta. Vestía una falda de percal azul con una figura blanca y un cinturón imitación piel de caimán abrochado alrededor de la cinturita firmemente encorsetada; la blusa era de lino rosa, tan nueva y fresca que crujía en todo momento, y alrededor del cuello, atada con un hábil nudo, llevaba una de las corbatas de batista de McTeague de la que se había apropiado. Tenía las mangas cuidadosamente enrolladas casi hasta los hombros, y no podía haber habido nada más delicioso que la imagen de sus bracitos redondeados, blancos como la leche, moviéndose hacia atrás y hacia adelante a medida que le pasaba la esponja al mantel; un ligero toque de rosa aparecía y desaparecía en sus codos al doblarse y estirarse. Trina alzó la vista hacia su marido rápidamente; sus ojos estrechos se iluminaron, su mentoncito encantador se echó hacia arriba y sus labios se redondearon y se abrieron con las últimas palabras de la canción, dejando ver un destello de oro en los empastes de sus dientes superiores.
La escena entera —la cocina limpia y su limpio suelo de ladrillo; el olor a café que flotaba en el aire; la misma Trina, fresca como recién salida del baño y cantando mientras trabajaba; el sol de la mañana, que entraba indirectamente a través del visillo de muselina blanca de la ventana y se tendía sobre la cocinita como un puente de niebla dorada— emanaba, por así decirlo, una nota de alegría irresistible. A través de la ventana abierta llegaban los ruidos de Polk Street, que ya llevaba un buen rato despierta. Se oía la salmodia de los gritos de la calle, los chillidos de los niños que iban a la escuela, el traqueteo alegre de la carreta de un carnicero, el ruido enérgico de un martilleo o el esporádico y prolongado retumbar de un tranvía que avanzaba lentamente, con el rumor de sus vidrios vibrantes y el repicar dichoso de sus campanas.
—¿Qué pasa, Mac, cariño? —preguntó Trina.
McTeague cerró la puerta con el talón y le pasó la carta. Trina la leyó. Entonces, de repente, apretó la esponja fuertemente con la manita, de
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modo que el agua empezó a caer y gotear en un pequeño diluvio que tamborileaba sobre los ladrillos.
La carta —o mejor, la notificación impresa— informaba a McTeague de que nunca había recibido un diploma de una escuela de odontología y que, en consecuencia, le estaba prohibido seguir ejerciendo su oficio. Adjunto, en letra pequeña, había un extracto legal referente al caso.
—Pero ¿qué es todo esto? —preguntó Trina con calma, sin pensarlo todavía.
—No lo sé, no lo sé —respondió su marido.
—«No puede seguir ejerciendo» —prosiguió Trina—. «Le está, por tanto, prohibido y vedado continuar…» —Releyó el extracto, alzando las cejas y arrugando la frente. Dejó la esponja en el anaquel de alambre sobre el fregadero con cuidado, acercó una silla a la mesa y desplegó la notificación ante sí—. Siéntate —le dijo a McTeague—. Acércate a la mesa, Mac, y veamos de qué se trata.
—La he recibido esta mañana —murmuró el dentista—. Acaba de llegar. Estaba haciendo unos empastes… ahí, en la consulta, en la ventana… y el cartero la metió por la puerta. Al principio pensé que era un número de 72 de American System of Dentistry, y cuando la abrí y la vi pensé que mejor…
—Oye, Mac —interrumpió Trina y apartó los ojos de la notificación—, ¿nunca fuiste a una escuela de odontología?
—¿Eh? ¿Qué? ¿Qué? —exclamó McTeague.
—¿Cómo aprendiste a ser dentista? ¿Fuiste a una escuela?
—Me fui con un tipo que llegó a la mina una vez. Mi madre me envió. Solíamos ir de un campamento a otro. Yo le afilaba las cucharillas y ponía los anuncios en los pueblos… los pegaba en las oficinas de Correos y en las puertas de las residencias de los Oddfellows. Él tenía un carro.
—Pero ¿nunca fuiste a una escuela?
—¿Eh? ¿Qué? ¿Escuela? No, nunca. Aprendí con ese tipo.
Trina se desenrolló las mangas. Estaba un poco más pálida de lo normal. Se abotonó los puños y dijo:
—Pero ¿sabes que no puedes ejercer si no te has graduado en una escuela? No tienes derecho a llamarte doctor.
McTeague la miró fijamente un momento; luego:
—Pero si he estado ejerciendo durante diez años. Más… casi doce.
—Pero es la ley.
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—¿Qué es la ley?
—Que no puedes ejercer o llamarte doctor si no tienes un diploma. —¿Qué es eso… un diploma?
—No lo sé exactamente. Es una especie de papel que… que… oh, Mac, ¡estamos perdidos! —La voz de Trina se elevó a un grito.
—¿Qué quieres decir, Trina? ¿No soy un dentista? ¿No soy un doctor? Mira mi cartel y la muela de oro que me diste. He estado ejerciendo durante casi doce años, vamos.
Trina apretó los labios, se aclaró la garganta y se acomodó una pinza del pelo por detrás.
—Supongo que no es tan grave —dijo con mucha tranquilidad—. Leámoslo de nuevo. «Le está, por tanto, prohibido y vedado continuar…» —Leyó hasta el final—. Pero ¡no es posible! —gritó—. No pueden decirlo en serio… Oh, Mac, creo que… ¡bah! —exclamó; su rostro pálido se puso rojo—. Ellos no saben lo buen dentista que eres. ¿Qué importa un diploma si eres un dentista de primera? Supongo que no pasa nada. Mac, ¿nunca fuiste a una escuela de odontología?
—No —respondió McTeague obstinadamente—. ¿Para qué? Aprendí cómo operar, ¿no era suficiente?
—Escucha —dijo Trina de repente—. ¿No ha sonado la campana de tu consultorio?
Los dos oyeron el sonido de la campana que McTeague había colgado encima de la puerta de la clínica. El dentista miró el reloj de la cocina.
—Es Vanovitch —dijo—. Un fontanero de Sutter Street. Tiene cita para sacarle un premolar. Tengo que volver a trabajar. —Se puso de pie.
—Pero no puedes —chilló Trina, con el dorso de la mano sobre los labios y los ojos llenos de lágrimas—. Mac, ¿no te das cuenta? ¿No lo entiendes? Tienes que dejarlo. ¡Oh, es terrible! Escucha. —Bordeó la mesa a toda prisa y le cogió el brazo con las dos manos.
—¿Eh? —gruñó McTeague, mirándola con gesto confundido.
—Te arrestarán. Irás a prisión. No puedes trabajar… no puedes seguir trabajando. Estamos perdidos.
Vanovitch llamó a la puerta del salón.
—Se irá en un minuto —exclamó McTeague.
—Entonces déjalo ir. Dile que se vaya; dile que vuelva otro día. —Pero ¡si tiene una cita conmigo! —exclamó McTeague, con la mano
en la puerta.
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Trina volvió a cogerlo.
—Pero Mac, ya no eres un dentista; ya no eres un doctor. No tienes derecho a trabajar. No fuiste a una escuela de odontología.
—Bueno, digamos que nunca fui a una escuela de odontología, ¿no soy dentista de todos modos? Escucha, está llamando otra vez. No, voy a atenderlo, seguro.
—Bueno, por supuesto, ve —dijo Trina en una reacción súbita—. Es imposible que te obliguen a dejar de trabajar. Si eres un buen dentista, eso es lo único que se necesita. Ve, Mac; apresúrate antes de que se vaya.
McTeague salió y cerró la puerta. Trina se quedó un rato con la mirada clavada en los ladrillos bajo sus pies. Luego regresó a la mesa, volvió a sentarse delante de la notificación y la leyó una vez más, con la cabeza apoyada sobre ambos puños. De pronto la invadió la certeza de que todo era verdad. McTeague se vería forzado a dejar de trabajar, sin importar lo buen dentista que fuese. Pero ¿por qué habían esperado todo ese tiempo las autoridades del ayuntamiento antes de enviarle la notificación? De repente, Trina chasqueó los dedos en un fogonazo de inteligencia.
—Ha sido Marcus —gritó.
Fue como un trueno. McTeague quedó atónito, estupefacto. No decía nada. Nunca antes había estado tan taciturno. A veces parecía no oír a Trina cuando le hablaba, y a menudo ella tenía que zarandearlo para llamar su atención. Se quedaba solo en la clínica, dándole vueltas a la notificación entre sus dedos torpes y enormes, leyéndola con ojos estúpidos una y otra vez. No podía entenderlo. ¿Qué tenía que ver con él un funcionario del ayuntamiento? ¿Por qué no lo dejaban en paz?
—Oh, ¿qué será de nosotros ahora? —gemía Trina—. ¿Qué será de nosotros ahora? Somos pobres, indigentes… y todo tan repentinamente.
Y una vez, con una furia veloz, inexplicable, totalmente distinta a lo que McTeague había visto antes en ella, se levantó, con los puños y los dientes bien apretados, y gritó:
—¡Oh, si hubieras matado a Marcus Schouler la vez que luchó contigo!
McTeague había continuado con su trabajo, actuando por pura inercia; su naturaleza aletargada y pausada, metódica y obstinada, rehusaba adaptarse a las nuevas condiciones.
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—A lo mejor Marcus solo quería darnos un susto —había dicho Trina
—. ¿Cómo van a enterarse de si estás ejerciendo o no?
—Mañana tengo que hacer un molde —había dicho McTeague—, y
Vanovitch, el fontanero de Sutter Street, volverá a las tres.
—Bueno, pues adelante —le dijo Trina con decisión—; tú sigue y haz el molde y sácale todas las muelas a Vanovitch si quieres. ¿Quién se va a enterar? A lo mejor solo te enviaron esa notificación por procedimiento. A lo mejor Marcus consiguió el papel y lo rellenó él mismo.
Los dos pasaban las noches despiertos, contemplando la oscuridad, hablando, hablando, hablando.
—¿No tienes ningún derecho a ejercer si no has ido a una escuela de odontología, Mac? ¿No fuiste a ninguna? —preguntaba Trina una y otra vez.
—No, no —respondía el dentista—. Nunca. Aprendí del tipo con el que estaba de aprendiz. No sé nada de ninguna escuela de odontología. ¿No tengo derecho a hacer lo que me parezca? —exclamó de repente.
—Si conoces tu oficio, ¿no basta con eso? —chilló Trina.
—Seguro, seguro —gruñó McTeague—. No dejaré de trabajar por ellos.
—Tú sigue —dijo Trina—, y apuesto a que no volverás a oír ni una palabra al respecto.
—¿Y si voy al ayuntamiento y los busco? —aventuró McTeague. —¡No, no, no lo hagas, Mac! —exclamó Trina—. Porque si Marcus lo
ha hecho solo para asustarte, en el ayuntamiento no sabrán nada al respecto, pero empezarán a hacerte preguntas y descubrirán que nunca te graduaste de una escuela de odontología, y entonces estarás peor que nunca.
—Pues no voy a renunciar por un simple trozo de papel —declaró el dentista. La frase se le había quedado pegada. Se pasaba todo el día en las habitaciones ocupándose de sus cosas o trabajando en la clínica, gruñendo detrás del bigote tupido—: No voy a renunciar por un simple trozo de papel. No, no voy a renunciar por un simple trozo de papel. Seguro que no.
Transcurrieron los días, pasó una semana, McTeague siguió trabajando como siempre. No volvieron a saber nada del ayuntamiento, pero el suspense de la situación era angustiante. Trina estaba preocupadísima. El terror los rondaba todo el tiempo, se iba a la cama con ellos, se sentaba a desayunar con ellos en la cocina, los acompañaba a lo largo de todo el día.
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Trina no se atrevía a pensar en lo que les depararía el destino si de repente se quedaban sin los ingresos derivados del oficio de McTeague. Entonces tendrían que recurrir al interés de su dinero de la lotería y a la miseria que ganaba por la elaboración de los animales del arca de Noé, un poco más de treinta dólares al mes. No, no, era impensable. Era imposible que les arrebataran el sustento de esa forma.
Transcurrió una quincena.
—Creo que estamos bien, Mac —se permitió decir Trina—. Parece que estamos bien. ¿Cómo van a enterarse de si estás ejerciendo o no?
Ese día, un oficial le entregó personalmente a McTeague una segunda notificación mucho más perentoria. Entonces, de repente, un pánico aterrador, irracional, instintivo, se apoderó de Trina. Estaba segura de que, si McTeague insistía, los dos irían a prisión; un lugar donde encadenaban a la gente a la pared en la oscuridad y la alimentaban con pan y agua.
—Oh, Mac, tienes que renunciar —gimió—. No puedes continuar. Ellos pueden obligarte a dejar de trabajar. Oh, ¿por qué no fuiste a una escuela de odontología? ¿Por qué no averiguaste que tenías que tener un título? Y ahora somos pobres, indigentes. Tenemos que irnos de aquí… de esta casa donde he sido… donde hemos sido tan felices, y vender todas las cosas bonitas; vender los cuadros y el órgano y… ¡oh, es terrible!
—¿Eh? ¿Eh? ¿Qué? ¿Qué? —exclamó el dentista, desconcertado—.
No voy a renunciar por un simple trozo de papel. Que vengan a sacarme.
Ya verán. Ellos… ellos no pueden ningunearme.
—Oh, está muy bien hablar así, pero tendrás que renunciar.
—Pues no somos pobres —exclamó McTeague de repente al pensar en una idea—. Aún tenemos nuestro dinero. Tú tienes tus cinco mil dólares y el dinero que has estado ahorrando. La gente no es pobre cuando tiene más de cinco mil dólares.
—¿Qué quieres decir, Mac? —gritó Trina con recelo.
—Pues que podemos vivir de ese dinero hasta… hasta… hasta… — enmudeció con un movimiento vacilante de los hombros y miró a su alrededor con ojos estúpidos.
—¿Hasta cuándo? —gritó Trina—. Nunca habrá un hasta. Tenemos el interés de los cinco mil dólares y tenemos lo que me da el tío Oelbermann, un poco más de treinta dólares, y eso es todo. Tendrás que encontrar algo que hacer.
—¿Qué puedo encontrar yo?
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¿Qué, en realidad? McTeague tenía más de treinta años, y lo menos que se podía decir es que era lento y corto de entendederas. ¿Qué nuevo oficio podría aprender a esa edad?
Poco a poco, Trina le hizo comprender la calamidad que les había sucedido, y McTeague empezó a cancelar sus citas finalmente. Trina anunció que estaba enfermo.
—Nadie tiene por qué enterarse de lo que nos ha pasado —le dijo a su marido.
Pero solo muy lentamente McTeague abandonó su oficio. Todas las mañanas después del desayuno iba a su clínica como siempre y trabajaba con sus instrumentos, su motor dental y su lavabo en la esquina detrás del biombo donde hacía los moldes. Afilaba una cucharilla, luego se dedicaba a hacer láminas y cilindros durante una hora entera. Después observaba la pizarra, donde llevaba el registro de sus citas.
Un día, Trina abrió suavemente la puerta de la consulta y entró desde el salón. No había oído a McTeague moverse desde hacía un buen rato y había empezado a preguntarse qué estaba haciendo. Entró y cerró la puerta silenciosamente tras de sí. McTeague había limpiado la habitación con el mayor esmero. Los volúmenes del Practical Dentist y el American System of Dentistry estaban apilados sobre la mesita de mármol en bloques rectangulares. Las pocas sillas estaban puestas contra la pared bajo el grabado de la corte de Lorenzo de Medici con más precisión que de costumbre. El motor dental y los bordes de níquel del sillón de operaciones brillaban de limpios, y en el mirador, sobre el aparador móvil, McTeague había arreglado los instrumentos con una pulcritud y exactitud extremas, —cucharillas, condensadores, fórceps, pinzas, discos de corindón y fresas y hasta el mazo de boj que Trina no volvería a usar nunca… todos estaban dispuestos y listos para su uso inmediato.
El mismo McTeague estaba sentado en el sillón de operaciones y contemplaba tontamente los tejados de enfrente, con la mirada perdida y las manos rojas sobre el regazo. Trina se le acercó. Había algo en los ojos de su marido que le hizo rodearle el cuello con ambos brazos y poner la cabezota con la mata de pelo espeso y rubio sobre su hombro.
—Tengo… tengo todo preparado —dijo él—. Tengo todo preparado y listo. Mira, todo está listo y esperando y… y… y nadie viene, y nadie volverá nunca más. ¡Oh, Trina! —La rodeó con los brazos y la acercó hacia sí.
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—No importa, cariño; no importa —sollozó Trina entre lágrimas—. Todo se arreglará al final, y seremos pobres juntos si nos toca. Seguro encontrarás algo que hacer. Empezaremos de nuevo.
—Mira la pizarra —dijo McTeague apartándose de ella y estirándose para coger la pizarra en la que llevaba el registro de las citas—. Míralos. Está Vanovitch el miércoles a las dos, y la mujer de Loughhead el jueves por la mañana, y la hijita de Heise el jueves por la tarde, a la una y media; la señora Watson el viernes, y otra vez Vanovitch el sábado a primera hora… a las siete. Son las citas que debería haber tenido, y no vendrán. No vendrán nunca más.
Trina le quitó la pequeña pizarra y la miró con arrepentimiento. —Bórralos —le dijo con voz temblorosa—; bórralos todos. —Y
mientras hablaba, los ojos volvieron a llenársele de lágrimas y una lagrimota cayó en la pizarra—. Eso es —dijo—; esa es la forma de borrarlos, con mi llanto. —Luego pasó los dedos por encima de la escritura borrosa y limpió la pizarra—. Se han ido todos, todos —dijo.
—Se han ido todos —repitió el dentista. Se hizo silencio. McTeague se levantó después de un rato y se estiró a sus casi dos metros de altura, con el rostro lívido y los puños enormes, como mazos, alzados sobre la cabeza. Su mandíbula maciza se veía más prominente que nunca, y sus dientes chasqueaban y chirriaban entre sí; luego gruñó:
—Si algún día llego a toparme con Marcus Schouler… —calló abruptamente, el blanco de sus ojos se enrojeció de repente.
—Oh, si algún día te topas con él —exclamó Trina, sin aliento.
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—BUENO, ¿qué te parece? —preguntó Trina.
Estaba con McTeague en una habitación minúscula en la parte trasera de la casa y en el último piso. Era un cuarto enjalbegado que contaba con una cama, tres sillas de mimbre y un lavabo de madera con su jofaina y su jarra. La única ventana sin cortinas daba al mugriento patio trasero de la casa y los tejados de los tugurios que bordeaban el callejón de atrás. En el suelo había una alfombra harapienta. En lugar de un armario había una docena de percheros en la pared sobre el lavabo. En el aire había un olor a jabón barato y antigua grasa para el pelo.
—Es una cama sencilla —dijo Trina—, pero la casera dice que nos pondrá una doble. Verás…
—No voy a vivir aquí —gruñó McTeague.
—Pues tienes que vivir en algún lado —dijo Trina con impaciencia—.
Hemos buscado en toda Polk Street, y solo nos alcanza para esto.
—Alcanza, alcanza —masculló el dentista—. Tú con tus cinco mil dólares, y los doscientos o trescientos que tienes ahorrados, hablando de que no nos alcanza. Me pones enfermo.
—Bueno, Mac —exclamó Trina pausadamente al sentarse en una de las sillas de mimbre—; bueno, Mac, vamos a…
—Pues no pienso vivir en un cuarto —gruñó el dentista con resentimiento—. Vivamos decentemente hasta que podamos empezar de nuevo. Tenemos el dinero.
—¿Quién tiene el dinero?
—Nosotros tenemos el dinero.
—¡Nosotros!
—Todo está en la familia. Lo que es tuyo es mío, y lo que es mío es tuyo, ¿no es así?
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—No, no es así; no, no es así; no, ¡no es así! —gritó Trina con vehemencia—. Es todo mío, mío. Ni un solo centavo le pertenece a nadie más. No me gusta tener que hablarte así, pero me obligas. No vamos a tocar ni un centavo de mis cinco mil dólares y ni un centavo del dinerillo que he conseguido ahorrar… esos setenta y cinco dólares.
—Querrás decir esos doscientos.
—Esos setenta y cinco. Vamos a vivir únicamente del interés y de lo que me gano con el tío Oelbermann… únicamente de esos treinta y uno o treinta y dos dólares.
—¡Ja! ¿Crees que voy a vivir en un cuarto como este? Trina cruzó los brazos y lo miró directamente a la cara. —¿Y qué vas a hacer entonces? —¿Eh?
—He dicho: ¿qué vas a hacer? Bien puedes ir y buscar algo que hacer y ganar un poco más de dinero, y entonces hablaremos.
—Pues no voy a vivir aquí.
—Ah, muy bien, haz lo que te dé la gana, yo voy a vivir aquí. —Vivirás donde yo te diga —gritó de repente el dentista, exasperado
por el tono afectado de Trina.
—Entonces tú pagarás el arriendo —exclamó ella, casi tan furiosa como él.
—¿Acaso mandas tú? Quisiera saberlo. ¿Quién manda, tú o yo? —¿Quién tiene el dinero? Quisiera saberlo —gritó Trina, y hasta los
pálidos labios se le pusieron rojos—. Contéstame, McTeague, ¿quién tiene el dinero?
—Me das asco, tú y tu dinero. Eres una avara, vamos. Nunca he visto nada igual. Cuando estaba ejerciendo, nunca pensé que mis honorarios fueran míos; poníamos todo entre los dos.
—Exactamente; y ahora soy yo la que trabaja. Estoy trabajando para el tío Oelbermann, y tú no estás poniendo nada. Yo lo hago todo. ¿Sabes qué estoy haciendo, McTeague? Te estoy manteniendo.
—Ah, cállate; me das asco.
—No tienes ningún derecho a hablarme de esa forma. No te lo permito. No… no lo tolero. —Se quedó sin aliento. Tenía lágrimas en los ojos.
—Bah, vive donde quieras, pues —dijo McTeague con resentimiento. —Bueno, ¿alquilamos este cuarto entonces?
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—Está bien, hagámoslo. Pero ¿por qué no puedes sacar un poco de tu dinero y… y… arreglarlo un poco?
—Ni un centavo, ni un solo centavo.
—Ah, no me importa lo que hagas.
Y el dentista y su mujer no volvieron a hablar en todo el día.
Esa no fue la única riña que tuvieron durante esos días en que estuvieron ocupados en buscar nuevas dependencias y mudarse de la suite. El tema del dinero surgía a toda hora. Desde que McTeague se quedara sin trabajo, Trina se había vuelto más mezquina que nunca. Ya no era solo una cuestión de economía. Era un pánico aterrador ante la posibilidad de ir a tocar una facción de centavo de sus ahorritos, así como un deseo apasionado de continuar ahorrando a pesar de todo lo que les había pasado. Fácilmente, le habría alcanzado para pagar un sitio mejor que el cuarto enjalbegado del último piso de la casa, pero le hizo creer a McTeague que era imposible.
«Todavía puedo ahorrar un poco —se dijo a sí misma después de arrendar el cuarto—, quizá casi lo mismo de siempre. Pronto tendré trescientos dólares, y Mac piensa que son solo doscientos. Son casi doscientos cincuenta; y sacaré una buena tajada de la venta».
Pero esta venta fue un largo martirio. Duró una semana. Y se fue todo… todo menos las pocas cosas que iban con la suite y que pertenecían al fotógrafo. El órgano, las sillas, la mesa de nogal negro ante la cual se habían casado, la mesa ampliable del salón, la mesa de la cocina con el mantel de hule, las lito grafías enmarcadas de los diarios ilustrados ingleses, hasta las alfombras del suelo. Pero a Trina casi se le rompe el corazón cuando empezaron a irse los utensilios y el mobiliario de la cocina. Cada olla, cada cazo, cada cuchillo y cada tenedor era un viejo amigo. ¡Cómo los había usado! ¡Cuán limpios los había mantenido! ¡Qué placer había sido invadir esa cocinita de suelo de ladrillo todas las mañanas, y lavar y recoger después del desayuno, hacer correr el agua caliente en el fregadero, remover las cenizas del fogón, ir y venir sobre los ladrillos cálidos, con la cabeza en alto, cantando mientras trabajaba, orgullosa de sus posesiones y su independencia! ¡Qué feliz había sido el día después de su matrimonio al entrar por primera vez en esa cocina y saber que era toda suya! ¡Y qué bien recordaba sus batidas en los mostradores de ofertas en los departamentos de muebles para el hogar de los grandes almacenes del centro! Y ahora debía irse todo. Alguien más lo
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tendría, mientras ella se veía relegada a los restaurantes baratos y las comidas cocinadas por sirvientes contratados. Noche tras noche, sollozaba hasta quedarse dormida pensando en su felicidad pasada y su desdicha presente. Sin embargo, no estaba sola en su infelicidad.
—En todo caso, me quedo con el grabado de acero y el doguillo de piedra —afirmó el dentista y cerró los puños. Cuando llegó la hora de vender los efectos del consultorio, McTeague se rebeló con la obstinación instintiva de un niño, tapándose los ojos y las orejas. Solo poco a poco pudo Trina inducirlo a separarse del mobiliario de su clínica. McTeague peleó por cada objeto: la estufita de hierro, el sofá cama, la mesita de mármol, la estantería del rincón, el atado de volúmenes del Allen’s.
Practical Dentist, el calendario del fabricante de fusiles y las sillas militares. Una verdadera escena tuvo lugar entre él y su mujer antes de que consiguiera separarse del grabado de acero de Lorenzo de Medici con su corte y del doguillo de piedra con ojos desorbitados.
—Pero —gritaba— ¡los he tenido desde que… desde que empecé, mucho antes de conocerte, Trina! Ese grabado de acero lo compré en Sacramento un día que estaba lloviendo. Lo vi en la vitrina de una tienda de segunda mano, y un tipo me dio el doguillo de piedra. Trabajaba en un colmado. Eso también fue en Sacramento. Hicimos un trueque. Yo le di una taza y una navaja de afeitar y él me dio el doguillo.
No obstante, hubo dos de sus pertenencias de las que ni siquiera Trina pudo inducirlo a separarse.
—Y tu concertina, Mac. —Señaló Trina cuando estaban haciendo la lista para el comerciante de segunda mano—. La concertina y… oh, sí, el canario y Ja jaula.
—No.
—Mac, debes ser razonable. La concertina implicaría una buena suma, y la jaula está casi nueva. Le venderé el canario al tipo de la tienda de pájaros de Kearney Street.
—No.
—Si vas a oponerte a cada cosa mejor lo dejamos así. Vamos, Mac, la concertina y la jaula. Las pondremos en el lote D.
—No.
—Tarde o temprano tendrás que ceder. Yo estoy renunciando a todo.
Voy a anotarlos, mira.
—No.
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Y no pudo llegar más lejos. El dentista no perdió los estribos como en el caso del grabado de acero o el doguillo de piedra; simplemente se opuso a los ruegos y métodos de persuasión de su mujer con una obstinación pasiva, inerte, inamovible. Al final, Trina se vio forzada a rendirse. McTeague conservó su concertina y su canario, y llegó incluso al punto de ponerlos en un sitio alejado de la habitación, con etiquetas en las que había garabateado con unas letras redondas e inmensas. «No está en venta».
Una tarde, durante esa misma semana, el dentista y su mujer estaban en el salón desmantelado. Parecía como si hubiera habido un naufragio. Las cortinas de encaje de Nottingham estaban descolgadas. Sobre la mesa ampliable había pilas de platos, tazas de té y café y cestas llenas de cucharas, cuchillos y tenedores. Habían arrastrado el órgano hasta el centro de la habitación y lo habían cubierto con una manta en la que ponía «Lote A»; los cuadros estaban en una pila en un rincón; los portieres de felpilla estaban doblados encima de la mesa de nogal negro.
La habitación estaba desolada, lúgubre. Trina repasaba el inventario; McTeague, en mangas de camisa, fumaba su pipa y miraba por la ventana con ojos estúpidos. De repente, alguien llamó a la puerta enérgicamente.
—¡Adelante! —gritó Trina con temor. Por ese entonces, ante cada visita inesperada ella suponía una nueva calamidad. La puerta se abrió para dar paso a un hombre joven con un traje a cuadros, un pañuelo alegre y un chaleco con un diseño maravilloso. Trina y McTeague lo reconocieron de inmediato. Era el Otro Dentista, el tipo gallardo cuyos clientes eran los barberos y las jóvenes de las confiterías y las heladerías, el presumido, el viste-chalecos, que apostaba dinero en las carreras de galgos.
—¿Qué tal? —preguntó y les hizo una reverencia graciosa a los McTeague, que lo miraron con desconfianza—. ¿Qué tal? Me han dicho que se retira del oficio, doctor.
McTeague masculló cosas ininteligibles detrás del bigote y lo fulminó con la mirada.
—Pues bien —continuó el otro alegremente—, me gustaría proponerle un negocio. Su cartel, la enorme muela dorada que tiene por fuera de la ventana… supongo que ya no le sirve. Yo podría comprársela si llegamos a un acuerdo.
Trina disparó una mirada a su marido. McTeague volvió a fruncir el ceño.
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—¿Qué dice? —dijo el Otro Dentista. —Creo que no —gruñó McTeague. —¿Qué le parece diez dólares?
—¡Diez dólares! —gritó Trina, con el mentón en alto.
—Bueno, ¿qué cifra le pone usted?
Trina estaba a punto de responder cuando McTeague la interrumpió.
—Lárguese de aquí.
—¿Ah? ¿Qué?
—Lárguese de aquí.
El otro retrocedió hacia la puerta.
—No puede ningunearme. Ahora lárguese de aquí.
McTeague dio un paso adelante y cerró sus puños rojos y enormes. El joven huyó. Pero a la mitad de las escaleras se detuvo el tiempo suficiente para gritar:
—No quiere canjear nada por un diploma, ¿o sí?
McTeague y su mujer se cruzaron miradas.
—¿Cómo lo sabía? —exclamó Trina bruscamente. Ellos habían inventado y propagado la ficción de que McTeague simplemente se retiraba del negocio, sin dar ninguna razón. Pero, obviamente, todo el mundo sabía cuál era la verdadera causa. La humillación era completa. Al día siguiente, la vieja señorita Baker confirmó sus sospechas al respecto. La pequeña modista jubilada fue y lloró con Trina por su desgracia e hizo lo que pudo por animarla. Pero ella también estaba al tanto de que las autoridades le habían prohibido a McTeague que siguiera ejerciendo. Era evidente que Marcus no les había dejado ninguna escapatoria.
—Es como si le hubieran cortado las manos a su marido, mi querida — dijo la señorita Baker—. Y los dos eran tan felices. La primera vez que los vi juntos pensé: «¡Qué pareja!».
El viejo Grannis también los visitó durante el periodo de descomposición del hogar de los McTeague.
—Terrible, terrible —murmuró el viejo inglés llevándose la mano trémula a la barbilla—. Me parece injusto, sí. Pero el señor Schouler no puede haberlo hecho. No puedo creer eso de él.
—¡De Marcus! —gritó Trina—. ¡Ja! Si una vez le lanzó a Mac su cuchillo, y otra vez le mordió; le mordió con sus propios dientes mientras estaban luchando en broma. Marcus haría cualquier cosa para herir a Mac.
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—Vaya, vaya —respondió el señor Grannis, sinceramente apenado—.
Siempre creí que el señor Schouler era un buen tipo.
—Eso es porque usted mismo es muy bueno, señor Grannis — respondió Trina.
—Le digo una cosa, doc —afirmó Heise, el fabricante de arneses, agitando el dedo con gesto imponente ante el dentista—; tiene que luchar; tiene que apelar a los tribunales; usted lleva demasiado tiempo ejerciendo como para que ahora lo inhabiliten. El estatuto de limitaciones, usted sabe. —¡No, no! —exclamó Trina cuando el dentista le repitió este consejo
—. No, no, ni te acerques a los tribunales. Yo los conozco. Los abogados te quitan todo tu dinero y pierdes el caso. Ya estamos mal como estamos, sin meternos con la justicia.
La venta llegó finalmente. McTeague y Trina, a quienes la señorita Baker había invitado a su habitación ese día, se quedaron uno al lado del otro, cogidos de la mano, oyendo nerviosamente la agitación que les llegaba desde la suite. Hubo un gentío entrando y saliendo desde las nueve hasta el anochecer. Toda la población de Polk Street parecía haber invadido la pequeña suite, atraída por la bandera roja que ondeaba en las ventanas delanteras. Era una feria, una verdadera fiesta para todo el barrio. Se presentó gente que no tenía ninguna intención de comprar. Mujeres jóvenes —las chicas de las confiterías y las aprendices de florista— iban a ver el espectáculo tomadas del brazo y pasaban de un cuarto a otro burlándose de las litografías bonitas e imitando el cuadro de las dos niñas que rezaban.
—¡Mira! —gritaban—, mira lo que tenía de cortinas… ¡Encaje de Nottingham, en serio! ¿Quién compra encaje de Nottingham hoy en día? Oye, ¿no te pone nerviosa?
—¡Y un órgano! —exclamaba otra al alzar la manta—. Un órgano, cuando uno puede alquilar un piano por un dólar a la semana; y, oye, creo que comían en la cocina.
—Un dólar y medio, un dólar y medio, un dólar y medio, quién da dos —recitaba el subastador de la tienda de segunda mano. Hacia mediodía el gentío se convirtió en una aglomeración. Fuera, los carros se ponían en el bordillo y partían muy cargados. Se veía gente saliendo de la casa en todas las direcciones, llevando pequeños objetos de mobiliario: un reloj, una jarra para el agua, un estante para las toallas. Ocasionalmente, la vieja
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señorita Baker, que había ido a ver cómo progresaban las cosas, regresaba con reportes de su incursión.
—La señora Heise ha comprado los portieres de felpilla. El señor Ryer ha hecho una oferta por vuestra cama, pero un hombre con un abrigo gris ha ofrecido más y al final se ha subastado por tres dólares y medio. El zapatero alemán de la manzana siguiente ha comprado el doguillo. He visto a nuestro cartero marchándose con un montón de cuadros. Y ha venido Zerkow, ¡lo juro!, el ropavejero, y ha comprado muchísimo; ha comprado toda la cinta de oro del doctor McTeague y algunos de sus instrumentos. María también ha venido. El dentista de la esquina se ha llevado el motor dental y quería el cartel, la enorme muela dorada… —Y etcétera, etcétera. Sin embargo, lo más cruel de todo, al menos para Trina, fue cuando la misma señorita Baker empezó a comprar, incapaz de resistirse a una ganga. La última vez que regresó llevaba un fardo de los alegres tapetes que colgaban de los respaldos de las sillas.
—Él los ha ofrecido, tres por cinco centavos —le explicó a Trina—, y pensé que gastaría veinticinco. Ya no le importa, ¿cierto, señora McTeague?
—Vaya, no, por supuesto que no, señorita Baker —respondió Trina valientemente.
—Se verán muy bonitos en algunas de mis sillas —prosiguió la vieja y pequeña modista—. Mire. —Extendió uno en el respaldo de una de las sillas para demostrarlo. A Trina le tembló el mentón.
—Oh, muy bonito —respondió.
Finalmente, acabó ese día espantoso. El gentío se dispersó. El subastador salió el último, y cuando cerró la puerta de un portazo, el retumbo que recorrió la suite fue muestra de su desolación.
—Vamos —dijo Trina al dentista—, vamos a mirar… echemos un último vistazo.
Salieron de la habitación de la señorita Baker y descendieron a la planta de abajo. Pero se encontraron con el viejo Grannis en las escaleras. Llevaba un paquetito entre las manos. ¿Era posible que él también se hubiera aprovechado de sus desgracias y se hubiera unido a las batidas por la suite?
—He entrado —empezó a decir tímidamente— unos… unos pocos minutos. Esto —señaló el paquetito que llevaba— lo estaban subastando. No tenía ningún valor sino para vosotros. Yo… yo me atreví a ofrecer.
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Pensé que quizá —se llevó la mano a la barbilla—, que no os importaría; que… de hecho, lo he comprado para vosotros… de regalo. ¿Lo aceptáis? —Les entregó el paquete y se alejó deprisa. Trina arrancó el envoltorio.
Era la fotografía enmarcada del dentista y su mujer con sus galas nupciales, tomada inmediatamente después de la boda. Representaba a Trina sentada muy erguida en un sillón rojo, sosteniendo el ramo nupcial derecho delante de ella. McTeague estaba de pie a su lado, con el pie izquierdo hacia adelante, una mano en el hombro de Trina y la otra metida en el pecho de su levita, con la actitud de la estatua de un secretario de Estado.
—Ah, ha sido un detalle por su parte; ha sido un detalle por su parte — dijo Trina, los ojos volvieron a llenársele de lágrimas—. Había olvidado apartarla. Por supuesto que no estaba a la venta.
Bajaron las escaleras y, al llegar a la puerta del salón, la abrieron y miraron hacia adentro. La tarde había avanzado y había solo la luz necesaria para que el dentista y su mujer vieran los resultados del día de venta. No quedaba nada, ni siquiera la alfombra. Era un saqueo, una devastación; la aridez de un campo después del paso de un enjambre de langostas. La habitación había sido hurgada y despojada hasta dejar solamente las paredes y los suelos desnudos. Ahí donde se habían casado, donde había tenido lugar la cena nupcial, donde Trina se había despedido de su padre y de su madre, ahí donde había pasado esos primeros meses difíciles de su vida de casada, donde después se había contentado y alegrado, donde había pasado las largas horas de la tarde tallando, donde ella y su marido habían pasado tantos anocheceres mirando por la ventana antes de encender la lámpara… ahí, en lo que había sido su hogar, ya no había más que los ecos y el vacío de la desolación absoluta. Quedaba una sola cosa. En la pared entre las ventanas, en el marco de cristal ovalado, preservado por un proceso desconocido y temible, un vestigio melancólico de una felicidad desaparecida, sin vender, abandonado y olvidado, algo que nadie quiso, estaba el ramo nupcial de Trina.
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ENTONCES empezó la lucha. A los McTeague les habría costado menos enfrentar las desgracias si les hubieran sucedido justo después de la boda, cuando su amor estaba fresco y puro, y cuando habrían podido encontrar una cierta felicidad en ayudarse mutuamente y compartir las privaciones del otro. Trina, sin duda, amaba a su marido más que nunca, porque sentía que ella le pertenecía. Pero el cariño de McTeague por su mujer menguaba un poco cada día… en realidad venía menguando desde hacía un buen tiempo. Se había acostumbrado a ella para entonces; formaba parte del orden de las cosas que lo rodeaban; no le veía nada de extraordinario; ya no le causaba placer besarla y cogerla entre sus brazos; era simplemente su mujer. No le disgustaba; no la amaba. Era su mujer; eso era todo. Pero extrañaba y echaba de menos todos esos pequeños consuelos animales que ella había conseguido descubrirle en su antigua vida próspera. Echaba de menos las sopas de col y el chocolate humeante que le había enseñado a apreciar; echaba de menos el tabaco bueno que le había alentado a preferir; echaba de menos los paseos de las tardes de domingo con los que le había hecho reemplazar la siesta en el sillón de operaciones, y echaba de menos la cerveza de botella que le había inducido a beber en vez de la cerveza steam de Frenna. McTeague terminó volviéndose taciturno y malhumorado, y a veces se negaba a responderle cuando ella le hablaba. Además, la avaricia de Trina era un fastidio permanente. Con frecuencia, cuando el gasto de unos cinco o diez centavos podría haberles proporcionado un alivio considerable de esta infelicidad, Trina denegaba el dinero con una mezquindad exasperante.
—¡No, no! —exclamaba—. Ir al parque el domingo por la tarde significa diez centavos, y no me alcanza.
—Entonces vamos caminando.
—Tengo que trabajar.
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—Pero has trabajado mañana y tarde toda la semana.
—No me importa, tengo que trabajar.
Hubo una época en la que Trina odiaba la idea de que McTeague bebiera cerveza le parecía algo ordinario y vulgar.
—Oye, tomémonos una botella de cerveza esta noche. No nos hemos tomado ni una gota de cerveza en tres semanas.
—No nos alcanza. Son quince centavos la botella.
—Pero no he bebido ni un trago de cerveza en tres semanas.
—Pues entonces toma cerveza steam. Tienes cinco centavos. Te di veinticinco antes de ayer.
—Pero ya no me gusta la cerveza steam.
Así era con todo. Por desgracia, Trina había cultivado gustos en McTeague que él ya no podía satisfacer. Había llegado a sentirse muy orgulloso de su sombrero de seda y su levita, y le gustaba usarlos los domingos. Trina le había hecho venderlos. Prefería la mezcla de Yale para su pipa; Trina le había hecho rebajarse al Mastiff, un tabaco de cinco centavos con el que antes se contentaba pero que ahora detestaba. Le gustaba usar puños limpios; Trina le concedía un par limpio solo los domingos. Al principio, estas privaciones enfurecieron a McTeague. Luego, súbitamente, retomó las viejas costumbres (que habían sido suyas antes de conocer a Trina) con una facilidad sorprendente. Los domingos volvió a almorzar en la cantina de los revisores del tranvía y a pasar la tarde echado en la cama, cuan largo era, con el buche lleno, estúpido, caliente, fumando su enorme pipa, bebiendo su cerveza steam y tocando sus seis melodías tristes en su concertina hasta que se quedaba dormido, hacia las cuatro.
Después de pagar el arriendo y las cuentas pendientes, la venta del mobiliario había producido unos ciento treinta dólares. Trina sintió que el subastador de la tienda de segunda mano los había estafado y engañado y protestó sonoramente, sin ningún resultado. Pero arregló el asunto con el subastador por sí misma y compensó su decepción con respecto a la venta engañando a su marido en lo referente a la verdadera cantidad de los rendimientos. Era fácil mentirle a McTeague, quien lo daba todo por sentado, y desde el episodio de la artimaña con el dinero que debía haberle enviado a su madre Trina había descubierto que la falsedad se le daba más fácil que nunca.
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—El subastador me ha dado solo setenta dólares —le dijo a su marido —, y después de pagar el saldo pendiente del arriendo y la cuenta del tendero, solo han quedado cincuenta.
—¿Solo cincuenta? —murmuró McTeague meneando la cabeza—.
¿Solo cincuenta? Increíble.
—Solo cincuenta —afirmó Trina. Después, con cierta admiración ante su inteligencia, se dijo a sí misma: «No podría haberme ahorrado sesenta dólares más fácilmente», y agregó los ciento treinta al pequeño tesoro de la bolsa de gamuza y la cajita de latón al fondo del baúl.
En esos primeros meses de sus desgracias, la rutina de los McTeague era la siguiente: se levantaban a las siete y desayunaban en el cuarto; Trina cocinaba una comida muy exigua en una hornilla de aceite. Inmediatamente después de desayunar, Trina se sentaba a trabajar en la talla de los animales del arca de Noé y McTeague salía a pie hacia el centro. Había tenido la grandísima suerte de conseguir trabajo con un fabricante de instrumentos quirúrgicos, donde su destreza manual para elaborar cucharillas, condensadores y otros aparatos dentales le resultaba realmente útil. Almorzaba en la pensión de un marinero cerca del muelle y por la tarde trabajaba hasta las seis. Llegaba a casa a las seis y media, y él y Trina cenaban juntos en el comedor de damas, un apéndice de la cantina de los revisores del tranvía. Trina, mientras tanto, había trabajado todo el día en su talla, con un solo intervalo de media hora para el almuerzo, que ella misma preparaba sobre la hornilla de aceite. Al anochecer, los dos estaban tan cansados que no estaban de humor para conversar y se acostaban temprano, rendidos, agobiados, nerviosos y enfadados.
Trina ya no era tan escrupulosamente pulcra como antaño. Antes solía usar guantes mientras tallaba los animales del arca de Noé; ya no los usaba nunca. Todavía se tomaba en serio el momento de peinarse y hacerse el moño con su precioso pelo negro, pero a medida que transcurrían los días le parecía más y más cómodo trabajar con su bata de franela azul. Bajo la ventana donde trabajaba se acumulaban las esquirlas y las astillas, y no se esforzaba mucho por despejar el aire del cuarto, viciado por los gases de la hornilla de aceite y cargado de olor a comida guisada. No era alegre esa vida. La habitación misma no era alegre. La enorme cama doble cubría casi un cuarto del espacio disponible; las aristas del baúl y el lavabo sobresalían y le raspaban las canillas y los codos. Sobre las paredes y la madera había rayas y manchas de la pintura no tóxica que utilizaba. Sin
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embargo, en un rincón de la habitación, junto a la ventana, monstruoso, deformado, radiante, brillando con luz propia, estaba el anuncio de la clínica, la enorme muela dorada, la muela del Brobdingnagian.
Una tarde de septiembre, unos cuatro meses después de que los McTeague dejaran la suite, Trina estaba trabajando junto a la ventana. Había tallado una media docena de juegos de animales y estaba ocupada pintándolos y haciendo las arcas. Al alcance, sobre la mesa, tenía unos botecitos de pintura no tóxica junto con una caja de etiquetas que ponían: «Hecho en Francia». La enorme navaja estaba clavada a la parte inferior de la mesa. En ese momento estaba ocupada únicamente con los pinceles y el bote de pegamento. Con una suavidad y una habilidad maravillosas, Trina les daba vueltas a las figuritas entre sus dedos a medida que pintaba los pollos con amarillo Nápoles, los elefantes con azul grisáceo, los caballos con marrón Vandyke y un punto de blanco zinc para los ojos, para después pegarles las orejas y la cola con una gota de pegamento. En cuanto terminaba los animales, elaboraba y pintaba las arcas, cerca de una docena, que se abrían solo por una tapa que ocupaba la mitad del techo. Trabajó al máximo en esos días, puesto que desde entonces hasta una semana antes de navidades el tío Oelbermann recibía todos los juegos de arcas de Noé que ella pudiera elaborar.
De repente, Trina paró de trabajar y miró hacia la puerta con ojos expectantes. McTeague entró.
—¡Vaya, Mac! —exclamó Trina—. Apenas son las tres. ¿Por qué has venido a casa tan temprano? ¿Te han dejado salir?
—Me han despedido —dijo McTeague, y se sentó en la cama. —¡Te han despedido! ¿Por qué?
—No sé. Dijeron que los tiempos se están poniendo difíciles y que tenían que despedirme.
Trina dejó caer las manos manchadas de pintura sobre el regazo. —¡Oh! —gritó—. Somos la pareja con la peor suerte del mundo. ¿Qué
puedes hacer ahora? ¿No hay otro sitio como ese donde hagan instrumentos quirúrgicos?
—¿Eh? No, no lo sé. Hay tres más.
—Bueno, tienes que intentarlo de inmediato. Ve ya mismo.
—¿Eh? ¿Ya mismo? No, estoy cansado. Iré por la mañana.
—¡Mac! —chilló Trina, preocupada—, ¿qué estás pensando? Hablas como si fuéramos millonarios. Tienes que ir en este instante. Estás
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perdiendo dinero con cada segundo que pasas ahí sentado. —Acosó al grandullón a que volviera a levantarse, le puso el sombrero en las manos y lo empujó hada la puerta mientras él obedecía, sumiso y dócil como un enorme caballo de tiro. Ya iba por las escaleras cuando ella llegó corriendo tras él.
—Mac, te han pagado la liquidación al despedirte, ¿no?
—Sí.
—Entonces debes de tener algo de dinero. Dámelo.
El dentista alzó un hombro, inquieto.
—No, no quiero.
—Lo necesito. Se ha acabado el aceite de la hornilla, y esta noche tengo que comprar más cupones de comida.
—Siempre pidiéndome dinero —masculle5 el dentista, aunque vació sus bolsillos para ella—. Yo… te has quedado con todo —refunfuñó—. Mejor déjame algo para el tranvía. Va a llover.
—¡Bah! Puedes caminar perfectamente. Un grandullón como tú no teme a una caminadita, y no va a llover.
Trina había vuelto a mentir en lo que se refería tanto a la necesidad de aceite para la hornilla como a los cupones para el restaurante. Pero ella sabía, por instinto, que McTeague llevaba el dinero consigo y no pensaba dejarlo salir de la casa. Escuchó con atención hasta estar segura de que se había ido, luego abrió el baúl a toda prisa y escondió el dinero en la bolsa de gamuza al fondo.
El dentista se presentó esa tarde ante todos los fabricantes de instrumentos quirúrgicos, y en todas partes lo rechazaron de inmediato. Entonces empezó a llover, una llovizna fina y fría que lo dejó empapado y congelado. No tenía paraguas, y Trina no le había dejado ni cinco centavos para el tranvía. Empezó a caminar hacia casa bajo la lluvia, pero había un buen trecho hasta Polk Street, pues la última fábrica que había visitado estaba detrás de Folsom Street y no muy lejos del embarcadero.
Para cuando llegó a Polk Street, los dientes le castañeteaban del frío. Estaba empapado de pies a cabeza. Al pasar por la tienda de arneses de Heise quedó atrapado bajo un diluvio repentino y se vio obligado a guarecerse en el vestíbulo. Él, a quien le encantaba estar caliente, dormir y alimentarse bien, estaba helado, exhausto y con los pies doloridos después de recorrer la ciudad. Y no le esperaba más que una cena mal cocinada en la cantina —comida caliente en un plato frío, pudín medio hecho, café
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turbio y pan rancio—, y tenía frío, muchísimo frío, y estaba empapado. De repente lo invadió una ira súbita hacia Trina. Era su culpa. Ella sabía que iba a llover y no le había dado ni cinco centavos para el tranvía, ella, que tenía cinco mil dólares. Había dejado que recorriera las calles bajo la lluvia y el frío.
—Avara —gruñó detrás del bigote—. Avara, asquerosa, pedazo de avara. Eres peor que el viejo Zerkow, todo el tiempo dando la lata por el dinero, el dinero, y tienes cinco mil dólares. Tienes más, y vives en ese hueco apestoso y no quieres tomarte una cerveza decente. No voy a soportarlo mucho más. Ella sabía que iba a llover. Ella lo sabía. ¿No se lo dije? Y me saca de mi propia casa mientras llueve para que consiga dinero para ella, más dinero, y me lo quita. Me ha quitado el dinero que me había ganado. No era suyo; era mío; yo me lo gané… y ni cinco centavos para el tranvía. No le importa si me mojo y me resfrío y me muero. No, no le importa, mientras ella esté caliente y tenga su dinero. —Se fue sintiendo cada vez más y más indignado ante el cuadro que se hacía de sí mismo—. «No voy a soportarlo mucho más», repitió.
—Vaya, doc, buenas. ¿Es usted? —exclamó Heise al abrir la puerta de la tienda de arneses detrás de él—. Entre, no se quede ahí bajo la lluvia. Pero si está empapado —añadió cuando los dos entraron en la tienda que apestaba a cuero engrasado—. ¿No tenía ningún paraguas? Debería haber cogido un tranvía.
—Supongo que sí… supongo que sí —murmuró el dentista, confundido. Le castañeteaban los dientes.
—Va a coger una pulmonía —exclamó Heise—. ¿Sabe qué? —dijo mientras cogía el sombrero—, vamos al lado a la taberna de Frenna a beber algo para que se caliente. Le pediré a mi mujer que se encargue de la tienda.
Llamó a la señora Heise para que bajara del piso de encima y llevó a McTeague al bar de Frenna, que estaba a dos puertas de la tienda de arneses calle arriba.
—Dos whiskys, Joe —le dijo al tabernero cuando él y el dentista se acercaron al mostrador.
—¿Eh? ¿Qué? —dijo McTeague—. ¿Whisky? No, no puedo beber whisky. No va conmigo.
—¡Bah, al diablo! —replicó Heise tranquilamente—. Tómelo como un remedio. Cogerá una pulmonía si se queda ahí empapado. Dos whiskys,
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Joe.
McTeague vació la copita de un único y enorme trago.
—Así se hace —dijo Heise con gesto de aprobación—. Le hará bien.
—Bebió el suyo despacio.
—Yo… yo lo invitaría a una copa, Heise —dijo el dentista, quien tenía una vaga idea de las cortesías en el bar—. Es que —añadió con vergüenza —, es que… verá, creo que no llevo monedas. —La cólera hacia Trina, caldeada por el whisky que había bebido, volvió a encenderse. En qué posición más humillante lo había puesto, no dejarle ni para una copa con un amigo, ¡ella, que tenía cinco mil dólares!
—¡Bah! No pasa nada, doc —replicó Heise, mordisqueando un grano de café—. ¿Quiere otro? ¿Eh? Yo invito. Dos más, Joe.
McTeague titubeó. Era lamentablemente cierto que el whisky no iba con él; lo sabía demasiado bien. Sin embargo, en ese momento sintió un calor confortable en la boca del estómago. La sangre empezaba a circular por las heladas yemas de sus dedos y sus pies empapados. Había tenido un día duro; en realidad, la última semana, el último mes, los últimos tres o cuatro meses habían sido duros. Se merecía una pequeña consolación. Trina tampoco podría oponerse; no le estaba costando ni un centavo. Bebió otra copa con Heise.
—Venga hacia la estufa y caliéntese —lo apremió Heise al tiempo que acercaba un par de sillas y ponía los pies sobre el guardallamas. Los dos se pusieron a charlar mientras el abrigo y los pantalones encharcados de McTeague humeaban.
—¡Qué jugada más sucia la que le hizo Marcus Schouler! —dijo Heise meneando la cabeza—. Debería haberse defendido, doc, seguro. Ha ejercido demasiado tiempo.
Hablaron de este asunto unos diez o quince minutos, hasta que Heise se levantó.
—Bueno, así no se gana dinero. Tengo que regresar a la tienda. McTeague se levantó también, y los dos se dirigieron a la puerta,
donde se encontraron con Ryer justo al salir.
—Buenas, buenas —gritó este—. ¡Dios, qué día más lluvioso! Vais en la dirección equivocada. Beberéis una copa conmigo. Tres ponches de whisky, Joe.
—No, no —dijo McTeague sacudiendo la cabeza—. Voy de regreso a casa. Ya he bebido dos vasos de whisky.
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—¡Bah! —gritó Heise y lo cogió del brazo—. Un tipo grande y robusto como usted no le tiene miedo a un poco de whisky.
—Bueno, yo… yo… tendré que irme enseguida… —protestó McTeague.
Cerca de media hora después de que el dentista saliera hacia el centro, María Macapa había ido a visitar a Trina. De vez en cuando, María pasaba a verla y conversaban más o menos una hora mientras Trina trabajaba. Al principio, Trina había tendido a sentirse molesta con esas intromisiones de la mexicana, pero últimamente había empezado a tolerarlas. Lo menos que se podía decir de su día es que era largo y triste, y no tenía a nadie con quien hablar. Trina sentía incluso que la vieja señorita Baker se había vuelto menos cordial desde su desgracia. María le contaba todos los chismes de la casa y el barrio y, lo que era mucho más interesante, sus problemas con Zerkow.
Trina se decía a sí misma que María era ordinaria y vulgar, pero una tenía que tener alguna distracción, y así podía hablar y escuchar sin interrumpir su trabajo. En aquella ocasión, María estaba muy nerviosa por la forma en que Zerkow se estaba comportando últimamente.
—Se está poniendo cada vez peor —le informó a Trina al sentarse en el borde de la cama y apoyar el mentón en la mano—. Dice que sabe que tengo los platos y que se los estoy escondiendo. El otro día pensé que se había ido con su carro, yo estaba planchando y al poco rato, de repente, lo
vi espiándome por la ranura de la puerta. Hice como si no lo hubiera visto, y él se quedó ahí más de dos horas observando todo lo que hacía. Podía sentir sus ojos en mi nuca todo el tiempo. El domingo pasado tumbó parte de la pared porque decía que me había visto haciendo unas figuras en ella. Y sí, es verdad, pero era solo la lista de la colada. ¡Todo el tiempo dice que me matará si no se lo digo!
—¿Y por qué te quedas con él? —exclamó Trina—. Yo tendría muchísimo miedo de un hombre así, además ya te amenazó con un cuchillo una vez.
—¡Ja! Él no va a matarme, ¡ni loco! Si me matara no sabría nunca dónde están los platos; eso es lo que él cree.
—Pero no lo entiendo, María, tú misma le hablaste de esos platos de oro.
—¡Nunca, nunca! Nunca he visto tanta gente tan loca como ustedes. —Pero dices que a veces te pega.
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—¡Ja! —dijo María agitando la cabeza con desdén—. No le tengo miedo. A veces me amenaza con el látigo, pero yo siempre me las arreglo. Le digo: «Si me tocas con eso, entonces no te lo diré nunca». Fingiendo, usted sabe, y él lo suelta como si estuviera al rojo vivo. Oiga, señora McTeague, ¿no tiene un poco de té? Preparemos una taza en la hornilla.
—¡No, no! —gritó Trina con un temor mezquino—; no, no tengo ni un poquito.
La tacañería de Trina había llegado al punto de superar el mero deseo de acumular dinero. Incluso le dolía tener que pagar por los alimentos que ella y McTeague consumían, y hasta se llevaba terrones de azúcar, medias rebanadas de pan y fruta de la cantina de los revisores del tranvía. Escondía estos hurtos en el anaquel junto a la ventana y solía arreglárselas para hacer un almuerzo bastante encomiable para los dos, y lo disfrutaba con mayor fruición porque no le había costado nada.
—No, María, no tengo ni un poquito de té —dijo sacudiendo la cabeza con decisión—. Escucha, ¿no es McTeague? —añadió, con el mentón en alto—. Son sus pasos, seguro.
—Bueno, pues me largo —dijo María. Se marchó a toda prisa y pasó junto al dentista en el pasillo justo al otro lado de la puerta.
—¿Y bien? —dijo Trina con aire interrogativo cuando entró su marido. McTeague no respondió. Colgó el sombrero en la percha detrás de la puerta y se dejó caer pesadamente en una silla.
—¿Y bien? —preguntó Trina ansiosamente—, ¿qué tal te ha ido, Mac? El dentista seguía fingiendo no oír y contempló sus botas embarradas
con muy mala cara.
—Dime, Mac, quiero saberlo. ¿Has conseguido trabajo? ¿Te has mojado?
—¿Que si qué? ¿Que si qué? —gritó el dentista bruscamente, con una presteza en la actitud y en la voz que Trina nunca había percibido—. Mírame. Mírame —continuó, hablando con una rapidez inusitada y un ingenio aguzado; sus ideas se sucedían velozmente—. Mírame, estoy empapado, tiritando de frío.
He recorrido toda la ciudad. ¡Bajo la lluvia! Sí, supongo que me he mojado, y no será gracias a ti si no he cogido una pulmonía; no me has dado ni cinco centavos para el tranvía.
—Pero, Mac —protestó Trina—. Yo no sabía que iba a llover.
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El dentista echó la cabeza hacia atrás y rio con desdén. Tenía la cara muy roja, y sus pequeños ojos centelleaban.
—¡Ja! No, no sabías que iba a llover. ¿Acaso no te lo dije? —exclamó de repente, otra vez con furia—. Oh, eres un encanto, eso es lo que eres. ¿Crees que voy a soportar tus tonterías todo el tiempo? ¿Quién manda, tú o yo?
—Vaya, Mac, nunca te había visto así antes. Pareces otro hombre. —Pues soy otro hombre —replicó el dentista ferozmente—. No puedes
ningunearme siempre.
—Bueno, no pasa nada. Tú sabes que no estoy tratando de ningunearte. Pero no importa, ¿has conseguido trabajo?
—¡Dame mi dinero! —exclamó McTeague, y dio un brinco enérgico. El gigante enorme y rubio mostraba una actividad, una auténtica agilidad que no había tenido antes; incluso su estupidez, la lentitud de su cerebro, parecía inusualmente estimulada—. Dame mi dinero, el dinero qué te di cuando estaba saliendo.
—¡No puedo! —exclamó Trina—. He pagado la cuenta del tendero mientras estabas fuera.
—No te creo.
—De veras, de veras, Mac. ¿Crees que te mentiría? ¿Crees que me rebajaría a eso?
—Bueno, la próxima vez que gane algo de dinero, me lo guardaré. —Pero dime, Mac, ¿has conseguido trabajo? McTeague le dio la espalda.
—Dímelo, Mac, por favor, ¿has conseguido algo?
El dentista dio un brinco y acercó su rostro al de ella, con su enorme mandíbula prominente y un brillo malicioso en sus pequeños ojos.
—¡No! —gritó—. No, no, no. ¿Has oído? No.
Trina se encogió ante él. Luego empezó a sollozar con fuerza, llorando en parte por la extraña brutalidad de su marido y en parte por la decepción ante su fracaso para encontrar trabajo.
McTeague echó una mirada despectiva a su alrededor, una mirada que abarcó el cuarto deprimente, sombrío, la lluvia que caía a chorros por los cristales de la única ventana y la figura de su mujer llorosa.
—Ali, ¿no es magnífico todo esto? —exclamó—. ¿No es encantador? —No es culpa mía —sollozó Trina.
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—Sí que lo es —gritó McTeague—. Sí que lo es. Podríamos vivir como cristianos y gente decente si lo quisieras. Tienes más de cinco mil dólares y eres tan asquerosamente avara que prefieres vivir en una ratonera, y hacerme vivir en ella a mí también, antes de separarte de un solo centavo. Te digo que estoy hasta la coronilla de todo este asunto.
Cualquier alusión al dinero de la lotería nunca dejaba de provocar a Trina.
—¡Y yo también te diré una cosa! —gritó ella, parpadeando para contener las lágrimas—. Ahora que no tienes trabajo no nos alcanza ni para vivir en tu ratonera, como la llamas. Tenemos que buscar un sitio aún más barato que este.
—¿Qué? —exclamó el dentista, lívido de ira—. ¿Qué? ¿Meternos en un hueco peor que este? Bueno, pues ya veremos si lo hacemos. Ya lo veremos. Después de esto, vas a hacer solo lo que te diga, Trina McTeague. —Y volvió a acercar su rostro al de ella:
—¡Yo sé lo que pasa! —chilló Trina con un medio sollozo—; yo lo sé, puedo olerlo en tu aliento. Has estado bebiendo whisky.
—Sí, he estado bebiendo whisky —replicó su marido—. He estado bebiendo whisky. ¿Tienes algo que decir al respecto? Ah, sí, tienes razón; he estado bebiendo whisky. ¿Qué tienes que decir ante el hecho de que haya estado bebiendo whisky? Oigámoslo.
—¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! —sollozó Trina, y se tapó la cara con las manos. McTeague le cogió las muñecas con una mano y se las empujó hacia abajo. El rostro pálido de Trina estaba cubierto de lágrimas; sus ojos azules, alargados y estrechos estaban anegados; su mentoncito encantador, alzado y tembloroso.
—Oigamos lo que tienes que decir —exclamó McTeague.
—Nada, nada —dijo Trina entre sollozos.
—Entonces deja de hacer ese ruido. Para, ¿me oyes? Para. —Alzó la mano abierta en un gesto amenazante—. ¡Para! —exclamó.
Trina lo miró con temor, medio cegada por el llanto. La gruesa mata de pelo rubio de su marido estaba revuelta y alborotada sobre su cabezota cuadrada; las orejotas rojas estaban más rojas que nunca; tenía la cara lívida; las cejas tupidas estaban anudadas sobre los ojitos centelleantes; el bigote espeso y amarillo, que olía a alcohol, se combaba sobre la mandíbula maciza y prominente, saliente como la de los carnívoros; las
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venas de su cuello grueso y rojo estaban hinchadas y palpitaban, y Trina pudo ver la palma enorme y callosa que se alzaba sobre su cabeza.
—¡Para! —exclamó McTeague. Y Trina, mirando con temor, vio cómo la palma se cerraba repentinamente en un puño, un puño duro como un mazo de madera, el puño del cargador de antaño. Y entonces el antiguo terror que él le producía, el miedo intuitivo de la hembra ante el macho, volvió a cobrar vida. Él le daba miedo. Todos sus nervios temblaron y se encogieron ante él. Ahogó sus sollozos y se quedó sin aliento.
—Eso —gruñó el dentista—, así me gusta. Ahora —prosiguió, clavándole la mirada de sus pequeños ojos—, ahora escúchame. Estoy agotado. He recorrido toda la ciudad… unos quince kilómetros… y voy a acostarme, y no quiero que me molestes. ¿Entendido? Quiero que me dejes en paz.
Trina se quedó callada.
—¿Me oyes? —gruñó.
—Sí, Mac.
El dentista se quitó el abrigo, el cuello y la corbata, se desabotonó el chaleco y se quitó las botas de suela pesada de sus pies enormes. Luego se estiró sobre la cama y se volvió hada la pared. Sus ronquidos inundaron la habitación al cabo de unos minutos.
Trina estiró el cuello y miró a su marido por encima de los pies de la cama. Vio su rostro rojo y congestionado, la bocota abierta de par en par, la camisa sucia con los puños raídos y los pies enormes recubiertos por los gruesos calcetines de lana. Entonces el dolor y la sensación de infelicidad regresaron con más fuerza que nunca. Estiró los brazos sobre la mesa de trabajo delante de sí y ocultó la cara en ellos, y lloró y sollozó como si se le fuera a romper el corazón.
Seguía lloviendo. Cortinas de agua corrían por los cristales de la única ventana; las gotas caían sobre los alféizares sin parar. Oscurecía. El cuarto diminuto, mugriento, inundado de olores a comida y pintura no tóxica, adquirió un aspecto de desolación y tristeza inenarrables. De vez en cuando, el canario gorjeaba débilmente en su pequeña prisión dorada. Tendido cuan largo era sobre la cama, el dentista roncaba y roncaba, sin sentido, inerte, despatarrado, con las palmas a sus lados y puestas hacia arriba.
Finalmente, Trina alzó la cabeza con un suspiro largo y tembloroso. Se puso de pie, fue al lavabo y echó un poco de agua de la jarra en la jofaina;
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se lavó la cara y los párpados hinchados y se arregló el peinado. De repente, cuando se disponía a retomar el trabajo, se le ocurrió una cosa.
«Me pregunto —se dijo a sí misma—, me pregunto de dónde habrá sacado el dinero para comprar el whisky».
Buscó en los bolsillos del abrigo, que McTeague había colgado en un rincón del cuarto, e incluso se le acercó mientras yacía en la cama y hurgó en los bolsillos del chaleco y el pantalón. No encontró nada.
«Me pregunto —murmuró— si tendrá algún dinero del que no me haya hablado. Tendré que estar atenta».
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PASÓ una semana, luego dos, luego un mes. Fue un mes de muchísima ansiedad e intranquilidad para Trina. McTeague estaba sin trabajo, no encontraba nada que hacer, y Trina, que bajo esas circunstancias veía imposible ahorrar lo mismo que solía ahorrar de sus ingresos, andaba a la caza de dependencias más baratas. A pesar de las protestas y la resistencia malhumorada de su marido, Trina lo había inducido a que aceptara tal mudanza, desconcertándolo con un torrente de frases y unas maravillosas columnas de cifras con las que le demostró tajantemente que estaban casi en la indigencia absoluta.
El dentista seguía sin hacer nada. Desde el intento fallido con los fabricantes de instrumentos quirúrgicos había hecho solo otros dos esfuerzos por conseguir trabajo. Trina había ido a ver al tío Oelbermann y le había conseguido un puesto en el departamento de transportes del almacén de juguetes al por mayor. Sin embargo, era un puesto que implicaba realizar unos cuantos cálculos, y McTeague se había visto forzado a dejarlo en dos días.
Después, durante un tiempo, habían albergado la idea loca de que podría conseguir una plaza en la policía. Podía pasar el examen físico sin el menor problema, y Ryer, a quien habían nombrado secretario del Club de Mejoras de Polk Street, le prometió la influencia política necesaria. Si el dentista hubiera puesto un poco de energía en el asunto, el intento podría haber resultado exitoso, pero era demasiado estúpido, o se había vuelto demasiado apático, y la cosa terminó solo en una pelea violenta con Ryer.
McTeague había perdido la ambición. No le importaba mejorar su situación. Lo único que quería era un sitio caliente para dormir y tres buenas comidas al día. Al principio —muy al principio—, se había sentido irritado por la inactividad y había pasado los días junto a su mujer en su
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único y estrecho cuarto, yendo de un lado a otro con el nerviosismo de una bestia enjaulada o sentado e inmóvil durante horas, viendo trabajar a Trina, sintiendo una apagada sensación de vergüenza ante la idea de que ella lo mantuviera. Sin embargo, esa sensación se disipó rápidamente. El trabajo de Trina era duro solo porque ella decidía que así fuese, y, por regla, ella sostenía sus desgracias con una fortaleza silenciosa.
Después, cansado de la inacción y sintiendo la necesidad de moverse y ejercitarse, McTeague encendía la pipa y se daba una vuelta por la gran avenida a una calle arriba de Polk Street. Un grupo de obreros estaba cavando los cimientos para una casa de piedra rojiza, y a McTeague le parecía interesante y divertido inclinarse sobre la valla que rodeaba la excavación y contemplar el progreso de la obra. Iba a verla todos los días; con el tiempo llegó incluso a conocer al capataz que supervisaba el trabajo y charlaba con él largamente. Luego regresaba a Polk Street y buscaba a Heise en el cuarto trasero de la tienda de arneses, y de vez en cuando el día terminaba con varias copas de whisky en la taberna de Frenna.
Era curioso observar el efecto del alcohol en el dentista. No lo emborrachaba, lo envilecía. Lejos de perder el sentido, después de la cuarta copa se volvía activo, alerta, ingenioso, hasta conversador; una cierta perversidad se despertaba en su interior; se volvía intransigente, malo, y cuando había bebido un poco más de lo normal le producía cierto placer fastidiar y exasperar a Trina, incluso insultarla y herirla.
Había empezado en la noche de Acción de Gracias, día en que Heise había llevado a McTeague a almorzar con él. En aquella ocasión, el dentista había bebido con mucha libertad. Habían regresado a Polk Street hacia las diez, y Heise había sugerido de inmediato que tomaran unas copas en la taberna de Frenna.
—De acuerdo, de acuerdo —dijo McTeague—. Unas copas, así se dice. Voy a casa a buscar dinero y nos vemos donde Joe.
Trina se despertó al sentir que su marido le pellizcaba el brazo.
—¡Ay, Mac! —chilló y dio un brinco en la cama soltando un gritito—, ¡me haces daño! Ay, duele muchísimo.
—Dame un poco de dinero —dijo el dentista con una sonrisa burlona y volvió a pellizcarla.
—No tengo ni un centavo. No hay ni… ay, Mac, para. No te permito que me pellizques así.
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—Date prisa —respondió su marido con calma y le pellizcó la carne del hombro con el pulgar y el índice—. Heise me está esperando.
Trina se zafó con una inhalación brusca y un gesto de dolor, luego se acarició el hombro.
—Mac, no tienes idea de cómo duele. Mac, ¡para!
—Dame algo de dinero entonces.
Al final, Trina tuvo que acceder. Le dio medio dólar que sacó del bolsillo del vestido, quejándose de que era la única moneda que tenía.
—Una más, solo para la suerte —dijo McTeague, y volvió a pellizcarla —; y otra.
—¡¿Cómo puedes… cómo puedes hacerle tanto daño a una mujer?! — exclamó Trina, empezando a llorar de dolor.
—Ah, ahora llora —replicó el dentista—. Eso es, llora. Nunca había visto a un bicho más tonto.
Al salir, cerró la puerta con un porrazo, indignado.
Pero McTeague no se convirtió nunca en un borracho en el sentido generalmente aceptado de la palabra. No bebía en exceso más de dos o tres veces al mes, y en ninguna ocasión se puso llorón ni perdió el equilibrio. Quizá sus nervios eran demasiado lerdos por naturaleza como para admitir ninguna excitación; quizá el whisky no le gustaba en realidad y solo bebía porque Heise y los demás lo hacían. Trina podía reprocharle con frecuencia que bebía demasiado; nunca podía decir que estaba borracho. Sin embargo, el alcohol producía su efecto. Provocaba al hombre, o más bien a la bestia que habitaba dentro del hombre, y no solo la provocaba sino que la incitaba al mal. La naturaleza de McTeague había cambiado. No era solo el alcohol; era la inacción y un rechazo general de la buena influencia que su mujer había tenido en él en los días de prosperidad. Ella significaba ahora una irritación perpetua para él. Le irritaba porque era tan pequeña, tan bien hechecita, tan invariablemente correcta y minuciosa. Su avaricia le molestaba incesantemente. Su laboriosidad era un oprobio constante. Ella parecía hacer alarde de su trabajo en sus narices con una actitud desafiante. Era el capote rojo ante los ojos del toro. Una vez, cuando acababa de volver del bar de Frenna y estaba en la silla junto a ella, viéndola trabajar en silencio, exclamó de repente:
—Para de trabajar. Para, te lo digo. Déjalo a un lado. Déjalo todo a un lado o te pellizco.
—Pero ¿por qué… por qué? —protestó Trina.
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El dentista le dio una bofetada.
—No quiero que trabajes. —Le quitó el cuchillo y los botes de pintura y la hizo quedarse sentada sin hacer nada junto a la ventana el resto de la tarde.
No obstante, el dentista se mostraba brutal con su mujer solo cuando su cabeza había sido estimulada por el alcohol. El resto del tiempo, digamos tres semanas al mes, ella no era más que un estorbo para él. A menudo peleaban por el dinero de Trina, por sus ahorros. McTeague estaba empeñado en tener al menos parte de ellos. Lo que haría con el dinero en cuanto lo tuviera, no lo sabía con exactitud. Lo gastaría majestuosamente, sin duda, dándose festines continuos y comprándose ropas maravillosas. La idea del minero acerca del dinero ganado rápidamente y magníficamente despilfarrado persistía en su cabeza. Trina, por su parte, cuanto más bramaba su marido, más apretaba las cuerdas de la bolsita de gamuza que escondía en el fondo del baúl bajo su vestido de novia. Sus cinco mil dólares invertidos en el negocio del tío Oelbermann eran un sueño brillante, espléndido, que la visitaba casi a cada hora del día como un solaz y una compensación por todas sus infelicidades.
A veces, cuando sabía que McTeague estaba lejos de casa, cerraba la puerta con cerrojo, abría el baúl y apilaba su tesorito entero sobre la mesa. Para entonces ya tenía cuatrocientos siete dólares con quince centavos. Trina jugaba con este dinero durante horas, lo apilaba y lo reapilaba, o lo ponía todo en un montón y retrocedía al rincón más alejado de la habitación para contemplar el espectáculo, ladeando la cabeza. Lustraba las piezas de oro con una mezcla de jabón y cenizas hasta sacarles brillo, frotándolas cuidadosamente con el delantal. O a veces se acercaba el montón tiernamente hacia sí y hundía el rostro en él, encantada con el olor y la sensación del metal suave, frío, en sus mejillas. Incluso se llevaba las monedas más pequeñas a la boca y las hacía tintinear. Amaba su dinero con una intensidad que apenas podía expresar. Metía los deditos entre la pila pronunciando ligeros murmullos de cariño, con sus estrechos ojos entrecerrados y brillantes, respirando con largos suspiros.
«Ah, querido dinero, querido dinero —susurraba—. ¡Te quiero tanto! Todo mío, hasta el último centavo. No te tendrá nadie, nunca, nunca. ¡Cómo he trabajado por ti! ¡Cómo me he esforzado y he ahorrado por ti! Y conseguiré más; conseguiré más, más, más; un poco cada día».
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Trina seguía en busca de dependencias más baratas. En cuanto podía dejar de trabajar un rato, se ponía el sombrero y deambulaba de arriba abajo por todo el barrio, entre Sutter y Sacramento Street, y recorría todos los callejones y calles laterales, con la cabeza en alto, buscando los letreros de «Se arriendan habitaciones». Pero estaba desesperada. Todas las casas de la vecindad más baratas estaban ocupadas. No podía encontrar un cuarto más aceptable que el que ya tenían.
Con el paso del tiempo, la inactividad de McTeague se volvió normal. No bebía más whisky que al principio, pero la antipatía que sentía hacia Trina aumentaba con cada día de su pobreza, con cada día de la tacañería persistente de Trina. A veces —raras veces, por fortuna— era más brutal que nunca con ella. Le daba bofetadas o golpazos con el revés del cepillo, o incluso con el puño cerrado. Su antiguo cariño por su mujercita, incapaz de pasar la prueba de las privaciones, había menguado paulatinamente, y lo poco que quedaba había cambiado, se había deformado y vuelto monstruoso por el alcohol.
La gente de la casa y los empleados de las tiendas observan a menudo que Trina tenía las yemas hinchadas y las uñas moradas, como si se hubiera pillado los dedos con la puerta. En efecto, esta era la explicación que daba. El hecho era que McTeague, cuando había bebido, solía morderle los dedos, masticándolos y machacándolos con sus enormes dientes, e ingeniándoselas siempre para recordar cuáles eran los más maltratados. A veces le arrancaba dinero de esta forma, pero la mitad de las veces lo hacía para su propia satisfacción.
Y de un modo extraño, inexplicable, esta brutalidad hacía que Trina fuera más y más afectuosa; despertaba en ella un amor sumiso, mórbido, malsano, un placer extraño y antinatural en el acto de rendirse, de entregarse a sí misma a la voluntad de un poder viril, irresistible.
Las emociones de Trina se habían constreñido con la estrechez de su vida cotidiana. Finalmente, se habían reducido solo a dos: la pasión que sentía por su dinero y el amor pervertido por su marido cuando este la maltrataba. Era una mujer extraña durante esos días.
Trina había llegado a intimar mucho con María Macapa, y, al final, la mujer del dentista y la criada se hicieron muy amigas. María entraba y salía constantemente del cuarto de Trina, y cada vez que podía, esta se echaba un chal a la cabeza y le devolvía las visitas. Podía llegar a la casa mugrienta de Zerkow sin salir a la calle. El patio trasero de la casa tenía
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una puerta que daba a un pequeño recinto donde Zerkow guardaba el caballo decrépito y el carro destartalado, y desde ahí Trina podía entrar directamente en la cocina de María. Le hacía largas visitas por la mañana, en bata y con los rizos envueltos, y las dos conversaban tendidamente, con una taza té sobre el borde del fregadero o en una esquina de la mesa del lavadero. Toda la conversación giraba en torno a sus maridos y sobre qué hacer cuando volvían a casa con ánimo agresivo.
—Nunca se debe pelear con ellos —le aconsejaba María—. Eso solo los pone peor. Encórvese, y así se acabará más rápido.
Se contaban las brutalidades de sus maridos y sentían una extraña suerte de orgullo al relatar algún golpe especialmente salvaje, cada una intentando dar a entender que el suyo era el más cruel. Hacían comparaciones críticas de sus moretones y se alegraban cuando podían exhibir el peor. Exageraban, inventaban detalles y, como si se enorgullecieran de sus palizas, como si se glorificaran por el maltrato de sus maridos, se decían mentiras y magnificaban las tundas recibidas. Tenían discusiones prolongadas y agitadas acerca de cuáles eran las formas de castigo más eficaces: el extremo de la soga y los látigos de Zerkow o los puños y el revés del cepillo utilizados por McTeague. María sostenía que el azote del látigo era el más doloroso; Trina, que el revés hacía más daño.
María le enseñaba a Trina los huecos en las paredes y las baldosas del suelo despegadas, donde Zerkow había estado buscando la vajilla de oro. Últimamente, había estado excavando en el patio trasero y había revuelto el heno del establo en busca del arcón oculto que suponía que encontraría. Pero empezaba a ponerse impaciente, claramente.
—La forma como actúa —le contó María a Trina— es algo espantoso. Se está poniendo realmente enfermo… le sube la fiebre todas las noches, no duerme, y cuando duerme, habla consigo mismo. Dice: «Más de cien piezas, y todas de oro. ¡Más de cien piezas, y todas de oro!». Después me azota con su látigo y grita: «Tú sabes dónde está. Dintelo, dímelo, cabrona, o acabaré contigo». Y después se pone de rodillas y lloriquea y me ruega que le diga dónde lo he escondido. Está totalmente loco. A veces le dan unos verdaderos ataques, enloquece y se revuelca en el suelo y se araña a sí mismo.
Una mañana de noviembre, hacia las diez, Trina pegó una etiqueta de «Hecho en Francia» en la parte inferior de una arca y se reclinó en la silla
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con un largo suspiro de alivio. Acababa de terminar un gran pedido de Navidad para el tío Oelbermann y no había nada más que pudiera hacer esa mañana. La cama aún estaba sin hacer y los platos del desayuno, sin lavar. Titubeó un momento, después alzó el mentón con aire de indiferencia.
«¡Bah! —dijo—. Dejémoslo para la tarde. No me importa cuándo se arregle el cuarto, y sé que a Mac tampoco».
Decidió que en vez de hacer la cama o lavar los platos, saldría y visitaría a la señorita Baker en la planta de abajo. Quizá la pequeña modista la invitaría a almorzar, y así se ahorraría algo, ya que esa mañana el dentista le había comunicado su intención de dar un paseo largo hasta el Presidio para estar fuera todo el día.
Pero Trina llamó a la puerta de la señorita Baker en vano. Había salido. Tal vez había ido a la floristería a comprar unas semillas de geranio. Sin embargo, la puerta del viejo Grannis estaba un poco entornada, y al oír que Trina llamaba a la habitación de la señorita Baker, el viejo inglés salió al pasillo.
—Ha salido —dijo con aire vacilante, en un medio susurro—, hace como media hora. Yo… yo creo que ha ido al colmado a comprar unas galletas para el pececillo.
—¿Ya no va a su clínica para perros, señor Grannis? —preguntó Trina, y se inclinó sobre la barandilla, con ganas de hablar un rato.
El viejo Grannis se quedó en la puerta de su cuarto, con las pantuflas de felpa y la chaqueta de pana desteñida que usaba en casa.
—Eh… eh… —dijo titubeando y dándose golpecitos en la barbilla, meditabundo—. Verá, estoy pensando en dejar la clínica.
—¿Dejarla?
—Verá, la gente de la librería donde compro las gacetas ha descubierto… les he hablado de mi máquina de encuadernar libros, y uno de los miembros de la empresa ha venido a verla. Me ha ofrecido una señora suma si le vendo los derechos… la patente… una buena suma. De hecho… de hecho… sí, una buena suma, sí. —Se frotó la barbilla con mano trémula y miró el suelo a su alrededor.
—¡Vaya! ¿No es magnífico? —dijo Trina amablemente—. Me alegro mucho, señor Grannis, ¿le dan un buen precio?
—Una buena suma… sí. De hecho, nunca soñé con tanto dinero.
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—Bueno, escúcheme, señor Grannis —dijo Trina con decisión—, quiero darle un consejillo. Usted y la señorita Baker… —El viejo inglés se puso nervioso—. Usted y la señorita Baker, que han estado enamorados durante…
—Oh, señora McTeague, ese tema… si me hace el favor… la señorita Baker es una dama estimable.
—¡Tonterías! —dijo Trina—. Están enamorados y toda la casa lo sabe; y han vivido aquí, uno al lado del otro, año tras año, y nunca se han dicho una palabra. Es absurdo. Pues bien, yo creo que debería entrar y hablarle en cuanto ella regrese, y decirle que le ha salido un dinero y quiere casarse con ella.
—¡Imposible… imposible! —exclamó el viejo inglés, alarmado y perturbado—. Ni hablar. No me atrevería.
—Bien, usted la ama, ¿o no?
—De verdad, señora McTeague, yo… yo… discúlpeme. Es algo tan personal… tan… yo… oh, sí, la amo. Oh, sí, mucho —exclamó él de repente.
—Bien, pues ella lo ama a usted. Ella me lo ha dicho.
—¡Oh!
—Me lo ha dicho. Me ha dicho esas mismas palabras.
La señorita Baker no había dicho nada parecido… habría preferido morirse antes que hacer tal confesión; pero Trina había sacado sus propias conclusiones, al igual que los demás inquilinos de la casa, y pensó que había llegado la hora de actuar.
—Entonces haga exactamente lo que le he dicho, y cuando ella vuelva a casa, vaya a verla y dígaselo de una vez. Y no se hable más. Me voy, pero haga exactamente lo que le he dicho.
Trina se dio la vuelta y bajó las escaleras. Puesto que la señorita Baker no estaba en casa, había decidido ir a ver a María; a lo mejor podría almorzar allí. María le ofrecería por lo menos una taza de té.
El viejo Grannis se quedó un largo rato tal como Trina lo había dejado; las manos le temblaban, la sangre aparecía y desaparecía en sus mejillas arrugadas.
«Ella ha dicho, ella… ella… ella le ha dicho… ella le ha dicho que… que…» No pasaba de ahí.
Luego se dio media vuelta, entró en su habitación y cerró la puerta tras de sí. Se quedó un largo rato sentado en el sillón, que había acercado a la
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pared frente a la mesa donde estaban las pilas de gacetas y su maquinita de encuadernar.
«Me pregunto —dijo Trina al atravesar el patio detrás de la casa de Zerkow—, me pregunto cuánto pagarán de arriendo Zerkow y María por este sitio. Apuesto a que es más barato que donde estamos Mac y yo».
Trina encontró a María sentada frente al fogón, con el mentón sobre el pecho. Se le acercó. Estaba muerta. Y cuando le tocó el hombro, la cabeza de María se inclinó hacia el lado y dejó a la vista un corte espantoso en el cuello por debajo de la oreja. Todo el frente del vestido estaba completamente empapado de sangre.
Trina se alejó bruscamente del cuerpo y alzó las manos hasta los hombros, con los ojos abiertos de par en par, la vista fija y el rostro crispado en una expresión de horror inenarrable.
«¡Oooh!», exclamó con un largo suspiro y una voz apenas superior a un susurro. «¡Ooh, es horrible!» De repente se dio la vuelta y atravesó la parte delantera de la casa hacia la puerta de la calle, que daba al callejoncito. Miró a su alrededor con ojos desorbitados. Justo al otro lado, un mozo de carnicero subía a la carreta de dos ruedas que había dejado junto a la casa de enfrente, mientras que cerca de allí un vendedor ambulante de carne de caza se acercaba por la calle con un par de patos en la mano.
—Oh, oiga… oiga… —jadeó Trina, intentando recuperar la voz—, oiga, venga rápido.
El mozo de carnicero se detuvo, con un pie en la rueda, y se quedó mirándola. Trina le hizo unas señas desesperadas.
—Venga, venga rápido.
El joven se sentó.
—¿Qué le pasa a esa mujer? —dijo casi en voz alta.
—¡Ha habido un asesinato! —gritó Trina, balanceándose en la puerta. El joven se alejó, contemplando a Trina por encima del hombro con
una mirada fija y absolutamente inexpresiva.
«¿Qué le pasa a esa mujer?», volvió a decirse a sí mismo al doblar por la esquina.
Trina se preguntaba por qué no gritaba, cómo podía contenerse… cómo, en un momento como ese, podía recordar que era indecoroso hacer un alboroto y armar un escándalo en la calle. El vendedor de carne de caza
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la miró con desconfianza. No le serviría de nada contárselo; se alejaría como el mozo de carnicero.
«Bueno, espera un minuto», se dijo a sí misma en voz alta. Se llevó las manos a la cabeza. «Bueno, espera un minuto. Perder los nervios en este momento no me servirá de nada. ¿Qué debo hacer?» Miró a su alrededor. Ahí estaba el mismo aspecto familiar de Polk Street. Podía verlo al final del callejón. El mercado grande frente a la casa, las carretas de repartidores traqueteando de arriba abajo, las fabulosas damas de la avenida haciendo su compra matutina, los tranvías avanzando lentamente, llenos de pasajeros. Vio a un chiquillo con una gorra de cuero que silbaba y llamaba a un perro oculto y se daba golpes en la rodilla de vez en cuando. Dos hombres salieron de la taberna de Frenna, riendo con ganas. Heise el fabricante de arneses estaba en el vestíbulo de su tienda, con el delantal de cutí grasiento lleno de astillas. Y todo esto sucedía, la gente reía y vivía, compraba y vendía, se paseaba por las aceras soleadas, mientras que detrás de ella ahí dentro… ahí dentro… ahí dentro.
Heise se sobresaltó ante la aparición de una mujer de labios pálidos y vestido azul que pareció alzarse frente a él desde la puerta misma.
—Vaya, señora McTeague, me ha asustado, pues…
—Oh, venga rápido. —Trina se llevó la mano al cuello y tragó algo que parecía estarla ahogando—. Han matado a María… la mujer de Zerkow… la he encontrado.
—¡No puede ser! —exclamó Heise—. Es una broma.
—Venga… venga a la casa… la he encontrado… está muerta.
Heise atravesó la calle a toda velocidad, con Trina pisándole los talones; una estela de astillas iba marcando su camino sobre el suelo. Los dos corrieron por el callejón. El vendedor de carne de caza, una mujer que había estado lavando los escalones en una casa vecina y un hombre que llevaba un sombrero de ala ancha estaban en la puerta de la casa de Zerkow, mirando hacia adentro de vez en cuando y hablando entre sí. Parecían confundidos.
—¿Algún problema ahí dentro? —preguntó el vendedor de carne de caza cuando Heise y Trina se acercaron. Otros dos hombres se detuvieron en la esquina del callejón y Polk Street y miraron al grupo. Una mujer con la cabeza envuelta en una toalla abrió una ventana al frente de la casa de Zerkow y llamó a la mujer que había estado lavando los escalones.
—¿Qué pasa, señora Flint?
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Heise había entrado ya en la casa y se volvió hacia Trina, jadeando por la carrera.
—¿Dónde ha dicho… dónde estaba… dónde?
—Ahí dentro —dijo Trina—, más allá… en la habitación siguiente.
Irrumpieron en la cocina.
—¡Señor! —exclamó Heise, que se detuvo más o menos a un metro del cuerpo y se inclinó para ver detenidamente el rostro gris con los labios marrones.
—¡Por Dios! La ha matado.
—¿Quién?
—¡Zerkow, por Dios! La ha matado. Le ha cortado el cuello. Siempre decía que lo haría.
—¿Zerkow?
—La ha matado. Tiene un corte en el cuello. Santo cielo, ¡cómo ha sangrado! ¡Por Dios! Esta vez ha acabado con ella de verdad. Yo se lo dije… ¡se lo dije! —gritó Trina.
—Esta vez sí que ha acabado con ella.
—Ella decía que podía arreglárselas siempre… ¡Ooh! Es horroroso. —Ahora sí que ha acabado con ella. Le ha cortado el cuello. ¡Señor,
cómo ha sangrado! ¿Alguna vez ha visto tanta…? Es un asesinato… un asesinato a sangre fría. La ha matado. Oiga, tenemos que traer a un policía. Vamos.
Se dieron la vuelta y atravesaron la casa. Varias personas —el vendedor de carne de animales de caza, el hombre de sombrero de ala ancha, la lavandera y otros tres hombres— estaban en el cuarto delantero de la tienda de trastos; en la puerta había una hilera de rostros nerviosos. Detrás de estos, por fuera, una muchedumbre sólida se había apiñado de un extremo al otro del callejón. En Polk Street los tranvías estaban casi bloqueados y tocaban las campanas para abrirse camino lentamente entre la multitud. Cada ventana tenía su grupo. Y cuando Trina y el fabricante de arneses intentaron atravesar la puerta de la tienda de trastos, la multitud se separó de repente hacia la izquierda y la derecha ante dos policías de abrigo azul que se abrían paso a través de la multitud dando codazos enérgicamente. Iban acompañados por un tercer hombre vestido de civil.
Heise y Trina regresaron a la cocina con los dos policías; el tercer hombre con ropa de civil sacó a los intrusos del cuarto delantero de la
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tienda de trastos y contuvo a la muchedumbre bloqueando con sus brazos la puerta abierta.
—¡Uf! —silbó uno de los oficiales al entrar en la cocina—. ¿Cuchillada? ¡Diantre! Alguien ha estado usando bien su cuchillo. —Se volvió hacia el otro oficial—. Mejor traiga el carro. Hay una carreta en la segunda esquina sur. Y ahora —continuó al tiempo que se volvía hacia Trina y el fabricante de arneses y sacaba la libreta y un lápiz—, quiero vuestros nombres y direcciones.
Fue un día de muchísima agitación para toda la calle. La muchedumbre se quedó un buen rato después de que el carro de la patrulla se hubiera ido. De hecho, hasta las siete de esa noche, diversos grupos se reunieron a la puerta de la tienda de trastos, donde un policía estaba de guardia, haciendo todo tipo de preguntas y dando todo tipo de opiniones.
—¿Cree que lo atraparán? —le preguntó Ryer al policía. Un montón de cuellos se estiraron ansiosamente hacia adelante.
—Ja, claro que lo atraparemos, fácilmente —respondió el otro con aire triunfal.
—¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué ha dicho? —preguntó la gente más alejada.
Los del frente les transmitieron la respuesta.
—Dice que claro que lo atraparán, fácilmente.
El grupo miró al policía con admiración.
—Se ha largado a San José.
Nadie supo cómo y dónde había empezado el rumor, pero todos parecían convencidos de que Zerkow se había ido a San José.
—Pero ¿por qué la ha matado? ¿Estaba borracho?
—No, estaba loco, en serio… loco de remate. Creía que ella le ocultaba un dinero.
Frenna tuvo una gran clientela durante todo el día. El asesinato era el único tema de conversación. En su taberna se formaban pequeños grupos —de dos o tres— que iban y echaban un vistazo al exterior de la tienda de trastos. Heise se convirtió en el hombre más importante a lo largo y ancho de Polk Street, y acompañaba casi invariablemente a estos grupos contándoles una y otra vez el papel que había desempeñado en el asunto.
—Eran cerca de las once. Yo estaba delante de la tienda cuando la señora McTeague… sabéis quién, la mujer del dentista… atravesó la calle a toda velocidad… —Y etcétera, etcétera.
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Al día siguiente hubo un nuevo estremecimiento. Polk Street lo leyó en los periódicos de la mañana. Hacia la medianoche del día del asesinato habían encontrado el cuerpo de Zerkow flotando en la bahía cerca de Black Point. Nadie sabía si se había suicidado o si había caído desde uno de los muelles. Agarrada firmemente en ambas manos llevaba una bolsa llena de cazos viejos y oxidados, platos de hojalata —por lo menos unos cien—, latas y cuchillos y tenedores de hierro recogidos de algún montón de basura.
«Y todo esto —exclamó Trina— por una vajilla de oro que nunca existió».
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UN DÍA, alrededor de dos semanas después de la investigación llevada a cabo por el juez de instrucción, cuando la agitación del terrible suceso empezaba a calmarse y Polk Street retomaba su monótona rutina, el viejo Grannis estaba en su cuartito limpio y bien mantenido, sentado en su sillón acolchado, con las manos quietas sobre las rodillas. Caía la tarde, pero aún no era hora de encender las lámparas. El viejo Grannis había acercado el sillón a la pared; tanto, en realidad, que podía oír el vestido de granadina de la señorita Baker rozando al otro lado del delgado tabique, muy cerca, mientras se mecía suavemente de adelante atrás, con una taza de té entre las manos.
El viejo Grannis se había quedado desocupado. Esa mañana, la librería donde compraba las gacetas se había llevado su maquinita de encuadernar para utilizarla como modelo. Habían cerrado la transacción. El viejo Grannis había recibido su cheque, bastante generoso, sin duda. Pero cuando todo hubo terminado, regresó a su habitación y se quedó sentado, triste y desocupado, contemplando el diseño de la alfombra y contando las cabezas de las tachuelas del guardallamas de zinc asegurado a la pared detrás de la estufita. Al poco rato oyó a la señorita Baker moviéndose. Eran las cinco, la hora en que solía preparar su taza de té y acompañarlo a su lado del tabique. El viejo Grannis arrastró el sillón hacia la pared, cerca de donde sabía que ella estaba sentada. Pasaron los minutos. Uno al lado del otro, y separados únicamente por un par de centímetros de tablón, los dos viejos se quedaron ahí sentados, juntos, mientras la tarde oscurecía.
Pero para el viejo Grannis todo era distinto ese atardecer. No tenía nada que hacer. Sus manos descansaban despreocupadamente sobre su regazo. La mesa con la pila de gacetas estaba en un rincón lejano de la habitación, y él, agitado por una preocupación incierta, volvía la cabeza de vez en cuando y la contemplaba con tristeza, pensando en que nunca
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volvería a usarla. La ausencia de su trabajo habitual parecía dejar algo por fuera de su vida. Creía que ya no podría ser el mismo para la señorita Baker; sus pequeños hábitos se habían alterado, sus costumbres se habían desarticulado. Ya no podía imaginarse tan cercano a ella. Se separarían, y ella no volvería a prepararse una taza de té y hacerle compañía cuando supiera que él no volvería a sentarse frente a la mesa a encuadernar gacetas completas. Había vendido su felicidad por dinero; había cambiado su romance tardío por unos miserables billetes. No había previsto que fuera así. Un enorme arrepentimiento lo invadió por dentro. ¿Qué era eso en el dorso de su mano? La enjugó con el viejo pañuelo de seda.
El viejo Grannis apoyó el rostro en las manos. No solo lo removía por dentro un arrepentimiento inexplicable, también lo invadía una cierta ternura. Las lágrimas que anegaban sus desvaídos ojos azules no eran solo de tristeza. No, ese cariño largamente retrasado, que se había apoderado de él en sus últimos años, lo llenaba de una alegría para la que las lágrimas parecían ser la expresión natural. Sus ojos no se habían humedecido en treinta años, pero esa noche se sintió como si fuera joven otra vez. Nunca antes había amado, y aún había una parte de sí que solo tenía veinte años. No podía decir si estaba profundamente triste o profundamente alegre, pero no se avergonzaba de las lágrimas que le hacían arder los ojos y doler la garganta. No oyó el tímido golpe en la puerta, y fue solo cuando la puerta misma se abrió cuando alzó rápidamente la vista y vio a la pequeña modista jubilada en el umbral, con una taza de té sobre una diminuta bandeja japonesa tendida hacia él.
—Estaba preparando té —dijo—, y pensé que le gustaría beber una taza.
La pequeña modista nunca pudo entender cómo había sido capaz de hacer esto. En un momento estaba sentada silenciosamente a su lado del tabique removiendo la taza de té con una de sus cucharas de Gorham. Estaba tranquila, estaba en calma. La tarde caía apaciblemente. Su habitación era la imagen del sosiego y el orden, los geranios florecían en las cajas de almidón en la ventana, el pececillo envejecido hacía girar su flanco iridiscente de vez en cuando para atrapar un resplandor repentino del sol crepuscular. Al momento siguiente había sentido una inquietud enorme. Le había parecido la cosa más natural del mundo preparar una taza de té humeante y llevársela al viejo Grannis al cuarto de al lado. Le había parecido que él la necesitaba, que debía ir a verlo. Con la
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determinación y la intrepidez repentinas que invaden a veces a la gente muy tímida —el valor del cobarde es más grande que el de los demás—, se había presentado ante la puerta entreabierta del viejo inglés y, al ver que él no había atendido a su llamada, la había empujado y, por fin, después de todos esos años, se había encontrado en el umbral de su habitación. Había hallado el valor suficiente para explicar su intromisión.
—Estaba preparando té y pensé que le gustaría beber una taza.
El viejo Grannis dejó caer las manos sobre ambos brazos del sillón, se inclinó un poco hacia adelante y la miró sin comprender. No habló.
En ese momento, el valor que había llevado hasta ahí a la modista jubilada la abandonó tan abruptamente como había llegado. Las mejillas se le pusieron coloradas; los ricitos falsos y graciosos temblaron con su agitación. Lo que había hecho le pareció de un indecoroso inenarrable. Una atrocidad. Qué barbaridad, entrar en su habitación, en su habitación… la habitación del señor Grannis. Había hecho esto… ella, que no podía encontrárselo en la escalera sin debilitarse. Qué hacer, no lo sabía. Ahí estaba, como un accesorio en el umbral de la habitación del señor Grannis, sin siquiera la determinación necesaria para retirarse. Indefensa y con un ligero temblor en la voz, repitió obstinadamente:
—Estaba preparando té y pensé que le gustaría beber una taza de té. La agitación la traicionó y le hizo repetir la palabra. Sintió que no
podría seguir sosteniendo la bandeja ni un segundo más. Temblaba tanto que había derramado medio té.
El viejo Grannis seguía silencioso e inclinado hacia adelante, con los ojos abiertos de par en par y las manos aferradas a los brazos del sillón.
Entonces, sosteniendo la bandeja del té justo delante de sí, la pequeña modista exclamó con lágrimas en los ojos:
—Oh, yo no quería… no quería… yo no sabía que parecería así. Solo quería ser amable y traerle un té, y ahora parece tan indecoroso. ¡Estoy… estoy… estoy tan avergonzada! No sé qué pensará de mí. Yo… —Se quedó sin aliento—. Indecoroso… —consiguió exclamar—, impropio de una dama… nunca podrá pensar bien de mí… Me voy. Me voy. —Dio media vuelta.
—¡Pare! —gritó el viejo Grannis al recuperar la voz. La señorita Baker se detuvo y lo miró por encima del hombro, con los ojos muy abiertos, parpadeando entre las lágrimas como una niña asustada—. ¡Pare! — exclamó el viejo inglés al tiempo que se ponía de pie—. No sabía que era
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usted al principio. No había soñado… no podía creer que fuera usted tan buena, tan amable conmigo. ¡Oh! —gritó con un suspiro súbito y profundo —, oh, qué amable de su parte. Yo… yo… usted me… usted me ha hecho muy feliz.
—¡No, no! —exclamó la señorita Baker a punto de sollozar—. Ha sido impropio de una dama. Usted pensará… debe de pensar mal de mí. — Estaba en el corredor. Las lágrimas le rodaban por las mejillas y no tenía ninguna mano libre para enjugárselas.
—Permítame… le sostendré la bandeja —exclamó el viejo Grannis, y se acercó. Una dicha trémula se apoderó de él. Nunca en su vida había sido tan feliz. Por fin había sucedido… cuando menos lo esperaba. Lo que había deseado y esperado a lo largo de tantos años, helo ahí, había sucedido esa noche. Sintió que la torpeza lo abandonaba. Estaba casi seguro de que la pequeña modista lo amaba, y eso le dio fuerzas. Se acercó a ella, le quitó la bandeja de las manos y al volver a entrar en la habitación quiso ponerla sobre la mesa, pero las pilas de gacetas le estorbaban. Tenía ambas manos ocupadas con la bandeja; no podía hacerle sitio. Titubeó un momento; la vergüenza empezó a regresar.
—Oh, podría… podría, por favor… —Volvió la cabeza y miró con gesto suplicante a la vieja y pequeña modista.
—Espere, le ayudaré —dijo ella. Entró en la habitación, se acercó a la mesa y movió las gacetas a un lado.
—Gracias, gracias —murmuró el viejo Grannis al bajar la bandeja. —Ahora… ahora… ¡ahora regresaré a mi habitación! —exclamó ella a
toda prisa.
—No… no —replicó el viejo inglés—. No se vaya, no se vaya. Me he sentido tan solo esta noche… y la noche anterior… todo este año… toda mi vida —exclamó de repente.
—He… he… he olvidado el azúcar.
—Pero yo nunca pongo azúcar al té.
—Pero está frío, y lo he derramado… casi todo.
—Lo beberé del platillo.
El viejo Grannis le había acercado el sillón.
—Oh, no debería. Esto es… esto es tan… debe de pensar mal de mí. —De pronto se sentó, puso los codos en la mesa y escondió el rostro entre las manos.
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—¿Pensar mal de usted? —exclamó el viejo Grannis—. ¿Pensar mal de usted? ¡Vaya! Usted no sabe… no tiene idea… todos estos años… viviendo tan cerca de usted, yo… yo… —calló repentinamente. Tuvo la sensación de que los latidos del corazón lo asfixiaban.
—Pensé que estaba encuadernando sus libros esta noche —dijo la señorita Baker de repente—, y se veía cansado. Pensé que se veía cansado la última vez que lo vi, y una taza de té, usted sabe, es… eso… eso sienta muy bien cuando uno está cansado. Pero no estaba encuadernando libros.
—No, no —respondió el viejo Grannis, acercó una silla y se sentó—. No, yo… el hecho es que he vendido mi máquina; una librería me ha comprado los derechos.
—¿Y no volverá a encuadernar libros? —preguntó la pequeña modista, con una sombra de decepción en su actitud—. Pensaba que lo hacía siempre sobre las cuatro. Solía oírlo mientras preparaba el té.
A la señorita Baker le parecía casi imposible que realmente estuviera hablando con el señor Grannis, que los dos realmente estaban conversando, cara a cara, y sin la vergüenza espantosa que solía abrumarlos cuando se encontraban en la escalera. Lo había soñado a menudo, pero lo había pospuesto siempre para un día muy lejano. Sucedería poco a poco, en vez de abruptamente y sin preparación, como en ese momento. Que ella se permitiría a sí misma la indiscreción de meterse en su habitación nunca se le había ocurrido siquiera. Pero ahí estaba, en la habitación del señor Grannis, y estaban conversando, y la vergüenza se iba disipando poco a poco.
—Sí, sí, yo siempre la oía cuando preparaba el té —respondió el viejo inglés—, oía las cosas del té. Después solía acercar el sillón y la mesa de trabajo a mi lado de la pared, y me quedaba ahí sentado y trabajando mientras usted tomaba su té justo al otro lado; y me sentía muy cerca de usted entonces. Pasaba así todo el anochecer.
—Y sí… sí… yo también —comentó ella—. Preparaba el té justo a esa hora y me quedaba sentada una hora entera.
—¿Y no se sentaba usted cerca del tabique de su lado? A veces estaba seguro de ello. Podía incluso imaginar que oía su vestido rozando contra el papel tapiz cerca de mí. ¿No se sentaba usted cerca del tabique?
—Yo… yo no sé dónde me sentaba.
El viejo Grannis alargó su mano tímidamente y cogió la de ella, sobre el regazo.
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—¿No se sentaba usted cerca del tabique de su lado? —insistió. —No… no lo sé… quizá… a veces. Oh, sí —exclamó con un gritito
—. Oh, sí, lo hacía con frecuencia.
Entonces el viejo Grannis la rodeó con un brazo y la besó en la desvaída mejilla, que se sonrojó en ese instante.
Después de eso hablaron poco. Se habían deslizado lentamente en el crepúsculo, y los dos viejos se quedaron ahí sentados en la noche gris, silenciosos, silenciosos, tomados de la mano, haciéndose compañía, pero sin nada que los separara ahora. Por fin había sucedido. Después de todos esos años estaban juntos; se comprendían mutuamente. Estaban, por fin, en un pequeño elíseo de su propia creación. Caminaban de la mano por un jardín exquisito donde siempre era otoño. Lejos del mundo y juntos, entraban en el romance largamente retrasado de sus vidas comunes y poco interesantes.
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ESA MISMA noche, McTeague se despertó por un grito estridente y descubrió que tenía los brazos de Trina alrededor del cuello. Su mujer temblaba tanto que los resortes del colchón chirriaban.
—¿Eh? —gritó el dentista, se incorporó en la cama y alzó los puños cenados—. ¿Eh? ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Qué pasa?
—Oh, Mac —dijo ella jadeando—. He tenido un sueño horrible. He soñado con María. Creía que me estaba persiguiendo, y no podía correr, y su cuello estaba… oh, ella estaba toda cubierta de sangre. ¡Ooh, tengo tanto miedo!
Trina había sobrellevado muy bien los primeros días posteriores al suceso y le había dado su testimonio al juez de instrucción muchísimo más tranquila que Heise. Fue solo una semana después cuando el horror del asunto se apoderó de ella. Estaba tan nerviosa que casi no se atrevía a estar sola durante el día, y se despertaba todas las noches con un grito de terror, temblando con el recuerdo de alguna pesadilla espantosa. Este nerviosismo le producía una irritación inenarrable al dentista, que se exasperaba especialmente cuando los gritos lo despertaban de repente en medio de la noche. Se incorporaba en la cama, miraba desenfrenadamente a su alrededor y atacaba con sus puños enormes —sin saber a qué—, exclamando: «Qué… qué…», desconcertado y absolutamente confundido. Luego, cuando se daba cuenta de que era solo Trina, su rabia se encendía súbitamente.
—¡Ah, tú y tus sueños! Duérmete o te daré un rapapolvo.
A veces le daba una bofetada con la palma abierta o le cogía la mano y le mordía las yemas de los dedos. Trina se quedaba despierta durante horas, llorando suavemente para sí. Después, poco a poco, decía tímidamente:
—Mac.
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—¿Eh?
—Mac, ¿me amas?
—¿Eh? ¿Qué? Duérmete.
—¿Ya no me amas, Mac?
—Ah, duérmete. No molestes.
—Bueno, ¿me amas, Mac?
—Supongo que sí.
—Oh, Mac. Ahora solo te tengo a ti, y si tú no me amas, ¿qué será de
mí?
—Cállate y déjame dormir.
—Bueno, solo dime que me amas.
El dentista se apartaba de ella bruscamente, enterraba su cabezota rubia en la almohada y se tapaba las orejas con las mantas. Luego Trina sollozaba hasta quedarse dormida.
McTeague había dejado de buscar trabajo hada mucho tiempo, y Trina lo veía poco entre el desayuno y la cena. En cuanto terminaban la comida matutina, se ponía en movimiento, cogía la gorra —había dejado de usar sombrero desde que su mujer le hiciera vender el de seda— y salía. Había adoptado la costumbre de dar unos paseos largos y solitarios más allá de los suburbios de la ciudad. A veces iba a Cliff House y ocasionalmente al parque (donde se sentaba en los bancos calentados por el sol, fumando su pipa y leyendo trozos recortados de periódicos viejos), pero adónde más iba era al Presidio. McTeague caminaba hasta el final de la línea del tranvía de Union Street y entraba en la Reserva por la estación terminal; después bajaba hasta la orilla de la bahía y seguía por la costa hasta llegar a Old Fort en Golden Gate, donde, al girar en el Point, se encontraba de repente con el Pacífico en toda su extensión. Después avanzaba por la playa hasta cierto cabo de rocas que conocía. Ahí regresaba al interior escalando los acantilados hasta llegar a una loma cubierta de hierba y sembrada de lirios azules y unas flores amarillas cuyo nombre ignoraba. En el costado lejano de esta colina había una carretera ancha y bien mantenida. McTeague seguía esta carretera hasta regresar a la ciudad por el camino del tranvía de Sacramento Street. Le encantaban estos paseos. Le gustaba estar solo. Le gustaba la soledad del océano inmenso, bamboleante; las colinas frescas y ventosas; le gustaba sentir los racheados vientos alisios azotándole la cara, y se quedaba horas contemplando las volteretas y los chapuzones de las olas enormes con el goce silencioso,
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irracional, de un niño. De repente se apasionó por la pesca. Se quedaba todo el día sentado, casi inmóvil, en un cabo de rocas, con la caña de pescar entre los dedos, feliz si pescaba tres percas en doce horas. Al mediodía se retiraba a un pedacito de hierba alrededor de un ángulo de la orilla y preparaba los pescados, que comía sin sal ni cuchillo ni tenedor. Metía un palo puntiagudo en la boca de las percas y las hacía girar sobre el fuego. Sabía que estaban hechas cuando la grasa dejaba de gotear, y las devoraba despacio y con una fruición enorme, hasta dejar los huesos limpios y comerse incluso la cabeza. Recordaba cuán frecuentemente solía hacer ese tipo de cosas en las montañas de Placer County cuando era niño, antes de convertirse en un cargador de vagonetas en la mina. El dentista disfrutó muchísimo durante esos días. Los instintos del antiguo minero estaban regresando. Con las tensiones de la desgracia, McTeague estaba volviendo a su estado primitivo.
Una noche, al llegar a casa después de uno de estos paseos, se sorprendió al encontrar a Trina frente a lo que había sido la casa de Zerkow, contemplándola con aire pensativo y un dedo sobre los labios.
—¿Qué haces aquí? —gruñó el dentista al acercarse. En la puerta principal de la casa había un letrero de «Se arriendan habitaciones».
—Hemos encontrado adónde mudarnos —exclamó Trina.
—¿Qué? —gritó McTeague—. ¿Ahí, a la casa mugrienta donde encontraste a María?
—Ahora que no puedes encontrar ningún trabajo, ya no me alcanza para pagar la habitación.
—Pero ahí es donde Zerkow mató a María… la mismísima casa… y tú te despiertas y chillas por la noche pensando en eso.
—Ya lo sé. Sé que será difícil al principio, pero me acostumbraré, y además cuesta la mitad de lo que estamos pagando. He estado viendo una habitación; podemos arrendarla baratísima. Es una habitación trasera encima de la cocina. Una familia alemana se quedará con la parte delantera y subarrendará el resto. La alquilaré. Será dinero en mi bolsillo.
—¡Pero nada en el mío! —vociferó el dentista enfadado—. Tendré que vivir en esa ratonera mugrienta para que tú puedas ahorrar dinero. Pero yo sigo igual de jodido.
—Encuentra trabajo y entonces hablamos —anunció Trina—. Yo voy a ahorrar un poco de dinero para las vacas flacas, y si puedo ahorrar más
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viviendo aquí, lo haré, incluso si es la casa donde mataron a María. No me importa.
—Está bien —dijo McTeague y no protestó más. Su mujer lo miró sorprendida. No podía entender ese consentimiento repentino. A lo mejor McTeague pasaba tanto tiempo fuera de casa últimamente que había dejado de importarle dónde o cómo vivía. Pero ese cambio repentino la preocupó un poco a pesar de todo.
Al día siguiente, los McTeague se mudaron por segunda vez. No les tomó mucho tiempo. Se vieron obligados a comprarle la cama a la casera, una circunstancia que casi le rompe el corazón a Trina; y esa cama, un par de sillas, el baúl de Trina, un adorno o dos, la hornilla de aceite y algunos platos y artículos de cocina eran todo lo que podían llamar propio; y ese cuarto trasero en esa casa miserable con sus recuerdos espeluznantes, con la única ventana que daba al laberinto mugriento de patios traseros y cobertizos destartalados, era lo que ahora conocían como su hogar.
Los McTeague empezaron entonces a hundirse rápidamente cada vez más. Se acostumbraron a sus alrededores. Lo peor de todo fue que Trina perdió todas sus bellas costumbres y su hermosura. Los efectos combinados del trabajo duro, la avaricia, la comida escasa y las brutalidades de su marido la afectaron con rapidez. Su figurita encantadora se volvió tosca, atrofiada y desalentada. Ella, que había sido de una pulcritud felina, se pasaba todo el día en la habitación, desaliñada, con una bata de franela sucia y las pantuflas azotando el suelo tras de sí al caminar. Al final llegó incluso a descuidar su pelo, la maravillosa corona oscura, el peinado de una reina que sombreaba su frentecita pálida. Por la mañana lo trenzaba sin haber terminado de peinarlo, y luego lo amontonaba y enrollaba al azar. Se le caía varias veces al día, y por la noche era una masa despeinada, enredada, un verdadero nido de ratas.
Ah, no, no era muy alegre esa vida suya, cuando uno tiene que moverse por dos, cocinar y trabajar y lavar, sin hablar de pagar el arriendo. ¿Qué importaba que fuera dejada, sucia, burda? ¿Acaso le quedaba tiempo para tratar de verse distinta? ¿Y quién estaba ahí para complacerse si estaba toda acicalada? Seguro que no una inmensa bestia de marido que te muerde como un perro y te patea y te apalea como si estuvieras hecha de hierro. Ay, no, mejor dejarlo así y tomártelo con la mayor calma posible. Encorvarte, y así se acabaría más rápido.
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La habitación se volvió terriblemente sucia y apestaba a comida guisada y pintura no tóxica. La cama no se hacía sino hasta bien entrada la tarde, a veces ni se hacía. La mesa estaba cubierta de loza sin lavar, cuchillos grasientos y trozos húmedos de las comidas del día anterior, mientras que los trapos sucios y hediondos se amontonaban en un rincón. Había cucarachas en las grietas de la madera; el papel tapiz se había hinchado en las paredes húmedas y empezaba a despegarse. Trina había dejado de limpiar los muebles y quitarles el polvo con un trapito hacía mucho tiempo. La mugre se había espesado sobre los cristales de la ventana y en los rincones de la habitación. Toda la roña del callejón invadía su cuarto como una marea creciente y enlodada.
Sin embargo, junto a la ventana, la desvaída foto de la pareja con sus galas nupciales contemplaba la desdicha con desdén. Trina seguía sosteniendo su ramo derecho delante de ella, McTeague de pie a su lado, con el pie izquierdo hacia adelante y la actitud de la estatua de un secretario de Estado; mientras que, muy cerca, colgaba el canario, la única cosa a la que el dentista se aferraba tercamente, piando y gorjeando todo el día dentro de su jaula dorada.
Y la muela, la gigantesca muela de dorado francés, enorme y torpe, extendía sus puntas en un rincón de la habitación a los pies de la cama. Los McTeague habían llegado a usarla como una especie de mesa. Después del desayuno y la cena, Trina amontonaba ahí las fuentes y los platos grasientos para que no le estorbaran.
Una tarde, el Otro Dentista, el antiguo rival de McTeague, el viste-chalecos maravillosos, quedó completamente desconcertado al recibir una visita de este último. El Otro Dentista estaba en su consultorio en ese momento, trabajando en un molde de yeso de París. Ante el grito de: «Entre. ¿No ve el letrero de “Entre sin llamar”?», McTeague entró. De inmediato advirtió lo aireada y alegre que era la habitación. Un pequeño fuego tosía y reía en el hogar; un galgo de piel manchada estaba sentado en sus ancas y contemplaba la lumbre atentamente; sobre la repisa de la chimenea, un gran espejo exhibía un despliegue de fotos de actrices metidas entre el vidrio y el marco, y sobre la tabla de cerezo brillante había un florero de cristal con un gran ramo de violetas recién cortadas. El Otro Dentista se acercó con brío y exclamó alegremente:
—Vaya, doctor… señor McTeague, ¿qué tal? ¿Qué tal?
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Aunque pareciera mentira, el tipo llevaba un batín de terciopelo. Tenía un cigarrillo entre los labios; sus botas de charol reflejaban la luz de la lumbre. McTeague llevaba una camisa informal de surá negro, sin pañuelo; tenía los pies envueltos en unos zapatos bajos de hebilla y tachuelas, enormes y burdos; los dobladillos del pantalón estaban embarrados; el abrigo tenía las mangas raídas y le faltaba un botón. No se había afeitado en tres días; la mata de pelo rubio y espeso se salía por debajo de la visera de la gorra de lana y colgaba sobre su frente. McTeague se detuvo sobre sus pies torpes e inquietos y con ojos inseguros delante de este tipo joven y elegante que olía a barbería y a quien alguna vez había echado de sus habitaciones.
—¿En qué puedo ayudarle, señor McTeague? ¿Algún problema con los dientes, eh?
—No, no. —Luchando con las dificultades de su habla, McTeague olvidó las palabras cuidadosamente ensayadas con las que pretendía empezar esa entrevista—. Quiero venderle mi cartel —dijo estúpidamente
—. La gran muela de dorado francés… usted sabe… por la que una vez me hizo una oferta.
—Ah, ya no me interesa —dijo el otro con altivez—. Prefiero un cartelito discreto, nada pretencioso… solo el nombre y después «Dentista». Esos carteles grandes son vulgares. No, no me interesa.
McTeague se quedó ahí, mirando al suelo, avergonzadísimo, sin saber si irse o quedarse.
—Pero no sé —dijo el Otro Dentista, pensativo—. Si le sirve de alguna ayuda… Supongo que está bastante pelado… yo le… bueno, ¿sabe qué?… le doy cinco dólares.
—De acuerdo, de acuerdo.
A la mañana del jueves siguiente, al despertarse, McTeague oyó el goteo en los alféizares y el golpeteo prolongado de la lluvia en el tejado.
—Está lloviendo —gruñó con ira profunda, se incorporó en la cama y parpadeó al contemplar la ventana borrosa.
—Ha llovido toda la noche —dijo Trina; ya se había levantado y vestido y estaba preparando el desayuno en la hornilla de aceite.
McTeague se vistió, refunfuñando:
—Bueno, me voy, de todos modos. Los peces picarán aún más por la lluvia.
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—Oye, Mac —dijo Trina mientras cortaba un trozo de tocino lo más delgado posible—. Oye, ¿por qué no traes algunos de tus pescados a casa alguna vez?
—¡Ja! —bufó el dentista—. Para comérnoslos en el desayuno. Podría ahorrarte un par de centavos, ¿no es así?
—¡Y aunque no lo hiciera! O podrías pescar para el mercado. El pescadero de enfrente te los compraría.
—¡Cállate! —exclamó el dentista, y Trina calló obedientemente—. Óyeme —prosiguió su marido mientras hurgaba entre los bolsillos del pantalón y sacaba un dólar—, estoy harto del café y el tocino y el puré de patatas. Ve al mercado y compra alguna carne para el desayuno. Compra un filete o unas chuletas o lo que sea.
—Pero Mac, es todo un dólar, y él te ha dado solo cinco por el cartel. No nos alcanza. Seguro, Mac. Déjame guardar ese dinero para las vacas flacas. No necesitas carne para el desayuno.
—Haz lo que te digo. Ve y compra un filete o unas chuletas o lo que sea.
—Por favor, Mac, cariño.
—Anda, ahora. Volveré a morderte los dedos muy pronto.
—Pero…
El dentista dio un paso hacia ella y le agarró la mano rápidamente. —Está bien, iré —gritó Trina, estremeciéndose y encogiéndose—. Iré. Sin embargo, no compró las chuletas en el mercado grande, sino que se
precipitó a una carnicería más barata en una calle secundaria a dos manzanas y compró quince centavos de unas chuletas de añojo de más de dos o tres días. Estuvo fuera un buen rato.
—Dame la vuelta —exclamó el dentista en cuanto regresó. Trina le entregó una moneda de veinticinco centavos, y cuando McTeague se disponía a protestar, lo interrumpió con un veloz torrente de palabras que lo confundió al instante. Pero lo cierto es que a Trina nunca le costaba engañar al dentista. Él nunca llegaba hasta el fondo de las cosas. Le habría creído si le hubiera dicho que las chuletas le habían costado un dólar.
«De todos modos me he ahorrado sesenta centavos», pensó al apretar el dinero entre el bolsillo para que no sonara.
Trina preparó las chuletas y desayunaron en silencio.
—Bueno —dijo McTeague al levantarse y limpiarse el café del tupido bigote con el cuenco de la palma—, bueno, me voy a pescar, con o sin
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lluvia. Estaré fuera todo el día.
Se quedó un momento en la puerta, con la caña de pescar entre las manos, balanceando el plomo pesado de atrás para adelante y contemplando a Trina mientras recogía las cosas del desayuno.
—Hasta luego —dijo asintiendo con su cabezota cuadrada. Esta amabilidad al despedirse era inusual. Trina dejó a un lado los platos y se le acercó, con su mentoncito, alguna vez encantador, en alto.
—Dame un beso de despedida, Mac —dijo al rodearle el cuello con los brazos—. Aún me amas un poco, ¿no es así, Mac? Algún día volveremos a ser felices. Estos son tiempos difíciles, pero saldremos adelante. Encontrarás algo que hacer dentro de muy poco.
—Supongo que sí —gruñó McTeague, y dejó que ella le diera un beso. El canario revoloteaba con agilidad entre su jaula, y en ese momento empezó a gorjear frenéticamente; la gargantita se le hinchaba y le
temblaba. El dentista se quedó mirándolo.
—Oye —comentó despacio—, creo que me llevaré mi pájaro.
—¿Para venderlo? —preguntó Trina.
—Sí, sí, para venderlo.
—Bueno, por fin estás entrando en razón —respondió Trina con gesto de aprobación—. Pero no dejes que te engañe el pajarero. Este es un buen cantor, y con la jaula, debes hacer que te dé cinco dólares. Insiste en eso al principio por lo menos.
McTeague desenganchó la jaula y la envolvió cuidadosamente en papel de periódico viejo, y observó:
—Podría coger frío. Bueno, hasta luego —repitió—. Hasta luego.
—Adiós, Mac.
Cuando se hubo ido, Trina sacó del bolsillo los sesenta centavos que le había robado a su marido y volvió a contarlos. «Sesenta centavos, muy bien —dijo orgullosamente—. Pero creo que esta moneda de diez está demasiado lisa». Le lanzó una mirada crítica. El reloj de la central eléctrica de Sutter Street dio las ocho. «¡Ya son las ocho! —exclamó—. Debo ponerme a trabajar». Levantó de la mesa las cosas del desayuno y, tras acercar una silla y la caja de trabajo, se puso a pintar las series de animales del arca de Noé que había tallado el día anterior. Trabajó toda la mañana sin parar. Al mediodía almorzó café recalentado del que había sobrado del desayuno y un par de salchichas fritas. A la una ya había vuelto a inclinarse sobre la mesa. Sus dedos —algunos de ellos lacerados
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por los dientes de McTeague— volaban, y el montoncito de juguetes baratos crecía a un ritmo constante entre el cesto que tenía al lado.
«¿Adónde van todos los juguetes? —murmuró—. Los miles y miles de arcas de Noé que he hecho… caballos y pollos y elefantes… y parece que nunca son suficientes. A mí me viene bien que los niños rompan sus cosas y que todos tengan cumpleaños y Navidades». Metió el pincel en un bote de marrón Vandyke y con dos pinceladas pintó uno de los caballos de juguete. Después, un toque de negro marfil con un pincel pequeño y plano creó la cola y la crin, y unos puntos de blanco zinc hicieron los ojos. La trementina de la pintura lo secó casi de inmediato, y Trina echó en el cesto el caballito terminado.
A las seis, el dentista no había regresado. Trina esperó hasta las siete, luego guardó su trabajo y cenó sola.
«Me pregunto por qué no llegará Mac», exclamó cuando el reloj de la central eléctrica de Sutter Street dio las siete y media. «Yo sé que está bebiendo en algún lado —gritó con recelo—. Llevaba consigo el dinero del anuncio».
A las ocho se echó un chal a la cabeza y fue a la tienda de arneses. Si había alguien que pudiera saber dónde estaba McTeague era Heise. Pero el fabricante de arneses no lo había visto desde el día anterior.
—Estuvo aquí ayer por la tarde y tomamos una o dos copas en el bar de Frenna. A lo mejor ha estado allí hoy.
—Oh, ¿podría ir y ver? —preguntó Trina—. Mac siempre viene a casa a cenar… no le gusta perderse sus comidas… y estoy empezando a preocuparme por él.
Heise entró en la taberna de al lado y regresó sin noticias definitivas. Frenna no había visto al dentista desde la tarde anterior cuando había ido con el fabricante de arneses. Trina incluso soportó la humillación de preguntarles a los Ryers —con quienes se habían peleado— si sabían algo del paradero de su marido, pero recibió una negativa desdeñosa.
«Quizá ha llegado mientras he estado fuera», se dijo a sí misma. Bajó por Polk Street y se dirigió a la casa. Había dejado de llover, pero las aceras seguían brillando. Los tranvías pasaban lentamente, llenos de gente que iba al teatro. Los barberos empezaban a cerrar sus tiendas. La confitería de la esquina tenía una iluminación intensa y empezaba a llenarse, mientras que las lámparas verdes y amarillas del colmado que quedaba justo enfrente lanzaban unos reflejos caleidoscópicos sobre la
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superficie brillante del asfalto. Una banda de salvacionistas empezó a tocar y a rezar delante de la taberna de Frenna. Trina bajó a toda prisa por la calle alegre, con su fulgor nocturno y sus pequeñas actividades; llevaba el chal a la cabeza e iba alzándose la falda desteñida con una mano para protegerla de las aceras mojadas. Dobló por el callejón, entró en el viejo hogar de Zerkow por la puerta que siempre estaba abierta y subió las escaleras a toda velocidad. Nadie.
«Vaya, qué extraño», exclamó casi en voz alta, de pie en el umbral, frunciendo su frente blanca como la leche y con uno de sus dedos adoloridos sobre los labios. Entonces un temor enorme se apoderó de ella. No pudo evitar asociar la casa con una escena de muerte violenta.
«No, no —dijo a la oscuridad—. Mac está bien. Él puede cuidar de sí mismo». Sin embargo, vio una clara imagen del cuerpo de su marido, hinchado de agua de mar, el pelo rubio flotando como las algas, inerte, revolcándose en aguas movedizas.
«No puede haberse caído de las rocas —afirmó—. Ya… ahí está». Al oír unos pasos pesados en el corredor de debajo, soltó un gran suspiro de alivio, corrió a asomarse por la barandilla y gritó: «¡Oh, Mac! ¿Eres tú, Mac?». Era el alemán cuya familia ocupaba la primera planta. El reloj de la central eléctrica dio las nueve.
«Dios mío, ¿dónde está Mac?», gritó dando una patada en el suelo. Volvió a echarse el chal a la cabeza, salió y se quedó en la esquina del
callejón y Polk Street, observando y esperando, estirando el cuello para ver la calle. Incluso fue hasta la acera frente a la gran casa y se quedó un momento sentada en la plataforma de los caballos. No pudo dejar de recordar el día en que había llegado a esa plataforma en un coche de alquiler. Su madre y su padre y Auuguust y los gemelos estaban con ella. Fue el día de su boda. Su vestido de novia estaba entre el enorme baúl de estaño sobre la silla del conductor. Nunca antes había sido tan feliz en toda su vida. Recordó cómo había bajado del coche y se había quedado un momento en la plataforma mirando hacia la ventana de McTeague. Había alcanzado a verlo mientras se afeitaba, con la mejilla untada todavía de espuma, y se habían saludado con la mano. Por instinto, Trina alzó la mirada hacia la casa detrás de ella, hacia el mirador donde había estado la clínica de su marido. Estaba toda a oscuras; las ventanas tenían el aspecto ciego, sin vida, que les conferían las habitaciones vacías, desocupadas.
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Una varilla de hierro oxidado sobresalía tristemente en uno de los alféizares.
«Ahí es donde antes colgaba nuestro cartel», dijo. Luego volvió la cabeza y paseó la mirada por Polk Street hacia donde estaba el consultorio del Otro Dentista, y ahí, sobresaliendo en la ventana por encima de la calle, recién limpiada y brillante, colgaba la enorme muela, el regalo de cumpleaños de Trina para su marido, destellando y reluciendo bajo el resplandor de las luces eléctricas como un faro desafiante y triunfal.
«Oh, no; oh, no —susurró Trina ahogando un sollozo—. La vida no es muy alegre. Pero no me importaría; no, nada me importaría si Mac estuviera en casa». Se levantó de la plataforma de los caballos y volvió a pararse en la esquina del callejón, observando y escuchando.
Se hacía tarde. Las horas pasaban. Trina permanecía en su puesto. El ruido de pasos que se acercaban se hacía cada vez menos frecuente. Poco a poco, Polk Street regresó a la soledad. El reloj de la central eléctrica dio las once; las luces se apagaron; el tranvía dejó de funcionar a la una, dejando un silencio abrupto y soporífero en el aire. De pronto, todo parecía muy tranquilo. Lo único que se oía eran las pisadas ocasionales de un policía y los gritos permanentes de los patos y los gansos en el mercado cerrado al otro lado de la vía. La calle dormía.
Cuando es de noche y está oscuro y uno está despierto y solo, los pensamientos adquieren el color de los alrededores, se vuelven lúgubres, sombríos y muy funestos. A Trina se le ocurrió una idea de repente, una idea oscura, terrible, peor aún que la idea de la muerte de McTeague.
«¡Oh, no! —gritó—. Oh, no. No es cierto. Pero ¡y si… y si!» Abandonó su puesto y se precipitó a la casa.
«No, no —iba diciendo entre dientes—, no es posible. A lo mejor ha llegado ya por otro camino. Pero ¿y si… y si… y si…?»
Subió las escaleras corriendo, abrió la puerta del cuarto y se detuvo, sin aliento. La habitación estaba oscura y vacía. Encendió la lámpara con dedos fríos y trémulos y se dio la vuelta para ver el baúl. El cerrojo estaba roto.
«No, no, no —gritó Trina—. No es cierto; no es cierto». Se arrodilló delante del baúl, echó la tapa hacia atrás y metió las manos en el rincón debajo del vestido de novia, donde guardaba siempre sus ahorros. Ahí estaban la cajita fuerte de latón y la bolsa de gamuza. Estaban vacías.
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Entonces se echó al suelo cuan larga era, ocultó el rostro entre los brazos y movió la cabeza de un lado a otro. Su voz se elevó a un gemido.
—No, no, no, no es cierto; no es cierto; no es cierto. Ay, no puede haberlo hecho. Ay, ¿cómo ha podido hacerlo? Todo mi dinero, todos mis ahorritos… y me ha abandonado. Se ha ido, mi dinero se ha ido, mi querido dinero… mis queridas, queridas monedas de oro, por las que he trabajado tan duro. Ay, haberme abandonado… se ha ido para siempre… se ha ido y no va a regresar… se ha ido con mis monedas de oro. Ido… ido… ido. No volveré a verlas nunca, y he trabajado tan duro, tan, tan duro por él… por ellas. No, no, no, no es cierto. Sí, es cierto. ¿Qué será de mí ahora? Ay, si regresas, puedes quedarte con todo el dinero… la mitad. Ay, devuélveme mi dinero. Devuélveme mi dinero y te perdonaré. Puedes abandonarme después si quieres. Ay, mi dinero. Mac, Mac, te has ido para siempre. Ya no me amas, y ahora soy una indigente. ¡Mi dinero se ha ido: mi marido se ha ido, ido, ido, ido!
Sintió un dolor terrible. Se clavó las uñas en el cuero cabelludo, se agarró los pesados moños de su espeso pelo negro y tiró de ellos una y otra vez. Se golpeó la frente con el puño cerrado. Su cuerpecito se estremeció de pies a cabeza con la violencia de sus sollozos; rechinó los dientes y se golpeó la cabeza contra el suelo con todas sus fuerzas.
Tenía el pelo despeinado y vuelto una masa enredada, alborotada, que le colgaba hasta bien por debajo de la cintura; llevaba el vestido rasgado, una mancha de sangre en la frente, los ojos hinchados y las mejillas encendidas por la fiebre que ardía en sus venas. Así la encontró la vieja señorita Baker hacia las cinco de la mañana siguiente.
Trina nunca recordó lo que sucedió entre la una y el amanecer de esa noche aterradora. Solo podía verse a sí misma, como en una foto, arrodillada ante su baúl roto y desvalijado, y después —semanas después, así lo sentía—, despertándose en su propia cama con un vendaje de hielo en la frente y la vieja modista a su lado, tocándole la mano caliente y seca.
El hecho es que la alemana que vivía debajo se había despertado unas horas después de la medianoche por el llanto de Trina. Había subido las escaleras y entrado en la habitación para encontrar a Trina echada en el suelo, boca abajo, medio consciente y sollozando, en un ataque de histeria inconsolable. La mujer, aterrorizada, había llamado a su marido, y entre los dos la habían subido a la cama. Después, la alemana había recordado que Trina tenía amigos en la gran casa cercana y había enviado a su
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marido a que buscara a la modista jubilada, mientras ella se había quedado para desvestir a Trina y acostarla. La señorita Baker había ido de inmediato y se había puesto a llorar al ver a la pobre mujercita del dentista. No había parado de preguntar cuál era el problema, y en realidad habría sido inútil pedirle a Trina una explicación coherente en ese momento. La señorita Baker había enviado al marido de la alemana a buscar hielo en uno de los restaurantes que estaban abiertos toda la noche; le había puesto toallas frías y húmedas en la cabeza; le había peinado y vuelto a peinar su pelo espeso y maravilloso, y se había quedado sentada al lado de la cama, sosteniendo su mano caliente con sus pobres dedos lisiados, esperando pacientemente que Trina tuviera capacidad de hablar.
Trina despertó hacia el amanecer —o quizá solo recobró la conciencia —, miró un momento a la señorita Baker y luego la habitación, hasta que su mirada cayó en el baúl con el cerrojo roto. Entonces se volvió sobre la almohada y empezó a sollozar de nuevo. Rehusó responder a las preguntas de la pequeña modista, sacudiendo la cabeza violentamente y con la cara oculta entre la almohada.
Para la hora del desayuno, la fiebre había aumentado hasta tal punto que la señorita Baker decidió tomar las riendas del asunto y le pidió a la alemana que llamara a un doctor. Este llegó unos veinte minutos más tarde. Era un tipo grande y amable que vivía encima del colmado de la esquina. Tenía una voz profunda y caminaba dando unas zancadas enormes que hacían pensar menos en un médico que en un sargento de una tropa de caballería.
Para cuando este llegó, la pequeña señorita Baker había adivinado ya todo el problema intuitivamente. Sintió las pisadas cadenciosas del doctor en la entrada de abajo y oyó a la alemana diciendo:
—Agrriba, al final del cogrredogr. El cuagrto con la puegrta abiegrta. La señorita Baker recibió al doctor en el descansillo y le contó el
problema en un susurro.
—Me temo que su marido la ha abandonado, doctor, y se ha llevado todo su dinero… una buena cantidad. Eso casi ha matado a la pobre chiquilla. Ha estado delirando buena parte de la noche y ahora tiene una fiebre que vuela.
El doctor y la señorita Baker regresaron al cuarto, entraron y cerraron la puerta. El gran doctor se quedó un momento viendo cómo Trina movía la cabeza de un lado a otro sobre la almohada, con el rostro colorado y la
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enorme mata de pelo desplegada a su alrededor. La pequeña modista se quedó a su lado, paseando la mirada entre él y Trina.
—¡Pobre mujercita! —dijo el doctor—. ¡Pobre mujercita!
La señorita Baker señaló el baúl y susurró:
—Mire, él rompió el cerrojo.
—Bueno, señora McTeague —dijo el doctor al sentarse junto a la cama y coger la muñeca de Trina—, ¿conque un poco de fiebre?
Trina abrió los ojos y lo miró, luego a la señorita Baker. No parecía nada sorprendida ante las caras desconocidas. Parecía considerarlo todo algo lógico.
—Sí —dijo con un suspiro largo y tembloroso—, tengo fiebre, y la cabeza… la cabeza me duele y me duele.
El doctor le recetó descanso y narcóticos suaves. Luego, su mirada se posó en los dedos de la mano derecha de Trina. Los miró atentamente. Algunos de ellos tenían un brillo rojo profundo —inconfundible para los ojos de un médico— que se extendía desde las yemas hasta el segundo nudillo.
—Oiga —exclamó—, ¿qué pasa aquí?
En efecto, algo andaba muy mal. Trina lo había notado hacía días. Los dedos de la mano derecha estaban más hinchados que nunca, doloridos y amarillentos. A pesar de lo cruelmente lacerados que estaban por la brutalidad de McTeague, ella había seguido haciendo los animales del arca de Noé, en contacto permanente con la pintura no tóxica. Le contó esto al doctor en respuesta a su pregunta. Él sacudió la cabeza con una exclamación.
—Vaya, esto es septicemia, ¿sabe? —dijo—, del peor tipo. Habrá que amputarle esos dedos, sin duda, o perderá toda la mano… o algo peor.
—¡Y mi trabajo! —exclamó Trina.
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UNO PUEDE sostener un cepillo de fregar con dos dedos buenos y los muñones de otros dos incluso si se han perdido las dos articulaciones del dedo gordo, pero se necesita una buena práctica para acostumbrarse.
Trina se dedicó a fregar. Gracias al consejo y la ayuda de Sélina consiguió el puesto de conserje en un pequeño jardín de infancia en Pacific Street, una calle de viviendas como Polk Street, pero en un barrio mucho más pobre y sórdido. Trina tenía un cuartito encima del aula del jardín. Era una habitación nada desagradable que daba a un soleado patio cubierto de tablas que utilizaban como zona de juegos para los niños. Allí se alzaban dos grandes cerezos, cuyas hojas casi rozaban la ventana del cuarto y filtraban la luz del sol de tal forma que caía sobre el suelo formando unos lunares dorados. «Como monedas de oro», se decía Trina a sí misma.
Su trabajo consistía en encargarse de las habitaciones del jardín, fregar los suelos, limpiar las ventanas, quitar el polvo, airear y sacar las cenizas. Aparte de esto se ganaba unos cinco dólares al mes lavando las escaleras delanteras de algún gran edifico en Washington Street y limpiando casas desocupadas cuando los inquilinos se habían ido. No veía a nadie. Nadie la conocía. Trabajaba de sol a sol, y con frecuencia pasaba días enteros sin oír el sonido de su propia voz. Estaba sola, una mujer solitaria y abandonada en los torbellinos más bajos de la gran marea de la ciudad… la marea que siempre baja.
Al salir del hospital tras la operación de los dedos, Trina se encontró sola en el mundo, sola con sus tinco mil dólares. Los intereses la mantendrían y además le permitirían ahorrar un poco. Sin embargo, durante un tiempo pensó en tirar la toalla y reunirse con su familia en el sur del estado. Pero mientras lo meditaba recibió una larga carta de su madre, la respuesta a una que ella le había escrito justo antes de que le amputaran los dedos de la mano derecha… la última carta que podría
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escribir. La de la señora Sieppe era un largo lamento, ella tenía sus propias desgracias que lamentar además de las de su hija. El negocio de limpieza de alfombras y tapicería había fracasado. El señor Sieppe y Auuguust se habían marchado con una compartía colonizadora a Nueva Zelanda, adónde la señora Sieppe y los gemelos los seguirían en cuanto se hubiera establecido la colonia. De modo que, lejos de poder ayudarla en su terrible fortuna, era ella, su madre, quien tendría que acudir a su hija en busca de ayuda algún día no muy lejano. Así que Trina había dejado de pensar en la ayuda de su familia. No la necesitaba en realidad. Aún tenía sus cinco mil dólares, y el lío Oelbermann le pagaba sus intereses con una regularidad maquinal. Ahora que McTeague la había abandonado había una boca menos que alimentar, y con este ahorro, junto con lo poquito que ganaba como fregona, Trina casi podía arreglárselas para compensar la cantidad perdida al tener que dejar de trabajar en los animales del arca de Noé.
Poco a poco, el dolor por la pérdida de sus ahorros preciosos superó la pena por el abandono de McTeague. La avaricia se había convertido en su pasión predominante; el amor al dinero por el dinero se incubaba en su corazón y expulsaba gradualmente a todos los demás afectos naturales. Adelgazó y se volvió escuálida; la carne se adhirió a su pequeño esqueleto; la boquita pálida y el mentoncito alzado adquirieron una cierta ansiedad felina en la expresión; sus ojos alargados y estrechos refulgían constantemente, como si atraparan y conservaran el destello del metal. Un día, sentada en su cuarto, con la cajita de latón y la bolsa de gamuza vacías en las manos, exclamó de repente: «Le habría perdonado si simplemente se hubiera marchado y me hubiera dejado mi dinero. Le habría perdonado… sí, le habría perdonado hasta eso». Se miró los muñones de los dedos. «Pero ahora —sus dientes se cerraron con fuerza y sus ojos centellearon—, ahora… no… lo… perdonaré… nunca… mientras… viva».
La bolsa vacía y la cajita hueca la perturbaban. Día tras día, las sacaba del baúl y lloraba sobre ellas así como otras mujeres lloran sobre el zapato de un bebé muerto. Sus cuatrocientos dólares se habían ido, se habían ido, se habían ido. No volvería a verlos jamás. Podía ver claramente a su marido gastándose sus ahorros a puñados, despilfarrando sus preciosas monedas de oro que tanto le había costado lustrar con jabón y cenizas. Esta imagen hacía que una ansiedad indecible se apoderara de ella. Por la noche, se despertaba del sueño de McTeague divirtiéndose con su dinero y
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preguntaba a la oscuridad: «¿Cuánto habrá gastado hoy? ¿Cuántas monedas de oro quedarán? ¿Habrá cambiado ya alguna de las dos monedas de veinte dólares? ¿En qué las habrá gastado?».
Trina volvió a empezar a ahorrar tan pronto salió del hospital, pero ahora lo hacía con una ansiedad que a veces era un verdadero frenesí. Incluso se privaba de luz y leña para ahorrarse veinticinco centavos, y rabiaba por cada monedita que se veía forzada a gastar. Lavaba sus cosas y se cocinaba ella misma. Al final terminó vendiendo su vestido de novia, que hasta entonces había permanecido en el fondo del baúl.
El día en que se mudó de la casa de Zerkow se topó de repente con la concertina del dentista bajo una pila de ropa vieja dentro del armario. En veinte minutos ya se la había vendido al comerciante de artículos de segunda mano y había regresado a su habitación con siete dólares en el bolsillo, feliz por primera vez desde que McTeague la abandonó.
Sin embargo, pese a todo, la cajita y la bolsa rehusaban llenarse; después de tres semanas de la economía más rígida, contenían apenas dieciocho dólares y unos cuantos centavos. ¿Qué era eso comparado con cuatrocientos? Trina se decía a sí misma que debía tener su dinero en mano. Anhelaba volver a ver la pila encima de su mesa de trabajo, donde pudiera meter las manos, la cara, sentir el metal frío y suave en las mejillas. En esos momentos veía en su imaginación sus maravillosos cinco mil dólares apilados en columnas, brillando y reluciendo en algún lugar al fondo del depósito del tío Oelbermann. Entonces contemplaba el papel que este le había dado y se decía a sí misma que representaba cinco mil dólares. Pero esto dejó de satisfacerla; debía tener el dinero mismo. Tenía que volver a tener sus cuatrocientos dólares ahí en su baúl, en su bolsa y en su cajita, donde pudiera tocarlos y sentirlos cuando quisiera.
No pudo soportarlo finalmente, y un día se presentó ante el tío Oelbermann, sentado en su oficina en el almacén de juguetes al por mayor, y le dijo que quería retirar cuatrocientos dólares de su dinero.
—Pero esto es muy irregular, usted sabe, señora McTeague —dijo el gran hombre—. Nada propio de los negocios. —Sin embargo, las desgracias de su sobrina y la pobre mano mutilada lo conmovieron. Abrió la chequera—. Entenderá, por supuesto —dijo—, que esto reducirá sus intereses en la misma medida.
—Lo sé, lo sé. Lo he pensado —dijo Trina.
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—¿Cuatrocientos ha dicho? —observó el tío Oelbermann al quitarle la tapa a la pluma estilográfica.
—Sí, cuatrocientos —exclamó ella rápidamente, con ojos brillantes. Trina cobró el cheque y regresó a casa con el dinero —todo en
monedas de veinte dólares, como había deseado— en un éxtasis de placer. Pasó la mitad de la noche sentada, jugando con el dinero, contándolo y recontándolo, lustrando las monedas más apagadas hasta sacarles brillo. En total había veinte monedas de oro de veinte dólares.
—¡Ooh, preciosas! —murmuraba al pasar las manos por encima de las monedas, temblando de placer—. ¡Preciosas! ¿Hay algo más bello que una moneda de oro de veinte dólares? ¡Querido, querido dinero! ¡Oh, cómo te quiero! Mío, mío, mío… todo mío.
Colocaba las monedas en una hilera en el borde de la mesa o las acomodaba según formas —triángulos, círculos, cuadrados—, o hacía con ellas una pirámide que después tumbaba solo para oír el delicioso tintineo de las monedas cayendo una sobre la otra. Finalmente, las guardaba en la cajita de latón y la bolsa de gamuza, sintiendo una dicha inenarrable de volver a verlas llenas y pesadas.
Luego, tras unos pocos días, volvió a pensar en el dinero que seguía al cuidado del tío Oelbermann. Era suyo, todo suyo… todos esos cuatro mil seiscientos. Podía tener todo lo mucho o lo poco que escogiera. Solo tenía que preguntar. Trina se contuvo una semana, muy consciente de que retirar de su capital significaba una reducción proporcional en su ingreso mensual. Hasta que finalmente cedió.
«Solo para tener quinientos exactos», se dijo a sí misma. Ese día sacó otros cien dólares, en monedas de oro de veinte dólares como la vez anterior. Desde entonces, Trina empezó a retirar regularmente de su capital, un poco cada vez. Era una pasión, una obsesión, una auténtica enfermedad mental, una tentación como la que solo conocen los borrachos.
La invadía de golpe. Un acceso brusco de codicia se apoderaba de ella mientras trabajaba fregando el suelo de alguna casa vacía, o en su cuarto mientras hacía el café en la hornilla de aceite por la mañana, o cuando se despertaba por la noche. Las mejillas se le sonrojaban, los ojos le brillaban y se quedaba sin aire. A veces dejaba el trabajo tal como estaba, se ponía el viejo sombrero de paja negra, se echaba un chal a la cabeza, se dirigía directamente al almacén del tío Oelbermann y volvía a sacar dinero. Cien dólares, luego sesenta; luego se contentaba solo con veinte, y una vez, tras
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una quincena de abstinencia, se permitió el verdadero capricho de quinientos. Poco a poco fue retirando su capital del cuidado del tío Oelbermann, y los intereses originales de veinticinco centavos al mes fueron menguando poco a poco.
Un día volvió a presentarse en la oficina del almacén de juguetes al por mayor.
—¿Me daría un cheque por doscientos dólares, tío Oelbermann? — preguntó.
El gran hombre dejó a un lado la pluma estilográfica y se reclinó en su silla giratoria con mucha parsimonia.
—No entiendo, señora McTeague —dijo—. Todas las semanas viene y retira un poco de su dinero. Le he dicho que para mí no es nada habitual ni propio de los negocios entregárselo de esta forma. Y más aún, para mí es un gran inconveniente darle esos cheques en momentos no estipulados. Si desea sacarlo todo, pongámonos de acuerdo. Retírelo en plazos mensuales de, digamos, quinientos dólares, o —agregó abruptamente— retírelo todo de una vez, ahora, hoy. Hasta eso prefiero. De lo contrario, es… es fastidioso. Vamos, ¿le hago un cheque por tres mil setecientos y acabamos con esto de una buena vez?
—¡No, no! —gritó Trina con un temor instintivo, negándose sin saber por qué—. No, lo dejaré con usted. No retiraré nada más.
Se disponía a marcharse, pero se detuvo en la acera del almacén y se quedó ahí un momento, absorta; los ojos empezaron a brillarle y se quedó sin aliento. Se dio la vuelta despacio y volvió a entrar en el almacén; regresó a la oficina y se paró temblorosa junto a la esquina del escritorio del tío Oelbermann. Él alzó la mirada bruscamente. Dos veces intentó Trina recuperar la voz, y cuando lo consiguió, era casi irreconocible.
—Sí, está bien… yo… puede darme… ¿me dará un cheque por tres mil setecientos? Deme todo mi dinero —dijo jadeando.
Un par de horas después entró en su cuartito encima del jardín de infancia, le echó cerrojo a la puerta con dedos trémulos y vació un costal de lona pesada en la mitad de la cama. Luego abrió el baúl, y tras sacar de ahí la cajita de latón y la bolsa de gamuza, añadió su contenido al montón. Después se echó en la cama, se llevó hacia sí las relucientes monedas de oro con ambos brazos y ocultó el rostro en ellas soltando largos suspiros de un placer indescriptible.
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Era poco después del mediodía, y el día era espléndido y caluroso. Las hojas de los enormes cerezos despedían un cierto olor acre que entraba por la ventana abierta junto con unos largos y delgados rayos de luz dorada. Debajo, en el jardín de infancia, los niños cantaban alegremente y marchaban al sonido del piano. Trina no oía nada, no veía nada. Yacía en la cama, con los ojos cerrados y el rostro oculto entre una pila de oro que había rodeado con ambos brazos.
Finalmente, se dijo a sí misma que había vuelto a ser feliz. McTeague se convirtió en un recuerdo —un recuerdo que se desvanecía un poco cada día—, borroso e indefinido bajo el esplendor dorado de los cinco mil dólares.
«Y aun así —pensaba—, yo sí amaba a Mac, lo amaba de verdad, hace muy poco. Incluso cuando me hacía daño, eso solo me hacía quererlo más. ¿Por qué he cambiado tan repentinamente? ¿Cómo he podido olvidarlo tan pronto? Debe de ser porque me robó mi dinero. Eso es. Eso no se lo perdonaría a nadie… no, ni siquiera a mi madre. Y nunca… nunca… se lo perdonaré».
Trina no sabía qué había pasado con su marido. Nunca veía a los antiguos vecinos de Polk Street. Era imposible tener noticias de él, incluso si le hubiera interesado. Ella tenía su dinero, eso era lo más importante. Su pasión por el dinero excluía cualquier otro sentimiento. Ahí estaba, en el fondo del baúl, entre el costal de lona, la bolsa de gamuza y la cajita fuerte de latón. No pasaba un día sin que no lo sacara a un lugar donde pudiera verlo y tocarlo. Una vez esparció incluso todas las monedas de oro sobre las sábanas y, tras desvestirse, se acostó y durmió toda la noche encima de ellas, sintiendo un placer extraño y extático por el contacto de las piezas planas y suaves a lo largo de todo su cuerpo.
Una noche, unos tres meses después de haberse mudado al jardín de infancia, Trina se despertó por un golpecito seco en el cristal de la ventana. Se incorporó rápidamente —el corazón le latía con fuerza— y lanzó una mirada desenfrenada hacia el baúl. El golpecito se repitió. Trina se levantó y se acercó a la ventana con temor. La luz de la luna iluminaba el pequeño patio trasero; McTeague estaba justo al borde de la sombra proyectada por uno de los cerezos. Tenía en la mano un montón de cerezas medio maduras que se comía para después lanzar las pepitas a la ventana. Al ver a Trina, hizo una seña ansiosa para que abriera la ventana. Ella obedeció con renuencia y asombro, y el dentista se acercó a toda prisa. Vestía un mono
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azul; una camisa de franela azul marino sin pañuelo; un abrigo viejo, desteñido, descosido y estropeado por la lluvia, y su gorra de lana.
—¡Oye, Trina! —exclamó, su voz baja y profunda era apenas superior a un susurro—, déjame entrar, ¿quieres? Oye, por favor. Me muero de hambre, y no he dormido en una cama decente en dos semanas.
Al verlo ahí a la luz de la luna, Trina solo pudo pensar en él como el hombre que la había golpeado y mordido, la había abandonado y le había robado su dinero, la había hecho sufrir como nunca en toda su vida. Ahora que se había gastado todo lo que le había robado, gemía por volver… para robarle más, sin duda. Olfatearía sus cinco mil dólares en cuanto entrara en la habitación. Su indignación se intensificó.
—No —respondió con un susurro—. No, no te dejaré entrar.
—Pero escucha, Trina, te digo que me muero de hambre, de verdad… —¡Ja! —lo interrumpió Trina con desdén—. Un hombre no puede
morirse de hambre con cuatrocientos dólares, me parece.
—Bueno… pues… yo… eh… —balbució el dentista—. Ya no importa. Dame algo de comer y déjame entrar a dormir. He dormido en la plaza las últimas diez noches, y oye, yo… maldición, Trina, no he comido nada desde…
—¿Dónde están los cuatrocientos dólares que me robaste cuando me abandonaste? —replicó Trina con frialdad.
—Pues me los he gastado —gruñó el dentista—. Pero no puedes dejarme morir de hambre, Trina, no importa lo que haya pasado. Dame un poco de dinero.
—Prefiero verte morir de hambre antes de darte algo más de mi dinero. El dentista dio un paso atrás y la miró fijamente, asombrado. Tenía la cara enjuta y huesuda. El maxilar nunca se había visto tan enorme ni su cabeza cuadrada tan inmensa. La luz de la luna proyectaba unas sombras
negras y profundas en sus mejillas encogidas.
—¿Eh? —preguntó el dentista, confundido—. ¿Qué has dicho? —No te daré nada de dinero… nunca más… ni un centavo. —Pero sabes que tengo hambre…
—Pues yo también he tenido hambre. Además, no te creo.
—Trina, no he comido nada desde ayer por la mañana; te lo juro por Dios. Aunque me haya ido con tu dinero, no puedes dejarme morir de hambre, ¿o sí? No puedes dejarme vagar por las calles toda la noche ahora que no tengo dónde dormir. ¿Me dejas entrar? Eh, ¿me dejas? ¿Eh?
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—No.
—Bueno, ¿me darás un poco de dinero entonces? Solo un poco. Dame un dólar. Dame medio dólar… oye, dame diez centavos para tomarme un café.
—No.
El dentista calló y la miró con una determinación extraña, desconcertado, perplejo.
—Oye, estás… debes de estar loca, Trina. Yo… yo… no dejaría morir de hambre ni a un perro.
—Ni siquiera si te ha mordido, supongo.
El dentista volvió a mirarla fijamente.
Se hizo otro silencio. McTeague alzó la vista hacia ella sin decir nada; un brillo malicioso y salvaje se posó en sus ojos pequeños. Soltó una exclamación débil, luego se contuvo.
—Bueno, escúchame por última vez. Me muero de hambre. No tengo dónde dormir. ¿Me das un poco de dinero o algo de comer? ¿Me dejas entrar?
—No… no… no.
Trina sintió que casi podía ver el brillo vidrioso en los ojos de su marido. Este alzó uno de sus puños enormes, después gruñó.
—Si llegara a agarrarte un segundo, por Dios, te sacudiría. Y lo haré, lo haré. Confía en mí.
Se dio la vuelta; la luz de la luna parecía una capa de nieve sobre sus hombros macizos. Trina lo vio pasar bajo la sombra de los cerezos y atravesar el patio. Oyó sus pies inmensos oprimiendo las tablas del suelo. Luego desapareció.
Por más avara que fuera, Trina era humana, y el eco de los pies pesados del dentista no se había apagado cuando empezó a sentirse mal por lo que había hecho. Se quedó junto a la ventana abierta, envuelta en el pijama y con el dedo sobre los labios.
«Tenía mala cara —dijo casi en voz alta—. A lo mejor tenía hambre. Debí haberle dado algo. Ojalá lo hubiera hecho—, ojalá lo hubiera hecho. ¡Oh! —gritó de repente e hizo un ademán temeroso con ambas manos—, ¿en qué me he convertido para ser capaz de dejar que Mac, mi marido, se muera de hambre antes que darle dinero? No, no. Es demasiado atroz. Le daré un poco. Se lo enviaré mañana. ¿Adónde? Bueno, ya volverá». Se inclinó sobre la ventana y gritó lo más fuerte que pudo:
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—¡Mac, oh, Mac! —No hubo respuesta.
Cuando McTeague le dijo a Trina que no había comido nada en casi dos días, decía la verdad. La semana anterior había gastado lo último que le quedaba de los cuatrocientos dólares en la taberna de la casa de inquilinato de un marinero cerca del muelle, y desde entonces había llevado una existencia verdaderamente precaria.
Había gastado el dinero de Trina aquí y allá por la ciudad como un rey, sin pensar en absoluto en el mañana, dándose banquetes y bebiendo con compañeros que conocía quién sabe dónde; conocidos de veinticuatro horas cuyos nombres olvidaba en dos días. Hasta que, de repente, se dio cuenta de que se le había acabado el dinero. Ya no tenía amigos. Estaba transido de hambre. Ya no estaba bien alimentado ni cómodo. Ya no tenía un sitio caliente donde dormir. Regresó a Polk Street por la noche, caminando por el lado oscuro de la calle, acechando entre las sombras, con vergüenza de que lo viera alguno de sus antiguos amigos. Entró en la vieja casa de Zerkow y llamó a la puerta del cuarto que había ocupado con Trina. Estaba vacío.
Al día siguiente fue al almacén del tío Oelbermann y preguntó por Trina. Ella no le había contado al tío Oelbermann de los maltratos de McTeague y le había dado otras razones para explicar la pérdida de sus dedos; tampoco le había hablado del robo de su marido. De modo que cuando el dentista preguntó dónde podía encontrarla, el tío Oelbermann, creyendo que buscaba una reconciliación, se lo dijo sin titubear, y añadió:
—Estuvo aquí ayer y sacó el resto de su dinero. Ha estado retirándolo durante más o menos el último mes. Ahora lo tiene todo, supongo.
—Ali, lo tiene todo.
El dentista se alejó de la infructuosa visita a su mujer temblando de rabia, odiándola con toda la fuerza de un carácter burdo y primitivo. Apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos; los dientes le rechinaron con furia.
«Ah, si llegara a agarrarte, te sacudiría. Ella tenía cinco mil dólares en la habitación mientras yo estaba ahí, a menos de seis metros, y le dije que me moría de hambre, y no quiso darme ni diez centavos para comprarme un café, ni diez centavos para comprarme un café. ¡Oh, si llego a ponerte las manos encima!» La cólera lo ahogaba. Intentó agarrar la oscuridad que tenía por delante; el aliento le silbaba entre los dientes.
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Esa noche vagó por las calles hasta el amanecer, preguntándose qué haría ahora para mantenerse a flote. A la mañana del día siguiente, hacia las diez, estaba en Kearney Street; seguía caminando, recorriendo las calles, ya que no tenía nada más que hacer. Al poco se paró en una esquina cerca de una tienda de música y se distrajo un rato viendo cómo dos o tres hombres cargaban un piano en un carro fuerte. La mitad del peso estaba ya sobre el tablero. Uno de ellos, un mulato grande que estaba casi escondido bajo la masa de palisandro brillante, guiaba su curso mientras los otros dos alzaban y empujaban por detrás. Algo en la calle asustó a los caballos, que respingaron abruptamente. La parte trasera del piano se desprendió bruscamente del tablero. Hubo un grito. El mulato se tambaleó junto con el piano que se desplomaba, y el peso cayó directamente sobre su muslo, que se rompió con un chasquido sonoro.
Una hora después, McTeague había encontrado trabajo. La tienda de música lo había contratado como mozo de almacén a seis dólares por semana. Su fuerza descomunal, que no le había servido en toda su vida, finalmente le resultaba útil.
Dormía en un diminuto cuarto trasero al que se entraba por el almacén de la tienda. En cierto sentido era tanto portero como cargador, y hacía rondas por el almacén dos veces por la noche. Su cuarto era un cuchitril que apestaba a humo de tabaco trasnochado. El ocupante anterior había empapelado las paredes con periódicos y había pegado unas figuras recortadas de los carteles de un tal ballet de Kiralfy, muy chabacanas. Junto a la única ventana, gorjeando todo el día en su jaulita dorada, colgaba el canario, un minúsculo átomo de vida al que McTeague seguía aferrándose con una obstinación extraña.
McTeague bebió bastante whisky esos días, pero el único efecto que le producía era aumentar la brutalidad y el mal genio que había desarrollado desde el comienzo de sus desgracias. Aterrorizaba a sus compañeros de trabajo, por más fuertes que fueran. Por una palabra brusca, un movimiento torpe al descargar los pianos, una mirada hosca o una maldición, el codo del dentista se doblaba y la mano se contraía en un puño similar a un mazo. La mitad de las veces, el golpe tenía lugar, colosal en su fuerza, veloz como el émbolo al saltar del cilindro.
Su odio hacia Trina crecía día tras día. La sacudiría. Solo tenía que esperar a que le pusiera las manos encima. ¿Conque lo dejaría morirse de hambre? Le cerraba la puerta en las narices mientras tenía cinco mil
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dólares escondidos en el fondo del baúl. Ajá, ya vería. Ella no podía ningunearlo. Ah, no. Sí que la sacudiría… sí, señor. McTeague no era un hombre imaginativo por naturaleza, pero pasó las noches despierto mientras su ingenio torpe galopaba y brincaba bajo el látigo del alcohol, y se imaginaba a sí mismo azotando a su mujer hasta que un arrebato súbito de furia lo invadía, y entonces se estremecía por todo el cuerpo, se revolcaba en la cama y mordía el colchón.
Cierto día, más o menos una semana después de la Navidad de ese año, McTeague estaba ayudando a mover y reacomodar unos pianos viejos en uno de los últimos pisos de la tienda de música, donde guardaban los instrumentos de segunda mano.
De repente, al pasar junto a uno de los mostradores, clavó la vista en un objeto que se le hizo extrañamente conocido y se detuvo.
—Oye —exclamó dirigiéndose al encargado—, oye, ¿de dónde ha venido esto?
—Pues, a ver. Lo compramos en una tienda de segunda mano en Polk Street, creo. Es un aparato bastante bueno; hay que hacerle unos arreglos a los registros y echarle un poco de laca y quedará casi como nuevo. Tiene un buen tono. Óyelo. —Y el empleado sacó un lamento largo y sonoro desde las profundidades de la antigua concertina de McTeague.
—Pues es mía —gruñó el dentista.
El otro se rio.
—Es tuya por once dólares.
—Es mía —insistió McTeague—. La quiero.
—No me jodas, Mac. ¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que es mía, eso quiero decir. Tú no tienes ningún derecho sobre ella. Me la robaron, eso quiero decir —añadió; una furia huraña se encendió en sus ojos pequeños.
El empleado alzó un hombro y puso la concertina en un estante superior.
—Ve y se lo dices al jefe; no es asunto mío. Si quieres comprarla, son once dólares.
Al dentista le habían pagado el día anterior y tenía cuatro dólares en la cartera en ese momento. Le dio el dinero al empleado.
—Toma, aquí hay una parte del dinero. Aparta… apártame esa concertina y te daré el resto en una semana más o menos… Te lo daré mañana —exclamó al ocurrírsele una idea.
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McTeague había extrañado mucho su concertina. Las tardes de domingo, cuando no había ningún trabajo por hacer, solía yacer de espaldas sobre el colchón sin resortes del cuartito en la parte trasera de la tienda de música, sin el abrigo y sin zapatos, leyendo el periódico, bebiendo una jarra de cerveza steam y fumando su pipa. Pero ya no podía tocar las seis melodías lúgubres en su concertina, y eso era una privación. Con frecuencia se preguntaba dónde estaría. Se había perdido, sin duda, en el desmoronamiento general de sus vicisitudes. Una vez, incluso, había cogido una concertina del montón que guardaban en la tienda de música. Era domingo y no había nadie. Pero descubrió que no podía tocarla. Los registros estaban arreglados según un sistema que no pudo entender.
Ahora su propia concertina había regresado a él. Volvería a comprarla. Le había dado cuatro dólares al empleado. Sabía de dónde sacaría los siete que faltaban.
El empleado le había dicho que la concertina había sido vendida a la tienda de segunda mano de Polk Street. Trina la había vendido. McTeague lo sabía. Trina había vendido su concertina —la había robado y la había vendido—, su concertina, su bienamada concertina, la que había tenido toda la vida. Vaya, de todas sus pertenencias, salvo el canario, no había ninguna que McTeague apreciara más intensamente. El grabado de acero de Lorenzo de Medici con su corte podía perderse, el doguillo podía irse, ¡pero no su concertina!
«Y ella la vendió… me la robó y la vendió. Solo porque olvidé llevármela conmigo. Bueno, pues ya veremos. Me darás el dinero para comprarla o…»
La cólera se intensificó en su interior. Su odio hacia Trina volvió a invadirlo como una oleada que recomienza. Vio su boquita recatada, sus estrechos ojos azules, su cabellera negra y su mentón alzado, y la odió aún más. Ajá, ya vería; la sacudiría. Ella le daría los siete dólares, o tendría que darle explicaciones. McTeague hizo su trabajo ese día, alzando y empujando los pesados pianos, manejándolos con la facilidad de una grúa, esperando impaciente la llegada de la noche, cuando podría arreglárselas por sí mismo. En cuanto tenía un momento libre, salía a la calle a la taberna más cercana y bebía una copita de whisky. De vez en cuando, mientras peleaba y luchaba con las inmensas masas de ébano, palisandro y caoba en la planta superior de la tienda de música, y mientras el whisky daba vueltas en su cabeza, se decía a sí mismo entre dientes: «Y yo tengo
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que hacer esto. Tengo que trabajar como un burro de carga mientras ella está en casa junto a su hornilla y cuenta su dinero… y vende mi concertina».
Llegaron las seis. En vez de cenar, McTeague bebió más whisky, cinco copitas, una tras otra. Después tuvo que salir con el carro a entregar un piano de cola en el salón de los Odd Fellows, donde tendría lugar un recital de piano.
—¿No regresas con nosotros? —preguntó uno de sus compañeros al subir al puesto del conductor después de entregar el piano.
—No, no —respondió el dentista—; tengo que hacer otra cosa.
Las luces brillantes de una taberna cercana al ayuntamiento le llamaron la atención. Decidió tomar otra copa de whisky. Eran cerca de las ocho.
El día siguiente tenía que ser un día de fiesta en el jardín de infancia, las festividades de Navidad y Año Nuevo combinadas. Toda la tarde, la pequeña construcción de dos plantas de Pacific Street estuvo invadida por las grandiosas damas de la asamblea, quienes colgaron ramas de muérdago y acebo y arreglaron un gran árbol de Navidad en el centro del aula. Un penetrante olor a pino invadía todo el recinto. Trina estuvo ocupada desde temprano por la mañana, yendo y viniendo ante todos los encargos, corriendo a la calle en busca de otro martillo o más cerezas, atando las ramas de muérdago y pasándoselas a una de las grandiosas damas que se balanceaba cuidadosamente en una escalera de mano. Hacia el atardecer, todo estaba en su lugar. La última gran dama que salió de la escuela le dio un dólar de más por su trabajo y le dijo:
—Bueno, si ahora limpia aquí, señora McTeague, creo que eso será todo. Barra las agujas de pino… véalas, están esparcidas por todo el suelo… y revise todas las habitaciones y limpie en general. Buenas noches… y ¡feliz Año Nuevo! —exclamó en tono agradable al salir.
Trina guardó el dólar en el baúl antes que nada y se preparó algo de cenar. Después volvió a bajar.
El jardín de infancia no era grande. En la planta baja había solo dos habitaciones, el aula principal y otro cuarto, un guardarropa muy pequeño donde los niños colgaban sus gorros y sus abrigos y al que se entraba por la parte trasera del aula. Trina les echó una ojeada crítica a estas dos habitaciones. Había habido un gran ajetreo en ellas durante el día, y decidió que lo primero que haría sería fregar los suelos. Volvió a subir a su
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cuarto y calentó un poco de agua en la hornilla de aceite, luego bajó y se puso a trabajar enérgicamente.
Hacia las nueve ya casi había terminado con el aula. Estaba a cuatro patas en medio de un charco humeante de agua jabonosa. En los pies llevaba un par de zapatos de hombre sujetados con hebillas; el vestido de algodón sucio y húmedo se adhería a su figura informe y atrofiada. De cuando en cuando se sentaba sobre los talones para aliviar la tensión que le producía esa posición, y con una mano humeante, blanca y escaldada por el agua caliente, se apartaba el pelo ya entrecano del rostro pálido, arrugado, y de las comisuras de la boca.
Todo estaba muy silencioso. Una boquilla de gas sin globo iluminaba el recinto con una luz burda y cruda. El gato que vivía ahí había preferido ensuciarse a mojarse, y se había metido en el cubo del carbón y la observaba por encima del borde con ojos dormidos y un ronroneo prolongado y displicente.
El animal paró de ronronear de repente, dejando un silencio abrupto en el aire, como el cierre repentino de un chorro de agua; sus ojos se ensancharon, dos discos de luz amarilla tenue entre la masa de pelo negro.
—¿Quién anda ahí? —gritó Trina, y se sentó sobre los talones. En el silencio que se hizo después, el agua cayó de sus manos goteando con el tic continuo de un reloj. Luego, un puño brutal abrió la puerta principal del aula, y McTeague entró. Estaba borracho; no con esa embriaguez estúpida, sensiblera, tambaleante, sino con esa que es despierta, de una inteligencia antinatural, despiadada, perfectamente firme, terriblemente siniestra. Trina solo tuvo que verlo una vez y, al instante, con un extraño sexto sentido nacido de la ocasión, supo lo que le esperaba.
Entonces se levantó de un brinco y huyó a refugiarse en el pequeño guardarropa. Cerró la puerta con cerrojo tras de sí y se apoyó contra ella, jadeando y temblando; todos sus nervios se contraían y vibraban de miedo ante McTeague.
Este puso la mano por fuera en el pomo, abrió la puerta, rompió la cerradura y el cerrojo y lanzó a Trina dando tumbos hasta el otro lado de la habitación.
—¡Mac! —le gritó ella al verlo entrar, hablando con una rapidez espantosa, encogiéndose y alargando las manos—, Mac, escucha. Espera… oye… escúchame. No ha sido mi culpa. Te daré un poco de
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dinero. Haré lo que quieras. ¿Por qué no me escuchas? ¡Oh, no lo hagas! Gritaré. No puedo evitarlo, tú lo sabes. La gente me oirá.
McTeague se le acercó despacio; sus pies inmensos se arrastraban y aplastaban el suelo, sus puños enormes, duros como mazos de madera, se balanceaban a los costados. Trina retrocedió hasta el rincón de la habitación, se encogió, se cubrió el rostro con el codo doblado y miró al dentista con una determinación temerosa, lista para echarse a un lado.
—Quiero ese dinero —dijo McTeague al detenerse frente a ella.
—¿Qué dinero? —gritó Trina.
—Quiero ese dinero. Tú lo tienes… esos cinco mil dólares. ¡Quiero cada centavo! ¿Me entiendes?
—No lo tengo. No está aquí. Lo tiene el tío Oelbermann.
—Es mentira. Él me ha dicho que fuiste y lo sacaste. Ya lo has tenido suficiente tiempo; ahora lo quiero yo. ¿Me oyes?
—Mac, no puedo darte ese dinero. No… ¡no te lo daré! —gritó Trina con una determinación repentina.
—Sí, me lo darás. Me darás cada centavo.
—No, no.
—No vas a ningunearme esta vez. Dame el dinero.
—No.
—Por última vez, ¿me darás el dinero?
—No.
—¿Conque no? ¿No me lo darás? Por última vez.
—No, no.
Aunque el dentista era de movimientos lentos normalmente, el alcohol despertó en él una agilidad animal en ese momento. No dejó de mirar a Trina con sus ojitos apagados, y de golpe le estampó el puño en la mitad de la cara con la brusquedad de un resorte relajado.
Fuera de sí por el terror, Trina se dio la vuelta y se defendió, luchando por su vida miserable con la exasperación y la fuerza de un gato nervioso, y con tanto brío y una fuerza tan desenfrenada, tan antinatural, que incluso McTeague se apartó de ella por un momento. Pero esa resistencia fue precisamente lo que llevó al dentista al culmen de su cólera. Entonces volvió a acercársele, con los ojos convertidos en dos puntos centelleantes, apretó los puños enormes hasta que los nudillos se le pusieron blancos y los alzó en el aire.
Fue espantoso.
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En el aula, detrás del cubo del carbón, absolutamente atemorizado y con los ojos desorbitados como dos bultos de latón, el gato oyó los ruidos de las patadas y el forcejeo y el sonido apagado de los golpes, que cesaron de repente. El gato no oyó nada más. McTeague salió después y cerró la puerta. Con las pupilas dilatadas, el gato lo vio atravesar el aula y desaparecer por la puerta de la calle.
El dentista se detuvo un momento sobre la acera y atisbo la calle con cuidado de un lado a otro. Estaba desierta y silenciosa. Se volvió bruscamente hacia la derecha y se metió por un pasadizo que llevaba hacia el pequeño patio detrás de la escuela. En la habitación de Trina ardía una vela. McTeague subió por la escalera exterior y entró.
En un rincón estaba el baúl cerrado con cerrojo. El dentista cogió el alzatapas de la pequeña hornilla de aceite, lo puso debajo del broche del cerrojo y lo abrió de un tirón. Al hurgar detrás de un montón de vestidos encontró la bolsa de gamuza, la cajita fuerte de latón y, al fondo, metido cuidadosamente en un rincón, el costal de lona repleto de monedas de oro de veinte dólares. Vació la bolsa de gamuza y la cajita en los bolsillos del pantalón, pero el costal de lona era demasiado voluminoso como para esconderlo entre sus ropas.
«Supongo que tendré que cargarlo, naturalmente», masculló. Apagó la vela, cerró la puerta y salió a la calle una vez más.
Atravesó la ciudad rumbo a la tienda de música. Eran las once pasadas. No había luna, y la noche estaba inundada por una tenue luz gris y borrosa que parecía llegar desde todos los puntos del horizonte al mismo tiempo. De vez en cuando, un viento del sureste estallaba súbitamente en las esquinas. McTeague avanzaba con el costal aferrado a su lado y la cabeza inclinada contra las ráfagas para que no se le cayera la gorra. De pronto escudriñó el cielo con ojo crítico.
«Apuesto a que mañana lloverá —masculló—, si este viento vira hacia el sur».
Apenas llegó a su pequeña guarida detrás de la tienda de música, se lavó las manos y los antebrazos y se puso la ropa de trabajo: un mono azul y un jersey encima del chaleco y los pantalones baratos. Después juntó sus pocas pertenencias: un viejo sombrero de campaña, un par de botas, una lata de tabaco y un brazalete falso que había encontrado un domingo en el parque y que creía de valor. Le quitó la manta a la cama, enrolló en ella todos estos objetos junto con el costal de lona y la ató con un medio nudo
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como el que usan los mineros; en medio de la confusión mental del momento, los instintos del antiguo cargador regresaban a él. Se metió la pipa y el cuchillo —una enorme navaja con un mango de hueso amarillo— en los bolsillos del mono.
Entonces, finalmente, puso la mano en la puerta, alzó la lámpara antes de apagarla y miró a su alrededor para asegurarse de que estaba listo para partir. La luz trémula despertó al canario, que revoloteó y empezó a gorjear débilmente, muy adormilado y furioso porque lo hubieran despertado. McTeague se sobresaltó, lo miró fijamente y se quedó meditabundo. Pensó que pasaría un buen tiempo antes de que alguien volviera a entrar en ese cuarto. El canario pasaría días sin comer; probablemente moriría de hambre, ahí, hora tras hora, en su jaulita dorada. Decidió llevárselo. Bajó la jaula, cogiéndola suavemente con sus manos enormes, y la envolvió en un par de bolsas para protegerlo del viento cortante de la noche.
Después salió, cerró todas las puertas tras de sí y se dirigió hacia el muelle del transbordador. Los barcos habían dejado de circular hacía horas, pero se dijo a sí mismo que si esperaba hasta las cuatro cruzaría la bahía en el remolcador que transportaba los periódicos de la mañana.
Trina yacía inconsciente, tal como había caído bajo el último golpe de McTeague; su cuerpo se sacudía con un hipo esporádico que agitaba la piscina de sangre en la que yacía boca abajo. Murió hacia el amanecer, con una sucesión rápida de hipos que sonó como una pieza de reloj al descargarse.
El asunto había sucedido en el guardarropa donde los niños del jardín colgaban sus gorras y sus abrigos. Solo se podía entrar por el aula principal. Al salir, McTeague había cerrado la puerta del guardarropa pero había dejado abierta la de la calle; de modo que cuando los niños llegaron por la mañana, entraron como de costumbre.
Hacia las ocho y media, dos o tres niñas de cinco años, una de ellas una chiquilla de color, entraron en el aula del jardín con un gran ruido de voces y se dirigieron hacia el guardarropa para colgar sus gorras y sus abrigos tal como les habían enseñado.
Una se detuvo a medio camino, alzó la naricita y gritó:
—¡Uuuy, qué olor más rarooo!
Las otras también olfatearon el aire, y una, hija de un carnicero, exclamó:
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—Huele como la tienda de papá. —Y a continuación añadió—: Mirad, ¿qué le pasa al garito?
En efecto, el gato actuaba de manera extraña. Estaba echado completamente sobre el suelo, con la nariz pegada a la grieta bajo la puerta del guardarropa, y meneaba la cola despacio, de atrás para adelante, excitado, muy ansioso. A ratos se echaba hacia atrás y hacía un ruidito extraño, como un tableteo en el fondo de la garganta.
—¿No es rarooo? —repitió la chiquilla. El gato se alejó sigilosamente cuando las niñas se acercaron. Después, la más alta abrió la puerta del pequeño guardarropa de par en par y entraron todas corriendo.
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EL DÍA era muy caluroso, y el silencio del mediodía yacía pesado y denso entre las faldas empinadas de los cañones, como un fluido invisible y envolvente. El zumbido de un insecto perforaba el aire de vez en cuando y se apagaba lentamente. Por todas partes había aromas penetrantes, aromáticos. El calor intenso, inmóvil, parecía destilar innumerables olores de la maleza… olores a savia caliente, agujas de pino y brea, y sobre todo el olor medicinal a hamamélide de Virginia. Hasta donde alcanzaba la vista, había multitudes incontables de árboles y arbustos de gayuba, silenciosos e inmóviles, creciendo, creciendo, creciendo. Una vida inmensa, inconmensurable, pujaba continuamente hacia el cielo, sin hacer ruido, sin moverse. En las curvas del camino, en los puntos más altos, los cañones se revelaban a lo lejos como muescas gigantes en el paisaje, azul intenso en la distancia, abriéndose el uno en el otro, profundos como el océano, silenciosos, enormes, evocadores de fuerzas descomunales, primigenias, guardadas en reserva. En el fondo eran sólidos, macizos; en las crestas se rompían delicadamente en unos filos dentados donde los pinos y las secuoyas delineaban sus miles de copas contra el blanco horizonte. Aquí y allá, las montañas se elevaban en grupos desde los estrechos lechos fluviales como leones gigantes que alzan la cabeza después de beber.
La región entera era virgen. En algunos lugares al este del Mississippi la naturaleza es acogedora, íntima, pequeña y hogareña, como una ama de casa bondadosa. En Placer County, California, es una bestia enorme y sin conquistar de la época del Plioceno, salvaje, huraña y magníficamente indiferente al hombre.
Pero había hombres en estas montañas, como piojos en la piel del mamut, enfrentándoseles tercamente, aquí con monitores hidráulicos, allá con barrenos y dinamita, perforando sus entrañas o dejándoles unas
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grandes cicatrices amarillas y pedregosas en los flancos, chupándoles la sangre, extrayendo oro.
Por aquí y por allá, a grandes distancias sobre los costados de los cañones, se erguía el armazón de una mina, rodeado por unas cuantas casas sin pintar y coronado por su imprescindible penacho de humo negro. Al acercarse podía oírse el trueno prolongado del molino de pisones, la trituradora, el monstruo insaciable que pulverizaba las rocas con sus largos dientes de hierro y volvía a vomitarlas convertidas en una corriente delgada de barro húmedo y gris. Sus fauces enormes, alimentadas día y noche por los cargadores, se atiborraban de grava y escupían el oro, machacando las rocas con sus mandíbulas; saturadas, por así decirlo, con las puras entrañas de la tierra; rumiando su comida infinita como un animal salvaje, un dragón legendario, una bestia fabulosa, símbolo de una glotonería desmesurada y monstruosa.
McTeague se bajó del tren Overland en Colfax y esa misma tarde recorrió unos trece kilómetros por las montañas en la diligencia que conectaba Colfax con Iowa Hill, un pueblecito de una sola calle, la oficina central de las minas de la región. Este había sido construido originalmente en la cumbre de una montaña, pero los costados de la misma habían sido hidraulizados hacía mucho tiempo, de modo que el pueblo se aferraba a una mera columna vertebral, y las ventanas traseras de las casas a ambos lados de la calle daban a los escarpados precipicios de los pozos de miles de metros de profundidad.
El dentista pasó ahí la noche y a la mañana siguiente se introdujo a pie por entre las montañas. Aún llevaba el mono y el jersey azules; la gorra de lana le caía sobre los ojos; tenía los pies cubiertos por unas botas con tachuelas que había comprado en una tienda en Colfax; la manta enrollada iba sobre su espalda, y en la mano izquierda se balanceaba la jaula del pájaro envuelta en bolsas.
Se detuvo justo detrás del pueblo, como si de repente hubiera recordado algo.
«Tiene que haber un sendero que sale de la carretera justo por aquí — masculló—. Aquí había un sendero… un atajo».
Al instante, sin moverse de su posición, vio el sendero que se abría justo delante de él. El instinto lo había detenido en el lugar exacto. El sendero zigzagueaba por el abrupto descenso del cañón y desembocaba en un lecho pedregoso.
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«Indian River —dijo entre dientes—. Lo recuerdo… lo recuerdo. Debo oír los pisotones de la Morning Star desde aquí». Ladeó la cabeza. Un rugido prolongado y sostenido, como una catarata lejana, llegó a sus oídos desde el otro lado del río. «Así es», dijo con satisfacción. Atravesó el río y salió a la carretera más adelante. La ladera se alzaba a sus pies. Poco después pasó por la mina Morning Star, que humeaba y tronaba. McTeague siguió avanzando sin parar. La carretera se elevó con el ascenso de la montaña, giró en un ángulo brusco donde crecía un gran roble vivo y se mantuvo plana durante casi cuatrocientos metros. Dos veces más el dentista salió de la carretera y siguió el sendero que cortaba camino a través de pozos hidráulicos desiertos. Él sabía dónde buscar esos senderos exactamente; el instinto no lo engañó ni una sola vez. Reconoció los sitios conocidos de inmediato. Ahí estaba Cold Canyon, donde siempre soplaba un viento frío, fuera invierno o verano; de aquí salía la carretera que llevaba a casa de Spencer; aquí estaba la antigua casa de Bussy, donde alguna vez hubo muchos perros; aquí estaba la cabaña de Delmue, donde solían vender whisky ilegal; aquí estaba el puente con la tabla podrida, y aquí la casa cubierta de gayuba, donde una vez había cazado tres codornices.
Al mediodía, tras unas dos horas de marcha, se detuvo en un punto en el que la carretera descendía repentinamente. Un poco a su derecha y flanqueando la carretera, una enorme gravera amarilla como un lago desaguado contemplaba el cielo boquiabierta. Más adelante, a lo lejos, un cañón zigzagueaba hacia el horizonte, escarpado, con crestas vestidas de pinos. Más cerca, y justo en la línea de la carretera, había un grupo irregular de cabañas sin pintar. En el aire vibraba un rugido sordo y prolongado. McTeague movió la cabeza con aire satisfecho.
«Ese es el lugar», masculló.
Volvió a echarse al hombro la manta enrollada y descendió por la carretera. Finalmente, se detuvo delante de una construcción de una sola planta que se diferenciaba de las otras en que estaba pintada. La rodeaba una galería cubierta por un mosquitero. McTeague dejó caer la manta enrollada sobre un montón de trastos que había fuera, se acercó y llamó a la puerta. Alguien le gritó que entrara.
McTeague entró y paseó la mirada a su alrededor, observando los cambios que se habían hecho desde la última vez que había visto el lugar. Habían tumbado el tabique, de modo que las dos habitaciones pequeñas de
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antes se habían convertido en una grande. Del otro lado de la puerta había un mostrador y una reja. En la pared había un teléfono. También vio un montón de instrumentos de agrimensura en un rincón y un enorme tablero de dibujo colocado sobre unas patas flacas, sobre el cual se extendía un dibujo mecánico de alguna clase, el plano de una mina, sin duda; una estampa que representaba un par de campesinos en un campo arado (el Angelus de Millet) estaba clavado a la pared, sin enmarcar, y del mismo clavo de alambre que sujetaba una de sus esquinas colgaba una bolsa de lingotes y una cartuchera con un revólver cargado.
El dentista se aproximó al mostrador y apoyó los codos. En la habitación había tres hombres: un joven alto y delgado, con una mata de pelo espesa y sorprendentemente gris, jugaba con un gran danés cachorro a medio crecer; otro tipo también joven, pero con una mandíbula casi tan prominente como la de McTeague, estaba en la imprenta sacando una copia de una carta; un tercer hombre, un poco mayor que los otros dos, se entretenía con un teodolito. Este último tenía una complexión maciza, llevaba un mono y botas bajas y estaba manchado y salpicado de barro gris por todas partes. El dentista paseó la mirada del uno al otro, despacio.
—¿Está por aquí el capataz? —preguntó finalmente. El hombre del mono embarrado se acercó.
—¿Qué quiegres?
Hablaba con un fuerte acento alemán.
McTeague recordó enseguida la vieja fórmula invariable.
—¿Cómo está el rollo del trabajo?
De pronto, el capataz alemán se quedó absorto y miró distraídamente por la ventana. Se hizo silencio.
—¿Ia has sido minerro?
—Sí, Sí.
—¿Sabes cómo manejagr pico y pala?
—Sí, sé cómo.
El otro se mostró insatisfecho.
—¿Egres un «cousin Jack»?
El dentista sonrió burlonamente. También recordaba el prejuicio contra los mineros de Cornualles.
—No. Americano.
—¿Hace cuánto que no tgrabajas en una mina?
—Ah, uno o dos años.
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—Muéstgrame las manos.
McTeague enseñó sus palmas duras, callosas.
—¿Cuándo puedes ponegrte a tgrabajagr? Necesito alguien que se ocupe del pogrtabgrocas en el tugrno noctugrno.
—Yo puedo ocuparme del portabrocas. Iré esta noche.
—¿Nombgre?
El dentista se sobresaltó. Había olvidado prepararse para esto.
—¿Eh? ¿Qué?
—¿Nombgre?
Un calendario de trenes que colgaba sobre la mesa llamó la atención de McTeague. No había tiempo para pensar.
—Burlington —dijo en voz alta.
El alemán sacó una tarjeta de un fichero y lo anotó.
—Dale esta tagrjeta al jefe en la pensión, luego ven a buscagrme en el molino a las seis, y te pondgré a tgrabajagr.
Directo como una paloma mensajera, y siguiendo un instinto ciego e irracional, McTeague había regresado a la mina Big Dipper. Al cabo de una semana se sentía como si nunca se hubiera ido. Retomó su vida justo donde la había dejado el día en que su madre lo mandara con el dentista, el charlatán que había alzado su tienda junto a la barraca. La casa en que había vivido seguía ahí, ocupada por uno de los jefes de tumo y su familia. El dentista pasaba a su lado cuando iba y venía de la mina.
McTeague dormía en la barraca con otros treinta de su tumo. A las cinco y media de la tarde, el cocinero de la pensión hacía sonar una alarma con una palanca doblada en forma de triángulo que colgaba del porche de la pensión. McTeague se levantaba, se vestía y cenaba con los de su tumo. Les distribuían las fiambreras. Luego se encaminaba a la boca del túnel y subía al tren de vagonetas que lo esperaba y lo transportaba al interior de la mina.
Una vez dentro, el aire caliente de la tarde se convertía en una humedad fresca, y los aromas del bosque daban paso al olor del humo viciado de la dinamita, que hacía pensar en caucho quemado. Una nube de vapor salía de la boca de McTeague; por debajo, el agua salpicaba y murmuraba en torno a las ruedas de la vagoneta, mientras que la luz de los candeleros de los mineros lanzaba unas manchas oscilantes de amarillo pálido sobre el cuarzo gris y desintegrado del techo y los muros. De vez en cuando, McTeague agachaba la cabeza para no chocarse con el
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revestimiento del techo o las protuberancias de una hoya. A medida que el tren avanzaba lentamente, los mineros se gritaban unos a otros de vagoneta en vagoneta, bromeando y riendo, a lo largo de toda la hilera.
A un kilómetro y medio de la entrada, el tren llegaba al tajo donde trabajaba el grupo de McTeague. Los hombres bajaban de las vagonetas y retomaban el trabajo donde lo había dejado el tumo diurno, cavando su camino con firmeza a través de un lecho fluvial primigenio.
Los candelabros incrustados en las grietas de los estratos de grava iluminaban débilmente las pocas figuras manchadas de sudor y moho gris y húmedo. Los picos golpeaban la grava suelta con un impacto blando. Las palas de mango largo entrechocaban entre los montones de rocas y chirriaban sordamente contra las pilas de cuarzo desintegrado. La perforadora, que perforaba por ondas, soltaba de vez en cuando un resoplido, juj-juj, ju-juj, mientras el motor que bombeaba el agua de la mina tosía y se ahogaba en intervalos cortos.
McTeague se ocupaba del portabrocas. En cierta forma era el asistente del maquinista de la perforadora. Su deber era reemplazar las brocas insertando unas más largas a medida que el hueco se hacía más y más profundo. De vez en cuando le daba un golpe a la máquina con un pico cuando se atascaba o se atoraba.
En una ocasión llegó a ocurrírsele que había una semejanza entre su trabajo de ese momento y el oficio que había tenido que abandonar. En la perforadora veía un extraño homólogo de su antiguo motor dental. ¿Y qué eran las brocas y los portabrocas sino unas enormes cucharillas, curetas y fresas? Era el mismo trabajo que tantas veces había desempeñado en su clínica, pero ampliado, monstruoso, distorsionado y grotesco, la caricatura de la odontología.
Así pasaba las noches, en medio del juego de fuerzas rudimentarias y simples: los poderosos ataques de la perforadora; los grandes esfuerzos de las espaldas desnudas, dobladas, recubiertas de músculos; la expansión brusca e irresistible de la dinamita, y la fuerza silenciosa, vasta, titánica, la fuerza misteriosa y lenta que quebraba las vigas que sostenían el techo del túnel y que allanaba gradualmente el revestimiento hasta dejarlo delgado como el papel.
Esta vida complacía al dentista de una forma indescriptible. Las montañas silenciosas, colosales, lo recibieron como a un hijo pródigo, y él, distraídamente, sin saber por qué, cedió a su influencia… su inmensidad,
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su poder enorme, burdo y ciego, que se reflejaba en la naturaleza de McTeague, gigantesco, fuerte, brutal en su simplicidad. Y eso que solo las veía de noche, cuando las montañas se veían muy distintas a como lucían durante el día. A las doce salía de la mina y consumía el contenido de la fiambrera, sentado en el terraplén de la vía, comiendo con las dos manos y contemplando los alrededores con la mirada fija de un buey. Las montañas se elevaban casi desde todas partes alzando sus crestas gigantes hacia la noche, los picos negros se apiñaban y ya no parecían tanto bestias como una cofradía de gigantes encapuchados. Durante el día eran silenciosas, pero de noche parecían moverse y despertarse. El molino se detenía de vez en cuando; su estruendo cesaba abruptamente. Entonces podían oírse los ruidos que las montañas hacían en vida. Desde el cañón, desde las crestas apiñadas, desde todo el inmenso paisaje se levantaba un sonido continuo y prolongado que venía de todas partes al mismo tiempo. Era el rugido incesante y apagado que se desprende de todos los cuerpos enormes, los océanos, las ciudades, los bosques, las legiones durmientes, y que es como la respiración de un monstruo infinitamente grande, vivo, palpitante.
McTeague regresaba a su trabajo. A las seis de la mañana cambiaba el turno, y él salía de la mina y regresaba a la barraca. Dormía todo el día, echado cuan largo era sobre las mantas fuertemente olorosas —dormía el sueño tranquilo del agotamiento, aplastado y agobiado por el trabajo, tumbado boca abajo sobre la panza—, hasta que por la tarde el cocinero volvía a tocar la alarma con la palanca doblada en forma de triángulo.
Los turnos cambiaban cada dos semanas. En la segunda semana, el tumo de McTeague trabajaba durante el día y dormía de noche. La noche del miércoles de esta segunda semana, el dentista se despertó de repente. Se incorporó en su cama en la barraca y miró a su alrededor de lado a lado; un despertador que colgaba de la pared encima de un farol mostraba las tres y media.
«¿Qué ha sido eso? —masculló el dentista—. Me pregunto qué habrá sido». Los demás dormían sonoramente, invadiendo la habitación con el sonido áspero de sus ronquidos. Todo estaba en el lugar acostumbrado; nada se movía. Pero, pese a todo, McTeague se levantó, encendió el candelero y recorrió el cuarto cuidadosamente; iluminó los rincones oscuros y escudriñó debajo de todas las camas, incluyendo la suya. Después fue hacia la puerta y salió. La noche era cálida y silenciosa, y la luna, muy baja e inclinada hacia el lado, como un galeón que se hunde. El
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campamento estaba muy tranquilo; no había nadie a la vista. «Me pregunto qué habrá sido eso. Por ahí había algo… ¿por qué me he despertado? ¿Eh?» Dio una vuelta alrededor de la barraca, más alerta que de costumbre; sus ojitos centelleaban rápidamente, viéndolo todo. Todo estaba en silencio. Ni siquiera el perro viejo que dormía siempre en los escalones de la barraca se había despertado. McTeague volvió a acostarse, pero no se durmió.
«Por ahí había algo —masculló y miró con ojos confundidos al canario en la jaula que colgaba de la pared a su lado—, algo. ¿Qué ha sido? Hay algo ahora. Ahí está otra vez… la misma cosa». Se incorporó en la cama, aguzando la vista y el oído. «¿Qué es? No sé qué es. No oigo nada, y no veo nada. Siento algo… justo ahora; lo siento ahora. Me pregunto… no sé… no sé».
Volvió a levantarse, y esta vez se vistió. Dio una vuelta completa al campamento, observando y escuchando; no sabía qué. Incluso fue hasta los alrededores y contempló durante casi media hora la carretera que llevaba al campamento desde Iowa Hill. No vio nada; no se movió ni siquiera un conejo. Volvió a acostarse.
Pero a partir de aquello hubo un cambio. El dentista se volvió inquieto, nervioso. La sospecha de algo, no podía decir qué, lo fastidiaba sin cesar. Daba amplios rodeos en las esquinas agudas. En todo momento miraba repentinamente por encima del hombro. Incluso se acostaba con su ropa y su gorra, y se levantaba y rondaba por la barraca a cada hora durante la noche, con una oreja doblada hacia el viento y taladrando la oscuridad con la mirada. De cuando en cuando murmuraba: «Ahí hay algo. ¿Qué es? Me pregunto qué será».
¿Qué extraño sexto sentido se despertó en McTeague en ese momento? ¿Qué astucia, qué instinto animal clamaba por ser reconocido y obedecido? ¿Qué facultad inferior despertó su sospecha y lo llevó a salir muchísimas veces en medio de la noche, entre el anochecer y el amanecer, con la cabeza en alto y los ojos y los oídos absolutamente alerta?
Una noche, mientras escudriñaba las sombras del campamento, sentado en los escalones de la barraca, soltó una exclamación como de un hombre que acaba tener una iluminación. Regresó a la casa, sacó de debajo de la cama la manta enrollada donde escondía el dinero y descolgó al canario de la pared. Caminó hacia la puerta dando grandes zancadas y desapareció entre la noche. Cuando el sheriff de Placer County y los dos
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ayudantes del sheriff de San Francisco llegaron a la mina Big Dipper, McTeague se había ido hacía dos días.
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—BUENO —dijo uno de los ayudantes del sheriff al hacer retroceder al caballo entre las varas de la calesa en la que los perseguidores habían viajado desde Iowa Hill—, ya casi es nuestro. No es difícil seguir a un hombre que lleva consigo una jaula de pájaro a donde vaya.
McTeague cruzó a pie las montañas el viernes y el sábado de esa semana, atravesó Emigrant Gap y siguió la vía del ferrocarril del Overland. Llegó a Reno el lunes por la noche. Un vago plan de acción se fue definiendo poco a poco en la cabeza del dentista.
«México —se dijo entre dientes—. México, eso es. Vigilarán la costa y los trenes del este, pero no pensarán en México».
La sensación de que lo perseguían, que lo había acosado durante la última semana de su estancia en la mina Big Dipper, había desaparecido ya, y para entonces sentía que estaba siendo muy astuto.
«Creo que voy bien adelantado», se dijo. En Reno, tras comprar un billete en el furgón de cola, se embarcó en un tren de mercancías que iba hacia el sur por la vía del ferrocarril Carson and Colorado. «Las mercancías no tienen horarios fijos —masculló—, y los revisores de los trenes de pasajeros se encargan de estudiar las caras. Me quedaré en este hasta que pare».
El mercancías se encaminó lentamente hacia el sur atravesando el oeste de Nevada; hora tras hora, los campos se veían cada vez más desolados y abandonados. Después de salir de Walker Lake empezaron los campos de artemisas; el tren rodaba pesadamente sobre las vías, que reverberaban a causa del calor. A veces se detenía durante medios días enteros en apeaderos o junto a tanques de agua, y el maquinista y el fogonero iban al furgón de cola a jugar al póquer con el revisor y el personal. El dentista se quedaba a un lado, detrás de la estufa, fumando una pipa de tabaco barato tras otra. Algunas veces se unía al póquer. Había
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aprendido a jugar de pequeño en la mina y recuperó sus conocimientos tras unos cuantos repartos, pero la mayoría de veces se mostraba taciturno e insociable, y rara vez les hablaba a los otros a no ser que le hablaran primero. El personal reconoció su tipo, y entre ellos se propagó la imagen de que había matado al guarda de una caballeriza en Truckee y estaba intentando llegar a Arizona.
Una noche, mientras estaban fuera junto al tren detenido, McTeague oyó a dos guardafrenos hablando de él. «El guarda de la caballeriza le dijo que era un bastardo, eso es lo que me ha contado Picachos —comentó uno de ellos—, y empezó a sacar el arma, y este tipo lo mató con una horca. Es un médico de caballos, el tipo este, y el guarda de la caballeriza le había echado la ley encima para que no pudiera seguir ejerciendo, y él estaba molesto por eso».
Cerca de un lugar llamado Queens el tren volvió a entrar en California, y McTeague vio con alivio cómo la vía del ferrocarril que hasta entonces se dirigía hacia el oeste volvía a curvarse bruscamente hacia el sur. El tren avanzaba con tranquilidad; de vez en cuando, el personal luchaba contra una banda de vagabundos que intentaba viajar sobre las barras de los frenos, y una vez en el norte de Inyo County, cuando se habían detenido junto a un tanque de agua, un indio enorme, cubierto de pies a cabeza, se acercó a McTeague mientras este estiraba las piernas en la calzada. Sin decir una palabra, le tendió una carta sucia y arrugada que manifestaba que el indio Big Jim era un buen indio y merecedor de caridad; la firma era ilegible. El dentista miró la carta fijamente, se la devolvió y regresó al tren justo cuando estaba arrancando. Ninguno de los dos habló; el indio no se movió de su posición, y por lo menos cinco minutos después, cuando el lento carguero se había alejado ya varios kilómetros, el dentista miró hacia atrás y lo vio ahí, inmóvil entre los rieles, un punto rojo, solitario y desamparado, perdido en la inmensidad del blanco borroso del desierto que lo rodeaba.
Las montañas reaparecieron finalmente, alzándose a cada lado de la vía; cerros enormes, desnudos, de arena blanca y piedra roja, salpicados de sombras azules. Por aquí y por allá se veían unos parches verdes que parecían un mantel alegre sobre la arena. De repente, Mount Whitney brincó en el horizonte. Llegaron a Independence y pasaron de largo. El mercancías, casi vacío para entonces y mucho más corto, rodaba a lo largo
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de la orilla de Owen Lake. Se detuvo definitivamente en un lugar llamado Keeler. Era la estación terminal de la vía.
Keeler era un pueblo de una calle, no muy distinto a Iowa Hill… la sucursal de Correos, la taberna y el hotel, el salón de los Odd Fellows y la caballeriza eran los edificios principales.
«¿Y ahora adónde?», se dijo McTeague entre dientes, sentado en el borde de la cama en la habitación del hotel. Colgó al canario en la ventana, le llenó la pequeña bañera y observó cómo se daba un baño con gran satisfacción. «¿Y ahora adónde? —masculló de nuevo—. Hasta aquí llega el ferrocarril, y no me servirá de nada permanecer en un pueblo durante un tiempo; no, no me servirá. Tengo que largarme. ¿Adónde? Así se dice, ¿adónde? Bajaré a cenar ahora —siguió diciendo sus pensamientos en voz alta para que tomaran una forma más concreta en su mente—, bajaré a cenar ahora y después me quedaré en la taberna hasta que averigüe qué terreno estoy pisando. A lo mejor es una región de frutas, aunque parece más de ganado. Quizá sea una región minera. Si es una región minera — prosiguió, arrugando las tupidas cejas—, si es una región minera, y las minas están bien lejos de las carreteras, quizá lo mejor sea irme a las minas y quedarme tranquilo durante un mes antes de intentar seguir avanzando hacia el sur».
Se lavó la cara y el pelo, sacudiéndose las cenizas y el polvo de una semana de viaje en tren, se puso un par de botas limpias y bajó a cenar. El comedor era del tipo invariable de los pueblecitos del interior de California. Había una sola mesa cubierta de hule; las sillas eran unas hileras de bancos; un mapa de los ferrocarriles —una estampa con un marco dorado y protegida por un mosquitero— colgaba en la pared junto con una fotografía amarillenta del dueño con vestiduras masónicas. Dos camareras, a quienes los clientes —todos hombres— llamaban por sus nombres, iban y venían con grandes bandejas.
Fuera, a través de las ventanas, McTeague vio una buena cantidad de caballos ensillados y atados a los árboles y las cercas. Cada uno de estos caballos tenía un cabestro en la perilla. Se sentó a la mesa y tomó su sopa caliente y espesa mientras contemplaba furtivamente a sus vecinos y escuchaba todo lo que decían. No tardó mucho en deducir que los campos hacia el este y el sur de Keeler eran campos de ganado.
No muy lejos, al otro lado de una cordillera, estaba el valle Panamint, donde se encontraban los grandes campos ganaderos. Este nombre iba y
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venía de un lado a otro de la mesa entre el flujo de la conversación… «Allá en el Panamint». «Voy a un rodeo en el Panamint». «Las marcas del Panamint». «Tiene un campo en el Panamint». Luego, al cabo de un rato, oyó el comentario:
—Ah, sí, Gold Gulch, allá pagan bien. Está al otro lado de la cordillera Panamint. Peters vino ayer y me lo dijo.
McTeague se volvió hacia el que había hablado.
—¿Es una mina de grava? —preguntó.
—No, no, de cuarzo.
—Soy minero, por eso pregunto.
—Pues yo también he trabajado en minas. Yo mismo tuve un hueco en la tierra, pero era de plata, y cuando los canallas de Washington bajaron el precio de la plata, ¿qué fue de mí? Me quedé jodido, ¡por Dios!
—Estoy buscando trabajo.
—Pues en el Panamint hay principalmente ganado, pero desde el descubrimiento en Gold Gulch algunos de los muchachos se han ido a prospectar. En las jodidas colinas del Panamint hay oro. Si encuentras un buen contacto de rocas encajantes, no estás lejos. Un par de tipos de Redlands localizaron cuatro concesiones alrededor de Gold Gulch. Encontraron una veta de cuarenta y cinco centímetros, y Peters dice que puede rastrearse a más de trescientos metros. ¿Pensabas ir a prospectar por allá?
—Pues no sé, no sé.
—Pues yo voy al otro lado de la cordillera pasado mañana a recoger unos ponis míos y pienso echar un vistazo. ¿Dices que has sido minero?
—Sí, sí.
—Si vas en esa dirección puedes venir conmigo a ver si encontramos un contacto o sulfures de cobre o algo. Incluso si no encontramos color podríamos encontrar galena argentífera. —Luego, tras una pausa—: Vamos a ver, aún no sé cómo te llamas.
—¿Eh? Me llamo Carter —respondió McTeague enseguida. El dentista no sabía por qué había vuelto a cambiarse el nombre. Carter le había venido a la mente de inmediato, y había respondido sin pensar en que se había registrado bajo el nombre de Burlington al llegar al hotel.
—Pues yo me llamo Cribbens —respondió el otro. Se dieron la mano solemnemente.
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—¿Has terminado? —continuó Cribbens y empujó el banco hacia atrás —. Vamos a la taberna a tomarnos una copa.
—Claro, claro —dijo el dentista.
Esa noche, los dos se quedaron hasta tarde en un rincón del bar discutiendo la probabilidad de encontrar oro en las colinas del Panamint. Al cabo de un rato se hizo evidente que tenían teorías distintas. McTeague se aferraba a la idea del viejo explorador de que no había forma de saber dónde había oro hasta verlo. Cribbens, claramente, había leído una buena cantidad de libros sobre el tema y ya había empezado a prospectar en una suerte de modo científico.
—¡Caray! —exclamó—. Dame un contacto prolongado y definido entre rocas sedimentarias e ígneas y abriré un hueco sin haber visto color.
El dentista alzó su enorme barbilla.
—El oro está donde lo encuentras —replicó tercamente.
—Pues esa es mi idea de cómo los socios deben trabajar en líneas distintas —dijo Cribbens. Se metió las puntas del bigote en la boca y les chupó el jugo del tabaco. Se quedó pensativo un rato, después escupió el bigote abruptamente y exclamó—: Oye, Carter, hagámoslo. Supongo que tienes un poco de dinero… ¿unos cincuenta dólares?
—¿Eh? Sí… yo… yo…
—Pues yo tengo como cincuenta. Hagámonos socios y metámonos en la cordillera allá lejos a ver qué encontramos. ¿Qué dices?
—Claro, claro —respondió el dentista.
—Entonces es un trato, ¿eh?
—Así se dice.
—Tomemos una copa entonces.
Bebieron con una gravedad profunda.
Al día siguiente se proveyeron en el almacén de mercancías generales de Keeler —picos, palas, martillos de explorador, un par de horquillas, bateas, tocino, harina, café y cosas del estilo— y compraron un burro para que cargara el equipo.
—¡Caramba! No tienes un caballo —exclamó Cribbens de repente al salir del almacén—. No puedes andar por estas tierras sin algún tipo de poni.
Cribbens tenía y cabalgaba un poni color gamuza, al que había que darle en la cabeza y dejarlo pasmado antes de poder ensillarlo.
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—En el hotel tengo una silla de montar y un cabestro que puedes usar —dijo—, pero tendrás que comprar un caballo.
Al final, el dentista compró un mulo en la caballeriza por cuarenta dólares. Pero resultó ser un buen negocio, pues el mulo era un buen viajero y parecía saciarse con artemisas y cáscaras de patata. Cuando la transacción tuvo lugar, McTeague se vio obligado a sacar el dinero del costal de lona. Cribbens estaba con él en ese momento, y cuando el dentista desenrolló la manta y sacó el costal, emitió un silbido de asombro.
—¡Y yo preguntándote si tenías cincuenta dólares! —exclamó—. Llevas tu mina contigo, ¿eh?
—Eh, pues sí —masculló el dentista—. Acabo… acabo de vender una concesión que tenía en El Dorado County —añadió.
A las cinco de una espléndida mañana de mayo, los socios salieron de Keeler con el burro a la cabeza. Cribbens cabalgaba en el poni, McTeague lo seguía por detrás en el mulo.
—Oye —observó Cribbens—, ¿por qué rayos no dejas al puto canario en el hotel? Te estorbará todo el tiempo, y seguramente morirá. Mejor romperle el pescuezo y tirarlo.
—No, no —insistió el dentista—. Lo he tenido demasiado tiempo. Lo llevaré conmigo.
—Pues es la idea más loca que haya oído —comentó Cribbens—, llevarse un canario a prospectar. ¿Por qué no hacerlo suavemente y asunto resuelto?
Viajaron lentamente hacia el sureste durante el día, siguiendo una carretera de ganado bien delineada, y esa noche acamparon en el ramal de unas colinas a la cabecera del valle Panamint, donde había un manantial. Al día siguiente atravesaron el valle en sí.
—Este es un valle elegante —observó el dentista.
—Muy bien dicho —respondió Cribbens al tiempo que se chupaba el bigote. El valle era precioso, amplio, plano y muy verde. Había manadas de vacas por todas partes, apenas menos salvajes que los ciervos. Por la carretera, unos vaqueros pasaron a su lado un par de veces; eran tipos de huesos grandes y apariencia pintoresca, con sus sombreros anchos, los pantalones peludos, las espuelas tintineantes y los cinturones, sorprendentemente parecidos a los cuadros que McTeague recordaba haber visto. Todos conocían a Cribbens, y casi todos se burlaron de su aventura.
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—Oye, Crib, mejor llévate un tren de vagonetas para que puedas traerte tu polvo.
Cribbens se ofendió con estas bromas y se mordió el bigote ferozmente tras el paso de los vaqueros.
—Quisiera hacer un descubrimiento, ¡por Dios! Aunque fuera solo para reírme de esos bromistas.
Hacia el mediodía ya habían empezado a escalar la ladera oriental de la cordillera Panamint. Habían dejado la carretera hacía mucho tiempo; ya no había vegetación, ni un árbol a la vista. Iban siguiendo unos débiles senderos de ganado que llevaban de un pozo de agua a otro. Poco a poco, los pozos estaban cada vez más secos, y a las tres, Cribbens se detuvo y llenó las cantimploras.
—Al otro lado no es que haya demasiada agua —observó en tono grave.
—Hace bastante calor —masculló el dentista al enjugarse el sudor de la frente con el dorso de la mano.
—¡Ja! —bufó el otro con más gravedad que nunca. El aire inmóvil era como la boca de un horno. El poni de Cribbens estaba empapado y resollaba. El mulo de McTeague dejaba caer sus orejas largas. Solo el burrito avanzaba lenta pero resueltamente, siguiendo el sendero por donde McTeague no veía más que arena inexplorada y artemisas raquíticas. Hacia el atardecer, Cribbens, quien iba a la cabeza, frenó en la cima de la colina.
Detrás de ellos estaba el verde y hermoso valle Panamint, pero por delante y por debajo, hasta donde alcanzaba la vista, un desierto llano y blanco, vacío incluso de artemisas, se extendía hacia el horizonte. En primerísimo plano, un conjunto entrecortado de arroyos secos y cañones pequeños caía a su encuentro. Al norte, unas colinas azul pálido se alzaban por encima del horizonte.
—Bueno —observó Cribbens—, ya estamos en la cima de la cordillera Panamint. Es a lo largo de esta ladera oriental, justo debajo de aquí, donde prospectaremos. Gold Gulch —señaló con el extremo de la fusta— está a unos treinta kilómetros por aquí hacia el norte. Esas de allá lejos hacia el noreste son las colinas Telescope.
—¿Cómo se llama ese desierto de allá lejos? —La mirada de McTeague se paseó por la extensión ilimitada de álcali que discurría infinitamente hacia el este, el norte y el sur.
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—Eso —dijo Cribbens— es el Valle de la Muerte.
Se hizo un largo silencio. Los caballos resollaban con irregularidad, el sudor goteaba de sus panzas palpitantes. Cribbens y el dentista se quedaron sentados en sus sillas, inmóviles, contemplando la desolación espantosa, silenciosos, preocupados.
—¡Dios! —exclamó Cribbens finalmente en un susurro y sacudió la cabeza. Después pareció despertarse—. Bueno —comentó—, lo primero que tenemos que hacer ahora es encontrar agua.
Esa fue una tarea ardua y prolongada. Bajaron a un cañón pequeño y luego a otro y a otro, siguieron el curso de innumerables arroyos secos e incluso cavaron donde parecía haber indicaciones de humedad, pero siempre en vano. Hasta que, finalmente, el mulo de McTeague alzó el hocico y sopló una o dos veces a través de los orificios nasales.
—¡Lo huele, el muy granuja! —exclamó Cribbens. El dentista dejó que el mulo lo guiara, y a los pocos minutos los había llevado al lecho de un cañón diminuto donde un chorlito de agua salobre se filtraba por un saliente de rocas—. Acamparemos aquí —observó Cribbens—, pero no podemos dejar sueltos a los animales. Tendremos que atarlos entre sí con los cabestros. He visto un poco de hierba loca por allá atrás, y enloquecerán completamente si se la comen. El burro no la comerá, pero yo no confiaría en los otros.
Una nueva vida empezó para McTeague. Después del desayuno, los socios se separaron y se dirigieron en direcciones opuestas a lo largo de la ladera de la cordillera para examinar rocas, perforando y rompiendo partes salientes y alisadas en busca de indicios, prospectando. McTeague ascendió por los pequeños cañones donde los chorros se habían abierto camino entre el lecho de la roca, y cuando encontraba vetas de cuarzo, lo rompía, lo pulverizaba y lo cribaba. Cribbens buscaba contactos examinando de cerca las rocas encajantes y los afloramientos, siempre a la caza de puntos donde se unieran las rocas sedimentarias y las ígneas.
Un día, tras una semana de prospección, se encontraron de improviso en la cuesta de un arroyo seco. La tarde estaba avanzada.
—Hola, socio —exclamó Cribbens al bajar a donde estaba McTeague, inclinado sobre su batea—. ¿Has tenido suerte?
El dentista vació la batea y se enderezó.
—Nada, nada. ¿Has dado tú con algo?
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—Ni medio rastro. Supongo que deberíamos ir tirando hacia el campamento.
Regresaron juntos, Cribbens iba hablándole al dentista acerca de un grupo de antílopes que había visto.
—Podríamos parar mañana y ver si podemos darles a unos cuantos. Un filete de antílope nos vendría bastante bien después de judías, tocino y café semana tras semana. —McTeague empezó a responder cuando Cribbens lo interrumpió con una exclamación de indignación profunda—. Yo creía que éramos los primeros en prospectar aquí, y mira esto. ¿No te enfurece?
Señaló los indicios de un campamento abandonado justo delante de ellos… cenizas carbonizadas, latas vacías, una o dos bateas de mineros de oro y un pico roto.
—¿No te indigna? —refunfuñó Cribbens y se chupó con furia el bigote
—. ¡Y nosotros, imbéciles, explorando terreno que ya ha sido cubierto! Oye, socio, mañana nos largamos de aquí. De todos modos he estado pensando que es mejor que sigamos hacia el sur, tenemos muy poca agua.
—Sí, sí, supongo que sí —asintió el dentista—. Aquí no hay oro.
—Sí que lo hay —protestó Cribbens tercamente—; hay oro por todas estas colinas, si pudiéramos encontrarlo. Te diré una cosa, socio, estoy pensando en un lugar donde apuesto que no ha prospectado nadie… al menos no muchos. No hay mucha gente que quiera ir hasta allá. Está al otro lado del Valle de la Muerte. Se llama Gold Mountain, y solo han localizado una mina que está pagando como un lecho de nitrato. En esa región no hay mucha gente porque es un infierno llegar hasta allí. Primero hay que atravesar el Valle de la Muerte y avanzar por la cordillera Amargosa bien hacia el sur. Y no hay quien insista en atravesar el valle, no si puede evitarlo. Pero podríamos avanzar unos ciento cincuenta kilómetros por la cordillera, quizá unos doscientos, y seguir por el río Amargosa hacia el sur. Podríamos prospectar por el camino. Pero supongo que el río se habrá secado en esta época del año. En todo caso —concluyó —, mañana trasladaremos el campamento hacia el sur. Tenemos que buscar nuevos alimentos y agua para los caballos. Mañana veremos si podemos darles a un par de antílopes y después nos largamos.
—No tengo pistola —dijo el dentista—, ni siquiera un revólver. Yo… —Espera un segundo —dijo Cribbens, y se detuvo en medio de su
escalada junto a uno de los barrancos más pequeños—. Aquí hay un poco de pizarra; no había visto pizarra hasta ahora. Veamos hacia dónde va.
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McTeague lo siguió por el borde del barranco. Cribbens avanzó por delante, diciéndose a sí mismo de vez en cuando:
—Sigue por aquí, siempre constante, y también hay agua. No sabía que esta corriente estaba aquí; pero está casi seca. Aquí está otra vez la pizarra. ¿Ves por dónde sigue, socio?
—Mírala, ahí arriba —dijo McTeague—. Sigue justo hacia arriba por detrás de esta colina.
—¡Así es! —asintió Cribbens—. ¡Anda! —gritó de repente—. Aquí hay un contacto, aquí está otra vez, y aquí, y más allá. Oh, míralo, ¿quieres? Hay granodiorito en la pizarra. No podría ser más claro. ¡Dios! Si pudiéramos encontrar el cuarzo en la mitad…
—¡Pues ahí está! —exclamó McTeague—. Mira hacia adelante, ¿eso no es cuarzo?
—¡Estás gritando muy fuerte! —vociferó Cribbens al mirar hacia donde señalaba McTeague. Luego se puso pálido. Se volvió hacia el dentista, con los ojos abiertos de par en par—. Por Dios, socio —exclamó sin aliento—. Por Dios… —enmudeció abruptamente.
—Eso es lo que has estado buscando, ¿no? —preguntó el dentista. —¿Buscando? ¿Buscando? —Cribbens se contuvo—. Eso es pizarra,
seguro, y eso es granodiorito, yo lo sé —se agachó y examinó la roca—, y aquí entre los dos hay cuarzo; no hay duda. Dame el martillo —gritó emocionado—. Vamos, a trabajar. Dale al cuarzo con el pico y saca unos trozos.
Cribbens se puso a cuatro patas y atacó con furia la veta de cuarzo. El dentista siguió su ejemplo y balanceó el pico con una fuerza descomunal, astillando las rocas con cada golpe. De la emoción, Cribbens hablaba consigo mismo.
—¡Esta vez te he pillado, granuja! ¡Por Dios! Supongo que te hemos pillado esta vez, por fin. Eso parece, en todo caso. Sigamos adelante, socio. No hay nadie por ahí, ¿o sí? ¿Eh? —Sacó el revólver sin mirar y se lo lanzó al dentista—. Toma la pistola y echa un vistazo, socio. Si ves algún granuja por ahí, pégale un tiro. Este es nuestro hallazgo. Creo que lo hemos pillado esta vez, socio. Vamos.
Recogió los trozos de cuarzo que había sacado, los metió en el sombrero y se dirigió al campamento. Los dos avanzaron con grandes zancadas, apresurándose al máximo sobre el terreno irregular.
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—No sé —dijo Cribbens jadeando—. No quiero decir más de la cuenta. A lo mejor nos engañamos. Dios, ese puto campamento está lejísimos. Ay, no pienso tontear por el camino. Vamos, socio. —Salió disparado; McTeague lo siguió con un trote pesado. Cargando los pedazos de cuarzo en sus sombreros, se abrieron camino a toda prisa sobre el terreno chamuscado, reseco, cayéndose y tropezándose sobre artemisas y rocas picudas, bajo el calor palpitante del sol del desierto.
—¿Ves algo de color, socio? —jadeó Cribbens—. Yo no, ¿tú sí? No podría verse de ninguna forma, supongo. Apresúrate. Dios, no vamos a llegar nunca al campamento.
Finalmente llegaron. Cribbens vertió los fragmentos de cuarzo en una batea.
—Muélela tú, socio, y yo prepararé las pesas.
McTeague molió los trozos en el mortero de hierro hasta convertirlos en un polvo fino mientras que Cribbens preparaba las pesas diminutas y sacaba las cucharas de su equipo.
—¡Así está bien! —exclamó Cribbens impacientemente—. Ahora lo meceremos con la cuchara. Dame el agua.
Cribbens cogió una cucharada del polvo blanco y fino y empezó a mecerlo con cuidado. Los dos estaban a cuatro patas sobre el suelo, con las cabezas muy cerca, y seguían jadeando por la emoción y el cansancio de la carrera.
—¡No puedo hacerlo! —exclamó Cribbens y se sentó sobre los talones —, me tiembla la mano. Cógela tú, socio. Cuidado, ahora.
McTeague cogió la cuchara de cuerno y empezó a mecerla suavemente entre sus dedos enormes, echando el agua por los bordes poco a poco, lavando el polvo de cuarzo con cada movimiento. Los dos lo contemplaban con un entusiasmo intenso.
—Todavía no lo veo; todavía no lo veo —susurró Cribbens, mordiéndose el bigote—. Un poco más rápido, socio. Eso es. Cuidado, con firmeza, eso; un poco más, un poco más. Todavía no veo color, ¿tú?
El sedimento de cuarzo disminuía poco a poco a medida que McTeague lo mecía firmemente, hasta que una veta de una sustancia extraña empezó a mostrarse por el borde. Era amarilla.
Ninguno dijo nada. Cribbens clavó las uñas en la arena y trituró el bigote entre sus dientes. La veta amarilla se ensanchó a medida que el sedimento de cuarzo caía. Cribbens susurró:
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—Lo hemos encontrado, socio. Eso es oro.
McTeague lavó el resto del polvo blanco de cuarzo y después dejó que el agua goteara. En la cuchara quedó una pizca de oro, tan fina como la harina.
—Eso es —dijo. Los dos se miraron. Después, Cribbens se levantó con un gran salto y un grito que pudo haberse oído a más de medio kilómetro
—. ¡Yuuujuuu! Lo hemos encontrado, es nuestro. Socio, lo hemos encontrado. Fantástico. Somos millonarios. —Cogió velozmente el revólver y disparó con una rapidez inconcebible—. ¡Ponlo ahí, amigo mío! —gritó y le agarró la mano a McTeague.
—Eso es oro, seguro —masculló McTeague mientras examinaba el contenido de la cuchara.
—Por el gato Chenchi de tu bisabuela de la Cochinchina, ¡claro que es oro! —gritó Cribbens—. Bueno, tenemos mucho que hacer. Tenemos que marcar el hallazgo y poner el aviso de localización. Nos haremos con toda la superficie, te lo aseguro. Tú… no lo hemos pesado aún. ¿Dónde están las pesas? —Pesó la pizca de oro con manos trémulas—. ¡Dos granos! — gritó—. Esto hará cinco dólares la tonelada. Mucho, eso es mucho; es la mejor paga, socio. Somos millonarios. ¿Por qué no dices nada? ¿Por qué no te emocionas? ¿Por qué no corres por ahí y haces algo?
—¡Ja! —exclamó McTeague entornando los ojos—. ¡Ja! Ya lo sé, ya lo sé, lo hemos hecho muy bien.
—Vamos —dijo Cribbens y volvió a dar un brinco—. Lo marcaremos y pondremos el aviso de localización. Dios, ¿y si alguien ha llegado mientras estábamos lejos? —Volvió a cargar el revólver a propósito—. Si hay alguien por allí, le daremos enseguida, seguro; te lo digo de una vez. Trae el fusil, socio, y si ves a alguien, pégale un tiro y después pregúntale qué quiere. Regresaron a toda prisa a donde habían hecho el descubrimiento.
—Y pensar —exclamó Cribbens al clavar la primera estaca— que esos otros zopencos tenían el campamento a tiro y no lo localizaron. Supongo que no sabían lo que es un contacto. Oh, yo sabía que estaba en lo cierto con lo de los contactos. Marcaron el hallazgo con estacas, y Cribbens puso el aviso de localización. Oscureció antes de que terminaran. Cribbens sacó otros cuantos pedazos de cuarzo de la veta.
—Cuando llegue a casa cribaré esto también, solo por diversión — explicó mientras marchaban pesadamente de regreso al campamento.
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—Bueno —dijo el dentista—, ahora somos nosotros los que nos reímos de esos vaqueros.
—¡Cierto! —gritó Cribbens—. ¿Cierto? Espera y verás cómo vienen corriendo cuando lo contemos en Keeler. Oye, ¿cómo le pondremos?
—No sé, no sé.
—Podríamos ponerle «La última oportunidad». Era nuestra última oportunidad, ¿no? Mañana nos habríamos ido a cazar antílopes y al día siguiente habríamos… oye, ¿por qué te detienes? —preguntó, interrumpiéndose a sí mismo—. ¿Qué pasa?
El dentista se había detenido súbitamente en la cresta de un cañón. Al mirar atrás, Cribbens vio que se había quedado inmóvil en el camino.
—¿Qué pasa? —preguntó por segunda vez.
McTeague volvió la cabeza lentamente, miró por encima de un hombro y luego por encima del otro. De repente giró bruscamente, sacó el Winchester y se lo puso en el hombro.
Cribbens se precipitó a su lado y sacó el revólver.
—¿Qué pasa? —gritó—. ¿Has visto a alguien? —Atisbo detenidamente a través del crepúsculo inminente.
—No, no.
—¿Has oído algo?
—No, no he oído nada.
—¿Y entonces? ¿Qué pasa?
—No sé, no sé —masculló el dentista y bajó el fusil—. Había algo por
ahí.
—¿Qué?
—Algo… ¿no lo has sentido?
—¿Sentir qué?
—No sé. Algo… alguna cosa.
—¿Quién? ¿Qué? ¿Sentir qué? ¿Qué has visto?
El dentista bajó el percutor del fusil.
—Supongo que no era nada —dijo con voz más bien tonta. —¿Qué crees que has visto? ¿Había alguien en el hallazgo?
—No he visto nada. Tampoco he oído nada. Tuve una idea, eso es todo; me vino de repente, así. Algo, no sé qué.
—Supongo que lo has imaginado. No hay nadie a más de treinta kilómetros, espero.
—Sí, supongo que lo he imaginado, así se dice.
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Media hora más tarde ya habían encendido la fogata. McTeague estaba friendo unas tiras de tocino sobre el carbón y Cribbens seguía parloteando y gritando por su gran descubrimiento. Súbitamente, McTeague dejó a un lado la cazuela.
—¿Qué es eso? —gruñó.
—¿Eh? ¿Qué es qué? —exclamó Cribbens y se puso de pie.
—¿No has oído nada?
—¿Dónde?
—Por allá. —El dentista señaló vagamente hacia el horizonte oriental
—. ¿No has oído nada…? Quiero decir, ¿no has visto nada…? Quiero decir…
—¿Qué te pasa, socio?
—Nada. Supongo que lo he imaginado.
Pero no era la imaginación. Los socios yacieron completamente despiertos hasta medianoche, envueltos en sus mantas bajo el cielo abierto, hablando y deliberando y haciendo planes. Al final, Cribbens se dio la vuelta hacia su lado y se durmió. El dentista no podía dormirse.
¿Qué? Ahí estaba otra vez la advertencia, ese extraño sexto sentido, ese oscuro instinto animal. Había vuelto a despertarse y clamaba ser obedecido. Ahí, en esas colinas estériles y desoladas, a más de treinta kilómetros del ser humano más cercano, se había despertado y lo apremiaba a ponerse en marcha. Antes lo había acosado para que huyera de la mina Big Dipper, y él había obedecido. Pero la cosa era distinta ahora; ahora se había hecho rico de repente; había dado con un tesoro… un tesoro mucho más valioso que la propia mina Big Dipper. ¿Cómo iba a dejarlo? Ya no podía ponerse en marcha. Se dio la vuelta entre las mantas. No, no se movería. A lo mejor era su imaginación, después de todo. No veía nada, no oía nada. El vacío de la desolación primigenia se extendía a leguas y leguas a ambos lados. El silencio gigantesco de la noche pendía justo encima de todo, como una envolvente palma titánica. ¿De qué desconfiaba? En ese desierto sin árboles, uno podía ver un objeto a medio día de viaje de distancia. En ese silencio inmenso, el chasquido de un guijarro era tan audible como el disparo de una pistola. Y aun así, no había nada, nada.
El dentista se tranquilizó entre las mantas e intentó dormir. A los cinco minutos ya se había incorporado y contemplaba el resplandor azul grisáceo de la luz de la luna, aguzando el oído, observando y escuchando
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atentamente. No había nada a la vista. Los flancos dorados y quebrados de las colinas Panamint yacían apacibles y familiares bajo la luna. El burro movió la cabeza e hizo tintinear la campana, y el mulo, que dormitaba sobre tres patas, apoyó el peso en otra pata y respiró profundamente. Después, todo volvió a quedar en silencio.
«¿Qué es eso? —masculló—. Si pudiera ver algo, oír algo».
Echó a un lado las mantas, se levantó y trepó a la cima más cercana, desde donde miró hacia atrás, hacia el camino por donde él y Cribbens habían viajado dos semanas antes. Esperó media hora, observando y escuchando, en vano. Pero cuando regresó al campamento y se preparó para envolverse entre las mantas, el impulso extraño volvió a despertarse abruptamente en su interior, más fuerte que nunca, más insistente que nunca. Parecía como si lo dominara y lo montara, como si una mano oculta lo hiciera girar hacia el este, como si un talón oculto lo espoleara a precipitarse y huir al instante.
Huir ¿de qué? «No —dijo entre dientes—. Irme ahora y dejar el hallazgo… ¡y dejar una fortuna! Sería un estúpido, si además no puedo ver nada ni oír nada. ¡Dejar una fortuna! No, no lo haré. ¡No, por Dios!» Se llevó hacia sí el Winchester de Cribbens y puso un cartucho en la recámara.
«No —gruñó—. Me quedaré, pase lo que pase. Si viene alguien…» Bajó la palanca del fusil, y el cartucho entró en la recámara con un ruido áspero.
«No me dormiré —masculló bajo el bigote—. No puedo dormir; vigilaré». Se levantó por segunda vez, trepó a la cima más cercana y se sentó, envuelto en la manta y con el Winchester sobre las rodillas. Pasaron las horas. El dentista se quedó sentado en la cima; una figura inmóvil, agazapada, negra oscura contra la mancha pálida del cielo. Al cabo de un rato, la orilla del horizonte oriental empezó a verse más negra y con un contorno más nítido. Llegaba el alba. McTeague volvió a sentir la intuición misteriosa del peligro cercano; una mano oculta parecía guiar su cabeza hacia el este; en sus costados había una espuela que parecía incitarlo a apresurarse, apresurarse, apresurarse. La influencia se intensificaba en cada momento. El dentista apretó sus mandíbulas enormes y rehusó moverse.
«No —gruñó entre dientes—. No, me quedaré». Dio una larga vuelta alrededor del campamento y llegó incluso hasta la primera estaca del
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nuevo hallazgo, con el Winchester en mano, el oído aguzado y los ojos alerta. No había nada, pero sentía al enemigo tan claramente como si le gritara en cada pelo de la nuca. No era temor. McTeague no tenía miedo.
«Si pudiera ver algo… alguien —masculló y sostuvo el fúsil listo para disparar—, ya verá… ya verá».
Regresó al campamento. Cribbens roncaba. El burro había bajado al riachuelo en busca de su bebida matutina. El mulo estaba despierto y pacía. McTeague se quedó junto a las cenizas frías de la fogata, vacilando, mirando de un lado a otro con todo el recelo y la desconfianza de un venado perseguido. El impulso extraño se hacía más y más fuerte. Tenía la sensación de que en el instante siguiente tendría que girar forzosa y abruptamente hacia el este y salir disparado con un trote pesado y torpe. McTeague luchó con toda la obstinación feroz de su naturaleza simple y animal.
«¿Irme y dejar la mina? ¿Irme y dejar un millón de dólares? No, no, no me iré. No, me quedaré —exclamó entre dientes y sacudió su cabezota, como una bestia exasperada y nerviosa—. Ah, dejaos ver, vamos». Se apoyó el fusil en el hombro y apuntó blanco tras blanco a lo largo de la cordillera hacia el oeste. «Vamos, dejaos ver. Acercaos un poco, todos vosotros. No os tengo miedo; pero no merodeéis por aquí. No me alejaréis de mi mina. Voy a quedarme».
Pasó una hora. Luego dos. Las estrellas se apagaron, y el alba clareó. El aire empezó a calentarse. El oriente entero, libre de nubes, mostraba un ardor opalescente desde el horizonte hasta el cénit, carmesí en la base, donde la tierra se ennegrecía por contraste, y por arriba pasaba de rosa a amarillo pálido, a verde, a azul claro, a la iridiscencia turquesa del cielo del desierto. Las sombras largas y delgadas de las primeras horas retrocedieron como serpientes en retirada, hasta que el sol asomó repentinamente sobre el hombro del mundo, y se hizo de día.
En ese momento, McTeague estaba ya a trece kilómetros del campamento, avanzando firmemente hacia el este. Descendía por los ramales inferiores de las colinas Panamint, siguiendo un viejo sendero de ganado apenas visible. El mulo avanzaba por delante, cargado con las mantas, el fusil de Cribbens, una cantimplora llena de agua y provisiones para seis días. Bien atado a la perilla de la montura iba el costal de lona con sus preciosos cinco mil dólares, todo en monedas de oro de veinte dólares. Pero lo más extraño en ese horrible desierto de arena y artemisa
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era el objeto que McTeague cargaba consigo continuamente… el canario en su jaula, alrededor de la cual había envuelto con cuidado unos sacos viejos de harina.
Hacia las cinco de esa mañana McTeague había cruzado varios caminos que parecían convergir y, suponiendo que llevaban a un pozo de agua, había seguido uno. Este lo había llevado a una suerte de depresión secada por el sol que, no obstante, contenía un poco de agua en el fondo. Le había dado agua al mulo, había vuelto a llenar la cantimplora y había bebido abundantemente. También había humedecido los viejos sacos de harina alrededor de la jaula para proteger al máximo al pequeño canario contra el calor, pues sabía que aumentaría con cada hora. Se disponía a seguir avanzando, pero volvió a detenerse, indeciso, titubeando por última vez.
«Soy un tonto —gruñó y miró con ceño fruncido la cordillera que tenía por detrás—. Soy un tonto. ¿Qué me pasa? Me estoy alejando de un millón de dólares. Yo sé que está ahí. ¡No, por Dios! —exclamó salvajemente—. No me iré. Voy a regresar. No puedo dejar una mina así». Había hecho girar al mulo y había empezado a regresar sobre sus pasos, rechinando los dientes ferozmente, agachando la cabeza como si embistiera un viento que lo empujaba hacia atrás. «¡Vamos, vamos! —gritaba dirigiéndose al mulo a veces, otras a sí mismo—. Vamos, regresa, regresa. Voy a regresar». Era como si estuviera escalando una montaña que se hacía más empinada con cada zancada. El instinto extraño luchaba contra su avance metro tras metro. Poco a poco, sus pasos se fueron haciendo cada vez más lentos. Se detuvo, luego volvió a avanzar con cautela, casi palpando el camino, como alguien que se acerca a un abismo en la oscuridad. Volvió a detenerse, vacilando, rechinando los dientes, apretando los puños con una furia ciega. De repente hizo girar al mulo y se dirigió hacia el este.
—¡No puedo! —le gritó con fuerza al desierto—. No puedo, no puedo. Es superior a mis fuerzas. No puedo regresar. Apresúrate, vamos, apresúrate, apresúrate.
Avanzó sigilosamente, con la cabeza y los hombros inclinados. A ratos podía casi decirse que se agachaba a medida que avanzaba con grandes zancadas; de vez en cuando miraba por encima del hombro. El sudor le chorreaba por el cuerpo, había perdido el sombrero, y la enmarañada mata de pelo grueso y rubio le caía sobre la frente ensombreciendo sus ojitos centelleantes. A veces, con un gesto vago y casi automático, alargaba la
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mano, con los dedos prensiles, y la dirigía hacia el horizonte como para agarrarlo y acercárselo, y de vez en cuando mascullaba: «Apresúrate, apresúrate, date prisa, date prisa». Para entonces, finalmente, McTeague sintió miedo.
Sus planes eran inciertos. Recordó lo que Cribbens había dicho acerca de las montañas Amargosa en la región del otro lado del Valle de la Muerte. Era un infierno entrar en esa región, había dicho Cribbens, y no muchos hombres iban allí debido al terrible valle de álcali que bloqueaba el camino, una depresión horrible y enorme de arena blanca y sal que estaba por debajo del nivel del mar; el lecho seco, sin duda, de un lago prehistórico. Pero McTeague decidió bordear el valle, avanzando siempre hacia el sur, hasta encontrar el río Amargosa. Bordearía el valle y saldría al otro lado. Entraría en la región que rodeaba Gold Mountain en las colinas Amargosa, aislada del mundo por las leguas del álcali ardiente del Valle de la Muerte. Difícilmente lo alcanzarían allí. Se quedaría en Gold Mountain dos o tres meses y luego se abriría camino hacia México.
McTeague seguía descendiendo firme y pesadamente por las faldas irregulares de la cordillera Panamint. Hacia las nueve, la ladera se aplanó abruptamente; las colinas habían quedado atrás; por delante, hacia el este, todo era llano. Había llegado a la región donde incluso la arena y las artemisas empezaban a escasear para dar paso al polvo blanco del álcali. Los senderos eran numerosos pero viejos y apenas perceptibles, y habían sido hechos por vacas, no por humanos. Discurrían en todas las direcciones menos una… norte, sur y oeste; ninguno, por más imperceptible que fuese, se dirigía hacia el valle.
«Si sigo por el borde de las colinas donde están estos senderos — masculló el dentista—, debo de encontrar agua en los barrancos de vez en cuando».
De pronto soltó una exclamación. El mulo había empezado a chillar y a embestir con los cascos alternadamente; tenía los ojos en blanco y las orejas caídas. Corrió unos cuantos pasos, se detuvo y chilló una vez más. Después dio una vuelta repentina y salió al trote hacia el norte, chillando y pateando ocasionalmente. McTeague lo persiguió, gritando y maldiciendo, pero el mulo no se dejó coger por un buen rato. Parecía más desconcertado que asustado.
«Ha comido un poco de esa hierba loca de la que habló Cribbens — resolló McTeague—. ¡So! Quieto, quieto». Finalmente, el mulo se detuvo
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por su cuenta y pareció recuperar la razón. McTeague se le acercó y cogió la brida al tiempo que le hablaba y le frotaba el hocico.
—Ya, ya, ¿qué te pasa?
El mulo volvió a mostrarse dócil. McTeague le lavó el hocico y se puso en marcha una vez más.
Era un día espléndido. De horizonte a horizonte había un inmenso arco azul que clareaba a medida que penetraba en la tierra. Kilómetro tras kilómetro, el desierto se extendía hada el este y el sureste, blanco, desnudo, inhóspito, palpitante y resplandeciente bajo el sol, sin una sola roca ni un cactus. A lo lejos adquiría todo tipo de colores tenues… rosa, púrpura y naranja pálido. Al oeste se alzaba la cordillera Panamint, escasamente salpicada de artemisas grises; ahí, la tierra y la arena eran amarillas, ocre y rojo subido; las hondonadas y los cañones resaltaban con unas intensas sombras azules. Parecía extraño que esa esterilidad pudiese exhibir tal resplandor de color, pero no podría haber habido nada más hermoso que el rojo intenso de las crestas y los riscos más altos, marcados por unas sombras púrpuras que se erguían nítidamente contra la blancura azul pálida del horizonte.
Hacia las nueve, el sol estaba alto en el cielo. El calor era intenso; la atmósfera estaba cargada y pesada. McTeague respiraba con dificultad y se enjugaba el sudor de la frente, las mejillas y el cuello. Cada milímetro y cada poro de la piel le ardía y le escocía bajo el látigo despiadado de los rayos del sol.
«Si hace mucho más calor —masculló aspirando profundamente—, si hace mucho más calor, yo… yo no sé», meneó la cabeza y se enjugó el sudor de los párpados, donde chorreaba como lágrimas.
El sol seguía subiendo. Hora tras hora, a medida que el dentista avanzaba firme y pesadamente, el calor aumentaba. La arena cocida y seca crujía y se convertía en una infinidad de copos diminutos bajo sus pies. Las ramitas de artemisa chasqueaban como cañas quebradizas a medida que avanzaba por entre ellas. El calor seguía aumentando. A las once, la tierra era como la superficie de un horno; el aire se sentía caliente en los labios y el paladar al aspirarlo. El sol era un disco de latón derretido que nadaba en el azul calcinado del cielo. McTeague se quitó la camisa de algodón, se desabotonó la camiseta interior de franela y se ató un pañuelo al cuello sin apretarlo.
—¡Dios! —exclamó—. No sabía que podía hacer tanto calor.
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El calor se hacía cada vez más feroz, con firmeza; todos los objetos distantes palpitaban y brillaban visiblemente. Al mediodía, un espejismo apareció en las montañas hacia el noroeste. McTeague detuvo al mulo, bebió un poco del agua tibia de la cantimplora y humedeció los sacos que rodeaban la jaula del canario. En cuanto paró la marcha y sus pasos demoledores y aplastantes se apagaron, el silencio inmenso, inagotable, lo envolvió como una marea inconmensurable. De todo ese paisaje gigantesco, esa descomunal cuenca de arena ardiente, no se alzaba ni un solo sonido. No vibraba ni una ramita, no zumbaba ni un insecto, ni un pájaro ni una bestia invadía esa soledad inmensa con su grito. Hasta donde alcanzaba la vista, hacia el norte, el sur, el este y el oeste, todo yacía inerte, absolutamente silencioso e inmóvil bajo el azote implacable del sol del mediodía. Las propias sombras se encogían y escondían bajo las artemisas, se replegaban hacia las grietas y los recovecos más lejanos de los cañones en las montañas. El mundo entero era un resplandor gigantesco y cegador, silencioso, inmóvil. «Si hace mucho más calor — murmuró el dentista una vez más, moviendo la cabeza de un lado a otro—, si hace mucho más calor, no sé qué voy a hacer».
El calor aumentaba con firmeza. A las tres era más espantoso incluso que al mediodía.
—¿Acaso no piensa aplacar nunca?, —gruñó el dentista entornando los ojos ante el cielo de latón azul caliente. Al instante, un sonido agudo que parecía venir de todas partes al mismo tiempo desgarró el silencio abruptamente. Se apagó. Luego, cuando McTeague dio otro paso adelante, volvió a empezar, tan repentino como un golpe, más agudo, más cercano; una nota espantosa y prolongada que hizo que tanto el hombre como el mulo pararan de inmediato.
—Yo sé qué es eso, —exclamó el dentista y registró el suelo con una mirada rápida hasta ver lo que esperaba… la espiral gruesa y enrollada, la cabeza en forma de trébol que oscilaba lentamente y la cola erecta y runruneante con sus cascabeles vibrantes.
Durante al menos treinta segundos, el hombre y la serpiente se miraron a los ojos. Después, la serpiente se desenrolló y desapareció de la vista rápidamente entre las artemisas. McTeague volvió a respirar, y sus ojos volvieron a contemplar las leguas ilimitadas de arena y álcali palpitantes.
—¡Dios mío! ¡Qué lugar! —exclamó. Pero la voz le tembló al arrear al mulo.
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El calor se hacía más y más feroz con el correr de la tarde. A las cuatro, McTeague se detuvo de nuevo. Goteaba por todos los poros, pero el sudar no lo aliviaba en absoluto. El simple roce de las ropas sobre el cuerpo era insoportable. El mulo tenía las orejas caídas y la lengua fuera. Los senderos del ganado parecían llevar hacia un mismo lugar; a lo mejor estaba cerca de un pozo de agua.
«Tendré que guarecerme, seguro —masculló el dentista—. No estoy hecho para viajar con un calor como este».
Condujo al mulo hacia uno de los cañones más grandes y paró a la sombra de un pilón de roca roja. Tras una larga búsqueda encontró agua; unos cuantos litros, calientes y salobres, al fondo de una hondonada de lodo resquebrajado por el sol; era apenas un poco más de lo necesario para dar de beber al mulo y volver a llenar la cantimplora. Acampó allí tras desensillar al mulo y dejarlo suelto para que comiera lo que encontrara. Unas pocas horas más tarde, el sol alcanzó un esplendor despejado, rojo y dorado, y poco a poco el calor se fue haciendo menos intolerable. McTeague preparó la cena, principalmente café y tocino, y contempló cómo empezaba el crepúsculo al tiempo que se deleitaba con la frescura deliciosa del atardecer. Al extender las mantas sobre el suelo decidió que de ahí en adelante viajaría solo de noche y se guarecería a la sombra de los cañones durante el día. Estaba agotado por el terrible día de marcha. Nunca en su vida le había parecido tan glorioso el sueño.
Pero, de repente, quedó completamente despierto; sus sentidos hastiados estaban todos alerta.
«¿Qué ha sido eso? —masculló—. Creo que he oído algo… he visto algo».
Se puso de pie y buscó el Winchester. La desolación seguía rodeándolo. No se oía nada más que su propia respiración; ni una sola arena se movía sobre la faz del desierto. McTeague miró furtiva y rápidamente de un lado a otro, apretando los dientes y entornando los ojos. Una vez más, tenía la espuela en los flancos; una vez más, una mano oculta lo guiaba hacia el este. Después de todos los kilómetros recorridos en ese espantoso día de fuga, no estaba nada mejor que cuando había arrancado. Es más, estaba peor, pues el misterioso instinto interior nunca había sido más apremiante que en ese momento; el impulso de fuga nunca había sido más fuerte; la espuela nunca lo había aguijoneado tan profundamente. Todos los nervios de su cuerpo pedían un descanso a
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gritos, pero todos los instintos parecían estar despiertos y vivos, acosándolo a apresurarse, apresurarse.
«¿Qué pasa? ¿Qué pasa? —gritó entre dientes—. ¿Nunca podré liberarme de vosotros? ¿Acaso nunca podré deshacerme de vosotros? No merodeéis así. Mostraos. Hablémoslo ya mismo. Vamos. No tengo miedo si os mostráis, pero no os escondáis así». De repente, en un frenesí de exasperación, gritó con fuerza:
—Maldición, mostraos, por favor. Mostraos y hablémoslo.
Tenía el fusil en el hombro e iba apuntando de arbusto en arbusto, de roca en roca, hacia cualquier sombra espesa. Su dedo índice se dobló súbita e involuntariamente, y el fusil estalló y refulgió. Los cañones devolvieron el eco con un rugido y lo lanzaron por el desierto hacia lo lejos, en una ola de sonido rizada y ampliada.
McTeague bajó el fusil a toda prisa y soltó una exclamación de consternación.
«Imbécil —se dijo—, imbécil. La has jodido. Han podido oír eso a kilómetros de distancia. Ya la has jodido».
Se quedó escuchando atentamente, con el fusil humeando entre sus manos. El último eco se extinguió; el humo se desvaneció. El silencio inmenso envolvió los ecos del fusil como el océano envuelve la estela de un barco. Todo estaba inmóvil, pero McTeague se agitó bruscamente, enrolló las mantas, volvió a ensillar el mulo y recogió su equipo. «Apresúrate, apresúrate. Imbécil, la has jodido. Han podido oír eso a kilómetros de distancia. Apresúrate. Ya no están lejos», mascullaba de vez en cuando.
Al bajar la palanca del fusil para volver a cargarlo, descubrió que la recámara estaba vacía. Se llevó las manos a los lados y hurgó rápidamente en un bolsillo, primero, y luego en el otro. Había olvidado llevar cartuchos de repuesto. Maldijo entre dientes al tirar lejos el fusil; de ahí en adelante viajaría desarmado.
Recogió un poco más de agua en la hondonada cercana donde había acampado. Le dio agua al mulo por última vez y humedeció los sacos que envolvían la jaula del canario. Luego se puso en marcha una vez más.
Pero hubo un cambio en el rumbo de su fuga. Hasta entonces se había mantenido hacia el sur, siguiendo siempre el borde de las colinas. En ese momento dio un giro de cuarenta y cinco grados. Sus pies apresurados empezaron a alejarse de la ladera; los arbustos fueron escaseando hasta
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desaparecer; la arena dio paso a un polvo fino, blanco como la nieve, y una hora después del disparo, los cascos del mulo crujían y restallaban sobre los copos de álcali tostados de la superficie del Valle de la Muerte.
Perseguido y acosado de campamento en campamento, como se creía, McTeague había decidido súbitamente hacer un último esfuerzo para librarse del enemigo que parecía pisarle los talones. Atravesaría directamente ese desierto espantoso donde hasta las bestias tenían miedo. Cruzaría el Valle de la Muerte de una vez, y así pondría sus extensiones áridas entre él y su perseguidor.
«No os atreváis a perseguirme ahora —masculló mientras se apresuraba—. Veamos si venís a buscarme aquí».
Avanzó rápidamente, arreando al mulo para que avivara el paso. Hacia las cuatro, el cielo empezó a ponerse rosa y dorado delante de él. McTeague se detuvo y desayunó, después retomó la marcha de inmediato. El alba llameaba y resplandecía como un brasero, y el sol era un carbón enorme, rojo y ardiente, flotando en el fuego. Pasó una hora, luego otra, y otra. Eran cerca de las nueve. El dentista se detuvo una vez más, jadeando y resollando; los brazos le colgaban; los ojos se le cerraban y parpadeaban al mirar a su alrededor.
Por detrás, a lo lejos, las colinas Panamint ya no eran más que unos montículos azules en el horizonte. Por delante y a cada lado, hacia el norte y hacia el este y hacia el sur, se extendía la desolación primigenia. Legua tras legua, las cuencas infinitas de álcali blanco deslumbrante se desplegaban como un pergamino desenrollado de horizonte a horizonte; ni un arbusto, ni una remita rompía esa monotonía espantosa. Hasta la arena del desierto habría sido un espectáculo bienvenido; un solo grupo de artemisas habría fascinado al ojo, pero esto era peor que el desierto. Era terrible, esa espantosa hondonada de álcali, ese lecho de algún lago primigenio que yacía muy por debajo del nivel del mar. Las grandes montañas de Placer County habían sido simplemente indiferentes al hombre, pero la terrible hondonada de álcali era profusa y abiertamente injusta y maligna.
McTeague se había dicho a sí mismo que el calor en las faldas más bajas del Panamint había sido atroz; ahí, en el Valle de la Muerte, era una cosa terrorífica. Ya no había más sombra que la suya. Estaba quemado y tostado de la cabeza a los pies, y sentía que el escozor de su cuerpo torturado no podría haber sido más intenso si lo hubieran desollado.
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«Si hace mucho más calor —masculló al escurrirse el sudor de la densa mata de pelo y el bigote—, si hace mucho más calor, no sé qué haré». Estaba sediento y bebió un poco de su cantimplora. «No tengo mucha agua —murmuró al sacudir la cantimplora—. Tengo que salir de este sitio a toda prisa, seguro».
Hacia las once, el calor había aumentado hasta tal punto que McTeague podía sentir el ardor del suelo picándole y aguijoneándole a través de las suelas de las botas. Cada paso que daba alzaba nubes del impalpable polvo de álcali, salado y asfixiante, que lo hacía ahogarse y toser y estornudar.
«¡Dios! ¡Qué lugar!», exclamó el dentista.
Una hora después, el mulo se detuvo y se echó al suelo, con las mandíbulas abiertas de par en par y las orejas caídas. McTeague le lavó la boca con un puñado de agua y, por segunda vez desde el amanecer, humedeció los sacos de harina que envolvían la jaula. El aire vibraba y palpitaba como en la caldera de un barco a vapor. El sol, pequeño y contraído, nadaba fundido en lo alto.
«No puedo soportarlo —pensó McTeague finalmente—. Tendré que detenerme y hacer alguna especie de sombra».
El mulo se había echado al suelo y resollaba rápidamente, con los ojos a medio cerrar. El dentista le quitó la silla y, tras desenrollar la manta, la apuntaló como pudo entre él y el sol. Al agacharse para arrastrarse por debajo, tocó el suelo con la palma. La alzó enseguida con un grito de dolor. El álcali de la superficie estaba como un horno, y McTeague se vio obligado a abrir una zanja en ella antes de atreverse a acostarse.
Empezó a dormirse poco a poco. La noche anterior había dormido poco o nada, y su fuga a la carrera bajo el sol abrasador lo había dejado agotado. Pero el descanso fue interrumpido; toda clase de imágenes inquietantes galoparon por su mente entre dormida y despierta. Pensó que estaba en las colinas Panamint con Cribbens. Acababan de descubrir la mina y regresaban al campamento. McTeague se vio a sí mismo como si fuera otro hombre, caminando con grandes zancadas sobre la arena y las artemisas. De repente se vio a sí mismo deteniéndose, girando bruscamente y mirando hacia atrás con desconfianza. Había algo detrás de él; algo lo seguía. Miró, por así decirlo, por encima del hombro de ese otro McTeague y allá atrás, a la inedia luz del cañón, vio algo oscuro que se arrastraba por el suelo, una figura imprecisa, hombre o bestia, no lo sabía.
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Después vio otra, y otra: luego otra. Lo seguían un montón de objetos negros que se arrastraban de arbusto en arbusto y tendían hada él. Ellos lo perseguían, lo cercaban, estaban al alcance de su mano, estaban en sus talones… en su garganta.
McTeague gritó y dio un brinco, con lo que tumbó la manta. No había nada a la vista. A varios kilómetros a la redonda, el álcali estaba vacío, solitario, vibrando y resplandeciendo bajo el fuego acribillante del sol de la tarde.
Pero la espuela le aguijoneó el cuerpo una vez más, acosándolo a continuar. No habría ningún descanso, ninguna vuelta atrás, ninguna pausa, ninguna parada. «Apresúrate, apresúrate, apresúrate». La bestia que en él yacía tan cerca de la superficie estaba viva y en guardia y pujando por escapar. Era imposible resistir ese instinto. La bestia sentía a un enemigo, intuía a los perseguidores, clamaba y luchaba y peleaba, y no se dejaría contradecir.
«No puedo seguir —gruñó McTeague, paseando la mirada por el horizonte detrás de él—. Estoy rendido. Estoy agotado. No he dormido nada en dos noches». Sin embargo, pese a todo, volvió a levantarse, ensilló al mulo, apenas menos agotado que él, y volvió a ponerse en marcha sobre el álcali abrasador y bajo el sol infernal.
El temor no lo abandonó de ahí en adelante; la espuela no dejó de aguijonearlo; el instinto que lo acosaba a huir no volvió a callarse; se apresurara o se detuviera, siempre era lo mismo. Y así avanzaba, en línea recta, persiguiendo el horizonte que se alejaba, flagelado por el calor, torturado por la sed, agachándose, mirando hacia atrás furtivamente y alargando la mano hacia adelante de vez en cuando, con los dedos prensiles, intentando agarrar, por decirlo así, el horizonte que siempre se le escapaba.
El sol se puso sobre el tercer día de fuga de McTeague; llegó la noche; las estrellas se encendieron lentamente en el púrpura fresco y oscuro del cielo. La hondonada gigante de álcali blanco brillaba como la nieve. McTeague, ya bien adentrado en el desierto, seguía avanzando con firmeza, doblándose hacia adelante con grandes zancadas. Su fuerza descomunal lo mantenía en marcha tercamente. Avanzaba toscamente, con las mandíbulas apretadas impasiblemente. Se detuvo a medianoche.
—Ahora —gruñó con una cierta rebeldía desesperada, como si esperara que le oyeran—. Ahora voy a acostarme y a dormir un poco.
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Podéis venir o no.
Despejó el álcali de la superficie, extendió la manta y durmió hasta que lo despertó el calor del día siguiente. Tenía tan poca agua que no se atrevió a hacer café, de modo que desayunó sin este. Caminó hasta las diez, luego volvió a acampar a la sombra de uno de los extraños salientes de roca y se quedó acostado durante las horas más calientes. Hacia las cinco ya había vuelto a ponerse en marcha.
Viajó casi toda la noche y se detuvo solo hacia las tres de la mañana para darle agua de la cantimplora al mulo. El día ardiente volvía a llamear en el horizonte. Hacía calor incluso a las seis de la mañana.
«Hoy va a ser peor que nunca —gruñó—. Ojalá pudiera encontrar otra roca para acampar. ¿Acaso no voy a salir jamás de este sitio?»
No hubo ningún cambio en el carácter del desierto. Siempre las mismas leguas inconmensurables de álcali blanco y ardiente que se extendían por todas partes hacia el horizonte. Por aquí y por allá, la superficie llana y deslumbrante del desierto se rompía y se erguía en montículos bajos y alargados, desde cuyas cimas McTeague podía ver los kilómetros y kilómetros de desolación espantosa. No había ni una sombra a la vista. Ni una roca, ni una piedra rompía la monotonía del suelo. Una y otra vez, McTeague ascendía por los bajos desniveles, observando y buscando un sitio donde acampar, protegiéndose los ojos de los destellos de la arena y el cielo.
Avanzó un poco más, después se detuvo finalmente en una depresión entre dos hendiduras, decidido a acampar ahí.
De repente se oyó un grito.
—Arriba las manos. Maldición, ¡te he atrapado!
McTeague alzó la vista.
Era Marcus.
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22
ANTES de que pasara un mes desde su partida de San Francisco, Marcus había puesto un rancho ganadero en el Valle de Panamint con un inglés, un conocido del señor Sieppe. La oficina central estaba en un lugar llamado Modoc, en el extremo inferior del valle, a unos ochenta kilómetros al sur de Keeler.
Llevaba una vida de vaquero. Había hecho realidad su antigua visión de sí mismo, con las botas, el sombrero y el revólver, y pasaba los días en la silla de un caballo y la mayor parte de las noches alrededor de las mesas de póquer en la única taberna de Modoc. Para su gran satisfacción, había llegado a participar incluso en un tiroteo que surgió en torno a una marca polémica y, como consecuencia, había perdido dos dedos de la mano izquierda.
Las noticias del mundo exterior se filtraban despacio en el Valle de Panamint, y aún no habían construido el telégrafo más allá de Keeler. Uno de los periódicos locales de Independence, el pueblo cercano más grande, se colaba de vez en cuando entre los campos de ganado de las cordilleras, y ocasionalmente, con varias semanas de retraso, una de las ediciones del domingo del periódico de Sacramento pasaba de mano en mano. Marcus no volvió a saber nada de los Sieppe.
Y en lo que se refería a San Francisco, estaba tan lejos de él como Londres o Viena.
Un día, dos semanas después de que McTeague huyera de San Francisco, Marcus llegó a Modoc y se topó con un grupo de hombres reunidos alrededor de un aviso colgado por fuera de la oficina de Wells Fargo. Era una oferta de recompensa por la captura y detención de un asesino. El crimen había sido cometido en San Francisco, pero al hombre en cuestión lo habían seguido hasta la región occidental de Inyo County, y
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para entonces se creía que se escondía en las colinas Pinto o en las Panamint, en las inmediaciones de Keeler.
Marcus llegó a Keeler en la tarde de ese mismo día. Su caballo se desplomó y murió de agotamiento a unos ochocientos metros del pueblo. Marcus no se detuvo ni a desensillarlo siquiera, y llegó a la taberna del hotel de Keeler justo después de que hubieran organizado la partida. El sheriff, quien había llegado de Independence esa mañana, rechazó el ofrecimiento de Marcus al principio. Ya tenía suficientes hombres… demasiados, en realidad. La travesía por el campo sería dura, y sería difícil encontrar agua para tantos hombres y caballos.
—Pero ninguno de vosotros lo ha visto —vociferó Marcus, temblando de ira y emoción—. Yo lo conozco bien. Podría reconocerlo entre un millón. Yo puedo identificarlo, vosotros no.
»Y yo conocía… yo conocía… ¡por Dios! Yo conocía a esa chica… su mujer… en Frisco. Es prima mía, es… era… alguna vez pensé en… Esto es un asunto personal mío… y el dinero con que se escapó, esos cinco mil, me pertenece por derecho. Ah, no importa, voy con vosotros. ¿Me oís? — gritó y alzó los puños—. Voy con vosotros, os lo digo. Nadie puede detenerme. Vamos, intentad detenerme. De una vez, dos de vosotros, vamos. —Llenó la taberna con sus clamores.
—Que el Señor te acompañe; está bien, ven con nosotros —dijo el sheriff.
La partida salió de Keeler esa misma noche. El hombre del almacén de mercancías generales, quien le prestó a Marcus un segundo caballo, les informó de que Cribbens y su compañero, cuya descripción coincidía exactamente con la que se daba en el aviso de la recompensa, se habían equipado en su tienda con la intención de prospectar en las colinas Panamint. La partida rastreó de inmediato el primer campamento a la cabecera del valle. Fue fácil. Solo tuvieron que preguntarles a los vaqueros y jinetes del valle si habían visto pasar a dos hombres, uno de los cuales llevaba una jaula.
El sendero se perdía detrás del primer campamento, y estuvieron una semana buscando alrededor de la mina de Gold Gulch, adónde parecía probable que hubieran ido los socios. Luego, un vendedor ambulante que incluía en su ruta el paso por Gold Gulch trajo noticias de un maravilloso descubrimiento de cuarzo aurífero a unos quince kilómetros al sur de la falda occidental de la cordillera. Habían sido dos hombres de Keeler,
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según dijo el vendedor, que añadió el detalle curioso de que uno llevaba consigo un canario en una jaula.
La partida llegó al campamento de Cribbens tres días después de la desaparición inexplicable de su socio. El hombre que buscaban se había ido, pero en la arena se podían seguir claramente las estrechas huellas de los cascos de un mulo mezcladas con las de unas enormes botas con tachuelas. De modo que retomaron el sendero y lo siguieron fijamente hasta llegar al punto en que, en lugar de tender hacia el sur, se desviaba abruptamente hacia el este. Apenas podían creer lo que veían.
—¡No tiene sentido! —exclamó el sheriff—. ¿Qué rayos pretende? Esto me supera. Meterse en el Valle de la Muerte en esta época…
—Se dirige a Gold Mountain en el Amargosa, seguro.
Los demás decidieron que esta conjetura era cierta. Era la única localidad habitada en esa dirección. Entonces se desató una discusión acerca de los siguientes pasos de la partida.
—No pienso meterme en esa hondonada de álcali con ocho hombres y sus caballos —anunció el sheriff—. Un hombre no puede llevar suficiente agua para llegar con su cabalgadura hasta el otro lado, mucho menos ocho. No, señor. Cuatro tampoco. No, tres tampoco. Tenemos que bordear el valle hasta el otro lado e interceptarlo en Gold Mountain. Eso es lo que tenemos que hacer, y cabalgar como locos, además.
Pero Marcus protestó con toda la fuerza de sus pulmones contra la idea de abandonar la pista ahora que la habían encontrado. Arguyo que ya estaban apenas a un día y medio de su hombre. Era imposible que perdieran la pista… tan nítida en el álcali blanco como la nieve. Podían salir disparados por el desierto, atraparlo y regresar mucho antes de que les faltara el agua. Él, por lo menos, no abandonaría la persecución ahora que estaba tan cerca. En las prisas de la salida de Keeler, el sheriff se había negado a tomarle el juramento a Marcus. De modo que no tenía que obedecer a nadie. Haría lo que quisiera.
—Anda, pues, maldito imbécil —respondió el sheriff—. No obstante, nosotros atajaremos por el borde del valle. Puede que él llegue a Gold Mountain antes de que tú llegues a la mitad del camino. Pero si lo atrapas, toma —le lanzó a Marcus unas esposas—, pónselas y llévalo a Keeler.
Dos días después de que se hubiera separado de la partida y cuando ya estaba bien adentro del desierto, el caballo de Marcus no pudo más. En la furia de su impaciencia, Marcus lo había espoleado despiadadamente para
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que siguiera la pista, y a la mañana del tercer día descubrió que el caballo no podía moverse. Las articulaciones de las patas parecían rígidamente bloqueadas. El animal avanzó, tropezando y obstaculizándose, para luego desplomarse indefenso y con un gemido lastimoso. Estaba agotado.
Marcus se creía ya muy cerca de McTeague; las cenizas del último campamento seguían ardiendo. Cogió las provisiones de comida y agua que podía cargar y se dio prisa. Pero McTeague estaba mucho más lejos de lo que suponía, y para el atardecer del tercer día en el desierto, Marcus, rabiando de sed, bebió el último trago de agua y tiró lejos la cantimplora vacía.
«Si él no lleva agua —se dijo a sí mismo mientras avanzaba—, si no lleva agua, ¡maldición! Tendré problemas. Sí, es un hecho».
Ante el grito de Marcus, McTeague alzó la vista y miró a su alrededor. En ese instante no vio a nadie. El resplandor blanco del álcali seguía intacto. Luego, sus ojos, que se movían rápidamente, se toparon con una cabeza y unos hombros que sobresalían por encima de una pequeña cresta de la hendidura. Allí había un hombre, completamente echado en el suelo, apuntándole con un revólver. McTeague lo miró con ojos estúpidos durante unos segundos, desconcertado, perplejo, como si no estuviera pensando en nada en concreto. Después advirtió que el hombre era extrañamente parecido a Marcus Schouler. Era Marcus Schouler. ¿Cómo rayos había llegado Marcus Schouler a ese desierto? ¿Y qué pretendía hacer apuntándole de esa forma con una pistola? Era mejor que se cuidara, o la pistola se dispararía. Después, sus pensamientos se reajustaron con una prontitud nacida de una viva sensación de peligro. Ahí estaba el enemigo, por fin, el perseguidor que había sentido pisándole los talones; había salido y se había mostrado finalmente después de todos esos días escondiéndose. McTeague se alegró por ello. Ya vería. Lo aclararían todo ahí y en ese instante. ¡El fusil! Lo había tirado hacía mucho tiempo. Estaba indefenso. Marcus le había ordenado que levantara las manos. Si no lo hacía, lo mataría. Lo había atrapado. McTeague lo miró fijamente y frunció el ceño ante la pistola alzada. No se movió.
—¡Manos arriba! —gritó Marcus por segunda vez—. Contaré hasta tres. Uno, dos…
Por instinto, McTeague puso las manos encima de la cabeza. Marcus se levantó y se le acercó por la hendidura.
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—¡Mantenías arriba! —gritó—. Si las mueves una sola vez, te mataré, seguro.
Se acercó a McTeague y lo registró, hurgando en sus bolsillos, pero McTeague no tenía ningún revólver, ni siquiera un cuchillo de cazador.
—¿Qué has hecho con el dinero, con los cinco mil dólares? —Están en el mulo —respondió McTeague con resentimiento. Marcus gruñó y le lanzó una mirada al animal, que estaba a una cierta
distancia y resoplaba y dejaba caer sus largas orejas de vez en cuando. —¿Es eso que está ahí en la perilla de la montura, ahí en el costal de
lona? —preguntó Marcus.
—Sí, es eso.
En los ojos de Marcus brilló una chispa de satisfacción, y masculló entre dientes:
—Al fin.
Pero estaba particularmente confundido con lo que debía hacer a continuación. Había atrapado a McTeague. Ahí estaba, por fin, con sus manos enormes sobre la cabeza, mirándolo con ceño fruncido y resentimiento. Había atrapado a su enemigo, había cazado al hombre a quien habían estado buscando todos los oficiales del estado. ¿Qué debía hacer con él ahora? No podía dejarlo ahí para siempre, con las manos sobre la cabeza.
—¿Tienes un poco de agua? —preguntó.
—Hay una cantimplora en el mulo.
Marcus se movió hacia el mulo y alargó la mano para coger la brida. El mulo chilló, alzó la cabeza y galopó hasta cierta distancia, después puso los ojos en blanco y dejó caer las orejas.
Marcus echó pestes, iracundo.
—Ya se puso así una vez —explicó McTeague, todavía con las manos en alto—. Comió un poco de hierba loca en las colinas antes de arrancar.
Marcus titubeó un momento. McTeague podría escaparse mientras cogía al animal. Pero ¿adónde rayos iría? Ni una rata podía esconderse en esa superficie de álcali brillante, y, además, todas sus provisiones y su inestimable reserva de agua estaban en el mulo. Marcus persiguió al animal con el revólver en la mano, gritando y maldiciendo, pero no se dejaba coger. Actuaba como si estuviera endemoniado; chillaba, embestía y galopaba en círculos amplios y con la cabeza en alto.
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—Vamos —gritó Marcus furioso al volverse hacia McTeague—. Vamos, ayúdame a cogerlo. Tenemos que cogerlo. Toda el agua que tenemos está en la silla.
McTeague se acercó.
—Ha comido hierba loca —repitió—. Ya se puso como loco una vez. —Si le diera por desbocarse y salir corriendo…
Marcus no terminó. Un terror repentino pareció ensancharse y cercar a los dos hombres. En cuanto se quedaran sin agua, el fin no tardaría.
—Podemos cogerlo, seguro —dijo el dentista—. Ya lo cogí una vez. —Ah, supongo que podremos cogerlo —dijo Marcus en tono
tranquilizador.
La sensación de enemistad entre los dos se había debilitado frente al peligro común. Marcus bajó el percutor del revólver y lo metió en la funda.
El mulo trotaba por delante, resoplando y alzando grandes nubes de polvo de álcali. El costal de lona tintineaba con cada paso, y la jaula del canario de McTeague, envuelta aún en los sacos de harina, chocaba contra la montura. El mulo paró al cabo de un rato, resoplando con excitación.
—Está completamente loco —bufó Marcus, jadeando y sudando. —Tenemos que acercarnos en silencio —observó McTeague. —Intentaré acercarme con sigilo —dijo Marcus—; los dos lo
asustaríamos. Quédate aquí. —Avanzó paso a paso. Estaba casi a un brazo de la brida cuando el mulo dio un respingo abrupto y se echó a galopar.
Marcus brincó de la furia, agitando los puños y maldiciendo sin parar. El mulo se detuvo a unos cien metros y empezó a soplar y olfatear el álcali como en busca de comida. Luego, sin razón alguna, volvió a dar un respingo y salió al trote hacia el este.
—¡Tenemos que seguirlo! —exclamó Marcus cuando McTeague se le acercó—. No hay agua a más de cien kilómetros de aquí.
Entonces empezó una persecución interminable. Kilómetro tras kilómetro, los dos hombres persiguieron al mulo, bajo el calor terrible del desierto y ahogados por una sed que se hacía más feroz a cada hora. Varias veces estuvieron a punto de tocar la cantimplora, y el animal consternado dio un respingo y huyó de ellos la misma cantidad de veces. Hasta que Marcus gritó:
—No tiene sentido, no podemos cogerlo, y nos estamos matando de sed. Tenemos que arriesgarnos. —Desenfundó el revólver, lo amartilló y
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se arrastró hacia adelante.
—Cuidado —dijo McTeague—; no nos servirá de nada que le des a la cantimplora.
Marcus se detuvo a veinte metros, apoyó el revólver en el antebrazo izquierdo y disparó.
—¡Le has dado! —gritó McTeague—. No, ha vuelto a levantarse.
Dispárale otra vez. Va a desbocarse.
Marcus salió a la carrera y disparó mientras corría. El mulo se arrastró con la pata delantera y se levantó, chillando y bufando. Marcus disparó la última bala. El mulo se fue de bruces, después rodó hacia el lado y se desplomó sobre la cantimplora, que se rompió y derramó todo su contenido en la arena.
Los dos se acercaron a toda prisa, y Marcus sacó la cantimplora aporreada de debajo de la piel sangrante y maloliente; no quedaba agua. La arrojó lejos y se levantó, de cara a McTeague. Se hizo silencio.
—Somos hombres muertos —dijo Marcus.
McTeague miró a Marcus y después al desierto. Una desolación caótica se extendía hacia todas partes, llameando y refulgiendo con el calor de la tarde. Ahí estaba el cielo descarado y las leguas y leguas de álcali con su blanco paria. No había nada más. Estaban en el corazón del Valle de la Muerte.
—Ni una gota de agua —masculló McTeague—; ni una gota de agua. —Podemos beber la sangre del mulo —dijo Marcus—. No seríamos
los primeros en hacerlo. Pero… pero… —contempló el cuerpo tembloroso y sangriento—, pero aún no tengo tanta sed como para eso.
—¿Dónde está el agua más cercana?
—Pues a unos ciento cincuenta kilómetros, o más detrás de nosotros, en las colinas Panamint —respondió Marcus obstinadamente—. Enloqueceríamos antes de llegar allí. Te lo digo, estamos acabados, maldición, estamos acabados. Nunca vamos a salir de aquí.
—¿Acabados? —murmuró el otro mirándolo con ojos estúpidos—.
Acabadas, así se dice. ¿Acabados? Sí, supongo que estamos acabados.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —exclamó Marcus repentinamente después de un rato.
—Pues vamos… vamos yendo… bacía algún lado. —¿Adónde? Me gustaría saberlo. ¿De qué nos sirve movemos? Se hizo un silencio.
—¿De qué nos sirve quedamos aquí?
—Dios, qué calor —dijo el dentista finalmente y se enjugó la frente con el dorso de la mano. Marcus rechinó los dientes.
—Acabados —dijo entre dientes—; acabados.
—Nunca había estado tan sediento —prosiguió McTeague—. Estoy tan seco que puedo oír mi lengua frotándose contra el paladar.
—Pues no podemos quedamos aquí —dijo Marcus finalmente—; tenemos que ir a alguna parte. Intentaremos regresar, aunque no tenga sentido. ¿Hay algo de lo que tiene el mulo que queramos llevamos? Podemos…
Enmudeció de repente. En un instante, los ojos de los dos condenados se encontraron al pensar lo mismo al mismo tiempo. H costal de lona con los cinco mil dólares seguía arado a la perilla de la montura.
Marcus había vaciado su revólver en el mulo, y aunque aún llevaba su cartuchera, por el momento estaba tan desarmado tomo McTeague.
—Pues —empezó a decir McTeague y dio un paso adelante—, pues aunque estemos acabados me llevaré… algunos de mis trastos.
—¡Espera! —exclamó Marcus con una agresividad creciente—. Hablemos de esto. No estoy muy seguro de… de a quién le pertenece ese dinero.
—Pues yo sí, ya ves —gruñó el dentista.
La vieja enemistad entre los dos hombres, su odio antiguo, volvió a encenderse.
—¡Y no intentes cargar esa pistola! —gritó McTeague mirando a Marcus fijamente con sus ojos pequeños.
—¡Entonces; no toques ese costal! —gritó el otro—. Eres mi prisionero, ¿me entiendes? Harás lo que te diga. —Marcus se había sacado las esposas del bolsillo y estaba lisio, sosteniendo el revólver como si fuera un palo—. Tú me quitaste ese dinero una vez y me engañaste como a un imbécil y ahora me toca a mí. No toques ese costal.
Marcus bloqueó el camino a McTeague, lívido de ira. McTeague no respondió. Sus ojos se convirtieron en dos puntos centelleantes, y sus manos enormes se anudaron en dos puños duros como mazos de madera. Dio un paso hada Marcus, luego otro.
Los dos hombres se abrazaron de repente y, a renglón seguido, empezaron a rodar y forcejear sobre la superficie caliente y blanca. McTeague empujó a Marcus hacia atrás, hasta que este se tropezó y cayó sobre el cuerpo del mulo muerto. La jaulita del pájaro se zafó de la silla con la violencia de la caída y rodó por el suelo; los sacos de harina se escurrieron. McTeague le quitó el revólver a Marcus y lo blandió a ciegas. Los dos luchadores quedaron envueltos en unas asfixiantes nubes de polvo de álcali, fino y penetrante.
McTeague no supo cómo mató a su enemigo, pero, de repente. Marcus quedó inmóvil bajo sus golpes. Después tuvo un último arrebato de energía. La muñeca derecha de McTeague quedó atrapada; algo se cerró con un clic en torno a ella; luego, el cuerpo que forcejeaba quedó mustio e inmóvil tras una expiración profunda.
Al ponerse de pie, McTeague sintió un tirón en la muñeca derecha; estaba amarrada a algo. Cuando miró hacia abajo vio que Marcus, en ese último forcejeo, había encontrado fuerzas para esposarle las muñecas. Marcus estaba muerto: McTeague estaba atado a su cuerpo. Todo lo que lo rodeaba, inmenso, interminable, desplegaba las leguas inconmensurables del Valle de la Muerte.
McTeague se quedó mirando a su alrededor con ojos estúpidos, primero al horizonte lejano, luego al suelo, luego al canario medio muerto que gorjeaba débilmente en su pequeña prisión dorada.
BENJAMIN FRANKLIN NORRIS, JR. (Chicago, 5 de marzo de 1870 - California, 25 de octubre de 1902) fue un novelista estadounidense.
Asistió a la Universidad de California en Berkeley entre 1890 y 1894. Varios de los cuentos que escribió aparecieron en la revista universitaria de Berkeley en el San Francisco Wave. Después Norris viajó a la Costa Este, en donde pasó un año en el Departamento de Inglés de la Universidad Harvard.
Entre 1895 y 1896, trabajó como corresponsal en Sudáfrica. Entre 1896 y 1897, fue editor asistente del San Francisco Wave. Durante la Guerra Hispano-Estadounidense, Norris fue corresponsal en Cuba para la revista McClure’s. En 1899, se unió a la editorial neoyorkina Doubleday & Page.
FIN

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