© Libro N° 14929. El Camino Inesperado. Monreal Landete, Alejandro. Emancipación. Marzo 21 de 2026
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EL
CAMINO INESPERADO
Alejandro
Monreal Landete
El Camino Inesperado
Alejandro Monreal Landete
«Hola, mi nombre es Eloy y tengo 16 años, vivo en una pequeña aldea manchega y, después de una última operación, por fin podré aprender a caminar. Sí, sé que soy muy mayor para presumir de algo así, pero la vida viene como viene y no pienso hacer un drama de ello».
Lo que Eloy no sabe es que el drama se presentará de la mano de esas inevitables cosquillas que se forman en la boca del estómago, cuando una persona se cruza con otra, de manera casi siempre inesperada, y la respiración se hace tan leve que parece que el corazón vaya a detenerse.
El camino inesperado es un coming of age rural y gay que te devolverá al recuerdo de esas primeras veces en las que el amor y la amistad eran las dos cosas más importantes para un adolescente. Si te gustan las historias sobre el descubrimiento y la superación, en las que los adolescentes hablan y sienten como adolescentes y que están plagadas de personajes inolvidables, junto a un protagonista con un sentido del humor muy característico, a pesar de cualquier adversidad, esta es tu historia.
Alejandro Monreal Landete
El Camino Inesperado
ePub r1.0
Titivillus 04.03.2026
Título original: El camino inesperado
Alejandro Monreal Landete, 2022
Diseño de cubierta: Ana Oller Alcay
Editor digital: Titivillus
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Índice de contenido
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Agradecimientos
Sobre el autor
A Joan.
«Lo único que podemos decidir es qué hacer con el tiempo que se nos ha dado».
Gandalf, El Señor de los anillos
1
Ya se supone que tendría que haber entrado el otoño y, aunque lo normal es que en esta época del año las temperaturas sean más templadas, al calor del verano no le ha dado la gana de marcharse; igual que al verde en las hojas de los árboles. Mi abuela lo llamaba el veranillo de San Miguel, sin embargo, esto cada vez dura más y lo de «veranillo» está empezando a quedarse corto. Al fnal hasta van a tener razón con eso del cambio climático. Lo que es seguro es que sigue haciendo un calor del demonio y eso, aquí, no es ninguna tontería. Siempre he dicho que el calor de mi pueblo, porque a pesar de ser ciudad parece un pueblo, es lo mismo que abrir la puerta de un horno. Un tortazo de viento seco que te reseca hasta las córneas. Como pasa con la realidad.
Y aquí estoy yo, en un campo de fútbol a las afueras de una pequeña ciudad capital de comarca manchega, entre una extensa llanura y el inicio de la sierra, donde chavales de entre quince y dieciocho años corren, sudorosos, detrás de una pelota con la única idea de meter gol en la portería contraria. Algunos, los titulares, visten de azul y blanco, los colores del escudo del pueblo, y los otros, los suplentes, con unos petos amarillos fuorescentes, que bien podrían servir para parar el tráfco.
Uno de ellos, de equipación azul, corre veloz y decidido, maniobrando entre los jugadores del equipo rival. Con bastante
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agilidad se deshace de todos y cada uno de los defensores que salen a su encuentro y se acerca cada vez más a la portería. Allí, bajo los palos, el portero se mueve nervioso, como un felino alerta. Cambia el peso de un pie a otro, intentando adivinar por dónde vendrá el lanzamiento, a medida que el delantero se acerca.
Dos zancadas más, una mirada hacia portería, zapatazo y… —¡¡¡Goool!!! —gritan al unísono todos los jugadores sin peto. El delantero, con una sonrisa radiante y la mirada divertida,
se acerca a la banda y simula que desenfunda dos revólveres con los que dispara, cual buscafortunas de una película del Oeste.
Si os estáis preguntando quién de todos los allí presentes soy yo, os lo diré: ninguno. Ninguno de esos chicos que están sobre el césped artifcial soy yo. Ni el que acaba de marcar el gol, ni el que no lo ha parado y ahora patea el poste de la portería enrabietado; ni siquiera cualquiera de los que han ido corriendo a abrazar al delantero. Yo soy aquel al que David, pues así se llama el goleador, dispara de manera imaginaria en la banda, desde donde estoy viendo el partidillo de entrenamiento, a medio camino entre la envidia por no poder estar allí y el alivio por no hacerlo con este calor. ¿El porqué de su celebración? Vete a saber. Hoy le ha dado por eso como le podía haber dado por mandar besos o hacer callar a las gradas vacías. David es un poco payaso… Bueno, muy payaso. Ya lo conoceréis. Pero también es mi amigo, mi mejor y casi único amigo. No es que me quiera poner en plan «qué triste es todo, madre mía, que no tengo más amigos…». No, es que tampoco me apetece. Quiero decir, no soy una persona asocial ni nada de eso; me río y me lo paso lo sufcientemente bien con él como para no tener que estar buscando a más gente a mi alrededor. Procuro llevarme bien con todos, o con casi todos, pero no como con David.
El caso es que, igual que hago muchas veces, me quedo esperando hasta que termine el entrenamiento. Uno pensaría
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que lo más razonable es que fuera siempre a la misma hora, pero no es así. Su entrenador, un hombre vestido con un chándal ridículamente ajustado, en un vano intento por aparentar ser más joven de lo que es, suele prolongar las sesiones en función de cómo de capullo se levante por la mañana. Aunque hoy no parece querer estar mucho tiempo rodeado de adolescentes sudorosos, corriendo de un lado para otro, y termina por hacer sonar su, también ridículo, silbato.
Con el agudo y desagradable sonido, todos respiran aliviados. Aunque el portero sigue de mal humor, discutiendo con unos cuantos compañeros. Supongo que les estará explicando el modo en el que tenían que haber hecho las cosas para defender esa última jugada. Porque, claro, siempre hay uno que sabe la manera de hacer las cosas mejor que tú… Del resto, algunos se sientan en el césped a estirar mientras hablan y comentan las jugadas, como si, en lugar de cuatro chavales del pueblo, el partido lo hubieran jugado Ronaldo, Messi y Lewandowski. Otros salen disparados hacia los vestuarios, David, a la cabeza.
Mientras tanto, siguiendo mi rutina, me aparto hacia el camino asfaltado que comunica con el campo de fútbol. Aunque, para ello, antes tengo que atravesar una zona de piedra y gravilla por la que me voy acordando del iluminado que tuvo la ocurrencia de dejar eso así de inaccesible.
Nada más llegar a la zona asfaltada, aparece David, mochila al hombro y con su típica cara sonriente mientras se come un bocadillo. Y una cosa os digo: da igual lo que coma que siempre está como un toro, sin una pizca de grasa. No como yo, que no importa lo que haga que siempre parezco escuchimizado.
—Estabas lento —le digo muy serio cuando choco mi puño con el suyo, a modo de saludo.
—Tú, Eloy, que vas muy rápido —me responde igual de serio, entornando los ojos, casi con desprecio.
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—¿No te jugarás nada? —le replico más serio aún, hasta que los dos comenzamos a reír.
Si no nos conocieran, parecería que en realidad no nos llevamos tan bien. Sin embargo, no es así, solo que nos gusta bromear y pincharnos un poco. Aunque hay que aclarar que solo podemos hacerlo nosotros. Si alguien ajeno osara meterse con cualquiera de los dos, saltaríamos como lobos.
—Sujeta —me pide pasándome el bocadillo para posicionarse detrás de mí, con la mochila colgando a la espalda.
—¿Otra vez jamón y queso? —digo tras darle un buen mordisco al bocata—. El día que pruebes algo nuevo se te cae el pelo.
—Calla y no seas gafe —me amonesta, tocándose la cabeza haciendo los cuernos como quien toca madera.
David está obsesionado con no perder el pelo. Tarda más en peinarse que cualquier instagrammer seguro.
—Agárrate —ordena sonriendo.
Sin nada más que decir, David se lanza a toda velocidad empujando la silla por la pequeña cuesta que une el camino asfaltado con la carretera.
¡Upss! No os lo había dicho. Culpa mía. Sí, voy en silla de ruedas, y puede que también os estéis preguntando cómo me lesioné. En este caso la respuesta es simple: en el momento de nacer. Aunque, para ser justos, debería decir que en el útero de mi madre. Sí, nací jodido, con una deformidad en las piernas, gracias a la cual me he pasado casi todo el tiempo de mis dieciséis años de vida en una silla idéntica a esta, haciendo un maravilloso tour por consultas médicas y quirófanos de lo menos exóticos. ¡Qué ganas tengo de olvidarme de este trasto! Lo peor de todo es que tampoco puedo moverme bien con las piernas escayoladas. No sé si alguna vez lo habéis sufrido, pero entre lo que sudas y que cada vez que te mueves tienes que llevar contigo no sé cuántos kilos extra… Por no decir que basta
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con tener las manos ocupadas para notar que hay un hormiguero revolucionado bajo la escayola. Cuanto más inaccesible esté la zona, peor.
Sin embargo, ahora, bajando por la calle a toda velocidad con David, no puedo parar de sonreír. Aunque también estoy un poco acojonado. Un tortazo así, en la silla y con las escayolas, no creáis que es una chorrada. Pero ¿qué queréis que os diga?, me gusta pasármelo bien haciendo el tonto con él.
Con más suerte que pericia, llegamos sanos y salvos a la parada del autobús, junto a nuestro instituto, el IES Los Olivos. Su nombre ya nos indica la cantidad de cosas interesantes que hay por aquí. Ninguna. El edifcio es la típica construcción cuadrada con fachada de ladrillo caravista rojo, donde nos aseguran que algunos de nosotros pasaremos cuatro años deseando terminar y, una vez lo hagamos, estaremos deseando volver a esa vida fácil, que aprendes a valorar cuando sales al mundo real. Bueno, mi mundo, aunque sea el de un adolescente de dieciséis años, también es real, lo crean los adultos o no.
David recoge su bicicleta del aparcabicis, junto a la entrada del instituto, y se pone a hacer trucos con ella. Al verlo no puedo reprimir la tentación de sacar el móvil y grabarlo. No es un iPhone ni por asomo. Mi móvil no cuesta más de cien euros, y gracias. En casa no andamos como para gastarnos dinero en un teléfono lleno de cámaras. Ni ganas. Quizá en una nueva consola… Pero eso ya es otro cantar.
—Verás esta —dice mi amigo, muy seguro de sí mismo, al verme sacar el móvil.
Pone la bici a caballito, sosteniéndose con la rueda de atrás, mientras intenta dar pequeños botes, y me mira con cara de «¿Estás grabando esto? Hazlo, porque es genial». Para terminar, da un salto más grande y se gira ciento ochenta grados. Aunque se desequilibra un poco y parece que se va a caer, todo queda en un susto y David se yergue en su montura cual jinete victorioso.
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—Si lo cuelgas y ganas pasta me tendrás que dar mi parte —me advierte sonriendo.
—Depende.
David se me queda mirando con gesto interrogativo.
—Pues sí, David, depende de cómo te des la hostia.
—¡Serás mamón! —me increpa indignado.
—Un buen fail es un buen fail.
—Te voy a… —David se baja de la bici y, en el aire, simula que me estruja el pescuezo entre sus manos. Saca la lengua retorcida y la aprisiona como si estuviera haciendo fuerza mientras me espachurra.
El sonido característico del motor del Renault Clio blanco de mi madre interrumpe la escena. Me giro y lo veo acercarse calle abajo, produciendo el mismo estruendo que un cohete de SpaceX a punto de despegar hacia la Luna. Dentro, claro está, va mi madre con la cara cansada de hacer turno en la cooperativa del pueblo. ¿Adivináis cómo se llama? Cooperativa Los Olivos, porque aquí todo se llama Los Olivos, Los Almendros, Virgen del Rosario o San Rafael .
El coche aparca junto a la parada, frente a nosotros. Mi madre sale y, tras dar dos besos a David y otros dos a mí, me abre la puerta del copiloto para que tome asiento.
—¿Vienes con nosotros? —pregunta a David, quien suele ser cliente asiduo de «Taxis Helena», que es el nombre de mi madre. No es que nos pille de camino, porque él, en realidad, vive algo más alejado, pero ella es así. Si puede hacer algo por alguien, lo hace.
—Hoy no —responde él sonriente, levantando la bici por el manillar.
—Ten cuidao, anda —le aconseja ella.
—Que tengan cuidado conmigo —apostilla mi amigo burlón y me choca el puño a modo de despedida.
—Pero mira que eres rufán… —dice mi madre divertida.
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Creo que le cae bien David, no sé si solo por su forma de ser o por cómo pasa el tiempo conmigo y me hace reír. Siento que en el fondo le preocupa más que esté contento a que pueda caminar. A veces, hasta el punto de agobiarme un poco. Pero no puedo culparla, yo soy igual.
Hago el transbordo de la silla al asiento del copiloto mientras David se monta en su bici y comienza a pedalear calle abajo. Mi madre mete la silla en el maletero y, al bajar la puerta, el coche comienza a zozobrar gracias a la suspensión de última generación de 1990.
Camino a casa, en la aldea… Claro, no os lo he dicho, pero yo, en realidad, vivo en una aldea. Este pueblo, comparado con la aldea, parece Nueva York. Bueno, a lo mejor no tanto, pero casi. Aquí solo vengo al instituto, al hospital, a la biblioteca, a casa de mi tía a comer cuando por el turno de mi madre no puede recogerme del instituto… Vamos, a casi cualquier cosa menos a dormir. Por eso le digo mi pueblo, aunque la casa de mi familia esté en la aldea.
El caso es que, camino a casa, mientras dejamos atrás los edifcios «altos», noto el ligero tufllo de hortaliza y fruta demasiado madura. No es que esté podrida, pero sí en ese estado en el que los alcoholes empiezan a aparecer y ya no hace tanta gracia echársela a la boca. Quizá a los monos de los documentales, sí. Esos que en la India van buscando estas frutas demasiado maduras con las que se cogen unas cogorzas realfooder de la leche. Pero a poca gente conozco que diga de emborracharse comiendo patatas viejas y tomates pasados. Así que miro hacia atrás y allí está, el cubo de restos de las cosechas que de vez en cuando nos dan para las gallinas. No sé por qué he terminado por cogerle manía a ese olor. Quizá por eso me gusta comerme cualquier cosa que salga de una planta verde y cuanto más ácida, mejor.
—¿Qué tal el día? —comenta de pronto mi madre.
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—Como todos, supongo —digo mirando por la ventanilla, desde donde puedo ver a David perderse con la bicicleta por una zona nueva de chalets. Qué raro. No sé muy bien qué va a hacer allí, lo que me extraña, porque nos solemos contar todo. Al menos, todo lo que se puede contar… ¡Qué narices! Todo.
—¿No ha pasado nada? —insiste incrédula, como si mi vida fuese una montaña rusa de sensaciones y experiencias nuevas cada día. Supongo que esto es algo normal con todas las madres y padres en general.
—Pues no, mamá. He ido al instituto, a comer a casa de la tía, a ver a David entrenar para hacer tiempo, y ahora…
—Termino con un ademán que usaría al presentar cualquier producto cutre de la Teletienda.
Me doy cuenta de que, quizá, esto último lo he dicho demasiado seco, y mi madre, que piensa que no la estoy viendo, se me queda mirando preocupada. Puede que, en el fondo, yo también esté un poco preocupado, aunque no lo quiera admitir. Mañana, se supone, por fn me quitarán la maldita escayola y me dirán si está todo bien o no… otra vez. ¡Qué ganas! Pero, si os soy sincero, me da miedo pensar que voy a tener que estar aquí sentado toda mi vida.
A medida que el coche avanza por una carretera comarcal, dejamos atrás campos de olivos, huertos y, cada vez más, terrenos llenos de matojos y árboles marchitos descuidados. Ya sea porque se van a la ciudad o sus dueños son muy mayores, o han muerto, y sus hijos no quieren hacerse cargo, lo cierto es que cada año hay menos gente y todo esto se echa a perder más rápido. Yo creo que, aunque quisiera, no podría hacerme cargo de uno de estos bancales olvidados, plagados de surcos en la tierra seca, que me recuerdan a enormes cicatrices abiertas. Al pensar en ello, todavía me dan más pena. Es estúpido, porque son trozos de tierra, pero no puedo evitarlo. Aunque entiendo
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que la gente se marche en cuanto pueda. Aquí, o te pasas el día en el campo, o no hay mucho más que hacer.
Por fn, llegamos a los límites de la aldea, en la que una vieja iglesia de ladrillo caravista amarillo nos da la bienvenida. Nosotros vivimos en la calle principal, que tampoco es decir demasiado porque apenas tiene una docena. Todas las casas son iguales, también de ladrillo caravista, con dos alturas y un gran patio trasero que, en nuestro caso, sirve para meter varios coches y tener un corral.
Damos la vuelta a la calle, para meter el coche por el patio, y vemos que la puerta está abierta. Miro el reloj, las 18:38, temprano para lo que suele ser una jornada de mi padre.
Mi madre aparca junto a la furgoneta Peugeot Partner, también blanca, aunque ahora ya amarillenta, de mi padre, que apenas levanta la vista al vernos entrar. Parece muy concentrado revisando la malla metálica del corral donde tiene unos cuantos pollos y gallinas. Me doy cuenta de que en una de las paredes hay algo cubierto por una tela. Solo se deja ver, en la parte baja, lo que parece la rueda deshinchada de una bicicleta. Mi madre se va a poner contenta con otro trasto más rondando por aquí.
Ella, que ha bajado del coche, le dice algo a mi padre que no acabo de entender. Él agita la cabeza para decirle que no y veo como la cara de mi madre se descompone por un momento, antes de volver a mirarlo como si no pasara nada. Ella, que siempre ha sabido llevar el mal humor crónico de mi padre, le da un beso en los labios.
Cuando mi madre vuelve al coche y abre la puerta, le acompaña la silla de ruedas, que deja junto a mí. Otra vez transbordo. Es un coñazo, sobre todo porque, si quiero ir a alguna parte, siempre me tienen que llevar ellos. En mi casa los planes sorpresa y la discreción son dos cosas que no existen.
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Mi madre permanece a mi lado, controlando por milmillonésima vez el proceso. Llevo toda la vida haciendo esto y aún no se fa de que pueda pasar de un asiento a otro sin caerme, la verdad que yo ya…
—¡Cuidao! —suelta alarmada cuando ve que una de las manos se me escurre, haciéndome perder el apoyo en la silla.
Rápido, consigo sujetarme al reposabrazos sin llegar a caerme, aunque por los pelos.
—Ya está, yo puedo —contesto tranquilizándola y haciéndome el indignado, como si no me hubiera asustado ni un poquito. Mentira.
Mi madre, sin decir nada, se echa un paso atrás y se queda observando cómo termino de sentarme. Parece uno de esos jugadores nerviosos en la banda, que van de un lado a otro, esperando impacientes a ser llamados al partido. Vale, a lo mejor exagero, pero me gusta imaginármela así.
—Ricardo, ahí atrás te he dejado cosas para los pollos —dice mi madre a mi padre. Él asiente y termina de enrollar un poco de alambre sobre una zona rota de la malla, ayudado con unos alicates. Cuando da por concluido el trabajo, deja los alicates en el suelo y se pone en pie, sacudiéndose el polvo de las manos.
—Hola —me saluda al pasar a mi lado—. ¿Todo bien? Asiento con la cabeza. Con él me pasa que termino siendo
muy parco en palabras. Creo que en cuanto diga algo nos vamos a poner a discutir. No sé si os pasará a vosotros, pero siempre tengo la sensación de que voy a decir lo contrario a lo que debo, así que opto por no decir nada.
—¿Y eso? —pregunta mi madre señalando la bici cubierta por la tela. Por cierto, bastante mugrienta, ahora que la veo más de cerca.
Mi padre se encoge de hombros. Ahora es cuando ella le echa la bronca para decirle que saque ese trasto de ahí, que ya tiene el
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corral lleno de cosas, que… Pero no. Sonríe y él le devuelve una sonrisa, tímido. Alucinante.
Antes de la cena, voy a mi habitación a hacer algunos deberes de clase. Mi cuarto está en la planta baja, muy cerca del salón. Por razones obvias no está arriba, aunque me gustaría, parece lo lógico. O, al menos, así lo parece en las películas estadounidenses. Aunque aquí ya os digo que eso no vale. Arriba lo que hay son cámaras que utilizamos para guardar semillas, aperos de labranza, colgar a secar el embutido… Así que, como veis, lo lógico en mi aldea es que todo esté como está, porque es lo más útil. Y tampoco es que mi habitación tenga nada especial dentro de sus cuatro paredes, imagino que igual que la mía serán las de millones de adolescentes: una cama, un escritorio, libros, un mueble con ruedas con la PlayStation, una tele y algunos pósteres de pelis y animes. También tengo un corcho con algunas entradas de cine y fotos. En casi todas salgo con David. Ya desde pequeños parecimos conectar y eso me extraña, porque él podría juntarse con quien le diera la gana, pero, mira, decide pasar el tiempo conmigo jugando a la Play y haciendo el idiota en general.
No sé el tiempo que llevo sentado frente a la mesa del escritorio y no consigo concentrarme más de dos minutos seguidos en el problema de trigonometría que tengo delante. Hay un montón de cables, cosenos y senos… No hagáis el chiste fácil, por favor. Pero es que no dejo de pensar en lo que me dirán mañana. No es la primera vez que me enfrento a esto, pero antes de la última operación me vendieron la moto de que podría ser la última. La última vez que me veo sobre una camilla, vestido solo con una bata de hospital. La última vez que alguien, a quien no conozco, me pone una mascarilla transparente en la boca y me dice que respire, haciendo una cuenta atrás desde diez. Siempre me ha agobiado la sensación de esa mascarilla. Tanto, que más de una vez han tenido que
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pincharme los tranquilizantes en vena. La última vez que me duermo mientras observo desvanecerse el conjunto de lámparas sobre la mesa de operaciones. La última vez que alguien me abre la carne y juega con mis huesos y mis ligamentos mientras yo ni siquiera sueño, o, si sueño, no lo recuerdo al despertar. La última vez que me dejan una marca en la piel que tendré que ver el resto de mis días y que seguro hará que cada vez sea más difcil que alguien se me acerque.
El sonido de la calle me devuelve a la habitación. Ya lo que faltaba. Ha venido otra vez el pesado del skate a pegar saltitos. Fastidiado, hago rodar la silla hasta la ventana y allí lo veo, con sus pantalones rotos, la camiseta de Linkin Park y el pelo rizado y revuelto, como si acabara de salir de un pajar. Sin problemas, pasando la tarde como un saltimbanqui con su tabla de ruedas ruidosas. Haciendo trucos y saltando bordillos. Quién pudiera.
—A cenar, Eloy —avisa mi madre desde el comedor.
—¡Voy! —contesto sin pensar y veo que el skater escandaloso mira hacia aquí, al escucharme contestar a mi madre.
Apresurado, cierro la ventana. Parezco idiota. Ahora va a pensar que estaba espiándolo todo el rato. De verdad que soy lo peor.
No tengo demasiada hambre, siento el estómago cerrado. Así que me dedico a jugar con los trozos de pechuga de pollo empanado en el plato. Al fondo, puedo escuchar las noticias que siempre siempre hay que ver mientras estamos cenando. A no ser que haya partido. Si hay partido lo primero es el fútbol.
—¿Las clases bien? —pregunta mi padre sin quitar el ojo de la última encuesta del barómetro del CIS. Corrupción, paro, inmigración y jubilación. En ese orden. Cada vez que la veo me pregunto para qué las hacen. Quiero decir, si al fnal todo sigue igual y cuando quieren cambiar algo, lo más mínimo, todo el mundo se echa las manos a la cabeza como si fuera la primera
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señal del fn del mundo. Pues a mí, si es el Apocalipsis y no hay zombis ni aliens, que no me esperen.
—Sí, bien —digo de forma escueta. Ya sabéis, a menos palabras, menos oportunidades de meter la pata.
—Aquí cada uno se preocupa de lo suyo —agrega él, no sé muy bien a quién—. Del campo, nadie. Aquí solo quieren venir
«a pasar unos días» —imposta la voz con cierto desprecio—. Luego están aquí y les molesta todo. Que si el gallo canta muy temprano, que si huele a estiércol, que si no llega bien el interné
—remarca sarcástico.
Cambia de canal. Porque una cosa es lo que empezamos a ver y luego, otra muy distinta, lo que vemos hasta el fnal, que suele ser nada. A mi padre lo que le gusta es ver cachitos de cosas en la tele. Sospecho que es alguna estrategia para que nos aburramos pronto de verlo zapear y nos vayamos a dormir, con el objetivo de poder quedarse un poco tranquilo. Algún día haré algo para comprobar mi teoría.
Cuando termina de cambiar y deja un programa más de cinco segundos, resulta ser una de esas series en las que todos viven en un bloque de pisos y cada uno está más desquiciado que el anterior. En pantalla, aparece un tipo joven con ropa de colores llamativos y muy ajustada. Se mueve de forma amanerada, exagerando con mucho artifcio cada uno de sus movimientos, y, cada segundo que paso mirándolo, me hace sentir más incómodo.
Un hombre mayor, vestido con unos pantalones grises y un jersey grueso y oscuro, entra en escena. Me recuerda un poco a mi padre. En el semblante serio, sobre todo.
—¡Policía de la moda! Por favor, que se lleven a ese hombre, que ha dejado su gusto en la UCI —dice con gracia el hombre joven en pantalla.
Se escuchan las típicas risas enlatadas y miro a mi madre, que sonríe divertida viendo en la escena cómo pasan varias
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amigas del chico y se llevan al señor mayor, que pone cara de no entender nada. En cambio, cuando miro a mi padre, mientras vuelve a zapear hasta dejar los deportes, lo veo serio, ausente, y me hace sentir raro. Como si hubiera hecho algo mal. La verdad, no lo entiendo. Últimamente no me entiendo ni yo.
—¿Vendrá David? —pregunta mi madre, pillándome desprevenido y sacándome de mis pensamientos.
—¿Eh? —respondo aún embobado, antes de procesar la pregunta.
Mi padre nos mira de reojo, haciéndose el distraído, y cambia de canal… otra vez. Ojalá hubieran puesto un medidor de audiencias aquí. Los hubiera vuelto locos al sacar las estadísticas.
—¿Pues tú qué crees, Helena? —interviene, dejando claro que es lo más obvio del mundo.
Creo que a mi padre le molesta que David y yo pasemos tanto tiempo juntos. No entiendo por qué. Él también está muy raro, mi padre, digo. No es que esté más serio que de costumbre, que ya es difcil, es que parece que todo lo que hago sea algo de lo que me tenga que avergonzar, arrepentir o disculpar.
—Que si va a venir David el sábado —repite mi madre, haciendo caso omiso del comentario de mi padre—. Por hacer algo que le guste.
—A mí ni se te ocurra hacerme hamburguesas o guarradas
de esas —advierte él, al que lo más moderno que le gusta comer es un bocadillo de panceta.
—Tranquilo, que usarás cuchara —sentencia mi madre—.
Muchacho, qué agonía con los pucheros.
Mi padre vuelve a mirar la tele, ignorando el comentario, y mi madre me hace una mueca burlona que me saca una sonrisa. Creo que ella es la única que sabe cómo manejar a su marido.
—Pues no sé. Sí, supongo —aclaro al fnal.
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Entre esto y los nervios de mañana no tengo muchas más ganas de seguir comiendo. Así que dejo los cubiertos a un lado y aparto un poco la silla para marcharme a mi habitación a escuchar algo de música que me ayude a dormir.
—¿Ya? —pregunta mi madre—. Te has dejado casi todo. —Ya… Guárdamelo para mañana. Me duele un poco la
cabeza —miento.
—Pues no te estés ahora con la pantallita —advierte mi padre. Yo asiento.
—Buenas noches —termino y me marcho.
En mi habitación, paso de la silla de ruedas a la cama, donde estoy deseando meterme y cerrar los ojos mientras escucho algo de música. Quizá Sufjan Stevens o Tom Odell o un grupo que encontré por casualidad y que ahora no sé por qué no puedo dejar de escuchar, Savage Garden. Tiene ya algunos años, pero escuché una canción en una peli y ahora no me la saco de la cabeza. Aunque, si lo pienso bien, mejor que no. Son un poco moñas y necesito algo que sea más alegre, que siempre hago igual: yo mismo le pongo banda sonora al drama. Creo que voy a seleccionar un aleatorio en Spotify y con suerte escucho algo nuevo que no me parezca una mierda.
Comienzo a bajarme los pantalones, para cambiarlos por el pijama, y la pernera se me queda atascada con la escayola. ¡Qué ganas de quitarme esto ya de encima! ¿Lo he dicho ya? Mientras lucho por desatascar el pantalón, escucho un golpe en la puerta de la habitación al que no me da tiempo a responder, ya que mi madre entra en lo que se tarda en estornudar. Debería haber sido piloto de F1 o, mejor, ninja. Por instinto, me tapo la entrepierna.
—Adelante —suelto con sorna.
—Trae —dice mi madre sonriendo mientras se acerca para ayudarme con el pantalón.
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—Ya te he dicho que puedo solo —contesto un poco cansado de tener que estar repitiéndolo una y otra vez. Quiero hacer las cosas solo, no puedo estar dependiendo siempre de todos.
—¿Ahora te da vergüenza? Si te he visto mil veces desde que
la tenías así —apostilla señalando con el pulgar la última falange del meñique de la misma mano.
—Joder, mamá, que sí, pero quiero acostumbrarme a
hacerlo yo, por si… —dejo la frase en el aire, pero ambos sabemos que es por si mañana no recibimos buenas noticias y tengo que seguir así otro año o para siempre. La idea me pesa como una losa. De repente quiero que se vaya y estar solo otra vez, para ponerme la música más deprimente que encuentre a todo volumen. Ya no me parece tan mala idea Savage Garden.
Mi madre se sienta a mi lado y, sin decir nada más, tira con suavidad del pantalón; este sale tan fácil que casi me hace sentir estúpido por lo inútil que soy a veces. Mientras lo dobla y se levanta para dejarlo sobre la silla del escritorio, mi móvil vibra encima de la mesilla de noche. Lo miro de reojo, pero no llego a cogerlo porque ya tengo a mi madre de nuevo sentada junto a mí en la cama, con la típica sonrisa de «A ti te pasa algo, porque soy tu madre y lo sé. Así que me quedaré aquí plantada hasta que me lo cuentes o te haga sentir incómodo, hasta que me canse y me vaya para intentarlo mañana de nuevo» . Es casi invencible cuando se pone así.
—¿Qué? —digo seco, sintiendo también un poco de culpa por hablarle así. A veces somos estúpidos pero con mayúscula, cursiva, negrita y subrayado.
Mi madre, en lugar de enfadarse, sonríe más y consigue hacerme sentir incluso más incómodo. Así que echo mano del móvil para disimular, pero, antes de poder ver nada, ella me agarra la mano que me queda libre. Noto el calor que desprende, pero también la aspereza de su piel, de trabajar en la cooperativa, en el campo y en casa.
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—Va a ir bien —dice, segura de sus palabras. Mucho más de lo que yo puedo estar—. Lo sabes, ¿no?
Yo no puedo hacer otra cosa que encogerme de hombros mientras doy vueltas al móvil en la mano, agachando la mirada para que no vea la duda y, sobre todo, el miedo refejado en mi rostro. Mi madre me coge con suavidad por la barbilla y me levanta la cara, hasta quedar mirándola de nuevo. Sonríe, y la sonrisa es de comprensión, pero también de confanza. No sé cómo puede estar tan segura de que todo va a ir bien. Apostaría la Play a que solo lo hace por animarme y que en cuanto salga por esa puerta estará tan asustada como yo. Pero se lo agradezco.
—Intenta descansar —me dice tras darme un beso en la frente y levantarse de la cama.
Estoy girando el móvil para comprobar quién me ha escrito cuando observo a mi madre junto a la estantería, dejando una estampita.
—Mamá… —digo con fastidio al ver a un tipo semidesnudo atado junto a un árbol y lleno de fechas. En realidad, toda esta historia de la religión es bastante macabra si lo piensas bien. Luego se quejan de que me gusten las pelis de miedo, pero, joder… esto también da cosa verlo.
—¿Qué pasa?
—Sabes que me dan mal rollo.
—Qué mal rollo ni qué nada —dice como si fuera la mayor tontería de la historia—. Esto era de la abuela, seguro que te da suerte.
Yo ya no sé qué hacer, así que pongo los ojos en blanco incapaz de seguir con la discusión y, por fn, miro el móvil para comprobar quién es.
¿Quién va a ser? David. Si mejor que esto nos saldría tener un par de walkie-talkies. De niños nos compramos unos con lo que pudimos ahorrar entre los dos, pero eran una mierda y no
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tenían apenas alcance. Solo conseguíamos pillar las conversaciones de algunos camioneros que pasaban de vez en cuando por la carretera, cerca de casa, y que no éramos capaces de entender. Ahora recuerdo algunos fragmentos y, joder, lo que nos hubiéramos reído saboteándolas.
23:12. David:
La próxima vez que te vea, hacemos esa carrera. A ver quién es el lento.
Sonrío al leer el mensaje y me doy cuenta de que mi madre sigue ahí, mirándome y sonriendo. No, no en plan peli de miedo, sino como quien se queda tranquilo por haber hecho bien su trabajo.
—Buenas noches —se despide y sale cerrando la puerta tras de sí. Aunque aquí ya veis que entre tener puertas cerradas y no hay una sutil diferencia que en la vida diaria da lo mismo.
—Hasta mañana —respondo mecánico mientras tecleo un mensaje para David.
23:13. Yo:
Verás tú, fantasma.
Me pongo los auriculares y me acuesto mientras observo el «Escribiendo…» en la pantalla del móvil. Estoy cansado, pero, aunque me gustaría poder dormir ya, creo que la noche se me va a hacer un poco larga.
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No sé la de veces que he estado en esta habitación y me sigue pareciendo igual de irreal que siempre. Pintada de un blanco impoluto, con armarios acristalados también blancos y llenos de botes, jeringas, vendas y todo tipo de material médico. Con ese olor a antiséptico que inunda cada rincón. Yo estoy en el centro de la estancia, sobre una camilla, cómo no, blanca, y con una fna bata de hospital, que parece de plástico, abierta por la espalda. Me han dejado llevar debajo los calzoncillos, menos mal. Llega una edad en la que a uno no le apetece ir enseñando la hucha.
Mi madre, sentada en un extremo de la habitación, espera a que un enfermero con una sierra quirúrgica termine de cortar la escayola de una de mis piernas. Si os estáis preguntando en qué se diferencia una sierra normal de una quirúrgica, os lo diré: en el nombre. Por lo demás, no tengo ni la más remota idea; hace el mismo ruido al serrar, da el mismo miedo y, por lo que parece, debe de cortar lo mismo. Quiero distraerme hasta que termine evitando imaginarme que se le va la mano y me da un tajo en la pierna. Eso ya sería lo que me faltaba. Por ahí viene Eloy Patapalo.
El sonido de la sierra se detiene y, ayudado por unas tijeras en forma de L, el enfermero termina de cortar la escayola. Al abrirla, queda a la vista una pantorrilla delgada y llena de polvo
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blanco. En el empeine y en la parte interior del pie se distinguen unas zonas amarillentas por los restos del yodo, atravesadas por líneas de puntos negras que dibujan unos caminos zigzagueantes, como si de un reguero de hormigas se tratase.
Impaciente, trato de mover un poco el pie estirándolo y contrayéndolo. Apenas se tensa la piel bajo los puntos, siento centenares de alfleres clavándose a la vez sobre todos y cada uno de los orifcios de sutura. Miro a mi madre, que, con un guiño, intenta transmitirme cierta tranquilidad desde su silla, pero el sonido de la sierra me avisa de que debo estarme quieto otra vez si no quiero que me hagan un surco extra sobre la piel.
Aún con la bata de hospital, permanezco tumbado en otra camilla. Esta vez, en la sala de consultas. Me observo las piernas, ahora limpias. Parece que sigo torciendo el pie izquierdo hacia el interior. La desviación es casi imperceptible, pero no para mí. El derecho da la impresión de estar perfecto. Bueno, perfecto estaría de no ser por todas esas cicatrices que continúan hinchadas. Me recuerdan un poco a cuando mi madre hace relleno de lomo y lo ata con hilo bramante. Bueno, vale, a lo mejor exagero, pero acabo de verlas bien y son mías. Así que las describo como quiero. Solo espero que con el tiempo se disimulen un poco más.
Con cuidado repaso las otras cicatrices, las más antiguas, que se han quedado conmigo para siempre. Unas larguísimas, de hace algo más de un año, a lo largo de cada tendón de Aquiles, y otras, más cortas, de cuando apenas tenía cinco, sobre las rodillas. Todas sobresalen un poco, formando una especie de columna vertebral, de un color diferente al resto de la piel, más rosadas y rugosas. De cintura para abajo parezco el monstruo de Frankenstein. En las piernas, quiero decir, mal pensados. Relieves que no llegan a un milímetro de grosor que me recuerdan cada una de las veces que he pasado por el
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quirófano para, después, tener que escuchar que hay que esperar, que tenemos que volver a operar, que es un camino largo, que paciencia. Estoy de la paciencia hasta los mismísimos.
En su escritorio blanco impoluto la doctora Peralta, mi traumatóloga, estudia concentrada unos papeles que no alcanzo a ver. Es bastante joven para llevar tantos años tratándome, yo diría que tendrá unos cuarenta y cinco. No se lo he preguntado, pero lo parece. Aunque tampoco soy muy bueno con eso de las edades. Tiendo a pensar que todos son mayores de lo que son. Supongo que será en venganza, porque todos suelen pensar que yo soy más pequeño de lo que soy. No soy tan alto como David y tampoco tengo aún sombra de barba. ¿Y qué? En todo caso, la doctora siempre me ha parecido bastante guapa, tanto como seria. Me la puedo imaginar impartiendo órdenes implacables a sus subordinados, aunque es posible que cuando no la veamos cuente chistes de Chiquito y le guste la festa más que a un tonto un lápiz. Yo qué sé. La gente siempre me sorprende con estas cosas.
Mi madre, que está frente a ella, la mira con curiosidad e impaciencia. Casi la misma que yo, se lo noto. Pero, por mucho que ella pueda ver los informes y las radiografas y yo no, le va a dar igual. Porque se va a enterar de lo mismo.
Cuando la doctora se levanta, tanto mi madre como yo alzamos la vista como niños de colegio viendo entrar al profesor, en ese momento en el que todavía lo consideras un ser superior, antes del instituto, claro. Coloca las radiografas de ambos pies sobre el negatoscopio y ahí está… Nada. No entiendo nada. Sombras de luz difusas sobre una base oscura que me resultan indescifrables. Podrían ser esos dibujos que salen en las películas, cuando van al psiquiatra, y que, dependiendo de lo que veas, te dicen si estás más o menos chalado, que yo creo que vería lo mismo.
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La doctora saca un bolígrafo del bolsillo de su bata y señala la imagen de uno de los clavos que me han puesto en el pie. Sé que es eso porque es lo único recto que se ve en la radiografa y como ese, hay tres más. Todos perpendiculares a las cicatrices de esta última operación.
—Todo parece estar correcto —dice repasando con la punta del bolígrafo las cadenas de huesos adyacentes a los clavos.
Miro a mi madre y ella me devuelve una sonrisa de alivio. Por fn buenas noticias. No espero ponerme a correr ya, pero, joder, qué ganas.
—Habrá que esperar a ver la respuesta de los tejidos, pero las articulaciones parecen estar bien. La alineación es correcta
—continúa y se acerca hacia mí—. A simple vista, mira —le dice a mi madre, que se acerca unos pasos con interés.
Me coloca la punta fría del bolígrafo sobre la parte interior del pie y lo arrastra muy suave, haciéndome cosquillas sobre la piel. Intento aguantar sin moverlo para que no me tiren los puntos, pero me cuesta. Mi madre, por su parte, se gira mirando la escena sin terminar de comprender. Me encanta cuando pone esa cara de circunstancias, con los ojos fjos y asintiendo. En el fondo está pensando: «No tengo ni idea de lo que me estás diciendo, pero hago como que sí», que es muy parecida a cuando pone su cara de «Paso de lo que me estás diciendo, aunque tú creas que te estoy escuchando» .
—No se aprecia una desviación pronunciada ni signos de anomalías, más allá de los tejidos que faltan por cicatrizar. Queda una ligera infamación en las zonas suturadas que irá remitiendo.
La doctora vuelve a su silla y yo me incorporo, bastante emocionado, la verdad, ante la expectativa de lo que estoy escuchando. Sé que no me tengo que hacer ilusiones, que luego te dan un zasca en cuanto te descuidas, pero es que necesito hacérmelas.
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—Entonces, ¿ya?
La doctora me sonríe y mi madre y yo nos miramos, sonriendo también. Al menos, hasta que veo entrar al enfermero con una especie de prótesis de plástico negro. ¿Veis lo que decía del zasca?
—Esto es un walker, con él puesto podrás ir apoyando, siempre con la ayuda de muletas.
La sonrisa se me borra, a mi madre no. A ella nunca.
Paciencia.
—Y siempre con mucho mucho cuidado.
Mientras el enfermero se acerca y me coloca uno de los walkers sobre la pierna derecha, la doctora continúa escribiendo en el teclado de su ordenador.
—La semana que viene lo traes y vemos cómo evoluciona —le dice a mi madre, levantando la vista y sin dejar de escribir en el teclado—. Si todo va bien, en un par de semanas retiraremos los walkers.
—¿Y las curas? —pregunta mi madre.
—El procedimiento es el mismo que las otras veces. Tú las
puedes hacer en casa. Los puntos no, claro. Eso, aquí —aclara la doctora—. Y si surgiera cualquier imprevisto me llamas a mi consulta y te busco un hueco. No hace falta que pidas cita en el hospital.
Mi madre está a punto de decir algo, pero la doctora se adelanta.
—Tranquila. Me llamas, sin coste. —Aunque mi madre lo da como bueno, no termina de estar convencida del todo—. Vosotros mejor que nadie sabéis cómo van ahora las listas de espera.
El enfermero acaba de ponerme los walkers y, con las órtesis negras y gruesas, termino por parecerme a un otaku cutre de Gundam. Ahora sí, ahora sí que se van a cachondear bien de mí.
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Cuando llego a casa, no me apetece hablar con nadie, así que voy a mi habitación y me pongo un videojuego en la consola. El más violento que tengo. No es que sea una persona agresiva, pero necesito cualquier cosa que me distraiga para no pensar en que tengo que estar dos semanas pareciéndome al Robocop de una película cutre de Bollywood. Así que me dedico a matar zombis a diestro y siniestro con la música lo más alta que puedo soportar con los cascos puestos. Si mi padre escuchara el volumen se le saldrían los ojos de las órbitas y le estallaría la cabeza. Pero la verdad es que a mi padre le da igual el volumen que tenga nada. Sea cual sea siempre dirá: «Bájale a eso» . Aunque eso signifque que los murciélagos ya no puedan utilizar su ecolocalización.
De pronto, alguien me apoya la mano en el hombro, sobresaltándome. Me giro como una exhalación, con el corazón en la boca del susto, y veo, sonriendo de oreja a oreja, a David.
—Bueno, bueno, bueno… —comienza burlón.
—Tío —protesto con fastidio quitándome los cascos. Estaba haciendo un zombicidio en toda regla y ahora me van a devorar las entrañas. Menuda mierda.
Consigo resistir un rato más apretando los botones frenético, mientras me curo y ataco como un desquiciado. De manera digital, se entiende. Entro a toda prisa en el salón de una casa abandonada mientras, poco a poco, porque son zombis y no infectados, me rodean haciendo una pequeña melé a mi alrededor; deseando, con sus ojillos de reanimados, despedazarme.
—¡Hostia, pero si eres un Transformer! —me suelta guasón David, haciendo saltar de nuevo mi concentración.
En este punto, no hago otra cosa que, sin volverme, hacerle una peineta al idiota de mi amigo, momento que los zombis aprovechan para confrmar lo inevitable. Mi destino es
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terminar devorado por un montón de no muertos con un GAME OVER bien grande en la pantalla.
Con fastidio, dejo el mando sobre la cama y me vuelvo hacia David, mientras, desde fuera, llega el sonido de unos rodamientos sobre el asfalto.
—No te cabrees, que te lo he dicho en plan bien. En realidad, molan mucho.
—No veas lo que molan —digo resignado mientras miro a la ventana, intentando ver al pesado del skate a través de las cortinas—. Por cierto, ¿qué hacías? Me estaba aburriendo.
Con un encogimiento de hombros a modo de respuesta, David se quita la mochila de la espalda y saca un montón de libretas.
—Pues, mira, para que no te aburras. Hay de todo. Formulación, derivadas… Mandanguita de la buena —dice guasón.
Ojeo las libretas por encima y siento una pereza terrible, así que las lanzo sobre la cama, lejos. No me apetece agobiarme con eso ahora.
Ayudado de la silla me acerco a la ventana y descorro un poco las cortinas. Ahora sí que puedo ver al chaval del skate deslizándose sobre la tabla con ruedas. Va de un lado a otro, surfeando sobre el asfalto. Debe de ser divertido, la verdad.
De repente, el skater da un pequeño salto apoyándose sobre el monopatín, que hace girar sobre sí mismo y, a la vez, reorienta ciento ochenta grados. Bueno, casi, porque al caer no termina de girar y pisa mal sobre el lateral, lo que provoca que pierda el equilibrio y, ¡zas!, costalada contra el asfalto.
—Vaya un pringao —dice David a mi espalda, que ha acudido también a cotillear a la ventana.
Me mira con una sonrisa maliciosa, pero, no sé por qué, no me apetece reírme al ver al skater ahí tirado, con la mano sobre el costado. Se ha tenido que hacer bastante daño.
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De súbito, este nos mira, como si hubiera presentido que había alguien aquí. Me incomoda que sepa que lo estoy mirando. Voy a decirle algo a David para disimular, pero mi amigo ya no está a mi lado, sino junto al escritorio, escribiendo algo en una hoja de papel. Cuando termina, se acerca con un enorme diez escrito en el folio, que adorna con una sonrisa socarrona, y se lo muestra al chico del monopatín a través de la ventana.
Si las miradas matasen, la que nos acaba de regalar el chico al levantarse, sacudiéndose el polvo, nos fulminaría de inmediato. David ensancha, satisfecho, aún más su sonrisa, y yo… yo no sé dónde meterme.
—Muy fipado me parece este para vivir aquí —rompe el silencio David mientras veo al malhumorado skater montar en su monopatín y salir rodando del lugar de su humillación.
Con una sensación rara, entre desasosiego y culpa, me giro y veo el montón de libretas. No puedo evitar que se me escape un suspiro al pensar en lo que tengo por delante.
—¿Una partida? —sugiero esperanzado de que pueda olvidarme un rato del mundo real.
Con un nuevo GAME OVER en la pantalla, suelto un bostezo y se me ocurre mirar el reloj del móvil. Es casi la una de la mañana y no me he percatado del tiempo que llevamos acribillando hordas de zombis. Es algo que nunca he podido evitar. Cuando me concentro delante de la pantalla con un juego, el que sea, el tiempo se me escurre entre los dedos; ya sea echando partidos, disparando, evaluando tácticas de asalto o lo que sea que requiera el reto en cuestión.
—Abrimos esto —propongo agotado a David, en referencia a la cama sobre la que estamos sentados.
Es una de esas estructuras que tiene otra cama debajo del somier. Al extraerla se levantan las patas plegables y quedan ambas a la misma altura. Solo tenemos que acercar la tele en el
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mueble auxiliar con ruedas y ya tenemos montada nuestra sala de esparcimiento. Admito que no es tan glamurosa como las que salen en los programas de reformas, en las que dos gemelos se hacen cargo de un desastre de casa y, con un dineral, que aquí valdría para comprar un palacio, la reacondicionan con madera y pladur. Eso sí, luego llega un huracán y ahí van los «Madre mía» y los «No me lo esperaba». Mi abuela tenía un dicho: «El creique y el penseque son amigos del tonteque».
—Se me están cruzando los ojos ya —le digo a David, que no parece darse por aludido.
—Tengo una idea mejor —me responde con un brillo malicioso en los ojos que no me gusta un pelo.
Dejando el mando a un lado, David se va hacia el ordenador mientras lo miro intrigado por saber qué narices se le ha podido ocurrir a la una de la mañana. Desde ya os digo que nada bueno, no es su estilo.
—¿Qué haces? —pregunto a su espalda y sin poder ver lo que está maquinando en el ordenador, cuya pantalla acaba de encender.
—Shhh, calla —me ordena igual que lo haría con un niño—.
Ya verás qué bien.
Un móvil vibra y los dos echamos mano del nuestro. No sé ni por qué lo hago porque está claro que no es para mí. Cualquiera que ahora quisiera enviarme un mensaje está bajo el techo de esta casa. David lo lee, sonríe bobo, escribe algo rápido y lo vuelve a guardar.
—¿Quién es a estas horas? —pregunto intrigado.
David no me contesta y comienza a teclear. Me echo a un lado para poder ver la pantalla del ordenador.
—Vamos, no me jodas —susurro un grito al ver lo que hay escrito en la barra del navegador.
David, complacido, se vuelve para lanzarme una mirada traviesa. En la pantalla comienzan a aparecer decenas de
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ventanas con las previsualizaciones cargándose de vídeos porno de toda clase. No puedo evitar girarme, inquieto, para echar un vistazo a la puerta de la habitación, que sigue entreabierta. Recojo la muleta, apoyada a los pies de la cama, y me ayudo con ella para cerrar la puerta, rezando por no haber hecho demasiado ruido.
—¿Qué buscamos? —me dice pícaro.
—Yo busco llegar a los dieciocho —respondo nervioso—. Tú, por lo visto, que me maten hoy. Bueno, a los dos.
—Que me maten, que me maten… ¡Vive un poco!
No se me ocurre nada más que decirle que intentar no asesinarlo, que lo haría si no fuera más fuerte que yo.
—David, a ver cómo te lo digo. Que aquí entran a lo loco.
Parece mentira que no lo sepas.
David, por su parte, como si no fuera con él la cosa, se encoge de hombros y se vuelve.
—Uhm… MILF, tríos… —sigue como si nada—. ¿Qué es lo que más te pone?
Permanezco callado porque la verdad es que no sé lo que me gusta. Nunca me he parado a pensarlo, siempre he sido feliz con lo que tenía aquí. Jugando a la consola, haciendo el payaso con David. Así que no tengo muy claro qué responder.
—Di lo que sea, que a mí no me vas a asustar —insiste mientras juguetea con los dedos sobre el teclado, haciendo ruiditos con las teclas que no llega a pulsar.
De manera inconsciente, mi mirada se desplaza hasta David, deteniéndose sobre el perfl de su cuello. Quizá esta sea la primera vez que me fjo en lo suave que parece la curva que lo describe, tan lisa y tersa. Con la piel dorada por los entrenamientos al sol y salpicada por una hilera de pequeños lunares de circunferencia perfecta. ¿Cuántos tendrá? Podría…
—¡Nurses! —dice emocionado, volviéndose de repente y sobresaltándome.
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Avergonzado por no sé muy bien qué, aparto la vista, notando el calor subirme a las mejillas. Experimento la misma sensación que tendría si me hubieran pillado infraganti colándome en un lugar en el que no debería estar. Esto ha sido raro. No sé a cuento de qué ha venido. ¿Se puede saber en qué estaba pensando?
David, por su parte, teclea rápido, y una nueva sucesión de miniaturas, con sus respectivos previos, aparece frente a nosotros. En ellos se muestran chicas disfrazadas de «enfermeras cachondas».
—Así, la próxima vez que vayas al hospital —añade David mientras desplaza el cursor por la pantalla, intentando decidir qué vídeo será el afortunado—, te las imaginas y…
Se escuchan un par de golpes leves y rápidos sobre la puerta y, en lo que dura el aleteo de colibrí, esta se abre y aparece la silueta sonriente de mi madre, a la que miro con los ojos desorbitados. Horrorizado, veo como poco a poco le va demudando el gesto y me giro a toda prisa en dirección a la pantalla del ordenador, rezando por que no la pueda ver desde allí.
—¿Que aún estáis así? —dice y me doy cuenta de que lo que está mirando no es el ordenador, cuya pantalla está en negro, sino la televisión donde se ve el juego de la consola en modo pausa, aún con las letras de GAME OVER.
Alterado, me toco el cuello, como si estuviera calentando para vete a saber qué, en un intento ridículo por disimular. David, junto al ordenador, sonríe con cara de inocente.
—Apagad la máquina ya, que os preparo la cama y me voy a
dormir —continúa mi madre, ajena a todo lo que estaba ocurriendo hace tan solo unos segundos.
—¡Qué manía, mamá! —suelto más nervioso que otra cosa. Pero es verdad que un día se llevará un susto por abrir las puertas así. Si está cerrada será por algo.
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—¿Qué manía de qué? —me dice ella como si no supiera de sobra a lo que me refero—. Anda, levanta, que abramos esto.
Mi madre llega junto a la cama y yo subo los pies al colchón para que pueda coger la estructura plegada bajo esta. Los walkers no pesan tanto como la escayola, pero aun así me cuesta levantar las piernas. Estoy que doy pena. En cuanto me quiten esto me pongo a hacer deporte.
—No te preocupes, Helena —dice David con mirada de chico bueno y sonrisa de hiena—. Ya lo hago yo.
—Si no me preocupo, si es que no me acordé de ponerle…
—explica tirando del mecanismo y sacando la cama—. ¡Anda! Pues sí que tiene sábanas. Mejor.
David ayuda a mi madre a terminar de sacar la cama y, entre ambos, estiran las sábanas hasta que quedan tersas. Que digo yo, ¿para qué? Si ahora mismo vamos a deshacer todo.
Mi amigo me hace gestos con la cara al mismo tiempo que intenta aguantarse la risa. A mí, lo único que se me ocurre es fulminarlo con la mirada. ¡Fulmineitus!
—Te mato —vocalizo sin dejar escapar el más mínimo sonido.
—¿Con una manta irás bien o saco otra? —pregunta mi madre, que no se está enterando de nada. Gracias a Dios, Buda, Sauron o Cthulhu.
—Sobra —responde este anormal, aguantándose la risa—.
Soy un tío duro.
—La cara es lo que tienes dura tú —responde mi madre dándole un beso de buenas noches.
David me guiña el ojo y me señala con una mirada su entrepierna. Yo de verdad que lo mato. Mi madre ya de espaldas, ajena a sus tonterías, me da otro beso en la mejilla.
—Que descanséis —se despide—. Y no hagáis mucho ruido, que tu padre ya está acostado.
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Por fn sale de la habitación, cerrando la puerta al marcharse, y yo puedo dejar de contener el aliento y volver a respirar tranquilo. Ha faltado poco.
—¿Te imaginas que abre la puerta y…? —dice David, que comienza a mover la mano cerrada frente a su entrepierna y simula masturbarse.
—Para, anda. Si nos llegan a pillar te mato, lo sabes, ¿no? —le advierto.
David pone otra de sus caras; esta vez la de «Lo dudo». Ahora que me fjo, siempre está poniéndolas. Es una especie de Jim Carrey de pueblo con su rostro de plastilina.
De repente, por los altavoces del ordenador empieza a escucharse a todo volumen un sinfn de gemidos, resuellos y resoplidos.
—¡Oh my god! —exclama entre jadeos una voz femenina que o se lo está pasando muy bien o la están torturando de mala manera.
—¡Hostia! —Se vuelve David a toda velocidad en dirección a los altavoces. Apresurado, consigue apagarlos y, aunque han pasado apenas un par de segundos, a mí me ha parecido toda una eternidad. Paralizado, me quedo mirando con pavor hacia la puerta y lo único que soy capaz de pensar es: «No te abras, no te abras, no te abras».
—¿Habéis dicho algo? —dice mi madre desde el pasillo.
Siento como la sangre huye de mi cara. Debo de estar lívido. Junto al ordenador veo a David llevarse la mano a la boca para aguantarse la carcajada y eso me hace ganar un poco de color. Lo adoro, pero… ¡uf!, qué paciencia.
—¡Nada, mamá! —Y carraspeo un par de veces, para conseguir hablar sin que parezca que vuelvo a cambiar la voz.
Escucho que los pasos de mi madre se pierden al otro lado del pasillo. Tratando de pillar a David por sorpresa, echo mano de la almohada de mi cama y se la lanzo con toda la fuerza que
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soy capaz. Por desgracia tiene bastantes refejos y la atrapa a medias, antes de que le impacte de pleno en la cara.
—Ni se te ocurra pegarle a un tullido —le advierto muy serio.
David, con la almohada en la mano, se acerca negando con la cabeza. Amenazante.
—Sabes que no puedo… no hacerlo —suelta mientras recapacita un instante sobre lo que dirá a continuación. No sé qué estará pasando por su cabeza, pero soy incapaz de averiguar dónde quiere ir a parar—. Que eso sería discriminación.
La almohada sale disparada hasta impactarme en la cara. En mi caso, mis refejos son algo peor que lamentables. Esforzándome por salvar algo de dignidad, adelanto la mano frente a la cara y le hago una peineta. David sonríe y se encoge de hombros, a medida que se acerca, con una sonrisa de medio lado que no me termina de gustar. Cuando está a mi altura, me coge el dedo.
—Te vas a enterar —me advierte en tono burlón.
Jugando, comienza a retorcerme el dedo y, de broma y entre risas, empezamos a forcejear.
—Como pase mi padre tú sí que lo vas a fipar —respondo mientras trato de pellizcarle un pezón. Si os estáis preguntando si ese es mi mejor movimiento os diré que sí. Para mí es el contraataque mortal. El ataque defnitivo. Mi Fatality. Que nadie os pille un pezón y os lo retuerza, a no ser que… Bueno, que sí.
—¡Oooh! Ya está aquí míster pellizquitos —se burla David—. ¿Qué eres, una nena?
Forcejeando, termino por quedar acostado bocarriba sobre la cama y David subido sobre mí, lo que hace que empiece a ponerme nervioso. Tenerlo tan cerca hace que salte algún tipo de alarma interior.
—Va, tío, quita —le digo más serio.
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David, que no hace ni caso, me inmoviliza los brazos a los lados mientras está sentado de cara a mí, en la parte alta de mis muslos. Muy cerca de la entrepierna. Yo intento desasirme, pero no tengo las fuerzas sufcientes y, por raro que parezca, tampoco sé si me apetece mucho. Empiezo a sentir cierta… comodidad. David me mira serio y, poco a poco, va acercando su cara a la mía, a la vez que aprieta su cuerpo contra el mío. Noto su calor y el pulso se me acelera.
—¿Qué haces? —le digo mirándole a los ojos e intentando controlar la respiración. Ahora sí que me estoy poniendo nervioso. No tengo ni idea de lo que pretende.
No aparta la mirada y, cuando tiene su cara a menos de un palmo de la mía, se detiene. Tengo el corazón a mil y no sé por qué. Estoy nervioso, pero a la vez no quiero estar en otra parte. Siento como si estuviera conectado a la luz y diminutas descargas se paseasen por mi sistema nervioso.
David sonríe y, antes de que pueda hacer nada, se acerca más y me pasa la lengua por la cara igual que lo haría un perro agradecido con su dueño. De abajo arriba y lleno de babas. Mi amigo sonríe victorioso a la vez que se aparta un poco para contemplar su obra, y, ahora sí, queda sentado sobre mi entrepierna.
—Tíooo… —digo—. Pero qué puto asco.
Forcejeo para quitarme las babas, pero David sigue sin soltar su presa, manteniéndome inmovilizado.
—¿No te gusta cómo besan las vacas? —me dice socarrón.
—Más bien eres un cerdo —puntualizo.
Continúa sonriendo y, al fnal, me contagia. Sin embargo, noto algo que no anda bien o, quizá, anda demasiado bien. Una parte de mí está cobrando vida propia y David no tardará en advertirlo. Más que nada porque está sentado justo encima.
—Va, tío, quita —le pido con urgencia.
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—¿Quieres otro? —pregunta todavía con ganas de jugar y espero, por favor, que sin percibir lo que está pasando ahí abajo.
Me acabo de empalmar y no sé cómo hacer para quitarme a David de encima antes de que se dé cuenta. Así que, mientras pienso algo, echo atrás la cadera lo más sutilmente que puedo, rogando por que no se percate del movimiento. Intentando dejar el mayor espacio posible entre su entrepierna y la mía. Estoy comenzando a agobiarme de verdad.
—En serio, David, quita…
Él, que sigue con su cachondeo, se vuelve a acercar y presiona su cuerpo contra el mío, sin que yo pueda hacer nada más por evitarlo. Estoy asustado y excitado y no sé qué hacer, porque si no está notando que ahí abajo pasa algo no va a tardar en hacerlo y si lo está notando entonces es que…
—¡Ah! —grito desesperado y en un susurro, para no despertar a mis padres.
David se queda cariacontecido y aprovecho para, con un empujón de cadera, incorporarme un poco y hacer que mi amigo aparte su cuerpo del mío. Ambos nos quedamos mirando, yo con la respiración acelerada y las manos sobre mis partes para que no se note la erección, y David confundido, sin saber muy bien qué acaba de suceder.
—¿Qué pasa? —pregunta preocupado.
—Me has dado en los puntos, tío —miento y, por fn, consigo limpiarme las babas de la cara con ayuda de la camiseta.
—Joder, perdona —se disculpa, turbado—. ¿Estás bien?
¿Necesitas que haga algo?
Yo me quedo muy serio y, al darme cuenta de la reacción grave de David, no puedo evitar apiadarme de él. En realidad, se lo tiene merecido porque siempre está de cachondeo y pocas veces se convierte en el objetivo de las bromas de otros. Me gustaría seguir alargando la inocentada, pero soy malísimo y termino por romper a reír.
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—¡Serás mamón! —me dice indignado David, aunque aliviado—. Con el susto que me has dado.
Nos miramos sonriendo.
—Pero podría haber pasado —subrayo.
—Capullo.
David se sienta a mi lado y ambos nos quedamos callados. No sé qué estará pasando por su cabeza, pero parece que ahora está muy lejos de aquí. Yo, por mi parte, no puedo dejar de darle vueltas a lo que acaba de suceder. O sea, seguro que ha sido por el contacto. No sé, a veces pasa. Tu cabeza por un lado y la entrepierna por otro. Pero lo que tengo claro es que no estaba pensando en nada ni remotamente sexual. Ha empezado a cobrar vida sin que yo pudiera evitarlo. Esto es lo que menos me gusta de ser un chico. No debería tener vida propia. Deberíamos poder controlar nuestro cuerpo, digo yo.
Comienzo a tener sueño y creo que lo mejor es que nos vayamos a dormir y no darle más vueltas a nada. Aunque no sé si podré después de lo que acaba de ocurrir.
Me quito uno de los walkers para ponerme el pijama y voy a echar mano del segundo cuando…
—¿Me dejas verlas? —pregunta David volviéndose hacia mí y señalando mis piernas.
No sé qué decirle. En verdad no me apetece nada. No es algo que me guste ir enseñando. Siempre tiendo a pensar que si a mí me causan rechazo, no quiero imaginarme a los demás. También ocurre que, ahora mismo, después de lo que ha pasado, me da vergüenza quedarme en calzoncillos mientras me analiza las piernas delgaduchas. Solo faltaba que aquello comenzara a hacerse notar otra vez.
—Es solo curiosidad —continúa David, intentando tranquilizarme al ver la duda refejada en mi cara.
—Que no, tío —digo con algo menos de convicción de lo que me gustaría.
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—Va… —insiste—. Si no pasa nada. De verdad.
Me quito el otro walker y dejo ambos apartados junto a la cama. No creo que sea una buena idea pero, para que deje de mirarme con esa cara de perro apaleado que sabe poner tan bien, accedo a hacerlo. Con cuidado, destapo una de las gasas del pie, bajo la que se oculta una de las hileras de puntos negros sobre la carne rosácea y apretada del empeine. La verdad es que este no ha sido el mejor de sus trabajos. Me va a costar hacerme a la idea de que tendré esto aquí de por vida.
David se queda mirando la cicatriz con el defciente zurcido y acerca la mano dispuesto a tocarla. Justo antes de que yo empiece a retirar el pie, se detiene.
—Qué grima… —suelta como si nada.
Aparto el pie, molesto, y vuelvo a tapar la cicatriz. Ahora sí que me ha tocado las narices. Es justo lo que necesitaba oír, y más, de él.
—Va, tío, no te rayes —intenta animarme—. Son heridas de guerra. Seguro que a las tías les ponen.
—Seguro —contesto mientras saco el pijama de debajo de la almohada.
Me cambio en silencio, sin ganas de seguir hablando ni un segundo más. Apago la luz, me meto bajo las sábanas y me doy la vuelta para quedar de manera premeditada de espaldas a David. No obstante, antes de girarme, he visto su cara de arrepentimiento. Seguro que no sabe ni por qué estar arrepentido, pero sabe que la ha cagado. Él es así y odio eso porque ahora me siento mal doblemente. Por un lado, por ser un muestrario de diferentes tipos de zurcidos, y, por otro, por hacerlo sentir mal al hacerme él sentir mal a mí. Qué asco todo.
Cuando me tranquilizo un poco, me giro otra vez para tratar de decir algo que nos haga olvidar el pequeño episodio incómodo de hace un momento, y ahí lo veo, con los ojos cerrados y respirando tranquilo. Parece la criatura más en paz
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del mundo, y no me extrañaría nada que ya estuviera dormido, en modo hibernación. Menuda envidia. Tiene una capacidad para quedarse frito como y cuando sea que no es normal. Me gustaría tener ese botón on / of.
—David —susurro.
Silencio.
—David —repito un poco más alto esta vez, y hago que mi amigo se rebulla en la cama.
—¿Uuuhm? —deja escapar a modo de respuesta.
Ahora soy yo el que se queda en silencio. No creo ni que le haya dado importancia a lo de antes, con lo que resuelvo dejarlo tranquilo, mientras lo observo así, respirando en calma. ¿Pero qué me ocurre?
—¿Qué paaasa? —prosigue medio dormido, sin abrir los ojos siquiera, al notar que no termino de decirle nada.
—Buenas noches —articulo por fn.
—Buenas noches —responde con un suspiro, arrastrando las palabras.
Esta vez es David quien se da la vuelta, y yo me quedo mirando cómo su torso se ensancha y se encoge de forma acompasada. Tiene una espalda ancha y fuerte. La palabra protección me viene a la mente al observarlo con calma. Allá donde empiezan los hombros hasta el cuello, la curva se hace suave y…
Ya está bien. Necesito dormir.
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Hoy es mi primer día de rehabilitación. Han pasado un par de semanas desde que me quitaron las escayolas y ahora, por lo visto, me toca pasar dos tardes a la semana en una especie de gimnasio paralímpico dentro del hospital, junto a otros afortunados a los que la vida ha decidido sonreír. Nótese el sarcasmo.
Doy gracias de que, al menos, la persona que me ha tocado como fsioterapeuta es maja, porque solo me faltaba un entrenador de fútbol frustrado. Pero no, es todo lo contrario a eso. Se llama Alicia y es joven, bastante guapa, agradable y pausada. Debajo de la ropa se intuye alguien fuerte y dedicado al deporte. Sin embargo, no hace uso de su fuerza, sino que, cuando manipula mis piernas, lo hace de manera frme pero con delicadeza. Si David estuviese aquí, estaría todo el día embobado, más si le estuviera tocando, aunque fuera con un palo de por medio o con un láser y a distancia. Le hace falta poco. A mí, pues me cae bien la chica.
En uno de los boxes de la sala, separados por paredes paneladas, permanezco sentado sobre una camilla, descalzo y con pantalones cortos. Agarro cada extremo de una banda elástica con una mano. A la mitad de su longitud, la empujo adelante y atrás con el metatarso del pie derecho. Se supone que así fortaleceré el tobillo, pero la verdad es que me molesta cada
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movimiento. Dentro de la multitud de operaciones que me han ido haciendo se incluye el estiramiento de los tendones de Aquiles y, aunque fue hace ya más de un año, me siguen molestando. Los médicos me dicen que es normal, porque aún no he trabajado sufciente las articulaciones ni la musculatura. Sin embargo, también me dicen que es probable que tenga que convivir con esas molestias toda la vida. Me da igual, siempre que termine caminando.
—Sufciente —me dice Alicia con una sonrisa—. Ahora, túmbate.
Y eso hago. Me tumbo bocarriba y ella, con cuidado, me coge el pie derecho, que apoya sobre su hombro izquierdo. Con una mano lo sujeta y con la otra me sube la pantorrilla hasta que mi pierna forma un ángulo recto.
—Ahora quiero que empujes hacia mí —me pide—. Muy poco a poco.
Comienzo a empujar y apenas la desplazo. Mientras redoblo los esfuerzos para intentar moverla, me fjo en el gesto relajado de su cara. Ni siquiera parece esmerarse en oponer resistencia. Así que hago un último intento por amor propio, y nada. Solo consigo ponerme rojo como un tomate y notar un pinchazo en el tendón. Mierda.
—Ya está bien por hoy —dice Alicia, al verme el gesto de decepción.
Con cuidado me baja la pierna y yo aprovecho para tomar aire. Frustrado, aprieto las mandíbulas.
—No te preocupes, poco a poco.
Pero sí que me preocupo. Claro que lo hago. Me queda muchísimo camino que recorrer. Ahora no sería capaz de sostenerme en pie por mí mismo y, después de tanto tiempo en una silla de ruedas, ¿cómo voy a hacerlo?
Al salir de la sala de rehabilitación, mi madre me está esperando sentada en el recibidor. Le he dicho que no entrase.
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Prefería estar solo, porque no soporto que me miren con pena y mi madre a veces lo hace. No la culpo, no quiere que su hijo lo pase mal, pero eso me deja la sensación de que tiene pena de mí y me compadece. Y esa sensación es una mierda.
Ya son más de las diez y media y mi madre y yo estamos sentados a la mesa, cenando. Hemos estado esperando a mi padre casi una hora, pero parece que la asamblea con los miembros de la cooperativa y la asociación de agricultores se les ha ido de las manos.
De fondo, escuchamos a uno de esos presentadores de programas de entretenimiento en prime time. Este, por lo visto, se cree periodista y se dedica, en su mayor parte, a hacer chistes de caca, culo, pedo, pis; ridiculiza a todo aquel que no piensa como él y ríe las gracias a los que sí lo hacen. A mi madre le encanta, por cierto.
Y es después de uno de esos chistes sin gracia del presentador, con las risas forzadas del público de fondo, cuando escuchamos la puerta de la calle abrirse y vemos a mi padre entrar en casa.
—Ya no esperáis a nadie —dice él al asomarse, medio en broma medio en serio.
Tras abandonar la chaqueta sobre uno de los sofás del salón comedor, se deja caer en su silla, donde ya tiene plato, vaso y cubiertos.
—¿Qué ha pasado? —dice mi madre levantándose en dirección a la cocina.
Mi padre coge el mando y cambia el canal de la televisión sin preguntar a nadie, como ha sido siempre desde el principio de los tiempos. Ya os he dicho que eso de hacer zapping es algo que le apasiona. Ya pueden estar anunciando que los extraterrestres han llegado a la tierra o que una invasión zombi avanza hacia nosotros, que su momento de saltar de programa en programa, de historia en historia, lo tiene que hacer. Sobre todo, si no hay
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ni noticias ni fútbol a la vista. Hoy parece que no tiene muchas ganas y, después de «solo» un par de minutos, deja el Canal
Castilla-La Mancha, donde —¡oh, sorpresa!— emiten una película de Paco Martínez Soria. Nada más hablar el susodicho, mi padre sonríe por una broma que no entiendo mientras se sirve un vaso de vino.
Mi madre vuelve con un plato humeante de potaje, que deja frente él, y se sienta para continuar con la cena. Mi padre mira el plato dando un trago largo al vino.
—Ya podías hacer conejo alguna vez, que se te va a olvidar la
receta —sugiere él con retintín, y comienza a comer afanoso del plato.
Mi madre y yo nos miramos cómplices porque sabemos que ante cualquier cosa que haya para comer o cenar siempre habrá un comentario de «¿Gazpacho?, pues podrías haber hecho ensalada», «¿Ensalada?, a ver cuándo haces gazpacho», «¿Por qué no haces potaje, que siempre cenamos sopa?». Es así y mi madre lo acepta tal cual, con una sonrisa. A veces es ella la que le pincha. Bueno, casi siempre. Creo que ambos lo tienen a modo de extraño juego de rol. Sí, es raro, pero, si son felices así, yo no voy a ser el que se lo diga.
—A ver si le crían a la Jimena —responde mi madre.
Mi padre resopla al oír el nombre y se lleva otra cucharada de potaje a la boca.
—¿Me vas a decir qué ha pasado? —insiste, intrigada. —Nada, otra reunión —responde él, quitándole importancia
y cambiando de canal varias veces hasta dejar un partido de fútbol de segunda división—. Mira que trote llevan… —dice a nadie en concreto.
—Eso ya lo sé, pero ¿ha pasado algo? —vuelve mi madre un poco cansada de los balones fuera de mi padre. No es normal que hayan tardado tanto y eso lo sé hasta yo.
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—Pues lo de siempre —contesta algo exasperado por la insistencia—. Que si no llueve, que a ver qué hacemos porque oliva no hay y con el tiempo que lleva así veremos cuando le dé por caer… Lo de siempre.
—Bueno, si no es con la aceituna ya será con otra cosa
—intenta animarlo mi madre.
—Ya sabrás tú —responde sarcástico.
Yo miro la conversación desde la barrera y veo a mi madre que comienza a mosquearse por el tono de mi padre. Él, por su parte, está perdiendo la paciencia por hacerle hablar de algo que no quiere y, además, durante la cena. Si pudiera desaparecer ahora mismo lo haría. Convertirme en vapor de agua y dejarme arrastrar por una suave brisa hasta llegar a mi habitación.
—Bueno, y no quiero seguir con el tema, que bastante he
tenido ya —sentencia él.
Los dos se miden, en silencio, hasta que mi padre vuelve a concentrarse en la comida. Mi madre hace lo propio y yo me relajo. Parece que la alerta roja por discusión ha pasado a una simple alerta amarilla.
—Eloy ha empezado hoy con la rehabilitación —comenta mi madre.
—Bien… —Mi padre cambia su foco de atención hacia mí y me tenso en la silla, como si algo que hubiera hecho estuviera mal—. Ahora, más vale que te esfuerces y pongas de tu parte.
De reojo, veo a mi madre mirarlo seria, analizando sus palabras con atención.
—A dónde llegues —continúa él— va a depender de ti y, si no te esfuerzas, dará igual ocho que ochenta. ¿Entiendes?
Yo asiento para darle la razón. No sé por qué le da ahora por decirme una obviedad así. Pues claro que dependerá de mí, ¿de quién si no? No hace falta que me lo siga recordando. Sobre
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todo después de la sesión de fsioterapia de hoy, en la que ha quedado claro que apenas he podido hacer nada.
—Aquí nadie te va a sacar las castañas del fuego —termina y se me queda mirando, esperando ver algo en mí que le haga saber que lo he entendido.
Vuelvo a asentir y mi padre, satisfecho, desvía la mirada hacia la televisión mientras apura su cena. Mi madre me mira y, poniendo los ojos en blanco, me hace un gesto cómplice que en cualquier otro momento me hubiera valido para tener que aguantarme la risa. Esta vez, en cambio, no es así. Porque sé que lo que ha dicho, aunque sea obvio y parezca un cortapega de frases hechas, es cierto.
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El autobús acaba de llegar a la parada de la aldea. Dos chicos más jóvenes que yo suben primero atropellándose y haciendo el tonto. Qué energías de buena mañana. Yo espero detrás armado con los walkers y las muletas. Por primera vez, he dejado la silla de ruedas en casa y voy solo al instituto. Mi madre quería esperar a que me subiera antes de irse a trabajar, «por si acaso», decía. A lo que dije: «Por si acaso, ¿qué?». Es subir a un autobús, ir sentado y llegar al instituto, para seguir sentado. Creo que a la profe de gimnasia no le hará falta ningún justifcante para ver que no puedo jugar al voleibol.
Mientras avanzo por el pasillo, intentando no darle a nadie con las muletas, veo que casi la mitad del autobús está ya ocupada por gente de otras aldeas y pueblos de los alrededores. Seguramente, la mayoría tendrá que hacer esto todos los días para llegar al instituto. A mí me cuesta apenas veinte minutos, pero hay quienes vienen de la sierra y tardan casi una hora en llegar cada mañana. Menuda pereza, la verdad.
—¿Y la bici? —pregunto sorprendido al ver sentado en el autobús a David, concentrado en escribir algo en su móvil.
Cuando no viene con nosotros en coche, casi siempre lo hace en su bicicleta. Tiene una manía rara a lo de montarse en autobús, que, ahora que subo por primera vez en él, comienzo a entender. No sé si será por el olor a adolescente después de
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gimnasia, cocinado a fuego lento, o por la cantidad de chicles pegados por todas partes, que no termino de cogerle el punto yo tampoco. No obstante, y a pesar de lo mucho que lo aborrece, aquí está mi amigo.
—Si quieres me levanto y me piro —me contesta socarrón, elevando la mirada.
Le sonrío y termina de escribir en el móvil. Aparta la mochila del asiento de al lado y, cuando llego junto a él, lo veo sonreír con despreocupación tras volver a mirar la pantalla del teléfono.
—Pensé que algunos días podría acompañarte —propone—.
Mientras no tenga que hacer nada en el pueblo.
—Odias los autobuses —le aclaro, como si él no lo supiera ya. David me sonríe encogiéndose de hombros. Acto seguido, teclea algo y aparece en su pantalla un vídeo de fails de
YouTube. El autobús cierra las puertas poniéndose en marcha. —Mira esto —dice acercando el móvil para ponerlo entre los
dos, con las cabezas muy juntas—. Es de vergüenza ajena.
El vídeo comienza a reproducirse cuando el autobús da un frenazo que hace que todos, sobresaltados, levantemos las cabezas para adivinar la causa. Las puertas se abren y vemos entrar al chico del skate, que viene con su mochila a la espalda, sofocado.
—Es que siempre la misma historia —le reprocha el chófer—. Al fnal me va a dar igual y te vas a quedar en tierra.
—Pringao —dice David por lo bajini mientras el skater atraviesa el autobús, clavándonos la mirada al reconocernos.
Al pasar junto a nosotros termino por desviar la vista. David, en cambio, no puede evitar retarlo hasta que el chico pasa de largo directo al fondo. Entonces, volvemos al vídeo del móvil, donde un tipo intenta bajar en bicicleta por una rampa de un par de pisos de altura y más empinada de lo que podría subir la mayoría escalando. Resultado: risas para nosotros y
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algunos puntos como mínimo para él. Esperemos que no llegue a ser candidatura a los Premios Darwin. ¿A quién se le ocurre?
El autobús se pone en marcha y salta una notifcación del WhatsApp en el móvil de David. Como si tuviera un resorte en la mano, se lo acerca para leer mejor el mensaje. Yo no puedo ver nada, pero debe de ser algo gracioso, porque está sonriendo bobalicón; de la misma manera que lo lleva haciendo últimamente cada vez que lee uno de esos mensajes.
—¿Quién es? —pregunto intrigado.
David no me dice nada y comienza a escribir un mensaje de vuelta. Yo me muevo un poco para ver si consigo divisar algo.
—¡Eh! —me advierte—. No me seas cotilla.
—Como estás ahí con la sonrisa tonta esa —le digo sin poder ocultar mi interés y cierta indignación por este secretismo absurdo.
—No me seas novia celosa —bromea.
—Tus ganas.
Será idiota. Novia celosa, dice. Con cuidado, miro a mi alrededor para comprobar que nadie ha estado atento a nuestra conversación. Solo me faltaba que alguien en el autobús nos hubiera escuchado y me tocara tener que estar desmintiendo un nuevo mote que me perseguiría hasta la universidad, como mínimo. El instituto es un noventa por ciento aparentar y un diez por ciento disimular.
En uno de esos vistazos veo al skater, sentado en los asientos del fondo, mirando hacia el paisaje a través de la ventana. Me pregunto qué pensará de nosotros ahora mismo. Seguro que nada bueno.
Un toque en el costado me advierte de que David ya ha terminado con su conversación privada y quiere retomar el vídeo de caídas y golpes donde lo dejamos.
Durante uno de los cambios de clase, en el trayecto que recorremos de un aula a otra, nos cruzamos con otros chavales
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de entre catorce y diecinueve años que van y vienen. Los pasillos son anchos, pero me cuesta caminar con las muletas con toda esta marabunta que se agolpa cada vez que suena la campana.
—Y no sé, tío, Alicia me dijo lo de la bici estática para que intentase ganar fuerza poco a poco, pero que fuera con cuidado. Puede que pronto me pueda quitar esto —le cuento a David sobre la última visita al fsio. Sin embargo, lo noto ausente, perdido en otras cosas que parecen rondarle la cabeza—. La hemos comprado de segunda mano y está más dura que el
demonio, pero bueno… —continúo resignado, imaginando que aún me escucha.
Veo a David con una sonrisa atolondrada mirar al frente. Hay tanta gente que no sé muy bien a qué o a quién está observando así. Pero cuando un par de chicas de nuestro curso, aunque de diferente clase, se cruzan con nosotros y David le mira el culo a una de ellas, por fn resuelvo el misterio. La anuladora de conciencia se llama Aitana, es un año mayor que nosotros y siempre va con vaqueros, zapatillas Converse y sudaderas dos tallas más grandes. Lleva el pelo corto y tiene carácter para domar a tres clones de David. La otra chica es su amiga Sara, algo más baja y un año más pequeña. Intenta imitarla en todo menos en el corte de pelo, que lleva largo y recogido en una coleta bamboleante a cada paso que da.
—¡Eh! —exclamo tratando de llamar su atención—. Tierra llamando a David. David, conteste, por favor.
—Que sí, tío. Que ya te he oído —me dice como si fuera verdad.
Me nota en la cara que no me lo creo y se encoge de hombros poniendo su sonrisa de no haber roto un plato en la vida. Qué mamón, siempre igual.
—¿Te vienes esta tarde a casa y hacemos algo? —pregunto dándolo por perdido.
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—Luego si eso me paso. Me ha salido una cosa y tengo que hacer unos recados.
—¿Luego si eso?, ¿unos recados? —repito atropellado, cansado ya de tanto misterio—. ¿Y cómo vas a volver si no te has traído la bici?
—Luego te cuento —me guiña un ojo, cómplice.
—Vale —acepto a desgana y un poco mosqueado. No entiendo a qué viene toda esta intriga. Siempre nos hemos contado todo.
Ya en casa, paso gran parte de la tarde sentado frente a mi escritorio, intentando concentrarme en unos ejercicios de química orgánica de lo más sugerentes. Este, por ejemplo:
«Escriba el nombre de los siguientes compuestos
orgánicos: CH3−CO−CH2−CH3, CH3−CH2−CH2−CH2OH, CHCl3, CH3−CH2−COOH y CH3−CH2−CH2−NH−CH3».
Estoy yo ahora como para saber lo que es una cetona o el cloroformo, si no sé lo que estará haciendo mi mejor amigo y el misterio que se trae entre manos. Tampoco sé por qué me preocupa tanto, no quiero ser un pesado de los que tienen que saber todo de todos, pero, joder, es David. Se suponía que no había secretos entre nosotros.
Cojo el móvil y, sin pensarlo mucho, escribo un mensaje.
19:37. Yo:
¿Qué tal vas?
Miro el móvil esperando ver un «Escribiendo…», pero nada. Son las 19:37 y la última hora a la que David se conectó fue a las
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17:43. ¿Le habrá pasado algo? Si al menos supiera qué está haciendo…, porque si le ha pasado algo no voy a saber dónde buscar o, mejor, qué decir a quien tenga que salir a buscarlo. Si dependiera de mí encontrar a alguien, apañados estamos.
Me giro en mi asiento y veo la bicicleta estática de color rosa pálido que ahora ocupa un lugar central en mi habitación. Como le iba diciendo esta mañana a David, sin que se enterase demasiado, Alicia, mi fsioterapeuta, me recomendó hacer ejercicio en bicicleta para ganar musculatura y fortalecer las articulaciones y ligamentos. Tanto tiempo en una silla no me ha convertido en un atleta precisamente. Así que mis padres se pusieron a buscar algo asequible. Al fnal, compramos una de segunda mano por Internet, que estaba «en perfectas condiciones». Lo que les faltó decir es «para tener veinte años». En fn, no me voy a quejar, es lo que hay. Ahora, se ha convertido en mi nueva compañera de cuarto y tenemos que llevarnos bien.
Desecho la idea de pedalear un rato. Lo que necesito en este momento es un poco de aire fresco. Resuelto, cojo las muletas, me coloco los auriculares del móvil y salgo de casa para ver el atardecer mientras escucho un popurrí de canciones de rock indie. Las calles están desiertas. Se nota mucho que acortan los días y, a pesar de que durante las horas centrales sigue haciendo calor, al caer el sol se empieza a notar el fresco. A mí me gusta esta temperatura, sobre todo cuando me pone la piel de gallina. Sin embargo, la mayoría de la gente que vive aquí es gente muy mayor que, cuando llegan estas fechas, a partir de las siete de la tarde se esconde en sus casas huyendo del frío. Estoy seguro de que si entrase en alguno de sus hogares, me encontraría a la mayoría alrededor de una mesa camilla con el brasero encendido.
Deambulo un rato por las calles de la aldea, que no es decir mucho, mirando lo iguales que son todas las casas. Es algo que
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ya sabía, pero, al verlas así, todas de golpe, me hace pensar que la gente que está dentro acaba por vivir vidas idénticas entre sí, como sus casas. Como si el lugar en el que uno nace te marcase el futuro para siempre. Pensar en ello me da un poco de miedo. Aunque creo que lo que más me produce es tristeza. No sé si más por ellos o por mí.
Un vecino, Rafael, me saca de mi ensimismamiento cuando, montando en bicicleta, se cruza conmigo y me saluda con un cabeceo. Vendrá del monte, a juzgar por la gavilla de esparto que lleva en el cestillo trasero. Es probable que aproveche el frío para hacer nuevas remesas de cestos, alfombras o lo que se le ocurra a base de anudar y trenzar el esparto. Alguien tendría que proponerle vender las piezas en Internet. Se sacaría una pasta a costa de los hípsteres de la ciudad y casi seguro que aceptaría. Tiene más de ochenta años y ahí está, subido en su bici vieja y destartalada, bajo un atardecer de otoño. Disfrutando de lo que le gusta y haciéndole una peineta a sus hijos, que quieren que deje de pedalear y se pase las tardes jugando al dominó, en el bar, y cuidando de sus nietos. Sonrío. Me cae bien Rafael. Puede que, al fnal, sea yo el que le proponga el negocio.
Cuando se terminan las casas, cosa que no tarda mucho en suceder, las calles continúan sus trazados, rodeando la aldea con sus farolas, papeleras y bancos, como si estuvieran esperando a que nuevos inquilinos vinieran a construir aquí sus viviendas para instalarse, algo que no pasa desde los noventa. Yo no había nacido, claro está, pero mis padres, cuando se ponen nostálgicos, me cuentan una y otra vez historias sobre aquella época, en la que familias de forasteros venían buscando un sitio nuevo para vivir y algo de tranquilidad. Aunque la mayoría acabaron por aburrirse al poco tiempo y dejaron las casas de segundas residencias, casi siempre para menos de quince días al año.
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En estas afueras, por llamarlas de alguna manera, busco un banco de madera en el que sentarme, lo más alejado posible de cualquier edifcio. Elijo el de siempre, uno junto a un olmo deshojado, y cierro los ojos notando el viento fresco en la cara, que me eriza la piel del cuello y los brazos, congestionados por el esfuerzo de caminar con las muletas. Subo la música.
¿Por qué David no me ha dicho dónde iba? El pensamiento me asalta así, sin más, sin ni siquiera pedir permiso. Suspiro intentando olvidarme del asunto y me agacho buscando algunas piedrecitas. Cuando ya tengo munición sufciente, me incorporo y apunto hacia una papelera en la acera opuesta. Estará a unos siete metros y es bastante ancha. Lanzo y… fuera. Otra vez. Os parecerá una estupidez, pero esta es una de mis maneras de poner la mente en blanco, de olvidarme de todo. Aire fresco rozándome la piel, una actividad monótona y música a todo volumen. «Método de meditación Eloy», lo mismo hasta lo patento.
Hoy no tengo el día, porque lo más que consigo, al terminar con una ronda de munición, es dar al aro de metal superior. Me agacho para coger nuevas provisiones de proyectiles y cuando lanzo… el chaval del skate, surgido cual aparición, pasa deslizándose frente a mí e interponiéndose en la trayectoria de la piedra hacia su objetivo. La piedra le impacta de lleno en el brazo y mi cerebro lo procesa todo a cámara lenta. Como si estuviera dentro de una película cutre de acción. Menos mal que al menos me ha ahorrado las tomas repetidas desde los diferentes ángulos. No me veo la cara, pero debo de parecer un memo con las mejillas rojas de la vergüenza, o lívidas por el susto, o las dos cosas. ¿Es eso posible? Mierda.
El chico pega un frenazo y, cabreado, me dice algo que no alcanzo a escuchar, con cara de querer partir la mía. Me saco los auriculares de los oídos.
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—Que si eres tonto —me repite con un ligero acento mexicano, y, esta vez, lo entiendo a la perfección.
—No te he visto —consigo articular ruborizado.
—Que no tendrás que hacer otra cosa que andar siempre jodiendo… —me dice antes de echar el skate a tierra y perderse con él, calle abajo.
Yo me quedo mirándolo con una sensación bastante importante de haber quedado como un idiota. No lo conozco y debería darme igual. Pero no quiero que piense que soy un gilipollas, y creo que es lo que piensa. No me extraña.
Ceno poco y rápido. Me apetece estar solo en la habitación, donde me subo a la bicicleta e intento pedalear un rato antes de dormir. El mecanismo está demasiado rígido y me cuesta mucho hacerlo girar. Será por la falta de uso de sus anteriores dueños y, también, porque sigo teniendo unas piernas endebles, a pesar de las dos semanas que llevo ya en rehabilitación. Necesito esforzarme más si quiero olvidarme de esto de una vez por todas.
Miro al corcho lleno de fotos, colgado de la pared, y me detengo en una en concreto en la que estamos David y yo sentados frente a una tarta llena de velas, cogidos de los hombros. Fue para mi último cumpleaños, el de los dieciséis, antes del verano. Al soplar ni siquiera pedí un deseo. Era todo perfecto así. Debería haber pedido eso, que no cambiara nada.
Saco el móvil y miro otra vez su última hora de conexión: las
23:47. Sin darme cuenta dejo de pedalear y me recuesto en el
manillar, pensativo. Preocupado.
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Hoy David no ha venido en el autobús, lo he visto ya en clase y apenas hemos hablado. Ha sido todo un poco raro, la verdad. Yo no quería seguir preguntándole dónde había estado y por qué no me contestaba para no parecer un loco, pero estaba deseando que me lo contara. Esta noche es viernes y se quedará en casa a dormir. Quizá ahí lo haga.
Busco a mi amigo con la mirada mientras espero el autobús en la marquesina, frente al instituto. El autocar aparece calle arriba y se detiene justo delante. Me vuelvo a girar tratando de localizarlo y ahí lo veo, hablando con Aitana y Sara. Por primera vez me da la sensación de notarlo algo cohibido mientras habla con alguien. Me aparto para dejar entrar al resto de chicos que esperan en la parada y levanto una muleta en el aire, intentando llamar su atención para que se dé prisa y no lo pierda.
David echa un vistazo fugaz hacia aquí y parece que, al menos, ha visto el autobús. Termina de hablar algo con las chicas, que se ríen de alguna de sus gracias y… Espera. ¿Qué está pasando? Aitana le da un pico a David y yo me quedo helado. Seguro que no ha sido un pico, están lejos y yo no puedo verlo bien. Vale, ahora sí. Se están comiendo la boca, con ganas. Al fn el misterio está resuelto.
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Jodido, me giro para dejar de mirar. ¿Por qué no me ha dicho nada? Me siento traicionado y ¿algo más? No, nada más. Nos contamos todo, nos confamos todo, y esto ¿por qué no? ¿Es normal que me sienta así?
Percibo como las muletas me incomodan más de lo normal. Cambio de posición y vuelvo a mirar en dirección a David, que, alegre, ya viene hacia aquí. Fastidiado y confundido, subo al autobús sin esperar a que llegue.
Una vez en su interior, dejamos en los asientos vacíos contiguos mis muletas, las mochilas del instituto y una bolsa de deporte que David trae consigo, y nos sentamos en los asientos de siempre. Él no para de chatear risueño a través del móvil. Lo miro de reojo y me siento como un idiota. Idiota por no haberme dado cuenta antes, idiota por saber que no confa en mí para contarme esto e idiota por sentirme traicionado y molesto por algo así. Debería estar feliz por él, sin embargo, no puedo.
Me pongo los auriculares y busco una lista en Spotify en la que haya el número sufciente de canciones tristes para que Ed Sheeran, Tiziano Ferro y Savage Garden se ruboricen. Lo vuelvo a mirar y escucho una risita tonta y nerviosa de David, que me irrita todavía más, así que subo el volumen del móvil hasta que no oigo más que la deprimente letra de una canción de Johnny Cash. Sí, lo sé, hago mezclas muy raras. Deberíais probarlo vosotros también.
Me quedo absorto, mirando por la ventana y pensando en lo triste que suena una canción escrita sobre algo que se ha perdido, siendo consciente de que no se va a recuperar jamás. David, por sorpresa, me arranca uno de los auriculares de la oreja y se lo pone en la suya.
—¿Toca moñas? —bromea. Sin embargo, no me apetece reírme. De hecho, ha conseguido enfadarme.
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Cojo de nuevo el auricular y, desganado, me lo coloco en la oreja. David, serio, se me queda mirando, intentando averiguar dónde está el problema.
—Venga, tío —vuelve—. ¿Qué pasa?
—Nada —contesto indiferente.
—Va, no me jodas, que te conozco, y cuando estás así es que algo te pasa.
No sé si abrir esta puerta o no, porque contarle que me siento jodido por no haberme comentado nada parece de niños pequeños, pero… es que es la verdad. No quiero que se lo tome a mal, aunque me gustaría que supiera que me fastidia que me tome por un idiota.
—Es que… —comienzo dubitativo, al tiempo de sacarme ambos auriculares de los oídos—. Pensaba que nos contábamos las cosas.
—Vale —comprende David—. Te lo quería haber contado antes, pero, yo qué sé. Se ha acelerado todo. Habíamos estado hablando y tonteando. Ayer nos liamos —se excusa— y se hizo tarde. Me tuve que volver con su bicicleta. Es más pequeña y no veas lo que me costó llegar a casa. Esta mañana he venido con
ella tamb… —David deja de hablar al darse cuenta de mi cara de «Ahora me importa una mierda lo que me cuentes».
Los dos nos quedamos en silencio. No sé si debo añadir algo más o quedarme con la boca cerrada, porque no hay nada más que decir. Es una explicación de mierda, pero tampoco esperaba mucho más, o, bueno, puede que sí esperase algo más. Aunque no sé muy bien el qué.
—Tío —continúa—. Me da mal rollo quedarme esta noche así en tu casa, la verdad.
Puede que tenga razón, aunque no quiero que nos vayamos a casa con esta sensación. No me gusta estar enfadado y menos con él.
—Pensaba que te alegrarías —sigue David, y parece dolido.
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—Y me alegro —miento—. Pero hubiera estado bien saberlo antes que… todo el mundo.
David extiende dos dedos de una mano y comienza a moverlos, simulando que son las pequeñas piernas de un hombre en miniatura, que camina por mi brazo.
—El bichito del amor me ha picado, me ha picado, me ha
picado… —canturrea haciendo el idiota mientras me sube la mano por el hombro—. ¿Quieres que te pique a ti también? —Me toca con una de las minipiernas en la mejilla.
Al fnal lo consigue y sonrío. Es un payaso. Para conservar un poco la dignidad, hago un gesto con el hombro intentando quitarme de encima a mini-David, y mi amigo, aliviado y más relajado, toma uno de mis auriculares y se lo encaja.
—Pero ponte algo más alegre —propone.
—¿El anillo pa cuando? —le digo de broma para pasar página del tema. Aunque yo no lo consigo del todo.
—¡Oooh! —Se lleva la mano a la cabeza haciendo los cuernos como si tocara madera—. Mal yuyu.
Reímos.
Una vez en casa, jugamos a la consola un rato. Bueno, vale, mucho rato. Y durante la cena volvemos a hacer las bromas de siempre. Solo con mirarnos explotamos a reír. Da igual por lo que sea. A mi padre eso le pone nervioso y se irrita porque no sabe de qué nos estamos riendo, a veces puede ser de nada en absoluto. Mi madre, a la que le da igual de lo que nos riamos, se contagia enseguida y, entre los tres, acabamos dándole la cena a mi padre. Puede que sea por eso por lo que no le guste que venga David a casa, o, simplemente, porque no le gusta la gente. Un día quizá se lo pregunte.
Mientras mi madre y David preparan las camas en la habitación, yo me doy una ducha. Cuando no puedes sostenerte en pie solo con las piernas, no es una tarea fácil esto de ducharse uno mismo. Tengo que hacerlo como los ancianos,
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sentado en un taburete dentro de la ducha. Fuera, donde estoy secándome, tengo otro para poder cambiarme con seguridad. Me encantaría poder contar los días que me quedan para caminar, pero, por desgracia, no se puede marcar en un calendario, como quien marca la Navidad o las vacaciones de verano, cosa que hago nada más comenzar el curso. Una cuenta atrás hacia la libertad de las vacaciones.
Aquí, sentado, me veo las cicatrices de todas y cada una de las operaciones que he tenido que sufrir desde que tenía dos meses. Por supuesto, de las más antiguas no me acuerdo, aunque, a veces, no sé si porque me lo han contado o porque sí que se me quedó algo impreso en el cerebro, tiendo a soñar con gente en bata, en el quirófano, siendo yo muy pequeño, intentando ponerme una vía, sedarme o colocándome los sensores para un electrocardiograma. Cosas que de más mayor he vivido de manera diferente. No sé, ellos me dicen que no puede ser que me acuerde de nada y supongo que será verdad. Pero esas imágenes están ahí cada vez que las reclamo.
Con cuidado, me acaricio el relieve de las cicatrices de las rodillas. La idea de encontrar a alguien, como ha hecho David, se me antoja muy lejana mientras desciendo hasta las costuras de los talones. ¿Quién querría estar con alguien así? Noto el tacto de la piel suturada en línea recta. Si yo mismo me veo horrible con todas estas marcas, ¿cómo podría creer que alguien no me vea igual? Rozo con suavidad el tejido rosáceo, ya sin puntos, de las marcas de los pies. Por no hablar de qué pasaría si no consigo deshacerme de las continuas operaciones, las muletas y la puñetera silla de ruedas. No quiero ser una carga constante para mis padres. Ni para nadie.
Desanimado, me levanto ayudándome con la muleta. El espejo queda justo enfrente de mí, empañado con el vapor del agua de la ducha. La imagen que me devuelve así es la de una
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silueta emborronada y deformada por el vaho. Justo tal y como me siento en este preciso momento.
Cuando entro en la habitación, David está tumbado sobre la cama supletoria, chateando con el móvil. En silencio, cierro la puerta y dejo las muletas junto mi cama, donde me tumbo mirando al techo, intentando deshacerme de la sensación de soledad y pesar que yo mismo me he autoinfigido.
Noto que el tecleo de David se detiene y se vuelve hacia mí, mirándome con los ojos brillantes y una sonrisa que parece imborrable.
—¿Qué? —pregunto un poco a desgana.
—Es que es… —Suspira emocionado y, estirando el brazo hasta donde me encuentro, me estruja uno de mis escuálidos pectorales, como si lo hiciera con un pecho de Aitana.
—¡Quita! —le digo molesto. Aunque, en el fondo, no pueda evitar sonreír por la payasada, me hago el indignado cuando me lo quito de encima.
David coge la almohada y me golpea con ella en la cara. Me da en el ojo, lo que no ayuda a mi estado de ánimo.
—No me seas arisco —me advierte.
—Eres idiota —le contesto de mal humor, frotándome el ojo irritado por el ataque de almohada.
—Estás raro —tantea David, que no me quita la vista de encima. Incómodo, me giro para mirar hacia el techo de nuevo—. ¿No te cae bien Aitana?
Me encojo de hombros. No me gusta por dónde va esta conversación.
—Si es cojonuda, de verdad. Hasta hace las mismas coñas. —No es eso. —Suspiro, cansado del tema. No quiero hablar
más de Aitana. Ni ahora, ni con él.
—¿Entonces?
—Que de verdad que no me pasa nada. No te rayes —trato de calmarlo, para ver si se cierra el tema de una vez y nos vamos a
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dormir. Ahora solo quiero dormir y olvidarme de todo esto.
David, resignado, se gira y mira al techo también.
—Si tú lo dices —se aviene con escasa convicción.
Consigue hacerme sentir culpable por no ser sincero con él, pero ¿qué le digo?: ¿que me siento traicionado?, ¿que me duele que no me haya dicho nada?, ¿que no quiero perderlo?, ¿que creo que me…?
—Creo que me he enamorado. —Suspira de forma teatral y noto una daga invisible que me atraviesa el estómago. Siempre pensé que un dolor así lo sentiría en el corazón, pero a mí me duelen las tripas. Como si un gnomo se hubiera metido dentro y estuviera jugando a conectar mal todo ahí abajo.
—¿Cómo lo sabes? —articulo a duras penas.
—Déjame el brazo —me pide espontáneo.
—Ni de coña. —No me fo un pelo y no tengo el humor para que me haga alguna de sus bromas.
—Trae, que no muerdo —me apremia y, aunque la experiencia me dice que no debería hacerlo, al mirarlo a la cara veo una franqueza que no estoy acostumbrado a reconocer en el rostro de David.
Accedo, receloso, a estirar el brazo hasta mi amigo y él lo agarra por la muñeca, sin hacer fuerza, solo para mantenerlo recto de cama a cama. Con cuidado, me acaricia la parte interna del antebrazo, arriba y abajo, tan suave que parece el tacto de una pluma. Sutil. Noto un leve rozamiento con la estela de calor que deja su contacto a cada paso y siento los poros contraerse, poniéndome la piel de gallina. Nervioso, trago saliva. Me remuevo un poco turbado al ver la reacción involuntaria de mi cuerpo, que no puedo controlar. No obstante, a un tiempo, me siento a gusto, en paz.
—Pues lo mismo pero en el estómago —me dice David con una sonrisa clara, sin dejar de acariciarme una y otra vez el antebrazo.
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Un poco avergonzado, retiro el brazo. Lo hago sin brusquedad y también sin ganas. Me gustaría estar así horas, pero sé que solo sería peor. Peor para mí.
—¡Qué romántico! —Intento sonar chistoso y no dolido y desorientado, que es como me siento.
Me giro y, en silencio, apago la luz de la pantalla. Aun estando de espaldas y a oscuras, puedo notar la mirada preocupada de David posada en mí. Puede que quizá solo sea mi imaginación, aunque no lo creo. El mundo da vueltas a mi alrededor. No debería pasar nada de esto. A mí no.
El dormitorio está sumido en la oscuridad. No sé el tiempo que ha transcurrido desde que apagué la luz de la pantalla, acabando la conversación con David para irnos a dormir, pero desde entonces no dejo de mirar el techo, ausente. Me encantaría poder hacer un viaje astral y salir de mi cuerpo a pasear en el frío de la noche. Flotaría sobre el suelo y no tendría que utilizar muletas. Sabría con certeza que nadie volvería a abrirme la piel con un bisturí, ni a atornillarme los huesos. Pero no soy capaz de conseguirlo. Ni eso, ni tampoco pegar ojo.
Me giro y, gracias a la escasa luz tamizada que entra de la calle a través de las cortinas, veo a David dormir tranquilo. Sereno. Cierro yo también los ojos y me arrebujo entre las sábanas, dispuesto a imitarle, en un último esfuerzo por perder la conciencia. Escuché en algún lugar que es bueno concentrarse en la respiración, así que lo intento. Inspiro. Espiro. Inspiro. Espiro. Inspiro… Abro los ojos. No va a funcionar. Lo único que me llevará a dormir es el agotamiento mental, y no creo que llegue pronto, tengo el cerebro funcionando a mil por hora, pensando en cosas que es mejor desterrar.
Decido sentarme en la cama y estirar un poco los brazos y el cuello. Pero no puedo dejar de mirar a David, que duerme plácido. Él hace tiempo que tiene algo de barba, por llamarlo de
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alguna manera. Apenas un rastro de pelo más grueso que el bello adolescente, pero lo sufciente para enmarcarle el mentón y darle un aspecto más adulto, más salvaje. Sin pensarlo, acerco la mano a su cara y, guardando un par de centímetros de distancia, sin llegar a tocar la piel, recorro el contorno de la mandíbula hasta llegar a los labios, de aspecto húmedo y esponjoso. Avergonzado, retiro la mano y aparto la mirada. No, no, no y no. Si dejo de pensar en esto, desaparece. Debo pensar en otra cosa, rápido. Imaginar algo desagradable. Imaginar lo que sea que me dé asco cada vez que la idea de… Ni siquiera soy capaz de decirlo. He de pensar en algo que me revuelva las tripas.
Pero soy incapaz de hacerlo, y lo que consigo es aproximarme más a David. Acerco la cara hasta quedar a poco más de un palmo de la suya. ¿Y si resulta que él piensa igual que yo y estoy haciendo el idiota?, ¿y si…? ¿Tan malo sería? Somos amigos, nos llevamos mejor que nadie. O nos llevábamos, mejor dicho. Miro al suelo mientras intento controlar las ganas de besarlo. No, no, no. Tengo que apartar esa idea. Esto no es la ciudad, en la que uno puede hacer lo que quiera sin que el resto lo sepa. No es Madrid, Barcelona o Valencia, donde todo esto ya da igual. Es mi aldea, con mis vecinos, con mi familia. Pondría patas arriba mi casa. Mi padre se volvería loco.
Sin embargo, estando tan cerca, ya no puedo reprimir las ganas de hacerlo. Trago saliva y me acerco un poco más, hasta casi rozarnos los labios. Desde aquí, puedo sentir la calidez de su aliento al respirar. El corazón se me pone a mil y siento como si un rayo perdido me atravesase el cuerpo, una y otra vez. Cierro los ojos tratando de controlar la respiración. Inspiro. Espiro. Inspiro… y los abro. No, no es así como quiero que suceda. No es justo hacerlo mientras duerme. No podría volver a mirarlo a la cara.
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Comienzo a apartarme, cuando David abre los ojos también y, en un movimiento rápido, me da un pico. Me quedo petrifcado, mirándolo desconcertado e intentando procesar lo que acaba de ocurrir. Sin tiempo para reaccionar, me coge con una mano por la nuca y me atrae hacia él para besarme. Esta vez, más largo, más intenso. Me dejo llevar y noto la humedad de su lengua que recorre mi boca. Me excito como nunca antes lo había estado. El estómago se me pone del revés y, por un momento, dejo de respirar.
Cuando segundos después nos separamos, David se sienta con las piernas cruzadas, modo indio, sobre el colchón de su cama. Lo miro sonriendo, emocionado. Sin embargo, él me observa serio.
—Era esto, ¿verdad? —pregunta seco—. ¿Por eso estabas tan raro estos días?
Una media sonrisa avergonzada se me escapa, a modo de respuesta, al esquivar la mirada escrutadora de mi amigo. Aún no me creo que esto esté sucediendo.
—Tío… —se lamenta David, escondiendo la cabeza entre las manos. Los músculos de la cara se me afojan, borrándome cualquier atisbo de sonrisa.
—¿Qué pasa? —le interpelo intuyendo que algo no anda bien.
—Pues que somos amigos, eso pasa.
—Ya, bueno, ¿y qué? Tampoco estaría tan mal, ¿no? —digo sin terminar de perder la esperanza.
—Joder… ¿qué?
Veo a David debatir consigo mismo para encontrar las palabras adecuadas. Yo comienzo a preocuparme de verdad porque ahora es él quien trata de controlar su respiración.
—David —lo llamo, intentando tranquilizarlo.
Me mira y niega exasperado. Coge aire y, aunque parece que va a decir algo, termina por meterse bajo las sábanas, dándome
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la espalda. Yo lo miro descolocado, sin entender nada. Creí que…
—David —vuelvo a llamarlo. Necesito hablar con él y aclarar esto. Destensar el nudo que se me acaba de formar en las tripas.
Pero David ya no vuelve a emitir sonido alguno y yo me quedo ahí, mirando inerte como algo que se las prometía muy feliz ha terminado en una desconcertante discusión que no acabo de comprender. Ahora sí que no voy a poder pegar ojo.
En la cocina, durante el desayuno del día siguiente, ambos permanecemos callados, uno a cada lado de la mesa redonda, situada en el centro de la estancia. Nos mantenemos en un silencio incómodo que parece envolvernos, a pesar del rumor de herramientas y metal que se cuela desde el patio, a través de las ventanas abiertas, situadas sobre la encimera de granito.
Cabizbajo, veo que David no ha tocado la palmera de chocolate que hay sobre su plato, lo que es muy inusual porque es lo que más le gusta del mundo para desayunar. Las devora. Aunque tampoco ha tocado la leche. De hecho, no ha subido las manos de su regazo a la mesa en ningún momento.
—Hay otras cosas, si quieres —le digo intentando romper el hielo.
David mira su reloj y se levanta.
—Llego tarde al partido.
—Aún queda un rato —comento ansioso por que se quede un poco más y podamos hablar de lo que ocurrió anoche.
David coge la mochila del instituto y la bolsa de deporte a modo de respuesta. Yo, como un autómata, echo mano de la palmera de chocolate de la que, en cualquier otro momento, no quedaría ya más que las migas del hojaldre. Observo a David marcharse del salón comedor por la puerta contigua. Escucho la puerta de la calle cerrarse y dejo caer la comida en el plato. No sé si es por la falta de sueño, por el nudo en el estómago o por
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la sensación de que a partir de ahora ya nada va a ser igual que antes, pero no tengo ni pizca de hambre.
Desde el patio, continúan los sonidos metálicos de mi padre al trabajar con lo que quiera que sea.
He estado pensando un buen rato hasta que me he decidido a pedirle a mi madre que, antes de la sesión de rehabilitación de hoy, me acerque hasta el campo de fútbol donde David juega el partido. Aún confo en poder hablar con él y arreglarlo todo. Olvidar lo que sucedió anoche y reiniciar, como en un videojuego, desde el punto de control en el que empiezo a sentir algo que no debo.
Mi madre aparca junto al campo y me informa de que hará unos recados hasta la hora de ir al hospital. Aunque no voy en silla de ruedas, caminar con las muletas por la zona de tierra y grava tampoco es muy agradable.
Antes de llegar a la banda, escucho el pitido fnal y la gente comienza a abandonar el campo, cruzándose conmigo. Algunos afcionados se quedan para saludar a los jugadores del equipo local, el de David, que, según el marcador, ha ganado tres a uno. Al menos, estará de mejor humor.
Los aledaños al campo se van vaciando poco a poco, hasta que prácticamente solo quedo yo. Consigo distinguir en la banda contraria a Sara y Aitana, que también me han visto. Las saludo con la mano, como si nos conociéramos de toda la vida, y ellas se quedan un poco paradas. Aitana termina por saludarme, levantando la cabeza. Pensará que soy idiota, pero ahora eso me importa entre nada y menos. Si está Aitana, David no andará lejos, así que echo una ojeada alrededor, intentando localizar a mi amigo. Nada.
Creo distinguir como las chicas miran el móvil y se van hacia los vestuarios, por donde un grupo de chicos sale y ninguno de ellos es David. Al llegar a la altura de la pequeña
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edifcación, de planta simple y cuadrada, la rodean, perdiéndose a su espalda. Bastante extraño eso.
Cuando parece que no queda nadie más en las instalaciones, decido acercarme hasta los vestuarios y cerciorarme de que David no sigue dentro. No puede haberse esfumado por arte de magia. Paso al interior, chapoteando lo menos posible en las zonas encharcadas, que los jugadores han dejado por todas partes, y escucho una ducha abierta. Camino procurando no hacer demasiado ruido con las muletas, y en la zona de taquillas veo a un chico, desnudo y de espaldas, mientras se seca con la toalla. Parece de nuestra edad, pero no estoy seguro, lo que sé cierto es que no es David. Él tiene la espalda más ancha y es un poco más alto. Sin embargo, no puedo dejar de mirar, hipnotizado y con el aliento contenido, el cuerpo de este chaval desconocido. Es atlético, todo fbra. Una imagen real sacada de un libro sobre anatomía, en el que cada músculo y ligamento está en su sitio, distinguiéndose a la perfección. Creo que así es como a mí me gustaría ser algún día, y, quizá, esta extraña fascinación tan solo sea envidia por lo que no tengo y puede que nunca llegue a tener.
—¡Coño, un mirón! —suelta al verme otro chico que acaba de entrar en la zona de las taquillas. Ni siquiera me he percatado de que había cesado el sonido de la ducha.
Noto la sangre que me sube de golpe a la cabeza. Tierra, trágame.
—¿Quieres chóped? —me dice quitándose la toalla, para enseñarme un pene fácido que mueve cual badajo de campana.
Con la cara encendida por la vergüenza y la rabia, salgo corriendo de allí, escuchando las risas de los dos amigos a mi costa. Soy idiota.
—Gilipollas —digo en voz baja no sé si para ellos o para mí.
Me valdría cualquiera ahora mismo.
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Miro alrededor, estrujando las empuñaduras de las muletas y pensando dónde podría estar David, sin dejar de oír las risas de fondo, que todavía salen del vestuario.
Ya en rehabilitación, hacemos los ejercicios de siempre. Algunos para coger fuerza y otros para comprobar las rotaciones de las articulaciones y la posible aparición del dolor. No obstante, el que peor llevo ahora es el de las barras paralelas. Ojalá pudiera decir que son para entrenar mi ejercicio de gimnasia artística, pero no, lo mío es algo más básico. Ya sabéis.
Una vez llego a las barras, Alicia me recoge las muletas. Desde uno de los extremos, me sujeto a ellas con avidez y algo de miedo. No es que vaya a morir ni nada de eso. Es miedo a no progresar, a seguir igual, a tener que ir siempre con muletas o, peor aún, a tener que volver a la silla.
Alicia se coloca en el extremo opuesto de las barras y yo, temeroso, camino hacia ella sin soltarme de las dos guías paralelas que tengo a los lados. Doy los pasos lentos, soportando casi todo el peso en los hombros y los brazos.
Al mirar al suelo, veo como no termino de apoyar los pies del todo bien. Sigo orientándolos más hacia el centro de lo que debería, el izquierdo sobre todo. En el derecho es algo más sutil.
—Vamos, Eloy —me anima Alicia—. Intenta soltarte.
Me detengo para levantar la vista hacia ella y negar con la cabeza.
—Eloy —prosigue—, alguna vez tienes que intentarlo.
El argumento no es del todo convincente, sin embargo, parece que su sonrisa me transmite algo de seguridad. Por un instante, pienso en que puede que sí, puede que consiga dar un par de pasos, al menos. Me miro los pies y los enderezo, dejándolos igual de paralelos que las barras de las que, muy poco a poco, me desaferro, manteniendo las manos suspendidas en el aire, al igual que mi respiración. Vuelvo a mirar hacia Alicia, que sigue ahí, observándome convencida,
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segura. Está bien, voy a intentarlo. Cojo aire y asiento hacia ella, algo más decidido. Voy a dar el primer paso sin apoyarme en nada ni nadie. Adelanto el pie derecho y…
La pierna de apoyo me falla, haciéndome perder el equilibrio. Por instinto, trato de apoyar el otro pie, que trastabilla, y, sin tiempo ya de agarrarme a las barras, caigo de bruces en el suelo acolchado, produciendo un golpe seco que alarma a todos en la sala.
—¿Estás bien? —me pregunta apurada mientras se acerca corriendo a ayudarme.
—Genial —respondo sarcástico. Me duele más la humillación de verme así que el propio golpe de la caída.
Alicia, que hace oídos sordos a mi mal humor, me ayuda a ponerme en pie. Siento las miradas de todos observando mi ridícula actuación, con más pena que diversión en sus ojos, lo que todavía me jode más.
—Tranquilo —vuelve comprensiva—. No pasa nada, es la primera vez. Lo harás mejor a la próxima.
Impotente, aprieto las mandíbulas con fuerza a la vez que intento retorcer las frías barras de metal con las manos. Porque claro que pasa. Pasa que no puedo dar dos pasos sin caerme. Pasa que no sé nada de mi mejor amigo. Pasa que todo es una mierda.
El resto del día vago como un zombi. Me siento incapaz de contestar con algo que no sea un monosílabo, cosa que, sospecho, molesta a mi padre y preocupa a mi madre. Así que, para evitar preguntas incómodas y sermones que no me apetecen en este momento, dedico lo que queda de día a encerrarme en mi cuarto y trato, con escaso éxito, de hacer las tareas del instituto. No tardo mucho en apartar la idea y poner un juego en la consola, con la esperanza de distraerme.
Tampoco esto funciona y, al caer la tarde, solo me queda probar a despejar la cabeza sudando un poco en la bici estática.
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Sin pensarlo mucho, me subo y compruebo como, esta vez, me cuesta un poco menos marcar el ritmo con los pedales. Si bien sigue siendo un ritmo lento y continúan estando duros, al menos no tengo que ayudarme de mi propio peso, inclinándome a un lado y a otro, para mantener una pedalada constante. Adecúo la respiración y me concentro en ella, satisfecho, hasta que miro las fotos del corcho y una punzada de inquietud me recuerda que sigo sin saber nada de David. Saco el móvil del bolsillo y repaso la lista de mensajes con doble check que han quedado sin respuesta:
13:32. Yo:
Tío, no te rayes. Fue una gilipollez.
14:25. Yo:
Estaba de coña. Solo era una broma.
16:17. Yo:
¿Te ha pasado algo?
18:59. Yo:
¿Dónde estás? Me estoy preocupando.
Contesta, por favor.
No quiero parecer un acosador, pero nunca, que yo recuerde, he tenido esta sensación de estar tan alejados el uno del otro, y me da miedo.
Dejo de pedalear y marco su número. Enseguida, la llamada da tono y me esfuerzo por controlar la respiración, todavía acelerada por el rato en la bicicleta. No quiero que cuando descuelgue crea que lo está llamando el malo de Scream, con su
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voz jadeante. Pero nadie contesta y, al fnal, salta el buzón de voz.
Durante la cena, aún hablo menos con mis padres, y vuelvo a mi habitación cual ratón a su madriguera. Me tumbo en pijama sobre la cama y me pongo el último vídeo que tengo con David. Aquel que grabé hace unas semanas con él haciendo trucos en la bici y yo diciéndole que esperaba que se cayera para subirlo a Internet. Obviamente, no era eso lo que quería, pero me gusta hacerlo saltar con cualquier cosa. Siempre suele entrar al trapo.
Dan un toque rápido en la puerta y, antes de que pueda formular una protesta, mi madre entra con varias prendas dobladas. Yo hago como que no está mientras guarda la ropa en los cajones y sigo a lo mío, aunque le bajo el volumen al vídeo. No sé muy bien por qué lo hago, pero no quiero que mi madre empiece a atar cabos.
Vuelvo a mirar la conversación del móvil, solo para comprobar que David no ha contestado a los mensajes, y se me escapa un suspiro que, sin duda, ha debido de captar mi madre con su sentido arácnido. Me lamento de inmediato y la miro de reojo cuando guarda, de forma distraída, la última prenda en un cajón del armario. Con suerte, no se habrá dado cuenta; decido disimular poniendo un vídeo sobre videojuegos en YouTube, al que subo el volumen.
No obstante, mi optimismo se desvanece en el momento en el que siento el colchón hundirse junto a mí. Mi madre está sentada a mi lado, mirándome con cara de saber que me pasa algo y esperando a que se lo cuente. En fn, ahora mi única salida es desviar la conversación o hacerme el silencioso introspectivo.
Me incorporo, sentándome con las piernas cruzadas sobre la cama, en silencio. Esperando que sea ella la que diga algo. Sin embargo, no dice nada. Solo me mira, lo que me hace sentir
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más incómodo. He de reconocer que sabe jugar a esto mejor que yo.
—Me iba a acostar ya —me excuso.
Me sonríe comprensiva como respuesta y hace que mi incomodidad aumente.
—¿Qué? —pregunto inquieto. Es muy buena.
—¿Va todo bien? —habla ella por fn. Noto preocupación en su voz.
Asiento, intentando ofrecerle una sonrisa que la saque de dudas y la tranquilice. Ella me mira condescendiente y puedo leer un «Sé que no» en su expresión. Por cosas así soy consciente de que yo jamás podría ser un buen actor. Seguro que si fuera a un casting, los directores terminarían por sacarse los ojos después de mi actuación y montar una frutería. Que no es que yo quiera ser actor. La verdad es que no tengo muy claro qué es lo que quiero ser.
Ella alarga la mano para acariciarme el pelo de manera maternal y eso me pilla con la guardia baja. Sin poder evitarlo, dejo de sonreír de manera falsa y, así, sin avisar, la preocupación y el miedo aforan imparables a la superfcie, refejándose en mi rostro.
—Ven —me dice con ternura, mientras me guía con suavidad hasta quedar tumbado con la cabeza en su regazo, donde continúa acariciándome el pelo—. De pequeño te encantaba. Era la única manera de que te quedaras tranquilo.
Y es verdad, porque es la primera vez en todo el día que siento un poco de paz. Sigo preocupado, pero extrañamente reconfortado a la vez.
—Me han dicho que David tiene novia —comenta mi madre de repente.
Rápido, me pongo en alerta y me encojo de hombros. No quiero hablar. No quiero que se me rompa la voz, y estando así es fácil que suceda.
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—¿Cómo se llama? —prosigue curiosa—, ¿es buena chica? Respiro antes de contestar y me aclaro un poco la voz con un
par de toses rápidas.
—No lo sé —digo fngiendo desinterés—. Sí, supongo que sí. Mi madre deja de acariciarme la cabeza y queda un silencio suspendido entre ambos que me pone muy nervioso. Estoy a
punto de levantarme cuando…
—A lo mejor ahora crees que no te va a pasar —comienza de nuevo—, pero algún día te tocará a ti… —Los ojos se me empiezan a humedecer—. Y como ha hecho David, encontrarás a alguien igual, incluso mejor.
Cierro los párpados y mi madre retoma las caricias en el pelo. Suaves, cadenciosas, como solo una madre, y supongo que algún padre, es capaz de hacer.
—Lo bueno se hace esperar —concluye.
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No vuelvo a saber nada de David durante el resto del fn de semana, ni tampoco durante la semana siguiente, más allá de cruzarnos en el instituto y saludarnos con un cabeceo. Igual que si fuéramos conocidos cuya única interacción social fuese darse los buenos días y preguntarse por el tiempo. En realidad, ni eso, porque no nos hemos dirigido la palabra. Yo por cobarde y él, pues… él sabrá. Es tremendamente desagradable todo esto.
Subo al autobús para volver a casa y me siento en el lugar de siempre, esperanzado con que, de un momento a otro, David aparezca sonriendo, como si nada hubiera pasado, y se siente a mi lado contándome alguna de las chorradas que nos hacen reír. Pero a mi lado ya solo viajan las muletas, que apoyo en el asiento vacío. Una manera de evitar que otra persona lo ocupe. Prefero viajar solo, si puedo elegir.
Miro por la ventana y localizo a David. Por supuesto, está con Aitana, tonteando y besándose. Sonríen, felices, y me alegro por él, de verdad, creo. Pero no puedo dejar de estar jodido.
Sin darme cuenta, sobre el cristal, veo el refejo de alguien que está parado en el pasillo del autobús, mirando en la misma dirección que yo. Me giro y veo al chico del skate.
—¿Qué? —le digo, volteándome, de malas formas.
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—¿Está ocupado? —me pregunta, ignorando adrede mi tono malhumorado.
No digo nada, pero le señalo las muletas y gesticulo para hacerle entender que ese asiento es para ellas. Como ya he dicho, no me apetece que nadie, y menos él, se siente a tocarme las narices. Paso.
El skater suelta el aire en un bufdo y, componiendo una media sonrisa sardónica, se marcha hacia el fondo.
—Llamón —le escucho decir entre dientes mientras se aleja. No sé qué quiere decir ni me importa. Me vuelvo a mirar por
el cristal y juraría que David me está mirando mientras Aitana lo coge de la mano. ¿Y qué que lo haga?
Después de comer y tirarme un rato en la cama sin ganas de nada, decido subirme en la bicicleta y ponerme a pedalear sin descanso con los auriculares encajados y la música a toda pastilla. Hoy no pienso ponerme ninguna canción que me dé bajón, nada de letras moñas. Necesito sudar, concentrarme en la respiración y olvidarme del mundo; a ser posible mientras escucho unas cuantas canciones motivadoras. Empiezo con Rebel yell, de Billy Idol, y luego… luego uno de mis famosos popurrís: un poco de Te Smashing Pumpkins, Muse, One Ok Rock, Linkin Park, Sôber… Os vuelvo a decir que deberíais probar a hacerlos también.
El ejercicio y la música hacen su efecto, hasta que me vuelvo a acordar de que mi mejor amigo no me habla. Es un pensamiento recurrente que no he podido quitarme de la cabeza por mucho que lo he intentado. Sin embargo, soy consciente también de que he hecho todo lo que estaba en mi mano para hablar y arreglar las cosas, y que ha sido él quien ha desaparecido. Lo que me molesta un poco… Miento, me molesta bastante. Me jode. Aumento la velocidad de las pedaladas más por rabia que por fuerza. Pero no puedo mantener el ritmo mucho tiempo y enseguida tengo que afojar de nuevo.
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Boqueando, trato de relajarme para evitar que el corazón me salga por la boca.
Entre jadeo y jadeo, creo escuchar un toctoc colarse a través de la música. Me giro para ver la puerta entreabierta y no veo a nadie. Debería haberla cerrado. Me da mal rollo estar de espaldas a una puerta entreabierta. A veces tengo la sensación de que podría haber alguien ahí mirando sin que yo lo vea ¡Yo qué sé! ¿A nadie más le pasa? Llamadme paranoico, pero no me juzguéis.
Vuelvo a escuchar el golpeteo y me quito los auriculares para comprobar si es un sonido de la propia canción, alguien de verdad o me estoy volviendo majara. Y, por fn, lo escucho con claridad. Viene de la ventana. Voy hacia allí y miro a través del cristal. Al otro lado, en la calle, está David.
Al salir lo veo; sigue esperando junto a la ventana, sujetando su bicicleta. Nos miramos, rígidos, guardando unos metros de distancia, como si nos diera miedo acercarnos. Expectantes. Callados. Este silencio me fastidia horriblemente. Porque siento que no es ese tipo de silencio que solo dos personas muy cómplices entre sí pueden permitirse. Un silencio elegido, que une mientras no se hace nada o se hace todo, pero que ambos aceptan y comparten. Este, en cambio, es ese tipo de silencio pesado, denso, que poco a poco se apodera de la gente y la distancia y hace que al fnal se miren como extraños, olvidando que se conocen y que en algún momento disfrutaron juntos.
—Pensaba que te habían abducido —intento bromear, pero la voz me sale más seria de lo que me gustaría y me arrepiento de no haber sido más cuidadoso.
David sigue serio, más avergonzado que enfadado por el tono de mi comentario, me rehúye la mirada.
—¿Entras? —propongo en un tono más amable, deseando que diga que sí y su hechizo de silencio se desvanezca.
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—Mejor no —contesta, haciendo que lo que se esfume de un plumazo sean mis ilusiones de normalidad. No puedo evitar poner cara de disgusto y David se da cuenta—. Tío, no pongas esa cara.
—¿Y qué cara quieres que ponga? —declaro con mala baba—. ¿Así? —Y hago una mueca forzada, que más parece la sonrisa de Jack Nicholson en El resplandor.
—¿Qué esperabas que pasara?
Yo me encojo de hombros. Sé lo que deseaba que pasara, al menos en ese momento, pero no me paré a pensar en nada más. No quería aceptar ninguna otra posibilidad que no fuera esa.
—A ver, es que no entiendo… —sigue y ya no puedo contenerme más.
—Y yo qué mierda sé —contesto enfadado. En el fondo esperaba, no, deseaba una disculpa y no un interrogatorio—. Si no sé ni por qué… —Y entonces caigo en la cuenta de quién besó a quién—. ¡Además, si fuiste tú!
David se queda en silencio y yo también. Decido frenar la lengua antes de cagarla y dejar las cosas peor de lo que estaban. Sin embargo, veo algo en su cara, un amago de sonrisa mientras parece perderse en algún pensamiento.
—Sí, es verdad —confesa con gesto pícaro—. Soy lo peor. Yo tampoco puedo evitar sonreír al ver que la tensión entre
los dos se ha rebajado un tanto. Maldito, no puedo enfadarme con él. Creo que es imposible.
—¿Y ahora qué? —pregunto con un hilo de voz.
—No lo sé. —Se encoge de hombros—. Pero aquello de la otra noche seguro que no —me advierte muy en serio.
Procuro que no se me note en la cara, pero soy un puñetero espejo y estoy seguro de que ha visto un gran cartel con la palabra «decepción». Consciente, aparto la vista, porque no quiero que me vea así.
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—Lo siento, Eloy —se disculpa—. Yo no soy así, no puedo. Ojalá, porque sería la hostia, te lo juro. Pero no puedo
—concluye, y se sube a la bici.
—¿No te quedas un rato? —pregunto en un último intento.
—Me esperan.
Aitana, claro. Cambio el peso de una muleta a otra, cuya incomodidad vuelvo a notar multiplicada, mientras pienso en pedirle una última cosa. Trago saliva y, cuando David da la primera pedalada, consigo dar forma a las palabras.
—¡David! —lo llamo haciendo que se detenga, se gire y apoye los pies en el suelo para mantener el equilibrio—. No lo vayas a contar… —le ruego encogido.
—¡Qué tonto eres a veces! —me dice sonriendo.
Aliviado, dejo escapar el aire que sin querer había estado conteniendo.
Después de cenar, vuelvo a mi habitación de mejor humor. Es como si todos estos días hubiera llevado una piedra enorme a la espalda, cuyo peso no podía soportar. Me sentía igual que Obélix con su menhir, pero sin haberme caído a la marmita del druida. No obstante, sigo teniendo unos rescoldos de temor ante lo que pasará a partir de ahora con David. No quiero dejar de hacer las cosas que hacíamos antes y no sé si eso va a ser posible. Quiero pensar que sí.
Mi madre ha notado esa mejoría después de la conversación con él, porque ha dejado de mirarme como si fuera un perro con tres patas, cosa que agradezco. Mi padre… mi padre se ha regocijado con el partido del Albacete y está de buen humor. Con eso yo ya me conformo.
Tumbado en la cama, vuelvo a mirar la última conversación de móvil que he tenido con David. Al menos, ahora hablamos y eso ya es un paso.
22:24. David:
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¿Por qué no miras una app de esas para gente como tú?
22:27. Yo:
¿Perdona? No me jodas… Yo no soy de ninguna manera. Deja ya el temita.
Si soy sincero, no me siento cómodo con todo esto. Yo no creo que sea nada. Seguramente que fue un momento tonto. Quizá por la operación y el proceso de rehabilitación, por el miedo a no poder andar o por pensar que no pasaría tanto tiempo con David, al enterarme de que estaba con alguien… No sé, algo que me ha hecho creer que él me gusta, pero estoy seguro de que a mí lo que me gustan son las chicas. Lo mismo que al resto de los chicos.
Pasadas las doce y media de la noche, dejo el móvil sobre la cama y cierro los ojos para intentar dormir, sin que mi cabeza haya decidido parar de darle vueltas a todas estas ideas. Trato de poner la mente en blanco, visualizar un punto, controlar la respiración… Nada.
Abro los ojos de nuevo y me incorporo echando un vistazo hacia la puerta, para comprobar que sigue cerrada. Guardando todo el silencio que soy capaz, recojo las muletas del suelo y, sin ponerme los walkers para no hacer más ruido, me ayudo de ellas para llegar a la mesa del escritorio. El ninja tullido, me llaman.
Me siento frente al ordenador, apoyando las muletas en la mesa con cuidado, y muevo el ratón para que deje de estar en suspensión. La pantalla se activa y me remuevo un poco inquieto en la silla, que suena con el fri-fri propio del roce entre piel humana y cuero sintético. Me arrepiento enseguida por eso. En el silencio de la noche me ha dado la sensación de que un elefante tocaba la trompeta. Así que miro la puerta de
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nuevo, aguantando el aliento, asegurándome de que sigue cerrada y no se escuchan pasos acercarse. Nada.
Soltando el aire, me decido a teclear algo en la página del buscador: «Vídeos porno». Clico en la primera opción y, acto seguido, se carga la página de inicio de un portal con infnidad de miniaturas de vídeos sexuales de todo tipo. No puedo evitar volver a mirar a la puerta con la sensación de que en cualquier momento aparecerá mi madre para yo qué sé qué.
Busco la lupa para acceder al buscador de contenido, porque siempre la hay, y dedico un momento a pensar el qué buscar. Me acuerdo de la sugerencia de David y tecleo «nurses». Al instante, decenas de vídeos de chicas disfrazadas de enfermeras, que pretenden ser sexis, llenan la pantalla. La gente que hace estos vídeos no sé en qué hospitales ha estado, pero ya os digo yo que no visten así. Decido abrir uno en el que aparecen solo dos de ellas, y dictamino que eso es lo que tengo que hacer, abrir solo aquellos en los que aparezcan mujeres: una, dos o cien. Nada de tíos en escena.
Pincho los auriculares en el altavoz mientras se carga el vídeo, con el miedo añadido de no poder escuchar si alguien se acerca a la puerta. Así que pongo la silla de medio lado para, por lo menos, poder ver por el rabillo del ojo si la puerta se abre de repente. Me encajo los auriculares, le doy al Play y la mano se me escurre bajo el pantalón.
Mientras las chicas se tocan, gimen y jadean, yo intento darme vida en la entrepierna. Aunque no sé si es por los nervios o porque no me quito de la cabeza todo lo que ha sucedido estos días, pero me cuesta bastante reaccionar. Juro que es la primera vez que me pasa.
Sin querer, miro en el corcho la fotografa en la que David y yo posamos cogidos por los hombros y cierro los ojos, mientras escucho los jadeos de las chicas del vídeo, que siguen a lo suyo. Y, de repente, ¡pum! Aquí está. Noto cómo la sangre comienza a
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concentrarse justo donde se le está exigiendo. El problema es que no ocurre pensando en las dos rubias del vídeo, sino en unas espaldas anchas, en unos brazos defnidos, en unas piernas atléticas, el perfl masculino con un amago de barba incipiente… ¡Joder!
Frustrado, saco la mano del pantalón, sintiéndome sucio, y ni siquiera pauso el vídeo cuando, con la cabeza entre las manos, trato de olvidarme de todo y hacer que desaparezca la excitación. Creo que, si logro enfocarme en la respiración, centrando mi atención en un punto fjo, conseguiré que la sangre vuelva a estar repartida de forma equitativa por todo el cuerpo y no solo bajo mi ropa interior. Cuando vuelva a la normalidad, lo intentaré de nuevo. Esta vez, teniendo en cuenta solo lo que haya en la pantalla. Así, me empalmaré con los vídeos de las tías y le podré decir a David que lo que ocurrió fue un malentendido y todo volverá a ser como antes. Mis padres no se enterarán nunca y problema resuelto. Fin de la historia.
Después de un rato sin que mi poder de concentración surta ningún efecto en mi nivel de libido, termino por subir a la bicicleta para pedalear un poco. Ahora sí que consigo que todo vuelva a la normalidad y decido intentarlo otra vez. No tengo ni que establecer una nueva búsqueda, ya que había dejado apagada la pantalla del ordenador y, por supuesto, los altavoces.
Esta vez, consigo concentrarme solo en mirar hacia la pantalla y, aunque con el tiempo mi entrepierna adquiere vida propia, no sé si es esa la excitación que debo sentir. En el fondo, me parece más algo mecánico si la comparo a la de hace un momento. Juraría que es por la simple fricción. Así que, tras pensarlo mucho, tecleo en el buscador del portal la palabra «gay» y un aluvión de miniaturas de porno homosexual de todo tipo aparece frente a mi.
Siento una punzada de miedo. No porque alguien abra ahora la puerta, que también, sino por lo que pueda descubrir. No sé si
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esto es buena idea. Tendría que estar haciéndolo solo con chicas. Mejor, tendría que estar durmiendo.
Sin embargo, ya no puedo resistir la tentación y busco un clip en el que no haya nada demasiado bestia. Sin arneses, sin gente que podría ser mi padre, sin… ¡Por Dios!, ¿pero cómo?
Localizo un vídeo en el que aparecen besándose, sin apenas ropa, dos chicos que parecen solo algo mayores que yo. Son casi artifciales, como si dos esculturas del Renacimiento hubieran cobrado vida y se dieran el lote en lo que han querido recrear a imitación de una clase de instituto, que más bien parece un almacén abandonado con dos pupitres y una mesa. Muy creepy, si te detienes a pensarlo. Cada centímetro del cuerpo de las esculturas vivientes está cincelado a la perfección y marcado en cada movimiento, a medida que se retuercen el uno sobre el otro, enroscándose piel con piel. La comparativa con mi propio cuerpo se hace bastante embarazosa. Sin embargo, a pesar de eso y de lo cutre de la puesta en escena, la respiración se me acelera de manera involuntaria. Mi cabeza me dice que deje de mirar, pero, a medida que continúan perdiendo la ropa, no puedo escuchar a mi cerebro. Al verlos ahí, desnudos, tocándose, gimiendo… siento que la he cagado. No debería haber abierto esta puerta.
Tras una noche de solitario ajetreo, he pasado un día medio dormido en el instituto. La profesora de Química se ha dado cuenta, aunque ha hecho la vista gorda, no sin antes dirigirme una mirada de reproche. Su nombre va directo a mi libreta de gente maja. Prefero hacerlo así, porque acabo antes y parece uno menos psicópata que si hace una lista negra.
Mientras camino cansino hacia la marquesina del autobús con mi modelo otoño postoperación, vamos, con las muletas y los walkers, voy imaginando el momento de llegar a casa y tumbarme en la cama. Blandita, a la temperatura justa para meterme bajo las sábanas y dejarme llevar por el sueño…
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Alguien me toca en el hombro y me saca de mi pequeña fantasía de inconsciencia reparadora.
—¿Te vienes? —pregunta David sonriendo. Sin embargo, al fjarse en mi rostro, cambia el gesto—. ¡Hostia, tú, qué careto!
—Noche complicada —le digo resignado. Él me mira interrogativo, a lo que yo contesto agitando la cabeza en un mudo «No preguntes».
—Bueno, pero ¿te vienes o qué? —Y me señala con la cabeza a Aitana, que lo espera alejada hablando con una amiga.
—Hoy no puedo —le respondo y, aunque tampoco me apetece, es verdad. Mi madre tiene que venir a recogerme para ir a la ortopedia y comprar unos modernos y elegantes zapatos, último modelo. Por favor, notad la ironía.
—Va, vamos un rato al parque —insiste.
—Tengo que hacer unos recados con mi madre —concluyo encogiéndome de hombros.
—¡Anímate! —grita Aitana desde lejos, que ha visto mi poca predisposición a ir con ellos.
—¡Otro día! —le respondo un poco azorado.
No quiero parecer un rancio, pero la verdad es que aunque no tuviera que ir con mi madre, no sé si estoy preparado para ver a estos dos comiéndose la boca todo el rato. Quiero estarlo, pero no sé si puedo.
—Como quieras —me dice con una nota de decepción en la voz, lo que termina por molestarme. Parece ser que él puede desaparecer durante días y no pasa nada, pero si yo necesito estar solo una tarde es un problema—. ¿Miraste la aplicación
que te pasé? —pregunta de nuevo, en el justo momento en que mi madre aparca junto a nosotros. Genial.
—Para con eso —le digo incómodo, haciendo señales hacia el coche de mi madre, que, gracias al cielo, sigue en el interior.
—Si es muy fácil, metes un alias —prosigue David sin darse por aludido— y le dices lo que buscas. Dicen que con eso la
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gente se hincha a fo…
—¡David! —le corto, brusco, la frase y las ganas de seguir hablando del tema.
—¿Y ahora qué he dicho? —Me mira sin comprender. Yo alucino con él.
David se queda parado sin saber qué pasa y yo abro la puerta del coche. Molesto, dejo las muletas en los asientos de atrás y me acomodo en el del copiloto. No quiero enfadarme con él, pero es que, a veces, no sé si no se entera de las cosas o lo hace adrede porque le gusta tensar la broma hasta el punto de cagarla.
Antes de llegar a casa, mi madre y yo hacemos una parada junto al hospital para llevar a cabo nuestro recado. Cuando entramos en la ortopedia todo me parece tal y como me lo había imaginado. Un muestrario de sillas de ruedas, muletas, prótesis y zapatos. Estos últimos, grandes, feos, pesados y caros. Veo algunas zapatillas que podrían pasar por calzado deportivo ordinario, pero, claro, esas están fuera de órbita. Por más que me gustaría llevarme un par de deportivas «normales», soy consciente de cómo están las cosas en casa y no quiero dar más problemas a mis padres. Da la impresión de que hacen feo adrede el calzado ortopédico más asequible, que no barato, para que pagues lo que sea por llevarte el que parece sacado de una tienda de calzado cualquiera. Me imagino la conversación entre el diseñador y el dueño de la fábrica:
—Aquí tiene, señor —diría el diseñador orgulloso, enseñándole los dos modelos. Uno horrible y el otro similar a cualquier otra zapatilla.
—Excelente —afrmaría el dueño—. ¿Cuáles serían los costes de fabricación?
—Serían los mismos. ¿Con cuál nos quedamos entonces? La
verdad es que este es horrible —declararía alzando la horrorosa zapatilla.
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—Con ese precisamente —propondría el dueño, de tal manera que dejaría sorprendido al diseñador—. Ese saldrá al precio que teníamos estipulado.
—Pero, señor, si este es mucho más bonito —protestaría el diseñador, decepcionado por haber sido elegido un diseño sin gracia.
—Por eso va a costar cuatro veces más y lo sacamos como edición de lujo. Cuando vean ese horror, no tendrán más remedio que comprar el caro.
—¡Oh! Señor, qué inteligente es usted —le lamería el culo el empleado.
—Por eso soy el dueño y nado en billetes —sentenciaría el propietario de la fábrica muy pagado de sí mismo.
Bueno, quizá así no exactamente, pero algo muy parecido. Así que aquí voy, con mi madre en el coche, por fn, camino a
casa y con un par de zapatones negros sobre mi regazo, que seguro que me hacen un poquito más popular y consiguen que me nombren rey del baile… Menos mal que aquí no hacemos esas mierdas. Ya lo que me faltaba.
—A ver, yo no los veo tan feos —dice mi madre, haciéndolo sonar casi como si fuera verdad.
Yo la miro con cara de «¿En serio me estás diciendo esto?». —De verdad, Eloy, son… —sigue ella tratando de razonar lo
que acaba de decir.
—Son horribles, mamá —la corto—. Esto se lo dan al monstruo del pantano y no sale por vergüenza.
—Venga, va, exagerado —intenta animar—. Que son solo unos meses.
—Así para carnaval ya tengo medio disfraz. Me falta el traje
de colores y la nariz roja —concluyo.
Me giro, poniendo los ojos en blanco, y veo al skater sentado sobre la acera frente a nuestra casa. A su lado tiene una bicicleta
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y una caja de cartón atada con un cordón de yute. En un acto espontáneo, cierro la caja con los zapatos.
El skater, al ver el coche, se levanta desganado, sacudiéndose el polvo de los vaqueros rotos ajustados, que le hacen las piernas delgadas y largas. Mi madre lleva el coche reduciendo la velocidad hasta pararse frente a él. Sin apagar el motor, baja la ventanilla de mi lado.
—Ya me hubiera pasado —le dice al chico.
Procuro no mirarlo, pero no puedo evitar hacerlo de reojo cuando se apoya junto a mi ventana y mete un poco la cabeza. Él se percata y hace como si yo no estuviera allí. Por lo visto, alguien no quiere que lo apunte en mi libreta de gente maja.
—Había que limpiar —responde con voz suave y el leve acento mexicano que creí reconocer la vez que, con digamos algo de razón, me llamó tonto—. Salieron los gazapos nuevos.
Mi madre saca el monedero y lo revisa mientras él sigue reclinado sobre la puerta a mi lado, esperando. Yo me mantengo pegado al respaldo, intentando respirar lo menos posible. Tener a alguien tan cerca me pone nervioso y no quiero que piense que lo estoy olfateando. Sería, cuanto menos, raro. Aunque no puedo evitar que el aroma de su colonia se deslice, sigiloso, hasta mis fosas nasales. Me recuerda al olor de los albaricoques recién cogidos del árbol, a principios de junio. Es agradable.
Me separo un poco más del chico, hasta casi adherirme al asiento, y mantengo la respiración, deseando que mi madre diga algo. Solo falta que le sople en el cuello, se lo tome a mal y tengamos otra. Hoy solo quiero dormir.
—Pues si no te importa pasar un momento, Gabriel… —dice mi madre, revelándome su nombre—. Aquí no llevo.
Por fn, Gabriel saca la cabeza y, al hacerlo, no sé si me lo he imaginado o ha sido real, pero parecía que me hubiera sonreído. Defnitivamente necesito dormir.
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Nada más entrar en la cocina, mi madre deja la caja de cartón que traía Gabriel sobre la encimera de granito y se uniforma con su traje ofcial de cocinera profesional: un mandil a cuadros azules y blancos que resiste el paso del tiempo mejor que cualquier monumento. No sé cómo lo hace, pero siempre lo tiene impoluto a pesar de que, creo, tiene más años que yo. Seguro que es hasta ignífugo.
La caja, por su parte, parece tener vida propia. Algo en su interior pugna por salir. Pobre… Y eso que no sabe lo que le espera. Yo me acerco a la mesa de la cocina y dejo sobre ella los zapatos ortopédicos. Los hubiera tirado mejor a la basura, pero no creo que a mi madre le hiciera mucha gracia después de lo que han costado.
—Bueno —le dice a Gabriel, que espera junto a la puerta que une el patio y la cocina—. ¿Qué quieres? Tendrás sed de venir cargado en la bicicleta.
Al mirarlo, me he dado cuenta de que me estaba observando y, no sé por qué, he desviado la vista, nervioso. De forma inconsciente, cambio los apoyos de un lado a otro, acomodándome los agarres de las muletas.
—Estoy bien, gracias —responde con esa voz suave, y sonríe.
Al hacerlo, parece que se le ilumine la cara.
No sé si mi madre ha escuchado la respuesta, porque ya está girada abriendo la caja de cartón, pero, en realidad, cuando hace el ofrecimiento, no quiere decir que tengas derecho a decidir si quieres o no tomar algo. Ella solo te ofrece la posibilidad de elegir lo que sea que te vas a tomar. Si no, al tiempo.
Mi madre extrae, sujetándolo por ambas patas, un asustado e inmóvil conejo de pelo corto gris de la caja. ¿Conocéis esa frase de: «Se quedó como un conejo cuando le dan las largas»? Pues tal cual. Quieto y atemorizado. No os voy a mentir, yo también lo estaría. Pero ¿qué mecanismo de defensa le ha dado
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la evolución a estos animales? Ante un depredador, el ataque fnal… ¡me paralizo! ¡Jódete, lobo! No tiene mucho sentido. Aunque, bien mirado, ellos todavía pueden correr. La naturaleza conmigo puede que haya sido un pelín más cabrona.
—Está bien hermoso —dice complacida mi madre, metiendo el animal otra vez en la caja.
La escena, conejo aparte, es un tanto extraña porque no sé muy bien cómo comportarme con el chaval este delante de mí. Supongo que a él le pasará algo parecido, porque lo he visto mirarme un par de veces incómodo, dudando o estudiándome. No sabría decir. Así, entre el uno y el otro, el silencio se acumula en la cocina.
—Anda, sácale algo fresco, que seguro que le apetece
—ordena mi madre mientras transporta la caja en dirección al
patio—. Y dale el dinero —concluye atravesando la puerta.
Me acerco hasta el frigorífco y lo abro.
—¿Qué quieres? ¿Coca-Cola, Fanta, agua…? —Rebusco un poco y veo una lata de refresco de té—. ¿Nestea del año no sé cuándo…?
Gabriel me hace un gesto negativo con la cabeza. Pobre, aún no lo ha comprendido.
—Te lo va a dar igual. —Me encojo de hombros—. Tú mismo.
Dejo el frigorífco y me voy hacia el aparador, donde mi madre tiene una caja de galletas metálica con más años que la casa, mitad caja de ahorros, mitad costurero, en la que guarda algunos billetes y bastante calderilla. Antes de abrirla, me giro de manera automática, para asegurarme de que no está mirando. No lo hago porque sea él en concreto, lo hago con todo el mundo, porque es el escondite del dinero. Una vez desvelado, alguien podría entrar y llevarse, por lo menos, veintisiete euros. Menudo botín. Sonrío para mí al pensarlo.
Me giro para darle el dinero y…
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—¡Eh! —voceo mosqueado al verlo cotillear en la caja de zapatos—. ¿Qué haces?
—Tranquilo… —dice apartándose—, que no me las voy a robar.
Pienso en la posibilidad y casi siento alivio. ¿Quién querría llevarse eso?
—Pues casi que me harías un favor —aseguro intentando quitar importancia a mi rebote inicial—. Son horribles.
Consigo arrancarle una media sonrisa, algo compasiva, y, por lo que sea, me siento más animado. Me acerco con las muletas y el dinero hecho un gurruño en la mano, y quedamos el uno frente al otro.
—¿Tienes bici y no vas con ella a clase? —pregunto al recordar que ha venido en una—. Ya me gustaría a mí olvidarme del bus. Huele rancio.
—Se avería cada tanto —dice encogiéndose de hombros, en un gesto descuidado que lo hace parecer casi tímido—. Es una bici vieja. Además, el autobús no está tan mal. —Me mira y vuelve a sonreír.
—Eres un poco raro —comento tendiéndole el dinero arrugado, que recoge y, sin contarlo siquiera, se mete al bolsillo.
—Gracias.
Nos miramos de nuevo y siento como sus ojos, de color miel, se clavan en los míos, lo que consigue ponerme estúpidamente nervioso, una vez más. Por suerte, mi madre entra componiendo una imagen que conseguiría desviar la atención de un espectáculo de fuegos artifciales hacia ella.
—¿Pero que aún estáis así? —dice, con las manos manchadas de sangre hasta los codos y el conejo despellejado en un barreño lleno de salpicaduras.
—Madre mía, mamá, pero ¿de qué peli has salido?
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Deja el barreño sobre la encimera y, divertida, se acerca hacia mí con los brazos estirados para tocarme con sus dedos ensangrentados. Si le preguntase, diría que está haciendo de zombi, pero, al verla moverse, más bien se parece a una momia salida de las antiguas películas en blanco y negro.
—¡Quita, Jason! —le suelto intentando esquivarla. —¿Quién es ese? —pregunta deteniendo su teatrillo,
confundida.
Como para explicárselo yo ahora.
—Pues uno que mata y no tiene cuidado y acaba poniéndose perdido, igual que tú —digo mirando de reojo a Gabriel, que parece divertirse con el gag improvisado.
—Sí que me he puesto perdida hoy… —afrma mi madre yendo junto a la pila y metiendo las manos bajo el grifo.
Gabriel y yo nos quedamos en silencio, sonriendo cómplices y algo menos incómodos que antes. Parece como si la tensión entre nosotros hubiera desaparecido, al menos, la que había hace un instante, dejando paso a otra cosa que no sabría muy bien cómo defnir. Me gustaría poder hablar más con él, aunque me da miedo romper esta pequeña tregua y volver a cagarla.
—No se moleste, de verdad —dice Gabriel al ver a mi madre abrir la puerta del frigorífco para sacar una Coca-Cola—, estoy bien.
Mi madre no le hace el menor caso y abre la lata, dejando escapar del interior el borboteo refrescante del gas. Sin dejar tiempo para cualquier otra réplica, se la pone en las manos.
—Ale, que estáis atolondraos.
—Te lo dije —le recuerdo satisfecho, con un encogimiento de hombros.
A los dos se nos escapa una sonrisa.
Entro en mi habitación, acompañado con el tac-tac-tac de las muletas, e invito a pasar a Gabriel, que, sujetando aún la lata de refresco, se planta en el centro de mi intimidad observando los
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rincones con aire escrutador. No puedo evitar pensar que me está analizando a través de los objetos que tengo repartidos por la estancia: libros, pósteres, fotografas… De pronto me siento más pequeño e indefenso. No sé por qué he tenido el impulso de invitarle a pasar a mis dominios, pero me ha parecido lo lógico. Ahora dudo de si es buena idea.
—Me la esperaba así —dice Gabriel.
—¿Te has estado imaginando mi habitación? —pregunto socarrón y algo sorprendido por la revelación.
—Todo menos eso —responde señalando la estampita de San
Sebastián asaeteado en la estantería—. Y eso —añade, en referencia a la bicicleta estática.
—Estas piernas no se han moldeado solas —bromeo y consigo sacarle otra media sonrisa. Descubro que me gusta verlo así.
Gabriel deja la lata de refresco sobre la mesilla, junto a mi cama, y se sube en la bicicleta. Juega con el regulador de la altura del sillín para, después de un par de intentos, dejarlo solo un nivel por encima de la que yo estaba utilizando. Prueba a pedalear y, mientras lo hace, trastea el regulador de la resistencia.
—Se ve vieja —dice por fn, sin dejar de pedalear— y está dura, pero anda bien.
—Supongo.
—Deberías echarle un poco de aceite.
Gabriel se detiene y, apoyándose con los codos sobre el manillar, observa las fotografas del corcho en las que aparecemos David y yo. Parece intrigado.
—Un poco capullo tu amigo —anuncia así, sin anestesia.
Me envaro molesto. Eso solo lo puedo decir yo. Aunque tenga razón. A veces. Aunque, con Gabriel, ese «a veces» se podría traducir por «a menudo».
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—Pues él opina que tú eres un fipado —manifesto a la defensiva.
—¿Y tú qué dices? —me interpela curioso.
La verdad es que no sé lo que me parece. Apenas lo conozco, pero no creo que sea un mal tipo. Me gusta ese acento que tiene, casi imperceptible, sutil. También me gusta la forma en que sonríe, franco y descuidado, y creo que es…
—¿Qué hacéis por aquí para pasar el rato? —pregunta rescatándome de mis pensamientos, que espero no haber expuesto en voz alta. Noto como me suben los colores a la cara al pensar en la dirección que estaban tomando mis refexiones.
Para disimular, me acerco hasta la estantería en la que tengo apilados algunos juegos de la consola y cojo uno de baloncesto que, creo, podría gustarle.
—¿Pillas uno? —pregunto señalándole un mando que hay tirado junto a la cama.
—Aún tengo que hacer tareas en la granja —se disculpa con una sonrisa y se va hacia la puerta, dejándome con el juego en la mano.
—Pues luego no vengas a las tantas a dar por saco con el skate
—bromeo.
Gabriel se vuelve y, sonriendo, se encoge de hombros.
Pasadas un par de horas desde el encuentro con Gabriel, me dedico a realizar algunos de los ejercicios que Alicia me ha puesto a modo de deberes. Cada vez me cuesta menos llevarlos a cabo, pero cada vez son más duros también. Me estoy mentalizando de que, muy probablemente, tendré que hacerlos el resto de mi vida, si no estos, otros similares. No es que sea un precio muy alto por poder caminar, pero refexionar sobre la palabra «siempre» me produce cierta congoja.
En pie, descalzo y con las manos apoyadas en la pared para ayudarme a mantener el equilibrio, intento ponerme de
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puntillas, asentando los metatarsos sobre una toalla enroscada, dispuesta en el suelo. Cuando desciendo, dejo caer el cuerpo ese par de centímetros que el grosor de la toalla me da de margen, hasta llegar a tocar con el talón en el suelo. Percibo entonces el frío de las baldosas acariciándome el talón y, también, cómo el tendón de Aquiles se estira quejicoso, igual que el cordaje de una guitarra vieja. Me molesta un poco, aunque hace tiempo que perdí la referencia de qué es molestia y qué es dolor, y procuro no pensar mucho en ello.
Repito el ejercicio unas cuantas veces más, con el objetivo de llegar a doce repeticiones. Si lo consigo, sería la primera vez que llego tan lejos. No parece mucho, pero Alicia me dijo que tenía que ponerme metas pequeñas y eso es lo que hago. Cuando me elevo durante la séptima repetición, percibo unos rodamientos contra el asfalto que me llegan desde la calle. Sin quererlo, una sonrisa espontánea se me dibuja en la cara.
A través del pasillo se escuchan las noticias en la tele, lo que me avisa de que ya es hora de cenar. Contento por haber conseguido llegar hasta las doce elevaciones, más una de regalo, entro de buen humor en el comedor, apoyándome en las muletas. Mi padre ya está sentado a la mesa y desde la cocina me llega un suave olor a romero, ajo y vinagre. Todavía tengo la mente ocupada en el extraño encuentro de esta tarde con Gabriel y, cuando desplazo la silla de manera mecánica para tomar asiento, lo hago más descuidado de lo habitual. Al arrastrar las patas sobre el suelo, estas producen un ligero chirrido. Algo solo audible para murciélagos, zorros, lobos y, con toda seguridad, mi padre.
—No la arrastres —dice con fastidio.
+Parece que esté de peor humor que de costumbre. Cada uno se supera en sus cosas y él parece que quiere batir hoy su récord de «memolestatodismo».
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—Haces el mismo ruido que el niñato ese —continúa—. Qué manía tiene de venir aquí a hacer el mono.
Mi madre entra con una fuente donde descansan los restos, bien cocinados, eso sí, del desdichado conejo que esta tarde tuvo la mala suerte de conocerla. La deja sobre la mesa, entre un bol de ensalada, otro plato con sobras de tortilla del día anterior y uno más con algo de queso y embutido, y se sienta. En mi casa no andaremos muy boyantes nunca por el dinero, pero comemos de lujo.
—¿Con quién la llevas ya? —dice mi madre burlona a mi padre, guiñándome un ojo sin que él se dé cuenta.
—Con el crío ese —responde, pinchando un poco de lechuga—. Con el ecuatoriano que se pasa aquí las tardes. Se creerá que esto es el patio de su casa.
Mi padre se lleva la comida a la boca y mi madre, pensativa, se sirve un poco de ensalada del bol.
—Por cierto —vuelve mi padre—, esta semana os llamarán para la rosa.
—Ya tocaba. —Sonríe mi madre y me mira—. ¿El ecuatoriano?
Yo me encojo de hombros, intentando no tomar partido en la conversación. No quiero que el fuego amigo termine llevándome por delante.
—El de la Jimena, la viuda del Gregorio… —dice mi padre alargando la última parte del nombre, con la musiquita típica de cuando está perdiendo la paciencia.
—Acabáramos… —Por fn cae mi madre en la cuenta—. ¿Los mejicanos? —le corrige—. Son buena gente, Ricardo. No sé qué manía te ha dado con ellos.
—Bastante sabrás tú —asegura mi padre—. ¿Tú tratas con él? —me pregunta mientras se sirve algunas tajadas de conejo de la fuente.
—¿Yo?… No —respondo nervioso—. Va al instituto y ya.
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—Mejor —asevera—. A estas horas aún por la calle con la tabla esa, haciendo ruido como un salvaje.
Mi padre cambia de un canal al que no está prestando atención a otro que recibe el mismo trato. Le tengo que preguntar a algún psicólogo si eso tiene nombre.
—¿Y la madre? —continúa mi padre encendido—. Veinte años menos y un hijo a medio criar. ¿Quién se cree que se arrimó al Gregorio por algo que no fueran los cuartos?
Mi madre pone los ojos en blanco negando con la cabeza. Es su gesto típico de «Ya estamos con…», solo hay que rellenar el hueco.
—El Gregorio, que en paz descanse, era muy bueno. Pero más tonto que las piedras. Y el crío… —se detiene mi padre al ver una mirada de advertencia de mi madre para que se calme—. ¡Bah!
—Eso son cosas de ellos, Ricardo —reconviene ella—. El Gregorio y la Jimena se arreglaron por lo que los dos quisieron y punto.
Mi padre la mira levantando una ceja, casi incrédulo por lo que está escuchando.
—Son cosas de ellos hasta que te salpican —concluye mi padre, que coge una de las patas del conejo y se la lleva a la boca, dando por fnalizada la conversación.
Mi madre, que me ha visto seguir la conversación sin tomar un solo bocado, coge mi plato y me pone unas cuantas piezas del conejo. Huele genial, pero se me ha quitado un poco el hambre.
—¿Sabes qué, Ricardo? —dice mi madre guiñándome un ojo. Mira que le gusta—. Este conejo es de la Jimena.
—No me des la noche, anda, Helena —pide él—. Que se me va a quitar el hambre.
La cena continúa en silencio hasta que el móvil de mi padre comienza a vibrar emitiendo uno de esos tonos estándar que casi ningún padre cambia después de comprarlo. Cansado, mira
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hacia la mesa auxiliar junto al sofá, donde ve el teléfono moviéndose con vida propia.
Mi madre y yo intercambiamos miradas, intrigados, mientras él camina hacia el teléfono. No suele llamar nadie a estas horas. Cualquiera de la familia, o de los amigos de mis padres, sabe que una de las peores cosas del mundo mundial que puedes hacer con mi padre es llamar a casa a partir de las nueve de la noche. Es territorio maldito para las llamadas. Y ya, si es con algún problema estúpido o que se puede resolver al día siguiente, ni te cuento en el lío que te has metido.
—¿Sí? —dice por fn, y el gesto de su rostro pasa, poco a poco, del cansancio al enojo.
Mi madre lo observa intranquila mientras yo juego con la comida. No soporto las esperas y menos con esta tensión.
—Está bien… sí —prosigue mi padre en tono servil, que nada tiene que ver con el enfado que destila su cara. Parece como si su voz y su rostro obedecieran órdenes distintas—. Enseguida voy.
Cuelga y se mete el móvil en el bolsillo.
—¿Qué pasa? —pregunta mi madre preocupada e intrigada, a partes iguales, al ver la reacción de mi padre.
Escuchamos el sonido de un coche que aparca frente a la casa, dejando el motor en marcha.
—Un día voy a tirar el móvil este a la mierda —contesta poniéndose el abrigo—. No me llaman nada más que para tocarme las narices.
Mudo, sale al recibidor y se marcha, cerrando con un portazo. Mi madre y yo nos quedamos sentados, mirándonos con cara de circunstancias y sin saber qué ocurre. Un par de segundos más tarde, escuchamos el coche reemprender la marcha en una dirección que desconocemos.
A pesar de lo cansado que comencé el día, esta noche me está costando conciliar el sueño. No solo por lo que ha ocurrido
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durante la cena, sino por todo lo que ha venido pasando a lo largo de hoy. En verdad, creo que ha sido un día raro, al que no paro de darle vueltas sumergido en la oscuridad de mi habitación, donde cualquier pensamiento intrascendente acaba convirtiéndose en una sombra molesta. Con David todo parece ir bien, pero no es igual, lo noto. Ya no es que se pase todo el día con Aitana, es que parece como si nos estuviésemos midiendo de continuo. Confeso que, la mayoría de las veces, yo más que él, buscando cuál es la distancia justa para no ofendernos, ni tampoco equivocarnos el uno con el otro. Una mierda.
Al pensar en David, me he acordado de lo que me dijo sobre las aplicaciones de contacto y, sin saber cómo, ni por qué, termino descargándome una para el móvil. Me pregunta si tengo más de dieciocho años… pues claro que sí. No me juzguéis por la pequeña mentirijilla, que vaya mierda de seguridad tiene esto. Solo por eso debería desinstalarla y olvidarme de ella. Sin embargo, no lo hago y, acto seguido, aparece el eslogan de la aplicación: «Lo que sea que busques puede que esté esperando muy cerca de ti». Oh, vaya. Es un poco malrollero, ¿no? Podían haber puesto: «Tus deseos te vigilan», o «¡Cuidado! Aquel al que buscas está detrás», o cualquier cosa que termine de acojonarte, ya puestos.
A continuación me pide una serie de datos que, por supuesto, relleno evitando poner cualquier asomo de verdad que pueda dar la más mínima pista de quién soy y, por fn, aparece la pregunta… «¿Qué estás buscando?» y sus tres posibles respuestas: «Hombres, mujeres, indiferente». No sé muy bien qué estoy buscando o, mejor dicho, qué debería buscar, pero termino marcando la primera y, de repente, el sentimiento de vergüenza me sube hasta las mejillas, aun estando solo.
Casi cierro la aplicación sin más, pero me contengo. Puede que haya alguien en la misma situación que yo con quien poder
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hablar. Quizá de mi edad… Ojalá. Comienzan a surgir fotos de los diferentes perfles y la curiosidad me puede. Navego entre ellos y parece ser que la gente promociona muchas partes de su cuerpo, a excepción de su cara. Abdominales, culos y, por supuesto, fotopollas son, por lo visto, las grandes protagonistas de estas aplicaciones.
Me levanto la camiseta para verme la barriga, imaginando que, en lugar de la ligera curva que me comba el abdomen, tuviera una marcada tableta de chocolate. Tampoco termino de verme subiendo una foto de mi culo, que, si os digo la verdad, no tengo el placer de conocer, ni mucho menos de mi… En fn, ya sabéis, que si no fuera por el deseo oculto de encontrarme con alguien conocido habría apagado ya el móvil.
¿Pero qué espero encontrar? ¿A David?, ¿a algún compañero de clase cuya existencia desconocía hasta descubrirlo por aquí?… ¿a Gabriel?
Escucho la puerta de la calle abrirse y cerrarse en mitad del silencio nocturno. En un acto refejo, cierro la aplicación y apago el móvil, que meto bajo la almohada. Nada sospechoso. Me ha faltado darle un martillazo. Mi padre está de vuelta y son las dos y media pasadas de la madrugada. Está el tema como para encontrarme viendo fotos de penes en el móvil. Me levanto con cuidado, apoyándome con las muletas, y abro la puerta para asomarme al pasillo, por donde se acerca mi padre con cara de pocos amigos.
—Acuéstate, anda —me dice huraño, pasando a mi lado sin apenas reparar en mí—. Que no son horas.
—¿Qué ha pasado? —escucho preguntar a mi madre, desde su habitación, al otro lado del corredor.
Abro más la puerta y lo veo meterse directo en el cuarto de baño, justo la puerta siguiente a mi habitación. Mi madre aparece en el pasillo con la preocupación grabada en la cara y va
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tras él, quedándose en el umbral del baño. Desde aquí, escucho el grifo del lavabo.
—¿Pero qué es lo que ha pasado? —insiste, preocupada y desconcertada—. ¿Por qué has salido así?
—Saltó la alarma. Han forzado la puerta de la nave
—escucho decir a mi padre, hablando solo un poco más alto que el sonido del agua—. Se han llevado medio bidón de gasoil, y porque hemos llegado nosotros…
—¿Pero que aún estaban allí?
—En cuanto nos hemos asomado, han salido corriendo los
muy cobardes —aclara mi padre, evidenciando que les presentaría batalla, y cierra el grifo.
—¿Y la Guardia Civil? —continúa mi madre, no sé si más indignada que sorprendida. Estoy seguro de que más por la actitud de mi padre y su cuadrilla, entrando a lo loco, que porque no hubiera llegado antes la Guardia Civil, que apenas tiene un coche para no sé cuántos pueblos—. Para que os hubiera pasado algo… Virgen santa.
Los dos se quedan en silencio un rato hasta que mi madre vuelve a preguntar:
—¿Habéis podido verles la cara?
—La cara no, pero los he oído, y ya te digo yo que de aquí no eran.
—¿Te preparo algo antes de dormir?
—Lo que quiero es ducharme y acostarme de una vez —dice mi padre con la voz cansada, esperando no tener que dar más explicaciones.
—Te puedo hacer… —sugiere mi madre, que se aparta para dejarlo salir del baño.
—Helena… —ruega él, agotado y desesperado por terminar la conversación, el día y quién sabe qué cosas más.
Mi padre se gira y me ve plantado junto a la puerta. Al mirarlo, lo veo más cansado y más mayor que nunca. Trago
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saliva de manera inconsciente, dispuesto a ver cómo centra su ira en mí por no haberle hecho caso a la primera.
—Acuéstate ya, Eloy —me dice, menos autoritario que nunca. Casi suplicando evitar un problema más esta noche.
Mi madre me ve como si fuera la primera vez que reparase en mí.
—¿Qué haces ahí? Venga, a dormir.
Obedezco solo a medias, metiéndome en mi habitación y dejando la puerta entreabierta, para observarlos perderse en su habitación.
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Nada más sentarme en el autobús, me recuesto junto a la ventana, apoyando la cabeza sobre el cristal frío. Cierro los ojos y fantaseo con que el viaje dure horas, al menos un par; lo justo para doblar el tiempo que he conseguido conciliar el sueño esta noche. Un tiempo que es más de lo que hubiera apostado cuando a las cinco de la mañana aún estaba dando vueltas de un lado a otro, pensando en mis piernas, en la aplicación, en David, en mis padres, en Gabriel… Sin embargo, al fnal el cansancio me pudo y ni siquiera fui consciente de cuándo cerré los párpados por última vez, hasta que la alarma del móvil me avisó de que había que volver a abrirlos. Cómo lo odio. No entiendo a esa gente que pone sus canciones favoritas de alarma en el despertador, si al fnal vas a terminar aborreciendo ese sonido.
Mientras espero a que arranque el autobús, me subo la capucha de la sudadera, intentando amortiguar un poco la temperatura helada del cristal, y me recuesto abrazándome para darme algo de calor.
Ojalá pinche una rueda a mitad de camino.
—Buenos días, Bella Durmiente —saluda alguien que, intuyo, se dirige a mí.
Sin decir nada, ni abrir los ojos, hago una peineta a quien quiera que esté tratando de perturbar mi descanso, pero, tan
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solo una fracción de segundo después, caigo en la cuenta de quién ha sido. Ese acento.
Arrepentido, abro los ojos y veo a Gabriel, que, serio, me sobrepasa sin detenerse en dirección a los asientos del fondo. Quiero decirle algo, disculparme, pero no sé muy bien el qué. Tengo la sensación de que volvería a cagarla y no quiero. Así que hago lo único que se me ocurre: aparto las muletas del asiento contiguo a modo de invitación a sentarse y las hacino, descuidado, entre la ventana y mi cuerpo. Quisiera mirar hacia atrás, aunque me resisto. No quiero que se haga ideas raras. ¿Pero qué son ideas raras?
El autobús se pone en marcha y, decepcionado tras unos pocos segundos sin que pase nada, decido dejar las muletas donde estaban para, por lo menos, no ir embutido como un idiota.
—¡Eh, tú! —amonesta el conductor por megafonía a alguien sin ningún tipo de amabilidad. Este hombre está cansado de la vida—. Haz el favor y siéntate ya, que estamos en marcha.
Intento atisbar con quién la lleva y, cuando me giro, veo las manos de Gabriel agarrando las muletas, que aparta al otro lado del pasillo. Con una sonrisa tímida, se sienta a mi lado. Yo me sonrojo un poco, quizá por sentirme partícipe de la reprimenda del conductor, que sigue hablando, ahora solo para él. Aunque desde aquí todavía se le escucha murmurar.
—No tengo otra cosa que hacer que aguantar que se caiga uno de estos descerebrados, y encima me tocará… —balbucea desde su asiento.
Gabriel y yo nos miramos y lo único que se me ocurre es poner cara de circunstancias, con un gesto divertido, ante el parloteo del chófer, que sigue a lo suyo. Gabriel se encoge de hombros y sonríe. Cada vez que hace eso consigue ponerme nervioso de una manera que me gusta y me desconcierta a
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partes iguales. Creo que él es consciente, aunque intenta disimular, como yo mismo hago.
De la mochila, saca un libro de texto de Literatura de último curso y lo apoya sobre su regazo. Comienza a leer en silencio y yo me vuelvo a recostar, cerrando los ojos, que, de vez en cuando, abro para espiarlo. A veces, él también me mira de reojo y, cuando nos pillamos cruzando las miradas, sonreímos de forma tonta.
Sin saber cómo, hemos terminado con la zapatilla del uno pegada a la del otro. Ninguno parece haber hecho un movimiento consciente, pero tampoco ninguno de los dos hace por separarla y, cuando volvemos a encontrar nuestras miradas, ya no sonreímos. Trago saliva. Juraría que él, al igual que yo, está conteniendo el aliento.
He pasado las dos primeras horas como si no estuviera en clase, procurando esquivar cualquier pregunta complicada que pudiera ponerme en evidencia delante de algún profesor. Creo que más o menos lo he conseguido, pero me encantaría poder meterme en un baño y desaparecer. Que al abrir alguna de esas puertas llenas de números de teléfonos, rimas obscenas y dibujos cutres, me encontrara con un acceso directo a mi habitación.
Camino a la siguiente clase en modo automático, apoyándome en las muletas, cuando alguien golpea mi hombro con el suyo. No es un golpe fuerte, más bien amistoso, pero me pilla desprevenido y me asusta más que me desequilibra. Aun así, me pone de mala leche.
—¿Estás tonto o qué te pasa? —digo volviéndome hacia… David.
—Tranquilo… No me mates, matón —me responde socarrón—. ¿Nos vamos?
—Irnos ¿a dónde? —pregunto, menos atraído por la idea de desaparecer de lo que deseaba solo hace unos segundos.
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—No sé, por ahí —contesta David indiferente.
—¿Y la clase?
—¡Aaargh! —exclama—. Deja de refunfuñar y vente, que es tu-to-rí-a.
A través de un pequeño paseo de adoquines rojos, caminamos Aitana, David y yo entre los árboles de un modesto parque de pinos, situado a, apenas, dos calles del instituto.
—David dice que os conocéis desde siempre —comenta Aitana intentando romper el hielo.
—Sí —digo. No es que tenga nada en contra de ella pero, ya que me salto las clases, esperaba tener un rato a mi amigo para mí, sin la necesidad de compartirlo.
—Aunque uno nunca deja de sorprenderse —bromea David—. ¿Eh, Eloy?
Yo me envaro un poco. Tenso, porque sé que David lo ha dicho con segundas, en referencia a lo que pasó la otra noche con él. No me gusta hablar de ello y menos con Aitana presente. Quiero que caiga en el olvido para no volver a ver la luz jamás. Así que, receloso, miro a la novia de David para detectar cualquier indicio de complicidad con él, de que pueda haber comprendido lo que ha querido decir el bocazas de mi amigo.
—David es un bocachancla —aclaro de malos modos—. Ya lo conoces.
Por el rabillo del ojo observo cómo a Aitana le está cambiando el semblante, molesta por el tono. Tras tomar aire, abre la boca lista para darme una réplica que, en cierto modo, me he ganado a pulso.
—Tío —interviene mi amigo, haciéndose el despreocupado para evitar que la tensión vaya a más—. Por eso te digo que no seas tan arisco.
Al ver los ojos de David, entiendo lo que me pide. Es un «Por favor, para. Intento que os llevéis bien. Pon algo de tu parte». Todo eso, sí.
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—Es que… —digo hacia Aitana en tono de disculpa—, en realidad, no lo sé. —Y es verdad que no tengo ni la más remota idea.
Aitana parece haberse relajado un poco, aunque aún está seria.
—¿Dónde vamos? —pregunto intranquilo sin saber qué hacer para tragarme el orgullo y tratar de pasar un rato algo menos tirante en compañía de mi mejor amigo y su novia.
—Pues aquí mismo —propone David, señalando un banco de madera cercano, con la pintura marrón desconchada y lleno de frmas y frases escritas a rotulador.
Los tres tomamos asiento. Ellos, muy apretados, con Aitana entre David y yo. Procuro separarme todo lo que puedo de la pareja, como si así les diera algún tipo de espacio o intimidad. Desde donde estamos se puede ver una pequeña caseta, de apenas tres por tres metros y de color verde oscuro, que hace de baño público, en la que entra un hombre joven. Yo diría que tiene, más o menos, veinticinco años, pero ya os he dicho que soy malísimo adivinando la edad de la gente.
—Aitana quería conocerte —explica David—, y ya le he dicho que quien quisiera estar conmigo necesitaba tú aprobación.
—Es verdad —secunda ella, todavía seria, poniendo los ojos en blanco.
—Madre mía. —Hago lo que puedo por sonar sincero, pero
me queda algo teatral—. Pobre de ti —digo a Aitana—. Yo a cualquiera que lo aguante dos minutos se lo cedo encantado.
Veo a Aitana sonreír y el alivio me invade de inmediato.
David me mira, lleno de gratitud.
—Bueno. Pues cuéntame algo de lo que le dé mucha vergüenza hablar —me propone ella, de mejor humor—. Que
me tiene ya de sus bromas hasta aquí. —Marca con la mano el
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límite de su paciencia, junto a la cabeza. David la mira incrédulo.
—No existen esos momentos —dice él, gallito.
Yo me hago el interesante, fngiendo que busco algo en la memoria. En realidad, podría contar un montón de cosas que lo avergonzarían, aun a pesar de que yo caería con él.
—Ni se te ocurra —advierte David medio en broma medio en serio, señalándome con el dedo—. No existen —repite intentando sonar autoritario, lo que lo hace más divertido.
—¿Qué tal lo de cuando te confundiste de…? —formulo la pregunta con lentitud, solo para ver la reacción de David, que va abriendo cada vez más los ojos, a medida que es consciente de la anécdota que hará que Aitana se ría durante un tiempo a su costa.
No termino de formular la pregunta porque David se lanza a taparme la boca. Al hacerlo, pasa por encima de Aitana, lo que propicia que los tres terminemos forcejeando entre risas, mientras intento explicar cómo un día David iba tan dormido que confundió la gomina con la pasta de dientes y estuvo una semana que todo le sabía a gel fjador.
Veinte minutos después ya han parado de reír y parecen haber perdido por completo las ganas de conversación. Digo esto último porque se están comiendo la boca ajenos a todo el que pasa, e incluso a mí, que, aburrido, he terminado por separarme un poco más de ellos para dejarlos «solos».
—Me piro —manifesto incómodo por saberme de sobra y, también, por interrumpir el tan apasionado intercambio de saliva—, que ahora toca hueso.
Aitana hace por separarse un segundo de David pero este la vuelve a atraer para sí y, sacando una mano del cuerpo de Aitana, me dice adiós. Así que, sin más, cojo las muletas y me levanto, mientras del baño sale el mismo hombre joven que vimos entrar al llegar.
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—¡No me jodas! —exclama sorprendida Aitana, que, esta vez sí, consigue separarse de David.
—¿Qué pasa? —pregunta apurado David, que me mira con cara de susto por si yo sé a qué ha venido aquello—. ¿Te he
hecho daño? —vuelve a preguntarle a ella—. Puedo ser muy… Con la ceja levantada y cara de «Qué me estás contando»,
Aitana le da un par de humillantes palmadas en el hombro que hacen que a mi amigo se le enciendan las mejillas. Yo sonrío divertido y él me censura con la mirada.
—Mirad allí —demanda Aitana—. Ahora va a salir otro. —¿Qué dices? —pregunta David, que no comprende a qué
viene tanto misterio. Ni él, ni yo.
—Calla y mira —le ordena de nuevo—. Ya verás, lo he visto antes entrar, pero no me había dado cuenta de que había alguien más dentro.
Se abre la puerta de la caseta verde y, esta vez, sale otro hombre más mayor. Unos cuarenta, supongo. Aunque el ir vestido con traje y corbata no me ayuda a calcular mejor.
—Se la estaban sacudiendo allí dentro —dice entre divertida y asqueada.
Los tres nos quedamos mirando al hombre que parecía ajeno a nosotros hasta que ha visto a tres pasmarotes adolescentes mirarlo con curiosidad. Nervioso, se arregla la chaqueta de cualquier manera y se marcha con paso ligero, en dirección opuesta al hombre más joven.
—Qué puto asco —remarca Aitana.
David me ojea y yo, abrumado, no sé dónde meterme. Ojalá existiera una capa para la invisibilidad similar a la de Harry Potter o la de Sheila de Dragones y mazmorras.
—Bueno —sentencio malhumorado y emprendiendo la marcha de vuelta al instituto—, me voy, que no llego.
—A ver —comenta David para que yo pueda oírlo, quitando hierro al asunto—, es un váter público. Yo ahí ni me la saco. Tú
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sabes la de gente que pasa por allí y…
—¿Se puede saber qué dices? —pregunta incrédula Aitana. Continúo caminando como si la cosa no fuera conmigo. Pero
sí que va, claro que va. Ahora mismo no quiero hablar, me siento sucio, como si yo tuviera que ver con todo aquello. Tener que esconderme en baños para… Ni pensarlo. NO.
—Espera, Eloy —pide David—, que vamos contigo.
David y Aitana me alcanzan, pero yo no me detengo. De reojo veo a David que me observa con cara de disculpa, lo que hace que me sienta todavía más avergonzado y sucio que antes. Me gustaría gritarle que yo no tengo nada que ver con esos dos tipos del baño.
Aitana atrapa la cara de David entre sus manos y le da un pico, momento que yo aprovecho para echar una última ojeada a la caseta. La cabeza me da vueltas. Ahora mismo no sé ni lo que siento.
Esta tarde no tengo fuerzas, ni ganas, para una nueva sesión de fsioterapia. Solo quiero llegar a casa y dormir. A ser posible una semana entera. Pero aquí estoy, frente al camino fanqueado por las barras paralelas, a las que me sujeto como si soltarme supusiera caer a un río de lava. Sí, para mí el suelo es lava.
—Hoy seguro que lo consigues —me dice Alicia con más confanza de la que yo mismo tengo.
Miro hacia el suelo y, al volver a ver el pie izquierdo mal alineado, algo torcido hacia el centro, me pongo de mal humor. Bueno, de peor humor. Después de pasar tantas veces por un quirófano, ya va siendo hora de que esté en su sitio de una maldita vez. Hosco, reajusto la posición del pie y miro hacia Alicia, al otro lado de las barras, que aguarda paciente a que empiece.
—Hoy no me encuentro muy bien —me excuso, deseando que tenga piedad de mí y nos dediquemos a hacer ejercicios de
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fuerza.
—Venga —insiste ella sin la más mínima compasión—, no seas perezoso.
Si tengo que hacerlo, más vale que me concentre, si no quiero besar el suelo igual que la última vez. Respiro profundo y cierro los ojos, para relajarme y olvidarme de todo lo demás. Cuando los abro, algo más sereno, me suelto de las barras para dar un primer paso. Levanto la pierna derecha y, antes siquiera de apoyar de nuevo el pie, me desequilibro y tengo que agarrarme para evitar caer. ¡Joder!
—Tranquilo, Eloy —trata de calmarme Alicia—. Respira e inténtalo otra vez.
Y eso hago, respiro. Cuento hasta tres y, de nuevo, adelanto un pie sobre el otro, esta vez más decidido. El movimiento es torpe, pero el pie izquierdo toca el suelo sin que parezca que estoy borracho o en la cubierta de un barco, en mitad de una tormenta. Vuelvo a corregir su posición y continúo. Dando un nuevo paso, más frme, más seguro.
—Así —me anima Alicia sonriendo—. Ya lo tienes, Eloy.
Yo no diría tanto, pero sigo caminando un par de pasos más y alzo la vista al techo, como si pudiera ver el cielo a través del forjado. Suelto todo el aire de los pulmones, que sin querer he ido reteniendo, y no puedo evitar sonreír, después de todo.
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Es de día y, ayudado por las muletas, camino por el parque junto al instituto, hasta el mismo banco en que Aitana, David y yo nos sentamos en hora de clase. Esta vez estoy solo y, desde aquí, observo a un chaval, más o menos de mi edad, que se acerca a la caseta verde. Lleva unos vaqueros ajustados y un jersey ancho que no impide adivinar que está en forma. No suelo decir estas cosas, pero es guapo y, aunque no lo he visto nunca, tiene unos rasgos que me recuerdan a alguien.
El chico echa un vistazo a un lado y a otro. Tras mirar el móvil, abre la puerta y se mete en la caseta.
Estoy nervioso. Por un lado, me gustaría saber quién es, verlo de cerca, hacerle preguntas. Por otro, me da miedo llegar hasta allí, que me dé respuestas que no quiero escuchar, empezar algo que no pueda afrontar.
Arranco a caminar, lento, como si dos fuerzas me empujasen en sentidos opuestos y solo una consiguiera imponerse por la mínima. Pero no dejo de avanzar en dirección a la caseta. Jadeo por el esfuerzo y la visión se me emborrona, puede que por los nervios. Tengo el corazón a mil.
Escucho un murmullo a lo lejos. Parecen palabras ininteligibles o, quizá, solo sea el viento jugando a reírse de mí. Cuando me giro, buscando la fuente del sonido, no veo a nadie más. Allí solo estoy yo… y el chico en el interior de la caseta.
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Me detengo frente a la puerta. Trago saliva y respiro para calmarme, intentando controlar el corazón que va a la carrera. Estiro la mano hacia el picaporte y el murmullo de voces gana intensidad. Distingo voces de mujeres hablando y riendo en alguna parte. Pero no parece haber nadie más en el parque.
Sudando por el esfuerzo, y un poco por el miedo, dejo las muletas a un lado, manteniéndome erguido sin ayuda. Me noto un poco mareado. Estiro de nuevo la mano hacia el picaporte y, esta vez sí, abro la puerta para ver la oscuridad del interior. Un interior que se intuye mucho más grande de lo que su aspecto externo hace adivinar. Una única iluminación cenital, surgida de un agujero en la estructura del techo, lanza un pequeño cono de luz en el que fotan juguetonas partículas de polvo.
Entro bajo el foco, en mitad de la negrura, sintiendo el murmullo cada vez más fuerte. Sin embargo, juraría que no viene de aquí.
—¿Hola? —digo temeroso a quien quiera que esté oculto entre estas tinieblas—. ¿Hay alguien aquí?
Evidentemente, el chico tiene que estar. No ha podido salir por ninguna otra puerta y nadie se esfuma así como así.
—¡Hola! —digo más fuerte, casi con el corazón en la boca. Pero mis palabras parecen ser tragadas por la densidad de las sombras.
Aguardo, con la vista y el oído alertas. Nada, ni veo ni escucho nada en absoluto. Ni tan siquiera el extraño murmullo, que parece haberse sumado a mí, conteniendo el aliento. Me decido a avanzar un poco más y… de la oscuridad, surge la cara del mismo hombre mayor que vimos salir de la caseta Aitana, David y yo, abalanzándose sobre mí. Al acercarse, distingo pesadas gotas de sudor deslizándose por su mueca grotesca, mientras, asustado, retrocedo y trastabillo hasta caer de espaldas. Todo sucede a cámara lenta, como si lo hiciera en un
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planeta con menor gravedad, y vuelvo a escuchar, atronadoras, las risas de las mujeres como voces surgidas del más allá.
Sobresaltado, despierto sudando y con la respiración acelerada, sumido aún en el recuerdo de los sueños. Echo un vistazo a mi alrededor y compruebo que, en realidad, estoy en mi cama, en mi habitación. Bañada ya por la cálida luz del día y la humedad de mi sudor.
Consigo tranquilizarme un tanto, hasta que escucho las risas escandalosas de un grupo de mujeres. ¿Será posible? Y, entonces, distingo nítida y clara la de una de ellas: mi madre.
Resignado, cojo la almohada con fastidio y, poniéndomela sobre la cabeza, me tumbo. Quiero dormir hasta que sea la hora de acostarme otra vez.
Veinte minutos más tarde, cansado ya de dar vueltas en la cama intentando ignorar las risas y las voces a todo volumen que me llegan desde el comedor, entro en él y confrmo que está invadido por media docena de mujeres. Se agrupan alrededor de la mesa, en la que hay una montaña de fores moradas de azafrán. Todas son mayores que mi madre, algunas muy mayores, y van vestidas con delantales de cuadros, excepto las dos más ancianas, que visten enlutadas.
Trabajan con la cabeza gacha, concentradas, pero sin dejar de hablar. Extraen, una a una, las hebras de azafrán, los estigmas, que van dejando, sin prisa pero sin pausa, sobre unos platitos cerámicos. Lo hacen de una manera meticulosa y mecánica. Cuando me fjo en sus manos, veo que tienen las puntas del índice y el pulgar anaranjadas, como si fueran fumadoras de ganchitos.
—Ya lo que le faltaba a ese —dice mi madre mientras envuelve algunas hebras de azafrán en papel de plata, sin percatarse aún de que estoy en la habitación. Con el escándalo que tienen, como para darse cuenta. Podría entrar un atracador
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pistola en ristre y salir aburrido de esperar a que alguien lo atendiera.
Toso para aclararme la voz y, ya de paso, para avisar de mi presencia, que siguen ignorando. Toso más fuerte, forzando la garganta, y mi madre, por fn, levanta la vista.
—Pensaba que no asomabas hoy —dice irónica, levantándose con el papel de plata en la mano.
—Como para no —le contesto con la misma retranca.
Mi madre me mira con una advertencia en los ojos y se va junto a la estufa de hierro, sobre la que deja el papel de plata con el azafrán.
—Mis nietos están igual —dice una de las mujeres que creo, a pesar de la indumentaria, que es relativamente joven para tener nietos de mi edad—. No les gusta nada más que trasnochar y dormir.
—¿Y qué van a hacer aquí todo el día? —agrega una de las enlutadas, que parece la más mayor. Tiene la cara surcada de arrugas, pero si solo la escuchase hablar, le echaría veinte años menos—. Están en la edad.
—Eso es que tiene una amiguica —dice otra con malicia, mientras unos pechos descomunales suben y bajan por la risa, a la que se une el resto.
Mi madre me mira interrogativa y yo, incómodo, y he de reconocer que con un puntito de cabreo, me rebullo inquieto, mirando hacia otro lado como si conmigo no fuera la cosa.
—Anda, desayuna algo —propone mi madre, que se despide con un beso en la frente, antes de ir a su sitio a seguir trabajando con las fores.
—Está guapo —comenta la mujer más mayor—. ¿Cuántos años dices que tiene?
Entro en la cocina huyendo, antes de que empiecen a preguntarme lo que sea que se les ocurra, porque sé que no se
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cortan un pelo. El fltro se lo dejaron olvidado en algún rincón, junto con la juventud.
Ya a salvo, abro el frigorífco en busca de algo líquido que echarme a la boca, cuando escucho que se fltra, a través de la ventana, un golpeteo metálico. Me acerco a ella y, al asomarme, veo a mi padre luchando con la tuerca de una bici vieja que ha conocido tiempos mejores. Ayudado con una llave inglesa intenta hacerla girar, pero, por mucho que se esfuerza, la presión es insufciente y la tuerca no cede. Así que termina sirviéndose de un martillo, con el que le propina unos cuantos golpes, y hace que, por la vibración, salte la pintura roja del cuadro. Al verla así me imagino que es un extraño reptil alienígena en pleno cambio de piel.
Creo que comeré algo y me iré a mi habitación a… no sé. A alejarme de tanto jaleo. Demasiado.
En mi cuarto, decido echarme unas cuantas partidas a la consola, que solo interrumpo para salir a la hora de comer y volver, de nuevo, a distraerme metiendo goles, buscando la guarida del vampiro o matando ríos de zombis. Estos días estoy descubriendo que lo que me gusta no es en sí jugar a la consola, sino hacerlo con David. Sin embargo, ahora que apenas le veo el pelo, a no ser que sea en el instituto, no me queda otra que hacerlo solo.
Escucho golpear la puerta, que se abre inmediatamente después y, sorpresa, aparece mi madre. ¡Qué manía! Un día se llevará un susto y nos reiremos todos. Todos, menos ella y yo.
—Me voy a ver a los abuelos —dice.
—Vale —respondo sin girarme siquiera.
—Podrías haberte quedado un rato con nosotras —se lamenta—. No hacían más que preguntar por ti.
—Son unas cotillas —resoplo intentando que una horda de zombis no me devore—, criticando a todo el mundo y atentas a ver quién hace qué.
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Mi madre sonríe, dándome la razón a medias.
—Se aburren y le dan a la lengua, pero son buena gente. Les gusta ver a los jóvenes y guapos del pueblo.
Pongo los ojos en blanco, procurando ignorar su comentario. Si fuera verdad me daría igual, pero, joder, tengo espejos en casa y ojos en la cara. Cada vez que dice eso me hace sentir peor, porque pienso en mis piernas, en que estoy delgado y fofo a la vez, en que ni de lejos soy tan guapo como David o… ¿Gabriel? ¡Bah! ¿Quién se va a fjar en mí?
—¿No quieres venir hoy? —tantea cautelosa mi madre.
Pongo el juego en pausa antes de que terminen de matarme. Creo que no voy a conseguir solucionar nada hasta que acabe esta conversación.
—No tengo muchas ganas —respondo volviéndome.
—No vienes nunca.
—Mamá, no me gusta —aclaro—. Me da mal rollo, ya lo sabes.
—Seguro que se alegrarían —vuelve otra vez a la carga y sé que no debería, pero comienza a desesperarme un poco que no acepte un no. A ver, estoy siendo paciente y hablando con claridad.
En el fondo me da pena no ir, sobre todo porque sé lo importante que es para mi madre, pero es que no tiene sentido ir a ver a mis abuelos. No se van a enterar si voy o no, y me da mal rollo todo eso.
—A la próxima —digo por fn, buscando una respuesta que pueda satisfacernos a ambos ahora mismo—. ¿Vale? —Espero
que esto sea sufciente, porque no está dentro de mis planes memorables de sábado pasarlo con mi madre en el cementerio, poniendo fores o lo que sea que vaya a hacer allí.
Mi madre asiente, resignada, y yo no termino de dejar de sentirme mal. Me he salido con la mía, pero ella sabe que lo que le acabo de decir no es la primera vez que lo digo. Ni será la
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última. A la próxima, puede que haya otro «a la próxima». El «a la próxima» perpetuo, lo puedo llamar.
—Volveré antes de que venga tu padre de la partida. Si te vas, aunque sea un rato, avisa. O si se queda David a dormir
—aclara, dejando el interrogante en el aire.
Me fjo en que tengo el móvil con la luz parpadeando. Lo desbloqueo y compruebo que tengo un mensaje nuevo en una conversación a medias con David.
13:37. Yo:
¿Te vienes esta tarde y echamos unas partidas?
17:12. David:
Estoy con Aitana dando una vuelta. Vente y te recogemos en la parada del autobús.
—No creo que salga —puntualizo a mi madre, desilusionado por pasar otra tarde solo en casa.
—¿Va todo bien? —pregunta antes de salir, al darse cuenta del tono de mi voz.
Asiento sin mucha convicción, pero deseando que sea la sufciente para zanjar el tema.
—Bueno, me voy antes de que se me haga más tarde —me dice mientras se marcha—. Si necesitas algo me llamas.
—Que sí…
Una vez solo, reanudo la partida, rodeado por un montón de seres reanimados tras la muerte, que desean con bastante fervor acabar con mi vida y convertirme en uno de ellos. Poco les falta ya.
Desde el exterior, escucho el sonido de unos rodamientos sobre el asfalto.
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Cuando salgo a la calle, bajo el cielo encapotado, veo a Gabriel cogiendo impulso con su monopatín. Recorre unos metros y salta, propulsándose en la propia tabla, a la que obliga a girar ciento ochenta grados en la horizontal. Tras separarse pie, tabla y suelo, quedando los dos primeros suspendidos en el aire, la zapatilla de Gabriel vuelve a contactar con el skate, haciéndola tocar el asfalto. Al caer, continúa el desplazamiento en la dirección inicial, en perfecto equilibrio y sincronía.
—Lo haces por fastidiar, ¿no? —bromeo, una vez me aseguro de que la acrobacia ha terminado y no voy a provocar ningún accidente.
Gabriel se gira, mirándome por primera vez. Sonríe y, sin bajar de la tabla, cambia de dirección en un movimiento suave, igual que si estuviera surfeando una ola, hasta acercarse a mí. Se detiene a mi lado levantando el skate y cogiéndolo con la mano, de manera tan natural como otro daría un salto en el sitio. Otro que no sea yo, quiero decir.
—En parte —responde como si nada, encogiéndose de hombros.
Decido que voy a pedirle que deje de hacer eso, lo de encogerse de hombros. Porque me parece un gesto de lo más tierno y no me gusta que me haga pensar estas cosas. Ahora mismo no me ayuda nada.
—Cuando estés bien —dice señalándome las muletas—, te puedo enseñar a ser tan molesto como yo.
—Ni de coña me subo yo en esa cosa —le aclaro—. Lo que me faltaba.
Gabriel sonríe condescendiente. Como si aquella respuesta fuera algo que él ya diera por sabida, lo que hace que me mosquee un poco. Aunque intento que no se me note.
Él echa de nuevo la tabla al suelo y, haciendo unas curvas sinuosas, coge impulso para realizar un nuevo truco; esta vez,
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consigue que el skate ejecute un pequeño tirabuzón bajo sus pies, antes de caer.
—Ya me parecía a mí —reanuda la conversación cuando lo completa, con cierto tono indulgente— que eras de los que le tenías miedo a todo.
—No te jode, el flósofo —replico molesto. Una cosa es hacer como que no he visto un gesto y otra, este vacile. Ya me gustaría verlo en mi situación. A ver si le daba miedo o no partirse una pierna—. ¿Y tú qué pareces?
Gabriel se encoge de nuevo de hombros y, justo después, hace otro salto en el que el pie trasero queda más elevado, obligando a la tabla a quedar suspendida en una diagonal.
—Un fipado, según dicen —comenta al caer, impostando una verdadera actitud de fipado, demasiado seguro de sí mismo. Y lo dice de un modo que pretende imitar, de manera exagerada, la forma de hablar de David, lo que consigue sacarme una sonrisa.
Zigzagueando, se acerca sobre el monopatín de nuevo a mi posición.
—¿Qué andabas haciendo? —me dice.
—Consola, ¿te apuntas?
—Soy pésimo —se excusa—. Y no me gusta perder. Además, prefero mil veces la vida real.
—¿Que eres un cobarde, dices? —intento picarlo para que muerda el anzuelo.
Gabriel se me queda mirando con cierto interés, como si me estuviera estudiando y durante ese análisis hubiera encontrado algo gracioso. Me observa con una media sonrisa un poco perversa. No perversa a nivel Hannibal Lecter, pero sí a nivel «Tengo una idea que no sé si es buena, pero me apetece ponerla en práctica».
—Hagamos una cosa… —Y realiza una pausa dramática—. Si te atreves.
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Sin saber cómo he accedido, después de que Gabriel se fuera a casa y volviera con su bicicleta, me veo subido en la parte trasera de la misma. Sujeto, a duras penas, las muletas con una mano sobre mi regazo y, con la otra, me aferro a la cintura de Gabriel, que pedalea levantado y a toda velocidad. Avanzamos atravesando campos de olivos, frutales y hortalizas, que veo pasar como una mancha borrosa mientras el aire me golpea en el rostro.
Gabriel se gira y me ve la cara, a buen seguro de pardillo asustado, porque sonríe divertido.
—Mira hacia adelante —le apremio—. ¡Nos vamos a matar! Redirige su mirada hacia el camino y acelera todavía más.
No mucho, pero lo sufciente como para que la sensación de velocidad a dos ruedas me sobrepase.
—¡No, no, no! —digo asustado, pero, en el fondo, deseoso de más de esta emoción.
Pasamos sobre un puente de piedra ocre que cruza el río, o lo que queda de él. Mi madre cuenta que, cuando era pequeña, aquel cauce llevaba más del palmo de agua que ahora serpentea, triste y tranquilo, entre cañas y piedras. Estoy seguro de que un día acabará reducido a restos de barro, seco y cuarteado, lo mismo que casi todo aquí.
Después de recorrer un tramo, rodeados de tierras de cultivo abandonadas, llegamos a una zona de pinos altos en la que Gabriel, tras pasar un hito de piedra, gira el manillar, cambiando de dirección. Nos conduce por un camino ascendente hasta el pie de un cerro. Desde aquí, señala un punto a unos trescientos metros, justo donde la colina comienza a elevarse de verdad, dejando paso a la piedra desnuda, salpicada tan solo por plantas de tomillo, romero y esparto.
—Allí es —dice Gabriel, apuntando con el dedo hacia una oquedad excavada en la roca, demasiado rectangular para ser
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natural.
—Vamos, no me jodas —respondo con las mismas ganas de caminar por ese terreno pedregoso que de tirarme desde un quinto piso.
Gabriel sonríe y baja de la bici, lo que me obliga a bajar a mí también. Sin darme tiempo para seguir quejándome, echa a andar en dirección a la cueva.
—Ah, ¿pero que va en serio? —Yo alucino.
Miro hacia el cielo suspirando y me doy cuenta de que el gris oscuro de las nubes está comenzando a enrojecer.
Asciendo por la ladera pedregosa lo mejor que puedo, intentando no dar un traspié con las muletas. No es que el terreno esté muy escarpado, pero tiene montones de puñeteras piedras que hacen que, de cada dos pasos, uno sea para recolocar la muleta o alguno de mis pies. Esto es lo ideal cuando uno se recupera de una operación como la mía. Lo recomiendo a todos, en serio… Y ya no digamos si me caigo y termino sin dientes, eso sí que sería la bomba. Solo pensar en la de memes que podrían hacer con mi cara mellada me da ganas de sentarme y que me saquen de aquí en helicóptero.
—Si es que soy idiota… —murmuro.
Gabriel, que está ya a mitad de camino, se gira.
—¿Vas bien? —pregunta interesándose, o riéndose. No lo tengo muy claro.
—De puta madre voy —respondo con todo el sarcasmo del mundo.
Gabriel se acerca hasta mí corriendo. Flexiona un poco las piernas y se agacha ofreciéndome la espalda. No sé muy bien qué pretende.
—Anda, sube —propone.
—¿Sube qué? —digo ofendido. Esto ya es una cuestión de orgullo. No quiero que se pase los días riéndose de mí—. Yo puedo.
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—Sí, que eres un hombre muy macho y todo eso —responde
como si lo que hubiera dicho fuese la mayor tontería del mundo—, pero sube, que solo falta que te hagas daño para que tu padre me dé una paliza.
—No es personal —digo quitándole importancia a la actitud poco amigable de mi padre—. Creo que es con la vida en general. —Y de verdad que lo creo.
—Bueno, tú sube.
—¡Que te he dicho que puedo! —remarco obstinado mi postura. A veces no sé en qué idioma hablo, pero si decido que una cosa es así, es así y punto.
Montado a caballito, a lomos de Gabriel, subo la ladera en dirección a la entrada de la cueva, con mi orgullo esperando unos metros más abajo; más o menos donde se ha quedado la bicicleta. A lo lejos, un destello cruza el cielo iluminando las nubes por una fracción de segundo.
—¿Vas bien? —me pregunta de nuevo Gabriel, que además lleva las muletas en la mano, cual sherpa del Himalaya.
—Ni se te ocurra contarle esto a nadie —amenazo agarrándome fuerte a su espalda.
Gabriel no se gira, aunque percibo como hincha las mejillas cuando sonríe. ¡Será mamón!
—¡Pero que no te rías, que lo digo en serio!
Al llegar a la entrada, Gabriel me deja en el suelo y se adentra en la cueva. Al hacerlo, tiene que agacharse para no darse en la cabeza, ya que la entrada es más baja que cualquier puerta de hoy día. Yo me quedo observando los símbolos tallados en la piedra, alrededor del vano. La mayoría son cruces de distintos estilos, pero también hay otros, como círculos concéntricos, espirales, algo que parecen fechas… Los más antiguos ni siquiera se distinguen de los surcos de la erosión.
—Está padre, ¿eh? —Las palabras de Gabriel me llegan con reverberación desde el interior.
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Cuando entro, agachándome de manera torpe con las muletas, veo que la cueva parece más grande de lo que daba a entender la diminuta puerta. El techo se eleva hasta casi los tres metros y las paredes laterales, separadas otros seis o siete, tienen más cruces talladas sobre la piedra desnuda. Al fondo, a unos veinte o veinticinco metros, Gabriel me espera tras una gran losa blanquecina y rectangular, que le llega hasta la cintura. Seguramente, se utilizase de altar. Justo ahí, sobre lo que he decidido llamar altar, al igual que el sol cuando se abre paso entre las nubes, se cuela un cono de luz mortecina en el que revolotean partículas de polvo en suspensión. Por un momento me hace recordar mi sueño de esta mañana y siento un escalofrío.
Sin embargo, aquí, la cara que veo no es la de ese hombre extraño de mis pesadillas, sino la de Gabriel, que así iluminado parece salido de algún cuadro renacentista.
—Bienvenido a mi guarida. —Sonríe.
—No sabía siquiera que esto existía.
—Eso es porque tú no sales de la tuya —aclara.
Camino un poco más, hasta la mitad de la estancia, y Gabriel, rodeando el altar, se queda a unos metros de mí.
—Y aquí, ¿qué haces? —pregunto sin saber muy bien qué puede nadie venir a hacer a este lugar. Bueno, se me ocurren algunas cosas. Ninguna buena, si se las cuentas a tus padres. Pero, por muy curioso que sea el sitio, no sé. Creo que me daría hasta un poco de mal rollo venir yo solo.
—Pensar.
—¿En qué? —insisto. No me lo imagino viniendo aquí a meditar.
—Cosas… —responde rehuyendo una respuesta clara y, por lo que parece, haciéndose un poco el interesante—. Es algo así como mi escondite secreto.
—Bueno, ahora ya no lo es.
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Gabriel me mira pensativo. El viento se escurre entre las grietas y aberturas de la cueva, provocando un murmullo sordo.
—Ahora puede —sonríe— que sea mejor.
Yo también sonrío al comprender que ha querido compartir esto conmigo y, aunque quizá no sea la única persona con quien lo haya hecho, me da igual. Siempre es bueno creerse un poco «especial», pese a que me da algo de miedo sentirme así. No quiero confundir las cosas… otra vez.
—¿Por qué me has traído aquí? —pregunto mientras me acerco un poco más.
Gabriel se encoge de hombros, despreocupado, y me remueve algo por dentro. Defnitivamente tengo que pedirle que deje de hacer eso.
—Me gusta imaginarme a la gente —comienza y parece que pudiera ver más allá del tiempo— viniendo aquí desde hace cientos de años, desesperados para pedir un milagro.
Cierra los ojos y, atraído por el efecto de un imán invisible, me acerco otro poco más a él.
—¿Y se los conceden? —le sigo el juego—. ¿Los milagros? —A veces —responde como si tal cosa—. Depende del día
que haya tenido el dios al que se lo hayan rogado.
—Que sepas —le advierto— que das un poquito de mal rollo
hablando así. —Gabriel abre los ojos y nuestras miradas se cruzan, lo que me hace sentir pequeño. No incómodo, pero sí, de alguna manera, indefenso frente a él—. ¿No estarás pensando en dejarme inconsciente para robarme? —bromeo, intentando rebajar la tensión.
Echo mano al bolsillo y saco algo de calderilla, un par de chicles y una pelusa.
—Te lo doy todo ya si me evito el palo —continúo.
Gabriel me sonríe y casi es peor que antes. Parece haber puesto el imán a toda potencia.
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—A lo mejor, solo era la cueva de algún bandolero —digo metiendo todo, menos la pelusa, de nuevo en el bolsillo—, o el
refugio de un pastor… —Refexiono esta última idea por un momento y caigo en la cuenta—: Mierda, si es eso, seguro que
está lleno de pulgas —pronuncio rascándome de forma inconsciente.
—Me gusta más mi idea —sentencia él, que se acerca un poco más a mí—. Si pudieras pedir algo, ¿qué pedirías?
Lo tengo muy claro. Levanto la muleta para enseñársela, por si no se había dado cuenta todavía.
—¿Y tú?
—Lo que todos, supongo —contesta enigmático.
Afuera se escucha un trueno y la lluvia comienza a descargar, como si el sonido hubiera sido el pistoletazo de salida para una carrera entre las nubes. La entrada ahora parece tener una tupida cortina de gotas de agua y, desde lo alto de la cueva, sobre el altar, por donde antes se fltraba la luz, serpentea una pequeña catarata que impacta de lleno en la piedra rectangular.
La rara conexión que había entre nosotros parece haberse esfumado barrida por la lluvia.
—Deberíamos irnos —aconseja mirando hacia el exterior. Suena otro trueno y aprovecho el estruendo para dejar caer
las muletas de forma aparatosa, sobresaltando a Gabriel, que me contempla asustado, sin saber qué ocurre.
—¡Milagro! —grito de forma teatral, sosteniéndome sobre mis dos piernas y levantando las manos al cielo—. ¡Es un milagro!
Gabriel se acerca dispuesto a cogerme. Yo lo aparto con amabilidad y un ademán. Doy un paso algo torpe, fjándome bien en los pies, y levanto la vista hacia él, que ahora sonríe relajado.
—Bobo… —me dice, aliviado, sin pizca de resentimiento.
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—Joder, con este sitio. Va a ser que sí que hace milagros. —Y doy otro paso más.
—¿Entonces ya? —pregunta Gabriel—. ¿Desde cuándo? —Desde hace poco y, como mucho, lo que estás viendo. Una
carrera te digo que no la gano. A no ser que sea entre los que vamos a rehabilitación, ahí ya sería otro cantar. Soy el Usain Bolt del postoperatorio. Así me llaman.
Doy otro paso y, esta vez, me desestabilizo. Gabriel, más atento de lo que dejaba ver, se lanza a cogerme antes de caer.
—Al fnal tu padre me mata de verdad —se lamenta,
sosteniéndome en sus brazos—. ¿Estás bien? —pregunta más serio.
Sonrío y él, aliviado, sonríe también.
Empapados bajo la lluvia, recorremos el camino de vuelta. Gabriel, levantado sobre la bicicleta, pedalea lo más rápido que puede mientras el barro salpica a cada giro de rueda en todas direcciones. Yo pugno por agarrarme a él, esta vez con las dos manos, manteniendo a duras penas las muletas sobre mi regazo en un precario equilibrio. Atravesamos el puente de piedra en sentido opuesto a la primera vez. Avanzamos sonriendo; aullando exultantes igual que pequeños cachorros de lobo. Felices.
Antes de llegar al desvío que lleva camino a mi casa, Gabriel gira hacia el norte, tomando uno nuevo que, si no me equivoco, en algún momento terminará por desembocar en la carretera del cementerio.
—¿Qué haces? ¡Por aquí no es! —grito, intentando alertarle para que dé la vuelta.
—Mejor vamos a mi casa primero, hasta que pare. Si te llevo así a la tuya me despellejan como al conejo.
Llegamos junto a una vieja casona de tres plantas, alejada un par de kilómetros de la aldea. En la fachada se ven parches de pintura, vestigios de cada una de las veces que se intentó
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reparar o remodelar una casa que, sin duda, ha debido de vivir tiempos mejores en el siglo pasado. Serpenteantes regueros de cemento gris surcan la pared para tapar las grietas que el tiempo y el desgaste han ido abriendo en ella. Mirándolas así, me recuerdan a mis propias cicatrices y, aunque pueda parecer ridículo, siento lástima por la casa.
Gabriel nos conduce hasta un porche de cubierta metálica ondulada, bajo el que aguarda un Seat Ibiza rojo con la pintura desconchada. A resguardo ya, bajamos de la bicicleta y Gabriel corre delante de mí, en dirección a la puerta de la casona, sobre la que hay encendida una pequeña farola. Yo le sigo dando grandes saltos con las muletas, aun a expensas de caerme. Como si mojarme durante los cuarenta metros que nos separan del soportal de su casa supusiera la diferencia entre la vida y la muerte.
Gabriel abre la puerta y pasa, creando diminutos charcos de agua, aquí y allá, sobre el suelo de baldosas grises. Un agradable calor hogareño emana del interior, contrastando con el aire frío y húmedo de la tormenta, que no cesa. Los rayos se suceden rápidos a nuestra espalda, creando una sinfonía de explosiones cuando los truenos casi se superponen unos con otros.
Una mujer bajita, morena y fbrosa se asoma al recibidor.
Diría que es un poco más joven que mi madre, pero ya sabéis.
—Ni se te ocurra entrar así —advierte, enfadada y con marcado acento mexicano, a Gabriel, sin darse cuenta de que no viene solo.
Yo no puedo hacer otra cosa que cuadrarme en el umbral de la puerta al verla acercarse. Gabriel me hace una señal con la cabeza para que pase, pero me mantengo frme en mi lugar. No seré yo quien desobedezca las órdenes de Jimena, pues así recuerdo que se llama la madre de Gabriel. Ella, decidida y con gesto severo, se acerca hasta su hijo, al que coge de la manga empapada y aprieta haciendo escurrir el agua.
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—Mira cómo vienes… —Jimena se fja en que detrás de él hay alguien más—. ¿Y tú?
Intimidado por Jimena, doy un paso atrás, quedando desprotegido bajo la lluvia. Ella echa una mirada recriminatoria a Gabriel, que él ignora de forma deliberada.
—Es Eloy —me presenta—. Un amigo. No lo espantes —le advierte con cierto tono burlón.
—¿El hijo de Helena? —dice sorprendida, olvidando su enfado por un momento.
Asiento en silencio, deseando quitarme la sudadera que pesa lo mismo que una cota de malla. Empiezo a ser consciente de toda la ropa mojada y pegada a la piel, lo que es bastante molesto.
—¿Pero vosotros creéis que esto es normal? —prosigue airada, volviendo en sí.
Sin querer, niego con la cabeza, como si fueran mis propios padres los que estuvieran abroncándome.
—Solo cuando llueve —dice Gabriel muy serio, lanzándome una mirada cómplice. Intento no reírme en mitad de la reprimenda. Qué vergüenza.
—Pasa, anda —me insta frme Jimena—. Que en este pueblo solo me faltaba que enfermases para que terminen de bendecirme.
Jimena se marcha hacia un cuarto al fondo del pasillo.
—Va —insiste Gabriel—. Que no muerde.
Tímido, entro quedándome lo más cerca posible de la puerta. Eso de que no muerde me lo tendrían que frmar ante notario.
—¡Quitaos esa ropa y dejadla a un lado! —ordena Jimena desde la habitación—. ¡Ya la recogeré después!
Gabriel, sin pensarlo, se quita la sudadera y los pantalones. Yo… No sé cómo decirlo, pero no me gusta que la gente vea mis
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piernas, así que me hago un poco el remolón y me quito la sudadera mientras Gabriel ya solo viste unos bóxers.
—Listo —anuncia, y se percata de mi cara de circunstancias. Voy a decir algo para excusarme, pero él se me adelanta. —Ven. —Y echa a andar hacia el pasillo, adivinando, de
alguna manera, el motivo de mi inquietud.
—Se va a cabrear —le advierto al ver el charco de agua que se ha formado bajo mis pies.
—Vaaamos.
Obediente, le sigo pasillo adelante, dejando un rastro de agua. Verás cuando lo vea su madre.
—Hazlo ahí mejor —me dice dándome paso a un pequeño baño de desgastados azulejos verde oliva—. Ahora vengo con algo de ropa.
Nada más cerrar la puerta me quito la ropa y la dejo con cuidado sobre el bidé para no poner todo perdido de agua. Ya en calzoncillos, soy consciente de que el calor que sentía en la entrada no llega hasta aquí. La habitación está helada y hace que la piel se me ponga de gallina. Incluso las muletas, ahora húmedas sobre el brazo desnudo, se me antojan más frías que nunca. Así que decido echar una ojeada para encontrar un calefactor o lo que sea que haga subir un poco la temperatura dentro de estas cuatro paredes.
Mientras busco me percato de lo viejo que parece todo aquí: desde el plato de ducha, cuyo relieve se ha perdido bajo sucesivas capas de pintura, hasta el espejo, en el que la corrosión de los bordes avanza de manera lenta pero inexorable. Por fn, localizo mi objetivo. Bajo el lavabo de pie hay un pequeño calefactor de plástico amarillento que, pese al frío, al fnal decido no poner en marcha, no sea que su aspecto haga honor a lo que parece y acabe por hacer saltar los plomos o algo peor. Tocan a la puerta.
—Soy yo —dice Gabriel desde el otro lado.
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Abro apenas un palmo, lo justo para que pueda hacer pasar su mano con la muda. Parecemos dos contrabandistas pasándonos la mercancía. Me fjo en que, entre la ropa que ha traído para prestarme, está su camiseta del día en que David y yo lo vimos caer frente a mi casa. Siento una punzada de culpa; debí haber parado a mi amigo.
Me siento sobre la tapa del váter para meterme por los pies un pantalón de chándal grueso que, a medida que sube, me acaricia las piernas como si de una nube cálida se tratase. Una vez en pie, termino de ajustarlo y cojo la camiseta, desplegándola. Una idea estúpida me cruza la mente y, tras dudar un instante, acabo por llevarme el trozo de tela a la nariz. Cierro los ojos inhalando profundo. Encuentro, otra vez, el suave aroma a albaricoques y tomo conciencia de lo mucho que me gusta. ¡Mierda!
Cuando vuelvo a abrir los ojos, me veo enfrentado a mi refejo, con media cara tapada por la camiseta de un chico al que apenas conozco. No debería haberlo hecho… Ni siquiera sé por qué lo he hecho. Aun sin nadie que me observe, los colores me encienden las mejillas.
Avergonzado, termino de vestirme apresurado.
Salgo al pasillo con la muleta en una mano y la ropa hecha un ovillo en otra, intentando que deje de gotear. De nada ha servido estar un buen rato escurriéndola en el bidé. Sobre todo la sudadera, que sigue pareciendo tan pesada como el cuero.
—Lo siento —digo al ver a Jimena secando el agua con una fregona. Gabriel coge mi ropa y la mete en una bolsa de plástico. Yo echo mano de la otra muleta que he dejado apoyada junto al lavabo.
—El que lo tiene que sentir es este cabeza de cebolla —aclara Jimena apuntando a Gabriel—. ¿Se puede saber qué andan haciendo ahí afuera con la que está cayendo?
—Nos pilló de camino —se justifca él, no muy convincente.
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Jimena lo mira con cara de «Ya». Puedes engañar a quien quieras, pero a una madre no, amigo. Al pensar en esto último, recuerdo que no he avisado en casa. Cuando salimos a la aventura no creí que fuese a tardar tanto, y mi madre estará subiéndose por las paredes.
—Lleva eso al lavadero, anda —ordena Jimena a Gabriel. Este, sin perder un segundo, se marcha y entra en una habitación al fondo del pasillo—. Y tú será mejor que llames a tus padres —me aconseja al tiempo que hace desaparecer el charco que había creado el ovillo de ropa mojada.
—Sí —respondo cauto. No me gustaría llevarme una reprimenda de Jimena y otra de cada uno de mis padres. Porque ellos lo hacen así, por separado, cada uno a su estilo. La brusca, mi padre, y la de hacerme sentir culpable, mi madre. No sabría cuál elegir—. No tardarán en venir.
Jimena sonríe y mueve la cabeza de un lado a otro como si hubiera encontrado algo divertido en lo que he dicho. ¿O me habrá leído el pensamiento? A veces pienso que las madres pueden hacer eso y, cuando se las intenta engañar, ellas, en realidad, lo saben y quedan después para reírse de nosotros, sus hijos idiotas. Algo parecido a un aquelarre de brujas, pero sin sacrifcios humanos, solo nuestras vergüenzas.
—¿No pensarás hacer venir a tus padres con la que está
cayendo? —pregunta incrédula, con un punto de indignación. —Te puedes quedar… —ofrece Gabriel, que ya está de
vuelta—. Si quieres, claro.
—No quiero molestar —respondo tímido. Aunque, por otro lado, me muero por conocer un poco más del mundo de Gabriel.
Jimena suelta una sonora carcajada que me pilla desprevenido y hace que, al verme la cara de desconcierto, ría todavía más fuerte.
—¿Qué dices? —insiste sonriendo Gabriel.
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Sobre la encimera de granito rojo de una cocina pequeña y anticuada, Gabriel prepara algo a lo que ha llamado «pambazo». Parecen unos bocadillos con el pan enrojecido por no sé muy bien qué. De reojo, mientras hablo con mi madre, le observo rellenar cada uno con puré de patata, chorizo, cebolla y lechuga. Menuda mezcla.
—Que sí… —digo, cansado, ya por cuarta vez—. Estoy bien.
No, no nos pilló la tormenta —miento y Gabriel, que estaba de espaldas, se gira y vocaliza un «mentiroso».
Me giro yo también, para no verlo, y desde aquí observo a Jimena en una pequeña sala de estar, rodeada de sacos. De ellos extrae lo que parecen unos retales alargados. Al tirar de ciertos hilos, separa piezas más pequeñas que apila en dos montones, ya sean alargadas o más achatadas.
—Pero ¿por qué no me has avisado antes? —comenta mi madre todavía un poco molesta a través del auricular—. Sabes que no me gusta que estés por ahí sin que me digas nada.
Gabriel se sienta frente a mí con los dos bocadillos en sendos platos y un par de tarros. Uno, con una salsa blanca espesa, similar a una mayonesa, y el otro, con una salsa verde mucho más líquida.
—Estábamos echando unas partidas y no he visto la hora
—vuelvo a mentir y Gabriel, divertido, se hace el sorprendido—. Como tenía el móvil en silencio no me he enterado cuando me has llamado. —Al menos esto sí que es verdad.
Mi inesperado chef coge uno de los bocadillos o pambazos, lo abre y extiende la crema blanca y la salsa verde.
—¿Entonces? —pregunto esperanzado, tratando de ocultar la nota de preocupación en mi voz.
Gabriel me hace un gesto con la cuchara en una mano y el tarro de salsa en la otra. Intuyo que espera que le diga si quiero que ponga en mi bocadillo lo mismo que él ha puesto en el suyo.
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Yo qué sé. No tengo ni idea de lo que es eso, pero, si se lo pone él, supongo que malo del todo no estará. Aunque viéndolo se asemeja a un batiburrillo de cosas que vete a saber. Termino por hacerle una señal con la mano para que ponga lo que considere.
—Mañana paso a por ti —responde algo más dubitativa de lo que me hubiera gustado—. Descansa y no hagáis tonterías.
—Que sí…
Al fnal, no puedo más y lo que me ha estado preocupando desde el primer momento, incluso antes de mantener la conversación con mi madre, sale a la luz.
—¿Qué le vas a decir? —No sé cómo se lo tomará mi padre. Ya ha dejado bien clara, en más de una ocasión, la opinión que tiene de Gabriel y su madre.
—Tú procura comportarte, que no es tu casa —me tranquiliza ella—. Venga, hasta mañana.
—Hasta mañana.
Su respuesta no me ha sonado todo lo convincente ni reconfortante que me hubiera gustado. Podría haberle propuesto que mintiera y le dijera que estoy en casa de David, pero si lo descubre, sería peor y metería a mi madre en un lío.
—¿Va todo bien? —pregunta Gabriel con el bocadillo entre las manos, listo para el primer bocado.
—Supongo —contesto inseguro, guardándome el móvil.
Gabriel me mira con cara de no creérselo.
—Bueno —dice impaciente, cambiando de tema—. A ver qué te parece.
—¿Qué lleva la salsa? —pregunto no muy convencido de encontrar tan sabroso, como él espera, el revoltijo de ingredientes y colores.
—Tú come —ordena, ansioso por que lo pruebe.
Gabriel le da un buen mordisco al bocadillo, mientras yo intento idear la forma de cogerlo sin pringarme los dedos con el aceitillo rojo que recubre el pan. Para ser sincero huele bastante
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bien, pero… Me lo llevo a la boca y el primer mordisco me sabe a gloria.
—Está bueno, ¿eh? —pregunta de manera retórica, al verme chuparme los dedos con la salsa que rebosa por los lados.
—Ya te digo —respondo antes de dar otro bocado.
En una de las paredes hay un reloj colgado en el que observo la hora: las 21:51. Sin dejar de masticar, vuelvo la cabeza para ver a Jimena, que sigue en la pequeña sala extrayendo piezas de tejido. Una tras otra, sin parar. Los dos montones han crecido bastante desde la última vez que miré hacia allí.
—¿Es siempre así? —consigo preguntar entre bocado y bocado.
Gabriel, que me ha visto volver la cabeza hacia su madre, asiente. Lo hace de manera triste y lacónica. Una pregunta me ronda la cabeza, pero no sé si es buen momento para hacerla, o si tenemos ya la confanza sufciente.
—Y… —comienzo dubitativo, con miedo a arrepentirme— ¿estáis mejor aquí?
Gabriel para de comer y deja el bocadillo sobre su plato. Mira hacia su madre.
—A veces. —Se encoge de hombros. Esta vez no lo hace de la manera despreocupada que tanto me… gusta, sino con los brazos laxos, sin ganas. Casi diría que abatido—. Supongo que ya sabes lo que dicen en la aldea.
—No… —miento como un bellaco.
—Mientes fatal —me dice él. No lo hace en calidad de reproche, sino como un hecho objetivo que de sobra sé que es verdad—. Lo dicen todos, incluso allá en el pueblo. Pero no es verdad.
Quiero decir algo para cambiar de tema, consciente de que he metido la pata sacándolo ahora, pero Gabriel se me adelanta.
—Él era bueno con nosotros y ella lo cuidaba lo mejor que sabía.
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Me quedo callado, es lo más inteligente que puedo hacer después de escucharlo, y le doy un mordisco al bocadillo; no sé por qué lo hago. Desde fuera puede que parezca que no me importa la respuesta, pero no es así. Creo que es algo más bien nervioso. Quizá para intentar alejar la desazón de alguna manera. Sin embargo, esta vez no soy capaz de saborear el bocado.
Gabriel baja la mirada.
—A veces llora —continúa sin alzar la vista—. Se cree que no la oigo, pero sí.
Durante unos segundos él no dice nada y yo tampoco. —Podrías poner un bar solo con esto —digo de repente y me
siento estúpido. Como si fuera la cosa más idiota que podría decir, pero, a la vez, la única que se me ocurre para animarlo—. Yo iría. —Y es verdad.
—A lo mejor —declara Gabriel con la voz algo ronca; carraspea para recomponerse— te hacía alguna oferta. —Y sonríe.
Le devuelvo la sonrisa, apartando de mi mente las notas tristes de su voz. Sin embargo, percibo su mirada acuosa y, aunque no dejo de sonreír, la garganta se me encoge.
Ayudado con las muletas, sigo a Gabriel por las escaleras hasta el segundo piso, donde, a mitad de un corredor, se encuentra su habitación. Una vez dentro, compruebo mi teoría de que todo allí parece amueblado en los setenta. Quitando eso, la habitación de Gabriel podría pasar por la de cualquier adolescente: un escritorio, un armario, una cama, algún póster de grupos de música, una guitarra —eso sí que no me lo esperaba— y una montaña de ropa sucia junto a la puerta.
Gabriel, que ha seguido mi mirada, corre avergonzado a recolectar el montón de ropa, que mete en el armario sin miramientos.
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—Tú no has visto nada —me dice con cara de circunstancias.
Yo fnjo cerrar una cremallera sobre mi boca.
—No sabía que tocabas —pregunto atraído por la idea de escucharlo tocar la guitarra—. No me digas que cantas también.
—Soy pésimo… —se disculpa y lo miro enarcando una ceja, un tanto incrédulo.
—¿No me tocas una ranchera? —bromeo solo a medias, a ver si consigo hacer que la haga sonar.
—Oh, muy buena —dice siguiendo la broma—, ya llegó el estereotipo. Pues nada, tú te lo has buscado.
Gabriel agarra la guitarra y se pasa la correa por el hombro. Ajusta los dedos de la mano izquierda a un traste y rasga las cuerdas con una púa en la otra, haciendo un simulacro de escala. Intuyo que es para comprobar que sigue afnada, pero no tengo ni la menor idea de si suena bien o mal. Aprieta una clavija y repite la operación varias veces. Mientras lo hace, lo observo impaciente y fascinado, como si esto fuera un proceso secreto del que solo unos pocos conocen su existencia. Para mí es alquimia.
Cuando parece que ha terminado de ajustar todo, Gabriel me mira con una media sonrisa.
—Esta canción —comienza teatral, igual que si tuviera frente a él un auditorio lleno de gente— va dedicada a ti. —Me señala con la mano con la que sujeta la púa.
Sonrío divertido al verlo hacer el payaso y no puedo evitar sentirme un poco nervioso mientras me apunta con el dedo. Nadie me ha dedicado nunca nada así. A excepción de David con sus goles y su ridícula celebración de pistolero, claro.
Pero la púa baja de golpe y… ¡Dios bendito! La mano sube y baja sin ton ni son, produciendo el sonido más estridente e insoportable que jamás creí que pudiera salir de ningún instrumento.
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—¡Para, tío! —grito para hacerme escuchar sobre aquel inferno sonoro. Voy a tener que ir al otorrino a que me revise los oídos después de esto.
—¡¡¡Gabriel, que la quemo!!! —se escucha amenazar a Jimena, desde algún lugar de la planta baja, por encima del estruendo de la guitarra del mal.
Gabriel para de tocar y me mira sonriendo con cara de «¿Lo ves?». Yo le correspondo con un asentimiento de cabeza, en reconocimiento a su pésimo talento musical. Que una bandada de cuervos me picotee los oídos hasta dejarme sordo si vuelvo a pedirle que coja la guitarra delante de mí. Se podía dedicar a reclamar dinero a morosos tocando así. El cobrador del rock. Yo pagaría rápido.
Hasta ahora, con el jaleo de la guitarra, no me había percatado, pero solo hay una cama y la idea me inquieta. Así que, sin preguntar a Gabriel, en parte por vergüenza, en parte por cierto agobio, me acerco a la cama intentando parecer despreocupado. Cojo el edredón, como quien no quiere la cosa, y lo levanto, esperando encontrar una cama supletoria debajo… Nada.
—¿No hay más? —pregunto a Gabriel sintiéndome algo estúpido. Él se acerca hasta la cama, junto a mí.
—Yo me hago aquí una bolita —dice palmeando el colchón—, y ni te enteras de que estoy.
No sé si es la respuesta que desearía escuchar, pero comienzo a arrepentirme de haberme quedado. No me veo capaz de poder olvidarme de que junto a mí descansa el cuerpo de otra persona; el suyo. Aún estoy a tiempo de llamar a mis padres para que me recojan. Sin embargo, estoy seguro de que se pondrían, se pondría —me corrijo— hecho una furia, y no me apetece demasiado enfrentarme a eso ahora mismo y…
—Va, ¿dentro o fuera? —insiste Gabriel destapando la cama, ajeno a mis titubeos.
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—Dentro —digo como si la simple pregunta me hubiera reiniciado, olvidando todas las dudas.
Gabriel aguarda a que yo deje las muletas apoyadas en la pared y entre en la cama. Una vez dentro, bocarriba, espero a que él haga lo propio y termine de echarnos un par de pesadas mantas por encima. Acabo encajonado entre la pared y Gabriel, hombro con hombro, y no sé si es por el frío o por los nervios, que no puedo dejar de temblar. Ambos miramos al techo.
—¿Ves como cabemos los dos? —dice en tono afable. —Bueno —contesto rebulléndome un poco para separarme,
al menos, un centímetro de él. No es que no me guste su contacto, más bien al contrario.
Estoy empezando a arrepentirme mucho de haberme quedado. No quiero cagarla también con él.
—¿Estás bien? —pregunta volviéndose hacia mí. Su cara queda a poco más de un palmo de la mía y puedo percibir su aliento tibio.
—La casa parece más grande desde fuera —intento desviar la atención y también la cara, nervioso.
—Y es enorme —contesta Gabriel—, pero está hecha polvo y
medio vacía. Y porque no la viste cuando llegamos. —Hace una pausa y vuelve a mirar al techo, pensativo, intentando encontrar respuestas en las alturas—. Cuando consiga el dinero sufciente, pienso convertir esto en un alojamiento rural.
—¿Quieres quedarte a vivir aquí? —pregunto sorprendido por la nueva información. Yo que él estaría deseando irme a cualquier otro lugar, empezar de cero donde nadie me conociera. Quizá así…
—Aún no lo sé —responde girándose hacia mí de nuevo—. ¿Y tú?
—Tampoco lo sé —contesto sincero. La misma pregunta me he planteado más de una vez y siempre termino igual. No lo sé. Tengo claro que la vida aquí es complicada, que quizá no tenga
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mucho futuro. Pero también está mi pasado y mi presente…—.
A veces sí y otras, ni de coña.
Gabriel apaga la luz y ambos nos quedamos mirando al techo en la oscuridad. Un relámpago y la habitación se llena de un resplandor blanquecino, mostrando, por una fracción de segundo, las siluetas de los muebles simulando ser fantasmas a nuestro alrededor. Un suspiro se escapa de mi boca.
—¿Qué pasa? —pregunta Gabriel divertido—. Ha sonado a suspiro de vieja. —Me hace sonreír.
—Es un poco raro —digo inseguro.
—¿Dormir? —pregunta sin entender.
—No… —continúo impulsado por una fuerza invisible que más me valdría que me cerrase la boca de un plumazo—. Esto, aquí. Los dos.
Gabriel se vuelve hacia mí y, esta vez, yo hago lo mismo. Ambos quedamos frente a frente, rozándonos las manos que apretujamos junto al pecho para evitar el contacto en lo posible, en una muestra de extraño pudor.
—Si quieres —empieza proponiendo Gabriel— me tiro la manta al suelo. De verdad que no me importa. —Y me mira a los ojos.
Nervioso, desvío la mirada y me ajusto las mantas una vez más, intentando que cualquier monstruo que venga de fuera quede al otro lado. Sin embargo, el monstruo del que me quiero proteger está aquí, conmigo, y ni tan siquiera sé si me quiero proteger de él. Ni siquiera creo que sea un monstruo.
—¿Tienes frío? —pregunta preocupado. Su aliento vuelve a acariciarme la piel.
—Un poco —digo desviando la cara por miedo a que pueda sentir el mío y eso le disguste.
Gabriel se pega más a mí y su movimiento me pilla por sorpresa. El cerebro me dice que me separe poco a poco de él, que me marche antes de que todo se complique. Sin embargo,
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mi cuerpo ha decidido sabotearme y quedarse paralizado.
Inmóvil. Sintiendo el agradable calor que desprende.
—¿Mejor? —susurra con los labios muy cerca de los míos. —Sí… —articulo con apenas un hilo de voz. Gabriel sonríe. Puedo escuchar el corazón galopar en mi pecho. Me
encantaría besar a Gabriel ahora mismo. Lanzarme a por sus labios y apretarlos con los míos, mientras lo abrazo muy fuerte. Pero el cuerpo no me responde, a pesar de que las ganas crecen, imparables, más abajo de la cintura. Rezo para que pare. Para que él no lo note. Sin embargo, Gabriel, que me mira serio, se adelanta en silencio como un golpe de viento, fundiendo sus labios con los míos. Apenas un roce sutil, que, por un instante, me para el corazón, dejándome sin aliento y haciéndome fotar. Yo me dejo llevar manso. Esperándolo y temiéndolo a la vez. Temblando.
Cuando Gabriel se separa el hechizo se rompe y me mira avergonzado, casi dando la impresión de estar arrepentido.
—Yo… —comienza a decir.
Pero no le doy tiempo a nada más y ahora soy yo quien lo besa a él, sintiendo sus labios cálidos y suaves mientras me abraza. Suspendiendo el tiempo y acortando el espacio. Cualquier miedo queda fuera, cualquier duda; solo él y yo, aquí y ahora. Fundidos el uno en el otro.
Gabriel me quita la camiseta y, con ternura, vuelve a besarme en los labios, en las mejillas, en la frente, en la nariz, y, una vez termina de recorrer cada centímetro de mi rostro, su boca desciende por el cuello hasta el pecho. Yo le sonrío, nervioso y excitado, mientras llega con su ruta de besos hasta el abdomen, donde me hace cosquillas.
Después, me agarra los pantalones y, antes de que pueda bajarlos, lo detengo sujetándole la mano, con más dudas que frmeza.
—Tranquilo —susurra para serenarme.
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Vacilante, suelto su mano y termina por bajarme los pantalones, dejando mis piernas, con sus cicatrices, al descubierto. Si ahora pudiera hacerlas desaparecer con un chasquido de dedos…
Gabriel las mira intrigado y adelanta la mano para tocarlas. Yo hago el amago de incorporarme, pero él, decidido, apoya su mano en mi pecho impidiéndome salir corriendo, que es lo que ahora desearía poder hacer. O no. Sus ojos intentan transmitirme serenidad, pero los míos no saben hacer otra cosa que suplicar que, por favor, se detenga.
—Son como caminitos —dice Gabriel, acariciando la superfcie de la cicatriz de la rodilla. Lo hace de forma tan sutil que apenas siento su roce, solo el calor que sus dedos desprenden al pasar.
Gabriel acerca los labios a la cicatriz de la rodilla derecha, besándola con ternura. Después, me mira sonriendo y algo en mi interior se descompone y salta y baila, y yo lucho por vencer el miedo y la agitación. Encendido y desarmado, observo cómo me agarra con suavidad la otra pierna, inclinándola lo justo para besar también la cicatriz de esa rodilla.
—Deja —intento hacerle parar con apenas un hilo de voz. Es raro, porque me gusta lo que hace, pero, a la vez, me siento muy indefenso.
Gabriel se detiene y levanta la vista, en una pregunta muda, y yo… yo no sé lo que hacer, pero asiento nervioso.
Él toma mi pie derecho y planta un beso sobre el empeine. Aún confundido y cada vez más excitado, le contemplo repetir la operación en el izquierdo, hasta que algo hace clic en mi interior. Siento el miedo desvanecerse dejando lugar al deseo. A nosotros. Solo existimos Gabriel y yo.
Incorporándome ligeramente, lo agarro, le saco la camiseta y lo beso. Al principio son besos toscos, forzados, pero, poco a
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poco, aprendo a seguir la silueta de sus labios, a recorrer los bordes húmedos de su boca con la mía.
Gabriel se desprende del resto de su ropa y también de la mía, a lo que, para mi sorpresa, no opongo resistencia alguna. Risueños y nerviosos, enroscamos torpes nuestras piernas y nos besamos, frotándonos juguetones el uno con el otro. Me descubro jadeando al rozar con sus dientes mi cuello. Yo llevo las manos a sus nalgas, que moldeo con suavidad, y lo escucho gemir. Quiero que todo él esté sobre mí, que cada centímetro de su piel atezada roce cada centímetro de la mía, tan solo un tono algo más pálida. Quiero recorrer con los dedos cada rincón de su cuerpo; sus colinas y sus valles. Quiero sentir la piel de gallina, quedarme sin aliento y desaparecer, fundidos el uno en el otro. Quiero que este momento dure para siempre.
No puedo parar de sonreír. Tumbado bocarriba, desnudo y con las manos en la nuca, sigo pensando que lo que acaba de pasar no es real. Gabriel, a mis pies —y no es una forma de hablar—, vestido igual que yo, está concentrado en hacerme cosquillas con el bolígrafo sobre el empeine. Me ha dicho que quería dibujarme algo y yo no he podido resistir la tentación de que sus manos siguieran tocándome un poco más. Aunque empiezo a tener algo de frío.
—Ya está —dice satisfecho, retirándose.
Encojo las piernas para ver el dibujo más de cerca y veo la raspa de un pez sobre una de las cicatrices de los empeines. Gabriel ha aprovechado el relieve para siluetear las espinas, a las que ha añadido la cola y la cabeza. Está mejor de lo que me esperaba. No se va a exponer en un museo, pero hay por ahí tatuajes muchísimo peores.
—Para la música no, pero esto ya es otra cosa… —bromeo. —Espera —me dice pensativo—, la cabeza no me convence
demasiado.
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Gabriel se agacha de nuevo para repasar el dibujo y me fjo en una cicatriz de quemadura que tiene sobre su hombro izquierdo, que no había visto hasta ahora.
—¿Qué te ha pasado en el hombro?, ¿una caída con el skate? Gabriel se detiene y, serio y mudo, se sienta junto a mí sobre la cama. Se toca la marca como si hasta ahora no se hubiera
acordado de que la tenía. Y yo, en calidad de buen bocachancla, ahí estoy para cagarla recordándoselo. ¡Bien por ti, Eloy!
—¿Estás bien? —pregunto tímido. Es evidente que no.
El silencio hace que se me encoja el estómago.
—Fue mi padre —dice Gabriel metiéndose bajo las sábanas.
Lo imito, quedando los dos frente a frente.
—¿Por eso vinisteis?
—Él no era el peor —añade tras resoplar de manera sarcástica, y deja una media sonrisa que nada tiene de divertida.
Solo se me ocurre darle un beso tierno en la boca. Él se gira, dándome la espalda. No me rechaza, sino que pega su cuerpo más al mío, invitándome a abrazarlo. Y eso hago.
—¿A veces… —titubea— no sientes que tu sitio no está en ninguna parte?
En un acto refejo refuerzo el abrazo. Al verlo así quiero protegerlo de todo, incluso de la propia pena que se trasluce en su voz.
—También me pasa —respondo—. A veces, ahora también. Gabriel se gira, sin deshacerse de mis brazos, y se me queda
mirando extrañado. Yo también lo estoy, porque no sé muy bien de qué forma expresar lo que tengo en mente. Su respiración me acaricia el cuello y eso me reconforta y me ayuda a continuar.
—Aunque ahora es diferente —intento aclarar—. Como si esto no tuviera que ser para mí y estuviera en la vida de otro…
—Dudo lo que decir a continuación, pero sigo con la exposición.
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Aun a sabiendas de que es posible que quede como un idiota—.
Es como si fuera una historia, un cuento.
Gabriel me mira y sonríe.
—Menuda gilipollez, ¿eh? —Avergonzado, no sé a dónde mirar.
Él me coge la cabeza y frota su frente con la mía antes de darme un beso en los labios. Parece mentira que un gesto tan íntimo, que jamás tuve y que nadie tuvo conmigo, ahora me esté resultando tan familiar. No digo que me haya acostumbrado, sino que cada vez que ocurre me parece mentira que no haya habido otros antes. Que sea todo tan complicado hasta llegar aquí.
—¿Sabes? —me dice triste—. A mí nunca me contaron uno. —¿Qué? —pregunto sorprendido y un poco indignado. No
puede ser. Todo niño necesita que le cuenten cuentos. Debería haber un contrato de padres que así lo estipulase—. ¿Me lo estás diciendo en serio?
Gabriel, acurrucado, asiente en silencio y siento pena por él. No sé por lo que ha pasado. No sé si alguna vez me lo contará. Lo que sí sé es que quiero que, al menos esta noche, se sienta un poco feliz conmigo.
—Mi madre me contaba muchos. Si quieres —le propongo—, te los cuento.
Gabriel levanta la vista y me sonríe, se gira y vuelve a quedar de espaldas a mí. Busco en la memoria alguna de las historias que mi madre me solía contar a la hora de dormir, alguna que le pueda ayudar en este momento, porque es lo único que se me ocurre: ayudarle a través de las palabras de otro.
—Érase una vez —comienzo impostando la voz, aspirando a parecer un verdadero cuentacuentos— un burro que en mitad del campo encontró una piel de león…
Gabriel coge mi mano y la besa. Noto sus mejillas hincharse y, con todas mis fuerzas, deseo que esté sonriendo.
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Más temprano de lo que me hubiera gustado, mi madre ha pasado a recogerme por casa de Gabriel. Por suerte, al escuchar el motor de su coche acercarse, algo me dijo, aún estando dormido, que tenía que vestirme a toda prisa y salir a su encuentro, si no quería que ella o Jimena nos descubrieran abrazados y en pelotas. No la voy a culpar por hacerme madrugar después de pasar casi toda la noche despiertos, ni tampoco por la pequeña encerrona que me ha preparado trayéndome por fn al cementerio. Pero la verdad es que el bajón después de lo de anoche es importante.
Caminando por las calles de tierra y grava por las que discurren los nichos, esquivamos charcos de todos los tamaños que la tormenta creó la pasada noche. Sobre algunos de ellos fotan los restos de fores destrozadas que el viento ha esparcido por todas partes, dando un aspecto aún más triste y melancólico al lugar. Tan solo unas pequeñas fores amarillas, nacidas junto a uno de los muros de nichos, se mantienen intactas. El azar ha querido que nacieran en el lugar adecuado para que anoche estuvieran protegidas del viento y del agua. Igual que el azar quiso que Gabriel y su madre acabaran en la misma aldea perdida que yo.
Mi madre se detiene frente a una de las columnas de nichos de seis alturas. Deja en el suelo el cubo de plástico, lleno de
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productos de limpieza que transporta a modo de bolso, y se dedica a recoger pequeños fragmentos de loza de lo que ayer, a estas horas, debió de ser un jarrón. Desde atrás, apoyado en las muletas y deseando volver a casa, observo a mi madre depositar los aflados trozos con un cuidado casi ceremonioso en el interior del cubo. No somos los únicos allí: algunas personas, casi todas mujeres, hacen lo propio con las tumbas de sus seres queridos. Una de ellas, bastante anciana y vestida de negro, coloca un ramo de fores sobre un jarrón. Al hacerlo, se gira hacia nosotros, como si intuyese que la estábamos mirando.
—Me podías haber recogido a la vuelta —digo con fastidio, intentando hacer caso omiso a la atención de la mujer de negro.
—Como dijiste que a la próxima vendrías… —contesta mi madre, haciéndose la inocente mientras recoge algunas fores tiradas por la grava.
El nicho de mis abuelos está en la altura más baja, a ras de suelo. Recuerdo a mi abuela que me explicaba que pagaban más a los del Ocaso para poder estar ahí. Así mi madre, cuando viniera a «cuidarlos», no tendría que subirse a una escalera y sería más cómodo. No sé cómo estando vivo se puede pensar en esas cosas. A mí que me quemen y ya está. Prefero eso a pensar en estar encerrado en un sitio así para siempre. Me da escalofríos solo de pensarlo.
—Sabes que me dan cosa estos sitios —me justifco con un argumento que ya sé que para mi madre vale lo mismo que decir un hechizo en élfco.
Ella, sin mirarme siquiera, pasa un trapo por la sencilla lápida de mármol blanco, llena de salpicaduras de barro, donde sus padres tienen los nombres tallados: Rafael Lorenzo Martínez (74) y María Llanos Ventura Lorente (85). Junto a estos, una foto en blanco y negro, enmarcada tras un cristal protector, muestra sus rostros jóvenes y sonrientes, que parecen observarnos divertidos a través de una pantalla.
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—Menuda lástima —dice asiendo del cubo un puñado de las fores destrozadas que ha ido recogiendo del suelo—. Seguro que si vengo antes, antes llueve.
Se me ocurre una idea y me separo de mi madre, que vuelve a meter las fores en el cubo con resignación.
—Si tu abuela lo viera así —la escucho decir—, le daba algo. Saca el dosifcador del cubo y nebuliza el mármol mientras
busco algo que he visto mientras veníamos. No debería de estar muy lejos, pero no consigo localizarlas ahora.
—Por cierto —me dice—, ¿qué tal en casa de Jimena? No me has contado lo que habéis hecho.
—Lo de siempre —contesto—. No sé, nada especial
—miento, y noto que me suben los colores a las mejillas al recordarlo.
Por fn encuentro lo que estaba buscando. Apoyo las muletas junto a la pared y me arrodillo frente a la pequeña planta de fores amarillas que había visto antes. Diría que son margaritas, pero son algo más pequeñas y compactas. Tampoco es que yo sepa demasiado de plantas, así que… Con cuidado de no romperla más de lo necesario, corto los tallos haciendo un pequeño ramillete con la media docena de fores que puedo recolectar.
Mi madre está limpiando con fruición el mármol, cuando vuelvo junto a ella con el improvisado ramo. Al verlo, sonríe.
—¿Siempre estaban así? —pregunto observando de nuevo la fotografa sonriente de mis abuelos.
Ella recoge las fores de mi mano y las deposita frente a la foto de mis abuelos.
—¿Así cómo?
—Riendo —le aclaro—. Me acuerdo de ellos siempre así.
Bueno, más viejos.
Mi madre me mira y saluda con un cabeceo a alguien a mi espalda. La mujer de luto, que le devuelve el saludo y se marcha.
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—Pobre mujer —dice poniéndose en pie.
—¿Quién es?
—La Juana. No hace mucha vida por el pueblo ya. Vino de Valencia con su hermana, hace muchos años. Aunque no se parecían en nada. Eran la noche y el día, pero iban siempre juntas a todas partes, hasta que su hermana se murió. Eso fue antes de que tú nacieras. Ahora ya no vive aquí y viene solo a arreglarla… En fn —dice como si desechara alguna idea en relación a la historia que me estaba contando—. ¿Entonces te acuerdas de ellos riendo?
—Sí, sobre todo en las festas, cuando hacían paloma.
—Es verdad. —Sonríe y se agacha para repasar la foto con los dedos—. Hasta cuando se peleaban. Yo creo que no sabían ni pelearse. Enfurruñarse, sí, pero enfadarse de verdad, no. ¿Y a ti
qué te ha dado ahora? —pregunta intrigada, volviéndose hacia mí.
Encojo los hombros, sin más, evitando dar cualquier pista que la haga querer seguir indagando.
—Aunque no lo tuvieron fácil. A mi abuela, tu bisabuela —me aclara por si se me había olvidado el detalle del parentesco y se persigna—, que en paz descanse, casi le da un mal cuando se enteró de que andaban juntos. —Se levanta quedando en pie junto a mí—. Ella no quería que su hija saliera con tu abuelo… y era mala la jodía.
—¿Por qué?
—¡Uy, el abuelo! —ríe—. Muy gracioso, pero un pieza de cuidao.
Mi madre va hacia la lápida contigua en la que está la foto de mi bisabuela, a quien no conocí. La reconozco porque alguna vez me han enseñado imágenes suyas, siempre seria, como si sonreír fuera un pecado. Por eso y por la inscripción con su nombre: María del Rosario Lorente García (83). Enganchado al
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mármol amarillento hay un ramo de fores de plástico mojadas y llenas de barro.
—¿Seguro que es tu abuela y no la de papá? —digo fjándome una vez más en el rictus serio de ella.
—Ay, hijo —me mira conmovida, haciéndome sentir otra vez un niño de parvulario—. Tú no sabes lo que dices.
—Siempre está igual que ella —respondo algo indignado por su condescendencia, aunque trato de disimular—, parece que no sepa reírse.
Ella me acaricia el pelo, lo que acrecienta mi sensación de rejuvenecimiento no deseado.
—¿Y al fnal qué pasó? —continúo, para reconducir la conversación, y me aparto de la manera más disimulada que puedo. No me gusta cuando me trata como si fuera un crío. Ya no lo soy.
—Pues tragar —enfatiza lo incuestionable de su respuesta—.
Era eso o perder una hija.
Mi madre toma las fores de plástico y con cuidado las limpia, una a una, ayudada con el trapo.
—Al fnal —prosigue sin dejar de adecentarlas—, cuando mi abuela estaba a punto de morir, le pidió perdón a tu abuelo. A su
manera, eso sí. —Sonríe al recordar—. Le dijo un día: «Al fnal paece que no estás tan mal». No creas que…
—Joder, con la bisabuela —suelto espontáneo.
—¡Eloy! —me amonesta mi madre.
—Sí, que ahora se va a enfadar —me defendo.
—Me da lo mismo. No me gusta que hables así y ya está. Y menos aquí.
Levanto las manos en son de paz y mi madre, haciéndose la indignada, acepta la tregua. Deja el ramo de plástico en el recipiente en el que estaban y se lleva los dedos a los labios, trasladando un beso a la foto de sus padres.
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De camino a casa, en el coche, me pongo los auriculares para escuchar algo de música mientras, absorto, contemplo el paisaje con la cabeza en el cristal. Suena Lazy eye, de Silversun Pickups, justo al acercarnos frente a la casa de Gabriel, por donde tenemos que pasar de nuevo en la ruta de regreso a nuestra casa. No sé si ha sido el azar o inconscientemente he programado la lista de reproducción para que fuera así. Me da igual. Me encanta esta canción y, si pienso en la noche con Gabriel, es tal cual lo que siento.
Escruto a través de los árboles con la tonta idea de poder verlo otra vez y, aunque sea a lo lejos y de pasada, saludarle. Pero no, pasamos de largo y la casa parece una construcción abandonada, rodeada de árboles deshojados ya por el frío.
Advierto la mirada de soslayo de mi madre, a la que parece rondarle algo por la cabeza, y cierro los ojos para disimular. No me apetece tener una conversación madre e hijo. Le doy a repetir canción y vuelvo a estar doce horas atrás, desnudo en una habitación que no es la mía. Sintiendo algo que no había sentido nunca, pero más real que todo lo que había sentido antes.
La furgoneta de mi padre está aparcada en el corral cuando entramos con el coche. Mi madre me mira extrañada y puedo leer el brillo de la preocupación en sus ojos.
Al llegar al salón nos damos de bruces con lo que se podría llamar «la auténtica visión de la derrota». Mi padre, un señor de campo de más de metro ochenta y noventa kilos, fuerte, decidido y, por qué no decirlo, terco como él solo, está hundido en el sillón con la cabeza gacha y una lata de cerveza en la mano; a juzgar por los restos sobre la mesa auxiliar, no ha sido la primera. La luz amarillenta que proyecta sobre él la lámpara de pie no ayuda a mitigar esta sensación.
—Ricardo —es lo único que acierta a decir mi madre al verlo en ese estado.
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—Nada —dice él, levantando la cabeza para mirarla a los ojos.
—Pero ¿tanto ha sido? —pregunta ella, que se acerca y se sienta a su lado, en el extremo del sofá—. ¿Y la fnca de…?
—Nos han dicho que nos volvamos a casa —corta seco la frase de mi madre—, y ya veremos cuándo volvemos a trabajar.
Mi madre apoya afectuosa la mano sobre el muslo de mi padre, intentando darle así algún consuelo.
—Verás que hay algo —dice ella tratando de reforzar su gesto con unas palabras que a todos allí, incluida mi madre, nos suenan huecas.
—¿No me has oído? —pregunta irritado. Al levantar la vista, repara por primera vez en mí y fja sus ojos en los míos.
Mi padre se levanta montado en cólera y viene hacia mí. Me gustaría poder salir corriendo y estar así una semana, hasta que las piernas se me deshicieran por el camino. Pero no puedo y, asustado y en un acto refejo, solo se me ocurre dar un paso atrás, interponiendo las muletas entre él y yo.
—¿No te había dicho que no te arrimaras a ese? —Su dedo me apunta tan frme como sus pupilas. De manera inconsciente, vuelvo a retroceder un par de pasos más.
—Ricardo… —interviene mi madre intentando mediar. —¿Es que no podéis hacerme caso alguna vez sin
discutírmelo todo? —pregunta mi padre sin mirarnos a ninguno, aunque refriéndose a ambos.
Trago saliva y no sé qué decir. Cualquier cosa que diga o haga va a ser para agravar la situación, estoy seguro.
—Y vas y te quedas en su casa… —continúa cada vez más rojo—. ¿Pero sabes algo de ellos?
—Estaba lloviendo y… —me excuso, pero no sirve de nada. Bueno, sí, para ver a mi padre alcanzar un nuevo nivel. Si fuera un personaje de Goku ya estaría en cuarta.
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—¡Como si viene Noé y saca el arca! —me grita ya sin ningún tipo de miramiento. Sabía que sería peor. Siempre lo es—. Te hacía más listo, Eloy.
—Pero… —intento hablar de nuevo porque, joder, tampoco creo que sea para tanto el haberme quedado a dormir en casa de un amigo. Mil veces lo hemos hecho David y yo y parece que ahora esto sea un crimen.
—¡Pero nada! —vuelve a gritar—. ¿Es que no tienes bastante ya? —dice y sus manos me indican que se refere a las muletas. A mi malformación, porque es eso. A ser un tullido y no alguien normal. Siento que el pecho se me encoge y ahora no es que no deba hablar, es que no puedo.
—¡Ricardo! —lo reprende mi madre.
No termino de ver la escena porque salgo de allí todo lo rápido que puedo, pasando junto a mi padre, al que no me apetece ni mirar a la cara. Cogería una muleta y destrozaría mi habitación de arriba abajo si eso sirviera de algo. La casa entera si fuera necesario.
—¡Eloy, ven! —escucho a mi madre detrás de mí.
Cierro la puerta de mi habitación de un portazo y tiro las muletas contra el suelo con todas mis fuerzas. Ojalá fuera así de fácil romper el malefcio de mis piernas.
Fuera, en el salón, percibo el sonido de las latas al estrellarse contra el suelo.
—¿Es que no sabéis hablar? —vuelve a decir más enérgica mi madre. Pero apenas la escucho. La sangre me palpita en los oídos. Pum-pum-pum-pum… Quiero gritar. Romper algo. Ponerme a llorar.
Un golpe de aviso en la puerta y no ocurre nada. Por primera vez, mi madre parece querer respetar mi espacio y yo lo agradezco.
—No ha querido decir eso, Eloy —escucho decir desde el otro lado de la puerta, que sigue cerrada.
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Yo no respondo. No me sale la voz, ni me apetece encontrarla. La puerta termina por abrirse y aparece mi madre, cauta. Sabía que no podía durar demasiado.
—¿Qué haces así, Eloy? —dice alarmada, al verme en pie y sin muletas, en mitad del cuarto—. Te vas a hacer daño. —Viene junto a mí para darme apoyo, pero yo la detengo con un gesto de la mano, indicándole que se quede donde está.
—¡Si tanto le molesta, ya está! —respondo indignado, sin hacer caso a la expresión de preocupación de mi madre—. ¡Ya no tiene un tullido!
—No digas eso —trata de calmarme—. Está preocupado. —¿Y yo qué? —suelto cada vez más cabreado—. ¿Cómo estoy
yo?
La respiración se me acelera. Mi madre me mira pensativa, como si estuviera intentando resolver una operación matemática de cabeza.
—¿Cómo estás, Eloy? —pregunta acercándose otra vez a mí. Agacho la mirada conteniendo las ganas de llorar y callo, por miedo a que el temblor en la voz me delate. Siento la mano de
mi madre que se posa sobre mi brazo.
—Eloy… —me anima a que confe en ella, pero no puedo.
Ahora no puedo.
Aparto el brazo con suavidad, eliminando el contacto con ella; ese vínculo que sé que, con un poco más de tiempo, me haría hablar.
—Por favor —consigo articular sin levantar la vista. Aguanto así, con la cabeza gacha, hasta que escucho la
puerta cerrarse de nuevo. Aún un poco más, temiendo que continúe allí.
Subido en la bicicleta estática, pedaleo a toda velocidad, intentando dejar atrás cualquier cosa que me haga sentir mal. Que duela. Quiero quedar vacío por dentro. Jadeo y sudo con la idea de terminar tan exhausto que no pueda pensar. No quiero
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pensar. Solo quiero cerrar los ojos y dormir, hasta que todo esté bien. Hasta que yo esté bien.
Y sueño. Sueño otra vez que estoy en la misma caseta verde del parque. En el umbral, sin las muletas. Permanezco a la espera de encontrar el valor para dar el primer paso y perderme en la oscuridad de su interior.
—¡Hola! —grito a las sombras.
Saco el móvil del bolsillo y enciendo la linterna.
—¿Hola? —vuelvo a decir, dando el primer paso sin saber siquiera qué es lo que me impulsa a hacerlo.
Con el haz del móvil, enfoco a todas partes para encontrar a alguien, pero solo veo unos urinarios viejos, sucios y gastados. Vuelvo a fjarme en que el espacio interior de la caseta es mucho más grande que el exterior.
—¿Hay alguien?
Pero nadie responde. Esta vez parece que estoy solo. Así que continúo caminando y me detengo frente a los lavabos, sobre los que hay un espejo rectangular, roto y oxidado. Enfoco la luz y me veo a mí, pero no soy yo. La imagen que me devuelve es un Eloy borroso y deforme. Un yo hecho monstruo. Grito.
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Estoy hecho polvo. Esta noche he vuelto a dormir poco y mal. Ojalá tuviéramos un botón con el que nos quedásemos en modo hibernación. Sin soñar, sin sentir nada, en el que lo único que nuestro cuerpo haría sería recargar baterías.
—Vaya cara, chaval —dice David, que se acerca al verme en nuestros asientos de siempre en el autobús.
—Mejor que la tuya —replico sin ganas.
—Sabes que no —comenta divertido y se sienta junto a mí. Gabriel sube al autobús. Cuando me localiza, me saluda con
una sonrisa y un cabeceo. No puedo evitar echar una mirada de soslayo a David, que está absorto escribiéndose con Aitana, antes de devolverle la sonrisa. Mientras se acerca, pienso en pedirle que se siente con nosotros, en los asientos contiguos. Voy a abrir la boca cuando está a nuestra altura y…
—Pringao —suelta de repente David, simulando una tos. Gabriel se lo queda mirando y me mira a mí de nuevo, en lo
que intuyo es una petición de ayuda. Yo me remuevo inquieto, sin saber muy bien qué hacer. Quisiera decirle a Gabriel que David es un idiota, que no le haga caso, y a David, que lo deje en paz, que Gabriel es… es mi amigo. Pero antes de que consiga recomponerme, Gabriel, serio, decide marcharse hacia el fondo mientras yo lo sigo con la mirada, esperando que se gire para poder pedirle perdón.
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—¿Se puede saber por qué no viniste? —me reprocha David, más interesado que enfadado, ajeno al juego de miradas entre Gabriel y yo.
Me encojo de hombros. Ahora no estoy para razonarle nada.
Debería haberle mandado a la mierda, si lo piensas bien.
—¿Qué hiciste todo el fnde? —sigue.
—No mucho —miento y vuelvo a girarme para observar a Gabriel, con el que cruzo una mirada fugaz que me hiela el corazón. Este saca un libro y lo abre sobre el regazo, ignorándome de forma consciente.
—Tendrías que haber venido —continúa David, que no se está enterando de nada—. Aitana trajo algunas amigas.
No puedo evitar dejar escapar un resoplido. David, que entiende este último comentario como su metedura de pata, se muerde el labio inferior. Ambos decidimos quedarnos en silencio durante buena parte del recorrido del autobús, camino del instituto.
—¿Sabes? —inicia de nuevo David la conversación. Reconozco el tono de disculpa en su voz, aunque, me temo, el motivo incorrecto—. Estoy pensando que hace tiempo que no te
machaco —agrega fanfarrón.
—¿Tú? —pregunto haciéndome el incrédulo, con una ceja arqueada.
—Sí, yo.
—Lo único que machacas tú… —Hago el gesto de llevarme la mano a la entrepierna y, digamos, utilizar un infador manual. Ya sabéis.
David abre mucho los ojos, sorprendido, y me da por sonreír. Me gusta cuando consigo dejarlo descolocado.
—Pues que sepas que Aitana y yo… —comienza muy pagado de sí mismo.
—Va, tío, eres mu tonto —le corto antes de que me cuente nada y se arrepienta por hacerlo. Estoy seguro de que si Aitana
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se enterase de que me ha contado algo le cortaría las pelotas. Luego, las mías también, por saberlo, y jugaría con ellas a lanzarlas lejos. Seguro que sería capaz.
David me coge la cabeza para hacerme una llave de broma y empezamos una refriega entre los dos. Consigo ver, de manera fugaz, de nuevo a Gabriel que nos mira taciturno hacer el idiota. Verlo así me duele. Me jode ser tan cobarde.
Toda la mañana, durante las clases, he intentado hablar con Gabriel, pero ni nos hemos cruzado por los pasillos, ni tan siquiera ha contestado a mis mensajes. Es una mierda, porque sé que la cagué y quiero arreglarlo. Necesito arreglarlo.
—Así, muy bien —me dice Alicia desde el otro lado, sacándome de mi cubo de fango mental.
Doy un paso más, fanqueado por unas barras en las que ya no me apoyo para avanzar, y siento que lo hago con mayor fuidez. Cada vez me resulta más sencillo no perder el equilibrio y caminar con seguridad. Controlo cada paso bajo mis pies. También percibo, ahora, la mirada fja de mi padre, que, sentado en un lateral de la sala de rehabilitación, me observa sin perder detalle.
Avanzo otro paso, adelantando el pie derecho, y noto un pinchazo en el tendón que hace que me sujete de manera instintiva a las barras. Se me tensan los músculos de la cara al apretar las mandíbulas para reprimir una maldición.
—¿Todo bien? —pregunta Alicia, que, preocupada, se acerca hasta mi posición.
Empiezo a sudar frío, más por el susto que por el daño, intuyo. Levantando el pie, lo hago girar en círculos, esperando que la punzada de dolor sea por no haber calentado lo sufciente y se esfume en cuanto lo haga.
—Si te duele paramos —me recuerda Alicia metódica. Respiro un par de veces sin dejar de mover el pie de un lado a
otro. Tengo la sensación de que el tendón me palpita,
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seguramente por el recuerdo del dolor. De soslayo, miro a mi padre, que, a su vez, me mira tranquilo y cruzado de brazos. Decidido, planto una vez más el pie en el suelo.
—Estoy bien —digo tratando de parecer lo más seguro posible—. Seguimos.
—¿Seguro? —intenta cerciorarse Alicia, no muy convencida.
Sin responder, doy el siguiente paso y ella se marcha, sin quitarme ojo, para colocarse de nuevo al fnal del recorrido.
Todavía en el pueblo, antes de emprender el camino de vuelta a casa, mi padre ha parado su furgoneta en un par de comercios. Primero, en la tienda para piensos de animales, y, después, en la ferretería, de la que vuelve con una bolsa de plástico en la que se distingue un bote de tres en uno en el interior. Por fn en la carretera, en dirección a la aldea y con una
canción de Dolores Abril como banda sonora —cómo le gusta todo lo viejuno—, miro el móvil, esperando que no nos retrasemos mucho más. David y yo habíamos quedado en echar unas partidas en casa esta tarde, después de mi sesión de rehabilitación, y para una vez que vamos a estar solo los dos, como antes, no quiero llegar y encontrarme con que se haya marchado.
—¿Tienes prisa? —pregunta mi padre mirándome de reojo al comprobar, por tercera vez, la hora en el móvil.
Guardo el teléfono y lo miro sin contestar. Después de lo de anoche no tengo muchas ganas de hablar con él. Ni siquiera sé por qué ha venido. En la radio, la canción termina y, tras una cortinilla que intenta ser el preludio de algo divertido, comienza a escucharse la voz de un humorista que hace quince años dejó de tener gracia.
—Esto son dos amigos hablando —comienza el humorista en la radio— y uno le dice al otro… —Mi padre sube el volumen, no vaya a ser que se pierda algún matiz—: Oye, Juan, el otro día tu
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mujer me contó un chiste tan bueno tan bueno… que me caí de la cama.
Suenan risas enlatadas a todo volumen y mi padre ríe también, a carcajadas. Me mira, buscando cierta complicidad, pero la verdad es que no le veo la gracia por ninguna parte. No sé, quizá es que mi sentido del humor no está lo sufcientemente desarrollado, o que no me apetece tener complicidad con él. Prefero girar la cabeza y mirar en silencio, a través del cristal, el paisaje de árboles desnudos y bancales descuidados.
—Eres un crío fuerte, Eloy —me dice mi padre pillándome desprevenido, con cierto aire de sinceridad en su voz—, de los que si se caen se levantan. Lo sé, pero aún eres un crío.
Aunque en cierto modo me alegra oírlo hablar así sobre mí, mi orgullo me impide girarme para mirarlo. Tampoco estoy seguro de que sienta lo que dice cien por cien. Con mi padre nunca se sabe, aunque es raro que se dirija a mí —o a quien sea— exponiendo cualquier cosa que suene positiva.
—Mírame cuando te hablo —ordena frme, pero sin levantar la voz.
Me giro y, tenso, observo a mi padre buscando las siguientes palabras con las que continuar. Casi prefero el silencio.
—Si quieres ser alguien en la vida —continúa confdente, suavizando el tono—, tienes que comportarte como un hombre, Eloy. Te venderán la moto de que hay cosas que están bien, pero no lo están. No están bien.
Esta vez me quedo en silencio porque no sé a qué se refere. —¿Qué cosas?
—Pues cosas, Eloy —responde con un punto de desesperación, intentando explicar algo que parece que debo saber, pero que, por lo que sea, no termina de decir. Es un poco exasperante cuando me hablan así—. Cosas que solo te van a hacer daño, y para ser un crío ya has tenido bastante, ¿no crees?
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Lo miro igual de perdido que cuando veo la explicación de las integrales en la pizarra.
—Lo has hecho bien esta tarde —sentencia sincero, dando por concluida la conversación, cosa que agradezco.
Pensando en sus palabras, vuelvo a mirar a través del cristal y trato de encontrarles algún sentido que hasta ahora se me escapa.
Cuando llegamos a casa, David me está esperando, merendando un bocadillo que, por la cantidad de relleno, seguro le ha hecho mi madre. Ninguno de los dos ha perdido el tiempo.
Nos vamos a mi cuarto y nos homenajeamos con una sesión de consola de las de antes. Aunque quizá no tan míticas como las que hemos llegado a protagonizar, en las que el sol salía por el horizonte, real, mientras nosotros, con los ojos rojos y resecos, seguíamos a lo nuestro delante de la pantalla. El caso es que estamos jugando una partida a un juego de comandos militares, esquivando balas, soltando minas, deshaciéndonos de enemigos del ejército rival, en mitad de un festival de tiros, explosiones y persecuciones, cuando el teléfono vibra con un mensaje. Miro de reojo la pantalla iluminada del móvil y veo un mensaje de Gabriel.
19:43. Gabriel:
Estoy en la calle.
Vuelvo al juego, ignorando el texto, y veo que David me está mirando. Incómodo, hago una maniobra con mi avatar un tanto loca, para desviar su atención.
—¡Cúbreme! —le ordeno sin tiempo a réplica, y me lanzo directo sobre las líneas enemigas.
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—¿Pero qué haces? —responde, desprevenido por mi acción suicida sorpresa—. Así nos van a matar —me recrimina.
La maniobra de distracción funciona, pero mi personaje en la pantalla desaparece en medio de un aluvión de tiros y granadas, arrastrando a David conmigo. Un GAME OVER de libro, que no deja lugar a la duda de nuestro desastroso destino.
—¿Pero qué te ha dado? —dice David aún incrédulo. Y es que yo suelo ser el cauto y el que planifca cada acción de forma estratégica.
—Quería probar una cosa —respondo, sonando no muy convincente.
—¿La cantidad de balazos que te puedes llevar antes de perder? Porque otra cosa… —Veo a David mirar la luz parpadeante del móvil. No sé si habrá alcanzado a ver de quién
era—. Mejor me piro ya —propone.
—¿No quieres otra? —intento convencerlo para estirar el tiempo con él. No sé cuándo se va a presentar otra oportunidad, ahora que siempre está con su novia. Ojo, que no lo digo con segundas ni nada, pero es que es verdad. Es casi imposible separarlos un ratito. Supongo que tendré que comprarme una agenda para hacer eso de cuadrarlas.
—¿Seguro? —me dice y la verdad es que no lo sé.
Miro hacia la ventana donde, sé que más allá, está Gabriel, con el que debería hablar después de lo de esta mañana. Por fn he conseguido que me responda, pero…
—Elige pantalla —contesto.
Cojo el móvil y comienzo a escribir una respuesta.
19:58. Yo:
Perdona, Gabriel. No me encuentro bien. Si no te importa, ¿nos vemos mañana?
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Me quedo pensando si debería poner alguna cosa más, pero a estas alturas no se me ocurre qué. ¿Un beso, como si fuéramos pareja?, ¿un abrazo, como si solo fuéramos amigos?, ¿o un te qu…? No, mejor se queda como está. Envío el mensaje y, antes de soltar el teléfono, me arrepiento y escribo otro.
19:59. Yo:
Tengo ganas de verte.
Me sonrojo al darle a enviar y me siento un poco idiota por ello. Pero, ahora sí, lanzo el móvil a la cama con la estúpida idea de mandar con él, durante un rato, mis preocupaciones acerca de Gabriel.
—¿Todo bien? —pregunta David mientras sigue pasando escenarios, intrigado por mi extraño comportamiento.
Cojo el mando de la consola y, de la calle, escucho los rodamientos de un monopatín alejarse en la distancia. Algo en mi interior se rebulle agitado. Sin embargo, hago oídos sordos dándole al Play para comenzar una nueva partida que acalle mi conciencia.
—Ready —me devuelve la voz pregrabada del juego.
El resto del tiempo con David no hago más que pensar en lo estúpido e infantil que he sido por no salir a hablar con Gabriel. Tampoco consigo quitármelo de la cabeza durante la media hora siguiente, que he pasado cenando junto a mis padres. Debería haberlo hecho y aprovechar que David estaba allí para mediar entre los dos de alguna manera. Odio ser tan cobarde. No sé si lo he dicho ya.
Ahora, tumbado en la cama, ya a oscuras, no dejo de mirar la pantalla del móvil esperando una respuesta que, intuyo, hoy no va a llegar. Son casi las doce de la noche y debería irme a
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dormir, pero no quiero, no así. Sin haber hablado con Gabriel para aclarar las cosas. Soy idiota.
21:05. Yo:
Perdona, tío. Ahora me encuentro algo mejor. ¿Qué has hecho esta tarde al fnal?
21:47. Yo:
¿Quedamos mañana?:)
22:35. Yo:
Buenas noches. Descansa.
Rendido ante la evidencia de que la he cagado, dejo el teléfono y me giro con la intención de dormir, pero no puedo. Mil posibilidades se pasean confusas frente a mí y la mayoría no son nada buenas.
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Sin camiseta y sentado a horcajadas sobre una silla en mitad de la cocina, espero paciente a que mi madre termine de cortarme el pelo con las tijeras. Aunque fuera ya va haciendo frío, en casa, el calor de la estufa crea un ambiente un tanto soporífero, que, sumado a la mala noche que he pasado y al manoseo continuo del pelo, hace que se me cierren los párpados contínuamente.
—Aún te corto una oreja si te sigues moviendo —dice mi madre con fastidio, al notar el leve desfallecimiento del cuello, cuando se me vuelven a cerrar, sin remedio, los ojos.
Mi padre atraviesa la cocina en dirección al patio con la bolsa de la tienda de bricolaje. Yo, de espaldas a mi madre, intento seguirlo con la mirada, sin mover la cabeza lo más mínimo. Me gustaría conservar las orejas tal y como están, y no dudo de que un día a mi madre se le escapará un tajo que me hará parecer un elfo.
Cuando mi padre abre la puerta para salir, el aire frío del exterior hace que las llamas de unas pequeñas velas, que fotan en un recipiente con aceite sobre la encimera, bailoteen juguetonas, como si tuvieran vida propia. Esta es otra de las cosas que está en mi lista de «cosas que dan mal rollo». Y, ahora que lo pienso, es posible que tenga más listas de las que me pensaba. En fn, a lo que iba. Las mariposas, así al menos las
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llama mi madre, tienen la capacidad de moverse con cualquier corriente, por mínima que sea. No solo la llama, sino que se mueven incluso sobre el aceite en el que fotan. Supongo que mi profesor de Física me diría algo así como que se debe a que las corrientes de aire frío y caliente se empujan entre sí al recibir un impulso extra o algo parecido. O, si no, me lo he inventado y como explicación para quedarme más tranquilo me vale. Mi abuela decía que cuando eso pasaba, cuando se movían, era porque algún antepasado nuestro, por los que se ponían las velas, había venido a visitarnos. A cuidarnos, según ella. Pues, mira, si es por mí, que no se preocupen, que ya si eso les mando yo un mensaje o les hago señales de humo para que se queden tranquilos.
—¿Cómo fue? —pregunta mi madre, una vez mi padre ha cerrado la puerta del patio—. Con tu padre, digo.
—Raro —respondo.
Las tijeras paran su parloteo y yo me vuelvo, cauto, por si solo es una falsa alarma y se ponen en movimiento de manera repentina. Veo a mi madre con una media sonrisa satisfecha dibujada en la cara.
—Fue él quien insistió en ir —me aclara. Supongo que es una forma de decirme que quería hacer las paces.
—¿Qué está haciendo con esa chatarra? —pregunto en relación a la bicicleta vieja con la que lo he visto más de una vez trabajando y que, casi seguro, ocupa su tiempo ahora. No entiendo qué manía le ha entrado si él ni siquiera monta ya en bici.
—Pregúntale —me reta mi madre, que, con un ademán, me invita a girarme para retomar la tarea.
Puede que lo haga o puede que no. Seguro que me dice algo como que las cosas antiguas hay que conservarlas porque son mejores y más valiosas y que todo lo nuevo es malo y es preferible dejarlo pasar porque bla, bla, bla…
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—Con esa chatarra que tú dices —explica—, tu padre iba todos los días a por mí a casa de los abuelos.
Le escucho exhalar un leve suspiro nostálgico. Cada vez lo hace más a menudo y no sé si es algo que me pasará con la edad o solo le pasa a ella, pero me da miedo llegar al punto de echar de menos estos días. Porque tampoco tendría tanto que echar de menos… Bueno, quizá ahora un poco más.
—Mamá.
—¿Qué?
—¿Qué hicieron los abuelos? —pregunto un tanto tímido—.
Al fnal, digo.
—¿Cómo? —Vuelve a parar de cortar.
—Para acabar juntos sin que la bisabuela les echara su maldición de bruja del bosque.
—Eloy… —me censura, pero en el fondo sé que le ha hecho gracia.
Me giro para verla de frente y la encuentro cruzada de brazos, seguramente recordando las historias que le contaban sus padres.
—Pues una locura —comienza—. Se escaparon los dos a Madrid. Figúrate.
Yo sonrío porque, en el fondo, de verdad que me imagino así a mi bisabuela, como una bruja persiguiéndolos por todas partes, y ellos, mis abuelos, los héroes de la historia intentando darle esquinazo.
—A mi abuela casi le cuesta la salud —continúa—, y fue ahí cuando torció el brazo.
Cariñosamente, mi madre me gira la cabeza para volver a quedar de espaldas y continuar con el corte. Con cada bocado de las tijeras, pequeños mechones de pelo me caen sobre la piel desnuda de los hombros y la espalda, provocándome unas agradables cosquillas.
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—Tu abuelo hizo siempre lo que le dio la gana —prosigue, aclarándome una información que yo ya intuía—, pero en algo
tenía razón. Él decía —hace un esfuerzo por impostar la voz para parecer más grave—: «Vive lo que puedas, que cuando asome la parca, solo te podrás despedir».
Mi madre se pone frente a mí y comienza a cortarme la zona del fequillo. Me pasa, metódica, el peine un par de veces más y me mira intrigada, no sé si valorando el corte de pelo o a mí.
—¿Y a ti qué es lo que te ha dado con esto? —pregunta mientras termina de afnar el fequillo.
Me encojo de hombros.
—Eloooyyy —me regaña, cansada.
Salgo al patio, ya casi sin ayuda de las muletas. Es verdad que aún las voy apoyando, más por costumbre que por necesidad, aunque sigo sin estar para hacer carreras. Mi padre está sacando brillo a lo que antes era una bicicleta vieja y hecha polvo y ahora parece como nueva. Continúa siendo un modelo antiguo, claro está, pero si antes era carne de chatarrería, ahora parece más de las que buscas en Internet añadiendo la palabra «vintage» y te cuestan una pasta. Ha pasado de ser vieja a antigüedad. Incluso la pintura está renovada por completo y es de un color rojo reluciente.
—¿Qué? —pregunta orgulloso, percatándose de mi presencia y mi expresión de asombro—. ¿Ha quedado bien?
Asiento y mi padre sonríe satisfecho.
—¿Ya la has terminado? —sondeo, ignorante de lo que le puede faltar. No he tenido nunca una bicicleta, así que no sé qué requiere su puesta a punto. Una bici de verdad, quiero decir. La rueda de hámster que tengo en la habitación no cuenta.
—Tú me lo dirás.
—Pues no sé… —respondo, recorriéndola con la mirada e intentando averiguar la respuesta.
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—Venga —dice por fn—, que no muerde. —Me acerca la bicicleta—. Ahora es tuya.
—¿Qué? ¿Para mí?
Mi padre asiente y yo la cojo, soltando las muletas, para examinarla más de cerca. Realmente parece recién salida del taller.
—Bueno, ¿qué?, ¿la probamos? —me pregunta. —¿Eh? No sé si es buena idea. No creo que pueda. —Verás como sí. Pero que tu madre no se entere —dice
cómplice y esta vez sí que sonrío—. Los quiero conservar. —Con un gesto me señala sus partes.
Desde el corral, mi padre saca la bicicleta a la calle por la puerta de acceso de los coches. Yo salgo en dirección opuesta, atravesando la cocina donde mi madre está preparando la comida. Parecemos conspiradores tramando algún plan maquiavélico, pero es que, como ella nos vea, nos deja con la voz afautada para siempre, y con razón.
Una vez en la calle principal, nos reunimos victoriosos por nuestra perfecta maniobra de distracción, digna del CNI, que, para quien no lo sepa, es como la CIA o la KGB, pero made in Spain. Me acerco a mi padre, que me espera con la bicicleta junto a la puerta de casa, y dejo tiradas las muletas de cualquier manera sobre la acera. Para lo que les queda en el convento… Cuando vuelvo a mirar la bicicleta, ahí plantada, me entran las dudas. No estoy tan seguro de poder desplazarme a dos ruedas, ni tan siquiera poder mantenerme en equilibrio sobre ellas.
—Tranquilo —me anima mi padre—. Poco a poco. Verás qué fácil es.
Me siento en el sillín de manera un tanto aparatosa, notando la tensión de los músculos de mi padre al mantener erguida la bicicleta. A ella y a mí, dicho sea de paso, mientras pruebo a acomodar el cuerpo sin caerme. Cuando consigo estar más o
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menos estable, con los pies en tierra, me coge las manos y, con determinación, las lleva hacia el manillar.
—Fuerte ahí —dice presionando sobre ellas—, y mantén la dirección siempre.
Mi padre se marcha rumbo al otro extremo de la calle. Yo fjo la vista en la rueda delantera, que muevo hacia uno y otro lado tanteando la dirección para, de alguna manera, hacerme creer que soy capaz de conseguirlo. Ale, ya está, como puedo girar un manillar, ya puedo correr el Tour de Francia. Ya me vale… Pensaréis que parece que vaya a enfrentarme a una sentencia de muerte, o, si caemos en los estereotipos viejunos, a un toro. No, no es nada de eso, pero es la primera vez que voy a intentarlo y, como comprenderéis por mi historial médico, tengo un poquito de qué preocuparme.
—Trata de llegar hasta aquí —dice mi padre al alcanzar el fnal de la calle.
Inhalo una buena bocanada de aire para infundirme valor y doy la primera pedalada. La bicicleta avanza muy inestable y poco más de un palmo. Doy otra más con la que gano algo de velocidad. Y otra más. Y otra. Zigzagueando con la dirección, comienzo a avanzar metro a metro, controlando a duras penas los vaivenes del manillar, que se mueve nervioso. Más o menos igual que yo lo estoy.
—¡Más fuerte! —aconseja mi padre, con cierta preocupación. Parece que no soy el único que se ha dado cuenta de que este invento va a salir mal—. ¡Necesitas ganar velocidad!
Me da un poco de miedo ir más rápido. Ya debo de parecer un borracho volviendo en bici a casa. Aunque decido seguir su consejo y, con cada nueva pedalada, acelero un poco más. Consigo dejar recto el manillar y, a medida que avanzo, me resulta más fácil mantener la dirección.
—¡Eso es! —me anima sonriendo—. ¡Márcale tú el ritmo!
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Sigo avanzando más y más rápido hasta que, riendo todavía nervioso, me doy cuenta de que voy lanzado directo hacia él. Presiono los frenos con todas mis fuerzas, pero es demasiado tarde y termino chocando con mi padre. Por suerte, consigue apartarse lo justo para no ser golpeado con la rueda, sin soltar el manillar de la bicicleta, que agarra con fuerza para ayudarme a no caer. Espero, por favor, que nadie haya visto la jugada.
—Creo que hay que trabajar un poco en la frenada
—bromea.
Jadeando, más por la emoción que por el esfuerzo, lo miro y está sonriendo de oreja a oreja. No recuerdo haberlo visto así desde hace mucho tiempo. Puede que nunca, en realidad.
—Otra vez —me anima y se aparta dejándome vía libre.
Me pongo de nuevo en marcha, sin apenas pensarlo, y me encamino en dirección a la carretera que bordea la aldea, allí donde desemboca la calle.
—¡Pero gira! —me advierte mi padre viendo como me voy a meter directo en una carretera comarcal sin saber controlar la bicicleta.
Dibujo sobre el asfalto una circunferencia más grande de lo que me hubiera gustado y termino entrando un par de metros en la carretera. Suerte que a estas horas no hay apenas tráfco y no he tenido que añadir el factor «¡Apártate, que te comes el coche!» a la ecuación. De hecho, la palabra tráfco ya le viene grande a esta carretera, cualquier día, en cualquier momento. Así que, sano y salvo, por el momento, enflo la calle en dirección contraria, sonriendo y con el viento en la cara por la velocidad, que, si bien no es mucha, me vale para estar satisfecho. ¡Acabo de aprender a montar en bici! Sí, la mayoría aprende a los cinco, seis o siete años, vale. Pero la mayoría no está aprendiendo a caminar a los dieciséis. Así que no me quitéis mérito.
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Paso junto a mi padre, que me mira orgulloso con los brazos cruzados sobre el pecho, mientras doy una vuelta y otra. Recorro el tramo de calle frente a la puerta de casa y esta se abre. Del interior, asoma mi madre.
—A com… —comienza a decir, pero las palabras se le atragantan y los ojos se le agrandan, horrorizados, cuando me ve pasar subido en la bici—. ¿Se puede saber qué estás haciendo? —me dice entre sorprendida e indignada, antes de reparar en que mi padre también está en el ajo.
Él descruza los brazos y pone cara de «Tierra, trágame» cuando mi madre lo mira en la distancia. Ella vuelve los ojos hacia mí para verme manejar la bici, bastante mejor de lo que me imaginaba. Por un momento, creo que va a cortocircuitar y caer al suelo desmayada. Eso, o lanzarse a por los dos, presa de una ira salvaje, cual berserker. Sin embargo, su cara muta en una sonrisa y se sienta en el bordillo, previa limpieza con la mano, a observar a su hijo de dieciséis años que acaba de aprender a montar en bicicleta. Quizá todo esto os parezca tonto, pero yo no puedo dejar de sonreír.
Ocupo todo lo que queda de tarde montando en bicicleta, hasta conseguir dominarla casi por completo. Sigo frenando más bien a trompicones, pero, al menos, ya no hace falta nadie que me ayude a detenerla. Paso así las horas, disfrutando de mi pequeña libertad más allá de la puesta del sol, hasta que soy consciente de tener una zona llamada perineo, hasta ahora inexistente, que grita de dolor cada vez que me siento sobre el sillín. De esto nadie me había advertido.
Cuando entro en casa, cansado por un esfuerzo fsico que, creo, no he hecho en mi vida, localizo el móvil y veo que, por fn, tengo respuesta de Gabriel. Desde lo del autobús ya no había vuelto a saber nada de él y no tenía muy claro qué más podía hacer sin parecer un acosador. Dice que quiere verme esta noche —y yo a él—, así que contesto que sí sin dudar. Pero no sé
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si es por el agotamiento o por haberla fastidiado con él, que se me ha borrado de un plumazo la sensación de libertad y optimismo que tenía sobre la bicicleta, tan solo hace un momento.
Un par de horas después, con la excusa de tener que observar la posición relativa de varias estrellas para la clase de Física, salgo a la calle. La coartada se me ha ocurrido de pronto, al ver un ejercicio en el libro de la asignatura sobre campos gravitacionales. Quería evitar preguntas y, sobre todo, a mi padre. Ahora que lo tengo a buenas no quiero estropearlo y que volvamos al clima de tensión constante entre ambos.
Camino hasta la acera de enfrente, donde Gabriel espera junto a su bici, serio y con los brazos cruzados. Sigue enfadado. Durante el trayecto apenas apoyo las muletas, más bien las sujeto. Lo hago así a pesar de una pequeña molestia en la zona del tendón de Aquiles del pie derecho, que atribuyo al esfuerzo de la tarde. Llevo ya unos días en los que creo que podría deshacerme de ellas, de una vez por todas. Aunque mi madre insiste en esperar un poco más, que es mejor prevenir. Cosas de madres.
—Hola. —Sonrío intentando que Gabriel pierda el gesto severo. Sé que me lo merezco, pero todos podemos equivocarnos alguna vez.
La estrategia no surte efecto y él me saluda con un simple cabeceo. Vale, no pasa nada, plan B. Echo un vistazo a mi alrededor para comprobar que no hay nadie en la calle; y, en efecto, estamos solos. Si durante el día hay poca gente, imaginaos una noche más bien fría de noviembre. No pasan ni las ratas.
Como quien no quiere la cosa, me pongo a su lado, acercándome todo lo que puedo, y, con sutileza, rozo mi mano con la suya, como si lo hiciera sin querer. Aunque estemos solos, siento que alguien nos podría ver a través de las ventanas,
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y eso aquí, en la aldea, se extendería como la pólvora. Sin embargo, esto tampoco funciona. Gabriel, sin miramientos, se aparta un par de pasos, casi molesto por el contacto.
—¿Sigues enfadado? —pregunto apenado. Y no debería, porque sé que ha sido mi culpa y no es justo hacerme ahora el dolido.
—¿Tú qué crees? —contesta seco.
—¿Damos un paseo hasta la arboleda? —propongo. Si vamos a hablar del tema, mejor lejos de casa. Solo faltaba que mi padre saliera y nos viera discutir como esas parejas insoportables que se gritan por todo. Aunque no sé qué somos nosotros. Apenas nada. ¿Siquiera amigos?
Gabriel asiente, un poco a desgana, y ambos echamos a andar en silencio, calle arriba. Yo, con mis muletas, y él, llevando la bici por el manillar. Caminamos lento bajo una noche de cielo raso y estrellado, en la que el frío comienza a ponerse serio. Dejando atrás la última farola que ilumina la aldea, nos alejamos protegidos por la oscuridad en dirección a una arboleda cuya silueta, fantasmagórica en la noche, se distingue un poco más adelante.
—Me da igual que estés con quien sea, Eloy, pero no soy un pendejo —dice Gabriel, que por fn se anima a hablar y romper el silencio. Yo no me he atrevido a volver a abrir la boca por miedo a decir algo y estropearlo todavía más, pero he notado la decepción en su voz y eso me duele. No soporto fallar a la gente y parece ser que se me da muy bien.
—Lo siento —me disculpo—. Yo no quería que te… —corrijo. Casi digo «que te viera» y no creo que sea la clase de disculpa que busca, aunque sea en parte verdad. Joder, soy un cobarde—, que os vierais y os empezarais a decir mierdas.
Gabriel resopla y pone los ojos en blanco.
—Joder, si no os podéis ni ver.
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—La próxima vez que estés con el idiota —comenta áspero— no me cuentes historias. Me lo dices y punto. Así yo —dice remarcando ese «yo»— me piro y os dejo a vuestro aire.
Jodido, sin poder decir nada más, dejo de caminar. Está visto que ninguno de los dos va a dar su brazo a torcer, y sería injusto darle esa responsabilidad solo a Gabriel, porque él es quien tiene que aguantar las mierdas de David. Yo… no sé.
—Te queda bien —me dice Gabriel cambiando de tono. Hasta diría que un poco arrepentido por haberse pasado de la raya.
Lo miro sin saber a qué se refere y echo un vistazo a la ropa que llevo puesta: un vaquero y una sudadera que he llevado mil veces. Bastante anodino todo.
—El pelo. —Se toca la cabeza.
De manera instintiva, me llevo la mano a la cabeza yo también, notando el relajante tacto del pelo corto de la nuca sobre la palma de la mano. Parece que lo que ha sucedido esta mañana haya pasado hace una semana. Gabriel se gira y sigue caminando en dirección al soto. Yo le sigo.
Cuando llegamos, junto al tronco de un viejo olmo, giro la cabeza en dirección a la aldea, donde las pequeñas luces de sus casas y calles quedan lo sufcientemente lejanas como para que nadie nos moleste. Dejo las muletas a un lado y me siento en el suelo, apoyando la espalda en la base del árbol. Al menos, así, quedo algo resguardado del aire nocturno, cada vez más frío. Gabriel se sienta a mi lado, cerca, pero sin tocarnos. Supongo que lo ha hecho adrede, para marcar la distancia. Así, callados los dos, escuchamos el viento tejer su camino entre las ramas y a alguna ave nocturna, que no sé distinguir, ululando no muy lejos de aquí. Miro al cielo despejado en el que se ven montones de estrellas. Constelaciones que no sé nombrar se distinguen con una claridad asombrosa. Me encantaría saber sus nombres, pero me vale solo con poder observarlas así, tan nítidas y
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brillantes. No sé si a más gente le pasa, pero ver el cielo me calma y me asusta a la vez. Es el espacio, tal y como es. O, mejor dicho, tal y como fue.
Siento la mano de Gabriel que se escurre por mi nuca, acariciándome el pelo. Es cálida y agradezco el contacto. Una pequeña ofrenda de paz.
—Es como un felpudo —asevera convencido.
Por fn, me atrevo a mirarlo y veo que la expresión de su cara se ha suavizado del todo, como si nada malo hubiera pasado entre nosotros, lo que consigue aliviarme un poco el sentimiento de culpa y de impotencia ante lo que, de seguro, volverá a ocurrir.
—¡Qué bonito! —le reprocho burlón, aunque sin dejar atrás cierta tristeza.
—No pretendía ser bonito, solo es un hecho. —Se encoge de hombros.
Con esta tontería consigue arrancarme una sonrisa y cierro los ojos, encantado con las caricias de sus dedos sobre mi pelo. Inhalo una profunda y reconfortante bocanada del frío aire de la noche.
—Podría estar así siempre —confeso—. Pero no sé cuánto tiempo sería capaz de aguantar mi madre sin llamar a la
Guardia Civil —bromeo.
Gabriel, con mucho cuidado, me gira la cara, acercándola a la suya, y me besa. Suave, lento, tierno. Puede que esta sea la señal de que todo está bien. Solo ha sido un pequeño bache en el camino que tendré que arreglar en algún momento y de manera defnitiva. Ahora no quiero pensar más en ello. En ellos. Solo quiero dejarme llevar, aquí apartado de todo, solo nosotros dos…
Cuando Gabriel se separa, no puedo evitar mirar a un lado y a otro para comprobar que realmente estamos solos. El pensamiento me ha venido sin haberlo llamado, al igual que
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una visita indeseada. Y, aunque sé que es algo idiota porque estamos alejados, es noviembre, de noche y hace frío, el temor a que alguien nos vea así, besándonos o acariciándonos, me pone los nervios de punta. En su casa, en su habitación, todo parecía diferente. Era nuestro mundo, protegidos por cuatro paredes que nos ocultaban de las miradas indiscretas. Aquí fuera todo es distinto. Un cotilleo así tardaría menos en llegar a oídos de mi padre que yo en volver a casa.
—¿Pasa algo? —pregunta intrigado Gabriel.
Sacudo la cabeza en señal de negación, sintiéndome un poco estúpido, y lo beso, cerrando los ojos. Gabriel pone la mano sobre mi muslo y hace que me excite de manera casi instantánea, pero, a medida que sube, la capacidad para mantener los ojos cerrados desaparece y acabo oteando en la oscuridad de nuevo, para comprobar que seguimos solos.
—¿Y si nos vamos un poco más hacia allá? —propongo tras liberarme de la presa de sus labios, señalando un grupo de árboles todavía más alejados que estos.
—Pues que se hará más tarde —dice separándose, un poco molesto— y tu madre llamará de verdad a la Guardia Civil.
Vuelvo a mirar hacia el pueblo y, sí, sigue ahí, a lo lejos. Tanto como para que las farolas solo sean diminutas y lejanas lucecitas incandescentes. Moderadamente satisfecho, beso de nuevo a Gabriel y me dejo hacer, mientras él me desabrocha el botón del vaquero y me baja después la bragueta. Aunque no he podido sacarme de la cabeza el miedo a ser visto por alguien, al menos la excitación sí que ha conseguido arrinconarlo.
—¿Bien? —pregunta cuidadoso Gabriel.
—Sí —jadeo al sentir su mano introducirse bajo los vaqueros.
El corazón me va a mil y lo noto a punto de explotar, igual que una estrella lejana antes de convertirse en supernova. Gabriel, que me mira y me sonríe travieso, deja de besarme y
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comienza un lento descenso hacia mi entrepierna. Intento serenarme para que no se encuentre con algo bochornoso al llegar y me escucho otra vez jadeando, con la respiración entrecortada.
Algo cruje, no sé qué ni dónde, pero lo he escuchado con total claridad. Me separo de Gabriel de un empujón, o, más bien, lo separo a él, y se me queda mirando confundido y molesto. Creo que he empleado algo más de fuerza de la que era necesaria, pero ¿qué queréis que os diga?, me he asustado.
—¿Lo has escuchado? —pregunto alarmado, antes de que pueda siquiera protestar.
—La madre del… —resopla.
—¿Lo has oído o no?
Gabriel, que está empezando a perder la paciencia, mira a su alrededor y me mira a mí tratando de comprender.
—Eloy, estamos en mitad del campo. Habrá sido una rama cayendo de un árbol. Mira cómo están —dice señalándolos. La mayoría son olmos viejos con parte del ramaje seco y medio podrido—. O el viento, o un gato, fn.
—¿Seguro? —pregunto sin conseguir alejar las dudas. Gabriel, paciente, se levanta, momento que yo aprovecho
para subirme la bragueta, lo que no parece agradarle demasiado.
—A ver —dice oteando en la oscuridad—. ¿Hay algún mirón
interesado en un trío con dos chavales? —bromea—. Venga, esos pervertidos. ¡Salid ya!
—Tío… —le recrimino inquieto y cada vez más preocupado. —Tranquilo, Eloy. No hay nadie más que nosotros —me dice
templando la voz.
Cabizbajo, me rasco la cabeza confuso y un poco avergonzado también. Estar aquí, con él, es lo que quiero, pero, si pienso en mañana, en lo complicado que se puede convertir
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todo, entonces ya no sé qué pensar. Debe de creer que soy idiota por comportarme así. Eso, o que no estoy bien de la cabeza.
—¿Qué tan malo sería? —pregunta, como si hubiera sido capaz de leerme el pensamiento. Aunque, lo más seguro, todo yo sea un refejo de lo que pasa por mi mente ahora mismo.
—¿El qué? —respondo con otra pregunta. No quiero meter la pata y prefero que me aclare qué es lo que él cree, antes de abrir más frentes con el cacao mental que tengo.
—Que esa rama hubiera sido alguien.
No digo nada, solo nos miramos a los ojos. Quiero decirle que no pasaría nada, que todo estaría bien, que, después, juntos en otra parte, lo recordaríamos y nos reiríamos. Pero no puedo. Aprieto los labios y aparto, cobarde, la mirada. Gabriel, que parece comprenderme sin hablar, se recuesta junto a mí, otra vez marcando una distancia entre ambos y levantando la vista hacia el cielo raso de diminutas luces temblorosas.
—Me dan envidia —suelta por fn, rompiendo un silencio que comienza a ser incómodo.
—¿Quién?
—Tu amigo, su novia. Esa gente. ¿A ti no? —Gabriel me mira esperando una respuesta.
—Un poco sí, la verdad. —Intento sonreír, pero no me sale. Ahora, el que parece intranquilo es Gabriel, al que descubro
tratando de buscar algo en su mente. Inhala una bocanada de aire, de las que uno hace para infundirse valor antes de hablar de temas importantes.
—¿Sabes? Una vez —comienza tanteando—, una rama igual a esa sí que fue alguien.
—¿Cómo? —pregunto atónito—. ¿Aquí?
—No, en el pueblo.
—¿Con quién?
—¿Qué más da?
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—¿Del instituto? —insisto. Me doy cuenta de que estoy en modo periodista del corazón, pero es que no es para menos.
—Da igual eso. Lo importante es… —hace una pausa tan larga para poder continuar que termina por ganarse toda mi atención— que creo que sé por qué tu padre no me puede ni ver.
Gabriel, con expresión preocupada, deja en el aire las palabras y se me queda mirando, mientras yo, conmocionado, intento procesar su confesión.
—Eloy, yo… —Culpable, comienza a disculparse, pero yo ya estoy en otra parte.
—Mierda, Gabriel, pero ¿por qué no me lo has dicho antes?
—pregunto cabreado.
—No quería que salieras corriendo —se excusa ruborizado y empequeñecido.
Y claro que lo hubiera hecho, joder. Mi padre lo ha visto con otro chico. Está claro que, si me ve con él, atará cabos. No es idiota. Por eso no quería que… Aquella charla… ¡Mierda, mierda, mierda!.
—¿Y ahora qué? —digo nervioso y enfadado. No debería haberlo hecho. No debería haber dejado que esto pasara sabiendo que cada vez que nos vea juntos pensará que… No, sabrá que.
—Podemos estar así —ofrece cogiéndome de la mano—, si tú quieres, hasta que puedas hablarlo.
¿Hasta que yo qué? Aparto la mano y, angustiado, me levanto y cojo las muletas con urgencia. Necesito volver a casa y pensar con claridad.
—Eloy —turbado, me llama Gabriel, para captar mi atención.
No sé qué hacer ahora mismo. Necesito pensar. Mi padre no puede… no quiero. No soy capaz de lidiar con esto. Yo… yo…
—Quédate —ruega.
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Pusilánime, aparto la mirada. ¿Cómo puedo estar cabreado, triste y acojonado a la vez? ¿Esto es normal o de verdad me estoy volviendo majara? Tengo que salir de aquí, tengo que pensar.
Vuelvo a mirar a Gabriel, que, afigido y con ojos suplicantes, me pide que me quede, pero no puedo. Sin tan siquiera despedirme, me marcho en dirección a la aldea.
Camino rápido, bueno, todo lo rápido que puedo, de vuelta a casa, con la respiración agitada y el corazón enloquecido. Balanceo las muletas, impulsándome a tramos con ellas y sin apoyarlas siquiera en otros. Quien me viera pensaría que estoy mal de la cabeza. Me detengo un momento para serenarme y siento el aire frío envolviéndome. ¿En verdad es esto lo que quiero hacer?, ¿lo que debo hacer? Miro hacia atrás, a la arboleda, en busca de Gabriel, por si una última visión suya fuera capaz de infundirme el valor sufciente para regresar a su lado, pero ya no se distingue nada, a excepción de la silueta alta, informe y oscura de la arboleda. Como una mancha en el horizonte, amenazante y sombría.
Con todos mis temores, vuelvo a casa, algo menos decidido que antes, algo más asustado, también.
Entro, atravieso el pasillo y veo a mi padre en el salón, sentado en su sillón. Está viendo un partido de fútbol en la televisión, ajeno a todo. Lo observo desde la puerta, preguntándome hasta qué punto será consciente de lo que ha ocurrido con Gabriel.
—¿Se puede saber qué haces ahí plantao? —pregunta al reparar en mí.
—Nada —consigo articular una vez dejo de estar
ensimismado—. Buenas noches —tartamudeo.
Doy media vuelta y me marcho al cuarto.
—Este crío cada día está más raro —escucho a mi espalda, antes de entrar en la habitación.
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Nada más traspasar la puerta, la cierro y dejo las muletas apoyadas en la pared de cualquier manera. Las ideas me llegan en oleadas, casi siempre sin sentido, lógica ni piedad. Gabriel, mi padre, mi madre, David, una y otra vez. Cagadas, miedo, incertidumbre, vergüenza, deseo, ¿amor? Siento una gran presión en el pecho y ganas de llorar que quiero contener, o no. Soy un cobarde, un idiota, la he vuelto a cagar, me odia, lo sabe, deberían saberlo, no me atrevo, quiero llorar, quiero dormir, quiero…
Agotado y desesperado, me dejo caer en la cama con la cabeza hecha un lío. Cojo la almohada y la presiono fuerte contra la cara.
—¡Aaah! —grito a pleno pulmón y el sonido se escucha grave y amortiguado, llenándome los oídos.
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De vuelta a la rutina a la mañana siguiente, desde mi asiento de siempre, espero a que el autobús se ponga en marcha y me encuentre con gran parte de mis problemas. Me gustaría decir que tengo las ideas más claras después de dormir, pero no es así. Quizá sea porque apenas he dormido un par de horas. Debo de tener un aspecto desastroso, aunque me da lo mismo. A lo mejor, con un poco de suerte, gracias a eso no tengo que hablar con nadie hoy.
Gabriel entra en el autobús a última hora, apurando como siempre. Me mira y yo lo miro a él. No sé qué decir. Quizá no tenga que decir nada y todo sea normal. Que él llegue, se siente junto a mí y sonría, encogiéndose de hombros, después de preguntarle cualquier chorrada. Todo eso pienso mientras avanza hasta ponerse a mi altura.
Me doy cuenta de que he dejado las muletas en el asiento contiguo, quizá de forma inconsciente, para hacer una barrera entre todos y yo. Mi trinchera contra el mundo. Pero no para Gabriel, que las mira y me mira sin que yo sea capaz de reaccionar. Una parte de mí desea apartarlas, la otra no. Quizá sea la mejor protección contra la tentación. Olvidarse de todo, seguir como antes. Volver a mi vida «normal». A mi mundo tranquilo y anodino.
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Veo el rostro de Gabriel que se transforma de serio a decepcionado y una punzada de culpa e inseguridad se me clava en el pecho. Tengo miedo de hacer algo estúpido aquí mismo, poniéndome en evidencia. ¿El qué? Cualquier cosa. Suplicar, llorar, romper a reír como un demente. Pero bajo la cabeza, conteniendo las ganas de todo, y veo los pies de Gabriel que se marchan en silenciosa procesión hacia el fondo.
Han pasado las horas esta mañana y yo las he vivido como si estuviera en un sueño, fuera de mí. Como si la persona que estaba frente a su pupitre fuese alguien ajeno, tan solo una presencia, y yo lo mirase desde la distancia; analizando cada detalle, viendo qué es lo que está mal en ella para que no sepa, no pueda o no quiera ser feliz, cuando antes sí creía serlo.
Ahora, en el patio del recreo, observo desde un banco a chavales de mi edad jugar al fútbol, hablar entre ellos, reír, pelear, besarse. Mire a donde mire, hay alguna pareja de adolescentes, siempre un él y una ella, comiéndose la boca. Da igual la edad y las pintas: heavies, nerds, emos, chonis, canis… Distingo a Sara, la amiga clon de Aitana, formando parte de una de estas parejas. Está sentada a horcajadas sobre las piernas del chico que pillé en pelotas en el baño, mientras se dan el lote. Menudo gilipollas. Lo siento por ella, aunque tampoco la conozco lo sufciente y puede que en realidad sea tan gilipollas como él. Quién sabe. En el fondo me da igual.
Algo me hace cosquillas en el cuello y me saca de mis contemplaciones. Me doy un palmetazo con ganas, descargando mi frustración contra el insecto no deseado que ha decidido venir a molestarme, y noto un objeto fno, alargado y fexible. Extrañado, me giro y veo a David riéndose mientras sujeta una ramita en la mano. Aitana está junto a él.
—Para —ordeno malhumorado.
Intento volver a hundirme en mis pensamientos, pero David se empeña en cebarse con una broma que solo tiene gracia para
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él. Le doy un par de manotazos a la rama con indiferencia y resoplando, para ver si es capaz de darse cuenta de que no tengo ni puñeteras ganas de seguirle la coña. El efecto es nulo.
—Peque —previene Aitana a David—, no seas pesado.
—Si es que está ahí, empanao —se excusa David como si eso fuera motivo sufciente para molestar a cualquiera. A veces lo cogería y…
David vuelve a tocarme con la rama en el cuello y, esta vez, veo a Aitana riéndose también al no poder aguantar más las ganas. Ale, pues ya lo han conseguido.
—¡A tomar por culo —digo tras arrebatar la rama, de muy malas formas, a David— la puta rama! —Y la tiro en mitad del patio, recorriendo una distancia ridícula a la que no doy importancia, porque ahora me importa todo una mierda.
—¿Qué haces, tío? —pregunta David desconcertado.
Paso de responderle. Echo mano de las muletas y me marcho, cabreado. Prefero irme a decir algo de lo que después me arrepienta. Aunque de buena gana lo haría ahora mismo y le cantaría las cuarenta.
—¿Qué le pasa? —escucho decir a Aitana.
—Y yo qué sé… ¡Eloy! —me llama—. ¡Espera, tío, no te cabrees!
A la altura del mismo banco del parque desde el que vimos a los dos tipos salir de la caseta verde después de lo que sea que estuvieran haciendo, David me da alcance.
—¡Eloy, para! —pide y me coge del brazo para retenerme.
—¿Qué? —Me giro malhumorado.
—¿Se puede saber qué te pasa? —pregunta confundido.
Que qué me pasa, dice. ¿De verdad quiere saberlo? Abro la boca para soltar sapos y culebras, pero la vuelvo a cerrar, conteniéndome.
—¿Qué ocurre, Eloy? —insiste, preocupado, David.
Termino por sentarme en el banco, cansado de todo.
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—Que no es justo, joder —consigo decir con la voz agarrada a la garganta.
—¿Qué dices, Eloy? —David continúa sin entender nada. No lo culpo, no lo entiendo ni yo. Puede que, en el fondo, esté siendo injusto con él.
Soy incapaz de contestarle. Incapaz de que me salga la voz. —Eloy —comienza cauteloso—, ¿te molesta que Aitana y
yo…?
—¡Y dale! —exclamo incrédulo. No se entera de nada—. Joder. David, no sé si lo sabes, pero no eres el puto centro del universo.
David me mira perplejo por mi respuesta airada, pero también con cierto alivio. Sé que la idea le sigue rondando por la cabeza y me costará llegar a quitársela, si es que alguna vez lo consigo.
—¿No? —bromea, para rebajar la tensión entre los dos—.
Pues debería.
—Sí, tú cachondéate… —le animo cansado por intentar controlar algo que es incontrolable—, como siempre.
David se queda callado, estudiando qué decir a continuación y también estudiándome a mí.
—¿Es por tu padre? —vuelve a preguntar cauteloso, sin pizca
de burla en su voz—. ¿Le has contado algo de… —titubea— lo tuyo?
Arqueo una ceja sorprendido por las palabras elegidas. —¿Lo mío? ¿Lo de que soy cojo? —digo sarcástico, dejando
entrever cierta advertencia a David.
Mi amigo baja los hombros, frustrado por hablar con una pared, y consigue ablandarme. Soy incapaz de estar enfadado más tiempo con él. Necesito hablar con alguien o explotaré.
—No —me sincero—, pero creo que lo sabe o se lo huele o yo qué sé.
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—Pero ¿te ha dicho algo?, ¿ha hecho algo? —pregunta tomando asiento a mi lado.
Cabeceo una negación mientras busco las palabras para contarle todo a David. Creo que debe saberlo, necesito que lo sepa. Lo necesito.
—¿Entonces? —continúa—. ¿Te ha pillado… —Se detiene, extrañado, como si aquello no pudiera ser. Sin embargo, no puedo evitar levantar la mirada que David sabe interpretar. Mis ojos le dicen que ha dado en el clavo— con alguien?
Avergonzado, vuelvo a agachar la vista.
—Hostia, Eloy. ¿Cómo no me has dicho nada? —pregunta algo aturdido y molesto.
Me encojo de hombros, sin saber qué decirle.
—Joder —continúa indignándose más por momentos—, y luego vas por ahí dando lecciones de que si los amigos se cuentan todo, que si no hay secretos… Ya te vale.
No puedo evitar resoplar, conteniendo la lengua para no liarla más.
—Nos gusta ponernos estupendos —sigue, cada vez más suelto en su sermón y yo me siento un volcán, a punto de escupir lavas y cenizas—, y luego hacemos lo mismo de lo que nos quejamos. Yo es que fipo.
—A lo mejor —estallo por fn—, si no te portaras como un imbécil cada vez que te lo cruzas, te lo hubiera dicho mucho antes. Pero no, tienes que estar ahí un día y otro, como si en realidad te hubiera hecho algo más que estar delante de ti. ¡Oh!, perdón, soy David y eres un fipao y me molesta tu existencia
—imposto la voz en un patético intento por imitarlo.
David se queda de una pieza. No sé si por las palabras o por el tono o por las dos cosas. Mejor, no quiero que vuelva a abrir la boca. Ahora no.
—Va, tío. Déjame solo —digo dando por terminada la conversación.
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Necesito recomponerme, coger aire y sosegarme. Quizá no era la forma en la que se lo debería haber dicho, pero el fondo, sí. Ale, pues ya lo sabe. Una cosa menos.
Con la respiración aún acelerada, veo a David que se levanta del banco y, tras mirarme muy serio por última vez, se marcha en dirección al instituto.
Llego a casa y voy directo a mi cuarto sin saludar a mi madre, a quien esquivo deliberadamente. Lanzo con violencia la mochila a la cama, haciendo que libros y libretas se desparramen.
—¿El día bien, cariño? —la escucho decir desde la cocina. —¡Sí! —contesto tratando de ocultar mi mal humor, sin
conseguirlo del todo. No me apetece lidiar con ella. No quiero que se lleve todo mi mal genio solo por venir a ayudar en algo en lo que no tiene posibilidad alguna.
Levanto la mirada, buscando algo con que pagarlo, y veo la estampita del San Sebastián asaeteado de mi abuela.
—¿Y tú qué miras? —le interpelo amenazante.
Me siento en la cama cabreado y, de pronto, una idea un tanto absurda me viene a la cabeza. Vuelvo a mirar la estampita, esta vez con menos ira y más curiosidad. Quizá haya una salida.
El resto del día lo dedico a disimular, intentar serenarme y trazar un plan que, si bien tiene algunas lagunas, también tiene un punto de inicio muy prometedor. De momento, hasta que esté bien seguro de que todos se han ido a dormir, permanezco tumbado en la cama, vestido con unos vaqueros y una sudadera gruesa, y con los oídos bien abiertos, simulando que duermo desde las once de la noche. Espero que no sospechen nada, porque pocas veces me he ido yo a dormir tan temprano.
Miro la hora en el móvil, la una y media de la madrugada, y me incorporo. Sigo notando cierta molestia en el tendón, que masajeo con suavidad mientras presto oídos a cualquier sonido que pueda parecer sospechoso de que mis padres sigan
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despiertos. Ha pasado más de una hora desde que ellos también se fueron a la cama. Debería ser tiempo sufciente para que hayan podido conciliar el sueño.
Con el cuidado que tendría un ninja o, al menos, un ninja español de dieciséis años que va con muletas, me levanto de la cama y abro la puerta del cuarto. Contengo la respiración mientras observo la oscuridad, confado en que así escucharé mejor. Nada. Bueno, mi padre roncando. O mi madre. Con todo lo pequeña que es, tiene una potencia de voz cuando duerme que no es normal.
Cojo la mochila que tengo preparada con lo que he considerado necesario y me la llevo al hombro. También echo mano de una sola muleta, que incluso dudo si será necesaria, aunque al fnal decido que sí. Mejor llevar algún apoyo, hoy es preferible minimizar problemas. Me introduzco en la oscuridad del pasillo y doy el primer paso, intentando ser lo más liviano posible: me imagino que el suelo es una moqueta mullida que absorbe cualquier sonido de pisadas, y que yo me convierto en un globo de helio que camina a vaporosos saltos. Ridículo, ya lo sé. ¿Pero sabéis qué? Funciona. Espero.
Tanteando por la pared a oscuras, para no encender ninguna luz, llego hasta la puerta de la cocina que comunica con el patio. Salgo y localizo mi objetivo: el bulto cubierto con la tela. Cuando me acerco a él, unas cuantas gallinas cacarean y aletean espantadas, arremolinándose en una esquina del corral.
—¡Ssshhh! —las ordeno callar. Como si así fuese a conseguir algo con ellas—. Seréis idiotas —les reprendo en un susurro.
Mientras las gallinas se van apaciguando, miro al interior de la casa, esperando que no se encienda ninguna luz. Y cuando por fn se callan, compruebo que dentro todo sigue en calma. Bien. Sin más tiempo que perder, doy un tirón a la tela y dejo al descubierto la, todavía, reluciente bicicleta. Fase uno completada con éxito, comienza la fase dos.
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A medida que pedaleo sobre las dos ruedas, las luces de la aldea van quedando atrás. Llevo la muleta cruzada a la espalda, sujeta a la mochila como he podido. La luz frontal de la bicicleta da pequeños parpadeos, iluminando el gastado asfalto del camino que cruza los campos. Sonrío al pensar que todo se puede arreglar a partir de esta noche.
En pie, apoyado en la muleta frente a la casona de Gabriel, intento recuperar el aliento mientras expulso vaharadas con cada respiración. Al echar un vistazo a la fachada me cercioro de que todas las ventanas siguen a oscuras y vuelvo a marcar su número. Compruebo que da tono y aguardo una vez más, sin perder la esperanza, a que descuelgue. Sin embargo, es la voz del contestador la que escucho. Otra vez. Y con esta van casi una docena, más unos cuantos mensajes leídos e ignorados, enviados antes de salir. Mierda. Encima ahora sí que debo de parecer un acosador.
Me agacho y cojo un puñado de piedras del suelo. Si al menos supiera cuál es. Juraría que es la que está justo sobre la puerta, pero no estoy seguro.
Decidido, apunto hacia la ventana que he resuelto es la de Gabriel y lanzo una de las piedras con todas mis fuerzas. Esta golpea en la pared, dos palmos por encima del marco para la que estaba destinada, haciendo saltar un pedazo de pintura desconchada. Menos mal que he fallado. Seguro que si le hubiera dado al cristal, lo habría roto. ¡Menuda manera de llegar a una casa!
Malditas películas en las que esto siempre funciona… Desencantado por mi propia torpeza, tiro el resto de la
munición junto a la bicicleta, tumbada a mi lado. Miro otra vez el móvil, esperando ver, al menos, alguna respuesta, y vuelvo a llamar. Nada.
La fase dos del plan ha resultado un desastre. Rendido, por fn, me doy la vuelta y levanto la bici por el manillar, dispuesto
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a marcharme con el rabo entre las piernas. Me siento ridículo.
—¿Se puede saber qué haces? —escucho susurrar un grito a mi espalda.
Sobresaltado, me giro y veo la puerta de la casa abierta y a Gabriel acercándose hasta donde me encuentro, malhumorado.
—¿Podemos hablar?
—Son las dos de la mañana, Eloy —me recrimina—. No tengo ni tiempo ni ganas. ¿Qué haces aquí? ¿A qué viene tanta llamada ahora?
—¡Vámonos! —propongo.
—¿Qué dices? ¿Irnos a dónde?
—Irnos de aquí, los dos juntos —añado, cada vez más ilusionado con la idea.
—Tú no estás bien de la cabeza —protesta asombrado—. ¿Pero tú te estás oyendo?
—Escúchame, por favor —imploro su atención mientras le cojo del brazo.
Con cuidado, Gabriel se deshace de mi presa y siento como el aliento se me queda contenido en los pulmones, sin querer salir.
—¿Qué quieres, Eloy? ¿Me piro, me quedo, nos escondemos
hasta morir de viejos…? ¿Qué? —pregunta irritado y con cierta ironía.
Soy incapaz de responder nada. Esta no era la reacción que esperaba, pero ¿de verdad creía que iba a suceder otra cosa? Soy imbécil.
—Yo sí sé lo que quiero, Eloy. Quiero mirar adelante y seguir mi camino. Pero tú…
—Vámonos lejos, Gabriel. Aquí… es que aquí no voy a poder. —Pues es una pena —me aclara con tristeza—. Porque yo no
quiero irme más. ¿Lo entiendes?
Claro que lo entiendo. Pero… Pero nada. ¿Qué derecho tengo a pedirle que renuncie a algo si yo mismo soy incapaz de
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hacerlo? Creía haber encontrado la solución, y el valor, de paso, escapándome con él, pero lo único que haría sería huir, como el cobarde que soy. Eso no es valor, es más miedo.
Veo a Gabriel que vuelve al interior de la casa y cierra la puerta, no sin antes mirarme una última vez.
Cabreado conmigo mismo, aprieto el manillar de la bicicleta hasta dejar blancos los nudillos y trato de ignorar así la mano invisible que me presiona el pecho, con igual empeño.
Subido de nuevo sobre la bicicleta, pedaleo furioso, a toda la velocidad que soy capaz, atravesando campos de olivos, frutales y hortalizas, sumidos en la misma oscuridad que mi ánimo. Sigo los caminos de manera inconsciente, rabioso y dolido. A medida que encuentro los cruces, continúo recto o giro a uno u otro lado, en lo que creo que es una decisión inconsciente. Sin embargo, recuerdo algunos de los cultivos que dejo atrás. Descubro que reconozco la silueta de un almendro solitario y retorcido, con el tronco atacado por un hongo amarillo, en mitad de un bancal abandonado. Identifco un desvío que sigo hasta atravesar el puente de piedra, sobre el cauce exiguo del río, que en dos ocasiones recorrí junto a Gabriel. Y también localizo el hito de piedra que me dice que ya estoy cerca.
La luz frontal titila con los baches, y lo que antes era asfalto se convierte en un camino de tierra apelmazada y piedras. La senda de subida hasta la extraña cueva, que Gabriel compartió conmigo, se me echa encima y giro la bicicleta con violencia, resbalando con la gravilla. La dirección se desboca, la rueda de atrás se despega del suelo y en cuestión de una fracción de segundos rezo por no caer de bruces y partirme el cuello. Sin embargo, consigo recuperar el equilibrio en el último momento. En pie, todavía con la respiración acelerada por el esfuerzo y el susto en el cuerpo, observo a lo lejos la entrada de la cueva, imitando una boca oscura y hambrienta en mitad de un muro de piedra.
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El trayecto que queda a pie se me hace lento y complicado. A pesar de que la noche es clara, el suelo está lleno de piedras que se ocultan en mi propia sombra y siento el tendón dolorido.
Una vez dentro, aún con la respiración acelerada, soy consciente del frío que hace esta noche. Al fondo, el altar está iluminado con la luz de la luna, guiada por la chimenea excavada sobre él. El viento ulula por los recovecos invisibles, que solo así se intuyen.
Me acerco más al altar y tiro la muleta a un lado, lo que provoca un momentáneo estruendo, exagerado por la reverberación en mitad del silencio de la noche. Me siento con la espalda apoyada en la piedra fría y lisa, quedando de frente a la puerta, y, cansado, recojo las piernas para rodearlas en un abrazo. Me froto brazos y piernas, para entrar un poco en calor. Levanto la cabeza y, por el agujero por el que se fltra la luz, veo un pedazo de cielo entre una maraña de raíces secas. Apenas unas cuantas estrellas, lejanas.
¿Qué hago aquí? ¿Qué he venido a hacer aquí? Debería estar con Gabriel, todo debería ser más fácil. He sido un idiota y es posible que nada ya tenga remedio. Por más que intento serenarme, no puedo. Nervioso, agobiado y dolido, me gustaría romper a llorar, pero tampoco puedo.
Grito.
El ulular de una lechuza me despierta y me descubro aovillado y todavía junto al altar, en mitad de la cueva. Llevo la capucha de la sudadera echada sobre la cabeza, en un vano intento de contener el frío. Tengo la espalda aterida y me cuesta deshacerme del nudo humano en que me he convertido. Aún medio adormilado, me incorporo hasta quedar sentado y miro el reloj del móvil, que marca las 4:46. Si no voy a escapar a ninguna parte, debería volver a casa y dejar de hacer el capullo. Al menos allí conseguiré entrar en calor.
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Decidido a cerrar el capítulo que podríamos titular como «La peor idea del mundo», apoyo el pie para levantarme y la simple presión con el suelo hace que se me escape un grito. El pinchazo en el tendón es tan fuerte que me dejo caer de nuevo al suelo, sin miramientos, golpeándome la espalda y el culo con la piedra helada. Con un dolor palpitante, me llevo la mano al tobillo derecho, tratando de calmarlo.
Masajeo el tendón un par de minutos, con menos fortuna de la que esperaba, y termino por volver a intentar ponerme en pie. Esta vez, apoyo el pie izquierdo en el impulso y el derecho apenas, para no caer.
Consigo erguirme, a pesar de la sensación de tener clavadas mil agujas al rojo vivo.
Me cuesta un mundo bajar la pequeña falda del cerro. Dos veces he pisado con la muleta unas piedras traicioneras y dos veces he tenido que apoyar el pie, haciéndome ver las estrellas, para no darme de bruces con la tierra. Cuando consigo subir a la bicicleta, lo celebro en silencio como una pequeña victoria y me tomo un tiempo para descansar.
Recorro sudoroso el camino de vuelta a la aldea, pedaleando con cada vez menos difcultad, a medida que la articulación se calienta. Los caminos y carreteras aún están vacíos, aunque no tardarán en aparecer coches, motos y tractores de gente yendo a trabajar a los campos y a las pocas fábricas que aún quedan en los alrededores. Tengo que llegar a casa antes de que mis padres se despierten y descubran que no estoy. Ya está bien por hoy de jaleos. Solo me faltaba llegar y tener que explicar todo esto. No me veo capaz.
Cuando llego a casa, entrando por el patio, compruebo que todo sigue en silencio. Respiro aliviado y decido rescatar de la cocina una bolsa de guisantes congelados que me llevo a la habitación.
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Me descalzo, me recuesto en la cama a lo largo y apoyo la espalda en el cabecero. Bajo el pie derecho coloco la bolsa helada y lo vuelvo a masajear con algo más de tranquilidad, sintiendo esta vez un alivio casi instantáneo.
He sido muy ingenuo al creer que tenía alguna oportunidad con mi locura de plan. Miro la estampita de mi abuela y el santo parece reírse de mí, a pesar de ser él quien tiene una docena de fechas clavadas.
Me tumbo en la cama mirando al techo, liberando un suspiro y, con él, toda la tensión que seguía conteniendo. Trato de imaginar que nada de esto ha ocurrido, que todo está bien. Que todo lo sucedido estos últimos días solo ha sido un mal sueño. Siento, agotado, que el cuerpo me pesa y los ojos me escuecen de dormir poco y mal. Percibo que las fuerzas comienzan a abandonarme sin remedio. Sin embargo, no puedo dormir. Quedan pocas horas para el amanecer, y si lo hago, no creo que me despierte a tiempo de llegar a clase. Estaría durmiendo una semana entera.
Cierro los ojos. Pero solo un rato. Lo justo para descansar. En poco tiempo tendré que…
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El despertador del móvil suena sin piedad, sobresaltándome. Fastidiado y sin tan siquiera abrir los párpados, lo apago tanteando con la mano a ciegas. Quiero disfrutar un poco más de la calidez bajo las sábanas y de los tibios rayos de sol que se fltran por las cortinas, acariciándome la cara. Me giro para darle la espalda a la luz y dejo escapar un par de suspiros de satisfacción y otros tantos bostezos de cansancio, del que aún no me he podido recuperar. Podría estar así hasta la hora de comer. Mejor aún, podría seguir así todo el día, sin necesidad de levantarme para nada.
Como un resorte, me giro, recordando que hoy hay clase, que no es fn de semana, y echo mano al móvil para ver la hora. Las 7:55.
—Mierda —suelto a nadie en concreto, aún adormilado.
Me destapo y me siento en el borde de la cama, frotándome los ojos en un intento por hacerles olvidar el sueño que aún padecen. Arrastro las manos por el resto de la cara, como si el cansancio y la somnolencia fueran una fna capa adherida a la piel que pudiera quitarme con solo acariciarla. No funciona y un nuevo bostezo se me escapa. Sin embargo, obligado por el correr del tiempo, decido levantarme de una vez para no prolongar más la agonía. Pongo el pie en el suelo y… No llego a gritar. La respiración se me queda congelada en la tráquea. Un
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pinchazo tan fuerte —si no más— como el de la noche anterior hace que me quede sentado en la cama de golpe. Me empiezo a asustar de veras. Esto no debería estar pasando.
Me miro el pie y decido que no es tan doloroso, que más bien ha sido un susto, que si lo vuelvo a intentar me daré cuenta de que es una simple molestia. No tan leve como hasta ahora, pero sí una molestia.
Agarro el borde de la cama y tomo una bocanada de aire. Más lento esta vez, vuelvo a intentarlo. Apoyo el pie derecho en el suelo, notando el frío tacto de las baldosas; primero, en los dedos y el metatarso, y, después, expandiéndose por toda la planta del pie. En el talón, un pálpito me avisa de que algo no anda bien, pero decido no hacerle caso y comienzo a elevar el cuerpo aportando gradualmente el peso a través de la pierna hasta el pie. Contraigo los músculos de la cara y los brazos en un intento por soportar el dolor que va en aumento. Como si así pudiera expulsarlo de mí. Pero no puedo, es demasiado. ¡Joder!
Vencido, me dejo caer sobre la cama.
—No, no, no…
—Vamos, Eloy —dice mi madre desde el pasillo—. Que ya llegas tarde.
Un toque en la puerta y, un parpadeo después, mi madre asoma por ella. Debo de tener un aspecto horroroso, porque me mira lívida.
—Eloy —musita alarmada—, ¿qué pasa? —No puedo… —digo aguantando las lágrimas. Soy incapaz de moverme, de respirar.
Cuando nos presentamos en la consulta privada de la doctora, ella todavía no ha aparecido. Nos ha atendido en recepción una mujer mayor, vestida con bata blanca, más diligente que amable, y nos ha hecho pasar a una sala calcada a la de su consulta en el hospital. Aquí, sentado sobre la camilla y sin que el miedo haya dejado de atenazarme la garganta,
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aguardo a que aparezca bajo la atenta y silenciosa mirada de mis padres. En sus caras puedo ver la expresión preocupada, aunque, en un nivel más bajo, intuyo también cierto grado de enojo. En gran medida, estoy seguro de que tiene que ver con la excusa burda que he tenido que inventarme cuando me han preguntado qué hacía vestido esta mañana. «Salí a dar una vuelta con la bicicleta porque no podía dormir», les he dicho, ni corto ni perezoso. ¿Pero qué iba a hacer? ¿Decirles que quería escapar, irme con Gabriel a vete a saber dónde? «Sí, papá, ese que odias, el mexicano. Sí, porque yo también soy como él. No, mexicano no, lo otro…». «Lo otro». Prefero que me tomen por idiota. Al escucharla, se han mirado y un destello de furia ha aparecido en los ojos de mi madre al dirigirse a mi padre. Ese mismo destello ha debido de rebotar cuando mi padre ha apuntado sus pupilas en mi dirección. Desde entonces nadie ha dicho nada más al respecto. Espero que siga así, pero no soy muy optimista.
—Buenos días —saluda la doctora nada más entrar en la consulta—. ¿Qué es lo que ha sucedido?
—El chiquillo, que no puede apoyar el pie —explica mi madre—. El derecho.
—Quítate el pantalón —ordena resuelta, acercándose hacia mí—. ¿Cómo ha ocurrido?
Me bajo el vaquero que llevo aún desde el día anterior y lo hago en silencio, en parte para no cagarla y en parte porque no quiero hablar. Tengo miedo de que cuando abra la boca me tiemble la voz. A la vista queda un feo moratón que se ha formado en mi tobillo derecho, algo infamado.
—Dice que se ha levantado así esta mañana —comienza mi madre, a la que miro inquieto. Me apostaría lo que fuera a que sabe que lo que está diciendo es mentira—. Que ayer salió a dar una vuelta y sintió algunas molestias.
—Gírate, por favor —ordena la doctora—. Bocabajo.
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Y eso hago. Ella, con cuidado, me eleva la pantorrilla izquierda hasta dejarla en un ángulo de noventa grados con el muslo.
—Es en la otra —aclara mi padre.
—Me gustaría comprobarlo en ambas —responde ella. Siento los dedos índice y pulgar de la doctora que presionan
sobre el gemelo y, al hacerlo, el pie se mueve arriba y abajo cada vez.
—Aquí está todo correcto —explica.
Con suavidad me baja la pierna sobre la camilla y, acto seguido, coge la otra, la derecha, para repetir el proceso.
—Veamos esta —comenta, colocando los dedos sobre el músculo.
Advierto, también, en este gemelo la presión de sus dedos, pero soy consciente de que el pie permanece inmóvil. Como si estuviera inerte. Repite la operación un par de veces más, con idéntico resultado. Desesperado, busco en la cara de mis padres algún tipo de reacción, por si lo que percibo es más debido al miedo que a lo que realmente está sucediendo. Sin embargo, lo que veo no me satisface. Trago saliva y aprieto con rabia el colchón sobre la camilla.
—Ya puedes vestirte —concluye ofreciéndome un apretón amistoso en el hombro.
Dejo los pantalones donde están, esperando con ansiedad a que la doctora termine de sentarse tras su mesa y aclare qué narices pasa. O habla ya o me va a dar un ataque.
—A priori, parece una rotura del tejido tendinoso severa. En cualquier caso, habrá que hacer más pruebas.
¿Qué quiere decir con severa? No verbalizo la pregunta porque me da miedo conocer la respuesta. Mi madre me mira sin rastro de ese enojo que había en sus ojos momentos antes. Ahora solo es lástima. La jodida lástima.
—¿Y eso qué signifca? —pregunta mi padre.
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—Que no va a poder caminar en una temporada y que, seguramente, haya que volver a operar.
De repente, un regusto a bilis asalta mi boca y hago un esfuerzo enorme por no romper a llorar, mordiéndome el interior de las mejillas.
—Pues se opera y se arregla —propone resuelto mi padre, a lo que mi madre asiente. La doctora no parece tan predispuesta.
—Aún es demasiado pronto para volver a abrir. Habría que hacer algunas pruebas más. Es… es complicado.
—¿Se puede saber qué pensabas? —me recrimina mi padre, que no puede aguantarse más las ganas.
No le respondo, porque si lo hago la tenemos y estoy cansado. Joder, si soy yo el que está aquí y parece que no lo entiende.
—Siempre es complicado, digo yo —interviene mi madre para reconducir la conversación—. ¿Esperamos a que se recupere, entonces? ¿Cuánto tiempo sería más o menos?
—El problema es que su tendón de Aquiles o calcáneo no ha
aguantado la actividad —explica la doctora—. Al estirarlo en la operación previa, creamos una tensión añadida en un volumen inferior al de un tendón sano. Hasta ahora no ha tenido una actividad intensa y ha ido aguantando. Sin embargo, una vez ha comenzado a caminar, el problema ha salido a la luz.
¿El problema ha salido a la luz? Hablan de mí y parece que están hablando de las humedades de una casa vieja. Le tengo bastante aprecio a la doctora por todo lo que ha hecho por nosotros, pero no puedo evitar sentir cierto malestar cuando se pone a hablar de esa manera tan impersonal. Como si ya no fuera humano y hubiera pasado a ser una cosa, un objeto, un nombre en un dosier.
—Podemos ir por aquí, por lo privado —sugiere mi padre—, si cree que así nos va a poder atender mejor. Si hay alguna
manera de aplazar los pagos podríamos hacerlo. —Busca la
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complicidad de mi madre, que asiente, corroborando su predisposición a apretar aún más las tuercas a los ahorros familiares.
—Allí os voy a atender igual de bien. No es cuestión de privado o público. El problema es que probablemente tengamos que hacer una completa y compleja reconstrucción de todo el tejido que podría o no funcionar.
Mientras hablan, escucho las palabras lejanas, como si no tuvieran que ver conmigo. Como si esto, en realidad, fuera un sueño del que dentro de nada voy a despertar. Una advertencia de lo que vendrá si la cago. Pero, en el fondo, soy consciente de que no voy a despertar, porque ya la he cagado.
—¿Y qué hacemos? —pregunta frustrado mi padre. —Esperar —dice la doctora, intentando sonar
tranquilizadora—. Esperaremos a la evaluación fnal y entonces estudiaremos las opciones.
¿Las opciones? ¿Qué opciones son esas? ¿Seguir así toda la vida? ¿De la silla al quirófano y del quirófano a la silla? ¿Abrirme y coserme después, hasta parecer un muñeco de trapo? ¿Qué opciones?
Permanecemos en silencio mientras volvemos a casa en la furgoneta blanca de mi padre. Lo prefero. No tengo ningunas ganas de hablar. Ya hay bastante con las miradas que me lanzan los dos a través del retrovisor.
—¿Cómo has dado lugar, Eloy? —dice mi padre quebrando la calma tensa dentro del coche—. ¿A cuento de qué tenías que hacer el burro así?
No digo nada, pero busco la mirada de mi madre. A ella, quizá, le contaría todo ahora mismo. Me desahogaría y estoy seguro de que lo comprendería, más o menos. Pero mi padre es otro cantar.
Encuentro los ojos de ella, que me piden calma y también una promesa de sinceridad.
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—Solo tenías que hacer caso a los médicos —continúa él—. Y a nosotros. ¿Ahora qué va a pasar, eh?
—¿Y qué más da? —digo resignado.
—¿Pero cómo que qué más da? —sube mi padre el volumen—. ¡Mírate, Eloy!
—Bueno, ya da igual —interviene cansada mi madre, para poner algo de paz—. Ahora solo nos queda esperar. Ya escuchasteis a la doctora.
Trato de encontrar de nuevo su mirada por el retrovisor para darle las gracias, pero su expresión fatigada me hace sentir todavía peor.
—Es que ya lo tenía y lo ha mandado todo a la mierda
—prosigue mi padre procurando serenarse—. ¿No ves lo que
haces, Eloy? —añade girándose hacia mí—. Tienes el camino y te empeñas en ir por las piedras.
—El que no se entera eres tú, papá —digo sin poder contenerme—. A lo mejor, esas piedras —subo el tono— son las que tú me pones. A lo mejor, tampoco quiero tu camino. A lo mejor, tu camino es una mierda.
Veo a mi padre enrojecer y la vena de su cuello infarse y palpitar con vida propia.
—¿Qué has dicho? —suelta mi padre sonando a amenaza. De esas que se hacen sin subir el tono y que, por sosegadas, suenan aún peor.
—Venga —vuelve a intervenir mi madre—, dejadlo ya. Estamos todos alterados. Lo hablaremos en casa con más tranquilidad.
—Yo no creo que te hayamos enseñado a ser así, Eloy
—vuelve a la carga él.
—¡Soy yo el que está aquí! —grito sin poder aguantar más. Exasperado por estar siempre con miedo. Por no poder decir o hacer lo que pienso. Por no poder ser yo y, además, por serlo y que eso sea un problema—. ¡Soy yo, joder!
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Mi padre frena el coche de manera tan brusca que todos en su interior nos proyectamos hacia delante y siento la presión del cinturón sobre el pecho. Mi padre se vuelve hacia mí colérico y yo, igual que siempre cobarde, me encojo, consciente de que acabo de meter la pata hasta el fondo.
—¡Que sea la última vez que…! —empieza mi padre echándose sobre el hueco de los asientos para acercarse todo lo posible a mí.
—Que sea la última vez que os escucho discutir así
—interrumpe mi madre, tranquila y con voz suave pero desafante—. Que tú —a mi padre— paras el coche de esta manera y que tú le gritas así a tu padre. —Nos mira a uno y a otro—. ¿Me habéis entendido los dos?
Mi padre se traga a disgusto una protesta, que no llega a materializar al ver la expresión retadora de mi madre. Se gira, vuelve a clavar la vista en la carretera y, tras respirar profundo en busca de serenidad, pone de nuevo en marcha la furgoneta, camino a casa, mientras retuerce el volante hasta blanquearse los nudillos.
Yo intento buscar la mirada de mi madre, para darle las gracias y pedirle perdón. Sin embargo, esta vez la aparta de manera consciente, remarcando el gesto de decepción, y se gira para, de alguna manera, «darme la espalda» mientras contempla el paisaje, ya casi invernal, de los campos.
Siento su desilusión como una punzada profunda que no soy capaz de soportar ahora mismo, y es injusto, porque sigo siendo yo el que está aquí. El que va a vivir así. El que tendrá que volver a que, dormido, lo rajen en un quirófano personas que no conoce, escondidas tras sus máscaras. No es justo, joder.
Harto de todo me recuesto junto a la puerta, intentando poner la mente en blanco. Permitiéndome sentir solo el bamboleo de la furgoneta mientras avanzamos directos a casa.
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Una vez en casa, me encierro en el cuarto. No salgo ni para comer, alegando que no me encuentro bien. Lo que es verdad. Pero, en realidad, ahora mismo lo que no quiero es compartir el espacio con nadie y menos con ellos. No necesito volver a repetir la escena del coche.
Desanimado, dedico el día a dormitar y jugar a la consola, con la misma falta de voluntad que se le presupone a los zombis que liquido en el juego. Las partidas me duran apenas minutos antes de morir, una y otra vez. Es la única manera que encuentro para eludir pensar. Centrarme en realizar movimientos automáticos, sin más. Correr, saltar, agacharme, disparar, rodar, morir y vuelta a empezar. Aunque esto tampoco funciona y comienzo a estar cansado, además de haberme ganado un buen dolor de cabeza. Desearía poder tirarme en la cama a hibernar, hasta conseguir que el recuerdo de estos días se esfume por completo. Como si solo hubiera sido un sueño. Un sueño de mierda.
Mi avatar sucumbe una vez más ante un grupo de despiadados no muertos que lo destrozan a zarpazos y dentelladas, lo que es una manera muy gráfca de resumir mi estado anímico ahora mismo. Podéis llamarme dramático si queréis, pero no encuentro otra forma mejor de describirlo. Cuando el juego considera que ya está bien de mostrar sangre y vísceras por doquier, aparece un nuevo «Try again? Yes/No» en la pantalla. Me lo quedo mirando, absorto, y tengo la sensación de que la vida, mi vida, es tan irreal como lo que sucede en esa pantalla. Ojalá pudiera comenzar todo desde un punto de guardado.
Toc, toc, escucho llamar a la puerta. Más molesto que sobresaltado, giro la silla dispuesto a censurar a quien quiera que se haya atrevido a perturbar mi momento de autocompasión y refexión flosófca de baratillo. ¿No ha quedado claro que no quiero ver a nadie?
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El momento hubiera resultado más tenso si no hubiera tenido que estar maniobrando para voltear la silla de ruedas, controlando que la pierna estirada no se golpee contra la mesa. Según la doctora, el pie dañado debe permanecer en alto el mayor tiempo posible. Así que, aquí estoy, con una pierna a modo de ariete apuntando a David. Ni se os ocurra reíros.
—¿Cómo estás? —pregunta tímido, esperando en el umbral de la puerta, mochila al hombro.
—De puta madre. ¿No me ves?
David gira la cara con fastidio y yo me arrepiento al instante de haberle hablado así.
—Ojalá me lo hubieras dicho antes, Eloy. Yo…
—Ya da igual —respondo intentando sonar algo más amable. David, turbado, cambia el peso de un pie a otro y soy consciente de que, hasta hace no mucho, y por primera vez, yo podía hacer ese gesto también. Por otro lado, no se me ocurre qué puedo decir o hacer para que olvidemos todo lo que ha sucedido y podamos volver a ese punto en el que solo nos
reíamos y hacíamos el payaso.
—¿Echamos una? —sugiero a la desesperada, tendiéndole un mando.
—Otro día. Solo he venido a traerte un regalo.
—No sé si me gustan mucho tus regalos —digo desanimado al fjarme en la mochila.
Hago rodar la silla hasta él, que deja caer sobre la cama la carga y extrae unas cuantas libretas.
—Gracias… De verdad que esto sí que es lo que me hacía falta.
David sonríe por la broma y siento que, por un segundo, todo vuelve a ser como antes. Antes de esta última operación, antes de la recaída, antes de conocer a Gabriel y antes de empezar a entender que yo ya no soy el yo que era. Que creía que era.
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—¿Te duele? —pregunta, señalando la pierna en alto.
—A ratos. Ahora voy drogado, así que no mucho. —Hago un burdo intento por sonreír que no convence a ninguno—. Entonces, ¿no te apetece hacer nada?
—Es que no he venido solo.
—Ah… —Procuro no parecer decepcionado, pero la verdad es que me hubiera gustado volver a pasar un rato a solas con él—. Ella puede jugar también si… ¿Le gusta jugar?
—¿Que si le gusta? Nos daría una paliza a los dos. A lo que fuera. Aunque jugáramos en equipo contra ella.
—Bueno, a ti seguro —continúo cada vez más animado—. ¿Pero no pasa? Prometo que ya no muerdo. No podría alcanzar
a nadie. Mira. ¡Aarrrgh…! —imito el sonido de los zombis del juego mientras proyecto los brazos al frente—. Cerebrooo…
—Ven, anda. —Sonríe.
—¿Eh? ¿A dónde?
Sin decir una palabra más, David cruza la puerta invitándome a seguirlo. Intrigado, impulso la silla tras él, hacia el oscuro pasillo. Mi padre aparece desde el comedor, cruzándose con nosotros.
—Hola —saluda David, que de repente se ha puesto nervioso.
Pero mi amigo no se detiene y llega hasta la puerta de entrada, donde me espera, inquieto.
—Hola, David —responde mi padre fjando la vista en mí—. ¿A dónde vais?
Me encojo de hombros, haciéndole saber que sé lo mismo que él. David toma aire con decisión y abre la puerta, dejando entrar la luz de la tarde, que, después de tantas horas recluido, me ciega por un instante.
—¿Este qué hace aquí? —escucho decir a mi padre con voz tirante.
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Al otro lado, en la calle, espera Gabriel hablando con Aitana. Ella, más animada que él, que parece estar tan tenso como mi progenitor. Sorprendido por verlo aquí, miro a David esperando una respuesta, pero él sonríe como si jamás hubiera roto un plato, y sale al exterior.
Sin saber muy bien qué hacer, termino por seguirlo y, al pasar por delante de mi padre, veo su mirada admonitoria y la vena de su cuello con una nueva y repentina infamación.
—Eloy —me advierte.
No respondo, avanzo y salgo a la calle, en pos del corrillo que han formado al otro lado Gabriel, David y Aitana.
—Más vale que entres ahora mismo —vuelve mi padre.
Yo me detengo y pienso en volverme, en hacerle caso y entrar de nuevo en mi pequeña celda con todas las comodidades. Pienso también en seguir aparentando ser un robot programado solo con unas cuantas respuestas simples: «Sí, no, claro, quizá». Un hombre de hojalata de pecho hueco. Sería tan fácil dejar de preocuparse por todo…
—Hola —digo al grupo, rodando la silla un poco más hacia ellos.
Aitana me saluda con el brazo, pero Gabriel únicamente me responde con un cabeceo forzado. David y Aitana, que han advertido el gesto, se miran suspicaces. La verdad es que con Gabriel la he cagado a base de bien.
—¿Qué hacéis aquí? —lanzo la pregunta a todos, pero le miro a él.
—Ver cómo lo llevas —contesta espontánea Aitana—. ¿Qué te han dicho?
—Pues que guarde energías para la carrera —bromeo sin muchas ganas, solo para ver si consigo romper la máscara severa de Gabriel, que no dice ni mu.
Aitana y David sonríen, pero él continúa mirándome como si estar allí fuese la peor elección de toda una lista de
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situaciones de mierda.
—Le dije a Gabriel lo que te había pasado —interviene
David, intentando aligerar la situación—, y ha insistido en ven…
—Tu amigo es muy pesado —le interrumpe Gabriel con un suspiro de hastío.
David, lejos de molestarse, niega con la cabeza haciéndose el tonto y vuelve a la carga.
—A ver, en realidad…
—Solo a veces —digo cortándole yo también, un poco más animado. Al volver a escuchar la voz de Gabriel he sentido como si un nudo enorme se hubiera afojado entre las tripas.
David se hace el indignado y, cuando parece dispuesto a añadir una nueva protesta, Aitana lo coge del brazo y lo separa un par de metros de nosotros.
—Para nada —dice Aitana irónica—. Venga, para nada,
pesado —añade mientras lo aleja a regañadientes—. Que tenemos que hacer los recados esos.
—¿Eh? ¿Qué dices? —David la mira con cara de no saber de lo que está hablando—. ¡Aaah!
—¡Aaah! —lo imita ella en tono burlón.
Sonrío al verlos alejarse discutiendo, más en broma que en serio. Por un momento me recuerdan a mis abuelos y me pregunto si serán ellos también una de esas raras parejas que, pese a parecer que no están hechos el uno para el otro, terminan viviendo toda una vida juntos.
—¿Crees que durarán? —dejo que el pensamiento escape de mi boca.
Pero Gabriel no dice nada. Permanece rígido, sin ni siquiera mirarme a la cara, y las entrañas se me vuelven a liar. Me gustaría encontrar las palabras perfectas para explicarle todo y poder disculparme con él, para que me perdone y volvamos a ser lo que quiera que fuésemos antes, para… ¿Pero se puede
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saber dónde está mirando? Me giro, siguiendo la trayectoria de sus ojos, más allá de mi espalda, y veo a mi padre en la puerta de casa, observándonos con cara de pocos amigos.
—Gabriel —digo tirándole del brazo para llamar su atención—, ¿vamos a la arboleda?
—No hace falta —responde neutro—. No quiero entretenerte mucho tiempo.
—Es que quiero hablar contigo, tranquilo, y explicarte todo. —Eloy —por fn se digna a mirarme—, siento mucho lo que te ha pasado, de verdad, pero creo que ya nos dijimos todo. Es
mejor así. Solo he venido a ver cómo te encuentras.
El disparo es directo y certero en la boca del estómago. Ahora, el que no es capaz de mirar a la cara de Gabriel soy yo y clavo la vista en la fgura de mi padre, en un ruego para que nos deje a solas. Lo último que necesito es que esté ahí, viendo cómo cabo un poquito más el agujero en el que ando metido. Sin embargo, él no parece darse por aludido y nos mantenemos frmes, como dos duelistas del Oeste. O más bien él parece Clint Eastwood con la mano cerca del revólver y yo su inexperta y suplicante nueva víctima.
Inhalo una buena bocanada de aire y, con más necesidad que decisión, articulo un silencioso «Por favor» que, confo, sepa leer en la distancia.
Pero los segundos transcurren pesados y lentos, sin que él se mueva un ápice, hasta que, desde el interior de casa, algo llama su atención. No logro entender qué sucede, pero parece estar conversando, disgustado. En el momento en el que termina de hablar, se gira hacia mí y, cuando creo que va a venir a mi encuentro a terminar con toda esta penosa escena, me sorprendo al verlo perderse en el interior de casa, resignado y sin terminar de cerrar la puerta.
Gracias, mamá.
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Dejo escapar el aire que sin querer había estado reteniendo y Gabriel se vuelve hacia mí.
—Gabriel, yo… —trato de encontrar las palabras—. Lo que dije en…
—¿Qué tal estás? —interrumpe mi caótico intento de dar explicaciones—. Ya te he dicho que solo he venido a ver qué tal estabas.
—Bien, supongo —digo encogiéndome de hombros. —¿De verdad?
—Pues… —Niego con la cabeza—. Pero ahora un poco mejor, supongo.
Gabriel me mira culpable. Como si las palabras que acabo de pronunciar no hicieran otra cosa que hurgar más en alguna herida abierta.
—Creo —se arranca a hablar— que no tendría que haber venido. No quiero complicarte más la vida.
Hace una pausa para asegurarse de que entiendo lo que me dice. Claro que lo entiendo, pero no lo quiero.
—David me contó lo que te había pasado —continúa— y… estaba preocupado. Quería saber que estabas bien.
—¿Y cómo quieres que esté bien? —digo molesto.
—Eloy…
—Es la verdad. Pero tú te equivocas. Soy yo el que se la
complica —alego, para convencerlo de no sé muy bien qué—. Y a ti también.
Ruedo la silla para acercarme un poco más a él.
—Mírame —prosigo—. Vuelvo a estar con el culo pegado a esta silla y ahora no saben si volveré a caminar o me quedaré aquí para siempre. ¿Y por qué? Por ser un idiota. Y un cobarde.
—Lo siento mucho. De verdad, Eloy.
Dejo escapar el aire en un resoplido de resignación y ambos nos quedamos callados, mirando cualquier cosa menos el uno al otro. Me gustaría decirle que se quedara, que me perdone, que
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sí sé el camino que quiero, pero soy incapaz de hacer brotar las palabras de mi boca. Y creo que ya daría igual. Que está todo perdido con él. Y en el fondo me lo merezco.
—Cuídate, Eloy —se despide.
Siento que esto sí es una despedida. Es LA DESPEDIDA. Que ya no habrá otro día, un mañana, una nueva aventura con él, un nosotros. Las puertas se han cerrado para siempre entre los dos.
Gabriel, resignado, se gira dispuesto a marcharse y, sin pensarlo, extiendo la mano de manera instintiva y agarro la suya para retenerlo un poco más. Él, con fastidio, se detiene. Juraría que está dispuesto a dar lo que fuese por despegarse de mí como quien se quita una tirita.
—Eloy —ruega cansado—. Tengo que volver a casa y tú necesitas descansar.
Intento pensar qué hacer o qué decir, pero no puedo discurrir con claridad. Tengo el estómago del revés mientras la sangre me golpea rítmicamente las sienes y una mano invisible me estrangula sin piedad.
—Vamos, Eloy. —Suelta mi mano con suavidad.
Como si una fuerza oculta me empujase a hacerlo, saco la pierna del reposapiés. Con mucho esfuerzo me levanto de la silla. Lo hago sin apoyar en ningún momento el pie derecho, lo que me causa ciertos problemas técnicos, dándome un aspecto más cómico y menos digno de lo que pretendía. Gabriel, sin embargo, no se ríe y se presta a ayudarme.
—Conseguirás hacerte daño —me advierte.
—¿Conseguiré? —pregunto irónico y Gabriel recoge el guante.
Quedo a la pata coja sobre mi pie izquierdo y me apoyo en Gabriel, agarrado a su brazo, pegado casi a su pecho. Al hacerlo, noto la tibieza reconfortante de su cuerpo y su inconfundible olor a albaricoques. Ambos quedamos frente a frente, casi a la misma altura.
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—¿Se puede saber qué pretendes, Eloy?
Me encojo de hombros, intentando imitar su propio gesto que tanto me gusta, porque no sé lo que pretendo. No sé lo que va a pasar. Gabriel me mira sin comprender. ¿Pero cómo lo va a hacer, si ni yo mismo sé qué diablos estoy haciendo?
Asustado, siento que mil descargas eléctricas atraviesan de arriba abajo mi sistema nervioso, avisándome de que me ponga en marcha. Así que, cabizbajo y casi por instinto, me acerco a Gabriel rozando su mano con la mía antes de besarle en los labios. Lo pillo con la guardia baja, pero tras la sorpresa inicial, se separa de mí. Lo hace sin brusquedad, con cuidado de no desequilibrarme y procurando mirarme a los ojos.
—No va a funcionar —me dice.
—¿Por qué no?
Gabriel no responde, pero mira hacia la puerta de mi casa. Yo también me giro y la veo. Veo la entrada a una oscuridad que no me deja ser yo, pero también la entrada a mi hogar, a la seguridad de mi familia. Imagino que detrás está mi padre observándonos, enrojeciendo al verme besar a Gabriel. Preparado para darme una nueva lección de vida. De la vida que él tenía preparada para mí.
—Ya… —comento resignado.
—Ya.
Avergonzado, aparto la vista.
—No pasa nada, Eloy. Verás como estás bien.
«¿Verás como estás bien?». ¡Y una mierda! ¿Cómo voy a poder estar bien aquí sentado y atrapado en una ilusión de algo que no soy?
—No —es lo único que soy capaz de decir, mientras aprieto los puños.
—¿Qué? —pregunta incrédulo.
—Que no. No voy a estar bien. ¿Cómo narices voy a estar bien?
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—Eloy…
—Parece que todos sabéis lo que me conviene mejor que yo
—continúo sin ser capaz de parar—. Pues no, Gabriel, no voy a estar nada bien. Voy a estar en la puta mierda, para ser más exactos.
Nos quedamos callados y Gabriel me mira, estudiándome. —Entonces, dime, ¿qué es lo que quieres, Eloy? —se decide a
preguntar, mezcla de curiosidad y condescendencia.
Ahora mismo creo que saldría corriendo si pudiera. Por un instante estoy decidido a dejarlo todo estar. A volver dentro y olvidarme. A centrarme en estudiar y hacer el idiota con David. Dejar de pensar en Gabriel y en cualquiera. Quizá hasta llegar a la universidad. Hasta que no dependa de nadie más que de mí mismo, si ese día llega alguna vez. Quizá… Veo el rostro de Gabriel y, sorprendido, descubro cierto grado de decepción ante mi silencio, después de tanta cháchara sobre lo que es mejor para mí. Pues ¿sabéis qué? ¡A tomar viento! A quién quiero engañar.
—Vivir —contesto solo para mis oídos. Porque en realidad es a mí a quien tengo que convencer.
Y sin decir una palabra más, cojo la cara de Gabriel atrayéndola hacia la mía y le planto un beso en los labios. Esta vez sin ambages ni titubeos. Un señor beso. Él intenta separarse, pero con muchas menos ganas que la vez anterior. Solo tengo que apoyar la mano en la curva de su espalda para evitarlo, apretando un poco más su cuerpo contra el mío, disfrutando de unos segundos extra de estar así, los dos, sintiéndonos el uno al otro.
—¿Pero tú estás seguro? —pregunta una vez libera su boca, con un incipiente brillo ilusionado en los ojos.
Y yo solo soy capaz de sonreír, porque por una vez estoy seguro de lo que hago, de lo que quiero. No sé qué pasará más adelante. No sé cómo responderá mi familia, ni la gente aquí en
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la aldea. Pero incluso al mirar ahora la puerta, veo la entrada de casa menos oscura y más iluminada. Quizá solo es cosa mía.
—Gabriel.
—¿Sí? —Y noto que sobre ese nuevo brillo en sus ojos pasa fugaz la sombra de la preocupación.
—Tendremos que pensar cómo me vas a llevar a tu guarida.
—Idiota. —Sonríe aliviado.
Y juntamos las cabezas. Lo hacemos como solo lo harían los amigos que son más que amigos, después de muchos años separados en tierras extrañas. Así, con las frentes pegadas y el vapor de nuestros alientos compartidos, sentimos la necesidad de reír. Una risa sincera de pura felicidad.
Agradecimientos
Esta historia no sería la misma sin los sabios consejos de Pablo Malo, a quien acribillé a emails cuando creía que El camino inesperado sería el guion de una película y no una novela. Mil gracias por tu infnita paciencia.
Tampoco sería igual sin los ánimos y las agudas observaciones de mi gran amiga Ana Martínez cuyo teléfono está siempre dispuesto a que le haga una «última» consulta. Qué suerte que la vida decidiera cruzar nuestros caminos y ahora tenga una familia alicantina. Gracias, chicos, por vuestro apoyo.
También quiero agradecer a Ana Oller que me prestara su talento, a pesar de estar inmersa en una ola de cambios, para hacer esta maravillosa portada.
De igual modo, gracias a Cintia Fernández, que corrigió el texto con todo el mimo del mundo.
Gracias a Héctor Manuel Moreno y Emili Doménech, que pudieron dedicarme una porción de su tiempo como lectores beta cuando esta historia aún era un proyecto de guion.
Gracias a mis padres y a «los sabios» por llenarme la cabeza de personajes y de historias y por estar ahí cuando se os necesita.
Mil gracias a ti, Joan, que me soportas todos los días y me apoyas en cada aventura descabellada en la que decido embarcarme, esta inclusive. Prometo recompensarte por las horas de silencio y las tardes de agobios y trabajo a puerta cerrada.
Y, por último, y no por ello menos importante, gracias a vosotros, lectores, que habéis acompañado a Eloy en uno de los viajes más difciles para cualquier adolescente, el de encontrar su lugar en el mundo, su propio camino. Ojalá hayáis reído, sufrido y disfrutado con él.
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ALEJANDRO MONREAL LANDETE (Hellín, Albacete, 1983). Tuvo que marcharse a Valencia, donde actualmente reside, para realizar sus estudios en Comunicación Audiovisual y, posteriormente, dos másteres de Guion de Cine y Animación y VFX.
Ha trabajado como supervisor de CFX en las películas Bufalo Kids y Animal Crackers, además de series como Cry Babies, Bloopies o VipPets. También como artista 3D en otras tantas producciones como la Gallina Turuleca, el videojuego Castlevania Lord of Shadows II o el cortometraje ganador del Goya 2013, El Vendedor de humo (guionista).
Índice de contenido
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Agradecimientos
Sobre el autor
FIN

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