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Libro N° 14924. Tengo Un Nombre. Miller, Chanel.


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Título Original: © Tengo Un Nombre. Chanel Miller

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

TENGO UN NOMBRE

Chanel Miller


Tengo Un Nombre

Chanel Miller

«Me llamo Chanel. Soy una víctima, no me da reparo utilizar esta palabra, pero sí creer que eso es todo lo que soy. Sin embargo, no soy “la víctima de Brock Turner”. No soy su nada. No le pertenezco».

La historia de Chanel Miller cambió el mundo para siempre. En 2016, Brock Turner, de diecinueve años, la violó en el campus de Stanford. Lo que llegó después fue vivir bajo un pseudónimo y uno de los juicios más mediáticos de la historia de EE. UU., tras el que Turner fue sentenciado a tan solo seis meses de cárcel.

Decidió compartir en la red la carta que leyó a su violador en el juicio: «Tú no me conoces, pero has estado dentro de mí, y por eso estamos aquí hoy», empezaba. Once millones de personas la leyeron en cuatro días, y provocó la indignación de un país y la reacción internacional. Después de cuatro años viviendo en el anonimato ha dado el paso de hacer pública su identidad. Y ha contado su historia…

Tengo un nombre son unas memorias íntimas y profundamente conmovedoras, que transformarán para siempre nuestra percepción sobre la violencia sexual y que reclaman justicia, sobre todo, pero también el derecho a seguir viviendo.

Chanel Miller

Tengo Un Nombre

ePub r1.0

Titivillus 25-02-2026

Título original: Know my Name

Chanel Miller, 2019

Traducción: Laura Ibáñez

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

Prólogo

Que yo escribiera «alergación» en vez de alegación puede dar a entender que no estoy capacitada para contar esta historia. Sin embargo, las transcripciones judiciales están a disposición de todo el mundo y todos los artículos de prensa pueden consultarse en internet. Esta no es la verdad suprema, pero sí la mía, contada como mejor he sabido hacerlo. Si quieres conocerla a través de mis ojos y de mis oídos, saber lo que era estar dentro de mi pecho y lo que se siente cuando te escondes en un baño durante un juicio, esto es lo que te ofrezco. Yo te doy lo que puedo; tú toma lo que necesites.

En enero de 2015 tenía veintidós años y vivía y trabajaba en mi ciudad natal: Palo Alto, California. Fui a una fiesta en Stanford. Sufrí una agresión sexual al aire libre, contra el suelo. Dos personas que pasaban por allí lo vieron, detuvieron al agresor y me salvaron. Mi vida anterior se esfumó y empezó una nueva. Me dieron un nuevo nombre para proteger mi identidad: me convertí en Emily Doe.

En esta historia llamaré «la defensa» al abogado defensor. Y «juez» al juez. Están aquí para representar el papel que desempeñaron. Esto no es una acusación personal, un zasca, una lista negra ni un refrito. Creo que todos somos seres multidimensionales y que resulta doloroso que en un juicio te esquematicen, te encasillen, te etiqueten erróneamente y te vilipendien, así que yo no voy a hacer lo mismo con ellos. Utilizaré el nombre de Brock, pero la verdad es que también podría llamarle Brad, Brody o Benson y daría lo mismo. Lo que importa no es su individualidad, sino lo que tienen en común todas esas personas que permiten que un sistema defectuoso se perpetúe. Este es un intento de transformar el dolor que siento dentro, de enfrentarme al pasado y de encontrar el modo de aceptarlo e incorporar esos recuerdos en mi vida. Quiero dejarlos atrás para poder seguir adelante. Al no decir su nombre, digo al fin el mío.

Me llamo Chanel.

Soy una víctima, no me da reparo utilizar esta palabra, pero sí creer que eso es todo lo que soy. Sin embargo, no soy «la víctima de Brock Turner». No soy su nada. No le pertenezco. También soy medio china. Mi nombre chino es Zhang Xiao Xia, que traducido significa «pequeño verano». Me llamaron verano porque:

Nací en junio.

Xia es también el nombre de la primera dinastía china.

Soy la primogénita.

Xia suena igual que «sha».

Chanel.

El FBI define violación como cualquier tipo de penetración. Sin embargo, en California se limita al acto de tener relaciones sexuales. Durante mucho tiempo me abstuve de llamarlo «violador», por miedo a que me corrigieran. Las definiciones legales son importantes. Pero la mía también lo es. Metió las manos en una cavidad de mi cuerpo. Creo que el hecho de que le faltara tiempo para hacer más no lo libra de ese título.

Lo más triste de este tipo de casos, más allá del propio delito, son las cosas tan degradantes que la víctima empieza a creer de sí misma. Mi esperanza es poder desmontar estas creencias. Hablo en femenino, pero tanto si eres hombre como transgénero o te identificas con un género no binario; como quiera que decidas identificarte y existir en este mundo, si tu vida se ha visto afectada por la violencia sexual, mi intención es protegerte. Y a aquellos que me sacaron, día tras día, de la oscuridad, espero poder darles las gracias.

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Cuando sepas tu nombre deberás aferrarte a él, porque a menos que sea transcrito y recordado, morirá contigo.

TONI MORRISON

Al principio era tan joven y una persona tan desconocida para mí misma que casi no existía. Tuve que salir al mundo y verlo y escucharlo y reaccionar a él antes de tener una mínima noción de quién era, de qué era, de lo que quería ser.

MARY OLIVER, Upstream

… es nuestro deber dejar huella.

ALEXANDER CHEE

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1

Soy tímida. En el colegio preparamos una obra sobre un safari y todos los demás hicieron de animal. Yo, de hierba. Nunca he preguntado nada en un aula magistral. En una clase de gimnasia siempre me encontrarás escondida en un rincón. Si te chocas conmigo, te pediré perdón. Aceptaré cualquier folleto que me des en la calle. Siempre devuelvo el carro de la compra a su sitio. Si no queda nata en el mostrador de la cafetería, me tomaré el café solo. Si me quedo a dormir, parecerá que nadie ha tocado las sábanas.

Nunca he organizado mi propia fiesta de cumpleaños. Me pondré tres jerséis antes que pedirte que subas la calefacción. Si pierdo a algún juego de mesa, no me enfado. Meto las monedas de cualquier manera en el bolso para evitar que se forme una cola en la caja. De pequeña quería crecer para ser la mascota de un equipo y poder bailar con total libertad sin que nadie supiera que era yo.

Fui la única estudiante de primaria en ser elegida mediadora de conflictos dos años seguidos; mi tarea consistía en ponerme un chaleco verde durante el recreo y rondar por el patio. Si alguien tenía alguna disputa irresoluble, acudía a mí y yo les enseñaba lo que eran los mensajes del «yo»; por ejemplo: «Yo me siento cuando tú». Una vez se me acercó una niña de parvulitos y me dijo que todo el mundo podía estar diez segundos en el columpio, pero que cuando ella se montaba, los otros contaban «un gato, dos gatos, tres gatos» y que, en cambio, cuando se columpiaban los niños, contaban «un hipopótamo, dos hipopótamos» y los turnos eran más largos. Yo anuncié que a partir de ese día todo el mundo contaría con «un tigre, dos tigres». Toda mi vida he contado con tigres.

Me presento aquí porque en la historia que estoy a punto de contar empiezo sin nombre ni identidad. No se me asigna ningún rasgo de personalidad ni comportamiento. Me encontraron sola e inconsciente, con

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el cuerpo semidesnudo. Sin monedero ni documentación. Avisaron a la policía, despertaron a un decano de Stanford para que viniera a identificarme, interrogaron a testigos: nadie sabía de dónde había salido ni quién era.

Mi memoria me dice esto: el sábado 17 de enero de 2015 yo vivía en casa de mis padres, en Palo Alto. Mi hermana pequeña, Tiffany, estudiante de tercero en la Universidad Politécnica Estatal de California (Cal Poly), había conducido durante tres horas por la costa para pasar con nosotros el puente del Día de Martin Luther King. Normalmente se quedaba en casa y pasaba el rato con sus amigos, pero de vez en cuando me dedicaba a mí algo de ese tiempo. A última hora de la tarde, las dos fuimos a buscar a su amiga Julia, estudiante de Stanford, y nos acercamos a la reserva natural de Arastradero para ver cómo el sol derramaba su yema por encima de las colinas. El cielo se oscureció, paramos en una taquería. Mantuvimos un acalorado debate sobre dónde duermen las palomas, discutimos sobre si hay más gente que dobla el papel higiénico en cuadraditos (yo) o lo estruja sin más (Tiffany).

Tiffany y Julia hablaron de una fiesta a la que iban a ir aquella noche en Kappa Alpha, en el campus de Stanford. Yo, prácticamente ajena a la conversación, me servía salsa verde con un cucharón en un diminuto vaso de plástico.

Aquella noche, más tarde, mi padre preparó brócoli y quinua, y nos escandalizamos cuando pronunció quinoa. «Se dice “quinua”, papá. ¿Cómo puede ser que no lo sepas?». Cenamos en platos de cartón para no tener que lavar nada. Dos amigas más de Tiffany, Colleen y Trea, llegaron a casa con una botella de champán. La idea era que las tres se encontraran con Julia en Stanford. Me dijeron: «Deberías venir». Yo les contesté: «¿Voy? Sería divertido, ¿no? Seguro que soy la más mayor de la fiesta». Me enjuagué el jabón en la ducha, cantando. Rebusqué entre montañas de calcetines en busca de unas bragas y encontré un desgastado triángulo de tela de lunares en un rincón. Me puse un vestido ajustado de color gris carbón. Un pesado collar de plata con minúsculas piedrecitas rojas. Una rebeca de color beis de grandes botones marrones. Me senté en mi alfombra marrón y me até las botas militares de color café con el pelo todavía húmedo recogido en un moño.

El papel pintado de la cocina es de rayas azules y amarillas. Cubren las paredes un viejo reloj y unos armarios de madera. En el marco de la puerta

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están señaladas nuestras alturas a lo largo de los años (aparece también el simbolito de un zapato si los llevábamos puestos cuando nos medían). Al abrir y cerrar los armarios, lo único que encontramos fue whisky y en la nevera lo único con lo que se podía preparar un combinado era leche de soja y zumo de lima. Los únicos vasos de chupito que teníamos eran de nuestros viajes en familia: Las Vegas, Maui, de mucho tiempo atrás, cuando Tiffany y yo los coleccionábamos para utilizarlos como tacitas para nuestros animales de peluche. Me bebí el whisky de un trago, sin pizca de arrepentimiento, con libertad, del mismo modo que dirías: «Claro que acudiré al bar mitzvá de tu primo, pero solo a condición de ir como una cuba».

Le pedimos a nuestra madre que nos llevara a las cuatro a Stanford, que queda a siete minutos en coche bajando por la autovía de Foothill. Stanford era mi patio trasero, mi comunidad; un semillero de profesores particulares baratos al que mis padres recurrieron una y otra vez a lo largo de los años. Crecí en ese campus, participé en campamentos de verano en los que acampábamos en el césped, me escabullí de comedores con los bolsillos llenos de nuggets de pollo, cené con profesores que eran padres de buenos amigos míos. Mi madre nos dejó cerca de la librería de Stanford, donde nos había llevado en los días de lluvia a tomar chocolate caliente y magdalenas.

Anduvimos cinco minutos y bajamos por la pendiente de asfalto hasta llegar a una gran casa que quedaba resguardada bajo unos pinos. Un chico con minúsculas marcas de vello incipiente en el labio superior nos dejó pasar. Encontré un dispensador de refrescos y zumos en la cocina de la fraternidad, me puse a aporrear los botones e inventé un brebaje sin alcohol que presenté como zumo de mojón seco. «Y ahogá, espesialmente paga madame, le sumó de mojón secó. ¡Tachán!». La gente empezaba a entrar a borbotones. Las luces se apagaron.

Nos colocamos detrás de una mesa, cerca de la puerta principal, como si fuéramos un comité de bienvenida. Extendimos los brazos y cantamos: «¡Bienvenidos, bienvenidos, bienvenidos!». Me fijé en cómo entraban las chicas, con las cabezas medio encogidas entre los hombros, sonriendo tímidamente, barriendo la sala con la mirada en busca de una cara amiga a la que aferrarse. Conocía bien aquella mirada porque yo también me había sentido así. En la universidad, una fraternidad era un reino exclusivo, rebosante de ruido y de energía, en el que los jóvenes entonaban un heil y

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los machos más grandes eran los reyes. Después de la universidad, una fraternidad era un lugar de ambiente amargo, con olor a cerveza rancia; un desparrame de vasos endebles donde oías el ruido de las suelas de tus zapatos despegándose del suelo pringoso, el ponche sabía a aguarrás y en los bordes del retrete encontrabas enganchados pelillos negros rizados. Vimos una garrafa de vodka en la mesa. Acuné aquel recipiente de plástico como si acabara de descubrir agua en el desierto. Bien por mí. Vertí el contenido en una taza y me lo bebí de un trago. La gente se apelotonaba encima de las mesas, balanceándose como pingüinitos. Yo estaba de pie en una silla, sola, con los brazos en el aire, cual alga borracha, hasta que mi hermana me ayudó a bajar. Salimos a mear entre los arbustos. Julia y yo nos pusimos a rapear en plan freestyle. Yo lo hice sobre la piel seca y me quedé encallada porque no se me ocurrió nada que rimara con hialurónico.

La planta baja estaba a tope, la gente salía a borbotones en dirección al orbe de luz del patio de cemento. Nos quedamos cerca de unos chavales caucásicos que llevaban las gorras hacia atrás, para procurar no quemarse el pescuezo en un espacio cubierto y de noche. Le di un sorbo a una cerveza caliente, dije que sabía a pis, y se la pasé a mi hermana. Estaba aburrida, cómoda, borracha y muy cansada, a menos de diez minutos de mi casa. Todo aquello se me quedaba ya muy pequeño. Y aquí es cuando mi memoria se queda en blanco, donde se corta el carrete.

Hasta el día de hoy, no creo que nada de lo que hiciera aquella noche fuera importante: un puñado de recuerdos desechables. Pero estos acontecimientos se revivirán incesantemente, una y otra vez y otra más. Lo que hice, lo que dije; todo será troceado, medido, calculado, presentado al público para su valoración. Y todo porque, en algún lugar de esta fiesta, está él.

Había demasiada claridad. Al parpadear me vi costras de sangre marrón en el dorso de las manos. El vendaje de la derecha estaba flojo; el adhesivo, desgastado. Me pregunté cuánto rato debía de llevar allí. Estaba tumbada en una cama estrecha con barandillas de plástico a cada lado: una cuna de adulto. La pared era blanca y el suelo estaba abrillantado. Algo se me clavaba con fuerza en el codo: una cinta adhesiva blanca demasiado apretada, la carne de mi brazo protuberante a su alrededor. Intenté meter el dedo debajo, pero era demasiado grueso. Miré a la izquierda. Dos hombres

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me observaban: un hombre afroamericano más mayor que vestía una cazadora fina de Stanford de color rojo y otro caucásico que llevaba el uniforme negro de la policía. Desenfoqué la vista, se convirtieron en un cuadrado rojo y otro negro, apoyados contra la pared, con los brazos detrás de la espalda, como si llevaran un buen rato allí. Volví a centrarme en ellos. Pusieron la misma cara que pongo yo cuando veo a una persona mayor bajar por unas escaleras: de tensión, a la espera de que en cualquier momento llegue la caída.

El policía me preguntó si me encontraba bien. Al inclinarse sobre mí, sus ojos no vacilaron ni se entornaron para formar una sonrisa, sino que permanecieron perfectamente redondos y quietos, como dos pequeños lagos. «Pues claro, ¿por qué no iba a encontrarme bien?», pensé mientras volvía la cabeza una y otra vez en busca de mi hermana. El hombre de la cazadora roja se presentó como un decano de Stanford. «¿Cómo te llamas?». Tanta atención me desconcertaba. No entendía por qué no se lo preguntaban a mi hermana, que debía de estar por allí. «No soy estudiante, solo estoy de visita —les dije—: Soy Chanel».

¿Cuánto rato había dormido? Supuse que me había emborrachado demasiado y había llegado a tientas al edificio más cercano del campus para dormir la mona. ¿Me había arrastrado por el suelo? ¿Cómo me había arañado las manos? ¿Quién me había remendado con aquel botiquín tan cutre? Quizá estuvieran un poco mosqueados: otro chaval borracho más al que atender. La situación era bastante embarazosa, la verdad; yo ya era mayorcita para todo aquello. En fin, los libraría de mi presencia y les daría las gracias por la cuna. Eché un vistazo al pasillo preguntándome qué puerta sería la de salida.

Me preguntaron si podían llamar a alguien para decirle que estaba allí. ¿Allí, dónde? Les di el número de mi hermana y vi alejarse al hombre de la cazadora fina para no ser oído, llevándose a la vez la voz de mi hermana a otra habitación. ¿Dónde estaba mi teléfono? Empecé a dar palmaditas a mi alrededor con la esperanza de tocar un rectángulo duro. Me regañé por haberlo perdido, tendría que regresar a buscarlo.

El policía se volvió hacia mí: «Estás en el hospital y hay motivos para creer que has sufrido una agresión sexual». Asentí despacio. ¡Qué señor tan serio! Debía de confundirse, yo no había hablado con nadie en la fiesta. ¿Tendría que darme alguien una autorización para poder salir? ¿No era ya lo suficiente mayor como para firmar el papel yo misma? Imaginé

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que alguien vendría y diría: «Agente, la chica ya puede marcharse», y que yo me cuadraría en plan militar y me marcharía. Quería comer pan con queso.

Noté una aguda presión en la barriga, tenía que hacer pis. Le pedí permiso para ir al lavabo y me pidió que esperara porque quizá tenían que tomarme una muestra de orina. «¿Por qué?», pensé. Me quedé allí tumbada, apretando la vejiga en silencio. Al fin me dieron permiso para ir. Al sentarme me di cuenta de que tenía el vestido gris arrugado alrededor de la cintura. Llevaba unos pantalones verde menta. Me pregunté de dónde los habría sacado, quién habría hecho un lazo con el cordón. Me dirigí avergonzada al lavabo, aliviada de estar lejos de sus miradas. Cerré la puerta.

Me bajé los pantalones nuevos, con los ojos entornados, y me dispuse a bajarme la ropa interior. Los pulgares rozaron los lados de los muslos, tocaron la piel y no agarraron nada. Qué raro. Repetí el movimiento. Extendí las palmas, me las llevé a la altura de las caderas y las froté contra los muslos, como si las bragas pudieran materializarse a fuerza de frotar, hasta que se generó calor y mis manos se detuvieron. No bajé la vista, sino que me quedé paralizada, medio en cuclillas. Crucé las manos por encima de la barriga, medio encorvada y totalmente quieta, incapaz de sentarme, incapaz de levantarme, con los pantalones por los tobillos.

Siempre me he preguntado por qué los supervivientes comprenden tan bien a otros supervivientes. Por qué, aunque los detalles de nuestras agresiones varíen, los supervivientes pueden mirarse a los ojos y entenderse sin necesidad de explicaciones. Quizá no sean las particularidades de la propia agresión lo que tengamos en común, sino el momento que viene después; la primera vez que te quedas solo. Cuando algo escapa de ti. Dónde estuve. Qué me quitaron. Es el terror devorado dentro del silencio. La sensación de separarse de un mundo en el que arriba es arriba y abajo es abajo. No es un momento de dolor, histeria o llanto. Es un momento en el que las entrañas se te vuelven piedras frías. Es la más profunda confusión unida a la certeza de saber. Se esfumó el lujo de crecer despacio. Es el comienzo del brutal despertar.

Finalmente me apoyé en el asiento. Algo me molestaba en el cuello. Me toqué la cabeza por detrás y noté texturas ásperas dentro del pelo enmarañado. ¿Habría salido al aire libre un momento? ¿Me habrían caído encima cosas de los árboles? Todo me daba mala espina, pero dentro de mí

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sentía una calma amortiguada: un océano oscuro, inmóvil, plano y vasto. El horror estaba presente, notaba cómo se movía y me removía las entrañas, húmedo, turbio y lastrado, pero en la superficie yo solo veía una pequeña onda. El pánico llegaría como un pez que emerge un instante a la superficie, se agita en el aire y vuelve a sumergirse después en el agua, haciendo que todo recupere la quietud original. No comprendía cómo había acabado en un cuarto esterilizado, en un aseo, sin ropa interior, sola. No iba a preguntarle al policía si sabía dónde estaba mi ropa interior, porque una parte de mí comprendía que no estaba preparada para escuchar la respuesta.

Me vino una palabra a la mente: tijeras. El policía me había cortado la ropa interior con unas tijeras porque en ella hay gérmenes; sí, gérmenes vaginales que tienen que examinar por si acaso. El personal de emergencias cortaba la ropa; lo había visto en la tele. Me puse de pie y vi que había tierra en el suelo. Me alisé los pantalones y me até el cordón formando dos orejitas de conejo. Dudé ante el grifo, no sabía si me dejarían lavarme la sangre. Al final humedecí las puntas de los dedos en aquel pequeño caudal y me mojé un poco las palmas, conservando las oscuras manchas en el dorso de la mano.

Volví con la misma calma con la que me había marchado, sonriendo educadamente, y me subí de nuevo a mi cuna. El decano dijo que se había informado a mi hermana de mi paradero y me dio su tarjeta de visita: «Si alguna vez necesitas algo, házmelo saber». Se marchó. Me aferré a su tarjetita. El policía me informó de que el edificio del SART no abriría hasta la mañana. No sabía de qué edificio me hablaba, solo comprendí que se suponía que debía volverme a dormir. Me tumbé bocarriba, pero tenía frío y me sentía rara estando los dos bajo aquella luz descarnada. Me alegraba de no quedarme sola, pero deseaba que se pusiera a leer un libro o se fuera a la máquina expendedora. No podía dormir con alguien observándome.

Apareció una enfermera, me miró y se volvió de inmediato hacia el agente: «¿¡Por qué no tiene ninguna manta!?». El policía dijo que me había dado unos pantalones. «¡Pues haga el favor de conseguirle una manta! ¿Por qué no se la ha dado nadie? ¡Está ahí estirada sin una manta!». La veía gesticular frenéticamente, pidiendo más, insistiendo inflexible en que yo no pasara frío, sin miedo a exigirlo. Dejé que la frase se repitiera en mi cabeza: «Que alguien le traiga una manta».

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Cerré de nuevo los ojos y esta vez logré entrar en calor. Estaba lista para abandonar aquel sueño caótico y despertarme en mi propia cama, bajo mi edredón de flores y mi farolillo de papel de arroz, con mi hermana dormida en la habitación de al lado.

Noté un delicado zarandeo y abrí los ojos a la misma claridad y a las mismas mantas. Una señora de cabellos dorados y bata blanca estaba de pie ante mí. Detrás de ella había dos mujeres. Todas me sonreían como si fuera un recién nacido. Una de las enfermeras se llamaba Joy[1] y me lo tomé como una buena señal que me mandaba el universo. Las seguí y salimos por la puerta hasta llegara un pequeño aparcamiento. Me sentía como una reina desaliñada, arrastrando una manta tras de mí como si fuera una capa de terciopelo y flanqueada por mis sirvientas. Entorné los ojos para mirar el cielo en un intento de averiguar la hora. ¿Ya había amanecido? Entramos en un edificio de una sola planta que estaba vacío. Me llevaron hasta una oficina. Allí acomodé la montaña de mantas en un sofá y me fijé en los lomos de los archivadores de un estante con la etiqueta SART. En rotulador negro, debajo, se leía «Sexual Assault Response Team». (Equipo de Respuesta a las Agresiones Sexuales).

Así que eso era lo que hacían. Yo no era más que una mera observadora, dos ojos colocados dentro de un cadáver beis con un nido de andrajoso pelo castaño. Aquella mañana vería agujas de plata pincharme la piel y bastoncillos sangrientos emerger de entre mis piernas, aunque nada me provocaría estremecimiento, mueca o inspiración de aire alguna. Mis sentidos se habían apagado, mi cuerpo era un maniquí inanimado. Lo único que comprendía era que debía confiar en las mujeres de las batas blancas, de modo que obedecía cada una de sus órdenes y sonreía cuando me sonreían.

Una montaña de papeles apareció ante mí. Mi brazo se escabulló de entre las mantas para firmar. Si me explicaron qué consentimiento estaba dando al firmar esos papeles, no me enteré. Papeles y más papeles, todos de diferentes colores: lila claro, amarillo, mandarina. Nadie me explicó por qué mi ropa interior había desaparecido, por qué me sangraban las manos, por qué llevaba el pelo sucio, por qué llevaba unos pantalones raros; pero parecía que la cosa avanzaba, y me dije que si seguía firmando y asintiendo con la cabeza saldría de aquel lugar saneada y reparada. Escribí mi nombre en la parte inferior, una C grande y ondulante y dos bultos para la M. Me detuve al ver las palabras Víctima de violación en negrita en la

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NO ESTÁS SOLA. ¡NO ES CULPA TUYA!

parte superior de una hoja. Un pez saltó fuera del agua. Paré. No, no consiento ser una víctima de violación. Si firmo encima de la línea, ¿me convertiré en una? Si me niego, ¿puedo seguir siendo la misma de siempre?

Las enfermeras se marcharon para preparar la sala de examen médico. Una chica se presentó como April y dijo que era representante del SART. Llevaba una sudadera y leggings, y tenía un pelo que parecía divertido de dibujar, una masa de tirabuzones que eran como garabatos recogidos en una cola de caballo. Me encantó su nombre, al igual que me había pasado con el de Joy; abril era un mes de lloviznas, la época en que florecían los lirios de agua. Me dio una plasta de gachas de avena en un vaso de plástico que me comí con una endeble cuchara blanca. Parecía más joven que yo, pero se preocupaba por mí como una madre; todo el rato me animaba a que bebiera agua. Me pregunté qué hacía despierta un domingo tan temprano. Y si este sería un día normal para ella.

Me dio una carpeta naranja. «Esto es para ti». Dentro había paquetes fotocopiados sobre el trastorno por estrés postraumático, grapas torcidas, enrevesadas listas de números telefónicos. Un folleto con la imagen de una chica que tenía un piercing en la ceja y parecía angustiada. Molesta. En

letras mayúsculas moradas se leía: ¿El

qué no es culpa mía? ¿Qué es lo que no he hecho? Desplegué un folleto de papel, «Reacciones posteriores». En la primera categoría se leía «De o a 24 horas: insensibilidad, aturdimiento, miedo sin identificar, conmoción». Asentí, el parecido era asombroso. En la segunda categoría se leía «De 2 semanas a 6 meses: falta de memoria, agotamiento, culpa, pesadillas». En la última, «De 6 meses a 3 años o más: aislamiento, desencadenantes de recuerdos, pensamientos suicidas, incapacidad para trabajar, drogadicción, dificultad en las relaciones, soledad». ¿Quién había escrito aquello? ¿Quién había perfilado un futuro tan amenazador en aquel pedazo de papel tan cutre? ¿Qué debía de hacer yo con aquella cronología de alguna extraña que estaba hecha polvo?

«¿Quieres que te deje mi teléfono para llamar a tu hermana? Puedes decirle que podrá pasarte a buscar en unas horas, ya estarás lista». April me alargó el teléfono. Tenía la esperanza de que Tiffany todavía estuviera durmiendo, pero respondió de inmediato. Conozco su manera de llorar: sé si ha abollado el coche, si no encuentra nada que ponerse o si ha muerto un perro en la televisión. Este llanto sonaba distinto, como a pájaros que

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agitan las alas dentro de una caja de cristal, a caos. Aquel sonido hizo que todo el cuerpo se me pusiera en tensión. Mi voz se volvió reposada y ligera. Notaba que se me había dibujado una sonrisa en la cara.

—¡Tiffy! —le dije.

No la entendía y mi voz se volvió todavía más sosegada para intentar calmar la suya.

—Tía, me han dado de desayunar gratis. ¡Sí, estoy bien! ¡No llores! Creen que pasó algo; no, todavía no saben si es verdad, solo es por precaución, pero lo mejor es que me quede aquí un ratito más, ¿vale? ¿Podrás pasar a buscarme en un par de horas? Estoy en el hospital de Stanford.

La becaria me dio un toquecito en el hombro y me susurró: —San José. Estás en el centro médico de Santa Clara Valley. Me la quedé mirando, perpleja.

—Ay, perdona, ¡estoy en el hospital de San José! —le dije mientras pensaba: «¿Estoy a cuarenta y cinco minutos en coche de mi casa, en otra ciudad?»—. ¡No te preocupes! ¡Te vuelvo a llamar cuando esté lista!

Le pregunté a April si sabía cómo había llegado hasta allí. «Ambulancia». De repente me preocupé: no podía permitírmelo. ¿Cuánto me iba a costar el examen médico? Las agujas de pino se me clavaban todo el rato en el cuello, como si fueran pequeñas garras. Me quité un helecho punzante de color castaño. Una enfermera que pasaba por allí me indicó con amabilidad que no me tocara el pelo porque todavía tenían que fotografiarme la cabeza. Volví a colocármelo como si fuera una horquilla. La sala de examen ya estaba lista.

Me puse de pie y vi minúsculas piñas y agujas de pino esparcidas por los cojines. ¿De dónde demonios salía todo aquello? Cuando me agaché para recogerlas, el pelo se me desenredó por encima del hombro y soltó todavía más restos sobre los limpios azulejos. Me arrodillé bajo las mantas y empujé la pinaza hasta formar un montoncito ordenado. «¿Lo quieres? —pregunté, sosteniéndolo en la palma de la mano—. ¿Puedo tirarlo?». Me dijeron que no me preocupara, que lo dejase allí. Volví a colocarlo en el sofá, avergonzada por el desorden que estaba formando, por los descuidados rastros que dejaba sobre el suelo y el mobiliario impolutos. La enfermera me consoló con voz cantarina: «Solo es la flora y la fauna, la flora y la fauna».

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Dos enfermeras me llevaron a una sala fría y gris con un gran espejo. Luz matinal. Me pidieron que me desvistiera. Me parecía demasiado. No entendía por qué tenía que enseñar la piel, pero mis manos empezaron a quitarme la ropa antes de que mi cabeza aprobara la petición. «Escúchalas». Abrieron una bolsa blanca de papel como las de llevar el almuerzo y yo metí mi sujetador beis con relleno y tiras desgastadas dentro. Mi vestido gris fue a parar a otra bolsa. Nunca lo volvería a ver. Dijeron algo de que debían comprobar si había semen. Cuando ya no tenía nada, me quedé desnuda, con los pezones devolviéndome la mirada, sin saber dónde poner los brazos, queriendo cruzarlos sobre el pecho. Me dijeron que me estuviera quieta mientras me fotografiaban la cabeza desde distintos ángulos. Cuando me hacían una foto para un retrato normalmente me alisaba el pelo y me hacía la raya a un lado, pero me daba miedo tocar aquella masa asimétrica. Me pregunté si debía sonreír enseñando los dientes, no sabía adonde debía mirar. Quería cerrar los ojos, como si así nadie pudiera verme.

Una enfermera se sacó una regla azul de plástico del bolsillo. La otra llevaba una aparatosa cámara negra. «Es para medir y registrar las abrasiones», dijo. Noté que unos dedos de látex reptaban por mi piel y que el frío borde de la regla me presionaba el lateral del cuello, la barriga, las nalgas, los muslos. Oía cada clic y la lente negra de la cámara cerniéndose sobre cada pelo, cada vena, cada poro. La piel siempre ha sido mi principal fuente de inseguridad desde que empecé a sufrir de brotes de eczema de niña. Incluso cuando tenía la piel bien me la imaginaba manchada y descolorida. Me quedé paralizada, magnificada bajo la lente. Pero mientras se inclinaban hacia mí y me rodeaban, sus voces amables me sacaban de mis pensamientos. Me atendían como los pájaros de Cenicienta, los mismos que llevaban cintas de medir y lazos en el pico y revoloteaban a su alrededor para tomarle las medidas de su vestido.

Me giré para ver qué era lo que fotografiaban y alcancé a ver unas líneas cruzadas sombreadas de color rojo en mi trasero. El miedo me cerró los ojos y me hizo volver la cabeza para que mirara otra vez al frente. Normalmente, yo soy más déspota con mi cuerpo que nadie: «Tienes las tetas demasiado separadas. Parecen dos tristes bolsitas de té. Los pezones miran cada uno para un lado, como los ojos de una iguana. Tienes las rodillas descoloridas, casi moradas. El estómago, fofo. La cintura, demasiado ancha y rectangular. ¿De qué te sirve tener las piernas largas si

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no son esbeltas?». Sin embargo, desnuda bajo aquella luz descarnada, aquella voz se esfumó.

Clavé la mirada en mis ojos mientras ellas proseguían, abajo, alrededor. Levanté la coronilla, alargué el cuello, eché los hombros hacia atrás, relajé los brazos. La luz de la mañana se fundía con la línea del cuello, la curva de las orejas, la clavícula, las caderas, las pantorrillas. «Fíjate en ese cuerpo; en la bonita pendiente de tus pechos, en la forma de tu ombligo, en las bonitas y largas piernas». Yo era una paleta de tonos terrosos y cálidos, una resplandeciente vasija en aquella sala de batas blanqueadas y guantes verdeazulados.

Por fin pudimos empezar a limpiarme el pelo. Las tres fuimos sacando las agujas de pino una a una y colocándolas en una bolsa blanca. Cuando alguna se enganchaba, notaba el estirón, una brusca punzada al arrancar alguna hebra del cuero cabelludo. Arrancaron y arrancaron hasta que la bolsa se llenó hasta el borde de palitos y pelo. «Creo que ya tenemos suficientes», dijo. En silencio quitamos lo que quedaba y lo tiramos al suelo para que lo barrieran. Me soplé los hombros con cuidado para dispersar la suciedad. Me afané en desenredar una aguja seca que parecía una espina de pescado mientras las enfermeras rastrillaban la parte de atrás de mi enmarañada cabeza. Parecía que aquello no se acababa nunca. Si me hubieran pedido que inclinara la cabeza para que me la raparan, lo habría hecho sin rechistar.

Me dieron una mustia bata de hospital y me acompañaron a otra sala con un sillón que parecía de dentista. Me recosté en él con las piernas separadas y los pies colocados sobre unos estribos. Sobre mí había un dibujo de un velero, colocado con chinchetas en el techo. Parecía que lo habían arrancado de un calendario. Entretanto, las enfermeras trajeron una bandeja. Nunca había visto tantos utensilios metálicos juntos. Entre las cimas de mis rodillas las veía a las tres, una pequeña cordillera; una sentada en un taburete y las otras dos de pie, detrás de ella, todas mirando dentro de mí.

«Pareces tan tranquila», me dijeron. No sabía con relación a quién estaba tranquila. Me quedé mirando fijamente el pequeño velero que tenía sobre mí y lo imaginaba flotando más allá de aquella salita, en algún lugar bañado por el sol, muy lejos de allí.

Me dije: «Qué misión tan difícil la de este velerito, intentar distraerme». Me metieron dos bastoncillos largos de madera en el ano. El

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pequeño velero hacía todo lo que podía.

Pasaron las horas. No me gustaba el frío metal, los rígidos extremos de algodón, las pastillas, las jeringuillas, los muslos expuestos. Pero sus voces me reconfortaban, como si estuviéramos allí para ponernos al día, me daban un vaso con pastillas rosa neón como si fuera una mimosa. Me miraban a los ojos en todo momento y precedían cada una de sus acciones de una explicación antes de la inserción. «¿Cómo estás? ¿Va todo bien? Aquí tengo un pincelito azul, lo voy a pasar por los labios vaginales. Puede que notes un poquito de frío. ¿Eres de por aquí? ¿Tienes algún plan para San Valentín?». Sabía que me hacían aquellas preguntas para distraerme. Era consciente de que aquella charla trivial era un juego en que ambas participábamos, una representación en la que ellas eran las apuntadoras. Bajo la conversación, sus manos se movían con urgencia, el borde circular de la lente se asomaba a la cueva contenida entre mis piernas. Otra cámara microscópica serpenteó dentro de mí, las paredes interiores de mi vagina aparecieron expuestas en una pantalla.

Comprendí que sus manos enguantadas estaban evitando que me precipitara a un abismo. Iban a agarrar por los tobillos lo que fuera que reptara por los pasillos de mis entrañas. Eran una fuerza que me protegía e incluso me hacía reír. No podían deshacer lo que se había hecho, pero sí registrarlo, fotografiar cada milímetro, sellarlo en bolsas, obligar a alguien a mirarlo. Ni una sola vez se lamentaron, me miraron con lástima o me dedicaron ningún «pobrecita». No confundieron mi sumisión con debilidad, de modo que no sentí la necesidad de demostrar mi valía, de enseñarles que yo era mucho más que todo aquello. Lo sabían. Allí no se le daba oxígeno a la vergüenza, sino que se la espantaba. Así que ablandé mi cuerpo y se lo entregué, mientras mi mente se mecía en el ligero caudal de la conversación. Y por esa razón, al volver a este recuerdo que tengo con ellas, el malestar y el miedo son secundarios. El sentimiento que prima es el calor humano.

Acabaron horas más tarde. April me acompañó hasta un gran cobertizo de plástico verde como los que se ven en los jardines y que estaba colocado contra una pared. Estaba lleno hasta los topes de sudaderas y pantalones de chándal, colocados en pilas apretujadas que esperaban la llegada de sus nuevas propietarias. «¿Para quién serán?», me preguntaba. Cuántas hemos estado aquí y hemos recibido ropa nueva, además de una carpeta llena de folletos. Se había puesto en funcionamiento un sistema

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completo porque se sabía que habría muchísimas más personas como yo. «Bienvenida al club, aquí tienes tu nuevo uniforme. En la carpeta encontrarás las directrices que muestran las fases del trauma y de la recuperación, que puede llevarte toda la vida». La becaria sonrió y dijo: «¡Puedes elegir el color que quieras!». Como quien escoge qué aderezos le echa al helado de yogur. Elegí una sudadera de color amarillo claro y unos pantalones de chándal azules.

Ya solo me quedaba lavarme. El detective estaba de camino. Me llevaron de vuelta a la sala fría y gris en la que en ese momento advertí la presencia de un cabezal de ducha metálico en una esquina. Les di las gracias, cerré la puerta. Colgué mi bata de hospital. Rebusqué en una caótica cesta que contenía jabones de hotel donados: té verde, brisa costera, sándalo termal. Abrí el grifo. Por primera vez estaba completamente desnuda y sola, sin rastro de arrullos ni manos amables. Todo estaba en silencio, solo se oía el repiqueteo del agua en el suelo.

Nadie había mencionado la palabra violación, excepto aquel papel. Cerré los ojos. Solo veía a mi hermana bajo un círculo de luz, antes de que mi memoria se apagara. ¿Qué era lo que me faltaba? Miré hacia abajo, separé los labios vaginales, vi que estaban oscuros a causa de la pintura, su tono berenjena de vino merlot me revolvió el estómago. Contadme lo que pasó. Había oído a las enfermeras hablar de «sífilis», «gonorrea», «embarazo», «VIH». Me habían dado la píldora del día después. Observé la corriente de agua cristalina deslizarse sobre mi piel. Era inútil; lo que yo quería limpiar era interno. Bajé la vista y me miré el cuerpo, una bolsa descolorida y gruesa, y me dije: «Que alguien se lo lleve también. No me hagáis quedarme a solas con esto».

Quería golpearme la cabeza contra la pared, que se desprendiera de ella ese recuerdo. Empecé a desenroscar los tapones y a echarme en el pecho aquellos lustrosos champús. Dejé que el pelo me cubriera la cara, me escaldé la piel, me quedé inmóvil entre un puñado de botellas vacías. Quería que el agua se me filtrara por los poros, que quemara todas mis células, que me regenerara. Quería inhalar todo el vapor, ahogarme, cegarme, evaporarme. El agua lechosa se arremolinaba en torno a mis pies e iba a parar a una rejilla metálica mientras me frotaba el cuero cabelludo. Me sentía culpable; California estaba sedienta, atrapada en una sequía que no daba tregua. Pensé en mi casa, donde mi padre coloca barreños rojos debajo de cada pila y les lleva el agua jabonosa que nos sobra a las plantas.

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El agua era un lujo, pero yo permanecía inmóvil viendo cómo se escurría litro tras litro por el sumidero. «Lo siento, hoy tengo que darme una ducha larga». Debieron de pasar cuarenta minutos, pero nadie me metió prisa.

Cerré el grifo. Me quedé quieta, envuelta en niebla y silencio. Las yemas de los dedos, arrugadas, se habían convertido en riachuelos pálidos y arrugados. Froté el espejo para quitar el vaho. Tenía las mejillas rosas. Me peiné el cabello mojado, metí las extremidades por la sudadera de algodón, me pasé el collar por el cuello y lo centré sobre el pecho. Me até las botas, el único otro objeto que me permitieron quedarme. Me remetí los pantalones azules de chándal en las botas, recapacité y me los puse por encima, mucho mejor. Mientras me recogía el pelo en un moño, vi una etiqueta que pendía de la manga. Tenía una minúscula cuerda de tender dibujada: GRATEFUL GARMENTS.

Cada año, mi abuela Ann (no somos parientes de sangre, pero aun así sigue siendo mi abuela) crea unos extravagantes sombreros de papel con materiales reciclados: la red de malla de unas peras, tebeos en color, plumas de color añil, flores de origami. Los vende en ferias callejeras y dona los beneficios a organizaciones locales; entre ellas, Grateful Garments, que dona ropa a los supervivientes de la violencia sexual. Si esta organización no existiera, habría tenido que marcharme del hospital llevando por toda vestimenta una bata de mala calidad y unas botas. Lo que significaba que todas las horas transcurridas cortando y pegando sombreros en la mesa del comedor y vendiéndolos en una pequeña caseta al sol me habían acabado regalando una agradable armadura. La abuela Ann me arropaba, me decía que estaba lista.

Regresé a la oficina y me senté con las manos entrelazadas sobre las rodillas, esperando. El detective apareció en el marco de la puerta: un pulcro corte de pelo, gafas rectangulares, abrigo negro, hombros anchos y una etiqueta donde se leía: KIM. Debía de ser coreano-estadounidense. Se quedó quieto en el umbral como excusándose, como si aquel fuera mi hogar y él estuviera a punto de entrar con las botas llenas de barro. Me puse de pie para saludarlo. Me dio confianza porque tenía un aire triste, tanto que le sonreí para que viera que yo estaba bien.

Colocó un bloc de notas y una grabadora negra rectangular en la mesa y me explicó que todo lo que dijera quedaría grabado. «Claro», le dije. Estaba sentado y sostenía el bolígrafo sobre la página, mientras las

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ruedecitas del casete giraban. No me sentí intimidada; su expresión me decía que estaba allí para escucharme.

Me hizo repasar qué tipo de comida había servido mi padre, qué cantidad había ingerido, cuántos chupitos me había tomado, con qué intervalo de tiempo, qué marca de whisky era, por qué había ido a la fiesta, a qué hora había llegado, cuánta gente había, qué tipo de alcohol tomé, si el envase estaba sellado, cuándo y dónde meé afuera, a qué hora había vuelto a entrar. Yo miraba todo el rato al techo, como si aquello pudiera ayudarme de algún modo a pensar mejor. No estaba acostumbrada a recordar cosas tan banales con tanta precisión. Durante todo ese tiempo él garabateaba en el bloc, flip, flip, flip. Cuando llegué a la parte del patio, vi que anotaba: «LO ÚLTIMO QUE RECUERDA». Su bolígrafo emitió un chasquido. Me miró, seguía buscando algo. Estábamos llegando a alguna parte y de repente la carretera estaba cortada. Yo no tenía lo que él necesitaba.

Según las transcripciones, lo único que dijo él aquella mañana es que un par de personas vieron que estaba inconsciente y que llegó la policía pero que yo seguía sin reaccionar. Dijo: «Por la naturaleza del sitio donde estabas y por tu estado, debemos tener presente siempre, en todo momento, que cabe la posibilidad de que se produjera algún tipo de agresión sexual». La naturaleza, tu estado. Añadió que cuando la investigación hubiera acabado, el nombre y la información del hombre serían de dominio público. «Nosotros tampoco sabemos exactamente aún lo que pasó —dijo—. Esperemos que nada pero vamos a partir de la hipótesis más pesimista». Yo solo oí: «Esperemos que nada».

CHANEL: Esto… ¿Sabes dónde me encontraron exactamente?

AGENTE: Veamos. Entre ese lugar y la casa hay una pequeña

zona donde, si no me equivoco, hay un contenedor de basura.

No fue en el contenedor.

CHANEL: Ya, claro.

AGENTE: Fue en la zona que hay detrás.

Me dijo: «Pasaron por allí unas personas que, al verte, pensaron: “Un momento, esto no pinta nada bien”. Y entonces se pararon; esto… vieron a alguien… y luego otra persona se acercó, te vio y llamó, bueno, nos

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llamó… y, esto, al principio, claro está, asumimos que podía tratarse de una violación».

No lo entendía. ¿Qué hacía yo allá afuera? ¿Qué era lo que no pintaba bien? El detective se agitaba inquieto en la silla y advertí una ligera mueca de incomodidad por su parte al preguntarme: «¿Ligaste con alguien?». La pregunta me pareció de lo más extraña. Le dije que no. «O sea que nadie tenía permiso para tocarte». Tenía una expresión compungida, como si ya supiera la respuesta. Noté que se me tensaba todo el cuerpo. Le dije: «Lo detuvieron anoche, ¿no? ¿Intentaba escapar?».

Respondió: «Ahora solo tenemos que asegurarnos de que se trata de la persona que buscamos. Hay que averiguar si era quien estaba haciéndote algo o intentándolo. Esto… parece ser que había alguien cerca de ti en la fiesta que se comportaba de modo sospechoso». Sospechoso. «Voy a ser prudente antes de decir que esta persona es la que buscamos. Según el código penal, podemos detener a alguien basándonos en una causa probable, porque la violación es un delito grave. Podemos detener a alguien basándonos en la causa probable de que se haya producido un delito grave. Incluso aunque no haya ocurrido».

Todo aquello me daba a entender que había ocurrido algo grave, pero cada frase quedaba coronada con una situación alternativa en la que yo había salido ilesa. «Incluso aunque no haya ocurrido. Haciéndote algo o intentándolo. Sospechoso». Tenía un pie en un mundo y el otro en uno distinto: en el primero no había pasado nada, en el segundo quizá me habían violado. Comprendía que me ocultara información porque la investigación todavía estaba abierta. Quizá también había visto que el pelo me chorreaba y que llevaba puesta una ropa que no era la mía. Quizá pensaba en mi hermana, que estaba a punto de llegar.

El detective Kim me dijo que tal vez recordara algo más al día siguiente y que me daría su tarjeta. Asentí, pero sabía que ya no podría darle nada más. Me dijo que podría recoger mi teléfono en la comisaría de policía por la tarde. Detrás de él apareció mi hermana, encorvada, muy pálida. De golpe pasé a ser la hermana mayor y la víctima que llevaba dentro se esfumó. En la cinta, al final de la entrevista, se la oye llegar.

—Hola —la saludo yo.

—Ay, Dios mío.

—Oye…

—Ay, Dios mío.

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—Lo siento mucho.

—Oh.

—Has estado preocupada por mi culpa.

—No, no, tranquila.

—Lo siento.

—No te disculpes —dice ella.

Yo era inquebrantable, respetable; la adulta que le hacía saber que los extraños que había en aquella sala eran amables, que podía hablar con ellos. April puso agua a hervir y le acercó una silla. Tiffany no pudo contener el llanto. Cuando el detective empezó a hacerle preguntas, mis ojos se quedaron fijos en ella. Habló de las mismas bebidas, mencionó los mismos nombres de amigos, describió el mismo ambiente de la fiesta. Dijo que había un tío rubio que se le acercaba, le tocaba las caderas y la seguía todo el rato. Todas sus amigas empezaron a evitarlo. Dijo que le pareció raro que el tipo no dijera nada y que se quedara mirándola con los ojos muy abiertos cada vez que se le acercaba. Dijo que se rio por lo incómodo de la situación y que a consecuencia de eso sus dientes entrechocaron.

Añadió que me había dejado sola un momento para atender a una amiga que se encontraba mal, porque estaba convencida de que yo estaría bien por mi cuenta. Cuando volvió, la policía estaba haciendo salir a todo el mundo de la fiesta. Les preguntó a dos estudiantes que habían estado vigilando la puerta: «¿Qué ha pasado?». Y ellos le respondieron que la fiesta se había acabado porque alguien se había quejado del ruido. Mi hermana se lo preguntó a un policía que estaba en el aparcamiento y este le respondió que no podía decirle nada. Supuso que yo me habría marchado para encontrarme con amigos en el centro de Palo Alto, pero aun así dio alguna vuelta por la zona preguntando: «¿Has visto a una chica que se parece a mí?». Ella y Colleen abrieron todas y cada una de las puertas de la fraternidad, enfadadas primero y después preocupadas al ver que yo no contestaba al teléfono. Mientras a mí me trasladaban en una camilla y desaparecía en el interior de un vehículo cuadrado y blanco, ellas gritaban mi nombre entre los árboles.

«Unos estudiantes le pararon los pies —dije—. ¿A que es genial?». Aquella mañana me enteré de que dos personas que pasaban por allí habían visto a un tipo comportarse de manera extraña y lo habían perseguido a la carrera. Desconocía que se hubiera producido algún contacto físico. No sabía que ese tipo me había magreado por debajo de la

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ropa, no tenía ni idea de que mi cuerpo había quedado expuesto a la vista de todo el mundo. Me dije que la crisis se había evitado, que habían cogido al malo y que ya podíamos marcharnos. El detective nos dio las gracias. Iríamos a la comisaría de policía de Stanford por la tarde a recoger mi teléfono. Las mujeres de la bata blanca me abrazaron con fuerza antes de liberarme.

El sol había salido y se reflejaba con rabia en los pocos coches que había en el aparcamiento. Menuda mañana de domingo tan surrealista. «¡Qué locura! Es la cosa más loca de toda la galaxia. Me han metido un montón de cosas por el chichi. Y eso por no hablar de… fíjate en lo que llevo puesto. ¿No te mola el conjunto?». Había empezado a desfilar, presumiendo de pelo mojado echado para atrás y sudadera maxi, pavoneándome, dando un pequeño giro. Tiffany todavía seguía con los ojos llorosos y la respiración entrecortada, y se le escapaba la risa entre hipidos.

Nos sentamos en el coche y nos quedamos mirando fijamente una valla metálica. Mi hermana esperaba que le dijera adonde ir. Su agitación seguía siendo visible. Yo no pensaba en quién era aquel tipo, en cómo me sentía ni dónde acabarían todas aquellas fotografías. Todos mis pensamientos se concentraban en ella, en mi hermanita, para quien se supone que siempre debo tener una respuesta.

Mi cometido en la vida era mantener la calma por ella. Una vez se puso mala en un avión, se echó violentamente hacia delante y yo extendí las manos para cazar su vómito antes de que pudiera mancharle el regazo. Cuando mi abuela desmigajaba queso azul en las ensaladas, Tiffany se tapaba la nariz y yo esperaba a que mi abuela se diera la vuelta para engullir las hojas manchadas de queso. Después de ver E. T., Tiffany durmió en mi cama todas las noches de los siguientes siete años porque le daba pánico aquel extraterrestre deshidratado y su dedo arrugado. Cuando la gente se daba besos en las pelis yo le ponía un cojín en la cara: «Eres demasiado pequeña para ver estas cosas». Escribí y edité unos persuasivos ensayos que convencieron a mis padres para que nos compraran unos teléfonos Nokia. Cuando se celebraba alguna fiesta en clase, yo le envolvía la mitad de mi dónut o de mi galleta en una servilleta para dársela a la hora del patio. En la época en que me gustaban los caballos, la ataba a una silla con una correa de perro, la llamaba Trinity, le ponía una alfombrilla de ducha en la espalda a modo de silla de montar, le cepillaba

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el pelo y le hacía comer Cheerios de mi mano. Todavía recuerdo cuando mis padres la encontraron en su «establo». «Si quieres jugar, tú tienes que hacer de caballo», dijeron mis padres. Tú te sacrificas por ella, la proteges de los extraterrestres, te comes el queso azul. Yo comprendía que aquella era mi principal misión, la más importante.

Pero no estaba lista para irme a casa con mis padres. Necesitaba tiempo para pensar. Tiffany y yo ya éramos mayores, podíamos entrar y salir con total libertad; si no volvíamos a casa era porque nos habíamos quedado a dormir en casa de algún amigo, no había razón alguna para preocuparse, nuestro barrio era seguro. Yo sabía que no podía decirles que me había despertado en un hospital, cubierta de maleza porque alguien había actuado de modo sospechoso, y que lo aceptaran sin más. «Pero si no pasa nada», les diría yo. «Claro que pasa», me responderían ellos. Mi padre me preguntaría: «quién, dónde, por qué, cómo». Mi madre me obligaría a acostarme y a beber un mejunje caliente con jengibre. Cuando se lo cuentas a tus padres, hay follón. Y yo no quería eso. Quería que todo se esfumara.

Estaba convencida de que la policía me diría que un hombre intentó hacerme algo pero que no lo consiguió, sentimos las molestias. De hecho, estaba tan segura de que todo era un error que cuando mi hermana me preguntó si pensaba contárselo a nuestros padres, le dije: «Quizá dentro de unos cuantos años». Me imaginaba soltándolo un día de repente durante una cena, en mitad de la conversación. «¿Sabíais que una vez casi me agredieron?». Ellos me dirían: «Lo sentimos muchísimo, no lo sabíamos. ¿Por qué no nos contaste nada?». Y yo les respondería: «Bueno, fue hace mucho, al final la cosa quedó en nada», haría así con la mano y les pediría que me pasaran las judías verdes.

Sentada en aquel aparcamiento, el único sitio al que se me ocurría ir era al In-N-Out. Eran las diez de la mañana, demasiado pronto para tomarse una hamburguesa, pero el In-N-Out era distinto. Para nosotras, su interior de baldosas blancas había sido como una iglesia durante nuestros años de adolescencia. Era el lugar al que acudíamos de manera natural cuando una de nosotras estaba triste, celebraba algo o tenía el corazón roto. La sal y las salsas de allí siempre me hacían sentir mejor. Sin embargo, al llegar allí me avergoncé de la ropa que llevaba puesta e hicimos el pedido desde la ventanilla del coche, en el autoservicio. Pedimos nuestras hamburguesas y aparcamos para comérnoslas. Le di un

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mordisco a la mía pero no noté la salsa. Deslicé la hamburguesa en su envoltorio y la dejé a mis pies. Ya había matado el tiempo. A esa hora sabíamos que la casa estaría vacía, que papá habría salido a hacer recados y que mamá habría quedado con algunos amigos; sus costumbres típicas de domingo.

Mi padre es un psicólogo jubilado que durante años trabajó seis días a la semana, doce horas al día, escuchando a la gente. El dinero que nos ha permitido tener una casa y alimentarnos viene de orientar a gente con historias que jamás escucharemos. Mi madre es escritora, autora de cuatro libros en chino, por lo que son obras que todavía no soy capaz de leer. Por muy abiertos que sean mis padres, sus vidas son en gran parte un misterio para mí.

Después de tener consulta privada durante dos décadas, mi padre dice que se ha topado con cualquier situación que se te pueda pasar por la cabeza. Al haber crecido en la China rural de la Revolución cultural, mi madre ha sido testigo de cualquier atrocidad imaginable. Ambos entienden que la vida es ancha y complicada, que nada es blanco o negro, que no existen las trayectorias en línea recta, que al final levantarse cada día por la mañana es un puro milagro. Se casaron en el único centro cultural chino de Kentucky; formaban una pareja atractiva, insólita.

Nuestros muebles no pegan. Nuestras toallas no son esponjosas ni blancas, sino que están desgastadas y llevan dibujitos de Scooby-Doo. Cuando vienen invitados a cenar, Tiffany y yo escondemos los libros, las pelotas de baloncesto deshinchadas y las muestras de champú hasta que todo queda impecable. Intentamos copiar la pulcritud de las casas de nuestros amigos. Pero después es como si la casa pudiera desabrocharse los pantalones y liberar la tripa: nuestros objetos vuelven a desparramarse por todas partes.

Mi casa es un lugar en el que todo crece y todas las salpicaduras se perdonan, donde cualquier persona es bienvenida a cualquier hora del día. Mi familia son cuatro planetas que orbitan en un mismo y pequeño universo. Si tuviéramos un eslogan, sería: «No te cortes, saca lo que llevas dentro». Mi hogar no es nada convencional. Mi hogar es cálido. Mi hogar es estar unidos y a la vez mantener nuestra independencia. Mi hogar es un lugar donde la oscuridad no puede entrar. Y yo estaba decidida a no dejarla entrar.

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Justo cuando encarábamos la entrada de casa con el coche, sonó el teléfono de mi hermana: era el detective. Me lo pasó. «¿Quieres presentar cargos?», me dijo. «¿Qué significa eso?», le pregunté. Me dijo que no podía darme demasiada información sobre el procedimiento, que eso era cosa más bien de la fiscalía del distrito. Me dijo que de entrada el departamento se inclinaba legalmente por presentar cargos, pero que yo podía decidir si quería participar o no. Agregó que para ellos sería más fácil que lo hiciera, pero que no estaba obligada. Le pregunté si podía darme un minuto para pensarlo y le dije que le devolvería la llamada.

Colgué y me volví hacia mi hermana. No podía consultárselo a nadie y Tiffany no tenía ni idea de qué hacer. «Lo hago, ¿no? O quizá mejor no. Ellos van a denunciarlo de todos modos, o sea que yo también debería. Quiero decir… ¿En qué consiste? ¿Qué puedo hacer…? —Me quedé sentada, mirando a mi alrededor, confundida—. Si ellos lo hacen, supongo que yo también tengo que hacerlo, ¿no?». En aquel momento me imaginaba que denunciar era lo mismo que firmar una petición; algo parecido a poner un sellito de aprobación que decía que apoyaba la decisión de la policía de iniciar un procedimiento. Me daba miedo que decir que no significara que me ponía de parte de aquel extraño. Ir a juicio ni se me había pasado por la cabeza; para mí los juicios no eran más que enfrentamientos confusos y dramáticos que pasaban solo en la televisión. Además, el tipo ya estaba en la cárcel. Si al final resultaba que no había hecho nada, lo dejarían marchar. De lo contrario, se quedaría allí y cumpliría condena. Tenían todas las pruebas que necesitaban para condenarlo. Aquello no era más que una mera formalidad. Le devolví la llamada al detective. «Esto… sí. Voy a denunciar. Gracias».

No sabía que el dinero era capaz de abrir las puertas de las celdas de par en par. No sabía que si una mujer estaba borracha durante un ataque con violencia, nadie la tomaría en serio. No sabía que si él estaba borracho durante el ataque con violencia, la gente se compadecería de él. No sabía que mi pérdida de memoria se convertiría en una oportunidad para él. No sabía que ser una víctima era sinónimo de que no te creyera nadie.

Allí sentada, en la entrada de casa, no sabía que aquel pequeño «sí» me reabriría el cuerpo, me restregaría las heridas, husmearía entre mis piernas para que todos pudieran mirar. No tenía ni idea de lo que era una vista previa ni de lo que significaba ir a juicio, no me imaginaba que a mi hermana y a mí se nos prohibiría hablar entre nosotras porque la defensa

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nos acusaría de conspiración. La palabra de dos letras que pronuncié aquella mañana abriría la puerta a un futuro en el que yo cumpliría veintitrés, veinticuatro, veinticinco y veintiséis años antes de que se cerrara el caso.

Recorrí el pasillo hasta llegar a mi habitación y le dije a mi hermana que saldría enseguida. Cerré la puerta y me volví a duchar para quitarme el hospital del cuerpo. Ella preparó el sofá cama en la sala de estar y encendió la tele. Me recosté a su lado y ella posó el brazo sobre mí, como si fuera un pisapapeles, como si tuviera miedo de que fuera a salir volando. La televisión zumbaba, el sol del atardecer se disolvía por las ventanas de la sala de estar y nuestros padres iban pasillo arriba, pasillo abajo mientras nosotras nos despertábamos y nos sumergíamos en el sueño. Habíamos ido juntas a la fiesta y nos habíamos separado, y ahora estábamos juntas de nuevo, aunque no éramos las mismas.

Cuando oscureció, reaparecimos y les dijimos a nuestros padres que salíamos a tomar un helado. Me arrepiento de haberlo hecho porque ahora, cuando voy a comprar un helado, mi madre me mira fijamente y yo tengo que decirle: «Te lo prometo, de verdad voy a por helado».

Primero recogimos a Julia, que estaba estudiando en la biblioteca del campus. Ella y Tiffany eran amigas desde que les pusieron aparatos en los dientecitos. Julia siempre era muy vivaracha, pero cuando aparqué, parecía alterada.

Al verlas a las dos en el coche, me pesó que mi secreto se hubiera convertido también en el suyo. Comprendí que no debíamos llevar el tema así. Si Tiffany estuviera alguna vez en el hospital, yo querría que mis padres lo supieran. Pero me encontraba en una posición extraña. Cuando me preguntan: «¿Por qué no se lo dijiste a tus padres?», respondo: «¿Por qué nadie me lo contó a mí?». Necesitaba tener la historia bajo control hasta que supiera algo más.

El aparcamiento estaba en silencio, oscuro. Había pasado por allí muchas veces. Era pequeño, estaba rodeado por un foso de virutas de corteza y matorrales achaparrados. Las polillas rebotaban en la luz de las farolas, donde brillaban unas líneas de hilo blanco. La puerta sonó y accedimos a un desangelado vestíbulo cubierto de tableros de corcho con comunicados y folletos. El detective Kim no estaba. En su lugar me

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presentaron a una agente que llevaba una cazadora fina: tenía la piel aceitunada y un cabello lacio, fino y negro que casi le llegaba a la cintura. La seguí hasta una pequeña sala, donde había un bloc de notas y una grabadora sobre la mesa, mientras Tiffany y Julia esperaban en otra sala del final del pasillo. Pensaba que me contaría lo que había pasado con aquel hombre, me devolvería mi móvil y me desearía lo mejor. Sin embargo, la puerta estaba cerrada y el estor bajado. De nuevo empezaron las preguntas que me pedían que recordara hasta el detalle más insignificante de la noche anterior, esta vez incluso con mayor precisión. La transcripción de nuestra conversación acabaría ocupando setenta y nueve páginas. Todo aquello me parecía tedioso y redundante y no entendía la importancia que tenía lo que yo estaba diciendo ni cómo aquello acabaría entrando en juego.

Alguien llamó a la puerta. Otro agente, alto, con uniforme marrón, bigote poblado, cinturón negro lleno de formas negras. Tenía un aspecto serio y cansado, dijo que se alegraba de ver que estaba bien. Lo comentó como si fuera un milagro, como si hubiera muerto y hubiera resucitado. Me dijo que uno de los chicos que me encontró había interrumpido su relato para ponerse a llorar y recuperar el aliento. El sargento dijo que casi se le escapan las lágrimas a él también. «Un hombre hecho y derecho que casi se pone a llorar —pensé para mis adentros—. ¿Qué cojones ha pasado?».

La agente sacó mi teléfono de un sobre grande. La funda azul estaba cubierta de tierra; los bordes tenían un extremo marrón quebradizo y apelmazado, como si el teléfono hubiera sido sepultado y después desenterrado. Tenía montones de llamadas perdidas y de mensajes de Tiffany y de Julia: «¿Dónde estás? Estoy preocupada». La agente me pidió que le mandara por correo electrónico todas las fotos que había hecho aquella noche. Había una mía con un vaso rojo en la mano en la que bizqueaba adrede. ¿Por qué no podía haber sonreído normal, por lo menos esa vez? Le envié fotos y capturas de pantallas de todo, desconocedora de que todas quedarían registradas como pruebas. Me dio la oportunidad de hacerle preguntas. Según las transcripciones, le dije: «Esto… me dijeron que me pasó algo. No entendí bien a qué se referían. Todavía sigo… sigo sin saber a qué se refieren».

Me dijo que todavía no tenía la información completa. Solo me explicó que «me habían encontrado dos estudiantes de Stanford», nada más. Así

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que le pregunté por qué el hombre había salido corriendo. Me dijo que porque «parecía que algo no pintaba bien». Yo intentaba acercarme a la escena del crimen, avanzar hacia el alboroto de coches de policía aparcados y la cinta amarilla. Sin embargo, cada vez que me aproximaba un poco más, ella me cortaba el paso. Cuando daba un paso a la derecha, ella también. Yo estiraba el cuello para intentar ver qué era lo que ocultaban, pero no servía de nada, aquella zona me estaba vedada. Yo debía quedarme detrás de una línea que se daba por sobreentendida.

Esto, en cambio, es lo que entendí: que cuando yo entraba en una sala, el ambiente cambiaba. La gente adoptaba una expresión sombría y bajaba la voz. Se me acercaban vacilantes, como si yo fuera un animal al que no quisieran asustar. Me miraban fijamente, como buscando algo, y yo les devolvía una mirada perpleja. Todos me decían que les asombraba ver lo bien que estaba. La agente me dijo: «Tengo que admitir que te veo muy tranquila, muy… ¿normalmente eres así?». Asentí y le dije que cuando mi hermana pequeña estaba presente yo siempre atenuaba mis emociones. Aun así, mi aplomo les desconcertaba; parecía que, dadas las circunstancias, yo tuviera que reaccionar de otro modo por completo distinto, y aquello me ponía nerviosa.

Le expliqué que todavía no se lo había dicho a mis padres. «Es comprensible —me dijo—. Creo que intentas… ahorrarles el mal trago hasta que… hasta que tengas un poco más controlado lo que pasó». Era muy amable por su parte que validara mis sentimientos, pero seguía desviando todas las preguntas que yo le hacía.

Antes de que acabara la entrevista, dejé dos cosas muy claras:

1. Nadie podía ponerse en contacto con mis padres hasta que yo comprendiera lo que había pasado.

2. No quería ver ni estar en contacto jamás con quienquiera que fuese aquel hombre.

Me llevaron a una sala de espera en la que había unos trofeos polvorientos mientras entrevistaban a Tiffany. La agente pasó a ordenador las siguientes notas:

«Uno de los chicos de la fiesta era callado, no abrió la boca. Colleen y Tiffany pensaron que era un tipo raro porque era agresivo. Tiffany dijo que mediría 1,80 m o 1,83 m de altura. Tenía el pelo rubio rizado y los ojos

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azules. Iba bien afeitado. Llevaba una gorra de béisbol al revés. Llevaba pantalones largos y no bermudas. No recordaba qué tipo de camisa llevaba. Ella pensó que se parecía a uno de sus amigos de la universidad. El tipo agresivo estaba repartiendo cervezas. En un momento dado, se acercó a Tiffany y empezó a besarla en la mejilla. Después quiso besarla en los labios. Ella se rio, impactada. Colleen y Julia lo vieron y también se rieron. El tipo se marchó. Al poco, cuando Tiffany estaba hablando cara a cara con Colleen, el tipo agresivo volvió. Se interpuso entre Colleen y ella e intentó besar en la boca a Tiffany otra vez. La agarró por delante, por debajo de la cintura y la besó en los labios. Ella le dijo que se tenía que marchar y con un aspaviento se lo quitó de encima».

Cuando llegamos a casa, Tiffany entró y yo me quedé sentada en el coche. Caí en la cuenta de que mi novio, Lucas, se estaría preguntando por qué llevaba todo el día sin decirle nada. Él vivía en Filadelfia y llevábamos unos meses saliendo. Respondió al primer tono.

—Me quedé preocupado anoche —me dijo—. ¿Llegaste bien a casa? Ni siquiera recordaba haberle llamado. Navegué por mi historial de

llamadas y encontré su nombre enterrado entre las llamadas perdidas. Lo había llamado alrededor de medianoche y lo había despertado a las tres de la mañana de su hora local.

—¿Encontraste a Tiffany? —me preguntó—. Me preocupaba que te hubieras despertado esta mañana en medio de un matorral o algo así.

Se me hizo un nudo en la garganta. ¿Lo sabía? ¿Cómo podía saberlo? —¿Qué quieres decir? —le pregunté.

Me dijo que hacia el final de nuestra conversación ya no hablaba inglés, que lo que decía eran incoherencias sin sentido. Me explicó que cada vez que yo hacía una pausa él le gritaba al teléfono que fuera en busca de Tiffany, pero yo no le respondía. Sabía que estaría sola, que no podría valerme por mí misma. Sentí que me hundía.

—Me dejaste un mensaje en el contestador —me dijo—. Tenías una voz horrible.

—No lo borres —repliqué—. ¿Me prometes que no lo borrarás? —¿Va todo bien? Pareces triste —me dijo. Asentí, como si él pudiera oír aquel gesto.

—Sí, solo tengo un poco de sueño —le dije.

Entré en casa y le quité la funda sucia a mi iPhone pero no la lavé. Doblé la sudadera y la guardé en el fondo del cajón. Dejé la carpeta

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naranja en el estante, dentro estaba la pulsera del hospital cortada. Sentía un extraño deseo de conservarlo todo, de guardar los objetos que demostraban la existencia de aquella realidad paralela.

Al día siguiente se celebraba el día de Martin Luther King, y con él se acababa el puente. Antes de que Tiffany se marchara en coche a la universidad, quería demostrarle que no era el momento de desconectar ni distanciarnos, sino que teníamos que estar con mamá y papá. Sugerí que saliéramos a cenar. Esperamos a que nos dieran mesa junto a unos adornos de papel rojo, un cuenco de caramelos de melón y un tanque lleno de peces ceñudos. Nos pedimos un pato laqueado entero. Como de costumbre, mamá nos hizo una pequeña demostración previa: primero colocas la oblea, extiendes un pegote de salsa de ciruela, añades un bocadito crujiente de carne carmesí de pato, unas briznas de cebolleta, unos tallos de pepino y lo envuelves todo. «Mamá se está liando un peta de pato. Mamá, mamá, mírame. ¡Cannabis de cuá, cuá!». Después de la cena, mi hermana hizo en coche los trescientos veinte kilómetros de vuelta a la universidad por tramos de llanura; Gilroy, Salinas y King City, de vuelta a San Luis Obispo. Me dijo que le daba miedo dejarme sola. «¿Por qué? —le pregunté—. No seas tonta, si estoy perfectamente».

En aquella época todo parecía muy sencillo: metí el recuerdo de aquella mañana dentro de un bote grande. Lo cogí y me lo llevé escaleras abajo, abajo, muy abajo. Descendí más y más escalones, lo coloqué dentro de un armario, lo cerré y subí a toda prisa para seguir con la vida que me había construido; aquella que no tenía nada que ver con él ni con lo que podría hacerme. El bote había desaparecido.

No sabía que a las once de la noche anterior lo habían puesto en libertad con una fianza de ciento cincuenta mil dólares. Menos de veinticuatro horas después de ser detenido ya estaba en libertad.

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2

Palo Alto es una ciudad llena de magnolios con flores de nata, buzones azules y árboles salpicados de naranjas redondas como puntos. La temperatura media ronda los veintiún grados y huele a pedacitos caídos de corteza de eucaliptos abrasados por el sol. En sus inmaculados parques hay zonas moteadas de sombra y perros con la lengua rosada. Hay callejones sin salida con casas diseñadas por Eichler, puertas de garaje de madera, arces japoneses. Las aceras están primorosamente asfaltadas, los niños van en bicicleta al colegio y los adultos van en bicicleta al trabajo; todo el mundo tiene estudios universitarios y todo el mundo recicla.

Yo trabajaba en una start-up que diseñaba aplicaciones educativas para niños, en una oficina de una única sala en la que había once personas más. Todos los escritorios estaban juntos y a un lado había algunas salas de reuniones de paredes acristaladas. Llevaba allí unos seis meses, era mi primer trabajo después de la universidad. Me había creado una apariencia de vida adulta: me levantaba temprano y salía menos por la noche. Señalaba reuniones y cumpleaños de compañeros de oficina en mi calendario de Google, que estaba lleno de pestañas de color lavanda y mandarina. Encargaba cartuchos de tinta para la impresora y con mi primer sueldo me compré una bici blanca elegante y estilizada a la que llamé Tofu. Me esforzaba por reducir el número de exclamaciones que utilizaba en los correos electrónicos formales.

En el mundo que intentaba construir no había espacio para palabras como violación, víctima, trauma, abrasiones, abogados. Yo tenía mi propio banco de palabras: Prius, hoja de cálculo, yogur griego, cuenta bancaria en orden, viajes a Napa, mejorar la postura. Mi apariencia de vida adulta quizá fuera una réplica hecha con palillos y nubes de azúcar, pero para mí era importante, por muy frágil que friera su armazón.

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«¿Cómo te ha ido el fin de semana? —me preguntó mi compañera de oficina—. ¿Se lo pasó bien tu hermana?». El sábado había ido a la fiesta. El domingo había estado en el hospital y en la comisaría de policía. El lunes había comido pato laqueado. «Sí, nos lo pasamos muy bien».

Me quedé de pie bajo la luz fluorescente de la cocina del trabajo. Mi strudel daba vueltas en el microondas. Me crucé de brazos y advertí la presencia de unas sombras extrañas en la mano; al examinarlas más de cerca me di cuenta de que eran morados. Habían florecido bajo mi piel y eran del color de las campanillas. Me arremangué y hallé más manchas moradas en la parte interna de los codos. Las apreté: se volvieron blancas bajo la presión de los pulgares. Estaba fascinada, como si estuviera contemplando mi transformación en otra criatura. En primero de básica vi que los lados de la mano se me habían vuelto de un color plata resplandeciente. «Soy una sirena», le susurré a una amiga. Ella me dijo que era plomo, manchurrones de lápiz salidos del papel. Una explicación sencilla, aburrida; seguro que estos moratones también tenían una. Hice fotografías de cada marca para verificar que no me las inventaba. Me bajé las mangas. Para qué mirar más si todo estaba bajo control. Mi strudel se había quemado y salía humo del microondas. Agité un trapo para evitar que este se colara en la oficina.

Cuando volví a casa aquella noche, el bote que había bajado a las profundidades de mi sótano mental estaba en el centro de la sala, esperando a que regresara. Qué raro, ¿cómo has llegado hasta aquí? Volví a cogerlo de nuevo, abrí la puerta y bajé escaleras abajo, abajo, abajo para encerrarlo bajo llave.

Me desperté a las cuatro de la mañana, todo estaba en silencio. Afuera todavía estaba oscuro. Me aseguré el casco, un cascarón de porespán reseco, e hice rodar a Tofu hacia la calle. Pedaleé por caminos de grava, bajo robles crecientes y puentecitos de madera. Cuando volvía por el patio,

vi a mi padre a través de la ventana dela cocina, con el pelo desaliñado, preparando el café, descalzo y ataviado con su bata azul. Se quedó de piedra. «¿Ya estás despierta?», preguntó. «Estaba probando mi nueva bici —le respondí—. Me encanta».

Al ponerme la crema hidratante después de la ducha, noté un picor y un hormigueo en la piel. Me imaginaba que unas abejas con dientecitos me mordían la piel, que estaba en carne viva. Ignoré las molestias y me recordé que no tenía nada roto. Cada vez que la mente se me desviaba a

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DREAM MILLER

situaciones perturbadoras, me repetía: «Para. Se acabó. Estoy en casa, Tiffy también». Aun así, me preguntaba por qué tenía los brazos llenos de manchas de color lavanda. Me dije: «Ten esperanza». Me dije: «Alguien sospechoso». Mientras tanto, el desasosiego me revolvía las tripas.

Bicicleta, amanecer, trabajo, atardecer. Los días pasaban. En mi teléfono no había ningún mensaje. Me sentía intranquila, empecé a salir con la bici de noche, por carreteras largas, por autovías. Aquello empezó a preocupar a mi padre, que le puso otro faro delantero más. De mi manillar salía una luz estroboscópica que brillaba en todas direcciones y evitaba que me disolviera en la oscuridad.

Durante doce años tuvimos un gato blanco llamado Dream al que queríamos mucho. Dos semanas antes de Navidad, Dream desapareció. Tiffany y yo salíamos afuera y gritábamos su nombre; los haces de luz de nuestras linternas se balanceaban por las colinas. Cuando pasaron las Navidades, mis padres nos informaron de que un coche había atropellado a Dream; lo habían encontrado en un arcén hacía algunas semanas. Nos dieron una caja con sus cenizas y un certificado del crematorio donde se

leía debajo del dibujo de un arcoíris. Habían esperado para

decírnoslo porque no querían estropearnos la Navidad. Me pareció raro que nos hubieran dejado salir a vagar por los campos mientras el gato estaba muerto dentro de una caja, en el armario. Lo que tenía ahora era otro gato muerto. Podía esconderlo en el armario y mantener las apariencias de que yo estaba bien. O podía decir «puede que me hayan violado, cerca de casa», y enseñarles una caja llena de cenizas. Decidí que no había ninguna prisa, no quería estropear la Navidad.

Apoyarme en los demás nunca ha formado parte de mi naturaleza. De pequeña, cuando mi madre intentaba cogerme en brazos yo agitaba las piernas y decía: Wo ziji zou! («¡Yo camino sola!»). Mi hermana se quedaba pegada al suelo con los bracitos en alto hasta que la cogían. Yo era mayor que ella, había visto llorar a mi madre cuando uno de los cachorritos recién nacidos de nuestra perra se había asfixiado; había visto a mi padre con una bata turquesa en el hospital cuando tuvo una embolia pulmonar. Era consciente de que no eran invencibles, de que si les pasaba algo, yo tendría que ser capaz de cuidar de las dos.

El jueves citaron a mi hermana en su comisaría de policía local de San Luis Obispo. Los agentes querían que participara en una rueda de reconocimiento de unas fotografías enviadas por el departamento de

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policía de Stanford. Su misión era identificar al individuo agresivo del que les había hablado. La policía le fue mostrando en una pantalla fotografías de tíos blancos que tenían el pelo desaliñado y acné, y cuando la cara de aquel tipo apareció en la pantalla, se quedó inmóvil. El informe de la policía dice: «Sin asomo de duda, Tiffany ha identificado la foto número 4». Cuando le preguntaron cómo de segura estaba, respondió: «Al cien por cien». Me llamó:

—Lo he visto.

—¿Qué quieres decir?

Estaba perpleja. ¿Cómo había identificado la policía al tipo que había intentado besar a mi hermana? ¿Acaso tenían una ficha policial de todos los tíos que habían ido a la fiesta? ¿Habían puesto en marcha algún proceso de eliminación? ¿Por qué dedicaban tiempo a buscar a ese tío en vez de centrarse en el agresor?

—No —me dijo—. Este debe de ser el tío al que buscan.

—Pero eso no puede ser —respondí.

—El tío que intentó besarme fue después a por ti. Estoy jodida —me dijo—. Esto me ha jodido del todo.

Aquella noche él la había mirado a la cara. «No puedo quitarme esa imagen de la cabeza». Pero seguía sin tener nombre. Todavía no me había llamado nadie.

Cada vez que pensaba en aquella mañana, aparecía un nuevo bote. Y ahora llenaban cada centímetro de mi mente. No tenía ya dónde ponerlos. Abarrotaban las escaleras, ya no cabían en los armarios. Todo mi espacio interior estaba ocupado por aquellos botes sellados. Ya no podía sentarme, caminar ni respirar.

Pasaron diez días vacíos. Me despertó un mensaje de texto. Mi hermana me había enviado una captura de pantalla de la sección policial del periódico universitario Stanford Daily. Uno de los puntos decía: «Una bicicleta con candado fue robada delante de Roble Hall entre las 15:00 del viernes y las 10:00 del domingo». Otro decía: «Domingo, 18 de enero. Un individuo fue detenido y trasladado a la prisión de San José por intento de violación a la 1:00 cerca de Lomita Court». La primera confirmación de que aquello era real. Yo ni siquiera existía en esa frase. Absorbí la palabra «intento». El hombre acechante no debió de conseguirlo. Debió de verme inconsciente y de mirarme de manera sospechosa, y unos chicos lo echaron de allí a manotazos. Una parte de mí se sentía agradecida, pero

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otra estaba triste. ¿Eso era todo? Una frase mínima, fácil de pasar por alto, oculta entre denuncias de pequeños hurtos. Si así era como se informaba de las agresiones, ¿cuántas me habría perdido? Esa mañana creí que aquella iba a ser toda la atención de la prensa que recibiría mi caso, una simple frase que cabía en el papelito de una galleta de la suerte.

Más tarde estaba en mi escritorio, sorbiendo una taza de café y eligiendo en internet qué bocadillo iba a pedirme para comer cuando cliqué para consultar las noticias en mi página de inicio, vi «Atleta de Stanford», vi «violando», vi «mujer inconsciente». Cliqué otra vez y en la pantalla aparecieron dos ojos azules, una hilera pulcra de dientes, pecas, una corbata roja, un traje negro, ocupándolo todo. No había visto a aquel hombre en mi vida. «Brock Turner». Leí que se le acusaba de cinco delitos graves: «violación de una persona ebria, violación de una persona inconsciente, penetración sexual con un objeto extraño a una mujer ebria, penetración sexual con un objeto extraño a una mujer inconsciente, agresión con intención de cometer violación». Demasiadas palabras, todas embarulladas. Léelo otra vez, despacio. Tecleé en Google: «qué es un objeto extraño». Sentía un pánico callado, lento. Se definía como «un objeto que invade un lugar en el que no le corresponde estar en un cuerpo viviente o en una maquinaría. Algunos ejemplos son: una mota de polvo en el ojo, una esquirla, una viruta de madera, un anzuelo, un cristal». ¿Qué fue lo que me invadió?

El artículo decía que la víctima había sido penetrada digitalmente. Pensé en cámaras digitales. También tuve que googlearlo. Digital, de la raíz latina digitalis, que viene de digitus, «dedo». Debió de meterle los dedos a la chica, a mí. Google finalmente me había sentado y me había dado la noticia. Me encorvé en la silla giratoria mientras oía el repiqueteo de los teclados y a alguien rellenar su vaso de agua. Me quedé mirando a aquel hombre que me devolvía una sonrisa. Nadie me había dicho que me encontraron inconsciente con un hombre cerca. Nadie me dijo jamás: “El hombre estaba dentro de ti cuando te encontraron”.

El teléfono empezó a sonar. Cerré la pestaña y me metí en la sala donde los niños prueban las aplicaciones, que tiene las paredes acristaladas, un puf amarillo, papel pintado de ballenas jorobadas y un bote de ceras de colores sobre la mesa. Una mujer me saludó, se presentó diciéndome que se llamaba «Alaleh» y era la fiscal auxiliar de distrito que iba a representarme. Su nombre se pronunciaba «A-la-lei». Lo dije una vez

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y luego lo repetí. Tres sílabas, como un pétalo al caer; izquierda, derecha, izquierda. «A-la-lei». Cogí una cera verde y un pedazo de papel.

Me dijo algo parecido a estás bien, ojalá nos hubiéramos conocido en otras circunstancias, no podremos confirmar que se trata de una violación hasta que tengamos los resultados del análisis del ADN, los han enviado al laboratorio pero los kits de violación tardan meses en procesarse, puede que el tuyo vaya más rápido por la presión de los medios de comunicación, pero por ahora asumiremos que hubo penetración peniana y procederemos con cinco delitos graves, es más fácil incluir las acusaciones ahora, más tarde resulta complicado, pero si no se encuentra semen las dos acusaciones de violación serán retiradas y solo nos quedaremos con tres delitos graves por agresión e intento de violación, pero ten en cuenta que puede que su equipo intente ponerse en contacto contigo y también con tu familia haciéndose pasar por gente que quiere transmitirte su apoyo, así que diles a tus familiares que no hablen con nadie que no haya sido aprobado por «A-la-lei» y si la prensa intenta ponerse en contacto contigo no respondas, no pueden ponerse en contacto contigo, habrá una rueda de prensa, si preguntan por la víctima les diré que se metan en sus asuntos, se te asignará un abogado que responderá a cualquier pregunta legal, te parece bien, encantada de conocerte, seguro que nos vemos pronto, cuídate.

Salí a por un bolígrafo, me paré en seco y volví a entrar a la sala porque el teléfono había empezado a sonar otra vez. Una llamada de Stanford, una mujer, responsable de nosequé, solo queríamos decirte que le hemos prohibido la entrada al campus, ¿vale? Pensé que era una buena noticia, pero de todas maneras yo no me encontraba en el campus. ¿Dónde estaba él? Estos pocos minutos serían el primer y último contacto que Stanford establecería conmigo en casi dos años.

Me llamó el detective Kim, me dijo que cuando el informe se presentó quedó a disposición pública; que así era como lo habían encontrado los medios. Estaba sorprendido por la rapidez con que la prensa había empezado a abordar el tema. Me dijo que Brock había contratado a investigadores privados; que lo mejor era no contárselo a ningún amigo por el momento. Esas palabras hicieron que mi mundo desapareciera. «¿Investigadores? Pero ¿qué es lo que buscan?», le pregunté. Me respondió: «No hay modo de saberlo, por ahora lo mejor es pasar desapercibido. Estaremos en contacto».

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Otro número desconocido: mi letrada, se llamaba Bree y era de la YWCA[2]. Le di las gracias porque tenía una voz agradable y no supe qué más decirle, todavía tenía la cera en la mano. Mi teléfono no dejaba de sonar.

Todo el mundo en la oficina estaba sentado en silencio mientras yo cerraba y abría la puerta de la sala acristalada, con el teléfono pegado a la mano. Las llamadas eran breves y todas acababan con un «Si quieres hacerme cualquier pregunta, aquí me tienes». Tenía miles de preguntas, pero respondía: «Sí, sí, lo entiendo. Muchas gracias». Aunque lo que de verdad querría haber dicho era: «¿Quién eres? ¿De dónde me llamas? ¿Qué es una letrada? ¿Eres mi psicóloga? ¿Dónde está la YWCA? ¿Qué es esa ayuda para las víctimas que tengo que pedir? ¿Me pagarán la terapia? ¿Qué tipo de nombre es Brock? ¿Vive en Ohio? ¿Cuándo ha salido de la cárcel? ¿Podré seguir siendo una persona anónima? Él volverá para la lectura de cargos, la lectura de cargos es el lunes, ¿qué es una lectura de cargos?». Empezaron a aparecer correos en la bandeja de entrada, contactos que necesitaría, información de seguimiento. Etiqueté a los nuevos teléfonos en el móvil con el emoji de un círculo rojo junto a cada nombre.

Tiffany me estaba llamando. Me dijo que su nombre y apellido, junto con el de Julia, se habían filtrado en algunos artículos. Habían revelado públicamente la identidad de Julia, los rumores empezaban a circular en el campus y su madre, Anne, había recibido correos electrónicos de algunos padres de estudiantes de Stanford, preocupados. Anne nos dijo que mantuviéramos la calma y nos ofreció consejo legal: «Se os acercará gente diciendo que forman parte de la “investigación judicial”, lo que suena muy oficial, pero lo más probable es que trabajen para la defensa o para la prensa. Son capaces de presentarse en vuestra residencia o apartamento. Tenéis que estar preparadas para decir “sin comentarios”. Tened paciencia, chicas».

Nos perseguían. Llamé otra vez a la fiscal auxiliar. Alaleh me dijo que el nombre de mi hermana carecía de protección oficial: solo tú, solo la tiene la víctima. No podemos hacer nada. Me negaba a esto. Me inventaría un correo electrónico con un seudónimo y yo misma les escribiría a los medios. Pero ¿cómo sabrían que no era una persona cualquiera? ¿Cómo conseguiría que me escucharan? Estaba sobrepasada, le dije a Tiffany que

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me diera un momento, que estaba intentando resolverlo. Le comenté que había hablado con la fiscal auxiliar de distrito, es súper amable, se llama… miré el papel, garabateado con cera de letras verdes se leía AYLILE. Volví al artículo.

«La presunta víctima dice que “perdió el conocimiento” después de tomar dos chupitos de whisky, dos chupitos de vodka y de salir al exterior de la fraternidad con su hermana». ¿Cómo sabían lo que yo había bebido exactamente? Jamás hablé con ningún periodista. Entonces me acordé de mi estancia en el hospital, sentada en aquella silla de plástico, con el pelo mojado empapando el cuello de algodón y la espalda encorvada para ocultar que no llevaba sujetador, todavía frágil por dentro después del examen médico. Todo lo que recordaba, los detalles que tanto me había costado ofrecerle a aquella pequeña grabadora negra habían sido mecanografiados y transformados en transcripciones. Los periodistas debieron de escudriñarlas y de utilizar mis propias palabras para construir un relato propio que ofrecerle al público para su lectura pormenorizada. Sentí que echaban abajo las paredes de mi vida y que todo el mundo se colaba dentro. Si las palabras que se decían en voz baja en una clínica que atendía a las víctimas de violaciones acababan escuchándose por un megáfono, ¿qué lugar seguro me quedaba para poder hablar?

Me desplacé hasta el final del artículo y vi que decía: «La mujer se recupera en un hospital. Turner, estudiante de primer año, recibió tres veces la máxima distinción como nadador amateur en el instituto y ha sido plusmarquista del estado en dos pruebas de estilo libre…». Vi que se pasaba de hablar del hospital al plusmarquismo sin interrupción. La frase final: «El acusado Turner, que participó en las pruebas para participar en los Juegos Olímpicos de Londres de 2012, podría enfrentarse a diez años de cárcel». Si mi nombre también apareciera, ¿qué dirían de mí? «Chanel, que trabaja de nueve a cinco en un puesto de bajo nivel, nunca ha estado en Londres». Nunca se me había ocurrido que sería algo de lo que preocuparme. «Jervis dijo que Turner era un estudiante y un atleta excelente. Es una tragedia, es un muchacho realmente maravilloso…» y dejé de leer. ¿Por qué era «excelente, maravilloso»? Una de mis compañeras de oficina me estaba preguntando algo. Algo sobre Twitter. Un profesor había tuiteado algo, ¿qué era lo que había tuiteado? «Me pongo con ello», le dije. Con qué, no lo sabía. Me dio las gracias. Por qué, tampoco lo sé.

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Las noticias enlazaban con un informe policial. Cliqué, me desplacé por la página, buscando víctima, víctima, víctima. Encontré las minuciosas notas del agente de policía. Encontré: «la mujer, más tarde identificada como VÍCTIMA». Encontré: «en el terreno que hay detrás del contenedor». Encontré: «llevaba un vestido negro ajustado». Encontré: «el vestido estaba subido hasta las caderas y arrugado en la cintura. Tenía las nalgas totalmente al descubierto y no llevaba ropa interior». Encontré: «la parte inferior del abdomen y el pubis estaban a la vista». Encontré: «la vagina, el trasero». Encontré: «tenía el cabello largo despeinado, enmarañado y cubierto por todas partes de agujas de pino». Encontré: «estaba tumbada, con los pies y las piernas flexionadas en un ángulo de 45-90 grados (posición fetal), los brazos delante del pecho y las manos en el suelo, cerca de la cara». Encontré: «el vestido estirado por debajo de ambos hombros, el sujetador quitado». Encontré: «solo le cubría el pecho derecho». Encontré: «el collar totalmente enroscado alrededor del cuello de manera que el colgante había quedado centrado en la espalda». Encontré: «unas braguitas blancas de lunares negros arrugadas en el suelo, a unos quince centímetros de la barriga de la VÍCTIMA». Encontré: «su iPhone plateado estaba en el suelo, debajo de sus nalgas. Había una funda de móvil azul a unos diez centímetros de distancia, separada del iPhone». Encontré: «llevaba unas botas marrones que todavía estaban atadas, con los cordones formando un lazo».

Vi el primer comentario al final del artículo. «¿Qué hacía una graduada universitaria en una fraternidad?». No lo entendía. ¿Acabábamos de leer el mismo artículo? Cerré el informe. En ese mismo momento decidí que no era verdad, que nada de aquello era real porque yo, Chanel, estaba sentada en la oficina y el cuerpo que estaba siendo desmembrado públicamente no me pertenecía. Supongo que fue entonces cuando nació Emily Doe, que era yo pero a la vez no lo era para nada, y de repente la odié, yo no quería aquello: su desnudez, su dolor. Era de Emily. Todo aquello era Emily.

Hay una capa que subyace bajo los pulcros céspedes, la suave brisa y los Teslas recién pintados de Palo Alto. Si rascas un poco bajo el sol y las sonrisas, notarás una presión; no como la de una tetera que empieza a silbar, sino algo más parecido a una cocción a fuego lento.

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En el instituto Gunn High, el único deporte que dominábamos era el bádminton. Nadie era capaz de decirte los resultados del partido de fútbol americano, pero los nombres de los ganadores de las competiciones nacionales de matemáticas se colgaban en las ventanas. Nuestro instituto era famoso por potenciar el desarrollo de genios amables, humildes. Pero el desorden brillaba por su ausencia. Nadie quería ser pintor, marinero ni un literato ermitaño. Tenías que ser sensato y estar al nivel de la masa que progresaba adecuadamente. Los problemas solo te frenaban, y había tanto que hacer, tanto que llegar a ser, que la salud mental ocupaba el último lugar de nuestra lista. Ser inestable implicaba quedarse atrás.

En la primavera de 2009, mi penúltimo año en Gunn, se convocó a todos los profesores en el gimnasio a la hora de comer. No tardaron en salir poco a poco con paso lento. Advertí que tenían la espalda encorvada y que estaban pálidos, que no hablaba nadie. Sonó la campana y todos volvimos a clase, donde el profesor nos leyó una carta en la que se nos informaba de las noticias: un compañero se había suicidado lanzándose a las vías cuando pasaba el tren.

La conmoción era palpable, los estudiantes se buscaban a gritos con la voz desesperada. Un mes después, volvió a leerse exactamente la misma carta. «Sentimos comunicaros la pérdida de, si necesitáis ayuda, por favor no dudéis en», excepto que, aquella vez, el nombre era el de una chica. Iba conmigo a francés, pusieron una rosa roja en su pupitre vacío. Nos quedamos sentados en silencio durante aquella hora, con la cabeza gacha, sorbiéndonos los mocos. Una de mis amigas empezó a llorar desconsoladamente y mi profesor me pidió que la acompañara a la oficina del orientador escolar. Después de llevarla hasta allí, me quedé sola en la acera, sin saber qué hacer. Quería huir.

La enterraron en el cementerio que queda al otro lado de la calle del instituto. Llegué tarde, todo el mundo se había marchado ya, y me puse a vagar por el césped verde y las lápidas semicirculares. Vi cómo el brazo curvo de una excavadora aplanaba la tierra de su tumba con un ruido sordo constante. El golpeteo del metal hizo que me dolieran los dientes. Quería decirles: «Tened cuidado, ella está ahí».

Al poco, nos leyeron la misma carta, pero con un nombre nuevo. Otra vez, otro nombre. Cuatro suicidios en la vía del tren en seis meses. Poníamos las noticias por la noche para encontrarnos con una endeble camilla llevándose una forma cilíndrica tapada. En otros institutos

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cerraban los días en que nevaba mucho, nosotros teníamos días en que los estudiantes se morían, los exámenes se suspendían y había chavales sentados contra las paredes arrasados por la pena. Si tenías algún problema, solo tenías que susurrárselo a tu profesor y te mandaba a casa o a la oficina del orientador escolar.

Después de la primera muerte, todo el mundo fue al instituto vestido de negro pero, al llegar a la cuarta, nos advirtieron que no «glorificáramos» el suceso ni lo «provocáramos». Se quitaron las rosas y las cartas, se borraron de un manguerazo los mensajes escritos con tiza, se apagaron las velas, los peluches acabaron metidos en bolsas. Se produjo una repentina divergencia entre lo que se sentía y lo que se veía: todo parecía normal. Aprendí que rendir homenaje a una vida podía desencadenar una muerte.

Aquellos amigos que expresaban su depresión recibían medicación al momento, se les daban pastillas y las mochilas repiqueteaban como si fuesen unas maracas. A algunos se los hospitalizaba y vigilaba para que no se suicidaran, después desaparecían unas semanas; los demás éramos lo suficientemente respetuosos como para no preguntarles nada cuando volvían de sus «vacaciones». O se te trataba como un caso extremo que estaba al borde de la muerte o se esperaba que siguieras con tu vida como si nada; sin un punto intermedio. De modo que nos decidimos por la insensibilidad perpetua.

Se arrancaron los matorrales que rodeaban las vías y desaparecieron los setos. Se contrató a un hombre para que vigilara el cruce. Llevaba un gorro de lana, una chaqueta negra acolchada, un chaleco naranja fosforito y se sentaba en una silla plegable. Cuando llovía, le ponían una pequeña carpa transparente. Estuvo allí sentado, vigilando las vías, más de doce horas diarias, un día tras otro, durante años. En clase de economía aprendimos que se creaban empleos para satisfacer la demanda. Pero ¿qué tipo de trabajo era ese? ¿Qué significaba que hubiera que contratar a alguien para evitar que nos suicidáramos?

El pánico se adueñó de demasiadas noches. Si tenías a un amigo que no pasaba por un buen momento, no sabías si estaría muerto al día siguiente. Se organizaban grupos de búsqueda que salían a la carrera hacia las vías para acabar atrapándose los unos a los otros. Un juego lúgubre y retorcido. Una tarde iba hacia las vías a dejar unas margaritas. Al llegar me encontré con unos coches patrulla aparcados en ángulos extraños. Me

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quedé paralizada. Un estudiante acababa de intentar suicidarse pero se lo habían impedido. Estaba sentado, solo, en el asiento trasero de un coche de policía, con la cabeza gacha, aguantándose las lágrimas, con las manos esposadas a la espalda y los mocos colgándole de la nariz. Jamás le dije a nadie que lo vi y, cuando el chico volvió al instituto, fingí que no había pasado nada. Me preguntaba si aquello era lo que se suponía que debía de hacer, si aquellas eran las nuevas reglas del mundo en el que vivíamos.

Dejé un pequeño formulario rosa en la oficina del orientador escolar para solicitar una sesión, pero estaban saturados. Asistí a un seminario sobre salud mental, nos pidieron que nos recostáramos contra la silla, que nos pusiéramos una mandarina en el ombligo y controláramos nuestra respiración fijándonos en el subibaja de la esfera cítrica. Yo estaba como ausente contemplando aquella mandarina que tenía sobre el ombligo.

Mientras estaba en la universidad, tres estudiantes más del instituto Gunn se quitaron la vida. Después de graduarme, cuando volví a Palo Alto, habría tres suicidios más en el lapso de tres meses, dos de ellos en las vías del tren. Al enterarme del más reciente, en noviembre de 2014, hablé en privado con mi jefa, lloré, me dejaron irme a casa.

Diez suicidios. Diez cambios de nombre. No eran suicidios de tragarse pastillas, saltar por un puente ni hacerse cortes en los brazos, porque por lo menos en ellos había una pequeña posibilidad de sobrevivir. Eran muertes seguras. Nadie sobrevivía tras ser golpeado por un muro de acero a ciento treinta kilómetros por hora. Lo que de verdad me impresionaba era la rapidez con que se limpiaban los restos y la sangre del metal, y cómo el tren se reincorporaba a su horario programado, apresurándose a llevar a los viajeros a sus trabajos a tiempo. Qué desconcertante era ver pasar el flujo continuo de coches que circulaba tranquilamente por el cruce en el que habían muerto los estudiantes, con los neumáticos pasando por encima de las vías.

Así que cuando aquella mañana de enero de 2015 leí la historia de la agresión en Stanford en el periódico sentí que me leían una carta —«Sentimos informarte de»— impersonal y anodina que no hablaba de una muerte en las vías del tren, sino de una violación triste y extraña en un campus de la zona, donde se había encontrado un cuerpo desnudo y desaliñado. Esa vez, el nombre que salía en la carta era el mío.

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Miré afuera y vi que el sol brillaba y los patos chapoteaban en el estanque. Todo el mundo estaba trabajando. Me quedé muy quieta en la silla, igual que años antes, cuando estaba en clase. Sabía que debía acudir a trabajar al día siguiente, del mismo modo que los neumáticos seguían rodando encima de las vías y del mismo modo que después de enterarte de una muerte sacabas el libro y seguías con la clase. Cualquier señal de alarma que notara en mi cuerpo fue silenciada y el horror, apartado. Se me humedecían los ojos y lloraba en privado, pero sabía que haría lo mismo que siempre: distanciarme, seguir adelante.

Cuando llegué a casa aquella noche, aparqué delante de mi casita rosa. Contemplé con admiración las piedrecillas de la entrada, las luces parpadeantes, las hojas cerosas del árbol de jade. Pensé en las dos personas que había dentro, mi madre y mi padre, desconocedoras de que bajo su mismo tejado vivía una víctima. Los imaginé enfrascados en sus costumbres vespertinas: papá vaciándose los bolsillos de monedas, mamá cortando anillos de cebolleta, y quise preservar su paz.

Mis padres son protectores. Si algo no iba bien cuando éramos pequeñas, hacían todo lo posible por protegernos. Mi hermana y yo nos dimos cuenta muy pronto de que cuando sacaban a pasear a los perros discutían muy en serio. Salían de casa por la tarde, cogidos del brazo y con unas bolsas arrugadas remetidas en los bolsillos. Tiffany y yo los seguíamos y nos agachábamos detrás de los coches aparcados para escucharles a escondidas. «¡Papá está preocupado porque vas atrasada en comprensión lectora!». Mientras contemplaba mi casa, iba dándome cuenta de que era demasiado pequeña, de que allí no podría esconder un secreto tan grande; no podría arrastrarlo por el pasillo y acallarlo en mi habitación. Me dolía la barriga solo de pensar en darles la noticia. Cada vez que llovía, mi padre decía: «¡Las plantas deben de estar tan contentas!». ¿Cómo se sentiría cuando se enterara de que habían violado a su hija? ¿Cómo iba a decírselo? Si yo hubiera estado en su lugar, habría querido que alguien me hubiera mirado a los ojos, me hubiera hablado en voz baja y hubiera posado delicadamente su mano sobre la mía. Quizá yo pudiera asumir ese papel.

Y qué pasaba si los decepcionaba, si dejaban de confiar en mí. ¿Nos lo has ocultado durante todo este tiempo? ¿Volviste a casa a escondidas al salir del hospital? Si se te da tan bien fingir… ¿qué más nos ocultas?

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Lo que más miedo me daba era lo que pasaría cuando viera la agresión a través de sus ojos. Su tristeza me asustaría. Si les daba la noticia con tranquilidad, les daba la pista de que ellos debían reaccionar también con calma; nada de quedarse boquiabierto ni de llorar. Cuando a tu amiga le cortan el pelo fatal, existe un acuerdo tácito que dicta que debes decirle que el corte le queda bien. Si le dices «AY, DIOS» se echará a llorar tapándose la cara con las manos mientras exclama: «¿Y ahora qué hago? ¡No puedo salir así a la calle!». Y entonces te darás cuenta de que deberías haber esperado a que el pelo le creciera un poco. Solo entonces podrás decir: «Sí, aquel corte de pelo era atroz».

Creía que si era capaz de exponerlo bien, podría evitar por completo cualquier sufrimiento. No diría «despeinada, encorvada, con sangre, desnuda». Me senté en la esquina de la cama y practiqué susurrando entre dientes algunos fragmentos. Subrayaría el hecho más importante: que me habían salvado. Me había enterado por las noticias de que dos estudiantes de grado suecos que iban en bicicleta habían acudido a mi rescate. Lo dije en voz alta. «Dos ciclistas. Dos ciclistas intervinieron. Por suerte, dos ciclistas lo persiguieron, ¡y lo sujetaron! ¡Y entonces, dos ciclistas se enfrentaron a él, lo detuvieron, lo tiraron al suelo! Lo persiguieron. Eso es lo bueno, que dos ciclistas intervinieron».

Cuando estuve preparada, avancé por el pasillo, asomé la cabeza en la habitación de papá; allí estaba sentado en su butaca, con su sudadera de los Warriors viendo el partido de baloncesto de su equipo. «¡Cuándo tengas un momento quiero contarte algo! —le dije—. ¡No es urgente!». Mi madre estaba sentada en un rincón de la sala de estar, en el lado opuesto de la casa, delante del ordenador, comiendo pipas de girasol, mientras las puntiagudas cáscaras se iban esparciendo por el suelo. «¿Estás ocupada? ¡Cuándo salga papá quiero contaros algo!».

Cuando se acercaron a la mesa yo ya estaba sentada a la cabecera, como si fuera a dirigir una pequeña reunión de una junta directiva. Les dije: «Ha salido una noticia, no la leáis, ¿sabéis de lo que os hablo? ¿Lo de la agresión de ese chico de Stanford?». Negaron con la cabeza, mi padre dijo: «Vagamente», una palabra que acostumbraba a decir. «Os acordáis de la fiesta a la que fuimos Tiffany y yo, ese chico lo intentó, lo pillaron. No lo sé seguro pero creo que solo fueron los dedos, eso es bueno. —Me encogí de hombros—. No me acuerdo, o sea que… pero leerlo es horrible, así que no tenéis por qué hacerlo; bueno, mejor dicho, por favor, no lo

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leáis». No pude decir nada más, me quedé sonriendo como una persona demente. Ellos se quedaron mirándome, esperando a que acabara lo que fuera que estuviese intentando contarles, mientras yo esperaba que ellos me dijeran: «¡Perfecto, pues! ¡Nos alegramos de que estés bien!», pero se quedaron quietos, como si el más leve movimiento pudiera hacer que todo saliera volando por los aires.

Mi padre dijo algo: «cielo», algo parecido a: «lo siento muchísimo, recuerdas si, puedes contarnos qué…», pero yo observaba el rostro inmóvil de mi madre y cómo su expresión se iba ensombreciendo. Los ojos se convirtieron en dos agujeros negros, su voz emergió grave y serena. «¿Quién es?». Negué con la cabeza para que viera que no lo sabía. «¿En qué noche pasó? ¿Fue cuando estabais bebiendo en la cocina? ¿La noche en que os llevé en coche? ¿Dónde está?». Ya no podía mirarla, me quedé con la vista fija en la mesa, negando con la cabeza, casi encogiéndome de hombros. Aquella intensidad me había silenciado, no podía soportar en qué se había convertido la habitación.

Vi la piscina. Yo tenía seis años, mi hermana cuatro. Estábamos nadando en nuestro patio trasero. Mi madre estaba sentada debajo del parasol, llevaba una pamela y un vestido naranja largo y leía una revista. Yo llevaba una toalla enroscada alrededor de los hombros y tuve la divertida idea de nadar con ella puesta. Sin embargo, no me había dado cuenta de que mi hermana me había visto meterme en el agua con la toalla, había cogido la suya y me había seguido. Se había hundido, la toalla la había anclado al fondo de la piscina. Oí el grito de mi madre y la vi saltar, una mancha naranja flotando en el aire. Bajo el agua se convirtió en una llama salvaje de melena negra que rescató a mi hermana del fondo de la piscina. Emergió con las gafas de sol torcidas, el vestido pegado a la piel y mi hermana agarrada a ella. La pamela flotaba cerca de ella como un nenúfar. Mi hermana apretaba los ojos con fuerza y abría la boca como un pescadito, jadeando y gimiendo. Y allí estaba mi madre, apartándole con una caricia el pelo mojado de los ojos, llevándosela a aguas poco profundas.

Estando allí quieta, en la cabecera de la mesa, incapaz de llenar el silencio, me derrumbé. Inclinada sobre la mesa, de mi boca salieron gritos de dolor, jadeos humedecidos. Oí el roce de la silla contra la madera cuando mi madre se apartó de la mesa y se levantó de golpe, sin pensarlo siquiera, igual que cuando mi hermana se estaba ahogando. Me aferró con

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fuerza, me pasó un brazo firme alrededor del cuerpo y con el otro me acarició el pelo mientras me decía: «Mami no está enfadada, mami solo tiene miedo». Se quedó así hasta que recuperé el aliento, hasta que volví a sentir la seguridad de tener el suelo bajo los pies.

Aquella noche mi cuerpo pudo al fin relajarse, exhalar. Imaginé que, mientras dormía, hablarían del tema donde yo no pudiera escucharles, como siempre hacían. Le dije a mi hermana: «Mamá y papá lo saben», contenta de poderle ofrecer aquel consuelo. Había sobrevivido a las explicaciones, lo peor ya había pasado. En Fearrington, Carolina del Norte, mis abuelos vivían junto a un estanque donde los gansos caminaban desgarbados graznando con los cuellos negros encorvados. El abuelo Miller explicaba que, cuando migraban, los pájaros volaban formando una «V». El que iba al frente, la punta de la «V», era el que lo tenía más difícil porque debía enfrentarse a una mayor resistencia del viento. El aire resultante del batir de sus alas elevaba a los que volaban detrás. Ser el líder era agotador, de modo que los pájaros se turnaban. Cuando uno de ellos estaba exhausto, se retiraba hacia atrás, donde no tenía que aletear con tanta fuerza, para montarse en las olas de viento que otros habían domado antes. Así conservaba energía para volver a liderar a la bandada. Era el único modo de realizar la travesía, escapar del invierno y llegar a parajes más cálidos. Yo me había pasado dos semanas aleteando con todas mis fuerzas y proyectando una apariencia de tranquilidad para proteger a mi bandada de unas condiciones brutales. Pero la resiliencia exigía descanso. Iba a retirarme durante los siguientes ocho meses. Lo más importante que debía recordar era que estar en la retaguardia, ser más lento, no significaba que no fueras un líder.

Al día siguiente, había una tarta de limón en la encimera, junto a una nota. En las silenciosas horas de la madrugada, mientras yo dormía, mi padre había cogido limones del patio, hervido azúcar y huevos en el fogón, pellizcado el borde de la masa con las yemas de los dedos y espolvoreado azúcar glas por encima. Me la llevé al trabajo para compartirla con mis compañeros. Me senté en el escritorio con mi trozo amarillo de tarta y abrí el navegador.

«Nadador de Stanford niega presunta violación». Casi me atraganté, era como si alguien me hubiera golpeado en el pecho. Este artículo tenía un aviso de contenido, se trataba de una versión más gráfica; lo ignoré, cliqué en el informe policial y deslicé los ojos de izquierda a derecha. «A

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lo largo de la noche, TURNER ligó con varias chicas». En el informe, todas las personas a las que besó eran «chicas», pero, como a mí me agredió, no se me llamaba «chica», sino solo «víctima». «Declaró que besó a la VÍCTIMA mientras estaba en el suelo. Le quitó la ropa interior a la VÍCTIMA y le introdujo los dedos en la vagina. También tocó los pechos de la VÍCTIMA». No me entraba la tarta; la frente me ardía, tenía los muslos firmemente apretados y el tenedor agarrado con fuerza en la mano. En el momento de la detención, la policía había advertido una «protuberancia en la entrepierna» de Brock.

«TURNER desconoce la identidad de la VÍCTIMA. No se quedó con su nombre y no fue capaz de describir cómo era. Dijo que probablemente no la reconocería si la viera otra vez». En su cabeza, yo no tenía ni cara ni nombre. Pero el artículo afirmaba que nos habíamos «conocido en una fiesta», como si la atracción hubiera sitio mutua y hubiéramos entablado una charla cordial.

«TURNER se lo estaba pasando bien con la víctima y afirmó que ella también parecía disfrutar de la actividad». Disfrutar. Me quedé mirando fijamente aquella palabra, aquel detalle que no reconocía. Quería abalanzarme sobre él, meterle el brazo por la garganta, agarrarle el esófago como si fuera una cuerda y arrancárselo de un tirón.

«TURNER empezó a encontrarse mal y decidió que se estaba haciendo tarde. Dijo que se levantó para marcharse y que de repente un grupo de chicos lo derribó. Cuando se le preguntó por qué salió corriendo, declaró que no cree que lo hiciera». «Se está haciendo tarde» es lo que dices cuando te quitas la servilleta del regazo, la dejas sobre el plato lleno de migas y dices que tienes que marcharte a casa porque trabajas por la mañana. «Hacerse tarde» no es sacar tu mano escurridiza del interior de una mujer, ponerte de pie con una erección, sacudirte la tierra de encima, marcharte al trote ni dejar un cuerpo a su suerte. Eso debería haber bastado. Esa frase por sí sola debería haber obstruido el engranaje y evitar que siguiera girando.

Llamé a la fiscal auxiliar.

¡Hola! Oye, ¿has visto esto? ¡Dice que me gustó! Pero ¿cómo puede ser? No doy crédito, ¿te lo puedes creer? Pero ¿qué es esto? —Se lo decía medio riendo, incrédula, pero ella no me correspondió con el mismo tono.

—Ya lo sé —dijo—. Ya lo sé.

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Suspiró igual que se hace antes de empezar una frase con «tristemente» o «por desgracia». Explicó que declararse inocente era una formalidad prevista. Que cabía esperar que lo hiciera.

—Pero yo te lo digo ahora —le dije—. No me gustó. No sé quién es.

Ni siquiera sabe qué aspecto tengo.

En mi cabeza no había nada que discutir pero, a medida que ella hablaba, su razonamiento me golpeaba con una claridad aterradora: el único modo que tiene de escapar es a través de ti. Tenía la sensación de estar viendo cómo soltaban las correas de una manada de lobos al tiempo que alguien me susurraba al oído que me había cosido trozos de carne en los bolsillos. La única oportunidad que tenía de que lo absolvieran era demostrar que, a su entender, el acto sexual había sido consentido de mutuo acuerdo. Pondría gemidos en mi boca y me atribuiría un comportamiento libidinoso para cargarme a mí la culpa.

Cuando me asignaron a una fiscal auxiliar de distrito, pensaba que su papel era el mismo que el de una abogada defensora. «No —me corrigió Alaleh—. Brock es quien tiene un abogado defensor». Recuerdo que pensé: «Pero si soy yo quien necesita la defensa, la autodefensa, para protegerme de él». Él había contratado a uno de los abogados más prestigiosos de toda la bahía de San Francisco. Mientras hablaba, me iba dando cuenta de que sobrevivir a la agresión solo había sido el primer reto. Si alguna vez quería enfrentarme a él, rebatir su versión de la historia, debía ser en los tribunales. Por ahora tendríamos que asumir su inocencia. En el sistema judicial, la agresión todavía no había sucedido. Él me había visto como un cuerpo, pero intentaría destruirme como persona.

Hasta entonces había imaginado un futuro sin limitaciones. Ahora las luces se habían apagado y se habían iluminado dos estrechos pasillos. Podías avanzar por el que te llevaba a intentar olvidarlo todo y seguir con tu vida. O podías aventurarte por el pasillo que te conducía de vuelta a él. No hay ninguna decisión correcta; las dos son largas y difíciles y consumen una cantidad infinita de tiempo. Yo seguía tanteando las paredes en busca de una tercera puerta que diera a un pasillo en el que nada de esto había sucedido jamás y yo podía seguir con la vida que había imaginado.

La definición de negar que aparece en el diccionario es «dejar de reconocer algo, no admitir su existencia». Este rechazo es otro daño en sí mismo. Si yo niego tu verdad, entonces no es real, no existe. Y eso afectará a tu cordura. La verdad que yo había conocido se complicaría

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hasta volverse incomprensible. Quedaría ahogada por la jerga legal, los ataques personales y la manipulación y se acabaría convirtiendo en algo tan turbio que hasta yo misma sería incapaz de verla.

Cuando llegué a casa volví a abrir los artículos, los cuadrados se amontonaron por toda mi pantalla y reaparecieron sus cuidadas hileras de dientes. Esperaba ver horcas en alto, hallar en los demás la misma incredulidad que sentía yo. Me puse a leer y empecé a desplazarme por la pantalla mucho más despacio.

«¡El chico solo tenía diecinueve años! ¿Y va ella y se enrolla con uno de primero? Entonces ¿eso no la convierte a ella en la depredadora? No sé si habéis oído hablar de las violaciones en grupo en la India. Las mujeres sí que sufren allí abusos de verdad y vosotros llamáis a esto “agresión”. Los aburridos chavales de clase inedia están más salidos que el pico de una mesa. Es patético. No es que él se la llevara a rastras, precisamente. Y si ella tenía novio, ¿por qué no estaba en la fiesta? Y luego hay que hablar del premio a la Madre del año. ¿Qué clase de madre deja a sus dos hijas en la fiesta de una fraternidad? No quiero echarle la culpa a la víctima, pero si bebes tanto que luego no te acuerdas de nada es que tienes un problema… Y ni siquiera estudia en Stanford. ¿Perdió el conocimiento con las bragas bajadas, mientras meaba? ¿Y dónde estaban sus amigas para echarle un cable? Yo, al menos, no estoy convencida de que se hayan producido los delitos tan graves de los que se le acusa; es más, creo que no hay delito de ningún tipo, solo un comportamiento impúdico por parte de los dos. ¿La drogó? Si la respuesta es no, ¿por qué se emborracharía tanto una mujer? Yo siempre me he frenado para no llegar a estar tan borracha que no sé lo que hago».

Parecía que les indignara más que me hubiera puesto en una situación vulnerable que el hecho de que él se hubiera aprovechado de eso. Beber no es algo inmoral por naturaleza: una noche de borrachera exige agua y analgésicos. Pero estar borracha y que te violen parece que exija una condena. A la gente le chocaba que yo hubiera fallado al protegerme.

«Lo que de verdad me intriga es esto: ¡el chico es un atleta excepcional, superinteligente y guapo! ¡Seguro que no le faltarían chicas con las que enrollarse! Y, en vez de eso, ¿tira su vida por la horda y hace esto? Es muy difícil de creer».

La indignación que esperaba ver reflejada estaba ausente. Había quien escribía cosas desagradables sobre él: «A ese niño bonito le van a dar para

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el pelo en la prisión». Otros escribían cosas bonitas: «Por favor, Emily, no dejes que esto defina quién eres. ¡¡Recupera tu identidad y disfruta de una vida maravillosa!! Si Brock Turner es inocente entonces yo soy un ave del Pleistoceno. No digáis chorradas». Esas palabras me animaban por unos momentos, pero su calidez se esfumaba a toda velocidad. Me topaba con gente impasible, ligeramente disgustada por lo sucedido, que esperaba que todo aquello no les pasara nunca a sus hijos.

Aquella noche, me enteré de algunas verdades: supe que había llevado al equipo de Oakwood a la victoria en el campeonato estatal dos años seguidos. Supe que era un «atleta muy solicitado», un «nadador dominante» que había acabado segundo en las 200 yardas espalda. Supe que se hacían muchas bromitas sobre mí, que decían que yo estaba «para chuparse los dedos». Supe que no merecía que me ayudaran, porque mi trauma no era real. Era un chaval, no un criminal. Un joven con talento, no un chico peligroso. Él era el único que lo había perdido todo. Yo solo era la doña nadie a la que le había ocurrido.

Del chisporroteo y del rugido de la rabia que había sentido en el pecho durante toda aquella mañana solo me quedaban algunos rescoldos moribundos en la garganta. Cerré el ordenador, me tumbé. Me preguntaba cómo era posible que en un momento mi identidad hubiera quedado reducida a la de una mujer que ha perdido el conocimiento y ha sido violada. Esta persona nunca podría ser un modelo a seguir; a lo sumo, un cuento con moraleja que sirviera de advertencia. Si alguien lo descubría alguna vez, sabía que me humillarían públicamente, que me señalarían para siempre. Esa parte de mí debía amputarse. Le pasé toda aquella confusión, los nuevos obstáculos, el futuro incierto y la identidad mancillada a Emily. Las costillas me temblaban mientras espiraba agua, mientras me alejaba de las voces amables que habían dicho «ave del Pleistoceno, chorradas».

Al día siguiente, mientras estaba en una cafetería, vi una pila de periódicos. En la portada se veía un rectángulo de color azul claro: era el agua de una piscina. Distinguí unas pálidas astillas que eran los brazos de Brock, sus ojos tapados por unas gafas oscuras de natación, su cabeza enfundada en un gorro. Había rectángulos azules esparcidos por todas las mesas de mi alrededor, con Brock nadando por toda la cafetería. Un hombre que llevaba un polo de cuello ancho se sentó y desplegó el periódico de par en par. Miré a mi alrededor mientras me preguntaba si

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aquellas personas serían las mismas que escribían los comentarios, si debía estar molesta con ellas, temerlas, retarlas.

Le pedí a mi hermana que no leyera los comentarios. Le dije que la mayoría de la gente dedicaba menos de dos minutos a leer el artículo, que muchos de sus datos eran absolutamente incorrectos. Solo representaban a una parte muy pequeña de la población; si fueras preguntando uno por uno, encontrarías respuestas mucho más razonables, comprensivas. Así que no los leas, ¿vale? ¿Qué más da lo que digan?

Lo que en realidad quería decir era que yo estudiaba al detalle cada comentario para que ella no tuviera que hacerlo. Me decía a mí misma: «Pues claro que los voy a leer, son mis mensajes». Trataba la sección de comentarios como si fuera la bandeja de entrada personal de Emily como víctima. Los actualizaba cada noche y digería cada observación dañina. Cuando decían: «¿Por qué llevaba puesto solo un vestido en pleno invierno?», yo les contestaba: «Invierno en California, so memo, en Navidades salimos de caminata en pantalones cortos». Quería arreglarlo todo, aclarar cada comentario uno por uno. Explicarlo y requeteexplicarlo y volverlo a explicar. Pero esta actitud defensiva se extendía a mi vida normal. Cuando mis padres me preguntaban cosas sencillas que no tenían nada que ver con el caso, como: «¿Has podido enviar el, has doblado la ropa de tu, puedes sacar la basura para reciclar?», yo me ponía tensa, crecía en mí una hostilidad infantil. No, no he podido, estoy ocupada. Dejad de echarme la culpa y de atacarme; estáis diciendo que todo esto es culpa mía. Me aterraba tener más certezas que confirmaran que yo no era una buena persona.

Sabía que no debía haberme puesto a leer los comentarios, pero quería comprender lo que pasaba. Había quien me apoyaba, pero otros se habían arrogado la tarea de fabricar cualquier explicación y excusa posible para echarme la culpa a mí. ¿Estaba loca? ¿Exageraba? Para empezar, ¿era patético leer todo aquello?

Lo realmente único de este caso era que el agresor podía sugerir que la víctima disfrutó y que nadie se inmutara. No existen cosas tales como un apuñalamiento bueno o malo, ni como un asesinato consentido o no consentido. En este delito grave, el dolor podía camuflarse y tomarse por placer. Yo había estado en el hospital, un lugar al que acude la gente cuando tiene el cuerpo enfermo o herido. Sin embargo, me tapaba los

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morados bajándome las mangas, temerosa de no recibir el mismo consuelo que una persona herida.

En los casos de violación me choca muchísimo que la gente diga: «Bueno, ¿y por qué no te enfrentaste a él?». Si te despertaras y te encontraras con un ladrón en casa robándote, nadie te preguntaría: «Bueno, ¿y por qué no te enfrentaste a él? ¿Por qué no le dijiste que no?». Esa persona ya ha infringido una regla no escrita, ¿por qué iba de repente a atenerse a razones? ¿Qué podría llevarte a pensar que si le dijeras que parase iba a hacerlo? Y en este caso, si yo estaba inconsciente, ¿por qué seguía habiendo tantas preguntas?

Había otro razonamiento que me molestaba: la insinuación de que los chicos sencillamente no podían evitarlo. Como si no hubiera tenido elección. «Se lo digo a todas mis hijas cuando van a la universidad: Si te pones a andar delante de un camión, que no te extrañe que te atropelle. No te pongas delante de un camión. Si vas a la fiesta de una fraternidad, te emborracharán, te drogarán y te violarán. No vayas a la fiesta de ninguna fraternidad». ¿Fuiste y te agredieron? ¿Qué esperabas? Había escuchado cosas así en la universidad. Las chicas de primer año que acudían a las fraternidades se comparaban con ovejas que iban al matadero. Entiendo que no debas meterte en la guarida de un león porque puedes salir malparado, pero los leones son animales salvajes. Y los chicos son personas, tienen cerebro, viven en una sociedad regida por leyes. Meterles mano a otras personas no era un reflejo natural, intrínseco a la biología humana. Era una acción cognitiva que eran capaces de controlar.

Parecía que una vez que te prestabas a cruzar las puertas de una fraternidad, cualquier ley y norma dejaban de existir. No se les pedía que se ciñeran a las mismas reglas; sin embargo, las mujeres sí que debían seguir un número infinito de pautas: tapa la bebida, no te separes de las demás, no lleves falda corta. Su comportamiento era la constante, mientras que nosotras éramos la variable que debía cambiar. ¿Desde cuándo era cosa nuestra exclusivamente prevenir y ocuparnos de todo? Y si había casas en las que se agredía a tantas jóvenes, ¿no deberíamos exigirles más a los tipos que vivían en ellas en vez de regañar a las chicas? ¿Por qué era más censurable perder el conocimiento que meterle los dedos a la persona que había perdido el conocimiento?

También comprendí por qué el entorno donde pasó todo no me resultaba favorable. ¿De verdad se cometen crímenes en la uni, en serio?

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En los campus pasan cosas muy locas continuamente. Si alguien se pusiera a cagar en una piscina hinchable infantil de una calle residencial, la gente diría: «Qué guarrada, esto es inaceptable, de ninguna de las maneras». Si alguien se pusiera a cagar en una piscina hinchable infantil en el jardín de una fraternidad, la gente diría: «¡Ja, ja, lo que no pase en la uni!». ¿Que te pones a corretear con un calcetín tapándote la minga? Típico de la uni. ¿Qué te emborrachas un miércoles por la tarde y pierdes el conocimiento con el disfraz de jirafa puesto? Típico de la uni. Las situaciones se suavizan, se las despoja de cualquier severidad, seriedad o castigo real. La gente leyó esta historia y escuchó «fraternidad», «atleta», «enrollarse», «disfrutar». Ese banco de palabras era todo lo que necesitaban para que la historia cobrara vida. Lo pillamos, dicen, estaban enrollándose, la cosa se salió de madre, a mí me ha pasado, también a ti. Incluso que yo estuviera en el suelo no parecía causar sorpresa, ¿acaso la gente no echaba polvos detrás de estatuas, en los huecos de la escalera, en el campanario o en la biblioteca? Los medios de comunicación tampoco ayudaron. Contaron cuántos vasos de alcohol había tomado yo y contaron los segundos que tardaba Brock en nadar doscientas yardas, y remataron el artículo con una fotografía suya con corbata. Podría haberle servido perfectamente como perfil de Linkedln.

Quería quitar toda la grasa, eliminar cualquier distracción, para mostrarle a todo el mundo lo esencial de la historia. Lo que yo veía era lo siguiente: hombre va a una fiesta, besa a tres mujeres, se topa con una que está sola y no puede hablar, se la lleva a una arboleda, la desnuda, le mete la mano en la vagina, es abordado por dos hombres que se dan cuenta de que la mujer está inmóvil. Él niega después haber salido corriendo y lo único que es capaz de decir de la víctima es que «disfrutó». De modo que quita el whisky de las diez y cuarto, la micción, el nombre de la hermana pequeña, el estilo libre olímpico y aquí, en esencia, tienes tu maldita historia.

Un viernes por la tarde conduje hasta la autopista. Puse la música a tope, tanto que las ventanas vibraban y los tiradores de las puertas temblaban, para ahogarme en el sonido y empecé a gritar. «Te odio, te odio, déjame en paz». Me puse a golpear el volante, atragantándome con todo lo que intentaba sacar. Dejé la autopista por la salida de Ikea, aminoré la velocidad al entrar en el abarrotado y muy iluminado aparcamiento y me detuve en el mismo centro, encerrándome en aquella cuadrícula de coches

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aparcados. Apagué la música. No era capaz de controlar la respiración, las manos me temblaban con violencia, las lágrimas eran mucho más que agua, sentía que mis entrañas se me derramaban hacia fuera, densas, dolorosas. «Ayuda, ayuda». Sentía que el oxígeno no me llegaba al cerebro. Iba a morirme si no podía respirar. Con la visión enturbiada, me puse a rebuscar entre los papeles que llevaba en el bolso y saqué el folleto que había guardado doblado dentro, ojeé los números de las líneas de ayuda, había muchísimos, y llamé al número en el que ponía «Stanford» en su descripción. No quería asustar a la mujer con los sonidos que salían de mí. «Estoy bien, solo necesito a alguien. Quédate conmigo, necesito hablar con alguien». Apenas lograba que los sonidos se convirtieran en palabras. «El nadador, el nadador, la persona soy yo». Eché la cabeza hacia atrás, dejé que los hombros me temblaran mientras me sujetaba la frente con la mano. Me notaba la cara humedecida, la barbilla humedecida, el cuello humedecido. Tenía las paredes de la garganta hechas trizas y me desahogué sabiendo que esa persona jamás me vería nunca en persona ni yo a ella, pero que por lo menos alguien me escuchaba.

La voz de la mujer reflejaba preocupación. Y volví a oír aquellas palabras: «No es culpa tuya». Las repetía una y otra vez, como un mantra. Notaba que la irritación empezaba a hacerse hueco en mi interior. Culpa de él, culpa de ella. Qué rápido tienen que empezar a luchar las víctimas, a convertir sentimientos en lógica, a orientarse por el sistema legal, a soportar la intrusión de desconocidos, las opiniones implacables. ¿Cómo protejo mi vida de la investigación de los periodistas? Contaba con una fiscal, iba a batallar, pero nadie podía decirme cómo contener toda aquella hostilidad, aquella tristeza demoledora. Estaba sola, mi historia estaba sellada dentro de mí y una mujer sin rostro seguía repitiéndome tópico tras tópico por teléfono.

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Emily y yo llevábamos vidas independientes. Mis días eran maravillosamente corrientes, rebosantes de movimiento y textura: cenas con salmón fresco de crujiente piel, largas charlas al teléfono con Lucas, paseos en bici con mi padre por la reserva natural de las Baylands a través de la crujiente sal y las salicornias. Recorté tarjetas de San Valentín con forma de corazón y escribí a mano un pareado para toda la gente de la oficina. Archivé facturas, lamí sobres, olisqueé el café con nata para cerciorarme de que todavía se podía beber. Hice dibujitos de postes de teléfonos y pájaros raros y sorbí café con amigos que se sentaban con las piernas cruzadas. Fuera, la vida había seguido adelante, sin interrupciones. Emily vivía en un mundo minúsculo, estrecho y restringido. No tenía amigos, solo aparecía de vez en cuando para ir al juzgado y a la comisaría de policía o para llamar desde el hueco de la escalera. No me gustaba su fragilidad ni lo bajito que hablaba. Además, daba la impresión de que no sabía nada. Yo era consciente de que tenía hambre de nutrientes y que quería que se la reconociera y cuidara, pero me negaba a admitir sus necesidades. No quería conocer más cosas del sistema judicial, rechazaba la terapia. «No la necesitas», le decía a ella.

Al principio se me daba muy bien separar estos dos yoes. Te resultaría imposible detectar mi sufrimiento. Pero si mirabas un poquito más de cerca, empezaban a aparecer las grietas. Muchas noches me acostaba con los ojos llenos de lágrimas; al día siguiente me presentaba en la oficina con los párpados hinchados y tirantes. Empecé a guardar una cuchara en el congelador y a apretar el frío cascarón de metal contra cada ojo al cepillarme los dientes. Metía cubitos de hielo en una bolsa hermética y de camino al trabajo, mientras escuchaba la radio, me la apretaba contra la cara con una mano mientras con la otra agarraba el volante. Por la tarde, al

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volver al coche, me encontraba la bolsa sellada llena de agua templada en el posavasos y la vaciaba sobre la hierba.

Un día le dije a mi jefa que tenía que salir un momentito por la tarde para ir al médico. «¿Te encuentras bien?». Hice un gesto con la mano para quitarle importancia, le dije que solo era un chequeo. Cuando llegó la hora, conduje hasta el juzgado. Durante el trayecto me transformé en Emily y dejé que la calidez del día se esfumara.

Mientras estacionaba en el aparcamiento, pensé que aquel edificio achaparrado tenía un aspecto impenetrable, poco compasivo, frío. El juzgado parecía una clínica abandonada desde los años sesenta a la que nadie había regresado jamás. Antenas parabólicas y varillas de metal sobresalían del tejado. Dos abedules salían de la tierra como si fueran huesos, con sus ramas negras bamboleantes tan finas como cabellos. Atravesé unas puertas acristaladas en dirección al control de seguridad, me limpié las suelas en una alfombrilla hecha jirones. Vi cables enredados en el suelo, un bote de espray desinfectante, dos naranjas, un termo de metal, una cuadrícula de pantallas. Seis agentes uniformados, reclinados detrás de un escritorio en unas sillas giratorias manchadas. Coloqué el bolso en un túper de plástico y pasé por un arco de seguridad bastante cutre. Vi una mano registrándome el bolso. Contemplé aquel vestíbulo blanco, la cruda luz del fluorescente atrapada en una tapa de plástico texturizado en lo alto. El agente me devolvió el contenedor y yo me quedé quieta al otro lado del arco, desconcertada. «¿Sabes adonde tienes que ir?», me preguntó. Negué con la cabeza. Señaló un directorio que había en la pared. Cuarta planta.

Las puertas del ascensor se abrieron. Más vacío. Al fondo del vestíbulo había dos puertas de madera. La de la derecha daba a una salita de estar que más tarde bautizaría como «el trastero de la víctima». Me pasaría muchas horas allí dentro. La puerta de la izquierda se abría a una sala de cubículos grises y voluminosas impresoras, tras las cuales estaba la oficina de Alaleh. A la derecha de ambas puertas había un pasillo largo y estrecho que llevaba a la sala del tribunal.

Iba a conocer a Alaleh y a mi letrada, Bree. Mis padres estaban de camino. Les había preguntado si debería llevarles flores como muestra de agradecimiento. Me dijeron que se las podía dar cuando todo hubiera acabado. Sin embargo, yo creía que sería la primera y la última vez que las vería; necesitaba una fiscal para negociar los términos del acuerdo y cerrar

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el caso. No sabíamos que pasarían casi cuatro años hasta que viéramos el final.

Bree tenía unos veintitantos años, el pelo cobrizo y largo y pecas. Transmitía cercanía y calidez. Alaleh tenía el cabello oscuro, la piel color avellana y una gran sonrisa. Llevaba una americana entallada y unos zapatos de tacón puntiagudos y verdes como las hojas de las espinacas. Se diría que tenía treinta y pocos años. Transmitía una vitalidad amable y una fortaleza natural. Cada vez que volviera a verla, repararía en sus pendientes de color amarillo diente de león y en sus uñas rosa fucsia; pequeñas manchas de color en aquel paraje de tonos grises ahumados. Era hija de inmigrantes iraníes, un dato que conocería después; sus padres habían abierto un pub irlandés, donde ella había trabajado mientras estudiaba Derecho.

Me senté en el centro, con mi madre a la izquierda y mi padre a la derecha. Alaleh estaba sentada detrás de un gran escritorio. Su ventana enmarcaba las copas de los árboles, sus estanterías estaban llenas de expedientes. Fuera, las hojas de los árboles temblaban por el viento, pero dentro solo había quietud. Desde allí arriba se veía el supermercado Mollie Stone, y me acordé en ese momento de su expositor interior con reproducciones mecánicas de hojas de mazorca y vacas que cantaban mientras Tiffany y yo aplaudíamos. Era surrealista ver mi ciudad natal desde la ventana de un cuarto piso al tiempo que yo quedaba excluida de todo. Mi madre me tomaba la mano y la cubría en el suave envoltorio de sus manos mientras masajeaba los puntos de presión. Me pregunté si debía de parecer una niña, así cogida de la mano, pero las formas primarias de comunicación de mi madre siempre han sido el tacto y la comida. Me había fijado en que, en la cultura estadounidense, algunas chicas charlaban a diario por teléfono con sus madres, compartían recetas de sopas, hablaban de chicos, de cómo lavar una prenda. Siempre me fascinaba ese tipo de conversación. Toda la vida había oído a mi madre teclear frases en inglés en un pequeño diccionario electrónico plateado que luego decía en voz alta la palabra en cuestión que quería aprender: «Espagueti. Ironía. Pernicioso. Massachussets». Era la quinta voz de nuestro hogar. Llama «desolorante» al desodorante. Cuando exclamaba «Jesús, María y José», durante muchísimo tiempo pensé que decía «Josemaría José», convencida de que esos eran el nombre y el apellido auténticos de Jesús. Sabía que su inglés de acento marcado podía tomarse por pobre o sencillo, pero

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ocultaba verdaderas genialidades. Siempre nos llegaban paquetes a la puerta de casa, y yo la observaba desempaquetar premios chinos de escritura y sacarlos de cajas llenas de bolitas de porespán con toda despreocupación, como si estuviera desembalando un paquete de peras del colmado. Con ella podía hablar de la muerte, del amor, de películas extranjeras y de temas universales que trascendían cualquier cultura. Pero, sobre todo, si estaba preocupada por mí, me preparaba un cuenco de tallarines más grande que mi cabeza o me ponía los dedos sobre las sienes. El estrés se desvanecía bajo las yemas de sus dedos.

Alaleh quería hacerse una idea de mi contexto vital. ¿Vivía en Palo Alto, trabajaba, qué experiencia tenía con el alcohol? Le dije que había ido a la Universidad de California, en Santa Bárbara. Noté que mi voz se ponía a la defensiva, porque sabía que la UCSB era conocida por sus juergas. Le expliqué que había bebido en la universidad, básicamente cuando me juntaba con los estudiantes de letras, gente que leía poemas subida a una escalera; en fiestas temáticas sobre David Bowie en salas de estar de casas. Salía con un chico que se llamaba Lucas. Sí, había perdido el conocimiento antes. Empecé a divagar, no sabía qué era lo que intentaba explicar. Quería que ella viera que yo era una persona normal; que bebía, sí, pero que no me gustaba que me penetraran estando inconsciente. Dijo que ella también había ido a la universidad, que me entendía.

Mi padre empezó a hacer preguntas, yo percibía su frustración abriéndose paso. Se le pone cara de preocupación y desesperación, la misma que cuando se retrasa nuestro vuelo. «Entiéndame, qué tipo de individuo, cómo pudo, es que no lo entiendo, no sería absurdo que, no puede estar diciéndome que puede llevar esto adelante». Alaleh ratificó su incredulidad: «Sin duda, es una lástima que estas cosas vayan así, sé que es difícil, por suerte tenemos muchos, es mejor esperar y ver»; pero también dejó entrever que aquello era solo el principio, que todo era impredecible. Más tarde sabría que ya había tenido un encontronazo con el abogado defensor de Brock, que le había asegurado que su cliente solo recibiría una falta por alteración del orden público. Ya se había declarado la guerra, pero yo no tenía ni idea.

Empezaba a darme cuenta de lo poco que sabía sobre aquel procedimiento, de que había aceptado a ciegas. Pensaba que podría pasarme aquella hora escondiéndome detrás de mis padres mientras ellos me protegían en aquel territorio hostil. En vez de eso, sentí que pasaba de

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las manos de mis padres a las de ella. Si seguíamos adelante, estaría sola en el estrado mientras me observaban con lupa y mi madre no podría cogerme de la mano.

Mi personalidad era ahora un recurso que necesitaba mi fiscal. Quizá los investigadores me estarían observando. Tenía una imagen que mantener, no podía ser imprudente. «Pórtate lo mejor que puedas». Empecé a darle vueltas a aquel comentario. Si seguía bebiendo, ¿alegaría la defensa que aquello no me había afectado? Si subía fotos mías sonriendo en una fiesta, ¿diría la defensa que no sufrí? Y, todavía peor, si por lo que fuera volvían a agredirme, ¿dirían que entonces obviamente el problema era mío, y no de Brock, porque me habían agredido dos veces?

Después de la reunión me quedé sentada en el coche, no tenía fuerzas para volver al trabajo. No había recibido la confirmación que esperaba de que todo desaparecería. «Ten paciencia —me había dicho ella—. Se trata de un procedimiento largo y lento. De momento intenta seguir con tu vida». Le había dicho a mi jefa que iba al médico, pero al final tuve la sensación de estar en una entrevista de trabajo en la que tenían que decidir si yo era una buena víctima: es una persona ejemplar, aguantará todo lo que está por venir, le gustará al jurado, seguirá adelante con nosotros. Salí de allí con la sensación de que me hubiesen dicho: «¡Te han dado el trabajo!», pero yo no lo quería. Quería recuperar mi vida de antes. Pero ¿dejarle escapar? No podía consentirlo. Dirían que yo había elegido denunciarlo, pero a veces sientes que no tienes otra elección.

Alaleh había solicitado el mensaje de voz del teléfono de Lucas, pero yo le había pedido si podía esperar; iba a venir a verme en una semana y quería contárselo todo en persona. Tenían mucho empeño en recabar todas las pruebas, mientras que yo quería que mi vida siguiera intacta.

Conduje hasta el aeropuerto para recibirle allí y sentí que algo se me encendía en el pecho cuando vi su cabeza entre la multitud. Fuimos en coche a comprar cosas para picar aquella tarde. Cuando aparcamos y salimos del coche, lo abracé sin que me viera la cara. Pensó que era un abrazo de bienvenida y se puso a sopesar en voz alta qué tentempiés podíamos comprar, mientras las lágrimas se me escapaban de los ojos y fluían pulcras en un canal que me llegaba hasta las comisuras de los labios; un sistema hidráulico que yo había perfeccionado. Había estado viviendo con dos tazas llenas de agua hasta el borde detrás de cada ojo y me había acostumbrado a que se produjera algún que otro derramamiento

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cada cierto tiempo. Me sequé la cara y voté por comprar gusanitos de gominola.

No me había dado cuenta de lo mucho que ansiaba fundirme en un abrazo con otra persona. Cuando pensamos en parejas que encajan, puede que imaginemos a un hombre que se introduce en el cuerpo de una mujer, pero hay muchos otros modos de encajar que pasamos por alto. Por ejemplo, el hecho de que las orejas sean tan finas como la cartulina y me permitan apretar la cara contra su pecho. Los dedos pueden entrelazarse sin que acaben enredados. Una mano puede convertirse en la sillita de una barbilla. Estamos diseñados para flexionarnos y doblarnos, para consolarnos a nosotros mismos y también a los demás. Tenemos tantas partes pequeñas que requieren de atención. Tras la agresión, sentía la necesidad de que me tocaran, pero no quería ni oír hablar de «invadir», «inyectar», «insertar», «dentro de»; solo quería la intimidad de estar envuelta, segura, en algo.

Aquella noche, tumbados de lado, con sus rodillas perfectamente dobladas contra las mías, decidí que era muy probable que pudiera perderle. Solo llevábamos saliendo unos meses, y recordé que mi padre decía que en toda relación hay un momento de desilusión; la aparición del primer obstáculo, cuando decides superarlo o seguir caminos separados. Ahora aquel follón público y terrible se cernía sobre mí. Dejaría la puerta abierta por si quería renunciar a esa pesadilla.

Yo seguía tanteando cómo amar y ser amada. Si me preguntas cómo fue mi experiencia con los chicos en el instituto, te hablaría de la vez en que le pedí a un chaval que fuera conmigo a un baile, para lo cual dejé un rastro de papel higiénico por todo el instituto que llevaba hasta mí. Yo lo esperaba con una ficha en la mano que decía: «Si tienes que ir al baile, ¡ve conmigo!».

Antes de conocer a Lucas, había tenido una relación larga y seria: el último año del instituto me fijé en un chico, medio japonés, de mirada amable, inteligente, con la espalda ancha. Lo único que sabía era que, en las competiciones de atletismo, verlo arquear la espalda en el salto de altura me daba mareos. Antes de la graduación, todos los estudiantes de último curso se saltaban las clases y bajaban por un escarpado acantilado que llevaba a un recodo arenoso para llegar a un poblado efímero de

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tiendas multicolor donde todos bebían, encendían hogueras y se quedaban dormidos llegada la medianoche. A los diecisiete todavía no había probado el alcohol o el tabaco ni tampoco había besado a nadie. Este chico y yo estábamos sobrios, sentados en un leño frente a las oscuras aguas mientras el mundo dormía a nuestras espaldas. Hablamos hasta el amanecer. Cuando mis soñolientos amigos emergieron de sus tiendas de campaña, susurraron: «¿Qué ha pasado entre vosotros? ¿Qué hicisteis?». Yo me encogí de hombros y contesté: «Nada». La decepción se dibujó en su rostro. «¿Cómo que nada?». Pero aquella nada a mí me lo parecía todo. Nos dimos mi/su/nuestro primer beso en el camino de entrada a casa en mi dieciocho cumpleaños. Preparé unos pormenorizados mapas de la vida en los que me remontaba a todo lo que había sucedido en el pasado para que acabáramos en el mismo instituto en el mismo momento y así intentar comprender cómo el universo había fabricado a un humano perfecto y después me lo había dado a mí.

Fuimos a universidades en costas opuestas: la mía cerca de la playa, la suya al lado de la nieve. Le escribía notas a mi profesor para decirle que mi «primo» se «casaba» y me subía a aviones para ir a verle. Llamaba a estas escapadas «lunas de miel con deberes». Él tenía un pez por mascota que apenas podía abrir la mandíbula y al que alimentaba cortando cada gránulo con la uña. Así era de cuidadoso y atento. Durante los tres años y medio siguientes crecí sintiéndome protegida, a salvo, segura de mí misma, durmiendo en su habitación, con el repiqueteo metálico de las cálidas cañerías como telón de fondo. Hacia el final de la universidad, algo falló. Nuestra relación se convirtió en una torre Jenga de la que, una por una, empezamos a sacar las piezas, así que la estructura se fue debilitando cada vez más. Justo después de graduarme hubo un tiroteo en la universidad, con charcos de sangre roja; ese mismo fin de semana él estaba en un barco, surcando un esplendoroso lago azul. Aprendí que la línea divisoria entre la violencia más inimaginable y la vida cotidiana era tan fina como el papel. Fuimos arrojados a universos distintos; el mío de repente era oscuro y el suyo, claro. Nos peleábamos o, mejor dicho, yo le gritaba al teléfono mientras él enmudecía más y más. Cuando llegamos a casa, Palo Alto, después de graduarnos, la torre se desplomó y las piezas salieron disparadas en todas direcciones.

Había oído hablar del desamor en las canciones, claro, pero hostia puta, joder. Debería existir un nombre para ese sentimiento. La verdad es

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que te deja sin respiración. ¿Cómo existir sin esa persona? En su refugio yo era valiente, amada. Salí de él soltera, con veintidós años, inocente y hambrienta. El espacio que me había dejado era inmenso y me juré que lo llenaría.

Recuerdo que la gente siempre me decía que «hay más peces en el mar», y que yo les respondía: «Sí, no te jode, porque allí es donde viven». Pero él había sido una especie extraña de pez león y yo lo había perdido. ¿Qué haces cuando pierdes a alguien, o cuando alguien elige perderte? Yo estuve con anchoas, indigestas lubinas y pretenciosos peces ángel para reemplazarlo. El sexo siempre había sido algo tierno, sagrado, monógamo. Sin embargo, aquel verano aprendí que podía ser escurridizo, flexible, arrugado. Algo con lo que no sientes nada. Algo rápido como un abrir y cerrar de ojos. Algo espantosamente aburrido. Un aquí te pillo, aquí te mato. Como mujer joven que acababa de salir al mundo, me di cuenta de que tenía un poder. O por lo menos eso creía yo mientras dejaba que los peces me consumieran, me tragaran entera.

Aquel verano jamás hablé del tiroteo ni de perderle. Encontré trabajo en un restaurante chino, donde aprendí a meter el arroz en envases para llevar por diez dólares la hora. Mi bebida favorita era el azulísimo cóctel AMF, abreviación de Adiós Mother Fucker’. Yo decía «adiós» y, a la mañana siguiente, mi amiga me decía que había estado llorando tan desconsoladamente que la había asustado, que me había quedado sentada en el borde de la bañera, balanceándome hacia delante y hacia atrás, hablando sola: «Tranquila, Chanel, todo irá bien, todo se arreglará». Pero esto no lo recordaba nunca. Fingía que beber era sinónimo de pasarlo bien, pero ahora sé que era una especie de rendición triste. Era incapaz de procesar la nueva realidad que me era dada, no podía soportar los sentimientos que tenía en mi interior y creía que valía muy poco. Bebía para apagar la luz, para crear un pequeño reducto de muerte. Era como meter un dedo del pie en el agua y sacarlo enseguida con la promesa de despertar.

Pero me acabé hartando. Ya estaba cansada de aborrecerme a mí misma de tanto lanzarme a aquel mar revuelto. Cuando al fin conseguí un nuevo empleo, supe lo que era la estabilidad. Me encantaba mi nueva oficina, la luz natural, los aviones que planeaban cerca de mi ventana. Me dieron un portátil de trabajo que era delgado como una hoja de papel y tan sofisticado que por fuerza significaba que yo valía algo. Empecé a pasar

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tiempo en casa. Tenía citas conmigo misma, me acercaba en coche a Bernal Hill y me tumbaba en la curva de césped para leer durante horas, dibujaba gorilas en el zoo, me iba al cine sola. Cuando el deprimente verano en que ahogué mis penas en alcohol llegó a su fin, empezaba a creer que ser una adulta y estar sola quizá no iba a estar mal del todo.

Un viernes por la noche, bastante tarde, me despertó la llamada de una amiga. Estaba en un bar, un tío la estaba molestando, me decía si podía ir y acompañarla. Llegué, espanté al tipo y, de repente, entró en tromba un grupo que celebraba una boda. Los amigos del novio iban vestidos con trajes grises y calcetines a rayas y seguían a la novia, que bailaba sin parar. Uno se acercó a mí. Se llamaba Lucas.

Se había criado cerca de Palo Alto y en aquel momento vivía en Filadelfia porque iba a empezar su primer curso en la escuela de negocios de Wharton. Era alto, delgado, se reía con facilidad y era unos años mayor que yo. Tenía experiencia en cosas que yo no: español, rugby, matemáticas, seguridad en uno mismo. Había estudiado la secundaria en Japón, sabía qué textura tenían las alpacas del Perú, había estado en todos los rincones de nuestro pequeño planeta azul. ¡Palo Alto no era más que un puntito! Supe que había ganado un concurso de saltar en plancha en el instituto, que en quinto de primaria llevaba mechas. Me invitó a cenar la noche antes de que saliera su vuelo de regreso a Filadelfia.

A los pocos meses empezamos a salir, me acababa de despertar de la siesta cuando me dijo «te quiero» de repente, con la misma naturalidad que si me dijera: «Está lloviendo». La tarde había sido tranquila, habíamos tomado té con leche y tartaletas de crema en Chinatown, me había comprado un anillo turquesa de un puesto callejero. Me pregunté en qué momento de aquel día cualquiera se había dado cuenta. Sonreí, pero le dije que estaba pirado. Dijo «te quiero» como si fuera algo emocionante, cuando yo sabía que podía causar un dolor terrible. Sin embargo, a Lucas pareció no importarle, mantuvo la calma, fue paciente y yo me di cuenta de que no era un pez más.

En diciembre de 2014 me pidió que lo fuera a visitar a Filadelfia. Cuando llegué, me había comprado unas cartulinas blancas enormes para que dibujara en ellas y el congelador estaba bien surtido de helado. Todavía no sabía cómo definir nuestra relación, solo que cuando lo conocí, en el fondo de pantalla de su móvil tenía una imagen del Machu Picchu y que ahora era una foto mía en la que yo sonreía llevando puesta su

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voluminosa chaqueta marrón de esquí; una patata feliz fascinada por la nieve.

En enero de 2015, mi hermana iba a venir de visita a casa. Iríamos a una fiesta, donde me encontrarían más tarde inconsciente en el suelo. Adelantémonos unas semanas y aquí está, en Palo Alto, sentado en mi escritorio trabajando, con el sol colándose entre las lamas de mi persiana mientras yo estoy tumbada en la cama. Quizá el universo me lo había dejado en préstamo para mostrarme que era posible amar de nuevo, y ahora se lo volvería a llevar y dejaría que lidiara sola con aquella nueva erupción. A los veintidós empezaba a preguntarme si ser adulto consistía en encadenar una pérdida tras otra hasta el infinito. ¿Qué ventajas tenía hacerse mayor? ¿Cómo te las apañas para sentir emociones tan intensas durante toda la vida? Veía el día tan bonito que hacía afuera y lo escuchaba teclear y no quería decírselo. Quería quedarme sentada en mi habitación, bañada por la luz del sol, y disfrutar de la tarde con el hombre que estaba sentado en mi escritorio. Quería ese momento. Atraparlo, devorarlo, vivir en él eternamente. Y, sin embargo, estaba a punto de arruinarlo.

—¿Todavía guardas aquel mensaje de voz?

Dejó de escribir y me miró.

—¿Por qué? —preguntó.

—Solo quería escucharlo —le dije.

Siguió mirándome. Su móvil aterrizó en mis sábanas. Me envolví en ellas y me tapé la cara mientras lo escuchaba por primera vez. Las transcripciones lo registraron así:

«MENSAJE DE VOZ DE CHANEL A SU NOVIO EL 18|01|15 A LAS 3:39:34 de la mañana (EST): Hola. Mm (inaudible) puto (inaudible). Hola, (inaudible), tu móvil. Pero de t… todos los tíos que hay (inaudible) y eso, y el que m… más me gusta eres tú. (Inaudible). O sea que (inaudible), uh… uh. Uh. (Risas). Eres un, un tontín y lo sabes. Aunque trabajas muchísimo, en verano te recompensaré. Si trabajas veinticuatro horas al día, veinticuatro de treinta… huy, cuántas horas al día, pero si trabajas muchas horas como si no, tú ya sabes. Qué gracioso lo que digo. Me gustas. Me gustas m… mucho y solo quiero, solo quiero decírtelo. (Risas). Vale, chaoooo. Me, me gustas mucho mucho más de lo que tú piensas en mí. Vale, uh, adiós (inaudible)».

Era imposible distinguir las palabras, mi voz se deslizaba como la mantequilla en una sartén caliente, arrastrándolas unas con otras.

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Cualquiera que hubiera hablado conmigo habría sabido al momento que yo estaba incapacitada. Además, el mensaje respaldaba mi verdad más verdadera: que incluso con la mente abotargada, a quien yo quería era a Lucas, y que le había llamado para dejarle un mensaje de amor chapucero. Le di las gracias a la Chanel aturdida. Pero después noté las miradas clavadas en mí: empezar un mensaje diciendo «puto» diría mucho de mi personalidad. La defensa podría utilizarlo para decir que yo era vulgar, malhablada. Si quería ser una buena víctima tendría que lavarme la boca con jabón. Había tantas normas nuevas a las que ceñirse…

Alcé la vista, Lucas me estaba mirando.

—¿Qué pasa? —me preguntó.

Me encogí de hombros.

—Nada —le dije.

Me asustaba que me mirara con tanta intensidad. Vi que empezaba a unir los puntos en su cabeza, que cerraba el ordenador y se subía a la cama. Nos quedamos sentados, envueltos en una masa de silencio.

—¿Te violaron?

Que lo dijera en voz alta, de un modo tan brusco, me impresionó. Eran palabras demasiado fuertes. Negué con la cabeza.

—No me acuerdo.

Se recostó en los almohadones, sin desviar la mirada del frente, fija en algún punto distante.

—Qué pasó —me preguntó.

—Nada —le respondí.

—Eso no es nada —me dijo.

—Bueno, dos chicos lo detuvieron —dije—. Creen que solo me metió los dedos. Yo no me acuerdo, pero se ve que el tipo se escapó. Lo pillaron.

Seguía sin saber cómo contar mi historia. Sonreí. Cuán escalofriante debía resultar mi sonrisa. Cuántas ganas tenía de aparentar indiferencia.

—Lo sabía —dijo—. Lo sabía. Tenía un mal presentimiento. Debería haber seguido hablando por teléfono contigo. Estabas sola, debería haber seguido hablando por teléfono contigo, no sabía qué hacer.

Negué con la cabeza, no fue por eso por lo que pasó. Al verlo digerir aquella información quise desaparecer. Se quedó en silencio mucho rato.

—No voy a permitir que te pase nada malo —dijo.

Era imposible, pero en aquel momento me permití creérmelo. Apoyé la cabeza en su pecho y él siguió con la mirada fija al frente. Nos quedamos

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así, acurrucados, durante horas mientras transcurría aquella tranquila tarde en la que un sol ardiente brillaba fuera, sin nosotros, privados de aquel día.

Podría haberse marchado, haber decidido que todo aquello era demasiado para él. Sin embargo, avanzó directo y se situó junto al dolor, plantándose allí. «Pase lo que pase, estoy aquí». Más adelante me diría que leyó los atestados policiales en el vuelo de regreso a Filadelfia, que sintió náuseas, que se desabrochó el cinturón de seguridad y esquivó a la gente que había en el pasillo para vomitar en el minúsculo lavamanos. Pensé en él en aquel pequeño aseo de puerta de acordeón, en la cola de pasajeros que esperaban fuera mientras Lucas expulsaba imágenes de mi cuerpo fuera de él. Amar a alguien duele.

Hace poco le pregunté sobre todo esto, después de haber escrito la caótica cronología de cómo nos conocimos, de todo lo que siguió. Le dije: «¿Por qué seguías queriendo salir conmigo, con todo lo que estaba pasando?». Él me respondió: «Por ti». Yo me puse a la defensiva. «Ya, claro. Pero ¿y qué hay de la agresión, la borrachera, todo eso?». Y él dijo: «¿Y qué hay de que me gustases tal y como eres?».

A finales de febrero me llamaron para que acudiera a la comisaría de policía antes de ir a trabajar. El detective Kim me dijo que el propósito de aquella cita era «profundizar en la relación». Dejé el coche en el aparcamiento, con la neblina todavía enganchada en los eucaliptos, y me llevaron a la misma salita de paredes del color del puré de champiñones. La grabadora negra estaba sobre la mesa. Había aprendido a contemplar aquel objeto con suspicacia. Me preguntaron el nombre y apellidos de Lucas, cuánto tiempo llevábamos juntos, en qué momento la relación se volvió más seria y fue más allá de charlar, comunicarnos por FaceTime, correos electrónicos o mensajes de texto, si habíamos tenido relaciones íntimas, si era una relación exclusiva, de dónde era, cómo nos habíamos conocido, cada cuánto hablábamos, cuándo lo había visto por última vez antes de la agresión, si lo había visto desde entonces. Después me preguntaron sobre mis sentimientos hacia él.

Mi respuesta a todas aquellas preguntas era «Brock Turner me metió los dedos mientras yo estaba inconsciente». Sin embargo me esforcé e intenté establecer la cronología exacta de nuestra relación; la frecuencia de visitas, el intercambio de «te quieras», el momento en que le presenté a

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mis padres. Habíamos ido a patinar sobre hielo a Union Square, ¿probaba eso que éramos una pareja? No lo sabía. Me cohibía no acertar con alguna respuesta, que fueran insuficientes. ¿Qué era importante? ¿Qué no lo era? ¿A quién le correspondía juzgarlo? Hasta entonces jamás se me había pasado por la cabeza cómo presentar el amor como una prueba. Nunca había tomado nota del ritmo ni de la evolución precisa de nuestra relación. Simplemente la había vivido tal y como se iba desarrollando. Viviéndola, como hace la gente.

Pregunté si aquella información se mencionaría en un juicio y si me interrogarían al respecto. Si Lucas tendría que testificar, si compararían nuestras respuestas. Le pregunté incluso si habría juicio. Me dijo que aquello «quedaba fuera de su competencia, que todavía era muy pronto para empezar a hablar en serio de todo aquello». Sin embargo, predijo que con las nuevas pruebas con las que contábamos, Brock querría empezar a dejar de ser el centro de atención para empezar a reconstruir su vida en privado. «Eso es lo que yo haría si fuera él». Aquella respuesta me consoló.

Me acompañó de vuelta al coche, me dijo que se alegraba de ver que estaba mejor. Me acordé de la mañana en que me conoció y me saludó con una inclinación de cabeza. La neblina se había disipado, brillaba el sol, llegaba tarde al trabajo. Me caía bien el detective Kim, me sentía segura en su compañía, parecía sinceramente pesaroso por tener que recabar fragmentos de mi vida. También me gustaba hablar de Lucas, podía pasarme hablando de él todo el rato que el detective quisiera.

Ya sentada en el coche con las llaves en la mano, sin embargo, me di cuenta de que Lucas era una parte maravillosa de mi vida ajena a todo aquel lío y que ahora iban a reclamar su presencia para que desempeñara un papel crucial en él. Todas mis pequeñas historias, mis momentos privados e íntimos iban a ser mecanografiados y enviados al abogado defensor de Brock, y estarían al alcance de cualquier periodista que quisiera leerlos, desprovistos de ternura, reformulados. En aquel momento ya quise que me devolvieran todo lo que les había dicho; quería llevarme cada una de aquellas palabras a casa, conmigo. El límite que separaba lo mío de lo suyo empezaba a difuminarse.

Daba gracias por tener a Lucas. Pero me molestaba que tener novio y que te agredieran fueran dos hechos que tuvieran que relacionarse. Era como si yo, por mí misma, no bastara. En el hospital jamás se me pasó por

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la cabeza que estar saliendo con alguien fuera importante; en aquel momento solo pensaba en mí y en mi cuerpo. Debería haber bastado con decir: «No quería que un extraño me tocara». Me resultaba extraño decir: «Tengo novio y, por eso, no quería que Brock me tocara». ¿Y qué pasa si te agreden y no eres propiedad de ningún varón? ¿Acaso tener novio era el único modo de que respetaran tu autonomía? Más tarde me toparía con comentarios que sugerían que había dicho que me habían violado porque me daba vergüenza admitir que le había puesto los cuernos a mi novio. Por alguna razón, la víctima nunca gana.

¿Y qué habría pasado si me hubieran agredido el verano anterior, justo después de una relación fallida? ¿Qué tipo de preguntas me habría hecho el detective? «¿Mi vida amorosa? Bueno, sí, me fui a cenar a un etíope con un chico el martes pero me acosté con otro distinto el domingo, con el que nunca he tenido una cita, pero que llevaba unos calcetines muy chulos esa noche. Sí, me llevé a casa a un tío que tiene un tatuaje de una paloma decapitada; todavía me manda mensajes a las dos de la mañana. Sí, pedí cuatro cubatas de vodka con lima; sí, todos eran para mí». ¿Tendría algo de credibilidad? ¿Pondrían mi vida privada al alcance de todos para que vieran que era demasiado ligera de cascos, que llevaba una vida inmoral? Nunca habría tenido la oportunidad de explicar que todas ellas fueron elecciones mías, sí, pero unas elecciones que tomé durante un periodo de tristeza y baja autoestima. Cada persona tiene un modo distinto de afrontar las malas rachas, de automedicarse. Negar mi desbarajuste vital sería negar mi humanidad. No creo que haya nada parecido a un pasado perfecto o a una víctima perfecta. No obstante, en aquel momento sentía que se me aplicaba un estándar imposible de pureza y que, de no cumplir con él, aquello justificaría que Brock me violara. Su abogado simplificaría, generalizaría y encuadraría mal mi historia.

En otras ocasiones en que había tenido lagunas por el alcohol, había sido responsable de hacer el tonto. Pero despertarte con una bolsa del McDonalds vacía y migas en el pecho es muy distinto a hacerlo con sangre seca en el cuerpo y sin algunas prendas de ropa. En la oscuridad de esa pérdida de conocimiento hay una diferencia fundamental. La violación requiere hacerle daño a alguien. El momento en que fui arrastrada violentamente a su historia, la mía se detuvo. Cuando al fin me libré de sus garras, o mejor dicho cuando sus garras salieron de mi interior, pude

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regresar a mi vida. Pero fue durante esa breve apropiación, ese momento en el que tomó las riendas, en que yo lo perdí todo.

Cada vez llegaba más y más tarde al trabajo, y a veces aparecía a mediodía sin dar ninguna explicación. ¿Cómo se las arreglaban las otras víctimas para lidiar con este vaivén entre mundos, con esta rotación de yoes? Es imposible maravillarte con las fotos de Maui de tu compañera de oficina por la mañana y después esfumarte a mediodía para batallar contra tu violador. Se hacía necesario tener dos modos de ser completamente diferentes; reglas, jefes, sentimientos distintos. Si aquello seguía así, no sería capaz de ir y volver, pero todavía no estaba preparada para dejar mi trabajo y renunciar a mi vida. Recé para que él se rindiera antes.

Cada vez que recibía una llamada de un número desconocido, notaba que el calor se me agolpaba en la cabeza. Tenía miedo de que fuesen investigadores que me hubieran encontrado y quisieran espiarme. Pasaron los meses. No se lo había contado a ningún amigo. Cada correo electrónico sobre el caso me provocaba una oleada de estrés; no me distraía, sino que me ofuscaba por completo. Me olvidaba de lo que estaba haciendo, afectaba a mi estado de ánimo durante el resto del día.

Llegó la factura del hospital, por poco no llegaba a los mil dólares. Mi padre me llamó para que fuera al salón y me preguntó si sabía algo sobre su reembolso. Mencioné la indemnización, le dije que Brock se vería obligado a pagarla por orden judicial, pero solo cuando hubiera acabado todo. Nos devolverían el dinero, se lo prometía. Pero me preguntaba cuántos gastos más se irían acumulando. Aprendí que ser agredida resultaba caro.

En casa apareció otra carta estampada con el sello del tribunal del condado de Santa Clara. En ella se me preguntaba si quería que Brock se sometiera al análisis del VIH y adjuntaba un formulario para que lo rellenara. No sabía qué contestar, ¿se suponía que debía decir que sí? ¿Se enfadaría conmigo? ¿Sabría que lo habría pedido yo? ¿No podéis hacer todo esto sin preguntármelo? Nunca contesté. Cuando vino una amiga a casa, quité rápidamente la carta del escritorio. Mi modo de abordar la situación consistía sencillamente en no afrontarla, en tirar las cartas que llegaban, en no querer saber nada más de aquel procedimiento.

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Mi kit de violación todavía no había sido analizado en el laboratorio de la policía científica. Me dijeron que se expediría rápido por la presión de los medios de comunicación, pero pasaban los meses y yo seguía esperando. Supuse que tendría algo que ver con la lentitud con que se obtenían los resultados, con algún rollo científico del ADN que a mí se me escapaba por completo. Pero me dijeron que se debía a que tenían muchos kits acumulados. Había cientos en cola antes que el mío; algunos llevaban tanto tiempo pendientes de análisis que se enmohecían, otros tenían que desecharse, los más afortunados acababan metidos en una nevera. Me sentí mal de repente. ¿Cómo podía ser? No hablábamos de fruta que se estuviera pudriendo, sino de pequeños fragmentos de nosotras en cada uno de ellos, de una historia imprescindible. Aquello también significaba que en mi barrio había una población entera de víctimas, ocultas bajo el disfraz de una vida cotidiana, que iban a trabajar, se servían un poco más de café y tenían los ojos abiertos de par en par por las noches, esperando.

La mayoría de las noches evitaba ir directa a casa después de trabajar por temor a que me hicieran preguntas tan sencillas como «qué tal te ha ido el día». En vez de eso aparcaba el coche en el centro y paseaba por la callecita de árboles iluminados de University Avenue, hallando consuelo en los demás al tiempo que estaba sola. Una noche pasé por delante de un dispensador de periódicos metálico y vi el nombre de Brock en el margen superior derecho. Saqué un periódico y me fui hacia el coche a toda prisa. Le di a la luz, pasé las páginas y encontré un artículo de opinión escrito por una alumna de Stanford. Ella se preguntaba por qué se había hecho tanto hincapié en el consumo de alcohol de la víctima y por qué se había criticado tanto ese aspecto en el caso Turner. Oí el suave plic, plic del agua sobre el papel a medida que las lágrimas me rodaban por la mejilla. La chica preguntaba, contraatacaba, me ofrecía su mano en un intento por aligerar la pesada carga que me había tocado llevar. Doblé el periódico en cuatro mitades y me lo metí en el bolso para guardarlo a buen recaudo.

Cada vez que volvía tarde a casa, mi madre me enviaba mensajes. «Mamá no puede dormir hasta que no estás en casa». Aquello era nuevo. En mi adolescencia jamás tuve un toque de queda. Ahora mis padres me preguntaban dónde estaba, cómo estaba, con quién estaba, cuándo iba a volver a casa. Los límites de mi vida adulta empezaban a empequeñecerse.

Un día recibí una llamada en el trabajo: no habían encontrado semen. Noté que un pequeño nudo se me deshacía en el pecho; me había quitado

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un pene de encima. «¡Gracias! —respondí, con mis compañeros de oficina a muy poca distancia. Que tengas muy buen día tú también». Como no había penetración peniana, las cinco acusaciones de delito grave se reducirían a tres y las de violación se desestimarían, mientras que las acusaciones de agresión sexual se mantendrían. Me desanimé rápidamente al darme cuenta de la impresión que esto causaría en los medios. La gente diría: «¿Lo ves? Se equivocaban. Y pronto retirarán las demás acusaciones. ¿Cómo puede ser que la víctima no tenga que responder por el delito de falsa acusación? La fiscal se la tiene jurada. Es una pena que la reputación del chico ya haya quedado manchada para siempre. Me enferma ver cómo alguien inocente acaba convertido en un cabeza de turco. ¿Cuándo piensa pedirle perdón ella?».

La vista quedó fijada para el 8 de junio de 2015. La vista previa consistiría en una especie de minijuicio sin jurado en el que se determinaría si había suficientes pruebas como para que mereciera celebrarse un juicio completo. Tiffany se perdería la semana de exámenes finales, así que tendría que hacerlos antes. Pensaba decirles a sus profesores que se trataba de un «asunto familiar», pero en tres de las seis ocasiones en que lo había comunicado se había derrumbado y el profesor había acabado abrazándola, mirándola de hito en hito o dándole unas palmaditas. «He pasado mucha vergüenza —me dijo—. Estoy cansada». Yo tenía que contárselo a mi jefa para poder pedirme unos días libres. La admiraba muchísimo; aun así, estaba nerviosa. A partir de entonces me vería de otro modo; era consciente de todo lo que habían dicho de mí en los comentarios de internet: descuidada, irresponsable, imprudente.

Estaba sentada enfrente de ella en una sala de paredes acristaladas y no sabía por dónde empezar. «¿Has leído lo de la agresión del nadador de Stanford…? Era yo». Entreabrió la boca ligeramente. Cada vez que lo explicaba, solo era capaz de decir entre ocho y doce palabras antes de que las paredes de la garganta empezaran a dolerme. Bajé la mirada hacia la mesa, los ojos me ardían. Me hizo algunas preguntas con tono amable, pero yo no hacía más que negar con la cabeza y aguantar la respiración hasta que su voz se desvaneció. Esperaba que pasara algo, que habláramos tal vez de la planificación. Pero cuando levanté la vista vi que una lágrima le resbalaba por la mejilla. Sentí una pequeña conmoción: algo dentro de mí despertó y se calmó. No me había metido en un lío. No era una idiota. La situación era triste, ella estaba triste. Me quedé sorprendida.

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El 5 de mayo Alaleh nos informó de que tendríamos que reprogramar la vista por falta de disponibilidad del abogado defensor. Las fechas alternativas se extendían hasta septiembre. No sabía que aquello podía pasar. Mi empresa era pequeña, ¿cómo iba a explicar mis extrañas ausencias? Todo el mundo creía que iba a tomarme unos días libres en junio, pero ahora tendría que decirles que me iría en julio, agosto o septiembre. Tiffany también tendría que informar de ello a una nueva serie de profesores durante el trimestre de otoño. «Estaré en contacto para informarte de la siguiente fecha de citación —dijo Alaleh—. Si pasa cualquier cosa, no dudes en llamarme». Más adelante descubriríamos que la vista caería todavía más tarde. Era parte de la locura del sistema, la ilusión de una estructura, los planes que nunca se cumplían.

¿Cuánto tiempo iba a tener que vivir aquella doble vida y fingir que todo iba estupendamente? Iba muy atrasada en el trabajo, se me amontonaban las tareas en el escritorio. No lograba ponerme al día y tampoco era capaz de mirar aquella montaña de documentos. Había días en que fijaba la vista en la pantalla y no hacía nada más. Cada mañana me costaba más que las extremidades me respondieran. Imagina un esqueleto que se va colocando los órganos en su huesudo cascarón, se sella la piel y sale tan campante al mundo con un «¡Hola! Todo va de maravilla, gracias. ¿Y tú cómo estás? Lo tendré listo al final del día. ¡Sí! Qué gracioso, jaja, adiós». Un cuerpo que logra resistir unido hasta que llega a casa y se cae a pedazos que salen rodando hacia los rincones.

Mi casa ya no era mi casa. Mi casa era el infierno, escapar del juzgado y de los tentáculos del campus de Stanford. Me sentía ridícula teniéndoles miedo a lugares que objetivamente sabía que eran seguros. Me resultaba imposible no leer los comentarios que se publicaban en internet. A esas alturas hacía oídos sordos a los bienintencionados, mientras que los crueles resonaban más que nunca. Siempre me repetía que no leería ninguno más. Bueno, quizá uno o dos. Pero se arrastraban uno tras otro como hormigas; de repente aparecía una, luego de repente veía una fila y al final acababan todas dentro de mis cuencos, de mis cajas y de las cucharas que había dejado sin guardar. Era un hervidero de puntitos sin rostro que avanzaba incesante, sutil, recordándome en todo momento que jamás podría eliminarlos. Yo y todas esas hormigas.

Lucas estaba a punto de mudarse a Los Ángeles para hacer las prácticas de verano de su máster en Administración de Empresas. Me dijo

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si me apetecía mudarme con él. Pensé en correr por la arena de Venice Beach, en cenar ramen a altas horas de la noche. Sin embargo, necesitaba demostrar que era capaz de encontrar mi propio camino.

En nuestra sala de estar hay un retrato enmarcado por mi madre del poeta Pablo Neruda, a quien siempre tomé por mi bisabuelo. ¿Por qué si no íbamos a tener la foto de un viejo colgada en la pared? Durante toda la vida, el arte y la escritura han sido mi tierra firme. La abuela Ann siempre decía que había nacido con un lápiz en la mano. Dibujo cuando estoy rabiosa, cuando estoy aburrida, cuando estoy triste. Mis padres me dejan que dibuje directamente en la pared y allí pinto luchadores de sumo que salen arrastrándose de chimeneas, berenjenas de largos brazos. En los exámenes de física, cuando me quedaba en blanco, dibujaba a un hombre encogiéndose de brazos que decía: «simplemente, no lo sé» y empleaba el tiempo de la prueba para sombrearle las ojeras. En la universidad llené las estanterías con Rumi, Woolf, Didion, Wendell Berry, Mary Oliver, Banana Yoshimoto, Miranda July, Changrae Lee, Carlos Bulosan. Dormía en la biblioteca. Aprendí grabado, me pasé noches enteras en la sala de impresión tallando bloques de linóleo, entintando los cilindros, manchándome el delantal, viendo despuntar el sol. Cuando escribía, cuando dibujaba, el mundo se ralentizaba y yo olvidaba todo lo que existía más allá de aquello.

De pequeñas, mamá nos abandonaba durante semanas para participar en residencias de escritura. Lo recuerdo vivamente porque mi padre nos ponía para comer guisantes de lata, pollo y arroz un día y otro y otro, mientras esperábamos a que ella volviera a casa. Al fin mi padre cogía el coche e íbamos por colinas desconocidas hasta llegar a la inauguración de una galería en un bosque, donde los adultos llevaban ropas vaporosas y pintalabios y había para picar crackers con esas bolitas de pescado naranja fluorescente que me provocaban arcadas. Mi madre nos explicaba que se pasaba la mañana escribiendo y por la tarde salía a caminar, con las garrapatas enganchadas en los calcetines, y yo me preguntaba cómo podía abandonarnos por unos insectos chupasangres y un poco de caviar. Una vez le pregunté por qué se había marchado y ella me respondió: «Porque quiero ser quien soy». Era bastante imposible rebatírselo.

En Palo Alto empezaba a sentir con fuerza que no encajaba en mis antiguos patrones, en quién era yo o en quién pensaba que llegaría a ser. Quería un espacio en el que pudiera crear, un rincón del mundo en el que

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desaparecer. Elegí el estado más pequeño de todos, lo más lejos posible de California, para vivir con gente a la que no conocía de antes. El curso de escritura de libros para niños estaba lleno, pero no pasaba nada. Dejaría mi trabajo en verano para inscribirme en un taller de grabado, «De la luz a la tinta», a casi cinco mil kilómetros de distancia, en la Escuela de Diseño de Rhode Island. La mujer que me atendió en la oficina de admisiones se llamaba Joy, igual que la enfermera. Me pareció una buena señal. Mis padres me preguntaron lo de siempre: «y la seguridad, lo has pensado bien, qué harás cuando vuelvas», pero lo comprendieron. Por aquel entonces tenía ahorros suficientes para pagar la matrícula, el alquiler y el vuelo. Asumí que el juicio habría acabado a finales de año y que los ahorros me durarían hasta entonces. Cuando hube escrito mi nombre en el formulario de solicitud de la escuela, firmado el cheque y sellado el sobre amarillo oscuro, me tumbé en la alfombra, abrumada. Mi padre asomó la cabeza por la puerta para ver qué tal estaba y yo le dije: «Estoy felicísima».

Antes de marcharme, había una persona a la que quería explicárselo. Claire, una amiga íntima de piel pecosa con un pendiente minúsculo en la nariz que estaba a punto de mudarse a Francia para trabajar de au pair durante un año. Nos habíamos pasado sus últimas semanas aquí sentadas en su coche, comiendo helado y escuchando cintas de casete francesas. Siempre estaba esperando el momento oportuno para decírselo, pero quizá jamás llegaría; lo único que sabía era que se me acababa el tiempo y que tendría que contárselo entonces. A ella le había pasado algo parecido cuando solo tenía dieciocho años, había llamado a la policía y había entregado el kit de violación, pero incluso después de hacer todo lo que se les indica a las víctimas que hagan, le dijeron que no era suficiente para seguir adelante. Se lo conté en mi habitación. De inmediato se inclinó hacia mí y me rodeó con los brazos, y extrañamente no tuve que decir mucho más. Lo entendió. Se apartó, me miró directamente a los ojos y me dijo: «Esta es tu oportunidad».

Durante meses aquel caso me había parecido una carga que me habían colocado encima y de la que deseaba liberarme. Estaba frustrada, pensaba: «Por qué tengo que hacer esto, no tengo tiempo». Pero a sus ojos aquello era una oportunidad. Era lo que había intentado hacer cuatro años antes, solo para toparse con un muro de impaciencia y apatía, solo para acabar exhausta y descartada por la autoridad, hasta que no le quedó otra opción que marcharse, que obligarse a olvidar. Hubo un momento en que intentó

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con todas sus fuerzas llegar a la posición en que yo me encontraba ahora. En cierta forma, yo había reabierto el camino para seguir adelante. «Tú serás quien lo consiga». Y pensé en ella con dieciocho años, pensé en lo que le había hecho aquel tío y comprendí lo que debía hacer, entonces comprendí lo que significaba.

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Mi nuevo hogar era una pequeña habitación amarilla en una casa verde oscura que compartía con una ilustradora y una pintora; la bailarina que había alquilado su cama estaría fuera todo el verano. Estaba en el lado oeste de Providence; cuatrocientos dólares al mes por un jardín grande y un gato llamado Elvis. La bailarina me había dejado una almohada, sábanas limpias, una manta de lana suave y cajones con pececillos de plata. A la mañana siguiente a mi llegada, olvidé por un momento dónde estaba. Me entró el pánico hasta que vi las paredes color mantequilla y las hojas estrujadas contra la ventana. No había nadie en casa. Eché un vistazo alrededor. La cocina tenía el suelo de baldosas negras y blancas, y grandes cuadros de junglas pintadas al óleo. Había tomates y zanahorias recién cogidas que todavía tenían las raíces filamentosas recubiertas de tierra. Un estante de madera lleno de especias, un incrustado bote de miel, una hervidora verde, una figurita de un cocodrilo. Seguí las tiras de lucecitas que se extendían por un sofá azul tipo tela vaquera y una butaca mostaza de pana. Había un periódico abierto con un crucigrama a medias junto a pequeñas pinturas de montañas y lana de color melocotón. Ya me gustaban mis ausentes compañeras de piso.

Para llegar a pie a la escuela tenía que caminar algo más de tres kilómetros. El calor de Rhode Island era denso, a diferencia del sol de la costa oeste, que te besaba en la frente. Mi camino discurría junto a vallas de hierro y por aceras cubiertas de malas hierbas que parecían llamas negras. Había muebles viejos tirados por la calle como leones marinos varados en la arena. La gente se sentaba en tumbonas delante de las tiendas de bebidas alcohólicas y las lavanderías, los bordillos estaban plagados de colillas de cigarrillos baratos. En una esquina había un carrito; cambié un dólar arrugado por un vaso de porespán con sorbete de coco.

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Más cerca del campus, las calles se volvían empinadas, la acera se alisaba y los árboles extendían a lo ancho sus ramas, ofreciendo continentes grises de sombra. La hierba era esplendorosa, no como el césped peleón y seco de California que tiene las puntas de las hojas amarillentas y quebradas. Había chicas y chicos con el pelo color rosa flamenco; otros llevaban vestidos acolchados, zapatos de tacón o pendientes de plumas. «Debo de tener un aspecto tan aburrido», pensé echándole un vistazo a la vieja ropa de deporte que llevaba puesta y tocando los pendientes baratos de perlas que había añadido para darle un poco de lustre a mi atuendo.

Las clases se daban en un pequeño edificio de ladrillo, subiendo dos tramos de escalera. Había grandes ventanas de una sola hoja y paredes de corcho con constelaciones de agujeritos donde se habían colgado obras de arte para recibir sus críticas. Vi los bastidores de secado en los que pronto quedarían expuestos nuestros grabados. Era una sala diseñada para no hacer otra cosa que crear.

Mi profesor tenía un bigote grueso, gafas de montura redonda y llevaba un delantal largo que le llegaba hasta los tobillos. Nos hizo caminar por el aula para presentarnos y explicar por qué estábamos allí. Los diez alumnos me recordaban a elfos que se especializaban en artes elegantes: sopladores de vidrio, tejedores y constructores de bicis sin pedales. Aparte de mí, todos eran estudiantes universitarios y muchos de ellos empleaban el verano para hacerse con créditos que les faltaban.

—¿Y tú? —me preguntó el profesor.

—Me acabo de mudar aquí desde California para seguir esta clase. He dejado mi trabajo. Me gusta el grabado, me apunté a una clase en la universidad, sobre todo hacíamos estampación en relieve. —¡Caramba! —dijo el profesor—. Qué emocionante.

Nos hizo escribir el nombre en trozos de cinta adhesiva, elegir un cajón y etiquetarlo. Escribí mi nombre íntegramente en letra mayúscula, «¡¡CHANEL MILLER!!», lista para llenar el cajón de nuevos grabados.

Distribuyó una lista de todo lo que necesitaríamos comprar y lo que ya nos suministraría la escuela: «Mylar satinado de una sola cara, acetato, film protector Rubylith, cuchillas X-Acto, pantallas de impresión o vidrio esmerilado, placa Hydro-Coat, colofonia, ácido, papel Rives BFK, estopilla almidonada, poliéster monofilamento, desengrasante, emulsión directa, aplicador para emulsión, lápices al agua Caran d’Ache, papel

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secante, etc.». Después de la clase me recorrí los pasillos de la tienda de bellas artes, donde cogía cosas y miraba la etiqueta adhesiva con el precio. No había incluido el coste de los materiales en mi presupuesto.

En la siguiente clase nos hizo entrar en el cuarto oscuro. Nos enseñó a utilizar la ampliadora, cargar el portanegativos, girar el disco con la lente apropiada, exponer tiras de prueba con la cara reactiva en la parte superior, revelar carretes, aplicar un baño de paro, fijador, agua. A colocar la emulsión transparente en el centro de una placa fotolitográfica positiva y exponerla dentro de una cama de vacío, desengrasar la placa, espolvorear la colofonia, realizar el aguatinta y empaparla en ácido nítrico. A biselar los extremos, colocar la placa en la plancha, mezclar la tinta, empapar nuestros papeles, secarlos cuidadosamente, ajustar la presión. Y, finalmente, a girar la rueda y sacar el grabado recién obtenido del bloque para colocarlo con mucho cuidado en el bastidor de secado. Después de horas de demostración, había nacido un grabado.

Observaba con atención, poniéndome de puntillas detrás de mis compañeros de clase, tomando notas furiosamente. Al final no me había enterado de lo que había pasado. Me había perdido cuarenta y cinco pasos atrás. Los alumnos empezaron a esbozar ideas. Yo me senté en mi taburete, contemplando los garabatos de letras minúsculas como caminitos de hormigas muertas que cubrían toda la página. Cuando por fin pudimos marcharnos, bajé las escaleras a toda prisa para salir del edificio.

En la tercera clase me había quedado ya tan rezagada que me daba vergüenza preguntar cosas como: «¿Qué es una estopilla?». Comía sola. Cenaba sola. Ya me había cargado una placa fotolitográfica llevándomela a una sala donde entraba la luz del sol. Todos los demás estaban muy familiarizados con el proceso e iban con determinación de un sitio a otro para preparar sus materiales. Yo me quedaba pegada a sus talones, intentando vislumbrar lo que hacían. Cuando acabó la clase, me fui a secretaría. «Creo que me he equivocado, necesito ir a otra clase». Ya era demasiado tarde para cambiar. Asentí.

Abrí Google Maps en el móvil y asocié una línea azul clarito con un río. Caminé y caminé y lo encontré, y después caminé y caminé siguiendo su curso hasta que al final me dejé caer sobre un rectángulo de hierba y lloré. No sabía lo que estaba haciendo. Ni siquiera sabía cómo se llamaba el río delante del que estaba sentada. Me había mudado a un estado del tamaño de una pieza de puzle, lejos de toda la gente a la que conocía, para

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aprender técnicas de estampación antiguas. ¿Qué tipo de idea era aquella, por qué pensé que podía hacerlo? Emily me había seguido y estaba allí para recordarme que yo era una «VÍCTIMA» que no podía ir a ninguna parte ni hacer nada. Aquella vida era demasiado agradable. Aquel tipo de placer, la creación, estaba reservado para personas que no eran yo.

Hacía solo un mes, mi jefa me había ofrecido un aumento, pero algo había hecho que negara con la cabeza. Mi novio me había ofrecido una habitación, pero algo había hecho que negara con la cabeza. Venir hasta aquí parecía una decisión ilógica, cara e inexplicable. Y sin embargo allí estaba yo, sentada dentro de aquella idea, sudando dentro de aquella idea. Era lo único que realmente había elegido en toda mi vida. Nadie me había dicho que sería capaz de hacerlo, excepto yo misma, lo que significaba que nadie podía decirme que no sería capaz de hacerlo, excepto yo misma. Aquella experiencia me obligaría a confiar en mí completamente, por una vez. De pequeña, nunca le pregunté a nadie si yo era una artista. Me limitaba a hacer sitio en la mesa para que me cupiera el papel. Cogía mis cosas y me iba caminando despacito a casa, preparándome para el día siguiente.

Empecé a ir a la escuela en los días festivos. Me decía a mí misma que no era tonta y empecé a hacer preguntas. Mi profesor siempre me dedicaba el tiempo que yo necesitara y me animaba a trabajar a una escala incluso mayor. Al poco, mis grabados eran grandes como tableros. Me estaba enseñando a mí misma a pedir ayuda y, a cambio, estaban sucediendo cosas maravillosas.

Una tarde, escuché que mis compañeras de piso y sus amigos comentaban en la sala de estar que querían ir a jugar a los bolos. Me quedé sentada, muy quieta, temerosa de ir al baño y tener que presentarme ante tanta gente. Estaba esperando a que se marcharan para darme una ducha larga y cortar un calabacín en rodajas para luego freírlo con la casa en silencio. Y entonces oí que alguien tocaba a la puerta.

Esperé un momento, como si hubiera estado ocupada con algo antes de abrir la puerta. Mi compañera de piso me preguntó: «¿Te gustaría venir a jugar a los bolos?». No tenía planes, claro que no. Mi reacción instintiva era rechazar la invitación, por miedo a que naciera de la pena o la necesidad, como cuando un cajero te pregunta si necesitas que te ayude a llevar las bolsas hasta el coche. Pero antes de que pudiera negar educadamente con la cabeza, la gente que se agrupaba en torno a la mesa

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intervino diciendo: «¡Después tomaremos helado de McDonald’s! ¿Qué apodo vas a ponerte para que salga por la pantalla? No te olvides de los calcetines». De modo que asentí, metí un par de calcetines hechos una bola en el bolso y los seguí cuando salieron por la puerta.

No echaba de menos mi casa ni tampoco estaba lista para volver a ella, pero sentía el desasosiego de ir a la deriva, de no tener ningún agarradero en el mundo. Aquella y otras pequeñas invitaciones me salvaron: ir en coche hasta el estanque para tumbarnos en toallas deshilachadas en plena amenaza de tormenta. Dar una vuelta en la furgoneta de color arándano que no tenía asientos con Angie, sentadas en unas cajas aplastadas de verdura. Ver Purple Rain proyectada en una sábana. Comer tarta de cereza escuchando de fondo remixes dubstep de la música del principio de Seinfeld. Tuve un papel muy secundario en su verano y tal vez mi presencia apenas quedara registrada en los carretes de su memoria, pero no puedo imaginar aquellos días sin ellos y jamás olvidaré lo que sentí al saberme incluida.

Me compré un escritorio en Craigslist. Una pareja muy agradable vino a entregármelo. La mujer me llamó, dijo que estaban fuera. «Podemos ayudarte a meterlo en casa, pero si prefieres que no entremos lo entiendo perfectamente; ya sabes lo que dicen de Craigslist. No quiero que…». El hombre intervino: «Bueno, ¿y cómo si no va a cargar con él?». Entendí lo que quería decir la mujer, que en una transacción tan sencilla como recibir un mueble de un extraño había una amenaza inherente, que cada vez que conocíamos a alguien en internet debíamos buscar señales de agresión, violación, muerte, etc. Lo sabíamos. Pero el chico no hablaba esta lengua, él solo veía un escritorio.

Caminaba una media de nueve kilómetros y medio al día yendo a parques, cines, librerías; estaba dispuesta a conocer mi nuevo territorio. Fuera adonde fuese, siempre pasaba lo mismo. Al principio fue un señor mayor, que me saludó con la cabeza y me dijo: «Buenos días, guapa», y yo me di la vuelta para ver a quién se lo decía hasta que me di cuenta de que era a mí. Confundida, le respondí: «Buenos días», incluso antes de haber decidido si debía contestarle o no. Sé amable con la gente mayor. Un señor calvo me dijo: «Oye, guapita, pero mira que eres guapa». Se le dibujaba lentamente una sonrisa, como si se le abriera una cremallera en la cara, y yo le respondí: «¡Gracias!».

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Esos comentarios salpicaban mis paseos y eran algo tan habitual como ver pájaros en los árboles. Hombres desconocidos me preguntaban: «Qué tal estás», y yo les respondía: «Bien, gracias, y tú». Los comentarios parecían demasiado discretos para ser significativos, como una minúscula chincheta colocada en un grueso neumático. A veces me regañaba por ser demasiado amable, por devolver una sonrisa demasiado rápido. Cuando un hombre me pitaba desde el coche, instintivamente yo le saludaba. Mi defecto era responder a cada saludo. Pero me daba cuenta de que no conocía al hombre que me pitaba desde el coche, que apenas conocía a nadie en Providence y que no tenía por qué saludar la próxima vez. Nada de saludar, de dar las gracias ni los buenos días, me decía a mí misma.

Pasé por delante de tres hombres sentados en un coche que se quedaron con los ojos pegados a mis piernas, chasquearon la lengua y chocaron los labios reproduciendo los sonidos y gestos con la mano que una persona emplearía para intentar llamar la atención de un gato. Noté que los seis ojos se paseaban por mis pantorrillas mientras me alejaba. No sabía si me molestaron más los gestos no verbales o los comentarios, si prefería el chasqueo de la lengua o las palabras. En realidad yo solo quería silencio. Una vez, unos hombres se apiñaron en torno a una estrecha acera y no se movieron ni un milímetro cuando yo pasé por el angosto pasadizo que quedaba entre sus barrigas.

Empecé a evitar ciertas calles. Si me hablaban yendo en determinada dirección, a la vuelta tomaba otra ruta y acababa dando muchísima vuelta. Aprendí a bajar la cabeza, a evitar todo contacto visual, a fingir que era invisible. En vez de pasear contemplando las copas de los árboles, caminaba con convicción férrea o miraba al suelo. Una vez un hombre empezó a caminar junto a mí y me dijo: «¿Puedo caminar contigo?». Empecé a andar más rápido. «Déjame que te acompañe». Cuando su ritmo alcanzó el mío, yo solo negué con la cabeza mientras agarraba con fuerza las asas de la mochila y esperaba que retrocediera. Había hombres que se ofendían cuando no les respondía. Uno me dijo: «Solo quiero que empieces bien el día». Pero los cumplidos no parecían tales cuando mi lenguaje corporal comunicaba que no quería que me miraran, que no quería que me hablaran. No parecían regalos cuando me los lanzaban o susurraban para que solo los pudiera escuchar yo. Cada comentario se traducía por: «Me gusta lo que veo y lo quiero». «Pero yo no, yo no», pensaba.

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Imagina que vas andando por la calle mientras te comes un bocadillo y que alguien te dice: «¡Caramba, qué buena pinta tiene ese bocadillo! ¿Me das un mordisco?». Pensarías: «¿Por qué demonios tendría que dejar que te comieras mi bocadillo? Es mío». Así que sigues con tu paseo, comiéndote el bocadillo y entonces te dice: «¿Qué pasa? ¿No vas a decirme nada? Oye, no te enfades, solo estaba diciendo que tu bocata tiene muy buena pinta». Pongamos que esto pasara tres veces al día; gente desconocida que te para por la calle y le dice que tu comida tiene muy buena pinta, que les des un poco. Y qué haces cuando empiezan a gritarte desde el coche que tienen muchas ganas de comerse tu bocata. «¡Dame un poco!», gritarían al pasar con el coche tocando la bocina. ¿Se supone que tienes que contestar «lo siento pero no, gracias» cada vez? ¿Te sentirías obligado a explicar una y otra vez que no quieres compartirlo porque es tu comida y no los conoces? ¿Que no tienes por qué darles nada? ¿Qué para empezar no es nada razonable que te lo pidan? Lo único que querrías es ir por la calle comiéndote tu bocadillo en paz. Puede que comparando el cuerpo de una mujer con un bocadillo lo esté empeorando todo, pero ¿entiendes lo que quiero decir?

Empecé a usar el móvil para grabar vídeos discretamente cuando pasaba delante de un grupo de hombres. Le envié uno a Lucas. «¿Cada cuánto te pasa esto?», me preguntó. «Cada día», le respondí. Me preguntó si necesitaba coche, me dijo que él me pagaría el alquiler de uno. Le dije que me gustaba caminar, que era el único modo de fijarte bien en lo que tienes alrededor. Además, me sobraba el tiempo y nunca tenía prisa; caminar era en realidad una de las pocas cosas que tenía que hacer.

Una tarde, volviendo de clase, una furgoneta pasó junto a mí y me pitó; ni me molesté en volver la cabeza, ya estaba familiarizada con aquel juego. Sin embargo, el sonido del motor no se apagó. Oí que las ruedas giraban poco a poco por el asfalto dando media vuelta y que se paraba junto a mí. Bajó la ventanilla. «Háblame», me dijo. Crucé inmediatamente la calle y empecé a grabarle mientras caminaba. Debía de tener unos cincuenta años, llevaba el pelo desaliñado bajo una gorra y tenía un cuello grueso y fofo.

—Ven y háblame —me dijo—. Me siento solo.

—No —le respondí.

—¿Por qué no? —me dijo.

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—Porque no te conozco —le respondí casi riendo por haberme preguntado aquello.

—Solo un poquito, me siento solo.

—No —le respondí negando con la cabeza y mirando al suelo.

No dije nada más, estaba demasiado irritada; ¿por qué tendría que importarme que te sientas solo?

—Por favor —me dijo.

Apreté el paso mientras él seguía diciéndome cosas. Hice ver que entraba en una casa mientras él se alejaba despacio, y después me fui corriendo a mi casa de verdad y bajé todas las persianas. Le mandé el vídeo a Lucas. Me llamó al segundo.

—Quiero que alquiles un coche —me dijo—. No lo dejes para más tarde, ve hoy mismo si está abierto, ¿vale?

—Vale —le respondí—. Iré.

—Gracias —me dijo—, y no me mandes más vídeos. No puedo verlos, me pongo de muy mala leche cuando veo a esos tíos.

Le dije que vale, se fue a trabajar y yo me quedé sentada en la cama. Me sentía como si hubiera hecho algo malo; como si enviándoselos lo hubiera hecho enfadar. Además, parecía que me estuviera diciendo que si me molestaban cuando iba a pie, ¿por qué insistía en caminar? No me parecía en absoluto que fuera una solución; me estaban obligando a encerrarme en un coche. No quería renunciar a mis aceras.

Volví a llamar a Lucas.

—No es justo —le dije—. Yo solo quiero caminar de la escuela a casa, no estoy haciendo nada malo. Debería poder hacerlo. Tú puedes ir caminando adonde quieras. No es justo que tú puedas darte de baja para no ver los vídeos. Puedes dejar de recibir los feeds, puedes seleccionar lo que recibes. Yo no tengo esa opción, decidir que no quiero vivirlo. Intento enseñarte cómo son las cosas para mí. Da igual lo que haga, lo que me ponga, cómo actúe; es constante, el acoso es constante. No tengo dinero para pagar un coche y aunque lo tuviera, me gusta caminar. Quiero seguir haciéndolo. —Estaba llorando.

Noté la resignación en su voz.

—Me siento impotente estando aquí. No quiero que te pase nada. Sabía a lo que se refería con esas palabras. Parecía afligido, atrapado

en la otra punta del país. Una noche, como le dije que estaría trabajando hasta tarde en el estudio, recibí dinero en Venmo. «Para que llames a un

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Lyft —me dijo— y llegues bien a casa». Se preocupaba por mí y lo entendía. Acepté, le dije que no volvería sola por la calle de noche. Pero incluso yendo en Lyft nunca daba mi dirección real para que el conductor no supiera dónde vivía. La seguridad siempre era algo ilusorio.

Caminar por la calle era como si te lanzaran bombas. Trasteaba con los cables, desactivándolas desesperadamente una tras otra. Cada una de las veces no estaba segura de qué cable la haría explotar y yo los toqueteaba mientras el sudor me bañaba la frente. A las mujeres se las enseña a trabajar con destreza, a tener los ágiles dedos preparados, la mente alerta. Es cosa de ellas saber cómo manejar el caudal de bombas, negarse amablemente a dar su número de teléfono, apartar una mano del botón de sus vaqueros, rechazar una bebida. Cuando una mujer es agredida, una de las primeras cosas que pregunta la gente es: «¿Dijiste que no?». Esta pregunta asume que la respuesta siempre es sí y que es cosa de ella revocar el acuerdo. Desactivar la bomba que se le ha dado. Pero ¿por qué se les permite tocarnos hasta que tenemos que enfrentarnos a ellos físicamente? ¿Por qué está la puerta abierta hasta que tenemos que cerrarla de un portazo?

Un día probé a ponerme los auriculares y a leer un libro mientras andaba en un intento de parecer inmersa en mis cosas y muy ocupada. Lo conseguí durante un kilómetro. En el paso elevado, un hombre paró el coche y me dijo: «Oye, tienes pinta de líder, me gusta. No había visto nunca a una chica capaz de caminar y leer a la vez». Me dio la risa y levanté la vista al cielo, como diciendo: «¡Ya sé lo que intentas, universo! ¡No puedo escapar! ¿Qué quieres? ¿Qué puedo hacer?». Me paré, me quité los auriculares, me acerqué a su ventanilla, me rendí. El hombre me preguntó qué estaba leyendo y se lo dije, cómo me llamaba y se lo dije, adonde iba y se lo dije. Me preguntó si me interesaba ir a la conferencia que iba a dar y le dije que no, me preguntó si tenía algo que hacer después y le dije que sí, y entonces temí haberle dado demasiada información, así que mentí y le dije que me volvía a California en tres días, me dio su tarjeta de visita, la acepté y le di las gracias. Más tarde la tiré.

Lo hice. Le presté atención a alguien. ¿Ahora puedo dejar de malgastar mi energía en conversaciones de sentido único? Una vez vi un folleto en una cafetería en el que aparecía la foto de un gato saltando, lo había hecho un grupo que quería acabar con el acoso verbal callejero. Se adjuntaban falsas tarjetas de visita en las que se leía 1-800-NOMEHABLESMÁS, destinadas

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a quienes proferían las groserías. Había alguien más que se sentía como yo y que había llegado al extremo de imprimir folletos.

Lucas solo tuvo un día libre ese verano y cruzó todo el país en avión para venir a verme. Le mostré el camino que tomaba para ir a la escuela, lo increíble que era lo mucho que sudaba estando allí. Le enseñé la imprenta y todo lo que había aprendido, paso por paso. Por la noche nos llevamos unas hamburguesas para comérnoslas junto al río. Me enorgullecía compartir mi mundo con alguien, un mundo que me había creado yo sola.

Tan pronto como se marchó un doloroso vacío impregnó mis días; me quedé como un melocotón sin su hueso, la parte más fuerte, convertida en la blanda pulpa que lo rodea. Había olvidado lo que era tener a alguien que te cuide, que te compre batidos recién preparados, que mate a un ciempiés que aparece de repente en la habitación, que te abanique con un trozo de papel y que te dé unos toquecitos en los brazos con una toalla fría para refrescarte. Había olvidado lo que era caminar relajada bajo la luz del sol, que no te cueste dormir, no estar alerta cada hora del día. Ante todo, nadie me hablaba por la calle cuando iba con él; los silenciaba con su presencia.

Los hombres tenían fronteras que los demás hombres no traspasaban, un espacio que se respetaba tácitamente. Imaginaba que Lucas tenía dibujada a su alrededor una gruesa línea, una especie de perímetro. Los hombres me hablaban como si yo no tuviera ninguna línea: cada día debía dibujarla de nuevo lo más rápido posible. ¿Por qué mis fronteras no eran inherentes a mi persona?

Seguí yendo a diario al taller. Me gastaba más dinero comprando materiales y nada comiendo fuera; me limitaba a comer pizzas de microondas y verduras crudas. A veces trabajaba durante horas para que al final mi grabado saliera borroso, flojo o con manchurrones. Empezaba otra vez desde el principio. Perdía la noción del tiempo. Consulté mis apuntes hasta que llegó un momento en que ya no los necesité.

Una tarde me marché del taller sobre el atardecer, pero el sol se puso mucho antes de lo que yo pensaba. Estaba a algunas manzanas de casa y pasaba por delante de las luces de neón rosas de la tienda de bebidas alcohólicas cuando un hombre que iba al volante de un coche plateado se paró a mi lado. «Ahora no —pensé—. No tengo ganas». Oí que bajaba la ventanilla.

—¡Déjame que te lleve en coche!

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Me sonreía como si fuera montado en una carroza dorada, y no en un Chevy pequeño del mismo color aluminio que un envoltorio de chicle. Estaba emocionadísimo, como si fuéramos amigos que no se han visto en mucho tiempo y no pudiera ocultar su alegría al toparse conmigo. Sonreía de oreja a oreja, confiado. Yo no daba crédito. Empecé a grabar, di tres zancadas hacia su coche, me agaché y metí la cabeza por su ventanilla. En el vídeo se me oye preguntar: «¿Qué dices?», invitándole a que lo repitiera para que quedara registrado.

—¡Vamos, déjame que te lleve en coche!

—¿QUE ME META EN TU COCHE? ESTÁS COMO UNA PUTA CABRA, ¿POR QUÉ IBA YO A HACER ESO? —le respondí. Mi voz suena tan impulsiva y aguda que casi no la reconozco—. QUE TE JODAN.

Recuerdo lo rápido que se le evaporó la sonrisa, como una gota de agua que cae en una acera abrasadora, lo rápido que giró el volante y aceleró para marcharse de allí. «¡Bien!», pensé, pero empezaron a temblarme los brazos y las piernas por la adrenalina y avancé con paso vacilante hacia el cruce. Me quedé mirando los coches que estaban allí parados, intentando establecer contacto visual con sus conductores. «Si vuelve, ¿me ayudarás? ¿Me ves?». Cuando el hombrecillo del paso de peatones se iluminó, me puse a correr, resoplando al compás de los golpes que me daba la mochila contra la espalda.

No le envié el vídeo a Lucas. Me prometí que prestaría más atención para volver antes del taller. Intentaba ahorrarme los seis dólares que me hubiera costado el trayecto. La verdad es que resulta extraño que te pidan seis dólares a cambio de tu seguridad. Sabía perfectamente que no debía haberle gritado a ningún hombre estando sola de noche. Sobre todo notaba los ojos clavados en mí: aquello no contaría como defenderme a mí misma, no se consideraba un acto de valentía. Si la fiscal auxiliar de distrito se enteraba, me regañaría; la defensa de Brock alegaría: «está loca, monta el numerito, dice palabrotas, provoca a los hombres. Ella no tendría que haberle hecho caso, ¿y por qué iba sola por la calle? Se puso en situación de peligro, iba buscando problemas».

Ella, siempre ella. Jamás oía la vocecita que preguntaba por qué aquel tipo se había parado, por qué creía que iba a subirme en su coche, qué haría si yo me hubiera montado. Cuánto se esperaba que debía aguantar, absorber e ignorar mientras ellos gritaban y chasqueaban la lengua con

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total libertad, sin miedo a que nadie les plantara cara. ¿Era tozuda por querer caminar, estaba pidiendo demasiado? El grueso neumático estaba ahora lleno de chinchetas y clavos. Notaba que empezaba a deformarse, a desequilibrarse, a deshincharse. Así no podía funcionar.

Una cálida noche estaba lejos de casa, en una cafetería de Thayer Street. Cuando estaba lista para marcharme, me senté en un banco de fuera para esperar a mi Lyft. Un señor mayor se sentó a mi lado. Se volvió hacia mí y me dijo: «¿Quieres un trozo de pimiento?». Llevaba gafas, una camisa de algodón fino con una libretita en el bolsillo y tenía un aire feliz y sosegado. Tenía un cuchillito en una mano y un trozo de pimiento verde en la otra, y se había colocado un pañuelo sobre el regazo para dejar lo que le quedaba de aquella verdura. Me quedé mirando el trozo de pimiento. ¿Y si ha envenenado las semillas? ¿Y si es un pervertido que se ha frotado el pene contra el pimiento y quiere mirarme mientras me lo como? ¿Y si me pega un tajo con la navaja? El viejecito sostenía paciente el trozo de pimiento verde, ofreciéndomelo. Y entonces fue cuando pensé: «Se te está yendo la cabeza. Es un hombre amable que lleva un sombrero de fieltro y se está comiendo un pimiento tranquilamente en un banco en una tarde que hace buen tiempo. Puedes ser precavida, pero no debes tener siempre el miedo en el cuerpo. Date permiso para disfrutar de este trocito de verdura». Lo cogí, me lo comí de un mordisco y le di las gracias.

Cada noche, cuando la luz desaparecía en el cielo, las campanillas del carrito del hombre de los helados se alejaban y Elvis se enroscaba formando un círculo perfecto, me resultaba imposible dormir. Me estiraba sobre las sábanas como una estrella de mar. «Hace demasiado calor para dormir», le dije a Lucas dentro de una burbujita verde de texto. Al día siguiente apareció un paquete en mi puerta: me había pedido un ventilador bonito, no uno de esos baratos con hélices dentro de una caja de alambre, sino uno con ajustes programables y botones luminosos, junto con una nota que decía: «Por ti me derrito». Pero el calor no tenía la culpa deque por la noche tuviera los ojos abiertos de par en par. Lo que no me dejaba dormir era saber que pronto Brock vería de cerca mi rostro por primera vez. En el juzgado me vería obligada a renunciar a mi anonimato y a toda la protección que lo acompañaba. Quería seguir siendo irreconocible para él. Quería sentarme detrás de una pantalla, ponerme gafas de sol. Me

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preguntaba si debería cortarme el pelo, ponerme una bolsa en la cabeza. El día en que me presentara ante el tribunal sería el día en que renunciaría a mi seguridad.

Un viernes por la noche, cuando iba a la uni y solo quedaban unas semanas para la graduación, caminaba a casa de una amiga cuando dos coches de la policía pasaron a mi lado. No le di ninguna importancia. Oír sirenas en Isla Vista era algo bastante común: era una ciudad asentada sobre unos acantilados oceánicos en la que solo vivían jóvenes de entre dieciocho y veintidós años; cada calle estaba llena de casas de madera destartaladas, había bicis abandonadas en los patios, balcones abarrotados, orquídeas que crecían en cartones de vino reciclados. En los días de sol veías a chicas muy guapas en bañador portando enormes balsas sobre la cabeza, como si fueran hormigas debajo de una migaja, bajando por la calle en dirección al agua. Los chicos iban en bici con la tabla de surf debajo del brazo y el torso fuera del traje de neopreno, como un plátano a medio pelar. Isla Vista era una red de sofás en los que dormir donde siempre tenías a un amigo a una manzana de distancia, en cualquier dirección. Una población salvaje y soleada a la que llamábamos hogar.

Sin embargo, cuando llegué al apartamento de mi amiga, las sirenas se amontonaban, habían florecido, entrado en erupción. Al entrar por la puerta me encontré a mis cinco amigas. Estaban en silencio, escuchando. Recibimos un correo electrónico de emergencias de la UCSB: «Disparos en IV, 2 detenidos, investigación en curso».

Ese era el mensaje. Una única frase interrumpida por una coma. Los mensajes empezaron a circular: quizás era algo de pandillas, un robo, un asunto de drogas que había acabado mal, unos disparos desde un coche; no, un tiroteo, una bomba, unas bengalas, un conductor borracho. Era persa, ¿no? ¿Asiático? Eran dos; no, uno, iba en un coche negro. Puede que hubiera muertos. Uno, quizá tres, quizá ninguno y se trataba de una broma macabra.

Circulaba un vídeo, alguien dijo que salía un tío; que ese era el tío que lo había hecho, así que nos apiñamos en torno al teléfono y allí estaba él, sentado en el asiento del conductor, con el rostro saturado de naranja por los rayos del sol al atardecer. «Hola, soy Elliot Rodger… Chicas, no sé por qué no os gusto, pero os voy a castigar a todas por ello. Voy a salir por las calles de Isla Vista y me voy a cargar a cada persona que vea… Me lo pasaré genial matándoos a todos…». Se desató el pánico, una de nosotras

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gritó que lo apagáramos, otra lloraba desesperada en el suelo, convulsionándose como si alguien le estuviera tirando del estómago con una cuerda. Él seguía hablando, contaminando nuestro aire. Sacudí la cabeza, me negaba a escuchar nada más. Va a venir a Isla Vista a matar a chicas; somos chicas y estamos en Isla Vista, pero no puede ser que se esté refiriendo a nosotras. «No me habéis dejado ser feliz y a cambio yo no os dejaré vivir. Es lo justo. Os odio a todas». ¿Que no te hemos dejado ser feliz? ¿A quién coño odias? Estaba furiosa. Agarré el móvil, me fui de la habitación, lo dejé sobre el armario del baño, salí y cerré la puerta tras de mí. Sentí que lo había encerrado allí: el vídeo seguía reproduciéndose, pero él le hablaba en medio de la oscuridad a la nada, a nadie.

El siguiente correo electrónico nos decía que no saliéramos de casa. Cerramos bien las puertas y bajamos las persianas. «No os acerquéis a ninguna ventana». Nuestros teléfonos no dejaban de sonar. Habían disparado a la compañera de piso de Claire. Nada tenía sentido.

A las tres de la mañana seguíamos las noticias por televisión, y oímos la palabra masacre. El número siete aparecía en unas grandes letras blancas en la parte inferior de la pantalla. Parecía inapropiado agrupar a los muertos. No eran siete; era uno y uno y uno y uno y uno y uno y uno. Cada uno de ellos con una vida entera, con un nombre.

La luz de la mañana no llegó nunca, el ambiente se había estancado, el aire estaba quieto. En días así, la neblina se colaba desde el océano, borraba el agua y la costa, y engullía nuestras casitas. Pestañeamos, agotadas, y nos preguntamos si sería seguro salir. Nos arrodillamos en los sofás y separamos las lamas de las persianas con cuidado. Recibí una llamada de un número de once dígitos. Era mi madre, que me telefoneaba desde Pekín, donde estaba de viaje visitando a la familia. Había visto las noticias. «Solo quería oír tu voz». Nuestros teléfonos se agitaban con las llamadas de familiares que se despertaban con las noticias del tiroteo y nos retirábamos a un rincón: «Estoy aquí, yo también te quiero, no lo sabemos. La abuela me llama». Se corrió el rumor de que habría más crímenes que copiarían y glorificarían las acciones de Elliot y lo erigirían como líder: el «caballero supremo».

Cuando al fin salimos al exterior, todo estaba sumido en una perturbadora quietud. La gente circulaba por la calle en grupos compactos, dividida en rebaños y manadas. El ambiente era silencioso, nadie paseaba ni patinaba y no salía música de ninguna casa. La rueda de prensa se

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programó para las cuatro de la tarde. Antes de que empezara, nos separamos para desmoronarnos en privado en nuestras duchas y ponernos ropa limpia. Nos reagrupamos dentro del apartamento, nuestro refugio, nos negábamos a estar solas.

Elliot vivía en un edificio marrón de apartamentos, a una manzana de Sweet Alley, donde yo solía comprar bolsas de caramelos amargos de melón cuando me tocaba pasar una noche larga en la biblioteca. El viernes por la tarde, había matado a tres personas en su apartamento: a dos compañeros de piso chinos y a un amigo de ellos que estaba de visita. Les había asestado 142 puñaladas en total, había manchas de sangre en el pasillo, había arrastrado los cuerpos y los había tapado con toallas. Se llevó sus cuchillos y pistolas a su BMW negro, condujo hasta la sororidad de Alpha Phi y llamó con fuerza a la puerta. Como no contestaba nadie, disparó a tres mujeres que había en el exterior; dos de ellas murieron desangradas sobre la hierba. Aceleró, disparó a través del cristal del Isla Vista Deli, un hombre cayó fulminado muerto en el interior. Estampó el coche en Del Playa, la calle principal y dejó el morro del coche totalmente destrozado antes de apretar el gatillo de la pistola contra su sien. La policía lo encontró con la cabeza reventada y el bordillo de la acera lleno de sangre. Las ambulancias no daban abasto, los estudiantes se arrodillaban junto a compañeros suyos que sangraban. Las calles estaban plagadas de casquillos de bala, salpicadas de cristales y fragmentos de ventanas. La policía halló 548 cartuchos que no tuvo tiempo de utilizar dentro de su coche. Nos habían robado a seis compañeros de clase, Elliot era el séptimo. No cito los nombres de las víctimas porque los nombres son sagrados y no quiero que solo se les pueda identificar por lo que él les hizo.

Un mes después de mi agresión, salí de la oficina, incapaz de concentrarme en nada. Avancé por el pasillo enmoquetado y abrí el cuartito de suministros para ponerme de cuclillas detrás de los routers y las sillas que tenían las ruedas rotas. Llamé al detective.

—Me preguntaba —le dije—, puede que esto suene raro, pero ¿crees que Brock podría hacerme daño? —Intenté explicarme—. Cuando estudiaba un tío se enfadó mucho, hubo un tiroteo.

No sabía cómo formular la pregunta, él no tenía ni idea de cómo responderla.

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—No hay modo de saberlo —dijo el detective—. Pero esperamos que no y estamos poniendo todo nuestro empeño en tener la situación bajo control.

«Ya, claro», pensé. Tenía la impresión de estar loca. ¿Qué esperaba que me dijera? ¿Que estaría a salvo toda la vida? No volví a sacar el tema, pero me resultaba muy extraño no conocer en persona al hombre contra el que iba a luchar. No tenía ni la más remota idea de quién era ni tampoco de lo que era capaz.

Nunca olvidé una de las primeras frases del manifiesto de 137 páginas de Elliot. «Esta es la historia de cómo yo, Elliot Rodger, me convertí en… Esta tragedia no tenía que haber pasado… pero la humanidad me obligó». Su crueldad tenía un arco narrativo. Hablaba como si jamás hubiera querido hacer lo que hizo, sino que lo obligaron. Y quienes le habían hecho sufrir eran las mujeres, que no le habían dejado otra opción que llevar a la práctica su «día del castigo final». En el vídeo decía: «Me han obligado a soportar una vida de soledad, rechazo y deseos incumplidos, y todo porque las chicas nunca se han sentido atraídas por mí». Su hostilidad nacía de la idea de que tenía derecho a todo, de la autocompasión.

«Castigaré a todas las mujeres por el crimen de haberme privado de sexo». En el mundo de Elliot, la ley no escrita era que las mujeres le debían sexo, que solo existíamos para acomodarlo.

Esas eran las normas, ese era nuestro cometido. El sexo era su derecho y nuestra responsabilidad. En ese mundo, el castigo por incumplir las reglas, por rechazar el sexo, era la muerte. Cuando aparecieron los primeros titulares después de la agresión, la foto de Brock sonriente acompañaba cada artículo. «Es injusto que a él se le humille públicamente y que ella no tenga que dar la cara», decían los comentarios. ¿Por qué querría yo humillarlo, cuando había visto lo que eso podía causar?

A medida que iban pasando los meses, mi desconfianza iba en aumento. Él no iba a clase, yo no tenía trabajo. A los dos nos habían desconectado de la sociedad e íbamos a la deriva, sin rumbo. Todos esos días vacíos. Cambias, te olvidas de comer, no sabes cómo dormir, te distancias de ti mismo. ¿Y si en la época en que me sentía cada vez más deprimida él se sentía cada vez más resentido? Pregunté si estaba haciendo terapia con algún psicólogo y nadie me supo responder. «La universidad es el momento en que todo el mundo experimenta cosas como el sexo, la diversión o el placer —decía Elliot—. En esos años yo he tenido que

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pudrirme en mi soledad, no es justo… Me habéis obligado a sufrir durante toda la vida, ahora os haré sufrir yo a vosotras». Todo el mundo necesita echarle las culpas a alguien. Tanto él como yo estábamos sumidos en alguna especie de dolor, pero ¿qué tipo de violencia podía desencadenar su dolor? No podría vivir en paz conmigo misma si llegaba a hacerle daño a alguien. Esa idea me obsesionaba. ¿Y si estaba molesto con Stanford y desataba el caos en el campus? ¿Y si de verdad creía que su vida se había acabado y se suicidaba? «Merecéis que os aniquile y eso es justamente lo que voy a hacer. Nunca habéis sido compasivas, así que yo tampoco lo seré con vosotras». Hiciera lo que hiciese, yo me sentiría responsable, aunque sabía que era algo que escapaba a mi control.

Quería que respondiera ante la justicia y le castigaran, pero también deseaba que se mejorara. No luchaba contra él para rematarlo, sino para convertirlo y que se pusiera de mi parte. Quería que comprendiera, que reconociera el daño que habían provocado sus acciones y que se reformara. Si de verdad creía que su futuro se había arruinado y que no tenía nada que perder, las posibilidades eran aterradoras.

No hacía más que imaginar situaciones hipotéticas. Coloqué unos tablones de madera contra mis ventanas para que quedaran bien selladas. Salía a comprobar que todo estaba en orden en el jardín de atrás, buscando pies bajo los arbustos. Me disgustaba lo cerca que estaba de Ohio; podía venir a buscarme, podía coger el tren. Desactivé el rastreo de mi ubicación, me borré de las redes sociales. Consulté la legislación relativa a las armas de fuego. Elliot había adquirido legalmente tres pistolas semiautomáticas, con los cargadores llenos, con tanta facilidad como quien compra un pomelo. Me estaba volviendo loca. ¿Y si la vista era una trampa? Imaginé un tiroteo en el exterior del juzgado, una situación de caos, gente agachada detrás de puertas de coche, ventanas hechas añicos, a los alguaciles corriendo, la sangre brotando en abundancia de los cuerpos. Ignoraba si lo que se me pasaba por la cabeza era razonable o una locura, lo que sí sabía era que las locuras podían suceder. Me tumbaba muy quieta en mi habitación amarilla para escucharlo todo bien, mi bombilla siempre ardía. Me empapaba en luz. Dormir ya no era sinónimo de descanso, sino de vulnerabilidad. A las seis de la mañana las sólidas masas de árboles al fin se dividían en hojas independientes y yo sentía algo de alivio. La luz se llevaba mis pensamientos bien lejos y yo podía sumirme en un estado de inconsciencia durante un rato.

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Después de dormir solo una hora o dos, apenas lograba despertarme para ir a clase. Nunca me daba tiempo de prepararme algo de comer para llevármelo a la escuela y, como no quería gastar dinero en el campus, no comía nada en ocho horas hasta que llegaba a casa por la noche, muerta de hambre. En las galerías de arte llenaba servilletas con uvas y patatas fritas untadas en humus que ofrecían gratis como tentempiés. Siempre estaba cansada y cada vez peor de salud. Quería que mi madre me preparara sus platos. Que Lucas me abrazara fuerte mientras dormía.

Enganché la nota del ventilador sobre la cama, como si fuera un frágil atrapasueños. Enganché también una foto de mis padres de jóvenes, cogidos de la mano delante de un muro azul de peces de un acuario. Una foto de mi hermanita desnuda de bebé y mía, en la que estamos la una al lado de la otra sobre una sábana estampada con ocas pequeñas. Eran los guardianes que velaban por mí de noche.

Fue durante una de esas noches cuando, después de llevar horas tumbada muy quieta en la cama, aparté las sábanas y cogí un lápiz. Dibujé las dos bicicletas que me habían encontrado y les di vida radio a radio. Había leído sus nombres en el informe de la policía: «Carl-Fredrik Arndt, Peter Lars Jonsson».

Dibujé unos bonitos manillares, unos pedales pequeños y unas ruedas asimétricas con bultitos. Pegué el dibujo en la pared, justo encima de mi almohada, alisándolo con la mano. Una señal de protección. Enviad ayuda. Volví a meterme entre las sábanas y respiré hondo. Si ellos estaban ahí afuera yo podía descansar. Cerré los ojos y me dejé vencer por el sueño.

La noche anterior a mi evaluación final, apilé todos mis grabados: una pila que representaba horas de intentos y más intentos hasta que al final lo había conseguido. Preparé unas tarjetas de agradecimiento para mi profesor y el auxiliar docente. Puse tres despertadores. Dejé preparado mi vestido rojo favorito. Me metí en la cama y deseé poder dormir al menos esa noche. Pasaron seis horas. El sueño no llegó, así que decidí quedarme despierta hasta que tuviera que marcharme a las ocho de la mañana. Sin embargo, mi mente decidió apagar el interruptor a las siete de la mañana y yo caí en un sopor tan fuerte que ni siquiera oí los despertadores. Cuando desperté, era la una del mediodía.

No sentí ninguna oleada de pánico, solo una profunda tristeza que iba a más. Las evaluaciones prácticamente habían acabado. Me había perdido las presentaciones de mis compañeros, la culminación de todo aquel

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verano. Aun así, llamé a un Lyft y me puse mi vestido rojo. En el coche me quité las legañas de los ojos y pensé en todas las cosas del mundo que eran peores que perderse una evaluación artística. Era algo tan pequeño. Pero estaba triste porque era algo muy pequeño y ni siquiera había sido capaz de hacerlo. Me disculparía ante el profesor y le aseguraría de que supiera que mi ausencia no se debía a una falta de respeto.

Cuando entré, la última persona estaba realizando su presentación. Todo el mundo me miró. No tenía ninguna explicación que dar y tampoco intenté ofrecerla. Me senté al final, deseaba ser invisible. No sentí que valiera la pena presentar mi trabajo. Mi profesor, sin embargo, me animó por gestos a que lo hiciera. Empecé a colgar mis grabados uno por uno, dando la espalda a la clase, mientras la gente estaba sentada en silencio. «Da igual —me decía yo—, pronto nada de esto importará». Me volví hacia mis compañeros y presenté cada pieza.

Me topé con el silencio. Y entonces el profesor habló —una cálida sonrisa se dibujaba bajo su denso bigote— y dijo que eran maravillosas. Los compañeros destacaron mi dibujo de un gallo de dos cabezas. Elogiaron mi imaginación, mi gusto por lo siniestro y lo extravagante. Me preguntaron de dónde sacaba aquellas ideas, qué tipo de técnicas había seguido, admiraron los colores que había utilizado. Me senté y yo también me quedé maravillada mientras ellos comentaban mi trabajo, y debía de parecer muy cansada, pero sonreía de oreja a oreja al ver todas mis piezas expuestas, las unas al lado de las otras, aquellas cosas tan hermosas y extrañas que había creado a pesar de todas las dificultades sufridas durante las horas que había necesitado para producirlas.

Después de clase me compré un rollo nuevo de cinta adhesiva. Me subí a una silla para colgarlas todas en mi habitación, a pesar de que iba a mudarme pronto. Creé una galería solo para mí. Había pasado de ser una llorona desorientada que sollozaba a la orilla de los ríos a una prolífica litógrafa. Era la prueba de que aunque mi mente se hubiera estado marchitando por la ansiedad, mi corazón se había mantenido ocupado, agradecido porque le hubieran dado una oportunidad. Vi la parte de mí que insistía en sobrevivir.

Para celebrarlo, una chica de clase con la que hice amistad me invitó a una fiesta en su barrio en la que habría granizados y bailes. Llegué muy temprano. Finalmente apareció mi amiga acompañada de otra chica, una escultora, y las dos parpadeaban un poco despacio porque habían bebido

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algo de whisky. Me di el capricho de tomarme un vodka con zumo de manzana mientras observaba cómo los niños atrapaban luciérnagas y bebían refrescos de vainilla con pajitas rojas. Pegamos brincos en medio de un pogo improvisado, me até las mangas de la chaqueta en la cabeza, a modo de flexibles orejas de conejo. Se nos acercaron algunos chicos envueltos en una nube de colonia rancia que olía a musgo de roble y a troncos quemados. Nos preguntaron si éramos estudiantes de arte. Me pregunté si lo habían adivinado por la prenda que me había atado a la cabeza.

—Solo durante el verano —contesté.

—¿Eres de por aquí? —me preguntó uno de ellos.

—No, de California —le dije—. ¿Y tú?

Pero sus amigos ya empezaban a marcharse, llamándolo y dándole a entender con gestos que querían irse de allí. Los miró y después se volvió hacia mí, se me acercó y me miró muy serio:

—Si me quedo, ¿te acostarás conmigo?

No hubo ningún tipo de transición. Habíamos pasado de tener una conversación de lo más trivial a aquella pregunta cortante.

—No —dije sin pestañear.

Sin abrir la boca se marchó trotando hacia donde estaban sus amigos mientras yo me quedaba allí, con las mangas colgando de la cabeza. Las tres nos quedamos perplejas, no dábamos crédito. Sus amigos les habían preguntado lo mismo a ellas. «¿Iba en serio? ¿Por qué lo habría dicho? ¿Su amigo te preguntó lo mismo? ¿El del pelo engominado?».

Decidimos dar por terminada la noche y volvimos al apartamento de mi amiga: nos moríamos de ganas de tomar tostadas con mantequilla y de beber agua fría. Durante el trayecto intercambiamos historias de encuentros absurdos con tíos, hablamos de las cosas que decían y hacían. «Una vez un tío en una cafetería, una vez el amigo de mi hermano, una vez mi profesor de filosofía, una vez…».

«¿Dónde van, señoras?». Un Mustang negro rugía en el semáforo con tres tíos corpulentos dentro, cómodos en sus asientos. «¿Os venís a la discoteca?». ¡La discoteca, dice! Me sentía deshidratada, el vodka y unas pequeñas piñas fluían dentro de mí, tenía la cabeza repleta de historias de «una vez» y de repente me resultó insoportable tener que tolerar tantísimas cosas. La calle estaba casi vacía, estábamos a algunas manzanas de los bares, no había nada más que casas con las ventanas negras y durmientes

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autobuses Greyhound. Caminé hacia el centro de la calle vacía, apreté los puños, eché hacia atrás la cabeza y me puse a gritar.

Grité a pleno pulmón, brutalmente. Mis amigas se quedaron boquiabiertas, estallaron en risas y los hombres empezaron a irritarse, a mirar incómodos en todas direcciones, atrapados por la luz roja del semáforo. Empezaron a salpicar mis gritos con un «¡loca de los cojones!», pero me daba igual. Su brillante Mustang, sus parches de pelo, su logística de negados totales: aunque hubiéramos querido ir a la discoteca con vosotros, no habríamos cabido en ese diminuto coche. No quiero acostarme contigo, no quiero ir a la discoteca, no quiero que camines a mi lado ni que me preguntes adonde voy o qué tal estoy con un tono de voz que me envuelve y hace que entierre las orejas en los hombros y que quiera quedarme sorda y desaparecer. El neumático lleno de clavos había reventado y caía tintineando como la lluvia sobre su coche. Me sentía fuerte, amenazadora, loca. Me daba igual despertar al mundo entero. El semáforo se puso en verde. «Persigámoslos», me dijo mi amiga, y empezamos a correr tras de ellos.

Éramos tres chicas corriendo detrás de un coche negro. Mi amiga los alcanzó en el siguiente semáforo y le dio un golpe al faro trasero. «Apártate de mi coche. Ni se te ocurra joderme el coche». Estaban enfadados con nosotras, con aquellas mujeres que se habían convertido en una amenaza, que se habían pasado de la raya. Yo seguía gritándoles, con la adrenalina a mil por hora: «pedazo de gilipollas». Pero cuando miré por la ventanilla, vi que uno de los hombres me miraba.

De repente aquello ya no parecía un juego e inmediatamente me puse a la defensiva. «Parad, parad». Dimos un paso atrás y aceleraron. Un testigo, si vuelven necesitamos un testigo. Miré en todas direcciones. Había un chico joven de gafas a unos diez metros de nosotras. Parecía desconcertado y tenía las manos en los bolsillos, como si fuéramos a meternos también con él. Me alegré en secreto de que estuviera allí. Me pasé la mano por la frente, me faltaba la respiración, las tres seguíamos recuperando el aliento.

Aquella noche, a pesar de que tenía pensado quedarme todo agosto, decidí que había llegado el momento de marcharme. Mi casa no era una opción, podía irme a cualquier lugar menos allí; el foco de la agresión y de los recuerdos ponzoñosos. Necesitaba seguir con mi ruta de evasión.

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El día en que Lucas acabó sus prácticas, se subió en un avión y llegó en un coche de alquiler. Me ayudó con la mudanza y enrolló con delicadeza mis grabados, mi vida entera, para meterlo todo en aquel coche azul. Condujimos hasta Filadelfia, donde podría quedarme con él hasta el día de la vista. Esperó en el coche para que pudiera despedirme de todo sin prisas. Me quedé unos instantes en mi habitación amarilla, mi refugio, mi aposento, recordando todas aquellas noches de calor asfixiante, el terror que impregnaba las paredes y que se evaporaba cada mañana. Dejé el ventilador en mitad de la habitación, solo, deseando que pudiera aportarle frío y paz a la persona que viniera después.

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5

La fecha de la vista se fijó para el 27 de septiembre. Tenía tres semanas. En los últimos ocho meses nunca había contado toda la historia en voz alta. En todo caso, cada vez estaba menos preparada; notaba que la ansiedad crecía en mi interior. Estaba al borde de un acantilado, me habían dado pañuelos de papel y palitos y me pedían que construyera con ellos algo que volara y que pudiera llevarnos a tierra a mi hermana y a mí, sanas y salvas.

Alaleh había programado una llamada telefónica conmigo para empezar a preparar el caso. En el mes que llevaba en Filadelfia, Lucas me había preguntado muchas veces: «¿Tienes alguna pregunta que hacerle?». «Sí, claro», le contestaba. «¿Quieres anotarla?». «Ahora mismo no —le decía—. No tengo ganas de hablar del tema, quizá más tarde». El día de la llamada, me pasó una lista de preguntas que había pasado a ordenador, resumidas y clasificadas: «Vista vs. Juicio», «Calendario», «Comunicación con la otra fiarte», «Abanico de posibles resultados», «Acuerdo», «Testigos», «¿Ayudas para Chanel?». Yo había garabateado algunas palabras a lápiz, torcidas e inclinadas en ángulo al final de la página. Tenía preguntas que hacerle, pero todas carecían de respuestas precisas: «¿Puedo tomar Xanax con el estómago vacío?»; «¿Conseguiré algún día un trabajo?»; «¿Es Brock mentalmente estable?»; «¿Me estoy volviendo loca?».

Habíamos acordado que la llamada sería a las cinco de la tarde. Le pedí a Lucas que estuviera presente, otro par de oídos para absorber la información. A las cinco me sonó el móvil, pero era Tiffany; volvía a pie a casa y quería que alguien le hiciera compañía. Me empezó a explicar que había visto un documental que decía que los albatros tenían una sola pareja toda la vida, «¿te lo puedes creer?». Lucas me dio un toquecito en el brazo y señaló el reloj. Me susurró:

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—Es la hora de tu llamada.

Negué con la cabeza.

—¡Cuelga, es la hora! —Volvió a gesticular.

Lo miré.

—Tiff, ¿te puedo llamar luego? Gracias.

Me levanté.

—¿Qué me has dicho?

—Que es la hora de tu llamada —me respondió.

—¿De verdad crees que no sé que me tienen que llamar a las cinco? Se quedó muy quieto.

—¿Qué pasa, que crees que no soy capaz de saber la hora que es? ¿Que no la veo en la puta cocina? ¿Qué tienes derecho a decidir cuándo puedo hablar con mi hermana y cuándo no? Oye, ¿quién estaba ahí aquella noche, tú? ¿A que no? ¿Quién? Pues sí, mi hermana. ¡No tienes ni la más remota idea de la época de mierda que está pasando! Pienso contestar cada puta llamada que me haga, ¿lo entiendes? CADA PUTA LLAMADA QUE ME HAGA. ¿De verdad quieres ayudarme? ¿Crees que me ayuda que estés aquí SENTADO?

Me salió la rabia a borbotones, maligna e inmediata. Elevé el tono de voz, como si la mano de otra persona estuviera subiendo el volumen de modo progresivo. Dio un paso atrás, paralizado, mirándome asustado. Yo también estaba asustada. Mis palabras fluían como una hemorragia que no puede contenerse.

—¿Cómo vas a saber lo que se siente? ¿Qué cojones puedes hacer tú? Estampé el teléfono contra la encimera. Ambos lo oímos crujir.

La pantalla no se había resquebrajado, sino que estaba hecha añicos. Había pedazos de cristal en los taburetes, en el suelo. Humillada, le grité que se marchara. Me ofreció su teléfono, le dije: «Márchate». Se detuvo. «Estaré abajo si me necesitas», y la puerta se cerró tras de él. Temblando, fui corriendo a buscar un calcetín de la cajonera, me lo puse en la mano y lo usé para meter el teléfono en una bolsa hermética de plástico. Me encerré en el baño con su lista de preguntas y me senté agarrándome las rodillas en la alfombrilla del baño. Mi bolsa de cristales se iluminó, Alaleh me llamaba. Mi marioneta de calcetín se deslizó una y otra vez por una esquirla de cristal, apenas quedaba superficie para aceptar la llamada. MIERDA, MIERDA, MIERDA. «¿Diga? ¡Sí! ¡Todo bien! ¿Y tú, cómo estás?».

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Cuando acabó la llamada, me estiré con el calcetín todavía en la mano. No reconocía a la persona en que me estaba convirtiendo. Inestable, furiosa; háblame del tema y explotaré. Pronto volaría sola a California, mientras Lucas seguiría con su vida en su escuela. Imaginaba una brecha cada vez mayor que nos separaba, mi desmoronamiento progresivo, el fin de nuestra relación. ¿Y si a la vuelta me había vuelto más frágil y destructiva?

A los diez años me fui de campamentos a una colina donde abundaban los pinos. Mi padre me dio su saco de dormir de plumas de sus años universitarios. Pero tenía un agujerito. Cuando desperté, tenía pequeñas plumas de ganso en el pelo; estaban por todas partes, como si hubiera nevado. En vez de pedirle a un monitor que arreglara el saco, decidí esperar hasta que llegó la hora de ir a la sala de manualidades para conseguir un poco de cinta adhesiva. Cogí un trozo largo, de unos quince centímetros, y me lo pegué en la yema del dedo. Después de manualidades nos tocaba ir a natación, de modo que lo escondí, enganchándolo en un banco alejado de las mochilas, las piernas y el agua. Por la noche llevé cuidadosamente aquel trocito flexible de cinta colina arriba, pero por entonces ya estaba húmedo y lleno de polvo y no se pegaba como yo esperaba. Durante meses después de la agresión, cargué con aquel pedacito de cinta con la intención de arreglarlo todo yo sola. Pero no bastaba. Tienes que decírselo a alguien, sellar los agujeros, recuperar el calor de tu cuerpo, dejar de limpiar las plumas. Al día siguiente acepté ir a terapia.

Puede parecer extraño que lo retrasara tanto, sobre todo teniendo en cuenta que mi padre se dedica a eso. Pero yo seguía negando por completo la magnitud del alcance que este caso tendría en mi vida. Solo cuando me encontré de frente con él y me miró a los ojos acepté abordarlo.

De niña, todo lo que sabía sobre la terapia era que el día en que los padres se llevan a sus hijos a sus trabajos, yo nunca iba. Mi padre estaba ocupado ayudando a la gente con sus divorcios, sus problemas matrimoniales, su alcoholismo. De pequeña pensaba que mi padre era un doctor que curaba heridas en la cabeza, que si te dabas un golpe él te ponía una tirita, etc. También me preguntaba cómo se las apañaba para tener una respuesta para todo. ¿Tenía un manual secreto? «No les doy respuestas; los guío».

Solíamos pasar por el trabajo de mi padre cada domingo por la mañana. Yo les sacaba el polvo a las estanterías, regaba el ficus, pasaba el

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rastrillo por la arena de su jardín de piedras, apilaba sus blocs de notas, daba de comer a los peces. Me encantaban las piedrecitas verdeazuladas y rosas y los pececillos plateados con aquellas mejillas naranjas que se hinchaban. Era el momento en que yo recolectaba mi paga: cuando la gente se reclinaba en las mullidas sillas, se les caían monedas de los bolsillos, de modo que yo metía las manos en los recovecos y recogía céntimos y goma de mascar.

Deseaba ser un pez para poder escuchar a aquellos desconocidos que le confiaban sus secretos a mi padre. Durante una hora podían desmoronarse en un ambiente seguro y llorar y decir todo aquello que jamás habrían dicho en su vida cotidiana y, cuando se acababa el tiempo, se recomponían y regresaban al bullicio mundano.

Pero la gente que yo imaginaba en su oficina nunca se parecía a mí; eran adultos que llevaban corbata, mujeres de bolsos grandes y manos cuidadas. Yo era la que daba de comer a los peces, nunca la que se sentaba en el sillón. Llamé y pedí cita con un psicólogo que había trabajado en Women Organized Against Rape. Un edificio alto. Un registro de entrada en el que garabateé mi nombre, ilegible, temerosa de que pudieran localizarme. Había un sofá de color crema. Una mujer de pelo castaño ondulado y ojos azules, Deb. Apuntes en su mesita auxiliar, una familia de pequeños cactus en flor y tapices acolchados con dibujos de ramas. Todo estaba tranquilo, me sentía a gusto. Me haría bien ir.

Necesitaba mostrarle a Emily, llevarla a la escena en que la encontraron entre los árboles. Por primera vez le daba a alguien una linterna y le decía: «Acompáñame». Ella me siguió, apartando las ramas, mientras yo alumbraba su cuerpo con aquel haz de luz.

La terapeuta lo miró conmigo. Le dije que teníamos tres semanas para recuperar a Emily y prepararla.

Explicárselo me resultó muy extraño, pero después me sentí más ligera, como si hubiera dejado parte de aquella carga en el edificio y me resultara más fácil caminar por la calle. Me compré una libretita roja y anoté: «Me siento mejor cuando la historia está fuera de mí». Recuerdo que cuando íbamos a Costco mi padre solía comprar pañuelos y papel higiénico en grandes cantidades, y Tiffany y yo solíamos apilarlos para crear un trono mullido dentro del carrito de la compra. Quizá necesitara tantos porque la gente no dejaba de llorar y se vaciaba por dentro, como yo.

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Cuando mi psicóloga me preguntó si había notado que la agresión hubiera afectado a otras áreas de mi vida, negué de manera instintiva con la cabeza. «Precisamente el asunto es que está completamente separada de mi vida, la he mantenido así a propósito». No me respondió, las dos nos quedamos calladas un momento. A veces me preguntaba si mi testimonio le habría convenido más a la defensa, porque si el abogado me hubiera preguntado: «¿Así que no te ha afectado?», me habría gustado responderle: «No». Me senté sobre las manos. «Bueno, quizá he notado algunas cosas. Rabia, eso sí. Mi modo de comportarme, supongo que estoy más nerviosa. Me pongo esto prácticamente todos los días». Levanté los brazos y las mangas negras de la chaqueta de Lucas se extendieron más allá de mis manos como si fueran rollitos de sushi vacíos. A medida que iba hablando, me iba dando cuenta de que la agresión se había desplazado de la periferia al centro mismo.

Solté de un tirón lo peor que había oído decir de mí; opiniones vertidas que yo había memorizado tras leerlas en los comentarios. «Creen que soy, me dicen que, no debería haber», y así sucesivamente. Me dijo: «¿Te puedo preguntar si alguna vez se lo has oído decir a alguien en persona?». Me quedé pensando un rato, apretando los labios, y al fin negué con la cabeza. «No, nunca». Jamás se me había ocurrido que estaba dando la misma importancia a las opiniones de desconocidos en internet que a las de la gente real. Fue una revelación impactante. Nunca había escuchado aquellas cosas horribles de boca de nadie; cuando le contaba lo sucedido a una persona, el silencio lo envolvía todo, se palpaba la tristeza, brotaba una lágrima, recibía un abrazo. Empecé a distinguir las experiencias reales de las virtuales. Me repetía mantras mientras fregaba los platos, antes de acostarme.

«No hice nada malo».

«Soy fuerte».

«Tengo voz».

«Dije la verdad».

Alaleh me llamó. La vista programada para el día 27 de septiembre se había cancelado y pospuesto al 5 de octubre. Era triste que yo pudiera responder «no pasa nada» sin pensarlo dos veces ni tener que mirar el calendario. Durante el último mes, mi agenda había estado vacía; la terapia

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solo ocupaba una pequeña parte de cada semana. Elige cualquier día, los he vaciado todos para ti. «Genial —me contestó—. ¿Puedes informar a tu hermana del cambio de fecha?».

Siempre era la primera en ser informada, la responsable de mantener a Tiffany al corriente de todo. Me senté en la cama con el teléfono en la mano, sabiendo que, en una vida normal, un cambio de fecha implicaba un trastorno, un colapso. Ella ya había tenido que reprogramar sus exámenes finales la última vez. Ahora tenía seis clases y dos trabajos. Temía hacer aquella llamada.

—Lo siento —le dije.

Se hizo una pausa larga.

—Pero ya lo había reorganizado todo —me dijo—. No puedo estar dando explicaciones constantemente.

Notaba la tensión en su voz, el estrés creciente convirtiéndose en un «no puedo, no puedo». Sentía que todo aquello se le amontonaba en la cabeza. «Pero si ya…».

—Lo entenderán —le dije—. Hablaré con ellos. Te ayudaré a organizarte el calendario. Puedes dejar uno de los trabajos. Yo te ayudaré con las lecturas, lo solucionaremos.

Pero ella me decía que no y que no, que se las apañaría. Oía cómo se replegaba y se sumía en el silencio.

—Estoy bien —me dijo—. No tengo ganas de hablar. Tengo que marcharme.

—Te lo compensaré —le dije justo cuando ella colgó el teléfono. Sabía que a veces salía de clase y caminaba pasillo arriba, pasillo

abajo, demasiado alterada para volver a entrar en el aula. Sabía que había dejado de hacer planes con amigos para ir a ruedas de identificación en la comisaría, que había renunciado a entradas de conciertos, fiestas de cumpleaños y pruebas de maquillaje. Saber todo aquello era lo que más me dolía. Mi vida ensombrecía la suya con la excusa de ser más decisiva. La frialdad del sistema judicial eliminaba piezas que formaban una vida.

Un minuto más tarde me llamó mi hermana.

—Solo quería que supieras que no estoy enfadada contigo, sino con la situación. No quería gritarte. Ya me las apañaré, ¿vale?

Pestañeé con los ojos húmedos y tirantes. Asentí, lo entendía. Sabía lo que era no tener ningún sitio donde desahogar tu frustración, la capacidad

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que tenía esta de infectar nuestras vidas y de empujarte a que lo pagaras con los demás. Todos estábamos perdidos.

Lo tenía todo listo para el 5 de octubre. La noche antes del vuelo dejé la maleta preparada y bien cerrada junto a la puerta. Mi cuadernito rojo estaba repleto de técnicas para mantener los pies en el suelo y de palabras de aliento: «Eres más fuerte que cualquiera que te haya hecho daño. No debes avergonzarte de sentir emociones y reaccionar. Eres más fuerte de lo que crees, aunque todavía no seas capaz de sentirlo». Había dejado preparados unos pantalones cómodos de chándal para el avión y unos calcetines limpios. Estaba en la cocina con mi pijama de franela y un par de tijeras en la mano podando el bonsái que había comprado para darle un poco de vida al apartamento de Lucas cuando sonó el teléfono. Eran las once de la noche.

—Lo siento, pero la vista se ha pospuesto —me dijo la fiscal auxiliar

—. No te subas al avión mañana.

Sostuve el teléfono en la mano sin abrir la boca y me quedé mirando la

maleta que estaba junto a la puerta, hinchada y bien cerrada. Intenté imaginarme arrastrándola de nuevo al dormitorio, la exhalación que soltaría al abrirla. Me vi colocando cada prenda de ropa en su respectivo cajón, volviendo a dejar mis artículos de aseo en la pila del baño, metiéndome en la cama hecha un ovillo y despertando a otro día vacío, esperando a que volvieran a decirme que hiciera la maleta. Prepararme para ir a juicio se había convertido en mi único objetivo y todo aquel empuje de repente se había frenado. Alaleh también me dijo que como ya me habían pagado el primer billete yo tendría que pagarme el siguiente cuando llegara el momento de comprarlo. No podía permitírmelo.

—Vuelvo a casa —respondí.

Le dije que estaría en Palo Alto hasta cuando quiera que empezara todo.

—Vale —me dijo—. Te mantendré al corriente. Dile a tu hermana que de momento se ha cancelado.

Aquella noche no llamé a Tiffany. Esperaría un par de días para saber cuál era el plan definitivo antes de reorganizarle la vida. Me había cansado de marearla.

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La casa de mis padres es un refugio de una planta bañado por el sol, hecho de madera vieja, con dos chimeneas de ladrillo, construido en los setenta, de color salmón intenso y con un camino de entrada de cemento agrietado. Delante hay rocas volcánicas, pequeños plataneros, grandes hojas de palma y arbustos de lavanda que había plantado mi padre. Nuestra puerta está remachada por unos clavitos para las luces de Navidad que dejamos colgadas todo el año. Sin embargo, al bajar del coche odié el barrio, el sol, el hecho de que el tiempo pareciera haberse detenido, las hojas verdes que no cambiaban jamás. Odiaba las palmeras, tan exuberantes. Echaba de menos las caóticas calles de Filadelfia, las vidas que se solapaban, los ascensores abarrotados, las bolsas de la compra que chocaban contra mis piernas, la polución de los buses y las endebles cajas de pollo rojo untado en salsa blanca de los carritos plateados de comida halal. Mi calle estaba vacía, el parque estaba vacío, mi casa estaba vacía. Lo odiaba.

Fui a ver a Gong Gong, mi abuelo, que vive cerca de casa de mis padres. No sabía nada de la agresión, mi madre dijo que si se enteraba se le rompería el corazón. Llegó a los Estados Unidos cuando yo tenía cuatro años para ayudar a mis padres a criarnos a mí y a Tiffy; una vez lo vi estrujando entre las manos una almohada en mi habitación. «No bueno», dijo. Lo siguiente que recuerdo es que estábamos en los almacenes Ross y que él se puso a estrujar todas las almohadas hasta que encontró una más firme que me sostendría mejor la cabeza. Cuando dice «Chanel» suena parecido a «xiao niao», que en chino significa «pajarito». De pequeñas nos daba de comer con la mano a mi hermana y a mí, como si fuéramos pajaritos, y cada vez que voy a Palo Alto, su comida es la primera que pruebo.

Me senté en su mesita baja cubierta de periódicos chinos y calendarios gratuitos de bancos a modo de manteles. Me comí unos cuantos cuencos y lo ayudé a traducir su correo. Me llamaron. Se había vuelto a programar la vista. Alaleh me dijo que si tenía tiempo debía ir a ver el espacio. Lancé el cuenco vacío al fregadero, le di un abrazo y salí corriendo hacia el coche.

La sala del tribunal era mucho más pequeña de lo que había imaginado: era oscura, estrecha y olía a cerrado. La luz natural se filtraba por unos cuadrados salpicados de moho situados en el alto techo. En un rincón había una bandera mustia de perennes arrugas que jamás ondeó al

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aire. El estancamiento y la tristeza lo impregnaban todo; era como si el aire llevara allí guardado años. Yo entraría por las puertas de atrás y avanzaría por el pasillo como una novia. No me gustaba la vulnerabilidad de ese momento: todo el mundo tendría los ojos puestos en mi espalda mientras me acercaba al banquillo de los testigos. Habría preferido aparecer de repente delante de ellos, en plan ¡tachán! El juez se sentaría a mi izquierda, en una posición más elevada, como un pájaro más grande del mismo nido. Mi fiscal estaría delante de mí, en un estrado. Yo la miraría directamente a ella.

«Aquí es donde te sentarás, familiarízate un poco con el espacio. Brock se pondrá allí». Señaló una silla vacía, cerca de mi banquillo. Asentí pero me parecía imposible que dentro de poco esos asientos estuvieran llenos de cuerpos. Expuso las pautas generales: yo sería la primera en prestar juramento. «Asegúrate de hablar alto y claro». No podía responder asintiendo con la cabeza, debía pronunciar un «sí» que se oyera bien. En caso de protesta, debía parar y esperar a que el juez me diera permiso para volver a hablar. «Responde directamente solo a lo que se te pregunta. No pasa nada si lloras, pero intenta no dejarte llevar demasiado por las emociones». Mi letrada se sentaría en una silla contigua al banquillo, pero no podría hablar conmigo durante mi testimonio. Se me pediría que identificara a Brock. Usarían mi nombre de pila en el juicio y se referirían a mí como Chanel Doe. «No te tomes los ataques de su abogado defensor como algo personal. Sus preguntas ayudarán a tu letrada a entender su enfoque y a prepararse para el juicio. Debes decir siempre la verdad».

Escuchaba todo lo que me decía, pero sobre todo miraba fijamente las sillas en que se sentarían Brock y su abogado. Se me hizo un nudo en la garganta; era como si pestañeando muchas veces fueran a materializarse allí. Me dijo que no tenía la obligación de mirar a su abogado, incluso cuando me hablara directamente. Podía mirar al público, a los ojos a una amiga. Pero yo sabía que no vendría ninguna.

Claire estaba en Francia, Tiffany no podía entrar en la sala porque también era testigo. Mi madre estaría en el juzgado, pero me negué a que viera todo aquello; sabía que toda mi atención se desviaría en intentar protegerla. Temía refrenarme y no ser capaz de contar toda la verdad por no herirla. No, aquel trago lo iba a pasar yo sola.

Alaleh me entregó una gruesa carpeta con las transcripciones de mis entrevistas en el hospital y en la comisaría de policía. «No tienes que

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estudiártelas como si esto fuera un examen —me dijo—, solo es para refrescarte un poco la memoria». La taquígrafa judicial entró para presentarse; llevaba el pelo corto y unas gafas puntiagudas, y caminaba con tanta soltura que parecía que fuera la dueña de aquel lugar. «No tengas miedo —me dijo sonriente mientras se bajaba las gafas para que pudiera verle los ojos—. Si te pones nerviosa, solo tienes que mirarme a mí». Me guiñó el ojo.

En parte todo aquello me resultaba familiar. A los dieciocho me apunté a un curso de performance poética con el profesor Fulbeck. Antes de cada espectáculo íbamos a la sala para echarle un vistazo a la iluminación y al escenario y para comprobar que el micrófono funcionara. En mi día a día era tímida, pero sobre el escenario me convertía en otra persona.

En mi primer año de universidad, una compañera de clase me dijo que se despertó y se encontró a un tío encima de ella, en pleno acto sexual, mientras ella apenas estaba consciente. Le había quitado su virginidad. Me dijo que por eso llevaba semanas sin venir a clase, pero encogiéndose de hombros añadió que estaba bien. En una semana yo había escrito una composición poética llamada «Amable»: «Estoy cansada de ser buena, de ser amable, en esta vida en que rebelarse es no ponerse el aparato para dormir una noche. Quiero despertar emociones, hacer enemigos, parecer un poco chunga, meterme con algunas cabronas, mandarlo todo a la mierda». La gente se reía y aplaudía mientras la performance aumentaba de intensidad. Al público le divertían las pullas que soltaba hasta que llegué a la frase «Al capullo que le metió el capullo a mi amiga cuando estaba inconsciente». De repente se hizo el silencio.

«¿Estás avergonzado porque tu polla es más corta que una regla de medir y por eso la emborrachaste hasta que pudiste imponer tus reglas? Como a tu pingajo de carne tu mano no le parecía demasiado atractiva se buscó compañía de verdad, por eso te las apañaste para estar a solas con ella, clavaste la espada en la piedra, la violaste; ella es la humillada y tú eres menos profundo que una piscina infantil. Me da lástima tu falta de dignidad, tu…». Lo iba soltando todo de un tirón mientras miraba a los ojos a cada persona del público.

«Todo el mundo sabrá lo pequeñas que son tus pelotas, tú me dirás que soy muy mala y yo habré vencido a tu pene que es minúsculo como un feto, y como colofón… le pegaré un par de tiros». La gente explotó, dando voces y patadas en el suelo. Cuando competía en concursos de poesía con

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«Amable», en la mesa de los jueces había dieces. Mis padres se quedaban pasmados, pero me apoyaban. Cada vez que actuaba deseaba que aquel tío lo estuviera viendo.

Escribir y recitar aquel poema era fácil, porque en aquella época yo estaba saliendo con el primer chico al que amé, me sentía fuerte porque estaba protegida y el sexo era algo agradable; además, aquella pieza era para ella, no para mí, y podía emplear juegos de palabras imaginativos y hablar a toda leche y meterme al público en el bolsillo aniquilando verbalmente a un capullo. Ahora, al ser yo la agredida estando inconsciente, apenas podía hablar. Sentada delante de aquel micrófono en la sala vacía, solo era capaz de asentir con la cabeza, y entonces me acordé de mi yo joven y audaz que se pavoneaba sobre el escenario y me pregunté dónde se habría metido.

Tiffany llegó en coche a casa la tarde anterior a la vista y estaría en Palo Alto menos de veinticuatro horas antes de regresar a toda prisa a clase. No había estado en el juzgado antes ni tampoco conocía a Alaleh. Era raro que las dos nos viéramos sometidas al mismo proceso pero que no hubiera nadie ocupándose de ella ni ayudándola a prepararse. Yo entendía que testificar sería más duro para ella porque lo recordaba todo y tendría que describir lo que hizo él mientras este la observaba desde la sala. Y además tenía deberes y tendría que estar en clase al día siguiente, como si aquel día jamás hubiera existido.

«Qué ropa se supone que debemos ponernos», me preguntó. En las imágenes que nos devolvía Google al escribir «ropa de mujer para ir a un juicio» salían mujeres altas con los brazos en jarra, el pelo largo formando delicados tirabuzones, faldas lápiz y unas piernas tan esbeltas como barrotes de escalera enfundadas en unos zapatos de tacón. «Cómo narices nos las vamos a apañar para parecemos a ellas». Fuera ya había anochecido mientras deambulábamos por el reluciente suelo blanco de Kohl’s. Le mandé un mensaje a mi letrada pidiéndole consejo. «Ponte algo cómodo, decoroso». Vale. Mi hermana salió del probador con una camiseta enorme con el dibujo de un Minion y sin pantalones. «¿Qué dirían si aparezco así?». Le dije: «Tiffany, esto es muy serio», y salí con unos pantalones pirata que llevaban brillantitos incrustados, una visera y una camiseta donde se leía blessed.

Cuando dieron el aviso por los altavoces de que la tienda cerraría en breve, abandonamos nuestro juego y sucumbimos a la sección de ropa de

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oficina informal, donde acabamos con los brazos desbordantes de jerséis en tonos tierra. Mi hermana salió del probador con un suéter burdeos de cuello redondo y dobladillo asimétrico. «¿Vas a testificar o a dar un discurso en una fiesta benéfica infantil?». Las camisas floreadas nos transformaron en secretarias pasadas de moda. «Recáspita, Janice, ¿se te ha olvidado mandarme el formulario por fax?». Al fin encontré algo apropiado, un suéter del color de la leche caducada, suave y discreto. El nuevo uniforme de Emily. Me hacía parecer una de esas personas que te prestarían un lápiz. Mi hermana asintió con la cabeza, dándome su aprobación.

Estaba oscuro y había llegado el momento de ponerse a estudiar las transcripciones. Nos sentamos en los extremos opuestos de la mesa de comedor con nuestras pilas de papeles. Oí que mi padre le decía a mi madre: «¿No estás contenta de que las niñas estén aquí?». Era verdad, me sentía agradecida por aquellas reuniones familiares improvisadas. Aun así, la razón por la que estábamos todos juntos se cernía sobre nosotros. Leímos en un silencio total solo roto por el ocasional crujido de una página al pasarla. Una de las primeras y más importantes reglas que nos impusieron desde el principio era que Tiffany y yo no podíamos hablar del caso. Si nuestros hechos se parecían demasiado, se nos acusaría de conspirar. Sin embargo, su mera presencia era un regalo que hizo posible que yo empezara a revivir aquella noche.

A medida que estudiaba las páginas, empezaban a filtrarse las emociones gota a gota. Cada frase que leía era como estar en una habitación que se iba inundando lentamente. Se llenaba y se llenaba hasta que solo quedaba un pequeño resquicio por el que respirar, una rendijita entre el agua y el techo. Justo cuando creía que me iba a ahogar, todo se paró. Sabía que no podía ahogarme otra vez. La agresión contenida dentro de aquellos papeles estaba en el pasado. El agua empezó a desaparecer.

Estaba muy concentrada tomando apuntes y poniendo en orden todos los datos. Me grabé cada pequeño detalle en la mente hasta que pude explicar toda la noche del derecho y del revés en un marco temporal de quince minutos, desde el momento en que había decidido ir a la fiesta hasta el instante en que me dejaron marcharme del hospital.

—Estoy nerviosa —me dijo mi hermana.

—No pasa nada —le dije—. Si te pones nerviosa, mira a la taquígrafa. Me guiñó el ojo. No esperan que lo recuerdes todo, ¡han pasado diez

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meses! Es sencillo, solo tenemos que decir la verdad, todo el mundo se quedará pasmado, dirán: «guau, esta chica es un ángel, pero ese tío me pone los pelos de punta». Además nos hemos gastado setenta dólares en Kohl’s, o sea que no nos queda otra que aprovechar bien la ropa. No debemos estar asustadas porque no tenemos nada que esconder.

Era verdad, y así lo sentía cuando se lo dije. Ahora mi hermana sonreía. La dejé repasar sus apuntes y me marché a mi habitación. Los ojos se me empezaron a llenar de lágrimas. Había algo que no le había dicho. «Yo también estoy nerviosa. No tengo ni idea de lo que va a pasar».

El arco de seguridad de plástico era mi portal, la entrada a aquel mundo desconocido. Los guardias de seguridad nos escoltaron a mi madre, a Tiffany y a mí al pequeño trastero de la víctima, que estaba amueblado con un sofá amarillo sucio que parecía esculpido con cera de los oídos. También había un escritorio de patas metálicas cubierto de revistas viejas y con las hojas medio arrancadas. Una bolsa opaca de rotuladores sin tapón y con la punta reseca. Pilas polvorientas de folletos sobre violencia doméstica. Un póster rojo plastificado con unas llamativas letras amarillas

que decían: LAS VÍCTIMAS TIENEN DERECHO A QUE SE LAS TRATE CON JUSTICIA Y RESPETO POR SU PRIVACIDAD Y DIGNIDAD, Y A NO SUFRIR INTIMIDACIÓN, ACOSO NI AGRESIÓN DURANTE TODO EL PROCEDIMIENTO JUDICIAL DE MENORES.

Había papeles olvidados con dibujos de niños, un corazón dibujado con unas letras muy apretadas dentro: «Porque tengo miedo». Mi madre estaba incómoda en aquel espacio tan sórdido y quiso mejorarlo de algún modo, así que salió a comprarnos leche caliente a una cafetería cercana, además de galletas y melón dulce cortado.

Anne, la madre de Julia, estaba de camino. Se había ofrecido a venir y a estar en la sala; sería mi único apoyo. Julia estaba en el extranjero ese trimestre. Más tarde me enteraría de que cuando volvió al campus empezó a sufrir ataques de pánico cada vez que pasaba por delante de la fraternidad de noche. Le pasaría durante los dos años siguientes.

Mientras esperábamos llegó mi letrada, Bree. Me di cuenta de que se había cortado el pelo. Fue agradable hablar con ella sobre su corte, como si fuéramos amigas en un contexto normal y no la hubieran enviado de la YWCA para que yo no estuviera sola. Como vio que estaba inquieta, me dijo que apretara las suelas de los zapatos contra el suelo; era una técnica de conexión con la realidad. Metió la mano en el bolso y sacó un juguetito:

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un perro salchicha largo de color azul claro con una especie de espaguetis de goma a modo de pelo. «Quizá te vaya bien tener algo que apretar cuando estés ahí arriba», me dijo. Lo estiré, lo sacudí un poco. A mi hermana le tocó una calavera estrujable.

Alaleh vendría a buscarme cuando estuvieran listos. Pasó una hora. El vaso de leche caliente se enfrió. Cuando llamaron a la puerta, mi hermana me apretó la mano. Seguí a Bree y a Alaleh pasillo abajo. «Levanto la mano derecha o la izquierda para hacer el juramento, y si se me olvida todo, tengo la cremallera bajada, qué aspecto tengo». Empecé a pasearme, respirando fuerte. Me daba cuenta del ruido que hacía y me avergonzaba no poder disimular el pánico que sentía, pero supuse que ella preferiría que respirara fuerte a que me desmayase allí mismo. «Echa un vistazo», me dijo. A través de una fina ventana rectangular que había en la puerta ojeé la sala; había poca gente, les veía la nuca. Me quedé helada al ver la piel desnuda de su pescuezo. Quería aferrarme a mi último momento de anonimato. Pero Alaleh ya estaba abriendo las puertas y no me quedaba otra opción que cruzarlas.

«En este momento el pueblo llama a su primera testigo, Chanel Doe». Las cabezas se volvieron hacia mí cuando entré, no sabía adónde mirar. Me pasé el perrito salchicha a la mano izquierda para poder levantar la derecha cuando tuviera que hacer el juramento. Dije solemnemente que sí. Algo que pensé que haría por primera vez en mi boda, no en el juicio de mi violación. Notaba las miradas escrutadoras. Me pregunté si les sorprendería que fuera asiática, si parecería una mujer o una chica, una persona del montón, menos guapa de lo que se habían imaginado, por qué no habría elegido a una chica más mona. «Para, qué tonterías estás pensando, cállate». A medida que me acercaba al banquillo de los testigos no quería hacer otra cosa que pasar de largo y seguir caminando, pero cuando toqué el respaldo de la silla me senté mirando hacia delante. Aquí estoy.

Me dijeron que me pusiera cómoda. No entendí lo que querían decir. Intenté levantar la silla para deslizaría hacia delante. Todo el mundo me miraba mientras la empujaba con dificultad hasta que conseguí moverla cuatro o cinco centímetros. Alaleh me recordó que hablara alto y claro. Con manos temblorosas incliné el fino tallo del micrófono hacia mí. Oí que alguien se aclaraba la garganta. Bree estaba sentada en una silla que quedaba abajo a mi derecha, mirando al público en señal de solidaridad.

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Había poca gente, pero aquel puñado de cuerpos bastaba para ponerme nerviosa y preguntarme quiénes eran aquellas personas y qué hacían allí. Vi que el detective Kim estaba junto a Alaleh; una cara amiga, un pequeño consuelo.

En la periferia de mi izquierda, Brock solo era una masa. Descansé los ojos en el rostro de Alaleh y dejé que todo lo que la rodeaba se evaporase. Ella me sonreía desde detrás del estrado, del mismo modo que he visto hacerlo a algunas madres para animar a sus pequeños a dar sus primeros pasos, y yo le devolví la mejor sonrisa que fui capaz de esbozar.

—Por favor, ¿podría decirnos su nombre y deletrearlo?

—Chanel —respondí—. C-H-A-N-E-L.

Sentí lo mismo que cuando te cortan un mechón largo de pelo. Una pérdida rápida, irreversible. Mi nombre ya no era mío, ahora debía confiar en que todos los presentes en la sala fueran capaces de guardar aquel secreto. No había tiempo para explayarse, pasamos directamente a mi edad, educación, lugar de residencia. Hablé de la reserva natural de Arastradero al atardecer, de Tiffany y Julia, de la taquería, de mi taco abierto de pollo; dije que bebí agua porque picaba, que me fui a casa, que mi padre hizo la cena.

—Además del brócoli salteado y del taco, ¿comiste algo más ese día? —No —respondí. Y entonces hice una pausa—. Bueno, ese día… Ese

día no lo recuerdo.

Supongo que tomé algo a la hora de la comida ese día, hacía diez meses, pero ¿el qué?

Me preguntó por qué fui a Stanford, le dije que acudí a la fiesta de una fraternidad para encontrarme con Julia.

—Parece que aquella noche no había más cosas que hacer, pero si me hubieran dicho que fuéramos a comer yogur helado al centro, habría ido a eso; hay otra fiesta distinta que organiza en Stanford el Club Internacional, también habría ido.

A mi izquierda resonó una voz de hombre.

—Su señoría, voy a pedir que no consten en acta los últimos dos tercios o tres cuartos de la respuesta. La pregunta ya había quedado contestada al principio.

Miré hacia allí. El abogado defensor, con su rostro cuadrado, pelo blanco y traje negro estaba encorvado sobre sus notas y hablaba como si yo no estuviera presente. El juez contestó:

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—De acuerdo, pido que no consten las dos últimas frases de la contestación porque no responden a la pregunta.

Fui testigo de cómo mis palabras iban cayendo como pájaros a los que se dispara en pleno vuelo. No sabía que tenía el poder de borrar mi testimonio sin mover un dedo. Lo más desconcertante de todo era que protestó por una frase en la que yo hablaba del yogur helado. ¿Qué pasaría cuando habláramos de cosas importantes?

Alaleh siguió interrogándome sobre la decisión de ir a una fraternidad y, una y otra vez, el abogado de Brock desgajó mis frases. «Protesta aceptada». Yo era un perro con un collar electrificado alrededor del cuello y la defensa tenía el mando en su poder. Cada vez que hablaba notaba la descarga y me daba la vuelta, confundida. Cada vez mostraba más cautela para no sobrepasar los límites, quería evitar que me cortaran. Aquel abogado me estaba enseñando a tener miedo de hablar libremente.

Alaleh fragmentaba las preguntas para que yo pudiera dar cuerpo a mi respuesta.

—¿Querías ir a la fiesta de una fraternidad? —No —respondí, temerosa de añadir más. —¿Por qué no?

Una oportunidad de desarrollar la respuesta.

—A ver, ¿por qué querría ir yo a la fiesta de una fraternidad? —Mi propia irritación me sorprendía—. No tenía ningún interés en ir a la fiesta de una fraternidad ni de conocer a nadie allí.

Qué difícil era hacerse entender. Al final conseguimos establecer un buen ritmo, intercambiando palabras de ida y vuelta. Muy pronto cada parte de la noche fue cobrando vida. La sala se disolvió y empecé a ver el suelo de linóleo desgastado de mi cocina, el reloj con el marco negro, el papel pintado de finas rayas azules y amarillas. Cuando me preguntaron qué bebí, vi perfectamente el líquido marrón en la botella de cristal, las tazas en la encimera de madera. Cuando me preguntaron qué tipo de whisky era, entorné los ojos como si pudiera concentrarme en el recuerdo y leer la etiqueta. Escaleras abajo, pilas de vasos rojos, mesas anchas de madera, zumo derramado, la planta baja llenándose de cabezas, cuerpos que inundan las puertas correderas de cristal que dan al patio de atrás, yo agachada entre los árboles intentando no salpicarme los zapatos y volviendo al suave barullo del patio de cemento, detalle a detalle.

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Me sorprendía la seriedad con que se formulaban las preguntas, como si fuera normal recordar el detalle más trivial, dividir la penumbra que rodea al acto de beber relajadamente en una cronología del consumo, señalando los minutos transcurridos entre un sorbo y otro. El tiempo se diseccionaba al minuto, la distancia al metro, el líquido al milímetro. ¿Cuánto se tarda en llegar en coche? («Siete minutos»). ¿Cuándo llegamos? («A las 23:15»). ¿Con quién iba? ¿A qué hora nos dejó el coche? ¿Habíamos ido a otras fiestas? ¿Cuánta gente había allí? («Sesenta personas, veinte minutos más tarde serían cien»). ¿Cuánto había caminado para ir al baño? («Trece metros»). Mi seguridad resultaba casi cómica, ¿cómo podía alguien estar tan seguro de todo aquello? Estaba tan sumida en el ritmo intermitente de su interrogatorio, tan concentrada en el zumbido de mi memoria, que no me di cuenta de que nos acercábamos cada vez más a mi recuerdo final. Me vi a mí misma, cerveza en mano, sonriendo, balanceando ligeramente los hombros. Tiffany estaba allí y dos o tres amigas de ella revoloteaban a su alrededor. Las había estado observando mientras pensaba que echaba de menos la universidad, pero en realidad tampoco tanto, y que aunque pudiera volver, ya nunca sería lo mismo. En aquel momento vi a Tiffany correteando y disfrutando del agradable descontrol, feliz de que por una noche yo pudiera formar parte de aquello.

—¿Y qué pasó después?

La pequeña película que se proyectaba en mi cabeza se detuvo, la música desapareció, la gente iluminada bajo la luz del porche se esfumó. Todo se fundió a negro. La miré; sentí un pánico sordo, pestañeé, no tenía ninguna respuesta. Me había estado sosteniendo por la barriga para que pudiera chapotear por el agua y de repente me había soltado y veía cómo me sumergía bajo el agua.

—Me desperté en el hospital.

Cuando dije aquellas palabras, la cabeza se me venció hacia delante y mis pensamientos se desparramaron por todas partes. Me preguntó algo más, pero no le respondí; en la transcripción, la taquígrafa solo escribió: «(Niega con la cabeza)».

Oí un sonido, un largo lamento, un murmullo agudo, que ascendía y descendía. Cada vez se oía más fuerte, no podía frenarlo. Quería que alguien me sujetara los hombros, pero me di cuenta de que nadie iba a venir a hacerlo. Estaba en una sala llena de desconocidos que permanecían

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sentados e inalterables mientras yo le lloraba a la nada. Había decidido que mis seres queridos no entraran allí y había sido un gran error. Me llevé las manos a la cara y cerré los ojos. Si yo no veía a nadie, ellos tampoco podrían verme.

JUEZ: ¿Quieren hacer una pausa?

FISCAL: Sí.

JUEZ: Vamos a hacer una breve pausa, por lo que bajaré del estrado. Gracias.

FISCAL: Oh, aquí hay un vaso.

Oí el rumor de la gente al salir rompiendo el silencio; un rumor que parecía decir: «Cancélalo todo, la hemos perdido». Imaginé cómo se quebraban todas las miradas que me observaban, cortadas como si fueran hilos. Oí al juez salir de su banco. También oía el ruido de los tacones de la fiscal al acercarse hacia mí para servirme agua en un vaso de porespán que estaba en mi banquillo. Yo seguía tapándome la cara con las manos, con el perro salchicha estrujándome la mejilla. Bree me ayudó a levantarme, me acompañó fuera de la sala y me llevó por los pasillos hasta el baño.

La puerta se cerró. Al fin el silencio. «Qué duro es esto», dije. Mi voz era insignificante, débil. Así no era como esperaba que fueran las cosas. Me avergonzaba lo que pensarían de mí las personas que estaban en la sala. Qué dirían de aquella chica que se emborrachó hasta perder la conciencia y que ahora jadeaba llorosa delante del micrófono.

Alaleh había tocado un punto frágil, tembloroso y nebuloso, la porción de la memoria perdida entre aquella noche y la mañana siguiente. Tendría que jugar a caminar alrededor de ese centro, sabiendo cuándo y cómo entrar en él, porque si lo hacía abruptamente me perdería una y otra vez; estaba segura de ello. Me vino a la mente una imagen de ella cada vez más irritada. «Nos ha tocado una chica débil». La confianza que sentía en mí misma empezaba a esfumarse.

«Lo estás haciendo genial», me dijo Bree. La miré. Me sonreía, pero no con lástima sino con algo que rayaba en la admiración. Tenía un aire esperanzado mientras sostenía el fajo de pañuelitos de papel en la mano. Parecía emocionada de estar allí. Para ella era importante haber llegado tan lejos. Yo solo notaba el cansancio y los manchurrones negros del

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maquillaje en las mejillas. Quizá en ese contexto «hacerlo genial» fuera precisamente eso.

Me sorprendió que mis pies me sostuvieran y siguieran a Bree de regreso a la sala. Mientras ella se acomodaba en la silla de mi derecha, tuve la sensación de que las dos habíamos vuelto de un club secreto. Lo estaba haciendo genial. Aquel hecho se volvió tan sólido como su presencia.

Cuando retomamos el interrogatorio, Alaleh volvió a mi último recuerdo en el patio y de nuevo tocó el punto frágil. «¿Podrías describir cómo te sentiste cuando te despertaste?». Me miró fijamente. No podía describir aquella sensación. No creo que muchos supervivientes sean capaces de hacerlo. Yo incluso diría que todavía estaba en proceso de despertar. Pero entendí que no iríamos a ninguna parte hasta que yo empezara a responder, que interrumpiríamos la sesión y la retomaríamos todas las veces que hicieran falta. Así que lo intenté.

Lloré al recordar la sangre y la ropa interior desaparecida con el rostro desencajado y el pecho agitado. Las palabras me salían entrecortadas, me sentía fea, estaba hecha un desastre pero, por debajo de todo aquello, oía un rápido tecleo; eran las manos de la taquígrafa que me acompañaban, los pasitos de las teclas, que me impulsaban adelante, nos movíamos.

—¿Necesitas tomarte una pausa? Respira hondo. Vale. ¿Poli rías describir si tenías solo una aguja de pino en el pelo o si eran muchas?

Empujando y empujando, cada detalle, cada emoción.

—¿Te hizo la enfermera un examen genital? ¿Dirías que fue bastante invasivo?

En ese momento hice una pausa, me senté, me enjuagué las lágrimas. Si explicaba demasiado, incomodaría a todo el mundo. Pero ella me lo preguntaba. ¿Por qué debía cargar yo con la vergüenza de lo que le hicieron a mi cuerpo?

—Me insertaron un espéculo de plástico —dije—, me pusieron bastoncillos en el ano. Me pintaron la vagina de azul, creo que para ver si había abrasiones. Me separaron las piernas, me fotografiaron. Me fotografiaron desnuda. De modo que la respuesta es que sí.

Me sentí un poco más ligera. Había expresado mi verdad sin pedir perdón y por un momento yo tuve el poder, turbé a los hombres, les obligué a bajar la mirada. Quería repetírselo otra vez al micrófono: «ano».

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Ya no estaba bien sentada, tenía mal puestas las horquillas del pelo, estaba agotada. Supuse que faltaba poco para acabar.

—Chanel, te voy a pedir que mires esta prueba y que me digas si reconoces los objetos que aparecen fotografiados en ella.

¿Fotografías? En mi mente la agresión era una escena siempre reconstruida a partir de una explicación de otra persona. Barajó algunas fotografías de gran tamaño que tenía sobre el escritorio y entreví una imagen de mis muñecas desnudas y de mis tobillos flexionados. Se acercó a mi banquillo con una fotografía grande, un cuadrado de realidad que se deslizaba hacia mi estrado y yo me aparté instintivamente.

Todo aquel rectángulo era un fondo cobrizo claro con una textura de líneas cruzadas. Lo estudié un instante y caí en la cuenta de que eran miles de agujas de pino. Entre ellas había un pequeño retazo de tela blanca y una funda de móvil azul. Mis dos pequeñas posesiones abandonadas. De modo que ahí fue donde me encontraron.

Hasta entonces había intentado estar presente pero también había adoptado una posición distante; el tipo rubio de mi izquierda era un desconocido. Aquella desconcertante mañana transcurrida en el hospital, los tirones al quitarme las agujas de pino del pelo, eran la única realidad que tenía de aquel momento. Pero ahora las imágenes empezaban a conectar entre sí, el fragmento negro de mi mente se llenaba con aquella imagen de color cobrizo claro. Un desconocido que mirara aquella foto no vería más que un pedazo de tela blanca; yo en cambio reconocía mi ropa interior, sabía que si te fijabas bien podías distinguir los desgastados lunares negros, la goma deshilachada. La víctima eres tú. Lo que significa que en algún momento yo estuve allí y que el hombre del traje que se sentaba a apenas unos metros de mí me había manoseado las caderas desnudas mientras me inmovilizaba bajo su peso; que yo había barrido el suelo con el pelo mientras él me apretaba el pezón que había quedado al aire con la palma de la mano y me pegaba los labios al cuello. Allí está él, separándome las piernas, metiéndome los dedos dentro. La realidad de todo aquello se expandía demasiado deprisa y el pánico empezaba a apoderarse de mí. Miré la foto, ahora plenamente consciente de que él estaba allí.

Alaleh apartó la foto y la reemplazó con otra; esta vez era una captura de pantalla de mi móvil, donde se veían las nueve llamadas perdidas de mi hermana. Al lado, una captura de los mensajes de Lucas: «Dile a Tiffany

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que se quede contigo, por favor, estoy preocupado por ti, cariño». Indicios de su pánico. Apreté los brazos contra los costados, tenía la cara seca y la barbilla temblorosa.

—Chanel —oí mi nombre—. ¿Tenías algún interés en ligar con alguien hoy en el juzgado?

Levanté la cabeza y lo miré directamente a él, a su coronilla, puesto que él había bajado la vista y se miraba el regazo. Es de carne y hueso. Es él de verdad. Quería asegurarme de que me escuchaba: «Levanta la cabeza».

—No.

El silencio se extendió en ondas alrededor de esta palabra. La mente se me despejó, todas las preguntas se desvanecieron por completo.

—¿Reconoces a alguien en la sala con quien quizá hayas ligado?

El hecho de que se negara a mirarme me dejó claro que ambos sabíamos la respuesta a aquella pregunta.

—No.

Aquella única sílaba me sabía a alimento, tenía el gusto de algo nuevo. Quería que las dos pequeñas letras se le metieran por las orejas como si fueran semillas, que se le asentaran en las entrañas, se expandieran, le oprimieran los pulmones y el corazón y lo ahogaran por dentro hasta que no pudiera contenerlas y explotara reventando la camisa.

La fiscal me sonrió, me dedicó un gesto con la cabeza y dio un golpecito a los papeles en el estrado.

—No hay más preguntas —me dijo.

Había completado la primera parte. Parecía que el cansancio había derrotado el miedo que tenía dentro. Me habían enseñado a temerle al abogado defensor, me habían dicho que era una persona respetable y eminente, y uno de los mejores letrados. Sin embargo, mientras esperaba a que ordenara sus papeles, me ablandé un poco al ver que era bastante mayor, quizá el abuelo de alguien, y lo imaginé lanzando suavemente una pelota de béisbol. Solo cuando se puso en pie sentí un leve escalofrío. En su rostro se dibujaba un ceño permanentemente fruncido y recordé que estaba allí para hacerme pedazos.

—Buenos días, Chanel.

Sonrió, pero yo creo que una sonrisa debe durar más de un segundo para que se pueda tomar por auténtica, y la suya se desvaneció demasiado

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rápido. Aun así le dediqué una sonrisa calurosa, enseñándole cómo se hacía.

—Quería hacerte algunas preguntas, sobre todo basándome en algunas que ya se te han formulado. Son solo aclaraciones —me dijo.

Sus palabras sonaban ligeras, como si se tratara de una charla amistosa y hubiéramos salido a pasear juntos. Me incomodaba aquella cortesía fingida, su cordialidad sin fundamento.

Sus preguntas empezaron de nuevo en la taquería. Viéndolo a posteriori, jamás habría ido a la taquería ese día si hubiera sabido que me iban a preguntar tantas cosas sobre ella.

—¿Parasteis en una taquería a cenar antes de ir a casa? ¿Ahí es donde te comiste un taco? ¿No bebiste nada? ¿Agua, cocacola, nada?

Consultó sus notas para mirarme con los ojos entornados y luego asintió antes de volver a ellas, como si confirmara algo. Su estrategia me pilló por sorpresa: se tomaba largas pausas, pasaba las páginas de su bloc de notas hacia delante y hacia atrás despacio, escribiendo mientras aguardábamos. Yo me esperaba un contrainterrogatorio de ritmo trepidante, pero en vez de eso él se tomaba con calma sus deliberaciones mientras evaluaba al milímetro mis palabras. Esos largos silencios me incomodaban. Seguí mirándolo fijamente.

Sus preguntas eran un reflejo de las de mi fiscal y repetían todo lo que ya habíamos abordado. Sonaban así: «¿Salteado, testificaste, whisky, serviste, brócoli? ¿Quién lo preparó, bebiendo con, allí es donde, cuatro chupitos, media hora? ¿Correcto? ¿Alcohol? ¿Todo el rato? ¿Con tu hermana, crees, número de chupitos, champán, creo yo, así que cuánto, ella también, consumió, más o menos? ¿La fiesta? ¿Antes? ¿Dices? ¿No estaba? ¿Las dos? ¿Cuánto? ¿Durante cuánto? ¿Perdón? ¿Stanford? ¿A la vez? ¿Aproximadamente? ¿O con ella? ¿Con quién? ¿Cuándo? ¿Que tú vieras?». No golpeaba con fuerza, pero sí iba perforando agujeros. Me aseguré de que cada vez que levantara la vista mis ojos siguieran sosteniéndole la mirada, mostrándole que aunque me lo pusiera difícil yo iba a seguirle durante todo el camino. A diferencia de Alaleh, sus preguntas eran cada vez menos lineales, lo que me dificultaba mantener una narrativa visual en la cabeza. «Cuando consumiste la cantidad de alcohol que echaste en el vaso rojo que quedaba entre esta línea y la siguiente, ¿fue eso antes o después de que salieras a orinar? Dijiste que ese día, cuando fuiste a Stanford y a la fraternidad de KA llevabas una rebeca

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beis, ¿correcto? ¿Es lo mismo que un suéter?». ¿De verdad me estaba preguntando si una rebeca era un suéter? Aquellas preguntas frívolas formuladas con tanta seriedad me incomodaban, me molestaba la idea de que tuvieran alguna relevancia. Me preguntó si había cantado en la fiesta. Me preguntó si sabía cuántos mililitros había en una botella de litro y medio.

—En un momento dado de tu testimonio has mencionado que te subiste a una silla que estaba encima de una mesa y te pusiste a bailar sola, ¿verdad?

Sonreí al escuchar aquello, imaginándome los muebles apilados y mi cabeza prácticamente tocando el techo.

—¿En una silla que estaba encima de una mesa? —le dije.

—Sí —me contestó—. ¿Lo he entendido mal? —Me miró con cara de póker.

—Me subí a una silla que estaba en el suelo —le dije. Esperé un momento a que lo apuntara para seguir—. Todos los demás estaban subidos en las mesas.

—Vale —me dijo—. Entonces, ¿solo estabas encima de una silla? Cuando estuviste en el hospital no te diste cuenta de que tuvieras ninguna herida en el cuerpo, ¿verdad?

Casi respondí que no, hasta que me di cuenta de que yo jamás había dicho eso. ¿Por qué me lo preguntaba de manera que pareciera que yo lo había dicho? Había pasado de hablar de muebles apilados a heridas corporales sin transición alguna, con un tono y un ritmo consistentes, y de repente me pregunté si me habría engañado con aquellas preguntas tontas y yo me había relajado demasiado. Como respuesta le hablé de la sangre seca, pero pronto desestimó la respuesta, diciendo que era por la aguja del gotero.

—Así pues, aparte de eso, ¿no notaste que tuvieras lesiones en el cuerpo?

Sus preguntas eran afirmaciones veladas: «no notaste, no notaste».

Estaba obligándome a algo.

—A excepción de un rasguño en el cuello —le dije.

—Esa fue la única herida que notaste, ¿no?

—Sí —le dije.

Ya tenía lo que quería. Sentía que me estaba dando la respuesta, enmarcándola de manera que yo quisiera estar de acuerdo para que todo

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funcionara adecuadamente.

Entonces brotó un recuerdo, me vi en el espejo de casa volviéndome y bajándome los pantalones de chándal para descubrir una marca roja en las nalgas. Me volví a subir los pantalones rápidamente y me lavé las manos, como si algo se me hubiera quedado enganchado en la mano. No había pensado en aquel incidente en meses y ahora de repente se revelaba ante mis ojos, liberando el recuerdo de su ancla. Pero ¿cómo explicarlo? ¿Cómo decir que un recuerdo reprimido había resurgido a la superficie? Ya había dicho que sí; había testificado que no tenía más heridas, algo que quedaría registrado para siempre, mientras me veía arrastrada por un torrente de preguntas que buscaban saber si había bebido cerveza en la fiesta de una lata perforada, si la persona que la había abierto así había usado una llave y si era de verdad, como las de los llaveros.

El final fue abrupto. Se sentó. Era libre. ¿De verdad era libre? Miré a Alaleh como queriéndole decir: «¿Seguro? Si me levanto y me voy, ¿nadie me detendrá?». Como ella asintió, me marché. Al volver al trastero de la víctima, me di cuenta de dos cosas. La primera, de que había estrangulado al perro salchicha con un nudo. Me alarmé al ver que casi me había cargado a mi pequeño amigo. Lo liberé rápidamente. Y entonces me vi la piel entre el pulgar y el dedo índice de ambas manos señalada con intensas medialunas rojas que continuaban hasta llegar a las muñecas. Mientras la parte superior de mi cuerpo permanecía quieta, inconscientemente me había estado clavando las uñas en la piel, hurgando en la carne de las palmas y del antebrazo, para liberar la tensión. Este hábito nacido en el juzgado jamás desaparecerá; cuando ahora tengo que concentrarme en algo o estoy en una situación estresante, sin querer aprieto las manos y empiezo a pellizcarme. Por la noche, cuando me duelen las manos y los antebrazos, fantaseo con abrírmelos de cuajo y sacar el dolor denso y pegajoso que está allí enterrado, hasta que los brazos y los dedos se me queden vacíos e inertes.

Yo ya había acabado, pero mi hermana no. Su amiga Elizabeth había venido para verla. Tiffany tenía pensado mirarla a los ojos todo el rato, incluso durante el interrogatorio de Alaleh. No sentía la necesidad de intimidar con la mirada al abogado como acto de reivindicación ni de redención propia; solo quería pasar por aquel trago y punto. Era algo que me encantaba de ella: siempre sabía lo que quería y se rodeaba de fuerzas

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buenas. Me provocaba mucha ternura imaginármelas a las dos mirándose a los ojos, ajenas a quienquiera que estuviera hablando.

Cuando las dos regresaron, lo primero en lo que me fijé fue en sus ojos: vidriosos, catatónicos. No necesitaba saber más. Me acordé de la noche en que fui a buscar a Julia; la vi quieta, con sus apuntes, desorientada y abatida. Era hora de que Tiffany volviera a la universidad. Le dije: «Me voy contigo». Tenía miedo de lo que podía pasar si nos separábamos, como si no pudiéramos curarnos bien. No había previsto ir al sur de California ni tampoco sabía cómo volvería. Lo único que comprendía era que necesitaba estar en el asiento del copiloto. Le dije a mi madre que la vería a ella y a papá a la vuelta.

Había muy pocas situaciones que Tiffany y yo no pudiéramos convertir en risas. Cuando discutía con mi primer novio, Tiffany ponía sintonías de telenovela a todo trapo en su habitación, de modo que cuando nos quedábamos en silencio acabábamos mirándonos a los ojos con melodramáticos acordes de piano de fondo. Sin embargo, sentadas en el coche, a ninguna de las dos se nos ocurría nada para levantar el ánimo.

Aquella noche, estirada en suelo sobre el colchón sin armazón de mi hermana, con el ruido de la lavadora agitándose de fondo, por fin pude descansar. Estaba satisfecha de haberme ganado aquel momento de paz. Saqué mi libretita roja. Iluminé las páginas con el móvil y escribí: «Siento que ya he ganado». Era una pequeña palmadita que yo misma me daba; había hecho lo imposible, había ido al juzgado. Puede que los que me vieron llorar en el estrado pensaran que yo era frágil, pero estaba convencida de que aquel fue el momento en que empecé a recuperar mi fuerza. Hice lo que jamás pensé que podría. De algún modo me habían escupido al otro lado y todavía estaba lejos de la línea de meta, pero seguía viva. Nos dormimos la una al lado de la otra.

A la mañana siguiente me desperté con el titular: «Testifica la mujer del caso de agresión sexual en Stanford». Hice clic en el enlace, impaciente. El artículo decía que Emily había ofrecido un «testimonio muy emotivo». Se mencionaba que ella y su hermana «bebieron cervezas que les dieron tres hombres» antes de que Emily se despertara en el hospital. «Alaleh presionó a Emily, preguntándole de nuevo si recordaba algo de lo sucedido entre aquellos dos sucesos. Emily respondió “no” y rompió a llorar». Jamás llorar me había parecido una palabra tan pequeña, una gota de agua. Todo me parecía simplificado, aplanado.

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En un artículo hablaban de mi universidad, de mi novio de Filadelfia y citaban el nombre de Tiffany ocho veces. No podía entender que se hubieran sentado en la misma sala con ella, conmigo, y que pudieran revelar esa información tan tranquilamente.

«Emily describió su nivel de ebriedad diciendo que “estaba tan borracha que no pensaba que estuviera borracha”». Revisando las transcripciones, se pueden contar todas las preguntas que me hizo mi fiscal: doscientas veinte. La defensa de Brock, ciento dos. Me senté y respondí a trescientas veintidós preguntas aquella mañana y la única cita destacable que habían elegido para el artículo era aquella. Bajé hasta la sección de comentarios: «Tengo dos hijas jóvenes y espero que sepan tomar buenas decisiones en la universidad y después».

Todo seguía exactamente igual. No había ningún motivo de celebración. Me sentía castigada por haber acudido. Era agotador sentirte permanentemente analizada, ver confirmadas las opiniones que siempre temí. Mi orgullo se disolvió rápidamente y dejó espacio a las voces que me criticaban y se burlaban de mí. Sabía que podía hacerlo, pero también era consciente de lo mucho que me costaría. Si el objetivo era curarme, pasar página, aquella no era la manera de actuar. Para curarte necesitas privacidad, paciencia, cuidados. Curarse requería plantar semillas en una tierra suave y oscura. Y los periodistas llegaban como palas que remueven la tierra y expulsan las semillas desnudas de nuevo a la superficie. Y yo, de rodillas en el suelo, cavaba hoyos, enterraba las cáscaras rotas en lo hondo y aplanaba la tierra con las manos. Pero siempre habría más palas, más problemas, más citaciones futuras en el juzgado. Cuantas más veces pasaba, menos energía tenía yo para seguir cavando; la fe en que algo crecería era cada vez más débil.

Aquella semana dejé de hablar y de escribir en mi libretita roja. Dormí muchas horas. Doblé montañas de ropa de Tiffany, colgué sus collares, tiré los tubos gastados de rímel, alisé papeles arrugados. No iba a permitir que el caso acabara con las dos. Pensaba volver a Filadelfia y dejar de ser Emily, que siempre se sentía tan sola y llevaba esa ropa tan aburrida y lloraba sin parar, para volver a ser yo.

«JONSSON alcanzó a TURNER, le hizo la zancadilla y le hizo tropezar. TURNER cayó al suelo e intentó levantarse. JONSSON dijo que parecía que quisiera hacerlo para salir corriendo otra vez, de modo que lo tiró al suelo.

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JONSSON, este se

JONSSON se puso a horcajadas sobre TURNER y lo sujetó por los brazos mientras ARNDT lo agarraba por las piernas… Le dijo a TURNER que no pensaba dejar que se pusiera de pie hasta que supiera lo que estaba pasando y que quería asegurarse de que la VÍCTIMA estaba bien».

Me recordé a mí misma que aquella no era simplemente una lucha entre agresor y víctima, sino que había un tercer elemento: los suecos. Ellos eran los que lo habían visto, los que habían actuado, los que habían decidido intervenir y cambiar la historia.

«Hay que destacar que durante la declaración de

mostró muy afectado en varias ocasiones, hasta el punto de que se puso a llorar al relatar el incidente. Tuvo que parar y respirar hondo varias veces antes de poder continuar con su declaración. Me dijo que el suceso que había presenciado y en el que se había visto implicado le resultaba muy perturbador, pero que no había hecho más que reaccionar instintivamente a la situación con la que se topó».

Este instinto es precisamente lo que necesitamos despertar en los demás. La capacidad de distinguir, en un segundo, lo correcto de lo incorrecto. La claridad mental para enfrentarse a ello y no ignorarlo. Descubrí que antes de ponerse a perseguir a Brock habían comprobado que yo estuviera bien. La masculinidad es un rasgo que suele definirse por lo físico, pero el gesto de arrodillarse para ayudarme es tan potente como la zancadilla, como el placaje. La masculinidad está en la vulnerabilidad, en el llanto.

Los dos suecos acudieron a testificar en la vista. Supe que la noche de la agresión lo anclaron a tierra y le dijeron:

—¿Qué coño estás haciendo? Está inconsciente.

—¿Te parece que eso está bien?

—¿De qué te ríes?

—Pídele perdón.

No atribuyo mi supervivencia a la fuerza de voluntad ni al optimismo porque carecía de los dos. Recuperarme me llevaría semanas, la depresión se adueñaría de mí. Sin embargo, ese octubre, los suecos introdujeron en mí una nueva voz. Tenía que aprender a hablar como ellos. Ser capaz un día de enfrentarme a mi agresor y decirle: «Qué coño estás haciendo».

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6

Lucas vivía en Walnut Street, en el centro de Filadelfia, en una decimosexta planta. Me encantaban los recuadros amontonados de lucecitas reticulares de cada edificio. El cálido vapor que salía ondulante por las rejillas de la calle. Las charcuterías italianas con sus salchichas moteadas y sus embutidos rosas encapsulados en los mostradores. Los delantales de los carniceros cubiertos de huellas rosadas. La sopa con bolas de matzá grandes como puños. Los suelos marmóreos lechosos de los museos. Las librerías pequeñas. Los estudiantes universitarios de piernas nervudas que corrían en alegres grupos a lo largo del río. Las familias amish que vendían flores silvestres. Cuando caminábamos juntos, Lucas señalaba las calles principales: «Chestnut Street, Walnut Street, tendrían que ponerle Cashew a una calle más pequeña[3]». Me presentó a Big B, que se sentaba todos los días en el parque con un tablero y sus piezas de ajedrez, me enseñó su sitio favorito para comprar bocadillos de rosbif. Me dio una lista de todos los clubes de su escuela a los que podía apuntarme, me llevó a sitios para que conociera a sus amigos. «Está aclimatándome —pensé—. Me está diciendo que quiere que me quede». Me gustaba fantasear con la idea de que aquella ciudad se convirtiera en mi hogar durante un año, pero no retuve los nombres de los parques ni de las líneas de autobús porque me parecía que no tenía sentido acostumbrarme a un mundo del que pronto me arrancarían.

Las vacaciones de invierno se acercaban y Lucas habló de ir a un lugar cálido, tal vez Indonesia. Le dije que fuera con sus compañeros de clase, yo no podía marcharme hasta que se fijara la fecha del juicio y además tenía que ahorrar. «Si nos marchamos y tenemos que volver, volveremos», me dijo. Nos imaginé yendo en moto por un caminillo de tierra bajo la luz moteada de los plataneros y recibiendo el aviso de que el juicio seguía adelante. Vi la calidez de aquel sueño desvaneciéndose.

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Durante mucho tiempo me dije que no merecía disfrutar. Empecé a referirme a todo aquello que deseaba hacer como «ideas azucarillo». El proceso judicial era una olla de agua caliente que disolvía rápidamente toda ilusión de llevar una vida normal. Durante el mes que había estado en casa había enviado varias solicitudes de trabajo a puestos administrativos, pero cuando me contestaron yo ya estaba en Filadelfia.

Había pasado casi un año desde la agresión y me encontraba exactamente en el mismo punto de partida. Para una pareja, un aniversario celebra un año de unión. Un cumpleaños marca un año de crecimiento. El aniversario de la agresión señalaba un año de mantenerse a flote. En el juicio, todo empezaría de nuevo.

El trauma se negaba a adaptarse a mi calendario, no parecía estar en consonancia con el tiempo. Algunos días era algo tan lejano como una estrella y otros era capaz de engullirme entera.

Me había imaginado que el proceso legal estaría compuesto de una secuencia consecutiva de impactantes escenas judiciales. Nadie me había hablado de la espera ni de los informes y fluctuantes meses intermedios, de cómo te exigía que lo dieras todo y luego nada. Parecía imposible que en todo aquel año solo hubiera testificado un día en el juzgado y que alrededor de él mi vida se hubiera desintegrado. Procesarlo me había llevado nueve meses; prepararlo, algunas semanas, y testificar, un día. Tenía que recuperar todo aquel tiempo y todavía no habíamos llegado al meollo de la cuestión.

Al fin recibí un aviso, pero no era el que yo esperaba. Mi letrada me llamó para decirme que le habían ofrecido un trabajo de orientadora en la universidad y que iba a mudarse. Se me asignaría un nuevo letrado, alguien de su confianza. Me llamaba para despedirse, me dijo que estaba orgullosa de mí y que me apoyaría siempre. Después de colgar me invadió la tristeza un momento, recordándome que, en la vida, la gente pasaba página. Eso es lo que se hace, lo que se supone que debe pasar.

También reasignaron a mi fiscal a un nuevo departamento. Cuando me llamó para comunicármelo, mi mente empezó a divagar y se alejó de la conversación hasta que la oí decir que había pedido que le dejaran conservar mi caso para poder ocuparse de él hasta el final. Me quedé callada, aturdida por la idea de que si ella no hubiera insistido en seguir conmigo, mi caso habría sido entregado a un nuevo fiscal y a un nuevo letrado.

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Si las dos se hubieran marchado supongo que me habría costado bastante seguir comprometida con el caso. ¿Para qué continuar? Llegados a ese punto, ¿por quién lo hacía? ¿Por mí? Si era por mí, ¿por qué estaba sentada en una cama, sola, sin trabajo, en una ciudad desconocida? Luchábamos por pasar página, por hacer justicia. Si lo conseguíamos no sería por mí, sino a mi costa.

Lucas compró los billetes para el 1 de enero de 2016. Indonesia era todavía una idea abstracta, demasiado lejana para aprehenderla, pero el billete mismo me ofrecía algo de esperanza. Incluso las víctimas van a Indonesia. Incluso las víctimas toman el sol. Me recordaba continuamente que era una persona que merecía vivir.

Cada mañana, cuando Lucas se iba a clase, sentía el breve contacto de sus labios contra la frente. Después oía el clic de la puerta, la señal que me avisaba de que en las siguientes ocho a diez horas habría silencio. Me levantaba, me miraba en el espejo mientras me cepillaba los dientes durante diez minutos, me sentaba en el sofá envuelta en una sábana, me ponía los pantalones, me los quitaba y me volvía a meter en la cama. A veces oía llegar al compañero de Lucas, usar el fregadero, encender la tele. Todavía más razón para enterrarme a mayor profundidad en la cama, para no hacer ningún ruido, para borrar mi existencia. Por las tardes subía al terrado del edificio a leer y veía a gente en los balcones contiguos tomándose una pausa para fumar. A veces me ponía ropa limpia diez minutos antes de que llegara Lucas a casa, para que pareciera que había salido del apartamento, que había dado una vuelta o que había hecho algo. Pero normalmente no era así.

Aquel apoltronamiento podría haber parecido pura holgazanería. Pero yo no tenía la sensación de que mis días fueran como los domingos por la tarde. Las partes de mi mente que había dejado intactas durante tanto tiempo habían despertado; los botes que había guardado en enero se habían destapado y roto, y su contenido se había liberado. Me acordaba de todos los días transcurridos en la oficina contando las horas que faltaban hasta poder meterme otra vez en la cama. Ahora me había librado del trabajo, podía estar acostada todas las horas que quisiera, pero aquella libertad iba acompañada de una sensación de vacío.

Una hora a la semana veía a mi psicóloga, un reino protegido en el que podía hablar de todo lo que se me pasara por la cabeza. Sin embargo, al margen de aquella hora, yo prefería el silencio o la conversación ligera. Si

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Lucas sacaba a colación el caso, yo me intranquilizaba. «¿Por qué me preguntas eso ahora?». Yo acotaba todas nuestras conversaciones al reino de la vida normal: decidir dónde cenaríamos, salir o no a correr hasta el río. Quería decisiones fáciles, situaciones que pudiera manejar.

De tanto en tanto, Claire me llamaba por Skype desde Francia. Mi día era su noche y ella susurraba para no despertar a los niños que tanto le había costado meter en la cama. Llevaba unos auriculares rosa claro en su habitación sin ventanas. Yo la llamaba «la pequeña DJ del zulo». Me habló de aprender a conducir con cambio de marchas, de diarreas infantiles que chorreaban y empapaban hasta los calcetines, de los niños y de sus pijamas de seda. Yo le hablé de mi fobia a los abogados, del sosiego de las frescas noches de Filadelfia. Si estaba triste, le decía que lo estaba. Ella no me preguntaba «¿De verdad?», ni tampoco añadía «No puedo ni imaginármelo. Tiene que ser durísimo. Qué extraño». Ella simplemente asentía, verificaba. Era curioso, pero me hacía sentir que iba por el buen camino. Ella también había visitado aquellos paisajes emocionales. Aunque estuviera a miles de kilómetros, me reconfortaba tener a una persona en el mundo que estaba pendiente de mí, que era capaz de contarme cosas divertidas, que no me trataba de manera diferente.

Una mañana, tumbada en la cama, vi un pequeño mechón de mi pelo en la moqueta. Y luego otro enrollado en la pata del sofá.

Lo recogí y me llevó a un rastro de polvo que cubría los rodapiés de todas las paredes. Al poco estaba de rodillas con un rollo de papel limpiando cada centímetro del apartamento. El cajón de los cubiertos se liberó de tenedores-cucharas de plástico y de paquetes de salsa de soja, los menús de comida para llevar quedaron ordenados alfabéticamente. Embutí las bolsas de basura en el conducto del final del pasillo como si metiera el saco de Santa Claus por una chimenea. Todo aquello me resultaba muy gratificante. Cuando Lucas llegó a casa, le sorprendió ver que tenía la cara roja y brillante. Todo estaba resplandeciente y olía a limón. «Guau, pero no tenías por qué hacerlo», me dijo. «Sí que tenía que hacerlo», le respondí. Era lo primero que hacía en meses.

Al día siguiente no había platos que lavar ni superficies por las que pasar un trapo. Tenía que ensuciar los platos. Durante mi infancia y adolescencia, al volver a casa me encontraba a mi madre sentada a la mesa del comedor rodeada de una docena de mujeres preparando dumplings, produciendo con manos ágiles montañas de pringosas exquisiteces. Yo

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jamás participé, me iba a mi cuarto a hacer los deberes mientras me llegaba un cuenco tras otro. Ahora iba y volvía andando a Chinatown, con los brazos cargados de bolsas de plástico de las que brotaban largos cebollinos verdes y en las que llevaba rosada carne de cerdo picada envuelta en plástico. Por lo general evitaba la carne cruda porque me ponía nerviosa tocar las húmedas entrañas de los animales. Pero picaba el cebollino en pequeñas rodajitas verdes, lo echaba sobre la carne, mojaba el dedo en agua y trazaba el borde curvo de cada posavasos de pasta, cogía un poquito de carne, la ponía en el centro y la sellaba en delicadas bolsitas. No tenía una cadena de montaje formada por mujeres, pero allí sentada, canturreando para mis adentros y encorvada sobre la encimera, preparé más de doscientos. Mi soledad se estaba convirtiendo en algo comestible, algo nutritivo, algo que sabía de maravilla cuando se untaba en guindilla y salsa de soja.

Tener que alimentar dos bocas y no solo la mía era motivación suficiente. Cada día arrancaba una hoja de papel, apuntaba una receta, me la metía en el bolso y salía a comprar la verdura, la carne y las especias que necesitaba. Estaba preparando un salteado cuando Lucas me dijo que se iba a un torneo de rugby tres días. «Son solo tres días», me dijo. «¿Tres días enteros?», le pregunté mientras removía los pimientos en la sartén. Setenta y dos horas ininterrumpidas podían acabar conmigo rápidamente. Necesitaba escapar de mi propia cabeza. Ir a cafeterías no bastaría.

Encontré un cupón en internet para cortarme el pelo por veinte dólares. El día que se marchó, atravesé una obra y subí unas escaleras para llegar a una sala que tenía plantas de bambú, contenedores para la colada y una estatuilla de Buda rodeada de mandarinas. «Solo quiero cortármelo un poco», dije, porque me resultaba más fácil que decir «Estoy aquí porque necesito hablar con seres humanos. Necesito que me toques la cabeza con delicadeza». Echaba de menos las suaves manos de mi madre, sus atenciones. Tenía el cuello echado hacia atrás. La mujer tenía el flequillo negro y llevaba un delantal naranja. Me sostuvo la cabeza bajo un chorro de agua caliente; mi pelo estaba mojado, pesaba y olía a lavanda. Le pregunté cosas sobre su vida y cada una de sus respuestas me sacaba un poco más de mi ensimismamiento. Me habló de sus preocupaciones, sus relaciones, su embarazo y sus conejitos; uno de ellos se llamaba precisamente Tiffany. Dio por sentado que yo era tailandesa, yo le dije que

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era medio china. «Yo soy de California. La playa está muy bien, sí, pero el agua está muy fría». Había salvado el día.

Día dos. Nunca me había hecho las cejas. Otro salón de belleza pequeño, espejos ribeteados con flores de cerezo de plástico, una pequeña fuente brillante en el mostrador. Ocupé mi sitio entre una fila de mujeres sentadas en sillas a lo largo de la pared. «Perdón por la espera». «No pasa nada», le respondí. Y lo decía en serio, no tenía ningún otro sitio al que ir. Cuando me llegó el turno, me recliné sobre las suaves manos de otra mujer.

Día tres. Uñas, quince dólares. Llovía. Escaneé la pared de coloridas esferas de cristal y elegí el naranja. Mi mano enorme parecía una tortita sin vida en los dedos ágiles de la mujer. Estaba calentita en aquel salón resplandeciente; fuera todo estaba mojado y las aceras estaban oscuras. La chica que estaba a mi lado celebraba que acababa de conseguir un empleo en Applebee. «Las cosas empiezan a ir bien», había dicho.

Lucas regresó y yo tenía el pelo suave y las uñas del color de los conos de tráfico. Recuperé mis ritmos y rutinas acostumbrados.

Una tarde estaba sentada en el suelo al lado de la lavadora, intentando descubrir en qué compartimento se suponía que podía echar la lejía cuando me paré en seco. «¿Qué estoy haciendo?».

Me había convertido en un pez limpiador y él en la ballena. Ambos disfrutábamos juntos y nos beneficiábamos de nuestra compañía, pero la diferencia radicaba en que él era una criatura majestuosa que estaba en su elemento y yo era tan pequeña como un pececillo. Él estaba sacándose un máster y yo sacaba pelusas de la secadora.

Lucas me había hablado de un club de monologuistas que había en el campus y que llevaba su compañero de rugby Vince. Una tarde, cuando Lucas iba a salir por la puerta, me invitó a unirme a ellos. En la primera reunión había unos quince tíos y dos mujeres, todos sentados en torno a una mesa redonda. Todo el mundo sugería ideas y revisaba chistes sobre la próxima visita del papa mientras comía bocadillos de queso. El ambiente era distendido y relajado. Yo estaba allí sentada con el abrigo negro puesto, nerviosa y callada, con la silla un poco escondida detrás de la de él, observando.

Después de la segunda reunión, Lucas y yo fuimos caminando a casa por el puente y nos encontramos con uno de sus compañeros de rugby.

—¿De dónde venís? —nos preguntó.

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—Del club de monologuistas —respondió Lucas. —Quizá intentamos salir en el espectáculo —dije. —¡Genial! —respondió su amigo—. Un momento, ¿tú?

Se volvió y ladeó la cabeza, como si le hubiera dicho que pensaba viajar a la luna. Instintivamente me encogí de hombros y sacudí la cabeza como intentando alejar aquella idea. Y entonces asintió como diciendo: «Ah, vale». Fue un gesto muy sutil, pero se había pasado de la raya. No conocía mi regla número uno: yo decido de lo que soy capaz. Cada vez que alguien me subestima, pienso: confundes mi quietud con debilidad. Si no eres capaz de imaginarme sobre un escenario, me subiré a uno.

A la mañana siguiente salí de la cama tan pronto como Lucas se hubo marchado. Me senté en el sofá y anoté todo lo que no entendía sobre sus estudios de negocios, todas las conversaciones que había escuchado en silencio. Como cuando tomé a Alí Babá por un personaje de Aladdin. O como cuando caí en la cuenta de que el profesor de Educación Física en realidad no te educa. O como cuando Lucas me preguntó si sabía lo que eran las microfinanzas y yo le respondí: «sí, claro, las finanzas pequeñas». Reflexioné largo y tendido sobre mi rol recién adquirido de «pareja», la etiqueta que se le da a tu otra mitad. Sobre cómo las parejas miran a través de la ventana largo rato como si fueran gatos esperando a que regresen sus dueños. Hice hincapié en que lo que para ellos era una bonificación extra al firmar el contrato para mí era más que mi salario actual. Expliqué al detalle lo mucho que me costó pronunciar el nombre del río Schuylkill. Lo leí en voz alta en el baño, colocando cada palabra como si fuera un ladrillo, hasta que memoricé diez minutos de material.

El día de la audición, fui andando hasta el campus por el puente, sola, hablando para mis adentros durante todo el camino. Lucas me había dibujado un pequeño mapa. Llegué a Huntsman Hall una hora antes de tiempo y me encerré en un cubículo del baño para practicar mi número. Cuando llegó la hora, bajé por las escaleras mecánicas y escudriñé las puertas en busca del número de aula correcto. Los dos presidentes del club, Vince y Liz, estaban sentados con las manos entrelazadas sobre el regazo. Cerré la puerta, dejé la mochila en el suelo. Hablé despacio y de memoria, vi que a ratos abrían mucho los ojos y que de vez en cuando se les escapaba alguna risilla que otra. Con una sonrisa de oreja a oreja, me dijeron: «Muchas gracias, estaremos en contacto». Asentí y me marché. «Si no me lo dan, no pasa nada», pensé.

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Dos días después apareció el correo en mi buzón de entrada. Habían anunciado el cartel. Examiné los nombres y los revoltijos de letras, intentando localizar el mío. Lo encontré en la parte inferior: yo era una de las dos chicas entre los ocho chicos, la única que no era estudiante, y habían reservado mi número para el final. Yo cerraría la actuación. Recuerdo que cogí aire, apreté los puños y, sentada en la silla, hice el amago de correr con los pies sin moverme de sitio. Abrí la boca como para explicárselo a alguien, pero volví a mirar a la pantalla al recordar que allí no había nadie más que yo. «Fíjate dónde me han puesto». Si me habían planteado el reto de rematar el espectáculo es que debían de creer que iba a tener éxito. Tenía los nervios a flor de piel pero, por primera vez en nueve meses, la ansiedad no me consumía por dentro ni me atenazaba. Me daba la energía que necesitaba para comenzar.

Ensayábamos por las tardes en un apartamento cercano al río. Había gente que llegaba tarde porque venía de clase o que aparecía con camisa abotonada y corbata después de haber ido a una entrevista. Yo siempre llegaba pronto, recién duchada, con el material preparado y la mochila vacía a excepción de mis apuntes del club; para mí, aquello era mucho más que un hobby para pasar un buen rato. Nos turnamos para sostener el mando de la tele a modo de micrófono, fallando en la ejecución, retocando y repitiendo los chistes hasta que nos acabábamos aprendiendo los números de los demás. Durante unas horas, de noche, vivíamos en el mundo del absurdo, donde cada adversidad se convertía en material cómico. Una pequeña parte de mí esperaba que surgiera algún chiste de mal gusto sobre la violación y estaba preparada para ocultar mi aprensión porque sabía que no expresaría mi incomodidad por miedo que me tacharan de susceptible. Pero ese chiste nunca llegó. En cambio, hablamos de gatos pelones y le dijimos a Vince que ver un junípero en julio tampoco era tan gracioso.

Una noche, la reunión se alargó hasta pasada la medianoche. Nos marchamos todos en grupo y avanzamos relajadamente a través del frío comentando las mejores pifias de la tarde. En cada cruce, una o dos personas se desgajaban del grupo en dirección a sus casas. Tardé en darme cuenta de que yo era la que vivía más lejos. El grupo fue menguando y cada vez menos pasos acompañaban a los míos. Me acordé de una canción que cantamos en los campamentos agitando los brazos como si fueran alas. Mis amigos se habían alejado volando uno por uno hasta que me había

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quedado sola. «Un aguilucho cuellicorto, un aguilucho cuellicorto posado sobre un árbol muerto».

Empecé a darle vueltas a la cabeza. Me pararía bajo el brillante cono de luz de una farola cuando la última persona se hubiera marchado. Llamaría entonces a Lucas para que viniera a buscarme. Pero ¿y si ya dormía? Entonces echaría a correr. Comprobaría que el resto de la calle estuviera bien iluminada, que hubiera más gente para que pudieran ser mis testigos. Todas las tiendas estaban cerradas. Examiné las aceras, evalué qué ruta tomar para no tener que cruzar por el parque. Si necesitaba ayuda, podría correr hasta la farmacia que quedaba a dos calles. Seguro que allí habría gente. Pero en mi cabeza ya oía las preguntas: «¿Qué hacía sola de noche? ¿Por qué no le pidió a nadie que la acompañara? ¿De dónde venía? ¿Comedia? ¿Es que acaso se cree graciosa? ¿Cuántas cervezas se había tomado? ¿De qué van sus chistes? ¿Dónde estaba su novio? ¿Podemos ver el historial de llamadas? ¿Qué llevaba puesto?». Las voces se habían amplificado desde la vista y se repetían hasta la saciedad en mi cabeza. Era una sensación tan desquiciante que no me había dado cuenta de que el último chico se había parado.

«Yo voy por allí —me dijo—. ¿Seguro que te va bien ir sola a casa? Si quieres te puedo acompañar». Lo miré, un poco perpleja. Por un instante pensé que había estado hablando en voz alta con la cara desencajada por la angustia sin darme cuenta. Me pregunté si solo lo diría por educación. Pero se quedó allí quieto, pacientemente, encogiendo los hombros al preguntar. «Te acompaño encantado», me dijo. Y de esa manera desaparecieron las voces y se escabulleron de nuevo a las tinieblas, y los dos anduvimos por una acera normal de una calle normal de una noche normal en Filadelfia.

Hubo muchos momentos casi imperceptibles como aquel en los que me quedaba mirando a los ojos a la persona en un intento por decirle: «Si supieras lo mucho que significa esto para mí». Gestos pequeños como recordar mi nombre o preguntarme si necesitaba ayuda me hacían sentir una agradable calidez en la piel, cuando la mayor parte del tiempo me sentía anestesiada. El conserje de mi edificio, Anthony, siempre rellenaba la máquina de chocolate caliente de la quinta planta porque sabía que yo me tomaba dos vasos cada noche. La madre coreana que trabajaba en Sue’s Market y que llevaba el pelo recogido en un moño ovalado y gafitas redondas siempre levantaba la vista, sonreía al verme entrar y me decía:

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«¡Hola, Chanel! ¿Qué tal estás? Hacía días que no te veía». Y qué decir de las tres porteras —Alicia, Jadiya, Joda— que se alternaban en el mostrador de recepción de mi edificio las veinticuatro horas del día. Cuando la portería estaba tranquila, bajaba por el ascensor en zapatillas con dos polos de coco para pasarme un par de horitas de cháchara. Ellas eran las que siempre le decían a Lucas que me llevara a cenar fuera o le gritaban si veían que yo cargaba con demasiadas bolsas de la compra. Las veía mantener la calma cuando la gente las acusaba de gestionar mal los repartos de la compra o las culpaba porque los paquetes llegaban tarde. Un borracho le dijo una vez a una de ellas que le gustaba más con el pelo largo, ¿por qué se lo había cortado? Las veía responder con un tono tranquilo, incluso cuando tenían todo el derecho del mundo a estar enfadadas, con los hombros echados hacia atrás, una habilidad de la que tomé buena nota para mi juicio. Y por último estaba el grupo de monologuistas, que se aseguraba de que yo llegara bien a casa por la noche. Esos eran los reductos del mundo en los que yo empezaba a crecer de nuevo. Me llamaban Chanel; no la víctima de Brock Turner, no la novia de Lucas. Solo Chanel.

El día de la actuación estaba demasiado nerviosa para comer, demasiado enfrascada en mis pensamientos para conversar. Les conté a todos los trabajadores de Sue Market y a los empleados del edificio que iba a actuar en el Helium Comedy Club. Me desearon suerte y me pidieron que grabara vídeos para poder verlo. Haríamos dos actuaciones ese día; una a las siete de la tarde y la otra, a las diez de la noche. Se habían agotado las entradas, cientos de ellas, era un lleno absoluto. Cuando estaba decidiendo qué ponerme, me topé con el suéter color avena que había llevado en el juzgado. Me lo puse con unos vaqueros. Había empleado todo mi tiempo en intentar enterrar a Emily, en olvidarla y reprimirla. Ahora quería enseñarle a todo el mundo que la chica que lloraba ante el juez era la misma que les haría reír desde el escenario. Ambas coexistían en mí.

Los diez nos reunimos en el angosto camerino, parecíamos un grupo de dementes de un pabellón psiquiátrico: murmurábamos para nuestros adentros, les hablábamos a las paredes, nos acurrucábamos por los rincones susurrando con pasión. Oímos a la gente llenar el local, el zumbido de la sala. Había llegado la hora. Vince, el maestro de ceremonias, salió por la puerta, el punto de no retorno.

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Cada vez que alguien salía al escenario y se cerraba la puerta, escuchábamos en silenciosa expectación, sabiendo exactamente cuándo las risas amortiguadas rugirían a través de las paredes. Cada persona regresaba aliviada, con los hombros relajados y riéndose cuando la recibíamos chocando los cinco.

Observé que cada persona que salía al escenario era recibida por grititos vertiginosos y ladridos de sus amigos. Lucas solo podía venir al segundo pase, así que ¿quién gritaría mi nombre? No tenía a nadie. Otra vez aquella sensación de estar sola en el estrado. «¿Quién era aquella chica que salió la última? Era superdeprimente».

Pero entonces vi la cara de aquel chico en el puente que me miró estupefacto. «Un momento, ¿tú?». Vi al abogado defensor de Brock arqueando la ceja y anotando mis palabras. Vi a los periodistas mirando aburridos la sala. Vi la luz filtrándose a través de las plumas de mi edredón, todas las horas transcurridas ahí debajo, los días tan solitarios en los que pensé que podía disolverme hasta convertirme en nada. Recordé el dolor agudo en el pecho.

Y entonces me vi en la ducha, con mi número pegado en la mampara, memorizando mis frases, declamándolas animadamente. Cuánto había deseado llegar hasta allí. Ya oía la parte final del número anterior al mío. Aplausos. Oí que anunciaban mi nombre y salí.

Estaba completamente a oscuras, las luces me cegaban y los aplausos iban dando paso al silencio. Miré al público, una masa negra informe. En aquel silencio, mi mente se aclaró. Estaba sola de nuevo ante un micrófono, pero esa vez hablé y me escucharon sin que hubiera protesta alguna. Cuando empecé a hablar, sentí que mi voz llevaba a cientos de personas exactamente adonde yo quería que fueran y de golpe todas rompieron a reír. Me quedé un instante en blanco. Luché por permanecer impasible, aunque por dentro sonreía como una niña. Tenía que esperar a que el ruido se acallara, pero no tenía ninguna prisa. Me embargó una sensación de plenitud, sentía que me valía por mí misma. Era como si yo sostuviera la sala con las manos, como si pudiera girarla, tumbarla y dejarla caer. Durante los diez minutos siguientes me vais a escuchar y todos vamos a ser felices.

Después del espectáculo, todo el mundo se dispersó entre el público para recibir la felicitación de sus amigos. Yo dudé un instante y me quedé

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en el camerino bebiendo agua. «Vamos, sal», me dije a mí misma. Me asomé tímidamente.

Durante muchos meses me saludaron profesionales que me hablaban bajito, con ojos comprensivos. La gente siempre me pasaba pañuelos de papel y me daba palmaditas como si pudiera romperme fácilmente. Ahora, a medida que avanzaba entre el público, veía iluminarse las caras de la gente. Enseguida me convertí en la Katniss Everdeen del grupo, rodeada de mujeres y vitoreada como una líder. Esta vez no me compadecían, sino que me respetaban. «¡Guau, has estado increíble!», me dijo alguien. «Soy increíble», me repetí.

Después del segundo pase, salí corriendo en busca de Lucas. Me levantó en volandas y me dio unas vueltas en el aire. «Casi ni te reconozco», me dijo. Sentía que había nacido otra vez, que mi timidez había quedado atrás y que cientos de personas habían presenciado aquella transformación. Oí que alguien le decía a Lucas: «Pero ¿tú eres su novio?».

Mi psicóloga me dijo una vez: «Cuida de tu yo herido». Cuando al fin dejé al público atrás, pensé en ella, sentí que estaría orgullosa de mí.

Al día siguiente, cuando me desperté, Lucas ya estaba en clase. La luz del atardecer era tenue. Tumbada en la cama, fui dándome cuenta poco a poco de que ya no tenía más reuniones de monologuistas, ni más ensayos o mantras que repetirme en bucle mentalmente. No habría audiciones para el siguiente espectáculo hasta la primavera. Todo me parecía un sueño. La noche anterior había sido una cena de siete platos, y ahora estaba viendo un plato vacío y comiéndome las migajas que quedaban. De repente me invadió la tristeza, como si se me hubiera abierto un pozo en el pecho. Me acordé de mi realidad, de la que jamás podría escapar, y volví a caer en el sueño.

Cuando abrí los ojos horas más tarde, Lucas estaba sentado en la cama, agarrándome por los hombros y sacudiéndome suavemente. Sus ojos resplandecían. «Todo el mundo habla de ti —me dijo—. ¿Sabes cuánta gente se me ha acercado hoy a hablarme en el campus? Mira, mira todos estos correos. ¡Si ni siquiera los conozco! Mira lo que han dicho». Pero vi que se daba cuenta de que algo no iba nada bien, yo tenía los ojos rojos y la mente muy lejos de allí, y con la misma rapidez me estrechó contra su pecho, acariciándome el pelo, meciéndome, intentando traerme de vuelta.

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Al día siguiente llamé a mi madre. Yo no hablaba, solo lloraba, y ella empezó a contarme historias: Cuando ella era pequeña y estalló la Revolución Cultural, cerraron las bibliotecas y arrancaron las páginas de los libros para utilizarlos como papel higiénico. Mi madre encontraba páginas sueltas y construía sus propias historias. Había visto a su madre ayudar a traer al mundo niños en la China rural, a jóvenes madres que no sobrevivían al parto. Estudió literatura en la universidad y se convirtió en redactora jefe de la revista del campus. Me habló de su primer trabajo de camarera en Estados Unidos, donde aprendió sus primeras palabrotas, mientras los lugareños la llamaban Suzie Wong, un personaje inventado. Me habló de cuando conoció a papá en una fiesta de Nochevieja, me dijo que se besaron a medianoche, que se casaron. Me contó que la enseñó a conducir. Me habló de cómo criaron a dos hijas en una casa rosa con dos border collies. Lo que a mí podía parecerme normal y corriente a ella jamás le pasaba desapercibido. Todo podía haber sido muy diferente por un millón de motivos, pero de algún modo ella había logrado llegar hasta aquí; el hecho mismo de que yo existiera era una especie de milagro. Cuando era joven e inventaba sus historias, jamás imaginó una vida llena de piscinas, hijas que bebían café con hielo o costas californianas salpicadas de amapolas silvestres.

Al escucharla, lo comprendí todo: debes tener paciencia y aguantar para ver qué camino sigue tu vida, porque seguramente te llevará mucho más lejos de lo que puedas imaginar. La cuestión no es si sobrevivirás a esto, sino la de maravillas que te esperan cuando lo hagas. Tenía que creerla, porque ella era la prueba viviente de eso. Después me dijo: «Cosas buenas y cosas malas suceden cuando el universo se da la mano. Espera a que lleguen las buenas».

A medida que se acercaba el invierno, daba las gracias por las hojas de color rojo oscuro y amarillo pegadas sobre las piedras húmedas y grises, por los jugadores de rugby que se comían mi sopa mexicana, por los estudiantes que me invitaban a café. Me apunté al club de cuentacuentos, fui a espectáculos drag y a fiestas que tenían como temática central el chocolate. Ocupaba el tiempo escribiendo historias, imprimiéndolas en el campus. A veces iba a clase con Lucas y me pasaba la hora dibujando. Pero nunca podía quitarme de encima la sensación de que aquella no era mi vida de verdad, de que la realidad me esperaba en el juzgado.

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Mentalmente siempre me sentía aislada, solo me limitaba a escoger el ambiente que tenía a mi alrededor.

Me llamó Alaleh. Me dijo que el juicio se celebraría «en algún momento del año que viene», pero no antes. Tiffany me llamó llorando. «No puedo hacerlo». Me habían agredido en el trimestre de invierno de su tercer año de universidad. El juicio seguramente tendría lugar en la primavera de su último año. Cada trimestre suponía una carga de trabajo superior al anterior y no podía modificarla si quería graduarse a tiempo. El daño era constante.

Una noche fui sola a un acto del club de cuentacuentos en el que una mujer llamada Elizabeth habló de un pequeño grupo que llevaba por nombre Rise. Explicó que era una organización sin ánimo de lucro por los derechos civiles que estaba redactando la Carta de Derechos de los Supervivientes de Agresiones Sexuales, que incluía exámenes médicos forenses gratuitos y la conservación de los kits de violación. Sentí que el corazón se me salía por la boca, que la piel se me erizaba. Después fui hacia ella y le hablé atropelladamente: «los kits de violación, tan invasivos, tienes que esperar tanto, es tan injusto». Hablaba sin parar, como si se hubiera abierto un grifo. Era la primera vez que quería hablar de algo que tuviera que ver con aquello. Ella se mostraba muy receptiva, entusiasmada. «Sabes mucho del tema». Mentí y le dije que antes trabajaba para la causa y me excusé. Estaba demasiado nerviosa para volver a ponerme en contacto con ella, preocupada por haberme descubierto, pero por primera vez sentí una nueva clase de esperanza.

Durante todo el proceso legal sentí que siempre intentaba seguir el ritmo, no cagarla, aprender la jerga judicial, prestar atención, respetar las reglas. Quería encajar y demostrar que podía hacer lo que fuera que se esperara de mí. Jamás se me había ocurrido que el sistema pudiera estar equivocado, que pudiera cambiarse o mejorarse. Las víctimas podían pedir más. Nos podían tratar mejor. Eso significaba que mi difícil experiencia no era inútil, sino iluminadora. Estar dentro del sistema me daría más información; cuantos más problemas me encontrara en el camino, más capaz sería de ver lo que necesitaba arreglarse. Podía convertir mi dolor en ideas y empezar a pensar en futuros alternativos para las víctimas.

Un día caminaba por el campus cuando vi la estadística en la primera página de un periódico: a una de cada cuatro mujeres —¿o era a una de cada cinco? Ahora mismo no me acuerdo, solo sé que eran demasiadas—

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las habían agredido sexualmente en el campus. Pero lo que realmente me impactó fue el gráfico: filas y filas con el símbolo femenino, como el que se ve en los aseos, llenando toda la página, todos en gris menos uno de cada cinco coloreado en rojo.

Me pareció que esas pequeñas imágenes en rojo respiraban, fue una pequeña alucinación. Toda mi vida había quedado deformada bajo el peso de la agresión y, si quitabas ese daño y lo multiplicabas por el de cada símbolo en rojo, la magnitud era sobrecogedora. ¿Dónde estaban? Miré por el campus, me fijé en las chicas que caminaban con orejeras, leggings negros, mochilas verdeazuladas. Si nuestros cuerpos estuvieran de verdad pintados de rojo, por todo este patio veríamos cuerpos rojos. Quería agitar el papel en la cara de la gente. Aquello no era normal. Era una epidemia, una crisis. ¿Cómo podías ver aquel titular y seguir andando como si nada? Éramos insensibles a la gravedad del caso, era una historia demasiado familiar. Pero para mí todavía no era agua pasada.

Me vinieron dos palabras a la mente: «otro más». Recuerdo que, después de enterarse del tercer suicidio en el colegio, la gente negaba con la cabeza, resignada. «No puedo creer que haya otro más». El impacto se había atenuado. Ya no era un golpetazo, sino un dolor sordo. Si el suicidio de unos chavales arrollados por trenes acababa normalizándose, entonces cualquier cosa podía normalizarse.

Aquella ya no era una lucha contra mi violador, sino una lucha por ser humanizada. Tenía que aferrarme a mi historia, averiguar cómo conseguir que me escucharan. Si no lo lograba, me convertiría en una estadística. Otro símbolo en rojo en una cuadrícula.

Nuestro viaje a Indonesia se acercaba. En Filadelfia era diciembre y el aire frío me mordisqueaba el borde de las orejas al caminar cuando Lucas sacó el tema del submarinismo.

—Yo nunca he hecho submarinismo —le dije.

—Ni yo tampoco —me contestó—. Pronto aprenderemos.

Una semana después estaba de pie en el borde de una piscina cubierta, con una pesada bombona a la espalda y unas gafas de bucear empañadas enganchadas a la cara. El olor a cloro flotaba en el ambiente. La regla número uno de la inmersión es respirar de forma constante. Parece una perogrullada, pero recordaba ataques de pánico en que sentí que el aire me

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llegaba a través de unas pajitas retorcidas, momentos en que respirar no parecía tan sencillo. «Recuerda siempre respirar».

Antes de regresar a la superficie, un submarinista debe detenerse a seis metros de profundidad tres minutos, en lo que se conoce como una parada de seguridad, para someter el cuerpo a la descompresión. Si asciendes demasiado rápido se te pueden formar burbujas en la sangre e imagino una especie de doloroso champán corriéndote por las venas, haciéndote enfermar. Después de salir a la superficie tienes que esperar cuarenta y ocho horas antes de volar, ya que el descenso en la presión atmosférica puede hacer que tu sangre se vuelva tan espumosa que resulte fatal.

Esas reglas me fascinaban: el cuerpo te dictaba lo que debías hacer. Yo había caído en el hábito de descuidar mi cuerpo; muchas veces olvidaba alimentarlo y cuando me agredieron me negaba incluso a mirarlo. Ahora mi cuerpo me estaba diciendo: «Tienes que escucharme. Tienes que respetar mis necesidades. Tenemos que trabajar juntos o acabaras haciéndote daño».

El monitor nos enseñó lo que era el octopus, un regulador de reserva presente en cada equipo de submarinismo para que el compañero del buceador pueda respirar a través de él en caso de emergencia. El monitor me señaló. «Haz como que te quedas sin aire y señala a Lucas». Asentí, y él y yo nos sumergimos. Hice el gesto de rajarme la garganta con la mano, moviéndola hacia delante y hacia atrás, como diciendo: «No puedo más, no me queda aire». Me quité el regulador y me golpeé la boca con los dedos, indicándole que necesitaba su aire. Dio dos largas brazadas y ya estaba junto a mí ofreciéndome el octopus que llevaba a la espalda, y yo me lo acerqué a la boca y mis pulmones se expandieron aliviados al poder inhalar. Simulación finalizada. Nos quedamos sentados en el fondo de la piscina: ambos respirábamos del mismo pulmón metálico. De repente noté algo caliente en los ojos y la visión se me volvió borrosa a causa de las lágrimas. «Así —pensé— es como me he sentido estos últimos meses».

A principios de enero llegamos a la isla indonesia de Gili Trawangan, que tiene forma de cacahuete. Estábamos sentados en una larga barcaza de madera que flotaba sobre el agua, con el sol acariciándonos el cuello y restos de crema solar en las mejillas. Me puse de pie y me coloqué el cinturón de lastre alrededor de la cintura, encaramada en el lateral de la barca, elevé las piernas en el aire y me dejé caer de espaldas en el océano. Lucas se dejó caer a mi lado.

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Dejé escapar despacio el aire de mi chaleco compensador, mi jetpack se deshinchó y fui descendiendo suavemente bajo la superficie. Los oídos se me tapaban con el descenso, notaba el pulso en los tímpanos y las gafas de buceo me apretaban cada vez más. A medida que me hundía más y más, me decía que debía ser paciente y esperar a que mi cuerpo se acostumbrara.

De repente se hizo el silencio. Abrí los ojos y estaba flotando por una sala de un azul luminiscente, como si el sol fuera una bolsita de té que se hubiera posado en el fondo del océano y diluyese el agua con su suave luz. Ya no oía mis pensamientos, solo mi respiración, que era como un apacible viento que me llenaba toda la cabeza. Dar, tomar, ir, venir… mi respiración se calmaba mientras flotaba en aquel azul teñido de destellos dorados.

Los peces aparecían como confeti cayendo a mi alrededor, lanzándose con toda libertad. Había unas rocas enormes y luminosas anémonas que parecían espaguetis. Los cuerpos largos y finos de los tiburones de puntas blancas se escabullían cerca de la arena. Las hierbas marinas se agitaban, largas y perezosas. Dejé pasar a un pez con forma de patata y unos enormes labios verdes que avanzaba a toda prisa dando tumbos, como si llegara tarde a una entrevista de trabajo. «Tin, tin, tin». El monitor estaba dando golpecitos a su bombona de oxígeno con una varita de metal para enseñarnos una anguila que meneaba de lado a lado la cabeza, como si estuviera en plena discusión y no diera crédito a lo que acababas de decirle. «Tin, tin, tin». Un cangrejo se atusaba los bigotes. «Tin, tin, tin». Un pececillo de ojos soñolientos mordisqueaba un esponjoso pastel de algas. Observaba a todas aquellas criaturas que seguían con su día a día, totalmente ajenas a mi existencia. Qué alivio sentirse tan pequeña, pasar desapercibida en este mundo sin palabras.

Aquí abajo no había nieve, ni pasillos, ni cemento, ni zapatos, ni burocracia ni correos electrónicos. Ni rastro de llamadas, gritos, chasquidos de bolígrafo o pitidos de máquinas. Nada de aquello significaba nada. El mundo entero había sido silenciado; el ruido, olvidado, salvo por el sonido de mi respiración. Sentía que me había desintegrado en el agua, que no era más que un corazón con ojos que latía.

Me imaginé al abogado defensor flotando en el agua con su traje, las gafas goteando, la frente quemada por el sol y la corbata ondulante como un alga marina mientras uno de sus zapatos se alejaba lentamente hacia el

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fondo. Agitaría brazos y piernas frenéticamente, mientras yo estaba a salvo allá abajo, atravesando constelaciones de peces rosas y amarillos, en silencio. «No puedes tocarme».

Me sumergí aún más. Cuando emergía un pensamiento estresante, espiraba largo rato para soltarlo y que lo engulleran los peces, liberado y disuelto. Estaba a veinte metros de la superficie, la misma profundidad que seis piscinas. Pasó una hora y luego otra más. Dejé atrás el dolor que me cegaba, que me hacía soñar con hundirme en la nada y querer desaparecer. Cómo era posible querer marcharse del mundo si el mundo era así de bello, de extraño. Sentí que este había estado guardando su secreto, que justo por debajo de la superficie había montañas fluorescentes, almejas grandes como bañeras. Lo único que yo tenía que hacer era equiparme para bajar todavía más, superar el dolor inicial y aprender a respirar.

Cuando es invierno en un lugar, es verano en otro. Cuando regreso a Palo Alto, a las lívidas paredes del juzgado, a los documentos legales, a los titulares de prensa y al eco de los tacones sobre las baldosas, también oigo el «tin, tin, tin». Recordaría que ese mundo también existe y que yo puedo existir en él. Y que un mundo es tan real como el otro.

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Por la ventanilla ovalada contemplaba las colinas alfombradas de amarillo y salpicadas de oscuros matorrales de California. Deseé que el avión fuera como un autobús para poderme pasar de parada; dormirme y despertar en Honolulú. Mientras aterrizábamos veía los rastros punteados de coches que se dibujaban a lo largo de la autopista aumentar cada vez más de tamaño, el agua gris de la bahía expandirse bajo nosotros y la panza del avión rozar la superficie hasta que todo se volvió preciso, estridente y nítido, y yo me hice pequeña otra vez.

Había llegado para librar la batalla más dura de mi vida, pero en Palo Alto nadie sabía de mi regreso. Abrí la puerta de la casa de mis padres dándole un golpe con el hombro, la maleta se balanceó un instante en el alféizar de la puerta y las ruedas avanzaron lentas por la moqueta. Dejé mi suéter color avena en un colgador de plástico del armario y coloqué el cepillo de dientes en una barquita de cerámica.

Todavía tenían que decirme qué día debía ir a testificar. Le envié un correo electrónico a mi nueva letrada, Myers, a la que todavía no conocía en persona. Me respondió: «La selección del jurado tendrá lugar la semana que viene. Empezará el 14 de marzo y seguramente acabará el 16. Puede que tengas que declarar el 17 o el 18, pero lo más seguro es que sea el 21 o el 22». ¿Cómo se prepara alguien para una cosa así? Alaleh me dijo que la selección duraría tanto tiempo como fuera necesario, tres semanas o más. ¿Cómo debía racionar mi energía hasta entonces? ¿Cuánto más debía resistir? ¿Y si no aguantaba? Sentía que no debía pasar demasiado tiempo en el juzgado, del mismo modo que uno sabe que no debe estar en un garaje con el tubo de escape encendido, con las neuronas muriéndose una tras otra.

Los exámenes del trimestre de invierno de Tiffany empezarían el mismo día en que también comenzaría la selección del jurado. Después de

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hacer el último examen, se prepararía su bolsita de lona y conduciría por las oscuras colinas para pasarse las vacaciones de primavera de su último año de universidad en el juzgado. Lucas llegaría en avión el día antes de testificar. Después de declarar ante el juez, ambos tendrían que marcharse para empezar las clases del trimestre de primavera, el último antes de la graduación. Yo me quedaría aquí, esperando el veredicto.

Dos semanas antes del juicio tiene lugar lo que se conoce como audiencia previa al juicio; una reunión entre el juez, la fiscalía y la defensa para comprobar que todas las partes están preparadas. Mientras ese encuentro se celebra, la víctima está en otro lugar: tumbada en la cama, cortando queso en tiras alargadas. Para ella no hay audiencia previa que valga; los testigos no se reúnen en ninguna sala para darse ánimos, formar una pila de manos ni gritar: «¡Equipo!». No se me permitía asistir a las declaraciones de los demás testigos, lo que significaba que durante las siguientes semanas me pasaría casi todos los días esperando en casa, sin nada que hacer. Más tarde sabría que testificaron dieciocho personas, pero entonces yo no tenía ni idea de que la mayoría de ellas existía. Éramos como caballos alineados en compartimentos independientes, con nuestras anteojeras puestas, ajenos a la presencia de quienes estaban a nuestro alrededor. Cuando oyes el disparo de salida, notas el golpe de la fusta y corres para ponerte a salvo.

Estaba nerviosa por no tener a demasiadas personas en la sala. Los padres de Brock, su hermano mayor y su hermana llegarían en avión; las filas que les correspondían en la sala del tribunal estarían llenas, mientras que en mi lado no habría casi nadie. «Vendrá su abuela», me había dicho Alaleh. Me lo comunicó como una mala noticia. No sabía que el jurado llevaría una especie de recuento no oficial. Los suecos testificarían, junto con el detective Mike Kim, los agentes Jeff Taylor y Braden Shaw, la enfermera del SART Kristine Setterlund, Julia, Colleen, Tiffany y Lucas. Cualquier testigo que yo tuviera no podía estar presente en la sala. Solo el detective Kim podría sentarse allí. Mi madre y mi abuela Ann vendrían a vernos testificar a Tiffany y a mí. Mi padre se acercaría en coche cuando pudiera entre consulta y consulta. Anne vendría y estaría allí las ocho horas que durara cada sesión, todo el tiempo que fuera necesario. Era la única constante en toda aquella fluctuación; calmada, inteligente, una madre, una luchadora.

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Al observar aquellos asientos vacíos tendría que recordarme que había mucha gente que se preocupaba por mí. Quería explicar que la vida social de Chanel gozaba de buena salud e incluía a muchas personas, pero ser Emily Doe era muy solitario: mi mundo era mucho más pequeño, un círculo reducido de confidentes. Me pregunté cómo había llegado a la situación de pasar más tiempo con mi violador que con mis amigos.

Hacía calor afuera y las flores blancas caían de los árboles. Me recordaban a los circulitos que se caen cuando vacías la perforadora de folios. Llevaba puesto mi plumón negro, un saco de dormir que me llegaba a los tobillos, no tanto por ir abrigada sino por aislarme de todo lo demás. Una tarde, algunos amigos del colegio quedaron para tomar unas tapas. Me uní a ellos con mi parka para la nieve que llegaba hasta el suelo: se burlaron de mí, pero no me importó. Estaba alerta para desviar de mí la conversación sin que se notara demasiado. Si algo he aprendido, es que la palabra trabajo sirve como excusa para casi todo. Casi resulta hasta preocupante. «¿Cómo es que has vuelto a casa?». «Es por el trabajo». «Hace mucho que no te veo». «Es por el trabajo». «Oye, podríamos comer juntas la semana que viene». «No puedo —respondí—. Trabajo». «Pareces cansada». «Es por el trabajo». «Te entiendo perfectamente», me respondían. La palabra que quería decir en realidad era juicio. Cuando me preguntaban: «¿Cómo estás?», yo quería responder: «Aterrorizada». Cuando alguien decía: «¡Qué delgadita estás!», yo quería responder: «Eso no siempre es algo bueno». Se marcharon a casa pensando que nos habíamos puesto al día de nuestras vidas, mientras yo tenía la silenciosa certeza de que no sabían nada.

Me empezaba a preocupar toparme con el carrito de algún conocido en el supermercado o cruzarme con alguien cuando salía a correr. Enseguida mi mundo se redujo a mi habitación: a la colcha floreada que me compré a los dieciséis, al ventilador de techo que solo podía encenderse con un mando que había perdido hacía años, a mi alfombra marrón, a mi escritorio cubierto de pegatinas medio despegadas. Necesitaba aclararme las ideas.

Una noche me puse mis deportivas viejas y una sudadera desgastada y me escabullí de casa. Corrí por la calle Alma, los pies me llevaron durante kilómetros hasta las vías del tren donde se sentaba el vigilante. Me aparté de la circunferencia luminosa de una farola y me senté en la acera. Notaba el hormigueo del calor en la piel y tenía la respiración entrecortada. Con

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los hombros apoyados en las rodillas permanecía oculta, lejos de su vista.

Jadeé, observé, miré y esperé.

El vigilante se levantó. Los puntos de luz protegidos por unas viseras metálicas empezaron a parpadear en rojo. Dos tablones finos y verticales descendieron lentamente hasta colocarse en posición horizontal y bloquear el paso a los coches que llegaban. Oí un repiqueteo metálico lejano y el tintineo de una campana torpe y caótica, como si una enorme vaca hubiera salido disparada a toda velocidad por las vías. El grito de la bocina lo inundó todo, vi unas cuchilladas de luz blanca, la nariz plateada del tren llegando como una bala al cruce. Un cuerpo largo y plateado, salpicado de ventanas amarillas, volviéndose borroso y convirtiéndose en una hilera de cabezas de pasajeros, inclinadas hacia aquí y hacia allá, leyendo o con los ojos cerrados, pasando intermitentes ante mis ojos, cabeza, cabeza, cabeza, cabeza, cabeza, y después nada. Quietud. Un golpeteo residual de ollas y cacerolas. Los tablones se estremecieron y tambalearon, levantándose para apuntar al cielo y anunciar que la actuación había tocado a su fin. El vigilante anotó algo en un portapapeles, volvió a sentarse en la silla de plástico y en ese momento las luces rojas se apagaron y el cruce volvió a quedarse oscuro y en calma.

Seguía sentada, la corriente de aire me había echado todo el pelo hacia un lado. Había sentido la respiración de la muerte, que me había hecho volver a la vida con su traqueteo. En el instituto, la muerte se había convertido en una compañera de clase, en una presencia constante que venía a buscarnos para sacarnos de nuestra corta vida. Yo había empezado a ver un agujero negro, un óvalo oscuro del tamaño de un charco, encima de cada uno de nosotros. Bajo aquel agujero negro, el color, la textura y la cotidianidad de la vida brillaban. Yo rezaba no porque el agujero negro desapareciera, sino porque todos nosotros tuviéramos antes la oportunidad de poder crecer debajo de él, de vivir todas las cosas de las que hablaba la gente que iba a la consulta de mi padre: casarse, divorciarse, que te rompieran el corazón, pagar una hipoteca… porque la vida también era todo eso.

Había momentos en que pensaba en arrastrarme dentro de aquel agujero. De noche, en la cama, lo veía flotando sobre mí. ¿Acaso no sería todo más fácil? Hacía un inventario de mi vida: Tenía veintitrés años, me habían agredido sexualmente, no tenía trabajo, mi único logro era ser un

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cuerpo sin nombre en el periódico local. Cuando pensaba en el futuro, no veía nada. No quería seguir adelante.

Sin embargo, sentada en aquella calle, mirando el portal por el que habían desaparecido en una cacofonía de luces rojas parpadeantes y tintineo de campanas tantos chavales, me dije algo que ojalá le hubiese dicho a cada uno de ellos: «Tienes que quedarte aquí». Me dije que aquel no era más que un momento de una larga vida que me debía a mí misma antes de desaparecer. Sabía que pronto me humillarían y me despedazarían. Temía la denigración que me esperaba. Pero también sabía que siempre elegiría el frío cemento de la acera, el trabajoso latido de mi corazón, el sudor en los pliegues del estómago, la desgastada sudadera con capucha que ha pasado por la lavadora demasiadas veces. Siempre me levantaría, me daría la vuelta y correría de vuelta a casa, porque era lo único que sabía hacer.

Alaleh y yo estábamos de nuevo en la sala del juzgado. No había nadie más. Me dirigí al banquillo que me habían asignado, como un animal amaestrado. Escudriñé las filas de sillas acolchadas, que me recordaron a un cine triste y pequeño. Pronto las ocuparían los familiares de mi violador. La taquígrafa que me había guiñado el ojo no estaba. Cuando le pregunté por ella a Alaleh, me respondió que aquel día estaba de servicio otra persona y asentí para mostrar mi conformidad, pero por dentro ocultaba la pena de haber perdido a uno de mis pocos apoyos.

En los últimos quince meses la situación había cambiado mucho, pero en el juzgado todo seguía estancado. Era raro ver que el tiempo no corría, sino que ahondaba en sí mismo. Habíamos analizado aquella noche una y otra vez. Las preguntas se ramificaban en otras, las raíces se bifurcaban.

Esta vez me pregunté qué comportamiento era el aceptable para una víctima. ¿Qué tono? Alaleh me había advertido que no debía enfadarme. Me enteré de que si muestras enfado, estás a la defensiva. Si tienes un tono plano, eres apática. Si estás demasiado animada, eres sospechosa. Si lloras, eres una histérica. Si te dejabas llevar por las emociones, transmitías poca confianza; pero si eras demasiado fría, entonces eras insensible. ¿Cómo podría encontrar el equilibrio? «Tranquila —me dije—. Mantén la calma». Sin embargo, durante la vista previa había perdido el control de la situación. ¿Qué hago si vuelve a pasarme? La fiscal me recordó que el jurado entendía que lo que yo estaba haciendo era difícil. «Sé tú misma y ya está», me dijo. «¿Cuál de las dos?», quise responderle.

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Me dijo que la defensa iba a confrontarme con sus teorías y me recordó que era su trabajo. Si el abogado defensor intentaba llevarme por otro camino, yo debía reconducirle. Imaginé que yo era un asno y que el abogado agitaba una zanahoria para que lo siguiera. No vayas a por la zanahoria. Si no sabes una respuesta, dilo sin más. Sé sincera. La reunión fue breve y sencilla; en ningún momento aportó ningún detalle gráfico ni me advirtió de las pruebas que me enseñaría. Echando la vista atrás, me pregunto si actuó con cautela para que yo no sacara las emociones a la superficie demasiado pronto y así tenerlas en carne viva para que el jurado las viera.

La única declaración que Brock había hecho fue en la noche de su detención. Entonces admitió que abusó de mí con los dedos y negó que saliera corriendo. Ahora testificaría por primera vez ante el tribunal. Esperaba que Alaleh me dijera: «No te preocupes por él». Habían grabado su entrevista inicial, no podía desdecirse. Pero desde entonces él se había enterado de que yo no recordaba nada del incidente. Así que en vez de decirme aquello, me dijo: «Él tendrá la oportunidad de escribir el guion». La miré un instante, queriéndole decir que no era justo, que qué pasaba con eso de «la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad»; no podía aparecer y decir lo que quisiera.

Al principio pensaba que todo sería fácil. Cuando me dijeron que Brock había contratado a un abogado carísimo y conocido, pensé: «Oh, no». Pero después me dije: «¿Y qué?». Ni siquiera él podría cambiar la verdad. Tal y como yo lo veía, mi parte iba a convencer al jurado de que la cosa grande y amarilla que hay en el cielo era el sol. La suya debía convencerlo de que era la yema de un huevo. Ni el abogado más ilustre sería capaz de cambiar el hecho de que es una enorme estrella llameante, y no un absurdo huevo volador. Pero yo todavía no entendía el sistema. Si pagas el dinero suficiente, si dices las cosas adecuadas, si te pasas el tiempo necesario debilitando y diluyendo la verdad, el sol puede acabar pareciéndose poco a poco a un huevo. Aquello no solo era posible, sino que pasaba constantemente.

Al salir de la sala vi un trozo de papel pegado junto a la puerta que

decía: EL PUEBLO DEL ESTADO DE CALIFORNIA CONTRA BROCK ALLEN TURNER.

Pensé: «¿Qué pueblo? Si solo hay unas tres personas en California que saben que estoy aquí». Era raro que supuestamente él se enfrentara contra un estado enorme, porque yo era la que me sentía en inferioridad

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numérica. Alaleh me entregó el fajo de transcripciones dentro de una carpeta de cartón que ahora era gruesa como un listín telefónico. Cada palabra que había dicho en los últimos quince meses había sido grabada y mecanografiada. Subiría al estrado con otros tres yoes: mi yo del hospital, mi yo de la comisaría y mi yo de la vista previa. Los cuatro relatos debían concordar. Me dijo que no debía memorizarlo todo palabra por palabra. «Conócelo todo bien», me dijo. Comprendí que memorizar es distinto a conocer; que conocer significaba sentirlo en tus adentros. No era una montaña de papeles, sino la noche misma. La sostuve con ambas manos y sentí su peso. Pensarás que en este momento es cuando empecé a prepararme para el juicio; en un montaje cinematográfico se me vería pasando páginas frenéticamente, repasando las preguntas sentada frente a la fiscal. Pero en realidad lo que hacía era arrastrar mi carrito rojo por los grandes almacenes Target, donde iba a relajarme, donde el mundo está organizado en pasillos. ¿Ha llegado el momento de probar una nueva fragancia de desodorante? Me ponía en cuclillas en el pasillo de los champús, manchándome la nariz sin querer al intentar olerlos. ¿Y si compro una sartén nueva? ¿Necesito un sombrero? Les regalé a mis padres una mopa y yo me compré una vela con perfume de magnolia y masa para hacer galletas. Antes de dormir me había comido medio paquete de masa cruda. El juicio empezaría el lunes 14 de marzo de 2016.

Lunes

Desde siempre había oído a los adultos quejarse de la obligación de formar parte de un jurado. Doce personas a las que de repente se las sacaba de sus vidas. Doce personas que preferirían estar en cualquier otra parte antes que en un juzgado. Doce personas a las que yo necesitaba más que a nadie en el mundo. El voto tendría que ser unánime. Cuando me lo dijeron, pensé que lo había oído mal. «¿Quieres decir anónimo?». La alternativa parecía imposible. Necesitaría los doce votos para ganar. En los artículos que yo leía, jamás encontré doce comentarios positivos seguidos.

Si un posible miembro del jurado había sufrido una agresión sexual, quedaba eliminado de inmediato. Más tarde me enteraría de que, al

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formular esta pregunta, varias mujeres se pusieron en pie y se marcharon.

No habría ninguna superviviente en el jurado.

La fiscal me explicaría más adelante que en los casos de violación no se prefiere que haya mujeres ya que es probable que se resistan a empatizar con la víctima, pues hacen hincapié en que «debe de tener algún problema porque eso nunca me pasaría a mí». Me acordé de las madres que habían comentado: «Mis hijas nunca…» y eso me apenó, porque comentarios así no protegían a su hija, sino que garantizaban que si la violaban, esta tuviera una persona menos a la que acudir.

Mi amiga Athena acababa de volver a Palo Alto. Somos amigas desde sexto de primaria, ella es americana vietnamita. Cuando acabó la uni se fue a trabajar a una granja dedicada al cultivo de lechugas en Hawái. La recogí en el aeropuerto y me explicó lo que se siente al dormir en una tienda de campaña, hacer autoestop hasta llegar al océano y ver la claridad de las estrellas desde Big Island. Fuimos a mi casa. Cuando la conversación fluctuó de su isla a mi pequeña habitación, me preguntó qué había estado haciendo yo ese tiempo.

Siempre había un momento, justo antes de contárselo a alguien, en que sentía que me asomaba por el borde de un acantilado para ver el agua. Tomaba las últimas bocanadas de aire, balanceaba los brazos y me decía que podía hacerlo. Mientras le hablaba del violador que nadaba, de la víctima que era yo, me iba precipitando al vacío en caída libre y me preparaba para el impacto. Después de graduarnos, habíamos ido a un bar con música en directo. Envueltas en un ruido atronador, me había dicho que la habían agredido. «Pasó al poco de empezar la uni —me gritó lo bastante fuerte para que pudiera oírla—. No se lo he contado a demasiada gente. Me parecía que debías saberlo». Le dije: «¿Estás de broma? Qué cabronazo». En aquel momento la única reacción que sabía manejar bien era la ira; se me daba mejor que la empatía, el consuelo o la reflexión. Ahora sentía no haber sabido cuidarla mejor. Se inclinó hacia mí para envolverme con los brazos, igual que había hecho Claire, como si pudiera ver en un instante cómo había sido mi año entero. Nos quedamos abrazadas en el suelo. Caía y caía y de repente alguien me agarraba. Le dije que necesitaba que me acompañara al juzgado y ella me respondió: «Dime cuándo».

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Martes

La selección del jurado continuó. Alaleh no se puso en contacto conmigo. Yo seguía resistiéndome a tocar las transcripciones hasta que contara con la protección de la presencia de Tiffany y Lucas. Me corté el pelo, solo las puntas. Llevé el coche al túnel de lavado Lozanos, donde te daban palomitas y limonada gratis y podías meditar viendo cómo el coche se deslizaba por las bestias jabonosas de cabeza de mocho. Busqué trabajo en Craigslist, escribí tres frases de una carta de presentación. Fui en bici a comprarme un burrito, me bebí una lata de Coca-Cola caducada, me senté con el casco de la bici puesto en un banco del parque. Le hice una foto al burrito y la subí a internet. Recibí treinta y dos likes. Era una broma interna mía, un modo de engañar a todo el mundo. La gente pensaba que estaba pasándomelo bien aquella tarde, cuando en realidad estaba a punto de verme las caras con mi violador. Qué escalofriante es que podamos ocultar estas historias. Qué fácil era fingir. Los fragmentos que mostramos, las montañas que ocultamos.

Mi padre me dijo mientras cenábamos que estaba orgulloso de mí. «Estoy tan orgulloso de ti, cariño. De verdad, mucho». No respondí nada, no interioricé su comentario. Aquel comentario infundado casi me irritó. ¿Orgulloso de qué? La enorme brecha existente entre su orgullo y mi realidad actual me avergonzaba. ¿Acaso no me veía vagar por la casa en pijama? Me habían agredido, no te daban trofeos por eso. ¿Qué dignidad hay en que te dejen tirada por ahí, medio desnuda? Sonreí, pero no dije nada.

Miércoles

Último día de la selección del jurado. Lucas aterrizaría por la tarde. Llegué al aeropuerto temprano, no me importaba esperar dando vueltas al volante. Corrió hacia el coche, con la bolsa colgada del hombro. Hizo unos rápidos movimientos circulares con el puño, gesticulando para que bajara la ventanilla. Se acercó al lado del conductor para besarme y la mujer del

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chaleco amarillo fosforita que controlaba el tráfico nos ladró que siguiéramos circulando. «Por lo menos deme este momento, señora».

Normalmente me relajaba enseguida en su presencia y me ponía su ropa, que me queda enorme, como un cangrejo ermitaño que se cobija dentro de su nueva casa. Pero sabía que solo se quedaría cuatro días conmigo antes de regresar en avión a sus clases. Aquella vez no podía permitirme que él fuera mi centro.

Alaleh dijo que se sintió aliviada cuando conoció a Lucas. Me pregunté qué quería decir con aquello. Tenía la sensación de que mi novio tenía que hacer que Brock pareciera una elección a la baja, y no al alza. Me imaginé que las paredes posteriores de la sala se abrían y que Lucas entraba vestido con su traje, trotando relajadamente y saludando a un público que le aplaudía. «¡Y aquí tenemos a un atractivo hombre de negocios de veintiséis años! En su tiempo libre le gusta practicar la ebanistería, el submarinismo y el rugby. La ha llevado de vacaciones a Indonesia y viven en un rascacielos de Pensilvania. Tiene intención de cortejarla manteniendo relaciones sexuales consentidas».

Entonces el foco se desplazaría de repente y el haz de luz encuadraría a Brock. «¡Acaba de cumplir los veinte y sueña con ir a las olimpiadas! Ella no lo conoce, pero nada más rápido que un pez y le gusta el whisky Fireball. Piensa cortejarla al aire libre, en un lecho de agujas de pino». Y entonces aparecería yo, con un vestido de flores, sonriendo de oreja a oreja. «¡Es salvaje, comprensiva y un poco boba, pero no es la clase de chica que cede fácilmente! ¿O sí? ¡Descubrámoslo!». Sonarían los trombones y aparecerían puntitos de luz por todas partes. «¡Y ahora vuestro anfitrión, el honorable juez!».

En el último año, Lucas me había visto gritar, alejarme, marcharme del apartamento, llorar bajo las sábanas, en la ducha, en cualquier momento que se hablara del caso. Y cada vez, cuando mi respiración se estabilizaba, él se disculpaba y salía a correr. Daba igual si era de noche o si llovía, yo lo veía desaparecer en la oscuridad, corriendo. Yo creía que Lucas era insensible al dolor y estaba tan consumida por mis propias emociones que jamás me había parado un instante a preguntarme cómo le estaba afectando todo aquello. Me pregunté si también tendría algo en carne viva en su interior, una rabia que le hiciera correr. Aquella noche, mientras lo veía prepararse para testificar a la mañana siguiente, me quedé de piedra al

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ver la seriedad con que les sacaba brillo a sus zapatos y planchaba la ropa; toda su alegría se había esfumado.

Jueves

Cuando desperté, Lucas ya se había peinado y afeitado. Iba a testificar hoy, yo lo haría mañana. Pensaba llevarle en coche hasta el juzgado e ir después a Gap a comprarme unos pantalones de vestir.

Tiffany llegaría por la tarde, y con ambos en casa por fin abriría la carpeta y me lo estudiaría todo de una tacada. Sabía que debía haber empezado a revisarlo antes, pero en este caso no puedes hacer un poquito cada vez y ya está; no puedes sumergirte y salir de eso cada día. Era incapaz de controlar el agobio y la agitación crecientes que me provocaba. Leer un poco era como echar tinte en el agua: es imposible evitar que se extienda por ella. El día entero quedaba arruinado. Así que prefería hacerlo todo de golpe.

Me puse unos vaqueros. Buscaba un calcetín. Oí un tintineo: era un mensaje de Alaleh. «Puede que sobre algo de tiempo, así que estate preparada para venir». Me dejé caer lentamente hacia el suelo, oía el tictac del pánico como si fuera un fogón de la cocina a punto de encenderse. «No estoy preparada. No tengo pantalones. No puedo, cuántas horas me quedan». Me rastrillé el cuero cabelludo con los dedos. «Tengo que lavarme el pelo». Empecé a sacar ropa de los cajones. Me senté con las mejillas humedecidas, pestañeando, pataleando adelante y atrás para quitarme los vaqueros. Aquellos pensamientos se intensificaban más y más mientras calculaba el tiempo que me quedaba para prepararme. Si testificaba hoy, nadie podría acompañarme en la sala, estaba previsto que mi letrada acudiera mañana. «Estaré sola otra vez. No puedo».

Lucas entró en la habitación y me vio en ropa interior pataleando, rodeada de montañas de ropa que parecían organismos marinos que el océano hubiera arrastrado hasta allí.

—¿Qué pasa aquí? —me preguntó.

—Tengo que prepararme —le dije—. Tengo que ir hoy al juzgado y no tengo pantalones. Esta chaqueta está demasiado arrugada.

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Volvía a tener siete años, era pequeña y me sentía desamparada, como cuando antes de ir al colegio por la mañana repetía, inconsolable: «No tengo nada que ponerme».

—Contéstale que prefieres ir mañana —me dijo.

Lo miré como si se hubiera vuelto loco.

—No puedo —le respondí—. Siguen un calendario. No sabes cómo funciona esto, yo no tengo ningún control. ¿Por qué no me ayudas a prepararme? Necesito estudiar y no tengo tiempo.

Estaba desesperada hasta que le oí decir, con claridad y firmeza:

—Nadie puede obligarte a nada. No pueden continuar sin ti. Si tienen que esperar, que esperen. Tú estás al mando. Dile que no puedes ir hasta mañana.

Estaba sentada con las piernas desnudas y el pelo hecho un desastre. Ni siquiera se me había pasado por la cabeza imponerme, hacer otra cosa que no fuera obedecer a ciegas. Me habían condicionado a aceptar cualquier cambio en el calendario, cualquier pregunta que me formularan, sin importar lo dolorosa, personal o repentina que fuera. Había olvidado que era posible establecer unos límites. Me puse a escribir un mensaje: «Hola, Alaleh. ¿Qué tal, Alaleh? Sería posible que. Me sentiría más cómoda si. Hola, espero que estés bien. Me gustaría que mi madre y mi abuela. Perdona. No podré venir hoy. Buenos días. Te parece bien si voy mañana tal y como habíamos acordado».

Me dijo que no había ningún problema, que si el proceso avanzaba muy rápido intentaría frenarlo. Fue tan fácil, lo único que tenía que hacer era pedirlo.

—¿Mejor? —me preguntó Lucas.

—Mejor.

Nos quedaba una hora antes de que él se marchase a testificar, así que nos fuimos en coche hasta Driftwood Deli, en El Camino. Me senté al sol con mis vaqueros, mi chaqueta arrugada y mis zapatos cutres, embargada por un profundo alivio. Había recuperado mi día. Dejé a Lucas en el tribunal y esperé a que cruzara la puerta de entrada antes de arrancar. Me mandaría un mensaje cuando acabara.

Entré en Gap. «¿Puedo ayudarte en algo?», me preguntó una empleada. «En muchas cosas», quise decirle. Habían pasado tres horas y no tenía noticias de Lucas. Compré unos pantalones grises rectos y unas bailarinas negras baratas. Al fin recibí el mensaje de que lo fuera a buscar.

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«¿Qué tal ha ido?», le pregunté. Me dijo que ni siquiera habían llegado a la parte del contrainterrogatorio, que seguirían mañana. Al inicio del día se había previsto que sobraría tiempo cuando, en realidad, les había faltado. Los testimonios previos al suyo se habían alargado más de lo previsto y él se había pasado tres horas esperando en el trastero de la víctima. Me sentía fatal porque nadie le había hecho compañía durante ese tiempo. «Cuesta mucho mantener el nivel de adrenalina», dijo. Era la primera vez que le oía admitir que algo le costaba. Tiffany llegó a altas horas de la noche, muy falta de sueño después de haber hecho sus exámenes finales.

Con todos en casa, estaba lista para sumergirme, para regresar y encontrarme con mis tres yoes. La memoria suele tomarse por el punto débil de la víctima, pero yo creo que en realidad es su mayor fortaleza. El trauma te permite desplazarte por el tiempo de un modo especial; los años desaparecen en un instante, somos capaces de evocar sensaciones terroríficas como si estuvieran sucediendo en el presente. Esparcí las transcripciones por el suelo. Mi alfombra era el equivalente a una cuerda atada alrededor de mi cintura a medida que descendía al pasado. Con una mano, la rozaba con delicadeza. En todos aquellos recuerdos, no había ninguna alfombra. Veía largos y húmedos mechones de pelo enmarcándome el rostro mientras la cabeza me colgaba. Estoy en la clínica donde me atendieron por la violación. El agua me llena los oídos, me nubla la vista, no me deja respirar y me llega por encima de la boca. Fuera hay una autopista, un flujo constante de coches, uno de ellos está aparcado en el arcén. Es mi hermana, que llora tanto que no puede ver bien. Está intentando venir a buscarme. Alfombra. Estoy sentada en la silla de plástico de la clínica, con el pelo empapado. Tiffany está sentada a mi lado, alterada, disgustada. Qué puedo hacer para que se sienta mejor. Alfombra. Le estoy diciendo a la agente de policía que por favor no llame a mi casa. No quiero volver a ver a ese hombre jamás. Alfombra. Veo los rizos rubios de su cabeza cuando él se mira el regazo. Estoy llorando, veo sillas vacías. Alfombra.

Me soné la nariz. Las lágrimas trazaban líneas cuello abajo y se deslizaban bajo la ropa, por el pecho. Durante cinco horas, sentada en el suelo, con el pecho replegado contra las piernas, pasé páginas y escribí. Establecí el marco temporal, cada minuto del día 17 de enero, cada trago, ubicación, comentario, observación; empapándome de aquella información. El caos empezaba a dejar sitio al orden. En la primera página

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me escribí frases de ánimo: «Siléncialos con la verdad». Tapé todos los agujeritos de mi memoria e ignoré la enorme laguna. No era momento para compadecerse de una misma, mortificarse ni cuestionarse. Estudia. Conoce bien la cronología. Vuelve a la alfombra.

Viernes

Lucas se despertó al amanecer para ser interrogado por la defensa, mientras que estaba previsto que yo testificara a la una y media de la tarde. En principio yo iba a llevarlo hasta allí en coche, pero me dio un beso en la frente y me dijo que volviera a dormirme, así que me acurruqué en el retazo vacío y cálido que su cuerpo había dejado. Horas más tarde, noté que el calor del sol inundaba la cama, lo oí entrar por la puerta y observé con los ojos entreabiertos cómo se quitaba los zapatos a los que había sacado lustre el día anterior. Se metió en la cama completamente vestido y me abrazó. No le pregunté cómo le había ido. Si las cosas iban mal, prefería no saberlo todavía.

Metí las manos en las mangas de mi suéter color avena para convertirme en Emily, y me recogí el pelo a ambos lados con dos clips. Sostuve la varilla del rímel en la mano y dudé un instante. Al final me pinté un poco las pestañas. Guapa, pero no demasiado. El maquillaje convertiría mis lágrimas en oscuros manchurrones y los ojos gotearían tinta, pero ir sin maquillar me haría parecer cansada.

Lucas condujo. Yo estaba callada, sentada sobre las manos, estudiando las pautas impresas que descansaban sobre mi regazo. Mi apetito era inexistente, pero sabía de sobra que no podía presentarme allí con el estómago vacío. No había sitio para aparcar cerca de la tienda de bagels, de modo que paró el coche mientras yo entraba. Encontré el mostrador transparente de círculos beis. Había olvidado los nombres de los bagels. La dependienta me preguntó cuál quería y yo me limité a señalarlo. Cogí una bolsa blanca de papel, sin estar segura de que fuera la mía. Miré a todos los desconocidos que había a mi alrededor, aislados en su cálida realidad de charla y café. Empujé la puerta hacia afuera y me arrastré hasta

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mi coche, mi silencio, mis notas. El bagel estaba seco y duro, me costó tragármelo.

Nos detuvimos al llegar al juzgado. Bajé el espejito para ver si tenía semillas entre los dientes. «¿Seguro que no tengo ninguna?». Lucas asintió. Él y Tiffany me estarían esperando fuera. Un beso en la mejilla. Salí del coche y se marchó.

Quería que esta escena empezara conmigo avanzando con paso firme por los pasillos, con los hombros echados hacia atrás y la cabeza erguida, pero cuando atravesé el arco de seguridad de plástico sentí que se me erizaba la piel. Algo no iba bien. Ya había visto a aquellos guardias antes. Miré el pasillo. Vacío. Pero sentí la presencia del grupo de cuerpos reunidos en el piso de arriba. Me metí rápidamente en el aseo del primer piso, me puse en cuclillas en la esquina del cubículo para discapacitados con los apuntes enrollados en la mano y susurré para mis adentros que debía mantener la calma. La fiscal me envió un mensaje. «¿Estás aquí?». Me temblaban las manos. «Llegando».

Cerré los ojos. Veía el interior de la sala. El juez era una cabeza calva que flotaba sobre un trapezoide negro; el mediador de este juego. Los equipos se dividirían en dos partes y obedecían la regla no escrita de no cruzar jamás al otro lado. Mentalmente estaba lista, pero mi cuerpo se preparaba para el dolor que había de llegar.

No había preparación posible que pudiera protegerme de la supresión de mi ser, de la aniquilación. Sabía que, incluso después de marcharme, mi mente se quedaría allí mucho tiempo, vaciada durante semanas.

Salí del aseo y apreté con urgencia el botón del ascensor. Alaleh abandonó la sala para acompañarme al trastero de la víctima. Tenía que marcharse para concluir un par de testimonios; la enfermera del SART testificaba antes que yo. Mi corazón se iluminó; la enfermera, una presencia protectora en este juego. Me pregunté cuál de ellas sería, me acordaba de tres de ellas congregadas alrededor de las cimas de mis rodillas desnudas. Me gustaba imaginármelas como un dragón de tres cabezas con una bata blanca, abriendo sus fauces y chasqueando instrumentos metálicos, enfrentándose a cualquiera que se metiera conmigo.

Mi nueva letrada, Myers, salió del ascensor. Tenía una postura perfecta, el pelo impoluto y una actitud compuesta. Me cayó bien enseguida. Pronto llegó mi madre con la abuela Ann y Alhena. «Hola,

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Chanoodle». Anne estaba ya dentro. Movimos las sillas para caber todas. Oí que mi abuela le preguntaba a Myers de dónde era, cuánto tiempo llevaba en la YWCA, cómo había acabado trabajando en ese campo. Desconecté y hojeé mis notas de principio a fin. Tan pronto como acabé, empecé de nuevo. Cada diez minutos me excusaba para ir al baño, para hacer pis una última vez, alisarme el pelo, ponerme bien los clips y comprobar que llevaba la bragueta subida. Pasó una hora.

Me recordaba a mí misma que era sencillo: el jurado respondería a la autenticidad, a lo que era real. Mi letrada me dio una bolita con un estampado de bellotas: un nuevo juguete que apretujar en el banquillo. Athena me dijo que me imaginara que tenía una rosa ante los ojos: toda la mala energía de la defensa sería absorbida por la flor, y no por mí, de modo que yo podía sentarme y contemplar sus palabras a una distancia prudente. Mi psicóloga me había dicho: «Visualiza a mujeres a tu alrededor, detrás de ti, tocándote el hombro, caminando a tu lado». Podía hasta invocar a Maya Angelou si quería. La abuela Ann sacó una bolsita de chocolate negro. También llevaba un broche de un carrito rojo que yo le había regalado. Cuando Tiffany y yo éramos pequeñas, ella solía darnos vueltas por el callejón sin salida en un carrito rojo metálico. Recordé algo más que me había dicho mi psicóloga: «Recuerda quién eres. Qué cosas te gustan de ti misma».

«En cualquier momento —pensé—. Estate preparada». Pasaron dos horas, estábamos todas apretujadas en la habitación. Nuestras rodillas se tocaban en aquel pequeño círculo de sillas. Creo que hice pis unas doce veces. Al fin alguien tocó a la puerta y la habitación se vació. Mi letrada acompañó a todo el mundo a sus asientos. Ahora tenía algunos minutos para estar sola. Me pareció que era lo que necesitaba. Al subir al estrado, sabía que estaría sola. Si necesitaba ayuda, tendría que mirar hacia dentro. «Todo lo que necesito para superar esta situación ya lo tengo. Todo lo que debo saber ya lo sé. Todo lo que necesito ser ya lo soy».

Dejé mi paquete de hojas a un lado y me quedé de pie en silencio con los ojos cerrados. En el último año, la nieve había caído y se había derretido, me había cortado el pelo y me había vuelto acrecer, el mundo había seguido girando y yo podía haber seguido moviéndome con él y, sin embargo, había vuelto. ¿Qué significaba que una y otra vez volviera a encontrarme en aquella minúscula habitación, abandonando una vida ordenada para seguir luchando? ¿Acaso aquello no contaba?

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Dejé el paquete de hojas sobre el escritorio, salí y la puerta se cerró tras de mí. Avancé por el pasillo, frotándome las manos húmedas en los pantalones. Alaleh y Myers estaban junto a la puerta de la sala. «¿Estás lista?». Asentí. «Tin, tin, tin. Respira durante el descenso». Abrió la puerta. Entrelacé las manos, inspiré una vez más y crucé el umbral.

La sala estaba tan llena que me sentí muy pequeña. Entrar en una cafetería me provoca ansiedad. Mientras avanzaba por la sala del tribunal, todo el mundo me miraba. Yo no miré a nadie a la cara. Lo que percibía eran formas, un paisaje de cuerpos informes que llenaban la sala a los lados y en los bancos, una presencia más densa de la que percibí en la vista. Tenía los ojos clavados en los pies y me decía a mí misma que caminara. «Ve al banquillo».

No podría deciros cuántos hombres, mujeres, grupos étnicos o tipos de vestimentas había en la sala. Si la mitad del jurado hubiera llevado la cara pintada de tigre, ni siquiera me habría dado cuenta. Era la segunda vez que veía al juez y todavía no sabía qué aspecto tenía; solo conocía la pálida curva de su cabeza lisa y su toga, una sombra amenazante en mi periferia.

Escuché: «Juras solemnemente… nada más que la verdad». Mi mano se alzó. «Lo juro». Me acomodé en la silla del estrado hueco y clavé la mirada en Alaleh. Se me pidió que deletreara mi nombre delante del micrófono. Tenía miedo de mezclar las letras, así que empecé despacio.

FISCAL: «¿Podrías hacerme un favor y acercarte un poco más el micrófono? No se te oye bien».

Tenía razón. Era como si mi garganta estuviera revestida de material aislante, mi voz era poco más que un susurro. Aun así, oía perfectamente cómo cada palabra caía en la silenciosa sala y era devorada por docenas de ojos y oídos.

Las primeras preguntas eran siempre las más fáciles: Nacida en Palo Alto, una hermana, UCSB, graduada en literatura, altura uno setenta y seis. Lo estaba haciendo bien. «¿Cuánto pesas? Siento hacerte esta pregunta». Es lo que ninguna mujer quiere responder delante de un micrófono. Temía que si decía un número demasiado bajo, pensaran: «Ni de broma». Mi carné de conducir decía sesenta y tres kilos, pero en la universidad pesaba setenta y cuatro. «Seguramente setenta y un kilos», respondí. Más tarde me daría cuenta de que pesaba mucho menos; las muñecas se me habían

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afinado, mi cuerpo nunca tenía hambre, había bajado dos tallas de pantalón. Fuera cual fuese mi peso, no debería haber sentido vergüenza al decirlo; una roca tiene un peso distinto a un león o a una montaña de mangos y la cosa no tiene más importancia.

«De acuerdo. Ahora quiero que te centres en el mes de enero; concretamente en el fin de semana del 17 y el 18 de enero de 2015». Respiré hondo, asentí y volví a centrarme en lo que había ido a hacer. Empezamos en la reserva de Arastradero, luego pasamos a la taquería. «Qué taquería», me preguntó. Nunca comprobé el nombre. «Un punto negativo para mí», pensé. Me preguntó qué había pedido. Un taco. «Un punto positivo». Después fuimos avanzando, el interrogatorio era rápido como las piedras que rebotan en el agua, qué amigas de mi hermana habían venido a casa antes de la fiesta, las conocía bien, cuántas veces las había visto, a qué hora habíamos empezado a beber.

Expliqué que nunca iba a ninguna fiesta con Tiffany porque me sentía más como su madre que como su hermana. Hablé de Lucas. Quién es, dónde lo conociste, dónde está, dónde vive, cómo mantenéis la relación, lo visitas, cómo describirías la relación.

Me preguntó si alguna vez había tenido algo que ver con alguna fraternidad o sororidad; no y no. De vuelta a Stanford: dónde tuvo lugar la fiesta, en qué medio de transporte fuiste, hora exacta de llegada.

YO: Había una mesa cerca de la puerta, y Julia, Tiffany y yo nos pusimos detrás, como una especie de comité de bienvenida para todo el mundo. Cantábamos canciones y hacíamos bastante el tonto. Sí que estaba haciendo que mi hermana sintiera vergüenza ajena, pero no tenía ganas de impresionar a nadie, no.

FISCAL: ¿Cómo hacías que tu hermana sintiera vergüenza ajena?

YO: Cantando en voz alta y bailando raro.

FISCAL: De acuerdo. ¿Y tú dirías que tu hermana sentía vergüenza ajena?

YO: Sí, aunque se reía muy a su pesar.

Oí al jurado relajarse. No se reían, sino que dejaban escapar el aire por la nariz, divertidos. Yo sonreía. Siempre lo hacía cuando hablaba de mi

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hermana, aunque estuviera encajonada en el banquillo de los testigos. Noté que me relajaba; las preguntas eran aburridas pero inofensivas. Qué marca de vodka, en qué vaso, bebía a voluntad.

FISCAL: Cuando bailabas… ¿Cómo bailabas?

Yo: Haciendo el ganso. Totalmente lo contrario a un baile sensual. Agitando los brazos, meneándolos mucho.

Ya lo veía en las noticias. La víctima declara que «meneó mucho los brazos». Hablé de cuando salí afuera a orinar.

FISCAL: De acuerdo. Ya sé que esto es bastante gráfico, pero ¿os pusisteis en cuclillas detrás de un árbol? ¿Os tapabais las unas a las otras para que no os viera la gente que estaba fuera?

Intenté recalcar que incluso cuando hacía pis era discreta. Una mujer que hacía pis al aire libre sería juzgada de modo muy distinto a un hombre que hacía pis al aire libre. Me preguntó si estábamos cerca de una pista de baloncesto. Nunca regresé a la escena. Quizá me habría ayudado, pero no había sido capaz. «No me acuerdo —contesté—. Estaba muy oscuro». Volvemos al patio, a los chicos caucásicos que eran más bajos que yo. A la cerveza desbravada que le di a Tiffany, a los chicos que pinchaban las latas de cerveza para bebérselas.

FISCAL: ¿Alguna vez has pinchado una lata de cerveza para beber directamente de ella?

YO: No puedo.

FISCAL: ¿Por qué no?

YO: Porque es muy difícil.

Una risita. Oían mi honestidad. En ese momento llevaba ya respondidas unas doscientas preguntas; los periodistas tomaban nota de todo desde las filas de atrás. Admití que no sabía la respuesta a algunas de ellas, pero no se me había pasado por alto nada demasiado clamoroso. Me preguntó sobre mi siguiente recuerdo. «Me desperté en el hospital», le respondí.

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Pasó antes de que me diera cuenta. Se me enturbió la vista, la respiración se me empezó a entrecortar. No podía hablar, ni tampoco ver.

FISCAL: ¿Recuerdas algo antes de eso?

YO: (La respuesta de la testigo no es audible).

Empezaron a brotarme lágrimas de los ojos, de la nariz. Temía que de algún modo acabaran saliéndome por las orejas, por la boca. Notaba su calor, su humedad, su viscosidad. Mi respiración se volvió irregular. Me sentía avergonzada, como si me estuviera haciendo mis necesidades encima. Todo el mundo me miraba mientras me limpiaba la cara. Solo necesitaba un momento. Oí su voz.

DEFENSA: Perdón, pero ¿podría verbalizar una respuesta?

Ya me había olvidado de la pregunta. Era algo que tenía que ver con recordar. Si recordaba algo.

YO: No.

DEFENSA: Gracias.

FISCAL: ¿Necesitas tomarte una pequeña pausa?

YO: No, estoy bien.

FISCAL: Tienes pañuelos aquí.

Quería meterme los pañuelos en la boca y en las fosas nasales, taponar todos los agujeros de mi cara. Quería tirar de mis mejillas con las manos y borrarme las facciones de la cara. Alaleh intentó que el ritmo no bajara, yo notaba la irritación de la defensa. «Contrólate».

FISCAL: Cuando despertaste en el hospital, podrías decirnos… ¿Tienes idea de qué hora era?

Otra vez me estaba despertando dentro de aquella sensación, con la mente atrapada en aquel pasillo blanco. Miré hacia afuera, en un intento de regresar al presente, vi trajes a mi alrededor, noté el sabor del moco, me limpié el labio superior con la lengua; estaba salado.

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FISCAL: ¿Cómo te sentiste al despertar? ¿Qué sensación física tuviste?

Yo balbuceaba pero de mis labios solo salía aire y humedad: de repente me resultaba imposible formular una frase que tuviera sentido.

YO: Y entonces el… Vi al decano de los estudiantes y al agente, y ellos me preguntaron…

DEFENSA: Protesto. Testimonio de referencia.

Me callé de golpe.

FISCAL: Con estas palabras la testigo no pretende establecer la verdad, su señoría; estas palabras definen su estado mental y su comprensión del lugar donde estaba.

JUEZ: De acuerdo. Permitiré la… la pregunta que se ha formulado.

FISCAL: Al referirte a «ellos», ¿podrías especificar quién te hizo la pregunta?

YO: Sí, por supuesto. El agente y el decano de los estudiantes me hablaron y me preguntaron quién era, y me pidieron también que les diera un número con el que ponerse en contacto. Me dijeron: «Tenemos motivos para creer» que me habían agredido sexualmente.

DEFENSA: Protesto. Pido que no conste en acta. Testimonio de referencia.

De repente advertí que la defensa me sostenía firmemente la cabeza con la palma de la mano para que yo siguiera sumergida bajo el agua, diciéndome: «Ni se te ocurra salir». Quizá el abogado se había dado cuenta de que aquella era la parte más dolorosa y quería silenciarme antes de que el jurado pudiera escucharla. Me dije: «Patalea. Tienes que patalear con todas tus fuerzas».

YO: Tenía que ir al baño… Y me dijeron que debía esperar porque tal vez necesitaran tomarme una muestra de orina. Y

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entonces fue cuando… cuando me di cuenta de que aquello

era serio porque yo no sabía… yo pensaba que ellos…

DEFENSA: Protesto. Testimonio de referencia. Está

construyendo un relato.

FISCAL: Cuando dijiste que querías ir al baño, ¿te permitieron usarlo?

YO: Sí, al cabo de un rato. Pero primero me dijeron que no

porque tal vez necesitaran tomarme una muestra de orina.

DEFENSA: Protesto. Testimonio de referencia. Conocimiento

personal.

JUEZ: De acuerdo. No constará en acta todo lo que sigue a «Al cabo de un rato».

¿Cómo que «conocimiento personal»? ¿Acaso no es todo conocimiento personal? Estaban encendiendo y apagando mi memoria como si fuera una bombilla. Se equivoca, cállate, date prisa, deja de hablar, respuesta eliminada, sigue hablando, relato, protesto. Era incapaz de orientarme. Cada interrupción era como si me dieran un golpe.

FISCAL: Además del desconcierto de no saber dónde estabas, ¿qué otras cosas te desconcertaban?

En ese momento perdí los papeles. Extendí los brazos, suplicante. «No sabía dónde estaba mi hermana. No sabía dónde estaba yo. No sabía de qué hablaban. No sabía nada. No me daban ninguna explicación. Y me dijeron eso, y yo pensé: “Se equivocan de persona”. Pensé que se confundían. Pensé: “Lo único que quiero en este momento es encontrar a mi hermana y marcharme a casa”». Me dejé llevar, vacié los pulmones sobre aquel micrófono del tamaño de un grano de uva. De mi garganta salieron unos ruidos guturales, largos y sonoros. No me calmé, no bebí un sorbito de agua, no me di unos toquecitos delicadamente en el rabillo del ojo, no dije «Estoy bien», solo decidí en aquel momento que tendrían que esperar el tiempo que fuera necesario. Aquí lo tenéis. Aquí está, lo habéis conseguido.

Nadie en la sala sabía qué hacer con aquel lamento desquiciado. Pero había conseguido llegar al final de una respuesta sin que me interrumpieran. Estaba fuera de mí, era una sensación embriagadora, todo

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el mundo estaba obligado a tragarse mis sonidos de sirena. «Tranquila, calmada, centrada, fuerte». Y una mierda. Pasé de todo, no tenía ninguna intención de parar, la vocecita que me decía que me contuviera se había esfumado y yo solo podía pensar en desahogarme, desahogarme, desahogarme.

Escuché que mi fiscal decía: «Señoría, ¿podemos hacer una pausa?».

Sabía lo que aquello significaba: ¡El lavabo, mi lugar favorito, escapar! Me puse en pie, un cascarón frágil, y seguí a Myers por el pasillo mientras expulsaba entre babas los lamentos que me salían del pecho. Sentí una oleada de humillación al pasar por la fila donde estaban mis seres queridos y deseé que jamás hubieran tenido que presenciar aquello. Oculté el rostro en la cueva de mis manos mientras ella me llevaba más allá de las puertas de madera oscura.

Al fin estaba en mi tranquilo refugio. Me calmé al ver las baldosas color salmón y los retretes antiguos. Daba las gracias por tener a Myers, que esperaba junto a la puerta, mi guardiana. Una parte de mí quería sacar una banderita blanca y lanzarla a través de las puertas de la sala. Me sentía débil, agotada. Parecía que me hubieran frotado en la cara una hiedra venenosa y luego vaselina: estaba sucia, llena de brillos y manchas rojas. El lavabo de metal rechinó cuando giré el grifo mientras sostenía una toallita de papel marrón para empaparla en agua fría. Me la froté por debajo de los ojos hinchados, percibí el olor de aquella pasta terrosa. Me enjuagué la boca, vacié mi cabeza de moco, escupí, me soné la nariz. Al mirarme en el espejo, se me escapó una risita.

Me di cuenta de que ese era exactamente el momento en que había tocado fondo. Era imposible ir a peor. Estaba en un lavabo cutre con papel higiénico de una capa en pleno juicio por mi violación. Mi dignidad estaba por los suelos, mi compostura se había ido al carajo. Todo lo que temí que pasara estaba sucediendo. Ahora no me quedaba otra que salir arrastrándome de aquella situación. Cuando Myers abrió la puerta, la brújula de mi cuerpo me llevó de vuelta a mi asiento.

FISCAL: Chanel, justo antes de la breve pausa, estaba hablándote de cuando te despertaste en el hospital. ¿Te acuerdas?

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Todas y cada una de las veces me veía dormida en la camilla. Mi yo del presente no quería despertar a mi yo del pasado y explicarle lo que había sucedido. Me veía a mí misma levantando las manos, cubiertas por unas vendas que estaban medio sueltas, pestañeando y mirando alrededor. Deseaba acercarme a ella y decirle: «Buenos días, vuelve a dormirte». Sin apenas hacer ruido, metería de nuevo la camilla en la ambulancia y aceleraríamos en sentido inverso. Yo estaría dormida otra vez en el turbulento vehículo y el personal de emergencias volvería a depositarme en el suelo. La mano de Brock saldría de mí, las bragas me treparían por las piernas, el sujetador me taparía el pecho, el pelo se me alisaría, las agujas de pino volverían nadando al suelo. Yo caminaría hacia atrás de regreso a la fiesta, sola, mi hermana vendría a buscarme. Fuera, los suecos pasarían con sus bicicletas para ir adondequiera que fuesen. El mundo seguiría girando, sería una noche de sábado más.

Sin embargo, por mucho que deseara que la situación fuera aquella, siempre quedaba un cabo suelto: Brock. Yo me habría librado de sus garras, pero si no conseguía lo que buscaba en aquella fiesta, lo haría en la siguiente. Nos enseñan que las agresiones pueden llegar a suceder, pero que si te vistes con ropa recatada, las posibilidades de que te ataquen a ti disminuyen. Pero así jamás se erradicará el problema, lo único que se hace es redirigir al atacante hacia otra víctima incauta, descargar la violencia en otra persona. No quería volver a verlo jamás, pero prefería que estuviera ahí viendo cómo me limpiaba los mocos en la manga que en la calle, en libertad. Era una pequeña victoria.

Llegué a la parte en que me daba cuenta de que no llevaba ropa interior y tuve la sensación de que otro órgano me reventaba por dentro como si fuera un globo lleno de agua. Me sorprendió ver la gran cantidad de agua que mi cara era capaz de producir. Describí cómo me dieron una manta y me quedé dormida. Me preocupaba que el que me hubiera dormido tan rápido restara importancia a la conmoción que había sentido en aquel momento.

FISCAL: Y ahora, llegados a este punto, te voy a enseñar un par de fotografías y te voy a pedir que me digas si las reconoces. Voy a mostrarte las pruebas número 15, 16 y 17… Chanel, me gustaría que miraras la prueba número 15. Dime si la reconoces.

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No sabía que me habían hecho fotos cuando estaba inconsciente en el hospital. Ahora, deslizada por la tribuna, estaba mi cabeza, mi cuero cabelludo marrón repleto de largas agujas cobrizas de pino en una habitación que no había visto jamás. Sentí un nudo en el estómago. Soy yo, esa soy yo. Sentí fuertes punzadas en la barriga. «Quítalas de ahí».

FISCAL: ¿Qué… qué se ve en la prueba número 15?

YO: Mi pelo.

FISCAL: Cuando fuiste al baño y te diste cuenta de que tenías agujas de pino en el pelo… ¿Se ve en la prueba número 15 a lo que te referías?

Me había quedado de piedra, la mandíbula inferior se me movía con tanta violencia que pensé que se me iban a caer todos los dientes. ¿Qué otras fotografías tendrían?

FISCAL: Voy a enseñarte la prueba número 16 para que me digas si la reconoces.

YO: Sí.

FISCAL: ¿Y qué… qué es lo que se ve?

YO: Mi cabeza y mi pelo.

FISCAL: ¿Recuerdas haber estado en esta posición en el hospital?

YO: No. No sabía que existían estas fotografías.

FISCAL: ¿Habías visto antes estas fotografías?

YO: No.

FISCAL: Chanel, solo para que el jurado pueda ver esta fotografía, voy a volver a mostrar las pruebas.

Antes de que yo pudiera abrir la boca, se dio la vuelta, avanzó hacia el proyector y la gran pantalla colocada contra la pared izquierda. Miré directamente a mi familia, intenté clavar mis ojos en los suyos para advertirles: «No miréis, miradme a mí, miradme a mí», pero vi que sus miradas la seguían a ella, todas las cabezas se volvían al unísono como si el ruido de sus tacones los tuviera hipnotizados. «Esta es la prueba número 15. ¿Eres tú, Chanel?». Me giré hacia la izquierda y allí estaba mi cabeza,

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un planeta marrón que llenaba la habitación, sujeta con una correa a una especie de tablón.

Vi que mi madre se tapaba la boca con las manos. Quería susurrarle «mamá» al micrófono, pero todos lo oirían. Miré a mi alrededor, todo el mundo tenía los ojos puestos en la foto. Empecé a notar una sensación de calor en los ojos, una pulsación en la cabeza al pensar «que alguien le tape los ojos, por favor». Quería decir: «Esa no soy yo, yo estoy aquí sentada, delante de vosotros». Apreté los puños, flexioné los pies, atrapada en aquel banquillo desde donde no podía hacer nada para detener lo que estaba pasando.

FISCAL: ¿Esa eres tú, Chanel?

—Sí —respondí.

Cuando la fiscal volvió al banquillo, mi rabia se había aplacado, las lágrimas se habían secado. Yo estaba sentada, distante, presa de una extraña y triste resignación. La defensa podría haberme gritado que yo habría seguido allí sentada sin abrir la boca. Brock podría haberme lanzado su vaso de agua a la cara: no me habría movido ni un ápice. Pensaba que podía proteger a mi familia, intenté ocultar la devastación que todo aquello me había causado. Pero había fallado. Esto es lo que soy para todos los que están aquí; nada más. No importaba qué preguntas vinieran después. No me importaba el resultado ni tampoco impresionar al jurado. No creía en la rosa, no podía invocar a Maya Angelou. Lo único en lo que podía pensar era en mi casa. Estaba lista para volver a casa.

Me pidió que describiera cómo había sido el examen médico del SART. «Invasivo», respondí. Mi voz no transmitía ninguna emoción mientras hablaba de piernas separadas, de agujas metálicas, de bastoncillos rojos dispuestos en una fila. Ya no me asustaban los detalles truculentos. No me quedaba nada que ocultar.

Me mostró la fotografía que había visto el día de la vista previa, la de mi ropa interior en la escena del crimen. «¿Recuerdas haber estado en esta zona donde están tu teléfono y tu ropa interior, entre estos arbustos y esta pinaza?».

YO: No.

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FISCAL: ¿Has ido voluntariamente a una zona así con alguien?

YO: No.

DEFENSA: No se acuerda, no puede testificar sobre…

FISCAL: Su señoría…

DEFENSA:… su conocimiento personal. Protesto.

JUEZ: Denegada.

FISCAL: Gracias.

YO: Nunca jamás querría ir a un lugar donde…

JUEZ: No… La pregunta no había quedado pendiente, así que pasamos a la siguiente.

Acabé la frase en mi cabeza: «mi hermana no pudiera encontrarme». Qué más daba lo que dijera o lo que no pudiera decir.

FISCAL: Bien, esa noche, cuando fuiste a Stanford, ¿tenías la intención de encontrarte con alguien?

Sentí un aleteo, un golpe, una rama que aparecía en mitad del torrente a la que podía agarrarme.

YO: No.

FISCAL: ¿Tenías la intención de liarte con alguien?

En mi cabeza siempre vuelvo atrás. He intentado visualizar muchas veces el momento en que me aprisionó contra el suelo y cada vez imagino que de repente abro los ojos, atronadores. Mi cuerpo vuelve a la vida bajo el suyo, se retuerce y lo empuja lejos de mí. Imagino que me revuelvo, me pongo encima de él, levanto los brazos y le golpeo el pecho con fuerza; que le clavo la rodilla en la entrepierna como un ariete y provoco un grito, un quejido, una brusca exhalación. Imagino que me inclino sobre su cara, que le abro bien los ojos con el pulgar y el índice —la tierra cayéndole entre las rodajas rosadas y húmedas situadas bajo sus pupilas azules— y que le digo: «Mírame y dime que esto te gusta. Pensabas que era débil, pensabas que esto sería fácil». Entonces le suelto una bofetada con la palma de la mano en el centro de la cara y empieza a salirle sangre de la nariz, que me

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empapa las muñecas. Yo me levanto, le doy un último pisotón entre las piernas y me marcho.

FISCAL: ¿Tenías intención de besar al acusado?

Miré a Brock, que ya tenía los ojos fijos en mí. Le aguanté la mirada. Lo que pasa con las víctimas es que se despiertan. Quizá pensabas que jamás sería capaz de seguir adelante con todo esto. Quizá pensabas: «No recuerda nada», pero yo jamás dejaré que olvides.

FISCAL: ¿Tenías algún interés en él?

Quería ponerme de pie en el banquillo y pintar un NO bien grande con una brocha roja enorme por las paredes de la sala, con largos trazos en rojo y letras de seis metros de alto. Quería que se desplegara una pancarta del techo y que cayeran globos de color carmesí. Quería que todo el mundo se levantara la camisa y se vieran enes y oes pintadas en los peludos estómagos: NONONONONO, haciendo la ola. Quería decir: «Pregúntamelo otra vez». Pregúntamelo un millón de veces y esa será siempre mi respuesta. «No» es el principio y el final de esta historia. Puede que no supiera a cuantos metros de distancia de la casa meé, ni lo que había comido aquel día de enero. Pero siempre sabré esta respuesta. Al fin estaba respondiendo a la pregunta que él jamás se molestó en hacerme.

YO: No.

FISCAL: No tengo más preguntas.

JUEZ: De acuerdo. Se suspende la sesión.

Sentí que mi subidón de adrenalina se desintegraba, estaba molida. Era el momento del contrainterrogatorio, pero no quería hablar. Necesitaba que me diera el aire, sentarme bajo un árbol, salir de aquel edificio. La fiscal me dijo que ya eran las cuatro de la tarde: se nos había acabado el tiempo. Era un milagro. Podía marcharme, continuaríamos el lunes. Recogí el montón de pañuelos de papel que tenía en el banquillo, salí a toda prisa por la puerta, le devolví la pelota con el estampado de bellotas a mi letrada y le di un abrazo. «Que pases un buen fin de semana, nos vemos el lunes».

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Me quedé sola en el aparcamiento con un agente muy joven. Todavía estaba bastante alterada. ¿Dónde estaban Lucas y Tiffany? Estaba nublado, gris. No se proyectaba ninguna sombra. No hice esfuerzo alguno por entablar una conversación trivial. Me sentía agitada y ligera, demasiado cansada como para intentar dar muestra de mi buena educación. Me sonó el teléfono. «Estamos esperándote cerca del juzgado, en la pizzería». Me despedí del agente y me marché a pie. Insistió en acompañarme, caminando rápido para seguirme el paso. Me preguntó qué tal estaba. Le respondí que nerviosa por lo que pasara el lunes con las preguntas del abogado defensor. Me dijo: «No te preocupes por él, es un capullo». Su honestidad me asombró. Me había acostumbrado a que todo el mundo fuera muy formal. Como vio que me reía, él también se rio. «Podrás con él —me dijo—. Lo harás muy bien».

Entré por la puerta y vi a Lucas y a Tiffany con sus jerséis de cuello redondo y una pizza caliente entre los dos, sonriendo de oreja a oreja. «¡Estás viva!». Apoyé la cabeza sobre la mesa, apretando la mejilla contra la fría madera. Me abrazaron y sentí alivio. Mi hermana me frotaba la espalda y me apartaba el pelo de la cara. Estaba muerta de hambre. Me metí en la boca un trozo caliente de pizza tras otro. Cerré los ojos, saboreé el queso fundido, los crujientes trozos de aceituna y cebolla. Sorbos fríos de Coca-Cola, el crujiente borde de la masa. Lucas me sorprendió con una bolsa de gusanitos de gominola. Hizo que uno bailara y me diera un besito en la mejilla. Estaba a salvo, el sueño empezaba a apoderarse de mí. Habían creado un lugar cálido en el que yo pudiera desplomarme sin tener que preguntar ni explicar nada. Sentí que el miedo se disolvía y el mundo volvía a convertirse en un lugar amable.

Al anochecer, mi madre insistió en que usáramos las bengalas que habían sobrado del Año Nuevo chino. Le dije que estaba muy cansada, que no tenía ganas. Pero ella insistió en usarlas esa noche, como si fueran plátanos que estuvieran a punto de pudrirse. El cielo estaba negro. Encendimos las bengalas, ráfagas de luz crepitante. Mi padre llevaba una en cada mano y se había subido al trampolín, desde donde agitaba los brazos como si fuera un director de orquesta chiflado. Lucas perseguía a mi madre, que daba vueltas alrededor de la piscina en zapatillas, lanzándole conjuros disparatados a las plantas, a las flores amarillas, a las torres ovaladas de los cactus. Yo corría por toda la casa persiguiendo a Tiffany y diciéndole que saliera porque a nuestros padres se les había ido

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la olla. Mi madre me dio la última bengala. Me quedé mirando cómo chisporroteaba aquella luz candente y descendía crepitando por el bastoncillo. Cuando estaba a punto de apagarse, mi madre dijo: «Por el nuevo año, por los nuevos comienzos; que todos tengamos salud, seamos felices y estemos juntos. ¡Que el futuro nos sonría!». Una pequeña oración, una ceremonia de año nuevo en marzo, cinco chispas de luz en una noche sin luna.

Lucas volvió en avión a su escuela. Yo me pasé el fin de semana distrayéndome con tareas banales, pero había algo que no podía quitarme de la cabeza. El tema es que yo soy del tipo de persona que se muere de vergüenza en el avión cuando se despierta y se da cuenta de que se ha quedado dormida con la boca abierta. Tardé mucho en darme cuenta de que muchos hombres me habían visto desnuda aquella noche. Conté a: Peter (1), que persiguió a Brock (2), y a Cari (3), que se agachó junto a mí. A los chicos de la fraternidad (4, 5, 6, 7), que llamaron a la policía. También se había visto por allí a un tío (8) que alumbró mi cuerpo con una linterna antes de salir huyendo del lugar. El agente Taylor (9) fue enviado hasta allí, otro tío (10) lo llevó hasta donde yo estaba. Después apareció el ayudante del sheriff Braden Shaw (11) y su compañero Eric Adams (12). Seguidos del sanitario Shaohsuan Steven Fanchiang (13), su compañero Adam King (14), que me pellizcó con las uñas hasta que abrí un instante los ojos, en respuesta al dolor, antes de perder el conocimiento de nuevo. Todo ese rato estuve allí estirada, con el pezón izquierdo a la vista, las nalgas al aire, los pliegues del estómago visibles, mientras lustrosos pares de zapatos pisaban el mantillo que me rodeaba. Los agentes, de cuclillas, tomaban notas: «Nalga entera visible, pecho izquierdo expuesto, había distintas prendas de ropa dispuestas de modo caótico; la zona del sujetador en particular era un desastre». Me habían fotografiado en el suelo. Estas fotos, junto con las del hospital, se colocarían en el proyector para que todos los presentes en la sala pudieran verlas. Aquí ya pierdo la cuenta.

Temía el contrainterrogatorio del lunes. Me acordé de una noche en la universidad, cuando uno de mis amigos, que estaba borracho, arrastró un bloque de hormigón hasta casa. Cuando le pregunté por qué, me respondió: «¡Porque necesito un tope para la puerta!». Nos reímos porque aquello no tenía ningún sentido, pero en su cabeza era una idea perfecta en

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aquel momento. Imagina que tuvieras que explicarlo en el juzgado. «¿No te parece que utilizar un bloque de cemento como tope es un poco absurdo? ¿Por qué no elegiste algo más ligero? ¿Y por qué no te compraste un tope de verdad, pequeño y de goma? ¿Dónde estaba aproximadamente el bloque de hormigón cuando lo encontraste? ¿Lo robaste? ¿Cómo de borracho estabas cuando lo encontraste? ¿Duermes con la puerta abierta o cerrada? ¿Qué motivo tienes para dejarla abierta?».

La primera vez que vi Grease tenía nueve años. Me encantaba Sandy, con su faldita color melocotón y su sedosa cola de caballo. Toda la película iba muy bien hasta la escena final. De repente aparecía de la nada una mujer vestida con pantalones de cuero y con los párpados pintados de violeta y yo, presa del pánico, pensaba: «¿Dónde está Sandy? ¿Le ha pasado algo? Debe de haberse cambiado de instituto. ¿Sabe que John Travolta se la está pegando con esta mujer fumadora que tiene el pelo que parece que lleve peluca? ¿Por qué nadie está preocupado?». Veía al grupo de amigos corretear por la feria, mientras Sandy no aparecía por ninguna parte, y me quedé hecha polvo. Por ese motivo, de pequeña odié Grease durante muchos años.

Tardé años en darme cuenta de que estaba viendo dos caras de la misma persona. En ese momento me resultaba inconcebible. No se parecían en nada y actuaban de modo completamente distinto. ¿Cómo se suponía que íbamos a reconocer a la una en la otra? ¿Cómo se convierten unas zapatillas de lona blanca en unos tacones negros que apagan colillas de cigarrillo? Ahora la defensa crearía un nuevo personaje; la versión de mí que el abogado le mostraría al jurado sería alguien a quien yo no había visto jamás.

Lunes, semana dos

Todo el mundo ocupaba su lugar correspondiente, como si no se hubiera marchado nunca de allí. Antes de que empezara el contrainterrogatorio, la fiscal me hizo ponerme de pie con mi blusa azul nueva y un rotulador rojo en la mano en la parte delantera de la sala, frente a un enorme bloc de papel blanco. Sentía la necesidad de dibujar, quería que el jurado me

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gritara nombres de animales y de objetos a los que yo pudiera darles vida ante sus ojos, quería que vieran un destello de mi yo auténtico antes de convertirme otra vez en Emily.

Sobre el papel había una línea temporal que parecía una espina dorsal, marcada con notas verdes y azules de las personas que habían testificado antes que yo. La fiscal me dijo que escribiera las horas en las que había intentado llamar a Julia y a Tiffany. Dudé, reticente a dar la espalda a todo el mundo mientras escribía, de modo que retrocedí, me coloqué hombro con hombro junto al bloc de notas y giré dificultosamente la muñeca para señalar en el papel las horas que recordaba de mi historial de llamadas. Los números rojos me quedaron torcidos y encajonados entre las otras fechas y horas. No tenía más preguntas que hacerme. Volví a mi asiento.

El abogado defensor se puso en pie sin apartar la vista de su cuaderno. Era un hombre rígido, compacto. No me saludó ni me dio los buenos días ni me sonrió.

—Chanel, con respecto al testimonio que has dado esta misma mañana en relación con las capturas de pantalla y… y con lo que viste en tu teléfono al día siguiente, no solo no recuerdas ninguna conversación, sino que no recuerdas siquiera haber hecho esas llamadas, ¿correcto?

Me estremecí. Las líneas escritas con el rotulador rojo se esfumaron de un plumazo. El abogado examinaba su cuaderno como si fuera mi curriculum vítae, estuviéramos en una entrevista de trabajo y se preguntara por qué habría creído yo que estaba lo suficientemente cualificada como para presentarme.

—¿Tienes alguna idea de qué hora era en tu último recuerdo, en la casa Kappa Alpha, cuando estabas en el patio con tu hermana?

Dije una hora.

—No tienes ningún modo de saber qué hora es. ¿Es tu cálculo más aproximado, verdad?

Ya sentía que sabía menos de lo que había pensado en un principio. —Bien, testificaste que… Al inicio de tu testimonio, el viernes, nos

dijiste tu peso y tu altura. ¿Se corresponden los números que nos diste con la altura y el peso que tenías el 17 de enero de 2015?

Me quedé en blanco. No sabía cuál era mi peso el 17 de enero.

—En un momento dado de tu testimonio hablaste… de la posible idea de ir a la casa KA; dijiste algo de ir con tu hermana, pero que te sentías

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más como su madre que como su hermana. Qué… ¿Qué querías decir con eso?

¿Había hecho mal diciéndolo? Parecía irritado, como si detrás de mí hubiera una fila de cien personas que esperaran para hablar con él. Me preguntó si aquella noche me habían dejado en el aparcamiento de Tresidder Memorial Union. No había oído jamás aquel nombre, para mí aquello no era más que una zona asfaltada.

—Fue en el aparcamiento que está junto a la librería de Stanford —le dije.

—¿Eso quiere decir que está detrás de la librería o delante de la librería?

Pero la respuesta no era ninguna de las dos opciones; era el aparcamiento adyacente a la librería, que estaba en el centro del campus. Cómo podía explicárselo. Me preguntó cuál era el edificio más cercano al punto en que me dejó el coche. Pero yo no me sabía los nombres de los edificios cercanos al campus.

DEFENSA: También dijiste que, poco después de llegar a la casa Kappa Alpha, hacías ver que le dabas la bienvenida a la gente, que cantaste y que hiciste que tu hermana sintiera vergüenza ajena. Eso es lo que decidiste hacer en aquel momento, ¿verdad? Era un acto deliberado.

YO: ¿El qué era un acto deliberado, darle la bienvenida a la gente o hacer el tonto?

DEFENSA: Hacer el tonto.

YO: Sí.

¿Hacer el tonto estaba mal? ¿Era algo malo?

DEFENSA: De acuerdo. Y lo mismo pasaría con la cantidad de

vodka que te echaste en el vaso rojo. Te lo bebiste todo de

golpe, ¿verdad? De un trago.

YO: Sí.

DEFENSA: De acuerdo. Y fue una decisión que tomaste, ¿verdad?

Bajé la vista, consciente de que era una mala decisión.

DEFENSA: Y en tus años de universidad saliste mucho de fiesta, ¿verdad?

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Lo leyó de sus notas como si fuera una acusación y no una pregunta.

YO: Salí lo normal. No diría que soy una juerguista.

DEFENSA: Bueno, cuando te entrevistó la policía dijiste que salías de parranda bastante, ¿verdad?

¿A quién de la policía se lo dije? ¿Al detective Kim? ¿Dije yo eso?

YO: Claro, yo…

DEFENSA: De acuerdo.

YO: Soy una persona sociable.

DEFENSA: Y todo…

Me estaba pisoteando. La fiscal intervino.

FISCAL: Señoría, me gustaría pedir que no se interrumpieran mutuamente…

JUEZ: Sí.

FISCAL:… y que ella pudiera desarrollar por completo su respuesta.

JUEZ: Vamos… Vamos a ir una por una. Siguiente pregunta. DEFENSA: Bien. Has sufrido pérdidas de conocimiento antes, ¿verdad?

Me pregunté adonde quería llegar.

DEFENSA: Y cuando las tuviste con anterioridad, solía ser al final de la noche, ¿verdad?

YO: O fragmentos de la noche que no recuerdo…

DEFENSA: Y…

YO:… no necesariamente al final.

Era un juego de velocidad, un caminito de piedras que iba desapareciendo bajo mis pies. No podía moverme con tanta rapidez, pero estaba decidida a aguantar el ritmo.

DEFENSA: Bueno, cuando la policía te entrevistó le dijiste a la detective… o a la agente DeVlugt que normalmente la pérdida de conocimiento sucedía al final de la noche, ¿verdad?

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El nombre DeVlugt no me decía nada, ¿sería la agente de pelo largo? Lo

vi levantar las cejas, oí sus prolongados bufidos; se enfadaba cuando tardaba demasiado tiempo en contestar.

YO: Vale, sí. Pero me acordaba de otros momentos de la noche.

DEFENSA: De acuerdo. Durante ese mismo periodo de tiempo, ¿recuerdas que te sonara el teléfono, como si alguien estuviera intentando ponerse en contacto contigo?

YO: Creo que lo había silenciado porque no me gusta el clic

que se oye cuando hago fotos, y estaba haciendo fotos.

DEFENSA: ¿Recuerdas con precisión haberlo silenciado esa

noche?

YO: Lo silencio a menudo. Es muy fácil, solo tienes que deslizarlo. Lo deslizas y ya está.

DEFENSA: Lo entiendo, pero no es la respuesta que necesito a mi pregunta.

Dejó el bloc de notas y puso los brazos en jarras. Ladeó la cabeza con expresión perpleja. Hice algo mal. Mi cuerpo captó la señal de alarma y se me tensó como si estuviera viendo enroscarse a una serpiente. Era obvio que estaba molesto. ¿Todavía estábamos hablando del teléfono?

DEFENSA: La pregunta es: Esa noche, ¿recuerdas con precisión haber hecho eso, silenciar el teléfono?

YO: Se lo estoy diciendo, siempre lo silencio, especialmente si estoy haciendo fotos.

Dejó caer los brazos, meneó la cabeza y empezó a pasar páginas a toda velocidad.

DEFENSA: De acuerdo. ¿Recuerdas que testificaste en el examen preliminar del caso, en octubre? Se te formuló la siguiente pregunta —letrada, estamos en la página 50, líneas 10 a 21—. Se te preguntó lo siguiente: «Esa noche, mientras estabas en la fiesta y tenías el teléfono en tu poder, este se había configurado para que si te llamaban, tú lo oyeras. Era

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un tono de llamada audible, ¿cierto? Respuesta: Creo que estaba configurado para que sonara si me llamaban. A veces lo silencio porque si estoy haciendo muchas fotos no me gusta el ruido que hace cada vez que hago una. Por eso lo silencio. Creo que estaba en modo automático. Se oía muchísimo». Eso es lo que dijiste entonces, ¿es así?

Me habían derrotado mis propias palabras. Qué humillación. No había estudiado suficiente. No había sabido prever que él podía convertirme en mi peor enemiga. Que podía dar un paso atrás y decirme: «No te estoy acusando, solo repito lo que tú has dicho antes». De repente estaba contemplándome a mí misma, pensando, ¿cómo voy a discutir conmigo misma?

La fiscal se levantó para reorientar el interrogatorio.

FISCAL: Chanel, se te acaba de formular una pregunta sobre la vista previa y tu teléfono móvil. ¿Te acuerdas?

YO: Sí.

FISCAL: El letrado ha omitido la parte final de la frase.

¿Dijiste además: «pero también es posible que lo silenciara»?

YO: Sí.

Lo había pillado. El abogado había interrumpido la lectura del pasaje deliberadamente antes de tiempo, había cortado la cita. Alaleh empezó a sacarme de la esquina en la que él me había arrinconado. Me preguntó si mis pérdidas de conocimiento previas habían sido distintas a la del 15 de enero. Le dije que en ocasiones anteriores, cuando había tenido lagunas, «nunca había estado medio desnuda al aire libre». Quería hacerle una reverencia. Me dio más oportunidades para explicarme:

FISCAL: Al volver a casa después de la universidad, ¿cuánto dirías que bebías?

DEFENSA: Protesto. No es pertinente.

JUEZ: Aceptada.

FISCAL: ¿Tu tolerancia al alcohol había cambiado desde tus días de universitaria?

YO: Sí.

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DEFENSA: Protesto. No es pertinente.

JUEZ: Desestimada.

FISCAL: ¿Cómo había cambiado?

La fiscal intentaba darme la oportunidad de declarar que en el momento de la agresión mi tolerancia al alcohol había menguado muchísimo desde mis días de universidad, mientras que él intentaba tumbarle todas las preguntas. Yo intentaba contar la misma historia a través de dos filtros distintos; a través de las preguntas de la fiscal y de las preguntas de la defensa. Estas creaban la narrativa, construían el marco que determinaba lo que yo decía.

Cuando mi fiscal me preguntaba, me sentía vacía por dentro; me veía obligada a enfrentarme cara a cara con unos recuerdos que eran dolorosos y a revivirlos ante el jurado. Ser interrogada por la defensa era agobiante. Él no quería abrir el territorio emocional; ella sí. Lo que él quería era asfixiarlo, borrar mi experiencia concreta, crear una idea abstracta de mí que casara con los tópicos de salir de fiesta y emborracharse hasta perder la conciencia; hacerme preguntas técnicas que me ataran los cordones de los zapatos entre sí para que yo me cayera cuando él me obligara a correr.

Algo más me llamaba la atención. Ya me había dado cuenta de ello en la vista previa: la frecuencia con que repetía la palabra «verdad». Sembraba respuestas en sus preguntas, en vez de dejarlas abiertas. «¿Verdad? ¿No es verdad? ¿Correcto? ¿Verdad?». A un observador externo le parecería que se limitaba a verificar los hechos. Pero aquello estaba mal a muchos niveles. Discrepar con él repetidamente ante el jurado me hacía sentir insegura; ¿acaso no iban a creer más al hombre del traje que parecía tenerlo todo bajo control que la mujer de la memoria fragmentada? ¿Quién era yo para repetir una y otra vez: «espere un momento, la verdad es que…»? Me sentía todo el rato como si él tirara de mi mano en una dirección y yo estuviera clavando los talones en el suelo intentando resistirme.

Cuando me preguntó cuántas veces había tenido lagunas por efecto del alcohol, le dije que unas cuatro o cinco. Detecté un repentino cambio en la sala, las cabezas se inclinaron hacia abajo para tomar nota de este hecho extraordinario; se hizo una pausa mientras se oía el garabateo de los bolígrafos a mi alrededor. «Mierda», pensé. Me di cuenta de inmediato que por la noche estaría leyendo esa información en los periódicos. Me

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pregunté si cuando la fiscal me dijo que fuera sincera, en realidad no se refería a ser tan honesta. Si debería haber respondido que tres o cuatro veces. Jamás lo habrían sabido. Pero no habría estado bien, porque no importaba cuántas veces me hubiera quedado inconsciente antes. Esta laguna era muy diferente. No estaba allí para mentir sobre mi persona ni disculparme por mi pasado. Aun así, me regañé a mí misma. Mi defecto de carácter había enterrado un poco más a mi equipo.

La pregunta final que me hizo el abogado defensor, con cara de palo y un tono de voz monótono, fue: «¿Y entonces tu cena constó de brócoli y arroz?». Me lo quedé mirando un rato, esperando que rematara la frase con un chiste, pero no detecté ni un atisbo de diversión en sus palabras.

El final fue abrupto. Cuando me dieron permiso para marcharme, me quedé sentada un momento, como si me hubieran hecho girar en círculos y ahora me pidieran que caminara en línea recta. Salí a toda prisa de la sala, bajé las escaleras y me encerré en el coche, donde recliné el respaldo del asiento hasta que pude tumbarme.

Se suponía que debía de sentir un gran alivio, pero lo que sentía era desasosiego. No era capaz de decir si lo había hecho bien o me había cargado mi credibilidad. En un contexto en que cada palabra se decía por alguna razón, ¿por qué había acabado con lo del brócoli y el arroz? Después de marcharme me di cuenta de que quizá mi padre había preparado quinua y no arroz, y de que esta podía haber reducido mi tolerancia al alcohol. Le mandé un mensaje de texto a la fiscal para aclararle que «era quinua, no arroz, se lo podrías decir, por favor», pero dudé, porque sabía que ella ya estaría ocupada interrogando a la persona que viniera después. Había perdido mi oportunidad. ¿Y por qué era tan importante que mi teléfono sonara o no? Jamás olvidaré cómo me miró, parecía que hubiera insultado a su madre. ¿Por qué estaba tan enfadado? ¿Es mejor que sonara o que estuviera en silencio? ¿Cuál de las dos opciones me habría hecho ganar el caso? ¿Quinua o arroz? ¿Librería delante o detrás? ¿Tres lagunas o cinco? Habíamos pasado de puntillas por los momentos más fuertes de la agresión y nos habíamos obsesionado con los detalles insignificantes, muchos de los cuales yo parecía haber contestado erróneamente. La defensa había tenido meses para preparar las preguntas y yo solo segundos para responderlas.

Cerré los ojos y recordé algo más que había dicho el abogado: «Esa no es la respuesta que necesito para mi pregunta». En ese momento sentí que

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había sido una ingenua: en ningún momento él estuvo interesado en mis respuestas. Él ya sabía las respuestas que quería escuchar; solo quería que yo se las dijera. También percibí la existencia de una pauta subyacente: «Eso es lo que decidiste hacer en ese momento, ¿verdad? Era algo deliberado. Y fue una decisión que tomaste tú». Llenó mi noche de intenciones y malas decisiones, sugiriendo que tuvieron mucho que ver con lo que sucedió al final. Si tú decidiste ir a esa fiesta y te emborrachaste a propósito, ¿era tan raro pensar que quisieras tontear y manosearte con alguien? Me di unos golpes en la frente con la base de la palma, a ritmo lento, repitiéndome a mí misma: «idiota, idiota, idiota».

Había acabado con mi testimonio, pero había llegado el momento de armarme de valor y ser fuerte: en unas horas testificaría Tiffany. Según ponía las manos en el volante, los vi de nuevo: unos cortes que eran como paréntesis de color escarlata. Parecía que debajo de la piel se me hubiera derramado jarabe rojo para la tos. Daba igual la impresión de serenidad que hubiera transmitido, mi estrés había encontrado una válvula de escape: apretar las manos bajo el banquillo y clavarme las uñas como si fueran cangrejos que luchan a muerte, mientras yo no sentía absolutamente nada.

Ya en casa, vi que papá había dejado una nota en la encimera: «Chicas, hoy pensaré mucho en vosotras. Recordad: la verdad os hará libres. Macarrones con queso, salmón y sopa de pollo para que tengáis el ánimo bien arriba. ¡Sed fuertes!». La fuente de cristal con macarrones con queso se había enfriado al quedarse fuera del horno. La ataqué con una cuchara de metal.

Tiffany estaba en su cuarto preparándose: se puso una blusa escarlata, luego la cambió por una negra y después volvió a ponerse la escarlata, manchándola de sudor. Levantó los brazos y yo le sequé con el secador las zonas oscurecidas. Ayudarla me mantenía ocupada; si me quedaba sentada y me ponía a darle vueltas a la cabeza demasiado rato sabía que no la dejaría ir a ese lugar.

Ese mismo día, antes de marcharme del juzgado, había visto de pie en el pasillo a un hombre asiático con pantalones de vestir y una bandolera. Me habían dicho que un experto en ADN iba a testificar y me pregunté si sería él. Más tarde sabría que se llamaba Craig Lee y que era biólogo forense. Después testificaría Shaohsuan Steven Fanchiang, el sanitario, y Alice King, la analista criminal. Todos testificarían a mi favor mientras yo estaba en casa asegurándome de que Tiffany y yo comiéramos y

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estuviéramos listas. Mientras yo cuidaba de ella, ellos luchaban por nosotras dos.

Tiffany se puso al volante para ir al juzgado. Le pregunté qué tal estaba, pero se distrajo con una oruga que se agarraba con fuerza al limpiaparabrisas; sus finos pelitos blancos soplaban al viento. Me dijo que teníamos que salvarla. Le dije que íbamos a llegar tarde, pero cuando me di cuenta ella ya estaba saliendo de la carretera para meterse en un aparcamiento y apagaba el motor. Me desabroché el cinturón y me puse a rebuscar en la guantera hasta que encontré un recibo arrugado. Salí del coche y fui encajando el papel trozo a trozo bajo sus minúsculas patitas y luego la dejé sobre la hierba. Cuando volví al coche, me preguntó si la había visto alejarse para asegurarme de que todavía estaba viva. Salí y confirmé que se movía. Solo entonces me dio permiso para volver a entrar en el coche.

Había dos amigas de mi hermana en la sala de espera, Elizabeth y Anusha. Agradecí que hicieran que aquel mundo tan extraño pareciera un poco más familiar. El yo que hacía apenas unas horas lloraba se había convertido en una persona diferente, animada y capaz de transmitir tranquilidad. Cuando llegó el momento, le pedí a mi letrada que la acompañara.

Ya no me necesitaban. Esta era la parte en que supuestamente yo me marchaba a casa. Pero todavía no quería irme. Avancé por el pasillo que llevaba hasta la sala. Me pregunté si alguien me vería y me acusaría de intentar escuchar lo que se decía. Miré a través del ventanuco que había en la puerta de la sala.

Cuando yo tenía diez años y mi hermana ocho, estábamos en China y habíamos ido a una piscina cubierta; era inmensa, estaba vacía y tenía las paredes como las de un invernadero. El agua llegaba tan lejos que creaba su propio horizonte. El cristal estaba empañado por el calor y tenía un tono amarillento. Era la mañana de un día laborable y solo una señora mayor iba y venía por la superficie, cortándola como un filo. Mi padre me dio una llave de cobre que abría un vestuario privado que estaba al otro extremo de la piscina y enseguida se quedó dormido en una silla cerca de la entrada.

Abrimos la puerta de nuestro vestuario y corrimos descalzas a lo largo de los bancos; era todo nuestro. En la pared de atrás había una puerta que daba a una pequeña ducha. La puerta de la ducha se cerró detrás de nosotras y empezamos a echarnos champú en el pelo y a moldearnos

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pequeñas crestas. Mi hermana quería volver a la piscina, pero no podía abrir la puerta. Convencida de que lo estaba haciendo mal, me acerqué y moví yo misma el pomo hasta que me di cuenta de que nos habíamos quedado atrapadas. Ella estaba allí quieta, con su traje de baño arcoíris metalizado, las gafas de nadar pegadas a la frente, los codos sobre la barriguita y la cara apoyada en las manos, mirándome expectante. Le dije que estaba un poco atascada y que solo teníamos que esperar a que papá llegara. Nos quedamos en silencio sentadas bajo la ducha. Yo volví a ponerme champú en el pelo, pero ya no era tan divertido. Pronto el agua empezó a salir fría. No sabía cómo se decía socorro en chino. «A la de tres, grita “HOLA”, ¿vale?», le dije. Antes de llegar a tres, mi hermana se había puesto a gritar como jamás la había oído hacerlo en la vida. Lo que más me asustó fue el silencio que vino después; no hubo ningún ruido de pasos, ninguna sacudida del pomo.

Siempre que mi hermana llora, yo me pongo a pensar. Me subí a la repisa del lavabo para asomarme a la ventana. No había nada, solo la carretera. Nos imaginé corriendo con los brazos y piernas desnudos entre una riada de camiones. Entonces fue cuando vi las rejillas de ventilación en la parte inferior de la puerta de madera. Empujé la primera tabla de madera con la palma de la mano hasta que se quebró como un hueso roto. Partí también la segunda. Y la tercera: las astillas yacían derrotadas alrededor de mis rodillas. Con las manos doloridas, me di la vuelta para ver si mi hermana podía ayudarme, pero se había quedado quieta, tapándose los ojos. Descansé un momento y después seguí rompiendo las seis tablas hasta que solo quedó un marco de madera con unos clavos que sobresalían como dientes a cada lado. Doblé cada uno de los clavos para alejarlos de mí. Metí la tripa y rápidamente pasé los brazos y la cabeza por el agujero. Las puntas de los clavos me rozaron las costillas. Había conseguido liberarme, pero la cerradura seguía rota. Estiré el cuello para mirar a mi hermana desde abajo a través del rectángulo y le dije: «Quédate aquí, cuenta hasta cien y cuando acabes yo ya habré vuelto». Corrí a lo largo de toda la piscina y desperté a mi padre de una sacudida. Tan pronto como abrió los ojos me puse a sollozar, diciendo entre lágrimas el nombre de mi hermana.

Mi padre hizo que un tipo acudiera a arreglar el pomo, mientras mi hermana lloraba sola al otro lado. El hombre dijo que a veces el pomo se atrancaba. Yo estaba furiosa: ¿es que no ves que mi hermana se ha

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quedado atrapada? Cuando la puerta se abrió y ella corrió hacia mi padre, me quedé mirando la montañita de maderas rotas y pensé: «He conseguido sacarnos de ahí. Siempre encontraré el modo de hacerlo».

Estaba de pie en el pasillo de baldosas con el abrigo negro puesto, mirando a través del ventanuco vertical de la puerta. La veía allí sentada, en la parte delantera de la sala, con la cabeza minúscula como un guisante, moviendo la boca delante del micrófono. Deseaba que mi mano pudiera llegar hasta ella desde arriba, como si fuera una pinza de una máquina atrapapeluches, y sacarla con delicadeza de ahí para traerla a mi lado y olvidarnos de todo aquello para siempre. Me ardían los ojos viéndola allí atrapada, al otro lado de la puerta.

Me encontré con Athena en una pastelería para matar el tiempo que quedaba hasta que Tiffany saliera y comimos hamantaschen de albaricoque bajo la lluvia. Cuando ya eran casi las cinco de la tarde, caminamos de vuelta hacia el juzgado y esperamos verla salir en cualquier momento. Fuera del edificio había una periodista solitaria aguardando. La prensa no podía hablar conmigo, pero nos cazó con la mirada y nos siguió. Inclinaba el móvil de un modo que hizo que me entrara la paranoia de que nos estaba haciendo fotos. Aquello me puso nerviosa, de modo que entramos y pasamos por el control de seguridad justo cuando se abrían las puertas del ascensor y aparecía Brock con las manos en los bolsillos, seguido de toda su familia y de su abogado defensor. Esperaba que se pararan y retrocedieran, como si hubiera una frontera invisible que no les estuviera permitido cruzar. Pero me miraron y siguieron avanzando, y yo no tuve tiempo de moverme, simplemente me quedé allí dándoles la espalda mientras ellos pasaban a mi lado como si yo no fuera nadie. Vista a través de sus ojos, yo era cien veces más pequeña: no era más que una víctima con la cabeza hueca, una mancha infecta en su vida. De repente apareció mi letrada. Me dijo que Tiffany ya estaba esperándonos en el coche.

Nos quedamos sentadas en el coche aparcado mientras las ventanas se empañaban. Dijo que nos marcharíamos cuando la lluvia se calmara un poco. Entendí lo que quería decir, que necesitaba quedarse un momento sentada y poner la mente en blanco. Supe más tarde que se le había agotado el tiempo y que tendría que volver por la mañana. Quería preguntarle qué tal le había ido, que me lo explicara todo, pero temía que nos acusaran de compartir información. Incluso en un coche con las

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puertas cerradas, en pleno fragor de la tormenta, el miedo a ser observada, a hacer algo mal, siempre apagaba la conversación.

Esa noche nos pusimos una peli de Tom Hanks para desconectar de todo. De repente le sonó el teléfono, interrumpiendo la calma. Era la fiscal. Mi hermana se escabulló pasillo abajo. Cuando volvió tenía los ojos húmedos. Se sentó en el sofá con los ojos fijos en la pantalla. «He metido la pata hasta el fondo», me dijo. «Eso es imposible», le respondí. «Lo he arruinado todo». Mi consuelo no servía para nada, porque ella insistía en que yo no lo entendía porque no había estado allí. Odiaba profundamente que no se me permitiera saber lo que estaba pasando. Más tarde descubriría que mi hermana había testificado que cuando me dejó sola un momento, ella pensó que yo estaría bien. La defensa lo utilizó para alegar que cuando Brock me encontró, tenía todo el derecho del mundo a pensar también que yo estaba bien. Si podían demostrar que él pensaba de verdad que yo estaba lo bastante consciente como para dar mi consentimiento, podían ganar el caso. «Yo quería decir que pensaba que estarías bien», me dijo. Entendía perfectamente lo que quería decir; que no pensaba que fueran a violar a su hermana mayor. Alaleh la había llamado para decirle que tendría que aclararlo y defenderse, porque la defensa la atacaría con eso mañana.

Estaba lista para coger las llaves y salir pitando por la puerta. Quería aparcar en casa del abogado defensor, subir por la escalera enmoquetada y sacudirlo enérgicamente para despertarlo, con su ridículo pijama puesto y las gafas en la mesilla de noche. Le quita ría la colcha de un tirón, revelando sus piernas blancuzcas y peludas y sus calcetines de media. Le preguntaría si sabía lo alterada que estaba mi hermana pequeña por su culpa, si no era capaz de hacer las cosas de otra manera más decente, de apañárselas para que esto quedara entre Brock y yo, de ver las pruebas garabateadas en la pizarra, mi nivel de alcohol en sangre, el mensaje de voz; qué más quieres, quieres destrozar a mi hermana de paso, porque acabaré contigo. Por alguna razón todo era culpa nuestra, y no suya.

Mientras yo, allí sentada, era testigo de cómo se derrumbaba ante mis ojos y de su lucha agónica por sobrellevarlo todo, finalmente lo comprendí. Él sabía que nosotras llevábamos dentro una inseguridad, unas voces insistentes que nos repetían que no teníamos razón. «¿Acaso no fuiste tú la que se marchó? ¿Quién te dijo que estaba bien?». Él había encontrado esa parte insegura, se había enganchado a ella y le había puesto

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una inyección para hacerla crecer hasta que la culpa lo consumiera todo. Hasta que estuvimos tan abrumadas por el sentimiento de culpa, tan cegadas por el dolor, que ya no éramos capaces de ver.

Le estaba pasando a ella y me estaba pasando a mí. A las dos nos habían presentado unas realidades distorsionadas; habían retorcido nuestras palabras para hacernos dudar, desacreditarnos y descartarnos por ser defectuosas, inservibles. Nos habíamos estado dando cabezazos contra la pared voluntariamente, aturdidas, disculpándonos por no saber si teníamos derecho a hablar. Había desbloqueado el secreto del juego: no se trataba de una misión en pos de la justicia, sino de una prueba de resistencia. Su error era haberla tomado con una persona por la que yo iría hasta el confín más remoto de la tierra. ¿Sabéis qué? Que si solo hubiera ido a por mí, quizá yo hubiera dado marcha atrás y me habría recluido en mi inseguridad. ¿Pero ir a por ella? Ese mismo día me había preguntado qué había querido decir con lo de que yo era más una madre para ella que una hermana. Quería haberles respondido que no lo sabía, que me lo dijeran ellos. Que me dijeran qué era lo que pasaba cuando una persona se interponía entre una madre osa y su osezno, si acaso no habían oído hablar de los ataques, de las caras desolladas.

Agarré las pautas y las frases de ánimo que meticulosamente había pasado a ordenador, las metí en un cajón y me asigné un nuevo mantra: «A la mierda el puto arroz frito». A la mierda lo que sorbiste, cómo lo sorbiste, cuándo y con quién lo sorbiste. A la mierda si bailé sobre la mesa o sobre la puta silla. ¿Quieres la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad? Pues la única respuesta que necesitabas estaba allí sentada con la espalda encorvada, la cabeza gacha y su perfecto corte de pelo. ¿Quieres saber por qué toda mi maldita familia está destrozada, por qué me he quedado sin trabajo, por qué mi cuenta corriente tiene cuatro cifras, por qué mi hermana se está perdiendo sus clases? Pues es porque una fría noche de enero salí y ese tío; ese tío que está ahí sentado, había decidido que tanto si decía que sí como si decía que no, tanto si se movía como si estaba inerte, quería follarse a alguien; tenía el propósito de follarse a alguien, y ese alguien resulté ser yo.

Pero no por eso yo era imperfecta. Ni tampoco una inepta. Pero sí había hecho que me cabreara. Mi hermana hizo que viera lo que necesitaba ver. El dolor, examinado de cerca, se convierte en claridad. Ahora sabía lo

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que pretendía el abogado y no pensaba permitirlo. Él creía que podía destrozarnos. Pero, a partir de ese día, yo empezaría a construir.

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El juicio continuaría durante el resto de la semana, aunque a mí no se me permitía entrar en la sala. Yo vivía en un extraño universo paralelo propio: las horas se me iban en no hacer nada y por la noche comprobaba la cobertura que se le daba al caso en las noticias locales. El martes, Tiffany concluyó su testimonio y yo le pregunté a la fiscal a quién le tocaba testificar después. «A un experto en lagunas de memoria», me respondió. Esperé un momento a que me dijera que me estaba tomando el pelo. Yo quería decirle: «Pero si la experta en lagunas de memoria soy yo, ¿no?». La parte de Brock le había pagado diez mil dólares a la Dra. Fromme, la experta, para que acudiera a testificar. Ella alegó que yo podía haber estado dispuesta a tener relaciones y haber dado mi consentimiento aunque no lo recordara.

El miércoles, el día que testificó Brock, me até las zapatillas de correr. Él daría una versión de mí hecha a su medida, como si sacara un maniquí polvoriento de una caja, lo arrastrara al escenario, lo agarrara por las caderas en un extraño baile, le dibujara sonrisas en los labios, lo cubriera de besos, lo cebara con las palabras que había escrito para él. Todo aquello me parecía enfermizo, asfixiante; mi cuerpo estaba atrapado en sus manos en aquel edificio pequeño y rectangular. Corrí durante kilómetros, serpenteando a través de estrechos senderos, dejando atrás colinas con caballos que tenían barrigas como barriles.

La noticia salió esa noche, el artículo titilaba en la pantalla rectangular. Desenfoqué y volví a enfocar la vista, dudando entre si debía o no leer lo que había dicho. Decidí leerlo entre líneas, echarle un vistazo rápido y frené en seco al ver una palabra pequeña y nueva: «Sí». Conté cuántos síes me había adjudicado: Alegó que había dicho «sí» a bailar, «sí» a ir a su residencia, «sí» a que me metiera el dedo.

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En una clase de cine y literatura a la que me apunté una vez, el señor Hernández nos enseñó la escena de Tiburón en la que Martin, el personaje principal, está a punto de subirse al barco y se despide de su mujer, Ellen. A ella le preocupa que le pase algo pero, en vez de decirle «por favor, ten cuidado, ¡te quiero!», le dice: «Te he puesto otro par de gafas en la… y calcetines negros, y aquí tienes esto para la nariz, el óxido de zinc, y el protector labial está en el botiquín». Y como respuesta, en vez de decirle «no te preocupes, ¡volveré por ti!», le dice: «No enciendas la chimenea del estudio, todavía no he arreglado la campana». Ella asiente y le pregunta: «¿Qué voy a decirles a los niños?», a lo que él responde: «Diles que he salido a pescar».

El amor está implícito, el amor son los calcetines negros que le ha echado en la bolsa, la promesa que le hace él de arreglar la campana, el deseo de proteger a los niños, la atención minuciosa por la vida del otro, la urgencia de tranquilizarse mutuamente ante la gravedad de lo que va a suceder. Los mensajes más importantes se sienten, nunca se mencionan explícitamente. Eso sí es un diálogo de verdad.

Y luego está el testimonio de Brock.

—Le pregunté si quería que le hiciera un dedo.

—¿Y ella te contestó?

—Sí.

—¿Qué te dijo?

—Me dijo que sí.

Admitió que había intentado besar a Tiffany.

FISCAL: ¿Ella te dijo algo después?

No, se marchó y ya está.

Dijo que me había quitado la ropa interior deslizándola por las piernas y pasándola a través de las botas. Dijo que yo había tenido un orgasmo. «La estuve tocando un minuto y pensé que había tenido un orgasmo y entonces… bueno, mientras estábamos así le pregunté si le gustaba y ella me dijo: “Ajá”». Al enterarme de esto pasé de estar sentada a arrastrarme por el suelo y luego a tumbarme. Dijo que al montárselo sin penetración le empezó a doler el estómago y que decidió marcharse cuando «me di cuenta de que había un tío que estaba de pie justo a mi lado». Dijo que se asustó porque hablaban «en un idioma extranjero». Que le habían roto la

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muñeca. Cuando lo esposaron, en ningún momento mencionó que le dolieran las muñecas. Y ahora le decía al jurado que tuvieron que ponerle una escayola. Que tenía arañazos y que le habían salido morados. Cuando Brock explicó que el único motivo por el que había salido corriendo era porque tenía miedo de que aquellos chicos le hicieran daño, Alaleh le preguntó: «¿No te preocupaba que pudieran hacerle algo a Chanel?». Él contestó: «No me di la vuelta para mirarla». En segundo de primaria teníamos una moneda a la que llamamos «pelusa» y que consistía en pompones pequeñitos de colores. Si te portabas bien y hacías los deberes, te daban pelusas como recompensa. El recuento de pelusas de Brock partía de un número increíblemente bajo. Sin embargo, el día de su testimonio él había aparecido con un vagón entero: las pelusas, desparramadas por el suelo, inundaban la sala y le llegaban hasta las rodillas. De repente, era lo suficientemente rico como para llevarse el premio. Me preguntaba si el jurado vería que aquellas pelusas eran falsas.

FISCAL: Y a día de hoy, sentado aquí en el juzgado, ¿admites que saliste corriendo?

BROCK: Sí.

FISCAL: Entonces lo que le dijiste al detective Kim era mentira, ¿no?

BROCK: Sí.

A las víctimas se las acusa a menudo, de manera automática, de mentir. Pero cuando se descubre a un agresor en una mentira, el estigma no prevalece. ¿Por qué tememos que las víctimas lancen acusaciones falsas y rara vez pensamos en la cantidad de hombres que han mentido abiertamente, ninguneado o manipulado a otras personas para cubrir sus propias acciones?

Brock había hecho que todo pareciera demasiado simple. Si yo hubiera consentido, él se lo habría dicho al agente en el momento de la detención. El último guion que había pergeñado era demasiado descarado para ser auténtico, demasiado oportuno para que lo tomasen en serio. Su reconstrucción era un relato pobre, casi cómico. Era insultante estar al otro lado de aquel diálogo para tontos.

Llamé a Lucas, riéndome. «¡Ha dicho que yo sí quería! ¡Este material es oro puro! Esto nos favorece, ¿no? La ha cagado, se ha acabado. ¿Es que

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alguien se lo va a tragar? Son todo gilipolleces». Pero Lucas se había quedado en silencio al otro lado de la línea, me dijo que iba a vomitar y se excusó unos minutos. Mientras escuchaba el silencio, sentí que algo se endurecía dentro de mí, que la rabia iba en aumento. «Tienes que jugar a mi juego. Tienes que decir: “¡Desde luego que no es el tipo más listo del mundo!”. Tienes que decir: “¡Esto está chupado!”». Yo no podía vomitar, enfurecerme, decidir que no quería oír nada de aquello. Si me paraba ni que fuera un instante para interiorizar todo lo que estaba pasando, no conseguiría seguir adelante.

Cuando Lucas se quedó en silencio, la ilusión flaqueó y entreví un instante a qué me enfrentaba, la brutalidad de la situación, la opresión. Las reglas del juzgado no me protegerían necesariamente; prestar juramento no era más que una promesa inventada. La honestidad era cosa de niños. Brock diría y haría lo que necesitara; no tendría ningún reparo en ser un hipócrita. Otra vez se había dado permiso a sí mismo para entrar dentro de mí, esta vez metiendo palabras en mi boca. Había hecho de mí una muñeca de ventrílocuo de carne y hueso, me había metido las manos dentro y me había hecho hablar.

El jueves el juzgado no abría. Mi amigo Matt y yo nos fuimos a mi restaurante indio favorito, nos sentamos fuera y rascamos arroz naranja de un cuenco metálico. Había un periódico local sobre la mesa: salía Brock caminando en traje. Le eché un par de ojeadas, temerosa de mostrar demasiado interés. Matt le echó un vistazo. Yo le estaba hincando el diente a una sarnosa cuando me preguntó:

—¿Has oído lo de la chica a la que violaron?

Me hice la tonta.

—¿Hace poco? —le respondí.

—No, pasó hace un año o así —me dijo.

—Oh —añadí.

Sentí que crecía el oleaje, que mi cabeza se sumergía bajo el agua.

Luego todo se secó y yo volvía a ser yo.

—¿Cómo te enteraste? —le pregunté.

—El tío tiene muy mala fama por aquí; además, en Facebook casi no se habla de otra cosa —contestó.

Cuando se marchó, me guardé el periódico alegando que había un descuento dentro que quería usar. Mientras Matt conducía, fui pasando las páginas como si nada.

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—¿Crees que es culpa de ella? —le pregunté.

Puso una mueca de dolor y sacudió la cabeza con determinación.

—Qué va, ni de coña —dijo.

Era todo lo que necesitaba saber. Llegamos en coche a mi casa, Matt se puso a rasgar las cuerdas de su mandolina en el sofá mientras yo intentaba acompañarle al piano y disfruté de mi libertad antes de que se reanudara la sesión al día siguiente.

El viernes, el último día, el abogado de Brock citó a cuatro testigos de carácter. No testificó nadie de Stanford, lo que quería decir que solo volaría hasta allí gente que pertenecía a la vida anterior de Brock para dar fe de su yo actual. Entre ella estaba su mejor amigo de la adolescencia, una exnovia, su entrenador de natación del instituto y su profesora de francés del instituto. Yo también estudié seis años de francés, pero nunca se me pasó por la cabeza llevar a madame Jensen para que todo el mundo supiera que hice una presentación excelente de El principito. ¿Qué habían venido a decir? Nunca se sacó el pene en clase ni sobó a su entrenador.

Si tuviera que preparar una performance, colocaría a Brock en el suelo, encima de un cuerpo semidesnudo, mientras esas cuatro personas, de pie a su alrededor y dispuestas en semicírculo, aderezarían la escena con los mismos comentarios dichos en el juzgado. Pongamos por ejemplo a la profesora de francés: «Ese tipo de comportamiento, el sexualmente agresivo, es el más opuesto al que yo asociaría jamás de los jamases con Brock Turner». Grabaría el «jamás de los jamases» y lo repetiría en bucle, con Brock hincando la pelvis al compás de cada «jamás». Mientras él desnudaba el cuerpo, se oiría: «No me creo que fuera capaz de hacer algo que pudiera dañar a otra persona». Y cuando Brock saliera corriendo de la escena, el entrenador diría: «Creo que Brock es muy respetuoso y educado; además, sabe perfectamente lo que está bien y lo que está mal».

Sus perogrulladas no me sorprendieron. Pero sí me preguntaba por qué en un juicio en que supuestamente se analizaban los hechos se dedicaron horas enteras a colmarlo de elogios a él. Su historia incluía su infancia, su educación, trabajos de verano, relaciones agradables. Mi historia acababa y empezaba en mis lagunas de memoria. Mi personalidad también estaba siendo juzgada, al igual que la suya; mi comportamiento, mi aplomo y mi simpatía también se evaluaban. Pero nada sugería que yo fuera una persona extraída de una vida plena ni que tuviera mucha gente a mi alrededor que se preocupara por mí.

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La fiscal no perdió el tiempo con los contrainterrogatorios:

—Bueno, entonces es obvio que no… ¿Ha estado usted con él en una situación en que haya bebido en exceso?

—No.

—¿Lo ha visto en estado de ebriedad?

—No.

—Y no estaba con él la noche del 17 de enero, ¿verdad?

—No.

—De modo que no tiene ni idea de lo que pasó ese día.

—Correcto.

Sus interrogatorios eran breves y confirmaban rápidamente que aquellos testimonios no servían para nada. Le preguntó a la profesora de francés si alguna vez había hablado con él de sus deseos o preferencias sexuales, a lo que ella respondió que no. Cuando interrogó a la exnovia, le preguntó:

—Vosotros nunca habéis tenido un momento excesivamente íntimo en público, ¿verdad?

—Perdone, si puede explicarse mejor…

—Sí, claro. Nunca habéis tenido relaciones sexuales en público, ¿verdad?

—No.

—De acuerdo. ¿Eso sería algo fuera de lo normal?

Más adelante alguien me describiría la expresión de perplejidad absoluta que se dibujó en el rostro de la exnovia, cómo echó la cabeza para atrás cuando la fiscal le preguntó sobre el sexo en público. Yo quería decir que sí, que tener relaciones sexuales detrás de un contenedor era alarmante. Alaleh me dijo que la única vez que vio llorar a Brock fue cuando testificó su exnovia.

Estaba preparada para descartar aquellas historias insignificantes, diciendo que no eran merecedoras de mi energía ni mi atención, pero al leerlas ahora me paro un momento a pensar. Durante el juicio, el jurado se vio obligado a elegir: ¿es un chico íntegro o es un monstruo? Yo, sin embargo, jamás cuestioné que nada de lo que se dijera no fuera verdad. De hecho, necesito que sepáis que todo era verdad. El chico amable que te ayuda con la mudanza y que echa una mano a la gente mayor en la piscina es el mismo que me agredió. Una misma persona puede ser capaz de ambas cosas. Normalmente, a la sociedad le cuesta entender que estas

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verdades suelen coexistir, que no se excluyen mutuamente. La maldad puede esconderse en una buena persona. Eso es lo terrorífico.

Brock tenía una hermana de mi edad. La profesora de francés tenía tres hijas, el entrenador de natación tenía una hija y dos hijos; todos más o menos de mi edad. Pero no me ayudaba que tuvieran novias, hermanas o hijas. Por alguna razón yo era distinta; el alcance de su empatía no llegaba hasta mí. En aquella sala, mi identidad había quedado reducida a algo que aparece en la categoría de «otros».

Pensé que el sábado notaría algo de alivio cuando todos los testimonios hubieran terminado. Sin embargo, me sentí paralizada. Cada día que pasaba tenía menos control de todo. El procedimiento se había desviado, se alejaba de las preguntas claves, y todo se había vuelto mucho más corrosivo e irrelevante de lo que jamás hubiera podido imaginar. Leí en un artículo que yo había «estallado en un llanto incontrolable», la información actualizada hablaba de «la zona vaginal de la mujer», decía que «el hombre, natural de Ohio, estableció contacto visual con la mujer, cruzó la pierna derecha por encima de la izquierda y dio unos golpecitos con el pie». En internet a veces parecía que lo único que había hecho yo en todo momento era llorar. En la vida real, las funciones básicas empezaron a fallarme: dejé de dormir, me olvidaba de comer, ni siquiera podía cagar con normalidad. A las dos semanas tenía la mente bajo mínimos y el cuerpo marchito.

Mi madre me llamó. «¿Puedes ir a ver a Gong Gong?». Lo había llevado en coche al aeropuerto porque tenía que coger un avión para ir a China. Había hecho las maletas, se había peinado, había renovado el pasaporte, se había descargado una ópera china, había recogido ollas y sartenes y ordenado los zapatos junto a la puerta. En la otra parte del mundo un familiar lo estaría esperando para llevarlo a una cena en la que se servirían hojas de mostaza encurtidas, tallarines de arroz y huevos de codorniz. Pero, al llegar al mostrador del aeropuerto, vieron que una letra de su nombre chino estaba mal escrita en el billete. La aerolínea lo rechazó, no le dejaron embarcar y mi madre tuvo que llevarlo de vuelta a casa. Era la primera vez que ella había visto lágrimas deslizándose por sus mejillas. Me pidió que fuera a animarlo un poco. Según me acercaba en coche a su casa, más enojada estaba.

¿Cómo era posible que una letra insignificante le impidiera ir al otro lado del mundo? Casi ni lo saludé al llegar. Me fui directa al teléfono y

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empecé a hacer llamadas. Mi abuelo y su amigo me miraban con la boca ligeramente entreabierta mientras yo le gritaba a un indefenso agente de viajes. «Tiene que llegar a la puta China, explícame qué sentido tiene esto; pues tiene que haber una oficina que esté abierta». Mi abuelo nunca me había visto ponerme así. Noté su mano en la espalda, consolándome, diciéndome que podía irme a casa, que ellos lo solucionarían. Pero yo estaba indignada. ¡Por una letra! Era incomprensible que todos sus planes se fueran al traste por una pequeña errata. ¿Cómo podía algo tan pequeño echarlo todo a perder?

En el juicio, todas las pruebas habían quedado archivadas. Pero ¿qué pasaría si hubiera un error, un minúsculo descuido, una letra mal puesta? Si un miembro del jurado tenía el más mínimo atisbo de duda, todo habría acabado, el viaje se cancelaría y todos regresaríamos a casa, derrotados.

Cuando me desperté al día siguiente me encontré un cuenco de huevos hervidos en el mostrador y unos vasitos con tinte rosa y amarillo. Se me había olvidado que estábamos en Pascua. Solo a mi padre se le ocurriría insistir en que, durante el juicio de mi violación, saliéramos en busca de huevos multicolor entre amapolas, en el jardín de casa. En el canalón, en la casita para pájaros. Tiffany se marchó en coche a la universidad para empezar su último trimestre con una bolsa enorme llena de huevos. Dormí bien esa noche, aliviada al verla abandonar el barco que se hunde, al saber que su vida volvía a encarrilarse y que a partir de ahora estudiaría sus libros de texto y no las transcripciones judiciales. Técnicamente yo también podría haberme marchado de la ciudad, pero quería estar allí para ver cómo acababa todo. También me quedé porque no tenía ninguna rutina que retomar.

Lo único que faltaba antes de que empezara la deliberación del jurado eran los alegatos finales. Mi fiscal me dijo que nunca antes había tenido a ninguna víctima presente durante los alegatos finales. Me aconsejó que no asistiera a la primera parte de la presentación por los detalles explícitos. Se haría una pausa a la mitad de la sesión y entonces podría entrar yo. Parecía que valoraba mucho mi intención de asistir. «El jurado verá lo mucho que te importa». Más puntos para el recuento no oficial.

Mi familia y amigos se reunieron para asistir a los alegatos finales el lunes por la mañana. Mi padre estaba en la sala con mi madre, la abuela Ann, Anne y Athena. Al fin mi banco estaba tan lleno como el de Brock. Yo esperé sola sentada en un banco de madera del pasillo. Sabía que en

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aquel momento la gente estaría viendo cosas que me ocultaban a mí. Pero supe mantener mi curiosidad a raya y entendí que lo hacían para protegerme. Al leer ahora el alegato de Alaleh, adivino algo de lo que me perdí. «Ella no sabía que esas fotos existían… Fíjense en el vestido, en cómo la dejó… esas fotos hablan por ella cuando ella misma no podía hacerlo».

Mi padre salio por la puerta de la sala, negando con la cabeza y musitando algo para sus adentros. Pasó justo a mi lado sin verme. Sorprendida, le dije: «Papá». Cuando levantó la vista para mirarme, le desapareció la tensión del rostro. Parecía aturdido. «¿Has visto la foto, en la que estás en el suelo cerca de…?». Negué con la cabeza. «Parece que estés muerta —me dijo—. Como si alguien hubiera intentado tirar un cuerpo dentro del contenedor y hubiera fallado. Si no hacen algo pronto, los denunciaré».

Mi padre no es del tipo de gente que denuncia. Mi padre prepara jarras de néctar para los colibríes, las mete en la nevera y rellena los comederos cada fin de semana. Cuando de adolescente yo utilizaba la palabra odio, él añadía: «Ten cuidado, “odio” es una palabra muy fuerte». Es de los que aplauden al tipo que toca el clarinete en la calle. En las tardes de verano prepara risotto mientras canta temas de Crosby, Stills, Nash & Young. Pero en aquel momento descubrí un nuevo registro de rabia en su voz, como si hubiera sido capaz de derribar el edificio entero si yo se lo hubiera pedido.

La gente empezó a inundar el pasillo durante la pausa. Vi que un hombre se acercaba a Alaleh. Llevaba una pegatina naranja fosforito donde se leía JURADO en la camisa y pensé que era gracioso que los miembros del jurado fueran por ahí etiquetados como si fueran bananas de la marca Chiquita. «Perdone que la moleste —le dijo—, pero tengo cita con el dentista este jueves. ¿Cree que debería cancelarla?». Sonreí para mis adentros, sabía la respuesta antes de que ella abriera la boca. Veía mi vida reflejada: planes abandonados, finales inciertos.

Salió Brock. Yo debería haber estado en el trastero de la víctima. Pasó junto a mí, guiado por la mano de su padre, posada sobre su espalda. Su padre me lanzó una mirada antes de volver a levantar la cabeza y seguir caminando. Fue solo un segundo, pero bastó para que se me revolvieran las tripas. Esas eran las cosas que sentía pero que no podía expresar. Las afrentas mudas que no quedaban registradas. Sus hermanos se quedaron

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deambulando por el pasillo. Los periodistas andaban ocupados en sus asuntos. Uno de ellos había arrinconado a Tiffany la semana anterior y había intentado colarle algunas preguntas mientras estaba sola. Cada día llegaban curiosos que solo querían llevarse algo nuestro. Estaba cansada de existir como un mero objeto de observación y de ver con impotencia cómo escribían mi propia historia por mí.

Cuando acabó la pausa, me uní a mi familia en la sala. Me gustó pasar por una observadora más. Mi fiscal se puso en pie para mirar al jurado.

—Ahora, el quid de la cuestión es que esta clase de crímenes suelen ser [crímenes] de oportunidad. Tanto da que la víctima sea guapa, que se comporte de cierto modo o que vaya vestida de tal manera. Lo único que importa es que es incapaz de decir que no; que está ahí y es vulnerable.

Yo asentía continuamente; me parecía que lo explicaba todo con una claridad y una precisión magistrales.

—Un juicio es una búsqueda de la verdad. Ahora bien, la verdad no siempre aparece envuelta con un papel bonito y un lazo. A veces se intenta deliberadamente nublar la capacidad de distinguir la verdad.

Alaleh nos mostró diapositivas que comparaban las contradicciones de los testimonios de Brock, desenmascaró los razonamientos falaces y el modo en que habían ido apareciendo nuevas informaciones. Explicó que el hecho de salir corriendo demostraba la conciencia de culpa. Era maravilloso ver cómo luchaba por mí; me imaginaba a mí misma hablando a través de ella, utilizando palabras como «actuar en connivencia» o enunciados como «voy a demostrarles que». Iba tirando poco a poco del hilo de los razonamientos de la otra parte hasta que su fachada empezó a desmoronarse.

—Y ahora voy a pedirles que lleguen a un veredicto justo para Chanel que diga que no está bien lo que le hizo ni cómo se lo hizo, y que no se puede violar a un ser humano.

Al acabar, tuve que reprimir el impulso de aplaudir.

Cuando ella se sentó, la defensa se puso en pie. Contemplé durante un segundo la posibilidad de marcharme. Quería acabar con aquel broche de oro, con aquella sensación de plenitud. Pero entonces oí: «Señores y señoras», y ya era demasiado tarde. La defensa empezó pidiéndole al jurado que no declarara culpable a Brock.

—Permítanme que les explique el porqué —apuntó—. «Cuando me marché de Kappa Alpha, Chanel parecía estar bien; no me preocupó que se

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quedara allí sola». ¿Quién nos dijo eso? Nada más y nada menos que Tiffany, su hermana. Y de toda la gente que ha testificado en este juicio, ¿quién la conoce mejor que Tiffany? Nadie. Tiffany es la persona que mejor la conoce… Así describió a su hermana, a quien conoce desde siempre.

Me quedé a medias en mi intento de levantarme. Pero que yo me marchara o me quedara no importaba, él seguiría con su parlamento. Así que me preparé para lo peor. No me di cuenta de que le estrujaba la mano a mi madre con tanta fuerza que se la estaba haciendo papilla. Ella se me acercó y me susurró al oído: «No le escuches». Esas palabras me permitieron recuperar la compostura.

—Sabemos por Brock Turner y por la prueba de ADN que le insertó el dedo en la vagina.

Apreté con fuerza las rodillas.

—Podemos inferir sin temor a equivocarnos que no se limitó a insertarlo y a dejarlo allí, sino que lo movió hacia delante y atrás. Es totalmente coherente con el criterio de la enfermera del SART. De modo que ella en realidad no aporta nada sobre las averiguaciones del caso.

Alaleh nos había llevado hacia la luz y ahora de nuevo éramos arrastrados hacia las tinieblas, donde toda lógica quedaba desfigurada. Mamá susurró:

—Qué hombrecillo tan maligno.

Para explicar las contradicciones de Brock, dijo lo siguiente:

—No es extraño que la gente no recuerde los detalles de un incidente, especialmente si se trata de algo que pasó muy rápido y comportó una gran tensión emocional.

A Brock sí se le permitía tener la cabeza hecha un lío. Las víctimas suelen incurrir en contradicciones debido a un bloqueo traumático o a las lagunas producidas por el alcohol. Las contradicciones de Brock, en cambio, surgían de lo que había dicho antes de tener abogado en contraposición a lo que dijo después de tener uno. Cuando detuvieron a Brock y el detective lo interrogó, el hecho de que olvidara mencionar el supuesto diálogo que mantuvimos él y yo no se debía a una falta de memoria. Se debía a que no tenía un abogado que le ayudara a construir un relato, le preparara las palabras que tenía que decir, disipara sus nubarrones mentales y decidiera qué historia podía hacerle salir de allí de rositas.

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Los argumentos de la defensa se debilitaban, se me escurrían entre los dedos. Dijo que yo tenía aquella voz tan pastosa en el mensaje del contestador porque era «la vocecita tonta» que ponía cuando hablaba con mi novio. Añadió que cuando le dije a Lucas que lo recompensaría, «sabía exactamente a lo que me refería… Creo que nos da una información muy valiosa sobre lo que pensaba Chanel a las 0:18 de la madrugada… Lo repite y lo dice con toda la intención».

—Metió el dedo en la vagina de Chanel… y ella estaba consciente y consintió. De ningún modo habría él podido saber a raíz de lo que vio y de lo que oyó que ella no estaba en condiciones de dar su consentimiento en aquel momento. —El letrado se quedó allí de pie con su cuaderno como si fuera un estudiante poco entusiasta que estuviera leyendo el resumen que había hecho de un libro—. Yo les pediría que lo liberaran de la carga que ha llevado pesadamente sobre sus hombros estos catorce meses…

Instintivamente miré los hombros de Brock.

El abogado al que tanto había temido y que me había quitado el sueño durante meses estaba de pie ante mí, con el rostro muy serio, encogido, y había planteado un monólogo nada convincente. ¿Cómo podía ser aquel el alegato final a un año entero de investigación? Si vas a pelear conmigo, hazlo con ganas. ¿Eso era todo? Aquellas personas habían sido citadas allí, habían aguantado semanas de debate después de pasar catorce meses de espera. Tanto dolor y tanta energía malgastados para llegar a un final tan decepcionante, perdiendo el tiempo con que si «su vagina esto o su vagina lo otro». Cuando la fiscal hizo su presentación, notabas que la sala se amoldaba a ella, que los ojos la observaban ir y venir. Habló con ardor, urgencia e inteligencia, expuso bien sus razonamientos, revistió la sala de razón y de verdad. Sentí que tenía lugar un cambio real, que toda la sala se expandía. Era punzante sin ser dañina; hacía hincapié en que no estaban en su contra, sino en contra de lo que había hecho y que ahora le tocaba responder por ello.

Sin embargo, cuando la defensa concluyó, sus palabras no cuajaron en la sala, sino que flotaron, casi ingrávidas, sin caer en ninguna parte ni provocar ninguna reacción. En la sala se detuvo el aire, era como si las velas se hubieran vaciado de viento y nos hubiéramos quedado todos sentados en un mar en calma chicha. Me molestaba que sus frases acabaran de manera ascendente, como si él mismo cuestionara sus propios

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argumentos, consciente de que se asentaban en unos cimientos muy débiles.

La fiscal se puso en pie para dar la réplica. Me imaginé a la defensa con los dientes colgando, dando tumbos: lo único que tenía que hacer Alaleh era darle el golpe de gracia para que sonara la campana.

—No voy a refutarlo todo, porque sinceramente creo que algunos de los razonamientos no son… no garantizan nada. Que el acusado se aferre a que Tiffany dijo que Chanel estaba bien no lo absuelve de ningún modo… Su obligación antes de insertar el dedo dentro de la vagina de alguien es asegurarse de que esa persona está en condiciones de consentir y no simplemente decir que su hermana pensaba que estaba bien.

Ella había vuelto a poner el punto de mira en él, donde debía estar. Hizo hincapié en que lo único que le faltó para completar la violación fue bajarse la cremallera. Hasta entonces no había caído en eso: lo único que se había interpuesto entre mis piernas abiertas y su erección eran los pequeños dientes dorados de una cremallera.

—Ninguna mujer, absolutamente ninguna, quiere acabar con restos de basura en la vagina a los cinco minutos de haber conocido a un hombre.

Ninguna. No solo Chanel. Ninguna mujer. Ella, yo, cualquier mujer presente en esta sala. Era como si le estuviera lanzando mi piel al público, urgiéndole a que se la pusiera para ver lo que se sentía.

—No eres ni buena ni mala persona, pero lo que hiciste aquella noche no es de ningún modo aceptable. No está bien y va en contra de la ley.

Cuando despojas el discurso de términos complejos y de formalidades, la verdad se muestra sólida y pura. Que alguien te haga daño no está bien, jamás lo estará. Esta afirmación no incluye notas al pie ni excepciones.

—No olviden que hay una víctima en este caso a quien él violó. Y que cuando se hace eso, solo hay un veredicto posible: el de culpabilidad en todos los cargos… La única carga que pesa en este caso es la carga de la culpabilidad.

Volví a mirar los hombros de Brock. Eso sí, eso lo veía perfectamente. Alaleh vino a nuestro encuentro y nos dijo que fuéramos a casa y esperáramos allí. El jurado deliberaría todos los días, de nueve a cinco, y podía llegar a un veredicto tanto en un par de días como en unas semanas. Tan pronto como este se anunciara, me enviaría un mensaje y yo tendría quince minutos para llegar a la sala. Lo que quería decir que yo estaba de

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guardia y no podía alejarme más de unos kilómetros del edificio del juzgado.

El martes por la mañana preparé una lista de todas las personas a las que tendría que avisar tan pronto como se supiera el veredicto. Me puse las bailarinas negras y una blusa que tuve cuidado de no arrugar. Cada hora volvía a echarme desodorante. Me hice un moño alto en el pelo y lo vi languidecer a medida que pasaban las horas. Por la tarde mi madre me enseñó a preparar mi plato de gambas favorito. Juntas les quitamos las cáscaras, picamos ajo, espolvoreamos láminas de chile. Cuando las medialunas pulposas, grises y aguadas rozaron el aceite caliente, el líquido salió despedido de la sartén y me manchó la blusa. Salí corriendo a toda prisa a lavarla. Iban a llamarme en cualquier momento.

Navegué por internet, vi un artículo del Mercury News donde habían escrito «Chanel Doe». Mi identidad había sido descubierta; empecé a temblar, previendo la ola de notificaciones. La periodista se había sentado en la misma sala que yo; sentí como una traición que me hubiera expuesto tan a la ligera. Mi fiscal pudo contener la pequeña filtración, pero el daño ya estaba hecho. No confiaba en nadie, no podía quitarme de encima la persistente sensación de intromisión. La abuela Ann me dijo que una periodista se le había acercado en la sala y le había susurrado: «¿Qué vinculación tiene usted con el caso?». Mi abuela la hizo callar con un gesto de la mano. La llamé para ver cómo estaba. Como tenía dificultades de audición, se había perdido casi todo lo que se había dicho en la sala (una pequeña bendición). En su lugar, se había fijado especialmente en el lenguaje corporal. La postura y las expresiones de la fiscal le inspiraron confianza. Me dijo que me diera una ducha caliente y que me pusiera el pijama. Añadió también: «Cruzo los diez dedos de las manos y los diez dedos de los pies».

El sol se escondió y seguía sin tener noticias de Alaleh. Me quité las bailarinas y me metí en la cama, hecha un ovillo. No pasa nada. Necesitan un poco más de tiempo. Pero la sensación que notaba en el pecho me impedía respirar bien. ¿Acaso no habían escuchado lo que se había dicho en la sala?

Sabía que sería incapaz de dormir, así que me arrebujé bien con el edredón y me puse a ver la serie El vecindario del señor Rogers. De pequeña me fascinaba la coreografía de la escena inicial: Llega él, se quita la chaqueta del traje, la cuelga en el armario, la reemplaza por un suéter, se

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quita los zapatos de ir a trabajar, se calza unas cómodas Keds y se ata los cordones. Este ritual prometía control y seguridad durante la siguiente media hora. Tumbada en la cama, atrapada por el brillo del teléfono, arrastraba hacia atrás el punto por la línea temporal del vídeo, rebobinando la escena para volver a verla. Observaba cómo se abrochaba y se desabrochaba el suéter, cómo se lo quitaba y se lo poma, cómo se ataba y se desataba los zapatos. Cuando el sol asomó por la ventana, salí de debajo de las sábanas, me puse las bailarinas negras, me recogí el pelo y volví a sentarme en la cama.

¿Cuánto tiempo pueden vivir los humanos en estados suspendidos? Me sentía como una vaca solitaria con una cuerda atada alrededor del cuello y la mirada fija en un edificio metálico, donde ve unas enormes moles rosas bordeadas de costillas blancas que cuelgan de unas cadenas. Tras de mí hay una pradera; el aire huele a hierba. Podía pasar una de las dos cosas siguientes: o bien la cuerda me haría subir por la pasarela metálica y yo acabaría convertida en una papilla roja o bien me liberarían en un prado bañado por el sol. Hasta entonces simplemente estaba allí, sintiendo el escozor de la cuerda sobre la piel.

El sol llegó a su punto más alto en el cielo y después inició su ruta descendente. Eran las cuatro de la tarde. Si el jurado no se decidía en la siguiente hora, el miércoles llegaría a su fin. El jueves el juzgado no abría. El viernes era día festivo. Sábado. Domingo. Lo que significaba que tendría que esperar por lo menos cuatro días más. Si el juzgado lo declaraba inocente, tendría que repetirme a mí misma que estos casos eran muy difíciles de ganar. Que eso no me convertía en una fracasada. Intentaba mentalizarme, pero me daba miedo pensar en cómo reaccionaría si perdía el caso.

Cuando Lucas me llamó, dejé apoyado el teléfono en la mejilla mientras se me escapaban las lágrimas. Él me repetía una y otra vez que saliera a que me diese un poco de aire fresco. Yo solo era capaz de rascarme la cabeza. La grasa me brillaba en los dedos. El cuello de mi jersey de punto empezaba a perder la forma, tenía algún que otro pelo suelto en los pantalones negros. El teléfono me vibró contra la mejilla mientras él hablaba. Un mensaje. «Ha llegado la hora», le dije, y le colgué antes de que pudiera contestarme.

Avanzo hacia el cuarto de baño. El veredicto se leerá en quince minutos. Se tarda ocho minutos en llegar en coche al juzgado —doce si

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hay tráfico—, lo que implica que tengo tres minutos para prepararme. No sé en qué orden hacer las cosas ni el qué exactamente: si lavarme la cara, llamar a alguien, ponerme los zapatos o cambiarme de jersey. Me echo agua en la cara pero me detengo a medias al darme cuenta de que antes debería avisar a todo el mundo. Me doy la vuelta para coger el teléfono. Tengo la barbilla chorreando y los pulgares mojados y estoy llenando de agua la pantalla del teléfono. No sé qué escribir. Dejo mi móvil y me peino apresuradamente con los dedos. Tengo que ducharme, pero no me da tiempo. Me quedo paralizada delante del lavamanos, con el agua corriendo. La lista. Llamo a mi abuela. La larga espera entre tono y tono es insoportable. «Ha llegado la hora». Cuelgo. Escribo cada mensaje con manos temblorosas. Las llaves del coche no están por ningún sitio. No encuentro el teléfono. Está en el lavamanos. Entro en el comedor. Mi madre está sentada a la mesa con una amiga, tomando un té. Le digo: «Ya está» y, cuando alza el rostro para mirarme, le cambia la expresión y se levanta inmediatamente de la silla. Me coge de la mano y me lleva de vuelta al cuarto de baño, saca el brillo de labios del cajón de madera. Me lo aplica y veo que los labios se me vuelven rosas y brillantes y tienen motitas de purpurina. Arranco un trozo de papel higiénico para quitármelo, necesito que me tomen en serio. «Te alegra un poco la cara», me dice. La veo allí quieta, sosteniendo el brillo de labios en la mano, desesperada por revivirme. Me vuelvo para mirarme en el espejo a través de sus ojos; veo a una persona con el pelo pobre, las extremidades flacas y los ojos cansados, a alguien que ha olvidado cuidar de sí misma. Me giro hacia mi madre, dejo que vuelva a ponerme brillo en los labios y ya estoy saliendo por la puerta, incapaz de esperar, diciéndole que nos vemos directamente allí.

Tengo la cabeza ya en el juzgado, mientras alguna parte de mí se ocupa de las luces rojas y verdes de los semáforos. Soy una pasajera dentro de mi propio cuerpo que mira por la ventana como si estuviera subida en una atracción de feria; el coche se desliza con suavidad como si estuviera en un circuito y toma todos los giros perfectamente. Me preocupa ser la única que acuda al juzgado, ¿les habrán llegado los mensajes, irán? No recuerdo aparcar ni tampoco llegar, solo sé que estoy sentada en la primera fila, que son las 16:24, que Athena está a mi izquierda, mi abuela a la derecha y que Anne también está. Han venido.

Oigo los golpes desacompasados de mi corazón, que parece una pelota de tenis dentro de una secadora. Me pregunto si me va a dar un infarto.

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¿Puede pasarle eso a alguien tan joven? Necesito perforarme un agujero en el pecho para liberar la presión. El juez habla, pero el golpeteo interior no me deja escuchar lo que dice. La idea de sufrir un ataque allí o de tener que marcharme me resulta insoportable. Intento orientarme. Me quedo mirando fijamente la espalda cuadrada y gris del traje de Alaleh. Veo la mano de mi abuela, que me aprieta la rodilla temblorosa. Soplo para expulsar el aire, me llevo la palma de la mano al pecho, imagino que me deshincho. Imagino que hago desaparecer mis pulmones y el corazón y que no soy más que un simple cascarón vacío. Estoy rodeada de cantidades infinitas de aire. Inspiro muy despacio y después suelto el aire, dentro y luego fuera.

Oigo hablar al juez. Está repasando algunas preguntas planteadas por el jurado durante la deliberación.

—Y luego finalmente recibimos la pregunta número cinco del jurado, en la que se dice o se pregunta lo siguiente: «¿Se considera penetración el contacto con la capa interna de los labios mayores o con cualquier área de los labios menores?».

Veo aquellos labios como trozos de sashimi a los que dieran la vuelta con las manos, como si fueran un ente ajeno a mí. Al fin, el juez le pregunta al miembro número cinco del jurado:

—¿Ha llegado el jurado a un veredicto?

Un hombre sentado en la tribuna del jurado se pone en pie.

—Sí, su señoría.

—Entregue por favor el formulario del veredicto al agente —le dice el juez.

No esperaba que la respuesta estuviera en un trozo de papel. Veo que el miembro del jurado se inclina por encima del borde de la tribuna para darle el papel a un agente. El agente avanza tranquilamente como si llevara una col y la quisiera dejar en el carrito de la compra. «Vamos, joder, acelera». Cruza la sala y se lo entrega a la secretaria judicial. Quiero pegar un salto y arrancárselo de las manos.

La secretaria se pone en pie. La luz de la claraboya le ilumina los mechones de pelo rubio y se le refleja en las gafas, de modo que no puedo verle las pupilas. Lleva una falda rosa oscuro y sostiene el papel ante sí. Es la primera vez que la veo. Resulta que ha estado ahí durante todo el juicio y que, además, había sido ella la que, a medio metro de mí, me había hecho jurar antes de dar mi testimonio, pero esta es la primera vez que su

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presencia queda registrada en mi mente. No tiene micrófono, ¡no hay ningún micrófono! ¡Y habla tan bajito! No doy crédito. «MÁS ALTO». Me inclino hacia delante y entorno los ojos, como si eso pudiera ayudarme a oír mejor, y miro fijamente sus labios mientras dan forma a las palabras.

—El pueblo del estado de California, la parte demandante, contra Brock Alien Turner, el acusado. Expediente número B1577162… —Lee cada número. Me voy a desmayar…—. Veredicto del jurado: Veredicto. Cargo número 1, apartado 220 (a) (1) del código penal, delito… —Solo espero que llegue el sonido duro de la c…—. Nosotros, el jurado, hallamos al acusado, Brock Alien Turner, culpable de un delito grave, la violación del apartado 220 (a) (1) del código penal de California, agresión con intento de violación de una persona ebria o inconsciente. Con fecha del 30 de marzo de 2016, dictaminado por el representante del jurado, el miembro del jurado número 5.

El aire queda roto por el quejido de alguien al ser apuñalado. Vuelvo rápidamente la cabeza hacia la derecha y veo que los puntiagudos zapatos de la madre de Brock se levantan en el aire para chocar de golpe después contra el suelo con un golpe seco. Patalea con fuerza y se pone a gritar en una sala hasta entonces inundada por el silencio. El padre de Brock la protege con el cuerpo como si una lluvia de flechas fuera a caer sobre ella. De repente me siento vulnerable, mi rostro está a la vista de todos, desprotegido. ¿Qué aspecto tengo, tendría que reaccionar de algún modo? Su quejido intenta meterse dentro de mí, pero debo ahogar ese sonido y centrarme. Me pongo de espaldas a la parte delantera de la sala para silenciar los gritos. Quedan dos cargos más.

La mujer sigue leyendo y las palabras conservan su tono delicado. Hay demasiados números, pero oigo el chasquido del beso que me da Athena en la mejilla. Supongo que eso significa que hemos ganado otro, llevamos dos cargos. Noto que la marea de sentimientos crece a cada lado de la sala. Hay dolor y celebración contenida, gritos ahogados; el aire transporta unos sonidos ininteligibles. Miro fijamente a la mujer que está en la parte delantera de la sala, con su pelo rubio y sus ojos acristalados y me doy cuenta de que es un ángel. Oigo que dice «culpable» una vez más y entonces lo sé. Lo hemos conseguido.

La secretaria le pide a cada miembro del jurado que indique su voto particular. Lee el primer cargo.

—¿Se corresponde con su veredicto personal?

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El primer miembro del jurado responde:

—Sí.

Pasa al segundo miembro del jurado.

—Sí.

Tres.

—Sí.

Cuatro.

—Sí.

Cinco.

—Sí.

Veo que un hombre sonríe discretamente al emitir su voto, como si también aquella victoria fuera suya. Veo señales de aprobación al pronunciar la sílaba. El jurado, que hasta entonces había sido para mí un conglomerado, empieza a separarse en distintas personas. Por primera vez me permito verlas. Contemplo cada rostro, quiero preservarlos en la memoria, trazando la silueta de sus perfiles, recordando las motas de vello de sus mejillas, la anchura de sus gafas, sus entradas, pestañas, hoyuelos, patillas. Prosigue con el segundo cargo y de nuevo se pronuncia cada miembro del jurado: «Sí, sí, sí, sí, sí, sí, sí, sí, sí, sí, sí, sí». Lee el tercer cargo.

—¿Se corresponde con su veredicto personal?

Sí,

sí,

sí,

sí,

sí,

sí,

sí,

sí,

sí,

sí,

sí,

sí.

Es un ritmo puro y constante que late dentro de mí. Una declamación de la verdad. Los síes continúan sin interrupción, como pasos que nos llevan a algún lugar. A medida que los sigo uno por uno con los ojos, siento que la rabia me abandona y que deja espacio a otra cosa distinta.

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Pensé que me quedaría mirando el rostro patético del abogado defensor, que vería cómo Brock agacharía la cabeza y que pediría confeti, embargada por la sensación de triunfo. Pero ni pensaba ni sentía nada de todo aquello. Mientras observaba a los miembros del jurado, cualquier otro sonido se desvaneció.

Era como volver la vista desde el agua hacia la arenosa playa y darse cuenta de lo mucho que te has alejado. De lo mucho que te has abandonado. ¿Quién era esta persona que estaba sentada aquí, deseosa de que le dijeran que la respuesta era «sí»? Pensé en Emily aquella mañana, en la ducha, luchando por mantenerse en pie, envuelta en vapor. En algún momento del camino yo me había convertido en las voces que le decían que era una humillación, que debía aprender a pensar de modo realista. Yo le había dicho que se merecía aquel dolor, había puesto en duda sus instintos. Cuantísimo había deseado abandonarla. Qué poco había pensado en su vida.

Me siento, sumida en la tristeza, inhalo un aire húmedo, tengo los ojos cerrados y me tiembla el pecho. Desconecto de lo que pasa en la sala, la agonía es demasiado grande, bajo la cabeza en señal de disculpa. Lo siento muchísimo. No estabas loca. Durante tanto tiempo creí que necesitaba permiso para volver a mi vida y esperaba recibir una validación. Me prometí a mí misma que nunca me preguntaría si merecía más. La respuesta siempre sería «sí» y «sí» y «sí».

La conversación ha cambiado, el juez está fijando ahora la fecha de la sentencia, cuando decidirá cuánto tiempo deberá pasar Brock en la cárcel. Señala un calendario que hay en la pared.

—La lectura de la sentencia tiene lugar los jueves que no están marcados en nuestras rotaciones.

Echo un vistazo a las pequeñas filas con casillas vacías, algunas pintadas de amarillo claro. No presto demasiada atención, la sentencia me parece secundaria.

La fiscal solicita que Brock sea detenido. Pero las esposas no llegan a rozarle. Su abogado alega que debe seguir en libertad bajo fianza. Volverá a casa en avión, con su familia, y estará en libertad dos meses hasta que se lea la sentencia en algún momento del mes de junio. Nos dejan salir.

Esquivo la fila, ansiosa por salir de aquella sala. Estoy apenas a unos metros del entramado de brazos de su familia. Hay una energía acalorada que sale de ellos y que amenaza con consumirlo todo con su pena.

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Algunos familiares de ojos enrojecidos me miran fijamente como si yo fuera el enemigo. Yo les devuelvo la mirada a través de mis propios ojos enrojecidos, inquebrantable. «Estás mirando a la persona equivocada».

Mi abuela y Athena me aguantan por los codos y me doy cuenta de que ellas me llevan. Salimos de la sala como una procesión, los periodistas se amontonan detrás de nosotros con sus bolsas y sus grabadoras. Estoy encorvada, entierro la cabeza en los hombros y arrastro los pies a toda velocidad, temiendo que si bajamos el ritmo la masa que nos sigue nos engullirá. Necesito cruzar la puerta que da a la oficina de la fiscal para librarme de todo ese público.

Cuando entro, todos los que estaban pululando por la oficina empiezan a retirarse hacia las paredes y a desaparecer en sus cubículos. Me acuerdo de la primera vez que estuve allí; mi madre me masajeaba la mano mientras yo respondía preguntas tímidamente. Al volverme veo que Alaleh se acerca a toda prisa hacia mí con los brazos abiertos. Al fin apoyo la cara sobre su hombro y nos quedamos las dos quietas en mitad de la sala, abrazadas, llorando.

Mi grupito entra en una pequeña sala de reuniones. No hay amago de celebración, somos presa de la agitación y al fin podemos liberar el miedo que nos atenazaba porque sabíamos lo cerca que habíamos estado de que el resultado hubiera sido muy distinto. «Pensaba que mi cuerpo no valía nada. Pensaba que yo no importaba, pero sí que importo». Curiosamente mientras lo digo estoy asintiendo con la cabeza, como si estuviera escuchando aquello por primera vez. Los ojos de la fiscal son grandes y le brillan mucho, y ella también asiente. Si me hubieran preguntado por Brock en aquel momento, yo habría dicho: «¿Quién?». Mi interés por él se había desvanecido.

El jefe de la fiscal, el señor Rosen, dice que está muy orgulloso de todos, del gran esfuerzo que hemos hecho. Las cosas irán a mejor gracias a nosotros. Él y Alaleh salen para dirigirse a las cámaras y a los periodistas, que los esperan en la escalinata de acceso al edificio como si fueran mosquitos. Antes de marcharse, Alaleh me da dos sobres, que tienen la parte superior rasgada y se han abierto previamente para comprobar que es seguro que yo los lea. Me preguntaba quién me habría escrito y cómo habría sabido dónde encontrarme.

Le digo a todo el mundo que acuda a mi casa, que los veré allí. Un agente me acompaña a través de las puertas traseras del edificio. Ya en el

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exterior, me doy la vuelta por última vez y veo a los guardias de seguridad en la ventana, lanzándome una mueca de interrogación. Levanto el pulgar e inmediatamente se les dibuja una sonrisa en la cara mientras agitan las manos, aplauden y lanzan los puños al aire tras el cristal. Acto seguido me agacho detrás de los coches y avanzo serpenteante por el aparcamiento. Tengo que llamar a Tiffany.

Contacto con ella cuando va de camino a dar un taller de primer año. «Lo conseguimos —le dije—. Hemos ganado los tres cargos». Me contestó con un balbuceo, ninguna de las dos sabía qué decir.

Es la primera vez que siento alegría, porque al fin puedo ofrecerle algo bueno a mi hermana, y me embarga una profunda sensación de alivio. Más tarde me diría que cuando ocupó su lugar frente a la clase se puso a llorar. Las lágrimas se acabaron convirtiendo en risas y la clase, desconcertada y sin saber cómo reaccionar, también empezó a reír. «Lo siento —dijo—. Es que hoy me ha pasado algo muy bueno».

Llamo a Lucas y le oigo pegar un alarido, le noto la voz lacrimosa. Conduzco por las mismas calles de siempre, pero me siento como una persona nueva. Me he quitado algo de encima, resplandezco. Veo el aparcamiento que antes era un huerto de calabazas. El arroyo donde atrapaba chinches de agua. El Taco Bell donde íbamos después de los bailes escolares. He vuelto, mis yoes del pasado desfilan tras de mí. He conseguido darnos un final feliz. Al fin llego a casa.

Veo a mi abuela, a mi madre y a Athena a través de la ventana de la cocina del patio. Me reciben sus abrazos y besos en la frente. Mi madre me sirve un vaso de zumo de uva bien frío y rompe las onzas de chocolate negro en la encimera. Engullo el chocolate a dos carrillos, dejo que se me derrita en los dientes y le pego un buen trago al dulce zumo. Siento que vuelvo a la vida. Mi madre me pasa sus suaves manos por el pelo y me masajea el cuello con delicadeza.

Mi abuela dice que había preparado un discurso por si la cosa no hubiera salido como queríamos y me enteré de que todos se habían organizado para cuidar de mí si el resultado no hubiera sido el deseado. Athena dice que se siente muy agradecida por haber podido estar allí, que se ha quitado un peso de encima, como si finalmente se hubiera hecho justicia por su propia agresión. Mi padre llama desde el trabajo. «Cariño, ¿cómo estás?, lo conseguiste, ¿está mamá, estás bien, cómo ha reaccionado Tiffy?».

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Avanza la tarde y baña la cocina en un delicado tono lavanda cuando todos se disponen a marcharse a sus casas. Reservo el primer vuelo para Filadelfia de la mañana, ansiosa por volver a ser Chanel. Tiro toda la ropa sudada del juicio en la cesta de la ropa sucia y preparo la maleta. Mis padres asoman la cabeza por la puerta. «Seguro que quieres marcharte por la mañana, he cortado algunas fresas, puedes quedarte todo el tiempo que quieras, llévate un abrigo gordo para el avión».

Hago una lista de toda la gente a la que he conocido durante este viaje, personas que llegaron a mi vida y me ayudaron sin pedir nada a cambio. No sé cómo agradecérselo excepto viviendo la vida que ellas me devolvieron. Cojo mi cuaderno y dibujo doce caritas pequeñas, de memoria. Las de aquellos que estuvieron dispuestos a testificar. Me acuerdo de las cartas que llevo en el bolso y las saco.

En la primera tarjeta sale un mono que dice «Resiste» y la han enviado desde Washington, D. C. El segundo sobre es de color azul cielo y viene de Ohio, un estado al que había llegado a tener un miedo irracional. Me lo envía una mujer llamada Nadia. La tarjeta que lleva dentro tiene una fotografía en blanco y negro delante donde se ve a una niña pequeña con un abrigo de florecitas y unos calcetines de puntilla asomando por encima de unas zapatillas de lona que sostiene una piedra cubierta de musgo tres veces más grande que ella. Abro la tarjeta y absorbo lo que dice el irregular trazo azul:

Somos muchos los que hemos seguido tu caso.

Cuando vi esta tarjeta en la tienda, sabía que tenía que comprártela porque esta niña pequeña me hace pensar en lo fuerte que eres.

Te envío esta tarjeta porque quiero que sepas que no estás sola.

No puedo ni imaginarme el infierno por el que debes haber pasado.

Estamos impresionados por tu valentía, tu capacidad de resistir y por lo jefa que eres.

Que sepas que tienes a un ejército entero de soldados que te siguen.

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Aquellas palabras me parecieron heroicas, míticas. Me había pasado el año anterior rebuscando entre los comentarios a la caza de alguna señal de apoyo. Me había sumergido en los artículos de opinión de la prensa local en busca de alguien que me defendiera. Me había encerrado en el coche en aparcamientos para llamar a líneas de ayuda y llorar, convencida de que estaba volviéndome loca. Todo aquel año la soledad me había acompañado: en el hueco dela escalera del trabajo, en Filadelfia, en el banquillo de los testigos, desde donde veía una sala casi vacía.

Y sin embargo todo aquel tiempo otros ojos me habían estado observando y apoyándome desde sus dormitorios, coches, huecos de las escaleras y apartamentos, todos nosotros recluidos en nuestro dolor, en nuestro miedo, en nuestro anonimato. Estaba rodeada de supervivientes. Yo formaba parte de un nosotros. Ellos nunca se habían dejado engañar, en ningún momento me vieron como un personaje menor ni como un cuerpo mudo; yo era la líder que combatía en primera línea de batalla y tenía una infantería entera siguiéndome. Habían estado esperando a que yo hiciera justicia. Esta victoria se celebraría discretamente en habitaciones de ciudades de estados que jamás había visitado.

Durante mucho tiempo me vi a mí misma vagando por un páramo seco y vacío. Esta carta era un charquito. La epifanía que me mostraba que justo debajo de la superficie fluía el agua que llevaba a otros ríos, a otros océanos. Que aquel solo era el principio. Que no estaba sola. Que me habían encontrado.

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Iba a terapia medio caminando, medio corriendo, por la abarrotada acera; dejando atrás la cafetería iHop, pasando a través de puertas giratorias para anunciarle a mi psicóloga que había sido una victoria apabullante. Quería una medalla emocional. Apenas siete meses antes me sentaba en aquel sofá, paralizada ante la idea de tener que ir al juzgado. Ahora ya no había nada más que preparar, así que no seríamos más que dos personas que charlan, igual que el último día de clase antes de las vacaciones de verano.

«¿Te has enterado de la buena noticia? —Me senté, entrelacé las manos y dije—: Hemos ganado los tres cargos». Me felicitó. Me quedé en silencio un instante y noté que la expresión de la cara me cambiaba. Habían pasado tantas cosas desde la última vez que había estado allí. Algo se destapó en mi interior y empecé a hilvanar una frase tras otra, hasta consumir todo el aire de la habitación: «Y después y después y después», hasta que la hora llegó a su fin. La intensidad permaneció en la sala, el ambiente estaba contaminado por todo lo que yo había descargado. En vez de contenta, estaba enfadada. Ella apenas había dicho nada.

Emprendí el regreso con las manos en los bolsillos, frustrada. Se suponía que el veredicto acabaría de raíz con todo el desastre que lo había precedido. ¿Qué más quería? Me enfurecía seguir enfurecida. Pero no debería de haberme sorprendido. Había visto un artículo en The Washington Post donde se anunciaba el veredicto: «Hay quienes critican que el jurado haya sido demasiado duro con Turner y que haya tratado un momento ambiguo y avivado por el alcohol como una situación que no admite asomo de duda». Decía:

«Con la sentencia programada para el 2 de junio y la posibilidad de recurriría, el futuro antes prometedor de Turner sigue siendo incierto. Sin embargo, su extraordinaria pero breve carrera como nadador ha quedado

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empañada por este hecho, como un trofeo en proceso de oxidación». La pérdida importante seguía siendo la de él.

La sentencia se leería el día 2 de junio y se recomendaba, aunque no era obligatorio, que yo asistiera. Los tres delitos graves de Brock sumaban un máximo de catorce años en prisión. Mi fiscal recomendaba seis años. Me dijo que escribiera una declaración de daños sufridos por la víctima: dos o tres páginas que explicaran cómo me había afectado aquella experiencia. Si quería leerla en voz alta ellos me pagarían el billete a casa. Si no, mi letrada podía hacerlo en mi lugar. Tenía que enviarla como muy tarde a finales de mayo para que el juez tuviera tiempo de sobra para estudiarla antes. Tiffany y Lucas también podían escribir sus declaraciones. Todo era voluntario, teníamos tiempo para pensarlo. Le respondí que sí la escribiría, colgué el teléfono y me olvidé del tema. Me quedaban ocho semanas y pensaba pasarme siete de ellas no haciendo nada más que vivir una vida normal.

A los cinco días de volver, había escrito un nuevo monólogo cómico, lo había presentado y había pasado la selección para presentarlo en el espectáculo de primavera. La comedia me permitía ser rebelde y atroz sin que nadie me cuestionara nada. En una de las reuniones, nuestro presidente, Vince, estaba preparando las presentaciones. Para la mía, dijo: «Por favor, dedicadle una ronda bien fuerte de aplausos porque esto es lo único que está haciendo con su vida en este momento». Jugaba con el tópico de las parejas. «¿Me he pasado?», me preguntó. Yo fui la que más se rio de todos. «Si tú supieras…».

Dos semanas después del juicio volví a subirme al escenario del Helium Comedy Club, y fui recibida con gritos y aullidos. Me vi envuelta en una oleada de orgullo y de cariño. Nuestro grupo sacó tanto dinero con las entradas que para celebrarlo nos fuimos a cenar al asador Barclay Prime de Filadelfia. Nunca había estado en un restaurante tan exclusivo: el camarero se paseaba con una caja aterciopelada llena de cuchillos y nos pedía uno por uno que eligiéramos el que queríamos. Mientras hincaba el cuchillo en mi tiernísimo solomillo, deseé poder cambiar aquel pedazo de carne por dinero en efectivo. La cena nos costaría más dinero del que yo tenía en mi cuenta.

Me daba vergüenza decirle a Lucas o a mi familia que mi cuenta bancaria estaba prácticamente a cero. En un mes, Lucas se graduaría y se mudaría a San Francisco, donde le sobrarían las oportunidades de trabajo.

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Yo estaría desempleada y no podría salir a cenar fuera ni pagar el alquiler. No tenía más expectativa futura que la fecha final del juicio. Pensaba volver a vivir con mis padres para poder ahorrar otra vez. Me alegraba de tener la opción de regresar a mi antiguo cuarto, pero era angustioso estar de nuevo en la casilla de salida.

Pero había algo más que me guardaba para mí: entre cenas y fiestas de graduación, me encerraba en el aseo, los hombros me empezaban a temblar y se me escapaban las lágrimas. Durante el juicio reprimí toda emoción para poder seguir adelante. Y ahora llegaba el momento de descargar la tensión. Mi cuerpo no podía hacer nada frente a las oleadas de angustia que lo invadían. Cada vez que me pasaba notaba que aquella sensación crecía tanto que sentía ganas de vomitar y tenía que encerrarme para hiperventilar. Los ojos me ardían. Me aterrorizaba que mi cuerpo me impusiera una y otra vez aquellos episodios. Me agarraba al lavamanos y abría el grifo para ahogar los ruidos. «¿Por qué estás triste? —me decía una y otra vez—, has ganado». No quería que Lucas me oyera ni que se diera cuenta de que todavía estaba destrozada. No estaba preparada para pasar página.

En mi bandeja de entrada apareció un correo de Michele Dauber, una profesora de Stanford y también activista que exigía que su universidad se implicara más para evitar las agresiones sexuales en el campus. Además, era una vieja amiga de la familia a la que no veía desde la adolescencia. En secundaria, su hija y yo formábamos parte de la misma pandilla: íbamos en bici al Blockbuster para alquilar Carrie y comíamos Cheetos bien arropadas dentro de sacos de dormir en la casita de invitados.

Cuando mi historia salió a la luz, vi desde la cama cómo los reporteros entrevistaban a Michele en el portal de su casa, el mismo que yo había cruzado en mi época de instituto con mis Skechers llenas de barro. Quería que me aconsejara, pero sabía que si hablaba con ella, me acusarían de tener algún tipo de motivación oculta. Incluso el artículo de The Washington Post citaba lo que había dicho una persona crítica con el veredicto: «La fiscal obedecía a las peticiones de las activistas femeninas de Stanford». Observaba a Michele hablar del caso, ajena al hecho de que yo fuese Emily, fascinada por lo cerca que estábamos la una de la otra. Cuántas veces quise decir: «Soy yo».

Lo dedujo después de seguir la retahíla de artículos que repetían el nombre de mi hermana, de mi instituto, de mi universidad. Dijo que le

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preguntó a su hija y mejor amiga mía de la infancia, Nicole, si era verdad. Yo se lo habría contado a Nicole, pero llevaba un año estudiando urdu en la India. Tanto Michele como Nicole me enviaron una avalancha de disculpas: «Si lo hubiera sabido te habría ayudado». Nicole compró un billete de vuelta para el día en que se leería la sentencia. Michele les preguntó a los delegados estudiantiles de Stanford si estaban interesados en recabar firmas de apoyo entre los alumnos. Los delegados escribieron cartas pidiendo un mínimo de dos años de condena, haciendo hincapié en la necesidad de sentar un precedente y de prevenir la violencia sexual en el campus. Me dijo que un grupo de ellos acudiría a la lectura de la sentencia luciendo unos lazos en señal de solidaridad, pero yo estaba demasiado nerviosa y rechacé la idea calladamente para que mi mundo siguiera siendo pequeño y estuviera protegido y cuidadosamente elegido. Llamé a Mel, mi mejor amiga de la uni, que inmediatamente compró un billete de avión a Los Angeles para estar conmigo el día de la sentencia. Telefoneé a Miranda, que me llevaría a los baños termales para que me relajara. Se lo dije a Cayla, que faltó al trabajo y vino en coche desde San Francisco. Me conmovía lo rápido que se organizaron para estar aquí a tiempo. Ahora ya podía contar el número de amigos que se habían implicado con los dedos de las dos manos.

Pasó abril y se acercaba el final de mayo. Todavía no había empezado a escribir mi declaración. Me repetía a mí misma: «Pronto». La fiscal me mandó un mensaje en el que me preguntaba si podía enviarle algo en las próximas dos semanas.

Durante los últimos diecisiete meses, cada vez que me venía a la cabeza un pensamiento relacionado con el caso, lo apuntaba en el apartado de «Notas» de mi móvil y lo etiquetaba con las iniciales de Brock. Al fin me senté y busqué «B. T.». Aparecieron decenas de notas que no había vuelto a leer desde que las escribí. Las copié todas y las pegué en un documento de Word. Tenía montones de páginas de notas desordenadas. Me senté y las leí todas de una vez. Después, salí del cuarto y no volví a acercarme al escritorio en tres días.

En todas las clases de escritura a las que asistí a lo largo de los años, los profesores nos decían que si un tema nos afectaba demasiado, lo dejáramos madurar durante un tiempo para así distanciarnos de él. Pero a mí me habían impuesto una fecha de entrega. Además, jamás me había enfrentado a la tarea de tener que escribir una lista de daños emocionales.

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El acicate era deprimente. ¿Por qué tenía yo que documentar las posibles secuelas irreversibles que me había causado la agresión? Tenía un folleto titulado «Declaración de daños sufridos por la víctima» que planteaba algunas preguntas: «¿Cómo te sientes cuando te despiertas por la mañana? ¿Con qué frecuencia lloras? ¿Cuántas horas del día estás triste? ¿Has pensado en el suicidio?».

Una tarde recibí una llamada de un número desconocido. Dejé que saltara el contestador. En el mensaje, una mujer decía que era una agente del departamento de libertad condicional. Había aprendido a desconfiar de todo. Llamé a la fiscal y le pregunté si podía hablar con aquella mujer. Alaleh me dijo que la agente quería saber mi opinión sobre la inminente sentencia, y que debería llamarla y explicarle que estaba redactando una declaración que leería en público.

Me sorprendió que la agente me llamara. Me había acostumbrado a no tener voz, a que rara vez me preguntaran mi opinión. Asumí que había unas penas mínimas para cada delito. Imaginé que aquel era un modo amable de permitirme contribuir con mi opinión y yo esperaba que mis palabras apenas valieran nada, que fueran monedas esperanzadas que uno lanza a una fuente.

Le dije a la agente de la condicional que estaba preparando una declaración. Pero entonces ella empezó a preguntarme cosas. Le respondí diciéndole que estaba dolida y que lo que más daño me había hecho era ver a mi familia sufrir. Me llevé la palma a la frente y cerré los ojos, intentando concentrarme y atender a sus preguntas. Pero siempre había más. Le dije que había sobrevivido a un tiroteo en la universidad cometido por un hombre que nunca recibió la ayuda que necesitaba. No quería que Brock perdiera los estribos y castigara a más mujeres, necesitaba estar segura de que iba a terapia y de que asistía a clases en la cárcel. «Así que no quieres que pase más de un año», dijo. Me quedé perpleja, en ningún momento había dicho eso. Me explicó que había usado la palabra «cárcel» y que en la cárcel del condado solo se podía cumplir condena durante un máximo de un año. En cambio, la prisión federal no tenía un máximo de condena. «Oh —dije—. Bueno, ¿y en la prisión dan clases?». Me preguntaba por qué nadie me había explicado aquello.

Lo que quería sobre todo era que Brock reconociese lo que había hecho. Le pregunté si había hablado con él y me dijo que no, pero que lo vería la semana siguiente. Le dije que me resultaba difícil darle una

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respuesta completa sin saber antes lo que Brock tenía que decir. «Quieres que él entienda lo que ha hecho», me respondió. Me dijo que lo comprendía. La conversación fue breve. Le expliqué que estaba preparando mi declaración y que me sentiría más cómoda enviándosela cuando la hubiera acabado, pero ella me dijo que aquella declaración oral ya estaba bien, que había tomado algunas notas y que no sería necesario que le mandara nada. «Lo has hecho muy bien», me dijo. Las dos colgamos.

Sentí una inquietud persistente. Deseé que alguien más hubiese estado presente durante la conversación. Me dije que estaba paranoica, que ella se ocuparía de todo.

A los pocos días recibí una llamada de la fiscal, tenía la voz muy tensa. «¿Se puede saber qué le has dicho?». Durante todo aquel año siempre había tenido miedo de estropearlo todo sencillamente por no saber lo suficiente, por confundir marcos temporales en el estrado, por llevar ropa que no fuera apropiada al juzgado, por hablar con un tono que no fuese el adecuado. Alaleh me dijo que la agente de la condicional nos había ofrecido una sentencia poco severa, que había dicho que a mí lo único que me preocupaba era que recibiera tratamiento y no que estuviera recluido, y que había sugerido que Brock no debía estar en la prisión. Pensé que al fin me habían dado una voz, pero no la que yo quería. «Las leyes existen — pensé—. ¿Cómo puede ser que la haya cagado tanto a estas alturas?».

Le dije que volvería a llamar a la agente de la condicional, pero la fiscal me dijo que era demasiado tarde, que el informe ya se había archivado. Me mandaría la recomendación de la agente de la condicional junto con la declaración de Brock para que yo pudiera darles respuesta en mi propia declaración. Abrí el informe, inquieta.

La agente de la condicional había resumido todo lo que le había dicho en un solo párrafo. Había usado mis palabras para construir sus propias frases, despojándolas de todo contexto. «Lo único que quiero es que se cure», decía. Me había asignado una voz de perdón y sumisión, y había tapado la angustia. Había reducido mi sufrimiento a la frase: «Esto no me causa ninguna alegría». Había sacado sus propias conclusiones: «No es necesario que esté entre rejas». Aquella mujer, que había estado ausente durante toda la batalla, había llegado para arrebatarme la victoria. Llevaba meses trepando para salir del agujero en el que estaba y al fin había

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logrado agarrarme al borde. Ahora veía cómo la tierra se convertía en barro bajo mis dedos y yo volvía a resbalar hacia el fondo.

La agente había anotado que le había sorprendido «la capacidad de la víctima de asimilar con objetividad la gravedad y las ramificaciones del comportamiento del acusado». Aquella era la palabra que había utilizado: asimilar. Ella había tomado mi fortaleza por asimilación. Quizá esperaba encontrarse con una víctima histérica, de las que lloran y lanzan vituperios. No oía la tensión de mis músculos, no sabía que Lucas me había encontrado estirada y muda en el sofá después de la llamada, agotada tras el resurgir de los recuerdos.

Como mujer, siempre intenté hacer valer mi opinión sin parecer interesada o demasiado controladora. Así que opté por no dar una imagen de víctima cabreada. Ahora me preguntaba si acaso no habría afrontado con la situación con demasiada dignidad, si quizá no habría dado a entender con mi templanza que sus acciones no tenían demasiada importancia. Cuando defendí que fuera a terapia y se apuntara a clases, ella entendió que yo apostaba por la pasividad, por una absolución amable. Lo que yo quería decirle en realidad era que no perdiese de vista la salud mental de Brock, porque, según mi experiencia, cuando un hombre se enfada, está solo o se siente ninguneado, somos nosotras las que acabamos siendo asesinadas.

«Con la venia recomendamos una condena moderada en una cárcel del condado, libertad vigilada y el seguimiento de una terapia para agresores sexuales». Entonces lo comprendí. Una condena «moderada» sugería que su crimen era de baja calidad, de baja intensidad, tolerable. Lo devaluaba todo: «Este caso, al compararse con otros de naturaleza parecida, debe considerarse menos serio debido al nivel de embriaguez del acusado».

La agente había entrevistado a Brock y había escrito lo siguiente: «El acusado muestra un remordimiento sincero y empatía por la víctima». Me pregunté si sugería una pena ligera porque él había asumido al fin la responsabilidad de los hechos. Abrí el PDF:

«Juro que nunca jamás habría actuado así si ella no hubiera querido… Nos dejamos llevar por el calor del momento. Si en algún momento yo hubiera pensado que ella no respondía, habría parado inmediatamente […] Jamás quise tratarla de otro modo que no se correspondiera con su naturaleza excepcional […] En el juicio nunca quise hostigarla, eso fue cosa de mi abogado y de su estrategia para llevar el caso […] Ahora tengo

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que sacrificarlo todo… se puede pasar de la diversión al desastre absoluto en una misma noche». Explicaba también que había estado participando en un programa contrario «a la cultura del alcoholismo en el campus y a la promiscuidad sexual que conlleva».

No seguí leyendo más. No me hizo falta. Según me desplazaba por el texto, vi que al final del informe había casi cuarenta cartas escritas y firmadas por asesores académicos, profesores, entrenadores de Ohio. Las empecé a leer por encima hasta que me paré al ver lo que decía la carta que habían enviado sus abuelos: «Brock es la única persona a la que se le exige responsabilidad por las acciones de otros adultos irresponsables».

Había otro formulario que había rellenado la agente con la que había hablado por teléfono. En la casilla donde se especificaba la raza de la víctima, ella había marcado «blanca». Jamás en la vida había marcado solo «blanca». Es imposible constatar mi condición de mujer blanca sin constatar también por igual mi condición de mujer china. Aquella marca era prueba del poquísimo tiempo que había dedicado a conocerme: había asumido que era blanca sin molestarse en preguntármelo cuando estábamos al teléfono.

Hice caso omiso de lo que me había dicho Alaleh y llamé a la agente de la condicional. Ya vería ella si lo asimilaba o no lo asimilaba. Pensaba tirar de la hebilla de la granada y mostrarle a la víctima que tanto ansiaba ver. Oía los tonos largos y quebradizos de la señal mientras hilvanaba argumento tras argumento en la cabeza, pero entonces saltó una grabación que me pedía educadamente que dejara un mensaje, un pitido, luego el silencio. Colgué el teléfono y apoyé las palmas en el escritorio. Me quedé mirando el cubilete de lápices, la foto de una playa que colgaba de la pared. Todo estaba tan tranquilo. Nada encajaba con lo que yo sentía en ese momento. Mi rabia no tenía adonde ir. Le di un golpetazo al cubilete, los finos tallos se derramaron por todo el suelo. «¡Soy china! —grité dando un puñetazo en la mesa y tirando al suelo la silla—. ¡Soy china!».

Entré en la sala de estar. Lucas se levantó de la silla, me puso las manos en los hombros y me calmó. «Tranquila, tranquila. Explícame qué te ha pasado». Me hablaba con voz serena e intentaba que yo también usara el mismo tono. Le aparté las manos de un golpe seco, «Tienes que enfadarte. Cuando leas esto quiero que te enfades». Quería que se cabreara tanto que su cuerpo no pudiera evitar convertirse en otra cosa, que supiera

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lo que se sentía. Quería que le hirviera la sangre, que se pusiera a romper cosas.

La violencia sexual etiquetada como algo «moderado». Cómo no vamos a enfadarnos. Quizá no querían a alguien tranquilo, sino a alguien anulado, callado, contenido. Mi declaración ya no sería una triste entrada de diario que hablase de mis sentimientos. La fiscal me había pedido que me dirigiera al juez, pero yo le hablaría directamente a Brock. Volví a llamar a la fiscal. «¿Tengo que ceñirme a un límite de extensión en mi declaración?». Me dijo que técnicamente, no.

Tecleé con furia hasta que los dedos se me arquearon. Tuve que alejarme de la mesa y caminar un rato en círculos hasta que pude volverme a sentar. La ira te activa, pero en gran medida también te paraliza. «Ahora. Tengo que hacerlo ahora». Pero todo el rato iba parándome para secarme las lágrimas de las mejillas con el dorso de la mano. Físicamente no podía más, no era capaz de canalizar mi ira a través un trivial tecleo, me resultaba imposible preocuparme por la sintaxis cuando mi cuerpo se estaba desmoronando.

Superada por la situación, llamé a mi amiga Mel. Me dijo: «Explícame lo que te pasa». Le hablé de las interminables series de obstáculos, de las disculpas huecas. Cuando al fin me quedé en silencio, ella me respondió: «He escrito en el ordenador todo lo que me has dicho. Te lo voy a mandar en un correo electrónico. Usalo».

Esa noche, Margaret Cho actuaba en el Helium Comedy Club, el mismo en el que estuvimos nosotros. En 2015 sacó un videoclip que se titulaba I Wanna Kill My Rapist («Quiero matar a mi violador»). La admiraba porque se expresaba sin complejos, era sincera y también uno de los pocos referentes de mujer asiático-estadounidense en la cultura popular que tuve durante mi infancia y adolescencia. Me senté en el perímetro del público y la vi salir por la misma puerta que yo había cruzado para subir al escenario. Llevaba unos tacones rojos, unos pantalones amarillos tipo Kill Bill y una camiseta negra que decía oui. Después del espectáculo, mientras el público iba abandonando la sala, me fui directa al camerino y toqué a la puerta. De inmediato aparecieron dos guardaespaldas que me bloquearon el paso. «Pero… si yo he actuado aquí», les dije. Una trabajadora del local me dijo que me marchara. Siempre hago lo que me dicen, pero mis pies se quedaron plantados en el suelo. Dos empleados más intentaron que me alejara de allí blandiendo un trapo. De repente vi aparecer la cabeza de

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Margaret entre los hombros de los guardaespaldas. La llamé por su nombre. Le dije: «Yo también soy humorista». Hablamos a través de los hombros de aquellos tipos y me miró a los ojos, sonriéndome. Le dije: «Solo quería decirte que me gustó mucho tu videoclip». Me dio las gracias y me preguntó cómo me llamaba. «Chanel», le dije. Asintió. «Encantada, Chanel». Nuestras manos se tocaron por encima de los hombros de los dos grandullones y después se la llevaron del local.

Al darme la vuelta, algo se rompió en mi interior. Me senté en una silla de madera con la cabeza entre las manos en la sala vacía y me eché a llorar. No podía parar. De regreso a casa lloré sin poder reprimirme. Intentaba sonreír mientras sollozaba para no alarmar a la gente que pasaba por la calle. Mi rabia se había pinchado y el desánimo fluía, libre. Ella entendía lo que se sentía cuando alguien quería que estuvieras destrozada. Patalear y gritar no son indicios de que has perdido la cabeza. Son indicios de que te has puesto de tu parte. De que al fin estás aprendiendo a contraatacar. La rabia había hecho su aparición para incendiar cualquier rastro de timidez.

Sin embargo, ¿cómo conseguir que te escuchen? No quería que me dieran por un caso perdido de víctima irascible. Recordé que había aprendido que la rabia era una emoción secundaria, que la primaria era algo más semejante al dolor. Les obligaría a escuchar el dolor que subyace bajo la rabia. Para tranquilizarme, pegué en la pared las cartulinas en blanco que Lucas me había regalado después de nuestra primera cita. Dibujé una enorme carretera con forma de tirabuzón por la que pedaleaban criaturas en carretillas y monociclos: una babosa con una bufanda que ondeaba al viento, flamencos con los cuellos hechos un nudo, un antílope montado en una moto. Dibujé hasta que recobré la calma.

Al día siguiente llamé a mi amigo Matt, que todavía no sabía que yo era Emily. Toda la gente de mi alrededor había aprendido a esperar poco de Brock y de este sistema defectuoso. Quería que la conmoción de alguien fuera nueva, quería oír su incomprensión inicial, su «pero cómo puede ser esto». Estaba enloquecida, estaba loca, necesitaba que alguien dijera «esto me está volviendo loco a mí también». Cuando se lo conté, su tristeza y su frustración me calmaron. Es cristiano, y me preguntó si podía rezar por mí, y lo hizo en ese mismo momento, al teléfono. No le pidió a Dios que me diera fuerza, sino que le informó de que sabía que yo tenía la fuerza necesaria para superar todo aquello.

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Había contado mi historia muchas veces, pero a mis seres queridos les di versiones censuradas. En el juicio solo pude expresarme a través de las preguntas que otros me hacían. Saqué mi desgastado volumen de Pájaro a pájaro, de Anne Lamott, que me había servido de guía durante mis años universitarios. Escribía ella: «Recuerda que lo que te ha pasado te pertenece […] No puedes escribir sobre los demonios de otros; solo sobre los tuyos». Por vez primera, contaría mi versión de la historia. Una carta mía dirigida a Brock.

Aquella noche me dije: «Vas a sentarte y a sentirlo todo. De ti rezumarán cosas repugnantes y sombrías. Reaparecerán imágenes ante tus ojos. Revivirás la incertidumbre y el aislamiento que sentiste en cada etapa. Se te revolverá el estómago, sentirás tristeza. No será una experiencia divertida, te parecerá imposible, pero lo harás. Tienes que hacerlo». Mi yo del presente avanzaría por un túnel largo y oscuro para encontrarse con la chica que se despertó en la camilla. Se darían la mano y recorrerían juntas de vuelta una secuencia temporal plagada de terribles recuerdos, mientras ella descubría poco a poco la verdad. Al teclear, la cara se me crispaba, a ratos hablaba en voz alta, a ratos se me tensaba la piel del cuello, susurraba, gritaba, se me llenaban los ojos de lágrimas, me hervía la sangre, me ponía de pie, me desplomaba en la silla, caminaba en círculos, pero mis dos yoes seguían avanzando; mi yo del presente le recordaba incesante a mi yo del pasado que no se detuviera para hacerse un ovillo, sino que siguiera adelante. Lo escribí todo hasta llegar al presente y entonces me paré. Mi yo del pasado y mi yo del presente se abrazaron, y mi yo del pasado desapareció. Eran las siete de la mañana y en nueve horas había escrito veintiocho páginas deshilvanadas, mi primer borrador. Miré por la ventana: el sol empezaba a despuntar. Miré a Lucas, que dormía plácidamente. Me tomé unos cereales Lucky Charms en pijama, escuchando el repiqueteo de mi cuchara contra el cuenco mientras un tenue sol amarillo bañaba los edificios. A mis pies veía un autobús — un pequeño rectángulo que frenaba al llegar a su parada— y gente que cruzaba la calle. Empezaba un nuevo día. Y yo estaba bien. La historia no me había devorado.

Durante los días siguientes, me despertaba y me iba directa a la silla sin cepillarme los dientes. Solo comía cuando Lucas me ponía un plato delante. Las largas duchas que tanto disfrutaba se convirtieron en rápidos enjuagados. No había tiempo que perder. Leí la declaración a voz en grito

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de principio a fin para dar con las palabras justas. Temía que los vecinos acabaran llamando a la policía mientras yo gritaba: «TE HAN CONDENADO

POR VIOLARME, CON TODA LA INTENCIÓN, POR LA FUERZA, POR FORZARME

SEXUALMENTE CON MALA FE». Quería pegar un papelito en la puerta de casa:

«Estoy ensayando».

Seguía posponiendo la fecha de entrega de la declaración, pidiendo que me dieran un par de días más. Cuando ya me quedé sin margen posible, la envié. El juez tendría una semana para leerla antes de la sentencia.

Enfermé casi de inmediato. Me quedé sin voz. No tuve ronquera, sino que mi voz se desvaneció, solo quedaban leves esquirlas de sonido entre respiración y respiración. Fui a Rite Aid a comprar una bolsa de caramelitos de limón y menta para la tos y me rechazaron la tarjeta. Los deslicé rápidamente por el mostrador para devolverlos, me disculpé con un gesto de la cabeza y me marché. Al comprobar el saldo de mi cuenta en internet, vi que me quedaban dos dólares y ochenta y tres centavos. Aquella era la misma cuenta que había abierto con tanto orgullo hacía un año, cuando conseguí mi primer empleo. Me puse a rebuscar por el cuarto cosas que había comprado y que pudiera devolver. Vi un libro con el recibo todavía guardado entre sus páginas. Era You Get So Alone at Times That It Just Makes Sense, de Charles Bukowski. El título me había llamado la atención. Caminé hasta la librería y me devolvieron los dieciséis dólares.

El día de la graduación de Lucas, acudí sola, a pie, muda dentro de su enorme abrigo negro. Sus padres habían llegado en avión para la celebración. Nos llevaron a Fogo de Chao, un asador brasileño, donde a cada uno nos dieron un posavasos que tenía una cara roja y la otra, verde. Si colocabas la cara verde hacia arriba, un enjambre de camareros se te acercaba con grandes pedazos de carne que te deslizaban directamente en el plato. El rojo quería decir que estabas lleno y que te dejaran tranquilo. Me encantaba la sensación de control, el hecho de que un simple giro del posavasos hiciera que los camareros empezaran a moverse a mi alrededor, que el rojo hiciera que todo se parase.

Los padres de Lucas todavía no sabían nada del caso. Habían preparado una excursión en familia al lago Tahoe para el dos de junio, el día de la sentencia, pero Lucas les dijo que tenía que quedarse en Palo

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Alto para «ayudar a un amigo» y que acudiría a su encuentro en coche al día siguiente. Confiaba en ellos y siempre me sentí muy bien recibida, el problema no era ese. Ser agredida sexualmente no es algo que imaginé que acabaría compartiendo con casi todo el mundo. La naturaleza pública del caso me había puesto en una situación extraña. Me sentía fatal porque tuvieran que seguir la historia por las noticias, ajenos al hecho de que su hijo estaba implicado en ella, pero me debatía entre dos cuestiones: ¿tengo yo derecho a tener privacidad o tienen ellos derecho a saber? Además, quería darles la oportunidad de que me conocieran mejor como Chanel antes de presentarles a Emily.

Pasamos nuestros últimos días en Filadelfia metiendo en cajas los libros que tenía en la repisa de la ventana, empaquetando las ollas y sartenes que había acumulado durante aquel año. Dejé una tarjeta cerca de la máquina de chocolate para Anthony, con la esperanza de que él la encontrara durante sus rondas matutinas. Abracé a las cajeras para despedirme de ellas y les di rotuladores y libros para sus hijas, a quienes había llegado a conocer a través de sus fotos y sus historias. Lucas y yo nos sentamos en el apartamento desierto y tomamos una sopa de bote fría. Le pregunté si podía leer su declaración y dudó, preocupado de que pudiera hacerme daño. Le aseguré que no pasaría nada.

«Chanel odia hablar de la noche en que la violaron…». Había escrito sobre lo hostil, triste y agresiva que me ponía cada vez que se hablaba del caso. Me acordé del teléfono hecho añicos, de los gritos. Recordé que a mitad de una película que estábamos viendo aparecía una escena de una violación y que yo me había puesto a gritar: «¡Apágalo, apágalo! ¿Dónde coño está el puto mando?». Me había levantado y me había marchado dando un portazo. Mencionaba que era incapaz de dormir sola por la inseguridad física que sentía y que tenía que dejar todas las luces encendidas. Se había dado cuenta de que a veces salía del apartamento para vagar sin rumbo por la ciudad porque necesitaba estar sola. De que el proceso se había vuelto más invasivo, público y largo de lo que esperábamos. «Chanel me ha permitido, en confianza y solo por la cercanía de nuestra relación, ver puntualmente algunos destellos del dolor que le ha causado la violación pública de su cuerpo […] Pido que no se confunda esa fortaleza con el impacto profundo, negativo y permanente que conlleva que un hombre agreda sexualmente en público a una mujer estando ella inconsciente, y tener que soportar durante un año el juicio

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mediático subsiguiente». Me dolía ver cómo este desagradable incidente había asomado el hocico en nuestra relación mientras nosotros luchábamos por incorporarlo en nuestras vidas.

«Chanel suele esconderse en el baño de nuestro apartamento y cerrar la puerta… a veces durante horas, sin razón aparente. La oigo llorar a través de la puerta del baño cuando estoy cerca». Noté que me ardían las mejillas y de repente me sentí cohibida. Me avergonzaba mi comportamiento, mi incapacidad de ocultar el dolor. «Chanel es una mujer valiente y su fortaleza emocional es digna de elogio».

«Lo siento —me dijo—. Pensaba que esto era lo que nos habían encargado hacer. Sabes que eres muy fuerte, ¿verdad?». Asentí con la cabeza mientras se me escapaban las lágrimas. Me moría un poco de la vergüenza, pero sobre todo estaba conmovida. Cuando le pidieron que escribiera una carta sobre los cambios que había visto en mí, no dijo: «Bueno, no lo sé, yo no estaba allí para verlos». Podía haberse alejado de mi dolor, haber guardado una distancia prudencial o directamente desaparecer del todo. Sin embargo, se había quedado escuchando al otro lado de la puerta del baño, intentando descubrir cómo cuidar de mi nuevo yo.

Cuando Tiffany le mandó su declaración a mi madre, esta le escribió unas palabras como contestación: «Lo siento, Tiffy querida, mamá no puede leerlo, llora demasiado». Me preparé para leerla. Era tan dolorosa como había imaginado, pero sus palabras también revelaban un tono nuevo.

«Ese momento en que la agrediste fue solo el principio: la arrastraste en tu caída porque fracasaste. Viste a una chica borracha, sola, incapaz de valerse por sí misma… ¿Por qué no intentaste encontrar a sus amigas? Yo estaba buscándola. Casi destruyes su espíritu, pero no lo conseguiste. No puedes deshacer el daño que le has causado ni disipar la oscuridad en la que nos has sumido, pero ahora al fin tienes la oportunidad de dejarnos en paz para que nos curemos de nuestras heridas. La única pena que siento por ti es que nunca llegaras a conocer a mi hermana antes de agredirla. Es la persona más maravillosa del mundo».

Nunca antes había percibido aquel tono desafiante en mi hermana. «Fracasaste. Déjanos en paz». Me sorprendía su fortaleza. Quizá mi hermana pequeña no era tan pequeña como yo creía. Quizá me había ido con ella cuando volvió a la universidad después de la vista porque era yo

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la que tenía miedo de estar sola. Porque quería que ella me cuidara, dormir en su cama mientras ella iba y venía de sus clases. Durante todo este tiempo intenté aferrarme a la ilusión de que podía ser competente de manera firme, y jamás dependiente. Pero ellos se habían dado cuenta de que no era así.

Julia también aportó una declaración, pero su carta hablaba sobre todo de los cambios que había visto en Tiffany. Era increíble; las consecuencias llegaban mucho más allá de lo que jamás hubiera podido imaginar. Pensé en mi dolor como si fuera una nube de lluvia; leer aquellas cartas era ver cómo el cielo se volvía de color negro azabache. Abrumaba aquella lista de estragos escrita a ordenador. Todo el mundo se había convertido en víctima de este crimen. Todos tenían su historia, puertas que ocultaban su sufrimiento. Necesitaba encontrar el modo de que el sol volviera a brillar.

El informe de la agente de la condicional había sido un bache en el camino, pero con mi declaración de doce páginas, las cartas de mis seres queridos y las más de doscientas firmas de estudiantes de Stanford, todavía nos quedaba esperanza. Me avisaron de que tendría un límite de tiempo y de que debería leer una versión abreviada de mi declaración. Me centraría en lo que quería decirle a Brock. Predije que al menos pasaría dos años en la cárcel. Que esa sería su despedida. La fiscal me dijo que tal vez debiéramos abandonar la sala después de mi lectura; si le ponían las esposas a Brock y se lo llevaban, los ánimos de su familia podían exaltarse bastante. Me acordé de las patadas y de los quejidos; no había olvidado la angustia y el caos que acompañaron a esas victorias. Por muy enfadada que yo estuviera, nunca me alegró ver sufrir a los demás.

En el avión de vuelta a casa saqué el ordenador para modificar algunas cosas con los codos metidos hacia dentro y tecleando con dos dedos. De repente, una mujer que estaba en la fila de la izquierda gritó: «Por favor, ayuda, no se encuentra bien». Vi que el hombre que tenía a su lado temblaba, que se le había doblado el cuello hacia atrás como si fuera masilla y que tenía la boca muy abierta. Llevaba una camiseta con una foto de su familia impresa. Su hijo pequeño no apartaba la vista de él. Su hija adolescente estaba sentada a mi lado. Dos hombres aparecieron de la nada diciendo que eran médicos. Mientras la madre se desesperaba —«¡Que alguien haga algo!»—, vi que la hermana le hacía un discreto gesto al hermano para que se sentara sobre su regazo. La vi envolverlo con sus brazos y explicarles sin perder la calma a los doctores el historial médico

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de ataques de su padre. La vi intimidar con la mirada a la gente que asomaba el cuello por el pasillo. «Ojalá respetaran un poco nuestra privacidad», dijo ella. Entendí perfectamente la sensación de querer tapar con una sábana tu sufrimiento mientras el público lo trataba como si fuera un espectáculo. Su madre estaba desesperada y su hermano se había quedado boquiabierto, pero ella ni siquiera había pestañeado. «Asimilar».

Tiffany vino en coche a casa desde la universidad la noche antes de la sentencia. Pasaría solo una noche y tendría que regresar para hacer sus exámenes finales. Tumbada en mi cama, leyó por encima las cartas de apoyo que le habían escrito a Brock desde Ohio. Vi que le molestaban. Yo estaba en mi escritorio, dándole los últimos retoques a mi declaración. Le dije que dejara de leer, que no se preocupara porque yo tenía algo mejor.

Esa noche dormí bien, mi ansiedad se aplacó. Me recordé que solo acudía para cerrar el acuerdo. Por la mañana me puse el jersey de color avena. Sería la tercera y última vez que lo llevaría en el juzgado. Me eché un bollo en el bolso. Tiffany se marchó pronto para encontrarse con unos amigos en el juzgado. Salí de casa con mi declaración impresa en la mano, me olvidé las llaves dentro, me quedé plantada fuera y no pude arrancar el coche. Tiffany tuvo que volver a buscarme. Me senté en el asiento del copiloto y reescribí algunas frases, hablando sola, distraída, mientras ella conducía. Cuando nos sentamos en el trastero de la víctima le leí las nuevas frases a Lucas: «Te parece que esto tiene sentido, qué tal si pongo esta frase».

Sabía que acudirían algunos amigos, pero no era consciente de lo que se sentiría al ver materializarse tantas caras conocidas en mi lado de la sala. Mel, Cayla, Athena, Nicole, Michele y su hija, la abuela Ann, Anne, Julia, Myers, las amigas de Tiffany, mi madre y mi padre. Todos habían abandonado sus vidas sin pensárselo dos veces para estar allí. Ese mundo deprimente que hasta entonces solo había conocido como propio, un reino tristísimo, ahora parecía una sala normal y corriente. Me dije a mí misma: «¿Entiendes ahora que tus seres queridos quieren dar la cara por ti, que solo tenías que dejarles?».

Sonreí al detective Mike Kim. Me sentía invencible, casi entusiasmada. Pero había un par de cosas que me desconcertaban. Pensaba que estaría detrás del banquillo de los testigos, igual que cuando testifiqué, y que podría presentar mi declaración de cara al público. Sin embargo, tendría que estar de pie, dándole la espalda a toda la sala, frente al juez.

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Ahora entendía por qué mi fiscal había insistido en que me dirigiera a él en mi declaración. Brock y su abogado estarían sentados en una mesa, de espaldas a mí.

También me chocó que el jurado no estuviera allí. Su banco estaba vacío. Me dio pena que no pudieran verme reclamar mi identidad y reescribir la única versión de mí que habían conocido. A mi derecha se sentaba el jefe de mi fiscal, el señor Rosen, que tenía dos folios de papel en el regazo. Un discurso por si las cosas salían bien, otro por si acababan mal. Iba dándole la vuelta a uno y luego al otro.

Mientras estábamos allí sentados, esperando, me di cuenta de que mi caso era uno más en la cola, de que las filas de asientos estaban llenos de gente desconocida. Toda mi familia asistió a la condena de un hombre por conducir ebrio. Después se puso en pie una joven china que llevaba una blusa roja y sostenía un pequeño fajo de papeles en la mano. Le temblaba la voz, el inglés no era su primera lengua. Habló de su exprometido y explicó las agresiones físicas a las que la sometió. Le preguntó al juez si podía enseñar fotos suyas después de recibir una de sus palizas. El juez sonrió incómodo y dijo: «Por qué no me las enseñas a mí». Sostuvo en alto una serie de fotos de gran tamaño. Parecía que tuviera kétchup incrustado en la parte inferior de la cara. Alguien contuvo la respiración. Poco a poco la gente fue cayendo en la cuenta de que el hombre que estaba de pie con las manos esposadas a la espalda, situado a su derecha, a apenas unos pasos de ella, era quien le había hecho aquello. La joven dijo que llevaba la misma camisa que había quedado ensangrentada. Mientras ella se explicaba, el juez levantó la mano para preguntar cuánto tiempo le quedaba a la mujer. Me quedé pasmada. No sabía que el magistrado podía interrumpirte. Ella respondió que casi había acabado, empezó de nuevo, su inglés le impedía coger velocidad. Yo miraba al juez, luego la miraba a ella y vuelta a empezar. Mi nerviosismo crecía, no sabía si le daría tiempo a acabar. Veía la página que sostenía en la mano; estaba ya en el último párrafo, casi había terminado. El juez la volvió a interrumpir para recordarle que tenía que zanjar el tema. Ya había empezado a organizar sus papeles. Ella le aseguró que apenas le quedaban unas frases. Estaba allí de pie, a unos pasos de su agresor, luchando por su vida en una lengua extraña y en un país extranjero, pero indirectamente se le decía que sus problemas ocupaban demasiado tiempo. El hombre, acusado de un delito

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de agresión con lesiones graves, pedía una pena leve. La joven dijo:

«Cuando él me dé una paliza, ¿podré pedir yo también una oferta mejor?».

Por un momento olvidé dónde estaba. Al hombre lo condenarían a setenta y dos días de cárcel que cumpliría los fines de semana para así no quedarse sin empleo durante los días laborables. No tenía ni idea de que se podía ir a la cárcel solo el fin de semana. Encarcelado el sábado y el domingo y de vuelta en la oficina el lunes. Me sentí hueca por dentro al ver aquellas imágenes de la cara de la joven apelmazada por la sangre mientras el juez la apremiaba para que acabara: rápido, rápido.

Alguien me dio un codazo. «¿Estás lista?». Observé mi fajo de folios, aterrorizada. No, no lo estoy. No había resumido mi declaración lo suficiente, tenía que tachar más párrafos, dónde está mi bolígrafo. Me llamaron al estrado. Me puse en pie mecánicamente y, encajándome en el estrecho espacio, me abrí paso por la fila golpeándome con las rodillas de la gente mientras me decía a mí misma que debía concentrarme. Junto a mí estaba Alaleh. Intenté alisar los folios plegados en el estrado. «Fíjate en las palabras y lee, nada más». Al empezar, noté que me temblaba la voz, como si estuviera dando tumbos por un puente colgante. «Vamos, apáñatelas, no has llegado tan lejos para echarlo todo a perder antes de acabar la primera página. No llores, ya has llorado bastante».

Sentí entonces la palma de la mano de la fiscal en mitad de la espalda, sosteniéndome. El delicado peso de su palma me centraba, me decía: «Estoy justo aquí». Al poco oí que alguien se sorbía la nariz, había gente llorando. «Funciona, me están escuchando», pensé. Mi exposición se volvió más fluida, sentí que me regresaban las fuerzas. Me di cuenta de que estaba hablando muy alto; el micrófono amplificaba mis gritos. No bajé la voz. Miré directamente al juez, buscando una y otra vez sus ojos, recordándole que no había acabado. Esta vez me grabé su rostro en la memoria. Señalé hacia el cogote blanco como el algodón del abogado defensor. Ni una sola vez se volvió hacia mí. Taladré con la mirada el costado de la cara inmóvil de Brock, su perfil estoico. Estaba anclada en el estrado, señalándolo. Quería controlarlos a todos, que no oyeran otra cosa que no fuera mi voz.

Después de decir mis últimas palabras se hizo el silencio. Cuando me senté me recibieron los brazos de todos los que me acompañaban; era como si yo descendiera del cielo y ellos me atraparan. La gente estaba consternada, lloraba. Se inclinaban hacia mí para susurrarme algo, darme

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un apretón en el brazo, frotarme la espalda. Yo temblaba, el contacto con ellos me hacía volver en mí. Sentada entre Lucas y Tiffany, sentí que la tensión desaparecía. Lo había hecho. Me había vaciado, lo había dejado todo allí. Todo había acabado.

Me sorprendió ver que el padre de Brock se levantaba. Agradecí el gesto, pensando que iba a disculparse en nombre de su hijo. Sin embargo, no me miró al ponerse en pie. Se fue directo al estrado, se ajustó el cinturón y cruzó su mirada con la del juez. «Brock haría lo que fuera por retroceder en el tiempo y poder volver a aquella noche para cambiarlo todo».

Al poco nos hacía partícipes de un relato en el que Brock iba a la escuela primaria, se examinaba de ortografía, iba a baloncesto y a los scouts. Parpadeé, atónita, mientras me preguntaba qué estaba pasando. Si una víctima habla pero nadie la tiene en cuenta, ¿emite algún sonido? Explicó que a Brock ya lo habían admitido por su expediente académico antes de tener siquiera en cuenta sus méritos atléticos y que había recibido muchas muestras de interés de entrenadores de la primera división universitaria. En un momento dado, al padre se le hizo un nudo en la garganta y no pudo seguir hablando. El juez esperó, paciente. Brock tenía la nota más alta de todos los estudiantes de primero del equipo de natación. Se le había concedido una beca de natación del 60 %. Stanford tenía una tasa de aceptación del 4 %.

Explicó lo siguiente: «[A Brock] le había costado encajar socialmente. En retrospectiva, no cabe duda de que estaba intentando encajar en Stanford a la desesperada, y de que había acabado cayendo en una dinámica de consumo excesivo de alcohol y fiestas. Esa costumbre la cultivaban muchos estudiantes de cursos superiores y obviamente desempeñó un papel clave en los sucesos del 17 y del 18 de enero de 2015. Si echamos la vista atrás para valorar la breve experiencia de Brock en Stanford, sinceramente no creo que fuera lo mejor para él». Jamás hubiera pensado que la nostalgia del hogar pudiera utilizarse como argumento en tu defensa. Dijo que la vida de Brock se había visto «profundamente alterada, que nunca volvería a ser el chico alegre y despreocupado de trato fácil y sonrisa amable que era».

Estábamos asistiendo al funeral de Brock. «Siempre me hacía feliz invitarlo a tomar un buen chuletón a la brasa o comprarle su tentempié

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favorito […] Ahora solo come para subsistir». Noté que mi familia empezaba a agitarse.

«Los veredictos lo han destrozado y han hecho pedazos también a nuestra familia». Hablaba de los veredictos como si fueran una enfermedad que hubiera caído sobre ellos. ¿Cuál era el veredicto? Culpable. ¿Culpable de qué? De agresión sexual. ¿Y quién había cometido la agresión? Brock. Tu hijo ha destrozado y ha hecho pedazos a tu familia. Pero eso no lo diría jamás.

«Es un precio muy alto que pagar por un episodio de veinte minutos en sus más de veinte años de vida». Yo no me moví. Solo quería que acabara.

«No tiene antecedentes penales y jamás se ha comportado de manera agresiva con nadie, ni siquiera durante la noche del 17 de enero». Sentí que aquella frase era un ataque directo, un mensaje solo para mí. Me quedé mirando fijamente la pared desnuda. Notaba que la tensión iba en aumento en cada fila, como si estuviera a punto de estallar una guerra. De repente la actitud de Brock cobró mucho más sentido. Había vivido resguardado bajo un techo en el que jamás se aceptó el veredicto y donde nunca se le responsabilizaría de nada.

Después le llegó el turno a Brock. Era la primera vez que oía su voz. Durante más de un año fue solo un rostro mudo en el juzgado. Ahora estaba de pie, encorvado, y sostenía en la mano un único folio de papel doblado por la mitad. La luz que traspasaba la cuartilla solo revelaba algunas frases escritas. Me fascinó su ingravidez: si soplaba desde donde estaba sentada, el papel saldría volando por los aires. Bajé la vista y observé mi grueso fajo de papeles grapados, llenos de correcciones. Hablaba muy despacio, como si cada palabra fuera un cubo muy pesado que se saca de un pozo, y su tono de voz era desconcertantemente anodino. «Siento el daño que he podido causar en cualquier momento y periodo de tiempo […] Mi mente, mi corazón y mi cuerpo están atormentados por todo el dolor y sufrimiento que les he causado a Chanel, a Tiffany…».

Quería arrancarle nuestros nombres de la boca. Su declaración apenas llegaba a las diez frases, todas ellas disculpas genéricas y propósitos para advertir a los estudiantes de «los peligros del alcohol», y había tardado menos de un minuto en leerla. Nos había hecho dar un pequeñísimo rodeo y regresar al punto de partida. Yo no daba crédito. Allí estábamos, casi al final, después de un veredicto, y sin embargo parecía que no había cambiado nada.

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El juez ordenó que se hiciera una breve pausa. La indignación crecía por momentos, se avecinaba una tormenta. «Pero qué cojones acaba de decir». Estaba inquieta, pero me dije que no importaba, que era un último intento desesperado antes de que nos libráramos de él. El juez me oyó.

El magistrado reanudó la sesión citando algunas de mis frases. Dijo que las había leído en voz alta porque eran relevantes para tomar una decisión relativa a la sentencia. Eso me hizo albergar esperanzas. Pero el juez hablaba bajito, como si estuviéramos en una biblioteca y no quisiera molestar a nadie. Tenía los ojos fijos en sus papeles, y los hojeaba una y otra vez. Repasó algo del código penal y en un momento dado pronunció las palabras «seis meses». Me quedé sentada en mi sitio, esperando paciente a que anunciara la sentencia definitiva. Sin embargo, al poco empezó a explicar su razonamiento. Dijo: «En un caso de este tipo la libertad condicional está prohibida», y yo pensé que todo iba bien. Entonces añadió: «excepto en algunos casos extraordinarios…». No sabía que mi caso fuera extraordinario.

«Es importante no pasar por alto que el acusado estaba ebrio —pese a que se emborrachó voluntariamente— y que no nos encontramos ante un acusado que comete una agresión con intención de consumar una violación completamente sobrio. Por fuerza, pues, el acusado que está en estado de ebriedad tiene asociada una culpabilidad moral menor». La declaración de la agente de la condicional me había transmitido exactamente aquella misma sensación. El alcohol liberaba a Brock de cualquier culpabilidad moral.

El juez expuso sus razones una por una: el procesado era joven, no había cometido ningún delito anterior, no estaba en posesión de ningún arma y «las pérdidas económicas de la víctima no eran relevantes». Dijo que el delito no demostraba que hubiera sofisticación criminal, que Brock no se aprovechó de ninguna posición de confianza para cometer el delito y que pasar a formar parte del registro de delincuentes sexuales ya era una consecuencia significativa de por sí. «Obviamente, la pena de prisión tendría un impacto muy severo en él». No entendía nada, quería acercarme a la fiscal y preguntarle: «¿Qué está pasando?».

El juez habló de las «consecuencias colaterales adversas que tendría en la vida del acusado que se le condenara por un delito grave». Las calificó de «muy serias». Dijo que las cartas que definían su carácter mostraban que las consecuencias que acarrearía su condena serían demoledoras. Si lo

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castigábamos, también estaríamos haciendo daño a su comunidad. «En cuanto a la atención mediática que se le ha dado al caso, esta no solo ha tenido un gran impacto en la víctima, sino también en el señor Turner. Cuando, en determinados casos, no hay publicidad, las consecuencias colaterales que esta tiene en la vida del acusado pueden minimizarse». Ah, resulta que la atención de la prensa le hacía sufrir, no había sido capaz de mantener en secreto lo que había hecho. Les di vueltas y más vueltas a las frases, analizándolas, pero era incapaz de entender nada. Y entonces de repente lo vi todo claro.

«En séptimo lugar está el hecho de saber si el acusado siente remordimientos. Y ese quizá sea uno de los aspectos más difíciles y conflictivos del caso. Porque el señor Turner se ha presentado aquí hoy y nos ha dicho que siente de veras todo el dolor que le ha causado a Chanel y a su familia. Y yo creo que se trata de un arrepentimiento auténtico. Chanel ha afirmado que él no se ha responsabilizado en absoluto de su conducta, y creo que en un momento dado escribió o dijo que “parece que él no lo entiende”. De modo que, por una parte tenemos al señor Turner, que expresa un arrepentimiento que, en mi opinión, es totalmente auténtico, y por la otra, a Chanel, que no ve que se trata de una expresión auténtica de remordimiento porque él no dice en ningún momento: “Fui yo quien lo hizo. Sabía que estabas borracha, inconsciente, y lo hice de todos modos”. Y ese… es un puente que no creo que crucemos jamás».

«A Chanel, que no ve que…». Soy yo, el problema soy yo. Mi incapacidad para ver algo que el juez sí ha visto. Había sido una ilusa al pensar que precisamente lo que habíamos ido a hacer allí era cruzar aquel puente. Veía al juez derribándolo, lo veía desmoronarse en el vacío mientras yo me quedaba en mi lado y Brock en el suyo, bien protegido. Toda la gente de su entorno había conseguido que él siguiera viviendo dentro de aquella ilusión. Yo había intentado sacarlo de ella. Y el juez lo creía a él. Finalmente sentí que la tierra se inclinaba y que todo se deslizaba hacia su lado.

«Lo que quiero decir es que confío en su palabra cuando da su versión de lo sucedido. El jurado, obviamente, llegó a la conclusión de que esa no fue la secuencia de acontecimientos […] y una vez el jurado emite un veredicto, todo el mundo queda sujeto a él. Todos deben aceptar el veredicto, incluso el señor Turner. Pero no estoy convencido de que su ausencia de conformidad con el veredicto deba tornarse en su contra en el

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momento de establecer su arrepentimiento, porque yo creo que sí es auténtico». ¿Puede aceptarse una disculpa sin que se produzca ningún cambio? Si Brock dice que lo siente pero mantiene que no es culpable, ¿no parece eso más una manipulación que un intento de reconciliación? Veía cómo dejaba otra vez libre al pez en el agua, que se alejaba y se sumergía en las profundidades. Desde el primer momento había pensado que el juez era la cabeza y el jurado, el cuerpo. Que eran uno. Pero el jurado vino y se fue, y ahora solo hablaba la cabeza.

«Creo que no será un peligro para otras personas […] Las cartas que definen su carácter sugieren que hasta ese momento había acatado las normas legales y sociales con mucho más rigor que la gente que suele cumplir con la ley». Si algo habíamos aprendido de todo aquello era que Brock estaba muy por encima de cualquier persona normal. No olvidemos la tasa de aceptación del 4 %. No era el momento de condenarle, sino de alabarle.

«Y, por último, las pruebas de carácter —aportadas tanto durante el juicio como en la presente vista de la sentencia— que relatan el pasado del señor Turner hasta el momento del incidente son otro factor que tiene un peso razonable la resolución de la sentencia».

«El incidente». «La desafortunada consecuencia». «El episodio de veinte minutos». En natación, una centésima de segundo marca la diferencia entre la victoria y la derrota. Y, sin embargo, pretendían declarar que veinte minutos eran insignificantes. Aquellos veinte minutos solo habían sido el principio: ¿Quién cuenta los vuelos de seis horas que tomamos para ir de una punta a la otra del país? ¿Quién cuenta las visitas al médico, las horas transcurridas en la psicóloga retorciéndome las manos, las noches sin pegar ojo? ¿Quién cuenta las visitas a Kohl’s en las que me preguntaba si aquella blusa sería demasiado entallada? ¿Quién cuenta los días transcurridos sin escribir, leer ni crear, en los que no encontraba ninguna razón para levantarme de la cama? ¿Quién cuenta todo eso?

El juez dio paso a la tanda de objeciones. La fiscal se levantó y rápidamente planteó todos los errores que veía. Me sorprendió que fuera capaz de hilvanar tantos temas sobre la marcha. Hizo hincapié en que una condena de seis meses en la cárcel del condado implicaba que solo tendría que cumplir tres meses: por cada día de buen comportamiento le restarían uno de la condena. Junio, julio, agosto. Brock estaría de vuelta en casa a

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finales de verano, mucho antes del Día de Acción de Gracias. Añadió: «La condena debería garantizar que pasa por lo menos un año en la cárcel del condado. Como mínimo». ¿Cómo era posible que de repente nos viéramos en la situación de tener que suplicar por un año de condena? ¿En qué momento se habían vuelto las tornas?

Observé a la gente que estaba de mi parte, vi que la fiscal tenía problemas para recobrar el impulso. Todo el mundo estaba abatido. Me giré para mirar a la otra parte: vi barbillas levantadas, manos entrelazadas, serenidad. Nadie se dejaba llevar por el dolor ni estallaba en lamentos; todos guardaban la compostura y se respiraba un ambiente tranquilo. ¿Acaso sabían desde el principio lo que iba a pasar? El abogado defensor de Brock echó la silla hacia atrás al levantarse, alabó el rigor del juez, repitió que unas circunstancias excepcionales requerían que la sentencia quedara suspendida y que pasar seis meses en la cárcel del condado era una buena sentencia.

Puse mi última esperanza en el departamento de libertad condicional. Una mujer a la que no había visto hasta entonces se puso en pie. Dijo: «Después de escuchar lo que tenía que decir aquí la víctima hoy y después de revisar los escritos remitidos por ambas partes… concluimos que la recomendación formulada por el departamento de libertad condicional fue justa y completa». Sentí que se me ahuecaba el pecho, pero aun así no me moví ni un milímetro. Tanto esfuerzo para llegar a aquello. «Tiene orden de cumplir seis meses de pena en la cárcel del condado. Tiene un día de crédito». Un día más que descontar de la condena porque cuando lo detuvieron pasó la noche en la cárcel. Y ni siquiera había sido un día entero, me dije. Más sal en la herida.

«Si desea recurrir la sentencia, deberá presentarle por escrito a la secretaria judicial un recurso de apelación en los próximos sesenta días». El abogado defensor intervino: «Creo que hay un letrado presente en la sala que representará al señor Brock durante la apelación, ¿puede dirigirse brevemente al tribunal?». Me giré hacia la derecha y vi que se levantaba un hombre de barba blanca y torso amplio que llevaba traje y maletín. Parecía una versión un tanto mejorada del anterior abogado de Brock. ¿Sería él a quien debería enfrentarme después? Me giré para mirar al frente. Pensaba que había matado al dragón, pero ahí teníamos a otro todavía más grande. Estaba demasiado cansada para enfrentarme a él, quería que acabara todo, acurrucarme en sus fauces. El letrado anunció

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que ya había preparado el recurso de apelación y preguntó dónde debía presentarlo. Puede que Brock hubiera mostrado «un arrepentimiento auténtico», pero había contratado a un abogado todavía más potente para que me retratara como una mentirosa y una borracha consentidora.

El juez le dio las gracias y levantó la sesión.

Me imaginé que aquello era una obra de teatro y que en cualquier momento se llevarían el escenario: «Buen trabajo, gente. Eso es todo, muchas gracias por venir». Mi hermana preguntó: «Pero ¿ya está?». Yo ardía por dentro, era incapaz de articular palabra. Me sentía humillada, deseaba que no hubiera venido nadie. Por eso no hay que dejar que la gente entre; por eso es mejor hacerlo todo sola. Sentí una rabia visceral hacia mí misma por haber llevado a cabo aquella exhibición de dramatismo, por haber presentado aquel monólogo sentimentaloide de pirada. No había sabido captar el ambiente de la sala. Era demasiado. Demasiado y a la vez insuficiente.

En la escuela primaria nos hacían escribir en nuestros cuadernos amarillos a diario. Un día estábamos leyendo en silencio mientras la profesora nos corregía los cuadernos. Oí mi nombre y al darme la vuelta vi que levantaba en alto mi cuaderno, con sus páginas aleteando, y me decía: «Pero, Chanel, ¡si el 42 de enero no existe!». Yo había pasado del 31 de enero al 32 de enero, al 33 de enero… y así hasta llegar al 42 de enero. Toda la clase se desternilló y yo me morí de la vergüenza. En el mundo había unas reglas básicas que yo había pasado por alto. ¿Qué otras cosas no sabría? Ahora el juez era quien sostenía mi declaración en el aire y todos se reían mientras a mí me ardía la cara de la vergüenza. Enero tiene treinta y un días, y a los violadores se los condena a tres meses; todo el mundo lo sabía, excepto yo.

«Ahora vuelvo». Me disculpé y salí rápidamente de la sala. «Mi bolso. Tengo que sacarlo del trastero de la víctima». Recorrí el pasillo e intenté girar el pomo pero la puerta estaba cerrada. Según me volvía para ver si alguien podía darme la llave, vi que todos tenían la mirada clavada en mí. Todos mis seres queridos me observaban preocupados, necesitados de alguna esperanza —«¿y ahora, qué?»— y todavía era peor la sensación de no tener nada que ofrecerles. De sentirlo muchísimo, porque no podía darles nada más y porque creía que podría salvarnos, pero había fallado. Mis palabras no valían nada.

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No lejos de mí, Julia iba de un lado a otro. Lanzaba los brazos al aire mientras lloraba y con voz constreñida repetía: «Le odio, le odio». Ella personificaba nuestro estado de ánimo y lo expresaba en un momento en que nosotros, abatidos y preocupados, todavía éramos incapaces de sentirlo.

Apareció la fiscal con la llave. Hasta entonces solo había visto en ella una actitud inquebrantable y resolutiva, pero ahora estaba pálida y no articulaba palabra.

Nos reunimos en una sala de reuniones que había en la parte de atrás. Notaba la rabia en la voz de mi padre, que le decía al señor Rosen: «Su padre ni siquiera la ha mirado, cómo es posible que ni la haya mirado». Yo volvía a ser invisible, alguien patético e inútil que necesitaba que sus padres lucharan por ella. El señor Rosen dijo que lo había hecho muy bien, pero yo ya sabía qué discurso tenía en la mano. Su colega dijo que era la declaración más excepcional que había escuchado en veinte años. Afirmó que yo había dicho lo que sentían muchísimas víctimas pero no eran capaces de expresar. Asentí con la cabeza, convencida de que era lo mismo que le decía a todas las víctimas, de que era un discursito más. El detective me recordó que jamás habrían llegado tan lejos de no ser por mí y mi letrada me aseguró que era cierto. Todos aquellos cumplidos me dejaban indiferente. Me limitaba a mirarlos, demasiado familiarizada con la posición amable de los hombros, los brazos que se acercan para consolarte, las modulaciones suaves de la voz. No quería nada de todo aquello; ni empatía ni consuelo.

No había sido capaz de ver que aquel era un caso más de muchos, encajado en un calendario. El hombre que le dio una paliza a la mujer fue sentenciado a setenta y dos días de cárcel, y ahora me daba cuenta de que en realidad serían treinta y seis, reducidos a la mitad por la misma regla. Para mí había sido algo muy importante, pero seguramente el juez viera casos así sin parar. El mío era uno más. De repente me pregunté qué había estado haciendo todo aquel año, cuál era exactamente el motivo de mi pena. No recordaba por qué había dejado el trabajo, por qué había estado viviendo en la Costa Este. Doblé mi declaración en cuadraditos cada vez más pequeños y la escondí en el bolso.

El señor Rosen y Alaleh me preguntaron si podían publicarla. Les respondí que, por supuesto, si creían que podía servir de algo. Pensé que saldría en algún foro o en la página web de algún periódico local. Michele

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dijo que seguiríamos luchando, lo que supuestamente debía consolarme. Asentí, pero ya había tenido suficiente. Alaleh y el señor Rosen salieron a la escalinata principal a atender a las voraces cámaras. Dijo él: «El castigo no es acorde con el delito. La sentencia no tiene en cuenta la seriedad de esta agresión sexual ni el trauma permanente que sufre la víctima. Una violación dentro del campus no es distinta a una violación fuera del campus. Una violación siempre es una violación».

Mi familia y yo bajamos por las escaleras de atrás. Por una vez, no tenía prisa. Ya no sentía la necesidad urgente de protegerme, mi armadura se había desvanecido. Hacía un día soleado y tranquilo. Los coches circulaban de camino a California Avenue para almorzar. Para casi todo el mundo era una tarde normal y corriente. Intentaba consolarme diciéndome que pronto volvería a ser una persona normal. Sin embargo, aquella no era la sensación de libertad que esperaba. Su familia y el abogado defensor estaban de pie en el aparcamiento, formando un círculo, a apenas treinta metros de mí. Me imaginaba a mí misma acercándome, ya sin ninguna barrera, y enfrentándome a ellos. ¿Cómo era posible que siguieran sin verme? Mi familia me repetía: «Vámonos a casa, qué hacemos aquí todavía». Yo continuaba clavada en el bordillo, convencida en mi silencio de que si esperábamos un poquito más nos llamarían para decirnos que se habían equivocado. La gente se iba marchando pero yo seguía allí.

Mis amigas me llevaron a tomar yogur helado. Nos sentamos en torno a la mesa y buscamos en Google la diferencia que había entre la cárcel del condado y la prisión federal para intentar comprender lo que había pasado. La cárcel del condado era para faltas y delitos menores; te pueden caer seis meses por cavar un hoyo en la playa para hacer una hoguera, por volar un dron, por manipular un extintor, por entrar sin autorización en una obra. Comentamos que quizá debería cavar un hoyo en la arena y que me enviaran a la cárcel para que yo pudiera ocuparme de él en persona. Hablamos de la alusión que había hecho el padre a un entrecot, de la destreza ortográfica de Brock. Dije que una vez me habían eliminado de un concurso de ortografía porque había deletreado mal «paralelepípedo». Nos dimos cuenta de que la mitad de nosotras seguía sin saber deletrearlo bien. Una por una compartimos historias de agresiones, acosos, virginidades robadas y no perdidas, toqueteos no deseados en una tienda de campaña, en un baile. Hablamos de los momentos en que desearíamos haber pensado más en nosotras. Todas teníamos alguna historia que

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compartir. Muchas, en realidad. Yo era la que más lejos había llegado por lo que respectaba a que se hiciera justicia. Supongo que la justicia se parecía a eso: a sentarse, totalmente exhausta, con un vasito de yogur derretido en la mano.

Al caer la tarde, Lucas se fue en coche al lago Tahoe para reunirse con su familia. Tiffany se marchó a toda prisa a la universidad para preparar sus exámenes finales. Mis amigos volvieron a sus oficinas. En casa, mis padres se acomodaron en sus rincones habituales de la casa. Por la noche yo volvía a estar completamente sola. Ya ni recordaba cuánto tiempo llevaba esperando que llegara ese momento. Por lo menos ya había hecho todo lo que debía. Vi que Michele me había escrito un correo electrónico. Se había puesto en contacto con Amy Ziering, la productora del documental The Hunting Ground. La hija de Amy había sugerido que Katie J. M. Baker, una periodista de confianza, publicara en BuzzFeed mi declaración. Me pareció bien. Me puse a buscar en Craigslist trabajillos temporales y empleos para todo el verano. Me apetecía dar clase de manualidades en algún campamento de verano. Quería sentarme al aire libre en una mesa de pícnic y pegar plumas en palitos, tener metas poco ambiciosas, comer bocadillos de mantequilla de cacahuete en bolsas de papel marrón. Me daba igual que me pagaran ocho dólares la hora y vivir en el mismo cuarto que durante el instituto. Cualquier cosa que hiciera en el futuro la elegiría yo. Me apunté los nombres de algunos campamentos. Sería genial. Se me saltaron las lágrimas. Cerré todas las pestañas.

Te dicen que si sufres una agresión, hay un reino, un juzgado, que está en lo alto de una montaña donde se imparte justicia. A la mayoría de las víctimas se les dice que den media vuelta en la falda de la montaña porque no tienen suficientes pruebas para emprender el viaje. Hay víctimas que lo sacrifican todo para llegar hasta la cima, pero son ajusticiadas por el camino porque el peso de las pruebas resulta increíblemente alto. Emprendo el viaje acompañada de un equipo fuerte que me ayuda a llevar el peso hasta que lo consigo, llego a la cima, el lugar al que pocas víctimas han llegado antes, la tierra prometida. Hemos conseguido una detención, un veredicto de culpabilidad, somos el pequeño porcentaje que logra que se llegue a una condena. Es el momento de descubrir qué aspecto tiene la justicia. Abrimos las puertas de par en par y descubrimos que no hay nada. Me faltaba la respiración. Todavía era peor mirar hacia la falda de la montaña, donde imaginaba a las ansiosas víctimas mirando hacia arriba,

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agitando las manos y vitoreándonos expectantes. «¿Qué se ve? ¿Qué se siente? ¿Qué pasa cuando llegas allí arriba?». ¿Qué podía decirles? ¿Que no había ningún sistema que las amparase? El sufrimiento que se experimentaba durante aquel proceso no podía valer la pena. Estos crímenes no eran crímenes sino incordios. Podías luchar y luchar pero ¿para qué? Cuando te agredan, sal corriendo y no mires atrás. La sentencia no era mala. Era la mejor que podíamos desear.

Muy al principio de la resolución de la sentencia, el juez había dicho que la pregunta que cabía plantearse era: «¿Es el encarcelamiento en una prisión federal la respuesta correcta al daño que ha sufrido la vida de Chanel?». Pensé que aquella manera de formularlo resultaba extraña. Para él, mi trabajo perdido, mi hogar hecho trizas, mi pequeña cuenta de ahorros y mis placeres robados equivalían a noventa días en la cárcel del condado.

Me pregunté si creerían que la víctima se quedaba en un estado de estancamiento perpetuo, viviendo para siempre en el marco temporal de aquellos veinte minutos. Ella se quedaba congelada en el tiempo, mientras que Brock cada vez se volvía más pluridimensional y se iban conociendo más aspectos, anécdotas y recuerdos de su vida. Él podía ser una persona. ¿Dónde estaba la historia que redimiría a la víctima? Nadie hablaba de lo que ella podría hacer en el futuro. Yo había expuesto mi sufrimiento descarnado, pero me había faltado un elemento clave. El juez le había dado a Brock algo que jamás me brindaría a mí: empatía. Mi dolor jamás tuvo el mismo peso que su potencial.

No habría transformación ninguna. Tanto si estaba entre rejas como si no, el juez lo había liberado, le había permitido regresar a los recovecos de su mente, donde él jamás hacía nada mal. Así ¿qué sentido tenía todo aquello? ¿Cuál era el objetivo, el desenlace? Ni una sola vez lo obligaron a imaginarse cómo era la vida de la humana que estaba en el extremo receptor de sus acciones. En todo caso, mi lucha había consolidado aún más a Brock en su distorsión y le había dado alas a su necesidad de mantenerse firme en su posición.

Me pregunté si quizá estuviera despertando a una verdad que había sido la última en comprender: tú vales tres meses. En realidad mi yo más lúcido sabía que aquello no era cierto, pero me resultaba imposible fingir otra cosa. En ese momento no podía hacer nada más que rendirme. Acepté que aquella sería una de las noches más dolorosas de mi vida.

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Me permití derrumbarme. Lloré. Me aferré a la almohada con ambos brazos, enterré la barbilla y mantuve la mirada fija. Espera, me dije. Sentí el tacto de la almohada contra los dientes, ahogué mi llanto para no despertar a mis padres. Mi vida echada a perder valía tres meses.

Sin embargo, también sabía que aquella sensación no duraría para siempre. Tan pronto como saliera el sol, lo peor habría quedado atrás. Cuando amaneciera yo ya estaría dentro de una nueva vida. Una vida en la que jamás volvería a pisar aquel juzgado. «Dónde estará el sol ahora», me decía. Miraba constantemente hacia afuera, esperando que mudaran los colores, pero el mundo estaba infinitamente oscuro. La negrura permaneció inamovible durante horas y quise salir corriendo hacia el este, donde el sol pasaría sobre mí antes. Sola en mi cuarto, con los ojos cerrados, imaginaba que aquella fuerza brillante y poderosa avanzaba poco a poco hacia mí y que la tierra giraba, pesada y lenta. Si sobrevives a esta noche, sobrevivirás a todos los días que están por venir, prometido.

Abrí mi libreta. Contemplé la página en blanco y luego escribí: «Vales más que tres meses». Una vez más. «Vales más que tres meses». Lo anotaba con la cara desencajada y la mano intentando ser más rápida que mi cabeza. Escucha lo que tu cuerpo intenta decirte. «Vales más que tres meses». Una vocecita me preguntó: ¿Qué es lo que te gusta hacer? A lo que yo le respondí: Me gusta dibujar. ¿Y qué es lo que vas a hacer? Dibujaré. Hablaré. «Vales más que tres meses». No soy una carga. Nada me limita, estoy en constante expansión. Tu sufrimiento significa algo. «Vales más que tres meses». No podían rechazarme porque no habían llegado a conocerme de verdad. «Vales más que tres meses». En ningún momento la agresión explicaba todo lo que era yo. Notaba que estaba luchando mientras guiaba el bolígrafo por la página. «Vales más que tres meses». La mano se tensaba, se esforzaba, para después relajarse. La luz de mi habitación se volvió gris. Separé las lamas de la persiana para echar un vistazo por la ventana. Empezaba a verse el contorno de los árboles y de los coches. Dejé el bolígrafo. «Duerme».

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Por la mañana me escocían los ojos, había mucha claridad, había llegado un nuevo día. Quería disfrutar de la sensación de haberme librado de las apretadas mandíbulas del caso. Llenaría mi viernes de lentitud y sol. Pensaba montarme en Tofo y llegarme hasta las marismas para ver a las garzas reales. Me compraría un batido en la tienda de lácteos. Después me iría a nadar. En ese momento, todos mis planes vitales se reducían a eso.

Sin embargo, tenía el móvil saturado de llamadas perdidas y mensajes. Había un correo electrónico de Amy: Katie J. M. Baker esperaba que le diera permiso para publicar mi declaración en BuzzFeed. La cobertura mediática que se le había dado a mi caso no me daba ningún motivo para pensar que a un periodista pudiera preocuparle de verdad lo que fuera mejor para mí. Pero Katie había llevado casos así antes, y yo estaba tan agotada y la declaración me parecía algo de tan poca importancia que me daba un poco igual donde acabara siempre que mi nombre no apareciera en ella. Me senté en la cama, solté un «holaaaa» para aclararme mi voz matutina y después la llamé. Su voz transmitía emoción, efusividad y amabilidad. Le dije que podían cortar lo que quisieran. Me contestó que los editores no iban a tocar nada. Me sorprendió bastante porque era consciente de que había demasiadas páginas, frases larguísimas y comas mal puestas. Me preguntó en cambio si quería añadir algo más. Le dije: «Quiero que el juez sepa que ha desatado un pequeño incendio».

La declaración se subió a internet a las cuatro de aquella misma tarde. En la parte superior del artículo había un rectángulo rojo que contenía frases de la declaración en letras blancas. El formato era muy potente. Pero mirarlo era como estar ante un auditorio vacío decorado con serpentinas de crepé y sufrir por si al final no aparecía nadie. No podía soportarlo. Cerré el ordenador y me fui a la cocina. Saqué del congelador las bandejitas de plástico de los cubitos de hielo y me eché unos cuantos en la taza. Deseé

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tener una de esas neveras plateadas con dispensadores automáticos que te sacan los cubitos en un momento. Ese era el tipo de trivialidades en las que quería pensar el resto de mi vida.

Volví al artículo. En la esquina superior izquierda había un contador. En veinte minutos, el artículo había recibido quince mil visitas. Katie había empezado a reenviarme correos electrónicos de los lectores dirigidos a mí.

«Estoy llorando en mi escritorio. No puedo añadir mucho más porque estoy en el trabajo, pero sí diré que…».

«Lloré por tus penas y lloré por tus triunfos. Y no es fácil hacerme llorar…».

«Aunque leyendo tu artículo se me revolvió el estómago, yo…».

«Me ha costado mucho leerlo. He tenido que pararme y volver más tarde al artículo muchas veces. Casi no lo consigo, pero me alegro de haberlo hecho…».

«Puede que estuviera a punto de vomitar en el trabajo o puede que no, porque es un tema que me toca muy de cerca, pero me ha consolado tener, aunque solo fuera un momento…».

En casi todos los mensajes que recibía el remitente empezaba dándome la ubicación del lugar en el que estaba llorando. Estaban furiosos, y después desolados, y más tarde me daban las gracias y decían que todo el mundo debía leerlo. Era una relación demasiado compleja como para categorizarla, pero la sensación que yo percibía era que, después de leer el texto, emergían a un lugar más nítido. Aquel murmullo colectivo me cogió desprevenida y me preocupaba un poco haberles hecho llorar.

Vi que el número subía. A las pocas horas, cuando llegó a las ochocientas mil visitas, llamé a mi padre para decirle que se conectara. «¿Buzz qué? ¿Cómo lo…? ¿Me puedes mandar el enlace?». Lucas estaba haciendo una excursión en bici por el bosque. Cuando recibí una fotografía suya con el casco puesto, le contesté: «Ha pasado algo». Tiffany estaba estudiando para sus exámenes finales. No quería que nada de aquello la distrajera. «¡Estudia y sal de internet!».

Cuando el artículo llegó al millón de visitas, le mandé un mensaje a mi madre, que estaba comprando en el colmado. «Mi historia se ha hecho viral». Ella me respondió: «¡Mamá te ha comprado cuatro helados distintos!», acompañado de tres emoticonos de fuegos artificiales. Creo que ninguno de nosotros comprendía lo que aquello significaba. No

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dejaban de llegarme correos. Me invadía la ansiedad cuando pensaba en el apartado de comentarios del artículo. Esperaba sufrir el mismo tipo de ninguneo que había recibido por parte del juez. Sin embargo, cuando me atreví a mirar, lo que encontré fueron palabras de aliento. «Ha mirado directamente al sol y ha hablado muy claro. Eres importante. Grítalo a los cuatro vientos». El detective Kim me mandó un mensaje: «Eres una superestrella». Mensaje de Tiffany: «Para acabar con todos los comentarios ambiguos o hirientes que culpabilizaban a la víctima solo se necesitaba una cosa: tu voz».

Cuando mi padre llegó a casa, empezó a imprimir algunos comentarios. Le gustaba subrayarlos y pensar en lo que decían. A mí también me asombraban las palabras que utilizaba la gente. «Elocuente». «Mordaz». «Desgarradora». «Visceral». «Valiente». «Contundente». «Una heroína de nuevo cuño». Emily era una heroína. Valiente y lúcida, desafiante y desacomplejada. Un ejemplo de verdad y de fuerza. Yo todavía no me veía reflejada en esa persona.

«Creo que si hubiera leído esto hace unos años me habría sentido menos culpable, menos idiota, más empoderada, más respaldada y sencillamente más valorada como ser humano».

El viernes iba tocando a su fin y yo seguía con la mirada fija en la luminosa pantalla. Mi padre entró en mi cuarto para darme las buenas noches, sonriente. «¡Quizá te acaben llamando de la Casa Blanca!». Era lo típico que te diría un padre, siempre dejando volar la imaginación. El sábado por la mañana el contador seguía subiendo. Un agradable hormigueo recorría toda la casa que, dulce, maduraba gracias a todo aquel apoyo. Kate me reenviaba centenares de correos. Mi madre entró con un cuenco de gachas de arroz. Me dijo que no me acercara tanto a la pantalla del ordenador. «Malo para los ojos». Pero yo estaba enganchada a las interminables oleadas de mensajes, sentía la apremiante necesidad de atiborrarme de ellos antes de que aquel momento se acabara. En el último año y medio, cada vez que mi caso salía en las noticias lo veía dando paso a otros asuntos más importantes. El domingo por la noche di por hecho que mi celebración acabaría pronto. Con el inicio de una nueva semana, el mundo centraría su atención en otra cosa. Apunté el recuento de visitas antes de quedarme dormida: «Domingo 5 de junio, 23:00: 4 432 947».

Al poco, The Guardian, The Washington Post, Los Angeles Times y The New York Times publicaron mi declaración. Fue trending topic en

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Twitter, que se me llenó de avisos en rojo. Michele me dijo que Ashleigh Banfield leería mi carta en la CNN. Mi primera reacción fue decirle que no tenía por qué leerlo todo. Pero le dedicó toda la sección. La declaración se iba abriendo paso por el mundo, despejando su propio camino. Empecé a enviarme mensajes con los números pensando que así podría ser capaz de trazar su trayectoria.

«Lunes 6 de junio, 20:50: 6 845 577».

«Martes 7 de junio, 20:40:10 163 254».

«Miércoles 8 de junio, 17:04:12 253 134».

«Jueves 9 de junio, 23:30:14 523 874».

«Viernes 10 de junio 12:40:15 250 000».

Salieron a la luz recopilaciones de vídeos en los que la gente leía toda la declaración en voz alta. Sonaban los teléfonos de las líneas de atención para los casos de violación y el número de llamadas y de voluntarios crecía sin parar. El alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, y su esposa, Chirlane McCray, leyeron el texto en un acto público. La congresista californiana Jackie Speier celebró una lectura del texto de una hora de duración en la Cámara de Representantes de Estados Unidos. El congresista por Texas Ted Poe dijo lo siguiente: «Ha escrito la Biblia de lo que les pasa a las víctimas de las agresiones sexuales». El reparto de Girls le dedicó un vídeo: «She Is Someone». El pódcast My Favorite Murder cubrió el caso. La revista Glamour nombraría a Emily Doe en 2016 unas de las mujeres del año. La declaración se tradujo al francés, alemán, portugués, español y japonés. Una estudiante universitaria de Corea, Youngki Kim, pidió permiso para traducirla al coreano. La declaración se interpretó en lengua de signos y en un vídeo producido por Crystine, que no sabía que habíamos ido juntas al instituto. Un grupo feminista chino subió fotos de mujeres blandiendo pancartas: «Nadie se gana el derecho a violar. Sigue siendo violación aunque nade muy bien». Me llegaron correos electrónicos de todas las partes del mundo. «Aunque esté en la otra orilla del Pacífico, me siento muy cerca de ella y de su dolor, y les estoy muy agradecida a todos aquellos que acudieron en su ayuda». Otro mensaje: «Tu agonía, tu perseverancia y tu determinación han conectado con alguien de un adormecido pueblo indio». Un australiano me escribió diciéndome que eran las tres de la mañana y que estaba llorando en su

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porche. Me pasé días sentada en mi cuarto con el portátil junto a un cuenco reseco de gachas de arroz, con los ojos llenos de lágrimas. Cada mensaje me acercaba más y más a un lugar desde el que empezaba a verme a mí misma con más claridad.

Uno de los antiguos compañeros de instituto de Brock, A. J., escribió un comentario en las redes: «Por fin me atrevo a hacer una declaración pública y lo hago por mí. Antes de que pasara todo esto, sabía que jamás te olvidaría. Hace ocho años me llamaste “marica” y decías cosas de mí sin conocerme en absoluto. Mira dónde estás tú ahora y dónde estoy yo. Este “marica” sabe tratar a otro ser humano con dignidad y respecto, sin importar cuál sea su identidad de género; mientras que tú eres la cara visible de las agresiones sexuales en los Estados Unidos de América».

Cogí el coche para ir a ver a Alaleh al juzgado. Tenía un cartel pegado en la puerta: #BETHESWEDE («Actúa como el sueco»). El minúsculo juzgado se había inundado de coloridos sobres rectangulares que obstruían los buzones. Me entregó una bolsa muy pesada que sostuve con ambos brazos. Las dos estábamos todavía conmocionadas y no sabíamos qué hacer con aquel nuevo final que nos habían dado. Mientras me llevaba el botín al coche, lo oía repiquetear, lleno de pequeños tesoros: un collar protector de Ganesha, unos pendientes largos de bicicletas, cartas de un profesor neozelandés, de un equipo de softball de Arizona. Una mujer había tomado unas preciosas fotografías de pinos para reemplazar mis terribles recuerdos con belleza. Una acuarela de un faro. Dos chocolatinas moradas de una mujer irlandesa para reabastecer los suministros que la abuela Ann me había dado.

Si la mañana que desperté en una camilla me hubieran dicho que en un año y medio una mujer lamería un sello en Irlanda para mandarme un paquete lleno de chocolatinas, se me habría escapado la risa. Mi madre tenía razón: «Tienes que esperar para ver qué camino sigue tu vida».

Un día recibí noticias de la Casa Blanca. Joe Biden me había escrito una carta. No podía creérmelo. Yo todavía tenía levantadas unas barricadas para protegerme por dentro y temía abrirme completamente a todo lo que me estaba pasando. Me dije que debía apartar todos aquellos obstáculos internos un instante para poder escuchar de verdad.

En su carta, escribió: «Te veo». ¿Qué significaba que el vicepresidente de los Estados Unidos de América hubiera aparcado por un momento todas las cosas importantes que estuviera haciendo para escribir «Te veo»?

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La agresión sexual entierra al yo. Perdemos la noción de cómo y cuándo se nos permite ocupar un espacio. Nos hace dudar de nuestras capacidades y nos desacredita a la hora de expresarnos. Mi declaración había prendido, había estallado, y era indomable. Sin embargo, yo temía en secreto que hubiera un tope, que aquella carretera se acabase en algún sitio donde te dijeran que ya habías conseguido bastante y que la salida estaba por allá. Esperaba volverme pequeña de golpe, verme confinada en el diminuto espacio al que yo creía pertenecer. Yo me había criado en los márgenes de la sociedad: los medios de comunicación asignaban a los estadounidenses de origen asiático unos roles sumisos y secundarios según los cuales jamás alzaban la voz. Crecí acostumbrándome a que no me viesen, a que no me conocieran de verdad. No me parecía posible que yo pudiera ser la protagonista. Cuanto más reconocimiento recibía, tanto más sentía que yo no debía ser la receptora de tanta generosidad. Aun así, la gente seguía aupándome más y más, hasta el extremo de que la casa más importante de la nación se puso en contacto conmigo. El vicepresidente no se agachaba para ponerse a mi nivel, sino que me levantaba para dedicarme una reverencia de gratitud.

¿Qué significaba que hubiera dejado a un lado sus tareas para leer mi declaración? ¿Que millones de personas hubieran aparcado lo que estaban haciendo para sumergirse en ella? «Veo el potencial infinito de una joven que tiene un talento excepcional, ante la que se abren numerosas posibilidades. Veo los hombros sobre los que descansan nuestros sueños para el futuro». Por primera vez en la vida empezaba a entender lo que había querido decir mi padre cuando declaró que estaba orgulloso de mí. Creo que, de los millones de personas que sabían que era valiente y que mis acciones eran importantes, yo fui la última en saberlo.

Biden me dijo en su carta: «Les has dado la fuerza que necesitaban para luchar. Y estoy convencido de que eso salvará muchas vidas». Me acordé del vigilante del grueso chaquetón negro que se sentaba junto a las vías del tren, al que habían contratado para que salvara vidas. Me di cuenta de que, desde que tenía diecisiete años, aquel era el trabajo que siempre había querido. La única diferencia era que yo estaba sentada en una silla en casa, escribiendo las palabras que te harían quedarte aquí, apreciar tu valía y la belleza de la vida. Así que si resulta que llegas aquí en el peor día de tu vida, lo que deseo es asirte y con cuidado guiarte de vuelta.

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Aunque el 99 % de todo lo que estaba pasando era positivo, el 1 % restante seguía despertando mis miedos más atroces. Cuando sonó el teléfono de casa, aquella ilusión de seguridad se rompió. Era la presentadora de un conocido programa matinal de tertulias. Me dijo: «Soy medio asiática, así que podemos ser amigas». Era como si yo le dijera: «Qué guapa estás cuando duermes». ¿Cómo podía verme? El móvil de Lucas no dejaba de sonar. Las visitas que Tiffany recibía en su perfil de Linkedln se contaban por centenares. Un periodista se había puesto en contacto con los abuelos de Julia para llegar hasta ella y después hasta mí. La prensa me ofrecía difuminarme el rostro y distorsionarme la voz «para protegerme», según ellos. Empezaron a llegarme inquietantes cartas de desconocidos a casa. Las envié al laboratorio para que analizaran las huellas dactilares. Los reporteros llamaban a la puerta de casa, mi padre les decía: «No sé de qué me hablan» y les cerraba la puerta en las narices mientras yo me escondía bajo las sábanas.

La declaración se leería dieciocho millones de veces solo en Buzz Feed. En internet puedes encontrar prácticamente cualquier cosa, pero yo seguía siendo una desconocida. Yo lo veo como una muestra de la merced del mundo: no me vi forzada a aparecer ante la luz de los focos ni ante un micrófono, nadie me dijo «queremos saber más». No me pidieron que me identificara, no me preguntaron «quién eres tú, exactamente».

Una mujer concluía su carta diciendo: «Un saludo de una antigua Emily Doe». Fueron muchos los que me escribieron diciéndome que habían estado antes en mi situación y que querían mostrarme en qué se convertía un superviviente: me hablaron de sus carreras, de sus hijos, de sus cariñosas parejas. Así puede ser tu vida en diez, veinte años. Me dieron mil futuros en los que crecer. En mi anonimato me probé sus vidas y los observé a ellos probarse la mía. Volvieron a ser jóvenes, a manifestar lo que se merecían, a reclamar todo aquello que les había sido arrebatado. En aquel espacio vacío, curarse era posible.

La declaración había creado una estancia, un lugar al que los supervivientes podían acceder y desde donde expresar sus verdades más descarnadas, revisitar las áreas de su pasado a las que no habían regresado todavía. Si yo hubiera revelado mi identidad, la estancia se habría venido abajo. El techo no habría podido soportar el peso de las distracciones: mi

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historia, mi origen étnico, mi familia… Los pocos que habían descubierto mi identidad habían hecho capturas de pantalla de mis antiguos vídeos de poesía improvisada y les habían añadido las frases: «Brock Turner tiene la fiebre amarilla»; «Ni de coña meto nada en la raja de esa china»; «China pirada»; «Las asiáticas no saben beber»; «A la segunda cerveza ya va pedo, típico de las chinas».

En vez de en eso, me convertí en la mujer del pelo azul, en la que lleva el piercing en la nariz, en una de sesenta y dos años, en una chica latina, en un hombre con barba. ¿Cómo vas a venir a por mí cuando somos tantos? Uno de los grandes peligros de la condición de víctima es la singularización: todos tus atributos y tus anécdotas se revisten de culpa. En el juzgado intentarán hacerte creer que eres diferente a los demás, una excepción. Que eres más sucia, más idiota, más promiscua. Pero es una trampa. La agresión nunca es algo personal. La culpabilización sí que lo es.

Como no se publicó ninguna fotografía mía, me picaba la curiosidad ver cuáles acompañaban a los artículos: la silueta de una chica mirando por una ventana, con una lágrima cayéndole por la mejilla y cinta adhesiva en la boca. Todo aquello era veraz, por lo que respecta a la soledad, a ser silenciada. Lo increíble, sin embargo, es que la víctima también es la chica sonriente del delantal verde que te prepara el café y que te acaba de dar el cambio. O la que acaba de darle clase a un curso de primero. O la que lleva los auriculares puestos y sigue el ritmo dando unos golpecitos con el pie en el metro. Las víctimas están a tu alrededor.

Al rememorar ese verano, me vienen escenas a la mente, todas ellas contenidas en las miles de cartas guardadas en bolsas de la compra que me entregaba la fiscal. La de una mujer que me contó que estaba sentada en el sofá junto a su hija, rodeada de cajas, lista para abandonar al maltratador de su exmarido y que sabía que ya no estaban solas. La de una madre que arrancó de la pared de su cubículo una tarjeta con la foto de su pequeña y escribió detrás: «A ella también la estás salvando». La de una esposa que despertó a su marido y encendió la luz de la mesilla para contarle la historia. Recibí un correo de una chica de dieciséis años que me decía que por primera vez en dos años era capaz de levantarse de la cama por la mañana. Esa es la imagen con la que me quedo, la de la cama vacía.

Puedo deciros que, durante el año anterior al juicio, me pasaba noches descorriendo en secreto una cortina que ocultaba una vida paralela a la que

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yo estaba viviendo; una vida en la que nada de todo esto había sucedido. Imaginaba lo que estaría haciendo, en quién me habría convertido; veía a la chica que trabajaba de nueve a cinco, los días soleados, un cuerpo sano, fiestas de verano. Después corría la cortina y regresaba a mi realidad. Ahora veo la cama vacía de aquella adolescente y entiendo por qué me embarqué en este viaje: era el único modo de llegar a ella. Al fin acepté lo que había pasado y fui consciente de adonde me había llevado. Jamás volví a tocar aquella cortina, sabedora de que, una mañana, una chica de dieciséis años había sacado las piernas de la cama y había reanudado su vida pasito a pasito.

Cumplí los veinticuatro el mismo día de la ceremonia de graduación de Stanford. Algunos estudiantes con bonetes negros llevaron carteles. El sol brillaba a través del papel, que estaba cubierto de grandes letras rojas:

STANFORD PROTEGE A LOS VIOLADORES. BROCK TURNER NO ES UNA EXCEPCIÓN. ERES UNA GUERRERA. Su valentía fue para mí un regalo de cumpleaños. Imaginaba a una madre sosteniendo una cámara con una mano y gesticulando con la otra: «Jason, aparta el cartel un momento; sonríe y no hagas nada más». Y a Jason diciéndole: «¡Mamá! ¡Esto es importante!». Significaba mucho para mí que se hubieran llevado consigo duras realidades a una celebración alegre. Deseé que Stanford se diera cuenta pronto de que en su armario no cabían tantos esqueletos; de que tarde o temprano las puertas acabarían abriéndose de par en par. El director de documentales Ken Burns, que fue uno de los oradores en la ceremonia, dijo lo siguiente: «Si alguien te cuenta que ha sufrido una agresión sexual, haz el favor de tomártelo en serio y de escuchar a esa persona. Puede que algún día la elocuente declaración de esta superviviente llegue a ser tan importante como la carta que escribió el Dr. [Martin Luther]. King desde la prisión de Birmingham». Una comparación muy generosa.

El señor Rosen propuso que se estableciera una nueva pena obligatoria de cárcel para los condenados por agresión sexual a una persona ebria o inconsciente y amplió la definición de «violación» en el estado de California. El gobernador de California, Jerry Brown, acabó promulgando dos propuestas de ley. Alaleh me envió por correo una copia del documento firmado, que para mí era como un certificado que me garantizaba el derecho a dormir tranquila al saber que aquella chapuza de sentencia no volvería a repetirse. Empecé a creer de nuevo en la justicia.

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Michele Dauber inició una campaña para pedir la destitución del juez Persky. Era algo insólito: ningún magistrado había sido destituido en California desde 1932. Michele quería que se incluyese la destitución en la papeleta de las siguientes elecciones, que se celebrarían en dos años. Nicole se convirtió en una de las copresidentas y en codirectora de la unidad operativa: movilizó a voluntarios, se pasó horas escribiendo boletines y haciendo que todo el mundo estuviera animado. Explicó que necesitaban llegar por lo menos a las 58 634 firmas en el condado de Santa Clara para que el nombre de Persky figurara en la papeleta electoral de junio. Una vez saliera en ella, necesitarían por lo menos el 50 % de los votos para destituirlo.

Muchas veces la gente me reenviaba la declaración diciéndome: «Tienes que leer esto». Y yo quería responder: «Lo he escrito yo». Una vez, una amiga me dijo: «Me han dicho que es alguien a quien conocemos». Me quedé helada y escudriñé su rostro en busca de alguna señal que demostrara que me estaba poniendo a prueba, pero no encontré nada. Fingí indiferencia, me encogí de hombros y le dije: «No sé nada». Mi hermana conoció a un tío en su barrio que tenía un perro que se llamaba Brócoli y que le explicó lo siguiente: «Bueno, al principio se llamaba Brock, pero ¿te has enterado de la movida del tal Brock Turner?». Mi hermana asintió. «Le daba mala prensa a mi perro, así que se lo cambié». Encontré una nueva psicóloga en San Francisco, pero tardé meses y muchas sesiones en confesarle que yo era Emily Doe. Lo único que le dije fue que había sufrido una agresión sexual y ella me respondió: «¿Has leído la declaración de la víctima de Stanford?». Me estaba recomendando mi propia historia; me dijo algo sobre la reflexión y la fortaleza, sobre darle la vuelta a la tortilla. Asentí y cambié de tema. Quería que me conocieran como Chanel, con todos mis titubeos y mis dudas, apañándomelas día tras día, antes de que me vieran como a Emily, desafiante y valiente, que parecía saber todas las respuestas.

Empecé a ver el mundo a través de un filtro más amable. Si alguien me pitaba en pleno atasco, lo miraba por el retrovisor y me decía: «Quizá has llorado por mí». En la cola del supermercado me preguntaba si la mujer que tenía delante me habría escrito una carta, si habría compartido conmigo su dolor oculto.

Cuando abandoné el juzgado aquel día de junio, después de haber leído mi declaración, ser valiente era lo último que se me pasaba por la cabeza.

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Ahora entiendo que en esta vida que se me ha dado he hecho algo bueno, he convertido el dolor en fortaleza, he prestado consuelo sin dejar de plantear con sinceridad las dificultades a las que se enfrentan las víctimas. A su vez, ellas me mostraron quién era yo. Ahora solo me faltaba descubrir cómo darles las gracias.

La novelista Anne Lamott se puso en contacto conmigo por medio de Katie. Le pedí consejo y me respondió lo siguiente: «Estoy convencida de que algo te tirará de la manga y, desde muy dentro de ti, te dirá qué deberás perseguir o intentar […] Es como cuando buceas debajo de una ola que va a romper justo encima de ti. Escribir me ayuda a alejarme del caos y de la saturación inminentes y así encontrar un refugio en la acción de anotar recuerdos, visiones, inspiraciones…».

Tras haber luchado tanto por alejarme del caso, parecía ilógico sumergirme de nuevo en él. Pero también entendí que atravesarlo era un modo de superarlo, que necesitaba retroceder antes de poder volver a avanzar. Ahora ya tenía las instrucciones. La declaración era la ola. Había llegado el momento de sumergirse a mayor profundidad, de volver al principio.

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Ese verano me dije que lo peor había acabado, que ya podía volver a vivir una vida normal. Pero ¿qué era lo normal? Por la noche las pesadillas iban a más. El alivio y la euforia parecían temporales. Estaba segura de que si se me culpaba del sufrimiento de Brock, alguien querría atormentarme para igualar el marcador. Esas eran las reglas del universo de Elliot Rodger: «Yo deseaba a las chicas, pero ellas no me deseaban a mí… es una injusticia que no puede quedar sin castigo». Guardaba una bolsa llena de cartas junto a la cama y las leía despacio para alargar la lectura todo cuanto pudiera. Cada noche leía dos o tres. Me ayudaban a conciliar el sueño. El afectuoso recuerdo de una madre de Wisconsin me arropaba.

Lucas y yo subíamos dificultosamente por las colinas de San Francisco en busca de apartamento, y fracasamos en nuestras primeras solicitudes. Las tres casillas que aparecían junto a mi capacidad crediticia, mi lugar de trabajo y la referencia de mi anterior casero estaban vacías. Me gustaría haber podido escribir: «Buena inteligencia emocional, excelente capacidad de introspección, ni te imaginas la de putadas que ha superado». Al fin encontramos una minúscula casita cuadrada a la que bautizamos como «la cajita de pañuelos». Plantamos árboles de jade en la parte de atrás, esparcimos alpiste por la barandilla y pusimos una plantita de albahaca en el alféizar de la ventana que tardó un día en ponerse amarilla. Compré lo que compran los adultos domesticados: toallas de mano a cuadros, un escurridor de ensaladas. Fui prudente y no puse mi dirección en ninguna parte; mi hogar era mi escondrijo. Aquí pensaba reconstruir mi vida, empezar a escribir.

«¿Vas y vuelves cada día a South Bay?», me preguntó una amiga. «¿Cómo?», le respondí. Se me había olvidado que mi antigua oficina quedaba a treinta minutos al sur, no me acordaba de que la gente seguía creyendo que yo todavía trabajaba allí. «Ah, sí, pero no pasa nada. Me

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pongo a escuchar algún pódcast». Habría querido decirle que mi trayecto duraba en realidad doce segundos, lo que se tardaba en llegar desde mi cama al escritorio; un itinerario del que a veces me desviaba para preparar café en pijama.

Lucas acababa de graduarse y estaba acordando las condiciones de su próximo empleo. Antes de estudiar en la escuela de negocios había sido consultor y solía pasar cuatro días a la semana fuera de casa, y le acababan de hacer una oferta rutilante para que volviera. La idea de que se marchara me asustaba muchísimo. No quería que mis inhibiciones se convirtieran en las suyas. Quería decirle: «¡Sé libre! ¡Soy una mujer independiente!». Pero me parecía imposible.

Si me preguntaras si podía dormir sola y tuviera que darte una respuesta breve, te diría que sí. La respuesta larga es que tenía que poner un perchero contra la cancela de la entrada hacia las cuatro de la tarde. Cuando el sol empezaba a ponerse, encendía todas las luces de la casa. Me aseguraba de que la caldera estuviera encendida en la planta de abajo para no tener que bajar cuando anocheciera. Tiffany solía ponerle trampas a Santa Claus, rodeaba la chimenea de sillas a las que les había atado campanillas y bolsas de plástico. Yo apilaba sillas delante de la puerta. Señalé la boquilla de mi espray de pimienta con un punto hecho con rotulador para asegurarme de que lo vaporizaba en la dirección correcta. Dormía con unas tijeras grandes porque los cuchillos se te pueden resbalar de la mano, mientras que las tijeras son más fáciles de agarrar y con ellas puedes hacer un buen agujero en la yugular. Después me tumbaba en el sofá, jamás en el dormitorio, y contemplaba cómo la oscuridad engullía mi casa, el mundo se apagaba y me veía obligada a tener que apañármelas sola.

«¿De qué tenías miedo exactamente?», podrías preguntarte. «No te violaron en una casa, no entraron a la fuerza ni hubo ningún allanamiento». Sin embargo, lo que me afectaba era el acto mismo de dormirme, de llegar a ese estado inconsciente y vulnerable en que puede pasarte cualquier cosa. La noche de mi agresión, perdí la oportunidad de defenderme. Por eso intentaba ganarle la partida al sistema durmiendo con un ojo cerrado y el otro abierto, en una duermevela constante. Cuando me quedaba dormida sin querer, sentía el repiqueteo de una alarma en el pecho: «Qué me he perdido». A las cinco en punto de la mañana, cuando la luz se convertía en una promesa, me quedaba dormida con el runrún del

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reparto de los periódicos, de la llegada del primer autobús, del canto de los pájaros.

Al día siguiente siempre estaba grogui e iba por detrás del ritmo normal del mundo. Cuando el cartero llamaba al timbre, yo ejecutaba con los párpados pesándome toneladas el mismo ritual: quitaba las trampas y le gritaba que esperara mientras desmontaba la pila de sillas. Durante el día, todas aquellas precauciones, las barricadas y el espray de pimienta, parecían absurdas; indicios de las extrañas realidades imaginarias que habitaban en mi cabeza, de las batallas privadas que libraba a diario. En los últimos años no he dormido sola más de tres días.

Antes, mi habilidad para quedarme dormida solía enorgullecerme. Cuando estudiaba en la universidad en China, todo el mundo se quejaba siempre de que los de mantenimiento los despertaban siempre para reparar los aparatos de aire acondicionado que había encima de las camas. Yo les decía: «Pues el mío no lo han arreglado». Pero mi compañera de cuarto me respondía que unos operarios ataviados con monos verde menta habían estado allí, balanceándose sobre mi mesilla de noche, mientras yo roncaba plácidamente. En aquel momento me resultaba gracioso, pero ahora esa idea me aterroriza.

Cuando mis amigas me dicen que viven solas en un estudio, no puedo esconder mi turbación. «Pero ¿quién será tu testigo? ¿Quién te va a proteger de todo lo que puede pasarte? ¿No comprendes que si estás sola nunca te creerán?». Intentaba imaginarme ese tipo de vida: llegar a casa sola, hervir pasta con una copa de riesling en la mano, ver la tele, bostezar, cepillarme los dientes y dar por terminado el día. Envidio a aquellos que viven sin estar siempre alerta.

Me acuerdo de cuando nos bañábamos desnudos en la universidad. Mi mayor miedo en aquella época era que el agua estuviera demasiado fría. Un grupito de cinco o seis, chicos y chicas, nos escapábamos de las fiestas en los apartamentos de los acantilados para bajar trotando con las toallas sobre los hombros por las escaleras de madera hasta llegar a la grumosa arena. Sacábamos las cabezas de las camisetas y los brazos de las mangas para volver a ser tal y como éramos cuando llegamos al mundo. Lanzábamos la ropa sobre pedruscos cubiertos de musgo y nos echábamos a correr a toda prisa hacia las transparentes aguas. Mel y yo echábamos la cabeza hacia atrás, gritando y riéndonos. Las algas nos rozaban los tobillos y se enredaban a nuestro alrededor, y entonces las cogíamos y nos las

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echábamos sobre los hombros como si fueran relucientes pañuelos. Chapoteamos hasta donde el agua estaba tranquila y era profunda, con las cabezas meciéndose sobre la superficie, que brillaba bajo los rayos de la luna como si fuera papel de estaño.

Cuando nos bañábamos desnudos en el mar, no había más que la gran extensión del cielo, el mar abierto y la circunferencia de la luna, pura y blanca. La luz era tenue; el paisaje, infinito. Los penes no eran más que formas parecidas a tallarines; los pechos, montículos de plastilina. Desbordábamos alegría, naturalidad y libertad.

Aquellas eran las mejores noches: luego nos duchábamos por turnos bajo el chorro de agua caliente, mientras la arena se arremolinaba en torno al desagüe. Nos poníamos camisetas viejas, preparábamos quesadillas, nos envolvíamos en mantas desgastadas y nos acurrucábamos tres en una cama como si fuéramos osos en una madriguera. Nos dormíamos a las cuatro de la mañana, con la ropa amazacotada por la sal, los pliegues de las orejas llenos de arena y el pelo mojado empapando las almohadas. Lo recuerdo con mucho cariño, pero no sabría volver a hacerlo.

Una noche, Lucas y yo volvíamos a casa en coche desde el sur de California y pasamos por Santa Bárbara. Le pedí que cogiera una salida de la autopista que yo no había tomado en tres años. Aparcamos y lo llevé por las escaleras de madera hasta la orilla. Era tan bonito como lo recordaba, pero ya no era mío. Miré a izquierda y a derecha, hacia la inmensa y oscura playa que ya no acertaba a ver, y me pregunté cómo podía haber sido tan escandalosa y haberme desnudado con tanta despreocupación, llamando la atención. Pensé en la vulnerabilidad de la piel desnuda. Habría sido tan fácil hacerme daño, apenas habría tenido tiempo para reaccionar. No habrían tenido que quitarme la ropa. Si me hubiera pasado algo, nadie me habría creído. «Bueno, para empezar, ¿no ibas desnuda? ¿Qué creías que podía pasarte si te emborrachabas en la playa?». No habría bastado con decir: «Quería estar conmigo misma, con algunos amigos y con el mar».

Hay una cierta sensación de despreocupación que me arrebataron la noche de la agresión. ¿Cómo ser capaz de distinguir la espontaneidad de la imprudencia? ¿Cómo demostrar que la desnudez no es sinónimo de promiscuidad? ¿Dónde está el límite entre la precaución y la paranoia? Esta es precisamente la pérdida que lloro; eso es lo que no sé cómo recuperar. Aun así tengo muy presentes esos recuerdos y me digo que es

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posible estar desnuda, entre hombres, y no estar provocando. La chica que corre hacia el océano con los brazos extendidos se ha marchado y en su lugar ha aparecido una mujer envuelta en dos abrigos que contempla las oscuras aguas y confunde las masas de algas por cuerpos durmientes; las piedras por hombres agazapados. Lucas me da la mano y me pregunta si quiero caminar por la orilla y yo niego con la cabeza y subo al trote las escaleras de madera.

Rebuscando entre las transcripciones, encuentro una lista que en teoría no debería haber visto. Son tres páginas que contienen las descripciones de las fotografías que se habían presentado como pruebas. «Fotografía de la parte izquierda de la cabeza de la señora Doe con maleza en el pelo. Fotografía de las abrasiones bajo la clavícula derecha. Fotografía de las abrasiones en la base del cuello y en la parte superior de la espalda. Fotografía ampliada de los glúteos con múltiples abrasiones. Fotografía de una regla para mostrar las medidas de las abrasiones en la piel junto al camisón del hospital. Fotografía de genitales femeninos. Fotografía de genitales femeninos con suciedad en el interior de los labios menores».

Mi cuerpo, dividido en recuadros, colocado en un gran proyector. Mi trasero, mi pecho, mi vagina se habían mostrado en una pantalla, una vulva de casi metro y medio para que la vieran bien el juez, Brock, su hermano, su padre y cualquier periodista y desconocido que estuviera presente en la sala. Y mientras todo eso sucedía, yo debía de estar en el pasillo, alisándome la blusa en el espejo del lavabo, pasándome un poco de agua por el pelo para parecer presentable. Qué humillación siento ahora al haber entrado en la sala ajena a lo que pasaba, sonriente.

Saberlo hace que me entren ganas de tragarme una cerilla para que me ardan las entrañas. Mi estómago se convertiría en una cueva roja y chorreante y me saldría humo por las orejas, la nariz y los ojos hasta que mi cuerpo se quedara crujiente y hueco. No sería más que un cascarón negro y vacío.

El sexo va al juzgado a morir. Observaba la boca del abogado defensor, una lengua y un aliento viejos, unos labios del color del hummus pasado de fecha. «La vagina de Chanel. Frotándola hacia delante y hacia atrás». Bastaba con eso para que me entraran ganas de vomitar, para querer arrancarle la lengua de la garganta. «No necesito para nada el sexo —pensé—. Puedo pasarme la vida entera sin él».

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En el sexo no había cariño. El sexo implicaba insertar A en B, unas partes que se etiquetaban por separado, mi «nalga izquierda» etiquetada como «prueba número 43». El sexo implicaba penetración digital o peniana, a qué profundidad había entrado o salido de mí. Dónde había tocado su cosa la de ella. El sexo es la gravilla dura que se te clava en las palmas de la mano. El sexo es que te pinchen y te vacíen de aire. Incluso después de que se me curaran las magulladuras y de pasar horas de terapia en el diván, seguía sin saber cómo habitar mi cuerpo. Si el sexo era algo dañino, ¿cómo podía darme placer o seguridad? Quería enmasillar mis agujeros, cerrar mi cuerpo a cal y canto, apagar mi maquinaria interior, dejar que los engranajes enmudecieran y se oxidaran.

Técnicamente es ilegal abordar el historial sexual de una víctima en el juzgado. Sin embargo, aunque jamás se mencionara de forma explícita, sí se aludía a él. «Tienes novio. Vais en serio. Eres sexualmente activa». Sentía que si seguía prestándole atención a mi cuerpo, si continuaba deseando sin reparo tener relaciones sexuales, le estaría dando la razón al abogado de Brock. Hablaba de mi vida sexual como si fuera algo que yo ocultara, como si revelar esta información le hubiera dado a Brock el derecho a hacer lo que quisiera. Yo era la víctima cuyas opciones sexuales eran demasiado amplias como para ser respetadas.

Cuando tenía relaciones sexuales, mi cuerpo le preguntaba a mi mente: «¿Qué pasa? ¿Dónde estás? ¿Con quién?». Me tranquilizaba a mí misma con señales familiares: el color de mis sábanas, la textura del pelo de Lucas. Relájate. Sin embargo, algo dentro de mí seguía tirando de los cables de conexión, los recolocaba y enchufaba en los dispositivos equivocados. Mi cuerpo seguía pidiendo permiso: «¿Puedo hacer esto, se me culpará si lo hago?». Necesitaba ver una cara, necesitaba luz, que no hubiera sorpresas, que fuéramos paso a paso. «Estoy en mi casa y tengo derecho a disfrutar de este momento». Te inhibía, no daba pie a uno de esos actos amorosos apasionados en los que se ven imágenes de sementales corriendo, campos en flor, gallos que cantan o papeles desparramados por todas partes. En su lugar yo debía informar de todo lo que sucedía a una secretaria puntillosa que me preguntaba: «¿Qué pasa? ¿Dónde estás? ¿Con quién estás?».

La expresión agresión sexual es un poco engañosa, porque parece que se refiera más al sexo que al acto de que te quiten algo. La agresión sexual es un robo. Unilateralmente se desea anular al otro. El sexo de verdad es

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intercambio, es que uno tenga el control y luego el otro, es ser receptivo, fluido y juguetón. Es el placer de prestar atención y de implicarte activamente en tu pareja.

FISCAL: Así pues la respuesta a mi pregunta es que no pensaste en ella, ¿no?

BROCK: Creo que era imposible que yo pudiera pensar en ella.

El tema clave durante todo el juicio fue si hubo o no consentimiento expreso. Sí o no. Obramos como si en la vida existiera un único semáforo que nos dice si está rojo o verde. Pero el sexo es una carretera que tiene muchos cruces: por dónde ir, cuándo frenar, en qué momento ceder el paso, pararse o acelerar.

El consentimiento verbal suele ser objeto de burla porque se dice que corta el rollo. Pero piensa en la cantidad de veces que entablamos comunicaciones no verbales en la vida. Imagina que estás delante de una mesa de degustación en el supermercado. Coges una galletita salada, estableces contacto visual con el vendedor. «¿Puedo?». Asiente con la cabeza. «Que aproveche». Una comunicación sutil y veloz.

Lo que nunca diré en voz alta es que una violación hace que quieras volverte de madera y ser dura e impenetrable. Lo opuesto a un cuerpo que debe ser delicado, poroso, suave. A veces me puede la rabia y me hierve la sangre después de haber leído sobre algún caso de violación. «Tengo que cortar alguna polla». A veces mi deseo fluctúa y desaparece por completo. No me daría cuenta si no tuviera pareja, pero cuando ignoras una muestra de afecto por sexta vez, te das cuenta de que algo pasa. A veces con un gesto me pide que apoye la cabeza sobre su pecho, que solo necesita contacto físico, un simple contacto, para saber que seguimos conectados.

Este distanciamiento de mi cuerpo no empezó con la agresión. Pero en un mundo en que el reparto de la autoestima entre las mujeres jóvenes es tan escaso, mi suministro mermó rápidamente en el juzgado. Me pasé toda la adolescencia dándome baños de avena para combatir el eccema. Un chico me llamó «guepardo», así que empecé a echarme autobronceador Sally Hansen para taparme la piel manchada y descolorida. En el instituto usaba medias color melocotón, una epidermis comprada. Empecé a llevar

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vestidos por primera vez en la universidad, pero aun así seguía teniendo una relación muy poco entusiasta con mi cuerpo.

Me pregunto si hay un momento en la vida de una mujer en que esta querría tragar piedras. Quizá cuando se pregunta por qué se le ha retrasado el periodo, cuando se despierta en una cama extraña o cuando ve que las partes de su cuerpo han quedado claramente divididas en apartados numéricos. ¿Basta con eso para querer tragar piedras? Piedras grandes y lisas. Imagino que se asientan en mi estómago, en una pila, y que después camino hasta un estanque, no para matarme, sino para que se hunda mi cuerpo y que solo mi espíritu emerja del agua. Así, mucho más limpia, podría empezar de nuevo, sin cargas.

En una pequeña librería que hay junto a un lago topo con un pasaje de Deepak Chopra: «El cuerpo necesita reinventarse. Para tener una vida valiosa, tienes que usarlo —sin él no puedes sentir nada—, de modo que tu cuerpo también debe ser valioso». Vi alas palomas del parque hinchando el pecho y montándose unas a otras. Hasta las palomas tenían relaciones sexuales y comprendían que era algo natural y no un acto vergonzoso. Tienes veintipocos años. ¿Por qué no celebras tu frente lisa, tus bellas clavículas y tu corazón maduro y rojo? Tengo a un hombre que me ama, cada día, a mi lado. Debería celebrarlo a él también cuando sale de la ducha envuelto en vapor, ¡disfrutarlo! El sexo no solo debe tolerarse, sino gozarse.

Casualmente fue un día en que nos deslizábamos con nuestros patines de ruedas cuando me di cuenta de lo que me estaba perdiendo. Lucas y yo avanzábamos por una iglesia vacía salpicada de lucecitas de discoteca. Me senté en un banco que habían colocado contra un muro. Vi a las chicas con los brazos extendidos, moviendo las caderas, sus ombligos fugaces. Se movían con tanta soltura y estaban tan cómodas viviendo el momento, con aquella gracia, flexibilidad y fluidez… Deseé sentirme así. Saber lo que sientes al mostrar tu cuerpo sin miedo a que te hagan daño o a que te desmenucen, plenamente libre y airosa.

Antes creía que el yoga era para esa gente que sigue rituales de belleza y buena postura corporal. Yo me inicié con bastante torpeza, cohibida, y miraba alrededor para ver cómo lo hacía hasta que un profesor me dijo: «Si la cagas, a nadie le importa una mierda. No pasa nada». Me gustaba pasar aquella hora y media sobre la esterilla, mi rectángulo color albaricoque bien pegado al suelo, una pequeña frontera que me protegía de

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las distracciones del exterior. Poco a poco aprendí a dirigir mi atención hacia el interior, a extenderme desde mi tendón de Aquiles hasta las yemas de los dedos. Imaginaba que las células comprimidas de mi interior se desplegaban.

En el mostrador de la entrada hay una caja con fichas blancas. Puedes colocar una sobre la esterilla que significa «No tocar». Me gusta el modo en que comunica una necesidad sutil; ojalá pudiera llevar una pegada a la frente en público. Antes siempre sacaba una de la caja. Ahora, no, y a veces el profesor me coloca una mano en la espalda y esa gravedad, esa presión firme, hace que se me empañen los ojos. No lloro, sino que siento la ternura de esa mano, con aquel contacto noto que mi pulso late, que hay una conexión, que algo aletea dentro de mí y se libera en forma de lágrima. Estar completamente dentro de mi cuerpo hace que me sienta bella y fuerte, que quiera ser consumida y compartir todos los trocitos que forman parte de mí.

«No hay ningún motivo para privar a tu cuerpo de amor, belleza, creatividad e inspiración», dice Chopra. Recopilé por escrito una serie de recuerdos sensoriales de la infancia para recordar lo que era sentirse alimentada y en calma. El arroz haciéndose al vapor, la lluvia tras las ventanas. Envolverse en una cálida toalla calentada al amor de la caldera, con los pies chorreando sobre el suelo de madera. El olor del sol sobre el asfalto. El agua fría en la cara por la mañana. Comer un bol de cereales a medianoche. El ruido que hace una página al pasar mientras alguien te lee. El golpe sordo de un melocotón que cae al suelo. El olor terroso de la arena. La quemazón del cacao, la capa pegajosa de una nube derretida. Las esponjosas entrañas del pan empapadas de tomate y de salsa de vodka. Me ayuda a recordar lo que soy capaz de sentir, el modo que tiene mi cuerpo de consumir y mis sentidos de abrirse para recibir, cómodos y complacientes.

Cuando sentía miedo de la oscuridad durante nuestro primer año en la ciudad, intenté redefinirla. Me decía que debía apreciar los entintados montículos de las montañas, los vecinos roncadores con sus difusores de citronela, los coyotes que trotaban por el parque. Con el sexo empecé muy poquito a poco, saboreando las pequeñas cosas, la simplicidad de dormir el uno junto al otro. Esa cercanía, esa calma. El sexo es esa sensación todavía en su cáscara. Pensé en el lenguaje del sexo, me gustaba la expresión hacer el amor, los cuerpos que se agitan y generan sudor y calor hasta que

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el amor se hace, ping, ping, ping, y aparece en forma de refulgentes luces rosas que flotan y vagan por encima de la cama mientras tú te tumbas de espaldas en la cama con la piel resplandeciente.

Todavía me sigue costando más allá de los límites de mi casa y de las manos que conozco. Tenía pendiente una citología, una intervención médica que suena como una enfermedad descubierta en las heces de un pingüino. Pensaba escribir un comentario en el formulario de inscripción —«He sufrido una agresión, por favor tráteme con delicadeza»—, pero no había sitio para ponerlo en la hoja. Lo que no deseaba, principalmente, era dar pie a que me interrogaran. Quería tener el valor de hacerlo yo sola, de entrar y salir como cualquier persona normal. Decidí que bombardearía al doctor con preguntas como modo de ralentizar el procedimiento. Pero una enfermera joven con una cola de caballo entró a observar y toda la dinámica cambió. La veía mirar en mi interior y una cólera silenciosa y violenta empezó a crecer dentro de mí. «Se puede saber qué miras, no soy ningún espécimen, déjame en paz, para». Se me agarrotó el estómago y sentí náuseas. Entonces apareció un velero en el techo. Oí: «¡Ya está! Te dejamos que te vistas tranquila».

Se marchan. No sé cuánto tiempo pasa. Tengo la cabeza llena de nada. No soy capaz de poner los pies en los zapatos. Debería haber venido con alguien que me dijera que metiese los brazos en las mangas. Fijo la vista en las estrellitas minúsculas de mi camisón de hospital. La puerta se abre, la enfermera de la cola de caballo asoma la cabeza. «¡Ay!». Se disculpa rápidamente al darse cuenta de que todavía no me he cambiado. La cabeza no me responde con la rapidez necesaria para decirle: «No te vayas». Si intento levantarme me voy a desmayar. Pasan los minutos y vuelve a entrar. Me encuentra exactamente en la misma posición. Le pregunto si me puede dar algo para comer o beber. Vuelve con un batido de chocolate en polvo, que bebo rápidamente con manos temblorosas. «Esto no se me da demasiado bien», le digo con voz vacilante. Algo hace clic. «No pasa nada —me dice—. Tómate el tiempo que necesites». Se sienta conmigo hasta que me sereno y me marcho. Apoyo la cabeza en el volante, agotada. Deseo tener una ficha blanca.

Una profesora me explicó una vez que todos tenemos un plano invisible en el seno materno según el cual nos vamos construyendo. Del mesodermo emergen nuestros huesos, tejidos conjuntivos y corazón. «Sabemos cómo formar nuestro ser —me dijo—. Seguimos teniendo esa

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información, nos continúa hablando». Aunque algunos elementos de mi yo físico hubieran decrecido, estaba convencida de que podían restituirse. Confiaba en ello cuando le daba amor, caricias, estiramientos, sol, fuerza y sexo a mi cuerpo. Lo que se había perdido podía volver a crecer con una nueva forma.

Me acordé del estanque que teníamos en el jardín cuando yo era pequeña. De las carpas doradas que traíamos a casa y que flotaban dentro de sus bolsas de plástico sobre la superficie del agua. Mi padre me explicaba que necesitaban tiempo para adaptarse a la temperatura del estanque antes de poder liberarlas. Si una criatura tan pequeña precisaba de tal nivel de atención y cuidado, imagínate el proceso tan complejo al que debe someterse una víctima para poder volverse a integrar en la vida cotidiana. No hay un modo correcto de hacerlo, lo único que se puede intentar es prestar atención a lo que es bueno y cómodo para tu cuerpo. Puede que ahora sientas terror mientras flotas dentro de ese contenedor de plástico que te rodea y que pienses: «Estoy atrapado. Esto no debería ser así». Pero recuerda: la temperatura cambia despacio, te estás adaptando. Conseguirás llegar al estanque. Espera un poquito más de tiempo y serás libre.

Lucas aceptó un trabajo en la ciudad. Yo dormía tranquila. Aun así, quería tener un compañero en casa, conmigo. Quería un pitbull o un pastor alemán, un perro atlético con grandes escápulas, ojos astutos y un gran hocico. Fuimos en coche hasta el refugio y miramos a través de las verjas de alambre. De vuelta al coche pasamos ante una señal de madera amarilla apoyada en la acera: REFUGIO MUTTVILLE PARA PERROS VETERANOS.

Seguimos unas flechas amarillas que nos guiaron escaleras arriba. La música jazz resonaba en una gran sala inundada de sol y camitas acolchadas. Cuarenta perritos minúsculos deambulaban tranquilamente por allí. En una pizarra blanca colocada sobre la pared se leían sus nombres: Nuez, Ethel, Rollito, Tootsie, Anacardo, Profesor Pasa, Abejorro, Javier. Nos explicaron en qué consistía el programa de acogida: podíamos llevarnos un perro a casa hasta que encontrara un dueño que se quedara con él. Un Lhasa Apso ciego con marcado prognatismo chocó contra mis tobillos y siguió avanzando lentamente como si sus patas pendieran de

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unos hilos de marioneta. Un largo flequillo le crecía sobre los ojos lechosos. Se llamaba Puffin.

Lucas le compró unos calcetines verdes especiales para que no se resbalara por nuestro suelo de madera. Yo le preparaba gachas.

Se pasaba gran parte del tiempo sentado, con la cabeza ladeada y los calcetines verdes puestos, mirando fijamente la nevera. Como era sordo y ciego, yo sabía que si alguien me asesinaba él seguiría sentado junto a mi cadáver esperando el desayuno. Una noche en que Lucas no estaba porque se había ido a visitar a su familia, oí un ruido extraño, una especie de borboteo parecido al de una minilancha a motor. Me fijé en el subibaja de su pancita y me di cuenta de que había creado un espacio que le daba la seguridad necesaria para dormir. El ronquido de un perro viejo se convirtió en el sonido de la curación.

Ese año acogimos a seis perros, uno después de otro. Me pasé horas y horas secando pis de cables eléctricos enmarañados, navegando por archipiélagos de caca seca. Si se descubriera la de toallitas de papel que usé, seguro que me metían en la cárcel. La alfombra de felpa se manchaba y yo la enrollaba, la tiraba, volvía a comprar otra y vuelta a empezar. Tuvimos a Butch, que entraba en el cuarto de baño y hacía pipí en el inodoro. A Remy, a quien nos divertía imaginar cargando con un detector de metales mientras iba sin descanso de habitación en habitación. Luego estaba Squid, el perro salchicha, que sabía cantar. Y Salvador, al que le encantaba la barbacoa coreana. Se comportaban como niños pequeños: se caían de la cama, se resbalaban por las rejillas o se tropezaban con algún escalón cuando apartabas la vista un instante. Casi todos tenían que tomar varias medicinas y yo tenía que espolvorearles en la comida unos sobrecitos que parecían de cocaína. Me ayudó a recordar que tener necesidades especiales no te hace ser más difícil ni más pedigüeño, sino digno de recibir compasión y amor.

Ellos me sacaban a pasear y muchas veces, cuando las patas de atrás no les respondían, los llevaba en brazos. Comía cuando comían ellos, una sencilla lección que me enseñaba a cuidar de mí misma. Mi casita se convirtió en un espacio de recuperación y transición: los bañaba, les cortaba las uñas, los peinaba y los preparaba para su hogar definitivo. Me gustaba ver cómo emergía su confianza y su personalidad a medida que estaban cada vez más cómodos y volvían a ser ellos mismos.

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Fue Tiffany la que se fijó en la perra que se acabaría quedando con nosotros. Una esponja de tres kilos y medio con un puñadito de minúsculos dientes que tenía diez años, blanca y marrón y de raza pomerania. La habían encontrado abandonada cerca de Sacramento. Era la alegría personificada; siempre estaba sonriendo, como si alguien le acabara de decir que se iba de viaje a Disneylandia. Había muchas solicitudes de adopción, pero no respondí a ninguna. La observé largo rato.

Aquella no era la idea que teníamos. La acogida era algo temporal hasta que tuviéramos un perrazo enorme y ruidoso. Después de sufrir una agresión, el mundo te dice que no bajes la guardia, que luches y tengas cuidado. No te recuerda que dejes de apretar los puños y salgas a dar un paseo. O que no tienes que pasarte todo el día imaginando cómo sobrevivir. Nadie te dice que adoptes a la perrita pomerania. Yo estaba preparada para rodearme de puertas más altas y dientes más afilados, pero quizá no era lo que necesitaba. Tal vez era posible construir esa seguridad dentro de mí.

La llamamos Mogu («champiñón» en chino). Cada día me hace recordar el eslogan del refugio Muttville: “Nunca es demasiado tarde para un nuevo comienzo”. Era una promesa para ella y también para mí. Fuera cual fuese tu pasado, no tenías que volver a él.

En el transcurso de ese año, con una sucesión de perritos durmientes en mi regazo, aliviando sus gases en mi cuarto, escribí. Me senté por vez primera a echarles un vistazo a las transcripciones: cientos de páginas que contenían todo lo dicho durante los días en que me ausenté del juzgado. Resultó que mi trayecto era largo, pues requería un viaje diario de ida y vuelta al pasado. Me sorprendía que, a pesar de contar con el apoyo de millones de personas, el sentimiento de rabia resurgiera, incólume. Fui haciendo anotaciones con boli rojo en las transcripciones: «gilipollas de mierda cabrón». Puede que mi declaración fuera lúcida y catártica, pero todavía me costaba lidiar con la situación. Entendemos que los antagonistas de la víctima son los agresores y los abogados, pero pasamos por alto que la víctima misma puede ser el enemigo. Resurgieron antiguas ideas sobre quién era yo que me decían que era una persona dañada que no merecía nada. Parte de esa vergüenza se ha fosilizado y es inmune a los elogios.

Había días en que no hacía nada y cerraba la puerta de mi oficina como si estuviera sellando una máquina del tiempo en la que no me atrevía a

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entrar. En mis peores días lo abandonaba todo y salía a correr para comprarme un bocadillo bánh mì con mi plumón negro. Con las hojas de cilantro pegadas a los labios y los ojos enrojecidos y secos me sentaba sobre la alfombra de la sección infantil de la biblioteca. Ansiaba vivir en mundos más livianos y agradables. Cuando Lucas veía que llegaba tarde a casa, despeinada por el viento y con los brazos llenos de libros infantiles sobre dragones y tortitas, me preguntaba con un titubeo comedido: «¿Sobre qué has escrito hoy?». Era el modo que tenía él de adivinar qué voces habitaban mi cabeza.

Ha pasado ya mucho tiempo desde la última vez que estuve en el juzgado, pero me preocupa haberme quedado atrapada para siempre en aquel estrado. La cabeza siempre me va un paso por detrás que antes. Yo lo llamo «el desfase». Antes vivía en el tiempo real. Ahora evalúo el momento antes de avanzar hacia él. Siempre estoy pidiendo permiso y previendo el momento de presentarme ante un jurado invisible, de responder preguntas ante la defensa. Cuando cojo una prenda de ropa, lo primero que pienso es: «¿Qué pensarán si me pongo esto?». Cuando voy a alguna parte, pienso: «¿Seré capaz de explicar adónde voy?». Si subo una foto, pienso: «Si esto se aceptara como prueba, ¿pensarían que soy demasiado boba, que enseño demasiado los hombros?». Ese tiempo que paso preguntándome qué estoy haciendo, dándole mil vueltas a todo e intentando convencerme de que debo volver a la normalidad se ha convertido en el peaje que debo pagar.

Una noche tenía que comprar ginebra para ir a una fiesta. Pero me quedé inmóvil con el carrito delante de la botella, observando el recipiente azul y pensando: «¿Qué experiencia hay aquí dentro? ¿Quién la beberá? ¿Le causará daño a alguien? ¿Me preguntarán de qué marca era?». En las fiestas lo mido todo. Si no hay vasos de chupito, uso el tapón de la bebida y encorvo la espalda para ocultar mis métodos obsesivos. Cuando veo que la gente se sirve libremente alcohol con la botella, me los quedo mirando. «No puedes echártelo así —me digo—. Te preguntarán cuánto te echaste en el vaso, cuántos mililitros, un tercio o medio vaso, y de qué tipo era». Si alguien se va al lavabo o se marcha con un chico, me pongo en tensión. «¿Cómo es posible que se haya ido? ¿Adónde? ¿Con quién?». Necesito saber que todo el mundo llega bien a casa. Cuando escribo a una amiga y no me contesta hasta la mañana siguiente —«¡Lo siento! Me quedé

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frita»—, no sabe que me paso la noche agonizando y que la mente se me dispara e imagina lo peor.

Cuando hablaba con mi psicóloga sobre el alcohol o mis experiencias sexuales anteriores, ella me preguntaba: «Bueno, ¿y cómo te sientes?». Yo le respondía: «Qué más da cómo me sienta yo. Lo que importa es lo que pensarán ellos». Para mí era un hecho incontestable. Ella me dijo: «Es imposible vivir con ese nivel de escrutinio».

Al leer el testimonio de Brock me di cuenta del modo tan distinto en que se había formulado aquella noche para cada uno de nosotros. Cuando a él le llegó el momento de contestar, la defensa abrió su turno de preguntas del siguiente modo: «¿Te parece que [restregarse bailando] es algo habitual en este tipo de fiesta? ¿La gente bailaba subida a las mesas? ¿También era algo habitual? ¿Y beber? ¿Era también un elemento importante en estas fiestas? ¿Para casi todo el mundo que estaba allí? La mayoría de las personas que estaban allí bebían alcohol, ¿verdad?».

En cada línea veía: «habitual», «habitual», «elemento importante», «todo el mundo», «la mayoría». Ese patrón no era casual. Estaba guiando a Brock de vuelta al rebaño, donde podría pasar desapercibido en la comodidad de la comunidad. Comparémoslo ahora con el interrogatorio que me hizo a mí la defensa: «Salías mucho de fiesta. Has tenido lagunas antes». Siempre era «tú» y «tú»; la lente me escudriñaba tan de cerca que todo lo que me rodeaba desaparecía. El objetivo era integrar a Brock y aislarme a mí.

Descubrí que la defensa le había enviado un correo electrónico a la doctora Fromme: «Podría citar los informes del personal de ambulancia que la llevó al hospital Valley Medical. La pregunta es si perjudicarían más a nuestro caso en vez de beneficiarlo». Fromme respondió: «No está claro que los informes médicos puedan resultarnos útiles o potencialmente dañinos… podrían volverse contra nosotros».

Durante todo su testimonio, la doctora Fromme utilizó frases como: «No pondría la mano en el fuego. Dios me libre, no soy una experta legal. No le puedo responder a eso, mis conocimientos de Excel son limitados». Me ponía enferma que banalizaran tanto las cosas mientras ultrajaban mi cuerpo.

La doctora Fromme alegó que mi discurso incoherente no era razón para concluir que yo estuviera tan perjudicada como para no poder involucrarme en acciones voluntarias. Lo, comparó con que te pusieran

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anestesia en el dentista: «No puedes hablar bien, pero sí pensar perfectamente. Hablar con la boca pastosa no le ha impedido a nadie hacer una compra estúpida en eBay, por ejemplo». No debería hacer falta decirlo: Que te violen no es lo mismo que comprar en internet y el alcohol no es lo mismo que la anestesia. Si mis acciones hubieran sido voluntarias, ¿no sería posible que yo lo hubiera empujado también voluntariamente para apartarlo de mí? ¿Cómo podían dar por sentado que yo consentía?

Siempre me recordaban que solo hacían su trabajo. Ahora me doy cuenta de que sí, quizá aquel fuera su trabajo, pero aun así hay que estar hecho de cierta pasta para dedicarse a eso. El proceso desveló realidades aterradoras y desconcertantes, además de una acritud recalcitrante. Me volví cínica. La angustia te vuelve loca, rabiosa; cuando la gente empezaba a atacarme en el talón de Aquiles, yo quería devolverles el golpe. No tenía ganas de comportarme como una persona madura: quería que se sintieran pequeños, clavarles mi aguijón.

Sin embargo, me repetía que no debía ser como ellos. Que debía pensar en quién quería ser yo. He trabajado duro reescribiendo los borradores de este libro para moderar mi sarcasmo y los ataques personales. Me prometí que no minimizaría ni deshumanizaría a nadie. El objetivo jamás debe ser insultar, sino solo enseñar y dar a conocer temas de mayor envergadura para que todos podamos aprender algo. Quiero seguir siendo yo. Por eso me esfuerzo por no devolver el empujón y a cambio usar mi voz de manera controlada. «Dos ciclistas». Por cada persona que quiere hacerme daño, hay más que quieren ayudar. Deseé que existiera la figura del experto en depredadores, en víctimas, en consentimientos, para educar mejor al jurado. Ponemos bajo la lupa las acciones de la víctima en vez de estudiar los patrones de comportamiento de los depredadores sexuales. O cómo el alcohol funciona como ventaja para el depredador porque disminuye la resistencia y debilita las extremidades.

BROCK: Se resbaló.

DEFENSA: ¿Te acuerdas de cómo iba vestida esa noche? ¿Qué llevaba puesto?

BROCK: Un vestido.

DEFENSA: De acuerdo. Cuando se resbaló, ¿qué le pasó a su cuerpo?

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¿Por qué se hizo una pausa para describir la ropa que yo llevaba puesta? ¿Acaso mi vestido explicaba su comportamiento? Entré en el sistema judicial esperando hallar un lugar ordenado, civilizado y constructivo. Ahora estaba descubriendo qué voces se amplificaban dentro del juzgado y cuáles se silenciaban. Durante la sentencia, el juez había citado pasajes de una carta escrita por una amiga de Brock. Omitiré su nombre porque confío en que haya aprendido de sus errores. En su carta decía: «No creo que sea justo basar el futuro de los próximos diez años o más de su vida en la decisión de una chica que lo único que recuerda es la cantidad de alcohol que bebió para presentar cargos contra él. No la culpo directamente porque no es lo correcto. Pero ¿dónde ponemos el límite para dejar de preocuparnos y de ser políticamente correctos cada segundo del día y darnos cuenta de que las violaciones que suceden en el campus no siempre se deben a que alguien sea un violador? […] Es un caso completamente distinto al de una mujer a la que secuestran y violan cuando va a buscar el coche a un aparcamiento. Eso sí es ser un violador. Estos no son violadores. Son chicos y chicas idiotas que beben demasiado y que no saben dónde están y se les nubla la razón».

Cuando se publicó mi declaración, también salió a la luz su carta. Ese verano ella tenía programada una gira con su grupo, formado por tres mujeres, pero los locales cancelaron un concierto tras otro, anunciando que no toleraban la cultura de la violación. Las echaron del sello, la gira se anuló y ella presentó una disculpa pública. Lo que realmente resultó mucho más desconcertante fue que de las treinta y nueve cartas escritas, el juez eligiera solo aquella para citarla durante la sentencia. Cabía esperar la desinformación de la chica, pero no la del juez.

Al citarla como fuente, el magistrado respaldaba su visión distorsionada y obsoleta de lo que era una violación. Sabemos que es más habitual que se produzca una violación entre conocidos que entre desconocidos, pero cuando menoscabamos la gravedad de la violación entre personas que se conocen o las violaciones en estado de ebriedad que suceden en las fiestas, recuperarse de las heridas cuesta mucho más: el proceso de recuperación queda destruido y el depredador ni se inmuta.

La madre de Brock escribió: «Lo primero que pienso cada mañana al despertarme es que esto no es real, que no puede ser real. ¿Por qué él? ¿Por qué él? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?». Yo jamás me pregunté por qué a mí. Lo único que se me pasó por la cabeza cuando mi hermana me

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vino a buscar aquella mañana fue: «Gracias a Dios». Gracias a Dios que me había pasado a mí y no a ella, ni a Julia, ni a una chica de dieciocho años que tendría que haber renunciado a sus estudios. Yo tenía el privilegio de haber podido acabar mis estudios universitarios y de que mis circunstancias vitales fueran estables. Tenía un hogar, que no estaba demasiado lejos del juzgado, en el que podía recuperarme después de las diligencias. Tenía un padre y una madre que me apagaban la luz de la mesilla y me tapaban con una manta cuando me quedaba dormida. Tenía dinero ahorrado. Curiosamente, estaba preparada para embarcarme en aquel viaje.

Aunque millones de personas conocen ahora mi historia, el año de mi agresión solo se la conté a dos personas ajenas a mi núcleo familiar. Al año siguiente, a algunas más. Y al siguiente, a tres. Lo extraño es que sincerarme con alguien a quien no conozco me resulta fácil. Sincerarme con una persona conocida me cuesta mucho más. Quizá porque en ellos habitan espacios de tu pasado: quién eras, quién creían ellos que eras. Es duro ver cómo se disuelven esas ideas para reconfigurarse en torno a esta nueva identidad. Cuando se lo contaba a un ser querido, me fijaba en sus ojos. Son unos ojos que buscan, como si esperaran que yo fuera a decirles que nada de aquello era verdad. Cuando mi padre le dijo a la abuela Ann que yo era la víctima, ella repetía una y otra vez: «¿Cómo? ¿Cómo?». Llevaba meses siguiendo la historia en el periódico. Lo único que podía decir era: «No es verdad. No puede ser Chanel». Por mucho que me recupere, la agresión siempre será algo triste. Tengo que aceptarlo. Tengo que dejar de avanzar la historia a la parte en que recibo tantas cartas de apoyo. Tengo que conservar un espacio para el duelo.

Me paso más días hecha un ovillo que animada, porque constantemente veo cuánto tiene en contra una víctima. Sin embargo, a pesar de la desesperación o del agotamiento, creo que el deseo de querer un mundo mejor y de estar aquí para verlo jamás desaparecerá. Y ese anhelo me basta.

El chiste favorito de mi madre es el de una araña y un ciempiés que están tomando el té. El ciempiés se levanta y se ofrece para ir a comprar unos dulces. Sale por la puerta y pasan las horas. La araña se muere de hambre y, preguntándose qué debe de haber pasado, abre la puerta. El ciempiés sigue allí, sentado en la alfombra, poniéndose los zapatos. Imagino que yo soy el ciempiés, batallando para atarme cada uno de sus

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cien minúsculos zapatos. Me cuesta más arrancar que a la mayoría. Pero me pondré un zapato tras otro hasta que me pueda levantar y volver a la carga.

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Solo cinco meses después de leer mi declaración ante el juez, Trump fue elegido presidente. Sentí el mismo mazazo que cuando el juez dijo «seis meses». Me pilló por sorpresa. Me sentí frustrada. Hundida.

Cuando salió a la luz la cinta de Trump de Access Hollywood, el ciudadano medio reconoció que lo que dijo fue vulgar, obsceno, repugnante. Anderson Cooper le preguntó sin rodeos a Trump si comprendía que estaba hablando de agresión sexual y la nación entera lo vio encogerse de hombros y decir: «Son cosas que se dicen en el vestuario». La gente se acabó cansando. Pusieron la cinta mil veces, debatieron sobre ella otras dos mil, pussy, pussy, pussy en letras impresas, en antena, el Partido Demócrata y el Republicano se enzarzaban en discusiones: «Tu comentario está fuera de lugar; no, el tuyo sí que está fuera de lugar», hasta que al final ya no oías nada más. Nos acabamos acostumbrando a que se repitieran los patrones: desviar la atención, defenderse, diluir el argumento. «La cinta era de 2005, son conversaciones de tíos». Querían que nos ocupáramos de nuestros asuntos y que pasáramos página.

Aquel lenguaje me ofendía, pero lo que me preocupaba todavía más era el contexto. «Lo único que veo son las piernas. Buf, está tremenda». Trump y Billy Bush estaban evaluando a una mujer; no de pasada ni a partir de un recuerdo, sino desde un autobús que se acercaba lentamente a ella. La mujer se hallaba presente, era visible, pero estaba excluida. La imagino esperando fuera, sonriendo y esperando paciente. Ella es el ciervo, mientras que nosotros sabemos que entre los arbustos se ocultan pumas que están al acecho y yo la intento avisar entre susurros para que se ponga en guardia. «Corre». Cuando los dos hombres se bajan del autobús, abandonan su charla obscena y recuperan su cara pública. «¿No le das un abracito a Donald?». Al verla saludarlos cordialmente y caminar entre

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ellos con los brazos entrelazados, el miedo me invadió y me hizo recordar que muchas veces somos totalmente ajenas a lo que sucede.

«Son cosas que se dicen entre hombres, una conversación privada que sucedió hace muchos años». En vez de disculparse, lo que hizo fue trasladar la conversación del autobús al vestuario, otro lugar inaccesible para las mujeres. En ningún momento dijo que su comportamiento tendría que haber sido diferente, sino que se trataba de una conversación privada. Quería mantenernos al margen; jamás debíamos habernos enterado de aquello. No sentía lo que había dicho, sino que lo hubieran pillado. Trump me recordaba a alguien.

Yo me lanzo y les planto un morreo. Es que ni me espero. «La besé», dijo Brock. «Y no le pediste permiso antes de besarla, ¿no?», le preguntó la fiscal. «No», respondió Brock. Me lancé sobre ella como un tigre. «La besé en la mejilla y en la oreja —dijo Brock—. Le toqué los pechos. Le bajé el vestido». Grab’em by the pussy. «Le quité la ropa interior… y le hice un dedo». Intenté follármela. Vivimos en una época en que resulta difícil distinguir lo que dice un presidente de un agresor de diecinueve años.

La sociedad le asigna a la mujer la tarea prácticamente imposible de distinguir lo que es inofensivo de lo que es peligroso y le atribuye la perspicacia necesaria para darse cuenta de lo que algunos hombres son capaces de hacer. Cuando damos la voz de alerta por una agresión, Trump nos dice: «No creo que entiendas lo que pasa. Son solo palabras. Estás exagerando, te ofendes demasiado rápido, eres una histérica, una maleducada, ¡relájate!». Por eso desestimamos frases amenazadoras y señales de alerta mientras nos disculpamos por ser unas paranoicas. Vamos a una fiesta o a una reunión pensando que se trata de una fiesta o de una reunión. Pero cuando se aprovechan de nosotras y regresamos heridas, arrastrándonos, entonces nos dicen: «Cómo puedes ser tan inocente. No fuiste capaz de ver el peligro, bajaste la guardia, ¿qué creías que iba a pasarte?». Trump dejó muy claro que la partida está amañada, que las reglas cambian todo el rato. Da igual que tú creas que es una agresión porque, al final, él tiene la última palabra.

En el minuto 1:10 de la grabación de Access Hollywood se oye el ruido que hacen los caramelos Tic Tac al moverse dentro de su cajita. «Será mejor que me tome unos Tic Tac por si le doy un morreo». Habrá quien diga: «¡Es un tío que se toma un caramelo de menta en un autobús, nada

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más!». Pero me provocaba la misma sensación que cuando un hombre cierra una puerta a tu espalda y oyes el ruido de la cerradura: todo el cuerpo se te tensa. A las mujeres nos han enseñado a detectar micromovimientos, a evaluar y a prever todo lo que puede pasar, a medir en todo momento la distancia existente entre las palabras amenazantes y las realidades. Se nos pide que nos defendamos en cualquier situación imaginable, que pensemos en vías de salida, que caminemos con las llaves colocadas entre los nudillos, una reacción instintiva en nuestra rutina cotidiana.

El 6 de julio de 2016, un mes después de que se publicara mi declaración, Philando Castile, un joven negro, volvía a casa en coche desde el supermercado cuando un agente de la policía le pidió que parara el vehículo porque tenía un faro roto. Le disparó siete veces. Su prometida, que estaba en el asiento del copiloto, grabó el momento en que se desplomó, con la camisa blanca manchada de rojo como la bandera de Japón, mientras una niña de cuatro años estaba sentada en el asiento de atrás. Pensé: «He aquí la prueba, seguro que se llega a un veredicto». Lo tienes delante de las narices, no puedes volver la cabeza ni razonar lo contrario.

Sin embargo, el 16 de junio de 2017 el jurado concluyó en su veredicto que el agente no era culpable. La gente tomó las autopistas en Oakland. Hubo quien dijo que se había desatado el caos, pero yo lo veía como lo más razonable del mundo. Mi testimonio estaba incompleto porque tenía lagunas mentales. Philando no pudo testificar porque estaba muerto, ni siquiera pudo asistir a su propio juicio. Deseé que el fiscal hubiera llamado a Philando al estrado y hubiera obligado al jurado a mirar el banquillo vacío de los testigos, mientras su nombre resonaba todavía en el silencio de la sala, y que hubiese iniciado su turno de preguntas. «¿Qué motes cariñosos tenías para la pequeña? ¿Se te cansaban los brazos cuando la aupabas? ¿Sabías esa mañana, mientras te vestías, que esa sería la ropa con la que morirías? ¿Qué tipo de pastel querías para tu boda?».

El agente de policía dijo que se asustó, que tenía motivos para creer que Philando estaba buscando su pistola. Que alguien me lo enseñe. Yo veo a un hombre sentado, con el maletero lleno de alimentos que empiezan a derretirse, que lleva una fina prenda de algodón y con una niña pequeña

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en el asiento de atrás. ¿Me dices que está a punto de sacar una pistola, de disparar a un poli a través de su chaleco antibalas para luego salir huyendo de allí al volante? ¿Por qué iba Philando a disparar a un hombre inocente a los cuarenta segundos de haberlo conocido? ¿Por qué sí lo hizo el agente?

Volvamos a la clase de cine y literatura del señor Hernández. A Tiburón. El señor Hernández hizo hincapié en que no se ve de verdad al tiburón hasta que han pasado ochenta minutos de película. En su lugar oímos terribles historias y atisbamos su siniestra aleta; nos preparamos para pasar miedo, de modo que cuando el tiburón hace su gran aparición, vemos todo lo que nos han enseñado a ver: al escualo despiadado y sediento de sangre. Antes de que el policía parara el coche de Philando, aquel había informado de que el hombre se parecía al sospechoso de un robo e hizo un comentario sobre su «nariz ancha». Cuando el policía se acercó a la ventanilla, no vio a Philando, sino que vio todo lo que pensaba que sabía de las narices anchas, de la negritud y de las pistolas, y le sumó la idea de «amenaza». El problema no es quiénes somos, sino quién crees tú que somos. En las realidades que proyectas sobre nosotros, como que Philando fuera violento o que yo pudiera querer tener relaciones sexuales detrás de un contenedor de basura.

El agente de policía testificó lo siguiente: «Pensé que iba a morir, y que si él… tenía el valor y la desfachatez de fumar marihuana delante de una niña de cinco años y de arriesgarse a estropearle los pulmones convirtiéndola en fumadora pasiva y que si la persona que estaba en el asiento del copiloto estaba haciendo lo mismo, entonces… ¿qué miramiento tendría conmigo?». En su testimonio reconocí de nuevo aquella expectativa familiar de que la víctima debía tener una conducta irreprochable para ser merecedora de vivir. «La desfachatez de fumar marihuana» era razón suficiente para morir. Que la defensa dijera que yo era una «fiestera» también implicaba que merecía que me violaran.

Brock escribió en su declaración: «Como soy de una ciudad pequeña de Ohio, no había estado antes en fiestas en las que se consumiera alcohol». Se obtuvo una orden de registro para examinar el móvil de Brock, donde aparecieron mensajes del verano anterior a su entrada en la universidad, fotos en las que se le veía bebiendo alcohol, y fumando de una pipa y de una cachimba. «¿Sabes si puedo comprar una china para dabbear?». El dabbing es un modo de consumir cannabis concentrado. «No veas, tío, la semana pasada me metí ácido con Kristian». Mensajes de

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amigos: «Me muero por meterme ácido y pegarme un buen viaje. Cuenta conmigo». Había también mensajes sobre el candyflip, que es la mezcla de LSD y MDMA. «Joder, tengo que probarlo, me han dicho que es una puta pasada».

Me daba igual, eso no probaba que fuera mala persona, no estoy aquí para juzgar su consumo de drogas. Dale duro a la cachimba, chaval. Toma setas para desayunar, comer y merendar. Dale al dabbing ese hasta que te canses, sea lo que sea. ¿Sabes por qué? Pues porque es tu vida y puedes meterte lo que te dé la gana. Pero lo que no puedes hacer es presentarte en el juzgado y decir en tu declaración: «No tenía experiencia en el tema del alcohol y las fiestas, así que me tomé lo que [los chicos del equipo de natación] me enseñaron que era lo normal… La cultura de la fiesta y el comportamiento de riesgo que he experimentado brevemente durante los cuatro meses de universidad me han destrozado».

El día que se leyó el veredicto de mi caso, un artículo de The Washington Post citaba a Brock diciendo que en diez años esperaba ser médico residente y estar especializándose para ser cirujano. Su hermana escribió: «Adiós a los Juegos Olímpicos. Adiós a especializarse en cirugía ortopédica». Otra carta decía: «Como puede que sepan, Brock fue a la universidad con la intención de estudiar Ingeniería Biomédica… Su personalidad encajaba bastante con la del típico estudiante de ingeniería: era respetuoso, discreto, humilde…». Encontré su currículum en el informe de la agente de la condicional. En el momento de la agresión había trabajado de socorrista dos años y después había sido empleado de una tienda llamada Speedy Feet. Pero jamás leí eso en ninguna parte. Nadie lo obligó a reconocer los hechos de su presente. Se hablaba de él desde el punto de vista del potencial perdido y de lo que nunca sería, en vez de hablar de lo que sí era. Hablaban como si su futuro aguardara pacientemente su llegada. La mayoría de nosotros entiende que nadie te promete un futuro concreto. Que es algo que se construye día tras día, en función de las decisiones que tomes. Te lo ganas poco a poco, con mucho esfuerzo y resolución. Si no actúas en consecuencia, el sueño se esfuma.

Si el castigo se basa en el potencial, la gente privilegiada recibirá sentencias más leves. A Brock lo protegían las proyecciones favorables de la gente sobre su futuro o sobre lo que se suponía que sería su futuro. «Cirujano ortopédico. Ingeniero biomédico. Un atleta estadounidense de primer nivel universitario. Olímpico». El juez alegó que ya había perdido

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tanto, que había renunciado a tantas oportunidades. ¿Y qué pasa con los que empiezan teniendo poco que perder? Pongamos que en vez de un atleta de Stanford de diecinueve años ese mismo crimen lo comete un chaval hispanoamericano de la misma edad que trabaja en la cocina de esa fraternidad. ¿Acabaría esta historia de modo distinto? ¿Diría The Washington Post de él que es un futuro cirujano?

Lo que quiero decir puede resumirse en la frase que escribió Brock: «Yo simplemente vivía en una realidad en la que nada podía ir mal o nadie podía pensar que lo que yo hacía estaba mal». Los privilegios acompañan a la gente de piel clara y contribuyeron a que siguiera creyendo que las consecuencias no eran aplicables en su caso. En este sistema, ¿quién es intocable? ¿Quién es prescindible? ¿Qué vidas estamos decididos a proteger? ¿A quién se ningunea? ¿Quién es la persona que de verdad perturba el orden, que dispara, que mete el dedo, que crea un problema donde antes no lo había? Brock dijo que no le había contado tantos detalles importantes al detective en el momento de su detención inicial porque… «la cabeza me iba a mil por hora y no era capaz de pensar con claridad en lo que había pasado». Sin embargo, de las víctimas se espera siempre que piensen con claridad. Nosotras no podemos utilizar el miedo como excusa. Siguen produciéndose actos de violencia irracional mientras nos piden más y más pruebas y nos dicen que no es suficiente, que lo intentemos de nuevo.

Incluso cuando la agresión sexual se denuncia a la policía, solo un pequeño porcentaje conseguirá que se ocupen de ella los fiscales. Y no es porque no crean en la víctima, sino porque saben que la carga de la prueba es determinante, que hay que probar que la agresión sucedió «más allá de la duda razonable». Tu fiscal no te someterá a todo este proceso judicial si las pruebas son escasas y las posibilidades muy pequeñas desde el principio, lo que significa que aunque la víctima quiera llevar adelante el caso, esto no siempre dependerá de ella.

De modo que la alternativa que queda es interponer una demanda por lo civil, que sigue un criterio de valoración de la prueba menos exigente, «la preponderancia de la prueba». Aun así, debe encontrar, convencer y contratar a un letrado que acepte su caso. En un proceso civil, el nombre de la víctima no se protege y probablemente se la acusará de demandar por dinero. Este proceso puede durar entre dos y tres años.

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Cuando una víctima sufre una agresión en un campus universitario, normalmente lo que esta quiere es que le aseguren que ella está a salvo y que el culpable jamás repetirá el crimen. Se ha acusado a las universidades de carecer de la sofisticación necesaria para gestionar estos casos debido a la persistente confusión entre sus distintos sistemas disciplinarios, por lo que se aconseja de nuevo a las víctimas que acudan a la policía. Los delitos graves deben gestionarlos unos sistemas serios, estoy de acuerdo. Pero la víctima sacrificará su educación para pasarse años bregando con el sistema penal. Las universidades no están preparadas para llevar a cabo procesos judiciales completos, pero está en sus manos crear entornos seguros e imponer castigos limitados expulsando al agresor del campus. Es absolutamente cierto e innegable que todo el mundo merece tener un juicio justo, en especial cuando las consecuencias son muy serias. Sería absurdo que las universidades pudieran enviar a los hombres a prisión. Pero eso no es lo que pedimos. Lo máximo que pueden hacer es decirles que ya no pueden estudiar allí, que ya no pueden entrar en la biblioteca ni en la cafetería, que tienen que buscarse otras bibliotecas y cafeterías a las que ir. Si se puede expulsar muy rápido a los estudiantes que plagian o venden drogas, el mismo castigo debería aplicarse si hay pruebas suficientes de que estas personas suponen un riesgo para otras. «¡Ah, pero y qué pasará con su reputación! Eso sí que le hará sufrir». El consejo que tengo para él es que si tanto le preocupa su reputación, que no viole a nadie.

Brock escribió: «Antes de que pasara todo esto, jamás tuve ningún problema con las fuerzas del orden y tengo la intención de que siga siendo así». El 15 de noviembre de 2014, tres meses antes de mi agresión, el agente Shaw vio a tres jóvenes deambulando por el campus de Stanford con latas de cerveza en la mano. Cuando fue a detenerlos, salieron corriendo. Consiguió atrapar y detener a uno, que confesó que el tipo que había escapado era Brock. Lo llamaron. La policía anotó lo siguiente: «Se presentó con un esmoquin de color naranja intenso y el agente Shaw notó que olía a alcohol […] Llevaba una mochila negra que contenía latas de cerveza Coors Light, además de una cerveza en la mano. Admitió que había intentado esconder la cerveza y dijo que sabía que no podía tomarla porque no tenía aún veintiún años. Declaró que decidió salir corriendo cuando vio que el agente Shaw se acercaba. Mientras corría, oyó la orden

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verbal que le pedía que se detuviera, pero siguió con la huida. Dijo que tomó la decisión en una fracción de segundo y que se arrepentía». El agente Shaw sería la persona que fotografiaría mi cuerpo tres meses después de este incidente.

Medio año después de mi agresión, dos mujeres jóvenes fueron al encuentro del detective Kim para informarle de que habían visto a Brock en la fraternidad KA el fin de semana anterior a mi agresión sexual. En el informe policial se lee: «Le puso la gorra y ella se la quitó. Entonces empezó a bailar detrás de ella e intentó que ella se diera la vuelta para tenerla de frente. La chica se sintió incómoda e intentó moverse para que él no estuviera justo “detrás” de ella. Entonces él se volvió muy “sobón” y le puso las manos en la cintura y en el vientre. Incluso llegó a ponérselas en la parte superior de los muslos. La chica estaba cada vez más incómoda y se acabó bajando de la mesa. Dijo que la insistencia del acusado “la asustó”».

El mismo sitio, una semana antes. Agradecí profundamente que las chicas se hubieran tomado la molestia de localizar a mi detective, porque sabía que habría sido mucho más fácil ver las noticias, decir: «¡Ostras, es el mismo tío de la fiesta!», y seguir con su vida. En vez de eso, contribuyeron con su historia y luego regresaron sin hacer ruido a sus vidas.

«Poco después de la detención del acusado en la madrugada del 18 de enero de 2015, los detectives vieron en la pantalla de su móvil un mensaje enviado a la aplicación de mensajería para grupos “Group Me”, que decía: “¿De quién son estas tetas?”». Otra persona del grupo había borrado las imágenes. Se especuló con que Brock me había fotografiado los pechos y había enviado la foto. Si es verdad, no quiero saberlo.

Las historias de Brock escapando de la policía con una mochila llena de Coors, restregándose contra chicas, fumando maría, metiéndose ácido y fotografiando tetas distaban bastante de la imagen proyectada por sus seres queridos y los medios de comunicación. The Washington Post dijo que era una persona «impoluta» y que tenía «cara de niño». Un querubín de mejillas sonrosadas. Los autores de las cartas insistían en que «le habían colgado erróneamente la etiqueta de criminal». Decían que era «un hombre inocente que luchaba por su libertad. Que le gustaba disfrutar de la vida. Que no tenía ni una pizca de maldad en el cuerpo. Que se sonrojaba enseguida. Si tuviera que definirlo con una palabra, elegiría amable… es

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de ese tipo de personas que se parecen a un perro labrador porque son bondadosas, cariñosas, inteligentes. Humildes, responsables, dignas de confianza. No le harían daño a una mosca».

Incluso después de la condena estaban convencidos de que seguía teniendo derecho a la impunidad. Su apoyo era inquebrantable, se negaban a llamarlo «agresión sexual», se limitaban a hablar de «este lío terrible», «esta situación desafortunada». Y aun así decían: «Brock no es de los que cree que está por encima de la ley o que tiene privilegios especiales […] Como mujer, jamás me he sentido intimidada por él. En absoluto». En la declaración de su madre, que ocupa tres páginas y media a interlineado simple, yo no salgo ni una sola vez. La supresión es una forma de opresión, el rechazo a ver.

El 20 de enero de 2017, cuatro meses después de que saliera a la luz la cinta de Access Hollywood, el país entero vio a Trump sonreír, alzar la mano y jurar su cargo como presidente de los Estados Unidos. Yo temblaba. Era por el repiqueteo de miles de caramelos Tic Tac. «Puedes hacer lo que quieras».

Las noticias me pillaron en la nieve. Estábamos a 2 de diciembre de 2017, un año y medio después de la lectura de la sentencia. Lucas y yo habíamos ido a la cabaña de un amigo. Medio dormida, oí el frufrú de sus pantalones para la nieve, el ruido de los cacharros en la cocina, el gorgoteo del fregadero y el calor colándose por las rejillas de ventilación. Cogí el móvil para darle mi acostumbrado repaso desde la cama con los ojos entrecerrados. Vi que tenía llamadas perdidas. Había novedades: Brock había apelado la sentencia. Denunciaba que había tenido un juicio injusto y que no había pruebas suficientes contra él. El escrito tenía 172 páginas. The New York Times observaba que sesenta páginas del texto hablaban únicamente de mi ebriedad. El paisaje nevado y los abetos se difuminaron. Tenía que volver, averiguar qué significaba todo aquello, llamar a mi fiscal, a mis padres, y decirles: «Sí, me he enterado. Sí, estoy bien, no os preocupéis».

Los recursos de apelación son muy habituales y todo el mundo tiene derecho a interponerlos, pero la idea de que el caso no se cerrara definitivamente y de que hubiera una posibilidad —por remota que fuera — de repetir el juicio hacía que se me revolviera el estómago. La fiscal me

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dijo que no se podía hacer nada. El fiscal general del estado tardaría unos meses en dar una respuesta por escrito. Una vez lo hiciese, el abogado que gestionaba la apelación de Brock, el señor Multhaup, presentaría un alegato oral frente a un tribunal integrado por tres jueces en algún momento del año siguiente, sin especificar cuándo. El abogado de pelo cano que había visto el día de la sentencia había sido reemplazado por aquel hombre cuya línea del pelo le dibujaba una uve sobre la frente.

Una llamada de Tiffany. Había abandonado una mesa llena de amigas en pleno brunch. «¿Qué significa esto? ¿Es malo?». Estaba sola, en el exterior, mientras yo, en una habitación rodeada de nieve, deseaba que estuviéramos juntas. La gente de la cabaña estaba acabándose las tostadas y empezaba a ponerse las gafas para salir a la nieve. Eran partícipes de una realidad de la que yo ya no formaba parte. Lucas regresó al cuarto, se dio cuenta de que yo no estaba bien cuando me vio pegada al teléfono y todavía sin vestir. Me preguntó qué me pasaba y, cuando se lo dije, se mostró decidido a no permitir que aquello nos estropeara el día. Saldríamos a esquiar. Negué con la cabeza.

Lucas se había visto en la misma situación demasiadas veces. Más que enfadarse por la apelación misma, se enfadaba por el efecto que tenía en mí. Quería arrancarme de sus garras y colocarme rápidamente en un telesilla, que era donde yo debía estar. Pero yo no quería moverme ni fingir felicidad ante los ojos de los demás. Lucas dijo al fin que dejaba que tuviera mi momento de privacidad y se llevó el móvil. Me dijo que lo llamara para que nos viéramos cuando estuviera preparada. Oí al grupo salir por la puerta hasta que la casa se quedó al fin en silencio.

Ciento setenta y dos páginas. Miré el índice, vi que había apartados dedicados a «la hermana de la señora Doe», al «novio de la señora Doe», a «Julia». Vi cómo desmembraban otra vez a mis seres queridos, esta vez con una nueva retahíla de acusaciones más violentas e insultantes que las anteriores. Quería arrancar sus nombres de las páginas y tenerlos cerca de mí, lejos de las manos del abogado.

Escribí mi declaración para decir basta. Basta de pisotearme, de negarme, de empujarme. Ya había tenido suficiente y había soportado demasiadas cosas; no podía más. Esto tenía que acabar ya. Y aquella era su manera de decir «no». Su manera de decir: «Ahí tienes un “no” de ciento y setenta y dos páginas». Vivían en una caja insonorizada y pretendían ahogarme allí dentro con ellos.

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Cuando le pedís a una víctima que denuncie, ¿sois conscientes de dónde le estáis pidiendo que se meta? «¿Por qué no acudió a la policía?». En mi caso hubo agentes, un detective, paramédicos, coches de policía, una ambulancia. Lo esposaron, me fotografiaron, registraron testimonios, pusieron por escrito cada detalle de mi cuerpo, desde la gruesa cadena que llevaba alrededor del cuello hasta los cordones de mis zapatos, se quedaron con mi ropa, con la suya. Presenté cargos a las veinticuatro horas de la agresión y allí estaba yo, tres años después, leyendo las afirmaciones del abogado de la apelación, que decían que no cabía duda de que yo «estaba delante del contenedor», de ningún modo «“detrás” de él». Que había sido un «mero masaje externo» de mi «apertura genital», que éramos «gente joven apasionada dando rienda suelta a sus instintos sexuales». Cuando decís que acuda a la policía, ¿qué os imagináis? Estaba muy agradecida por tener la ayuda de un equipo. Pero la policía se ocupa de otros casos mientras la víctima se queda estancada en el agonizante y dilatado proceso judicial, donde la obligarán a cuestionarse quién es y a olvidarse de sí misma. ¿Solo te atacaron físicamente? Pues aquí tienes un poco de información sobre cómo puedes meterte en un proceso de abusos verbales que puede durar varios años. A veces parece más fácil sufrir una violación sola, en silencio, que enfrentarse al despedazamiento que va asociado a la búsqueda de ayuda.

Cuando una víctima busca ayuda, se cree que va al ataque del agresor. Pues bien, son dos cosas distintas: buscar ayuda es el motivo principal, la caída en desgracia del agresor es un efecto secundario. Pero lo que se nos dice es que, si tú hablas, a él le pasará algo malo. Tú serás la culpable de todos los trabajos que no consiga, de todos los partidos que no pueda jugar. Su familia, amigos, comunidad y equipo descargarán toda su ira contra ti. ¿Seguro que eso es lo que quieres? Obligamos a la víctima a reflexionar seriamente sobre las implicaciones que tendrá su denuncia en la vida del agresor, pese a que este jamás pensó en las consecuencias que tendrían sus acciones en la vida de ella. La víctima, por definición, está en inferioridad numérica. Ella ha sido el único objeto de su agresión sexual y de ella se espera que sea capaz, por sí sola, de echar por tierra unas creencias firmes respaldadas por años de entrañables historias. Dirán: «Jamás lo hemos visto comportarse así, de modo que mientes». Esa sensación también se reflejaba en la declaración de la hermana de Brock: «Las pruebas presentadas durante el juicio y las conclusiones a las que se

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llegó sobre su personalidad se basaban solo en una noche de su vida y salían de boca de extraños que no lo conocen: son solo una minúscula fracción de su existencia. Las víctimas no somos fracciones. Somos entidades completas».

Cuando la sociedad se pregunte sobre el porqué de la reticencia de una víctima a denunciar, estaré aquí para recordarle que se nos pide que sacrifiquemos nuestra cordura para luchar contra unas estructuras obsoletas que se diseñaron para someternos. Las víctimas no pueden dedicarle tanto tiempo a eso, porque también son estudiantes, profesores o padres que no pueden renunciar a su trabajo o a su formación. El adulto medio apenas tiene tiempo para renovar el carné de conducir. No es razonable pedir sin más que las víctimas dejen su vida a un lado para dedicarle más tiempo a perseguir algo que, en primer lugar, ellas tampoco pidieron. No se trata de que a las víctimas les falte empeño, sino de que la sociedad ha fracasado al aplicar unos sistemas que transmitan la sensación de que es bastante probable lograr una seguridad, que se haga justicia y que se reparen los daños causados en vez de que te vuelvan a traumatizar, avergonzar en público, atormentar psicológicamente y maltratar de manera verbal. Lo que de verdad debemos preguntarnos no es «¿Por qué no denunció?», sino «¿Por qué lo harías tú?».

Brock siempre será el «nadador que se convirtió en violador». Alguien grande que la fastidió. Lo que yo haga en el futuro siempre será obra de «la víctima que escribió un libro». El talento de él precede a la tragedia. Yo, supuestamente, nací dentro de ella. Yo no me materialicé de repente cuando él me atacó. «¡Ha encontrado su voz!». Yo ya tenía una voz, él me la quitó e hizo que tuviera que andar a ciegas un tiempo, pero siempre la tuve. Simplemente la usé como nunca antes me vi obligada a hacerlo. No le debo mi éxito ni mi porvenir; él no me creó. Lo único de lo que Brock puede responsabilizarse es de agredirme sexualmente, y eso jamás será capaz de admitirlo.

El 17 de junio de 2017 el primer juicio contra Cosby acabó en empate; seis miembros del jurado se rascaron la cabeza; no estaban convencidos… Pasemos por alto lo de las dos pastillas; sí, bueno, pero no estoy seguro del todo, necesitamos más información. Una pensaría que Andrea Constand, agotada, tiraría la toalla después de pasar por un durísimo juicio que al

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final resultaría nulo. Un ejemplo más del «puedes hacer lo que quieras». Sin embargo, el 26 de abril de 2018, cuando se leyó en voz alta el veredicto del segundo juicio, Cosby acabó con las muñecas esposadas en la espalda. Más de cincuenta mujeres se habían unido a ella para decirle que no, Cosby: no puedes hacer lo que quieras.

No puedes besar a nadie sin su consentimiento, no puedes agarrar a nadie por el coño, no puedes ocultar lo que haces, no puedes apagar el micrófono, no puedes apartarlo de un manotazo ni hacer que olvidemos, porque caminamos al ritmo de esta promesa de dos palabras. Durante tanto tiempo los hombres se salieron de verdad con la suya. Lo consiguieron, sí, pero lo que hicieron jamás desapareció del todo, aunque nuestra mente quisiera olvidarlo, porque se convirtió en un recuerdo físico. Nuestro cuerpo lo almacenó a pesar de que nuestra mente lo tirara mil veces a la basura, a pesar de que nos dijeran una y otra vez que pasáramos página, que cargáramos con la culpa, que creciéramos. A pesar de que pasaran los años, formáramos una familia, tuviéramos hijos y nuestros hijos tuvieran hijos, nuestro cuerpo lo recordaba. Y aunque la mente intentara olvidarlo por completo, a altas horas de la madrugada, tumbada en la cama a solas, despierta, el cuerpo siempre protestaba: «No puedes».

En octubre de 2017, Ashley Judd y Rose McGowan estuvieron en primera línea cuando Weinstein cayó. Hombres muy poderosos empezaron a caer uno detrás de otro o, mejor dicho, las mujeres dieron un paso al frente y como resultado esos hombres cayeron. Pero jamás fue ojo por ojo, sino que un ojo valía por docenas de otros. Estos hombres no se dieron cuenta de que, con el paso de los años, mientras se aprovechaban de una mujer y luego de otra y luego de otra, estaban creando testigos, más de un apoyo, y gracias a Dios, porque parece que con uno solo no basta. Cosby,

60. Weinstein, 87. Nassar, 169. En las noticias se usaban expresiones como «avalancha de acusaciones», «tsunami de historias», «cambia la marea». Las metáforas eran correctas por su componente catastrófico y devastador. Sin embargo, la comparación con los desastres naturales era errónea, porque no eran hechos naturales en absoluto, sino únicamente causados por el hombre. Llámalo tsunami, pero no pierdas de vista que cada vida es una gotita, y que son necesarias muchas gotitas para crear una sola ola. La pérdida es incomprensible, abrumadora, enloquecedora: deberíamos haberla parado cuando era tan solo un goteo. En vez de eso, tenemos una sociedad inundada de supervivientes que dan un paso al frente, decenas de

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mujeres por un solo hombre, solo para que, un día, cuando este sea viejo, llegue a tener una mínima idea de lo que ellas tuvieron que soportar.

El movimiento Me Too, iniciado por Tarana Burke, visibilizó la abrumadora cantidad de situaciones en las que se producen agresiones y acoso sexual, y cómo la violencia está integrada en nuestra vida cotidiana, además de hacer hincapié en los numerosos gestos y conversaciones que nos han enseñado a desdeñar por insignificantes. La expresión Me Too («Yo también») es una coletilla, una adición a lo que se ha dicho antes. No puede separarse del todo, es inmune al aislamiento. Al decir esas palabras, no tenías que divulgar tu historia con todo lujo de detalles, simplemente hacías un gesto de asentimiento, alzabas la mano. Pronunciarte no te obligaba a ponerte delante de un foco, sino que te permitía contribuir con tu granito de arena en ese todo reluciente e innumerable. El movimiento Me Too ofrecía el consuelo de tener al fin la oportunidad de dejar la historia a un lado, de ver lo que se siente al caminar, respirar y agitar un poco los brazos sin cargar con ella.

Hubo quien dijo que fue una caza de brujas, se dijo: «Esta se la tiene jurada». Y pregunto yo: ¿desde cuándo? Que marquen el día en el calendario. Remontémonos a ese momento. Puedo asegurar prácticamente sin miedo a equivocarme que después de la agresión sexual ella intentó seguir con su vida normal. Que le pregunten qué hizo al día siguiente y dirá que «bueno, pues ir a trabajar». No blandió ninguna horca ni contrató a ningún abogado. Hizo la cama, se abrochó la camisa, se duchó una y otra vez. Intentó creer que seguía siendo la misma. Intentó seguir adelante hasta que las piernas no le respondieron. Todas las mujeres que hablaron lo hicieron porque llegó un momento en que no podían vivir un día más de la vida que intentaban construir. Por eso se dieron la vuelta, despacio, para enfrentarse a la situación. La sociedad cree que vivimos para perseguir al agresor, cuando en realidad vivimos para vivir. Nada más. Él trastocó completamente esa vida y las víctimas intentamos seguir adelante pero no pudimos. Cada vez que aparecía una nueva superviviente, a la gente le faltaba tiempo para preguntar: «¿Qué es lo que busca, por qué ha tardado tanto, por qué ahora, por qué no entonces, por qué no ha sido más rápida?». Pero el dolor no tiene un plazo de vencimiento. Si ella se atreve a dar la cara, ¿por qué no le preguntamos cómo pudo vivir con ese dolor tanto tiempo? ¿Por qué no preguntarle quién le enseñó a mantenerlo oculto?

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Se suele acusar a las víctimas de buscar venganza, pero la venganza es un motor muy pequeño. Sé bien que el momento en que se golpea el mazo y se cierran las esposas no me dará la paz. Puede que él esté en una celda, pero jamás sabrá lo que es que te despojen de tu propio cuerpo. No luchamos por tener un final feliz. Luchamos para decir: «no puedes». Luchamos para pedir responsabilidades. Para sentar precedente. Luchamos porque rezamos por ser las últimas en sentir este tipo de dolor.

Cuando salió a la venta el libro de Hillary Clinton Lo que pasó, me enteré de que había citado mi párrafo final: «En las noches en que te sientes sola, estoy contigo…». Y luego escribió: «A primera hora de la mañana del 9 de noviembre, cuando llegó la hora de decidir lo que diría en mi discurso de derrota, recordé esas palabras. Me inspiraron a escribir las que siguen: “A todas las niñas que me estén viendo quiero decirles que nunca deben dudar de su valía ni de su potencial. Quiero que sepan que merecen todas las oportunidades del mundo para perseguir y cumplir sus sueños”. Dondequiera que esté, quiero que Emily Doe sepa lo que significaron sus palabras y su fuerza para muchas personas».

En un momento de una pérdida inconmensurable, ella había consultado la declaración en busca de esperanza. Había vuelto a mi lugar más oscuro para iluminar el camino que tenía delante.

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En enero de 2018, más de ciento sesenta jóvenes gimnastas cambiaron los pies descalzos y las colchonetas de vinilo por los zapatos planos y los suelos embaldosados para colocarse ante el estrado y leerle una por una sus declaraciones a Larry Nassar, en cuyo rostro se dibujaba una barba incipiente, como si lo llevara manchado de tierra. Cuando salió en noticias, yo estaba troceando zanahorias y tofu, y dándole de comer a Mogu, con la tele de fondo. Cuando las voces de aquellas jóvenes resonaron en la sala, dejé que todo se quemara. El vapor subía y subía mientras yo, sentada, las contemplaba hipnotizada. Sus palabras estaban hechas de acero. Incluso cuando les temblaba la voz, su mirada seguía siendo firme. Pensé que si yo, como superviviente, estaba hecha de la misma materia que ellas, y que si era verdad que estábamos hechas de una pasta parecida, entonces yo era indestructible. Ese día algo cauterizó en mi pecho: sentí que podía levantar un coche, escalar una montaña. Me enorgullecía formar parte de lo que significaba ser una superviviente. La fuerza que transmitían. «Las niñas pequeñas no son pequeñas para siempre —dijo Kyle Stephens—. Se convierten en mujeres fuertes que vuelven para hacer añicos tu mundo».

Quizá Larry pensó que el tiempo estaba de su parte y perfeccionó su técnica con el paso de los años sin que nadie lo estorbara. Pero, durante ese tiempo, ellas se iban volviendo más fuertes y buscaban la temperatura justa para salir a la superficie. No obstante, a mí no me pasaba desapercibido el origen de su fuerza: solo es posible conseguir ese tono tras soportar un calvario inimaginable.

Sin embargo, había algo distinto. No podía evitar fijarme todo el rato en la madre, que estaba de pie junto a su hija mientras esta leía. Era una sombra lúgubre de rostro ausente; una presencia muda en segundo plano. Veía las filas de padres en el público, hundidos y solemnes. Raras veces vemos el alcance que tiene la agresión en una segunda línea; ese marcado

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contraste entre las valientes y contundentes hijas y el triste eco de sus seres queridos, destrozados por dentro. Era una escena inquietante. Se veía el intercambio de papeles entre los adultos, que retrocedían para ver a sus hijas de quince años dar un paso al frente y exigir el desagravio, mientras ellos se convertían en meros espectadores que nada podían hacer al respecto. Detrás de cada potente discurso, en los ojos de los padres se adivinaba una segunda capa de pensamiento, tal vez un diálogo lastrado por la pesada y densa culpa. Un doloroso pensamiento: «Eras demasiado pequeña para aprender esas cosas». Una pregunta, incluso: «Cómo podía haberlo evitado».

Cuando la abuela Ann le preguntó a mi madre lo que sintió cuando le conté lo que había pasado, mi madre dijo cuatro frases:

«Intento no recordarlo».

«Se me aflojaron las rodillas».

«Fui yo quien la llevó en coche hasta allí».

«Tendría que haberme dado la vuelta para llevarme a mis nenas a casa».

Lo que dice Julia: «Yo te invité a la fiesta».

Lo que dice Tiffany: «Yo me marché».

Lo que dice Lucas: «Yo fui el último que habló por teléfono contigo». Cuántas veces les he dicho que ellos son la causa de que todavía siga aquí, no la causa de mi agresión. Cada vez que se habla del caso todavía noto el efecto que tiene en mis padres: se les pone el rostro muy serio,

como cuando las nubes tapan por un instante el sol.

Ver hablar a aquellas gimnastas fue la primera vez en que me di permiso para ver el interior de un juzgado en pantalla. En los últimos años había evitado ver escenas de juicios en la tele, programas, películas e incluso dibujos animados en los que apareciera algo relacionado con algún proceso legal. Vi a un bebé disfrazado de juez en Halloween, con una toguita negra y un mazo, y odié a ese bebé y a los padres que habían tenido la feliz ocurrencia de vestirlo así, y entonces supe que me estaba volviendo loca.

El sistema de justicia penal me parecía demasiado brutal y dificultoso. Casi había perdido la fe. ¿Adónde ir? ¿Por qué apenas conocemos historias en las que la víctima es atendida y se hace justicia de verdad? Pero entonces fue cuando apareció la jueza Aquilina. No cuestioné el breve espacio de tiempo que me dieron para leer mi declaración hasta que la

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jueza Aquilina les concedió el tiempo necesario a las ciento sesenta y nueve declaraciones que se escucharon. Dejó muy claro que cada una de ellas era importante. Reservó un espacio para el desagravio y la compasión que hasta entonces yo solo había asociado con la tortura. «Deja la culpa aquí. No se merece que ni tú ni tu familia le dediquéis más tiempo». Ahuyentó cualquier asomo de negatividad. «Nada de culpar y avergonzar a los padres —decía—. Hazme caso, era imposible que lo supieras. Y no podrías haber hecho las cosas de otra manera». A las mujeres les decía: «Dejad vuestro dolor aquí y salid a hacer las maravillas que sabéis hacer». Yo no sabía que era posible recibir esas instrucciones. En la sala, el juez es el capitán del barco. El mío nos había hecho naufragar. Ella había cambiado de rumbo hacia el horizonte. Deseé que Stanford pudiera convertirse en una institución así, capaz de asumir el papel de líder en la protección de supervivientes.

Nací en el hospital de Stanford y de pequeña creía que esto te convertía automáticamente en una persona inteligente. He recorrido en bici sus arboledas de palmeras y eucaliptos, he pedaleado entre sus rojos tejados. Sigo sin saberme el nombre de la mayoría de los edificios, pero puedo trazar un recorrido por mis recuerdos, señalar cualquier lugar del campus y decir: «Aquí es donde…». Aquí es donde me puse a vender galletas cuando era girl scout. Durante la secundaria me avergonzaba mi estatura, de modo que la abuela Ann me llevó a ver al equipo de baloncesto femenino de Stanford el día de puertas abiertas para que viera lo que las mujeres altas podían llegar a ser. Me llevaba a cada partido los prismáticos de mi abuelo y agitaba en el aire una toallita para animarlas. Me encantaba la mascota bailonga con forma de árbol de ojos saltones y hojas blanditas que parecía un rollo de papel higiénico gigante. En Stanford me dieron clases de chino junto a la fuente, y también allí aprendí a escribir y a montar vídeos: el primero que hice iba de un tenedor con superpoderes (lo llamé Fork Masíerjooo, era capaz de cavar agujeros y de peinar a tu mascota). Tiffany y yo buscábamos pelotas de golf entre la hierba que había junto al campo de golf de Stanford. Imaginábamos que eran huevos especiales y nos los llevábamos a casa para incubarlos.

Una veintena de compañeros de clase que se graduaron en mi instituto fueron admitidos en Stanford. Visitar a alguien allí era de lo más normal, como también era habitual ir a fiestas silenciosas en las que bailabas con los auriculares puestos o jugar a cartas durante las vacaciones. Stanford era

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un lugar habitado por amigos, ídolos, profesores. Puede que yo jamás estudiara allí, pero era mi comunidad antes de ser consciente de que era una universidad. Era mi casa.

Después de la agresión se produjo un silencio que duró diez días. Un decano de Stanford sabía cómo me llamaba, pero nadie se puso en contacto conmigo ni me preguntó cómo estaba o si había llegado bien a mi casa. Supuse que, al no ser estudiante, no tenía derecho a recibir apoyo. Aun así, esperaba encontrarme alguna mano tendida durante aquel lapso crucial de tiempo. Todavía no había aprendido a pedir ayuda, pero si me la hubieran ofrecido, las cosas podrían haber ido de otra manera. Puede que no me hubiera pasado tanto tiempo llamando a líneas telefónicas de ayuda desde mi furgoneta. Lo que quiero decir es que me habría gustado que se hubieran preocupado aunque fuera un poco por mí, que me hubieran dicho adonde podía acudir y que hubieran reconocido en alguna medida lo que pasó.

La ausencia de Stanford se convirtió en una presencia constante cuando conducía por Palo Alto. La agresión me había causado daños físicos, pero otras cosas de mayor alcance también se habían derrumbado. Se derrumbó la confianza que tenía en las instituciones. La fe en el lugar que pensé que me protegería. Podía soportar su apatía y su reticencia a disculparse, pero lo que más me preocupaba era su incapacidad de formular la pregunta más importante de todas: «¿Cómo podemos asegurarnos de que esto no vuelve a pasar?». Habían abordado mi agresión sexual como si fuera un incidente concreto y aislado. Cuando Brock abandonó voluntariamente la universidad, me llamaron una única vez para informarme de que le habían prohibido el acceso al campus. Aparte de eso, parecía que poco más se había hecho. Mi agresión fue algo visto y no visto. Pero nada es tan sencillo.

Brock no era una manzana podrida, sino una presencia que amenazaba con que salieran a la luz los problemas subyacentes relativos a la violencia sexual en el campus. Stanford debería haber aprovechado esa oportunidad para llevar a cabo una revisión integral de sus métodos y su normativa. Para garantizar que cuando se agreda a una víctima exista una infraestructura que permita tomar medidas inmediatas. Para reevaluar la seguridad del campus. Para hacer que los supervivientes se sientan respaldados. Deberían haber dicho: «Lo que te ha pasado sí importa».

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A los pocos días de que mi declaración se viralizara, Stanford emitió un comunicado: «Han circulado muchas informaciones erróneas sobre el papel desempeñado por Stanford. En el caso que nos ocupa, la Universidad de Stanford, sus estudiantes, su policía y su personal hicieron todo lo que estuvo en sus manos». Dijeron que cuando tuvieron mis datos personales, «la universidad se puso en contacto para ofrecer su apoyo». Al leer aquel comunicado que no ofrecía ninguna disculpa y que tenía un tono casi desafiante sentí que me echaban sal en la herida. «Stanford se toma muy en serio el problema de las agresiones sexuales y ha tenido un papel muy destacado a nivel estatal en la adopción de medidas concretas».

Jennifer J. Freyd, exalumna de Stanford y profesora de Psicología, escribió una carta pública a la administración del centro en la que condenaba su «postura autocomplaciente y defensiva». Empleaba un término desconocido para mí hasta entonces: «traición institucional», que podía resultar dañino para la víctima «más allá de la propia violencia sexual. La paradoja es que este tipo de traición no solo es perjudicial para quienes dependen de la institución, sino para la institución misma».

Ese verano Michele salió en las noticias para denunciar la ausencia de disculpas por parte de Stanford. Dijo que la agresión que sufrí «no era algo impredecible ni aleatorio», porque se habían creado «las condiciones para que sucediera». Su condición de profesora titular la protegía y le permitía criticar abiertamente aquellas prácticas. Di por sentado que su esfuerzo sería en vano.

Las noticias sobre mi declaración llegaron y se marcharon, igual que el verano. El 31 de agosto de 2016, dos días antes de que Brock saliera de la cárcel, recibí una llamada de Michele: «Buenas noticias». Una mujer que ocupaba una posición de poder había informado a Michele de que Stanford quería disculparse y pagarme la terapia. A esta mujer la llamaré a partir de ahora «Semilla de manzana». Tragarte una semilla de manzana es totalmente inocuo. Sin embargo, a la larga, si te tragas muchas, pueden resultar tóxicas. Su envenenamiento es sutil y corrosivo, imposible de contener. Semilla de manzana dijo que me enviaría el documento por correo electrónico y que yo solo tendría que firmarlo para recibir el dinero. Le respondí que me negaba a recibir ninguna cantidad hasta que accedieran a reunirse conmigo para hablar de cómo gestionaron mi agresión y comprendieran lo que tenían que mejorar en el futuro. Michele

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sugirió que aceptáramos la oferta antes de que Stanford cambiara de parecer.

Me enfurecía que la llamada se produjera dos días antes de la liberación de Brock. Puse en duda sus motivos, ya que les movía la intención de limpiar su nombre y evitar toda publicidad negativa antes de que los medios recuperaran el interés por mi caso. Acudí a Lucas. «Qué hago». Me dijo: «Si van en serio, la oferta seguirá en pie dentro de unos días». Me preguntó además dónde estaba la trampa. Así que les pregunté por la trampa. «Necesitamos que te comprometas a no presentar ninguna demanda».

Al fin comprendí que yo no era visible como persona, sino como amenaza legal, una seria carga.

Quería responder con desdén, decir que no necesitaba a Stanford. «Y quién es Stanford —me dijo Michele—. Te das cuenta de que es un trust empresarial que maneja miles de millones de dólares. No puedes actuar como si una organización tan compleja fuera una persona». Era una marca que te vendía una experiencia, del mismo modo que Mickey Mouse era un señor hecho y derecho al que le pagaban por estar calladito dentro de un caparazón rígido y asfixiante forrado de pelo sintético negro con unos gruesos guantes blancos. Y al mismo tiempo, me dijo ella, Stanford no era un ente monolítico, sino que estaba compuesto por gente muy diversa que actuaba según motivos también muy diversos. «Tienes todo el derecho del mundo a odiar a cierta gente, pero también hay otros que intentan ayudarte. Escúchalos». Michele creía en Semilla de manzana, en la posibilidad de la reforma. A Michele se le había ocurrido la idea de reemplazar los contenedores por un jardín en el que se colocara una placa con una cita de mi elección. Pensé que era un gesto bonito y acepté.

El 2 de septiembre de 2016, al consultar las noticias en mi móvil, vi a Brock salir por las puertas acristaladas de la cárcel del condado con una camisa abotonada, iluminado por los flashes de las cámaras y rodeado por los micrófonos antes de que lo metieran cuidadosamente en un todoterreno. Sabía que ese momento tenía que llegar, pero ese verano sentí que había entrado y salido en un abrir y cerrar de ojos. En internet vi que la gente publicaba listas de cosas que duraban más que la pena que cumplió. «La esperanza de vida media de la artemia salina». «El tiempo que estuvo la Macarena en el Top 100 de canciones más vendidas». (Odyssey). «El pelo de mis piernas durante el invierno». (HerCampus).

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«Lo que tengo que esperar a que me contesten un mensaje». (Conniethegoat). «El tiempo que se pasa mamá hablando cuando se encuentra con alguna amiga». (Amy).

Cliqué en otro vídeo en el que salía Brock registrándose en un hotel con sus padres. Un enjambre de cámaras lo rodea para preguntarle: «¿Quieres decirle algo a la víctima?». Contuve la respiración un segundo y agucé el oído. Él se quedó delante del ascensor, con las gafas de sol puestas, mirándose los pies con los labios contraídos en una fina línea. Los padres mantenían una actitud burlona. No sé qué diantres seguía yo esperando.

Tenía que tomar el aire. Salí a correr en dirección a una cafetería. Un hombre sentado a la barra sonríe y me pregunta: «¿Eres de Colorado?». Me doy cuenta de que llevo puesta mi sudadera de Colorado. «Es un estado muy bonito, como tú. Yo soy de un pueblecito que está al norte de…». Me marcho y me voy al patio de atrás. Pido tortitas de arándano. Seis. Cuando vuelvo a entrar y paso junto al hombre, me lo quedo mirando, cojo el azúcar glas, el sirope de arce y me vuelvo a mi mesa de la esquina. A estas alturas he aprendido a recuperar mis lazos con la realidad reduciendo mi mundo a una serie de hechos inamovibles y táctiles: «Ahora estoy comiendo unas tortitas riquísimas. Ha salido el sol. Hace buen tiempo. Desde aquí veo unas begonias rosas».

Brock había salido de la cárcel, la vida seguía su curso y yo estaba entablando una especie de negociación con Stanford. Me tentaba rechazar todo el dinero. El orgullo me podía. Lo que más temía era la sensación de culpabilidad, la vergüenza y el estigma que invaden a cualquier víctima que recibe cualquier suma de dinero. Pero si mi hermana quería ir a terapia yo deseaba que tuviera la oportunidad de hacerlo. Si rechazaba el dinero y ella acudía a mí en busca de ayuda, ¿qué podría decirle? «¿Pídeselo a papá? ¿Haz que trabaje más horas?». Quería ser capaz de cuidarles, de darles algo bueno por una vez. Pero si aceptaba, ¿estaría dejando en la estacada a las demás víctimas del campus?

Tras un año y medio de proceso legal, jamás recibí ni un centavo del sistema de justicia penal. Ahora, cuando todo estaba ya dicho y hecho, se suponía que yo debía presentar una solicitud de indemnización y enviar las facturas del hospital y de la terapia, que Brock tenía la obligación de pagar. Pero, dado que él no tenía trabajo, dijeron que sería necesario fijar un programa de pagos y que iría abonando un poco cada año. Yo quería

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cortar de raíz cualquier vínculo que me ligase a él. Además, él ya se veía a sí mismo como una víctima y me preocupaba que recibir una factura por correo electrónico espoleara al abogado encargado de su apelación a seguir hostigándome.

Michele me había presentado a un abogado que expuso todas las opciones que teníamos, que básicamente se reducían a pasar dos o tres años más en el juzgado. Mientras me explicaba en qué consistía una declaración y me decía que el plazo de prescripción de mi caso ya casi se había cumplido, la logística del caso me resultó muy confusa. Sabía que no sería capaz. Stanford ofrecía ciento cincuenta mil dólares en total, una cantidad que pagaría mi terapia y la de mi hermana unos cuantos años. Se culpa a las víctimas cuando se les entrega cualquier suma de dinero. Pero pocos reconocen que curarse no sale gratis. Que deberían dedicarse más fondos para las víctimas, para la terapia, para proporcionar más seguridad, para posibles gastos de mudanza, para rehacer sus vidas o comprarse algo tan básico como ropa para el juicio. Como señaló Michele, «prevenir las agresiones sexuales es mucho más barato que intentar tratarlas cuando ya han sucedido».

Pedí la presencia de un asesor, alguien que se dedicara en exclusiva a atender las necesidades de la víctima, que la mantuviera al corriente y garantizara que recibía el apoyo necesario. La ausencia de apoyo que yo había vivido en primera persona no debía volver a repetirse. Necesitaba que revisaran las directrices referentes al contacto con la víctima después de la violación. Quería que el departamento encargado de la seguridad pública en el campus recibiera formación específica para poder informar mejor a las víctimas sobre el proceso judicial y las opciones que tienen a su alcance, en especial en lo referente a la denuncia. Y que por favor iluminaran mejor la oscura parte trasera de la fraternidad.

Michele solicitó que se iluminaran más ciertas áreas y que se pusieran cámaras de videovigilancia en zonas exteriores y de alto riesgo. Promovió la aplicación de soluciones todavía más estructurales, «la evaluación de la cultura de la violencia sexual en el seno de los programas deportivos», la revisión de las prácticas del sistema de fraternidades y que se siguiera trabajando en la transparencia de la información para lograr más inclusión y alcance.

La reunión tuvo lugar el 6 de septiembre de 2016, cuatro días después de que Brock saliera de la cárcel. Yo quería mostrar una rabia templada y

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una fuerte convicción. ¡Vamos, pide! Entré, estreché manos. Qué rápido me desmoroné. Dije algunas frases antes de olvidar lo que había ido a decir. No intimidé a nadie ni reivindiqué nada. Era como si en mi pecho solo hubiera espacio para un minúsculo reducto de aire mientras entre susurros yo decía cuánto había deseado que alguien me hubiera ayudado. Michele se enfrentó a ellos y arremetió contra Stanford por no haberme tendido la mano el día siguiente a la agresión. Tenían mi número de teléfono y mi nombre, sabían cómo encontrarme. Semilla de manzana se disculpó.

Dijo que en esa época «no tenían una pauta clara sobre cómo conectar a los no estudiantes con los recursos». Dijo que querían respetar «mi autonomía y mi anonimato». Que habían intentado ayudarme y que tenían una nota que decía que me habían ofrecido ayuda psicológica, pero que nunca me había presentado.

Desenterré viejos recuerdos. ¿Cuándo, cuándo pasó eso? ¿Fue aquella noche, encerrada en mi coche en el aparcamiento de Ikea? Había rebuscado en mi bolsa del trabajo y había encontrado el teléfono de la línea de ayuda de Stanford. Le dije a la mujer que me atendió que simplemente estuviera conmigo, que necesitaba saber que no estaba sola. Cuando al fin me calmé, la mujer me dijo que no sabía qué normas había para los no estudiantes, pero que podía presentarme en la oficina al día siguiente y decirles quién era. Cuando la llamada finalizó, el vacío engulló a aquella mujer sin rostro y yo me quedé con muchas preguntas por hacer. Si acudía, ¿quién me vería? ¿Tendría que explicárselo a alguien en el mostrador de entrada? ¿Me asignarían un psicólogo al azar? No podía volver a llamar a la línea de ayuda, me habría atendido una persona distinta. En parte, no buscar ayuda tiene mucho que ver con la inseguridad de saber dónde encajas, con la duda que percibí en la voz de la mujer: «No solemos hacer esto, pero…».

Creía que la línea de ayuda era confidencial. De repente sentí vergüenza y me di cuenta de que todo aquel tiempo el error había sido mío: no me había presentado en la oficina. Además, ni siquiera era una estudiante, no había ningún protocolo establecido, ¿qué deberían haber hecho conmigo? Imprimieron el papel y lo firmamos. Todavía estaba caliente de la máquina. Semilla de manzana llegaba tarde a algún sitio y, cuando se cerró la puerta, comprendí que se había acabado, que había firmado lo que ella necesitaba. Michele era optimista, decía que la

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conversación seguiría adelante, pero yo temía que todas aquellas promesas sobre el dinero no fueran más que palabrería.

Aquella noche volví a casa y le di muchas vueltas al tema. La noche de mi llamada había tocado fondo peligrosamente y, desesperada, había buscado ayuda. Ella no había entendido nada: atender una llamada en una linea de ayuda es algo muy distinto a tomar la iniciativa y ofrecerle recursos a la víctima desde un primer momento para intervenir antes de que esta se desmorone. «Lo intenté —debería haberle contestado—. Fui yo, no vosotros. La que os llamé fui yo». Tendría que haberle plantado cara. ¿Acaso no había tenido una experiencia parecida con el sistema judicial? «A Chanel, que no ve que…». De nuevo la manipulación sutil, el desplazamiento de la culpa y de la responsabilidad a la víctima.

Había acudido a aquella reunión con la idea de entablar una conversación abierta y personal donde se hablara de desagravios y peticiones razonables, y se debatieran posibles soluciones. Tendría que haberme dado cuenta de que, desde un punto de vista legal, no tenían ninguna intención de admitir que habían metido la pata. Semilla de manzana también estaba bajo presión: hablaba en representación de los accionistas y letrados y actuaba de portavoz de la universidad.

Esa noche me encontré mal y me acosté pronto. A las dos de la mañana me desperté y vomité en nuestra nueva papelera de mimbre: el líquido cuajado se colaba entre las rendijas de la madera trenzada. Me quité la ropa, me tumbé en posición fetal sobre la alfombrilla de la ducha y me acurruqué entre el retrete y la ducha con la mejilla apoyada sobre el desagüe. Era como si alguien me estuviera seccionando el estómago por dentro. Todo el lavabo olía a agrio. Estuve allí tumbada nueve horas.

Me parecía increíble tener gastroenteritis. Era rarísimo porque en China había comido carne cocinada en aceites extraños, había comido en sitios donde los hombres se descalzaban para meterse en el agua y atrapar pescados que luego destripaban en tocones de madera y guisaban delante de mí. Escribí una lista de lo que había comido en un pósit: «Jueves, pasta al pesto. Viernes, pollo». Los calambres persistían. Mis padres me visitaron a la semana de encontrarme así, se dieron cuenta de que había dejado de comer y me dijeron que fuera al médico.

«¿Qué te trae por aquí?». Me senté sobre el papelito arrugado y le enseñé lo que había apuntado en el pósit rosa: «Jueves, pasta al pesto. Viernes, pollo». Y así sucesivamente hasta que el doctor me respondió:

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«Debes de tener un virus». Me recetó jarabe de bismuto. Negué con la cabeza. «Ya me he acabado un bote entero, lo único que hace es que el vómito se vuelva rosa». El doctor dijo que debía tomarlo entonces en pastillas masticables, no en jarabe, y esperar a que se me pasara. Entonces me di cuenta de que la lista que había redactado no era la correcta. «Jueves, conversación con Stanford. Viernes, violador fuera de la cárcel». Un ataque de pánico, una reunión fallida, sensación de culpa por haber aceptado dinero, los tejemanejes de la negociación: todas ellas sensaciones reprimidas en mis entrañas. No sabía cómo explicárselo. «También he tenido ansiedad». El doctor me preguntó: «¿Has probado con la terapia?». Asentí. «Bueno, quizá podemos estudiarlo en tu próxima visita, pero debes saber que la ansiedad es algo muy habitual, así que vamos a esperar a que pasen unos meses y…». Clavé la mirada en el suelo.

Después de que saliera a la luz mi declaración y de que la gente se volcara en mí, pensé que mi vida empezaba a ir viento en popa, que los días malos habían quedado atrás para siempre. Sentí que tenía poder. El entusiasmo se había apoderado de mí, había quien decía que yo «había inclinado la balanza». Si era capaz de inclinarla, seguro que sería capaz de moverla del todo y cambiar el mundo de la noche a la mañana. Entré en esa reunión como una ilusa que pensaba que podía acabar con la violencia sexual en el campus en el transcurso de una hora.

Michele, sin embargo, entendía que las cosas no eran inmediatas. Llevaba más de una década enfrentándose a Stanford. «El cambio social es una carrera de fondo —había dicho ella—. No un esprint. Haces lo que puedes con el tiempo que tienes». Con «tiempo» se refería a una vida entera, al hecho de que durante nuestra existencia puede ser que no veamos corregido todo lo que quisiéramos, pero que al menos debemos luchar por ello. Empezaba a aprender en qué consistía el larguísimo y arduo proceso del cambio sustancial, lo enormes que son los sistemas y lo arraigados que están. Lo imposible que resulta derribarlos, lo minúscula que era yo.

Una semana después me disculpé ante el abogado. Lo siento, no he hecho lo suficiente. Esperaba que pudiéramos trabajar codo con codo para conseguir cambios en Stanford. Me dijo: «Ambos esperamos que sea un paso muy positivo para ti… Admiramos tu tremenda fuerza […] Tienes una luz que brilla intensamente y que Turner no ha podido apagar».

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Su socio legal dijo: «Espero que esa sensación que tienes de no haber hecho lo suficiente desaparezca rápido, porque tu contribución ha sido enorme». Pero la voz de la vergüenza seguía resonándome en la cabeza: «Idiota, pusilánime, egoísta», contrarrestando sus palabras de ánimo.

Me llegó un cheque por correo. Fui en coche a un banco nuevo, abrí una cuenta y le di la contraseña a mi padre para que la usara en caso de emergencia familiar. Ingresé dinero en el plan de pensiones de mi hermana.

Una noche oí sin querer a mis padres hablar de sus dificultades económicas y me puse colorada. Quería que el dinero lo resolviera todo y que todo el mundo fuera feliz a partir de entonces. Se acabaron los apuros y el sufrimiento. Puse fin a nuestra tristeza. Por lo menos eso sí que lo hice.

Como el lugar de la agresión se transformaría pronto en un jardín, Michele me acompañó a verlo de día por primera vez desde entonces. Los calambres en la barriga volvieron a hacer acto de presencia.

Me sorprendió lo anodino y decepcionante de aquella visión: el retazo sucio y descolorido de césped, los árboles de ramas caídas, la montaña de agujas de pino secas, la mugre, las latas de cerveza, las cucharillas de plástico, los cristales rotos, el bote de kétchup, los dos contenedores negros… ¿Aquí? ¿Aquí fue? Este es lugar que ha definido mi vida entera, que ha provocado el fin de relaciones, de empleos y la pérdida de mi identidad. Todo condicionado y robado por esta mierda de patio trasero. Habían pasado los años y todavía no me había librado de aquel sitio; seguía negociando con Stanford cosas tan ridículas como que pusieran una puta farola. ¡Una farola! Allí estaba yo; toda mi vida y todo mi dolor parecían una broma. Quería reír, clavar los puños en el suelo, arrancar la tierra con las manos, reventar las ventanas del patio con las sillas de madera sobre las que recordaba haber bailado. Pero no dije nada, me quedé pestañeando de cara al sol y, transcurridos unos minutos, me di la vuelta y regresé al coche de Michele.

Pasó medio año. Semilla de manzana me mandó un mensaje que me reenvió mi abogado: «Espero que estés de maravilla». Decía que habría un asesor que se encargaría de los casos, que se pondrían farolas en el campus. Me comunicó que la información relativa a mi agresión debería haber salido de la oficina de mi fiscal, que jamás fue responsabilidad de Stanford proporcionármela. En ningún momento decían —jamás lo harían

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—: «Nosotros deberíamos haberte protegido y te fallamos. Tendríamos que habernos interesado por ti y no lo hicimos. Tendríamos que habernos puesto en contacto contigo antes. No volverá a suceder».

Asistí al programa de arteterapia para supervivientes de agresiones sexuales y relaciones violentas en el campus. Una tarde conduje una hora desde San Francisco para llegar a aquella salita encajonada detrás de un comedor. Dos mujeres impartían el taller: una era una persona de apoyo que actuaba con confidencialidad y la otra, no. Cuando las avisé de que asistiría a la clase, temí que apuntaran que había ido y se lo dijeran a Semilla de manzana, de modo que si algún día yo decía que Stanford debería haberse implicado más, ellos pudieran replicar: «Tenemos una nota aquí que dice que Chanel aprovechó muy bien los rotuladores y los limpiapipas». Me dije que me limitaría a observar la clase.

En un rincón de la clase había una jarra de agua y gominolas. Diluviaba. El taller no incluía el debate, de modo que nos pusimos a trabajar en silencio, dando forma a la arcilla. En los escritorios había unas tarjetitas a las que podíamos darles la vuelta si queríamos hablar. Si girabas una de ellas, la persona de apoyo se acercaba a ti y te hablaba en voz baja. Estar sentada en compañía de otras supervivientes me daba paz. Nadie te presionaba para que hablaras ni fingieras que estabas animada. Una parte de mí seguía dolorida, y me sorprendí recuperándome en compañía de quienes trabajaban en silencio a mi alrededor y, a su vez, dirigí parte de esos buenos pensamientos hacia mí. Me pregunté por qué aquellas estudiantes, que debían de tener muchísimas tareas pendientes, seguían asistiendo a las dos horas de aquel taller para hacer pequeñas esculturas. ¿Qué deseo las llevaba hasta allí? ¿Qué deseaban reforzar? ¿Y dónde estaban los agresores que nos habían puesto allí? ¿Por qué éramos nosotras quienes nos reuníamos en silencio durante una noche de lluvia para modelar arcilla mientras ellos seguían con sus vidas como si nada?

Intentaba volver siempre que podía. Hicieron una sesión llamada «Cómo desenmascarar la rabia». Consistiría en crear máscaras de papel que personificaban la rabia. La máscara sería un modo de identificar la presencia de la emoción, pero crearía la distancia suficiente como para que no te devorara. Yo pensaba hacer una que fuera grande de la hostia. Cuando llegué, vi que en la sala solo estaba yo, además de las dos mujeres y un montón de sillas vacías dispersas por la sala. La persona de apoyo me preguntó si quería quedarme y le dije que sí, de modo que la mujer que no

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tenía un papel confidencial se marchó para que yo pudiera hablar sin tapujos. Quizá aquella fuera una oportunidad para expresar todo lo que jamás conseguí decirle a Semilla de manzana. Sin embargo, una vez más, me eché a llorar al revivir la sensación de abandono, de disculpa descafeinada, el daño emocional, la negativa a reconocer que no se preocuparon por mí. Qué patético era seguir esperando que alguien me hiciera recuperar la fe en aquel lugar que tan importante había sido para mí desde la infancia.

«Esta es tu casa —me dijo ella—. Y tienes derecho a sentir rabia». Sentir rabia hacia el agresor, los espectadores, la sociedad, era una respuesta normal y sana. «Hay quien dirige la rabia contra sí mismo, hacia dentro, y siente que es el único modo posible de expresar el enfado». Y eso podía resultar en un diálogo interno negativo, en culparse a sí mismo por el trauma vivido, en tener problemas para volver a creer en la justicia o en el significado de las cosas.

Volví a formularme la misma pregunta: «¿Quién es Stanford?». Si esta mujer es Stanford, entonces Stanford es un lugar amable que te acepta. «¿Quién es Stanford?». Fuera, un chico tocaba «Feliz Navidad» con una tuba. ¿Stanford es él? ¿Es Semilla de manzana? Me pasé las dos horas siguientes recortando una máscara grande y lisa en una cartulina, a la que le puse cuernos y hocico. Conduje una hora hasta que llegué a casa, agotada, y apoyé la máscara contra la pared. Observé cómo se iba resbalando hacia el suelo.

Cuando digo que a Stanford le interesaba más proteger sus propios intereses que preocuparse por el bienestar de una persona, la gente me responde: «Menuda sorpresa». Pero ¿por qué? ¿Por qué dicen «Menuda sorpresa»? ¿Por qué esperamos tan poco de las universidades? ¿Por qué es tan insólito enterarse de alguna historia en que la universidad respondió correctamente y trabajó junto a la víctima para mejorar la seguridad en el campus? Las pocas personas que íbamos a arteterapia éramos una muestra, porque había salas y salas llenas de supervivientes que buscaban ayuda por todo el país, de cualquier forma que se les ofreciera.

Las víctimas suelen ser quienes abandonan los estudios o se cambian de centro. Salen de escena sin hacer ruido, mientras la universidad sigue adelante como si nada. No me considero ingenua por esperar que las cosas mejoren ni tampoco una ilusa por querer más. He aprendido que la transparencia y la asunción de la responsabilidad pueden contribuir a la

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sanación. Semilla de manzana dijo: «Que una violencia silenciosa de ese tipo pudiera suceder en nuestro bucólico campus… es algo que no me quito de la cabeza». En esa frase percibía su incredulidad. ¿Cómo podía haber pasado algo así aquí? Hablaba como si aquello fuera una mancha en un campus que de otro modo era intachable. Pero todos conocemos las estadísticas, los clamorosos cuerpos marcados en rojo: ella y ella y ella. Es algo habitual y omnipresente para quienes lo sufren.

Volví a arteterapia. La mujer empezó la sesión hablando de la evolución y nos preguntó si podíamos pensar en algo que evolucionara. Como nos quedamos calladas, ella nos habló de la rana y de sus fases. Al mirar a mi alrededor, pensé un instante en las jóvenes alumnas. ¿Habían acudido allí porque esperaban convertirse en ranas algún día? Por definición, ¿no sería yo misma una rana? Había pasado por el sistema legal, me habían crecido las ancas, me había enfrentado a mi agresor, había puesto mi verdad en conocimiento de todos. Sin embargo, no me sentía diferente a ellas.

Por muy extraordinaria o segura de mí misma que llegara a ser la persona en que me convirtiera, en el fondo siempre sería un renacuajo. Creo que en eso consiste ser una víctima, en vivir con esa presencia inquieta que te aguijonea por dentro. Mucha gente dice que el desarrollo es lineal, pero para los supervivientes es cíclico. Las personas crecen, las víctimas se solidifican en torno al lugar del dolor, se hacen mayores y ganan en plenitud, pero esa vulnerabilidad en su centro jamás desaparece. Más que ser algo parecido a convertirse en una rana, yo creo que sobrevivir significa aprender a vivir siempre con ese renacuajo que nunca deja de moverse.

Semilla de manzana me pidió una cita para grabarla en una placa de bronce que se levantaría en el jardín. Le envié el fragmento de mi declaración en el que hablaba de tener que reaprender mi valía, que empezaba así: «Hiciste de mí una víctima […] y tuve que obligarme a aprender de nuevo mi nombre real, mi identidad. Volver a aprender que yo era mucho más […] Soy un ser humano al que han dañado para siempre, mi vida quedó suspendida más de un año, durante el que tuve que descubrir si yo valía algo o no». Semilla de manzana rechazó la cita. Mi abogado sacó la artillería: «Un jardín bonito con un mensaje más suave al que nadie presta atención es menos útil que el contenedor que estaba allí previamente». Semilla de manzana dio su brazo a torcer y accedió a crear

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una maqueta. Durante meses me tuvieron al corriente de las numerosas novedades sobre los intrincados planes previstos para el jardín: «tendrá un murete para sentarse revestido de piedra, guijarros de río oscuros, mantillo, un banquito de madera sin reposabrazos. Color de la piedra: Hillsborough y Willow Creek (50 % de cada color), el tono del mortero para las juntas de las baldosas todavía está por decidir, habrá una fuente Swirl Fountain de Stone Forest cerca del bosque de piedras, la ubicación exacta del banco está todavía por decidir, solo estará inclinada la pared exterior del muro, las muestras serán revisadas por un arquitecto paisajista». Pero seguía sin haber ninguna investigación sobre el cumplimiento del Título IX ni ninguna revisión del reglamento. Y ni rastro de mi placa.

Una tarde recibí un correo electrónico que me informaba de la programación de la ceremonia: empezaría con un discurso del rector (cinco minutos), un anuncio sobre los servicios de asistencia (cinco minutos), un discurso o carta de Emily Doe (cinco minutos), unas palabras para clausurar el acto y un momento de silencio en apoyo de los supervivientes de agresión sexual (cinco minutos). ¿Qué haces cuando te invitan a la ceremonia de inauguración del jardín donde te violaron, programada para durar veinte minutos? Quería decir unas palabras. «Gracias por las piedras». Les preocupaba tanto mostrar que eran proactivos que habían decidido crear una exhibición pública de apoyo, invitando a cámaras, preparando un itinerario detallado, el metafórico corte de la cinta. Me dieron tres fechas para elegir. Agradecía que hubieran limpiado la zona y que los estudiantes pudieran hallar consuelo allí, pero me resultaba muy extraño que la placa siguiera sin aparecer. Le dije a mi abogado que les informara educadamente de que no habría ninguna ceremonia.

Pensé más en la rabia, en la pieza artística que crearía. Sería un homenaje mucho más adecuado: se llamaría Construcción. A cada víctima le daría un clavo por cada día que había tenido que vivir con lo que le pasó. En el centro del campus colocaría una montaña de maderas desordenadas. Las víctimas podrían ir cuando les apeteciera a aporrear clavos en los tablones. La gente oiría el ruido de los martillos y los taladros, una interrupción incesante, durante todo el día. Es algo que se parece mucho a sobrevivir: tú intentas seguir adelante y hacer cosas mientras el pasado te golpea, te distrae, hace que resulte imposible. Al

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final se habría creado una estructura inmensa de madera, sostenida con clavos colocados sin orden ni concierto, que sería enorme, inútil, puntiaguda y peligrosa en pleno campus. La gente se vería obligada a rodearla para pasar y taparía la hermosa vista de los árboles. Así te sientes cuando has sufrido una agresión sexual: qué hacer con esto, dónde ponerlo, qué es.

Quizá podría crear una instalación luminosa. Podría entrar de noche y colocar lámparas de salón con alargadores por todo el campus y pantallas de papel que colgaran de los árboles, salpicándolo todo de brillantes bombillas hasta que cada rincón oscuro estuviera bien iluminado. Esa pieza se titularía Lo único que quería.

¿Y si hiciera algo más inquietante? Podría fabricar unas fregonas pegando largos mechones de pelo al final de unos palos de madera y luego arrastrarlos por encima de agujas de pino y hojas. Podría fregar toda la hojarasca y la basura, dejando rastros por todo el campus, a modo de conserje-víctima. Esa performance se titularía Queríamos respetar tu autonomía y anonimato.

Un año después de la reunión, un mes después de que montaran el jardín, la placa seguía sin aparecer. Cuando mi abogado solicitó información al respecto, Semilla de manzana le respondió por escrito que el espacio debía resultar «edificante», y que «atacar o condenar a alguien en concreto» no era lo correcto. Dijo que no colocarían aquella cita en la placa porque tenían que «priorizar el bienestar de todos nuestros estudiantes». En su lugar propuso la siguiente cita:

Estoy justo aquí, estoy bien, todo va bien. Estoy aquí.

Hay una realidad paralela en que todo esto resulta gracioso porque la ironía y la ridiculez de la situación son demasiado evidentes. Esas palabras son las que le dije a mi hermana para consolarla justo al salir del hospital, precisamente en el momento en que peor estaba yo. En cierto modo resumía mi experiencia y casi le di el visto bueno pero, claro está, no podía hacerlo porque las palabras se habían sacado burdamente de contexto. Empecé a darle vueltas a la idea de que si le hicieran un jardín a cada persona agredida sexualmente en Stanford, ¿acaso no acabarían teniendo hectáreas de jardines y reservando los servicios de los profesionales del paisajismo durante toda la eternidad? ¿No se verían colinas secas,

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cubiertas de bancos, montones y montones de adoquines? Y cada una de ellas marcada con esta placa, con esta mentira que nos contamos a nosotros mismos: «Estoy bien, todo va bien».

Las otras dos citas sugeridas por Semilla de manzana provenían del párrafo final de mi declaración. «En las noches en que os sintáis solas, estoy con vosotras». Había escrito aquellas palabras desde un espacio de profunda esperanza que había construido en soledad en un apartamento alto de Filadelfia, cuando la esperanza era lo único que me quedaba. Lo escribí para sobrevivir. ¿Cómo podían abandonarme dos años enteros para reaparecer de repente y elegir esa frase? Querían ocultar el daño causado y presentar una versión depurada de lo sucedido. Yo quería ofrecerles solidaridad a los estudiantes, pero no podía darle palabras de esperanza a Stanford cuando ellos jamás me habían dado ningún motivo para sentirla. No podía venderles a las víctimas un sueño que era mentira, la ilusión de una existencia reposada y jovial. En las noches en que te sientas sola, estarás sola. «Dinos cuál de las dos citas te parece bien».

Tendría que haberme echado atrás en aquel momento, ya había hablado bastante con ellos. Pero lo que hice fue mandarles otra cita nueva: «Me quitaste mi valía, mi privacidad, mi energía, mi tiempo, mi seguridad, mi intimidad, mi confianza, mi propia voz, hasta hoy». Semilla de manzana dijo que había remitido la cita al equipo de asistencia confidencial, y la siguiente frase empezaba con un: «Aunque apreciamos…» y otra vez aquella expresión: «nos preocupa que».

Dijo que aquella cita podía «provocar reacciones no deseadas y angustia» en vez de ofrecer consuelo. Me dijeron que podía elegir una de las citas que habían propuesto ellos o encontrar otra que fuera más «alentadora y constructiva».

Como superviviente, siento que es mi deber dar una visión realista de lo complicado que resulta el proceso de curación. No estoy aquí para darle otro nombre al desastre que él provocó en el campus. No es responsabilidad mía transformar lo que hizo él en palabras que le resulten digeribles y sanadoras a la sociedad. No existo para ser la llama eterna, el faro, las flores que brotan en tu jardín. Le mandé un correo a mi abogado: «Cuando puedas, hazle saber a [Semilla de manzana] que he decidido no enviarles ninguna cita».

Me cuesta entender cómo se supone que debo vivir como víctima, cómo debo presentarme yo y presentar mi historia ante el mundo, cuánto

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debo revelar. Muchísimas veces no he dicho nada sobre mi caso porque no quiero disgustar a nadie ni enrarecer el ambiente. Porque no quiero incomodar. Porque me han dicho que lo que tengo que contar es demasiado lúgubre, demasiado terrible, que es un «ataque», que puede «provocar reacciones no deseadas», que mejor suavicémoslo un poco. Verás que la sociedad te pide un final feliz y que vuelvas cuando estés mejor, cuando lo que digas pueda hacernos sentir mejor, cuando tengas algo más «alentador y constructivo». Yo jamás pedí esta fealdad, sino que fue algo que me sobrevino, y durante mucho tiempo temí que hiciera de mí una persona fea. Me convirtió en una historia triste e incómoda que nadie deseaba escuchar.

Sin embargo, cuando escribí aquellos segmentos horribles y dolorosos en forma de declaración, sucedió algo increíble. El mundo no se tapó los oídos, sino que se abrió a mí. Yo no escribo para provocar reacciones en las víctimas, sino para consolarlas, y he descubierto que ellas se identifican más con el dolor que con las perogrulladas. Cuando hablo de debilidad y digo que apenas soy capaz de sobrellevar la situación, deseo con ello que se sientan mejor, porque concuerda con la verdad de lo que están viviendo. Si yo dijera por ejemplo que estoy curada y que no siento dolor, me preocuparía que las víctimas se sintieran incapaces, como si no hubieran puesto demasiado empeño en cruzar alguna meta inexistente. Escribo para acompañarlas en su sufrimiento. Escribo porque las palabras más curativas que me dieron a mí fueron: «No pasa nada por no estar bien». No pasa nada por derrumbarse, porque es lo que sucede cuando estás destrozada por dentro, pero quiero que las víctimas sepan que no las abandonarán, que estaremos a su lado durante su proceso de reconstrucción.

Semilla de manzana no captó el secreto escondido en la cita, contenido en sus dos últimas palabras: «hasta hoy». No puedo prometerte que el viaje salga bien, de hecho te garantizo que saldrá mal. No puedo prometerte días maravillosos ni tampoco la salvación. Estoy aquí para asegurarte lo contrario: vas a enfrentarte a los peores días de tu vida. La agonía es incesante, implacable, pero cuando llegues al momento en que creas que lo has perdido todo, apreciarás un pequeño giro, una llama, un pequeño cambio. Es muy sutil y aparece en el momento más imprevisto. Espera a que llegue. Es una regla del universo, es lo único en la vida que

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STANFORD MANDA A LA MIERDA POR ÚLTIMA VEZ A LA

sé que es verdad. Por muy terrible y larga que sea tu travesía, te prometo que un día ese giro llegará. Un día todo empezará a remontar.

Las víctimas existen en una sociedad que nos dice que nuestro objetivo vital es ser una historia que inspire a los demás. Pero a veces lo máximo que podemos hacer es decirte que seguimos aquí, y con eso debería bastar. Negar la oscuridad no hace que nadie se acerque más a la luz. Cuando oigas una historia de violación y los detalles más explícitos e incómodos, resiste la tentación de apartar la vista; en vez de hacer eso, mira todavía más de cerca, porque bajo la sangre derramada y los informes policiales hay una persona entera y bella que busca el modo de volver a formar parte del mundo.

A esas alturas, Michele y Semilla de manzana ya no se hablaban. Había un exceso de desconfianza, se habían producido demasiadas traiciones. Michele estaba furiosa y Semilla de manzana no daba su brazo a torcer. Había transcurrido más de un año desde la primera reunión y las promesas no se habían mantenido ni tampoco se había llevado a cabo ninguna investigación. The Fountain Hopper, una publicación estudiantil anónima, desveló el asunto de las citas rechazadas para la placa y envió un correo electrónico que resonó por todo el campus con la noticia, que llevaba por titular:

VÍCTIMA DE BROCK TURNER.

En palabras de Semilla de manzana: «Acabo donde empecé». Un año después de la liberación de Brock, yo había recibido algo de dinero, había vomitado, había seguido algunas clases de arteterapia y habían colocado plantas en mi honor y una fuente borboteante, pero ninguna placa. Pusieron una farola en el patio, lo que estaba muy bien, gracias. Los contenedores se trasladaron a la parte delantera de la casa y los rodearon con unos plafones de cedro. Fui muy dura conmigo misma durante mucho tiempo porque sentía que no había hecho lo suficiente. Pero voy aprendiendo.

Me preocupa que Stanford entienda mis palabras como un vapuleo o un intento de manchar su reputación y que ahora emita un comunicado en el que me pida que deje de ponerles nombres de semillas venenosas a sus empleados. Sin embargo, antes de que adopten una actitud defensiva, espero que me escuchen porque, aunque resulte extraño, lo que estoy escribiendo es en realidad una carta de amor. Un escrito que narra mis incansables esfuerzos por reconciliarme y reconstruir el mundo en el que

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crecí. Escribo todo esto con la esperanza de que las universidades se den cuenta del poder que tienen para ayudar o hacer daño a una víctima. Escuchad a los supervivientes cuando acudan a vosotros. Ofrecedles ayuda cuando no lo hagan. No les escribáis educados correos diciéndoles que hicisteis todo lo que estuvo en vuestra mano y que, en realidad, no era responsabilidad vuestra. Ayudadles y ya está. Si yo acuso a Stanford por no haber ofrecido apoyo a las víctimas, espero que prueben que me equivoco diciendo que sí les importan y que después le demuestren a todo el mundo que es verdad.

Te animo a que te sientes en ese jardín pero te pido que, cuando lo hagas, cierres los ojos para que te pueda hablar del jardín auténtico, del lugar sagrado. A menos de treinta metros de donde estás sentado hay un lugar donde las rodillas de Brock se dieron de bruces contra la tierra, donde los suecos lo inmovilizaron contra el suelo y le gritaron: «¿Qué coño estás haciendo? ¿Te parece que eso está bien?». Pon esas palabras en una placa. Marca ese lugar, porque en mi cabeza allí se levanta un monumento. El lugar que debe recordarse no es el de mi agresión, sino el de su caída, el de mi salvación. El lugar donde dos hombres dijeron basta, se acabó, aquí no, ahora no, nunca.

Al atraparlo, me liberaron. Sin ellos jamás habría tenido la oportunidad de decir lo que pienso en primer lugar, ni tampoco habría habido ninguna vista previa, juicio, declaración o libro. Gracias a ellos estoy aquí ahora. Me dieron la oportunidad de crecer, luchar y volver a ser yo misma. He tardado mucho en conseguirlo y es un proceso agotador, pero sin esa oportunidad yo ahora no sería nada.

Me suele dar miedo alzar la voz y enfrentarme a abogados y a instituciones más relevantes y mejor equipadas que yo pero, cuando siento este temor, lo único que tengo que hacer es pensar en ellos dos. Pienso en las ganas que tengo de devolver el favor, de quitarte ese peso de la espalda, de ser yo la que grite que eso no está bien, la que tire al suelo e inmovilice a tus demonios para que te sientas libre y tengas la oportunidad de iniciar tu viaje, de crecer sola, de descubrir tu voz, de encontrar el camino de vuelta a casa. Quiero quedarme y luchar mientras tú sigues adelante.

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Escribir es el modo que tengo de procesar la realidad. Cuando me dieron la oportunidad de escribir este libro, sea cual sea el Dios que esté allí arriba, dijo: «Ahí tienes tu oportunidad». Y yo le respondí: «Bueno, la verdad es que esperaba que me tocara un tema un poco más ligero». Y Dios me contestó en plan: «¡Ja, ja! ¿Acaso creías que podías escoger?». Este es el tema que me tocó. Si me hubiera pasado cualquier otra cosa, también habría escrito sobre eso. Cuando me pongo nerviosa pensando en lo que me pasó, me digo a mí misma que soy un par de ojos. Que soy una ciudadana elegida al azar a la que se le ha dado acceso total a los entresijos del sistema judicial. Que sentiré emociones como la intromisión, la vergüenza, el aislamiento o la crueldad. Mi labor será observar, sentir, documentar, informar. ¿Qué es lo que estoy aprendiendo y lo que veo que los demás no pueden ver? ¿A qué umbrales me lleva mi sufrimiento? A veces la gente dice: «No me lo puedo ni imaginar». ¿Cómo puedo hacer que se lo imaginen? Escribo para mostrar cómo se trata a las víctimas en esta época concreta, para dejar constancia de cómo reacciona nuestra cultura. Es un marcador, y espero que dentro de veinte años las durísimas secuelas de ser una víctima nos parezcan algo muy lejano.

Durante el proceso, el juez era una especie de pico negro fijado en el lugar más alto, en el centro de la sala. Los demás nos levantábamos y nos sentábamos a su alrededor, y nos dirigíamos a él llamándolo siempre «su señoría». Jamás me cuestioné si sería posible mover las piezas.

Si alguna vez me sentía angustiada o desconsolada, mi madre siempre me decía: «Fíjate en lo que pasa en la historia». Era su solución para todo. Durante mucho tiempo creí que la historia era un libro muy grueso que llevabas en la mochila, no algo que pudieras crear tú. La historia era para mí la hora que pasabas en un aula prefabricada con aire acondicionado después de comer, donde nos ponían recreaciones de la guerra de

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Secesión. Era nuestro profe haciéndonos comer unas galletitas saladas caducadas que se llamaban hardtack para que nos diéramos cuenta de lo que comían los soldados en la Segunda Guerra Mundial. Tardé mucho tiempo en entender que la historia también está pasando ahora y que todos formamos parte de ella.

La historia es el lugar donde encuentras a personas que han pasado por lo mismo que tú. Que no solo han estado allí, sino que también han sobrevivido. Y que no solo han sobrevivido, sino que han revertido la situación. Cuyas dificultades las han hecho ser como son. La historia te enseña lo que otros han pasado antes que tú. Un año antes de que naciera yo, Anita Hill testificó ante el Senado. En 2018 le mostró su apoyo a Michele, le dio las gracias por obligar a los jueces a tomarse en serio las violaciones y se despidió del siguiente modo: «Saludos cordiales, Anita». La historia te enseña que si perteneces a una minoría y nadie te cree, eso no significa que estés equivocado. Muy al contrario, lo que quiere decir es que la sociedad va lenta y tarda en seguirte el paso. Y que si los integrantes de las minorías no ceden ni renuncian a decir sus verdades, el mundo empezará a cambiar.

El San Francisco Chronicle reprodujo las palabras del juez: «Se ha creado una caricatura de mí a la que se le ha dado mucho bombo». El magistrado se quejaba de la naturaleza unidimensional de su nueva identidad. Lo entendía, porque era lo mismo que había sentido yo como víctima. Todos los rasgos de mi personalidad se habían desvanecido y mi identidad había quedado reducida a una simple etiqueta, la de víctima borracha.

Entretanto seguían recogiéndose firmas para que el nombre del juez apareciera en la papeleta electoral. Nicole me habló de los voluntarios, de la pareja de jubilados que conducía una hora cada fin de semana para plantar una mesita en el mercado de fruta y verdura de Palo Alto. Me dijeron que una chica que había estado recogiendo firmas con un portapapeles sufrió la agresión verbal de un hombre que la hizo llorar, pero que después se secó las lágrimas y siguió con su cometido. Había tantos superviviente entre los voluntarios… y se arriesgaban a que los acosaran mientras recogían firmas para la petición. Aun así, seguían al pie del cañón.

Muchas veces, los desconocidos les decían que «la víctima no tendría que haber bebido hasta perder el conocimiento», y parte del trabajo de

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Nicole consistía en ayudarles a saber cómo responder. Jim McManis, el abogado del juez Persky, declaró lo siguiente: «A esta mujer no la ha agredido nadie». Lo que pretendían conseguir con esos insultos era que las víctimas se desmoronaran; sin embargo, lo único que lograron fue darles más motivos para movilizarse.

Por Navidad, mi abuelo Gong Gong siempre elige algo de Walmart para mí y para Tiffany, y cada año lo imagino vagando por los pasillos, pensando: «¿Qué cosas le gustan a una niña de ocho años? ¿Y a una de nueve?». Nos ha regalado zapatillas de estar por casa, un jarrón de rayas, un unicornio de peluche, un archivador lila, un set de manicura, una cinta para el pelo y unas velas para que no te piquen los mosquitos. Como ya es mayor, lo llevé en coche hasta allí por primera vez. Era una tarde nublada de martes y, al atravesar a pie el aparcamiento, vi que de una mesita colocada junto a la puerta de entrada pendían las cabezas planas de Brock y del juez. A medida que nos acercábamos vi que detrás de la mesa había un señor mayor. Me quedé en silencio, como si acabara de ver un ciervo en pleno bosque. La gente pasaba de largo, avanzando por la derecha y por la izquierda. Era una tarde fría y ventosa que hacía revolotear las hojas de la mesa, lo que le obligaba a sujetar con las manos un papel y luego otro para que no salieran volando. El hombre pasaba aquella tarde tan desapacible allí, en plena ventisca, con la esperanza de recoger alguna firma más. Me acerqué a él y le dije: «Gracias por estar aquí». Me respondió: «Bueno, es importante», y me deseó que pasara un buen día. Mi abuelo me preguntó en chino por qué había hablado con aquel hombre. Como no podía decirle que «una carta que escribí provocó un gran incendio y, como consecuencia, nuestra comunidad se está organizando para pedir la destitución del hombre responsable de mis pesadillas con el sistema judicial», me limité a responderle que era un amigo de mi padre. Mi abuelo asintió. Entramos y Gong Gong estuvo un buen rato buscando por los pasillos. Ese año nos regaló naranjas de chocolate y tazas.

Vi cómo florecían los carteles en los jardines de mi ciudad natal. Era imposible recorrer un par de calles en coche y no ver los ojos de Brock observándome desde algún lugar. Yo jugaba al «me quiere, no me quiere» con las casas de mi barrio. Tardé mucho tiempo en darme cuenta de que alguien podía oponerse a la destitución del juez y, aun así, apoyarme a mí. Muchos abogados, jueces y profesores de derecho estaban de acuerdo en que el veredicto había sido demasiado clemente pero, pese a ello,

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respaldaban a Persky, alegando que siempre se había mantenido dentro de la legalidad. Poco a poco empecé a tomarme la oposición como algo menos personal.

En enero de 2018 se recogieron y presentaron casi noventa y cinco mil firmas en la zona: montones de páginas entregadas en pilas de cajas blancas. Cuando salió en las noticias, me quedé mirando fijamente aquellas cajas, preguntándome cuántas horas de trabajo habría en cada una de ellas, cuánta gente se habría sentado detrás de una mesa, a la sombra, y cuántos transeúntes se habrían parado a firmar. Supongo que por eso se me saltaron las lágrimas al ver la pila de cajas amontonadas.

A medida que se acercaban las elecciones, empecé a recibir unas cartas bastante inquietantes. Pusieron mi casa en alerta. Vino un detective de la unidad especial de atención a las víctimas, alto y vestido con un traje gris. Dijo que los arbustos que había bajo mi ventana tendrían que podarse porque allí podrían esconderse entre cuatro y cinco personas. Para mí, aquel arbusto siempre había sido un lugar exuberante donde brotaban las flores, no un sitio donde pudieran esconderse entre cuatro y cinco personas. Mi escritorio estaba colocado contra la ventana y se veía desde la calle, de modo que tenía que moverlo de allí. También teníamos que instalar una videocámara y una segunda cerradura para la puerta trasera. Pusieron sobre aviso a mis vecinos. Me recomendaron que no bajara la guardia y que evitara ir sola a pie. La oficina de la fiscal se reunió para tratar el tema de mi seguridad y me planteó la posibilidad de alojarme en un hotel.

Seguí escribiendo. Enganché en la nevera, junto a las fotos de la familia, los números de teléfono de la policía de San Francisco. Bajé las persianas de mi oficina, hice caso omiso de la oscuridad, aumenté la luz artificial y seguí escribiendo. Dejé de poner música y me quedé suspendida en el silencio, con un oído siempre alerta, mientras seguía escribiendo. Cada vez que me llegaba otra carta preocupante, le enviaba un mensaje al nuevo detective, que se acercaba a casa y la añadía a su carpeta de pruebas, cada vez más voluminosa. Los coches de policía se turnaban para vigilar la casa. Cuando empecé a recibir más amenazas, dejé de sacar a pasear a Mogu. Al despertarme por la mañana me dolían los brazos porque de noche apretaba con fuerza los puños. Un día dejé de escribir.

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Ese día me coloqué delante del arbusto con unas tijeras de podar en la mano. Empecé a darle unos buenos tijeretazos: partí ramas y corté tallos gruesos como dedos de la mano. Los tallos cortados segregaron un líquido blanco y las astillas de madera me rasparon las pantorrillas. Arranqué malas hierbas de la superficie de la tierra, vi avispas envueltas en sacos traslúcidos, escarabajos astados saliendo en tromba de hoyos con sus traseros en forma de lengua. La tierra se me quedó pegada a la piel caliente, las rodillas se me enrojecieron y se me quedaron marcadas con el dibujo del pavimento. El sol empezaba a esconderse y yo me estaba quitando los guantes cuando vi sobre el camino de cemento los tallos podados, en los que brotaban unos pequeños botones de flor, todavía fuertemente cerrados. En pleno acaloramiento, los había cercenado. Esos botones tendrían que haber florecido bajo mi ventana. La supervivencia consistía en gran parte en sacrificarse, en acortar, en suprimir la vida para lograr llegar al día siguiente haciendo lo que sea necesario. Quería que aquellos pétalos de colores vivos se abriesen. Subí las escaleras a toda prisa con los tallos verdes en los brazos y los puse en agua.

La lucha para conseguir la destitución del juez se volvía cada vez más encarnizada. Los carteles desaparecían de los jardines, y los debates tomaban derroteros más personales y sombríos. El día 1 de junio, un artículo del Huffington Post escrito por Julia Ioffe decía lo siguiente: «La declaración de Emily Doe fue, asimismo, objeto de una especulación febril por parte del grupo contrario a la destitución del juez. “No puedo demostrarlo, pero creo que [Michele]. Dauber escribió esa carta”, me dijo Cordell. Babcok hizo hincapié en aquella teoría: “Es demasiado sofisticada para que la haya escrito alguien tan joven”, dijo. El abogado de Persky, un exalumno de Stanford llamado Jim McManis, también estaba convencido de que Emily Doe no había escrito la carta. “Una persona cuya identidad no puedo desvelar me indica que la autora es una abogada defensora de las mujeres maltratadas —puntualizó McManis—. No puedo verificarlo, pero valoro enormemente el criterio de la persona que me lo reveló”».

En cierta manera era un cumplido. Yo era demasiado «sofisticada» para que me creyeran. Tampoco me importó que sugirieran que la autora era una letrada; mis abogadas eran personas atentas, resueltas e inteligentes. Sin embargo, me molestó que dieran a entender que las víctimas eran mentirosas, un fraude, y que no se podía confiar en ellas. ¿A quién iba a encargarle yo que escribiera una narración de doce páginas en

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primera persona? ¿Cómo habría sido esa conversación? «Oye, ¿te importa redactar un texto de siete mil palabras que hable de los aspectos más dolorosos de mi vida privada?».

Lo que en realidad querían decir era que las víctimas no saben escribir. Que no son personas inteligentes, capaces ni independientes. Que necesitan ayuda externa para dar forma a sus pensamientos, necesidades y peticiones. Que su sensiblería les impide redactar nada que sea coherente. La persona que escribe la carta no puede ser la misma que la chica borracha hallada inconsciente, la misma que «lloró desconsoladamente» durante el juicio, según dijo la prensa. En un nivel más profundo, lo que pretendían era despojarme de mi escritura y yo no pensaba renunciar a ella así como así. Os pongo en antecedentes:

A los veintiséis años, mi madre salió en el documental Bumming in Beijing («Vagabundeando por Pekín»), que seguía a un grupo de artistas contraculturales que vivían en una situación de pobreza desafiando las normas del régimen comunista chino. En ese grupo, mi madre era la escritora. Dijo: “Cuando pienso en ir a América, siento que es como volver al útero materno. Todo está oscuro y no sabes si te espera un futuro luminoso. Cuando llegue a América, creo que lo primero que haré será buscar trabajo”.

Durante mi infancia, mi madre trabajó en tintorerías, fue monitora de aeróbic, guardia peatonal, vendió flores y marcos para cuadros, trabajó en el periódico local y fue agente inmobiliaria. Sin embargo, cada noche la veía sentada en la oscura sala de estar, con una manta echada sobre los hombros, delante de la brillante pantalla del ordenador, escribiendo. Cuando mi padre nos llevaba al colegio por la mañana, la veía dormir al pasar por delante de su puerta. Una vez me la encontré llorando: habían prohibido y clausurado el sitio web chino donde ella publicaba sus textos. Yo no era consciente de que las palabras se podían prohibir.

Después de cumplir los veinticuatro, me fui a Nueva York en tren para firmar el contrato de mi primer libro y lo celebré tomando de postre melocotones asados. Le mandé a mi madre una foto del sol poniéndose entre los altos edificios plateados. «Eres el sueño de mamá», me dijo ella.

Mi escritura es sofisticada porque partí con ventaja, porque llevo años practicando, porque yo soy mi madre y su madre antes que ella. Cuando escribo, tengo el privilegio de usar una lengua que ella luchó toda su vida por comprender. Cuando manifiesto una posición contraria, doy las gracias

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porque nadie censura mi voz. Mi libertad de expresión, mis muchos libros, mi acceso a la educación o la facilidad que tengo de expresarme en mi lengua nativa no son cosas que me tome en absoluto a la ligera. Mi madre es escritora. La diferencia es que ella se pasó los primeros veinte años de su vida sobreviviendo. Yo soy una escritora que se pasó veinte años de su vida bien alimentada y rodeada de amor tanto en su hogar como en su escuela.

En cierto modo tenían razón. No merezco que se me reconozca. El reconocimiento debe ser para mi madre, que me acompañó de la mano a las firmas de libros; para la abuela Ann, que me leía desde la butaca de pana; para la señorita Thomas de segundo, que encuadernó nuestros libros y plastificó sus cubiertas hasta convertir la clase en una pequeña editorial. Lo que escribí se lo debo también a mis profesores de inglés de la escuela pública: el señor Dunlap, Wilson, Owen, Caroline, Ellen, Teddy y Kip. A mi abuela, Bam. A mi abuelo, Lovick, un veterano de la Segunda Guerra Mundial de metro noventa que leía unos libros gruesos como ladrillos, pero que se sentaba en el escritorio de su oficina con una pila de mis poemas escritos a mano para pasarlos a máquina uno por uno para que no se perdieran jamás. La declaración que escribí está en deuda con mucha gente: con todos aquellos que me enseñaron a observar el mundo, a prestar atención y a expresarme porque mi opinión era valiosa. Con quienes me dijeron que merecía que me viesen y escuchasen.

El 5 de junio de 2018, el juez fue destituido. Recuerdo lo que dijo en el San Francisco Chronicle: «Las mujeres están frustradas por cómo las trata la sociedad, por cómo las trata el sistema penal. Esa emoción es auténtica y debe expresarse». «Expresar» no era la palabra adecuada. Las víctimas estamos cansadas de expresarnos. Yo me expresé largo y tendido en el juzgado. La palabra que necesitamos es «reconocer». Que nos tengan en cuenta. Que nos tomen en serio.

El día que leí mi declaración me marché a casa pensando que había fracasado. Cuántas víctimas han recibido insultos y se han sentido insignificantes, en ausencia de otras palabras que contrarrestaran aquella sensación. A cuántas de nosotras nos han humillado y nos han hecho creer que somos melodramáticas en vez de geniales y valientes. Un solo hombre podía haber impedido que despertara a millones de personas. Pregúntate quién escribe tu realidad. Vuelve a cuestionarte quién la dicta. Quién decide que tú eres importante. El juez no era Dios. Era un hombre que

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vestía una toga negra, el responsable de un pequeño dominio, el soberano de un reino que ocupaba una sala en Grant Avenue. Él no era el portador de la verdad ni quien dictaba las normas o tenía la última palabra. Era un cargo electo que fue expulsado por un 62 % de los votantes.

No se celebró ningún acto especial con motivo de su destitución. Imagino que un día se despertó sabiendo que no se pondría más la toga negra, que quedaría colgada inerte en su armario. Los Angeles Times informó de que, después de emitir su veredicto, el juez había dicho que «esperaba alguna reacción negativa. Pero no esto». El juez sabía que no me gustaría el veredicto, pero lo que ignoraba era que indignaría a dieciocho millones de personas y que en su condado doscientas mil personas votarían para echarlo. Tanto si uno está de acuerdo con la destitución como si no, los voluntarios me enseñaron una verdad que no olvidaré jamás: lo que pasa en el mundo no está decidido de antemano.

El 25 de julio de 2018, el abogado que gestionó la apelación de Brock se presentó en el tribunal y expuso su caso ante un comité formado por tres jueces. Dijo que Brock solo había querido tener «relaciones externas». El Mercury News citó la respuesta del juez Franklin Elia: «No tengo ni la más remota idea de lo que me está hablando», lo que resumía a la perfección todo lo que yo podía decir.

El 8 de agosto de 2018, me escribió mi fiscal: «¡Sentencia confirmada!». El recurso no prosperó. Fue como oír un último suspiro, un latido, la ligereza de un pájaro que levanta el vuelo desde un cable. Tres años y ocho meses después de aquella noche de enero, el caso por fin quedaba cerrado. Me vino a la mente un poema de Hafez:

Y entonces cesaron todos los entonces. Nada queda por hacer en el orden del tiempo, cuando todo está quieto.

Se acabaron las llamadas, las novedades, los «y ahora qué», los «no hay modo de saberlo». Se me había olvidado que era posible existir sin él, tener una vida que no estuviera ligada a él. Esa noche lo celebré sola comprándome unas Oreo, echándolas en un cuenco de leche para que se reblandecieran y comiéndome la pasta resultante con una cuchara. No respondí al mensaje de Alaleh ni aquel día ni al siguiente porque seguía teniendo dudas de que todo hubiera acabado de verdad. Dejé pasar las

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semanas. Desconfiaba de las buenas noticias y me preguntaba si de verdad era libre al fin.

Cuando hablamos de curación, tengo que admitir que no se exactamente lo que significa, a qué se parece, en qué forma se presenta ni cómo debería hacerte sentir. Lo que sí sé es que a los cuatro años no podía levantar una garrafa de leche de cuatro litros, me parecía increíble lo mucho que pesaba aquel bloque blanco que se agitaba tanto por dentro. Tenía que subirme a una silla de madera para llegar a la encimera y verter la leche con los brazos temblorosos sobre los cereales, que acababan empapados y derramados por todas partes. Al echar la vista atrás, no recuerdo el día exacto en que conseguí levantar la garrafa sin esfuerzo. Lo único que sé es que ahora lo hago sin pensar; incluso con una mano si quiero, cuando hablo por teléfono o tengo prisa. Creo que la misma regla es aplicable a esta situación: un día seré capaz de contar esta historia sin que haga temblar mis cimientos. No será necesaria tanta preparación, no derramaré nada ni me sudará la frente ni tendré que limpiarlo todo con papel de cocina. Será una parte más de mi vida y cada día que pase el peso me resultará más ligero.

Dijo Ram Dass: «Acepta que en este momento de tu vida no estás en el lugar equivocado. Contempla la posibilidad de que no se haya producido ningún error en la partida. Plantéatela, sin más. Plantéate que no haya ningún error y que todo lo que te ha pasado es como es y que aquí estamos». No creo que mi destino fuera ser violada, pero sí que ese «aquí estamos» es lo único que tenemos. Durante mucho tiempo me dolía demasiado estar aquí. Mi mente prefería desvincularse de todo. Antes creía que el objetivo era olvidar.

Tardé mucho en aprender que curarse no es avanzar, sino volver repetidamente a un lugar en busca de algo. Escribir este libro me ha permitido volver a ese lugar. He aprendido a quedarme en el dolor, a resistir el impulso de marcharme. Cuando me quedaba atrapada en las imágenes del juicio, bajaba la vista para mirar a Mogu y me preguntaba: «Si estoy de verdad en el pasado, ¿cómo ha llegado esta cosita que parpadea todo el rato hasta mi casa?». Juntaba letras y las reordenaba de modo que pudieran plasmar lo que había visto y sentido. Mientras revisitaba ese paisaje, fui recuperando cada vez más el control: podía ir y marcharme cuando quería. Hasta que un día me di cuenta de que ya no me quedaba nada por recoger.

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Las transcripciones que antes me abrumaban tanto ahora solo eran pedazos de papel. Empecé a pertenecer más al presente que al pasado. Ya no intentaba llegar a ninguna parte, solo me preguntaba: «¿Vas a mejor?». A veces la respuesta era: «Hoy no». A veces retrocedía, pero mi voz interior era más amable. Fuera cual fuese la respuesta, yo era paciente y comprensiva.

Del dolor ha surgido la seguridad en mí misma al recordar lo que he tenido que soportar. La rabia me ha dado un objetivo. Esconderlas supondría renunciar a las herramientas más valiosas que me ha proporcionado esta vivencia. Si te preguntas si lo he perdonado, solo puedo responderte que es una carga muy pesada que ocupa demasiado espacio dentro de ti. Es cierto que jamás dejaré de desear que aprenda. Si no aprendemos de nuestros actos, ¿para qué nos sirve vivir? Si lo he perdonado no es porque yo sea una santa. Es porque necesito liberar un espacio en mi interior en el que pueda dejar a un lado el resentimiento.

A muchos nos cuesta salir a rastras de la situación que nos ha tocado vivir y reconstruirnos más allá de la categorización reduccionista que nos han asignado. Algunas veces temí haberme quedado sin imaginación porque me sentía encasillada en mi papel de víctima. Sin embargo, cuando estaba atrapada me di cuenta de que podía seguir moviéndome por dentro. Cuando estaba deprimida, escribía e imaginaba cómo sería mi futuro al detalle: los libros infantiles que ilustraría, las gallinas que tendría en mi patio, las suaves sábanas de lino, las cucharas de madera manchadas de salsa sobre el mostrador de la cocina. La necesidad de que todo se acabara materializando según mis planes no era importante. El acto de imaginarlo, sí.

He escrito este libro porque el mundo puede ser un lugar durísimo, terrible y a menudo implacable. Lo he escrito porque hubo momentos en que no quería vivir. Lo he escrito porque el sistema judicial es lento como un caracol y las víctimas se ven obligadas a pasar muchísimo tiempo luchando, en vez de pasarse los días creando, dibujando, cocinando. Lo he escrito para denunciar la brutalidad de creer que tienes derecho a todo, de la violencia de género y de los privilegios de clase; todo ello presente en nuestra sociedad. Sin embargo, te habré fallado si acabas este libro y no te emocionan los actos de humanidad ni ves lo mismo que yo vi: los miles de cartas escritas a mano, el pez de labios verdes que nada en el fondo del océano, la taquígrafa que te guiña el ojo. Pequeños milagros que me

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mantuvieron a flote. Quizá nos pasamos la mitad de nuestra vida vagando, preguntándonos qué hacemos aquí, si vale la pena tanto esfuerzo. Pero vivir es algo increíble; el mero hecho de haber estado aquí y de haber sentido —aunque solo sea un momento— el alcance y la profundidad de la empatía de los demás es extraordinario. Escribo, sobre todo, para decirte que he visto lo bueno que puede llegar a ser el mundo.

Era imposible que yo supiera que, siete meses después de acabar la universidad, sufriría una agresión sexual, viviría en Providence y luego en Filadelfia, representaría monólogos cómicos y lloraría al testificar, escribiría doce páginas que resonarían por todo el planeta, me mudaría a una casa con un chico alto y un perro minúsculo y me pasaría dos años y medio escribiendo. Dentro del sufrimiento he creado un nuevo yo. Al mirar atrás veo que la agresión va inextricablemente ligada al relato principal. Forma parte de mi vida: del mismo modo que nací en junio, me violaron en enero. La sensación seguirá siendo igual de horrible, pero mi capacidad de lidiar con ella ha mejorado. No puedo decirte lo que pasa después porque todavía no lo he vivido. Este libro no tiene un final feliz. Lo bueno es que no tiene final, porque siempre encontraré el modo de seguir adelante.

El 23 de septiembre de 2018 se celebró una vigilia en Palo Alto a la luz de las velas en honor de Christine Ford cuando se confirmó que testificaría ante el Comité Judicial del Senado. Me parecía raro que hubieran llamado vigilia a aquel acto. Quizá era una reunión colectiva para fortalecer el ánimo antes de enviarla a la guerra, sabiendo a lo que iba a enfrentarse. Una luna inmensa y blanca descansaba sobre el cielo. Abandoné San Francisco en coche siguiendo carreteras conocidas. A medida que me acercaba vi luminosos grupos de gente recorriendo las calles, agitando sus linternas, en dirección al centro, para congregarse en el cruce de El Camino y Galvez, cerca de donde viven mis padres. Los coches tocaban la bocina para mostrar su apoyo. Aparqué a un lado de la calle y las luces quedaron encuadradas en el retrovisor, convertido en un alargado rectángulo repleto de puntitos brillantes. Quería salir, pero me quedé allí sentada, con la puerta abierta y los pies clavados en el asfalto, llorando. En el aire de la noche resonaban incesantes las bocinas y los cláxones atronadores. Era una rabia hermosa, mi ciudad mostraba su apoyo, la gente poblaba las aceras en las que crecí, las calles que recorrí en patinete con Tiffany mientras comíamos caramelos de limón. Les oía

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repetir a coro: «Todos somos ella, ella es nosotros». Una versión más joven de mí llevaba mucho tiempo deseando ver algo así.

Llegó mi madre y me dio un pastelito de luna chino relleno de azuki que se había guardado en el bolsillo. Caminamos hacia el gentío, donde nos esperaba la abuela Ann, que coreaba: «Te creemos». Al día siguiente se celebraba la Festividad del Medio Otoño y la madre de mi madre fallecía en China. Me acordé de las dos cosas que me decía cada vez que iba a verla: «¡Tienes unos hoyuelos muy bonitos! ¡Y unos pies enormes!». A su abuela se los habían vendado. Unos pies de diez centímetros comparados con los míos, un 43. Generación tras generación somos un poco más libres.

Unos días después testificó Ford. Me desperté con su fotografía: tenía los ojos cerrados y la mano alzada y recta. Contuve la respiración al verla: sabía lo que representaba ese símbolo de rendición, lo que se sentía cuando estabas a punto de penetrar en tu propia herida. No pude concentrarme en nada durante toda la mañana y me marché a caminar por una arboleda de eucaliptos que hay en la ciudad. Aquella mañana había llovido y me quedé allí, envuelta en aquel olor a menta y tierra mojada, respirando.

Volví a las noticias y me topé con la declaración de Kavanaugh. Exasperado, se sorbía la nariz y se mostraba irritable, sarcástico, fuera de sí, con los ojos llorosos. Cuando la senadora Amy Klobuchar le preguntó si alguna vez había bebido tanto como para no recordar lo que había hecho, él le respondió: «Me está preguntando si alguna vez he tenido alguna laguna mental. No lo sé. ¿Y usted? Tengo curiosidad por saberlo». A mí me habían preguntado exactamente lo mismo. Y había respondido sin perder la compostura, sin alzar la voz, sin contraatacar a nadie. Me pregunté por qué un hombre que estaba a punto de ocupar un asiento en el tribunal más importante del país no era capaz de comportarse y solo sabía contestar con agresividad y expresar su resentimiento por lo injusto de aquella situación.

Vi a Lindsey Graham, rojo como un tomate, enseñando los dientes y acusando con el dedo. Antes me estremecía cuando alguien hablaba con aspereza, sentía miedo. Hasta que aprendí que ser hostil no cuesta nada. Es fácil ser la persona que grita y lanza palabras hirientes como brasas de carbón encendidas para hacer daño. Porque he aprendido que soy agua. Las brasas chisporrotean y se extinguen cuando me alcanzan. Ahora veo

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que esas brasas dañinas no son más que piedras negras que se hunden hasta el fondo.

Durante años, el crimen de la agresión sexual se ha basado en nuestro silencio. En el miedo a saber lo que pasaría si hablábamos. La sociedad nos dio miles de razones: no hables si no tienes pruebas, si pasó hace demasiado tiempo, si estabas borracha, si se trata de un hombre importante, si te arriesgas a sufrir consecuencias, si pone en peligro tu integridad. Ford pulverizó todas las reglas. No cumplía ni uno solo de los requisitos que la sociedad nos dice que necesitamos antes de atrevernos siquiera a abrir la boca. Tenía todos los motivos del mundo para seguir escondida, pero se metió de lleno en el ambiente más público, inestable y combativo imaginable porque tenía lo único que en realidad necesitaba: la verdad.

Las barreras que nos retenían ya no funcionan. Y cuando el silencio y la vergüenza desaparecen, no queda nada que pueda detenernos. No vamos a quedarnos mirando cómo nos tapan la boca y penetran en nuestros cuerpos. Hablaremos, hablaremos, hablaremos. Antes se les decía a las víctimas que había una fina línea que no debían cruzar jamás. Ella lo hizo desde el momento en que alzó la mano.

Mucho de lo vivido aquel día trascendía el lenguaje. No se oía, sino que se sentía. Las palabras de Kavanaugh y de Graham resonaban por la sala, crueles, frívolas, nerviosas, erráticas. Veías babas, estallidos de rabia, rostros arrugados y crispados, discursos violentos como enjambres de moscas, insultos y opacidad. ¿Quién mantenía la compostura en aquella sala? Ella. Las palabras le salían del centro mismo de su ser y resonaban por todo el país. Era una montaña que permanecía inalterable mientras las palabras de ellos soplaban como el viento efímero o caían como la lluvia hostil. Escucharla era aleccionador. La tristeza que sentías dentro de ti se llenaba de arena y te dejaba clavado en el asiento. La verdad pesa.

Trump se burló de ella en un mitin celebrado en Misisipi: «¿Cómo llegaste a casa? No me acuerdo. ¿Cómo llegaste hasta allí? No me acuerdo. ¿Dónde está ese lugar? No me acuerdo. ¿Cuántos años hace que sucedió? No lo sé. ¿En qué barrio sucedió? No me acuerdo. ¿Dónde está la casa? No lo sé. ¿Fue en la planta de arriba o en la de abajo? No lo sé, pero me tomé una cerveza. Es lo único que recuerdo». La muchedumbre estallaba en risas y aplaudía. Pero yo solo veía a Trump lanzando brasas, mientras nosotras seguíamos siendo agua.

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Empecé este relato sola, siendo un cuerpo semidesnudo. No recordaba nada. Había tanto que no sabía. Me obligaron a pelear en un sistema legal que no comprendía. Tuve que lidiar con un juez calvo vestido con una toga negra y con un abogado defensor de gafas menudas. Con Brock y su cabeza gacha, con su padre siempre serio, con el abogado de la apelación. Los obstáculos se volvieron cada vez más difíciles y tuve que enfrentarme a hombres más formados y poderosos que yo. La partida se volvió más dura, más explícita, más seria. Leí comentarios que se burlaban de mi dolor. Recuerdo sentirme indefensa, aterrorizada, humillada. Lloré como jamás había llorado en la vida. Pero recuerdo los hombros inmóviles del abogado al oír la palabra culpable. Sé que Brock pasó noventa días durmiendo en el duro catre de una celda. El juez jamás volverá a pisar un juzgado. Las alegaciones del abogado de la apelación no prosperaron. Uno por uno fueron perdiendo su poder y derrumbándose, y cuando el polvo se asentó, miré a mi alrededor para ver quién quedaba.

Solo Emily Doe. Yo sobreviví porque no perdí mi delicadeza, porque escuché, porque escribí. Porque me acurruqué cerca de mi verdad para protegerla como si fuera una débil llamita en mitad de una terrible tempestad. Mantén la cabeza bien alta cuando lleguen las lágrimas, cuando se burlen de ti, te insulten, te cuestionen, te amenacen y te digan que no eres nada, cuando tu cuerpo quede reducido a unos orificios. El viaje será mucho más largo de lo que imaginas y el trauma te encontrará una y otra vez. No acabes siendo igual que quien te hace daño. No pierdas la ternura cuando te hagas más fuerte. No luches para hacer daño, sino para mejorarlo todo. Lucha porque sabes que en esta vida mereces estar segura y ser feliz y libre. Lucha porque es tu vida. Cuando miro atrás, veo que todos los que dudaron de mí, me hicieron daño o casi me derrotaron han desaparecido, y que yo soy la única que queda en pie. Ha llegado el momento de sacudirme el polvo de encima y de continuar.

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Agradecimientos

La vida siempre precisa de equilibrio. Así que pongamos que estás teniendo un día horrible y que de repente aparece alguien que te da un níspero de lo más jugoso. De repente el día tiene algo bueno; se equilibra. Estas son las personas que le dieron equilibrio a la mía, en todo momento, para que jamás me quedara con una sensación demasiado negativa.

En el hospital me encontré con personas buenas. En el juzgado, también. Durante toda mi vida personas de buen corazón me han mantenido a flote cuando las circunstancias han sido adversas. Las palabras se quedan cortas para agradeceros a cada uno de vosotros lo que habéis hecho por mí. Solo quiero que sepáis que voy a seguir haciendo todo lo que pueda, porque sé que estáis ahí. Gracias.

A papá, por cultivar tomates y animarnos a Tiffy y a mí a ser lo que quisiéramos en la vida. A mamá: crezco siguiéndote. A Tiffany, la pequeña a la que admiraré siempre. A Lucas, por dejarme ponerte los pies fríos encima cuando me meto tarde en la cama después de escribir, por ayudarme a enfrentarme a las partes más duras sin titubeos. A Mogu, mi director de oficina de tres kilos y medio que jamás envió un solo correo y que se dormía junto a mi silla giratoria. Me he esforzado al máximo para no atropellarte con las ruedas.

A la abuela Ann y a Newman. A LCM. A BAM. A Gong Gong. A Puo Puo. A mi familia Miller. A los Zhang. Gracias por vuestro amor infinito.

A Julia, por su gran corazón y lucidez. A Anne, que vino a darnos su apoyo todos los días. A Alaleh Kianerci, fiscal auxiliar de distrito, por su talento. Espero que muchas niñas crezcan y sean como tú. Al detective Mike Kim, por su amabilidad y por crear un espacio sin prejuicios en mi momento de mayor vulnerabilidad. A las letradas de la YWCA Bree Van Ness y Clare Myers, mis compañeras en el banquillo de los testigos y en los lavabos: vuestra presencia fue vital para mí. A las enfermeras del SART

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por sus amables cuidados y su presteza. A todos los agentes que me atendieron. A Sean, que ahuyentó a la prensa.

A Nicole, por el vergel en el que crecimos. Que tu pequeño tenga una vida radiante. A Claire, para que siempre seamos capaces de superar de puta madre estos altibajos. A Athena, por encontrar siempre el modo de volver al centro. A Mel Rosenberg: cada paseo, cada llamada me han mantenido en pie. Me conoces mejor que yo misma. A Cayla, por todas las noches en San Francisco tomando boles de pho y sorbiendo té. A Miranda: contigo lo más triste acaba resultando gracioso. A TJ y a sus curativos bollitos de canela y café. Adoro a los amigos de Tiffany de Terman y de Cal Poly. A la familia de Lucas, por cada comida que hemos disfrutado juntos.

A Katie J. M. Baker, que llevó mi historia al mundo y me protegió. A Michele Dauber, por ser la definición de la resiliencia y la indomabilidad. A John C., por protegerme. A Jon Krakauer, por alentarme.

Siento haberles fallado a tantos profes de matemáticas, pero espero que los de inglés estén contentos: Hoover, Terman, Gunn, UCSB. Gracias, Deb, por proporcionarme un espacio seguro en Filadelfia. Gracias a mi psicóloga en la ciudad por haberme acompañado durante todo el libro. A C&S, mis hermanas favoritas. A las tardes con Bambú. A las porteras de Walnut Street. Al calor de Saxbys Rittenhouse. A Chessy, por su preciosa carta. A todos los operadores de las líneas de ayuda. A Bupis.

A Muttville. YWCA. Grateful Garments. Al programa de atención a las víctimas del condado de Santa Clara.

A las vidas perdidas en Isla Vista: Weihan «David». Wang, Cheng Yuan «James». Hong, George Chen, Veronika Weiss, Katie Cooper y Christopher Michaels-Martinez. Vuestros nombres están en nuestra memoria colectiva. Gracias a Richard Martínez por hablar. Seguimos tu ejemplo.

A Andrea Schulz, mi editora de Viking. Gracias por ayudarme a mantener la cordura, por hacer que algo imposible sea un placer, por ser una guía luminosa en los terrenos más ásperos. Has hecho que no le tenga miedo a nada. A Flip Brophy por el pudin y por saber que era capaz de hacerlo antes de que yo misma lo supiera. A Emily Wunderlich, por llevarme al siguiente nivel. A Jane Cavolina, mi revisora de texto, por restaurar el orden cuando mi sintaxis perdía un poco la chaveta. A Emily Neuberger, Aileen Boyle, Lindsay Prevette, Kate Stark, Mary Stone, Brian

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Tart, Jason Ramirez. A Tess Espinoza y a todo el equipo editorial y de producción de Viking. A Lara Bergthold, Hillary Gross Moglen, Szilvia Molnar. Al grupo de la tarta verde de Sterling Lord Literistic.

A los suecos. Nos habéis enseñado que todos somos responsables de alzar la voz, de enfrentarnos a alguien, de dar seguridad y esperanza. De intervenir. No tenemos que esperar a que pase algo malo para ser como los suecos. Para actuar como ellos hay que empezar por respetar la autonomía corporal, el lenguaje que elegimos y entender que el consentimiento es algo que jamás puede darse por sentado ni ser ignorado. Debemos proteger a las personas vulnerables y exigir responsabilidades. Ojalá el mundo se llene de gente como Cari y Peter.

A todos los nombres que no sé, a los de las personas que recogían firmas con sus portapapeles, a los de quienes viven con renacuajos y a los de quienes me escriben largas cartas. Mientras escribía guardaba junto al escritorio una caja llena de cartas; cuando me fallaba la motivación, las leía. Me enseñasteis lo que es sentir compasión por uno mismo, me animasteis a seguir adelante. Espero que entendáis que vale la pena luchar por vosotros. Vuestra personalidad no es la responsable del daño que os han causado. No sois una estadística ni un tópico, de modo que cuando quieran restaros importancia, deshumanizaros y cosificaros, debéis resistir con todas vuestras fuerzas, con una vida entera de experiencias. A quienes no tienen rostro, a los que permanecen en el anonimato. Todos tenemos un nombre. Y me habéis enseñado a estar orgullosa del mío.

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Declaración de daños sufridos por la víctima Emily Doe

PUBLICADA POR KATIE J. M. BAKER EN BUZZFEED NEWS EL 3 DE JUNIO DE 20L6 CON EL TITULAR ESTA ES LA CONTUNDENTE CARTA QUE LA VÍCTIMA DE STANFORD LE LEYÓ A SU AGRESOR

Su señoría, si le parece bien, durante la mayor parte de mi declaración quisiera dirigirme directamente al acusado.

Tú no me conoces, pero has estado dentro de mí, y por eso estamos aquí hoy.

El 17 de enero de 2015 pasábamos una tranquila noche de sábado en casa. Mi padre había preparado algo de cena y me senté a la mesa con mi hermana pequeña, que había venido a vernos ese fin de semana. Yo trabajaba a tiempo completo y se acercaba la hora de ir a dormir. Pensaba quedarme en casa sola, ver la tele un rato y leer, mientras ella se iba a una fiesta con sus amigas. Entonces decidí que, como era la única noche que iba a pasar con ella y no tenía nada mejor que hacer, por qué no ir a una fiesta que quedaba a diez minutos de mi casa. Iría y bailaría haciendo el tonto para avergonzar un poco a mi hermana. De camino allí, bromeé diciendo que seguro que los chicos universitarios llevaban aparatos en la boca. Mi hermana se burló de mí por haberme puesto una rebeca beis de bibliotecaria para ir a la fiesta de una fraternidad. Me referí a mí misma como «la madre de todos» porque sabía que sería la más mayor allí. Me puse a hacer el tonto, bajé la guardia y bebí demasiado rápido, ajena al hecho de que mi tolerancia al alcohol había empeorado mucho desde mis días de universidad.

Lo siguiente que recuerdo es estar tumbada en una camilla, en un pasillo. Tenía sangre seca y vendas en el dorso de las manos y en el codo.

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Pensé que quizá me había caído y que estaba en la secretaría del campus. Me sentía muy tranquila y me preguntaba dónde estaría mi hermana. Un agente me explicó que me habían agredido. Aun así, no perdí la calma y le aseguré que se equivocaba de persona. Yo no conocía a nadie de la fiesta. Cuando al fin me dejaron ir al aseo, me bajé los pantalones de hospital que me habían dado, quise bajarme la ropa interior y no sentí nada. Todavía recuerdo la sensación de tocar la piel con las manos y no agarrar nada. Miré hacia abajo y no había nada. El pequeño retazo de tela, lo único que se interponía entre mi vagina y lo demás, había desaparecido, y el silencio lo invadió todo. Sigo sin tener palabras para definir esa sensación. Para no venirme abajo me dije que quizá los policías habían cortado la prenda con unas tijeras porque la necesitaban como prueba.

Entonces noté en el pescuezo el pinchazo de unas agujas de pino y empecé a quitármelas del pelo. Pensé que quizá se habían caído de algún árbol y habían ido a parar sobre mi cabeza. Mi cerebro intentaba hablarles a mis tripas para que no me viniera abajo, porque estas no hacían más que repetir: «ayúdame, ayúdame».

Fui de una sala a otra envuelta en una manta, dejando tras de mí un rastro de agujas de pino. En cada habitación en que estuve sentada dejé un montoncito. Me pidieron que firmara unos papeles donde ponía «Víctima de violación» y me dije que algo sí debía de haber pasado. Me confiscaron la ropa y me quedé de pie, desnuda, mientras las enfermeras medían con una regla y fotografiaban las abrasiones que tenía mi cuerpo. Entre las tres conseguimos quitar todas las agujas de pino del pelo, seis manos para llenar una bolsa de papel. Para tranquilizarme, me dijeron que solo era la flora y la fauna, la flora y la fauna. Me insertaron muchos bastoncillos en la vagina y en el ano, me pincharon jeringuillas, me dieron pastillas y con una cámara Nikon apuntaron directamente a mis piernas abiertas. Tuve dentro de mí espéculos picudos y largos de plástico y me embadurnaron la vagina con una pintura azul muy fría para ver las abrasiones que tenía.

Después de pasar unas horas así, me dejaron ducharme. Me quedé de pie, examinando mi cuerpo bajo el chorro de agua y decidí que ya no lo quería. Mi cuerpo me aterrorizaba, no sabía qué había tenido dentro, si estaba contaminado ni quién lo había tocado. Quería quitármelo como si fuera una chaqueta y dejarlo en el hospital con todo lo demás.

Esa mañana lo único que me dijeron fue que me habían encontrado detrás de un contenedor y que posiblemente un desconocido me hubiera

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penetrado, por lo que debía volver a hacerme un análisis para ver si tenía el VIH porque los resultados no siempre se ven de inmediato pero que, de momento, debía irme a casa y retomar mi vida normal. Imagínate lo que es volver al mundo teniendo solo esa información. Me dieron muchos abrazos y salí del hospital en dirección al aparcamiento con una sudadera y unos pantalones de chándal nuevos que me habían dado, porque solo me dejaron quedarme mi collar y mis botas.

Me vino a buscar mi hermana. Tenía la cara desencajada y húmeda de tanto llorar. El instinto hizo que de inmediato quisiera librarla de aquel dolor. Le sonreí y le pedí que me mirara, le dije que estaba allí, que estaba bien, que no pasaba nada, que estaba allí con ella. Me he lavado el pelo y lo tengo limpio, me han dado un champú rarísimo, tranquilízate y mírame. Mira qué pantalones y qué sudadera más peculiares, parezco una profe de gimnasia, vámonos a casa, comamos algo. Ella no sabía que bajo aquel chándal yo tenía arañazos y vendas, que me dolía la vagina y que esta se había vuelto de un color extraño y oscuro de tanto toquetearla, que me faltaba la ropa interior y que me sentía demasiado vacía por dentro para seguir hablando. Que tenía miedo y que estaba desolada. Ese día fuimos a casa en coche y, durante las horas y horas que pasamos en silencio, mi hermana pequeña me sostuvo entre sus brazos.

Mi novio no sabía lo que había pasado, pero me llamó ese día y me dijo: «Estaba muy preocupado por ti anoche, me asustaste mucho. ¿Llegaste bien a casa?». Estaba horrorizada. Fue entonces cuando supe que le había llamado aquella noche durante mi laguna mental, que le había dejado un mensaje ininteligible en el contestador y que se asustó de tal manera al oír que arrastraba tanto las palabras que me repitió una y otra vez que buscara a mi hermana. Volvió a preguntarme: «¿Qué pasó anoche? ¿Llegaste bien a casa?». Le dije que sí y al colgar me eché a llorar.

No estaba preparada para contarle a mi novio ni a mis padres que, en realidad, quizá me habían violado detrás de un contenedor, pero que no sabía quién había sido, ni cuándo ni cómo había pasado. Si se lo decía vería el miedo en su rostro, y entonces el mío se multiplicaría por diez, así que fingí que todo aquello no estaba pasando de verdad.

Intenté apartarlo de mi mente, pero me pesaba tanto que no podía hablar, comer, dormir ni interactuar con nadie. Al salir del trabajo cogía el coche y me iba a algún lugar apartado para gritar. No hablaba, no comía, no dormía, no interactuaba con nadie y me aislé de las personas a las que

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más quería. Durante más de una semana después del incidente no recibí ninguna llamada ni novedad sobre aquella noche o sobre lo que me había pasado. El único símbolo que demostraba que no había sido una pesadilla era la sudadera del hospital guardada en el cajón de la ropa.

Un día estaba en el trabajo leyendo las noticias en el móvil cuando de repente me topé con un artículo. Al leerlo me enteré por primera vez de que me encontraron inconsciente, con el pelo revuelto, el collar enrollado alrededor del cuello, el sujetador por fuera del vestido, el vestido bajado por debajo de los hombros y subido por encima de la cintura, completamente desnuda desde las nalgas hasta las botas, con las piernas separadas, y de que alguien a quien no reconocía me había penetrado con un objeto extraño. Así fue como supe lo que me pasó, sentada en mi escritorio leyendo las noticias en el trabajo. Me enteré de lo sucedido exactamente a la vez que todo el mundo. En ese momento cobró sentido que mi pelo estuviera lleno de agujas de pino. No se habían caído de ningún árbol. Él me había quitado la ropa. Sus dedos habían estado dentro de mí. No conozco a esa persona. Y sigo sin conocerla. Cuando leo eso que dicen de mí, me digo que esa no puedo ser yo; que no puede ser. No puedo digerir ni aceptar esa información. No puedo imaginarme a mi familia leyendo eso en internet. Sigo con la noticia. En el siguiente párrafo leo algo que jamás olvidaré. Leo que, según él, me gustó. Me gustó. De nuevo vuelvo a quedarme sin palabras para expresar lo que siento.

Es como si leyeras un artículo que dijera que un coche recibió un fuerte impacto y acabó tirado y abollado en una cuneta, pero que quizá le gustó que le dieran un buen golpe. Que quizá el otro coche en realidad no había querido darle tan fuerte y solo pretendía darle un empujoncito. Los coches tienen accidentes continuamente, la gente a veces se despista, no podemos saber de quién ha sido la culpa.

Y luego, al final del artículo, después de enterarme de los detalles más escabrosos de mi propia agresión sexual, el artículo enumeraba sus marcas de natación. Cuando la encontraron respiraba y estaba inconsciente. Tenía la ropa interior a quince centímetros del vientre desnudo y estaba acurrucada en posición fetal. Por cierto, el chico nada de maravilla. Y, ya puestos, ¿por qué no hablan de lo rápido que corro yo? Además se me da bien cocinar; pon eso ahí, sí. Creo que al final del artículo puedes enumerar todos tus méritos extracurriculares para contrarrestar todas las cosas horribles que han sucedido.

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La noche que salió a la luz la noticia senté a mis padres y les dije que me habían agredido y que no vieran las noticias porque se alterarían. Les dije que quería que supieran que estaba bien, que estaba ahí con ellos y que no pasaba nada. Pero, a mitad de la explicación, mi madre tuvo que sostenerme porque yo no me aguantaba en pie.

La noche siguiente a la agresión, él dijo que no sabía mi nombre y que no sería capaz de identificarme en una rueda de reconocimiento. No mencionó que hubiéramos entablado ninguna conversación ni que hubiéramos intercambiado ninguna palabra, solo que bailamos y nos besamos. Bailar es una palabra bonita; ¿se refería a bailar chascando los dedos y dando unos giros o a bailar frotándose contra la otra persona en una sala llena de gente? ¿Besarse sería entonces apretar la cara con torpeza contra la otra persona? Cuando el detective le preguntó si había tenido la intención de llevarme a su cuarto, él respondió que no. Cuando el detective le preguntó cómo acabamos detrás del contenedor, él respondió que no lo sabía. Admitió haber besado a otras chicas en la fiesta, una de las cuales era mi propia hermana, que se lo tuvo que quitar de encima. Admitió que quería enrollarse con alguien esa noche. Yo era el antílope herido de la manada, el que se había quedado solo y era totalmente vulnerable. Físicamente era incapaz de defenderme y por eso me eligió. A veces pienso que si no hubiera ido a la fiesta, nada de esto habría pasado. Pero me di cuenta de que sí habría pasado; solo que lo habría sufrido otra persona. Estabas a punto de tener acceso a cuatro años de fiestas y chicas borrachas y, si pensabas empezar así, entonces doy por bueno que no pudieras continuar. La noche siguiente a la agresión, dijo que pensó que me había gustado porque le froté la espalda. Porque le froté la espalda.

En ningún momento mencionó que yo expresara verbalmente mi consentimiento. Ni siquiera dijo que hubiéramos hablado. Le froté la espalda y ya está. De nuevo me enteré por las noticias de que yo tenía el culo y la vagina al aire, de que me había sobado los pechos, de que al meterme los dedos también me había metido agujas de pino y suciedad, de que restregué la piel desnuda y la cabeza contra la tierra de detrás del contenedor mientras un estudiante de primero que tenía una erección intentaba montárselo con mi cuerpo semidesnudo e inconsciente. Pero no me acuerdo, así que cómo puedo demostrar que no me gustó.

Pensé que era imposible que aquello acabara en juicio: había testigos, había mugre dentro de mi cuerpo, él salió corriendo pero lo pillaron.

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Querrá pactar, presentará una disculpa formal y ambos seguiremos adelante con nuestras vidas. Sin embargo, me dijeron que había contratado a un abogado muy importante y también a peritos y a investigadores privados que intentarían encontrar detalles de mi vida personal que usar en mi contra, que buscarían lagunas en mi relato para anularme a mí y a mi hermana y así demostrar que aquella agresión sexual en realidad no había sido nada más que un malentendido. Que pensaba ir hasta donde hiciera falta para convencer al mundo de que todo había sido fruto de la confusión.

No es que solo me dijeran que había sufrido una agresión sexual, sino que me lo decían porque yo no podía recordarlo y técnicamente no podía demostrar que aquel acto no hubiera sido voluntario. Aquello me afectó, me dañó por dentro y casi me destroza. Que te digan que han abusado de ti y que casi te violan al aire libre pero que todavía no saben si cuenta como agresión sexual desencadena en ti una desorientación terrible, trágica. Tuve que pasarme un año entero luchando para dejar bien claro que aquella situación no era normal.

Cuando me dijeron que estuviera preparada por si no ganábamos, respondí que no podía prepararme para algo así. Él era culpable desde el momento en que abrí los ojos. Nadie puede poner en duda el dolor que me ha causado. Lo peor de todo era que me habían avisado de que, como él sabía que yo no recordaba nada, él iba a tener la oportunidad de escribir el guion. Podía decir lo que quisiera porque nadie podía rebatírselo. Yo no tenía ningún poder ni tampoco voz, estaba indefensa. Mi pérdida de memoria se utilizaría en mi contra. Mi testimonio era débil, incompleto y me hicieron creer que quizá yo no bastaba para ganar el caso. Su abogado le recordaba constantemente al jurado que solo podían creer a Brock porque yo no me acordaba de nada. Aquella indefensión me resultaba traumática.

En vez de dedicar tiempo a ponerme bien, lo destinaba a recordar aquella noche hasta el más mínimo detalle para prepararme ante las preguntas del abogado, que serían invasivas, agresivas y que por supuesto tenían como propósito desestabilizarme, que me contradijera yo o que lo hiciese mi hermana, formuladas de modo que pudiera manipular mis respuestas. En vez de que su abogado me preguntara: «¿Viste si tenías alguna abrasión?», lo que me decía era: «No viste ninguna abrasión, ¿verdad?». Era un juego de estrategia, parecía que quisieran engañarme

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para que yo dudara de mi propia valía. La agresión sexual había sido clarísima pero, en vez de hablar de eso, durante el juicio me vi respondiendo a esta clase de preguntas:

«¿Cuántos años tienes? ¿Cuánto pesas? ¿Qué comiste ese día? Bueno, ¿y qué cenaste? ¿Quién preparó la cena? ¿Bebiste durante la cena? ¿No, ni siquiera agua? ¿Cuándo bebiste? ¿Cuánto bebiste? ¿De qué recipiente bebiste? ¿Quién te dio la bebida? ¿Cuánto sueles beber? ¿Quién te dejó en la fiesta? ¿A qué hora? Pero ¿dónde, exactamente? ¿Qué llevabas puesto? ¿Por qué fuiste a esa fiesta? ¿Qué hiciste al llegar? ¿Estás segura de que hiciste eso? Pero ¿a qué hora hiciste eso? ¿Qué significa este mensaje? ¿A quién se lo enviabas? ¿Cuándo orinaste? ¿Dónde orinaste? ¿Con quién saliste a orinar? ¿Tenías el móvil en silencio cuando te llamó tu hermana? ¿Recuerdas si lo silenciaste? ¿De verdad? Me gustaría destacar que en la página 53 dijiste que tenía el tono de llamada normal. ¿Bebías en la universidad? ¿Dijiste que eras una fiestera? ¿Cuántas veces tuviste lagunas? ¿Ibas de fiesta a las fraternidades? ¿Vas en serio con tu novio? ¿Eres sexualmente activa con él? ¿Cuándo empezasteis a salir? ¿Le pondrías los cuernos? ¿Les has puesto los cuernos a otras parejas anteriores? ¿Qué querías decir cuando dijiste que le recompensarías? ¿Recuerdas a qué hora despertaste? ¿Llevabas la rebeca? ¿De qué color era tu rebeca? ¿Recuerdas algo más de aquella noche? ¿No? Bueno, dejaremos que Brock rellene los huecos».

Me golpeaban una y otra vez con preguntas limitadas y punzantes que diseccionaban mi vida personal, mi vida sentimental y mi vida familiar; me hacían preguntas estúpidas y acumulaban detalles banales en busca de argumentos que exculparan al tipo que me había quitado casi toda la ropa antes de molestarse siquiera en preguntarme mi nombre. Después de sufrir una agresión física me agredían con preguntas que solo tenían por objetivo atacarme, decir: «¿Lo ves? Su versión es incoherente, está chalada, básicamente es medio alcohólica, seguro que quería enrollarse con alguien, el chico es un atleta, ¿no lo ves? Los dos estaban borrachos, etcétera, lo que ella recuerda del hospital ya pasó después, por qué tenerlo en cuenta, Brock se juega mucho en este juicio y lo está pasando muy mal».

Y luego le llegó a él el turno de testificar y supe lo que era que te volvieran a hostigar. Quiero recordaros que la noche siguiente al ataque él dijo que no había tenido la intención de llevarme a su cuarto. Que no sabía

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por qué estábamos detrás de un contenedor. Que se levantó para marcharse porque no se encontraba bien y que de repente lo persiguieron y atacaron. Luego él se enteró de que yo no recordaba nada.

Así que un año más tarde, tal y como lo predijimos, surgió una nueva línea narrativa. Brock tenía una nueva historia de lo más extraña que casi parecía una novela juvenil escrita de cualquier manera. Se hablaba de besos, de bailes, de ir de la mano y de caer amorosamente al suelo. Lo más destacado de este nuevo relato era que de repente sí había consentimiento. Un año después del incidente recordaba que «ah sí, por cierto, ella me dijo que sí a todo, así que…».

Él decía que me había preguntado si quería bailar. Se ve que le dije que sí. Me preguntó si quería ir a su cuarto y yo le dije que sí. Entonces me preguntó si podía hacerme un dedo y yo le dije que sí. La mayoría de los chicos no te preguntan si pueden hacerte un dedo, la situación suele avanzar de manera natural, de mutuo acuerdo, sin que la cosa se convierta en un cuestionario. Pero al parecer yo le di permiso para que hiciera lo que quisiera. Así que está libre de culpa. Incluso en esta nueva historia yo solo pronuncié tres palabras —«sí», «sí», «sí»— antes de que me dejara medio desnuda en el suelo. Un consejo para el futuro: si no sabes si una chica está en condiciones de acceder a algo, fíjate en si es capaz de formular una frase entera. Ni siquiera fuiste capaz de hacer eso. De ver si podía hilar algunas palabras que tuvieran sentido. Si la chica es incapaz, entonces no hagas nada. Nada de «quizá», simplemente «no». ¿Dónde está la confusión? Se llama sentido común, es cuestión de decencia humana.

Según su relato, la única razón de que estuviéramos en el suelo era que yo me había caído. Nota: cuando una chica se cae, ayúdala a levantarse. Si está tan borracha que no puede ni caminar y se cae, no te eches encima de ella, no te restriegues contra ella, no le quites la ropa interior ni le metas la mano en la vagina. Cuando una chica se cae, ayúdala a levantarse. Si lleva una rebeca encima del vestido, no se la quites para tocarle los pechos. Quizá tiene frío, quizá por eso se la puso en primer lugar.

A continuación, dos suecos en bicicleta se te acercaron y saliste corriendo. Cuando te abordaron, ¿por qué no les dijiste que pararan, que no pasaba nada, que hablaran conmigo, que yo se lo explicaría? Como tú me habías preguntado si yo estaba de acuerdo en hacer todo aquello, habría sido lo lógico, ¿verdad? Porque yo estaba despierta, ¿verdad? Cuando llegó el policía y entrevistó a ese sueco tan malo que te atacó, el

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chico lloraba tanto, horrorizado por lo que había visto, que no podía hablar.

Tu abogado ha repetido una y otra vez que no se sabe en qué momento me quedé inconsciente. Y tienes razón, quizá todavía era capaz de mover los párpados y mi cuerpo aún no estaba inerte del todo. La cuestión, no obstante, jamás fue esa. Estaba tan borracha que era incapaz de articular ninguna palabra; mucho antes de acabar tirada en el suelo estaba demasiado borracha para darte permiso a que me hicieras nada. Jamás tendrías que haberme tocado. Brock alegó lo siguiente: «En ningún momento vi que no respondiera. Si en aquel momento hubiera pensado que no reaccionaba, habría parado inmediatamente». El problema está en que si solo tenías pensado parar cuando yo estuviera inconsciente, entonces sigues sin entender nada. ¡Y ni siquiera lo hiciste! Alguien tuvo que pararte los pies. Dos chicos que iban en bicicleta se dieron cuenta en plena noche de que yo no me movía y decidieron plantarte cara. ¿Cómo puede ser que tú no te dieras cuenta, si estabas encima de mí?

Dijiste que habrías parado e ido en busca de ayuda. Eso es lo que dices tú, pero quiero que me expliques qué habrías hecho para ayudarme, paso a paso. Acláramelo para que yo lo entienda. Quiero saber cómo habría acabado la noche si esos dos suecos tan malos no me hubieran encontrado. Te lo pregunto directamente. ¿Me habrías vuelto a poner las bragas pasándomelas por encima de las botas? ¿Me habrías desenredado el collar? ¿Me habrías cerrado las piernas, me habrías tapado? ¿Me habrías quitado las agujas de pino del pelo? ¿Me habrías preguntado si me dolían las rozaduras del cuello y del trasero? ¿Habrías ido en busca de un amigo para pedirle que te ayudara a llevarme a un sitio mullido y cálido? Cuando pienso en lo que habría podido pasarme si esos dos chicos no hubieran aparecido, no puedo dormir. ¿Qué me habría pasado? Eso es lo que jamás podrás justificar con ninguna respuesta, eso es lo que jamás podrás explicar, incluso después de que haya transcurrido un año.

Para colmo, declaró que tuve un orgasmo al minuto de empezar a penetrarme con el dedo. La enfermera dijo que tenía abrasiones, heridas y suciedad en la vagina. ¿Eso pasó antes o después de que me corriera?

Que te atrevas a decir bajo juramento ante todos nosotros que sí, que yo quería, que te di permiso y que en realidad la víctima eres tú porque te atacaron unos suecos por motivos que desconoces es vergonzoso, demencial, egoísta y dañino. Sufrir ya es bastante duro. Pero que alguien

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intente por todos los medios, sin escrúpulos, quitarle importancia a este dolor es llevar las cosas a otro nivel.

Mi familia ha tenido que ver fotos en las que salgo con la cabeza atada a una camilla llena de agujas de pino, ha tenido que ver mi cuerpo tendido en el suelo, con los ojos cerrados, el pelo revuelto, las extremidades flexionadas y el vestido subido. E incluso después de todo eso, mi familia tuvo que oírle decir a tu abogado que las fotografías se tomaron después del hecho, que podemos descartarlas. Que sí, que la enfermera había confirmado que mi vagina estaba irritada y presentaba abrasiones y que los genitales presentaban contusiones, pero que eso era lo que pasaba cuando le metes el dedo a alguien, algo que él había admitido haber hecho. Mi familia tuvo que escuchar a tu abogado hablar de mí como si yo fuera el prototipo de chica salvaje, como si de alguna manera eso pudiera justificar que yo misma me lo había buscado. Oírle decir que mi voz de borracha al teléfono se debía a que estaba haciendo el tonto y que yo hablaba así cuando bromeaba. Que al decirle en el mensaje de voz a mi novio que le recompensaría nadie dudaba de lo que se me pasaba por la cabeza en aquel momento. Pues bien, le aseguro que mi programa de gratificaciones no es transferible, y mucho menos a cualquier desconocido que se me acerque.

Él me ha causado un daño irreparable a mí y a mi familia durante el juicio, y hemos tenido que quedarnos sentados en silencio escuchando cómo le daba forma a lo sucedido aquella noche. Al final, sin embargo, sus afirmaciones carentes de todo fundamento y la lógica retorcida de su abogado no consiguieron engañar a nadie. Ganó la verdad. La verdad habló por sí misma.

Eres culpable. Doce miembros del jurado te declararon culpable de tres delitos graves más allá de toda duda razonable, lo que resulta en doce votos por cargo y treinta y seis síes que ratifican tu culpa; esto es, el cien por cien, una condena unánime. Pensé que al fin todo había acabado y que se responsabilizaría de lo que hizo, que se disculparía sinceramente y que todos podríamos seguir adelante y mejorar. Pero entonces leí tu declaración.

Si lo que quieres es que me explote de la rabia algún órgano interno y que me muera, poco me falta. Estás a punto de conseguirlo. No estamos hablando de ningún rollete universitario alentado por el alcohol y por una mala decisión. La agresión sexual no es un accidente. Y continúas sin entenderlo. Por alguna razón, parece que sigues confundido. A

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continuación leeré fragmentos de la declaración del acusado y responderé a ellos.

Dijiste: «Estaba borracho, por eso no pude tomar decisiones demasiado acertadas. Y ella tampoco».

El alcohol no es una excusa. No te digo que no pueda influir en una decisión, eso es otra cosa. Pero el alcohol no me quitó la ropa, me metió los dedos ni me restregó la cabeza contra el suelo estando casi completamente desnuda. Admito que haber bebido demasiado fue un error de principiante, pero no es una ofensa criminal. Todos los aquí presentes se han arrepentido alguna vez de haberse pasado o conocen a alguien cercano que se ha arrepentido de hacerlo. Arrepentirse de emborracharse no es lo mismo que arrepentirse de haber cometido una agresión sexual. Los dos estábamos bebidos, la diferencia es que yo no te quité los pantalones ni la ropa interior, ni tampoco te toqué de forma indebida antes de salir corriendo. Ahí está la diferencia.

Dijiste: «Si hubiera querido conocerla, le habría pedido su número de teléfono en vez de preguntarle si quería venir conmigo a mi habitación».

No estoy enfadada porque no me pidieras el número de teléfono. Incluso aunque me conocieses no querría verme en esta situación. Mi novio me conoce, pero si me preguntara si yo querría que me hiciera un dedo detrás de un contenedor, le pegaría un bofetón. Ninguna chica querría verse en esta situación. Ninguna. Tanto si tienes su número de teléfono como si no.

Dijiste: «Fui tonto al pensar que no pasaba nada por hacer lo que hacía todo el mundo en ese momento, que era beber. Me equivoqué».

Volvemos a lo mismo: no cometiste un error por beber alcohol. La gente que estaba en la fiesta no me agredió sexualmente. El error lo cometiste al hacer lo que nadie estaba haciendo, que era estrujar tu pene erecto y solo

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contenido por tus pantalones contra mi cuerpo desnudo e indefenso, oculto en una zona oscura donde la gente que iba o venía de la fiesta no pudiera verme ni protegerme, y donde mi propia hermana no pudiera encontrarme. Tu crimen no es haber bebido whisky. Quitarme la ropa y tirarla por ahí como si fuera el envoltorio de un caramelo para meterme el dedo en el cuerpo es lo que no debiste hacer. ¿Por qué tengo que seguir explicando esto?

Dijiste: «Durante el juicio yo no quise hostigarla. Fue cosa de mi abogado y de su modo de enfocar en caso».

Tu abogado no es tu chivo expiatorio, sino tu representante. Dijo cosas extraordinariamente indignantes y vejatorias, cierto. Dijo que tuviste una erección porque hacía frío.

Dijiste que estabas implicado en la creación de un programa para estudiantes de secundaria y de universidad en el que explicabas tu experiencia para «denunciar la cultura del alcoholismo en el campus y la promiscuidad sexual que conlleva».

La cultura del alcoholismo en el campus. ¿Eso es lo que quieres denunciar? ¿Crees que eso es contra lo que llevo un año luchando? Nada de sensibilizar a los estudiantes contra las agresiones sexuales o las violaciones ni de aprender a reconocer el consentimiento. La cultura del alcoholismo en el campus. Acabemos con Jack Daniels. Acabemos con el vodka Skyy. Si quieres hablarle del alcoholismo a la gente, vete a una reunión de Alcohólicos Anónimos. ¿No te das cuenta de que tener un problema con la bebida no es lo mismo que beber e intentar forzar a alguien a que mantenga relaciones sexuales contigo? Enseña a los hombres a respetar a las mujeres, no a beber menos.

La cultura del alcoholismo y la promiscuidad sexual que conlleva. ¿Quieres decir que es un efecto secundario, un acompañamiento, como las patatas fritas que vienen de guarnición con el plato principal? ¿En qué momento entra en juego la promiscuidad? No veo ningún titular que diga:

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«Brock Turner, culpable de beber demasiado y de la promiscuidad sexual que conlleva». Agresiones sexuales en el campus. Eso es lo que debería decir la primera diapositiva de tu presentación. Ten por seguro que si no cambias el tema de tu charla, te seguiré a cada escuela que vayas para dar una charla alternativa.

Y por último, dijiste: «Quiero que la gente vea que una noche de borrachera puede arruinarte la vida».

Una vida, la tuya. De la mía te olvidaste. Permíteme que reformule la frase: Quiero que la gente vea que una noche de borrachera puede arruinar dos vidas. La tuya y la mía. Tú eres la causa, yo soy la consecuencia. Tú me arrastraste a este infierno y me obligaste a sumergirme en esa noche una y otra vez. Tú derribaste las dos torres; la tuya y la mía. Yo me derrumbé al mismo tiempo que tú. Si de verdad crees que a mí no me pasó nada, que salí de allí sin un rasguño y que todo me va de maravilla, mientras que tú has sufrido el peor golpe imaginable, estás muy equivocado. Aquí no sale ganando nadie. Todos hemos acabado destrozados, todos intentamos buscarle algo de sentido a tanto sufrimiento. El daño que tú sufriste es muy concreto: te quedaste sin títulos, grados ni matrículas. El mío es interno e invisible, lo llevo siempre conmigo. Me quitaste mi valía, mi privacidad, mi energía, mi tiempo, mi seguridad, mi intimidad, mi confianza, mi propia voz. Hasta hoy.

Así que algo que tenemos en común es que ambos éramos incapaces de levantarnos por la mañana. El sufrimiento no me resulta algo ajeno. Hiciste de mí una víctima. En los periódicos se referían a mí como a «la mujer inconsciente en estado de ebriedad»; siete palabras y nada más. Durante un tiempo pensé que yo no era más que eso. Tuve que obligarme a aprender de nuevo mi nombre real, mi identidad. Tuve que volver a aprender que soy mucho más que eso, que no solo soy la víctima que se emborrachó en la fiesta de una fraternidad a la que encontraron tirada detrás de un contenedor mientras que tú eres el nadador estadounidense por antonomasia que va a una de las mejores universidades del país,

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inocente hasta que se demuestre lo contrario, que se juega mucho en el juicio. Soy un ser humano al que han dañado para siempre. Mi vida quedó suspendida más de un año, durante el que tuve que descubrir si yo valía algo o no.

Mi independencia, mi alegría natural, mi dulzura y el estilo de vida equilibrado que llevaba hasta entonces se distorsionaron hasta volverse irreconocibles. Me convertí en una persona cerrada, arisca, crítica consigo misma, fatigada, irritable, vacía. El aislamiento a veces resultaba insoportable. Tampoco puedes devolverme la vida que yo tenía antes de aquella noche. Mientras tú te preocupabas por tener una mancha en tu reputación, yo metía cucharas en el frigorífico cada noche para que al despertar, como tenía los ojos hinchados de tanto llorar, pudiera ponérmelas sobre los párpados para que bajara la inflamación y así poder ver. Cada día llegaba una hora tarde al trabajo y me excusaba para salir a llorar a la escalera. Puedo decirte cuáles son los mejores sitios de ese edificio en los que salir a llorar y que no te oiga nadie. El dolor se volvió tan insoportable que tuve que contarle a mi jefa los detalles íntimos de la situación para que supiera por qué dejaba el trabajo. Necesitaba tiempo porque me resultaba imposible tener una vida normal. Utilicé mis ahorros para marcharme lo más lejos posible. No volví a trabajar a tiempo completo porque sabía que tendría que ausentarme semanas enteras en el futuro para acudir a la vista previa y al juicio, que continuamente se posponían. Mi vida quedó en suspenso durante más de un año. Mi estructura vital se vino abajo.

No puedo dormir sola de noche si no tengo la luz encendida, como una niña de cinco años, porque tengo pesadillas en las que me tocan y no consigo despertar. Durante un tiempo tuve que esperar a que saliera el sol para poder dormirme porque solo entonces me sentía segura. Me pasé tres meses enteros yéndome a dormir a las seis de la mañana.

Antes me enorgullecía ser independiente. Ahora me da miedo salir a caminar cuando oscurece, asistir a actos sociales en los que se bebe con amigos en cuya presencia debería sentirme cómoda. Me he convertido en una pequeña lapa que necesita estar siempre junto a alguien, que necesita tener cerca a su novio y dormir a su lado para que me proteja. Me avergüenza sentirme tan frágil y avanzar por la vida tan tímidamente; siempre precavida, siempre preparada para defenderme y cabrearme.

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No tienes ni idea de lo mucho que me ha costado reconstruir partes de mí que siguen siendo frágiles. Tardé ocho meses en poder hablar de lo que pasó. Ya no podía conectar con mis amigos ni con la gente que me rodeaba. Le gritaba a mi novio y a mi propia familia cada vez que sacaban el tema. Nunca dejas que olvide lo que me pasó. Al final de la vista y del juicio, estaba demasiado cansada para hablar. Me marchaba vacía, muda. Llegaba a casa, apagaba el teléfono y me pasaba días sin abrir la boca. Me compraste un billete de avión que llevaba a un planeta en el que estaba completamente sola. Cada vez que salía un nuevo artículo, vivía con la paranoia de que toda la ciudad se enteraría de que hablaban de mí y yo acabaría siendo la chica a la que agredieron sexualmente. No quería la compasión de nadie y todavía ahora estoy aprendiendo a aceptar que ser una víctima forma parte de mi identidad. Hiciste que mi propia ciudad natal fuera un sitio incómodo en el que vivir.

No puedes devolverme las noches que he pasado en vela. Si veo una película y le hacen daño a una mujer, me derrumbo y lloro, inconsolable. Simple y llanamente, esta experiencia ha hecho que aumente la empatía que siento por las demás víctimas. Me he adelgazado por el estrés y, cuando la gente hacía algún comentario sobre mi peso, yo les decía que era porque había salido mucho a correr últimamente. A veces no quiero que me toquen. Tengo que volver a aprender que no soy frágil, sino que soy capaz de hacer cosas y estoy sana; que no soy una persona débil que siempre está enfadada.

Cuando veo que mi hermana pequeña sufre, cuando le cuesta seguir el ritmo en la universidad, cuando está triste, cuando no duerme, cuando llora tanto al teléfono que casi no puede ni respirar y repite una y otra vez que siente muchísimo haberme dejado sola aquella noche —lo siento, lo siento, lo siento—, cuando siente mucha más culpa que tú, entonces no te perdono. Aquella noche la llamé para intentar reunirme con ella, pero tú me encontraste antes. El alegato final de tu abogado empieza así: «[Su hermana] dijo que estaba bien, ¿y quién la conoce mejor que su hermana?». Intentaste usar a mi propia hermana en mi contra. Tus ataques eran tan flojos, tan bajos, que casi daban vergüenza ajena. Ni se te ocurra tocarla.

En primer lugar, jamás debiste hacerme esto. En segundo lugar, jamás debiste hacer que tuviera que luchar tanto tiempo contra ti para decirte precisamente esto: que jamás debiste hacerme esto. Pero aquí estamos. El

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daño está hecho y nadie puede deshacerlo. Y ahora los dos tenemos una opción. O dejamos que esto nos destruya —yo sigo enfadada y dolida y tú sigues viviendo en negación— o nos enfrentamos a la situación: yo acepto el dolor, tú aceptas el castigo y pasamos página.

Tu vida no ha acabado, te quedan décadas enteras para reescribir tu historia. El mundo es inmenso; mucho mayor que Palo Alto y que Stanford, y tú acabarás haciéndote un hueco en el que podrás ser útil y feliz. Pero ahora mismo no tienes derecho a encogerte de hombros y a sentirte confundido. No tienes derecho a fingir que no viste señales de alerta. Te han condenado por violarme deliberadamente, a la fuerza, con alevosía, y lo único que admites es que bebiste. Ni me hables de lo triste que es que tu vida se haya alterado porque el alcohol tuvo la culpa de que hicieras cosas malas. Aprende a responsabilizarte de tu propio comportamiento.

Y ahora quisiera hablar de la sentencia. Cuando leí el informe de la agente de la condicional no daba crédito, la rabia me consumía por dentro; una rabia que al final se aplacó para devenir en una profunda tristeza. Habían reducido, distorsionado y sacado de contexto mis frases. Luché con todas mis fuerzas durante el juicio y no pienso permitir que le quite importancia al resultado una agente de la condicional que evaluó mi estado actual y mis deseos en una conversación de quince minutos en la que ella básicamente respondió a las dudas que yo tenía sobre el sistema legal. El contexto también es importante. Brock todavía tenía que presentar una declaración y yo no había leído sus observaciones.

Mi vida ha estado en suspenso durante más de un año; un año de rabia, de angustia y de incertidumbre, hasta que un jurado llegó a una resolución que reconocía las injusticias que yo había sufrido. Si Brock hubiera admitido su culpa, hubiera manifestado su remordimiento y me hubiera tendido la mano para llegar a un acuerdo, podría haberme planteado proponer una sentencia más ligera por respeto a su honestidad y agradecida por poder pasar página y seguir adelante con nuestras vidas. Pero en su lugar corrió el riesgo de ir a juicio y añadió sal a la herida con sus insultos. Me obligó a revivir el dolor forzándome a ver cómo diseccionaban brutalmente ante el público detalles de mi vida personal y de mi agresión sexual. Nos empujó a mí y a mi familia a vivir un año de inexplicable e innecesario tormento, y debe enfrentarse a las

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consecuencias de refutar su crimen, de poner en duda mi dolor y de hacernos esperar tanto tiempo para que se haga justicia.

Le dije a la agente de la condicional que no quería que Brock se pudriera en la cárcel. No le dije que no se mereciera estar entre rejas. La recomendación de la agente de la condicional de que pase un año o menos en una cárcel del condado es una pausa permisiva, una burla a la seriedad de sus cargos, un insulto a mí y a todas las mujeres. Transmite la idea de que un desconocido puede estar dentro de ti sin tu consentimiento y de que se le castigará con menos de lo que se ha establecido como pena mínima. Debe negársele la suspensión de la sentencia. También le dije a la agente de la condicional que lo que quería de verdad era que Brock entendiera lo que había hecho y admitiera el delito.

Por desgracia, después de leer la declaración del acusado, siento una profunda decepción y veo que es incapaz de mostrar un arrepentimiento sincero ni de responsabilizarse de su conducta. Respeté plenamente su derecho a tener un juicio justo, pero incluso después de que doce miembros del jurado lo declararan culpable de tres delitos graves, lo único que ha admitido es que bebió alcohol. Alguien que es incapaz de aceptar su plena responsabilidad por lo que ha hecho no merece que se suavice su veredicto. Es profundamente ofensivo que pretenda enmascarar una violación amparándose en la «promiscuidad». Por definición, una violación no es la ausencia de promiscuidad, sino la ausencia de consentimiento, y me inquieta enormemente que no sea capaz de apreciar esa distinción.

La agente de la condicional tuvo en cuenta la juventud del acusado y su ausencia de sentencias condenatorias previas. En mi opinión, es bastante mayorcito para saber que lo que hizo estuvo mal. En este país, a los dieciocho años ya puedes ir a la guerra. A los diecinueve eres lo bastante mayor como para pagar las consecuencias de intentar violar a alguien. Es joven, sí, pero tiene edad suficiente para tener conocimiento.

Al tratarse de un primer delito, entiendo que haya quien piense que debemos ser benevolentes. Sin embargo, como sociedad, no podemos perdonar la primera agresión sexual ni penetración digital de nadie. No tiene sentido. La gravedad de una violación es algo que debe comunicarse con claridad. No se puede dar a entender que para saber que una violación está mal hay que recurrir al ensayo y al error. Las consecuencias de agredir sexualmente a alguien deben ser lo bastante severas como para que la

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gente tema incluso recurrir a su buen criterio cuando ha bebido. Deben ser lo bastante severas para resultar preventivas.

La agente de la condicional tuvo en cuenta el hecho de que Brock renunciara a una beca de natación ganada con mucho esfuerzo. Lo rápido que nada Brock no rebaja de ningún modo la gravedad de lo que me pasó y no debería rebajar la gravedad de su castigo. Imaginemos que alguien que proviene de un entorno desfavorecido infringe la ley por primera vez y que se le acusa de cometer tres delitos graves. Niega tener responsabilidad alguna y solo admite haber bebido alcohol. ¿Qué veredicto le espera a esa persona? El hecho de que Brock sea un atleta en una universidad privada no debe tomarse como una razón para mostrar benevolencia, sino como una oportunidad para transmitir el mensaje de que la agresión sexual va en contra de la ley con independencia de la clase social a la que pertenezcas.

La agente de la condicional ha declarado que este caso, comparado con otros delitos graves de naturaleza similar, debe considerarse menos serio debido al nivel de alcohol en sangre del acusado. Fue muy serio. Eso es todo lo que pienso decir al respecto.

¿Qué es lo que ha hecho para demostrar que merece una segunda oportunidad? Solo se ha disculpado por haber bebido, sigue sin definir lo que me hizo como «agresión sexual» y me ha hostigado de forma continua e implacable. Ha sido hallado culpable de tres delitos graves y ha llegado el momento de que acepte las consecuencias de sus acciones. No se irá de rositas.

Su nombre figurará para siempre en el registro de delincuentes sexuales. Es algo que no caduca. Igual que lo que me hizo a mí tampoco caduca ni desaparece sin más al cabo de X años. Se queda conmigo, forma parte de mi identidad y ha cambiado para siempre mi modo de comportarme y el modo en que viviré el resto de mi vida.

Para acabar, quiero dar las gracias. Gracias a todos, empezando por la becaria que me preparó unas gachas cuando me desperté en el hospital aquella mañana, hasta llegar al agente que esperó a mi lado, a las enfermeras que me tranquilizaron, al detective que me escuchó sin juzgarme, a las letradas que estuvieron siempre a mi lado, a la psicóloga que me enseñó a encontrar la valentía cuando más vulnerable era, a mi jefa por ser amable y comprensiva, a mis padres, que son increíbles y me enseñaron a transformar el dolor en fuerza, a mi abuela, que me llevaba chocolatinas de hurtadillas a la sala, a mis amigos, que me recordaron

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cómo ser feliz, a mi novio, que es paciente y cariñoso, a mi irreductible hermana, que es la otra mitad de mi corazón, a Alaleh, mi ídolo, por pelear como una jabata y no dudar de mí jamás. Gracias a todos los que participaron en el juicio por su tiempo y atención. Gracias a las chicas de todo el país por enviarle postales a la fiscal para mí, gracias a tantos desconocidos que se han preocupado por mí.

Quiero darles las gracias en especial a los dos hombres que me salvaron, a los que todavía no conozco. Duermo con el dibujo que hice de dos bicicletas pegado al cabecero de la cama para recordarme que en esta historia también hay héroes. Que nos cuidamos los unos a los otros. Haber podido conocer a todas estas personas y haber sentido su protección y su amor es algo que jamás olvidaré.

Y, por último, a las chicas de todos los rincones del mundo quiero deciros que estoy con vosotras. En las noches en que os sintáis solas, estoy con vosotras. Cuando la gente dude de vosotras y os ignore, estoy con vosotras. Luché cada día por vosotras. Así que no dejéis de luchar jamás, yo os creo. Como escribió la autora Anne Lamott: «Los faros no se mueven por toda la isla en busca de barcos que salvar, sino que se quedan quietos, alumbrando». Aunque no pueda salvar a cada barco, espero que haber hablado hoy te haya permitido absorber algo de luz y que tengas la pequeña certeza de que no pueden callarte, la pequeña satisfacción de saber que se ha hecho justicia, la pequeña seguridad de que estamos llegando a algún lugar, y la gran, la enorme e incuestionable verdad de que eres importante, intocable y hermosa; de que es indiscutible que deben valorarte y respetarte cada minuto del día, de que eres fuerte y nadie puede quitarte eso. A las chicas de todos los rincones del mundo: estoy con vosotras. Gracias.

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Epílogo

Escribir este libro fue como estar sentada en un escritorio colocado dentro de una cúpula inmensa y vacía. Cada día tecleaba sola rodeada por el silencio, teniendo como único cometido liberar la historia. Cuando accedí a escribir el libro, no podía garantizar que fuera a revelar mi identidad. De modo que durante dos años y medio enhebré frases estando protegida y aislada del mundo, en un bendito anonimato. Solo me sonaba el teléfono los viernes por la mañana, que era cuando mi editora me llamaba para asegurarse de que me sumergía en la historia, pero sin hundirme. Nadie, excepto ella, había leído ni una sola palabra. En marzo de 2019 acabé el manuscrito: los papeles salían a porrillo de la impresora, en la mesa las hojas se amontonaban en un grueso mazo. Era muy satisfactorio haber atado todos los cabos sueltos, pero todavía me quedaba un hilo pendiente. Ante mí tenía una decisión que hacía mella en mi ánimo: seguir escondiéndome o revelar mi nombre.

Me advirtieron de que darme a conocer al público tendría consecuencias irreversibles. Quedarás marcada de por vida. Te resultará difícil conseguir trabajo en el futuro. Te costará escribir cualquier otra cosa. Cada vez que se denuncie una agresión en un campus, tu nombre volverá a salir en las noticias. El estrépito que se formó cuando tu declaración se hizo viral regresará y además, amplificado. Tendrás más periodistas en la puerta de casa. Llamarán a tus padres, a tus abuelos. Volverán a atacarte insultándote en internet. Mi rostro convivirá con el de mi agresor, mi imagen quedará ligada de modo inseparable a sus acciones. Hay demasiados pirados.

Queremos que estés a salvo. Me pregunté si acaso podría revelar mi nombre, pero no mi apellido.

En la esfera de las víctimas, el anonimato es como un escudo de oro. Haberlo preservado durante cuatro años era un milagro. Pero aunque

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hablábamos de la protección que nos ofrecía, nadie hablaba del coste que suponía: no pronunciarte en voz alta sobre quién eres, lo que piensas, lo que es importante para ti. Me sentía sola. Ansiaba saber lo que era no tener que emplear toda mi energía en ocultar lo que más ardía en mí. Volvía una y otra vez a un verso de un poema de Lao Tzú: «Quien se sostiene de puntillas no se mantiene firme». No podía pasarme la vida de puntillas.

Durante tantísimo tiempo después del tiroteo, de la agresión, lo único que quería era que todo dejara de moverse. Siempre me lanzaban a nuevas realidades antes de que me diera tiempo a despedirme de las anteriores. Mientras escribía, escarbaba y absorbía, porque eso era lo que necesitaba para sanarme. Ahora al fin me he puesto al día con el presente. Sin embargo, algunos de mis seres más cercanos no lo habían hecho. Seguían pensando que yo era una versión de mí ya caducada. «Ella ya no existe», quería decirles. Tenía otro motivo para optar por la visibilidad: me había criado sin tener figuras públicas que se parecieran a mí. Me moría de ganas de conocer historias de mujeres estadounidenses de origen asiático que fueran ejemplo de fuerza y de acción. Nunca quise blandir un megáfono para anunciarles a todos mis conocidos que yo había sufrido una violación. Lo único que quería era aceptar quién era como resultado de lo que me había tocado soportar. Honrar ese cambio. Decir: ven a mi encuentro aquí donde estoy ahora.

Siempre que le oigo decir a un superviviente que ojalá hubiera tenido la valentía de dar la cara, niego con la cabeza. No lo puedo evitar. No tiene nada que ver con que seas valiente. El miedo a sufrir represalias existe. La seguridad no es gratis. Me molestaba que dar la cara te hiciera sentir que te estabas encaminando a la guillotina. Dudo mucho que la mayoría de los supervivientes quieran vivir escondidos. Lo hacemos porque el silencio equivale a la seguridad. La franqueza conlleva represalias. Lo que significa que lo que tememos no es contar nuestra historia, sino la reacción de la gente cuando la contemos. Recuerdo que pensaba: «Si alguien se entera de lo que pasó, creerá que soy una indecente». Somos víctimas de la escasa comprensión de la sociedad. Dar a conocer la agresión sufrida no es sinónimo de admitir el fracaso personal; muy al contrario, la víctima nos ha hecho el favor de alertarnos del peligro existente en la comunidad. La franqueza debería ser bien recibida.

«Solo quiero protegerte», me dijo mi madre. Pero esa es la respuesta que se supone que debe dar una madre. Yo sabía que su respuesta auténtica

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estaba enterrada un nivel por debajo; solo tenía que esperar un poquito más. Un día al fin llegó su aprobación. Me dijo: «Si quieres romperte, ir más allá de ti, ayudar a otras mujeres; hazlo. El dolor siempre te da más fuerza para seguir adelante. La felicidad y la comodidad, no. Todo depende de quién quieras ser».

No creo que hubiera un día en que lo decidiera en firme. Lo que sí sabía era que no pensaba dejar que el miedo a lo que pudieran hacer los hombres dictara cómo iba a ser el resto de mi vida. A través de la escritura, de todas las horas dedicadas contemplando mi pasado, diseccionándolo y reconstruyéndolo, me di cuenta de que la agresión no arrasó con todo. Yo estaba llena de experiencias. Él no pudo borrarlo todo. Yo emergía más completa: como autora, hija, hermana, artista… demasiadas identidades como para contenerlas. No sabía cómo sería el camino que tenía ante mí, pero al fin conocía bien a la persona que lo emprendería. Y aquello me bastaba.

Cuando buscaba consuelo, recordaba una historia que me contaba mi madre: a los doce años se hizo amiga de una langosta. Un día, su tío la hirvió y ella lloró y lloró. Se arrepentía de haberle puesto nombre, me dijo, porque eso fue lo que hizo que la pérdida fuera tan dolorosa. Imaginé que, al revelar yo mi identidad, muy pronto me echarían a la cazuela. Aun así, la gente habría conectado un instante conmigo, mi nombre quedaría resguardado y a salvo en su recuerdo, del mismo modo que mi madre hablaba con tanto cariño de una langosta.

Empezaron los preparativos. Lo primero, llamas al casero para que te ayude a taladrar unos agujeros y a culebrear cables por la pared para poder añadir tres videocámaras más. Te llega un aviso cada vez que una polilla aletea cerca de la puerta de entrada. Contratas un servicio especial para expurgar los nombres y direcciones de tus familiares de internet. Te aconsejan que no te quedes sentada al volante demasiado rato después de aparcar. Muévete. Destruye todos los documentos, por si a alguien se le ocurre hurgar en la basura. Ten los ojos bien abiertos, no te pongas los auriculares, escudriña la calle cuando vayas de camino a casa. Borra todas tus redes sociales. Pasa la noche en un lugar seguro cuando salte la noticia. Asegúrate de que alguien sepa siempre dónde estás. Al revelar tu nombre esperas liberarte, pero te topas con que te enseñan las nuevas reglas de la contención.

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Decidirme por usar mi nombre significaba que tendría que aprender a contar mi historia en voz alta. Sin embargo, a medida que empezaban a lloverme las solicitudes de entrevistas, me enfadaba más y más. Los ataques de pánico volvieron; emociones de antaño nada deseadas. Sentía que perdía el equilibrio, que me salía de la realidad. No comprendía la diferencia existente entre una entrevista y un interrogatorio. En el juzgado, la intención era burlarse, desorientar, denigrar. Jamás escuchar.

Mi letrada me presentó a Lara y a Hillary, dos mujeres que se dedican a la comunicación especializada en el trauma que se ofrecieron a ayudarme con la preparación. Colocaron una cámara digital, un foco, una silla. Me puse una camisa de rayas que me había comprado; parecía que iba en busca de empleo a una feria. En determinado momento, Lara me dijo: «¿Qué quieres contarles?». Era la primera vez que me lo preguntaban. Me dijo que no estaba a merced de las preguntas de los periodistas, que comparecía para transmitir un mensaje. Este nuevo marco lo cambió todo.

Me hizo otra pregunta que me caló hondo: «¿A quién le hablas?». En 2011 violaron a Lindsay Armstrong, una chica de dieciséis años, en Escocia. En el juicio, el abogado de la defensa le pidió que sostuviera en alto las bragas que llevaba cuando la atacaron y que leyera en voz alta el mensaje que llevaban estampado: diablilla. El violador fue condenado, pero las condenas no reparan el daño causado. Tres semanas más tarde, Lindsay se suicidó. Ojalá pudiera decirle que al hacerle una petición de ese tipo, lo que quedó a la vista de todos no fue la debilidad de ella, sino la maldad de él.

Durante muchísimo tiempo me preocupó que darme a conocer significara acabar hecha pedazos. Cuanto más te ven, más cosas pueden utilizar en tu contra. Pasé muchos años preocupada porque fuera cierto. Al acabar este libro, supe que no lo era. No lo era en mi caso, ni tampoco en el de Lindsay. Suelo preguntarme de dónde sacan su confianza hombres como el abogado de la defensa, mientras que yo soy la que tiene que luchar por no odiarme a mí misma. Cómo son capaces de ir por el mundo, invulnerables, mientras yo tengo que seguir escondiéndome. Decidí que mientras ellos estuvieran ahí afuera, yo también estaría ahí afuera. Que aparecería en todas las televisiones del país y que no cuestionaría el porqué de mi presencia. Que me verían hablando con franqueza de todo lo

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que soy y lo que fui, porque sé que desde el principio el abogado de la defensa se equivocaba. Que te conozcan es que te quieran.

Mi primera entrevista sería en el programa 60 Minutes. El episodio se grabó en agosto para que pudiera emitirse en septiembre. Jamás había estado delante de una cámara ni en un plato, pero daba igual. No importaba el prestigio que tuviera la plataforma ni si me veían doce millones de espectadores o dos; tampoco el calor de las lámparas apanaladas ni la mirada de las robustas cámaras negras. La noche anterior a la entrevista, mientras estudiaba mis apuntes, me dibujé un diablillo en el dorso de la mano. Por la mañana me puse una blusa bien planchada y me metí en un todoterreno. Sorbí té mientras me colocaban el micrófono en la cinturilla del pantalón y me empolvaban las mejillas. Me aparté para buscar un fregadero y me limpié despacio la tinta de la piel mientras me venía la palabra «gracias» a la mente y notaba que en mi interior crecía la valentía, la calma, la claridad. Mi propósito siempre será más importante que mi miedo. Aquellas cámaras, aquellos corresponsales, no eran más que el vehículo que necesitaba para llegar a ella. Y yo iba a decirle que podía ponerse la ropa interior que le diera la puta gana.

El cuatro de septiembre de 2019 mi nombre y mi fotografía salieron a la luz. Mi amiga Mel me mandó un mensaje: «Feliz cumpleaños», porque así te sientes cuando llegas a este mundo. Se acabó la fragmentación: todas las piezas encajaban. Le había devuelto la voz a mi cuerpo. Me vi inundada por mensajes de pesar, sorpresa y orgullo, pero yo solo sentía paz.

En el transcurso de los siguientes meses, daría más de setenta entrevistas. Los estudiantes de Stanford crearon una placa no oficial por iniciativa propia; cada vez que Stanford la quitaba, los estudiantes la volvían a poner, y así hasta que la universidad cedió y colocó una placa oficial. El libro se traduciría a muchos idiomas; entre ellos, el coreano, el noruego y el ruso. Harvey Weinstein sería condenado a pasar veintitrés años en prisión. Christine Blasey Ford y yo nos sentaríamos cruzadas de piernas sobre la alfombra de la abuela Ann, bebiendo té. Me di cuenta de que no llegaba al mundo sola, sino que me unía a quienes habían llegado antes que yo. Me sentaría a la mesa frente a Anita Hill, Gloria Steinem y otras artistas, escritoras y activistas en una soleada tarde en la ciudad de Nueva York. Cuando yo hablaba, se hacía el silencio. Era la primera vez

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que sentía mi propia autoridad. Me la dieron. Salí de aquella sala cambiada.

En febrero de 2020, estaba sentada en un vagón de tren rumbo a una pequeña ciudad de los Países Bajos llamada Leeuwarden, con la versión en neerlandés de mi libro en el bolso y un dulce Slice of Heaven en el bolsillo. Miré por la ventana y pensé que mi madre tenía razón, que la vida era mucho más de lo que podía imaginar. ¿Cómo si no explicar las verdes praderas, los arroyos, los ponis de las Shetlands? En todas las firmas de mi libro, hago escribir a cada persona su nombre en un pósit para así saber a quién le dedico el libro: «A Mila, a Noor, a Lieke, a Sophie». Los pósits se amontonan sobre la mesa como hojas. Alguien se acerca a retirarlos, pero yo le pido que los deje. Al fin puedo aprenderme los nombres de las personas que me han salvado.

Mi padre le lee el libro en voz alta a mi madre, un capítulo cada noche. Lloran juntos, sentados en silencio, dejan macerar la pena, salen a pasear para respirar. Una noche voy a verlos y oigo este ritual. Me siento con la espalda apoyada contra la pared de la puerta de casa, escuchando. Hubo una vez en que llegué a casa con el relato de mi agresión dentro de mí, derrumbada y presa del miedo. Ahora mi historia emerge por medio del dulce sonido de la voz de mi padre, un bálsamo que puede compartirse. Fuera, el grillo canta.

En San Francisco, Lucas y dos amigos de la universidad preparan una fiesta secreta por el libro. Aparco frente a la acera. Se lee en un cartel: caléndula. Las paredes acristaladas están cubiertas de helechos y de rojizas amapolas: han alquilado una floristería. Está repleta de amigos a los que conozco desde los cinco años y de mis profesores favoritos, que se han tirado kilómetros al volante para estar aquí. Hay champán, sillas plegables, una tarta. Se levantan y hablan de uno en uno, y de uno en uno lloramos. Por lo que no supimos cómo hacer, por el daño que nos ha causado. Por el alivio de estar rodeados de caras familiares, por el asombro de todo lo que perdura. Al ponerse el sol, Tiffany y yo nos quedamos de pie frente a todos en la sala, cogidas de la mano, mientras nos aplauden. Hemos emergido al otro lado.

Habían pasado casi cinco años desde la agresión, y por fin iba a conocer a los suecos. En una cálida tarde de verano en la ciudad de Nueva York conozco a Peter, conozco a Cari. Nos abrazamos, nos sentamos, pedimos calamares. La conversación solo puede describirse como estar sentada junto al fuego. Uno de ellos dice que sintió arrepentimiento y culpa. «¿Por qué?», le pregunto yo. «Por no haber llegado cinco minutos antes». Me río al darme cuenta de que incluso quienes te salvan sienten que podían haberlo hecho mejor. Pienso en todo lo que deseamos poder cambiar, en todos los «ojalás», en todas las historias que podían haber tenido lugar. Pero por todo el miedo, el dolor, todo lo que no puede cambiarse, lo que recordaré el resto de mi vida será a quienes nunca me dieron por perdida, a quienes me ayudaron a recuperar mi vida.

CHANEL MILLER nació en Palo Alto, California, en 1992. Su madre llegó a Estados Unidos desde China para ser escritora, su padre es psicólogo. Es artista y escritora.

Su nombre en chino es Zhang Xiao Xia, que significa «pequeño verano», porque llegó al mundo en el mes de junio. Tiene una hermana pequeña a la que adora, y le gusta leer y hacer teatro. Por eso estudió en la facultad de Artes Creativas de la universidad de Santa Barbara, en California, donde obtuvo la licenciatura en Literatura en 2014.

Chanel reivindica que tiene un nombre, y que es mucho más que el salvaje acontecimiento que sacudió su vida una noche de enero de 2015, cuando la encontraron inconsciente y semidesnuda, sin nombre ni identidad.

Por eso nosotros no queremos que su condición de víctima eclipse su existencia y por eso queremos decir cosas como que era una niña tímida que prefirió hacer de hierba en una función de primaria sobre un safari mientras el resto de sus compañeros hacían de animales. Que devuelve siempre el carrito a su sitio en el supermercado, y acepta todos los folletos que le ofrecen por la calle. Que quería ser la mascota de un equipo para poder bailar libremente sin que nadie la reconociera… Pequeños rasgos que conforman una personalidad y una vida que tuvo que ocultar cuando se vio obligada a vivir tras un nombre inventado, Emily Doe, para preservar su anonimato durante el vergonzoso juicio que siguió a la agresión. Su violador fue condenado a la insignificante pena de seis meses de prisión de los que solo cumplió tres.

Ella tardó tres años en reunir fuerzas para sentarse a escribir su historia, se repuso al dolor con resiliencia y humor. Y con dibujos. Porque durante el doloroso proceso de escritura de este libro no paró de dibujar, y esos dibujos le recordaban que la vida puede ser también divertida e imaginativa.

Defiende que tenemos la obligación como sociedad de crear el espacio para que los supervivientes de cualquier tipo de violencia sexual cuenten su verdad y puedan expresarse libremente, sin ser juzgados ni señalados. También para que las mujeres, todas y cada una de ellas, puedan volver a casa sanas y salvas. Y para que el sistema se encargue de garantizárselo. «Cuando la sociedad apoya en lugar de culpar, se escriben libros, se hace arte y el mundo es un poco mejor por ello», dice Chanel. Y nosotros no podríamos estar más de acuerdo.

Notas

[1] Joy significa «alegría» en inglés (Todas las notas son de la traductora).

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[2] La Young Women’s Christian Association («Asociación Cristiana de Mujeres Jóvenes») es una organización que lucha por los derechos de las mujeres. <<

[3] Chestnut significa «castaña»; walnut, «nuez», y cashew, «anacardo».

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FIN

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