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Libro N° 14923. Younger. Redmond Satran, Pamela


© Libro N° 14923. Younger. Redmond Satran, Pamela. Emancipación. Marzo 14 de 2026

 

Título Original: © Younger. Pamela Redmond Satran

 

Versión Original: © Younger. Pamela Redmond Satran

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/younger/


 

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Portada E.O. de: 

https://ww3.lectulandia.co/book/younger/

 

 

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

YOUNGER

Pamela Redmond Satran


Younger

Pamela Redmond Satran

El último año de Alice ha sido el peor de su vida: su marido la ha dejado, su madre murió y su hija Diana se ha ido a África para hacer un voluntariado. Alice necesita retomar su vida, a sus 44 años es renovarse o morir, así que con la ayuda de su amiga Maggie se hace un cambio de imagen en la víspera de Año nuevo. Pronto el tinte y los tejanos ajustados harán su trabajo. Se verá increíblemente joven, puede pasar por una chica de 29 años y no le sacará de su error a Josh, un joven atractivo de 25 años al que conoce en un bar de Manhattan. Él quiere seguir en contacto con ella, cree que es mucho más madura que las chicas de su edad… pero ella no está por la labor, tiene otras preocupaciones como encontrar trabajo. Aunque lo tiene difícil ya que lleva veinte años sin trabajar y dedicada a ser ama de casa. Su edad y su falta de experiencia serán un problema. Tendrá que bajar sus expectativas y hacerse pasar por una chica más joven para poder entrar en una editorial, pero no será tan fácil como parece, se enfrentará a entorno laboral hostil, mientras Josh cada día la conquista más. Alice todavía tendrá mucho que demostrar, su edad ficticia, en realidad será una excusa para enseñar a los demás su talento, y de paso, encontrarse a ella misma. Y es que efectivamente, da igual la edad que tengas o que aparentes tener, solo importa cómo te sientas tú.

Pamela Redmond Satran

Younger

ePub r1.0

Titivillus 04-03-2026

Título original: Younger

Pamela Redmond Satran, 2005

Traducción: Marta Torent López de Lamadrid

Todos los nombres, personajes, lugares y acontecimientos de esta novela son producto de la imaginación de la autora o empleados como entes de ficción. Cualquier semejanza con personas vivas o fallecidas es mera coincidencia.

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

A mi hija,

Rory Satran

Agradecimientos

Estoy muy agradecida por contar en mi equipo con dos de las mujeres más brillantes y generosas del mundo editorial, mi agente Deborah Schneider y mi editora Amy Pierpont. También de Downtown Press, gracias a Louise Burke, Megan McKeever, Hillary Schupf, Anne Dowling y Danielle Rehfeld, y de Gelfman Schneider, a Cathy Gleason y a Britt Carlson. Por un giro argumental clave que atormentó al resto del mundo, gracias a la inspirada Leslie Rexach. Tengo la suerte de contar con unas amigas íntimas que además son unas escritoras inteligentes y compañeras comprensivas: Rita DiMatteo, Alice Elliott Dark, Benilde Little y Christina Baker Kline. Gracias al Centro para las Artes Creativas de Virginia y a la Fundación Geraldine Dodge por las dos semanas más maravillosas de mi vida como escritora, durante las que prácticamente di forma a todo el primer borrador de este libro. Por sus observaciones sobre la vida pasados los cuarenta, envío mi agradecimiento y besos a las adorables hijas de mi prima, Kimberly y Katie Kavanagh, y a mis estupendos hijos (de acuerdo, geniales), Rory, Joe y Owen Satran. Y gracias, siempre, a Dick.

1

Estuve en un tris de no subirme al transbordador.

Estaba asustada. Y nerviosa. Y agobiada, porque me sentía completamente fuera de lugar entre la multitud de jóvenes que se precipitaban hacia el barco con destino a Nueva York.

No solo a Nueva York, sino a la ciudad de Nueva York en Nochevieja. De solo pensarlo, me sudaban las manos y sentía un hormigueo en los pies, como la única vez que subí a lo alto del Empire State Building y traté de mirar hacia abajo. En las inmortales palabras de mi hija Diana: me entró dolor de pito.

Me habría dado media vuelta y habría regresado en coche directa a la seguridad de mi casa de las afueras («siempre puedo ver caer la bola por la tele»), solo que no podía dejar a Maggie plantada en el muelle helado del centro de Manhattan. Maggie, mi amiga de toda la vida y la más íntima aún, no creía en los móviles. Tampoco creía en los ordenadores ni en los coches, ni en pasar la Nochevieja en Nueva Jersey ni, ya puestos, en estar siquiera en Nueva Jersey. Maggie, que a los dieciséis salió del armario y les dijo a sus padres ultracatólicos que era lesbiana, y que se ganaba la vida como artista, no creía en hacer nada por la vía fácil. De modo que no podía cancelar nuestra noche de marcha y no tenía más remedio que seguir avanzando hacia mi desastre potencial.

Por lo menos era la primera de la cola para el siguiente barco. Hacía un frío gélido aquella noche, pero reivindiqué mi lugar de honor agarrada a la barrera para impedir que nadie se me pusiera delante. Sabía que este tipo de chicos bien de las zonas residenciales de los suburbios que deambulaban por el muelle junto a mí eran especialistas en colarse desde la guardería.

Entonces ocurrió algo curioso. Cuanto más rato pasaba allí, vigilando mi territorio, más ganas me entraban de ir a la ciudad; no solo por Maggie, sino por mí misma. Alargué la vista más allá del agua oscura hacia las centelleantes luces de Manhattan y empecé a pensar que Maggie tenía razón, y que ir a Nueva York en Nochevieja era justo lo que necesitaba.

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«Haz cambios», me decía. «Haz algo que no hayas hecho nunca.» ¿O es que haberlo hecho todo siempre de la misma forma, con prudencia, teóricamente con sensatez, no me había colocado precisamente en el epicentro de mi actual caos? Así era, y nadie deseaba que eso cambiara tanto como yo.

De modo que cuando abrieron la barrera para subir al transbordador, eché a correr. Estaba decidida a ser la primera en llegar a lo alto de la escalera, a llegar antes que todos los demás a la parte delantera de la cubierta, donde podría ver Nueva York deslizándose ante mi vista. Los oía a todos pisándome los talones mientras corría, pero fui la primera en salir por la puerta y llegar a la proa del barco, y me agarré a la barandilla metálica, sujetándome fuerte mientras procuraba recuperar el aliento. El motor del transbordador se encendió con un rugido, su olor a diésel imponiéndose sobre la salinidad del puerto, pero aun así llené mis pulmones de aire mientras nos alejábamos del muelle a sacudidas. Aquí estoy, pensé. Viva y avanzando, en una noche en la que puede pasar de todo.

En ese momento caí en la cuenta de que era la única que estaba allí fuera. Todos los demás estaban embutidos en la cabina acristalada; el conjunto de sus alientos empañaba los cristales. Por lo visto yo era la única que no se amilanaba por un poco de frío, un poco de viento, un poco de rocío helado (está bien, un montón de rocío helado) mientras el barco surcaba las olas dando sacudidas como un toro mecánico. Merecía la pena, suponiendo que no me tirase a las oscuras aguas, porque la vista de la verde y resplandeciente Estatua de la Libertad y los rascacielos centelleantes era increíble.

Cuando me agarré aún con más fuerza a la barandilla, felicitándome por mi asombrosa valentía, el barco aminoró la marcha y me dio la impresión de que se paraba allí en medio del puerto, su estrepitoso motor al ralentí. Justo cuando empezaba a preguntarme si estábamos a punto de hundirnos o de hacer un descanso en alta mar a manos de un capitán renegado que huía de la ley, el barco empezó a retroceder. A retroceder y a virar. ¿Estaríamos volviendo a Nueva Jersey? A lo mejor Manhattan en Nochevieja le suscitaba al capitán los mismos recelos que a mí.

Pero no. Nada más virar empezó de nuevo a avanzar hacia la ciudad y no me dejó de cara a la vista espectacular de Manhattan, sino al enorme reloj y el destartalado muelle de Hoboken, y a un Nueva Jersey al fondo,

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en la más absoluta penumbra. Desesperada, miré de reojo hacia la iluminada y confortable cabina, que ahora tenía las mejores vistas de Nueva York, pero estaba tan abarrotada que habría sido imposible apretujarse dentro. Estaba condenada a pasar frío, completamente sola. La historia de mi vida.

Media hora después renqueaba por las calles del Soho del brazo de Maggie, renegando de la vanidad que me había llevado a ponerme tacones altos y fantaseando con la idea de quitarle a mi amiga sus botas de cordones verdes, de aspecto cómodo. Maggie andaba a mi lado con aire resuelto y ropa muy cómoda: unos tejanos de corte recto, un abrigo de plumas grande como un saco de dormir y una gorra de cazador de estampado de leopardo con las orejeras bajadas y un lazo de terciopelo atado bajo el mentón.

—¿Falta mucho? —pregunté, los zapatos estrujándome los dedos. —¡Ven! —me instó ella, tirando de mí para dejar la abarrotada acera

de West Broadway y torcer por una calle lateral oscura y solitaria—. Por aquí iremos más deprisa.

Me detuve, mirando alarmada la calle desierta.

—Nos violarán.

—No seas miedica. —Maggie se rio y tiró de mí.

Para ella era muy fácil decirlo: se había mudado al Lower East Side a los dieciocho, en la época en que Ratner aún servía blinis y los adictos al crack acampaban en el hueco de su escalera. Ahora era la dueña del edificio y había convertido toda la planta superior en un estudio donde vivía y trabajaba en sus esculturas, mujeres descomunales de alambre y tul que saltaban y hacían piruetas. Todos aquellos años sola en Nueva York habían curtido a Maggie, mientras que yo seguía siendo la madre blandengue acomodada, protegida por el dinero de mi marido, o, debería decir, el exdinero de mi inminente exmarido.

El corazón me aporreaba los oídos mientras Maggie me arrastraba por la calle oscura, aminorando la marcha solo levemente cuando reparé en el único rayo de luz de toda la manzana, que, por alguna extraña razón, parecía ser rosa. Al llegar al escaparate del que emanaba la luz, entendimos por qué: en la ventana había un luminoso letrero rosa de neón que rezaba «Madame Aurora». El resplandor era realzado por una cortina de cuentas de cristal rosas y naranjas que cubría la ventana, filtrando la luz del interior de la tienda. Tras la cuentas vislumbramos a una mujer que no

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podía ser otra que la propia madame Aurora, con un turbante dorado haciendo equilibrios sobre su pelo canoso, las volutas de humo saliendo del cigarrillo tembloroso de sus labios. De repente nos miró fijamente y nos hizo señas. Enganchado a la ventana con cinta adhesiva había un cartel escrito a mano: «Deseos para el año nuevo, 25 dólares».

—Entremos —le dije a Maggie. Las concesiones de deseos y las adivinaciones de toda índole habían sido siempre mi debilidad, de modo que la combinación de ambas era irresistible. Además, quería guarecerme y descansar los pies, por poco rato que fuera.

Maggie hizo una mueca, puso su cara de «estás zumbada».

—¡Venga! —insistí—. Será divertido.

—Una comida fabulosa es divertida —comentó—, besar a alguien por quien estás colada es divertido, malgastar el dinero en charlatanes no es nada divertido.

—¡Venga…! —Quise camelármela, como hacía cuando le llamaba por teléfono para leerle un horóscopo especialmente bueno o le proponía que pidiese conmigo un deseo a una estrella—. Eres tú la que me ha dicho que debería empezar a asumir más riesgos.

Maggie tardó tanto en decidirse que me atreví a dar un paso adelante y empujar la puerta de madame Aurora, con lo que se vio obligada a seguirme.

En la sala hacía calor y estaba llena de humo. Agité las manos frente a mi cara en un intento por mostrarle a madame Aurora mi desagrado, pero por lo visto eso solo le animó a dar una calada más larga a su cigarrillo y exhalar luego una columna de humo apuntando directamente a mi rostro.

Miré con inseguridad a Maggie, quien se limitó a encogerse de hombros y se negó a mirarme a los ojos. Era yo la que la había arrastrado ahí dentro y ella no estaba por la labor de sacarnos.

—A ver, cariño —dijo la madame, sacándose por fin el cigarrillo de la boca—. ¿Cuál es tu deseo?

¿Que cuál era mi deseo? No esperaba que me hiciera la gran pregunta así, a bocajarro. Pensé que habría cierto preámbulo, que me examinaría un segundo la palma de la mano, barajaría las cartas del tarot y esa clase de cosas.

—Pues… —farfullé—. ¿Solo puedo pedir uno?

Madame Aurora se encogió de hombros.

—Puedes pedir todos los que quieras a veinticinco dólares cada uno.

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Y, como es bien sabido, lo propio era no pedir más de uno.

Intenté de nuevo atraer la mirada de Maggie y de nuevo apartó obstinadamente la vista. Cerré los ojos y procuré concentrarme.

¿Qué era lo que quería por encima de todo? ¿Que mi hija Diana volviera de África? Desde luego que sí, pero en cualquier caso estaba previsto que viniese a casa este mes, así que ese deseo parecía absurdo.

¿Encontrar trabajo? Por supuesto. Había estado tan decidida a ganarme el pan cuando mi marido se fue que acordé la titularidad exclusiva de nuestra casa en vez de una pensión alimenticia a largo plazo. Luego me pasé medio año humillándome en entrevistas en editoriales. Al parecer, nadie quería contratar a una mujer de cuarenta y cuatro años que había formado parte de la población activa exactamente cuatro meses antes de convertirse en madre a tiempo completo. Intenté decirles que había dedicado los últimos veinte años a leer todo lo que caía en mis manos, y que sabía mejor que nadie lo que querían leer las mujeres acomodadas de clase media de los clubs de lectura; mujeres exactamente iguales que yo, que constituían el principal segmento de consumidoras de novela.

Pero a nadie le importó mi experiencia en las trincheras literarias. Lo único que por lo visto veían era un ama de casa de mediana edad licenciada en lengua y literatura inglesas y con un currículum inflado con «empleos» tales como copresidenta de la feria del libro de la escuela de primaria de mi hija. No estaba cualificada para un cargo de editora y, aunque en todo momento les dejé claro que estaría encantada de empezar como ayudante, no me tuvieron en cuenta para los puestos más bajos. Nadie me lo dijo en estos términos, pero me consideraban demasiado mayor.

—Me gustaría ser más joven —pedí.

A juzgar por las caras de madame Aurora y Maggie, debí de decirlo alzando la voz.

La madame se echó a reír.

—¿Pa’ qué quieres ser más joven? —preguntó—. Todos esos quebraderos de cabeza de con quién me voy a casar, qué voy a hacer con mi vida… ¡Es absurdo!

Maggie intervino.

—¿Qué estás diciendo, que quieres volver a toda esa incertidumbre?

¿Ahora que por fin tienes la oportunidad de rehacer tu vida?

No me podía creer que se aliaran contra mí.

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—Es solo que si fuese más joven podría cambiar un poco ciertas cosas —intenté explicar—. Pensar más en lo que yo quiero, tomarme más en serio mi carrera…

Pero Maggie ya estaba sacudiendo la cabeza.

—Eres quien eres, Alice —declaró—. Te conocí cuando tenías seis años y ya entonces dabas siempre prioridad a todos los demás. Antes de salir a jugar tenías que comprobar si tus peluches estaban cómodos. Cuando íbamos a noveno curso, en secundaria, y a los demás les obsesionaba ser guays, eras tú la que se ofrecía a empujar a esa niña paralítica en silla de ruedas. Y al tener a Diana, ella fue siempre tu prioridad por encima de todo.

Debía reconocer que tenía razón. Puede que dejara mi empleo en Gentility Press porque me vi obligada a hacerlo cuando empecé a sangrar y por poco perdí al bebé. Pero al nacer Diana me quedé en casa porque quise. Y luego, conforme crecía, seguía diciéndome que no podía volver a trabajar porque a lo mejor ese sería el año en que al fin volvería a quedarme embarazada, pero lo cierto era que no necesitaba más centro de atención en mi vida que la propia Diana.

¿Y ahora quería borrar eso? ¿Ahora deseaba poder retroceder y meter a Diana en la guardería, convertirme en madre trabajadora o incluso no tenerla siquiera a ella?

Esa mera idea bastó para que un tremendo escalofrió me recorriera la espalda, como si hasta la sombra de la idea pudiese traer mala suerte a mi hija, mi maternidad, lo más importante de mi vida. Sería incapaz de desear que no hubiese nacido, que desapareciera ni uno solo de los momentos que había pasado con ella.

Pero ¿y yo? ¿Haber dedicado todos esos años a mi hija me impedía para siempre reclamar una vida propia? La verdadera razón por la que deseaba haber sido distinta en aquel entonces era para poder ser distinta ahora: más audaz, más atrevida, capaz de agarrar el mundo por los cuernos y doblárselos a mi antojo.

—Bueno…, ¿qué será? —preguntó madame Aurora.

—Quiero ser más valiente —contesté—. Y si además pudiera hacer algo con mi celulitis…

Maggie puso los ojos en blanco y se levantó de un salto.

—Esto es ridículo —comentó mientras me sujetaba del brazo—.

Venga, Alice. Nos vamos.

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—Pero mi deseo no se ha cumplido —protesté.

—Ni yo tengo mi dinero —protestó madame Aurora.

—Una pena —repuso Maggie—. Nos largamos de aquí.

Ahora Maggie andaba realmente rápido. Intenté pedirle que aminorara el paso, pero, en lugar de escuchar, siguió adelante esperando que yo la siguiese. Al final frené en seco, con lo que tuvo que volver sobre sus pasos y hablar conmigo.

—Dame tus botas —le dije.

Parecía desconcertada.

—Si pretendes que camine tanto y tan deprisa, vamos a tener que intercambiarnos los zapatos.

Maggie bajó los ojos hacia mis pies y se echó a reír.

—Necesitas más ayuda de la que me pensaba —replicó.

—¿De qué estás hablando?

—Ya lo verás.

Ya estaba desatándose las botas verdes.

—¿Dónde vamos?

Siempre me había fiado de Maggie para que me hiciese de cicerone en Nueva York, y la seguía sin hacer preguntas, como una niña pequeña, donde sea que quisiera llevarme. Esta noche, por ejemplo, tenía entendido que íbamos a un nuevo restaurante de moda, pero, ahora que disponía de unos segundos para echar un vistazo a los edificios bajos de ladrillo y el barrio absolutamente desangelado mientras me ponía sus botas, estaba empezando a dudarlo.

—Vamos a mi casa —contestó.

—¿Por qué?

—Ya lo verás.

Incluso con tacones caminaba más deprisa que yo, pero por lo menos ya no me dolían los pies. Y en cuanto pasamos la tierra de nadie que aún separaba Little Italy del barrio de Maggie, empecé a relajarme. Las calles que colindaban con la manzana donde estaba su loft solían ser aterradoras, pero en los últimos años habían mejorado considerablemente. Esta noche las calles estaban abarrotadas de gente y todos los restaurantes y bares de moda estaban a rebosar. Me parecían todos estupendos (me di cuenta de que estaba muerta de hambre), pero a Maggie no había quien la disuadiera.

—Saldremos después —anunció.

—¿Después de qué?

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Sonrió misteriosamente y repitió la frase que estaba convirtiéndose en su mantra:

—Ya lo verás.

Había que subir cinco tramos de escaleras hasta su loft, cosa que normalmente me intimidaba, pero ahora los subí como si nada gracias a todas las horas de bicicleta elíptica que había hecho este año. Después de toda una vida de teleadicta consagrada había empezado a hacer ejercicio porque, en mi último año de episodios horribles, era lo único que se me había ocurrido con garantías de hacerme sentir bien. Y después de toda una vida de dietas había descubierto que los kilos se esfumaban sin hacer absolutamente nada; nada, claro está, salvo una o dos horas de ejercicio al día. Incluso había experimentado, en un par de ocasiones quizás, esa sensación de euforia que presuntamente tienes cuando haces ejercicio, aunque seguía prefiriendo un cóctel Cosmopolitan.

Como venía de un barrio residencial de las afueras, donde los elementos decorativos de la marca Pottery Barn eran considerados el último grito en decoración de salones, el loft de Maggie siempre me impactaba. Era básicamente una estancia gigantesca que ocupaba toda la planta superior del edificio, con ventanas a los cuatro lados y una tienda de campaña de seda rojo fuerte plantada en el centro de los doscientos setenta metros cuadrados de espacio diáfano. Aparte del armario, los únicos muebles eran una enorme cama de hierro, también rojo fuerte, y un recargado diván de terciopelo morado que constituía el único mueble donde sentarse del lugar, a menos que contaras el suelo de madera con salpicaduras de pintura. Cosa que yo no hacía.

—Muy bien —dijo Maggie nada más echar el triple cerrojo de la puerta al entrar—. Deja que te eche un vistazo.

Pero yo estaba demasiado distraída con los cambios en el loft como para quedarme quieta. Todas sus esculturas, todas sus mujeres de tela metálica de más de dos metros y medio, con sus pechos de talla 140 ZZ y sus faldas de ballet generosas y esponjosas como cerezos en flor, habían sido desplazadas a un rincón, donde se mezclaban como los reclusos de una cárcel para obras de arte. Ahora, ocupando el lugar central de la zona de trabajo de Maggie, había un bloque de cemento del tamaño de una nevera.

—¿Qué diablos es eso? —pregunté.

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—Algo nuevo que estoy probando —respondió como si tal cosa—.

Venga, sácate el abrigo que quiero ver lo que te has puesto.

Ahora por fin pude concentrarme. Que Maggie quisiera inspeccionar mi atuendo nunca era una buena idea. Desde que aprendimos a vestirnos solas siempre estaba intentando cambiar mi imagen y yo siempre me resistía. Que no se me malinterprete: a mí su estilo me parecía fantástico, pero fantástico para ella, no para mí. Su pelo se había vuelto blanco cuando aún tenía veintipico y cada año parecía un poco más corto y revuelto, irguiéndose en mechones por toda la cabeza. A medida que su pelo se masculinizaba sus pendientes se volvían más femeninos y trabajados y variados. La atracción destacable de esta noche eran unos pendientes en forma de candelabro con piedras verdes. Maggie, cuyo cuerpo seguía siendo esbelto y aparentemente flexible como el de una adolescente, seguramente tenía también alma de francesa. Tenía el don de ponerse una curiosa selección de prendas (esta noche tocaban unos tejanos descoloridos que tenía desde el instituto con una blusa clásica de seda de color crema y ribeteada de encaje, y una larga bufanda verde grisácea alrededor del cuello) que siempre conseguía darle un aspecto perfecto envidiable.

Se puso a dar vueltas a mi alrededor, frotándose la barbilla y meneando la cabeza. Finalmente alargó el brazo y pellizcó con los dedos el jersey beige extragrande que llevaba.

—¿De dónde has sacado esto? —preguntó.

—Era de Gary —confesé. Una de las muchas prendas de ropa que se dejó cuando me abandonó hacía exactamente un año por su higienista dental. Prendas que conservé porque durante mucho tiempo supuse que volvería. Y que todavía conservaba porque, como mínimo durante los próximos meses, seguiría pagando la hipoteca de la casa en la que convivíamos su ropa y yo.

—Es un pingajo —declaró—. ¿Y esa falda?

De la elección de la falda estaba bastante satisfecha, de hecho. Del mismo beis que el jersey, iba ceñida a la cadera y llegaba por la rodilla, y era considerablemente más sexy que los pantalones de estilo deportivo y de chándal por los que me había decantado las últimas dos décadas.

—Era de Diana —declaré con orgullo—. No me podía creer que me quedase bien.

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—¡Pues claro que te queda bien! —exclamó Maggie—. ¡Estás hecha un palillo! Ven aquí.

Me obligó a girar e intentó hacerme andar.

—¿Dónde me llevas?

—Quiero que te veas.

Me llevó a través del loft hasta que nos plantamos delante de un espejo ovalado de marco dorado con arabescos, como aquel con el que habla la madrastra malvada de Blancanieves.

—Espejito, espejito mágico… —dije riéndome, intentando que Maggie se uniese a la broma, pero se limitó a mirarme impasible por encima de mi hombro, negándose incluso a esbozar una sonrisa.

—Esto es serio —comentó, señalando hacia el espejo con el mentón—.

Dime qué ves.

Hacía mucho que no me miraba en un espejo con entusiasmo. En ocasiones, sobre todo cuando Diana era pequeña, me había pasado días sin ver mi reflejo. Y luego, con el paso de los años, conforme fui engordando y empezaron a salirme canas y a aparecer arrugas alrededor de los ojos, descubrí que era más feliz si no me miraba. En mi mente era siempre una adulta de edad neutra (treinta y pico) y peso adecuado, pero neutro (sesenta y pico kilos), y mi aspecto era pasable, ni llamativo ni sexy ni notable en modo alguno. Siempre me chocaba ver de refilón mi reflejo en un escaparate o la puerta de un coche, porque me forzaba a ver que era bastante más mayor y estaba bastante más gorda de lo que me creía.

Pero ahora, obligada a enfrentarme con mi imagen, a contemplarla con verdadero detenimiento por primera vez en el año en que mi vida se había vuelto completamente patas arriba, tuve la reacción contraria. Levanté el mentón y ladeé la cabeza; sin pensarlo, erguí la espalda y sonreí.

—Así me gusta —aseveró Maggie. Recogió el dorso de mi holgado jersey con las manos, con lo que la tela se ciñó sobre mi cuerpo recién torneado—. ¿Qué ves?

—Veo… —aventuré intentando encontrar el modo de expresarlo. Ahí estaba yo, devolviendo la mirada desde el espejo, pero era una versión de mí misma previa a mi hija, previa a mi marido, previa a todos los años que me habían nublado la vista—. Me veo a mí —dije al fin, sin convicción.

—¡Eso es! —exclamó Maggie—. ¡Eres tú! La Alice que he conocido y querido todos estos años, que estaba quedando sepultada bajo una capa de grasa e infelicidad.

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—No era infeliz.

Fruncí las cejas.

—¡Venga ya! —repuso Maggie—. ¿Cómo no ibas a serlo? Tu marido nunca estaba, tu hija se hacía mayor y se iba a marchar de casa, tu madre se estaba consumiendo, no tenías absolutamente nada que hacer…

Aquello dolió.

—Tenía que ocuparme de la casa. Y cuidar de mi madre. Y que Diana fuese teóricamente adulta y se marchase a la universidad no quería decir que ya no me necesitara.

—Lo sé —Maggie aflojó—. No era mi intención despreciar todo lo que hiciste. Lo que quiero que entiendas es que ahora pareces mucho más delgada. Mucho más joven.

—¿Más joven? —repuse, concentrándome de nuevo en mi reflejo. —En parte es porque has adelgazado —comentó pensativa mientras

miraba fijamente mi imagen en el espejo—, pero hay algo más también, cierto peso que pareces haberte quitado de encima. Además, siempre has parecido mucho más joven de lo que eras. ¿O no recuerdas que en el último año de cole eras la única que aún entraba en el cine con tarifa reducida? E incluso a los treinta y pico, muchos después de tener a Diana, en los bares aún te pedían un documento de identidad.

—No creo que ahora me lo pidieran.

—A lo mejor no, pero podrías aparentar muchos menos años de los que tienes. Muchos menos de los que ya aparentas.

—¿A qué te refieres?

—A que con un poco de color en el pelo, un poco de maquillaje y ropa que te favorezca, ¡aún podrías aparentar veintipico, por el amor de Dios! —estalló Maggie—. Por eso te he sacado a rastras de ese dichoso local de vudú. Somos las únicas que tenemos el poder de hacer realidad nuestros sueños.

Le dediqué una sonrisa a Maggie. Normalmente era ella la primera en ridiculizar lo que llamaba «chorradas del poder del pensamiento positivo». Era yo la que pedía deseos a las estrellas y cuando soplaba las velas de cumpleaños, la que creía, como decía Cenicienta en la película de Disney, que había visto por lo menos doscientas veces con Diana acurrucada a mi lado, que «si sueñas algo más de una vez seguro que se hará realidad». Pero ahora, en lugar de devolverme la sonrisa, Maggie se limitó a mirarme fijamente con absoluta convicción.

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—O sea que crees —dije al fin— que tengo el poder de rejuvenecer y que basta con que desee que así sea.

—No basta con desearlo. Necesitaremos que lady Clairol y sus tintes nos ayuden un poco. ¡Manos a la obra!

Mientras yo estaba en el diván morado, saboreando una porción de pizza que haría las veces de cena, con una bolsa de basura cubriendo el mejunje químico que llevaba en el pelo, Maggie me habló de su sueño: quería tener un hijo.

—Me tomas el pelo —protesté, procurando no quedarme literalmente boquiabierta.

Parecía ofendida. Tan ofendida que quedó claro que esto no iba en broma. Pero es que la conocía desde que tenía memoria y jamás le atrajeron lo más mínimo los niños ni la maternidad. Mientras yo acunaba a mis muñecas y arropaba a mis peluches, Maggie probaba una nueva técnica de pintura con los dedos agachada en el suelo. Mientras yo cuidaba niños encantada para ganarme un dinero extra, ella segaba jardines, ayudaba a la gente a hacer limpieza en sus buhardillas… Lo que fuera con tal de no tener que ayudar a cuidar de sus siete hermanos menores. Siempre decía que de pequeña había cambiado todos los pañales que tenía que cambiar en esta vida.

Y hete aquí que a los cuarenta y cuatro cambiaba repentinamente de idea.

—¿Qué ha pasado? —pregunté.

—No ha pasado nada. Supongo que al final he decidido que ya está bien de ser una niña. Ya estoy preparada para madurar y ser madre.

—Pero un bebé… —dije. Como vivía en una zona residencial, estaba constantemente en contacto con madres y bebés: los niños de la casa de atrás, que gritaban día y noche; las madres jóvenes que en el supermercado se las veían y deseaban para retener a sus inquietos bebés, que ya andaban, en los carritos. Después de desear y soñar durante años con otro bebé, de mirar a las embarazadas y a las madres de bebés con un grado de envidia y anhelo que podía literalmente hacerme retorcer de dolor, por fin había pasado a otra etapa en la que los bebés, igual que los cachorros de tigre o los oseznos, me parecían adorables pero aterradores, y era preferible verlos de lejos. A través de un cristal.

Procuré hallar el modo de transmitirle a Maggie mis dudas sin decirle a las claras que creía que tener un bebé a esta edad, después de ser

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independiente desde que era adulta, era la peor idea que había tenido desde que se afeitó la cabeza.

Le cogí la mano, áspera como la de un carpintero tras pasarse años retorciendo alambre para crear redondeces.

—Verás… —dije con la voz más suave de que fui capaz—, tener un bebé da mucho trabajo, sobre todo si lo tienes sola. Levantarte de madrugada, subir y bajar el cochecito por las escaleras, los pañales, los lloros…

—Crecí rodeada de eso, ¿recuerdas? —me soltó Maggie al tiempo que retiraba la mano.

—¡Claro! —contesté—. Pero entonces ayudabas a tu madre; no dependía todo de ti. Vives en un barrio en el que casi nadie tiene hijos, ninguno de tus amigos tiene hijos. Tu vida no está montada para eso. Y no se trata solo de tener un bebé y ya está…; luego viene la búsqueda de guardería, el pago de matrículas, la adolescencia. Cuando tu hijo vaya a la universidad, tú estarías cobrando de la Seguridad Social.

—Es eso, ¿no? —repuso Maggie con frialdad—. Me consideras demasiado mayor.

—¡Es que lo eres! —estallé—. Las dos somos demasiado mayores. —Pensé que entenderías mejor que nadie mi deseo de tener un hijo —

me espetó, conteniendo las lágrimas—, después de lo que te costó tener a Diana, después de todos los años que estuviste intentando tener otro bebé.

Me calmé al recordar lo intenso que había sido mi propio anhelo. Pero también recordaba hasta qué punto un bebé, incluso cuando intentas concebir, podía acaparar tu vida; lo agotadora que podía llegar a ser la maternidad aun con veinte años menos de los que teníamos Maggie y yo.

—Lo entiendo —concedí mientras trataba de cogerle de nuevo de la mano—, pero en la vida a veces llega un momento en que hay que renunciar a algo, si es demasiado tarde.

Sabía que eso era duro, como diría Diana, pero nada menos que en cuarto curso Maggie y yo juramos decirnos siempre la Más Pura Verdad (la MPV), aunque supiéramos que la otra no quería oírla. Cuando me casé con Gary a los cuatro meses de conocernos en la acera de enfrente del Buckingham Palace el día en que lady Di se casaba con el príncipe Carlos, me dijo que era una locura casarme tan joven. Luego, cuando a los pocos meses me quedé embarazada, igual que la auténtica lady Di, Maggie no ocultó su horror, especialmente cuando me obligaron a dejar el trabajo.

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Aunque ella siempre había adorado a mi hija, lo había hecho de lejos, enviándole desde París vestidos de escandalosos volantes y llevándola, una vez al año, a galerías de arte y a algún restaurante tremendamente inapropiado, donde se le ponían los pelos de punta si Diana se atragantaba con la anguila. Y desde el día en que salí del hospital y me llevé a mi hija a casa, me había estado preguntando cuándo pensaba volver a trabajar.

Ahora me miró fijamente con una mirada que conocía de sobra. Era la mirada que lanzaba cuando iba a decir algo que sabía que no me iba a gustar.

—¿Te refieres a que es demasiado tarde para que tú vuelvas al mundo editorial? —preguntó—. ¿Demasiado tarde para hacer carrera?

Ahora era yo la que procuraba no llorar. Y le tocó a Maggie apretarme el brazo.

—Pues la verdad es que no lo creo —continuó—. No creo que sea demasiado tarde para ti. Eso es lo que quería decir. Que no somos un par de ancianas que tengamos que recoger nuestros bártulos e irnos a una residencia de ancianos arrastrando los pies. Aún tenemos tiempo de sobra. Volvamos a lo nuestro.

Maggie no me dejó volver a mirarme en el espejo hasta que hubo acabado. Me lavó el pelo y lo secó con secador, se pasó una eternidad recomponiéndome con su brocha, y me embutió en un conjunto de ropa interior muy extremada y unos tejanos pitillo con cremallera. Fue como volver a la adolescencia; intercambiándonos ropa y maquillándonos la una a la otra.

—¿Cómo es que tienes todos estos cachivaches de chica? —le pregunté.

—Soy lesbiana —contestó—, no un hombre. —Me roció el cuello con un poco de perfume y me observó—. Muy bien —declaró asintiendo con decisión—. Creo que estás lista.

Otra vez me condujo a través del loft hasta el espejo. Juro que a primera vista no me reconocí. De hecho, me giré para mirar a mis espaldas, pensando que a lo mejor había entrado alguien más en la estancia sin que yo me hubiera dado cuenta.

Alguien rubio. Alguien sexy; y muy, muy joven.

—No me lo puedo creer —dije parpadeando con incredulidad.

Maggie sonrió.

—¡Yo te pondría veintidós! —exclamó ufana.

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No podía dejar de mirar. En esencia, Maggie me había concedido mi deseo; mi deseo no solo de ser más joven, sino de retroceder en el tiempo y reinventarme a mí misma. La mujer del espejo se parecía a mí, más o menos, pero era una versión diferente de mi persona que nunca había existido en la vida real. A mis verdaderos veintidós años, yo estaba acabando mi tesis sobre Jane Austen y las Brontë en la Universidad Mount Holyoke, con el pelo recogido en una coleta, el cuerpo envuelto en un chándal grande y holgado, y las gafas de cristal grueso resbalando constantemente por mi nariz sin empolvar. A mis verdaderos veinticuatro años, era madre de un bebé que daba sus primeros pasos, todavía llevaba la cola de caballo y las gafas y el chándal, solo que entonces este era aún más grande y olía ligeramente a leche agria. A los veintiocho a veces hacía un gran esfuerzo y me enfundaba unos leggings y un voluminoso jersey para encargarme de la venta de pasteles de la guardería.

Pero desde luego nunca me había visto así: musculosa y rubia, con los labios pintados y luciendo escote, y con aspecto elegante y un tanto licencioso.

—¿Quién es? —susurré.

Pero Maggie, que estaba ocupada comprobando la hora, no me oyó. —Es casi medianoche. Hora de sacar de paseo a tu nuevo yo para

ponerlo a prueba.

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El bar de la esquina de casa de Maggie estaba hasta los topes, fuera había más gente abarrotando la acera, pero la mujer alta y elegante que prohibía la entrada a todos los demás nos hizo un ademán a Maggie y a mí para que entrásemos.

—Está colada por mí —me gritó Maggie en la oreja.

—Espero que mi presencia aquí no le haga pensar que estás ocupada.

—Sabe que eres hetero.

La miré socarronamente.

—¿Cómo lo ha sabido?

—Es vidente —respondió imperturbable. Luego añadió—: No, en serio, cariño. Aunque llevaras botas de motorista y una camiseta con una foto de Melissa Etheridge, seguirías pareciendo heterosexual. Es algo que se palpa.

Maggie empezó a abrirnos camino hacia la barra, estirando el cuello para inspeccionar el local mientras zigzagueábamos entre toda la gente.

—¿A quién quieres? —preguntó.

—¿A quién?

Debí de parecer aún más asustada de lo que estaba, porque Maggie se echó a reír.

—¡A quién quieres besar! —gritó—. ¿Ves a alguien a quien te apetezca besar a medianoche?

Había estado casada tanto tiempo que no recordaba haberme planteado nunca algo así. La Nochevieja pasada todavía estaba con Gary, en la cena que nuestros amigos Marty y Kathy organizan cada fin de año, y como siempre primero me había dirigido hacia él. No tenía ni idea de que al cabo de doce horas me diría que quería el divorcio; y ni en un trillón de años me habría imaginado que la siguiente Nochevieja estaría buscando entre la muchedumbre de un restaurante del centro de Manhattan a un desconocido al que besar.

Y entonces lo vi. Estaba en la barra, escuchando sin mucho interés a un tipo esmirriado y pelirrojo que le hablaba sentado en el taburete de al

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lado, pero más concentrado en recorrer el local con la mirada, con una leve media sonrisa en los labios. Tenía el pelo largo y oscuro, la tez clara. Parecía de estatura y complexión medianas, pero extraordinariamente ancho de hombros, hombros lo bastante anchos para montarse encima. Era como si le bailaran los ojos, como si acabase de recordar un chiste francamente bueno y estuviese deseando contárselo a alguien.

En ese instante se volvió, como si le hubiese dicho a voz en grito que podía contármelo a mí, y me miró directamente a los ojos. En su rostro se dibujó una sonrisa y no tuve más remedio que devolvérsela. Era como si fuésemos viejos amigos, examantes que habían roto de la manera más amistosa, que se reconocían mutuamente en la multitud.

Entonces el pelirrojo dijo algo con más insistencia y mi hombre apartó la vista.

—Besaría a ese —le comenté a Maggie.

—¿A quién?

—En la barra —repliqué—. Al lado del pelirrojo. El del pelo de aire bohemio.

Entonces él volvió a mirarme y Maggie empezó a empujarme hacia delante. Y, de repente, un grito aumentó de volumen y dos televisiones instaladas encima de la barra parpadearon. Era la bola de Times Square con un reloj en pantalla que indicaba los minutos que faltaban para año nuevo: cinco escasos.

—¡Perfecto! —me gritó Maggie en la oreja mientras me empujaba hacia delante—. ¡Es un crío!

Me detuve.

—¿A qué te refieres? —Ahora intenté mirarlo sin que él me viera. No me había parecido precisamente de mediana edad, pero tampoco es que tuviese cara de universitario.

—Seguro que tiene veintipico —aventuró Maggie, dándome un empujoncito.

—Yo diría que treinta y algo —repuse frunciendo el ceño.

—¡Qué va! Venga, a ver si pasas la prueba.

«¿Avanzo o huyo despavorida?» Maggie tomó la decisión por mí y me dio un buen empujón, arrojándome prácticamente a los brazos de don Ojos Bailarines.

—¡Ups! —exclamé, mis pechos aplastados contra el algodón almidonado de su camisa, el olor a jabón de su cuello inundando mi nariz

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—. Lo siento. Mi amiga…

—Tranquila. No sabía si conseguiría acercarme lo necesario para hablar contigo. Me suenas mucho. ¿No nos hemos visto en alguna parte?

No, a menos que hayas estado merodeando por el gimnasio femenino próximo a mi casa de Nueva Jersey, quise decirle; o hayas ido a los encuentros que organiza el Club de Horticultura de Homewood.

Aunque era imposible que me hubiese visto en alguna parte, porque nunca había ido a ningún sitio; bueno, en cualquier caso no la persona que estaba ahora frente a él.

—Diez —empezó a corear la multitud—. Nueve, ocho… —¡Oh, no! —exclamé.

—¿No? —Él parecía sorprendido.

—Es que…

Es que notaba a Maggie pegada a mi espalda, esperando nuestro beso como haría cualquier matón con el pago atrasado de un vehículo. Y quería besarle, pero me daba miedo.

—Cinco, cuatro…

Me daba miedo besar a otra persona, es decir, besar de verdad a alguien nuevo de verdad, por primera vez en veintitrés años. Me daba miedo no recordar cómo se hacía. Me daba miedo porque, ahora que lo tenía tan cerca, era evidente que este chico seguramente estaba dando sus primeros pasos la última vez que yo hice esto. Me daba miedo que eso me diera igual.

Se oyeron gritos. Se oyeron aplausos. Me lo quedé mirando, sintiéndome como el conejo que se encuentra cara a cara con el zorro. Y también sintiéndome un poco como el zorro. Él a su vez me miró, sus ojos brillando de nuevo por ese chiste.

Y entonces caí en la cuenta de algo que, entre el pánico que me daba ir a la ciudad, mi obsesión con pedir el deseo adecuado y la transformación en manos de Maggie, me había pasado desapercibido. El año se había acabado. Este momento marcaba el final del peor año de toda mi vida; el año en que mi marido me había abandonado y mi madre había fallecido y mi única hija se había ido a la otra punta del mundo. Ya se había terminado, y parecía irrefutable como una ley universal que el año que acababa de empezar solo podía ser mejor.

Me invadió una sensación de alegría y alivio tales que solté un gran suspiro y le sonreí, y eso fue todo el estímulo que necesitó para inclinarse

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y rozarme los labios con los suyos. La cosa es que encajaron a la perfección, su labio superior curvado apoyándose exactamente en el espacio que quedaba entre los míos, su labio inferior aterrizando cuidadosamente debajo del mío. Sabía a azúcar.

Cuando por fin nos separamos, dije lo primero que me vino a la cabeza:

—Gracias.

Él se echó a reír.

—No hay de qué. Aunque me ha costado un montón.

Noté que empezaba a ruborizarme.

—Es que… —repuse—. Solo iba a decir…

—No pasa nada —susurró mientras acercaba un dedo a mis labios.

Y entonces hizo ademán de volver a besarme.

—¡No! —grité, dando un respingo.

—¿No?

Parecía confundido.

—No quiero salir con nadie.

Volvió a reírse.

—Yo tampoco.

—¿Ah, no?

—No —contestó—. Acabo de romper con una chica.

—¿Cuándo…? ¿Ahora?

Sonrió. Le encantaba el contacto visual, lo cual era muy agradable, pero, por experiencia propia, atípico en un hombre.

—Bueno, en junio pasado —respondió—. Me di cuenta de que no quería casarme; aún no, vaya. No quiero meterme en todo ese lío de ascensos meteóricos, hipotecas e hijos; no tengo ninguna prisa.

—Eso es fantástico.

A nuestro alrededor la gente aplaudía y se abrazaba.

El hombre moreno se me acercó más, atravesándome con esos ojos castaños.

—¿En serio? Porque la mayoría de las chicas que conozco, cuando les digo eso se largan. Les corta totalmente el rollo.

—Pues a mí me parece muy inteligente —repuse—. Esta es la única etapa de tu vida en que puedes ser libre, experimentar, hacer lo que te dé la gana. Y deberías aprovecharla. No tengas prisa por sentar la cabeza.

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Era lo mismo que le había dicho a mi hija Diana, que se tomó mi consejo tan al pie de la letra que se fue a vivir a ocho mil kilómetros de mí. Ahora me estaba hablando otra vez, pero yo estaba tan absorta pensando en Diana que al parecer no me enteré de lo que me decía. La única palabra que oí fue Williamsburg, pero, evidentemente, esperaba una respuesta.

—Llevan trajes muy raros —comenté recordando el viaje que Diana hizo en octavo curso a esa ciudad de Virginia, famosa por sus recreaciones históricas.

Él me miró extrañado.

—Conozco una discoteca estupenda allí que es más tranquila que esta. No sé, ¿te apetece ir?

No daba crédito.

—¿A Virginia? ¿Esta noche?

Sonrió de oreja a oreja y meneó la cabeza.

—Estoy hablando de Williamsburg, en Brooklyn. Vivo allí.

—¡Ah…! —exclamé, de repente sintiéndome tan fuera de lugar como si llevase puesto un delantal de lino y una cofia.

—¿Qué me dices? ¿Quieres ir?

¿Que si quería ir? Pues claro que querría, si fuese realmente la persona que aparentaba ser. Pero lo cierto era que podría ser la madre de este chico; aunque no tuve agallas de decírselo y arruinarle el año que había empezado hacía apenas unos minutos.

¿Dónde estaba Maggie cuando la necesitaba? La había notado rondando a mi alrededor hasta el beso de medianoche. Sin embargo, ahora no la veía por ninguna parte. Al final la localicé en la otra punta, junto a la puerta, susurrando al oído de la encantadora vigilante de seguridad. Estaba claro que no iba a ayudarme.

—Creía que no querías salir con nadie —comenté.

—No vamos a salir. Es solo un… un simple…

—¿Un rollo de una noche? —pregunté—. Porque eso tampoco me interesa.

No me interesaba, ¿verdad que no?

—No. Bueno, si quisiéramos empezar a salir… —Bajó los hombros y clavó los ojos en el suelo. Luego volvió a sonreírme—. Mira, me gustas. Eso es todo. Y me gustaría conocerte mejor.

Titubeé.

—No creo que te gustase lo que descubrirías.

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Se me acercó un poco más, lo justo para ponerme nerviosa.

—¿Por qué no dejas que eso lo decida yo?

Noté que algo volvía a revolotear en mi pecho, peligrosamente cerca del corazón. Cuando esquivé su mirada, me fijé en sus labios, y cuando aparté los ojos de sus labios, se clavaron en sus hombros, que fue muy fácil visualizar desnudos. Un año sin sexo, un año durante el que por fin el vibrador que Maggie me había endilgado tiempo atrás y yo habíamos hecho muy buenas migas, había disparado mis fantasías. Ahora que me había vuelto una experta en orgasmos producidos electrónicamente a voluntad (algo que jamás había logrado con un ser humano de carne y hueso), me pareció que iba a tener uno allí mismo.

Noté su mano en mi cadera. Su cadera suavemente presionada contra la mía.

Pero entonces el enorme reloj de acero que había sobre la barra sonó como un gong (las 12.15), devolviéndome a la realidad.

Recordé algo que algunos hombres me habían dicho, algo que siempre había querido decirle a alguien, solo que nadie se lo habría llegado a creer. Ahora, sin embargo, tuve la sensación de que hasta podría ser verdad.

—No soy una buena influencia —dije, de pronto sintiéndome mejor de lo que me había sentido en toda mi vida—. Créeme.

Sin embargo, en lugar de ahuyentarlo, al parecer mi advertencia no hizo más que despertar su curiosidad. Pensándolo bien, a mí siempre me había producido el mismo efecto.

—Déjame ver tu móvil.

—No pienso darte mi número.

—Tú déjame ver el teléfono.

Extendió la mano. Me había metido el teléfono en el bolsillo frontal de los tejanos pitillo que Maggie me había hecho poner, y notaba su presión contra mi muslo. Lo saqué a regañadientes del bolsillo y se lo di.

—¡Vaya! —exclamó al abrirlo—. Tienes el tetris.

Eso sonaba a enfermedad. Una enfermedad del teléfono móvil. Tuvo que reparar en mi expresión de desconcierto, porque explicó:

—Es uno de los videojuegos más antiguos. Me dedico a eso. Soy diseñador de juegos. O al menos me preparo para serlo.

—Ajá… —dije, más asustada que antes si cabe—. ¿Aún vas… a la universidad?

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—Esta primavera me iré a Tokio a la escuela de videojuegos —me contó—. Pero en realidad ya tengo un máster en administración de empresas. Además de no casarme, decidí que no quería trabajar en el mundo empresarial. ¿Y tú, qué?

—¿Yo?

—¿A qué te dedicas?

—Mmm… —vacilé preguntándome si valía la pena mencionar que lavaba la ropa, limpiaba el polvo y vaciaba el lavavajillas—. En este momento a nada en concreto.

—O sea que estás estudiando.

—No, qué va. Hace mucho que acabé la facultad.

Seguí diciéndome a mí misma que siempre y cuando no le mintiese descaradamente, no estaba haciendo nada malo.

—Entonces, ¿has estado… viajando?

Si bien no era puramente cierto, lo era a medias. Asentí.

—He estado fuera.

—¿En Francia, por ejemplo?

—Algo así.

Bueno, me dije, alguien habrá por ahí que piense que Nueva Jersey se parece a Francia.

Empezó a pulsar los botones de mi teléfono.

—¿Qué haces?

—Introducir mi número en tus contactos —respondió—. Me llamo Josh, por cierto.

—Alice.

—¿Ali?

—No. Alice.

—Muy bien, Alice. Elige un número del uno al treinta y uno.

El número que me vino a la cabeza fue la edad que supuse que él tenía.

—Veinticinco.

Suspiró.

—¿No podrías elegir un número más bajo?

¡Por Dios, no!

—No —le contesté.

—Está bien. —Más pulsación de botones—. Tenemos una cita el veinticinco de enero.

—¿Una cita?

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—Sí. He programado la alarma de tu teléfono para que te lo recuerde.

Tomaremos una copa en… Di un bar.

—¿Y si no quiero tomarme una copa contigo?

—Tienes veinticinco días para pensártelo. Si decides que no quieres, siempre estás a tiempo de cancelarlo. Venga, elige un bar.

El único bar que se me ocurrió fue el famoso Gilberto’s, en la esquina del despacho de mi antiguo y único trabajo en Gentility Press. Esa fue la última vez que tuve realmente ocasión de salir a tomar una copa en la ciudad. Sentí un pánico momentáneo porque no sabía si Gilberto’s seguiría siquiera existiendo, pero Josh me dijo que sabía perfectamente dónde estaba y anotó el nombre y la dirección en mi teléfono antes de devolvérmelo.

—No sé usar la alarma del teléfono —le advertí.

—No tienes que hacer nada —repuso—. A las cuatro en punto del día veinticinco la alarma se disparará y el teléfono te dirá todo lo que necesitas saber. Te veré entonces.

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El sonido del móvil me arrancó de un profundo sueño. Lo primero que pensé, aturdida todavía después de trasnochar y envuelta en la extraña luz del loft de Maggie, fue que había saltado la alarma de mi cita con Josh. Había estado soñando con él, algo vagamente erótico que se alejaba veloz mientras el teléfono seguía con su insistente trino.

Finalmente logré despertarme (tenía el cuello rígido porque había dormido en el diván morado) y encontré el teléfono metido todavía en el bolsillo de los tejanos, arrugados en el suelo, que me había puesto. Tras decir hola, solo se oyeron ruidos entrecortados, ruidos y silencio, y me disponía a colgar, pero por fin, metálica y lejana, oí la voz de mi hija Diana.

—¿Mamá? Mami, ¿eres tú?

—Soy yo, cariño.

Me desperté de golpe. Diana no podía llamar a menudo. El teléfono más cercano estaba a dieciséis kilómetros a pie del pueblo donde trabajaba de voluntaria en el Cuerpo de Paz. En contra de la creencia popular, aún había algunos lugares, más bien muchos, donde los móviles e Internet no llegaban.

—No te había reconocido —comentó Diana.

Me pasé la mano por el pelo, recordando al hacerlo todo lo que había pasado la noche anterior, mi transformación a manos de Maggie, el encuentro en el bar… Me levanté del diván y caminé hasta el espejo ovalado para verme. Sin maquillaje me parecía más a la antigua Alice, pero mi nuevo pelo claro y el corte desigual de Maggie habían obrado milagros. Incluso recién levantada, sin arreglarme, parecía una chica joven.

Aunque no una chica joven que mi hija fuese a conocer nunca. Al igual que lo de la época en que fumé maría y unas cuantas aventuras sexuales en estado ebrio prácticamente con desconocidos, esto era algo que jamás le contaría a Diana.

—Soy yo —le aseguré—. ¿Estás bien?

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—Estoy bien, mamá —respondió, en ese tono de voz que me daba a entender que pensaba que no tenía por qué cuestionar si estaba bien. Naturalmente que lo estaba. Era adulta y no necesitaba mis cuidados. —Estupendo —repuse—. ¿Has ido a pasar el día a la ciudad?

Hubo un silencio tan largo que pensé que habíamos perdido la conexión, pero entonces Diana habló:

—No, de hecho me he ido unos días a Marruecos con un par de voluntarios más. Creía que te lo había dicho.

Fue como si me hubiese dado una bofetada. Estaba convencida de que no me lo había dicho, y sabía que ella lo sabía. Me hubiese gustado que Diana hubiera venido a casa en Navidad, pero se había puesto furiosa conmigo diciéndome que, como su periodo de voluntariado estaba a punto de acabar, le era imposible irse del pueblo, que las vacaciones en Estados Unidos no significaban nada donde ella estaba, que la pobreza y la necesidad no tenían vacaciones, etcétera, hasta que me disculpé por haber sido tan egoísta de ofrecerme a comprarle un billete de vuelta a casa.

No discutas con ella, me dije. No vale la pena, pronto estará en casa y esto no tendrá ninguna importancia.

—No me acordaba. ¿Qué tal ha ido?

—Nunca te acuerdas de nada de lo que te cuento. No sé ni por qué llamo.

¡Señor! Llevaba todo el año igual; desde que su padre y yo nos habíamos separado. Aunque el que se había ido era él, era conmigo con quien mi hija estaba furiosa, tal vez porque me tenía más a mano, tal vez precisamente porque estaba más unida a mí y yo no iba a abandonarla. En enero pasado, a las dos semanas de irse Gary, Diana anunció que, en lugar de volver a la Universidad de Nueva York para acabar el último año de carrera, había ingresado en el Cuerpo de Paz y se iba un año destinada a África. Ahora, después de toda una vida de cariño y cercanía (Diana ni siquiera había pasado por una etapa de irritabilidad adolescente), me llamaba desde ocho mil kilómetros de distancia para discutir conmigo.

—Me alegra que hayas llamado —le aseguré—. Tengo muchas ganas de volver a verte.

Más silencio. Supongo que Diana necesitaba unos minutos para encontrarle algún fallo a lo que había dicho.

—Pues tendrás que esperar un poco más —replicó al fin—. He decidido prolongar mi estancia aquí un par de meses.

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Me quedé helada. Había conseguido posponerlo todo (mi miedo, mi preocupación, mi deseo desbordante de volver a estar a su lado, física y emocionalmente) diciéndome que volvería en enero. Y ahora me invadieron todos aquellos sentimientos que había estado reprimiendo y se me escapó un chillido mucho más agudo de lo que hubiese deseado. Al otro lado de la estancia, en la cama de hierro rojo, los ojos de Maggie se abrieron de golpe mientras al otro lado de la línea Diana protestaba con vehemencia.

—¿Cómo te atreves a hacerme sentir culpable? —me echó en cara—. Tengo que hacer mi vida. Que tú no quieras salir de esa casa de Nueva Jersey no significa que yo me conforme con eso.

Noté que me quedaba inmóvil. Maggie estaba incorporándose en la cama, mirándome fijamente desde el otro lado de la habitación con cara de preocupación. Levantó manos y hombros como preguntando qué pasaba y tuve que darle la espalda para evitar echarme a llorar.

—¿Mamá? —preguntó Diana—. ¿Sigues ahí?

—Estoy aquí.

—Sé que no estás todo el día de brazos cruzados. Tienes tu club de horticultura o lo que sea. Pero ya que estoy aquí, quiero quedarme un poco más. Lo entiendes, ¿verdad?

Naturalmente que lo entendía. Lo que no podía entender era por qué tenía que ser tan desagradable conmigo.

—Diana, si quieres quedarte, quédate, faltaría más. Es solo que estoy un poco decepcionada, nada más.

—¿Lo ves? Ese es el problema —repuso mi hija—. No creo que tengas ningún derecho a estar decepcionada. En lugar de dedicarte a esperar que yo vuelva, ya es hora de que rehagas tu vida.

Ahora apenas podía respirar. Y desde luego me había quedado sin habla.

—Mira —prosiguió—, esta llamada te va a costar un riñón, a ti, a papá o a quien sea. Aún no sé muy bien cuánto tiempo más me quedaré; por lo menos un par de meses. Espero que te parezca bien.

—Mmm… mmm…

—De acuerdo. Volveré a llamarte cuando pueda. Te quiero.

Iba a decirle que yo también la quería, pero la línea se cortó. Me quedé unos instantes respirando y luego me volví hacia Maggie, que nada más verme saltó de la cama y atravesó la estancia para estrecharme entre sus

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brazos. Entonces me dejé llevar, sollozando sobre su hombro. No era que Diana se quedase lo que me había dejado tan hecha polvo. Evidentemente, estaba decepcionada, pero sin lugar a dudas podría aguantar unos meses más, el tiempo que sea que ella decidiese estar fuera. Lo que era intolerable era lo distanciadas que estábamos en todos los demás aspectos y lo difícil que me resultaba llegar a ella.

—Tranquila —me consoló Maggie, dándome palmaditas en la espalda. Me abrazó y me tranquilizó al contarle lo que pasaba, lo que Diana había dicho, cómo me sentía.

Finalmente, cuando me calmé, dejó de abrazarme y me obligó a mirarle a los ojos.

—¿Sabes qué? Que no hay mal que por bien no venga.

—¿A qué te refieres?

—A lo que empezaste anoche —respondió Maggie—. Tienes la oportunidad de continuarlo.

—¿Con ese chico? —repuse—. La verdad es que no…

—No estoy hablando de ese chico —me interrumpió—, aunque podría formar parte de ello. Me refiero a lo de rejuvenecer. Podrías seguir con el juego a ver qué pasa.

—¿Te refieres a que compruebe a cuántos veinteañeros soy capaz de engatusar para que me besen?

—Si pretendes jugar a ser más joven —insistió Maggie—, tendrás que dejar de usar palabras como engatusar.

—¿Qué tiene de malo engatusar?

—Está anticuada. Al igual que prometido o pantis. —Espera un momento. ¿Quién dice que quiera jugar a eso?

—Mira —contestó Maggie—, lo que sucedió anoche en el bar no fue por chiripa. Desde que retoqué tu aspecto estás fantástica. Y ahora Diana llama para decir que pospone su regreso. ¡Es tu oportunidad! Ya nada te impide salir ahí fuera, presentarte a unas cuantas ofertas de empleo y, por qué no, quedar con algún que otro chico…

—Esto es indignante.

—¿El qué? Tú misma dijiste que te gustaría ser más joven. Y necesitas trabajar, quieras o no.

—Sí que quiero —le aseguré.

—Muy bien, pues. Será más fácil buscar trabajo con veintiocho años que con cuarenta y cuatro.

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—No me gusta mentir —repliqué—. Puede que lleve ropa ajustada y un montón de maquillaje, pero sigo siendo yo. ¿Por qué tengo que tener una edad concreta?

—Exacto —contestó Maggie—. ¿Por qué tienes que decir que tienes cuarenta y cuatro o veintiocho o lo que sea? No tienes que decir la verdad ni mentir.

Asentí.

—Eso es.

—De modo que si pareces más joven y la gente da por hecho que lo eres, ¿por qué no dejar que se lo crean?

Volví a asentir, pero de nuevo nos desviábamos hacia un terreno delicado.

—Lo que digo —continuó Maggie, llevándome a la minúscula cocina, donde se puso a hacer café en su diminuta cafetera— es que cuando vas a una entrevista de trabajo y les cuentas que tienes cuarenta y cuatro empiezan a hacerse toda clase de suposiciones sobre tu persona que no son necesariamente ciertas, ¿verdad? Como que tienes cierta edad, estás desfasada o eres demasiado mayor para un puesto de perfil bajo.

Tenía que reconocer que estaba en lo cierto.

—Por eso, si creen que tienes veintitantos —prosiguió mi amiga—, es más probable que piensen lo que quieres que piensen: que estás deseosa de aprender, que estás dispuesta a empezar en un cargo de menos responsabilidad, que no te importa trabajar para algún director mocoso de departamento.

—Pero no tengo veintitantos.

—Ni ellos tienen por qué saberlo. Es más, no están autorizados a preguntarlo por la ley contra la discriminación.

—¿No recuerdas lo que nos enseñó la hermana Miriam Gervase? — pregunté—. Que eso es un pecado por omisión.

—Si no preguntan, no digas nada.

—Pecado. Pe-ca-do.

—¡Venga, ya, Alice! Dejaste de ser católica cuando te casaste en una sinagoga.

Dio en el clavo. Pese a los años ininterrumpidos de educación escolar católica, había dejado de ir a la iglesia al marcharme a la universidad y me desvinculé completamente del Papa al casarme con un judío. Pero aunque Gary redescubrió la religión al nacer Diana y hasta intentó que me

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convirtiera para que nuestra hija fuese totalmente judía, yo me resistí. No podía afirmar que creía que Jesús fuese Dios, pero tampoco me atrevía a negarlo.

Durante el último año incluso había intentado volver a la iglesia, porque sentía la necesidad de un sustento espiritual, buscaba cierta sensación de comunidad. El problema era que las congregaciones protestantes a las que iba parecían iglesias de juguete, con pastores que no solo estaban casados, sino que eran mujeres (¡madres!), y santuarios de paredes desnudas, carentes de misterio y esplendor. Pero si bien no me sentía unitaria, congregacionalista ni presbiteriana, tampoco podía recuperar mi catolicismo, en vista del rechazo de la Iglesia hacia todo lo que había sido fundamental en mi vida: mi matrimonio, la legitimidad de mi hija, hasta mi divorcio.

Y en ese momento me di cuenta de que era eso lo que realmente me perturbaba de la idea de Maggie de hacerme pasar por alguien más joven. No era mentir ni las consecuencias éticas lo que me inquietaba, sino la idea de que, quitándome todos esos años, también estaría borrando a todos y todo cuanto amaba.

—¿O sea que se supone que tengo que fingir que mi hija nunca ha existido? —pregunté, desplomándome en el diván y echándome la colcha de satén rojo sobre los hombros—. ¿Que nunca he estado casada ni he vivido en mi casa?

—No tienes que fingir nada —contestó Maggie—. Tampoco es que vayas a volver cada noche a casa con Diana y Gary ni vayas a llevar esta doble vida. Es más: no tienes que volver a Nueva Jersey ni fingir absolutamente nada delante de tus antiguos amigos y vecinos. Puedes subarrendar la casa un par de meses y venirte a vivir aquí conmigo…

—Ya, ya. Creí que habías dicho que únicamente podías volar sola. Maggie había tenido algunas relaciones duraderas a lo largo de los

años, pero nunca había dejado que ninguna de sus novias se trasladase a vivir con ella. Cuando viajaba, ni siquiera le gustaba compartir habitación de hotel.

Sonrió.

—Eso es algo que tendré que cambiar —reconoció— ahora que voy a ser madre.

—Y quieres practicar conmigo.

—Podría beneficiarnos a ambas.

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Sabe Dios que a Maggie le iría bien aprender a compartir su espacio y su vida con otro ser humano antes de que su teórico hijo llegase a su mundo. Y, pensándolo bien, tal vez a mí también me iría bien cuidar de alguien.

—¿Así que crees que debería convertirme en una persona totalmente diferente?

—Tómatelo como si fuese una obra de teatro. Interpretas tu papel lo mejor que puedas, te compras ropa nueva, intentas conseguir trabajo…, y que te lleve donde te tenga que llevar.

—¿Y qué pasa si encuentro trabajo? Entonces esta…, digamos, obra de teatro será mi vida real.

—Pensaba que habías dicho que si fueras más joven asumirías más riesgos y serías más egoísta —repuso Maggie mientras el café empezaba a filtrarse—. Pero, bueno, ya me imaginaba que no serías capaz de hacerlo.

—Sí que lo soy.

—Pues hazlo —me retó Maggie—. Adelante. A ver si es verdad.

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Me puse en la cola de chicas jóvenes, hablo de chicas realmente jóvenes, todas con el currículum en la mano y esperando su turno para hablar con el dueño de facciones aniñadas del Ici, presuntamente el nuevo restaurante más in de próxima apertura en Manhattan. Seríamos unas cincuenta, todas compitiendo por el codiciado empleo de camarera, y, por lo que vi, no tenía ninguna posibilidad.

Puede que fuese rubia, puede que estuviese delgada, puede que hasta pasase perfectamente por joven (y eso que nadie había pestañeado), pero estas mujeres eran de otro planeta, algún país donde las tetas grandes y las caderas de niña coexistían en el mismo cuerpo, donde los dientes eran blancos como el papel y los pies parecían igual de cómodos sobre unos tacones de diez centímetros que sin zapato alguno.

Yo, simple mortal, podía haberme sentado en el mismísimo suelo de cemento. Ya podía sonreír y mostrar entusiasmo, incluso contonearme como las más jóvenes, que no podría acostumbrar a mis viejos pies a llevar tacones altos.

—¿Señorita Green? —inquirió el jovencísimo restaurador—. ¿Ali Green?

Fui hacia él renqueando, procurando aparentar que me deslizaba. Esta era mi cuarta entrevista del día. Al término de la primera semana había repartido currículum en todas las editoriales; todas, excepto mi antigua empresa, Gentility Press, donde el año pasado me rechazaron no una vez, sino dos. Aunque Gentility seguía siendo la empresa en la que más me gustaría trabajar (publicaba todos mis libros favoritos y su fundadora, la señora Whitney, era uno de mis ídolos), temía que me reconociesen si volvía a aparecer por allí o que me rechazasen por tercera vez. O ambas cosas.

Tras descartar las editoriales había pasado a las revistas nacionales, luego a las revistas especializadas, después a las empresas de relaciones públicas y publicidad, hasta publicaciones tan inmortales como Drugstore Coupons Today.

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La historia se repetía en todas partes. Había muy pocos puestos de perfil bajo y los que había estaban principalmente ocupados por trabajadores en prácticas; no eran empleos propiamente remunerados. Me habían ofrecido un par de trabajos sin remunerar para ganar experiencia, pero eso no podía permitírmelo.

Esta semana había empezado por buscar un trabajo de camarera. Lo siguiente sería embolsar alimentos en un supermercado, pero, de hacer eso, volvería a tener cuarenta y cuatro, porque al menos me darían un calzado cómodo y nadie se fijaría en mis pechos.

—Alice —dije, entregándole mi currículum—. Me llamo Alice.

Se me quedó mirando como si nunca hubiera oído ese nombre.

—Ya sabes —intenté ayudarle—, como Alicia en el País de las Maravillas.

Ni se molestó en esbozar una sonrisa.

—¿Contemplarías la posibilidad de cambiarte el nombre? —me preguntó.

Tal vez, si me ofreciese el papel protagonista de una película digna de Oscar. Pero ¿para servir Cosmopolitans en un antro de un barrio de Manhattan como Tribeca?

Aun así, esto era demasiado intrigante como para rebatirle sin antes seguirle el juego.

—¿Cuál me sugerirías? —inquirí—. ¿Ali?

—O Alex —contestó—. O quizás Alexa. O, ya lo tengo: ¡Alexis! —Como en Dinastía —comenté.

—Alexis es sexy —insistió, ignorando mi analogía; o más probablemente, sin pillarla.

—¿Esto es como lo de madame Mayflower? —le pregunté—. Ya sabes, tenía listas de nombres distintos para las chicas, nombres que le parecían cachondos. O a lo mejor no decían cachondo entonces y probablemente dijesen «sexy».

Se quedó perplejo y yo procuré poner la misma cara. Lo cierto era que ya me estaba hartando de estas chorradas. Este tipo (de hecho, lo había investigado en Google antes de venir, creyendo erróneamente que hacer los deberes era más importante que lo cachondo que fuese mi nombre) se consideraba una especie de genio culinario. Pero ¿qué iba a saber de cocina un crío que tenía una talla veintiséis de tejanos?, me pregunté. Muy

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bien, se echaba pimienta en el helado, lo que era original, pero ¿era comestible?

Añoraba cocinar. A pesar de estar sola, a pesar de haber adelgazado, seguía cocinando todas mis recetas favoritas, sacaba mi mejor vajilla de porcelana y la cubertería de plata que mi abuela se había traído de Italia, encendía velas y ponía un CD bonito. Durante las pocas semanas que llevaba instalada en casa de Maggie, tratando al menos de encontrar trabajo antes de dar el paso de alquilar mi casa, había intentado cocinar para ella, pero a la hora de cenar solía estar enfrascada en su trabajo, sorbiendo fideos finos de una taza de café mientras contemplaba su colosal bloque de cemento.

—Soy una gran aficionada a la cocina —informé al bebé-genio en un intento por reconducir la entrevista hacia el planeta Tierra.

Bostezó.

—Eso está muy bien. ¿Eres actriz?

—No.

Eso captó su atención. Me miró con detenimiento, las cejas arqueadas. —No querrás trabajar en la cocina, ¿verdad? —me preguntó—. Porque

en mi cocina no puede haber mujeres.

¡Para que luego hablen de infringir la ley! Negué con la cabeza, pero este tipo de discriminación desvergonzada hizo que me sintiera mejor por la trola sobre mi edad.

Como si me estuviese leyendo la mente, preguntó:

—¿Cuántos años tienes, Alexis?

Con otra persona habría esquivado la pregunta; o incluso, ante una pregunta tan directa, habría dicho la verdad. Pero lo miré a los ojos y respondí:

—Dieciséis.

Por fin se rio.

—¡Ah…, es una broma! Ya lo pillo. Muy bien. Enséñame las tetas. Esperé a otra carcajada, pero no hubo ninguna; antes bien, se quedó ahí

esperando.

—Me tomas el pelo.

Siguió ahí plantado. Era evidente que no bromeaba.

Me recordé a mí misma que necesitaba este trabajo; lo necesitaba de verdad. Si tuviera realmente veintidós o veintisiete años, me pregunté, ¿qué haría? ¿Tomármelo a broma? ¿A lo mejor incluso enseñárselas y

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morirme de vergüenza el resto de mi vida cada vez que pensara en ello? O tal vez, como las jóvenes de los vídeos de MTV que veía Diana o las portadas de las escandalosas y flamantes revistas masculinas que veía en el quiosco, lo haría sin miramientos.

Pero yo no era así. Por mucho maquillaje que me pusiera, jamás sería tan joven ni tendría la mentalidad de aquella generación. Porque me estaba volviendo más decidida, ¿verdad?

—¿Qué tendrán que ver mis tetas, como tú dices, con mi habilidad para ser una buena camarera? —le pregunté.

—Todo —respondió.

Estuve a punto de rebatirlo, pero entonces pensé: tiene razón. Aquí lo único que hace falta para que te contraten, y para ser una buena camarera y que te den buenas propinas es ser despampanante y sexy. Este será uno de esos supuestos sitios de moda en los que no podré ni conseguir mesa. No me dará el trabajo, le enseñe los pechos o no. No le interesa lo más mínimo verlos; lo único que quiere es humillarme. Pues se acabó.

Le arrebaté mi currículum. Me negaba a dejarle siquiera un papel en custodia.

—No quiero trabajar para ti. Y me llamo Alice.

Fuera, en la calle, los pies ya no me dolían. Estaba andando excesivamente deprisa, impulsada por los fuertes latidos de mi corazón. No podía seguir haciendo esto, seguir compitiendo por empleos que no quería y haciéndome pasar por alguien que ni tan siquiera me gustaba. Si parecer más joven podía ayudarme a conseguir un gran trabajo, la clase de empleo con el que soñaba cuando me puse a buscar el año pasado, la clase de empleo que tuve en su día en Gentility Presss, entonces estaba dispuesta a seguir con la farsa, pero de momento ser joven era peor incluso que ser mayor.

Mientras andaba empecé a pensar que a lo mejor ya era hora de acabar con esto. Me dejaba exhausta dormir en el diván de Maggie, cubriéndome la cabeza con las mantas para aislarme de las luces y el ruido que hacía porque trabajaba hasta bien entrada la madrugada. Me había gastado un dinero que realmente no tenía en ropa de trabajo que no podía llevar. Ahora lo único que quería era irme a casa.

Aunque…

Aunque aún me quedaba Gentility. Tal como yo lo veía, tenía la opción de tantear a Gentility y exponerme a un fracaso probable, o volver a Nueva

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Jersey y al fracaso seguro.

Visto así, estaba claro que tenía que volver a tantear a Gentility. Por lo menos le demostraría a Maggie que podía ser valiente y decidida. De hecho, me sentí valiente y decidida mientras me dirigía a las oficinas de Gentility. La verdad era que llevaba un conjunto que había elegido para optar a un puesto de camarera de cócteles: una blusa de seda roja y una minifalda a cuadros negros y blancos, más un montón de maquillaje. A lo mejor debería volver a casa de Maggie para cambiarme. ¡Bah, qué caray! Daba una imagen valiente y decidida en perfecta consonancia con mi estado de ánimo.

A la media hora, las mejillas sonrojadas tras la apresurada caminata hasta el norte de la ciudad, estaba sentada en el despacho del departamento de recursos humanos de Gentility, rellenando el formulario de solicitud que tan familiar me resultaba. Por suerte tenía un nombre normal y corriente. Mi currículum estaba prácticamente igual que siempre, pero sin fechas ni referencia alguna a mis veinte años de voluntariado. Usé la dirección de Maggie en vez de la mía de Nueva Jersey y mi número de móvil en vez del teléfono de casa, y recé para que en lugar de Sarah Chan, la directora de recursos humanos, me entrevistara su ayudante.

No hubo suerte. Quise que me tragara la tierra cuando la archiconocida señorita Chan, treintañera y encantadora y sin absolutamente ningún sentido del humor, vino hacia mí atravesando con paso largo la sala de moqueta gris, su cuidada mano extendida.

Me levanté, preparada para que pusiera cara de haberme reconocido fugazmente. Sarah Chan era demasiado joven para haber estado trabajando en Gentility cuando lo hice yo. La primera vez que nos vimos fue en febrero pasado, justo después de enjugarme las lágrimas por mi separación de Gary y de que Diana partiera a África. Me presenté en Gentility con el traje de la talla cuarenta y cuatro que me había comprado hacía siete años para recoger el Premio a la Madre del Año que me concedió la escuela de secundaria de Diana, dando por sentado que automáticamente volverían a contratarme para el empleo que había dejado cuando estaba embarazada. A pesar de que la entrevista finalizó a los veinte minutos de haber empezado, a pesar de que la señorita Chan, tal como ella misma se presentó, me insinuó que «les fuese llamando» en vez de hablar de salario y cargo, yo esperaba que me llamase algún día.

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En junio, como no tenía noticias suyas, había vuelto a ir, con el mismo traje (un tanto holgado para entonces) y un pañuelo porque me sudaban las manos. A lo mejor no me había explicado bien la otra vez, le dije. No había pasado por Gentility solo para hacer una visita, por los viejos tiempos. Estaba allí porque quería un empleo editorial, necesitaba urgentemente un empleo. Sabía que podía parecer que no había estado trabajando, pero había estado haciendo muchas cosas que requerían todas mis habilidades organizativas y de gestión. Y los libros, especialmente los clásicos para mujeres como los que publicaba Gentility, no habían cambiado, ¿verdad?

En aquella ocasión, Sarah Chan fue más directa. Ya había entendido la vez anterior que estaba buscando un empleo. Lamentablemente, todos los puestos de edición estaban ocupados. Tal vez hubiese algo en publicidad, si… Pero en junio yo aún no me planteaba nada en el sector publicitario, nada salvo editar. Editar, tratar con los escritores, con las palabras, era lo que me interesaba y para lo que tenía talento. Cualquier otra cosa era una pérdida de tiempo; eso era lo que, tonta de mí, pensaba hacía tan solo unos meses.

Ahora Sarah Chan se detuvo en pleno apretón de manos y me miró con curiosidad, la cabeza inclinada a un lado.

—¿Nos conocemos? —preguntó.

Podía confesarlo todo: decir que me había mudado y que había vuelto para intentarlo por tercera vez, porque evidentemente no había entendido lo que significaba un «no».

O podía considerarlo, como Maggie me había aconsejado, una obra de teatro. Sin mentir propiamente, pero llevando las cosas hasta donde fuese capaz.

—No lo sé —contesté, inclinando la cabeza para no ser menos que la de Sarah Chan y mirándola fijamente a los ojos—. ¿Nos conocemos?

Las veces anteriores que había estado aquí me había dado la impresión de que en realidad no me veía. De que, al igual que tantas profesionales jóvenes, lo que retenía al verme era: vieja, gorda, ama de casa. Y el telón bajaba en el acto.

Ahora apretó los labios y sacudió la cabeza con cara de desconcierto.

—Me suenas muchísimo.

—Y tú a mí —repuse, imitando su expresión de perplejidad.

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—En fin… —dijo, dándose por vencida con un meneo más vigoroso de la cabeza—. Pasa y cuéntame.

Esta vez fue como si realmente quisiese escuchar. Me preguntó por mis clases de literatura en Mount Holyoke, por mi interés en Gentility. Si bien lo que le conté era prácticamente lo mismo que le había dicho (dos veces) el año pasado, en esta ocasión pareció que escuchaba de verdad. Y, además, en los meses ulteriores me había vuelto más lista. En lugar de insistir en que el único tipo de empleo al que estaba abierta era el editorial, ahora aseguré que me interesaban todas las fases del mundo editorial.

La señorita Chan golpeteó mi currículum con su lápiz y comentó que había algo en marketing que podría interesarme. ¿Marketing? ¡Claro! Me encantaba el marketing o por lo menos creía que me gustaría, si supiese qué era (esta parte no la dije en voz alta). Por supuesto que tenía tiempo para hablar con Teri Jordan, la directora de marketing.

Mientras recorría los pasillos, siguiendo a Sarah Chan entre los cubículos, me sorprendió que después de todos estos años los despachos estuviesen prácticamente iguales; iguales, pero no tan prósperos. Yo había estado ahí cuando la compañía vivió la euforia de la fiebre feminista de la década de 1970, cuando las mujeres compraban panfletos feministas y clásicos de la literatura escritos por las más prestigiosas escritoras a la velocidad que Gentility los publicaba. Ahora nadie leía gran cosa y saltaba a la vista que Gentility pasaba estrecheces.

Al margen de la pintura con marcas de roces y la moqueta desgastada, Gentility estaba igual que cuando trabajé allí por última vez, solo que todo el mundo era nuevo. No solo nuevo, sino más joven, aunque me imagino que en mi época también éramos todos jóvenes. La única excepción era la altísima fundadora de pelo blanco de la compañía, Florence Whitney, a la que ahora únicamente divisé de lejos. La señora Whitney seguía siendo una diosa para mí, una visionaria decidida que había inspirado profundamente a todas las mujeres que trabajaban para ella, y celebré que no me dejaran acercarme demasiado. Lo mismo me hubiese postrado a sus pies en señal de adoración, poniéndome en total evidencia.

El puesto de asistente que había frente al despacho de la directora de marketing, Teri Jordan, parecía totalmente vacío. Saltaba a la vista que habían usado la silla para dejar libros, y la mesa estaba polvorienta. He aquí la buena noticia: que casi con toda seguridad esta mujer necesitaba desesperadamente una ayudante.

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La mala noticia era la propia Teri Jordan. Cuando nos dimos la mano, tuve claro por qué a esta mujer le costaba tanto contratar una asistente, por qué había podido entrar directamente de la calle y conseguir una entrevista con ella, en el acto. Todo en ella era severo: desde su pelo corto alisado hasta su traje negro, pasando por la triste línea que tenía por boca. La señorita Chan, por lo pronto, salió disparada de allí, como si me estuviese echando a la jaula de los leones cual carne cruda.

Oí la voz de Maggie en mi cabeza: «No dejes que te intimide». Pero era demasiado tarde; ya me había intimidado. Me había intimidado nada más crujirme los huesos de los dedos con su apretón de manos, me había intimidado contemplar las fotografías de sus tres hijos pequeños encima de su mesa completamente despejada, en la que solo había tres lápices perfectamente afilados, todos apuntando directamente hacia mí.

—¿Qué te hace pensar que puedes trabajar para mí? —me soltó Teri. Noté que se me secaba la boca. Porque, por muy desagradable que te

pongas, seguramente no me pedirás que te enseñe las tetas, ¿verdad? Porque este trabajo es mi mejor oportunidad para conseguir la vida que más deseo.

«Sé valiente», oía que me pedía Maggie. «Habla desde las entrañas.» Pero mis entrañas estaban reaccionando como si ella fuese Gary al llegar a casa tras una larga jornada de endodoncias. Cuando tenía estrés, pasaba al ataque, como estaba haciendo Teri, y mi reacción amilanada siempre había sido hablar con voz reposada y procurar sonsacarle lo que realmente le preocupaba.

—¿Qué esperas de una asistente? —inquirí.

—Bueno —contestó Teri—, tiene que ser de absoluta confianza. Estoy harta de esas chicas que llaman diciendo que están enfermas cada vez que tienen retortijones o un catarro.

—No me he puesto enferma en veinte años —le aseguré.

Me miró extrañada.

—Tampoco puedes llegar tarde —continuó—. Yo a las ocho estoy aquí y, aunque no pretendo que hagas lo mismo, sí que me gustaría que llegaras cada día bastante antes de las nueve.

—Me levanto casi todas las mañanas a las seis —repuse—. Desde que…

Iba a decir que desde que Diana nació había sido incapaz de dormir hasta tarde, pero seguramente no era una buena idea.

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—Yo siempre estoy en pie a las cuatro y media —me informó, no fuera a ser que tuviera alguna sensación de superioridad por levantarme a las seis de la mañana—. Hago ejercicio y dejo la casa organizada antes de despertar a los niños para decirles adiós.

Miré las fotos de los niños: una niña de unos seis años, a la que le faltaban los dientes frontales y que llevaba una larga coleta castaña; un niño repeinado de tres o cuatro años que parecía un candidato político en miniatura, y un bebé de cara redonda de género indeterminado. Costaba creer que el cuerpo afilado de Teri hubiese parido estas tres tiernas criaturitas.

—Los viernes trabajo desde mi casa, en Long Island —me estaba contando Teri—, pero no te equivoques, no me dedico a jugar con mis hijos y mirar los correos electrónicos cada tanto. Trabajo de verdad.

Me imaginé su habitación principal con un escritorio inmenso y un dispositivo completo de equipamiento eléctrico zumbando y pitando, algo parecido a una estación de control. ¿Se quedaría su marido en casa con los niños?, me pregunté. O quizás ella fuese el general de un ejército de niñeras y chicas de la limpieza. Costaba imaginarse que Teri Jordan saliese del paso con una canguro cuasieficiente o una guardería, y descuidase las tareas domésticas.

—Así que parte de tu trabajo consistirá en ser mis oídos y mis ojos y mis manos en el despacho los días que yo me conecte desde casa, ¿entendido?

Había dicho «tu trabajo». ¿Significaba eso que estaba contratada? —A ver —prosiguió—, cuéntame tus ideas de marketing para

Gentility.

Oh-oh, por lo visto quería saber si estaba realmente cualificada antes de contratarme. Una pequeña trampa. Mi única experiencia en la industria editorial, dentro de Gentility, era un testimonio inadmisible. Además, seguía sin tener ni idea de qué era el marketing.

Pero sí conocía los libros de Gentility, me apostaría a que tanto como la propia Florence Whitney. Todos estos años me había interesado por la compañía, atenta a las ediciones y procurando leer todo lo que publicaban. Además, como antigua directora de las ferias de libros de la escuela de Diana, como miembro del consejo de mi biblioteca y de dos clubs de lectura locales, sabía mucho de la venta de libros.

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—Gentility publica algunos de los mejores libros de autoras femeninas jamás escritos —empecé con tiento—. Siempre hay un mercado —celebré encontrar la manera de usar la palabra— para Jane Austen y las Brontë.

—Sí, sí —repuso Teri sacudiendo la mano con desdén—, pero es un mercado reducido y queremos una cuota más grande. ¿Cómo lo hacemos?

—Mmm…

Me daba terror decir algo incorrecto, por miedo a echar a perder mis posibilidades de obtener el puesto y también de que Teri Jordan saltara sobre la mesa y me hundiera sus afilados dientecillos en el cuello. Pero no decir nada seguro que estaba mal. Por lo menos diciendo lo que realmente pensaba, si no como vendedora profesional, como lectora empedernida, tendría la remota posibilidad de acertar.

—Ahora hay muchos más factores compitiendo por nuestra atención —dije—, y se ha extendido un concepto de mujer mucho más sexy e idealizada. La ropa, el cuerpo… Las mujeres jóvenes creen que tienen que parecerse a Paris Hilton para ser alguien.

Incluso yo, durante las últimas semanas, me había sorprendido intentando emular cosas que jamás se me habían pasado por la cabeza. Yendo de compras con Maggie para mi nuevo vestuario más juvenil, me había encontrado con prendas más estrechas (¿estaban hechas para adolescentes? ¿Para hombres?) y a la vez más sugerentes que todo lo que había tenido. Me había sentido como si tuviese que ser más femenina y también más profesional, menos amenazante así como más ambiciosa, y como si tuviese que gastar mucho más dinero para ganar menos. Y por muy bien que sorteara esas presiones encontradas, ni siquiera conseguía trabajo.

Teri sacudió la cabeza.

—¿Qué tendrá eso que ver con vender libros?

Me había emocionado tanto que no sabía si recordaba siquiera lo que quería decir.

—Es que creo que ya no se pueden vender clásicos con cubiertas clásicas. Ya sabes, las mismas viejas acuarelas y retratos de señoras decimonónicas. Para captar la atención de las mujeres jóvenes, hay que adecuarse a los ideales contemporáneos de la vida de la mujer, jugar con eso y plasmarlo en colores vivos, anuncios más llamativos…

Ahora Teri meneaba la cabeza con tanta fuerza que hasta se le movió el pelo, cosa que me había parecido físicamente imposible.

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—Quiero que entiendas —dijo— que en este departamento la única mente pensante soy yo. ¿Eso te supondrá algún problema?

Asentí y callé.

—¿Te conformarás con hacer fotocopias y envíos por FedEx, y asegurarte de que el café, solo y sin azúcar, corra por mis venas?

Volví a asentir.

—De acuerdo —zanjó Teri mientras se levantaba sin alargar la mano (¡alabado sea el Señor!) para someterme a otro apretón crujehuesos—. Te veré el lunes a primera hora de la mañana.

No di botes de alegría hasta que estuve sola en el lavabo de señoras de Gentility. Para el resto puede que ese lugar no fuese un templo de la expresividad emocional, pero yo había vivido allí unas experiencias conmovedoras tan trascendentales que la simple visión de sus paredes alicatadas de color melocotón me desbocó el corazón. Aquí había venido nada más acabar la comida en la que Gary me pidió que me casara con él. Me enteré de que estaba embarazada de Diana en uno de estos cubículos. Y justo aquí descubrí que tenía pérdidas y corría el peligro de perder el bebé.

Sin embargo, ahora era felicidad lo que me invadía, euforia y emoción por haber conseguido realmente este empleo. «Sí», susurré, agitando los puños arriba y abajo. Eso dio lugar a una estridente risilla y luego se me escapó un grito al que acompañaron los brazos estirados hacia arriba.

Me sentí tan bien que me puse a bailar. Había hecho esto cuando Gary me pidió que nos casáramos, brincando en este mismo cuarto de baño al son de la melodía interna de nuestra canción: Red Shoes, de Elvis Costello. Siempre lo había recordado como uno de los mejores momentos de mi vida y ahora casi volvía a sentirme igual de bien. Cerré los ojos mientras daba vueltas bailando de verdad, oyendo mentalmente al segundo Elvis: «Red shoes, the angels wanna wear my red… RED SHOES…»

Y supongo que me puse a cantar en voz un poco alta, porque cuando abrí los ojos y me miré al espejo, había una mujer a mis espaldas, observándome con una sonrisa de oreja a oreja en la cara.

—Tienes un buen día, ¿eh? —dijo sin dejar de sonreír mientras procedía a lavarse las manos.

Su aspecto era tan etéreo que podría haber sido un fantasma, con el pelo pelirrojo claro, prácticamente del color pastel de las paredes del

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cuarto de baño, y su piel alabastro, que parecía aún más blanca, por cuanto contrastaba con su atuendo negro.

—Acaban de darme trabajo aquí —le conté.

—¿Ah, sí? —repuso arqueando sus finas cejas. Sus ojos eran verde claro como el jade—. ¿Qué vas a hacer?

—Seré la asistente del departamento de marketing —musité.

Se me quedó mirando unos instantes; cualquier indicio de sonrisa desaparecido ya de su rostro.

—No trabajarás para Teri Jordan, ¿verdad? —preguntó al fin.

—Sí —contesté.

—Oh.

Nada más había pronunciado esa discreta sílaba, pero su cara lo decía todo.

Se me encogió el corazón.

—¿Qué pasa?

—Nada —respondió—. Seguro que te irá bien.

—No, ¿qué pasa? —insistí.

Me examinó, al parecer intentando decidir si sería capaz de asimilar la noticia que estaba a punto de darme.

—Verás —dijo al fin, mirando a su alrededor, como debería haber hecho yo, y bajando el tono de voz casi a un susurro—, es que a las tres últimas chicas que han trabajado para ella las ha echado.

—¿En serio?

Aunque había experimentado un abanico de emociones en este espacio, nunca había recorrido el espectro entero en tan poco tiempo.

—Creo que la última no aguantó ni un día.

—Vaya. —Noté que mis hombros se hundían al tiempo que se me caía el alma a los pies—. ¿Cuál es el problema?

—La señora Whitney, ya sabes, la directora de la compañía, por lo visto está convencida de que Teri Jordan es brillante y maravillosa. Pero eso no es lo que creen los que trabajan para ella. Se ve que es muy exigente, pero no tan escrupulosa.

—¿No tan escrupulosa? —repuse, recordando con culpabilidad mis cuestionables escrúpulos—. ¿A qué te refieres?

—No sé detalles. —Se encogió de hombros—. Yo estoy en la parte de edición.

—Edición —susurré—. Ahí es donde realmente quería estar.

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—Una vez dentro puedes ascender mucho más deprisa —comentó—, si logras sobrevivir a Teri Jordan.

Solté un suspiro tan hondo que parecía que llevase años encerrado dentro. En el último año había sobrevivido a mi separación, la partida de mi única hija y la muerte de mi madre. Me había vuelto más valiente y a la vez más temerosa; más segura de mi capacidad de hacer frente al dolor y más reacia a exponerme a más dolor.

—No sé… —Fue todo lo que pude decir.

—Tranquila —dijo la joven pelirroja, poniéndome una mano en el hombro—. Yo cuidaré de ti.

¿Esta mujer esquelética iba a cuidar de mí? Sonreí tenuemente.

—Me llamo Lindsay, por cierto.

—Alice.

—¡Vaya! —exclamó—. Como Munro o Walker.

La habría besado.

—Todo el mundo me dice «como Alicia en el País de las Maravillas». —Yo no soy todo el mundo —replicó—. Pero aun así seré tu Conejo Blanco. —Y entonces se perdió por el laberinto de pasillos de Gentility Press, dejándome más nerviosa, y más emocionada, que nunca por lo que

pudiera pasar la semana entrante.

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Mi casa de Nueva Jersey me resultaba extraña y distante como si llevase años sin ir y no solo semanas. Me quedé en la acera (la mía era la única de la manzana que estaba resbaladiza por el hielo y la nieve apisonada) mirándola fijamente como si estuviese regresando a casa después de un largo viaje. El lugar entero, los inmensos árboles, el amplio jardín rodeado de una valla de estacas, las persianas negras que contrastaban con el blanco inmaculado de los marcos de las ventanas y el cálido beis del ladrillo pintado, parecía tranquilo y en paz, como un dibujo de una novela romántica de época cuyo pie rezara: «Hogar».

El viejo señor Radek, el vecino de al lado, se acercaba lentamente por el camino de entrada a su propiedad, usando su pala para retirar la nieve a modo de bastón, y al verme se paró y me saludó con la mano. Por eso había evitado venir estas últimas semanas: no quería dar explicaciones de mi nuevo corte de pelo, mi ropa nueva, lo que había estado haciendo en la ciudad, si había vuelto para quedarme… Pero el señor Radek se limitó a saludar con cara de absoluta indiferencia.

—Hola, Diana.

Diana. Se pensaba que yo era mi hija. A los vecinos más jóvenes de vista más aguda no sería tan fácil engañarlos. Y si una de mis dos mejores amigas del vecindario hubiese estado en la ciudad, habría tenido que dar un montón de explicaciones. Pero Elaine Petrocelli y su marido Jim, ahora que sus hijos se habían ido todos de casa, habían cumplido su sueño de toda la vida y se habían ido a vivir un año a Italia, y mi amiga Lori, inspirada a la inversa, como si dijéramos, por mi divorcio de Gary, había acabado escapando de su matrimonio largamente infeliz y había vuelto a Little Rock, su ciudad natal.

En lugar de corregir al señor Radek, lo saludé amablemente con la mano y me dirigí al camino de acceso a mi casa. Me fue casi imposible abrir la puerta de la cantidad de cartas que había esparcidas por el recibidor, y la casa estaba congelada porque había bajado la calefacción

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antes de irme hacia lo que se convirtió en mi eterno fin de semana de año nuevo en casa de Maggie.

Ahora la idea era dedicar un fin de semana relámpago a preparar la casa para anunciarla en el mercado de alquileres. El agente inmobiliario al que había llamado me había garantizado que había una gran demanda de alquileres por meses de gente que se mudaba a Homewood o hacía obras en casa y necesitaba instalarse provisionalmente en un sitio amueblado. Así podría guardar mis cosas en el desván, meter incluso el coche en el garaje y pasar en casa de Maggie los meses que faltaran hasta la vuelta de Diana.

Pero ahí en mi recibidor, reparando una tras otra en las cosas que amaba (la jarra abollada de peltre que había rescatado de la basura del señor Radek, la acuarela de las colinas irlandesas pintada por una amiga de un club de lectura que había muerto de cáncer de pecho, la primera nota que Diana me había escrito estando de colonias: «Te quiero igual que las tortitas quieren al sirope», que había enmarcado y colgado en la pared), no quise más que tirarme al suelo y aferrarme a él con tal fuerza que nada pudiera hacerme soltar. ¿Cómo podía fantasear, siquiera un instante, con la idea de instalarme en el loft con corrientes de aire de Maggie, deambular sola por las frígidas (en todos los sentidos de la palabra) calles de la ciudad, pudiendo estar en esta maravillosa casa?

La idea fue tan dominante que la descarté y me puse a hacer cosas como siempre que llegaba a casa: colgar el abrigo, subir la calefacción, clasificar el correo, encender la tetera para hacerme un té y encender el fuego con la leña perfectamente seca de la gran cesta junto a la chimenea del salón.

Maggie tenía sus esculturas, pero esto, estas paredes estarcidas, estos platos azules y blancos dispuestos tras las puertas de cristal de la alacena, esta nutrida colección de libros y estos suelos oscuros pulidos, era mi obra de arte. Los padres de Gary nos habían ayudado a comprar esta casa justo después de nacer Diana. Fue parte del trato: yo tenía que dejar el trabajo y quedarme en cama todo el embarazo, por lo que Gary, que había concentrado sus fuerzas en convertirse en un gran poeta, necesitaba una profesión más lucrativa. Sus padres se ofrecieron a comprarnos la casa y pagar todas nuestras facturas si Gary iba a la facultad de odontología, que era lo que ellos siempre habían soñado. Aunque lo habían aceptado en la facultad de Rutgers antes de irse a Oxford a estudiar y escribir poesía, la

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verdad es que no se había planteado ir. Pero en ese momento cambió de idea. Yo no quería que dejara su poesía por la odontología, pero al final no me quedó más remedio que aceptarlo.

Durante bastante tiempo continuó escribiendo mientras iba a la facultad y empezaba a ejercer, y luego se volcó tanto en la odontología (su especialidad era el tratamiento de conductos radiculares: la endodoncia) que lo dejó. Solía decir que hacer una endodoncia realmente buena era como escribir un poema realmente bueno: un esfuerzo intenso en el que el más nimio detalle podía suponer la diferencia entre el placer y el dolor. Tal vez ese fue el problema, que se volcó con demasiado entusiasmo en el arte de la odontología. Lo admiré por encontrar el modo de amarla, pero también se estaba engañando a sí mismo y, en el fondo, creo que estaba resentido conmigo, con sus padres y hasta con Diana, por imponerle esta vida anodina.

Yo me volqué en las tareas domésticas y la maternidad con tanto entusiasmo como Gary en la odontología, y, ahora me doy cuenta, con espíritu similar. A pesar de la amenaza de aborto, el nacimiento prematuro de Diana y su delicada salud, y mis reiterados y fallidos intentos de tener otro hijo, tuve la mejor vida que pude y la disfruté con el mismo fervor que antaño me reservaba para los minuciosos análisis de Jane Eyre.

Hasta había llegado a gustarme la ardua tarea de hacer chapuzas en casa: arrancar el viejo linóleo del suelo de láminas anchas, rellenar con masilla y pintar el yeso agrietado, coser cortinas para las viejas ventanas de vidrio soplado. Más adelante, cuando teníamos más dinero, diseñé una cocina nueva que parecía la original de la casa y planté un jardín perenne, ahora cubierto de nieve.

La casa, junto con la educación de Diana, era mi dominio. Gary trabajaba muchas horas y me dejaba todas las decisiones relativas a la decoración, así como la crianza, lo cual me había parecido una ventaja hasta que vi que era un indicio de que hacíamos vidas aparte. Compartíamos veladas absolutamente civilizadas en la misma casa, pero como si viviésemos en planetas distintos.

El meollo del problema era que Gary y yo habíamos malinterpretado nuestro encuentro lleno de romanticismo en Londres y las eufóricas primeras semanas juntos como una señal de que deberíamos pasar el resto de nuestra vida juntos. La Boda Real produjo ese efecto en mucha gente.

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Yo sabía que no era feliz, pero pensé que después de veinte años todos los matrimonios acababan igual. Así era la vida conyugal de muchas amigas mías. Rara vez hacíamos el amor y menos veces si cabe nos contábamos la verdad sobre algo significativo, pero tampoco nos peleábamos. Era soportable; me gustaba mi vida y desde luego no pensaba dejar a Gary, porque no las tenía todas conmigo de que ahí fuera hubiese algo mejor.

Pero él sí que encontró algo mejor, en la persona de Gina, su higienista dental. Lo sé, lo sé, es un cliché, pero ¿dónde vas a conocer gente nueva si no en el trabajo? (Y si no trabajas, como yo, ¿dónde vas a conocer a alguien? ¿Eh?) Aquello me dejó hecha polvo, humillada, celosa y furiosa, pero, muy en el fondo, también me alivió. Hasta cierto punto Gary me había hecho un favor forzando un cambio en mi vida, porque yo era demasiado endeble para cambiarla.

Más seriamente me afectaron la huida de Diana a África y luego, el verano pasado, la muerte de mi madre. Mi madre había padecido Alzheimer varios años y al final no me reconocía, pero no hay mayor rotundidad que la muerte y, cuando se fue, por primera vez en la vida me sentí verdaderamente sola.

Ahora me senté, como había hecho a lo largo de tantos meses, delante del fuego, abandonándome a mis placeres solitarios: una copa de vino blanco junto a mi taza de té vacía y un montón de revistas calentándome el regazo. Por lo visto de puertas afuera parecía otra persona, pero aquí sentada me sentí como siempre: a gusto y temerosa de abandonar este agradable nido.

Y, sin embargo, el hecho en sí de volver a una vida más juvenil requería un espíritu aventurero y una fe en el futuro, en la posibilidad remota, que habría de reavivar. Reavivar y cultivar, como si fuese un vampiro y se tratase de mi sangre fresca.

Hasta que llegué a casa de Maggie, al día siguiente a última hora de la tarde, exhausta después de la paliza que me había dado, y después de subir mis maletas al bus y arrastrarlas hasta el metro y por las calles heladas, no me eché a llorar. Maggie estaba trabajando con cemento húmedo para hacer un cubo nuevo, pero al verme interrumpió lo que estaba haciendo, se sacó los guantes de goma que le llegaban por el codo y se me acercó corriendo.

—¿Qué te pasa? —me preguntó.

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—No creo que pueda hacerlo.

—¿Qué ha pasado?

—Echo de menos mi casa. Echo de menos a mi hija. Necesito a mi mami, por el amor de Dios.

Entonces empecé a llorar a moco tendido y Maggie me abrazó, dándome palmaditas en la espalda como a una niña mientras yo lloraba y babeaba sobre su hombro. Incluso mientras le ensuciaba la camisa pensé que era la única persona que me había dado un abrazo, un abrazo de verdad, en todo el año.

—Estoy bien —dije al fin—. Es solo que… —hice un alto para soltar un gran suspiro— tengo dudas.

—¿Dudas? —repitió.

—Miedos.

Maggie titubeó.

—¿Qué tienes, miedos o dudas?

—Miedos y dudas.

—Cuéntame.

—Esta pantomima me preocupa. No sé, igual parezco más joven, pero ¿puedo realmente serlo?

—No es necesario que seas más joven. Esa es la gracia de tu nuevo yo: tienes un cuerpo de niña y la madurez de una persona adulta. Eres la mujer perfecta.

—Pero ¿y si me pillan?

Maggie resopló por la boca, el lenguaje universal para decir: «Eres idiota».

—¿Quién va a pillarte? —replicó—. ¿Y qué más da si te pillan? Esto es un juego, ¿no?

—No del todo —contesté—. La verdad es que necesito ese trabajo. Y el dinero. Si esto no sale bien, podría perder la casa.

—¿Y qué pasa si pierdes la casa? —inquirió.

Aquello fue como una bofetada.

—Maggie, puede que tú cortaras con Nueva Jersey hace mucho, pero sigue siendo mi hogar. Adoro esa casa.

—De acuerdo, está bien —me tranquilizó—. Pero de momento tu casa es esta.

Miré alrededor. Había estado provisionalmente instalada en el diván morado, pero ahora que me trasladaba de verdad necesitaba algo un poco

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más permanente. Si seguía durmiendo en ese diván, muy pronto se me quedaría el cuello rígido por una dolorosa tortícolis y por mucho tinte de pelo que me pusiera no aparentaría menos de ciento tres años.

—Creo que necesito una cama de verdad —dije pensando en mi formidable colchón gigante, con su cubrecolchón de plumas, sábanas de algodón egipcio y edredón nórdico.

Una cara de satisfacción invadió el rostro de Maggie. Haciéndome señas para que la siguiera, me condujo por la estancia hasta la tienda de seda roja que hacía las veces de armario. Retiró la tela que hacía de puerta. Allí, rodeado del rojo resplandor del interior de la tienda, en lugar de barras para colgar y estantes repletos de ropa de Maggie, había una cama estrecha cubierta con una colcha de satén rojo y un tocador más estrecho aún.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—Es tu cuarto.

Maggie sonrió.

—Creía que era tu armario.

—Cierto. Pero lo he vaciado y he pasado un cordel por debajo de la puerta para que pudieras tener una pequeña lámpara.

Para Maggie esto era un paso enorme, no solo por invitarme a instalarme en su casa, sino por proporcionarme mi propio espacio. En cuanto había logrado salir de su abarrotado hogar infantil, nunca había parecido dispuesta a dejar que nadie invadiese la privacidad que se había ganado a pulso. Pero ahora por lo visto me recibía con los brazos abiertos. Solo tenía que asegurarme de que lo estaba haciendo de corazón.

—Maggie, en serio —dije mientras me sentaba la cama, en la que reboté un poco—, ¿seguro que quieres que me quede aquí? No quisiera cortarte las alas.

—Sí —replicó tajante—. Además, ahora que estarás en la tienda roja debería ser más fácil no molestarnos por las noches. La verdad es que estoy metida de lleno en esta obra.

—Aún no me has dicho qué harás con el cemento.

El bloque en el que había estado trabajando a mi llegada todavía no era realmente un bloque, sino una masa del tamaño de una pelota de baloncesto que iría agrandando hasta que fuese como una lavadora.

—Estoy experimentando —contestó.

—¿Con qué? —insistí.

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Soltó un gran suspiro y levantó la vista hacia el techo de la tienda.

—Corazones de vaca.

—¿Cómo dices?

—Ya sabía yo que te daría asco. La idea es meter un corazón de vaca en cemento y luego construir este bloque alrededor, que por supuesto parece un simple bloque, pero contiene en su interior este secreto; este corazón, literalmente. Ya sabes, como el corazón de Chopin, que está sepultado en esa columna de Varsovia.

—No lo sabía.

—No es ningún secreto lo del corazón de Chopin —continuó Maggie, ahora emocionada hablando de su arte—. Pero aquí la idea es que mis bloques de cemento emitirán este poder. No sabrás de dónde viene, pero esa materia orgánica oculta en el interior le dará al bloque una misteriosa aura vital.

Debí de parecer tan perdida como me sentía, porque Maggie acabó por mirarme y me dijo:

—Trata del embarazo. De cómo una mujer puede tener una nueva vida creciendo en su interior de forma invisible, y cómo eso la cambiará inefablemente.

La licenciada en lengua inglesa era yo, así que me negaba a admitir que no estaba del todo segura de lo que significaba inefablemente. Pero de repente se me ocurrió que a lo mejor Maggie estaba hablando en primera persona.

—¿Me estás diciendo que…?

El corazón empezaba a latirme deprisa.

—No, no —contestó, su cara aún más roja de lo que ya parecía gracias a la luz que traspasaba la tela de la tienda—. No-no-no-no-no. Pero eso me ha recordado algo que necesito que hagas por mí. Esta semana tengo la primera inseminación y necesito que seas mi pareja.

—¿Cómo? ¿Le has dicho al médico que yo era tu…?

—No. No-no-no. Es solo que mi médico cree que la inseminación tiene más posibilidades de éxito si luego puedes hablar tranquilamente con un ser querido y tal. Y, ahora mismo, tú eres lo más parecido que tengo a un ser querido.

—¡Vaya! —exclamé mientras nos imaginaba a las dos bebiendo champán y riéndonos (en voz baja, claro) en una sala de reconocimiento tenuemente iluminada—. Claro que sí. ¿Cuándo es?

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—El martes a las diez de la mañana.

—¡El martes por la mañana! Será mi segundo día en el despacho. Teri Jordan no me dejaría salir, aunque se tratase de mi propia inseminación. ¿No podemos hacerlo por la tarde? ¿O incluso a la hora de comer?

—No lo programo yo, lo programa mi cuerpo —replicó Maggie—.

Eso es lo que dice el médico. Tiene que ser por la mañana.

—Oh, Maggie —repuse, tomando su mano con la mía sudorosa. La mera idea de decirle a Teri Jordan que necesitaba una mañana libre evocó una visión de su amenazadora persona blandiendo un látigo. O, lo más probable, despidiéndome fríamente como había hecho ya con tantas otras

—. ¿No puede ser en otro momento? Maggie negó con la cabeza.

—Es lo que hay. Y, dependiendo de mis hormonas, puede que sea mi única oportunidad.

A lo largo de todo este año había sido yo la que había necesitado a Maggie. A lo largo de todo este año ella había estado a mi lado, contestando a mis llamadas de medianoche para hablarle de Gary, sosteniéndome en el funeral por mi madre. Y ahora me estaba pidiendo algo a mí, por primera vez.

—Claro, claro —le dije, apretándole la mano. Cuando la visión de Teri restallando el látigo apareció de nuevo, le devolví el latigazo—. Tranquila, ya pensaré en algo.

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—¡Alice!

Mi trasero acababa de rozar la silla, pero Teri ya volvía a llamarme a su despacho. Llevaba así toda la mañana.

Fui corriendo junto a su mesa.

—El café está frío —dijo sin levantar la vista.

—Pero si te lo acabo de traer. —Hacía como un segundo y medio—. Incluso lo he calentado en el microondas para asegurarme de que estuviese muy caliente, como te gusta.

La mujer tomaba el café tan caliente que seguramente tendría la boca revestida de amianto.

—El microondas no calienta como el fuego —dijo Teri. Aún sin mirarme, levantó la taza y la tiró a la papelera de malla de alambre. Me refiero a una taza de verdad, no un vaso de papel, llena de café caliente, que no paraba de filtrarse al suelo—. Tendrás que limpiar esto —ordenó Teri—. Y tráeme otro café.

Mientras me llevaba del despacho la papelera, que chorreaba, pensé que si quería un empleo destinado a la juventud tenía que estar dispuesta a ser servil, obediente; a actuar, en otras palabras, como una persona joven. Una persona joven sumamente dócil y modesta, muy parecida, de hecho, a como había sido de jovencita.

Solo que ahora estaba decidida a ser distinta; y lo cierto es que era distinta. Los años vividos me habían hecho más dueña de mí misma, más capaz de saber lo que pensaba y más dispuesta a decirlo en voz alta. Ese era el espíritu que quería conferir a mi nuevo yo.

Pero suponía que a mi nueva jefa no podía irle con esas. Ella quería una empleada incluso más callada y más apocada de lo que había sido la verdadera Alice Green cuando empezó a trabajar.

Podía hacerlo, pensé. Si la sesera me daba para haber conseguido este empleo, podría ponerla a trabajar para conservarlo a costa de lo que fuese. Teri Jordan quizá se comportase como una bárbara, pero lo cierto es que

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era más joven, estaba más saturada y era mucho más estúpida que yo.

Seguro que podría lidiar con ella.

Preparé otra cafetera, añadiendo una cucharada más de café en el filtro, dejé correr el agua hasta que estuvo realmente fría y esperé a que se filtrara hasta la última gota para que la taza de Teri tuviese la máxima intensidad. Luego, pintándome una sonrisa en la cara, se la llevé.

—¡Mierda! —murmuró.

—He hecho otra cafetera —anuncié, preguntándome qué había hecho mal esta vez.

—No, si es por este informe. Como todas las editoriales, queremos vender a los clubs de lectura para mujeres y no tenemos ni la más puñetera idea de lo que quieren.

Esto me hizo gracia, porque la propia Teri Jordan podría integrar perfectamente uno de los «clubs de lectura para mujeres». Era madre, vivía en las afueras, conciliaba el trabajo con la casa y el matrimonio, y, presuntamente, le gustaban los libros. Pero por alguna razón consideraba que las mujeres de los clubs de lectura eran «otras», criaturas muy distintas de «nosotras», aquí en nuestro bastión del saber hacer editorial.

—Creo que quieren lo que queremos todas —observé—, un libro que las mantenga despiertas más de media página tras un día largo y difícil. Un libro que les dé la sensación de que han valido la pena los quince o veinte dólares que podrían haberse gastado en una blusa nueva o en una buena comida con una amiga, porque las saca de sus vidas durante unas horas. Un libro que sea lo bastante apasionante como para que esa noche en el club de lectura, que a lo mejor es la única que salen sin su marido o sus hijos, sea una de las noches más estimulantes y divertidas del mes.

No sabía que tuviese tanto que decir sobre este tema, pero supongo que mis ideas estaban bastantes afiladas después de dos décadas asistiendo a clubs de lectura. Hablaba sin parar mientras Teri me miraba ahí sentada, la boca ligeramente abierta enseñando las puntas de sus afilados dientecillos.

—No somos editoras. No tenemos nada que ver con la calidad de los libros.

Noté que me sonrojaba. Deduje que lo que había estado diciendo tenía que ver con la edición, no con el marketing.

—Nuestro trabajo —dijo Teri, pronunciando muy claramente como si yo fuese dura de oído, no dura de mollera— consiste en que los libros lleguen a los clubs de lectura. Y nadie ha ideado un sistema efectivo para

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hacerlo: ni vía Internet, ni mediante técnicas de exposición ni con los libros en sí.

—A lo mejor podríamos hacer descuentos especiales —repliqué sin pensar. Teri me miró como si le hubiese hablado en croata—. Ya sabes, por volumen. Si el precio de venta al público de un libro, con descuento, es de dieciocho dólares, pues ofrecérselo por quince a los clubs de lectura que soliciten a partir de ocho ejemplares.

Apartó la vista.

—Mi club de lectura siempre se fijaba mucho en el precio —intenté explicarle—. Queríamos libros nuevos, pero no queríamos pagar precios de tapa dura. Ni siquiera de tapa blanda.

Ahora negaba con la cabeza.

—No me interesa lo que haga un miserable club de lectura formado por empleaduchas o universitarias —comentó—. Vendemos a mujeres adultas que tienen familia y una casa y un trabajo de cierto nivel.

Quise explicarme, pero entonces caí en la cuenta de que no podía hacerlo sin autoinculparme.

—Pensaba que había quedado claro que en este departamento yo soy la única mente pensante. Y pensaba que habías dicho que eso no te suponía ningún problema. ¿Has cambiado de idea?

Sacudí la cabeza en señal de negación; evité estallar centrándome en las fotos de los niños de caras angelicales que sonreían desde los marcos, mi única prueba de que Teri Jordan era humana.

—Estupendo, pues. La señora Whitney ha convocado una reunión de personal para esta tarde a las tres y media. No entiendo por qué, pero quiere que vayan los auxiliares; así que tu función será ocupar una silla.

Levantó la segunda taza de café que le había preparado y tomó un sorbo.

—¡Aggg! —exclamó, escupiéndolo en la taza—. Está asqueroso. Si quieres seguir en este empleo, tendrás que aprender a hacer café decente.

Cuando entré en procesión en el inmenso despacho esquinero de la señora Whitney para la reunión de personal, al parecer junto con la práctica totalidad de los trabajadores de la compañía (había más de cincuenta personas llenando la gran sala beis y dorada), traté de esconderme detrás de otra de las auxiliares y elegí un asiento en el rincón más alejado de la habitación, lo más lejos posible de donde estaba sentada la señora Whitney, cerca de la puerta. Saqué mi cuaderno y mantuve la

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cabeza agachada, aliviada por haber dejado que Maggie me convenciera de llevar un flequillo largo que, en caso necesario, me taparía media cara. Ladeé la cabeza para dejar que me colgara por la frente, pero, aun así, cuando todo el mundo se hubo sentado en silencio y al fin se inició la reunión, alcé la vista y me encontré a la señora Whitney mirándome fijamente.

La señora Whitney era como la recordaba, sumamente alta y erguida incluso sentada en la silla de su despacho. Su pelo era corto y blanco, y se le veían los hoyuelos hasta con la boca cerrada. Si acaso parecía más joven que cuando estuve trabajando aquí hacía más de veinte años. Incluso iba vestida igual (posiblemente llevara el mismo atuendo exacto) que la última vez que asistí a una reunión en este despacho: unos Ferragamo de charol negro, perlas y un vestido bermellón de lana que podría tener cuarenta años.

El hecho de que no hubiese cambiado nada hizo que me sintiera expuesta, como si también yo tuviese que estar exactamente igual que siempre, ser perfectamente reconocible. Siguió mirándome y al final ya no pude evitar sonreírle, de pronto deseando solo ser yo misma, esperando que a su vez me reconociera y me saludase con la cabeza. Yo idealizaba a Florence Whitney, y había sido una de sus favoritas, una ayudante de edición que ella había creído que llegaría a lo más alto. Siempre había soñado con tener algún día la oportunidad de recuperar su antigua confianza en mí, de demostrarle que no había fracasado, sino que me había tomado un prolongado paréntesis.

Pero la señora Whitney se limitó a poner cara de desconcierto y apartó la vista. Sin saber si estaba decepcionada o aliviada, me volví hacia la puerta justo a tiempo de ver a Lindsay, la joven editora que había conocido en el lavabo de señoras el día en que conseguí el empleo. Parecía incluso más pálida de lo que recordaba, de nuevo sobriamente vestida de negro, y me lanzó una enorme sonrisa mientras ocupaba la última silla de la habitación.

—Supongo que todos habréis visto las nuevas cifras de ventas —dijo con brusquedad la señora Whitney—. Son pésimas.

La gente se removió en su asiento.

—¿Quién puede echarme una mano? —preguntó, la impaciencia tiñendo su voz.

Uno de los pocos hombres de la sala se animó a hablar:

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—La economía…

—Sí, ya, la economía —repitió la señora Whitney con desdén, agitando una mano como para espantar a una mosca—. Ese es el problema, evidentemente, pero ¿qué vamos a hacer al respecto?

«Dale soluciones, no problemas»: lo recordaba como un mantra desde que trabajé en la editorial de la señora Whitney, fundada con los beneficios de su propio tratado feminista, Por qué los hombres deben morir, éxito de ventas. En lugar de mortificarse con los contratiempos o los errores, al personal en su conjunto se le enseñaba a pensar en términos de búsqueda de soluciones, una estrategia que me había sido tan útil para hacer frente a las rabietas de un bebé como a un fontanero incompetente, o un manuscrito que llevaba dos años de retraso.

Envalentonada tanto por nuestro contacto visual como por el hecho de que la señora Whitney no me había reconocido, levanté la mano.

—Podríamos hacer una publicidad especial dirigida a los clubs de lectura —propuse.

Todos los presentes clavaron los ojos en mí. Teri me fulminó con la mirada.

—Lo que Alice quiere decir —interrumpió mi jefa— es que hoy en día los clubs de lectura se fijan mucho en los precios. Quieren libros nuevos, pero no quieren pagar su precio íntegro, ni siquiera para las ediciones en rústica.

La señora Whitney asentía. Noté que poco a poco me iba poniendo colorada conforme oía a Teri repitiendo como un loro mis palabras, pero sin concederme ningún mérito.

—Mi idea —continuó— es que ofrezcamos a los clubs de lectura descuentos por volumen de compra, de dos o tres dólares, pongamos, si compran a partir de ocho ejemplares. Podríamos crear una página web especial para clubs de lectura y listar cada mes los títulos rebajados.

Por lo menos esa parte era idea suya.

—Muy interesante —concedió la señora Whitney—, pero no sé si aborda realmente el problema de nuestros clásicos, que como sabes siguen constituyendo el grueso de nuestro negocio.

Volví a levantar la mano, pero esta vez Teri empezó a hablar sin más. —Hoy día, tenemos que esforzarnos más que nunca para captar la

atención de las mujeres jóvenes —expuso Teri—. Además, se ha extendido un concepto de mujer muy sexy e idealizado, pensemos en Paris

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Hilton. Creo que tenemos que replantearnos el estilo de nuestras cubiertas…

Entonces empezó la canción. La sonora interpretación digital de Here Comes the Bride.

La conversación cesó y todo el mundo miró a su alrededor en busca del infractor. Al principio hubo cierta confusión sobre la procedencia del sonido (¿habría una radio en alguna parte? ¿Sería obra de algún gracioso?) hasta que el hombre que había culpado a la economía de los males de Gentility anunció:

—Eso es un móvil.

Todos miraron a su alrededor. ¿A quién se le ocurría llevar el móvil a una reunión? ¿El móvil encendido? Varias mujeres rebuscaron en el bolso y los hombres metieron la mano en los bolsillos de la chaqueta, pero sus teléfonos estaban en silencio. Yo sabía que no podía ser el mío, porque el mío sonaba como un teléfono normal. Y dejaba de sonar, saltando el buzón de voz, si a los cuatro tonos no contestaba.

Pero cuando la canción siguió sonando, cada vez con más fuerza, y todos los que ya habían buscado su teléfono habían comprobado que no era el suyo, saqué el mío del bolso, simplemente para declarar mi inocencia.

Parpadeaba. Vibraba. Y, ahora que estaba literalmente fuera del bolso, Here Comes the Bride sonaba lo bastante fuerte como para bailar un vals.

—¡Dios! —exclamé. Me habría atravesado mi propio corazón con el teléfono, como una estaca—. ¡Cuánto lo siento!

Pulsé el botón del dorso para apagarlo. Nada. Estaba venga a sonar. Finalmente, desesperada, lo abrí e intenté pulsar el botón de apagado,

sin que me importara colgar al que llamaba antes siquiera de que habláramos.

La canción siguió sonando. Ante la mirada de toda la habitación, me acerqué el teléfono a la oreja.

—¿Diga? —pregunté con indecisión, esperando oír la voz lejana de Diana o la de Maggie quizá.

Pero no había nadie. Ahora retumbaba la Marcha nupcial.

—¿Diga? —repetí, presionando con el dedo el botón de descolgar—. ¿Diga?

—¡Ay, por el amor de Dios! —gritó Teri—. ¡Vete de aquí! ¡Vete de aquí ahora mismo!

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¿Se refería a que me fuese del despacho o a que me fuese de la compañía? ¿Iba a batir el récord mundial de la asistente de marketing despedida en el plazo más breve de la historia?

Con la cara ardiendo, me levanté y empecé a abrirme paso a todo lo largo de la habitación, como una novia que avanza hacia el altar. Al llegar a la puerta, Lindsay se levantó de un salto y me siguió hasta el pasillo.

—¡Por Dios, qué vergüenza! —exclamé.

Me quitó el teléfono de las manos.

—Ya sé lo que ha pasado. Tengo el mismo móvil.

Con destreza, sus dedos tocaron las teclas hasta que la música, al fin, afortunadamente, paró.

—Era tu alarma. Por lo visto esta noche tienes que tomar una copa con un tal… —miró fijamente el teléfono— Josh.

Josh. Todo se agolpó en mi memoria. Nochevieja. El chico al que besé. Me programó el teléfono para una cita el 25 en el Gilberto’s. Que estaba prácticamente al lado.

—¿Quién es Josh? —preguntó Lindsay—. ¿Tu novio?

—No, no. ¡Qué va!

—Un chico con el que has quedado.

—No exactamente —repuse—. Ni siquiera me acordaba de lo de esta noche. Evidentemente.

—Bueno —dijo Lindsay—, pues estupendo. Porque iba a pedirte que salieras a tomar algo con mi novio y conmigo para celebrar tu primer día de trabajo.

—Me encantaría —contesté—, pero después del episodio del teléfono me temo que también será el último. Sobre todo cuando le diga a Teri que mañana tengo que tomarme la mañana libre para un asunto médico que planifiqué antes de saber que trabajaría aquí.

—No te preocupes —me tranquilizó Lindsay—. Le diré a mi novio, al que tengo muchas ganas de que conozcas, que lo arregle todo con Teri.

—¿Y qué va a hacer? ¿Amenazarla con darle una paliza?

—No, tonta. Él es su jefe. Thad es el editor de nuestro departamento.

Pero no le digas a nadie que estamos saliendo. Se supone que nuestra

relación es secreto total.

—¡Ah…! Muy bien.

—Entonces, ¿vendrás a tomar una copa con nosotros?

—¡Claro!

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¿Cómo iba a negarme ante los contactos y la amabilidad de Lindsay? Aunque la verdad es que no podía dejar de preguntarme por qué estaba siendo tan cariñosa y amable conmigo.

—Genial. No pienses más en Teri. Thad y yo nos encargaremos de que no te las haga pasar canutas por lo de hoy ni por lo de mañana por la mañana, ni por nada de nada.

Casi dos horas después, cuando Teri se fue finalmente a casa, sin echarme o siquiera dirigirme la palabra, pude al fin levantarme de mi mesa sin reparos. Había llegado el momento de encontrarme con Lindsay y el misterioso y todopoderoso Thad en un bar situado a unas cuantas manzanas.

Había olvidado por completo mi teórica cita con Josh; con los acontecimientos arrolladores de las últimas semanas prácticamente no había pensado en él. Aunque me hubiese acordado de que habíamos quedado, aunque me sintiese vagamente preparada para embarcarme en una relación con un chico veinte años menor que yo, habría llegado demasiado tarde.

Sin embargo, no pude evitar pararme y mirar por la ventana del Gilberto’s, y me quedé atónita al ver a Josh sentado en la barra, su mano rodeando una copa que no parecía contener más que hielo. La verdad era que no esperaba verlo allí, me había figurado que de todos modos no lo reconocería, pero me resultó más familiar y más atractivo de lo que me había imaginado, como un viejo amigo al que me moría por ver, y estuve a punto de entrar por la puerta, aunque fuese nada más que para disculparme y hablar con él un segundo. Sin todo el jaleo de fin de año parecía más mayor, y más serio.

Pero no es más mayor, pensé. Al menos no lo suficiente para ti. Un beso espontáneo con un desconocido en Nochevieja era una cosa; un encuentro deliberado implicaba un plus de intencionalidad que me temía que no era justo para ninguno de los dos. Antes de que Josh pudiese verme, me volví y eché a correr, volviendo como una flecha la esquina en dirección al bar donde había quedado con Lindsay y Thad.

Me había fijado en Thad durante la reunión en el despacho de la señora Whitney (era imposible no fijarse en cualquier hombre dentro de ese mar de mujeres), pero jamás hubiese pensado que Lindsay saldría con alguien así. Me di cuenta de que me había imaginado que se daría un aire a Josh;

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eso, si Josh estuviese sacándole partido a su máster en administración de empresas.

Sin embargo, este chico se parecía más a mi exmarido, a todos los maridos aburridos, los hombres tediosos que había conocido en Homewood, los hombres que únicamente hablaban entre sí y, encima, solo de sí mismos. No se trataba de que era de mediana edad, aunque se daba aires con ese pelo corto y la corbata de nudo prieto, y esos ojos inquisidores que al escrutarme pude advertir que no me creían digna de su seria consideración. Pero este chico era mi jefe, me recordé a mí misma; era incluso el jefe de Teri. Y era el novio de la única amiga que tenía en Gentility.

—Bueno, Alice —dijo—. Me ha dicho Lindsay que este es tu primer trabajo editorial.

—Nunca he trabajado en otro sitio aparte de Gentility —repuse. —¿En serio? —dijo Thad, evaluándome—. ¿A qué universidad fuiste? Sabía que era el clásico chico que contestaría «Cambridge» o «New

Haven» si le hacías la misma pregunta, queriendo hacerte pensar que estaba siendo modesto porque no había dicho Harvard ni Yale.

Intenta caerle simpática, me dije. Por lo menos procura torearlo. Bien sabe Dios que después de veinte años de rodaje en el club de natación y en el circuito benéfico suburbano, debería saber cómo desenvolverme.

—Fui a Mount Holyoke —respondí, recordándome a mí misma que el tema favorito de Thad casi con toda seguridad sería Thad—. ¿Y tú?

—A Cambridge —contestó.

—¡Vaya! —No pude evitar el sarcasmo—. ¿Al Instituto Tecnológico de Massachusetts?

Él me miró con recelo, obviamente decidiendo, constatación que me complació, que después de todo quizá me había subestimado.

—No —contestó cortante—. Estuve saliendo con una chica de Mount Holyoke, Hilary Davis. Igual la conoces.

—No —repliqué, de pronto con una sed tremenda—. ¿Qué estás tomando, Lindsay?

—Un martini de Bombay Sapphire, extraseco, solo con aceitunas — respondió—. Antes bebía mojitos, pero Thad me está cambiando, ¿verdad, cariño?

—¿Y en qué años estuviese en Mount Holyoke? —insistió él, ignorando a Lindsay—. Seguro que coincidiste con Hilary, al menos un

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tiempo.

A lo mejor yo también había subestimado a Thad. Daba la impresión de que tenía una capacidad mayor de la que le había atribuido para centrarse fuera de su persona. Estaba claro que iba a tener que esforzarme más.

—Eso ha pasado a la historia. Me encantaría que me hablaras de ti, de tus ideas para el sello. Lindsay dice que eres el editor más popular de la empresa.

Naturalmente, Lindsay no había dicho tal cosa, pero le encantó que él pensara que sí, y yo por fin desvié su atención de mi persona y de cuándo había ido o dejado de ir a la universidad.

—Supongo que sí —repuso—. El gallo del gallinero, y todo eso. ¡Puajjjj! Aun así, pensando inteligentemente en mi carrera, tenía que

seguir proporcionándole a Thad la adulación en la que a todas luces se deleitaba, en lugar de tratarlo como el imbécil que era.

—Tengo entendido que eres la clase de editor que está abierto a ideas nuevas —le solté—, que puede reconocer una verdadera novedad cuando aparece.

—Bueno —repuso, mordiendo el anzuelo—, lo que sí creo es que a Gentility le vendrían bien algunos cambios.

—Ya verás —terció Lindsay, inclinándose hacia él— como Alice es justo la persona que necesitas en tu equipo. Tiene unas ideas fabulosas que realmente revolucionarán el departamento de marketing.

El recuerdo de la expresión pétrea de Teri Jordan desde el otro lado del despacho de la señora Whitney cuando había osado abrir la boca bastó para que deseara apartar a Lindsay de ese sendero.

—Me encantaría hacer un buen trabajo en tu equipo —le comenté a Thad—, pero lo cierto es que soy una auténtica novata.

—No te preocupes que yo te echaré una mano —repuso él—. ¿En qué te especializaste?

—En inglés —contesté.

—¡Lo sabía! —exclamó Lindsay—. En realidad eres escritora, ¿a que

sí?

Había intentado escribir una novela cuando Diana era pequeña, engañada por cierta visión de mí misma creando una prosa maravillosa mientras mi hija retozaba a mis pies. La realidad fue que tuve que parar tan a menudo para atender las necesidades de mi pequeña que escribí muy

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poco; o, en todo caso, muy poca cosa decente. Cuando por fin, meses después, acabé un puñado de páginas, se las di a leer a Gary. Lamentaba decirme, me informó, que no eran muy buenas. Las guardé, más que nada aliviada por no tener que seguir esforzándome.

—Quise escribir en su día, pero desistí —le confesé a Lindsay. —¿Qué escribías? —inquirió Thad—. ¿Libros para niños?

Por lo visto me consideraba incapaz de hilar más de cinco palabras seguidas.

—No, ficción para mujeres.

—Ya —manifestó él con desdén—. Novela rosa.

—Si algún día te apetece enseñarme cualquier cosa que hayas escrito —comentó Lindsay—, será un placer echarle un vistazo.

—Gracias. Por el momento creo que me interesa más un tipo de profesión que dé dinero.

—Eso es genial —añadió Lindsay, volviéndose a su novio—. ¿No te dije que era estupenda, Thad? Tendríamos que presentarle a Porter Swift, ¿no crees? Le gusta ganar dinero.

—Era mi compañero de habitación en la universidad —explicó Thad

—. Ahora es un peso pesado de Wall Street. A diferencia de mí, nunca ha tenido la menor necesidad de dar algo a cambio de las oportunidades recibidas.

¿Así que trabajar en la industria editorial era «dar algo a cambio»? Tal vez porque editaba literatura femenina. Quise decirle que las mujeres seguramente seríamos capaces de apañárnoslas sin su compasión.

—Podríamos organizar una buena cena —propuso Lindsay, cada vez más emocionada—, ¡como tú querías, cariño! Incluso podría cocinar.

Esbocé una sonrisa. Lindsay era muy dulce, me recordaba muchísimo a mi propia hija; me parecía absolutamente adorable. Thad era harina de otro costal, pero ejercía un gran poder sobre mí y era la primera persona con la que me topaba que no se había tragado de buenas a primeras el rollo de mi edad.

—¿Qué te parece, Alice? —preguntó Lindsay con un brillo en los ojos —. ¿Qué tal el sábado por la noche?

—Mmm… —balbucí—. Eh…

Lo único que pude hacer fue asentir con la cabeza y pensar que tenía cinco días para encontrar el modo de zafarme.

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Me situé en la punta de la mesa de reconocimiento, agarrando a Maggie de la mano. El médico acababa de concluir el procedimiento y abandonó la sala, y ella yació ahí con el trasero medio cubierto por una sábana y las rodillas flexionadas siguiendo la instrucción de quedarse lo más quieta posible. El médico había usado una lámpara de exploración para trabajar, pero la había apagado y nos dejó en la penumbra de las velas que Maggie se había traído.

—¡Qué romántico! —comenté.

—Sigue. Como si fuéramos pareja.

—De acuerdo… Cariño, ¡me hace tanta ilusión que tengas a nuestro bebé!

—Mi bebé —corrigió Maggie—. Tendré a mi bebé, espero. —Hizo una mueca de asco—. No sé cómo aguantáis las heteros esto de espatarraros aquí con toda esa cosa viscosa entre las piernas.

De pronto recordé algo de los recreos de nuestra infancia. —¿Te acuerdas de cuando nos dio por besarnos en el brazo?

El verano de los diez u once años, Maggie y yo nos habíamos pasado días aplastando los labios contra nuestros propios antebrazos, intentando simular la experiencia de lo que sería pegarnos el lote con un chico. O tal vez, en el caso de Maggie, con una chica. Recuerdo que la primera vez que me confesó que era homosexual se pasó como un minuto y medio preguntándose si a lo mejor yo también era gay, puesto que había estado tumbada a su lado soñando y ensayando para cuando nos enamoráramos. Pero entonces pensé en Jimmy Schloerb, mi amor de turno, y en que no era más que el último de una larga lista de chicos que me habían acelerado el corazón desde párvulos, y entendí que me iban los tíos.

—¡Dios! —exclamó Maggie—. No debería reírme.

—Perdón. A lo mejor si visualizamos el esperma y el óvulo encontrándose y dividiéndose, contribuiremos a que suceda.

Me miró como si estuviese loca.

—¿Quién te ha dicho eso? ¿Madame Aurora?

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Aquello dolió.

—El optimismo no hace daño.

—Salvo cuando no te deja ver la realidad de tu situación. El médico me ha advertido que si esta vez no sale bien, me dará solamente una oportunidad más.

—¿Y con un óvulo de donante? —inquirí—. Yo te daría uno.

—Puede que últimamente estés bastante buena, cariño, pero tus óvulos son tan viejos como los míos.

—¡Ups! —exclamé—. Lo había olvidado.

—Aparte de que no cuentan únicamente los óvulos, sino no sé qué hormona que tiene que estar a cierto nivel para que el embarazo prospere —precisó Maggie—. Ahora mismo la mía está en el límite y el médico ha dicho que, si sigue bajando, no intentaría ni la inseminación. Así que he dado mis datos para adoptar a un vietnamita.

—¡Maggie, qué maravilla!

—Esa palabra no la uses conmigo, ¿vale? Pensé que tenía que tantear todas las posibilidades. Además, parece incluso más difícil adoptar que quedarse embarazada. Te hacen un montón de complicados test de personalidad.

—Supongo que querrán asegurarse de que vas a ser una buena madre. —Es absurdo —protestó Maggie— que las adolescentes sin recursos y

las alcohólicas y las maltratadoras puedan tener bebés cuando les dé la gana, y que a mí, que puedo ofrecer dinero, amor y cuidados, tengan que mirarme con lupa equipos de personas que quizá decidan no darme el bebé, y punto.

No me pareció necesario señalar que algunas de esas personas darían antes un bebé a una estríper que fumase crack que a una lesbiana. Ni que la naturaleza no parecía ir de la mano de la sociedad moderna, puesto que era más fácil que se quedase embarazada una chica de catorce años que una mujer de cuarenta. En vez de eso sonreí y le apreté la mano.

—Ojalá hubiese empezado con esto hace tiempo —comentó Maggie

—. ¿Sabías que la fertilidad disminuye a los treinta y cinco, no a los cuarenta ni cuarenta y cinco como nos decían de jovencitas?

De hecho, lo sabía porque Lindsay me lo había comentado anoche en el bar, cuando Thad se fue a buscar el lavabo de caballeros y me informó de que estaba deseando casarse con él, cuanto antes mejor.

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Al preguntarle a qué venían tantas prisas, me proporcionó las estadísticas de fertilidad y edad, y sugirió que si era inteligente yo también estaría buscando marido y formando una familia.

—Si no, a los cuarenta y cinco es posible que te encuentres muy sola —me informó.

—Podría pasar de todas formas —repuse.

Me miró extrañada.

—No, si juegas bien tus cartas.

Ese era un aspecto de la juventud que, por buenas que fuesen mis dotes para maquillarme o actuar, no creía que fuese capaz de recuperar: la convicción de que si eras inteligente o ambiciosa o guapa, o estabas lo bastante cuerda, podías hacer lo que quisieras con tu vida.

—Anoche vi a ese chico —le solté a Maggie de pronto. Al volver a casa después de la copa le conté todo sobre Lindsay y Thad, y Teri y mi primer día de trabajo. Pero había olvidado hablarle de Josh—. Ya sabes, el chico de Nochevieja.

—¡Oooh! —exclamó Maggie, al recordarlo—. El chico del beso. ¿Dónde lo viste?

Caí en la cuenta de que, como no había tenido ninguna intención de acudir, no le había contado a Maggie lo de la teórica cita. Ahora le conté que él me había programado la alarma del teléfono y que el encuentro se me había pasado completamente. Pero también le hablé de lo atractivo que estaba, sentado en un taburete de la barra del Gilberto’s.

—¿Y por qué no entraste? —me preguntó Maggie.

—Había quedado con Lindsay y Thad. Además, ¿qué iba a decirle? ¿Hola, no pensaba venir ni pienso volver a verte nunca más, pero estabas tan mono que tenía que saludarte?

—¿Por qué estás tan segura de que no querrías volver a verlo jamás? —¡Venga ya, Maggie! Tú misma lo dijiste: es un crío. No puedo salir

con un chico de veinticinco años.

—¿Por qué no? Tengo entendido que ahora se lleva mucho lo de mujer mayor con chico joven. Ambos estáis en vuestro apogeo sexual. Además, nadie tiene por qué saber que eres más mayor, ni siquiera él.

Noté que me ruborizaba.

—No me gustan tantas mentiras —le espeté.

Maggie arqueó las cejas.

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—A mí me parece que si no llevas esto un poco más lejos por lo menos estarás desperdiciando una oportunidad. No sé, ¿qué tiene de malo? Mencionaste que querías ser más joven…, pues ya tienes tu deseo. Sácale el máximo jugo.

—Lindsay quiere juntarme con un amigo del aburrido de su novio — dije con pesar.

—¿Y vas a dejar que lo haga?

—La verdad es que están en condiciones de ayudarme en el despacho. Gracias a ellos estoy aquí esta mañana contigo, en lugar de estar haciendo de chica del café de Teri Jordan a tiempo completo.

Anoche Lindsay hizo prometer a Thad que le diría a Teri que me enviaría a una clase de orientación empresarial.

—Eso no significa que tengas que ser su fulana —rugió Maggie—.

¡Hazte valer! Creía que toda esta historia de ser más joven era para eso.

Ahora Maggie estaba realmente alterada, apoyada en los codos, meneando la cabeza al hablar. Sus pendientes, una hilera de aros de plata que aumentaban progresivamente de tamaño conforme bajaban hasta sus hombros, tintinearon a la luz de las velas.

—Tranquilízate —le dije, poniendo una mano en su brazo para intentar que volviera a tumbarse en la mesa—. Recuerda que tienes que crear un ambiente de tranquilidad para que el esperma y el óvulo se unan.

Al menos eso la persuadió, y se dejó caer de nuevo.

—Es que creo que tienes que ser más firme y hacer lo que quieres en todo momento —argumentó mirando fijamente al techo—. ¿Cómo te vas a convertir en una persona nueva si sigues actuando como tu antiguo yo?

Hasta el jueves y el que he dado en llamar Incidente de la Depilación Bikini, después de la clase de Krav Maga (una modalidad de arte marcial israelí) a la que Lindsay me llevó a rastras, no reuní el valor para decirle que no quería ir a la cena en casa de Thad con Porter Swift.

Todo empezó cuando le pregunté a Lindsay si conocía algún gimnasio cerca del despacho para matricularme. Llevaba casi un mes fuera de casa sin hacer mi rutina diaria de Lady Fitness y me daba miedo que todos los músculos de mi nuevo cuerpo de infarto fuesen a colgarme de un momento a otro, desenmascarándome por completo. En solo cuatro días de trabajo a las órdenes de Teri Jordan me di cuenta de que había recuperado algunos de mis viejos hábitos alimentarios y comía para consolarme: escondía una bolsa de bombones Hershey’s Kisses en el cajón de mi mesa e improvisaba

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una olla de cremoso puré de patatas todas las noches antes de acostarme, en el que formaba un cráter hundiendo una cucharada de mantequilla derretida y sal para saborear a continuación el mejunje en mi tienda bajo las sábanas.

Lindsay me preguntó qué clase de ejercicio me gustaba hacer, y cuando le hablé de la bicicleta elíptica y las pesas, me miró como si le hubiese dicho que practicaba calistenia bajo la tutela de Jack LaLanne.

—Eso es un poco retro —sugirió, dándole un tono a la palabra que me fue imposible saber si era algo bueno o malo—. ¿Por qué no vienes conmigo el jueves por la noche a mi clase de Krav Maga? Es impresionante.

En la clase tuve la sensación de que quemaba la ingesta de bombones de toda la semana, además de que aprendí a lisiar a cualquier terrorista con el que pudiera toparme de vuelta a casa. En el lujoso vestuario procuré seguir el protocolo de Lady Fitness y no mirar, lo que fue difícil porque Lindsay estaba a mi lado parloteando sobre el menú de su inminente cena en cueros vivos.

Fue más difícil no mirar, si cabe, porque la sobria vestimenta negra de Lindsay había estado ocultando varios atributos físicos notables. Sus pechos, por ejemplo, estaban tan arriba que había muchos más centímetros cuadrados en la zona de debajo del pezón que por encima de este. ¿Era eso normal en las veinteañeras?, me pregunté. Bueno, en las veinteañeras que no aparecían en las revistas que a veces me encontraba cuando limpiaba debajo del lado de la cama de Gary. Ya no me acordaba, aunque el contraste con mis propios pechos, que hasta ahora había considerado uno de mis mejores rasgos (sin ropa), hizo que me encorvase, avergonzada.

Lindsay lucía también varios tatuajes sorprendentes: una libélula en el hombro, una serpiente en la cadera y lo que parecía el símbolo del Departamento de Agricultura de Estados Unidos situado encima de la raja del trasero; y daba la sensación de que todos esos dibujos eran más vívidos porque su color oscuro contrastaba con su piel de un pálido etéreo y parecían constituir la única alteración en la extensión de palidez, ya que los pezones de Lindsay eran del más tenue tono rosado, y su vello púbico, una estrecha tira de pelusa de color melocotón.

—Alice.

—¿Mmmm?

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Fingí indiferencia mientras clavaba la vista en mi taquilla, haciendo como que buscaba mi sujetador, que sabía que estaba colgado al lado de mi jersey.

—¿Qué crees que debería hacer de postre el sábado por la noche? Había pensado en intentar preparar esa increíble tarta de pera que Thad tomó la otra noche en Craft.

Saqué el sujetador de la taquilla y me lo puse como pude con el cuerpo ladeado fuera del campo de visión de Lindsay, sin que pareciera que esa era mi intención.

—Claro que luego he pensado —continuó ella, apoyando la mano en la cadera, justo al lado de la serpiente añil— que quizá debería empezar por algo fácil, como una crème brûlée.

Estuve a punto de decirle que la crème brûlée era todo menos fácil cuando Lindsay soltó un pequeño grito y, señalando directamente mi entrepierna, exclamó:

—¡Agg! ¿Qué es eso?

Miré hacia abajo. ¿Me habría venido la regla? ¿Habría visto alguna estría? ¿Todo el puré de patatas habría esperado a este momento para depositarse a modo de michelín en mi abdomen? Pero no, pese a todo lo que había comido los últimos días mi vientre seguía plano tras mi año de ejercicio compulsivo.

—Esa selva de vello púbico —chilló—. ¡Casi te llega hasta las rodillas!

—¡Ah…! —exclamé—. Bueno…

—¿Eso es lo que se estila donde estuviste?

—¿Donde estuve?

—Donde sea que te fueses de viaje. Eso que le contaste a Thad la otra noche.

—¡Oooh! —exclamé—. Sí.

—¿Y allí les gusta todo natural? —Lindsay insistió—. Pero ¿estuviste en el Tercer Mundo o qué?

—Más o menos —contesté. Y es que algunos habitantes de Manhattan consideraban que Nueva Jersey era el Tercer Mundo.

—Tendremos que hacer algo con eso —propuso Lindsay— antes de que ligues con Porter.

—¿Hacer? —inquirí.

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Seguramente puse cara de espanto y di un respingo, porque ella se echó a reír y dijo:

—Tranquila que no voy a sacar una navaja plegable como por arte de magia. Pero mañana al salir del despacho te llevo a ver a Yolanda, la que me depila, para que te haga unas ingles brasileñas.

—¿Ingles brasileñas?

Traté de imaginármelo, pero como nunca había estado en Brasil ni había conocido a ninguna brasileña, y menos aún había vislumbrado su estilo nativo de vello púbico, todo lo que acerté a imaginar fue algo vagamente parecido a la forma de un bikini. Que, de entrada, era lo que creía que llevaba yo.

—¡Como yo! —exclamó al tiempo que me presentaba su look con un gesto ceremonioso que me recordó a la actriz y presentadora Vanna White dirigiendo la atención de los telespectadores hacia un nuevo Buick.

—Ya… —contesté al ver la estrecha tira de vello de Lindsay—. No sé…

—¡Tienes que hacértelo! —insistió—. En Nueva York ninguna chica lo lleva natural ya. A Porter le puede dar algo.

El amigo de Thad. Sábado por la noche. Vestida o desnuda, peluda o depilada, no podía dejar que esto siguiera un minuto más.

—Lindsay, Thad y tú os habéis portado fenomenal conmigo y de verdad que me encanta que nos hagamos amigos, pero no tengo ganas de ligar con Porter.

Ella me miró, ahora en jarras, como si le hubiese dicho que acababa de llegar del planeta Xenón.

—Pero Porter es el partido perfecto —anunció al fin.

—No puedo hacerlo —le dije, sacando humo por la cabeza para dar con una excusa indiscutible. Porque… ¿los xenonianos tienen prohibido relacionarse con los terrícolas?—. De hecho, debo confesarte algo. Hay otro chico.

—Me dijiste que no tenías novio.

Ahora hasta la verdad me estaba dando problemas.

—En realidad no es mi novio. Pero… nos estamos viendo. Ya sabes, el chico de la alarma, Josh.

Lindsay sacudió la cabeza, trató de articular palabra. Al fin lo logró:

—No te creo.

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Sin proponérmelo siquiera, le había convencido de que tenía veintitantos años, de que lo más arriesgado que había hecho en mi vida era viajar de mochilera por Bulgaria o por algún país parecido donde no se depilaban, pero no lograba convencerle de esto.

—Pues es verdad.

Me estuvo mirando unos instantes y luego finalmente asintió y dijo:

—Muy bien. Demuéstralo.

—¿Que lo demuestre? —Se me escapó una carcajada forzada—. ¿Cómo voy a demostrarlo?

Sacó el bolso de su taquilla, extrajo su teléfono y me lo pasó.

—Llámale. Ahora. Venga.

No cogí el teléfono.

—¿Qué le digo?

—Invítale a cenar el sábado. A casa de Thad. A ver si es verdad que os estáis viendo.

Titubeé, en parte porque no estaba realmente segura de lo que significaba verse con alguien. ¿Salir? ¿Tener relaciones sexuales? ¿La promesa de estar eternamente juntos? Cualquier cosa, decidí, con tal de librarme de una cita a ciegas con un amigo de Thad.

—Está bien —concedí al fin—. Pero tengo que llamarle desde mi teléfono.

—¿Por qué tienes que llamarle desde tu teléfono?

Porque no me sé su número. Porque, dadas las circunstancias, es una suerte que recuerde incluso que él me lo grabó en el teléfono, que saqué del bolso mientras procuraba pensar.

—No se pondrá si no reconoce el número entrante —le dije a Lindsay. Encontré a Josh en mi agenda de contactos y contuve el aliento al darle a llamar. Ella estaba plantada ante mí, desnuda todavía, los brazos

cruzados sobre sus altos y pequeños pechos. Escuché los tonos del teléfono y recé para que saltara el buzón de voz.

En vez de eso, oí la voz de Josh.

—Vaaale, lo entiendo —dijo.

—Soy Alice —anuncié. Parecía que hubiese estado esperando la llamada de otra persona.

—Lo sé. Te decía que entiendo que me dieras plantón la otra noche.

—No pude… —empecé a decirle.

—Lo sé.

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—Me lo estuve pensando —comenté con sinceridad. Había algo en él que me empujaba a decirle la verdad.

—¿Favorablemente?

Me eché a reír.

—A veces.

—No pasa nada. —Por teléfono su voz parecía tan cálida como su mirada en Nochevieja—. Ahora estás aquí.

—Sí —repuse—. Estoy aquí.

Me quedé ahí con el teléfono pegado a la oreja, mirando fijamente la taquilla naranja, pensando en él, hasta que Lindsay, cuya presencia a mi lado había prácticamente olvidado, carraspeó.

—Mi nueva amiga del despacho, Lindsay, quiere que te invite a una cena el sábado por la noche.

—Has encontrado trabajo.

—Sí.

—¿Dónde?

Lindsay empezó a tamborilear los dedos sobre su muslo color marfil. —Te lo diré el sábado —contesté—. Si quieres. Si estás libre, que

igual no lo estás.

—Lo estoy.

—Vale, de acuerdo —dije, aunque para mi sorpresa me di cuenta de que me había llevado un chasco.

—¿De acuerdo? O sea que en realidad no quieres que vaya. —Sí que quiero, pero pensaba que a lo mejor no te iba ese rollo. Lindsay me dio una patada en la espinilla con unos dedos bien

arreglados y yo me volví totalmente de espaldas.

¿Seguía la gente diciendo que le iba el «rollo» de algo? ¿De cuántas maneras estaba haciendo el ridículo?

—Lo que me va es verte —dijo—. Si pudiéramos irnos de la cena un poco pronto, llegaría a este otro sitio un poco tarde. ¿Te gusta el rock?

Sabía que la respuesta correcta era «sí». Pero le di la respuesta sincera:

«No».

Se rio.

—Un amigo mío tiene un grupo de música que toca en una discoteca del centro y le prometí que iría a verlo. ¿Qué te parece si voy a la cena contigo y luego tú vienes a la discoteca conmigo?

—Muy bien.

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Entonces colgué y me quedé tan sumida en mis pensamientos que dejé de percibir a Lindsay y todo cuanto me rodeaba. Tenía mi primera cita en casi un cuarto de siglo.

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8

Diana llamó mientras me arreglaba para la cena de Lindsay. Maggie estaba recostada en el diván (intentando «incubar», como ella decía, el embrión que esperaba que se hubiese agarrado en su interior), hojeando una revista de tendencias japonesa y dando su opinión de cuanto me probaba. Su opinión negativa. Creía que tenía que ponerme los viejos tejanos de Diana que me había llevado de casa, pero me daba miedo que a Thad le pareciesen demasiado informales. No tragaba a Thad, pero aun así quería causarle buena impresión.

—Lleves lo que lleves abajo, la blusa tiene que ser muy femenina. Con encaje —Me aconsejó Maggie.

—No quiero que parezca que voy en ropa interior.

Se le iluminaron los ojos.

—¡Qué buen idea! ¿Por qué no vas a mirar qué hay en mi primer cajón? Tengo un par de camisolas de encaje increíbles.

Iba a protestar cuando oí sonar el móvil en mi tienda roja. Por favor, que sean Lindsay o Thad para cancelar la cena, pensé. Por favor, que no sea Josh para decirme que cuanto más piensa en ello más convencido está de que soy una vieja disfrazada.

Tan segura estaba de que sería una de estas personas que me quedé perpleja al oír el característico ruido de línea de África, como si Diana estuviese llamando desde varias décadas y varios miles de kilómetros de distancia, y la voz de mi propia hija.

—¿Mamá? Te noto distinta.

—No. Es que…

¿Estoy intentando actuar como si tuviese tu edad? ¿Estoy arreglándome para salir con un hombre que podría haber ido al instituto contigo?

Le había dejado un mensaje en su oficina local diciéndole que había vuelto a trabajar en Gentility y que me quedaba en Manhattan en casa de Maggie, que me llamara al móvil si necesitaba localizarme. Eso era cuanto necesitaba saber.

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—Yo también te noto distinta —dije, intentando recuperar mi voz de madre.

Entonces entendí parte del motivo por el que me había sorprendido tanto que me hubiese llamado Diana. Estaba acostumbrada, siempre que me sonaba el móvil, a calcular qué hora era en África para saber si podía ser ella. Y ahora mismo, en su zona horaria, era de madrugada.

—¿Dónde estás? —pregunté, conteniendo el aliento, medio esperando, pese a las interferencias, que me dijese que acababa de aterrizar aquí en Nueva York.

Me haría mucha ilusión, me volvería loca de emoción. Pero también,

tuve que reconocerlo, me daría un poco de pena tener que cancelar mi

propio plan justo antes de empezar.

Diana soltó una risilla nerviosa.

—Me he cogido el fin de semana y he pasado la noche en la ciudad.

Con una amiga.

—¡Ah…! —exclamé—. Me alegro. Me alegro mucho.

Me gustaba imaginármela en un sitio con electricidad y lavabo y sin leones merodeando cerca.

—Mamá, tengo que decirte una cosa.

Contuve el aliento. Parecía nerviosa, como si no fuese a gustarme lo que tenía que decirme. Pero ya había dejado los estudios y se había ido a la otra punta del mundo. ¿Qué podía decirme que pudiese hacerme sentir peor?

—He decidido quedarme aquí —se apresuró a decir—. Por lo menos hasta primavera.

—¡Vaya! —exclamé, el alivio inundó mi cuerpo—. Eso es magnífico.

—¿Magnífico? Pensé que te enfadarías.

—¿Por qué iba a enfadarme?

—Desde que estoy aquí no has parado de presionarme para saber cuándo volvía. En fin de año, cuando te dije que me quedaba más tiempo, parecías hecha polvo.

Y lo estaba. Pero ahora, embriagada con mi propia experimentación de la aventura y la novedad, no sentía más que vergüenza por haberla presionado así. Estaba en un momento de su vida en el que tenía que ver mundo y hacer lo que le diese la gana, el tiempo que se le antojara, sin sensación alguna de estar obligada a volver a casa y hacerme compañía.

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No quería que esperase veinte años, como había hecho yo, para saborear este tipo de libertad.

Además, ahora que yo misma la había recuperado, alquilando el nido familiar y creándome una nueva vida juvenil y secreta (por lo menos de cara a mi hija), no estaba dispuesta a devolverla.

—Mira, siento aquello. Ahora me doy cuenta de lo injusto que fue. Estás haciendo algo realmente increíble e intrépido, y creo que deberías aprovecharlo al máximo. —Hubo un silencio tan largo que al final, preocupada por si habíamos perdido la conexión, pregunté—: ¿Diana estás ahí?

—Estoy aquí —contestó—. Pero es que no me puedo creer que hables en serio.

—Pues sí —repuse con rotundidad—. De hecho, creo que es lógico, después de lo que te ha costado aclimatarte, que te quedes todo el tiempo que puedas.

Otra larga pausa, y entonces Diana dijo:

—¿En serio?

—Absolutamente —contesté.

Me asomé por la puerta abierta de la tienda y vi a Maggie, aún recostada en el diván, pero señalando el reloj de Dale Evans que se había comprado en una subasta y moviendo los labios con cara de desesperación.

—Oye, cariño —dije—, ahora me voy corriendo, pero que pases un maravilloso fin de semana, ¿vale?

—¿Adónde vas? —inquirió Diana.

—A una cena aquí en la ciudad.

—¿Qué tal van las cosas por ahí?

—Fenomenal —contesté, temiendo al instante haber sido demasiado fervorosa—. Te mandaré un correo electrónico. Y, de verdad, no tengas ninguna prisa por volver. La casa estará alquilada un par de meses por lo menos. Quédate todo el tiempo que quieras.

Y luego, nada más colgar, me sentí culpable porque había sonado como si no quisiera que viniese a casa. Claro que quería que viniese, me dije a mí misma, solo que aún no. Aún no.

Cuando por fin llegué, con la lengua fuera y la cara perlada después de bajar corriendo los cinco tramos de escaleras desde el apartamento de Maggie, recorrer las calles del Lower East Side hasta la parada de metro de Second Avenue y andar once manzanas por Madison Avenue hasta el

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edificio de apartamentos de Thad, Josh ya me estaba esperando, apoyado en su imponente fachada de caliza. Con aspecto adorable. Y unos tejanos rotos.

—¡Vaya! —exclamé jadeando y mirando la piel de su rodilla, que asomaba por la tela tejana.

—¡Vaya! —exclamó, reparando en los pantalones de raso negros y la blusa de encaje negro y el chaquetón de terciopelo negro que llevaba, además de una larga bufanda de terciopelo esmeralda alrededor del cuello. En los pies, en previsión de la larga carrera que me esperaba, llevaba unas botas, pero sujetaba unos zapatos de raso rojo y tacón alto abiertos por detrás en la mano derecha, una botella de champán, ahora particularmente burbujeante, en la izquierda.

—Estás guapísima —dijo—. Tal vez debería irme a casa. A ponerme un traje.

—Mmmm… —repuse.

—Solo que di todos mis trajes y corbatas a esta gente que ayuda a chicos de zonas urbanas marginadas a conseguir prácticas en empresas.

—Vaya.

—Todavía tengo el blazer azul marino que me compró mi madre cuando iba al instituto —comentó—. Podría ponérmela.

—¡Vaya!

—Pero supongo que tardaría un rato en ir a Brooklyn y volver. —¿Cuánto?

—Como… —dirigió la mirada hacia el oscuro cielo invernal, calculando— una hora y media.

—Da igual —le dije, agarrándole del brazo y de pronto deseando haber seguido el consejo de Maggie y haberme puesto tejanos—. De todos modos tampoco creo que este rollo vaya a gustarte, pero me alegra que me dijeras que vendrías.

—Yo me alegro de estar aquí contigo.

Era más alto de lo que recordaba. En el vestíbulo del edificio de Thad, mientras esperábamos el ascensor, se quitó el gorro de punto y quise pasarle los dedos por el pelo. Me sonrió, y me di cuenta de lo cortada que estaba. Hablar del tiempo parecía imposible; pensé que, si abría la boca, empezaría a revelarle mis sentimientos.

Me alivió constatar, cuando la puerta se abrió, que éramos los primeros invitados en llegar y que Lindsay, dentro de su negro habitual, se había

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puesto algo brillante y se había arreglado, y Thad no; aunque para Thad eso equivalía a llevar unas zapatillas de terciopelo con escudo en lugar de zapatos y un cárdigan de cachemir en vez de chaqueta. Pero al menos tuvo la gentileza de no hacer comentarios sobre los tejanos y la camiseta de Josh, cogió, en cambio, su chaqueta de cuero desgastado y le ofreció un martini. Sentí alivio cuando Josh aceptó y luego aún más alivió cuando Thad sonrió al oír que le especificaba sin rodeos: «con olivas y ginebra en lugar de vodka».

—Esta tontería del vodka no la he entendido nunca —le dijo Thad a Josh, ignorándome después de darme el besito de rigor en la mejilla—. Pensé que Lindsay tendría todo listo a tiempo para que las chicas se sentaran a tomar una copa con nosotros, pero por lo visto hay un follón de narices en la cocina, así que tendrás que conformarte con mi compañía hasta que lleguen los demás.

Supuse que como para Thad yo no existía, podía dejar a Josh sin problemas, tras un escueto adiós con la mano, y seguir a Lindsay hasta la cocina. Pero, en realidad, no tuve exactamente ocasión de seguirla hasta allí, porque en cuanto los chicos se perdieron de vista, me agarró del brazo y me arrastró a la diminuta habitación de acero inoxidable.

—¡Está buenísimo! —me susurró, refiriéndose presuntamente a Josh, no a Thad—. ¿Es una especie de estrella de rock?

¿Por qué pensaría que era una estrella de rock? Pero más importante que eso, ¿por qué había desechos por toda la cocina? Había bolsas de supermercado esparcidas por las encimeras desbordantes de comida. Una docena de platillos diminutos contenían una docena de diminutas montañas de cosas picadas: cebollas, champiñones, perejil… ¿Y por qué daba la impresión de que no había nada en proceso de cocción propiamente dicho?

—¿Qué tal por aquí? —pregunté.

—¡Genial! —exclamó encantada—. Supongo… Bueno, creía que lo tenía todo bajo control. —Echó un vistazo a la cocina, dando la impresión de que por primera vez reparaba en el revoltijo de comida por cocinar—. Aunque ya no estoy segura…

Y entonces se puso a llorar. Me dejó atónita ver a Lindsay, que siempre había dado la impresión de que tenía un control absoluto de todo, desde su trabajo y su relación hasta su vello púbico, desmoronarse tan abrupta y estrepitosamente.

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—Chsss… —la tranquilicé, acercándome, incómoda al principio, pero luego abrazando a la joven, como había hecho un sinfín de veces con Diana—. Todo irá bien.

—No puedo hacerlo —sollozó Lindsay—. Es un desastre. Thad me dejará.

Ojalá fuese tan fácil, pensé, pero lo que dije fue:

—No seas tonta, cariño. Yo te ayudaré. ¿Qué tenemos que hacer? Lindsay miró angustiada a su alrededor, como un caballo de carreras al

que le entra pánico al verse en la puerta de salida.

—No lo sé —se lamentó—. ¡Todo!

—Tú tranquila —le dije— que le cena estará en la mesa en un periquete. Pero lo primero es lo primero.

Me escapé un momento de la cocina enana y pillé la botella de Bombay Sapphire que Thad se había dejado abierta en el antiguo aparador de su comedor, deteniéndome un segundo para maravillarme ante el hecho de que tuviese un comedor. Seguramente le parecía más esencial que una cocina. Sirviendo una cantidad módica en cada una de las dos copas de cristal, volví a la cocina y le pasé una a Lindsay.

—¿Qué es esto? —preguntó.

—Coraje —contesté, alzando su copa a modo de brindis—. Valor.

Ahora, bébetelo de un trago.

Oí que Lindsay escupía al notar la ginebra en la lengua, pero yo no tuve ningún problema en deglutir mi trago. Su sabor me recordó tanto a otras mil cenas en mi casa de las afueras que era casi como la poción mágica que volvería a transformarme en la Superamadecasa.

—Muy bien —dije, advirtiendo con satisfacción que Lindsay también había conseguido apurar su copa—. ¿Qué vamos a cenar?

—Ensalada césar. ¡Oh, mierda! He olvidado hacer los picatostes. Y pasta. La pasta que sea con un montón de verdura picada. La receta está en la encimera de ahí, debajo de las bolsas, por alguna parte.

Me agobió incluso a mí ver ese desbarajuste de ingredientes.

—¿No te has planteado hacer un asado? —le pregunté.

Lindsay parecía horrorizada.

—¡No, no! —repuso—. Puede que a Thad le hubiese gustado, pero yo soy vegana. Y esta noche vienen por lo menos un vegetariano más, una persona que no toma lácteos y otra que come cosas crudas, aunque vendrá cenada.

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Llamaron al timbre y Lindsay volvió a entrar en modo pánico. —Tendrías que estar ahí fuera con como-se-llame, tu estrella de rock

—dijo Lindsay—. Soy yo la que tengo que ocuparme de esto.

—Bobadas —repliqué—. Tú eres la anfitriona. Tu misión no es ser camarera ni chef, es hacer que tus invitados estén a gusto.

Lindsay parecía extrañada, aunque dudosa todavía.

—En serio —la tranquilicé—. Venga, vamos a preparar unos entrantes. ¿Tienes queso? Estupendo, el que no come lácteos que no tome y ya está. Ten, echa unas nueces en este cuenco. Vale, ahora llévate esto y saluda a todo el mundo, y, hagas lo que hagas, actúa como si todo fuese bien.

—¿Qué digo si Thad me pregunta cuándo estará lista la cena?

—Haz como que no lo has oído y proponle que le sirva otra copa a todo el mundo.

—Pero en un artículo que leí en Bon Appétit ponía… —empezó Lindsay.

—Tú hazlo.

En cuanto se largó de la cocina, me puse manos a la obra y vacié las bolsas, alineé los ingredientes, troceé lechuga y puse a hervir una olla grande de agua. No tenía por qué tardar mucho rato, siempre y cuando lo tuviese todo organizado. Cuando vivía en Homewood, organizaba fiestas de cien personas tres o cuatro veces al año y adquirí tal práctica que era capaz de montar un sarao en menos de veinticuatro horas.

Cuando Lindsay volvió, los ingredientes estaban alineados a lo largo de la pared de los fogones por orden de cocción, las encimeras estaban despejadas y limpias, la lechuga estaba lavada y, envuelta en toallitas de papel de cocina, colocada en una ensaladera, y había tres enormes dientes de ajo macerando, aplastados y cubiertos de sal kosher, en un baño de aceite de oliva para el aliño de la ensalada césar.

—¿Cómo lo has hecho? —preguntó boquiabierta.

—Ordenando un poco nada más. Lo único que no he sabido encontrar es el postre.

—¡Oh, no! —exclamó—. Sabía que me dejaba algo.

—No te preocupes. Llamaremos a esa tienda gourmet de la esquina y les diremos que manden ocho cajas de magdalenas Hostess de chocolate rellenas de vainilla. A todo el mundo le gustarán. ¿Qué tal por ahí fuera?

—Genial. —Lindsay sonrió—. Thad ya va por su tercer martini y Josh dice que todo huele de maravilla.

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Me eché a reír.

—El poder de la sugestión. Vale, a trabajar.

No me había dado cuenta de lo mucho que había echado esto de menos desde que Gary se fue. Había intentado organizar un par de cenas por mi cuenta en Homewood, pero al parecer a todos nuestros invitados habituales les había violentado venir a una cena sin Gary, aunque cuando él estaba lo único que hacía era presidir la mesa con cara de preferir estar viendo la tele.

Pero a mí me encantaba cocinar, recordé mientras cortaba y salteaba y removía, sobre todo cocinar para mucha gente, con un tiempo límite, con el sonido de las carcajadas llegando de la sala de al lado.

—¿Dónde has aprendido a cocinar así? —preguntó Lindsay mientras corría de aquí para allá haciendo de pinche.

—Sé que parecerá difícil de creer —dije, sin dejar que viera mi sonrisa —, pero aprendí a cocinar en Nueva Jersey.

Cuando el trabajo estaba llegando a su punto culminante, envié a Lindsay a poner la mesa y disfruté de los últimos momentos a solas en la cocina, mezclando la ensalada y dorando el pan en el horno hasta que el aroma del ajo y la mantequilla calientes me hizo perder el sentido.

—Ahora sí que huele de miedo.

Josh estaba en la puerta de la cocina.

Le lancé una sonrisa.

—El ingrediente secreto es siempre el ajo.

—Me lo comeré si tú te lo comes —anunció.

—Tienes que comértelo porque yo ya lo he hecho.

—Déjame probar —dijo, acercándose a mí.

Y entonces, antes de que pudiera reaccionar ya estaban sus labios sobre los míos, la punta de su lengua asomando para saborearme.

—Mmmm… —dijo—. Delicioso, no hay duda.

Mi cuerpo entero ardió. ¡Oh, Dios, el momento ideal para tener mi primer sofoco!

—Ve a decirle a tu colega Thad que es hora de sentarse.

Si a Lindsay le preocupaba que su novio pusiera en entredicho su participación en la preparación de la cena, podría habérselo ahorrado, porque le dio tan poca importancia a la aparición de la comida como si cada noche saliese de sus fogones lista para comer. El resto de invitados se

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deshizo en elogios por lo deliciosa que estaba y yo me empeñé en concederle a Lindsay todo el mérito.

Thad no paró de hablar en la mesa, ignorándome no solo a mí, sino a todas las demás mujeres que había allí, dirigiendo sus comentarios a los hombres, especialmente a Josh. Pero él procuró redirigir cada una de las preguntas y observaciones de Thad hacia una de las mujeres de la mesa. «No lo sé», decía. «Lindsay, ¿tú qué opinas de la decisión del Tribunal Supremo?» O Alice, o Liz o Sarah, las otras dos mujeres que había allí. «Interesante, Thad. Me gustaría oír la opinión de Alice al respecto.»

Incluso intentó ayudarnos a Lindsay y a mí a recoger la mesa cuando acabamos de cenar, pero Thad lo frenó; de hecho, pensé que impediría físicamente que la mano de Josh alcanzase una cucharilla sucia. Me encontré defendiendo a Thad, esperaba que por última vez en mi vida.

—Tranquilo —le dije a Josh—. Voy un momento a echarle una mano a Lindsay y luego nos vamos.

Pero después de un repaso a la mesa, me di cuenta de que estaba trabajando sola. Al bordearla para recoger las últimas copas de vino oí a Thad dándole a la sinhueso en el salón y vislumbré a Lindsay sentada en su regazo.

Pensaba ponerme un delantal y empezar a llenar el lavavajillas, pero entonces me dije: «¡Y un cuerno! Deja de hacer de mamá. Los platos puede recogerlos cualquiera. Incluso Thad».

Entré en el salón y puse una mano en el hombro de Josh.

—Tenemos que irnos —anuncié.

Thad levantó la vista sorprendido.

—Estaba acabando de contar una anécdota de mi época de editor del Crimson —comentó, dispuesto a reanudar su discurso.

—Perdón —se excusó Josh, levantándose y rodeándome con un brazo al tiempo que tendía la mano derecha—. Una velada fantástica. Gracias.

¡Dios, qué sutil era! Si alguna vez quería deshacerse de mí, cortaría las ataduras antes incluso de que yo viese el destello del cuchillo.

Fuera en la calle, Josh metió las manos en mi abrigo y me acercó a él. Primero me puse nerviosa pensando en lo que me había parecido que nos librara con tanta maña de las garras de Thad. Luego me puse nerviosa al pensar en lo que nos depararía la noche. Y luego por fin me relajé contra él, descansando la cabeza en su pecho, sin saber si lo que oía eran los latidos de su corazón o el mío.

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Cuando finalmente le miré a los ojos, dijo: —Gracias por presentarme a tus amigos. —Thad no es amigo mío. Josh se rio.

—Miedo me daría volverme como él.

—Si no os parecéis en nada.

—Ya, pero podría pasar perfectamente. A la que te descuidas te conviertes en un plasta y un imbécil.

Tenía razón. Eso le había pasado a Gary. Gary no siempre había sido un endodoncista con una cintura de 96,5 centímetros. Había sido un poeta, esbelto y romántico; pero era mucho más fácil ser un poeta esbelto y romántico a los veintidós que a los cuarenta y cuatro.

Sentada en el metro junto a Josh, apresurándome por las oscuras calles con él, mi mano metida en su bolsillo, pude percibir su energía, pero también su inseguridad. Era más la inseguridad que la confianza en sí mismo, me pareció, lo que le había empujado a ir a la escuela de negocios y a comprometerse cuando afirmaba no haber querido nunca esos símbolos tradicionales. Su faceta convencional, ahora oculta pero aun así en alguna parte de su persona, me asustaba más que el aficionado a los videojuegos con zapatillas de deporte; al igual que me daba más miedo el ama de casa que yo llevaba dentro que la chica joven por la que me hacía pasar.

Era el ama de casa que llevaba dentro la que amenazó con traicionarme cuando entré detrás de Josh en la calurosa y abarrotada discoteca. Había mucho ruido allí dentro, más ruido del que había oído en toda mi vida. Y la música era insufrible, todo graznidos, chillidos y un aporreo arrítmico. Quise, mi ama de casa interior lo quiso, taparme las orejas con las manos y gritar: «¡Parad de hacer ruido!»

Pero Josh, cuyo brazo izquierdo estaba estirado hacia atrás para poder seguir dándome la mano incluso mientras se abría paso hacia el escenario, daba cabezadas al compás de la música, al parecer, como el resto de la sala. La mayoría de esa gente tendría más o menos la edad de Lindsay y Thad y los demás invitados de la cena, pero era como si este montón de gente joven perteneciese a otra era. Llevaban greñas o la cabeza afeitada, pírsines en la nariz y el cuello tatuado. Las chicas llevaban pantalones enormes o faldas diminutas (o a veces ambas cosas), y camisetas que eran la mínima expresión, muy cortas y rasgadas sobre el pecho. Los chicos

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parecía que se hubiesen bajado de una pasarela o hubiesen salido de debajo de un coche.

Noté un golpe por la izquierda y me sorprendió ver a una pareja bailando allí, o más bien magreándose sin tocarse: la chica delante de espaldas al chico y meneando el trasero. El chico embistió contra ella por detrás y dio la impresión de que iba a correrse de un momento a otro. Me pegué a Josh.

—¿Estás bien? —me preguntó volviendo la cabeza.

Asentí, pensando lo predispuesto que este hombre parecía a mostrar consideración. Había sido muy generoso por su parte felicitar a Lindsay por la comida y no sonreír con afectación a Thad, ni una sola vez.

—¿Quieres bailar? —me gritó en la oreja.

Me apresuré a decir que no con la cabeza. No parecía la clase de chico que simularía un coito conmigo en un lugar público, pero no estaba dispuesta a jugármela.

Josh se giró para ver al grupo musical y poco después noté que alguien me daba unos golpecitos en el otro hombro.

—¿Eeeee? —me dijo una chica junto a mi oreja.

—¿Qué?

Puso cara de desconcierto momentáneo, pero entonces decidió claramente cambiar de táctica.

—¿Exxxxxxxxxxx? —inquirió.

Fruncí el rostro y meneé la cabeza, que en lenguaje universal quería decir: «No sé de qué diantres me estás hablando». La chica abrió la palma de la mano y me puso debajo de la nariz lo que parecía un puñado de botones en miniatura de cara sonriente.

—¡Éxtasis! —dijo.

Solté un grito.

—¡Oh, no! —exclamé—. No, gracias.

Me sentí muy convencional, muy fuera de lugar, muy mayor, pero al mismo tiempo entendí que nunca encajaría allí, tuviese la edad que tuviese. Siempre había sido esa chica que se acurrucaba en el asiento de la ventana a leer sobre la Inglaterra del siglo XIX, mientras que alrededor la gente se colocaba y ponía la música a todo volumen y bailaba como loca.

—Tengo que irme —dije de pronto.

Si esto hubiese sido realmente la época de la facultad, si él hubiese sido un chico con el que hubiera estado saliendo entonces, habría

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aguantado el concierto, hasta habría fingido disfrutarlo. Pero pese a los buenos modales de Josh en la cena, pese al cariño sincero que sentía por él y mi profundo deseo de hundir la mejilla en uno de sus anchísimos hombros, la verdad era que no podía seguir con esto.

Me miró, sorprendido, y empezó a protestar.

—Lo siento —grité, alejándome ya—. Tengo que irme.

¿Adónde iba exactamente? ¿Y por qué? Dudaba de todo, salvo de mi necesidad de huir del lugar. Era como si me hubiese zambullido en un océano que me había parecido divertido y emocionante desde la orilla, pero me hubiesen arrollado unas olas que de cerca resultaran ser demasiado peligrosas para mí. No podía pensar en nada más que volver a la arena.

Hasta que salí a la calle y respiré bocanadas de aire limpio y me puse a buscar un taxi no me di cuenta de que Josh me había seguido, de que ahora incluso estaba sonriéndome y a punto de decirme algo mientras alargaba la mano para sujetarme del brazo.

Me agarraba con la fuerza perfecta, ni demasiada, lo que no habría hecho más que apartarme de él, ni demasiado poca. Tal vez si estuviéramos en una isla desierta, quise decir, y no tuviéramos que lidiar con el mundo que nos rodeaba, podríamos estar juntos. Tal vez si no estuviera tan decidida, después de todos estos años, a rehacer mi vida exactamente como quería, podríamos encontrar un punto medio. Tal vez si no me diese tanto miedo desvelar mi verdadero yo, a lo mejor podría acercarme.

—Me gustas mucho, Josh —dije, atreviéndome a tocarle el brazo, lo que en sí casi me destrozó.

A él se le borró la sonrisa.

—¿Por qué detecto un «pero» al final de esa frase?

Naturalmente que había un pero. Muchos peros. Pero eres demasiado joven para mí. Pero soy demasiado mayor para ti. Pero es imposible que podamos encontrar nunca un punto medio.

—Pero esto no va conmigo —dije, gesticulando hacia el edificio, la gente apiñada en la acera a nuestro alrededor…; todo aquello.

—Yo no suelo ir a estos sitios, Alice —dijo mientras intentaba atraerme de nuevo hacia sí.

Parte de mí, una parte mayor de lo que quería reconocer, ansiaba derretirse en su abrazo, desprenderse del control que tanto me estaba

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costando mantener. Pero no podía permitírmelo. No podía perder el control. Tenía que ser leal a mi nuevo yo, a mi determinación de hacer las cosas de un modo distinto a como las había hecho siempre.

Me di la vuelta y, sin decir nada más, corrí a perderme por las oscuras calles del centro de Manhattan, sola y (ni siquiera caí en la cuenta hasta llegar prácticamente a casa de Maggie) sin ningún temor.

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—¿Por qué huiste? —me preguntó Maggie.

Estábamos en la inmensa tienda ABC Home, donde ella iba a comprar un espejo. No demasiado grande: para eso ya estaba su espejo de madrastra malvada de Blancanieves. Y no demasiado pequeño: necesitaba suficiente superficie reflectante para llevar a término su propósito.

Lo que estaba buscando era un espejo bonito para colgar en la pared que quedaba frente a la puerta principal del loft. La razón: que Maggie, la escéptica, la desconfiada, le había consultado a un experto en feng shui para redistribuir su loft a fin de maximizar la fortuna de su bebé. Yo más bien esperaba que el tipo del feng shui declarara que había que sacar mi tienda roja, pero au contraire su ubicación y color le parecieron de lo más auspicioso. Su sugerencia más apremiante fue colocar un espejo frente a la puerta para que todo chi malo rebotara hacia el recibidor.

Sin embargo, para Maggie semejante compra podía suponer horas, días, hasta meses de búsqueda del artículo perfecto. Tenía su lógica que una persona que había vivido en el mismo sitio durante veinte años y había logrado acumular únicamente dos muebles fuese bastante selectiva.

—No lo sé —contesté, levantando un espejo cuadrado de marco de plata martillado y enseñándoselo a Maggie, que puso cara de haber probado un detergente de limpieza—. No es mi tipo.

—Creía que te gustaba de verdad —repuso Maggie. Sus ojos no estaban posados en mí, sino en el tremendo revoltijo de colorida mercancía que íbamos viendo mientras deambulábamos por la tienda—. Pensaba que el único problema era que es joven.

—Pero es un gran obstáculo —dije—. No sé, es que su edad digamos que determina el resto de su persona: sus gustos, sus valores, cómo le gusta pasar el tiempo…

Maggie se detuvo y entonces me miró directamente a los ojos.

—¿No te parece que eso es un poco hipócrita? —dijo con los brazos en jarras.

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Volvía a llevar su abrigo negro estilo saco de dormir y en esa postura, con los brazos en jarras y las piernas separadas, bloqueaba todo el pasillo, en actitud intimidatoria como Úrsula, la bruja del mar de La Sirenita. Temerosa de que en cualquier momento pudiera lanzarme sus anguilas eléctricas, lo único que pude hacer fue decir entrecortadamente que no sabía muy bien a qué se refería.

—¡Le estás rechazando por su edad! —bramó, agitando sus brazos rellenitos, que amenazaron con tirar al suelo unos candelabros de hierro, unas almohadas de seda shantung y unas arañas venecianas—. Es justo lo que detestabas que la gente te hiciera.

Solté un gran suspiro y hundí los hombros.

—Tienes razón —dije.

Maggie dejó caer los brazos y se alisó el frontal del abrigo.

—Ya lo creo que sí. Pensaba que lo importante era el interior. Pensaba que lo que pasaba era que la edad no dejaba ver a las personas sus cualidades reales y esenciales mutuas. Pensaba que intentábamos estar por encima de todo eso y triunfar sobre los prejuicios de la edad.

¿Qué iba a decir? Todo era cierto.

—Supongo que soy la principal culpable —reconocí al final. —Supongo que sí —remachó Maggie—. A lo mejor por eso te

importaba tanto la edad.

Mis hombros se hundieron aún más, de modo que ahora mi cabeza colgaba hacia el suelo y me quedé mirando fijamente las punteras de mis nuevas zapatillas de deporte rojas.

—Tienes razón —repetí—. Soy lo peor. Debería olvidarme de toda esta historia.

—¡Bah! No seas ridícula —dijo Maggie reanudando su búsqueda de un espejo tan precipitadamente que por poco me caí mientras procuraba reponerme para correr tras ella—. Lo has hecho muy bien —estaba diciendo cuando al fin conseguí darle alcance—. No ha pasado más que un mes y tienes trabajo, una amiga, ¡hasta novio! Ahora solo tienes que dejar de tener miedo de sacarle partido.

—No tengo miedo.

Frenó en seco. Si hubiéramos sido coches, le habría dado por detrás. —Entonces dime una cosa, ¿por qué anoche no te acostaste con ese

guaperas?

Me reí nerviosa.

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—Ya te lo he dicho —contesté—. Al margen del tema de la edad, no es mi tipo. Va como desaliñado, le gusta una música horrible y tiene este sueño totalmente irrealizable de ser diseñador de videojuegos…, entre otras cosas. No puedo tomármelo en serio.

—¡Buf! —exclamó Maggie—. ¿Quieres la Más Pura Verdad?

Como si no me la hubiese dicho ya. Como si fuese siquiera a esperar mi respuesta.

—Parece totalmente tu tipo. De hecho, parece un calco de Gary.

De Gary de joven. El Gary del que te enamoraste.

Aquella imagen me golpeó con la fuerza de un armario paquistaní (ahora estábamos rodeadas de ellos, rojos y verdes) cayendo sobre mi espalda. Una vez más, me gustase o no, Maggie tenía razón. Josh se parecía un poco al Gary por el que había suspirado en las calles de Londres, el Gary que había elevado mi alma además de mi cuerpo.

—Asimismo —continuó Maggie, usando la palabra quizá por primera vez en su vida—, creo que precisamente por eso huiste anoche de Josh. Creo que te lo tomas demasiado en serio y eso te descoloca totalmente. Te da miedo enamorarte de ese chico.

—Eso es absurdo —protesté, pero sentí el corazón latiendo con fuerza

—. La primera vez que lo vi me dijo que no quería una relación larga.

De nuevo se detuvo y me miró detenidamente, como si estuviese

intentando diagnosticar una enfermedad de la piel. Pero me dio miedo que viese más allá de eso, así que me cubrí las mejillas con las manos, como si así fuese a evitar que me calase las intenciones.

—Pues a lo mejor lo que te preocupa es eso —señaló Maggie—. Te atrae poderosamente, te gusta de verdad y te preocupa que te rechace. Temes arriesgarte a dar el paso, por mucho que quieras darlo.

De repente su foco de atención cambió y alzó la vista, por encima de mí, hacia cierto punto a la derecha y sobre mi cabeza, como si estuviera escuchando la voz de un ángel que se le hubiese aparecido en las alturas.

—Espera un momento —dijo, apartándome de un codazo y poniéndose de puntillas para alcanzar algo.

—Ten cuidado —repliqué, pensando en el bebé del tamaño de una judía que podía estar eclosionando en su interior.

Al oír mis palabras se protegió el abdomen con una mano y agarró un espejo redondo, del tamaño de un plato llano, rodeado de un marco rojo

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con un centenar de espejos más pequeños incrustados, que refulgían como estrellas.

—Lo tengo —dijo Maggie, sonriendo de oreja a oreja al contemplarse en el espejo—. Ya me siento más afortunada.

—Entonces, ¿crees que te casarás con él? —me preguntó Lindsay. Estábamos sentadas en su cubículo, adonde yo había ido para darle las

gracias por la cena, aunque de lo que realmente quería hablar era de trabajo. Quería saber lo que opinaba de una idea que se me había ocurrido para comercializar el sello de clásicos, ver si me apoyaría desde el departamento editorial y cómo creía que tenía que vendérselo a Teri. Tal como había descubierto en el poco tiempo que llevaba trabajando con ella, Lindsay era brillante para todo lo que tenía que ver con la actividad editorial. El truco estaba en conseguir que hablase de ello.

—No me veo casándome —contesté.

No le había contado que había huido de Josh nada más salir de la discoteca. Ya le había dado vueltas con Maggie al incidente y de todos modos no podía contarle a Lindsay la verdadera razón de mis recelos. Además, temía que si pensaba que no estaba saliendo con Josh, perseverara en su intento de juntarme con Porter Swift.

—¿Por qué no? —insistió.

—En este momento casarme no es mi prioridad. Oye, ¿qué te parece la idea de que novelistas contemporáneas escriban prólogos nuevos para el sello de clásicos?

—No desviarás mi atención tan fácilmente —dijo Lindsay sonriendo

—. Venga, que quiero conocer la historia. Es uno de esos chicos a los que les aterra el compromiso, ¿verdad? Thad es así. Seguro que estás haciendo lo mismo que yo: tomártelo con calma, porque temes que salga corriendo si se entera de que quieres casarte.

—Pero ¡es que no quiero casarme! ¡Quiero trabajar! ¡Quiero hacer bien mi trabajo!

—Lo harás bien —repuso Lindsay, sacudiendo su suave mano pálida como si el éxito fuese algo que se pudiese atraer a voluntad por arte de magia—. Tienes muchas ideas estupendas. Como la que acabas de decir.

—¿Y me ayudarías? ¿Preguntarías a algunas de tus autoras si querrían hacerlo?

—Pues claro que sí —contestó, anotando en su agenda que tenía que llamar a dos reputadas autoras que yo ya tenía en mi lista íntima de deseos.

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Luego soltó el bolígrafo y me miró a los ojos—. Ahora cuéntame por qué no quieres casarte con Josh.

—No quiero casarme con nadie.

Aquello la dejó momentáneamente muda y se puso a girar de un lado al otro su enorme silla tapizada de negro, que engullía su cuerpecito ataviado de negro.

—Bueno, a lo mejor hoy no —dijo al fin—, pero es algo que pronto tendrás que plantearte en serio si quieres tener hijos. Me parece que para mí ya es casi demasiado tarde.

Intuí que había hablado sin la menor ironía, pero no pude evitar reírme entre dientes.

—¡Venga ya, Lindsay! —exclamé—. Tienes tiempo de sobra.

—No, no lo tenemos —repuso ella, sin siquiera esbozar una sonrisa—. Supongo que me quedan diez años, como mucho, para casarme, vivir un tiempo con mi marido y tener a todos mis hijos. Y eso si todo el plan empezara a ejecutarse ya mismo.

Lindsay me largó un informe detallado de los cálculos de su futuro reproductor como si se tratase de una pregunta extra del examen de selectividad de la vida. Incluso aunque por algún milagro Thad le pidiera la mano mañana, dijo, necesitaría como mínimo un año para organizar la boda, luego otro año para pasarlo a sus anchas antes de quedarse embarazada, después otro año, si todo iba sobre ruedas, para concebir y dar a luz al primer hijo, luego un margen de dos o tres años antes del segundo…

—¿Y qué me dices de tu carrera? —le interrumpí—. ¿De disfrutar de la juventud?

—No tenemos tiempo para ser jóvenes —contestó.

—Habla por ti misma —le dije—. ¿Por qué estás tan segura de que Thad es el hombre de tu vida?

Especialmente cuando a mí me parecía tan evidente que no lo era. —Tiene un buen trabajo —respondió, esquivando mi mirada por

primera vez, abriendo el primer cajón y sacando un bolígrafo que se puso a mordisquear—. Gana un dineral. Y cuidaría bien de mí.

—A mí me da la impresión de que te apañas muy bien tú sola — comenté con delicadeza.

—Sí, porque no me queda otra, pero eso no quiere decir que siempre vaya a querer hacerlo. Desde luego cuando tenga hijos me apetecerá dejar

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de trabajar un tiempo.

De pronto el aire del cubículo de Lindsay pareció enfriarse diez grados. La sentí antes de verla; se me erizó el vello de la nuca.

—Veo que estáis de cháchara —dijo Teri Jordan a mis espaldas. Notando que la cara me ardía como si hubiese hecho algo malo, me

volví y dije, con toda la naturalidad y convicción que pude:

—¡Ah, hola, Teri! Estaba preguntándole a Lindsay lo que opina de una idea nueva que se me ha ocurrido para el sello de clásicos.

—El sello de clásicos, ¿eh? —dijo—. Pues he oído no sé qué de tomarse un tiempo después de tener hijos.

—Lo he dicho yo —intervino Lindsay—. Es algo que me gustaría hacer.

—Un gran error —le espetó Teri—. Todas estas jovencitas se creen que pueden estar unos años sin trabajar y luego volver a subirse al tiovivo como si nada, pero la cosa no va así. Cuando intentas retomar tu carrera, suele ser demasiado tarde.

Tenía que reconocer que tenía razón. Pero antes de poder decir que estaba de acuerdo con ella, Lindsay empezó a hablar otra vez.

—No es nada personal, Teri, pero no quiero estar en un despacho pudiendo estar en casa con mi bebé —comentó Lindsay—. Cuando vaya al colegio, perfecto, entonces quizá me buscaría algo de media jornada, algo flexible.

—Pero si dejas de trabajar, no tendrás antigüedad para pedir flexibilidad —insistió Teri—. Y cuando tus hijos sean mayores, me refiero a cuando vayan a secundaria y bachillerato, cuando no necesiten canguros, pero estén en la edad de meterse en líos de drogas y sexo, entonces es cuando de verdad querrás poder trabajar esporádicamente desde casa.

—Las cosas han cambiado —replicó Lindsay—. Ahora las mujeres tienen más opciones.

Teri arqueó sus cejas exageradamente depiladas.

—Sí y no. En teoría han cambiado, pero en la práctica tengo mucha experiencia en esto y he visto a un montón de mujeres afrontar las realidades que supone intentar conciliar la familia y el trabajo, y sé que sigue siendo realmente complicado.

Tener esa conversación con aquellas dos mujeres y estar tan a favor de Teri la verdad es que me estaba perturbando.

Lindsay se disponía a decir algo y tras vacilar un instante habló.

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—Agradezco que mujeres más mayores, como tú, nos hayan abierto puertas —dijo por fin—, pero creo que mi caso será diferente.

Puede que Teri Jordan fuese una arpía, pero no era tonta. Puso punto en boca y se volvió hacia mí impasible.

—Tienes trabajo esperándote encima de la mesa —dijo.

Me levanté, pero esperé a que se fuera. No es que creyera que tenía que defender el honor de mi jefa, pero no podía pasar por alto el último comentario de Lindsay.

—No creo que sea tan diferente —manifesté—. Incluso con todo lo que ha llovido, no sé si yo podría compaginar la maternidad con una carrera profesional.

—Pues yo creo que sí que podría —opuso ella—. Si fuese lo que quiero.

—A lo mejor ese es el verdadero problema. ¿Qué esperas de la vida? —Lo espero todo —se limitó a decir Lindsay, mirándome fijamente

con esos ojos cristalinos.

Como tenía que ser, pensé. A su edad, me refiero a cuando de verdad tenía su edad, yo hubiese esbozado mi futuro prácticamente como acababa de hacer ella, hubiese contemplado la misma visión diáfana de mis posibilidades. De hecho, hablar con Lindsay me resultaba perturbador no tanto porque veía las cosas de otra manera, sino porque las veía casi como las había visto yo en su día.

—Entonces estoy convencida de que lo conseguirás —dije, dándole unas palmaditas en la mano y empezando a alejarme—. Yo me limitaré a intentar hacer una cosa detrás de otra.

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Él me llamó. Luego le llamé yo. Después me volvió a llamar. En cada ocasión lo que empezaba como un breve diálogo se convertía en una larga conversación. Me llevaba el teléfono bajo las sábanas de mi tienda roja. Le susurraba desde el almacén del despacho. Era como estar de nuevo en secundaria, cuando descubrí por primera vez el teléfono y no quería colgar nunca.

Me resultaba más fácil abrirme a él cuando nada más tenía que hacer frente a su voz, cuando no intervenían la realidad física de su persona y su edad. Y cuando yo misma era una simple voz, lo que de algún modo parecía una versión de mí más auténtica, más intemporal.

Me hubiese conformado con que toda nuestra relación fuese telefónica, pero, inevitablemente, él quería que nos viéramos. Propuso un sitio, pero me dio miedo que nuestro romance embrionario no sobreviviese a otra noche de bailarines magreándose o algo similar. Me ofrecí a cocinar para él. Aquella noche en casa de Lindsay había reavivado mis instintos culinarios y sabía que cocinar por lo menos me relajaría.

Me aseguró que el piso que tenía subarrendado en Brooklyn contaba con una cocina decente y un equipo completo, a su juicio, de ollas y sartenes, si bien nunca se había atrevido a preparar nada más sofisticado que unos raviolis congelados.

Salí a comprar el sábado a mediodía; Josh no me esperaba hasta al cabo de seis horas. La ciudad parecía en silencio, y el hielo se había fundido completamente y la temperatura había aumentado un poco. Mi percepción temporal interna ya no se regía por el ritmo del calendario escolar, aunque caí en la cuenta de que empezaba la Semana del Presidente, unos días en que siempre habíamos hecho un viaje familiar. Pero, indefectiblemente, si íbamos a esquiar hacía tanto calor que la nieve se había vuelto barro, y si íbamos al sur el clima era igual de frío que en casa.

Ya no era mi casa, me dije con rotundidad, al menos no de momento. De hecho, en el barrio del Lower East Side de Maggie estaba empezando a

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sentirme más a gusto de lo que jamás me imaginé. Había adquirido mis pequeños hábitos matutinos y vespertinos, y había hecho migas con un agradable grupo de tenderos y empleados de restaurante con los que charlaba: el albanés alto que empezaba a prepararme el capuchino con leche desnatada, sin canela, dos minutos antes de que normalmente entrase cada mañana por la puerta de su cafetería, el dependiente de la tienda Katz de delicatessen, que sabía exactamente cómo cortar el sándwich de pastrami que en ocasiones me daba como capricho, la mujer diminuta eternamente atareada del puesto de verdura y la camarera del restaurante al que habíamos ido en fin de año, que acababa de conseguir un papel en un anuncio de tampones.

Hoy cabía la posibilidad de ampliar mi abanico. Me paré en la anticuada carnicería que siempre estaba cerrada a la hora en que yo volvía del despacho, como si no quisiera tener trato con mujeres trabajadoras. Pero hoy el hombre atento que había detrás del mostrador habló conmigo largamente de mis varias opciones de asado (Josh me había asegurado que se comería encantado cualquier cosa que me apeteciese cocinar) y luego cortó meticulosamente la grasa de la pata de cordero que me había ayudado a elegir. En la panadería china compré dos bollos de cerdo asado y en la siguiente manzana, en la panadería italiana, no pude contenerme y compré una deliciosa barra de pan de sémola, tan caliente y crujiente y olorosa que partí un trozo y lo saboreé mientras paseaba por la calle.

Las aceras estaban húmedas y el sol me calentaba la cara. Cuando Maggie se mudó al Lower East Side, todas las tiendas eran jasídicas y cerraban los sábados. Y luego durante una época, cuando el crack hizo su debut, el barrio se volvió tan peligroso que hasta andar por las calles era aterrador incluso de día. Ahora la vida callejera se había renovado por completo: bares y restaurantes estupendos, una cafetería propiedad de una estrella de rock que servía cien variedades de té, y una tienda de zapatillas de deporte que atraía a familias enteras de los suburbios y encerraba sus artículos más costosos en gruesas cajas de plexiglás, como el diamante Hope. Seguí paseando, metiendo cuanto compraba en una mochila a fin de tener las manos libres para examinar las manzanas del puesto de fruta, para sujetar un capuchino y comprarme una camisa que acabé poniéndome y con la que salí de la tienda.

Al llegar a la entrada del metro decidí de forma impulsiva subir hasta la calle Catorce para ver qué encontraba en el Union Square Greenmarket.

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Me parecía asombroso que este mercado agrícola al aire libre estuviese abierto todo el año. Si cerraba los ojos, para no ver los árboles desnudos y a los vendedores de los puestos y los compradores con sus cuellos de cisne y gruesos abrigos, casi podía imaginarme que era primavera. Compré chirivías y zanahorias para hacer un puré, manzanas y melocotones para hacer una tarta.

Cuando puse rumbo a casa de Josh en Brooklyn, mi mochila estaba llena y cargaba una bolsa en cada mano. Me había concentrado tanto en las compras que casi había olvidado por qué estaba haciendo aquello, qué podría depararme la noche; así que hasta que me acerqué a su edificio, atenta a los letreros de la calles y las direcciones, no me acordé de ponerme nerviosa.

—Sigues teniendo el control —me dijo Maggie—. Estamos en la era del sida. La gente no se acuesta en la primera cita.

—Es nuestra segunda cita —señalé—. O, contando Nochevieja y la noche que le di plantón en el bar, puede que sea la segunda cita y media. Además, también estamos en la época de Sexo en Nueva York.

—Vaya —repuso Maggie—. Tienes razón. Pues a fornicar como locos. ¿Había aducido yo acaso un argumento profornicación?, porque no había sido consciente de ello. De hecho, solo pensar en fornicar me entraban ganas de dejar la comida en la calle y salir pitando (nota para mí misma: no digas «salir pitando» si quieres que la gente crea que tienes

menos de cuarenta) hacia Nueva Jersey.

No es más que una cena, me dije, al compás de mis pies. Una simple pierna de cordero.

Josh me había contado que le subarrendaba el apartamento a un músico, por lo que no me esperaba la elegante amplitud de espacio a sus espaldas cuando abrió la puerta. Era más un loft que un apartamento, casi tan grande como el de Maggie y casi tan vacío, pero de otra manera. Todo era de líneas elegantes y moderno: un sofá marengo de brazos de acero frente a una enorme pantalla plana de televisión, una mesa de comedor rectangular negra con ruedas en las patas y en el rincón del fondo una cama lisa e inmensa como un prado, con ropa de cama suave y blanca como la nieve.

Enseguida aparté los ojos de la cama y los dirigí hacia la larga pared repleta de cosas: un equipo de grabación junto a lo que deduje que serían los ordenadores y pantallas de vídeo del propio Josh, altavoces instalados

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en las cuatro esquinas del techo y estantes cargados de miles de discos y CD.

—¿Qué tipo de música te gusta? —preguntó Josh—. Aquí hay de todo. —Mmm…, pues no lo sé —contesté—. Necesito descargar las bolsas

de comida.

Decididamente, quería evitar su pregunta. Lo cierto era que no sabía la música que se había hecho desde los años setenta o principios de los ochenta como muy tarde. Desde entonces había estado muy ocupada ejerciendo de madre, y cuando Diana había tenido edad suficiente para interesarse por la música, le compré un walkman para no tener que escucharla. Mi concepto de músico nuevo era Sting; Elvis Costello, alguien tremendamente moderno; y, mejor aún, me gustaba la música que habíamos escuchado en los bailes de bachillerato y la facultad, principalmente Motown.

Josh me llevó a la diminuta cocina de acero inoxidable, que parecía la clase de lugar donde se podría inventar una cura para el cáncer. Daba la impresión de que pocas veces había sido manchada por algo tan plebeyo como la carne cruda o unas chirivías con tierra incrustada. Dejé las bolsas y empecé a vaciar mi mochila, mirando alrededor y pensando dónde podría estar la tabla de cortar, intentando olvidar el miedo a derretirme en un charco formado por mi propia transpiración nerviosa.

—Venga —dijo, rozándome la cadera con una mano—. Bailemos.

Me reí, tontamente quizá.

—No hay música —comenté.

—No la necesitamos.

Me atrajo hacia sí, un brazo rodeando mi espalda, el otro sujetando mi mano sobre su corazón. Así bailaba la gente en las bodas, cosa que al menos sabía cómo se hacía.

—Venga —me susurró al oído—. Dime qué tipo de música te gusta.

—Martha Vandella —dije por fin—. Marvin Gaye.

Era agradable bailar en silencio. Me gustó balancearme rodeada por sus brazos, apoyando la mejilla en el suave algodón que cubría su hombro robusto.

—Ya veo. Clásicos.

Dejé de moverme. Él se rio.

—Tranquila. El tipo que me alquila la casa tiene de todo. Está ordenado cronológicamente.

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Se acercó a la estantería que contenía los CD y alargó el brazo hasta arriba de todo, cerca, supuse, del principio de los tiempos, pero no, comprobé con alivio, el principio mismo. Deduje que antes de mis clásicos habría allí unos cuantos discos de Billie Holiday y Elvis Presley.

—Aquí hay algo que creo que te gustará —dijo Josh bajando uno—.

Es uno de mis favoritos.

Era You Send Me, de Sam Cooke.

Ahora, cuando empezamos de nuevo a bailar, me agarró con más fuerza. Noté algo presionando contra mi cadera y me di cuenta de que era él, cada vez más duro. Ya no estaba pensando en la comida.

Por desgracia, en lo que pensaba era menos romántico aún. Estaba recordando al profesor visitante con el que me había acostado en Mount Holyoke, el poeta que rozaba los cincuenta cuando yo tenía apenas veinte, lo flácida que era su piel comparada con la del puñado de chicos con los que me había acostado. No sé por qué me había parecido que estaba gastado, como una camisa vieja.

Me aterró la idea de que Josh percibiese eso de mí, que descubriese, ya desnuda y en la cama con él, por el aspecto de mi piel o el roce o por mi olor, que era mayor (mucho mayor) de lo que se había imaginado.

Se sacó la camiseta.

—¡Uf…! —exclamé—. Me parece que no…

Él me miró fijamente.

—Perdona —dije—, no es por ti.

Como dicen siempre los chicos: no es por ti, es por mí. Salvo que en este caso era cierto.

La música seguía sonando, pero habíamos parado de bailar. Alargué el brazo y toqué su hombro, tan fuerte, tan duro. No pude evitar pasar la mano sobre él, por su contorno curvo como el borde de una cascada y la suavidad de su bíceps. Arrastré la mano por su pecho hasta su pezón, duro como un guijarro. Me acerqué y le besé ahí, asomando la lengua para notar la protuberancia.

Él gimió.

—Alice —dijo—, esto es… genial.

Deslicé la mano por su vientre plano, le desabroché los tejanos y le acaricié el pene.

—Para mí también lo es —repliqué.

Se apoderó de mi mano.

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—Por favor —suplicó.

Retiré la mano y la usé para bajarle los pantalones hasta las rodillas. Se los sacó. No llevaba ropa interior. La canción de Sam Cooke había finalizado y había empezado algo desconocido. Me arrodillé frente a él y me metí su pene en la boca. Era algo que no recordaba haber deseado hacer antes, pero quise hacerlo ahora. A lo mejor porque era una forma de poseerlo sin quitarme la ropa.

—¡Oh, Dios! —exclamó, hundiendo los dedos en mi cuero cabelludo y arqueando la espalda para empujar hasta mi garganta—. Quiero verte desnuda, Alice.

Paré y alcé la vista hacia él.

—Ya está bien así —dije.

—Venga —insistió tirando de mí para que me levantara—. Por favor… Me puse de pie y empezó a desabotonarme la camisa nueva, con dificultad porque los ojales estaban aún duros, deslizándola al fin por los hombros y metiendo las manos en mi sujetador para rodearme los pechos con las manos. A continuación me desabrochó los pantalones y me los bajó exactamente como había hecho yo con los suyos. Llevaba unas braguitas bikini de algodón negras que no eran nuevas. Pareció sonreír al verlas, pero entonces metió la mano por dentro y me introdujo un dedo, sin que pareciera importarle nada todo el matorral de vello púbico que

encontró ahí.

—¡Oh! —gemí.

—Sí —musitó, presionando con más insistencia—. ¡Oh!

—¡Oh!

Creí que tendría mi primer orgasmo de estimulación ajena antes incluso de iniciar el coito en sí.

—Deja que me quite la ropa —propuse.

—Lo haré yo.

Me quedé ahí como una niña, los brazos estirados a los lados mientras él me quitaba la camisa y los pantalones del todo, al tiempo que me soltaba el sujetador y me bajaba las bragas. De los recovecos de mi mente me vino el recuerdo de que me inquietaba que me viera desnuda, pero mi deseo superó de inmediato mi ansiedad.

Quedó claro enseguida que él también estaba demasiado excitado para fijarse en nada, salvo en que me tenía desnuda frente a él y que estábamos

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a punto de hacer el amor. Me tomó de la mano y me condujo hasta el reproductor de CD, que apagó, y luego hasta la enorme cama blanca.

En la cama me hizo tumbarme, succionó cada uno de mis pechos y luego entre mis piernas. Podría haber bailado al ritmo de los latidos de mi corazón. Verdaderamente, jamás me había sentido así. Hasta donde me alcanzaba la memoria, mi vida sexual con Gary había sido rutinaria y desapasionada: una comida esporádica con un colega aburrido. Los meses en cama por mis embarazos y luego los meses para recuperarme de esas pérdidas, los años en casa con una niña pequeña y luego una adolescente curiosa; todo aquello había pasado factura. Y anteriormente, con Gary y con los pocos amantes que había tenido en la facultad, el problema había sido exclusivamente mío. Recordaba la emoción de los besos, la excitación al desvestirnos y luego perder el interés cuando la cosa no trascendía de determinado punto; esperar a que él se corriera y tener la sensación de que yo no lo haría jamás.

Ahora la excitación me superaba, por lo que perdí toda noción de mi persona y de lo que estábamos haciendo. ¿Josh me parecía tan distinto porque no era Gary o porque era joven y muy fuerte, muy apasionado? ¿Qué más daba? Era emocionante que me sintiera tan fuerte como él y mucho más apasionada. Tanto ejercicio (había ido a más clases de Krav Maga con Lindsay y había vuelto al gimnasio a correr en la cinta y levantar pesas) avivaba ahora mi energía y me pareció que podría aguantar toda la noche. En un momento dado dio la impresión de que iba a correrse, pero eso apenas aminoró su ritmo. Se tumbó boca arriba con los ojos cerrados mientras yo me movía lentamente encima de él y luego volvió a la carga.

Después tuve ganas de hablar con alguien. ¿A ti te pasa esto?, quería preguntar. Pensé en todas las mujeres que había conocido, mis viejas amigas de Homewood, Elaine y Lori, mis vecinas y las madres de las amigas de Diana, hasta en Maggie, y en Lindsay incluso, y no me podía creer que el sexo les hiciera sentir así; de lo contrario, estarían todo el día practicándolo. Pillarían a un hombre (o mujer, en el caso de Maggie) por la calle y lo harían cada vez que pudieran.

Aunque a lo mejor me sentía así porque llevaba mucho tiempo sin hacerlo. Porque, pensé con una carcajada, llevaba una eternidad. Era una virgen de cuarenta y cuatro años, pensé. Una virgen de cuarenta y cuatro años que se sabía toda la técnica de memoria.

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—Ha sido impresionante —dijo Josh.

Lo miré sorprendida. Casi había olvidado que estaba allí.

—¿En serio? —repuse—. ¿Tú también lo crees?

—Claro que sí. —Sonrió, girándose de lado y deslizando suavemente las yemas de los dedos por mi torso—. Eres increíble.

—¿Yo? —pregunté.

Él asintió con solemnidad.

—Se nota que disfrutas con el sexo.

—Como todo el mundo, ¿no? —pregunté, queriendo decir en realidad: como todas las chicas jóvenes. Porque yo creía que probablemente fuese solo mi generación la que tenía tantos problemas para arrancar. Las chicas de hoy en día, con las revistas, los manuales, con Sexo en Nueva York, parecían tenerlo mucho más fácil.

—No te creas —contestó—. Tú eres diferente.

—Tú también eres diferente.

No era como Gary, evidentemente, ni como Thad ni todos esos hombres que se regían por su propio ego. Y tampoco era como los guaperas con los que había salido en la facultad: menos gallardo y más interesado en mi vida, no tan macho y más dispuesto a dejarme llevar la batuta. Se acercaba mucho, me di cuenta ahora, a lo que siempre había deseado en un hombre, cuando soñaba con el príncipe azul. Mucho a como di por sentado que era Gary cuando el amor me cegaba.

O puede que Gary fuese realmente más así en aquel entonces, cuando estudiaba en Inglaterra y escribía poesía. Sus poemas habían sido preciosos y se los había tomado muy en serio, tanto como la búsqueda de la belleza y la verdad. Yo llegaba a casa, a nuestro diminuto apartamento, en los primeros tiempos de nuestro matrimonio, durante mi primera época en Gentility, y me encontraba a Gary mirando embobado la pared, o unas cuantas veces con lágrimas resbalándole por la cara, sumido en los sentimientos y las palabras.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —dijo Josh.

Vi que no me estaba mirando a la cara.

—De acuerdo.

—¿Cuántos años tienes?

Se me cortó la respiración. Josh lo sabía. Lo había adivinado. Se había dado cuenta por mi piel acartonada, mi abdomen, mis muslos.

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Titubeé unos instantes, tratando de decidir qué prefería: decir la verdad o que me siguiera deseando.

—Soy mayor que tú —contesté por fin.

—Eso me suponía.

Una vez dicho, me sentí aliviada. Me alegraba que hubiese sacado el tema, porque era obvio que yo era demasiado cobarde para hacerlo. Cuando descubriese toda la verdad, me pregunté, ¿saldría corriendo? Pero lo mejor era aclararlo todo ahora.

—¿Ah, sí? —dije—. Qué tienes tú… ¿veinticinco?

—Bingo. —Josh sonrió—. ¿Cómo lo has sabido?

—Pura casualidad —respondí—. Lindsay también tiene veinticinco. —Me imaginaba que tendríamos más o menos la misma edad —dijo

Josh. Entonces se echó a reír, sus ojos bailando—. Aunque a Thad le pondría por lo menos cincuenta y ocho.

Y entonces no tuve más remedio que preguntar:

—¿Cuántos años crees que tengo?

Por favor, pensé. Que no diga más de cuarenta. Aunque en realidad pretendía decirle la verdad.

Hizo una mueca y yo contuve el aliento. Por fin habló:

—Yo diría que… veintinueve.

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Teri llegó al despacho unos minutos más temprano, con un vaso de Starbucks grande como un jarrón en su mano enguantada de negro. Yo ya llevaba allí una hora, trabajando, como venía siendo costumbre, en mi proyecto para los clásicos, esbozando ideas someras para dar un nuevo enfoque a las cubiertas. Nada más ver a Teri tapé el bloc de notas con el brazo, como solía hacer cuando Bobby Mahoney intentaba copiarme en San Valentín.

—¿Qué haces? —preguntó mi jefa, frenando en seco y deslizando sus enormes y oscuras gafas (en su carita afilada le hacían parecer un alienígena) por su nariz cincelada.

—¡Ah! —respondí—. Nada. Es que estoy trabajando en una cosa. —¿En qué? —insistió Teri, la sonrisa parpadeando en sus labios como

una lámpara con un cable defectuoso.

—No está listo —contesté—. Quiero tenerlo acabado del todo antes de enseñártelo.

Lindsay me había aconsejado que perfilase mi idea por escrito y se la diese a Teri en un informe. De esta forma, dijo, como mínimo tendría que atribuirme el mérito de lo que constaba que hubiese hecho yo.

—Pues adelántame algo —dijo Teri, dejando su maletín y alargando ya el brazo por encima de mi mesa.

¿Qué iba a hacer? ¿Decírselo a la profesora? Le enseñé el bloc de notas (quería poderme llevar y traer mis apuntes de casa de Maggie y, además, me daba pánico encomendar el plan al ordenador antes de estar preparada para enseñárselo a Teri) y le expliqué mi idea a grandes rasgos. Me escuchó, mirándome no a mí, sino al papel, asintiendo mientras yo hablaba. Me sentí vagamente culpable, gracias a mi infancia católica, por trabajar en este proyecto sin habérselo dicho, o quizás únicamente temía que se mosquease. Y es que parecía mosqueada, aunque casi siempre tenía esa cara.

—Esto tiene posibilidades —dijo cuando hubo acabado de leer—. Me gustaría verlo con más cuerpo.

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Se me disparó el corazón de alivio y alegría. Por fin iba por buen camino. A mi jefa le gustaba mi idea y me había dado luz verde para desarrollarla. Me visualicé presentándole la idea a la señora Whitney, con Lindsay respaldándome, Thad dándome su apoyo y Teri mirando con orgullo de mentora.

Lo que sin duda podría ser ahora que yo estaba dispuesta a darle una oportunidad. A lo mejor los problemas entre nosotras habían sido más por mi culpa de lo que había reconocido. Había estado rehuyéndola, no solicitándole opinión sobre mis ideas ni pidiéndole que me hablara de marketing. Quizá, tal como señalaba Maggie respecto a mi actitud hacia Josh, no fuese más que una vieja intransigente que había subestimado la experiencia de Teri porque sabía que era mucho más joven que yo. Si a Lindsay le parecía que Teri era de otra generación, a mí también, pero en mi caso de una generación más joven, más inmadura, menos creativa y menos sensible: los críos que alcanzaron la edad de incorporarse al mercado laboral durante el bum de las puntocom y se felicitaron a sí mismos, y no a la historia, por ello.

Pero llevaba más de una década que yo en la empresa, me recordé a mí misma. Se había licenciado en marketing, un campo que hace un mes yo apenas sabía que existía, y conciliaba con éxito una carrera destacada con una casa llena de niños, algo que yo no había conseguido hacer. Claro que era dura, pero tenía que serlo para lograr todo lo que había logrado. Teri Jordan merecía mi respecto y juré mejorar no solo mi rendimiento laboral, sino mi actitud.

Dediqué casi todo el día a despejar con energía la bandeja de papeles de mi mesa, que Teri siempre se las arreglaba para mantener cargada de proyectos. Aquel día tripliqué mis esfuerzos, logrando incluso dejar el último asunto liquidado sobre la mesa de mi jefa justo cuando se iba a una reunión con la señora Whitney.

—¿Tienes algo más para mí? —le pregunté—. Porque si no pensaba dedicarme un rato al proyecto de los clásicos.

—Buena idea —contestó ella, desapareciendo rauda y veloz de su despacho.

Era fantástico. Ahora podía trabajar en mi proyecto en horario laboral, en vez de tener que hacerlo antes de que Teri llegase por la mañana o en casa de Maggie por la noche. Podía mostrar con franqueza lo que estaba haciendo, en lugar de tener que disimular y esconderme. La nueva

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franqueza avivó mi energía hacia el proyecto en sí, por lo que conseguí acabar mi lista de títulos y posibles autoras para los prólogos mientras Teri estuvo reunida. Lo imprimí y lo llevé a su despacho, dejándolo en su mesa con el montón de papeles que siempre se llevaba a casa para leer por las noches.

Fue entonces cuando lo vi: el informe que Teri había escrito para llevarse a su reunión de esta tarde. Normalmente me pedía que pasara el corrector ortográfico y fotocopiara los informes que llevaba a las reuniones, y se me había pasado fugazmente por la cabeza que era raro que hoy no lo hubiese hecho, pero había desterrado mis recelos. Tal vez había decidido no hacer un informe, y tal vez, viendo lo mucho que me estaba esforzando, había decidido no molestarme para darme un trabajo esencialmente complementario.

Pero ahora entendía el verdadero motivo por el que Teri no me había pedido que preparase el informe. Estaba ahí, en el encabezamiento del primer párrafo: «NUEVO RUMBO PARA EL SELLO DE CLÁSICOS». Y había un

resumen de mi idea, presentado como un trabajo exclusivo de Teri, que hasta incluía las ideas para las cubiertas en las que había estado trabajando al llegar ella esta mañana.

—¿Qué haces en mi despacho?

Era Teri, de vuelta de su reunión. Yo estaba ahí con el informe en la mano. Muy a mi pesar, noté que se me sonrojaban las mejillas.

—Iba a dejarte una cosa encima de la mesa —respondí, notando que la cara empezaba a arderme aún más— cuando he visto esto.

—No tienes ningún derecho a revolver mis papeles.

Teri no me estaba mirando; antes bien, corrió detrás de la mesa a juntarlo todo en un montón.

—No me puedo creer que hayas presentado mi idea después de decirte que no estaba lista. Y no me has reconocido ningún mérito.

—Te dejé muy claro que la única mente pensante de este departamento soy yo.

—Pero ¡no lo eres! —grité, olvidando las formas—. Esto ha sido totalmente idea mía y creo que por lo menos merezco parte del reconocimiento.

—Esto no funciona así —manifestó Teri.

—Pues debería —repliqué.

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—Mira —dijo, al fin mirándome—, lo estipulamos todo en la entrevista. Ya tuve un problema contigo por este tema en tu primer día de trabajo. Empiezo a pensar que a lo mejor no podrás sentirte a gusto en este empleo.

Reprimí el impulso de hablar, las palabras se me atragantaron. ¿Cómo habíamos llegado a este punto a esta velocidad de vértigo? ¿Me echaría? Temía hacer esa pregunta y que me dijera que sí. Y entonces se habría terminado. Y no estaba dispuesta a dejar que se librase de mí con tanta facilidad. No estaba dispuesta a hacerme eso a mí misma.

—Sí que podré —repliqué por fin.

—Estupendo —dijo, empezando de nuevo a recoger sus cosas—.

Siempre y cuando nos entendamos.

—Nos entendemos.

Entiendo, pensé, que eres una obsesa del control dada al autobombo, pero no pienso dejar que te aproveches de mí.

—Estupendo —repitió Teri—. Entonces deberías entender que es un cumplido que yo me lleve estas ideas a una reunión con la señora Whitney.

Descolgó el abrigo y se lo puso, luego las gafas de sol, aunque fuera ya era prácticamente de noche.

—Ahora que sé que eres capaz de tener tantas ideas excelentes — comentó—, no esperaré menos de ti.

—Claro.

—Ya he programado una reunión con la señora Whitney el jueves para presentarle la idea completa, así que ten un informe preparado para entonces.

—¿El jueves? —grazné.

Me dio unas palmaditas en el brazo con tanto entusiasmo que temí que fuese a dejarme un cardenal.

—Confío plenamente en ti. Recuerda: somos un equipo.

—Claro, Teri —le dije a su espalda que se alejaba, preguntándome si era posible interponer una demanda por acoso espiritual. ¿Había alguna forma de conservar el puesto y a su vez impedir que Teri me chupase el alma?

—Pues no le cuentes tus ideas —me sugirió Maggie.

Estaba trabajando en una nueva escultura, solo que ahora había pasado de encerrar un corazón de vaca en un cubo de cemento a meter un corazón de pato en una esfera de papel maché. Había introducido el corazón en un

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condón (simbólicamente más poderoso que un globo, afirmaba, aunque, al igual que el corazón, nadie sabría jamás que estaba ahí), lo había inflado y luego le había puesto las capas de papel maché encima hasta crear un enorme globo.

—Tengo que hacerlo —comenté abatida—. Ya ha programado una reunión con la señora Whitney el jueves para hacer la presentación completa. —Meneé la cabeza—. Nunca pensé que desearía que llegase el día en que esa mujer solo esperara de mí una buena taza de café.

—Pide que te incluyan en esa reunión —observó Maggie.

—¿Para anunciar delante de todo mundo que la idea en realidad es mía? —Sacudí la cabeza—. Teri perdería los estribos.

—¿Y si en la propuesta principal omites algunas ideas? —propuso Maggie—. Hablo de algunas de tus mejores ideas. Así en la reunión podrías aportarlas como si se te acabasen de ocurrir.

Retrocedió y ladeó la cabeza, examinando la bola.

—¿Te perturba saber que hay un montón de aire alrededor del corazón de pato?

Le lancé la mirada que ese comentario merecía.

—Me perturba saber lo del corazón, punto —contesté—. Todo lo demás parece irrelevante.

—Me da miedo que haga ruido ahí dentro —replicó.

No creía que un corazón vivo de verdad (o en este caso muerto de verdad) pudiese realmente hacer ruido, pero en lugar de debatir esa hipótesis, señalé que era improbable que alguien fuera capaz de sacudir una esfera del tamaño de un Volkswagen para averiguarlo.

Me habría gustado tener la mente lo bastante lúcida para centrarme en problemas tales como los sonidos emitidos por los corazones de pato desecados, pero estaba demasiado absorta en mis problemas: lidiar con Teri y la inminente reunión. Me preocupaba no tener el valor de presentar públicamente una lista independiente de ideas, habiendo experimentado ya la ira de Teri.

—No te atacará delante de todo el mundo —señaló Maggie— y lo importante es que te reconozcan tus geniales ideas. Asegúrate de que tu amiguita, la editora, esté en la reunión, y su novio el mandamás también. Así tendrás más munición de tu parte, en caso de que Teri intente luego contraatacar.

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Sabía que Maggie tenía razón. Si quería triunfar, tendría que tragarme mi angustia y enfrentarme con Teri en su propio juego. Tendría que ser lo bastante valiente, al fin, para actuar como una adulta.

Maggie retrocedió unos cuantos pasos y luego avanzó para alisar una burbuja de su papel maché.

—¿Te he dicho que los de la agencia de adopción de niños vietnamitas van a venir a entrevistarme?

—¿Van a venir aquí? —pregunté. Maggie abrigaba aún la esperanza de estar embarazada, pero también había seguido adelante con la solicitud de adopción para tocar todas las teclas—. ¿Cuándo?

—A lo largo de la semana —contestó mientras aplicaba una nueva hoja de papel de periódico húmedo—. No concretan a propósito.

—¿Qué? —repuse mirando desesperada por toda la sala. No sabía muy bien cómo un piso con tan pocos muebles lograba parecer tan desordenado

—. ¡Hay que limpiar esto!

Maggie sacudió la cabeza con fingidas muestras de indiferencia. —No pasa nada. Solo quieren ver cómo vivo. No tengo nada que

esconder.

—Pero quieren asegurarse de que este sería un buen sitio para criar a un bebé —comenté—. Por lo menos deberíamos recoger un poco, limpiar toda esta cola, poner una alfombra quizá.

Maggie dejó de trabajar, sus manos pegajosas en alto como las de un cirujano.

—No tengo ninguna intención de hacer el paripé. Soy artista y cualquier hijo mío se criará en un ambiente creativo.

—Naturalmente. Es solo…

—No quiero fingir lo que no es para que me den un bebé.

—Vale —concedí, sintiendo que una gran impostora como yo no tenía derecho a oponerse a la pureza de Maggie—. Está bien.

Seguía con las manos en alto.

—Mierda —dijo—. Tengo que ir al baño. Supongo que tendría que empezar a llevar guantes de goma, pero es que me encanta sentir esa cola fría en las manos.

Oí el chorro de agua mientras se apresuraba a lavarse las manos antes de usar el váter y probé a alargar el brazo para tocar la cola, que sí estaba curiosamente fría, como si hubiese salido de algún lugar profundo de la tierra. Deseé, con una punzada más aguda de lo que jamás me habría

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podido imaginar, haberme dedicado a una carrera creativa, algo que únicamente controlase yo, algo que nadie tuviese que darme y que nadie pudiese quitarme. Pensé en la novela interrumpida a la que jamás había echado un vistazo tras guardarla en la buhardilla. Ahora me parecía que, como en muchas otras cosas de mi vida, había tirado la toalla demasiado deprisa porque me aterrorizaba fracasar. Era algo que no podía dejar que volviera a suceder.

—Mierda —oí desde el cuarto de baño—. Mierda, mierda, joder, joder. La puerta del cuarto de baño se abrió de golpe y ahí estaba Maggie a punto de llorar, algo que no le había visto hacer desde tercero de primaria.

—Me ha venido la regla —anunció.

—¡Oh, no! —exclamé, hecha polvo por ella. Estaba convencida de que la inseminación había arraigado—. Lo siento mucho.

—Supongo que ahora es muy conveniente que los de la agencia vengan pronto, ¿no?

Se enjugó una lágrima incipiente del rabillo del ojo.

—Sí. Es estupendo que tengas la otra opción en marcha.

Y entonces pensé en lo que había querido decir antes, lo que me había abstenido de decir porque Maggie se había mostrado muy categórica respecto a su deseo de no cambiar nada en el loft para impresionar a la agencia de adopción. Jamás podría estar en paz conmigo misma si creyera que el hecho de vivir yo allí era la razón de que Maggie no se convirtiese en madre.

—Oye, quizá sería mejor que yo no estuviese aquí cuando venga esa gente —dije con tacto—. Podría guardar mis cosas en la tienda y buscarme algún sitio donde quedarme unos días. Quiero decir que dar la impresión de que aquí vive alguien más podría complicarte las cosas.

Maggie me miró fijamente.

—Pero eso sería mentir —dijo al fin.

—No —le recordé—. Si no preguntan, no contestes.

Volvió a mirarme fijamente.

—No pienso hacer eso —replicó—. Es más: les diré que vives aquí. Eres mi mejor amiga. Eres madre. ¿Qué puede tener eso de malo?

Se me ocurrían un centenar de posibilidades, pero antes de tener la oportunidad de empezar a enumerarlas, Maggie volvió a meterse en el cuarto de baño dando un portazo.

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Me ofrecí a quedarme en casa aquella noche con Maggie, pero me echó, argumentando que podía afrontar ella sola lo de la menstruación y que, además, quería estar a solas con su corazón de pato. Aunque no habría tenido ningún problema en pasar la velada consolando a Maggie, también me moría de ganas de volver a ver a Josh.

Habíamos salido unas cuantas veces a lo largo de la semana, pero esta noche hacía él la cena. Me esperaba tal vez un bratwurst con patatas fritas congeladas o un contundente estofado; la clase de guiso que Gary solía preparar las pocas veces que cocinaba. Y como, después de todas mis compras, la verdad era que la vez anterior no había conseguido hacerle a Josh nada demasiado sofisticado, este no tenía el listón muy alto.

Así que me sorprendió y me impresionó encontrarme una comida de alto copete en marcha cuando llegué a su casa. Había verduras y hierbas exóticas esparcidas por las encimeras de acero inoxidable de la cocina, y en el fuego hervía algo que olía de maravilla.

—Ignoraba que supieras cocinar —dije, besándole en la comisura de los labios.

Obviamente, había estado saboreando su creación; el avance estaba delicioso.

—Es que no sé —replicó—. Hoy habré llamado a mi madre unas diez veces.

Su madre. Había olvidado que la gente tenía madre; bueno, la gente con la que me acostaba. Mi única esperanza es que fuese mayor que yo.

—¿Y qué vamos a comer? —pregunté.

—Ensalada de gambas con ajo y verduras. Y risotto de setas; es la especialidad de mi madre.

También era una de mis especialidades.

—¿Te apetece un cóctel? —dije.

—Tengo algo mejor —contestó, llevándose los dedos a los labios y succionando—. Un…

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No tenía ni idea de lo que estaba hablando y mi desconcierto debió de ser evidente.

—He conseguido un par de canutillos. Ya sabes, porros. —Y como yo seguía desconcertada—: María.

—¡Ah…! —exclamé, viendo la luz—. Me parece que yo no…

Había fumado maría, naturalmente. Allá por mi última cita: hacía veinticinco años.

—¡Venga ya! —exclamó—. Como mínimo realzará el sabor de la comida.

Eso me puso realmente nerviosa. Tenía recuerdos agradables de mis contadas experiencias con la marihuana, pero me había pasado tantos años advirtiendo a Diana de sus peligros que yo misma había empezado a creérmelos. Puede dañarte los pulmones. Puede embotarte el pensamiento. Y puede llevarte a drogas más duras. Al término de la velada lo mismo me hallaría bajo el puente de Williamsburg vendiendo mi cuerpo por una calada de crack.

Pero lo que de verdad temía era lo que podía llegar a decirle a Josh bajo esa influencia. Mis vagos recuerdos de las veces que había fumado incluían un porrón de salidas de tono y carcajadas estruendosas. A saber lo que podría confesar, desmanteladas todas mis inhibiciones.

Iba a ofrecerme a preparar, en cambio, un buen martini, cuando Josh encendió el porro. Dio una calada muy fuerte y me lo pasó.

Quizá más que convertirme en una fulana que cambiara favores sexuales por crack temía que Josh me considerase anticuada. Acepté el porro y di una suave calada, procurando no tragarme el humo. Josh, a su vez, me sirvió una copa de vino blanco, y me senté en un taburete cerca de la encimera de la cocina a tomar sorbos de vino mientras él removía su risotto y nos íbamos pasando el porro, en agradable silencio.

Entonces propuso que pusiéramos un poco de música y dijo que había unas cuantas cosas que quería que yo escuchara para actualizar mi gusto desde Marvin Gaye.

Puse cara de escepticismo.

—Que no sea como el rock que tocaron en esa discoteca aquella noche —dije—. Porque como sea eso…

—No es eso —repuso—. ¿Te gusta el rap?

—Mmm…, me parece que no.

Ni un Everest de maría me haría parecer tan guay.

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—Pero si te gustan Marvin y Aretha, creo que esto te gustará, en serio. Entonces puso algo que era un poco de rap con mucho más soul. «He tocado fondo…», cantó una mujer, y yo pensé, tía, sé perfectamente lo que

es hundirse.

Hicimos el amor. Tal vez, pensé, si Gary y yo hubiésemos fumado maría, nuestra vida sexual habría sido mejor. Pero entonces pensé: ¡qué va!

Las bromas de Josh eran lo que más me cautivaba de todo, porque me sentía como una niña, no solo como una chica joven. En pleno besuqueo, en plenas caricias, en medio de la más intensa pasión, decía algo que me hacía reír tanto que teníamos que parar lo que sea que estuviésemos haciendo para que pudiese incorporarme y reírme a gusto; una liberación más intensa que cualquier orgasmo. Lo único que por lo visto hacíamos más a menudo que acariciarnos era reírnos.

El risotto se quemó, de modo que decidimos descartar la idea de una cena formal de tres platos en la mesa y comer en la cama. Josh puso el cuenco de las gambas y la ensaladera directamente encima de las sábanas, me pasó un tenedor y me propuso atacar. Estaba delicioso; la mejor cena de mi vida, por lo visto. De postre, en lugar de preparar los helados con sirope que él había previsto, comimos helado y salsa de caramelo directamente de los envases, y luego nos echamos mutuamente en la boca un chorro de nata montada.

—Juguemos a un juego —propuso después de que hubiésemos acabado de comer.

—De acuerdo. —Me desperecé—. ¿Qué tal el Scrabble?

Me miró como si le hubiese sugerido que jugáramos críquet en la cama.

—Yo había pensado en algo electrónico —comentó—. ¿Conoces el Doom?

Claro, lo conocía perfectamente.

—La verdad es que no.

—¿El Final Fantasy?

—Pues no.

—Ya sé. Te enseñaré el juego en el que he estado trabajando. Mi creación.

—Eso me encantará. Pero lo cierto es que nunca he jugado a videojuegos.

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No creo que entendiese lo que había querido decir con nunca, porque me pasó el mando, me dio una breve clase y luego debió de pensar que yo sabría qué hacer. Pero las armas espaciales alienígenas no paraban de aniquilar en el acto a mi patético hombrecillo, incapaz siquiera de hacer el más débil intento por quitarse de en medio.

—Sé que no tienes hermanos —dijo Josh—, pero ¿no tuviste amigos chicos? ¿O novios que te enseñaran a jugar?

—No —respondí, fracasando una vez más en el intento de conseguir que el hombrecillo saltara la roca—. Ni siquiera había manejado un mando de estos.

Josh meneó la cabeza y lo recuperó.

—Pulsas la equis con la mano izquierda y la flecha con la derecha, así —dijo.

El hombrecillo dio un salto sin problemas en el aire, pero se encontró con otra roca.

—Vale —dije, volviendo a agarrar el mando—. Ya lo pillo.

El hombrecillo estrelló la cabeza contra la roca y el juego lo desintegró definitivamente.

—¡Bien! —exclamó Josh, arrebatándome el mando—. ¡Estás eliminada!

Entre risas intenté recuperarlo.

—¡Ah, no! —dijo, apartándolo de mi alcance.

Cuando me lancé a por él, Josh lo tiró al suelo y luego me sujetó de las muñecas, forcejeando conmigo en el suelo. Levanté la rodilla (un movimiento de Krav Maga) y logré que se encogiera bruscamente sobre un costado, pero enseguida se recuperó y volvió a hacerme rodar boca arriba, sentándose a horcajadas encima, jadeando.

—Pero ¿qué has hecho todos estos años? —me preguntó.

Lo decía en broma, pero noté que mi alerta se activaba. Me entraron ganas de decirle la verdad. Y había decidido que, cuando no pudiera hacerlo, procuraría no decir absolutamente nada.

—Ya lo sabes… —contesté con voz débil y seductora.

—No, no lo sé —insistió—. Sé que fuiste a Mount Holyoke. Sé que estuviste un tiempo viajando. Pero no sé cuánto tiempo ni dónde fuiste, ni lo que hiciste. Y si ahora tienes veintinueve, quedan muchos años por explicar.

—¿Qué quieres saber?

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—Bueno… A todas estas, ¿de dónde sale tu nombre? Alice suena muy… antiguo.

—Me pusieron el nombre por mi abuela —repliqué, aliviada de que hubiera hecho una pregunta que me permitía tanto revelar algo de mí misma como contestar honestamente—. Era italiana. Se llamaba Alicea. —Alicea. Es bonito. Puede que te llame así. O Ali. Te pega más Ali.

Puse cara de disgusto al recordar al horrible chico del restaurante.

—La verdad es que prefiero Alice.

—¿Dónde trabajabas antes de conseguir este empleo en la editorial? — inquirió Josh.

Dejó el mando, su rostro repentinamente serio.

—La verdad es que no trabajé. Intenté escribir un poco, pero la cosa no prosperó.

—¿Y qué hiciste entonces? —preguntó—. ¿Cómo te ganabas la vida? —No me la ganaba. Me daba dinero mi… familia. —Tu madre.

—Mi madre me pagó la universidad —respondí sin faltar a la verdad

—. Pero además tenía más dinero familiar. A saber: el dinero de Gary.

—Me gustaría conocer a tu familia —declaró.

Me puse a reír hasta que me di cuenta de que lo decía en serio.

—Pero si ya te conté que mi padre murió cuando yo era pequeña y mi madre murió el verano pasado. Estoy prácticamente sola ahora.

—¿Y Maggie? —preguntó—. Siempre dices que Maggie es como de la familia. ¿Por qué no puedo conocerla?

En realidad, Maggie también había mostrado curiosidad por conocer a Josh, pero me daba miedo que semejante encuentro crease más problemas de los que arreglaría, con Josh preguntándose cómo había llegado a hacerme amiga de alguien «tan mayor» y Maggie recopilando demasiado material para las bromas de gigolós que ya me hacía.

—No creo que sea una buena idea —contesté.

—¿Te avergüenzas de mí?

¿Avergonzarme? ¿Cómo podía pensar una cosa así? Tenía ganas de presumir de él delante de todas las personas que había conocido a lo largo de mi vida. Era un decir, naturalmente.

—Por supuesto que no —le aseguré.

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Me levanté y crucé la habitación en dirección a la nevera; de repente necesitaba una cerveza. A lo mejor, de paso, la visión de mi cuerpo desnudo serviría para distraerlo.

—¿A qué vienen tantas preguntas?

—Mis padres, que tienen curiosidad —dijo. Le oí hacer una inspiración trémula—. Quieren conocerte.

—¡No! —chillé, con la cerveza contra el corazón.

—¡Jesús! ¿Qué problema hay? Van a venir a la ciudad y quieren llevarme a cenar, y se preguntaban si te apetecería venir con nosotros. No es nada del otro mundo.

—Bien —dije—. Me alegra que no sea nada del otro mundo, porque no quiero ir.

—¿Por qué no? Son muy simpáticos.

No me cabía la menor duda. Ya me había contado que vivían en Fairfield, Connecticut, que su padre era abogado de la judicatura estatal y su madre profesora de guardería desde que Josh y su hermana iban a secundaria. Tenían una casa antigua, apuesto a que muy parecida a la mía de Homewood, y a su madre le encantaba la jardinería. Seguro que tendríamos mucho en común las dos, mucho más de lo que Josh se había llegado a imaginar.

—Mira —le dije—, me gustas mucho. Quiero estar contigo. Pero tenía entendido que el trato era que ninguno de los dos quería una relación seria. Te vas a ir a vivir a Tokio, Josh. Desde el principio sabíamos que esto era algo pasajero.

—Pero ¿por qué tienes que ponerle tantos límites? Incluso a veces cuando estamos tranquilamente hablando, es como si pudieras contarme hasta un punto, como si tuvieses miedo de hablar más de la cuenta quizá.

Ahí estaba, la persona que había temido desde el principio, el máster en administración de empresas que había dentro del jugador.

—Cuando te conocí, me dijiste que no querías casarte —le recordé—. Que no querías tomarte nada ni a nadie en serio. Esa es básicamente la única razón por la que quise salir contigo.

Josh me miró como si me estuviese viendo por primera vez.

—¿Solo por eso?

Le tomé la mano, para acercar posturas.

—No, claro que no. Claro que no fue solo por eso. Me gustas mucho, Josh.

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Si la semana pasada me había sentido como si tuviese veintiocho o veintinueve años, esta noche sentía que tenía catorce.

Exhaló por la nariz y pareció igual de vulnerable que un niño pequeño. Lo cual, cabe señalar, no era muy excitante, aunque yo lo había reducido a este estado.

—Pero es por lo mucho que me gustas que quiero asegurarme de que estamos de acuerdo en lo lejos que va a llegar esta relación —intenté explicarle—. En este momento no me apetece una relación larga y seria. Necesito libertad para poner mi energía en el trabajo, para darme prioridad a mí misma. Llevo mucho tiempo sin hacer eso.

Josh me miró extrañado.

—¿Por qué?

Sacudí la cabeza como para borrar esa afirmación de nuestra memoria conjunta.

—Y tú igual, Josh —le recordé—. Hiciste un cambio enorme en tu vida, las pasaste canutas para romper los compromisos que tenías, para tener la libertad de irte a Tokio a estudiar diseño de videojuegos. Esa tiene que ser tu prioridad.

—Pero es que creo que me estoy ena… —¡Para! —grité—. No digas eso.

—¿Por qué no? ¿Por qué no puedo decirlo? Es lo que siento.

—Porque me asusta.

La verdad.

—Porque me dan ganas de salir corriendo.

La verdad.

Y porque únicamente si no lo decía podía disfrutar de lo que él sentía y era capaz de sentirlo yo misma.

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13

El jueves por la mañana me senté frente a mi mesa, sacando a cada instante la cabeza de mi cubículo para asegurarme de que Teri no se hubiese metido en su despacho sin darme cuenta. Pese a las palabras tranquilizadoras de Maggie, había procurado salir de su casa cada mañana incluso más temprano que de costumbre, para no colisionar con los de la agencia de adopción. Aprovechaba el tiempo para trabajar en mi propuesta, que tenía literalmente bajo las yemas de mis dedos, esperando la aprobación de Teri. Me había reservado un rato para revisarla antes de la reunión, aunque mi jefa nunca tenía nada que cambiar ni añadir. Se limitaba a dar el visto bueno a mi trabajo y poner su nombre en él. Pero ahora, el día de nuestra gran propuesta, llegaba veinte minutos tarde.

El teléfono de mi mesa trinó y di un bote en la silla. Me alivió, y luego me asustó, oír la voz de Teri.

—Mis hijos tienen gripe —dijo—. Los tres.

—¿Y no puede cuidarlos la canguro? —repuse—. No sé, al menos un rato para que vengas a la reunión.

—La canguro también tiene gripe.

—¿Y la de repuesto? —pregunté con voz entrecortada.

En uno de sus sermones sobre las madres trabajadoras, Teri me había dicho que la clave estaba en no tener únicamente ayuda de confianza para cuidar a los niños, sino una reserva sólida como una roca, «al igual que los hospitales tienen generadores de emergencia por si hay un apagón o un terremoto».

—Se ha ido a vivir a Montana con el chico de las pizzas —respondió —, pero ese no es el tema. La cuestión es que no iré hoy a la oficina.

—¿Y la reunión?

—Habrá que cambiarla de hora o posponerla.

—De acuerdo —dije, aturullada—. ¿Qué le digo a la señora Whitney? —Dile… mierda. Esto es un problema, no una solución. No le hará

ninguna gracia.

—Pues no —convine.

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Noté que mi cerebro se ponía rápidamente a buscar una solución al problema, recurso que al ocuparme de una casa y una hija había ido perfeccionado con los años. ¿Caldera estropeada/cena quemada/informe de libro para mañana por la mañana? Por abrumadora que fuese la combinación de problemas siempre se me ocurrían una docena de soluciones.

El problema, en este momento, era que no sabía muy bien cuál era el problema: ¿Cómo posponer la reunión sin ofender a la señora Whitney? ¿Cómo arreglar lo de la canguro de los niños para que Teri pudiera venir a la reunión? ¿O cómo conducir la reunión sin Teri? Lo que a lo mejor quería decir que no tenía absolutamente ningún problema, empecé a pensar.

—Podría hablar personalmente con la asistente de la señora Whitney. A lo mejor la señora Whitney ni siquiera le da importancia a esta reunión y no se enterará si la cambiamos de hora.

—La señora Whitney me comentó ayer las ganas que tenía de oír mi plan —replicó Teri.

«Mi plan», había dicho, no «nuestro plan», o «tu plan», que hubiera sido aún mejor. Que le den, pensé. Que no pudiese venir a la reunión era lo mejor que me podía pasar. Iría yo y haría la presentación atribuyéndome todo el mérito, sin tener que ser objeto de miradas de indignación.

Pero nada más pasárseme estas ideas por la cabeza, una flecha de culpabilidad me atravesó el corazón. No era culpa de Teri que sus hijos se hubiesen puesto enfermos, que su canguro estuviera fuera de servicio. De hecho, por primera vez parecía que no era infalible, que realmente era humana.

—Lo sé —dije.

¿De verdad quería decir lo que estaba pensando decir? Teri no lo merecía. Por otra parte, era lo correcto, lo que, si algún día ascendía hasta un puesto como el de ella, querría que mi asistente hiciera por mí.

—Podría ir en tren hasta tu casa —propuse— y hacerte de canguro. Me llevaré el informe para que puedas revisarlo durante el trayecto y así podrás dirigir tú misma la reunión.

—Imposible —repuso Teri, sin tan siquiera pararse a considerar el ofrecimiento—. Es absolutamente imposible que puedas con tres niños enfermos.

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—De verdad que no me importa —insistí—. He hecho de canguro antes, montones de veces. Cuidé de una niña pequeña que tuvo gastroenteritis, neumonía, varicela, mononucleosis…

Las caritas, débiles y conmovedoras, de Diana enferma desfilaron en procesión por mi mente.

—No sé qué clase de madre dejaría a una niña tan enferma con una canguro joven —dijo Teri—. Ni hablar; no sabrías qué hacer. Me quedaría más tranquila si te ocuparas tú de la reunión.

—En serio —volví a intentar—. Te aseguro…

—La decisión está tomada —zanjó Teri—. Conducirás la reunión y no le des importancia a mi ausencia. Es más: dile a la señora Whitney que he delegado este proyecto en ti. Así, si sale mal, no será culpa mía. —Pero es mejor que te cuente… Ni siquiera has visto…

Se oyeron unas arcadas lejanas y luego un grito espeluznante, seguido de un apresurado «¡Oh, Dios!» de Teri.

—Envíame la propuesta por correo electrónico —me soltó—. Si hago cambios, te los mandaré. Tú asegúrate de que mi nombre encabece ese informe.

Y entonces colgó.

Tenía las manos resbaladizas por el sudor. Retortijones en el estómago. Tuve que obligarme a hacer una inspiración larga y lenta, y luego a concentrarme conscientemente para exhalar. Estaba tan nerviosa, esperando mi turno para presentarle el informe a la señora Whitney, que pensé que me desplomaría sobre el brazo de la silla y vomitaría.

Calma, me dije. Llevas más de veinte años esperando este momento. La única que sabe más que tú sobre Gentility Press, la única que cree más que tú en Gentility Press es la propia señora Whitney, y está aquí mismo esperando escucharte. Es una mujer inteligente, es una mujer justa. Además, por lo que había visto al analizar minuciosamente el historial de las cifras de ventas, era una mujer desesperada; su compañía entraría en quiebra como alguien no diera, más pronto que tarde, con una solución de marketing novedosa.

Mi idea era la mejor esperanza para Gentility, estaba convencida de ello. Sin embargo, paradójica y fugazmente, deseaba que Teri estuviese ahí para corroborar las ideas con su experiencia en marketing. Aunque su nombre figuraba en la propuesta, me recordé a mí misma, no constaba en la parte de la presentación que era exclusivamente mía. Nada más Lindsay

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sabía que había preparado ideas solo con mi nombre y desde el otro lado de la sala me dedicó una sonrisa alentadora; le había comentado someramente a Thad mis ideas y hasta él estaba impresionado.

—¿Alice Green?

La señora Whitney miraba por toda la sala. Me levanté como pude.

—Estoy aquí, señora Whitney.

Florence Whitney me miró con frialdad.

—Tuvimos otra Alice Green que estuvo aquí muy poco tiempo, hace años.

Me dejó atónita que la presidenta de la compañía recordase mi nombre.

Noté que el calor me subía a la cara.

—Una chica lista, con una brillante carrera por delante —estaba diciendo la señora Whitney, que seguía observándome—. Si no recuerdo mal, se fue para tener hijos. Una verdadera pena. —Pareció que reflexionaba unos instantes sobre la tragedia de la maternidad. Luego levantó bruscamente la vista hacia mí y dijo—: Se parece usted tanto a ella que podría ser su hija.

Me puse a reír de alivio.

—Pues no lo soy.

Que la señora Whitney recordase mi antiguo yo hizo que de algún modo me sintiera menos nerviosa, más importante. No era una inexperta total, me recordé a mí misma, alguien que estaba empezando. Llevaba más de dos décadas haciendo cosas, cosas difíciles e interesantes, incluso educar a mi hija, lo cual no había sido nada penoso.

Realicé otra inspiración profunda, sintiendo por fin que el oxígeno llegaba a mis células y animaba mi cerebro, y fui por la sala repartiendo copias del informe a Lindsay, Thad, al director de ventas, a la directora artística, al de publicidad, a un puñado más de empleados del departamento editorial y a la propia señora Whitney.

—Este es el informe del que os habló Teri, que resume nuestras ideas nuevas para comercializar el sello de clásicos —dije—. El último cambio importante que Gentility hizo en el sello fue hace diez años, cuando Teri se incorporó a la empresa y eliminó los prólogos de las grandes escritoras feministas de los años sesenta y setenta.

—¡Como yo! —La señora Whitney se rio—. Sí, me temo que estábamos muy vistas. Teri argumentó que sus compañeras de facultad ya

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no se consideraban feministas. Y tu generación ni siquiera ha oído hablar de nosotras, ¿verdad, Alice?

—Yo sí —contesté. Aunque al mencionarles Por qué los hombres deben morir y títulos similares a Lindsay y Josh me habían mirado con cara de perplejidad absoluta.

Fijé en una pared una tabla que Josh me había ayudado a diseñar por ordenador.

—La fuerza de Gentility dentro del mercado femenino siempre ha sido su visión centrada en la mujer —dije—. Pero no le hemos sacado partido… —Me detuve. Lo estaba planteando como un problema. Volví a empezar—. Ha llegado el momento de sacarle partido al fenómeno más reciente: libros escritos y comercializados específicamente para mujeres jóvenes, con cubiertas vistosas y sexys, y estilo ágil. Estos libros se venden por millones.

—Me gustan esas cifras —comentó el director de ventas—, pero no sé cómo podemos llegar a conseguir algo semejante con Jane Austen.

—Sí, sí —dijo la señora Whitney con impaciencia—. ¿Dónde está la solución a esto?

—Lo que propongo…, lo que proponemos es conseguir el apoyo de las principales autoras de la nueva generación de escritoras para que nos ayuden a vender nuestros clásicos, como hicimos con la señora Whitney y otras escritoras famosas de la era feminista —dije—. Muchas de esas autoras son fans de la obra de Austen y Wharton y las Brontë, y para ellas sería un honor escribir un prólogo para un libro como Orgullo y prejuicio o La edad de la inocencia.

—No tenemos dinero para pagar a grandes escritoras modernas — objetó uno de los editores.

—Pero podemos ofrecerles prestigio —dijo Lindsay, levantándose y blandiendo un fajo de papeles—. Tengo ya el compromiso inicial de diez de las escritoras más destacadas para escribir prólogos para nuestros clásicos. Gratis.

La señora Whitney arqueó las cejas, pero la conocía lo bastante bien para saber que ese arqueo significaba: interesante, pero no sé si funcionará.

—También hemos estado trabajando en un diseño nuevo de las cubiertas —tercié—. Es un rumbo nuevo y sorprendente.

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Había elegido cubiertas que recordaba que mis amigas del club de lectura habían encontrado especialmente atractivas, y Lindsay me había ayudado a corroborar el éxito de esos libros recopilando cifras de ventas. Incluso le había pedido a Maggie que me hiciese un par de dibujos (un sujetador rojo de encaje que asomaba por el corpiño de un vestido del siglo XIX y un pie con tacón de aguja arqueándose por debajo del borde de un vestido largo), aunque, cuando contaba con que Teri estaría en la reunión, no tenía muy claro si mostrarlas.

Ahora, en cambio, levanté el primer dibujo enrollado por encima de mi cabeza y dejé que se desenrollase. La sala estaba en silencio, pero yo estaba detrás del dibujo, los brazos empezaban a dolerme, con lo que no pude ver la reacción de nadie.

—¡Vaya! —exclamó al fin la directora artística, levantándose de la silla y, como me pareció oír, viniendo hacia mí—. ¿Es de Maggie O’Donnell?

Me asomé por un borde del dibujo para verla.

—Sí —contesté—. ¿Cómo lo has sabido?

—Me encanta su obra —dijo la directora artística—. Llevo desde que trabajo aquí intentando que me haga una cubierta. ¿Cómo la has convencido?

—Es una vieja amiga.

—Pues estoy muy impresionada —comentó la directora artística.

—Y yo —intervino la señora Whitney—. Bravo, Alice.

Entonces hizo algo de lo más asombroso. Se puso a aplaudir. Al principio, el resto de la sala permaneció en silencio, pero Lindsay empezó a aplaudir, seguida de Thad y la directora artística, y luego el director de ventas, hasta que todos se unieron a los aplausos.

—Quiero que todos estudiéis la manera de implementar la idea de Alice lo antes posible —ordenó la señora Whitney, levantándose para dar a entender que la reunión había terminado—. Quiero que contactéis con esas escritoras para que hagan los prólogos, quiero que encarguéis portadas nuevas para todos los libros lo antes posible y quiero que emitáis comunicados de prensa en cuanto esté todo a punto.

Carraspeé.

—Lindsay también ha hecho muchas cosas —dije—. Y Teri, naturalmente. Estoy en su equipo.

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Entonces la señora Whitney se detuvo y me miró directamente a los ojos.

—¿Dónde está Teri, por cierto? —preguntó.

—Mmm…, ha tenido problemas de agenda —contesté.

—Pues dile que estamos todos encantados con el nuevo rumbo. Esta clase de ideas nuevas y frescas es exactamente lo que necesita nuestro departamento de marketing.

Yo estaba encantada. Hasta me imaginé la reacción de Teri cuando le contase cómo había ido la reunión. Pero entonces me entró un miedo espantoso.

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14

Nada más salir del despacho, Lindsay y yo nos fuimos directas al Gilberto’s para celebrar nuestro éxito. Nos pedimos dos cócteles de champán, brindamos por nuestros futuros brillantes y luego ella sugirió que pidiéramos otra ronda.

—No puedo —dije—. He quedado con Josh.

Josh había sido la primera persona a la que había llamado después de la reunión y esta noche quería llevarme a un sitio especial para celebrar mi triunfo.

—Pasa de él —me propuso Lindsay—. Sal conmigo.

—¿Y qué me dices de Thad?

—Nada más salir de la reunión se ha ido de viaje a California toda la semana —comentó—. Venga, es nuestra oportunidad para pegarnos una buena farra. Solo chicas.

Tenía mis dudas. Desde luego quería animar a Lindsay a independizarse un poco de Thad, pero cancelar el plan con Josh también me hacía sentir fatal.

—No puedo dejar a Josh colgado —repliqué—. Me ha apoyado mucho en este proyecto. Me ha hecho todas las tablas y me ha ayudado un montón a enfocar el tema.

—Pensaba que no ibas en serio con este chico.

—No es nada serio, pero me gusta mucho. La verdad es que me gusta muchísimo.

—Pero no quieres casarte con él.

Meneé la cabeza con rotundidad.

—No.

—Nunca.

—No.

—¿Y te imaginas, no sé, viviendo con él eternamente como Goldie Hawn y Kurt Russell?

—Se va a Japón en un par de meses y no tengo la menor intención de continuar nuestra relación cuando se vaya.

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—Entonces, ¿por qué te sientes culpable? —inquirió Lindsay. Apuró su segundo cóctel de champán y llamó al camarero con la mano—. Creo que voy a pasarme a los martinis de manzana —dijo—. ¿Y tú?

—Yo no me tomo un martini de manzana ni en broma.

—Pues necesitas algo que te relaje un poco. No te entiendo, Alice. Si no pretendes ir en serio con este chico, ¿por qué pierdes el tiempo siéndole fiel? ¡Deberías salir por ahí a divertirte!

Había que reconocer que tenía razón.

—La que está prácticamente casada soy yo —dijo—, por lo menos en sueños. Pero hasta que ese anillo no esté en mi dedo, me reservo mis derechos como ente libre.

—¿Ente libre?

Nunca había oído a Lindsay hablar así de sí misma, o siquiera admitir que le hallaba algún atractivo al concepto.

—Al menos en teoría. Estoy harta de que Thad no me valore. Tal vez, si no diera por sentado que me encierro en casa cada vez que se va de viaje por trabajo, tendría una motivación para pedirme la mano.

—No hay nada que te impida salir —repuse.

—A ti tampoco —dijo, alargando el brazo para desabrocharme dos botones más de la blusa—. No estás en el Tercer Mundo.

Se empeñó en estar presente mientras marcaba el número de Josh y le decía que al final esta noche no podía quedar con él porque salía con Lindsay. Fue tan comprensivo, tan cariñoso que me sentí aún peor por no verlo y me arrepentí de no salir con él. Cuando empecé de nuevo a disculparme, probablemente por décima vez, Lindsay me arrebató el teléfono de las manos.

—No la esperes despierto, Joshie, corazón —dijo, riéndose tontamente al teléfono y luego cerrándolo de un chasquido—. Vamos. Te enseñaré a divertirte.

En lugar de pedir su martini de manzana en el Gilberto’s, saltó de su taburete y salió por la puerta con paso decidido. Yo salí corriendo tras ella mientras me decía por encima del hombro que nos íbamos al Martini, un bar especializado en todas las variedades de la bebida. Me sorprendió el calor que hacía fuera y la luz que había. Se palpaba una sensación casi festiva en la noche, la celebración de algo ni más ni menos profundo que haber superado otro invierno, que avivó mi buen humor y el de Lindsay.

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Anduvimos cerca de una hora, riéndonos y deleitándonos en el éxito de nuestra presentación. Fue divertido, y me alegré de haberme dejado convencer por Lindsay para salir con ella. Me pasaba el día asegurando que Josh y yo no íbamos en serio, que la nuestra era una relación a corto plazo, pero estaba dejando que mis sentimientos hacia él se apoderasen de mí; como había hecho con Gary, como había hecho con todo lo que en algún momento me había importado en la vida. Hacía bien en obligarme a ser más independiente, atrevida, salvaje, como había prometido que sería la primera vez que deseé ser más joven.

Por fin llegamos al Martini, un bar oscuro y resplandeciente con luces azules y paredes de acero curvas. De la carta que enumeraba los 128 tipos distintos de martinis, Lindsay pidió un Speeding Ticket para cada una: vodka y un expreso frío, servidos directamente en una copa de borde azucarado.

—¡Para que nos dé energía! —dijo Lindsay, alzando su copa. Estábamos de pie cerca de la barra, rodeadas de una muchedumbre. Al

parecer todas las mujeres eran guapas. Y todos los hombres eran gais. —¿Qué les pasa aquí a los tíos? —le pregunté a Lindsay al oído. —¿Qué?

—Son todos gais.

Recorrió el local con la vista.

—No, no lo son.

Volví a fijarme. Vi a chicos con camisetas negras ceñidas y pantalones de cuero negros, chicos que llevaban pulseras y botas de tacón y camisas de vistosas rayas que se desbocaban sobre la piel desnuda. Un chico llevaba una camiseta que decía «Vixen», la banda estadounidense de hard rock.

—Pues me parecen gais.

—¡Metrosexuales! —gritó Lindsay.

Había oído hablar de los metrosexuales, chicos a los que les gustaba la ropa y la comida, el arte e ir de compras, pero eran heterosexuales. Josh tenía los intereses y el temperamento, pero no el armario de un metrosexual; Thad era el antimetrosexual. Pero estaba convencida de que estos tíos del bar eran de la acera de enfrente.

—No te creo.

—Muy bien —dijo Lindsay—. Te lo demostraré.

Me eché a reír.

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—¿Cómo?

—Ya lo verás. ¿Quién dirías que es el tío con más pinta de gay del local?

Había muchas opciones, pero al final me fijé en un hombre de aspecto delicado, de pelo rubio y camisa lavanda.

—Buena elección. —Lindsay sonrió con suficiencia—. No tardaré nada.

—¿Qué vas a hacer?

—Sígueme.

Me abrí paso entre la muchedumbre detrás de Lindsay y luego me quedé a cierta distancia mientras ella se acercaba al hombre de camisa lavanda.

—¡Joder! —oí decir a Lindsay arrastrando las palabras con un acento sureño que era puro teatro—. Estoy más caliente que la mantequilla chisporroteando en una parrilla.

Yo no pude evitar hacerme la loca, pero oí a Camisa Lavanda reír a modo de respuesta.

Lindsay siguió flirteando de forma escandalosa, tanto era así que cada vez que yo miraba de reojo en su dirección Camisa Lavanda se le había acercado un poco. Al principio únicamente se reía, pero enseguida se inclinó hacia Lindsay y le tocó el codo, después la cintura y luego apoyó la mano en su cadera, y finalmente vi que se le pegaba y empezaba a frotarse contra ella al ritmo de la canción de fondo de Beyoncé en un presunto paso de baile.

Antes de que pudiera siquiera poner cara de asco, Lindsay besó a Camisa Lavanda suavemente en la mejilla y salió zumbando hacia mí, me agarró de la muñeca y me condujo hacia la puerta.

—¿Convencida? —preguntó cuando conseguimos salir.

—Sí, pero a lo mejor algún otro tío sí que habría resultado ser gay. Lindsay meneó la cabeza. Anduvimos a paso rápido por la calle,

adelantando a corrillos de gente que fumaba fuera de los bares.

—Es imposible saberlo por su aspecto —dijo—, ni por lo que hacen necesariamente. ¿No había metrosexuales en el Tercer Mundo?

Me reí.

—¿No deberíamos parar a comer algo?

Mientras recorríamos las calles abarrotadas caí en la cuenta de que estaba mareada no solo por el licor, sino por la falta de comida.

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—Hoy las calorías nos las estamos bebiendo —dijo Lindsay.

—Creo que necesito comer alguna cosa.

—Pues pídete el martini con una aceituna.

Giramos por una calle estrecha flanqueada de señoriales casas unifamiliares, sus fachadas pintadas de blanco y gris y rosa, y luego por otro callejón residencial. Nos dirigíamos cada vez más hacia el oeste, en dirección al Village, donde las calles eran más oscuras y estaban menos transitadas. Finalmente, Lindsay me agarró de la mano y me condujo por un concurrido paseo, y me señaló un corrillo de gente que había en la acera de una manzana que moría bajo el zumbido de las luces de la West Side Highway, con el río y los enormes acantilados y rascacielos de Nueva Jersey al otro lado.

—Ahí es donde vamos —anunció.

Lo único que diferenciaba el edificio de ladrillo rojo de las fachadas lisas circundantes de lo que pudieran haber sido almacenes u oficinas industriales era el gentío que había fuera, y los cordones de terciopelo que acordonaban la puerta de brillante acero plateado. Lindsay se abrió paso con decisión entre la muchedumbre, besó al enorme vigilante asiático en la mejilla y me arrastró a través de la abollada puerta de acero. Por una escalera con luces ultravioletas descendimos hasta un sótano cavernoso abarrotado de gente que bailaba al ritmo de lo que parecía música disco.

Maggie y yo habíamos ido una docena de veces a ver Fiebre del sábado noche, y habíamos bailado al ritmo de la banda sonora en mi habitación con todas las luces apagadas, salvo la bola de discoteca que me había costado casi veinte horas de canguros. En Mount Holyoke, la música disco no se consideraba guay (allí las chicas eran más de Joni Mitchell y The Roches), de modo que mantuve en secreto mi curiosidad por Studio 54 y mi pasión por los BeeGees. Y ahora, pensé mientras la música me activaba y empezaba a mover los hombros a compás, podía dejar que todo aflorase.

—¡Night Fever! —le grité a Lindsay para que me oyera. Me miró extrañada—. Mi amiga Maggie y yo solíamos escuchar esto en los…

Y entonces me callé. Me di cuenta de lo que estaba a punto de decir y también de que no podía decirlo. Y al mismo tiempo empecé a sospechar que a fin de cuentas esta canción no era Night Fever.

Lindsay pidió otro par de martinis y cuando tomé un sorbo supe que me faltaba poco para dejar de estar agradablemente piripi y pasar a tener

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una buena curda. No había estado borracha en… ¿cuánto hacía? Desde la noche en que Gary me dejó y, antes de eso, desde la luna de miel, donde me pasé los días bebiendo margaritas con Gary, repanchingados al sol. Y, antes de eso, estaba en la universidad.

—¿Esto es música disco? —le pregunté a Lindsay al oído.

Ahora estábamos bailando con las copas en la mano.

—Trance —contestó.

—¿Dance a secas?

—No, trance. Ya sabes: trip hop.

Me encogí de hombros y di un gran sorbo. Lindsay se alejó bailando en dirección a otra persona, así que bailé un poco con un hombre alto que llevaba un jersey rojo y luego cerré los ojos para poder bailar a mis anchas. Siempre me había encantado bailar, pero nunca fue uno de los puntos fuertes de Gary y luego, cuando Diana creció, se metió tan despiadadamente con mi forma de bailar que perdí la capacidad de dejarme llevar y hasta disfrutar, ni aun estando sola.

Pero ahora estaba disfrutando, a oscuras con las luces palpitando y la aglomeración de cuerpos alrededor. En aquella sala, pensé, eran todos más jóvenes y más guapos que yo, pero eso, en lugar de cohibirme, hizo que me sintiera libre. Había sido liberador, antes de que Maggie transformara mi imagen, ser abiertamente una mujer de mediana edad en la que nadie se fijaba nunca. Solo ahora, cuando volvía a ser víctima de tanta atención debido a mi físico, había llegado a valorar el carácter liberador de ser invisible. Sin embargo, en este lugar yo no era nada especial, invisible una vez más, lo que podría haber sido un inconveniente para buscar sexo, pero para bailar era bueno.

—¡Hora de un martini! —me cantó Lindsay al oído.

Nos abrimos paso a codazos de vuelta hasta la barra y pedimos otra copa. Ahora el local empezaba definitivamente a darme vueltas. Y entonces me fijé en una cosa que no había visto antes.

—Bueno —le dije a Lindsay, señalando a todas las parejas de mujeres desplegadas a lo largo de la barra, dándose el lote—. ¿Esto es una broma o qué?

—¿El qué? —preguntó Lindsay.

—¡Es un bar gay! —exclamé.

—¡Qué va! —respondió completamente seria.

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—¿Cómo que no? —Gesticulé hacia las mujeres que estaban besándose—. Ahora ya no hablamos solo de la ropa, ¡hay acción de verdad!

—¡Ah, eso! —dijo—. No son gais.

—¿A qué te refieres?

—¿Dónde has estado? Esto está a la orden del día. Hasta las vírgenes que llevan anillos de castidad lo hacen.

Ahora sí que no entendía nada.

—¿Vírgenes con anillos de castidad?

—Había chicas en mi facultad de Nashville que llevaban anillos de castidad en señal de promesa de que permanecerían vírgenes hasta el matrimonio. Hasta ellas van de bares y se pegan el lote con sus amigas.

Hice la única pregunta que me parecía lógica.

—¿Por qué?

—¡Oh! Ya sabes, es «salvaje» —dijo Lindsay dibujando unas pequeñas comillas con las manos—. Y no hay riesgo.

—No lo entiendo —repuse, mirando con asombro a las impresionantes mujeres que estaban en ello. Sin duda, era una nueva variación del LHG (Lesbianas Hasta la Graduación) de Mount Holyoke. Me pregunté si Maggie sabría esto y, de saberlo, por qué no estaba aquí participando. O a lo mejor no podías participar si eras gay de verdad.

—Es divertido —dijo Lindsay—. Mira.

Pero en lugar de hacer algo, como había hecho antes, que yo pudiera observar, se me acercó y me besó. En los labios. Con lengua. Me quedé tan atónita que mi primer impulso fue apartarme, pero tampoco podía negar que me había excitado.

—¿Nunca habías besado a una chica? —preguntó Lindsay cuando por fin tomó aire.

Lo único que pude hacer fue decir que no con la cabeza. Había visto a Maggie hacerlo, naturalmente. Y a las chicas de la facultad. Pero yo siempre había sido demasiado convencional (convencional en todos los sentidos de la palabra) para eso.

—Es agradable, ¿verdad? —dijo—. Suave.

Y entonces se me volvió a acercar. Sí, suave era la palabra, sus labios más tiernos que los de Josh, su lengua muy pequeña y rápida. Pude notar sus pechos debajo de los míos, su pelo largo de dulce olor contra mi mejilla, su mano pequeña sobre mi cadera. Me estaba gustando, desde

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luego que sí, pero tenía que sacarme de la cabeza que era Lindsay a la que besaba, no tanto porque era una chica, sino porque era mi amiga. Era como jugar a «Girar la botella» en octavo curso, cuando cerrábamos los ojos con fuerza para poder concentrarnos en el beso y borrar de la mente el hecho de que era Tommy DiMatteo, el que vivía en la misma manzana y se sentaba delante de ti en mates, a quien besabas.

Cuando por fin alzamos la vista, había dos hombres a nuestro lado, mirando. Me volví; detestaba la idea de haber ofrecido sin querer un espectáculo a estos tíos. Me disponía a indicarle a Lindsay con un gesto que deberíamos irnos al otro lado de la barra cuando esta, para mi horror, se puso a hablar con ellos.

Estos hombres bailaban al hablar, el más atractivo de los dos estaba sonriendo a Lindsay y el otro me examinaba como intentando decidir si podía pegarse el lote conmigo, puesto que saltaba a la vista que éramos los dos que quedábamos libres. Un nuevo martini apareció entre las yemas de mis dedos y los hombres levantaron sus copas para brindar. Lindsay se rio estrepitosamente y luego se inclinó hacia delante mientras el chico más atractivo le decía algo al oído. Asintió y los dos empezaron a alejarse, pero entonces se giró y me hizo señas para que los siguiera.

Al fondo de la discoteca había un reservado circular cerca de los lavabos y nos apiñamos allí. El hombre más atractivo sacó un papel cuadrado y doblado del bolsillo delantero de sus tejanos, lo abrió y extrajo un diminuto sobre de plástico. Dentro del sobre pude distinguir fragmentos de algo blanco. Depositó uno de los trozos sobre el dorso de una tarjeta de crédito y empezó a partirlo con una hoja que desplegó de la diminuta navaja Swiss Army que pendía de su llavero.

—¿Eso es cocaína? —pregunté ahogando un grito.

—¡Chsss…! —protestaron los otros tres al unísono.

—Tenemos que largarnos de aquí —le dije a Lindsay.

—A mí me apetece probarlo —repuso ella.

El hombre más atractivo enrolló un billete de un dólar y se lo pasó a Lindsay, que esnifó hábilmente una raya de cocaína.

—Ya basta —dije, tirando a mi amiga del brazo—. Tenemos que irnos. Lo cierto era que había probado la cocaína, a principios de los ochenta, en una discoteca de Londres varias noches antes de conocer a Gary. Había

sido divertido, recordé; me había hecho sentir de maravilla, hasta que me desperté en la cama con alguien que olía tan mal que pensé que vomitaría.

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Luego conocí a Gary y enseguida nos enamoramos, y descubrí para mi gran alivio que se proyectaba ante mí un futuro estable y feliz; mi recuerdo de la cocaína estaba conectado con todos los peligros del mundo de los que había tenido la suerte de escapar.

Ahora el hombre más atractivo estaba esnifando su propia raya y pasándole a continuación el billete enrollado a su amigo. Y entonces se inclinó y besó a Lindsay, llevando al hacerlo la mano directamente a su pecho.

—Lindsay —repetí con más insistencia.

Ella siguió besando al tipo mientras su amigo me miraba fijamente. Si intentaba hacer conmigo una cosa así, le arrancaría la tráquea de cuajo con las uñas. Pensé que hasta disfrutaría haciéndolo.

Josh, pensé. Solo quería a Josh.

—Lindsay —dije, esta vez le agarré bien del brazo, al tiempo que me levantaba para tener más fuerza y poder sacarla a rastras del reservado. El hombre más atractivo intentó agarrarse del otro brazo de Lindsay, pero clavé los ojos en él, conservando en la mente la imagen de la tráquea arrancada como había aprendido en la clase de Krav Maga.

—Suéltala ahora mismo —dije con la voz firme que había empleado para hacerle saber a mi hija que algo iba realmente en serio— o te aplasto los huevos.

Él la soltó de inmediato y Lindsay, riendo como una loca, fue a caer en el regazo de su amigo, quien la rodeó con un brazo.

—Es hora de irse —anuncié.

—No quiero irme a casa —replicó ella.

Entonces se volvió deliberadamente y ante mi asombro se puso a besar al tío menos guapo. El amigo atractivo me sonrió con suficiencia y se deslizó sobre el asiento para presionar el cuerpo de Lindsay por detrás al tiempo que alargaba la mano para rodearle un pecho mientras ella besaba a su amigo.

—Lindsay —dije en voz alta—. Tenemos que irnos ahora mismo.

Ella levantó la vista hacia mí con mirada ebria.

—Déjame en paz. Que no eres mi madre, coño.

Entonces quise irme, pero no podía abandonarla. Me quedé sola en la barra, bebiendo agua con gas y observando. Por lo menos Lindsay dejó de consentir que los dos pervertidos la usaran a modo de vianda de sándwich, aunque se quedó con el tío más atractivo. Sabía que yo estaba ahí. Cuando

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salió de la discoteca con él, me lanzó una mirada, pero enseguida apartó los ojos.

Cuando logré abrirme paso para salir tras ellos, se habían esfumado. Me quedé allí unos instantes inspirando el humo de cigarrillo, intentando decidir qué hacer. Finalmente, paré un taxi y le di al taxista la dirección de Maggie. Pero entonces, mientras cruzábamos la ciudad hacia Houston Street, cambié de idea y le pedí al taxista que fuese a Williamsburg. A casa de Josh. Él era noctámbulo, solía ver la tele o incluso trabajar hasta mucho después de que yo me hubiese dormido, y de repente sentí la necesidad de verlo, al igual que ansías una ducha tras pasar un rato en una habitación llena de humo y grasa.

El taxista, molesto por la sensación de que le había enredado para hacerle ir hasta Brooklyn de madrugada, me dejó tirada en la oscura calle y salió escopeteado. Esta era la diferencia entre Brooklyn y Manhattan: mientras que la calle de Maggie estaba transitada a cualquier hora del día o la noche, la de Josh se quedaba desierta a medianoche, ni bares ni restaurantes abiertos, ni peatones a la vista. El único movimiento procedía de algún punto cercano a un coche estacionado delante del edificio de Josh, un destello que primero pensé que era un gato y luego comprendí, con un pequeño grito, que era una rata.

Corrí hasta la puerta, llamé al timbre con desesperación y, como Josh no abría, marqué entonces a toda prisa su número en mi móvil. La rata seguía dando zarpazos cerca del coche, probablemente tratando de comerse los neumáticos, y me daba miedo que acto seguido se abalanzase sobre mí. Como Josh tampoco contestó al teléfono, empecé a pensar que a lo mejor pasaría la noche fuera. Que había conocido a alguien. Que no había venido a casa.

Con cuidado, retrocedí por la acera, estirando el cuello para ver las ventanas de su casa. Mierda. Estaban oscuras. Eso quería decir que en efecto había salido o que, desde que lo conocía, esta era la primera noche que se había quedado dormido antes de medianoche.

Si hubiese más taxis por la zona o fuese lo bastante pronto para coger tranquilamente el metro de vuelta a Manhattan, me habría ido ya. Si de verdad Josh había salido, no podía quedarme ahí esperando hasta quién sabe cuándo, y si estaba durmiendo, sentía horrores despertarlo, sobre todo después de darle plantón y cambiarlo por mi insensata noche de marcha con Lindsay.

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Pero no sabía qué hacer. Llamé otra vez al timbre y por teléfono sin éxito y al final me acerqué al bordillo, cogí un puñado de gravilla y la tiré contra su ventana, gritando: «¡Josh! ¡Josh!»

Por fin vi que se encendía una luz en su apartamento y oí el crujido de la ventana de guillotina al abrirse. Y entonces vi aparecer la bendita cabeza de Josh.

—¡Josh! —supliqué—. Déjame entrar.

Tenía los ojos entornados y tardó unos segundos en entender lo que pasaba. Entonces se rio entre dientes.

—No me lo puedo creo —dijo—. Venga, pasa.

Subí los escalones de dos en dos, sin detenerme a tomar aire hasta que estuve a salvo dentro de su apartamento, sin ratas a la vista.

Entonces me eché en sus brazos y me quedé agarrada a él, sintiéndome como un barco que por fin había llegado a puerto. Me estuvo abrazando un buen rato hasta que echó el cuerpo atrás y dijo:

—¿Qué ha pasado? ¿La noche de chicas ha ido mal?

Negué con la cabeza, reacia a serle desleal a Lindsay, y luego asentí con aflicción.

—Tendría que haber estado contigo.

—¿Tendrías? —inquirió.

—Me habría gustado. Ojalá hubiese estado contigo.

Entonces me besó, un beso tierno solo con los labios, uno detrás de otro, como los besos que recordaba de secundaria, antes de que el sexo complicase todo tanto. Con él me sentía en casa, y sentía que ese era el único sitio donde quería estar. Hasta ahí llegaba mi yo joven y salvaje. El primer hombre con el que había estado después de un marido con el que me había casado a los veintiuno, y lo único que quería hacer era estar en casa con él cada noche.

Por primera vez, mientras me quitaba la ropa, me metía en la cama con Josh y me enredaba en él como si fuese posible convertirnos en una sola persona, empecé a plantearme que a lo mejor nuestra relación no tenía que acabarse por el mero hecho de que se fuese a Tokio. Tal vez no tuviera que ponerle tantos límites y pudiese dejar que nuestros sentimientos decidieran hasta qué punto implicarnos. Dado que había desafiado con éxito al tiempo, empecé a preguntarme si podía llegar a pensar en un «para siempre».

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Mis inquilinos se iban, volvían a su casa recién reformada, con lo que de nuevo recaía en mí la decisión de qué hacer con la mía. Naturalmente, una opción era mudarme otra vez, pero eso solo tenía sentido si Diana regresaba. ¿Tenía mi hija alguna intención de volver a casa? Sus correos electrónicos y llamadas de teléfono, como siempre esporádicos, no hacían mención alguna a sus planes, y yo, enfrascada en mi nueva vida, había dejado de acosarla.

Pero ahora tenía que saberlo. Le dejé un mensaje en su oficina local de África y esperé tres días a que me devolviese la llamada. No, dijo, no tenía pensado volver a casa.

—Eso es bueno —comenté.

—¿Ah, sí?

—Sí, porque puedo volver a alquilar la casa y quedarme con Maggie en Nueva York.

—A lo mejor quieres instalarte allí definitivamente.

—No, no —le dije, aunque para mi sorpresa la idea no me horrorizó del todo—, pero ahora mismo me es más práctico. No tengas prisa por volver a casa.

—De acuerdo, sin prisas —replicó Diana—. De hecho, me estoy planteando quedarme un año más.

Un año más. Ante la idea de no ver a mi hija durante otro año entero el alma se me cayó a los pies. Aunque a lo mejor podía persuadirla de que viniera a casa para las vacaciones de diciembre. O a lo mejor, ahora que estaba ganando dinero, incluso podía ir a verla allí.

—Me alegro de que las cosas te estén yendo bien —le dije totalmente en serio—. A lo mejor quedarse es una buena idea.

Durante los días siguientes la idea de alquilar la casa durante más tiempo o quizás hasta anunciarla en el mercado inmobiliario me fue gustando cada vez más. Había empezado toda esta historia del rejuvenecimiento como un juego, un experimento de una noche. Y luego

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lo había llevado un poco más lejos para ver si me ayudaba a encontrar trabajo, a arrancar mi vida.

Ahora que todo iba tan bien me di cuenta de que no quería renunciar al juego. A nada de todo aquello. Maggie me dijo que, aunque al comité de adopción le había extrañado la «atípica decoración de su vivienda» (había dibujado unas comillas en el aire al decir estas palabras), creía que la visita había ido bien, por lo que estaba más a mis anchas en el loft. Y en el despacho, con Teri aún en casa (cuando por fin sus hijos se encontraron mejor, pilló ella la gripe), iba avanzando mi proyecto.

Lo único raro era Lindsay. Desde que nos separamos al salir de la discoteca estaba distante conmigo, aunque aseguraba que todo iba bien y que simplemente estaba desbordada de trabajo. Yo también lo estaba. Supuse que le daba vergüenza lo que había pasado o que estaba enfadada conmigo por haber intentado decirle lo que tenía que hacer, y decidí aprovechar la oportunidad para recluirme y refugiarme en el despacho de Teri para trabajar en el proyecto desde primera hora de la mañana hasta bien entrada la noche.

Cuando no estaba trabajando, pasaba todo el tiempo que podía con Josh. Aún faltaba bastante para su partida a Japón y podíamos relajarnos y divertirnos sin que nos preocupara que el tiempo que pasábamos juntos estuviese a punto de finalizar.

¿Y por qué tenía que acabarse?, empezaba a preguntarme. A ver, lógicamente, a la larga quizá tuviese que aceptarlo, pero ¿por qué tenía que ser dentro de dos meses o dos años o cualquier plazo determinado de tiempo?

¿Cuánto tiempo lograría fingir que tenía como quince años menos de los que realmente tenía? A los cincuenta, ¿podría aparentar treinta y pico? Al acercarme a los sesenta, ¿podría hacerme pasar por una cuarentona?

Sin duda, tenía la ventaja de parecer joven de forma natural, pero eso no duraría eternamente. Aunque hiciese ejercicio cada hora que pasara despierta, acabaría por quedar en evidencia. Aparecerían las arrugas, la piel se iría apergaminando, las encías se retraerían y el pelo clarearía. A las mujeres de mi edad o un poco mayores que yo ya les estaba pasando, así que seguro que a mí también me pasaría.

Y luego estaba ese sentimiento de culpabilidad tan hondo que me entraba. En el despacho, incluso con Lindsay, podía decirme a mí misma que no estaba haciendo daño a nadie, que mi comportamiento como

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empleada, incluso como amiga, nada tenía que ver con mi edad, real o ficticia.

Sin embargo, con Josh la culpa era más persistente. Puede que nuestra relación hubiese empezado como una aventura, pero sin quererlo ninguno de los dos se había convertido en mucho más. Nuestros sentimientos respectivos eran serios y genuinos; ¿no debería ser igual de auténtica con él sobre mi edad?

Aunque supongamos que decidiésemos estar juntos a largo plazo y yo confesara mi verdadera edad, y Josh lo aceptara. Supongamos que anunciara a los cuatro vientos que tengo cuarenta y cuatro. ¿No seguiría siendo lo lógico intentar parecer lo más joven posible? Estaba claro que el mundo empresarial era más receptivo a alguien de aspecto joven, y, aun cuando Josh supiese la verdad, yo querría parecer su novia, no su madre. Eso no implicaba recurrir necesariamente a la cirugía estética, sino a métodos menos agresivos: cremas y peelings, bótox, restylane, guantes que daban pequeñas descargas en la piel…

Al comentarle a Maggie, con la mayor naturalidad posible, que estaba pensando en probar una de esas técnicas antiedad, se puso a chillar y derramó su expreso.

—¿Qué?

—No es nada del otro mundo. Es completamente natural.

—¡Tú estás mal de la azotea! ¿Por qué demonios quieres hacerte un tratamiento de descargas en la cara?

—Para parecer más joven.

—¡Ya pareces suficientemente joven! —exclamó—. ¡Estoy harta!

¡Quiero recuperar a mi amiga!

—Estoy aquí.

—No, qué va —replicó Maggie—. No del todo.

Aquello me dejó sin palabras. No tenía ni idea de lo que estaba hablando.

—¿En qué sentido?

—En pequeños detalles —contestó—. Echo de menos oírte hablar de tu jardín. Preferiría que me hablaras de cómo crecen tus tulipanes antes que de una estúpida discoteca a la que has ido con tu yogurín.

Asentí, aunque seguía sin estar convencida. Sospechaba que Maggie encontraba ambos temas igual de aburridos.

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—Y echo de menos que me invites a tu casa a una buena cena — protestó.

Eso, como mínimo, me hizo reír.

—Sabes perfectamente que cuando te invité a Nueva Jersey a cenar un buen jamón no quisiste venir nunca, ni una sola vez.

—Ahora iría.

—No lo harías. Solo lo dices porque ya no vivo allí.

Desde la calle, mucho más abajo del loft de Maggie, nos llegó una canción de salsa hasta el diván donde estábamos sentadas, una al lado de la otra, bebiendo a sorbos nuestros expresos.

—He estado pensando… —me aventuré a decir.

—Oh-oh.

—Los inquilinos se han ido —le conté— y he estado pensando en lo que quiero hacer. Y creo que igual me gustaría venir a vivir aquí. Ya sabes, para siempre.

Entonces ambas estuvimos en silencio un buen rato hasta que Maggie habló:

—No creo que sea muy buena idea.

—No —exclamé, sintiendo que el corazón se me hacía añicos en el duro suelo de madera—, ¡claro que no! Te estoy atosigando. Es por tu trabajo…

—No es por eso —se apresuró a decir—. Pero mientras tú trabajabas dieciséis horas al día y luego te pasabas las noches en Brooklyn, a mí me han dado una mala noticia.

—Vaya, Maggie —dije, sonrojándome al caer en la cuenta de que, a decir verdad, mi propia vida me había absorbido tanto que había desconectado por completo de lo que le pasaba a ella.

—Los de la agencia de adopción no me han aceptado. He fracasado estrepitosamente en el examen de vivienda.

—¡Oh! Lo siento mucho, Mags.

—No es culpa tuya. Intentaste advertirme. Ahora estoy presentando la solicitud en otra agencia y voy a seguir tu consejo.

—¿Ah, sí?

Desesperada, procuré rebuscar en mis polvorientos archivos mentales qué consejo podría ser ese.

—Me dijiste que tenía que arreglar la casa —me recordó Maggie— y me encantaría que me echaras una mano.

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—Vaya —repliqué, animándome al pensar en colocar muebles más cómodos, unos cuantos cojines mullidos y calentitas mantas de croché en el sobrio loft de Maggie—. Faltaría más.

—Y creo que deberías irte de casa —añadió.

Pensé que me desplomaría en el suelo. Toda yo, mi corazón incluido. —No para siempre —se apresuró a añadir Maggie—, pero por lo visto

tenías razón. Que vivas aquí ha sido un problema con la primera agencia.

—¡Oh! —exclamé, notando que mi rubor se intensificaba.

—Si se tiene un compañero de piso, también tiene que someterse al escrutinio de la agencia —aclaró Maggie.

—Pero yo no soy…

—Ya, pero dada mi orientación sexual, no tenían por qué creerme. Y resulta que hasta las lesbianas que adoptan en pareja suelen fijar domicilios separados y solo una hace la solicitud, y luego la otra madre adopta una vez que el niño forma parte de la familia, porque así funciona mucho mejor.

—No tenía ni idea.

—Ni yo, hasta ahora. Pero no puedo permitirme cometer los mismos errores otra vez. Me estoy dando cuenta de que tengo que actuar con mucha cabeza. ¿Te molesta mucho?

—No —me apresuré a tranquilizarla—. Claro que no.

—Siempre puedes volver a vivir conmigo —comentó Maggie—. Más adelante, aunque no sé muy bien cuándo.

—¡Claro! —exclamé, mientras mi mente daba vueltas en busca de opciones—. Por supuesto.

—Oye —dijo Maggie—, a lo mejor podríamos ir a Nueva Jersey este fin de semana a coger algunas cosas para arreglar esta casa. ¿Tienes algo que pudiera darle un aspecto más, ya sabes, normal?

Bueno, pensé, ¿qué no se lo daría? En los últimos meses el loft de Maggie se había vuelto si acaso más estrafalario, con muchas de las mujeres de alambre colgadas ahora del techo para hacer sitio a los bloques de cemento que se amontonaban en el suelo. Pero las figuras de alambre eran tan grandes que no podías caminar tranquilamente debajo de ellas; por el contrario, pendían a un metro o un metro y pico del suelo, con lo que tenías que agacharte y esquivarlas por la estancia o arriesgarte a que un muslo de hierro te golpeara en la cabeza.

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—Tengo un par de sillones de terciopelo azul marino que podrían pegar con este diván —dije, esforzándome para que mis recelos no se me reflejaran en la voz—. Y una bonita alfombra persa que quedaría genial en este suelo de pino, puede que una mesa de centro…

—Por eso necesito a tu antiguo yo urgentemente —repuso Maggie, dando palmadas de emoción—. Necesito tu mirada hetero. Tu mirada hetero para el marica. La marica.

—Gracias. Supongo.

—¿Podemos ir a un centro comercial cuando estemos en Nueva Jersey? —preguntó Maggie.

¿Un centro comercial? Supuse que quería realmente vivir la experiencia Jersey completa.

—Claro.

—¿Me harás un jamón al horno? ¿Y una tarta?

—Si recuerdo cómo se hace…

Pensar en pasar el fin de semana en Nueva Jersey, de vuelta en mi antigua casa, mi antigua vida, me produjo un inesperado escalofrío de miedo. Me generaba tanta inseguridad tratar de ser la persona que había sido en el pasado como, no hacía tanto, me la había generado emprender mi nueva vida en Nueva York. Estaba convencida de que no estaba preparada para volver. Pero era Maggie la que me lo había pedido; y por ella haría cualquier cosa.

Calculé la harina, dos tazas, en mi cuenco favorito de cerámica punteada verde y azul.

—¿Lo quieres con cobertura crujiente o recubierto de masa? —le pregunté a Maggie.

Ella, que estaba sentada a la mesa de pino sin barnizar, bebiendo una copa de vino, clavó la vista en el techo, como pidiendo consejo a la diosa de las tartas.

—Me encanta de las dos maneras —dijo por fin—. Lo que te sea más fácil.

—Las dos son fáciles. ¿Recuerdas ese dicho de que algo es pan comido?

—Me da que hay una razón de peso para que la gente ya no diga eso.

Maggie sonrió de oreja a oreja.

—¡Venga ya! —exclamé—. De verdad que no es difícil. ¿Quieres que te enseñe?

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Puso cara de curiosidad y horror a partes iguales.

—En serio —insistí—. Haremos cobertura crujiente. Casi nunca falla. —De acuerdo —repuso Maggie, levantándose y atándose uno de mis

viejos delantales—. ¿Qué hago?

—Vale, saca un cuenco. Que sea un cuenco bonito.

—¿Por qué?

—Porque así toda la experiencia será más agradable. Elige uno que te guste.

Mientras yo seguía preparando la base de masa crocante, Maggie rebuscó en un armario inferior, inspeccionando y rechazando cuencos, hasta que extrajo un viejo cuenco verde manzana con boquilla para verter que mi madre solía usar para la masa de las tortitas cuando yo era pequeña.

—Perfecto. Ahora echa un poco de harina.

—¿Cuánta?

—No importa. Luego puedes sacar un poco con una taza de café si quieres.

De pronto recordé haber hecho exactamente esto con Diana cuando tenía cinco o seis años, arrodillada en una silla al lado de donde ahora estaba Maggie. La imagen de mi hija era tan vívida que tuve la sensación de que, si parpadeaba, vería ahí a su yo pequeñito, echando la harina despacio en el cuenco como si se tratara de kétchup. Le había puesto muy nerviosa, igual que a Maggie, hacer algo sin receta, pero se había ido relajando sobre la marcha, mordisqueando su cobertura crujiente en curso y finalmente mezclándola a la perfección.

—Esto es algo que un día podrás hacer con tu hija —le dije, sonriendo mientras visualizaba a una niñita asiática de lacio flequillo moreno arrodillada en una silla como había hecho Diana, ayudando a Maggie a sacar la harina.

Levantó la vista y me sonrió abiertamente.

—Nunca me he visualizado como una de esas madres que se dedica a hacer pasteles. No sé, daba por sentado que me la llevaría todas las noches a cenar sushi.

Intuí que hablaba medio en broma y, quién sabe, quizá Maggie fuese lo bastante afortunada de tener la clase de niño que se sienta tranquilamente en un restaurante a zampar pescado crudo. Mi hija había sido más del tipo

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cereales de la marca Cheerios delante de la tele, pero igual fue porque no le exigí algo más sofisticado.

—¿Y si tienes un niño? —le dije para provocarla.

Maggie pareció desconcertada, como si nunca se le hubiera ocurrido esto. Luego contestó:

—Pues también me lo llevaré a tomar sushi.

—A lo mejor tu sistema es el adecuado. Creo que se lo hice todo tan agradable a Diana, se lo puse tan absolutamente fácil, que para ella fue una gran conmoción empezar el colegio y descubrir que, en realidad, el mundo no giraba a su alrededor.

—Diana es una gran chica —comentó Maggie—. La verdad es que deberías sentirte orgullosa de lo bien que la has educado. Ver lo bien que ha salido, ver lo gratificante que ha sido la maternidad para ti es, en buena medida, lo que me ha acabado impulsando a tener mi propio hijo.

Estaba tan emocionada que noté que me brotaban lágrimas en los ojos. —¡Caray! —exclamé—. Y a mí que siempre me ha preocupado que pensaras que estaba malgastando mi vida en lugar de hacer algo

importante como ser artista.

—Diana es tu obra de arte —repuso Maggie—. Y ahora estás empezando toda esta nueva etapa de tu vida. Vale, ¿y ahora qué?

—Bien —contesté—, ahora va el azúcar.

Habíamos comprado azúcar blanco y moreno en nuestra escapada al supermercado y ahora Maggie alzó una taza de azúcar para mi supervisión.

—La cantidad que creas conveniente. —Le sonreí—. Tú decides.

—O sea que de verdad crees que soy capaz de hacer esto sola —dijo, echando el azúcar con sonrisa trémula, sin mirarme exactamente a los ojos.

Sabía que no se refería solo a la masa. No habíamos tenido una conversación sin tapujos sobre el asunto del bebé desde Nochevieja, cuando le dije a Maggie que creía que quizás era demasiado mayor para asumir las exigencias de la maternidad. Desde entonces la había apoyado al máximo, pero en ese momento me di cuenta de que había llegado a creer seriamente en el deseo de Maggie de ser madre. Se había volcado hasta tal punto conmigo, abriéndose y abriendo su mundo como sabía que habría sido incapaz de hacer tan solo unos años antes, que era evidente que estaba preparada para dejar que entrara una criatura en su vida.

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En cuanto a mí, seguía sin verme con la energía suficiente para ocuparme de un bebé e ir tras él cuando empezara a andar, pero tampoco creía que mi vida fuese completa de no haber tenido nunca hijos. Al pensar en esto se me llenó el corazón de felicidad por Maggie, porque se había dado cuenta de lo que quería antes de que fuese demasiado tarde, porque estaba haciendo lo que estaba en su mano, y más, para hacer realidad su sueño de ser madre.

Alargué la mano y le di un apretón en el brazo.

—¿La Más Pura Verdad? —pregunté.

—Claro que sí —contestó, aunque parecía inquietarle oír lo que yo tenía que decir.

—Lo creo —le aseguré.

Entonces levantó la vista y me miró.

—¿En serio crees que tengo lo que hay que tener para ser una buena madre?

—Sé que sí. Ya estás haciendo cosas por este hijo que nunca imaginé que fueras capaz de hacer.

Maggie me lanzó una mirada inquisitiva.

—Llevar pantalones caqui, por ejemplo —dije, dejando que una sonrisa se apoderara de mi rostro. Maggie había sido siempre radicalmente antibeis en todos los aspectos de su vida, pero hoy en J. C. Penney (¡ni más ni menos que en la tienda J. C. Penney!) había escogido un par de pantalones caqui en cuya composición había poliéster, postulando que a los de adopción les tranquilizaría que llevara «ropa de mami».

Señalé el cuenco verde, en el que estaba mezclando el azúcar y la harina con los dedos.

—Y cocinar —indiqué.

Miró su mezcla, blanca y grumosa, con el ceño fruncido.

—Esto no tiene mucha pinta de cobertura crujiente.

—Le falta azúcar moreno —dije—. Y mantequilla. Y un par de especias (canela, nuez moscada), lo que quieras.

—Sí, especias quiero seguro —repuso Maggie, sonriendo abiertamente —. Todas las que tengas y la máxima cantidad posible. Se puede, ¿verdad?

—La decisión es toda tuya.

—¿En serio? —inquirió, y de pronto se puso otra vez seria—. Lo que digo es si crees que puedo seguir siendo yo misma y además ser una buena madre. Porque tantos cambios me inquietan…

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Estuve a punto de contestarle enseguida que, naturalmente, sí podía seguir siendo ella misma y ser una buena madre, que los cambios eran únicamente temporales, solo superficiales, nada que fuese a minar la esencia de su yo más esencial.

Pero entonces pensé: ¿de verdad lo son? En Nochevieja me había figurado que únicamente me estaba tiñendo el pelo, cambiándome de zapatos nada más. Y ahora tenía la sensación de que no solo mi vida sino mi yo interno había cambiado cuando menos tan radicalmente como mi yo superficial.

¿Y acaso no eran positivos esos cambios? ¿Y los cambios en Maggie que inevitablemente traería consigo la maternidad no eran igual de positivos, si bien menos predecibles? Es verdad que ver que tu vida daba un vuelco asustaba, pero recordé que en el instituto la propia Maggie me había dicho que el miedo y la emoción eran dos aspectos distintos de la misma emoción.

—Una de las cosas más inteligentes que me han dicho —le dije ahora a Maggie— es que antes de tener hijos intentes imaginarte cómo los encajarás en tu vida. Y luego cuando tengas al bebé intentes imaginarte cómo adaptarás tu vida a tu hijo.

Maggie parpadeó.

—No sé si lo he entendido del todo —dijo.

Iba a explicarle cómo había vivido yo esa idea, cómo la habían vivido todas las madres (y buena parte de los padres) que conocía. Pero entonces pensé que, como la edad, como el amor, quizá fuese una de esas cosas que uno tenía que experimentar para entender del todo.

—Ya lo entenderás, ya —le dije a Maggie.

Entrada la noche, cuando estaba acostada en mi antigua cama sobre mis sábanas blancas bien almidonadas, totalmente despierta por la extraña familiaridad de todo ello, por la inusual quietud de la noche exterior, oí sonar el teléfono. No el teléfono de mi mesilla de noche, sino el móvil, abajo en mi bolso. No me costó, a la luz de la luna, recorrer a tientas el pasillo y bajar las escaleras y dar con el bolso que había dejado, como tenía por costumbre desde hacía tiempo, en el banco del recibidor.

Supuse que sería Josh. Le había dicho que me iba con Maggie a pasar un fin de semana de chicas («¿Puedo ir yo también?», había bromeado) y me imaginé que llamaba para decirme que me echaba de menos.

Por eso me sorprendió oír la voz de Diana al otro lado de la línea.

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—Cariño —me apresuré a decir, notando que se me aceleraba el pulso —. ¿Estás bien?

—Sí —contestó—. ¿Y tú?

—Claro. —Miré alrededor. Incluso a oscuras casi podía visualizar su pequeño yo saltando de habitación en habitación—. ¿Sabes dónde estoy ahora? Estoy en casa. En Nueva Jersey. En nuestra casa.

Aguardé, esperando oír el grito de sorpresa de Diana o incluso un resoplido de indiferencia antes de lanzarse a contarme la historia de su última aventura. Me sorprendió que, en lugar de eso, empezara a llorar.

—¿Qué pasa, mi amor? —pregunté alarmada—. ¿Qué ocurre?

—La echo de menos —dijo Diana—. Siento que ya no tengo un hogar. —¡Oh, cariño! ¡Claro que lo tienes! Aunque venda la casa, conmigo

tendrás siempre un hogar.

—O sea que ya está, ¿no? —dijo Diana, su voz cada vez más fría—.

Vas a vender la casa.

—No, eso no es lo que estoy diciendo. Bueno, tal vez algún día, pero… —me di cuenta de que yo estaba confusa— creía que no estabas preparada para volver.

—Creía que no querías que volviera.

—¿Qué? Por supuesto que quiero que vuelvas —dije, intentando telegrafiar la convicción que sentía a través del cable telefónico—, si eso es lo que quieres. Me encantaría que estuvieras aquí, pero por encima de todo quiero que seas feliz y que estés contenta con lo que haces.

Hubo un silencio tan largo que pensé que habíamos perdido la conexión hasta que por fin me atreví a decir:

—¿Diana?

—Es que no sé si quiero volver ya —contestó, dándome la impresión de que acababa de despertarla de su ensimismamiento—. Todavía me queda mucho por hacer aquí.

Por lo visto no había cambiado nada entre nosotras.

—Lo que decidas me parecerá bien —le dije—. Pero que sepas que, si quieres venir a casa, por mí encantada.

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El lunes por la mañana fui al despacho convencida de que me encontraría a Teri allí, pero seguía en casa, aunque lo bastante recuperada como para empezar a echar un vistazo a cosas que le enviaría por mensajero.

Mientras preparaba el primer paquete para mandárselo, noté que se me secaba la boca y el corazón empezaba a latirme con fuerza, como si estuviese pillando la gripe. Pero mi problema era emocional, no físico. De repente me preocupaba, por primera vez, qué pensaría Teri de todo lo que había hecho para el proyecto de los clásicos. Con ella completamente fuera de escena, yo había estado respaldada por la señora Whitney y la fuerza de las propias ideas. Pero ahora empecé a pensar que Teri igual se sentiría seriamente amenazada por lo mucho que había avanzado el proyecto.

¿Debía mandarle todo lo que había hecho?, me pregunté. O quizá debería guardarme algunos informes y correos electrónicos e irle desvelando todo gradualmente. Ostras, Teri, a la señora Whitney le encantó nuestra presentación. Me pidió que la ampliara. El plan que he desarrollado para el sello ha sido todo un éxito. Y ahora, ups, ¡parece que voy a ser tu jefa!

Esa última parte estaba aún en mis fantasías, pero no podía evitar imaginarme cómo reaccionaría Teri de creer que esa era la evolución lógica de las cosas. Lo cual, por lo que sabía del funcionamiento de su mente, era muy probable.

Necesitaba que Lindsay me aconsejara, pero cuando fui a su despacho me la encontré sentada con el rostro lívido (lo que era mucho decir, teniendo en cuenta lo pálida que estaba normalmente) moviendo montones de papeles de un lado de su mesa al otro. Ni siquiera levantó la vista cuando le dije hola.

—¿Qué pasa? —inquirí.

Cogió una pila de manuscritos y luego los dejó caer con fuerza sobre el otro lado de la mesa.

—Thad ha roto conmigo —contestó, aún sin mirarme.

—¡Vaya por Dios! Lo siento.

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Entonces, por fin, Lindsay me miró a los ojos.

—¿Ah, sí? —repuso—. Pensé que igual te alegrarías.

Noté que me sonrojaba por la culpa: aunque lamentaba verla tan triste, hasta cierto punto también me alegraba que por fin hubiese dejado una relación que no me parecía conveniente. Thad parecía muy controlador, muy presto a sofocar el espíritu libre de Lindsay, que ella parecía ciegamente dispuesta a cambiar por la seguridad del matrimonio; un tipo de seguridad que yo sabía que no necesariamente duraba.

Pero no me vi capaz de decirle algo tan directo. Era su amiga, no su madre, cosa que me había dejado meridianamente clara aquella noche en la discoteca. Si en teoría éramos de la misma generación, ¿cómo iba a ver esto con más objetividad que ella? Además, hacía tiempo que Lindsay consideraba que mi falta de interés en el matrimonio era un disparate, lo que invalidaba cualquier consejo romántico que pudiera darle.

—¿En serio? —pregunté—. ¿Qué te hace pensar eso? —Venga ya —dijo Lindsay—. Thad nunca te ha caído bien.

Supuse que no lo había estado disimulando tan bien como me imaginaba.

—Aquí no se trata de que Thad me caiga bien. Se trata de si realmente es lo mejor para ti. De todos modos, ¿qué ha pasado?

—Cuando Thad se enteró de lo de aquel tío de la discoteca, se puso furioso y rompió conmigo.

Las cuentas no me salían.

—Pero de eso hace una semana y media. Él ha estado fuera de la ciudad. ¿Cómo se ha enterado ahora?

—Se lo conté yo —respondió abatida—. Cuando llegó a casa.

—¿Por qué demonios se lo contaste? ¿Qué ha pasado con lo de ser un ente libre hasta que ese anillo estuviese en tu dedo?

—Se lo conté precisamente por eso. Al volver de California dio por sentado que había estado en casa haciendo calceta mientras estaba fuera. Quise hacerle ver que, si quería esa clase de compromiso por mi parte, tendríamos que comprometernos.

O tal vez, se me ocurrió, le contó a Thad lo del otro tío porque quería provocar una ruptura. Tal vez en su fuero interno supiera que Thad no era el hombre adecuado para ella, que necesitaba vivir más experiencias antes de sentar la cabeza.

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—Puede que sea para bien —dije con tacto—. Aprovecha para salir y divertirte…

—Sabía que dirías algo así —me espetó.

—Escucha, solo me preocupo por ti. Por tu felicidad. Creo que habrá más felicidad después de Thad.

—Mi vida está destrozada —dijo, cubriéndose la cara con las manos y empezando a sollozar.

—Vamos, Lindsay… —dije poniendo una mano en su hombro.

—Que hayas decidido echar a perder tu propia vida —me dijo sacudiendo el hombro para quitarse mi mano de encima— no significa que vaya a dejar que eches a perder la mía.

¿Había decidido echar a perder mi propia vida? No era así como yo lo veía, aunque las palabras de Lindsay no dejaban de resonar en mis oídos. Desde luego me sentía menos segura en el trabajo, estaba más preocupada por lo que pasaría cuando Teri regresara, sin ella ni Thad de mi parte. Y echaba muchísimo de menos su amistad, la diversión que aportaba a mi vida. Hacer todas las noches el largo trayecto a casa, a Nueva Jersey, en autobús; viajar, al parecer, a mi propio pasado y futuro a la vez, había reabierto un montón de preguntas que me había esforzado en aparcar.

El tema de Josh, por ejemplo.

Al tiempo que quería empezar a decirle únicamente la verdad, me veía a mí misma mintiendo cada vez más. La creciente cantidad de mentirijillas venía de una gran mentira: en vista de que, de entrada, él ignoraba que hubiese casa alguna en Nueva Jersey, le estaba ocultando el hecho de que me había ido a vivir a allí. Gracias al milagro de los teléfonos móviles podía colarle que estaba en cualquier parte; así que fingía trabajar hasta tarde o recuperarme de la larga jornada en el loft de Maggie.

No es que no quisiera verlo. Era más bien que verlo me confundía aún más de lo que ya lo estaba. Al volver a Nueva Jersey, recuperar mi hogar y redescubrir cada minuto de cada día quién había sido todos estos años (además de recordar cuántos años había sido esa persona), tuve la sensación de que no podía ir a ver a Josh y seguir interpretando un papel. Pero ¿cómo iba a confesarle la magnitud de mi farsa? Quería sincerarme, pero cada vez que me lo imaginaba, acababa con la certeza de que eso supondría perderlo. Y una de las pocas cosas de las que estaba segura era de que no quería que eso pasara.

—Te echo de menos —dijo Josh.

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Estaba hablando por el móvil, sentada en el salón de la casa de Homewood. Había abierto las ventanas a la cálida tarde primaveral y también había encendido el fuego, porque sí. La pequeña lámpara china estaba encendida; la única otra luz procedía de las velas que había encendido por la habitación. Todo volvía a estar en su sitio, todas las fotos de Diana en sus marcos de plata de ley encima de la repisa de la chimenea, todos mis cojines y libros, platos y cachivaches favoritos colocados como me gustaban. Todavía no había decidido qué iba a hacer con la casa, aparte de disfrutarla al máximo, pasara el tiempo que pasara aquí.

—Te echo mucho de menos —dijo, aparentemente pensando que no le había oído la primera vez.

Suspiré profunda e involuntariamente con la fuerza de todos los sentimientos y pensamientos que albergaba en mi interior.

—Yo también te echo de menos —respondí al fin—. Pronto nos veremos.

Pero me sorprendí deseando devorar cada minuto que pasaba en mi casa. Con Teri aún ausente, tenía la libertad de hacer lo que quisiera con mi horario: llegar un poco más tarde por la mañana y salir pitando por la puerta por la tarde para saborear todas las cosas de casa que había olvidado que me gustaban tanto. Me impuse como norma beber el café en el lugar más soleado de la cocina cada mañana, ladeando la silla para poder ver el cerezo que echaba brotes en el jardín. Cuando leía, me acurrucaba en el enorme asiento junto a la ventana, en lugar de sentarme perezosamente en mi cama. Me bañaba en la inmensa bañera art decó del dormitorio principal, la bañera que había sido una de las principales razones por las que quise la casa, pero de la que hasta ahora pocas veces me había dado el gusto de disfrutar.

Y usaba todas mis cosas favoritas, todo lo que había acumulado durante tantos años. Las sábanas blancas de algodón de ribete de ganchillo hecho a mano. Las gruesas tazas de cerámica azul punteada y los platos color crema. Los servilleteros de plata de ley con la A grabada y las abolladas cucharas de plata, de contorno perfecto para el pomelo.

Coloqué mi kilim favorito y mis alfombras bordadas para que mis pies pudieran deslizarse sin tocar nunca la madera, mientras trazaba mi acostumbrado camino laberíntico por la casa. Cuando comía, usaba las copas de vino de cristal grabado (de la abuela de Gary, aunque por lo visto

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él se había olvidado de ellas) y encendía cada una de las velas de cera de abeja doradas de la araña de hierro forjada a mano.

Lavaba a mano la colcha roja de punto de cruz y la colgaba de las ramas de la lila para que se secara. Luego la planchaba con almidón junto con las servilletas de lino y las toallas de mano. Limpiaba los candelabros y las cazuelas de cobre, y pulía los suelos de pino a cuatro patas. Usaba el cepillo de dientes abandonado de Gary para limpiar las juntas de las viejas baldosas Subway del cuarto de baño.

Para cada comida hojeaba mi amplio recetario y me mimaba cocinando todas mis recetas favoritas, sin importarme pegarme todo ese trabajo solo para mí. Hice la salsa de espaguetis de la abuela Giovane, cociéndola a fuego lento hasta que la casa se impregnó del dulce aroma de los tomates. Me hice un pastel de chocolate y una tarta de cebolla; preparé una ensalada Cobb y hasta me freí el precursor casero de los nuggets de pollo, el capricho que, de pequeña, siempre había pedido para mi cena de cumpleaños.

Sin embargo, casi todo el tiempo estaba en mi jardín. Esta había sido siempre mi época favorita del año aquí: todo brotaba del suelo tan deprisa que daba la impresión de que podías quedarte ahí a ver cómo crecía. Extraje todas las hojas viejas y tallos muertos del año anterior, y arranqué la aguileña amarilla, que se propagaría si no la sacaba ya. Podé las rosas, coloqué ladrillos para un nuevo sendero y planté geranios blancos en todas las jardineras.

No podía permitirme dejar que mi estancia en la casa se prolongara sin tomar una decisión respecto a volverla a alquilar o por lo menos empezar a hacer indagaciones para su venta. Pero antes de hacer eso me apetecía un fin de semana intensivo allí a solas. Además, razoné, era mi oportunidad para emprender las tareas organizativas de mayor envergadura que en el pasado siempre había pospuesto, y ahora tendría que hacer si la casa se vendía.

Busqué en todos los estantes, llevando cajas llenas de libros a la biblioteca para su donación y al club de la universidad para su venta.

Repasé toda la ropa sin usar de la buhardilla y me deshice por fin de todas las prendas de la infancia de Diana, toda mi ropa de talla superior a la cuarenta y cada uno de los objetos que habían pertenecido a Gary.

Tiré los apuntes de Gary de la facultad de odontología, mis apuntes de literatura rusa y el proyecto de sociales de Diana de séptimo. Por último,

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junté los dibujos que mi hija había hecho de pequeña en bonitos portafolios y revisé las cajas de papeles de casa de mi madre. Me deshice de facturas viejas del gas, pero enmarqué un premio que había ganado en caligrafía en 1933.

Y entonces, en el polvoriento fondo de una de las cajas con más polvo de la buhardilla, lo encontré: el manuscrito de la novela que había empezado a escribir cuando Diana daba sus primeros pasos, los capítulos en los que había trabajado durante meses hasta desanimarme. Pensaba que lo había tirado tiempo atrás, pero ahora me senté en las tablas astilladas del suelo de la buhardilla y empecé a leer. Y seguí leyendo.

Me imaginé desempolvando este manuscrito en Gentility Press. Me entusiasmaría, pensé. La historia era común, pero no estaba manida: una comedia doméstica acerca de la madre acomodada de una niña, que tiene la sensación de que quiere sacarle más partido a la vida, pero no sabe cómo conseguirlo. Era la parte de la historia de no saber cómo conseguirlo la que me había despistado, entendí ahora. No había sabido cómo seguir escribiendo la novela, porque no supe cómo sacarle más partido a mi vida. No se me ocurrió cómo, ni para mi heroína ni para mí misma. Creí que me había quedado sin ideas ni energía para escribir el libro, pero de lo que realmente no tenía ni idea era de cómo seguir con mi propia vida.

Ahora, en cambio, parecía tan obvio lo que la mujer de la historia tenía que hacer, en qué tenía que fracasar, qué tenía que intentar a continuación. De haber tenido un bolígrafo, me habría puesto a escribir sobre el suelo mismo de la buhardilla, pero en vez de eso bajé a la planta baja, me senté en el sillón cercano a la chimenea con el portátil apoyado en mis rodillas, sin importarme estar cubierta de polvo, y únicamente paré cuando me di cuenta de que había oscurecido demasiado para ver.

Entonces me levanté para encender el fuego, hacer un poco de té y untar un trozo de pan italiano con mantequilla de cacahuete, luego volví corriendo al sillón para ponerme a escribir de nuevo.

Seguía allí sentada cuando oí que fuera se cerraba de golpe la puerta de un coche y luego, para mi inquietud, pasos en la escalera del porche y una llave en la cerradura.

Me levanté, el corazón latiéndome con fuerza, las páginas cayéndose de mi regazo, a tiempo de ver a mi hija Diana aparecer por la puerta principal.

—Hola, mamá —dijo—. Ya estoy en casa.

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Por mucho que deseara quedarme en casa con Diana, y después de su prolongada ausencia eso era lo único que me apetecía hacer, no podía llamar al despacho diciendo que estaba enferma. Teri volvía por fin a trabajar. Pero tampoco podía dejar que Diana me viera arreglada con mi ropa de trabajo habitual de joven asistente. Anoche, con un chándal viejo y cubierta como estaba de polvo, ella con los ojos hinchados tras el largo viaje, le había parecido su madre de siempre. Nos habíamos acurrucado juntas en el sofá como cuando era pequeñita, su cabeza en mi hombro mientras me hablaba en voz baja y yo le pasaba la mano por el pelo y le acariciaba la espalda. Aunque me partió el alma salir de casa sin echar por lo menos un vistazo a mi hija durmiente, me vestí con sigilo y me reservé la aplicación del sofisticado maquillaje para el autobús, un trayecto largo que usaría para trabajar en mi novela y que constituía la única redención por tener que dejar a Diana.

Cuando llegué al despacho, estaba exhausta, porque la noche había sido larga, por la emoción de la llegada de Diana, mi tensa despedida. Y entonces vibró el teléfono nada más salir del ascensor.

—Alice —se oyó la voz de Teri cuando abrí la tapa jadeante—, ven a mi despacho inmediatamente.

Su puerta estaba cerrada y, cuando entré, estaba con cara de pocos amigos sentada frente a su mesa, con varios folios colocados frente a ella.

—Alguien ha estado usando este despacho —dijo nada más entrar por la puerta.

Yo había trabajado tumbada en el suelo, procurando dejar la grapadora y los clips en la posición exacta en que los había encontrado, sin usar siquiera su teléfono por temor a dejar una huella acusatoria.

Pero ahora no tenía más remedio que cantar. Como guardiana del despacho, mi única otra opción (asegurar no saber nada) habría sido peor que la verdad.

—He trabajado aquí a ratos, cuando necesitaba tranquilidad —le dije —. Pero no creo que haya roto nada, la verdad…

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—Esa no es la cuestión —me cortó Teri—. La cuestión es que no es tuyo.

—Correcto —respondí, notando que mis mejillas empezaban a arderme—. Por supuesto.

—¿O lo has olvidado? —continuó. La gripe le había dejado el rostro aún más afilado y más contraído que antes—. A lo mejor empezaste a pensar que, ya que robabas mis ideas, podías quitarme el despacho y hasta mi puesto.

Por primera vez en mi vida entendí lo que la gente quería decir cuando decía que no daba crédito a lo que oía. Me había estado preparando para la vuelta de Teri, esperando que me plantaría cara por reclamar lo que yo consideraba un reconocimiento justo por mis ideas para el proyecto de clásicos. Pero que dijera que le había robado las ideas…

—Sabes que no te he robado ninguna idea —repliqué con voz serena. —De eso nada —repuso ella—. No solo me has robado las ideas, sino

que las has tergiversado de tal modo que ni siquiera las reconozco, y ni mucho menos las apruebo.

Solo fui capaz de sacudir la cabeza, las palabras atragantadas en la garganta.

—No sé de qué me estás hablando —logré decir al final.

—¡Esto es una farsa! —exclamó Teri, dando un manotazo en la primera página de lo que reconocí como mi último informe—. Abominable. No entiendo cómo te has atrevido a proponer que usáramos… ¡qué estupidez!… que comercializáramos los mejores libros escritos por mujeres.

—¿Qué? —dije ahogando un grito—. Te aseguro que no, Teri. Creía que estabas igual de encantada que yo con la idea.

—Mi idea era mejorar las ventas del sello de clásicos —contraatacó Teri—, no poner a Jane Austen en las estanterías junto a los productos de higiene femenina. Eso es lo que es tan repugnante de esto, Alice. Es… moralmente reprobable hacer pasar a Jane Austen o Charlotte Brontë por un absurdo libro para chicas.

—Pero ¿no te parece válida cualquier cosa que haga que la gente lea a Jane Austen o Charlotte Brontë? —inquirí, siendo más consciente que nunca del tinte rubio de mi pelo y del color rosa de mis labios—. ¿No es positivo algo que dé un aspecto más juvenil y apasionante a las novelas? Siguen siendo los magníficos libros de siempre.

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Teri meneó la cabeza y apretó los labios.

—Te echaría en este momento, solo que no sé cómo le has colado a la señora Whitney que es una buena idea. No sé qué clase de artimaña intentas tramar, pero pienso llegar al fondo del asunto.

—¿A qué te refieres? —pregunté con voz débil, pero Teri había acabado de hablar. Se limitó a señalarme la puerta con un dedo más huesudo que el de la Parca, y cuando el silencio se volvió insoportable, me escabullí.

A lo largo de la mañana intenté hablar con Lindsay de lo que había pasado, pero la puerta de su despacho estaba cerrada y su ayudante aseguró que estaba en una reunión. Por lo visto, de cara a mí Lindsay tenía la intención de estar reunida el resto de su vida.

Alrededor de las tres me llamó Diana para saber cuándo iba a casa. Le expliqué que procuraría salir a las cinco, así que estaría en casa entre las seis y las seis y media.

De momento eso era lo único positivo del día: decirle a mi hija cuándo llegaría a casa y saber que estaba ahí esperándome.

Teri se pasó toda la jornada encerrada en su despacho, sin salir siquiera para gritarme, así que empecé a recoger mis cosas unos minutos antes de las cinco. Estaba deseando que el reloj diera las cinco para poder largarme de allí; si calculaba bien el tiempo, me encontraría a la señora Whitney de camino a su tren de regreso a casa (siempre tomaba el de las 17.14) y, aunque me topase con Teri, esta no podría echarme la bronca.

Me disponía a irme cuando sonó el teléfono. Al oír la voz de Josh al otro lado de la línea, se me cortó la respiración. Llevaba todo el fin de semana esperando a que llegase esta noche, cuando se suponía que Josh y yo por fin volveríamos a vernos, pero con la emoción del regreso de Diana nuestro plan se me había ido completamente de la cabeza.

—Me preguntaba dónde vamos a quedar —dijo, decididamente alegre. —¡Vaya! —exclamé—. Lo siento, Josh, pero esta noche no puedo. Hubo un largo silencio y luego volvió a la carga: —Me lo prometiste.

—Lo sé. Lo siento muchísimo. Ha ocurrido algo con lo que no contaba.

Entonces estalló.

—¿Qué está pasando, Alice? Ya hace una semana que no te veo, no me queda mucho tiempo y te has esfumado.

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—Lo sé, lo sé. Es que estoy muy agobiada. —Agobiada. ¿Hay algo que no me hayas dicho?

Ahora fui yo la que titubeé. Odiaba mentirle. Parecía un insulto a toda la intimidad y todas las revelaciones que habíamos compartido. Tenía que decirle la verdad; se lo debía. A él, a Diana, a mí misma.

Y lo haría. Solo que ahora mismo no.

—Te prometo que un día de estos nos veremos. Pero esta noche tengo que irme a casa.

—¿A casa?

—A casa de Maggie —contesté, apenada por soltarle una mentira como una casa.

Y, entonces, ya al despedirme empezó a preocuparme cómo haría para verlo, y cuándo, y qué le diría al hacerlo. ¿La verdad? ¿O algo que, en el momento, pareciese más dulce incluso?

Durante el trayecto en bus estuve escribiendo otra vez, y cuando por fin entré en casa, apenas reconocí mi pobre hogar. Era como si lo hubiesen saqueado: había ropa sucia por todo el recibidor, cestos de ropa limpia pero sin doblar volcados encima de los muebles, revistas y libros esparcidos por doquier. De la cocina llegaba el sonido de música rap a todo volumen, junto con el olor a algo que se quemaba.

—Hola, mamá —dijo Diana.

Estaba sentada en un taburete de la cocina, comiendo helado directamente del envase de cartón. Al parecer había ido a comprar. En una encimera descansaba una bolsa abierta de patatas chips al lado de una tarrina abierta de guacamole. El resto de bolsas de la compra estaban, aún llenas, delante de la despensa.

—Te he hecho la compra —dijo orgullosa.

—Qué bien, gracias.

Me acerqué a abrazar a mi hija, para llenarme de ella como no había podido hacer la noche antes con la sorpresa de su llegada. Parecía más mayor y a la vez más delgada, su tez morena, sus brazos musculosos, su pelo cobrizo con mechas rubias.

—Estoy muerta de hambre desde que aterricé —dijo Diana, cogiendo de nuevo su helado.

—¿Por qué no dejas que te haga la cena? —le pregunté, retirándole el pelo de la cara—. Puedo hacer una lasaña de verduras.

Su plato favorito de siempre.

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—Gracias, mamá. Sería genial.

Volvió a comer helado mientras leía la revista y movía la cabeza al ritmo de la música, prácticamente ignorándome. Al principio me dolió que, después de todos estos meses sin verme, no hiciese ningún comentario sobre lo mucho que había adelgazado ni sobre mi nuevo pelo rubio y mi moderno corte.

Pero entonces pensé: «¡Bah! Ahora puedo relajarme y hacer de madre otra vez». De hecho, cuanto más pensaba en ello mejor me sentía por el hecho de que mi hija hubiese podido readaptarse tan rápido a nuestra antigua dinámica. Cuando Gary anunció su partida, fue un drama, y encima Diana se había ido a África antes siquiera de enjugarnos las lágrimas, como si nunca más fuésemos a volver a disfrutar de una velada normal como esta.

Tarareé mientras me ponía a hacer la lasaña, luego fui por toda la casa apilando papeles, doblando ropa limpia, ordenando el contenido de las maletas desparramadas de Diana, volviéndolo a poner todo en orden. Me sorprendí pensando en la novela, se me ocurrió algo que mi personaje podía hacer y me pregunté si esta noche conseguiría escribir, pero entonces me reprendí: es la primera noche de Diana en casa. Te apetece estar con ella. Y mañana por la noche, cómo no, tenía que ir a casa de Josh. Imaginarme qué clase de pretexto iba a tener que darle a Diana volvió a producirme pánico, de modo que me obligué a concentrarme en poner la mesa, encender las velas, sacar del horno la lasaña burbujeante y cortarla en nueve recuadros perfectos.

Cuando Diana se sentó a la mesa, yo ya tenía la espátula colocada debajo de su trozo favorito.

—¿El recuadro del centro? —inquirí sonriendo.

Diana se quedó mirando la lasaña y de repente retiró la silla de la mesa.

—No puedo comerme eso —anunció.

Me quedé helada.

—¿Por qué no?

—Mamá, es asqueroso tanto lácteo. Podrías dar de comer a toda mi aldea con eso.

—Me encantaría poder dar de comer a tu aldea —dije con serenidad, pensando que el helado le habría quitado el apetito—. Sé que es

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muchísima lasaña solo para las dos. Podemos congelar lo que no comamos.

—Es que… —dijo Diana, mirando a su alrededor, con cara de asco— todo este exceso… Lo digo en serio. Ojalá pudiéramos vender toda esta porquería y donar el dinero a la gente que lo necesita de verdad.

—Bueno —suspiré, reacia a precipitarme en sacar ningún tema estando Diana tan debilitada todavía—, es posible que acabemos teniendo que vender la casa, pero me temo que la persona que realmente necesitará el dinero soy yo.

—¡Bah! —exclamó Diana, levantándose—. ¡Qué ridiculez! Lo siento, mamá. Igual luego me tomo unos cereales.

Me comí la lasaña en la mesa de comedor sola, reprimiendo las lágrimas mientras contemplaba los narcisos del césped y la pelusilla verde de todos los árboles. Me hacía tanta ilusión que Diana estuviese aquí que con gusto había dedicado toda la tarde (me habría encantado que fuese el día entero) a procurar hacerle cosas especiales. Y no solo no lo valoraba, sino que parecía dar por sentado que yo no tenía sentimientos.

La culpa era mía, pensé. Había sido siempre muy desprendida, había estado muy dispuesta a servir a los demás sin pedir nada a cambio. La había educado para que me tratara como a un felpudo.

No seas tan dura contigo, pensé, ni con Diana. Se calmaría cuando descansara de verdad y se volviera a adaptar a Estados Unidos. Incluso al volver a casa después de mi verano en Londres, recordaba haberme sentido tremendamente desorientada. Hasta entonces tendría que ser paciente.

A altas horas de aquella noche, mientras estaba sentada en la cama escribiendo, oí a Diana rebuscando en la cocina. Pensé en levantarme para ver si necesitaba alguna cosa, pero acto seguido me dije que no, que era mejor dejar que se espabilara sola. Ya era hora de que las cosas entre ambas empezasen a cambiar, por su bien y por el mío propio. Por la mañana me encontré la fuente de lasaña en la nevera, sin tapar, vacía, salvo por un diminuto recuadro seco del rincón. Como no quería despertarla, volví a subir con sigilo las escaleras y me asomé a su cuarto: estaba roncando en su cama blanca de la infancia.

Durante años, al observarla mientras dormía, pude ver a Diana bebé en su cara de niña mayor. Pero ahora no había ni rastro del bebé o siquiera de la niña que había sido. Por el contrario, me di cuenta, con asombro

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mientras la observaba, de que lo que vi allí era a mí misma; el yo joven que había estado intentando aparentar, el yo joven que había sido en su día.

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—¿Dónde vas? —preguntó Diana.

Di un respingo y se me escapó un leve grito. Había caminado de puntillas por nuestro jardín trasero cada vez más oscuro, con una bolsa de basura en la mano. Tratando de pensar deprisa, levanté la bolsa y la agité en el aire.

—Solo estaba sacando la basura.

—Te has arreglado —señaló Diana.

Estaba en la puerta abierta de la cocina, en pijama. Como se había ido a la cama nada más llegar yo de trabajar (el jet lag le había cambiado totalmente el horario), me esperé unas cuantas horas y luego me imaginé que podía desaparecer tranquilamente para ir al encuentro de Josh. Ya le había llamado para decírselo. Por la mañana, cuando Diana detectara mi ausencia, daría por hecho que me había ido al despacho. No contaba con que me viera así.

Se inclinó hacia mí, entornando los ojos.

—¿Te has pintado?

—¡Ay! —exclamé, mi mano revoloteando por mi cara como si hubiese olvidado que el maquillaje estaba ahí—. ¿Me he pintado?

Detestaba mentir a mi hija, pero más me costaba aún decirle la verdad: «Verás, cariño, me voy corriendo a ver a mi joven amante. El sexo es fantástico y ¡solo tiene unos años más que tú!»

—Sí, mamá, te has pintado. Y te has puesto tacones. Y pantalones ajustados. ¿Qué pretendes?

—Pretendo tener buen aspecto —respondí irguiéndome, con la sensación de que la persona a la que realmente intentaba convencer era a mí misma—. ¿A que estoy estupenda? No me has dicho nada de lo mucho que he adelgazado.

—No he querido decirte nada —replicó Diana, haciendo una mueca como si intentara evitar vomitar—. Pensaba que igual tendrías un trastorno alimentario.

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Esa clase de desagradable comentario adolescente cuando menos me facilitó irme.

—Oye, yo me voy —dije.

—¿Cuándo volverás?

Vacilé. Lógicamente Josh pretendería que me quedase a pasar la noche.

Yo quería pasar la noche con él.

—Te veré mañana después de trabajar. Voy a ver a Maggie.

—Quiero verla. Me visto y voy contigo.

—¡No! —chillé.

Y entonces, ante la cara de sorpresa de Diana, me apresuré a explicarle:

—Hoy fue su último intento de inseminación. Estará en la cama. Ni siquiera me quiere allí.

Por lo menos esa parte era verdad. Los de adopción habían dado el visto bueno al apartamento de Maggie y su médico había dado luz verde a otro intento de inseminación. Esta vez había prometido pasarse el fin de semana entero con las piernas en alto, quedándose lo más quietecita y tranquila posible para maximizar las posibilidades de supervivencia del esperma.

—Pero tú vas a ir.

—Únicamente para ayudarla —señalé, decidiendo que tenía que pintarle el panorama aún menos atractivo—. Para vaciar cuñas, limpiar el baño…, y cosas por el estilo.

—¡Oh! —exclamó Diana con cara de estar a punto de llorar—. En otra ocasión tal vez.

Al instante sentí una culpa incontenible. Nunca había sabido decirle que no a mi hija. Y odiaba mentirle.

—No tengo ninguna obligación de ir. Podría quedarme aquí contigo. —No, no, vete —repuso Diana, retrocediendo de nuevo al interior de

la casa—. La verdad es que de todos modos no quiero salir por ahí con un montón de viejos.

No había querido recordar lo guapo que era Josh. Lo sexy que era. Lo encantador que era. Había borrado de mi mente lo loco que estaba por mí. Y viceversa. Había borrado totalmente el viceversa.

No contaba con su enorme sonrisa cuando abrió la puerta, con la presión de sus labios sobre la comisura de los míos, sentir su mano en mi cadera, al instante poniendo firmes mis pezones. No había contado con

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que mi cuerpo entero se derretiría bajo su mirada, con que me oiría reír y le haría reír, le haría desearme.

Me estaba hablando de sus preparativos para Tokio, algo acerca del piso subarrendado, no sé qué sobre el apartamento que creía que alquilaría en Japón, y entretanto yo no hacía más que pensar en cómo le diría la verdad.

Ningún momento se prestaba a ello, no había transición fácil. No se me ocurría cómo pasar de su: «No te puedes imaginar lo que vale una habitación diminuta en Tokio», a mi: «¡Dios mío! Es peor que en Nueva York. ¿Sabes qué? ¡Soy un ama de casa de cuarenta y cuatro años!»

No solo ama de casa, me recordé a mí misma. O incluso madre o asistente de una infame directora de marketing. Ahora también escritora. Por lo menos eso era algo importante de mi vida que podía compartir con él.

—He estado trabajando en una novela —le comenté.

Se le iluminó la cara y me rodeó con los brazos.

—¡Eso es fantástico! —exclamó—. Cuéntamelo todo.

—Bueno, no hay mucho que contar. La empecé hace mucho tiempo, acabo de encontrarla hace poco y he estado trabajando en ella.

—¿Dónde estaba? —preguntó sonriendo todavía.

Lo miré desconcertada.

—¿A qué te refieres?

—¿Dónde has encontrado tu novela? No sé…, ¿estaba en una maleta o la habías guardado por el loft de Maggie?

—Estaba en un baúl —contesté, procurando evitar una mentira como una casa—. Guardada.

—Ya veo —dijo. Parecía que iba a hacerme más preguntas, pero negó levemente con la cabeza y, para mi alivio, decidió seguir con una línea distinta de interrogatorio—: ¿Puedo leerla? —inquirió, tan entusiasmado como si le hubiese dicho que había desempolvado una obra de Shakespeare caída en el olvido—. Me encantaría leerla.

—No —me apresuré a contestar.

—Vale, vale —replicó Josh, riéndose—. Lo entiendo. Pero cuéntame de qué va. ¿Cómo se titula? Cuéntamelo todo.

No tenía pensado contarle nada al respecto, pero conforme me sonsacaba un detalle tras otro, vi que me iba animando. Y a cada detalle que le contaba me pedía más. ¿Cuál era la primera frase? ¿Cuántos

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capítulos había acabado? ¿Cómo era el personaje principal? ¿Cómo había escrito tanto tan deprisa? ¿Salía él en la novela?

Sentí que florecía bajo la atención de Josh. Esto era lo que le hacía tan diferente de Gary, mucho más atractivo que todos los hombres que conocía. No eran su físico ni lo que aguantaba en la cama, aunque también era bastante notable. Era su disposición, no, su deseo, de dedicarme por lo menos la misma atención que se dedicaba a sí mismo.

Ojalá pudiese abrirle mi corazón y hablarle de Diana. No quería agobiar a Maggie con los peligros de la maternidad, no ahora cuando lo único que necesitaba era sentir optimismo. Pero tenía la sensación de que Josh entendería cualquier cosa que le contara. Me duele mucho que mi hija me trate como si mi mayor placer en la vida tuviera que ser lavarle la ropa, quise decirle. Pero lo peor es que ahora me doy cuenta de que es así por mi culpa. ¡Por haber dejado que lavarle los calcetines fuera mi mayor placer durante demasiados años!

Procuro tener paciencia, quise decirle a Josh. Sigo siendo su madre; tengo que darle tiempo para adaptarse a una nueva dinámica de convivencia conmigo. Tengo que mostrarle el camino.

Y mientras tanto lo único que tengo ganas de hacer es estar aquí contigo y poseerte. Como si me leyera el pensamiento, se inclinó hacia mí y me besó con ternura en los labios.

—Te he echado de menos —dijo.

—Yo también te he echado de menos.

Era verdad. La verdad y nada más que la verdad.

—Tengo que contarte una cosa —proseguí, con la sensación de estar mirando desde una gran altura.

—¿Puedes contármelo en la cama? —preguntó—. Si no te arranco la ropa y me tumbo desnudo encima de ti ahora mismo, me moriré.

La última vez, pensé. Me acostaré con él por última vez y luego se lo diré de todas todas.

Estaba desnuda con los brazos y piernas extendidos a lo ancho de la cama, respirando hondo, el sudor cubriéndome el cuerpo. Oí a Josh yendo de aquí para allí en el otro extremo del loft, llenando dos vasos con hielo, dejando correr el agua para que estuviese fría, el tintineo del hielo mientras cruzaba la estancia hacia mí. Lo sentí de pie junto a la cama, me lo imaginé ofreciéndome el agua, pero me vi incapaz siquiera de abrir los ojos, por no hablar de coger el agua.

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—Ha sido el mejor polvo de toda mi vida.

A Josh se le escapó una risita.

—También el mío.

—Sí. Pero he vivido más tiempo que tú.

Se volvió a reír.

—Pero eso no significa que hayas practicado más sexo.

Estuve a punto de contradecirle, pero entonces pensé que probablemente tuviese razón. Solo había habido un puñado de hombres antes de Gary y me había quedado embarazada muy poco después de casarnos, y luego la amenaza de aborto había imposibilitado las relaciones sexuales durante meses, con lo que prácticamente pasamos de nuestra breve época de luna de miel a la rutina sexual semanal. Una vez a la semana, digamos, durante veinte años. ¿Cuántas veces era eso? Mil. No parecían muchas, si bien a lo largo de mi matrimonio siempre me las había ingeniado para hacerlo menos; en cambio con Josh tenía la sensación de que, aunque hiciéramos el amor mil veces este año, seguiría anhelando más.

Ahora mi cuerpo entero aún se estremecía, tenía los labios hinchados y con sensación de hormigueo. Noté que la cama se hundía bajo su peso cuando Josh se sentó, y rodé hacia él, abriendo perezosamente los ojos. Era tan guapo, su piel tan suave y tersa, sus músculos perfectamente moldeados, como si lo hubiesen creado esa misma mañana. No pude evitar alargar la mano y acariciarlo, deslizando la mano por su espalda hasta su cintura y su cadera. Quería retener esto en la memoria, atesorar un recuerdo lo bastante intenso para que durase eternamente.

Y entonces volví a sorprenderme echándome a llorar. Estaba en posición fetal como una niña, sollozando, pero cada vez que intentaba serenarme y disculparme, lloraba aún más fuerte. Al final, Josh dejó los vasos de agua que había estado sosteniendo y se tumbó a mi lado, estrechándome en sus brazos. El olor de su persona envolviéndome, la presión de sus dedos en mi espalda, el peso de su pierna encima de la mía… solo me hicieron sentir peor.

Había una cosa que ahora sabía que no supe a los veinte: encontrar relaciones como la nuestra era prácticamente imposible. Puede que, con mucha suerte, dentro de mucho tiempo conociese a otro hombre que encajara con mi verdadero yo. Pero sabía que jamás encontraría a alguien exactamente igual de maravilloso que Josh.

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¿Y qué pasaba con él? ¿Tendría el mismo problema para conectar con otra persona como había conectado conmigo?

Mi primera respuesta automática fue que no, que para él sería más fácil, era mucho más joven, su vida era menos compleja y, además, era un hombre, con un inmenso universo de mujeres a su alcance. Cuando tuviese cuarenta y cuatro, su edad hasta sería una ventaja para atraer a las de veinticinco años.

Pero en cuanto a mí, no habría chicos de veinticinco años después de Josh. Hasta él, tan calentito, pegado mí, su aliento patente en las subidas y bajadas de su pecho contra el mío, parecía efímero. En cualquier momento desaparecería. Podía intentar retenerlo: seguir posponiendo contarle la verdad condenatoria, incluso ir con él a Tokio. Pero, hiciera lo que hiciera, el tiempo seguiría pasando, no haciendo más que garantizar que Josh dejaría de ser mío.

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El corazón me dio un vuelco cuando llegué a trabajar el lunes por la mañana temprano y vi que Teri ya estaba allí, junto a mi mesa.

—¡Qué pronto has venido! —dije procurando mantener el tono sereno —. ¿Hay reunión esta mañana?

—Ven a mi despacho —contestó, dándome la espalda. Tenía el pelo recién cortado, que acababa en una afilada punta en la nuca—. Tengo que hablar contigo.

La seguí hasta su despacho, notando que la respiración se me anudaba en la garganta. Apenas me había sentado cuando Teri me lo soltó:

—He descubierto algo muy preocupante.

Deslizó un papel sobre la mesa hasta mí: una fotocopia de mi solicitud de empleo en Gentility Press.

—¿Qué problema hay? —pregunté.

—Dímelo tú —respondió Teri con frialdad—. Por lo visto en esta solicitud no todo es correcto.

—¿A qué te refieres? —Ahora a duras penas podía hablar.

—Al parecer no te licenciaste en literatura inglesa en Mount Holyoke, como aseguraste.

Suspiré.

—Sí que me licencié.

De hecho, había dado con mi título este fin de semana al echar un vistazo a los importantes documentos que había guardado en la caja fuerte que Gary había instalado en casa.

—He llamado personalmente a Mount Holyoke —repuso Teri—. Les he pedido que consultasen todos sus expedientes académicos, no solo de los licenciados en literatura, sino de todos los licenciados, y no apareces ahí. —Me dedicó una sonrisita triunfal—. Nada de nada.

—¿De qué años? —logré susurrar.

—¿Cómo?

—¿De qué años? —repetí en voz más alta, de repente teniendo claro lo que iba a hacer—. ¿Qué años has comprobado?

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—Sí. Ya he visto que en tu currículum habías omitido muy hábilmente la fecha de tu graduación, lo que me ha dificultado un poco las cosas — comentó Teri—, pero les he pedido que mirasen los expedientes de todos los años remontándose hasta 1990, cuando, según mis mejores cálculos, tenías unos diez años.

—Treinta —repuse.

—¿Cómo dices?

—En 1990 cumplí treinta —contesté, sintiendo, además de miedo, alivio por decir la verdad.

Teri abrió la boca y luego se me quedó mirando.

—No te creo —dijo al fin.

—Es verdad. Me licencié en Mount Holyoke en 1981. —Levanté el auricular del teléfono de la mesa de Teri—. Adelante, llámales. Lo confirmarán enseguida.

Cerró la boca.

—Aun así has mentido.

—¿En qué he mentido?

—Te hiciste pasar por una recién licenciada.

—¿Cómo? En este currículum y en esta solicitud no pone nada de cuándo me licencié ni dice que haya hecho algo que no he hecho.

—¡Exacto! —exclamó Teri, dando un manotazo en su mesa—. Es lo que no dices lo que es incorrecto. Si te licenciaste en Mount Holyoke en 1981, ¿qué has estado haciendo los últimos veintipico años? Supongo que no habrás estado recorriendo Europa, como mencionas aquí, todo ese tiempo.

—He estado en casa criando a mi hija. He estado en casa fregando suelos y haciendo de madre perfecta y, qué sé yo, asando jamones. O, sin hacer nada, como más de un director de recursos humanos lo llamó cuando fui a entrevistas de trabajo con todas las fechas puestas en el currículum.

Teri me miró fijamente.

—Has mentido —dijo al fin.

—No he mentido. Soy madre, Teri, igual que tú. Pero cuando intenté retomar mi carrera profesional después de estar en casa con mi hija, me encontré las puertas cerradas. Así que simplemente omití una parte de mi historia, una parte que ni siquiera era relevante para mi profesión.

Tendría que haber sabido que Teri no se solidarizaría nada con la dificultad de volver a formar parte de la población activa tras ser madre y

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ama de casa.

—Otras madres siguen trabajando, pese a los sacrificios que comporta.

Si decides quedarte en casa, tienes que estar dispuesta a pagar el precio.

—Pero ¿por qué el precio ha de ser la marginación eterna? —protesté

—. Ahora estoy dispuesta a dejarme la piel en el trabajo…

—No estás siendo sincera —me interrumpió—. Eres muy astuta, eso

es lo que pasa.

Me quedé sin aliento.

—Hablas del proyecto de los clásicos.

—Sí. Has actuado a mis espaldas. Has intentado robarme todas mis ideas.

Abrí la boca. La cerré. Y entonces la volví a abrir, mucho.

—¿Cómo te atreves? —le espeté—. Tú eres la que ha estado robándome las ideas desde el primer día. Y no solo has robado mis ideas, me has robado las palabras exactas con que expresarlas.

—Eso es absurdo —repuso—. No sé de qué me estás hablando. —Sabes perfectamente de lo que hablo. Incluso me lo reconociste en la

cara, ¿recuerdas? Todo eso de tus ideas son mías, aunque no le llamaras robar.

—Da igual lo que digas —dijo Teri—. Eres una mentirosa, y cuando salga a la luz lo que has hecho, nadie te creerá nada.

—Lindsay ya está al tanto de que me robas mis ideas. Hasta Thad sabe algo. Y, sin duda, la señora Whitney estará sumando dos más dos, lo que probablemente sea el verdadero motivo por el que tienes que deshacerte de mí.

Entonces me levanté. Instantes antes me había dado mucho miedo que Teri me echara. Pero ahora sabía lo que quería hacer, lo que tenía que hacer.

—Me gusta esta compañía, me gusta de verdad. Incluso mi trabajo me gusta, pero no puedo seguir trabajando para ti. Dimito.

—Pues te despido —balbució Teri.

—Ya estás otra vez —dije, esbozando una sonrisa incluso— intentando robarme las ideas.

Me habría gustado poder hablar con la señora Whitney antes de irme, asegurarme de que supiera mi versión de la verdad, pero eso tendría que esperar a otro momento de más tranquilidad. Por ahora la única persona a la que tenía que ver era a Lindsay. Sabía que en cuestión de minutos la

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compañía entera sería un hervidero de rumores sobre mi verdadera edad, pero quería que ella oyera la verdad de mis labios.

La asistente de Lindsay no estaba en su mesa, seguramente estaría en el lavabo de mujeres, enterándose ya de mi historia, así que, en lugar de llamar, abrí la puerta y entré en su diminuto despacho. Alzó la vista y frunció el ceño: extraoficialmente seguía sin hablarme. Antes de que pudiese protestar por mi intrusión, levanté la mano.

—Solo vengo a despedirme —anuncié—. He dimitido.

Enseguida puso cara de preocupación, lo que al menos me dio esperanzas de que mi amiga siguiese ahí, en alguna parte.

—¿Qué ha pasado? —preguntó—. ¿Ha vuelto a intentar atribuirse el mérito de tu trabajo?

—No, quiero decir, sí. Eso ha sido parte del problema. Pero hemos discutido porque Teri ha descubierto que… supongo que tú dirías que he falseado mi identidad en el currículum. Que no he sido del todo sincera sobre mi formación.

—¿Has inflado tu experiencia laboral? —inquirió Lindsay—. ¿O has aumentado el tiempo que trabajaste en alguna empresa? Porque si se trata de una falsedad como esa, no me importa, yo misma hablaré con Thad…

—No es eso —le interrumpí. Inspiré hondo—. No he dicho la verdad respecto a mi edad, Lindsay. Ni a Gentility, ni a Teri, ni siquiera a ti.

—¿A mí? No creo que me hayas dicho nunca exactamente cuántos años tienes. Supuse que…

—Ese es el problema. Dejé que todo el mundo supusiera que había salido de la facultad hace solo unos años, que tenía veintitantos. Pero no. Tengo cuarenta y cuatro.

Lindsay, boquiabierta, se me quedó mirando, sacudiendo la cabeza. —¿Cómo puede ser?

—Siempre he aparentado menos años. Y mi amiga Maggie, la artista que dibujó las cubiertas para la reunión sobre los clásicos, me ayudó a cambiarme el corte y el color de pelo, a maquillarme y a hacerme con un vestuario más juvenil. —Solté una risita—. ¿Recuerdas lo horrorizada que estabas porque no me hacía la depilación bikini?

—Era simplemente porque eres mayor y no estás en la onda. Todo eso del Tercer Mundo y de viajar por Europa también era mentira.

No sabía qué me había dolido más: que me llamara mayor o que calificase de mentira lo que le había dicho.

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—Nunca ha sido mi intención mentirte ni hacerte ningún daño, Lindsay. Por eso tenía que verte antes de irme, no solo para decirte quién soy realmente, sino para intentar explicarte por qué eso me hizo sentir como me sentí con respecto a tu relación con Thad.

—¿De qué me estás hablando?

—He estado más de veinte años casada, Lindsay. He sido madre a tiempo completo. Tengo una hija prácticamente de tu edad y cuando mi marido me dejó el año pasado perdí totalmente el norte.

—¿Y por eso decidiste cometer este fraude descomunal contra el mundo?

—No fue así. Empezó como un juego y luego la bola de nieve se fue haciendo más grande. Ahora me siento fatal por todas las personas a las que he mentido, incluso por Teri. Está muy mal.

—Sí, está muy mal —comentó Lindsay cruzando los brazos encima del pecho.

—Por eso tengo que decirte ahora la verdad, ¿entiendes? Creo que una de las razones por las que quise ser tu amiga era porque me recuerdas a mí cuando tenía tu edad. Yo era como tú, estaba deseosa de pasar a la vida de adulto. Pero ahora me doy cuenta de que me perdí muchas ventajas de la juventud. No, es más: usé mi matrimonio y a mi hija para huir de la parte más difícil de convertirme yo misma en adulta.

—Que a ti te saliera mal —dijo Lindsay— no te da derecho a dar por sentado que a mí me saldrá mal.

—No —repuse—, claro que no. Pero sí que desde mi punto de vista me pareció que no debías tener tanta prisa por casarte, no tenías que decir a la ligera que tirarías tu carrera por la borda cuando tuvieses hijos…

Lindsay se levantó de un salto como si yo estuviese envuelta en llamas. Como si ella lo estuviese.

—No sabes nada de mí. Mi generación no es como la tuya. Amamos a los hombres. Queremos disfrutar de nuestros hijos.

—Yo amaba a mi marido —repuse, pasmada—. Y también quise disfrutar de mi hija. Disfruté de ella. Pero eso no significa que me sienta plenamente satisfecha de haberme pasado de los veinte a los cuarenta encerrada en casa con una niña. Me habría gustado trabajar más años, ver más mundo…

—Y a mí me gustaría que salieras de mi despacho —me espetó Lindsay.

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Dejé de hablar.

—Hablo en serio. Quiero que te vayas.

—Pensé que querrías oír la verdad.

Lindsay señaló la puerta. Así que por segunda vez aquella mañana, me marché.

Llamé tanto a Maggie como a Josh desde la calle para contarles, con diversa cantidad de detalles, lo que había pasado, y aunque ambos querían verme de inmediato, sentí que solo tenía fuerzas para arrastrarme hasta el bus e ir a casa. Le prometí a Josh que lo vería mañana, cuando me había jurado decirle definitivamente la verdad, toda la verdad, pese a las desastrosas consecuencias de las revelaciones de hoy. Y me propuse quedar con Maggie en otro momento de la semana, cuando dijo que tendría más movilidad después de la inseminación y yo intuía que aún necesitaría más acuciantemente su apoyo moral.

Diana aún dormía cuando llegué a casa, lo que fue un alivio. Me acurruqué en una punta del sofá, me tapé con la mantita de ganchillo que Maggie no se había llevado y enseguida me quedé amodorrada.

No me enteré de nada hasta que noté una mano zarandeándome el hombro y al abrir los ojos vi a Diana de pie, mirándome con cara de preocupación.

—¿Estás enferma? —preguntó.

—No —contesté—. Es que he llegado pronto a casa.

Supuse que me preguntaría por qué había llegado pronto a casa y yo le contaría que había dejado el trabajo, si bien no la verdadera razón de mi marcha, y ella me compadecería, tal vez me prepararía una taza de té y nos sentaríamos al sol en el salón, y yo me sentiría feliz de estar en casa con mi hija.

Pero en lugar de eso dijo:

—¡Ah, estupendo! ¿Sabes qué? Tengo unas ganas que me muero de tomar tus tortitas.

Daba igual que este fin de semana me hubiese ofrecido a hacérselas y ella las hubiese despreciado, afirmando que engordaban demasiado. Daba igual que, en cualquier caso, yo no hiciera más que echar la mezcla en un cuenco y verter un poco de agua y removerlo todo, algo que ella misma podría haber hecho perfectamente.

Aunque sabía que era absurdo, una parte de mí estaba encantada de que mi niña mayor aún necesitara a su mamá, para ser más exactos, de que

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aún la quisiera. Me levanté del sofá, tragándome cualquier resentimiento que hubiese podido sentir por su aparente falta de interés en mi persona, y me fui a la cocina, Diana siguiéndome. Se sentó frente a la mesa de pino y se puso a hojear el diario matutino mientras yo preparaba la cafetera, mezclaba la masa de las tortitas en el cuenco verde de mi madre, calentaba la plancha que había tenido desde que Diana era pequeña, con sus cuatro círculos plateados perfectos, con la superficie desgastada donde siempre se habían hecho las tortitas.

Le había hecho tortitas para desayunar casi todos los días de su vida, pasando de la masa casera a la ya preparada, añadiendo pepitas de chocolate o arándanos, echando nata montada encima o dándoles la forma de las letras de su nombre, como le gustaba. ¿Cuántas tortitas sumaba eso? Cuatro al día una media de seis días a la semana durante, pongamos, quince años: cerca de veinte mil tortitas. Veinte mil cuatro, contando hoy.

—¿Recuerdas que de pequeña —le dije ahora mientras estaba sentada en la misma silla que había ocupado siempre— te hacía tortitas cada mañana? Si les ponía pepitas de chocolate o frutos rojos, te empeñabas siempre en que fueran exactamente cinco por tortita. Incluso los contabas.

Diana sonrió, pero no levantó la vista. Sentí que se apoderaba de mí una rabia repentina, pero la reprimí.

—¿Qué haces hoy? —le pregunté.

—Iré a ver a papá —respondió con un gran bostezo—. ¿Puedo llevarme el coche?

—Claro que sí. ¿Cuándo volverás a casa?

—No lo sé. Me quedaré a pasar la noche y puede que vuelva mañana a cenar o que me quede un par de días más. Lo veré sobre la marcha, ¿vale?

—Por supuesto —contesté, volteando las tortitas—. Es solo que, si vas a llevarte el coche…

Diana cerró el periódico de golpe y me miró.

—Mamá, tienes que dejar de tratarme como a una niña, ¿vale? Si voy a vivir aquí contigo y quieres que nos llevemos bien, tienes que tratarme como a la adulta que soy.

Respiré hondo, contemplando cómo salía humo del contorno de las tortitas, esperando a servirlas en el plato y dejarlas en la mesa delante de Diana para hablar.

—Tienes razón —dije entonces, sorprendida por lo comedida que sonaba mi voz—. Y tú también tienes que tratarme como a una adulta. No

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como a una madre cuya única función es hacer tortitas por la mañana. Diana parpadeó, el sirope caía del frasco que sujetaba inclinado

encima de su plato.

—Bueno, no tenías por qué hacer las tortitas si no querías.

—Sí que quería —le aseguré—. No estoy diciendo que no quiera ser tu madre o que no quiera prepararte cosas. Lo que digo es que quiero que seas un poco consciente de que soy un ser humano y de que si me he ido del despacho y he venido a casa a media mañana por alguna razón será.

Diana dejó el frasco de sirope de un porrazo, pero era demasiado tarde, las tortitas estaban sumergidas en un viscoso pantano.

—¿Cuál es? —preguntó.

Entonces me puse a llorar, no solo por el enfrentamiento de ese momento, sino por el impacto de lo que había sucedido toda la mañana.

—Me he quedado sin trabajo, ¿vale? —logré decir.

—¿Cómo que te has quedado sin trabajo?

—Lo he dejado, pero si no lo hubiera hecho, me habrían echado. Diana guardó silencio, pero de pronto oí que su silla emitía un chirrido

y entonces apareció a mi lado, su mano en mi hombro, al principio con cautela, pero luego estrechándome contra ella.

—Tranquila. Encontrarás otro trabajo.

—No, no lo encontraré —sollocé—. Me costó muchísimo encontrar este y ahora nadie más me contratará nunca.

—Venga, mamá —me animó Diana, dándome palmaditas en la espalda como si la hija fuese yo—. Decías que te iba muy bien. Tenías un montón de ideas geniales que le gustaban a todo el mundo. Lo único que pasa es que tu jefa es imbécil.

Sacudí la cabeza contra su hombro.

—No conoces toda la historia —repuse.

—Pues ¡cuéntamela! —saltó, irguiéndose y sujetándome con los brazos extendidos—. Puede que a veces no te pregunte, pero ¡tú tampoco me cuentas nada! Me encantaría conocer la historia entera.

La miré a los ojos, tratando de valorar su predisposición a oír lo que ella llamaba la historia entera, así como mi propia predisposición a contárselo. Quizá tuviese razón en que yo tenía que estar dispuesta a contarle más cosas y ella dispuesta a preguntar. Puede que hasta lo hiciese, un día de estos.

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Pero hoy no, pensé al recordar la reacción de Lindsay de esta mañana, anticipando la de Josh de mañana. Perder un empleo, a una amiga, incluso a un amante… eran reveses terribles, pero a fin de cuentas reveses que sabía que podía soportar. Pero si perdía a mi hija, ya podía acurrucarme en una punta del sofá y morirme, ¿total?

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20

Cuando salí del metro y volví la esquina de la manzana de Josh, apenas pude dar crédito a lo que veían mis ojos. Ahí estaba Josh (o por lo menos alguien clavado a él) frente a su edificio, apoyado en un Mustang descapotable de color rojo muy brillante, con la capota retirada. Se le iluminó la cara al verme y meneó las llaves en el aire en señal de triunfo.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—Una sorpresa. He pensado que tu vida necesita un poco de diversión. —¡Dios! —exclamé—. ¡Qué detallazo! Pero ¿de dónde has sacado

este coche?

—Me lo han prestado —contestó—. Mi amigo Russ, el que tiene el grupo de música que fuimos a ver la primera noche. Pero no se lo tengas en cuenta.

Me eché a reír.

—No lo entiendo —repuse mientras contemplaba el coche de tapicería negra reluciente, sus detalles cromados brillando como si estuviesen recién puestos de ayer—. ¿Dónde vamos?

—A Jersey. —Josh sonrió de oreja a oreja.

—¿A Nueva Jersey? —pregunté procurando contener mi horror—. ¿Para qué quieres ir allí?

—Yo no —contestó—. Nosotros. Venga, no me digas que no parece el coche que habría llevado el tipo de alguna canción de Springsteen. Este coche está pidiendo a gritos estar en Jersey.

—Ya, pero a lo mejor yo no —repliqué con frialdad.

Josh me miró extrañado.

—¡Vamos, pequeña! —exclamó, abriendo la puerta del pasajero—.

Nunca te he tenido por una esnob.

—No, es solo que… —dije, horrorizada de que me tomara por la clase de neoyorquina que desprecia Nueva Jersey, la clase de persona que yo siempre había odiado—. Tengo que hablar contigo, en serio.

—Sobre tu trabajo —repuso, empujándome suavemente hacia el asiento del coche—. Lo sé, tengo un plan.

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—Y también sobre otras cosas… —añadí mientras él iba hasta la puerta del conductor.

—Yo también quiero hablar contigo de otros temas. —Ahora se había sentado al volante, se estaba abrochando el cinturón y se disponía a arrancar—. Hablaremos de todo cuando lleguemos allí.

—Cuando lleguemos, ¿dónde? —inquirí, ahora empezando a sentir un pánico tremendo.

Por primera vez él titubeó.

—Bueno, mi idea era llegar a Nueva Jersey y buscar un buen sitio. ¿Has estado alguna vez allí?

—Sí —confesé—. Me crie en Nueva Jersey.

—Guay —repuso él, luciendo una amplia sonrisa en la cara—.

Entonces podrás decirme cómo se va.

Giró la llave y el Mustang despertó con un rugido. Rugir era la palabra adecuada: el motor hacía mucho ruido y, cuando empezamos a circular, el viento me azotó la cabeza con tal ferocidad que fue imposible conversar. Le indiqué a Josh el camino por señas, señalando hacia el Puente de Williamsburg para cruzarlo hacia Manhattan, y luego serpenteamos por las abarrotadas calles de Chinatown y el Soho hacia el Túnel Holland.

—¿A que es brutal? —preguntó Josh con voz cantarina mientras cruzábamos el puente a toda velocidad.

—Brutal —grité, esperando que no se me hubiera incrustado demasiado polvo en los dientes.

En Manhattan, en los pocos momentos que no estaba cambiando de marcha, Josh me cogía de la mano, sonriendo y asintiendo con la cabeza entre el estruendo de las bocinas y el olor del humo de los camiones. Me costaba cada vez más devolverle la sonrisa al imaginarme la conversación que mantendríamos en cuanto entráramos en mi estado natal.

—Tal vez deberíamos parar aquí —le dije durante un alto momentáneo del ruido y el tráfico en West Broadway, señalando las cafeterías con terraza—. Este sería un lugar perfecto para hablar.

Él negó rotundamente con la cabeza.

—Quiero llevar a esta preciosidad por carretera. Ir a algún sitio totalmente nuevo contigo.

—Ya he estado en Nueva Jersey —le recordé—. Un montón de veces.

Pero no había forma de disuadirle.

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—Entonces iremos a Pensilvania —dijo, metiendo una marcha más larga y acelerando para saltarse un semáforo en ámbar y entrar en Canal Street—. ¡O hasta California!

Ni en broma me iría a California, no en este coche. Corriendo como locos por el Túnel Holland, agredida por el humo y el ruido, imaginándome el río discurriendo en la misma dirección que yo justo por encima de mi cabeza, dudé de mi capacidad de llegar a Hoboken. Solo podía pensar que era demasiado mayor para esto. Me sobrevinieron todas las dudas que pudiera haber albergado sobre mi capacidad de seguir el ritmo de Josh. Sabía que en teoría esto tenía que ser divertido. No dudaba que él se había desvivido para proporcionarme una experiencia maravillosa, pero no lo soportaba y no podía dejar que siguiera un minuto más de lo necesario.

—¿Por dónde vamos? —preguntó Josh al salir a toda pastilla del túnel.

—¡Para! —grité.

—¿Dónde? —Miró alrededor, desconcertado. No había más que gasolineras y naves industriales y carriles de autopista en dirección oeste.

Sabía que el centro de Hoboken estaba saliendo a la derecha, pero ahí no había sitio para aparcar en la calle y mantener siquiera una mínima conversación. A la izquierda quedaba Jersey City, para mí tan misteriosa como Calcuta.

—Vale, pues sigue —contesté señalando al frente.

Podría haber hecho este trayecto con los ojos cerrados y a veces casi lo había hecho. Era el terreno que coincidía con el Nueva Jersey que todo el mundo imaginaba: las calzadas que formaban arcos y los páramos llanos, las torres negras de metal y los armazones de feos edificios. Conocía cada pequeño desvío y atajo secreto, y llevé a Josh por el Puente Pulaski Skyway y por la carretera 280, pasando de largo los edificios de Newark y las autopistas hacia ninguna parte.

Por fin, cuando atravesamos las colinas verdes que ocultaban los barrios residenciales al otro lado de la autopista, Homewood entre ellos, Josh pareció relajarse.

—Es bonito esto —gritó.

Asentí con la cabeza mientras me armaba de valor para lo que sabía que tenía que hacer.

—¿Estás bien? —me preguntó.

Asentí de nuevo, pero señalé el letrero de la siguiente salida.

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—Saldremos por esta —dije.

Él parecía extrañado.

—¿Por esta?

Probablemente supuso que tenía que ir al lavabo o necesitaba con urgencia agua o pañuelos de papel. Lo guie por las calles de las afueras, mi mente repasando a mil por hora los posibles lugares donde pudiéramos sentarnos sin agobios, donde pudiéramos aparcar sin que nos viese ningún conocido mío de Homewood, donde pudiéramos charlar sin hacerlo más difícil de lo que seguramente ya sería. Un aparcamiento parecía demasiado cruel, una calle apartada, demasiado romántico, y la idea de una calle cualquiera de las afueras (con las mamis amas de casa espiándonos desde las ventanas y los que hacían footing mirando descaradamente al pasar por delante) me dio ganas de tirarme sobre el asfalto.

Al final lo guie hasta el camino que conducía a un pretencioso restaurante al que Gary y yo habíamos ido un par de veces por nuestro aniversario, que estaba en lo alto de un acantilado con vistas a Manhattan. Pero primero, antes de llegar al restaurante, había un parque público con plazas de aparcamiento junto a un paseo con unas vistas impresionantes de la ciudad. Fue aquí donde vinimos mi amiga Lori y yo el día que atentaron contra las torres del World Trade Center, y vimos con horror, junto a cientos de desconocidos, cómo los edificios se convertían en columnas de humo.

Aún podía ver los fantasmas de las torres ahí en el horizonte, una ausencia palpable en una vista por lo demás soberbia de la ciudad en la que Josh y yo nos habíamos adentrado hacía un rato.

—Esto es alucinante —dijo él.

—Te echaré mucho de menos —le solté, achacándolo a las torres desaparecidas, el recordatorio de un dolor que había olvidado al elegir este sitio por su privacidad, su belleza y su tranquilidad.

Inexplicablemente, sonrió.

—De eso quería hablarte. Verás, no tiene por qué ser tan malo lo de tu trabajo. Porque ahora eres libre. Libre para venir a Japón conmigo.

—¡Oh, Josh! —exclamé horrorizada por el rumbo que le estaba dando a la conversación, tan distinto al que yo había planeado—. No puedo ir a Japón contigo.

—¿Por qué no? Tu trabajo ya no te ata. Puedes escribir en cualquier parte.

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—No es eso, Josh.

Era este. De todas todas. Era este el momento de decirle mi edad.

—Hay cosas de mí que no te he contado —empecé.

—Ya me lo imaginaba —dijo, ladeándose en el asiento del coche para mirarme a los ojos—. A ver, ¿estás casada, Alice?

—¡No! —exclamé, sorprendida por lo que se había figurado. Pero no debería sorprenderme, era una conclusión lógica. Y no iba tan desencaminado—. No —repetí, esta vez con más dulzura, aunque convencida de que la única opción era la confesión total—, pero lo estuve. Cuando te conocí, ya llevaba un año separada.

—Vaya —repuso él, su voz desbordando alivio—. Como desapareciste varios días de golpe y nunca me llevabas a tu apartamento, empecé a pensar que era obvio. —Soltó una risita—. Empecé a pensar que realmente tenías un marido ahí escondido y como cinco hijos.

—Solo una.

Otra vez parecía que estaba atónito.

—Pero ¿cómo es posible? No ha habido hija alguna en todo este tiempo en la ciudad. A menos que estuviese con su padre o algo, o algún familiar, pero no tiene sentido…

Alargué una mano y le puse un dedo en los labios.

—Mi hija tiene veintidós años.

Echó la cabeza atrás y me miró con incredulidad, como si se tratase de uno de esos acertijos de respuesta necesariamente obvia: ¿de qué color es el caballo blanco de Santiago? Ahora no quedaba más remedio que darle la solución.

—Y no tengo veintinueve años, Josh. Tengo cuarenta y cuatro. Entonces todo pareció detenerse. Los árboles dejaron de mecerse con

la brisa, el perfil de la ciudad desapareció de la vista. Hasta el avión que zumbaba arriba en el prístino cielo pareció enmudecer.

Finalmente, Josh sacudió la cabeza como intentando borrar una visión perturbadora.

—No es posible.

—Lo es. No solo es posible, sino cierto.

—¡Por Dios, Alice! —explotó—. ¡Ha sido una mentira desde el principio!

Entonces abrió con fuerza la puerta del coche y cruzó a zancadas el aparcamiento hasta la extensión de hierba, dirigiéndose hacia la hilera de

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árboles. Aguardé unos segundos, pensando que seguramente daría la vuelta, pero siguió avanzando, desapareciendo por momentos, hasta que salí del coche y corrí tras él.

—¡Josh! —chillé—. ¡Para!

Él dejó de andar, pero no se volvió.

—En ningún momento te he mentido —dije jadeando cuando por fin le di alcance—. Simplemente no te conté la verdad.

—Pero aquella primera noche en el bar, en Nochevieja… —repuso volviéndose hacia mí—. Fingiste ser joven desde el primer momento.

¿Era eso cierto? Había rejuvenecido mi aspecto, pero a partir de ahí gran parte consistió en actuar. Una actuación que yo había fomentado activamente.

—Se suponía que iba a ser divertido —dije, con el alma cayéndoseme a los pies al recordarlo.

—Divertido para ti. Te dio igual cómo me sentiría yo.

—Lo hice antes de que tú aparecieras. O por lo menos antes de saber que saldríamos. Lo último que me imaginaba era que iba a enamorarme de ti.

Josh me miró. Me miró fijamente.

—¿Qué has dicho? —preguntó.

Sentí que el calor me subía a las mejillas. No había querido decir eso. No sabía que estuviera pensándolo siquiera, pero ya que le había contado todo lo demás, ¿por qué esconderlo?

—Eso también es verdad. Me enamoré de ti, aunque en teoría no tenía que ser una relación seria. No quería que pasara, pero pasó. Lo siento.

Josh se me quedó mirando boquiabierto. Entonces de repente alargó los brazos y alzó las manos exclamando:

—¡Eso es genial! ¡Yo también te quiero! Antes no me dejabas decirlo, pero es verdad. Te quiero, Alice. ¡Te quiero!

Negué con la cabeza y retrocedí un paso, más perpleja por su reacción de lo que me habría quedado de haberme dicho que no quería volver a verme nunca más.

—Pero si no me conoces —repuse—. No a mi verdadero yo.

Alargó los brazos y deslizó las manos por los míos, que estaban tiesos junto al cuerpo.

—Aquí estás —dijo—. Eres tú, ¿verdad? Tú me quieres y yo te quiero.

Eso es todo lo que necesito saber.

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—¡Venga ya, Josh! —exclamé—. No es tan sencillo. A lo mejor en algún mundo ideal nuestra edad no importaría, pero lo cierto es que importa. Quererse no basta para que una relación funcione.

Cruzó los brazos delante del pecho y levantó el mentón. Ya no parecía enfadado, no parecía dolido, sino que adoptó una expresión que acabé reconociendo como de determinación.

—¿Por qué no? —preguntó, adelantando la barbilla hacia mí—. A mí me basta.

—Bueno, para empezar, no puedo coger e irme a Japón contigo. Tengo mi casa, tengo a mi hija, tengo una vida aquí de la que no sabes nada.

—Pues me quedaré aquí —repuso—. Hay más escuelas de videojuegos o puedo trabajar en una empresa una temporada…

Alargué la mano y le agarré del antebrazo.

—No voy a permitir que lo hagas. Sé lo mucho que deseas irte. No puedes renunciar a ello por mí.

—Entonces iremos y vendremos en avión —propuso—. Mantendremos la relación a distancia hasta que podamos volver a vivir en el mismo sitio.

—¿Y luego, qué? —le solté—. ¿Qué futuro nos espera realmente, Josh? Eres joven. A la larga querrás casarte, una familia…

—Pues nos casaremos.

Sonrió.

Antes de poder asimilar eso ya estaba diciendo que no con la cabeza. —No puedo tener más hijos, Josh. Lo intenté durante años después de

que naciera mi hija. Ya no puedo.

—Pues ¡adoptaremos! —exclamó, haciendo ademán de abrazarme.

Pero fui más rápida que él y volví a alejarme.

—No. No quiero bebés a estas alturas de mi vida, Josh. Y en eso no estamos nada de acuerdo. Esa opción la he descartado porque así lo quiero. Pero tú tienes toda la vida por delante.

—No es importante —repuso intentando de nuevo acercarse a mí—.

Me dan igual los bebés. Solo te quiero a ti.

Alcé las manos para obligarle a detenerse, para hacerle saber que esa línea la estaba trazando en serio.

—No pienso dejar que tomes esa decisión en este momento de tu vida. Dentro de cinco, diez o veinte años es muy posible que cambies de idea. Y tienes que darte esa libertad.

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Josh permaneció en silencio durante un rato largo e incómodo y luego dijo en voz tan baja que casi no le oí:

—Creía que habías dicho que me querías.

Sabía lo que tenía que decir a continuación, pero necesitaba posponerlo, saborear lo que de pronto supe que eran los últimos instantes de mi juventud, de mi propia juventud e inocencia reales. Todo aquello: la ropa, el maquillaje, lo de jugar a ser joven, el trabajo, incluso esta relación, no había sido la estratagema premeditada de una mujer madura, sino un juego infantil.

Y, rejuveneciendo, de algún modo había madurado. Me había convertido en mi verdadero yo adulto. La persona que ahora tomaba a Josh de la mano.

—Te quiero —le dije—. Por eso tengo que decirte adiós.

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—¡Qué romántico! —exclamó Maggie, juntando incluso las manos junto al corazón—. Es como una de esas pelis antiguas de Bette Davis, o Adiós a las armas.

—Nunca he leído Adiós a las armas —repliqué taciturna.

—Ni yo —repuso Maggie—, pero va de todo el rollo ese de que nos queremos, pero nunca podremos estar juntos. Ya sabes a qué me refiero.

—No me puedo creer que te vayas a poner cursi conmigo. Esperaba que me dijeras que estoy haciendo lo correcto, que ya es hora de que deje de jugar con mi yogurín y siga con mi vida adulta.

—Sí, lo hubiese dicho, pero antes de darme cuenta de que había amor de verdad.

Empezó a parpadear con fuerza y tomó un trago apresurado de vino. Estábamos sentadas en la terraza de una cafetería cerca de su loft. Hacía un día caluroso y radiante, y al principio pensé que a Maggie le lloraban los ojos por el sol. Pero entonces la miré más de cerca.

—¿Estás… llorando? —pregunté, consternada. Maggie odiaba llorar. A lo largo de los años le había visto romperse el brazo, abroncada por sus padres, perder parejas, sus obras de arte rechazadas por la crítica y calificadas de basura… sin llegar nunca a derramar una lágrima. Y ahora tenía los ojos anegados en lágrimas debido a un presentimiento que tuve.

—No, es que… —se enjugó los ojos, consiguiendo solo correr el rímel

—. Bueno, sí, ¿vale? No sé lo que me pasa. Últimamente estoy un poco sensible.

Se me aceleró el pulso.

—¡Estás embarazada! —exclamé. —¿Qué? No, qué va.

—¿Cómo lo sabes? Solo hace una semana de la inseminación.

—No me he hecho pruebas ni nada, pero estoy convencida de que no lo estoy. No lo siento. Es más: creo que puede que esté incubando algo. Estoy muy cansada y llorona. Anoche lloré con un anuncio de móviles.

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A mí eso me sonaba a embarazo. Es más: cuanto más la miraba, más embarazada me parecía, por pronto que fuera. Sus facciones se habían suavizado, su piel parecía más rosada, hasta su pelo se negaba a ponerse en punta, rizándose en cambio ligeramente alrededor de su rostro.

—¿Has sabido algo de la agencia de adopción? —inquirí.

—Sí —contestó, de pronto animada, cogiendo mi mano—. Esa es la noticia. No quería decírtelo por teléfono. Estoy oficialmente en la lista de espera de adopción.

—¡Maggie! Eso es maravilloso. ¿Para cuándo el bebé? ¿Te han dicho algo?

—Todo eso sigue en el aire —respondió, todo su ser resplandeciente —. Podría ser dentro de unos años como mañana, pero seré madre seguro.

—¡Cómo me alegro por ti! —exclamé, levantándome para darle un abrazo—. Me muero de ganas de verte con tu niño.

Por primera vez en aquella horrible semana, la alegría que sentía por Maggie y la emoción de compartir su futuro con ella me levantaron el ánimo. Al reclinarme en la silla y observar la cafetería y la terraza abarrotada, me sorprendió ver la cantidad de bebés que habían aparecido de repente, acurrucados contra el pecho de sus jóvenes mamás otra vez delgadas.

—¿Desde cuándo esto es un barrio familiar? —le pregunté a Maggie.

Miró a su alrededor.

—¿A que es raro? No he visto a un niño aquí en años y ahora parece que están en todas partes. Como es la primera vez que me fijo, porque yo voy a tener un hijo, pensaba que igual eran cosas mías.

—Pues da la impresión de que tendrás mucha compañía. Es fantástico. —¿Y tú qué? —preguntó Maggie—. ¿Por qué no te planteas al menos tener otro bebé, si tan enamorada estás de este chico? Podríamos ir juntas a China y que las niñas se criaran como amigas íntimas. Oye, el próximo apartamento que quede libre en mi edificio os lo alquilo a Josh, al bebé y a

ti, y seremos todo padres jóvenes bien avenidos.

—¿Y qué hay de Diana? —pregunté, divertida con su quimera de comuna, una quimera que a mí me había entusiasmado nada más ser madre y que a Maggie, en aquel momento de nuestras vidas, le había parecido increíblemente ramplona.

—Bueno —contestó mi amiga—, ella también encajaría en algún sitio.

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—Estoy convencida de que se llevaría bien con Josh como padrastro. Seguramente les gusta la misma música. Y podrían jugar juntos a los videojuegos.

—El amorcito de Gary, la higienista, no es mucho mayor que Josh — señaló Maggie.

—Tiene treinta y pico. Y, además, ya sabes que cuando inviertes los sexos la cosa cambia.

—Pues no debería. —Frunció el ceño.

—Claro que no, pero es así. Y los hombres pueden tener hijos a la edad que quieran.

—Tú también, dentro de lo razonable —repuso Maggie—. Si adoptas. —Pero todo eso ya lo he hecho, toda esa etapa ya la he vivido. No

puedo volver a empezar y parar mi vida por un hijo.

—Esta vez no te quedarías en casa —comentó Maggie—. Seguirías trabajando, como haré yo.

Suspiré. Nunca era tan sencillo; nunca se controlaba todo tan a la perfección. Pero tampoco podías explicárselo con pelos y señales a alguien que no tuviera hijos.

—Es posible. Podría mecer la cuna con el pie mientras escribo en el portátil.

—¡Eso es! —exclamó Maggie como si fuera un momento triunfal—. Yo pienso dejar que mi hija pinte a mi lado en el estudio. Le compraré un caballete pequeño y pinceles, y dejaré que cree.

—Muy bien. ¿Y si pinta las paredes?

—¡Eso sería genial! Creo que si a los niños les das libertad, se convierten en personas verdaderamente creativas. Mi intención es darle pautas, pero dejar sobre todo que mi hija tome sus propias decisiones.

¡Perfecto! Muchas futuras mamás tenían esta clase de teorías, recordé; también yo en su momento. Pero en cuanto empezaban a lidiar con un niño de carne y hueso que pintaba garabatos con ceras, regurgitaba leche y destrozaba libros, solían cambiar de opinión. La propia Maggie tendría que hacer ese tipo de evolución en su forma de educar o, de lo contrario, decidir que podía afrontar las consecuencias.

—Con Diana las cosas han mejorado un poco —dije, decidiendo que era el momento de cambiar de tema—. Se está esforzando más por arrimar el hombro en casa y parece que ha dejado su actitud adolescente.

—Eso es bueno. ¿Le has contado lo de Josh?

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Sacudí la cabeza con fuerza.

—No sabe que ha habido un Josh, ni lo sabrá nunca. A estas alturas no tiene ningún sentido para mí hablarle de él ni de toda mi farsa juvenil.

—¿Por qué no? —repuso Maggie—. Creo que le haría gracia.

—No —contesté con rotundidad—. Hay cosas que a los hijos no se les cuenta. No les hablas de tu vida sexual. No les cargas con tus problemas emocionales y desde luego no pienso confesarle que he estado llevando esta doble vida para la que he tenido que fingir que ella ni siquiera existía.

—Visto así —dijo Maggie—, te entiendo.

—De todos modos ahora da igual —concluí—. Vuelvo a estar donde empecé y necesito recuperar mi vida como si toda esta estúpida aventura no hubiese ocurrido.

Tardé unos segundos en darme cuenta de que esa carita últimamente rosa de Maggie me miraba con expresión de incredulidad.

—No seas ridícula. No estás en absoluto donde empezaste. Ahora estás escribiendo un libro, ¿cierto?

—Cierto —concedí. Sin trabajo ni novio, tenía tiempo y energía de sobra para escribir, aumentando página tras página todos los días y por las noches—. Pero es un libro que ya tenía empezado.

—Pero ahora tienes la seguridad y la experiencia para acabarlo — matizó—. Además de los contactos para que te lo publiquen.

—¿Hablas de Gentility Press? —pregunté con un resoplido—. Dudo que quieran volver a saber nada de mí.

—No puedes desanimarte tan fácilmente. Además, siempre has tenido la tenacidad de perseguir lo que querías. Recuerdo tu perseverancia para intentar tener otro hijo después de Diana. Eso ha sido un verdadero estímulo para mí.

—Ya —repuse, dándome cuenta por primera vez de que mi perseverancia para intentar quedarme embarazada era algo que podía aplicar a mi vida profesional—. Gracias.

—Creo que, después de todo, a la señora Whitney a lo mejor le interesará oír tu versión de la historia —sugirió Maggie—. Y apuesto a que a Josh también le encantaría volver a tener noticias tuyas.

En esto tuve que discrepar rotundamente.

—Sea como sea, teníamos que romper la semana que viene cuando se fuese a Tokio —apunté—. Me he limitado a ponérselo más fácil.

—¿Y tú qué? —preguntó Maggie.

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—¿Yo qué de qué?

—¿Te lo has puesto más fácil? Creía que a partir de ahora te darías prioridad a ti misma. O a lo mejor es lo que hiciste. A lo mejor rompiste con él porque te daba miedo que te dejase de querer si llegaba a conocer tu verdadero yo, por dispuesto que estuviese a quererte.

—¡Ay! —exclamé.

—La Más Pura Verdad, cariño.

De repente olisqueó el tibio aire primaveral, torció el gesto y su cara pasó del rosa a un tono verde poco favorecedor.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó—. ¿Qué es ese olor tan horrible? Olisqueé.

—Creo que es pollo a la parrilla.

Gimió y pareció a punto de vomitar.

—No digas eso. No sé qué me pasa, pero es que hasta oyendo esa palabra me entran arcadas.

—¿Qué palabra? —pregunté, desconcertada—. ¿Po…?

Se levantó de la silla y entró corriendo en el restaurante, es de suponer que en dirección al lavabo de señoras. De no haber salido tan precipitadamente, le habría hecho unas puntualizaciones sobre cierto asunto, pero no tardaría en descubrir la verdad. Al final siempre salía a la luz. La Más Pura Verdad, cariño, toda para ti.

Dediqué tanto tiempo a escribir que cuando acabó el fin de semana tenía suficientes páginas para enviar a la señora Whitney a la dirección de correo electrónico que sabía que miraba personalmente, junto con una carta explicándole mi versión de por qué me había ido de Gentility. No culpé a Teri ni a nadie más que a mí misma. Le dije que había hecho mal en engañar a todo el mundo, pero también le comenté que era una gran admiradora suya y de su editorial, que había intentado encontrar trabajo a mi edad madura y me habían rechazado, y creía que mis acciones no habían sido más que un intento de buscar una solución creativa al problema de la discriminación por edad que asolaba el mundo laboral americano.

Estuve tentada, en cuanto envié esta misiva, de dedicar el resto de mi tiempo a rezar para obtener un resultado positivo, pero sabía que si no seguía trabajando, acabaría limpiando la casa y cocinando y ocupándome del jardín como una posesa, y socavaría los avances logrados con Diana para conseguir que echase una mano.

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Porque que había empezado a echar una mano. Ocasionalmente; de cualquier manera, pero ahí estaba. Mi parte del trato era retirarme al jardín o a mi cuarto con el portátil para avanzar mi libro y dejar que se ocupara ella.

Conforme pasaban los días empecé a pensar en Josh a todas horas. Ahora estará metiendo todas sus cosas en cajas. Probablemente estará haciendo la maleta. Ahora seguramente está yendo a casa de sus padres, donde sabía que iba a pasar los últimos días antes de irse. Hacía semanas que me sabía de memoria el día y la hora de salida, la compañía aérea, hasta su número de vuelo.

Lo tenía tan incesantemente en la mente que la tarde que volví a casa del supermercado y Diana me recibió en la puerta principal y me anunció: «Te han llamado», pensé enseguida que había sido Josh. Sabía que en teoría al día siguiente se iba. Tal vez quisiera hablar conmigo antes de irse. Tal vez hasta le devolvería la llamada, para despedirme. Tal vez…

Diana estaba hablando e interrumpió mi ensimismamiento. Resultó que al parecer no había sido Josh quien había llamado. Mi hija estaba diciendo algo de Lindsay.

—Espera un momento. ¿Lindsay? Lo habrás entendido mal.

Sonrió.

—No lo he entendido mal, no. Lindsay, la editora con la que trabajabas.

Sentí que el calor subía a mis mejillas y la bolsa de comida se me escurría de las manos.

—¿Tengo que llamarle?

—Estaba a punto de irse del despacho, pero me ha pedido que te comunique que quiere comprarte el libro.

Diana me llevó a cenar fuera esa noche para celebrarlo. Cuando le comenté que no podía permitírselo, me guiñó el ojo y dijo:

—Papá me ha dado dinero.

Después de comer pidió una botella de champán caro y levantó la copa para brindar conmigo.

—Por ti, mamá. La mujer que parece más joven de la sala.

Noté que me sonrojaba.

—Aparte de ti —señalé.

—Sí, pero yo soy joven de verdad —replicó Diana—; en cambio tú, tú tienes cuarenta y pico, pero cualquiera te pondría…, no sé, veintisiete o

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veintiocho años; menos de treinta seguro.

Ahora sí que me ardían las mejillas, pero Diana sonreía tan inocentemente que pensé que estaba reaccionando al aspecto que me daba la luz de la vela.

—Es porque esto está muy oscuro —repuse, forzando la risa.

—Pues no sé —dijo—. Hasta, qué te diré, con las luces fluorescentes que hay en los despachos o gimnasios hay quien creería que eres mucho más joven.

Me quedé helada. Claramente fuera de juego.

—Lindsay —musité.

—Así es, mamá —prosiguió Diana, con las comisuras de los labios temblándole—. ¿Clases de Krav Maga?

—¿Te lo ha contado?

Diana asintió.

—¿De bares a tomar martinis? ¿Un novio llamado Josh que diseña videojuegos? ¿En serio?

Fue entonces cuando involuntariamente tiré mi copa de champán.

—¡Oh, Dios mío! Te lo ha contado todo.

—¡No podía creerse que no me lo hubieras contado tú misma! ¿Por qué no me lo contaste?

Procuré sonreír, pero tan solo conseguí levantar un lado de la boca.

Fugazmente.

—¿Por vergüenza? ¿Por miedo a que me odiaras?

—¡Sería incapaz de odiarte! —gritó, sentándose rápidamente a mi lado en el banco—. ¡Eres mi madre! Creo que es la cosa más increíble que has hecho nunca.

—¿De verdad?

—¿Bromeas? ¡Es inspirador! Me dan ganas de salir ahí fuera y cometer también alguna locura.

—Espero que no descabellada.

—Que no, mamá. Hablo de probar algo distinto, de correr algún riesgo. No sé, he estado pensando… Sé que me queda un semestre para licenciarme en Historia del Arte, pero después de la experiencia de África creo que quiero ser enfermera.

—Eso es magnífico. Adelante, hazlo.

—¿Lo dices en serio? Supondría casi volver a empezar, ir a todas esas clases de ciencias y mates, y pasar mucho más tiempo en la facultad.

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—Pero si es lo que quieres, vale la pena.

—Entonces, ¿no te importa tener que pagar los años extras de universidad que harán falta para sacarme el grado en enfermería? Puedo volver a la Universidad de Nueva York y ya está, pero en la facultad de enfermería no me convalidarán muchos de los créditos.

—Diana —dije con cariño—, eso tendrás que hablarlo con tu padre. Yo puedo ayudarte, naturalmente, pero con el dinero de la pensión alimenticia no me llega para vivir y pagar todos tus gastos universitarios. El anticipo que me den por la novela seguramente me permitirá acabar de escribirla. A no ser…

De nuevo titubeé; no sabía si estaba preparada para seguir adelante.

—¿A no ser qué? —insistió Diana.

—A no ser que venda la casa, cosa que estoy convencida de que no querrías que hiciera.

—¿Por qué no? —inquirió Diana, con cara de estar francamente desconcertada.

—Es la casa de tu infancia —señalé—. Siempre has dicho que no podía vender esa casa, que querías llevar a tus propios hijos allí en vacaciones, tal vez incluso quedártela algún día.

—Eso ya da igual —repuso—. En otoño volveré a la facultad y después de graduarme espero volver a África, o irme al sur de Asia o algún sitio así.

Mi única hija y pretendía vivir en la otra punta del mundo. Entonces ya no habría nada que me atara a Nueva Jersey.

—Creía que eras tú la que decía que quería conservar esa casa para siempre —dijo Diana.

—Eso pensaba —confesé—. Y adoro esa casa. Pero sin ti especialmente ya no la sentiría como mi hogar. Bueno, no como un hogar para la persona en que me he convertido.

—¿Es por ese chico? —preguntó Diana—. ¿Crees que si vendieras la casa te irías a vivir con él?

Sacudí la cabeza.

—Hemos roto.

—Pero ¿qué ha pasado? Según Lindsay, estabais muy enamorados. —Pues no lo sé… —empecé a decir, de nuevo con evasivas. Y

entonces me harté. Me harté de mí misma, de seguir eludiendo, seguir negando, seguir mintiendo cuando la verdad se extendía a mi alrededor,

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tan transparente como mi copa de champán volcada—. Lo estaba. Lo estaba…, bueno, estoy enamorada de él. Pero rompí porque es mucho más joven que yo. Queremos cosas muy distintas de la vida; nunca funcionaría.

—¿Qué cosas distintas queréis? —me preguntó Diana con cara inexpresiva.

Traté de pensar. Estaba Japón, pero Josh se iba a Japón porque quería dedicarse a su pasión, en vez de hacer lo que se esperaba de él, y ahora yo también quería eso para mí misma. E intuía que se pirraba mucho más que yo por los descapotables rápidos. Pero aparte de eso, en el día a día, daba la impresión de que queríamos más o menos las mismas cosas.

—No estoy pensando en el presente —le dije a Diana—. Ahora coincidimos en casi todo, bueno, en todo lo importante. Pero a la larga él querrá hijos, una casa…, todas esas cosas normales de adulto, pero yo ya he pasado por eso. Y entonces será un desastre.

Diana negó con la cabeza y entornó los ojos como hacía cuando quería hacerme ver que creía que había dicho algo especialmente estúpido.

—No lo entiendo. Lo quieres, os lleváis fenomenal, pero ¿rompes con él porque es posible que dentro de diez años discrepéis en algo?

—En algo no —maticé—. En lo más importante que hay: los niños. No quiero que renuncie a tener hijos por mí. Y no quiero meterme en una relación que le obligue a hacer un sacrificio tremendo o me deje sola y con el corazón roto dentro de cinco o diez años.

—Vale, y por eso te quedas sola y con el corazón roto ahora. Mamá, esto no tiene sentido. Quiero decir que suena muy noble, pero tienes que estar con él o no por lo que pase ahora, ¡no por lo que crees que puede pasar dentro de diez años! ¿Quién sabe? Igual conoces a otra persona, algún tío mayor cuyos hijos sean también adultos. O a lo mejor cambias de idea y decides que al fin y al cabo quieres tener un hijo, o igual se mata mañana en un accidente de avión…

Gemí en voz alta.

—Hubiese preferido que no dijeras eso.

—No lo he dicho en serio —contestó, horrorizada—. Era solo una forma de decir que la vida es impredecible…

—Lo sé, lo sé —le aseguré—. Lo que pasa es que mañana por la mañana se va a Japón en avión.

—Pues es tu última oportunidad para ver si seguís adelante.

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Al imaginármelo todo (su accidente de avión, las prisas para verlo una vez más, nuestro acelerón hacia un futuro desconocido), supe con certeza lo que tenía que hacer. Tenía que aprovechar la oportunidad de la relación con Josh. Por escasas que fueran las probabilidades de éxito, eran más de lo que tenía ahora: la absoluta e insoportable certeza de que jamás volvería a estar con él.

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22

Si Josh hubiese estado aún en Brooklyn, me habría ido directamente a su casa después de la cena con Diana. Pero sabía que estaba perdido en alguna parte de Connecticut con su familia y que iría por su cuenta al aeropuerto de Newark en el primer tren del día.

Cuando llegué a casa, me fui directa a la cama y puse el despertador a las cinco, con la intención de irme enseguida a dormir. Pero tenía un mensaje telefónico de Maggie, pidiéndome que le llamara, por muy tarde que volviera a casa.

Me imaginé lo que iba a decirme nada más escuchar su mensaje, lo había intuido hacía dos semanas, en la terraza de la cafetería. Y, en efecto, en cuanto descolgó, sin siquiera decir hola porque sabía que la única persona que le llamaría a medianoche era yo, me anunció:

—Estoy embarazada.

—¡Qué maravilla! —exclamé.

—¿Sabes qué? —continuó Maggie—. Por una vez esa palabra es realmente adecuada.

—¿Para cuándo? —inquirí.

Ella se rio entre dientes.

—Esa es una de las maravillas de la inseminación: no hay que adivinar la fecha. El veintinueve de enero.

—Cómo me alegro por ti.

—Hay más —añadió Maggie—. Me han llamado de la agencia de adopción. Tienen un bebé para mí. Bueno, no es exactamente un bebé: es una niña de casi dos años, pero puedo ir a buscarla en septiembre.

¡Oh, Dios mío! No un bebé, sino dos.

—¿Qué vas a hacer? —le pregunté a Maggie. Su gran sueño había sido ser madre soltera de un único hijo, no cuidar de una prole entera.

—He dicho que sí, sin lugar a dudas —contestó—. En vista de lo difícil que parecía que me dieran uno solo, no me atreví a aspirar a dos, pero estoy emocionada.

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—Yo te ayudaré —afirmé—. Diana te ayudará. Piensa volver a la Universidad de Nueva York en otoño. Y, Maggie, Gentility Press quiere mi novela.

—¡Yuju! —gritó—. ¡Ese es tu bebé! ¿Eres rica ya?

—Conociendo a Gentility, será un anticipo modesto. La verdad es que no he hablado con Lindsay. Se ha puesto Diana al teléfono.

—Oh-oh.

—Ya lo puedes decir, ya. Lindsay ha levantado la liebre y mi hija lo sabe todo.

—¿Incluso lo del chico?

—Sobre todo lo del chico. Cree que debería ir al aeropuerto a verlo mañana.

—Yo también lo creo.

—Y yo —convine—. Así que me tengo que ir a dormir para que mañana por la mañana no parezca que tengo ciento tres años.

Pero no logré dormirme, no mucho rato, en cualquier caso. Puse el despertador a las cinco, pero me levanté antes de que sonara, me duché y me vestí y me maquillé con esmero. Los nervios eran casi insoportables, pero no quería pasarme horas merodeando por el aeropuerto antes incluso de que él llegase allí, así que me obligué a esperar.

Mientras hacía tiempo, sin embargo, se me pasaron por la cabeza toda clase de posibilidades terribles. ¿Y si, ahora que creía que yo no iba a estar allí, había decidido salir temprano hacia Tokio o desde un aeropuerto más cercano a casa? ¿Y si le acompañaba su familia? ¿Y si estaba tan enfadado conmigo que se negaba siquiera a dirigirme la palabra cuando apareciese allí?

Podía pasar cualquiera de esas cosas, además de multitud de posibilidades funestas en las que ni siquiera había pensado, pero no podía dejar que eso me frenara. Era mi última oportunidad.

En el coche, para no pensar en lo que podía pasar con Josh, llamé a Lindsay desde el móvil. Le encantaba mi libro, me dijo enseguida, y sentía mucho haberse enfadado conmigo por lo de Thad. Yo había tenido razón desde el principio, porque era un imbécil redomado. Resultó que en aquel viaje por trabajo a California se había acostado como con tres mujeres. ¡Y ella ni se había planteado en serio liarse con el esperpento ese de la discoteca!

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Estaba empezando a pensar que quizá yo había tenido razón en todo: en que era el momento perfecto para irse a ver mundo y probar cosas nuevas. Qué suerte la de mi hija de tener una madre inteligente como yo.

—No siempre lo ve así ella. —Me reí—. Además, ahora me doy cuenta de que lo que me pasó a mí a los veinte no tiene mucho que ver con lo que os pasará a ti o a mi hija.

—Pero podemos aprender algo de tu experiencia, lo que pasa es que no queremos —dijo Lindsay—. Vemos toda la mierda por la que habéis pasado vosotras, aguantando a maridos idiotas y niños malcriados, dejando vuestras carreras, acumulando celulitis, y necesitamos creer que eso no nos pasará, porque somos diferentes.

—Supongo que nosotras necesitamos hacer lo mismo con vosotras. Nos vemos tan amenazadas por lo guapas y delgadas y sexys que sois que necesitamos creer que sois inmaduras e incompetentes para sentirnos mejor.

—Pues cuando creía que tenías mi edad —comentó Lindsay— pensaba que nos parecíamos mucho.

—Es que nos parecemos —repuse—. La única diferencia real que hay es la edad.

Resultó que la señora Whitney había comprendido mi explicación de por qué había eludido el tema de la edad en la empresa. Pero lo importante era que le había encantado mi libro. Creía que atraería tanto a mujeres jóvenes como de cierta edad, y sabía que Lindsay era la persona perfecta para editarlo.

—¿Significa eso que Thad y Teri participarán también en la edición? —pregunté, de pronto alarmada.

Lindsay se echó a reír.

—Una de las mujeres con las que Thad se acostó en California era una autora, que amenazó con demandarlo por acoso sexual. Thad se ha ido. Y cuando la señora Whitney insistió en seguir adelante con tus ideas para los clásicos incluso después de irte, Teri dimitió. Se va a quedar en casa con sus hijos.

—¡Dios! —exclamé—. A lo mejor hasta podría volver a trabajar en Gentility.

—Ni se te ocurra —dijo Lindsay—. Tienes que acabar de escribir ese libro.

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Aparecieron los letreros que anunciaban el aeropuerto y, tras prometerle a Lindsay que volveríamos a hablar pronto, colgué y maniobré hacia el aparcamiento más cercano a la compañía aérea de Josh. Me imaginé que había llegado más o menos a la misma hora que llegaría él, y mi esperanza era localizarlo en la cola, esperar a que se dispusiera a dirigirse hacia la puerta de embarque y hablar con él entonces. Mi intención no era impedir que se fuera, sino simplemente verlo, hablar con él, antes de que lo hiciera.

Pero no estaba haciendo cola. No estaba en la librería. No estaba bebiendo un capuchino ni comiéndose un dónut Krispy Kreme.

Sabía que su vuelo no saldría hasta dentro de más de dos horas. A lo mejor aún estaba camino del aeropuerto y por lo que fuera su tren iba más lento que mi coche. Debería plantarme en la puerta y esperar a que apareciera.

Pero ¿y si ya estaba aquí? ¿Y si ya había pasado el control de seguridad y pasaportes, y estaba dentro esperando a que su vuelo saliera? ¿Y si, en efecto, se había ido ya?

No se había ido, me recordé con vehemencia. Su vuelo no salía hasta las once y pico. Y hasta entonces estaría en alguna parte, muy cerca.

Había tenido la esperanza de no tener que llamarle al móvil. No quería darle la oportunidad de rechazarme por teléfono antes de poder siquiera acercarme lo suficiente para verle la cara, tocarle el brazo.

Pero ahora era mi única esperanza. Marqué y contestó al primer tono. —Gracias a Dios —dije—. ¿Dónde estás? —Estoy en el aeropuerto. ¿Dónde estás tú?

—En el aeropuerto también. —Miré alrededor—. No te veo.

Él se rio.

—Te odio por hacerme reír. Ya he pasado por seguridad.

Se me cayó el alma a los pies.

—Tengo que hablar contigo.

Estuvo un buen rato sin decir nada y luego dijo:

—Rompiste conmigo hace dos semanas, Alice. Me dijiste que no querías volver a verme, nunca más. ¿Qué podrías decirme ahora, que estoy a punto de subirme al avión, que vaya a cambiar algo?

—Quiero explicártelo —contesté—. Quiero contarte la verdad. Antes de que te vayas y pierda para siempre la oportunidad de hacerlo.

Él titubeó.

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—Pensaba que ya me habías contado la verdad.

—Lo hice —prometí—. Pero hay más.

Mientras lo esperaba, ahí plantada con la vista clavada en el diáfano espacio que había junto a las máquinas de seguridad, procuré pensar en algo que pudiera decir, algo que pudiera hacer que nos facilitara esto a ambos. Pero entonces entendí que, si hubiera una forma sencilla de abordar esta relación, a estas alturas ya se me habría ocurrido.

Entonces vi su cara, seria, mientras se acercaba a la salida; luego, al verme, sonrió. Intentó volver a poner gesto adusto, pero no fue capaz.

Vino directo a mí y me dio un abrazo. Yo lo estreché con fuerza para transmitirle cómo me sentía antes de que mis palabras pudieran malograrlo todo. Cuando por fin deshicimos el abrazo, esbozó una sonrisa y dijo:

—¿Qué otra verdad tienes que contarme? ¿Eres un sicario de la mafia?

¿Una espía de Oriente Próximo?

—Nada tan espectacular —le aseguré—. Es solo que me he dado cuenta de que no debería haber roto contigo aquel día. En realidad, no estaba intentando protegerte a ti, sino a mí misma.

—¿De qué, Alice? Sabes lo mucho que te quiero, lo mucho que deseo estar contigo. Te dije que no me importaba tu edad, nada de…

Puse un dedo sobre sus labios para silenciarlo.

—Estaba intentando protegerme del dolor de perderte.

Él sacudió la cabeza como si no lo entendiera.

—Pero no ibas a perderme. Todo lo contrario.

—De perderte algún día —maticé—. Supuse que si te dejaba yo ahora, no podrías dejarme tú más adelante.

Josh se limitó a mirarme.

—Eso es muy retorcido —dijo finalmente.

—Lo sé —repuse—. Lo sé. Me da vergüenza decírtelo incluso. Pero tenía que verte y no quería mentirte acerca del motivo. No quiero mentir sobre nada, nunca más.

—Me hiciste mucho daño aquel día en el parque.

—Lo siento muchísimo —dije, avanzando para rodearle con los brazos

—. ¿Crees que podrás perdonarme? Él se apartó.

—No lo sé —contestó, evitando mirarme a los ojos—. No sé si puedo volver a confiar en ti.

—A partir de ahora puedes confiar en mí —le aseguré.

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Suspiró profundamente y miró al techo, y a través del ventanal al otro lado del cual estaban alineados los aviones.

—Pero es que ahora me voy. Ni siquiera estaremos juntos.

Se me ocurrió una opción como posibilidad seria por primera vez. —A lo mejor podría ir a Japón —comenté sin pensarlo—. No ahora

mismo, pero cuando te hayas instalado. Durante una temporada, me refiero. He hablado con mi hija sobre lo de vender la casa y en otoño se irá a la facultad.

Pero Josh ya estaba negando con la cabeza.

—No lo sé. Necesito tiempo para pensar en ello. Para pensar en todo.

Agaché la cabeza.

—Así que ya está. Te vas y ya no volveremos a estar juntos.

—¡No lo sé, Alice! —gritó, abriendo los brazos exasperado—. Tal vez, si algún día volvemos a estar juntos, tendrías que dejar que pasara lo que sea que pasara en ese momento, sin intentar saber exactamente qué ocurrirá a continuación.

Entonces cogió la mochila y empezó a andar marcha atrás. De forma instintiva, di un paso hacia él, pero alzó ambas manos para prevenirme. Me detuve, pero pensé que en cualquier momento él también se detendría, volvería hacia mí, me estrecharía en sus brazos y al menos me dejaría con la certeza de que aún me amaba.

Por el contrario, se giró y se alejó. Cuando puso la mochila en la cinta para pasar por seguridad, le llamé. No había nadie más y sabía que me había oído, pero no se volvió; antes bien, pasó por el arco de metal, levantó los brazos como si estuviera detenido mientras el agente le pasaba el detector de mano por el cuerpo, y se fue por el paso elevado hacia su futuro, sin siquiera mirar atrás.

Y yo hice lo único que, dadas las circunstancias, podía hacer: dejé que pasara.

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23

La Nochevieja siguiente fue Maggie la que quiso quedarse en casa y yo la que abogué por salir. La Nochevieja pasada había sido el comienzo de una vida completamente nueva para mí y quería volver a celebrarla casi por superstición. Josh me había escrito un correo electrónico diciendo que era la fiesta más importante del año en Japón, con rituales de días de duración que simbolizaban un nuevo comienzo para el año entrante. Interesante. «Ven a verme», me insistió Josh. «Así podrás vivir esto conmigo y veremos cómo podemos volver a empezar.»

Era tentador. No había tenido noticias de él en todo el verano, pero de repente había empezado a mandarme correos, primero solo para decirme dónde estaba y que estaba bien. Luego, poco a poco, empezamos a escribirnos sobre lo que había pasado entre nosotros y cómo nos sentíamos al respecto. Y entonces pasamos a cómo se sentía ahora cada uno con su vida. En parte era el escudo del correo electrónico lo que hacía que me sintiera más libre, como si Josh y yo existiéramos únicamente como mentes, como espíritus, nuestra vida corpórea inmaterial. Y en parte era la sensación de que me conocía perfectamente en un sentido físico (sexual, sí, pero también como ser humano despojado de todo artificio). Ya no tenía ningún sentido intentar ocultarle nada.

Lo quería y me quería, de eso no cabía duda. Pero ¿podíamos volver a enamorarnos? Yo sabía que no podríamos contestar a esa pregunta hasta que volviéramos a conocer mutuamente, en carne y hueso, nuestro verdadero yo con la misma profundidad y pasión que habíamos puesto para conectar otra vez en el plano virtual. Y eso requería tiempo, y proximidad, y por tanto tendría que esperar, y puede que nunca llegara a pasar.

Entretanto había empezado a nevar, los gruesos copos blancos que nos habían obviado a todos a lo largo de un diciembre templado y durante un día de Navidad primaveral caían ahora veloces y con fuerza. Habían pronosticado nevisca, pero miré por la ventana de la calle del Lower East Side junto a la que estaba sentada frente a mi ordenador (había vendido mi

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casa y me había ido a vivir a un apartamento del edificio de Maggie) y entendí que esto empezaba a parecer una nevada.

Suerte, pues, que Maggie había insistido en celebrar fin de año en casa. Su excusa no había sido la nevada, sino su embarazo y su reticencia a dejar a Edie, su hija de casi dos años, que había venido de China hacía apenas tres meses. Diana se había ofrecido a cuidar de ella, pero Maggie se había negado porque lo lógico era que Diana saliera con sus amigos. Además, tenía la sensación de que ya pasaba bastantes horas separada de Edie para trabajar (había trasladado su estudio y sus esculturas enormes a un espacio separado en otra planta) y quería que la pequeña sintiera la mayor estabilidad posible antes de que llegara el bebé.

Lo cierto era que Maggie necesitaba estar en casa con Edie más de lo que Edie necesitaba a su madre allí. La pequeña parecía tan a gusto con Diana, que había estado cuidándola y viviendo la mayor parte del tiempo en el loft de Maggie, como con su madre. Era esta la que saboreaba cada instante que pasaba con su pequeñaja.

Oí una llave girar en la cerradura y al volverme vi a Diana, que había estado casi todo el día arriba en casa de Maggie.

—Maggie me ha pedido que eche un vistazo a la cena —dijo Diana—. Quiere saber si necesitas alguna cosa, si puede ayudar en algo. Además, me ha dicho que te diga que está muerta de hambre.

El embarazo le había dado un apetito desaforado y su silueta juvenil de toda la vida se había hinchado tanto que ahora se asemejaba a una de sus esculpidas diosas de la fertilidad.

—Dile que subiré en una media hora. Que vaya poniendo la mesa, si quiere.

Diana alzó la vista.

—Lo hemos intentado —explicó—. Todo lo que ponemos, Edie lo saca. Se ha puesto a corretear por ahí con un cuchillo de mantequilla en la mano.

Me eché a reír. Edie era adorable, pero un bicho. Por lo visto, controlar al bebé requería la energía de las tres (Maggie, Diana y yo). Salir del edificio, y lo que es peor, subir a la vuelta los cinco tramos de escaleras, era como una operación militar que precisaba por lo menos tres adultos sanos y fuertes.

—¿Yo era así? —me preguntó Diana—. Quiero a Edie, ¿eh? Pero ¡da mucho trabajo! No sé qué vamos a hacer cuando llegue el bebé.

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—A ver si al final Maggie querrá irse a vivir a las afueras.

De hecho, se había planteado comprar mi casa de las afueras al enterarse de que de repente iba a ser madre de dos criaturas. Pero entonces las dos decidimos que, por bonita que fuese, esa casa tenía demasiados gastos y sería mejor, para nosotras personalmente y para nuestra amistad, dejarlo correr.

—Sigue jurando que no lo hará, pero ya veremos —repuso Diana, volviendo a salir del apartamento—. Bueno, tú haz lo que puedas para agilizar la cena. Al bajar la he visto yendo a por el helado.

Había estado escribiendo, cosa que ahora hacía a diario, incluso los domingos, incluso en Navidad y fin de año. Mi primer libro se publicaría justo para el Día de la Madre y estaba con algo nuevo, ya con contrato firmado con Gentility. Con un profundo suspiro (solo dejaba de escribir a regañadientes), guardé el documento y me levanté para echar un vistazo a la cena.

Había asumido el pago del alquiler de este apartamento a primeros de septiembre, justo antes de que Maggie se fuese a China a buscar a Edie, otra época del año ideal para empezar de nuevo. Viendo que no podía soportar desprenderme de todo, como había asegurado que haría, me había traído de casa todas mis cosas favoritas. El apartamento era agradable y acogedor, lleno de mis kilims y alfombras bordadas, con mi colcha de punto de cruz encima de la cama y mis cazuelas de cobre colgando de la pared en la cocina diminuta. Me sentía a gusto, más a gusto incluso de lo que me había sentido en mi casa de Nueva Jersey durante los últimos meses; lo único que al final me había dado una rabia tremenda dejar mi querido jardín. Era aquí, pensé ahora con satisfacción, donde quería estar.

Saqué el recipiente de la salsa para los espaguetis, hecha según la receta secreta de mi abuela, del horno, donde había estado cociendo a baja temperatura, y puse una olla enorme de agua a hervir. Mejor hacer la pasta aquí abajo, donde el agua hirviendo no supondría peligro alguno para Edie. Unté con aceite y ajo picado el pan italiano que había ido andando a comprar a Little Italy, a una de las pocas panaderías auténticas que quedaban, lo envolví en papel de aluminio y lo metí en el horno. Saqué la ensalada de la nevera y preparé la vinagreta.

Ahora solo tenía que esperar.

Volví junto a la ventana y contemplé la ciudad nevada. Tan silenciosa, tan bonita, con el manto blanco reciente ocultando toda la mugre. Era casi

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como estar en el campo, sin el aislamiento que ahora vi lo deprimente que había llegado a ser una vez que Diana creció demasiado para pasarse enganchada a mí todas las horas de vigilia. Caí en la cuenta de que me había sentido muy sola entonces, incluso antes de que Gary se fuera, incluso antes de que Diana se fuera, muy abandonada, esperando en vano a que ellos me hicieran caso.

Me senté frente a mi mesa con la intención de apagar el ordenador cuando decidí mirar el correo una vez más. Había dos mensajes. El primero era una escueta felicitación de año nuevo de Lindsay, que había conseguido empleo en la sucursal francesa de una gran editorial y se había ido a vivir a París, dejando mi libro en manos de una editora aún más joven que, no obstante, era asombrosamente sagaz (otro recordatorio de que no tenía que juzgar nunca a una persona basándome únicamente en su edad). Sonriendo de alegría al visualizar a Lindsay bebiendo champán a sorbos en la orilla izquierda del Sena con su nuevo novio francés, del que ya pregonaba que era «el hombre de su vida», no dudé en desearle también un feliz año nuevo.

El segundo mensaje era de Josh. En Japón era por la mañana temprano del día de año nuevo (me había acostumbrado a calcular la diferencia horaria y en Tokio eran trece horas más), por lo que ahora él y yo vivíamos en años diferentes.

«Considera que es mi nengajo para ti —escribió—, mi postal de año nuevo. Aquí las envía todo el mundo. Anoche no hubo fiestas. La Nochevieja se entiende como una celebración solemne, que se caracteriza por comer fideos de soba y el repicar de las campanas del templo: 108 veces para disipar los 108 deseos terrenales que generan sufrimiento. Ahora mismo no se me ocurre más que uno, y es verte. Durante los próximos días no habrá ningún sitio adonde ir ni nada que hacer, salvo comer sepia seca (un manjar en Año Nuevo) e ir al templo y pensar en ti.

»Como es lógico, he estado leyendo sobre las tradiciones japonesas de Año Nuevo, y hay una que creo que será de tu interés: Hatsu-Yume, que significa “primer sueño”. En teoría el primer sueño que tienes en enero indica la clase de año que tendrás. Y ayer noche y esta mañana no he soñado más que contigo. ¿Crees que este sueño podría hacerse realidad?»

Tecleé una respuesta de una sola palabra: sí.

Habíamos acabado de comer y estábamos repanchingadas en las sillas, saboreando la sensación de saciedad. Edie se había dormido en mi regazo

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y su cuerpo calentito, pesado por el sueño, hizo que yo misma tuviera la sensación de estar durmiéndome.

—Voy a acostarla —dijo Diana, pero no se movió.

—Espera —repuso Maggie—. No quiero arriesgarme a que se despierte.

—Sí, déjala.

Estaba disfrutando de la sensación de estar pegada a esta ricura, de la entrega absoluta de ello. Era algo que no había valorado realmente como madre hasta que hube pasado por ello: la cantidad de tiempo que estabas obligada a no hacer nada más que estar sentada, sosteniendo al bebé mientras comía o dormía, observando con atención mientras jugaba. Muchas horas pasadas en un mundo gratamente reducido a dos, igual que el amor en sus inicios.

—Me iría a la cama ya —dijo Maggie—, pero sé que el bebé me despertará de madrugada y no podré volver a dormirme. Esta mañana acababa de quedarme dormida otra vez cuando Edie se ha despertado y ha empezado a decir: «mamá, mamá». —Sonaba a queja, pero tenía una amplia sonrisa en la cara.

—Bueno —intervino Diana, removiéndose en la silla—, les he dicho a mis amigos que nos veríamos en la discoteca.

—Y yo me voy a la cama —manifestó Maggie.

—A ver, ¡un momento! —exclamé—. Falta mucho para las doce aún.

—Yo no aguanto hasta las doce ni loca —anunció Maggie.

—Ni yo —dijo Diana.

—Vale, pero por lo menos pidamos nuestros deseos —pedí—.

Nuestros deseos para el nuevo año.

Maggie puso los ojos en blanco.

—Pero ¿no has aprendido la lección o qué?

—No —contesté—. De hecho, creo que al final ha salido bastante bien. Venga, Diana, a ti siempre te había gustado esto. ¿Qué quieres que pase este año?

—Quiero… —levantó la vista hacia el techo de estaño—. Quiero echar un polvo.

Maggie se echó a reír, pero yo, pese a mis ostensibles esfuerzos, supe que había puesto cara de horror.

—Venga, mamá, no seas carca. Estoy al tanto de todo lo tuyo con tu yogurín.

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—No soy carca —repuse, pero noté la mojigatería de mi voz—. Pero es que siempre te he oído hablar de lo de ser enfermera y de África, y de que quieres cambiar el mundo.

—Y quiero hacer todo eso —contestó Diana—, pero también necesito un poco de acción. No, mentira. Lo que de verdad quiero es enamorarme. Estrellas en el cielo, el suelo temblando bajo mis pies… Eso es lo que quiero este año.

Me di cuenta de que, ahora que lo decía, sonaba bien. Yo lo había vivido el año anterior, sin siquiera desearlo, y había estado bien. Más que bien. Quería que mi hija fuese igual de feliz.

—De acuerdo —terció Maggie—, puestos a pedir, yo quiero un bebé sano y un parto sin complicaciones. —Se puso la mano en la barriga—. ¡Ay! El niño está dando patadas.

—¿El niño? —preguntó Diana—. ¿Nos quieres decir algo?

—No —contestó Maggie, que se había hecho todas las pruebas prenatales, pero se había negado con rotundidad a conocer el sexo del bebé —. Aún no lo sé, pero últimamente presiento que es un niño.

Volvió a ponerse la mano en la barriga.

—¡Uy! —exclamó—. Esta noche no para.

—¡Dios mío! —dije, de pronto asustada—. No creerás que ha llegado la hora, ¿verdad?

Yo iba a asistir a Maggie en el parto y sabía por experiencia (Diana nació en Acción de Gracias) que en vacaciones, cuando había poco personal en los hospitales, dar a luz podía ser dramático. Y además estaba la dificultad añadida de que Diana salía y no estaría allí para quedarse con Edie, y la imposibilidad de conseguir un taxi en fin de año, con ventisca, nada menos.

—No —respondió Maggie—, no creo. El médico me ha dicho que aún tengo el bebé en la barbilla. Estoy cansada, eso es todo.

Se levantó con esfuerzo y se irguió, su barriga y sus pechos enormes debajo de un jersey de cuello alto morado de terciopelo elástico a juego con su diván.

—Ahora te llevo a Edie —dijo Diana, levantándose también.

—¡Esperad! —exclamé—. No habéis oído mi deseo.

Las dos me miraron.

—¿Cuál es, mamá? —preguntó por fin Diana.

Pero tuve que decirles la Más Pura Verdad a ambas:

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—Aún no lo tengo claro.

Después de arropar a Edie en su cuna, después de recoger con Diana y de que dejáramos dormir a Maggie, después de que Diana se fuese con sus amigos, decidí salir a dar un paseo. La nieve polvo seguía cayendo, una fina capa cubría las aceras y calles tan tenuemente que parecía azúcar glaseado endulzando el mundo.

La nieve había obligado a la mayoría de la gente a quedarse en casa, de modo que en vez de una velada festiva esto parecía una noche más tranquila que la mayoría. Mi idea era ir al restaurante al que Maggie y yo habíamos ido el año pasado y tomarme una copa de champán, pero fuera estaba todo tan bonito que decidí seguir andando. Con pantalones de pana y botas forradas, una vieja chaqueta de esquí y la gorra de cazador de piel de leopardo de Maggie, atravesé los márgenes de Little Italy y el extremo norte de Chinatown y me adentré en el Soho, donde las aceras estaban limpias y los restaurantes abarrotados de gente.

De nuevo me planteé parar a tomar algo, pero una vez más seguí caminando. Al girar hacia el sur me vino a la memoria la noche aquella que Maggie me prestó sus botas, porque mis tacones me estaban matando.

Entonces recordé a madame Aurora. ¿Seguiría ahí? ¿Ofreciendo aún deseos para Año Nuevo? Traté de rememorar, intenté pensar en lo que había deseado, en cómo contestaría a la pregunta de Diana, en lo que le diría a madame Aurora si tirase mi dinero.

Lo primero que se me había pasado por la cabeza, en el loft de Maggie, era que deseaba poder volver con Josh, que pudiéramos enamorarnos como antes, más que como antes, para siempre. Pero casi en el acto me entraron dudas de si era eso lo que de verdad quería, si era eso lo que de verdad querría él.

¿Qué podía pedir para mí, pues? ¿Qué mis libros triunfaran? Sí, eso lo deseaba. Pero ahora que estaba escribiendo de verdad consideraba que era algo que estaba a mi alcance, no algo por lo que tuviese que rogar al cielo en el momento de soplar las velas de un pastel o ver la primera estrella.

¿Qué? ¿Felicidad para Diana? ¿Para Maggie? Sí, claro que sí, pero ¿era ese realmente mi verdadero deseo para el nuevo año?

Mientras me aproximaba a la calle de madame Aurora pensé en entrar a ver a la gitana. A saber si después de todo había surtido cierto efecto ir allí y expresar mi deseo en voz alta. Algo que, por lo que fuera, lo hizo realidad.

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Tuve un escalofrío involuntario. No quería creer eso. No quería ni pensar en volver a encontrarme en esa situación. Iría por otra calle. No quería ni ver la tienda de la pitonisa, no quería acceder a su campo de fuerzas.

Pero cuando llegué a la calle de madame Aurora, no pude evitar torcer por esta. Tenía que saber, tenía que ver, tenía que volver a sentir lo que había sentido un año atrás, antes de que pasara todo, para tratar de determinar cuánto poder para el cambio había salido de mí y cuánto de la magia. Aminoré el paso conforme me aproximé al escaparate, con el corazón palpitándome en la garganta.

Y me quedé inmóvil, sin dar crédito a lo que tenía en mis narices. No había ninguna madame Aurora. En el lugar de la tienda, había una zapatería, la ventana repleta de zapatos de tacón y botas y bambas plateadas. Miré alrededor, pensando que igual me había equivocado de calle, que me había equivocado de dirección. Pero no, era aquí, todo lo demás estaba. Sin embargo, la tienda de madame Aurora se había esfumado por completo como la carroza de Cenicienta.

Me alejé desconcertada y caminé penosamente como de memoria, sin fijarme en nada de lo que me rodeaba ni pensar hacia dónde iba hasta que me encontré en Tribeca, cerca del muelle del transbordador con rumbo a Nueva Jersey. Al desembarcar aquí la Nochevieja pasada había estado lleno de gente, pero ahora parecía casi aletargado, con unos cuantos rezagados andando tan tranquilamente en dirección al muelle cubierto donde esperaba el barco, sus luces atrayentes.

¿Y por qué no? Había luna llena, la nieve había cesado y la Estatua de la Libertad brillaba espléndida a lo lejos. Podía ser el trayecto con el que había soñado y que no había hecho el año pasado, la verdad.

Pagué y subí a bordo, y me dirigí directamente a las escaleras que conducían a la cubierta. Había otras dos personas ahí, pero no tuve ningún problema para ponerme en la parte delantera, exactamente donde había estado el año anterior. Sujetándome cuando los motores se encendieron con un rugido, pensé que tal vez esto, este viaje, estas vistas, inspirase el deseo que me había rehuido toda la noche.

El barco se alejó del muelle y me imaginé que, al igual que el año pasado, daríamos la vuelta nada más apartarnos de la orilla. Me agarré de la barandilla y contemplé Nueva Jersey, el enorme reloj de su muelle, los rascacielos y la oscuridad del fondo. Ese era mi pasado, pensé, y en cualquier momento ya el barco virará y navegaremos en dirección contraria, pero hacia mi futuro, los edificios de Nueva York, mi nuevo hogar.

Sin embargo, el barco no viró esta vez y me vi, de nuevo, precipitándome directa hacia Nueva Jersey. Contuve el aliento, consternada, pensando que a lo mejor era la señal de que estaba condenada a no escapar jamás, de que Nueva Jersey era, efectivamente, mi destino inexorable. Pero entonces miré hacia atrás, hacia los rascacielos que se alejaban, y entendí que cambiar el punto de vista era tan sencillo como girar la cabeza. Quedándome como estaba, ladeándome un pelín, podía ver simultáneamente Nueva Jersey y Nueva York, mi pasado y mi futuro.

Fue entonces cuando se me ocurrió el deseo, espontáneo e imposible:

quiero, pensé, que mi vida sea para siempre como en este preciso instante.


FIN

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