© Libro N° 14911. El Club De La Niebla. Sánchez Ruiz, Leticia. Emancipación. Marzo 14 de 2026
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EL
CLUB DE LA NIEBLA
Leticia
Sánchez Ruiz
El Club De La Niebla
Leticia Sánchez Ruiz
Una novela perfecta para los amantes de los misterios literarios.
El enigma: Un famoso escritor desaparecido.
Los sospechosos: Los miembros de un singular club de lectura.
El escenario: Una ciudad envuelta por la niebla y rodeada de peligrosos acantilados.
Hace más de veinte años, el célebre novelista chileno Gabriel Vargas Montseny desapareció en la ciudad de Oviedo después de un encuentro con un peculiar club de lectura. Su rastro se perdió de madrugada y originó un enigma jamás resuelto.
Ahora, la trágica muerte de uno de los miembros de la tertulia literaria siembra de nuevo la inquietud entre los participantes. Sobre todo en Alana, invitada accidental en aquella sesión del club, una mujer que siente un interés muy especial por los secretos que ocultan las casas antiguas, los objetos heredados, los recuerdos de la gente… y los libros olvidados.
Pero con Cable, Mann y el abogado Steven Mahon luchando en su bando, la batalla solo acaba de empezar. Porque en esta isla con una historia violenta y misteriosa… el pasado nunca se deja atrás.
Leticia Sánchez Ruiz
El Club De La Niebla
ePub r1.0
Titivillus 07.03.2026
Leticia Sánchez Ruiz, 2025
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
A nuestro tío Ramón Miguel Ruiz Suárez,
un personaje mucho más extraordinario que
cualquiera que yo pueda imaginar.
La huella que dejó es imborrable
Cerró el paraguas de cuadros no porque hubiese dejado de llover, sino para que dejara de hacerlo. No solía creer en ese tipo de cosas, pero recordó, con cierta angustia, con un nudo en la garganta, que existía un equilibrio entre la superstición y la ciencia. Cinco sentidos eran pocos para entender lo que nos rodeaba. O, a veces, demasiados.
Se giró y miró al frente, a la montaña de piedra caliza y escarpadas paredes grises donde se había formado una cueva. Se preguntó si estaría habitada por lobos. Buscó en la profundidad del valle, en los prados de abajo, en el pueblo de casas blancas que parecía tan lejano. Pero el único ser vivo que vio fue una babosa negra que se retorcía en la hierba junto a sus pies. Pensó que tal vez se había equivocado. Tal vez se había equivocado en todo. Pero la decisión ya estaba tomada. Al menos no había amapolas.
La lluvia, impasible, seguía cayendo. Caía sobre la antena de la luz, sobre el joven abedul, sobre la alfombra de hojarasca. Caía haciendo que el camino del desfiladero se embarrara, se volviera resbaladizo.
Un rato después se oyó el grito. Casi un aullido.
Y, aun así, no dejó de llover. Continuó lloviendo sobre las rocas llenas de musgo, sobre las encinas y los tejos, sobre un abrigo negro manchado de barro, sobre una cara arañada, sobre una boca ensangrentada que se había cubierto de hojas, sobre un paraguas de cuadros cerrado junto al cadáver entre los árboles, al fondo del barranco.
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Objetos
Sonó el timbre y yo me pregunté quién, un domingo a las diez de la mañana, bajaría por una callejuela del casco antiguo, buscaría un portal entre una tienda de ultramarinos y un pub que cerró hace años, y pulsaría el botón del segundo junto al que hay una pequeña placa verde que pone: «Gabinete de Maravillas Calume». Aquí solo suelen subir clientes habituales y curiosos despistados, pero por el día y la hora supuse que no sería ninguno de ellos. Opté por alguien que necesitara con urgencia algo lo suficientemente bello o raro para consolarse. O puede que un mensajero. En cuanto oí su voz a través del telefonillo, supe que se trataba de lo primero. «Hola. ¿Está abierto?». «Sí. Suba».
En mi puerta apareció una mujer rubia y menuda, envuelta en una gabardina, que olía a maquillaje. No sé cuántas horas haría que se había levantado, pero de sus ojos hundidos deduje que no había dormido demasiadas. Se sorprendió un poco al verme.
—¿Está Calume? Me dijeron que preguntara por Calume.
—Yo soy Calume —respondí.
—Ah —dijo ella, algo desconcertada—. Ah —repitió—. Pensé qué… Los clientes inesperados suelen extrañarse de mi juventud, ya que esta
clase de oficios se les presupone a personas de mayor edad, y tampoco ayuda mi aspecto aniñado. Por lo tanto, lógicamente, desconfían.
—Pase, no se quede ahí.
No me agradó la visita. En primer lugar, porque los domingos por la mañana estoy muy ocupada y, además, aquel estaba sola, por lo que quería aprovecharlo. Pero también porque, para variar, me había sentado mal la cena del sábado, concretamente el bote entero de marron glacé que me había tomado de postre.
La mujer entró jugando nerviosamente con el cinturón de la gabardina.
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—No sabía si hoy, a estas horas, estaría abierto. La verdad es que vine… vine guiada por un impulso.
—No tengo horarios. Verá, este no es solo mi negocio, también es mi casa.
Y señalé el biombo chino, tras el que vivimos Blas y yo acurrucados entre la cocina, la habitación pequeña y el baño. El resto del piso —el cuarto mediano, el salón y los pasillos— está destinado a la exposición de objetos. Y por ahí guie a la mujer, cuyos ojos de ratón iban abriéndose más y más según miraba las vitrinas. Así es como les llega el consuelo a mis clientes. Lo he visto muchas veces.
—Es fantástico, todo. Y Gabinete de Maravillas me parece un nombre tan evocador… Cómo no querer pasarse —rio.
—Bah, no se crea —contesté divertida, como tantas otras veces—. En realidad, no es más que un término ampuloso e intencionadamente lleno de misterio para encubrir una tienda de antigüedades sin fuste, una almoneda estrafalaria en la que tienen cabida todo tipo de objetos viejos y curiosos. Si tuviera que imprimir unas tarjetas de visita que no tengo, dirían: «Alana Calume. Cacharrera».
Las dos sonreímos, y yo la dejé sola en sus vagabundeos por las vitrinas, algo que no suelo hacer, pero creí que aquella mujer necesitaba un poco de intimidad. A veces es una forma de tener intimidad con uno mismo. Aproveché para irme a la cocina a tomar sal de frutas.
Tardó un rato y, aunque suele alegrarme que la gente se demore entre mis objetos como si contemplara una enigmática selva, la mañana iba avanzando y mi estómago bullía. Finalmente, se decantó por un estuche de carnet de baile, dos vasos de uranio, un cenicero de tren y una aldaba con forma de mano que sostenía una naranja.
—Me tentaba la raqueta de madera —dijo señalando la que tengo colgada en la pared—. En la cuadra de mis abuelos, en el pueblo, había una y nunca supe de quién era.
Me habló de los objetos que dejaba, no de los que iba a llevarse. Signo inequívoco de melancolía. Le hice algunos comentarios sobre las cosas que había comprado, e incluso me ofrecí a hacerle un café, que ella rechazó de forma tímida y agradecida. Soy incapaz de abandonar a alguien que acude a mi casa a consolarse de la nostalgia, por mucha prisa o acidez de estómago que tenga.
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No negaré que fue una venta provechosa, pero estaba ansiosa por marcharme. Porque vendo, sí, pero yo, sobre todo, busco. Soy una husmeadora de desvanes, una fisgona de mercados, una expoliadora de negocios que cierran, una saqueadora de casas derruidas, una exhumadora de pasados ajenos.
Cuando era niña, solía sacar del mueble del salón la guía telefónica, abrirla al azar, pasear mis dedos por las columnas y leer los nombres y las direcciones que aparecían. Aunque me encantaba el tacto rugoso del papel fino y el olor de aquellas guías, lo hacía con la secreta intención de encontrarme en algún momento con alguien conocido. Con una pulsión parecida busco ahora mis objetos; busco sin saber con exactitud qué estoy buscando porque solo lo distinguiré cuando lo encuentre. Busco por todas partes algo que sea mío, que me aluda, que reconozca en su bella y atípica rareza. El placer de este oficio no radica en la posesión de una pieza deseada, sino en el instante de fascinación por el descubrimiento insospechado. Por eso me gustan tanto los domingos por la mañana, porque cada semana, rigurosamente, me brindan el encanto de investigar.
Aquel domingo Blas estaba en uno de sus congresos y yo lo agradecí. No es que me moleste su compañía, que en otros momentos suelo reclamar con ternura felina, pero prefiero estar sola en la búsqueda. Al igual, supongo, que a los escritores no les agrada teclear con alguien mirando por encima del hombro, ni a un cazador seguir un rastro sintiendo el aliento de otro en la nuca mientras este le da conversación. El hallazgo inesperado ha de hacerse en soledad. Aunque lo cierto es que disfruto yendo a husmear casas con Melquíades y Ulises porque los tres compartimos pulsiones similares, aunque ellos no estén interesados en ningún objeto. Además, no hay nadie mejor para rastrear esquelas. En cuanto fallece alguna de las personas cuyo nombre está apuntado en la lista que tienen colgada en la trastienda, recibo una llamada de mis amigos y corro a coger las llaves del coche.
Cuando se atiende una colección de objetos antiguos, al igual que una familia numerosa o una granja, hay que establecer ciertas rutinas para asegurarse de que todas las partes reciban los cuidados necesarios. Los domingos por la mañana, antes de salir de casa, los dedico a comprobar que funciona todo aquello que sea mecánico. En cuanto la mujer rubia se
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marchó abrazada a su bolsa, comencé, presurosa, a girar las llaves de los juguetes de cuerda. Abrí las cajas de música, le di vueltas a la manivela del organillo, me aseguré de que estuvieran en hora todos los relojes (los de carrillón, los de bolsillo, los de pared) para que su tictac uniforme siguiera marcando el ritmo de la casa, accioné las palancas de los molinillos de café, e hice girar mis tres zoótropos viendo cómo saltaba el caballito, se encaramaba la trapecista y el esqueleto se quitaba y ponía la cabeza.
La acidez de estómago no remitía, ya era tarde, y salí de casa con el cuerpo desapacible. Puede que fuera por eso por lo que sentí un ataque de añoranza al pasar por delante de Casa Amparo, que es donde Blas suele esperarme tomando un caldo y leyendo el periódico mientras yo husmeo. Cuando llego, le robo algunos sorbos calientes, despliego mis tesoros encima de la mesa y él me comenta las noticias más estrafalarias, que son las que le gustan. Hacía demasiados días que Blas se había marchado. Pero en cuanto sentí el trajín del rastro, la soledad volvió a parecerme apetecible.
Pasando los puestos de flores, frente a la biblioteca, esa plaza se convierte los domingos en el caótico hogar de las cosas mendigas y desechadas. Sábanas extendidas en el suelo con lámparas de mina, azadas aún con la tierra incrustada, herramientas oxidadas, añosos abrevaderos de ganado. Esquinas en las que se ofrecen muebles inmensos que ya no cabrían en ninguna casa, percheros de pie, cabeceros de cama hechos de hierro y bronce. Mesas llenas de muñecas sucias sin ojos, máquinas de escribir desdentadas, cajas de cerillas mohosas. En lo que otros arrumban, yo encuentro mis pequeños prodigios. También es cierto que no resulta frecuente y se necesitan muchos vagabundeos por los puestos.
Mi estómago seguía haciendo de las suyas, y ni siquiera el bullicio de los cacharros parecía apaciguarlo del todo. Además, como habían anunciado erróneamente que seguiría cayendo la lluvia de los días anteriores, la gente no dejaba de golpearme con los paraguas que llevaban colgados en los brazos. Aun así, no quise renunciar del todo a la búsqueda, y antes de retirarme me pasé por el puesto de Montoya, que suele tener una cantidad increíble de lo que yo llamo «chucherías». Son tápers de plástico llenos de pequeñas baratijas que se perderían en las mesas: relojes, anillos, juguetitos, chapas, prendedores. Me gusta meter allí la mano y revolver, como si la introdujera en un saquito de legumbres metálicas.
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Fue entonces cuando lo vi, perdida entre ese maremágnum de objetos diminutos. Lo cogí con dos dedos y lo acerqué tanto a los ojos que por poco me quedo bizca. Era un alfiler de corbata como el que llevaba Gabriel Vargas Montseny la tarde en que lo conocí siendo una niña.
Estaba ennegrecido por el tiempo, muy deslucido, pero aún se apreciaba la mariposa y creí distinguir las cuerdas enroscadas. Aunque no tengo demasiados conocimientos de joyas, como tampoco de cuadros, sabía que no era una pieza valiosa porque había adquirido otras similares varias veces por internet. Había encontrado una media docena, a precios bajísimos, la mayoría de los años noventa y con dueños sudamericanos, pues, al parecer, allí la moda de los alfileres de corbata había durado un poco más. Pero era la primera vez que encontraba uno sin buscarlo, con el azar como aliado. Se me notó en la cara el entusiasmo, fue tarde para regatear, y el sobrino de Montoya me hizo pagar por él un precio que ambos sabíamos desproporcionado. No me importó.
Siento un cosquilleo curioso cada vez que me encuentro con algo relacionado con Gabriel Vargas Montseny, y sobre todo con aquella dichosa tarde. Hay una emoción en ello, pero también azoramiento. Por eso, cuando veo de lejos a Orestes haciendo de guía para los turistas curiosos y llevándolos por lo que él ha bautizado como la Ruta Misteriosa, o me topo en las librerías con algún ejemplar de Vargas Montseny en la niebla, de Ruth Rami, mi primer impulso es huir. Sin embargo, de vez en cuando buscaba por internet el alfiler de corbata y el mechero de gasolina que Vargas Montseny le había prestado a Bode aquella tarde, y que descubrí que se trataba de un Ronson. Y también hablé con Ruth, aunque luego me arrepintiera.
Me marché a casa rápidamente, como una ladrona, con el alfiler de corbata en el bolsillo de mi abrigo verde y el clandestino propósito de meterlo en la caja en la que guardo un número incierto de mecheros plateados de gasolina que imitan a los Ronson, los pañuelos de pájaros que me recuerdan al que llevaba Tina aquella tarde, los marcos con las fotos que colgaban en La Patagonia y que he ido adquiriendo en distintas subastas, e incluso una de las tarjetas-llave del hotel en el que se alojó Vargas Montseny que abrí a todas las puertas menos la suya, ya que un amigo mío había pasado allí una noche y le supliqué que la robara para mí. Son los objetos con los que voy recreando aquella tarde, y los únicos que me permito coleccionar. Otros guardarían recortes de periódico. Un alfiler
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de corbata como el que llevaba el escritor había sido una presa muy codiciada por mí, y acababa de encontrarla donde nunca esperé hacerlo: en el rastro al lado de casa. Mi corazón de cazadora se estremecía.
Al llegar, fui con el alfiler a la cocina, que, para desdicha de Blas, utilizo con frecuencia como taller y laboratorio. Aparté de la mesa la cuchara pringosa y el bote vacío de marron glacé, no sin antes reprimir una arcada, y a punto estuve de pegar un trago a la mezcla de agua, bicarbonato y vinagre blanco que junté en un vaso, a ver si lograba aliviarme la acidez de estómago que ni siquiera la excitación había aplacado. Mojé un trapo en aquella mezcla y fui frotando el alfiler con delicadeza para quitar el sulfuro que lo había ennegrecido. El brillo de plata se fue revelando. Ahí estaban, las dos cuerdas y la mariposa. Le di la vuelta para terminar mi labor y, en cuanto pasé el trapo, fue como si hubiera acercado un papel a una vela y me revelara el mensaje secreto que alguien había escrito con zumo de limón. Porque en aquel preciso momento me sonó el teléfono.
—¡Melquíades! —exclamé al auricular.
—Hola, hola. ¿Qué tal? ¿Cómo estás? ¿Todo bien?
Melquíades y su forma de saludar varias veces.
—Todo estupendo. Aquí, borrando el azufre de los años a un alfiler de corbata. ¿Vosotros?
—Ah, así estás bien, sí. Mira, te llamaba porque he visto la esquela que acaban de colgar y…
Mi corazón de cazadora, que ya se había activado esa mañana, volvió a estremecerse augurando una nueva búsqueda.
—¡Sí! ¡Dime! —exclamé con una alegría de la que luego me arrepentí, y de la que Melquíades se percató.
—No, Calume, no es eso. Quiero decir…, ¿has hablado con tu tío?
—¿Con mi tío? ¿Con Canor? No. ¿Por qué?
Lo que me contó a continuación me dejó noqueada. De haber sido otra persona, casi no le hubiera creído. Aunque entonces ya intuía que el pasado tiene extrañas formas de reaparecer en nuestras vidas, y no solo a través de los objetos.
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La Patagonia
—Coño, casi se me pasa usted desapercibido —le soltó mi tío Canor al darle la mano.
Mi tío no suele ser tan brusco, pero aquel era uno de sus días bárbaros, y en esas circunstancias podía llegar a decir cualquier cosa.
—Sí, señor. A los escritores nos gusta pasar desapercibidos para que la gente solo tenga que hablar de nuestras obras, y así nos perdonen el agravio —contestó Gabriel Vargas Montseny con voz calmada y juguetona, con su acento suave.
Vargas Montseny fue lo suficientemente generoso para driblar de aquella forma burlona el inapropiado comentario de mi tío, que había tardado en reconocerle en el hall del hotel porque no se esperaba a alguien tan bajito, tan apocado físicamente. Para tratar de compensar aquel momento, y de una forma un poco absurda, Canor prolongó el apretón de manos un poco más de lo que resultaba adecuado y rápidamente pasó a presentarme, incluso antes de decir su propio nombre.
—Mire, Vargas, esta es mi sobrina y acaba de cumplir diez años.
A mi tío Canor le había parecido una buena idea llevarme, como regalo de cumpleaños, a conocer a los escritores que formarían parte de los
III Encuentros Hispanoamericanos sobre Realidad y Ficción que se celebraban en Oviedo. Él se las había apañado con la organización para ejercer de acompañante de alguno de los autores y, no por casualidad, le había tocado Vargas Montseny. Puede que este no resulte el regalo de cumpleaños más apropiado para una niña, pero así era mi tío, Nicanor Calume.
Canor, el hermano mayor de mi madre, pesaba más de cien kilos y en los días especiales, como Nochebuena o alguna comida familiar, le gustaba llevar camisas hawaianas. Era geólogo, se pasaba seis meses al año en medio del mar en una plataforma petrolífera, y cuando volvía lo
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único que quería era hablar. No tanto por el aislamiento, sino porque la mayoría de sus compañeros en la plataforma eran ingleses o alemanes y a mi tío nunca se le dieron demasiado bien los idiomas, por lo que decía que aquello era como querer conversar en morse. Así que cuando volvía, venía por las tardes a nuestra casa, se sentaba en la cocina y, cortando grandes tajadas de queso acompañadas de todo tipo de refrescos que tuviéramos en la nevera, hablaba sin parar mientras mis padres daban cabezadas en la silla. Antes de marcharse, desviaba la mirada de forma aviesa hacia alguna lata vacía llena de migas que hubiera contenido galletas o hacia cualquier cachivache que mis padres ya dieran por inservible, y preguntaba: «¿Vais a tirar eso?». Se iba con su botín bajo el brazo y, sujetando la puerta del ascensor, seguía discurseando un rato más antes de despedirse. Pero esto, por supuesto, no era suficiente, y acudía a todas las tertulias, ya fueran de toros, de ópera o de mera sobremesa, escuchando a ratos y soltando peroratas con frecuencia. Su preferida, sin duda, era la tertulia literaria, a la que a mí, de niña, solía llevarme. Si acababa de venir de la plataforma, monopolizaba la conversación, y si ya llevaba tiempo en la ciudad, su voz se fundía con la de sus compañeros, que jamás le reprochaban sus largas ausencias.
Los viernes en que mis padres salían a cenar, yo esperaba con ansia que mis abuelos estuvieran en el pueblo para que pudiera quedarme a dormir con Canor. «Al menos no bebe», decía mi madre como resignación y consuelo, porque jamás se fio demasiado de dejarme con él. Aunque sintiese devoción por su hermano mayor, el ser abstemio parecía el único don que le autorizaba a cuidar de una niña. Yo le achacaba todos los demás. «Si es que, en el fondo, tu tío y tú sois iguales», rezongaba mi madre tratando de poner orden en mi cuarto, ya que este parecido era realmente lo que le preocupaba.
El viernes era el día que más me gustaba quedarme con él porque era cuando me llevaba a su tertulia literaria en La Patagonia, un enorme café que olía a vermut y mantequilla, con techos altísimos, mesas de mármol, columnas, lámparas de globo y espejos. Muchísimos espejos que reflejaban sin parar las mesas, las columnas, los gastados dibujos geométricos de las baldosas, formando lo que a mí me parecía un prodigioso laberinto.
Mi tío Canor se sentaba todos los viernes con sus amigos en la primera mesa de la izquierda a hablar de libros y beber agua con gas, mientras el
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resto prefería el vino. Con él, eran seis. Estaba Manuel Bode, que era relojero y siempre tenía las solapas de la chaqueta manchadas de ceniza. Salía constantemente a fumar y, cuando hacía demasiado frío, se quedaba en la mesa con el cigarro pegado a los labios resecos, de tal forma que podía hablar perfectamente con él colgando de la boca. Bode era un hombre hosco y friolero que conversaba refunfuñando y que a mí me daba caramelos de leche de burra que guardaba en los bolsillos. A veces se confundía y sacaba alguna de las castañas que llevaba encima como amuleto. Sus castañas, él, su ropa y sus caramelos emitían un tufo parecido al de los viejos almacenes que nadie ventila.
Tina, María Tina Flórez, había llegado a la tertulia de manos de mi tío, debido a una vieja amistad que los unía, y que yo nunca acabé de entender muy bien porque no me imaginaba a dos personas más distintas. Tina era ligera, levemente angulosa, llevaba el pelo cortado como un muchacho y prefería el vino blanco, que bebía a sorbitos muy pequeños. Limpiaba la mesa con un pañuelo, de manera delicada, y sacaba una libreta en la que había tomado notas sobre la lectura con una caligrafía ordenada y hermosa. Le interesaban, sobre todo, las partes en las que se hablaba de la naturaleza y las ruinas del pasado, y se desesperaba cuando la conversación se desviaba de los libros, que era lo que ocurría casi siempre; aunque era una desesperación muy contenida: un fruncir de boca, un entornar de ojos, un cerrar la libreta, un suspirar y seguir la charla.
También estaba Braulio, uno de esos hombres elegantes con barba que aquí son tan habituales. Había en Braulio algo de dandi, algo de filósofo y algo de burgués. Pero, sobre todo, había bastante de lo que él realmente era: psiquiatra. Siempre se apiadaba de los personajes de los libros, incluso de los peores. Tenía tres hijas que le adoraban y que de vez en cuando se pasaban con su madre por La Patagonia para llevarle una bufanda cuando la tarde refrescaba, o para anunciarle que se había cambiado la hora de la cena.
Delia era oculista y le gustaban las historias de fantasmas. Tenía una carcajada sonora, una vocación innata para el misterio y una ética extraña y rigurosa que solo entendía ella. Disfrutaba haciendo las hipotéticas cartas astrales de los personajes de las novelas, lo que siempre le acarreaba discusiones con Bode.
Y, para terminar, estaba Rosalía, que competía con mi tío en excentricidad y gordura. Su cara era redonda y reluciente como una
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manzana, poseía unos ojos vivos, juguetones, y una boca carnosa de un asombroso rojo natural. Tenía un puesto en la Junta del Principado, pero he de decir que nunca supe exactamente a qué se dedicaba. Su marido era un famoso catedrático de Literatura, Tomás Márquez, aunque todo el mundo decía que la que realmente sabía de libros era ella. Cada vez que alguno de sus escritores favoritos fallecía, o cuando se cumplía de alguno el aniversario de su muerte, aparecía en La Patagonia vestida entera de negro, con un camafeo entre los pechos, y una mantilla de encaje oscuro en los hombros. «Te has pasado con el luto, Rosalía», le decían los otros tertulianos. «A callar, pollos», replicaba ella.
Me crie entre ellos. Los viernes de mi infancia en los que mis padres salían y Canor estaba en Oviedo, me sentaba en una esquina de aquella mesa y mordisqueaba en silencio las famosas mantecadas de La Patagonia que me compraba mi tío mientras ellos debatían. No entendía casi nada de lo que decían, pero me gustaba escucharlos, de la misma forma que puede conmoverte alguien recitando versos en alemán. Me daba la impresión de que yo seguía su conversación furtivamente, como si estuviese escondida en una tinaja de barro. Jamás se dirigían a mí, no se mordían la lengua a la hora de decir improperios o procacidades, no me miraban de reojo, no se daban codazos los unos a los otros mientras me señalaban con la cabeza. Solo salía de mi tinaja cuando a alguno de ellos se le caía algo al suelo (mecheros, monedas, bolígrafos) y yo rápidamente me agachaba a recogerlo. Ya entonces tenía vocación de buscadora de objetos. Me encantaba, además, escudriñar los intrincados dibujos amarillos y granates de las baldosas, como si otro laberinto se reprodujera en el suelo, uno incluso más profundo, donde cada elemento (estrellas, cruces, aspas, círculos) estaba cargado de significado; me perdía en ellos como en un jeroglífico y me quedaba allí, bajo la mesa, un rato largo. Sola en mis dominios. Sospecho que a veces tiraban cosas a propósito con el único fin de entretenerme.
A la hora de la cena o, mejor dicho, a la hora en que Braulio, el psiquiatra, tuviera que cenar, el grupo se despedía y, mientras íbamos hacia casa, Canor se desahogaba hablándome de D’Artagnan y de Edmundo Dantés, pues el resto de los tertulianos despreciaban a Dumas, de hipotecas, de la flor del banano o de un tipo de Burundi que habían metido en una vitrina porque había sido el único ser humano que no se equivocó nunca. Hablaba con una alegría tal que parecía que se había bebido un
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pellejo de vino en vez de tres botellas de agua con gas. Pese a su gordura, Canor siempre ha caminado a una velocidad asombrosa, casi al ritmo de su constante cháchara, y a mí me costaba mucho seguirle el paso, por lo que me quedaba rezagada viendo cómo se movía su inmenso culo para todos los lados, dando la impresión de que él iba hablando solo por la calle y yo era una pobre niña perdida.
El apartamento de mi tío Canor me gustaba incluso más que La Patagonia. El salón estaba lleno de libros, de cintas de vídeo y de minerales. Pero también de todo tipo de objetos extraños que se habían quedado desfasados en las plataformas petrolíferas y él había recogido, de las lamparitas que mis padres tenían en la mesilla cuando yo nací, de las viejas sillas con las patas desconchadas que estaban en el comedor de mis abuelos y de los múltiples jarrones que a una prima nuestra le habían regalado para su boda y consideró horrorosos. Mi tío Canor, entre otras cosas, no creía en la caducidad. Sostenía que, mientras un alimento no tuviera mal aspecto ni un olor dudoso, podía comerse perfectamente. «Si esto está cojonudo, hombre. Está bárbaro», decía, y cuanto más se alejara de la fecha indicada en el paquete, más ufano parecía. Así que el hombre, orgullosamente, me daba para cenar todo tipo de productos caducados, y los comíamos en una bandeja que le habían regalado por comprar cereales, mientras veíamos películas en cintas de vídeo. Luego se quedaba dormido con la boca abierta y tenía que despertarle para que desplegara el sofá cama en el que yo pasaba la noche.
Sí, él me transmitió muchas cosas. Tenía razón mi madre: en el fondo, éramos iguales. Por eso, cada vez que me hacían una entrevista sobre mi profesión, sin sospechar que una de ellas me iba a traer la felicidad, siempre empezaba hablando de mi tío Canor. Pero tardé muchos años en contar lo verdaderamente interesante, aquello que había ocupado muchas portadas de periódicos. Porque de lo que nunca hablaba, hasta que Ruth me encontró, era de la tarde que pasamos con Gabriel Vargas Montseny.
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La familia no recibe
Mi tío carraspeó al descolgar y, por la forma en que contestó al teléfono, supe que ya estaba al tanto.
—Dime, vidina.
—Tío, ¿te has enterado?
—Sí, hija, sí. Acaban de llamarme.
Por motivos que nunca entendí, mi tío Canor, en vez de pegarse el móvil a la oreja, habla con el manos libres puesto y se lo pone de frente como si fuera un walkie-talkie, lo que hace que siempre se le oiga alejado. Pero aquel día la distancia con la que me hablaba era distinta.
—A mí me avisó Melquíades —expliqué—. Pero ¿qué pasó? —No lo sé muy bien. Un accidente, me dijeron. —¿Accidente? ¿De coche?
—No, no. —La distancia de mi tío aumentaba; su voz parecía cada vez más remota, acurrucada en su interior—. Mira, no lo sé. Es que estoy… es que estoy que aún no me lo creo.
—Ya —dije de forma un poco estúpida, como si esa mínima comprensión conllevase todo el consuelo.
«Un accidente», pensé. Repasé mentalmente la esquela que habían colgado en Funerarias Reunidas y que busqué tratando de encontrar pistas sobre lo que había ocurrido, porque, al igual que mi tío, no podía creerlo. Me había golpeado la noticia, y más aún por las circunstancias en las que me había enterado de aquella muerte inesperada.
Solo ponía su nombre, el de sus familiares, un ruego de una oración por su alma, y el lugar y la hora en la que se celebraría el funeral al día siguiente. Y también otra cosa que llamó mi atención. —En la esquela pone que la familia no recibe.
—Sí, me lo dijeron. Mira, mejor. Así recojo un poco por aquí y ya voy mañana para la misa.
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Su comentario me hizo saber que aún seguía en el pueblo. Desde que se había jubilado, mi tío solía pasar allí la mayor parte del tiempo. Me lo imaginé despanzurrado en una de las sillas del porche, con el móvil en la mano frente a la nariz, la mirada perdida, las alpargatas rotas llenas de tierra y una botella de dos litros de Coca-Cola a su lado en el suelo.
—Es raro, ¿no? Que una familia como la suya no quiera organizar un velatorio.
—Qué sé yo, vidina. A mí lo que me parece raro es que haya muerto. Ante esa respuesta entendí que estaba siendo inclemente con el dolor
de mi tío. Inclemente en general, porque aquella muerte no había generado en mí tristeza, sino asombro. Este sentimiento era tan fuerte que eclipsaba a cualquier otro. Ni siquiera me atreví a preguntarle si no le extrañaba que en la esquela no pusieran el día en que había fallecido.
—¿Hablaste con los otros?
—Escribí un mensaje al grupo, supongo que irán llamando. —Mi tío y su costumbre de permanecer en la retaguardia—. Y ya van tres —soltó de pronto, como un perdigón.
—¿Tres qué?
—Tres grupos de WhatsApp que me quedan incompletos en lo que va de año. El de los geólogos, el de la peña de la lotería y ahora el de La Patagonia. —Canor suspiró haciendo una pequeña pausa—. El cáncer, un infarto y… esto. Ay, rediós, qué vida.
«¿Y qué ha sido esto?», pensé un poco irritada porque le diera tan poca importancia a los motivos de aquella tragedia. Aunque, conociéndole, no resultaba tan raro. Si algo estremecía a mí tío más que los días bárbaros era la muerte. Ya fuera inesperada, como aquella, o producida por una larga enfermedad, a Canor le parecía que cualquier muerte cercana era como la confirmación de una epidemia, que se estrechaba el círculo, que en la ruleta rusa iban quedando menos recámaras vacías y más balas. «Eh, pero acordaros de que yo no pienso morir. Yo trasciendo», decía, dándose sonoros golpes en el pecho. «¡Trasciendo!». Además, solía repetir que el día que él muriese también moriría su mejor amigo. Una de las míticas frases de mi tío, que en aquel momento se me antojó macabra.
—Oye —dijo cambiando radicalmente de tono—, ¿fuiste hoy al rastro?
Ahí estaba Canor, el Canor de siempre. Cuando los domingos iba al rastro con mis padres de niña, solíamos encontrarlo por allí, y entonces
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mis padres se marchaban a tomar el vermut y nos dejaban a los dos solos, husmeando. Mi tío se afanaba en comprobar si los aparatos aún funcionaban o si serían de fácil arreglo, si los muebles tenían carcoma, si los platos no estaban demasiado rotos. «Esto está bárbaro. Está cojonudo, hombre. Si es que la gente tira cualquier cosa». Hallar algo que le sirviera le proporcionaba un placer inconmensurable, como si hubiera ganado una batalla en la estrafalaria guerra que mantenía contra el mundo. Y en eso siempre nos diferenciamos: él se decantaba por lo práctico y yo, por la belleza.
—Sí fui, sí —contesté, y cerré con fuerza el puño. Cómo decirle lo que había encontrado. Cómo mentar la soga en la casa del ahorcado. De todos modos, aunque no me hubiese enterado ese día de que un miembro de La Patagonia había muerto, tampoco me hubiera atrevido a hablarle de mi hallazgo.
—Ya sabes que si encuentras algo que pueda valerme… —Sí, tío. Lo sé, lo sé.
Cómo no saberlo, si me lo repetía cada vez que hablábamos.
—Así me gusta. En fin, voy a llamar a tu madre para decírselo, que cuando hablé antes con ella aún no sabía nada de todo esto. Igual quiere venir al funeral mañana.
—Yo también iré. Quedé con una clienta a primera hora, pero creo que me dará tiempo a llegar.
—Oye, que si quieres ser tú la que avise a tu madre… —Sí, tío, no te preocupes, lo hago ahora. —Eso sí, dile que me llame cuando quiera.
—¿Quieres que mamá te llame?
—¡Cuando quiera! Bueno, vidina, me ha animado mucho hablar contigo. —Sí que parecía que a lo largo de la conversación se había alentado. Además, hacía bastante tiempo, desde lo de Ruth, que mi tío y yo no hablábamos por teléfono. O, al menos, no como antes. Me resultó curioso que nos fuera a unir lo mismo que nos había separado. Aquel día todas las flechas apuntaban en la misma dirección—. Gracias. Nos vemos mañana. Con Dios, y con la mano en el carro.
—Con Dios, y con la mano en el carro, tío.
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«¿Que se ha muerto quién?», preguntó mi madre al otro lado del teléfono. No había podido oírme con claridad porque en aquel momento se pusieron a sonar todos los relojes de la casa marcando la hora en punto. Se lo repetí mientras miraba el alfiler de corbata similar al que llevaba Vargas Montseny la tarde de mi infancia en que le conocí, que yo aún tenía en la mano y que había estado apretando todo el rato mientras hablaba con mi tío Canor.
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Los pájaros
En cuanto mi tío me presentó, Vargas Montseny me dedicó una generosa sonrisa de complicidad sin mostrar la más mínima extrañeza porque una niña los acompañara en tales circunstancias. Aunque fue con su esposa, Luz Miranda, con quien tuve una corriente súbita de familiaridad por algo que me resultó asombroso: se parecía prodigiosamente a mi madre. Las dos tenían el mismo pelo (moreno, hasta los hombros, suave, algo cardado), la misma complexión pequeña y delgada, y unos rasgos faciales muy similares. Pero Luz Miranda llevaba los ojos maquillados con gruesos trazos negros que le daban un aire árabe, exótico, misterioso. Me pregunté si así se vería mi madre si hubiera sido egipcia, o si se hubiera casado con un escritor. Mi tío Canor también habría reparado en este parecido si hubiese mirado más a Miranda, pero apenas se dirigía a ella; su segundo nombre lo acongojaba.
Tras las presentaciones, nos contaron entre risas que habían sufrido una serie de equivocaciones en el hotel con la tarjeta-llave que les dieron, ya que abría casi todas las habitaciones del largo y enmoquetado pasillo, menos la de ellos. Vargas Montseny llevaba unas gruesas gafas de montura negra, camisa blanca, jersey oscuro de pico, chaqueta a cuadros y una corbata con un alfiler plateado que simulaba dos cuerdas enroscadas y rematadas por una mariposa. Cada vez que pienso en los distintos momentos de aquella tarde, a veces le veo con una camisa azul, otras sin la chaqueta, en ocasiones únicamente con un jersey de cuello redondo, como si durante todo el día se hubiera dedicado a jugar a las prendas o como si fuera mi memoria la que juega sin piedad conmigo. Sin embargo, con lo que siempre le veo es con la corbata y el alfiler de las cuerdas y la mariposa, porque incluso desde la infancia, de lo único que soy incapaz de olvidarme es de un objeto. Más aún si es inusual y desfasado. Pero yo traté de recordar todo los demás para contárselo a Ruth.
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Acompañamos a Vargas Montseny y a Luz Miranda hasta la plaza de la Catedral, que era donde estaba marcado el punto de reunión. Allí se habían congregado otros colaboradores de los III Encuentros Hispanoamericanos sobre Realidad y Ficción, de los que no tengo el menor recuerdo, cuyos rostros me costó reconocer posteriormente en las fotos y cuyos nombres solo supe al leerlos años después.
Rápidamente se estableció entre todos nosotros o, mejor dicho, entre todos ellos, porque yo era una pequeña espectadora, cierta informalidad y una corriente de simpatía. Los catedráticos de la Universidad de Oviedo que estaban en el grupo actuaron de guías de lujo y comenzó así nuestra ruta literaria por el casco antiguo. Incluso mi tío parecía feliz a ratos, y cada cinco minutos me preguntaba si me lo estaba pasando bien. Yo sabía que él hubiera disfrutado mucho más si no fuera porque sufría uno de sus días bárbaros que le anudaban el alma.
Al llegar al teatro Campoamor no tengo recuerdos claros de cómo nos despedimos o cómo se dispersó el enjambre, si es que llegó a dispersarse. Lo único que recuerdo es a mi tío agarrando a Vargas Montseny y a su mujer y arrastrarlos hasta La Patagonia. Porque, como les relataba Canor mientras los metía por la puerta casi a empujones, esa era la verdadera razón de que les hubieran asignado a ellos entre todos los autores participantes: cómo no iba a asistir el escritor chileno a una tertulia literaria emplazada en un lugar con semejante nombre.
Allí, en la mesa de la izquierda, nos esperaban Rosalía y Braulio, vestidos como si fueran a la ópera. Me pareció que Manuel Bode tenía en la chaqueta más ceniza que nunca, y Tina, para la ocasión, se había anudado al cuello un colorido pañuelo de pájaros. Delia aún no había llegado, cosa que nos extrañó, siendo ella tan puntual. Vargas Montseny y Luz Miranda no pudieron sentarse a la mesa con nosotros porque varios poetas jóvenes, que por entonces me parecían bellos y despeinados, los rodearon y los llevaron hasta la barra, invitándoles a vermut de grifo y hablándoles sin parar de Borges y Pessoa. Nosotros seis esperábamos en la mesa sin movernos, casi sin hablar, pestañeando lentamente. Mi tío Canor hasta se olvidó de pedirme las mantecadas, cosa que no me agradó en absoluto. Bode comenzó a rezongar. «Manolo, deja jugar a los niños», le dijo Rosalía haciendo un ligero aspaviento con la mano.
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Finalmente se sentaron con nosotros, trayendo a la mesa el vermut de grifo. «Acertaron con la bebida, pero me temo que no con la hora», dijo, jocoso y amable, Vargas Montseny. Me sorprendió que se presentara a los tertulianos diciendo simplemente su nombre de pila.
—Y yo soy Luz —apuntó Miranda.
—Luz. Luz Bárbara, ¿verdad? —preguntó Canor, que había leído su nombre completo en las hojas informativas que le había pasado la organización.
—Bueno, sí —respondió ella, ligeramente sorprendida—. Luz Bárbara.
—Bárbara… —pronunció entonces mi tío como si aquella palabra fuera capaz de hundir cualquier barco.
Manuel Bode resopló, Rosalía comenzó a frotarse los ojos, Braulio desvió la mirada y a mí me dieron ganas de tapar a mi tío con un abrigo y esconderlo. Estábamos incómodos porque sabíamos lo que vendría después. Y, efectivamente, vino.
—Mi vida consiste en olvidar a Bárbara —dijo mi tío Canor.
El resto de los tertulianos pusieron la misma mirada de quien tiene que soportar, de vez en cuando, que toquen a muerto las campanas de una iglesia.
—Mi vida es olvidar a Bárbara en bucle —continuó, acariciando la etiqueta de su agua con gas.
A mi tío le ocurría con una frecuencia de resfriado, dos, tres veces al año, que su amor por Bárbara lo golpeara como una enfermedad pasajera. No hacía falta nada especial para que ocurriese. A veces simplemente era que sus manos se habían rozado sin querer, que por equivocación había cogido el paraguas de ella y se había pasado la tarde con su olor incrementado por la lluvia, o que habían coincidido a la hora de pronunciar una palabra en alto, como si entre ellos brotara una chispa. Pero la mayoría de las veces este amor surgía al verla desde lejos. Había ocasiones en las que Canor estaba sentado comiendo galletas de miel en el parque San Francisco y ella pasaba junto al estanque de los patos saludándole con la mano en alto, y aquella mano y aquel saludo se convertían en una bocanada de amor. O cuando paseaba por debajo de su casa y, casualmente, la veía abrir la ventana de par en par, sacando medio cuerpo fuera, y mi tío de pronto tenía que esconderse en un portal para que no se le notara el repentino amor que al verla en la ventana sentía por ella.
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Como digo, estos arrebatos amorosos le ocurrían a mi tío con la frecuencia de un resfriado y, al igual que una gripe, tardaban unos días en pasársele. Los «días bárbaros», como él los llamaba.
Braulio, Bode y Rosalía tenían un gesto amargo, se les notaba incómodos porque mi tío narrara ante Vargas Montseny y Miranda la angustia que le producían sus días bárbaros. La única que le miraba con comprensión era Tina. Pero incluso yo sentía vergüenza ajena.
—Bueno —dijo Vargas Montseny, de nuevo con su voz dulce—, ya saben lo que dicen. El amor es mientras todavía no lo es del todo.
—¿Qué? —preguntó Tina, y juraría que eso fue todo lo que dijo aquella tarde.
—Me refiero —prosiguió el escritor, y empezó a hablar más bajo aún, un poco azorado— a que el ser humano solo se regocija en esa clase de encantamientos.
Entonces a mi tío Canor le cambió totalmente la expresión y empezaron a agrandársele los ojos.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Eso es! —exclamó riendo y brindando al aire con su agua con gas—. ¡Es eso!
Y, como si se tratara de un conjuro, los días bárbaros se acabaron en aquel momento. Mi tío volvió a tener su alegría de cascabel, y en la mesa se comenzó a hablar de cosas que yo no entendí, pero creo recordar que tenían algo que ver con los viajes de Vasco de Gama. En algún momento debió de llegar Delia, porque lo que sí recuerdo a la perfección es que le dijo a Vargas Montseny: «A mí me da que usted debe ser acuario, ¿no?». Y el escritor la miró extrañado porque, efectivamente, lo era.
Manuel Bode, que por pudor no se había puesto el cigarro en la boca, jugueteaba con el mechero entre los dedos en un gesto nervioso, hasta que en un mal giro acabó cayéndole al suelo. Me miró de reojo. Inmediatamente salté de la silla y me agaché bajo la mesa. Pero el mechero no estaba. Ni bajo la mesa, ni entre los pies de los demás, ni por los alrededores. Parecía que el laberinto del suelo se lo había tragado.
—No está —le susurré a Bode.
—¿Cómo que no está?
—Que el mechero no está.
Bode se agachó a mirar bajo la mesa, y pronto volvió a levantarse entre quejidos.
—No está —dijo con cara de pasmo.
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—¿Qué os pasa a vosotros dos? —nos preguntó Rosalía.
—Que he perdido el mechero.
—Si quiere, puede usar el mío —dijo Vargas Montseny sacando un mechero de gasolina plateado, grande y plano, con un adorno de una punta de flecha dorada, en el que había grabado sus iniciales: «G. V. M.».
Lo miré con asombro.
Bode se lo agradeció y, con una rapidez que yo no le conocía, salió a fumar, encantado de que por fin le hubieran dado una excusa para hacerlo.
Vargas Montseny se mostraba un poco esquivo a la hora de hablar de su obra. Aunque, más que esquivo, se mostraba desinteresado y algo pudoroso, para desilusión de mi tío y sus amigos, que se habían preparado bien el tema desde que supieron que iba a venir. Sin embargo, sí que habló con pasión de los libros de otros, así como de las fotografías que estaban colgadas en La Patagonia en las que, hasta ese momento, yo nunca había reparado y, señalando el pañuelo de Tina, comentó algunos versos hermosos que se habían dedicado a los pájaros. La conversación viró entonces a las costumbres de algunos animales y lo que se aprendía observándolos, aunque solo estuvieran dibujados en un pañuelo.
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El azar
Al colgar con mi madre, me quedé aún un rato en la silla de la cocina en la que llevaba horas sentada. Hablando por teléfono con Melquíades, con mi tío, con ella. Consultando la esquela. Limpiando el alfiler de corbata. Ante el bote de marron glacé vacío, la sal de frutas, el vaso con la mezcla de vinagre y bicarbonato. Desde que esa mañana le había abierto la puerta a la mujer rubia con la gabardina, me parecía que había pasado una eternidad.
Volvió a aparecer el ardor de estómago, que por un momento se había calmado, pero resurgió tras la conversación con mi madre. Me dijo que ella no podía ir al funeral a la mañana siguiente porque tenía una cita ineludible en el trabajo, pero se alegraba de que al menos pudiera acudir yo. «A tu tío le encantará que le hagas compañía, Alana». Lo que no le dije es que entonces era yo la que se quedaba sin sostén.
Pensaba que mi madre y yo estaríamos juntas en la iglesia, como un equipo, en un segundo plano, dándole un fugaz abrazo a mi tío Canor y dejándole al amparo de sus amigos, pasando desapercibidas y observando. Pero quedarme sin su compañía lo cambiaba todo, porque tendría que estar sola ante ellos, los miembros de La Patagonia, a los que yo había querido tanto, y para quienes ahora me había convertido en una persona hostil. Desde que había hablado con Ruth, sé que me consideraban una traidora. Al igual que mi tío, por mucho que tratase de disimularlo.
A la mayoría hacía años que no los veía. Pensé que, tal vez, en el funeral estuvieran tan abatidos por aquella muerte inesperada que apenas repararan en mi presencia o se olvidaran de mi agravio.
En ese momento recibí en el móvil un mensaje de Blas. «Hace cinco años era domingo… y sigue siendo. Creo que cuando entraste en la pizzería y me miraste se paró el tiempo y continúo allí, de pie, sin saber qué decir, sin saber cómo recibirte, y todo lo vivido desde entonces es un
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sueño. Y tú lo ignoras, pero sigues congelada en el tiempo, esperando que yo diga algo para salir de tu trance. Crees que han pasado cinco años, pero en realidad ocurrió hace solo un instante».
Blas celebra extraños aniversarios. El día de la pizzería. La tarde del hotel con las gaviotas. La mañana que me vio en el periódico. Yo soy incapaz de recordar estas fechas, ni siquiera reparé en ellas cuando ocurrieron, pero a Blas se le dan bien los números, y también los detalles. Puede olvidarse de mi cumpleaños, de que es Nochevieja o del día en que empezamos a vivir juntos, pero nunca lo hace de la tarde en que embarcamos en el crucero, de la primera vez que nos mandamos un mensaje o de nuestra cita en el Rialto. Así, a lo largo del año vamos acumulando varios aniversarios. «Lo importante», dice, «es tener algo que celebrar».
El motor de la vida, que se había atrancado por unas horas, volvió a arrancar con aquel mensaje. La mención a la pizzería incluso hizo que me entrara hambre. Me imaginé a Blas obviando a quien hablaba desde la tarima y tecleando furtivamente en una de las sillas del auditorio, como los niños que se pasan en clase notitas de papel con sus compañeros. Ya le llamaría más tarde para contarle lo que había ocurrido, cuando él saliera del congreso y yo lograse salir de la cocina. Tal vez le llamase desde la silla de barbero que tengo expuesta en el salón desde hace tanto tiempo que temo el día en que la venda, y probablemente mirando a la lámpara de banquero y su pantalla verde esmeralda. Como mis clientes, también encuentro consuelo en mis cosas.
Pero, Alana, el azar en realidad no existe, pensé que me diría Blas cuando le llamara. El azar no tiene nada de mágico, más que la combinación de probabilidades que se alinean en el espacio y el tiempo. Puede que lo único realmente aleatorio sea la desintegración radiactiva, cuando un núcleo atómico va a emitir radiación. Contar con el azar como aliado, querida raposa, es como contar con la ayuda de un fantasma.
Pero, Blas, zorro listo, le contestaría yo, ni siquiera sé lo que es la desintegración radiactiva; no me hables en tu lenguaje.
Está bien, seguiría él, entonces hablemos de Hugh Williams.
Oh, no, Hugh Williams otra vez no.
Sí, Alana, Hugh Williams. En el estrecho de Menai, frente a la costa de Gales, el 5 de diciembre de 1664, un barco se hundió: todas las personas menos una murieron. El único superviviente se llamaba Hugh Williams.
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El 5 de diciembre de 1785, otro barco se hundió en el mismo lugar, y nuevamente todos a bordo murieron excepto un hombre… llamado Hugh Williams. El 5 de diciembre de 1820, otro barco se hundió en el mismo sitio. Solo un hombre sobrevivió y se llamaba Hugh Williams. Cualquiera que escuche esta historia saca dos conclusiones: una es que, si vas a navegar por el estrecho de Menai, asegúrate de llamarte Hugh Williams. La otra es que las casualidades existen. En realidad, no hay nada extraordinario en esos acontecimientos. Son hechos aislados. Hugh y Williams son un nombre y un apellido muy corrientes, esa zona marítima es bastante peligrosa, y supongo que, en el mes de diciembre, más. Simplemente se dieron las circunstancias. Nuestro cerebro hizo el resto. Hechos aislados que no tienen ninguna relación los vemos, de pronto, unidos por una correspondencia casi cósmica, y hablamos del destino y cosas parecidas. Hemos encontrado una conexión. Y es lo que te ha ocurrido a ti. Piensas en Vargas Montseny muy a menudo, no es algo infrecuente en tu vida. Es una casualidad, pero la casualidad, como te he dicho, a menudo no es más que una superposición de planos.
Pero, Blas, diría yo cogiendo el testigo, si no hubiera encontrado el alfiler de corbata en el rastro esta mañana, y si no lo hubiera tenido en la mano pensando en Vargas Montseny y, por lo tanto, pensando en ellos, justo cuando Melquíades me llamó, esta muerte no me hubiera impresionado tanto. Y yo, en mi vida y mi trabajo, siempre he contado con el azar como aliado. Puede que sea con lo único con lo que no me haya equivocado. Míranos a nosotros, sin ir más lejos, zorro listo. Hace cinco años viste una foto en el periódico, una simple foto, y aquí estamos.
Claro, y entonces pensamos en la predestinación, y esas cosas, raposa mía. Pero no es así. Me gustó la foto por criterios objetivos, que parecieron meramente intuitivos solo por la velocidad a la que los procesé. Identificamos las señales sin darnos cuenta. Sin embargo, tú estuviste a un palmo de salir corriendo de la pizzería, y el primer beso casi te saca a trompicones de la habitación. La conexión no estaba allí, vino después. La gran casualidad no fue conocernos; la gran casualidad fue tener todo en contra y, aun así, darnos la oportunidad de encontrarnos realmente.
Eso me diría Blas, y al menos en esto último tendría razón.
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La niebla
No sé cuántas horas estuvimos en La Patagonia, pero éramos los únicos que ya quedaban allí. Además, Vargas Montseny y Luz Miranda parecían cansados, así que, con pesadumbre por tener que despedirnos, les propusimos acompañarlos hasta el hotel. Era noche cerrada cuando salimos a la calle, aunque como veníamos de la luz ambarina del café, apenas notamos el contraste.
Al llegar al hotel, Vargas Montseny y Miranda nos agradecieron la compañía y manifestaron su deseo de vernos en los Encuentros. El escritor levantó el brazo y se despidió diciendo: «No hay nada más hermoso en el mundo que el consuelo».
—¿Os enseño el recorrido que hicimos esta tarde? —propuso de pronto mi tío Canor cuando la pareja nos dejó solos y algo desamparados.
—¿A estas horas? —preguntó Bode alzando una de sus espesas cejas.
—Qué pensará mi Tomás —dijo Rosalía riendo.
—En casa van a creer que me he fugado —susurró Braulio.
—Pero ¿qué hora es? —preguntó Delia.
Canor me cogió de la mano, nos encaminamos al Antiguo y los demás nos siguieron sin rechistar, como llevados por la corriente.
A esas horas no había nadie en el casco; en las callejuelas se veían las luces de algunos bares y se oía música y unas risas ahogadas. Rosalía explicó que había poca gente saliendo porque era época de exámenes, y lo dijo con aquel tono con el que le gustaba recalcar que ella estaba al día de las cosas de la universidad.
Yo tenía diez años, iba de madrugada con seis adultos por el casco antiguo de la ciudad, en la noche resonaban las castañas de Bode chocando con las llaves en sus bolsillos, el taconeo de los zapatos nuevos de Braulio contra las baldosas húmedas, la respiración ahogada de Rosalía tratando de subir las cuestas. Mi tío caminando sosegado por primera vez y
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llevándome de la mano. Delia señalando el cielo, hablando de lo mal que se veían en la ciudad las estrellas, intentando trazar líneas entre ellas. Tina colocándose el pañuelo en el cuello constantemente, como si lo estuviera haciendo ante un espejo.
Era la primera vez que caminaba por la calle a aquellas horas, y me dio la impresión de que era otro Oviedo, otro mundo, un ciudad bruja, distinta, escondida.
Una niebla espesa comenzó a caer por las callejuelas del Antiguo calándonos, humedeciéndonos las ropas. Veíamos difuminadas las luces de las farolas, apenas se distinguía la silueta de la catedral ante la que nos despedimos poco antes del amanecer, nosotros mismos nos convertimos en sombras. Yo sentía un miedo extraño.
Y, sin embargo, nada de esto fue lo más importante que sucedió aquella noche.
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Home by the Sea
Estaba releyendo la esquela, mirando las noticias de los periódicos locales por si hablaban de un accidente o de aquella muerte, cuando me llegó un mensaje de Ulises. «Ya me informó Melquíades. Sabes que cuentas con mi espada, con mi catalejo y con mi zurrón». Le llamé de inmediato, pero tenía el teléfono apagado. Probablemente solo lo había activado para escribirme después de hablar con su hermano. Ulises únicamente enciende el móvil de vez en cuando. Si se le precisa, hay que buscarlo por los bares o entre libros, y la verdad es que se le encuentra muy rápido. Pensé en las manías con el móvil de Ulises, y en mi tío, usándolo absurdamente como si fuera un walkie-talkie. Ambos ya tenían el pelo cano, y solían llevarlo desordenado.
Aquel mensaje encendió una llama en mí. No tenía ganas de seguir sola y ensimismada. Barajé la posibilidad de llamar a Ruth, pero eso me haría sentir aún más traidora ante ellos al día siguiente en el funeral, por lo que descarté esa opción. Ya le comentaría más tarde lo que había pasado. Ruth y Blas, Melquíades y Ulises eran las únicas personas con las que hablaba de mi relación con los miembros de La Patagonia y Gabriel Vargas Montseny. De hecho, era un grupo tan reducido que incluso, medio en broma, les había puesto un nombre: el club de la niebla. Así que le grabé a Ulises un audio bastante largo, que buscaba más mi propio desahogo que su información.
Y ya no me quedó nada que hacer.
Pensé en levantarme y revisar la caja de cartón amarillenta llena de postizos que a la mañana siguiente tenía que entregarle a María Zapico, la clienta con la que había quedado, pero me dio esa pereza que se parece tanto a la melancolía cuando tratamos de hacer algo útil y nuestros pensamientos están en otro lugar. Tenía algo atravesado dentro y no me
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podía mover. Solo podía estar allí sentada como una imbécil, mirando el móvil ansiosamente como si en él estuviera la salvación.
Traté de centrarme en el mensaje de respuesta que le escribiría a Blas sobre nuestro aniversario, y alejar de mi mente el resto de sucesos de aquel día.
Cinco años desde que entré en la pizzería. Parecía que había sido ayer y, a la vez, parecía que habíamos estado juntos desde siempre. Es curioso pensar de qué forma una presencia va mezclándose con tu vida hasta que ya no sabes dónde acaba una y dónde empieza otra. Así que tiré por ahí y comencé a escribirle. «Anoche, mientras rebañaba un bote de marron glacé, estaba viendo un vídeo de YouTube y me puse a comentarlo en alto contigo, aun sabiendo que no estabas aquí. Me da la impresión de que las cosas que no compartimos no acaban de suceder del todo. Un poco como la canción aquella de Genesis en la que los fantasmas se sentían vivos contando sus historias a los que se adentraban en aquella casa. Y yo siento que tengo que atraerte a esa casa, sentarte en la silla y obligarte a escuchar mi vida para que esta sea real». Tras enviarlo, recordé el título de la canción: Home by the Sea. Pensé que, en aquellos momentos, no era únicamente a Blas a quien quería atraer a aquella casa junto al mar.
Decidí coger el alfiler de corbata de la mesa y meterlo en la caja con los otros objetos que colecciono relacionados con la tarde que pasamos con Vargas Montseny y que escondo al fondo del armario. Cuando me estaba levantando, me llegó un mensaje de Ulises. El doble check azul indicaba que había escuchado mi audio. Era un mensaje corto, hermético y, por supuesto, sin derecho a réplica. «Ven mañana después del funeral. Es importante».
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Ruth Rami
Un año antes, o puede que solo fueran algunos meses, estaba tomando unas cervezas en los soportales del Fontán con Ruth. También es escritora, aunque, a diferencia de Vargas Montseny, no suele pasar desapercibida. Según ella, se debe a que es de Astorga. Pero lo cierto es que tiene el porte, la tez e incluso los rasgos de un jefe indio. Las greñas que le caen por la cara y sobre los hombros también son de apache, salpicadas con algunas canas como hilos plateados. Suele llevar sus camisetas oscuras de grupos de rock manchadas con babas o con restos de vómito blanco de los hijos que tuvo sobrepasados los cuarenta, y que le dejan pocos momentos para escaparse muy de vez en cuando para tomar algo con los amigos, como aquella tarde conmigo.
Estábamos hablando de los estrambóticos motivos que nos habían llevado alguna vez a enamorarnos. Yo le expliqué que había empezado a salir con mi primer novio porque fue la única persona capaz de ganarme al Trivial, y que me había enamorado absurdamente de un chico porque tenía en su habitación del colegio mayor una lámpara Tiffany, que por aquel entonces me parecía el mayor signo de sofisticación. Ruth contaba que lo primero que le atrajo de Sebas fue que tenía una furgoneta cochambrosa parecida a la que llevaron los Aerosmith en su primera gira, y solía dejársela; ella, decía, se sentía una diosa conduciéndola. Nos estábamos riendo mucho con estas anécdotas. De pronto, como cada vez que intuye algo, tomó un trago de cerveza, cruzó sus robustas piernas, entrelazó las manos en el regazo y se puso a mirar al infinito, en un gesto grave que me pareció lleno de fragilidad.
—A veces se me olvida escribir —me dijo con el alivio de quien al fin puede hacer una confesión.
Entonces comenzó a contarme que había ocasiones en las que se olvidaba las palabras, se olvidaba hasta de cómo teclearlas, de cómo se
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engarzaban unas con otras, de cómo se construía una frase. Se le olvidaba escribir de vez en cuando, de la misma forma que si fuera a levantarse y no recordara cómo se andaba, cómo lograba mantenerse en equilibrio y moverse poniendo un pie delante del otro. Añadió que esa sensación era desesperante y también aterradora.
—Y la única forma que tengo de remediarlo es pensar en el motivo que me hace escribir —continuó Ruth—. Así que pienso en ti, Calume.
—Coño —solté con sorpresa, abriendo mucho los ojos e irguiéndome un poco.
—Sí, pienso en ti y en aquella tarde que pasaste con Vargas Montseny. Pienso en aquel mechero que desapareció en el momento en que cayó al suelo, que tendría que estar allí pero no estaba. Escribo para saber dónde está aquel mechero. Escribo para tratar de hallar la parte que falta de un mundo que se me muestra incompleto, borroso, descolocado. Escribo para disipar, aunque sea momentáneamente, la niebla.
Comprendí entonces un par de cosas. La primera, que Ruth estaba borracha y que la celeridad con que se bebía sus tanques de cerveza tratando de aprovechar el poco tiempo que tenía era la responsable de que hablara con aquella lúcida gravedad. Y la segunda, que por muy halagador que me resultase, lo cierto es que no era en mí en quien pensaba.
—Lo que quieres decir, en realidad, es que escribes para encontrarle.
Ruth se echó a reír.
—Sí, supongo que sí. Lo hice y lo sigo haciendo. Por eso mi libro de no ficción es, curiosamente, el que más habla de mí y de mi ficción.
Ruth no era la única. Muchos otros habían tratado de encontrarle o, al menos, de tratar de averiguar qué le había sucedido. Porque Gabriel Vargas Montseny, el famoso escritor chileno, desapareció aquella misma noche. Nosotros fuimos los últimos en verle. Concretamente, nosotros, Luz Miranda y la recepcionista del hotel. Según ella, y así lo confirmaron las cámaras, salió del hotel a las siete de la mañana. Nunca más se le volvió a ver.
Gabriel Vargas Montseny desapareció en una ciudad que no conocía a miles de kilómetros de su casa.
Hasta que Ruth supo de mi existencia y quiso entrevistarme para el libro que estaba escribiendo sobre este caso, yo apenas había hablado con nadie de aquella tarde. Ruth, Ruth Rami, publicó Vargas Montseny en la niebla. En parte fue la historia que le conté la que inspiró ese título.
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Ni mi tío Canor ni ninguno de sus compañeros de tertulia quisieron participar en el libro, y les cayó como un jarro de agua fría que yo lo hiciera.
Jamás hablaban de aquella tarde, ni una sola vez la mencionaban, se comportaban como si no hubiera ocurrido, el nombre de Vargas Montseny no podía ser citado ante ellos. A mí, de niña, también me habían obligado a callarme.
Nunca entendí por qué mi tío y sus amigos guardaban tanto secretismo sobre aquella tarde. Pero en vez de preguntárselo, hablé con Ruth y no me lo perdonaron.
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El funeral
Hacía un día limpio y frío, luminoso. Las montañas, a lo lejos, se veían azules con aquella claridad filosa. En Oviedo estos días no son frecuentes, pero me pareció apropiado. También aquella mañana era para mí gélida y cortante como la hoja de un bisturí.
Caminaba por la calle rumbo a la iglesia mientras pensaba en la venta que acababa de hacerle a María Zapico: un kit de disfraz inglés de los años treinta. Se trataba de una caja de cartón amarillenta y compartimentada que, a modo de muestrario, traía en cada departamento ojos saltones, bigotes postizos, grandes dentaduras, orejas ridículas. En la tapa había dibujada, de forma muy esquemática, una cara redonda repetida cinco veces, que mostraba las distintas posibilidades de combinar estos elementos. María Zapico es una de mis mejores clientas y, por lo tanto, sé encontrarle cosas.
La conversación con ella fue muy breve, no como suele serlo. Alegué que llegaba tarde a una cita, ella asintió comprensivamente con la caja abierta en las manos, y yo evité decirle a alguien que contemplaba con alegría antiguos ojos y bigotes de pega que me iba a un funeral.
Aunque era temprano, ya había gente a la puerta de la iglesia de San Juan. Entre ellos, mi tío. Había tratado de darme prisa para poder estar un rato con él, puesto que conocía de sobra su impuntualidad inversa: llegar a todos los sitios media hora antes. Al verle caí en la cuenta de que, salvo algún encuentro casual por la calle, no recordaba cuándo había sido la última vez que mi tío y yo habíamos estado a solas. Eso también me puso nerviosa.
Canor llevaba el traje de paño café con leche en el que se embutía para cualquier evento y cuya chaqueta hacía años que había dejado de
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abrocharle. Se había puesto su pajarita negra, la más discreta; solo si te acercabas mucho veías las calaveras dibujadas en un cauto gris perla. Tenía las manos metidas en los bolsillos del pantalón únicamente hasta los nudillos, porque no le cabían más adentro, y se balanceaba un poco, basculando su peso del talón a las punteras del zapato, inquieto.
—¡Vidina!
—Hola, tío.
Me llegó en el acto el olor de la colonia para bebés con la que se había impregnado el pelo gris y revuelto para tratar de alisárselo. Yo suponía lo que me iba a decir entonces y, efectivamente, lo dijo.
—Aquí se casó Franco —indicó, volviéndose y señalando el cimborrio de azulejos rojos de la iglesia.
—Lo sé, lo sé —contesté sonriendo, algo más tranquila.
Mi tío (en general, toda mi familia, pero sobre todo él) encuentra cierta satisfacción en repetir las mismas cosas al pasar por los mismos lugares o al realizar los mismos actos. Como si fuera un tic. He de reconocer que, a mi pesar, en el fondo me reconforta escucharlo. Supongo que es una especie de prueba de que, ocurra lo que ocurra, todo continúa donde estaba.
Agregué que también era la iglesia donde había comulgado su prima (me había pasado toda la misa observando las estrellas dibujadas en la cúpula, y soportando aquel tufo a humedad, a incienso, a cera derretida y a flores rancias) y a la que mi madre iba a encender una vela cada vez que yo tenía un examen, más por superstición que por beatitud.
—Tu madre siempre fue algo pazguata —matizó Canor.
Y los dos reímos porque meternos con mi madre era una de nuestras distracciones favoritas.
—¿Qué tal el matemático?
En realidad, Blas era físico, pero daba igual las veces que lo repitiera, que en mi familia siempre sería el matemático.
—Bien. Anda en un congreso estos días.
—Dale recuerdos de mi parte.
—¿Cómo estás? —pregunté al fin.
—Pues qué quieres que te diga… Pero, eh, eso sí, encontré en el Mercadona un tabulé cojonudo.
—¿Y probaste su salmorejo?
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Estuvimos un rato hablando de las ofertas de los supermercados y de productos novedosos, mientras la gente iba llegando y los transeúntes miraban de reojo preguntándose qué se celebraría un lunes a esas horas. Una iglesia en el centro de la ciudad, junto a las tiendas de ropa y los bancos, suele tener algo de espectáculo en sus ceremonias. De hecho, yo también me lo preguntaba las mañanas que pasaba por allí y veía a varias personas congregadas en la puerta que, además, siempre solían parecerme las mismas: gente solemne con ropas oscuras, así que era incapaz de distinguir si acudían a un bautizo, a una boda o a un entierro.
Mientras hablábamos, mi tío de pronto cambió el gesto, miró por encima de mí y alzó las cejas en un claro gesto de saludo. Supe entonces que alguno de los miembros de La Patagonia acababa de llegar. Apreté las manos dentro del bolsillo del abrigo.
—Canor. —Su voz grave sonó detrás de mis hombros.
—¿Cómo estás, rey?
De todos ellos, este era el que menos hubiera preferido que llegara el primero. Precisamente porque, debido a nuestras profesiones, era con el que había mantenido más contacto a lo largo del tiempo, prácticamente cada mes. Hasta que salió Vargas Montseny en la niebla y decidí no volver a llamarlo por miedo a que me colgara. No podía encararme con su posible decepción, con su probable silencio. Supe, gracias a comentarios que hizo mi tío, que fue el que peor se tomó mi participación en el libro de Ruth, aunque ignoraba si era porque le afectaba especialmente o porque se trataba del más arisco del grupo. Como todo en aquella historia, también era un misterio. No tuve fuerzas para volverme y mirarle, temiendo que me reprochara no solo los detalles que decidí hacer públicos de aquella tarde, sino también mi ausencia. «El mejor reloj es aquel que mirarías, incluso si estuviera parado. Sin embargo, el único bueno es el que funciona». Eso, hacía mucho tiempo, me lo había enseñado él. Hacía dos años que no hablaba con Manuel Bode.
Fue él quien dio unos pasos para ponerse a nuestro lado, cruzándose de brazos con su habitual tiritona.
—Hace un frío de congelar las pelotas.
No llevaba puesta la boina negra. Me pareció, en él, toda una deferencia.
—Así que cerraste la relojería para venir, ¿eh? —dijo mi tío.
Bode se encogió de hombros.
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—Y qué iba a hacer.
Comprendí que esa era realmente la deferencia.
De pronto, una masa oscura se abalanzó sobre Canor, sobresaltándonos a Bode y a mí. Tardé unos segundos en entender que era Rosalía, que se abrazaba a mi tío con fuerza, sollozando. Su gruesa espalda se hinchaba y se contraía. Aquel abrazo era tan inmenso como ellos dos. Sus barrigas aplastadas la una contra la otra, sus brazos rollizos tratando de rodearse el uno al otro. Aquello, he de decir, me llenó de ternura.
—Ay, lo siento. Lo siento, Canor —farfulló Rosalía apartándose, enjugándose las lágrimas—. Pero esto es terrible. Y tan inesperado. Además, me revuelve tanto… En cada muerte cercana siento que Tomás vuelve a morirse.
Sí, pensé. Una muerte repentina es un hacha que cae y te parte en dos, un desconocido que por detrás te raja el cuello en la calle. Lo inaceptable.
Rosalía le dio a Manuel Bode un abrazo mucho más comedido, que él acogió con la rigidez característica de las personas a las que les intimida el contacto físico, mientras mi tío sacaba de la chaqueta un pañuelo de tela y se limpiaba los ojos, ahora vidriosos. Tenía la cara roja, congestionada, como si todo el dolor le hubiera venido de golpe. Ya no era el Canor que se relajaba soltando las mismas frases de siempre, hablando de comida, de ofertas y de productos exóticos que encontraba en el supermercado. Ahora era el Canor apesadumbrado, casi irreconocible, de los días bárbaros.
Rosalía iba vestida entera de negro, con un camafeo entre los pechos, y una mantilla de encaje oscuro en los hombros, como se presentaba en La Patagonia cada vez que se celebraba el aniversario de la muerte de uno de sus autores favoritos. Ese gesto me conmovió. Esta vez nadie le dijo que se había pasado con el luto. Hacía tiempo que no la veía. Al menos, de cerca. En los dos últimos años la había visto varias veces de lejos en el parque, pero había desviado la mirada y me había puesto a caminar en dirección contraria, huyendo. Tenía pánico a encontrarla, a encontrarlos, a enfrentarme a ellos. Ese pánico que en aquellos momentos se estaba volviendo real y me entumecía el cuerpo. El pelo de Rosalía, que se había teñido de castaño, estaba más lustroso y la papada se le había llenado de pequeñas verrugas. Por lo demás, estaba como siempre. «La grasa conserva», solía decir orgullosamente mi tío palpándose sus mejillas tersas.
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Iba llegando gente a la plaza de la iglesia, lo que hizo que tuviéramos que acercarnos los unos a los otros, reducir el triángulo que habíamos formado. Aquella cercanía obligada aumentó mi incomodidad. Los transeúntes cada vez prestaban más atención a los que estábamos allí reunidos, a ese grupo populoso y, por lo tanto, importante.
—Buenos días, compañeros. —La voz calmada y la presencia elegante de Braulio surgió entre la gente que estaba llegando. Llevaba una bufanda colgando alrededor del cuello. Lo encontré desmejorado y con la barba más larga o tal vez el cuerpo más menguado—. Aunque debería decir, malos días. Pero ¿se puede saber qué ha pasado?
Al fin alguien lo preguntaba. Braulio, el héroe. Algunas cosas no habían cambiado, pensé. Mi tío Canor trató de recomponerse, se frotó los ojos y carraspeó.
—Yo solo sé lo que os pasé. Lo que me puso en el mensaje Joaquín… el viudo.
Pronunció esta última palabra con afectación, como si hubiera estado ensayándola para poder soltarla con naturalidad y le saliera todo lo contrario.
La concentración en la plaza empezó a ser agobiante. La gente que llegaba se colocaba en la acera de enfrente, parada, con la vista en la iglesia. Me sorprendió aquel poder de convocatoria, teniendo en cuenta que la familia no había organizado un velorio y había publicado la esquela el día antes.
Mi tío, con el semblante aún enrojecido, revolvió en el interior de la chaqueta y sacó el móvil. Comenzó a alejarlo y a acercarlo a la cara, como calibrándolo, hasta que finalmente se lo puso prácticamente pegado a la nariz.
—Ay, rediós, que cada día veo menos. ¡Cojones!
—No me digas nada. Yo hace tiempo que soy incapaz de leer una línea sin gafas. Siento como si tuviera que llevar muleta.
—La edad, Rosalía —dijo Manuel Bode—. Y lo de la muleta no lo descartes.
—Aquí está. —Mi tío comenzó a leer el mensaje torpe y nerviosamente, como un niño ante un encerado—: «Mi querida esposa, María Tina Flórez, ha fallecido a causa de un accidente. La familia no recibirá en el tanatorio. Su funeral se celebrará el lunes a las 12.00 en San Juan el Real. Gracias por formar parte de su vida».
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«Accidente», de nuevo esa palabra. No hubo tiempo de comentarla, porque en ese momento llegó a la plaza de la iglesia un enjambre de mujeres, juntas, algunas cogidas del brazo, unas apoyando la cabeza en el hombro de la que tenían al lado, otras caminando directamente abrazadas. Sus maridos e hijos, en otro grupo compacto, las seguían de cerca, aunque discretamente apartados. Algunas eran altas, otras traían gafas, todas compartían unos rasgos similares y llevaban abrigos largos. El resto de los asistentes de la plaza se recolocaron, abriéndoles paso.
—Perdonad, son las hermanas. Tengo que ir a saludarlas —dijo mi tío. Aunque todos en La Patagonia compartían una amistad cómplice, mi tío Canor era el que mantenía una relación más íntima con Tina, que se remontaba a sus tiempos de estudiantes. Habían sido amigos prácticamente toda la vida y conocían de sobra a sus mutuas familias. Braulio, Bode y Rosalía le palmearon la espalda, le insuflaron ánimos y le pidieron que, por favor, también les diera el pésame a las hermanas de su parte. Por un momento pensé en ir con él, que caminaba bamboleándose y con lentitud, llevado por un deber que no le agradaba cumplir. Pero no sabía qué podía pintar yo con las Flórez, así que me quedé parada con los demás, aunque
tampoco quería estar sola con ellos.
Hasta entonces todos me habían ignorado, como si no repararan en mi presencia. Puede que fuera porque no sabían cómo tratarme, prefiriendo callar sus reproches, o por puro desaire. Sentí que para ellos no solo me había convertido en una traidora, sino en el recuerdo vivo de algo que preferían olvidar. La incomodidad entre nosotros era evidente.
Esta reunión hubiera sido una buena oportunidad para disculparme. Para pedirles perdón por haber hablado con Ruth sin consultarles, por contar lo que ellos nunca quisieron contar, y también para preguntarles el porqué de ese silencio, qué les había ofendido tanto, a qué se debía que tuviéramos que callarnos. Por supuesto, no lo hice. Podía alegar que, siendo el funeral de Tina, no era la ocasión más apropiada. Pero lo cierto es que no soy buena enfrentándome a la gente. De niña escribí en el colegio una redacción sobre relojes belgas y la maestra me castigó, afirmando que tenía que haberlo copiado, ya que no era propio de mi edad. Cuando fui a casa, suplicando a mis padres que me rescataran de aquella injusticia, me dijeron que me entendían, pero que era mejor que lo dejara como estaba. «No te signifiques, que igual la profesora te coge manía». Si
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te enfrentas, estás sola. Si te enfrentas, perderás. Aprendes a comerte el fuego, y al final te es imposible sacarlo.
Aparté la mirada de ellos, por miedo a cruzarme con la de alguno, y levanté la cabeza, tratando de concentrarme en buscar el proyectil que se había quedado incrustado en la fachada de la iglesia durante la Guerra Civil sin llegar a explotar. Lo hacía a veces cuando pasaba por allí, en forma de juego. Como sabía dónde estaba, en el remate central, no me costó encontrar de nuevo el cilindro torcido que sobresalía debajo del ángel de piedra. Aquel no me pareció un mal momento para que al fin explotase. La llegada de las hermanas de Tina había causado en la plaza un pequeño revuelo. Al igual que Canor, varias personas se fueron acercando a ellas, como imantadas, deshaciendo los grupos que se habían creado. Aquel día era tan claro que todo se veía con demasiada nitidez; los contornos de las personas sorprendentemente bien definidos, el gris cemento de la iglesia y su piedra rosa y blanca, los rostros lechosos, desnortados. El frío, además, afilaba los trazos. Me pareció una realidad excesiva. Todo era tan tangible que no me encajaba con aquella muerte, que tenía algo de fantasmal. Eché de menos la penumbra.
—¿Sabéis algo de la Médium? —preguntó entonces Braulio.
Hacía años que no oía llamar así a Delia. Prácticamente los mismos que hacía que no la veía. En cuanto se fue, dejaron de referirse a ella por su apodo. Como si ese nombre secreto fuera un mérito que solo te ganabas permaneciendo con ellos.
—Lo que puso en el grupo —dijo Rosalía—. La verdad es que no se mató escribiendo.
Me sorprendió que la hubieran mantenido en el grupo de WhatsApp de La Patagonia. Pensaba que ya no tenían con Delia ningún contacto.
—No, la que se mató fue Tina. La otra, simplemente, no se esmeró mucho —comentó Braulio con tanto aplomo que realmente parecía una rectificación lingüística más que un comentario de humor negro—. ¿Y a ti cómo te va con la chamarilería?
Me sobresaltó que se refiriera a mí. Los alemanes usan la palabra erklärungsnot para definir ese momento en que te pillan desprevenida y tienes que explicarte rápidamente sin dar la impresión de que no tienes excusa para lo que acaba de suceder. Así me sentí en aquel instante.
—Bien —contesté con esfuerzo, con una bola de fuego ardiéndome en la garganta.
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Rosalía, mirándome por primera vez en aquella mañana, iba a decirme algo, pero se vio interrumpida por mi tío, que llegó acelerado y con cara de espanto.
—Se despeñó.
Canor soltó aquella frase como si arrojara sobre nosotros la pieza de artillería desde lo alto de la iglesia.
—¿Qué? —pregunté.
—Se despeñó por el desfiladero de Las Xanas.
—Eso está en Santo Adriano, ¿no? —preguntó Braulio como si importara esa matización.
—Sí, aquí al lado —respondió Bode sin mirarle, haciendo aspavientos con las manos en su dirección para apartar ese comentario y que mi tío prosiguiera.
—Al parecer, fue a pasear por allí el sábado por la mañana y, casi al inicio de la ruta, debió de caerse, o tropezar, o marearse o algo. Se… se partió el cuello. Llamaron unos excursionistas, que vieron su cuerpo a lo lejos, allá abajo.
A todos se nos quedó el mismo semblante de horror con el que mi tío había llegado y con el que continuaba hablando. El de imaginarnos a Tina, a la frágil Tina, estrellándose entre peñascos, el cuerpo haciendo violentas volteretas, quebrándose su cuello delicado.
«¿El sábado?», pensé. «¿Cómo iba a salir a pasear el sábado?».
—¡Ay, que la mató la Naturaleza! —dijo Rosalía, poniéndose ambas manos sobre las mejillas carnosas—. La Naturaleza que ella tanto amaba.
—O se tiró.
—¡Manolo, por Dios!
—Qué quieres que te diga. Yo hacía mucho que no la veía pasar por delante de la relojería.
El comentario de Bode quedó en el aire porque en aquel momento entró en la plaza el coche fúnebre, lustroso como un zapato nuevo. Llevaba colgadas coronas de flores blancas y amarillas a ambos lados. El conductor se bajó y abrió la puerta trasera. Varios hombres (entre los que distinguí a Joaquín, el viudo) se acercaron para ayudarle a sacar el ataúd. Recordé todas las veces que, sardónicamente, los miembros de La Patagonia se habían referido a Tina como Miss Pino. Por su obsesión con la naturaleza, por su complexión alta y delgada, por sus remilgos de señorita inglesa. «Miss Pino en pino», pensé al ver su ataúd. Hubiera sido
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un juego de palabras típico de aquel grupo, si no fuera porque las circunstancias no eran las adecuadas.
—«Esforzarse, buscar, encontrar y no ceder» —recitó Rosalía mientras mirábamos cómo aquella media docena de hombres portaban el féretro rumbo a la iglesia—. Es un verso de Tennyson. Lo grabaron en la tumba de Scott. También para ella es un buen epitafio.
—¿De Walter Scott? —preguntó Braulio, echándose hacia atrás la bufanda.
—Oh, no, no —respondió Rosalía—. No en la tumba de Walter Scott, el escritor, sino en la de Robert Falcon Scott, el explorador.
—Claro —respondió Braulio—. Lo otro no hubiera tenido mucho sentido.
—Sí, es mejor mentar a un segundón que acabó perdiendo contra Amundsen la carrera por conquistar el Polo Sur y que encima murió por el camino. Eso sí que es muy apropiado.
—Manolo, de verdad te lo digo —respondió Rosalía, con cierta tristeza, con cierto cansancio, con un tono que contenía algo afilado—, para ti todo en el aire es paja. Incluso en estos momentos sigues piando.
Todos se quedaron callados mirando el ataúd hasta que los hombres que lo portaban sobre sus hombros desaparecieron dentro de la iglesia. La gente que se agrupaba fuera, en la plaza, comenzó a entrar siguiendo el mismo camino. Bode y Braulio se hicieron sendos gestos con la cabeza indicando la dirección de la puerta, y Rosalía cogió del brazo a mi tío, que se volvió a mirarme.
—No, deja —le dije—. Id entrando.
Él asintió y fue subiendo los peldaños grises agarrado a Rosalía.
—Aquí se casó Franco —oí que le decía.
—Lo sé, Canor, lo sé —le respondió ella mientras ambos se fundían con la multitud que iba entrando.
Supuse que era mejor que yo no fuera a aquella misa. Al salir, todos ellos querrían ir juntos a tomar algo y me vería en una situación aún más embarazosa. Además, mi tío ya estaba acompañado. Yo había cumplido con mi deber, y lo único que quería era marcharme de allí lo antes posible, quitarme del cuerpo toda aquella incomodidad. Agradecí tener una cita con Ulises.
La gente, cuando algo le mortifica, suele tomar el camino de los amigos y los bares. Yo, en cambio, tomo el camino de los amigos y las
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librerías de viejo.
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La desaparición
Luz Miranda, aquella noche en Oviedo, había tomado somníferos. Solía hacerlo, pues tenía un sueño excesivamente ligero que tardaba en llegar, y más cuando se encontraban en algún hotel lejos de casa (desde entonces, siempre se me ha quedado la imagen de que las mujeres que toman pastillas para dormir son similares a Miranda: distinguidas, algo exóticas, un poco distantes). Cuando se despertó, Vargas Montseny ya no estaba allí. Se había dejado el teléfono móvil en la mesita, algo que no le extrañó porque de todas formas no funcionaba en España y desde que llegaron no lo habían usado. Tampoco le pareció rara su ausencia. El marido solía despertarse muy temprano y salir a dar paseos al amanecer, ya fuera por las calles de Santiago, por la playa junto a su casa de Arica o por las ciudades desconocidas que visitaban con no demasiada frecuencia. Sostenía que caminar sin rumbo era un arte que invocaba a otras artes, sobre todo cuando la luz no era todavía precisa. En los vagabundeos matutinos, decía Vargas Montseny, uno se puede inventar un mundo aún por hacer.
Sin embargo, a Miranda sí le extrañó que se prolongara tanto en el paseo, hasta el punto de que no llegara a tiempo para el desayuno en el hotel. Ambos disfrutaban mucho de los bufets libres en los que iban eligiendo panes de distintos tipos, yogures, cereales y frutas. Luz Miranda, veinte años más joven que él, cuidaba con mimo la alimentación de su marido.
Disgustada ante esa tardanza, sobre todo porque no hubieran podido desayunar juntos, decidió arreglarse y esperarle sentada en la cama. Pero el tiempo iba pasando y el enfado de Miranda comenzó a tornarse en preocupación. Sopesó la posibilidad de que, tal vez, su marido hubiera tratado de entrar en el hotel y se hubiera encontrado en la puerta a Nicanor Calume, con quien habían quedado esa mañana para que los acompañara
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hasta el teatro, y le hubiese entretenido con su cháchara. Contrariada de nuevo, Miranda bajó al hall, pero allí no había nadie. Al poco tiempo llegó mi tío, media hora antes de lo acordado. Miranda le preguntó, pero él no sabía nada. Ambos aguardaron sentados en los sillones de la entrada sin decirse una palabra, envueltos en un tenso silencio.
Ella propuso que salieran a la calle a esperarle, y en la puerta del hotel no hacía más que girar la cabeza de un lado a otro y mover los ojos hacia todas partes, hacia la plaza, hacia la fuente, hacia el colegio, tratando de algún modo de localizarle. Mi tío miraba de reojo el reloj, y ella también lo miraba. La hora se iba acercando. «¿Estamos muy lejos?», preguntó Miranda. «A diez minutos andando». «Pues vamos yendo. Tal vez se le haya hecho tarde y haya ido directamente a la charla», propuso ella, esperanzada.
Yo estaba sentada como un indio en las butacas rojas del teatro Campoamor, con la cabeza totalmente vuelta hacia el techo. No podía dejar de mirar la inmensa lámpara de cristal que pendía sobre nosotros. Me la imaginaba una y otra vez desplomándose, aplastándonos como a insectos, y la miraba con tal intensidad que incluso me dio la impresión de que giraba y emitía destellos. Mi madre, a mi lado, me golpeaba las piernas para que me sentara bien y comentaba con mi padre que no sabía si yo aguantaría aquella charla, que era demasiado pequeña, a lo que mi padre contestaba que yo estaba acostumbrada a ir al cine y al teatro y a aguantar las tertulias de los amigos de mi tío, con lo que no debía preocuparse. Pero esto era distinto, argumentó mi madre. «Mira al psiquiatra», dijo señalando a Braulio y a su mujer, que estaban a unas filas de nosotros. «Él no ha traído a sus hijas y son mayores que la nuestra».
A mí no me sentó demasiado bien que me comparara con las hijas de Braulio. Serían mayores, sí, pero ellas no asistían a la tertulia de La Patagonia ni, como yo, formaban parte de ella. Eso quise decir y no dije, mientras mis padres seguían hablando de mí como si no me tuvieran sentada al lado. «Además, esta cría está casi sin dormir. Ay, por Dios, mi hermano no tiene ningún fundamento». Eso era cierto, pero la noche anterior había sido de muchas emociones y yo apenas tenía sueño.
El Campoamor estaba repleto de gente. En el escenario del teatro habían colocado un gran sofá en el centro, dos sillones de cuero a los
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lados, un par de mesitas y una pequeña lámpara. Parecía un salón acogedor, casi privado, en el que podríamos espiar las conversaciones de los escritores. Poco a poco cada uno fue ocupando su sitio, hasta que solo quedó uno libre.
Comenzaron los murmullos. La gente empezó a ponerse nerviosa. Miraban hacia atrás en las butacas, se levantaban de los asientos, preguntaban los unos a los otros. Vargas Montseny se estaba retrasando mucho y la charla no podía empezar sin él. «Pues no será por mi hermano, que él tendrá muchas cosas, pero a puntual no le gana nadie», recalcó mi madre. En el escenario, los otros escritores, junto a la moderadora, ya no sabían cómo ponerse. Cruzaban las piernas, bebían agua, se miraban los unos a los otros esbozando una sonrisa tímida y encogiéndose de hombros.
Mi tío llegó entonces bamboleándose por el pasillo, resoplando, con la frente sudada, y tuvo que levantar a media docena de personas de la fila para poder llegar hasta la butaca que tenía reservada junto a nosotros. Mis padres empezaron a hablar con él muy flojito y supimos qué había ocurrido desde que había llegado al hotel. «El Vargas sin aparecer y la mujer está preocupadísima. No ha dejado de decirme que ya ha cumplido sesenta años, y que es la edad más propicia en los hombres para que les dé un infarto. Mira, coño, qué mal rato estoy pasando». Mi tío Canor lo dijo como si en realidad no fuera la ausencia de Vargas Montseny lo que le más le preocupara, sino el haber aguantado la angustia de Luz Miranda y temido que le propusiera acompañarla a todos los rincones de Oviedo para buscar el cadáver de su marido infartado. Lo de los sesenta años lo recuerdo muy bien porque, aunque ignoro si tendrá una base científica, desde entonces, cada vez que alguno de mis amigos o familiares cumple esta edad, me preocupo por su corazón. Son curiosas las cosas que insensatamente se nos quedan grabadas y que vienen a convertirse casi en una superstición.
Esperamos media hora más hasta que salió al escenario el organizador de las jornadas. El teatro ya era entonces un guirigay en el que la mitad de los asistentes se habían levantado, caminaban por los pasillos, se apoyaban en las butacas para hablar con los de detrás, y los murmullos habían dado paso a los comentarios en voz alta. El organizador nos explicó con detalle la conversación que había mantenido con Luz Miranda y más o menos vino a decir que Vargas Montseny estaba indispuesto, que no podría
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realizarse la charla en torno a su obra, y esperaban retomarla en los próximos días.
Mi madre me abrazó fuerte para salir del teatro, porque temía que me arrollara una multitud a la que ella creía enfurecida. «Juana, que esto no es un concierto de rock», le dijo mi tío, que echó a andar delante de nosotros, sin pararse siquiera a hablar con Braulio, quien nos miraba desde unos metros más allá.
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Librería anticuaria Merlín
El cacharro chino sobre la puerta anunció mi llegada con un sonido de carrillones. Melquíades, al fondo del mostrador, levantó la cabeza para ver quién había accionado aquel racimo de campanillas de latón.
La librería anticuaria Merlín es uno de esos lugares con luz ambarina que parecen detenidos en el tiempo, ocultos en un callejón esperando a que alguien los encuentre, como si fuera el camarote de un viejo barco que ha sobrevivido intacto a un naufragio. Es pequeña, apenas del tamaño de una habitación para dormir, y está repleta de estanterías que llegan hasta el techo. En sus anaqueles se almacenan libros de piratas y biblias escritas en arameo, cuadernos infantiles que leyeron unos niños que ahora tendrían cien años, novelas mustias con dedicatorias de amor escritas a lápiz en la primera página, códices del siglo XVI y tratados de medicina, manuscritos de hombres que pensaron que serían los únicos en sobrevivir a la peste, mapas de las tierras donde se creía que acababa el océano, cancioneros de una música ya muerta, tomos de enciclopedias del tamaño de una tableta de chocolate, libros apilados en los que aún perdura el olor de los primeros dueños y los esqueletos de las mariposas que se colaron sin querer en sus páginas.
Un reloj de cuco, que por supuesto codicio, rellena el único hueco de la pared que no está cubierto de libros. En el centro de la tienda hay una pequeña mesa de caoba donde reposan fotografías en blanco y negro, lienzos sin firmar, libros pequeños casi deshechos que cuentan aventuras de vaqueros, y de submarinos, y de agentes secretos.
—Hola, hola, Calume. Buenas tardes. ¿Cómo estás? —dijo Melquíades ajustándose las gafas en su cara redonda y bondadosa. Su cuerpo también es así, orondo y sensible. Los suéteres anticuados de rombos que suele llevar dan algo de compasión. Entre la blancura de su
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piel y de su pelo, siempre me ha dado la impresión de que Melquíades es un hombre relleno de nieve—. Pero, espera, ¿ya has comido?
—No, aún no. He venido directa del funeral.
—Entonces rectifico: buenos días.
—Coño, ¿me lo preguntabas por el saludo? ¡Pensé que ibas a ofrecerme algo!
—Ah, por supuesto. Eso también.
Dio unos pasos fuera del mostrador para abrir la puerta de la derecha, se asomó a la trastienda, estiró el brazo y vino hacia mí con una tartera de metal llena de rosquillas y un buen puñado de servilletas de papel.
—Las hice ayer por la noche.
Melquíades y yo compartíamos pucheros, aunque él prefiriese la repostería, que a mí me parece demasiado envarada, casi como la labor de un químico, porque hay que echar las cantidades exactas y medir los tiempos precisos. No como cuando se guisa, que se añaden chorros, pizcas, puñados, se prueba, se tantea. Así que Melquíades traía dulces y yo llevaba a la librería fiambreras de cristal con rollos de bonito, cachopos de setas y filetes rusos.
—Bueno, ¿y qué tal te fue por el funeral? ¿Cómo ha sido?
—Raro —dije, porque ese era el único adjetivo que resumía las circunstancias, y porque tenía la boca llena.
—¿Y tu tío? ¿Cómo estaba tu tío?
—Raro. Raro también.
No podía parar de engullir rosquillas, como si fuera un pato, una tras otra, con concentración, sin apartar los ojos de la tartera ni mirar a Melquíades. Comer algo rico siempre me ha consolado. Como consuela al vaquero beberse en la barra un vaso de whisky de un solo trago, o al montañero meter al fin los pies en un barreño de agua caliente. Por no hablar de la librería; me sentía reconfortada simplemente con entrar y notar el olor a polvo. Me gustaba pasar allí las horas, casi tanto como vaciar casas con Melquíades y Ulises. De vez en cuando alguno de ellos me señalaba un grupo de libros diciéndome «mira, esos son nuevos», y entonces me ponía a revolver entre sus páginas tratando de buscar lo que se habían dejado en ellas sus antiguos propietarios. Listas de la compra, tíquets, trozos de papel de regalo, notas… y fotografías. Muchas fotografías. Cuando solo estaba Ulises, yo las cogía sin rubor y las metía
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en el bolso de mi abrigo. Si estaba su hermano, tenía que esperar a que se diera la vuelta.
—Fue todo muy raro, Melquíades —dije acabando de tragar la última rosquilla, con un regusto a anís que me invadía la garganta, y pasándome la lengua por las muelas para saborear la masa que se había quedado pegada. Iba a tratar de resumir lo que ya le había venido contando por el camino a mi madre por teléfono, aunque con matices distintos, más parecidos a los que le relataría a Blas cuando volviera a casa. Porque tanto él como Melquíades formaban parte del club de la niebla, y solo con ellos podía hablar de ciertas cosas—. Mi tío Canor estaba como ido. Los miembros de La Patagonia me ignoraron. Rosalía recitó un epitafio extraño. Me sentí muy incómoda todo el rato. Había un ambiente confuso, de nervios contenidos. Y no es para menos… Porque no te vas a creer cómo murió Tina.
—Se cayó por un barranco, ¿verdad?
Parpadeé tres veces seguidas.
—Sí…, pero ¿cómo…?
—¿Y dónde fue? ¿Por la ruta del Cares? Allí hay zonas muy peligrosas si uno se despista.
—No, por el desfiladero de Las Xanas.
—Ah, aquí al lado. Es una senda muy popular. Qué accidente tan desgraciado.
Todo el mundo parecía conocer aquel desfiladero del que yo no había oído hablar en la vida. Aunque eso no era lo que más me extrañaba de esa situación.
—¿Cómo sabes tú de qué manera murió Tina? Yo acabo de enterarme. —Me lo ha dicho Ulises esta mañana. Ayer, en cuanto escuchó tu mensaje, salió…, ya sabes, a investigar. —Melquíades pronunció este verbo con más ironía y resignación que de costumbre refiriéndose a las aficiones de su hermano—. Debió de volver muy tarde. Flora y yo ni siquiera le oímos llegar. No te preocupes, que vendrá ahora. Fue a comprar
tabaco. Tampoco sabía muy bien cuándo ibas a llegar del funeral. Investigar, para Ulises, significaba ir a los bares. Acodarse en las
barras y vigilar desde allí a la concurrencia como si fuera un parapeto, tratar de captar disimuladamente las conversaciones de los que tenía al lado, charlar con los camareros, ir de mesa en mesa con su copa de vino en la mano, contar pequeñas historias para soltar las lenguas de los
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parroquianos, salir a fumar con algunos, escuchar mucho y preguntar poco, lo justo, ser un oyente atento. También se valía de las panaderías, los quioscos de periódicos y las pocas tiendas de ultramarinos que quedaban. Una vez me dijo que la enfermedad de la ciudad no era otra que el interés por las vidas ajenas. «Como en todas las ciudades pequeñas», apostilló Melquíades. Los tres salíamos de un café en la plaza Porlier y aquel día nevaba. «Puede», dijo Ulises abriendo el paraguas. «Pero para mí la única ciudad que tiene un corazón escondido es Oviedo. Por eso volví y ya no voy a marcharme. Porque sé escucharla». Desde entonces, siempre me imagino que el corazón de Oviedo, algo caliente y pulposo, está allí oculto, en la plaza Porlier, bajo los remiendos de baldosas azules, entre el mapa de la antigua judería y la estatua del viajero, custodiado por siete árboles.
Confieso que gracias a las investigaciones de Ulises, además de jugosos cotilleos, habíamos hallado informaciones valiosas para nuestros oficios. Negocios a punto de cerrar, sobrinos que querían internar a una tía y deshacerse de sus pertenencias. Si los sucesos eran las chispas, Oviedo era la yesca. Sin embargo, me extrañó que en aquella ocasión se hubiese propagado tan rápido el fuego.
—Pero ayer Ulises tardó muy poco en escribirme. Me dijo que viniera, que era importante. ¿Ya sabía entonces que Tina se había despeñado?
—Oh, no, no. Como te dije, eso lo supo anoche. Era… otra cosa la que quería contarte. —Melquíades empezó a revolver los albaranes del mostrador y me dio la impresión de que se ponía nervioso—. ¿Y fue mucha gente al funeral?
—Muchísima. Y eso que no hicieron velorio, y publicaron la esquela el día antes.
—Claro. Quién quiere publicitar un accidente tan cruento. —Volví a imaginarme a Tina rodando entre la lluvia partida por los peñascos—. No solo entraña dolor, sino que deja mácula. Además, en una familia tan conocida. —Melquíades casi logró convencerme de que no era tan extraña la privacidad con la que habían llevado el asunto. Casi—. Supuse que estaría concurrido. Por eso mismo no me acerqué, que ya iba a haber demasiada gente.
—Ah, ¿pensabas ir?
Levantó las cejas blancas por encima de las gafas en un gesto que no entendí.
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—Bueno, bueno, que no te extrañe tanto, Calume. Tina solía parar por aquí. De hecho, vino hace poco. Por eso digo que no es para extrañarse. — No tenía ni la más remota idea de lo que me estaba hablando Melquíades ni por qué, de pronto, parecía ponerse a la defensiva—. Es más —continuó en el mismo tono—, ya venía con tu tío en los tiempos de la universidad. Fíjate que por entonces aún vivía nuestro padre.
Aquello me chocó, porque mi tío Canor jamás lo había comentado. Da la impresión de que alguien que habla mucho lo cuenta todo, y por eso sorprende tanto descubrir ciertos detalles que ignorábamos. Como si la vida de la gente callada estuviera llena de recodos y se prestara más a los hallazgos. Sin embargo, pensándolo bien, no resultaba raro que Tina parase en la librería con mi tío, ya que él, por aquel entonces, se la llevaba a todas partes. Mi madre, incluso, algunas veces se refería a ella como «la mascota de mi hermano», por aquella antigua costumbre de seguirlo adonde fuera. También solía llamarla, con más sorna aún, «la Mística».
Mi tío hablaba, sí, pero sobre todo repetía. De su larga amistad con Tina, desde su juventud, contaba casi siempre las cuatro mismas historias. Conocerse por amigos comunes en la cafetería de la facultad, ir juntos al cine y que ella siempre saliese llorando, el incidente del pavo real y la vez que los dos huyeron de la sandwichería subiéndose al camión de la basura. El día anterior, yo había recordado con intensidad estas historias. Y las que ella contaba en la tertulia sobre los largos veranos de la infancia en su casa familiar de Luanco, rodeada de sus hermanas y sus primas, aquellos días que para ella estuvieron cargados de tanta luz como misterio. A Tina le gustaban las películas antiguas, viajar a Grecia, dar largos paseos, las novelas decimonónicas, jugar con los animales, el vino blanco, escribir cartas, las fuentes, el nombre exacto de las flores, los yacimientos arqueológicos, la pulcritud. De niña, cuando me quedaba en casa de mi tío, me encantaba revolver entre sus álbumes de fotos, sobre todo los de los geólogos. En uno encontré, un poco perdida o movida de sitio, una fotografía de Tina de aquellos años en los que se conocieron. Estaba sentada en un banco, joven, no tan delgada, llevaba una falda larga y botas camperas. Así vestida me la imaginé siempre en la cafetería de la facultad, en el cine acurrucada contra Canor, defendiendo a un pavo real, encaramada en el camión de la basura. Así me la imaginé también caminando por la librería. Cuando alguien muere, parece que surge la
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necesidad imperiosa de evocar ciertos detalles. Supuse que eso era también lo que le ocurría a Melquíades.
—No tenía ni idea —me limité a responder.
—Pues sí. Tina iba siempre pegada a Canor, casi parecía que le diera miedo desprenderse de él. —Volví a recordar entonces lo de la mascota de mi hermano. Y también la Mística. Por no hablar del célebre Miss Pino. Los apodos hacen una caricatura de lo que la persona es, pero siempre hay algo de verdad en ellos, como en las leyendas—. Ya sabes, tu tío venía entonces a lo mismo que viene ahora…
—A por sus chollos, vaya.
«¿Tienes algo para mí?» era la frase recurrente de Nicanor Calume. No le importaban demasiado ni el tema ni el autor, ni siquiera el libro. Buscaba un ejemplar del que se hubieran desprendido sus anteriores propietarios, que nadie lo quisiera por viejo y que estuviera a buen precio. Eso era lo que él denominaba chollos. Y a veces los encontraba allí, pero Melquíades, la mayoría de las ocasiones, le decía que eso era mejor en el rastro donde, por cierto, mi tío había conseguido casi toda su biblioteca.
—Efectivamente, a por sus chollos —continuó Melquíades—. Tina no era así. Apenas compraba, pero le gustaba mirar. Sobre todo, las láminas de ciencias naturales. Y se tomaba su tiempo. Creo que se hubiera tomado más, pero tu tío siempre la azuzaba para irse, y ella parecía no estar dispuesta a quedarse sola. Solía decirle lo de…, ¿cómo se llama la fiesta de Grao?
Me reí porque sabía a lo que se refería.
—La Flor —contesté.
—Eso, La Flor. Le decía: «Venga, Tinina, vamos para Grao, que es La Flor», en el mismo tono que le diría: «Venga, que es para hoy». Ya sabes que tu tío para eso tiene mucha gracia. Luego dejó de venir con él, y con quien venía era con su marido. Joaquín, creo que se llama.
—Sí, Joaquín. —Me estremecí recordando su imagen unos momentos antes, llevando el ataúd.
El sonido de carrillones del templo chino hizo que me girara, y vi la espigada figura de Ulises sujetando la puerta, dándole la última calada al cigarro y arrojando la colilla a la calle. Alto y delgado como un grillo, con el pelo y el bigote revueltos y cenicientos, con sus gafas plateadas viviendo en la punta de su afilada nariz, dio tres zancadas, esquivó
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alegremente la mesa de los libros de vaqueros y las láminas y se puso a mi lado.
—Calumet, querida, déjame que abrace tu cuerpecito de hada —dijo apretándome contra su jersey gris de talla extragrande, que le colgaba como una sábana bajera en un tendal. Mi cara le llegaba a la altura del pecho.
Abrazar a Ulises, pensé, es como abrazar un telescopio. Sin embargo, todo en él me resultaba agradable. Incluso el olor de su jersey, a tabaco, pintura y suavizante.
Ulises solía llamarme Calumet, como esas pipas largas y decoradas que fumaban los indios norteamericanos en sus rituales. Cuando le pregunté si era por eso, dijo que no tenía ni idea de lo que le hablaba, que él odiaba a los chamanes, pero que le sonaba a catalán y extrañaba sus años en Barcelona.
—Gracias, Ulises. Ya me encuentro mejor —dije palmeándole la espalda.
—Ayer se te oía muy afectada.
—Y lo estaba. Es que encontrar aquel alfiler de corbata y justo enterarme de la muerte de Tina…, pues qué quieres. Cuando una no es Paul Auster ni nada de eso, este tipo de casualidades son enloquecedoras.
—Auster, que es mi compañero de mesa.
—El mismo.
Al separarme de él, tuve que quitarme de la boca unos hilillos de lana gris que se me habían quedado pegados.
—Entonces te has recuperado de la impresión, ¿no?
Me dio la sensación de que Ulises me estaba calibrando para comprobar si estaba preparada para un viaje.
—Que sí, no te preocupes.
—Vale —dijo remangándose el jersey por encima de los codos—. Pero, antes de nada, ¿sabes algo de Ruth?
—¿De Ruth? ¿De Ruth Rami? ¿Mi amiga? ¿La escritora? —Era la última persona por la que esperaba que me preguntase.
—Sí, la Apache. ¿Sabes algo?
—No. Pensé en llamarla con todo esto de Tina, pero… ¿por qué lo dices?
—Porque ayer oí que la policía fue preguntando por ella al bar de Sebastián.
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—¿Por Ruth?
Tenía que preguntar las cosas una y otra vez porque había empezado a dudar de la realidad. Me daba la impresión de que vacilaba, de que se volvía ambigua.
—Sí, carajo. ¿Por qué otra Ruth iba a preguntar la policía al bar de su marido?
—Pero ¿qué pasó?
—Ah, ni idea. Por eso te lo preguntaba.
Por un momento me aterró la idea de que hubiera vuelto a ocurrirle. De que su imán para las desgracias se hubiese activado de nuevo. Pero este miedo me duró solo un segundo; no podía tratarse de algo demasiado grave, porque entonces me habría avisado.
—¿Se habrá perdido su tío? —Pensé en él antes que en ninguno de sus hijos. Recordé lo mucho que le gustaba a Tito salir los días de lluvia a observar a las vacas. Tal vez el fin de semana hubiera burlado la estrecha vigilancia de Marta y lo hubieran encontrado extraviado y aturdido bajo la tormenta—. Tengo que llamarla. Gracias por decírmelo.
—Y, hablando de tíos, ¿cómo está el tuyo? Porque una cosa es que se te muera una amiga, y otra es esa muerte tan tremenda, caerse por un precipicio… —Ulises comenzó a mover sus largos brazos en lo que a mí me pareció una danza macabra—. ¡Y al inicio del desfiladero de Las Xanas! Que es algo así como caerse del segundo piso del Empire State.
—¿También sabes que fue en Las Xanas? —Acaba de decírmelo Gelines, la del estanco. —Nunca dejas de sorprenderme, Ulises.
—No, ¡yo no! ¡La gente! Yo soy un mero trámite, un mensajero rutinario. Pero a lo que íbamos: el señor Nicanor, ¿cómo está?
—Pues mi tío viene y va. Pero, básicamente, aplatanado, ausente. No sé si tiene en el cuerpo más pena o más susto. —Por fin había encontrado otras palabras que no fueran «raro», aunque ese adjetivo, sin duda, lo definía mejor.
—Lógico. Si es que la muerte es uno de nuestros grandes tabúes. No porque no hablemos de ella, que no callamos, sino porque a ver quién carajo la entiende. Y a medida que te haces mayor, como tu tío y nosotros, entiendes todavía menos. Como un cuadro que contemplas muy de cerca. Cada muerte que te golpea en los laterales se lleva un tajo de ti y además
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te pone un poco arrebatado, porque te replanteas tu existencia. Mira que nosotros llevamos toda la vida mirando esquelas…
—Bueno, más yo —interrumpió Melquíades, que desde que había entrado su hermano se había puesto a trabajar en el ordenador, aislándose de la conversación, aunque no del todo.
—Bueno, sí, más él. Pero el caso es que últimamente, al mirar las esquelas, antes incluso de fijarnos en los apellidos o la hora de la misa, lo hacemos en la edad del difunto. Y ahí está. Un número que se aproxima a tu propia edad, un número inferior incluso, recordándote que eres mortal como aquel esclavo cabrón que se encargaba de susurrárselo a los generales romanos. Y ya, si conoces al fallecido, apaga y vámonos. Como ayer, que al ver la de Tina nos quedamos de piel de plátano. —Ulises cambió de postura y me dio la impresión de que se preparaba para coger impulso al estilo de los velocistas—. Y encima, agárrate, porque la semana pasada vino por aquí. Vamos, que habíamos estado con ella hacía nada.
—Sí, ya me explicó que era una clienta habitual —dije señalando con la cabeza a Melquíades—. No lo sabía. Nunca la vi en la librería.
—¡Carajo! ¡Nunca la viste por aquí porque tan habitual no era! Venía una vez por la temporada de higos, y otra por la de cerezas. —Ulises miró de reojo a su hermano, que encogió un poco los hombros sin apartar la vista de la pantalla—. Pero, y ahora sí agárrate con fuerza al saxofón — continuó, esta vez con la vista puesta en mí—, ¿a que no sabes qué libro nos compró? —Ulises sonrió ocultando algo bajo el bigote y luego me señaló con su índice huesudo—. Castillos tan hermosos.
Ese título, esas palabras. Fue como si en una habitación lejana sonara una música y yo tuviera que recorrer los pasillos de una casa grande para encontrarla. Castillos tan hermosos. Lo conocía. Pero ¿dónde lo había oído? Castillos. Dragones. Fantasía. Estaba llegando, cada vez creía escucharla más cerca, tal vez en la siguiente puerta cerrada. Me quedé tan callada, tan abstraída tratando de recorrer los largos corredores de mi memoria, que los dos hermanos me miraron desconcertados.
—Lo descatalogaron hace años por problemas de derechos —comenzó a explicar Melquíades desde el mostrador, probablemente porque pensara que de ahí viniera mi confusión—. Pero yo compro un ejemplar cada vez que hay alguno disponible. A veces los turistas preguntan, ya sabes — confesó con cierto reparo.
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—Espera un momento —dijo Ulises, mucho más hábil—. No me digas que no sabes de qué libro te estamos hablando…
—Me suena. Me suena muchísimo. Pero no… no…
—Por Dios, Calume, es la última novela de Vargas Montseny. Entonces sucedió. No fue como si una puerta se abriera de golpe, sino
que viajé en el tiempo. Había tocado una tecla de la memoria que me llevaba justo a ese lugar. Como cuando, hacía poco, hablando de grillos con una amiga del pueblo, me dijo riendo: «¿Nos ponemos a mear, a ver si sale alguno?», y de pronto me vi allí, de niña por la noche, en cuchillas con mi amiga meando en la hierba para que vinieran los grillos. Había quedado totalmente borrado de mi mente. Si cinco minutos antes alguien me lo hubiera preguntado, no habría sabido de qué me hablaba. Hay recuerdos que se quedan encerrados en ciertos objetos, en ciertos lugares, en ciertas personas, y si no los volvemos a encontrar, jamás podremos regresar a ese lugar de nuestra memoria. Y yo había logrado volver gracias a aquella combinación: Tina, Vargas Montseny, Castillos tan hermosos.
—¡Madre de Dios! —exclamé tras regresar de mi pequeño viaje en el tiempo, que había durado menos de medio segundo—. ¡Sí! Lo había olvidado totalmente.
—¡Menos mal! —exclamó Ulises.
—Era la novela de Vargas Montseny preferida de Tina. Ahora lo recuerdo.
—¡Encima! Espera, creo que nos queda algún ejemplar por aquí. Ulises se encaminó hacia las estanterías de la izquierda y empezó a
pasear el índice por los lomos en busca del título deseado. Jamás he entendido el orden en el que tienen colocados los libros, que no es alfabético ni temático, pero tampoco azaroso. Sospecho que es un código secreto que solo los hermanos conocen y que estimula los vagabundeos de los clientes por la librería. Muy parecido al de mi gabinete. Cuando encontró el libro, chasqueó los dedos, como siempre, y vino a dejarlo encima del mostrador.
—Uno como este se llevó. Igualito.
Era una edición de bolsillo y con las solapas endebles. Pese a que la cubierta era blanca, el tiempo había producido manchas sobre ella, como si se hubiera salpicado de café. El título venía en gruesas letras negras, y debajo, con una caligrafía bastante más fina, el nombre del autor. Un tosco
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dibujo en tinta de lo que parecía una casa sobre un acantilado presidía la portada.
—Pues ya ves qué cosas… Tú estás limpiando un objeto relacionado con Vargas Montseny cuando te enteras de que Tina murió, y ella la semana antes de morir compra un libro de Vargas Montseny. Como le dijo Jerry Lee a Chuck Berry cuando este salió a tocar después de que él hubiera quemado el piano en el escenario: «Supera eso, negro».
—Simples casualidades —dijo Melquíades apuntando en una libreta algo que contemplaba en la pantalla del ordenador.
Pero «no, Melquíades» me hubiera gustado decirle. Blas tiene razón en que la casualidad es una superposición de elementos, una combinación de probabilidades. Al igual que Hugh Williams naufragó una y otra vez porque su nombre era común y también lo eran los naufragios, si me enteré de la muerte de Tina pensando en Vargas Montseny fue porque lo hago a menudo. Pero ¿también Tina lo hacía a menudo? ¿Solía comprar libros de Vargas Montseny? ¿También estaba en sus pensamientos?
—No tan simples —continuó Ulises—. Ya me había sorprendido que Tina viniera a comprar un libro de Vargas Montseny, con todo el secretismo que se traen a propósito de este autor. Incluso pensé en decírtelo, pero aquí mi hermano el santo insistió en que eso no era profesional.
—Y no lo es —recalcó Melquíades.
—Da igual. Los muertos libran a los demás de guardarles las confidencias. Al menos a los libreros. Su muerte, como te dije, nos dejó de piel de plátano, y ya después de escuchar tu mensaje fue la repanocha. No quise hablarte entonces de la visita de Tina, porque pensé que te afectaría aún más. Pero decidí salir a investigar un poco a ver si encontraba algo, porque todo aquello me había dejado descolocado. Y, efectivamente, lo encontré.
Ulises se quedó mirando para mí de nuevo con esa sonrisa misteriosa que hacía que su rostro pareciese únicamente ojos y boca.
—¿Y bien? —pregunté, algo ansiosa—. ¿Qué es?
—¡Carajo, si ya te lo dije!
—¿Ah, sí?
—Calumet, fue lo primero que te conté al entrar.
—Espera, ¿te refieres a lo de la policía preguntando por Ruth? Pero eso no…, quiero decir, Tina y Ruth no se conocían. Se puso en contacto
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con ella como con los miembros de la tertulia para escribir su libro, pero, como todos los demás, Tina rehusó.
—No es una coincidencia con ella, sino con Vargas Montseny. Tina Flórez fallece de forma extraña después de comprar uno de sus libros, y la policía va preguntando por la autora que escribió sobre él.
Una superposición de elementos, una combinación de probabilidades. La realidad no solo vacilaba ante mis ojos; también se estaba volviendo caleidoscópica.
—¿Crees que ahí puede haber una relación?
—Pues qué quieres que te diga. No es que yo sea de los que consideran que todo está conectado en un armonioso equilibrio, porque la armonía supone a Dios, pero a mí me da que aquí hay un ángel tocando la trompeta.
Me entraron unas ganas terribles de comerme una rosquilla. Pero, en lugar de eso, tomé otra decisión.
—Voy a llamar ahora mismo a Ruth —solté con una energía insólita, al tiempo que metía la mano en el bolso para buscar el móvil.
Melquíades cerró el cuaderno de notas, posando el lápiz encima de él. —Mañana me marcho a Palencia —dijo—, y miedo me da dejaros
solos.
Suspiró detrás del mostrador, meneó la cabeza y nos puso la misma cara que solía ponernos cuando nos dejábamos llevar por nuestras fantasías y soñábamos con cosas como encontrar un tesoro literario envuelto en una bata debajo del somier de un viejo carbonero. «Dejad de tener alucinaciones», nos decía Melquíades. «El mundo siempre estuvo muy mal repartido. Los buenos libros se encuentran en las buenas casas, junto a los buenos muebles y los buenos objetos antiguos». «Sí, Melquíades», le decía yo, «pero recuerda que apareció un Picasso entre los trastos viejos de una familia de Vigo». «Sí, Melquíades», continuaba Ulises haciendo más mella en lo personal, «pero recuerda que encontraste tu primer incunable en una caja de naranjas». Yo había escuchado esa historia muchas veces. Melquíades revolvía entre los libros que un hombre tenía en un cajón de fruta, todos mal conservados, con una pinta deplorable. Cogió uno que parecía un amasijo de hojas, pero le llamó la atención la tipografía, así que fue al final para buscar en el colofón, y ahí estaba: siglo XV. Cada vez que Ulises hacía mención a esto, Melquíades nos miraba de una forma piadosa y serena, más a su hermano que a mí,
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que al fin y al cabo me veía aquejada de un mal que me curarían los años. «Cierto. Reconozco que sentí tal emoción que no podía ni hablar. Pero porque era muy joven. Con el tiempo, vas viendo las cosas con más calma. Entiendes que vale más un buen libro que un mal incunable».
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Muki
Los días posteriores a la desaparición de Gabriel Vargas Montseny, Oviedo tenía un aspecto muy parecido a la tarde de la entrega de los Premios Príncipe de Asturias. Había prensa y policía por todos lados. Camiones de la televisión junto al Campoamor, cámaras en cualquier sitio, periodistas con micrófonos, directos a cualquier hora. Vino prensa de todo el país, muchísima también de América Latina, y algunos de Estados Unidos, Inglaterra y Alemania. Nos convertimos, por unos instantes, en el centro de atención del mundo.
No es que un escritor le importe a demasiada gente, pero no hay quien se resista a una desaparición misteriosa. Tal vez si hubiera sido otro tipo de artista, un músico o un actor, cuyos rostros son sobradamente conocidos, o si al menos Vargas Montseny no hubiera tenido aquel aspecto tan sencillo, puede que alguien recordara haberlo visto a primera hora de la mañana paseando por las calles. Era prestigioso, pero no popular, y eso resultaba más desconcertante.
Los equipos de búsqueda rondaban por todos los lados. Por los parques, por las faldas del Naranco, por los edificios en ruinas, por los descampados de Ventanielles. Los perros olfateaban, siete patrullas de Seguridad Ciudadana buscaban sin cesar. De vez en cuando se oían pasar sobre nosotros los helicópteros. De todo aquel barullo en la ciudad conservo una vaga memoria. Lo que más recuerdo es la sensación de amenaza. Sentía que había pasado una cosa terrible, o que yo la había provocado, sin que pudiera estar segura de qué era. Algo le habíamos hecho a aquel escritor amable que nos había proporcionado una noche tan mágica. Pero donde más lo sentía no era en la calle, sino en mi casa.
Detrás de la puerta escuchaba a mi madre hablar con mi tío por teléfono y, aunque no distinguiera sus palabras, notaba el tono de preocupación, al igual que escuchaba a mis padres murmurar por los
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rincones. Sobre todo en el baño, con el pestillo echado. Hasta que por fin los dos me sentaron en la cocina y me dijeron: «No se te ocurra contarle a nadie que tú estuviste en esa tertulia la tarde anterior con Vargas Montseny. A nadie. ¿Entendiste?». No estoy segura de quién fue el primero de los dos que pronunció esa frase, pero no importó, porque estuvieron durante un largo rato repitiéndomela, no sé si tratando de convencerme o de hipnotizarme. Mis padres siempre habían sido firmes, aunque muy cariñosos y tiernos, pero hasta ese momento nunca habían sido tajantes. Recuerdo aquellos instantes en la cocina con verdadera angustia.
Por si eso fuera poco, decidieron aislarme un tiempo y tenerme unos días sin ir al colegio, y luego me mandaron con una nota para la maestra en la que decían que había estado indispuesta. Aun así, no me libré de todos los comentarios que hacían los niños en clase: que si la ciudad se comía a la gente, que si vivían cocodrilos en las alcantarillas, que si había un pozo muy hondo oculto en un parque y teníamos que tener cuidado de no caer en él como le había pasado al escritor.
Aquellas historias me acogotaron aún más, pero en realidad de todo lo que sucedió me enteré mucho más tarde. Lo único que sabía fue lo que presencié de niña en la tertulia y al día siguiente en el teatro. El resto lo supe por los periódicos, buceando en la hemeroteca, cuando empecé a ir al instituto.
Me gustaría decir que fue entonces, en la adolescencia, cuando comencé a hacerme preguntas, y en cierta forma así fue, pero el hecho de que quisiera indagar sobre lo que había ocurrido se debía a motivos más mundanos: quería destacar. Quería decir «yo estuve allí», «yo formo parte de esa leyenda», y que mis compañeros me admiraran. Tras informarme, iba a contárselo en secreto a algunos de ellos en estricta confidencia, soñando con dejarlos deslumbrados, pero entonces sucedió lo de Muki.
En realidad, Muki se llamaba Jaime Cerezo, pero decía que ese era un nombre, cuando menos, de ministro, y él a los ministros les pegaba fuego con gasolina. Pese a esta frase, semejante a otras que soltaba con claro afán destructivo, Muki no resultaba violento. Jamás alzaba la voz, decía las cosas con parsimonia y reía con risa de conejo.
Una tarde, en clase, Muki se agachó, sacó de su mochila una guía de teléfonos y la puso encima del pupitre. Ese gesto llamó poderosamente mi atención, porque desde niña me fascinaban las guías telefónicas, que ya
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nadie parecía usar, al igual que mis adorados termómetros de mercurio, con los que habían dejado de tomarnos la temperatura. Con su parsimonia habitual, Muki abrió la guía telefónica y, con toda la naturalidad del mundo, se puso a buscar en ella. Los que estábamos sentados a su alrededor le preguntamos por lo bajini qué estaba haciendo.
Al parecer, Muki era hijo de soltera y nunca había sabido quién era su padre, pero ese mediodía, comiendo unos filetes empanados, había comenzado una discusión entre su madre y él que desembocó en la revelación del nombre de su padre y la localidad asturiana donde vivía. Como se acercaba la hora de volver a clase, a Muki no le había dado tiempo a indagar más; por eso se había traído la guía de teléfonos, para buscarle. Le preguntamos qué pensaba decirle si lo encontraba. «Nada. Que existo», contestó. Muki bajó la cabeza y continuó pasando hojas y paseando su dedo de uñas mordidas, de arriba abajo, por los nombres de la guía hasta que al fin su dedo se detuvo encima de un nombre y dio tres golpecitos en la página. Sonrió y afirmó, victorioso. Lo había encontrado. Hubo una pequeña y silenciosa celebración en la clase.
Ya a la salida, en el patio, le preguntamos a Muki qué iba a hacer, si pensaba llamarle. Nos dijo que sí, pero no desde su casa porque no quería disgustar a su madre, sino que le llamaría desde un banco de la calle. Nos dio a entender que iba a hacerlo en ese preciso momento. Los demás nos quedamos parados en el patio, viéndole marchar, solo, con la mochila color caramelo colgada de una única asa y el hombro hundido por el peso inconfundible de la guía de teléfonos. Como un vaquero que se encamina al atardecer a buscar su destino. Así de épica nos pareció aquella estampa.
No sé si Muki llegó a localizar a su padre, si habló con él y, en ese caso, qué fue lo que le dijo. Y no porque no quisiera contárnoslo, sino porque nadie le preguntó. Al día siguiente el tema de la clase pasó a ser otro, y se olvidaron rápidamente del drama de Muki. Todos menos yo. Me asombraba que nadie se hubiera interesado por el desenlace de aquella historia, que Muki les resultara tan indiferente.
Por lo tanto, temí ser Muki. Contar mi secreto y que a nadie le importara lo más mínimo. Sentir aquella inmensa oleada de rechazo o, peor aún, de indiferencia. Así que volví a encerrarme en mi caparazón de silencio, aquel que mi tío les había pedido a mis padres que yo guardase y que nadie a mi alrededor había roto nunca.
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Al empezar mi investigación años más tarde, me estremecí al ver en los periódicos que consulté las fotografías de Vargas Montseny, como si fueran las de un pariente que había fallecido en mi primera infancia y todo cuanto guardara de él fuera un borroso recuerdo que aquellas imágenes confirmaban: un hombre no muy alto, con gruesas gafas, que podía ser cualquier padre, cualquier profesor, cualquier vecino. Algo semejante me sucedió con su esposa, aquella mujer que se parecía a mi madre, pero en exótico. Luz Miranda había salido en todos los medios contando su historia. Una y otra vez la misma. La ingesta que había hecho de somníferos aquella noche, las costumbres de su marido de salir a pasear temprano, la extrañeza de que no volviera a tiempo para compartir con ella el desayuno, incluso la referencia a mi tío.
Se sabía la hora exacta en la que Vargas Montseny había salido del hotel, las siete de la mañana, gracias a la declaración de la recepcionista y a la cámara de seguridad, que lo grabó. Y aquellas fueron las últimas imágenes del escritor. Hace veinte años las cámaras no abundaban por las calles. Nadie lo volvió a ver después de aquello.
Los periódicos daban cuenta de lo que había hecho el último día, la ruta que había seguido con los catedráticos y también mencionaban que había estado en una tertulia que se desarrollaba en el café La Patagonia. Las declaraciones que hicieron los catedráticos a la prensa se correspondían básicamente con mis recuerdos, y el organizador de las jornadas dejaba ver una y otra vez su pesadumbre, el honor de que Gabriel Vargas Montseny hubiese aceptado al fin su invitación y el drama que suponía para él lo que había pasado. Salieron a hablar el alcalde, la recepcionista, el resto de los escritores invitados. Todos menos nosotros.
Luz Miranda se quedó en Oviedo un par de meses, renuente a marcharse de aquí hasta que no se encontrase a su marido. A él o a su cadáver. Pero esta última posibilidad, decía, ni siquiera quería planteársela. «Sé que está vivo, lo noto en el pecho», rezaban algunos de los titulares. Concedía entrevistas una y otra vez, no quería dejar morir el caso. Incluso al llegar a Santiago de Chile, desde allí seguía llamando a radios y televisiones, prometía volver a Oviedo. Pero entonces sucedió algo extraño: pocas semanas después de que regresara a su ciudad natal, dejó de hablar con la prensa. Tampoco volvió a Oviedo, como había prometido. Por más que, en los sucesivos años, periodistas e investigadores trataron de ponerse en contacto con ella, Miranda se negó a hablar de la
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desaparición de su marido. Algún tiempo después rehízo su vida, se enamoró de un fotógrafo argentino y se fue a vivir con él discretamente a un pueblo cerca de Rosario.
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Tortilla La Gruta
El teléfono me despertó pasadas las nueve. Con los ojos a medio abrir, palpé en la mesita hasta cogerlo, sin saber muy bien dónde me encontraba o quién era yo. «Ya estoy en el otro lado del mundo. Es decir, en la facultad», dijo Blas, anunciándome que acababa de llegar al trabajo. «Aún dormías, ¿verdad?». Le respondí con un bostezo que tenía algo de quejido animal. Si no me hubiese llamado, lo más probable es que hubiera seguido durmiendo hasta mediodía o tal vez alguno de mis clientes me hubiera despertado con el timbre y tendría que haberle atendido en pijama, con los ojos legañosos y el pelo revuelto. No sería la primera vez. En ocasiones paso malos momentos. «Espero que hoy Ruth te coja el teléfono y al menos despejes esa duda», prosiguió Blas. «Quedó un trozo de tortilla de anoche en el microondas». La perspectiva de desayunar las sobras de la cena me animó incluso más que la de que mi amiga al fin contestara mis llamadas; no había acabado de despertarme del todo.
En mi familia tenemos el sueño muy trastocado. Mi padre, por ejemplo, sufre un desvelo invertido. No tiene problemas en dormirse en las primeras horas de la noche, según se acuesta, pero se despierta excesivamente temprano. A las cinco de la mañana ya tiene los ojos como platos. Da vueltas en la cama, escucha la radio, trata de leer, a veces se levanta a ver la televisión, pero siente tal desasosiego que no logra concentrarse en nada. «Resulta muy triste», dice, «estar haciendo tiempo hasta la hora de ir a trabajar».
Pues bien, yo, al contrario de lo que le suele suceder al resto de la gente, en los momentos de tensión y ansiedad, ante las preocupaciones, duermo. Lo que a otros les produce noches en vela e insomnio, a mí me causa el efecto inverso: me quedo totalmente traspuesta en cualquier lado. Es como si mi cerebro necesitase apagarse y se desconectara sin avisar y sin ninguna intención de volver a ponerse en marcha. Blas lo sabía bien.
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Al principio de nuestra relación, mi abuela materna murió, siendo la última de su generación en hacerlo; a mis padres ya no les quedaban padres ni a mí me quedaban abuelos. Esto causó en nosotros un gran desorden, además de un dolor profundo y una dura sensación de orfandad. Como si se nos hubieran quemado nuestras casas y nos hubiésemos quedado sin adjetivos para describir el fuego. A Blas y a mí no se nos ocurrió otra cosa que marcharnos de vacaciones al primer sitio que vimos anunciado en el escaparate de la agencia de viajes de la calle Manuel Pedregal: un breve crucero por el Mediterráneo. Cumplía con dos requisitos que nos parecían fundamentales. Es decir, era barato y el barco zarpaba en menos de una semana.
Me pasé todo el viaje durmiendo. Dormía en el camarote las noches y las tardes, y me quedaba dormida en las tumbonas de la cubierta, con una mantita sobre las piernas, la boca abierta y las gafas de sol en la punta de la nariz. Prácticamente no hacía otra cosa. Cuando abría los ojos, con pesadez, me encontraba en la tumbona de al lado con el tatuaje en el antebrazo izquierdo de Blas. Como nunca lo había visto en manga corta por la calle, me parecía obsceno que los demás pudiesen contemplar lo que hasta entonces estaba reservado a nuestra intimidad. Después volvía a cerrar los ojos y seguía durmiendo.
Por eso me desperté sobresaltada cuando anunciaron por el megáfono que íbamos a desembarcar en Génova. Traté de buscar mis sandalias debajo de la hamaca mientras iba ajustándome los tirantes a los hombros. Blas me dijo que, si no me importaba, él prefería quedarse, y como apenas tenía tiempo no le di más vueltas, así que bajé del barco sola, a la pata coja, siguiendo al grupo y tratando de calzarme. Podíamos hacer una excursión con el guía o, si preferíamos conocer la ciudad por nuestra cuenta, nos indicaron una hora para regresar al punto de partida. Opté por ir por mi cuenta, porque yo en realidad lo que quería ver de Génova era la pastelería Romanengo, que era la más antigua de Europa, la barbería Giacalone (una joya del art nouveau que conservaba el mobiliario original de azulejos blancos, ventanas policromadas y espejos) y, claro está, las tiendas de antigüedades de las vías Ofericci y Luccoli. Por supuesto, no encontré nada. Me dediqué a vagar por las calles, perdiéndome una y otra vez, con la boca pastosa, la cabeza pesada, totalmente desorientada, y con tal miedo a llegar tarde y que el barco se marchara sin mí, que no hice más que dar cuatro vueltas por las calles alrededor de la plaza donde habíamos
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quedado, optando, finalmente, por sentarme en una de sus terrazas a tomar un pandolce y esperar a que llegaran los demás.
Regresé al barco con más sueño del que había salido y una clara sensación de fracaso. Cuando le pregunté a Blas por qué no había querido bajar, me dijo, con un poco de reparo, que odiaba la gente, que detestaba los viajes en grupo y que prefería disfrutar del hecho, insólito para él, de estar en un barco. Así que decidimos no volver a bajar. Blas se dedicó a sentarse en cubierta a mirar el mar durante horas, y yo, a su lado, a dormir profundamente como si estuviera drogada o borracha, con la brisa dándome en la cara, produciéndome una modorra más plácida. Así fue mi primer viaje con Blas, cuando aún no nos conocíamos bien y estábamos empezando a hacerlo.
«Ante las preocupaciones, mi cerebro necesita hibernar. Yo como y duermo. Soy como una osa», le expliqué. «A mí más bien me pareces una zorra». Me erguí inmediatamente en la tumbona. «¡No, no, no!», se azoró Blas al darse cuenta de su torpeza. «Me refiero a una raposa, al animal». Por mi físico, tan menudo; por mi carácter, inquieto; por mi cabello, de un color parecido al del pelaje de los zorros. Así fue como me convertí para Blas en la raposa.
Me desperecé en la cama. El día anterior, desde la librería, delante de Melquíades y Ulises, había llamado a Ruth para que nos desvelara lo que estaba pasando, pero no me había cogido el teléfono. Así que me fui directamente al bar de Sebas sin reparar en el día que era. Como todos los lunes, estaba cerrado, con la persiana azul bajada. Volví a llamar a Ruth, que continuó sin responderme. Mi desasosiego crecía, por lo que de vuelta a casa paré en Diego Verdú para comprarme un helado de turrón. Estaba tan aventada que ni siquiera les recordé, como siempre, que me guardaran los fundereleles que dejaran de utilizar, ni ellos pudieron decirme, como habitualmente, que yo era la única que llamaba así a las cucharas sacabolas.
El resto de la tarde la pasé trabajando, aunque sin enterarme demasiado de lo que hacía. Tenía la cabeza en otras cosas. Intercambié mails con un museo de Montevideo a cuenta de unas máscaras antiguas y volví a llamar a Ruth. Colgué en las redes la foto de una cafetera de porcelana de Limoges que había adquirido hacía poco. Subieron a mi piso un grupo de
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adolescentes soñadoras a pasearse por las estanterías y mirar objetos que podrían estar en sus casas cuando al fin tuvieran una y la llenaran con cosas hermosas y peculiares. Le vendí a una pareja un cortador de chocolate de latón de los años veinte. Preparé un envío que me solicitaron por internet: unos pequeños quevedos triangulares, con unas patillas tan delicadas como los tarsos de un insecto, que envolví cuidadosamente en papel de burbuja. Apareció de nuevo Carmen Leal para tratar de venderme los abrigos apolillados de su suegra, y yo volví a explicarle que no trabajaba con ropa. De paso, me reprochó que se había pasado por mi gabinete a mediodía sin encontrarme, y que no entendía mis horarios. Los clientes que más exigen a menudo son los que menos gastan. Contesté a cuatro mensajes absurdos, y a uno que no lo era, en el que me preguntaban si tendría algún samovar. En medio de todo esto, llamé a Ruth unas cinco veces.
Sobre las ocho de la tarde decidí que era hora de hacer la cena y tratar de distraerme un rato de todos los pensamientos que no dejaban de rondarme; eran demasiados.
Blas iba a llegar de un congreso, y cuando uno regresa, lo que más le apetece tomar, y lo que más me apetecía tomar a mí, para qué negarlo, era lo que yo denomino «comidas confortables». Una comida confortable, desde mi punto de vista, tiene que cumplir varios requisitos, pero sobre todo dos: que no sean platos muy elaborados y que remitan a la infancia. Solo se me ocurría arroz a la cubana y tortilla La Gruta. Como el arroz me sienta mal por las noches, me decanté por esa especie de tortilla guisada que cuando era niña iba a comer los domingos con mis padres a La Gruta, un hotel restaurante que estaba en lo que entonces eran las afueras de Oviedo, donde se celebraban comuniones y banquetes, y adonde mis abuelos nos invitaron a comer por sus bodas de oro. Corté la patata en diminutos dados mientras pensaba en Tina cayéndose por el barranco. Batí los cuatro huevos con la imagen de mi tío Canor descomponiéndose ante el abrazo de Rosalía. Mezclé las gambas, los guisantes y los tacos de jamón repitiendo mentalmente las palabras de Ulises. Mientras le daba la vuelta a los ingredientes en la sartén, sentí de nuevo la incomodidad de encontrarme con los miembros de La Patagonia. Coloqué la tortilla en un plato, volqué encima un bote pequeño de tomate y marqué de nuevo el teléfono de Ruth, pero no me contestó.
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Blas llegó como siempre de uno de sus viajes de trabajo: cansado y con una barra de pan bajo el brazo. La barba de tres días hacía que su piel se viera aún más pálida y contrastara con el jersey negro de cuello cisne que prácticamente le llega a la barbilla. «Pero ¿el matemático come algo?», me preguntaba mi madre. «¿Y duerme? Porque siempre tan ojeroso y vestido de oscuro, hija del alma… Que ya sabes cómo es esta gente, todo el día pensando en los números. Por eso hablará tan poco. Eso sí, es muy educado. ¡Educadísimo! Da gusto con él». «Come y duerme, mamá, y no está todo el día pensando en números; lo que ocurre es que es muy tímido. Y puede que sea paticorto, como tú dices, y no elija demasiado bien la ropa, pero tiene el pecho de un jugador de rugby y los ojos de un gato».
Mientras cenábamos, y aunque ya se lo había contado casi todo por teléfono, volví a relatarle minuciosamente todos los sucesos de estos días, porque yo, mal que me pese, formo parte de mi familia y, como ellos, también encuentro gusto en la repetición; me calma. Aunque incidí, sobre todo, en la preocupación por Ruth y en el hecho insólito de que Tina comprara días antes de morir su libro preferido del escritor chileno: Castillos tan hermosos.
Había oído hablar de ese título la tarde que pasamos con Gabriel Vargas Montseny en La Patagonia. Mi tío y sus amigos hablaban con el chileno de su obra, aunque este se mostraba pudoroso y algo desinteresado. En un determinado momento Tina dijo algo que me interesó. «A mí la obra que más me gusta de usted es Castillos tan hermosos». Lo recuerdo porque al escucharlo se me vinieron a la mente dragones, princesas, un mundo de fantasía; es decir, encontré una referencia, algo que me aludía. «A mí la obra que más me gusta de usted es Castillos tan hermosos». Pensaba que Tina no había dicho nada en toda la tarde, que se había quedado callada y escuchando, que solo había preguntado «¿qué?» cuando Vargas Montseny dijo que el amor es cuando no es del todo. Pero no, también dijo eso. «A mí la obra que más me gusta de usted es Castillos tan hermosos». Lo dijo en voz baja, como titubeando, acariciando su pañuelo de pájaros. Ahora lo recordaba con claridad.
Cuando acabé de hablar, Blas dejó de mojar el pan en la salsa de tomate y los restos de patata, gambas y guisantes, y se puso a decirme algo, pero yo ya estaba dando cabezadas en la silla. Finalmente, los párpados se me cayeron como persianas de madera que se desploman. Le
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oí recoger la cocina, sentí el ruido de los platos y los tenedores al dejarlos en el fregadero, pero a lo lejos, como si fuera un sueño, o como si ocurriera en otro mundo. Me acarició el pelo, abrí un poco los ojos y descubrí que estaba durmiendo con la cabeza apoyada en la mesa. «Vamos a la cama, raposa», me susurró. Gruñí algo, y del tránsito al dormitorio no tengo ningún recuerdo.
Después de que su llamada desde la facultad me despertara, me levanté con el móvil en la mano, aparté el biombo chino y me fui quitando los grumos legañosos de las pestañas. Mientras calentaba la tortilla en el microondas, y la cocina se llenaba del olor confortable a guiso y huevo poco cuajado, marqué de nuevo el número de Ruth.
—¡Lo siento! Pensaba llamarte, incluso antes de que me llamaras tú, pero tuve un día muy complicado. —Me quedé paralizada al escuchar la voz melosa de Ruth al otro lado del teléfono. No estaba preparada para que me lo cogiera. Ni siquiera era consciente de las horas tan tempranas a las que la estaba llamando. Simplemente marqué en un gesto mecánico que no buscaba una respuesta, como tirar piedras a un lago—. A tía Marta le dio una subida de tensión y tuve que llevarla al hospital —continuó Ruth, ajena a mi estupefacción—. No tenía con quién dejar a los niños, Sebas estaba en Luarca en una reunión de hosteleros, tuve que cancelar el club de lectura y llevármelos conmigo. Estuvimos los cinco durante horas en urgencias y, además, me olvidé el teléfono en casa. Fue toda una locura. Perdona.
Aquel relato de incidencias cotidianas nada tenía que ver con las misteriosas investigaciones policiales que Ulises y yo habíamos imaginado. Casi me sentí culpable de mis fantasías. Así que, un poco más calmada, volví a mi preocupación inicial:
—Pero ¿estáis bien? ¿Tu tío está bien?
—Todos bien, sí. Y mi tío también. Un poco asustado ante la ausencia de Marta, pero más preocupada ella por dejarle solo que él. Ya sabes cómo es.
—Ah. Es que oí que la policía había ido preguntando por ti, y me quedé bastante sorprendida.
—Vaya, las noticias vuelan. —Ruth hizo un ruido extraño que no supe si se trataba de un suspiro o una risa—. Sí que vino la policía, para mi
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pasmo. Fue todo muy raro. Por ese motivo iba a llamarte. —«¿A mí?», pensé—. Supongo que sabes que Tina Flórez ha muerto.
Tuve que apoyarme en la encimera.
—Sí, ayer fui con mi tío al funeral…
—Pues yo me enteré por la policía. Miraron en su móvil y, al parecer, a la última persona que llamó fue a mí.
—¿A ti? —La realidad no solo se volvía de nuevo dudosa, sino casi disparatada—. Pero pensaba que no os conocíais.
—Y es que aquí viene lo gordo, Calume. Por eso quería hablar contigo. Tina me llamó para preguntarme sobre Vargas Montseny.
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El hechizo de la leyenda
En el momento en que cesó el dispositivo de búsqueda de Vargas Montseny, la prensa también abandonó la ciudad. Entonces fue cuando aquella realidad horrorosa de un hombre perdido dio paso a la leyenda. Oviedo se convirtió en el lugar donde había desaparecido Gabriel Vargas Montseny, en la ciudad en que los escritores se extraviaban en la niebla. Autóctonos y forasteros se contagiaron de este embrujo.
Empezaron a proliferar los establecimientos con nombres alusivos a Vargas Montseny, se hizo una ruta turística que reconstruía los últimos movimientos del escritor, periodistas e investigadores venían a hacer sus reportajes de vez en cuando. En las pastelerías se vendían unas tartaletas de almendra y yema tostada decoradas con unas pequeñas gafas de chocolate a las que llamaban Varguitas, y que yo nunca había probado, entre otras cosas porque me daba la sensación de que debían de empalagar bastante. Pese a que el hotel donde se alojó fue totalmente reformado, e incluso cambió de nombre, no dejaba de tener solicitudes para ocupar la habitación en la que había dormido el autor chileno aquella noche.
Incluso se creó un círculo literario, El Círculo del Escritor Perdido, formado por varios de los escritores de la ciudad que se reunían una vez al mes junto al Cañu del Fontán, lugar que el chileno visitó en el paseo con los catedráticos, en el que yo vi cómo Luz Miranda se paraba para apuntar algo en la libreta. Se trata de una fuente del siglo XVII con frontal de piedra que ha sido enterrada por el tiempo, como si la hubiesen encontrado cavando un pozo para buscar un tesoro. Al estar a dos metros por debajo del nivel de la plaza, para acceder a ella hay que descender varios escalones, y en el caso de que pudiera beberse de su caño, sería necesario arrodillarse hasta dar con la cabeza en el suelo porque el surtidor está casi al ras de este.
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Los del Círculo del Escritor Perdido leían pasajes de los libros de Vargas Montseny junto a esa fuente y después se iban todos juntos beber a El Olivar, y a compartir sus hipótesis sobre lo que creían que había pasado. Ruth, por cierto, había formado parte de este círculo, pero finalmente acabó abandonándolo por desavenencias con los otros miembros; ella jamás se ha llevado bien con los escritores locales. Según cuenta, y Ulises corrobora, la miran con malos ojos. A fin de cuentas, cualquiera que rompa el hechizo de una leyenda aportando datos y suposiciones quizá merezca un castigo, y Ruth había querido saber, quizá demasiado.
En las postales pop que se venden de Oviedo, junto a la de King Kong encaramado a la única torre de la catedral y la Regenta paseando en bicicleta por delante de los monumentos prerrománicos, también se encuentra una que recrea una especie de ¿Dónde está Wally?, pero a quien tienes que buscar es a Vargas Montseny (un hombre pequeñito y con gafas pintado de gris, en contraste con el resto de vivos colores) en medio de una atestada calle Uría. Hay tres: uno en los balcones de las casas de Cuitu, otro al fondo (agarrándose a las manijas del reloj de la Estación del Norte como Harold Lloyd en El hombre mosca), y el último junto a una farola.
Por supuesto, no se resistieron a la tentación de hacerle una estatua. Y he de reconocer que es hermosa. Se encuentra bajo los soportales de la plaza del Fontán, enfrente de la sinagoga y de la escultura de la Bella Lola que está sentada plácidamente en un banco. Aquel lugar que también el propio Vargas Montseny había visitado con la ruta de los catedráticos, y en el que actuó La Barraca de Lorca. Está hecha en bronce, más o menos a tamaño natural. No tiene ningún pedestal, sino que descansa directamente en el suelo.
Los turistas suelen confundirla con la estatua de Woody Allen. Pensándolo bien, se parecen en algo. Los dos bajitos, con gafas, caminando como perdidos, con un gesto despistado en su cara. Aunque el escritor, con menos pelo y unos libros en la mano.
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El club de la niebla
Ulises y yo comíamos tortilla en la trastienda de la librería anticuaria Merlín, sentados en las dos sillas de cuero verde con los respaldos acolchados. Habíamos tenido que hacer sitio en la pequeña mesa, apartando papeles, facturas, cartas con marcas prefilatélicas, libretas y dibujos de Ulises, para poder apoyar la fiambrera de cristal. Detrás de nosotros estaba colgada en la pared con una chincheta la lista de coleccionistas y bibliófilos de todo tipo, a cuyos nombres Melquíades y Ulises estaban atentos a que apareciesen en las esquelas, puesto que por experiencia sabíamos que los herederos solían tener prisa por deshacerse de aquellas aparatosas bibliotecas y de otro tipo de pertenencias estrafalarias. Varios de aquellos nombres ya estaban tachados.
Un turista extranjero, alto y rubio, con un ridículo sombrero caqui para la lluvia y acento británico, había entrado en la librería interrumpiendo nuestras conspiraciones y preguntando en qué parte de la ciudad había ubicado Clarín El Espolón, el paseo por el que caminaban los curas en La Regenta. Ulises le había acompañado afuera para explicarle cómo llegar al parque San Francisco y que lo atravesara entero, hasta llegar al quiosco de la música. «Pero no espere ya ver curas paseando por allí, gracias a Dios». El extranjero no entendió demasiado bien el chiste. En otro momento puede que Ulises hubiera alargado más las explicaciones o la charla, pero corrió de nuevo a la trastienda para que le siguiera contando.
Su hermano se había marchado a Palencia a primera hora de la mañana a revisar unos documentos históricos que podían ser de su interés. Melquíades era siempre el encargado de los viajes. Al fin y al cabo, él era el verdadero librero. No había hecho otra cosa en la vida, desde la infancia, que estar metido en la librería familiar. Ulises, en cambio, tras la muerte de su padre, había pasado dos décadas dando tumbos por el mundo, y sobre todo en Barcelona, alejado de los libros. Hasta que había vuelto a
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Oviedo, unos años antes. Al principio se alojaba en pensiones, pero cuando Mundo, su sobrino, se fue a estudiar a Salamanca, Melquíades y su mujer, Flora, le cedieron la habitación del hijo, y desde hacía algún tiempo Ulises vivía con ellos. Cuando Mundo venía de visita, dormía encogido en el sofá del salón y nadie hacía referencia a aquella situación que parecía provisional, o tal vez no lo fuera. «Mi hermano no sabe vivir de otra forma», me confesó una vez Melquíades. «Como si siempre se estuviera marchando». En pocas palabras, Ulises necesitaba tener siempre a mano una escapatoria. Como cuando era joven y se paseaba por Oviedo con un periódico bajo el brazo en el que había envuelto unos calzoncillos y un plátano, pues decía que esa era la maleta con la que en cualquier momento se metería en un tren para irse a París.
Los alemanes lo llaman Fernweh, que es lo contrario a la nostalgia; querer estar en otro sitio. Echar de menos poder conocer mundo. Vivir como si uno siempre se estuviera marchando, aunque no lo hiciera.
Melquíades era enemigo de que se subrayasen los libros, ya que eso los abarataba, y los que estaban anotados había que venderlos a precios más bajos. A no ser, claro, que hubiesen pertenecido a alguna personalidad y esta los hubiera marcado o hubiese escrito en sus páginas pequeñas anotaciones. En ese caso estaban aún más cotizados que los dedicados por su autor. «Así que, si vas a subrayar, mejor hazte famoso», decía Melquíades. A Ulises y a mí, sin embargo, nos encantaban. Leer un libro subrayado es como leer dos libros, tratando de reconstruir, por el rastro que el lector va dejando en las hojas, ese personaje que no aparece en la novela, pero forma parte de ella. Como componer la vida de alguien con los objetos que ha dejado. En una ocasión, Ulises me llamó para mostrarme un libro subrayado que acababa de entrar en la librería. A primera vista no parecía tener nada especial, más que palabras sueltas, sin demasiado sentido, resaltadas con lápiz en las páginas. Eran palabras normales y, por tanto, resultaba extraño que alguien se hubiera tomado la molestia de subrayarlas. Pero si las leías todas juntas, en el orden de las páginas, el resultado era una declaración de amor. La dedicatoria, también escrita a lápiz, solo traía: «Para Antonia, de Guillermo M.». No nos fue difícil dar con el vendedor del libro. Nos dijo que había pertenecido a su madre, quien, efectivamente, se llamaba Antonia. Guillermo M. (Munárriz) era un viejo amigo de la familia. Supusimos que el vendedor no había reparado en los subrayados del libro, o no había entendido el
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código, y quién sabe si lo habría hecho su madre. Cuando nos preguntó por qué necesitábamos aquella información, Ulises alegó que era importante para la venta saber si se trataba de un libro de segunda o de tercera mano.
Los tres, Melquíades, Ulises y yo, éramos cazadores; lo que realmente nos gustaba era la búsqueda. Melquíades acudía a las llamadas e indagaba en casas, estanterías, cajas, colecciones y anticuarios. A Ulises, en cambio, al contrario que a su hermano, lo que realmente le apasionaba eran los encargos; que alguien viniese buscando un libro que él tenía que localizar. Entonces se metía en internet durante horas, hacía llamadas, tiraba de contactos, seguía un rastro.
En mi oficio compartía más el espíritu de Melquíades, pero en aquellos momentos, y no precisamente por trabajo, prefería el instinto detectivesco de Ulises.
—Es que lo sabía. ¡Lo sabía! —entró diciendo en la trastienda—. Sigue, sigue —me exhortó, desplomándose en la silla de cuero verde—. Cuéntamelo todo desde el principio. Entonces, ¿qué fue exactamente lo que te dijo Ruth?
Tragué el pedazo de tortilla La Gruta que tenía en la boca y que había sido incapaz de abandonar en la cocina.
—Tina la llamó el sábado por la mañana. Le dijo que…
—Espera —me interrumpió Ulises—. ¿Cómo es que tenía el teléfono de Ruth?
—Pues supongo que lo habría guardado cuando Ruth se puso en contacto con ella mientras estaba escribiendo el libro.
—Está bien. Cuadra. Continúa.
—Vale. Le dijo que quería preguntarle acerca de Vargas Montseny. —Sí. ¿Y qué más?
—Nada más. —Yo, al igual que Ulises, también me había quedado a medias cuando Ruth me lo había contado—. Le sorprendió que Tina Flórez, de repente y después de tantos años, la llamara para eso. Le dijo que le preguntara lo que quisiera, y quedaron en verse esta semana, cuando a las dos les viniera bien.
—Carajo…
—Pues sí. Imagínate el pasmo de Ruth cuando la llama Sebas para decirle que la policía quiere hablar con ella. A todos nos impresionaría, pero más a Ruth, que el contacto con la policía le trae tan malos recuerdos.
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Me dijo que las piernas no dejaban de temblarle. Y encima van y le sueltan algo tan extraño. Que Tina Flórez ha muerto, que es la última persona con la que habló por teléfono y que qué le dijo. Casi se desmaya.
—¿Y de qué marca era el móvil de Tina, si se puede saber? Que me compro uno igual. Porque para soportar ese golpe…
Sonreí. A veces Ulises y yo teníamos la misma línea de pensamiento. —Yo también lo pregunté. Al parecer, Tina había dejado el móvil en
casa.
Ulises se repantingó en la silla y entrelazó las manos poniéndoselas sobre el pecho.
—Vaya, vaya, vaya.
—Mira, Ulises, a mí me va a dar algo —dije, cogiendo el tenedor de plástico y pinchando con frenesí los restos de patata, gambas y jamón que quedaban en la fiambrera.
—Es que es muy gordo, Calumet. Recapitulemos. Tina viene el miércoles a comprar una novela de Vargas Montseny…
—Una novela que, además, ya había leído. Dijo que era su preferida. ¿Por qué iba a volver a comprarla?
—Bueno, eso no es tan raro. La gente pierde libros, los regalan, los extravían en mudanzas o se deshacen de ellos y luego se arrepienten, por lo que con el tiempo vuelven a comprarlos. Yo lo veo a diario. Lo que sí es extraño es que aquel día viniese sola, cuando a la librería siempre venía con el marido.
—Eso no me lo habías dicho.
—Pues te lo digo ahora. Sigamos. La señora Flórez muestra un repentino interés por Vargas Montseny, que está más que demostrado, ya que el sábado por la mañana llama a Ruth, una persona a la que prácticamente no conoce y con la que en el pasado había rehusado hablar, porque quiere hacerle preguntas sobre el escritor, puesto que la considera experta en el tema. Después coge el coche para ir a dar un paseo por una senda, dejando el móvil en casa, tal vez por un olvido o con premeditación…
—¡Y lloviendo! —exclamé—. El sábado llovía a mares. —Nadie en el funeral parecía haberse extrañado por este hecho ni lo habían mencionado o reparado en él, pero en mi mente no dejaba de ver a Tina despeñándose en medio de la tormenta—. ¿Por qué iba a salir a pasear con ese tiempo, y menos a un desfiladero?
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—¿Solía pasear por Las Xanas?
—Paseaba mucho, pero no tengo ni idea de por dónde.
—Puede que fuera uno de sus lugares habituales, y ella, una de esas personas que sienten que caminar bajo la lluvia es como hacerlo por el pasado. O no. No lo sabemos. El caso es que, después de interesarse por Vargas Montseny, se cae por un barranco. Y aquí viene otro dato, tan contrastado como intrigante: la policía está investigando esa muerte.
Ulises y yo nos quedamos mirando el uno al otro en silencio, como si nos diese miedo seguir hablando. Dejé el tenedor que había estado agarrando con tensión todo el rato y me eché hacia atrás.
—Había pensado…
Me callé porque incluso a Ulises me daba reparo decirle aquello. —¿Qué? ¿Qué pensaste?
—Había pensado en pedirle a mi tío el teléfono de Joaquín, el viudo, y llamarle por si le interesaba venderme algunas pertenencias de Tina.
—No da el perfil —dijo Ulises en tono profesional.
—No, ya lo sé, no da el perfil para nada. Obviamente no querrá hacer ningún trato conmigo, pero es una excusa para poder hablar con él. Supongo que no me colgará el teléfono, aunque solo sea por la amistad que unía a su mujer con mi tío.
—¿Y por qué no le preguntas directamente a Canor si sabe algo? —No, no. Eso no —solté—. Mi tío se pone muy raro con ciertas cosas.
Es… es complicado.
—Las relaciones familiares son un terreno resbaladizo, Calumet. Mi hermano y yo estuvimos veinte años sin hablarnos. Y no por falta de amor, sino todo lo contrario.
—Sí, supongo. Todos llevamos nuestra cajita de los truenos.
Ulises se echó hacia atrás, recostándose en el respaldo, y cruzó los brazos.
—Tú lo que llevas dentro es un baúl de tormentas, amiguina. —¿Qué quieres decir?
—Mira, te seré sincero. —Ulises se colocó las gafas a pesar de que ya se encontrasen en su sitio, y yo me rasqué la mejilla aunque no me picase. Ambos nos protegimos con gestos innecesarios—. Yo, como toda persona medianamente sensible al misterio, también he fantaseado con la desaparición de Vargas Montseny y he hecho cábalas para saber qué le sucedió. Incluso estuve varias noches tomando algo en El Olivar con los
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del Círculo del Escritor Desaparecido, que son tremendos. Hay dos que, no me preguntes por qué, están obsesionados con los mapaches. Una cosa estupenda. Y varios de ellos comparten mi teoría de que la esposa debe estar metida en el ajo.
—Luz Miranda. —«Luz Bárbara», pensé. Y la recordé en La Patagonia, pronunciando su nombre completo ligeramente sorprendida ante la actitud de mi tío.
—Eso, Luz Miranda. En fin, que hacer cábalas sobre la desaparición de Vargas Montseny es una forma como cualquier otra de entretenerse en la vida. Como preguntarse por Stonehenge o por la verdadera identidad de Jack el Destripador. Más personal, claro, porque fue aquí donde sucedió. Y más personal aún porque te conozco a ti, la niña que estuvo con el escritor la tarde antes de desaparecer y que todo el mundo quiere acallar. —Sentí algo extraño al referirse a mí de ese modo. No sabía si porque jamás me había visto de esa manera o porque en el fondo siempre me había visto así y no me había dado cuenta—. Y todo eso que te has montado del club de la niebla, donde están las únicas personas con las que te sientes cómoda para hablar de Vargas Montseny, me resulta fascinante. En principio, porque yo formo parte de él, y siempre quise formar parte de un club tan reducido, de esa información tan privilegiada. Pero a mí solo me fascinan las cosas que no acabo de entender del todo, y es lo que me ocurre con esto: que no acabo de comprender el porqué.
—¿El porqué de qué?
—¡Pues de qué va a ser! ¡De tanto silencio! Si yo hubiera estado en la tertulia con Vargas Montseny la tarde antes de desaparecer, entraría a todos los sitios con un bombo y me haría una chapa morada para llevarla en la solapa. No digo que todo el mundo tenga que ser como yo, pero tampoco entiendo este secretismo, esta ocultación que se traen tu familia y los de La Patagonia. Si cuando vino el otro día Tina a por el libro de Vargas Montseny nos pusimos hasta nerviosos. Me dieron ganas de silbar y mirar a otro lado. Y nos comportamos como si nada, ni un comentario le hicimos, como si hubiera comprado un libro de otro cualquiera, uno de Baroja. —Sí, yo conocía de sobra ese sentimiento, esa turbación, esa forma de comportarse—. Lo que me has contado, y lo que leí que le contaste a Ruth sobre aquella tarde, a mí me parece del todo inofensivo. Ni entiendo que te tengan amordazada, ni entiendo que nadie quiera hablar de
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aquello. Y si nadie dice nada es porque alguien sabe algo. El silencio, Calumet, es la respuesta de los tramposos.
Ulises no había dicho nada que yo no hubiera pensado varias veces, aunque de distintas formas: la sensación de que aquella tarde tuvo que pasar algo que olvidé, o que no llegué a presenciar, algo que debía ser silenciado. Pero ahora se volvía más real. Todo cambia con las circunstancias. Un miembro de La Patagonia había muerto de forma extraña tras interesarse, después de tantos años, por el escritor chileno, y la policía lo estaba investigando. Hacer cábalas es como echarse a rodar por una pendiente; a la mente le cuesta parar.
—¿Quieres decir —pregunté con una valentía que se parecía más a la desfachatez— que podrían haber matado a Tina? ¿Que descubrió algo sobre la desaparición de Vargas Montseny, o tenía información que quería soltar, y la asesinaron por eso?
No voy a negar que era una posibilidad que se me había pasado por la cabeza, pero trataba de alejarla de mí y no hacerle caso. Era totalmente absurda, estrambótica. Si no hubiera conocido a Tina, a los demás, a mi tío, sería distinto. Es divertido hacer conjeturas con desconocidos, con gente que ves en los periódicos, como si fuera un juego; las cosas te parecen muy claras. Puedes opinar de forma tajante, unívoca, porque estás fuera, porque apenas sabes nada. Pero, al estar dentro, te encuentras rodeado de niebla; cuanto más sabes de algo, mayor es su complejidad. Todo cambia con la cercanía.
—¡Carajo! ¡Qué sé yo! No soy Sherlock Holmes. Si lo fuera, sabría distinguir la ceniza de cualquier marca de tabaco.
—¿Y para qué coño ibas a querer saber algo así?
—Te sorprendería lo útil que puede resultar en ciertas ocasiones.
Créeme: te sorprendería.
—¿Te puedes centrar en lo que estamos hablando, Ulises, por favor? —Era por romper un poco la tensión. Pero lo que quiero decirte es que
algo huele a carroña en el norte de España. Yo, por mi parte, voy a ver qué se cuece por los bares y qué rumores corren. Igual nos enteramos de lo que está buscando la policía o, quién sabe, tal vez lo veamos mañana en el periódico. Y acuérdate de quedar con Ruth, no lo olvides. Tengo mucha curiosidad por saber qué más cuenta.
—Pues, básicamente, lo que sabe es lo que me dijo por teléfono.
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—Pero de Vargas Montseny sabe mucho. Tal vez más de lo que creemos o cree ella. Tina tuvo que llamarla por algo. Además, sea como sea, a la señora escritora le interesará saber todo esto.
—Tú, Ruth y yo investigando —dije mordiéndome un poco el labio inferior, negando con la cabeza, en un tono que aunaba el asombro y la burla—. Desde luego, es un caso para el club de la niebla.
—Eh, y faltan tu santo y mi hermano —dijo Ulises refiriéndose a Blas y a Melquíades, señalándome con su dedo huesudo—. No los menosprecies, que igual tenemos que echar mano de ellos. La racionalidad a veces es necesaria. Aunque no te hagas demasiadas ilusiones.
Recordé entonces la primera frase que le había escuchado decir a Ruth, incluso antes de conocerla, y la adapté para aquellos momentos: habían pasado tantas cosas en tan poco tiempo que aún estaba en un estado de perplejidad.
No pudimos seguir hablando de nuestros enigmáticos planes porque sonó el carrillón chino, y Ulises salió de la trastienda diciendo: «Hola. Buenos días. ¿Qué tal?». Cada vez que Melquíades no estaba, Ulises emulaba aquella forma de saludar varias veces de su hermano, no fuera a ser que los clientes le echaran de menos.
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El fin de La Patagonia
Después de aquella mañana en el teatro Campoamor en la que Vargas Montseny no apareció, tardé unos meses en volver a ver a mi tío, ya que tuvo que ausentarse por trabajo. En esa ocasión no fue a una plataforma en medio del mar, sino al desierto de Argelia, donde tuvo que conducir camiones petroleros y luego se pasó años contando lo mucho que sudaba cuando aquellas moles se le calaban en la arena.
Durante su ausencia, los miembros de la tertulia decidieron dejar de acudir al gran café, aunque siguieron reuniéndose en privado e incluso conservaron su nombre; seguían siendo la tertulia literaria de La Patagonia. Después de la última tarde con Vargas Montseny, jamás volvieron a entrar en aquel lugar que los había bautizado y en el que tantas horas habían pasado. Ese fue el primero de los cambios.
Sus encuentros empezaron a realizarse en el sitio que proporcionase el anfitrión de cada sesión. Cuando le tocaba a Braulio, los hacía en su consulta. Las pocas que le tocó organizar a Delia, también los realizó en su lugar de trabajo: en la trastienda de su óptica. Rosalía tenía una casa suficientemente grande para acogerlos a todos, como también fue el caso de Tina, quien, después de su boda con Joaquín, celebraba las tertulias en el salón de su piso. Manuel Bode se negó a ser anfitrión, y a ninguno le pareció mal.
Pero las reuniones preferidas por todos eran las que organizaba mi tío Canor. No en su apartamento, que al fin y al cabo era un cuchitril, sino en la casa de mis abuelos en el pueblo.
Como estaba a unos ochenta kilómetros de Oviedo, y las sesiones solían prolongarse bastante, los miembros de la tertulia se quedaban a dormir allí, en la planta de arriba que mis abuelos usaban como desván y que aún mantenían lleno de camas. Aquellas veladas eran las más largas y se convertían en una especie de retiro para ellos. Yo, claro está, era a las
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únicas a las que acudía. A mis padres les parecía bien que pasara un fin de semana en el pueblo con mis abuelos y mi tío, y algunas veces a ellos también les tocó estando allí, aunque, al contrario que yo, no participaban en la tertulia ni se sentaban con los demás en el porche. Se limitaban a saludar educadamente y a meterse en casa, o a quedarse haciendo labores en la huerta.
Nadie, ni mis familiares ni ninguno de los amigos de mi tío, volvió a mencionar nunca a Vargas Montseny ni su desaparición. Fue como si aquel hecho no hubiera existido y el motivo de que los encuentros hubieran cambiado de ubicación se debiera a un mero capricho.
Como yo echaba de menos La Patagonia, convencí a mis padres para que me llevaran a merendar allí de vez en cuando. Disfrutaba escandalosamente de las mantecadas y de mi Kas de naranja, y solía tirarme al suelo para continuar mirando el laberinto de baldosas. Mientras estaba allí debajo, ellos solían acariciarme la cabeza. Aunque extrañaba a mi tío y a sus amigos, también me gustaba estar allí con mis padres. De alguna manera era como si les hubiera mostrado mi refugio, hasta que una tarde mi madre oyó decir a los de al lado: «Mira, esa es la mesa en la que se sentó Vargas Montseny». Y ya no volvimos más.
Unos años después, La Patagonia cerró por la jubilación de sus dueños, y pusieron una enorme tienda de lámparas que conservó su suelo original y sus grandiosas columnas. Quebró al poco tiempo. Finalmente, el local se renovó por completo, arrasaron con todo lo que había dentro creando un espacio diáfano, y se abrió una sidrería con una pequeña cetárea de marisco en la cristalera y luz blanca de fluorescentes.
No sé en qué momento dejé de ir a la tertulia de mi tío en el pueblo, cuál fue la última en la que estuve, por qué no volví a acudir. Tampoco le di importancia. Hay ciertas relaciones que no acaban, sino que, sencillamente, se disuelven en el tiempo. Lo que ocurrió, supongo, fue que crecí. Poco a poco dejé de ser aquella niña que se asomaba a las tinajas. Y ya no es que no quisiera acudir a la tertulia de mi tío, es que ni siquiera quería ir al pueblo.
Crecer fue una de esas cosas de las que no supe protegerme.
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Más desconocidos que todos los demás
Los martes era el día en que me tocaba quitar el polvo. Y eso, en mi Gabinete de Maravillas, se convierte en una labor minuciosa. Los objetos antiguos atraen al polvo casi tanto como a la nostalgia o a la ensoñación. Más aún cuando se tiene una casa llena de ellos. Por tanto, la rutina de los martes era imprescindible. Pensé que aquella tarea prolija y algo mecánica me ayudaría para hacer que mi cabeza frenara un poco tras la conversación con Ulises; nada despeja más las ideas que dejar un rato la mente en blanco, y nada resulta más difícil que eso: parar los pensamientos que ruedan pendiente abajo a velocidad supersónica. Además, para qué negarlo, me estaba muriendo de sueño. No sé huir de otra manera.
Bostecé, me froté los ojos con el puño en un gesto casi infantil que me dio más somnolencia, y comencé a limpiar los guantes de boxeo de piel de búfalo, el joyero chino con candado, la bocina, el cascanueces, las jarras de cerveza con forma de sirena, los gatos de porcelana, el calendario para 1910 de Mentholina Dentrífrica Pasta Pectoral del Dr. Andreu. Cuando pasé el plumero por la máquina de escribir Ideal (tan distinta a la Olivetti y la Underwood, de una negrura lustrosa, con un tamaño imponente), me fijé en lo de siempre: en los desconchones bajo la barra espaciadora, como mordiscos de ratón. Según pude averiguar, se trataba de las marcas que habían dejado los anillos de las secretarias cuando tecleaban. Teniendo en cuenta que era una máquina de escribir alemana de los años treinta, la imaginación me volaba y sentía escalofríos al pensar qué habían estado tecleando aquellas mujeres. Hay quien, ante un objeto que ha pertenecido a otras personas, experimenta una desagradable sensación de ser un segundo plato, que se incrementa si la pieza tiene algún tipo de marca, rotura o desperfecto. A mí me sucede todo lo contrario; esas muestras de su uso me aportan una extraña complicidad, un nuevo misterio y un
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compañero de juegos invisibles. Esos desconchones me resultan lo más valioso de la máquina.
Decidí sentarme a descansar un rato en la otomana, y aproveché esta parada para leer algunos e-mails, entre ellos, uno de Blas. Entre clase y clase, encerrado en su despacho del sótano, solía escribirme. Prefería esa comunicación pausada que la del teléfono. «Además, tengo una voz robótica que no me ampara en las llamadas», decía. Yo no estaba de acuerdo. De hecho, le había llamado, desquiciada, después de hablar con Ruth y, de nuevo, tras mi paso por la librería.
Querida raposa:
Ya sabes que no creo en Dios pero sí en la geometría, lo cual también es peligroso porque tiendo a que la vida tenga un equilibrio geométrico que no posee. Y todo esto de Tina desequilibra, claro, desequilibra mucho. Es un asunto muy misterioso, aunque no menos que otros que he vivido contigo. Puede que tal vez solo sea que nos falte información para unir los planos, y al final resulte algo bastante más sencillo de lo que imaginamos. Por supuesto, yo estaré a tu lado en este club de la niebla (me encantan los nombres que les pones a las cosas) investigando con pipa y gorra de cazador de gamos, que seguro que quedo muy resultón. Pero, ahora en serio, esto no es lo que me preocupa. Me preocupas tú, Alana. Sé cuánto te afecta lo relacionado con Vargas Montseny, y lo mal que lo pasaste cuando salió el libro de Ruth. Tienes algo ahí metido como una piedra en los pulmones que te impide respirar. Ya sé que no es del todo comparable porque en tu caso se une la desaparición de un escritor famoso, que no es moco de pavo, pero en el fondo, como hemos hablado muchas veces, esto se parece bastante al dichoso ingreso de mi padre, por el que te preguntas tú más que yo.
Cuando Blas era niño, tendría unos seis o siete años, un día llegó de la escuela y su padre no estaba. «Lo han ingresado. Volverá pronto», dijo su madre sin añadir otra explicación. Pero no regresó esa noche ni a la mañana siguiente. Por más que sus hermanos y él le preguntaran a su madre (ingresado en dónde, por qué, qué le ocurría), esta siempre daba respuestas vagas y, además, destempladas. Los callaba poniéndoles bruscamente el plato de comida delante, abrochándoles con dureza el abrigo, frotándolos con la esponja fuerte y rápidamente. No sabían si sus gestos escondían enfado o dolor. Les respondía de forma tan huraña, que acabaron por dejar de preguntarle. Unos meses después, Blas volvió a casa y se encontró con su padre en la cocina comiendo menestra como si tal cosa. «¿Dónde estuviste?», le preguntaron los niños. «No fue nada, ya os lo contaré», respondió él con la boca llena. Pero nunca lo contó. Cada vez que alguien, sin querer, hacía mención a algo que había sucedido mientras su padre no estaba, se producía un silencio, las espaldas se envaraban,
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bajaban las miradas y se intentaba obviar lo que acababa de suceder. El ingreso de su padre era un lugar por el que no transitaban, y, de hacerlo, lo hacían de puntillas.
«¿Y nunca le preguntaste, a él o a tu madre, si estuvo ingresado en un hospital, en un centro psiquiátrico, en una clínica de rehabilitación?», le repetía yo una y otra vez a Blas. «Su salud es buena, no parece tener problemas mentales y jamás le he visto beber ni tomar drogas. Si fue algo de eso, desde luego lo arregló», respondía. «¿Sabes siquiera si realmente estuvo ingresado, Blas?». «¿Le preguntaste alguna vez a tu tío por lo de Vargas Montseny, Alana? Pues es lo mismo. Nosotros lo dejamos ahí y ahí quedó», me soltaba cuando yo insistía demasiado. No, lo mismo no era, porque Blas no le concedía importancia. Su padre había regresado, todo siguió como siempre, y ya estaba. Para qué darle más vueltas. «Alana, yo no pregunto. Espero a que los demás me cuenten lo que me quieran contar». Eso era cierto. Incluso lo hacía conmigo, que era algo que me irritaba profundamente. «Por Dios, Blas», le reprochaba, «si ya lo dice mi madre: una cosa es ser prudente y otra prudentísimo. Que parece que no tienes interés».
Dudo, como barruntáis Ulises y tú, que el silencio que guardan tu tío y sus amigos, incluso tus padres, sobre la tarde que pasasteis con Vargas Montseny esté de algún modo relacionado con su desaparición. No sé a qué se debe, claro, pero probablemente a otras cosas. A algo, supongo, más parecido a lo del ingreso mi padre. Lo cierto es que todos esos acuerdos tácitos de silencio, en el que romperlos parece quebrar la base de convivencia o incluso de supervivencia del grupo, abundan mucho más de lo que crees en las familias. Me atrevería a decir que casi todas tienen uno.
Me ha venido a la mente una cosa que leí una vez, aunque no sé dónde. Escribí en el buscador algunas de las palabras que recordaba y resulta que era un poema de un tal John Clare (no tengo ni idea de quién será este buen señor) que dice así: «Hasta mis seres queridos, aquellos que amo más, / me son desconocidos, qué digo, aún más desconocidos que todos los demás».
En el fondo, es lo que te pasa, raposa. Es lo que nos pasa a todos, pero a ti te duele. Canor fue una persona muy importante en tu infancia, en tu vida, y te fustiga todo ese espacio que os separa, ese desconocimiento, ese rechazo que sentiste al hablar para el libro de Ruth. Te digo esto cuando sabes que yo no soy nada bueno dando consejos, pero creo, cariño, que lo que deberías hacer es hablar con tu tío.
Blas llevaba razón. Tenía que hablar con Canor.
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En el porche
Cada vez que los miembros de La Patagonia iban a mi pueblo, mis abuelos quitaban del porche la segadora, las azadas, las madreñas medio rotas y manchadas de tierra, la cesta de las manzanas y el balde de la ropa limpia, dejando únicamente la gran mesa con las sillas. Mi abuela sacaba una cantidad absurda de botellas de sidra, que nadie bebía porque se decantaban por llenar sus copas con el vino tinto que ellos mismos traían. También sacaba refrescos para mi tío, una infusión de flores de manzanilla para tratar de aliviarle el frío a Bode, que como se la servía ardiendo, el relojero tenía que esperar un poco para que no le quemara la lengua, y una botella friísima de vino blanco para Tina.
Los amigos de mi tío solían llegar temprano para aprovechar la tarde antes de que empezara la tertulia. Braulio traía en su mochila de cuero unas bermudas, una camiseta y unas chirucas. Un atuendo que resultaba impropio en él, casi como un disfraz. Les pedía a mis abuelos una bolsa de basura pequeña para ir recolectando por la huerta limones, peras y setas. Iba como un cohete. En media hora podía dar dos vueltas enteras. Con aquellos pantalones cortos se le veían unas canillas ridículas. Los demás se daban codazos los unos a los otros y señalándole con la cabeza decían: «El Marquesín». Aunque a mí a quien me recordaba Braulio en aquellos momentos era a una especie de profesor Bacterio. Después, con la bolsa de basura ya llena, se metía en el cuarto de baño junto a la escalera, el único que tenía una pastilla de jabón en el lavabo, se aseaba un poco y se ponía de nuevo su traje. Al sentarse a la mesa ya volvía a ser el Marqués. Incluso su barba parecía más cuidada. Aunque yo estaba acostumbrada al olor de la pastilla verde Heno de Pravia, que era la que siempre tenían mis abuelos, nunca me olió en nadie como en Braulio. No sé si era por la cantidad que usaba o por el contraste con su piel.
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«Este personaje», solía decir, «tiene claros rasgos narcisistas». «A mí lo que me parece es muy mala persona», apuntaba Rosalía. «Un hijo de puta, vaya», remataba Manuel Bode. «Bueno», continuaba Braulio, «es que un narcisista es lo que comúnmente se conoce como una mala persona o un hijo de puta». Repetía con frecuencia una frase que a mí me quedó marcada, y que he recordado mucho a lo largo del tiempo: «No hay reglas para vivir. Malogramos nuestra vida pensando que sí». No es que se trate de una frase excesivamente original, pero si te lo dice un psiquiatra parece que tenga relevancia. Braulio insistía en que estábamos muy confundidos sobre lo que era normal y lo que no. «Si vosotros vierais lo que yo veo», decía una y otra vez, «si supierais lo que hay por ahí, lo que se cuece en cada casa…». Aquellos comentarios ponían los dientes largos a los que estaban sentados a la mesa del porche, sobre todo a mi tío Canor y su alma de cotilla, que intentaba sonsacar a Braulio con insistencia, aunque nunca llegó a revelarnos nada. Pero dejaba algo en el aire, un misterio. Nos imaginábamos qué cosas terribles ocurrirían en las casas de los vecinos de Oviedo, lo que se llegaría a contar en aquella consulta, aunque él se limitaba a insinuarlo.
Solo contó uno de sus casos, y además lo hizo varias veces. No sé si porque le impresionó mucho o porque era el que solía venir más a cuento, como una síntesis de todos los demás. Aunque, por supuesto, no dio nombres ni apenas datos. Era el de una mujer que, antes de morir, había decidido confesarle al marido que había tenido una aventura. Y no con uno cualquiera, sino con su cuñado, el hermano de él. «Aquel hombre se quedó hecho polvo. ¿Y qué necesidad tenía ella? Ninguna. Se pensaba que así lavaría su alma, pero lo único que hizo fue enfangar la de su marido. Creemos que nuestras confesiones son actos de honradez, cuando muchas veces no son más que gestos egoístas. Está todo muy confundido». Mi tío recordaba con frecuencia esta historia y, cuando no estaba Braulio delante, les preguntaba a los otros: «¿Quién sería ella?».
Delia nos hablaba entonces del Ho’oponopono, de la sanación interior, del karma y de que todo aquello que das te lo devuelven. «Me extraña que no lleves un turbante, un colgante con un ojo y la muñeca llena de esas pulseras que van chocando entre sí cuando andas y suenan como un cencerro», le soltaba Bode. Delia estiraba el brazo, con la otra mano se daba en el reverso unos sonoros golpes, que tenían algo de desafío, y decía: «Es que me molestan». En realidad, no sé si esto sucedió en el
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porche o antes, en La Patagonia, porque Delia solo fue a una de las reuniones en el pueblo. Recuerdo esa escena, pero me es imposible ubicarla en un lugar concreto. De lo que sí me acuerdo es que en aquella velada que Delia pasó en el pueblo salió del porche en cuanto oscureció para mirar las estrellas. «Ven, ven», me dijo. «Míralas conmigo». Me extrañó que se refiriese a mí, porque yo, las estrellas de mi pueblo, ya las tenía muy vistas. «¿Siempre son las mismas?», le pregunté a su lado, en la huerta. «Los que no somos los mismos somos nosotros cada vez que las miramos», me respondió Delia.
En las reuniones del pueblo solían hacerme más caso. Puede que porque fuera creciendo o porque, al fin y al cabo, aquel era mi territorio. «¿Dónde está la cría?», oía que le preguntaban a mi tío los demás cuando yo andaba por la cocina con mi abuela o jugando detrás de la casa. Entonces me presentaba en el porche, y parecía que ese era el momento en que comenzaba la tertulia; no como si yo fuera un miembro más, sino una especie de talismán de La Patagonia. Y eso me hacía sentirme importante.
«Tienes que leer a Cortázar cuando crezcas, Alana, que serás muy feliz», me decía Rosalía rodeándome con aquel brazo suyo que tenía la textura de una bolsa de harina. Yo la adoraba. Me hubiera gustado decirle muchas cosas. Quería que no se fuera, que se quedara con nosotros. Cuando poco tiempo después murió su marido, Tomás, me sentí hasta culpable. Rosalía tardó tiempo en recomponerse y creo que nunca lo hizo del todo, pero no faltó a una sola reunión de La Patagonia.
«¡Que lea a Delibes, coño!», exclamaba Bode, quien por entonces ya había empezado a llevar la boina negra calada hasta las cejas. «Que todos somos el Búho». Manuel Bode despreciaba a los autores americanos, ya fueran del Norte o del Sur. «No tienen nada interesante que contar, y encima lo cuentan mal. Unos sin gracia y otros con demasiada». Soportaba a los franceses, le daban tirria los británicos y no tenía nada contra los rusos. A Bode quienes realmente le gustaban eran los españoles. Más aún si se trataba de clásicos. «Estos sí que escriben con precisión». «Precisión» era una palabra que Bode utilizaba mucho.
A Tina le tocaba sentarse junto a él porque, aunque no tuviéramos sitios fijados, repetíamos los mismos una y otra vez («En los toros se llama querencia», afirmaba Braulio), y se alarmaba cada vez que le veía con el cenicero. «¿Puedes quitar de mi lado esto, por favor?», decía temblorosa, llevándose la mano al cuello, cerrando con fuerza los ojos. «Coño, ¿ni aquí
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voy a poder fumar tranquilamente?». «No me importa que fumes, pero tira la ceniza en un vaso con agua». «Qué más te da, Manolo», agregaba Rosalía, «si total casi toda la ceniza te la acabas echando encima». Manuel Bode refunfuñaba un poco, y acababa levantándose para retirar el cenicero y pedirle a mi abuela un vaso. De la que entraba en la casa, se miraba las solapas de reojo y e iba limpiándoselas de ceniza.
Cuando la tertulia comenzaba, por la puerta abierta oíamos el tráfago de mi abuela en la cocina. Salía cada cierto tiempo, restregándose las manos en el mandil, para preguntarnos si necesitábamos algo. Y a la tercera salida, siempre a la tercera, mi tío le decía: «Que no, mamá, por Dios, que estamos bien. Ale, vete para Madrid, que es San Isidro». Ella asentía e, invariablemente, señalaba la bombilla que pendía de unos cables enrollados entre las vigas de madera del porche, y nos decía: «Qué bien os vino que pusiéramos esta luz aquí, ¿eh?». Luego se metía en casa, cerraba la puerta y se iba con mi abuelo a ver la televisión.
Mi tío, en aquellas tertulias, estaba en su salsa. Puede que le pasara un poco como a mí, que sentía que se encontraba en su territorio y eso le daba más pie para desplegarse. Se sentaba a la cabecera de la mesa, cruzaba los brazos por detrás de la cabeza, totalmente relajado, y empezaba con sus peroratas, tuvieran que ver o no con los libros de los que estuviesen hablando. Siempre tenía alguna historia loca que contar, siempre tenía algún comentario que añadir. En cada reunión solía sacar de casa alguno de los complementos estrafalarios que coleccionaba (y que mis abuelos le guardaban comprensivos en el desván y en algunos de los armarios). Si hacía frío, salía con el gorro ruso de piel de conejo y orejeras que un compañero le había traído de Moscú. También se ponía la gorra visera con dos grandes manos que aplaudían si tirabas de un cordón, el sombrero de bambú chino, la chilaba y las babuchas que había comprado en Argelia, alguna de sus múltiples camisas hawaianas («Me quedan de lujo y siempre encuentro talla», afirmaba) o cualquiera de sus pajaritas; su preferida era la naranja fluorescente. «Mi hermano está realizado», comentaba mi madre, riéndose, cada vez que se encontraba en el pueblo durante las tertulias y le veía con esas pintas y tan dicharachero. A mí aquellos atuendos me llenaban de felicidad. Mi tío Canor me parecía el ser más libre y más loco del mundo, y de niña lo veneraba. Alguien que hablaba de El conde de Montecristo con un tocado del pato Donald en la cabeza. Sentía que él me hubiese dado mi primer cigarrillo, si fumara, o mi primera copa, si bebiera.
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Sin embargo, a pesar de que en las tertulias de La Patagonia en el pueblo estuviera a sus anchas, por desgracia seguía teniendo sus días bárbaros. Con el tiempo, y con el cambio de ciertas circunstancias, estos episodios cada vez me irritaban más, así que cuando mi tío sufría una de sus crisis, yo me levantaba sigilosamente de la mesa e iba con mis abuelos a ver la televisión.
Fue en una de esas reuniones en mi pueblo cuando se decretó un nuevo rito para los miembros de La Patagonia: celebrar una vez al año uno de sus encuentros en «el lugar al que no va nadie». Rosalía, que fue a quien se le ocurrió la idea, se puso tan contenta por la aceptación de la propuesta, que dijo que el corazón le hacía el pino. No sé si es que yo estaba sugestionada por esta frase, pero me daba la impresión de que cada vez que Rosalía se alegraba, un bultito parecía saltarle dentro del pecho. «Pues yo lo considero una cosa muy seria». «Y lo es, Bode, y lo es», apuntó con calma Braulio. «Sé que es un homenaje, pero a mí me da un no sé qué», dijo Tina. Mi tío, a su lado, la cogió por los hombros y la sacudió entera. «Qué te va a dar, Tinina, qué te va a dar». A los demás nos sobresaltó esa manera de solmenarla, como cuando alguien sacude bruscamente una pieza de cristal muy fino. Aunque ella insistía en que estaba en una forma física espléndida, que hacía pesas, que iba al gimnasio, que paseaba durante horas y que pasaba temporadas haciéndose tratamientos en los balnearios («Claro, como está holgada…», susurraba Bode) porque seguía a rajatabla la creencia de los griegos de que había que cuidar el cuerpo como se cuida la mente, no acabábamos de creérnoslo del todo. A veces no es quién eres, sino la impresión que das. Y Tina daba la impresión de ser una flor de tallo fino y que, al sacudirla, se le empezarían a caer los pétalos.
A mí también me había encantado la idea de reunirnos en «el lugar al que no va nadie», pero mi tío solo me llevó una vez a uno de esos encuentros, y sin que se enteraran mis padres.
En una ocasión, Rosalía comentó que hacía cien años, Agatha Christie viajaba a bordo del Majestic y apuntaba los menús que comía: ostras, crema de tomate, rodaballo hervido a la Victoria, mollejas, milanesa, pavo de Vermont asado, ensalada, pasteles y otro tipo de postres. «Me imagino a tía Agatha», dijo Rosalía, «sentada en la cubierta del Majestic haciendo otra lista paralela, que probablemente se traspapeló, en la que apuntaba que el cianuro quedaría bien en las ostras, con el pavo de Vermont mejor
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usar arsénico, fósforo para los pasteles, y cosas así». Era la primera vez que oía nombrar a Agatha Christie, y aquello hizo volar mi imaginación lejos de allí. Mientras a mí me había hecho fantasear, al resto el comentario de Rosalía les dio hambre, así que mi tío se levantó para coger de la encimera los embutidos cortados, las lonchas de queso y la empanada que había hecho mi abuela. A Tina le había preparado, como siempre, una ensalada de tomate y cebolla. «¿Os imagináis que, en cuanto acabáramos de comer esto, viéramos que en el fondo de las bandejas alguien hubiera escrito: “Han sido ustedes envenenados”?», preguntó Braulio mientras cenábamos. «¡Oh, eso sería fantástico!», dijo Rosalía. «¡Mamá!», berreó mi tío. «¿Os queda matarratas? Que esta gente quiere divertirse». Todos nos reímos. Al poco, mi abuela asomó la cabeza por la puerta. «Matarratas no, hijín. Pero tenemos veneno para babosas. ¿Os vale?».
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Un giro inesperado
Mi tío albergaba la costumbre de llamar a mi abuela todas las mañanas al levantarse, ya estuviera trabajando en cualquier lugar del mundo o en el mismo Oviedo. Eran unas llamadas cortas, casi como un parte militar, que consistían básicamente en decir yo sigo aquí, tú también sigues, buenos días y hasta mañana. Cuando mi abuela murió, a mi tío no se le quitó ese hábito de coger el teléfono al despertarse, de seguir cumpliendo con su ritual, así que siguió haciéndolo, pero con un pequeño cambio de destinatario: llamaba a mi madre. Estas nuevas conversaciones matutinas entre mi madre y él eran, curiosamente, un poco más largas. Además de darse el parte, se contaban de forma breve lo que habían hecho y lo que iban a hacer, hablaban de nosotros, cotilleaban un poco sobre conocidos comunes y se despedían con Dios y con la mano en el carro. Por lo tanto, a mí me resultaba muy fácil saber dónde se encontraba mi tío cada día porque entre él y yo había una intermediaria.
Aquella mañana mi madre me dijo que Canor seguía en Oviedo, que no se iba a ir al pueblo y que saldría a dar uno de sus paseos, así que puse la maquinaria en marcha. Pensé que sería más fácil toparme con él por la calle, preguntar cómo se encontraba, charlar un rato y sacarle el tema, que no hacerle una llamada a puerta fría pidiéndole el teléfono de Joaquín y que intercediera por mí ante el viudo de Tina.
Desde que se había jubilado, Canor había mantenido la promesa que le había hecho a su madre de salir a caminar todos los días con la esperanza de lograr perder algo de peso. «Tu tío engordó cuando empezó a trabajar por el mundo y tuvo que andar comiendo por los restaurantes», solía decir mi abuela. Pero lo cierto es que desde niño había sido rechoncho. Las fotos nunca mienten. Él caminaba, como había prometido, aunque tampoco adelgazaba mucho porque, según reconocía, de camino a casa solía pararse en un bar a tomarse un agua con gas y un pincho de bonito
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con mayonesa. O dos. «Serán más bien dos la mayoría de las veces», barruntaba mi madre. «Que tiene que recuperar fuerzas». Sus paseos eran sumamente rutinarios: se vestía de deporte (o lo que entendía mi tío que era vestirse de deporte), bajaba desde su casa a la calle Jovellanos (un trayecto de unos veinte minutos) y la recorría entera, arriba y abajo, cuatro veces, como un autómata. Después daba su paseo por concluido. Cuando mi madre le sugería que cambiara alguna vez de ruta, él replicaba: «No me jodas, Juana, que pensar es muy complicado. Con caminar tengo bastante».
Aquella mañana, tras hablar con mi madre, fui hasta Correos a enviar a Bayona una lámpara de mina que me habían comprado por la web, y después me puse a recorrer Jovellanos con la intención de cruzarme con mi tío en algún momento.
Le vi de lejos. Venía caminando con su velocidad de crucero, bamboleándose, con un chándal de táctel verde, blanco y negro. Al verme, levantó mucho las cejas y empezó a mover los brazos en un gesto que, más que de saludo, parecía un torpe movimiento de aerobic. O tal vez fue la impresión que me dio al verle así vestido.
—¡Vidina! ¿Cómo tú por aquí? ¿Vienes de Correos?
—Sí, acabo de enviar un paquete. —Y no mentí—. Pasé por aquí por si te encontraba, para ver cómo estabas. —Seguía diciendo la verdad, solo que ocultaba algunos datos.
—Pues muchísimas gracias. No sabes cuánto me alegro de verte. No sabes cuánto. —Aquella alegría de mi tío me pareció tan sincera, que incluso me sentí culpable por tener intenciones secretas—. ¿Quieres tomar algo?
—¿Vas de regreso?
—Sí, yo ya cumplí. Di cuatro vueltas como un señor.
—Entonces te acompaño un rato.
—Pues venga.
Me sorprendió que mi tío Canor acompasase su paso al mío y fuera más despacio. También le notaba algo diferente. Ya no estaba aplatanado, ausente, raro. Algo en él, aunque no sabía muy bien qué, había cambiado desde el día anterior. Había pasado demasiado poco tiempo para que empezara a asumir tan rápido una muerte.
—Eh —dijo cogiendo la tela de la manga del chándal entre el pulgar y el índice—, comprado en 1989. A ver cuántos pueden decir que le vale la
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ropa de hace treinta años. Que me ha costado mucho mantener este tipo a lo largo del tiempo. Si es que soy un gentleman.
En las tres o cuatro veces que nos habíamos encontrado en Jovellanos me había dicho exactamente lo mismo. Curiosamente, en todas las ocasiones yo también venía de Correos. Al toparnos de frente con el parque San Francisco le miré de soslayo porque para él era un lugar espinoso, pero continuaba hablando como si nada. Por fortuna, esa era una de las veces en las que pasar por allí no le afectaba. Estaba sopesando de qué forma sacarle la conversación de Tina, cuando me sonó el teléfono. Era un número desconocido, así que supuse, acertadamente, que era algo del trabajo.
—¿Sí?
—¿Es Calume?
—Sí, soy yo.
—Uy, no me imaginaba una voz tan joven. —Lo de siempre—. Bueno, que me dijeron que la llamara porque, mire, yo cuido a una señora que ya es muy mayor y sus abuelos fueron fotógrafos. Tiene por aquí muchas cosas que igual a usted le pueden interesar.
—¿Y por qué no me llama ella?
—Porque ya está muy mayor, como le digo.
—Pero ¿está senil? —pregunté, porque hay que tener cuidado con ciertas cosas.
La mujer me contó entonces una historia que reconozco que me interesó.
—¿Cuándo podría pasarse por aquí?
—Mañana mismo —contesté.
Me dio la dirección, que memoricé para luego apuntarla en el móvil, y nos despedimos hasta el día siguiente. Mi tío, que había estado mirándome de reojo mientras caminábamos, me preguntó quién era, y cuando le conté la historia, le fascinó. Tenía varios elementos que le interesaban: herencias, pasado, familias, poca pensión, y la ligera sospecha de que la mujer podía estar usando el frágil estado mental de su empleadora para lucrarse vendiendo sus recuerdos. Aprovechó entonces para contarme algunas de las discordias que había habido en nuestro pueblo a causa de las herencias:
—Si yo siempre lo digo. Cada vez que me comentan que en una familia se llevan muy bien, pregunto: «¿Ya partieron? ¿No? Pues espera a
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que hereden y partan. Entonces veremos lo bien que se llevan».
Íbamos subiendo la calle Toreno y el día estaba empezando a torcerse. Como si alguien, poco a poco, fuera bajando la luz. Como un mal presagio. El cielo iba cogiendo el aspecto de un disco de pizarra. Pero aquella conversación sobre las herencias me venía estupendamente, pues me daba pie para hablar de Tina, de su legado, y pedirle el teléfono de Joaquín para interesarme por él.
Nos callamos un momento. Estaba pensando en cómo sacarle el tema.
Lo que yo ignoraba era que mi tío callaba por lo mismo.
—¿Sabes que fue ella quien se tiró?
Me quedé parada en la calle.
Pero él siguió caminando.
—¿Te refieres a Tina? —pregunté, dando una carrerilla para poder alcanzarle y volver a estar a su lado.
Afirmó una, dos, tres veces.
—¿Quieres decir que… que se suicidó? —Me resultaba difícil pronunciar aquel verbo.
—Sí, hija, sí —dijo cruzando los brazos por detrás de la espalda en un gesto que me recordó a mi abuela—. Ayer, después del funeral, Joaquín me apartó para contármelo. No quiere que lo sepa mucha gente, solo aquellos que eran de la máxima confianza de Tina. Sus hermanas, sus primas, yo… Ay, rediós. —Canor meneó la cabeza de un lado al otro y tragó saliva—. Así que a los demás tampoco les dije nada.
—¿Y a mamá? ¿Se lo contaste?
—¿A tu madre? ¡A tu madre menos que a nadie! Con lo aprensiva que es. Calla, calla. Te lo cuento a ti, que eres distinta, que te pareces más a mí, y porque a alguien tenía que contárselo. Que yo seré de piedra, sí, pero pómez. De piedra pómez, que es porosa y de baja intensidad. Pero no lo vayas diciendo por ahí, ¿eh?
—No te preocupes, que no digo nada —mentí, sabiendo que iba a incumplir mi promesa.
—Hombre, si quieres, sí se lo puedes decir al matemático, que ese bien sé que es una tumba. —Me pregunté si Canor había llegado a aquella conclusión por las pocas veces que había coincidido con Blas (en tres o cuatro comidas familiares, en algunos encuentros en el rastro los domingos) o por los comentarios de mi madre—. Es que, hija del alma, es todo tan desagradable. Fíjate que el pobre Joaquín, con todo lo que tenía
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encima, además tuvo que hablar con la policía. Porque una muerte así, pues ya sabes, tenían que comprobarla. —Sí, lo sabía, aunque me callé esa información—. Pero, bueno, él y una hermana de Tina hablaron con ellos y ya quedó todo aclarado.
—¿Y cómo supieron que se trataba de un suicidio? ¿Dejó una nota de despedida o algo?
—Pues más o menos. Resulta que estaba enferma.
Rápidamente supuse de qué.
—¿Y tú lo sabías, tío?
—No, no, qué va. Si acababan de diagnosticarla, hará como dos semanas, según me dijo Joaquín. Lo sabía él y nadie más. Ni a la familia quiso decírselo. Estaba ya en fase terminal, no había nada que hacer. Tanto miedo que tuvo siempre de que a ella le tocara, y ya ves. Su abuela, su prima, su tía y su madre, claro, con la que pasó las de Caín. Y ahora ella. La genética es cruel de cojones.
—Madre del amor hermoso…
Sentía cómo mis pulmones se iban llenando de algo viscoso y oscuro, de una pena que me daba frío. Como cuando entro en casas que llevan mucho tiempo cerradas y descubro que sus enseres han sido devorados por la humedad.
—Pues sí, vidina. Al parecer, decidió cortar por lo sano, porque ya había visto demasiada agonía.
—¿Se lo dijo al marido?
—No, fue peor. Ay, Tinina del alma, tú siempre con tus cosas raras. Genio y figura hasta la sepultura, y nunca mejor dicho. —Mi tío negó un par de veces con la cabeza y suspiró—. Total, que el sábado por la mañana Joaquín se iba al tenis, y ella, supuestamente, a pasear. Y cuando él estaba sentado en la cama poniéndose los calcetines, Tina se le planta en la puerta de la habitación, le mira muy fijamente y le dice: «Perdóname». Y, sin más, se marchó de casa. Pobre hombre… Si vieras el dolor con el que lo contaba, lo culpable que se sentía por no haber entendido qué iba a hacer. Pero como era así de exagerada, pues pensó que se lo diría por cualquier cosa, por haber roto la taza del desayuno, o incluso por enfermar, vete tú a saber. No le dio mayor importancia. Le dije que no se preocupase, porque yo tampoco se la habría dado. Luego, al ir a coger el coche, Tina se encontró con la hermana con la que comparten garaje, con Marina. ¿Sabes
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cuál es? La más hippie de todas, una que lleva el pelo muy largo, por la cintura.
—No la tengo presente…
—Da igual. Marina la encontró muy rara. Tina se tiró a abrazarla y, aunque no recuerda con exactitud lo que le dijo, fue algo así como que la quería mucho, que las quería mucho a todas, y que no lo olvidara. Marina, que no sabía nada del diagnóstico, se preguntó qué bicho le habría picado. Le pasó como a Joaquín, que tampoco entendió que se estaba despidiendo de ella. Y es que a las claras no podía hacerlo, porque se lo habrían impedido, digo yo. Luego Tina cogió el coche…
—Y fue a tirarse a un desfiladero. Lloviendo.
Lo dije con más pasmo que misterio. Con frío en todo el cuerpo. —No pierdas cuidado, que igual lo hizo así porque los griegos se
tiraban del monte, o porque ese puto camino en otros tiempos fuera sagrado, o porque había sido feliz en aquella ruta de los cojones. O quién sabe. Y lo de llover, qué iba a importarle. Cuando ella se emperraba en algo era como Napoleón, daba igual que tronara, que nevara o que hubiera un terremoto. Que, por cierto, hablando de llover, la que se nos va a caer encima.
El disco oscuro de pizarra que era el cielo giraba encima de nosotros. Las calles tenían el color de las palomas, ese gris triste, ruinoso, con destellos de azul.
—Supongo que es bastante difícil de digerir —le dije a mi tío, porque a mí también me lo resultaba.
—Pues mira, al contármelo Joaquín, la verdad es que me quedé acojonado. Cuando fui a tomar algo con los de La Patagonia, no pude decir ni una palabra. Pero luego, mientras estaba en el sofá comiendo pan tostado y viendo una película de Manolo Gómez Bur, que a mí ese actor me relaja muchísimo, decidí que, oye, era mejor y que tenía que sentirme aliviado. Porque enterarte de que se va a morir alguien que ya se ha muerto, pues como que afecta menos. Y que si se fue de esa manera, fue porque ella quiso.
—Hombre, visto así…
—Si es que la vida no te la puedes tomar de otra forma, Alana. Ya sabes que si hace sol, saco la gorra, y si llueve, saco el paraguas. Que yo gorras y paraguas tengo de sobra. Todo lo demás son complicaciones. ¿Que hay algo en lo que no quiera pensar? Pues paso el típex por aquí —
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Canor apretó el pulgar contra la frente y lo movió haciendo una raya— y a otra cosa.
«No sé si mi hermano es muy listo o si es un memo», solía decir mi madre. «Ahora, lo que sí sé es que es una suerte ser como él». Se refería a que mi tío Canor parecía tener una gran entereza, pero era una entereza casi infantil. Ante los problemas, se hundía rápidamente, se quedaba alelado, como si le faltara un verano. Pero, con la misma celeridad, volvía a hincharse como la leche al hervir. Al igual que con sus días bárbaros. Así que cada vez que se vanagloriaba de que él no sufría si no quería sufrir, o al menos lo justo, porque sería de piedra, pero de piedra pómez, mis padres y yo siempre estábamos a punto de soltarle lo de su historia de amor no correspondido, cuyos arrebatos sí que eran cortos pero constantes en el tiempo, y que tal vez, precisamente por eso, no hubiera prosperado por este empeño de no actuar y tratar de esperar a que se le pasase el amor como el que aguanta la respiración debajo del agua. Estaba probado que no funcionaba porque, como él mismo repetía, su vida consistía, una y otra vez, en olvidar a Bárbara. Pero callábamos. Callar es la regla de mi familia. Y, según Blas, de la de todas.
—Bode comentó en el funeral que igual Tina se había tirado por el barranco porque hacía mucho que no la veía pasar frente a la relojería. Entendí la primera parte, que ha resultado ser cierta, pero no la segunda.
La lluvia empezó a caer, fina y tímida. Nosotros fingimos no hacerle caso.
—Sí, también lo dijo en la cafetería tomando algo. Yo, ni una palabra. Como si no fuera conmigo. —Supuse que aquella actitud de Canor no había extrañado a los de La Patagonia. Al fin y al cabo, era casi la misma que mantuvo en el funeral—. Ya sabes que Bode tiene la relojería muy cerca de la casa de Tina y, al parecer, la veía pasar mucho por la calle. Pero hacía unas semanas que no, que no la veía tanto. Dedujo entonces que no salía por culpa de una depresión. Y, mira, el muy cabrón acertó. Si es que Bode parece que no, pero se fija en todo. Está todo el día espiando, como un búho. Si quieres saber algo de alguien, pregúntale a él. Otra cosa será que te responda, claro.
Comenzó a llover a cántaros.
—Tío, será mejor que nos metamos en un bar a tomar algo.
—¿Tienes prisa? —Aquella pregunta tenía tono de proposición.
—Bueno… no.
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Por las mañanas no solía tener demasiados clientes, y si alguno venía al gabinete, podía dejarme un mensaje dentro del buzón de madera húngaro que tenía colgado en la puerta. Todo lo demás que debía hacer era aplazable.
—Entonces vamos a mi casa, que tengo unas delicatessen que te van a dejar pasmada.
—¿A tu casa?
—¡Coño, estamos aquí al lado! —Señaló hacia la izquierda—. ¿Qué pensáis? ¿Que vivo en el extrarradio? Ay, la gente del centro…
No me había dado cuenta de lo cerca que estábamos de Valentín Masip.
Para mí esa era la zona donde vivía mi tío y, también, el barrio de los afiladores. Esto se debía a uno de los cuentos de Canor, ya que junto a su casa había un viejo garaje mugriento y él me decía que desde allí era desde donde salían todos los afiladores en sus bicicletas cargadas con la piedra de afilar y las flautas de pan al cuello para recorrer las calles. «Si es que viven ahí todos juntos. Escucha, escucha. ¿No oyes el chiflo?». «¡Sí, sí, lo oigo!», decía yo, ingenua, con una imaginación avivada. Tardé más años de los que me gustaría reconocer en comprender que, lógicamente, no era más que una de esas falsas verdades que se cuentan a los niños, como cuando mi padre me dijo que el cielo se acababa en China o mi abuela me asustaba con que si me dormía con las horquillas puestas se me clavarían en el cerebro. Pero cuando oigo, cada vez menos, a lo lejos la musiquilla de un afilador, no puedo evitar pensar que sale del garaje junto a la casa de mi tío, al igual que se quedó en mí la imagen de China sin cielo y jamás volví a ponerme horquillas.
Valentín Masip es una calle ancha, arbolada, con tantos comercios y vida que casi parece una ciudad entera. La inmensa carnicería roja, la tienda de fotos, la librería con nombre de estrella, los bares, la confitería, el supermercado, la joyería, las boutiques, la óptica… La gente iba y venía con prisa, huyendo de la lluvia, y otros, más calmados, habían sacado sus paraguas plegables.
Hacía más de veinte años que no pisaba la casa de mi tío, a pesar de todas las noches felices de mi infancia que pasé en aquel lugar. Ni siquiera podía precisar la última vez que dormí en ese piso. Mi tío y yo seguimos viéndonos en la casa de mis abuelos, en la de mis padres, en el pueblo, en los restaurantes, pero ya nunca más allí. Abandoné la casa de mi tío al
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abandonar la infancia, y sin ninguna razón aparente. Crecer, aquello de lo que no había sabido protegerme, era una excusa suficiente para demasiadas cosas.
Ni él ni yo hicimos referencia a aquella larga ausencia. Supongo que nos amedrentaba el temor de que, al mentarla, algo se desvaneciera. Mi tío Canor se comportaba como si yo hubiera estado allí la semana anterior, y traté de que no se me notara el impacto de volver a ese lugar de mi infancia que se mantenía en el recuerdo, el asombro que eso siempre conlleva. Por una parte, estaba prácticamente igual (allí continuaban los minerales, los libros, las cintas de vídeo, las lamparitas que habían pertenecido a mis padres…), pero, por otra, había ciertos cambios, algunas cosas nuevas, muebles que no se encontraban en su sitio, novedosas adquisiciones. Era como toparse con alguien a quien conoces, solo que en esta ocasión se ha maquillado y lleva un corte de pelo distinto.
Me sorprendió la limpieza de la casa. Estaba impoluta. Antes yo no reparaba en eso. Además, desde hacía tiempo estaba acostumbrada a que la guarida de mi tío fuese la casa del pueblo, donde había cacharros por todos los sitios, una mezcla caótica de lo que él tenía y mis abuelos habían dejado. El motivo de que sus dos casas presentaran un aspecto tan distinto es que Canor tenía a una señora de la limpieza en Oviedo que venía dos veces por semana. En el pueblo, mi tío era quien debía establecer un orden; en la ciudad, solo tenía que mantenerlo. Como un statu quo que se viera incapaz de romper.
Mientras él iba por unas cosas a la cocina, y yo miraba de reojo y con nostalgia el sofá cama en el que tantas noches había dormido, me instó a sentarme a la mesa del comedor que, sin duda, antes no estaba allí. Era redonda, con cuatro sillas muy endebles y, por la forma y la calidad de la madera, enseguida deduje que la habría sacado de no se sabe dónde (tal vez del cuarto de los trastos de alguien) y le había dado una capa de barniz. Era horrorosa. Pero encima de ella, como contraste, había una pieza que llamó mi atención. Un enorme cenicero de cristal de Murano, amarillo y transparente, deslustrado. Las manos se me fueron a él como los pies helados van al fuego, o las urracas a los objetos brillantes.
Mi tío volvió sin ningún plato, pero con los brazos llenos.
—La gente venga a gastarse fortunas en esos lugares superferolíticos, y la mayoría, si cerraran los ojos, no sabrían distinguir un vino tinto de un blanco. Lo que yo te diga.
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Posó encima de la mesa una botella de un litro a medio beber de Coca-Cola de vainilla, un bote de dátiles envueltos en beicon, una bolsa de patatas con sabor a gambas y un sobre de fiambre de pollo relleno.
—Esto ni en Arzak, vidina. ¡Ni en Arzak! Eh, y todo a buen precio. Probablemente yo era la única que disfrutaba de los estrafalarios
banquetes de mi tío tanto como él. Pero en ese momento otra cosa ocupaba mi mente y mis manos.
—¿Cómo es que tienes tú un Sommerso? —le pregunté acariciando con mimo la pieza de cristal de Murano.
Canor esbozó una sonrisa que no supe si era triste o misteriosa.
—Adivina quién me lo regaló.
—No sé. ¿Un conde italiano?
—Casi. Tina.
Los objetos me hablan, como a un forense le hablan los cuerpos. Tengo una vinculación especial con ellos. Pero si agarré aquel cenicero no fue por una intuición, sino porque se trataba del objeto más valioso del apartamento. Calculé que valdría unos mil euros.
—¿Tina? —pregunté, un poco ruborizada por haber mentado sin querer la soga en casa del ahorcado.
—Eso es. Así que si estás pensando en que te lo dé para venderlo en tu gabinete —sí, lo había pensado—, lo siento, reina, pero no te lo doy.
—Creía que ella odiaba los ceniceros.
Parecía que aquel día todo lo que sabía de Tina, o que creía saber, se venía abajo.
—¡Sí, hombre, sí! Pero eso fue luego. Con el tiempo comenzó a acumular manías. Un día le empezaron a angustiar las amapolas, otro fueron las figuras de gatos, después las neuras por los ceniceros…, y me fue dando todo lo que tenía por casa. Aquel cuadro —señaló al fondo, junto al cuarto de baño, una pintura de un campo de amapolas—, un siamés precioso con pelo y todo, y esto. De joven no era tan rara. Bueno, normal, lo que se dice normal, nunca lo fue del todo. Ay, Tinina. Tinina del alma.
Hablar de los muertos no solo los trae de vuelta, sino que creemos saldar así con ellos una deuda que nos corroe. Supuse que mi tío anhelaba aquello. Y yo, de algún modo, también.
—Tío, ¿cómo decías que os habíais conocido Tina y tú?
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Tina
Mi tío y Tina se habían conocido en la cafetería de la facultad gracias a amigos comunes, echando partidas de cartas. Ella no era jugadora, así que se dedicaba a apuntar las bazas. Estudiaba Biología casi como si fuera una distracción, con esa calma del que no necesita una carrera para ganarse el pan y probablemente no fuera a ejercer nunca, lo que la hacía parecer un bicho raro en aquella mesa llena de hijos de obreros con becas. Pero Tina Flórez, silenciosa, educada, siempre correcta, no ofendía a nadie, aunque sí lo hiciera de alguna forma su presencia.
La amistad entre mi tío Canor y Tina se labró de vuelta a casa, un camino que, por proximidad, hacían juntos, mientras los demás tiraban para otro lado. Mi tío encontró en ella a un público ideal. Jamás le interrumpía, se mostraba atenta a cada cosa que le contara por muchas veces que se lo repitiera, y no parecía tener el más mínimo interés en hablar de ella. Empezaron a quedar a diario en el semáforo por las mañanas para ir a clase, y se buscaban a la salida para bajar juntos.
Los Flórez habían sido pioneros de la metalurgia en Asturias y su reinado seguía vivo. Era una familia reconocida, acaudalada y extensa. Tina tenía cinco hermanas y, como era tradición en la familia Flórez, todas ellas llevaban un nombre con la misma terminación. Tina, Paulina, Regina, Carolina, Catalina, y Marina. Lo que también se aplicaba a sus primas (un inmenso rebaño de Linas, Finas y Minas), aunque el nombre que más se repetía en la familia era el suyo, Tina, por haberlo llevado su famosa bisabuela. Eran tres: Tina Oviedo, Tina Perú y Tina Bruselas. Suerte que, al menos, ninguna de ellas vivía en el mismo país. Pero entre las tocayas Flórez había una relación especial y, desde niñas, tomaron la costumbre de escribirse cartas. Tina solía hablar de la ilusión que le hacía encontrarse en el buzón aquellos sobres de correo aéreo con franjas rojas y azules en su contorno (a mí, aunque nunca había recibido ninguno, también me
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maravillaban). No podía esperarse a llegar a casa; ya los abría en el ascensor. Después de leer las cartas de sus primas desde el extranjero, se sentaba a contestarlas. Se tomaba su tiempo, meditaba el contenido, se esforzaba en la letra, las repasaba al día siguiente. «Un teléfono para qué, ¿eh, Tinina? Que eso es de proletarios», se mofaba mi tío. «De gente que tiene cosas que hacer, vaya».
En los veranos de su infancia y adolescencia, todas las Flórez distribuidas por el mundo se reunían en la inmensa casa familiar de Luanco, junto al mar. Eran más de veinticinco niñas, de edades muy similares, y aquello parecía un internado. Ocupaban la playa casi por completo, alquilaban un autobús para ir de excursión, cuando comían en el jardín la gente que pasaba por allí pensaba que se estaba celebrando una fiesta. Por eso para Tina septiembre era un mes tan duro. A pesar de vivir con cinco hermanas, cuando regresaba a Oviedo sentía que el piso estaba casi vacío.
El resto del año se dedicaba a escribirles a sus primas unas largas y meditadas cartas en las que iba practicando el arte de la caligrafía. Recuerdo su letra tan hermosa, los apuntes que tomaba en su cuaderno y llevaba a La Patagonia; apetecía enmarcarlos.
Sus hermanas se casaron jóvenes y, en un corto periodo de tiempo, se fueron marchando de casa. Pero volvían con frecuencia a ver a su madre y, sobre todo, a Tina, que, desde corta edad, despuntó como cabeza de familia. Era la que cuidaba a la madre y pasaba las noticias con su estado, la que mantenía una comunicación más fluida con las Flórez que estaban repartidas por el mundo, y la que se hacía cargo de los problemas de cada una de ellas. Además, desde su juventud, se dedicaba a recopilar la historia de la familia. Recortaba todo lo que de ellos salía en la prensa, llevaba un archivo de fotos, tenía libretitas en las que apuntaba nacimientos y muertes, elaboraba concienzudos árboles genealógicos, cuidaba de que no se perdiera ninguna reliquia. Supongo que en eso, en ese empeño de guardar, se parecía en algo a mi tío.
«Si es que hueles a alcanfor, todo el día ahí encerrada, escribiendo y leyendo a los griegos, que pareces una monja tibetana», le decía Canor. Cuando acabó Biología, se puso a estudiar Filología Clásica, y mi tío era el único que conseguía sacarla de casa. Comenzó a llevársela a todas partes. La arrastraba hasta los mercadillos, los cines y las hamburgueserías grasientas.
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Un día paseaban los dos cerca de la tienda de numismática, cuando vieron a una señora que intentaba ahuyentar con su paraguas a un pavo real que se había escapado de los jardines del Banco de España. «¡Haga el favor!», gritó Tina con tanta determinación que mi tío se asustó. «¡Como se le ocurra seguir agrediéndolo, seré yo la que me ponga a darle a usted paraguazos!», dijo arrebatándole a la señora el paraguas en un gesto feroz, mientras mi tío no daba crédito a lo que estaba ocurriendo. «¡Pero tengo miedo de que me rompa las medias a picotazos!», replicó la mujer. «¡Ni medias ni nada! ¡Sinvergüenza!».
«Si es que era un peligro», decía Canor. «Mira que yo no conozco a persona más prudente, pero ya ves. Le regalaban unas pastas carísimas y, delante de ellos, se ponía a deshacerlas en migas para dárselas a las palomas. Les reprochaba a los vagabundos el estado en que tenían a los perros, y que no se te ocurriera matar delante de ella una araña. Si es que la pobre no entendía el mundo».
Cuando mi tío Canor empezó a marcharse a las plataformas petrolíferas, Tina también empezó a enviarle sus largas cartas, aunque parecía que era ella la que se había aislado más que él. No solo con la ausencia de su único amigo, sino con el empeoramiento de su madre; ya apenas salía de casa. Fue entonces cuando a mi tío se le ocurrió meterla en la tertulia literaria para distraerla un poco; el resultado fue incluso mejor del que esperaba. Con los años logró hacerse tan amiga de los otros que Canor llegó a sentirse algo desplazado, aunque ella continuara relatándole en sus cartas todos los detalles y Rosalía le llamara a la plataforma los meses en que no estaba para hablarle de los libros que comentaban.
Sin embargo, la madre de Tina continuaba empeorando. Ya ni siquiera podía salir de la cama. Aquella agonía, de la que había muerto su abuela y dos de sus tías, también le tocó a su prima. Y, precisamente, a su prima preferida. Eso lo recuerdo bien, porque yo estaba allí, en La Patagonia, con mi Kas de naranja y mis mantecadas, mirando el laberinto del suelo, cuando Tina se puso a llorar. «Se ha muerto mi prima Tina Perú». Yo me reí y mi tío me dio una patada por debajo de la mesa. Pero es que «prima Tina Perú» me pareció una frase muy graciosa.
Tina Oviedo, madrina de varios de sus sobrinos, parecía destinada a ser la perfecta tía soltera de la familia, y por eso resultó tan sorprendente que conociera a Joaquín. Comenzaron su relación cuando él ya había cumplido el medio siglo, pese a que no lo aparentaba, y ella era un poco más joven.
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Fue un noviazgo muy sosegado y pronto se oyó la palabra «matrimonio»; ninguno de los dos estaba para perder el tiempo. Al casarse, Joaquín se fue a vivir al piso con ella y con su madre, que fallecería unos meses después de la boda. «Yo me casé tarde y bien, y para casarse bien nunca es tarde», solía decir Tina en el porche de mi pueblo. Aunque en La Patagonia celebraban la felicidad de los demás, también la consideraban sospechosa, digna de revisión. Algunos sostenían que si Joaquín, hombre tradicional donde los hubiese y de misa casi diaria, se había casado a esas alturas con Tina era precisamente por su familia y por su vida recta y recatada, lo que no podía conllevar mucho jolgorio. «Seguro que estos duermen en habitaciones separadas», le escuché decir una vez a Bode. «Pues al menos duermen en casa con alguien, no como tú y yo, Manolo», le soltó Canor.
—Si la hubieras visto arrebatándole el paraguas a aquella paisana… — volvió a repetir mi tío, riéndose melancólicamente, por tercera vez en la tarde. Después se comió el último dátil envuelto en beicon.
Había pasado un par de horas con él. Cuando me dispuse a irme, me dijo:
—Espera, espera un poco.
Se levantó de la mesa y pensé que iba a acompañarme a la puerta, pero en lugar de eso, se sentó en el sofá cama, agarró el mando a distancia y encendió la televisión.
—Ahora sí, ya puedes marcharte, vidina. Con Dios.
Me quedé mirándolo y, por primera vez en la vida, me dio la sensación de que lo dejaba solo.
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Fotografías y asuntos pendientes
Apenas llevaba cinco minutos parada frente al portal de la nieta de los fotógrafos, cuando vi aparecer a Melquíades, rellenito de nieve, con su bolsa de cuero cruzada en el pecho.
—¿Y Ulises? —pregunté, ansiosa.
—Lo vemos luego en la plaza de Riego y tomamos algo los tres. Es por no dejar tanto tiempo a Flora sola en la librería. Para esto me basto yo.
«La memoria es un privilegio», solía decir Melquíades. Era una verdad dolorosa. Los pobres dejaban poco legado. Apenas tenían fotografías, se conservaban muy pocas imágenes de ellos. Sus muebles se apolillaban, sus ropas se deshacían, sus cubiertos se ennegrecían. Casi no había libros que conservar, solo algunas pocas pertenencias y de tan mala calidad que el tiempo acababa devorándolas o sus descendientes consideraban que no merecía la pena guardarlas, ni siquiera por nostalgia. La nostalgia, en muchas ocasiones, también es un lujo. Quien no se halla en posesión de recuerdos es como si no hubiera tenido existencia. Por eso los pobres tienden a desaparecer, y por eso los buenos libros, como los buenos muebles, como los buenos objetos, están en las buenas casas. Y aquella no lo era. Melquíades y yo entramos en el portal, pequeño y oscuro, con suelo de terrazo, que apestaba a lejía y a repollo hervido. No era una buena casa, pero sí estaba llena de memoria. Esas cosas, a veces, suceden.
Nos abrió la puerta la mujer que se había puesto en contacto conmigo por teléfono para explicarme que los abuelos de la señora a la que cuidaba habían sido minuteros, fotógrafos ambulantes. Una alternativa a los fotógrafos de estudio que se dedicaban casi en exclusiva a las familias con recursos, ya que los minuteros no solamente eran mucho más baratos, sino también más rápidos. Los usuarios tomaban asiento y tenían que permanecer inmóviles mientras se impresionaba la placa; al cuarto de hora, llevaban las copias en sus manos.
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Yo sentía debilidad por los fotógrafos ambulantes y por sus caballos de cartón piedra donde sentaban a cabalgar a los niños mientras salía el pajarito. Pregunté a la mujer si conservaba alguno de aquellos caballos, o trípodes o cámaras de cajón. «No, solo fotos», me dijo. «Las fotografías es lo único que le queda. Fíjate que yo le hago la comida aquí mismo, en esta casa, a pesar de que sea tan pequeña». No entendí muy bien qué tenía que ver el tamaño de la casa para que cocinara en ella, pero sí que era realmente diminuta. Dio dos pasos en el recibidor y nos abrió otra puerta. «Aquí la tienen. Se llama Josefa. Pero, por Dios, no la llamen Pepita».
La anciana, a la que parecían haber acicalado para la ocasión, llevaba un camisón de algodón fino de manga larga y estaba metida en la cama, tapada hasta el pecho. Las paredes de la habitación estaban empapeladas de arriba abajo con fotografías antiguas, todas en blanco y negro, cientos de ellas.
Melquíades y yo la saludamos, y Josefa, desde la cama, mirándonos con ojos asustados y rabiosos, nos soltó un gruñido. Supusimos que teníamos que escoger entre las imágenes pegadas con celo en las paredes e ir arrancándolas, deshaciendo esa especie de nido que la anciana se había fabricado.
Yo empecé a observar detenidamente las fotografías y en cambio Melquíades decidió sentarse en el borde de la cama y hablarle a la mujer en tono tranquilizador.
La mayoría de las fotos eran de familias y parejas que habían sido retratadas en los mismos sitios, pero en distintos tiempos. Niños ante la jaula de los osos del parque San Francisco, que era como una inmensa pajarera, y dentro de ella se vislumbraban la sombra oscura, borrosa, de la osa Petra y su compañero Perico. Viajeros que llegaban hasta la estación y se fotografiaban delante del tren que les había traído, o ante algunos de los murales de azulejos que anunciaban hueverías, chocolates y calderas. Mujeres con abrigos de paño y zapatos de tacón que sujetaban un bebé, acompañadas por hombres que llevaban sombreros y estaban apoyados en la fuente de la plaza de la Escandalera, con los grandes toldos rayados de las tiendas y el cartel de Cinzano al fondo. Parejas cogidas de la mano ante el mercado del Progreso, ante el quiosco de la música, ante el tranvía. En una de ellas, casi en primer plano, se veía a un hombre y a una mujer, mayores, abrazados, él con boina, ella con mandil, ambos con blusones de profundos bolsillos, y detrás de ellos, en una esquina, se podían adivinar
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las patas de un trípode. En cuanto nuestros dedos se acercaron a esa foto, la anciana se revolvió en la cama y emitió una especie de gemido. Comprendimos que eran sus abuelos, y decidimos dejar la imagen en su sitio.
Otras fotografías tenían de fondo un telón con árboles pintados, jarrones y barandillas decadentes. En las de carnet, el telón era blanco. Estas, más pequeñas que el resto, estaban repartidas por distintos lugares de la pared, como salpicadas entre las otras de mayor tamaño, y casi ninguno de los retratados sonreía.
Al final dejamos la pared llena de huecos, como si la hubiésemos fusilado, pagamos un precio justo y nos fuimos de aquella casa prácticamente de puntillas a encontrarnos con Ulises.
Las baldosas rosadas de la plaza de Riego aún estaban mojadas, resbaladizas, con restos de lluvia que amenazaba con volver. En el aire también flotaba cierta humedad, pero no hacía demasiado frío ni era un día especialmente oscuro, lo que daba una tregua para poder sentarse en una de las terrazas de aquella plaza, colocada en medio de las callejuelas del casco antiguo como si fuera el descansillo de una escalera, rodeada de pequeños edificios con galerías blancas, balcones con plantas, fachadas amarillas, azules y rojas, y el palacio en piedra color arena de la universidad. Resultaba acogedora, como una casa decorada con tonos cálidos.
Aunque había elegido una mesa apartada, sin gente alrededor, para explicarles las causas del suicidio de Tina, hablé todo el tiempo en voz baja. En Oviedo nunca sabes quién te está escuchando.
—Tranquila —dijo Melquíades agarrando su taza de manzanilla para calentarse las manos—. De nosotros no saldrá. En fin, no hay peor misterio que el que simplemente oculta una historia desgraciada. Pobre mujer.
Ulises no dijo nada. Se limitó a seguir fumando. Cada vez que daba una calada, el humo se le enroscaba en el bigote, y casi era imposible distinguir dónde acababa la bocanada y dónde empezaba el pelo gris.
—Sí… —añadí sin mucho convencimiento.
Melquíades se levantó de la silla, dispuesto a irse.
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—Siento marcharme tan pronto, pero no quiero dejar más tiempo sola a Flora en la librería. —Miró el reloj—. Sí, ya ha sido bastante. Lamento mucho lo que le ha sucedido a Tina. Lo lamento de verdad.
—Espera, hermano. Déjame la cartera.
—Ah, sí —dijo, dándole a Ulises el bolso de cuero en el que había guardado las fotografías que le habíamos comprado a la señora Josefa.
Al quedarnos solos Ulises y yo, cambió la atmósfera entre nosotros. Se hizo más conspiradora, más íntima. Aunque tenga plena confianza en Melquíades, su presencia, siempre noble y racional, suele enfriar las divagaciones. Como un niño que se intimida al jugar si sus padres le están mirando.
—Bueno, ¿y qué te ha parecido? —le pregunté a Ulises.
—Me lo esperaba —dijo apagando el cigarrillo.
—¿En serio?
—No lo de su enfermedad, claro está, eso ha sido un giro inesperado. Pero en este par de días no he escuchado por ninguna parte tambores de guerra y me hizo sospechar. Para empezar, que no saliera nada en los periódicos. ¿Una Flórez muere de forma un tanto dramática y lo único que aparece en prensa es una breve nota que dice que una mujer se ha despeñado en Las Xanas y encima únicamente ponen sus iniciales? En cualquier otra ocasión hubiesen llenado una página completa y hubieran mandado un fotógrafo al funeral. Esta ciudad venera a sus próceres, y los periódicos más todavía. Pero la familia, incluso el viudo, tienen suficiente poder en la prensa como para pedirles el favor del silencio. Aunque desde luego no tanto, ni ellos ni nadie, como para frenar una investigación policial. Y, aparte de que el otro día fueran a buscar a Ruth, no he escuchado nada más ni me ha parecido que haya movimientos. Con lo que, si la familia ha llevado este asunto con tanta discreción y los periódicos aceptan callar, únicamente puede tratarse de una muerte voluntaria. Informativamente no es muy relevante y para los familiares entraña vergüenza.
«Una muerte voluntaria», repetí en mi interior. El concepto se me antojó extraño.
—No tendría por qué —dije.
—No, no tendría, pero es así. Y más todavía en una familia muy unida. Se sienten responsables. —Pensé en Joaquín y en la hermana de Tina, en su culpabilidad por no haberse dado cuenta de lo que ella iba a hacer. No
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se me iba de la cabeza esa despedida—. ¿Y a ti, Calumet? ¿Qué te ha parecido a ti?
—Pues, mira —dije repantingándome al fin en la silla y cruzando las manos sobre el vientre—. Ayer, cuando mi tío me lo contó, me quedé muy impresionada. Me dio tanta pena Tina, saber que estaba enferma y que quiso acabar con todo, me pareció tan terrible, que apenas pude pensar en nada más. Pero cuando salí de casa de Canor, después de hablar con él y tranquilizarme un poco, me puse a repasar la historia y, qué quieres que te diga, a mí hay cosas que no me cuadran.
—¿Qué cosas?
Ulises me hacía preguntas con esa retórica algo pedante del que ya sabe las respuestas. En cualquier otro me hubiese molestado.
—Para empezar, que eligiera suicidarse de esa forma tan atroz. Tirándose por un barranco. Sí, de acuerdo, se despidió de su marido y de su hermana, que fue algo que me resultó conmovedor, pero no acabo de entender la prisa que tuvo por hacerlo. Salir de casa de esa manera, en mitad de la tormenta… Ella, que era tan sosegada, que sabía, como bien dices, el daño que iba a causar a su familia. Me resisto a creer que no hubiera dejado las cosas atadas y les hubiera escrito largas cartas de despedida. Eso sí que me hubiera cuadrado con Tina.
—A saber Dios qué cuadra con uno y deja de cuadrar ante una situación desesperada —dijo Ulises cogiendo otro cigarrillo—. He visto a miserables comportarse como dioses, y a dioses comportarse como miserables cuando las cosas se tuercen. Incluso yo me he sorprendido en ocasiones portándome como un salvaje. Y como un memo, que es aún peor.
—Puede que sí. Pero sigo sin entender por qué fue a tirarse a un desfiladero. Según mi tío, en ella todo obedecía a algo y sus motivos tendría para querer morir de esa manera. Motivos místicos, según barruntaba. Pero anoche estuve buscando por internet cosas sobre Las Xanas. —En realidad, fue Blas quien las buscó en el móvil sentado en la cocina y me las leyó en alto mientras yo rebozaba un kilo de parrochas. Cenar pescado siempre me resulta reconfortante. Casi tanto como que me acompañen en mis obsesiones—. Más allá de que lleve el nombre de las ninfas del agua, no encontré nada. Además, a Tina tampoco la veía yo muy interesada en la mitología asturiana. Y de los griegos, lo único que pude encontrar de alguien que se descalabra es la muerte de un niño llamado
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Astianacte, que matan en una obra de Eurípides arrojándolo desde las murallas de la ciudad.
—Ay, los griegos. Y encima van y nos dejan el deporte. Qué vil legado el de la Hélade. Pero, oye, siguen siendo una maravilla. En Atenas se vive en la calle, están todo el día en mercadillos y terrazas. Y ya te lo he dicho muchas veces: estar en la calle es el mejor signo de civilización.
—Vale, de acuerdo —reconocí advirtiendo la ironía de Ulises—. Fue una búsqueda un poco idiota, pero es que necesitaba entender o encontrar algo.
—Mira a ese perro.
—¿Qué?
—Que mires a ese perro —dijo Ulises señalando con el índice detrás de mí.
Me volví y vi a un pastor alemán meando en una farola.
—Fíjate que tiene al lado un magnolio —continuó Ulises—. Es más, en esta plaza hay diez árboles y tres farolas. Y el perro elige mear en una farola.
—¿Y qué me quieres decir con eso? —pregunté, desconcertada.
—Que hasta los perros toman extrañas decisiones.
Parpadeé un par de veces.
—¿Te estás quedando conmigo?
—No, ¡yo no! ¡Que ha sido el perro! Siempre se usa lo que uno tiene a mano. Lo que quiero decirte, Calumet, es que es muy difícil saber por qué alguien, y más en una situación así, elige hacer lo que hace. Perdemos demasiado tiempo buscando motivos que, o bien no existen, o bien son imposibles de descifrar, porque vienen de dentro. Y en el interior de cada uno, ya sabes, hay dragones, como esa frase que ponían en los mapas antiguos para referirse a los territorios inexplorados. —Ulises encendió el cigarrillo con el que había estado jugando entre sus largos dedos y siguió preguntando—: ¿Eso es todo lo que no te cuadra de la muerte de Tina?
—No, claro que no. No entiendo por qué, cuando Tina supo que iba a morir, quiso volver a leer, o al menos a tener, aquella novela que tanto le había gustado de Vargas Montseny. —Di un sorbo a mi café, que ya se había quedado frío, y me supo seco, pastoso—. Si es que acaso su desaparición fuera, como para mí, un asunto que tenía pendiente y quisiera volver a él, tratar de solucionarlo antes de irse de este mundo.
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—Un asunto pendiente, como para ti… —repitió Ulises cruzando las piernas y dando caladas al cigarro.
—Tuvo que serlo, porque llamó a Ruth para preguntarle por él. Llamó a Ruth aquella misma mañana, y luego se suicidó. —Aún tenía problemas para pronunciar aquel verbo. Suicidarse. Era como pasar una navaja por la lengua—. Y eso es lo que más me desconcierta. Que Vargas Montseny fuera una de las últimas cosas que tuviera en la mente y, sobre todo, que ni siquiera esperara a quedar con Ruth, como le había solicitado.
—¡Ahí quería yo llegar! Por favor, dime que tú sí sigues pensando en quedar con ella.
—Sí, claro. —Tras la cena, con el olor a pescado inundando la cocina, y Blas fregando los platos, le había escrito para recordarle nuestra cita—. Nos veremos mañana.
—Estupendo. Mira, Calumet, yo no soy quién para aconsejarle a nadie que abra su baúl de las tormentas, pero tú misma lo has dicho: la desaparición de Vargas Montseny es un asunto pendiente para ti. Y de qué forma, amiga. Carajo, que no sabes casi nada de él más que cuatro cosas que te atreviste a mirar en la adolescencia antes de que pasara lo de ese Chuki.
—Muki.
—Eso, Muki. El que buscaba al padre en la guía telefónica. Y, encima, no es que no hayas leído ninguna de las novelas de Vargas, es que ni siquiera has querido leer el libro de Ruth en el que tú misma participaste. Tú, que puedes pasarte un mes tratando de averiguar a qué hace referencia una inscripción en un plumier de los años cincuenta. Para que luego te cuestiones lo que es propio o no es propio de alguien.
Ulises no había dicho nada que yo no llevara días pensando. Algo que se estaba fraguando lentamente en mí, algo interno, bajo la piel, que pugnaba por salir y que durante todo aquel tiempo había estado cogiendo carrerilla para hacerlo. Algo que empezó a forjarse en el momento en que supe que Tina había muerto mientras yo tenía un alfiler en la mano como el que llevaba Gabriel Vargas Montseny el día en que desapareció, y los sucesos posteriores no habían hecho más que avivarlo.
—Llevas toda la razón, Ulises. —Me callé un momento y me quedé mirándole—. Oye, estaba pensando… ¿seguís teniendo en la librería ese ejemplar que os quedaba de Castillos tan hermosos?
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Con un movimiento rápido abrió la cartera de cuero que Melquíades le había dejado, sacó la novela de Vargas Montseny y la dejó frente a mí con el ímpetu con el que dejaría una pistola de duelos encima de una mesa.
—Te la traje ya, no fuera que uno de estos días alguien se interesara por ella.
Me reí, meneé la cabeza de un lado a otro y cogí el libro.
—¿Cuánto tiempo pensabas llevarlo ahí?
—El que fuera necesario, que esperaba que fuera poco.
—Es una novelita muy corta —dije abriéndola y pasando páginas al azar.
—Una nouvelle —matizó Ulises, con aquella forma peculiar con la que pronunciaba el francés, de manera excesivamente afectada—. Entonces, ¿vas a leértela?
—Sí. Y también otras cosas que tengo pendientes —añadí con, lo reconozco, un aire de misterio, aunque él supiese perfectamente a qué me refería.
—Pues si tú te animas a eso, igual empiezo yo a mirar el periódico con atención.
—¿Tú? Pero si lo lees todos los días en el bar. Además, acabas de decirme que no han sacado nada de Tina. Y ya sabemos que no lo harán, porque nunca sacan a los suicidas. —De nuevo esa palabra filosa para referirme a ella me rasgó la boca.
—Pero qué Tina ni qué Tina. No, mujer, yo voy a empezar a mirar la prensa a ver si encuentro el amor. ¿No te funcionó a ti?
—La madre que te parió —dije riéndome—. Mira con qué me sales… —Oye, que el amor es un asunto muy pendiente para mí y los viejos
también necesitamos nuestros chances.
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Blas
Habían venido a entrevistarme de La Nueva España para uno de sus habituales reportajes sobre oficios curiosos. Aunque estuve largo rato hablando en mi gabinete con la periodista y el fotógrafo, el texto que acabó saliendo en el periódico no era demasiado extenso: un par de líneas con mis declaraciones, un breve resumen de mi profesión que consideré hermoso y me gustaría decir que acertado, y un titular: «Alana Calume, cacharrera y detective de objetos: “Rescato del pasado cosas divertidas, singulares y distintas”». Lo que sí destacaba era la foto que me habían sacado, un poco más grande que la de mis compañeros de página (un criador de avestruces, un luthier de gaitas y una fotógrafa de Street View). Salía yo muy sonriente rodeada de lupas, villas de especias, esferas armilares, molinillos de café, juguetes de hojalata, vasos de uranio, zoótropos, brochas de afeitar, pipas, caleidoscopios de latón, timbres de mostrador de hotel y cajas de música. No había hecho más que apoyarme en una de mis estanterías.
La verdad es que la fotografía en color tuvo mucha aceptación porque, además de que aquella mañana me llamaron mis padres y mi tío para decirme que había salido muy guapa, estuve recibiendo todo el día mensajes en las redes del gabinete y en mi página web interesándose por varios de mis objetos. Me llegaron a Facebook bastantes privados de gente que no tenía en mis contactos. Entre ellos, uno de un tal Blas Ortiz Laplace. El texto era muy escueto: «Enhorabuena por la entrevista».
Le respondí con un simple «gracias», aunque entre exclamaciones, para tratar de mostrar efusividad y cortesía. Al rato volvió a escribirme. «Me preguntaba, si te parece bien, si podíamos quedar para comer uno de estos días».
Supuse entonces que me estaba proponiendo una comida de trabajo, que quería comprarme o venderme algo, solo que este negocio requería de
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mi tiempo y mi presencia, y tal vez se tratara de uno verdaderamente jugoso. Por su nombre, deduje que debía de ser un hombre mayor y acaudalado, tal vez un viejo aristócrata, y eso, por clasista que resulte, siempre es interesante en mi oficio. Pinché en su Facebook, pero era privado y únicamente me dejaba ver la foto de perfil. No aparecía en ella ninguna persona, sino un inmenso prado, muy llano y de un verde llamativo y luminoso, atravesado por un riachuelo sobre el que habían construido un pequeño puente de piedra. Era una imagen elegante que cuadró con mis suposiciones y, envalentonada por lo provechosa que me estaba resultando la jornada, acepté la proposición.
Su respuesta fue inmediata. Me daba un día, una hora, un lugar y se despedía con: «Un saludo y muchas gracias». Una pizzería me pareció un sitio peculiar para una comida de trabajo, pero no le di más vueltas y seguí respondiendo a los pedidos.
Era domingo. Después de comprobar que funcionase en mi gabinete todo aquello que fuera mecánico e ir al rastro, me dirigí a la cita. Al entrar me encontré con que no había nadie más que el camarero y un hombre que estaba de pie en la barra tomando un café. No era ningún anciano, sino que tenía más o menos mi edad, por lo que en un primer momento no creí que fuera él. Pero al verme se separó de la barra, se colocó en el centro del local y abrió los brazos en un recibimiento extraño, como si me estuviera dando la bienvenida a su propia pizzería; tanto fue así, que por un momento llegué a pensar que, efectivamente, era el dueño.
Al principio no comprendí su aspecto. No lo comprendí como no se comprende un idioma que se parece al tuyo pero no lo es, o un puzle a medio montar, o uno de esos chuscos jeroglíficos que aparecen en las revistas como pasatiempos. Tenía unos hombros demasiado anchos para tan poca estatura, unos ojos en exceso claros, un gesto que era a la vez duro y tierno, el cuello corto, el pelo ralo, unos rasgos poco definidos. Nada en él resultaba armonioso. Llevaba un jersey negro lleno de bolas, unos pantalones azul oscuro que le quedaban absurdamente ajustados y una cazadora también negra, muy brillante. Tampoco entendí ese atuendo.
—Hola, Alana —me dijo con una familiaridad que me resultó impropia.
El camarero se tomó la molestia de acompañarnos a una mesa a pesar de que estábamos solos y podíamos elegir cualquiera. Nos dejó unas cartas que venían encuadernadas en piel granate.
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—¿Sueles parar por aquí? —le pregunté mientras la hojeaba.
—No —respondió sin más, y sin ofrecer una explicación a por qué había querido citarme en esa pizzería tan desangelada.
Aparte del saludo y de aquella negación, no pronunció ni una sola palabra más mientras elegíamos los platos. Como el silencio entre desconocidos me pone nerviosa, decidí llenarlo hablándole de la entrevista, de la repercusión que había tenido, de mi trabajo y de los pedidos que había logrado, porque pensé que era lo que a él le interesaría escuchar. Acabé añadiendo que estos días de gloria eran bastante poco comunes, que generalmente mi oficio era un sinvivir porque nunca sabías lo que te iba a entrar, que cuando tenías género no tenías dinero, y que cuando tenías dinero no tenías género para adquirir. Era como caminar siempre encima de una tela de araña.
Me hizo desconfiar que pidiera una Margarita, la más simple de las pizzas, y encima como plato único. No suele agradarme la gente que come sin gracia.
Continué hablando tanto que incluso llegué a molestarme a mí misma, pero como él no se mostraba dispuesto a dar conversación ni parecía querer hacerme ninguna pregunta, continué sin callarme, diciendo cada vez más insensateces, que es lo que suele ocurrir cuando tienes que llenar un silencio. Incluso le dije que la palabra «hechizo» venía del término portugués fetiche y que, en parte, esa era la clave de mi oficio.
En cuanto la comida llegó a la mesa, decidí que ya había habido suficiente cháchara por mi parte y traté de sacar de forma educada el propósito de aquella reunión.
—Así que estás interesado en el mundo de las antigüedades —dije.
—No —respondió mirándome con unos ojos que parecían infinitos.
De pronto, todo lo que acababa de contarle me pareció ridículo.
—Bueno, pero ¿quieres vender o comprar algo?
—No.
Me quedé helada. Sus negativas no tenían un tono cortante, hablaba de forma educada, como si estuviera rechazando cortésmente la propuesta de que le echara más azúcar al café. Pensé en preguntarle que entonces qué hacíamos allí, pero me resultó violento. Casi tanto como levantarme en aquel momento de la mesa y marcharme, opción que llegué a barajar.
Empecé a comer rápido con intención de terminar pronto, porque aquello estaba empezando a parecerme siniestro. Él mantenía su mirada
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fija en mí, que tenía algo de grave y lastimera, propia de alguien que podía ser un poco raro, pero sin duda no peligroso. O eso quería yo creer. El silencio cada vez me resultaba más incómodo, así que, como pude, continué sacando temas de conversación de lo más banales, a los que él simplemente se limitaba a responder con «sí» o «no», y, por más que insistí, no parecía dispuesto a dar ninguna explicación de por qué había querido citarme.
—Dime, Blas, ¿a qué te dedicas? —pregunté con la intención de obtener algo más de información y una respuesta más larga que un monosílabo.
—Soy físico —dijo después de limpiarse la boca con la servilleta—.
Doy clases de física aplicada en la facultad de Ciencias.
—Ah, ¡qué interesante!
Parpadeó lentamente y encogió los hombros.
—¿Por qué?
—Pues porque… no sé. Me parece interesante saber cómo funciona el mundo, supongo.
—Saber cómo funcionan las cosas —dijo— no significa que puedas hacer algo con ellas.
Aquella respuesta, de nuevo, me dejó cortada. Me disculpé para ir al baño, aunque no tuviese ganas, pero necesitaba coger aire. Cuando volví a la mesa, sopesé otra vez la posibilidad de inventarme una excusa para poder marcharme, pero no se me ocurrió ninguna lo suficientemente creíble o educada, por lo que seguí hablando:
—¿Dónde sacaste la fotografía que tienes en tu foto de perfil? Me parece un paisaje muy bonito.
—No la saqué yo. Es una foto de internet.
No podía dejar de fijarme en cómo comía Blas. Lo hacía masticando mucho cada bocado y tragando con dificultad, como si le costara, como si estuviera engullendo cristales. Por un momento pensé en preguntarle si estaba enfermo, y tal vez eso se relacionase de algún modo con nuestro encuentro, pero no me pareció prudente.
—¿Y qué es? ¿Algún lugar en concreto?
—Saint Andrews. Está en Escocia. Fue el primer club de golf del mundo.
—Ah, ¿te gusta el golf?
—No.
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Aquello estaba empezando a desesperarme.
—Ya… —dije sin poder disimular mi incomodidad.
—Pero sí el cine —añadió él, después de tragar con esfuerzo un pedazo de pizza—. Junto a ese campo hay una playa y fue ahí donde se rodó la famosa carrera de Carros de fuego.
—Es una película muy buena.
—Yo casi prefiero la banda sonora. Pero me gustan ese paisaje y ese paralelismo. Los campos de golf están diseñados para dar la sensación de que en ellos nada cambia. Es como si el tiempo se parase al llegar allí. Sucede algo parecido con las películas. Las ves una y otra vez y son las mismas personas hablando de las mismas cosas y haciendo lo mismo, como en un bucle. Eso me tranquiliza: lugares donde poder volver sin que nada se haya trastocado. Y probablemente ya solo ocurra en las películas y en los campos de golf.
Por primera vez en aquella comida no tuve la necesidad de agregar nada.
Pidió un café solo. Yo elegí unos profiteroles de postre. Hablé algo, poco, y él siguió mirándome fijamente y desde abajo, como pidiendo compasión.
Al salir de la pizzería el frío nos golpeó. Habían bajado mucho las temperaturas y el día se había vuelto gris.
—Bueno, Blas.
—Bueno, Alana.
—Ha sido un placer.
—Sí.
No nos dimos dos besos, ni siquiera la mano, ni nos dijimos adiós. Él se dio la vuelta y comenzó a caminar en dirección contraria a la que yo iba a tomar.
Llegué a casa con una increíble sensación de desconcierto.
Aquella tarde tuve que ir a Trubia a recoger unos galanes de noche de los años sesenta. Mientras me ayudaban a cargarlos en el maletero, estuve a punto de contarle a la pareja que me los había vendido lo que me había ocurrido aquel día y preguntarles qué opinaban ellos. Por qué aquel tipo había querido quedar conmigo, qué esperaba de mí, por qué me miraba de aquella forma tan extraña, tan inquisidora, tan angustiosa y a la vez tan cálida. Quién era él. Mi confusión se había tornado en intriga. Conduciendo de regreso por una carretera estrecha y arbolada, me
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convencí de que aquel sería uno de esos encuentros insólitos que ocurren en la vida y que se acaban contando como anécdota.
Antes de acostarme, me sonó el móvil. Era un nuevo mensaje de Facebook. Por un momento, inconscientemente, fantaseé con que fuera él, pero me pareció ridículo, tanto mi deseo como la remota posibilidad de que pudiera volver a dirigirse a mí. Sin embargo, ahí estaba. Blas Ortiz Laplace y la fotografía de Saint Andrews, el primer club de golf del mundo. Sentí algo que no sabría definir, ni siquiera localizar en el cuerpo; no podría decir si fue en la yema de los dedos o en las entrañas. «Buenas noches. Hoy he estado muy torpe y quería pedirte disculpas. Si te parece bien, podemos volver a quedar, pero para tomar un café. Eso te robará menos tiempo y tal vez yo logre ser más hábil». Tampoco sabría decir con exactitud por qué acepté.
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Castillos tan hermosos
Aquel día agradecí haber tenido solo un cliente. Estaba interesado en una báscula de farmacia. «¿Funciona bien?», me preguntó. «Como el metrónomo de Beethoven». Me dijo que me la compraba si cromaba un contrapeso desconchado, y se lo pinté con purpurina. Refunfuñó un poco, pero acabó llevándosela. Yo tenía prisa porque me moría de ganas de leer al fin a Vargas Montseny y saber qué escondía Castillos tan hermosos. En cuanto se marchó, me senté en el sillón de barbero y comencé a leer.
En el epígrafe del libro, una frase de Jules Renard ya explicaba el título: «He construido castillos en el aire tan hermosos que me conformo con sus ruinas». Después no se volvería a hacer referencia a él en toda la novela.
La acción transcurría en una villa chilena llamada El Bosque, aunque yo me la imaginé todo el tiempo como Somió, en Gijón. Puede que porque sintamos la necesidad de acercar a nosotros las historias situándolas en lugares que conocemos, sí, pero también porque todos los rincones del mundo que la alta burguesía escoge para construir sus residencias de recreo se parecen asombrosamente entre sí. «El Bosque son mansiones decimonónicas en las que se celebran larguísimas meriendas de mantel, mermelada, coñac y puros bajo cenadores de vides enroscadas», escribía Vargas Montseny. «El Bosque son perros que no ladran porque nunca hay intrusos y siempre buenos huesos. El Bosque es poder vivir con palmeras, si se quiere. Con jardineros, si se precisan. Con garajes, si se necesitan varios. Con escaleras de piedra que bajan a la playa, si la casa da al mar. Con vermut en el jardín a mediodía, si no llueve. Con decrepitud, si la mansión es heredada. Con excentricidad, si la herencia ha sido jugosa».
El protagonista y narrador era un periodista al que le habían encargado un amplio reportaje, un suplemento de cinco páginas, sobre un enigmático director de cine mudo fallecido hacía medio siglo. También había sido
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diplomático, boxeador, piloto de ligeros y cultivador de hortensias. Sus tres únicas películas trataban sobre niños que veían fantasmas, largas tardes en la infancia comiendo chocolate caliente con bizcochos, y misteriosos parientes enterrados bajo unos rosales. No tenían nada que ver con el resto de las películas chilenas de los años veinte (que hablaban de relaciones amorosas, hechos criminales, reconstrucciones históricas e identidades regionales), ni había obtenido mucho público con ellas, pero desde hacía unos años su obra se estaba revindicando y ya se le consideraba un director de culto. El reportaje del periodista, pues, venía a apuntalar aquella labor de rescate.
Sus tres nietos, dos mujeres y un hombre, le recibieron encantados en la mansión que había pertenecido al abuelo. Los tres, ancianos y solteros, vivían juntos. «Había algo infantil en ellos y, a la vez, algo majestuoso. Creo que nunca me he encontrado con personas más cultas».
Me sorprendió que Vargas Montseny fuera tan parco con la descripción de la mansión (aunque puede que la palabra «mansión» ya sea una descripción en sí misma). De ella solo decía: «[…] era inmensa, de fachada escarlata, con contraventanas». Sin embargo, me agradó que el protagonista se sentara con los nietos en el jardín en unas sillas de mimbre, que inmediatamente imaginé como sillones Emmanuelle.
El periodista hizo tan buenas migas con los tres nietos, que no solo le dieron carta blanca para visitarlos cuando quisiera, sino que decidieron invitarlo a sus veladas de los sábados. Se trataba de cenas muy divertidas a las que acudían personas de lo más variopintas y prácticamente de todas las edades. Violeta, la más joven, tenía dieciocho años y estudiaba dramaturgia. Baldomero, que sobrepasaba los ochenta, había sido botones. Los tres ancianos servían la cena en el amplísimo comedor y dejaban que sus seis perros, todos ellos grandes y muy peludos, camparan por allí a sus anchas. Aunque Vargas Montseny no hacía ninguna referencia a la decoración, yo la fui recreando en mi mente, llenando cada rincón de detalles: candelabros en las mesas, cabezas de ciervo colgadas en las paredes, sofás de palisandro, cojines de seda, sifonieres, una repisa de chimenea de mármol rosa portugués.
Después de cenar, como decían ellos mismos dando palmas y saltitos, venía lo bueno, «la bajada».
Esa era otra de las cosas que al periodista le hechizaba de la casa. No solo su cercanía al mar, sino que, en la parte trasera, disponía de una
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escalera de piedra que conducía directamente a la playa. En aquellas veladas, tras la cena, cada invitado tenía que bajar por esa escalera, iluminada con antorchas para la ocasión, portando hasta la arena uno de los sillones de mimbre del jardín. Aquí mi imaginación tuvo que hacer un esfuerzo, ya que no era lo mismo bajar un sencillo sillón de mimbre que un aparatosísimo sillón Emmanuelle, cuyo manejo era bastante dificultoso, no solo por el peso, sino por su ampuloso respaldo. Sin embargo, seguí insistiendo en ello, imaginando un descenso por aquellas escaleras de piedra mucho más incómodo que el que Vargas Montseny describía.
Cuando al fin llegaban a la playa, hacían un semicírculo con los sillones de espaldas al mar, para que su visión no les distrajera, y los tres excéntricos ancianos empezaban su espectáculo. Encendían fogatas en la arena y hablaban del poeta Percy Shelley, cuyo cadáver fue incinerado en una hoguera en una playa italiana y, entre las llamas, su corazón permaneció intacto. Leían textos en griego clásico, cantaban arias en alemán y pedían a los asistentes, con jovialidad infantil, que les hicieran peticiones.
Con esa imagen acababa la primera parte de la novela.
Aproveché el momento para trabajar un poco y leer el mail que Blas acababa de mandarme. Me preguntaba cómo iba la lectura, cómo me encontraba, y me relataba parte de su jornada, en un intento de apoyarme, pero también de distraerme.
Por cierto, hoy me contaba una profesora que un amigo suyo se iba a la Antártida. En el Hespérides. Dice que incluso la gente cercana a él sabía que se iba, pero no adónde. Al parecer, para él ir a la Antártida en el Hespérides es como para ti ir caminando al supermercado: algo normal y sin importancia, y solo les decía que se iba un par de meses de viaje. Soy yo y me lo tatúo.
Lo que más me llamó la atención es que salían de Ushuaia, y el trayecto de tres días hasta la Antártida, cuando el mar está realmente mal, es tan jodido que les sedan. No les dan Biodramina ni tonterías, no. Van sedados durante tres días porque, si no, no aguantarían. Supongo que quedarán dos o tres marineros para pilotar aquello (bueno…, pilotar: agarrarse donde se pueda para no caerse por la borda) y el resto roncando.
Como ves, el mundo sigue guardándonos misterios maravillosos, raposa. Debemos continuar indagando en ellos.
Tengo que dejarte. Oigo pasos y veo por la puerta entreabierta seres indeseables que vienen hacia mí con cara de querer entablar conversación. Recuérdame que siempre deje la puerta cerrada.
Tras contestar a Blas brevemente, saqué de las cajas algunos objetos que aún seguían embalados. Coloqué en el salón un expositor de pipas,
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unas maltratadas maletas de piel y unas tijeras de peluquero, colgué un afiche de las siete partes de la noche de san Isidoro, y seguí leyendo.
La acción se reanudaba varios años más tarde, o puede que varios meses, tampoco lo dejaba claro, un domingo de invierno en el que el periodista se despertó «demasiado temprano y cometí el error de salir de casa cuando la luz aún era de metal y ceniza y no había nadie en la calle. Las mañanas en las que no se puede dormir guardan la misma desolación que las largas noches de insomnio». Al leer aquello sentí una sacudida y un escalofrío recorriéndome la espalda: Vargas Montseny había desaparecido una de esas mañanas que tan bien describía, dando uno de sus habituales paseos, solo que, esa vez, por un lugar desconocido para él.
Tuve que levantarme a beber agua y luego continué la lectura.
El protagonista decidió entonces coger el coche para acercarse a la playa, «porque junto al mar la soledad parece algo más comprensible; allí nunca te da la sensación de que el mundo se encuentra despoblado». Esta frase también me impresionó, pues estaba muy de acuerdo con ella.
El periodista paseaba por la orilla en aquella mañana de invierno, cuando a lo lejos divisó un bulto; por el lugar exacto en que se encontraba, sonrió adivinando de qué podía tratarse, y reconozco que yo también sonreí. Efectivamente, al acercarse vio que era uno de los sillones de mimbre, allí, «solo como yo, en mitad de la playa, de espaldas al mar. Me dio ternura pensar que los tres hermanos seguían con sus veladas. Hacía mucho que no sabía de ellos. Aquella mañana, extrañamente, tenía ganas de hablar con alguien, así que pensé que acercarme a decirles que uno de sus invitados había dejado olvidado su asiento era una buena excusa para saludarlos». Esperó un tiempo prudencial, el que consideró necesario para que se despertaran, se quitaran sus pijamas y tomaran sus copiosos desayunos, cogió el coche y subió a la casa.
Pero cuando llegó, se encontró con el cartel de una inmobiliaria colgado en la verja cerrada y, lo más curioso de todo, con una mujer que revolvía en el bolso en busca de las llaves y que le preguntó si venía a ver la casa. Le explicó que los hermanos habían fallecido y que la mansión estaba en venta. «Yo no entendía nada. ¿Habían muerto los tres a la vez?». El periodista le preguntó a la mujer de la inmobiliaria si había sido ella quien había dejado el sillón de mimbre en la playa, pero ella le dijo que no sabía de qué le hablaba y que la casa no disponía ya de mobiliario de jardín.
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Volvió a la playa y allí seguía, solitario, el sillón de mimbre. ¿Se había quedado allí desde la última velada? Pero ¿cuándo había sido eso? ¿Y por qué no lo habían recogido? ¿Nadie más que él lo veía? «Lo insólito siempre ha disparado mis preguntas, puede que erróneamente, pues el tiempo me ha enseñado que el verdadero misterio no se disfraza de misterio, sino que se esconde en lo cotidiano. Observé entonces aquel asiento de mimbre como se observan las ruinas de un imperio». Si hubiera tenido un lápiz a mano, hubiese subrayado esta última frase y hubiera escrito en el margen junto a ella: «Tina».
El periodista, entonces, se sentó en él y sus pensamientos comenzaron a bullir en torno a ese mueble de jardín que se resistía a volver a una casa abandonada. Se puso a comparar aquel sillón con los brazos de una estrella de mar, que cuando la coges se van desprendiendo por donde pueden para asegurar su pervivencia. «Restos que esparcimos para que nuestro imperio no se muera del todo, que no se los lleve el viento a alguna parte; que no se los lleven otros. Aquellas veladas de los tres hermanos, lo que ellos y su familia habían sido, se resistían a caer en el olvido, al igual que las películas de su abuelo. Siempre queda algo del imperio que formamos que pide dolorosamente que se le rescate. Y allí, sentado de espaldas al mar, pensé que tal vez, y solo en ciertas ocasiones, el verdadero misterio sí se esconde en lo insólito».
Así terminaba la novela.
Parpadeé un par de veces. Incluso, ilusa de mí, como se trataba de un libro de segunda mano, comprobé si su anterior propietario había arrancado las páginas finales.
Pero ¿qué había pasado con los tres hermanos? ¿Por qué estaba aquel sillón abandonado en la playa? ¿Eso era todo?
Me sentía frustrada, sí, pero no solo por aquel final. Reconozco que no había hecho una lectura objetiva, ni siquiera sabía si me había gustado la novela, porque estaba demasiado ocupada buscando en ella otras cosas. Mientras la leía, escuchaba la voz de Vargas Montseny contándola, pronunciando cada frase, cada palabra. Aquella voz calmada y juguetona, de acento suave, que había escuchado de niña. Fue curioso leerle al fin después de tantos años. Tenía algo de familiar y también de impúdico, de revelación y de azoramiento. Como si hubiera estado leyendo las cartas de amor secretas de un pariente que hubiese encontrado escondidas tras su muerte.
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Aquellas veladas de los tres hermanos me recordaban a las de La Patagonia en mi pueblo porque, salvando las grandísimas distancias, también se trataba de reuniones en las que se hablaba de libros en una casa junto al mar. Pero era imposible que a Tina le gustara Castillos tan hermosos por eso, ya que aquellos encuentros comenzaron bastante después de que ella lo leyese. No era raro pensar que hubiera podido sentirse reconocida en aquella familia, acaudalada y de larga estirpe al igual que la suya, aunque, si bien Tina no había tenido hijos, sí tenía multitud de hermanas, primas y sobrinos que aseguraban de sobra la continuidad de su imperio. La novela tenía un poso melancólico que sí cuadraba con el carácter de Tina, al igual que las referencias a las ruinas, que ya se encontraban veladamente en el título, y con los versos griegos que leían aquellos tres solteros, con los que tal vez ella había llegado a identificarse. Pero no podía saber si por eso era su novela preferida de Vargas Montseny, ya que yo no había leído más de él y desconocía si ese matiz nostálgico estaba presente en toda su obra. Supuse, por lo que Tina solía comentar en las tertulias, que le había gustado aquel final abierto que a mí me había producido tanta irritación.
Pero, sobre todo, mientras leía el libro estaba buscando respuestas. Por qué quiso volver a leerlo Tina antes de morir, por qué se interesó por Vargas Montseny, qué quería preguntarle a Ruth. Pensaba que podría encontrar algo de esto en él. Sin embargo, todas estas preguntas quedaron en el aire, afectándome más que las que Vargas dejaba al final de la novela. Mi realidad ya se había vuelto demasiado misteriosa como para andar preocupándome por lo que pasaba en la ficción. Lo que no sospechaba entonces es que sería precisamente en un libro donde iba a encontrar la pista que me llevaría a encajar todas las piezas.
Guardé Castillos tan hermosos en la caja que escondo al fondo del armario, junto con los otros objetos que colecciono relacionados con la tarde de la desaparición, y me puse a cocinar lentejas. Al día siguiente había quedado con Ruth y mi búsqueda continuaría.
Mientras cortaba cebollas con un cuchillo manchado de pimentón, no podía dejar de escuchar a mi espalda, en un susurro, la voz de Vargas Montseny repitiendo las palabras que había escrito: «Cometí el error de salir de casa cuando la luz aún era de metal y ceniza y no había nadie en la calle, lo insólito siempre ha disparado mis preguntas, queda algo del
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imperio que formamos que pide dolorosamente que se le rescate», y se me ponían los pelos de punta.
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Ruth
Lo primero que conocí de ella fue su voz. Y no de cualquier forma, sino pronunciando una frase que no se me iba a olvidar nunca. Yo estaba sentada en la terraza del Baam esperando a Ulises para tomar algo. Se retrasaba mucho, y me dedicaba a matar el tiempo mirando en el móvil páginas de subastas, aunque ese era el típico día en el que sabía que no iba a encontrar nada interesante. Oía las conversaciones de las mesas de alrededor como quien oye la lluvia, el tránsito del tráfico o la radio que los vecinos han puesto demasiado alta en el piso de al lado. Sin querer, como ruido de fondo. Entonces oí detrás de mí aquella frase:
—Antes en mi casa vivíamos siete personas y un gato. Poco tiempo después, vivimos tres y cinco gatos. En dos meses vi morir a tantas personas de mi familia que aún me parece inaudito. Todavía sigo en estado de perplejidad.
Me di la vuelta lentamente. En ese momento llegó Ulises, dando zancadas y desplomándose en la silla.
—Mira disimuladamente la mesa de atrás. ¿Sabes quién es la mujer que está ahí sentada?
—Sí, hombre —dijo mi amigo después de echar un rápido vistazo—.
Rami, la Apache. Su marido tiene un bar, La Chiquita, y ella es escritora.
Buena fauna.
Ulises no sabía mucho más de ella, salvo que había venido de Astorga y que, según se rumoreaba, su historia era trágica.
Cuando volví a girarme, ella y su acompañante ya se habían marchado.
A partir de aquel momento me la encontré varias veces por Oviedo. Podía pensarse que ella era uno de los que llamamos «los atravesados», personas que están todo el día recorriendo la ciudad de un lado a otro, no se sabe
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muy bien por qué, que te los topas en los bares, en los parques, en el Antiguo, en el centro, en los barrios, y que te salen de improviso por cualquier calle. Pero lo cierto es que, una vez que reparabas en ella, era muy difícil no fijarte en ella.
Por eso me sorprendió tanto el día que vino a mi gabinete. Al verla allí plantada, me dieron ganas de barnizarla y colocarla junto a mis objetos como uno de esos indios de madera que hay en las tiendas de tabaco americanas.
—¿Te importa que me siente? —me preguntó con aquella voz tan dulce que ya le había escuchado y que me parecía que contrastaba mucho con su aspecto.
Solo entonces reparé en que estaba embarazada. Me extrañó, porque juraría que ya la había visto con un cochecito y una niña de la mano, y además me pareció muy mayor para un tercer embarazo; tenía arrugas en los ojos y alrededor de la boca, aunque era difícil calcular su edad.
Tuve que traerle una silla de la cocina porque ninguno de los asientos que tenía en la sala me parecían apropiados. La coloqué junto al rincón marítimo, al lado del farol de barco, las brújulas, los astrolabios, la gorra del capitán, los sextantes y la caja de latón llena de postales náuticas. Se presentó como Ruth Rami, me dijo que era escritora y que estaba escribiendo un libro sobre la desaparición de Gabriel Vargas Montseny.
Entonces la que necesitó sentarse fui yo. Aquello no me lo esperaba. —Pero… cómo —balbuceé—, quiero decir, ¿por qué…?
—Eres la sobrina de Nicanor Calume, el que acompañó a Vargas Montseny en la ruta por el Antiguo y le llevó a La Patagonia el día antes de que desapareciera. Tú también estuviste allí, ¿verdad? Con ellos en la tertulia.
Ruth estaba sentada con las piernas muy abiertas y apoyando las manos en los muslos, como un entrenador de rugby que fuera a explicarle una jugada a su equipo. La amplia camiseta negra de Iron Maiden, con un esqueleto y un diablo, le cubría la barriga, y las greñas sueltas de su coleta le caían por la cara. Me fijé entonces en las curiosas canas que tenía: no eran muchas, pero sí gruesas y largas, parecidas a esos hilos blancos que, por descuido, se nos quedan pegados a la ropa.
—Lo siento. Es que no… no sé qué decirte.
Y no lo sabía.
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—Me puse en contacto con todos los miembros de La Patagonia. Con Manuel Bode, con Tina Flórez, con Braulio Aparicio, con Delia Noriega, con Rosalía Pardo y con tu tío, Nicanor Calume. Ninguno de ellos ha querido hablar conmigo, ni explicarme cómo fue la charla que mantuvieron con Vargas Montseny y Luz Miranda aquella tarde. Me preguntaba si tú querrías hacerlo. Soy consciente de que solo eras una niña, pero tal vez guardes algún recuerdo. Por experiencia sé que recordamos más de lo que creemos. Con un poco me bastaría, solo con algún detalle. Me gustaría, y lo considero necesario, tener algún testimonio de ese momento.
Ruth continuó un largo rato tratando de convencerme y yo finalmente le dije que me lo pensaría.
Tras levantarse, con algo de esfuerzo, cogió uno de los objetos que la rodeaban, dispuesta a llevárselo. Vi cómo cambiaba la expresión de su cara cuando le advertí del precio, que superaba los cien euros.
—No tienes por qué comprarme nada.
—Es un astrolabio, ¿no? —me preguntó, acariciando los discos dorados.
—Sí. Se usaban en los barcos para determinar la posición de los cuerpos celestes y saber la hora. Aunque ese, concretamente, es un nocturlabio, o sea, una especie de reloj nocturno que se regía por la Estrella Polar. Me encantaría que fuera uno auténtico, del siglo XVI, pero obviamente no lo es. Se lo compré a los hijos de un viejo marino que coleccionaba reproducciones de antiguos ingenios náuticos.
—Entonces me lo llevo. Me gusta mucho el nombre. Nocturlabio.
Los días siguientes fueron bastante caóticos. Dormía unas doce horas, cocinaba tanto que acabé estropeando la puerta del horno, iba constantemente a Diego Verdú a comprarme helados y luego al parque San Francisco a mirar los patos, tenía aturullado a Blas con mis dudas, quien me decía que antes que decidir nada debería hablar con mi familia, a lo que yo le replicaba que él ni siquiera sabía si su padre había estado enfermo, alcoholizado o en brazos de otra.
En todo aquel tiempo, Ruth no dejó de venir por el gabinete. No me insistía en su propuesta, sino que me hablaba de su juventud de conciertos y excesos, de sus dos hijos pequeños, del chocolate de Astorga, de las
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recetas de huevos de Sebas, de los mundos distópicos de J. G. Ballard, y me trajo un par de novelas que ella había escrito y que leí con interés, aunque ni en ellos ni en nuestras conversaciones hallé rastros de aquellas muertes que había vivido y que eran realmente las que me interesaban. Yo iba viendo cómo su barriga crecía, cómo cada día resoplaba más y se acariciaba la panza como si fuera la bola de cristal de una adivina, mientras me preguntaba por los nombres de los objetos y apuntaba en el móvil aquellos que más le llamaban la atención, como chubesqui o clepsamia. Siempre le ponía la silla de la cocina en el mismo lugar, en el rincón marítimo, y acabé contándole una de mis incursiones en el puerto de Avilés un día que llovía mucho y, al ir a subir al barco, el marinero que me recibía, mirándome con cierto horror, me dijo: «Al capitán no le gustará nada eso. Trae muy mala suerte subir un paraguas a un barco», por lo que tuve que dejarlo tirado en el muelle.
—El mundo del mar está lleno de supersticiones —agregué.
Ruth también apuntó en el teléfono esta historia.
Aquella tarde llegó especialmente cansada. Su embarazo ya estaba muy avanzado, el pelo se le quedaba pegado a la cara por el sudor e incluso había perdido algo de dignidad en su porte; apenas podía mantenerse recta. Fue entonces cuando volvió a hablarme de Vargas Montseny. Del libro que estaba preparando, de las entrevistas que hacía, de la información que iba recopilando, del tono en que quería escribirlo y de que aún no estaba segura del título que iba a ponerle. Se esforzó por explicármelo todo con claridad.
—Si quieres que te cuente mi historia, vas a tener que contarme la tuya —le dije, confesándole lo intrigada que me había dejado la frase que le oí decir en la terraza del Baam cuando aún no nos conocíamos.
—No recuerdo esa tarde ni con quién estaba, pero sí, sin duda tuve que ser yo la que dijo eso.
Y Ruth me contó su historia. Pero no de golpe, sino en varios días.
Vivían todos juntos en un piso que había sido una antigua pensión. Ruth, sus padres, su tía Marta, su marido, el hijo de ambos (su primo Luis) y su tío Tito, el hermano mayor de Marta y su madre, que había nacido con retraso mental y en la familia le cuidaban como a un niño. También tenían un gato que respondía al nombre de Pancracio. Ruth estaba estudiando segundo de Enfermería sin demasiada convicción, únicamente porque su tía era enfermera y la había animado para que siguiera sus pasos. Había
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aprobado el primer curso con dificultad y estaba bastante más interesada en salir por la noche, aprender a tocar la guitarra eléctrica y leer cómics tirada en la cama. La vida parecía normal hasta que de pronto dejó de serlo. «Siempre pensé que fue un mal viento», me dijo. «Un mal viento terrible que nos levantó del suelo».
Su madre enfermó. Fueron meses de agonía en los que Ruth se volcó en sus estudios, no tanto para obtener respuestas como para aprender a cuidar. Su impotencia eclipsaba el dolor. Sin embargo, contra todo pronóstico, el primero en morir fue su padre. Se cayó en una zanja mientras volvía por la noche a casa y se partió el cuello. La enfermedad de su mujer le martirizaba, así que se pasaba el día tomando tranquilizantes, por más que su cuñada Marta le advirtiera. Andaba drogado, somnoliento, y probablemente por eso aquella noche tropezara. Su madre no aguantó mucho más; el corazón se le paró a la semana.
En quince días, Ruth se quedó huérfana. Aún no había cumplido veinte años.
Cuando se abrió el testamento, descubrió que estaban arruinados. La tienda de recambios de sus padres era un nido de deudas. Sus tíos le aseguraron que se ocuparían de ella, que seguirían viviendo juntos como siempre, que no tenía de qué preocuparse, que se harían cargo. Sin embargo, para Ruth todo había cambiado. Dejó los estudios y se encerró en su cuarto. Ni su primo Luis lograba sacarla de allí. Únicamente salía para comprar botellas de vodka que bebía sentada en la cama hasta desplomarse. De vez en cuando las arcadas la despertaban y vomitaba en el suelo sin llegar a levantarse. Vomitaba y lloraba. Los pocos momentos en los que estaba lúcida los dedicaba a leer novelas de ciencia ficción; quería estar en aquellos mundos. En cualquier otro mundo que no fuera este. Sus tíos le tocaban de vez en cuando a la puerta y le decían, cariñosamente, que entendían su dolor, pero que por favor bajara un poco el volumen de la música porque los vecinos no hacían más que quejarse.
Ni siquiera habían pasado dos meses cuando una noche sonó el teléfono. Marta tenía guardia, su tío y Luis habían ido a visitar a unos familiares, y Ruth estaba sola en casa con Tito, por lo que tuvo que levantarse a cogerlo. Era la policía. Su primo y su tío habían tenido un accidente de tráfico. Un camión se había cruzado con su coche. Los dos murieron en el acto.
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Así fue como Ruth se quedó sola con Marta, que tras la muerte de su marido y su hijo tuvo que dejar de trabajar porque vivía en un estado parecido a la catatonia, y con el tío Tito, un hombre mayor que no hablaba, necesitaba que le dieran de comer y le asearan en la ducha.
Su situación económica iba de mal en peor, estaban emocional y materialmente indefensos. Ruth convenció a su tía para vender el piso, sacar algo de dinero y marcharse de Astorga, donde consideró que ya no podían seguir viviendo; necesitaban huir, ir a cualquier otro mundo. Jamás volverían. En Oviedo acabaron por casualidad. Consideró que con sus tíos no podía hacer un viaje excesivamente largo y, además, encontró una casa barata a las afueras de la ciudad, donde apenas había nada más que prados, vacas y cinco vecinos muy dispersos. Era una casita pequeña y destartalada, muy vieja. «Necesitará reformas», les dijo el vendedor. «De momento no», contestó Ruth. No estaban en disposición de hacerlas y al menos el tejado aguantaba. Se quedaron a vivir allí, en aquella casa con cocina de leña y suelo de sintasol que Ruth había elegido por su precio y porque tenía una pequeña huerta, ya que pensó que su tía podría criar unas gallinas, animales que siempre le habían gustado. Pero Marta no crio nada. La pobre mujer no hacía nada. Solo respiraba, dejaba la mirada perdida, se quedaba horas sentada con el gato Pancracio en su regazo sin llegar a acariciarlo y cuidaba mecánicamente de Tito.
Ruth tuvo que buscarse un trabajo. Lo único que encontró, al no tener formación ni experiencia y viviendo en una ciudad donde no conocía a nadie, fue poner copas por la noche en distintos pubs. Empezó a beber mucho de nuevo. Llegaba a casa de día, borracha, se encontraba todos los platos sucios tirados en la encimera de la cocina y la mesa, la ropa por el suelo, el baño lleno de polvo, y se metía en una cama deshecha. Tía Marta comenzó a recoger los gatos que había por los alrededores. Salía al atardecer, un poco antes de que Ruth se marchara, y venía con un nuevo gato abandonado. Junto a Pancracio, llegaron a tener cinco. Cuencos de leche por el suelo, platos con sobras, pelusas que nadie limpiaba. Pero eso era lo único que parecía complacer mínimamente a su tía.
Cuando la despidieron del tercer pub, y en un intento de llevar una vida más ordenada, Ruth se puso a limpiar casas. Estaba en esas, sirviendo por aquí y por allá, cuando conoció a Sebas. Con él volvió a ir a los conciertos. Le dejaba su furgoneta de vez en cuando para que al regresar de trabajar no tuviera que coger un taxi o un autobús que la dejaba a dos
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kilómetros de su casa. Entonces Ruth comenzó a escribir. Siempre había leído mucho, pero escribir nunca había pasado de ser un remedio desesperado cuando su alma parecía haber tocado fondo. Pero en aquella ocasión, años después, escribía desde un lugar donde ya lo había tocado. Así se encontró Ruth contándose cosas que nunca se había contado y logrando huir al fin a otros mundos que no eran este.
Sebas montó un bar, Ruth comenzó a tener cierto éxito con sus publicaciones, y tía Marta fue despertando poco a poco, muy lentamente. El único que seguía igual era Tito; como si nada en todo aquel tiempo hubiese pasado. Cuando consideró que sus tíos ya podían vivir solos, Ruth alquiló un piso con Sebas. Pero tuvieron que transcurrir muchos años antes de que las heridas inmensas de Ruth cicatrizasen. Fue pasados los cuarenta cuando decidió tener hijos; hasta entonces no se había sentido preparada. Aquello supuso un descubrimiento enorme, porque ella nunca había tenido instinto maternal, así que la experiencia, felizmente, le estalló en la cara. Tía Marta también encontró una nueva ilusión con los niños, a los que cuidaba con dedicación y sin desatender a Tito, ni tampoco a los gatos. Parecía que había recuperado un poco de la mujer dispuesta a estar en mil frentes a la vez. A los niños no quisieron ponerles ninguno de los nombres de los muertos porque consideraron que eso les traería mala suerte. La mayor, de cinco años, se llamaba Lila. Telmo tenía tres, y a la que iba a nacer la llamarían Amparo.
Cuando Ruth acabó de contarme su historia, le dije que sí, que la ayudaría con su libro.
No fue una decisión meditada, sino algo que me salió espontáneamente, de dentro. Como una necesidad, como un capricho. También por un deseo de agradar, de compensar a aquella mujer que tenía delante. Además, las desgracias que me había narrado hicieron que, en comparación, mis neuras me parecieran ridículas.
Así que me decidí a recordar. No como hasta ese momento, con aquellas imágenes dispersas sobre la tarde que pasamos con Vargas Montseny y que de vez en cuando me venían a la mente, sino a hacerlo de forma ordenada, consciente, escarbar lo más que pudiera en mi memoria para tratar de ser precisa.
Decidí recordar para contárselo a Ruth.
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Fata Morgana
Con Ruth había que quedar a media mañana, cuando sus hijos mayores estaban en el colegio y la pequeña en la guardería. El resto de la jornada tenía que hacer malabarismos con la logística. Salí de casa cuando los relojes del gabinete marcaban la hora en punto y, al poner un pie en la calle, me llegó un correo de Blas.
Querida raposa:
Con las prisas de por la mañana se me olvidó recordarte que hoy hace cinco años de nuestra cita en el Rialto. Compraré allí pasteles de camino a casa para celebrarlo. Ya sabes que lo importante es celebrar (y comer pasteles). Espero que para entonces no te hayas dormido (aunque, con la vida que llevas últimamente, quién sabe).
Que te vaya muy bien con Ruth en su bar.
Años atrás, el Oviedo Antiguo era un lugar tumultuario, auténtico y fundamentalmente divertido, pero había empezado a llenarse de bares de diseño y ambiente bobo.
La Chiquita, el bar de Sebas, pese a encontrarse rodeado de este tipo de locales, no era así, o no del todo. Estaba pintado de azul, pero no de un azul cualquiera, sino del mismo que estaban pintadas las ventanas de madera antigua de las casas de la plaza del Fontán. Ese azul esencia. No tenía mesas, solo una barra en forma de ele, y había que estar de pie, o sentarse en taburetes altos para tomar algo. Su especialidad era el vermut, sobre todo el de grifo, y lo único que ofrecía para comer eran huevos, aunque preparados de muy distintas formas: cocidos, revueltos, a la cazuela, en tortilla, fritos sobre pan, rellenos, escalfados, con bechamel, al nido. Vermut, huevos y azul antiguo. Ni tan mal.
Al entrar en La Chiquita busqué con la vista en las estanterías del fondo la garrafa de vidrio que le había regalado a Ruth cuando nació Amparo. No porque ella tuviera un especial interés en ese recipiente, sino
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porque pensé que le gustaría el nombre: damajuana. Aunque sea una tontería, me satisface reencontrarme con mis objetos, guiñarles un ojo, saber que están bien. Sebas me saludó desde la barra. Era un hombre delgado y parecía siempre acatarrado. Cuando los veía juntos a Ruth y a él, me acordaba de aquella canción que me cantaba mi abuela sobre la sardina y el tiburón. Sin embargo, conocía a pocas parejas que, después de tanto tiempo juntos, se tratasen con tanto cariño y, sobre todo, con tanta complicidad. Tanto de todo.
Sentí que alguien desde atrás metía la mano en mi pelo y me lo revolvía.
—Hola, Ruth —dije al girarme.
Como empezaba a entrar gente en La Chiquita y no era un local muy grande, decidimos ir a dar una vuelta.
—Caminemos sobre las aguas —me dijo mi amiga dirigiéndose a la puerta.
Bajo el Oviedo Antiguo hay un mundo de ríos subterráneos. Manantiales ocultos tras las paredes, aguas estancadas en las pequeñas huertas que quedaron camufladas entre los huecos de los edificios. Cuando llueve torrencialmente, y se colapsa el alcantarillado, todo aquello se desborda, colmando las tuberías y encharcando algunos de los sótanos de la zona. A Sebas ya se le había inundado el almacén un par de veces. «Algún día se romperán las calles y nos ahogaremos», solía decir Ruth. «Yo la primera, que soy de Astorga».
Le eché un vistazo a la damajuana, me despedí de ella en silencio y salimos a la plaza del Fontán, la misma que los domingos de mi infancia me olía a sidra y a calamares fritos, y donde estaba la sinagoga, la estatua de la Bella Lola sentada en un banco y, enfrente, la de Vargas Montseny. La misma plaza en la que había estado con el escritor chileno haciendo el recorrido con los catedráticos aquella tarde, y en la que muchos años antes La Barraca de Lorca había representado dos entremeses de Cervantes.
—Vargas Montseny nos vigila —dije señalando su estatua.
—Eso siempre —contestó Ruth con aquella voz tan hermosa.
Desde que había publicado el libro, Ruth y yo apenas hablábamos del escritor desaparecido. Quedábamos para nuestras cosas. Nos llamábamos, intercambiábamos mensajes, íbamos juntas a la Feria del Disco Antiguo.
Al final acabamos sentadas en los escalones de la plaza del Ayuntamiento, muy cerca del león de piedra escondido en los soportales.
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Cuando estábamos juntas, a Ruth y a mí nos gustaba sentarnos en las escaleras, en los bordillos, en los portales o en los respaldos de los bancos como dos adolescentes que comen pipas, aunque ya no tuviéramos edad para ello.
—Y, por favor —volví a decir cuando acabé de contar la historia de Tina—, que esto no salga de aquí.
Mi culpabilidad crecía. La confidencia que me había hecho mi tío sobre el suicidio de su amiga, al final, estaba en boca de todos. Pero me escudaba en que Ruth había formado parte de aquel día, era la última persona a la que había llamado por teléfono y resultaba imposible hacer una tortilla sin romper huevos. Además, formaba parte del reducido club de la niebla, del que estaba segura de que no iba a salir aquella información y que eran las únicas personas con las que podía compartir lo que estaba pasando.
—Joder —soltó Ruth.
Sacó del bolso un librito de papel, filtros y tabaco, lo puso todo sobre sus muslos y empezó a liarse un cigarrillo. Había dejado de fumar en sus sucesivos embarazados y, aunque no había vuelto a hacerlo, sostenía que necesitaba recurrir a ciertos hábitos para mantener ocupadas las manos. Tal vez sea cierto aquello de que todos los males vienen porque somos incapaces de quedarnos quietos.
—Ya. Es muy fuerte… —Me desagradaba un poco tener que meter a Ruth en otra triste historia, pero el destino había vuelto a involucrarla—. ¿Notaste a Tina rara cuando te llamó?
—Pues no sé qué decirte —contestó frotando el papel con el tabaco—. No la conocía. Era la segunda vez en mi vida que hablaba con ella. La primera fue para proponerle que participara en el libro, y aunque declinó la proposición, fue muy amable. Y la segunda, el otro día, cuando me llamó.
—¿Y qué te dijo exactamente?
—Eso es lo raro, porque decirme no me dijo nada, más allá de lo que te conté. Solo que era Tina Flórez y quería preguntarme por Vargas Montseny. Me quedé sorprendidísima, claro. Quise saber el qué exactamente, me preguntó si podíamos quedar la semana siguiente, le contesté que sí y se despidió dándome las gracias. Punto. Nunca hubiera imaginado yo que luego…
Abrió mucho los ojos y se guardó el cigarro, perfectamente liado, en el bolsillo de la cazadora vaquera, dando por terminada su labor.
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—Igual no la entendiste bien. Tal vez lo que te dijo fue que quería contarte algo sobre Vargas Montseny. Eso tendría sentido.
—No, no. De eso estoy segura. Ella quería preguntarme, sin duda. Si me hubiera llamado para decirme que quería contarme algo, créeme, se me hubiesen puesto las orejas picudas pensando que tendría un nuevo hilo del que tirar y seguir escribiendo. Pero dijo «preguntar», y eso me extrañó mucho. No sé qué pensaba que le podría contar yo, más allá de lo que ya escribí. —Ruth se sacó de la muñeca una goma para el pelo y se lo recogió en una coleta bajo la nuca. Así podía ver mejor su cara ancha de pómulos marcados y la nariz alta, que de perfil parecía más angosta—. Hay muchos que continúan escribiéndome afirmando que saben dónde está Vargas Montseny, que lo han visto, que creen haber adivinado qué sucedió. Todos tarados, claro. Algunos hasta me hablan de abducciones extraterrestres y viajes en el tiempo. Cosas que me encantan, pero que no tienen relación con este asunto. Aunque yo, por si acaso, los escucho a todos porque nunca se sabe. Antes lo hacía más, ahora ya voy perdiendo la paciencia. Pero ¿tratándose de Tina Flórez? ¿De una persona equilibrada que sí estuvo con él la tarde antes de desaparecer y nunca había querido hablar? La habría escuchado incluso de rodillas. Y suplicando. Aunque, bueno, equilibrada, por lo que me cuentas, parece que no lo estaba mucho. Puede que se tarase con el tema, como tantos otros. —Me dolió un poco que se refiriera a Tina en esos términos, aunque tal vez no anduviera muy desencaminada—. Con Vargas Montseny uno nunca acaba de contarlo todo, por eso es tan interesante. Puede que algún día se descubra algo más y tenga que escribir una segunda parte. Quién sabe.
—¿No te gustaría seguir investigando?
—¿Investigando? ¿Yo? —Clavó en mí sus ojos oscuros y ligeramente rasgados. Luego sonrió de medio lado y dejó la mirada perdida al frente—. Qué voy a investigar, si yo soy un fraude, Calu. Una Fata Morgana.
—Pero ¿qué dices?
—Un camelo, vamos. —Ruth miraba al infinito con un gesto grave que, de nuevo, me pareció lleno de fragilidad—. Nunca se me dio bien expresarme. Pero cuando era adolescente descubrí la escritura y el efecto que lleva consigo. ¿Recuerdas Matrix y aquellas escenas en las que la cámara parece girar alrededor de la acción mientras el tiempo se detiene? Así es escribir. Puedes parar el tiempo, rebuscar en tu mente, organizar ideas, cambiar palabras, tomarte una cerveza mientras recurres a tus
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recuerdos, mientras los transformas en otra cosa, y seguir contando… Todo lo que la realidad no permite. Además, el gran problema de la realidad es que es absurda, no existe en ella un equilibrio. La vida no es secuencial, sino aleatoria. Que se muera tu padre en un accidente no implica que no pueda morirse tu marido la semana siguiente. No hay un orden. Pero al escribir, sí; puedes darle sentido a lo que sucede, puedes equilibrar las cosas. Y eso es todo lo que yo sé hacer: parar el tiempo saliéndome de la realidad. No tengo capacidad de deducción, soy negada para interpretar los datos o para discurrir. Solo sé inventarme monstruos que simbolicen mis recuerdos y los compensen, y en el caso de Vargas Montseny en la niebla, mi única obra de no ficción, lo único que hice fue recoger información, organizarla y tratar de escribirla con cierta gracia. Pero eso es todo.
—Coño, Ruth, me parece que exageras un poco.
Volvió a mirarme y me dio la impresión de que regresaba a mi lado. —¿Y tú qué sabrás, perra del infierno —me dijo riéndose—, si ni
siquiera has leído el libro?
—La parte que yo te conté, sí.
—De acuerdo, esa parte sí.
—Y me pareció brillante.
—Fui una mera transcriptora.
—Pero voy a leérmelo entero. Hoy mismo empiezo. Por eso también quería hablar contigo.
—¿Y eso? ¿Por lo de Tina?
—Sí, me ha revuelto muchas cosas. Ha abierto mi baúl de las tormentas, como dice Ulises. Ayer ya levanté un poco la tapa leyéndome Castillos tan hermosos.
—¿Y qué te pareció?
—No entendí el final.
—Pues prepárate. No lo harás con ningún texto de Vargas Montseny.
Era un hombre misterioso.
Me sorprendió aquel comentario de Ruth porque, aparte de su inexplicable desaparición, no era el concepto que tenía de él. El recuerdo que guardaba era el de un señor afable que decía cosas interesantes y tiernas, y que a mi tío casi se le pasa desapercibido en el hall del hotel cuando fuimos a recogerle.
—¿Misteri…?
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—A ver, Calu —me interrumpió—, no voy a negarte que me impresiona el hecho de que Tina me llamara antes de… En fin, antes. Me quedaré toda la vida con la duda de qué quiso preguntarme. Y ya te advierto que tú también vas a quedarte así. Como bien sabes, en esta historia hay muchos silencios, y yo he aprendido a vivir con ellos. No quiero que te decepciones con eso. Pero, mira, si ha servido para que abras ese baúl, bienvenido sea.
«Muchos silencios», pensé.
—Pero, además de los miembros de La Patagonia, ¿hubo alguien más que no quisiera participar en el libro?
—Luz Miranda, sin ir más lejos. Si te parece poco el silencio de la mismísima esposa… Le escribí varios correos, pero no obtuve contestación, hasta que al final acabó respondiéndome, como a todo el mundo, que no deseaba participar en nada que concerniese a su antiguo marido. Algo que, por cierto, ya sabrías si te hubieses leído el libro, porque ahí lo conté.
—De acuerdo, de acuerdo —dije levantando los brazos a modo de rendición—. Me lo leo y hablamos. Supongo que me irán surgiendo varias preguntas mientras lo hago.
—Llámame para lo que quieras. Pero espera, que hubo alguien que me ayudó, y mucho, y tampoco quiso que su nombre apareciese en el libro. Es más, es que nunca supe cuál era. Solo conozco su apodo de internet: el Afamado López.
—¿El Afamado López? —pregunté—. ¿Como la cafetería?
Ruth estalló en una carcajada.
—Ay, Calume, mucho te queda por leer. Como la cafetería, sí, pero también como el personaje más célebre de Vargas Montseny. Es decir, el Afamado López.
—Madre mía, no tenía ni idea… ¿Y quién dices que es? El que te ayudó con el libro, me refiero, no el personaje.
—Alguien muy activo en los foros sobre Vargas Montseny. Y también muy cabal. Al contrario que casi todos los demás, no se dedicaba a esgrimir teorías, sino a aportar información. Lleva años recopilándola y colgándola en redes sociales.
—Voy a buscarlo.
Saqué el móvil del bolsillo y cuando iba a abrir Instagram, un mensaje de mi tío apareció en la pantalla. «¿Qué tal con la paisana de las
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fotografías? ¿Al final estaba chocha? ¿Encontraste algo interesante? ¿Algún chollo para mí?». Sentí de pronto como si me hubieran pillado en plena infidelidad en un motel de carretera. Los dedos me temblaban un poco, me aturullé y cerré rápidamente el mensaje.
Para mi sorpresa, había varios perfiles de Instagram que podían responder al nombre del Afamado López, así que se los enseñé a Ruth para que me señalara el correcto.
—Este es —dijo tocando la pantalla de mi móvil—. Me mandó por mail decenas de noticias, páginas y datos que fui confirmando uno por uno, y todos cuadraban. La verdad es que fue algo así como un documentalista fantasma. Como te digo, está muy bien informado. O informada, quién sabe. Es más, fue quien me pasó todos los nombres de los miembros de La Patagonia, incluido el tuyo.
Eso me dejó pasmada.
—¿En serio?
—Sí, de todos. Y también el de la recepcionista del hotel, que en los periódicos solo venía citada por su cargo. La mayoría de la información que me dio fue sobre la desaparición de Vargas en Oviedo, por eso siempre pensé que era de aquí. Pero ya te digo que nunca logré averiguar quién era. Ni tampoco por qué ocultaba su identidad. ¿Lo ves? Una historia llena de silencios.
El silencio, me había dicho Ulises, es la respuesta de los tramposos.
No se me iba esa frase de la cabeza.
—¿Me podrías dar su contacto y el de Luz Miranda?
—¿Sus contactos? Sí, claro. Pero ¿para qué los quieres? ¿No me digas que te vas a poner a investigar tú ahora?
—Pues, si te digo la verdad, no lo tengo muy claro. Creo que solo quiero… buscar.
Buscar sin saber con exactitud qué estoy buscando porque solo lo sabré cuando lo encuentre. Buscar algo que sea mío, que me aluda, que yo reconozca. Ese siempre había sido mi afán.
—Buena suerte, entonces. Bienvenida al inmenso círculo de los sabuesos que van tras los pasos de Vargas Montseny. Confieso que me intriga lo que puedas encontrar. Porque yo, como ya te expliqué, soy una Fata Morgana, pero tú sí eres una verdadera cazadora. Igual al final podemos escribir juntas esa segunda parte —dijo guiñándome un ojo—.
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Aunque, qué quieres que te diga, creo que lo mejor es que empieces por hablar con…
—Sí, con mi tío. —Otra vez aquel consejo—. Lo sé, lo sé. Pásame esos contactos, anda.
La hora de ir a recoger a Amparo se acercaba. Las rodillas de Ruth crujieron al levantarse como una carraca girando sobre un mango.
—Por cierto, Ruth, ¿qué leches es una Fata Morgana? —pregunté, irguiéndome también. En esos momentos me dio la impresión de que aquel nombre, Morgana, sería un buen apodo para Ruth. Menos descriptivo que la Apache, pero más eufónico; había algo en la pronunciación rotunda de esas letras que me recordaba a ella.
—Pues algo que parece lo que no es —dijo solmenándose la parte de atrás de sus vaqueros—. ¿No lo sabías? Yo que te lo decía por nuestra relación náutica… Es una ilusión óptica que se produce en el mar cuando la luz impacta sobre corrientes de agua, proyectando imágenes desde distintos ángulos. Se crean espejismos tales que en la línea del horizonte llegas a ver montañas difuminadas, islas inexistentes y hasta barcos voladores.
Pensé que sería hermoso contemplar algo así. Varios días después, cuando descubrí la Fata Morgana que había tenido ante mis ojos, comprendería lo equivocada que estaba.
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Pequeñas maldades
En La Patagonia, a Braulio y a Tina los llamaban socarronamente el Marqués y Miss Pino, haciendo mofa de la elegancia y la dignidad del porte de ambos. Aquellas pequeñas maldades, por supuesto, habían partido de Manuel Bode y habían llegado a cuajar en el grupo. «Miss Pino está hoy contrariada», susurraban por lo bajo cuando Tina cerraba la libreta y torcía el gesto sin decir palabra porque no se estaba hablando del libro del que había tomado notas, o cuando se llevaba delicadamente la mano al cuello y cerraba los ojos porque alguien había dicho algo que consideraba soez, o cuando limpiaba la silla en la que iba a sentarse con el pañuelo blanco que llevaba en el bolso. También era habitual escuchar frases como: «Hay que ver las cosas que se calla el Marqués», «Esta tarde el Marqués ha estado fino», «Ahí vienen la mujer y las hijas a recoger al Marqués» o «Mucho psiquiatra y mucho Marqués, pero le gusta escuchar detrás de las puertas como a todo el mundo».
Cuando al principio Bode, refiriéndose a Delia, decía: «A ver con qué boberías nos viene hoy la Médium» o «Como la Médium se ponga a sacarle la carta astral a Sancho Panza, yo no respondo», los demás lo tomaban como si la hubiese llamado la Cósmica, la Sagitario o Madame Karma. Pero un día Manuel Bode explicó que no se refería a ninguna de estas inclinaciones de Delia, sino que el segundo marido de esta había ido un día por su relojería dándose muchos aires, pidiéndole que le enseñara piezas carísimas para, al final, y con excusas muy rimbombantes, no comprar nada, y que a él ese tipo le había parecido envanecido y presuntuoso, un chulo, un fanfarrón… En definitiva, un fantasma. De ahí lo de llamar Médium a Delia. Al resto de los miembros de la tertulia les hizo tanta gracia que finalmente acabaron adoptando el apodo.
Un viernes, Rosalía no había podido acudir a una de las reuniones de La Patagonia, alegando un «resfriado monstruoso», y el resto se dedicó a
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hacer lo que más une a los miembros de un grupo, es decir, hablar de quien no está. Aquella tarde, Manuel Bode hizo uno de sus maliciosos comentarios explicando que a él Rosalía le recordaba a esos hipopótamos que salían en Fantasía bailando La danza de las horas ataviados con un tutú y los ojitos pintados. Aquella comparación les pareció a los demás tan graciosa y acertada, tan reconocible, que Rosalía a punto estuvo de llamarse la Hipopótama. Pero entonces mi tío, resentido y dando al fin muestras claras de algo que en aquella mesa ya se sospechaba, replicó: «Pues a mí me parece que Rosalía está bárbara».
Desde entonces, todos, y de forma especial mi tío Canor, la llamaban secretamente la Bárbara.
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Los límites
Vivo entre dos plazas, la del Sol y la del Paraguas. Como si mi calle, que es una de las que transcurren entre ellas al igual que ríos de piedra, fuera una estación de entretiempo. A veces me da la impresión de que ir caminando por el Oviedo Antiguo es como ir saltando por estados de ánimo o cayendo en distintas casillas del juego de la oca. De la calle de Los Pozos a Paraíso. De Los Huevos al Peso. De Salsipuedes al Arco de los Zapatos. De la plaza del Sol a la del Paraguas.
Después de despedir a Ruth, mientras bajaba hacia mi casa por la plaza del Sol, me asaltó un pensamiento: «Tuvo que ser por algo que yo dije». Los bares ya tenían puestas sus terrazas y varias personas hablaban por el móvil sentadas en las escaleras de la plaza o fumaban junto a la puerta del edificio administrativo. Probablemente, funcionarios tomándose un respiro. «Tuvo que ser por algo que yo dije», me repetí. «Por eso Tina quiso hablar con Ruth. Preguntarle por algo que había escrito en el libro. Lo único que Tina sabía de Vargas Montseny era lo que vivimos juntas la noche de su desaparición, y fui yo la única del grupo que aceptó contárselo a Ruth. Algo tuvo que leer que no le cuadró».
Aquel pensamiento me angustiaba de tal forma, como solo asolan las revelaciones, que apenas me di cuenta de cómo había subido las escaleras y llegado a casa. Saqué el móvil del bolsillo y llamé a Ulises, pero, para variar, tenía el teléfono apagado. Así que le grabé un audio resumiendo la charla que había mantenido con Ruth, que tampoco me había aportado demasiada información, y, por supuesto, acabé diciendo: «Tuvo que ser por algo que yo dije». Después descorrí el biombo del pasillo y me dirigí al armario.
Cuando vives en tu negocio, tienes que hacer frente a bastantes dificultades. Blas, por ejemplo, vive aterrado con que algún cliente necesite ir al baño, el único de la casa, y vea nuestros cepillos de dientes,
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su máquina de afeitar, las toallas con las que nos secamos tras la ducha, nuestro desodorante. En los utensilios que usamos para la higiene se condensa una parte importante de nuestra intimidad. Por eso lo tenemos todo escondido en los distintos armarios del baño, sin dejar nada a la vista. Con una disciplina propia de la que se guarda en un barco, sacamos y metemos los cepillos, el jabón de manos, los peines, la colonia, doblamos los albornoces estando todavía húmedos. Todo tiene un toque marcial. Lo primero que hace Blas antes de marcharse a la facultad es lavar el baño entero con lejía, y cuando regresa a casa, siempre cambia la toalla de manos, sin preguntar siquiera si algún cliente ha necesitado ir al servicio. Por si acaso.
Otro de los grandes problemas es el espacio. Vivir acurrucados tras el biombo. Aunque pasemos mucho tiempo en la cocina, el lugar donde comemos y charlamos, el grueso de nuestra vida se encierra en la habitación. Frente a la cama tenemos colgada la televisión, en la mesita reposa el portátil de Blas, en el armario y el canapé apilamos la ropa y los zapatos como si fuera una labor de ingeniería, y las paredes están llenas de marcos con nuestras fotos. La mayoría de nuestros recuerdos están guardados en casa de nuestros padres, pero a lo que no pudimos renunciar fue a separarnos de los libros.
Entré en la habitación pequeña, al lado de la nuestra, la que uso como almacén. Allí apilo la mercancía que todavía no he colocado o la que debo llevar a reparar, preparo los paquetes que tengo que enviar, y en una esquina está una mesa con una silla y un ordenador, así que, si me pongo estupenda, puedo llamarla mi despacho. También, al igual que en nuestra habitación, hay un armario empotrado. Un hueco en la pared cerrado con dos puertas correderas. Abrí las puertas y encendí la luz táctil que había en el techo. Ahí estaban nuestros libros. Había forrado el armario con papel pintado púrpura, salpicado de dragones chinos dorados, y había llenado el fondo y los laterales de delgadas baldas de madera en las que colocamos los libros en orden alfabético. Abrías las puertas del armario y ahí te la encontrabas, nuestra pequeña biblioteca escondida.
Cogí de la balda Vargas Montseny en la niebla, de R. Rami.
Cuando Ruth me había dado el libro, leí la parte que yo le había contado, comprobé que todo estaba correcto, lo cerré y lo metí en orden
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alfabético en el armario sin querer saber más de él. Algunas veces estuve tentada a sacarlo de allí, esconderlo en otra parte, porque temía encontrármelo al buscar cualquier otro libro y, en cambio, deseaba obviarlo.
En ese momento me llegó un mensaje de Ulises. «Estoy en un bar llamado La Parada, que es para verlo. Una señora, un ventilador, una barra donde sirven salchichón y el local a reventar. Vente y hablamos». Lo último que me apetecía era perseguir a Ulises por los barrios, así que le contesté que prefería quedarme en casa leyendo el libro de Ruth y que nos veríamos al día siguiente. Para mi sorpresa, me respondió en el acto. «Bien, pero cuidado. Los recuerdos son tramposos».
De nuevo, Ulises parecía haberme adivinado el pensamiento. Obsesionada como estaba con la idea de que Tina había llamado a Ruth por algo que yo había dicho, mi primer impulso había sido el de volver a leerme la parte de La Patagonia, buscar allí de nuevo, pero de repente comprendí que eso hubiera sido caer en una trampa. Necesitaba volver a aquella noche otra vez antes de contrastarlo de nuevo con lo que le había contado a Ruth. Pero cómo. Se había vuelto una película repetitiva que veía en mi mente una y otra vez desde días atrás. En realidad, desde hacía años. Si hubiera podido cotejar mis recuerdos con los de otros que también vivieron aquella noche, sería distinto. Pero las únicas personas que habían estado conmigo se negaban a hablar de ella y a mí me odiaban por hacerlo. Estaba sola en eso.
Se me ocurrió entonces algo estrafalario y posiblemente inútil: enviaría un mail a Luz Miranda. Si la mujer en todos estos años había rehusado hablar de la desaparición de su marido, manteniendo una actitud que se podía calificar de enigmática e incomprensible, habiendo incluso quien sospechaba que podía tener alguna implicación en el asunto, menos iba a hacerlo conmigo, pero decidí seguir. Tampoco tenía nada que perder.
Buenos días, Luz:
Me llamo Alana Menéndez Calume.
No sé si se acordará de mí, pero soy la niña que estaba presente en Oviedo en la tertulia de La Patagonia, la sobrina de Nicanor Calume. Sé que hace muchos años que ha dejado de hablar de la desaparición de su marido, y le aseguro que lo último que yo querría es molestarla o importunarla. Solamente me gustaría hacerle algunas preguntas sobre aquella noche. Le aseguro, y le doy mi palabra, de que no tengo intención de hacer pública ninguna información que usted me dé, ni pienso usarla en ningún libro, documental o reportaje. Quedaría exclusivamente entre usted y yo. Se trata de un asunto personal.
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Le doy las gracias de antemano por su tiempo.
Atentamente,
Alana
Decidí escribir también al Afamado López, con quien tenía previsto ponerme en contacto más tarde, tras leer el libro, pero ya que estaba metida en harina, todo era pan.
Buenos días:
Soy Alana Menéndez Calume, y supongo que me conoce, ya que le dio mi nombre a Ruth Rami (quien me ha pasado su dirección) mientras escribía Vargas Montseny en la niebla, al igual que el de mi tío, Nicanor Calume, y el de los demás miembros de La Patagonia. Me pongo en contacto con usted porque me gustaría hacerle algunas preguntas sobre la desaparición del escritor chileno. Es mera curiosidad personal, sin ningún afán periodístico ni literario.
Saludos,
Alana
Tras mandar el nuevo correo me quedé mirando la pantalla del ordenador y comprendí que era una náufraga que había tirado al mar un par de mensajes en unas botellas con muy pocas posibilidades de obtener una respuesta o, al menos, no una inmediata. Pero sentí que algo se ponía en marcha, y eso me reconfortó. También informé e Blas, comentándole que al menos había logrado hablar de aquel tema con alguien que no pertenecía al club de la niebla, lo que ya era un paso. Aunque no sabía hacia dónde.
Tenía varios mails del trabajo sin abrir, entre ellos, una notificación que me recordaba que se acercaba la fecha del desembalaje de Gijón y de la Feria de Antigüedades, Coleccionismo y Juguetes de Colunga. La proximidad de un desembalaje siempre me anima. Mientras miraba los correos sonó el teléfono, pero reconozco que lo último que me apetecía en aquel momento era atender una llamada de mi madre.
—Hola, mami.
—¿Qué tal, cariño? ¿Todo bien?
—Estupendamente.
—¿Mucho trabajo?
—Bastante.
—Ay, vaya por Dios. Pero ¡que no falte!
—Oye, mamá, te llamo luego, que ahora estoy ocupada.
—Sí, no te preocupes. Escucha una cosina… Hablé antes con tu tío y me dijo que ayer habías comido en su casa. No sabes la ilusión que le hizo.
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«Fue muy raro, mamá, volver a aquel lugar al que hacía tanto tiempo que no iba. Entender cómo los años nos habían separado. Y ahora, precisamente, estoy tratando de regresar a aquella niña que fui, a lo que vi entonces. Acabo de escribir a dos completos desconocidos para hablar con ellos de lo que nunca me dejasteis hablar».
—Sí, estuvo bien, sí.
—Ya le conté que me habías preguntado por él, si se había ido al pueblo o qué, que le estabas buscando porque andabas preocupada. ¡Eso lo saboreó él más que el caramelo! La muerte de Tina ha sido un duro golpe para el pobre. Si es que a mí también me ha afectado. Aunque he de decir que hoy le encontré bastante bien para lo que me esperaba. Bueno, ya sabes cómo es.
«Mamá, Tina se suicidó y yo quedé con el tío a ver si lograba sonsacarle información sobre esa muerte».
—Está mejor, sí.
—Que, por cierto, me dijo que te había escrito un mensaje antes y que no le habías contestado. Ya le dije que debías de estar muy atareada.
«Pues, mira, no le contesté porque su mensaje me pilló in fraganti mientras le contaba a Ruth algo que me había dicho en sumo secreto y me aturullé».
—Luego le contesto, sí.
—¡Un besín, reina!
Al colgar, vi que me había llegado la respuesta de Blas.
No tengo ni idea de por lo que estás pasando. Esos caminos yo jamás los tuve que transitar. Así que solo puedo hacerme una breve composición de lugar sobre lo que sientes. Y dando consejos, como bien sufres, soy un cero a la izquierda.
Ya sabes que cuando tengo problemas para entender una situación (algo que me ocurre muy a menudo) suelo usar límites, como en matemáticas. Así que voy definiendo puntos, todos los que puedo. Cuando los tengo todos, sé que la curva resultante, la respuesta, ha de estar entre esos puntos. Aunque no sepa todavía qué forma tiene, al menos sé cuáles son sus límites. Así que vamos a definir puntos.
No sabía si me estaba instando a hacerlo yo, o lo aplazaba a que definiéramos los límites los dos juntos cuando llegara por la tarde, ya que el correo acababa ahí. Pero cómo. Qué límites.
Entonces algo se iluminó en mí. Es curioso cómo las circunstancias lo contaminan todo, de la misma manera que se transforma mi casa después de que vea ciertas películas. El pasillo que recorro a diario, y que me
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parece el más cotidiano de los espacios, se convierte en algo espeluznante cuando tengo que atravesarlo por la noche para ir al baño después de haber visto una película de terror. Mi miedo lo convierte todo en algo espantoso, al igual que en aquellos momentos cada cosa que ocurría a mi alrededor me parecía estar relacionada con el caso. O puede que fuera, nuevamente, el deseo de encontrar una conexión. El caso es que tuve una idea: recuerdos, límites. Y me acordé de las siete partes de la noche de san Isidoro.
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Blas y yo
No sabría decir con exactitud por qué acepté volver a quedar con Blas Ortiz Laplace después de aquella extraña comida en la pizzería, ni entendía demasiado bien el hormigueo que me producía en una indeterminada parte del cuerpo pensar en él; supongo que era una mezcla de curiosidad y desconcierto, algo parecido a un calambre. Lo que sí sé es por qué decidí citarlo en el Rialto: me parecía que una confitería era el lugar más inofensivo para tomar un café con alguien. Resultaba imposible cualquier agresión estando rodeados de señoras con cardados lacados que merendaban tortitas.
Entré en el Rialto, atravesé la pastelería abriéndome paso entre la cantidad de gente que guardaba cola y se agolpaba en el mostrador repleto de buñuelos de crema, merengues, pirámides de chocolate, lazos de hojaldre y tartaletas de manzana, y llegué hasta el salón de té. Blas estaba sentado al fondo, junto a una de las columnas blancas con adornos dorados. Intuí que había llegado con tiempo suficiente para coger una mesa y no tuviéramos que permanecer de pie en la cola hasta que quedara una libre. Debía de saber, como yo, que se trataba de un lugar muy concurrido, y más a aquellas horas. Me alegró pensar que había entendido el mensaje.
Estaba sentado sin quitarse la cazadora, rodeado de aquel olor a café y a pasteles, pasando las manos por el mantel de hilo rosa, igual al del resto de las mesas. Seguía teniendo aquel aspecto asustado y un poco rudo, como si no encajara en ninguna parte, y llevaba de nuevo un jersey oscuro lleno de bolas; parecía que no solo su ropa, sino todo él hubiera salido de un armario lleno de polilla. Me sorprendió su rostro porque no lo recordaba exactamente así. Ya que nada en su aspecto me resultaba armonioso y definido, tenía dificultades para grabarlo en mi mente de forma precisa. De hecho, eso me pasaría durante mucho tiempo:
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asombrarme cada vez que lo veía. En ocasiones me sorprendía para bien, pero en otras sentía cierta desilusión porque me parecía peor de lo que recordaba.
Vinieron a atendernos muy rápido, y yo me pedí un chocolate caliente y un milhojas de crema.
—Un café con leche. Gracias —le dijo Blas a la camarera con una cortesía y, sobre todo, con una naturalidad que me hubiera gustado que usara conmigo.
Cuando en una confitería pides pasteles para merendar y los demás no, es como si te estuvieras emborrachando mientras los otros beben agua. Sin embargo, recordé las dificultades que tenía Blas para comer, masticando mucho cada bocado y tragando con esfuerzo, como si le costara, como si estuviera engullendo cristales.
—Aquí hacen muy bien el hojaldre —dije, puede que para justificar un poco mi pedido glotón—. Y el hojaldre es algo difícil, muy delicado. Tantas capas, tan quebradizas… —De nuevo empecé a hablar de cualquier cosa, temiendo que se produjera otra vez un silencio incómodo. En esta ocasión era yo la que quería evitar dar explicaciones sobre por qué habíamos quedado—. Esos pasteles de merengue enroscados los llaman olgas. Olga, que es Elena en ruso. No sé qué les habrá dado aquí con los nombres rusos.
—Los moscovitas y la historia de la matrioska —dijo Blas.
—Sí, la historia de la matrioska. Es bonita, pero se trata solo de una leyenda. Aunque, la verdad, me encantan esas muñecas rusas. En mi gabinete tengo varias.
Parecía que Blas, poco a poco, iba soltando algo más que monosílabos y, pese a que yo seguía llevando la voz cantante, logramos mantener, aunque a trompicones, algo parecido a una conversación. Supongo que ayudó el ambiente, tan distinto al que nos había rodeado en la pizzería. La cháchara constante de las mesas abarrotadas del salón del té, el ir y venir de las camareras, el ruido de las tazas y los platos chocando entre sí, el silbido de vapor caliente de la gran cafetera. No había un instante de silencio.
Hablamos de los temas más banales, pero a mí me daba la agradable impresión de que eran como los primeros pedaleos, torpes y vacilantes, que se le dan a una bicicleta. Algo con lo que ir cogiendo no solo confianza, sino también velocidad. Blas ya no posaba en mí aquella
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mirada tan angustiosa, o tal vez yo me acostumbré a ella. Al final acabamos hablando de animales. Le estaba contando lo de la noche en que, cuando era niña y veraneaba en el pueblo, mi abuelo me despertó para que fuera a la cuadra de los vecinos a ver cómo nacía una vaca. Recordaba perfectamente el ternero saliendo de su madre, envuelto en una especie de burbuja azul, y lo que más me impresionó fue que a los pocos segundos, trastabillando con sus patitas, había logrado ponerse en pie.
—Si es que los seres humanos somos los que nacemos más desprotegidos —dijo Blas—. A los que más nos cuesta valernos por nosotros mismos.
—Bueno, ¿y eso no te da una idea de cómo es nuestra especie? — pregunté—. ¿Que hayamos logrado sobrevivir necesitando tantos cuidados? La forma en la que nos hemos protegido, cuánto hemos dedicado a que nuestras criaturas salgan adelante. Dos años hasta que empezamos a andar, ni se sabe cuánto hasta que logramos alimentarnos solos. ¿Sabes cuál fue el primer signo de civilización en una cultura antigua? No fue el anzuelo, ni la olla de barro ni la piedra de moler. No fue ningún utensilio. Fue un fémur que alguien se fracturó y luego apareció sanado. En el reino animal, si te rompes una pierna, mueres. No puedes procurarte comida o agua ni huir del peligro, así que ningún animal con una extremidad inferior rota sobrevive el tiempo suficiente para que el hueso se suelde por sí solo. Un fémur quebrado que se curó significa que alguien se quedó con esa persona, y que le vendó e inmovilizó la fractura. Es decir, que la cuidó. El primer signo de civilización fue la solidaridad.
No sé muy bien por qué dije todo aquello, no era algo sobre lo que reflexionara con frecuencia, pero me salió así, como si Blas, o mi conversación con él, fuera un folio en blanco sobre el que volcar mis pensamientos, cosa que me agradó. El caso es que entonces sí, entonces Blas se quedó callado y volvió a mirarme fijamente y desde abajo, con gravedad.
Poco más logré sacarle en aquella charla, salvo algún que otro monosílabo.
Por la noche, cuando ya hacía tiempo que estaba en casa, me llegó de nuevo un mensaje de Facebook. Blas Ortiz Laplace y la fotografía de Saint Andrews. «Espero que estés bien, Alana, y que la merienda te haya sentado de maravilla». Después comenzó a desgranarme toda una teoría
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antropológica, que me pareció espléndida, y terminaba diciéndome que él también tenía fe en el ser humano, aunque a veces no lo pareciera.
Aquello se convirtió en una costumbre: cada vez que quedábamos, Blas me mandaba horas después un mensaje contestando ampliamente alguna pregunta que le había hecho o explayándose sobre cualquier tema del que hubiéramos hablado. Empecé a tomármelo como un juego; tras despedirnos, me preguntaba qué me escribiría más tarde, y comencé a ver todas aquellas piezas como las de un puzle; trataba de encajar a aquel hombre silencioso que tenía delante con el que luego me escribía. Blas se iba convirtiendo en un enigma. En todas las veces que quedamos, a lo largo de varios meses, ya fuera en bares o en cafeterías, no le volví a ver comer ni tampoco beber una gota de alcohol, algo que no llegaba a cuadrarme demasiado con lo que me contaba ni con la personalidad que fui descubriendo. Con el tiempo, logramos hablar con bastante fluidez, de cine, de música, de antigüedades, de ciencia, de pequeños detalles intrascendentes de nuestras vidas. Hablábamos y hablábamos sin ningún propósito. Recuerdo la primera vez que le vi reírse. No con una de esas tímidas sonrisas suyas de medio lado que eran casi como una mueca irónica, sino reírse con ganas. Descubrí que me producía una súbita alegría verle feliz. Solo a partir de ese momento se me quedó grabada su cara y dejé de sorprenderme tanto cada vez que nos encontrábamos.
Aunque creo que en todas nuestras citas hubo algo de asombro, de extrañamiento. Sin ir más lejos, nunca hablábamos del motivo por el que quedábamos; esa fue siempre la gran incógnita. Aquel calambre que me hacía sentir se convirtió poco a poco en algo más eléctrico; un cosquilleo inquieto, adictivo.
Una tarde, como suele ser habitual entre las personas que ya se conocen lo suficiente, acabamos hablando de amor. Estábamos en la terraza de una sidrería. Los de la mesa de al lado devoraban un centollo de merienda y le pedían cada dos por tres al camarero que les escanciase. El olor ácido de la sidra y el del marisco llegaban hasta nosotros. Le pregunté entonces, reconozco que con cierta maldad, con un interés muy coqueto, qué requisitos debía tener una persona para que él se enamorase de ella. En realidad, yo solo pretendía encender una chispa porque presentía que era una de esas veces en que la respuesta llegaría más tarde, en uno de sus mensajes nocturnos.
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—Atracción hacia ella a todos los niveles, aunque la base es la personalidad. Influyen su carácter, su inteligencia y sus virtudes —dijo con el mismo tono riguroso con el que a veces me hablaba de ciencia—. No es imprescindible que se parezca a mí. De hecho, puede tener una personalidad completamente opuesta a la mía. En todo caso, hay una necesidad de tener a esa persona cerca para que tu vida sea plena.
Pensé que lo dejaría ahí. Pero, para mi sorpresa, no fue así en esta ocasión.
Blas miró hacia la mesa de al lado, al par de parejas que arrancaban con saña las patas del centollo, y después, con un tono que no se parecía en nada al anterior, que era cálido y titubeante, dejó la mirada perdida y continuó:
—Muchas veces imagino mi vida como si estuviera en un escenario. En él estoy yo solo. Detrás de mí está el decorado: mis amigos, mi trabajo, mis aficiones… Cuando estoy enamorado, veo en ese escenario a la otra persona. Estamos ella y yo, como si mi vida dependiera de esa persona.
Supe entonces, con la mayor certeza que he tenido jamás, que yo me encontraba en el centro de ese escenario.
Parpadeé lentamente, asentí con la cabeza. Luego tomé un trago de agua y, sin apartar la mirada del vaso, le pregunté:
—¿Quieres que vayamos a un hotel?
Lo dije porque podía hacerlo. Lo dije porque no me cabía duda. No fue para apaciguar aquel cosquilleo, sino para avivarlo.
Blas nunca me miró con más intensidad que en aquel momento. Sus ojos no estaban llenos de euforia, ni siquiera de deseo, sino de pasmo y de algo que me pareció profundamente desvalido.
—Sí —respondió.
Eran las siete de la tarde de un sábado cualquiera.
Por fortuna, había un hotel muy cerca, en la calle de arriba. No sé si hubiéramos soportado un trayecto más largo, porque mientras nos dirigíamos allí no nos dijimos ni una palabra. Ni tampoco al pedir la habitación ni al subir en el ascensor. No fue hasta que abrimos la puerta y, al entrar en el cuarto, sentimos el graznido de las gaviotas. Comentamos lo extraño que resultaba oírlo aquí, tan lejos del mar. A los dos nos entró una risa nerviosa. Nos callamos, nos acercamos un poco y nos besamos. Pero no fue como me lo había imaginado. En realidad, no fue de ninguna manera. No sentí nada. Era carne contra carne, sin más.
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Sin embargo, a medida que avanzaba la tarde, aquello fue cambiando.
Cambió por completo.
Ayudó que, al quitarse el jersey, apresurada, torpemente, pudiera ver el tatuaje en tinta negra que tenía en el antebrazo: E = mc². Aunque resultaba lógico que un profesor de física llevara la ecuación de Einstein, él, al verme tan parada, tan absorta contemplándola, decidió explicármelo. «La fórmula tiene unas implicaciones enormes, y, sobre todo, es preciosa. Es simple dentro de su complejidad. Es fácil de entender en la forma, aunque en el fondo no la entiende nadie. Nada más que por eso la elegí: por su belleza». Yo tuve el impulso, casi la necesidad, de acariciarla.
Llevábamos ya horas envueltos en las sábanas cuando le pregunté, al fin, por qué me había escrito aquel día, por qué le propuso a una total desconocida que fuera a comer con él. «Creo que solo me he acostado contigo para poder saberlo». Soltó una carcajada y yo, que también me reía, sentí una alegría enorme al verle tan feliz.
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Las siete partes de la noche
Lo había colgado hacía dos días en el gabinete junto a un cartel de Arsens Blondin, el célebre acróbata ovetense de fama mundial que en 1882 atravesó el Sena haciendo malabarismos sobre un cable. Se trataba de una lámina, tamaño folio, acerca de las siete partes en las que san Isidoro de Sevilla había dividido la noche. No era demasiado antigua (calculaba que de mediados de los ochenta) ni especialmente valiosa, pero la había adquirido porque me pareció bella y peculiar. El dibujo reproducía los colores de las pinturas medievales (el azul de los cielos, el oro de las coronas, el rojo imperial de los mantos), a la izquierda aparecía un monje, a quien supuse ser san Isidoro, escribiendo con pluma apoyado en un escritorio, y a la derecha una gran circunferencia dividida en siete partes, como siete porciones de tarta, y dentro de cada una de ellas su nombre y, entre paréntesis, su explicación: véspero, crepúsculo, conticinio, intempesta, galicinio, matutino y dilúculo. Límites, eso buscaba. Algo que restringiera y estructurara mis recuerdos. Una vez más, otra vez más.
Me coloqué delante de la lámina con el móvil en la mano, creé una nota y comencé a teclear:
VÉSPERO (anochecer, últimas horas que preceden a la llegada de la oscuridad; por el planeta Venus, como lucero de la tarde)
Llegamos a La Patagonia. Rosalía, Braulio, Bode y Tina nos esperan. Delia, contra su costumbre, aún no ha llegado. Vargas Montseny y Luz Miranda son secuestrados en la barra por los poetas. Se acercan a nuestra mesa. «El amor es mientras todavía no lo es del todo, el ser humano solo se regocija en esa clase de encantamientos», dice Vargas Montseny poniendo fin a los días bárbaros de mi tío. Tina pregunta: «¿Qué?». Delia llega en algún momento y deduce que el escritor es acuario.
CREPÚSCULO (luz incierta, claridad entre la luz y las tinieblas, desde que se pone el sol hasta que es de noche)
Hablan de los libros de Vargas. «El que más me gusta de usted es Castillos tan hermosos», dice Tina. No recuerdo qué dicen los demás. Busco en el suelo el mechero de Bode, que no aparece, y el escritor le presta el suyo.
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CONTICINIO (hora en la que le gente se recoge a dormir y todo está en silencio)
«No hay nada más hermoso en el mundo que el consuelo», dice el escritor levantando su vaso de vermut. Tuvo que decirlo ahí. Están cansados y los acompañamos al hotel. Vargas Montseny lleva unas grandes gafas de concha y una corbata con un alfiler plateado que simula dos cuerdas enroscadas y rematadas por una mariposa. Todo lo demás de su atuendo es confuso. ¿Cómo era la corbata? Ni siquiera recuerdo cómo iba vestida Luz Miranda. Si de amarillo, verde o naranja. Pero sí sus ojos, pintados con kohl. Nos agradecen la compañía y manifiestan su deseo de vernos en los Encuentros. Entran. Nos quedamos los siete callados ante la puerta de cristal del hotel. «¿Os enseño el recorrido que hicimos esta tarde?», propone mi tío. A los demás les extraña, pero aceptan.
INTEMPESTA (noche muy entrada, todo descansa entregado al sueño, sin tiempo, sin acción)
Mi tío me lleva de la mano y no me suelta. Hacemos el recorrido al revés. Todo me parece distinto a como era de día, está lleno de sombras, como habitado por brujas. Me da miedo. Me gusta. Pasamos delante de la biblioteca y mi tío dice que antiguamente era un teatro apodado la Catarrera por el frío que hacía. Bode refunfuña porque ya lo sabe. Miramos el Cañu. Delia habla de las estrellas.
GALICINIO (cuando los gallos empiezan a cantar, son heraldos de la luz, entre las tres y las cinco de la mañana).
Atravesamos la plaza del Fontán. Hablan de la sinagoga, La Barraca de Lorca. Tina se recoloca constantemente el pañuelo de pájaros. Todo está muy oscuro. Mi tío sigue agarrándome fuerte de la mano. Está feliz. Empieza a caer la niebla.
MATUTINO (madrugada, periodo que media entre la retirada de las tinieblas y la llegada de la aurora).
Llegamos a la plaza de la Catedral, apenas distinguimos la silueta de la torre, la luz de las farolas está difuminada, hay mucha humedad, la niebla nos rodea. Se acabó el recorrido. Deciden que es hora de irse. Mi tío me lleva a casa.
DILÚCULO (crepúsculo matutino, cuando el alba está próxima, pequeña luz del día que comienza a brillar)
Estoy durmiendo. Vargas Montseny sale del hotel. No se le vuelve a ver.
Cuando acabé de escribir, me dolían los dedos. Había tecleado tanto y tan rápido que los tenía entumecidos. Lo leí todo de un tirón y no me pareció gran cosa. Un puñado de detalles sin importancia. Pero al menos ya estaba hecho: tenía una guía. Ni siquiera estaba demasiado segura de si había colocado bien las horas, aunque creía que lo había ordenado cronológicamente.
Me desentumecí los dedos y respondí el mensaje de mi tío Canor. Le dije que me había ido bien con la nieta de los fotógrafos, que no me pareció un timo y que no había encontrado nada que creía que pudiera interesarle. Era un mensaje corto y sin demasiada gracia, y me reí pensando en las pocas palabras que le dedicaba cuando me había pasado todo aquel rato escribiendo sobre él. Incluso podía sentir en mi mano,
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mientras tecleaba, el calor de la suya en medio del frío húmedo de aquella noche.
Al fin me senté en el sillón de barbero con Vargas Montseny en la niebla, pero en cuanto abrí el libro sonó el timbre. Los clientes siempre llegan cuando menos los esperas. El mundo no se había detenido, y yo tenía que seguir trabajando. Aunque, eso sí, me di cuenta de que me había olvidado de comer.
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Bárbara
Como Rosalía vivía en la calle Marqués de Santa Cruz, justo enfrente del parque San Francisco, aquel parque en el centro de la ciudad se convertía para mi tío en un terreno peligroso, en un campo minado en el que nunca sabía si al poner el pie se iba a producir la explosión. En ocasiones, al atravesarlo, él se la encontraba junto al palomar, junto a la puerta de piedra o junto a la fuente de las ranas, o a veces le bastaba con caminar entre los árboles y sentir que ella lo estaba mirando desde su casa. Resultaba imposible que le viera desde esa distancia, pero se pasaba horas asomada a la ventana observando el parque, ya que decía que le entretenía más que la televisión. Y entonces, de nuevo, empezaban los días bárbaros.
La Bárbara. Así la llamaban los demás. De este modo, Bode, Delia, Tina y Braulio sabían perfectamente de quién estaba hablando, y mi tío Canor se desahogaba delante de ella, confesándole su amor sin llegar a confesarlo, cara a cara, pero con una máscara interpuesta. Rosalía era la única que pensaba que existía una Bárbara y le consolaba por aquella mujer febril que se le escapaba como agua entre los dedos. Aunque, como al resto, los días bárbaros de Canor también la irritaban. Aquella actitud de mi tío, medio ida y medio angustiosa, cuando Canor dejaba de ser Canor. «En esta vida puedes ser todo menos un coñazo», decía Bode citando a los Panero, y eso era exactamente en lo que mi tío se convertía, es decir, en lo contrario de lo que era.
Empezaba con lo de que su vida consistía en olvidar a Bárbara, y se quedaba suspirando y mirando su botella de agua con gas con una congoja impropia en un adulto. «Espabila, Canorín», le decía Rosalía, «que no hay mujer en el mundo que se merezca que por ella te conviertas en un lelo». Los demás callaban y volvían la cabeza hacia otro lado. A veces se intercambiaban miradas entre ellos. En ocasiones, incluso, tenían que aguantarse la risa. Porque aquella situación, más que dolorosa, con
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frecuencia se antojaba grotesca. Mi tío Canor podía pasearse con un chándal fluorescente, afirmar que no creía en la caducidad de los alimentos y comerse latas de atún que llevaban dos años pasadas de fecha, ponerse gorras con cuernos de alce o apostar contra un operador de grúa alemán que era capaz de beberse un palé de Coca-Cola, pero solo hacía el ridículo en los días bárbaros.
Braulio, Bode, Tina y Delia, claro, lo entendían mejor, aunque no del todo. Comprendían lo terrible que resultaba sentir amor por una persona casada. Y más aún por una como Rosalía, cuyo matrimonio era una fortaleza, y que hablaba de su Tomás no solo con la complicidad que se tiene con un marido, sino con los cuidados que se le dan a un hijo, con la veneración que se otorga a un maestro y con la dependencia que se tiene de un padre. Con lo que Tomás, aunque nunca se pasó por allí, caía gordo en la tertulia. Algunos miembros de La Patagonia creían que si Rosalía hablaba con tanta devoción de su marido era porque precisamente carecía de ella; es decir, que convenciendo a los demás se convencía a sí misma y que se sentía en la obligación de reafirmar su matrimonio. «A mí no me jodas, que nadie es tan feliz», argumentaba Manuel Bode. Los demás miraban a Braulio para que, como psiquiatra, confirmase esta teoría, pero él solo decía aquello de: «Quién sabe lo que pasa en una casa». «La mente no es un instrumento de precisión como los relojes, Manolo», se defendía el psiquiatra. «A mí de amor no me preguntéis, que sin duda no es lo mío», comentaba Delia, que ya acumulaba tres divorcios. «Soy la Liz Taylor de Oviedo», sostenía. «Más quisieras», apostillaba Bode.
Todo cambió, y se hizo más incomprensible, tras la muerte de Tomás. Falleció de un infarto poco tiempo después de la tarde que pasamos con Gabriel Vargas Montseny, y Rosalía tuvo que hacer un gran esfuerzo para salir adelante, para soportar aquella herida.
Hubiera sido razonable, prudente, que no fuera de inmediato, que Canor hubiera dejado correr un poco el tiempo. Pero pasaron los años y luego las décadas, y mi tío siguió con la actitud de siempre, con aquellos días bárbaros que le asolaban a veces. Así que, cuando estos se producían, la irritación de los miembros de La Patagonia crecía, y en sus gestos y en sus ojos no solo había un hartazgo cuando hablaba de Bárbara, sino que parecían decirle: «Por Dios, díselo o no se lo digas, quiérela o no la quieras, pero aclárate, Canor, aclárate». Porque eso era lo desesperante, que mi tío iba y venía no solo de las plataformas petrolíferas, sino también
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de aquel amor que, igual que un catarro, tardaba unos días en pasársele. Después, y hasta la próxima, ya no le quedaba rastro de esa pasión desgraciada y volvía a ver a Rosalía como siempre. Por lo tanto, nadie, ni siquiera yo, lograba creerse del todo aquel amor intermitente.
La única que le aguantaba los días bárbaros, incluso puede que tomándoselos algo en serio, era Tina. Y de nuevo, como en su juventud, mi tío la llevaba a las hamburgueserías, aquellos lugares que a él le resultaban tan reconfortantes, aunque no especialmente a Tina, que era vegetariana. Mientras él se zampaba dobles con queso, ella picoteaba con desgana unas patatas y le escuchaba. «Me escuchaba bien», afirmaba mi tío. Es decir, le escuchaba con atención y sin juzgarle, sin mostrar cansancio o hartura, y sin tener el más mínimo interés en hablar de ella o en emitir una opinión. Escuchar bien, supongo, no solo implica paciencia, sino también una generosidad sospechosamente parecida a la renuncia. Mi tío Canor y Tina, que eran tan distintos, conseguían complementarse. Porque en eso se basan las relaciones: cuando uno es agua, el otro debe ser jarra que lo contenga.
«Es una pena, porque yo creo que Rosalía y él hubieran sido muy felices», solía decir mi madre, porque los veía a los dos disfrutones, dicharacheros, excéntricos a su manera, bondadosos. Sí, era fácil creer que hubieran sido felices. Alguna vez le comenté a mi madre que no entendía por qué Canor no intentaba tener una relación con Rosalía, ya que eran un soltero y una viuda. «Si yo lo supiera…». «¿Nunca se lo preguntas, mamá?». «Calla, calla, que tu tío con ese tema se pone muy raro, y maldita la gana que tengo yo de que mi hermano se me tuerza». La teoría que tenía mi padre (que, lógicamente, era más objetivo con Canor que mi madre y, por tanto, más crítico) consistía en que mi tío era infantil, que vivía en su mundo de irrealidad, feliz con sus extravagancias, y que si nunca había intentado tener una relación con Rosalía se debía a una cobardía que nunca quiso admitir; estaba más cómodo pasándose el típex por la frente. Puede que llevara razón, aunque a mí no me gustase oírlo. Podía ser uno más de los disparates de mi tío, pero con el tiempo empezó a parecerme que aquellos días bárbaros, tan peregrinos, eran esos momentos en que las ganas se transforman en melancolía y comienzan a doler.
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El regreso de Williams B. Arrensberg
Salí de casa a primera hora de la mañana. Las calles aún estaban húmedas del lavado nocturno de las máquinas limpiadoras: el rocío de las ciudades. Algún camión de reparto descargaba su mercancía, y al fondo se veía, invencible contra el cielo denso, la torre de la catedral, el gran faro de esta ciudad sin mar.
No había podido leer nada el día anterior, ya que no solo habían acudido bastantes clientes a mi gabinete, sino que había recibido varios pedidos y pasé más tiempo del que pensaba despachando encargos. Necesitaba concentración para sumergirme en Vargas Montseny en la niebla, y si me quedaba en casa, sabía que cualquier cosa iba a distraerme; en el fondo, aquella lectura me daba algo de miedo, y la excusa del trabajo era magnífica para alejarme de ella.
Decidí leerlo fuera y durante las primeras horas del día, que era cuando apenas venían clientes. Tampoco podía permitirme el lujo de perder ventas. Además, era sábado y Blas estaba en casa. «Si llaman a la puerta, no abro», me amenazaba cada vez que le dejaba a cargo del gabinete, aunque sabía que no era cierto. Le indicaba que solo tenía que hacer de dependiente y cobrar. Si había algo más complicado, alguna pregunta o pedido, que me llamase o les dijera que volvieran más tarde. «Vale, pero te advierto que no les dejaré pasar al baño».
Para variar, tenía el estómago revuelto. La noche anterior, Blas, en vez de traer pasteles del Rialto para celebrar el aniversario de nuestra primera cita allí, había optado por comprar una caja de moscovitas. Y yo, que me había olvidado de comer a mediodía y soñaba con ollas de carne, fuentes de croquetas y calderos de natillas, empecé a zamparme aquellas pastas sin tregua, haciéndolas crujir entre los dientes. Cada vez que Blas quería echar mano a alguna, por poco no le mordía los dedos. Mientras me atiborraba, recordamos los dos (aunque más él, porque yo tenía la boca llena) la
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historia de las matrioskas, que fue de lo primero que hablamos en aquella cita. Nadie sabía por qué unas pastas que llevaban haciéndose en Oviedo casi cien años llevaban el nombre de los habitantes de Moscú. Se hablaba sobre la trágica aventura de un niño de la guerra que regresó a Asturias desde la Unión Soviética, portando en su maleta una matrioska que traía dentro un papel con un escrito en cirílico que no era otra cosa que la receta de estas pastas. Sin embargo, solo era una leyenda; su nombre ruso continuaba siendo un misterio. Blas lo prefería así, pero yo no compartía su opinión: la certeza de un origen amplifica su historia. A eso había que añadirle mi fascinación por las matrioskas. Tenía seis distintas en mi gabinete, y mi preferida era una de los años sesenta que había pertenecido a la Casa de Rusia en Bruselas.
La acidez que me había causado tragarme casi sin respirar un kilo de almendra, chocolate y harina hacía que aquella mañana no pudiese tomar nada, ni siquiera una manzanilla, con lo que descarté refugiarme a leer en una cafetería. Me había puesto el abrigo gordo de cuadros, una bufanda y unos mitones para resguardarme de las bajas temperaturas de las primeras horas y poder leer en un banco. El frío siempre me ha molestado muchísimo menos que el calor; sé protegerme de él. Apenas tuve que caminar un rato para llegar a la plaza Porlier. Busqué un banco en el que tuviera una buena vista de la estatua de El Viajero, y nada más sentarme me sonó el móvil. Ulises era así, tanto podía estar tres meses sin llamarte como hacerlo todos los días y en cualquier momento.
—Mira por dónde, estoy en el lugar donde Oviedo tiene su corazón escondido, por el que decidiste volver.
—¿Y nieva? —me preguntó.
—Nunca dejó de hacerlo. —Ambos nos reímos—. A ver, para llamarme a estas horas, o estás impaciente, o has averiguado algo.
—¡Ajá! Ya sabes que toda emoción que merezca la pena necesita al menos cuatro verbos y dos o más sujetos.
A veces no entendía una palabra de lo que Ulises me decía.
—¿Y bien?
—Ambas cosas. Ya te dije que iba a seguir investigando.
—¿Dónde? ¿En ese bar con un ventilador? Y lo más importante: ¿tú has dormido algo?
—Como un lirón, y nada de bares. O sí, pero no los que piensas. Y he encontrado una cosa tremenda. Te va a encantar.
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—Me paso en un rato por la librería y me cuentas.
Aquello reduciría mi tiempo de lectura, pero supuse que merecería la pena.
—Déjate de librerías. Quedamos mejor en El Olivar, que ya es un lugar muy acostumbrado a que se conspire sobre Vargas Montseny, e igual se nos pega algo.
—¿En El Olivar? Pero ¿a qué hora?
—¡Carajo! ¿Cuándo va a ser? Por la noche. —Suspiré ante aquella insistencia suya de sacarme a tomar la luna—. Sí, sí, no empieces, y deja de promover la barbarie, que a ti te gusta mucho estar de noche en casa caliente, con la televisión y la manta, y cuando te entra hambre, pedirle a un pobre hombre mal pagado que te lleve comida en bicicleta. Si ya te he dicho muchas veces que la civilización está en la calle. Además, es imprescindible que quedemos hoy mismo.
—¿Por qué?
—Hoy, en El Olivar, a las nueve. Si llegas antes, siéntate en la mesa de Paul Auster, que es la mía.
—¿No me puedes adelantar nada?
—Te va a encantar —repitió—. Y ahora te dejo, que voy a ver si echo una siesta antes de abrir la librería con mi hermano.
Echar una siesta a las nueve de la mañana. Y eso que, según él, había dormido como un lirón.
Saqué del bolso Vargas Montseny en la niebla, me pregunté qué habría descubierto mi amigo y me quedé mirando la estatua del Viajero, como si contemplarla fuera una forma de tomar aire antes de sumergirme en la lectura; por ese motivo había escogido la plaza Porlier para sentarme. El Viajero era como popularmente se la conocía, pero el misterio comenzaba con su verdadero nombre: El regreso de Williams B. Arrensberg. Su autor, Eduardo Úrculo, pintaba y esculpía como escribiendo libros; sus obras eran como novelas de intriga que había que leer uniendo todas las piezas.
El Viajero parece el principio de una novela. Es una escultura hecha en bronce que representa a un hombre de pie, con sombrero de ala y abrigo, rodeado de varias maletas contra las que descansa un paraguas. Pero no son unos bultos que pueda llevar cualquier viajero de cualquier tiempo. Se trata de un maletín de médico estilo Chicago, un par de maletas con remaches de metal y asa, y un enorme baúl en el que no solo se apoya el paraguas, sino también, del otro lado, el viajero. Es el típico equipaje de
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ultramar. Nos viene a decir que ese hombre, en un tiempo lejano, había hecho un viaje muy largo y que no estaba de paso, sino que había regresado para quedarse. El hombre apoyado en el baúl lleva el abrigo sobre los hombros y, con las manos cruzadas, se agarra las solapas. Las piernas también descansan la una sobre la otra, mostrando unos zapatos de cordones. Está en una clara posición de espera. Tal vez esté aguardando a alguien de su pasado que viene a recogerle. Yo solía preguntarme quién era Williams B. Arrensberg, por qué había decidido volver y desde dónde, a quién esperaba y si en alguna de las maletas con remaches guardaría una máquina de escribir.
Contemplar aquella escultura siempre me había resultado grato y evocador, no como la de Vargas Montseny, que me producía desasosiego. Y así había decidido leerme el libro de R. Rami, desde la distancia, como si todo lo que contara tuviera el misterio de lo ajeno.
Pero nada más abrirlo y toparme con la dedicatoria, la cercanía volvió a golpearme. «A los que perdí, cuya marcha dejó dentro de mí una oscuridad permanente y la necesidad de encender velas por todos los rincones del mundo». Aquello me produjo una tristeza muy parecida a la ternura.
«La dedicatoria es preciosa, Ruth», le escribí. Supuse que a aquellas horas le estaría dando el desayuno a sus hijos. De pronto se me vino el olor de la leche caliente y las galletas, y sentí náuseas. Mi estómago no estaba para esos trotes.
Intenté volver a mirar aquella historia con distancia, y comencé a leer los primeros capítulos, que trataban sobre la vida de Gabriel Vargas Montseny, mientras creía sentir bajo mis pies los latidos de un corazón pulposo y los murmullos de los ríos ocultos. No podía dejar de pensar que las aguas subterráneas, tarde o temprano, siempre acababan saliendo de sus cauces.
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Gabriel
Gabriel Vargas Montseny era el único hijo de Federico Vargas y María Montseny, dos boticarios de Santiago de Chile. «Uno de mis abuelos tenía una gran biblioteca y el otro era sastre. Yo me hice escritor por el sastre», sostenía.
Pascual Montseny, su abuelo materno, era un abogado jubilado con el que el niño Gabriel pasaba las tardes de invierno después de volver del colegio mientras sus padres trabajaban. Viudo desde hacía muchos años (la abuela de Vargas falleció cuando su madre era pequeña), tenía un carácter cerrado, muy poco dado a la alegría. Cuando su nieto pequeño llegaba por las tardes a casa, le metía en su biblioteca porque no se le ocurría otra forma de distraerlo. Aquel cuarto, que Pascual Montseny había usado de despacho mientras ejercía, estaba repleto de estanterías de madera con libros polvorientos de Juvenal, Plinio, Virgilio, Cicerón, Sófocles, Lope de Vega, Garcilaso de la Vega y Quevedo. No parecían las lecturas más apropiadas para un niño. En una ocasión, su prima Margarita le dijo que la biblioteca del abuelo era el lugar donde se reunía con sus amigos masones y allí practicaban ritos secretos. Solo se trataba de una broma, pero este comentario avivó la imaginación del niño Gabriel, quien empezó a cogerle más cariño, o al menos a mirar con más interés aquella habitación oscura en la que pasaba las tardes solo, tratando de buscar algo que pudiera leer mientras su abuelo fumaba en el salón. «Fumar aquellos puros tan largos», decía el escritor, «es lo único que le vi hacer».
Los veranos para Vargas Montseny transcurrían de una manera totalmente distinta. Le mandaban con sus abuelos paternos a Arica, de donde eran originarios y tenían una sastrería. A primera hora de la mañana le llevaban a la playa, «para que el aire del mar le ayudase a crecer», y después pasaba el resto del día con ellos metido en la sastrería. Su abuelo, Vicente Vargas, hacía cada traje puntada a puntada, sin usar máquina de
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coser, porque quería sentir la aguja en los dedos mientras atravesaba los tejidos. Gabriel lo veía coser durante horas, aunque lo que más le gustaba era el trato con los clientes, de lo que se encargaba su abuela, Gabriela Bombal, a quien el escritor le debía el nombre. Mientras Vicente Vargas tomaba las medidas con actitud concentrada o les probaba las prendas, era su mujer quien distraía a los clientes con sus comentarios y sus preguntas («Aquello casi era un interrogatorio», afirmaba Vargas Montseny. «Aunque, eso sí, muy amable y divertido, muy humano»). Gabriela Bombal se interesaba por cómo iban sus asuntos, cómo se encontraban sus familias o si habían resuelto sus problemas. El niño prestaba oídos desde un rincón. Cuando se marchaban, su abuela le ponía al tanto de por qué habían dicho una cosa o la otra, del motivo de sus preguntas, y le contaba la historia entera: lo que había ocurrido durante el invierno y su nieto se había perdido.
Gabriel Vargas Montseny siempre sostuvo que fue allí, en aquella sastrería, donde se hizo escritor. Escuchando retazos de historias que no lograba comprender del todo, de las que solo tenía unas pistas, y que, antes de que Bombal le viniera con las explicaciones, él ya iba completando en su mente.
El abuelo materno le dio los libros, pero fue en la sastrería donde encontró la pasión por las historias. «Puede que si mis abuelos hubieran sabido hacer cosas divertidas conmigo, tal vez no escribiría», bromeaba.
Muchos años después, cuando tras la muerte de sus padres heredó la casa de Arica, esta se convertiría en su refugio de escritor. Aquel lugar junto al mar era donde acudía siempre a terminar sus novelas. Allí, en lo que había sido el germen de sus historias.
Vargas Montseny dejó los estudios de adolescente y comenzó a trabajar en el negocio de sus padrinos, una joyería en Santiago. Le metieron sus padres de aprendiz porque les parecía un muchacho en exceso «obnubilado», que tampoco se desempeñaba bien en la botica. En la joyería, sus padrinos le instruyeron en el grabado. Grababa las fechas y los nombres en los anillos de boda, y las iniciales de los clientes en petacas, pulseras, cadenas, medallones y llaveros. «Odiaba aquel trabajo», declaró. «Lo odiaba con toda mi alma».
Pronto pudo dejarlo porque se metió a hacer prácticas en un periódico, y ese sería el oficio que cultivaría durante los años siguientes, junto con el de la literatura. Sus primeros libros tuvieron un éxito discreto, aunque muy
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valorado por la crítica; pero fue con el quinto, Un lugar famoso y solitario (en el que aparecía su célebre personaje, el Afamado López), cuando se consolidó su popularidad no solo en Chile, sino más allá de sus fronteras. Cronista, redactor, guionista de radio y televisión, el novelista Gabriel Vargas Montseny iba acumulando publicaciones y lectores.
A Luz Miranda la conocía de toda la vida o, más concretamente, de toda la vida de Miranda, porque cuando ella nació, el escritor ya tenía veinte años. Era la hija pequeña de sus padrinos, los dueños de la joyería y amigos íntimos de sus padres, por lo que mantenía con ella y con su familia una estrecha relación.
Tras el golpe militar, el escritor, al que consideraban un intelectual de izquierdas, tuvo que salir del país. La primera escala fue Argentina, donde residió un año en el Barrio de Olivos y donde publicó su cuarto libro de relatos. Después se marchó a Alemania Occidental y trabajó muchos años como profesor de castellano («Aunque en realidad les debería haber pagado yo a los alumnos», decía, «porque casi me enseñaban más alemán ellos a mí»). Se casó con una berlinesa de origen polaco llamada Hannelore Nowak, pero aquel matrimonio, muy breve, fue terrible, cargado de broncas y continuos desacuerdos. Pese a ello, para Vargas Montseny la separación de Nowak fue dura, dejándole en un estado depresivo y con un desarraigo mucho más acusado del que ya tenía por su condición de exiliado. Sin embargo, no dejó ni un momento de escribir ni de publicar en aquellos años, en los que llegó a ganar múltiples galardones, aunque no el premio que más quería, que era la vuelta a casa.
Vargas Montseny siempre escribía todas sus obras a mano. Al igual que su abuelo Vicente, que al coser necesitaba sentir la aguja penetrando en la prenda, Gabriel necesitaba sentir el roce del bolígrafo contra el papel. Ese sonido era uno de sus favoritos en el mundo. Tanto era así que, además de elaborar sus libros, lo que más le consolaba en aquellos tiempos en Alemania era escribir cartas, tanto las que les mandaba respondiendo a sus lectores como las que intercambiaba con sus seres queridos que continuaban en Chile. «Creo que llegué a escribirlas hasta dormido», confesaba. Aunque sus padrinos eran unos de sus destinatarios más habituales, con el tiempo le llegó una carta de una corresponsal inesperada: la pequeña Luz, que ya se había convertido en una adolescente. Le decía que sus padres le habían dado su dirección, que tenía vagos recuerdos de él en su niñez, pero su admiración había crecido
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leyendo todas sus obras y sintiéndose orgullosa de las relaciones que le unían a su familia. El escritor y la hija de sus padrinos siguieron carteándose durante toda su estancia en Alemania.
Gabriel Vargas Montseny regresó a Chile en 1989, tras un largo exilio de casi dieciséis años. Su mayor sorpresa fue la de reencontrarse con Luz Miranda: en su mente, durante todo aquel tiempo en que se escribían, había continuado siendo la niña que dejó al partir, y en cambio ahora se hallaba ante una mujer joven que llevaba vestidos largos. Se casaron poco después de su regreso y nunca volvieron a separarse. Miranda no solo pasó a ser su esposa, sino su secretaria, su asistente y, con el tiempo, incluso su agente literaria.
Pero también con ella Vargas Montseny se mostraba reservado. «A nadie, ni siquiera a Luz, enseño mis obras antes de darlas por acabadas. Llámenlo superstición, si quieren; pienso que si las dejo encerradas en un cajón y únicamente las saco para continuarlas, no les dará el aire ni se oxidarán, ni nada podrá enturbiarlas. Pero solo lo hago porque nunca estoy del todo seguro, y cabe la posibilidad de que, con ellas muy avanzadas, quiera quemarlas. Entonces no deseo que nadie me lo impida, que no haya alguien que me lleve la contraria porque considere que aquello no merece ser pasto del fuego». Su cautela era tal, que incluso mantenía cerrada con un candado la bandolera de cuero que siempre llevaba colgada con lo que él denominaba «su instrumental», es decir, bolígrafos y libretas. «No lo hago tanto por los demás como por mí mismo. Así me contengo de escribir innecesariamente. Si la idea es tan poderosa que me hace vencer la pesadez de pararme en la calle y abrir el candado, entonces es que merece la pena». Cuando le preguntaban por qué no llevaba, como otros, una pequeña libreta guardada en la chaqueta, alegaba: «Pregúntele a un vaquero si prefiere meter en su canana una pistola de bolsillo o un buen revólver de cañón largo».
De su abuelo materno heredó ser un fumador empedernido, y desarrolló un gran gusto por los objetos para fumar. Llevaba siempre encima varios mecheros y el tabaco metido en pitilleras. Y al igual que el resto de sus pertenencias (llaveros, plumas, bolígrafos), los mandaba grabar con sus iniciales.
Por lo demás, llevaba una vida sencilla junto a Miranda en Santiago. Intentaba hacer los menos viajes posibles, o al menos los que no le alejaran demasiado de Chile, porque el exilio le había dejado hondas
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cicatrices y conservaba el terror, irracional y profundo, de no poder volver a casa. Seguía escribiendo en revistas y periódicos. Se levantaba muy temprano para dar sus paseos, pues decía que a aquella hora el mundo estaba aún sin hacer, y solía marcharse solo durante temporadas a la casa de Arica para acabar sus novelas.
Pese a que Chile es conocido como el país de los poetas, a Vargas Montseny nunca le interesó lo más mínimo este género, aislándose, de algún modo, de sus compatriotas. Tampoco se sintió jamás parte de ninguna generación literaria. No asistía a tertulias ni se dedicaba a cultivar amistades en el mundo del libro. «Yo soy un hombre que estoy en casa y escribo. Y, al igual que la lectura, este es un acto que ha de hacerse en soledad. Detesto los cócteles, jamás sé en qué parte de la sala debo ponerme o si estaré bebiendo lo adecuado. En realidad, soy un tímido profundo. Respecto a mis amigos, esas personas pacientes y luminosas que logran sacarme de mi retraimiento, no las elijo por su profesión. Es más, esta no me importa nada en absoluto», afirmaba cuando le preguntaban por estas cuestiones. «Y si a veces resulto tan esquivo es porque me conozco», continuaba. «Soy incapaz de negarme ante una petición, sobre todo si me la hacen de forma amable. Por ese motivo no me prodigo mucho por ahí, no vaya a ser que me pidan algo y yo lo acepte, metiéndome en un aprieto».
Pese a mantener una conducta tan discreta, concedía muchas entrevistas como un acto de solidaridad hacia sus compañeros de profesión. Sabía, por experiencia, que los periodistas pedían entrevistas con la misma actitud con la que se pide limosna, y que los rechazos eran dolorosos. Sin embargo, tanto en las muchas entrevistas que concedió como en los pocos actos literarios a los que acudía, no era demasiado proclive a hablar de sus libros, lo que incrementaba el misterio. «Pudor, es por mero pudor», sostenía. «No piensen que es otra cosa».
Aunque siempre fue un escritor muy prolífico, llegando a publicar unas cuarenta obras, en los últimos tiempos cada vez espaciaba más sus publicaciones. Cuando le preguntaban por esto, él, homenajeando a Juan Rulfo (quien decía que había dejado de escribir porque se le había muerto su tío Celerino, que era el que le contaba las historias), bromeaba diciendo que el fantasma de su abuela Gabriela Bombal ya no se le aparecía tanto por las noches, y que sin aquel espíritu hablador le costaba más terminar los libros porque era ella quien siempre le sugería los desenlaces.
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«Después de tantos años metida en la muerte, debe de haberse vuelto perezosa». Sin embargo, su silencio comenzó a ser muy acusado. En las últimas entrevistas que Vargas Montseny concedió repetía que se debía a que estaba trabajando en una obra importante, cuyo tema nunca reveló, pero sí el título: Los pájaros ya no te encuentran.
Cuando Vargas Montseny desapareció en Oviedo, tenía sesenta y tres años y llevaba un lustro sin publicar.
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El Olivar
Tenía que reconocerlo: El Olivar era un bar que me encantaba. Además, me quedaba al lado de casa, pero no coincidía ahí con Ulises porque no soy un ave nocturna, algo que sabía bien mi amigo y con frecuencia me reprochaba. Y menos lo era aquel sábado. Había cogido un catarro leyendo en el banco, al llegar a mi gabinete tuve que hacer inventario y repasar las facturas y, sobre todo, mi cabeza no había dejado de dar vueltas por todo lo que había leído sobre Vargas Montseny, que le iba contando a Blas en los ratos libres. Todo ello hizo que a las siete de la tarde ya estuviera muerta de sueño. Solo quería apagar aquella máquina que tenía por mente y que me estaba recordando a un zoótropo: iba dando vueltas sin fin, llena de imágenes; algunas se repetían obsesivamente. Pero me animaba la perspectiva de quedar con Ulises y enterarme de qué había descubierto. Así que me hice un café con poca leche, preparé una tortilla de champiñones para cenar, me sorbí los mocos y salí de casa.
Apenas había gente en El Olivar a aquellas horas. Ni siquiera vi a nadie fumando fuera en el pequeño banco de madera bajo la ventana de reja andaluza. Cuando entré, sentí lo mismo de siempre: que era como La Patagonia en pequeño y nocturno. Los techos altísimos con molduras doradas y, en el centro, un ventilador de madera. El suelo de azulejos arabescos, grises y amarillos. La luz tenue, aislada del tiempo. Las mesas de mármol se apoyaban en unas patas de máquinas de coser. Las sillas eran del modelo Hamburgo, como las de los antiguos cabarets.
Acodado en la barra, tomando una cerveza, estaba el hombre de barba y poncho rojo que solía ver apoyado en la puerta del Olivar cuando pasaba por delante, a veces como si se resguardara de la lluvia, y otras como si contemplara la calle. Como todo buen lugar, aquel también contaba con sus habituales.
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El cortado que había tomado en casa no había sido suficiente para espabilarme, así que decidí pedirme un licor café y me senté a la mesa de Paul Auster, que era la que estaba a la izquierda de la entrada. No es que la apodáramos de esta forma por capricho, sino que el mismísimo Paul Auster, el escritor neoyorquino, había estado sentado en ella tomando un vino blanco en una de sus visitas a Oviedo. Ahí también se reunían los del Círculo del Escritor Perdido, tras leer fragmentos de Vargas Montseny en el Cañu del Fontán.
Ulises entró dando grandes zancadas con su habitual aire despistado, como si fuera un astrónomo que no sabe dónde ha dejado el telescopio. Incluso pareció sorprendido al verme, aunque supiera exactamente dónde iba a estar, y con una expresión muy feliz se desplomó en la silla frente a mí.
—¡Buenas noches, buenas noches! El encuentro es tan dulce alegría que diré «buenas noches» hasta que amanezca.
—Anda, calla —le dije sonándome los mocos con un pañuelo de papel y harta de que me parafraseara a Shakespeare cada vez que lograba sacarme de copas.
—¿Licor café? ¡Néctar de dioses! —exclamó señalando mi vaso—.
Veo que la noche será larga. Y prodigiosa. Voy a pedirme uno.
Se levantó para pedir y estuvo un rato charlando con la camarera, con quien tenía cierta amistad, ya que había expuesto en El Olivar varias veces sus dibujos, en los que representaba, como él decía, el alma de las cosas. Así, en la cartela ponía «Bar», y el dibujo mostraba un collage de estrellas y de gatos, de tijeras y de mares, de notas musicales y de versos de Rimbaud. En el que se titulaba «Suelo», Ulises pintaba manzanas y velas derretidas. En «Barra», canicas y relojes. El de «Techo» mostraba un revoltijo de nubes y bicicletas. Mapamundis y maletas a medio deshacer poblaban el de «Mesa».
—Bueno, ¿qué es eso tan tremendo que descubriste? —le pregunté cuando regresó y puso su licor café encima del mármol.
—Ah, no, eso un poco más tarde. Primero tú. ¿Cómo te fue con la lectura y tus recuerdos?
Reconozco que, mientras iba dando razón de los correos que le había mandado a Miranda y al Afamado López y el mapa que había hecho con las siete partes de san Isidoro, al tiempo que bebía licor de café, cada vez me iba animando más.
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—Solo me leí la primera parte, la de la vida de Vargas Montseny — dije dando un nuevo sorbo y sintiendo los labios ya pegajosos.
—Sí, me la sé bien.
—Traté de leerla desde la distancia, pero hubo ciertos detalles… —¿Como cuáles?
—Como cuando habla de por qué tenía grabadas sus pertenencias, o la manía de llevar varios mecheros. Eso me golpeó. Vi de nuevo aquel mechero imitación de Ronson que llevaba las iniciales «G. V. M.».
No solamente lo recordé, sino que viajé en el tiempo; por unos segundos volví a estar allí, en aquella mesa de La Patagonia.
—Estás obsesionada con ese mechero —dijo Ulises riendo, meneando la cabeza.
—Sí, lo reconozco. Pero, además, decía que era un fumador empedernido, y yo aquella noche no le vi fumar en ningún momento.
—Igual le dolía la garganta.
—Puede. Y hay algo… algo a lo que no dejo de darle vueltas. —Aquí venía la parte más espinosa—. Verás, a Vargas Montseny le gustaba escribir cartas, cartas a mano. Como a Tina.
—¿Y? —preguntó Ulises, subiéndose con el índice las gafas plateadas que le habían resbalado hasta la punta de la nariz.
—No sé. No son gustos habituales. ¿Y si… y si ellos se carteaban? ¿Y si hubieran mantenido una correspondencia? Lo hacía también con sus lectores. ¿Y si Tina hubiese sido una de ellos?
—Pero ¿dieron muestras de conocerse el uno al otro cuando se vieron en La Patagonia?
—No, la verdad es que no. Ya te dije que ella apenas habló aquella tarde. Aunque tal vez fuera porque el escritor no quería reconocer delante de su mujer que se conocían. Puede que quedaran luego.
—Imposible. Tú estuviste toda la noche con ella, como los demás.
—Me refería a por la mañana, cuando Vargas Montseny salió del hotel.
La casa de Tina no queda muy lejos de allí.
Ulises me miró confuso y luego soltó una gran carcajada.
—Anda, Calumet, ¿y qué fue de él? ¿Vas a decirme que Tina lo guardó en un cuarto como animal de compañía y estuvo dos décadas llevándole agua y mendrugos de pan con la ayuda de su marido?
—No, no digo que ella tuviera que ver con su desaparición, pero tal vez supiera algo. Por eso él estuvo en sus últimos pensamientos antes de…
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antes.
Ulises se remangó el jersey por encima de los codos, como si se estuviera preparando para una pelea.
—¿Sabes qué le encantaba hacer a mi padre en sus ratos libres en la trastienda de la librería?
—No…
—Pajaritas de papel. ¿Sabes a quién más le gustaba hacer pajaritas de papel?
—Pues no.
—A Unamuno. ¿Y sabes quiénes nunca se conocieron? Unamuno y mi padre. A Vargas Montseny y a Tina les gustaba escribir cartas, bien. Como a cientos de personas. Eso no significa que mantuviesen correspondencia. ¿A cuento de qué iba Tina a establecer una relación con un escritor chileno y sin contárselo a nadie? Además, dices que solo se carteaba con la familia que tenía repartida por el mundo.
—Bueno, eso es lo que ella contaba.
—No tiene ningún sentido.
—Vale, no lo tiene —dije encogiéndome de hombros—. Pero no puedo dejar de pensar que había algo relacionado con Tina, al igual que no se me va de la mente que si llamó a Ruth tuvo que ser por algo que yo dije a propósito de aquella noche.
Ohrwurm. Significa, literalmente, «gusano en el oído». Los alemanes emplean esta palabra para referirse a algo que no puedes quitarte de la cabeza, como el ritmo pegadizo de una canción que, sin gustarte, una y otra vez tarareas. Eso es lo que tenía yo, aquel gusano viscoso incrustado en mi tímpano. Me pregunté si Vargas Montseny, que al parecer sabía alemán, conocería esa palabra.
—Mira, Calumet, si uno se empeña, puede encontrar conexiones en cualquier lado. Si partes de una hipótesis respecto a lo que esperas encontrar, obtendrás resultados que concuerdan con esa hipótesis. Yo, si me empeño mucho, puedo llegar a creer que el breviario que llegó a la librería esta mañana pasó por las manos de Lorca. ¿Por qué no, si coinciden en época y país? Pero eso tú, querida anticuaria, ya deberías saberlo.
Y lo sabía.
—Es la cercanía, Ulises —dije restregándome los ojos—. Es la cercanía la que me ciega.
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Las mesas se iban llenando, la gente se apoyaba en los taburetes de madera en la barra, el ventilador del techo estaba quieto y sonaba una música parecida al jazz.
—Bueno, ¿y qué descubriste tú? Puede que sea más interesante que lo mío.
Ulises cambió entonces de expresión, sonrió, comenzó a mover los hombros rítmicamente y a menear las manos como si sujetase dos maracas.
—Te va a encantar —dijo mientras continuaba con su baile de la victoria.
—¡Pues suéltalo ya! ¿No tenías tanta prisa por contarme, precisamente hoy, tu descubrimiento?
—No es que sea un descubrimiento, sino más bien, digamos, una línea de investigación. Una línea de investigación que descubrí abriendo otra línea de investigación.
—¿En los bares? —pregunté tratando de comprender semejante trabalenguas.
—No, ya te dije que en los bares no. ¡En Facebook!
Aquello me dejó de piedra. O, más bien, me desencantó. Siempre me sorprendía que Ulises, un viejo librero de viejo, se manejara con semejante pericia por internet y las redes sociales. Por supuesto que yo también lo hacía, pero, al fin y al cabo, era hija de mi tiempo y no se podía esperar de mí otra cosa. En Ulises quería encontrar la última fortaleza, un bastión de supervivencia, alguien que continuara investigando gracias a lo que le comentaban las porteras y los estanqueros, con lo que hallaba en polvorientos archivos y anotaba en las libretas. Pensar en eso me sosegaba. Él solía decirme que siempre hacíamos el viaje al pasado en primera clase, olvidando que en realidad, en aquellos años, la gente en los trenes iba sentada en asientos de madera y rodeados de moscas. Un hombre en edad de jubilarse que no romantizaba los tiempos remotos y una joven nostálgica. Supongo que en eso también se basaba mi amistad con Ulises, al ser el uno cuenco y el otro agua.
Tecleaba en su móvil lleno de rayaduras, al que solo le faltaba un esparadrapo, y cuando encontró lo que buscaba, me lo tendió y tomó un sorbo de licor café. Me encontré de pronto en el perfil de Ítaca Jones, que era su apodo en redes, mirando una publicación de alguien, cuyo nombre al principio me costó leer, en parte por la poca luz del Olivar y, sobre todo,
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por aquella mezcla entre alcohol y resfriado que me mantenía los ojos vidriosos. Hasta que, acercándome el teléfono, logré enfocar la mirada y leer el nombre: Delia Noriega.
—¿Delia? ¿Tienes a la Médium entre tus contactos?
—Ítaca Jones tiene a todo el mundo localizado. ¡Lee! —me exhortó señalando la pantalla con su dedo largo y huesudo que tenía un barniz amarillento de nicotina y estaba ligeramente manchado de tinta azul de bolígrafo.
Volví a achinar los ojos y reconocí en la imagen de perfil de Delia a Josephine Baker con su famosa falda de plátanos. Supuse que eso no era lo importante, así que leí el post más reciente.
Este domingo volveré a mi Asturias natal para rendirle homenaje a mis queridas momias antes del vermut, que de toda la vida ha sido mi hora bruja. ¡Ni un año sin visitarlas! Salud a todos, ¡salud! (Después, la cena con vosotras, muchachas, Araceli Buendía y Laura Valcárcel, también será mágica, como siempre).
Bajo el texto había enlazado una noticia titulada: «La condena eterna de las momias malditas de Teverga».
—Ulises, yo no sé qué tiene que ver esto con…
—¡Carajo! ¡Pues que va a estar aquí mañana! Y sabemos dónde, en la colegiata de San Pedro de Teverga, y cuándo, antes del vermut. Puedes hacerte la encontradiza y hablar un poco con ella.
—¿Con Delia?
Ulises me explicó entonces que había hecho una larga búsqueda en redes sociales de todos aquellos que estuvieran relacionados con Tina o La Patagonia y, aunque el resto de losamigos de mi tío no disponían de ellas, resultó que la Médium sí. No había comentado nada sobre el fallecimiento de Tina Flórez, en su historial no aparecía ni una sola referencia a Vargas Montseny ni cualquier otro dato que pudiera resultarnos relevante, pero lo cierto es que al día siguiente estaría aquí.
Bien mirado, Delia era la única de La Patagonia con quien no me daría grima hablar. Se había marchado a Getxo a poner una óptica poco tiempo después de la desaparición de Vargas Montseny, y no volvimos a saber de ella. Rehusó hablar para el libro de Ruth, era cierto, pero al menos no se había molestado conmigo.
—¿No decías que te gustaría contrastar tus recuerdos con los de otra persona? —me preguntó Ulises, arrebatándome su móvil de las manos—. Pues mira, aquí la tienes. Vamos tú y yo mañana a Teverga, nos topamos
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con ella como quien no quiere la cosa, le dices: «Caramba, Delia, qué bien te han tratado los años», y luego le sacas el tema.
—Tú y yo. A Teverga. A hablar con Delia. Mañana —repetí, repasando incrédula las partes de un plan que mi amigo consideraba sin fisuras—. Es decir, dentro de unas horas.
—¿A que te encanta?
—Pídeme otro licor café, anda. Cuando acabe de beber, te contesto. Antes de tomar el primer trago, ya había decidido que iríamos a ver a
Delia. Puede que porque había tenido poco tiempo para pensar, o por el efecto del alcohol y el catarro, o por el entusiasmo que se siente al contar con un cómplice, o por el gusano en el oído, o por el empeño en continuar sacando aguas subterráneas, o porque realmente me parecía una buena idea. Y con esa euforia que nos produce el tomar una decisión, Ulises y yo seguimos hablando.
—Es curioso —comenté—. La parte de la infancia es la que ocupa más páginas en esa biografía de Vargas Montseny, pero, en realidad, ¿cuántos años fueron? ¿Ocho? ¿Nueve? Diez, como mucho.
—Es la época de la vida más corta, y, a la vez, más larga. Ahí ya está todo. Los adultos no somos más que una sofisticación de los niños que fuimos —me dijo, y yo le di la razón.
Ulises salió a fumar al banco de madera, pero no le acompañé porque no quería que la humedad de la noche aumentara mi catarro.
En cuanto regresó, la conversación viró hacia Luz Miranda, quien desde niña había crecido admirando a Vargas Montseny y oyendo hablar de él. Otra infancia que se prolongaba en la edad adulta.
—Debe de ser algo alucinante lo de casarte con tu mito —dije, sonándome los mocos con un pañuelo de papel que ya estaba empapado—. Oye, ¿crees que Miranda me contestará?
—Ni lo sueñes. Ya me parece un acto de valentía que le escribieras.
Porque, escúchame bien, esa mujer está metida en el ajo. Sabe y calla.
—Sí que fue raro su cambio de actitud al llegar a Chile, pero… —¡Porque sabía dónde estaba el marido! O sea, bajo tierra. Y, claro,
aquí tuvo que hacer el papelón, disimular. ¿No te das cuenta, Calumet, que al ponernos un foco encima, alejamos las sombras?
—¿Bajo tierra?
—Hombre, pues ya me dirás tú dónde va a estar alguien que lleva veinte años sin dar señales de vida.
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Resultaba lógico. Sin embargo, yo era incapaz de quitarle la etiqueta de «desaparecido», menos dañina y rotunda. La palabra «muerto» me producía el mismo efecto que «suicido»: eran tan filosas que te rajaban la lengua con solo pensar en ellas. Por eso prefería ignorarlas.
—Mira, te lo confesaré, porque ya llevo unas copas encima y hablo con confianza. Desde luego, no es algo que les diga a los del Círculo, aunque en algunos bares lo he comentado y no creas que muchos me llevaron la contraria. Esto es lo que creo que ocurrió. —Ulises volvió a hacer el gesto de remangarse, sin darse cuenta de que ya tenía las mangas del jersey encima de los codos—. El escritor estaba pasando horas bajas, había dejado de publicar y andaba deprimido, aunque su mujer lo negara. Claro que lo negaba, por la cuenta que le traía. El caso es que Miranda ya estaba harta, toda la vida tirando de aquel hombre, aquel mito caído. Y ojo aquí: no descartes que ya estuviera liada hacía tiempo en secreto con el fotógrafo argentino. Porque a mí lo que tampoco me parece normal es que después de pasar un trauma como el de la desaparición repentina de tu marido, a los cuatro días, como quien dice, rehagas tu vida con otro y te largues a La Pampa.
—¿Rosario está en La Pampa?
—¡Y qué sé yo! ¡No soy un experto en geografía! Total, pongamos que sí. Que Luz Miranda está liada con ese fotógrafo de su misma edad, harta de aguantar a un viejo, y más viejo que va a ponerse, que encima está triste y ya no publica. Pues la ocasión se la ponen en bandeja de plata: venir a un país extranjero, un lugar ideal para que alguien desaparezca. Sabe de los paseos matutinos de su marido. El día anterior habíais estado recorriendo la ciudad, ¿no? Pues Miranda le sugiere que por qué no da una vuelta por esas calles. Habla con alguien y le cuenta por dónde va a andar su marido, ella se queda cómodamente en el hotel y con cuartada fingiendo que está hasta arriba de somníferos, y lo secuestran a esas horas, en que no les puede ver nadie, lo meten en un coche, lo liquidan y hacen desaparecer el cuerpo. Así que Miranda no solamente se queda con todo y se puede largar con el fotógrafo tranquilamente a La Pampa, sino que, encima, el misterio de la desaparición de su marido hace que se incrementen las ventas de sus obras y ella, de paso, se forra. Si es que le sale todo redondo. Pero, claro, cuando llega a Santiago tiene que mantener el perfil bajo porque tal vez la estén investigando, aunque, ya ves, hasta hoy siguen sin probar nada.
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—Pero ¿con quién iba a hablar para que secuestraran a Vargas Montseny?
—¡Carajo! Pues con sicarios. Esos saben liquidar a alguien y disolverlo en ácido sulfúrico. Puede que alquilaran una casa en el Naranco y deshicieran su cadáver en la bañera.
—¿Sicarios? ¿En Oviedo?
—O se los trajo de Chile, de Bolivia o vete tú a saber. Esa gente tiene contactos. Mira, si incluso Vargas Montseny escribió un libro sobre eso, El enigma Hannelore, que en realidad iba del trauma que le produjo el divorcio de su primera mujer, pero hablaba de una banda de sicarios. Puede que, para documentarse, estableciera relaciones con alguno de ellos, y Luz Miranda consiguiera así sus direcciones. ¡Si es que todo encaja!
—Ulises.
—¿Qué?
—Estás tarado.
Entonces fui yo la que estalló en una carcajada.
—No es tan descabellado —dijo tomando otro sorbo—. Si lo piensas, encaja.
—Sí, claro que todo encaja. ¿Quién decía que, si pones el suficiente empeño, obtendrás resultados que concuerden con tu hipótesis? Casi veo más probable lo de que Lorca hubiera tocado ese breviario, o que Tina se cartease con Vargas Montseny y durante todo este tiempo lo haya mantenido como su animal de compañía.
—Claro, eso te encantaría —dijo mientras se le escapaba una maliciosa sonrisa por debajo del bigote ceniciento y desordenado, al que el licor café había dejado pringoso—. No te gusta lo de los sicarios porque no está relacionado con lo tuyo ni es una solución, digamos, romántica. Te voy a poner otra que igual te gusta más. Los miembros de La Patagonia, aquella madrugada, mientras regresan a casa, deciden continuar la fiesta, se encuentran al escritor por la calle, lo secuestran y lo han mantenido encerrado todo este tiempo en el taller de la relojería de Bode para que les cuente cuentos. Ahora imagínate que Delia se hubiera marchado de aquí horrorizada precisamente por eso, porque no quiso implicarse más en ese asunto, y cuando nos hagamos los encontradizos mañana, decida confesárnoslo todo viendo las momias. Eso sí que te gustaría. Resuelve de un golpe todas tus incógnitas. Eh, y además tu tío, de alguna manera, se vería exonerado. Culpable como encubridor, sí, porque les ha guardado el
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secreto a los demás, pero no como secuestrador, ya que aquella madrugada fue a dormir contigo a casa. Et voilà, madame. —De nuevo, aquella forma algo gangosa, petulante, con que Ulises pronunciaba el francés—. Todo sale a pedir de boca.
—Bueno, no. Quiero decir, yo no dormí aquella noche con mi tío.
—¿Ah, no?
—No.
Ulises se echó hacia atrás y apoyó el brazo en el respaldo de la silla.
—Eso nunca me lo habías contado.
No, nunca lo había hecho. Pero porque ni había reparado en ello ni le había dado importancia.
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Llegada a Oviedo
El organizador de los III Encuentros Hispanoamericanos sobre Realidad y Ficción, Saúl Muñiz, se sentía pletórico por la llegada a Oviedo de Gabriel Vargas Montseny. En las dos ediciones anteriores había contactado con él, y el escritor chileno había declinado su invitación, algo que Muñiz se esperaba por lo reacio que era Montseny a viajar. «Pero a la tercera fue la vencida», explicaba el organizador. «Escribir es un oficio de resistencia, y el de gestor cultural, de insistencia». Había sido, además, una decisión de última hora, ya que en un primer momento Vargas Montseny había rechazado la invitación al igual que las dos primeras, pero un mes antes de los Encuentros llamó a Muñiz para decirle que aceptaba viajar. Eso supuso un gran esfuerzo de reajuste y logística, pero consideraron que valía la pena, ya que el organizador imaginaba, por lo poco que se prodigaba el chileno y la atracción que generaba su obra, que su acto sería uno de los que más interés iba a suscitar en los Encuentros. «Y así fue. Vino gente de toda España».
Para Saúl Muñiz, aquellos días fueron de intenso ajetreo.
La mañana en que fue a recoger a Vargas Montseny el cielo estaba encapotado. «Recuerdo que temí entonces que se desatara una tormenta y el avión no pudiera aterrizar. No sería la primera vez que pasaba. En los
II Encuentros le ocurrió a una autora mexicana, que ni siquiera pudo despegar de Madrid. Es curioso, porque me he pasado todos estos años pensando que si tal vez hubiera llegado la tormenta que yo temía y Gabriel Vargas Montseny hubiese tenido que venir al día siguiente, no habría ocurrido nada de lo que sucedió». Pero el avión llegó a tiempo y el coordinador recibió al escritor chileno y a su esposa.
Al verlos, Muñiz se preocupó un poco, ya que Vargas Montseny, además de su maletín colgado a modo de bandolera, solo llevaba una maleta de mano, y no demasiado grande, algo muy atípico en un viaje
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transoceánico, por lo que les preguntó si acaso les habían extraviado el resto del equipaje. El escritor le explicó que odiaba ir muy cargado, y además tenía la costumbre, cuando acudía a algún lugar por trabajo, de llevar todos los días de su estancia la misma ropa con la que había viajado. «Apenas sudo y jamás me mancho al comer», le contó a Muñiz, alegando que su abuelo Vicente, el sastre, sostenía que no había mejor amuleto que el atuendo que uno llevaba. Así se protegía de alguna manera de aquel miedo irracional y profundo a viajar que le había dejado el exilio, y se aseguraba su regreso a casa. «Pero no se preocupe, que los calzones sí me los cambio», añadió sonriendo. Aunque Saúl Muñiz estaba más que acostumbrado a las extravagancias del mundo literario, aquella, una de las más raras que había oído, no la tomó como tal. «Lo explicó con tanta sencillez que llegó a parecerme algo de lo más natural».
Después de un viaje de doce horas a Madrid, más el transbordo a Asturias, el matrimonio estaba agotado. El organizador les preguntó entonces si preferían cancelar la visitada guiada que les había programado por la tarde y quedarse reposando. «Bielito no quiere perderse nada», manifestó Miranda. «No le piense tan viejo. Con descansar ahora un poco nos basta». Vargas Montseny afirmó mansamente, sonriendo. «Eso sí, me sentí como un taxista», explicó Muñiz, ya que ambos fueron en la parte de atrás del coche, cogidos de la mano y durmiendo durante todo el trayecto. «Casi me dio pena despertarlos al llegar al hotel».
Ambos le dieron las gracias, y Vargas Montseny quiso asegurarse, nuevamente, de la hora a la que al día siguiente tendría lugar su acto. Pareció alegrarse cuando Muñiz le dijo que a las doce y media, pues él había entendido a las doce. Luz Miranda no quiso ayuda para meter la maleta en el hotel, y el escritor se giró en la puerta para decirle adiós con la mano. Ya no volvería a encontrarse con él.
«Y durante todos estos años», contaba Saúl Muñiz, «no he dejado de pensar que desapareció llevando la misma ropa que yo le vi puesta, y que en aquella ocasión no le funcionó su amuleto, ya que se cumplió la peor de las profecías: salir de Chile y no poder volver».
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Delia
—¡Melquíades! ¿Tú también vienes? —pregunté cuando ambos se subían a mi coche. Había quedado en recoger a Ulises, como siempre, en la puerta de la librería.
—Buenos días. Hola. ¿Qué tal?
—Es un apasionado de las momias —dijo Ulises, abrochándose el cinturón de seguridad del asiento delantero—. No se pierde una.
Melquíades, en la parte de atrás, apartó cajas y papel de embalar para poder acomodarse, algo a lo que ya estaba acostumbrado cada vez que montaba conmigo.
—Digamos que hoy no hay que abrir la librería y que tengo un hermano que no le gusta ir solo a ninguna parte.
—¡Carajo, no me iba a quedar yo papando moscas mientras esta se va a hablar con la Médium!
—Tampoco hacía falta que me secuestraras mientras desayunábamos. Ya me extrañaba a mí que te levantaras tan temprano… Aunque digamos también que siempre es un placer para mí acompañarte, Calume.
—¿Aunque no haya libros de por medio? —pregunté sonriendo mientras arrancaba.
—Aunque no los haya.
—Tened en cuenta que vamos a preguntar por un escritor desaparecido. Así que libros, haberlos, haylos.
—Por cierto, Ulises —dije mientras él trataba de dar dignidad a nuestra charada—, no te vas a creer lo que me ha pasado antes de salir de casa.
Yo también me había levantado temprano. Lo suficiente como para leerme un capítulo de Vargas Montseny en la niebla. Tenía resaca, pero al menos
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se me había pasado el catarro. Pensé que tenía que pedirle a Ruth el contacto del organizador de los Encuentros; tal vez pudiera hablar con él. Le recordaba fornido y elegante, con el pelo largo, aquella mañana en la que salió al escenario del Campoamor para decirnos que Vargas Montseny estaba indispuesto.
«¿Y no crees que pueda sentarle mal que quieras hablar con alguien con quien ella ya habló para el libro?», me preguntó Blas mientras desayunábamos en la cocina Eko, manzanas y galletas. Los dos llevábamos la bata encima del pijama. «¿A Ruth? No creo. Si me dio las direcciones de Luz Miranda y el Afamado López». «Sí, pero una no le quiso decir nada, y el otro no sabe ni quién es. Te da contactos por si puedes descubrir algo nuevo, no para que revises su trabajo». Dejé de pelar la manzana y me quedé mirándole, sopesando lo que acababa de decime. «Aunque no me hagas mucho caso», continuó, «porque ya sabes que soy malísimo dando consejos. Eso sí, por favor, deja de mirarme con el cuchillo en la mano».
Blas aprovecharía ese domingo para ir a comer a casa de sus padres y pasar con ellos el día, pero antes iría por el rastro. Mejor dicho, iría a tomar un caldo en Casa Amparo mientras hojeaba el periódico.
«Hoy hace una semana», me recordó, él que era tan aficionado a recordar las fechas, echándose en la leche otra cucharada de Eko. Una semana desde que encontré un alfiler de corbata con una mariposa y dos cuerdas enroscadas y Melquíades me llamó para decirme que Tina había muerto. Una semana en la que todo había empezado a dar vueltas a mi alrededor. «Lo sé. Pero no pienses que, en lo sucesivo, eso vaya a eclipsar nuestro aniversario de la pizzería», dije mientras le acariciaba el antebrazo por encima de la bata, justo en el lugar en el que tenía el tatuaje.
Cuando ya iba a salir de casa, sonó el móvil. Miré la pantalla con un gesto mecánico, aburrido, pero en cuanto vi de qué se trataba, me cambió la cara. «Coño, Blas. Me acaba de contestar el Afamado López». Era un correo muy escueto; una sola frase y, en ella, dos preguntas.
Sin quitarme siquiera el abrigo, me senté en el escritorio y encendí el ordenador. Eso me daría tiempo a organizar mis ideas; con el móvil en la mano a veces siento que toman la velocidad del relámpago y se me escurren por los dedos.
Traté de centrar mis pensamientos y volví a leer la frase del Afamado López. Ni siquiera un saludo, ni una despedida, ni una mínima cortesía.
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Era abrupto y muy preciso, como si no le gustara perder el tiempo o jugara al lenguaje de los espías.
¿Qué quieres saber exactamente y por qué quieres saberlo?
Me desabroché el abrigo y le contesté:
Hola:
Lo primero, muchísimas gracias por contestarme.
Lo segundo, si le soy sincera, es que tampoco puedo decirle con exactitud qué quiero saber. No es nada concreto. Simplemente me gustaría hablar con alguien que esté interesado en este caso, del que yo, de manera fortuita, fui partícipe en mi infancia. ¿Por qué? Porque supongo que hay un momento en la vida en que todo lo sumergido pugna por salir, en el que una empieza a mirar atrás, a hacerse preguntas, a entender que las niñas con dudas y espacios en blanco se convierten en adultas confusas.
Supongo que a usted, que muestra tanta fascinación por la desaparición de Gabriel Vargas Montseny, también le gustaría conocer la impresiones de una de las últimas personas que lo vio.
Espero que sigamos en contacto.
Muchas gracias.
Alana
Cuando le di al botón de enviar pensé que había sido, tal vez, demasiado retórica, pero en aquellos momentos no me salía otra cosa. En el fondo, eran buenas preguntas las que me había hecho. Además, me había brindado la posibilidad de añadir aquel gancho al final.
Reparé entonces en otra cosa. Abrí un nuevo correo y comencé a teclear.
Hola, Luz:
Soy Alana Menéndez Calume. Vuelvo a pedirle perdón por importunarla, y también quería añadir otra disculpa, ya que me he dado cuenta de que le he preguntado por algo muy difícil para usted, muy intrincado, sin ni siquiera explicarle por qué lo hago.
Como le comenté, si quiero hablar con usted sobre aquella noche que pasamos juntas, antes de que su marido desapareciera, es solo para poder contrastar sus recuerdos con los míos. Lo único que pretendo es resolver dudas personales, preguntas que me hago desde la infancia. No tiene nada que ver ni con su marido ni con usted, sino con lo que yo viví.
Espero no haberla importunado nuevamente.
Alana
Necesitaba contrastar mis recuerdos con alguien que también hubiera vivido aquella noche, resolver dudas personales. Era precisamente a eso a lo que me encaminaba. Me temblaron las piernas y tuve que abrazar fuerte a Blas antes de salir de casa.
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—Pero ¿quién es el Afamado López? —preguntó Melquíades metiendo su cara de barba blanca y gafas redondas en el hueco entre los dos asientos delanteros—. ¿No es así como se llama el famoso personaje de Vargas Montseny?
—Sí, y también es el Garganta Profunda de esta historia. Aunque no tiene tanto empaque como el del Watergate. Desde que existe internet, cualquiera con una buena conexión puede convertirse en un confidente secreto —explicó Ulises—. Y, entonces, ¿dices que le volviste a escribir también a la viuda? Qué valor, Calumet. Esa acaba mandándote una cabeza de caballo ensangrentada.
Melquíades suspiró.
—Esa pobre mujer ha pasado un infierno, y probablemente solo quiera olvidar. Tiene todo el derecho, Ulises. Y tú, ¿cómo te encuentras? —me preguntó poniéndome una mano en el hombro—. ¿Estás nerviosa?
Asentí sin dejar de mirar la carretera.
—Bien, pues mejor cambiamos de tema. Tú tranquila, que estamos a tu lado —dijo Melquíades volviendo a su posición en el asiento trasero.
Mientras los dos hermanos hablaban de sus cosas, yo iba repasando mentalmente el plan establecido: hacerme la topadiza con Delia, sacarle el tema de la muerte de Tina (estaba candente y, por tanto, procedía), tirar de ese hilo para continuar hablando de los miembros de La Patagonia, y de ahí pasar a Vargas Montseny. Eso contando con que nos la encontráramos, algo que no tenía del todo claro. Las manos me sudaban al volante. «Al fin y al cabo», pensé tratando de tranquilizarme, «toda búsqueda siempre es algo disparatada».
—Oye, ¿y alguna vez habéis visto a las momias estas? —preguntó Ulises—. Porque yo, en la vida.
—Varias —respondí—. Impresionan un poco. Sobre todo, los dientes y las uñas.
Me gusta lo incorruptible. Un buen estado de conservación, cómo se logra burlar al tiempo, es algo que interesa mucho en mi trabajo. Y en el que se encontraban aquellos dos cuerpos del siglo XVII, padre e hijo, era digno de asombro. Llevaban trescientos años muertos y aún se les marcaba un agujero en la boca, el orificio de la nariz y las marcas de los ojos; casi se podía identificar sus rasgos. «Conozco gente que está bastante peor que
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estos dos», dijo mi padre la primera vez que fuimos a verlos. Ambos habían pertenecido a la Casa Miranda (a los que apodaban «señores de la horca y el cuchillo»); el padre, el marqués de Valdecarzana, había sido un despótico terrateniente, y el hijo, obispo de Teruel e inquisidor de Santiago de Compostela. Los dos tenían fama de crueles y tiránicos. De ahí venía la leyenda de que aquellas momias estaban malditas, que sus almas habían quedado atrapadas dentro de sus cuerpos conservados, pagando así el castigo que no sufrieron en vida.
«No vamos a llegar a tiempo», dijo Melquíades en cuanto aparcamos. «Pues depende de la hora a la que se tome el vermut esta mujer», contestó Ulises. Los tres íbamos prácticamente corriendo por el camino empedrado que conducía a la colegiata.
Atravesamos el inmenso claustro rectangular de madera que, más que a una iglesia, recordaba a una casona asturiana. En cuanto entramos en la sacristía noté un olor repugnante, como a carcoma y a sombra. Ulises me metió tal codazo que casi me hunde las costillas y me señaló con la cabeza a la mujer que estaba junto a los sarcófagos. De espaldas podía ser cualquiera. Cualquier mujer con el pelo teñido de naranja. Se volvió hacia nosotros, y entonces sí reconocí a Delia. Había envejecido, había engordado, llevaba otro peinado, pero era la misma cara enorme como una plancha, la misma nariz ganchuda, los mismos ojos vivarachos. Después se giró de nuevo para seguir contemplando las momias.
Lentamente, me acerqué a ella. Tenía el corazón en un puño. —¿Delia?
Levantó la cabeza y me miró intrigada. Su nuevo color de pelo recordaba a las túnicas de los budistas y, aunque lucía un atuendo muy normal para ser ella, había algo en él que destacaba y resultaba chocante: llevaba varias llaves colgadas del cuello. En distintos cordones, unos rojos, otros negros, más cortos y más largos. Parecía una guía turística que fuera a enseñar unos templos cerrados.
—Perdona —me dijo—. Tu cara me suena muchísimo. Sé que te conozco, pero ahora no caigo…
—Soy Alana. Alana Calume. La sobrina de Canor.
Abrió mucho los ojos y levantó las cejas, que se había sombreado con lápiz. Otra muestra del paso del tiempo.
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—¡Alanina! —exclamó. Me dio un abrazo fugaz, aunque intenso, y comenzó a palparme los brazos y los hombros, como comprobando mi cuerpo. Su manifiesta alegría por verme hizo que me relajara un poco—. ¡Válgame Dios, palmera! Pero mira cómo estás. Y si tú estás así, cómo estaré yo. ¡Viejísima!
—No —mentí—. Qué va. Ya ves que no me ha costado nada reconocerte.
—Pero ¡mira dónde voy a encontrarte! ¿Qué estás haciendo tú aquí? —He venido con unos amigos que querían ver las momias —dije
señalando a Melquíades y a Ulises, que se habían puesto uno al lado del otro a contemplar un canecillo con una arpía.
Me hizo gracia que se colocaran tan juntos, como queriendo ampararse en el disimulo. Uno, alto y delgado como un Quijote alegre, y el otro bajito y rechoncho como un inteligente Sancho.
—Yo las visito todos los años. Porque supongo que sabes que con los malditos es más fácil comunicarse. Están atados a este mundo sin remedio.
—No, Delia. La verdad es que no lo sabía.
Inclinó la cabeza y entrelazó las manos. Llevaba una manicura cuidada, con cada uña de un color distinto.
—Vaya, vaya. Ya ves tú qué cosas. Para que luego digan que no son mágicas las momias. Aquí la Providencia es mayor que en otras partes. Llevo toda la semana pensando en La Patagonia y mira a quién me han mandado aquí.
—¿Por lo de Tina? —pregunté tratando de que no se notara mi entusiasmo por haber sacado el tema.
—Chisss —dijo poniendo en los labios un dedo con la uña pintada de color sandía—. No se habla de muertos delante muertos. Eso nunca trae nada bueno. Les pone celosos que te inquietes por las desgracias de otros. Vamos afuera y me cuentas, que yo ya he acabado. ¿Tus amigos…?
—Uy, no te preocupes. A ellos todavía les queda aquí un buen rato. Mientras paseábamos alrededor de la colegiata, con el tintineo
constante de las llaves que Delia llevaba al cuello, le expliqué lo que había pasado. Al menos, la versión oficial. Tina, el desfiladero de Las Xanas, un accidente. Se horrorizó, como todos, aunque me dio la impresión de que profundizaba más en su manera de vivir aquella desgracia que en la desgracia en sí.
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—Es que ni siquiera sabía qué decir, así que opté por no decir nada, y que se tomaran mi silencio como algo reparador en esa tragedia. Además, qué hubieran podido aportar mis palabras. Hace tanto que no los veo… Y no te creas, que echo de menos a esos maravillosos muchachos. Qué bien lo pasábamos en aquellas tertulias. Pero cuando me marché, al principio estaba tan ocupada tratando de sacar adelante la óptica y de establecerme, que casi no venía. Luego, el poco tiempo que pasaba aquí lo dedicaba a la familia. —Recordé a las amigas que había etiquetado en su publicación con la intención de cenar con ellas esa noche, «como siempre», y pensé que tenía más tiempo del que decía cuando venía a Asturias—. Y al final, a lo tonto, pierdes el contacto. Eso sí, por el grupo les felicito a todos el cumpleaños y las Navidades y les mando enlaces que pienso que les gustarán. Madre del alma, yo creo que la última vez que les vi fue precisamente en la boda de Tina. Sí, esa fue la última vez que estuvimos todos juntos. Luego ya me marché a Getxo. Por favor, diles de mi parte que me acuerdo mucho de ellos.
—Se lo diré, no te preocupes. Ellos hablaban mucho de ti en las tertulias —volví a mentir para resultar halagadora y, por tanto, más confiable.
—Ay, pobrecitos míos. ¿Te importa que nos sentemos un rato? He salido de Bilbao muy temprano, he venido conduciendo directamente hasta aquí, y creo que tengo una especie de jet lag. A mí los cambios de presión me afectan mucho. Y desde siempre me pongo muy inquieta a esta hora.
Nos sentamos en un banco de madera entre los árboles. Enfrente de nosotras había una gran cruz de piedra a la que se llegaba subiendo tres peldaños.
—¿Y cómo está el Superferolítico? Con la amistad de tantos años que tenía con Tina…
El Superferolítico. Así que de ese modo llamaban socarronamente a mi tío. Pensé que le pegaba bastante. Me alegró comprobar que Delia continuaba siendo lenguaraz y, por tanto, sería fácil sonsacarla.
—Pues bastante hecho polvo, la verdad. Pero tú también estabas muy unida a Miss Pino, ¿no? —dije afilando mi anzuelo.
—¿Yo? ¿Con Miss Pino? No… Me duele decirlo precisamente ahora, pero casi era con la que tenía menos feeling.
—¿Ah, sí? Pensé que sería con Bode —dije al recordar sus constantes discusiones.
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—Oh, no, por favor. Manolo era encantador. Espantosamente encantador, me refiero. Pero qué aburrida es la vida si no se tienen adversarios. Me divertía muchísimo discutir con Bode. Y era auténtico. Eso es lo que a mí siempre me faltó con Tina. La veía…, no sé cómo decirte. No podría decir que falsa, pero algo parecido. Ya sabes que ella era géminis, y los géminis son así, parece que se acercan pero a la vez se alejan. Resultan próximos y distantes al mismo tiempo, y es algo muy perturbador. Que una nunca sabe en qué jarra lo va a echar con ellos. Pero, bueno, eso son cosas mías. Como te digo, no había conexión entre nosotras, lo que no quita para que fuera una mujer maravillosa con muchísimas virtudes. Si le contabas algo, era una tumba. Mira, ella fue la primera a quien le dije que estaba pensando en abrir una óptica en Getxo. No sé por qué lo hice, es que coincidió que hubo un momento que nos quedamos solas, y ella estaba ahí tan callada, como tan preparada para recibir… No recuerdo lo que me dijo, pero sí que aquella conversación me dio ánimos, y siempre le estuve agradecida. Esta semana le encendí una vela en mi salón pensando en eso y lo tuve presente. Sí, sí, cuando alguien se va hay que recordar sus mejores cualidades. Y mira, hoy te ha mandado a mí la Providencia y así puedo quitarme esta espina y homenajearla.
Delia posó dulcemente en mi muslo su mano reluciente de crema con las uñas pintadas de lima, naranja, kiwi y fresa. La apartó, un poco asustada, cuando comenzó a vibrarme el móvil en el bolsillo del pantalón. Era mi madre.
—Cógelo si quieres —dijo.
—No, no es nada importante. —Dejé el teléfono en silencio y, aprovechando que lo tenía en la mano, me puse a hacer una búsqueda—. Por cierto, ya que estamos, en el funeral de Tina, Rosalía pronunció unas palabras comentando que le hubieran gustado, que serían un buen epitafio para ella. Eran unos versos de Tennyson que habían grabado en la tumba de Scott —dije mientras tecleaba en Google esas palabras—. Aquí está. «Esforzarse, buscar, encontrar y no ceder». Eso era. No sé, no me pegaban con Tina.
En las fotos que aparecieron en el buscador se veía la tumba de hielo de Scott y la de sus compañeros, sobre la que habían puesto una gran cruz. Miré la que teníamos enfrente y sentí un temblor. Me pareció un mundo duplicado.
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—Uy, pues a mí sí. Muy probablemente las dijo por Joaquín, el marido. A ver, que Tina sería rica y desahogada, y todo lo que tú quieras, pero en el fondo era una desgraciada. Una antigua. Vivía como las mujeres de antes, encerrada en casa cuidando a la madre, siempre tan volcada en su familia. La típica tía solterona. Nosotros éramos casi su única distracción. Lo demás, la madre, las hermanas, las cartas… todo aquel laconismo. Y no digo yo que una no tenga que ser feliz así, que hay gente que está entregada a una causa porque ese es su lugar en el mundo y, oye, tan ricamente. Pero ella no. Se notaba que quería remediar esa situación y tener a alguien con quien ir a ver ruinas a Grecia. Y mira, salió, no cedió, buscó y encontró. Quién iba a imaginar que encontraría marido pasados los cuarenta. Si eso es dificilísimo, a mí me lo vas a contar. Y encima uno como ella, pudiente y de los mismos gustos. Eso sí que fue un milagro. Aunque, ojo, que yo a Joaquín no se lo envidiaba. Un hombre tan recto, tan tradicional…, tan santurrón. Dónde iba a ir yo con uno así. Ni a la esquina a comprar churros. Ese sí que era antiguo de verdad, y no Tina. Pero los dos hacían una pareja fantástica. Y qué guapa estaba ella. Mucho mejor que de joven, si es que hasta le sentaban bien las canas. Yo creo que nunca vi a una novia más feliz. Bueno, más feliz y más nerviosa. Porque con todo lo de la organización de la boda estaba atacada. Además, su madre andaba fatal y encima se le había muerto hacía poco aquella prima a la que quería tanto… Si siempre lo digo, las cosas más importantes de la vida son agridulces, nunca te pasa nada bueno sin que te suceda algo malo. El yin y el yang, la compensación cósmica. Es todo un equilibrio muy sensato. En fin, que ya la suponíamos sin remedio, pero mírala a Miss Pino, cómo salió adelante. Pensándolo bien, ¿cómo no iba a estar nerviosa? Claro, yo organizando una boda ni parpadeo, como ya me casé cuatro veces…
—¿Cuatro? —Recordaba que eran tres. «Los tres cerditos», los llamaba Bode. «Y el lobo que sopló, sopló y sus casas derribó. O, en este caso, la loba».
—Uy, sí, es que de la cuarta no os enterasteis. No pienses que no quise invitaros. Por Dios, no les vayas diciendo eso. No, no, para nada. Es que me casé casi en secreto, no se lo dije a nadie. Como a las otras bodas invité a todo el mundo y las cosas luego salieron fatal, quise hacer algo distinto para cambiar la suerte. Y tan distinto como que nos casamos en un casino de Bilbao al más puro estilo Las Vegas siguiendo el rito de Elvis, del que
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mi pareja era muy fan. Pero ni con esas, porque tampoco funcionó. Nos separamos hace unos años y cada vez que escucho Suspicious Minds le tiro una zapatilla a la radio. Una intenta atarse a la tierra, aferrarse a un hogar… —agarró con una mano todas las llaves que llevaba al cuello y apretó el puño—, pero solo se queda en eso, en intentos. —Mantuvo un instante la mano apretada y después la abrió, dejando que las llaves volvieran a colgar encima de su pecho—. Oye, por cierto, ¿y Canor y Rosalía? Por los mensajes que ponen en el grupo no me da la impresión de que estén juntos, pero yo qué sé. La gente es reservada. ¿Tuvieron algo? Porque después de la muerte de Tomás…, que, por cierto, tampoco vine para el entierro. Ay, Delia, Delia, siempre tan dejada. Lo mío no tiene remedio.
—No, no tuvieron nada. Siguen como siempre.
—¿Y Rosalía sin saber nada?
—Y Rosalía sin saber nada. Continúan los días bárbaros.
—Ay, los días bárbaros… Lo mucho que he contado yo esa historia por ahí. Tu tío hablando de la Bárbara medio alelado, y Rosalía consolándole por una mujer que no era otra que ella misma. —En ese momento me molestó que Delia se dedicara a airear las intimidades de mi tío Canor como si de un mero chisme se tratara. Los charlatanes vienen bien cuando tienes que sonsacarlos, pero no tanto cuando es tu vida la que divulgan. Es un camino de dos direcciones bastante espinoso—. ¿Y los demás? ¿Cómo están? Cuéntame. Porque ya te digo que por los mensajes algo sé, pero no mucho. Que tu tío se jubiló, que el Marqués también y tuvo dos nietas… Y ahora, que Tina ha muerto. Si lo piensas bien, tanto luchar, tanto luchar, para acabar cayéndote por un barranco. Si es que…
Mientras ella seguía divagando, yo tendí mi celada:
—Tampoco sé decirte demasiado. Perdimos mucho contacto desde…, bueno, desde que di información para el libro de Vargas Montseny.
La expresión de su rostro cambió de repente. Alzó las cejas pintadas, le temblaron los ojos, torció la boca en una mueca que expresaba a la vez horror y pasmo. Me dejó ver, sin ambages, que yo había pronunciado las palabras prohibidas. Sentí que me ahogaba y me dieron ganas de decirle que lo olvidara todo y salir corriendo, como si la trampa me la hubiera tendido a mí misma.
—Ay, ese nombre, por Dios, qué estragos me causa —dijo al fin, poniéndose las manos en el pecho—. Cuánto tiempo hacía que no lo
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escuchaba. —Cruzó entonces el índice y el anular, y golpeó varias veces el respaldo del banco con los dos dedos—. Menos mal que tengo madera cerca para tocar. —Ese gesto pareció tranquilizarla—. Pero ¿qué decías? ¿De qué libro me hablas? ¿De ese que me llamó la escritora de Astorga para ver si quería participar en él?
—Sí, ese: Vargas Montseny en la niebla, de Ruth Rami. —Me pareció increíble tener que explicarle aquello—. Fui la única que quiso hablar y contar cómo pasamos la tarde con el escritor antes de desaparecer. Los demás no quisieron hacerlo. Y tú…, bueno, tú tampoco.
—Ay, no, quita, quita. Qué onda tan mala. Mira que hacía mucho que no pensaba yo en eso. Pufff, fuera, fuera —dijo, y comenzó a limpiar su cuerpo con las manos como si tratara de quitarse unas migas del pecho—. Si ni siquiera me enteré de que habían publicado el libro ese. A mí lo único que me interesa es que encuentren a Montseny y que todo quede resuelto. Mientras tanto, no quiero saber nada.
—¿Por qué?
Delia me miró fijamente y pronunció aquella frase con el tono de gravedad propio de las confesiones más íntimas:
—Porque siempre pensé que había desaparecido por mi culpa.
Dos gorriones se posaron sobre la cruz de piedra sin reparar en nosotras, mientras yo trataba de procesar semejantes palabras.
—¿Qué? —pregunté, perpleja.
—Que sí, que sí —dijo afirmando una y otra vez con la cabeza—. Que te lo digo yo. Si es que no tenía que haberlo hecho…
—Pero ¿el qué? ¿Qué hiciste?
—¡Ir! Ir aquella tarde. No tenía que haber ido. Si es que lo sabía. A un tris estuve de no hacerlo. Y eso que estábamos todos tan contentos, tan ilusionados cuando nos enteramos de que sí, de que iba a venir a nuestra tertulia, de que ya se encargaba Canor de traerle. Imagínate. Yo, la primera. Un escritor tan famoso con nosotros. Estuve muy de acuerdo con Rosalía y con Tina en que tenía que ser él quien viniera. Pero eso fue antes de leer sus libros. Porque cuando me puse con ellos, la verdad, no me gustaron nada. Tanta melancolía, tanto resentimiento, tanta cosa incomprensible… No, qué va. Me provocaron mucho rechazo. —Delia comenzó a jugar nerviosamente con las llaves que le colgaban del cuello
—. Si es que no tenía que haber ido. Y no iba a hacerlo. Hasta el último momento lo estuve pensando. Al final, cuando me decidí, me vestí a toda
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prisa y encima llegué tarde. Claro, eso tampoco ayudó. La impuntualidad nunca trae nada bueno. Lo hice todo mal.
—Delia, es que no te estoy entendiendo…
—¡Pues porque sabía que mi rechazo generaría malas vibraciones! — me explicó como si resultara algo obvio—. No me gustaron sus libros y, aun así, fui e hice el paripé. Tenía miedo de provocar una energía negativa, claro, y pensaba largarme en cuanto viera que mi presencia estorbaba. Pero sentía curiosidad. Además, cuando llegué, vi que el tipo era tan amable…, ¿verdad que lo era? Muy magnético. No tenía nada que ver con sus libros. Me bastaron dos minutos con él para saber que era acuario. Un acuario puro. Y luego la ruta que hicimos por la noche fue tan encantadora que casi se me olvidó todo. Pero cuando de madrugada iba a casa y me mandaron aquel mensaje de texto para que quedáramos todos a desayunar, ya fue demasiado. Pensé: «Delia, no tientes más a la suerte».
—¿Mensaje de texto? —pregunté sin poder ocultar el asombro—. ¿Es que luego quedasteis?
—Ay, no sé si quedaron. Ya te digo que yo no fui.
—¿Y quién lo mandó?
—Pues Rosalía, o Canor, o Braulio… ni me acuerdo. Hace ya tantos años… Yo lo que te digo es que me fui a casa a dormir, y no quise saber nada más, ni ir al Encuentro en el Campoamor ni leches en vinagre. Claro, cuando me entero de que ese hombre ha desaparecido… —empezó a sacudir las manos frenéticamente y su manicura multicolor parecía un arcoíris—, es que no podía ni respirar, te lo juro. Casi me desmayo ahí mismo. Encima, me llaman a declarar. Y yo como muerta, yo como si tuviera una esmeralda atravesada en la laringe, que muy poco, les dije, porque a esa gente no les puedes hablar de energía, pero que alguien no crea en algo no significa que no ocurra.
—¿Que te llamaron para declarar? ¿La policía, dices?
—Uy, como a todos. ¿A ti no?
Según iba hablando Delia, más pasmada me iba quedando yo. —No…
—Bueno, claro, como eras tan niña… Y muchísimo mejor para ti. Yo de camino a la comisaría me encontré con Bode saliendo y poniéndose a vomitar en una esquina, allí mismo, agarrado a una farola. Aquello me remató. Porque si yo iba temblando, pues imagínate ver así a Manolo, él, que era tan de una pieza, tan imperturbable. No pude ni acercarme a él de
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la impresión que me causó. Porque las malas vibraciones eran mías, pero acabó siendo muy desagradable para todos y en la tertulia se creó una atmósfera horrorosa. Si es que era irrespirable. Nadie volvió a estar igual. Había un ambiente muy removido. Por eso me dio menos pena marcharme. Aunque me fui sintiéndome culpable. Cada vez que sucede algo insólito es por culpa de una mala energía, y aquella la generé yo. Estoy segura de que fui yo.
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Matutino
Mi padre abrió la puerta de casa con los pantalones del pijama puestos y sin la parte de arriba. Solía quitársela por el sofoco que le producía la calefacción central.
—¿Pasó algo? —preguntó, preocupado.
—¡Chanín! Así me gusta, tú siempre a pecho descubierto, como un tiarrón —respondió mi tío. Yo noté desde la puerta el olor del café que estaba haciendo mi padre, y agradecí estar en casa—. Supuse que estarías despierto, porque duermes menos que un conejo, y te traje a la cría, que, como yo tengo que ir mañana temprano a recoger a Vargas Montseny al hotel, así puede pasar con vosotros un rato más en la cama. Bueno, ¿mañana? ¡Hoy! Hoy tengo que ir a recogerlo. Si es que es tan tarde que ya es temprano.
Mi madre apareció en la puerta, medio encogida, abrazándose al pijama, con los pelos disparados y los ojos enrojecidos.
—¿Pasó algo? —preguntó, aterrorizada.
—¡Qué va a pasar, mujer! ¡Qué va a pasar! Pero como estábamos donde la catedral, y esto queda mucho más cerca que mi casa, para aquí la traje. Como vosotros, los del centro, pensáis que vivo en el extrarradio, no quisiera yo llevaros la contraria.
—¿En la catedral a estas horas? ¿Con la niña? —preguntó mi madre mirándome de arriba abajo, como tratando de comprobar que estuviese entera.
—Y lo bien que lo pasamos, ¿eh? —Mi tío se volvió hacia mí y me guiñó un ojo, soltándome al fin la mano.
—Nicanor, tú no tienes fundamento.
—Pregúntale a tu hija si lo tengo, ya verás. Ay, Juana, que a ti un día va a darte algo. Hay que ser como el junco. ¡Como el junco! Flexibleee — dijo impostando la voz mientras hacía ondular un brazo— para que no te
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parta el viento. Y si fueras fuerte como un roble, todavía. Pero lo tuyo es más del tipo palo de escoba. Bueno, nos vemos en el teatro. Llevádmela, eh. Y no me lleguéis tarde. Ale, ¡con Dios!
Mi tío se dio la vuelta rumbo al ascensor. El culo se le meneaba como si estuviese relleno de agua.
«Si no fuera porque no bebe, diría que tu hermano iba como una cuba», dijo mi padre en cuanto cerró la puerta. «¿Tomó algo? ¿Tu tío tomó algo?». «Lo de siempre. Agua con gas», respondí, y noté alivio en la cara de mi madre, que lucía aspereza de estropajo. «¿Y qué hicisteis hasta estas horas?», me preguntó mientras iba medio abrazándome y medio arrastrándome hacia la cama por el pasillo. «¿Al menos lo pasaste bien?». No pude expresar entonces toda la alegría, la fascinación que me había producido aquella noche porque lo cierto es que me caía de sueño; lo sentí de golpe sobre mí en cuanto mi padre abrió la puerta, olí el café y noté el calor de mi casa. Entre bostezo y bostezo, hablé de Vargas Montseny, y añadí que Luz Miranda se parecía mucho a ella. Aunque mi madre me escuchaba, estaba más atenta a que me quitara la ropa y me pusiera el pijama. Después me tapó bien en la cama y, cuando iba a darme las buenas noches, rectificó y lo cambió por un «descansa». Se fue hablando sola por el pasillo, repitiendo: «Mi hermano no tiene fundamento. No tiene fundamento ninguno».
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Domingo
Ulises y Melquíades habían propuesto quedarnos a comer pote o fabada en alguno de los chigres de Teverga, pero a mí lo único que me apetecía era volver a casa. «Quien lleva el volante manda», me dijeron sin acritud, y en el coche les conté la conversación con Delia, aunque, por primera vez, no me sentía del todo cómoda al compartirlo con el club de la niebla, ni quise incidir en lo que más me había llamado la atención. Sí lo hice, sin embargo, en la sorpresa que había supuesto para mí que los miembros de la tertulia hubieran tenido que declarar en comisaría. A ellos lo que les extrañó fue mi asombro. «Bueno, Alana, eso es normal. Si aquellos días interrogaron a todo el mundo, lo lógico es que la policía también hablase con las últimas personas que estuvieron con él. Yo, al menos, siempre lo había dado por hecho», dijo Melquíades. «Sí, yo también», convino Ulises.
Mis amigos llevaban razón. Sin embargo, yo ni siquiera me lo había planteado.
Al llegar a casa me puse a descongelar unos garbanzos. Mientras me los comía, sola en la mesa de la cocina, continué dándole vueltas a lo que me había dicho Delia; que aquella noche no se acabó cuando yo pensaba, que luego hubo una prórroga, que habían quedado para desayunar cuando yo ya estaba en la cama. Me pregunté si allí, en ese ángulo ciego para mí, encontraría aquello que estaba buscando.
De nuevo, como había venido haciendo en el coche y tratando de disimularlo, intenté hacer memoria, pero era como si tuviera un agujero entre dos puntos: solo nos recordaba marchando de la plaza de la Catedral y, después, llegando a casa de mis padres. No tenía ningún recuerdo del trayecto que hicimos mi tío y yo, ni tampoco si él había recibido o
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mandado algún mensaje de texto. De lo que sí me acordaba era del teléfono que mi tío Canor tenía entonces, un Nokia 6110 que pesaba como un ataúd y me dejaba a escondidas para que jugara a la serpiente.
«Espera», dijo Ulises recolocándose el cinturón de seguridad, «entonces, ¿tu tío y sus amigos quedaron para desayunar? ¿Estaban en la calle y no en casa cuando Vargas Montseny salió del hotel?». Me encogí de hombros sin apartar los ojos de la carretera.
Tampoco les comenté que Delia había dicho otra cosa que, aun sabiéndola, hasta entonces me había pasado desapercibida. «Ni siquiera quise ir al día siguiente a los Encuentros». Recordaba perfectamente a Braulio con su esposa y sus hijas, con las cuales me comparó mi madre, aquella mañana en el Campoamor. Sin embargo, faltaban los otros. Es más, al salir del teatro, mi tío echó a andar delante de nosotros, sin pararse siquiera a hablar con Braulio, quien nos miraba desde unos metros más allá. ¿Por qué no se saludaron? ¿Por qué no fueron al Encuentro los demás? ¿Qué sabían o qué ocultaban?
Dejé en el fregadero el plato con la grasa roja de los garbanzos y cogí el móvil para apuntar mis notas. Vi que tenía otra llamada perdida de mi madre, que esta vez no había oído. No debía de tratarse de nada grave porque, en ese caso, tendría una tercera llamada de mi padre. Siempre funcionaba así, en todas las familias hay códigos para advertir de las alertas rojas. «Mis padres», pensé. Ellos también estaban involucrados en aquel pacto de silencio. Al igual que a los demás, les escoció mi participación en el libro de Ruth, tampoco mencionaban a Vargas Montseny y me habían hecho callar, como mi tío les había pedido. Pero ¿cuánto sabían ellos?
La paranoia iba creciendo dentro de mí. Abrí la nota en la que había descrito las siete partes de la noche y bajé hasta «Dilúculo», la última de ellas. «Estoy durmiendo. Vargas Montseny sale del hotel. No se le vuelve a ver». Después del punto final añadí: «¿La Patagonia está reunida en algún lugar?».
Me froté los ojos, comí un yogur y continué con el plan que tenía. Me tocaba leer en Vargas Montseny en la niebla (o, mejor dicho, releer) el capítulo correspondiente a la tarde que pasó con nosotros antes de su desaparición; esto es, el mío.
Volví a ponerme el abrigo, cogí el libro de Ruth con la decisión de quien cogería un arma y salí de casa.
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Los domingos por la tarde parece que Oviedo sufre una especie de catástrofe nuclear. Se vuelve una ciudad fantasma. Ya no queda nada del ajetreo del vermut matutino, sino de una larga siesta que se prolonga. No sé si la ciudad duerme, pero sí se recoge. Por la calle solo encuentras a gente que anda apresurada porque llega tarde al cine, o que ha salido porque se le ha antojado una bandeja de pasteles o busca una farmacia de guardia. Lo demás es vacío y silencio, como si todo hubiera sido repentinamente abandonado o se tratara de un escenario hueco.
Atravesé las calles desiertas, afectadas por aquel plomizo aburrimiento dominical que tanto se parecía a la tristeza, para ir al parque San Francisco y sentarme a leer frente al estanque de los patos.
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Mi parte de noche
Participar como informante en la redacción de un libro no fue como me lo había imaginado. Al menos, no al principio.
Pasé mucho tiempo sopesando cuál sería el mejor escenario posible para la charla que iba a mantener con Ruth. Acabé decidiendo que en mi gabinete estaríamos más cómodas. Corría el riesgo de que llamaran al timbre, nos interrumpieran los clientes, pero ahí, entre los artilugios náuticos, era donde se había iniciado nuestra relación y me pareció lo más lógico y lo más confortable para ambas. Aquella charla, para mí, tenía mucho de confesión, y necesitaba un lugar en el que sentirme segura.
Sin embargo, la primera vez que Ruth anuló nuestro encuentro cambié de opinión. Pensé que si los pacientes de los psiquiatras se tumbaban en un diván y así lograban desahogarse era porque se encontraban en un espacio neutral. Descarté las cafeterías (en las que cualquiera podría oírnos), las bibliotecas (en las que teníamos que guardar silencio) y cualquier lugar a pie de calle (habría mucho ruido para hacer la grabación). Se me ocurrió entonces el despacho de Blas en la universidad, un cuarto con una mesa y dos sillas que, para mayor privacidad, se encontraba en el sótano. Pero Ruth volvió a posponer nuestra cita, y a mí me dio por pensar que colarnos en los bajos de la facultad con mi pareja de por medio se parecía a un acto conspiratorio.
Finalmente creí encontrar la solución perfecta: los salones de los hoteles. Ya fueran los de La Reconquista, el AC o el Barceló, aquellos amplios salones en las entradas, llenos de mesas y sillones, en los que la gente iba y venía, eran el lugar adecuado.
Ruth volvió a llamarme para decir que en esa ocasión tampoco podía ser, y por los mismos motivos que las veces anteriores. La pequeña Amparo acababa de nacer, Lila y Telmo no dejaban de tener cólicos, vómitos y berrinches, probablemente motivados por la llegada del bebé, e
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incluso su tío Tito andaba muy inquieto. «No te preocupes, Ruth», le dije al teléfono, con ganas de librarme del compromiso y una resolución que hasta a mí misma me extrañó. «Dame la dirección y voy yo hasta allí».
Puso algunos reparos, pero finalmente, accedió.
Me costó un poco encontrar la casa, ya que, al hallarse a las afueras, donde las vacas pastaban a la sombra de las siluetas de los edificios, el GPS no era preciso a la hora de distinguir caminos. Una de las veces me mandó que atravesara un prado, y otra que me metiera por una vereda tan estrecha y pedregosa que resultaba imposible transitarla en coche.
La casa era según Ruth me la había descrito. Pequeña y destartalada, muy vieja, pero pintada de un blanco reluciente y con una huerta. La cocina, con el suelo de sintasol, tenía una mesa con un banco corrido en una esquina, en las paredes había colgadas de ganchos todo tipo de sartenes, cazos y cucharones, la encimera estaba llena de botes de cristal, tarros de azúcar y paquetes de arroz y galletas. En el fregadero descansaba una batidora sucia con restos de puré. Telmo y Lila jugaban encima de una vieja toalla azul extendida en el suelo y rodeados de muñecos y bloques de madera por los que se peleaban sin parar. Tito, un anciano encorvado y con barba, estaba sentado en una silla de rafia mirando el fuego de la cocina de leña. «Eso le calma», me explicó Ruth. «Puede estar ahí durante horas mirando el fuego. De hecho, es por lo único que mi tía mantiene la vieja cocina».
Su tía Marta iba y venía constantemente, revoloteaba por la estancia haciendo un sinfín de cosas, ocupándose de los niños, de su hermano, del fuego. Era una mujer pequeña y desgarbada que llevaba una bata sin mangas color coral y tenía el pelo ondulado pegado a la cara, pero en cuanto la escuché hablar me quedé perpleja. Tenía una voz hermosísima. Comparada con la de Marta, la armoniosa voz de Ruth casi parecía un graznido. Tuve que preguntarle si alguna vez había trabajado en la radio, a lo que ella se rio, halagada.
—¿Has hablado con los catedráticos que nos acompañaron en la visita? —quise saber—. Tal vez ellos te puedan contar más sobre el recorrido de aquella tarde.
A mí lo que pudieran decir también me interesaba.
—No —dijo Ruth—. Y no he hablado con ellos por una buena razón:
los cuatro han muerto.
—Vaya.
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El dato me había impresionado un poco, pero tampoco me pareció sorprendente. Los recordaba ya bastante mayores por entonces. Dinosaurios de universidad. Me pregunté si Blas se acabaría convirtiendo en eso.
—No te preocupes. Es lo que ocurre cuando te pones a escribir sobre cosas que sucedieron hace veinte años: que a muchos les falla la memoria o ya no están para contarlo.
—O que eran niños por entonces —dije señalándome y tratando de disculpar un poco lo que me parecía que iba a ser un relato torpe.
—Niños y muertos. —Miró a su alrededor como si estuviera indicándomelo—. De eso se compone mi mundo.
Me pidió que me sentara en el banco y puso encima de la mesa el móvil en modo grabadora. Lo primero que me preguntó fue si recordaba cómo iba vestido Vargas Montseny aquella tarde, y eso me desconcertó. Ruth llevaba a Amparo en brazos y, de vez en cuando, se levantaba la camiseta amplia y desteñida, llena de manchas, para darle de mamar, indicándome, mediante gestos, que continuara hablando. Se había recogido torpemente el pelo y las greñas le caían por la cara. Tenía unas ojeras tan oscuras, grisáceas y amoratadas, que parecía que la hubiesen cosido a puñetazos. Y ahí estaba yo, sentada en un banco de cocina frente a una mesa con un mantel de hule a cuadros blancos y rojos, oyendo los berridos de unos niños que cada dos por tres venían a agarrarse a las piernas de su madre, con un bebé que lloraba y chupaba los pechos hinchados de Ruth, con una mujer en bata que trajinaba y nos ponía en la mesa café y galletas, con los gemidos que de vez en cuando soltaba un anciano demente mirando el fuego, soportando el calor sofocante de la cocina de leña y la mezcla del olor a ceniza y a verduras cocidas. Era un escenario muy distinto al que me había imaginado.
Sin embargo, a medida que fui hablando, comprendí que aquella charla no podía haberse desarrollado en un lugar mejor. De algún modo, sentía que estaba traicionando a mi familia, contando lo que ellos querían que fuera silenciado, y me reconfortó sentirme acogida por aquella familia tan caótica, que pese a todo había logrado ser feliz o, al menos, sobrevivir.
Tanto fue así que, al día siguiente, cuando tuve que volver para contar la segunda parte, casi me molestó encontrarlo todo mucho más calmado. Amparo parecía tranquila en la cuna, y los otros dos niños se habían quedado dormidos tirados en el suelo encima de la vieja toalla: Lila hecha
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un ovillo y Telmo con los brazos y las piernas abiertos como un aspa. Marta había salido al prado contiguo con Tito. Al parecer, no había nada que le gustara más al tío de Ruth que contemplar las vacas bajo la lluvia. Así que en cuanto caían cuatro gotas, se iban los dos con unos chubasqueros amarillos a mirarlas desde el cercado.
En cuanto acabé de contar toda la historia, manifesté a Ruth el desahogo que al fin había sentido.
—Aunque no sé si te va a servir de mucho. Tampoco es gran cosa lo que te he contado.
—Por supuesto que sí —replicó Ruth—. Me has contado muchos detalles.
—Sí, pero son tonterías, no es nada importante. No tiene ninguna relevancia para lo que después ocurrió.
—Calume, yo no pretendo descubrir qué le sucedió a Vargas Montseny, sino escribir un libro. Y ya lo decía Nabokov: «¡Acariciad los detalles, los divinos detalles!».
Pronunció aquella frase con una voz tan hermosa como la de su tía Marta, aunque supongo que nombrar a un escritor ruso siempre ayuda.
Un par de semanas después, Ruth me llamó para decirme que ya había encontrado un título y que había sido yo quien se lo había sugerido: Vargas Montseny en la niebla. «Al describirme la que caía esa noche, que probablemente era la misma que cuando él salió del hotel, entendí que esa era la metáfora perfecta para el libro. El escritor internándose en la muralla de niebla, en un mundo que se muestra borroso e incompleto, y desapareciendo en cuanto se disipa». Añadió que, cuando terminase de escribirlo y Amparo ganara algo más de independencia, quedaríamos para celebrarlo y tomar unas cañas, como así fue y siguió siendo muchas veces.
En cuanto colgué, caí en la cuenta, casi por primera vez, de que no solo le había contado mis recuerdos a Ruth, sino que se harían públicos. Un latigazo helado me recorrió toda la espalda.
«Tienes que decírselo a tu familia, raposa, a tus padres y a tu tío. Díselo antes de que salga el libro, que si no será peor», me insistía Blas. Y estaba en lo cierto. Pero yo solo quería volver a refugiarme en aquella cocina llena de gente con el calor de la leña y el olor a puré de verduras.
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Las preguntas
«Una niebla espesa comenzó a caer por las callejuelas del Oviedo Antiguo calándoles, humedeciéndoles las ropas. Las luces de las farolas se veían difuminadas, apenas se distinguía la silueta de la catedral. Todos los que en ese momento caminaban por la calle se convirtieron en sombras».
Así terminaba Ruth el capítulo acerca de la noche anterior a que Vargas Montseny desapareciera. Mi capítulo.
Levanté la cabeza del libro. Enfrente, un padre y un niño pequeño se apoyaban en la valla del estanque y les echaban de comer gusanitos a los patos. A mi lado, unos turistas se fotografiaban cerca de la escultura de Mafalda. Por lo demás, el parque parecía tan detenido como la ciudad.
Había vuelto a leer el capítulo con atención, comparándolo con mis recuerdos, y con las notas que había tomado en el móvil. Pero todo coincidía: nada nuevo. Esa quiebra que yo pretendía encontrar entre lo que había dicho años atrás, lo que recordaba y lo que había descubierto últimamente no existía. Nada que tocara una nueva tecla de la memoria. Si Tina llamó a Ruth para preguntarle por algo que yo había contado, me quedaría sin saberlo. Tenían razón Ruth y Ulises: era imposible adivinar qué se le podía haber pasado por la mente. Por qué María Tina Flórez había pensado en Vargas Montseny antes de morir se sumaría a la larga lista de cosas que soy incapaz de entender, como la teoría de cuerdas, el modo exacto de preparar un huevo escalfado o las reglas del backgammon.
Guardé el libro en el bolso, me levanté del banco y me puse a caminar por el paseo de la Rosaleda, donde antiguamente instalaban circos y barracas, y ahora era una más de las arterias del parque. Iría hasta casa lentamente, ordenando mis pensamientos. Continuaba dándole vueltas a la conversación con Delia, a aquel supuesto encuentro para desayunar de los miembros de La Patagonia al que se refirió. ¿Se habrían vuelto a encontrar
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con Vargas Montseny? ¿Verían algo aquella mañana? ¿Lo vería Tina? Y, en ese caso, ¿por qué callarlo? ¿Miedo? ¿Culpa?
Pensé que sería muy conveniente encontrarme en aquel momento a Rosalía, surgiendo de entre los árboles, como tantas veces había hecho. De alguna forma, por ese motivo iba caminando tan despacio por el parque, alargando mi paseo. En Oviedo resulta fácil forzar encuentros. Aunque no precisamente los domingos por la tarde. Imaginé a Rosalía dormitando en el sofá del salón, con la ventana abierta, ajena a que yo me hallaba muy cerca, a un vuelo de pájaro.
Llegué hasta el círculo de bancos donde se encontraba el monumento a las víctimas del Holocausto, un monolito con una estrella de David junto al que dejan velas y piedras.
El teléfono vibró con un mensaje de Blas. «Ya voy para casa. Espero que me lo cuentes todo. Mi madre ha insistido en darme un pollo crudo para que lo cocines tú, que dice que te queda mejor. La he contradicho solo por ser buen hijo. Pero, tranquila, que el bicho lo manda muerto y sin plumas». La referencia a su madre hizo que me acordara de la mía y de las dos llamadas perdidas que tenía de ella. Decidí devolvérselas antes de que me olvidara otra vez.
—¡Cariño! Estás muy ocupada, ¿eh? —dijo, pero no con reproche, sino con preocupación.
—Sí, mami.
—Mira que también trabajar los domingos…
—La vida de una buhonera es así —contesté con humor, porque me gustaba considerarme de esa forma: como una de esos vendedores ambulantes que iban de pueblo en pueblo con su carromato de feria lleno de fruslerías y maravillas.
—¿Quieres que vaya a ayudarte? Puedo ir a limpiar, que tanto cacharro genera mucho polvo, y eso te quita tiempo.
—No, mamá, de verdad. Me las apaño.
Aunque tenía buena intención, mi madre hizo que me sintiera verdaderamente culpable por no haber trabajado nada aquel día.
—Como quieras, reina, pero ya sabes que no tienes nada más que pedírmelo. Mira, nosotros venimos ahora de comer con tu tío. Por acompañarle un poco, vaya. Te llamé antes por si queríais venir, pero como me colgaste supuse que tenías cosas que hacer.
—¿Qué tal está?
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Era incapaz de hablar de mi tío sin notar la boca seca, con sabor a hierro.
—Como una maraca; es decir, como siempre. Lo está llevando bien. Marcha ya mañana para el pueblo, y nosotros estamos bajando, que picamos algo por ahí donde vive él, en la Taberna Zíngara. ¿Tú por dónde andas? ¿En casa?
—No, en el parque San Francisco.
—¿Con Blas? ¿Dando un paseo a lo romántico?
Mi madre tenía una forma graciosa de pronunciar la palabra «romántico», irónica y a la vez engolada.
—No, no, estoy sola.
—Ah, pues nosotros estamos muy cerca, pasamos a verte. Bueno, espera. Chano, ¿tú qué quieres hacer? —Oí, de fondo, la voz de mi padre
—. No, que dice que marcha a casa a tumbarse un poco. ¿En qué parte del parque quedamos?
Ver a mi madre era lo último que me apetecía en esos momentos, pero, entre una cosa y otra, hacía un par de semanas que no quedaba con ellos, y no me sentí con fuerzas para negarme.
—Estoy junto al monumento a las víctimas del Holocausto. —¿El qué?
—El monolito de los judíos. —Ay, hija, yo no sé qué es eso.
—Déjalo, mamá. Te espero donde el estanque de los patos.
Regresé al lugar del que había partido, aunque esta vez me apoyé en la valla. Dos tortugas tomaban el sol echadas en la isla de piedra en medio del estanque; un pato mandarín metía la cabeza dentro del agua; otros, de color pardo, nadaban juntos alrededor del chorro que brotaba como un géiser.
—Cuánto tiempo pasamos tú y yo aquí cuando eras pequeña, ¿eh? — me soltó mi madre, asustándome. No la había oído llegar. Venía agarrada a aquel bolso que era más grande que ella. Iba vestida de azul marino, elegantemente maquillada, oliendo a perfume. Parecía, como siempre, que la acabaran de sacar de un paquete de regalo.
—Vamos a sentarnos, que tengo una panzada…
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Volvimos al banco en el que había estado leyendo y que seguía libre.
Parecía que mi vida giraba en círculos.
Mi madre continuaba hablando, pero yo apenas la escuchaba. Aquel día había sido demasiado. Me encontraba en un estado de ofuscamiento, de frustración y de duda que podría confundirse con la melancolía. Recordé entonces la cocina de los tíos de Ruth. Me había pasado la vida tratando de que se dieran las circunstancias ideales, relajadas, propicias para poder preguntarles a mis padres. Pero nunca había encontrado el momento. Probablemente el único escenario ideal fuera el improvisado.
—¿Por qué me prohibisteis cuando era niña decir que yo estaba en la tertulia con Vargas Montseny el día antes de que desapareciera? —solté a bocajarro, sin pensar demasiado en lo que estaba diciendo, como el que dispara locamente al aire porque ha oído un ruido en la selva.
Mi madre se calló y me miró perpleja. Puso la misma cara que pondría alguien a quien, de repente, le acaban de meter un huevo en la boca.
—¿Vargas Montseny? Virgen santa, pero mira con lo que me sales. ¿Por qué me preguntas eso? ¿Es por lo de la muerte de Tina?
—Sí, me ha revuelto muchas cosas. ¿Por qué no dejasteis que hablara de aquel día? —continué, tozuda.
—Pues… pues… pues por qué iba a ser, hija. —Mi madre se trabucaba hablando, intentando encontrar las palabras para explicarme algo que, como después comprendí, ella creía que se entendía sin necesitar aclaración—. Porque no queríamos que te vieras involucrada. Era lo que nos faltaba, que siendo una niña tuvieras que ir a declarar a la policía. ¿Crees que te íbamos a dejar pasar por eso?
Acababa de enterarme solo hacía unas horas de que se había producido aquella declaración, pero mi madre se refería a ella como si yo siempre hubiera estado al tanto. Algo de lo que podría haber hablado con ella en cualquier momento.
—Ah, pero ¿no fue el tío el que os lo pidió?
—¿Tu tío? No, no. Fui yo la que le dije que ni a él ni a los otros se les ocurriera mencionar que tú también estabas. A ver si te iban a hacer ir a comisaría. Si ya estaba mi hermano asustado por tener que hacerlo, imagínate tú, que eras una cría. Que no, hombre, que no. De ninguna manera. Estaría bonito. Tu tío te tiene por ahí hasta las tantas de la mañana, y luego encima esto. Que fue una desgracia, que él no tuvo la culpa, vale, pero ya sabía yo que estar todo el día entre mayores no te iba a
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traer nada bueno. Me enfadé muchísimo, le prohibí que te volviera a llevar a ninguno de esos sitios. Y luego, bueno, como empezaron a reunirse en el pueblo, que también estaban tus abuelos, y a ti te hacía tanta ilusión…, pues me ablandé. Además, hablaban de cultura, que eso siempre es bueno. Pero con la desaparición de ese escritor… —Mi madre comenzó a menear la cabeza de un lado a otro y volvió a agarrarse a su bolso enorme, no sé si para coger más fuerza o para tratar de frenarla—. Santo Cristo, qué mal lo pasamos. Porque tú eras una niña, claro, inconsciente como tal, y a ver si ibas a ir contando nada de esto al colegio y se corría la voz. No, no, de ningún modo. Y encima para que te dejara marcada. Para que los demás te señalaran, y eso ya queda para siempre. Qué tenías que andar tú significándote.
«Si te enfrentas, estás sola». «Si te enfrentas, perderás». «Tú calladita, que será un mal menor». Así que únicamente se trataba de eso. De lo mismo de siempre.
—¿Por eso os enfadasteis conmigo cuando hablé para el libro de Ruth? Volvió a mirarme como si de nuevo tuviera que explicarme algo obvio
a la vez que incómodo.
—No nos enfadamos, Alana, simplemente no nos gustó. Ya sabes que no quiero que estemos en boca de la gente, y tú menos que nadie. Que yo lo que quiero es que salgas en los periódicos por tu oficio, por tu profesión, que se te da muy bien, pero no por algo así. Algo tan… feo, hija. Tan desagradable. Que luego a mí los clientes me preguntaban, y yo que no sabía dónde meterme.
—No era mi intención…
—Ya, hija, si ya lo sé. Tú eres mayor y muy libre de hacer lo que quieras. Y luego estaba tu tío, que con todo ese asunto del libro se puso muy raro, y tenía que estar terciando con los otros, que tampoco les hizo gracia que los citaras. Y yo en el medio, entre tu tío y tú, apagando fuegos, tratando de quitarle importancia.
«Quitarle importancia», en el lenguaje de mi madre, significaba «no hablar de ello».
—No entiendo por qué se tuvo que poner mi tío tan raro, si le da igual lo que digan de él. Como si sale en calzoncillos y con un gorro de bufón en la portada de un periódico.
—Ya, conozco a mi hermano. Pero de la desaparición de ese escritor no le gusta hablar, como de tantas otras cosas. Se pasó el típex por la
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frente, como dice él, y santas pascuas. No me preguntes por qué, con lo mucho que le gusta figurar. Hombre, aquel día fue un mal trago para él, yendo por la mujer de Vargas y todo, se puso muy nervioso. Tal vez sea por eso.
—¿Por qué nunca me contaste nada de esto, mamá?
—Pues…, la verdad…, no sabría decirte. —Mi madre continuaba buscando respuestas a preguntas que nunca se había planteado—. Supongo que al principio quisimos quitarle importancia. Luego el tiempo fue pasando, las cosas fueron quedando ahí. Ni pensé en ello. Y como tú nunca preguntaste…
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El lugar al que no va nadie
Nada más bajarme del coche con mi tío Canor, aquella entrada me pareció digna de un palacio. Los cuatro arcos, la puerta ojival, las rejas, las baldosas negras y blancas. Yo a lo que estaba acostumbrada era a una cancela medio oxidada atada con una cuerda.
Hacía un día gris y frío, y el viento silbaba. El clima acompañaba, porque parecía el propicio para estar en un cementerio. Aunque, en realidad, era un día muy ovetense. Nada fuera de lo cotidiano. Como si dijéramos que en Moscú nevaba o que en El Cairo hacía sol. Sin embargo, me dio la impresión de que allí nuestro clima se volvía más lúgubre. Menos lo del viento silbando, que no solía oírse en las calles de Oviedo. Eso ya era propio de los lugares elevados donde reina el silencio.
No recuerdo qué tuvo que inventarse mi tío Canor para decirles a mis padres. Creo que simplemente les contó que íbamos a dar una vuelta, y al salir de casa me dio un par de codazos y me guiñó tres veces el ojo anunciándome que teníamos que guardar el secreto. No es que a mi tío le gustara conspirar contra mis padres, aunque algo sí que le divertía, pero yo le había insistido mucho en que me llevara a una de las reuniones anuales que La Patagonia hacía en «el lugar al que no va nadie».
En cuanto cruzamos la puerta del cementerio, el mundo se volvió en blanco y negro, y aparecieron ante mí las interminables hileras de cruces. Pasillos y pasillos de tumbas de piedra oscura con cruces en lo alto, como si las llevaran alzadas en una manifestación. Me era imposible contarlas o ver dónde acababan. Yo, hasta entonces, solo había estado en el cementerio de mi pueblo, que era un campo pequeñito entre dos muros, con los nichos apilados a ambos lados cuyos nombres grabados en las lápidas me sabía de memoria. El de Oviedo me pareció una ciudad inmensa e incontrolable, una metrópoli de la muerte.
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Por un momento tuve miedo de que nos perdiéramos por aquellos pasillos idénticos que se cruzaban en vertical y horizontal, por aquel laberinto de sepulcros. Recordaba lo que había contado Braulio sobre un hombre (probablemente uno de sus pacientes) que había emigrado a Argentina y, muchos años después, al regresar a Oviedo, había subido a visitar la tumba de su madre. Pero ya no se acordaba de dónde estaba, había pasado demasiado tiempo. Tras deambular por el cementerio y buscarla sin éxito, acabó sentándose rendido en una lápida cualquiera y se echó a llorar, sintiendo dolorosamente el desarraigo. Estaba obsesionado con que tenía que volver porque llevaba años soñando que las montañas de Asturias se volvían planas.
Pero mi tío Canor, que ya había estado varias veces, se sabía el camino de memoria, y la verdad es que resultaba bastante sencillo; según entrabas había que girar a la izquierda. Ni siquiera era necesario internarse en el cementerio, solo seguir junto a la tapia.
—Venga, Alanina, vamos para Sevilla, que es la Semana Santa —me dijo, porque me había quedado absorta mirando una tumba ya muy ennegrecida, cuyo nombre había borrado el tiempo, pero en la que aún se distinguían grabados en piedra un compás, un cartabón, una guadaña y un reloj de arena—. A ver si va a tener razón tu abuela cuando dice que eres una niña nigromante.
Todos los demás ya nos estaban esperando alrededor del sepulcro. Tina y Rosalía eran las que se habían encargado de las flores. Llevaban sendos ramos en las manos, el de Tina significativamente más grande. Bode se había calado la boina hasta las cejas y tenía las solapas de la chaqueta tan llenas de ceniza que supuse que acababa de fumar en la puerta; así de manchado solía entrar en La Patagonia después de echar un cigarro. Braulio, recto, con los brazos cruzados y la barba impecable, nos dio la bienvenida.
Reconozco que aquella tumba me desilusionó un poco. Me esperaba otra cosa para el que ellos calificaban como el príncipe del Realismo. Algo propio de la realeza, pomposo, lleno de lujo, llamativo. Pero era sencilla, aunque se notaba que estaba muy bien cuidada y tenía una cruz de piedra bastante alta en la que se leía: «Aquí yace Leopoldo G. Alas 1852-1901 Rogad a Dios por él». Eso era lo que los miembros de La Patagonia llamaban «el lugar al que no va nadie»: la tumba de Clarín.
—Y otro año más sin flores y sin nada —se lamentó Tina.
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—A las tumbas de Machado o de Cortázar o de Tolstói se peregrina, siempre llenas de pequeños tributos. Y aquí como si no fuera con nosotros. —Rosalía hablaba con una pena parecida a la rabia—. Como si no tuviéramos a uno de los grandes genios de la literatura universal. Únicamente viene a honrarle su familia.
—Y no solo le continúan honrando viniendo a su tumba —matizó Tina.
—Cierto. Y Oviedo no solo le olvida ignorando su tumba —dijo Braulio—. La burguesía no perdona.
—O no perdonó en su tiempo. —Tina pareció sentirse aludida por aquel comentario—. Pero la damnatio memoriae de Clarín y su obra fue vergonzosa.
Mi tío Canor, un poco ajeno a todo esto porque a él jamás le ha gustado nada que tenga que ver con la muerte, me dio unos toques en el hombro para llamar mi atención.
—¡Chis! Mira: arenisca —me señaló, rascando con la uña la tapia del cementerio—. El muro está hecho con piedras de arenisca del periodo Cretácico. —Me sorprendió que mi tío utilizara sus conocimientos de geólogo, porque casi nunca hablaba de ellos. Realmente debía intimidarle estar tanto tiempo mirando una tumba. Me lo imaginé en aquellas reuniones, con la cara vuelta hacia el muro, inspeccionándolo y tratando de distraerse de alguna forma—. Si te fijas, puedes encontrar muchos fósiles en estas piedras. Incluso conchas, porque en el Cretácico el mar cubría Oviedo.
—Déjate de tanta concha —interrumpió Manuel Bode, que estaba atento a nuestra conversación— y mejor le enseñabas los agujeros de balas que hay en esta tapia.
—¿Balas? —pregunté con los ojos como platos.
Conchas y disparos. Aquello se estaba poniendo interesante.
—Sí, pero no en esta parte. Allá arriba —Bode señaló a un lugar lejano hacia la derecha—, junto a la fosa común. Era donde los fusilaban tras la guerra. Y después de ejecutarlos, los arrojaban y apilaban contra el muro como animales antes de sepultarlos en cal viva.
—¡Cago en Ros, Bode! ¡No le cuentes esas cosas a la cría!
—¿Qué? Será que son mentira…
—Mira, Manolo, ya que lo dices —intervino Rosalía—, otra vez podríamos reunirnos en el patio de la antigua cárcel, que fue donde
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fusilaron a su hijo, el rector Alas. Clarín, siempre tan preocupado por la salud de su pequeño, y mira cómo acabó el pobre: asesinado.
—Sería un buen homenaje —dijo Braulio—. Además, ahora está allí el Archivo Histórico, que hace tiempo que tengo ganas de verlo. Podríamos pedir cita para una de las visitas guiadas. Me han dicho que merecen mucho la pena.
—No deja de ser irónico que la antigua cárcel sea hoy algo así como el hogar de la memoria de Asturias.
Un pequeño gato naranja salió de entre las cruces de piedra y se quedó mirándonos un momento. Después, de un salto, volvió a perderse en el laberinto de tumbas.
—Venga, cojones, que todavía nos va a acabar lloviendo. Vamos a poner ya las flores —dijo mi tío—. Tinina, hija del alma, tampoco hacía falta que compraras un ramo tan superferolítico, que ahí debe de haber hasta plátanos. ¿No te bastaba con unas margaritas?
—Cualquier flor es hermosa para honrar a un muerto. —Tina depositó delicadamente sobre el sepulcro el inmenso ramo envuelto en papel celofán verde—. Menos las amapolas.
—¿Y eso por qué? —preguntó alguien.
—Malos recuerdos. Había salido a despejarme y dar una vuelta con Joaquín por el campo —comenzó a contar Tina—, y me paré a contemplar unas amapolas silvestres, de color rosado, muy poco frecuentes de ver aquí, cuando mi hermana Catalina me llamó para decirme que mamá acababa de fallecer. Toda la vida pegada a ella y se muere sin estar yo. Desde entonces no puedo ver las amapolas. Me dan arcadas —dijo poniendo la mano sobre su cuello.
Rosalía, que también acababa de depositar en la tumba de Clarín su ramo, uno más sencillo de rosas y brezo, le acarició la espalda.
—Los últimos momentos nos marcan, pero lo realmente importante es lo que haga uno por ellos en vida. Eso es lo que nos diferencia, porque al final acabamos todos aquí, tan iguales.
—¿Tan iguales? ¡Qué coño tan iguales! —comenzó a piar Manuel Bode—. ¿O ves que en este cementerio sean todos tan iguales? Esto está organizado por clases, como lo está el mundo. —Y empezó a señalar a un lado y a otro mientras continuaba hablando—: La clase aristocrática en los mausoleos, la clase media alta en los panteones, los nichos para los de los barrios y las tumbas en el suelo para los pobres. Tan iguales, dice…
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—Ay, Manolo, yo no me refería a eso —se defendió Rosalía—, sino más bien a aquello que decía Jorge Manrique: «Así que no hay cosa fuerte, que a Papas y Emperadores y Prelados, así los trata la Muerte como a los pobres pastores de ganados». Aquí arriba, en la superficie, sí seguimos siendo distintos, pero bajo tierra las cosas cambian. Fíjate que a Clarín le han comido el cuerpo los mismos gusanos que a este hombre que está al lado y cuyo nombre ya ni se distingue en la tumba. O al menos yo no lo distingo, que me temo que estoy teniendo presbicia.
—Pero ¿queréis dejar de hablar de morirnos, coño? —bramó mi tío Canor.
—Aunque lo normal sea que provoquen sentimientos de angustia — comentó Braulio—, también hay a quien consuela la finitud de la vida y el poder igualador de la muerte.
—A mí en el fondo me da igual, porque acordaos de que yo no pienso morirme. Yo trasciendo. ¡Trasciendo! —repitió mi tío dándose sonoros golpes en el pecho.
—Sí, trasciendes tú y toda tu gloria, no te jode —le soltó Bode.
—Aún estoy a tiempo de tenerla. Más todavía, me refiero.
—Aquí la única gloria que hemos tenido todos, y por lo que podemos pasar a la historia —dijo Braulio, medio riendo—, es por ser los últimos que estuvimos con Vargas Montseny.
Entonces sucedió. De forma inmediata, en la cara de Braulio se notó la angustia del que ha sido imprudente, de alguien que ha dejado caer por despiste un objeto íntimo y deshonroso que ya no puede recoger, y los demás no saben comportarse como si no lo hubieran visto. Las espaldas de todos se envararon, bajaron las miradas, se produjo un tenso silencio. Incluso yo misma me comporté de esa forma, aunque no sabía muy bien por qué. Me habían inculcado la desazón ante aquel nombre prohibido, pero a mí lo que realmente me desazonaba era lo que se producía al pronunciarlo.
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El soldado que no quiso disparar
Aquel domingo, al regresar del parque, le hablé a Blas de José Alves da Costa, el cabo que desobedeció la orden de disparar en la Revolución de los Claveles. La historia de ese soldado que no apretó el gatillo, salvando así la revolución, se convirtió en una leyenda que persiguieron durante décadas los periodistas y militares de Portugal. Nadie supo durante cuarenta años cómo se llamaba el hombre que se había encerrado en su carro de combate para no tener que abrir fuego sobre sus compañeros la mañana del jueves 25 de abril de 1974. No sería hasta 2014 cuando dos periodistas, después de una larga labor de investigación, descubrieron el nombre de José Alves da Costa y lo encontraron en el bar de su pueblo. Se había marchado huyendo del foco público, volviendo a trabajar en el campo, como siempre habían hecho sus padres, y sin querer formar parte de la Historia. La invisibilidad fue la opción elegida por este hijo de agricultores de la provincia del Miño, en el norte de Portugal.
Hablaba con Blas mientras untaba el pollo con aceite, tomillo y romero. Aquel acto de masajear la carne me tranquilizaba.
Había venido acordándome de Alves da Costa tras la charla con mi madre, de camino a casa, preguntándome si acaso eso era lo que les había pasado a los miembros de La Patagonia: optar por la invisibilidad para no verse involucrados en la desaparición de Vargas Montseny y no dar que hablar en Oviedo, y que sus nombres fueran olvidados, no atribuirse la gloria tan vacua de estar casualmente en un acontecimiento que se haría histórico. Pero fue precisamente pensar en la palabra «gloria» lo que activó de nuevo una de las teclas de mi memoria y recordé lo que había sucedido alrededor de la tumba de Clarín. Aquella reacción que tuvieron (la más brutal de todas porque fue la única vez que se había nombrado ante ellos directamente a Vargas Montseny, al menos estando yo delante) no era propia de personas que lo único que pretendían era permanecer en un
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segundo plano. Más que nada, porque allí no había nadie más que nosotros, los mismos que estuvimos aquella tarde. No tenía sentido tanta perturbación.
Mientras cortaba las cebollas en juliana y las zanahorias en gruesas rodajas, también le expliqué a Blas la mezcla de sentimientos que anidaban en mí tras haber descubierto el motivo por el que mis padres me habían prohibido decirle a nadie que había estado en aquella tertulia.
Lo cierto es que había interrogado a mi madre con ansias detectivescas. Quería descubrir algo, algo gordo, una pieza que lo encajara todo, que me fuera revelado algún secreto ominoso. Era lo mínimo que me merecía, mi medalla al valor. Por eso, al enterarme de que mis padres lo único que habían querido era protegerme, sin más, por una parte sentí alivio porque ellos no estuvieran involucrados en el asunto, pero también, para qué negarlo, cierta decepción. Tantos años preguntándome por algo para que al final la respuesta fuera tan poca cosa.
Sin embargo, después de despedirme de mi madre en la plaza de la Escandalera, comprendí que aquel descubrimiento lejos estaba de ser irrelevante. Porque, probablemente, en él se encontraba el germen de todo: en aquel exceso de protección que me había convertido en cobarde. Y en algo llevaba razón mi madre: nunca pregunté, y las aguas se enturbiaron.
«Ya te comenté que los silencios son beneficiosos para no quebrar la base de la convivencia, pero también pueden dar pie a muchos malentendidos», dijo Blas encendiendo el horno. «Hoy has tenido un día difícil, será mejor que descanses un poco».
En cuanto el pollo estuvo listo, insistí en que cenáramos, pese a que solo fueran las siete de la tarde. Blas solo picoteó, sin ganas, las verduras, y yo me comí los dos muslos y chupé los huesos. A las ocho ya estaba dormida.
Por una vez le hice caso a mi pareja, y al día siguiente decidí olvidarme por unas horas de Vargas Montseny y centrarme en el trabajo. No contribuyó que aquel lunes no entrara ni un cliente, y por un momento estuve tentada de aceptar la proposición de mi madre de que viniera a ayudarme a quitar el polvo. Me había llamado aquella misma mañana para saber si estaba bien, porque la había dejado un poco preocupada el día
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anterior. Tras charlar un rato sobre cosas intrascendentes, y reírnos bastante, colgó más contenta.
Antes de la hora de comer recibí una llamada que vendría a alegrarme el día. Se trataba de una maestra jubilada de la Cuenca que quería saber si me interesaría alguno de los objetos de una vieja tienda de pueblo que había cerrado hacía dos décadas, pues allí se guardaban cosas desde los años de la guerra. Estuvo un rato contándome una historia que afiló mis dientes de cacharrera y además me llenó de ternura.
Emocionada con lo que acababa de ocurrir, repasé mi agenda. Esa semana tenía la Feria de Antigüedades, Coleccionismo y Juguetes de Colunga, y en breve el desembalaje de Gijón y mi viaje de todos los años al sur de Francia para recorrer con calma el mercado de L’Isle-sur-la-Sorgue. Las cosas pintaban bien. La cuenta del banco no se mostraba tan optimista, pero resistía. Tendría que ser muy cuidadosa con lo que iba a comprar.
Decidí ponerme a hacer mi rastreo mensual para María Zapico. No hay nada mejor que los clientes habituales; te sacan de más apuros que una navaja suiza o unos buenos amigos. No es fácil definir qué es exactamente lo que busca María Zapico, pero lo reconozco en el acto. Se trata de todo tipo de cosas extrañas y bizarras que podían haber formado parte del carromato de unos feriantes o del gabinete de cualquier pseudocientífico, y hacen del mundo un lugar dotado de cierto encanto estrambótico.
Mientras barajaba si me compensaría quedarme con un juego de dados de los años cincuenta que venía en una caja metálica recubierta de piel de serpiente, en la esquina derecha de mi ordenador saltó un correo que aquel día no estaba esperando.
Era un mail del Afamado López. Al igual que el anterior, era corto y expeditivo.
Podríamos quedar mañana por la mañana.
Me sorprendió mucho que quisiera verme en persona, revelando así su identidad secreta. Llegué a plantearme si realmente era eso lo que me estaba proponiendo, o tal vez lo estuviera entendiendo mal; fuera como fuese, decidí contestar:
No sabe cuánto me agrada que me haya respondido y de qué modo se lo agradezco. Nada me gustaría más que quedáramos y pudiésemos hablar, pero justo mañana por la mañana tengo
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que ir a un pueblo de Langreo para la valoración de los materiales de un antiguo almacén de ultramarinos llamado El Carril, que abrió sus puertas en 1920 y se mantuvo, pasando de mano en mano, durante ochenta años. Me he comprometido a ello y no me gusta desdecirme. Además, lo encuentro muy interesante para mi negocio porque, como supongo que sabe, me dedico a la compra y venta de objetos antiguos.
Pero estaría más que encantada y totalmente dispuesta a que quedáramos en otro momento.
En el que quiera.
Gracias de nuevo por responderme y aceptar mi propuesta.
Alana
Como decía Ruth (o Nabokov), había que acariciar los divinos detalles, y si yo le di tantos al Afamado López fue para que no viera mi rechazo como una mera excusa. Muchas explicaciones y zalamería: elementos claves para hacer patente mi interés.
Y, pensando en Ruth, me pregunté qué cara pondría cuando se enterara de que había quedado con el Afamado López y había descubierto su identidad, en el caso de que finalmente fuésemos a encontrarnos. Aunque algo sí que había averiguado: debía de ser de Oviedo, como Ruth sospechaba, o, al menos, de los alrededores. Si no, no me hubiese propuesto la cita.
Mi mente voló de nuevo hasta José Alves da Costa. Que hubiera decidido desaparecer no era lo único que me llamaba la atención de su historia; también el hecho de que durante cuarenta años nadie pudiera identificarlo; ningún compañero, ni siquiera el alférez Sotomayor que aquella misma noche del 25 de abril le había ofrecido a ese joven soldado una condecoración en el cuartel del regimiento, ya controlado por las fuerzas de la insurrección, pero este la rechazó cortésmente y Sotomayor nunca más supo de él. Por lo visto, a veces bastaba con mostrarnos sin más para que la multitud nos sirviera de escondrijo.
Seguí trabajando un rato más hasta que acabé desistiendo. Tenía la cabeza en otra parte. Me rendí, me senté en el sillón de barbero dejándome mecer por el tictac de los relojes, y me puse a leer Vargas Montseny en la niebla.
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La recepcionista del hotel
Los siguientes capítulos del libro hablaban de cómo se gestionó durante los primeros días la desaparición de Gabriel Vargas Montseny, algo que yo ya sabía por las noticias de los periódicos que había leído en mi adolescencia y que fueron haciendo más reales aquellas imágenes de los helicópteros, los perros y las cámaras de televisión que creí ver con el rabillo del ojo, o tal vez fuera un recuerdo inventado.
Sin embargo, varias cosas llamaron mi atención. Una eran las declaraciones de un policía ya jubilado que había participado en aquella búsqueda exhaustiva. Una semana después se catalogaría como una desaparición extrema, etiqueta que queda para los casos en los que no se tiene ningún indicio, en los que el desaparecido simplemente se había esfumado. «Hablamos con todo el mundo», decía el agente. «Con todos los que habían estado con él ese día, y con los que iba a estar». Sentí un escalofrío al pensar que mi tío y sus amigos estaban contenidos en aquella frase.
Además del rastreo, se registró a fondo la habitación del hotel, se investigó el teléfono móvil de Vargas Montseny, que no había encendido desde que llegó a España, así como su cuenta de e-mail, se hizo una reconstrucción de los posibles recorridos que podía haber hecho el escritor aquella mañana, se interrogó a los sospechosos habituales (me pregunté quiénes podían ser los sospechosos habituales de Oviedo), se preguntó a los taxistas, se investigó en la estación de tren y en la de autobuses por si Vargas Montseny había abandonado la ciudad, pero no llegaron a hallar nada. «Sé que está aquí, en alguna parte, que nunca salió», afirmaba el policía. «No pierdo la esperanza de que aparezca. Estoy convencido de que algún día se encontrarán enterrados unos huesos en los alrededores y podrán identificarle. Pero tal vez yo ya no esté para verlo».
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La periodista mexicana Victoria Lin, que aquellos días logró hablar off the record con varias fuentes policiales, contradecía la versión de este agente. Lin había venido a cubrir los Encuentros Hispanoamericanos sobre Realidad y Ficción para un periódico nacional con el que colaboraba, ya que por aquel entonces vivía en Madrid. Vino a Oviedo por un par de días y acabó quedándose dos semanas. «Un acontecimiento cultural que, de pronto, se torna en suceso y acaba en la crónica negra. Eso no ocurre con frecuencia», decía, recordando con emoción aquella cobertura. Según Lin, la teoría de muchos agentes del cuerpo era que resultaba imposible que Vargas Montseny continuara en la ciudad, que alguien debía de habérselo llevado. «Alguien que bien podría tratarse de secuestradores o de cómplices. Algunos creían que se trataba de ambos; que Vargas Montseny al principio se hubiera marchado con ellos por voluntad propia y que luego las cosas se torcieran. Como digo, había muchos investigadores que sostenían esto. Otros no quisieron aventurarse tanto». Pensé en la teoría de los sicarios que tenía Ulises y sopesé si realmente sería tan descabellada. Ruth también dejaba constancia en el libro de que, a pesar de haber entrevistado a varios policías, ninguno había corroborado las suposiciones de Lin.
Lucía Ramírez, la recepcionista del hotel (a la que los medios habían llamado simplemente «la recepcionista del hotel»), era por entonces una joven de veinticuatro años que llevaba un mes en su primer trabajo. «Ya he contado esta historia muchas veces», explicaba Ramírez. «Tantas, que en ocasiones dudo que sea verdad. Como cuando te miras demasiado tiempo en un espejo y acabas viéndote deformada. La he contado en reuniones, en comidas de Navidad, a mis amigos, a mi familia, a mis vecinos… Y si te paras a pensarlo, fue bien poco, apenas unos segundos. Pero yo siempre seré la última persona que vio a Gabriel Vargas Montseny». Pensé que aquella recepcionista era el reverso de los miembros de La Patagonia; ella por exceso, nosotros por defecto. «En realidad, tampoco tengo otra cosa que contar», continuaba. «No es que en la vida me haya pasado mucho más».
Su testimonio fue confirmado por la cámara de seguridad del hotel: el escritor salió a las siete de la mañana, tal como ella afirmaba. Ramírez estaba haciendo el turno de noche en la recepción y solo le quedaba una hora para terminar. Llevaba allí desde la media noche y había tenido bastante ajetreo. «Yo no sabía quién era Vargas Montseny. Por entonces no
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me enteraba de mucho, salvo que viniese algún famoso de la tele o algún cantante». Pero cuando aquel señor con gruesas gafas salió del ascensor y le dijo adiós cortésmente, Lucía Ramírez miró el reloj por si era más tarde de lo que creía y le quedaba menos tiempo para acabar el turno, ya que le había extrañado verle salir tan temprano. «Los que abandonaban el hotel a esas horas solían hacerlo para ir a coger un avión o un tren, pero él no llevaba equipaje, solo un maletín colgado. Además, iba vestido muy elegante, con traje y corbata, con lo que tampoco me cuadraba con los que van a correr un rato según se levantan, que también había bastantes. Por eso me pregunté que adónde iría». Ramírez no sabía nada de dos de las costumbres de Vargas Montseny que responderían a sus preguntas. Una era la de salir a primera hora de la mañana a dar sus paseos, y la otra, la de llevar un único atuendo en sus viajes. «Al menos logré resolver esas dudas, pero no la de la dirección que tomó, porque, en cuanto empujó la puerta de la calle, miré el reloj y volví a mis asuntos. No tengo ni idea de si fue a la izquierda, a la derecha, de frente o si alguien le esperaba a la salida, como tantas veces me preguntaron».
Lucía Ramírez afirmaba que se había pasado todos estos años dando vueltas una y otra vez a aquellos pocos segundos que vio a Vargas Montseny antes de que desapareciera para siempre. «Entonces no reparé en ello, pero ahora, con los años, al recordarlo, me da la impresión de que llevaba prisa. Había algo en él…, no sé si es que caminaba demasiado rápido o que no tenía la cara relajada del que va a dar un simple paseo. Aunque tampoco podría asegurarlo. Como digo, puede que de tanto contarlo haya acabado deformando lo que realmente ocurrió».
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El Carril
Anita Llaneza me enseñó el piso de arriba de la antigua tienda. Lo había reformado para que pudieran quedarse a dormir los amigos de sus hijos que de vez en cuando venían a pasar alguna noche al pueblo. Se trataba de dos pequeñas habitaciones, una cocina y un corredor. Fuera, en el patio, estaba el baño. Me explicó que allí habían nacido y se habían criado los primos de su abuelo, los propietarios del ultramarinos, que eran dieciséis hermanos.
—¿Aquí? —pregunté, extrañada—. ¿Y cómo se las apañaban? —Bueno, ya sabes. Antes no se vivía, se sobrevivía.
Llaneza llevaba unos pantalones de pana y un cárdigan con coderas color miel. Todo en ella me resultaba sumamente agradable. Pensé que en una película del Oeste yo encarnaría al buhonero que vendía crecepelo y sartenes en su carromato; Ulises, al pianista del saloon al que advertían no disparar, y Anita sería el maestro del pueblo con gafas redondas que siempre tenía lista una cafetera de latón para compartir café con alguien que fuera a pedirle sabios consejos.
Si se me vino a la mente esta comparación fue porque es lo que pienso cada vez que voy a las Cuencas: que me estoy internando en un paisaje de western. Uno más húmedo, con otra luz y otros colores, en verde y negro, pero, al fin y al cabo, un territorio bronco, una tierra minera indómita condenada al vacío y las quiebras. No podía evitar que los castilletes abandonados de las minas me recordaran a las torres de los fuertes desde las que vigilaba la caballería. Iba contándolos en el coche según avanzaba hacia Langreo. También miraba de reojo el móvil, que llevaba en el soporte del salpicadero para poder guiarme por el GPS y, de paso, comprobar si el Afamado López me había contestado. No había vuelto a tener noticas suyas y temí que, al haber postergado nuestra cita, se hubiera echado atrás.
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Saltó un mensaje del grupo de WhatsApp «McLovin y uno más», que es el que tengo con mis amigos de toda la vida. «Alanoides, andas muy desaparecida». Alanoides, claro, era yo. Grabé un audio rápido explicando que iba conduciendo, que había tenido mucho trabajo y que en la próxima cena nos pondríamos todos al día. La verdad es que los tenía bastante abandonados y llevaba más de una semana sin escribir ni comentar en el grupo. Pero nunca les había contado nada de Vargas Montseny y no me apetecía ponerme a explicarles por lo que estaba pasando o fingir que mi estado de ánimo era otro. Aquellos días únicamente me apetecía hablar con los miembros del club de la niebla. Es lo que tienen los secretos: te acaban aislando.
Me enterneció la delicadeza y el cuidado con los que Anita Llaneza había ordenado las cosas de la antigua tienda, de la que ya solo quedaba el mostrador. El resto lo había convertido en almacén, o se podría decir que casi en museo. La limpieza y la organización eran asombrosas. Aquel espacio atiborrado daba la impresión de ser diáfano, luminoso. En una parte había colocado un pequeño lagar de sidra casera y, a su lado, un taller para hacer madreñas; piezas de madera, un hacha, azuelas, un banco, taladros, gubias, un taburete de tres patas, zapatillas a cuadros de varios tamaños. «Hay que buscar en qué emplear el tiempo», me dijo. Se notaba que era una mujer afanosa, sabía usar las manos, hablaba con tiento.
—Fui regalando cosas, algunas. Luego la gente del pueblo venía y se las llevaba, más por nostalgia que por utilidad —comentó, girándose hacia una estantería con botellas vacías de gaseosa La Panera y de cerveza Cruz Blanca, sobre la que había colocado el letrero de latón oxidado de «Pepsi Cola, Ice Cold, Sold here» y la tapa metálica de una caja rectangular de caramelos en la que aparecía dibujado un colibrí y algunas piezas de fruta. Calculé que ambos serían de los años cincuenta—. Pero con la mayoría no sabía qué hacer, así que las fui guardando, esperando Dios sabe qué. Confieso que algunas las vendí por internet. Pero no, quita, eso no es lo mío. Hacía tiempo que me habían hablado de ti…
—¿De verdad? ¿Quién?
—… aunque no acababa de decidirme. Por pereza, no por otra razón. A veces cuesta dar un paso, aunque sea beneficioso. —Llaneza había obviado mi pregunta intencionadamente, sin entender yo por qué—. El otro día volvió a salir el tema, y pensé que ya era hora. A ti te pueden
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interesar varias de estas cosas, ellas pueden tener otra vida, y yo ganaría espacio.
—Y algún dinero también, mujer.
Anita se rio.
—No es precisamente por eso por lo que lo hago. Muy mal me tendría que ir entonces. La pensión no es para echar cohetes, pero no me quejo. Ven, que te lo enseño todo.
Comenzó a mostrarme las tres básculas, que había ordenado por tamaño (la inmensa de suelo sobre la que había colocado una caja redonda de sardinas salonas; la de comercio, con su balanza y su cuerpo triangular con la aguja que indica el peso; la pesa de dos platos que debían de guardar como reliquia), la aceitera, las palmatorias de pie de metal y cristal verde en las que ponían las velas de difuntos, los molinillos de café, las perchas de madera, el cajón que usaban para guardar el pan y en el que aún podía verse, descolorida, la marca de un champán.
El Carril había pertenecido a los primos del abuelo de Llaneza, un largo rebaño de hermanos que en su mayoría no habían tenido hijos, menos dos que emigraron, y otros tres que se los habían llevado las fiebres, la guerra y Franco.
—En ese orden, escalonadamente, y sin que esas tres desgracias dejaran de perseguir a mi familia. Somos de mala salud y de fuertes ideas políticas —dijo Anita.
La tienda fue pasando del hermano mayor al menor, y después a la única descendiente directa que les quedaba, Ludivina, Ludi, la prima segunda de Llaneza, que se la dejó en herencia ya cerrada.
—Ni a Ludi ni a su padre les gustó nunca esto. Atender, despachar, hablar con la gente. Además, tampoco sacaban demasiado. ¿Qué podían vender en un día? Unas alpargatas, una botella de vino, algo de azafrán. Pero era la alternativa que tenían a la mina, y aunque diera cuatro perras, eso que se llevaban. Ya decía mi abuelo que los cojones para meterse en la mina solo te los da el estar pasando mucha hambre. Y ellos tanta no pasaban.
Una caja entera, sin abrir, de gomas Milan. Una radio de válvulas. Un cajón de cartón compartimentado lleno de cubiertos de alpaca. Cuchillas de afeitar.
—De esto no sé si te interesará algo —dijo señalándome una pila de cajas de ropa interior que fue abriendo con delicadeza. El cartón con el que
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estaban hechas se encontraba muy reblandecido por el tiempo.
Fue mostrándome camisetas blancas de Abanderado, pares de medias, y también puntillas (en la caja habían guardado un papel escrito a bolígrafo que rezaba: «A 15 pesetas»), cordones para los zapatos, fajas color carne.
—Esto sí —dije señalando un costurero de latón rojo con dibujos alusivos a Japón, muy infantiles, muy esquemáticos. Unas geishas con sombrillas de papel, un hombre con un sombrero de paja en forma de cuenco que sujetaba sobre los hombros un palo con dos cestos en sus extremos, un templo, una pagoda y un árbol. «Caja de labores», traía pintado en una esquina.
Llaneza sacó del cajón del mostrador tres pequeñas libretas y me las mostró sonriendo pícaramente.
—Estas no te las vendo, pero me gustaría enseñártelas. Aquí era donde apuntaban los pasos del teléfono —dijo abriendo una y mostrándome una serie de cuentas caóticas hechas a lápiz—. Durante mucho tiempo, este era el único sitio desde el que se podía llamar en el pueblo. Y mira, en esta apuntaban lo que les iban dejando a deber. —Fue pasando las hojas abarquilladas de la otra libreta, con nombres, números, fechas, escritos con letra temblorosa y alargada—. Ya me advierten los del pueblo que no se me ocurra ir por ahí aireando sus miserias. Pero yo, de vez en cuando, les amenazo un poco —rio Llaneza—. Y fíjate en esto —dijo cogiendo la última libreta y, antes de abrirla para mostrarme de nuevo las hojas llenas de nombres y cifras, señaló lo que habían escrito a lápiz en la tapa azul, como titulándola: «1962»—. Esta la tenían aparte, porque supongo que la consideraban una excepción. Y así era. Aquí apuntaron todo lo que fiaron durante La Huelgona. No mucho, lo que podían. Pan, aceite, leche, algún paquetito de arroz. Ten en cuenta que ellos también debían convencer a los proveedores de que retrasaran los cobros. Los de los jabones, según me contaron, eran los más difíciles de persuadir. Pero para algunos, que estuvieron tantos meses sin cobrar, fue mucho lo que hicieron aquí y no lo olvidaron. La gente siguió comprándoles, aunque en los alrededores comenzaran a abrir los supermercados, y con mucha más oferta de la que había en El Carril. Pero teniendo esto, no había necesidad de salir del pueblo ni coger el coche para ir a por una barra de pan, y además siempre se quedaban un rato haciendo tertulia. Aunque Ludi, los últimos años, decía que algunos tenían muchas ganas de gastar en gasolina, y otros, muy
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mala memoria. Yo no le hacía mucho caso. Siempre fue muy gruñona. Y, como te comenté, nunca le gustó esto.
»Bueno, te dejo por aquí que mires lo que quieras —dijo al final, restregándose las manos por los pantalones de pana—. Tómate el tiempo que necesites. Cuando acabes, o si tienes alguna pregunta, pasa a buscarme por la casa de al lado. Ah, no te lo dije. Siempre fuimos vecinos. Yo me crie aquí, con ellos. Si Ludi me la dejó, no fue tanto por una cuestión de parentesco como de cercanía.
Al quedarme sola, lo confieso, la eché de menos. Aunque siempre prefiera la soledad a la hora de buscar, la conversación de Anita Llaneza me agradaba. Y también su presencia. Era como encontrarse, por casualidad, a una sabia arqueóloga cuando vas a visitar las ruinas de una iglesia. Antes de ponerme a explorar por mi cuenta, saqué unos pósits del bolsillo para ir marcando los objetos que había visto que me interesaban. Y eran varios.
Llevaba ya media hora allí y, mientras inspeccionaba la radio de válvulas que estaba en peor estado del que pensaba, sentí que llamaban a la puerta. Al principio no hice mucho caso, pero volvieron a golpear con los nudillos. Tal vez se tratase de algún vecino que quería charlar con Llaneza pensando que era ella la que se encontraba trajinando dentro, como debía de ser habitual. Toc, toc, toc. De nuevo, tres golpes secos. Decidí abrir y, amablemente, explicar el malentendido.
—¿Qué haces tú aquí? —solté, perpleja, sin desasir la manilla de la puerta.
—Me dijiste que ibas a venir esta mañana y decidí pasarme — respondió con calma.
En un segundo (tal vez fueran dos) comprendí que, aparte de Blas, solo había una persona a la que le había dicho que iría al Carril.
—¿Tú? —pregunté sin disimular mi estupor—. ¿Tú eres el Afamado López?
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Un libro por Navidad
«Feliz año, vidina». Ese fue el wasap que me llegó aquel 1 de enero, en medio de los demás mensajes, la mayoría impersonales, llenos de memes con gente que brindaba con copas de cava, llevaban boas de plumas o chisteras, y al fondo se veían fuegos artificiales. Blas y yo habíamos ido la noche anterior a una cena que terminó pronto y nos habíamos comido las uvas en casa, sentados en la cama, siguiendo las campanadas en la televisión. Teníamos el cuerpo destemplado cuando nos despertamos. Decidimos pasar la mañana acurrucados, metidos entre las sábanas. «Sea como sea, el nuevo año está aquí, este año larguirucho que ahora es una incógnita», me dijo Blas jugando con el mando, cambiando de canal al tuntún (el concierto de Viena, una película de piratas, un documental sobre nazis) mientras yo miraba el móvil sin ganas. Blas continuaba. «El uno de enero es la mejor metáfora de la mecánica cuántica: tantas opciones posibles y solo hay que allanarles el camino para que se hagan realidad». Fue entonces cuando me llegó el mensaje de mi tío. «Luego, una a una, van cayendo. La idea de dejar de fumar la abandonas el día cinco, que ya se te ha pasado del todo la resaca; lo del gimnasio, el día siete, que es más o menos cuando vuelves a fumar. Y lo de llevarte bien con el mundo, eso ya lo dejaste atrás el día dos o tres. Pero el día uno eres una persona nueva, reseteada, preparada para el cambio. Je… Más quisiéramos». Sonreí con cierta tristeza y decidí contestarle. «Feliz año, tío». Fue así como retomamos el contacto y, tímidamente, volvimos a hablarnos después de mucho tiempo.
Aquel año estaban poniendo las luces de Navidad y Ruth me había invitado a la presentación del libro, advirtiéndome que en unos días saldría en prensa, y yo estaba al mediodía comiendo en casa de mis padres una
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fideuá de lata que habían abierto para los tres. Era una comida improvisada, como casi todas las que hacían antes de regresar por la tarde a sus respectivas oficinas. Desde que me había marchado de casa, apenas habían vuelto a encender los fogones; lo que, por cierto, les facilitaba bastante la vida. Mis padres, incomprensiblemente, son capaces de sobrevivir con un pedazo de pan y una manzana.
—Tengo que deciros algo —solté con gran dramatismo y apoyando el tenedor en la mesa.
Dejaron de comer en el acto y me miraron con gravedad.
No es fácil decirle a alguien que has roto la promesa que habías hecho, incluso aunque fueras una niña y ya hubieran pasado veinte años. Mas difícil aún si son tus padres. Pero, precisamente porque lo eran, decidí recurrir a ellos. Les conté entonces que había hablado para el libro de Ruth sobre la desaparición del escritor chileno. En unos días saldría en el periódico un reportaje con declaraciones de varios de los que habíamos participado en él, incluyendo la mía, y se presentaría a finales de semana.
Era la primera vez que hablaba con mis padres de Gabriel Vargas Montseny y me temblaban las piernas bajo la mesa.
—Joder —dijo mi padre, riendo con alivio—. Pensé que ibas a decirnos que estabas embarazada.
Mi madre le miró con reprobación, se levantó y comenzó a recoger los platos. Mientras la ayudaba a llevarlos al fregadero, le pregunté, con cierto retraimiento, si podía ser ella quien se lo contara a mi tío.
Días más tarde, haciendo cola las dos en Diego Verdú para comprar el turrón, me contó la conversación que habían mantenido.
—Hija del alma, se quedó de piedra pómez, como dice él.
—¿Se enfadó mucho? —quise saber.
—Parecía más pasmado que otra cosa, que ya sabes cómo es tu tío. Los que sí se enfadaron, según me contó, fueron los otros. El psiquiatra, mucho. Aunque el que puso el grito en el cielo fue el relojero. Me dijo que armaron la de Dios. Incluso Tina, que será mística, pero para esto estaba espabilada.
«Pero por qué», me preguntaba yo, «por qué tanta prevención, por qué este silencio, por qué tanto drama, por qué, mamá, me pedisteis papá y tú
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que me callara». Sin embargo, me sentía demasiado culpable como para hacer este tipo de preguntas.
—¿Y Rosalía? ¿Qué dijo ella? —Buscaba desesperadamente una aliada, alguien que no me considerara una traidora.
—Bueno, no lo sé exactamente. Lo que tu tío me vino a contar es que estaban todos que fumaban en pipa. Y con este panorama, como comprenderás, él también está muy disgustado. Llámale, Alana, anda. Llámale, que seguro que si le hablas tú se calma. A mí me pega cuatro voces y se queda tan ancho, pero contigo es distinto. Ya le dije yo que, claro, también tenía que ser consciente de que fue él quien te llevó a esa tertulia. Cuando uno no tiene fundamento, luego pasa lo que pasa… Ay, hija, a mí todo esto tampoco me gusta nada. ¡Uy, atenta, que ya nos toca!… Entonces, tres de turrón blando y dos de duro. ¿De chocolate vais a querer?
Me dieron ganas de pedirme una barra entera de helado para llevarme a casa y, ya que estábamos, una caja de glorias.
Los días fueron pasando, yo miraba de reojo el teléfono y no encontraba el valor de llamar a mi tío. «Mañana», me decía. «Mañana». Y cada día que me iba echando encima era un escollo más. Finalmente pensé que la mejor solución sería hablarlo con él cara a cara, sabiendo que nos íbamos a encontrar pronto, en Nochebuena.
Blas, como todos los años, había ido a cenar con su familia, y yo, en cuanto llegué a casa de mis padres, agarré la botella de sidra El Gaitero y me senté, con el estómago lleno de granito, a esperar a que mi tío apareciese por la puerta luciendo su camisa hawaiana con dibujos de Papá Noel haciendo surf.
La mesa ya estaba puesta, las bandejas de langostinos y canapés preparadas, cuando mi madre entró al salón para decirnos que Canor acababa de llamarla. No iba a venir, estaba muy resfriado.
—Pues vaya cantidad de comida que va a sobrar, Juana —comentó mi padre.
—Pobre, qué mala suerte. Con lo mucho que disfruta él de todo esto… —se lamentó mi madre, inocentemente. Sin embargo, al sentarse y ver cómo me servía con urgencia otra copa de sidra espumosa, comenzó a sospechar—. Porque al final le llamaste, ¿no, Alana? Hablasteis, ¿verdad?
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Ante mi silencio, mi padre, desviando el tema, comenzó a preguntarnos qué nos parecía la piña que había vaciado y llenado de gambas.
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El Afamado López
Se apoyó en la estantería donde Anita Llaneza guardaba los viejos cascos de botellas. Viéndolas así ordenadas (las de gaseosa con el tapón metálico de porcelana, las de Pepsi con relieve en espiral, las de cerveza de color ámbar), me recordaron a los frascos de las antiguas boticas. Yo me senté en el taburete que Llaneza utilizaba para labrar madreñas. Casi podría decir que me desplomé en él con la boca abierta y los brazos caídos encima de las piernas. Lo último que esperaba era que quien se ocultaba bajo el seudónimo del Afamado López fuera un miembro de La Patagonia.
—Buena mujer, Anita, ¿verdad?
—¿Es amiga tuya? —pregunté sin ser capaz de entender lo que estaba pasando.
—Somos viejos conocidos.
Por la forma en la que Braulio pronunció aquellas palabras, deduje que debía de tratarse de una de sus antiguas pacientes. Me extrañó que una mujer así pudiera tener problemas mentales o la necesidad de recurrir a un psiquiatra, pero, como el propio Braulio decía muchas veces, qué sabíamos nosotros de lo que ocurría en el interior de cada casa. Además, el asombro tiene un límite, y yo aquel día ya había sobrepasado mi cupo de pasmo.
—Fui yo quien le hablé de ti —continuó—. La primera vez que me invitó a conocer esto, y en esa ocasión vine con mi esposa, le dije que sabía de alguien al que le podían interesar varias de estas cosas, y que sería bueno para ella ir desprendiéndose de su pasado. Le pedí a Canor tu teléfono para dárselo y, como yo tenía que quedar contigo, me acordé de esto y decidí matar dos pájaros de un tiro. Anita me dijo cuándo habíais quedado y decidí tentarte. Quería saber si anularías tu cita con ella si yo te proponía otra. Necesitaba comprobar que eras de fiar. Me alegra que seas una mujer de palabra. Además, este es un lugar privado en el que poder
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hablar, aquí no nos verá nadie. Así que han sido tres pájaros de un tiro, en realidad. Cuatro, si contamos con que en algún momento tenía que venir a ver a Anita.
—De fiar… —repetí sin comprender y sin que se me pasara por alto la legendaria necesidad de control de Braulio.
—Clarísimamente. Ahora sé que mantendrás tu palabra conmigo de no ir diciendo por ahí que soy yo quien se esconde tras el apodo del Afamado López. Y mucho menos a tu amiga la escritora. Supongo que entenderás (y, si no, te lo explicaré ahora) la importancia de que mi identidad continúe sin revelarse.
Observando detenidamente a Braulio, me afiancé en la impresión que había tenido en el funeral: que su cuerpo había menguado. Estaba flaco y pálido, con la barba menos cuidada y más larga. Ya no era aquel hombre elegante al que podía atribuírsele un título nobiliario. Se parecía más a esa especie de profesor Bacterio en el que se convertía cuando recogía setas en mi pueblo con las canillas al aire. Ahora, ni el traje que llevaba podía empenacharlo.
—Pero ¿por qué tú…? —traté de preguntar—. ¿Por qué yo…? ¿Por qué has…?
Era incapaz de resumirlo todo en una frase.
—¿Que por qué he venido a hablar contigo, quieres decir? Verás, Alana, no tenía ni idea de que todo el asunto de Vargas Montseny te hubiese afectado tanto. En ese sentido, vas a tener que perdonarme. No es que no sea consciente de toda la confusión que se puede sentir cuando somos niños. Fue, simplemente, que no reparé en ti. En los daños que todo esto podría haberte causado. Tenía que haber sido más reflexivo. Además, al hablar con tanta ligereza para aquel libro, supuse que apenas le habías dado importancia. Pero después de leer tus correos, en los que escribías acerca de tu confusión, de tus dudas, de cómo todo aquello, tan reprimido, pugnaba por salir, comprendí que estaba equivocado. Por eso he venido a hablar contigo, para disculparme y tratar de compensártelo.
Enrojecí. Si hubiera sabido que estaba escribiendo a Braulio, o a cualquier otro miembro de La Patagonia, jamás me habría atrevido a decirle aquellas cosas. Le había hablado con la confianza que únicamente se otorga a los desconocidos. Desvié la mirada, tratando de que no se cruzara con la suya, y la posé sobre una caja de lamparitas prefoco de la
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marca Cegasa que había descartado y un antiguo expositor de hilos sobre el que había pegado un pósit.
—Además, siento bastante curiosidad —continuó—. ¿Por qué te has decidido ahora a indagar sobre esto? ¿Cuál ha sido el detonante? ¿Es que acaso… acaso has descubierto algo?
Esto último lo preguntó con verdadero interés. En sus ojos podía verse la avaricia de la urraca que cree distinguir desde lo alto un objeto brillante y se tira en picado. Ahora era el Afamado López quien me estaba hablando.
—Fue por la muerte de Tina, que lo revolvió todo.
—¿La muerte de Tina? —Braulio descruzó y volvió a cruzar los brazos
—. Oh, claro. Es porque cuando piensas en nosotros nos relacionas directamente con Vargas Montseny. Yo, obviamente, lo veo de otra forma.
Empecé a explicarle que justo aquel día había encontrado en el rastro un alfiler de corbata idéntico al que llevaba el escritor, y no solo eso, sino que me había enterado de que Tina se interesó por Vargas Montseny, llamando incluso a Ruth la mañana de su muerte para preguntarle por él, algo a lo que Braulio pareció no conceder importancia.
—No me resulta extraño que Tina se interesara por ese asunto en ese u otro momento. —Obvié decirle que ese no era un momento cualquiera, como él creía, sino uno de los últimos, porque ella, enferma, había decidido poner fin a su vida. Si Braulio lo hubiese sabido, puede que su valoración fuera otra—. Ya ves que a mí mismo me ha pasado. Desde los primeros días fui incapaz de dejar de perseguir este misterio. Cuando algo te atrapa, el bucle obsesivo es imparable. Yo llevo veinte años con él y la única manera que tengo de controlarlo es compartirlo.
La obsesión no había comenzado en el momento en que Braulio se enteró, como todos los demás, de que Gabriel Vargas Montseny había desaparecido, sino más tarde, cuando regresó de declarar en la comisaría. Transcurrieron algunos días hasta que se decidió a saber más. Una mañana, antes de ir a su consulta, con el café en la mano, se puso a buscar información sobre lo que había pasado. Pero era tanta, tan compleja y confusa, y provenía de tantas partes (periódicos locales, nacionales, internacionales), que Braulio decidió empezar a ordenarla y a clasificarla, tratando así de hacerse una idea cabal. «Aún no sabía manejarme demasiado bien en internet, por lo que me vi metido en un doble laberinto». En su ordenador abrió una carpeta a la que llamó «Oviedo»,
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otra «Chile», una nueva con «Avances de la investigación» y, la última, «Implicados». Empezó a tomar la costumbre, nada más levantarse, de realizar nuevas búsquedas. Las carpetas fueron proliferando: «Pistas policiales», «Conspiraciones varias», «Teorías», «Artículos literarios»… Internet continuó creciendo, así como las noticias que colgaban en la red, y Braulio siguió año tras año sentándose cada mañana a rastrear todo aquello que pudiera tener relación con Vargas Montseny y, más en concreto, con su desaparición. Releía constantemente los libros del escritor chileno, miraba si había salido algo nuevo (incluso el más mínimo comentario de alguien sobre su obra), tenía creadas varias alarmas de Google. No lo hacía como quien va pegando fotos en la pared y elaborando un intrincado árbol de pistas, sino, más bien, como el entomólogo que se dedica a clavar mariposas con chinchetas, obstinadamente, con el objetivo de completar su corcho con todas las especies posibles. Se convirtió en su afición, en su hobby particular. Simplemente, decía, era un coleccionista.
—Además, volcarme en la búsqueda de un hecho histórico del que yo formé parte, algo tan exclusivo y de una rareza tan inusual, estimula mi cerebro y lo conecta con las áreas de placer.
Su mujer y sus hijas sabían de esta afición suya, aunque no podían ir aireándolo por ahí, ya que no era nada beneficioso para su reputación. Un psiquiatra con una obsesión no parecía el profesional más fiable.
—Menos, en una ciudad como Oviedo, y en los círculos en los que me muevo. Como comprenderás, es importante controlar cómo te ven los demás.
«La burguesía no perdona». Recordé que eso había dicho frente a la tumba de Clarín.
Las redes sociales comenzaron a serle muy útiles para conectarse con otros como él e ir compartiendo información. Lo comparaba con los que se juntaban en las esquinas de las plazas para intercambiar cromos o sellos de distintas épocas. Una mera transición entre coleccionistas.
—Y de ahí lo del Afamado López —concluyó.
Me repantingué en el taburete y me froté los ojos. Sobre el hombro derecho de Braulio se veía el cartel rojo, azul y blanco de «Drink Pepsi».
—Pero si eres el Afamado López, entonces tú también hablaste con Ruth para el libro.
—No exactamente. Yo no hablé. Le pasé información.
—Sí, Braulio, pero le diste nuestros nombres.
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—Pensé que sería mejor dárselos porque, de todas formas, acabaría descubriéndolos por otros cauces. Supuse que así sería menos invasivo, más directo.
—Pero también le diste el mío, y nadie sabía que yo estuve allí esa tarde, ni siquiera la policía. Así que fuiste tú quien me metiste en todo el embrollo.
La vieja estrategia: esparcir reproches para ocultar nuestras responsabilidades.
—¿De dónde has sacado que la policía no sabía que estabas con nosotros aquella tarde? —me preguntó con verdadera sorpresa.
Aquello me desconcertó.
—Pues… lo que yo sé es que mi madre le pidió a mi tío que no dijerais que me encontraba allí para que yo no tuviera que declarar.
Braulio se rio con una suficiencia que consiguió irritarme, al tiempo que también me intrigaba.
—¡Pero, por favor, Alana! ¿Cómo íbamos a ocultarle información a la policía? Canor, por supuesto, no nos pidió nada. Lo que probablemente ocurrió fue que no debieron considerar relevante interrogar a una niña, que poco tendría que aportar, teniendo en cuenta que nuestro testimonio tampoco les condujo a nada. La policía no tiene medios ilimitados ni puede ir tomando declaración a toda la ciudad. Al igual que no lo hizo con los otros huéspedes del hotel aquella noche, a cuyos nombres no he podido acceder por más que lo he intentado. Si hubieran tenido algo que decir, como por ejemplo que oyeron cualquier cosa extraña o una discusión entre el escritor y su mujer, supongo que habrían ido ellos por su propio pie a declararlo.
—Una discusión con su mujer… —repetí. De nuevo, las sospechas sobre Luz Miranda salían a escena—. ¿Es que crees que ella tuvo algo que ver con la desaparición?
—Oh, no, no, no. Como te digo, solo te estaba poniendo un ejemplo. Yo no creo nada. No te equivoques: no tengo ninguna teoría sobre qué ocurrió, ni pretendo tenerla. Esa sería la labor de un orate. Por mucho que me guste Chesterton, no creas que quiero ser el padre Brown. No soy ningún detective. Soy, más bien, un clasificador.
—Qué curioso…
—No tanto. Buscar y encontrar datos me calma; elaborar hipótesis me frustra y desazona. Aunque parezca una consecuencia evidente, esto no
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basta para optar por lo que no me conviene. Es cuestión de conocerse a uno mismo.
—No hay reglas para vivir —dije, recordándole su famosa frase.
—Eso es. Y malogramos la vida pensando que sí.
Algo muy semejante me había dicho Ruth: que ella era una mera transcriptora. Al igual que Braulio, solo se dedicaba a recoger y a ordenar información. Yo era incapaz de comprenderlos.
—Pero te enfadaste conmigo, como los demás, por hablar de aquella tarde en Vargas Montseny en la niebla. ¿O es que fingías para ocultarte?
—No, no fingía. Me sentó muy mal que hablases para el libro. —¿Por qué?
—Porque no pediste permiso, Alana. Ni siquiera me lo consultaste. No sé por qué todo el mundo tiene que conocer cómo me relaciono con mis amigos o lo que hago de forma privada. ¿Sabes cuántas veces me han venido pacientes preguntándome por el libro? Me convertiste en un personaje público.
Mi madre me había hecho días antes un reproche muy parecido. —Perdona, Braulio. No fui consciente de que algo así, tan pequeño,
pudiera afectarte. Si… si es bien poca cosa.
—Antes me has citado con lo de que no existen reglas para vivir, y así es, efectivamente. No hay nada escrito porque somos nosotros los que lo vamos marcando. Al igual que la gestión que hacemos de nuestra intimidad. Objetivamente, puede que no sea algo que, digamos, me deje en mal lugar, pero se trata de algo mío que no deseaba compartir. No puedes disponer de la privacidad de los otros a tu antojo. Como te dije, deberías haber preguntado.
—No sé muy bien por qué no lo hice —comencé torpemente a excusarme—. Supongo que lo fui dejando, como si posponiéndolo se amortiguara el golpe. Y al final ya fue demasiado tarde. No me atrevía a contároslo. Como nunca habéis querido hablar de Vargas Montseny…
—¿Me disculpas un momento? —preguntó, separándose de la estantería.
Braulio volvió a entrar al rato en la antigua tienda con una silla de playa bajo el brazo.
—Ya me estaba cansando de hablar de pie —dijo, desplegándola. El tejido era de rayas azules y blancas—. Le he comentado a Anita que estoy
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charlando aquí contigo de unas cosas y que luego subiré a verla. Está preparando unas botellas de sidra para que nos las llevemos.
Colocó la silla frente a mí y se sentó, tratando de enderezar lo más posible el respaldo. Era tan baja que tenía que mantener dobladas las piernas, lo que hizo que se le subieran los pantalones de pinza grises dejando ver sus calcetines de hilo. En aquella pose, el Marqués resultaba algo patético, sentado a la misma altura que yo en el pequeño taburete.
—Me alegra que aquí tengas buen negocio —prosiguió—, porque, por lo que veo, te interesan varias cosas.
Desde la silla de playa, empezó a señalar los papeles amarillos que había puesto en la radio de válvulas, la aceitera, una de las balanzas, la caja de costura. Pero yo apenas reparé en su comentario.
—Braulio, ¿hablaste alguna vez con los de La Patagonia sobre la desaparición de Vargas Montseny?
El Marqués se atusó la barba tranquilamente.
—No entiendo muy bien a qué te refieres.
Por un momento me pareció sentir que trataba de hacerme luz de gas. —Hombre, tú mismo lo acabas de decir: fue un hecho histórico del que
formasteis, formamos, parte. Y, sin embargo, nunca lo mencionabais, no se hablaba de ello. ¿Por qué este pacto de silencio? ¿Por qué no querer hablar? ¿Por qué os poníais tan raros? ¿Fue por algo que visteis luego, cuando quedasteis para desayunar?
—¿Sabes eso? —me preguntó levantando una ceja.
—Me lo dijo el otro día Delia, que estuve con ella.
Tuve que explicarle la forma en la que me hice la encontradiza en la colegiata de San Pedro, algo que le resultó bastante gracioso, y resumirle la conversación que habíamos mantenido.
—Achacar la culpa de lo malo que nos sucede a objetos o sucesos externos y a cosas que escapan de nuestro control más inmediato es uno de los eximentes de responsabilidad favoritos del ser humano.
—Sí, supongo que es lo que le ocurre a Delia, pero volviendo a mi pregunta…
—Oh, no, qué va. Lo que le ocurre a Delia es que es una egocéntrica y tiene grandes deseos de protagonismo. No me puedo creer que todavía siga con ese cuento… A mí me llamó y me dijo, con aquel tono de misterio barato que le gustaba desplegar: «Braulio, Braulio, abandono esta ciudad, tengo que irme porque fui yo la culpable de la desaparición de Vargas
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Montseny». —Se rio meneando la cabeza—. Era muy aguda, lo reconozco, analizando los relatos de Poe y las novelas de Henry James, pero para lo demás… Dios santo, Delia.
Nos estábamos desviando del tema, algo que a él parecía agradarle, así que decidí volver a centrarlo:
—Ella afirma que por eso, porque no quería seguir emitiendo esas malas vibraciones, no fue al día siguiente al teatro. ¿Por qué los otros no fueron?
—No lo sé —dijo encogiéndose de hombros, como si le hubiera preguntado algo totalmente intrascendente.
—Pero habíais quedado allí, era importante. Todos estábamos emocionados por haber conocido a Vargas Montseny.
Braulio se revolvió en la silla de playa. El asiento, desde luego, no era cómodo.
—Tal vez estuvieran cansados después de una noche sin dormir.
Sentí que estaba haciéndome de nuevo luz de gas.
—No, Braulio, no. Yo estaba en el teatro esa mañana. Sé que algo tuvo que suceder. Si no, ¿por qué mi tío te evitó y ni siquiera quiso saludarte?
—Puede que porque ya tuviera bastante con lo que estaba pasando. En todo caso, eso deberías preguntárselo a tu tío, ¿no crees?
Ahí, lo confieso, el Marqués logró dejarme sin argumentos.
—Sí, supongo.
—Pero tú querías compartir lo de aquella noche con Vargas Montseny. Y estoy muy dispuesto a hacerlo, aunque te advierto que puede resultar decepcionante. Después de leer lo que hay en el libro, te aseguro que recuerdas aquella noche mucho mejor que yo. Solo puedo añadir ciertos detalles y algunos nombres.
Braulio me dijo que en realidad no habían hablado de los viajes de Vasco de Gama, como yo había comentado en el libro, sino de los de Magallanes, y también del monólogo de Molly Bloom con el que finalizaba el Ulises, y que tanto a Vargas Montseny como a él les gustaba tanto. Era normal que yo apenas lo recordase: a mí aquello de niña me resultaba un tráfago de frases, una cháchara incomprensible y aburrida, al igual que cuando se pusieron a hablar de los libros del chileno. Hasta que Tina mentó Castillos tan hermosos, lo único que yo recordaba muy bien. A Braulio, sin embargo, le pareció una vulgaridad decirle a un escritor que el libro que más le había gustado de él era el último que había publicado, y
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también que el resto alabara, por encima de todo, el de Un lugar famoso y solitario, en el que aparecía el Afamado López.
—En un momento determinado, Vargas Montseny le dijo a tu tío que se alegraba de tener un acompañante llamado Nicanor, como su admirado compatriota, Nicanor Parra, y, de paso, se interesó por el nombre de Tina, según él, un árbol tropical, aunque yo no lo había oído en mi vida. Ella empezó a contarle aquello de que, en realidad, todos los ovetenses teníamos nombre de árbol.
En cuanto Braulio lo dijo, creí verlo, recordarlo, pero entre la bruma. Le había escuchado en varias ocasiones a Tina esa historia, así que no tenía claro si me acordaba de ella comentándolo aquella tarde en La Patagonia o en cualquier otro momento.
A raíz del pañuelo de Tina, que yo sí recordaba bien, comenzaron a hablar de la importancia de los pájaros en la literatura y a preguntarle por la famosa obra que estaba escribiendo, pero el autor fue muy discreto a este propósito. Según Braulio, solo mencionó su verso preferido sobre pájaros, que era precisamente de Nicanor Parra: «Has recorrido toda la comarca / desenterrando cántaros de greda / y liberando pájaros cautivos / entre las ramas». Braulio había buscado esos versos al día siguiente; pertenecían a un poema que le había escrito a su hermana, la cantautora Violeta Parra.
—Yo, como me llevaba bien preparado el tema, no fui menos y cité uno de su compatriota Pablo Neruda: «He aquí la soledad de donde estás ausente. / Llueve. El viento del mar caza errantes gaviotas». Luego Rosalía recitó esos versos tan famosos de Emily Dickinson, de que la paz se revela por las batallas, el amor por el recuerdo de los que se fueron y los pájaros por la nieve. Bode comentó algo de un cuento sobre un águila, pero apenas sé decirte qué era, solo que me pareció inadecuado. —Braulio volvió a revolverse en la silla de playa—. Vargas Montseny alzó la copa para que brindáramos y dijo aquello que tú bien recordabas de: «No hay nada más hermoso en el mundo que el consuelo». Me resultó extraño en un hombre tan solitario y, además, que lo dijera de aquella forma tan perentoria, por lo que entendí que sin duda hablaba del consuelo que nos da la literatura, ese bálsamo para todas las heridas.
Me alegró que Braulio me confirmara que, efectivamente, aquella frase la había pronunciado en el café y no en la despedida, como había creído yo
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en un principio. Por lo demás, nuestros recuerdos coincidían. Hasta que llegó el punto en que salimos de La Patagonia.
—Ahí fue cuando Vargas Montseny se quedó hablando a solas con Bode.
—¿Con Bode? —pregunté.
—Mientras los demás ya caminábamos hacia el hotel, ellos se quedaron un momento rezagados en la puerta, fumando.
—¿Fumó?
Como yo no le había visto fumando, pensaba que no lo había hecho. —Sí. Vargas Montseny fumaba un purito de esos muy finos. Señoritas,
creo que se llaman. No lo sé, a mí el tabaco nunca me ha interesado, salvo el de pipa y por mera estética. Los vi cuando me di la vuelta porque había perdido de vista al escritor, y Miranda preguntaba por él. Así que ella y yo los esperamos, y después los cuatro nos unimos al resto. Por curiosidad, le pregunté a Bode de qué habían hablado, pero únicamente me soltó unos gruñidos. Luego deduje que Vargas Montseny había tenido un gesto de cortesía con él regalándole el mechero que le había prestado. Como tenía la manía de llevar unos cuantos…
—¿Y por qué dedujiste eso?
—Ah, porque se lo vi a Bode tiempo después. En una de las tertulias que hicimos en mi consulta, salí con él a la terraza para acompañarle mientras fumaba y lo sacó para encender el cigarro. No me hubiera dado cuenta de no haber sido porque tenía las iniciales grabadas: «G. V. M.». «Hombre, así que te lo regaló», le dije. Me quedé impresionado porque era un mechero de cierto valor, y me pareció un gesto de una generosidad desproporcionada. Bode se quedó mirándolo embobado, como si no hubiera reparado en ello. Parece ser que él no apreció tanto el regalo. A veces puede ser un hombre de lo más cerril.
—Entonces Bode tiene el mechero…
El Ronson de Vargas Montseny con sus iniciales. Aquel objeto que tanto me obsesionaba.
—Supongo que sí. Después de aquel día no se lo volví a ver. Tendría miedo de que se lo quitáramos, o yo qué sé. Con Manolo nunca se sabe. Pero la verdad es que se puso un poco raro.
—¿Que Bode se puso raro? ¡Menuda novedad! Pues como todos vosotros con este tema. Braulio, es que aún no me has contestado. ¿Por
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qué nunca habláis de la desaparición de Vargas Montseny? ¿Por qué es un tabú?
—No emplearía exactamente la palabra «tabú» para esto…
—Bueno, lo que sea. Es como si hubiese la prohibición expresa de nombrarlo. Si cuando estábamos en la tumba de Clarín, y lo mencionaste sin querer, hubo una tensión impresionante.
—¿Yo lo mencioné? No lo recuerdo. Pero sí, puede que lo hiciera. —¿Por qué, Braulio? Por todo lo que me has dicho… no sé, soy
incapaz de entenderlo.
Pareció hundirse un poco más en la silla plegable y finalmente comenzó a acariciarse el mentón.
—Te dije que me alegraba que fueras alguien que mantuviera su palabra, porque resulta que yo también lo soy.
Aquello me desconcertó.
—¿Mantener tu palabra a quién?
Braulio negó con la cabeza y me sonrió, no sé si en un gesto de disculpa o de protección.
—Hasta aquí, Alana. Espero, de verdad, que nuestra conversación te haya servido. ¿Te importaría ayudarme a levantarme? Creo que me he agarrotado —dijo estirando un brazo hacia a mí.
Mientras tiraba de él, y se ponía en pie sin esfuerzo aunque quejándose, no podía creer que fuera a dejarme así.
—¿En serio no vas a contarme nada más? Dime al menos si es cierto que volvisteis a quedar aquella mañana para desayunar, como Delia afirma.
—Eso, como tantas otras cosas —dijo plegando la silla con un golpe seco—, mejor se lo preguntas a tu tío.
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Nuestros cimientos, nuestra mitología
«Estaba tomando un café en la barra de la cafetería de la facultad, me puse a hojear el periódico y, de pronto, me encontré con tu foto y también con tu pequeña entrevista», me dijo Blas la primera noche que pasamos juntos en el hotel cuando le pregunté por qué me había invitado a comer tras verme en La Nueva España. «Sentí algo muy poderoso, algo tan poderoso que pudo con mi retraimiento y te escribí en un impulso». Le dije, entusiasmada, que entonces había sido un flechazo. Yo había tenido varios, todos muy tontos, pero nunca creí que pudiera ser la causante de uno. «No exactamente», continuó. «Si lo piensas bien, había muchos elementos para que me atrajera una mujer preciosa que vivía en mi ciudad y que hablaba con tanta pasión de objetos del pasado. Eso despertó fieros deseos en mí». Me reí de aquella expresión (y de hecho, durante un tiempo, cuando ya empezaron las bromas privadas, le llamé Fieros Deseos, mi Fieros Deseos). Disimulando la sorpresa que me produjo que él me encontrara preciosa, le pregunté qué era aquello tan poderoso que le había suscitado. Pero a esto ya no me contestó.
Desde aquel momento, y para siempre, desgranar el inicio de nuestra relación, todo lo que habíamos sentido o nos había ocurrido mientras cuajaba, se convirtió en uno de nuestros juegos favoritos. Nuestros cimientos como pareja eran nuestra mitología particular. A ella debíamos los extraños aniversarios que celebrábamos; nunca ha dejado de impresionarme que Blas recordara cada una de las fechas.
Tardé dos años en confesarle que aquel domingo en el rastro sonaba Halo de Beyoncé en la radio de pilas del puesto de flores, y recordaba, con esa claridad algo ilusoria con la que uno recuerda los encuentros fundamentales antes de que lo sean, haberla ido tarareando de camino a la pizzería. Me avergonzaba un poco que, secretamente, para mí esa canción fuera la banda sonora de aquel día, porque hubiera preferido una música
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más noble para nosotros. Blas me miró con cierta confusión. «Pero ¿quién es Beyoncé?», me preguntó. Y yo, claro, le quise aún más.
Me reconoció que se había sentido halagado porque me hubiese arreglado tanto para ir a comer con él, un total desconocido, y que le parecía que estaba guapísima con aquella camisa verde. Le dije que ni siquiera recordaba qué ropa llevaba puesta, pero que, en todo caso, yo jamás había tenido una camisa verde. Admitió, con pudor, que había estrenado la cazadora aquel día, y si a mí me había parecido horrorosa y desfasada no era por la prenda en sí, sino por él, que en cuanto se ponía algo lo envejecía (con el tiempo me di cuenta de que había cierta verdad en esta afirmación). También me reveló que le mortificaba el haber cambiado, al inicio de aquella semana, la foto de perfil que tenía en Facebook de Richard Feynman (a quien consideraba el enfant terrible de la física) por la de Saint Andrews, ya que entonces yo le hubiese preguntado por Feynman y él hubiera podido contarme las interesantes historias de aquel físico tan extrovertido, en lugar de aquella ridiculez sobre la sensación de detener el tiempo. «No sé cómo no huiste entonces. Debían de apetecerte mucho los profiteroles». Me reí: precisamente ese comentario, que Blas consideraba tan ridículo, fue lo primero que me ató a él. «¿No te parece escalofriante que, si hubieses tenido otra foto de perfil y no te hubiera preguntado por Saint Andrews, tal vez tú y yo no estaríamos aquí ahora?». «Tonterías», respondió irónicamente. «Si te hubiese hablado de Richard Feynman, habrías caído aquella misma tarde en mis brazos». La primera vez que dormimos en mi casa, le señalé el galán de noche en la esquina del cuarto y le expliqué que era uno de los que había ido a recoger a Trubia después de nuestra comida. Había decidido conservarlo en un impulso, como un souvenir de aquel extraño encuentro; después me pareció que venderlo sería como deshacerme de parte de mi ajuar de novia.
Blas, en la pizzería, se había sentido ante mí tan estúpido, insignificante y avergonzado que ni siquiera podía comer; le costaba tragar, los nervios le habían agarrotado el cuerpo y la garganta. «Y yo pensando que estabas enfermo», le dije, perpleja, porque no me podía creer que yo pudiese imponer a alguien, y menos de esa manera. «Ante ti me volvía un imbécil, no sabía cómo comportarme, estaba tan impresionado que era incapaz hasta de hablar, solo de escucharte. Y te juro que disfruté de cada una de tus palabras, aunque fuera consciente de que
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estaba quedando como un idiota». Aquel desamparo en sus ojos era el de un hombre que suplicaba amor sin atreverse a pedirlo.
Se había sentido cohibido en cuanto me vio entrar en la pizzería con la determinación de quien quiere dejar las cosas claras desde el principio. Ahí volví a reírme. Le expliqué que pensaba que quería hacer algún tipo de negocio conmigo y, cuando descubrí que no, me quedé desconcertada porque no tenía la más remota idea de lo que estaba pasando. De ahí mi incomodidad, que él había confundido con resolución, creyendo que yo conocía de sobra sus intenciones y le frenaba los pies. Los dos estábamos muy equivocados. Cómo de tanta confusión pudo salir algo bueno.
En una de nuestras primeras citas, si es que podían llamarse así, al parecer mencioné a Agatha Christie, y Blas decidió ponerse a leer sus libros con la oculta intención de compartir algo conmigo, de formar parte de mi mundo. Tiempo después, en otra conversación, le comenté que era curioso que, pese a lo mucho que me maravillaba el universo de Christie, nunca me hubiese leído ninguna de sus novelas porque lo que me interesaba de ella eran los lugares en los que las había escrito o las habían inspirado: los fascinantes camarotes del SS Sudan, la habitación del hotel Pera Palace en Estambul donde se alojaba, los coches cama del Orient Express atravesando de noche la Europa iluminada… «Me sentí un auténtico mamarracho. Ya me había leído siete de aquellos libros e incluso había buscado cómo se pronunciaba correctamente el nombre de Hércules Poirot».
Aunque desde entonces, y mientras nos conocíamos, me confesó que no dejaba de imaginarse que recorríamos juntos las ciudades de la vieja Europa, que yo se las iba enseñando: Praga, Budapest, Varsovia… «Sí, y cuando realmente nos fuimos de viaje, ni siquiera bajaste del barco», le reproché. «Bueno, pero me lo sigo imaginando».
En el Rialto, al contarle la historia de que un fémur curado había sido el primer signo de civilización, él había sentido tantas ganas de besarme allí mismo, de abalanzarse sobre mí arrojando de la mesa el milhojas, el café y la taza de chocolate, que se le paralizó todo el cuerpo, acalambrado por aquella pulsión, y no pudo volver a decirme más de dos palabras en toda la tarde. La opacidad que notaba en él era en realidad la necesidad de contener su deseo.
Pensaba que Blas había entendido la indirecta de quedar en el Rialto, un sitio inofensivo repleto de señoras merendando y niños comiendo
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pasteles, pero resultó todo lo contrario: que le citara en una confitería le pareció peculiar y encantador, algo muy personal, y ni siquiera sabía que estaba concurrido porque en su vida se había sentado allí; si llegó temprano no fue para coger mesa, sino porque estaba tan nervioso que no se aguantaba en casa.
Los motivos por los que me citó en aquella pizzería desangelada, y que tanto me intrigaban, fueron puramente casuales. Esa mañana, de la que subía a la facultad, se fijó en ella. «Todos los días pasando por el mismo sitio y ni me había dado cuenta de que existía». Más tarde, cuando vio mi foto en el periódico y sintió el impulso de invitarme a comer, se acordó de eso. «¿Ves como existe el destino?», le recriminé entonces. «Si la viste aquel día fue para llevarme». «Raposa, lo que existe es la insensatez. O, al menos, la mía. Te dije el primer sitio que se me vino a la mente porque lo de ser espontáneo me había salido bien contigo. Si lo hubiera pensado mejor, te hubiese llevado a un lugar popular y alegre. Allí parecí más tristón de lo que ya soy, y no me extraña que quisieras salir corriendo. Como cuando te di el primer beso en el hotel, que no te gustó nada. Soy malo en la intimidad, genero rechazo». Tardé tiempo en convencerle de lo equivocado que estaba, y que, si bien la primera vez que lo vi, o lo besé, no sentí ningún tipo de atracción, al ir internándome en él todo había cambiado; era precisamente su intimidad lo que me gustaba. Aunque, eso sí, le dije que cuando me había contado que de niño los Reyes Magos le aterraban porque eran seres que de noche podían colarse en tu casa, sabían lo que pensabas y te vigilaban, a mí por poco se me quitaron las dudas: dejaríamos de escribirnos y de quedar de vez en cuando, nunca habría nada entre nosotros, porque dónde iba yo con semejante fulano. «Me pareciste vulgar», le expliqué. Se quedó muy sorprendido. «Y yo que te lo conté como extravagancia. Pensaba que ese tipo de cosas te conquistarían». «¡Ajá! Querías conquistarme, pillín». «No, la verdad es que no. O, al menos, no al principio. Ni siquiera aspiraba a tanto. Me conformaba con que me conocieses, con ir dejando algo en ti, vivir de alguna forma en tu memoria. Sé que suena un poco tonto, pero esperaba que me conservaras como hacías con tus objetos. Por eso te escribía siempre que llegaba a casa tras haber quedado contigo. No me atrevía a decirte muchas cosas mientras charlábamos porque tu presencia me coartaba. Sin embargo, quería que supieras qué opinaba de lo que hablábamos, explicarme. Mis pensamientos, para mí, eran una feria de
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antigüedades, una colección de viejos trastos que los demás habían descartado. Creía que contándotelos al fin serían valiosos y en ti estarían a salvo».
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Los termómetros de mercurio
Las verdaderas buscadoras caminan mirando al suelo. Ahí está lo que otros tiran, pierden, se deslizan de sus bolsillos, los rastros, las huellas, lo que nadie mira, huesos a medio sepultar, ríos subterráneos, pedazos de objetos rotos semiocultos en la tierra. Allí, bajo los pies, está enterrado el pasado y, a veces, con una mirada entrenada, se puede atisbar algo de él sin esfuerzo. Por eso albergo la costumbre de bajar la cabeza al caminar, como adiestrando la mirada o sumergiéndome en algo. Es una de las formas que tengo de pensar.
Al día siguiente de hablar con Braulio, tras salir del bar junto a Ulises, iba mirando los chicles pegados en el suelo que se habían quedado negros como manchas de petróleo, y también los fósiles de crustáceos en las baldosas, las alcantarillas con un rayo grabado advirtiendo del peligro de la electricidad, y una chapa dorada en la que se leía: «En la Estación del Norte trabajó Luis Álvarez Montero Nacido 1908 Detenido 30.11.1942 Deportado 1943 Mauthausen Liberado».
—¿Y tú por qué andas tan cabizbaja? —me preguntó Ulises golpeándome con el codo—. ¿En qué piensas?
—En Castillos tan hermosos —dije sin dejar de caminar.
—¿Por algo que te comentó Braulio?
—No. Por el termómetro de mercurio.
«¡El psiquiatra!», había exclamado Ulises poniéndose las manos en la cabeza como si se ajustara un bombín. Abrí mucho los ojos, asustada, y le pedí que bajara la voz. Había ido a buscarle a la librería, pero Melquíades me dijo que estaba en el bar de la esquina jugando al ajedrez. Y allí me lo encontré, acurrucado en una silla, con el tablero y las piezas. A Ulises no es que le gustara jugar a solas al ajedrez, es que no entendía otra forma de
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hacerlo. «Los otros te joden las estrategias», aseguraba. «Y así no se puede pensar».
Después de sorprenderse porque fuera Braulio quien se escondía tras el seudónimo del Afamado López, le pedí que se callara la boca porque yo había dado mi palabra de no revelarlo. De hecho, Ruth me había escrito un rato antes preguntándome qué tal iba la lectura de Vargas Montseny en la niebla y me sentí culpable por no poder decírselo. Claro que a ella le conté que Tina había acabado con su vida deliberadamente, pese a que prometí a mi tío no hacerlo. Estaba tejiendo a mi alrededor una telaraña tan intrincada de traiciones y secretos que me ahogaba. No sabía ya si yo era la araña o la presa. Por eso decidí simplificar y contárselo todo a Ulises siempre. Y, por supuesto, a Blas. Yo no servía para soportar el peso y la soledad del agente doble. Ni para que me siguieran aislando, aún más, los secretos.
Ulises quiso saber cómo había sido, al fin, poder compartir mis recuerdos de aquella tarde con alguien de La Patagonia, como durante tanto tiempo había deseado. Me encogí de hombros y no supe qué decirle. En realidad, salvo que Vargas Montseny le había regalado su mechero a Bode, tampoco había sacado demasiado en claro.
—Tu obsesión con el mechero.
—Sí, mi obsesión con el mechero.
—¿Qué te ocurre, Calumet? El psiquiatra confirmó que tus recuerdos coincidían con los suyos. ¿No era eso lo que querías?
Sí. No. No lo sabía; tenía sentimientos extraños.
—A mí la charla con Braulio, en vez de respuestas, me ha dejado más preguntas.
—El pacto de silencio —dijo Ulises.
—El pacto de silencio —afirmé.
—Pero ahora sabemos que existe, lo confirmó, te dijo que había dado su palabra de mantenerlo.
—Sí, pero en todo momento habló de él como restándole importancia, como si fuera un asunto secundario.
—¿Te decepciona que así sea?
—No es que me decepcione, es que no me cuadra. —Me puse a acariciar uno de los peones del tablero y lo tumbé como si se tratara del rey—. También me explicó por qué yo había sido una traidora, y por primera vez comprendí que, efectivamente, lo fui.
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Durante mucho tiempo pensé que ellos me debían una explicación, cuando era yo quien les debía una disculpa. A mi madre y a Braulio ya les había pedido perdón, pero aún tenía que hacerlo varias veces más. Con Tina nunca iba a poder disculparme. Pero había una disculpa que me resultaba la más dolorosa, la más difícil de pedir, y también la más acuciante.
—¿Y qué carajo tienen que ver los termómetros de mercurio con la última novela que escribió Vargas Montseny? —me preguntó Ulises.
Le conté entonces aquella tarde de mi infancia en la que había estado enferma en el pueblo y a mi abuela, al tratar de tomarme la fiebre, se le había escurrido el termómetro de los dedos y se le había caído al suelo, rompiéndose y saliendo de él varias bolitas plateadas. A mí aquello me pareció un prodigio, algo mágico, y me tiré de la cama para cogerlas con las manos. «¡No hagas eso!», me gritó. «Que jugar con bolas de mercurio es propio de niñas nigromantes». Mi abuela tenía una extraña relación con las palabras. Se quedaba con aquellas que consideraba sonoras y les atribuía un significado remotamente parecido al real. «Nigromante» la aplicaba a todos aquellos que hacían cosas raras, al igual que llamaba «protestantes» a los que no iban a misa y «descalabrantes» a los que consideraba verdaderamente malvados. «Pero ¡qué nigromante ni qué cojones, mamá! ¡Que es venenoso!», gritó mi tío, cogiéndome en volandas y alejándome del mercurio. Aunque no me hubiera apartado de las bolas, yo habría retrocedido solo con que mi tío Canor me lo hubiese dicho. Porque, para mí, él era quien marcaba el límite de lo posible. No me fiaba de los demás. Ni siquiera de mis padres. Era mi tío Canor quien tenía conocimientos profundos de lo mágico. Él estaba en mis cimientos y había formado gran parte de la mitología de mi vida.
Supuse que Vargas Montseny probablemente había tratado de plasmar su infancia en Castillos tan hermosos, y que aquel sillón abandonado de forma misteriosa en la playa podía simbolizar lo que quedó de su paraíso perdido. «Siempre queda algo del imperio que formamos que pide dolorosamente que se le rescate». Eso había escrito el autor chileno. Y comprendí que aquella búsqueda relacionada con él también era una misión de rescate.
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—Aleluya, Calumet —me dijo Ulises, quien realmente me lo había estado advirtiendo desde el principio—. A ver si vamos enfilando el camino a Ítaca.
En cuanto llegué a casa, y antes de acabar de abordar el último capítulo de Vargas Montseny en la niebla, le mandé un mensaje a mi tío. «Mañana tengo que ir a la Feria de Antigüedades que se celebra en Colunga. Mamá me dijo que estabas en el pueblo, así que, como te queda cerca, me preguntaba si querrías acompañarme». Ni siquiera me dio tiempo a abrir el libro. «¡Encantado, vidina!».
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Tal vez
«Los últimos días antes de marcharse a España estaba raro, más triste. Pedía un café instantáneo y, en vez de bebérselo, se quedaba mirándolo. Yo le decía: “Bielito, pero qué le pasa”. La verdad es que llevaba un tiempo así», afirmó la camarera de una cafetería cercana a la casa de Gabriel Vargas Montseny, que era donde el escritor desayunaba cada mañana tras volver de sus paseos matutinos. Luz Miranda insistía en negarlo. «Estaba como siempre», declaró a los periodistas de Oviedo cuando en aquellos primeros días llegó esta información desde Chile.
Había bastante controversia a propósito del estado de ánimo de Vargas Montseny en los últimos tiempos. Si algunos de sus allegados afirmaban, como Miranda, que no habían notado un cambio en su actitud, otros, sin embargo, lo habían encontrado más decaído, un poco ausente. Había quien achacaba esto al hecho de que llevara tanto tiempo sin publicar; un escritor que no escribe siempre anda más hundido. Pero algunos lo veían al revés: si no escribía era porque no se encontraba bien.
De carácter solitario, Vargas Montseny apenas se relacionaba más que con sus cuñados (los hermanos de Miranda), unos pocos conocidos, las camareras de la cafetería y su librero de confianza. «Le escribía unas cartas muy hermosas a mi padre», afirmaba Laura Soto, la hija del dueño de la librería en la que paraba Vargas Montseny, fallecido una década después de que desapareciera el escritor. «No eran cartas exactamente», continuaba, «sino notas en las que apuntaba el libro que precisaba encargar. Pero se alargaba en ellas, hacía comentarios, le dejaba frases a mi padre. Él las guardó todas, y yo, por supuesto, las conservo. No, no están firmadas. Hay que hacer un acto de fe». Soto le había enviado a Ruth algunas fotos de estas notas. «Para la semana que viene me gustaría tener Muerte en Venecia. No creo que el infierno consista en llamas ardiendo, sino que debe de ser parecido a lo que Mann cuenta en este libro: algo que
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se desgasta, que nos convierte en monstruos», o «Para mí, Hemingway quería ser un león y solo era un gato capado. Aun así, me gustaría darle otra oportunidad porque, según pasan los años, me doy cuenta de que no hago más que desdecirme. Me corrijo continuamente. Pídame Por quién doblan las campanas», o «No piense que no he leído ya El obsceno pájaro de la noche; es para un regalo. Lo disfrutará en esos momentos de oscuridad y confusión que separan la vigilia del sueño. Envuélvalo con cariño, por favor». «El último que pidió, en una nota escueta en la que únicamente había anotado el título y el autor, fue Las palmeras salvajes de Faulkner. A día de hoy sigue siendo el que más vendo en la librería. Tengo esa nota enmarcada detrás del mostrador».
Porque, si bien Vargas Montseny apenas tenía amigos escritores, o amigos a secas, sí gozaba de numerosos admiradores en el mundo literario. Y su misteriosa desaparición no había hecho más que alentar aquel mito. Ruth avisaba de que había decidido eludir todas las tramas conspiranoicas que circulaban por internet, pero sí consideraba relevantes las teorías que imaginaban sus compañeros de letras y que habían plasmado en numerosos artículos. Algunos sostenían que Vargas Montseny, muy afecto a los fenómenos paranormales, había logrado entrar al fin en La zona de silencio, de la que hablaba en su libro homónimo: un lugar entre tres calles que no solo conseguía enmudecerte, sino hacerte invisible para los demás; tú podías seguir el ritmo del mundo, pero nadie te veía o te escuchaba, pues te convertías en una especie de fantasma o muerto en vida. Otros afirmaban que el escritor chileno tenía de paranormal lo mismo que una lámpara, y que aquel libro no era más que una alegoría de la dictadura y del exilio, por lo que tal vez se lo hubieran llevado furiosos partidarios de Pinochet, quien precisamente había sido procesado en España. Uno de estos artículos se hizo especialmente famoso. Se publicó por el décimo aniversario de su desaparición y tenía por título «Los pájaros ya no le encuentran», haciendo así un juego de palabras con aquella obra en la que llevaba años trabajando Vargas Montseny sin que nunca llegase a ver la luz. Fantaseaba con que el escritor había vuelto a escondidas a Chile, como si regresara de puntillas, se había encerrado en el sótano de su casa de Arica y desde allí, desde su refugio particular, cansado de su literatura y de sí mismo, se había puesto a escribir cantidad de libros simulando ser otro y publicándolos bajo seudónimo (con apellidos alemanes, húngaros, rusos, ingleses, de todas las nacionalidades, para pasar más desapercibido).
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«Busquen», alentaba el artículo en su frase final, «busquen en toda la literatura actual un estilo parecido al de Vargas Montseny, porque tal vez sea él». Aunque este artículo no era más que una fantasía y un homenaje, dio pie a que desde entonces, cada vez que la foto de un nuevo autor no aparecía en la solapa de su libro, o apenas se tenían datos sobre él, se especulara con que era Gabriel Vargas Montseny. Incluso la autora Fidela González Silva había escrito una novela, que llegó a ganar el Premio Rómulo Gallegos, titulada Gabriel no se despide, en la que especulaba sobre su desaparición.
Ruth añadía aquí un breve capítulo alegando que el caso de Gabriel Vargas Montseny no era único en la literatura, ya que varios escritores también habían desaparecido de forma misteriosa, y algunos, como el chileno, para no volver. La desaparición más famosa, aunque momentánea, fue la de Agatha Christie. Un viernes de diciembre salió de casa, y a la mañana siguiente encontraron su coche abandonado y con los faros encendidos en una cantera de tiza. La maleta y el abrigo de piel de la escritora estaban dentro, pero no había ni rastro de ella. Durante once días la buscaron por toda Inglaterra hasta que finalmente la delató un lector que la reconoció en un hotel de Harrogate en el que se había registrado con un nombre falso. Los motivos de su enigmática fuga nunca llegaron a aclararse, aunque algunas versiones apuntaban que la autora había huido para avergonzar a su marido, herida por las infidelidades de este.
La desaparición de Edgar Allan Poe también fue extraña y temporal, aunque con un resultado más aciago que la de Christie. Poe viajaba desde Richmond hasta Nueva York, pero, por razones desconocidas, se detuvo en Baltimore. Ahí se perdió la pista del escritor, hasta que una semana después, el 3 de octubre, lo encontraron en estado de gran angustia, desaliñado, llevando una ropa que no era la suya. Pasó sus últimos días delirando en un hospital. En sus momentos de lucidez llamaba repetidamente a Reynolds, un nombre que hasta el día de hoy no ha sido identificado. Edgar Allan Poe murió el 7 de octubre sin poder explicar dónde había estado o qué le había sucedido.
Otros escritores, como señalaba Ruth, jamás habían vuelto. Antoine de Saint-Exupéry, el autor de El principito, despegó un día de julio de 1944 de una base en Córcega en un avión de reconocimiento, un P-38 sin armamento, y nunca regresó. No se encontraron rastros del avión o de Saint-Exupéry; habían desaparecido entre las nubes. Algo parecido le
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sucedió al poeta Arthur Cravan, pero, en lugar de en el cielo, se desvaneció en el mar. Cravan, que también era boxeador y sobrino político de Oscar Wilde, desapareció en el golfo de México en un velero, sin que pudieran hallar ni su cuerpo ni el barco en el que viajaba. Otras historias apuntan a que fue asesinado por error en una escaramuza antes de llegar a partir. Sea como fuere, Cravan se había esfumado.
En 1913, Ambrose Bierce, que tenía más de setenta años y estaba prácticamente incapacitado, se fue a México, se unió al ejército de Pancho Villa y no se volvió a saber nada de él. Probablemente murió luchando en el sitio de Ojinaga, fusilado contra la tapia de un cementerio, de un ataque de asma que le hizo caerse del caballo, o tal vez decidiera pasarse sus últimos días en un pueblo perdido haciéndose llamar Ambrosio y asustando a los niños mexicanos con sus cuentos. Había quien aseguraba que en realidad nunca había cruzado la frontera, sino que había muerto en un manicomio de Napa cerca de la casa de miss Christiansen, su leal secretaria durante años. Algunos rumores lo situaban en Francia durante la Primera Guerra Mundial acompañando a un mariscal de campo británico, y otros apuntaban a que había acabado en la selva centroamericana viviendo con una tribu salvaje que lo adoraba como a un dios. Ruth añadía que el caso de Ambrose Bierce era el que más recordaba al del escritor chileno, ya que las teorías sobre ambas desapariciones resultaban tan dispares como incontables.
Vargas Montseny en la niebla concluía con un párrafo que parafraseaba el famoso artículo de «Los pájaros ya no le encuentran», y cuyo contenido me emocionó especialmente.
«Mucho se ha hablado de la desaparición de Gabriel Vargas Montseny, pero lo único que nos ha quedado es su misterio, la forma en que sus pasos se perdieron en la niebla y su prolongada ausencia. Lo que sí sabemos es la ropa que llevó a Oviedo y que probablemente seguirá llevando como era su costumbre, puesto que aún no ha vuelto a casa. Así que busquen, busquen a un hombre bajito con gafas gruesas, vestido con un traje de pantalón y chaqueta gris, una camisa azul de seda, un chaleco de suéter con patrón de rombos, una corbata lisa color perla ataviada con un alfiler en forma de dos cuerdas enroscadas con una mariposa, un maletín de cuero oscuro muy gastado, un reloj Longines de esfera dorada y correa de piel, y unos zapatos Oxford color coñac con cordones, porque tal vez sea él».
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Liang Shan Po
Al subir por las calles de Colunga decidí pararme a comprar lotería en la administración que tiene como reclamo la figura de cartón de un dinosaurio que se muestra nervioso por si le toca el premio. A Blas siempre le había hecho gracia aquel anuncio.
Mi tío Canor me esperaba en la puerta de la plaza de abastos y miraba de reojo la hortensia que crecía junto a una de las casas vecinas. Las flores ya no eran azules y moradas como en primavera, sino de color rojo sucio y ocre, como si las hubieran chamuscado.
—¿Aparcaste bien? —quiso saber en cuanto me vio.
—Sí, sin problemas.
—Ahora no es como el verano, que hay que irse hasta el quinto pino. Empezó entonces una perorata, que yo conocía de sobra, sobre las
dificultades de aparcar en verano en el oriente de Asturias y la forma en que los turistas se comportaban como una plaga de langostas. Pero en cuanto entramos en la plaza de abastos, que era donde se celebraba la Feria, me ignoró para dirigirse directamente a la mesa en la que estaban expuestos los minerales en pequeñas cajas blancas. Fluorita, galera, malaquita, azurita, calcedonia. No los observaba como el geólogo que era, sino como el niño que había sido y los coleccionaba.
Pasé de largo por los percheros de ropa y las estanterías de juguetes de plástico y muñecas (todas rubias, de pelo corto y rollizos muslos color carne que parecían escrutarme con sus ojos de vidrio), y me centré en revolver las mesas con teléfonos góndola, jarras de cerveza, relojes de bolsillo, plumas, rosarios. «Eso es plata, cariño», le decía una de las vendedoras a una pareja que inspeccionaba sin convicción un puñado de anillos dentro de un cuenco.
De vez en cuando miraba a mi tío, que trataba de probarse polvorientos abrigos que no le valían, se pinchaba la yema del dedo con cuchillos de
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alpaca para comprobar si estaban afilados o les daba la vuelta a las teteras de porcelana. «Esto está bárbaro. Está cojonudo, hombre», le escuchaba decir. Me dio la impresión de que disfrutaba con aquello incluso más que yo.
Mientras bajábamos hacia los coches, me cogió la bolsa de plástico blanca para inspeccionar mi botín, y le pareció algo decepcionante. El suyo era mayor; ocupaba tres bolsas.
—Una de las claves de mi oficio es no comprar al tuntún —dije—. Además, esta semana ya hice un desembolso bastante grande. Tengo que sopesar mucho lo que adquiero.
Mi tío Canor se quedó mirándome con cierta intriga, como tratando de encajar a su sobrina con la profesional que le hablaba.
—¿Tienes prisa? —me preguntó devolviéndome la bolsa—. Porque podemos ir a comer a Lastres. Invito yo.
—Precisamente iba a proponértelo ahora —contesté sonriendo—.
Incluso estaba dispuesta a dejar que me invitases.
Como no teníamos ganas de andar callejeando por Lastres, pues compartíamos la fobia a subir cuestas, antes de arrancar decidimos que comeríamos en el restaurante que daba al puerto, en lo alto del pueblo, como si fuera un faro.
—Nos sentamos ahí, junto a la cristalera, que no solo van a disfrutar de la vista los turistas —dijo mi tío, prácticamente empujándome contra una mesa.
Comimos arroz caldoso con langostinos y almejas; él chupó todas y cada una de las cáscaras, se pidió dos botellas de Coca-Cola y preguntó si podían echarle más sirope de caramelo a la tarta de queso.
Tras el cristal, a nuestros pies caían en cascada hacia el mar las casas blancas del pueblo. Más allá estaban las inmensas playas, escoltadas por las montañas, y podía verse la silueta de la costa jurásica que parecía intacta desde hacía siglos, con una belleza que era a la vez salvaje y apacible, y que por unos instantes te hacía sentir que el mundo entero era eso, como si aquella sucesión de acantilados se extendiera hasta el infinito.
—Allí —dijo señalando a lo alto y a lo lejos—. O por allí, vamos. Si tuviésemos unos prismáticos astronómicos, podríamos ver desde aquí nuestra casa.
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Mi tío Canor hacía lo mismo que yo cuando era pequeña y buscaba en todos los mapas mi pueblo, empeñada en querer encontrarme en la inmensidad. Me enterneció la forma en que decía «nuestra», porque, pese a que había sido él quien la había heredado de los abuelos, insistía en que seguía siendo la casa familiar.
—Oye, ¿qué te parece si le escribo a Blas y le digo que esta noche me quedo a dormir en el pueblo contigo?
En realidad, era lo que tenía pensado desde el principio. Aquella mañana, al salir de casa, colgué en el pomo de la puerta el cartel de «Cerrado» con la intención de no quitarlo hasta el día siguiente. Blas, por supuesto, estaba avisado.
—¡Bárbaro, vidina! —exclamó él con una alegría indisimulada—.
Mira, así podemos probar lo del jacuzzi.
—Ah, ¿te has comprado un jacuzzi?
—No, no, hacer un jacuzzi casero, me refiero.
—¿Cómo un jacuzzi casero?
—Pues Inés, la vecina, me regaló un barreño muy grande que no sabía qué hacer con él, lo tenía ahí ocupando espacio y…
Aquello, claro, me puso los pelos de punta.
—Tío, ahora hay jacuzzis muy baratos.
Él seguía con que sería fácil llenarlo con la manguera y calentar agua en una olla.
—Y no tardan nada en instalártelos.
Que hacía un poco de frío, pero que tenía un traje de neopreno que había encontrado tirado en la playa. Seguro que a mí me servía y, de paso, le daba uso.
—En serio, puedes comprar un jacuzzi a buen precio y hasta los hay hinchables.
Que sería cosa de pasarle un agua, que el barreño era enorme y cabíamos los dos de sobra, que era de los de antes, de los buenos, que aguantaba como un demonio.
—Está bien, está bien —me rendí.
En el fondo, me agradaba la idea de volver a formar parte de los estrafalarios planes de mi tío.
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El barreño del que hablaba, efectivamente, era enorme. Como una cuba de vino partida por la mitad, de madera rojiza (posiblemente de roble húngaro) y remaches de hierro ennegrecido. Lo sacó rodando de la bodega donde guardaba los aperos.
—¿Y para qué usaba Inés este barreño tan grande? —pregunté.
—Para matar cerdos gigantes, para pisar vino del malo… Qué sé yo.
La gente hace cosas muy raras —dijo dejándolo delante del porche—.
Espera, que ahora traigo unos trapos y lo limpiamos.
Miré el porche de reojo y, por un momento, creí verlos allí a todos. A Tina apoyada en el pilar para contemplar el atardecer, a Bode echando ceniza en un vaso con agua, a Delia enseñándome las estrellas, a Braulio oliendo a Heno de Pravia, a Rosalía riendo, aplaudiendo e imaginando que la comida estaba envenenada, a mi tío con una chilaba y un gorro ruso, a mi abuela secándose las manos en el mandil y ofreciéndonos veneno para las babosas, a mi abuelo afilando la guadaña, a mi madre meneando la cabeza y pensando que estábamos todos locos.
Inclinamos el barreño para limpiarlo. Quitamos telarañas, varios insectos, toneladas de polvo. Metimos la manguera y la dejamos allí, abierta, para que se fuera llenando. Calentamos agua en la olla grande en la que mi abuela cocinaba fabada los días de fiesta. Pesaba tanto que fue mi tío quien tuvo que volcarla en el barreño porque a mí no me llegaban las fuerzas. «Vamos a echar otra para que esté bien calentito», dijo poniéndola de nuevo en el fuego. La peor parte llegó cuando me tuve que embutir en el traje de neopreno. Resultaba fácil adivinar por qué los surfistas lo habían abandonado en la playa. Estaba ajado, enmohecido, con la parte de las rodillas rota, aún con la arena pegada. Ni siquiera cerraba la cremallera. Me imaginé la satisfacción con la que debió de subir mi tío de la playa, después de uno de sus paseos de invierno, con aquel botín tan fantástico. Otras veces recogía palas de juguete, pequeños flotadores marrones de las redes de pesca, gafas de sol sin una patilla, botellas de cristal. No podía ir a ningún sitio sin buscar.
Contuve la respiración para ponerme el traje de neopreno, salí a la huerta, me subí en el taburete que servía de peldaño y me metí en el barreño. Contra todo pronóstico, me resultó de lo más confortable.
—¿Qué? ¿A que estás como una reina? —preguntó mi tío, que salió de casa envuelto en un albornoz que llevaba cosido el logotipo de un hotel.
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—Pues sí. Pero porque llevo este traje. ¿Tú te vas a meter en bañador? Vas a pasar más frío que una mona.
—Nada, nada. Hay que hacer un Liang Shan Po.
Aquel era el nombre del lugar ficticio en el que transcurría una de las series favoritas de su juventud, La frontera azul, y también, sin que yo le encontrara ningún sentido, se trataba de su grito de guerra.
Se desató el albornoz y comprobé que el pelo de su pecho se había vuelto gris. Por lo demás, continuaba teniendo aquella piel tersa llena de pecas marrones que me recordaba al helado de turrón.
—¡Liang Shan Po! —gritó al quitárselo. Y luego, mientras corría hacia el barreño—: ¡Joder! ¡Hostia! ¡Cojones!
Al zambullirse de golpe, echó fuera varios litros de agua.
Estuvimos allí largo rato, el uno al lado del otro, con las rodillas dobladas, hablando de Blas, de mis padres, de los vecinos, de las hipotecas y de la flor del banano, mirando las montañas y el mar, la línea del horizonte sobre el agua, las nubes que parecían quedarse atrapadas en las cimas de los montes, la costa de Lastres al fondo, como un espejo invertido de la vista de esa mañana.
—Faltan las burbujas.
—Podemos soplar, si quieres.
Había pasado un día estupendo con mi tío, como hacía años, y me daba pena estropearlo. Pero precisamente por ese miedo nos habíamos acabado alejando. Estábamos semidesnudos en un barreño de agua caliente en mitad de la huerta. No sabía decir si aquel era el peor o el mejor escenario para mantener una conversación. Lo que sí sabía era que, antes de empezar a hablar de mí, prefería hacerlo de los demás.
—Tío, tú que la conocías tan bien, ¿no crees que fue muy raro que Tina se suicidara?
No pareció extrañarle mi pregunta ni molestarse por ella, como si el hecho de que el otro día se confesase conmigo me diera carta blanca para preguntarle por su amiga muerta.
—No sé, vidina. No vale la pena darle vueltas.
—Sí, pero no le pegaba nada. Ella…
—Escucha lo que voy a decirte —me cortó—. Nunca cometas el error de pensar que conoces bien a la gente. Haz caso a tu tío. Así te evitarás mucho dolor y, también, muchas sorpresas.
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—Pero es que me asombra que Tina, una mujer tan preocupada siempre por su familia, un día decidiera ir a un desfiladero a tirarse por el barranco con tanta lluvia.
—Ay, Alanina, es que eres muy inocente. Tú fíate de los que, como yo, hablamos mucho. Porque eso es lo que hacemos: hablar. Los que callan son distintos. Los que callan actúan.
En eso llevaba razón mi tío Canor. Actuar no era lo nuestro.
Sentía el calor del agua en los pies y las manos, el cielo de la tarde se iba tornando del color del vino. Cogí aire y decidí no retrasarlo por más tiempo. Hacer, también como él, un Liang Shan Po.
—Quería pedirte perdón, tío. Debí haberos comentado, antes de hablar con Ruth, que iba a participar en ese libro sobre Vargas Montseny. Pediros permiso o, al menos, haberos informado. —Aquello sí le extrañó. Me miró de forma rara—. Hablé por todos y, además, de algo que no queríais hablar. Lamento haber vuelto a poner el foco sobre vosotros. Hace solo unos días me enteré de que habíais tenido que ir a declarar a la policía, y entiendo que no fue agradable. Apenas reparé en que estaba exponiendo vuestra intimidad, nunca tuve la intención de lastimaros. Pero a veces puedes hacer algo con la mejor intención y equivocarte.
Mi tío Canor se había puesto nervioso, estaba azorado. Cambió de postura en el barreño y comenzó a frotarse los muslos.
—Bueno, bueno, no te preocupes. No pasa nada.
Más que aceptar mis disculpas, parecía querer zanjar el tema.
—Sí pasa. Tú ni siquiera fuiste a cenar con nosotros aquella Nochebuena. Tío, me he pasado la vida preguntándome por qué jamás habláis de aquella tarde, ni una sola vez la mencionáis, os comportáis como si no hubiera ocurrido. Es más, es que parece que el nombre Gabriel Vargas Montseny no puede ser citado ante vosotros. Nunca entendí por qué guardabais tanto secretismo, y por qué yo, de algún modo, estaba obligada a callarme. Pero en vez de preguntártelo, hablé con una escritora. Ese fue mi error. Y no quiero cometer más, ni que vuelva a haber malentendidos entre nosotros, pero… ¿pasó realmente?
Bufó como si fuera un toro. Se quedó mirando al frente. Otro bufido más. Sacó las manos del agua y se mojó la cara con ellas. En su rostro, ahora empapado, vi de nuevo la sombra de los días bárbaros.
—Fui un imbécil, vidina —dijo sin mirarme—. Un completo imbécil.
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Canor en la niebla
Venían de pronto, sin avisar. Eran instantáneos y avasalladores, incontrolables. Mi tío Canor podía estar atándose los zapatos o chupando un caramelo y, de repente, aquellas tristezas. Casi de la misma forma se iban, aunque su marcha no era tan brusca y repentina; solían deshacerse como una aspirina en el agua. Braulio le había dicho que, una vez que empezaba, el bucle obsesivo era imparable. Lo único que podía hacer era prevenirlo, evitar aquello que podía desencadenarlo y, cuando se diera cuenta de que estaba sufriendo los primeros síntomas, frenarlo. Pero venían sin anunciarse y no respondían a ninguna lógica. A veces, como le había aconsejado Braulio, mi tío trataba de averiguar las causas de aquella destemplanza fulminante, pero en la mayoría de las ocasiones le daba pereza y prefería dejarlo estar.
La tarde en que me iba a llevar a conocer a un escritor famoso para celebrar mis diez años, le ocurrió mientras se ponía en casa la chaqueta antes de salir a buscarme: de pronto, los días bárbaros. Probablemente, pensó haciendo un esfuerzo, se debía a que iba a ser una ocasión muy especial y le hubiera gustado compartirla con ella. No en parte, como lo iba a hacer, sino completamente, sin medias tintas. Yo lo supe en cuanto pasó a recogerme por casa y le vi la cara: mi tío estaba en uno de sus días bárbaros y ya no había nada que hacer. Que el segundo nombre de Luz Miranda fuera Bárbara no ayudó en absoluto. Aunque, a diferencia de otras ocasiones, sí que en esta, debido a la excepcionalidad del día, trató de comportarse y llevar a cabo su labor de acompañante. Pero su estado de ánimo era deplorable. Y no hizo más que empeorar en cuanto llegamos a La Patagonia y la vio.
—Entonces Vargas Montseny dijo una frase. —Me revolví en el barreño. Era la primera vez que, en todos esos años, oía a mi tío nombrarlo —. Dijo que el amor es mientras todavía no lo es del todo, y que el ser
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humano solo se regocija en esa clase de encantamientos. Y a mí aquello, qué quieres que te diga, me pareció cojonudo, como si me estuviera hablando a mí directamente y me dijera: «Canorín, esto es». Sentí una liberación tremenda. Fue… qué sé yo cómo decirte… una revelación. James Joyce lo llamaría una epifanía. Pero yo en mi puta vida he entendido a Joyce, y mira tú que fui a entenderle en aquel momento.
Mi tío, a su manera, me explicó que había comprendido en aquel preciso instante que en realidad su amor por Rosalía era una especie de privilegio. Podía quererla sin tenerla, sin que nada se marchitara con la convivencia, sin que hubiera desilusión o desgaste. Aquel amor irrealizable que sentía a veces no tenía por qué estropear su vida, sino complementarla. Disfrutar de llevar eso dentro de sí.
Encima había sido la propia Rosalía quien había conseguido que Canor fuera el acompañante del escritor.
—¿Rosalía? —pregunté, porque aquello era nuevo para mí—. ¿Cómo? —Por la universidad. ¿No ves que el marido era catedrático de Literatura? —Resopló de nuevo. Esta interrupción no le había gustado nada—. Teníamos la oportunidad de ejercer de acompañantes de uno de los escritores, y Rosalía decidió con Tina y la Médium que fuera Vargas Montseny, pues qué mejor que un escritor chileno para una tertulia
llamada La Patagonia. A mí todos me parecían bien.
Precisamente tras salir de La Patagonia, mi tío sentía el pecho como un globo; su liberación le había producido una especie de descarga de adrenalina. Tanta, que no quería que aquella noche se acabara. Por eso propuso a los demás, tras dejar a Vargas Montseny en el hotel, que hicieran el recorrido de los catedráticos aquella tarde. De nuevo, él cogía un papel preponderante en el grupo y los guiaba.
—Y a ti se te veía tan contenta…
Al llegar a la catedral, cuando los demás decidieron que ya era hora de la retirada, a mi tío le costó despedirse. Mientras caminaba conmigo hacia casa, continuaba sintiéndose poderoso, fuerte, entusiasmado. Le apetecía seguir con Rosalía como había estado durante toda aquella noche. Los días bárbaros habían tornado a ser días espléndidos: días en los que se sentía jubilosamente enamorado. Cómo no querer más de aquello que por primera vez se le daba. Sin pensarlo demasiado, y sin soltarme de la mano, en un gesto irreflexivo, sacó el móvil y le escribió a Rosalía un mensaje de texto con el pulgar. Estaba como en otra dimensión. «No creo que vaya a
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poder dormir. ¿Y si desayunamos?». Ella le contestó casi al momento, o esa fue la impresión que a mi tío le dio. «¡A mí me pasa lo mismo! Podíamos quedar en Santa Cristina, abre temprano. Yo me encargo». Ni siquiera le sorprendió que aceptara; estaba convencido de que nada podría salir mal. La confitería se encontraba muy cerca de casa de mis padres y podría dejarme ahí y seguir camino sin perder apenas tiempo. De puro contento me agarró más fuerte la mano y me dio un beso sonoro en la cabeza. Aunque yo de eso no me acuerdo.
El amanecer rompería en cualquier momento. De la estación de tren nadie entraba ni salía, y Santa Cristina, enfrente, aún estaba cerrada. Según el cartel de la puerta, abría a las 7.30, así que mi tío Canor se sentó a esperar en el banco delante de la confitería, moviendo las piernas, chascando los dedos. Por una calle Uría desierta apareció Rosalía, riendo como una niña que ha cometido una travesura. «¿Aún no llegaron los demás?», preguntó. Mi tío Canor se quedó descolocado con este comentario. Se había producido un malentendido. Rosalía pensaba que les había escrito a todos, y con el «yo me encargo», que mi tío había achacado a que iba a invitarle a desayunar, se refería a que sería ella quien avisaría a los demás de que quedarían en Santa Cristina. Mi tío, claro, no la contradijo. «Estarán cansados. Aquí los únicos jóvenes somos nosotros», le explicó, esperando que nadie acudiera a la llamada. Rosalía volvió a reírse y se sentó en el banco a su lado. «Aún hay tiempo y nos queda un rato hasta que abran». Se giró para mirar el reloj de la Estación del Norte. «Sí, un ratito». Había andado despistada con las horas. «Llegué a casa y Tomás roncaba como un sochantre en la habitación, ni me oyó entrar. A mí no me apetecía acostarme y abrí la ventana para mirar el parque. Fue cuando me llegó tu mensaje. Qué buena idea tuviste, Canor. ¡Es todo tan emocionante! La última vez que pasé una noche sin dormir fue por acompañar a un familiar en el hospital. A veces pienso que, aunque tenga cuarenta años, es como si tuviera sesenta». «¡Ya podías!», exclamó mi tío. «Que así te jubilabas, y ya te digo yo que eso iba a ser emocionante». Se rieron. «Si es que en los cuarenta se está en tierra de nadie, ni para adelante ni para atrás». Uno al lado del otro, con sus gruesos brazos tocándose, miraban el escaparate de Santa Cristina y escogían qué pastel iban a tomar. No acababan de decidirse. Reían y hablaban de sus cosas de siempre, unidos por su habitual complicidad y por la peculiaridad de aquella noche que les había sacado de la monotonía. Sus brazos estaban
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cada vez más pegados y ellos, más cerca el uno del otro. «Qué frío», dijo Rosalía. En el momento que rompe el amanecer, siempre hay un latigazo helador. Mi tío, en un impulso, la abrazó con la intención de abrigarla. Fue un gesto raro, impetuoso, que hizo que ella se girara para mirarle, quedando sus caras muy juntas.
—Y entonces… entonces la besé.
—¿La besaste? —No pretendía juzgarle ni interrumpirle, pero se me escapó un gesto de asombro—. ¿Y qué pasó?
—Pues lo peor que pudo haber pasado, vidina: que ella me devolvió el beso.
El beso fue largo y cálido. Al separarse, se miraron sin entender qué había sucedido o qué iba a suceder. Entonces fue cuando vieron a Braulio, parado enfrente del banco. Parecía tan sorprendido como ellos. «Perdón», dijo con cara de apuro. «Llegué tarde porque tenía que… Yo no quería… Perdonadme, ya me marcho». Dio media vuelta y se puso a caminar rápido, prácticamente huyendo. «¡Braulio!», gritó Rosalía y echó a correr tras él. Le alcanzó al instante. Hablaron. Braulio afirmó con la cabeza y le tocó el hombro antes de irse. «Me ha dado su palabra de que no se lo dirá a nadie», dijo ella cuando volvió al banco, sin sentarse. «Dios mío, qué horror. ¿Nos habrá visto alguien más?». «Quién nos iba a ver, si a estas horas no hay nadie». «¡Siempre hay alguien! ¡Ya lo ves! Y estamos en el centro de Oviedo. Quiero que me trague la tierra, de verdad que quiero que me trague». Se tocaba el pecho alterada, parecía ahogarse. «Tranquila, si Braulio no dice nada, no lo sabrá nadie…». «¡Yo sí! ¡Yo lo sé, Canor! Me equivoqué. Perdóname. Entiendo que sufres mucho por Bárbara, pero yo no soy la respuesta». Rosalía cogió el bolso del banco y se marchó, caminando alterada por la calle Uría, que seguía desierta, mirando a todos los lados, buscando testigos, espías, como queriendo desaparecer en el interior de una alcantarilla. Mi tío se quedó sentado, tratando de encajar cómo lo mejor de su vida se había convertido en un instante en algo horrible.
Llegó sin dormir, ojeroso y derrotado, a buscar a Vargas Montseny aquella mañana. En la ducha le habían dado ganas de abofetearse; lo había estropeado todo. Y al llegar al hotel se encontró metido en el fregado: Luz Miranda histérica y Vargas Montseny que no aparecía. Lo último que necesitaba mi tío era verse involucrado en una situación angustiosa. Y mientras bajaba con Miranda hacia el teatro, lo que más temía era
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reencontrarse allí con Rosalía. Entró en el Campoamor temblando por la tensión del momento, y también mirando hacia todos los lados por si la veía. Pero ella no estaba por ninguna parte. Mi tío comprendió que si no había ido era porque le rehuía, lo que le aterró aún más.
—A quien sí vi fue al puto Marqués, que era la última persona con la que me apetecía encontrarme. Y entre que estaba muerto de vergüenza y muy nervioso, ni siquiera me atreví a dar la cara.
Las cosas no hicieron más que empeorar. Vargas Montseny seguía sin aparecer y, para más inri, tendrían que ir a declarar a la policía. Rosalía le llamó tartamudeando, alegando que se había tenido que tomar un par de pastillas para hacer frente a eso, preguntándole qué iban a decir en comisaría. Mi tío, tratando de serenarla, le dijo que a la policía solo le interesaba lo que habían hecho con el escritor, no después, y que estuviese tranquila.
—Encima estaba tu madre poniéndome la cabeza como un bombo: que si yo era un insensato, que ni se me ocurriese decir que tú estabas allí, que a ver si ibas a tener que declarar en comisaría. Yo le dije que sí para callarla, pues lo último que me apetecía era tener que aguantar a mi hermana. Por cierto, tampoco le digas a tu madre lo de este barreño. A ver si te vas a resfriar y luego dirá que es por mi culpa.
—No te preocupes, tío. —El agua ya se había enfriado y aquello no era agradable—. Pero, por lo que me has contado, tampoco fue para tant…
—Espera.
Días después, tuvo que marcharse por trabajo una temporada a Argelia, donde condujo por el desierto camiones petroleros que no hacían más que calársele en la arena. Meses más tarde, Tina le llamó allí para avisarle de que Tomás había fallecido repentinamente de un infarto. Tratando de recuperarse de la impresión, mi tío Canor cogió el teléfono para darle el pésame a Rosalía. Mientras él hablaba, torpemente, diciéndole lo mucho que lamentaba la muerte de su marido, ella permanecía callada; al otro lado del auricular mi tío solo oía su respiración. Hasta que Rosalía, finalmente, habló: «No puedo dejar de pensar en lo que ocurrió la noche de Vargas Montseny, en mi momento de debilidad. Y, cada vez que lo hago, quiero morirme. Quiero morirme con él». Después colgó.
El tiempo fue pasando, las aguas se calmaron y la relación entre mi tío y Rosalía volvió a ser la de siempre. Ni ella hizo más referencia a aquella noche ni él tampoco. Pero aquello estaba allí, como una espada de
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Damocles dispuesta a caer en cualquier momento sobre ellos. Mi tío era incapaz de hablar de la tarde con Vargas Montseny porque quería evitar lidiar con el gran problema que implicaba. Como Braulio, como Rosalía; una situación incómoda para todos los involucrados. Y también para Tina, que fue la única persona con la que mi tío se desahogó contándole todo esto tiempo después.
—¿Y Bode? —pregunté, tratando de hacer un cómputo de las razones de todos.
—¿Manolo? Quién sabe. Pero se puso hecho una furia cuando salió lo del libro: que a cuento de qué tenías tú que volver a sacar todo aquello, que a él le dejaran en paz. Tinina también estaba muy afectada, la pobre. Con lo mucho que sufría ella por los demás… Y Rosalía no es que me dijera nada, pero todo volvió a torcerse entre nosotros. Ni siquiera fue a la reunión en la consulta de Braulio aquel mes.
—Tío, de verdad que lo siento. Yo…
—Estaba muy enfadado, es cierto. Pero en realidad con quien estaba enfadado era conmigo mismo. No fui a aquella Nochebuena porque no tenía ánimos.
—Ni ganas de verme —maticé.
—Ni ganas de hablar de eso —me corrigió.
—Pero Rosalía y tú…
—No, no. Estamos bien. Como siempre, vaya. El tiempo fue curando las heridas.
—Y ella sigue sin saber que es Bárbara.
—Sigue, sigue.
—Entonces, ¿fue por esto por lo que nunca te declaraste, a pesar de su viudedad?
Mi tío cambió de postura en el barreño. Tenía la piel de gallina y sus labios habían empezado a amoratarse. Meneó la cabeza a ambos lados, como pensando la respuesta a una pregunta que nunca se había hecho.
—En parte —dijo—, pero también fue porque se me pasó el ímpetu.
Ahora ya sabía que el amor lo es mientras todavía no lo es del todo.
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El peso de las cosas
Mi tío hizo para cenar sopa de sobre. Nos la tomamos hirviendo y casi sin dirigirnos la palabra; ambos rumiábamos lo que acababa de suceder. Me puso tres mantas en la cama y me dormí sudando. A la mañana siguiente me levanté temprano para irme, y él se levantó conmigo, ofreciéndome para desayunar unos sobres de Nescafé que habían caducado hacía cinco años. Estaba como siempre. Con su mismo humor, con sus mismas tonterías. Como si la tarde anterior no hubiésemos hablado de nada ni su amiga se hubiese suicidado hacía unos días. Al despedirme, me pidió que volviera de vez en cuando y que no dudase en llamarle para otra Feria de antigüedades. «Pero que no esté muy lejos, ¿eh? Tampoco nos pasemos. Ale, con Dios y con la mano en el carro».
Les conté a Blas y a Ulises, por separado, lo que había ocurrido. «Siempre creí que habíamos sido parte por casualidad de un hecho histórico, pero fue ese hecho histórico el que por casualidad se coló en nuestras vidas. Lo entendí todo al revés». Eso se lo dije a ambos.
Aquellos días, aunque no le hubiera hecho mucho caso, ya que estaba obsesionada con lo mío, Blas andaba inquieto porque iba a tener una reunión en la universidad que suponía incómoda. «Imagina Praga», le había dicho para que se tranquilizase. «Piensa que la recorremos juntos». A la mañana siguiente de que yo regresara del pueblo y le contara la historia de mi tío, Blas me escribió un correo desde su despacho en el sótano.
Me imagino Praga en color sepia, con un atardecer perpetuo y las luces de los coches y las farolas siempre encendidas. La gente abrigada paseando despacio y mirando el río Moldava. Seguro que tú tendrías mil cosas que contarme de la ciudad; mil datos de su historia y sus edificios. Yo iría de tu mano dejándome guiar. Porque finalmente puede que lo que busquemos sea una mano que nos guíe cuando la niebla se vuelve muy espesa.
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Blas, con su habitual forma de hablar de las cosas sin hablar de ellas, incidía en que en el fondo ya había averiguado aquel secreto oculto entre la niebla: el de la mano que me agarraba en ella. Y eso, como me había dicho al revelarle la historia, era lo único que debía importarme. El resto de lo que había sucedido con Vargas Montseny era como el enigma del nombre de las moscovitas o de quién se trababa realmente Williams B. Arrensberg; misterios ajenos sobre los que preguntarse.
Ulises, a su manera, vino a decirme lo mismo.
—Cherchez la femme —soltó con su engolada pronunciación en francés.
—¿Qué? —pregunté.
—Cherchez la femme. Busca a la mujer. Seguro que Canor conoce esa expresión. ¿No dices que le gusta mucho Dumas? Porque la frase está en un libro suyo. Los mohicanos de París, creo recordar. El protagonista afirma que siempre hay una mujer en todos los casos y, tan pronto le traen un informe, exclama: «¡Busquen a la mujer! Ahí se resolverá todo». Carajo, Calumet, no me mires así, que estamos hablando de gente del siglo XIX. Por supuesto que también vale Cherchez l’homme. Lo que está más claro que el cielo de Nueva Zelanda en pleno agosto es que siempre que alguien se comporta de manera extraña se debe a que está tratando de encubrir alguna de sus pasiones. Y si por pasiones también entiendes el dinero, ahí lo tendrás todo. Da igual el problema que sea, porque la mayoría de ellos comparten la misma raíz.
—Vamos, como tu teoría sobre Luz Miranda, que se deshizo del marido por dinero y para largarse con el fotógrafo argentino.
—¡Un clarísimo caso de Cherchez l’homme! Me da incluso lástima que no hayamos podido demostrarlo. Pero hemos resuelto algo que me parece bastante más relevante para ti.
Le prometí a Ulises que Blas, él y yo iríamos un día a cenar y a emborracharnos para celebrar el final de aquella aventura.
—Sí, pero nada de cenar tomates, que no estamos en temporada. Déjamelo a mí, Calumet, que conozco un sitio donde podemos brindar hasta caernos rendidos por el fin del club de la niebla.
—No corras tanto, Ulises —le dije, porque aún tenía bastantes cosas que averiguar.
Envié un mensaje a Ruth para contarle lo mucho que me había gustado su libro. «Aunque, lo siento, mi “investigación” termina aquí. Me temo
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que no podremos escribir juntas una segunda parte». Me contestó con varios emoticonos de risa, y añadió: «No importa, siempre que sigamos yendo a las ferias de discos». También le dije me había emocionado especialmente ese final en el que ella desvelaba cómo iba vestido aquella tarde Vargas Montseny. Me explicó que nos había preguntado por su atuendo a todos con la intención de agregar aquel párrafo. Entre unos y otros, lo fuimos reconstruyendo. «Tú aportaste el alfiler de corbata, del que nadie se acordaba». Me sentí muy orgullosa de aquella pequeña contribución.
Antes de volver a guardar Vargas Montseny en la niebla en la biblioteca del armario, leí de nuevo ese párrafo y, también, lo último que me quedaba por hojear del libro: los agradecimientos. Ruth me citaba a mí, a Saúl Muñiz, a Victoria Lin, a Lucía Ramírez, a Laura Soto… Añadía, para que no quedaran dudas, que, pese a haberse puesto en contacto con ella, Luz Miranda había declinado la participación en el libro. Pensé entonces que todavía me quedaba algo por cerrar.
Recordé que Braulio me había preguntado cuál había sido el detonante para que me preocupara precisamente ahora por Vargas Montseny, con la esperanza de que yo hubiese descubierto algo nuevo. Mi interés, claro, generaba dudas. Así que me senté a escribir.
Buenos días, Luz:
Soy, de nuevo, Alana Menéndez Calume y, antes de nada, quisiera pedirle perdón. Le escribí para preguntarle por la tarde que desapareció su marido, algo de lo que usted hace muchos años que no quiere hablar, y debí respetar su silencio.
Si le escribí, como le conté, fue porque deseaba resolver dudas personales. Comprendo que ha sido una decisión muy egoísta. No quería revolver el dolor de su pasado, ni mucho menos he descubierto nada que pueda ser de su interés. No deseo confundirla. La reciente muerte en trágicas circunstancias de mi amiga María Tina Flórez, que también conoció brevemente a Gabriel Vargas Montseny, hizo que se me revolvieran muchas cosas, y en un acto tal vez de inconsciencia, me puse en contacto con usted. Por esto le pido que me perdone.
De nuevo me disculpo por todas las molestias que haya podido causarle y espero que lleve una vida feliz.
Alana
Tras enviarlo, me di cuenta de que le mandaba aquellos correos a Miranda de la misma forma que de adolescente escribía durante las clases declaraciones de amor en mis libretas a los chicos que me gustaban; sin ninguna esperanza de que se las leyeran y con la intención de desahogarme, siendo a la vez remitente y destinataria.
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Tras meter Vargas Montseny en la niebla en el armario de la biblioteca, abrí otro armario, el de mi habitación, y saqué del fondo la caja en la que guardaba mi colección de objetos relacionados con aquella tarde. Ya podía mirarlos de otra forma. Los marcos con las fotos que colgaban en La Patagonia, y que fui adquiriendo en distintas subastas, me parecían ahora hermosos recuerdos. Me reí al coger una de las tarjetas-llave del hotel en el que se alojó Vargas Montseny, ya que un amigo mío había pasado allí una noche y le supliqué que me la robara. Acaricié con ternura el alfiler de corbata con las dos cuerdas enroscadas y la mariposa que había encontrado en el rastro y con la que había comenzado todo. Me entristecieron, es cierto, los pañuelos de pájaros que compré porque me recordaban al que Tina llevaba aquella tarde. Me apenó pensar que, probablemente, a ella también le hubiera gustado hablar de aquel misterio en el que se había metido y que nunca lo hizo por respeto a mi tío y por lo que sabía que representaba para él, con esa generosidad que tenía tan parecida a la renuncia. Tal vez, sabiéndose enferma y al fin de su vida, quiso volver sobre aquello que había quedado sin resolver. Vargas Montseny solo debía ser una parte. Y después tomó una decisión irrevocable porque, como aseguraba mi tío Canor, cuando ella decidía algo era como Napoleón.
Al final se había ido sin saber qué le ocurrió al escritor chileno, al igual que todos nosotros. Eso también me dio tristeza. Seguía sin entender cómo alguien así, al saberse enferma, cogería el coche e iría a tirarse desde un desfiladero para acabar con su vida. Pero, por otro lado, no se resignaba. Eso me había dicho Delia y había insinuado Rosalía con su posible epitafio. Había una especie de fiereza en ella. De algún modo, también lo había comentado mi tío. Recordé el episodio del pavo real. Era curioso imaginar así a Miss Pino. Puede que la muerte fuera su última forma de rebeldía. Ni quería pasar por una agonía ni que otros la pasaran. Y pidió perdón antes de tirarse. En nuestras contradicciones se encuentra la verdad de nuestros actos.
En el fondo de la caja solo quedaban el puñado de mecheros plateados de gasolina, imitaciones del Ronson de Vargas Montseny. Aquel mechero que nunca olvidé, que continuaba visualizando con claridad porque fue la primera vez en mi vida que vi uno que no fuera de plástico, desechable, algo ligero en el bolso, del que no costaba desprenderse o perderlo. Aquel mechero plateado, con las iniciales del escritor, pesaba. Y eso, de niña,
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aunque aún no sabía definirlo, era lo que me gustaba y lo que continué buscando toda la vida: el peso. Todos mis objetos pesaban.
Cada vez tendemos más a la ligereza, a poseer cosas que sean más finas, más livianas, que no ocupen, que no sean nada. Las libretas, los libros, las cartas, los álbumes de fotos, los discos, los equipos de música, las cámaras, las brújulas, las calculadoras, las linternas, los aparatos de vídeo, las cintas, los mapas, las guías de teléfonos, los relojes, los calendarios, las agendas, todo eso lo hemos sustituido por los gramos que pesa nuestro teléfono móvil. Cuando se apague, paf, ya no habrá ni rastro de lo que hemos dejado en él. Ni siquiera un miligramo.
Braulio dijo que Vargas Montseny le había regalado aquel mechero a Bode. Y era a él, precisamente, a quien aún tenía que pedir disculpas. También a Rosalía, pero supuse que sería mejor no hacerlo. Hablarle de aquella tarde, o del libro, era volver a hurgar en su herida, y yo sabía que las cicatrices abiertas duelen, y mucho. No quería cometer de nuevo el error de que, al intentar redimirme, fuera a otros a los que condenara.
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Bode
Había tenido que ir a Correos a enviar unos paquetes; tantos, que tuve que llevarlos en un carrito de la compra. Aquella semana había descuidado mi gabinete y el trabajo se acumulaba. Hacía un día de lluvia absurda. No era muy fuerte, sino fina y constante, y venía de todos los lados, pulverizada. La ciudad entera parecía metida en una sauna turca y fría.
Iba haciendo malabarismos con el carrito en una mano y en la otra el paraguas, moviéndolo de arriba abajo, de izquierda a derecha, con la intención de adaptarme en cada momento a la dirección de la lluvia, pero era inútil. Pusiera el paraguas donde lo pusiera, me empapaba. La calle Uría se me antojaba inacabable porque estaba todo tan borroso, como envuelto en el humo gris de las fábricas, que no le veía fin, y apenas atisbaba lo que tenía delante. Los majestuosos edificios de Uría parecían deshacerse y las farolas isabelinas de cuatro brazos se reflejaban en los charcos de la calle como gigantescas arañas.
Llegué a la relojería de Manuel Bode totalmente calada. El pelo pegado a la cara, las manos mojadas, la ropa húmeda. Eso hizo que me sintiera más insegura y apocada.
Bode estaba tras el mostrador, con su mandil gris, trabajando en un mecanismo. No llevaba puesta la boina, pero, por su pelo revuelto, deduje que acabaría de quitársela.
En su local, pequeño y atiborrado, solía sentirme como en casa. Me alegró volver. Seguía oliendo a tabaco negro y a un tufo parecido al de los viejos almacenes que nadie ventila. En la pared del fondo, al igual que en los grandes hoteles o en la Bolsa, había una serie de relojes que marcaban las distintas horas en el mundo; con la salvedad de que el que indicaba la hora de Nueva York era un reloj de cuco, la de Londres uno redondo de estación, un reloj de péndulo marcaba la de Tokio y otro hexagonal de madera, la de Moscú. Además, Bode tenía expuestos varios paneles de
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terciopelo rojo de los que colgaban los relojes de bolsillo como las medallas de un general.
Levantó la cabeza y, al verme, puso la misma cara que pondría si alguien viniera a pedirle que le cambiara la pila a un Casio.
—Vaya, mira quién se ha dignado a venir —dijo, bajando la mirada y prosiguiendo con su tarea.
En el interior del mostrador de cristal sobre el que trabajaba se desplegaba una serie de relojes de pulsera de lo más variopintos, con correas de cuero o de mallas de acero, números romanos, fases lunares, hebillas de mariposa, esferas verdes, blancas, azules, color café. A la derecha del gran reloj de pared que presidía la tienda como si fuera una esfinge colgaba un cartel con el lema de la casa: «Si quiere algo mejor, solo le queda irse a Suiza».
—Hola, Manolo.
—Bode. Para ti soy Bode. Que aún no tienes edad para llamarme Manolo. Puede que algún día la tengas.
Manuel Bode no solo vendía, arreglaba y restauraba, sino que también construía sus propias piezas de relojería. Diseñaba las cajas, la maquinaria y las esferas, dibujando a plumilla los números, los motivos decorativos, las agujas. A veces resultaba difícil relacionar a aquel hombre osco y desastrado con el mago de la precisión que era. «Lo mejor es saber cómo se pueden desmontar y devolverles la vida», solía decirme, extendiendo los dedos para reforzar las palabras. «Engrasas los muelles y los oyes respirar». Fue él quien me explicó que los primeros relojes públicos, hechos por herreros y colocados en iglesias y ayuntamientos, eran mecanismos tremendamente sencillos que no tenían esferas o agujas, sino que daban una campanada a cada hora. Los habitantes de aquellos pueblos no circulaban por la calle de día; salían a trabajar al campo, desde donde les era imposible divisar el reloj; necesitaban que sonase, no que les mostrase las horas. «Y el sonido del tiempo ha ido cambiando», añadía Bode. «Antes las horas se oían en el oscilar de un péndulo. Ahora el tiempo resulta inaudible. Nunca te fíes de un mecanismo que no suene».
Bode buscaba el sonido, al igual que yo buscaba el peso.
De niño, un compañero del colegio le había enseñado en el patio, con sumo secreto y con la imprudencia que solo da la infancia, un papel que se guardaba celosamente en la relojería de sus tíos en Mieres. Era un vale del Comité Revolucionario, emitido el 14 de octubre de 1934, en el que se
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autorizaba al portador a recoger varios relojes en dicha relojería; según le explicó el niño, los necesitaban para coordinar los ataques. A Manuel Bode los relojes le parecieron entonces objetos poderosos. Los amó desde aquel momento.
—Vale, Bode… ¿Tienes un momento?
—¿Que si tengo tiempo, quieres decir? —preguntó sarcásticamente mientras seguía trabajando—. Pues ya ves, acaso tendré yo otra cosa.
A la izquierda del mostrador había un búcaro de cristal lleno de castañas. Según nos contó una vez, su madre tenía la costumbre, cuando empezaba el otoño, de ir a recoger castañas al parque y meter una en los bolsos de todos sus hijos como otras les pondrían al cuello medallas de la Virgen. Bode continuaba haciendo lo mismo, llenándose los bolsillos de castañas en sus paseos por el parque, que después metía en el jarrón de la relojería. Allí las conservaba todo el año hasta que llegaba el siguiente otoño; entonces las tiraba y comenzaba a llenar el búcaro con castañas nuevas. Aquella historia era prácticamente lo único que sabíamos de su familia, de la que Bode jamás hablaba. Al igual que nunca le conocimos pareja, más amigos que los miembros de La Patagonia o cualquier otra inclinación que no fueran el trabajo y la lectura. Ni siquiera sabíamos la dirección de su casa o en qué zona vivía. Parecía que nunca salía de la relojería, ni que tuviese el más mínimo interés en hacerlo. «Un día tenemos que seguirle cuando cierre», había sugerido Rosalía. «A ver adónde va». Pero, a pesar de que fueran tan peliculeros, nunca lo hicieron. Creo que le tenían miedo. Ni siquiera Tina, que vivía en la misma calle de la relojería, controlaba las entradas y las salidas de Bode.
Me di cuenta en ese momento de que, aunque había estado allí tantas veces, nunca reparé en qué portal vivía Tina. No le había dado importancia y, ahora que ya no estaba, me pesaba aquel desconocimiento; lo consideraba una falta de estima hacia ella. Las muertes vienen a leernos la cartilla con excesiva minuciosidad.
—Verás, Bode, venía a pedirte perdón.
—¿Y eso?
En su cara no detecté el más mínimo signo de intriga, ni se dignó a levantar la cabeza.
—Por no haberte consultado antes de hablar de ti, de vosotros, para el libro de Ruth sobre la tarde que pasamos con Vargas Montseny. Me desentendí, actué de espaldas… Lo hice todo mal. Yo no era quién para
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exponer vuestra intimidad. Lo lamento muchísimo. Sé que he tardado en disculparme, pero más vale tarde…
—Bien —contestó sin más.
Me resultaba difícil encajar a aquel hombre impasible con el que, según mi tío, se había enfadado tanto por mi participación en Vargas Montseny en la niebla y con el que, según Delia, había vomitado en la calle tras salir de la comisaría. Puede que, como le había sucedido a Ruth, hablar con la policía le trajera malos recuerdos, que hubiera tenido problemas con las autoridades. Tal vez en su juventud, durante la dictadura. Eso no me costaba imaginarlo.
—¿Hubo algo de lo que dije que te molestara especialmente? —quise saber.
Se encogió de hombros sin soltar las pinzas. Su pulso siempre fue excepcional.
—Ni siquiera lo leí. Hay demasiados buenos libros como para andar desperdiciando el tiempo con uno que no recoge más que chismes.
No pude reprochárselo; hasta hacía unos días yo tampoco lo había leído. Aunque no me alivió, como en el caso de Delia. Porque estaba dispuesta al resarcimiento, y aquella apatía no ayudaba.
—Bueno, pues… —Me aparté el pelo mojado de la cara antes de despedirme. La humedad de la ropa me estaba dejando el cuerpo destemplado y no sabía qué más añadir o de qué forma pedirle que me ensañara el mechero que Vargas Montseny le había regalado aquella tarde, y que había sido uno de los acicates que me habían llevado a la relojería.
—¿Qué? ¿En este par de años no tuviste nada que quisieras que te restaurase o arreglara? Vaya par de años más flojos, entonces —soltó mientras cogía una pieza con unos alicates de precisión.
Entendí así que Manuel Bode no estaba tan resentido conmigo por mi participación en el libro como por mi ausencia.
Había pasado con él muchas horas en la trastienda, viendo cómo reparaba los relojes, los zoótropos e incluso las cajas de música que yo había encontrado en no muy buen estado y él había dejado como nuevos. Cuando se cansaba, me mandaba para casa y me decía que le dejara trabajar. «Te han timado», me regañaba a veces cuando había adquirido relojes, sobre todo de bolsillo, que él consideraba puro plástico. Compartía con Bode la pasión por aquellos mecanismos, aunque lo suyo rayaba la devoción.
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—Sí tuve, pero no quise llamarte porque me daba miedo que me colgaras el teléfono o me pegaras un grito. Sabía que estabas enfadado conmigo.
—Juventud, que os creéis que lo sabéis todo.
—También te digo que te he echado de menos —exageré un poco, pero para mi expiación consideraba necesaria esa lisonja.
—Pues ya puedes traerme lo que quieras. Aunque trabajo no es precisamente que me falte.
Continuaba manipulando el mecanismo de un reloj de pulsera, pero algo en su tono, en la forma en la que había destensado el cuerpo, me hizo sentir que estaba más receptivo. A las personas opacas hay que descifrarlas con pequeños detalles.
—Ya que estamos, Bode, quería pedirte un pequeño favor.
—Lo sospechaba… Aquí el que da siempre quiere algo a cambio.
Dime, anda.
—Que me enseñaras el mechero que Vargas Montseny te regaló aquella tarde.
Entonces sí dejó de lado lo que estaba haciendo y levantó la vista. Sus gruesas cejas eran como dos orugas. Después volvió a bajarla y continuó trabajando.
—No sé de qué me hablas.
—Sí, Bode. Se te cayó el mechero al suelo aquella tarde, me mandaste
recogerlo de debajo de la mesa, pero no estaba, había desaparecido. ¿No te
acuerdas?
—No.
—Sí, hombre. Luego Vargas Montseny te prestó el suyo y, al marcharnos, te lo regaló en la puerta. Te lo vieron después, que lo sacaste alguna vez en La Patagonia…
—Eso te lo dijo el Marqués, ¿eh? Mucho dárselas de psiquiatra, pero es más chismoso que una portera.
—¿Ves como lo tienes?
—Lo perdí.
—¡Anda ya! Tú nunca pierdes nada, ni siquiera el tiempo.
Esa era una frase que Bode solía repetir, y me pareció apropiado usarla contra él. Además, sabía que le encantaba hacerse de rogar.
Soltó un gruñido, resopló, se limpió las manos en el mandil, se levantó y entró en la trastienda. Salió al poco rato.
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—Toma, anda. A ver si así te quedas tranquilita —dijo estampando el mechero encima del mostrador. Me temblaron las manos al cogerlo. Mi corazón de buscadora iba a mil por hora. Aquel había sido uno de los objetos sagrados de mi vida—. Por cierto, ¿qué tal está Canor con lo de la muerte de Tina? ¿Cómo lo lleva?
Pero no pude contestarle. Ni siquiera oí lo que me decía. Miraba, pasmada, aquel mechero plateado de gasolina que llevaba «G. V. M.» grabado en el dorso.
—Eh, nena, que te estoy hablando.
—Este no es —dije sin apartar la vista de la palma de mi mano. —Pero ¿de qué hablas? ¡Pues claro que es ese! ¿O te crees que ando
yo comprando mecheros y poniéndoles las iniciales de otros?
—Que no es este —repetí—. El que te prestó aquella tarde en La Patagonia era un Ronson en metal cromado, liso, con su característico detalle frontal de punta de flecha en dorado. Y este es un Dupont con adornos en paladio. Se parece, pero no es. Te dio otro —dije, recordando la costumbre del escritor de llevar varios mecheros encima.
—Que me dio otro, dice esta… Déjate de tonterías, que ni sabes de qué hablas.
—¡Pues claro que lo sé, Bode! Y te digo que este no es el encendedor que te dejó. Yo nunca olvido un objeto. Al igual que tú, supongo, tampoco olvidarías que aquella tarde Vargas Montseny llevaba un Longines.
Bode hizo entonces una mueca extraña, como si le hubiera atizado con una placa de hierro en toda la cara.
—¿De dónde sacaste tú eso?
—¿Lo del Longines? —pregunté—. Hombre, no es que yo me acuerde, lo leí libro de Ruth. ¿No te fijaste en el reloj que llevaba?
Bode me arrebató el mechero de la mano sin miramientos y se metió en la trastienda dando un portazo.
Me quedé un momento tratando de entender qué acababa de pasar, con la palma aún extendida. Tal vez no había sido lo más acertado poner en tela de juicio su capacidad de observación como relojero.
—Bode, sal, anda —dije alzando la voz para que me oyera tras la puerta—. No pretendía ofenderte, de verdad.
Esperé un rato prudencial, hasta que entendí que aquello no iba a servir de nada.
—Bueno, ya me marcho —voceé—. Volveré por aquí otro día.
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Cogí el carrito de la compra y el paraguas, y salí bajo aquella lluvia diminuta e irritante que volvía el mundo de un gris borroso, pensando que no había conseguido encontrar el mechero Ronson, y en cambio había logrado enfadar a alguien a quien había ido a buscar para pedirle perdón.
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Una falsa normalidad
Aquel mediodía fui a comer a casa de mis padres y les llevé una fiambrera de cristal llena a rebosar de pimientos rellenos. «Ropavieja», dijo con ilusión mi padre, quitándose la corbata para sentarse a la mesa. «No, son pimientos rellenos de carne». «Sí, de ropavieja», contestó con terquedad. Mientras comíamos, mi madre se interesó por cómo lo habíamos pasado mi tío y yo en el pueblo, quiso saber si su hermano tenía la casa ordenada, sugirió que podíamos ir todos juntos allí algún fin de semana, cuando nosotros tuviéramos tiempo. «Al matemático parece que le gusta aquello», añadió. Omití cualquier referencia al jacuzzi casero, continué con la versión que le había dado mi tío por teléfono, evité la pregunta sobre el estado de la casa y añadí que aquel día Blas tenía una reunión en el trabajo bastante espinosa y que no sabía cómo se iba a encontrar de ánimo. Congelaron los pimientos que habían sobrado y después yo me senté un rato en el sofá con mi padre a ver las noticias. Al rato, ellos regresaron a sus oficinas y yo a mi gabinete.
De camino, no dejaba de mirar el móvil, intranquila, por si Blas me escribía. Le había llamado por teléfono y me había dicho que no podía hablar, pero que ya me contaría por mail. Por su tono entendí que las cosas no habían ido bien. Cuando entraba en la calle San Francisco (esa calle en la que cada vez que miro al frente me da la impresión, por los edificios abuhardillados del fondo, de que me he colado en París), me llegó su correo. El asunto que encabezaba el mensaje no dejaba lugar a dudas: «Los cabrones».
Sabía que tenía alguna preparada para hoy, pero no me imaginaba lo mucho que le gusta oírse a sí mismo. Apelaba a que «resulta lo mejor para todos». Es curioso. ¿Los cabrones tienen una especial aptitud para la política? ¿Por qué toda esta gente que dice buscar nuestro bien me suena siempre igual de falsa?
Y espera, porque eso no es lo peor. No había pasado media hora de la reunión (a la que a partir de ahora llamaré «el vómito de bilis») cuando se nos acerca y nos dice que tenemos que
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hablar sobre qué regalo le hacemos a Trinidad ahora que va a jubilarse. Me quedé alucinado. Lo decía con la calma del que se toma una cerveza contigo mientras cuenta chistes. Acababa de humillarnos de la forma más rastrera y a los dos minutos nos trataba como si no hubiera ocurrido nada. No sé a quién oí decir que ese tipo de personas son gente que lo pasaron mal de niños y asumieron que las broncas más duras forman parte de la vida, con lo que no tienen conciencia de que al resto les afectan, y por eso pasan página con tanta tranquilidad. Trato de comprenderlos, raposa, pero lo único que quiero es que les zurzan. Que les zurzan a todos los cabrones.
Contesté a Blas intentando calmarle, consolándole con que cuando algo concluye es señal de que algo empieza y que tal vez ahora viniera una etapa mucho mejor que la anterior, que tuviera fe en la humanidad porque seguíamos siendo los mismos que se quedaron a cuidar a un igual al que se le rompió el fémur y, aunque alguno todavía no haya descendido del árbol, los demás íbamos por buen camino. Su respuesta fue inmediata.
No te preocupes. Si tú lograste cerrar tu caja de los truenos, yo conseguiré tratar con estos merluzos. Pienso bloquear en mi móvil el número de este cabrón con pintas, a ver si se entera así de que solo quiero tener con él relación en el trabajo. Y poca. Que nunca me llama, es cierto. Pero los símbolos son importantes. Al igual que quitaste de la pared el afiche de las siete partes de la noche de san Isidoro. Tienes razón en lo que hay que dar portazos.
Ya hacía muchos días que Blas y yo habíamos dejado de hablar de Vargas Montseny y los miembros de la tertulia.
Con Melquíades y Ulises había quedado para ir a visitar la casa de un farmacéutico que, según les contó, era un gran coleccionista de textos de entomología y de otros objetos y láminas relacionadas con la Historia Natural. Suponíamos que no iba a ser un botín especialmente jugoso, dado que al farmacéutico no se le veía demasiado dispuesto a desprenderse de buena parte de su colección, solo de algunas minucias, y eso debido a las inconveniencias de una mudanza a otro país, pero algo podríamos rascar, y la recompensa mayor para mí serían las rosquillas de Melquíades.
A todas esas, intercambiaba con Ruth audios y mensajes destinados a fijar de una vez la próxima cerveza que tomaríamos.
Todo parecía haber vuelto a la normalidad.
Pero, en realidad, no era cierto.
Si había descolgado la lámina de san Isidoro no fue para simbolizar el fin de aquella historia, sino para guardarla y conservarla, como había hecho con el galán de noche el día que conocí a Blas. Me dedicaba a buscar en internet relojes en no muy buen estado para adquirirlos y tener
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una excusa para volver a ver a Bode, pedirle que me los arreglara, lisonjearle para que olvidara mi agravio, excusarme de nuevo, e insistirle para que volviera a enseñarme el mechero. No era el Ronson, pero sí había pertenecido a Vargas Montseny. Con eso me bastaba para que quisiera tenerlo en mi mano.
Volví a sacar del armario el libro de Ruth y algunos párrafos los releí tantas veces que llegué a aprendérmelos de memoria. Sobre todo, las declaraciones: «No he dejado de pensar que desapareció llevando la misma ropa que yo le vi puesta, y que en aquella ocasión no le funcionó su amuleto», «Estoy convencido de que algún día se encontrarán enterrados unos huesos en los alrededores y podrán identificarle», «Pero ahora, con los años, al recordarlo, me da la impresión de que llevaba prisa». Sin embargo, lo que me dio más placer fue la relectura de Castillos tan hermosos; volví a sus páginas dándome un largo baño, con el pestillo echado; tanto, que Blas llamó a la puerta para saber si me encontraba bien porque llevaba allí demasiado tiempo. Antes de salir, dejé el libro escondido entre las toallas del armario.
Me escapé hasta Matadero Uno a comprar Un lugar famoso y solitario y El enigma Hannelore. Dejé encargado Gabriel no se despide de Fidela González Silva porque era difícil de conseguir, al menos en España. Me dio la impresión de que había ido a la librería con gabardina y sombrero, como si los estuviera comprando de contrabando. Nada más salir, me apoyé contra los restos de la muralla de la plaza de Riego, saqué de la bolsa marrón de papel El enigma Hannelore al igual que sacaría una botella de whisky escondida para dar un trago, y leí el principio: «Me ajusté la capucha del abrigo, no porque lloviera, sino para que lloviese. Existe un equilibrio entre la superstición y la ciencia. Cinco sentidos son pocos para entender lo que nos rodea. O, a veces, demasiados». Cerré el libro y volví a meterlo en la bolsa; con eso tendría suficiente hasta llegar a casa.
Me puse unas gafas de sol para colarme en la ruta turística que hacía Orestes sobre Vargas Montseny, que encontré deslavazada y poco documentada, e incluso me compré en una pastelería un Varguitas, aquellas tartaletas de yema requemada en honor al escritor que, como pensaba, me resultó demasiado empalagosa.
Buscaba en internet fotos de Vargas Montseny, leía todos sus artículos y aquellos que hablaban de él, y repasaba los enlaces y comentarios en la
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cuenta del Afamado López. Cada vez entendía más a Braulio, o al menos una parte de él, la que le hacía mantener aquella obsesión en secreto, reservándola para sí mismo.
Mi espíritu detectivesco continuaba interrogándome. Qué quiso preguntarle Tina a Ruth antes de matarse, por qué Vargas Montseny cambió de opinión y decidió a última hora acudir a Oviedo pese al temor que le daban los viajes, qué le habría ocurrido, por qué tenía la sensación de que había algo oculto tanto en su vida como en su obra, una opinión que el resto de los conspiradores de internet también compartían. Me había convertido en una más de ellos. De los tarados, como los llamaba Ruth. Y por eso a ella también se lo ocultaba.
Una de las cosas que descubrí aquellos días (y que también escondía) era que, si bien para mí el descubrimiento de un origen amplificaba su historia, esto solo me valía con los objetos, no con las personas. Saber por fin a qué se debía el extraño comportamiento de los miembros de La Patagonia, especialmente el de mi tío, en el fondo me había causado cierta decepción. Blas llevaba razón: la explicación era más sencilla de lo que me imaginaba.
Blas también llevaba razón en que nos gustan las casualidades y creer que algo tiene un significado oculto, como a la desequilibrada de Delia. Pero el azar no tiene de mágico más que la combinación de probabilidades que se alinean en el espacio y el tiempo. Sin embargo, ¿cuántas posibilidades hay de que cometas una pequeñísima infidelidad, que coincida con la desaparición de un personaje famoso, de que la policía te pregunte por lo que has hecho esa noche, aumentando tu culpabilidad y tu vergüenza, magnificando un hecho que hubiera acabado siendo intrascendente, y para rematarlo, que tu pareja fallezca al poco tiempo, haciendo que tu desliz sea aún más doloroso? Muy pocas. Como decía Ruth, porque lo había sufrido en sus carnes, la vida no es cronológica, sino aleatoria. No hay una lógica interna, vivimos sumidos en el loco azar. Aunque lo que no es azaroso, lo que sí está sometido a una lógica, es nuestro comportamiento. Mi tío Canor había sido incapaz de hablar con Rosalía, consiguiendo que aquella noche se volviera incómoda para todos los involucrados. Su miedo y su vergüenza lo vencieron, le quitaron las ganas de intentar una relación sentimental con su Bárbara una vez fallecido Tomás, y optó por conservar su amistad con Rosalía, callarse y seguir manteniendo el statu quo. Así obró mi tío, y así obré yo. En eso
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también nos parecíamos. Éramos un par de cobardes que habíamos preferido sacrificar nuestras querencias a hacer frente a los demás o, mejor dicho, a nosotros mismos. Si os enfrentáis, estáis solos. Si os enfrentáis, perderéis. Estaos callados, que será un mal menor. En fin, lo de siempre. En realidad, por eso me había parecido tan decepcionante. Cuando inicias una búsqueda, ansías encontrarte algo distinto, inesperado.
Entré en la cocina para limpiar una lámpara de aceite; el cobre estaba muy ennegrecido. En la encimera aún tenía la cazuela llena de grasa en la que había cocinado los pimientos rellenos, la cuchara de madera sucia, restos de verduras y de carne esparcidos encima de la tabla de cortar. La mesa estaba a rebosar de algodones manchados de óxido, botes de amoniaco, bicarbonato de sodio y limones exprimidos. Si Blas hubiese entrado en la cocina en aquel momento, habría tenido otra razón para hacer las maletas e irse a vivir solo al monte alejado de mí, de mis cachivaches y, sobre todo, de los clientes. Al igual que temía que agarrara sus bártulos si supiera que, aunque le escuchaba y me preocupaba su situación en el trabajo, aquello para mí estaba en un segundo plano porque lo que verdaderamente quería era seguir hablando hasta la extenuación de la desaparición del escritor chileno.
Y más aún si supiera que al terminar de limpiar la lámpara, sin recoger nada, me había puesto a seguir rastreando en internet relojes con taras que pudiera llevar a Bode porque estaba ansiosa de propiciar otro encuentro. Quería volver a tener aquel mechero de Vargas Montseny en la mano, que me hablara, que me transmitiera algo del mundo de su antiguo propietario.
Encontré un reloj de bolsillo de plata cuyo vendedor advertía que estaba en mal estado, aunque en las fotos no lo pareciese, por lo que deduje que se trataba de su mecanismo, y volví sobre uno de cuco que ya tenía fichado con las dos flautas y el pajarito desmontado, al que también le faltaba el contrapeso de la tapa. No acababa de decidirme.
Hice un alto en la búsqueda, me levanté a coger un plátano, que siempre me ayuda a pensar, y volví al ordenador para consultar mi cuenta de correo. Tenía un par de mensajes con pedidos, y otro que casi no leo porque pensé que era un spam que había burlado la carpeta de «No deseados». No llevaba asunto y la dirección del remitente era una especie de galimatías de números y letras sin demasiado sentido. Lo abrí mientras
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me comía el plátano y me dispuse a leerlo sin demasiada atención. El extraño correo comenzaba así: «Encontré las cartas».
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Las cartas
Encontré las cartas. Fue cuando llegué a casa, desesperada, tratando de hallar pistas sobre lo que había sucedido. Si no, jamás me hubiese atrevido a vulnerar su escritorio, a forzar aquella cerradura. Siempre lo veneré como a un dios e incluso ahora me tiembla el pulso al escribirlo, me duele la sangre y se me hincha el estómago. Me dan ganas de arrancarme la piel y escupir sobre ella. Por tanto, no volveré a referirme a él en estos términos. Solo añadir que yo respetaba su privacidad y la manera en la que él trabajaba; para mí eso era sagrado. Ahora solo puedo verlo como algo repulsivo, abyecto.
La desesperación tiene muchas formas y la mayoría de ellas se traducen en locuras, en insensateces, en actos que distan de ser racionales. Juro que forzar la cerradura del escritorio fue lo último que hice. No acababa de atreverme. Hasta en eso fui estúpida. Pensé que tal vez en aquel manual de ornitología que él estaba elaborando, en el que se le veía tan concentrado, tan distinto a otras veces, que tanto trastorno había creado en nuestra vida, pudiera haber algún indicio. Pero allá no había nada. Lo único que contenían las libretas que encontré fueron borradores antiguos, ninguno nuevo. Aquel en el que supuestamente llevaba tanto tiempo trabajando no era más que otra de sus mentiras. Lo que sí había en ese cajón cerrado eran las cartas. Todas dirigidas a un apartado de correos que yo desconocía. Ni siquiera las leí todas. Me bastó leer la mitad para que se acabara mi vida.
Al principio no entendí lo que estaba leyendo y traté de convencerme de que era una más de sus fantasías. Pero aquella no era su letra y las cartas estaban selladas. Otra persona las había escrito y enviado. Alguien que conocía con exactitud nuestra casa de la playa, y la describía. En un primer momento me costó reconocerla, porque para mí esa casa, en la que pasé poco tiempo, no era más que el lugar frío y poco hogareño, apenas amueblado, sin comodidades ni distracciones, en el que él iba temporadas a trabajar para lograr concentrarse. Pero ella hablaba de esa casa como si fuera un refugio de amor. Porque para ellos lo era. Allá era donde se encontraban. Allá era donde pasaban temporadas juntos. A veces ella solo iba unos días. El resto del tiempo se carteaban. Durante años. Años. Ni siquiera quise calcular cuántos.
Él me decía que se iba a trabajar, pero iba a encontrarse con una amante. Sabía que yo respetaría su concentración, la soledad que supuestamente necesitaba. Me engañó en todo. No hubo una parte de mí, ni la emocional ni la profesional, que no fuera violada. La mayoría de las veces no reconocía al hombre del que aquella mujer hablaba, como si con ella se transformara en otro. Sin embargo, lo más doloroso era cuando sí lo reconocía. O cuando debía imaginarme las preguntas que él le había hecho para que ella diera aquellas respuestas. O cuando me mencionaba. Cuando esa mujer me mencionaba con piedad.
Le había dedicado mi vida entera a él, ese había sido mi deber gozoso, y no solamente descubrí que me engañaba, sino que en realidad no le conocía. Todos, todos mis años de existencia habían sido una farsa.
No le voy a hablar del calvario por el que tuve que pasar, pero sí le diré que tiré las cartas en el wáter, porque eran donde debían estar, en las cloacas. Y allá le dejé también a él. Ya me daba
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igual que se hubiera ido con ella, se hubiera caído a un pozo o le hubieran asesinado unos bandidos. Para que yo volviera a existir, él tenía que dejar de hacerlo. Preguntarme por él era pensar en él. Por eso, en todos estos años, ni la curiosidad me he concedido. Solo me permití rehacer mi vida muy lejos de todo, sin dar un paso atrás y sin dejar que mi escarnio se hiciera público. No sé si aquella relación pudo tener algo que ver con lo que le ocurrió, pero, como le digo, no me importa. De mí ni salió ni saldrá un dato más que pueda esclarecer aquel suceso.
Sin embargo, no he podido evitar esta quiebra. La impresión inmensa de encontrarme, por segunda vez en mi vida, con ese nombre en su correo. El nombre con el que estaban firmadas todas las cartas.
Solo quiero que sepa que me alegro. Me alegro de que no se marchara con ella y empezaran lejos una vida juntos con nombres falsos. Me alegro de que no fueran felices. Me alegro de que su amiga haya muerto. Y me alegro, aún más, de que lo haya hecho en trágicas circunstancias.
En las cartas ella no solo hablaba de mí. También de su marido y sus hijos, y del horror que supondría para ellos enterarse de su relación secreta. Bien que se cuidaron de mantenerla oculta. Si no hubiera sido por ese suceso, yo probablemente nunca lo hubiera sabido. De esa manera, lo que para otros es una fatalidad, para mí fue una bendición. No sé si usted acabará revelándoselo a la familia de ella o no, pues no tiene ninguna prueba. Pero ahora lo sabe y es lo que a mí me importa. Le ruego que a ese hombre, al marido, le mire usted con piedad, con esa compasión siniestra con que se mira a un cuernudo, con esa inmensa humillación de que haya alguien que sepa más de su vida que él mismo. Así mirará también a sus hijos, que nunca conocieron de verdad a su madre. Así mirará la tumba de esa mujer falsa y traidora. Deseo sobre todos ellos esa mirada que a partir de ahora usted no podrá evitar. Eso también me alegra. No sabe cuánto.
Esta es la última vez que hablamos. Jamás volveré a contestar sus mensajes.
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Tacna
—«… Jamás volveré a contestar sus mensajes».
Terminé de leer en voz alta el mail en la librería. Durante todo el rato me había temblado el móvil en la mano. De hecho, desde que había recibido aquel correo, no había dejado de temblar.
Al levantar la mirada vi que Ulises se había llevado las manos a la cabeza, con los largos dedos metidos entre sus cabellos grises, como si hubiera presenciado una explosión repentina que había dejado varios heridos.
—¡La madre que me parió! —dijo sin bajar los brazos—. Pero esto es tremendo. ¡Tremendo!
—Lo es. ¡Lo es! —exclamé.
El corazón me bombeaba.
Melquíades, sentado tras el mostrador, envuelto en uno de sus jerséis de rombos, nos miraba parpadeando.
—Lo siento, pero es que yo… yo no entiendo nada —dijo con una voz que solicitaba compasión.
—¡Pues que es la viuda, carajo!
—¿Qué viuda?
—¡La de Vargas Montseny, hermano, que no te enteras! ¿Veis como yo tenía razón? Siempre dije que Luz Miranda ocultaba algo.
—Tú lo que decías es que había contratado a unos sicarios para que lo mataran.
—No te pierdas en menudencias, Calumet, que aquí hay mucha lana con la que hacer un traje. Porque la señora es lista, astuta como una cebra. —Ulises comenzó a deambular por la librería, a pasearse junto a las estanterías llenas de novelas polvorientas, cancioneros de una música ya muerta y tratados de medicina—. Se crea una dirección para mandarte el correo y no da ni un solo dato, ni un nombre, ni un lugar, ni una profesión,
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nada para que se pueda reconocer quién es y de qué está hablando. Vomita su venganza y se va, dejándote este fuego entre las manos.
—Pero entonces, y perdonad mi torpeza, ¿por qué pensáis que se trata de Luz Miranda? —preguntó Melquíades.
—Porque yo le escribí —contesté tratando de calmarme, de procesar los datos—. Le envié un correo a Luz Miranda pidiendo que me disculpara y aclarándole que, si ahora me interesaba por la noche que pasamos con Vargas Montseny, se debía a que me había revuelto muchas cosas la repentina muerte en trágicas circunstancias de mi amiga María Tina Flórez, que también había conocido brevemente a su marido.
Melquíades me miró por encima de las gafas. —Entonces, ¿Tina es la mujer de la que habla?
—Ha de serlo, tiene que serlo, pero… no puede serlo.
—Lo de que se carteasen durante años, vale, tiene sentido. —Ulises dejó por fin de moverse y se quedó quieto junto a la mesa en mitad de la tienda donde reposaban los lienzos, las fotografías en blanco y negro, los libros pequeños—. Porque, como sabemos, Tina y Vargas Montseny tenían los dos afición por escribir cartas…
—¡Eso ya te lo dije yo y te reíste de mí soltándome que era como si se hubieran conocido tu padre y Unamuno!
—¿Padre y Unamuno? —Melquíades frunció una de sus algodonosas cejas blancas.
—De acuerdo, Calumet, a veces uno da un golpe al aire y crea una carambola perfecta. Pero ¿por qué te cabreas tanto, pequeña madame?
—Perdona, Ulises, es que estoy muy nerviosa. A mí va a darme algo… Continuaba temblando y no podía pensar con claridad. Mi corazón iba a mil por hora, y en mi mente las imágenes del zoótropo giraban a tal
velocidad que no podía ver nada más que luz blanca.
—Espera.
Melquíades fue hasta la trastienda y volvió con un buen puñado de servilletas y una tartera que dejó abierta encima del mostrador, sentándose de nuevo tras él.
—Frixuelos. Los hice ayer.
—Ay, por Dios, gracias.
Me abalancé sobre ellos. Comí dos de golpe. Eran finos como el papel de fumar, azucarados, perfectos, apenas había que masticarlos para que se deslizaran por la garganta.
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—¿Tú no quieres, Ulises?
—Calla, a mí déjame de tartas. Volviendo a lo que nos ocupa…
—No, no podía ser Tina —dije con los carrillos hinchados como una ardilla—. Se escribían cartas, sí, pero dice que se encontraban en su casa de la playa, o sea, en Arica. Tina vivía prácticamente encerrada en su piso, con su madre, no iba a ninguna parte, y mucho menos se subiría a aviones para desplazarse hasta una villa chilena.
—Pudo haberse equivocado de nombre —dijo Ulises, dándose golpecitos rítmicos en el pecho con una novela de bolsillo, como si se acariciase la barbilla o se apretase las sienes—. Tal vez la amante se llamase Martina Flores, o algo parecido, y Miranda, por contexto, lo confundiera. Al fin y al cabo, dice que no había vuelto a encontrarse con ese nombre desde aquella tarde hace veinte años, y el que se quema con leche ve un bisonte a lo lejos y ya piensa que es una vaca. Todo son fantasmas. Pero lo importante es que ahora sabemos algo que nadie más sabe: que Vargas Montseny tenía una vida secreta. —Ulises paró de golpearse con la novela y la arrojó encima de la mesa de caoba—. Carajo si la tenía.
Enrollé otro frixuelo hasta convertirlo en un canutillo y lo comí de dos bocados. Poco a poco me iba sintiendo más reconfortada. El olor a polvo de la librería. La complicidad de mis amigos… El zoótropo comenzaba a girar más lento o se encontraba en disposición de hacerlo.
Melquíades suspiró y se cruzó de brazos tras el mostrador.
—Se pueden olvidar muchas cosas, Ulises, pero nunca el nombre de quien te ha destrozado la vida. —Me dio la impresión de que Melquíades sabía de lo que estaba hablando, no por experiencia propia, pero sí cercana
—. Me parece que no sois conscientes de todo el dolor por el que ha pasado esa pobre mujer, de la historia terrible de la que habla en ese correo. No quiero ni imaginarme cuánto ha tenido que sufrir y callar.
—Calló porque le dio la gana, hermano, porque no le apetecía que todo el mundo supiera que su escritor le ponía los cuernos, y le pesó más su orgullo que poder aportar una pista para encontrarlo. Porque digo yo que llevar una doble vida igual sí que puede tener algo que ver con la desaparición repentina de alguien. O igual no, pero bien que se cuidó ella de destruir las pruebas, por si acaso. Ahí te pudras, cabrón. Y tan pobrecita a mí no me parece, que eso está escrito con mala leche. Tira una piedra (además, con la clara intención de golpear en la frente) y después esconde
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la mano. Pretende hacer daño sin dar la cara. Y, encima, colgarle el mochuelo a esta, que no conoce de nada —Ulises me señaló con su dedo huesudo—, para que lleve la sospecha, y así vengarse de forma sibilina de la amante, del marido y de los hijos, que también serían otras víctimas de esta historia. Pero le ha salido mal la jugada, porque la Tina Flórez que conocemos, y de la que ella tanto se alegra de saber muerta, ni tiene hijos, ni fue a Chile a acostarse con un escritor en la playa, ni nada. Total, que esa Miranda es más retorcida que una serpiente de cascabel de dos metros.
—Porque ha sufrido mucho, Ulises. Es una desgraciada.
—No me vengas ahora con tu buenismo, Melquíades, que sabes que no te lo compro. Por mucho que nos hayan jodido en la vida, no tenemos derecho a herir a otros que son inocentes. Por esa regla de tres, todos los supervivientes de Auschwitz podrían perfectamente ser asesinos. Y es que, además, si no se confundió de nombre, ¿esto qué es? ¿La mayor carambola de la historia? ¿Dios jugando a los dados en un casino de Las Vegas? Porque ¿cuántas María Tina Flórez puede haber por el mundo?
Entonces sucedió. El zoótropo dejó de girar hasta que pude ver con suficiente claridad las imágenes. Yo siempre había tenido la información, pero estaba en distintos planos.
—Muchas —dije.
—¿Qué? —preguntaron al unísono los dos hermanos, que a la vez habían cruzado los brazos. Melquíades tras un mostrador lleno de papeles, Ulises apoyado en una estantería a rebosar de tratados mercuriales, novelas decimonónicas y alguna biblia en arameo.
—Muchas —continué con esa clarividencia que se siente ante un hallazgo—. Tina era el nombre más repetido en la familia Flórez, porque era el de la bisabuela. Nuestra amiga compartía nombre con varias de sus primas, pero, salvo ella, ninguna vivía en España. Era con las que se carteaba. Una era Tina Bruselas. Y otra… —«Se ha muerto mi prima Tina Perú». Yo, de niña, me reí ante esa frase. Prima Tina Perú era una combinación de palabras que me había hecho gracia. Hacía poco lo había recordado con mi tío—. Y otra… Tina Perú. La Tina Flórez de Perú.
—¿Y Perú no está cerca de Chile? —preguntó Ulises subiéndose las gafas.
—También lo estamos nosotros de Francia —repuso Melquíades—, y mira la distancia que hay entre Sevilla y Calais. Perú es un país muy grande.
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—¡Y yo qué sé! ¡No soy geógrafo! —Son conocimientos básicos, Ulises.
—Esperad, esperad un momento. Vamos a asegurarnos.
Saqué el móvil y busqué el contacto al que ya podía llamar sin problemas. Sonaron cinco tonos hasta que me lo cogió. Su voz se oía lejana por esa manía suya de, en vez de hablar con el teléfono pegado a la oreja, ponerlo de frente y utilizar el manos libres.
—¡Dime, vidina!
—Hola, tío. Oye, Tina tenía una prima que se llamaba como ella y vivía en Perú, ¿verdad?
—Sí, la quería muchísimo a la pobre. Mira que las dos al final enfermaron de lo mismo. Qué cabrona es la genética. Porque…
—¿Tenía hijos esa prima?
—Tres. Y Tinina era la madrina de todos. Bueno, o de dos. O de uno. No me acuerdo. Pero les mandaba regalos a esos rapaces todos los años. Unas cosas superferolíticas, que gastaba más en enviar el paquete que en comprarlas, y yo le decía que si no le valía más la pena hacerles un giro postal porque…
—¿Y te acuerdas, por casualidad, en qué ciudad de Perú vivían?
—En Tacna.
—¿Tacna?
—Anda que no callaba ella con los putos petroglifos de Tacna, que si vaya maravillas que tenía allí su prima. Y yo: «Tinina, que no son más que dibujos en una piedra, que si te quieres maravillar de verdad, mira el prerrománico de aquí, mujer». De piedras me iba a hablar a mí…
—Vale, tío, ¡muchas gracias!
—De nada. Pero ¿por qué me lo pregun…?
—Ah, una tontería. Algo que estaba mirando en internet y me recordó eso.
—Tú no dudes en preguntarme lo que quieras, que ya sabes que aquí tu tío es una fuente constante de sabiduría.
—Lo haré, tío, no te preocupes.
—Con Dios, vidina.
Al colgar el teléfono, Ulises, que había estado tecleando mientras yo hablaba, me enseñó victorioso el suyo, sujetándolo en la mano como un policía mostraría su placa.
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—Tacna —dijo señalando con el índice izquierdo la pantalla—. A una hora en coche de Arica. Es cambiar de país, sí, pero el trayecto es casi el mismo que de aquí a Llanes. Ideal para hacerse una escapada amorosa de vez en cuando.
Ulises puso de nuevo su sonrisa de gato de Cheshire y yo me llevé las manos a la cara.
—Joder —dije, porque no me salía otra cosa.
Tina. Tina. El nombre de Tina. «Todos los ovetenses tenemos nombre de árbol». Lo estaba recordando. Sigue, sigue, Alana, haz memoria.
—Esperad un momento. —Melquíades extendió los brazos hacia delante con las palmas abiertas como si tratase de contener a una multitud
—. Paraos a pensar. ¿Estáis tratando de insinuar que Vargas Montseny…? Nos interrumpió el sonido de carrillones del templo chino colgado
sobre la puerta. Una mujer con un bolso negro acababa de entrar acompañada de una chica adolescente de pelo largo, escuálida.
—Per… perdón. ¿Podemos pasar? —titubeó la mujer, ya que los tres nos quedamos mirándolas con cara de pasmo.
—¡Claro, claro! Por favor, entra, entra. Hola, Hortensia. ¿Qué tal?
¿Cómo estás? ¿Hoy vienes con tu hija?
El saludo de Ulises fue más rápido y sencillo; simplemente elevó el mentón y alzó un poco las cejas.
Clic. En ese momento la tecla de mi memoria acabó de pulsarse.
—Y algunas tienen alma de pájaro —dije alucinada, como si estuviera hablando con un espectro—. Eso era, joder. ¡Eso era!
La chica joven me miró asustada. Ulises reaccionó rápido:
—Ah, ya te has acordado del título del cancionero medieval, ¿eh? Pues mira qué suerte, ese lo tenemos. Ven conmigo atrás, que te lo enseño.
En dos zancadas se me acercó y prácticamente me empujó hacia la trastienda. Cerró la puerta de forma suave, con un gesto furtivo, y se puso a rebuscar entre los cajones del escritorio, sacando un pequeño tarro de cristal y un ambientador en espray. Mi zoótropo no dejaba de girar, mostrándome varias imágenes que ahora veía con la misma claridad que si estuvieran pegadas en un álbum.
—Ulises, tienes que creerme. Tina era consciente de que Vargas Montseny era el amante de su prima, y el escritor sabía que Tina era la prima de su amante. Había una conexión entre ellos y… Pero ¿qué haces? ¿Te vas a poner a fumar aquí? Melquíades va a matarte.
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—Calla, carajo, que tú te has puesto morada de frixuelos. Yo también estoy nervioso —dijo encendiendo el cigarrillo—. Y, por cierto, te creo. Sigue.
—Vale. El organizador de las jornadas dijo que Vargas se había alegrado de que su acto fuera a las 12.30 en vez de a las 12.00, como creía, y a la recepcionista le dio la impresión de que el escritor llevaba prisa al salir del hotel. Parecía que había quedado con alguien, pero, aparentemente, no conocía a nadie en Oviedo. ¿Y si quedó con Tina? ¿Y si fue a verla? Es mucha casualidad que él, que prácticamente no viajaba, aceptase al fin la proposición de venir a la misma ciudad al otro lado del océano donde vivía la prima preferida de su amante muerta.
—¿Muerta? —Ulises dio una calada mirándome con los ojos engrandecidos tras las gafas.
—Sí, Tina Perú murió, aunque no sé decirte la fecha. Cuando yo era niña, sí, aunque no puedo precisar más.
—Eso, sin duda, añade más drama. Y nos deja menos testigos. —Supongo que mi tío podrá decirme… ¡Espera! Ahora que lo
recuerdo, Delia dijo que Tina estaba muy nerviosa organizando su boda y encima se le había muerto aquella prima que tanto quería. Debía de estar refiriéndose a ella, y entonces… ¡Ay, por Dios, deja de hacer eso!
Ulises se había puesto a rociar la trastienda con el ambientador en espray, que olía a vainilla rancia, mientras echaba la ceniza en el tarro de cristal.
—Perdona, pero no quiero que mi hermano acabe dándome con una quijada. Tú sigue, sigue.
—Pues eso, lo que te decía, que Tina se casó muy poco tiempo después de que pasáramos aquella noche con Vargas Montseny, así que su prima tuvo que morir por esa época… Un momento, un momento… —Había ido almacenando tantos datos que tenía la sensación de ser un motor de búsqueda—. Que Vargas Montseny aceptara participar en los Encuentros fue una decisión de última hora. Hacía meses que se lo habían vuelto a proponer y él lo había rechazado. Siempre me pregunté qué le hizo cambiar de idea. ¿Y si fue eso? ¿La muerte de su amante?
Ulises le dio otro toque al ambientador, esta vez más tímido, y lo dejó encima del escritorio. Aquel olor a tabaco y a vainilla empalagosa comenzaba a fatigarme.
—Y si quedó con Tina…
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—Su casa está muy cerca del hotel —añadí como una prueba más. —De acuerdo. Pongamos que sí, que fue a verla, que entre ellos había
una conexión. ¿Y después qué? ¿Dónde se metió? ¿Se lo cargó ella? —¡No, por Dios! Tina no pudo hacerle nada. Pero, escúchame, ahora
que lo pienso, ella aún no estaba enterada de lo que había pasado entre mi tío y Rosalía, Canor se lo contó después, y sin embargo no fue aquella mañana al teatro. ¿Y si sabía que Vargas Montseny no iba a ir? ¿Y si le había contado que iba a huir o algo por el estilo? Ten en cuenta que, como todas las mañanas, había salido con su maletín colgado, aunque esta vez, junto a sus libretas, puede que llevara documentación falsa o cosas así para empezar una nueva vida.
—Pero huir adónde, Calumet. ¿Por qué? ¿Con quién? ¿No decías que su amante ya había muerto? Porque si estuviera viva, aún tendría sentido…
—Ni idea, qué sé yo. Pero lo más probable es que Tina y él quedaran, que ella tuviera información de algo que hubiese sucedido esa mañana, y por eso se acordó de él antes de acabar con su vida: porque tenía una deuda con lo que no había contado. Puede que quisiera confesar por fin, contárselo a Ruth, pero luego se arrepintiera y decidiese marcharse guardándose el secreto.
—¿Quieres decir que se calló algo importante sobre la desaparición de Vargas Montseny para no revelar que su prima había tenido un amante?
—Claro. Tina haría cualquier cosa por proteger a su familia.
Ulises dio una última calada y apagó el cigarrillo en el tarro de cristal. —Por ahora solo tenemos suposiciones. Pero necesitamos pruebas porque esto es tremendo. Ya no es ponerse a conspirar tomando unas copas
con cuatro lunáticos a los que les dan miedo los mapaches.
—¿Crees que podrías… investigar?
—¿Por los bares? Ni hablar. No podemos levantar la liebre, porque quien la hace saltar nunca es quien la mata. Aquí tenemos que cazarla e ir con la presa cogida de las orejas y muerta en nuestras manos. De momento, de lo único que disponemos es de un mail que podría haber escrito una chiflada cualquiera y de una serie de conjeturas, aunque muy bien elaboradas, que ese mérito no te lo quito. Pero necesitamos demostrar que entre la prima de Tacna y Vargas Montseny, efectivamente, había algo. Y creo que tú y yo lo podemos lograr. O, al menos, intentarlo. —Ulises se
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remangó el jersey por encima de los codos como si estuviera preparándose para una pelea—. Te diré lo que vamos a hacer.
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Todos los ovetenses tienen nombre de árbol
En La Patagonia, cuando Luz Miranda y Delia fueron al baño, Vargas Montseny le preguntó a Tina por su nombre. Después de que ella le explicara que en realidad era el diminutivo de su bisabuela Clementina y que en la familia lo habían convertido en nombre propio, teniendo que ser bautizadas como María Tina, el escritor sonrió. «Tina», dijo. «Tina», repitió como para sí mismo. «Corto y bello. Además, es un género de árboles tropicales. Tina alata, Tina violácea… Me parece encantador llevar el nombre de un árbol». «Esta tiene más de pino», dijo mi tío riéndose. «No me miréis así, que me refiero a la altura, a la elegancia…». Tina, sin hacer demasiado caso a mi tío Canor, le contó a Vargas Montseny que, además, lo llevaba por partida doble, porque una de las cosas que más le gustaba de ser de Oviedo era nuestro gentilicio oficioso: carbayones. Carbayos era como en Asturias se llamaba a los robles, y el carbayón era un roble inmenso, centenario, ubicado en la calle principal de la ciudad hasta el siglo XIX, que por su excelencia se convirtió en el símbolo de Oviedo. De ahí lo de carbayones, los que pertenecen al gran roble. «Por eso, de alguna forma, todos los ovetenses tenemos nombre de árbol», dijo Tina. «Y algunas, alma de pájaro», agregó Vargas Montseny señalando su pañuelo.
Braulio me lo había contado y yo al fin había logrado acordarme con claridad de aquella conversación, pero ahora creía recordar también el tono en el que Vargas Montseny había pronunciado su nombre y también la frase «Y algunas, almas de pájaro»: con una ternura especial, con un aire de melancolía y de resignación, del mismo modo que había dicho: «No hay nada más hermoso que el consuelo». Señaló el pañuelo de Tina y comenzó aquella conversación sobre pájaros. El pañuelo que Tina solo llevó esa tarde, o yo no se lo volví a ver más, y con el que jugaba nerviosamente, colocándolo una y otra vez, como quien emite una señal o
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trata de evocar todo el poder de un amuleto. Los pájaros ya no te encuentran, aquel libro que Vargas Montseny decía llevar años escribiendo. No podía ser casual; todo me parecía formar parte de un código secreto.
Blas no estaba tumbado en la cama, como pensé, sino recogiendo la cocina. Le asustó la forma casi explosiva que tuve de entrar en casa. Se lo fui explicando todo mientras rebozaba el pescado en aceite chisporroteante y mis dedos se impregnaban de una masa pastosa de huevo y harina.
Él apenas pudo probar bocado mientras cenábamos. Yo continuaba hablando y engullendo rodajas de merluza a la romana, una tras otra, añadiendo una cantidad exagerada de mayonesa. Blas me escuchaba como absorto, con su mirada fija llena de asombro. «Vaya», dijo al fin. «Vaya», repitió. En aquel momento, como en otros tantos, me apenó que fuera tan inexpresivo. «¿No te parece algo alucinante?», pregunté echándome otra cucharada de mayonesa, aunque en el plato apenas quedara pescado. «Sí, pero si lo piensas bien, cumple con las leyes de Newton. Al menos con la de la inercia y con la de acción y reacción». «¿Qué?», pregunté sin poderme creer que me fuera a salir con la física. «Las cosas se mantienen como están hasta que algo las interrumpe. En este caso la interrupción fuiste tú, que impulsaste el movimiento al hablarle a Luz Miranda, casi sin querer, de Tina. Y si empujas algo, la fuerza rebota, que es lo que está ocurriendo. No somos conscientes de todos los movimientos que iniciamos y, mucho menos, de qué pueden generar. No disponemos de las suficientes variables para calcularlo. Tú no dejas de generar movimientos, siempre inquieta, siempre buscando y, por tanto, alterando el estado de las cosas». Eso era algo que Blas apreciaba mucho en mí y, sin embargo, en aquel momento lo dijo como reproche, o tal vez como amenaza. Me di cuenta de que tenía miedo. «Ten cuidado, Alana. Esto no me está gustando». «¿A qué te refieres?». «No lo sé muy bien, pero ya no es una cosa de tu tío y tus amigos. Si realmente descubres algo, deberías ir a la policía y no andarte con tonterías por ahí con Ulises». «¡Por Dios, Blas, no exageres! Parece mentira que te lo tenga que decir yo a ti». «Al no saber qué estás moviendo, tampoco sabes la fuerza con que rebotará. Te lo repito: por favor, ten cuidado».
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Me enfadó su reacción. Sentí como si de niña hubiera encontrado un trébol de cuatro hojas y, al mostrárselo orgullosa a mis padres, simplemente me regañasen porque me había manchado los pantalones de barro. Esa clase de desencanto. Además, mi intuición no me había fallado: sabía que allí había algo oculto, algo que no acababa de cuadrar del todo. Al fin y al cabo, en eso consistía mi trabajo: en husmear, en indagar, en revolver el pasado, en buscar sin saber con exactitud qué estoy buscando porque solo lo distinguiré cuando lo encuentre.
Como venganza, decidí que no le mantendría al tanto de los avances que haríamos Ulises y yo con el plan que habíamos trazado, y que no podía parecerme más inofensivo. De hecho, había sido mi plan original antes de enterarme de que Tina se había suicidado, y fue lo que Ulises volvió a proponerme: contactar con el viudo y tratar de entrar en aquella casa. «¿No tenían entre todos un barullo tremendo de cartas?», me había preguntado. «Pues igual alguna queda. O una foto, un rastro o algo. Los ricos siempre dejan cosas a su paso. En eso tiene razón mi hermano».
Pasamos días calculándolo todo con precisión. Llegamos incluso a hacer esquemas. Él, como librero de viejo, y yo, como anticuaria («Recalca lo de anticuaria, y no se te ocurra decir otra palabra», me advirtió Ulises), nos presentaríamos ante Joaquín alegando que estábamos pensando en comisariar una exposición sobre el legado de los Flórez. Al fin y al cabo, habían marcado una época y formaban parte de la historia de la región. «Pero ¿tú alguna vez comisariaste una exposición?», le pregunté a Ulises. «¿Yo? ¡Ni que trabajase para El Prado! Pero hay que contar una buena milonga para que nos dejen echar mano a esos papeles».
No solo barajábamos hablar con el viudo, sino también con las hermanas de Tina. Irles con el cuento de la exposición para poder indagar así en su familia. Hacer preguntas, que nos hablaran de sus veranos en la casa de Luanco y de cada una de las Flórez, sobre todo de las que andaban por el mundo. Cualquier mínima conexión con Vargas Montseny nos serviría para seguir investigando.
El plan, claro, era bastante más laborioso de lo que en un primer momento nos habíamos imaginado. Para empezar, teníamos que informarnos exactamente de qué era comisariar una exposición, y para seguir, documentarnos sobre la extensa familia Flórez, de la que Ulises y yo no teníamos más que una remota idea. «Pues no será por bibliografía,
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carajo, qué gente más pesada. Pero todo muy técnico, muy farragoso. De aquí vamos a salir expertos en metalurgia».
No fueron días fáciles. Dormía siestas de dos horas hasta que algún cliente me despertaba con el timbre. Por más búsquedas que hacía, me costaba internarme en el imperio de los Flórez, que se extendía por Europa y Sudamérica. Entre Blas y yo las cosas seguían tensas. Apartábamos el biombo chino con brusquedad. Ambos estábamos distantes y hablábamos poco. Incluso los mails que nos intercambiábamos eran meramente informativos.
Me despertó el sonido del portero automático; había vuelto a quedarme dormida. Alguien debía de haber dejado cerrado el portal, lo que era muy extraño no siendo fin de semana. «¿Sí?». «Abre». Aquella voz imperativa me resultó familiar, aunque era incapaz de identificarla a través del telefonillo.
Cuando llegó a la puerta, presionó con demasiada fuerza el timbre. Al abrirle, clavó en mí su mirada torva. Era prácticamente lo único que se veía de su cara, pues tenía subidas las solapas del abrigo y llevaba la boina calada hasta las cejas.
—¡Bode! —Casi me había olvidado de él—. ¿Cómo tú por aquí? Pensaba ir uno de estos días a llevarte unos relo…
Sin dejarme acabar, me esquivó y entró en mi casa.
—Cierra la puerta y vamos a sentarnos, anda, que ya me leí el libro de los cojones.
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Salvando a Nicanor Parra
De un vistazo, me puse a pasar revista a todos los relojes de mi gabinete (los de carrillón, los de bolsillo, los de pared) comprobando no solo su estado, sino también que estuviesen en hora y que su tictac uniforme siguiera marcando el ritmo de la casa. Fue algo instintivo, como el que mete la barriga al encontrarse con un monitor de gimnasio.
Bode se quitó la boina y, sin desabrocharse el abrigo, se sentó en mi sillón de barbero. Parecía agradarle ese asiento; acarició los reposabrazos de cuero, encajó con gracia los zapatos en el soporte para pies con rejilla, incluso lo empujó con la espalda verificando que se reclinaba.
—¿Te apetece un café? —pregunté, nerviosa.
Algo grave debía de pasar para que hubiera venido hasta mi casa. Intuí que no lo había hecho precisamente para darme el mechero.
—¿Vino tienes?
—Solo de cartón, para cocinar.
—Tampoco es cuestión de envenenarme. Siéntate, anda.
El único asiento que tenía disponible en la sala era la otomana. Si me tumbaba en ella, además de parecer un tanto ridícula, quedaría frente a él en una clara posición de inferioridad, perfecta para el reproche.
—No, deja, prefiero quedarme de pie.
—Que te sientes.
Acabé trayendo una silla de la cocina.
Bode se revolvió en el sillón de barbero, se bajó los cuellos del abrigo y gruñó. Era su forma de acomodarse.
—En primer lugar, a mí siempre me importó tres cojones que hablaras o dejaras de hablar de mí en ese libro. Lo que hago en privado lo hago a solas o, como mucho, con otra persona. Y lo que digo en público me da igual decirlo ante cuatro que ante cuatrocientos.
En ese momento sentí un gran alivio.
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—Ay, no sabes cuánto me alegra que…
—En segundo lugar —continuó—, ya me he asesorado y sé que, en caso de que esto sirva para algo, no se pueden tomar contra mí medidas legales. Que yo tonto no soy, y me he cuidado mucho en esta vida como para venir a cagarla ahora. Pero lo que tampoco quiero es tener remordimientos, que, como decía mi madre, lo único que importa es dormir tranquilo. Cada palo que aguante su vela. Resumiendo, si lo que tengo que decir aporta algo, bienvenido sea, y si no, santas pascuas. Pero que por mí no quede.
Aquello me desconcertó totalmente.
—Bode, no tengo ni idea de lo que estás hablando.
—Ya, normal, qué vas a saber tú. Aunque lista lo eres un rato. —Me miró de una forma tan hosca que aquella frase casi me pareció un insulto. Después se recostó por completo en el respaldo y puso las manos en sendos reposabrazos, en una pose intencionadamente digna—. La mañana en que desapareció, yo había quedado con Vargas Montseny. Concretamente, a las siete y cuarto.
Probablemente no fue así, pero a mí me dio la impresión de que en aquel momento, marcando la hora en punto, comenzaban a sonar todos los relojes de la casa.
—¿Qué?
—Que quedé con Vargas Montseny, en mi relojería, la mañana que desapareció. O, mejor dicho, antes de que desapareciera.
—¿Cómo dices?
—¡A ver si no vas a ser tan lista! ¿Cuántas veces tengo que repetírtelo, coño?
—Sí, sí, pero… —Me estaba costando procesar aquella información repentina—. ¿Y no se lo dijiste a nadie? ¿No se lo contaste a la policía?
—Para qué, si no iba a aportar nada. Estuve con él diez minutos y ya está. Cuando el paisano se marchó, estaba como una rosa, y yo no tengo ni idea de adónde fue, que bien que me lo he preguntado. ¿Se lo digo a la policía y qué? Nada iban a resolver con eso, y lo único que haría yo sería el ridículo. Ni hablar, para reírse que cojan a otro.
—Pero, a ver, que me aclare, ¿tú qué relación tenías con Gabriel Vargas Montseny?
—Yo, ninguna.
—¿Entonces?
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Manuel Bode gruñó y bajó la mirada hasta los botones de su abrigo, los cuales empezó a desabrochar lentamente.
—Vamos a ver cómo te lo cuento. Pues digamos que pensé que aquella era una buena oportunidad. No es que me hiciera demasiada gracia que el escritor que iba a venir fuera chileno, porque ya sabes lo que pienso de los sudamericanos, que escriben con más florituras que sensatez, sin precisión ninguna. Pero he de reconocer que cuando me puse con sus libros cambié de opinión. Podría decirse que me convenció. El Vargas no era ningún pesado, como sus compatriotas, sabía lo que se traía entre manos. Me pareció un hombre juicioso y estimé su criterio. Al conocerlo en la tertulia, siguió dándome esa impresión. Además, lo encontré amable, cercano…, accesible. Poco envarado. Por eso quise que leyera mi manuscrito, para que me dijera si aquello valía la pena o no, y saberlo yo de una vez.
—Ah, pero ¿tú escribes, Bode?
Me miró como si lo hubiera insultado.
—Escribía. O escribo, de vez en cuando —contestó, a la defensiva—. Da igual, porque lo mío no va a salir nunca de la relojería. Y tú ten mucho cuidado de ir diciéndolo por ahí, que eso, como tantas otras cosas, no le importa a nadie, y ya estoy haciendo yo mucho con estar aquí sentado.
—No, no, perdona, simplemente me he sorprendido. Entonces, ¿tú quisiste pasarle a Vargas Montseny tu novela?
—Poemario. Lo que yo escribo es poesía.
—¿Tú? ¿Poesía?
De pronto lo imaginé en la trastienda de la relojería, sentado a la mesa del taller, rodeado de lupas y engranajes, fumando, con la gorra calada, hosco y solitario, escribiendo poemas.
—¿Algún problema con eso? —preguntó, desafiante.
—No, por Dios, ninguno. Sigue, por favor.
—Pues aquella tarde, cuando acabamos la tertulia, aproveché y lo cogí por banda, que no quería que los demás se enteraran, y le pedí que quedáramos porque me haría un favor muy grande si quisiera leer mi poemario. El hombre estaba reticente. Me dijo que tenía muy poco tiempo, pero yo le insistí. Le di la tarjeta de mi relojería para que se pasara por allí. Le expliqué que no estaba lejos del hotel y que serían solo unos minutos. Eso pareció convencerle, porque al leerla se rio y me dijo que verdaderamente en Oviedo todo quedaba cerca. Podría pasarse un momento a las siete y cuarto de la mañana. Sabía que era muy temprano,
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pero era cuando iba a dar sus paseos matutinos y después ya no tendría tiempo.
—¿Y eso fue cuando salimos, en la puerta de La Patagonia? — pregunté recordando lo que me había contado Braulio.
—Sí, ahí le cogí, sí. Me daba lo mismo las siete de la mañana que las once de la noche, porque para mí todas las horas son iguales, con sus mismos minutos. Encima a tu tío se le ocurrió aquella tontada de dar un paseo por la noche, y mira, casi mejor, así iba ya directamente, porque suponía que no dormiría un carajo y pasaría las horas dando vueltas en la cama. Cuando llegamos a la catedral aún me quedaba tiempo, pero como Tina quería marcharse, me fui con ella porque no me hace demasiada gracia que una mujer ande sola a esas horas por la calle. Y no me vengas ahora con la ridiculez de llamarme antiguo, que he visto demasiadas cosas en la vida como para estar aguantando memeces. Total, que acompañé a Miss Pino al portal, y luego cada mochuelo a su olivo. Entonces me llegó un mensaje de Rosalía preguntando si quedábamos para desayunar no sé dónde. Sí, para desayunar estaba yo con estos. Si supieran…
—¿Y Vargas Montseny vino?
—Vino, sí. Y bastante antes de lo acordado. A las siete y cinco. Llegó disparado del hotel como si le persiguiera el diablo. Tuvo que agacharse al entrar porque había dejado la persiana metálica a medio abrir, no se me fuera a colar nadie, que a esas horas no anda nada bueno por la calle. Le di el poemario, le pedí que lo leyera y que me diese su más sincera opinión, que podía llamarme a la relojería o escribirme, tenía mi dirección y mi teléfono en la tarjeta. Para agradecérselo, le regalé un reloj, quizá también para que se sintiera un poco presionado. Vargas Montseny no quería aceptarlo, pero yo insistí, y él, que parecía que tenía muchas ganas de irse y ya estaba con un pie en la puerta, me dijo que de acuerdo, pero solo con la condición de que yo también aceptase un regalo. Sacó el mechero de la chaqueta y me lo dio. «Para que no vuelva a quedarse sin fuego y también se acuerde de mí», me dijo, zalamero.
—¡El mechero! —exclamé—. Te lo dio entonces al día siguiente, no te quedaste con el que te había prestado en La Patagonia. Por eso eran distintos. Él solía llevar varios.
—Sí, nena, el puto mechero. Yo ni me había fijado en que era otro. Total, que el hombre se fue con mi manuscrito y el reloj. Al rato yo salí a la calle… ¿y sabes con qué me encuentro?
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—¿Con qué?
Ya podía esperarme cualquier cosa.
—¡Con que el cabrón había tirado mi poemario a la papelera! La que está enfrente de la relojería, que no tardó ni un minuto en deshacerse de él. Le hubiera salido bien la jugada, pero la papelera estaba llena y, claro, sobresalía. Ni debió darse cuenta. Al menos podía haberlo guardado en la bandolera que llevaba y tirarlo en otra parte, si tanto le molestaba. Ahora, al leer el libro de Rami, he descubierto que a él no le gustaba la poesía, y, mira, algo dejó de escocerme, tantos años después. Que igual lo tiró para no darme explicaciones, y el problema lo tenía con la poesía, no conmigo. Pero qué iba a saber yo. Encima, como aquella tarde había citado a Nicanor Parra…
—Pero porque Nicanor Parra era el antipoeta, por eso le gustaba.
Bode me miró con suspicacia.
—Coño, veo que tantos años en la tertulia te han servido para algo.
En realidad, no. Hasta hacía unos días yo no tenía la menor idea de quién era aquel poeta chileno, pero en mi búsqueda obsesiva había leído un artículo de Vargas Montseny, titulado «Salvando a Nicanor Parra», en el que explicaba precisamente eso.
—Entonces ya me dirás tú qué le iba a contar a la policía —continuó Manuel Bode—. ¿Que sí, que había quedado con Vargas Montseny para darle mis poemas y que él salió corriendo y los tiró a la basura? Venga, hombre, que se busquen a otro payaso. No, y encima a ver si todavía iban a inculparme o querían registrarme la relojería. Yo dije lo que había pasado en la tertulia y que le acompañamos al hotel, como todos, y a correr. Así de fácil.
—Tan fácil no te resultaría, Bode, que vomitaste al salir de la comisaría.
—¿Cómo sabes tú eso? —preguntó, irguiéndose en el sillón de barbero.
—Me lo contó Delia, que te vio cuando entraba ella.
—La asquerosa de la Médium. Mejor estaba mandando pésames que diciendo por ahí tonterías de los demás. Pues sí, claro, cometer perjurio, o lo que sea eso, no es plato de buen gusto para nadie. Luego, encima el asunto fue tomando unas dimensiones que para qué te quiero contar. Yo ahí, el hombre sin aparecer y la noticia saliendo en todos los periódicos. Y venga y dale que te pego con que la última persona que lo vio fue la
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recepcionista. ¡Y el último en verlo había sido yo! ¿Tú sabes qué nervios paso cada vez que oigo algo sobre esta desaparición? Por eso me sentó como una patada en los cojones que saliera Vargas Montseny en la niebla, a ver si se iba a remover el caso. Si es que a veces hasta sueño que vienen por la noche y me detienen. Pero para qué iba a hablar a esas alturas. ¿Para hacer el ridículo? No tenía sentido. Entonces no, pero ahora sí. Porque una cosa es callarse algo anecdótico y otra, ocultar información que pueda ser relevante para encontrar a un desaparecido. Eso sí que ya no me lo aguanta la conciencia. Así que, si logras algo con esto, que sepas que yo estoy dispuesto a declarar. Vienes, me lo dices y voy. Pero únicamente por eso, ¿eh? Porque sea relevante. No se te ocurra ir diciéndole a nadie esto, y menos a los de La Patagonia.
Parpadeé un par de veces.
—No acabo de entenderte, Bode… ¿Qué información relevante? Me miró frunciendo una ceja.
—Coño, pues a ver si de verdad no vas a ser tan lista. ¿No te das cuenta, nena? El reloj que yo le di a Vargas Montseny, el que se puso delante de mí en la muñeca, era un Longines. Un Longines de esfera dorada y correa de piel, el que se describe en Vargas Montseny en la niebla, que es tanto como decir que lo llevaba puesto cuando desapareció. Al decírmelo tú casi me da un infarto, porque era imposible que pudieras saberlo. Y sí, efectivamente, así aparece en el libro, tal como fue. Pregúntale a tu amiga la escritora quién le dijo que Vargas Montseny llevaba un Longines, porque tuvo que estar con él aquella mañana después de que le viera yo.
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La Chiquita
Por un momento, las casas de colores del Fontán me recordaron a Praga, a aquella Praga con la que Blas y yo soñábamos sin haberla conocido. El azul ultramar del lapislázuli, el rojo desvaído de las bocas pequeñas, el amarillo de las fotografías antiguas, el rosa de los países en los mapas. Las ventanas alargadas divididas en cuadraditos por travesaños como si fueran tabletas de chocolate. Los tejados con buhardilla, los faroles negros incrustados en las fachadas, los soportales de piedra.
Pero en cuanto vi a Ruth en la puerta de La Chiquita con el gran manojo de llaves, volví a la realidad. Puesto que era lunes y Sebas cerraba el bar, me había dicho que podíamos ir allí a charlar tranquilamente y sin interrupciones. Él y Marta se harían cargo de la logística de los niños. «Pero ya puede ser gordo lo que tengas que contarme», me amenazó cariñosamente. «Es enorme, Ruth», le contesté, no con aire de misterio, sino de determinación.
Ulises había insistido en acompañarme, aunque yo preferí tener intimidad con mi amiga. «Vale, pero llámame en cuanto salgas, Calumet, que voy a dejar el móvil encendido». Me dio la impresión de que estaba incluso más nervioso que yo, más excitado con aquella pesquisa.
Ruth al fin dio con la llave correcta.
—Anda, pasa rápido —me dijo abriendo la puerta—, no vaya a ser que se nos cuele alguien. No hay nadie más difícil de echar que a un parroquiano.
Un bar cerrado es como un colchón sin sábanas. Un poco deprimente, despojado, como a la espera de algo. Así me pareció entonces La Chiquita. Ruth ni siquiera se molestó en encender las luces. Nos bastó con la que entraba por las ventanas, transformando el índigo del bar, convirtiéndolo
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en azul medianoche. Lo que sí hizo fue acercar un par de taburetes a la barra y sacar unos botellines de cerveza helada. Uno para mí, dos para ella. Me encaramé al taburete y a Ruth le bastó con apoyar el trasero mientras se bebía medio botellín de un solo trago; uno de esos gestos vistosos que en ella resultaban tan naturales. Yo saboreé el mío; no hay nada mejor que el primer sorbo de una cerveza fría, todos los que vienen después son peores. Me pregunté cuántos tendría que tomarme antes de acabar de contarle a Ruth la historia completa.
—Bueno, a ver, dispara ya, que me tienes en un sinvivir —dijo, apartándose las greñas que le caían por la cara—. Aunque lo de tener un ratito para beber cerveza tampoco está mal.
—Antes que nada, Ruth, ¿de verdad Tina no quiso hablar para tu libro? Es decir, puede que lo hiciera y te pidiera discreción… Que quisiera ser una fuente oculta, vaya.
—¿Tina Flórez? No, no. No me dijo una palabra.
—¿Estás segura? A mí puedes contármelo. Sé que debes preservar el anonimato de tus fuentes, pero…
—Joder, Calu, que esto no es el Watergate. Te digo que no. ¿A qué viene esta pregunta tan rara?
Aquello desbarataba mi hipótesis. Tomé otro trago y a punto estuve de pedirle que mirara si Sebas no tendría por ahí unos huevos en salmuera para poder picar algo. En lugar de eso, busqué en la estantería la damajuana que le había regalado. Era una pieza verdaderamente maravillosa.
Tuve la tentación de empezar a hablarle a Ruth de las leyes del movimiento de Newton, y también de cómo la interrupción de un elemento extraordinario altera el statu quo. La llegada de un escritor famoso basta para que se revele un amor escondido, para que alguien logre volcar sus obsesiones permaneciendo en el anonimato, para que se desenmascare un poeta secreto.
Pero era muy largo de explicar, y además me interesaban otras cosas, así que pasé directamente a hablarle del mail de Luz Miranda. Se lo leí en alto mientras acababa de tomarse las dos cervezas y se levantaba a por un par más.
—A ver, Calu —me dijo, sentada de nuevo en el taburete y tomándose el enésimo trago—, esto es muy raro. Miranda lleva sin hablar con nadie durante veinte años. Como mucho, contesta pidiendo que la dejen en paz.
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Me parece bastante increíble que, de pronto, en un ataque, le cuente estas cosas a una total desconocida. Dices que se ha cuidado mucho de borrar sus pasos, pero a mí más bien me parece una broma pesada. Ese correo pudo habértelo enviado cualquiera.
—Cualquiera no, Ruth. Fue a ella, a Luz Miranda, a quien le mandé un mail diciéndole que mi amiga Tina Flórez había muerto en trágicas circunstancias. Y eso es exactamente lo que me dice en su correo. Mira — dije señalando la pantalla—: «Me alegro de que su amiga haya muerto. Y me alegro, aún más, de que lo haya hecho en trágicas circunstancias».
Ruth se frotó los ojos un par de veces.
—¿Alguien más sabe esto?
—¿El qué? —pregunté.
—Todo esto que me estás contando. Esta… investigación, o como quieras llamarla.
—Sí. Ulises…
No sé por qué no mencioné a Blas y a Melquíades. Supongo que, al no estar convencidos del todo, me dio reparo nombrarlos.
—¡Pues ya está! —exclamó dando una sonora palmada—. El tarado de Ulises te ha escrito ese mail y te está gastando una broma. Se aburrirá, como todos nosotros a veces. Como la mitad de la gente que me escribe con absurdas teorías sobre Vargas Montseny. Además, ¿cómo iba a tener una mujer de Oviedo una aventura con él en su casa de la playa en Chile?
—Es que solo te he contado el principio.
Mientras le hablaba de la prima de Tacna, sacó del bolsillo de la cazadora un librito de papel, filtros y tabaco, lo colocó todo sobre la barra y se puso a liar un cigarro, manteniendo el hábito de exfumadora que necesita tener las manos ocupadas.
—Pero vamos a ver, me hablas de un mail que pudo haber escrito cualquiera, de una pariente de Tina en Perú que se llamaba igual que ella, de un pañuelo de pájaros… ¿En serio quieres que tiremos de ahí para escribir una segunda parte? Y yo que ya me había hecho ilusiones…
—Lo sé, son todo conjeturas muy vagas. Por eso hasta ahora no quise comentarte nada. Pero, como dirías tú, aquí viene lo gordo. Porque precisamente tú puedes demostrar que alguien estuvo con Vargas Montseny la mañana que desapareció.
Aquello pareció descolocarla.
—¿Yo? —preguntó señalándose.
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—Tú —respondí triunfal, teatralmente—. Lo vas a entender ahora en cuanto te lo cuente.
Ruth ladeó la cabeza. Me pareció entonces que su cara ancha de india se afilaba, asemejándose a la calavera con una chistera que llevaba estampada en su camiseta de los Guns N’ Roses. Como si fuera el dibujo en el pecho el que me mirara.
—Pues cuéntame —dijo después de pasar la lengua por el papel de fumar y acabar de liarse el pitillo.
Le pegué un trago a mi cerveza, pero ya estaba caliente. No me importó.
—¿Lo entiendes, Ruth? ¿Te das cuenta? —le pregunté después de narrarle, con toda la precisión que pude, el paso de Vargas Montseny por la relojería de Manuel Bode—. La persona que te dijo que él llevaba un Longines tuvo que estar con él aquella mañana.
Ruth se quedó mirándome con sus ojos negros que, ahora sí, definitivamente me recordaron los agujeros de una calavera. Por fin había conseguido dejarla perpleja.
—¿Y bien? ¿Quién te lo dijo? ¿Quién te dijo que Vargas Montseny llevaba ese reloj?
—No… no lo recuerdo.
—¿Cómo que no lo recuerdas?
—Hablé con mucha gente, os pregunté a todos cómo iba vestido… Qué sé yo ahora lo que me dijo cada uno.
—Ruth, trata de hacer memoria, porque esto es importante.
—Sí, sí, espera…, dame un momento.
Se levantó a por otra cerveza y se quedó unos segundos mirando al infinito, apoyada en la nevera.
—Estaba convencida de que te lo había dicho Tina —proseguí—. Por eso pensé que igual había hablado contigo en secreto, sin querer que los demás se enteraran. Porque eso cuadraría. Vargas Montseny tenía mucha prisa, según explicó la recepcionista y también Bode, y aceptó pasarse por la relojería cuando leyó la dirección en la tarjeta. La relojería de Bode y la casa de Tina están en la misma calle, y Vargas dijo que en Oviedo todo quedaba cerca. No sería descabellado pensar que había quedado en casa de Tina, de la prima de su amante, y por eso aceptó pasarse un rato antes a
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ver a Bode. Si Tina te hubiera dicho lo del Longines, tendríamos una prueba tangible de que se vieron aquella mañana y…
—Que no me lo dijo Tina, que no habló conmigo, que yo con esa mujer no tuve nada. No sé cuántas veces quieres que te lo repita. —Ruth comenzó a trastear tras la barra. Por el ruido deduje que estaba apartando cosas en busca de algo.
—Pero te llamó la mañana antes de morir para preguntarte por Vargas Montseny. De morir no, de quitarse la vida. Eso es otra prueba de que para ella era importante.
—Ah, aquí están.
Ruth sacó una cerilla de una pequeña caja marrón y encendió el cigarro que se había liado. Por un instante me pareció algo mágico verla prender un fósforo.
—No sabía que habías vuelto a fumar.
—Solo cuando tengo que concentrarme mucho en algo.
—Oye, pues si eso te ayuda a hacer memoria, te voy a comprar ahora mismo una caja de Farias. Piensa, anda, piensa.
Se puso a dar vueltas por La Chiquita con el cigarrillo en una mano y con un botellín de cerveza en la otra. Daba una calada, bebía, meneaba la cabeza para quitarse un mechón de pelo de los ojos. Cavilaba.
—Porque si no fue Tina, ¿quién? —continué—. ¿Quién de los que habló para tu libro pudo haber visto a Vargas Montseny aquella mañana después de las siete y cuarto? ¿Lucía Ramírez, la recepcionista? ¿Saúl Muñiz, el organizador de los Encuentros? ¿Victoria Lin, la periodista? No se me ocurre nadie más.
—No, a mí tampoco.
Ruth caminó hasta la puerta, comprobó que estuviese bien cerrada, miró por la ventana y continuó dando vueltas por el bar.
—¡Espera! ¿Y las grabaciones? Nos grabaste con el móvil. Podemos volver a escucharlas y…
—En cuanto pasé el texto al ordenador, las borré.
—¿No tomaste notas?
—No tomé nada.
Le dio una larga calada al cigarrillo quemando gran parte del papel. Después tiró la colilla al suelo. Se quedó mirándola fijamente y noté que se bamboleaba. O puede que no, pero me daba la impresión de que era un gran tronco a punto de caer. Pensé que debía de estar borracha.
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De pronto chasqueó los dedos.
—Se confundió, eso es.
—¿Quién? —pregunté.
—El relojero. El Longines lo llevaba puesto Vargas Montseny por la tarde en La Patagonia. Por eso se equivocó. Es otro más de los malditos juegos de la memoria.
—Imposible —afirmé—. Bode nunca se equivocaría con un reloj, al igual que yo nunca olvido un objeto. Es más, dice que está dispuesto a declarar. Y, la verdad, Ruth, si no te acuerdas de quién te lo dijo ni lo podemos comprobar, igual lo mejor es que lo haga. Blas tiene razón, esto nos viene grande. Bode y tú podéis ir a la policía y…
—¡Claro, a la policía! —dijo irónicamente, extendiendo los brazos como si fuera a iniciar el baile de la lluvia—. ¡No tienen otra cosa que hacer que interesarse por esta pijada! Pero ¿tú te estás oyendo?
—Joder, ¿te estás oyendo tú? —Su actitud estaba empezando a cansarme—. Es una pista sobre un caso que jamás se ha resuelto. Sobre el que, por cierto, tú has escrito, y tú no pareces dispuesta a hacer nada. ¡Estoy yo más interesada que tú en saber quién te dijo lo del reloj, y te juro por Dios que no te entiendo! Y sí, claro que creo que esto le puede interesar a la policía. Y a los periodistas, ni te cuento. A todo el mundo, de hecho, menos a ti, o eso parece.
Ruth se quedó mirándome fijamente y no dijo nada. Se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros y caminó despacio hasta la puerta. Por un instante temí que la abriera y me dejara allí tirada, pero se quedó un rato mirando tras el cristal.
—Calume, tú me quieres, ¿verdad? —me preguntó sin volverse. Solo podía ver su espalda ancha como una montaña—. Me quieres a mí y a mi familia.
—Sí… sí, claro —dije, desconcertada.
Me pregunté entonces si Ruth estaría teniendo problemas con el alcohol, o problemas en casa. Incluso me cuestioné qué era exactamente lo que acababa de fumarse.
Se dio la vuelta y caminó hacia mí. Cogió con parsimonia el taburete y se acomodó a mi lado, mirándome a los ojos.
—Y sé que si te digo que olvides todo esto, que no le des más vueltas, que dejes de hurgar en la relación de la prima de Tina con Vargas Montseny, o que le digas a Bode que lo del reloj no conduce a ninguna
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parte, no lo harás. Continuarás indagando. No creo que puedas evitarlo. Lo cierto es que nunca pensé que fueras a descubrir tanto. Es más, pensé que no descubrirías nada.
—Pero ¿de qué me hablas, Ruth? Me estás asustando.
—Créeme, eres tú la que me has asustado a mí. Tengo tanto miedo que casi no me tengo en pie. Pero me quieres, nos queremos, y confío en eso. En mi vida de mierda, el amor es lo único que me ha salvado.
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Dilúculo
Ruth no estaba borracha, sino todo lo contrario. Era dueña de esa sobriedad que uno no desea, de esa lucidez que se aborrece cuando despertamos de una pesadilla.
Se metió detrás de la barra y empezó a trastear.
—¿Quieres algo más fuerte que la cerveza? —me preguntó—. Te advierto que vas a necesitarlo.
—Whisky.
Nunca me ha gustado el whisky, pero sí los vasos en los que Sebas lo servía, anchos, labrados, pesados cuando los sostenías en la mano. Quería beber en esos vasos, o en jarras de cerveza alemanas con forma de sirena, o en las copas de bolsillo que llevaban plegadas dentro de sus chalecos los soldados americanos en la Primera Guerra Mundial, o en vasos de uranio verde, o a morro de la damajuana que tenía delante. Las piernas me temblaban en el taburete; hubiese preferido un asiento más bajo en el que no tener que mantener el equilibrio.
Tras los cristales, veía a la gente pasar por el Fontán y me parecía que estaban muy lejos o nosotras muy aisladas, como si los transeúntes fueran peces que se ven desde la ventanilla redonda de un submarino.
Ruth volvió a sentarse junto a mí, dejando los vasos de bebida en la barra. El mío, un whisky con mucho hielo; el suyo no sé qué contenía, pero rebosaba.
—Tienes razón —me dijo, acomodándose en el taburete—. Vargas Montseny y la prima de Tina fueron amantes durante muchos años. Lo que ignoraba es que Luz Miranda se había enterado. Debió ser más cuidadoso, destruir las cartas. Al final nos pierden los detalles, la avaricia de conservarlos. Pero por lo que me cuentas, Miranda no tiene ninguna intención de revelarlo, y está bien que así sea.
Parpadeé tres veces.
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—¿Y cómo coño sabes tú eso?
—Porque hace años trabajé para Tina —dijo tomando un trago.
—Que trabajaste para Tina… —repetí despacio—, ¿como investigadora, como documentalista…?
Ruth estalló en una carcajada.
—No, por Dios. Como asistenta. Le limpiaba la casa, atendía a su madre… Sí, fundamentalmente atendía a su madre.
—No tenía ni idea…
—No, ni tú ni nadie. Tampoco fue durante mucho tiempo, pero… Escucha, Calu, la historia que te voy a contar es bastante larga y complicada, y yo estoy muy nerviosa. No me va a resultar fácil sacarla, así que te pido que no me interrumpas. Sé que tendrás preguntas, pero ya verás como todo acaba encajando, no te preocupes. Al fin y al cabo, es una de las pocas cosas que se me dan bien: organizar información y saber contarla.
Sacó una goma de su muñeca ancha y se recogió el pelo en una coleta.
Las canas, como torcidos hilos blancos, le salían disparadas por los lados.
Y Ruth comenzó a contarme su historia con aquella voz que nunca me pareció más hermosa:
—Ya sabes que cuando llegué de Astorga con veinticinco años, el único trabajo que encontré fue el de poner copas por la noche en distintos pubs. Comencé a beber de nuevo y también a drogarme. Tampoco demasiado, y no porque no quisiera, sino porque no tenía suficiente dinero; te aseguro que las ganas de evadirme eran imperiosas. Cuando me despidieron del tercer pub, en un intento de llevar una vida más ordenada, decidí ponerme a limpiar casas. Trabajo que, por cierto, tampoco sabía hacer. Al principio solo limpiaba unas horas en la casa del dueño del pub. Paco, un buen hombre. Yo era un desastre, sobre todo planchando, pero él no me despedía porque le daba pena y quería echarme un cable. Ahí fue donde encontré mi baza, en la lástima. Las otras casas que me salieron fueron gracias a que Paco se dedicó a contar mi triste historia: la chica de Astorga que había perdido a toda su familia en dos meses y estaba hasta las cejas de deudas. Te juro que odiaba que me miraran con aquella compasión, pero necesitaba el dinero, por lo que yo también me dediqué a contar mi historia, como si fuera mi currículum, mi carta de presentación, lo necesario para que me permitieran fregarles los platos; platos que en mi casa ni siquiera fregaba y tampoco fregaba mi tía Marta, que vivía en la
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catatonia, que lo único que hacía era acariciar gatos. A veces las personas para las que trabajaba se sentaban en la cocina a hablar conmigo, querían que les contase, y yo solo quería arrancarles la cabeza. No es que todos me trataran como a un mono de feria, algunos lo hacían con buena intención, pero yo vivía en un estado permanente de odio. Fue por entonces cuando empecé a salir con Sebas. Ya nos conocíamos de antes, de cuando yo trabajaba de noche. Nadie, nadie en el mundo, ni siquiera mis padres cuando vivían, ha tenido más ganas de cuidarme que él. Si no llega a ser por Sebas no sé… no sé qué hubiera ocurrido. Un poco de suerte, por fin. Aunque muchas veces me he preguntado si no es preferible que se te quiten de una vez las ganas de vivir. La esperanza es peligrosa. Nos vuelve peligrosos.
»No sé quién le habló de mí a Tina. Pudo ser cualquiera, en esta ciudad todo se sabe. Por eso hay tanto afán en esconderse. Casi diría que en disfrazarse. Sí, en disfrazarse. Lo que más le interesó a ella de mi historia no fue mi cúmulo de desgracias, sino que tuviese estudios de enfermería. Estaba buscando a alguien que pudiera ocuparse de la casa y también de su madre. A mí me hubiera gustado decirle que para limpiarle el culo a una anciana, darle las pastillas correspondientes o calmarla de vez en cuando no hacía falta haber ido a la universidad dos años, pero me pagaba bien y con eso era suficiente. Florencia, que era como se llamaba su madre, no solo llevaba años enferma, sino que también había ido perdiendo poco a poco la cabeza. En fin, era todo un cuadro. Yo cada vez pasaba más tiempo con ella porque aquella casa, que era inmensa, al final tampoco acabó dándome tanto trabajo. Tina se planchaba su propia ropa, lavaba a mano escrupulosamente toda la vajilla. Era una mujer meticulosa y algunas veces llegué a creer que incluso ingrávida, tenue como la gasa.
»La mayoría de las veces, al regresar, me encontraba la casa igual que la había dejado. Prácticamente no había ni polvo, a pesar de que estaba llena de alfombras, de muebles macizos, de libros, de figuritas, de mesas auxiliares, de marcos de plata…, decenas de fotografías en marcos de plata. Siempre sospeché que Tina limpiaba cuando yo no estaba. Quizá para que así pudiera dedicarme más a Florencia, o en un intento por controlarlo todo, o simplemente porque se aburría. Te escuché decir varias veces que Tina vivía esclava de su madre, y siempre tuve que contener la risa. Esclava en el sentido de que estaba con ella en casa, sí, pero poco más. Los días que yo no iba, a Florencia nadie la lavaba. Diría que ni
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siquiera la sacaba de la habitación. Era yo quien la cogía del brazo y la hacía caminar por los pasillos. Tina se quedaba en el salón abstraída, leyendo, o escribiendo sus cartas, o escuchando música de piano, siempre tirada en aquella chaise longue junto a la ventana de vidriera. Mira, esa sí que siempre la limpiaba yo. Para eso había que subirse a una escalera y hacer un esfuerzo. Era una vidriera emplomada pero moderna, con vidrios verdes y ámbar. Tenía un mecanismo batiente que permitía ventilar sin abrir la ventana, y era lo que hacía. Porque, que yo sepa, aquella ventana nunca la abrió.
»De vez en cuando me pedía que me quedara a pasar la noche y durmiera con su madre en la habitación, así ella podría descansar. Las noches eran malas, es cierto; Florencia se despertaba gritando, trataba de levantarse, e incluso llegaba a hacerlo y se caía, quedando encajada entre la cama y la mesita. Las noches la desorientaban mucho, como a todos; la angustiaban. Yo no ponía problema, porque además me pagaba un extra, pero pensaba: “¿Descansar de qué?”. De qué tendría que descansar tanto esa mujer. Antes te dije que nadie sabía que yo trabajaba para Tina, y no me refería a que me mantuviera en secreto, pero sí que ponía empeño en esconderme. Como si le diera cierta vergüenza que los demás supieran las labores a las que me dedicaba en esa casa. Si iban a venir visitas, me decía que aquel día no hacía falta que fuera, o que me marchara antes, que le diera el calmante adecuado a su madre y con eso ya estaría. El calmante adecuado. Era la expresión que solía usar y que nunca entendí bien a qué se refería. Yo me dedicaba a darle una pastilla y arreando. Aunque allí, la verdad, no solía ir casi nadie. Las famosas hermanas de las que tanto hablaba aparecían muy de vez en cuando, y tampoco es que se quedaran mucho, no fuera a ser que Tina les pidiera algo. Eso no lo decía ella, lo digo yo. Tina a lo que se dedicaba era a anunciarme con mucha pompa: “Hoy vendrá mi hermana Paulina”, o “Ayer estuvo Marina”, o “Nos visitarán Regina y los niños”. Lo que sí hacían era llamar bastante, y Tina se pasaba horas en la chaise longue hablando por teléfono. Yo intentaba poner la oreja, pero tampoco es que me enterase demasiado, porque Tina decía poco, más bien escuchaba. De su madre contaba lo justo y tampoco sé si le preguntaban. A veces tenía que asomarme al arco del salón para comprobar que ella siguiera con el auricular en la oreja, porque ya hacía un buen rato que no pronunciaba palabra.
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»Aquella semana me preguntó si podría quedarme a dormir el viernes, que ella iba a salir, ya que el sábado por la mañana vendría alguien a desayunar a primera hora. No quería que los interrumpieran y prefería tener a su madre controlada. “Te agradecería que tú tampoco salieras de la habitación, porque son cosas privadas”, me dijo. “Serán como mucho un par de horas, así que puedes seguir durmiendo con tranquilidad mientras mi madre no se despierte”. Aquello me sonaba rarísimo, por lo que supuse que quien iba a venir el sábado a desayunar era Joaquín, el novio. Digo “rarísimo”, porque me parecía que mantenían una relación de lo más extraña. Iban a casarse, pero él por allí aparecía poco, al menos yo nunca lo había visto, y a lo único que se dedicaban era a pasear y a hablar por teléfono. Pasear con Joaquín, ir al gimnasio, a la tertulia de La Patagonia y, supongo, a hacer la compra. De poco más se ocupaba Tina.
»Como cada vez que me quedaba a pasar la noche, Sebas me dejó su furgoneta. Y también, porque se lo pedí, un poco de speed. No es que esté especialmente orgullosa, y muchas veces me he planteado si eso podría considerarse atenuante o agravante, pero solía meterme speed las noches que me quedaba en la habitación con Florencia. Podría decirse que era una forma de mantenerme despierta y atenta, pero lo cierto es que me gustaba esa sensación de tener activados totalmente los cinco sentidos y a la vez sentir que estaba muy lejos, como sedada. Aparqué la furgoneta, como siempre, en el garaje de la casa de Tina. La familia tenía varias plazas en el edificio: una la utilizaba Tina; otra, su hermana Marina, y otra la usaban las que venían de visita. Por lo tanto, yo siempre aparcaba en esa. Ahora recuerdo el olor de aquel garaje y me da náuseas. Nunca me lo he podido sacar del cuerpo; ese olor apestoso, cargante, a goma quemada, a cerrado, a gasolina. Me oscurece el alma y me da escalofríos. Por eso siempre evito meter el coche en un parking.
»Tina se marchó y me quedé en el cuarto con Florencia, a la que le di “el calmante adecuado”. Ella pasó la noche tranquila, y yo la pasé leyendo La nave estelar de Brian Aldiss tumbada en la cama de al lado y metiéndome speed. Sé que es una barbaridad, ahora no lo haría, pero entonces era joven y, como dice el poeta, el pasado es un país extranjero, allí todo funciona de otra manera. Y como Tina no acababa de volver, cuantas más horas iban pasando, más me envalentonaba yo. Es curioso que una de las cosas que recuerdo de aquella noche sea una nave que vaga perdida por el cosmos transportando a un grupo de personas que llevaban
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generaciones viviendo en ella. No sé si alguna vez leíste drogada, yo hace muchos años que no lo hago, pero es algo estrepitoso. Y aquel libro me estaba encantando. La noche se me pasó volando, y cuando oí a Tina llegar, me sorprendió que ya fueran las seis de la mañana. De dónde vendría esa. Apagué rápidamente la luz y me hice la dormida. Tina abrió la puerta, comprobó que todo estaba bien, que ambas dormíamos, y volvió a cerrarla. En cuanto la oí trasegar en la cocina, probablemente haciendo café, volví a encender la lámpara de la mesita. Tenía los ojos como platos, todas las ganas de seguir leyendo y ninguna intención de que me viera con las pupilas dilatadas.
»Sobre las siete y veinte sonó el timbre, y apagué de nuevo la luz. Entonces me dio por pensar que, si el que venía a desayunar era Joaquín, ¿con quién habría pasado la noche Tina? Aquello se ponía interesante. Me levanté de la cama y fui hasta la puerta por si podía escuchar algo. Deduje que no estaban en la cocina, sino en el salón, que se encontraba más cerca de la habitación y no podía cerrarse porque estaba separado del resto de las estancias por un arco decorativo. Ahí les podía oír bastante bien. Fue cuando escuché el llanto. Al principio creí que era Tina la que lloraba, pero no, era un hombre. ¿Joaquín estaba llorando? ¿Ella iba a dejarle? ¿Después de haberse corrido una noche de juerga y a las siete de la mañana? Me relamí. Miré de reojo a Florencia, que continuaba roncando plácidamente, tan drogada como yo. Entreabrí la puerta y me senté en el suelo a escuchar. A pesar de que no conocía a Joaquín, supe que no era él en cuanto empezó a hablar. Aquel hombre tenía un leve acento sudamericano.
»No puedo recrear con exactitud cómo fue aquella conversación porque todo se me junta en la memoria. No sé diferenciar demasiado bien entre lo que oí entonces y lo que supe después por Tina. Solo sé que el hombre le dio las gracias por haberle recibido, ya que necesitaba aquel abrazo y ese consuelo. Y aquí va una de las frases que recuerdo perfectamente porque se me quedó grabada. Le dijo: “Si ya resulta difícil mantener oculta una relación, es terrible guardar un duelo en secreto”. Se había muerto el amor de su vida y él no podía decírselo a nadie, se escondía en el baño para llorar, mordía las toallas, trataba de inventar excusas para aquel desánimo que no podía evitar, se derrumbaba en los bancos por las mañanas cuando salía a dar un paseo. Por lo que pude entender, llevaba muchos años manteniendo una relación con una prima de
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Tina, a pesar de que ambos estuviesen casados. Se veían en una casa en la playa, y el resto del tiempo se mandaban cartas a un apartado de correos. “Sus hermosas cartas”, eso fue lo que dijo. “Sus hermosas cartas. Llegué a pensar que la verdadera escritora de los dos era ella”.
»Al cabo de un tiempo, la mujer enfermó y tuvieron que dejar de verse. Ella pasaba temporadas en el hospital y apenas tenía fuerzas. Seguían escribiéndose, y muy de vez en cuando hablaban a través del teléfono fijo, cuando lograban quedarse solos en casa. De los móviles no se fiaban. Él ya no quería ir a la casa de la playa, ya no quería escribir, vivía en un perpetuo estado de consternación. Ella necesitaba contarle a alguien lo que estaba ocurriendo, desahogarse, no quería irse de este mundo sin que al menos una persona supiera cuánto había amado. Por eso eligió a su prima Tina Oviedo. No se le ocurría una confidente mejor, más querida, más discreta, más leal. Necesitaba un testigo. Un testigo de que ella no solamente había sido visitadora médica, madre y esposa, sino que también había vivido un amor increíble. Tina Oviedo fue su testigo. Alguien que vivía al otro lado del océano, con quien había compartido los veranos de la infancia, y con quien tenía tanta complicidad. También se carteaba con ella; llevaba toda la vida haciéndolo. “Un gusto”, dijo el hombre, “que nuestra confidente fuera alguien a la que, como nosotros, también le gustara escribir cartas. Eso fue lo que desde el principio nos unió a ambos. Esa costumbre tan antigua y extraordinaria”.
»Con el tiempo, ella le hizo a Tina Oviedo un encargo: cuando muriese, debía llamar a su amante para avisarlo. Cuando Tina cumplió con lo que su prima le había encargado, él le pidió poder llamarla de vez en cuando, porque ya no podía escribir cartas; ya no volvería a escribírselas a nadie. Recordó entonces que, entre las múltiples propuestas que le llegaban, por tercera vez le habían invitado a participar en los Encuentros Hispanoamericanos en Oviedo. Lo vio como una oportunidad, como la ocasión para que le dieran un abrazo, para que alguien le consolara de lo que nadie podía consolarle. Llamó a Tina, le dijo que viajaría con su mujer, pero por las mañanas, en uno de sus paseos, podían tener un momento para encontrarse antes de la charla, así que ella le dio su dirección para que la memorizara. El hombre agradeció entonces aquel encuentro, aquel abrazo, aquel consuelo. Le agradeció a Tina que hubiera tenido la deferencia de proponerle a su amiga Rosalía, la que tenía el marido en la universidad, que él se pasara antes por la tertulia para verse
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por primera vez antes del encuentro a solas. Le agradeció la complicidad que había mantenido con ellos todos aquellos años, “la guardiana de nuestro tesoro”, y que esa tarde hubiera tenido el detalle de llevar un pañuelo de pájaros. Al parecer, esta era una especie de clave secreta entre los dos amantes, algo con lo que se identificaban. Otra de las cosas que recuerdo bien fue lo que dijo entonces: “Ella conseguía traer a este mundo todo lo mágico. Los pájaros no fijan ningún punto de encuentro para migrar, sencillamente se encuentran, el instinto los lleva a encontrarse. Ambos decidimos que nosotros éramos como los pájaros; como ellos, también habíamos acabado encontrándonos. Esa era la razón que teníamos para estar juntos. No podía ser una casualidad”.
»Yo, lo reconozco, estaba totalmente alucinada con esta historia, y disfrutándola muchísimo. Solo me faltaba comer palomitas allí sentada junto a la puerta entreabierta, y no hacía más que pensar en cuando le contara todo aquello a Sebas. Pero entonces las cosas empezaron a torcerse. Él le dijo que también había decidido aprovechar el viaje para mostrarle algo. Yo, desde la habitación, no sabía lo que ocurría en la sala, pero ahora puedo decirte que lo que hizo fue sacar una libreta del maletín que llevaba. Le explicó que, durante todos los años en que su Tina había estado enferma, él lo único que había podido escribir era aquello: la historia de ambos. Lo contaba todo, había transcrito parte de sus cartas, incluso aparecía ella, Tina Oviedo, la querida confidente, y el papel que había jugado. Quería que le echara un vistazo, y también avisarla, porque había decidido publicarlo. En cuanto llegara a Santiago, se lo mandaría a sus editores.
»Durante años habían mantenido su romance en secreto sin atreverse a dar el paso para estar juntos; temían no solo perjudicar a sus familias, sino que algo no saliera bien al llevar una vida rutinaria, perdiendo así lo que tenían. Ella se veía incapaz de hacerle eso a su marido y a sus hijos, y él a su mujer, pues todo su mundo giraba en torno a él y no se merecía semejante cosa. Además, él había sufrido mucho con su primer divorcio y se ponía a temblar solo de pensar que tendría que enfrentarse a otro. Pero ahora todo había cambiado, su vida se había detenido por completo, no podía seguir, y lo único que se le ocurría era aquella expiación.
»Tina, a la que hasta entonces yo apenas había oído, se puso histérica. Le llamó irresponsable, preguntándole cómo se le ocurría hacerle aquello a su esposa. Él alegó que ya apenas podía dormir junto a ella, que le costaba
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incluso cuando le cogía la mano, que le era imposible seguir con aquella impostura, que en cuanto llegaran a Santiago y mandara el manuscrito, comenzaría poco a poco a prepararla; tenía tiempo hasta la publicación. Y Tina seguía, enloquecida: a su prima le hubiera horrorizado aquello, destrozaría a sus hijos, sería un escándalo para la familia. Él insistía: si no lo publicaba, no podría seguir viviendo ni escribir. Y Tina, ya al borde del delirio, que al menos la quitara a ella de allí, que qué pintaba, que quedaría como una alcahueta, que qué pensarían en la familia de ella, qué pensaría su novio. Pero él seguía erre que erre: no, imposible, su papel en la historia era vital para que se entendiera por qué se publicaba el libro; ese deseo de confesión, de que algo quedara, de que se hiciera real. Lo sentía mucho, pero así estaban las cosas, y por eso quería decírselo en persona, que lo viera con sus propios ojos, porque tal vez al leer algunas partes ella entendiera… “Pero no, no”, chillaba Tina.
»Discutieron mucho rato, cada vez elevaban más la voz, dando vueltas a las mismas cosas, pronunciando las mismas frases, cada vez con más violencia, cada vez más enrocados ambos en su posición. Y, de pronto, el golpe. Pum. Un golpe seco. Como un saco de manzanas que se tira contra el suelo. Y el grito. El grito de Tina. Un grito ahogado.
»Me he preguntado muchas veces qué habría ocurrido, cómo habría sido mi vida, si aquella mañana me hubiera quedado quieta y no hubiese salido de la habitación. Pero al final siempre llego a la misma conclusión: el resultado habría sido el mismo porque, tarde o temprano, Tina hubiera ido a buscarme. El caso es que me levanté y corrí hasta el salón, impulsivamente, en un acto de rescate, porque creí que aquel hombre la estaba atacando. Cuando llegué al salón, el escenario era muy distinto al que me había imaginado. Me encontré a un hombre mayor tirado en la alfombra, con las gafas rotas, y a Tina de pie, que le observaba jadeando. “Joder”, dije. “Joder”, repetí, porque no me salía otra cosa. Tina me miró como si no me reconociera, como si en ese momento no pudiera reconocer a nadie. “Fue un accidente”, empezó. “Yo no quería…, fue un arranque…, no sé… Iba a estropearlo todo. Mi familia…, Joaquín…, qué iba a pensar”. Sobre la mesa había una libreta y en la portada, con tinta de bolígrafo azul, traía escrito: “Los pájaros ya no te encuentran”. Tina continuaba jadeando, yo allí mirándolo todo, el hombre en el suelo, la ventana emplomada, la alfombra, la libreta. Tenía los ojos como platos. Tina se sentó en el borde de la chaise longue y se quedó con la mirada perdida. “Tenemos que
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llamar a la policía”, dije, dándome la vuelta para coger el teléfono. “No”. Ni siquiera gritó, pero la firmeza con que habló bastó para detenerme. “A la policía no. Fue un accidente. Un accidente”. Me pregunté cómo podía calificarse de accidente el reventarle a alguien la cabeza. “Escucha, diremos que fue en defensa propia, que iba a atacarte. Yo diré que lo vi todo y que fue así como pasó”. Tina levantó la cabeza y me miró fijamente. “Nadie sabe que está aquí”. “¿Qué?”. “Nadie sabe que está aquí. Nadie. Tú necesitas dinero. Yo te daré mucho. Te pagaré. Tienes que ayudarme a sacarlo de casa”. Me quedé tan estupefacta que no supe ni reaccionar. “Has venido en la furgoneta de tu novio, ¿verdad? Mételo ahí y llévatelo”. “¿Adónde?”, fue lo único que se me ocurrió preguntar. “Adonde sea, a cualquier parte. Cuando lo encuentren, nadie lo relacionará conmigo. Con nosotras. Te recompensaré. Yo no pienso cargar con esto. No puedo. Vamos”. Y, temblando, se levantó de la chaise longue.
»Lo recuerdo ahora como si fuera un sueño en el que haces las cosas y ni siquiera sabes por qué. Entre Tina y yo logramos ponerle en la silla de ruedas de Florencia y tengo que decirte que me sorprendió la fuerza física de esa mujer que parecía tan frágil. Le tapamos el cuerpo con una manta, le envolvimos la cabeza con un pañuelo, le quitamos las gafas rotas y Tina le puso unas suyas de sol. Si nos encontrábamos con alguien, alegaríamos que era su madre, a la que sacábamos a dar un paseo. Mientras bajábamos en el ascensor apenas podía respirar. Yo era la que sujetaba la silla, Tina le agarraba la cabeza. Aunque la plaza de garaje quedaba muy cerca de la puerta del ascensor, fue el tramo más difícil. Si alguien llegaba en ese momento, nos pillaría metiendo un cuerpo en una furgoneta. Nos deteníamos cada vez que creíamos oír un ruido. Solo podíamos rezar por que ningún vecino fuera a coger su coche aquel sábado a las ocho y media de la mañana. Y nadie lo hizo.
»Mientras conducía, me encontraba en un estado extraño. El que te producen las drogas, los sueños… la irrealidad. Ese estado que te permite pensar con lucidez en medio del caos, o incluso actuar con cierta resolución aislándote de lo que en realidad está ocurriendo. Ya me había sucedido más veces en mi vida. Y en eso pensaba, como en otras ocasiones: “Esto no está pasando, esto no puede estar pasando. No llevo un cadáver en la parte de atrás de la furgoneta, no he visto a un hombre muerto en la alfombra, no pude haberlo cargado, es imposible que me sucedan a mí todas estas cosas”. Cogía el volante con tanta fuerza que me
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dolían las manos. Y al mismo tiempo pensaba: “A casa, tengo que ir a casa”. Dónde iba si no a dejarlo. Llevaba poco tiempo en Asturias, no conocía mi entorno. Además, lo único que quería, lo único que he querido siempre, era volver a casa. Aquella casita cochambrosa y sucia, que hasta aquel momento odiaba, que nunca había considerado mi hogar, pero entonces sí, entonces me pareció el único lugar seguro en el mundo, el único en que me sentiría protegida. En la huerta, que teníamos descuidada y llena de malas hierbas, en aquella huerta en la que al final no habíamos criado gallinas…
Ruth se detuvo entonces. Buscó otra cerilla para encender el cigarro que se había liado mientras hablaba y dio un largo trago de su copa.
Yo estaba prácticamente tirada encima de la barra, sujetándome la cabeza con la mano.
—Madre de Dios, Ruth. Madre de Dios bendito. —Lo dije como si lo vomitara. Lo dije tratando de respirar—. Virgen santísima. ¿Me estás diciendo que Tina mató a Vargas Montseny y que lo enterraste en tu huerta?
Solo podía pensar en que yo había pisado esa huerta. En eso y en lo que le había dicho a Ulises unos días antes: «Tina haría cualquier cosa por proteger a su familia».
Ruth echó otro trago y le dio una larga calada al cigarro.
—No, no te estoy diciendo eso. Y es que aquí viene lo gordo.
—¿Lo gordo? —Aquello acabó por desquiciarme—. ¿Cómo lo gordo?
¿Puede haber algo más gordo?
—Sí, Calume. Porque Tina, en realidad, no lo mató.
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Síndrome de vigilia
—Cuando llegué a casa, ya había amanecido por completo. Aunque no tuviéramos vecinos cerca, tampoco estábamos aislados, por lo que decidí esperar a la noche para enterrarle. Pero una cosa es pensar en enterrar a alguien y otra muy distinta, hacerlo. Dónde cavar el hoyo, cómo, de qué manera arrastrar el cuerpo hasta allí. Me di cuenta de que ni siquiera tenía una pala. Por un momento pensé en llamar a Sebas. Pero no, a él no, no podía involucrarle en eso. Entré en casa medio zumbada. Tía Marta ya estaba despierta, sentada en la mesa de la cocina desayunando leche con galletas, y acariciando el gato en el regazo como solía acariciarlos ella: como si estuviera estallando papel de burbujas. Me miró de arriba abajo. «¿Por qué vas en pijama?». No había reparado en que ni siquiera me había cambiado de ropa. Solo me había calzado, y aún llevaba puesta la camiseta vieja y el pantalón de chándal que usaba para dormir. «¿Por qué vas en pijama?». No era una pregunta tan difícil, podía haber alegado cualquier cosa, y sin embargo fue como un disparo, como un golpe en el pecho que bastó para derrumbarme. «Tía, tengo un hombre muerto en la furgoneta. Pero no lo maté yo». Me apoyé contra la cocina de leña y, lentamente, fui resbalando hasta acabar sentada en el suelo. Se lo conté todo. Estaba muy cansada, terriblemente cansada. Cuando acabé, tía Marta se quedó mirándome fijamente. «Tú no vas a ir a la cárcel», dijo. «Dame las llaves de la furgoneta».
»Nunca supe cuál era el plan que tenía en mente mi tía. Me quedé sentada en la cocina con las piernas abiertas. Regresó al poco tiempo. “Ese hombre no está muerto”. “¿Qué?”. No podía creérmelo. “¿Ni siquiera le tomasteis el pulso?”. No, no lo habíamos hecho. “Pero… pero…”. “Pero morirá pronto, la respiración es muy débil. No podemos enterrarle así. No somos unas asesinas, Ruth. Hay que meterlo en casa y esperar”. Obedecí. Sin hacerme preguntas, sin plantearme nada. Simplemente obedecí. Mi tía
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Marta, que durante tanto tiempo había vivido en la catatonia, de pronto parecía haber despertado, y de qué manera. Con una resolución increíble, propia de alguien que no está en sus cabales, al fin y al cabo. Que ejecuta, que decide, que no siente. Como si, ajena a la gravedad de la situación a la que nos enfrentábamos, continuara siendo la enfermera que siempre fue y me ordenara qué había que hacer con uno de sus pacientes. En medio de toda aquella locura, esa fue una de las cosas que me produjo más estupefacción. Acerqué la furgoneta hasta la puerta de casa. Sin embargo, fuimos incapaces de cargar con el cuerpo. Yo siempre he sido fuerte como una mula, pero tía Marta no, y comprendí en aquel momento la gran fuerza que tenía Tina, aquella mujer que parecía ingrávida. Eso me aterrorizó. Entonces sí, no me quedó más remedio que llamar a Sebas.
»Cómo reaccionó o qué fue lo que dijo él en aquel momento, ahora no importa. Pero entre tía Marta, Sebas y yo logramos meterle en casa. Lo tumbamos en mi cama. Tras recuperar el aliento, nos quedamos mirándole. “Hay que comprar cosas”, dijo tía Marta. “¿Qué cosas?”, pregunté. “Hay que ir al supermercado y la farmacia”. “¿Qué dices, tía? Nos vamos a quedar aquí hasta que deje de respirar, y punto”. Pero Marta me ignoró. “Sebastián, llévame a Oviedo”. Y él, al igual que yo, no supo desobedecer. Me quedé allí, en la habitación, sola con aquel hombre, esperando a que muriera. Fue la vez que más miedo pasé en mi vida.
»Sin embargo, no acababa de morir. Sobrevivió aquella noche, y también la siguiente. Yo no quise volver a entrar en la habitación. Era Marta quien lo vigilaba o, mejor dicho, quien lo cuidaba, la que lo atendía con una dedicación que llegó a parecerme irritante. Que lo dejase morir de una vez, ya era suficiente, teníamos que acabar ya con aquella agonía; no con la suya, sino con la nuestra. Marta incluso nos planteó llevarlo a un hospital. Pero cómo, se había vuelto loca, cómo íbamos a entregarnos así, iríamos presos, ella misma lo había dicho. Además, iban a darnos mucho dinero. De la otra forma, él moriría igualmente, nos detendrían y no sacaríamos nada. Los tres acabamos convencidos de eso. Tienes que entenderme, Calume, debes comprender el calvario por el que estábamos pasando. Tina, por supuesto, estaba histérica. Me llamaba a diario. Yo trataba de calmarla. Acabé por decirle que, si quería, viniera ella misma y terminara de rematarlo. Con eso logré callarla.
»A los dos días Sebas trajo un periódico que dejó sobre la mesa. “Todo el mundo lo está buscando”. Hasta entonces, lo único que sabía de él es
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que era un escritor chileno que había venido a unas jornadas literarias y que estaba casado. En el periódico leí su nombre: Gabriel Vargas Montseny. Así se llamaba. “Pero no vendrán a buscarlo aquí”, le dije a Sebas intentando tranquilizarle, y también tranquilizarme a mí misma. Nadie sabía de su cita secreta con Tina y resultaba imposible que la relacionaran con ella puesto que era la única persona que conocía la relación del escritor con su prima. Ambos destruían las cartas que se mandaban tras leerlas, para no dejar rastro, y había escrito el libro sobre su relación a mano, en aquella libreta. Tina me repetía esto una y otra vez: que no era rastreable, que aguantara, que nunca llegarían a ella y mucho menos a mí. Ella se había deshecho de la libreta, de las cartas de su prima, incluso de los libros que tenía de él porque no soportaba verlos en casa. Pero todo aquel despliegue policial me aterraba. ¿Y si alguien le había reconocido entrando en el portal de Tina, o desde lejos había visto a dos mujeres metiendo un bulto sospechoso en un garaje? Puede parecer que el miedo, como el dolor, tiene un tope y que a partir de ahí no se sufre o se teme más. Pero únicamente es un mecanismo de supervivencia; ahí fue donde llegué yo.
»Estaba fumando en la cocina y releyendo todos los periódicos, cuando tía Marta salió de la habitación restregándose las manos en el mandil que aquellos días había empezado a llevar. “Ha despertado”, dijo. Ese. Ese fue mi límite. Ni siquiera pude reaccionar. “Me refiero a que ha abierto los ojos”, continuó. “Despertar, es decir, recobrar el conocimiento, no creo que lo haga nunca”.
»Me explicó que tenía una lesión cerebral traumática grave y que se encontraba en un estado que mi tía llamó “síndrome de vigilia sin respuesta”. A mí incluso me gustó aquel nombre. No tenía conciencia de sí mismo ni de su entorno. No podía comunicarse ni obedecer órdenes. Respiraba, digería, le funcionaba el corazón, abría brevemente los ojos. Le pregunté qué íbamos a hacer ahora. “Cuidarle”, me respondió. Y se volvió a la habitación.
»Tía Marta mandaba constantemente a Sebas a Oviedo a por manuales, medicamentos, cuchillas de afeitar, jeringuillas, alimentos, esponjas. Ellos dos eran los únicos que entraban en el cuarto. Yo no quería ni verlo. “Nadie sabe cuánto puede aguantar un cuerpo”, decía Marta. Y yo me preguntaba si mi mente también aguantaría.
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Un hombre misterioso
—Marta me iba informando de los progresos de Vargas con una alegría que a mí al principio me costó entender. Había empezado a reaccionar a la voz de mi tía y también a que le tocara las mejillas, las manos. La mayor satisfacción de la mujer fue cuando pudo empezar a darle de comer; abría la boca, tragaba. Después comenzó a fijar su mirada en las cosas. Un día logró agarrar un cepillo para el pelo. Reconocía a Marta o, al menos, la distinguía de Sebas. Mientras tanto, yo llamaba a Tina todas las semanas. La tranquilizaba, le decía que nunca iba a recobrar la consciencia, ni mucho menos la memoria. En realidad, yo no tenía ni idea de lo que iba a ocurrir, pero me esforzaba en creerlo.
»Fue progresando. Nunca logró hablar, pero consiguió negar o afirmar con la cabeza, gruñir ante lo que no le gustaba y hasta mostrar cierta satisfacción con los mismos gestos que haría un niño que apenas ha cumplido un año. Gemía de vez en cuando. Periódicamente, como un reloj marcando las horas. Yo lo oía a través de las paredes de la habitación y tenía que taparme los oídos. Podía pasarse durmiendo casi todas las horas del día, pero no así las noches. Por las noches estaba inquieto, agitado. Tía Marta trataba de hacer cualquier cosa para calmarlo. Se empeñó en que caminase; creía que podía lograrlo. Fue muy costoso, le llevó mucho tiempo. Yo, en cuanto los veía salir de la habitación, él con aquellos pasos dubitativos, mi tía agarrándole como si estuviera sacando un monstruo de una jaula, tenía que irme de casa.
»Casi se me para el corazón el día que, al regresar, me encontré a tía Marta y a él en la huerta, del brazo, charlando tranquilamente con una vecina que pasaba por el camino. Ni siquiera pude acercarme. “¿Qué estás haciendo?”, le pregunté aterrada en cuanto se marchó la vecina, que, por cierto, se llama Rosa. “¿Cómo se te ocurre, tía?”. “A ver, no vamos a tenerlo toda la vida aquí, encerrado. Debe tomar el aire, es bueno para él.
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A esa le he dicho que es mi hermano. Total, aquí nadie nos conoce. Es más fácil eso que tratar de esconderlo”. Con el tiempo me di cuenta de que mi tía lo había hecho adrede: sacarlo de casa cuando vio a Rosa venir por el camino, presentarlo, llevar a cabo el plan que había estado pergeñando desde vete tú a saber cuándo. Pero tenía razón: aquí nadie nos conocía. Desde que habíamos llegado, tía Marta se había pasado todos los días deprimida, sin salir de casa, acogiendo gatos; no nos habíamos relacionado, quién podía saber con quién vivíamos. El resto fue relativamente sencillo. Volví a contar por ahí mi triste historia, y a nadie le extrañó que ahora añadiera a un tío demenciado; era un elemento trágico más, que tal vez obvié en su momento o en el que ellos no repararon porque el resto de las desgracias, desde luego, eran más vistosas. Es lo que tiene ser una desdichada; que nadie te pregunta o te cuestiona demasiado. “Pero ¿también tienes a un tío perjudicado, hija mía?”. “También, también”. Así fue como aquel hombre, cuyo nombre no nos atrevíamos a pronunciar, pasó a ser el Tito.
»No volvimos nunca a Astorga. Tampoco es que tuviéramos demasiadas ganas, allí apenas nos quedaba nada. Algunas compañeras del hospital de mi tía con las que de vez en cuando hablaba, algunos amigos míos del instituto. Para romper los lazos con ellos solo tuvimos que dejar de llamarles. A los pocos que insistieron les dijimos que necesitábamos dejar atrás nuestra antigua vida. De nuevo, la protección de la desdicha: ni preguntas ni cuestionamientos. Es curioso; conté tantas veces esta historia, me afané tanto en recrearla, en elaborar concienzudamente la mentira, que ahora, cuando pienso en la tarde en la que llamaron para decir que mi tío y mi primo Luis habían sufrido un accidente, lo veo a él conmigo. A Tito en casa junto a mí.
»Tía Marta hablaba muchísimo con él. En parte, como se les habla a los niños; con ternura, con el afán de instruir cariñosamente, con frases sencillas. Pero también le soltaba largas peroratas sobre su vida, sobre nuestra familia, sobre lo de antes. Un día, mientras lo estaba aseando, pasé por delante del baño y oí a mi tía que le decía: “Eso a Luis se le daba muy bien. ¿Te acuerdas de tu sobrino Luis? ¿A que sí? Cuánto le querías”. Pensé que se había vuelto loca. Pensé que nos habíamos vuelto locas las dos. Pero no me importó en absoluto. Era la primera vez, desde que había muerto, que la escuchaba pronunciar el nombre de su hijo.
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»Tito empezó a formar parte de la casa. De nuestro día a día, de las rutinas, de un pasado inventado que se trasladó a un presente cotidiano. Sin embargo, para mí seguía siendo una sombra, alguien a quien solo veía con el rabillo del ojo o de espaldas, como si me hubiera acostumbrado a vivir con la presencia insólita de un fantasma. Me levantaba de la mesa cuando tía Marta lo sentaba para darle de comer, no solía estar con él en la misma habitación, jamás le tocaba o ayudaba en su cuidado, incluso me habitué a dormir en el sofá oyéndole gemir de vez en cuando. Hasta que un día le miré a la cara. Su rostro más bien parecía una mueca. Había en él algo plácido, infantil, abobado. Y desde entonces no fui capaz de dejar de mirarle. Podría decir que se convirtió en mi dedicación. Comencé a leerme todos sus libros, sus artículos, cuanto se había escrito sobre él, su vida. Veía sus fotos y apenas podía reconocerlo. Porque en ellas era otro, alguien que guardaba con él cierta similitud, la que se guardaría con un pariente lejano que ha vivido en otra época, ciertos rasgos similares, pero con un aire totalmente distinto. La primera vez que lo oí hablar en una entrevista que encontré en internet, temblé al escuchar su voz; casi se me cae el ordenador del regazo. Era la misma que había oído en casa de Tina, pero con un deje suave, sosegado. Me sentaba a su lado y le observaba durante horas. Trataba de encajarle con el hombre que había sido, buscaba pistas en él. Me preguntaba por qué le calmaría ver el fuego en la cocina de leña o las vacas bajo la lluvia, que le producían un estado casi hipnótico de placidez. Pero por más que leí, tanto en sus libros como en sus entrevistas y biografías, no encontré ninguna referencia al fuego, a las vacas, ni siquiera a la lluvia. Me planteé si acaso formarían parte de su vida secreta o si sería que su cerebro se había transformado por completo creando nuevas complacencias. Un día me arrodillé frente a él, le puse las manos en los muslos, le miré fijamente y le dije: “Gabriel”. Ni siquiera se inmutó. “Gabriel”, le repetí en un tono cariñoso, cercano, como si le estuviera llamando desde su infancia para que viniera hasta mí. Pero nada. Qué podía guardar ahí dentro. Me preguntaba si se habría perdido para siempre o acaso estaba escondido en un ángulo ciego, arrinconado. Durante semanas estuve diciéndole muchas más palabras. Le decía “Chile”, “Afamado López”, “Biblioteca”, “Thomas Mann”, “José Donoso”, “zona de silencio”. Le decía “Tina”, “Arica”, “cartas”, “pájaros”. Le repetía, una y otra vez, “Gabriela Bombal”. Aquellas palabras no producían ningún efecto en él. Ni siquiera afirmaba o negaba
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como cuando le decíamos “plátano”, “baño”, “agua”. Me sentaba a su lado y le leía párrafos de sus libros, en ocasiones capítulos completos. El efecto era el mismo. Sin embargo, me daba la impresión de que le gustaba. No el hecho de que le leyese, ni mucho menos que encontrara satisfacción en sus obras, sino que estuviese junto a él. Mi cercanía le agradaba. Aunque, desde luego, no tanto como la de Marta. Eso tenía que dejárselo bien claro a ella, porque a veces, por extraño que resulte, se celaba. “Deja ya de atormentar a Tito”, me decía, despechada. Él llegó a acostumbrarse tanto a mi proximidad que, aunque a veces se revolvía y me apartaba, a menudo dejaba que acercase mi cara a la suya y le observara los ojos, buscando lo que había allí dentro, en aquella oscuridad. Gabriel Vargas Montseny había desaparecido y yo tampoco sabía dónde estaba.
»Fue por él por lo que comencé a escribir. Siempre había leído mucho, esto es cierto, y a veces de adolescente escribía pequeñas cosas, algo que no podía llamarse ni siquiera cuentos, sino desahogos, apuntes, retazos de un diario. Pero hasta que Tito no formó parte de mi vida, no empecé a sentir esa electricidad en los dedos, le necesidad de escribir y el poder que esto me daba. Leí tanto sobre él, sobre qué lo llevaba a escribir, me resultaba tan misterioso a la par que inaccesible lo que guardaba ahí dentro, que decidí buscarlo por mí misma. Necesitaba entender todo lo que me había pasado, ordenarlo en mi cabeza y darle un sentido. Escribiendo creé monstruos que no eran otros que los míos. Lograba evadirme a mundos lejanos, y al mismo tiempo conseguía contarme cosas que nunca me había contado, sacármelas de dentro, ir deshaciendo los nudos que me entumecían el cuerpo y que a veces, sobre todo al despertarme, no me dejaban respirar, como si me hubieran llenado los pulmones de hormigón. La ficción tiene este doble poder que parece contradictorio, aunque no lo sea: te permite alejarte de tu vida y, a la vez, acercarte a ti misma.
»Al principio, y aún a veces lo hago, le leía a Tito lo que iba escribiendo. Capítulos de los que no estaba segura, frases que me chirriaban, historias que no sabía bien cómo encajar. “Vaya crítico que te has buscado”, me decía Sebas. Sin embargo, descubrí que leer en voz alta lo que escribes ayuda, te da otra perspectiva. Luego comencé a publicar. Muy tímidamente, es cierto, sin ningún éxito en las primeras obras, pero continué. Descubrí que escribir era un ejercicio de resistencia. Y yo podía permitírmelo.
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»Por supuesto, estos fueron procesos lentos que se desarrollaron a lo largo de años. De varios años. Se dice pronto, pero hay que vivirlos. En todo ese tiempo, Tina no dejó un solo mes de pasarme dinero. Lo hacíamos mediante un apartado de correos que teníamos en el Centro Comercial Los Prados. Ella metía un sobre en la caja a primeros de mes, que después yo recogía. Como sus ahorros provenían de la herencia de su padre, y después de la de su madre, tenía su propia cuenta, así que ni Joaquín ni nadie se enteró nunca. No siempre me pasaba la misma cantidad. A veces variaba, aunque no mucho, lo suficiente como para no llamar la atención. De entre todos los miedos que tenía Tina, también le temía a Hacienda. No deja de ser curioso que nos basáramos en el método en que Vargas y su Tina Perú se mandaban cartas sin que nadie pudiese enterarse. Pero era una buena idea. Cada vez que iba a recoger el sobre y miraba todas aquellas cajas metálicas con sus respectivos números, me preguntaba qué se ocultaría allí dentro, en cada una, y, sobre todo, si alguna guardaría un secreto tan monstruoso como el mío. Con el tiempo, cuando las cosas más o menos se estabilizaron, dejé de llamar a Tina con frecuencia. Ya no tenía mucho sentido. Además, ella no mostraba el más mínimo interés por saber cómo se encontraba Tito. Casi parecía que le molestaba que se lo contase. La culpo de muchas cosas, pero no de eso: cuando tienes tanto miedo, debes aprender a ser algo inconsciente, a tomártelo con indolencia, encerrarlo en algún lugar y hacer como si no existiera; como no puedes perdonarte, lo bloqueas. Sé muy bien de lo que estoy hablando. Quedamos en que solo la avisaría si pasaba algo. Y en ese pasar algo cabían tantas cosas que preferimos dejar ese concepto en el aire.
»No volví a llamarla hasta años después para decirle que iba a escribir un libro sobre la desaparición de Vargas Montseny. Tina montó en cólera. Incluso amenazó con dejar de pagarme. Pero a mí ya no me importaba y, además, no lo hizo. Le prometí que si al entrevistar a alguien o escribir el libro, notaba que podían surgir nuevas pistas que conducirían hasta nosotras, abandonaría inmediatamente el proyecto. “No se revuelve en un avispero por muy calmado que parezca”, fue lo último que me dijo antes de colgarme. Reconozco que todo ese misterio que se traían sus amigos, y que luego conocí por ti, me extrañó. Le pregunté entonces a ella si es que se lo había contado a alguien y la estaban encubriendo. “¿Estás loca?”, me
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soltó. Y, sin más, volvió a colgarme. Cómo iba a saber yo entonces que… Llevaba razón Tina: nunca sabes qué avispa te va a picar.
»Ninguna de las personas con las que hablé dijo nada que pudiera inculparnos, y, sin embargo, hoy he descubierto que fui yo quien acabé señalándome en el libro. Por los detalles. Mi obsesión por los detalles. Te lo he dicho hace un rato: al final nos pierden los detalles, la avaricia de conservarlos. Cualquiera podía haber escrito ese libro recopilando información, pero solo yo podía llenarlo de detalles. Me hizo gracia cuando me contaste que guardabas una caja en el armario con las cosas que te recordaban la tarde que pasasteis con Vargas Montseny, porque yo guardo una muy parecida. No en mi armario, sino en el de tía Marta: contiene lo que él llevaba puesto la mañana en que lo traje a casa. El final fue lo primero que escribí porque me pareció una idea brillante, y supongo que me cegué con ella.
»Os pregunté a todos qué indumentaria llevaba aquellos días para tratar de recomponerla, aunque ya la conocía de sobra. Menos lo del maletín, claro. La recepcionista le había visto salir del hotel con él y tuve que añadirlo. Aquel maletín, en el que supongo que llevaba el manuscrito, y que habría quedado en casa de Tina. Lo demás me lo fuisteis diciendo, de una forma vaga pero suficiente. Aunque nadie mencionó su reloj ni sus zapatos. Pero esos eran datos que podría haberme dado cualquiera. Unos zapatos Oxford color coñac con cordones; los tenía delante. Al igual que el Longines de esfera dorada y correa de piel. Cómo iba a saber que aquel reloj se lo habían dado poco antes de… desaparecer.
»Mira, aún me tiemblan las manos. Hoy me he enterado de demasiadas cosas, siento a mi alrededor demasiadas amenazas. Siempre me intrigó por qué Luz Miranda había dejado de buscarle en cuanto llegó a Chile. A nosotras nos convenía, claro, pero no podía dejar de preguntármelo. Cuando al fin me contestó negándose a participar en el libro, en cuanto vi su mail pensé: “Luz Miranda, si fueras consciente de cuanto sé yo de tu vida…”. Reconozco que te di su contacto, al igual que el del Afamado López, porque pensé que no ibas a sacar nada de ahí. Nunca creí que se hubiera enterado del romance de su marido ya que, según habían acordado, destruían las cartas en cuanto las leían. Pero gracias a ti, o por tu culpa, esta tarde no solo he descubierto que él no lo hizo, sino que su esposa lo averiguó todo… Traté de tranquilizarme mientras me lo contabas, de disimular mi estupefacción. Me aferro a que Miranda lleva
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veinte años guardando el secreto y, por lo que te ha escrito, no parece que tenga intención de revelarlo. Pero quién sabe si en algún momento… De todas formas, si ella algún día cuenta que una mujer llamada Tina Flórez fue amante de su marido y alguien se pone a investigar esa pista, sí podrían relacionarla con su prima Flórez de Oviedo, lugar en el que él desapareció, pero ya nadie podrá relacionarla conmigo.
»Esta historia podría acabar aquí perfectamente y ahorrarte lo que sigue, pero no voy a hacerlo porque me parece importante para lo que voy a pedirte. Una historia nunca es gratis, Calume. Una confesión siempre busca recompensa.
»Hace unos días Tina me llamó, y tú sabes perfectamente cuándo: aquel sábado. Me sorprendió mucho, porque llevábamos un par de años sin hablar, desde lo del libro. Me dijo que estaba enferma y se moría. Al principio pensé que lo que quería era advertirme de que ya no podía pasarme más dinero. Eso no me importó demasiado porque ya no tenemos necesidad de él. Hemos ahorrado bastante, este bar funciona y de mi carrera literaria no me quejo. Pero no era eso, el dinero ni siquiera lo mencionó. Quería verle. En un primer momento no la entendí. Me contó que desde que le habían diagnosticado la enfermedad no podía dejar de pensar en él, en lo que ella hizo. Había vuelto a leerse todos sus libros, recitaba algunos párrafos como en una oración en la que solicitaba clemencia. Antes de morir necesitaba pedirle perdón.
»No quería ir hasta la casa de mi tía porque le parecía peligroso, cualquiera podría verla allí. Ahora me resulta una estupidez. Qué más da que la hubiera visto entrar alguien, quién iba a relacionarla con lo que ocurrió. Pero en aquel momento ninguna de las dos pensamos con la cabeza fría. Al menos yo, que todo aquello me había pillado a contrapié. Como estaba lloviendo, se me ocurrió decirle que podíamos quedar en un sitio en el que hubiera vacas. Él nunca salía de casa, no sabía cómo iba a tomárselo y, al menos, ver vacas bajo la lluvia era algo que siempre le relajaba. Pensé que contemplándolas estaría tranquilo. Tina propuso entonces encontrarnos en el desfiladero de Las Xanas. “Es un lugar hermoso”, dijo como si eso significara algo. Ella iba mucho por allí y solía ver ganado. Con el día que hacía no iba a haber nadie y, en el caso de que lo hubiera, simplemente seríamos unas personas que se habían encontrado. Estaba bastante cerca de Oviedo, era una ruta muy popular y, por lo tanto, poco sospechosa. En eso tenía razón, aunque supongo que la tranquilizaba
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que fuera un sitio conocido por ella en el que se hallaba cómoda. A mí, que nunca había estado, me sucedía lo contrario. La palabra “desfiladero” me hacía sospechar. Le recordé que el hombre con el que íbamos tenía ochenta años; su mente se había detenido, pero no su cuerpo, y tampoco estaba para andar por según qué sitios. “Es un lugar hermoso”, volvió a decirme. Me pidió que quedásemos al principio de la ruta, a unos metros del sendero que comenzaba en la carretera, donde la antena de la luz. Desde allí se podrían ver las vacas pastando en los prados de abajo y era un recorrido muy sencillo que podía hacer incluso un anciano. Le tembló la voz al pronunciar esta última palabra, “anciano”.
»Metí a los niños en el coche y fui hasta la casa de mi tía. Le dije que los llevara a dar una vuelta porque necesitaba descansar un poco, que no se preocupara, que yo me quedaría con Tito. Me miró extrañada, pero, aun así, aceptó. En cuanto se fueron, comencé a preparar a Tito. En veinte años no le habíamos sacado de aquella casa. Únicamente a la huerta y a dar pequeñas vueltas por los prados de alrededor. Me temblaban las manos al ponerle el chubasquero. No sabía cómo reaccionaría al subirlo al coche, o cómo se pondría Marta al enterarse de que me lo había llevado. Todo me parecía una locura. Pero si actué de esa forma fue por miedo. Aquel antiguo miedo con el que llevaba tantos años conviviendo. Por eso hice lo que Tina me pidió. Quise obedecer, contentarla, aplacarla. Temí que, al saberse a las puertas de la muerte, decidiera confesar e irse de este mundo libre de pecado.
»En el aparcamiento únicamente estaban nuestro coche y otro, que supuse sería el de Tina. Ella tenía razón: nadie había ido hasta allí con aquel día de perros. A pesar de que al inicio de la ruta había un cartel de madera que advertía con letras blancas que nos encontrábamos en una zona ganadera, no vi vacas por ninguna parte, pero no perdí la esperanza. Además, Tito parecía tranquilo. Llevaba puesto su chubasquero amarillo y yo iba mojándome; por aquel sendero me pareció aparatoso llevar un paraguas. Era muy estrecho, pedregoso, el barro y la lluvia hacían que fuera sumamente resbaladizo. Me pregunté que en qué estaría pensando Tina para mandarnos por allí. Ella y sus lugares hermosos. Ella y sus tonterías.
»Durante todo el trayecto tuve miedo de que nos despeñáramos. Caminábamos muy despacio, dando pequeños pasos. Yo iba detrás de Tito, con las manos en sus caderas, empujándole, tratando de que se moviera y
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no resbalara, pensando que íbamos a matarnos. Aquellos metros fueron terribles. Hasta que vi a Tina cerca de la antena eléctrica, esperándonos. Me llamó la atención que tuviese el paraguas cerrado, a pesar de lo mucho que llovía. La saludé con la cabeza y ella hizo lo mismo. Me adelanté, porque aquello era tan angosto que no cabían dos personas juntas, y detrás de mí le señalé a Tito. “Aquí lo tienes”, dije.
»En cuanto él levantó la cabeza, sucedió. Al ver a Tina, su rostro se convirtió en algo terrorífico, su cara cambió hasta parecer otro. Todo en él se transformó. El hombre que tenía frente a mí ya no era Tito. Sus ojos se llenaron de negrura. Algo salía, brotaba, desde el fondo de ellos. Se llevó las manos a la cabeza, apretando las sienes con las palmas abiertas, y gritó. Pero no era un grito, era un aullido. Gabriel Vargas Montseny bramaba desde sus adentros, enterrado en vida, aterrorizado. Había reconocido a Tina. Después de todos aquellos años, Dios mío, la había reconocido, algo en él había despertado. El cuerpo entero se me paralizó. Continuó gritando mientras se abalanzaba sobre ella, mientras se echaba encima de Tina con desesperación. No puedo decir con exactitud qué sucedió en aquel momento, si él la empujó, si fue ella quien retrocedió asustada… Todo sucedió demasiado rápido. Le agarré intentando detenerlo, pero solo logré que él no cayera también por el barranco.
»Miré hacia abajo. El cuerpo de Tina había chocado contra unos árboles al fondo, cerca de la carretera. No se movía. “Joder”, dije. “Joder”, repetí sin poder dejar de mirarla y tratando de tranquilizar a Tito. Porque volvía a ser Tito; aquella lucidez le había durado solo unos segundos. Gemía, se balanceaba, yo le abrazaba para que se estuviese quieto y no resbalase. Ni siquiera sé cómo pudimos llegar al coche. Solo quería irme, salir de aquel infierno. De camino a casa, con Tito meciéndose en el asiento de al lado y tratando de arrancarse el cinturón, conduje como aquella mañana en la que pensaba que llevaba su cadáver en la furgoneta; con la misma sensación de irrealidad y repitiéndome que eso no estaba pasando, que no podía volver a pasar, que no podían sucederme a mí todas estas cosas…
»Me encontré a tía Marta totalmente histérica. Dónde habíamos estado, qué había pasado, a cuento de qué me lo había llevado, por qué había apagado mi móvil. Se lo conté todo del mismo modo que años atrás me había confesado con ella en aquella misma cocina. En cuanto terminé de
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hablar, me dio una bofetada. Seca, dolorosa, humillante. La primera en su vida. Después, sin decirme una palabra, corrió a atender a Tito.
»El resto, más o menos, ya lo sabes. Es cierto que tuve que llevar a tía Marta al hospital por una subida de tensión. Aquello, lógicamente, la había alterado. Hasta el punto de pegarme. Tito, por el contrario, en cuanto llegó a casa comió y volvió a estar tan tranquilo, como si nada hubiese pasado. No sabría decirte si aquello me calmó o me generó más inquietud. Lo que sí te puedo decir es que, al día siguiente, cuando Sebas dijo que la policía había venido a buscarme al bar, sentimos que la tierra se abría bajo nuestros pies. Nos habían pillado. Después de tanto tiempo, íbamos a caer. Hice todo el acopio de fuerzas del que fui capaz para hablar con ellos. Pero únicamente me preguntaron por qué Tina me había llamado aquel día y qué fue lo que me dijo, algo que no me esperaba, así que solo se me ocurrió contarles la verdad: para preguntarme por Vargas Montseny. Al fin y al cabo, era el único nexo de unión entre nosotras, pues yo había buscado a Tina para el libro y ella había rehusado participar. Y seguí insistiendo en el verbo “preguntar”, porque era lo que le había contado a la policía, y una mentira hay que mantenerla, y porque pensé que el hecho de que quisiera preguntarme por él resultaría menos sospechoso y daría menos pie a elucubraciones que el querer hablarme de Vargas Montseny, como si durante todos estos años hubiese callado algo. Pero eso a ti no te detuvo. Más bien al contrario. Aunque nunca te agradeceré lo suficiente que la mañana en que quedamos me contaras lo del posible suicidio de Tina. El caso estaba cerrado y ya no iban a venir a buscarme. No sabes el alivio que sentí, pude respirar por primera vez en varios días. Al final, la necesidad que sentía Tina de redimirse sí valió para algo: para que su familia pensara que les había pedido que la perdonasen por lo que iba a hacer, y no por lo que había hecho.
»Ahora ya sabes toda la historia. Es la primera vez en mi vida que la cuento, y espero que sea la última. Quería que la escucharas de mí, que la comprendieras y entendieras todo lo que supone, antes de que siguieras indagando y fueras a descubrir algo que nos pudiese poner en peligro. Ya sabes qué voy a pedirte. Dile a Bode que no sé quién me dijo lo del reloj, o invéntatelo, o, mejor, déjalo correr. Y a Ulises cuéntale algo parecido; convéncele de que habéis llegado a una vía muerta. ¿A quién podría beneficiarle que todo esto se sepa? ¿Quieres destrozar a su marido y a sus
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hermanas? Porque será lo que ocurra si esto trasciende. Y a tu tío no creo que le haga muy feliz saber de lo que fue capaz su amiga.
»¿Y qué me dices de mí? Claro que me equivoqué. Me dejé manipular aquella mañana por Tina porque era joven, pobre y estaba desamparada. Después no supe enmendar el error y me quedé presa en aquella telaraña. ¿Quieres que Marta, Sebas y yo vayamos a la cárcel? ¿Qué sería de mis hijos? ¿Qué sería de Lila, Telmo y Amparo? Incluso de Tito, que acabaría metido en quién sabe qué institución. Vargas Montseny ya no tiene a nadie, pero Tito tiene una familia que le cuida y le quiere. Porque yo le quiero muchísimo. Adoro a ese hombre. Se lo debo casi todo. Le debo mis libros, le debo que me devolviera a tía Marta, le debo mi vida, la de mis hijos, la de Sebas. El mal ya estaba hecho, nosotros solo vimos una oportunidad que nunca habíamos tenido. ¿No crees que ya sufrimos bastante, que no nos merecíamos algo? No ha sido nada fácil mantener todo esto a lo largo de los años. Ni siquiera hemos podido comprarle unas gafas. ¿Qué ficha le íbamos a abrir en la óptica? Tampoco pudimos llevarle al médico cuando enfermaba, y cuando se le infectó una muela, Sebas se la sacó con unas tenazas. Es increíble que haya logrado vivir tanto. Luchamos mucho para que continuara vivo, para que siguiera con nosotros. Y cuando muera, lo enterraremos de noche en la huerta sin que nadie se entere. Diremos que lo incineramos y esparcimos sus cenizas. Mis hijos lo llorarán como a su tío abuelo, porque eso es y siempre será para ellos. Plantaremos sobre él unas flores y nunca dejaremos de quererle. Es lo que nos ha mantenido a flote durante todo este tiempo, el amor que entre todos nos tenemos. Y a ese amor aludo, Calu. Tú nos quieres, a mí y a mi familia. Sálvanos.
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Huellas
Solo le puse dos condiciones a Ruth para no revelar su historia. La primera, que me dejara contársela a Ulises. A ella le horrorizó la idea. «Es un tarambana», me dijo. «Eso no es cierto», repliqué. «Se lo soltará a cualquiera en los bares cuando lleve dos copas». «No lo hará. Es un hombre de palabra. Entenderá la gravedad del asunto, igual que yo. Si no se lo cuento, no dejará de buscar. Sabe lo mismo que sabía yo. Acabará destapando cosas». Ruth aceptó a regañadientes.
Mientras se lo contaba a Ulises, su boca se fue abriendo hasta que el cigarro se le quedó medio colgado, pegado al labio, hasta que al final se le cayó. «No, desde luego. Nadie puede saberlo», dijo, haciendo la promesa más sagrada de su vida. Curiosamente, lo único que pidió a cambio fue la otra condición que yo le había puesto a Ruth: queríamos ver a Gabriel Vargas Montseny.
Tía Marta nos miraba de reojo en la cocina. Hacía mucho ruido trasegando con los cacharros; abría de golpe los cajones y arrojaba las cucharas, lanzaba con furia el cazo al fregadero, sacaba las ollas dejándolas encima de la encimera con cara de pocos amigos.
Tito estaba exactamente igual que la única vez que le había visto: en ropa de andar por casa, sentado en una silla de rafia mirando el fuego de la cocina de leña. Ruth tenía razón. Le había preguntado que cómo se había atrevido a abrirme su casa, sabiendo que lo conocía. Me explicó que yo a Tito solo lo había visto de espaldas. Además, ya era un anciano, había envejecido mucho. Tenía blancos el pelo y la barba. El gesto de la cara, aquella especie de mueca, y el aire abobado habían cambiado su rostro. Ni siquiera llevaba sus enormes gafas. Aquel hombre que a mi tío casi le pasó desapercibido cuando le vimos en el hall del hotel, con aquel aspecto tan
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tímido, que podía ser cualquiera, ahora seguía siendo cualquiera y, a la vez, era otro. Incluso sabiendo quién era me costó reconocerlo. Me dio por pensar en su infancia en la sastrería y se me puso un nudo en la garganta. Acerqué los dedos a su cara porque tuve el impulso, casi la necesidad, de acariciarla. Pero finalmente me arrepentí, y metí la mano en el bolsillo como si hubiera escondido un arma que había decidido no usar. Tenía que salir de allí. Ulises me dijo que quería quedarse un poco más. Se arrodilló a su lado, observándole, mientras él miraba el fuego de la cocina que los iluminaba a ambos.
Ruth estaba fuera. Había puesto unas sillas de plástico contra la pared de la casa, como hacía en verano. Al salir, sentí el mismo escalofrío que al entrar: me aterraba ver la huerta; el lugar en el que iban a enterrarle. Al final completarían el plan de aquella lejana mañana, solo que muchos años después. Ruth estaba sentada con las piernas abiertas y las manos cruzadas encima del vientre. Parecía muy concentrada contemplando el camino, los prados, el manzano viejo de la finca contigua, los edificios de Oviedo al fondo. Pero supongo que lo que quería era evitar mi mirada. Me senté en la silla de plástico a su lado.
—¿Con qué objeto le golpeó Tina? —pregunté sin rodeos. Necesitaba confirmar mis sospechas.
—Tú y tus objetos, como yo y mis detalles. Cada loco con su tema — me dijo sin cambiar de postura—. Pues no lo sé muy bien. Tina debió de dejarlo caer, y lo vi allí tirado en la alfombra. Creo que era una especie de bola de cristal de color amarillo que tenía encima de la mesa con otras figuras de decoración. Por el golpe que le pegó, debía de ser muy pesada.
«Un Sommerso, Ruth», pensé, aunque no lo dije. Una pieza de cristal de Murano. El carísimo cenicero que Tina regaló a mi tío para deshacerse de él. El origen de su fobia a todos los ceniceros.
—Siento no ser más precisa con eso —continuó—. Pero voy a enseñarte algo que creo que te gustará.
Se incorporó un poco, metió la mano en el bolsillo de los vaqueros y sacó lo que iba a darme. El alfiler de corbata con dos cuerdas enroscadas y una mariposa. Exactamente igual a como lo recordaba. Lo cogí entre los dedos, temblando, y le di la vuelta. En el dorso traía grabadas las iniciales «G. V. M.». Por extraño que pueda resultar, aquello me impresionó más que verlo a él. No había podido reconocerlo, pero sí reconocí el alfiler. Ver a Vargas Montseny había sido como dejar por fin unas flores encima de la
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tumba de alguien a quien has estado buscando durante mucho tiempo. Solo que, en esta ocasión, la tumba era un cuerpo.
—Quería enseñártelo porque pensé que te haría ilusión verlo —dijo Ruth, extendiendo hacia mí la palma de la mano—. Aunque no sé si «ilusión» es la palabra apropiada.
—Gracias —contesté devolviéndoselo. Aún se reflejaba cierto temblor en mis dedos.
—He decidido que voy a deshacerme de todo esto, de lo que hay en la caja. Ya veré cómo —explicó volviendo a guardar el alfiler en los vaqueros—. El hecho de que lo sepáis Ulises y tú me ha vuelto temerosa. Tienes que entenderlo. Y también enterarme de que Luz Miranda conocía la relación de su marido con la prima de Tina. Sé que no pueden relacionarme con ella, pero… cuanto menos quede, mejor. Bastantes migas de pan he dejado ya sin querer.
Entonces le pregunté algo que me tenía desconcertada:
—Pero ¿por qué escribiste el libro? No acabo de comprenderlo. —¿No? Qué raro. Porque ya te respondí hace tiempo. O, mejor dicho,
fuiste tú quien respondió a esa pregunta. Un día, tomando cañas, te dije que, cuando se me olvidaba escribir, pensaba en ti y en lo que me habías contado sobre aquella tarde y eso me recordaba por qué lo hacía: para tratar de hallar la parte que falta de un mundo que se me muestra incompleto, borroso, descolocado; para disipar, aunque sea momentáneamente, la niebla. Me respondiste entonces que, en realidad, escribía para encontrarle a él, a Vargas Montseny. Y no podías estar más en lo cierto. Necesitaba escribir aquella historia, que era la suya, que era la mía, que era el libro de mi vida. Como un pirata necesita dibujar, aunque lo sepa de memoria, el mapa de la isla donde enterró su tesoro. No te mentí cuando te dije que mi único libro de no ficción era el que más hablaba de mí y de mi ficción. Al igual que cuando te aseguré que yo era un fraude, una Fata Morgana, algo que parece lo que no es. ¿Ves? En el fondo, siempre he tenido la necesidad de confesarme.
«Una Fata Morgana», me repetí. «Una Fata Morgana».
—¿Lo hiciste por el dinero, Ruth?
—¿Escribir el libro? Ni remotamente.
—No, escribir el libro no… Todo.
Lo entendió exactamente como lo que era: no una pregunta, sino una acusación. Ruth se rio. Era una risa grave, triste, mordaz.
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—Ya te expliqué que no. Pero, de todas formas, ¿en serio creías que con lo que gané con mis libros hubiésemos podido ahorrar para tener una casa, unos hijos, para que Sebas abriera el bar? Para ti es fácil, pues tus padres te ayudaron a montar tu propio negocio. Yo me ahogaba en deudas, mi tía no podía seguir trabajando y se le acababa la baja, Sebas solo tenía trabajos de mierda. A todos os encantó la historia de la chica desgraciada que era camarera, limpiaba casas y acabó convirtiéndose en escritora. Y ante las historias conmovedoras sucede un poco lo mismo que ante las desgracias: a nadie le apetece cuestionarlas demasiado. «Una Lucia Berlin en Oviedo», llegó a titular La Nueva España. Je. Sí, Lucia Berlin fue una escritora magnífica, que tampoco tenía ingresos ni profesión y que trabajó de profesora, de recepcionista y sí, también limpiando casas. Pero estaba alcoholizada, su vida sentimental era tormentosa, acabó muriendo atada a una bombona de oxígeno en el garaje de uno de sus hijos y no obtuvo reconocimiento literario hasta muchos años después de su muerte. Así que no, no soy Lucia Berlin, aunque perfectamente podría haberlo sido. Quítale el reconocimiento literario, deja la pobreza, el alcoholismo y el tormento, y ese hubiera sido mi destino. No lo hice por dinero, Calume, pero tampoco me arrepiento de haberlo cogido.
Dentro de la casa oí voces. Ulises se estaba despidiendo de Marta. Me quedaba poco tiempo.
—Solo contéstame a una cosa más. ¿Crees que si le hubieras llevado aquella mañana a un hospital, podría haberse recuperado?
—No —dijo mirándome por primera vez—. Imposible. Su lesión cerebral era demasiado grave. No se hubiera podido hacer nada por salvarle.
Recordé la dedicatoria que había puesto en Vargas Montseny en la niebla: «A los que perdí, cuya marcha dejó dentro de mí una oscuridad permanente y la necesidad de encender velas por todos los rincones del mundo». Cuando la leí me pareció hermosísima, y ahora solo podía verla como una justificación. Y también se me vino a la mente aquel verso que Rosalía y Delia creían que le pegaba tanto a Tina: «Esforzarse, buscar, encontrar y no ceder». Se me revolvió el estómago.
Era improbable que Bode abordara el tema del reloj, ya que había dejado claro que no tenía ningún interés en remover ese asunto, a menos que
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lográramos encontrar algo. Y si lo hacía, ya me inventaría cualquier cosa. O que se lo inventara Ruth, pues aquello se le daba muy bien. Melquíades, el más discreto de los hombres, no preguntaría más porque, entre otras cosas, nunca le había importado mucho nuestra investigación. De momento se podría decir que estábamos cubiertos.
Aquella tarde, al dejar a Ulises frente a la librería, ni siquiera pudimos mirarnos a la cara cuando se bajó del coche. Nos sentíamos culpables, como si fuéramos nosotros los que íbamos a enterrar un cadáver en una huerta. Y, en cierta forma, así era.
«Recuerda que soy la misma de siempre», me dijo Ruth cuando me iba, agarrándome del brazo, sin levantarse de la silla de plástico. No me atreví a contradecirla en esa despedida, aun sabiendo que sería incapaz de volver a hablar con ella. Lo que tampoco me atreví a decirle a Ruth es que iba a traicionarla. Porque iba a volver a contar esta historia, aunque fuera por última vez. Tuve que contársela a Blas. No podía ocultarle todo aquello, aunque me esforzara en pensar que era para protegerle. Los secretos te aíslan. No solo de los demás, sino también de ti misma; pones tanto empeño en esconder, en enmascararte, que acabas disfrazada. Ya me había ocurrido y no estaba dispuesta a que volviera a sucederme. Al menos, no con él. No con Blas. Puede que fuera egoísta dejar que compartiera conmigo esa carga, pero temí que aquel secreto nos alejara.
Blas y yo hablamos durante horas. Aunque ninguno de los dos teníamos conocimientos de medicina, ambos estábamos convencidos de que Vargas Montseny pudo haberse salvado; si había sobrevivido todos estos años con remedios caseros, qué no hubieran hecho por él en un hospital. Al igual que teníamos claro que la muerte de Tina no fue un acto de justicia poética, como Ruth trató de insinuarme, sugiriendo que ambos habían sido víctimas y verdugos de sí mismos, por lo que todos habían pagado. La muerte de Tina había sido algo tan terrible como el resto de las cosas que sucedieron. Golpeó a Vargas Montseny en un ataque de pánico, puede que la guiara un impulso o que realmente tuviera la intención de matarlo para conseguir su silencio; eso nunca lo sabremos, aunque prefiero pensar que fue el estallido de una mujer contenida que se había pasado la vida acumulando renuncias y que explotó cuando sintió que iban a quitarle no solo lo que había protegido, sino también lo que se merecía. Pero ese acto no dejó de ser un intento de homicidio. Todo lo que vino después fue deliberado. Ruth no solamente lo encubrió, sino que se convirtió en una
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secuestradora, palabra que no había pronunciado ante mí, puede que porque no se considerase como tal o porque prefiriese negar las evidencias. Tina lo golpeó, pero ninguna de las dos lo auxilió, y entre ambas lo mantuvieron secuestrado durante años. A él y a su mente. Lo habían tenido encerrado en una casa pequeña y destartalada como si fuera un monstruo, sin poder comer por sí mismo, oculto entre las sombras. Ni siquiera les hizo falta echar los cerrojos; habían dejado que su cerebro se convirtiese en su propia cárcel. Tina, viajando a Grecia con Joaquín, manteniendo intacto el apellido de los Flórez, sobornando, tratando de olvidar que había sacrificado a un hombre, al igual que un imperio debe olvidar que se ha construido sobre otras ruinas. Ruth y Marta, aquellas dos mujeres trastornadas, convirtiéndole en el juguete de ambas. Marta cuidándole como al hijo que había perdido, como a cualquier gato abandonado, consagrándose a él y haciendo de la dependencia de un falso hermano el motor de su vida. Cuanto más lo cuidaba, cuanto mayores eran su diligencia y su vigilancia, más debía de pensar que expiaba la culpa por lo que habían hecho. Ruth obsesionándose con él, convirtiéndole en una especie de ídolo, de referencia, tratando de seguir sus pasos o apropiarse de ellos, leyéndole en alto lo que escribía como si rezase frente a un santo, mirándole fijo a los ojos y hablándole para tratar de calibrar cuáles eran las dimensiones de aquella celda interior en la que estaba preso y que ella misma le había construido. La imagen de Sebas como un oscuro esbirro, los niños creciendo ignorantes de toda la monstruosidad que los rodeaba, mi tío Canor sin saber que ocultaba en su casa el arma de un crimen. Cómo no iban a quererle, según afirmaba Ruth una y otra vez, cómo no iban a profesarle aquel amor enfermizo, si él era su redentor, su fuente de ingresos. «Alana, ¿te das cuenta de que no estás dejando a ese hombre con su familia, sino con sus secuestradoras?», me preguntó Blas. Afirmé mientras tragaba saliva, siendo consciente de que también estaba tragando muchas otras cosas. «Y aun así quieres protegerlas», continuó. «Aun así», contesté. Blas me miró con sus ojos grandes y claros. Asintió.
A la mañana siguiente volvió a ser domingo. Yo apenas había dormido esa noche. Ni siquiera había amanecido cuando me levanté. Me puse a girar las llaves de los juguetes de cuerda. Le di vueltas a la manivela del organillo, abrí las cajas de música, me aseguré de que estuvieran en hora
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todos los relojes y accioné las palancas de los molinillos. Todavía me temblaba un poco el pulso.
Blas apareció por el salón. Tampoco había dormido mucho. Los dos estábamos aún en pijama. Se quedó apoyado en la puerta con la taza de café en la mano.
—¿Cómo estás? —le pregunté.
No me contestó.
Fui dando vueltas por el salón en busca de los zoótropos y los hice girar, viendo cómo saltaba el caballito y se encaramaba la trapecista.
—Iba a bajar a comprar el pan para tomárnoslo con un poco de queso —dijo Blas, que continuaba mirándome apoyado en la puerta—, pero me ha dado miedo que nuestro panadero oculte un cadáver en la trastienda…
No pudimos evitar reírnos. Fue una risa nerviosa, pero sincera.
—Ay, señor —dijo Blas restregándose los ojos—. Mira cómo hemos acabado, raposa. Encubriendo secuestros y asesinatos. Espero que al menos, después de todo esto, se te hayan quitado las ganas de ir resolviendo misterios.
Me acordé entonces de las cartas de Tina Perú de las que Vargas Montseny había sido incapaz de deshacerse. Entendí por qué lo hizo. Había construido en el aire castillos tan hermosos que se conformaba con sus ruinas. Esas cartas eran el sillón de mimbre que misteriosamente se había quedado en la playa. Restos que había conservado para que su imperio no se muriese del todo, para que no se lo llevara el viento; siempre queda algo de aquello que formamos que pide dolorosamente que se le rescate. Algo que pese, que exista, que permanezca. Por eso Ruth escribió Vargas Montseny en la niebla. Por lo mismo que la prima de Tina buscó una testigo. Esa necesidad, ese deseo tan humano de mostrar quiénes fuimos, de dejar una huella. La canción de Genesis en la que los fantasmas se sentían vivos contando sus historias a los que se adentraban en aquella casa. Blas queriendo guardar en mí sus pensamientos a buen recaudo. Las Voyager atravesando el espacio con un disco de oro que contiene la música de Bach y el sonido de la risa y el fuego. Las marcas secretas de los falsificadores. La suela de la bota del astronauta en la superficie de la Luna. Los nombres grabados en las tumbas. Las pinturas de las cavernas.
—En absoluto —contesté, haciendo girar el zoótropo en el que un esqueleto se ponía y se quitaba la cabeza. Aquel objeto, como el resto de los de mi gabinete, también era una huella—. Anda, vístete y vámonos al rastro. Seguro que por ahí nos topamos con mi tío Canor. Podemos parar antes a tomar un caldo.
Agradecimientos
Hace años escribí un cuento para la antología Amanece en Oviedo en la que fantaseaba con lo que había hecho Augusto Monterroso en una de sus visitas a esta ciudad. Mi imaginación, claro, no pudo parar ahí y me puse a pensar en qué habría ocurrido si el escritor hubiese desaparecido aquella noche. Como sucede en la propia novela, un libro suele surgir de otro, al igual que los escritores siempre nacemos de otros escritores.
Quiero agradecer a mis compañeros de Matadero Uno, Natalia González, Luciano Hevia y Jorge Salvador Galindo, la paciencia que han tenido conmigo mientras escribía esta novela y que me permitieran montar junto a ellos la librería que soñábamos. En este caso, el agradecimiento a Jorge es doble, puesto que todos los pasos literarios que doy y daré, de un modo u otro, están sustentados por él.
Este libro no hubiese sido posible sin Toni Hill, sin sus iniciativas, buenas ideas y consejos, al igual que le debe mucho a la atenta lectura de Silvia Querini. El club de la niebla también es de ellos.
Gracias a Ramón, Iván, Juan Antonio, Graciela, Patricia, Dani, Isabel, Lucía, Javier, María y Juan. Sé que solo parece una sucesión de nombres, pero para mí es el mapa del universo; el motivo por el que los seres humanos pintaron las cavernas.
Y, por último, el agradecimiento más importante es para mi tío Ramón Miguel, a quien tantas cosas robé para dárselas a Canor, convirtiendo este personaje en un alter ego suyo y rodeándolo de muchísima ficción. La repentina muerte de mi tío nos dejó desolados; se fue con él demasiada alegría. Escribí este libro en un acto egoísta, ya que le echaba tanto de menos que quería pasar un poco más de tiempo a su lado. Espero que Calume pueda vivir con Canor las aventuras que yo ya no podré vivir con él. ¡Liang Shan Po, tío!
LETICIA SÁNCHEZ RUIZ (Oviedo, 1980) es escritora, periodista, profesora de narrativa y socia de la librería ovetense Matadero Uno. Entre sus muchos galardones, se encuentran el Premio Tétrada Literaria de Novela Corta 2004 por El precio del tiempo, el IX Premio Internacional de Novela Emilio Alarcos por Los libros luciérnaga, el XVI Premio Ateneo Joven de Sevilla por El Gran Juego y el Premio Cubelles Noir 2020 por Cuando es invierno en el mar del Norte (ex aequo). También ha publicado las novelas La biblioteca de Max Ventura y Los detectives perdidos (ambas en la editorial Pez de Plata) y Fragmentos del mapa del tesoro, un ensayo acerca de la vida y obra del escritor Augusto Monterroso. Además, es coautora, junto con Jorge Salvador Galindo, de la serie Oficina de Peligros (Eolas) y desde 2018 la compañía teatral El Callejón del Gato representa su pieza En esta casa pasan cosas. Parte de su obra ha sido traducida al italiano.
Ahora Leticia Sánchez Ruiz llega a Grijalbo con El club de la niebla, una espléndida novela ambientada en Asturias, entre libros y acantilados.
FIN

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