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Libro N° 14886. Gris Era El Páramo. Miró, Javier.


© Libro N° 14886. Gris Era El Páramo. Miró, Javier. Emancipación. Marzo 7 de 2026

 

Título Original: © Gris Era El Páramo. Javier Miró

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




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GRIS ERA EL PÁRAMO

Javier Miró


Gris Era El Páramo

Javier Miró

En un mundo sin color ni justicia, dominado por la miseria de muchos y la codicia de unos pocos, existe una región que nadie quiere transitar. Una zona tenebrosa en la que impera la traición y acecha el peligro. Ese lugar es el Páramo.

Nyx lo sabe bien. Ella es una caminante, una criatura poseedora de un don excepcional que no solo la convierte en la más letal de las asesinas, sino que también la ata a un amo despiadado del que sueña con escapar.

A pesar de su juventud, Lem tampoco es ajeno a la crueldad. La vive de cerca en la Academia, donde trata sin éxito de dominar el arte de predecir el futuro. Consciente de que un gran fracaso implica un castigo ejemplar, la huida se convierte en su única opción.

Se abre ante ambos un futuro incierto y un camino sembrado de riesgos. El Páramo es un territorio para incautos, criminales… o desesperados, aquellos a quienes no les importa escoger entre libertad o muerte.

Javier Miró

Gris Era El Páramo

ePub r1.0

Titivillus 27.02.2026

Javier Miró, 2025

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

Para Max y Vera

Por mí se va a la ciudad doliente,

por mí se ingresa en el dolor eterno,

por mí se va con la perdida gente.

La justicia movió a mi alto hacedor.

Hízome la divina potestad,

la suma sabiduría y el primer amor.

Antes de mí ninguna cosa fue creada

sino lo eterno y lo eternamente duro.

Dejad, los que aquí entráis, toda esperanza.

DANTE ALIGHIERI,

Divina comedia, Canto III

Once son los dioses, que desde el Vacío se mofan de los mortales.

Tenlos siempre presentes en tus oraciones para recibir su piedad. No esperes a que te llegue la hora.

Cinco son los ases, que desde sus ciudades se reparten el festín.

La Princesa es la señora de la guerra, ella gobierna a este lado del Velo. El Patriarca es el pastor de almas, el dueño de lo que habita al otro lado

del Velo.

Tres son los vientos que azotan incansables la Desolación.

Son Ndhasis, Phasis y Kalaamis. Cuídate de ellos, pues cuentan que atacan a los viajeros incautos. Que gustan de la carne.

Y siempre dejan limpio el hueso.

Uno es el Mausoleo, la última fortaleza.

Donde yace el Durmiente; quien espera a que lo despierten o, quizá, a que la Oleada se lo lleve.

Prólogo

La suerte de la Compañía del Tridente

I

Algo se oculta en la Umbra

1

La sala de la Verdad era mucho más alta que ancha. Vista desde el suelo podría parecer una estancia ordinaria, pero observada desde la bóveda apuntada que remataba su centro, se volvía impresionante. Los ventanucos, solo dos, estirados de arriba abajo, dejaban pasar algo de la escasa luz del exterior y mucho de su frío. Las sombras campaban a sus anchas, largas y profundas, adueñándose de más de la mitad de la sala.

Recostada contra una pared, se levantaba una suerte de pirámide de cinco escalones de altura. Estos habían sido tallados directamente sobre la roca base, pulidos de forma desigual, como si el artesano se hubiera cansado del trabajo y lo hubiera dado por bueno cuando iba por la mitad. La silla de la Verdad se encontraba en la cúspide. Controlaba todo a su alrededor.

Sentado en ella, el capellán era un amasijo de mantas oscuras sobre las que destacaba el pálido brillo del metal del que estaba hecha su máscara. Máscara sin nada que marcase ojos, nariz o boca. Máscara sin más gesto que una lámina pulida y resplandeciente. Blanca.

Las manos del clérigo se aferraban como dos garras al borde de los brazos de la silla, dos embellecedores esféricos. La piel visible estaba reseca y llena de manchas causadas por la edad, de esas que no hay forma de limpiar. Unas más claras, otras más oscuras; gris sobre gris.

Una pareja accedió a la sala por el estrecho arco lateral. La primera figura, enclenque y nervuda, traía andares dubitativos. Todo le llamaba la atención, tal vez por curiosidad o admiración, pero sobre todo por temor. Tras ella venía su antítesis: un hombre tan corpulento que de veras tuvo que agacharse y ponerse de perfil para atravesar el hueco de la entrada. Una vez erguido, su postura era toda confianza y firmeza. Un par de cuernos se le enroscaban a ambos lados de la cabeza, y por las comisuras de los labios se asomaban unos colmillos que no le cabían en la boca.

Sería imprudente comparar a uno y otro hombre, no obstante, se colocaron frente a la silla de la Verdad como iguales.

El capellán hizo un gesto al grandullón, que a todas luces era el líder. Este se adelantó un paso y le entregó al clérigo un cristal sucio del tamaño de una de sus afiladas uñas. Era, más bien, un trozo de roca cristalizado, frágil, ligero, a medio romper. El anciano hizo pinza con los dedos y agarró el cristal por sus puntas. Se lo colocó delante de la máscara como si pudiera distinguir algo a través del metal. Allí lo mantuvo unos instantes. Luego bajó la mano y pareció dirigir su atención al hombre pequeño, aunque era complicado asegurarlo, ya que la máscara no ofrecía ninguna pista de adónde podría estar mirando el capellán.

—Mala suerte, Diogg: el signo del Mendigo —dijo el clérigo al cabo de un rato. Su voz sonaba cansada pero profunda, con un eco metálico.

El hombretón gruñó y mostró la totalidad de sus colmillos, que eran más de los que parecían en un principio.

—Que me arrastre la Oleada —maldijo Diogg—, Sólomon, otro paria de mierda. Así no hago nada.

—Su nombre es Ñaqu —le informó el capellán alargándole de vuelta el cristal.

Diogg agarró de mala gana el mineral y, aún de peor modo, el brazo que le quedaba más cerca del tal Ñaqu, el recién nombrado paria, que seguía sin enterarse de nada. Diogg pegó un tirón de él y se lo llevó por donde habían llegado. Los ecos de sus quejas y maldiciones fueron perdiéndose por las salas, pasillos y recovecos del santuario.

El clérigo aguardó inmóvil hasta que solo quedó el murmullo del exterior y el aullar del viento.

—Esos eran los últimos —dijo al vacío.

Las sombras reaccionaron a su voz y fueron tomando la forma de una muchacha menuda que abandonaba su escondite y se acercaba al trono. La joven se cercioró una última vez de que se habían quedado a solas antes de retirarse la capucha. Mostró una melena descuidada, ni corta ni larga, que entre la penumbra de la sala de la Verdad parecía hecha de carbón. Lo mismo ocurría con el resto de su figura, oscurecida por un gabán desastrado que le llegaba hasta la caña de las botas. No era alta ni robusta, más bien al contrario, y llevar ropa de un par de tallas superior a la que le correspondía no ayudaba a verla más grande, sino más bien como a una niña que había abierto el baúl de los mayores y se había disfrazado.

Aunque no sería recomendable comentarle tal cosa.

La cara, pálida pese a la suciedad que la cubría, era un óvalo bien proporcionado, del todo simétrico de no ser por la cicatriz que, desde la frente al mentón, había tenido el detalle de saltarse el ojo; aunque no había sido tan respetuosa con la ceja, que cortaba casi por la mitad. La acompañaba un gesto hosco, incómodo, como si en la bota llevase una piedra de la que no tenía forma de librarse. Había algo intrigante en ella, olía a preguntas para las que no había respuestas. Y, de alguna manera, era mejor así.

—¿Te han herido? —preguntó el capellán.

«Casi», se dijo ella.

Estiró un brazo para mostrar un trozo de paño rajado. Aquel roto no parecía suficiente motivo para que ella decidiera deshacerse de ese gabán cochambroso.

—Eso ha estado cerca —dijo Sólomon sonriendo. Nyx se encogió de hombros—. Me alegra que no te haya pasado nada. —«Ya»—. ¿Quedó alguno vivo?

«Menuda pregunta de mierda».

La mujer negó con la cabeza, despacio, mirando a su interlocutor solo de refilón, como aburrida por su presencia. De hecho, sus ojos estaban siempre inquietos, con una persistente tendencia a apuntar a la puerta, a las ventanas o a cualquier lugar de donde pudiera surgir alguna amenaza. O que pudiera servirle de huida. Él volvió a sonreír contra el metal de su máscara.

—Bien. No queremos que esos forajidos vayan contando por ahí que hay una caminante suelta por el Páramo. Empieza a haber rumores sobre ti y mi protección no es omnipotente.

«Puff, sí, ya ves. La Marcada, me llaman. Tremenda panda de gilipollas».

La mujer suspiró de impaciencia, aunque de pronto se le bajaron los humos al recordar que en realidad sí que dejó vivo a uno de los parias que empujaban el carro.

«Bueno, no durará demasiado en mitad del Páramo. Seguramente ya esté tieso».

—No te irrites, muchacha —dijo el capellán divertido—. Entrégamela.

Nyx ya estaba preparada y tenía la gema en la mano. Tuvo el impulso de lanzársela, pero dudaba de los reflejos del anciano. Y aunque habría sido divertido verlo tratando de agarrarla al vuelo, se acercó un par de pasos y se la alargó. Procuró no tocarlo, sin embargo, no pudo evitar el contacto. Con el roce de su piel tibia le sobrevino una oleada de asco.

El clérigo se quedó un rato admirando la joya. Mientras le daba vueltas, la hacía brillar a la luz de su propia máscara. Comenzó a hablar para sí, o a emitir un gorjeo que recordaba a palabras. Había entrado en una suerte de trance.

«Sombras, que solo es una puta piedra».

La joven se aclaró la garganta, lo que hizo que el hombre volviera a reparar en ella.

—Es un buen ejemplar, Nyx. Pero por desgracia no es la piedra que andamos buscando.

Ella levantó una ceja.

—Pues dámela y la lanzo de vuelta al Páramo, Sólomon —le espetó ella de súbito con voz ronca, ya que llevaba demasiado tiempo sin pronunciar palabra. No obstante, se aseguró de que el nombre del capellán se entendiese a la perfección. Con contundencia, como si fuera un insulto.

El clérigo no esperaba oír su voz, y mucho menos en aquel tono. Aunque debería estar acostumbrado ya a las formas de aquella muchacha insolente.

—Nyx, estás en la sala de la Verdad ante la silla de la Verdad —replicó muy serio.

«Me importa tres cojones».

La caminante se encogió de hombros y Sólomon estalló en una carcajada metálica que resonó por aquel ala del templo.

«Negro corazón de Ténebre, qué puto loco».

—La gema que ando buscando es distinta a todas. Es más grande, pero no solo eso, su interior es muy diferente. —«Resulta muy difícil de explicar»—. Resulta muy difícil de explicar.

La joven cruzó los brazos disgustada. Lidiar con las críticas no se encontraba entre sus virtudes. Sólomon intuyó el malestar en el semblante de la muchacha. Lo miraba con descaro. Con esa ira que vivía dentro de ella y que de cuando en cuando salía eyectada.

—Tranquila, Nyx. —«Te tranquilizas tú, gilipollas»—. No estoy enfadado contigo. Ha sido un gran trabajo. Has traído una gema, como te pedí que hicieras, y te mereces una recompensa. Al salir, dile a Mido que te cargue bien la bolsa.

«Eso está mejor».

Saber que le iba a pagar compensaba el riesgo, sobre todo cuando había tenido a su disposición el tesoro que transportaba la carreta y del que no pudo aprovecharse por pesar demasiado. Abandonar esas riquezas en mitad del Páramo escocía, sobre todo a alguien tan pobre como ella.

—Sabes que la recompensa por este trabajo se quedará en nada comparado con lo que te daré si aceptas mi proposición, ¿verdad?

«Ah, sí, la proposición, cómo no».

La joven volvió a extraviar la mirada en algún punto en el que la pared se encontraba con el techo. Seguía sin tener una respuesta para la propuesta de Sólomon. Su excusa era que no había tenido tiempo de sopesarla, aunque, a decir verdad, mientras recorría el Páramo en busca de la Compañía del Tridente, lo hizo de sobra. Y seguía sin tener una contestación. Aquello que le prometía el capellán era demasiado bueno para ser cierto; demasiado fácil.

Le aseguraba que sería libre, que podría ir y venir como quisiera sin nunca más tener que darle explicaciones a nadie.

Ella lo veía, como poco, descabellado. Todos los que conocía estaban sometidos de alguna manera. Desde los parias más bellacos hasta los capitanes de la guardia más poderosos. Todos debían obediencia a la Princesa, incluso el Duque, señor de Niño Perdido y los alrededores. El mismo Sólomon no se libraba de aquello. De hecho, su situación era incluso peor, ya que, además, debía obediencia a los postulados de la Palabra y a algún cardenal perdido en una capital lejana.

«¿Y este vejestorio pretende que me crea que me hará libre?».

No, allí había truco. Eso no era más que una trampa para aprovecharse de ella.

—Todavía no te fías de mí —dijo Sólomon serio—. Es eso, ¿verdad? Ella miró el metal que le recubría la cara un instante, con suficiencia,

con ira, con asco. Luego retiró la vista. Asintió. El anciano se acomodó en el respaldo. Si tuviera ojos, la estarían observando con altivez y condescendencia. Entretanto, la gema seguía bailando en sus dedos arrugados; daba vueltas y más vueltas reflejando la luz del metal, creando primorosos destellos en todos los tonos de grises.

—¿Hasta cuándo vas a seguir paseándote por la Umbra sin tener un control completo, Nyx? —«Ya estamos»—. ¿Qué vas a esperar, a que en tu próximo trabajo el sablazo encuentre tu carne y no tu capa? —«Que te calles, pesao»—. Te estás arriesgando demasiado, Nyx, y no siempre voy a estar ahí para mandarte un sanador. —«Y yo que creía que se le pasaría la oportunidad de recordármelo»—. Necesitas saber navegar bien por la Umbra, no como estás haciendo ahora. —«Y sin mi ayuda no vas a poder»—. Y sin mi ayuda no vas a poder.

Esa era, por supuesto, la otra gran ventaja del trato que le ofrecía el párroco, la más interesante para ella; y, claro, la que lo hacía aún más difícil de creer. Sólomon aseguraba que la adiestraría en las artes del Velo, uno de los puntos débiles de la joven. La ayudaría a controlar mejor su percepción en la Umbra, la enseñaría a ver en el inframundo, a encontrar donde los demás no hacían más que perderse. Le mostraría todos los secretos de lo que se hallaba al otro lado del Velo.

«Y nosecuántas mierdas más. Ya».

Ella era una caminante, una mujer de carne, hueso y sombras, como todos los nacidos bajo el signo del Errante. Se decía que solo venía al mundo una como ella cada muchos millares. La proporción era todavía más acentuada en villorrios dejados de la mano de los dioses como Niño Perdido. Era casi un milagro que ella estuviera allí. Sin embargo, la gran ventaja que su signo le daba conllevaba un inconveniente insalvable: los caminantes eran perseguidos, encarcelados y trasladados a la Torre para ponerlos al servicio de la Princesa. Eso o la decapitación.

Sólomon, nada más reconocer su don, había mantenido la identidad de Nyx en secreto. Le había entregado su cristal de nacimiento a una patrona local, pero ni siquiera a esta le había revelado su verdadera naturaleza. Ni el Duque ni nadie se hacía una idea de que entre los vecinos de Niño Perdido acechaba una caminante. Aunque empezaba a haber rumores.

Con todo, Nyx seguía sin tener un conocimiento profundo de sus habilidades. Ella podía ver al otro lado del Velo y, además, contaba con la habilidad de traspasarlo físicamente. Podía habitar lo que había al otro lado, la Umbra, convertirse en una sombra imposible de alcanzar. Pero sin el entrenamiento adecuado, su percepción tras el Velo no pasaba de aceptable; le daba para sumergirse en la Umbra y no estar chocándose contra cualquier obstáculo, algo que bien le servía para desvalijar a rivales en el pueblo o desbandar compañías de medio pelo en el Páramo. Pero era del todo insuficiente para luchar contra adversarios de mayor entidad.

El capellán podía poner remedio a eso; se lo había ofrecido, de hecho. La enseñaría a dominar su visión en la Umbra a cambio de trabajar a tiempo completo para él. Basta de encarguillos; se convertiría en una guerrera poderosa bajo la protección de Sólomon.

«Vamos, voy a buscar la libertad a través de más servidumbre. Un planazo».

La caminante se quedó en el sitio impertérrita. Pareciera que era ella quien llevaba la máscara de metal.

—Baja la guardia de una vez, Nyx, aquí no tienes por qué luchar.

—«Eso lo decidiré yo»—. Estás en un lugar seguro. Deberías saberlo ya.

Sí, debería saberlo. Sin embargo, ¿por qué se sentía tan desnuda frente a aquel clérigo?

—En una ocasión me dijiste que lo que más deseabas en la vida era tu libertad. —«Sí, era demasiado inexperta y cometí el error de abrir la boca más de la cuenta. No volverá a ocurrir»—. ¿Acaso ha cambiado tu parecer?

Se lo dijo mientras ella ya se dirigía con largas zancadas hacia la salida, pues había decidido que aquella reunión había llegado a su fin. El anciano soltó una risotada cargada de maldad.

—¡Qué jovencita tan maleducada! —«Que te follen»—. Vuelve dentro de dos o tres giros. Seguramente tenga algún otro trabajo para ti. Si lo quieres.

La caminante ni se volvió.

2

Pocos espacios de la Academia eran tan agradables como el aula de las luminarias. Su nombre ya avanzaba por qué. El muro que daba a la calle era una sucesión de ventanales que captaban toda la luz que el cielo tenía que ofrecer. Nunca era demasiada. No obstante, resultaba más que suficiente para un edificio retorcido en mitad de una ciudad abarrotada.

Lem detestaba el aula de las luminarias más de lo normal, y esa era una cantidad excepcional de odio.

Se trataba de una estancia cuadrangular, amplia, nada que ver con los laboratorios, las salas de lectura, las celdas de meditación o la mayoría de los espacios de la Academia. Allí cabían, más o menos, cincuenta estudiantes, lo que era una buena porción de los augures que habitaban el edificio. Se dividían en dos bancadas con forma de graderío, una frente a la otra, separadas entre sí por un estrado circular. Hacia allí se dirigían todas las miradas. Justo donde se encontraba Lem.

El muchacho consideraba que le tocaba salir al estrado demasiado a menudo. Que, o bien era mucha casualidad, o bien la maestra Simila disfrutaba especialmente viéndolo sufrir. Porque eso era lo que le ocurría a Lem cuando le tocaba realizar la tarea delante de toda la clase.

En esa ocasión se trataba de un ejercicio de oleomancia, el arte de leer el porvenir a través de un aceite especial que solo los augures sabían preparar. Era un ejercicio básico, uno de esos que todos los aprendices debían dominar y, como tal, el joven sabía ejecutarlo a la perfección. Por desgracia, delante de las miradas de sus compañeros, los nervios le podían y era más proclive a cometer errores. Y eso que llevaba el agamte, el hábito blanco que cubría a todos los augures por completo de la cabeza a los pies.

Lem era de los más altos entre los estudiantes, aunque la tendencia a encorvar la espalda le hacía perder unos dedos de altura. Era delgado, raquítico, dirían muchos, de miembros nervudos e interminables, en especial los dedos, que parecían incapaces de sujetar algo con un mínimo de firmeza. Su torpeza era proverbial entre sus compañeros, por eso esperaban que, tarde o temprano, terminase tirando algo al suelo o derramándolo sobre la mesa. Eso, más que ninguna otra cosa, alimentaba su inseguridad, lo que hacía aún más probable que el fallo llegara. Una profecía autocumplida.

Lem no sabía si era feo o guapo, ya que tenía la obligación de llevar siempre la cara cubierta. Y las pocas veces que tenía un momento para lavarse, nunca había cerca una superficie reflectante. Lo que sí podía ver era el espacio que su nariz ocupaba en su campo de visión. Ignoraba si era mucho o poco, pero, a juzgar por las caras que sí conocía, las de los profesores, tutores y sirvientes de la Academia, a menudo se le antojaba excesivo. Luego estaba el tono de su piel, insano, como de piedra de castillo viejo. Esto hacía que él se alegrase de la existencia del agamte. Esa prenda blanca que lo cubría lo hacía sentirse de alguna forma protegido.

Lo que más le minaba el ánimo era el embrutecimiento, el sadismo, las energías invertidas en aprovechar las debilidades de alguien y llevarlas hasta el extremo. No lo entendía, aunque a veces pensaba que le encontraría la gracia al asunto si el objetivo de las burlas no fuera él. Porque, aparte de torpe —sin pasar por alto su tendencia a trabarse con las palabras y tartamudear—, era, tal vez, uno de los más nefastos aspirantes a augur de toda la Academia.

«A lo mejor, si me dejasen en paz, no se me daría tan mal leer el porvenir», se lamentaba.

—Costras —dijo la maestra con brusquedad.

Eso significaba que era el turno de Lem. «Costras» era su apodo oficial. Tenía muchos otros, tanto o más crueles, pero aquel se había hecho tan común que hasta los maestros y los tutores lo usaban. Se refería a las múltiples heridas que el muchacho se hacía mientras trataba de manipular objetos punzantes o candentes. No había momento en el que sus manos no estuvieran o vendadas o cubiertas de postillas.

Casualidad o no, en esos instantes Lem tenía una uña negruzca y el canto de la mano derecha algo más brillante que el resto por una costra que se le acababa de caer. No era uno de sus peores momentos, pese a todo.

El joven se encontraba a un lado de la mesa que había sobre el estrado. A su izquierda, un niño, uno de los parias que servían en la Academia; a la derecha, Simila y el ventanal; delante y detrás, un montón de estudiantes deseosos de verlo equivocarse una vez más. Un murmullo empezó a ascender de la bancada.

—¡Silencio! —bramó Simila.

Frente a él, al otro lado de la mesa, había otra estudiante, Uma, ya que ese ejercicio se realizaba por parejas. El procedimiento se basaba en que uno trabajaba hasta que se equivocaba, recibía un fustazo en una mano si la maestra lo consideraba oportuno —cosa que con Simila era frecuente— y el turno pasaba al otro.

Al joven le tocaba seguir donde Uma lo había dejado. Estaban preparando el aceite y, ante ellos, sobre la mesa, había dispuestos muchos más ingredientes de los necesarios. Polvos, insectos troceados —por partes o completos, muertos o vivos—, raíces de difícil identificación, líquidos con mayor y menor espesor, y otros elementos guardados en saquitos y frascos, cuyo origen era, como poco, incierto. Un bazar arcano en casi todos los grises.

Lem se había prometido a sí mismo que no iba a fallar, que no les daría ese gusto a aquellos que deseaban verlo arder. Había estado estudiando ese ejercicio a conciencia y conocía cada uno de los pasos. Solo debía concentrarse y olvidar aquella horrible presión sobre los hombros.

En silencio, con movimientos lentos pero más o menos seguros, el estudiante fue agregando los ingredientes de la fórmula. Entretanto, la maestra hacía crujir la fusta de lo mucho que la apretaba.

—Estropajo —dijo Simila con un gruñido.

Aquel era el apodo de Uma. El motivo de este ni lo sabía ni lo quería saber. La profesora le había pasado el turno a su compañera sin que él hubiera fallado, lo que, según Lem vio en los ojos de esta, era frustrante para Simila.

Una llamarada de orgullo le ascendió por el pecho y se materializó en una tímida sonrisa que, pese a estar tapada por el agamte, Lem prefirió borrar; le daba miedo que se le escapase el sonido de una risilla. No era sabio mostrar alegría en la Academia.

—¡Mal! —exclamó Simila al cabo de unos instantes.

A su voz le siguió un latigazo con la fusta en el dorso de la mano de Uma. La muchacha aulló de dolor. Con aquella maestra, grito y golpe eran una secuencia tan segura como relámpago y trueno. Simila reprendió aquella muestra de debilidad. Por primera vez desde que tenía memoria, Lem no resultó ser el alumno torpe, y eso que Uma era una de las más aplicadas.

—Costras —dijo, casi escupió, la maestra.

La mujer acompañó su voz con un fustazo en un brazo del joven. Era una zona cubierta por la túnica, una tela simple y basta que ya no era lo blanca que debería ser. Aun así le dolió. Le había pegado sin haber cometido ningún fallo. Porque sí, porque podía. Eso reforzó de alguna manera al muchacho, que se entregó al ejercicio con decisión pese al temblor de los dedos. Eran los últimos ingredientes. Solo quedaba remover el aceite.

Tomó el cucharón y, cuando fue a meterlo en el cubo, un fustazo en los nudillos le hizo ver chispas.

—¿Tú vas a remover el aceite, cretino? —preguntó la maestra a voz en grito, mucho más enfurecida de lo que debería—. ¡Por todos los nombres prohibidos, Costras! ¿Cómo va a tomar cuerpo el éter del porvenir entonces? ¿A quién va a corresponder el efluvio del ignoto futuro? ¿Me lo puedes explicar, pedazo de inepto?

Lem bajó la cabeza. Por miedo, por vergüenza, porque no asomaran más lágrimas. Porque no sabía si se intuiría en su postura lo que deseaba hacerle a Simila. A la maestra y al niño, que, al igual que el resto de sus compañeros, se reían de él sin reparos.

De entre la bancada, por encima del murmullo, salían insultos dirigidos a él y a Uma. Pero sobre todo a él. Lem reconocía aquella voz aguda e insufrible; ese tono pedante y malvado. Mirim, la alumna más aventajada, la líder de los estudiantes más crueles, aquella que promovía la mayor parte de los malos tratos, pero que siempre salía indemne de la vigilancia de los profesores. Siempre había otro que cargaba con la culpa. Era como si estuviera protegida por un halo especial. Curiosamente, Simila dio un fustazo a un alumno de la bancada, que, por su quejido, era un chico.

—¡Silencio, panda de vagos! —bramó la maestra—. Poned atención. ¡Estropajo!

De vuelta al turno de Uma. Esta tomó con sumo cuidado el cucharón que Lem había soltado de pronto. En lugar de tratar de hacer algo con él, la muchacha se lo tendió al niño. El sirviente devolvió el utensilio al caldero y comenzó a remover su contenido con soltura. Había asistido tantas veces a aquel ejercicio que ya se sabía de memoria la ceremonia.

—Once vueltas, cinco a la derecha, seis a la izquierda —recitó Uma.

La maestra no indicó que aquello estaba bien; tal vez fastidiada porque esperaba que fuera Lem quien pronunciase la fórmula y se equivocase de nuevo.

«Como si necesitase un motivo para arrearme», pensó él.

Justo después, Uma se dirigió al niño y Lem la imitó. Tocaba despojar al paria de ese trapo mugriento que lo cubría. Entonces, semidesnudo, el pequeño tomó el caldero y lo levantó por encima de la cabeza. Parecía tener las fuerzas justas para realizar tal movimiento. Lem fantaseó con la idea de que se le escurriera de las manos y se le cayera sobre una sien o que le abriera una brecha en una ceja. Nada de eso ocurrió, y el aceite del porvenir se vertió sobre el cuerpo del niño tal y como debía ocurrir. Empezaba el auténtico martirio.

—Costras —indicó Simila.

Lem tomó aire con la tenue esperanza de que los nervios no pudieran con él. Sabía que, ahora sí, iba a fallar. Resopló. Conocía los protocolos, los había estudiado a conciencia. Se acercó al paria. Primero, echó un vistazo general a las partes amplias. Los hombros, la espalda, el vientre. Si no encontraba ninguna condensación llamativa de hierbas o de barro, podía pasar al pecho, los brazos, las manos y las uñas. Ahí debía encontrar ya alguna información. Cuál, no tenía ni idea. En esos casos, podría ser útil consultar el charco que se formaba en el suelo, aunque Lem no quería meterse en ese terreno, pues resultaba demasiado cambiante. El último paso era mirar la cabeza, el pelo, la nuca, los oídos, la cara; lugares donde se concentraban los detalles más concretos del porvenir. Pero él nunca llegaba tan lejos en la lectura. La maestra se lo impedía; ella y su fusta. No veía por qué esa vez sería diferente.

Simila empezó a dar señales de impaciencia. Él ya debería estar diciendo algo. Mejor si tenía sentido. Mientras, los ojos del niño buscaban los suyos con descaro. Se burlaba de su incapacidad. Era la avanzadilla de las burlas, para mayor regocijo de la audiencia.

—Veo peligro de accidente —dijo por fin Lem.

El niño resopló de pura incredulidad.

—Calla tú —ordenó la maestra al paria—. ¿Dónde? —preguntó al joven.

El estudiante señaló allí donde más se acumulaban las impurezas del aceite, justo en su hombro izquierdo.

—¿Qué tipo de accidente?

—Uno en la biblioteca —tartamudeó el muchacho—, mientras limpia la parte superior de las estanterías. Parece un accidente, pero en realidad lo provoca alguien, alguien cercano, muy interesado en quitarlo de en medio sin que se sepa qué ha pasado.

La sonrisa se borró de inmediato de la cara del niño. —Mmm —terminó por decir la maestra—. ¿Qué más?

No tenía nada más que decir. De hecho, lo que había dicho hasta el momento lo había extraído por entero de su imaginación. De sus deseos. Volvió a ojear la piel del crío y no reconoció ni una de las formas que encontró. No había círculos, ni cruces, ni estrellas. Por no hablar de nada que recordase mínimamente a los once símbolos sagrados de los dioses. Se suponía que el porvenir debía presentarse frente a él, abrirse como un ojo de metal resplandeciente que lo iluminara y le marcara el camino. Sin embargo, él estaba tan ciego como de costumbre. Su fracaso era cada vez más evidente.

Fue a por la formación de grumos que menos desconfianza le daba, pero esta se encontraba en el cuello, una zona, para él, del todo incomprensible.

—Veo mucho sufrimiento —dijo señalando la mancha.

—Sufrimiento, ¿eh? —comentó Simila.

Un murmullo comenzó a surgir entre los alumnos. Mirim volvía a azuzar a sus mesnadas.

—Sí —respondió Lem con esfuerzo—. Porque tras el accidente ya no podrá volver a andar y tendrá que pasar el resto de sus días viviendo de la caridad. Debido a ello, veo una muerte inminente. Por incapacidad. O por piedad. Un sacrificio a los dioses, tal vez.

Para cuando se calló, la maestra ya reía abiertamente. El niño había olvidado el posible futuro que Lem le vaticinaba y la acompañó, así como el resto de la clase. Uma bajó la cabeza lamentándose por lo que iba a ocurrir. Era la peor de las noticias para Lem.

3

Gris era el Páramo. No mentían quienes se lo advirtieron.

A Maia y a Wylar les bastó un par de giros para detestar hasta los huesos aquel paraje que seguía y seguía no importaba qué rumbo se llevase. Un océano de tierra, fango y polvo. El imperio de los tres vientos, que soplaban sin oposición y a su antojo. En esos momentos, el encargado de azotarles con rachas desiguales y helarles hasta los pensamientos era Kalaamis el rebelde. Al menos hacía desaparecer por un rato las moscas y los tábanos.

Wylar volvió a recogerse el pelo, que por enésima vez se le había soltado y salido de dentro de la capucha. Maia no tenía ese problema, ya que por encima de las cejas todo su pelo se compactaba en una cresta. Su batalla era, más bien, procurar que nada quedase a la intemperie para guardar el mayor calor posible. En mitad del Páramo, aquello era una misión complicada.

Wylar era arquero, algo que, por otro lado, no resultaba ningún secreto. Llevaba el arco trabado en su propio tronco, entre el hombro y la cintura y, por si eso no bastase, en la espalda cargaba un carcaj repleto de flechas. El resto de su equipaje estaba formado por un zurrón bastante simple que llevaba pegado al cuerpo, atravesado justo al contrario que el arco.

Si al equipaje se le sumaba lo grueso de la capa que lo envolvía, daba la impresión de ser alguien corpulento. Nada más lejos de la realidad. Wylar era enjuto, con las carnes justas para albergar un cuerpo fibroso y, por otro lado, bien proporcionado. La cara seguía este principio armónico. Las cejas, los pómulos, los labios, todo en él estaba en su sitio. Si había una palabra que pudiera definirlos esta era, si acaso, «fino» o, mejor todavía, «afilado». Solo por ponerle alguna pega, la barba le crecía de forma irregular y solo en un parche ridículo, a un lado de la barbilla.

Su piel era, como poco, peculiar. Tenía cada pulgada tan abarrotada de pecas que no se sabía muy bien cuál era su tono, si claro u oscuro. Podría

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decirse que ambas cosas al mismo tiempo; saludable, en cualquier caso.

A su lado, Maia, la guerrera, pertenecía a otra especie. Había gente grande, luego estaba ella. Por las formas que tomaba su capa, podría adivinarse que allí abajo se escondía un mueble voluminoso. Era alta, toda venas, cicatrices y tatuajes apretados por unos músculos siempre a punto de reventar. Era un espectáculo verla en movimiento, incluso allí caminando, soportando el castigo de ese viento cruel que era Kalaamis.

De la espalda le sobresalía el mango de un hacha de batalla. A su lado, un cráneo más bien cuadrado, también poderoso, con huesos prominentes. Los ojos eran pequeños; la nariz, más bien chata y escueta; la boca, grande, aunque empequeñecida por hallarse enmarcada entre unas mandíbulas tan formidables. El cutis, casi siempre brillante de sudor, tenía un tono indefinido, más bien pálido, y en él destacaban un par de brechas y los rastros del acné. Era la cara de alguien acostumbrado a meterse en problemas. Y a salir de ellos a golpes.

Ni uno ni la otra sabían cuánto llevaban caminando desde que abandonaran aquel último poblacho, cuyo nombre ya ni recordaban. Ambos soldados tenían la misma graduación en el ejército —esto es, ninguna—, pero era Maia quien tomaba las decisiones. En cierto sentido, tenía lógica, ya que era la guerrera más experimentada y, por mucho que le molestase a Wylar, la única de los dos que tenía mentalidad de guerra; una especie de sentido especial para el combate con el que se nacía o no.

«Nada más que gilipolleces», pensaba el arquero.

La insubordinación le venía a Wylar de lejos. Había salido de los barrios marginales de la Torre. Esto podría considerarse una redundancia, ya que, a simple vista, no hay barrio de la Torre que no fuera marginal. Solo que él se había criado en Matacanes, un agujero donde tenían lugar casi todas las perversiones conocidas en el mundo. Para alguien con semejante procedencia, era complicado encontrar figuras de autoridad. Y ya de respetarlas, mejor no hablar.

Allí, en Matacanes, lo encontró Maia, aunque a la guerrera siempre le quedaría la duda de si su compañero realmente pertenecía a ese lugar. Lo veía demasiado refinado y preocupado por su apariencia. Más bien parecía un vividor y un jugador ocasional, un bala perdida procedente de alguna casa rica caída en desgracia.

La casualidad había querido que Wylar tuviera los dones del dios Audaz y que, por lo tanto, pudiera canalizar los halos. Ese poder lo

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convertía en un tipo peligroso. De hecho, saber usar las energías que pueblan la Umbra era el requisito fundamental para ser soldado de la Torre. Entre eso y que él necesitaba desaparecer por un tiempo de las calles, Maia lo convenció para entrar en el ejército. Así tendría un trabajo de verdad por primera vez en su vida, además de que le enseñarían a explotar sus habilidades y su don. Pero era sobre todo un lugar donde ella pudiera tenerlo bien cerca.

—Parece que no va a surgir de la nada ningún pueblo —comentó Wylar con el viento pegándole de lo lindo en la mejilla.

Maia sabía lo que en realidad quería decirle: que parasen de una buena vez.

—A lo mejor nos toca dormir de nuevo en mitad del Páramo —dijo la guerrera con intención de hacerle cambiar de opinión.

Wylar gruñó algo ininteligible, pero no varió su postura. A Maia le pareció un niño enfurruñado. Uno muy guapo.

—Venga ya —insistió él al ver que ella no tenía intención de parar—. ¿Me vas a decir que no estás reventada? Dioses, ¿no tienes hambre?

—Toma un poquito de Furia, anda —masculló ella—. Y cierra el pico. —¿Furia? Que me arrastre la Oleada, hace un montón de leguas que no

veo ningún chorro.

Se refería a los yacimientos que de tanto en cuanto surgían en la Umbra.

—Toma —dijo ella lanzándole su calabaza sin volverse a mirarlo—.

Sírvete a tu gusto. Y cállate de una vez.

El arquero miró de mala gana la calabaza. Era un recipiente especial, preparado para albergar halos de poder. Él tenía la suya propia, solo que estaba vacía. Chasqueó la lengua y a punto estuvo de tirarla al suelo. Sobre todo porque se le vino a la cabeza la última cama que usaron y le pareció una jugarreta cruel por parte de su memoria. Se trataba de un jergón infestado de chinches que entonces le pareció infame y que ahora sería un paraíso.

Se vio tentado de hacerle caso a su compañera y de tomar Furia. Pero no era eso lo que quería. Deseaba descansar, ya había pateado suficiente Páramo durante el último giro.

Entonces creyó diferenciar algo en el paisaje. Lo que en principio podría ser una imperfección en el terreno provocada por la pendiente de la

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cuneta, a poco que se fijase se mostraba como una apertura. Una grieta.

Wylar le hizo un gesto a su compañera.

—¿Esto es lo mejor que se te ocurre para que paremos?

—No, bestia. Hay una grieta ahí. Mira, joder.

Ella resopló, pero terminó cediendo. Al final siempre se dejaba llevar por su compañero, al menos esa era la impresión que ella tenía. Si le preguntasen a él, la respuesta sería muy distinta.

Salieron del camino y pronto se encontraron la grieta a sus pies. Se trataba de una abertura angosta e irregular. No se veía hasta dónde podía llegar ni qué profundidad alcanzaba.

Maia era una mujer de acción, por lo que no había que decirle nada; ella lideraba. Se arremangó lo justo para que sus poderosos brazos ganasen movilidad y comenzó el descenso con destreza, seguida por la mirada de su compañero.

—Hay una plataforma —dijo ella varios pies más abajo—. No es ningún palacio, pero al menos no pega el viento. No mucho.

Eso sonaba a canción gloriosa para Wylar. La imitó, mucho más cuidadoso en sus movimientos, más torpe también. Una vez dentro de la grieta se quitó la capucha. La coleta quedó libre al fin, pero toda desmadejada. No tardó en poner remedio a eso.

—Nos puede servir para dormir —dijo él echando un vistazo.

—Ya sabía yo lo que tú andabas buscando.

—Pues entonces no protestes.

Ella dejó salir el aire por entre los dientes. No aprobaba que el arquero fuera tan indisciplinado. A sus ojos, eso no era más que un signo de debilidad y ella detestaba la debilidad.

«Entonces ¿por qué me gusta tanto?», se preguntó. Era una pregunta que solía hacerse demasiado a menudo. Chasqueó la lengua y se asomó al precipicio.

—La grieta sigue —dijo la guerrera—. Puedo llegar con facilidad al fondo.

—Aquí ya estamos bien —dijo Wylar acomodándose en la plataforma

—. Vamos a tener que apretarnos un poco, pero nos servirá hasta que Kalaamis se olvide de nosotros. No hace falta bajar más.

Maia bufó.

—¿Vas a quedarte tranquilo sin saber qué puede haber ahí abajo mientras duermes? —preguntó ella con un tono que indicaba que era obvio

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lo que había de hacer.

Wylar prefirió no contestar con la esperanza de que Maia lo dejase pasar. No tuvo suerte, pues ella inició de nuevo el descenso. El arquero tomó aire y se asomó para verla bajar. Esa vez, a la mujer le llevó más tiempo llegar hasta el suelo. Apenas si era distinguible en la penumbra.

—No te lo vas a creer —exclamó ella—. Esto está lleno de escarabajos. Y son gordísimos.

Wylar sabía que esa era la forma que ella tenía de hacer que bajase. Azuzar sus jugos gástricos era un truco muy burdo y efectivo. Resultaba complicado mantener la mente fresca con el estómago tan vacío. Esos escarabajos al fuego podían solucionar alguno de sus problemas más inmediatos.

—¿Hay más niveles? —preguntó Wylar.

—Qué va —respondió Maia—. A partir de aquí es más o menos llano. La guerrera hizo lo siguiente que debía hacerse en esos casos: atravesó el Velo en busca de nueva información. A su alrededor, de pronto se

levantó el aura inquietante de la Umbra, que no derrochaba en bienvenidas a intrusos. La oscuridad se volvió lechosa y el ambiente se hizo denso como una sopa. El soplido de Kalaamis, que se colaba por aquella grieta, en el inframundo producía un aullido que sonaba como el lamento de un monstruo moribundo.

Maia extrajo el hacha y apretó el mango con ambas manos. Las partes de metal brillaban con luz blanca y contrastaban con el filo, que era entero de cerámica. Un arma imponente. La guerrera encontró una fuente de Furia que brotaba del suelo, precisamente donde se arremolinaba la mayor parte de los escarabajos.

«Debe de haber algún cadáver enterrado», pensó.

Llevó una mano a la Furia y dejó que el halo penetrase en su cuerpo.

Luego se quedó a la espera.

—¿Qué hay? —preguntó Wylar a su espalda.

—No lo sé. Cárgate —le dijo con un gesto hacia el manantial de Furia.

Wylar así lo hizo. Y como notó que algo no iba bien, destrabó el arco. Puso una flecha en la cuerda y también atravesó el Velo. Su percepción en la Umbra era más limitada que la de su compañera, aunque nunca estaba de más comprobar por uno mismo qué pasaba en el inframundo. Sin embargo, no encontró nada. Y, aun así, allí abajo había algo.

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Maia comenzó a avanzar y él la siguió. Torcieron un recodo y encontraron que la grieta se ensanchaba. Caminaban bajo unos halos que formaban una bóveda de niebla varias varas sobre sus cabezas.

—Gracia —dijo Maia.

Wylar asintió y alargó una mano. Pudo tomar un poco. La Gracia le vendría bien para maximizar su puntería. Aunque no era aquello lo que atrapaba su atención. Allí abajo, la poca luz que penetraba desde el exterior dejaba entrever paredes antinaturalmente rectas y más o menos pulidas. En estas había huecos idénticos que se repetían con un patrón definido. Ventanas. Oncenas de ellas.

No era nada comparado con lo que se podía ver al otro lado del Velo. Parte de la pared rocosa desaparecía para, de pronto, abrirse a pasajes rectilíneos de los que no se veía el fin. Recordaban vagamente a las calles principales de la Torre, solo que estaban mejor trazadas y eran mucho mayores. Aquellas eran las calles más grandes que había tenido la oportunidad de ver.

—Esfinge —dijo Wylar entre dientes mientras cruzaba los dedos.

—Blanca sangre de Arconte —murmuró Maia.

Aquello daba la razón a las leyendas que contaban que bajo el Páramo se extendía una ciudad colosal. Nadie sabía qué territorio podía llegar a abarcar. Según decían algunos de los veteranos, habían encontrado restos en puntos tan distantes como Hoscos o La Escombrera de la Señora. Incluso en Pico Mellado, al otro lado del cinturón del Mausoleo, a las puertas del Gran Abismo; aunque quienes aseguraban eso último no eran de fiar. Solo querían caso y que los invitaran a vino de luciérnaga.

—Podría estar habitado —dijo Maia con un ojo en el mundo y el otro en el inframundo.

—¿Quién iba a querer vivir aquí?

La mujer se encogió de hombros.

—Por lo menos hay comida —respondió ella.

El arquero se fijó en el movimiento en una pared cercana. Llevó allí la punta brillante de su flecha, pero no disparó. Se trataba solo de una aglomeración de escarabajos. De verdad que eran grandes, y tenían pinta de jugosos, además. Wylar empezó entonces a ser consciente del verdadero alcance del hambre. Sin embargo, la sensación de que algo se ocultaba seguía vigente. Maia también lo había notado. La posibilidad de acción hacía que la guerrera se desentendiese de cualquier otra

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consideración. La lucha era su actividad predilecta; nada le daba tanto placer.

—¿No te has cansado todavía de husmear? —preguntó Wylar sin mucha esperanza de convencerla para regresar.

—¿No habíamos venido para eso? —respondió ella.

—Nuestro churro de misión es llegar a la torreta esa de las narices que algún lumbreras fue a levantar en la quinta puñeta para que la Princesa supiera lo grandes que son sus dominios —soltó Wylar de corrido como si lo tuviera ensayado.

—No hables así de las órdenes.

—¿Te vas a chivar al sargento? ¿Es esa tu nueva táctica de mierda para ascender en la jerarquía?

—Que te arrastre la Oleada.

Él prefirió quedarse callado. Nada le podía quitar de la cabeza que allí abajo se ocultaba algo. Cuando cruzaba el Velo podía oír una especie de ruido, lo que no era demasiado raro, ya que en la Umbra los sonidos se distorsionaban y las formas cambiaban. Wylar tensó la cuerda del arco. Maia acomodó mejor el hacha. Siguieron avanzando.

—Vas a preparar tú la comida, por lista —susurró Wylar.

—¿Es el precio por que te calles? Barato me parece.

De pronto, unas piedrecillas cayeron desde las alturas. Wylar apuntó de inmediato hacia donde intuía que procedía el desprendimiento. Nada.

—Eso no ha sido el viento —dijo Maia—. Ni por toda la cólera de los Seis.

—¿La Umbra?

—No, nada —dijo ella tras una ojeada rápida tras el Velo.

—Pues tú me dirás.

La mujer no tenía explicaciones, solo la intención de seguir adelante extremando la precaución. Él chasqueó la lengua. Era muy consciente del peligro. Allí, solos en mitad del Páramo, las posibilidades de terminar descuartizados eran más que altas. Innumerables criaturas moraban la Desolación. Y morir en aquella zanja no constituía, ni de lejos, el final que él esperaba cuando se alistó.

«Si en realidad no quiero estar aquí, dioses. No debería estar aquí».

—Allí —señaló Maia.

Wylar, en efecto, lo vio, aunque necesitó de toda su atención. Oculta entre roca y sombra, la propia oscuridad parecía removerse. Seguía algún

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tipo de ritmo.

—¿Un Gris? —preguntó el arquero.

—Más le vale que no —contestó la guerrera dando un paso hacia delante.

Wylar seguía tras ella sin dejar de apuntar aquel remolino de tinieblas. Conforme se acercaba, este parecía hacerse menos peligroso. Sus movimientos, más repetitivos, cortos, nerviosos. Fuera lo que fuese, no tenía un tamaño mayor al de Maia. Ni siquiera al suyo.

El arquero se subió a una roca y apuntó desde allí sin saber todavía qué era eso que bailaba ante sus ojos. La guerrera se abrió para que su compañero tuviera despejado el posible disparo, y siguió avanzando. El ser no reaccionaba a ellos, ni siquiera cuando Maia estaba a un par de pasos de distancia. Repetía sin cesar aquel absurdo movimiento en bucle.

Maia sacó entonces el cuchillo de combate. En realidad se trataba un trozo de tubería afilado. Lo importante era que estaba hecho de metal limpio y brillaba. Lo acercó despacio y dejó que su superficie iluminase aquel rincón. La luz mortecina reveló a un hombre. No, llamar hombre a aquello sería una aberración. Tenía la cabeza seca, con la piel demasiado pegada al hueso. Casi había perdido todo el cabello, y el poco que le quedaba caía lacio y ralo, y se mecía con cada movimiento. Los ojos, hundidos hasta lo indecible, miraban a un abismo que solo él podía ver. Sentado en el suelo, balanceándose con los brazos aferrados a las rodillas, emitía un sonido apagado, un bisbiseo que seguía y seguía, apenas sin inflexiones. Comprendieron que estaba tarareando algo, quizá una canción, quizá una plegaria que ningún dios parecía interesado en atender.

Era un abandonado, uno de esos que habían perdido la razón. Cascarones vacíos que vagaban por la Desolación como un recuerdo de lo que el mundo podía llegar a obrar en las personas. Una visión perturbadora, pero no entrañaba ninguna amenaza.

—Sangre de Arconte —suspiró la guerrera para sí bajando el hacha—. ¿Cómo habrá llegado aquí este desgraciado?

—Ni lo sé ni me importa —replicó Wylar.

Y, acto seguido, liberó la flecha, que atravesó de parte a parte el cuello de aquel tipo. Sus movimientos y la plegaria se transformaron en un gorjeo que pronto terminó apagándose.

Ella dio un salto atrás y se puso en guardia. Luego miró en dirección a su compañero.

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—¿Eres gilipollas o eres gilipollas?

Él se bajó de la roca contento por el blanco que había logrado. Algo en su interior le decía que ella se tenía merecido un susto como aquel.

—Le he hecho un favor —se limitó a decir.

—Acércate, pedazo de inútil, que te voy a hacer un favor a ti.

Wylar sonrió como solo sabía hacer él, con una mitad de la cara, soltando el aire entre los dientes, como si en realidad no quisiera estar contento, como si con ello estuviera realizando una labor de caridad a los afortunados que lo contemplasen. Maia se odió por mirar a su compañero con ojos melosos cuando, en realidad, debería estar pensando en soltarle un cabezazo. Así de fácil se le pasaban las ganas de arrearle. Y eso la molestó aún más.

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4

Las mesas de la taberna no estaban diseñadas para largas veladas. De hecho, no parecían diseñadas en absoluto. Eran bastas planchas llenas de imperfecciones, tan torcidas que, de no andar con ojo, cualquier recipiente corría el riesgo de volcar al más mínimo contacto. Y el tabernero no era una persona comprensiva a quien reclamar en caso de accidente.

Los bancos no le iban a la zaga, por no hablar de platos, jarras y cubertería. Todo en sí era una invitación a salir por la puerta y no volver jamás. Pero las otras dos tabernas de Niño Perdido no eran ni un poco mejores, así que digamos que no había mucha elección. Pareciera que los tres establecimientos habían sido creados por el mismo sádico que, además de en metal, cobrase en disgustos y malos pálpitos.

De todas formas, Nyx no planeaba pasar mucho rato allí. Para ella ese local era un agujero demasiado viciado y bullicioso, pese a estar semivacío. Tenía los codos sobre la mesa, los hombros algo levantados, la mirada fija en el cuenco de grillos churruscados a medio consumir. Trataba de concentrarse, de abstraerse. La escasa iluminación ayudaba; el jaleo, no tanto.

La joven consiguió serenarse lo justo. Bajó los párpados, llenó el pecho de aire y lo expulsó con pausa. Cuando todavía faltaba por salir una mínima parte de ese soplo, se sumergió en la Umbra.

Ella era una caminante y tenía, por tanto, la habilidad de saltar en cuerpo y alma al otro lado del Velo. Sin embargo, esa vez optó por hacerlo solo con los sentidos. Delante de tantos testigos sería una estupidez realizarlo de otra manera. Ahora solo quería practicar la percepción en el inframundo, uno de sus puntos débiles.

Pronto notó el cambio más evidente: el aire parecía saturarse de una materia inexplicablemente densa, como si la atmósfera cobrase cuerpo y se hiciera visible. Los sonidos también eran distintos, se distorsionaban hasta volverse caóticos. Y la luz se invertía. Lo gris seguía siendo gris, pero lo

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que en la realidad era blanco pasaba a ser negro, y viceversa. Las sombras se tornaban pálidas, y el metal y el fuego se oscurecían hasta una negrura demencial. De este modo, la luz impregnaba todo de negro y las sombras se tornaban blancas. El mundo, ya de por sí fantasmagórico, al cruzar el Velo se convertía en una pesadilla.

Una vez superada la primera impresión del descenso al inframundo, Nyx se fue tranquilizando y dejó que las cosas cayeran en su sitio. Era una suerte de aclimatación necesaria cada vez que entraba en la Umbra. Según le había dicho Sólomon, se debía a la falta de entrenamiento.

«Viejo de mierda, así te lleven los Ténebres».

La joven empezó por algo simple: su propia mesa. Como todo lo que habitaba la Umbra, había aumentado de tamaño, así como el plato y la jarra. A poco que levantase la vista de allí, todo había crecido. En un principio, como de costumbre, la muchacha tuvo la sensación de que era ella la que menguaba, pero no; la Umbra era más grande que el mundo real, significase aquello lo que significara.

Se centró en el cuenco. Los grillos seguían allí donde los había dejado, solo que le costaba diferenciar sus contornos. Estos se habían vuelto difusos, incluso parecían ondular, ascender. Todo tras el Velo se tornaba más etéreo, como si la tendencia de la materia fuera a sublimarse, a caer hacia el cielo en una incesante combustión. Nyx se concentró, luego trató de enfocar la vista. Con ello consiguió diferenciar la pata completa de uno de los grillos. Una de las mayores.

«Es un avance», pensó.

Luego vio unas cuantas más. Tanta nitidez la impresionó, y la habría alegrado de no ser porque ese estallido de sentimientos perturbó su concentración y, una vez más, el inframundo se emborronó. La caminante necesitó de todo el poder de su voluntad para sobreponerse a aquello. Levantó la cabeza de la mesa y se dirigió a sus alrededores. Borrosos y confusos alrededores.

«No he fracasado, no he fracasado, no he fracasado».

Había mucho que ver en tan poco espacio. Aquí y allí se levantaban nubes de halos; le quería sonar que Furia y Gracia, aunque no lo sabía. Su poder le permitía habitar la Umbra, pero no usar aquellos efluvios de poder. Por eso mismo, no se había molestado en aprender más sobre ellos. Sólomon se había ofrecido a ser su maestro, pero, claro, aquello significaría aceptar su trato.

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«Mejor no pensar ahora en el viejo de los cojones».

Pese a todo, no pudo evitar que se le pasara por la cabeza la amenaza de aquellos que sí podían usar los halos. Guerreros en su mayoría, hijos del dios Audaz que veían incrementadas sus características físicas. Mucho más peligrosos que simples forajidos que vagaban por el Páramo esperando a que ella los acuchillase.

Llevó la atención a los demás parroquianos, que continuaban en el mismo lugar. Ellos también habían crecido, aunque no como los demás objetos. Sus formas se volvían más imprecisas y alargadas. Por eso resultaba tan complicado acechar en la Umbra, porque, por mucho que se acercase a su presa, necesitaba regresar a este lado del Velo para asestar la puñalada. En el inframundo ella no era más que una sombra. Veloz e impredecible, sí, pero inofensiva. Tenía que materializarse de nuevo y, entonces, asestar su golpe.

Ahí entraba en juego el cambio de tamaño. En la Umbra todo era mayor, así que se hacía especialmente complejo calcular en qué posición se encontrarían sus víctimas al regresar al mundo real. Por suerte había conseguido que las pertenencias que llevaba consigo también viajaran con ella de un lado al otro del Velo. Ya no solo sus ropas, sino objetos pequeños que guardar en los bolsillos como tuercas o arandelas. O gemas. Y, sobre todo, sus cuchillos de cerámica; armas letales que robó de un tipo que, para fortuna de ella, no sabía cómo usarlas.

La muchacha había oído historias disparatadas sobre maestros caminantes capaces de matar directamente desde la Umbra. O de los Ténebres, los temibles brujos amos de las sombras, quienes tenían la capacidad de llevarse al otro lado a sus víctimas para nunca más devolverlas al mundo real y dejar que sus cuerpos se consumieran hasta convertirse en espectros de la Umbra; entes condenados a vagar por el inframundo por toda la eternidad. A Nyx no se le ocurría un destino peor.

«Esfinge».

Justo estaba reprendiéndose a sí misma por perder el tiempo con leyendas cuando un moscardón entró en la taberna. Allí en el inframundo, más que atravesar, horadó el espacio. Tenía el tamaño del dedo gordo de la muchacha, y su zumbido era imposible de eludir. Siguió revoloteando a esa velocidad inverosímil al tiempo que formaba círculos aleatorios hasta perderse de vista en algún lugar del techo.

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Cuando Nyx levantó la cabeza para seguir al insecto vio que aquel techo allí no existía. Mejor dicho, se había alzado tanto que se perdía entre las blancas sombras. Era otra de las cualidades de la Umbra, nunca se sabía qué iba a cambiar. En esa ocasión había sido el techo, pero bien podría haber sido una pared o el propio suelo.

En las alturas habían aparecido ventanas. Algunas grandes, rematadas con un arco puntiagudo, otras más pequeñas y rectangulares. Aunque ya debería estar acostumbrada, aquello seguía sorprendiendo a la joven. Era normal que surgieran, no solo ventanas, sino puertas, trampillas, tragaluces, lucernarios y otros elementos como pozos, agujeros, grietas o escaleras cuyo fin no se podía saber a ciencia cierta.

«Y además tienen la puñetera costumbre de cambiar de lugar cada poco».

Eso con respecto a las paredes preexistentes. En los lugares donde no había nada antes, en ocasiones se levantaban edificios o partes de estos. A veces eran cosas que ella nunca había visto. Como la columna que ahora había plantada en mitad de la taberna y cuyo capitel no sujetaba estructura alguna. Un monumento a la nada.

La muchacha obvió la columna y se centró en el punto más lejano que, desde su posición, podía distinguir con algo de nitidez. Se trataba de un parroquiano solitario que masticaba con parsimonia y que había quedado de cara a ella en la mesa contigua. No demasiado lejos. Más allá, todo se emborronaba en una neblina lechosa. Nyx probó a concentrarse más, a tratar de hacer retroceder las blancas brumas que le emborronaban la vista. Y nada. Esa era la frontera de su percepción, unos cuantos pasos mal contados. Decepcionante como poco.

En esas estaba cuando, sin querer, se fijó en el rostro de aquel tipo. Era un error que procuraba evitar. Tras el Velo, las caras siempre se deformaban hasta un punto delirante. Mantenían las características que podrían considerarse normales: dos ojos, una nariz, una boca, dos orejas, cierta simetría. Pero perdían cualquier atisbo de humanidad. Se convertían en máscaras demoniacas pintadas con líneas blancas y negras, brillantes, como lacadas. Y se removían sin parar. Estaban vivas, aunque su dueño durmiera o no hiciera otra cosa que masticar.

Aquel era el mundo que ella habitaba cuando usaba su don de caminante. Le fascinaba y lo odiaba a partes iguales. Si pudiera, olvidaría

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su existencia. Pero nadie le había dado a elegir. Nadie nunca daba nada a elegir.

Y hasta que no mejorase su percepción en la Umbra, no podría cambiar su situación. Seguiría siendo una vulgar asesina al servicio de gente más poderosa que la mangonease. Y correría el riesgo de toparse con un canalizador de halos de verdad, un guerrero poderoso que la destripase de un solo golpe. Atizó la mesa con el puño llena de rabia. No fue su mejor idea; esta seguía siendo de un material recio, bastante más duro que sus nudillos.

El dolor la volvió, de súbito, casi ciega en la Umbra. Tomó aire una vez más. No iba a rendirse. Entonces notó que algo la tocaba en el hombro. Algo que se situaba a su espalda. En el mundo real, por supuesto. La muchacha regresó a este lado del Velo en lo que tardaron sus párpados en abrirse.

En un mismo movimiento se giró, agarró la mano que la tocaba, la retorció, sacó uno de sus cuchillos y apuntó hacia su agresor. Referirse como tal a aquel tipo era mucho suponer. Era corpulento, de acuerdo — Nyx a su lado parecía una criaja—, pese a ello, la joven lo mantenía sujeto con una sola mano.

—No me hagas daño —repetía él, lastimero.

Ella no aflojó la presa hasta que lo reconoció. Se trataba del bardo de la taberna. Había estado tan concentrada en la percepción tras el Velo que no cayó en que hacía un rato que la música había cesado. Se lamentó porque era el tipo de cosas que ella, como asesina profesional, debería notar. Dejó escapar el aire en un resoplido. Luego soltó aquella manota y relajó la postura.

—¿Qué mierdas quieres? —preguntó desafinando, ya que, como solía ocurrirle cuando se pasaba un tiempo sin hablar, la garganta le falló.

Había retirado el cuchillo, aunque se resistía a guardarlo en su funda por si acaso. El bardo compuso una sonrisa de alivio. Murmuró algún tipo de agradecimiento que no terminó de proyectar. Y más disculpas. Se secó el sudor que le caía por la frente desde la calva a la cara.

—Me llamo Jris, soy bardo —empezó a decir hasta que Nyx lo interrumpió.

Para ello, la caminante solo necesitó levantar una mano y acompañar el gesto de una mueca de desaprobación.

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«Ya sé quién eres y, aunque no lo supiera, me importa tres cojones quién seas».

—¿Qué mierdas quieres? —repitió remarcando las palabras para asegurarse de que, esta vez sí, se hacía entender mejor.

Jris no pudo ocultar la contrariedad. Necesitó volver a pasarse la manga por aquella cabeza redonda para secarse el sudor que seguía brotando cual manantial. Tenía algo de cómico, ya que, o el brazo era demasiado corto, o el movimiento se veía de alguna forma impedido por la joroba que se asomaba a su espalda. Ambas cosas, en realidad.

—Estabas vigilando la Umbra, ¿verdad? —preguntó nervioso.

Nyx chasqueó la lengua. Se limitó a mirarlo con pesadez e incluso vergüenza, porque la propia situación la hacía sentirse ridícula.

—Eso es que sí, ¿verdad? —«Piensas acompañar cada cosa que digas con “verdad”, ¿verdad?»—. Eres una guerrera. De otra forma no me habrías podido inmovilizar así de fácil. Sabes luchar. —«Sí, podría matarte tres veces antes de que tocases el suelo»—. ¿Verdad?

«Sombras, qué tonto eres. Por favor, dime qué mierdas quieres o déjame en paz. Bueno, mejor déjame en paz y ya».

El hombretón se vio coartado por el aspaviento de la muchacha. Estaba claro que no entendía por qué ella resoplaba y ponía tanto los ojos en blanco.

—Estoy componiendo un cantar; un cantar heroico. Me gustaría que fuese sobre las hazañas de un guerrero real. —«¿Qué pasa, se han agotado las andanzas de los dioses?»—. No me tomes por un hereje, que no lo soy —«No me puede importar menos»—, pero, que quede entre nosotros —«¿Nosotros? ¿cómo que nosotros?»—, estoy un poco cansado de cantar las andanzas de los dioses —«Ya decía yo»—, y creo que el público también.

Al mencionar el público, Nyx echó un vistazo a su alrededor. Los mismos comensales tristes, solitarios y plomizos que cuando entró. No veía de qué forma se podría entusiasmar a semejante audiencia. La caminante volvió a centrarse en Jris. El bardo tendía a acercarse conforme la conversación se prolongaba, algo que la caminante no estaba dispuesta a permitir. Levantó el cuchillo como advertencia, y funcionó. Jris se apartó un paso. Luego otro más. Era el efecto que solía tener el filo de la cerámica.

«Mejor».

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De pronto, el rostro del bardo se congeló en una expresión que Nyx interpretó como desconcierto. O temor, o sorpresa, no estaba segura. Era la primera vez que hablaba con aquel tipo y a ella no se le daba muy bien leer las caras de la gente. En cualquier caso, le daba lo mismo. Ante el silencio de su interlocutor, ella levantó las cejas, preguntando sin palabras si había terminado ya su alegato, petición, anuncio, queja o lo que fuera aquello.

—Me gustaría escribirlo sobre ti, si no te importa —soltó el bardo de sopetón tras reunir el valor suficiente.

«No me puedo creer que esté diciendo lo que creo que está diciendo». Ella no movió ni un músculo más del necesario. Se limitó a alargar un

brazo para tomar un grillo del cuenco y llevárselo a la boca sin hambre.

Mantuvo la posición y poco más.

—Ya sé que no te conozco de nada, pero eso no importa. —«Espera, que todavía sigue»—. Solo necesito que me narres algunas de tus aventuras y yo pondría el resto.

Nyx parpadeó un par de veces. Esperó ser muy elocuente.

—Lo adornaría. En cierto sentido, lo mejoraría, lo haría más espectacular y entretenido, que quedase mejor… para el goce del público, ya me entiendes. Divertido. Incluso animaría a cantar y a bailar.

Ella no varió la mueca de incredulidad. Él no agregó más a la espera de una respuesta.

«Por esto me gusta el majadero del capellán, porque no me obliga a ir malgastando saliva continuamente. Es un tipejo despreciable, pero entiende el espacio de la gente; sabe respetar eso».

—Vaya puta bazofia —dijo la joven pronunciando con especial interés la parte malsonante.

Aunque, de hecho, todo sonó igual de grosero.

Jris torció el gesto. Incluso dio un nuevo paso atrás. Eso agradó a la caminante, cuanto más lejos lo tuviera, mejor.

—¿Quieres mentir para dejarme bien? —preguntó ella con algo que podría entenderse como media sonrisa.

Eso todavía dejó más boquiabierto al bardo. Tardó en mostrar su reacción: un burdo e infantil movimiento afirmativo con la cabeza.

«Sombras».

Una parte ínfima de ella estuvo tentada de aceptar, pero en lugar de eso, dijo:

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—Pregúntame otro día. —Se levantó de un salto, se colocó el gabán con un movimiento de hombros y echó a andar—. Tú pagas la cuenta.

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5

Formaban en fila de uno, la maestra a la cabeza, Uma, él y dos aprendices más detrás. Todos con el agamte puesto, el hábito de los lectores del porvenir, la prenda amplia, simple y blanca que los cubría de pies a cabeza y no dejaba al aire ni una pulgada de piel. En silencio, una procesión de almas en pena.

Llevaba un tiempo acostumbrarse a caminar con el agamte sin estar tropezando todo el rato, ya que la prenda contaba con mangas para liberar los brazos, pero para los ojos no había tantas facilidades. Solo una rejilla tupida que dejaba entrever una imagen confusa del exterior. A cambio, desde fuera nadie tenía por qué ver los ojos de los augures, que eran Esfinge y, según decían, solo reflejaban desgracias.

Las calles del Foso, la ciudad donde se encontraba la Academia, siempre estaban atestadas, pero cuando la comitiva de los augures se aproximaba, se abría un pasillo que los dejaba avanzar. Había respeto por aquellos capaces de ver el futuro, sin duda, pero sobre todo miedo. Incluso tocarlos daba mala suerte. Había que evitarlos por todos los medios. Le podrían preguntar a cualquiera de los que por allí pululaban si preferían enfrentarse a un acólito de la Palabra o a un augur, y la respuesta siempre sería la misma. «El augur no, el augur no».

Esfinge. Esfinge. Esfinge.

La gente dejaba de hacer lo que tuviera entre manos y se les quedaba mirando. No por curiosidad, sino para tenerlos controlados. Incluso debajo del hábito, a Lem le daba reparo atraer la atención de esa manera. Por eso, el muchacho no tenía ningún cariño por los espacios abiertos. Aunque, al mismo tiempo, anhelaba salir del confinamiento de los muros de la Academia. Su único hogar, una cárcel. Desde que tenía memoria.

Tras la redecilla del hábito, el muchacho curioseaba con una libertad que de otra forma sería impensable. El mundo fuera de la Academia era muy distinto al suyo, se regía por unas normas que los augures estudiaban

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en sus enormes manuales, pero que no podían comprender. Era una sensación extraña, como si al salir por las puertas de la Academia atravesaran el espacio y el tiempo y fueran a parar a un universo distante. Y, a la vez, supieran que no, que en realidad ellos formaban parte de aquel sistema, aquella máquina monstruosa de la que eran meros engranajes.

La comitiva avanzaba a pasos cortos por entre callejuelas y galerías abarrotadas de vendedores, transeúntes, acólitos, pedigüeños y toda suerte de parias. La aglomeración era perenne, como las nubes del cielo. Se debía a que el Foso tenía la población de una gran capital, pero un tamaño irrisorio. Su trazado urbano giraba en torno a un hoyo redondo que se iba estrechando conforme descendía en las profundidades, algo similar a la marca que habría dejado en la tierra el colmillo de una criatura colosal.

Salvo alguna torre o la cúpula de la catedral, ninguna construcción se levantaba ni un palmo por encima del nivel del terreno circundante. Eso hacía que los edificios, incluso los palacios y los templos, se arracimaran los unos contra los otros en las paredes de la misma depresión. Las construcciones le daban a la ciudad el aspecto de un graderío que solo se miraba a sí mismo. Un estadio de dimensiones absurdas.

Y justo en mitad del hueco, ocupando buena parte del espacio, y tapando la poca luz que llegaba del cielo nublado, flotaba un peñón monstruoso. No había ni pilares, ni puentes, ni ningún tipo de elemento que lo sostuviera o que lo uniera al resto; solo levitaba, como si en lugar de ser una mole de roca, fuera una mota de polvo en mitad de una habitación estanca. Y no había fuerza capaz de moverla de ahí. Justo allí se emplazaba la fortaleza y palacio del Patriarca, el elegido por los dioses como as protector de la ciudad, guía del Culto de la Palabra y observador supremo de la Verdad. El enemigo mortal de la Princesa.

Para aprovechar mejor el escaso espacio disponible, muchas calles eran en realidad galerías subterráneas que se introducían en las paredes de la depresión. También existían muchos otros pasillos a cubierto, construidos a propósito para levantar sobre ellos terrazas donde se abrían plazoletas que daban cierto respiro a tanta casa agolpándose. Por descontado, en el Foso cada palmo de terreno era precioso, por lo que todo hueco sobrante se rellenaba con codicia con tenderetes. También era común encontrar tarimas, reducidos escenarios donde los inquisidores purificaban en público a aquellos que faltaban a la verdad absoluta de la

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Palabra. El Foso era la capital religiosa, y en sus calles las ejecuciones se sucedían sin cesar.

En el momento en el que la comitiva atravesaba una de aquellas plazas, los aprendices de augur fueron testigos del proceso de separar la piel del resto del cuerpo de una mujer. Aquella era la forma de proceder de la Inquisición, los ejecutores de la ley divina, los héroes del Patriarca. Así acababan con los condenados.

Ese era también el destino de muchos de los augures. Las leyes eran muchas y estrictas, y la Inquisición las vigilaba con celo. Quienes incumplían alguno de los preceptos sagrados, o eran susceptibles de hacerlo, habían de pasar por un proceso infame. Pocos lo superaban con la piel todavía pegada al cuerpo. Parecía que la animadversión de los ciudadanos hacia la Academia no era simple superstición de gente inculta después de todo. Había un sistema por completo dedicado a tener a los augures bajo control.

Esa ejecución pública, allí en mitad de una plaza abarrotada, horrorizó a los augures. Los hacía sentirse presas de una cacería brutal; los hacía desear volver cuanto antes a la seguridad de las cuatro paredes de la Academia. Sin embargo, pese a la atrocidad, había algo en esos martirios que fascinaba a Lem. El cuchillo abriéndose paso por la carne, la negra sangre brotando con estrépito, las reacciones del cuerpo, los intentos del reo de escapar o de acomodarse a lo imposible. Aquello era un espectáculo infame que lo llenaba de espanto. Y, con todo, él no conseguía dejar de mirarlo.

Cuando el atasco se disolvió y retomaron la marcha, siguieron escuchando los alaridos. Incluso un par de calles más allá, Lem lograba diferenciarlos del jaleo de la masa; aunque tal vez se le hubieran quedado clavados en la cabeza y solo fuera su imaginación.

No mucho más lejos se encontraba el destino de la comitiva, una casona de vecinos alrededor de un enclenque patio interior. Cómo no, atestado de cajas, barriles, prendas tendidas, telarañas y toda clase de insectos corredores. De cualquier modo, aquello suponía un derroche de espacio para los estándares del Foso.

La maestra Simila les indicó adónde debían dirigirse a cada uno de los cuatro estudiantes. A todos menos a Lem.

—Costras, tú conmigo —dijo la mujer, y el muchacho sintió que se le derrumbaba encima el palacio del Patriarca, que se veía muy cercano,

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sobre su cabeza.

—Sí, maestra —respondió él a la vez que se apresuraba en seguirla, pues ya había echado a andar.

Atravesaron el patio, tan humilde que no superaba en tamaño a ninguno de los de la Academia. Subieron por una birria de escalera de peldaños desiguales. Las losetas bailaban bajo sus pies. Dos plantas más arriba los estaban esperando un hombre y una mujer; cada uno con su propia manera de ser sucio y maloliente. Les indicaron que tomasen asiento. No obstante, Lem aguardó a que Simila le diera permiso; la temía aunque no llevase la fusta consigo. Una vez autorizado, se arrodilló sobre el cojín que había junto a una mesa cochambrosa que habían dispuesto para él. La mujer hizo lo propio. Era ella la interesada en la lectura del porvenir.

Lem sacó de debajo de sus vestiduras un pañuelo de tela realmente blanca, sin manchas ni señales de desgaste, a diferencia de su atuendo y de la mayoría de los tejidos que conocía. Lo abrió y lo sostuvo con ambas manos, manteniéndolo tan estirado como le permitían sus dedos. La maestra también guardaba algo bajo sus ropajes ceremoniales. Extrajo un cuchillo de cristal de hoja fina y curva, labrado con formas circulares difíciles de reconocer. Afilado como la promesa de un demonio. Aquella era una Hoja del Destino, el puñal ceremonial; la verdadera herramienta de los augures cuyo uso él aún no se había ganado. No veía el momento de tenerla entre sus manos.

El muchacho se quedó embelesado con el brillo y las formas delicadas. Por suerte para él, tras el agamte nadie notó la avidez con la que lo admiraba. Mientras tanto, la solicitante tomó el cuchillo con ambas manos, una agarrando la empuñadura y la otra envolviendo la hoja. Los codos levantados, los brazos paralelos al suelo. Se quedó quieta mirando al hábito del augur, donde debía de estar su cara.

Viendo que no reaccionaba, la maestra le dio un disimulado puntapié a Lem que, por supuesto, todos notaron. El estudiante tragó saliva.

—El porvenir está ante ti —recitó, no sin trabarse.

—Estoy dispuesta a aceptarlo —respondió la mujer.

—Te entregarás a su mandato.

—Estoy dispuesta a aceptarlo.

—Perecerás si no cumples.

—Estoy dispuesta a aceptarlo.

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—¿Qué le traes a la diosa Aullante?

—Mi propia sangre.

—Sea.

Con un rápido y seco movimiento, la mujer separó el cuchillo de la mano que agarraba el filo. Luego abrió los dedos para mostrar un corte limpio de parte a parte. La sangre no tardó en brotar. Los goterones, al caer sobre el pañuelo, perdieron algo de su consistencia y brillo. Al muchacho le recordaron a tinta; una que había sido desperdiciada.

Cuando la mujer retiró la mano, Lem se quedó a solas con aquel trozo de tela manchado, que ya no era ni blanco ni negro, pero que tenía el olor inconfundible de la sangre. Como era de esperar, no le decía nada. Fue una suerte que bajo el hábito no se le pudiera ver la mueca de chasco.

El muchacho siguió contemplando el pañuelo con detenimiento unos instantes más. Buscaba patrones reconocibles, datos que había estudiado y que habitaban en su memoria. Sin embargo, ni se acercaba a entender su significado.

—Tu problema está en vías de solución, pero no vivirás para verlo — dijo el augur con voz temblorosa y quebradiza; la mirada clavada en la tela. No se atrevía a separarla de ahí.

La mujer se irguió contrariada. No parecía la respuesta que esperaba, pero, de alguna manera, la complacía. Lem no estaba interesado en saber si aquella pobre desgraciada tenía algo que agregar. Ni ella ni Simila, testigo mudo que lo escrutaba todo.

—Sea —dijo la mujer tapándose por fin la herida con un trapo que se suponía limpio.

«Ya está», se dijo con alivio.

—Sea —pronunciaron al unísono Lem y la maestra.

El muchacho se incorporó y, aunque deseaba salir corriendo, esperó a que su superiora marcase el camino. Resopló cuando esta agarró la Hoja del Destino y las tuercas del pago. Luego salió del minúsculo apartamento y se introdujo de nuevo en el hueco de la escalera. Peldaño a peldaño, fueron dejando atrás aquella planta y sus olores rancios. Lem siguió a su superiora de vuelta al patio, que se encontraron vacío. El resto de los estudiantes no habían terminado, lo que era normal; había sido una sesión insólitamente breve. Allí detenidos y a solas, la maestra y él sintieron el soplar del viento colándose por entre las ropas. Ndhasis transportaba el murmullo de la ciudad; inagotables ambos, murmullo y viento.

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—Nunca vas a superar esa mierda de tartamudeo, ¿verdad? —preguntó la maestra de pronto sin ni siquiera volverse hacia él.

Lem sintió un calambrazo en la base del cuello. La voz de Simila sonaba calmada como nunca, casi agradable. Aquello en ella era todavía más escalofriante que su habitual versión descarnada.

—Lo siento, maestra —respondió él con una voz que le salía de los pies.

Muy a su pesar, no consiguió decirlo sin trabarse. Simila resopló de puro hastío. Luego se giró hacia él con nervio; pareció que le iba a dar uno de sus célebres reveses, pero, en el último momento, se contuvo. Tomó aire antes de hablar.

—No voy a decirte que te has equivocado en la lectura que has hecho, ya que las corrientes del porvenir son cambiantes. Yo, desde luego, he visto algo distinto en la tela. Completamente distinto. —Hizo una pausa que para Lem duró una vida—. Voy a darte dos consejos, Costras. Escúchame bien. El primero es que, digas lo que digas, proyecta siempre seguridad. Si esa mujer te ha creído se debía solo a que la respuesta le valía. No siempre será así. Si no consigues ser creíble te meterás en problemas.

Lem se quedó estupefacto. Si hubiera podido, se habría despojado del hábito para ver mejor, porque no se creía que aquella persona fuera la misma maestra Simila que él conocía.

«¿Me está dando consejos? ¿A mí?».

—El segundo es que no vuelvas a mentir. Porque cuando ya no estés bajo mi ala tu voz será el propio porvenir. Y si entonces no hablas la verdad, no estaré yo para castigarte como voy a hacer nada más regresemos a la Academia, sino que serán los inquisidores quienes te suban a un patíbulo y te abran las carnes. —Se aferró al brazo derecho de Lem y, mientras le acercaba la cara a la rejilla, le clavó las uñas con saña —. Yo misma te entregaré a ellos. Con gusto.

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6

Nyx se materializó en un rincón tras unas cajas, al otro extremo de la plaza del pueblo. Esa era su forma de atravesar el mercado, por la Umbra; si se sentía con energías, claro, ya que traspasar el Velo con todo el cuerpo requería cierto esfuerzo. Pero lo que estaba claro era que no soportaba las aglomeraciones, los chillidos, los empujones, la peste de la multitud o el mero hecho de que alguien se la quedara mirando; o incluso le hablase, pues había gente aburrida que se tomaba demasiadas licencias con los desconocidos. Encima, odiaba a los soldados del Duque y a los acólitos de la Palabra, sobre todo a los segundos, que no dejaban de pulular por entre los puestos.

—Caminante, caminante.

Era una voz cantarina, infantil, pero no por ello menos perturbadora. Nyx pronto encontró su procedencia. Sobre un tejado, un niño la apuntaba con un dedo mugriento.

—Caminante, caminante —repetía.

«Así me arrastre la Oleada».

Intentó mediante gestos que el paria se callase, lo que se demostró tan útil como tratar de dirigir a una nube de mosquitos.

—Caminante, caminante.

Estuvo tentada de lanzarle un cuchillo, pero estos valían mucho más que ese pequeño bastardo. Se lo pensó mejor. Miró a su alrededor para ver si esa vocecilla atraía a curiosos. Nadie, aunque solo por el momento. Echó un rápido vistazo al suelo y pronto dio con un guijarro. Lo agarró y, casi sin apuntar, lo lanzó. El niño se cubrió la cara con torpeza, lo que no le sirvió para evitar que la piedra le golpease en el vientre. Fue a parar con las posaderas en las tejas, sin aire para quejarse ni llorar.

«Te jodes».

La muchacha no esperó a ver cómo evolucionaba el niño; por ella como si ya no volvía a respirar. Se cubrió con la capucha del gabán y

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abandonó la escena por el callejón más cercano.

—Caminante, caminante.

La misma cantinela ominosa, pero distinta voz. Esta vez se trataba de una niña, algo más adelante, en el tejado de una casa frente a ella. Desde su posición, no había forma de que supiera que era Nyx la caminante a la que se refería el otro niño, pero eso daba lo mismo. Lo que importaba era tener alguien a quien acusar y señalar con el dedo.

La joven volvió a sopesar la idea de zanjar el problema de un cuchillazo. Incluso de trepar por la fachada hasta la cría y quitarle a puntapiés las ganas de chivarse. Si se sumergía en la Umbra podría alcanzarla casi sin esfuerzo. Al otro lado del Velo, Nyx era liviana como un mechón de pelo y se movía a velocidades diabólicas. Sin embargo, contuvo el arrebato de cólera y abandonó el callejón apretando el paso sin llegar a correr. Las uñas clavadas en las palmas de las manos haciéndose daño a sí misma.

—Caminante, caminante —tuvo que oír todavía un rato de la niña que había dejado atrás y de otros críos que se unieron más adelante.

Un coro de delatores que no se calló hasta que Nyx por fin volvió a atravesar el Velo y se perdió de su vista.

La palabra «hogar» le venía muy grande a la casa donde dormía la caminante. Era más bien un tugurio deforme en constante riesgo de derrumbe. Un edificio casi sin ventanas al que se accedía por una gruta abierta en el subsuelo. Allí se arracimaban la joven y aquellos que, por azar, habían terminado siendo sus compañeros. Por supuesto, Nyx los despreciaba a todos, aunque mentiría si dijera que se trataba de un sentimiento igualitario. Porque nada superaba la aversión que le producía Naaga, la dueña de aquel antro. Su patrona.

—Mira quién se ha dignado a regresar —exclamó Naaga incluso antes de que la muchacha llegase al salón principal.

Detectar a la caminante antes que nadie constituía una de sus virtudes. Quizá la podía oler, lo que sería meritorio, dado el hedor a humedad y a cerrado que había dentro de esas cuatro paredes.

Los tres parias que acompañaban a la patrona observaron llegar a Nyx. Le dirigieron las mismas muecas de odio y desprecio de siempre. En cambio, Naaga sonreía.

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—¿Cuántos giros han sido, Tulia, seis o siete? —preguntó la patrona con su voz de trueno a una de las allí presentes. Todas ellas eran más jóvenes que la caminante. Y más sucias.

—Yo diría que siete —dijo aquella con una boca desdentada. —Siete giros, Mudita, siete —confirmó la señora dirigiéndose a Nyx. «“Mudita” —se dijo la caminante—. Cuando quiere es graciosa la

cabrona».

—Todo eso llevamos sin ver tu carita de ángel triste por aquí —siguió diciendo Naaga—. ¿No te parece un poco cruel por tu parte privarnos así de tu alegría?

Naaga, la tal Tulia y otra más rieron. La cuarta, una niña harapienta, o bien no encontraba divertido aquello, o bien no se estaba enterando de nada. Nyx, entretanto, aguardaba en pie justo bajo la arcada que daba acceso al salón, a casi una oncena de pasos de la mesa a la que su patrona y compañía estaban sentadas.

La joven sabía que tenía que conservar la postura si no quería que Naaga la doblegase como hacía con los demás. Debía parecer desafiante, mantener la cabeza alta y la espalda erguida, las piernas abiertas en V; mirarla a la cara sin contemplaciones. Y eso que frente a un coloso como Naaga ella era un alfeñique.

La patrona, masiva y recia, carecía de cuello. O a lo mejor era que este se hallaba enterrado en músculos. Tenía una mirada cruel con iris alargados que partían en dos sus ojos acuosos, plateados como un navajazo. Todo en ella era agresión y vértices afilados, como los colmillos o ese par de cuernos que la coronaban y que incrementaban su estatura en más de dos cuartas.

—¿Y bien, Mudita? ¿Dónde has estado todos estos giros? ¿A quién has ido a alegrar la vida?

«Y dale con la alegría».

Todos menos Nyx, claro, rieron. La muchacha, no obstante, ya tenía preparada la respuesta; una bolsa que sujetaba en la mano izquierda y que había sacado de un bolsillo interior del gabán sin que se dieran cuenta. Con un rápido movimiento, se la lanzó a la señora. Los presentes contuvieron el aliento al ver que el proyectil volaba directo a los morros de Naaga, pero esta no se dejó impresionar y lo agarró al vuelo.

«Lástima».

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Atrapada en la enorme garra, la bolsa perdía toda la entidad que llegó a tener en manos de Nyx. La patrona la abrió y vertió el contenido sobre la palma. Tuercas, arandelas, tornillos, puntillas. Todas brillantes piezas de metal que se quedaban en nada en semejante manaza. La cantidad, pese a todo, convertía aquella colección en un pequeño tesoro. La codicia dibujó una sonrisa horrenda en la cara de Naaga. Sacó una lengua picuda y viscosa, oscura como una mazmorra. Se relamió con gusto.

—Me pregunto a qué te estás dedicando para tener tanto éxito —dijo dividiendo la atención entre el metal y la caminante.

Nyx esperó un poco, no demasiado, y, cuando vio que la patrona no añadía más, se retiró a su habitación. Sin despedirse, como era su costumbre.

—No es suficiente —gruñó Naaga.

La muchacha se detuvo a la vez que se maldecía a sí misma. La cicatriz de la cara empezó a picarle. Le costó un horror dejar las manos quietas y no rascarse.

«No debo mostrar debilidad, no debo mostrar debilidad».

—Hay de sobra —se quejó con rabia, todavía sin volverse.

—Tal vez así fuera antes —contestó la patrona—. Pero las cosas han cambiado en estos giros que has pasado fuera, ¿verdad? —«Y una mierda»—. Has vuelto a trabajar para el viejo. Reconócelo.

Naaga conocía que la caminante y Sólomon se traían algo entre manos.

Pero no los detalles, al menos eso creía Nyx.

—No.

—Mis cuernos que no.

—Vaciar bolsillos y traértelo a ti, eso es todo —replicó la joven volviéndose. Miró a la cara a su interlocutora.

—No te lo tomes por el lado equivocado —dijo la patrona sonriendo. Los colmillos se asomaban terroríficos—. A mí me da igual cómo lo hagas. Lo único que ocurre es que si tienes capacidad de traer más, debes traer más. ¿No os parece, familia? Es lo justo, ¿verdad? —preguntó con chanza a las tres que tenía alrededor. Estas contestaron, por supuesto, que sí—. Además, ¿no son nuevos tus juguetitos?

Se refería a los cuchillos de cerámica que la joven llevaba enfundados en los laterales de sendos muslos. No sabía cómo había hecho la patrona para detectarlos bajo el gabán.

«Mierda».

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—Son un poco ridículos, pero apuesto a que en tus manitas de princesita enfurruñada parecen espadas cortas, ¿eh, Mudita? —Volvió a carcajearse, esta vez más fuerte. Nyx apretó los puños—. Son tiempos complicados, Mudita. Los precios han subido, apenas hay trabajadores cualificados que transformen la materia, y los viajeros dicen que han visto monstruos bajar de la cordillera. Se habla de que la Oleada podría estar cerca.

—Rumores —soltó Nyx, que veía venir las intenciones de su patrona. —Sí, rumores —replicó Naaga con sorna—. Como los que dicen que

una caminante deambula por el pueblo. Un fantasma malcarado con forma de mujer menuda al que algunos llaman la Marcada. ¿Te suena? —«¿Está acusándome de algo o es solo un farol? Que hable claro, joder»—. A partir de ahora me vas a pagar el triple, ¿te enteras? Es lo justo. Y, según mis cuentas, ya me estás debiendo metal. Otro puñado como este por lo menos —dijo levantando la mano que sostenía la recompensa que ella le había entregado—. Sé que andas por ahí robando y asesinando, Mudita. Y quién sabe qué más escondes. Podría llevarte ante el Duque cubierta de cadenas y él me recompensaría con metal de verdad y no con tuerquecitas.

—Te voy a dar un mojón, puto engendro —replicó la caminante. Más que decirlo, lo vomitó.

Esto desató aún más las risas de Naaga. Sus carcajadas hacían retumbar las paredes.

—Y además de ese mojón, qué vas a hacer, ¿eh? ¿Darás media vuelta y te marcharás con tu nuevo jefe el capellán? Te recuerdo que yo soy tu única ama.

Y acto seguido se sacó de un bolsillo un cristal que en la manaza se veía minúsculo, pero que en realidad era un objeto de suma importancia para Nyx. Solo su visión provocaba accesos de ira en la muchacha. Y de algo muy cercano al pánico.

—Venga, tómalo y lárgate con él —le dijo y, acto seguido, sin permitir que la joven reaccionara, se lo lanzó.

Aunque la crueldad y la brutalidad de Naaga la hacían impredecible, la caminante jamás pensó que se atrevería a semejante atrocidad. Tuvo que tirar de todo su temple para aguantar en el sitio mientras veía cómo aquella mínima pieza de roca translúcida trazaba un arco en el aire. El cristal terminó estrellándose en la piedra y estalló en miles de trozos diminutos. Polvo brillante que anunciaba muerte.

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Nyx se obligó a no mirar los restos del cristal, pero no pudo evitar que su garganta tragase la poca saliva que le quedaba en la boca.

Si de verdad su patrona había tirado al suelo su cristal, el tiempo de Nyx en el mundo estaba contado. Pues su vida estaba unida a aquel trozo de frágil mineral. Esa posibilidad creó un vacío inaudito en su interior, un súbito descenso al abismo. Sin embargo, allí seguía, en pie, respirando. Mostrándose imperturbable. Desafiando con ello a su ama. Se dio media vuelta y se encaminó escaleras arriba hacia su habitación.

Mientras, a sus oídos llegaba el ruido de alguien derrumbándose sobre el suelo. Nyx supo que la verdadera dueña de ese cristal era Tina, una paria odiosa y, sobre todo, prescindible. No quiso comprobar quién ocasionó aquel sonido de trapo empapado que se desploma contra el suelo porque se ha volado del tendedero.

Oyó el lamento horrorizado de las otras dos parias. Y el estruendo de las carcajadas de Naaga.

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7

Esta vez Kalaamis el rebelde tuvo a bien traer consigo ventisca. Cuando eso ocurría, las condiciones de trabajo en el Foso se volvían tiránicas, porque la ciudad mantenía la actividad así soplaran los tres vientos juntos o se derrumbara la roca del Patriarca sobre sus cabezas.

El ritmo de la comitiva de los augures era torpe. Desfilaban en una procesión lenta y sin tino por entre la masa de viandantes, que seguía allí como de costumbre, solo que más arrecida y de bastante peor humor. Se abrieron paso por los callejones hasta cruzar bajo un arco de medio punto que se sostenía de milagro entre dos fachadas descascarilladas. Lo que quedaba al otro lado era una explanada; con mucho, la más amplia de todo el Foso. Sobre ella se asentaba la catedral, tan colosal que se tragaba con codicia el espacio. Y parecía querer más.

Apenas si había un respiro entre el callejón del que procedían y los poderosos muros y contrafuertes del templo. Ascendían tan alto que era necesario estirar el cuello al máximo para ver los arbotantes y los pináculos. No había rastro de la cúpula, que se elevaba mucho más y que, para verla, tendrían que buscar un punto lejano que les sirviera de mirador.

Subieron la escalinata de once peldaños que rodeaba el templo y siguieron la fachada hasta dar con la entrada principal, que se abría en contra de Ndhasis, señor de los vientos. Al cruzar uno de los cinco arcos del pórtico principal, los augures por fin dejaron atrás la tormenta.

Los acólitos del templo los recibieron con sus semblantes hoscos, las túnicas plomizas y llenas de mugre. Mostrando amenazantes sus varas disciplinadoras y sin apenas mediar palabra, los hicieron detenerse en el atrio de entrada. Lem aprovechó para sacudirse la nieve del agamte, lo que no solo no lo secó, sino que lo dejó aún más aterido de lo que ya estaba. Resopló bajo la tela y trató de pensar en algo que no fuera el frío intenso y el dolor que este le causaba en las articulaciones.

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Pronto, los acólitos los condujeron por la nave lateral, evitando, intencionadamente o por casualidad, que accedieran al centro del templo, que quedaba bajo la imponente cúpula. Aun así, fue inevitable que desde allí pudieran apreciar buena parte de la majestuosidad del edificio. Lem ya había visitado el templo y había tenido la ocasión de contemplar aquella maravilla, lo que no lo hacía inmune a la grandiosidad y brutalidad de la construcción.

La planta de la catedral constaba de un poliedro de once caras desde el que se levantaba la cúpula, picuda e inmensa. Era tan enorme que para hacerle hueco en el callejero fue necesario edificar aquella terraza descomunal, una meseta que rompía todas las formas de la ciudad. Era tan elevada que su cumbre despuntaba por encima del nivel del propio agujero donde se emplazaba el Foso. Y se decía que desde su punto más alto se podía divisar buena parte del castillo del Patriarca sobre la gran roca flotante.

En el interior, varado entre pilares y arcos ojivales, como un bote dentro del estómago de un leviatán, se encontraba el templo original; una construcción mucho más humilde y muchísimo más antigua, bañada por la escasa claridad que le caía desde los ventanales.

El edificio original era una fusión extraña de cuerpos geométricos que no casaban del todo bien entre sí, construido con un tipo de piedra negra sin brillo que Lem no había encontrado en ningún otro lugar. Su superficie estaba desgastada, cuando no directamente rota. Carecía de puertas o ventanas, por lo que desde fuera no se podía saber si era un lugar habitable o una mera colección de rocas que el azar quiso dejar allí tiradas. Solo el Patriarca sabía cómo acceder a su interior. Se decía que, si alguien descubría cómo entrar, solo saberlo garantizaba la pena de muerte. De hecho, estaba prohibido incluso acercarse a menos de cincuenta y cinco pasos, o lo que es lo mismo, atravesar el anillo sagrado que lo rodeaba y que coincidía con el centro de la cúpula.

Se decía que en los muros interiores del templo original se hallaba cincelada la Verdad, la historia completa del mundo desde el principio hasta el final. Aquello que en el inicio de los tiempos fue transcrito por el Patriarca palabra por palabra, coma por coma, en las Sagradas Escrituras. Gracias a él, los mortales tenían conocimiento de la obra y el legado de los dioses. Incluso se decía que allí estaban escritos sus nombres prohibidos.

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Un gong recordó a Lem que los augures no estaban allí para entretenerse con leyendas. Habían acudido para asistir a la Ceremonia de la Claridad, que tenía lugar en la sala de la Verdad de la catedral.

Era la quinta para Lem. No, la sexta. En realidad, no lo podía saber; se celebraban de tanto en cuanto y él no tenía suficiente interés en ellas como para llevar la cuenta. De todas formas, siempre se desarrollaban igual, con varios de sus compañeros ascendidos a augures oficiales y él dejado de lado porque aún no estaba preparado.

Los estudiantes accedieron a la sala de la Verdad, que, como todo lo relacionado con la catedral, era desmesurada, gélida y tétrica. En un silencio canónico, siguiendo una coreografía ensayada hasta el hartazgo, formaron un semicírculo en torno a un pedestal con forma de pirámide escalonada. Desde su cima, sentado en la silla de la Verdad, el capellán mayor, regente del templo y uno de los hombres más importantes de la ciudad, los observaba. Su máscara de metal desprendía un brillo blanco impoluto, solo afeado por la nubecilla de mosquitas que revoloteaban a su alrededor.

Una vez que los alumnos se hubieron desplegado, los maestros fueron llamando a los aspirantes, aquellos preparados para convertirse en augures, conocedores del porvenir, sirvientes de la Palabra, hijos de la Aullante a todos los efectos. Lem volvía a no contarse entre ellos.

Aunque esa vez hubo un detalle de algún modo especial, ya que el último nombre en ser mencionado fue el de Uma. El joven no entendió por qué se le aceleraron las palpitaciones cuando la vio avanzar si ni siquiera podía reconocerla bajo el agamte. ¿Significaba eso que se alegraba por ella? Por suerte, la ceremonia pasó rápido.

Los cinco aspirantes, una vez separados del resto, se iban arrodillando frente al capellán. Luego se tiraban al suelo bocabajo, en señal de absoluta sumisión al Culto de la Palabra y a los once dioses. Entonces, con mucho esfuerzo, y de una forma casi cómica, dada la postura, los augures se remangaban el agamte hasta dejar a la vista la nuca. Para ello se retorcían como gusanos, lo que, a los ojos de Lem, era una nueva forma de humillarlos.

Llegaba entonces el turno del capellán mayor, que bajaba del pedestal con el cayado de la Verdad para tocar con su punta iluminada de metal la nuca a los nuevos augures. En teoría les dibujaba el símbolo de los Once, aunque Lem no lo tenía claro. Más bien hacía un garabato que, total, nadie

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podía distinguir. De cualquier forma, ese era el signo que anunciaba que quedaban aceptados como iniciados en el cuerpo de augures y que tomaban su posición dentro de la única fe.

Así fue, por quinta o sexta vez, según las defectuosas cuentas de Lem. Nunca había sido testigo de ninguna anomalía en aquel ritual, lo que intrigaba al muchacho. Sobre todo porque sospechaba que él mismo no era un augur verdadero y que, de alguna forma, el día que llegó al mundo, el capellán que leyó su cristal personal se equivocó y dijo de él que era un hijo de la Aullante.

Pensaba que, cuando le llegase el momento de pasar por esa ceremonia, si es que acaso llegaba a ocurrir, el capellán mayor lo quemaría al hacerle el símbolo de los Once en la nuca. O algo así. Y veía tan claro que ocurriría eso que le extrañaba que no hubiera pasado antes. Él no podía ser el único que estuviera absolutamente ciego al porvenir.

A veces se descubría fantaseando con la sala de la Verdad devorada por el escándalo de un falso augur. El alumno incorporándose entre alaridos, con los pelos de la nuca humeando, en llamas. El capellán mayor profiriendo maldiciones, los maestros dando órdenes sin hacerse oír, los estudiantes sollozando. Las inscripciones de las paredes agrietándose por la caída del dogma, los pilares temblando porque no podían soportar el peso del templo ni un instante más. El caos reinando donde hasta hacía un parpadeo todo era asfixiante control.

Sabía que aquellos pensamientos eran una herejía y que los dioses lo castigarían por ello; pero sería tan feliz si llegase el momento de asistir a una escena así.

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Caían pavesas ardientes y ceniza del cielo. Era siniestramente bonito cuando ocurría. Y peligroso. Restándole el olor a humo, gas y alimentos podridos y el riesgo de incendio, apenas se diferenciaba de una nevada. Todo venía transportado por el soplo de Phasis el funesto, el viento de los malos augurios; el hermano sombrío de Ndhasis.

Era justo la de Ndhasis la dirección en la que caminaban los soldados. Wylar se preguntaba a qué venían tantas curvas en el camino si atravesaban un inmenso llano, ya eran ganas de fastidiar. Ese tipo de cosas le habían llevado a concluir que, cuanto más se alejaba de la Torre, más ridículo se volvía todo. Y no porque en la Torre la vida fuera simple, precisamente.

Maia, al lado de Wylar, no le quitaba ojo de encima. Lo encontraba más atractivo que de costumbre y estaba tentada a decírselo. De hecho, si marchasen a solas lo habría hecho o lo mismo se habría lanzado a por sus labios. Sin pedirle permiso ni preocuparse por su reacción, que solía ser primero arisca, luego receptiva. Sin embargo, ellos dos eran militares que iban a la cabeza de una caravana, un grupo de viajeros con el que, por casualidad, se habían topado menos de un giro atrás.

Caravanas como esa buscaban evitar peligros del Páramo como los salteadores de caminos. También eran recomendables para sobrevivir a desastres naturales impredecibles. Riadas repentinas, deslizamientos de tierra, grietas que se abrían porque sí. Aunque lo que en realidad buscaban los más supersticiosos era una multitud capaz de ahuyentar criaturas que podrían vagar por el Páramo, como Grises, demonios, brujas y Ténebres. Y, sobre todo, procuraban no quedarse a solas con los tres vientos.

Maia miraba a la caravana y pensaba que aquella oncena mal contada de tipos arrastrando los pies daba más ganas de asaltarlos que de dejarlos en paz. De cualquier manera, ella y Wylar eran soldados de la Torre en una misión ordenada por la misma Princesa; el broche metálico con forma de

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garra con el que se ceñían las capas lo acreditaba. Tenían que guardar las formas. En principio, al menos.

Sobre la guerrera pesaba un aburrimiento casi insoportable. Había perdido la cuenta de los giros que llevaban en aquel mismo camino. Ella le daba toda la importancia que se merecía a cumplir las órdenes que le mandaban, pero de vez en cuando caía en la cuenta de lo absurdo de su misión y se desesperaba. Era como despertar de repente y descubrir que tu cama está encima de un hormiguero.

La sensación resultaba aún más incómoda al ser consciente de que era la soldado a cargo. Allí en mitad de la nada, leguas y leguas más allá de la Torre, ella era la representante del poder de la Princesa. Eso la exasperó todavía más.

—Bah, al cuerno —dijo.

Ese fue el aviso de que iba a entrar en acción. Se llevó una mano a la espalda y liberó el hacha. Contempló el filo de cerámica. Se sabía poderosa por poseer un arma de semejante calibre. La sopesó con ambas manos como si no supiera de sobra qué se experimentaba al empuñarla, como si estuviera considerando comprársela al armero.

Sin que nadie lo esperase, y sin dejar de caminar, comenzó a realizar movimientos fluidos, a trazar arcos que cortaban el viento. A la guerrera le encantaba la sensación de controlar aquella arma mortífera, de ser capaz de dirigirla con precisión. Y también le gustaba ver el efecto que el ejercicio tenía en sus brazos, en cómo se le marcaban los músculos bajo las venas, las cicatrices y los tatuajes.

—Te estás chuleando —le dijo Wylar unos pasos por detrás. Ella lo ignoró—. Yo también me aburro, ¿eh? Y no por ello me pongo a tirarle flechazos a los copos de ceniza que caen del cielo.

—Porque no le darías a ninguno.

—Gilipollas.

Maia sonrió. Se iba entonando conforme entraba en calor. Poco a poco agregó movimientos más complicados. Alternó tajos con patadas, codazos y cargas con el hombro a enemigos invisibles. Se empezaba a intuir algo del poderío de la guerrera. Y también que no era buena idea acercarse demasiado. O llevarle la contraria.

—Estás asustando a los paisanos —le comentó Wylar.

Maia bufó con desprecio y prosiguió con sus ejercicios con todavía mayor ímpetu. El arquero, en cambio, se retrasó algo más hasta ponerse a

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la altura del par de viajeros que le quedaba más cerca, dos hombres cuya descripción se ajustaba a la palabra «modestos». Tal y como Wylar suponía, estos observaban a la guerrera con consternación.

—En realidad no es peligrosa —mintió Wylar con una sonrisa.

Se sacó del zurrón un escarabajo frito, el más gordo que encontró, y se lo ofreció. Los hombres rehusaron, aunque por la forma en que miraron la comida, quedó claro que fue solo una cuestión de modales. O porque no se fiaban de los soldados, por muy representantes de la Princesa que fueran.

«Hacen bien», pensó el arquero.

Se encogió de hombros y le dio un bocado. Sabía que el crujido al masticar haría que el estómago de aquellos dos diera un brinco.

—¿Me recordáis el nombre del siguiente pueblo? —les preguntó con la boca llena.

—Sudario Negro —contestó el que parecía más viejo, por lo menos era el que tenía la cara más arrugada y la frente más despejada.

A Wylar todos aquellos nombres del Páramo le parecían iguales. Puso una mueca de desaprobación, pero no dejó que el desánimo lo sacase de la conversación.

—¿Y qué se os ha perdido allí? —preguntó.

El mayor se encogió de hombros.

—Trabajo —respondió el más joven.

—¿Trabajo? ¿No había un sitio más en el culo del mundo para ir a buscar faena?

Ninguno de los dos contestó a eso. Se limitaron a hacer algo parecido a asentir. Wylar vio que el joven no quitaba ojo de la mitad de escarabajo que él sostenía entre los dedos. Dio un bocado más pequeño con idea de provocar un nuevo crujido y, a la vez, dejar un pedazo. Sonrió.

—¿Y dónde están vuestras herramientas? —siguió preguntando a la vez que masticaba.

Entre los dos apenas si llevaban equipaje. Un hatillo amarrado al hombro y descolgado bajo el brazo, bien pegado al cuerpo.

—No tenemos, señor, somos herreros —contestó el joven. —Herreros, ¿eh? —dijo Wylar queriendo darle la mínima importancia

posible. Aunque en realidad a él habría gustado ser también herrero. O tener una profesión respetable. Algo que jamás reconocería—. ¿Y cómo es que hay herreros arrastrándose por este erial en busca de un pueblo dejado de la mano de los dioses?

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El soldado les dedicó una chulesca mirada de soslayo. Era importante dejar claro en todo momento que a él le daba igual. Que si hablaba con ellos o se interesaba por su situación era para hacerles un favor. Los herreros volvieron a encogerse de hombros. Esto irritó a Wylar. No se molestó en ocultarlo.

Luego echó un vistazo al resto de la caravana que, algo más atrás, los acompañaba. Encontró allí a hombres y mujeres con un aspecto similar a esos dos, por no decir que apenas conseguiría distinguir a unos de otros.

«Que me lleven los Ténebres, qué rebaño tan feo».

—¿Y todos estos también son herreros? —preguntó Wylar ofreciendo de nuevo el pedazo de escarabajo.

El más joven esa vez sí aceptó. El mayor lo miró con reprobación, pero no dijo nada.

—Hay un poco de todo —respondió el muchacho con la boca llena de crujiente comida—. Panaderos, carpinteros… No sé.

Wylar se quedó pensativo un momento. Todos eran hijos de la Bendecida. Trabajadores especializados en el don de usar los halos. Era cierto que los nacidos bajo ese signo eran más numerosos que los soldados o los sanadores, pero al arquero aquel desplazamiento le seguía pareciendo una extravagancia.

«O a lo mejor es lo más normal del mundo. Yo qué sé».

De todas formas, aquella conversación insustancial no llevaba a ningún sitio. Wylar se limpió con las manos los restos del escarabajo de la boca, luego se agachó con agilidad, agarró un manojo de ceniza del suelo y se la espolvoreó dando palmas. No soportaba estar lleno de pringue.

—Maia, ven, mira, son herreros —voceó.

La guerrera, que seguía con su entrenamiento, paró de dar hachazos y se acercó al trote. Traía la respiración algo acelerada y había empezado a sudar.

—Herreros, ¿eh? Pues me vendría bien que me reparaseis este puñal —dijo mostrando la empuñadura que sobresalía de su cinto.

Cuando una guerrera de la envergadura de Maia pedía algo así era complicado negarse.

—¿Llevas metal contigo? —preguntó el mayor.

—Siempre.

—Hazme el favor —dijo el herrero tendiendo una mano.

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El hombre tomó el trozo de metal que la guerrera sacó de su zurrón, así como el puñal, que estaba mellado. Se detuvo un instante con cara de concentración. Por un instante parecía que iba a hacer un gran esfuerzo, pero duró poco. El metal alcanzó un nuevo fulgor y vibró en las manos del herrero. Se reblandeció hasta volverse plástico, maleable. Lo manipuló con movimientos diestros y, en un pestañeo, la mella del puñal había desaparecido.

—Tendrás que afilarlo cuando lleguemos a nuestro destino —dijo el hombre mientras le entregaba a Maia su arma y reemprendía la caminata como si nada—. En medio giro más o menos.

—De eso me encargo yo —dijo ella ufana y orgullosa, como si hubiera sido quien hubiese hecho la reparación.

Wylar procuró ocultar la sorpresa que se le había asomado al rostro. No quería que vieran su asombro. La habilidad de los hijos de la Bendecida no dejaba de asombrarle. Esa gente resultaba del todo inútil en un combate, pero servía para hacerles a todos la vida más fácil. Si se paraba a pensarlo un momento, eran lo opuesto a los guerreros. Lo contrario a él. Eso no lo hizo feliz.

—Así que es eso lo que nos queda para llegar, ¿eh? —preguntó el arquero para cambiar de tema y así escapar de sus propios demonios—. Medio giro.

—Más o menos —dijo el hombre mayor.

El soldado asintió.

—¿Y has estado alguna vez más allá? —le preguntó de sopetón.

—¿Más allá de Sudario Negro? —preguntó el joven.

—Hay poco que ver más allá de Sudario Negro —zanjó el mayor—. Hay otro pueblo llamado Niño Perdido, pero después…

—Ya, ya, el fin del mundo y todo eso —lo interrumpió Wylar—. Pues allí mismo es adonde nos dirigimos nosotros.

—Nos ha enviado la Princesa —completó Maia, que se mostraba un poco más excitada de la cuenta. Prosiguió con su labor de dar hachazos a la nada sin separarse de ellos tres, con el peligro que esto suponía.

«¿Habrá estado tomando Furia?», se preguntó el arquero.

Cuando ocurría, la guerrera perdía su autocontrol. Y en esas ocasiones, se volvía pendenciera y retaba a gente que acababa de conocer. Esa era su forma de testarlos, de saber de qué estaban hechos. Y de demostrar quién mandaba.

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A él también le pasaba algo parecido cuando consumía Furia. Y a todos los demás hijos del Audaz que conocía. Pero el caso de Maia era especialmente molesto.

—Supongo que será una misión importante —dijo el herrero mayor tratando de mantener la calma.

A Wylar le hizo gracia ese comentario.

—Mira, Maia, el señor herrero está de acuerdo contigo en que tenemos una misión importante.

La guerrera resopló y dio un paso hacia ellos. Pareció agrandarse. O quizá fue que los herreros empequeñecieron.

—¿Es que acaso lo dudáis?

—En absoluto —consiguió decir el hombre mayor con esfuerzo. —Ah, porque nos vamos a encargar de vigilar qué pasa en Ojo del

Yermo. Eso está arriba del todo, en la cordillera. ¿Habéis estado alguna vez allí? No, vosotros no levantáis la cabeza de vuestros metales.

Los herreros no contestaron. Con la guerrera tan encima, no se habrían atrevido por nada en el mundo.

—No sé, a mí me parece que en realidad piensan que nuestra misión es una mierda —dijo Wylar a su espalda, cada vez más divertido con la situación.

—Tú sí que eres una mierda —replicó Maia con un rugido girándose hacia él.

Que la guerrera dirigiera la atención a su compañero supuso un poco de alivio para los herreros, cosa que se volatilizó cuando esta regresó a ellos. Sus movimientos eran demasiado exagerados y tenía la respiración acelerada. A Wylar ya no le cupo duda de que había estado consumiendo Furia.

—Allí arriba —dijo Maia señalando un punto impreciso en la lejanía— hay una atalaya, NO, hay muchas atalayas. Cientos. Que sirven para asegurar la frontera de los dominios de la Princesa. Y eso significa que vosotros podéis vivir en paz. Pero, claro, eso es algo que los miserables no entienden. No veis nuestro trabajo hasta que no tenéis al enemigo encima. Y entonces ya es demasiado tarde.

Mientras la guerrera se calentaba, los dos herreros parecían desear que llegase un tornado y se los llevase lejos. Wylar estaba disfrutando de la escena, pero sabía que, si dejaba que el ánimo de su compañera siguiera escalando, las cosas podrían ponerse feas. Su vocecilla interior, aquella

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que lo avisaba de cualquier peligro, se alarmó ante las posibles consecuencias de hacerles daño a dos civiles desarmados. Y tenía razón. Al fin y al cabo, seguían siendo la autoridad.

—Bueno, amigos, muchas gracias —les dijo a los dos interponiéndose como pudo—. Id con los Cinco.

Los dos herreros no se lo pensaron y se apresuraron a bajar el paso y mezclarse con el resto de la caravana.

—¿Qué mierdas te pasa a ti? —preguntó Maia.

—Tranquila, grandullona.

—Tranquila me voy a quedar cuando te arranque la nariz de un mordisco, malparido.

—Guarda las energías para los malos.

Entonces, como obrado por el arte de un sortilegio, el sentido común regresó a los ojos de Maia. Hasta le cambió la voz.

—Reconoces que soy la que manda aquí, ¿no? —preguntó ella.

Wylar levantó una ceja.

—¿En serio? ¿Te crees que te digo esto por tus galones? ¿Esos que no tienes? ¿No te parece que nos toca a nosotros mantener el orden?

—¡Ja! ¿Desde cuándo te ha importado a ti tres zurullos mantener el orden? —exclamó volviendo a incendiarse—. Lo dices porque te da miedo que yo pierda el control. Porque sin mí aquí fuera no eres nadie. Nadie.

Y acto seguido se dio media vuelta y empezó de nuevo a soltar tajos al aire.

«Qué largo se me está haciendo este puto viaje», se dijo el arquero.

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Se incorporó de golpe. Ni el resorte de una ballesta habría sido más contundente. Los despertares de Nyx siempre había sido así de dramáticos; al menos ella no los recordaba de otra forma. Era una pequeña muestra de los abismos que se abrían en su interior mientras dormía.

No obstante, lo que venía ocurriéndole en los últimos tiempos empezaba a ser demasiado. Soñaba con imágenes límpidas y vivas, definidas, que, en comparación con la realidad, hacían que el mundo pareciera un borrón. Aquello no era la Umbra; más bien era lo opuesto a esta. Esa sería sin duda una forma pobre de definirlo y, al mismo tiempo, no había mejor manera de hacerlo.

Lo más espeluznante de esos sueños, lo que después hacía que la recorrieran los escalofríos, era la luz. Tan abundante que resultaba ridículo. No, no era la luz, sino el contraste de los objetos, la diferenciación entre ellos. No, en realidad era la velocidad a la que todo se movía. No, era el volumen de cada cuerpo, que otorgaba un dinamismo, dinamismo de nuevo ridículo, imposible.

Aunque tampoco era eso. Nyx no se veía capaz de encontrar dónde estaba el truco de aquellas imágenes que solo habitaban en su mente. Resultaba absurdo.

Aquello era lo más llamativo, pero no lo único. La temática de esos sueños en absoluto se correspondía con nada que ella conociera. Las personas con las que trataba eran siempre desconocidos que resplandecían; no como el metal, sino reflejando esa luz que lo envolvía todo y que lastimaba solo con verla. Nyx no recordaba haber percibido el olor de esa gente, pero sus ropas y sus pieles estaban siempre tan limpios que, a poco que pensaba en ellos, podía apreciar su frescor, acompañado de una fragancia agradable, lo que la inquietaba aún más. Porque nadie olía así. Nada olía así.

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Tanto ella como esas personas hacían cosas incomprensibles. No era solo que no discutían ni se amenazaban, sino que conversaban, cuando no reían directamente. ¡Si ni siquiera iban armados! Y, lo más espeluznante, en esos sueños había niños. Sueltos, sin correas, aseados, sonrientes y contentos, pequeños para quienes la vida parecía ser un juego.

Claro, cuando despertaba era incapaz de ponerse en pie qué dijo, qué oyó y por qué diantres era todo tan irreal. Como si las conversaciones hubieran estado en una lengua que llevase eones muerta. Eso era lo que más la frustraba.

Nyx se preguntaba qué podría significar todo aquello. Y qué había cambiado en su vida para que esos sueños irrumpiesen tan de repente. A lo mejor había llegado el momento de consultar a un augur. Desechó ese pensamiento de inmediato. Aquellos tipos eran caros y había que recorrer varias leguas para encontrar a uno. Además, solo hablaban de muerte, enfermedad y abatimiento. Que la arrastrase la Oleada si se cruzaba con alguno.

«Esfinge».

Poco a poco recuperó la calma. Se estiró con gusto, sabiendo que en su buhardilla ningún habitante de la casa la molestaría. No se atrevían. Sabían de sobra de lo que era capaz con un objeto punzante en las manos.

Una vez en pie, se permitió seguir bostezando y rascándose como si de súbito todos sus problemas se hubieran evaporado. Duró poco la sensación. Fue a abrir la contraventana; se hizo la luz en aquel trozo de desván. No demasiada, todo lo que podía ofrecer aquel cielo triste y cansado. La joven se asomó a las alturas. Allí seguían las nubes, una constante inamovible, un mosaico imperturbable con todos los tonos de gris habidos y por haber.

No le faltaron ganas de maldecir al cielo, pero entonces descubrió algo que la dejó perpleja. Sobre el tejado de la casa de enfrente, mucho más cerca de lo que hubiera deseado, estaba posado un demonio. Negro como un pozo. No sabía cuánto podía llevar allí, si ya estaba cuando ella se asomó o si acababa de materializarse. La impresión la dejó rígida. No fue una mala reacción, ya que lo último que quería era llamar la atención de aquella criatura infecta.

«Sombras».

Sin quitarle el ojo de encima, la joven se desplazó a un lado. Con los nervios, la cicatriz que le atravesaba la cara replicaba los latidos de su

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corazón. No respiró del todo tranquila hasta que se vio por completo parapetada tras el muro. Una vez que retomó el control de sus constantes vitales, volvió a asomarse sin prisa. Allí seguía el demonio. Posado. En apariencia tranquilo, aunque de vez en cuando movía la cabeza a una velocidad endiablada.

No era el primero que veía. Se los había encontrado en la Umbra oncenas de veces, aunque eran bastante más raros a este lado del Velo. Fuera donde fuese, los evitaba cuanto podía, pues eran criaturas ominosas que decían que atraían plagas y mal fario.

—Esfinge —siseó para sí mientras cruzaba los dedos.

Ese demonio estaba cubierto de un pelaje extraño, desigual, de un negro brillante que, sin duda, en la Umbra alcanzaría un blanco inmaculado. Tenía el tamaño de una cesta, aunque Nyx sabía que era un truco, que cuando quisiera, el bicho desplegaría un par de alas que multiplicaban su talla y que lo impulsarían por el aire como si fuera un moscardón monstruoso. Por si no fuera bastante, esos demonios iban armados con un pico atroz, afilado como una maldición. Casi sin darse cuenta, la joven llevó una mano a la contraventana para cerrarla de un golpe en caso de que al monstruo le diera por atacarla. Nunca se sabía.

Entonces la criatura entonó su canto. Una cacofonía que de forma inverosímil sonaba ronca y a la vez aguda, y que se asemejaba a una risotada sanguinaria. O a un lamento. Aquello puso sus nervios a prueba, pero aguantó en el sitio. Sin embargo, al sentir que una araña se le posaba en el codo, respondió dando un manotazo. Tal vez fue eso, tal vez fue la casualidad, pero entonces el demonio alzó el vuelo. Nyx se agachó cubriéndose la cabeza con ambas manos, una reacción que la avergonzó, pues esperaba algo más audaz de una asesina despiadada como ella.

El aleteo se perdió en la lejanía. Nyx se incorporó con cuidado cuando se aseguró de que el bicho se había ido. Ascendió con lentitud y la mano izquierda apretando la empuñadura de su cuchillo correspondiente. Las marcas de la cara le picaban. Por fin, se asomó. Allí fuera no quedaba nada y ella resopló de puro alivio.

Fue a cerrar cuando, entre las losetas del suelo, distinguió a la araña de antes, que corría industriosa a ponerse a salvo. La caminante la siguió con la mirada hasta que alcanzó las tinieblas y se fusionó con ellas. La muchacha encontró ahí una metáfora de su propia existencia. Y, sabiéndose a solas, se permitió una sonrisa.

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La sala de estudio era una imitación a escala del plano del Foso, o así al menos lo quería ver Lem. La tribuna donde se encontraban los pupitres era un círculo completo en forma de graderío que daba esa sensación de cono invertido que se ensanchaba conforme se ascendía. La principal diferencia con la ciudad, además del tamaño, era que, en lugar de haber una roca flotante, en medio se encontraba un pilar. Uno mucho más grueso de lo que necesitaría un edificio como la Academia. De esta columna salía toda la abundante luz que bañaba el ambiente y permitía leer tan bien. Mejor dicho, salía de su superficie recubierta de metal. Ahí se terminaban todas las bondades que podrían resaltarse de esa sala.

El pilar central en realidad no sostenía ninguna estructura; era una construcción hueca rellena de trampillas y una cantidad significativa de franjas alargadas y estrechas; mirillas que permitían vigilar desde dentro sin ser visto. Desde la posición de los estudiantes resultaba imposible saber si en su interior había uno, dos, tres o ningún tutor vigilando, por lo que la única opción razonable era no levantar la cabeza de los libros.

Todos los augures, ya fueran estudiantes u oficiales nombrados en la Ceremonia de la Claridad, debían pasar en la sala de estudio cuatro horas de cada giro, ni una menos. Solo tenían permitido levantarse para ir a la biblioteca a por un libro o acudir a las letrinas. E incluso esto era observado con detenimiento por los tutores.

La disciplina era tan asfixiante que Lem no se atrevía ni a espantar las molestas mosquitas que se empeñaban en revolotear a su alrededor, atraídas por la abundante luz del metal que cubría el pilar. Eso sería llamar la atención sin motivo; un juego peligroso en el que no quería participar.

Estaba convencido de que la mayor parte del tiempo el pilar se hallaba vacío. Que el temor a la posibilidad de ser castigados ya era guardián suficiente. Sin embargo, había visto demasiadas veces cómo se abría la compuerta y esta escupía a un tutor fusta en ristre. Por algún motivo que el

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joven no llegaba a entender, el estar distraído en la sala de estudio era considerado una afrenta imperdonable. Y no importaba si el sancionado era un aprendiz o un augur a todos los efectos; el castigo se ejercía siempre ejemplarizante. Ya le había pasado una vez, sabía cómo funcionaba.

De modo que el joven se afanó en su deber, la tarea que tenía frente a sus ojos, aunque esta invitaba a cualquier cosa menos a concentrarse. El estudiante había empapelado la mesa con dos libros y otros tantos rollos desplegados, y sobre estos tenía un cálamo, un tintero y muy pocas pistas de cómo resolver aquel problema de penumbriscia: la lectura del porvenir en las sombras proyectadas por una llama.

El enunciado hablaba del tamaño del fuego, la superficie de la pared donde aparecía la sombra, la edad del solicitante, su consulta sobre el futuro y qué viento soplaba en ese momento. Lem había estudiado todo lo que decía el manual de penumbriscia. Se había metido en la cabeza, línea por línea, cada una de las cosas que este decía. Al parecer para nada, pues el muchacho seguía sin verle ningún sentido. No tenía la capacidad de ver. Se suponía que la solución, una vez intelectualizada, debía abrirse ante sus ojos, iluminarlo; su don haría el resto.

«Ja».

Aquello lo exasperaba, aunque contaba con el agamte para cubrirse. Tenía que reconocer que el incómodo hábito era único a la hora de ocultar las pistas sobre su ánimo.

Su padecimiento con las artes adivinatorias contrastaba con Anatomía, la única asignatura que se le daba bien. Decir eso era incluso quedarse corto; él amaba esa clase que consistía en diseccionar cadáveres. Había algo en el olor de los difuntos que intrigaba a Lem. No sabía si eran las miasmas propias de la descomposición, los líquidos que usaban para mantenerlos enteros o una mezcla de todo ello, pero a él lo llenaba de fascinación.

A eso se le sumaba la sensación de la carne abriéndose bajo el empuje de la Hoja del Destino. Sí, manejar el puñal ceremonial reservado para los oficiales augures era otro buen motivo para adorar aquellas clases. Y eso que en ellas coincidía con Mirim, la aprendiz más arrogante e insoportable de todo su curso.

El odio que sentía por ella era tan profundo que le ocurría algo inédito. Se la solía imaginar en la clase de Anatomía, tumbada sobre la mesa de disección, atada. Viva. Muy consciente. Retorciéndose para intentar

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liberarse. En sus fantasías él mismo se inclinaba hacia ella con ojo experto, asegurándose de que veía el filo del puñal ceremonial en su mano. Luego, despacio, pero sin detenerse, le rasgaba metódicamente el hábito hasta dejarla por completo desnuda. Imaginaba su piel pálida y fina. Lo mejor llegaba cuando pegaba el filo de cristal contra la carne y presionaba hasta que la piel cedía. Una incisión precisa pese a los movimientos desesperados de Mirim por escapar; pese a sus chillidos.

Una tos demasiado cercana devolvió a Lem a la realidad. ¿Cuánto tiempo llevaba fantaseando con la vivisección de aquella compañera? No tenía respuesta a eso ni a la seria erección que despuntaba bajo el hábito. De pronto se sintió desnudo, paralizado por la vergüenza. Por suerte, el pupitre no dejaba ver nada por debajo de su diafragma.

«Tampoco hay nadie mirándome», pensó, y sintió alivio.

El muchacho entrecerró los ojos y volvió a concentrarse en los escritos que tenía delante. No encontraba la forma de que aquellas enseñanzas se transformasen en un conocimiento práctico, ni mucho menos que lo condujesen a la iluminación. Dejó caer la cabeza sobre el pupitre, pero pronto la volvió a erguir. No quería atraer la atención de los posibles vigilantes.

«Aunque seguro que no hay ninguno».

Tal vez si cambiaba de asignatura y dejaba ese problema reposar, después lo vería con mayor claridad. Era una forma de engañarse a sí mismo, ya que sabía que el milagro nunca llegaría, pero, como de todas formas no faltaban materias de estudio, se decidió por abrir el libro que lo estaba esperando: Nuevo ordo de leyes y regulaciones en las transacciones comerciales del Foso, volumen II.

Aquel era el colmo de las torturas para el muchacho. Él no tenía inconveniente en tragarse páginas y páginas de información incomprensible para luego vomitarlas delante de la maestra o sobre una hoja en un examen. Qué remedio. Sin embargo, las leyes eran algo que comprendía todavía menos que las artes adivinatorias. Le parecían artificiosas, una forma de retorcer la realidad con tal de mantener bajo control cada mínimo apartado de la existencia. Porque había leyes para todos los gustos. Parecía que algo no existía de verdad si no tenía un volumen de preceptos que lo delimitaran, etiquetaran y clasificaran. Todo al gusto y conveniencia de los mandamases.

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Había algo en el mundillo de lo legal que chirriaba sobremanera al joven. Varias cosas, en realidad. Para empezar, todas esas reglas habían sido hechas por gente de carne y hueso. No entendía cómo alguien podría confiar a ciegas en la naturaleza de una cosa creada por un ser tan falible. Por fuerza, las leyes humanas tenían que ser inexactas, cuando no injustas. Y por si eso no fuera bastante, además, su interpretación y su aplicación también recaía sobre otros humanos. Nada de aquello podía salir bien.

Por otro lado, por muchos volúmenes de leyes que existieran, por mucha gente dedicada en cuerpo y alma a crearlas y a estudiarlas, siempre habrían de ser insuficientes. El mundo era un lugar demasiado complejo, demasiado sujeto a factores aleatorios como para pretender que un conjunto de reglas pudiera englobarlo todo y tratarlo con un mínimo de justicia. No podía ser, así hubiera leyes para cada persona y caso concreto. Y ni así valdrían, ya que lo que es justo para algunos podría ser injusto para otros.

Pese a sus reflexiones, ellos, los augures, tenían que conocerlas todas. La explicación oficial era que, como lectores del porvenir, tenían que saber diferenciar algo en sus visiones que pudiera ser ilegal o conducir a una actividad ilícita. No se les podía escapar nada para que pudieran denunciar con fundamento y eficacia a los acólitos o a la Inquisición.

«Como si esa gentuza necesitase mucho para encontrar pecadores». No había llegado ni a hojear el libro cuando lo cerró de nuevo. Odiaba

cada palabra de aquel lenguaje legal. Resopló contra el agamte y su aliento le llegó caliente a la nariz. Retiró el libro y debajo encontró de nuevo el rollo con el problema de penumbriscia. Igual de incomprensible que antes. Una sonrisa se le dibujó en la cara, pero no era fruto de algo gracioso. Más bien, de un retortijón.

Ya pensaba Lem en los martirios que tendría que soportar cuando descubrieran que era un farsante. Entonces, una bola de tela aterrizó sobre su pupitre. Se quedó quieto; tanto que incluso dejó de pestañear. Echó un vistazo a su alrededor. Era una tontería, ya que sabía que la bola solo podía haber llegado de algún pupitre a sus espaldas, por encima de él. Pero, claro, ¿cómo girarse con una cantidad indeterminada de tutores vigilándolo dentro del pilar?

Mantuvo la posición unos instantes. Luego, muy despacio, echó mano a la bola, que ya había empezado a desplegarse por sí sola. Estaba escrita fatal, plagada de borrones, pero parecía legible. Lo que no comprendía

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Lem era el significado de todo aquello. Necesitó leerlo varias veces hasta descubrir que allí se contenía la solución al problema de penumbriscia que tantos quebraderos de cabeza le estaba dando. Explicado de una forma tan clara y tan simple que le dio vergüenza no haberlo visto por su cuenta. A lo mejor esa era la clave de la iluminación, la claridad.

«Ojalá fuera así de simple».

El joven augur sacudió la cabeza. Tampoco demasiado, para no atraer ojos indeseables. Necesitaba aclararse. Se apresuró a apuntar la respuesta; sí, eso tenía que ser lo primero. Como ya imaginaba, el porvenir tampoco se abrió entonces ante sus ojos. Soltó la pluma dentro del tintero e hizo como si se estirase. Con todo su disimulo, se giró tanto como le permitió el temor a ser descubierto.

De los estudiantes tapados por el agamte que encontró, solo uno parecía estar mirándolo. Tenía los dedos entrelazados. Una mano femenina con un feo moratón, como si un par de días atrás hubiera recibido un fustazo con la peor de las intenciones. Uma, no podía ser otra. Lem se volvió de inmediato a su posición con calor en el pecho. Una sensación que al principio confundió con pánico, pero que siguió evolucionando hasta hacerse del todo extraña. Debido a algo que no terminaba de entender, aquella muchacha lo trataba con amabilidad. Como si se rebelase contra ese mandato supremo que parecía obligar a todos a maltratarse entre sí. ¿Por qué recibía consideración por su parte? ¿Cómo era eso posible en un edificio donde solo se despachaban miserias y desprecio? ¿Por qué él? Y lo que era todavía más perturbador: ¿qué buscaba a cambio?

Cuando quiso darse cuenta, el muchacho estaba sonriendo. Corrigió esto al instante, ya que una sonrisa podría traspasar la protección del hábito. Acto seguido, se apresuró a guardar el comprometido trozo de tela. Se desharía de él lo antes posible. O a lo mejor lo guardaría junto a sus pocas posesiones.

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Un puñetazo contra la mesa. Esa fue la señal de que Nyx había vuelto a fracasar en su intento de mejorar su percepción en la Umbra. Maldijo aquella niebla pálida que no la dejaba ver nada, aquella taberna de mala muerte y a esos desgraciados que iban allí a arrastrar sus miserias. Pero sobre todo se maldijo a sí misma por no ser capaz de ver.

Tomó aire hasta llenar los pulmones y aguantó unos instantes antes de soltarlo. Mantenía la esperanza de poder hacer un nuevo intento, pero una presencia cercana se lo impidió. Se trataba de una figura sentada a su lado, en su misma mesa, y que antes no estaba ahí. La miraba con detenimiento.

Nyx se puso en pie de inmediato, ambas manos a la altura de los muslos, allí donde se asomaban las empuñaduras de los cuchillos.

Se trataba de una mujer sonriente. Sus mejillas y su frente eran un mar de arrugas. Una señora.

«Que me coman los Grises, una puta señora. ¿Cómo se ha sentado sin que me dé cuenta?».

Pese a que el pulso se le había disparado, tras el estallido vino un momento de calma. Se quedaron contemplándose la una a la otra sin decir palabra. Nyx estudiaba a la intrusa, dispuesta a saltar sobre ella a la más mínima amenaza. Por su parte, la vieja la observaba entretenida, como si aquello no fuera más que un juego. Si la sonrisa se le seguía ensanchando, corría el riesgo de salírsele de los contornos de la cara.

«¿Quién coño eres? ¿Y de qué mierdas te ríes?».

—Perdona el susto, cariño —dijo la anciana—. Te vi tan concentrada que preferí dejar que terminaras de hacer lo que tenías entre manos.

Eso indicaba de una forma extraordinariamente sutil que sabía lo que Nyx estaba haciendo.

«¿De dónde carajos has salido?».

—Soy Kasidra —dijo sin cambiar un ápice la pose ni la postura. Su voz sonaba a fondo de riachuelo, a cantos rodados.

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La joven tampoco se movió. Seguía examinando a aquella señora de pelo de tono perla enroscado en un moño alto. Ojos grandes, nariz grande, barbilla pronunciada; incipiente y desordenado vello facial.

«¿Qué mierda quieres? ¿Por qué has tenido que venir a aniquilar mi paz?».

—Supongo que no te importará que me siente aquí contigo, ¿verdad? Llevo incontables giros viajando y apenas he parado hasta encontrar esta taberna.

«Pero si ya estás sentada, vieja petarda, así te arrastre la Oleada». —Vamos, acompáñame, no seas tímida —dijo Kasidra ofreciéndole

con una mano regresar al que había sido su asiento hasta que dio el respingo. Su amabilidad era desconcertante.

La muchacha maldijo a la vieja, luego a sí misma y a su suerte, y de vuelta a la vieja. Aflojó los dedos en torno al mango de los cuchillos despacio, pero no se sentó. Su lenguaje corporal no invitaba a pensar que lo haría pronto. La observaba con curiosidad, sin embargo, se sentía obligada a apartar la mirada ante aquellos ojos tan grandes y tan vivos que la empujaban y la oprimían. La señora imponía, lo que se sumaba a que Nyx tampoco era ninguna entusiasta del contacto social.

La caminante volvió a maldecir entre dientes mientras se preguntaba en qué momento empezó a ser costumbre que la gente fuera interrumpiendo así a los demás mientras estaban en sus asuntos.

—¿Qué comes? —preguntó Kasidra señalando el cuenco—. ¿Es una especialidad del Páramo? ¿Está rico? —Alargó una mano y se metió un gusano entero en la boca. El más gordo y jugoso, justo el que Nyx había estado reservando para el final.

La caminante reaccionó agarrando el cuenco y atrayéndoselo para sí. Por fin se sentó, aunque lo más lejos que pudo de la vieja. Esta rio como si fuera una ocurrencia fantástica.

—Vale, tranquila, no lo compartas si no quieres.

—¿Qué mierda llevas ahí? —preguntó la caminante con la voz ronca, señalando con la mirada la espalda de la vieja. La mochila.

Esto pilló desprevenida a Kasidra. La señora compuso un gesto que venía a decir «Ah, pero ¿sabes hablar?», aunque no llegó a pronunciarlo. Menos mal; Nyx odiaba hasta el tuétano que le dijeran eso. Para ella era como escupirle a la cara; y solo le daba ganas de apuñalar.

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—Es mi mochila de viaje —respondió la anciana despreocupada, como si se tratase de lo más normal del mundo.

Y no lo era ni por asomo. A lo mejor ignoraba que por aquellos lares la gente usaba, si acaso, zurrones, bolsas o hatillos. Nunca mochilas, y menos con aquella forma cúbica tan extraña. Debía de pesar lo suyo. Aun así, Kasidra la llevaba pegada a la espalda incluso estando sentada en la banqueta. Era, como mínimo, sospechoso.

«En este pueblo vas a durar menos que una arandela en el bolsillo de un acólito».

—Como te decía, acabo de llegar y estoy buscando ayuda. —«Ya, como todos»—. Soy cartógrafa y necesito a alguien que conozca la zona.

—¿Car… qué?

Al parecer, eso le resultó a la vieja la cosa más graciosa que había oído en giros. Volvió a extender aquella sonrisa inabarcable; en su boca se alternaban al azar dientes sanos, picados y piezas de brillante metal.

«Sombras, qué aborrecible eres».

—Perdona, se me olvidaba que aquí no tenéis de eso —dijo la señora en cuanto se serenó—. Me mandan de la Factoría. Vengo a hacer un mapa. Esa es mi profesión. —«¿La Factoría? ¿Un mapa? ¿Te recorres medio mundo para llegar a este agujero de mierda por un puto mapa? Lo tuyo es grave»—. No me mires así. Qué pasa, ¿no me crees?

—No.

La cartógrafa rio, pero, por suerte para los nervios de la caminante, pronto cortó las carcajadas y siguió hablando.

—Es algo que puedo explicar perfectamente —dijo sin perder la sonrisa—. Incluso traigo conmigo el certificado emitido por la Universidad. He viajado por toda la Desolación para confeccionar este mapa. El Mausoleo, el muro del Anillo, las ruinas del Bazar, la Torre…

—¿El Bazar? —preguntó Nyx.

Había oído contar oncenas de historias de aquel lugar. Eran los restos de lo que otrora fuera una imponente ciudad que había sido destruida. Y ahora en ella vivían parias, perseguidos y desheredados. El único lugar en el mundo donde estos se consideraban verdaderamente libres. La caminante sospechaba que solo allí podría vivir sin amos, sin patrones, sin gente que la mangonease. Una quimera. Su objetivo.

—Sí —respondió Kasidra, muy consciente de que había llamado la atención de la joven—. La Tumba del Tratante.

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«La Tumba del Tratante», el otro nombre de esa ciudad. Puesto por el Tratante, el as que gobernaba allí y que fue degollado. Según dicen, a manos de un asesino enviado por la Princesa.

La señora parecía disfrutar con la cara de ensimismamiento de Nyx. Cuando esta se dio cuenta de cómo la miraba la anciana, sacudió la cabeza.

—¿De qué coño te ríes? —le espetó—. Vete ya por ahí y déjame en paz.

Kasidra soltó una carcajada. Nyx no sabía que se podía ser tan estridente. Y ello sin sufrir ningún calambre en la cara ni atragantarse con la saliva. La joven se percató entonces de que había movimiento en el interior de la taberna más allá de la cartógrafa. Una inquietud crecía alrededor de la mesa que ellas dos ocupaban. Los parroquianos murmuraban, señalaban hacia ellas cada vez con menos disimulo, lanzaban miradas torvas. La señora reaccionó a la expresión de Nyx y se volvió hacia aquellas personas. Debían de ser como una oncena.

«Se va a liar».

—Saludos, queridos amigos de Niño Perdido —proyectó la voz Kasidra con su ya característica sonrisa—. Es un placer para mí estar aquí entre todos vosotros.

—Lo que nos faltaba, una sabionda —dijo uno de ellos.

—¿Qué haces aquí, sabionda? —preguntó otro.

—Sí, en efecto, vengo de la Factoría. Soy una sabionda —respondió Kasidra como para sí, aunque con cierta alegría—. He de reconocer que es un apodo simpático para mis compatriotas.

—No lo oculta —dijo otro.

—Bueno, no es ningún delito.

«Pues deberías ocultarlo, gilipollas».

—Cierra el pozo, sabionda de mierda —le respondieron.

Los ánimos se crispaban por momentos. Había movimientos nerviosos.

Más parroquianos acudían a la mesa. Se había formado un corro alrededor.

Nyx había procurado escabullirse, las aglomeraciones no eran su pasión.

Menos si resultaban así de hostiles.

—Por favor, aquí dentro no —exclamaba desde la barra el tabernero. Kasidra se volvió hacia la caminante con mayor tranquilidad de la que

aconsejaba la situación. Hacia donde pensaba que estaría la caminante. No

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la encontró y eso por fin terminó de preocuparla. No hubo tiempo para más, ya que no tardaron en agarrarla y sacarla a empujones de la taberna.

Kasidra salió a trompicones a la plazoleta y, pese a los intentos de mantener la verticalidad, dio con sus huesos en el suelo. Una nube de polvo se levantó a su alrededor. Se puso en pie a una velocidad impensable para ese cuerpo rechoncho que, además, seguía cargando con la abultada mochila.

—Haya paz, mis queridos lugareños, no es necesario que lleguemos a las manos.

—Cierra el pico, sabionda —dijo uno—. Por aquí no queremos a los de tu calaña.

—¿Mi calaña? —expresó llevándose ambas manos hacia el pecho, intrigada a la par que indignada—. Pero si soy una ciudadana ejemplar.

—¡Cállate!

La habían vuelto a rodear. Aquello podía terminar muy mal, sobre todo si la cartógrafa no cambiaba de actitud. Esta mostró las palmas de las manos pidiendo calma, cosa que solo pareció enardecer más a los presentes. La trifulca estaba empezando a atraer a transeúntes que pasaban por allí. Por desgracia para la señora, ninguno de ellos tomaba partido por ella.

—Amigos, ¿no hay ninguna opción de que solucionemos este malentendido de forma cordial? —preguntó la mujer.

La respuesta, además de un barullo generalizado, fue un nuevo empujón por parte de uno de los cabecillas, envalentonado por el número. A pesar de ser un tipo rudo que le sacaba dos cabezas, a pesar de que el impulso debería haberla tumbado, a pesar de que la mochila tenía que haber tirado de la señora hacia el suelo, esta aguantó retrasando tan solo un pie. Fueron varios los que descubrieron que, por encima de esas desgastadas sandalias, había un par de piernas poderosas. La mayoría, en cambio, pasó ese detalle por alto.

—Está bien, está bien —exclamó Kasidra asegurándose de que todos la oían—, será como vosotros queréis. Me voy. Permitid, al menos, que coja mi bastón de viaje —dijo calmando a aquellos que la señalaban por llevarse la mano a un lateral de la mochila—. Mis pobres huesos no me sostienen tan bien como deberían.

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En efecto, colgado de la mochila la esperaba el mango curvo de un bastón. Nadie se opuso a que lo extrajera. Hubo risas entre los presentes cuando descubrieron que ese palo era demasiado grueso y demasiado corto; incluso para una vieja tan achaparrada. Kasidra lo agarró con ambas manos mientras las carcajadas arreciaban a su alrededor. Lo giró un poco y, tras emitir un chasquido, el palo casi dobló su tamaño. Eso calló a algunos, parecía brujería. No, en realidad tenía que ser una especie de broma, sobre todo porque pronto fue evidente que las nuevas dimensiones de aquel bastón lo hacían demasiado largo para ella. Se había vuelto a pasar. Muchos tomaron aquello como una comedia. Las risas se multiplicaron.

La anciana giró algunos engranajes del bastón, levantó una pestaña, tiró de un par de palancas, todo con unos movimientos precisos y decididos mientras no dejaba de sonreír. El jolgorio impedía que se escuchasen con claridad los sonidos metálicos procedentes del artefacto. Y ese zumbido fue creciente.

En Niño Perdido no tenían tantas oportunidades de asistir a un espectáculo de ese calibre. La insultaban, se reían; era hilarante. Más todavía cuando la anciana se tapó las orejas con dos extrañas conchas.

—Mejor no te vayas, vieja —dijo un tipo—. Eres el bufón más gracioso que ha pasado por el pueblo.

Tal vez de haber habido menos jaleo el hombre podría haber escuchado el leve silbido que emitió aquel bastón en un pestañeo antes de que una descarga de luz surgiera expelida de este y le borrase la cara.

El trueno que acompañó a la detonación erradicó las risas y ensordeció los oídos. La mayoría de los presentes se agacharon. Buscaron qué podía haber sido eso, qué nubarrón había soltado semejante trueno. Comprendieron aún menos cuando vieron caer de espaldas, muchos pasos más allá, el cadáver de aquel tipo. Sonriente y lleno de alegría hacía un mísero latido.

La cartógrafa giró sobre sí misma y no se detuvo hasta que el cañón apuntó al hombre que le quedaba más cerca. Otro fogonazo, otro trueno, otro pobre desgraciado que salía volando, esta vez con el pecho abierto. Una cosa empezaba a quedar clara: convenía salir de allí cuanto antes.

Los primeros gritos llegaron a los oídos protegidos de Kasidra, pero no la distrajeron; ya contaba con que ocurriría. Dio una nueva vuelta sobre sí misma hasta encontrar otro posible blanco: una mujer que le había estado

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escupiendo hasta hacía un momento. Al parecer, al salir corriendo resbaló y ahora pugnaba consigo misma por recuperar la verticalidad. Mala suerte, pues el impacto le dio en la nuca y le reventó la cabeza.

La vieja efectuó otro molinete. Desde su posición ya solo veía espaldas y pies que perdían los calzados por ponerse a salvo. Y nubes de polvo levantadas por las carreras. La villa parecía haber aprendido la lección y dejaba en paz a la extranjera. Ya no era necesario disparar a nadie más, pero, ah, la defensa propia. Quién podría culpar a la pobre cartógrafa.

Volvió a apretar el gatillo.

Vista desde el tejado de la taberna, aquella escena resultaba todavía más irreal. Nyx comprobó que, en efecto, aquellos cuerpos tirados en el suelo estaban definitivamente muertos. Lugareños demasiado intrépidos con un sentido del peligro muy poco realista.

La muchacha nunca había visto nada parecido. Semejante capacidad de matar carecía de toda lógica. Ella apenas había salido de Niño Perdido, por lo que su experiencia era más bien escasa. Pero, aun así, cualquier comparación se le quedaba corta.

«Esfinge».

—Hola de nuevo, amiga —la saludó Kasidra en la distancia. Ahora sí, se apoyaba en aquel artefacto como si fuera un bastón, pese a que le llegaba a la altura de la axila. Y, cómo no, sonreía—. Menudo alboroto en un momento, ¿eh? —«¿Alboroto? ¿Esta matanza es un alboroto?»—. Bueno, parece que ahora sí vamos a poder charlar con tranquilidad. ¿Volvemos dentro?

Aquello todavía confundió más a Nyx. Después de semejante demostración de violencia esa señora actuaba como si nada. Le dieron ganas de salir corriendo. Sin embargo, la curiosidad fue más poderosa. Aquella sabionda se había ganado toda su atención. Además, había estado en las ruinas del Bazar.

Nyx se bajó de un salto del tejado y la acompañó al interior de la taberna.

El establecimiento estaba, como era de esperar, vacío. Allí solo quedaba el tabernero, que escondido tras la barra pedía que, por la piedad de los Cinco, no le hicieran daño. Ni a él ni al local, a ser posible. También estaba Jris, el bardo, que fracasaba de forma cómica a la hora de esconder

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su corpachón contrahecho tras sus instrumentos. Kasidra ignoró a ambos. Tomó una jarra abandonada con la mano que no llevaba el bastón y se sentó en un banco que juzgó cómodo. La mochila siempre pegada a su espalda. Dio un trago y, por su expresión, quedó satisfecha.

Nyx se aproximó sin prisa, vigilando en todo momento los movimientos de la señora. Esta se mostraba relajada, con una seguridad que ya querrían muchos para sí. No parecía estar tendiéndole una trampa, pero, visto lo visto, mejor si mantenía los ojos abiertos.

«Nunca te fíes de una señora».

La caminante se aseguró de que aquel artilugio lanzador de truenos no la apuntaba. Luego se sentó. Kasidra captó su interés por el arma.

—Tranquila, querida, no voy a hacerte nada. No a ti.

La joven pasó los ojos del artefacto a la cara de aquella extraña mujer.

Luego los devolvió al lanzatruenos.

—Usas los halos —aseguró Nyx.

—Vaya —exclamó la cartógrafa—, sí que eres perceptiva.

En realidad no lo era, pero esa vez sí que pudo ver cómo la extranjera buscaba algo en la Umbra justo antes de disparar. Y creyó intuir que los halos se consumían a su alrededor.

«Un momento, ¿cómo he podido distinguir eso?».

¿Había sido capaz de ver con claridad en la Umbra a más de once varas de distancia? No podía ser. Y, si lo había hecho, desde luego que había sido sin darse cuenta.

—Una caminante bien preparada, como debe ser —afirmó Kasidra. Escuchar la palabra «caminante» saliendo de la boca de la vieja

devolvió a la muchacha de una patada a la realidad. Nyx examinó cada arruga de la cara de la anciana para tratar de averiguar qué se le pasaba por la cabeza. Y, como siempre que hacía eso, fracasó.

—Calma, bonita, tu secreto está a salvo conmigo.

—Pero no con el hijo de puta que te lo ha contado a ti —le espetó Nyx. Esto hizo que la cartógrafa rompiera a reír. Hasta este preciso instante,

la joven casi había olvidado lo odiosa que le resultaba.

—Además de perceptiva eres graciosa. Y guapa, ya lo creo.

La muchacha compuso una mueca de fastidio que mutó en asco. Su reacción habitual a los cumplidos, vinieran de quien viniesen.

—Vale, vale. ¿Y si te digo que el pobre diablo que me lo dijo ya no se lo podrá contar a nadie? —«¿Se habrá cepillado al capellán? Nah, solo se

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está chuleando, la muy asquerosa»—. Sí, puedes creerme. Aquel pobre paria que me lo contó estaba muy malherido. Alguien lo había dejado tirado en mitad del Páramo, atado a una carreta, rodeado de cadáveres. —«Ah, vale, ese tipo. Bien»—. Seguro que sabes de lo que hablo. Murió al poco de contarme tu secreto.

«Sigue sin explicar cómo sabes que se refería a mí».

Nyx se removió en el asiento. La presencia de la cartógrafa le resultaba demasiado intrusiva. La rechazaba, la empujaba, la obligaba a retraer la mirada. No aguantaba esos ojos añosos por mucho rato.

—Una bruja tan veloz como Ndhasis —empezó a decir la vieja imitando una voz desvalida y moribunda—, capaz de aparecer y desaparecer a su capricho, que en lugar de brazos tiene afiladas cuchillas y cuya sed de sangre no conoce límites. —«Suena a mí, sí»—. Todo lo que le faltaba de talla le sobraba en fiereza. Su cabellera morena ondeaba como la bandera del ejército de la muerte. Porque era el heraldo de la destrucción. Mirarla a la cara suponía el final. Primero te enamoraba y luego te arrancaba el alma. Era terrible y preciosa como ninguna otra criatura que hayas visto antes.

«Ningún puto paria habla así. Ah, vale, que me está vacilando. Puta vieja de mierda».

—¡Bueno, vale ya con la bromita, coño, la Ténebre que te parió! — vociferó la caminante.

El ataque de risa que le dio a la anciana amenazaba con partirla en dos. Si alguna vez Kasidra corrió el mayor riesgo de llevarse una cuchillada por parte de Nyx, fue entonces. La joven se puso en pie airada.

—No, no, por favor, quédate —consiguió decir la señora mientras recuperaba la compostura—. Por favor te lo pido. Voy a ofrecerte algo que estoy convencida de que te interesa.

Nyx no se sentó, pero permaneció en el sitio expectante. Fue entonces cuando advirtió que dentro del cañón de aquel bastón endemoniado brillaba un cristal pulido como el que le entregó el capellán. Una gema. No se permitió observar aquello con más detenimiento por no despertar el recelo de la anciana. La cicatriz le picaba con insistencia.

—Te necesito —dijo la cartógrafa recomponiéndose—. Vengo buscando una cosilla y sé dónde encontrarla en este pueblo. Aunque para ello requiero los servicios que solo alguien con tus dones puede ofrecerme.

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La muchacha no varió ni un dedo la postura. Observarla desde arriba, ella de pie y la vieja sentada, le daba seguridad, la calmaba.

—Ha llegado a mis oídos que en cierto lugar de Niño Perdido se esconden campos de metal, de materia y puede que más. Un centro de trabajo, quizá. —«No hay de eso aquí, te han estafado»—. Sé de buena tinta que allí también se guardan objetos manufacturados de gran calidad.

Nyx resopló de pura incredulidad.

«Sí, ya, en Niño Perdido, seguro. Y qué más».

La cartógrafa se la quedó observando con un gesto que era jocoso o desafiante, la muchacha no sabía ni quería interpretarlo.

—Está bien que no me creas, no pasa nada —dijo—. Tú solo acompáñame y lo verás por ti misma.

—¿Por qué no entras a tiros y terminas antes? —preguntó la joven atropellándose.

—A veces la vida es más fácil con una caminante a tu lado — respondió la extranjera con media sonrisa que se hizo entera cuando completó la frase—: Podrás llevarte lo que desees de allí dentro. Menos aquello que busco y que requiero para mí, claro. Lo demás es tuyo. Lo que puedas cargar en ese bonito gabán que llevas. —«Así que al final todo se reduce a mangar, ¿eh? Vaya con la cartógrafa»—. ¿Qué me dices?

«Me lo tengo que pensar».

—Vete a la mierda, vieja puñetera.

Nyx se dio media vuelta y se marchó.

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Sudario Negro se camuflaba con el paisaje casi a la perfección. Era la típica localidad en medio del Páramo donde no se sabía si las casas imitaban la forma del terreno o si era este el que las invadía y se convertía en ellas. Fijándose muy bien, se podían distinguir algunos elementos sueltos, algún tejado, alguna chimenea, ventanucos, puertas, pero todo dominado por el desequilibrio, las formas angulosas, el azar. Se requería que el viajero estuviera habituado al paraje, o que al menos tuviera bien entrenado el ojo para no invadir sin querer un corral o meterse en una cocina.

Algo así les habría ocurrido a Maia y Wylar de no ir acompañados por los otros miembros de la caravana. Estos comenzaron a despedirse y desbandarse cuando los soldados seguían pensando que estaban en mitad del yermo. Pero ya habían llegado.

—Esfinge —exclamó en voz baja Wylar al darse cuenta de que se adentraban en una calle.

Maia descubrió las que parecían las puertas de dos casas. Y justo entre ellas un parche de terreno donde el suelo se volvía más blando y oscuro, más esponjoso. Despuntaban unas piedras negras que un par de parias se afanaban por desenterrar.

«Un campo de materia», se dijo.

A poco que avanzaban, descubrían más y más elementos. Su asimilación al Páramo era absoluta.

—Paletos —comentó Wylar sin cuidarse demasiado en bajar la voz. Maia pensó que tenía razón. Sin embargo, también creía que una

actitud menos arrogante los ayudaría a encajar mejor en aquel pueblo de mala muerte. Sin duda, el efecto revigorizante de la Furia se le había pasado. Volvía a ser la responsable representante de la Princesa.

—Todos tienen pinta de paria aquí —volvió a decir el arquero.

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—Lo serán —respondió ella en un tono más bajo—. Pero no olvides que estos son tan súbditos de la Princesa como nosotros.

La soldado se señaló el broche de la capa. Wylar se la quedó mirando con un gesto ácido.

—Casi que te prefiero borracha de Furia.

Maia no se quedó muy conforme con la respuesta de su compañero, aunque prefirió dejarla pasar. Su preocupación estaba ahora en encontrar un sitio donde descansar; una cama contenida bajo un techo y cuatro paredes. Y si antes comían algo caliente y bebían algo que no fuera agua amarga, mejor que mejor.

Hicieron un par de intentos fallidos de preguntar por una posada a los aldeanos. Estos, o bien no se fiaban de foráneos armados, o tenían auténticos problemas en hacerse entender. De modo que los soldados decidieron seguir su instinto. Al fin y al cabo, Sudario Negro era un simple villorrio que recorrerían en un momento. De modo que tomaron la calle con mayor afluencia que encontraron y la siguieron.

Los lugareños guardaban las distancias a su paso, los vigilaban desde una posición que consideraban segura, dejaban de conversar para estudiarlos y, en cuanto pasaban de largo, cuchicheaban a sus espaldas.

—Pues qué bien —comentó Wylar.

—Nada que no hayamos visto antes.

—Ya, pero ¿es cosa mía o cuanto más nos alejamos de la civilización más viles se vuelven los pueblerinos?

Maia no contestó. O en realidad fue que el sonido que le salió de la boca no se podía considerar una forma de comunicación. Prefirió seguir adelante en silencio. Por un lado, estaba encantada con la idea de infundir respeto. Pero, por otro, atraer la atención de esa manera no la hacía sentirse cómoda. Podría atraer problemas.

Wylar, por su parte, pronto desconectó de los aldeanos y comenzó a pensar en sus propios asuntos. Tal vez no era la actitud más adecuada para un soldado, quien debe estar preparado ante cualquier imprevisto. Aunque él tampoco era el ejemplo de militar modelo.

«Estoy rodeado de parias y zarrapastrosos —se dijo—. Y yo soy fuerte, voy armado y tengo el don. ¿Qué me va a pasar?».

Pronto la calle dio lugar a un espacio irregular que se dejaría llamar plaza. Allí habían levantado un mercado que sorprendía por su concurrencia. Los guerreros no esperaban encontrar semejantes

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aglomeraciones en un pueblo que casi estaba al final del mapa. Ni tampoco tanta variedad de productos.

Allí daba la fachada de un edificio, el primero que veían que era independiente del terreno. Se trataba de una casa de dos plantas que pretendía ser un palacio, pero que carecía de empaque y, sobre todo, de tamaño. Pese a ello, sobresalía entre el resto, con la ayuda de la recia torre sobre la que se apoyaba. Quedaba claro que la torre, mucho más maltratada por el tiempo, era muy anterior al resto de las casas. Puede que incluso al propio pueblo. En la cara que miraba a la plaza, muy cerca de la parte superior, había sufrido un derribo parcial. Tenía un reloj hecho de un metal tan deslucido y desgastado que casi había perdido la luminosidad. Su única aguja apuntaba hacia abajo, por lo que, más que dar la hora, daba la impresión de estar caída, inmóvil en mitad de las once horas.

Maia y Wylar trataban de dilucidar si aquella antigualla funcionaba o si daba la casualidad de que era esa hora, las cinco y media, cuando algo les llamó la atención. Acólitos de la Palabra. Tres, pero sabían que habría más. Siempre había más.

En la Torre residía la comunidad de acólitos más numerosa de toda la Desolación, solo por detrás del Foso, quizá. Pero era tanta la gente que se arracimaba en la capital que pasaban desapercibidos. En un villorrio como Sudario Negro, once abultaban lo mismo que mil.

«Mierda».

Allí los tenían, con esa postura encorvada que pretendía simular humildad pero que no era más que un pretexto para llevar aquellos garrotes. Sus hábitos se suponían claros, pero eran indistinguibles del suelo. Sus cabezas, en cambio, siempre iban afeitadas con total pulcritud, algo que maravillaba a Maia; ella no era capaz de semejante apurado alrededor de su cresta. Reflexionaba sobre ello cuando los acólitos se percataron de su presencia.

Como obedeciendo una orden dada por el mismo Patriarca, dejaron lo que estaban haciendo —acosar a un par de transeúntes pidiendo limosna— y se dirigieron hacia los soldados. En realidad, solo lo hicieron dos de ellos, pues el tercero se perdió entre la muchedumbre. Maia y Wylar comprendieron que había ido a por refuerzos.

«A la mierda la discreción».

Se mantuvieron erguidos a la espera de ser abordados. Los guardianes de la fe se acercaron con su pose servil, los hombros encorvados, la cabeza

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agachada desde donde los miraban con ojos ávidos.

—Benditos sean los Once, mirad lo que trae la divinidad a este modesto pueblo —dijo el que podría ser el líder—. Viajeros desconocidos.

—No somos viajeros —se apresuró a contestar Wylar. Ambos habían acordado que era mejor si él se encargaba de hablar en situaciones como esa. Aunque era posible que Maia no estuviera del todo de acuerdo—. Somos exploradores de la Torre. La Princesa en persona nos manda.

—La Palabra no tiene interés en asuntos mundanos —dijo el otro acólito mostrando la palma de una mano toda callos y roña.

«Decir que no le interesa lo mundano para a continuación pedir limosna es una forma muy poco lógica de actuar», pensó Wylar. Su compañera se removió a su lado y él le imploró calma con un leve toque en el brazo; en concreto, en ese bíceps sobredimensionado.

El arquero estuvo a punto de preguntarles qué querían, aunque de sobra conocía la respuesta. Y él, con su escueta paga de soldado, no se sentía nada dispuesto a aflojarles ni un par de arandelas. Justo entonces aparecieron por un flanco dos acólitos más. Ahora casi estaban rodeados. La guerrera encaró a los recién llegados con un gesto que no invitaba a la fraternidad. Wylar tomó aire antes de volver a hablar:

—Vamos a seguir con nuestro cometido.

—Y nosotros seguiremos con el nuestro —dijo el que seguro que era el líder.

Y, dicho esto, insistió en la mano pedigüeña. Por descontado, ningún acólito se movió del sitio. Maia empezaba a dejar espacio para desenfundar rápido el hacha. Wylar sabía que usar el arco estaba descartado, de modo que a él solo le quedaba la opción del cuchillo de combate que descansaba en su vaina debajo de la capa de viaje. Demasiado complicado de sacar sin llevarse un porrazo en el proceso. Y arriesgado, teniendo en cuenta que había pasado horas desde la última vez que consumió Furia. De cualquier forma, él aún confiaba en solucionar la situación sin derramar sangre.

—¿Teméis la cólera de los Seis? —preguntó el líder acólito antes de que el arquero pudiera hablar—. ¿Moráis bajo la protección de los Cinco?

—Sí, y también —contestó Wylar.

Cuando llegaron otros tres acólitos el jefe se envalentonó y se acercó aún más.

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—No suenas convincente —dijo—. No parecen convincentes, ¿verdad, hermanos?

Estos contestaron que sí y que no. «No» porque no parecían convincentes, «sí» porque le daban la razón. Era confuso, pero seguía siendo señal de que se acercaba un conflicto.

—Traemos el sello de la Princesa —se apresuró a decir Wylar señalando el broche de su capa.

—La Palabra no tie…

—Sí, ya sé que la Palabra no tiene interés en los asuntos mundanos — lo interrumpió Wylar—, pero si obstruís a los enviados por la autoridad, tu superior no estará complacido. ¿Quieres que le diga a tu capellán que sus esbirros interfieren la labor de la ley?

—No hay más ley que la de la Palabra.

—Y de igual modo, tu capellán te encerrará en una celda si te pasas de listo —respondió raudo Wylar antes de que a Maia se le soltase el brazo.

A ella le entusiasmaba la forma de hablar que a veces tenía su compañero. Desde luego, era mucho más hábil con las palabras que con el arco. Hizo saber su satisfacción con una risotada contenida. Esto pareció herir el orgullo del jefe de los acólitos.

—No hace falta acudir a los superiores por algo que podemos solucionar entre nosotros. —Su tono sonaba a amenaza.

Maia agarró el asta del hacha. Wylar la tuvo que sujetar con una mano sin darle la espalda al acólito jefe. Y no era fácil asir semejante musculatura. Los clérigos también se prepararon para lo peor.

—Vayámonos, hermanos —dijo el líder al cabo de unos latidos—. Sigamos la tarea divina que la Palabra nos ha encomiado. Pero no perdamos de vista a estos emisarios de la guerra y la desdicha. Los forasteros son volubles y nunca se sabe qué andurriales transitan los enemigos de los dioses.

«Eso, tirad —se dijo Wylar para sí, muy tentado de hacerlo en voz alta —. Y que os arrastre la Oleada».

Todavía tardaron unos instantes en retirarse, pero terminaron haciéndolo. Los dos guerreros los siguieron con la mirada hasta que se confundieron con la multitud.

—Menos mal que me has parado —dijo Maia todavía con la mano aferrando el mango del arma—. Te juro que le iba a rebanar la cabeza a uno.

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—Un día de estos te voy a dejar a tu aire, a ver qué pasa.

Ella se rio.

—Pues lo mismo te llevas tú un hachazo.

—Ya me los das cada vez que levantas el ala —contestó el arquero, media sonrisa en el rostro.

Una interrogación se dibujó en la cara de la guerrera. Luego se inclinó para acercar la nariz a una axila y comprendió.

—Gilipollas.

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La caminante había dejado caer la capucha hasta quedar cubierta y aislada del exterior. Sentada en aquel promontorio por encima de los tejados se hallaba fuera del alcance de miradas fisgonas. Tal vez aquella no era la atmósfera idónea para investigar en la Umbra, pero se había cansado de la posada, sus continuas interrupciones, sus precios abusivos y la escasa calidad de sus platos.

Pero era sobre todo por los entrometidos. Los demás la agotaban con su cháchara, sus impertinencias, sus preguntas, sus opiniones intrascendentes, sus asuntos que no le importaban a nadie. Notaba cómo le robaban la energía. Si no caía rendida cada vez que interactuaba con un desconocido, se debía a que se había propuesto no volver a permitirlo. Dejar a quien fuera con la palabra en la boca le resultaba de lo más edificante.

En un principio, había intentado ser una más dentro de la sociedad. Y había fracasado. No los entendía, no comprendía qué querían, por qué se molestaban tanto en hablar de cualquier cosa que, en realidad, no importaba en absoluto. Llegó a la conclusión de que los movía el interés.

En las conversaciones, en realidad no había intercambio alguno. Solo era un combate para ver quién podía sacar más del otro. Y si era sin aportar nada, mucho mejor. Ese interés era el que movía a la gente. Todos planeaban algo, escondían motivos, buscaban saciar algún anhelo. No había altruismo, esa era una gran mentira que todos se encargaban de mantener para no sentirse culpables. La sociedad era un mito, un bulo, una entelequia; el bien común constituía una gran estafa. Solo pensar en ello ya agotaba a la caminante.

Lo que más rabia le daba era que ella no era así. Ella no le pedía nada a nadie, no estaba interesada en nada de lo que los demás tenían que ofrecer. Si quería algo, se lo procuraba por sus propios medios. De modo que no entendía por qué los demás no hacían igual.

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«Porque es más fácil succionarle la energía al prójimo, por qué va a ser».

Nyx podía llegar a comprender eso mientras a ella la dejasen en paz. Pero no era así. Siempre venía alguien a requerirle algo. Todos querían usarla. Y a nadie le importaba ella, ni su situación, ni sus problemas.

«Porque no voy por ahí recordándoselos a todo el mundo constantemente».

Había dicho basta. Se negaba a colaborar en ese sistema absurdo, esa red de gente hipócrita e interesada que solo buscaba beneficiarse. Claro, eso la convertía a ella en la rara, la estúpida, la perversa, la marginada.

«Pues muy bien, que así sea; que se los coman los Grises a todos, joder».

La joven resopló. Aquel no era el mejor humor para practicar su percepción en la Umbra. Daría igual que se tapase los ojos con un pañuelo.

No fue capaz de hacer retroceder aquella bruma pálida que se afanaba en cubrirlo todo. Cuando lo conseguía, era de forma temporal. No había vez que no apareciera algo que la distrajese; una libélula, el picor en la cicatriz del rostro, el vuelo de un demonio que pasaba a lo lejos bajo las nubes.

«¿Otro demonio en tan poco tiempo? ¿Será esto una señal de que se aproxima la Oleada? Esfinge».

Y, sobre todo, un pensamiento intrusivo y recurrente. Porque desde que apareciera aquella vieja, esa cartógrafa que iba por la Desolación haciendo un mapa, no se quitaba de la cabeza las ruinas del Bazar. Hacerse con su cristal personal, robárselo a Naaga. Y huir con él al único sitio donde nadie le pediría cuentas. Donde podría existir en paz. Libre.

«Las ruinas del Bazar —se repetía—. La Tumba del Tratante».

No tenía ni idea de cómo podría ser. Ni siquiera había visto una ciudad. En su vida había salido de las inmediaciones de Niño Perdido. Tampoco estaba segura de si aquello era real. De si ese lugar estaba de verdad gobernado por parias y desheredados. Ella quería pensar que sí. Tenía que ser que sí.

Con semejante jaleo en su cabeza, aquella sesión de prácticas al otro lado del Velo estaba condenada al fracaso. Chistó con la lengua.

—Por todos los nombres prohibidos —masculló.

La caminante se arrancó el pañuelo con rabia y lo lanzó al polvo. Se maldijo a sí misma y a cualquier otro pensamiento que tuviera la dicha de

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cruzarse por su mente en aquel momento. Rechinó los dientes. Escupió. Una única idea se impuso en su cabeza: jamás podría ser una buena caminante.

Y también que Sólomon tenía razón.

«El puto Sólomon. Viejo de mierda, así te lleven los Ténebres».

Y era más doloroso cuando pensaba que, de seguir así de pobre su percepción, ella sería vulnerable. Algún día se cruzaría con alguien más experimentado que supiera usar los halos mucho mejor y ahí terminaría su triste existencia. Destripada, desangrándose en cualquier rincón.

No solo eso, sino que jamás tendría las herramientas para ganar su libertad. Seguiría atada a Niño Perdido porque su cristal personal tenía dueña. Una cruel y salvaje que, para colmo, estaba medio loca.

El capellán le estaba ofreciendo la posibilidad de ser libre. Ella no sabía cómo lo lograría, aunque se hacía una idea: eliminando a Naaga. No obstante, eso no solucionaría el problema, ya que tendría que aparecer otro que se hiciera cargo del cristal, porque ella no podía ni acercarse a este. Le quemaba, le causaba fatiga y náuseas. A todo el mundo le pasaba eso. Era lo que hacía imposible ser libre del todo; lo que convertía la idea de una ciudad como el Bazar en una quimera.

Pero ella quería creer. ¿Qué otra cosa le quedaba? Tenía que intentarlo.

Nyx llenó los pulmones. El aire limpio y frío no le refrescó las ideas. En su interior seguía desatándose aquella tormenta que no la dejaba tranquila. Necesitaba tomar una decisión.

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El viento soplaba con una intensidad especialmente cruel. Era Kalaamis el renegado, quién si no. En su silbido se podía oír cómo gozaba con el caos. Lem sintió genuino agradecimiento cuando la maestra Simila le indicó el portal donde debían entrar. Ella seguía a su cargo, así como del resto de los componentes de esa comitiva, todos estudiantes de augur. La maestra recibía los encargos, conducía a sus pupilos, cobraba los servicios y, siempre que podía, observaba las sesiones. Y aunque durante la lectura del porvenir permanecía muda, nunca dejaba de evaluar, ni de castigar, tan pronto como tenía ocasión.

Esa vez volvía a tocarle al muchacho la supervisión de su maestra. Según sus propias cuentas, era algo que se repetía con demasiada frecuencia. La detestaba, y sabía de sobra que el sentimiento era mutuo; sin embargo, para ella siempre quedaba el aliciente de castigarlo y, si era posible, humillarlo.

Con unas perspectivas tan poco atractivas, el joven penetró en la vivienda. Un hedor a humedad y a cerrado lo abofeteó nada más atravesar la puerta. Lo típico, por otra parte. Aquella casa era uno de esos lugares que nunca dormían. Siempre había alguien por aquí o por allá, turnándose con los que habían salido a trabajar, aprovechando esas horas de descanso para arreglar sus propios asuntos, para dormir. Una madriguera humana donde hacinarse y, en algún momento más cercano que lejano, caer muerto.

El espacio se distribuía en un pasillo raquítico, al que daban muchas puertas, demasiadas para tan poca casa. Al fondo se levantaba una escalera que más que subir trepaba hasta el primer piso o el desván, donde seguro que se agolpaban colchones, bacinillas, cajas y mugre, mucha mugre.

Un hombre los estaba esperando en la puerta de su cubículo. También joven, con un gesto de incertidumbre como el suyo; con la certeza de que la vida lo trataba de la peor manera. Igual que a él.

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Lem pasó a la minúscula habitación justo detrás de la maestra. Allí dentro, la falta de ventilación obraba lo que parecía imposible, que apestase más que el resto de la casa. Respirar era un castigo. Sin embargo, bien sabía el muchacho que solo quedaba apretar los dientes y aguantar hasta que llegase el momento de salir. El trabajo de augur era un oficio, pero también un servicio a la comunidad, para mayor gloria de la Palabra, única fe verdadera.

Un débil fuego culebreaba en un único recipiente de metal, una especie de pebetero que descansaba en uno de los pocos huecos libres del suelo. El resto, atestado de objetos, cajas y sombras danzantes, dejaba poco aire y proporcionaba una tremenda sensación de asfixia.

—Siéntese —dijo el joven ofreciéndole a Lem un taburete de tres patas y dimensiones ridículas.

«Me habla de usted».

El estudiante de augur miró a la maestra, que se encontraba casi pegada a él dado el reducido espacio. Ella accedió y el joven se sentó en el taburete, que era tan incómodo como prometía. Tras pugnar un instante por no perder el equilibrio, se quedó a la espera. Allí sentado, con el hábito blanco cubriéndolo por completo, parecía un bulto informe. Se asemejaba a un colmillo que ha perdido la punta. O al dedo sobresaliente de un gigante enterrado.

El tipo, justo enfrente, se sentó sobre los talones. Parecía listo para lo que venía.

—El porvenir me aguarda —pronunció.

—El porvenir manda —replicó Lem.

Conocía lo suficiente esa fórmula como para no trabarse, lo que era importante delante de Simila. Empezaba bien, para variar.

—Solo soy un mortal.

—El porvenir guía.

—Tengo las manos vacías.

—El porvenir destruye.

—Si es mi destino.

—El porvenir cumple.

—Sí, es mi destino.

A continuación, el solicitante descubrió su brazo izquierdo por encima del codo y se lo ofreció a Lem. Justo debajo, las llamas amenazaban con chamuscarle los vellos. El estudiante tomó la Hoja del Destino que le

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tendía Simila. Se relamió al contemplar la belleza de ese filo translúcido. Letal y hermoso. Sin necesidad de medir demasiado, realizó dos cortes en la carne que formaban una «X» en el antebrazo. La sangre no tardó en brotar, limpia y brillante. Pronto se formó un hilo negro sobre la piel pálida. Y de ahí la sangre cayó pesada en un vaso preparado para ello. Ambos observaron el proceso. Para Lem resultaba hipnótico ver cómo el líquido vital fluía.

Esto llevó unos momentos. El desconocido miraba expectante al aprendiz de augur. Como este guiaba la ceremonia, era quien debía decir cuándo parar. Pero no estaba por la labor, embelesado con el fluido oscuro que llenaba el recipiente. Se hubiera demorado mucho más de no ser porque la maestra estaba allí con él. Lem por fin indicó que era suficiente.

El solicitante se llevó un trapo al corte, lo envolvió con cuidado y, ahora sí, se sentó en el otro taburete. Desenrolló un trozo de tela virgen junto al fuego, mojó el cálamo en su propia sangre y comenzó a escribir. Una caligrafía pobre, entorpecida por la pésima postura.

«Demasiado que este miserable sepa escribir».

Redactó tres líneas, más que suficiente para lo que se necesitaba. Una vez que hubo terminado, le dio la vuelta a la tela y se la ofreció ceremonioso al augur.

«Soy un devoto siervo de los Once y sus Cinco Preceptos que trabaja con ahínco para el señor Patriarca, as del Foso, como ebanista en la calle de los Tres Internos», leyó Lem.

Aquella era letra torcida y trémula del que no está acostumbrado a manejar un cálamo. Las faltas de ortografía habrían horrorizado a un escriba, pero, claro, este joven no requería la escritura para su día a día. Era un trabajador, un especialista nacido bajo el signo de la Bendecida que usaba los halos para transformar la materia en madera.

En ese momento, de ir todo como se suponía, debería desenmarañarse la trama del porvenir ante los ojos de Lem. Aquellos trazos de sangre cobrarían significado y mostrarían respuestas inequívocas sobre el futuro del solicitante. Sin embargo, lo único que él entendía era lo que le mostraban sus ojos. Nada más. Y en lugar de la iluminación, su mente jugaba a barajar la información que manejaba sobre aquel desdichado.

Se trataba de un trabajador pobre, pero tal vez dueño de su propio destino. A lo mejor, bajo tantos cacharros, incluso se encontraba escondido su propio cristal personal. Tenía dinero para permitirse vivir solo en una

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habitación cuando lo normal en el Foso era compartir hasta el orinal. Podía pagarse la visita de un augur, aunque solo un aprendiz. Le faltaba confianza en sí mismo y, a juzgar por cómo lo miraba, el miedo era intenso en él. ¿O era otra cosa? ¿Odio? ¿Resentimiento?

El aprendiz echó un rápido vistazo a su alrededor. Los muchos bocetos de tronos que atestaban las paredes podrían indicar el tipo de encargo en el que trabajaba; o en el que le gustaría trabajar. También le daba pistas el hecho de que una toga permaneciera colgada de una percha, planchada, limpia e impecable, a diferencia del resto de ropajes tirados por cualquier sitio.

«Es miembro de la hermandad de la Bendecida. Es perfeccionista, abnegado. Y a lo mejor es capaz de cualquier cosa con tal de ascender y conseguir la vida que cree que merece».

Y eso era todo con respecto a su cubículo. Lem sospechaba que podría encontrar jugosos detalles del individuo en su caligrafía. Sabía que cada persona escribía de una forma distinta y que los trazos variaban dependiendo del momento que se estaba viviendo. Era una lástima que no supiera de ningún manual que pudiera darle más pistas sobre eso. Tendría que investigarlo más a fondo.

Se quedaba sin tiempo. Simila seguía callada, imperturbable, pero su mera presencia ya era recordatorio suficiente de que debía ser eficaz. Ese constituía el principal problema de Lem: se veía capaz de inventarse algo o, al menos, de tirar un anzuelo a ese tipo para que le diera alguna pista de lo que estaba buscando. O de lo que le gustaría oír.

El estudiante le echó un último vistazo al escrito, por si acaso los dioses tenían a bien concederle in extremis la clarividencia. Tal y como esperaba, nada. Como si quería mirar a aquello del revés, era inútil seguir obligándose a comprender. Inútil y agotador. El horrible hedor volvió a inundarle las fosas nasales antes de comenzar a hablar.

—Va a llegar a buen puerto esa oportunidad laboral —dijo Lem de sopetón, tras trabarse un poco al principio.

«Estoy mintiendo otra vez —se dijo—. Y delante de Simila». —¿Oportunidad? —preguntó el muchacho—. ¿Se refiere a que me

concederán el proyecto de Ygoletta?

Aquello era demasiado fácil.

—Exacto —respondió. Pese a la satisfacción que sentía, no evitó el tartamudeo—. Y un trono.

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—¿Un trono? ¿En Ygoletta? —preguntó con una voz que contenía más extrañeza que ilusión.

Se había arriesgado demasiado.

—Sí, es posible que ahora no tenga mucho sentido, pero te aguardan sorpresas —contestó el augur con voz entrecortada—. Lo sabrás muy pronto.

El solicitante no quedó del todo satisfecho, pero tampoco puso reparos, lo que fue un alivio para Lem. El muchacho resopló bajo la tela que le cubría la cara. Aunque todavía no podía cantar victoria. Era consciente de que su voz había ido perdiendo seguridad por momentos, lo que lo ponía más y más nervioso.

—¿No hay más? —preguntó el ebanista.

La impaciencia era un buen síntoma, lástima que él se encontrase tan atorado.

—Hay otro que quiere tu puesto —enunció Lem con tanto aplomo como pudo intentando sin éxito no tartamudear.

—¿Otro? ¿Irea? ¿Se refiere a ella?

—Eso es. Otra.

El solicitante se echó hacia atrás con un gesto feo en el rostro. No le estaba gustando aquello. No le estaba gustando Lem. Por descontado que al aprendiz de augur tampoco le estaban convenciendo los derroteros que seguía esa lectura. Tenía que hacer algo.

—Van a cargar contra ti —se apresuró a decir, mal que bien, Lem—.

Usarán malas artes.

Le habría encantado sonar firme, pero su voz fue la antítesis de la seguridad. Incluso soltó un gallo. El ebanista frunció el ceño y abrió mucho los ojos.

—¿Qué malas artes?

El hombre había comenzado a levantarle la voz y todo indicaba que estaba a punto de dejar de hablarle de usted. Lem se hizo pequeño de repente.

—La senda del porvenir transcurre por parajes brumosos —contestó el aprendiz atropellado.

Se trataba de una de las muchas fórmulas que solían usar los augures para referirse a la dificultad de dar detalles concretos acerca del futuro. Y en casos como ese, para salir de un aprieto. Sin embargo, el solicitante no

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se dio por satisfecho. Todo lo contrario. Gruñó. Hasta amagó con levantarse. Si no lo hizo fue porque la mano de la maestra se lo impidió.

—La senda del porvenir transcurre por parajes brumosos —repitió ella sí con aplomo. Con el peso de un contrafuerte.

Eso sí pareció entenderlo el ebanista. Si iba a lanzar alguna acusación, cambió de idea.

—¿Eso es todo? ¿No hay nada más? —preguntó con fastidio, cuidándose de no volver a perder las formas.

—Nada más —contestó Lem.

Fue la primera verdad que dijo desde que la sesión diera comienzo. Ese, no obstante, era un dato irrelevante. Lem se puso en pie casi de un salto y se volvió hacia la puerta. Le faltaba el aire en el pecho, tanto que no se dio cuenta de que se le enganchaba el faldón el taburete y lo mandó al suelo. Se apresuró a la puerta y agarró el pomo.

—Espera —dijo Simila a su espalda.

Lem se dio media vuelta temiéndose lo peor. Allí se encontró con una mano llena de resplandecientes tuercas: el pago por la lectura del porvenir. Las tomó y, sin contarlas ni agregar nada más, se marchó. Le habría tocado enunciar otra fórmula ceremonial, pero se fue de todas formas.

No logró dar una bocanada auténtica hasta que no puso los pies en la calle. Y ni entonces consiguió satisfacer del todo su necesidad de aire. Había mentido, había roto sus votos delante de la maestra más repulsiva y estricta de toda la Academia.

«Un momento, me ha defendido», pensó de repente.

No tuvo tiempo de calcular las implicaciones de aquello, ya que Simila llegó a su lado. Traía la habitual cara fúnebre. Ella no podía verle la cara bajo el agamte, pero Lem sentía que esos ojos lo atravesaban sin piedad, lo leían. Era más alta, pero solo porque él persistía en mantenerse encorvado. Ahora la diferencia parecía más acusada que nunca.

¿Qué pasaría? ¿Lo denunciaría a la Inquisición? ¿Lo castigaría? Pero lo había defendido, eso significaba que algo había hecho bien. Aunque, pensándolo mejor, no estaba seguro de ello. Todas y cada una de las cosas que habían salido de su boca procedían de su imaginación, de la interpretación que había hecho de la vida de aquel mindundi. Nada estaba relacionado con el sagrado porvenir.

«Sangre de Arconte, ¿qué significa eso?».

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Mientras él soportaba el chaparrón dentro de su cabeza, Simila no dejaba de observarlo con una mueca que mutaba más y más en desaprobación. Y asco. Qué podría estar pensando era un misterio para el muchacho.

Lem quería salir corriendo de allí, regresar a la seguridad de la Academia, donde los fallos solo suponían castigos y humillaciones, no la pérdida del pellejo a manos de los inquisidores. No obstante, tenían que esperar al resto de los compañeros, que, por lo visto, seguían con sus respectivos solicitantes.

Entretanto, la maestra lo miraba mientras negaba con la cabeza, tan despacio que daba miedo solo de pensar a qué se podía estar refiriendo, qué era eso de lo que renegaba. Se apartó por un momento del lado del joven. Se giró hacia el portal por el que acababan de salir y, al ver que nadie observaba y que las ventanas que allí daban estaban vacías, le soltó un único pescozón a su pupilo que sonó sordo y dolió como si esos nudillos estuvieran recubiertos de metal.

Pero la reprimenda se quedó ahí.

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Empujada por el viento, la ceniza se colaba a ratos por la ventana. La acompañaban el lamento de Phasis y una claridad melancólica que no lograba que la sala de la Verdad dejara de ser el mismo lugar de siempre, lóbrego, inhóspito y frío hasta el desagrado. Eso era en realidad lo de menos para los asistentes: un tipo bajo, contrahecho, pero de miembros recios, barbudo, cubierto de una piel escamosa, con la cabeza repleta de pinchos que destacaban por entre una tupida pelambrera y que, sin lugar a dudas, estaba a cargo de los otros dos que había a su lado. Estos, indecisos y aturdidos, apenas llenaban las ropas que vestían.

Frente a ellos, sentado en una posición más elevada, como una obvia metáfora de poder, Sólomon examinaba sus dos cristales. Tras la máscara era imposible adivinar qué podía estar pensando; por qué se tomaba tanto tiempo en dar una respuesta. Una polilla revoloteaba alrededor del metal que le cubría la cara sin comprender por qué la atraía tanto ese fulgor. Al capellán parecía no importarle, volcado como estaba con lo que tenía entre manos.

—Son parias —sentenció al rato.

—No puede ser —se quejó el barbudo—. ¿Los dos?

—Los dos —contestó el clérigo a la vez que le ofrecía de vuelta sendos cristales.

—Esto es una ruina —espetó el tipo—. ¿Qué hago yo ahora con otros dos inútiles?

—Ponlos a trabajar, véndelos, cómetelos, lo que sea, pero llévatelos de aquí. Sus nombres son Aati y Pula.

—¿Y qué más da?

El barbudo agarró con desgana los cristales y, luego, mientras juraba y casi blasfemaba, sacó a puntapiés de la sala a sus dos protegidos. Todavía tuvo ocasión de lanzar una mirada de odio al capellán antes de salir, pero eso ya no le importó a nadie.

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Cuando Sólomon se quedó a solas, chasqueó los dedos de una mano. Un acólito surgió de un rincón con presteza y se arrodilló en los escalones a un lado de la silla de la Verdad. El anciano se cuidó de hablarle en susurros, el metal de la máscara pegado a la oreja del subalterno, el brillo reflejándose en la cabeza afeitada y reluciente. El acólito abandonó de inmediato la estancia por una puerta que quedaba fuera de la vista.

—¿Fue eso lo que hiciste conmigo? —preguntó Nyx de sopetón.

Su voz sonó áspera y salió de la nada. Sólomon se volvió con calma hacia su el lugar del que procedía: un rincón hecho de sombras donde se vislumbraba a la caminante.

—Vaya —dijo el capellán sin mostrar sobresalto—. Estamos hoy de buen humor. No te esperaba.

El anciano aguardó unos instantes. Pronto comprendió que, si no respondía a la pregunta que le había lanzado la caminante, ella no volvería a pronunciarse.

—¿Lo que hice contigo? ¿Te refieres a mentir sobre tu condición para ocultarte y protegerte? —preguntó, y luego dejó escapar una especie de risa tras la máscara—. Sabes de sobra que los caminantes estáis perseguidos —«Ya estamos con los sermones»—. Y también que, como capellán, es mi obligación entregaros al gobierno de Niño Perdido, esto es, al Duque, en cuanto descubra a uno de vosotros. —«Porque sois demasiado peligrosos»—. Porque sois demasiado peligrosos. Sin embargo, comprándoos por el valor de un paria y luego asignándoos el patrón indicado, podéis ser de gran utilidad.

«Y también de gran ilegalidad».

—¿Era alguno de esos dos un caminante? —preguntó Nyx con descaro.

El clérigo calló. Bien porque le habían vuelto a ofender los modales de la joven, bien porque ocultaba algo.

—¿Para qué quieres saberlo? ¿Vas a ir a matarlo si es así? —preguntó con sorna.

«¿Eliminar a la competencia? Mmm, no es mala idea».

Prefirió callarse una vez más.

—No, ninguno de ellos era un caminante. Aunque uno sí que era un hijo de la Bendecida —terminó reconociendo Sólomon—. Con un poco de suerte podremos educarlo en el arte de la orfebrería. Son muy preciados los orfebres en estos tiempos locos que corren.

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«Y una mierda te has jugado el cuello por un puto tuercemetales».

La joven no varió la pose. Se sentía menos expuesta envuelta en el gabán y cubierta por la capucha. Sin embargo, toda la confianza que poseía cuando entró en escena comenzaba a diluirse conforme se acercaba el momento de tratar el motivo que la había traído hasta allí. Se rascó sin querer la cicatriz de la cara, que de repente le picaba. El anciano, como siempre, se percató de ello. Nada se escapaba a esos ojos cegados con metal.

—Es la primera vez que te presentas sin que te haya convocado — terminó diciendo Sólomon.

Había una ligerísima inflexión en su voz que Nyx no supo interpretar, pero que no le gustaba ni una pizca.

«Es la primera vez que te presentas sin que te haya convocado», repitió Nyx para sí con una voz ridícula.

—Vas a aceptar mi propuesta —adivinó Sólomon—. A eso has venido.

La muchacha no movió un músculo. No estaba confirmando aquello. Sin embargo, tampoco lo estaba negando. Pudo imaginar la sonrisa del capellán ensanchándose tras el metal. La rabia le ardió por dentro.

«Ya me estoy arrepintiendo».

—Sé que no eres en absoluto dada a la algarabía, pero tengo que decirte que esto es motivo de celebración. Es la decisión correcta. —La joven se cruzó de brazos. Tampoco iba a regalarse así como así—. ¿Qué pasa?

—Desembucha —le espetó Nyx, que lanzaba las palabras como si fueran sus dos cuchillos.

—Muy bien, al grano; eso es. Necesito que me traigas otra gema — explicó Sólomon.

—¿Otra gema? —preguntó ella con disgusto.

—La de la otra vez estaba bien, de buen tamaño y bien trabajada, pero en esta ocasión, la necesito mayor.

Nyx movió un poco la cabeza a un lado. Las gemas no eran precisamente abundantes. Había tenido que recorrer un buen trecho del Páramo y matar a media oncena de tipos para conseguir la última. Se cruzó de brazos y frunció el ceño.

—Está bien —terminó diciendo el capellán—, te contaré más, demonio de muchacha. El plan es adiestrarte, pulir tus habilidades en la Umbra para que puedas ver y moverte por ella con absoluto dominio, no

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con la torpeza de ahora. Te enseñaré qué es qué al otro lado del Velo. Cuando termine tu adiestramiento, además de conocerlo todo por su nombre, serás capaz de percibir con nitidez. Y ya no solo me estoy refiriendo a alejar esa molesta niebla que te ciega, sino a verlo todo, incluso adonde no llegan los simples ojos. Todo eso te ofrezco.

«Suena de escándalo, la verdad sea dicha. Demasiado bueno».

—Y mi libertad, ¿qué? —soltó ella, de nuevo, sin cariño.

—¿Qué pasa con tu libertad, Nyx? ¿Lo dudas? —«Pues mira, un poco sí. No está lo que se conoce como barata»—. Se nota que hablas desde la ignorancia, muchacha. —Hizo una pausa que a ella se le antojó excesiva

—. Cuando completes tu adiestramiento serás una caminante con plenas capacidades. No habrá fuerza en todo Niño Perdido capaz de detenerte; ni siquiera el propio Duque podrá. Ni, por descontado, yo. Y, aunque pudiera, ¿para qué querría yo privarte por más tiempo de tu libertad? —«No sé. ¿Para seguir utilizándome para tus trabajos sucios, tal vez?»—. Tu liberación, junto con todo lo que aprenderás, será el pago que recibirás por un par de encargos que te voy a hacer. Espero que sepas ver lo generoso que es esto.

«De momento no es más que palabrería, así que tampoco vayas a esperarte una puta ovación».

Nyx no movió un músculo. Tuvo éxito al ocultar sus pensamientos y, sobre todo, sus sensaciones.

—Pero no va a ser tan sencillo —siguió diciendo el anciano ante el silencio de ella—. Llevará un tiempo enseñarte. Y será complicado. Tendrás que aplicarte, jovencita. Ese tiempo que tardemos, y con la ayuda de la gema que me traigas ahora, lo invertiré por mi cuenta en fabricar un endecagóbolo, un objeto arcano que nos permitirá tener acceso a un poder nunca antes imaginado por estos lares. —La muchacha arqueó una ceja. «Esto se pone raro. Cuéntame más»—. Es todo lo que puedo desvelarte por el momento. Ahora, como te digo, necesito una gema más. Y mejor si es bien grande.

«La que te traje ya era enorme, viejo codicioso».

La caminante alzó la vista hacia aquel techo que, visto entre sombras, se antojaba infinito e inaccesible. Pensó en lo mucho que le encantaría ser ese techo y no tener que estar sujeta a los deseos mundanos. Ni los suyos, ni los de Sólomon ni los de nadie.

—Puedes empezar cuando quieras —dijo el capellán.

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Nyx no varió el gesto ceñudo.

—Todavía no me has dicho por qué —dijo seca.

El clérigo se recostó en el respaldo de la silla de la Verdad y soltó el aire con pesadez, una muestra de paciencia que tenía mucho de burla.

«No lo digas; ni se te ocurra decirlo».

—Vaya, vaya, Nyx. Nunca abres la boca, pero cuando lo haces no hay quien te calle.

«Lo tuvo que decir, el hijo de la grandísima puta».

Nyx apretó los dientes. Consideró por un momento qué pasaría si le rebanaba ese cuello pellejudo y blandengue al clérigo. Consiguió mantenerse en el sitio impávida.

—¿No te vale con saber que vas a trabajar para la Palabra, a las órdenes del propio Patriarca? —le preguntó el capellán.

Aquello la trastocó un poco. Ella no era partícipe de los ritos y, si no era para reunirse con Sólomon, procuraba mantenerse lo más lejos posible del templo. Sin embargo, temía a los dioses y procuraba honrarlos tanto como podía, aunque fuera a su manera. Aplacar su ira, que, como bien sabía, podía llegar a ser inabarcable.

—Muy bien, tú ganas —dijo el clérigo tras su máscara—, te contaré un poco más. El objetivo es atacar a alguien muy poderoso. Alguien que se ha demostrado como un tipo impío que no respeta la fe. Un hereje que no se merece el poder que tiene.

—Quieres que mate al Duque —soltó Nyx casi interrumpiéndolo.

Sólomon masculló algo indefinido para acabar con un:

—No seas tan arrogante, demonio de muchacha.

«Seguro que es eso».

Se hizo el silencio en la sala. Phasis volvió a ganar protagonismo, con sus rachas cargadas de ceniza y olor a azufre que penetraban por las ventanas. Nyx se quedó pensativa. Estaba calculando lo que significaría atacar la fortaleza del Duque. En principio, parecía la más suicida de todas las misiones que había llevado a cabo. Aunque le agradaba la posibilidad de sacar de la circulación a alguien así.

—Vayamos por partes. Ya te contaré a su debido momento de qué se trata. —«Es el Duque, ya lo sé, pero, bueno, mantén tus jueguecitos, me da lo mismo»—. ¿Sabes dónde encontrar más gemas? Tengo algunas pistas que…

—No —zanjó la joven.

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Se giró hacia la puerta y abandonó la sala de la Verdad como si fuera Phasis quien la trasportaba. Como si ella misma fuera el propio viento encarnado. Le encantó aquella metáfora elaborada en su mente.

Sabía muy bien dónde encontrar una gema como la que necesitaba Sólomon. O, mejor dicho, a qué cartógrafa se la tenía que arrebatar.

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Un rostro joven, sano, sonriente; una rareza, un delirio que destacaba entre el torrente de luz. Lo sobrevolaba, flotaba por encima de él. Pronto comprendió que lo que en realidad ocurría era que ese joven estaba inclinado sobre su cara. Y él se encontraba tumbado. El chico mostraba una cercanía y una familiaridad impensables, pero Lem lo percibía como algo natural.

Contemplar esa cara desde su lecho lo hacía vibrar con una emoción que no reconocía. ¿Y por qué tanta melancolía? Escuchar su voz lo llenaba de paz, pese a no entender ni una sola cosa de lo que decía; con esos ojos que se entornaban tanto para reír como para llorar.

«No, no llores, por favor», quiso decirle, pero no le salieron las palabras.

El muchacho apretaba los labios y, de nuevo, volvía a sonreír. Se notaba que le costaba hacerlo. Lem quiso secarle las lágrimas, pero eso tampoco pudo ser. No tenía energías para levantar el brazo. Como respuesta, aquel joven le agarró la mano y se la apretó entre unos dedos cálidos y delgados. Tan suaves eran que de inmediato le parecieron música. Y no sabía por qué.

Lem se notó sonreír. Fue consciente entonces de que él también estaba llorando. Así permanecieron un rato.

«¿Quién eres y por qué me gusta tanto verte?».

Se permitió observarlo sin reparo. Esa piel oscura y limpia se le antojaba como de terciopelo. Emitía luz, como si estuviera todo él hecho de metal, lo cual era un disparate. No, la luz no procedía de él, sino de unos ventanales casi tan grandes como la pared misma, varios pasos más allá. La claridad entraba en aluvión y lo cubría todo de blanco, tintado aquí y allá con unas manchitas que destacaban de una forma extraña. Eran detalles que, de alguna forma, no eran ni grises ni negros. Un oxímoron

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visual de difícil comprensión. No había dos tonos iguales y surgían como cuchilladas en una cortina.

Quiso incorporarse para verlo mejor, pero no tenía fuerzas más que para mover algo el cuello. Además, el joven no se lo permitió. Con dulzura lo devolvió a la almohada, que era de largo la más cómoda que había conocido jamás. Y él se quedó conforme, claro. Ante aquella bondad no tenía defensas.

Se sentía pleno. No quedaba nada que lo preocupase, ni siquiera comprobar que el llanto regresaba a aquel joven desconocido. Se le formaban unas arruguitas ínfimas en la frente y en la barbilla que lo empujaban a querer abrazarlo. Apretujarlo entre los brazos hasta que se fundieran en el mismo cuerpo.

El muchacho sonreía. Pero no por eso dejaba de llorar. Más lágrimas de felicidad, un concepto extraño, una broma pesada que, en ese momento, sentaba como una bendición. Lem fue encontrándose más y más lento. Necesitaba dormir. Eso escuchó mientras cerraba los párpados. Tan pesados. Sonó a despedida.

Lem no supo si fue la vejiga llena la que lo despertó o si aquel sueño que había llegado a su fin de forma natural. No era la primera vez que soñaba algo así. De hecho, le daba la impresión de que los tenía desde siempre. Solo que ahora eran más recurrentes.

Pese a lo entrañables que resultaban, luego le dejaban una sensación de vacío que podía llegar a ser insoportable. La comparación con su vida era demasiado dolorosa.

El muchacho se incorporó de su cama real, una mucho menos cómoda y limpia, y sacó los pies de entre las sábanas. Todavía medio adormilado, tanteó un rato con la punta de los dedos para encontrar las babuchas, viejas, muy usadas, cada una de una talla distinta. En el interior del dormitorio, a su alrededor, respiraciones profundas, algún ronquido; paz precaria interrumpida por el insalvable murmullo de fondo. La ciudad más allá de los muros no conocía el descanso.

Acababa de ponerse en pie cuando se notó alterado. El corazón le latía rápido y fuerte como un tambor. Trató de dar unos pocos pasos mientras sufría un repentino mareo. Las piernas no le respondían. Necesitó apoyarse en la cama, que no había dejado del todo atrás. Una punzada le traspasó la

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cabeza de sien a sien y el aprendiz de augur creyó verlo todo borroso. Y blanquecino. De pronto, los oídos quedaron inundados por un sonido incongruente.

Fue a sentarse sobre el colchón, pero de repente lo encontró demasiado lejos y tuvo que dejarse caer, poco a poco, al suelo. Una vez con los glúteos sobre las baldosas, se masajeó la frente con los dedos por encima del agamte, el hábito que no se quitaban ni para dormir. El corazón proseguía con ese ritmo desquiciado, pero la migraña le había robado todo el protagonismo.

—¿Lem? —oyó desde un punto sin identificar.

Era una voz suave, aunque preocupada, que apenas superaba el susurro. El joven buscó la procedencia, pero lo único que consiguió fue marearse aún más. Sufrió un nuevo destello que lo inundó todo de una pasta lechosa y que hizo que los sonidos se distorsionaran una vez más; en esa ocasión hasta saturar los oídos. Apretó los dientes para intentar soportar aquel ataque.

—¿Estás bien? —preguntó la misma voz.

Entonces la reconoció. Uma. Aunque su compañera ya era una augur a todos los efectos, seguía durmiendo a dos camas de él. Eso se debía a que, en realidad, apenas existía una diferenciación entre aprendices y oficiales. Ambos tipos de augur vestían el mismo agamte, mantenían los mismos dormitorios y compartían los mismos espacios. La principal diferencia era que los oficiales poseían cierta libertad y, sobre todo, su propia Hoja del Destino. En un mundo tan hermético y controlado por rígidas reglas, parecía raro y casi sospechoso que la jerarquía no quedase marcada de una forma más evidente.

La joven se sentó frente a él, en la mayor intimidad que se podía tener sin llegar a invadir su espacio personal. Lem la miró desde detrás de la rejilla del agamte. Ella también estaba tapada, por supuesto.

—Me he mareado un poco —contestó él con un tartamudeo.

Ella le chistó con suavidad. Había hablado demasiado alto y el dormitorio seguía siendo un lugar de descanso. De hecho, nunca dejaba de serlo, esas camas siempre estaban ocupadas por los integrantes de algún turno. Esa vez el cuadrante había querido que ambos coincidieran.

—A veces pasa —susurró Uma—. Cuando te levantas muy deprisa. —Sí —respondió, aunque intuía que a él le sucedía algo más que un

mareo.

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Ese dolor tan repentino, esas ráfagas de brumas blancas que lo habían invadido tan de súbito y esos chirridos no eran fruto de haberse puesto de pie de golpe. Luego estaba el pulso trepidante, el pecho cargado. Le costaba respirar.

De alguna manera, el muchacho sabía que esa sensación tenía que relacionarse con la gran duda que llevaba torturándolo en los últimos giros. No eran esos sueños incómodos que, al fin y al cabo, no constituían más que fantasías sin significado. Lo que lo colmaba de angustia era otra cosa: el debate interno sobre si mentir o no en la lectura del porvenir.

—Llena el pecho de aire, Lem, aguántalo un momento y luego suéltalo como pronunciando una z. Así —le indicó Uma para luego realizar la respiración como ejemplo—. A mí me ayuda cuando me agobio.

El joven le hizo caso de una forma casi enternecedora. Repitió la operación dos veces más y comprobó que funcionaba. Se fue sintiendo mejor.

Entonces se preguntó cómo sabía ella que se trataba de él. ¿Habría encontrado alguna forma de reconocerlo?

«No, será porque ha visto mi cama vacía. Es eso, no seas idiota, Lem». Ella, al comprobar que mejoraba, sonrió, algo que se pudo notar incluso por detrás de la tela, aunque pronto corrigió su gesto. La Academia y su relación tóxica con la felicidad, ya se sabía. A Lem aquello lo incomodó, aunque no de una forma negativa ni mortificante. Recibir esa

atención era raro y también agradable.

¿Era Uma su amiga? En absoluto. Había quedado claro que nadie dentro de aquel recinto podía establecer lazos de ningún tipo con los demás.

«¿Y entonces qué es?».

Esa pregunta resultaba más interesante todavía. Le había hablado, se había negado a burlarse de él cuando había tenido ocasión e incluso lo había ayudado en momentos puntuales. Y ahora se estaba interesando por él. Pero nada de eso la convertía en su amiga, ni siquiera en su aliada. No podía ser alguien para él, era nadie.

—¿Puedes levantarte? —le preguntó Uma.

Lem entonces descubrió lo duro y frío que en realidad estaba el suelo. —Prefiero aguantar un poco aquí —contestó con torpeza, sintiéndose

todavía demasiado débil.

Ella asintió.

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«Es nadie. Muy bien. Entonces ¿qué vientos quiere?».

Esa era otra buena pregunta. La respuesta más evidente parecía ser que, por alguna suerte de milagro, había nacido una conexión entre ellos. Pero la mente del joven funcionaba de otra forma. Cada vez que lo pensaba veía en ello una nueva forma de tortura. Una especie de broma planeada para hacerle bajar la guardia y, cuando estuviera listo, darle otro mazazo.

Luego lo meditaba un poco mejor y se le pasaba. No había ninguna conspiración en su contra. Simplemente, debía resignarse a que Uma era una excepción, una aliada allí dentro; algo demasiado bueno para ser cierto y que costaba creer. Eso significaba que no siempre tenían que soplar los vientos en su contra. Debía aprovecharlo.

¿Y qué mejor forma de sacarle partido a la situación que plantearle a ella aquella duda que lo atenazaba? ¿Debía inventarse la lectura del porvenir? ¿Debía mentir? ¿Era eso lo que hacía ella? Uma había pasado la Ceremonia de la Claridad hacía poco y tenía cierta experiencia. Podría darle las respuestas que necesitaba. Algo a lo que agarrarse por fin.

No obstante, solo plantear la posibilidad de no decir siempre la verdad iba en contra de todos los preceptos del Culto de la Palabra. Para un augur, mentir era una aberración y una herejía que solo la muerte podía ser capaz de subsanar. Una muerte pública y horrible.

Aunque Uma podría tomarse sus dudas como algo propio de la inexperiencia. Un fallo tonto, fruto de la confusión del principio, como ella bien sabía. ¿Quién podría culparle por ser un novato?

El atrevimiento empezó a crecer en él, lo que hizo que, también, saltaran todas las alarmas en su interior.

«Detente ahora mismo», le ordenaba su yo racional.

—¿Te suele pasar a menudo? —le preguntó ella, algo incómoda por tanto silencio—. Los mareos.

—Cada vez más —respondió él.

«Venga, pregúntaselo, te lo ha dejado en bandeja —pensó. Y también

—: ni se te ocurra».

—Y a mí —confesó Uma, que parecía contenta por tener eso en común—. A lo mejor no con mareos, pero sí con jaquecas. Y con dolores de barriga.

Lem luchó por unos instantes consigo mismo. Quería encontrar las palabras adecuadas.

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—A mí me pasa cuando tengo una duda que no sé resolver —dijo él en un rosario de tartamudeos.

—Me recuerda a algo —respondió ella, de nuevo sonando como si sonriera.

Al muchacho se le ablandó la coraza. Se quedó indeciso, sin acertar a más que a mirarla, como si pudiera sacar algo de su agamte. En cierta forma, guardaba la esperanza de que ella siguiera la conversación.

—¿Y qué duda es esa si puede saberse? —preguntó Uma.

Ahí lo tenía. Había llegado el temido momento. Estaba al borde del precipicio, a una sola pregunta de ser uno con el vacío. La indecisión formó una bola en su interior e invadió todo el espacio que debería estar ocupado por su estómago.

—Bueno…, no creo que sea un augur de verdad —confesó. Esa vez habló de un tirón, sin trabas.

Ella se quedó en silencio. Ahora sí que Lem sintió el vértigo.

—Es que no lo eres —respondió ella. «¿Qué? ¿Lo sabe?»—. No has pasado por la ceremonia todavía.

«Ufff».

—Ah, sí, claro.

Lem falseó una sonrisa como si ella pudiera verla. Duró poco. El corazón volvía a latirle fuera de control. Eso, por extraño que pudiera parecer, impulsó su valor.

—A veces tengo la sensación de que todo es mentira —soltó.

Ella se irguió de repente. Lem se arrepintió al instante de haber hablado. Su cerebro decidió que era un momento idóneo para recordarle las imágenes de los desollados vivos en las plazas. Y sus gritos.

—Qué tontería, ¿no? —se apresuró a decir el joven pretendiendo hacerse el despreocupado sin conseguirlo en absoluto.

Y, acto seguido, trató de ponerse en pie. Ella se apartó escrupulosamente. Ni por accidente se rozaron.

—Ya lo verás —terminó diciendo ella.

—¿El qué? —preguntó Lem con un tartamudeo.

—Ya lo verás —repitió ella mucho más bajo. Un instante antes de darse la vuelta y regresar a su cama.

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II

La Ceremonia de la Oscuridad

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Una vez cerrada la contraventana, la oscuridad era casi absoluta dentro del cuartucho. Contaban con una lámpara que Maia se había llevado por las buenas del recibidor. Dejó como pago una arandela mohosa sobre el escritorio del posadero que este tuvo que aceptar refunfuñando, ya que la guerrera se llevaba con ella la poca iluminación con la que contaban en aquel establecimiento. De todas formas, como siempre ocurría con el fuego, la llama lechosa y lánguida era incapaz de alumbrar ni aportar el necesario calor. De hecho, daban más luz las partes de metal con las que estaba fabricada la propia lámpara.

Si algo se veía allí dentro era sobre todo gracias a los cuchillos y la punta de las flechas que los guerreros se habían encargado de colocar estratégicamente por la estancia. Con sumo cuidado, eso sí, para evitar accidentes estúpidos.

De todos modos, ellos dos no estaban demasiado interesados en usar los ojos. Para dormir eran más un estorbo que otra cosa, y para aliviar las urgencias del cuerpo tampoco tenían relevancia.

Sentado sobre el jergón, buscando la guita que usaba para amarrarse el pelo, Wylar observaba la capa de sudor que recubría la piel de Maia. Le maravillaba y causaba impresión de una forma que no era capaz de explicar. No sentía la necesidad de tocarla como con otras amantes que había tenido, pero le apasionaba contemplarla. Las cicatrices, casi tan numerosas como los —en su opinión— horribles tatuajes, brillaban como todo bajo una fina película de humedad. Tan sublime que parecía capaz de desintegrarse con solo contemplarla. Algo tan etéreo no casaba bien con aquel cuerpo musculoso y potente. Aquella máquina de matar.

La guerrera, tumbada bocabajo, miraba con una sonrisa bobalicona a su compañero. Incluso rendida y colmada como estaba, seguía ardiendo en deseos hacia él. Hacia aquel cuerpo fino, sin vello alguno. Los músculos pegados a la piel, las proporciones sencillas, estilizadas, armoniosas como

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las de una estatua. La gracia con la que ejecutaba cada movimiento; contemplar cómo se rehacía la coleta era un placer en sí mismo. A la soldado le encantaba que fuera tan ordenado, tan metódico, aunque no tanto que oliera siempre tan bien. Peor aún, que aquella piel absurdamente pecosa no desprendiera olor alguno. La hacía sentirse siempre sucia.

Cuando Wylar terminó de arreglarse el pelo, se tumbó también. Los pies de Maia le quedaban a la altura de la cabeza. Demasiado cerca para su gusto, aunque, dadas las dimensiones del jergón, se tenía que aguantar. Miraba al techo, a una mancha indefinida que bien podría ser un plano del Páramo.

—Aprecio mucho que te dieras ese baño —dijo el arquero.

—Eres un capullo —contestó Maia—. Me he puesto a remojo solo porque he querido, no porque me lo pidieras tú.

—Somos soldados de la Torre, no paletuchos del tres al cuarto. En algo se nos tiene que notar lo civilizado. Vamos, digo yo.

—Ya se nos diferenciaba antes, bufón. —La mujer se removió con rabia para terminar en la misma postura que estaba en un principio—. Te vas a reír, pero me estoy acordando de El Diablo de Tres Colas.

Wylar soltó una carcajada seca.

—Dioses, con lo que has despotricado de ese tugurio. De sus camareros y de su comida.

—Y de su bebida —completó Maia—. Pues incluso así. Lo echo de menos.

—Ya. La Torre es un asco de ciudad, pero si la comparas con la porquería que te encuentras nada más alejarte un poco, se convierte en el mejor puto sitio.

—Justo.

En ese preciso instante una ráfaga de viento impulsó con rabia la lluvia contra la ventana. Un recordatorio de que estaban a cubierto.

—El Mausoleo sí que es un lugar de categoría —agregó Maia al cabo de un rato.

—No pierdes ni media oportunidad para decirlo —dijo el arquero con hastío.

—Es la verdad —respondió Maia encogiéndose de hombros—. El Mausoleo es mucho mejor que la Torre; no admite discusión.

—Qué va a ser el Mausoleo mejor que la Torre —se dijo Wylar como para sí con cierto desprecio—. Es una ruina por estrenar.

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La guerrera dio un bufido que fue casi una pedorreta.

—No estás hablando en serio —dijo.

—Totalmente. Dime qué tiene de especial un castillo encima de otro y encima de otro más, y así hasta que te aburres de contar. Eso no sirve para nada, no protege de nada.

—¿Que no sirve para nada?

—Para nada y menos. Está nuevo porque nunca se usa. Nadie va a atacar semejante monstruo.

Maia fue perdiendo la relajación, y con ese nervio se incorporó poco a poco hasta quedar sentada. Había incredulidad en su semblante.

—¿Estás diciendo eso en se…? —empezó a decir hasta que le vio la cara al arquero y no necesitó respuesta—. ¡Estás diciendo eso en serio, así me lleven los Ténebres!

—Ahora supongo que me vas a venir con un montón de leyendas y cuentos para mermados, ¿no?

Los ojos de Maia parecían buscar la forma de saltar de sus cuencas y estaban muy cerca de conseguirlo. Sin embargo, en un momento de lucidez, logró atemperarse. Sabía que su compañero la envidiaba porque no tenía rango suficiente en el ejército y nunca lo habían destinado al Mausoleo. Y también que le encantaba sacarla de sus casillas.

«Odio que le resulte tan fácil picarme».

—La Oleada, pedazo de chorlito. Para eso sirve, para detenerla.

Wylar bufó.

—La Oleada. Otro cuento.

Maia tomó aire. Ya estaba totalmente convencida de que su compañero solo pretendía tomarle el pelo, porque la Oleada no era algo para tomarse a la ligera. Solo los estúpidos negaban su existencia.

—Cuatro piedras mal puestas, eso es lo que hay en el Mausoleo — comentó Wylar al ver que ella se callaba.

Pero la guerrera ya estaba harta de aquel juego.

—Cuando entremos en el cuerpo de cruzados iremos los dos, ya verás —aseguró ella.

—Ya —soltó él con un nuevo resoplido.

Seguía mirando al techo, los dedos entrelazados tras la nuca y gesto pensativo, podría decirse que poco conforme. Algo lo incomodaba. Tenía que ser eso. Ella se consideraba una persona sensitiva, pero no terminaba

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de acertar qué le pasaba por dentro a su compañero. Con él todo era difícil.

Más desde el momento en el que empezaron a acostarse con regularidad.

—Que sí, joder —insistió Maia—. Que me lleven los Ténebres, ¿acaso lo dudas? Cuando regresemos de esta misión nos darán la Garra de Metal de Negro. Eso es así y lo sabes. Porque lo sabes, ¿no? Deberías.

La conversación se quedó suspendida. Era mejor así. Tampoco querían malgastar ese rato de descanso en discutir, pues pronto tocaría regresar al Páramo a helarse los huesos y a ponerse a remojo.

—¿Qué pasa si nos encontramos la atalaya vacía? —preguntó Wylar de pronto. Iba absolutamente en serio.

—¿Qué? —preguntó ella, que no se lo esperaba.

—El Ojo del Yermo. La atalaya en las putas montañas donde nos han mandado. ¿Qué pasa si llegamos y no hay nadie?

—Va a estar la guarnición, memo, ¿quién si no? —respondió Maia. De momento seguía sonando muy segura.

—¿Por qué llevan entonces tanto tiempo sin dar señales de vida?

—Hay miles de motivos.

—Dime uno.

A Maia le habría encantado encarar esa pregunta con más aplomo.

Pero no podía sacar de donde no había.

—Pues que ha pasado algo que hace que prefieran no abandonar su puesto —terminó diciendo—. Porque no hay nada más importante que cumplir órdenes.

—Puf, mucho mejor así —replicó Wylar con sorna.

—¿A qué te refieres?

—A que si ha pasado algo así en una torre que está perdida en una cordillera inmensa, en el límite del mapa, en la quinta puñeta, es incluso peor.

—Venga ya.

—¿No? ¿No se te ocurre ningún peligro que pueda haber allí? ¿Nada que pueda venir de repente? —preguntó el arquero, quisquilloso.

—¿A qué te refieres? ¿A una invasión? ¿A los Grises? —preguntó Maia—. ¿Ahora sí crees en la Oleada?

—Esfinge.

—Aclárate, amigo.

El arquero guardó silencio por unos momentos. La guerrera tampoco añadió nada, aunque esperaba la reacción de él.

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—Es una misión de mierda, tienes que reconocérmelo. O acabamos pelados de frío en una cordillera asquerosa o tenemos que encargarnos nosotros de vigilar una puta torre a tomar por culo de todo. Y vete a saber por cuánto tiempo.

—Bueno, no va a ser así. Confía, blanca sangre de Arconte, confía. Wylar dio un resoplido de disconformidad muy elocuente. Él no se

creía preparado para formar parte de los cruzados, el cuerpo de élite de la Princesa. De hecho, apenas si se veía como soldado. Sabía que carecía de lo necesario para la carrera militar. No comprendía la cadena de mando, detestaba la jerarquía y de eso de que le estuvieran dando órdenes todo el rato… mejor ni hablar. Para colmo, no sentía ninguna satisfacción como militar. Le gustaba amedrentar a los civiles, pero no era suficiente. Había nacido bajo el signo del Audaz y sabía cómo usar el don y los halos, lo que era estupendo para ganar un duelo ocasional o para salir huyendo de un acreedor o un marido soliviantado, pero eso no lo convertía en un guerrero. No tenía madera de ello. Él lo sabía, Maia lo sabía.

En realidad, la mujer se engañaba a sí misma. Por muchas ganas que albergara de que tuvieran un futuro juntos, era consciente de las aptitudes de Wylar. Las que tenía y de las que carecía. No obstante, ella se aguantaba con ello. Porque, bajo todos aquellos tatuajes, cicatrices y músculos, tras todo ese discurso de no tener sentimientos y ser más dura que la raíz de una montaña, la soldado estaba loca por él.

El arquero, por su parte, no sentía nada especial. Le gustaba su compañera, desde luego. Era la monda cuando no estaba enfurruñada y estaba genial eso de meterse en el catre con alguien que le podría reventar la cabeza con las manos y que nunca tenía bastante en la cama. Sin embargo, sus sentimientos no iban más allá. A decir verdad, el arquero nunca sentía nada; nada más allá de amor propio y de un interés genuino por mantener la cabeza pegada al resto del cuerpo, claro. De eso le sobraba. Le daba pena Maia, eso creía, pero no sentía culpabilidad por la relación que mantenían. Además, ella repetía todo el rato que no quería estar atada a nadie, que podría dejarlo tirado cuando quisiera. Que no lo necesitaba.

«Mientras no diga lo contrario, todo va bien».

Luego estaba eso de haberse lanzado a una misión tan lejos, ellos dos solos, que podría durar una cantidad de giros indeterminada. Wylar solía

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pasárselo bien con Maia, al menos la mayor parte del tiempo, pero tenía que reconocer que no lo había pensado demasiado.

Para ella era distinto. Quería estar con él todo el rato. Era cierto que a veces la irritaba, incluso desesperaba, sobre todo cuando veía que no se tomaba en serio la vida militar. Le gruñía y le insultaba, aunque nunca de verdad. Siempre con intención de sacar lo mejor de él. Porque lo que en realidad quería era una vida con él. Le dolía lo débil que la hacía sentir esto. No obstante, era lo que había. Y debido a esa misión iban a pasar mucho tiempo juntos.

Cavilaba eso cuando los ojos se le fueron al filo de cerámica de la poderosa hacha de combate, que reposaba como si tal cosa muy cerca de donde quedaba la cresta de ella.

—¿De verdad crees que vamos a encontrar viva a la guarnición de la atalaya? —terminó preguntando él.

Claro que no estaba segura. De hecho, ella también se temía que estuvieran todos muertos. O que hubieran huido; una y otra opción eran lo mismo para ella. Se sintió un poco estúpida.

—Todo va a salir bien —dijo sin sonar del todo sincera.

—Ya.

—No nos han mandado a morir.

—A la Princesa le importamos un carajo…

—Cuidadito con lo que dices de la que paga —le cortó Maia.

Ahora estaba casi sobre él. El ceño fruncido, la poderosa mandíbula apretada. Los cojones de Wylar bien agarrados con la mano callosa de manejar el hacha. Aquello se estaba pareciendo mucho a la forma que tenían de solucionar las conversaciones incómodas.

—O qué —la desafió el arquero.

Maia sonrió.

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18

Nyx no se podía creer que estuviera otra vez en aquella taberna. Su interior, al igual que el cielo, permanecía inmutable. Las mismas mesas, el mismo ambiente cargado de humo y especias. Ella llegó a pensar que incluso los parroquianos eran siempre los mismos tipos tristes; la actitud, desde luego, no variaba. La caminante pronto abandonó la entrada y se pegó a una pared, donde las tinieblas eran mayoría y colgaban largas como cortinas. El objetivo no era otro que Jris. El bardo se encontraba en lo que se suponía que era el escenario, pero que en realidad era el hueco que se había hecho entre dos mesas.

Cuando aporreaba aquel instrumento cuyo sonido resultaba a Nyx tan desagradable, Jris caía en una suerte de trance. Pasaba de ser ese tipo desproporcionado y torpe que apenas si sabía poner un pie delante del otro, para convertirse en un músico capaz de crear melodías. Era feliz mientras se dejaba llevar. Era libre, y eso, más allá de la calidad de la música, despertaba en Nyx algo parecido a la envidia.

La muchacha cruzó los brazos y apoyó su poco peso sobre un pilar. Desde allí echó una ojeada furtiva a su alrededor para asegurarse de que tenía controlados a cada uno de los parroquianos. Resopló con suficiencia primero, con impaciencia después. Se preguntaba cuánto duraría aquella canción. Entonces cayó en la cuenta de que Jris estaba acompañando la melodía con su voz, y que esta en nada se correspondía con la apariencia del bardo. Era fina y a la vez potente, firme cuando era necesario, pero también dúctil. Tenía la sorprendente capacidad de encandilar.

La muchacha había juzgado mal a aquel músico. Lo había hecho solo por su físico.

«Bueno, también por su pesadez».

Pero lo cierto era que ella detestaba en los demás justo ese tipo de actitud. Y ella no quería ser como los demás.

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Ni un solo cliente aplaudió cuando la canción llegó a su fin. Resultaba probable que nadie estuviera prestando atención.

—Amiga —exclamó el bardo a la vez que se enjugaba el sudor que le chorreaba de la frente—. Me alegra ver que has venido.

«Sombras, pero qué cursi eres».

La caminante le dirigió un par de gestos. Uno le indicaba que bajase la voz. El otro, que se acercase. Todo ello sin apenas descruzar los brazos ni separarse de la columna en la que se apoyaba, lo que, había que admitirlo, tenía cierto mérito.

Jris se levantó de su taburete, esquivó con una agilidad impropia de su tamaño algunos de los elementos de su estrafalario instrumento y se acercó, ahora sí, dando tumbos. En el proceso no había borrado el entusiasmo de la cara.

«Este se piensa que he venido a verlo a él».

—¿Qué te ha parecido? —le preguntó con una sonrisa que la joven calificó como estúpida—. Lo he bordado, ¿verdad?

«Ah, sí, que no podías parar de repetir “¿verdad?” por cada gilipollez que escupes. No sé cómo se me había podido olvidar ese detalle».

La caminante no se molestó en responderle. Dejó que el bardo se estrellara contra el semblante de hastío que ella le estaba dedicando. Eso descolocó una vez más a Jris y pareció recordar de pronto lo peculiares que eran las conversaciones con Nyx.

—Vienes a darme permiso, ¿verdad? —«¿Eh?»—. Para que empiece a componer tu canción heroica, digo. —«Ah»—. Lo sabía. Qué emoción. Pues que sepas que ya he empezado a trabajar en ella, pese a que aún no sabía si me lo ibas a permitir. Pues me dio igual, me dejé llevar por la ilusión de este proyecto. Ya tengo pensados los primeros acordes y los arreglos que voy a introdu… —dijo a toda velocidad hasta que una muy nerviosa mano izquierda de Nyx consiguió detenerlo.

—Busco a la sabionda —dijo ella con la voz tan áspera que necesitó aclarársela de inmediato.

—¿Qué?

«Un músico sordo, por qué no».

—La sabionda —repitió la muchacha de mala gana—. ¿Dónde está? —Ni que yo fuera su guardián —respondió algo contrariado Jris.

Aunque pronto abandonó la idea de seguir por ese camino, advertido por la mirada fulminante de la joven—. Ah, la vieja esa —respondió como si

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acabara de iluminarse. Acto seguido se le compuso una sonrisa en el rostro que lo acompañó mientras hablaba—. Es gracioso que me preguntes por ella porque, a decir verdad, sí que sé dónde está. Y no vas a adivinar el sitio ni por la mayor de las casualidades. ¿Qué te juegas?

Nyx levantó la ceja cortada por la cicatriz. Su gesto fue tan elocuente que Jris dejó de sonreír al instante.

—Está en el lago —reconoció con fastidio. «¿El lago? Sangre de Arconte, pero si eso está donde el viento vira»—. Sí, sí, el lago. La vi preguntando a unos paisanos, unos habituales, ya sabes, de esos que se dejan las arandelas en beber cualquier cosa y luego no le dan nada a un pobre bardo, ¿verdad? —«Uf»—. Curiosamente, yo estaba haciendo un descanso y me quedé con la conversación. La tipa esa iba buscando algo que no llegué a entender, algo raro con lo que ni ella se aclaraba, y a los compadres no se les ocurrió otra cosa que mandarla al foso de los Ahogados. ¿Y sabes lo mejor? —«Que se lo creyó»—. ¡Que se lo creyó!

«Genial, me va a tocar ir a la quinta puñeta a buscar a la vieja esa por culpa de eso que te hace tanta gracia. Pedazo de gilipollas».

Jris reía casi sin aliento, porque, al parecer, todo aquello le parecía divertidísimo. Luchaba por domar a las carcajadas que lo hacían doblarse sobre sí mismo. Las lágrimas se confundían con el sudor que no dejaba de brotarle de las sienes. Podría parecer que se ahogaba y que, de un momento a otro, caería inconsciente.

«Pero no tendremos tanta suerte».

La joven supo que no podría sacarle nada más al músico. Además, ya había tenido suficiente. De modo que giró sobre los talones y enfiló hacia la salida.

—Eh, oye, amiga, ¿ya te vas? Espera, que tengo muchas otras cosas que preguntarte sobre tu canción heroica. Espera.

Nyx se vio en la tesitura de ir a buscar a la cartógrafa o esperar a que regresara. Si es que lo hacía. La caminante no era de las que se dejaban impresionar por una nevada, pero la idea de salir a campo abierto con la ventisca que azotaba la aldea le minaba la moral. Bajo el alerón que cubría la puerta de la taberna, rebozada en el gabán y con la capucha calada hasta la nariz, maldijo su suerte y a aquellos que habían enviado a la sabionda a giro y medio de allí y, ya de paso, maldijo a Jris por su estupidez. Fue

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haciendo una ronda de improperios y un repaso por todos aquellos cuyos higadillos se podían ir comiendo los Grises. Cuando quiso darse cuenta, los pies la habían conducido a las últimas casas del pueblo; justo donde arrancaba el camino que llevaba al lago de los Ahogados.

La joven contempló apesadumbrada el Páramo. El blanco cubría terreno y aire por igual. Solo de imaginarse allí ya se le congelaba el tuétano. Resopló.

Estaba a punto de volver a la taberna cuando distinguió algo entre la ventisca. Una figura oscura y rechoncha que, o cargaba algo a las espaldas, o era profundamente deforme. Que se la llevasen los Ténebres si no pertenecía a la cartógrafa. Solo la anciana podía moverse con aquel nervio pese a la nieve y a la voluminosa mochila. La muchacha se quedó en el sitio, contenta, aunque, sobre todo, expectante.

—Dichosos los ojos —exclamó Kasidra cuando estuvo a suficiente distancia.

—Te hacía lejos —dijo Nyx, que trató de sonar amigable y falló por mucho.

—¿Te refieres al lago? —preguntó la anciana con un brillo de inteligencia en los ojos—. Nah, esos lugareños son huesos duros de roer, pero a mí no me la dan. Supuse que me soltaban una milonga porque tramaban deshacerse de mí, así que preferí encargarme de tareas más productivas y cercanas. Al menos hasta que empezó a desplomarse el cielo, claro.

La muchacha sabía que ahora le tocaría replicarle algo. Por desgracia, hasta ahí llegaban sus habilidades sociales. No sabía cómo seguir aquella conversación. O sí que sabía, solo que las palabras no querían salir de su boca. Como si tuviera demasiado aprecio a su saliva. De modo que perdió la mirada en cualquier sitio y no agregó nada más.

—Me encantaría quedarme aquí charlando contigo más rato —dijo la señora sin perder la sonrisa—, pero hace un poco demasiado frío para mis pobres articulaciones. Así que, o nos despedimos pronto, o me invitas a algún sitio donde llevarme algo caliente al gaznate.

«Invitarte, sí, enseguida».

La caminante giró sobre sí misma y comenzó a dirigirse calle arriba.

Torció el cuello una vez para mirar a la cartógrafa por encima del hombro.

Luego siguió adelante. Kasidra sonrió y fue tras ella.

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—¿Qué sitio es este? —preguntó Kasidra mientras atravesaba la abertura en el muro. Miraba hacia todas partes para no perder detalle de aquel tugurio abandonado—. Espero que tu idea no sea traerme aquí para asaltarme.

Nyx tragó saliva. Ya había calculado esa posibilidad. Pero había visto a la vieja en acción y sabía que no era recomendable enfrentarse a ella. Cualquier intento de desvalijarla por la fuerza sería un disparate, por mucho factor sorpresa que tuviera. No, debía esperar el momento adecuado. Debía tener paciencia.

«Además, tiene que contarme más sobre las ruinas del Bazar».

La caminante se dio la vuelta y se quedó mirando a la cartógrafa al tiempo que esta terminaba de recorrer con un vistazo aquel edificio semiderrumbado. Pese a que aquello olía a emboscada que echaba para atrás, la señora seguía mostrando una postura confiada. Y esa sonrisa indeleble en el rostro.

«Ug».

—Dime la verdad, es aquí donde te traes a tus amorcitos, ¿a que sí? — dijo Kasidra—. ¿Eso significa que voy a tener suerte?

Nyx no recordaba haberla odiado tanto como en aquel momento. Se quedaron mirándose las caras un momento hasta que la cartógrafa volvió a hablar.

—Bueno, pues tú me dirás. Tranquila, no pongas esa cara, lo de «tú me dirás» es una frase hecha. No estoy esperando que abras mucho esa boquita. En realidad, te estoy muy agradecida por sacarme de la calle y traerme a este… lugar. No sabía que pudiera haber sitios así en Niño Perdido. Veo que es un pueblo lleno de maravillas ocultas.

Nyx necesitó tomar aire. Se le había olvidado lo mucho y muy ligera que podía llegar a mover la lengua esa mujer.

—No me has dicho cómo te la hiciste —dijo la extranjera señalándole la cicatriz de la cara.

«Ni pienso decírtelo, vieja. Qué coño te has creído».

Nyx dio un paso atrás, como expelida por la intrusión de Kasidra en su vida personal.

—Perdona, cariño, ha sido sin querer. —«Sí, mis tetas, sin querer»—. Soy demasiado bocazas y la curiosidad, incluso a mi edad, a veces me

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puede. No te enfades conmigo, lo siento de veras.

La disculpa llegó veloz, pero ni las palabras ni el tono convencieron a la caminante.

«Si no fuera porque me haces falta…».

Kasidra se rio como si estuviera encantada con la situación. Como esos ojos tan grandes y vivos no se podían estar quietos, pronto la pared cercana atrapó su atención. Alargó una mano y deslizó los dedos por la superficie rugosa de los ladrillos.

—Qué interesante —dijo para sí. Luego regresó a Nyx—. Te has estado pensando lo que te propuse. Es eso, ¿verdad?

«Sombras, vamos a lo que importa, por fin».

La joven abrió mucho los ojos y cruzó los brazos sobre el pecho. Esto complació a la cartógrafa.

—¿También me vas a acompañar a la habitación que he arrendado? —«¿Qué?»—. Hace mucho frío y me vendría fenomenal un poco de calor humano.

«Pero, en serio, ¿qué?».

Kasidra estalló en carcajadas, lo que provocó que la caminante se sintiera dos veces estúpida. La primera por no haber visto venir la broma, y la segunda por la broma en sí.

«Alguien debería decirle que no tiene ni puta gracia. O darle quince puñaladas en la jeta».

—Tranquila, mujer, no te pongas así. —«Gilipollas, gilipollas, gilipollas»—. No te enfades, cariño, es lo último que pretendo. —Mostró las manos y bajó la cabeza en señal de conciliación—. Supongo que querrás oír más sobre lo que necesito de ti.

La joven no se movió un ápice. Ni siquiera había deshecho la mueca de repulsión. Esa vieja tendría que conformarse con eso.

—Muy bien, allá va. He encontrado el acceso al lugar que ando buscando. Solo necesito que me ayudes a abrir la puerta.

—Tú lo que necesitas es una puta cerrajera, no una caminante — replicó la muchacha.

A Kasidra se le congelaron las palabras en la garganta. Desde luego que no esperaba ser interrumpida. Y menos de esa forma tan montaraz. Su siguiente reacción, para mayor pesar de la joven, fue volver a estallar en risas.

«Me cago en mi vida».

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—Y luego querrás no gustarme —exclamó la anciana nada más recuperar algo de aliento—. Eres graciosísima.

No era la primera vez que alguien le decía eso y ella se lo tomaba como el peor de los insultos. Al parecer, había gente que encontraba divertido decir algo de ella cuando, en realidad, se refería a todo lo contrario. Una especie de broma para mentes simples, que llamaban a aquello «sentido del humor».

Entretanto, la anciana consiguió recomponerse poco a poco. La sonrisa no terminó de abandonarla, para mayor fastidio de Nyx.

—No te preocupes, cariño, sé muy bien lo que me hago.

—¿Dónde es? —preguntó Nyx.

—Como ya te dije, se trata de una construcción donde hay trasiego de trabajadores. Un almacén. O un taller, no estoy muy segura. Eso es lo de menos.

La joven levantó una ceja escéptica, pero también se inclinó muy levemente hacia su interlocutora. Tal vez apretaba las muelas más de lo que le gustaría. De todos modos, la cartógrafa lo interpretó como lo que era: interés.

—Es muy posible que, una vez dentro, vuelva a necesitar tu ayuda. —«Fijo que sí»—. Pero estará relacionado, en todo caso, con abrir puertas o llegar a sitios donde una pobre anciana como yo no puede acceder por sí sola. —«Tú sigue haciendo el papelito del saltamontes pobrecito al que le han arrancado las patas, sigue»—. Te aseguro que será una cosa muy simple en comparación con la recompensa que obtendrás por ella. —«Ya te digo si voy a tener recompensa; ve diciéndole adiós a las gemas que guardas en el lanzatruenos ese»—. Será entrar y salir. En menos de una fracción podrá estar listo.

«¿Una qué?».

Kasidra se vio sorprendida por el gesto de incomprensión que se dibujó en la cara de su acompañante. Luego entendió.

—Una fracción, querida —dijo llevándose una mano a un bolsillo lateral de sus pantalones. Uno de tantos—. En realidad, es lo que vosotros conocéis como hora.

Sacó un artefacto circular que recordaba al caparazón de un escarabajo sobrealimentado. Pulsó un botón y se abrió con un clic. Dentro se escondía un reloj como el de la plaza, solo que de un tamaño ridículo. Nyx nunca había visto nada parecido. No se explicaba cómo podían haber metido

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semejante cacharro en una caja redonda que cabía en la mano. Aunque eso no era todo. Allí encontró más de una aguja y, lo que era aún más inaudito, varias esferas. Algunas de sus piezas eran de un metal que, más que brillar, titilaba.

«Espera, ¿y además tiene doce horas y no once? Sombras, pero ¿qué chaladura es esta?».

—Es un reloj portátil, de bolsillo —explicó la señora—. No pasa nada si no has visto uno antes, sé que no son comunes por estos lares. En el lugar de donde vengo los usamos para medir el tiempo con precisión en unidades inferiores a los giros: no solo las fracciones, u horas, como las llamáis vosotros. Y también superiores: ciclos, fases, periodos… —«¿Y por qué demonios ibais a querer hacer algo así? ¿Para qué medir tanto el tiempo? ¿No os vale con saber que hay un reloj en la plaza del pueblo?»—. No te preocupes si no lo entiendes; ya te digo que no pasa nada. Lo que importa es que completar la misión será como quitarse una arañita del brazo. Ya está, quédate con eso.

La joven no conseguía separar la vista de aquel chisme insólito y, si lo hacía, era para dirigirle a la vieja una mirada aún más torcida. Y esto, por algún motivo que se le escapaba, le resultó chistoso a la cartógrafa.

«¿En serio? ¿Otra vez la risita?».

La señora rio hasta quedar satisfecha, lo que duró mucho más de lo que a Nyx le habría gustado.

—No te quiero engañar —«Ya, seguro que no»—, así que tengo que avisarte de que es más que probable que allí dentro encontremos a gente armada. —«En realidad me da lo mismo; a poco que te descuides un momento ya tendré lo mío; y si es más pronto que tarde, mejor»—. ¿Alguna duda?

En realidad, sí, unas cuantas, pero ninguna de ellas tenía que ver con aquel trabajo que la sabionda quería realizar. Y esa conversación la estaba empezando a poner nerviosa.

—¿Cuándo será? —le preguntó.

A la cartógrafa le brillaron los dientes y los implantes en la sonrisa que desplegó.

—Nos vemos aquí mismo, digamos, ¿a las cuatro? —¿De tu reloj o del de la plaza? —preguntó la joven. Kasidra abrió los ojos con lo que pareció admiración sincera.

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—Chica lista —exclamó—. Chica lista, guapa y atenta. —«Vete a cagar»—. A tus cuatro —respondió tras un breve cálculo.

—A las cuatro —dijo Nyx, que descruzó los brazos para marcharse sin decir nada más.

A su espalda, Kasidra le dijo algo sobre despedirse, los modales y ya no supo qué diantres más.

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Allí estaba de nuevo Lem, en una Ceremonia de la Claridad a la que había sido invitado, pero solo como testigo; rodeado de una serie de alumnos como él, presuntos compañeros de los que, aparte del nombre, apenas sabía nada. Ni siquiera les había visto la cara.

Volvía a fantasear con la destrucción de aquella sala de la Verdad tan magnífica, tan exagerada, tan grotesca. Aquella vez no se imaginaba que se derrumbaba la cúpula y los aplastaba, ni tampoco que se abría una sima en el suelo que se los tragaba; en esa ocasión fantaseaba con un Arconte atravesando los muros como si fueran de arena seca. Agarraba al capellán con los tentáculos y lo desmembraba. Devoraba a quienes le quedaban más cerca, y al resto los destrozaba con las garras o, simplemente, los espachurraba bajo su peso. Los gritos eran ensordecedores, pero nada comparado con los rugidos y el estruendo de la catedral al ser demolida. Los intentos de escapar quedaban en nada, todos morían. Menos, tal vez, Simila, para hacerlo aún más divertido.

De alguna manera, la maestra lograba escapar, al menos en un principio. Salía a la cúpula principal de la catedral y allí trataba de esconderse tras un pilar. El Arconte la perseguía arrasando muros, arcos, ventanales y todo aquello que encontraba a su paso. De alguna forma, en la fantasía el propio Lem era el Arconte; disfrutaba mientras buscaba a su presa, por la excitación de la cacería, por la sed de sangre.

Cada vez que descubría a su maestra, ella salía corriendo con desesperación, esperando dejarlo atrás. Más y más cansada. En una de sus carreras, Simila hacía el amago de ocultarse en el templo original, justo debajo de la bóveda principal. Qué bien olía su miedo. Como no encontraba ninguna apertura para entrar al edificio arcano, la maestra se escondía tras sus bastos muros aduciendo la ley divina, esperando clemencia por encontrarse en un lugar tan sagrado. Aquella idea casi le parecía enternecedora a Lem. Luego se carcajeaba con la voz de una

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tempestad. Su aullido agrietaba la piedra y reventaba las cristaleras que quedaban enteras. Luego caía con todo su peso contra el templete, que quedaba hecho añicos en un abrir y cerrar de ojos.

De alguna forma, Simila se las apañaba para escapar. Pero ya no podía evitar el tentáculo de Lem, que se enroscaba alrededor de su diminuto cuerpo de hormiga. El muchacho se llevaba a la maestra a la cara y la observaba con detenimiento. Había sangre en los oídos de Simila, Lem podía olerlo, casi degustarlo. Le habían estallado los tímpanos por sus aullidos. Eso lo hacía sentirse poderoso. Al sonreír dibujaba el cuadro más horrible jamás visto. Simila chillaba con todas sus fuerzas. Todavía no había comprendido que hacía rato que ya estaba muerta. Lem le habría gustado jugar un poco más, pero sus fauces no podían contenerse y la devoraba de un bocado.

El sabor de la maestra provocaba un súbito éxtasis en él. Se dirigía entonces con rabia hacia las partes del templo que seguían en pie. Pues ya no más. La estructura cedía y caía sobre el corpachón del Arconte, que la recibía como si de una llovizna se tratara. La ciudad quedaba desnuda frente a sus múltiples ojos. Indefensa. La posibilidad de descargar sobre el Foso toda su ira lo excitaba como nada nunca antes. Aunque una imagen le cruzaba la mente a toda velocidad. Era Mirim.

De pronto, sentía la necesidad de localizarla. No, de darle caza. Sí, acabar con ella era justo lo que ese Arconte requería para ser feliz. Tal vez solo por un tiempo, porque sabía que no encontraría descanso hasta reducir a escombros aquella ciudad infecta, aquel punto maldito que ensuciaba el mapa. Soñaba con tirar al suelo la roca del palacio del Patriarca y luego rellenar el resto con tierra y escoria de los alrededores. Allanarlo todo de forma que solo quedase un solar. Condenar al olvido a esa ciudad ponzoñosa.

—Lem —resonó la voz de la maestra.

El muchacho no supo qué le chocó más, que Simila siguiera viva o que mencionase su nombre y no «Costras», como solía. Aquello ya lo puso en guardia. Hizo el amago de protegerse, ya que la última vez que se había perdido en sus fantasías en presencia de su maestra había terminado rodando por los suelos sin aire en los pulmones. Pero esa vez era distinto. Simila lo llamaba para que se uniera a los otros aspirantes. Quería que formara parte de la Ceremonia de la Verdad.

«No puede ser».

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Otros cuatro alumnos lo esperaban, así como el capellán mayor, y él no era capaz de poner en movimiento sus piernas. Ya no era solo la sorpresa, sino que no estaba preparado de ninguna manera. Él era cualquier cosa antes que un augur. Había superado varias de las pruebas, pero todavía le quedaba un trecho enorme. Lo sabía. Por no contar con el hecho de que, hasta el momento, no había sido capaz de ver el futuro ni una sola vez. Ni de cerca.

«No puede ser», volvió a decirse. Al parecer, era lo único que su cabeza conseguía reproducir.

Sabía qué se esperaba de él: que avanzase junto a sus compañeros, que se tirase a los pies de la silla de la Verdad, que se despojase del agamte, que esperase a que el capellán le dibujara el símbolo de los Once en la nuca y lo bendijera. Pero no era capaz. Tenía que haber un error. Los ojos del muchacho pasaron de la cara de la maestra a la máscara resplandeciente del capellán, y de ahí de vuelta a Simila sin extraer nueva información. Al contrario, solo más confusión. Y más horror.

—Lem —repitió Simila. Su tono indicaba algo más que impaciencia; aquello no era un aviso.

El aprendiz tomó aire y lo soltó con pesadez. Comprendió que solo le quedaba cumplir con su papel. Tomar su lugar, tumbarse y esperar que aquello terminase pronto.

Sin embargo, no iba a ser tan simple. Era el último de los nombrados y le tocaba aguardar hasta el final de la ceremonia para conocer su destino. Pero ¿qué destino podría tener un farsante como él? Descubrirían que no tenía don alguno, que la adivinación le era tan inexplicable como para los no nacidos bajo el signo de la Aullante. Un simple vistazo por parte del capellán bastaría para revelar su secreto. O eso, o el cayado de la Verdad le quemaría el cuero cabelludo al dibujarle el símbolo de los Once. A lo mejor solo con el mero contacto le fulminaría.

«Sería una suerte», pensó, aunque en el fondo no quería morir. Deseaba vivir, deseaba conocer los caminos del porvenir, pero sobre todo deseaba salir de allí por su propio pie.

Sin embargo, la realidad había tomado un camino bien distinto. Lem se deshacía por dentro. Aquella ceremonia estaba durando eones, mucho más que ninguna otra a la que hubiera asistido. Las recordaba menos espeluznantes desde fuera, cuando se imaginaba la destrucción de la sala de la Verdad. Ahora sudaba por cada poro, el pulso se le había

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descontrolado, ardía de una fiebre súbita que no obedecía a la gelidez del templo. Había roto a llorar.

Aquello no era casualidad. Simila lo había colocado el último para que la incertidumbre se prolongase más. Porque ella sabía que él no estaba preparado; vaya si lo sabía. Era su forma de denunciarlo por mentir. Acabaría con él públicamente. Lem se preguntó cómo sería morir, qué se sentiría. Cuánto tardaría en llegar la absoluta oscuridad. Cuánto habría de sufrir para ello.

Mientras, la ceremonia seguía su curso. Lem descubrió estupefacto que la compañera anterior a él resultó ser Mirim. No podía ser, ella le superaba por mucho. Era imposible que ambos pasaran esa prueba juntos. Era un motivo más para pensar que le iban a desenmascarar. El horror terminó de apoderarse de él.

Y entonces el cayado lo tocó. Tuvo en su interior el efecto de un desplome. Sintió la presión y la rozadura de la punta de metal. Helada, como no podía ser de otra forma.

«Un momento, ¿no me quema?».

Cuando dejó de notar el contacto, el tiempo pareció detenerse. Allí no estaba pasando nada inusual. Algo de molestia, tal vez, pero eso era todo.

—Levántate, augur —dijo el capellán mayor con voz metálica.

Lem no sabía qué podía significar aquello. Tampoco se explicaba qué estaba ocurriendo, solo que se ponía en pie y se recolocaba el agamte. Cuando se incorporó sufrió un mareo del que por suerte consiguió reponerse pronto. Fue una fortuna que no se vomitase encima.

El muchacho buscó la mirada de Simila, quien seguía los acontecimientos con normalidad. Seria, con aquel gesto altivo y a la vez dolido que siempre la acompañaba. Nada más. Parecía haberse olvidado de él. Por primera vez, ese no era un motivo de alivio para Lem.

Eso había sido todo. Cuando les llegó el turno, los nuevos augures y los demás estudiantes se encaminaron hacia la puerta sin romper la formación. Despacio, en silencio.

Era un oficial augur a todos los efectos. No había nada que celebrar.

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Jamás habría sospechado que caminar descalza podría proporcionarle semejante placer. Por ese suelo fresco y húmedo, cubierto por aquellos filamentos puntiagudos que, para su sorpresa, no pinchaban. No solo eso, sino que además amortiguaban los pasos.

Y ese tono radiante, chocante y antinatural que reinaba sobre todo y todos. Allá donde posase los ojos había resplandor, o al menos eso parecía en un principio. Porque, en realidad, aquel torrente de luz provenía del cielo. Asustaba de solo verlo. Un cielo que no estaba nublado, sino que era profundo, infinito, inabarcable. Y de ese tono intenso y radiante que no terminaba nunca. Ese imposible que no era ni blanco ni negro ni ninguno de los millones de grises, sino todos a la vez. Y, al mismo tiempo, no era nada de eso. Ni se le parecía.

¿Y qué decir del agujero del cielo? El causante del derroche de luz era aquel punto por el que se colaba una claridad que lo inundaba todo. Una explosión detenida en las alturas. Su fulgor era algo que iba mucho más allá del blanco, como si hubieran fundido todas las piezas de metal del mundo y las hubieran colgado de allí arriba.

Era también el responsable del calor, lo que parecía aún más inverosímil. Bajo aquel imperio de luz abrumadora, el frío, simplemente, no podía existir. Los ropajes no eran necesarios; de hecho, ella y los demás que aparecían en el sueño llevaban más piel a la vista que cubierta. Y si no iban por completo desnudos era por pudor.

¿Qué hacía ella, una asesina consumada, allí danzando, riéndose despreocupada mientras una bola en el cielo entraba en combustión y amenazaba con aniquilar el mundo? ¿Por qué no dejaba salir ese pánico que sentía? ¿Por qué nadie avisaba para que se pusieran a cubierto o, al menos, rezasen a los dioses una última plegaria? Nada, ella no tenía el control de la situación. Era una intrusa en aquel cuerpo; una suerte de

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espectadora que no tenía más derecho que continuar la fiesta mientras durase.

De su boca seguían saliendo risas y esas palabras incomprensibles. Disfrutaba del agua cristalina de esa alberca donde jugaba. Se sumergía, salpicaba, voceaba cosas sin sentido a otra mujer semidesnuda y… a una pequeña paria que le sonreía con una boca llena de mellas. Una niña. Allí, en su agua. ¡Y disfrutaba con ello!

La caminante era feliz de una forma que le repugnaba. Quería gritar, salir corriendo, sumergirse en la Umbra y que nadie más volviera a saber de ella.

Fue con esa sensación con la que despertó. Sobresaltada, empapada en sudor pese a lo poco que le resguardaba esa manta mohosa. Con la boca agria. Estaba en la buhardilla, en el colchón que podía considerar suyo. A salvo, aunque decir eso en aquella casa era siempre un exceso.

Entonces, mientras trataba de echarle el lazo a su pulso, un pensamiento le salió del fondo de la cabeza.

«Mierda, la sabionda».

La vieja parecía ofendida cuando Nyx se presentó casi media hora después de lo acordado, pero la joven se mostró indiferente. Si esa señora quería enfadarse, allá ella. De hecho, la versión irritada de Kasidra era preferible a la normal, toda sonrisas, preguntas indiscretas y comentarios molestos. Por desgracia para la muchacha, la cartógrafa solo estaba haciéndose la enfadada y su actitud risueña reflotó al poco.

«Así me coman los Grises».

Con prisas, tratando de pasar desapercibidas, lo que en Niño Perdido era casi imposible, la señora condujo a Nyx a las afueras. En aquel villorrio, el concepto «las afueras» era, cuando menos, difuso. Al estar las casas tan asimiladas al terreno, al aprovecharse tanto los desniveles y las cuevas naturales, nunca se sabía con exactitud dónde terminaba el pueblo y dónde empezaba el Páramo. Cuando uno pensaba que ya había salido, a lo mejor le sorprendía una ventana asomándose por un terraplén, o una chimenea salida de entre unas rocas. Tampoco ayudaba la ceniza, que lo unificaba todo.

De cualquier modo, el punto hacia donde Kasidra guio a Nyx parecía quedar lejos del callejero. Al menos estaba desierto. Se trataba de una

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explanada acotada por una pared rocosa con forma de media luna. Una especie de patio surgido del capricho de la naturaleza sin mayor gracia ni misterio. Un lugar como tantos otros.

Pese a que aquello estaba desierto, ambas mujeres se apretaban tras un peñasco solitario para no ser vistas desde el otro lado. En realidad, solo la joven apoyaba la espalda, ya que la anciana tocaba la piedra con la mochila cuan grande era, y eso, además de cómico, casi la hacía visible, lo que arruinaba el propósito de estar escondidas.

La muchacha se preguntó más de una vez qué sería aquello tan importante que guardaba allí dentro la sabionda. Debía de tener un gran valor para que se empeñase en llevarlo consigo a todas partes. Y, sobre todo, le intrigaba saber cómo lo hacía para soportar el peso como si nada.

—Creo que no hay riesgo de que nos vean —murmuró Kasidra mientras se asomaba por el borde. «No será por ti, vieja»—. Tengo muy estudiada la zona; no se espera a nadie por aquí durante la próxima fracción.

La anciana consultaba aquel reloj de dimensiones ridículas. Nyx no terminaba de entender la utilidad de llevar encima semejante artefacto solo para saber la hora, pero había decidido no involucrarse en aquella misión más de lo necesario. No iba a hacer ningún esfuerzo extra por comprender a esa grotesca señora; bastante tenía con procurar que no la pillaran haciendo lo que fuera que habían ido a hacer allí.

Se levantó un poco para vigilar también al otro lado. Una veintena de pasos más allá se levantaba la pared rocosa. Un trozo de montaña donde alguien había incrustado un portón; una pieza metálica comida de óxido todavía más basta y sucia que la propia piedra. Sin apenas brillo. Lo cierto era que, una vez que se lograba distinguirlo, desentonaba bastante con el entorno.

—Esa es la puerta que quiero que abras —dijo la señora. «Pues ya me dirás cómo»—. Seguro que con tus artes encuentras la manera —añadió como si le hubiera leído los pensamientos.

Nyx estudió la cara de la cartógrafa durante un latido. No encontró más información, como de costumbre, por lo que supuso que eso era todo lo que tenía que decirle.

Tomó aire y, sin dejar de mirarla a los ojos, se deshizo en una nube de humo. Sabía que esfumarse delante de alguien sin avisar podía ser considerado de mala educación. Pero, ah, causaba un efecto

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impresionante. La muchacha buscaba asombrar a la anciana, desde luego, aunque el verdadero motivo de su repentino salto a la Umbra era otro. Su percepción en la Umbra era tan pobre que desde aquella distancia apenas si podía distinguir nada. En cambio, cuando la totalidad de su cuerpo atravesaba el Velo, sus sentidos mejoraban. Un poco, al menos.

Más que correr, voló sobre el terreno que la separaba de la puerta. En la Umbra ganaba en velocidad y agilidad. Era como si de súbito ya no pesara nada. Como si más que una persona pasase a ser una sombra. Eso la hacía tan letal. Y le encantaba.

Observó el portón de cerca. Tan sólido y rudo como ya había tenido la ocasión de ver desde el plano real. Su superficie estaba descascarillada y había innumerables grietas, pero seguía siendo un elemento sólido que ella no podía traspasar. Estaba claro que tenía que encontrar otra vía de acceso. Miró a un lado y a otro. Ninguna pista.

Aquello no la desanimó. Conocía lo cambiante y traidora que era la Umbra; tarde o temprano se presentaría alguna ventana o una grieta, una oportunidad de traspasar aquella ladera. Decidió ir hacia arriba. Trepó sin apenas esfuerzo hasta lo más alto de aquel promontorio. Para su sorpresa se encontró con una verja de un metal que relucía negro como si se tragase la luz que pasaba alrededor. Era una sucesión de lanzas que apuntaban al cielo y que seguían y seguían más allá de su campo de visión. La muchacha sabía que aquello no era auténtico, sino otro de los espejismos del inframundo.

Pasó entre dos de las varas. La caminante era tan menuda que, incluso con el gabán, cabía sin problemas. Una vez al otro lado, siguió investigando. En los alrededores no parecía haber nada que resaltase y ella tampoco quería alejarse demasiado del portón, que era su referencia. Fuera lo que fuese aquel lugar donde la cartógrafa quería entrar, en esos momentos se hallaba bajo sus pies.

Entonces la vio. Una grieta en el suelo pocos pasos más allá. La examinó con detenimiento. Como no sabía si esa grieta era real o solo una aparición de la Umbra, tuvo que atravesar el Velo para verla con sus propios ojos. En efecto, aquello no estaba en el mundo.

«Luego es una aparición del inframundo».

Con la manga se secó el sudor que acababa de brotarle de la frente. Los saltos de ida y vuelta a la Umbra no le salían gratis. Equivalían a una

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carrera breve pero intensa. Como atravesar la plaza del mercado huyendo de la guardia del Duque.

Sólomon, cómo no, le había repetido oncenas de veces que, con el entrenamiento adecuado, podría pasar de un lado a otro casi sin darse cuenta. No solo eso, sino que incluso podría ojear el mundo real mientras su cuerpo estaba en el inframundo, algo absolutamente impensable para ella en esos momentos. Parecía que no había nada que el capellán no pudiera conseguirle con su dichoso entrenamiento.

«Puto viejo y sus promesas de mierda».

Nyx expulsó el aire resoplando y se sumergió de nuevo en la Umbra, con lo que convirtió su cuerpo en una nube de sombras. Asomó la cabeza por la grieta y vio que aquella abertura se ramificaba. Era, más que una galería, una rotura en el tejido de la roca, un pasadizo cortesía del inframundo.

La joven se introdujo en ella con extremo cuidado y, al mismo tiempo, con prisa. Nunca le había ocurrido, pero temía que aquellos cambios temporales al otro lado del Velo se deshicieran del mismo modo en que se formaban. Porque sí, por un capricho de no se sabía qué dios. ¿Se quedaría atrapada en la roca si, de golpe, la grieta desaparecía? No quería comprobarlo.

Descendió procurando no perder demasiado la orientación. El único sentido con el que contaba para guiarse era el oído, pero en la Umbra no podía fiarse. Todo era cacofonía y distorsión. Pese a ello, le pareció que más adelante había un ruido blanco de base, constante. Eso era propio de espacios abiertos y calmados.

Pronto encontró entre las rocas el reflejo del brillo negro del metal. Muy tenue, pero suficiente como para iluminarse. El pasadizo terminaba allí. Sacó la cabeza.

Lo que halló al otro lado la sorprendió. Se encontraba a más de veintidós varas de altura, en la pared de una galería subterránea inmensa. Parecía el túnel hecho por un gusano descomunal. Había estructuras metálicas a ambos lados que seguían la galería a lo largo hasta que se perdía de vista. Ella jamás había visto algo así. Estructuras esbeltas y cuidadas, de un metal que se veía ajado, pero que aún conservaba algo de su brillo. Nyx dudaba que existiera ningún herrero capaz de construir nada así. Ni el más dotado. Ni con toda la Gracia del mundo.

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—Que me lleven los Ténebres —dijo Nyx para sí, aunque de inmediato se arrepintió. No le gustaba mencionar a esos brujos estando en la Umbra, no fuera a invocar a alguno.

Aquello parecía otra más de las ilusiones propias del inframundo. Sin embargo, ella no podía comprobarlo desde allí. Se encontraba dentro de la pared en una grieta que no existía en el mundo real. Si atravesaba de nuevo el Velo, quedaría atrapada en la roca real, lo que sería la muerte más segura y estúpida que se le ocurría. Solo le quedaba la opción de lanzarse hacia la plataforma superior de la estructura metálica. No quedaba tan lejos. Sacó medio cuerpo de la grieta de la que procedía y echó un nuevo vistazo.

Miró en la dirección en la que suponía que se encontraba el portón y, en efecto, ahí estaba, a lo lejos. La mala noticia era que se hallaba custodiado por un guardián. La joven se preguntó si aquel tendría el don. Y, de ser así, cuánto podría acercarse a él sin ser detectada. Tomó aire y se dejó caer sobre la plataforma. Ningún ruido acompañó a sus movimientos. Era éter y tinieblas.

Se acercó a la barandilla y se asomó abajo. Nadie. Solo un terreno blancuzco que en el mundo real debía de ser más bien oscuro. Parecía un campo de materia.

Pese a ir por la Umbra, avanzó agachada hasta quedar a una distancia del guardián que consideró prudencial. Nada, este no daba señales de haberla descubierto. Se trataba de un zopenco con más pinta de paria que se ha topado con una espada, que de soldado real. Para colmo, casi estaba dormitando. Nyx sopesó sus opciones, aunque su mano zurda ya parecía haber tomado una decisión al agarrar el mango del cuchillo.

El portón se abrió con un chirrido ronco. Lento, pesado, cauteloso. Nada más ver la melena desgreñada de la caminante ondeando al viento, Kasidra salió de su escondrijo.

—Sabía que podía contar contigo —dijo modulando la voz, pero sonriendo aún—. Vaya, te dejo sola un momento y ya te has cargado a uno. Eres una nena muy traviesa.

«Vete a cagar».

Nyx esperó a que la vieja terminase de esconder el cuerpo. Aquella forma tan metódica de proceder con un cadáver tan reciente hizo a Nyx

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sospechar que se estaba metiendo en un jaleo mayor del esperado. Tampoco era ninguna sorpresa. La joven cerró la puerta y la trabó por dentro tal y como se la había encontrado. Si tenían que volver a salir por allí, al menos no se entretendrían con cerrojos complicados.

Kasidra sacó aquel extraño bastón lanzatruenos y Nyx tragó saliva. La gema que ella quería estaba ahí dentro. La cartógrafa manipuló el artefacto con oficio hasta hacerlo casi tan alto como ella. Una vez lista el arma, le echó un vistazo barandilla abajo. A su sonrisa habitual se le sumó un gesto de satisfacción que a la caminante le resultó repelente.

La señora comenzó a avanzar por la pasarela en dirección a unas escaleras con forma de caracol que descendían por toda la estructura hasta el nivel del suelo. A su espalda, la joven la seguía sin quitar ojo a esa mochila tan aparatosa. Aquella cesta rígida no parecía tener aperturas ni asas de las que tirar. La muchacha no se hacía ni una leve idea de cómo se podría abrir, y eso complicaba la opción de desvalijarla sin que se diera cuenta. Otro escollo importante.

—Mira esto, corazón, no te lo pierdas —susurró Kasidra señalando hacia abajo, más allá de la barandilla.

La joven le hizo caso con cautela. Echó un vistazo. Allí abajo no parecía haber nada destacable.

—Fíjate bien —insistió la anciana señalando un punto en concreto.

La caminante chasqueó la lengua, pero obedeció. Algo parecía removerse entre la tierra del fondo. Algo demasiado grande para ser un grupo de insectos o un demonio que estuviera husmeando por allí. Al observar con mayor detenimiento, la joven distinguió unos brazos desnudos rebozados en tierra oscura. A partir de ahí ya fue inevitable descubrir el cabello, las orejas, una cabeza completa. Pertenecía a una mujer de mediana edad, con bolsas debajo de los ojos y alguna cana despuntando en la cabellera tan cubierta de tierra que se confundía con el resto. Estaba a medio enterrar.

No, a medio desenterrar.

«Un campo de almas —comprendió Nyx—. Esto es un campo de almas».

—Parece que alguien está muy interesado en mantener en secreto una parte de los que llegan al pueblo —comentó Kasidra.

Pero eso no tenía sentido. El campo de almas de Niño Perdido se encontraba a las afueras, al aire libre y la vista de todos, como era normal.

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Guardar uno bajo llave era un disparate, no podía interesar a nadie. En realidad, no existía persona con la capacidad de hacer eso por su cuenta. Salvo tal vez el Duque.

«¿O…?».

Una idea puso en alerta a Nyx. ¿Conocía el capellán este lugar? Porque era él el encargado de leer los cristales de todos los nacidos en el pueblo.

—¿Qué es eso? —preguntó la caminante.

La anciana sonrió, claro, como no podía ser de otra forma. —Empiezan a salir a la luz los secretos de Niño Perdido, ¿eh? —dijo

la vieja intrigante.

—¿Dónde estamos? —volvió a preguntar Nyx, esta vez más seria. No tenía ánimos para juegos.

—Vente conmigo a descubrirlo —respondió Kasidra, y siguió bajando las escaleras.

Aquella no era la respuesta que ella esperaba, pero tuvo que conformarse. Volvió a fijarse en la mujer que estaba llegando al mundo. Esta ya se había desenterrado hasta la cintura. Entonces comenzó a toser y convulsionar. Un lamento pesado y grave salió de su interior. Tras un par de arcadas, vomitó un pequeño cristal.

«Y así empieza todo».

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Como no podía ser de otra forma, los despertares en la Academia resultaban harto desagradables. En un lugar donde el control y la disciplina eran tan asfixiantes, cabría esperar que para sacar a los augures del sueño habría un toque de campana o algo similar. Sin embargo, esta labor se la dejaban a los que volvían de concluir su jornada. Entraban en el dormitorio dando golpes, hablando a voces entre ellos, asegurándose de que todos quedasen bien despiertos. Y pobre del que se quedara en la cama.

Los augures despertados tenían que calzarse, vaciar el orinal y asearse entre insultos y, a veces, empujones de los recién llegados, que demandaban su descanso. Y así siempre. A veces los turnos variaban, de manera que lo normal era que cada augur fuera alternando cuándo trabajaba, estudiaba, veía a solicitantes del porvenir y descansaba. Eso evitaba que se formaran grupos, que producían uniones indeseadas. Nada bueno podría salir de eso.

Este maltrato, en lugar de despertar la solidaridad entre los augures y hacer que se creara un frente común y fraternal, era combustible para la ley del más fuerte, la violencia y el desprecio por los demás.

Tocaba ir al refectorio. Lem nunca tenía apetito con el despertar tan reciente, pero no le quedaba más remedio que desayunar a la hora establecida. La alternativa era morirse de hambre durante cinco horas hasta el almuerzo.

—Costras —dijo una voz autoritaria a su espalda.

La sorpresa no vino porque no reconociera a su dueña, que era Simila, sino porque no la esperaba allí. De hecho, excepto en una clase o durante una salida, nunca se sabía nada de ella. Era tan grande el desprecio que esa maestra sentía por los alumnos, que procuraba mantenerse bien alejada de ellos.

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Algo le decía a Lem que, tras el nombramiento como oficial augur, ese tipo de sobresaltos iba a terminar. Al parecer, estaba equivocado.

—Maestra Simila —tartamudeó.

Allí estaba, junto a la puerta del dormitorio, cruzada de brazos. Como una estatua erigida en conmemoración de una plaga especialmente letal.

Había algo en la forma de mirarlo. Algo que él no supo identificar.

Demasiado tenía con contener las ganas de salir corriendo.

—Acompáñame —dijo ella justo antes de darse media vuelta y empezar a caminar en dirección opuesta a la que habían tomado sus compañeros. Parecía que no habría desayuno para él.

«Pero ¿cómo sabe que soy yo?», se preguntaba Lem mientras seguía a su maestra cubierto por completo por el agamte.

La Academia era un edificio enorme, pero no por ello majestuoso. De hecho, le ocurría un poco lo contrario. Parecía el producto de haber ido uniendo varias casas colindantes a lo largo del tiempo. Había pasillos, patios y escaleras en cualquier lugar, salidos de la nada. Existían cambios de nivel constantes y no era raro que las puertas necesitasen algunos peldaños para igualar la altura de las distintas estancias. Las losetas de los suelos eran dispares, así como las de los techos. Incluso parecía complicado encontrar ángulos rectos, aunque esto obedecía más bien a la norma en toda la ciudad.

Eso daba lugar a un edificio angosto, retorcido, laberíntico, donde si abandonabas los lugares frecuentes de paso, lo normal era perderse. Incluso para los veteranos. Simila, por supuesto, era una excepción; se lo conocía con un detalle espeluznante. Nadie sabía cuánto podía llevar habitando aquel edificio maldito. Eso podría explicar el odio que sentía por todo lo que allí dentro se contenía.

Lem iba perdido mientras seguía a su maestra. Si de repente ella desapareciera, él no sabría muy bien hacia dónde ir. La posibilidad de quedarse solo y aislado en un punto indeterminado de la Academia hacía que las tripas se le cambiasen de postura. Por eso caminaba tan cerca de su maestra; no porque sintiera aprecio alguno por ella.

Tuvieron que subir y bajar muchas escaleras, atravesar muchas puertas, pasillos y patios hasta que llegaron al bloque de la Doncella, el ala destinada a los maestros. Lem lo reconoció cuando ya estaba casi en el despacho de Simila. Ella lo invitó a entrar y a él no le quedó más opción

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que obedecer. Seguía siendo un augur en la Academia. Su papel era ofrecerse, servir, acatar.

No había terminado de cerrar la puerta a su espalda cuando la maestra tomó la palabra. Parecía ansiosa por anunciar aquello; fuera lo que fuese. Lem tragó saliva.

—El porvenir te aguarda —dijo ella en un tono casi neutro.

—El porvenir te juzga —respondió él mal que bien, trabándose más de lo normal, lo que era mucho, demasiado.

—Costras, ya eres un augur de verdad —dijo—. Quién lo iba a decir. «Sí, maestra», estaba a punto de responder Lem en respuesta, pero las

palabras se le quedaron atravesadas en la garganta cuando vio que la maestra tenía en las manos una Hoja del Destino. Y no una cualquiera, sino la que debía de ser su Hoja del Destino. Tragó una saliva ácida y salobre.

—Después de la Ceremonia de la Verdad debes de tener cientos de dudas, ¿verdad? Puedes soltarlas ahora. Vamos, a mí no me puedes engañar. He visto pasar por este proceso a casi todos los augures de la ciudad.

O Lem estaba empezando a disociarse de aquella conversación o algo había cambiado mucho en el tono de Simila. Parecía más ¿amigable? Desde luego, ya no sonaba tan cáustica. Esto confundió sobremanera al muchacho, que se quedó más bloqueado que de costumbre.

—La quieres, ¿verdad? —dijo la maestra mostrando la mano donde sujetaba el puñal ceremonial.

La hoja de cristal emitió un destello que a Lem le pareció arrebatador.

—Sí, maestra —tartamudeó.

—Pues para merecértela tienes que vaciar tu mente de dudas. Un augur de verdad no titubea. ¿Sabes por qué? —Lem estuvo a punto de responder, y lo habría hecho de no ser porque ella se le adelantó y siguió hablando—: Porque un augur habla la Verdad con mayúsculas. La Verdad. Siempre. Sin excusas. Lo sabes, ¿no?

—Sí, maestra —se esforzó por contestar.

—Entonces, venga, libera tus dudas, es el momento.

Hubo silencio. Lem se removió en las apenas dos losetas que ocupaban sus pies. Dentro del agamte era aún peor. Sudaba y los dientes le castañeaban.

—No tengo dudas, maestra —contestó.

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—Ja —lo interrumpió ella—. Perdona, pero no te creo. No te he visto acertar ni una sola vez con la lectura del porvenir y, sin embargo, aquí estás. Pasaste la Ceremonia de la Claridad. Me estás mintiendo si me dices que no tienes dudas, y ya hemos dejado claro que solo puedes hablar la verdad. La verdad, nada más que la verdad.

Aquello lo dijo con entusiasmo, de un tirón. Era cierto que había abandonado el tono hostil que solía acompañarla, pero seguía sonando demasiado rara a oídos de Lem. ¿Qué quería de él? ¿Que le confesara que no tenía ningún don? ¿Que las pocas veces que había leído el porvenir se lo había inventado? ¿Que se temía que todo eso de leer el futuro fuera mentira?

«¿De verdad quiere que le diga eso? Imposible».

—Hay algo que no me quieres contar y no entiendo por qué —insistió ella—. Ahora eres un oficial augur de pleno derecho. Estamos al mismo nivel. Puedes hablar sin temor. Saca esas dudas.

Aquello sonaba tan extraño que no podía ser verdad. Era eso: quería que le hablase de sus dudas sobre el porvenir, sobre el don de la Aullante. Pero decirlo sería como admitir que no creía en la diosa. Y él era un augur; esas palabras en su boca significaban la condenación. La más horrible muerte tras infames tormentos.

Simila dio un paso hacia él. Por un lado, le ofrecía con más convencimiento la Hoja del Destino. Por otro, se mostraba más cercana. Nunca la había visto así.

—Vamos, suéltalo —le dijo con una voz que era casi dulce—. Puedes confiar en mí, Lem.

«Lem».

Eso fue lo que hizo saltar el resorte en el interior del muchacho. Su propio nombre en los labios de esa mujer. Era una trampa. Ya no había lugar a dudas. Jamás confiaría en ella.

El joven augur dio un paso atrás, más instintivo que premeditado.

Luego se quedó en el sitio, muy quieto.

—No tengo dudas, maestra —dijo.

Y acto seguido calló. Los labios apretados como si temiera que se le fuera a salir el alma por la boca.

Simila chistó. En un principio compuso una media sonrisa, pero de inmediato mudó el gesto y lo cambió por una mueca de desagrado. Su mueca de desagrado. Lem no supo interpretar aquello.

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—Tómalo —dijo alargándole el puñal ceremonial de mala gana—. Has pasado la prueba.

Lem titubeó, pero solo fue por un momento. Casi de inmediato movió la mano para agarrar la ansiada arma. Como ella lo tenía asido por la empuñadura, le ofrecía el filo de cristal. Por allí lo cogió el muchacho. Sin embargo, cuando fue a tirar de él, se encontró que la maestra no lo soltaba. Ella aprovechó este momento de desconcierto para dar un paso hacia él. Se le pegó tanto que podía sentir el roce de su aliento contra la tela del hábito.

—Escúchame bien, gusano. Sé lo que piensas de la lectura del porvenir. Sí, lo sé aunque no lo quieras reconocer. ¿Sabes por qué? Porque sé que eres incapaz de verlo. No, no te hagas el sorprendido —le dijo leyendo sus torpes movimientos por evitarla y por llevarse el puñal, ya que la cara estaba por completo cubierta—. Eres incapaz de ver el futuro, Costras…, y, sin embargo, deberás leerlo varias veces cada jornada. Todas las jornadas de lo que te quede de vida. Si no lo haces, serás un augur defectuoso. Si mientes, serás un hereje. Una y otra cosa son castigadas de la misma forma, Costras. Sí, lo sabes muy bien.

«¿Qué es lo que supone que tengo que hacer entonces?», gritaba por dentro el muchacho.

—Mas todo lo que digas tiene que ser la verdad. Solo la verdad, Costras, ¿lo has entendido? Eres incapaz de decir la verdad, pero solo podrás decirla.

Entonces Lem lo entendió.

«Estoy obligado a mentir. Y si alguien descubre que lo hago, me matarán. Es eso».

Y eso lo llevó a otra espantosa conclusión.

«Todo es mentira».

—Sí, maestra —dijo en un susurro, aunque esa vez sin tartamudear. Aquello no agradó a Simila, aunque nada en ese momento podía

hacerlo. En respuesta, la maestra apretó los dientes con rabia y dio un tirón de la Hoja del Destino.

—¡Ah! —chilló Lem.

Tenía un corte profundo que cruzaba la palma de la mano y tres dedos. Sangraban con profusión. El puñal ceremonial había caído al suelo rodeado de goterones negros. Por suerte, no se había roto.

—Esto que te sirva de preparación para lo que viene, gusano —dijo Simila—. Ahora, sal de mi vista. Y no dejes caer tu puñal de cualquier

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manera.

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Desde aquella loma la vista dominaba casi la totalidad de la zona. Allí, justo debajo de donde Maia y Wylar se encontraban, había una discontinuidad en el Páramo. Un agujero del tamaño de una ciudad deformaba el terreno. Se asemejaba a la pisada en el barro de la garra de una criatura colosal. Negro, sin fondo.

Phasis el funesto le dio un empujón a Maia que casi la desestabilizó.

La guerrera sacudió la cabeza y volvió a fijarse en aquella grieta grotesca.

—¿Cómo dices que llaman a esto los lugareños? —preguntó Wylar un par de pasos más abajo.

—El foso de los Ahogados —respondió ella.

—Siempre hay un foso de los Ahogados, o un acantilado de los Despeñados, o un desierto de los Imbéciles, yo qué sé —comentó él con desprecio—. Parece la pisada de un Arconte. Debería llamarse la pisada del Arconte.

—Como si esos palurdos supieran lo que es un Arconte.

Se quedaron en silencio admirando un poco más el paisaje. Solo Phasis ululó contra ellos. Ahí arriba estaban expuestos a sus caprichos.

—¿Y qué hacemos aquí? —preguntó el arquero al cabo de un rato.

Aquella era una buena pregunta. Su misión no era explorar el Páramo.

Y, además, hacía un frío que cortaba el alma. La guerrera gruñó algo.

—Venga, vámonos.

Volvieron al camino y al polvo. Ese era el sino de los soldados desplazados como ellos. Al menos los vientos se habían vuelto perezosos en la última hora, lo que facilitaba el avance, aunque también favorecía que los tábanos y las moscas campasen a sus anchas. Viajar tranquilo y en paz por el Páramo; no existía tal cosa.

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En las contadas ocasiones en que nada soplaba, se solía decir que el viento se había quedado en casa. Era una expresión que venía de un relato sagrado que contaba cómo Sünya, la hija del Reo y del Audaz, consiguió atrapar a los tres vientos en las mansiones de la Eterna, lo que provocó a su vez que esta última perdiese por un tiempo la razón. Por eso todos los artistas de ese periodo pintaron el mundo con los tonos invertidos. Era así como explicaba el Culto de la Palabra la creación de la Umbra.

Maia y Wylar se apretujaron en las capas, abrazados a ellos mismos. Se limitaban a consumir leguas y leguas de camino sin más compañía que sus propios pensamientos.

Entonces el antebrazo de ella impactó en el pecho de él. Y como la guerrera era incapaz de hacer nada con suavidad, sobresaltó a su compañero y lo dejó sin respiración.

—Por todos los nombres prohibidos, Maia, ¿qué coño haces? — preguntó él cuando recuperó el resuello.

—¿Lo has visto?

Tenía ese gesto tan característico suyo que al arquero le recordaba a la efigie de un general muerto.

—¿Qué hay que ver ahí? —respondió él.

Casi no terminó de decirlo, porque Maia lo mandó callar.

—La Umbra —dijo ella.

El arquero atravesó el Velo. Miraba en la misma dirección que su compañera, pero no veía nada. Su percepción al otro lado había mejorado mucho desde que entró en el ejército y empezó a practicar, pero seguía siendo peor que la de ella. Eso no lo hacía demasiado feliz. Iba a decirle que seguramente no fuera nada, solo que se calló porque Maia ya había salido corriendo y a él no le gustaba hablar solo. Fue a quejarse, a gritarle algún improperio a su espalda, pero tampoco dijo nada al ver que ella desenfundaba el hacha. Aquello parecía serio.

«Mierda».

Era verdad que Maia había visto algo. Sus sentidos siempre habían funcionado a la perfección, tanto a este lado del Velo como al otro. Era parte de su adiestramiento. Subió la cuesta de un leve altozano, uno de esos que se podían encontrar de tanto en cuanto desperdigados por el Páramo. Había detectado algo correteando justo en la ladera. Algo muy veloz que se había ocultado en la otra cara de la loma. La mujer aminoró la marcha cuando estaba a punto de coronar la suave cumbre. Sumergió los

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ojos en la Umbra en busca de una fuente de halos. Con tan poco viento, sabía que solo encontraría alguna saliendo de alguna grieta. No hubo suerte, de modo que sacó su calabaza, quitó el tapón y aspiró. Esa Furia le serviría.

Con ambas manos aferrándose al mango del hacha, la guerrera saltó por encima de la cresta. Allí donde esperaba encontrar a su presa no había nada. Tampoco ningún lugar donde esconderse. No podía ser. Estaba segura de haber visto a una criatura. Pasó de nuevo a la Umbra y volvió a inspeccionar. Tampoco.

Entonces Wylar la alcanzó. Traía con él su daga y lo que Maia conocía como su «gesto de combate»: una expresión que aunaba la desconfianza con la concentración. Ahí se dejaba ver que, en realidad, el arquero no era tan listo como quería aparentar. Pero eso le daba igual a ella, ya que hasta en esas circunstancias lo encontraba arrebatador. Incluso en el inframundo, donde las caras se deformaban hasta la monstruosidad, era capaz de verlo guapo. Era absurdo, pero no lo podía evitar.

«Céntrate, Maia, coño».

Dirigió la vista hacia la tierra que tenía delante y que caía con relativa suavidad. Sin consultar a su compañero, la mujer salió corriendo cuesta abajo. Entrecerró los ojos en plena carrera; había algo más adelante, escondido en aquel suelo desigual, una discontinuidad en el terreno que solo se diferenciaba si se tenía el ojo entrenado.

Allí estaba: un agujero circular de casi dos varas de diámetro.

—O mucho me equivoco o acabo de descubrir un pozo —dijo a la nada, ya que Wylar todavía andaba demasiado lejos como para escucharla.

Al asomarse comprobó que la negrura se tragaba el fondo. Ese pozo podía alcanzar unos pocos pies de profundidad o no terminar jamás. Solo había una forma de averiguarlo. La mujer se agachó e introdujo el hacha más allá del borde. La iluminación que proporcionaban las partes de metal fue insuficiente. Le dio igual. Sabía que aquella criatura había huido por ahí.

—¿Me puedes decir qué está pasando? —preguntó Wylar cuando al fin la alcanzó.

—Un Gris.

—No me jodas. —Ella respondió con un movimiento afirmativo de la cabeza. Él chasqueó la lengua y escupió al suelo—. Bueno, ¿y qué?

—¿Cómo que «y qué»?

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—Pues que nos estamos desviando de nuestra misión —repuso él.

—Ahora te importa nuestra misión.

Él respondió con un gesto de incomodidad. Su vocecilla interior se temía lo peor.

Maia lanzó una risa que era mitad contento, mitad burla.

—Vamos a bajar —dijo—. Y se acabó.

El pozo tenía unos tres pisos de profundidad. Estaba seco, por supuesto. Cuando Maia saltó al fondo, descubrió el pasadizo que allí se abría y que penetraba en las entrañas de la tierra. De inmediato supo que aquello no le iba a gustar a Wylar.

El arquero tocó suelo poco después. A diferencia de su compañera, él sí venía quejándose, aunque sabía que eso no haría que ella cambiase de parecer. Se detuvo para recomponerse la coleta y, solo entonces, liberó el arco. También se pasó el carcaj a la altura de la cintura, desde donde era más fácil extraer las flechas. Tomó una y la colocó en el cordel del arco. Luego echó un vistazo en la Umbra. Chistó al ver varias ventanas en las paredes del pozo, sobre sus cabezas.

—Mal asunto —dijo.

—Bah, demasiado pequeñas para que salgan Grises de ahí —comentó ella con superioridad.

—Ya veremos.

La vocecilla en el interior de Wylar le recomendaba no continuar. No obstante, comenzó a seguir a su compañera, que ya se estaba adentrando en el túnel. Él apuntaba con el arco al vacío. La luz de la punta de la flecha, sumada al metal del hacha, resultaba insuficiente. Aun así, los guiaba. Caminaban con cuidado, muy despacio. De allí dentro no procedía ningún sonido. Seguían huérfanos de los tres vientos. Wylar jamás pensó que los llegaría a echar de menos.

Cuando ya habían perdido la cuenta de los pasos recorridos, el túnel empezó a descender. Muy tímidamente al principio, con mayor descaro después. Todavía era transitable, pero de seguir así podría llegar el momento en que los obligara a buscar apoyos para no resbalarse. Por fortuna, antes de que eso ocurriera, la galería recuperó la horizontalidad. También se ensanchó. Fue un cambio tan repentino que perdieron la sensación de estar en un túnel. La luz del metal ya no alumbraba lo

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suficiente como para distinguir en la negrura ni las paredes ni el techo. La Umbra tampoco ofrecía nueva información. Más bien suponía un recordatorio de lo insignificantes que eran en aquella gruta.

El arquero notó una diferencia en el suelo, ahora más duro y firme que antes. Barrió con el pie y, como sospechaba, la capa de polvo y ceniza se desplazó para mostrar un suelo de piedra labrada con señales de haber sido colocado allí mucho, muchísimo tiempo atrás. Todavía conservaba su rectitud.

«La ciudad bajo el Páramo», parecieron decirse con la mirada, pero no abrieron la boca; solo asintieron antes de seguir adelante.

Pese a estar iluminados por el hacha y la flecha, caminaron a ciegas por unos momentos que se hicieron eternos hasta que por fin dieron con una pared. La siguieron tratando de mantener una dirección que no los llevase hacia el punto del que procedían; aunque ya no podían estar seguros de nada. Unas veces, la pared era la irregular roca de una caverna con sus caprichosas formas; otras, una superficie propia de una edificación grande y poderosa como un castillo o una catedral. Y al otro lado del Velo, a diferencia de en el mundo real, cada poco aparecía una ventana o una puerta. Era lo normal y no había motivos para preocuparse, aunque allí abajo, perdidos en un mar de tinieblas, se veían como intrusos en una casa ajena.

Esa sensación se intensificó cuando dieron con un pórtico que podría ser la entrada a una fortaleza colosal. Wylar aullaba por dentro; incluso Maia consideró la opción de dar la vuelta. Aunque no lo exteriorizó, por supuesto. Con una mirada, acordaron obviar aquella puerta inmensa y continuar.

Torcieron un recodo y la negrura volvió a abrirse en todo su esplendor. No sentían el viento, pero sí una especie de lamento que los sobrevolaba. Era una brisilla que transportaba el murmullo del eco. Aquello ponía el vello de punta, aunque ninguno de los dos soldados iba a reconocerlo.

No tardaron en dar con unas escaleras que, para mayor desconsuelo de ambos, descendían aún más. Estaban desgastadas por el abandono pero enteras. Poseían una anchura absurda; tanta que no se veía de dónde a dónde llegaban.

—Esto empieza a darme mala espina —dijo el arquero.

—Chitón.

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Ella no quería dejar salir sus malas sensaciones. Era una forma de evitar que se materializaran. Pensaba que Wylar debería hacer lo mismo.

«¿Qué es, por todos los dioses, un soldado o un paria con arco y flechas?».

Comenzaron a bajar. No supieron cuántos peldaños pisaron. Solo que, poco a poco, el murmullo del viento se materializó y creció, para mayor agitación de Wylar. El aire también comenzaba a ser más fresco. Y, sobre todo, había ahora un pálido reflejo en el ambiente. Apenas eran capaces de notar cómo aumentaba, pero así era. Había algo parecido a la luz.

Pero solo en la Umbra.

A este lado del Velo la oscuridad seguía siendo la norma. Había algo en el inframundo que alumbraba aquella caverna que ya no sabían si lo era.

Todavía tuvieron que descender un trecho considerable hasta llegar al final de la escalera. Tanto habían bajado que el arquero prefería no pensar en lo agotador que iba a ser el camino de vuelta.

Por fortuna, allí abajo habían dado con varias nubes de Furia que flotaban suspendidas en el aire. Suficientes para ellos y para recargar sus calabazas. También había Gracia y Savia, de las que se surtieron, pero en menor medida.

Un murete que apenas les llegaba a la cintura les interrumpió el paso. Al otro lado, la nada más absoluta surcada por una corriente de aire apenas reconocible. Maia se quedó muda. Wylar atravesó el Velo algo más envalentonado por efecto de la Furia. Más allá se abría un valle enorme. Las vistas eran dignas de los miradores más altos de la Torre. Solo que allí se extendía un paisaje imposible.

Torres de un material desgastado ascendían hasta casi alcanzar la bóveda. Algunas de ellas truncadas, otras derrumbadas, pero manteniéndose todavía conservadas en grandes piezas. Majestuosas y completas la mayoría. También había otras estructuras, tal vez menos estilizadas, pero con ese mismo aire majestuoso. Y eran poderosas, nada que ver con la aglomeración de casuchas y edificios varios que se echaban unos encima de otros a los que ellos estaban acostumbrados. Aquello era una ciudad que haría palidecer a cualquier otra.

«Incluso al Mausoleo», pensó Maia boquiabierta.

—¿Por qué la podemos ver? —preguntó Wylar alucinado—. ¿De dónde sale la luz?

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«Buena pregunta».

Tardaron en descubrirlo, pero, a poco que se fijaron bien, la respuesta era evidente. El resplandor llegaba del suelo, de la misma forma que unas ascuas ardientes iluminan una habitación desde el brasero. Sin embargo, aquello no eran brasas. Unas formas en el suelo emitían aquel brillo. Eran diminutas, al menos desde la posición donde se encontraban los soldados, aunque en comparación con aquellas moles, hasta el más corpulento de los cruzados podría confundirse con una pulga. Esas motas de luz eran seres, aunque desde la distancia no había forma de saber cuál era su apariencia. Y parecían innumerables.

Eran tantas esas criaturas que, sumadas, reunían suficiente luz para alumbrar la ciudad. Costaba verlo en un principio, pero esas motas irrisorias se movían. En silencio, pero lo hacían, como una marabunta de hormigas en ebullición.

—Todos esos son Grises —aseguró Wylar esforzándose por que no le temblase la voz.

Maia negó con la cabeza sin despegar los ojos de aquel espectáculo fantasmal.

—Los Grises no brillan —respondió—. Son Profundos. Millares de ellos.

—Profundos. Esfinge.

Aquellas eran criaturas de la Umbra que aparecían y desaparecían a voluntad. Seres espectrales de los que apenas se sabía nada, solo que estaban malditos y se comportaban como humanos. A veces.

Eran un tabú para el Culto de la Palabra. Demonios que traían calamidades. La única solución a ellos era huir y encomendarse a la piedad de los Cinco para no atraerlos.

—Esfinge —repitió Wylar—. Por todos los nombres prohibidos, dime que no vamos a bajar ahí.

La falsa seguridad había desaparecido del discurso de Wylar. Más bien era su vocecilla interna la que hablaba por él. Maia negó con la cabeza. Tampoco le salían muchas palabras. Ambos se quedaron contemplando aquel espectáculo espectral. Tenía algo cautivador, aunque, sobre todo, a tanta distancia no se captaba el peligro real.

El arquero se dio la vuelta, no quería que ella le notara el temor. Entonces captó un movimiento, algo se movía en la oscuridad. El corazón amenazó con salírsele del pecho. Atravesó el Velo y fue peor.

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—Maia.

Pero la guerrera no se volvió hasta que escuchó el gruñido.

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23

Una vez abajo, Nyx y Kasidra se pegaron a la pared de la galería y comenzaron a avanzar. La dirección era aleatoria, ya que ese túnel desproporcionado seguía y seguía sin que se le viera el fin. Además, no era recto, sino que describía una curva amplia y suave. Nyx pensó que, de mantenerse estable más allá de donde le alcanzaba la vista, formaría un anillo colosal más grande que Niño Perdido. Mucho más.

«Sombras, esto no tiene ningún sentido».

El campo de almas se acababa rápido. Su límite era una tosca edificación de piedra que ni conseguía ni pretendía parecerse a la estructura metálica. No cabía duda de que su construcción había sido posterior. Tampoco era un secreto que se derrumbaría muchísimo antes. Ocupaba todo el ancho de la galería por debajo de los pilares de metal. Ahí tenían un nuevo escollo.

Se acercaron para comprobar que se trataba de una pared tosca que apenas lograba mantener una mínima rectitud, como si la hubieran hecho sin ganas, o con prisa, o con los ojos cerrados. Había un portón muy similar al de la entrada, también metálico, pero sin el menor brillo y por completo oxidado. Las hormigas y los coleópteros que por allí trajinaban eran sus silenciosos compañeros.

Nyx aprovechó la tesitura para echar una mirada furtiva a la mochila de la extranjera. Seguía sin encontrar por dónde podría abrirse. Había visto varias veces que la anciana se llevaba la mano allí atrás sin necesidad de mirar, pero no conseguía hallar el lugar por donde accedía a su interior. Aquel era un serio inconveniente para sus planes de latrocinio.

—¿Podrás abrirlo? —preguntó Kasidra señalando el portón.

—Ya te he dicho que no soy tu puta cerrajera —replicó la caminante con fastidio.

—Esas no han sido antes tus palabras exactas —dijo la anciana, que parecía encantada con cada intervención de la muchacha, por burdas que

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fueran.

«Gilipollas».

La cartógrafa hizo el intento de abrir el portón y, por descontado, no lo consiguió. Luego miró hacia arriba. Nyx se imaginó que estaba considerando escalar aquella pared. Eso era lo que pensaba ella misma, desde luego. Como sabía que se lo terminaría pidiendo, prefirió tomar la iniciativa. Así no le daría la oportunidad de soltar alguno de esos comentarios presuntamente graciosos. La caminante se desvaneció. En la Umbra, la cara de Kasidra se tornaba retorcida y pesadillesca.

—Buena suerte —exclamó la señora tal vez con un tono alegre, que, a este lado del Velo, resonó como un bramido demencial. Observó los ojos clavados en los suyos con una malicia difícil de asumir.

Nyx puso cara de asco, un gesto que mantuvo mientras se encaramaba a la pared y empezaba a escalar. Para ella, hecha sombras, trepar por esa superficie rugosa y llena de desperfectos era como subir por una escalera. Una vez arriba, se asomó con cuidado al otro lado de un tímido pretil.

Encontró figuras humanas, once como poco, adultos en torno a gruesas mesas de trabajo, acompañados por niños que llevaban y traían mercancías, aunque Nyx nunca contaba a estos entre los humanos. Los adultos manipulaban una asombrosa cantidad de metal. Libras y libras de placas luminosas tendidas sobre las mesas y apiladas contra el suelo. Cuantos más rincones miraba, más encontraba. Aquella muestra de riqueza en bruto era obscena, redundante.

Nyx pasó entonces a fijarse en algo que tenían en común aquellos hombres: sus manos, la posición de estas y aquello que desprendían. Unas ondas vaporosas salían de las palmas para bombardear el metal. Era calor, radiación, aunque la muchacha no podía asegurarlo, y menos desde tan lejos. Pero lo realmente extraordinario era el efecto que aquello tenía sobre el metal. Luego podía doblarse como si se tratara de barro.

«Herreros. Esto es una fragua».

Ella solo tenía conocimiento de la existencia de dos herreros en todo Niño Perdido. Y no muy diestros. Alguien rico y poderoso debía de estar detrás de todo aquello. Todo indicaba a que se trataba del Duque. Esas eran pésimas noticias, porque ella trabajaba para el capellán local y era proverbial la pésima relación que mantenían los clérigos de la Palabra con los señores de la guerra. Ella, además, ya se había cruzado más de una vez

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con hombres del Duque y estos la andaban buscando. Muy posiblemente habían sido ellos quienes iniciaron aquel rumor de la Marcada.

Y allí estaba ella, enredada entre los tejemanejes de Sólomon, el Duque y Kasidra. No por casualidad, todos eran señores.

«Nunca te fíes de un señor».

En eso andaba pensando la muchacha cuando uno de los herreros pasó demasiado cerca. La joven se agachó de inmediato, aunque permaneció todavía encaramada al muro, colgada a muchos pies de altura. Sabía que los herreros pertenecían al signo de la Bendecida, lo que les permitía manipular los halos para sus artesanías. Eso incluía que, mejor o peor, podían ver tras el Velo.

La joven aguardó un rato más allí suspendida, maldiciéndose a sí misma y al mundo, obligando a sus dedos a agarrarse con más fuerza.

«En qué puto lío me has metido, vieja. Así te arrastre la Oleada».

Nyx dio un salto y se dejó caer al suelo envuelta en sombras pálidas. Luego regresó a este lado del mundo como salida de una nube oscura y con cara de pocos amigos.

—Herreros —dijo sin molestarse en mirar a la cara a la cartógrafa—.

Una oncena o más. Y mucho metal.

—Ajá. ¿Herreros u orfebres? —preguntó intrigante Kasidra.

Nyx se extrañó. No había reparado en ello.

—¿Importa? —soltó.

Eso le sacó una nueva sonrisa a la anciana.

«Ug».

—La verdad es que no. ¿Y guardias? —Ninguno —respondió la muchacha.

—Ajá —repitió Kasidra llevándose una mano a la barbilla; tan teatrera que a Nyx le entraron ganas de acariciarle la cara con una barra de metal oxidado—. ¿Qué te parece si pasamos delante de esos herreros como si nada? Como si fuéramos parte de todo este tinglado y estuviéramos de paso. ¿Crees que lo notarán?

«Eso es una broma, ¿no? Tiene que serlo».

Si para Nyx descifrar las intenciones de la gente normal ya suponía un quebradero de cabeza, con la cartógrafa le parecía el mayor de los enigmas. Entrecerró los ojos como para tratar de encontrar un significado desconocido. La anciana le mantuvo la mirada. Se había quedado, de pronto, muy seria.

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—Si has estado esperando un momento propicio para ponerte a hablar, no lo dudes, cariño, es este —dijo Kasidra concentrada—. Mira que si nos pillan a causa de la falta de comunicación va a ser la aventura más triste jamás vista.

«Pero que lo está diciendo en serio. No me lo puedo creer».

Hubo silencio. La anciana había dejado muy atrás su proverbial sonrisa, lo que, en contra de lo que la caminante habría sospechado, no traía paz, sino inquietud. La joven no supo si preocuparse. Abrió la boca, pero de ahí solo salió algo de aire entrecortado y vaho.

La señora ya no pudo aguantar más y, ante la estupefacción de la muchacha, rompió a reír.

«¡Ug!».

—Luego querrás no gustarme, pequeña.

—¡Cierra la puta boca! —murmuró Nyx con rabia—. Nos van a descubrir.

Por lo menos la cartógrafa mantenía la voz baja. Mientras la joven calculaba los riesgos de abrir en canal a esa vieja descarada, esta ya estaba a otra cosa, con la mirada ausente. Al cabo de unos instantes regresó sus ojos a los de Nyx.

—Todo indica que vamos a tener que crear una distracción para pasar por ahí arriba. —«Eso es que voy a crear una distracción»—. O eso, o esperar a que hagan un descanso, pero el tiempo corre en nuestra contra — dijo consultando de nuevo el reloj, que mantuvo a la altura del bolsillo del que lo había sacado, ya que estaba sujeto por una cadenita—. Te toca demostrar de nuevo tus habilidades, cariño.

—Tú no has hecho una mierda todavía —gruñó la caminante apretando la mandíbula y los puños—. Aparte de tocarme el coño.

¿Hizo esto que la extranjera se preocupase? En absoluto. ¿La hizo reír? Por supuesto.

«Yo es que te mato, vieja asquerosa».

—Tranquila, amor, no te enfades —dijo la extranjera ante la mirada homicida de su compañera—. Verás, más allá de esos herreros se encuentra lo que hemos venido a buscar. —«¿Y cómo mierdas sabes tú eso?»—. Viendo que se trata de un lugar donde hay metal, tiene que haber guardias; y no me estoy refiriendo a pobres diablos como el que dejaste tieso en la entrada. Más bien, gente peligrosa que se dedica a las armas de forma profesional. —«Ya, hijos del Audaz. Estupendo»—. Así que, o bien

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los distraes para que dejen vía libre, o bien te los cargas uno a uno. Con tus talentos estoy convencida de que podrás conseguirlo sin problema.

Aquello apestaba a embuste y, lo que era peor aún, a adulación; y Nyx odiaba una y otra cosa. No conocía a nadie que hiciera eso y tuviera buenas intenciones. En realidad, no conocía a nadie que tuviera buenas intenciones.

«Pero los que adulan son los peores».

—¿Y si mejor los atraigo hasta aquí y tú los fríes? —preguntó la joven señalando el arma de la anciana.

—No sería recomendable. Armaríamos demasiado escándalo y no sabemos cuántos soldados puede haber. Además, ir dejando una montaña de cadáveres a nuestro paso tampoco es ideal. ¿No temes la ira de los Seis, cariño? —preguntó con una sonrisa llena de intención.

Aquello ya fue demasiado para Nyx.

—No metas a los dioses en esto. Sé de sobra que te importan un carajo. Cuando iban a lincharte te dio lo mismo reventarlos a todos —escupió la muchacha mostrando los colmillos.

Kasidra se la quedó mirando con expresión de incredulidad, una ceja levantada y la boca torcida, pero sin llegar a formar una sonrisa esa vez.

—Alguien por aquí es temerosa de los dioses —comentó.

«Claro que lo soy, vieja petarda, y tú también deberías serlo porque te juro que voy a terminar mandándote con ellos», aulló la joven para sí. Pero no dijo nada.

Kasidra tenía la odiosa habilidad de leerla, de conocerla con solo echarle un vistazo. Se sentía desnuda ante esos ojos tan enormes y llenos de vida; tan repulsivos. Y esa sensación era de las peores que había experimentado en su vida.

«Cómo te asesinaba».

Nyx arrugó la nariz, se llevó la mano sin querer a la cicatriz, que le picó con insistencia, y, tras dedicarle una nueva mirada de repulsa a su compañera de aventuras, se encaramó a la pared y comenzó el ascenso. Prefería iniciar una acción suicida antes que seguir expuesta a aquella impertinente señora.

Además, ya había decidido que las cosas se harían a su manera. Pretendía azuzar el caos y hacer que a la cartógrafa no le quedase más remedio que liarse a tiros con los soldados que ella atrajese. Le daba igual el escándalo: ella siempre podría escabullirse por la Umbra. Era mejor

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aún; aprovecharía el desconcierto para acechar a la sabionda y, cuando no la echase en falta, entonces sí, rajar aquella mochila y saquearla con gusto. Incluso albergaba la esperanza de ponerle un cuchillo en el cuello y obligarla a que le contara todo lo que sabía sobre las ruinas del Bazar.

«Bueno, tal vez eso sea demasiado».

Kasidra no tardó mucho en trepar y llegar a la barandilla junto a la muchacha. Sin duda, esos miembros robustos escondían un vigor insospechado. La señora se asomó cuidadosa.

—Supongo que me enteraré de la fiesta cuando empiece, ¿no? —dijo echando un vistazo.

«Puedes jurarlo».

La caminante emitió una sonrisa maligna un latido antes de disolverse en mitad del aire como un montoncito de ceniza ante una ráfaga de viento. Una vez en cuerpo y alma al otro lado del Velo, saltó por encima del pretil y aguardó acuclillada. Nadie había reparado en ella, tal y como esperaba. No obstante, siguió buscando escondrijos mientras corría agachada desde un hueco hasta el siguiente. El inframundo siempre ofrecía escondites de sobra.

Tras un montón de metal de luz negra, y aprovechando que su visión en la Umbra mejoraba cuando ella era una sombra, echó una nueva ojeada. Allí había más herreros y niños de los que había calculado en un principio. Y solo un tipo que parecía no tener tarea alguna. No, tres tipos. Dos soldados decentemente armados y un tercero que, pese a la lanza, no imponía ningún tipo de respeto. Delgado en exceso, apoyaba la espalda y la nuca contra una pared. Llevaba los ojos cubiertos con un trapo. Un detector.

«Ahí tenemos al chivato».

La joven evaluó la situación. Podía optar por un plan descabellado — tratar de pasar por delante del detector sin ser descubierta— o muy descabellado —ir hacia esos tres y quitar de en medio al vigilante antes de que la viesen los guardias—. En realidad ya había elegido; no descansaría tranquila hasta eliminar al detector. Los otros dos guerreros podrían tener buena percepción en la Umbra o no, pero seguro que no se podían comparar con el que habían designado para vigilar.

Nyx saltó de su escondrijo y se arrimó tanto como pudo a la pared. Se mantuvo en cuclillas y se acercó como si fuera una sombra más; una blanca y letal con un único objetivo.

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—¡Caminante! —El grito resonó en la Umbra como una avalancha. La joven reaccionó pegando la espalda y los miembros contra el muro

en un intento por ganar espacio. Entonces se encontró con el dedo que la señalaba y que pertenecía a un herrero dotado con unos sentidos más agudos de lo normal, al parecer. Su plan se acababa de despeñar por un terraplén.

«Joder».

Restaban apenas media oncena de pasos para llegar a su objetivo. Los guardias, por supuesto, ahora también la miraban. Parecía que los tres la podían ver. Eso sí era peligroso. Una vez descartado el factor sorpresa, solo le quedaba una opción. Se materializó a este lado de la realidad y sacó ambos cuchillos.

Los soldados salieron a su encuentro espadas en ristre. Pero el otro, el de los ojos tapados, se quedó en el sitio. Desprotegido. Nyx no pudo evitar que se le dibujara una sonrisa. Cuando sus adversarios llegaron, solo pudieron asistir a la súbita desaparición de la intrusa.

El tipo de los ojos cubiertos chilló de espanto cuando percibió cómo aquel espectro dejaba atrás a los guardias y se acercaba a una velocidad de vértigo a través de la Umbra. Se arrancó el pañuelo de los ojos y salió huyendo despavorido. Por lo menos eso pretendía antes de que la caminante reapareciera y le encajara el cuchillo de la mano izquierda entre las vértebras cervicales. Muerte instantánea. Una suerte que no todos corrían.

Para entonces, el jaleo ya ascendía sin control hasta la bóveda. Los herreros se empujaban entre sí tratando de ponerse a salvo y corrían hacia una escalera que bajaba. De allí surgieron con mucho esfuerzo otros cuatro soldados a contracorriente. Directos hacia ella.

Aquello estaba dentro del plan. Nyx se vio obligada a volverse y encarar a los otros dos guardias que había dejado atrás. Estos, midiendo muy mucho sus pasos, se desplegaban con la intención de rodearla. O al menos de impedirle que se acercara demasiado. Sin duda, eran hombres de armas; ella no sabía decir si experimentados, pero seguro que más valientes que el detector muerto. Tal vez por eso sus caras reflejaban tensión y no temor.

La caminante se sumergió en el inframundo y, ante el total desconcierto de los soldados, pasó de un salto entre ellos. Corría de vuelta hacia el punto inicial, hacia Kasidra y su lanzatruenos. Por eso no

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completó la huida; prefirió detenerse a medio camino sobre una de las mesas de trabajo y girarse hacia sus adversarios, ya de vuelta a este lado del Velo. Se puso en guardia, invitándolos al enfrentamiento. Los soldados no se fiaban. Sus movimientos eran comedidos, coartados ante un rival que lo mismo estaba que dejaba de estar, que iba y venía a su antojo. La rodearon, asegurándose de apuntar hacia ella con las lanzas y las espadas.

La muchacha abrió los brazos para abarcar el máximo espacio mientras los soldados terminaban de desplegarse. Miraba de un lado a otro, procurando proyectar confianza y desafío. Tragó saliva. Realizó un par de amagos a sus flancos para mantener a raya a los que querían acercársele.

Estaba intrigada por el efecto de la lanzadora de truenos en aquellas armaduras brillantes. ¿Soportarían los impactos o quedarían destrozadas como la carne?

El bullicio seguía siendo intenso bajo aquella galería, alta como la torre del templo. La herrería había quedado despejada de herreros, por lo que el jaleo tenía que proceder de otros puntos que quedaban fuera de la vista de la caminante. Y entonces empezó a sonar la campana. Era una alarma cercana, situada en algún punto del edificio. A juzgar por la velocidad a la que sonaba, no debía de ser demasiado grande, aunque daría para que se enterase todo el pueblo. No tardaría en alertar a la fortaleza del Duque.

«Demasiado pronto. Mierda».

Ese sonido pareció envalentonar a los soldados. Al menos alguno se atrevió a dar un paso hacia ella. La joven fingió atacarlos un par de veces, a izquierda y derecha, solo con el objetivo de hacerlos retroceder. Pero, claro, el efecto terminaba esfumándose y estos volvían a tentarla. La muchacha se vio obligada a amagar de nuevo, incluso fingiendo un salto hacia delante. Al volver a retroceder, los guerreros se vieron reafirmados. Ella llevaba las de perder en aquel juego, a menos que matase a uno, cosa que no iba a ser fácil. Decidió que no se iba a arriesgar tanto. Además, su objetivo era aguantarlos allí hasta que Kasidra los friera a placer. Sin embargo, los truenos no terminaban de llegar.

«Vamos».

La caminante necesitó un par de amagos de ataque más para ser consciente de que se había quedado a solas con aquellos guerreros. De que la vieja no tenía pensamiento de aparecer.

«Hija de la gran puta».

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«Todo es mentira».

Esa era la frase que Lem no paraba de repetirse desde que tuviera aquella reunión con Simila. Aquel pensamiento intrusivo llevaba atormentándolo desde entonces.

Él no era capaz de ver el futuro porque, simplemente, nadie podía. Entonces toda la Academia y los augures también eran mentira. ¿Y la fe? ¿Y el Culto de la Palabra, que se sustentaba sobre el control de pasado, presente y futuro? Ese que era el defensor de la Verdad, ¿también era falso? ¿Cómo era posible semejante aberración?

—Esfinge —dijo Lem para sí sobre el voluminoso libro que estaba consultando. Hablaba de la historia de la Academia. Los augures y la lectura del porvenir se habían convertido en sus obsesiones.

El muchacho levantó la cabeza y perdió la mirada entre los estantes de la biblioteca. Este era, de largo, el recinto que atesoraba un mayor número de piezas de metal de toda la Academia. Estaban por doquier, recubriendo paredes, sobre las mesas, en los pasillos. Y eran de muchas clases: armas, tuberías, planchas con toda suerte de formas, herramientas que nadie sabía para qué servían. Podría pertrecharse a un batallón solo con el arsenal que había allí colgado. A una legión de cruzados, al menos según las cuentas de Snedrio, el archivero mayor. Este contaba que aquellas piezas procedían de donaciones de devotos de la Aullante y de solicitantes del porvenir agradecidos. Pero, sobre todo, de las fortunas personales de herejes de especial renombre.

Otra explicación de que la biblioteca estuviera iluminada por tan variopinta colección de objetos era su expansión a lo largo del tiempo. En un principio se limitaba a la sala principal, que ya era considerable de por sí. Luego creció, anexionándose las estancias de alrededor, agregando huecos y pasillos de forma desordenada, casi arbitraria. En aquellos momentos ocupaba las tres plantas del ala de antiKalaamis, que se

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correspondía con toda la fachada que daba a la calle de la Doncella Astada. Las piezas de metal se habían ido agregando del mismo modo, poco a poco, conforme eran necesarias, ya que allí dentro estaba prohibido el fuego.

Pero ni así la iluminación era suficiente. Dada la naturaleza irregular del recinto, las columnas y los recovecos proliferaban, lo que creaba sombras imposibles de espantar. Había huecos que vivían en permanente penumbra, tan oscuros como las intenciones de un Ténebre, y los pasillos que se creaban entre las estanterías en muchas ocasiones eran tan estrechos que solo podía pasar una persona por ellos. Aquel era el paraíso de los libros, sí, pero también de las telarañas y los montoncitos de polvo; muchos de ellos ya estaban allí desde antes de que Lem hubiera tenido la dicha de llegar al mundo.

El joven resopló. Regresó al libro solo para cerrarlo. Era uno de esos tan antiguos que había que manipular con firmeza y, a la vez, con sumo cuidado. El tiempo y la carcoma no perdonaban. Lo apartó a un lado y tomó el siguiente. Las tapas estaban hechas de un material cuya procedencia prefería desconocer. Podía haber salido de las manos de un experto artesano conocedor del don o tal vez del pellejo de un pobre desgraciado. Lem lo abrió y se encontró con el título en la primera página. Nuevo código ético del cuerpo de augures, rezaba la inscripción ornamentada.

«Nuevo», se dijo Lem con una media sonrisa que no desprendía ninguna alegría.

No había pasado la primera página cuando volvió a mirar en derredor. En la biblioteca siempre había otros augures y maestros. Incluso algún acólito que hacía como que leía, pero que en realidad solo buscaba algún indicio de herejía. Estos eran peligrosos, aunque no tenían ni idea de lo que hacían y era fácil despistarlos. Simplemente no estaban en su medio.

«Suerte que los títulos van por dentro de las pastas —pensó al recordar que tenía sobre la mesa libros como Historia de los procesos inquisitoriales, Los once augures malditos o Tratado de la única Verdad (y las mil mentiras)—. Si algún día los libros tuvieran el nombre por fuera, sería el fin de las actividades delictivas».

Sin darse cuenta, se había llevado una mano a ese bolsillo interno y muy bien disimulado bajo el hábito donde guardaba la Hoja del Destino.

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La estaba acariciando. Eso le reconfortaba y le hacía olvidar que era un hereje al que todavía no habían echado el guante.

«Es cuestión de tiempo».

Sacudió la cabeza. No, aquel era un pensamiento destructivo. No podía sucumbir a ellos, si no, la oscuridad se adueñaría de él y entonces ya no tendría salvación. Inspiró hondo y luego dejó salir el aire despacio.

«Todo es mentira», volvió a decirse.

Ahí estaba de nuevo su pensamiento recurrente por excelencia. Ese que lo llenaba de escalofríos y le quitaba el apetito.

«Tengo que hablar con alguien».

Y con «alguien» se refería a Uma, no podía ser otra. Pero no era algo tan simple. Él no quería decirle nada a nadie, veía claro el peligro de hacerlo, así como intuía que le causaría demasiados problemas, tanto a ella como a él. No necesitaba echarle mucha imaginación para ver que cualquier confesión poco ortodoxa conducía a una tarima en medio de una plaza. Con un inquisidor listo para separarle la piel del cuerpo.

Sacudió la cabeza para sacarse esa imagen de la mente. Tragó saliva, apretó los labios. Miró a su alrededor en busca de nada en concreto, aunque lo cierto era que esperaba ver a Uma. No habían vuelto a hablar desde su charla en el dormitorio. Su compañera solía ir por aquella sala de lectura, que también era su favorita. A menudo aparecía cargada con algún libro, cálamo, cran y rollos y rollos para escribir. La caligrafía era su pasión; decía que era una forma de dejar la mente en blanco y olvidarse de las obligaciones por un rato. Él no la culpaba por ello. Cómo podría.

El muchacho se hacía el encontradizo. O, al menos, no la evitaba. Sabía que, tarde o temprano, ella terminaría apareciendo por allí y sentándose a su lado; pese a que apenas pudieran hablar y corrieran el riesgo de que un tutor les soltase un fustazo o un acólito apuntase sus nombres.

Y, en efecto, allí estaba ella. Tan cargada como se la había imaginado, lo que lo ayudó a reconocerla. Se saludaron con cordialidad pero con reparo. Daba igual que en ese momento no hubiera un alma por allí, seguía siendo poco conveniente mostrar emociones positivas.

—¿Qué lees? —preguntó ella haciéndose la despreocupada mientras se sentaba a su lado.

—Nada. El nuevo código ético.

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Ella se lo quedó mirando hasta que ambos fueron conscientes de lo cerca que estaban. Desviaron la mirada de pronto.

—¿El nuevo código ético? —preguntó ella—. ¿Para qué asignatura es eso?

—Bueno… De eso quería hablarte.

—¿Del nuevo código ético? Qué bien, qué afortunada me siento.

Lem se habría reído de no ser por la angustia que le estrujaba el esófago. Estaba a punto de tener una conversación con un alto componente en herejía. Otra vez.

—No. Me refiero a esto —dijo él mostrándole su Hoja del Destino. Uma no necesitó más. Por su silencio y sus movimientos nerviosos,

podría interpretarse que estaba emocionada.

—Enhorabuena —terminó diciendo con cierta alegría.

—¿Enhorabuena? —tartamudeó Lem.

A ella se le escapó un amago de risilla, aunque pronto lo corrigió. —Ya sé a qué te refieres —confesó ella, y dejó la conversación en el

aire, esperando que Lem le tomase el testigo. Cosa que no ocurrió—. La entrega del puñal ceremonial es la última prueba para ser augur.

«Joder, lo sabía».

—¿Quedarme callado? —preguntó el muchacho—. Porque eso fue lo que hice.

—Bueno, con eso vale. Todo con tal de no admitir la verdad.

—La verdad —repitió él—. A eso te referías cuando te pregunté si todo era mentira y me dijiste que ya lo vería.

—Perdona por no habértelo contado, Lem. Está más que prohibido. —¿Más prohibido que inventarse la lectura del porvenir? —preguntó

él de un tirón.

La muchacha se encogió de hombros.

—Mejor fingir a que se descubra que no tienes un poder que se supone que tienes, ¿no? —respondió.

—No sé cómo te lo puedes tomar tan a ligera. Todo es mentira. Es… horrible. A mí me da pánico. ¿A ti no?

La joven iba a contestar algo, pero se lo pensó primero. Luego acercó una mano por encima de la mesa. Le puso los dedos sobre los suyos. Lem hizo el amago de apartarse, pero al notar el tacto de la joven, aguantó en el sitio. Tenía los dedos fríos, pero lo compensó dándole un breve apretón.

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—Tranquilo, según mi propia experiencia y lo que he oído de los otros augures, es la reacción normal a la Ceremonia de la Oscuridad.

¿Otros augures? ¿Ella tenía contacto con más gente? Lem se sorprendió en un principio, pero luego cayó en que no era tan raro. Si ella había logrado acercarse a él, que estaba parapetado bajo una coraza inexpugnable, podía tener contacto con cualquiera.

—¿La Ceremonia de la Oscuridad? —preguntó el muchacho.

—Así es como la llaman. Ya sabes, la versión retorcida y secreta de la Ceremonia de la Claridad. No existen la una sin la otra. Cuando las superas eres augur de verdad.

Lem se quedó pensando en el significado de todo aquello. Cuanto más lo rumiaba peor pinta tenía.

—Pues la he pasado —dijo él mostrando la mano vendada. Todavía le dolía el corte que le hizo su maestra.

—¿A qué te refieres? —preguntó ella contrariada.

«Ah, Simila me cortó en exclusiva a mí —se descubrió pensando—.

Me odia especialmente. Perfecto».

—Nada —respondió él con pesar. Acto seguido se sumió en sus tormentosos pensamientos.

Todo aquello era peor que siniestro. Aquella mentira implicaba tantos factores que no hacía más que empeorar. Sus posibilidades de morir martirizado, que ya de por sí eran altas, habían aumentado de golpe. Y todo por culpa de unas leyes, unas costumbres y unos poderes que para colmo se basaban en la falsedad. No tenía sentido.

—Tú solo preocúpate por no llamar la atención —le aconsejó ella.

Él volvió en sí después de naufragar por sus tétricos pensamientos. Retiró la mano de la suya, tal vez demasiado abruptamente. Asintió con la cabeza.

Con el convencimiento de que tenía que salir de aquella vida de mentiras y demencia. Tenía que huir.

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Nyx realizó un par de molinetes con ambos cuchillos, amagó ataques a diestra y siniestra, y con ello consiguió bajar de la mesa y acercarse a la pared. Allí al menos tendría la espalda cubierta. Por desgracia para ella, la sensación de estar rodeada también aumentó. Ahora esos seis soldados estaban más juntos entre sí y ella tenía menos espacio por el que escapar. La cicatriz le picaba como nunca y no le quedaban manos para rascarse.

La campana seguía sonando y pronto la acompañó otra más, que tañía más despacio, más profundo, desde más lejos. La campana de la fortaleza del Duque, allá sobre la colina que dominaba el pueblo; no podía ser otra. Ya era oficial, aquella aventura se había convertido en un asunto que afectaba al gobierno de Niño Perdido. Y ella estaba metida en pleno meollo. Hasta las cejas. Y sola.

«Simplemente perfecto. Mierda, joder, me cago en mí. Puta vieja de las narices. Así se la coman los Grises».

De momento, los guardias se contentaban con tenerla bajo control. Se lanzaban los unos a los otros palabras para infundirse coraje. Y a ella la llamaban «demonio», «bruja» y cosas mucho peores.

Nyx sabía de sobra que, por muy listos que estuvieran aquellos soldados, en cuanto se materializase al otro lado del Velo no podrían más que verla huir. No obstante, si al final optaba por esa vía, significaría dos fracasos: renunciar a la gema que había venido a robar y haberse expuesto a las tropas del Duque por nada.

Y todo por la traidora de Kasidra.

«Puta señora del demonio».

Le quedaba otra posibilidad: correr hacia donde habían huido los herreros, que suponía lo opuesto a escapar, ya que de allí habían salido los guardianes. Algo le decía que si iba por ahí terminaría encontrando a la cartógrafa.

«Me ha usado de distracción, la muy asquerosa», comprendió.

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No tuvo que elegir. El disparo resonó desde algún punto en el interior del complejo. Le llegó algo distorsionado por el eco y la distancia, pero era el inconfundible trueno del arma de la sabionda. Por un momento cundió el desconcierto entre los seis guardias, hecho que ella aprovechó. Su silueta se deshizo en jirones de tela negra en el momento más crítico.

No se paró a comprobar si los había sorprendido. Estaba más interesada en alcanzar esas escaleras cuanto antes. De un salto evitó a tres de los soldados que le cerraban el paso y, en un suspiro, los dejó a todos atrás. Llegó a las escaleras y bajó los peldaños de un tirón, tan ligera que casi ni los tocó. A su espalda, los soldados gritaban confundidos. La increpaban, se decían por dónde había ido, instaban a los demás a seguirla. Todo con voces deformadas, de ultratumba, como correspondía a la Umbra.

«Eso, venid a por mí. Con un poco de suerte os echaré encima de la vieja».

Al llegar abajo, Nyx se encontró un pasillo alargado, no muy alto, que se bifurcaba dos o tres veces antes de torcerse en un recodo. No sabía por dónde ir. Aquello estaba desierto, aunque le llegaban sonidos de todas partes; chirriantes, confusos, hijos de la Umbra. Tenía que guiarse por la vista. Como si fuera tan fácil en el inframundo. Las campanadas le retumbaban con rabia dentro de la cabeza y el pecho. Le tocaba improvisar, algo que no terminaba de entusiasmarle.

De pronto, una soldado atravesó una puerta que quedó hecha añicos. Tenía en el pecho un agujero donde cabría un codo. Nyx se puso en guardia por la impresión, aunque muy pronto comprendió que solo uno de los disparos de Kasidra podía obrar aquello. Eso solo podía significar una cosa: la tenía muy cerca.

Todavía dentro de la Umbra, la caminante llegó al hueco recién abierto y se asomó con cuidado. Se encontró una sala mediana, una especie de taller donde se trabajaba la materia y también el metal. Había armamento menor y otras herramientas apiladas en el suelo y en algunos estantes. Alguien desaparecía de la vista en el momento en el que la joven se fijó en la otra puerta del taller. Era evidente que llevaba prisa.

«Eso, corre, vieja».

La muchacha atravesó la estancia y alcanzó la puerta en un periquete, pero, otra vez, echó primero un vistazo con cuidado. Ahí había un nuevo corredor con varias puertas a uno y otro lado. Y la cartógrafa había vuelto

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a darle esquinazo. Aguzó el oído. Escuchaba gritos y carreras, pero estos estaban tan distorsionados que podían proceder de cualquier sitio.

Nyx fue en la dirección que suponía que Kasidra había tomado y, tras asomarse a un par de esquinas que se abrían a otros corredores, dio al fin con ella. La señora se encontraba agachada frente a una puerta circular con pinta de robusta, forjada toda ella en basto pero brillante metal.

—No te quedes ahí, cariño —le dijo la anciana de pronto sin volverse. Su voz sonaba como un coro de condenados. Tenía que estar hablando

con ella, no podía ser de otra forma.

«Pero ¿qué?»

La mujer se puso en pie y corrió en dirección a la muchacha. Esta, todavía en la Umbra, se quedó sin saber cómo reaccionar.

—Es una bomba de Furia —la informó—. Cúbrete, podría hacerte daño incluso a ese lado del Velo.

Eso sonaba peligroso. La joven hizo caso, todavía sobrepasada por aquel giro de los acontecimientos. Los cuchillos bien sujetos, por si acaso. Más confuso se volvió todo cuando una explosión hizo temblar las paredes, el techo y todo lo que quedaba entre medias.

—¿Qué coño está pasando? —gritó la muchacha.

Kasidra la miró fijamente durante un pestañeo. No sonreía, aunque desde la Umbra su cara era un espanto tan imposible de leer como de soportar. La caminante prefirió regresar a este lado del Velo para conseguir las explicaciones que reclamaba. Y también para saber por qué no debía degollar a esa anciana.

—¿Todo bien? —le preguntó la extranjera en cuanto Nyx apareció.

Inmediatamente después, sin esperar respuesta, regresó a la puerta.

La muchacha decidió seguir a la cartógrafa. El corredor estaba invadido por el humo, los cascotes y el olor a quemado que había dejado la bomba. Parte del quicio que soportaba el portón se había derrumbado, aunque la pieza de metal seguía entera, tan gruesa que se mantenía en pie por sí misma.

—Ayúdame a moverla, vamos —pidió Kasidra agarrando la plancha metálica.

La caminante acudió, pero no tocó nada.

—Atraje a los soldados —dijo la joven apretando los dientes.

—¿Disculpa? —preguntó la vieja haciéndose la desentendida.

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—Atraje a los soldados —repitió Nyx en el mismo tono exacto de antes.

—¿No era ese el plan? —respondió la cartógrafa con soltura.

«¿Qué?».

—¡No! —replicó Nyx sobrepasada por la cólera—. Me dejaste tirada, joder.

La señora paró de hacer fuerza por un momento para mirar a la muchacha.

—¿Nos vamos a poner quisquillosas con los detalles cuando es evidente que el plan está saliendo a las mil maravillas?

Y dicho eso, fue a ponerse de nuevo manos a la obra, pero la caminante la detuvo. Sacaba los dientes y los ojos parecían querer abandonarle las órbitas para saltar a por la vieja y golpearla como fuera.

—¿Cómo llegaste aquí? —preguntó la joven.

Para mayor frustración e incomprensión de Nyx, Kasidra sonrió, aunque esa vez lo hizo sin separar los labios.

—Había una puerta en aquella pared que escalaste.

—¿Cómo que había una puerta? ¡Claro que había una puta puerta! —Bueno, también me dijiste que no se podía abrir. Bien, pues resulta

que sí se podía.

Era increíble. Simplemente, aquello era imposible, se lo tenía que estar imaginando.

—La próxima vez vas a tener que fijarte mejor, querida —completó la cartógrafa—. Solo tuve que forzarla un poco y entrar mientras tú distraías a los guardias, tal y como habíamos planeado, ¿no era así? —agregó, ahora sí, mostrando hasta la última muela en una sonrisa espléndida.

«Sombras, yo la acuchillo».

La vieja empujó un poco más el portón metálico y este terminó por ceder y rodar pasillo abajo, como una moneda caída del bolsillo de un gigante. Ambas accedieron por el hueco que quedó detrás y aparecieron en una sala de proporciones ridículas, tan diminuta que apenas era más que una alacena llena de baldas. La extranjera comenzó a abrir todo cajón que encontró a su paso. Dentro se guardaban objetos de metal relucientes, manufacturados con mimo. Obra de maestros orfebres, sin duda. Cada uno debía de valer una fortuna.

—Son bonitos, ¿eh? —preguntó la señora—. Y, además, transportables.

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Su tono de voz sonó a un guiño de ojo. Nyx, sin embargo, no tocó nada de lo que allí había, ya que sus manos estaban ocupadas empuñando los cuchillos con fuerza. Ya había tomado la decisión de asesinar a la anciana. Solo quedaba esperar el momento adecuado. Ese mismo, por ejemplo. Entonces Kasidra abrió un último cajón lleno —y con «lleno» quiere decirse abarrotado— de gemas. Justo como las que estaba buscando la joven.

—Premio —dijo la señora.

Aprovechó la tela que servía de fondo para enrollar el botín, plegarlo con maestría y agarrarlo con fuerza contra el pecho.

—Espero que te hayas servido a gusto de regalitos, porque nos vamos de aquí dándonos patadas en el culo.

Dicho esto, abandonó el cuartillo. Nyx apenas pudo esquivar la voluminosa mochila, que la empujó contra la pared. Necesitó concederse un momento para ser consciente de lo que acababa de ocurrir. Y para respirar.

Y, de paso, meterse en el bolsillo del gabán un colgante especialmente bonito y resplandeciente.

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En plena oscuridad, aquellos movimientos repentinos podían obedecer a cualquier criatura. La Umbra, sin embargo, los delataba. Maia no confiaba demasiado en la Furia que quedaba en su interior, pero no tenía otro remedio que conformarse. Sacó el hacha y, sin tiempo para preparar un golpe, la descargó contra el primer enemigo que se lanzó hacia ella. Lo partió en dos, aunque al siguiente tuvo que sacárselo de encima a patadas.

Wylar solo tuvo tiempo de abatir a dos con el arco. Pronto se vio obligado a sacar el cuchillo de batalla, que clavó tan hondo como pudo en el diafragma de uno de sus enemigos. Lo dejó caer al suelo cuando vio que se le escapaba la vida. O lo que fuera que moviese a aquella criatura raquítica y sin apenas carne.

«¿Qué son?», se preguntó Wylar.

Miró el metal de su cuchillo y vio que estaba seco. No había ni una gota de sangre en el interior de aquellos cuerpos esqueléticos.

—Son más estúpidos que dos pies izquierdos —dijo el arquero con desprecio.

Maia, recién colocada a su lado, no consideró apropiado responder. Estaba en guardia, por fin libre de enemigos, con el hacha más que dispuesta. En esa breve tregua ambos pudieron ver mejor a aquellas criaturas acercándose. Eran humanos, algo así. Sin cabello, con la piel cuarteada, la boca permanentemente abierta y la mandíbula casi desencajada. Carentes de globos oculares, en su lugar tenían dos espacios vacíos y secos.

—Son como los abandonados —dijo Wylar—. Como el que me cargué en la grieta aquella.

Maia no respondió. Aquellos seres eran más de los que habían parecido en un principio. Y no tardaron en volver a cargar contra ellos.

La cabeza del que se lanzó sobre la guerrera salió volando. Esta no tuvo tiempo para contemplar su obra, ya que de las sombras habían

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surgido otros cuatro. Y todos atacaban a la vez. Maia se confió a la Furia que le quedaba. La cabeza del hacha describió un arco plano, paralelo al suelo, que barrió de lado a lado a dos enemigos de un solo golpe. Aquellos bichos ya no volvieron a levantarse.

Esquivó a otro de milagro, y derribó al tercero de un puñetazo que sonó a pedrusco que se despeña y cae contra la tierra húmeda. Lo remató antes de que pudiera alzarse y aprovechó el ímpetu para acabar con el último de un hachazo.

Wylar aprovechó el espacio que lo separaba de las criaturas para volver a sacar el arco. Todavía tuvo tiempo de lanzar dos flechas más. Dos nuevos blancos, a juzgar por los chillidos que le llegaban desde las tinieblas. Sin embargo, pronto aparecieron más, demasiado cerca, por lo que el arco se volvió inútil. Tiró el arma al suelo y volvió a sacar el cuchillo de batalla. La Furia lo ayudó a desplazar a su primer atacante varios pasos más allá de un solo empujón. Venían más. Eran rápidos, tanto que el soldado tuvo que rodar por el suelo para esquivarlos. El mundo se volvió negro de repente.

Cuando se incorporó, todavía con una rodilla en tierra, hincó la punta del cuchillo entre la hilera de dientes que iba a toda velocidad a por su cuello. Retorció el mango para agrandar la herida y liberar la hoja, pero no pudo usarla contra el siguiente enemigo. Tampoco fue capaz de esquivarlo. Adelantó un brazo y paró la dentellada con la protección del codo. La criatura le mordisqueó con más ímpetu que acierto. Por suerte, esa cosa no tenía garras y solo le hizo algunos torpes arañazos. Wylar superó la impresión y, con los dientes apretados, lanzó una cuchillada a ciegas hacia donde suponía que estaba el torso de la criatura. Esta aulló al primer corte y lo soltó al segundo. Wylar aprovechó para golpearla también con el puño libre. Se puso en pie y, entonces sí, la pateó y la pisoteó. Los huesos crujiendo bajo sus botas fueron el indicador de que aquel combate había acabado.

Entonces vieron el metal brillar en la oscuridad. Había una sorpresa más esperando entre las tinieblas de la caverna. Un espadón terrible, más propio de una estatua enorme que de una persona real, cobraba vida en manos de uno de aquellos seres. Sus miembros no parecían especialmente fuertes. De hecho, era un tipo que podría calificarse de escuchimizado. Y ahí estaba, lanzando tajos con una sola mano al aire que podrían partir por la mitad a cualquiera.

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Maia apretó el mango del hacha. Consultó a Wylar, que iba a tener que encargarse de dos más de aquellos seres que llegaban por un flanco. Apretó los dientes y encaró a su enemigo.

Aquel tipo ciego y enclenque movía el espadón sin ninguna técnica, pero a una velocidad endiablada. Maia sabía que uno solo de esos golpes acabaría con ella.

Se concentró en esquivar y esperar su oportunidad para contraatacar. No parecía mal plan. Cuando se vio obligada a saltar a un lado y luego a rodar para salvarse de dos tajos letales, descubrió que no sería tan simple. Logró ponerse en pie, pero solo para volver a lanzarse al suelo en un movimiento desesperado. No sabía cómo, pero aquel bicho había reducido el espacio entre ellos y la estaba acorralando. Parecía que sí que había alguna técnica detrás de sus movimientos después de todo.

«Pero parecen carentes de cerebro —se dijo—. ¡Y no tiene ojos! No puede ser».

La energía empezaba a agotársele y por el momento no había hecho más que huir. Apenas le quedaba Furia. Tenía que hacer algo. Decidió jugársela. Esperó más de la cuenta para dar un último salto con la esperanza de ganar el espacio suficiente. Lo consiguió a medias. Tenía aún una rodilla hincada en el suelo cuando aquel ser levantó el espadón por encima de su cabeza. El arma describió un arco terrible que caía sobre la guerrera como el pilar de un templo fulminado por los dioses.

Maia interpuso el hacha en el último momento. El metal del mandoble enemigo chocó con violencia contra el filo de cerámica y la espada se quebró. La guerrera y su contrincante se quedaron por un momento aturdidos a causa del terrible impacto. Pero ella fue la primera en reaccionar. Se impulsó con sus poderosas piernas y lanzó un tajo de lado a lado contra la parte de su enemigo que le quedaba más cerca. La cabeza. Se la partió por la mitad a la altura de la boca. Y ahí terminó todo.

La gruta volvió al silencio. A ese rumor de aire que corría en algún lugar lejano sobre sus cabezas.

—Esfinge, ¿qué son? —preguntó otra vez Wylar mientras contemplaba a uno de los cadáveres.

Maia entendió que debía dar una respuesta. Pero ella no lo sabía. ¿Eran aquellos Grises? Había oído hablar muchas veces de ellos, pero lo cierto era que nunca se había enfrentado a uno.

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—Tampoco importa —contestó Maia moviendo un cuerpo con la punta del hacha.

—¿No? —replicó Wylar. Su vocecilla interior no se calmaba ni siquiera tras el combate—. ¿En serio?

No hubo respuesta. Una y otro volvieron al silencio mientras inspeccionaban por encima los cadáveres abatidos. Un leve chisporroteo y una débil nube de humo salían de su interior. Estaban empezando a consumirse.

—Pero ¿qué…? —exclamó Wylar.

—Esfinge —se le escapó a Maia, que, aunque quería mostrarse en control de la situación, cada vez tenía más preguntas que respuestas—. Venga, recoge tus mierdas y vámonos de aquí.

El arquero le hizo caso. Aún tuvo que luchar contra su instinto para reunir la calma suficiente que le permitió recuperar sus flechas usadas. Lo hizo tan rápido como pudo, como si el techo amenazara con caerse en cualquier momento.

—Te han dado —dijo él de pronto señalándole un brazo a su compañera.

Allí, cruzando cuan grande era aquel bíceps, se veían marcas muy feas de arañazos.

—Una rozadura contra el suelo —dijo ella sin prestar mayor atención. Wylar sacó de su zurrón un rollo de tela supuestamente limpio. Al menos lo estaba en comparación con el brazo de la guerrera. Lo recubrió con cuidado y con la palma de la mano canalizó Savia hacia la herida.

Maia no dijo nada durante el proceso.

—A ti también te han dado —dijo ella señalando la frente de Wylar. Además, tenía sangre en el hombro y en el brazo. Cuanto más miraba,

más daño encontraba.

—Un rasguño —respondió imitándola, aunque le quedó mucho menos convincente—. Ahora me encargo.

El arquero mantenía ambas manos impuestas sobre el portentoso brazo de su compañera. La Savia daba un calor que podía llegar a ser difícil de soportar, pero solo cuando procedía de un sanador profesional; un auténtico hijo del Decapitado. Por algún motivo, Wylar tenía la rara capacidad de curar, aunque sus manos desprendían menos calor y no era ni de lejos tan sanador.

«Para el caso, sirve igual», se dijo la guerrera.

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Le encantaba tenerlo tan cerca, tan entregado a ella, con esa cara que ponía cuando estaba concentrado, como si se le olvidase que era el soldado más atractivo de todo el ejército.

—Para —le dijo él cuando ella fue a darle un pellizco en la mejilla.

Se quedaron callados un momento cuando el arquero terminó. No necesitaron añadir nada para ponerse en marcha.

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Un leve zumbido acompañaba de fondo el omnipresente blanco, esa claridad que entraba por los ventanales con exuberancia, casi impudicia. El resplandor encuadraba la cara de aquel muchacho cuyo nombre conocía, pero no sabía pronunciar. Sonriente, dulce, cercano. Lem no sabía qué era ese sentimiento que se le despertaba al verlo. Era positivo, pero, al mismo tiempo, una suerte de lucha interna que no sabía cómo gestionar. Experimentaba un vacío seguido del deseo de encontrarse con él, con sus brazos, con su pecho, su piel, su calor, su olor. Quería fundirse con su cuerpo, converger, ser uno con él. Una reacción, como poco, curiosa, nunca antes experimentada por alguien criado en la frialdad y el distanciamiento de la Academia.

Era una lucha extraña que le traía una impresión más extraña todavía: paz. Eso creía, al menos. Fuera lo que fuese, desde luego se encontraba en el lado opuesto al temor, la ira y el rencor que por regla general lo acompañaban. Se sentía sonreír. También llorar. Era un sentimiento que le nacía de dentro, aunque también reflejaba lo que le mostraban los ojos. Porque el chico lo imitaba en la sonrisa y también en el llanto. Irradiaba la misma energía que aquella luz, que aquel blanco deslumbrante que los rodeaba.

«Todo va bien —sabía que le decía pese a no entender ni una de las palabras que salían por su boca—. Descansa».

Y era cierto que necesitaba descansar. Porque, más allá del corazón, que le latía con fuerza en el pecho, apenas si notaba algo del resto del cuerpo. Le pesaban los miembros hasta el punto de haber perdido la capacidad de moverlos. Incluso llegaba a dudar si no le habían amputado brazos y piernas y habían dejado solo un tronco palpitante.

«Te quiero. Yo también». No supo quién dijo eso ni cómo. No tuvo importancia, no había dudas de que era eso lo que experimentaba. Era, simplemente, feliz, fuera eso lo que fuese.

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Entre las lágrimas que le emborronaban los ojos, tuvo tiempo para diferenciar aquellas formas bizarras de la habitación; más allá del chico, al fondo, en las paredes. Aquellos tonos que parecían salirse del blanco predominante, islas disonantes que no eran ni negro ni gris. Quiso secarse los ojos para fijarse mejor. Pero no pudo.

Porque, quisiera o no, se moría. Aquel sueño tan insólito transcurría siempre en un mismo sentido, y estaba a punto de acabar. Él terminaba bajando las pestañas y el blanco radiante que imperaba en la habitación se tornaba negro. Y de ahí, Lem volvía a la consciencia, a la vida sin el chico dulce de la sonrisa triste.

Esa vez, sin embargo, el blanco no quiso abandonarlo al despertar. No veía nada, solo una capa lechosa. Debía de seguir dormido, no cabía otra explicación, pero no. Se sentía dueño de sus actos. Abrió los ojos y nada varió; el mundo a su alrededor seguía estando dominado por el blanco. Su primer pensamiento fue que se había quedado ciego. Sobre todo porque, entre tanta neblina, podía distinguir manchas negras sin sentido aparente. Se incorporó sobresaltado, buscando con las manos algo a lo que aferrarse. Algo que le indicase que seguía en el dormitorio, en su cama. Algo que lo anclase a la realidad y evitara perderse en esa ceguera repentina. No funcionó.

La teoría de la ceguera quedó descartada cuando comprobó que, entre esas manchas negras que veía entre tanto blanco, era capaz de distinguir algunas formas. Si eso ya era motivo suficiente para la inquietud, lo peor vino cuando se percató del sonido. El murmullo de la calle iba y venía en oleadas, soltando ráfagas de cacofonía y estática. Así una y otra vez. Al mismo tiempo, los ronquidos de los otros augures se habían convertido en metales chirriantes, filos que se rozaban entre sí y que en su punto álgido casi llegaban a herir.

Lem notó que el aire le faltaba en el pecho y que no podía llenarlo por más que inspirase. El corazón comenzó a cabalgarle, a palpitarle en las sienes, las axilas, las yemas de los dedos. No entendía, no podía entender. Y menos aún cuando los ojos empezaron a encontrar nuevos detalles en aquel dormitorio pálido que casi ni reconocía.

Por algún tipo de efecto óptico, la sala se había agrandado. Era más ancha y, definitivamente, más larga. Las camas también habían aumentado de tamaño, así como las lámparas, el arcón de los hábitos y el propio orinal que asomaba bajo el catre. Habría tenido la sensación de ser él quien había

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encogido de no ser porque sus compañeros seguían en su talla habitual. Aunque era difícil decirlo, envueltos todos como estaban en una bruma que los convertía en seres difusos, etéreos.

Junto a la cama de al lado, casi tocándola, se levantaba un mueble oscuro que nunca antes había estado ahí. Grande y recio como una armería, llegaba al techo como si en realidad se tratase de parte de la estructura del edificio. Por sus acabados, era más propio de una fortaleza que de la Academia. Tenía puertas y cajones, todos ellos cerrados. Su contenido permaneció desconocido porque el muchacho no pensaba acercarse a aquel mamotreto espectral. De hecho, sin darse cuenta, se había puesto en pie y había empezado a alejarse de él retrocediendo.

En lucha consigo mismo por no gritar, se volvió hacia la pared más cercana. Una puerta se había materializado entre las dos ventanas. Estaba abierta y daba acceso directo a la calle. Por aquel vano penetraban la negrura y el alboroto de la ciudad. Lem se alejó con la impresión de que en cualquier momento se asomaría por el umbral un monstruo dispuesto a devorarlo. Fue algo por completo irracional; estaba perdiendo el control.

Volvió a notar la falta de aire. Las piernas le flaquearon y no tuvo la oportunidad de volver a sentarse en su cama. Se dejó caer aferrándose a la pata más cercana y, en la misma posición en la que tocó el suelo, se quedó inmóvil. Era uno con las baldosas cuando fue consciente de que volvía a ver como siempre, de que todo había recuperado su tamaño original, de que el mueble fantasmagórico, la puerta que daba al vacío y los sonidos extraños habían desaparecido.

El augur parpadeó con fuerza. Incluso se metió las manos por dentro del agamte y se restregó los ojos, lo que le provocó las lágrimas y le causó escozor. Se incorporó con esfuerzo. Los miembros no le respondían, sumidos en temblores.

Junto a la cama, todavía agarrado porque no sabía si confiar en la firmeza de sus piernas, su postura era más encorvada que nunca. No quería alterar la atmósfera de la estancia, ahora que por fin volvía a ser la misma de siempre. Entonces pensó que, en realidad, lo que no quería era atraer de nuevo aquel sueño, ensoñación o lo que fuera.

«Estaba delirando. Necesito calmarme».

Lem empezaba a preocuparse. Si esas fantasías seguían repitiéndose, acabaría por no saber cómo reaccionar. Se preguntaba si sería necesario buscar la ayuda de un sanador o, peor aún, un maestro, cuando descubrió

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unos ojos saltones que lo observaban desde una cama cercana. En el dormitorio de augures no debía de haber caras. Las caras estaban prohibidas. Con todo, ahí estaba ella. Al muchacho se le cortó la respiración al reconocer la cama de Mirim.

La augur seguía recostada sobre el colchón. Fue un milagro que la diferenciara de lo inmóvil que estaba. Pero ella no dormía; esos ojos tan abiertos, de depredador al acecho, pertenecían a alguien bien despierto. Lem comprendió que debía de llevar allí, vigilándolo, desde hacía un buen rato. Y eso no era todo.

Había algo en ella que indicaba recelo y que, de alguna manera, sabía lo que le estaba pasando, lo cual era absurdo, ya que ni el propio muchacho lo entendía. Ella terminó cubriéndose.

Y él no volvió a pegar ojo.

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Por la decisión con la que corría, podría decirse que Kasidra conocía el camino, cosa que Nyx pronto comprobó como falsa. La caminante la seguía con esfuerzo, ya que, demonios, la anciana era rápida. Debía de estar consumiendo Furia, no había otra explicación.

«O tal vez la mochila la propulsa de alguna forma».

Eso no parecía tener demasiado sentido. Daba igual, la joven ya no estaba interesada en esa cosa que llevaba la vieja a su espalda, sino en el botín que esta atesoraba. Corriendo tras la extranjera, la joven no tenía opción de robar nada. Además, llevaban un rato dando vueltas por aquellos pasillos, de modo que tomó la iniciativa y la adelantó.

Al poco dieron con la escalera que llevaba a la herrería por donde habían accedido. Pero había un soldado enorme allí plantado, a dos pasos escasos de ellas. Por suerte no las esperaba llegar por allí y se demoró un parpadeo más de la cuenta en reaccionar. Lanzó un sablazo que podría haber partido en dos a una muchacha menuda como Nyx. De haberla alcanzado, claro, cosa que no llegó a ocurrir porque esta se desvaneció. Lo que siguió fue el potente estruendo del lanzatruenos. El guardián voló hasta terminar de desgraciarse contra los peldaños a su espalda.

Ya solo les faltaba esquivar el cuerpo inerte y subir. Allí arriba no quedaba nadie, lo que era de agradecer. Nyx lanzó una mirada hacia atrás para hacerse una idea de la situación. Con el camino despejado había llegado el momento idóneo para actuar. La muchacha se preguntaba si bastaría con una patada en la cara o en el cuello para derribar a la vieja. Contaba con el factor sorpresa, pero a la anciana todavía se la veía muy entera y corría como si no fuera cargada como la carreta de un buhonero. Definitivamente, debía de estar rebosante de Furia, lo cual no invitaba a enzarzarse en un combate cuerpo a cuerpo.

«A lo mejor con un golpe en las piernas la tiro al suelo…».

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La caminante no lo vio venir. Tal vez porque se encontraba demasiado enfrascada planeando el ataque a Kasidra. Delante de ella, tras una mesa de trabajo y un montón de metal por manipular, se escondía una soldado. Se trataba de una mujer tremenda, enfundada en una coraza luminosa, propietaria de un sable aún más magnífico. El filo describió un arco mortal sobre la joven. Nyx, que corría en esa misma dirección, pudo ver cómo el metal la atravesaba y la rajaba de parte a parte con toda facilidad. De hecho, su cuerpo quedó dividido en dos. Solo que ya no era su cuerpo, sino un borrón de humo y sombras que no tardó en desaparecer.

Una vez volatilizada la caminante, Kasidra tuvo el acierto de echarse a un lado y rodar por el suelo del taller, ya que el siguiente sablazo iba hacia ella. No cayó bien, con ambos brazos ocupados como los tenía. Y como la mochila era tan grande que le impedía rodar, se arrastró un par de varas sobre el suelo.

La guardiana volvió a preparar un ataque contra la cartógrafa. Pese a toda lógica, Kasidra se levantó de un salto nada propio para alguien de su complexión y edad. La extranjera tenía ahora los brazos desocupados; su arma y el paquete con las gemas estaban desperdigados por el suelo. Aguardaba agazapada y en guardia, esperando una oportunidad para contraatacar.

En cuerpo y alma al otro lado del Velo, Nyx todavía se preguntaba cómo se las había apañado para saltar a la Umbra tan rápido. Sus reflejos habían sido más raudos que ella misma, algo por lo que estaba más que agradecida. Desde el inframundo observó la pelea o, más bien, las dificultades de la desarmada Kasidra por librarse de los ataques de aquella guardiana. Ahora que la veía en semejante situación de desventaja, descubrió que le daba algo de pena. No la suficiente como para ayudarla, desde luego. Y menos cuando vio la tela donde guardaba las gemas.

Ahí estaba, sin supervisión, sin nadie que le impidiera agarrarla y echar a correr. La anciana debía de haberla liado muy bien, ya que el paquete no se había deshecho pese a lo aparatoso de la caída. Era un inconveniente, pues se trataba de un objeto demasiado grande y pesado como para llevárselo consigo al otro lado del Velo. La joven se detuvo para planificar la situación a toda prisa. Si había de volver a atravesar el Velo sería para dos o tres latidos como mucho. Aparecer, abrir la tela, hacerse con la gema más grande que encontrase, regresar a la Umbra. Huir. Huir. Huir.

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Mientras pensaba aquello, Kasidra agarraba de una mesa una placa de metal, la usaba para detener una acometida y luego se la tiraba a su rival a la cabeza. Ese golpe no dejó sin conocimiento a la soldado, pero sí permitió que la anciana se acercase lo justo para atizarle un puñetazo que, ahora sí, mandó al suelo a su contrincante. El combate acababa de terminar.

«Mierda».

Nyx se apresuró a materializarse, echó mano al paquete de tela y, para su sorpresa, estaba tan bien liado que no encontró el borde.

—¡Vamos! —exclamó la cartógrafa a toda prisa.

Otros soldados accedían a la herrería desde el nivel inferior. Kasidra no tardó en recuperar el lanzatruenos y lanzó dos disparos que resultaron de lo más disuasorios para sus perseguidores.

La joven se puso en pie y, disconforme, le cedió el paquete de las gemas a la señora, haciendo como si esa hubiera sido su intención desde el principio. Era el momento de reanudar la carrera.

Al salir al aire libre encontraron cierta sensación de libertad engañosa. Las campanas repicaban enloquecidas, por lo que era de esperar que se presentasen refuerzos más pronto que tarde. De hecho, momentos después se encontraron con una patrulla de al menos seis guerreros que se acercaba. Tuvieron que esconderse tras un terraplén para que no se les echaran encima. Fue un milagro que no las vieran. Nyx era muy consciente de que seguía sin conseguir la gema que había ido a buscar.

«Al cuerno», se dijo.

Se giró de súbito hacia la vieja, que vigilaba a los soldados al otro lado de su escondite. Con el cuchillo por delante, la joven rajó la parte del lienzo que se asomaba por debajo del brazo de la cartógrafa. El movimiento brusco e instintivo que hizo Kasidra para defenderse provocó que del paquete volasen dos o tres gemas. La señora dirigió el lanzatruenos hacia Nyx, pero esta se encontraba demasiado cerca y lo único que consiguió fue golpearla en un hombro con la caña. Aquello le dolió a la muchacha; seguro que le dejaría una marca oscura, algo que entraba en sus cálculos.

El siguiente movimiento de la caminante no fue un ataque, sino llevarse una mano a la boca, la que no sujetaba el cuchillo. Apretó dos

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dedos entre los labios y dio un silbido. Eso atrajo la atención del grupo de soldados, que descubrieron a una Kasidra que había quedado perfectamente visible.

Nyx no dejó pasar ni un latido más. Se agachó, lanzó la mano rauda a por la más grande de las tres gemas que encontró en el suelo y, en cuanto los dedos se cerraron sobre la misma, se evaporó. Desde la Umbra tuvo tiempo de mirar a la cara a la vieja. La máscara demoniaca, los ojos demenciales; la boca enorme y llena de colmillos que, de alguna manera, sonreían. El sonido que procedió de ella justo después así lo indicaba. Se estaba riendo. Un escalofrío la recorrió de arriba abajo.

«Sombras, qué loca está».

Pero a ese lado del Velo, la caminante era inalcanzable. Así que dio media vuelta y puso tierra de por medio. Sin dejar de escuchar las carcajadas distorsionadas de Kasidra.

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29

En alguna parte de la casa, una de las contraventanas debía de haberse quedado suelta y ahora era un juguete en manos de Phasis. Golpeaba la pared con una cadencia cruel y aleatoria. Lem sentía cada impacto dentro de su propia cabeza, como si acaso necesitase un estímulo externo para perder los nervios.

Era su primera visita importante como augur oficial. Se trataba de una rica comerciante que vivía en una mansión y que disponía de toda una recua de parias a su servicio. El augur había escuchado que existía gente así, aunque nunca había tenido contacto directo con ninguna. Lo que él se había encontrado siempre en las calles era suciedad y miseria en todas sus variantes; nada más que eso. Y lo mismo dentro de las casas que había visitado. Cuchitriles infectos y abarrotados comidos por la dejadez y la roña. Tenía motivos para pensar que el malvivir era una ley universal que igualaba a todos; como la muerte.

«Y no».

Se encontraba en la galería de un atrio en el que podría organizarse un baile. Todas las formas allí dentro eran más propias de un edificio gubernamental o de un templo. Bajo aquellos techos habitaba, como poco, una oncena de personas, sin embargo, la mayor parte del espacio estaba dedicado al solaz de solo una, su dueña.

Tras unos momentos de espera, un sirviente le mostró el camino hacia la señora de la casa, que se encontraba en una estancia abierta que daba al patio, tras unos biombos de rica factura. El augur comprendió que aquella pompa formaba parte del protocolo. La persona importante marcaba los tiempos y los demás seguían su son.

Se encontraban frente a frente. Él, en pie, tan recto como le permitía su maltrecha espalda, siempre tan tendente a encorvarse. Ella lo observaba sentada en una silla que al muchacho se le antojó ostentosa. Lo miraba con suficiencia, casi con desprecio. A lo mejor era su forma de encarar la

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incertidumbre de las brumas del porvenir. A lo mejor era su forma de tratar a todo el mundo.

«Soy poco más que una herramienta en sus manos», comprendió.

Los parias que los acompañaban eran de todo tipo: niños, adolescentes y adultos. Completaban la escena, mudos y obedientes, tal y como se esperaba de ellos.

«No como esos demonios que sirven en la Academia».

Algunos miraban a cierta distancia, otros iban y venían cargando cosas, ocupados o fingiendo que tenían algo que hacer más allá de fisgonear.

Lem acariciaba la empuñadura de la Hoja del Destino bajo las ropas, allí donde nadie podía verlo. Se sorprendió a sí mismo pensando en cómo sería rebanar aquel cuello tan recto, tan fino y aristocrático que lucía la comerciante. No, lo que en realidad le sorprendió fue calcular cómo lo haría, si bastaría con el factor sorpresa, si a ella le daría tiempo de oponer resistencia, si aquellos mequetrefes que tenía por sirvientes lograrían detenerlo o se quedarían mirando. Encontró cierto deleite en la fantasía de darse un baño de sangre.

—A este lado y al otro, mis ojos me ocultan la Verdad —comenzó a decir la mujer.

«Esa fórmula —pensó el joven—. Cómo no lo vi venir».

Tanaturgia. Se trataba de un ritual complejo, cargado de largas parrafadas y demás parafernalia previa. Y caro, ni que decir tenía. Muy apropiado para un lugar como aquel. Era el arte favorito de Lem, aquel al que había dedicado más horas de estudio y preparación. Y también era la primera vez que iba a realizarlo desde que era oficial augur. En solitario, por su cuenta. Aquello era lo más excitante que le había ocurrido en giros y giros. Tanto que casi dejó caer el puñal de la emoción.

Sin embargo, debía andar con tiento. Una rica comerciante no era lo mismo que un desgraciado que malvivía en un cubículo arrendado. Esa mujer se codeaba con lo más selecto del Foso, gente importante e influyente que podría meterlo en serios problemas con solo hacer una seña con el dedo. Eso significaba que no debía pasarse de listo. Cumplir con el rito, soltar dos o tres predicciones fáciles y salir corriendo de allí. Con una importante suma de tuercas y arandelas en la bolsa, por supuesto.

Aunque no era solo eso. Alguien en la posición de la comerciante no sería tan crédula y obtusa como para aceptar lo primero que a él se le

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ocurriera contarle. Por mucho que hubiera mejorado en recitar un futuro falso.

—Tus ojos abiertos serán —recitó Lem en respuesta—. Atiende.

Eran las últimas palabras que debían pronunciarse. Después de eso se hizo el silencio y Phasis aprovechó para ganar protagonismo con los golpes de la contraventana, que parecieron amplificarse con los ecos que habitaban aquella mansión. Ahora parecían campanadas anunciadoras de desgracias.

La señora de la casa hizo una señal con la mano y pronto llegó un paria ataviado con una túnica cenicienta, con el pentáculo y el sextante bordados, símbolos de los Once. Iba descalzo y todo indicaba que no vestía ni una sola prenda más. Se colocó mirando a su señora, justo entre esta y Lem. En ese momento, el muchacho pudo comprobar que se trataba de alguien de su misma edad, de una altura y complexión parecida a la suya, aunque con la espalda más recta. Le tranquilizó comprobar que no se trataba de un niño. Esos críos le producían dentera.

El paria se arrodilló. Ni su cara ni sus gestos expresaban emoción alguna. Su mirada se perdía en el infinito como un pelele sin voluntad. Sin duda, le había aplicado vapores de cieno y ahora estaba drogado. Eso evitaría complicaciones innecesarias.

Le tocaba el turno a Lem. Se adelantó un paso hacia el paria. Ya tenía desenvainado el cuchillo; no había dejado de manosearlo con ansia bajo el hábito, aunque nadie pudiera verlo. Hizo aparecer ambas manos a un mismo tiempo, desplegándolas a los dos lados con cierto dramatismo. Una agarró la frente del paria y apretó la cabeza contra su vientre. La otra, a cargo de la Hoja del Destino, fue hasta el cuello desprotegido y ejecutó un solo movimiento. Tan fluido, tan preciso, tan perfecto. En ese tipo de tareas, Lem era un verdadero artista; nadie podía negárselo.

El tajo provocó un chorro de sangre negra que salpicó el bonito suelo y arruinó las elaboradas sandalias de la señora. Luego otro, y otro, y otro más. Tantos como latidos le quedaban a aquel corazón condenado a detenerse pronto.

La mujer no se inmutó. Se mantuvo rígida, atenta a los últimos estertores de su siervo.

Cuando la sangre ya apenas brotaba y el paria era incapaz de sostenerse por sí mismo, Lem lo dejó ir. El cabezazo contra las losetas empapadas de sangre dolió solo de oírlo. Y de alguna forma sirvió de señal

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para incrementar los nervios del augur. La templanza que lo invadía a la hora de usar el puñal ceremonial, a su pesar, empezaba a evaporarse. Regresaban las dudas, las tripas que cobraban vida y se le retorcían por dentro. Porque era su primera sesión de tanaturgia sin guía. Porque nunca había estado en una mansión como esa. Porque no tenía ni idea de lo que iba a ocurrir.

Se arrodilló junto al cuerpo e hizo un pequeño corte en la tela que recubría al paria. Luego abrió el resto de un tirón con ambas manos. Con parsimonia, terminó de desnudarlo como si fuera un simple muñeco. La piel estaba bañada en su propia sangre y, por lo que el augur pudo comprobar, seguía vivo. Ello no impidió que continuase con su tarea. Dejó que el paria quedase desnudo y bocarriba sobre la solería del patio y le practicó una incisión alargada en el vientre. Las vísceras, oscuras y brillantes, afloraron.

El augur podía sentir sobre él los ojos de todos los criados presentes, pero los más acuciantes eran los de la señora. Altiva, poderosa. Bajo su vigilancia, Lem se afanaba en localizar los órganos y separarlos. Sabía qué era cada cosa, dónde se encontraba y cómo se conectaba con el resto. El cuerpo humano era una máquina de precisión donde cada engranaje tenía un propósito. Fascinante.

Aquello sí que se le daba bien. Sería tan feliz dedicándose únicamente a abrir cuerpos. Qué lástima que no se valorase a los augures solo por sus habilidades con el cuchillo. No, lo importante era la lectura del porvenir. Daba igual si se realizaba en las sombras de una llama o en esas vísceras y órganos. Preciosas vísceras. Cautivadores órganos. Y sangre, tanta que parecía imposible que un solo cuerpo pudiera contenerla sin desbordarse.

Cuando extrajo el hígado se lo quedó mirando embelesado. Todavía estaba caliente y lleno de vida, casi lo sentía palpitar. Pasó el cuchillo por su superficie y dejó que la bilis y la sangre brotaran y le chorrearan brazo abajo. Era un espectáculo para la vista, el tacto y el olfato.

El pulso se le había acelerado hasta llegar a un punto inquietante. Era normal en Lem cuando hacía algo que lo entusiasmaba tanto, pero se estaba volviendo más inestable de la cuenta. Había roto a sudar bajo el hábito y la mano, firme durante la disección, empezaba a cobrar vida propia. Para mal. Seguía embebido en la casquería mientras la comerciante esperaba resultados. Los primeros signos de impaciencia se hicieron visibles en la señora. Y él estaba perdiendo el control por momentos.

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Tenía que empezar a hablar ya. Debía inventarse algo sobre el porvenir, para eso había acudido. Sin embargo, lo que ocurrió fue que, por primera vez en su vida, vio.

El porvenir se materializó frente a sus ojos.

Fue como caer de cabeza en un estanque de leche. La inmersión lo aturdió y confundió sus sentidos. Era la ceguera blanca, la misma que lo había sobrevenido aquella otra vez en el dormitorio. Solo que en esta ocasión no había forma posible de confundirla con una pesadilla. Era real.

Todo se veía invadido por una claridad engañosa acompañada por horrorosos sonidos. Oía ruidos inconexos que se alternaban con un chirrido espeluznante. La contraventana suelta había mutado en un tañido tremebundo. A su alrededor se alzaba un mundo distorsionado que seguía siendo el mismo, pero que había perdido sus formas y se había vuelto claro como un papel por estrenar.

No, en realidad no era blanco lo que veía, el mundo a su alrededor continuaba siendo gris, solo que donde antes había oscuridad, ahora reinaba la luz. Y viceversa, lo que resultaba todavía más desconcertante.

El porvenir era real. Su visión era un estallido, una deflagración que se llevaba todo por delante y que, en su delirio, de alguna manera había hecho que la casa se agigantara. Pero, aparte de eso, nada más cambió. ¿Qué podía significar? ¿Que el futuro de esa mujer era sombrío, que le esperaba un camino lleno de sufrimiento? ¿Que su vida seguiría igual pero sufriría una inversión?

«¿Una inversión de qué? ¿Perderá todo su metal? ¿Empezará a irle mal? ¿Qué?».

Por otro lado, ¿estaba interpretando bien lo que veía? Ni los manuales, ni mucho menos las clases, hablaban de este tipo de trastornos perceptivos. Solo decían que el porvenir se abría frente al augur y que las respuestas aparecían nítidas. Era ver con claridad, y a aquello no se le podía llamar ni siquiera «percibir».

«Dioses, es lo opuesto».

Un gruñido procedente de la comerciante lo sacó de la ensoñación. Por fortuna, también lo trajo a la normalidad. De golpe, regresó a la sala tal y como se hallaba cuando la había abandonado. Había dejado caer el hígado, que ahora era poco más que papilla sobre el suelo.

La señora le estaba hablando. «¿Qué ves?», le preguntó, o algo similar que él no fue capaz de procesar. Estaba demasiado aturullado. Pero en

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mitad del caos, algo dentro de su cabeza lo empujaba a reaccionar. Era su instinto de supervivencia anunciándole que tenía que contestar algo ya, pues callar era sinónimo de denuncia, de Inquisición, de tortura, de muerte.

El augur se aclaró la voz con intención de empezar a hablar. En cambio, las sombras blancas regresaron con mayor intensidad. Se le cortó la respiración y el pulso se le disparó al borde del paro cardiaco. Lem se puso en pie sin importarle qué pudieran pensar los presentes, que empezaron a removerse a su alrededor, a cuchichear, emitiendo unos chirridos que destrozaban los tímpanos y que, aunque pareciera imposible, ponían aún más frenético a Lem.

—Augur —dijo la señora de la casa con voz nítida.

Lem pestañeó. Había regresado a la normalidad. Intentó tragar saliva, pero nada bajó por su sequísima garganta. El porvenir, debía leérselo. Pero él se encontraba fuera de allí. A miles de leguas.

Miraba la cara aristocrática de la mujer cuando regresaron las sombras pálidas. El rostro de la señora de la casa, fino y altivo hasta hacía un momento, se convirtió en una máscara surcada por líneas blancas y negras. Con unos ojos afilados que anunciaban muerte y dolor. Aquello ya fue demasiado para Lem. El joven necesitaba huir de allí. Con esa urgencia, se dio media vuelta y salió corriendo.

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Sentada sobre una roca, la espalda y el cuello muy erguidos, Maia dejaba que Wylar le afeitase la cabeza. No debía moverse lo más mínimo, ya que el metal del cuchillo de batalla tenía especial querencia por traspasar tejidos. Era común recibir algún corte, aunque la guerrera jamás se quejaría por una nimiedad así. Menos frente a su amante y subordinado. Aunque no tenía claro que pudiera considerarlo ni una ni otra cosa.

Mientras tanto, ensartados en tres flechas apoyadas entre sí, unos cuantos escarabajos se asaban al fuego escuálido de una candela. Triste fogata asediada por Kalaamis. Tan débil que no había peligro de que la comida se quemase. Ni las flechas tampoco.

—Listo —dijo el arquero mientras se incorporaba y admiraba su obra. Y justo después agarró un puñado de ceniza del suelo para quitarse de las manos los restos de la grasa de coleóptero que había usado para

suavizar el roce del cuchillo.

La guerrera se pasó las yemas de los dedos por la zona recién afeitada. A falta de un espejo donde mirarse, tendría que contentarse con lo que el tacto le indicaba. Estaba satisfecha de todos modos.

—Si pusieras el mismo cuidado en todo… —soltó ella.

—Cuando maté a todos esos bichos antes no te quejabas tanto — replicó él intentando sonar despreocupado.

—Pfff, apenas te cargaste tres o cuatro. Y contra el que importaba no hiciste nada.

—Quería dejar que te lucieras —dijo Wylar—. Sé que es la segunda cosa que te da más placer.

Maia hizo un ruido que fue mitad risa, mitad bufido.

—Eres un gilipollas como un castillo —dijo poniéndose en pie—. Todavía me pregunto por qué no te arranco de cuajo la cabeza y la dejo pudrirse en mitad del Páramo.

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—Porque te quedarías sin tu juguete favorito —respondió él sonriendo desafiante.

Maia preferiría que él no fuera tan consciente de la debilidad que ella sentía por su persona.

«Qué pena que solo derroches valentía para chulearme, capullo», pensó la guerrera.

—¿Vas a querer un revolcón antes de irnos a dormir? —preguntó ella humedeciéndose los labios.

—No en ese orden —contestó él después de mirar a su alrededor.

Ella soltó una carcajada. Se acercó y le acarició una pecosísima mejilla.

—No, en serio —repuso el arquero—. Estoy para que me entierren.

—Entiérrate en mí.

Volvieron a reír. En realidad, ambos tenían las fuerzas justas para no caer rendidos. Habían tenido una buena dosis de acción y, aunque consumir Furia les proporcionaba todo el vigor que podían necesitar para la batalla, su uso tenía un coste que ahora empezaban a pagar. Desde luego que podrían consumir más Furia para contrarrestar ese efecto, pero eso solo serviría para que tuvieran que lidiar con el mismo problema, amplificado, más adelante.

Wylar se dirigió a la indolente candela, se acuclilló y maldijo.

—Todavía no están.

Negó con la cabeza. Acomodó como pudo la postura, pero el suelo tiraba con tanta fuerza de él que terminó sentándose. Estaba exhausto. Salir de aquella gruta había sido un suplicio. Se habían perdido varias veces y, como colofón, habían tenido que escalar el pozo por el que llegaron.

«Necesito meterme en una cama y no sacar un pie en tres giros», se dijo él. Desde el suelo, el arquero se giró hacia la guerrera, que se le había acercado.

—¿Cómo tienes la herida? —le preguntó mirándole la venda del brazo.

—Es una rozadura —contestó ella sin prestarle atención.

—¿Quieres que te cambie el trapo?

—Lo que quiero es que me des un meneo.

Él lanzó una carcajada seca. Pensó que se ponía muy graciosa cuando quería algo y no sabía cómo conseguirlo. Así, tan enorme y tan frustrada.

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—Solo si mañana me llevas en brazos hasta el siguiente pueblo. ¿Cuál era?

—Niño Perdido, creo —contestó ella sin mucha alegría.

El pueblo se materializó en mitad del Páramo, surgido de la nada. Aquel fenómeno se dio no porque la habilidad visual de Maia y Wylar hubiese mejorado, sino porque, de pronto, una campana empezó a sonar. Su tono, más que constante, resultaba insistente. Una alarma.

Ambos guerreros cruzaron una mirada y con eso ya supieron lo siguiente que harían. Atravesaron el Velo y buscaron halos de poder. Encontraron que Kalaamis arrastraba algunas bolsas de Gracia. Con algo de esfuerzo, y tras varios intentos, tomaron una buena ración. No tuvieron tanta suerte con la Furia, por lo que tuvieron que vaciar sus respectivas calabazas.

Todavía les quedaba más de una legua, quizá dos, para llegar al lugar de donde procedían las campanadas. Kalaamis arrastraba los tañidos con sus ráfagas, de manera que a veces sonaba más cerca y otras más lejos. Conforme avanzaban, descubrieron que una segunda campana se unía a la llamada. Aquello iba en serio.

Por el costado del pueblo por el que se aproximaban, el camino se hundía de repente y serpenteaba hasta que, como por arte de brujería, se transformaba en la primera calle. Aprovecharon para hacer de aquel punto un puesto de vigilancia. Se echaron cuerpo a tierra y se asomaron. Desde allí vieron que los lugareños recogían sus pertenencias a toda prisa y corrían a ponerse a salvo. Huían, pero no se sabía de qué, porque los grupos de guardias que también marchaban por aquellas calles no parecían demasiado interesados en atacar a nadie. Solo había unas prisas generalizadas y confusas.

Cuando la consultaron, la Umbra tampoco les resolvió ninguna duda, más bien lo contrario, al distorsionar los tañidos hasta volverlos ensordecedores. Fuera quien fuese ese enemigo que había puesto el pueblo en estado de asedio, por el momento era invisible para Wylar y Maia.

Mientras tanto, un nuevo grupo de soldados apareció marchando en formación. Llevaban prisa, pero no se podía asegurar que se dirigieran a ningún punto en concreto. Aquello no podía ser un ataque al pueblo. No tenía ni pies ni cabeza.

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—Están buscando a alguien —afirmó la guerrera sin mucha convicción.

—Y seguro que en estos momentos están deseando cruzarse con un par de forasteros, ¿eh? —comentó el arquero con ironía.

—No seas imbécil; nosotros no les hemos hecho nada.

—Ya…

—Llevamos el sello de la Princesa —replicó Maia subiendo el tono y señalándose el broche que le sujetaba la capa.

—Pues, venga, levántate y ofréceles tu ayuda. Eres una experta guerrera, seguro que lo agradecen.

La mujer mandó callar a su compañero con un gruñido. Este tenía razón, por mucho que le molestase. No sabían cómo reaccionarían aquellos soldados si los veían aparecer. Allí, tan lejos de la Torre.

—Estoy reconociendo el terreno y leyendo la situación —dijo Maia concentrada y con el ceño fruncido—. Es lo que se espera de todo buen militar en un momento así.

Wylar se rio, aunque se aseguró de no añadir nada más. Entre otros motivos porque, de buenas a primeras, apareció en un extremo de la calle una figura que se dirigía disparada hacia ellos. Se trataba de una mujer, aunque en la lejanía podía ser cualquier cosa. Era baja, o al menos así lo parecía porque, en realidad, algo voluminoso que llevaba a la espalda volvía demasiado raras sus formas. Podría ser más ancha que alta, si es que eso tenía algún sentido. Una nube de polvo la seguía. Huía de algo. Como un proyectil.

—Sangre de Arconte, ¿eso que viene hacia aquí como si se la llevaran los Grises es una señora? —preguntó el arquero sin creer sus propias palabras mientras las pronunciaba.

—Vamos —dijo Maia incorporándose.

—Estás de broma.

—Sí, ja, ja. Andando.

Y dicho esto salió a paso vivo hacia el camino, lugar donde esperaba encontrarse con la prófuga.

—Mierda —dijo Wylar levantándose también.

El arquero liberó su arco y colocó una flecha en el cordel. Ambos se parapetaron tras el último montículo antes de salir al camino.

—¿Quieres que le coloque un saetazo entre los ojos? —preguntó él.

—La quiero viva.

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Maia no había comentado nada sobre la mala puntería del arquero, por lo que hablaba en serio.

—Pues en las piernas, entonces.

—Cierra el pico.

Desde allí, procurando mostrarse lo mínimo posible, pudieron ver con más detalle a aquella señora que corría disparada. Porque ya no cabía duda de que se trataba de una señora. Y cuanto mejor la veían, menos sentido tenía. Cargaba con una especie de caja que debía de pesar, como poco, la mitad que ella, quien llevaba una velocidad constante pese a que corría cuesta arriba. Y lo hacía con unas piernas musculosas que parecían sostenerse sobre unos zuecos o unas chancletas recias, no se podía saber bien. Además, apretaba algo contra el pecho, aunque no distinguían el qué.

Maia, el hacha bien sujeta entre las manos, se concentraba para distribuir en la porción precisa la energía de los halos que fluían por su cuerpo. Sin duda iba a necesitar fuerza para detener un objetivo que, a todas luces, había consumido una hermosa cantidad de Furia. Pero también requería precisión, acierto y suerte. Y eso solo lo proporcionaba la Gracia.

—Dale —dijo Wylar a su lado.

Pero ella no necesitaba que le indicasen el momento adecuado. Salió de su escondrijo de un salto con el ímpetu preciso. Chocó su hombro contra el pecho de la fugitiva con una exactitud incuestionable. El golpe fue brutal; podría haber sacado de un camino a una diligencia tirada por ocho parias. Dolió ver a la anciana salir despedida y terminar arrastrándose una cantidad de pasos que se hicieron interminables, mientras levantaba mucho más polvo del que ya arrastraba tras ella.

Aturdida por el golpe y la sorpresa, y entorpecida por la voluminosa caja que portaba, todavía pretendió ponerse en pie. Solo que el filo de cerámica del hacha de Maia ya la esperaba allí, a la altura del cuello, para impedírselo.

—Parece que hemos cazado un demonio con prisa —canturreó la guerrera sin mucha gracia.

Jamás habrían esperado la reacción de su presa, desde el suelo, sudorosa y visiblemente dolorida. Estaba sonriendo.

—Hola, amiga —dijo con media voz. Jadeaba lo justo, como si esos pulmones no necesitasen con desesperación el aire.

Maia se sintió turbada y eso lo aprovechó la vieja para quitarse de encima el hacha con un golpe raudo. La guerrera trató de corregir esto,

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pero la señora volvió a rechazar su segundo movimiento y, pivotando sobre la mochila, con una voltereta absurda hacia atrás, se puso en pie. Se llevó una mano a la espalda, pero no pareció encontrar lo que buscaba.

—Quieres esto, imagino —dijo Wylar detrás de ella.

Traía consigo una especie de tubo con la forma de un bastón demasiado alargado.

—Así es —dijo la anciana tras chasquear la lengua y sin dejar de sonreír—. Ha sido un comienzo un poco accidentado; permitid que me presente.

—Cierra la puta boca, vieja del infierno —replicó Maia aferrando con energía el mango del hacha.

Ahora que se hacía una idea de lo que era capaz aquella extraña señora, era mejor no confiarse. Las campanas, que seguían repicando, se hicieron más presentes en aquellos instantes en los que no hablaban.

—Me llamo Kasidra —siguió diciendo la vieja—. Soy extranjera, al igual que vosotros, por lo que veo —dijo apuntando al broche que lucían las capas de los soldados—. De modo que estoy convencida de que podemos llegar a un entendimiento si hablamos de forma civilizada.

—Que te calles, joder —bramó la guerrera—. ¿Por qué huías?

—Esa es una cuestión que muy bien os podré explicar si por un momento dejamos nuestras diferencias a un lado y nos vamos de aquí. Los asaltantes que me quieren desvalijar deben de estar al caer.

Era cierto; el sonido de multitud de pies marchando ascendía desde el pueblo.

—¿Por «asaltantes» te refieres a esos soldados? —preguntó Maia—. Y si ellos son asaltantes supongo que tú serás una inocente capellana que ha perdido su máscara, ¿verdad?

Al decir esto, la guerrera tuvo un nuevo despiste, aunque fue tan breve que ni siquiera se podría llamar así. Solo fue un latido, la mitad de eso. No obstante, suficiente para que Kasidra saltase a un costado, diera una voltereta lateral y aterrizase fuera del camino. Con el gesto había aprovechado para agarrar un paquete que se le había caído.

—¡Dioses! —exclamó la guerrera volviendo a apuntar con el hacha a la señora, que ahora le quedaba varios codos más lejos.

El paquete roto, sucio y deformado que la vieja sostenía entre las manos había perdido buena parte de su carga. De hecho, a lo largo del

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surco que ella misma había dejado en su caída se encontraban desperdigadas varias gemas.

Gemas. Tiradas por el suelo como si no valieran nada. Wylar empezó a reunirlas con el pie. Silbó con asombro.

Maia no quería volver a distraerse, pero aquel despliegue de riqueza era una imagen nada común. La guerrera no necesitó más para figurarse a qué venía todo aquello de las campanas y tanta prisa. Esa desconcertante mujer era una ladrona.

—Bueno, eso ha sido desafortunado —dijo la anciana, consciente de que habían atado cabos—. Ahora que no tengo secretos para vosotros, es un buen momento para salir de aquí. —Y sonrió con la despreocupación de quien está haciendo recados y va algo justa de tiempo.

Entonces llegaron los soldados que la perseguían. Wylar no había soltado el bastón de la señora, lo que le imposibilitaba lanzar flechas. Maia no supo si girarse hacia ellos o mantener la guardia contra la señora. Una situación, como poco, incómoda; sobre todo cuando, nada más aparecer, los militares los rodearon a los tres. Eran un total de siete.

—Grandullona, mejor si me encargo yo de esto —dijo el arquero antes de que Maia lo mandara callar.

—Somos miembros de la guardia de la Torre —empezó a decir la guerrera con firmeza y tanta calma como pudo reunir—. Nos envía la Princesa en una misión especial.

El jefe de aquella cuadrilla tampoco parecía muy interesado en lo que los extranjeros tuvieran que decir.

—¡Silencio! —ordenó.

—Nosotros no somos a quien andáis buscando —replicó la guerrera—, es a esta vieja de aquí. La acabamos de reducir.

—Bueno, esa no es la forma correcta de decirlo —opinó la señora.

—¡Silencio, apestosas forasteras! —les espetó el jefe.

Tras eso, Wylar tuvo la certeza de que aquello no se resolvería de forma pacífica. Dejó caer el cacharro alargado de la anciana, que no sabía para qué podía servir, y echó mano del cuchillo.

—¡Guarda silencio tú, mequetrefe de mierda, anormal! —rugió Maia

—. ¿No ves que somos portadores del sello de la Princesa?

Los vigilantes, en lugar de atenerse a razones, se pusieron en guardia.

Las puntas de las lanzas y las espadas los apuntaron a los tres.

—¿En serio? —exclamó la guerrera con rabia—. ¿Tan cortitos sois?

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—Maia… —fue a decir Wylar.

—¡Calla tú!

—Nos repartiremos las gemas y me pondré a vuestro servicio para esa misión oficial vuestra sin duda tan importante que os ha traído hasta aquí —dijo Kasidra con una tranquilidad nada apropiada para la situación—. Te doy mi palabra de cartógrafa, Maia.

La guerrera se sintió insultada y, a la vez, estafada al oír que se refería a ella por su nombre. Fue a preguntarle qué demonios quería decir con eso de «cartógrafa», pero se dio por vencida antes incluso de intentarlo.

—Todo esto es culpa tuya, vieja de mierda —fue lo que espetó la guerrera.

Luego volvió a dirigir la mirada hacia el líder de los soldados y allí se encontró con una expresión agresiva y unos miembros en tensión.

—¿Me vais a escuchar o qué? —preguntó hastiada, cabreada y sin ninguna esperanza.

—A mi orden —dijo el líder.

—Me cago en los Ténebres —exclamó Maia justo antes de descargar el primer hachazo.

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—Es perfecta —dijo Sólomon después de contemplar la gema desde todos los ángulos posibles—. Perfecta.

«Igual de perfecta que hace un rato, pesado».

La caminante contaba las campanadas que seguían sucediéndose de fondo mientras el clérigo no dejaba de admirar la piedra. Se sentía satisfecha, aunque su pose no lo indicase, ahí plantada con los brazos cruzados sobre el diafragma, sucia y churretosa de tierra, sudor y otros elementos en los que prefería no pensar. El pelo que le caía sobre la cara, aquel que permanecía seco y que no se le había pegado a la frente, le bailaba con sus frecuentes resoplidos. Miraba hacia el ventanuco en busca de alguna señal que le indicase qué podía estar ocurriendo en el exterior. Qué habría sido de la vieja. Cómo estaría encajando el golpe que le había dado.

«¿La habrán pillado?».

Se acababa de dar cuenta de que no pretendía ningún mal a aquella molesta señora. Y, también, que así de puñetera era la vida. Qué se le iba a hacer.

—No te preocupes, Nyx —le dijo el capellán—. Este es un emplazamiento sagrado. Aquí nunca entrarían a buscar a ningún fugitivo.

«Pues a mí me parece ese un motivo idóneo para sospechar de este lugar, mira tú por dónde».

El anciano aún pasó unos instantes más admirando aquel trozo de piedra preciosa antes de regresar de veras a la conversación. Aunque, en realidad, no dejaba de estar imbuido en el reflejo de la joya.

—¿Sabías que las gemas proceden de cristales? —preguntó de pronto

—. Cristales personales como el que todos tenemos. Aquellos donde se guarda nuestra esencia.

En ese momento, a la caminante se le vino a la cabeza la imagen de aquella mujer que había visto nacer en el campo de almas hacía menos de

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un par de horas. Cómo vomitaba su piedra mientras luchaba por abrirse paso entre la tierra.

«Tanto esfuerzo para venir a este mundo de mierda».

También pensó en la paria de su hogar que cayó fulminada cuando Naaga tiró su cristal al suelo.

—Una vez que se pulen y se convierten en gemas, ya pueden ser manipuladas por su dueño —continuó el capellán—. Dejan de quemar y ya no son tan pesadas de llevar. —«Uy, eso sí es interesante»—. También tienen la capacidad de guardar energía en su interior. Distintas formas de energía, dependiendo de la habilidad del maestro orfebre que las trabaje. Tienen otras propiedades, como contener esencias. Cosas, digamos…, mayores.

Sólomon entró en un estado de ensimismamiento y por fin calló. El silencio reinaría de no ser por las campanadas y por Kalaamis el rebelde, que silbaba por el hueco del ventanuco, cada vez con mayor ímpetu.

«Huele a lluvia. Pronto empezará a caer agua sobre esos guardias de mierda que me andan buscando. Así los arrastre la Oleada».

—Muy bien —dijo de pronto el capellán volviendo en sí—, con esto ya podemos empezar a trabajar en serio. —«Habla por ti, viejo loco, que yo llevo metida en faena desde hace una eternidad y casi me dejo la piel en aquel agujero»—. Nos queda mucho por hacer todavía, aunque ya solo dependemos de nuestras habilidades, y eso supone una gran ventaja. Ahora vete a descansar; te necesito fresca para tu adiestramiento. Empezarás en el próximo giro.

—¿Qué hacemos con Naaga? —preguntó Nyx con voz ronca, como siempre que abría la boca después de mucho tiempo en silencio.

—Ah, sí, claro, tu patrona —respondió el clérigo—. No te preocupes por ella. Yo me encargaré de hacerle llegar el metal que le debas durante el tiempo que permanezcas aquí en el santuario.

La joven levantó una ceja disconforme. Esperaba otra respuesta. Algo así como que mandaría a una partida de acólitos y la masacrarían a palazos.

—Ahora que los hombres del Duque te buscan y muchos de ellos te han visto la cara, no podemos arriesgarnos a que te echen el guante. Pero ya te digo que no te preocupes, para tu entrenamiento no necesitas abandonar este recinto sagrado.

«No suena demasiado prometedor».

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—¿Hasta cuándo voy a tener que esconderme? —preguntó la joven. —Solo lo que dure tu adiestramiento. Así que depende de ti, de lo que

te apliques.

«¿Eso es todo? ¿Estás de broma, viejo? ¿Qué pasa? ¿Se va a olvidar de mí el Duque después de ese tiempo? ¿Me va a perdonar la que le he liado?».

Sólomon se rio, lo que tras la máscara sonó como un ataque de tos con eco metalizado.

—No te ofusques, Nyx —dijo—. Si mi plan funciona tal y como lo he preparado, cuando salgas de aquí ya no habrá Duque que pueda detenerte.

«Vamos, que al final será verdad que me lo voy a tener que cargar. No te voy a decir que sea una idea que me disguste, pero se me antoja un pelín complicada».

—¿Cuándo me vas a contar el plan? —volvió a preguntar la joven.

Eso hizo que el capellán riera aún más fuerte y seguido.

—Has elegido un buen momento para romper a hablar, ¿eh? —«Es por lo mucho que disfruto de tu compañía, viejo»—. Ni te preocupes ni tengas prisa. Muy pronto todas tus preguntas tendrán respuesta. Muy pronto.

«Que te den, pues».

Y se retiró sin volver a dirigir una mirada a la máscara de luz de su interlocutor.

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El viento le zarandeaba el cabello y volvía gélidas las gotas de sudor que le tachonaban la frente, pero no por ello Lem conseguía volver en sí. Se limitaba a correr por unas calles abarrotadas, chocándose con hombros ajenos, tropezando con puestos y esquinas, empujando espaldas que le bloqueaban el camino. El objetivo en un principio era huir de las inmediaciones de la casa de la comerciante, poner por medio tantos callejones, plazoletas y seres humanos como fuera posible. Pero ahora aquello había mutado en un despropósito de carrera sin meta. Una competición contra sí mismo perdida de antemano.

El aire no le pasaba por la garganta, tenía ateridos los miembros y el pecho le ardía. Sudaba, lloraba e incluso tenía la sensación de haber vomitado, solo que no lo recordaba del todo. En la boca, al menos, flotaba un regusto ácido.

En su acceso de pánico había perdido la parte superior del hábito. La habría soltado en cualquier sitio, asfixiado como iba, en un intento por conseguir hacerse con una bocanada de aire. Ahora Phasis la debía de estar arrastrando hasta dejarla enganchada en el primer pincho que encontrase.

Parecería un acto liberador salir a la calle sin llevar la cabeza cubierta por primera vez en su vida, pero lo cierto era que sus instintos echaban en falta la protección del anonimato. Aquello lo ayudó a no llamar en demasía la atención, ya que un augur en plena huida resultaba demasiado evidente. Ahora no era sino un perturbado más. Un abandonado como tantos otros que llenaban los rincones del Foso. Había ganado la condición de donnadie, de paria, un desgraciado que solo puede esperar de la vida que esta llegue a su fin de la forma menos dolorosa posible.

Lem regresó a una percepción normal al poco de haber salido de la casa. Sin embargo, el mundo no tardó en volverse del revés. Ocurrió en el mismo momento en que oyó gritos de acólitos desde algún lugar a su

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espalda. ¿Lo estaban persiguiendo? No lo sabía, pero esa posibilidad era aterradora.

«No, es demasiado pronto, no pueden saberlo todavía», se dijo a sí mismo. Pero en aquel acceso de locura su propia voz resultaba una desconocida para él.

El jaleo de la marabunta se transformó en un cataclismo que no dejaba de empeorar con cada paso que daba. Era como si las nubes se estuvieran desplomando sobre la ciudad y los aplastaran. Los ahogasen. Los tonos se volvieron a invertir, las distancias se incrementaron. El tejido de la realidad pareció entrar en combustión. Hasta que, de un tropezón que terminó con él por los suelos, regresó a la normalidad.

El augur había perdido la capacidad de diferenciar lo real de lo imaginario, así que su reacción fue levantarse y echar a correr una vez más. Más rápido aún, sin saber de dónde sacaba las fuerzas. Fue al preguntarse qué demonios estaba haciendo, cuando volvió a ser tragado por aquella blancura espectral. A aquel ambiente asfixiante, tuvo que sumarle las caras de los extraños. Esas máscaras infames que lo miraban con ojos muertos y rasgos deformes. Donde se asomaban colmillos cambiantes y lenguas picudas que no paraban quietas. Tal vez fue entonces cuando vomitó. O tal vez volvió a hacerlo.

El mundo fue cambiando sin cesar. Él entraba y salía en aquellas brumas blancas que lo deformaban todo. Y a nadie parecía importarle. Estaba tan abrumado que no comprendía que lo que en realidad necesitaba era un lugar donde esconderse. Que la fuga a ninguna parte solo le traería más sufrimiento.

Un nuevo traspié y se deslizó por el empedrado muchos pasos cuesta abajo. Solo un tenderete fue capaz de frenar su miserable viaje. El mundo, además de invertir los tonos, se había vuelto del revés para él. Allí tirado, mientras recibía la reprimenda del dueño del puesto, que resonaba como un bramido metálico, vio lo que había en el cielo, sobre él. La roca sobre la que se alzaba la fortaleza del Patriarca. Esa piedra flotante sostenida por el vacío, por la voluntad sobrenatural del propio Patriarca, por el capricho de los dioses, por la potencia de la fe del Culto de la Palabra, no se sabía.

No obstante, ahora había algo que la sujetaba.

Lem lo estaba viendo con sus propios ojos, con una claridad que no dejaba resquicio para la duda. Una criatura inmensa, tanto o más grande que el propio peñón, se retorcía en un escorzo imposible por debajo.

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Alzaba potentes brazos y tentáculos, no sabía cuántos, que se enroscaban alrededor de la roca. Necesitó unos momentos para descubrir que era sobre sus hombros donde en realidad descansaba la mole pétrea.

Aquella criatura solo podía ser una cosa.

Un Arconte.

Fue una intuición, una certeza inexplicable. Porque nadie había visto nunca un Arconte fuera de los Textos Primordiales. Aquellas criaturas solo vivían en las canciones populares y en los libros más fantasiosos.

«No es real», le dijo la voz de su conciencia.

—¿No es real? —preguntó en voz alta, como una forma absurda de responderse a sí mismo.

No supo cuántas veces repitió aquello ni a qué volumen. Creyó escuchar al tendero y a otras personas a su alrededor tratando de comunicarse con él. Se pensarían acaso que les estaba hablando, y no. Él seguía imbuido en la espantosa visión.

Aparte del tamaño y la brutal deformidad de su cuerpo, lo que hacía más irreal aquella aparición era la textura, el volumen. La piel parecía viva, y eso a pesar de encontrarse quieta. Emitía una suerte de brillo anormal. Allí existía una tonalidad que no era ni blanca ni negra ni gris. Un disparate, un oxímoron que solo podía deberse a que la cordura del joven se iba desmenuzando trozo a trozo.

«No, tú has visto esto antes».

¿Había sido en los sueños con el chico dulce? Sí, era uno de esos volúmenes que aparecían en el fondo de la habitación y que tanto destacaban contra el blanco. Y ahora estaba en la superficie de aquel cuerpo titánico y deforme del que no podía separar la vista.

De pronto, algo más abajo, donde esas extremidades horribles confluían, Lem distinguió la cabeza de aquella criatura. La había confundido en un principio con una protuberancia, luego con un tentáculo envolviéndose sobre sí mismo. Pero no, aquello era una cabeza. No había boca, algo sin duda de agradecer, pero sí ojos. Cinco, ocho, once, más y más iban apareciendo a poco que se fijase y se abrían donde antes solo había piel, verrugas y formas bulbosas. Distintos, asimétricos, ninguno del mismo tamaño que los demás, como si pertenecieran a diferentes seres y hubieran convergido en aquel punto para formar un rebaño.

Y lo miraban. Uno a uno se fijaban en él, interesados en aquel ínfimo insecto que, a diferencia del resto de la colmena, sí podía verlos. Había

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curiosidad en ellos, el augur podía notarlo. Así como percibía algo más a lo que no supo poner nombre. Algo que lo hacía sentir como si el suelo de golpe desapareciese debajo de él y su cuerpo se precipitara por un tubo digestivo sin fin.

Entonces, la línea que surcaba el costado de la bestia en una diagonal inmensa, que él en un principio había confundido con un pliegue más en aquel corpachón informe, se abrió. Y mostró varias hileras de colmillos afilados como cristales recién estallados. Ahí estaban las fauces del monstruo, y eran todavía más terribles que el resto del conjunto. Podría arrancar medio peñón de un solo mordisco.

Con esta impresión, ahora sí, el joven augur echó lo que había aún dentro de su estómago. Acto seguido, aprovechando que había quedado postrado en el suelo, dejó caer la cabeza contra los adoquines. Y, por fin, perdió la consciencia.

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III

Aprendizajes

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Estruendo y gentío. Aquellos dos elementos reinaban en el ambiente, lo que para Nyx era sinónimo del más desagradable de los escenarios posibles. Sin embargo, y ahí comenzaba el disparate, no le parecía así en absoluto. Más bien todo lo contrario.

El ruido procedía sobre todo de una música fuerte y suave a un mismo tiempo, cadenciosa, cambiante. Pero a ella no le importaba y a su acompañante tampoco. Se trataba de una joven sonriente que bailaba con un vaso en la mano. Justo al igual que ella. Los pies pisoteaban una arena fina y fresca que se colaba por entre los dedos descalzos. Era agradable, era divertido. Bebía a pequeños sorbos un líquido frío y dulce que le dejaba un regusto penetrante.

Su acompañante se balanceaba al son de la música, movía los labios acompañando la canción. La conocía, y ella también. Aunaban sus voces, las sumaban a la de la marabunta que las rodeaban y bailaban con ellas, alrededor de ellas; cada uno por su lado pero formando parte de algo superior. Un único organismo que se movía bajo un mismo ritmo. La sensación solo se podía definir como maravillosa.

Qué podía estar diciendo aquella canción y aquellos labios que cantaban y sonreían no había manera de saberlo. De cualquier forma, eran detalles sin importancia. Cómo iban a serlo, ante las ráfagas de luz que procedían del escenario. Eran rayos inocuos, haces luminosos que tenían vida propia y que, casualidad o no, también seguían aquella misma melodía. Lo que la mantenía hipnotizada era que ninguno de ellos era gris. Cambiaban de tonalidad, como si eso fuera tan simple.

La joven quería quedarse allí, absorta, contemplando el espectáculo; sin embargo, los ojos se le iban una y otra vez hacia su acompañante. Ellas dos habían formado una burbuja a su alrededor, un encantamiento que las aislaba del resto pese a estar compartiéndolo todo con los demás. Eran únicas y de todos. Se hallaban felices, radiantes.

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Más allá de los haces de luz del escenario, el mundo era negro como solo podían serlo los lugares cerrados. No obstante, se encontraban al aire libre; lo que las cubría era un cielo infinito salpicado de puntos luminosos que sobrecogía solo de verlo. Incluso sentía la proximidad de un lago, uno enorme que formaba playas de olas inagotables.

Gritaron y aplaudieron cuando la canción terminó. Entonces los vasos se convirtieron en un engorro. El suyo todavía contenía unos extraños tejidos aromáticos, dos trozos de hielo y una caña que usaba para sorber. Lo sujetó entre las rodillas. Su compañera hizo lo mismo, aunque de una forma bastante más torpe. Con el ímpetu del aplauso, la bebida le corrió hacia las espinillas y salpicó los pies de ambas. Rieron con ganas. Era un momento delicioso.

Lástima que enseguida despertase.

Los ojos le mostraron un cuarto que no era su buhardilla, y eso no podía ser. Agarró sus cuchillos mientras se incorporaba y se ponía en guardia. Tenía la respiración acelerada y el pulso disparado. Tardó todavía un poco en comprender dónde se encontraba. Su celda. Estaba recluida en el santuario bajo la protección de Sólomon.

«Sombras».

Se sintió estúpida con las armas en las manos. Las guardó y se puso en pie. Se estiró cuan larga era; no demasiado. Pronto regresó a ella la sensación de ser observada todo el tiempo. Estaba convencida de que había algún ojo espiándola a través de un agujero o una rendija, pese a que se había pasado una hora inspeccionando cada rincón de la celda antes de echarse a dormir.

«He cambiado de jaula, pero sigo igual de encerrada».

Aunque en favor de su nueva realidad había que contar que no tenía que soportar a Naaga, ni sus gritos, ni sus impertinencias ni sus amenazas. Y también que había dormido en la cama más cómoda y más cálida de la que guardaba memoria.

La teoría indicaba que su situación había mejorado. Estaba un paso más cerca de ser libre. Soltó una carcajada seca y sin gracia al pensar en ello. Porque aquellas eran ideas que Sólomon había metido en su cabeza. Y no confiaba en él en absoluto. De hecho, de tanto en cuanto le entraban las dudas y se preguntaba a sí misma qué demonios hacía allí, cómo se había dejado engañar.

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Para colmo, el famoso adiestramiento aún no había dado comienzo. Había completado varias sesiones, no sabía cuántas, pero no eran más que prácticas previas. Se trataba de repetitivos ejercicios de meditación con los que solo lograba frustrarse. Era cierto que había mejorado, pero seguía sin verle el sentido a la capacidad de «acallar la voz interior», según el capellán. Esas sesiones iban acompañadas de charlas interminables llenas de términos grandilocuentes y expresiones intrincadas que a oídos de la joven no querían decir nada. Ese maldito clérigo hablaba y hablaba, dando vueltas y más vueltas alrededor de temas que a la joven no le interesaban en absoluto. Para colmo, siempre remataba todo con una máxima que ya odiaba con todo su ser: «Yo solo puedo mostrarte el camino, pero tendrás que ser tú quien lo recorra».

«Yo sí que te voy a recorrer el cuello con el cuchillo».

Luego estaba el ayuno. Eso era lo que, de lejos, peor llevaba. La comida no es que fuera su pasión, pero tampoco lo pasaba bien con el estómago vacío. El entrenamiento impuesto por Sólomon estipulaba que no podía comer tanto como desease. Y, peor aún, que debía observar ayuno absoluto cuatro horas antes de echarse a dormir y otras cuatro después de haber despertado. O lo que era lo mismo, más de un giro. Y las explicaciones del clérigo le parecían un insulto a su inteligencia. «Para elevar el espíritu y ayudarlo a separase del cuerpo físico», le explicó.

«Me soltó semejante gilipollez y se quedó tan ancho. Si es que en el fondo soy una santa».

Era recordarlo y, automáticamente, planear asesinarlo. Al menos tenía la ventaja de que, aparte de con el anciano, en el santuario no se veía obligada a establecer contacto con ninguna otra persona. Se trataba del recinto que había anexo al templo. Un edificio alrededor de un patio, cerrado al mundo. Por allí solo había acólitos y ella apenas si se los cruzaba. Sólomon los tenía bien enseñados. Nada de conversaciones forzadas con la muchacha del gabán enorme, ni preguntas sobre cosas que no importaban en absoluto, ni comentarios estúpidos ni otras convenciones sociales.

En eso sí que había salido ganando. Había algunas cosas más que podía considerar positivas de su nueva situación, aunque le costaba centrarse en ellas. Sobre todo cuando recordó que todavía le faltaban unas cuantas horas para la siguiente comida. Y el estómago se le quejó por primera vez.

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Ya no se reunía con Sólomon en la sala de la Verdad, cosa que alegraba a la joven. Desde que diera el golpe junto con Kasidra, cualquier parte del templo que se considerase de acceso general para los visitantes estaba vedada para ella. Por suerte, había espacio de sobra para hacer vida y mover las piernas en el santuario. Aunque empezaba a echar de menos sus incursiones por el exterior.

El capellán y ella solían encontrarse en un cuarto sin ventanas, una sala simple, reducida, donde destacaba un único sillón para el anciano y un cojín que apenas resaltaba entre las losetas para ella. El uno frente a la otra, pero con diferenciación clara de alturas. Si ya a una distancia normal la presencia del capellán le resultaba molesta, tan de cerca era repulsiva. El brillo de la máscara era perturbador y, sobre todo, la respiración forzada que zumbaba por debajo de esta.

Nyx actuó como de costumbre: se acomodó sobre el cojín y cruzó las piernas. Se aseguró de mantener la espalda y el cuello rectos, los hombros relajados, las manos rendidas y apoyadas de cualquier forma sobre el regazo. Tal y como le había enseñado el anciano.

—Toma —dijo este lanzándole un pañuelo.

La caminante lo cazó al vuelo de mala gana. Era para taparse los ojos. A ella no le gustaba prescindir de la vista sabiéndose a solas con ese clérigo ladino. Menos con su ejército en las inmediaciones. No se acostumbraba del todo.

—Bien, observa la respiración, eso es. No trates de contenerla ni de forzarla; solo déjala ser. Entra en el vaivén, en el ciclo, pero procura quedarte fuera. Eres una simple invitada. Relájate.

Pero esas palabras no la relajaban, al contrario, le daban ganas de pegarle un rodillazo en plena máscara. Estaba harta de que las repitiera al comienzo de cada sesión, como si ella lo hubiera olvidado. Con todo, logró superar la irritación inicial y concentrarse.

Atravesó el Velo. Lo hizo solo con los sentidos y no con el cuerpo completo. En ese entrenamiento tenía prohibido zambullirse en el inframundo en cuerpo y alma.

«Y ya tengo ganas».

—¿Qué es la Umbra? —enunció el capellán con voz cavernosa y metalizada. Aquella prueba servía para que ella lograse escuchar su voz

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sin distorsión. Tras mucho practicar, empezaba a conseguirlo—. Es una pregunta que muchos se han hecho y para la que hay innumerables respuestas. Casi todas ellas dirán que o bien que se trata de un mundo paralelo, o bien que en realidad el mundo paralelo es el nuestro. Y lo cierto es que ambas versiones están en lo cierto. Y ambas se equivocan.

»Nuestro mundo no puede existir sin la Umbra y la Umbra no puede existir sin nuestro mundo. Son dos realidades indivisibles, incuestionables, inseparables. Eso es lo que dicen las Sagradas Escrituras, esa es la Verdad que nos legaron los dioses.

»Sin embargo, existe un vacío de información en los Textos Primordiales, una laguna incómoda sobre la que nadie tiene suficiente potestad para hablar. Esa es la referente a la morada de los Once. Se menciona varias veces en las Escrituras, pero no se especifica dónde se encuentra. En este mundo no está, eso desde luego. Y en la Umbra tampoco. Los capellanes pasamos toda nuestra vida explorando el inframundo y, aunque hemos dado con lugares difíciles de explicar y para los que pocos están preparados, nunca ninguno de nosotros ha visto a los dioses. Eso nos ha llevado a comprender que, en realidad, nuestro mundo y la Umbra forman el reverso de otro mayor; un plano más allá. Es ahí donde se encuentran las once moradas de los dioses. ¿Me sigues, Nyx?

«En absoluto».

Se hizo el silencio. La muchacha no tenía intención de romperlo, sumida como estaba en la meditación. Aguardaba expectante por lo siguiente que diría el clérigo después de aquella pausa dramática que ya se estaba alargando más de lo deseable.

—De ese lugar ignoto del que te hablo solo tenemos intuiciones. De ahí proceden las criaturas que de tanto en cuanto nos visitan. Los demonios, los Grises, los Profundos, los Arcontes. Y los dioses, por supuesto. Ellos sí pueden visitarnos a nosotros, pero desde siempre ha sido un camino de un solo sentido. Hasta ahora.

«¿Quieres que yo sea la primera en hacer eso? ¿Cruzar ese velo más allá del Velo? Sangre de Arconte, viejo, estás más chalado de lo que creía».

—Con mi ayuda conseguirás lo que no ha podido nadie antes. Pero no nos precipitemos, aún tenemos un largo trecho por delante.

»Hoy termina la primera fase de tu preparación. Ahora que tu mente está afilada como la cerámica de un cuchillo y tu cuerpo purificado, podrás

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moverte por la Umbra con libertad. Expande tus sentidos. Sé una con ella. Y jamás olvides que lo que ves al otro lado del Velo, por extraño que parezca, es de la misma naturaleza que nuestro mundo; obedece a las mismas leyes.

»Y es ficticio.

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La misma habitación, prístina, limpia, de un blanco tan impoluto que resultaba agresivo a la vista. Frente a él, acaparando el protagonismo, el mismo joven que le decía aquellas palabras dulces que jamás llegaría a entender y que, pese a ello, era justo lo que necesitaba escuchar.

El muchacho le agarraba de la mano y él invertía las pocas fuerzas que le quedaban en devolverle el apretón. Eso era nuevo. O, al menos, nunca se había fijado en que ocurría. ¿Podía variar lo que pasaba en aquel sueño? ¿No era una secuencia que se reproducía invariablemente? Se llevaba la mano hacia sí, la presionaba contra el pecho, el lugar donde sentía que debía estar; donde le correspondía. Aunque en ninguna de las otras ocasiones había tenido fuerzas para mover un músculo de cuello para abajo.

Volcaba sus últimas energías en devolverle el cariño al muchacho dulce, conocedor de que terminaría sucumbiendo. No le importaba. De eso se trataba, de aceptar lo que recibía mientras el cuerpo aguantase. Era una sensación maravillosa, algo mucho más profundo de lo que jamás había experimentado.

Esa vez se notaba más consciente. Tenía capacidad de sentir más allá de aquel muchacho y su serenidad. Había más gente allí, con ellos. Solo que estaban en un segundo plano. Eran tres. Dos de ellos, un hombre y una mujer, igual de altos. La tercera era una chica muy triste, mucho más que los otros dos. Destacaba por tener un ojo vendado y por la sutura que sobresalía arriba y abajo. A Lem le costaba concentrarse. Apenas si podía mantener la vista allí más de un pestañeo. Era todo tan blanco.

Entonces reparó en los otros tonos, los otros volúmenes de fondo, también luminosos. Los había visto antes en esa habitación, sí, pero también en otro lugar. Entonces lo recordó.

La piel del Arconte, sus irregularidades, los bulbos, los tentáculos, la monstruosidad. Ese brillo antinatural. Estaba allí también, lo veía a lo lejos

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asomándose por la ventana. Enorme, inmenso, capaz de eclipsar cualquier otra cosa.

Lem abrió los ojos de golpe. Estaba despierto, pero la oscuridad se había invertido. Ahora era la claridad lo que dominaba el ambiente del dormitorio. No, aquel sitio no era el dormitorio. Aquella no era su cama. Ni siquiera podía asegurar si era la Academia. Resultaba irónico, pero lo único que tenía claro era que se encontraba sumido en las brumas blancas.

Fue a incorporarse, cosa que no consiguió. La espalda entera protestaba, así como el brazo derecho desde el hombro hasta la muñeca. El codo estaba especialmente dañado. La cabeza también respondió con un doloroso vuelco. Parecía como si el cerebro se hubiera licuado y ahora fuera un caldo que bailase dentro del cráneo. Y el mundo a su alrededor había entrado en combustión. No tuvo más remedio que rendirse a la horizontalidad.

Una vez que se relajó, los sonidos volvieron a ser normales y la oscuridad, negra. Terminó de comprender que no estaba en el dormitorio de la Academia. No escuchaba los ronquidos de sus hermanos augures. Giró la cabeza con gran esfuerzo para buscar algo en la negrura absoluta. Creía percibir algo de claridad, pero quedaba más allá de su campo de visión. El cuello chillaba, lo hacía lamentarse. Por fin logró dar con una franja de luz que se colaba por debajo de lo que parecía una puerta.

Aquello debía de ser una celda, y él estaba tumbado en el suelo. Eso explicaba el dolor de espalda. Trató de concentrarse y recordar. Por desgracia, su cabeza tenía otros planes. Le daba punzadas tras los ojos y le presionaba las sienes. Y, entonces, a Lem le sucedió lo que jamás pensó que llegaría a pasarle: echar de menos su catre en el dormitorio. Una broma sin la menor gracia.

De modo que estaba preso y apenas podía moverse. Eso solo podía significar que lo habían atrapado. Las imágenes de su huida por las calles del Foso comenzaron a llegarle frescas, aunque envueltas en brumas. Era consciente de la angustia, de los golpes, de la sensación de ahogo, del terror por estar siendo perseguido.

Fue peor cuando el Arconte regresó a su cabeza. Primero lo recordó como los restos de un mal sueño, pero era mucho más que eso. Porque era real, él lo había visto. Y el Arconte lo había visto a él. Esos ojos, esas oncenas de párpados que no paraban de abrirse en su dirección. Aquel ser

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inmenso que, si quisiera, podría arrasar la ciudad entera, y que, sin embargo, prefería sujetar la roca donde vivía el Patriarca.

Y, al parecer, solo él podía verlo. O eso, o nadie decía una palabra al respecto. Jamás. Era una locura.

Cuando se quiso dar cuenta, estaba llorando. Lo más triste del asunto era que tenía tantos motivos para hacerlo que no sabía cuál lo había provocado. Además, acababa de ser consciente de que, más pronto que tarde, un grupo de inquisidores terminaría apareciendo por la puerta.

Aquello era su fin. Por suerte, la desesperación no llegó a enraizar en él, ya que de inmediato volvió a caer en la inconsciencia.

Era difícil definir la realidad cuando el mundo se había convertido en el fondo de un pozo cuyo único contenido era él mismo. Cuando no sabía dónde terminaban los sueños y dónde empezaban sus propios pensamientos; cuando no sabía qué era delirio provocado por la fiebre y qué verdad.

Luchaba por discernir en qué plano de la consciencia se encontraba cuando la puerta de la celda se abrió. Por ella entraron cuatro inquisidores. ¿Era la primera vez o había pasado ya antes?

Lo llevaron en volandas. No tuvo que pisar ni una sola baldosa para llegar a la sala de interrogatorios. Allí lo esperaban otros tres inquisidores. ¿O acaso eran más? Le hicieron preguntas, lo golpearon, lo amenazaron, le gritaron, lo volvieron a golpear. Se desvanecía, regresaba, se volvía a desvanecer. Incluso las sombras blancas regresaron en un par de ocasiones antes de perder la consciencia.

Cuando recuperó el sentido estaba de nuevo en el suelo de la celda, tirado como una prenda que su dueño había dejado caer con prisa. Mucho más dolorido.

¿Qué sabían los inquisidores de lo que había pasado? No tenía ni idea. Le hacían preguntas que, de alguna manera, buscaban conectarlo con otros casos de ese mismo día. Robos, asesinatos, desapariciones. No parecían muy eficientes. Querían condenarlo a muerte y, por el momento, no lo estaban logrando porque sus dos faltas no eran suficientes.

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Solo había dejado a una clienta rica sola y con un palmo de narices en su casa, y luego había corrido por las calles de la ciudad sin agamte. Era suficiente para estar gritándole, amenazándolo y golpeándolo, pero poco más.

Querían encontrar indicios de crímenes mayores. Aquel comportamiento era demasiado errático como para ser algo aislado. Querían imputarlo, condenarlo. Porque nada hacía subir a los inquisidores en el escalafón como un buen número de herejes desollados.

«¿A cuánta gente inocente habrán sacrificado? ¿Cuántos criminales y herejes reales habrá sueltos solo por su incompetencia?».

Ese pensamiento le daba ánimos, aunque no le permitía respirar tranquilo. Además, estaba demasiado dolorido para mostrar algo de alegría. Tenía que aguantar, sacar fuerzas de donde fuera y resistir sin decir nada que pudiera comprometerle. Por el momento, los golpes no habían llegado a ser tortura, lo que hacía evidente que apenas tenían nada contra él.

Soñó que volvían a por él, que se lo llevaban y empezaba de nuevo el interrogatorio. Una y otra vez, en un bucle febril que no conocía fin. ¿Estaba ocurriendo de verdad? Cómo saberlo. Había perdido la noción del tiempo y, entre penumbras, tampoco podía poner de pies en dónde se encontraba. Ni siquiera dónde hacía sus necesidades.

Hasta que por fin despertó del todo. Había luz entre las penumbras y él se encontraba tendido sobre un jergón. Tapado. No era el paradigma del confort, pero desde luego estaba mejor que en el suelo. Con los ojos entrecerrados pudo distinguir una mesa cercana con un cuenco encima. Comida. Le habían estado dando de comer.

Se hallaba en otra celda, una más amplia y que no hedía. Una con una ventana que le traía los sonidos del trasiego de la calle. Eso le recordó al dormitorio de la Academia. Ojalá. De cualquier forma, eran buenas noticias. El joven augur pensaba que quizá su suerte había empezado a mejorar, cuando algo cercano se movió junto a la cama.

Se trataba de una figura menuda que se levantó y, sin apenas hacer ruido, abandonó la celda. Una sanadora. Su presencia explicaba por qué se encontraba mejor y podía pensar con cierta claridad.

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Lem se incorporó con lentitud. El cuerpo le respondía, aunque con reservas y aún con la sensación de que habitaba una piel que no le pertenecía. Cuando logró sentarse en el jergón, descubrió que la fiebre se había ido, aunque el malestar persistía. Era una situación manejable en cualquier caso, y eso mejoraba con mucho lo que había estado sufriendo los giros anteriores.

«¿Giros? ¿Cuántos?», se preguntó.

El muchacho, una vez que empezó a tirar del cordel de la memoria, ya no pudo parar. Le costaba un esfuerzo superlativo, aunque estaba logrando ciertos avances. Por desgracia para él, no tuvo tiempo de llegar demasiado lejos, ya que la puerta de la celda volvió a abrirse. La sanadora traía compañía. Un tipo calvo dentro de una túnica negra que barría el suelo a su paso. Un maestre inquisidor.

«Mierda».

Se mantuvieron la mirada unos instantes sin cruzar ni una palabra; no fue necesario. Y eso que el inquisidor solo miraba el bulto que era él bajo el agamte. Pronto compuso una media sonrisa que le pareció cruel y una pésima señal.

—Trae la bandeja —le ordenó a la sanadora.

Luego dio un par de pasos y dejó que un acólito cerrara la puerta a su espalda.

—Dime tu nombre, augur —le dijo.

Tenía la mirada más gélida que el muchacho hubiera visto jamás. Trató de prepararse para lo que venía.

—Lem.

«Debería saberlo. Seguro que lo sabe y es solo una prueba».

—Espero que hayas descansado, Lem.

El joven asintió. No vio correcto hacer mucho más.

—Hoy va a tener lugar tu interrogatorio. —«Como si no llevaseis ya varios giros haciéndome preguntas»—. Sé que es incómodo, pero se trata de la prueba oficial ante un jurado. Si la superas, quedarás libre. ¿Estás preparado?

En realidad, aquello solo agregaba mayor presión. Aunque estaba deseoso por salir de allí, se sintió intimidado.

La puerta se abrió de nuevo. Era la sanadora, y traía una bandeja que contenía una vasija tapada y un cucharón. Unas tímidas volutas de humo trataban de escaparse por la rendija. El maestre inquisidor retiró la tapa y,

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entonces sí, el vaho ascendió libre y llenó al instante la celda con un olor intenso. Si no fuera tan penetrante y tan dulzón no sería del todo desagradable. Lem tosió.

El inquisidor tomó el cucharón, lo llenó en la vasija y le ofreció el contenido al augur. Allí no había nada, solo ese humo empalagoso.

—¿Qué es esto? —preguntó Lem confundido.

—Levántate el agamte hasta la nariz —le ordenó el maestre inquisidor —. No te apartes.

Lem le hizo caso con reservas. Se mantuvo en el sitio, a una distancia excesivamente corta del cucharón. Sin embargo, no probó su contenido. El inquisidor no se lo había pedido.

«Quiere que lo inhale —comprendió—. Me van a drogar».

Lem no necesitó que añadieran más para saber que ese interrogatorio oficial no era más que el inicio de la pesadilla.

—¿Te encomiendas a la piedad de los Cinco?

—Sí.

—¿Por qué mataste a la capellana?

—Yo, yo no maté a nin-guna ca-p-pellana.

Puñetazo.

—¿Para quién trabajas?

—Para la Ac-academia d-de augures.

Puñetazo.

—¿Te mandó la Academia de augures para atentar contra la capellana?

—¿Quién te lo mandó?

—¿Trabajas para alguien que planea atentar contra el Patriarca?

—¿Los sabiondos?

—¿La Princesa?

—No.

Puñetazo.

Tal vez los golpes no fueran tan fuertes como podrían, pero sumados al mareo que sufría desde que aspiró aquel humo, retumbaban como los topetazos de un ariete contra un portón atrancado.

—¿Temes la ira de los Seis?

—Sí.

—¿Has visto el porvenir?

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—¿Falseaste la ceremonia de los augures?

—¿Eres un falso augur?

—N-no.

Puñetazo.

—No ¿qué?

—No s-soy un f-f-fa-falso augur.

Puñetazo.

—¿Por qué robaste el plato del templo de la Eterna?

—No lo rob-bé.

Puñetazo.

—¿Puedes ver en la Umbra?

«¿La Umbra?».

Y entonces las piezas encajaron. Para cuando fue a responder a eso que «sí», el interrogatorio ya había avanzado varias preguntas.

—¿Por qué abandonaste aquella casa?

—¿Qué has robado?

—¿Dónde guardas el metal?

—No lo s-sé.

Puñetazo.

—Cuéntalo todo.

—Habla.

—Me ahogaba. N-neces-sitaba s-salir.

—Mentira.

—Hereje.

—¿Ibas a robar a la señora?

—¿Buscabas asesinar a la señora?

—¿Quién te envía?

—La Aullante.

Esa respuesta era verdad, después de todo. Milagrosamente, había salido del bucle mental que lo obligaba a contestar a la pregunta de la Umbra. Porque estaba convencido de que era eso. Tenía acceso a la Umbra. Pero aquello era imposible.

Demasiados interrogantes para un momento tan delicado.

—Mentiroso.

—Hereje.

—Esfinge.

—Blasfemo.

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Puñetazo.

—N-no hi-hi-hice nad-d-da malo.

—Mentiroso.

—Maldito. ¡Está maldito!

Puñetazo.

—Miserable.

—¿Quién te envía?

—Dejadlo hablar.

Puñetazos.

—Miserable.

—Embustero.

—Habla.

—Habla.

—Habla.

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35

Ahora, por un capricho del destino, eran tres en el Páramo. Y huían a marchas forzadas. El único objetivo: dejar atrás a sus perseguidores tanto como pudiesen. No estaban muy contentos de haber masacrado a aquellos guardias. La única buena noticia era que llevaban la misma dirección de Kalaamis y este los empujaba.

—Empiezo a necesitar mi bastón, Maia —dijo Kasidra tres pasos más atrás—. Me temo que mis articulaciones ya no son lo que eran, y sin él me resulta harto complicado seguir adelante.

—Olvídalo —bufó la guerrera.

Maia marchaba en cabeza. Cargaba con aquel extraño tubo que le reclamaba la anciana. No pesaba demasiado, pero era evidente que preferiría no llevarlo encima.

—No nos fiamos de ti, compañera —dijo Wylar, que también iba por delante de la cartógrafa, justo tras Maia.

—Pues no veo el motivo, amigos —replicó la señora con una paciencia y un buen talante del todo antinaturales. Al menos a Maia se lo pareció—. Hemos llegado a un acuerdo de colaboración.

—No hemos llegado a una mierda —contestó la guerrera.

—Bueno, tal vez contractualmente no, pero sí que nos mueven los mismos intereses. Eso creo que ya ha quedado claro.

—Le hemos dado matarile a los lacayos de un duque que gobierna un cacho de Páramo —respondió Maia—. Y ahora tenemos que huir como unos desgraciados. Eso ha sido por tu culpa, vieja puñetera.

—Además, tú no sabes qué dirección llevamos nosotros —añadió el arquero.

—Bueno, es cierto que no me lo habéis dicho, pero al poco de alejarnos hemos seguido la dirección de Kalaamis y ya de ahí no nos hemos salido; y eso que vamos a campo traviesa. Contando con que Niño Perdido es el último pueblo del Páramo, que sois dos soldados de la Torre

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y que hay rumores más que convincentes que apuntan a que se acerca la siguiente Oleada, estoy segura de que esa misión de la que tanto habláis consiste en localizar y eliminar nidos de Grises. ¿Estoy en lo cierto?

—¿La Oleada? ¿Nidos de Grises? —preguntó Maia airada—. Cállate la boca esa, que no tienes ni puta idea de nada. Sabionda de las narices.

—Vamos de reconocimiento a una atalaya en las montañas —comentó Wylar.

—Cierra el pico tú.

Por un momento solo se pudo oír el sonido de los pies aplastando terrones secos y el soplido de Kalaamis el rebelde, que traía ecos de una tormenta lejana.

—Pero esas son inmejorables noticias —exclamó Kasidra—. Ya que resulta que yo también me dirijo hacia la cordillera. Tengo la misión de realizar un mapa, y lo que me queda son las tierras fronterizas. Para ello tengo que adentrarme en terreno ignoto, hacer mediciones y sobrepasar los límites del Páramo. Ver qué hay más allá, siempre dentro de lo posible.

Señalaba las montañas que asomaban imponentes en el horizonte tras nubes y nubes de polvo en suspensión; justo en la misma dirección que llevaban. Aquello podía ser coincidencia o formar parte de un embuste que la cartógrafa acababa de parir.

«Con tal de recuperar el cacharro este es capaz de decirnos que quiere casarse conmigo —pensó la guerrera—. Más motivo para no dárselo».

Wylar se volvió para mirar a la anciana. La encontró toda sucia, sudada y magullada, pero mantenía una sonrisa que, para el arquero, suponía el más enrevesado de los acertijos.

«Debería estar descompuesta. Yo casi lo estoy y nadie me ha revolcado por el suelo como sí le pasó a ella».

Maia, por su parte, todavía aturdida por aquel torrente de información que soltaba la anciana, buscaba las palabras correctas para hacerla callar de una buena vez.

—Cuando paremos arreglaremos cuentas —terminó por decir.

Pese a que todo apuntaba a lo contrario, el tiempo se volvió apacible. Phasis había sustituido a su hermano, pero soplaba sin ánimo. Tampoco había precipitaciones de ningún tipo. Ni siquiera de ceniza, pese al persistente hedor a azufre y gases venenosos. Podían sentarse sin tener que

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cavar una fosa para protegerse. Pero como en el Páramo no todas pueden ser buenas noticias, el frío era criminal.

La pareja de soldados todavía dejaba a Kasidra aparte, sentada con ellos, sí, pero alejada. La señora, por el momento impermeable al desprecio de sus compañeros de viaje, se mostraba encantadora y locuaz, siempre tendente a pronunciar buenas palabras, a hacer bromas y a regalar sonrisas. Sonreía hasta límites sobrehumanos, como se fijó Wylar. Aquello era muy sospechoso, como entendió Maia.

Constituía, por supuesto, una pose. Así opinaban ambos guerreros. Ya la habían visto en acción, sabían de lo que era capaz. Además, habían sido testigos de cómo acababa con un soldado del Duque, un guerrero perfectamente armado y capacitado, ella sola con las manos desnudas. Sin duda, se trataba de una mujer peligrosa.

«Nunca te fíes de una señora», pensó Maia.

—¿Qué llevas ahí atrás? —preguntó Wylar haciendo un gesto hacia la mochila de Kasidra.

Era una duda genuina, la cartógrafa no se había desprendido de ella ni para echarse a descansar.

—Mis aparatos de medición y algo de ropa limpia —respondió la anciana sin darle importancia.

—Y un paquete lleno de gemas —completó Maia.

A la señora pareció hacerle gracia aquel comentario.

—Bueno, no está tan abultado como solía —contestó Kasidra—. Me habéis quitado casi todas.

—Mis cuernos que sí —dijo la guerrera desafiante.

Pese a que llevaban un rato sentados, Maia seguía consumiendo Furia con regularidad; tanta como el viento le acercaba. No se fiaba un pelo. La idea de hacerle un juicio sumario a la vieja le rondaba la cabeza desde hacía un rato. Y era seductora.

«Si la dejamos a su aire, nada le impedirá seguirnos y rebanarnos el cuello mientras dormimos».

—¿Y llevas comida? —preguntó Wylar.

—Yo os iba a hacer la misma pregunta —respondió Kasidra.

—Como si fuéramos a compartirla contigo —dijo Maia apretando la mandíbula.

—¡Qué grosera! Y qué desafortunada, porque, por casualidad, sí que llevo conmigo esto.

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La cartógrafa se llevó una mano a uno de los muchos bolsillos de sus pantalones y extrajo un trozo de papel que, a simple vista, se veía pringoso. Con esos dedos regordetes y sucios, lo desenvolvió y agarró su contenido: un alacrán tieso. Y frito. Los guerreros, que en principio se habían puesto en guardia ante lo que aquella chocante mujer pudiese sacar de ahí, empezaron a salivar.

—Dijiste que no llevabas comida encima —protestó el arquero.

—Me preguntasteis por la mochila, no por los bolsillos de los pantalones —contestó Kasidra. A continuación, le dio un bocado a una de las pinzas. El crujido se oía por encima del suave silbido de la brisa.

«Es lo más sabroso», pensó Wylar.

—Trae eso aquí —ordenó Maia.

—A cambio de mi bastón —propuso la anciana.

—Dos hostias te voy a dar a cambio —replicó la guerrera—. Te voy a pagar con las muelas que se te salten.

—Mala suerte —dijo Kasidra haciendo desaparecer la otra pinza de un nuevo bocado—. En la Factoría tenemos más educación y desde luego sabemos pedir bien las cosas.

—Sabes que puedo quitártelo de tus manos muertas, ¿verdad? — amenazó Maia.

—Pero ¡qué grosera! —respondió la anciana algo más teatral de lo que la situación invitaba—. ¿Y tú? ¿Sabes que no puedes ir así por la vida? Corres el riesgo de que te den de lado.

Los dientes de Maia rechinaron. De algún modo difícil de explicar, esa anciana dominaba las circunstancias pese a estar desarmada. Y eso enloquecía a la guerrera.

Wylar, por su parte, quería disfrutar de semejante escena; y lo hubiera hecho, de no ser por el hambre que ya le punzaba sin reservas.

La cartógrafa dio un bocado más y, solo entonces, le lanzó lo que quedaba del alacrán al arquero. Este agarró la comida al vuelo y, sin pensárselo dos veces, mordió el aguijón y casi el resto de la cola, que tampoco estaba mal. Sabía que tendría que pasárselo a su compañera más pronto que tarde. Así lo hizo después de una segunda mordida.

La guerrera se metió en la boca lo que quedaba, sin discriminar patas o cuerpo. Y sin borrar la expresión de desagrado de la cara. Como si en lugar de un delicado manjar se estuviera comiendo algo repugnante.

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A simple vista, Maia se entregaba al afilado del hacha con la misma dedicación que de costumbre, pero Wylar sabía que algo andaba mal. Porque en lugar de mirar por dónde se deslizaba la piedra de amolar, hipnotizada como solía por el efecto que tenía esta sobre la cerámica, los ojos se le iban solos hacia la cartógrafa.

Sentada en una roca, Kasidra había desplegado una especie de panel sacado de la mochila y se había fabricado, de alguna bizarra manera, una mesa de trabajo. Sobre su superficie estiró un trozo de papel sujeto con unas pinzas para evitar que Ndhasis, travieso como de costumbre, se lo llevara. Estaba dibujando con un pincel.

—Como sigas así te vas a quedar sin hacha —le dijo Wylar a Maia.

—Como sigas así te vas a quedar sin dientes.

Y continuó con lo mismo; afilar de malos modos, vigilar y mascullar maldiciones. Detestaba a aquella anciana y tenía motivos de sobra para ello: por ser tan extraña, por ser una sabionda o por el hecho de que bajo ese disfraz de mujer afable se escondía una rival temible. La guerrera no dejaba de pensar en que, tarde o temprano, llegaría el momento en que habrían de enfrentarse. Tenía que estar preparada.

—¿Por qué no le hemos confiscado también la mochila esa de mierda? —le preguntó al arquero sin dejar de afilar ni de vigilar.

—Yo no pienso llevarla a cuestas —respondió este.

Maia torció el gesto. Más aún.

—No me refiero a quedárnosla —dijo—. Quitársela y ya está. La destrozamos y la dejamos por ahí tirada.

Wylar se rio, lo que le valió una amonestación por parte de su compañera en forma de mirada asesina.

—Sabes que no tenemos ninguna obligación de ir con ella, ¿no? —Ah, sí, muy buena idea; dejar suelta a una enemiga peligrosa en el

Páramo —replicó la guerrera—. Para que aparezca mientras dormimos y…

—Nos rebane el pescuezo, sí —la interrumpió Wylar.

No era la primera vez que Maia exponía aquella idea.

La guerrera resopló; Wylar también. Luego el arquero se puso en pie murmurando algo que era mejor que no se entendiese y comenzó a caminar en dirección a la anciana.

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—Pues cárgatela ya de una vez —le dijo sin mirarla y encogiéndose de hombros. Con esa indolencia que a ella la volvía loca. De muchas formas distintas.

—No, este no es el mapa todavía, es solo un boceto del paisaje —dijo Kasidra encantada por el interés del arquero—. Pero es que no podía resistirme a inmortalizar esta maravilla que ahora contemplamos.

Wylar levantó la vista. Frente a él no había nada distinto al mismo Páramo que llevaban tantos giros atravesando. La cordillera estaba más cerca, eso no se lo podía negar a la anciana, pero seguía siendo aquel paisaje desangelado y ceniciento de siempre. Se rascó la coronilla con cuidado de no deshacerse la coleta. Pensaba en lo muy desequilibrada que debía de estar aquella mujer. O a lo mejor se trataba de una estrategia para que bajase la guardia.

«Ya estoy paranoico como la grandullona».

—¿Sabes que nuestros ojos son de los primeros que ven estas montañas? A esta distancia, al menos —dijo la cartógrafa con una mezcla de orgullo y excitación.

—Me pregunto por qué —comentó Wylar como para sí.

Las carcajadas que esta respuesta provocó en la señora la obligaron a dejar de dibujar. El arquero no había sido consciente de lo gracioso que había sido su comentario. Bueno, qué demonios, había sido una buena broma, de modo que la acompañó sin culpa.

«Tanto juntarme con ese canto rodado de Maia ha atrofiado mi sentido del humor».

—¿No lo has notado todavía? —le preguntó Kasidra al poco de que las risas pararan.

El arquero volvió a subir la guardia. De hecho, se reprendió a sí mismo por estar tan relajado ante su prisionera. Deseó que Maia no estuviera atenta a aquella conversación. Aunque sabía que no les quitaba el ojo de encima.

—Venga, seguro que sí lo notas —insistió la anciana.

—A ver.

—El viento se comporta de forma rara —dijo Kasidra—. Es Ndhasis, de eso no cabe duda, pero de vez en cuando viene una ráfaga del lado contrario.

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Aquello no tenía sentido. Todo el mundo sabía que los vientos eran tres y nada más que tres.

—Nah, esos son los pedos de Maia, ya te acostumbrarás.

Aquello provocó un nuevo alud de carcajadas en la cartógrafa. Más pronunciado aún que el anterior. Wylar también rio con gusto, claro, aunque no tanto ni tan fuerte como la señora.

—Mira, ¿lo notas? —le preguntó ella cuando paró—. Tú eres arquero, deberías ser más sensible a las variaciones del aire.

Wylar negó con la cabeza. No sabía si era verdad que apenas notaba los cambios del ambiente o que aquella vieja estaba burlándose de sus capacidades militares. Entonces sintió la brisa rozándole en la cara. Y estaba de espaldas a Ndhasis. Era imposible.

«Que me coman los Grises, no puede ser».

—Tiene que deberse a que aquí es donde da la vuelta el viento —dijo restándole importancia.

Una vez más, Kasidra volvió a vaciar los pulmones a carcajada limpia. «Como siga así, la voy a matar. Esperaré a que termine para decírselo,

seguro que también le hace gracia».

—Eres muy gracioso —dijo la cartógrafa todavía entre hipidos—. Casi tanto como guapo.

A Wylar ese comentario le sorprendió viniendo de la anciana, aunque, por otro lado, también le parecieron un par de apreciaciones bastante justas. Fue a decir algo para fingir modestia, que sabía que era lo que correspondía, pero no le terminó de salir.

—Me dejarás pintarte, ¿verdad? —preguntó la cartógrafa.

Aquello lo pilló aún más desprevenido. En principio lo vio como algo fuera de lugar, sobre todo procediendo de alguien que se encontraba bajo su custodia; pero luego pensó que no había ningún motivo real para negarse. Además, nadie le había propuesto nunca nada así.

«¿Por qué nadie me ha propuesto nunca nada así?».

—No solo pinto paisajes. Me encanta hacer retratos de quienes me voy encontrando en mis viajes —siguió diciendo Kasidra, de vuelta a su dibujo

—. Pero desde que llegué al Páramo no hago más que toparme con las mismas caras aburridas de vivir. Es agotador. No me he encontrado ningún rostro interesante desde hace más de cuatro pueblos, te lo aseguro. Bueno, miento, había en Niño Perdido una chica muy muy muy guapa. Bueno, era más que guapa; era interesante. Y muy especial además: una caminante.

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—¿Una caminante en mitad del Páramo? —preguntó Wylar—. Eso sí que no me lo esperaba.

Sorprenderlo era algo que complacía a Kasidra, a juzgar por la nueva sonrisa que mostró.

—Es raro, sí. No suelen rondar puebluchos de mala muerte. —La anciana se paró un instante para tomar aire y recapacitar—. Lo que pasa con los caminantes es que son escurridizos como arañas. Gajes del oficio, supongo. Esta que te digo, además, apenas hablaba. Yo creo que era patológicamente tímida.

El arquero seguía dándole vueltas a la idea de que hubiera una caminante suelta por aquel villorrio de mala muerte. No estaban tan lejos. La vocecilla de su cabeza chilló solo ante la posibilidad de que pudieran cruzársela. O, peor aún, de que estuviera al servicio del Duque y este la hubiera mandado en su persecución.

—¿Cómo dices que se llamaba? —le preguntó a la anciana para sacarse las malas sensaciones de encima.

—No lo sé. Ni siquiera me lo llegó a decir —contestó Kasidra con una sonrisa melancólica mientras remataba el pico de una montaña en el papel.

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Nyx había dejado de contar los giros que llevaba en el santuario. Primero por el aburrimiento y la desesperación de no salir, pero más adelante porque el entrenamiento estaba empezando a dar sus frutos. No solo había hecho retroceder las brumas blancas y había comenzado a ver y a oír con nitidez en la Umbra; eso fue fácil. Ahora estaba desarrollando la capacidad de ver más allá, de percibir cosas más y más lejanas. Las técnicas de capellán que Sólomon le enseñaba le abrían la puerta a un mundo inimaginable.

La joven no dejaba de sorprenderse con el avance de cada nueva sesión, en las que siempre era capaz de llegar un poco más allá. Sin moverse del cojín en aquel cuarto sombrío, la muchacha transportaba sus sentidos fuera del santuario. Primero salió a la galería, luego pudo sobrevolar el claustro, más adelante atravesó los límites del templo y llegó al pueblo. Cuando quiso darse cuenta, ya había recorrido Niño Perdido de punta a punta. Era así, proyectando su visión, cómo los capellanes dominaban a la sociedad desde sus respectivas salas de la Verdad. Podían estar en cualquier sitio sin que nadie los detectase.

«¿Cómo sé que lo que veo es real y no parte de mi imaginación?», le preguntó a Sólomon.

«Mira la hora del reloj de la plaza», le contestó él.

Ella no podía conocer ese dato, así que aceptó. Con una gracilidad imposible, su proyección alzó el vuelo y llegó a la plaza del mercado. Allí, incrustado en una pared a medio derrumbar, aquel artefacto metálico y basto marcaba con su única aguja las siete y algo.

«Y ahora, ve a comprobarlo por ti misma», le dijo el clérigo en cuanto ella abrió los ojos.

La caminante aceptó el reto. No se había puesto en pie cuando ya había atravesado el Velo con todo su organismo. Era la primera vez que salía del santuario en giros y giros. Recorrió el pueblo por los tejados, saltando de

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casa a casa. Fue fácil llegar al mercado. Desde lejos, de las once horas del reloj vio que la que marcaba la única aguja era la séptima y algo. Al igual que había visto antes.

El inframundo seguía siendo inhóspito, pero había ganado familiaridad con él. Algo le decía que nunca terminaría de acostumbrarse a los chirridos que surgían de la nada, ni a las caras demoniacas que tenían todos allí, pero ya no sentía tanta aversión.

Ahora que se veía capaz, su verdadero motor era la curiosidad. Quería saberlo todo, llegar más lejos, no dejar ni un solo hueco por explorar. Incluso había empezado a atreverse a inspeccionar las puertas y las ventanas que se abrían como por arte de magia al otro lado del Velo. Aunque, de momento, no se aventuraba demasiado en lo que había al otro lado.

Nyx se dejaba entusiasmar con los secretos del inframundo que se iban desvelando. Un buen ejemplo eran los halos, hasta entonces indistinguibles para ella, y que por fin habían cobrado sentido.

Aprendió que la mayor parte de ellos los arrastraban los vientos, traídos de no se sabía muy bien dónde. Como la Furia, el más común de todos ellos y el favorito de Ndhasis. Aunque también solía brotar de la tierra en emanaciones de vapor que terminaban disolviéndose a cierta altura. Según Sólomon, era muy fácil absorberla y luego darle uso. De hecho, lo complicado era no consumirla toda de golpe, ya que conforme entraba en el cuerpo daba una sensación de euforia que invitaba a gastarla. Su efecto era, además de levantar el ánimo, mejorar todas las capacidades físicas. La fuerza, la velocidad, la resistencia, la agilidad, los reflejos, incluso los sentidos. Todo se potenciaba. Y como los demás halos, el incremento y la duración de sus efectos dependían del entrenamiento y de lo poderoso que fuera el don de quien lo usase.

La Gracia formaba nubes que, cuando el viento lo permitía, giraban sobre sí mismas en lentísimas espirales. Era más liviana y, al parecer, también un poco más difícil de atraer. Su viento predilecto era Kalaamis, aunque podía llegar desde cualquier otra dirección. Además, aparecía allí donde había tenido lugar un hecho digno de ser recordado. Aumentaba la habilidad y, según decían, también la suerte. No en vano, era el halo de los artistas.

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«Así que el zopenco de Jris usa Gracia. Quién lo hubiera dicho».

La Savia flotaba en burbujas transparentes y de una esfericidad perfecta. Solo llegaba a través del viento, especialmente Phasis, y tendía a volar alto. Su poder era curativo y regenerador, aunque también transformador.

Somnos apenas se levantaba una cuarta del suelo y se agolpaba en hondonadas, como si se tratase de un agua en extremo volátil. De hecho, aparecía tras nevadas o lluvias muy intensas. Era fácil absorberlo y no se requería ninguna habilidad especial para usarlo. Y esto se debía a que no tenía una utilidad real. Solo mareaba, alteraba la conducta y emborrachaba más que la cerveza de lombriz. Eso era todo.

Por último, el halo menos común de todos, Esfinge. No lo traía ningún viento, no aparecía en ningún lugar en concreto. Si daba la casualidad de que encontrabas un poco posado sobre una roca, lo normal era que desapareciera al acercarte. Se trataba de una suerte de mancha de humedad que rehuía el contacto con quienes no sabían cómo utilizarla, que era la mayoría. Se decía que solo los brujos, aquellos venidos al mundo bajo el signo del Reo, conocían los secretos de Esfinge, ya que era el combustible para lograr la Transmutación.

Otra de las sorpresas que la Umbra guardaba eran los demonios, mucho más frecuentes de lo que habría imaginado en un principio. En palabras de Sólomon, si no los había detectado antes se debía a que no estaba preparada para ello. Ahora que su percepción se había afilado, era capaz de descubrir perfiles, texturas y movimiento donde antes solo existían brumas y oscuridad de tonos lechosos.

Ya no solo veía los demonios voladores, que eran los más comunes, sino otros que siempre iban a ras de tierra; cuadrúpedos peludos a los que solía sobresalirle una cola. Los había de más tipos, pues eran numerosísimos, y tenían una sorprendente habilidad para ignorarla. A no ser que ella se aproximase más de la cuenta. Entonces huían o, directamente, se desvanecían.

—Cuando desaparecen no vienen a nuestro mundo —dijo el clérigo. Su voz sonaba cercana, pese a que la atención de ella se encontraba a más de media legua de allí—. Viajan al otro plano más allá. Donde moran los dioses.

—La Umbra de la Umbra —dijo la joven.

—Exacto.

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—Donde quieres que yo vaya.

—Con mi ayuda, sí. Y con el endecagóbolo.

«Otra vez la misma cantinela».

El capellán no le había dado demasiadas pistas sobre aquel artefacto. Solo le decía que lo usaría cuando estuviera preparada. Eso, por descontado, no hacía feliz a la caminante.

—Los herreros —dijo Nyx de pronto interrumpiendo lo que estaba diciendo el clérigo en ese momento—. Ellos también usan los halos, yo los vi hacerlo.

Sólomon calló por un instante, molesto por la interrupción. Pero terminó por asentir.

—¿Qué halos les viste usar?

«No lo sé, viejo, mi percepción era entonces una porquería». —Irradiaban energía con las manos —añadió la joven—. Luego

podían moldear el metal.

—Cada signo tiene distintas capacidades —dijo el capellán—. Los hijos de la Bendecida pueden canalizar Furia, Savia y Gracia, pero sus capacidades son distintas a las de los del signo del Audaz o del Decapitado. La Furia, por ejemplo, les permite doblar el metal a los herreros, pero no les serviría para soportar el dolor de una herida abierta. Lo mismo ocurre con los ebanistas, los curtidores o los alfareros: pueden utilizar el don para usar halos y transformar la materia en madera, tejido, alimentos… Pero no para curar o luchar. Paciencia, te lo enseñaré todo cuando llegue su momento.

—¿Tú cuáles usas? —interrumpió de nuevo la caminante.

—A los hijos de la Susurrante nos ocurre lo mismo que a ti. Tenemos el don, pero no usamos halos. Nuestro poder es ver en la Umbra más allá de lo que vería cualquier otro.

—A mí me has enseñado a ver más allá y no soy una cara de chapa — replicó la muchacha.

El anciano se rio.

—Más allá, niña. Vemos mucho más allá.

—Contrólate —ordenó el capellán.

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Era más fácil decirlo que hacerlo. La percepción de Nyx volaba tan alto como podía, justo por debajo de las nubes que siempre tapaban el cielo. Si perdía la concentración por un momento, caía. Y esto era justo lo más complicado, ya que no podía creer lo que estaba viendo.

—¿Qué es? —preguntó ella con gran esfuerzo.

—La Torre. La morada de la Princesa. La ciudad más populosa de toda la Desolación.

Un pilar surgido de entre el yermo, retorciéndose sobre sí mismo, grueso en la base, más y más delgado conforme ascendía. Una ciudad. Alta, inmensa, construida a partir de millares de otros edificios más pequeños. Su cima quedaba más allá de la capa de nubes. En el mundo real su piedra debía de verse oscura como la pizarra.

—El epicentro de todas las perversiones —siguió explicando el anciano—. Nada bueno habita entre sus calles.

Algo de razón tenía que tener, ya que aquella mole irradiaba algo que la caminante no sabría explicar. Una energía impía y malévola emanaba de ella, aunque la joven no sabía si se debía a que ella la captaba de verdad o por mera sugestión producida por las palabras del capellán.

—Si es malvado, lo encontrarás ahí dentro —dijo Sólomon—. Y si no, terminará acudiendo ahí. Esta ciudad infecta atrae el mal. Sigue hacia el interior del anillo —indicó—. No pierdas de vista la línea recta de la muralla.

A la muchacha le costaba maniobrar. Era como si los vientos la estuvieran zarandeando, o como si cargase con algo demasiado pesado. Para colmo, cada vez le resultaba más complicado mantener los ojos abiertos.

«Pero no son mis ojos».

—Desde aquí veo otra ciudad —dijo ella con dificultad—. En el horizonte. Contra Phasis.

—Ah, eso —exclamó Sólomon—. Eso no es una ciudad. Es un montón de ruinas. —«Ruinas»—. No tiene importancia. ¿Qué haces? No vayas en esa dirección. Ya te digo que no tiene ninguna importancia. ¡Nyx!

Pero la caminante ya había comenzado a virar hacia allí. Siguió la muralla que conformaba el anillo, esa que unía las cinco ciudades como si estas fueran las perlas de un collar. Partía de la base de la Torre y parecía ir

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en línea recta, pero a poco que se la mirase en la lejanía, se notaba que trazaba una curva a través de las leguas que recorría.

—Demonio de muchacha —protestó el capellán, a quien no le quedó más remedio que aceptar.

No mucho después, cuando la Torre ya solo se intuía como una simple línea que se confundía entre las nubes, apareció una nueva ciudad. O más bien lo que quedaba de ella.

Estaba también rodeada por aquella misma muralla. Era mucho más extensa que la Torre, aunque ni por asomo tan alta. Se hallaba destrozada, sus edificios derrumbados. Ni uno solo quedaba en pie. Era como si toda al completo hubiera sucumbido bajo una lluvia de mazas, martillos y bolas de metal y luego se hubiese desatado el incendio más devastador.

A Nyx le dio un vuelco el corazón.

—Ahí tienes ese despojo —dijo el capellán con desprecio—. ¿Estás contenta?

—¿Qué es este lugar? —preguntó la caminante.

Ella sabía dónde estaban. Algo en su interior se lo decía. Solo necesitaba confirmarlo.

—Las ruinas del Bazar —respondió Sólomon—. La antigua casa del Tratante. Ahora es su tumba.

En efecto, no había ninguna señal que indicase que aquel erial pudiera albergar vida. La joven contuvo la respiración.

—¿Una tumba? —preguntó Nyx—. ¿No vive nadie aquí?

—Aquí solo encontrarás muerte —sentenció el capellán.

Pero ella no se iba a dar por vencida tan fácilmente. Realizó un vuelo rasante que la hizo pasar muy cerca de los edificios arrumbados y las calles anegadas de escombros. Debió de ser impresionante antes de la hecatombe. Ahora, aquel paraje no solo era desolador, también aplastaba el espíritu.

—He visto a alguien entre las ruinas —exclamó Nyx.

—Nada, solo sombras.

—Ahí. Mira.

El clérigo masculló algo. No estaba conforme con aquello.

—No es nada. A lo mejor algún paria buscando algo entre los escombros. Nada más.

«Algún paria. Ya».

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Por algún motivo, él quería evitar a toda costa que ella descubriera más sobre esa ciudad. Pero no lo estaba consiguiendo. De hecho, con su actitud no hacía más que azuzar la curiosidad de Nyx. La muchacha tenía cientos de preguntas que se agolpaban entre sus sienes, empujándose unas a otras para salir por su garganta.

—¿Qué pasó? —logró preguntar al fin.

—Guerra —respondió el clérigo—. La codicia de los ases. Y la estupidez de los humanos. La mezcla más destructiva que uno pueda imaginar.

«Para lo que te gusta pontificar y opinar sobre todo, bien críptico que te pones cuando quieres, viejo asqueroso».

—Cuando te canses de admirar esta escombrera, avísame —dijo Sólomon. Nyx todavía necesitó unos momentos, pero terminó haciéndole caso—. Bien. ¿Ves esa línea recta? Síguela.

A poco que se fijó, descubrió que esa línea era, en realidad, una carretera. Y estaba protegida por murallas. Aquello parecía excesivo. Sobre todo porque el terreno que atravesaba era un yermo igual de seco y agrietado que el resto. No había ni rastro de personas ni de nada que pudiera suponer una amenaza. Resultaba tan antinatural que ponía los pelos de punta.

«Esfinge».

—Sombras, ¿por qué tanta fortificación? —terminó diciendo la caminante. Podría interpretarse como una pregunta estúpida, pero aquello era tan absurdo que tenía todo el sentido del mundo.

—Ahora lo verás —respondió el clérigo, una vez más, enigmático.

«Viejo puñetero».

Y era cierto, la respuesta se apareció ante sus ojos. Una nueva mole, esta todavía más impresionante que la Torre, tanto que en la lejanía la confundió con una montaña, se alzaba frente a ella. Era una especie de fortaleza sobredimensionada. Cuanto más la miraba, más le costaba comprenderla. Era un castillo hecho de castillos. Y estos contenían a su vez otros castillos menores. Era un fractal de la arquitectura defensiva, un sinsentido apabullante.

—¿Qué demonios es esto?

—El Mausoleo —respondió Sólomon.

«¿Ya está? ¿No vas a contarme más? ¿Me vas a dejar así, pedazo de cabrón?».

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—¿Quién vive ahí? —preguntó ella. Porque todo indicaba que aquella masa estaba vacía.

—Es la casa del Durmiente.

Y volvió a guardar silencio.

«Me voy a cagar en ti, viejo. Los Ténebres te lleven».

—Es la fortaleza contra las invasiones —dijo el capellán—. El último bastión para cuando llegue la Oleada.

«Entonces es verdad», se dijo la joven.

Aquel lugar existía, luego la Oleada debía de ser cierta también. Pensaba que eran cuentos, historietas para acallar a los más estúpidos. Pero semejante construcción ahuyentaba cualquier duda. Nadie levantaría aquella montaña solo por una leyenda.

—Sigue en construcción —comentó Sólomon—. Reparándose de la última invasión. Preparándose para la siguiente.

—¿La última? ¿Cuándo fue?

El clérigo guardó silencio. Ya parecía que no iba a contestar cuando dijo:

—Nadie lo sabe.

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Lem no supo cómo llegó de vuelta a la Academia. Simplemente abrió los ojos y se encontraba en el dormitorio, en su catre, más o menos tapado. Los del turno siguiente llegaron montando bronca, como de costumbre, y él se despertó sobresaltado, también como de costumbre. Su estancia en las mazmorras de la Inquisición había quedado atrás como una pesadilla. Solo que había sido muy real. Su viaje enajenado por las calles del Foso, el Arconte…

Se incorporó con mucho esfuerzo y dolor. Tuvo que apretar los dientes, y este gesto también le resultó hiriente. Se llevó una mano a la boca con cuidado de no hacerse más daño y con temor a descubrir piezas que faltaban. Entonces cayó en la cuenta de que los otros augures, tanto los recién llegados como los que estaban despertando, se detenían a su alrededor, lo miraban y lo señalaban. Incluso cubiertos de arriba abajo, se notaban las muecas de extrañeza. O de desaprobación y rechazo.

Él se había convertido en una nota discordante en una serenata no especialmente bella. Había sido apresado por la Inquisición y, pese a ello, no lo habían despellejado en una plaza. Había sobrevivido. Eso lo convertía en sospechoso. ¿Se había librado porque había inculpado a algún otro augur? ¿O acaso era porque ahora trabajaba para la Inquisición?

Notó un vacío en el interior que por un momento eclipsó los achaques que sentía por todo el cuerpo. Necesitaba huir de las miradas condenatorias de sus compañeros. Frunció los labios y, envuelto en oncenas de dolores, se puso en pie. Caminó con prisa y salió al pasillo. Al atravesar la puerta y dejar allí dentro a sus compañeros, el mundo de repente se convirtió en un lugar un poquito más amable.

Desde su regreso, fingir normalidad se había vuelto harto complicado. Llevar el hábito ayudaba en gran medida, ya que le permitía pasar

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desapercibido; la mayor parte del tiempo, al menos. Aunque, en cuanto tenía que moverse, el resto de los augures enseguida reconocían su postura, la cojera que le había quedado, la dificultad con la que se movía. La respuesta por defecto era evitarlo, formar un círculo de impenetrabilidad a su alrededor como si fuera infeccioso. También atraía los golpes, los empujones y las zancadillas. En el último giro había conocido partes del suelo de la Academia que hasta entonces le habían pasado desapercibidas.

Otra forma en la que, muy a su pesar, se hacía notar, era cuando los maestros y tutores lo llamaban. Ya fuera por su nombre real o por su apodo, ya estuviera en la sala de estudio, en el refectorio o en la biblioteca, llegaban y lo reclamaban, lo que hacía que de pronto se supiera que se trataba de él. Y vuelta a empezar con la marginación y el abuso.

«¿Acaso me reclaman ahora más que nunca?».

En una ocasión, entre tres oficiales augures lo arrinconaron en un pasillo. Mientras le daban de patadas y puñetazos, le intentaban sonsacar a qué acuerdo había llegado con los inquisidores. Y como Lem no les dio ninguna respuesta que les gustase, siguieron aporreándolo hasta que se cansaron.

«Ojalá hubiera cerrado un pacto de verdad con los inquisidores; ojalá tuviera la misión de venderos a todos —se dijo más de una vez. Y también —: Tengo que salir de aquí».

Estaba señalado. Si algo ocurría cerca de él, las acusaciones recaerían de forma automática sobre su persona. Era sospechoso hasta que se demostrase lo contrario. Ya de por sí, dentro de las cuatro paredes de la Academia todos estaban en el punto de mira. Las sospechas eran frecuentes; y las denuncias, la norma. Y él había mirado a la muerte a los ojos. Había sentido su aliento haciéndole cosquillas en la nuca. Nunca la sensación de ser ajusticiado había sido tan real. Y todo por un malentendido.

«¿Malentendido? ¿Seguro?».

Había desatendido su obligación de leer el porvenir a una creyente de la fe. Luego había salido corriendo por las calles del Foso, despojado de su hábito, mostrando su rostro y, al parecer, chillando y haciendo aspavientos. Y, lo que era todavía peor y que no sabían aquellos inquisidores ni nadie, había accedido a la Umbra.

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Todavía no lo sabía seguro; no había podido investigar sobre ello porque sentía demasiado encima los ojos de todos. Y, por supuesto, no había preguntado sobre el tema. De hecho, no había hablado con nadie de nada. Pero estaba convencido de que aquellas brumas blancas pertenecían al inframundo. Y eso era demasiado para él.

«Los hijos de la diosa Aullante no podemos acceder a la Umbra. Es imposible».

Aunque, por otra parte, se suponía que él y el resto de sus hermanos augures tenían la capacidad de leer el porvenir y, hacía no mucho, había descubierto que todo era una farsa. Si ese, que era el pilar de la Academia, podía ser mentira, el hecho de que alguien como él pudiera traspasar el Velo era posible. Pero, de ser así, ¿significaba que el resto de los augures también podían acceder a la Umbra? ¿Solo unos cuantos agraciados? ¿Solo él, por no sabía qué motivo? Muchas preguntas y demasiadas pocas respuestas.

¿Y qué podía significar aquello? ¿Tenía acceso también a los poderes de los que poseían el don? ¿Cuáles? Sabía por sus estudios que muchas de las profesiones dependían del dominio de los halos. Guerreros, detectores, sanadores… ¿Qué podía hacer él con todo aquello? Preguntas, preguntas, preguntas.

Y por si todo eso no fuera suficiente, estaba el Arconte. Prefería no pensar en ello, aunque aquella imagen la tenía grabada con tanta contundencia en el cerebro que lo imposible era no verlo una y otra vez en cuanto cerraba los ojos. En medio de la ciudad había un ser titánico, lo que explicaba que la roca del palacio del Patriarca flotase. Aunque, claro, también generaba nuevas preguntas como por qué no soltaba aquella roca y destruía la ciudad con todos sus habitantes dentro. ¿Qué era aquello? ¿Qué podía ser más que una alucinación?

Más malas noticias para él: en los siguientes giros había seguido traspasando el Velo con mayor o menor frecuencia. Y siempre sin querer. Había descubierto que esos saltos se producían más a menudo cuando pasaba por momentos de estrés, lo que era la peor de las revelaciones, ya que él vivía en permanente estado de alarma. De modo que los saltos incontrolados y aleatorios se sucedían.

Cuando eso le pasaba, procuraba quedarse muy quieto y tratar de tranquilizarse, mientras aguardaba a que su cuerpo quisiera regresar a este lado y acariciaba la Hoja del Destino por debajo del hábito. Ambas

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técnicas a veces funcionaban; otras, no tanto. El inframundo era un lugar aterrador y eso le generaba mayor inestabilidad. Las formas se tergiversaban, los sonidos se volvían caóticos, los tonos se invertían. Y esas puertas que aparecían de la nada. Esas ventanas que eran pozos sin fondo.

Y las caras. Las terribles caras de la gente.

«Esfinge».

Estaba tratando de tranquilizarse cuando oyó una voz conocida a sus espaldas. Mirim. Y lo llamaba por su nombre. Nada bueno podía salir de aquello.

La augur lo había sorprendido en un rincón solitario de la Academia. Desde que se había convertido en un apestado, había perdido el respeto a los lugares apartados. De hecho, ahora procuraba buscarlos.

—Lem —repitió, con lo que consiguió que el muchacho se diera la vuelta.

Al mirarla, cómo no, solo vio la prenda blanca que la cubría. No obstante, en su mente veía la cara que descubrió aquella vez. Ese pelo rizado y rebelde, esos ojos claros, esa nariz respingona e insolente como ella misma.

—¿Cómo sabes que soy yo? —le preguntó él con la voz temblorosa y trabada, más molesto que curioso.

Era algo más baja que él, así que, además de la voz, la altura concordaba. Bajo la tela se escapaba una risilla de rapaz.

—Tranquilo, no vengo a darte un capón. —Ante la falta de respuesta de Lem, siguió hablando—: ¿Qué te pasa? ¿Así te comportas con todos los que vienen a preocuparse por ti?

«Seguro que estás preocupadísima», es lo que le hubiera gustado contestarle, pero en vez de eso, dijo con torpeza:

—Déjame en paz.

Fue a girarse para salir de allí, pero ella se lo impidió agarrándolo de las telas del hábito.

—Un momentito —dijo la augur. Había algo juguetón en su voz. Y desafiante—. Esto que voy a contarte te interesa. Por lo menos le interesaría a alguien que puede verlo todo blanco.

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La respiración se le cortó dentro del cuerpo. Ahí estaba. Esa era la primera señal de lo que sería el final de sus días. Ella sabía que él veía en la Umbra. Ya nada podía salvarlo de terminar denunciado y ejecutado.

—He acertado —dijo ella con una voz que indicaba una satisfacción muy tétrica.

—No. No sé de qué hablas —se apresuró a replicar él en un intento fallido de fingir indiferencia.

Mientras balbuceaba se dio cuenta de que era inútil. Su comportamiento estaba confirmando todas sus sospechas.

—Puedes entrar a la Umbra —dijo ella con calma y, a lo mejor, algo de asombro.

—¡Calla! —contestó Lem con nervio y bajando la voz.

Mirim volvió a sonreír.

—Qué interesante —comentó la joven, más para sí misma que con la intención de comunicarse con él—. Una anomalía muy interesante.

Una luz se encendió de repente dentro del muchacho. Se lanzó sin dudarlo.

—¿Cómo lo sabes? ¿Es porque tú también puedes?

—¿Yo? —preguntó con tono ofendido. Aunque luego lo acompañó con una carcajada.

Lem la volvió a mandar callar. Pero ella no hizo el menor caso.

—Si me denuncias, yo haré lo mismo —espetó él con la voz más baja que pudo.

—¡Ja! No seas absurdo. ¿Por qué me ibas a denunciar? No tienes ninguna prueba.

—Tú tampoco.

—Pero ya sé que es algo que te ocurre, con eso es suficiente. Y si acudo a la Inquisición, ¿a quién creerán? ¿A la augur del expediente impecable o a aquel tipo que encontraron chillando en la calle y que ya ha sufrido un proceso inquisitorial?

Dicho eso, por si quedaba alguna duda, ella soltó una nueva carcajada.

La mayor hasta el momento.

—¿Qué quieres? —consiguió preguntar el joven con mucho esfuerzo. —Eso está mejor, Lem —dijo ella—. Quiero establecer una alianza

entre nosotros. Una colaboración. Tú haces cosas por mí, yo hago cosas por ti. Así de simple. Ambos nos beneficiamos, nadie termina despellejado.

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—Lo que quieres es aprovecharte de mí —soltó él, sorprendentemente sin trabarse.

—Bueno, es posible que desde fuera pueda verse así, sí. Pero créeme que conservar tu pellejo pegado al cuerpo es una recompensa mucho mayor que los trabajillos que yo pueda pedirte.

—¿Trabajillos?

—Encargos fuera de la Academia. Tareas sin mayor importancia cuando vayas a leer el porvenir, ya sabes. Pan comido. —«Pero ¿qué pretende?»—. Ya lo iremos viendo. Por el momento basta con saber que estás de mi lado.

Lem se quedó callado. Necesitaba recapacitar. Por desgracia para él, no tenía ni tiempo ni la capacidad para ello. Menos con la risilla de Mirim taladrándole el cráneo. O mucho se equivocaba o no tenía elección. La alternativa era arriesgarse a un nuevo proceso inquisitorial y no conocía a nadie que hubiera sobrevivido a dos. Solo de pensarlo le atacaban las fiebres.

—Está bien —dijo.

—Eso es —contestó ella—. Aunque no es tan simple.

—¿Qué quieres?

—Júramelo.

Y mientras decía eso se agarró del hábito a la altura del muslo y tiró hacia arriba, desvelando su pie derecho, enredado en una sandalia vieja y deslucida. Aquel gesto, por alguna razón, le aceleró el pulso al muchacho.

La incertidumbre reinó por unos instantes, pero Lem no necesitó que ella dijese más. Se arrodilló, apoyó ambas manos en el suelo y solo entonces se levantó el agamte hasta liberar los labios. Se terminó de agachar y besó la piel del empeine que quedaba al aire entre las tiras de la sandalia. Olía un poco a vinagre y a una especia que no supo identificar, pero era suave. Degustó aquel sabor con mayor deleite del que podría haber imaginado en un principio.

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—Atraviesa la plaza —dijo el capellán.

Pasear por aquella Umbra que ella sí podía percibir casi era un placer. Mucho más que caminar por el mundo real, desde luego. Las caras de los mercaderes y los compradores seguían siendo una visión espantosa, pero todo lo demás había ganado en interés y riqueza. Y las brumas blancas habían desaparecido. Aunque las sorpresas del inframundo seguían ahí. En esa ocasión, en medio del mercado se había levantado la fachada de un edificio que en su totalidad debería tener unas dimensiones que sobresaldría de la plaza. Estaba flanqueada por un par de torres que destacaban por encima del arco principal; al menos ambas lo harían en caso de que una no estuviera derruida a la mitad. En medio, por encima del picudo arco, sobresalía un ventanal circular, cuyo interior estaba surcado por radios y círculos concéntricos. Destrozados en su mayoría.

Aquella construcción fantasmal atrapó la atención de la joven. Llevó sus sentidos más cerca, de forma que pudiera contemplar sus materiales. Jamás había visto en el mundo real unos bloques de piedra tan iguales, tan bien pulidos y ensamblados. No tenía ningún sentido.

—Concéntrate —dijo Sólomon.

«¿Qué coño te pasa a ti ahora?», pensó la muchacha.

Pronto entendió a lo que se refería el anciano. Más allá de la fachada fantasmal, confundiéndose entre el gentío de la plaza, la joven entrevió unas formas extrañas. Aunque, más que estas, lo que le llamó la atención fue el brillo que desprendían. ¿Había allí algo vivo que relucía como el metal? Casi sin pretenderlo, puso toda su atención en ese punto.

—Con cuidado —recomendó el anciano.

La caminante tomó conciencia de su propio avance y se refrenó. Ella

no estaba sumergida con su cuerpo, solo veía, pero la percepción era tan

clara que a veces se le olvidaba.

—¿Qué es? —preguntó.

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Pero Sólomon no le respondió. Esto agudizó la curiosidad de la joven. Siguió aproximándose hasta verlo por completo. Se trataba de un ser cuadrúpedo, una suerte de demonio, solo que con unas dimensiones y proporciones muy distintas a las de los que ella conocía. Contaba con unas extremidades alargadas que partían de un cuerpo voluminoso pero más bien esbelto. Era peludo, aunque nada que ver con los otros bichos que correteaban por el suelo. Su cuello subía y subía hasta casi alcanzar la altura de un hombre adulto y, allí donde se remataba la cabeza, crecían dos protuberancias absurdas. Eran una especie de antenas, cuernos ramificados que acababan en pico. Como dos manos artríticas que apuntaban con los dedos al cielo.

«Sombras, es el bicho más extraño he visto jamás».

—¿Es un demonio? —preguntó Nyx.

—Sin duda es un tipo de demonio —respondió Sólomon—. Pero es mucho más que eso. Un Profundo.

«Un Profundo».

La muchacha había oído hablar de ellos en leyendas y canciones de esas que tanto repetían los bardos. Siempre los describían como una suerte de espíritus errantes portadores de enfermedades y malas noticias. Entes tristes que eran más recuerdos vagos de seres humanos que otra cosa. Aquel que ella tenía delante, en cambio, no recordaba en nada a una persona.

—Esfinge —exclamó ella con disgusto, aunque también embelesada con la criatura—. ¿Me puede ver?

—Podría descubrir tu presencia —dijo el clérigo—. Fíjate en cómo brilla.

La caminante no podía apartar los ojos de aquella criatura, que brillaba como el metal. No, no del mismo modo. El metal en la Umbra despedía una luz negra que propagaba sombras relucientes. El brillo de aquel ser tenía otras connotaciones que se desmarcaban del blanco y del negro. Y, por supuesto, tampoco era gris, sino otra cosa imposible de definir.

Y ella ya lo había visto antes. Sin esperarlo, el recuerdo de esos sueños que no entendía y que tan mal cuerpo le dejaban llegaron en tromba. No lo podría explicar, pero se hallaba ante un elemento que era, a la vez, conocido y desconocido.

—¿Qué es? —volvió a preguntar.

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—Su cuerpo está recubierto de algún tipo de metal viviente; algo propio de ese otro lado del que siempre te hablo.

«La Umbra de la Umbra».

Siguió avanzando con su percepción hacia el Profundo. Cada vez con menos cuidado, hipnotizada por aquella piel de naturaleza inclasificable. Tuvo que detenerse cuando el ser se tensó. ¿Había detectado su presencia? Fueron unos instantes de vacilación. Mientras, los transeúntes proseguían con su actividad, ajenos a aquel encuentro en una dimensión paralela.

Nyx hizo el amago de concentrar un poco más su atención en la criatura. El Profundo reaccionó. Salió corriendo con una gracilidad difícil de imaginar en un ser de aquel tamaño. Tras tres o cuatro saltos, se perdió entre los puestos y las tinieblas blancas que se formaban en los rincones, a lo lejos. La joven se quedó admirando el espectáculo que suponía verlo trotar.

—Ese es tu objetivo —dijo el anciano.

—¿Quieres que atrape a ese bicho? —preguntó la muchacha al tiempo que abría los ojos y se retiraba el pañuelo de la cabeza.

Volvían a estar en la habitación del santuario, a este lado del Velo. Las tinieblas eran de nuevo negras y la luz de la máscara de Sólomon, blanca, como tenía que ser. La muchacha se descubrió a sí misma mirando sin tapujos el metal. Hablándole como si nada. Tanta cercanía últimamente había conseguido que se le olvidara lo mucho que detestaba conversar con nadie. En especial con Sólomon.

—Eso es —respondió el capellán—. Y yo te enseñaré cómo.

Después de tanto tiempo oyendo hablar de él y de sus maravillosas capacidades, y después de haberse entregado en cuerpo y alma a prepararse para usarlo, fue decepcionante tener el famoso endecagóbolo entre las manos. Cabía en la palma de alguien tan pequeño como Nyx. Se trataba de una esfera de cristal, perfecta como una pompa de Gracia. Estaba engarzada en una estructura con forma de hexaedro, una suerte de tubitos fabricados en un metal apenas brillante que formaban seis caras cuadradas, idénticas, demarcando así los límites de la bola. Dentro de esta reposaba lo que parecía una gema, una de las que ella había robado. Por algún motivo, pese a que la esfera era del todo transparente, las formas se distorsionaban en su interior.

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—¿Es brujería? —preguntó la caminante.

—Algo de Transmutación tiene —respondió Sólomon.

—Luego es brujería —exclamó ella—. ¡Esfinge!

—No, para, demonio de chiquilla. Hay muchas cosas en este mundo que se explican sin necesidad de brujería.

Ella no se quedó nada convencida. Pero tampoco tenía demasiadas ganas de discutir con el clérigo. Regresó su atención al artefacto. Era sorprendentemente ligero, lo que acusaba esa sensación de cacharro frágil cuya utilidad y poder no podían ser excesivos.

—Ahora mismo está sellado —dijo el capellán—. Se abre así. Entonces, con mucho cuidado, cubrió con sus manos arrugadas y

llenas de manchas el endecagóbolo y giró en direcciones opuestas la parte superior y la inferior de la estructura de metal. Fue un giro corto, lo suficiente como para que los vértices quedasen desalineados. Un siseo llegó desde el interior de la esfera. Y eso fue lo único que indicó que se había obrado algún cambio.

—Una vez abierto debes acercárselo al Profundo —siguió diciendo—.

Cuando más cerca, más posibilidades tendrás de atraparlo.

—¿Atraparlo?

—El endecagóbolo lo absorberá. No te preocupes ahora por eso, ya lo verás en su momento. Lo importante es que sepas que debe estar muy cerca, casi rozándolo, y que no vale cualquier parte de su anatomía. Si es el hocico o los ojos, mejor.

—¿Y qué pasará entonces? ¿Desaparecerá?

El anciano chistó, pero no reprendió a la joven.

—Es un ser etéreo de otro plano que habita en la Umbra —respondió con voz ronca—. Quedará encerrado en la gema del interior, por diminuta que parezca; pero solo será por unos momentos. Tendrás que volver a cerrar el endecagóbolo para que no pueda escapar. Y el Profundo será tuyo. ¿Tienes alguna duda?

La joven no contestó. Aquel cacharro de pronto había cobrado mayor relevancia. Lo contempló con detenimiento.

—Bien, invertiremos lo que queda de giro en seguir practicando tu percepción al otro lado del Velo.

—No. Voy a salir a cazar al bicho ese ahora.

—Paciencia, demonio de criatura —replicó el clérigo alzando la voz —. Vamos a continuar mejorando tus habilidades sensoriales en la Umbra

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y, solo cuando te vea preparada, probaremos con una inmersión completa. —«Ya iba siendo puta hora»—. Pero solo después de que practiques y estés descansada.

La joven soltó con chasco el endecagóbolo en las manos del anciano. Acto seguido, acudió a su cojín para sentarse de nuevo. No había terminado de colocarse el pañuelo sobre los ojos cuando ya había traspasado el Velo. De repente, aprovechar esas clases se había convertido en algo de suma importancia para ella.

Sólomon ya la había advertido, pero Nyx pronto descubrió que no estaba preparada para lo que se iba a encontrar en las inmersiones completas en la Umbra tras un entrenamiento tan avanzado. Sus nuevas capacidades perceptivas se habían incrementado de una forma que ni en sus sueños más locos habría sido capaz de prever. No había ni rastro de la neblina blanca y el mundo había dejado de estar en combustión. La nitidez era ahora la norma, y esto había traído consigo una calma inimaginable. Era un inframundo difícil de reconocer. Como la imagen en un espejo del que por fin se ha evaporado el vaho. Su cuerpo entendía ahora mejor lo que pasaba a su alrededor. Funcionaba como un engranaje más dentro de una máquina a la que ahora sí se sentía pertenecer. Fluía con el resto.

Viendo esta mejora, lo siguiente que hizo fue probar cómo respondía su cuerpo. Empezó con la velocidad, que seguía siendo más o menos la misma que antes. Había ganado en precisión, eso resultaba innegable, pero no era necesariamente más rápida. Y pasaba lo mismo con la agilidad.

«Menuda mierda».

De cualquier modo, la sensación general que la invadía era la euforia. No podía esperar a abandonar el santuario, y si no iba más deprisa era porque los nuevos elementos que iba descubriendo por doquier la distraían. No salía de su asombro ante los detalles tan vivos de aquel nuevo universo que se desplegaba ante sus ojos. Todo se volvió único y precioso.

Cuando atravesó la arcada del templo, sintió una variación en el ambiente del pueblo. Nunca antes había experimentado algo semejante. Inspiró para llenarse de aquel aire que ahora sí podía palpar. El entusiasmo volvió a poseerla.

«¿Quién va a pararme ahora?».

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Convencida de que aquel Profundo no tendría ninguna oportunidad, por fin dejó atrás la escalinata del santuario. Caminó por las calles, más grandes, como siempre que habitaba al otro lado, pero ahora más ricas en textura. La joven alcanzó de un salto una ventana que sabía que no pertenecía al mundo real y la atravesó. Ya no se le encogía el pecho ante una de esas aberturas ni temía que de repente se cerraran y la dejasen atrapada dentro del muro. Lo repitió con la siguiente y así con cada puerta y cada ventana fantasmal que encontró en esa calle. Se sentía la emperatriz del inframundo.

De repente, se acordó del endecagóbolo que reposaba en el zurrón, bien pegado a su cuerpo. No podía quitarse de encima la preocupación por que se le rompiera o que en alguno de sus movimientos se deslizara de su sitio y se perdiera. Sabía por experiencia que la Umbra no era un buen lugar para esconder objetos. No importaba dónde se dejaran, siempre terminaban desapareciendo. Se llevó la mano al zurrón y palpó las formas picudas del artefacto. Suspiró.

Las caras de la gente, en cambio, ahora le resultaban más perturbadoras que nunca. La mayor definición las volvía más terribles, como elaboradas caretas, con esos gestos demenciales tan reales que parecían saltar hacia delante. La muchacha sentía el impulso de acercarse y estudiarlas con detalle, incluso intentar tocarlas. Y, al mismo tiempo, le repugnaban sobremanera. Era una adicción dolorosa, una repulsión que la atraía con un magnetismo inquietante.

Sacudió la cabeza. Ya estaba cerca del mercado. Cuando llegó, comprobó que esa vez no había allí ningún nuevo elemento, algo infrecuente en la Umbra, siempre dispuesta a levantar efímeras piezas de arquitectura. Aunque sí que se veía algo distinto, demasiado llamativo como para pasarlo por alto. Una escalera de piedra surgía desde algún punto de Niño Perdido. Sin construcción debajo ni nada que la soportase. Los peldaños apenas se sucedían uno detrás de otro hasta alcanzar las nubes, incontables codos más arriba. Daba vértigo solo de ver cómo se mantenía en el aire. Y a la vez alimentaba la curiosidad de la caminante. Se imaginó a sí misma ascendiendo hasta atravesar la capa de nubes, que seguía tan imperturbable como siempre. ¿Encontraría allí arriba la morada de los dioses?

«¿Será esa la respuesta a todos los problemas del viejo?».

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La joven prefirió dejar de pensar en ello y centrarse en su misión. Porque el Profundo no se encontraba por allí. La muchacha sí que detectó a otros demonios, de los alados y de los terrestres, pero nada con respecto al que le interesaba.

Se dio una vuelta por el reverso espectral del mercado, esquivando puestos y transeúntes con rostros de pesadilla. No tuvo más suerte entonces.

«¿Dónde te metes, bastardo?».

La opción de subirse a un tejado para inspeccionar los alrededores empezó a cobrar fuerza. No sería mala idea sentarse allí y esperar. Por fortuna, aquella maraña de cornamenta que andaba buscando se asomó tras un tenderete. La caminante no necesitó ninguna señal más para salir a su encuentro.

Con el espectro siempre en el centro de su atención, fue esquivando paisanos. No podía dejar de mirarlo. Con su nueva capacidad perceptiva recién descubierta, la naturaleza del Profundo había cobrado una nueva dimensión. Si antes ya le había parecido que ese cuerpo estaba hecho de algo que lo diferenciaba del gris, ahora ya no le cabía duda. Era otra cosa.

Se sorprendió a sí misma por completo absorta espiando a aquel ser irreal entre la multitud mientras contenía el aliento para no ser descubierta. El Profundo seguía por allí, olisqueando sin imaginarse que, ahora sí, lo acechaba una depredadora. La muchacha resopló con cuidado. Volvió a ponerse en marcha.

Su plan era rodear al ente y aproximarse por la espalda, pese a que Sólomon le había avisado de que necesitaría acercarle el endecagóbolo a la cara. De esa forma, al menos tendría la opción de acercarse sin ser advertida. El resto no debía de ser tan complicado.

De modo que fue describiendo una amplia espiral alrededor del bicho hasta que solo un tenderete y los esporádicos transeúntes los separaron. Cuatro pasos de distancia, a lo mejor cinco. Ahora sí, a la joven no le quedó más remedio que aguardar; aunque el corazón le latiera a toda velocidad y le implorase que diera un brinco. Esperaría a que el espectro le volviera la espalda por completo, cosa que no tardó en ocurrir.

Nyx bordeó el puesto. En cuclillas, cubierta por dos mercaderes que se habían parado allí a conversar, agarró el endecagóbolo y lo abrió. El siseo del artefacto, que ni ella misma había sido capaz de percibir entre el jaleo de la muchedumbre, hizo que, de pronto, una de aquellas ridículas orejotas

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del Profundo se moviera en su dirección. Fue como una sacudida, un súbito temblor que duró un pestañeo.

Antes de que la joven pudiera preguntarse qué había pasado, la criatura ya había emprendido la huida.

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El maestro Snedrio, el bibliotecario, era la personificación de aquel rincón de la Academia. O bien él mismo se había mimetizado con su lugar de trabajo o era la propia biblioteca la que había empezado a mutar para asemejarse a él a fuerza de llevar tanto tiempo unidos. Nadie sabía desde cuándo estaba detrás de aquel escritorio atiborrado de libros, velas, calaveras, insectos vivos y muertos y artilugios de, en principio, escritura. Daba igual la hora, daba igual el giro. Él siempre se hallaba allí.

Snedrio tendía a la redondez, tanto sus rasgos como toda su cabeza, que parecía unirse al torso sin necesidad de un cuello que intermediase. Tenía la barba igual de rala, mal distribuida y a medio afeitar que el cabello, lo que permitía a las frecuentes gotas de sudor formar surcos casi interminables. Su gesto era hosco, seco, de desprecio permanente por todos los que lo rodeaban, incluso por los propios libros por los que se suponía que sentía devoción. Parecía como si llevase demasiados giros necesitando visitar con urgencia una letrina.

Por descontado, Lem odiaba al bibliotecario. No ya solo porque este lo tratase con la punta del pie, sino porque era en extremo altivo y fanfarrón, siempre necesitado de que lo escucharan y alabaran. Parecía no existir sin el corrillo de aduladores que se formaba alrededor de su escritorio. Aprovechaba la más mínima oportunidad de demostrar lo mucho que sabía y, por lo tanto, lo ignorantes que eran los demás. Aunque nadie lo hubiera visto nunca abrir un libro.

A Lem le sobraban los motivos para evitarlo. Por desgracia, entrar en la biblioteca era surcar los dominios de Snedrio. Daba igual que él no te viera aparecer, le bastaba con que alguno de sus esbirros lo hiciese. Entonces te mandaba llamar para que acudieses a su presencia con cualquier excusa.

—Entonces ¿has aprendido ya a leer o no? —preguntó el bibliotecario con sorna, levantando las carcajadas de los otros tres augures que asistían

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a la conversación.

Les daba igual armar jaleo. Como si aquello no fuera un lugar de lectura.

Lem no sabía cómo contestar a aquello. Sentía mayor reparo por ser testigo de aquella muestra de villanía que por las bromas en sí mismas. Aunque, por lo menos, ya habían dejado de martirizarlo por ser un sospechoso de colaborar con la Inquisición. Aquel escarnio era algo semejante a una muestra de aceptación. Tenía que estar incluso agradecido.

—¿Cómo va a saber leer si no puede ni hablar? —dijo uno de los augures con desprecio.

Volvieron a carcajearse.

—No sabe hablar el paria este —apuntilló Snedrio.

Y aunque básicamente había repetido sin la menor gracia la misma broma que acababan de escuchar, los demás lo celebraron como una maravillosa novedad.

Las chanzas se sucedieron durante un rato que a Lem se le hizo eterno. Les dio igual que él no respondiera, ya se apañaban ellos para estirar las posibilidades cómicas de la situación. Hasta que por fin llegó otro alumno y centraron sus ataques en él. Entonces, Lem se apresuró a deslizarse entre los anaqueles y perderse de vista.

La parte negativa de no poder contar con la ayuda del bibliotecario era que la búsqueda de información se convertía en una tarea casi imposible. Los tomos en aquella institución se contaban por miles y versaban acerca de todas las artes y materias conocidas. Para colmo, él estaba buscando libros que hablasen de la Umbra, un tema tabú para los augures. No había ninguna sección dedicada a ello, de modo que tenía que encontrar libros que tratasen aquella materia de forma residual. Era la única manera.

Llevaba los últimos giros tratando de dar con algo sin demasiado éxito. Las pocas menciones que había encontrado contenían información confusa, vaga e incluso contradictoria. Cuando no mentira. Un escalofrío lo recorrió al pensar en eso.

Resultaba evidente que muchos de los autores eran teóricos que jamás habían traspasado el Velo y que se inventaban lo que escribían. El joven se preguntó cuántos harían lo mismo, ya no solo con lo referente a la Umbra, sino con lo demás.

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«¿Estará toda la sociedad basada en mentiras o en la imaginación de unos pocos?». Mejor ni pensarlo.

Qué frustrante era. Y cómo odiaba la Academia. Necesitaba salir de allí, dejar de depender de una institución que se basaba en la falsedad. No quería participar de aquello, le parecía demencial.

Otra opción era acabar él mismo con la Academia. No era la primera vez que se descubría a sí mismo fantaseando con quemar aquellos libreros y los libros que guardaban. Atrancar las puertas y todos los accesos con los pesados estantes y dejar que se quemase todo su contenido con los augures dentro. Alejarse unos pasos y verlo arder. Escuchar los gritos de Snedrio y los demás saltando por encima del fragor de las llamas. Se los imaginaba luchando por escapar; retorciéndose lenta y dolorosamente. Casi podía sentir el calor, olerlo. Era tan reconfortante.

—Costritas —escuchó la voz de Uma a sus espaldas, lo que lo sacó de golpe de su ensoñación.

«Pero ¿cómo lo hace para reconocerme con el agamte puesto?».

—Estropajito —consiguió responder él con dificultad.

—¿Qué te pasa?

Lo había notado raro sin necesidad de verle la cara. La joven era tremendamente perceptiva y, además, lo conocía bien. Cada vez mejor. Lem no sabía si aquello era algo bueno o malo.

Malo porque permitir que alguien lo conociera significaba dejarle formar parte de su ser, de sus sentimientos por debajo del agamte. De sus debilidades, en definitiva. Bueno justo por los mismos motivos. Y por la compañía.

Además, la augur había seguido tratándolo igual que antes. Para ella no había motivo por el que desconfiar de él. Estaba convencida de que él no colaboraba con la Inquisición. Eso la había convertido en el único apoyo de Lem, no solo en la Academia, sino en su vida.

—Snedrio —respondió él con un suspiro.

—Ah, bueno. A mí me pilló el otro día por banda y me tuvo allí casi una hora.

—A ti por lo menos no te insulta.

—Pero busca impresionarme con todo lo que sabe y sus múltiples talentos, que es bastante peor.

Lem sabía que el bibliotecario hacía eso con todas las augures que le caían cerca. Aquel comportamiento le resultaba repulsivo.

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Prefería centrarse en otras cosas más importantes que tenía por delante. Todavía no se había terminado de acostumbrar a que todo su mundo estuviera basado en una farsa de dimensiones colosales. Y si ese pensamiento no terminaba de derribarlo, era porque estaba el asunto de sus constantes saltos a la Umbra. A lo que se le sumaba su reciente encuentro con Mirim.

Lem deseaba hablar de todo aquello con Uma. Esa afinidad que sentían, esa camaradería, lo empujaban a confesarse. Él desearía ser más fuerte para poder aguantarse y no contarle nada. Sin embargo, con esa suerte de amistad, ella había destrozado todas sus defensas.

Lem tragó saliva. No podía soltarle de golpe todo lo que llevaba por dentro. No sabía por dónde empezar.

—Pero te pasa algo más —añadió Uma—. Te noto más callado que de costumbre.

Ahí estaba de nuevo esa confianza, esa cercanía. Ese conocimiento que tenía de él, un joven débil de por sí que ante ella era aún más vulnerable. Deseaba lanzarse en brazos de aquella sensación…, pero no. No podía fiarse. Tenía que medir muy bien sus palabras.

—He tenido un problema con Mirim —dijo sin evitar trabarse. —¿Con Mirim? —preguntó ella con cautela—. ¿Qué ha pasado? —Me abordó. Me amenazó. Quiere que le haga favores. Que trabaje

para ella. Todavía no sé muy bien cómo.

—Quiere que seas su siervo —supuso Uma casi con brusquedad. —¿Siervo? ¿A qué te refieres?

—Joder, Lem, no estás enterado de nada. Que no eres nuevo. —El muchacho no respondió, entre azorado y algo molesto por aquel comentario—. Muchos de los augures tienen a otros a su servicio.

—¿A su servicio cómo?

—Ay, Costritas, cuánto te queda por aprender todavía. Entre los augures hay una serie de pactos; son secretos, claro, porque son ilegales, pero no por ello deja de ser algo que sabe toda la Academia.

—¿Pactos? —preguntó Lem tartamudeando.

—Entre dos augures. Uno está por encima del otro.

—¿Por encima? No entiendo.

—Déjame que te lo explique. Normalmente, cuando un augur le debe algo demasiado importante a otro, acepta realizar cualquier tipo de trabajo. Sobre todo cosas ilegales que no quieren hacer ellos. Se llaman amos y

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siervos. Suele ser porque estos últimos deben algo muy importante, o porque el amo sabe un secreto inconfesable del siervo. Un secreto que podría terminar ante un tribunal de la Inquisición, por ejemplo… —Uma dejó sus palabras en suspenso al notar el silencio abrumador de Lem. Este había encogido dos tallas en un momento—. ¿Qué sabe Mirim de ti?

El silencio del muchacho no solo se mantuvo, sino que se hizo más persistente. No había calculado bien los derroteros por los que iría aquella conversación. A veces se le olvidaba lo aguda que podía llegar a ser su amiga. Y lo poco avispado que era él. Tenía que responder algo.

—Digamos que es algo que no te puedo contar —terminó por decir. —¿Temes que vaya a hacerte mi siervo si me lo dices, Costras? —

preguntó ella con cierta guasa.

—No, no. —«En realidad, sí»—. Lo que pasa es que es demasiado. —¿Qué va a ser demasiado? ¿Cómo lo sabes? Si hasta hace un

momento no tenías ni idea de que existía esta dinámica de amo y siervo. —Me ha acusado de ver en la Umbra —soltó él de golpe y sin trabarse

ni una sola vez, con una dicción que ya le gustaría que fuese la norma al expresarse.

—¿Qué? ¿La Umbra? ¿Por qué?

—No lo sé —mintió. Ahí sí que se trabó. Y mucho, como para compensar su anterior tino.

—¿Cómo que no lo sabes? Eso no tiene sentido. No te puede acusar de algo que no es cierto.

—No lo sé, esa arpía puede ser muy convincente.

Uma se echó para atrás como para cerciorarse de que estaba hablando con una persona y no con un ectoplasma.

—Pero ¿puedes ver en la Umbra?, ¿sí o no?

Silencio. Pesado y terrible silencio.

—No lo sé… —terminó respondiendo el chico—. ¿Puedes tú? —¿Yo? ¡No! —exclamó ella—. Aunque… —¿Aunque?

—Aunque he oído que puede ser una posibilidad —soltó ella. —¿Una posibilidad?

—Dicen que en ocasiones hay quien puede saltar a la Umbra aunque no le corresponda por su signo. A veces pasa.

—¿Qué? Eso es muy raro. ¿Cómo lo sabes?

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—Se lo he oído a un solicitante del porvenir —respondió tras dudar por un brevísimo instante—. Es bastante lo que se puede sacar de ellos si escuchas bien. Te lo recomiendo.

El muchacho se quedó pensativo. Aquella podría ser una solución, aunque le sonaba tanto o más descabellada que el propio hecho de atravesar el Velo. Tampoco sabía si eso serviría de excusa ante los inquisidores llegado el momento.

—De cualquier forma, me parece raro que lo que te pase sea que entres en la Umbra, ¿eh? —siguió ella—. Eso es algo que no se duda: se sabe cuando te pasa. —«Es que en realidad no tengo dudas»—. Igual es falta de sueño. O migrañas, vete a saber. Acude al dispensario para que te lo miren. El dispensario. Un lugar donde, si no entrabas enfermo, salías enfermo.

Prefería arrancarse las muelas con una cucharilla.

—Sí —respondió haciéndose el convencido—. Eso haré.

Y, sin necesidad de añadir nada más, acordaron cambiar de tema.

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Si se les estuviera cayendo el cielo encima, no estarían tan desmoralizados. Buscarían alguna cueva en las paredes de roca y se resguardarían hasta que pasara la tempestad. Sin embargo, lo que procedía de las alturas era un castigo peor: una llovizna suave, sin un mínimo de fuerza, pero persistente como una invasión de piojos. A veces se convertía en aguanieve, otras en una tímida nevada, y de ahí, de vuelta a la llovizna. Esa desidia, esa pereza, además de tenerlos calados hasta las entrañas, les devoraba el ánimo.

Llevaban tres giros atravesando las montañas. Allí arriba no había camino, sendero, ni nada que se le pareciera. Solo rocas en todas sus variedades, tamaños y formas. Y el viento, que llevaba un tiempo desquiciado y que ya no sabían ni de dónde soplaba.

Las primeras estribaciones montañosas fueron algunas cuestas suaves que ascendían hasta terraplenes rocosos fáciles de superar. Eso duró poco. Pronto se terminaron los pasos naturales, y las paredes verticales y las crestas empezaron a ser la norma. Por el fondo de los valles, muchas varas más abajo, cantaban los riachuelos, crecidos con el constante aporte de aguanieve.

Por entre los recovecos afloraban farallones y acantilados, bordes afilados que escondían simas tenebrosas. El paisaje impresionaba, no ya solo por la cantidad de escondrijos capaces de albergar a cualquier criatura siniestra, sino por lo vacío que estaba todo. Apenas si encontraban algunos insectos o, escarbando mucho, lombrices.

Siguieron avanzando hasta llegar a un muro que prefirieron rodear. Transitaban por un sendero que se había formado justo donde la pendiente se tropezaba con la pared pétrea. Aquello era desolador, mucho peor que subir y bajar por las faldas. Ese macizo montañoso parecía no tener fin. No había un resquicio a la vista, ninguna variación ni nada que supusiera una ruptura. Solo seguía y seguía.

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—¿Por qué no paramos? —preguntó Wylar.

—¿Otra vez? —respondió Maia.

—Yo qué sé.

—En algún momento tendrá que dejar de llover —intervino Kasidra.

—O irá a peor —dijo el arquero.

En ese instante, los tres estaban detenidos, manos en la cintura, mirándose a unas caras por las que chorreaba el agua.

—De todas formas, lo único que hacemos es andar y andar —volvió a decir Wylar—. Así no hay forma de encontrar nada.

—Habíamos acordado alcanzar la cima y desde allí otear los valles de alrededor con mi catalejo —apuntó la señora.

Maia bufó. No le hacía la menor gracia depender de ninguno de los artefactos que salieran de esa mochila, lo que le recordó al bastón, que seguía en su poder y que cada vez le estorbaba más. Si pensaba por un momento en su situación, estaba ya un poco harta de todo y de todos. Y todavía quedaba cordillera por atravesar. Dio un largo resoplido y desperdigó gotitas de agua que pronto se confundían con la lluvia.

—Continuaremos hasta encontrar una cueva en la que quepamos bien los tres —terminó por decir.

—Justo acabamos de pasar una —dijo Wylar.

—La siguiente.

—¿Y si no encontramos ninguna?

—Entonces a seguir disfrutando de la excursión —exclamó la guerrera.

—También podríamos someterlo a votación —propuso Kasidra.

Los dos soldados se la quedaron mirando. Ese era un perfecto ejemplo de comentario capaz de provocar un estallido de carcajadas. Pero lo cierto fue que ni a Maia ni Wylar les quedaba ánimo para reír.

—Esto sí que no me lo esperaba —exclamó Kasidra apoyada sobre la mochila en el suelo de la cueva.

Wylar, halagado, seguía imponiéndole las manos. Canalizaba Savia no para curarla, ya que la señora no tenía ninguna lesión grave, sino para calentarla y secarla.

—Para que veas que los sabiondos no lo sabéis todo —respondió el arquero.

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—Desde luego.

—Déjala empapada —dijo Maia de mala gana al otro lado de la estrecha oquedad. Tan lejos como podía de ellos.

Ella ya estaba seca. Por supuesto que había sido la primera en recibir las atenciones de su compañero. Ahora se afanaba en mantener con vida un fuego escuchimizado. Demasiada humedad en el ambiente para unas llamas tan enclenques.

Wylar y Kasidra se miraron. Había un brillo de confidencia en los ojos de ambos. Esto le chocó al arquero en un principio, pero no le dio mayor importancia. No estaba mal tener a alguien de su lado con quien chinchar a la grandullona.

—Es un buen momento para devolverme mi bastón —dijo la anciana. —¿Sabes para qué es un buen momento? —preguntó Maia y, al ver

que no obtenía respuesta, se contestó a sí misma—: Para cerrar la boca. —¿Incluso si eso significa que vas a seguir subiendo leguas y leguas

de montaña arrastrándolo? —preguntó la cartógrafa—. Puede llegar a ser muy pesado, lo sé por experiencia.

—A lo mejor estoy esperando a que llegue el barranco adecuado para tirarlo.

—Como si no hubiéramos pasado por ninguno todavía —comentó Wylar ácido.

—Ninguno lo bastante profundo —espetó la guerrera.

La cartógrafa arqueó las cejas.

—Qué desconsiderada, tratar así a una pobre anciana que apenas si puede sujetarse sobre sus propias piernas.

—Tus piernas están perfectamente —contestó Wylar sin dejar de pasarle las manos por encima.

Todos sonrieron; menos Maia, por descontado.

—Este es otro de tus cacharros, vieja, a mí no me engañas —dijo la guerrera agarrando el artefacto—. He intentado usarlo como bastón y es una birria. Está medio hueco y da la sensación de que puede desmontarse si se le atiza con suficiente fuerza. Además de que tú no necesitas ningún apoyo para andar.

—¿Es ese un cumplido? —preguntó Kasidra.

—Es un «me he dado cuenta de toda la Furia que tragas, vieja».

—No es ningún secreto que canalizo Furia —respondió la cartógrafa —. De todas formas, insisto, me lo tomaré como algo amable por tu parte.

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Muchas gracias.

—Así te lleven los Ténebres —bufó Maia poniendo el bastón a su lado sin mucho cuidado.

La señora volvió a mostrar la magnífica dentadura y a apretar las arrugas. Esbozó su invencible y acostumbrada sonrisa.

—Bien, ¿qué tengo que hacer para ganarme vuestra confianza? — preguntó—. Tal vez nuestro primerísimo encuentro fuera un tanto accidentado, pero creo que desde entonces todo lo que hecho ha ido en provecho de nuestra sociedad.

—Nosotros no formamos ninguna sociedad —replicó la guerrera. —Es precisamente eso lo que estoy intentando construir. Os estoy

ayudando a llegar a esa atalaya que buscáis, ¿no?

—Tú solo estás interesada en tu puto bastón, vieja puñetera. En cuanto lo tengas te irás por ahí a hacer tu mapa o lo que sea que andes buscando.

—O a acecharos para rebanaros el pescuezo mientras dormís, ya — replicó Kasidra repitiendo con sorna las palabras que tantas veces había dicho ya Maia.

Se hizo el silencio mientras la guerrera pensaba la respuesta. A Wylar le intrigaba qué era lo que se le estaba pasando por la cabeza a su compañera.

—De todos los cacharros que llevas encima… —empezó a decir Maia. —Artefactos de precisión que he puesto a vuestro servicio, sí —aclaró

la cartógrafa mientras la guerrera hablaba.

—… ninguno sirve para pelear —terminó de decir Maia—. No me creo que vengas andando desde Sabiondolandia hasta aquí sin ninguna protección. Por mucha Furia que seas capaz de quemar. Esto que tú llamas bastón y que pides con tanta insistencia no puede ser otra cosa que un arma.

Wylar dio un bufido, pero se cuidó de alejar la vista de su compañera.

Aquella suposición le parecía una tontería.

«¿Qué va a ser un arma ese bastón? ¿Qué hace, dar golpecitos mágicos?».

Kasidra reaccionó con un simple encogimiento de hombros.

—Se trata de un fusil telúrico de plasma esencial —dijo—. Es un arma que convierte los halos en energía y los dispara a chorro. Su uso requiere una formación específica. Si hasta ahora le he estado llamando «bastón» es porque, debido a su forma, así es como se lo conoce donde procedo. «Fusil

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telúrico de plasma esencial» es un poco largo de decir y la vida es demasiado corta, ya me entendéis.

Ninguno de los presentes se rio con aquel comentario. Ni siquiera la propia señora, desanimada por el poco éxito de su apreciación.

Maia miraba a Kasidra levantando una ceja. Había oído «arma» y eso era todo lo que necesitaba saber. Wylar, por su parte, no sabía cómo tomarse aquello. De repente todo se volvió más peligroso. Su vocecilla interior dio un pequeño grito.

—Vamos, muchachos —dijo la cartógrafa—. Que sea un arma no significa que vaya a usarla contra vosotros. Vosotros, de hecho, vais armados hasta los dientes y no ha pasado nada.

—No me des ideas —masculló Maia.

—La llevaría plegada e inofensiva en su sitio sin molestar a nadie — continuó Kasidra haciendo como que no había oído nada—. La quiero solo si por ventura damos con Grises u otras criaturas de la cordillera. Quién sabe qué bichos pueden guarecerse entre estas montañas.

La vieja miró a Wylar buscando apoyo, pero este le demostró con un solo gesto que prefería mantenerse al margen. Entonces regresó a la guerrera, a quien la expresión de hosquedad parecía habérsele fosilizado en la cara. Nadie podría esperar que fuera a variarla lo más mínimo en las próximas fechas.

—No cuela —sentenció.

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Nyx se materializó en el patio del santuario con la sutileza de un proyectil que acaba de encontrarse con su objetivo. Así al menos la recibieron los acólitos que tuvieron la desdicha de andar por allí en ese instante. Varios saltaron del susto, incluso uno tiró al suelo un cesto cargado de trapos sucios. Eso a la caminante le dio lo mismo. Apretaba las mandíbulas, mostraba los dientes, arrugaba el ceño. La cicatriz le ardía. Y el endecagóbolo seguía vacío.

Había vuelto a fracasar. Y esa vez había sido por muy poco. El Profundo se había mostrado como una criatura mucho más escurridiza y astuta de lo que había sospechado. Lo había seguido hasta las afueras del pueblo. Con paciencia, manteniendo las distancias, dándole espacio. Había esperado a que estuviera cómodo y se pusiera a husmear por el terreno como solía hacer. Con ese cuello tan largo y esa cornamenta tan extrañamente majestuosa.

Le había preparado una emboscada. Había dejado el endecagóbolo en el suelo, justo por donde calculó que tendría que pasar el Profundo si salía huyendo. Y había esperado hasta que estuviera en la posición perfecta. De hecho, cuando atacó todo fue tal y como ella había calculado. La criatura salió corriendo con esas zancadas amplias y hermosas. Endiabladas. Justo hacia la trampa.

Cuando las patas delanteras del ser se apoyaron un palmo delante de la piedra donde se encontraba el endecagóbolo, el artefacto emitió un brillo blanco. Era la primera vez que Nyx veía un resplandor de esa naturaleza en la Umbra, acostumbrada a la negra luminosidad del metal y las brumas blancas que lo engullían todo.

Ocurrió en menos de un pestañeo. El artefacto proyectó un vórtice de luz hacia arriba que terminaba confluyendo hacia la esfera. El fulgor lamió el morro de la criatura sin que esta pudiera evitarlo. La piel del Profundo reaccionó emitiendo también un fogonazo en el mismo tono; sus formas se

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volvieron difusas. Su imagen tembló para, de inmediato, tornarse fluida, como si en lugar de carne estuviera hecho de aceite. Entró en la aspiración del remolino; giró y giró, cada vez más deprisa hasta terminar siendo absorbido. Tanto Profundo como vórtice desaparecieron. Había funcionado, el endecagóbolo se había cobrado su pieza.

Nyx no pudo contener un salto de celebración. Sin embargo seguía demasiado lejos. Corrió con todas sus fuerzas. No fue lo bastante rápida, ya que, con un nuevo fogonazo, el Profundo resurgió envuelto en una repetición del vórtice que lo había atrapado, solo que a la inversa. Y, ante la frustración de la cazadora, con tres zancadas escapó de nuevo.

—Tienes que ser paciente —dijo Sólomon.

«De verdad, viejo, te juro que como vuelvas a repetirme eso te destripo aquí mismo».

El capellán parecía disfrutar con todo aquel proceso. No compartía ni una pizca de la frustración de su pupila. Él le había dicho varias veces que confiaba en sus capacidades, que capturar a aquel ser era cuestión de tiempo. Pero ojalá ella lo viera tan claro.

—Eso sí, mantente alerta siempre. No te duermas.

Otra de las frases que le había repetido demasiadas veces. La recibió rechinando los dientes.

«Como si yo no quisiera agarrar al puto bicho ese».

—¿Qué te pasa? —preguntó Sólomon sacándola de su ensimismamiento—. Estás más inquieta que de costumbre.

Y era verdad. Aquellos sueños estrambóticos que la visitaban se habían seguido sucediendo. De hecho, desde que comenzase su entrenamiento, eran más frecuentes y habían ganado en viveza. Eso la descolocaba, ya que se veía protagonista de una representación teatral donde no reconocía ni uno solo de los elementos que aparecían. Estaban el calor, las emociones, y esas texturas y volúmenes que se escapaban de la graduación de grises. Lo que la llevaba al Profundo. Aquel ser tenía eso en común con sus sueños. Poseía ese brillo extraño, esa especie de luz que no sabía cómo definir.

—¿Qué es el Profundo? —preguntó al fin.

—Un ser de más allá de la Umbra, ya te lo he dicho.

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—No. —La muchacha sacudió la cabeza. Aquello no era lo que quería preguntar—. Su cuerpo. Es diferente. Lo he visto fluir. Como agua escapándose por una alcantarilla.

—Eso se debe a que está en un plano distinto al nuestro —explicó Sólomon—. Tú lo puedes ver, pero no es más que una proyección de un ser superior. Eso hace que, aunque lo parezca, en realidad lo que ves no sea su cuerpo de verdad.

Aquella explicación no tenía sentido y, como tal, no dejó satisfecha a la caminante. Esta siguió sumida en sus cavilaciones.

—Y luego está ese brillo… —dijo Nyx más para sí que para el capellán.

—Ah, ya veo —contestó Sólomon meditabundo—. Sé a lo que te refieres. Se trata de una propiedad de aquel lugar del que te hablo, el que está más allá de la Umbra.

—La Umbra de la Umbra —dijo ella.

—La Umbra de la Umbra, en efecto. Ese brillo, como lo llamas tú, parece presentarse en las proyecciones de los Profundos. Hay varios eruditos que hablan de ello. Color, lo llaman. —«Color»—. Es una característica que albergan, aunque no tiene una función real. Es solo como ellos son.

Eso dio que pensar a Nyx. Ahora que ese fenómeno tenía nombre, se sentía aún más atraída por él. Ese Color conectaba de alguna manera al Profundo con sus sueños. ¿Quería decir aquello que sus sueños tenían lugar en la Umbra de la Umbra? ¿No se suponía que debían ocurrir en su cabeza? ¿Se estaba transportando allí en sueños? ¿Qué significaba todo aquello? No tenía ni pizca de sentido.

—¿Qué te pasa, Nyx? —preguntó Sólomon, sacándola una vez más de sus pensamientos—. Sé que el Color puede parecer muy impresionante cuando se ve por primera vez, pero tampoco merece tanta atención. ¿Qué ocurre? ¿A qué viene tanto revuelo?

Con esas palabras, la joven entendió que el capellán no había experimentado esa sensación como ella. Sin duda, él no tenía sueños con Color. Si le ocurriera, sabría que hay algo más allá del blanco y el negro y los mil grises que quedan en medio. Algo que hace que el mundo sea distinto, más rico, más cálido incluso. Por eso mismo, aunque sentía la punzante necesidad de preguntarle por aquellos sueños, prefirió guardárselo. Ya investigaría por su cuenta.

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Las calles del Foso eran más parecidas a pasajes y túneles que a calles. Cuando no había puentes, arcos u otros elementos pasando por encima de sus cabezas, los propios edificios se abalanzaban sobre ellos. Y luego estaba la roca flotante del castillo del Patriarca, cerniéndose sobre la población como una amenaza constante de que podrían ser aplastados en cualquier momento. Porque no eran ciudadanos, ni siquiera personas. Eran simples hormigas.

Aunque para Lem había otro significado. Porque él podía ver el Arconte escondido en la Umbra. A plena luz. Inmenso y terrorífico. Con sus tentáculos, sus fauces asimétricas y sus cientos de ojos. Todos fijos en el joven augur. Expresivos, como queriendo confesarle algo relacionado con el dolor, con la pérdida, con la desesperanza. Solo esa posibilidad llenaba de congoja al muchacho. Si no se quedaba clavado en el sitio era porque la fila de augures no podía detenerse mientras avanzaba por la ciudad.

«Menos mal».

Así que miraba hacia delante y procuraba no reparar en aquella mole que, de alguna forma, lo reclamaba. Lo llamaba por su nombre.

A Lem le habría encantado volver a maravillarse con el espectáculo de contemplar la catedral, pero tuvo que reconocer con fastidio que el poder evocador de ese monumento se diluía con el tiempo. Aunque también era posible que le hubiera cogido algo de tirria al Culto de la Palabra después de sufrir un proceso inquisitorial.

Por suerte, sus compañeros parecían haberse olvidado de él. Ya no se centraban en hacerle la vida imposible; no más de lo que lo hacían antes. Eso se debía a que ocurrió lo inevitable y nuevos procesos inquisitoriales y

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escándalos sacudieron la Academia. Su caso, simplemente, pasó de moda y cayó poco a poco en el olvido.

Habían ido a la catedral para una visita oficial, una de las importantes. Se encargarían de leer el porvenir en la Escuela del Velo, el lugar donde los aspirantes a capellán se ganaban la máscara de metal. El edificio se encontraba adosado a un lateral del templo, al lado contrario de la sala de la Verdad. Se accedía por una puerta modesta que pasaba desapercibida, pero que daba paso a un patio de dimensiones considerables. Un lujo en aquella ciudad sobrepoblada y claustrofóbica. La escuela completa giraba en torno a ese patio, precisamente para aislarse tanto como fuera posible del Foso y su ritmo endemoniado.

La fila de augures se quedó esperando sin romper su formación, a cubierto de la nieve —que no del frío— bajo una galería del patio. No había ni una sola columna idéntica a otra, cada una se retorcía sobre sí misma de una forma distinta. Si algo las igualaba era la piedra pálida y porosa de la que estaban hechas, que contrastaba con el tizne mate de los sillares.

Los oficiales capellanes, aquellos que portaban la máscara de metal, nunca requerían de los servicios de los augures. Al respecto existía una especie de prohibición no escrita. Lem pensaba que se debía a que reconocer que los máximos representantes de la Palabra, aquellos que podían verlo todo y saberlo todo, también temían por su futuro era decir que se trataba de humanos igual de falibles que los demás. Y eso, claro, no podía ser.

Los aspirantes, en cambio, los máscaras de madera, sí que solicitaban alguna lectura del porvenir de tanto en cuanto. Pero era raro y había múltiples restricciones. Hasta donde Lem sabía, solo se encomendaban a un augur concreto. Siempre a la misma persona. En la Escuela del Velo eran muy celosos al respecto.

¿Cómo había llegado él allí si en la Academia era un donnadie? La respuesta era Mirim. Ella había empezado a ejercer como su nueva ama y, al parecer, había movido hilos para que Lem pudiera acudir a la Escuela del Velo. La forma de conseguir aquello era un misterio para él. Aunque pensaba que era más que posible que la red de siervos de Mirim fuera más allá de él mismo. Se imaginaba que debía de tener otros augures a su disposición. Quién sabía, a lo mejor incluso a profesores, tutores u otras personas fuera de la Academia.

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«Porque todos tenemos secretos —se dijo—. ¿Quién mejor que un augur para encontrarlos, guardarlos y explotarlos?».

Algo así tenía que ser. En su propia forma de retorcer sus lecturas del futuro, Mirim debía de conseguir que sus clientes quedasen en deuda con ella. O a lo mejor los manipulaba haciéndoles creer que seguían los dictados del porvenir.

«Siervos sin ser conscientes de ello», pensó con admiración y horror.

La posibilidad de empezar a hacer algo así él también lo aguijoneó. Podría intentar poner a otros bajo su control; sin que Mirim se enterase, por supuesto. Aunque eso haría crecer aquella maraña de mentiras, lo que a su vez aumentaría las posibilidades de que lo descubriera la Inquisición. Denunciado por un cliente o por un hermano augur. Uno que no viera con buenos ojos que él manejase los hilos de una red de siervos.

Un vacío se le abrió dentro del pecho. Sintió frío y vértigo. Y entonces ocurrió lo inevitable: regresó sin querer a la Umbra. Las sombras pálidas lo envolvieron con un manto hecho de confusión y ruidos abominables. Lem estaba en público; no podía llamar la atención. Recurrió al único remedio que conocía en esos casos. Mordió con fuerza la parte del hábito que le quedaba más cerca de la boca y acarició la Hoja del Destino. Así esperó hasta que la tormenta amainase.

«Tengo que salir de aquí. Tengo que salir de aquí», se repetía.

Sí, tenía que huir de aquella red de mentiras. Tan pronto como fuera posible. Pero ¿cómo? Cuanto más tiempo pasaba, más atrapado se veía en las redes de la Academia.

«La maldita Mirim».

—Atentos —resonó entonces la voz de Kaarlo, el tutor de los dientes podridos.

El muchacho acababa de descubrir que ya no estaba en la Umbra. Resopló de puro alivio. Y no porque le apeteciera la misión que le había encomendado Mirim. Eso le daba el peor de los pálpitos, que ya era decir.

El tutor fue emparejando a cada augur de la fila con su solicitante correspondiente. La mayor parte de estos eran trabajadores que prestaban sus servicios en la Escuela del Velo y algunos acólitos sueltos. Gente al borde de la angustia que quería conocer su futuro porque la vida le daba la espalda y sus esperanzas se empezaban a torcer.

«Nadie invertiría un sueldo en saber qué va a ocurrir en el futuro cuando la fortuna le sonríe —pensó Lem—. No, cuando todo te va bien

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piensas que te lo mereces. Y cuando te va mal, buscas en el futuro la posibilidad de cambiar. Siempre lo mismo».

El joven aprendió muy pronto esta lección. Uno a uno, los demandantes del porvenir iban repitiendo esos patrones de pesimismo, desamparo y falsas esperanzas. Le resultó de gran utilidad a la hora de crear lecturas convincentes. Para mentirles mejor.

Kaarlo no era de los que usaban fusta, aunque esto no lo convertía en un tutor amable. De hecho, usaba con mayor insistencia la fuerza de sus peludos brazos. Dar empujones, guantazos y clavar los dedos en donde pillase era más lo suyo. Era un tipo desagradable que no conocía un tono de conversación más bajo que el grito; con todo, estaba lejos de ser el peor espécimen con el que el muchacho se había cruzado en la Academia.

Cada vez quedaban menos augures disponibles cuando Kaarlo lo llamó. No lo estaba emparejando con un cualquiera; le tocaba con un máscara de madera.

«Un aprendiz de capellán», pensó mientras tragaba saliva.

Aquellos tipos eran seres semidivinos, la base sobre la que se asentaba el Culto de la Palabra. Nunca usaban la vista, pero no les hacía falta porque, según decían, sus verdaderos ojos estaban en la Umbra. Siempre abiertos y vigilantes. Nadie sabía hasta dónde eran capaces de ver.

El muchacho obedeció. Caminó hasta ponerse a la altura del clérigo y lo siguió a través del patio. Entraron al edificio por una puerta como las demás, siempre humilde. Pasaron por un recibidor y de ahí llegaron a un refectorio completamente vacío. Se sentaron cada uno en un extremo de una mesa alargada, donde podría servirse la cena a tres oncenas de personas. Quedaron cara a cara. Al menos así sería de no ser porque uno estaba cubierto de telas y el rostro del otro de láminas de madera.

Por supuesto que el augur se sentía desnudo a solas con ese aprendiz de capellán. No se imaginaba hasta dónde era capaz de ver el clérigo. Seguro que podía verlo a través del agamte. Tal vez más.

«Tranquilízate, no puede leerte la mente. Eso espero».

—Dime tu nombre —dijo el cara de madera. Tras la máscara su voz sonaba ahogada pero firme.

Aquello no se correspondía con ningún rito.

«Claro, va al grano».

—Costras.

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—Eso ya se lo escuché a tu tutor —replicó el capellán con tono represor. No parecía ser de las personas más pacientes—. Dime tu verdadero nombre.

—Lem —respondió el muchacho sin evitar trabarse.

El aprendiz se quedó detenido por un momento, como comprobando si podía fiarse de él. Pronto asintió con la cabeza y se llevó una mano al interior de su propio hábito. De allí extrajo con mucho disimulo un trozo de tela enrollada con pericia, cosida de tal forma que no se podía abrir sin romperla. Lem lo sabía, no porque le diera tiempo a verla, sino porque él transportaba un paquetito exactamente igual de parte de Mirim para aquel aprendiz de capellán. Intercambiaron mercancías.

El muchacho guardó el paquetito en el mismo sitio, el bolsillo interior donde llevaba la Hoja del Destino. Se preguntó qué sería aquello con lo que andaban traficando. Si era algo ilegal o peligroso, o ambas cosas. ¿Se estaba metiendo en problemas?

«Seguro».

—Llévaselo de inmediato a ella —dijo el clérigo bajando la voz. Luego, cuando parecía que aquella entrevista había terminado ahí, volvió a hablar—: Han llegado rumores de la casa del cardenal Heberio. Hay una vacante dentro de su servicio personal. Buscan un augur.

Lem no sabía que los cardenales tuvieran augures a sus órdenes. Aunque, a poco que lo pensara, aquellos tipos eran los servidores más inmediatos del Patriarca, los mandamases de la Palabra. Era lógico que contasen con sus propios augures. Y capellanes. Y acólitos. Incluso inquisidores. Entonces una duda muy clara y muy hiriente surgió del muchacho.

—¿Qué le pasó al augur anterior? —preguntó tartamudeando.

Eso pilló desprevenido al clérigo. Pareció a punto de no responder, pero luego soltó una leve risilla tras la madera que le tapaba la boca.

—Digamos que no ha superado sus diferencias con la Inquisición. Aquello sorprendió en un primer momento a Lem. Aunque pronto le

encontró la lógica. Le vino a la mente Mirim; esa cara de depredadora en la que solía pensar cada vez más a menudo. Creyó saber lo que le había pasado a ese augur del cardenal; debía de estar usando su posición para manipular a diestro y siniestro y eso lo llevó a exponerse demasiado. A lo mejor un error de cálculo. Tal vez un exceso de ambición. Ni se imaginaba

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el poder y la influencia que podría llegar a manejar alguien que operaba desde el palacio de un cardenal.

O a lo mejor se encontró con otro augur igual de ambicioso que pudo sacarlo de circulación en una astuta maniobra. Su mente daba vueltas ante las infinitas posibilidades de aquel mundo de intrigas.

Ajeno a esto, el aprendiz de capellán hizo el amago de levantarse. Lem volvió en sí y se le adelantó con una nueva pregunta.

—¿Qué hizo?

El clérigo volvió a sonreír.

—Suficientes preguntas —replicó—. Asegúrate de llevarle las noticias a ella.

Y acto seguido se levantó y le hizo una seña para que lo siguiese.

«A ella», se dijo Lem con aspereza. Y volvió a acordarse de esa cara tan tan odiosa.

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Por primera vez desde que comenzase aquella cacería sobrenatural, Nyx tenía en sus manos la clave para alcanzar el objetivo. Sabía que debía repetir la emboscada, solo que, en lugar de hacerlo en campo abierto, tenía que ser en un espacio con menos opciones de escapatoria. Un callejón, por ejemplo.

La joven abandonó el santuario con la certeza de que tendría éxito. Saltó desde la torre del templo a un tejado cercano y, desde allí, recorrió Niño Perdido brincando de casa a casa. Solo necesitaba que el Profundo no se hubiera cansado de aquel juego y volviera a materializarse en algún lugar del villorrio.

Acudió al mercado más por costumbre que por convencimiento. De cualquier forma, todas las calles terminaban confluyendo en aquel punto y el municipio tampoco daba para mucho más. Se sentó en un tejado parapetada tras una chimenea que parecía construida por una colonia de termitas, cerró los ojos y proyectó su consciencia en la Umbra. Se trataba de una sensación chocante, difícil de explicar pese a que ya estaba acostumbrada. Era como abandonar su propio cuerpo, como transformarse en un ente con la capacidad de llegar flotando a cualquier sitio que se propusiera. Un truco que le habría sonado a disparate no tanto tiempo atrás.

Ascendió por encima de los edificios y barrió la plaza con la vista, pero pronto se quedó atónita; habían aparecido allí en medio los restos de un barco de dimensiones gigantescas. Estaba roto por varios sitios y la cubierta había desaparecido. Ocupaba casi la totalidad del espacio; incluso llegaba a atravesar varias fachadas, con las que se fusionaba de una forma inverosímil. El suelo donde estaba varado venía a ser algo así como el fondo de un mar muerto. Era blancuzco y la madera estaba cuajada de imperfecciones.

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Nyx tuvo que luchar contra sí misma para no detenerse a investigar aquel naufragio. En realidad, por allí no había gran cosa, solo transeúntes que iban y venían con sus terroríficas máscaras, atravesando las costillas de aquella nave sin siquiera imaginarse nada de lo que ocurría al otro lado del Velo.

La joven salió del mercado sin rumbo fijo y recorrió las calles hasta donde estas quisieran llevarla. Por regla general, a otra calle, pero también podía ser a las afueras o de vuelta a la propia plaza. Daba igual, porque el resultado seguía siendo el mismo. Ni rastro del Profundo.

Harta de no conseguir resultados, optó por elevarse de nuevo y otear en la distancia, pues no era la primera vez que el dichoso espectro se materializaba en las afueras. Eso no sería lo ideal, aunque tendría que conformarse. También cabía la posibilidad de replicar la emboscada en otro lugar. O al menos intentarlo.

Ascendió y ascendió hasta alcanzar su límite. Pese a que la proyección sensorial la convertía en un ente sin cuerpo, por algún motivo había cierta altura que no podía superar. Se quedaba siempre algo por encima del campanario de la plaza; muy por debajo aún de la inamovible línea de las nubes. Estaba pensando en subir más alto cuando por fin vio el fulgor que desprendía su presa. Ese brillo que se escapaba de toda lógica. Ese Color.

Abrió los ojos y estos le mostraron el tejado donde se encontraba sentado su cuerpo de carne, hueso y sombras. Necesitó unos momentos para superar la impresión; siempre le ocurría cuando volvía de uno de esos viajes. Se puso en pie y echó a correr en dirección a la criatura cornuda. Atravesó el Velo. Casi no tocaba la superficie de las tejas, ligera como un pañuelo secuestrado por una tempestad. La mano derecha agarraba el endecagóbolo, sujetándolo por encima de la tela del zurrón, temerosa de perderlo o dañarlo ahora que sabía que iba a lograr su objetivo. Estaba convencida.

Sorteó tejados, dejó atrás chimeneas y columnas de formas excéntricas que habían tenido a bien aparecer en el inframundo; saltó calles de fachada a fachada. No se frenó hasta que alcanzó el lugar exacto donde lo había visto. Entonces se echó cuerpo a tierra y se asomó por encima del voladizo. Pero allí ya no estaba el Profundo. Chasqueó la lengua con rabia y miró a ambos lados. Solo encontró humanos con máscaras fantasmagóricas paseando sus miserias.

«Mierda».

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No se rendiría tan pronto. Con el corazón acelerado, se puso en pie y, desde las alturas, recorrió la calle en la primera dirección que le indicó su instinto. Alcanzó un callejón que se cruzaba con ella. Nada. Lo examinó con detalle. Tampoco. Volvió sobre sus pasos.

La calle serpenteaba hasta una vía mayor que, no muy lejos de allí, desembocaba en la plaza del mercado. La caminante llegó hasta la esquina y, entonces sí, distinguió la reluciente cornamenta.

«Ya eres mío».

Era el momento de mantener la calma, aunque, entre la carrera y la anticipación, estaba más cerca de la histeria que de ningún otro estado. Se aproximó al ente con cuidado, un ojo en la calle y otro donde posaba los pies. El Profundo no parecía llevar un rumbo en concreto, husmeaba como de costumbre, pero lo cierto era que, poco a poco, desfilaba hacia el mercado. Eso pondría en riesgo el plan de Nyx. No podía permitir que alcanzase un espacio abierto.

Echó un vistazo al otro extremo de la calle. Esta seguía la norma en Niño Perdido: describía algunas curvas irregulares y había tramos en los que se ensanchaba y otros en los que se estrechaba, sin ningún tipo de orden ni intento urbanístico. La joven acudió a toda velocidad al primer recodo que hacía la calle. Era perfecto para la emboscada. Sacó el endecagóbolo, lo abrió con mimo y se cercioró de que lo tapaba con todo su cuerpo. Fue suficiente para amortiguar el siseo que produjo al abrirse; eso creyó al menos. Dejó el artefacto en el suelo, justo tras el recodo y, de un salto, regresó a los tejados.

Ahora sí que apremiaba el tiempo. Y ahora sí que era imprescindible que su presa no la descubriera. Un descuido daría con el plan al traste. El espectro estaba a punto de alcanzar el final de la calle y a ella aún le faltaba trecho por cubrir. Si seguía a ese ritmo se le escaparía. Tenía que hacer algo para evitarlo, algo desesperado. Siguió corriendo mientras acomodaba como podía los pies en las tejas para no armar mucho jaleo. Entonces se presentó su única oportunidad: la presa se entretuvo olisqueando algo que dejaba un ángulo muerto a su espalda. Era ahora o nunca.

Nyx saltó. Su intención era sobrepasar con mucho al Profundo, interponerse entre él y la plaza, cerrarle la salida por allí y espantarlo. Y le salió bien. Más o menos, ya que el espectro emprendió la huida mientras ella todavía lo sobrevolaba. Pero lo hizo en la dirección pretendida. Corrió

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calle abajo más rápido que nunca. No sabía que se encaminaba a la trampa de la caminante. Nyx salió disparada con toda la velocidad que pudo imprimir a sus piernas.

El Profundo esquivaba transeúntes con una gracilidad inconcebible, como si chocar no fuese una posibilidad para él. Siguió así, sin bajar el ritmo, cada vez más lejos de Nyx, cada vez más cerca de la trampa. Y entonces ocurrió. El ser corrigió su trayectoria de golpe, en un movimiento lleno de puro nervio. Había torcido, trastabillando, al tiempo que resbalaba por el suelo. Todo por esquivar algo.

«Pero ¿qué?».

Al poco se mostró que, en realidad, lo que pretendía era dar media vuelta. Estaba huyendo de nuevo. Esta vez de otro ser, también cuadrúpedo, que había surgido de algún punto de la calle. Y que lo estaba atacando. Si no le arrancó la cabeza de un zarpazo fue de milagro. Se trataba de otro espectro, uno agresivo, poseedor de su propio resplandor; una estela brillante que dejaba a su paso y que anunciaba peligro. Otro Profundo. Se había iniciado una nueva persecución, y esta se precipitaba en dirección a la caminante.

Para Nyx no hubo más opción, ni tiempo ni espacio que echarse a un lado. Fue la única forma que tuvo de esquivar a ambos seres que se le echaban encima con una violencia primaria. El nuevo perseguidor había saltado con todo hacia el perseguido, e incluso lo había tocado en los cuartos traseros, lo que, sumado a la desesperación de la carrera, hizo que ambos resbalasen calle abajo y se estamparan contra una fachada. Solo la casualidad quiso que no arrastrasen consigo a la muchacha.

Los dos Profundos se pusieron en pie como una exhalación, pero ahí tenía ventaja el primero, más ágil, que por velocidad consiguió escapar de un nuevo zarpazo. A partir de ahí, ya solo le quedaba correr por su vida, lo que en una criatura tan rauda podía ser muchísimo. Para cuando alcanzó la plaza y se confundió con los transeúntes y los restos del barco hundido, su perseguidor ya había desistido.

Nyx todavía no había podido procesar lo que acababa de presenciar. Iba a lamentarse cuando vio que el otro Profundo, el perseguidor, el mismo que estaba equipado con fauces y garras, ahora se volvía hacia allí. Hacia ella. Esos dos ojos terribles, refulgentes en un tono desconocido, ansiosos. Si alguna vez la joven llegó a tener prisa, fue una broma en comparación con lo que experimentó en ese momento.

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«Atraviesa el Velo», le chilló una voz que se había hecho omnipresente en su cabeza. Se lo urgía, aunque tampoco estaba claro que al otro lado del Velo quedase a salvo de semejante demonio.

La muchacha se puso en pie y salió corriendo. Sabía que si apretaba podría alcanzar el endecagóbolo.

«Atraviesa el Velo, sal de aquí», le repetía la voz.

No quiso mirar atrás, no necesitaba hacerlo para saber que el otro ente había iniciado una nueva cacería. Ella sería su premio de consolación.

«Atraviesa el Velo ahora que puedes. Sal de aquí, sal de aquí, SAL». Era su propio miedo desatado. El mismo que le hacía sentir el aliento

de la criatura aunque todavía se encontrase lejos. Esos gruñidos, esa respiración monstruosa a su espalda.

«SAL», aulló la voz.

«No sin el endecagóbolo», se respondió a sí misma.

Nyx saltó hacia el artefacto, tan forzada que pronto supo que se iba a quedar corta, o que si llegaba sería arrastrándose por el suelo siguiendo la inercia de la carrera. Eso al menos sorprendería a la criatura, si es que existía esa posibilidad. Si es que acaso servía para algo.

En efecto, la muchacha tocó el suelo antes de llegar al endecagóbolo, pero llevaba suficiente impulso como para llegar hasta él deslizándose. Sus dedos no lo habían rozado aún cuando el vórtice del artefacto, de golpe, se abrió. Era algo inusual, pues no se abría así porque sí. Solo podía haber un motivo para ello, y no era buena señal.

Una parte dentro de Nyx tomó la decisión de, nada más agarrar el cacharro, desafiando a la imperiosa orden de atravesar el Velo de inmediato, girarse sobre sí misma y apuntarlo hacia arriba. Hacia el punto donde se encontraba el Profundo, que volaba en su dirección a un palmo de alcanzarla. Los ojos desquiciados, las garras criminales.

El vórtice multiplicó su tamaño e intensidad y, con un fogonazo, el Profundo desapareció tragado por el artefacto. Ahora se encontraba en el interior de la gema del endecagóbolo, brillando con esa luz incomprensible, justo entre las manos de Nyx. Esta, pese a los temblores, giró las piezas del artefacto.

Y este se quedó cerrado con un inofensivo clic.

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Al fin dejó de llover. Ya nada entorpecía su avance, salvo la ceniza que empezó a caer poco después, cuando todo seguía mojado, y la pendiente, que a veces ascendía hasta no dejarles más opción que trepar. Y el viento, claro, que allí arriba ya no era Ndhasis, ni Phasis ni Kalaamis, sino todos ellos y ninguno.

Daba lo mismo, porque llegaron a una meseta alargada contenida entre picos. Esta albergaba un lago de hielo y brea, de cuya orilla nacía un peñón inmenso, y sobre el mismo, sobresaliendo por encima de la propia cordillera, se encontraba la atalaya que andaban buscando.

—El Ojo del Yermo —dijo Maia.

Por un lado estaba agradecida por no haberse perdido. Pero por otro sentía que aquello podía ser el inicio de nuevos problemas. De entrada, no le gustaba cómo la miraba aquella torre desde las alturas.

—¿Qué crees que encontraremos allí? —preguntó el arquero.

La incertidumbre y el largo viaje parecían haberlo despojado de parte de su arrogancia. La guerrera lo celebró internamente.

—Respuestas —contestó.

Había una puerta excavada en la roca, en la misma base del peñón. Daba a una escalera irregular e incómoda, que trepaba por un pasillo que lo mismo se estrechaba como se ensanchaba. No había ni un solo peldaño igual al anterior. En ciertos tramos, se empinaba tanto que a aquello ya ni se le podía llamar escalera. Era una última tortura para coronar semejante viaje.

Los tres expedicionarios hicieron cima empapados en sudor. Calientes por dentro de los ropajes, pero ateridos por fuera. El frío era intenso. Allí arriba se formaban placas de hielo que podrían cortar tela, cuero y piel sin apenas esfuerzo.

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Desde esa altura las vistas ya tenían la capacidad de dejarlos sin aliento. El paraje desolador adquiría allí una belleza perversa. Los picos desnudos azotados por los vientos; la nieve y el hielo que contrastaban contra lo ceniciento de la roca. Todo se veía pequeño por la lejanía y, a la vez, inmenso bajo el cielo nublado. Maia se preguntó si era eso lo que sentían los dioses cuando miraban a los mortales. Y luego se llamó estúpida por pensar tal cosa.

El portón de la torre estaba abierto. Para ser más exactos, había desaparecido. En el umbral quedaban algunos desperfectos en los sillares y los restos de lo que debieron de ser unas bisagras gordas y ásperas. Y nada más. Era como si hubieran arrancado la puerta y se la hubieran llevado. Una muy mala señal. Maia lanzó una mirada de alerta a Wylar mientras sacaba el hacha. Mejor dicho, mientras lo intercambiaba por el bastón de Kasidra. El arquero la imitó y puso una flecha en el cordel. La cartógrafa los siguió sin decir ni pío.

La atalaya tenía un primer nivel más o menos amplio a modo de recibidor con un techo altísimo. Allí había una chimenea con utensilios para cocinar, un par de literas, un arcón abierto, varias tinajas y un armero. Todo invariablemente vacío. Tirado por el suelo.

—Aquí no hay nadie —dijo Wylar.

Maia lo mandó callar de inmediato. Luego apuntó de malos modos hacia las escaleras que ascendían pegadas a la pared. Hacia arriba que se fueron los tres.

Cuando dejaron atrás la primera estancia llegaron a otra más estrecha y algo más baja. De nuevo encontraron muebles varios, como sillas y un par de mesas. También vacíos y dispuestos de cualquier forma. Nada andaba ni cerca de ser nuevo, aunque tampoco parecía encontrarse en muy mal estado.

—Esfinge —dijo Wylar entre dientes, tan bajito que su compañera no llegó a escucharlo.

—¿Qué tenemos aquí? —exclamó Kasidra para sí mirando una loseta normal y corriente.

La apuntaba con uno de sus cacharros que nadie había visto antes. Uno de esos artefactos que le cabían en la mano y que parecían tener vida propia. Este emitía un insistente tac, tac, tac. Maia acudió de inmediato con un buen puñado de interrogantes, pero dejó hacer a la cartógrafa. Esta introdujo un dedo por las rendijas hasta que encontró la forma de levantar

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la baldosa. En el suelo apareció un hueco no muy profundo. Lo justo para que cupiese en él una caja no muy grande. En pésimo estado.

Kasidra guardó el aparato en la mochila y sacó la caja de su escondrijo. Lo hizo con sumo cuidado, lo que parecía lógico al ver el mal aspecto que tenía. Retiró la tapa casi con veneración. Lo que apareció en su interior descolgó las mandíbulas de los tres aventureros. Una gema enorme, tallada con la más exquisita de las perfecciones. Maia se la arrebató de las manos al instante.

—¡Oye! —se quejó la anciana, pero la guerrera no le hizo caso, hechizada al instante por aquella piedra preciosa.

En su interior, los bordes de la talla formaban figuras geométricas imposibles. Incluso parecía que emitía su propio fulgor. Aunque uno muy distinto al del metal y difícil de explicar.

Maia se quedó absorta admirando la gema. Todavía tardó un rato en hacer caso a lo que le decía Wylar.

—¿Qué coño quieres? —terminó por responder.

Su compañero se limitó a señalar unos peldaños que conducían a otra planta superior. No decía nada, pero por dentro su vocecilla estaba berreando.

Se trataba de una mancha negruzca y reseca. La cartógrafa sacó de la mochila otro objeto, esta vez alargado y de metal, que le sirvió para alumbrar la piedra con meticulosidad. Rascó con una uña.

—Diría que es sangre —dijo la señora.

Wylar tragó saliva. Maia también, además de apretar la mandíbula. Guardó la gema bien dentro de su zurrón y se puso a la altura de la mancha. Era considerable. Abarcaba cuatro escalones y, ahora que se fijaba, también había goterones más abajo que descendían hasta perderse.

—Está reseca.

—Sí, pero no lo suficiente —comentó Kasidra.

—¿A qué te refieres? —preguntó Wylar.

—Yo diría que lleva aquí entre medio año y un año.

—¿Medio qué? —preguntó Maia levantando la voz más de lo que le gustaría.

La anciana negó con la cabeza.

—¿Cuánto había pasado esta atalaya sin dar señales antes de que os enviaran a vosotros? —preguntó.

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Maia se encogió de hombros. Lo mismo que hizo luego Wylar. Kasidra resopló.

—Vuestra capacidad para medir el tiempo en la Torre me tiene estupefacta.

—Medir el tiempo —dijo la guerrera con desprecio—. Menuda ridiculez.

Intercambiaron miradas y gestos poco amigables, conscientes de que si seguían hablando de ese tema solo podía aumentar el desencuentro entre ellas. Y sin añadir más, reanudaron la marcha escaleras arriba.

Cuando llegaron a la parte más alta, solo dieron con una sala reducida y la salida al mirador, un balcón corrido que daba una vuelta completa. Y si antes las vistas les habían parecido inigualables, ahora ni encontraron palabras para describirlas. El frío intenso contribuía a cortar las palabras antes de que pudieran salir de las gargantas. El resto era todo impresión.

Ni rastro de la guarnición de la atalaya.

—Se ve qué hay más allá de la cordillera —dijo Kasidra maravillada —. Más Páramo.

En efecto, la planicie gris, seca e inabarcable se extendía más allá de aquel punto; muy a lo lejos, allá donde las montañas menguaban. De ahí que las palabras de la cartógrafa estuvieran en algún lugar entre la celebración y la miseria.

—Más Páramo —dijo Maia contemplando el horizonte a su lado. —Mirándolo por el lado positivo —dijo la anciana haciendo regresar

de algún modo aquella sonrisa suya—, el mundo sigue más allá de los mapas. Hay más tierra por explorar.

—Más Páramo —repitió Maia, sin saber cómo podría sacar nada bueno de aquella información.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Wylar nada más sentarse junto a Maia.

La guerrera había logrado darle vida a un fuego en la chimenea. Era el primer paso para librarse de la congelación y de los otros muchos males que la asaltaban.

—¿Cómo que «qué vamos a hacer»? —contestó ella de mala gana—.

Cumplir nuestras órdenes, tal y como se espera de nosotros.

El arquero abrió mucho los ojos. Necesitaba otra respuesta.

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—¿En serio? —preguntó, pero ante la mirada asesina de su compañera no siguió por ahí—. ¿Y si los buscamos?

—¿Buscarlos? ¿A la guarnición? ¿Dónde?

—Yo qué sé. Por los alrededores. A lo mejor fueron a hacer una expedición a las montañas y se perdieron.

Maia negó con la cabeza. Sabía lo que estaba intentando su compañero. A ella también le encantaría que hubiera una explicación para aquello. Una que le permitiera regresar a su casa con la conciencia tranquila del trabajo bien hecho. Una que le hiciera olvidar que el portón de acceso a la atalaya había desaparecido. Estaba tan cansada.

—Los esperaremos aquí —dijo, y acto seguido se echó en una de las literas.

No se veían especialmente cómodas, pero llegados a aquel punto, eran gloria bendita.

Wylar quería chillar. La simple posibilidad de quedarse en aquel lugar perdido durante un tiempo indefinido hacía que se desesperase. Era como si de pronto lo hubieran encerrado en un barril y lo hubiesen tirado catarata abajo. No podía ser.

—¿Y el portón? ¿Y la sangre? ¿No te preocupa?

Pues claro que le preocupaba. Solo que no podía más. Estaba al límite y solo quería descansar y olvidarse de todo, al menos durante unas horas. Ya se encargaría cuando volviera a abrir los ojos. De hecho, los cerró y, con el gesto de girarse y envolverse en su capa de viaje, le dio la espalda a su compañero.

—¡Maia, por los Once!

—Vete un rato a vigilar a la vieja, anda.

—La vieja.

—Está arriba. Pintando su puto mapa.

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Sólomon se hallaba expectante. Se le notaba en las manos, que se apretaban y acariciaban la una a la otra. Nyx extrajo el endecagóbolo del zurrón. Tras aprisionar al Profundo, el artefacto se había convertido en una pieza de apariencia todavía más delicada, con ese brillo antinatural que ahora desprendía la esfera. La misma luz de la criatura que contenía en sus entrañas. Ese Color.

Esa era una diferencia insalvable, porque la joven sabía que el Color del Profundo de los cuernos era de alguna forma distinto al del que ella había atrapado. Y por el brillo que desprendía el endecagóbolo, resultaba evidente que había atrapado al espectro equivocado. Se temió que fuera ese el motivo por el que capellán se hubiera quedado allí detenido y en silencio, contemplando el ingenio que ella sujetaba con ambas manos. La tensión se mantuvo hasta que el clérigo por fin habló.

—Lo has conseguido —dijo—. Sabía que lo lograrías. No tenía ninguna duda.

«No se ha dado cuenta. Pero ¿cómo es posible? Si son muy distintos». La caminante notó que un nudo se le deshacía en el pecho; no la habían descubierto. Sin embargo, no dejaba de preguntarse por qué aquel hombre, que poseía unas capacidades de percepción únicas, fallaba al diferenciar un cambio de tono tan obvio. Si incluso la intensidad era distinta. Ese era un misterio que, por el momento, prefirió guardarse para

sí.

—¿Vas a contarme cómo lo hiciste? —preguntó el capellán. «Haciendo trampas, viejo, ¿cómo si no?»—. Debió de ser espectacular. —«Lo fue»—. ¿Me vas a dar detalles? —«No»—. Hemos conversado mucho en estos últimos giros. Ya no tienes por qué guardar ese obstinado silencio conmigo, Nyx. —«Resulta que ahora mismo no me apetece, viejo»—. Vamos.

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—Creía que me estarías espiando —dijo la muchacha con la voz áspera por la acumulación de mucosidad en la garganta.

Sólomon emitió una sonrisa seca carente de alegría. Empezaba a entender que no le sonsacaría más información a la caminante.

—Esa era mi intención, pero sigo siendo un hombre muy ocupado. Ser el capellán de un pueblo conlleva muchas responsabilidades.

«Eso explica que no te hayas enterado de la que se lio con el bicho ese de los colmillos. Tanto mejor».

—Terminemos este trabajo —dijo el clérigo.

Se llevó la mano derecha a la manga izquierda y de allí extrajo una cadena de reluciente metal. Fina y blanca, delicada como si estuviera hecha de copos de nieve. Una de esas que solo unos pocos privilegiados llevaban al cuello.

—Sujétalo por los lados —le dijo él refiriéndose al endecagóbolo—.

Que la base quede suspendida.

Nyx hizo caso, con cuidado de no dejar caer el artefacto, que ahora solo tocaba con las yemas de los dedos. Sólomon agarró la cadena por ambos extremos. No era demasiado larga, de manera que no necesitó maniobrar en exceso. Adelantó un brazo y, desde debajo del artefacto, fue levantándola. La joven no entendió qué pretendía hasta que, asombrada, vio que la cadena atravesaba el metal y la burbuja del centro como si estos estuvieran hechos de agua. Como si solo existieran en su imaginación. Con una salvedad: la gema que yacía en el interior de la burbuja sí que reaccionó al contacto de la cadena. Esta se quedó enganchada de alguna manera. Cuando el anciano levantó los brazos, lo que pendía de sus manos era un colgante perfectamente engarzado. El endecagóbolo ahora estaba vacío.

Los ojos de Nyx brillaron con la misma intensidad de la gema. Ella renegaba de ese tipo de adornos, pero no podía dejar de admirar aquel que relucía delante de sus narices. Lo deseó de inmediato. Quedó tan encandilada que los restos del endecagóbolo se le escurrieron entre los dedos y fueron a estrellarse contra el suelo. Pero aquel era un cacharro que ya no le importaba a nadie.

—Date la vuelta —le dijo Sólomon. Un deje de júbilo destacaba en su voz.

La caminante jamás le daría la espalda a nadie a esa distancia. Era parte de su proceder, algo tan suyo como la cicatriz de la cara, el cabello

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enmarañado o negarse a entablar una conversación estúpida. De hecho, lo primero que pensó fue que el clérigo aprovecharía ese momento idóneo para apuñalarla o estrangularla, ahora que ya no requería de sus servicios.

«No, no puede ser eso. Todavía me necesita».

Pese a todas las dudas, la sola posibilidad de ponerse esa joya maravillosa al cuello merecía correr el riesgo. De ese modo, por primera vez en su vida, confió en alguien.

Se recogió el pelo para facilitar que la cadena pasase por entre sus hombros. Y, tensa, con los miembros rígidos, aguardó con la cabeza gacha. Notó el metal gélido deslizándose por la piel, una sensación que le desagradó y la complació a partes iguales. Luego llegó la gema, también fría, posándose sobre su pecho. La recibió con un pálpito, con una inspiración entrecortada que no terminaba de llenarla de aire.

Cuando el capellán abrochó el cierre llegó el éxtasis. Una corriente de energía la recorrió en todas las direcciones posibles. Se sintió pesada y etérea, sólida y ligera, ardió en un fuego glacial que nunca llegó a consumirla pero que la sublimó. Perdió la noción del tiempo y del espacio. Dejó de saber dónde terminaba su cuerpo y dónde empezaba el resto del universo. Sintió que su organismo se desintegraba en millones de partículas que se estrellaban entre sí para luego regresar a su sitio renovadas, distintas, cargadas de electricidad. Se sintió morir y renacer una cantidad de veces que se escapaba de cualquier lógica. Se entregó al desenfreno y dejó que su conciencia vagara por el infinito. Y no permitió que regresara a su organismo hasta que esta no hubiera vivido todas las vidas posibles en todas las formas disponibles.

Cuando la descarga se apagó, ella sintió que abría los ojos. Aunque sabía que habían estado abiertos desde siempre, mucho antes de que ella naciese, antes de que el mundo fuera mundo. Frente a ella, la máscara del capellán la contemplaba muda y expectante.

«¿Cuánto tiempo ha pasado?».

—¿Qué sientes? —preguntó Sólomon. Se le notaba la excitación, la incertidumbre bajo tantas capas de decrepitud.

A decir verdad, cuando los efectos de aquel viaje prodigioso se hubieron disuelto, la caminante no notó nada especial. Quizá unas cosquillas en la cicatriz, quizá un hormigueo en la punta de los dedos. Los movió para comprobar que estos seguían respondiéndole de la forma habitual. Todo era normalidad.

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«Entonces ¿de dónde sale esta impresión de poder aplastar lo que sea que me pongan ahora mismo delante?».

—Estoy seguro de que quieres probar tus nuevos poderes —comentó el clérigo con una excitación difícil de disimular. «Sombras, eso suena bien, aunque…»—. Si mis cálculos son correctos, ahora deberías tener el poder de canalizar la energía de los halos.

—¿Cuáles? —preguntó la caminante con prisa, casi urgencia. —Necesitarás entrenamiento y tiempo para acostumbrarte a tus nuevas

habilidades, pero todos. Deberían ser todos, chiquilla. «Todos». Aquello era demasiado bueno para ser verdad. —¿También como los herreros?

El sonido que profirió el capellán sonó a resoplido, o a chasquido, a una tos repentina; cualquier cosa menos a risa.

—Tal y como estás a punto de descubrir, ese Profundo que atrapaste tiene un poder inimaginable —dijo—. Sin embargo, no es ilimitado. Sé que te dará el don propio de un hijo del Audaz. De momento confórmate con eso y más adelante iremos descubriendo hasta dónde eres capaz de llegar.

«Pero el bicho que cacé no es el que tú crees», pensó la joven, no supo si preocupada o aliviada. Excitada, en cualquier caso.

—Tengo la misión perfecta para que empieces a comprobar el alcance de tus nuevos poderes. —«Soy toda oídos»—. Hay cierta patrona que posee una buena colección de cristales. La mayoría no valen gran cosa, pero seguro que uno de ellos te interesa.

—Naaga —dijo Nyx. No pudo evitar que su nombre le saliera en voz alta.

El anciano asintió con un leve movimiento de cabeza.

—Pero ten cuidado, lleva muchos giros sin saber nada de ti y está rabiosa. Creo que va diciendo por ahí que le debes una gran cantidad de metal.

La joven arrugó el entrecejo.

—Dijiste que tú te encargabas —soltó ella hincando con rabia la mirada en el metal de la máscara—. Que mientras yo estuviera aquí metida no tendría que preocuparme.

—Pues ya ves que no ha sido así —contestó el capellán con una evidente sonrisa—. Me pregunto si habrá alguna manera de que soluciones este malentendido y que, a un mismo tiempo, saldes tu deuda con ella.

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Tardó unos instantes, pero la muchacha comprendió lo que le proponía el clérigo. Aunque eso seguía sin agradarle.

«Me has engañado, viejo, y eso es algo que no soporto».

No obstante, en su rostro se terminó cincelando la más torcida de las sonrisas.

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Una vez más, la habitación blanca deslumbrante, la paz, la calma, la emoción contenida primero, desbordada después. El chico dulce lo miraba, le sonreía, con esa capacidad increíble para aunar risa y llanto en un gesto limpio y suave. Detrás de él otros dos chicos altos y la chica del ojo vendado. ¿Qué más daba que no entendiera lo que le dijesen? ¿Qué importaba que le restasen solo unos instantes de vida? Felicidad era aquello, y no deseaba renunciar a ella por nada.

El escenario le daba igual. Ya había dejado de romperse la cabeza con los significados de aquellos tonos, aquellos volúmenes que destacaban tanto sobre el blanco, allí de fondo, sin significado. Y eso que los había visto repetidos en otro lugar fuera de ese sueño. En el cuerpo monstruoso del Arconte que sujetaba la roca en el Foso.

Pero no, no deseaba pensar en eso. La idea era disfrutar de aquel muchacho radiante; incluso deleitarse en su presencia.

Por qué no.

Fue extraño y, a la misma vez, lo más normal del mundo, cuando un tercer ojo se le abrió al chico en la mejilla. Seguía entornándose de esa forma tan cariñosa, tan dulce. Lem no hacía otra cosa que regocijarse con su presencia. Aquella paz, aquella comprensión, aquel amor. El abrazo de su tentáculo, aquel que le creció de repente de entre las costillas, lo reconfortó. Fue cálido, suave. Distintos filamentos, parecidos a púas flexibles, salían de sus bordes, pero no pinchaban, sino que lo acariciaban. Sus cosquillas lo hicieron sonreír.

Para ese momento, el chico dulce ya tenía tres pares de ojos, a cual más enternecedor, repartidos por la cara y el cuello. Y tentáculos, tantos y tan enroscados que podrían ser catorce. Lo abrazaban a él y también la cama entera. Era tan agradable su tacto y su firmeza. Se sentía tan protegido.

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La piel le brillaba como si estuviera hecha de metal. Pero aquello no era ni el blanco del mundo ni el negro del inframundo, sino su tono único, especial. Su sonrisa lo regaba de luz. Con sus colmillos desparejados y las tres lenguas que bailoteaban graciosas por entre los filos. Que caracoleaban juguetonas, que pedían ser besadas.

«Cuidado, muchachito, no te vayas a cortar contigo mismo», quiso decirle Lem. Pero era imposible, no le iba a entender.

Cuánto le habría gustado acariciar esa mejilla tan suave y bulbosa, con esas verrugas tan redondas y lindas. Aunque temía introducir por error un dedo en uno de los ojos. No le pretendía ningún mal.

«Mi querido niño dulce; mi Arconte».

Una vez más, el sueño llegaba a su fin. Tocaba descansar, cerrar los ojos. La pesadez era demasiado fuerte. Sin embargo, el chico dulce le decía algo, lo llamaba con una voz que era un gruñido salido de las entrañas de la tierra. Y Lem sentía que era su nombre. No «Lem», otro. Y el augur sabía qué debía responder. Y cuando lo hacía, a la vez, llamaba al chico dulce, al Arconte.

Tenía esa palabra en concreto en los labios cuando despertó. Y por mucho que lo intentó después, nunca llegó a recordarla.

—Los contornos del otro lado del Velo —leyó Snedrio con superioridad en la portada del libro que Lem tenía delante en su escritorio—. Gran elección.

El muchacho se había ofrecido voluntario para copiar manuscritos antiguos. «Voluntario» era un concepto muy laxo. Sobre todo porque había sido el bibliotecario quien se lo había propuesto. Casi lo obligó, de hecho. Con la cantidad enorme de libros que Lem sacaba de biblioteca, no le quedó más remedio que aceptar.

«Perfecto».

—Ese libro es, junto con Los tratados divinos, La gran ruta de la especie y La guerra de la transformación, uno de los principales exponentes de la literatura trascendental —siguió diciendo Snedrio, orgulloso de cada palabra que pronunciaba—. Se ve que has aprendido de mí.

—¿Eh? Ah, sí —contestó Lem trabándose.

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Desde luego, entablar conversación con el bibliotecario era lo que menos le apetecía hacer. Tenía bastante con cumplir con la copia de aquel mamotreto medio carcomido que ya odiaba con todas sus fuerzas. Al menos había elegido uno del que, con suerte, podría extraer algo de información sobre la Umbra.

—En mis días copié miles de libros —continuó Snedrio—. Miles. Es una marca que nadie ha podido superar. Ni superará. Es que ni cerca anda el segundo, sea quien sea. Pero no dejes que mi excelencia te eclipse, querido alumno. Poco a poco irás viendo tu cuenta de obras ampliarse. No tanto como la mía, por supuesto, pero algo acorde a ti y tus capacidades.

«Solo me interesa superar tu registro de libros quemados».

—Sí, gracias, maestro Snedrio —respondió Lem con la energía más positiva que logró encontrar. No excesiva.

Y siguió con su tarea. El bibliotecario se mantuvo allí un rato más forzando la conversación. A lo mejor sentía que podía sacar a relucir alguno más de sus logros y hazañas. Sin embargo, cuando apareció otro alumno cerca de su escritorio, decidió marcharse a por él.

Aquella paz fue bien recibida por el augur. En realidad, a poco que lo pensara, aquello de copiar libros no estaba tan mal. Era una actividad que le permitía estar a su aire sin que lo molestaran —más allá de alguna que otra visita de Snedrio—. Le daba espacio para estar consigo mismo en calma. De hecho, nunca saltaba a la Umbra mientras hacía de copista. A lo mejor era cierto y aquella podría ser una ocupación válida para él. A lo mejor por fin había encontrado su sitio en la Academia.

«Hasta que logre una forma de escapar».

—Costritas —dijo Uma llegando por detrás.

Era ella, no había duda. Él la había reconocido por la voz. Y ella, ¿cómo lo había reconocido a él?

—Estropajito —contestó el joven.

Su amiga traía un libro viejo, un volumen por estrenar y un atril. Al parecer, a ella también la habían reclutado para la titánica tarea de copista. Solo que había elegido copiar un tomo mucho más reducido que el suyo.

—Yergue la espalda, amigo —dijo ella justo antes de sentarse a su lado.

«A lo mejor me reconoce por la postura —se dijo—. Claro que es por eso, ¿qué otra cosa podría ser? Vas cubierto de pies a cabeza, Lem».

—¿También te han liado? —preguntó a su amiga casi sin tartamudear.

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—Vengo de vez en cuando —respondió ella preparando sus herramientas con soltura—. Me ayuda a concentrarme.

—Claro, con esos libritos de juguete…

—No todos somos unos héroes de la paleografía —respondió ella. Lem se preguntó por qué había elegido él un libro tan grueso. Pensaba

que así se ganaría el favor de Snedrio. Y no, eso no iba a suponer ninguna diferencia. Peor, marcaría un molesto precedente. Tenía que ser más práctico.

—¿Qué tal estás? —preguntó ella mientras ambos trabajaban a la par en sus respectivos libros.

Él sabía a lo que se refería. Atrás habían quedado esos momentos en los que su principal preocupación era la farsa de la lectura del porvenir. Ahora el tema candente era Mirim. Necesitaba desembarazarse de ella, Uma lo sabía. Y, una vez más, le había ofrecido su ayuda.

—Harto —respondió Lem—. Me tiene de recadero. Me hace llevar paquetes por toda la ciudad.

—¿Qué tipo de paquetes?

—Poca cosa, me caben en la mano. No sé qué llevan.

—¿No has abierto ninguno? —preguntó ella divertida.

—¿Estás loca? —replicó él trabándose muchísimo.

La joven se encogió de hombros.

—No se va a enterar.

—Sí se va a enterar. No quiero arriesgarme. Demasiado que no le he contado una cosa que me dijeron… —Lem se arrepintió al instante de haber dicho eso. Ahora sabía que se lo tendría que contar a Uma—. Júrame que vas a guardarme el secreto.

—¿Me ves capaz de ir corriendo a la arpía esa para decírselo? —se burló ella—. Venga, desembucha.

El muchacho tomó aire.

—Hay una vacante de augur en el palacio de un cardenal.

—¿Qué cardenal? —preguntó Uma de sopetón, casi sin dejar que terminara.

—Heberio.

—Mmm, ¿no es ese el cardenal del Páramo? —preguntó ella pensativa.

—No lo sé. —«Ni me importa»—. Solo sé que le falta un augur. Y que tendrán que sustituirlo en algún momento, supongo.

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Uma se quedó callada un rato. Estaba pensando.

—Es una información muy golosa —terminó diciendo—. No me extraña que a Mirim le interese. ¿Y por qué no se lo has contado?

—No lo sé.

En realidad, sí sabía el motivo. Él había estado fantaseando con la idea de aprovechar esa vacante para sí mismo como forma de escapar de la Academia. De alguna manera, tenía que hacerla suya, pero no sabía cómo. El tiempo pasaba y pronto aquella noticia dejaría de ser un secreto. Y él ignoraba qué podía hacer para decantar los hados en su favor. Por eso le importaba menos contárselo a Uma. Total, apenas sabía cómo actuar.

—Bueno, da igual —dijo ella—. Te traigo una información que sí es de primera.

—No estoy muy interesado en los cuchicheos de la Academia.

—Sí, sí, ya sé que el señor Costras está por encima del bien y del mal, pero esto te interesa. —El muchacho se quedó en silencio, lo que dejó vía libre a Uma para continuar—: Ha llegado a mis oídos que va a llegar a la Academia un cargamento de armas de metal. Al parecer ha habido una batalla que uno de nuestros queridísimos hermanos augures predijo. Y tuvo la chamba de que también adivinó quién ganaría. Así que, como agradecimiento, van a hacer una ofrenda de cientos de piezas sobrantes del enfrentamiento.

Lem resopló.

—Más cacharros para alumbrar la biblioteca, supongo —respondió con desinterés.

—No seas simplón, piensa más allá. —Uma dejó esas palabras suspendidas en el aire, como esperando a que Lem las recogiera e hiciera algo con ellas. No resultó—. Ay, Lem. Me refiero a Mirim. Si de verdad ella está utilizando a otros augures para sus propios intereses, seguro que está enterada de esta noticia. No me cabe duda de que usará sus tentáculos para hacerse con un bocado de ese cargamento.

—¿Y para qué iba a querer Mirim unas armas? Es una augur. Perversa, sí, pero no es nada más que una simple cantamañanas.

Una cantamañanas cuya cara no dejaba de aparecérsele.

—Ay, Costritas, de verdad. Todas esas armas son metal y el metal es poder. Ella podrá usarlo para sus negocios fuera de la Academia. Tú mismo me has contado que anda traficando con algo. Y que tiene

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contactos incluso en la escuela de los capellanes. ¿De verdad crees que no le dará uso a tanto metal?

Su amiga tenía razón. Lem tuvo tiempo de pensar en ello mientras regresaba a su trabajo y fingía no estar confabulando con Uma mientras Snedrio miraba en su dirección.

—Lo que no entiendo es qué tiene que ver todo esto conmigo — terminó diciendo al cabo de un rato.

—¿En serio lo preguntas? —replicó Uma—. Todo, Lem, todo. Si eres su siervo, no tardará en ordenarte algo relacionado con este encargo. A lo mejor hasta te toca a ti robar las armas.

—¿Qué? Yo no aceptaría eso.

—Sí, bueno, lo que sea. La cuestión es que pronto vendrá a ti con un plan. Y a partir de ese momento podremos preparar algo para que la pillen en plena faena.

—¿Algo como qué?

—No lo sé, Costras. Pero hay muchas formas de hacer que un augur sea visto como un hereje.

Ahí llevaba razón. El muchacho se quedó pensativo. Todo aquello tenía muchas implicaciones, por lo menos para una mente tan febril como la suya. El pulso empezaba a acelerársele. Trató de calmarse para no saltar a la Umbra en ese preciso momento.

—¿Por qué me ayudas? —le preguntó pasados unos instantes.

—¿Qué pregunta es esa, Lem? Soy tu amiga, quiero que dejes de ser el sirviente de esa tipa maligna.

—Sí, lo sé y te lo agradezco —tartamudeó él—. Pero, quiero decir: es mucho riesgo para ti, ¿no?

—No tanto. ¿Tienes miedo? ¿No temes más que un día Mirim se canse de ti y te denuncie a la Inquisición? Tú ya has sufrido un proceso y sabes de qué se trata. ¿Te imaginas lo horrible que tiene que ser si saben que puedes ver en la Umbra?

A Lem se le erizó todo el vello del cuerpo.

—Yo no veo en la Umbra —dijo con muchísimo esfuerzo. Las palabras no le querían salir de la garganta.

Uma se quedó en silencio. Su agamte no transmitía nada.

—¿Confías en mí? —le preguntó, y fue como si le hubiera dejado caer encima una losa.

—Sí —contestó él trabándose.

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Deseó con todas fuerzas que le hubiese salido convincente. Porque no tenía claro si había mentido o dicho la verdad.

—Entonces hazme caso. Muy pronto serás libre.

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Las nociones de Nyx sobre cómo usar los halos eran, siendo muy generosos, pobres. Ya sabía diferenciarlos y tenía cierta idea de qué hacía cada uno. Pero de ahí a saber utilizarlos había un trecho considerable. En su camino desde el santuario hasta su antiguo hogar encontró Furia, Gracia y Savia, por ese orden. La primero, la más abundante, fue fácil de absorber. Solo tuvo que acercar las manos y dejar que aquella especie de gas penetrase en su piel.

La reacción fue inmediata. Se sintió poderosa, llena de energía, eufórica. En aquel preciso instante supo que podría escalar la montaña más alta, correr más rápido que el viento, derribar al tipo más corpulento que le cruzara por delante. De hecho, de repente se vio a sí misma deseando encontrarse con un tipo corpulento. Quería agarrar, retorcer, hacer pedazos. Los dientes se apretaban entre sí.

Corrió hacia los siguientes halos nada más identificarlos. Lástima que no le quedase paciencia para tratar con ellos. La Gracia parecía entrar en ella, aunque solo de una forma muy superficial y perezosa. Tampoco iba acompañada de ninguna sensación especial, por lo que dudó que de verdad llegase a absorber nada. Pasó a la siguiente nube, de Savia esa vez, que fue la más difícil de ver. Nada, ella parecía impermeable a esa emanación. No le dedicó ni tres pestañeos. Ya tendría tiempo de perfeccionar aquello.

«Ahora, a por lo que hemos venido», se dijo, y salió corriendo hacia la casa de Naaga, hacia aquel que fuera su hogar aunque ella nunca hubiese llegado a sentirlo como tal.

Si la joven había tenido algún reparo a la hora de ir a enfrentarse a Naaga, después de atiborrarse de Furia desapareció por completo. No había calculado nada. Solo sabía que iba a entrar en esa casa medio arrumbada e iba a reclamar su cristal. Y que, pasase lo que pasara, regresaría al santuario con él. Claro, ella anticipaba algún tipo de

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enfrentamiento con su patrona. Naaga no era de las que parlamentaban. A decir verdad, Nyx tampoco. Y menos repleta de Furia.

Por eso mismo, al llegar a la puerta de la casa no se detuvo ni un instante. No perdió el paso mientras atravesaba la entrada y la sala principal, donde ya le hablaba Naaga.

—Pero mira quién ha venido por fin a honrarnos con su presencia — dijo con su vozarrón y un tono mitad chanza, mitad sentencia de muerte—. Esto no vas a solucionarlo ni pagándome todo el metal que me debes, Mudita.

Eso estaba diciendo cuando la caminante dio un salto hacia ella y le soltó un zurdazo en pleno tabique nasal que sonó a estatua que cae al suelo desde un pedestal a un montón de varas de altura. Ese trallazo le habría aplastado el cráneo a cualquiera, pero solo hizo retroceder un paso a Naaga. Y fue más por la sorpresa que por el impacto. La sangre le brotaba a chorros desde la nariz aplastada, pero lo que se dibujó en la cara de la patrona fue una sonrisa llena de colmillos.

Nyx saltó hacia atrás y ganó espacio con varias volteretas. Aquello le resultó insultantemente sencillo, más incluso que hacerlo en la Umbra. Cuando se detuvo se puso en guardia. Naaga liberó el látigo de su cinto. Los otros parias que rondaban por allí salieron corriendo para guarecerse detrás del primer mueble que encontraron.

—Te voy a dar la paliza que llevas tanto tiempo pidiendo —dijo la patrona haciendo restallar su arma contra el suelo.

Nyx ya tenía los cuchillos en las manos. Sonreía. Fue a atacar, pero no contaba con la velocidad que podía alcanzar el látigo de Naaga. En un acto reflejo interpuso uno de los cuchillos para evitar el golpe. Este salió despedido. La caminante todavía tuvo que echarse hacia atrás para evitar un nuevo embate. Fue consciente de que, pese a estar pletórica y llena de poder, no podía atacarla de frente.

Naaga se carcajeaba. Su voz resonó como un trueno encerrado en una caverna. Volvió a dar varios latigazos. Sabía que no alcanzarían a Nyx, pero servían de aviso.

—Si no he triturado tu cristal hasta ahora, ha sido para darme este gustazo —dijo la patrona—. Así que primero te haré polvo y luego destrozaré tu cristalito. Será un placer.

Pero no lo terminó de decir, porque Nyx estaba esperando justo eso, que bajase la guardia. Se zambulló en la Umbra y los ojos de Naaga se

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encendieron en respuesta. Por supuesto que podía verla en el inframundo. Pero no detenerla. La caminante, por su parte, también tenía la limitación de que no podía hacerle daño desde ese lado del Velo. Por eso, cuando se materializó a un costado de Naaga, esta la estaba esperando y pudo bloquear su ataque.

Nyx saltó hacia atrás una vez más para evitar el contraataque. Y luego, a duras penas, logró esquivar el nuevo latigazo que se le vino encima. Sin pensarlo, saltó hacia delante, convirtiéndose ella misma en un proyectil. Ahora sí logró impactar un rodillazo en pleno plexo solar de su patrona. No obstante, la violencia del golpe tampoco logró hacerla caer. Dio un paso atrás, dos. Y resistió en pie.

Nyx agarró la daga que le quedaba con ambas manos y la dirigió al pecho de su contrincante, donde se suponía que tenía que estar su corazón. Naaga detuvo el ataque agarrando el filo de cerámica con una de sus manazas. El corte fue profundo, pero una herida leve, al fin y al cabo. La joven forcejeó para recuperar el arma sin éxito. Naaga la zarandeó y de un empujón la envió al otro extremo de la sala. Nyx rodó por el suelo y solo una pared fue capaz de frenarla. Un golpe terrible que no le impidió ponerse en pie. La Furia seguía bombeando en su interior.

Esquivó por muy poco su propio cuchillo, que Naaga le había lanzado y que se quedó incrustado en la pared hasta el mango. Nyx hizo el intento de liberarlo, pero pronto tuvo que rendirse y salir de allí de un salto para evitar los latigazos. La patrona rugió con rabia y sed de venganza. Se lamió su propia sangre, que ahora también le brotaba negra de la mano.

—Te voy a arrancar el pellejo, Mudita. Luego esperaré que te crezca de nuevo para volver a arrancártelo. Así una y otra vez.

Nyx sintió la cólera estallar en su interior. En cualquier otra situación estaría pensando con cuidado cuál sería el siguiente paso. Ahora no. Ahora solo sentía una fuerza en su interior que la impelía a ir hacia su enemiga para destrozarla. Para arrancarle miembros. Para hacerla papilla. La Furia había tomado el control. Apretó los dientes con más fuerza que nunca, luego chilló algo ininteligible. Sin darse cuenta, había avanzado tres pasos hacia Naaga.

El siguiente latigazo fue sorpresivo. Iba cargado de las peores intenciones. Sin embargo, la caminante lo vio venir. Su cuerpo se deshizo en sombras antes de recibir el impacto. Y una vez en la Umbra, volvió a saltar como un proyectil hacia su patrona. Esta, que todavía seguía la

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inercia del movimiento del ataque que acababa de realizar, no pudo hacer nada contra aquella nube que se dirigía a toda velocidad hacia ella al otro lado del Velo.

Nyx no realizó ningún ataque con los brazos o las piernas. Se limitó a ser un proyectil con la cabeza por delante. Cuando llegó a Naaga esperó a atravesarla y, solo entonces, regresó a este lado del Velo. Cuando se materializó se detuvo en seco. Estaba atrapada; justo en mitad de la caja torácica de su patrona. Las piernas le salían por un lado, y la cabeza y la parte superior del torso por el otro. Naaga todavía necesitó unos instantes para asimilar lo que acababa de pasar. No terminó de conseguirlo. Al menos ningún sonido salió de su garganta.

Nyx recurrió a todas las fuerzas que le daba la Furia para separar los brazos del cuerpo. Cuando lo consiguió, el torso de Naaga se desmembró en varias partes, muchas de las cuales salieron despedidas. A aquello ya no se lo podía llamar cuerpo. La joven cayó junto con lo que quedaba de su, ahora, expatrona. Se puso en pie empapada en aquella sangre negruzca como la tinta. Desde allí miró a la cara de Naaga. Se le había quedado una mueca curiosa. Como congelada entre el dolor, la sorpresa y algo parecido a la diversión.

La muchacha estaba satisfecha con el resultado del enfrentamiento, pero tuvo que sacudir la cabeza para sacarse de encima la impresión. Luego fue a la bolsa del cinto donde su patrona guardaba los cristales personales. Encontró seis. Ninguno le decía nada, pero había uno distinto. No porque su superficie presentara ninguna diferencia, sino porque le quemaba como si estuviera hecho de fuego.

«Sombras».

Hizo varias pruebas y, en efecto, era el único que tenía ese efecto en ella. Tenía que ser el suyo. El cristal que contenía su esencia. La llave de su libertad. Habría estado nerviosa ante este hallazgo de no ser por la imposibilidad de tocarlo. Agarró un extremo del gabán y tomó el cristal entre varias capas de tela. Así evitaba el intenso calor que le producía. Sin embargo, seguía sintiendo sus efectos. De pronto se notó cansada, con la cabeza pesada, invadida por los mareos. Fue demasiado súbito como para ser casualidad. De hecho, cuando soltó el cristal todo ese malestar desapareció.

Nyx torció el gesto. Tendría que encontrar otro tipo de recipiente para transportar la dichosa piedrecita.

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Wylar se sentía atrapado. Aquella atalaya, aquellas montañas, todo le parecía una broma pesada que duraba ya demasiado. No aceptaba nada de lo que le estaba pasando y sabía que sus compañeras de aventuras tampoco, solo que cada una lo exteriorizaba a su manera. Maia cayendo en la apatía, en la hosquedad y en pasarse las horas jugueteando con la gema que habían encontrado. Era algo que no quería reconocer, por eso lo hacía solo cuando creía que nadie la miraba. En otras circunstancias, sería enternecedor.

Y Kasidra… Bueno, la vieja parecía mantener el buen ánimo. Seguía haciendo sus dibujos y mapas con alegría, como si habitar aquella torreta vigía del demonio fuese una mera excursión. Y eso que todavía continuaba rogando por que le devolvieran el dichoso bastón.

El arquero encontró a la cartógrafa en la terraza, arriba del todo, como era costumbre en ella, sentada en uno de sus taburetes plegables, frente a un lienzo colocado sobre una banqueta. Consultaba unos de esos cacharros suyos que el soldado no había visto en la vida. Eso contribuía a hacer del mundo un lugar aún más irreal para Wylar.

La señora estaba concentrada, lo que no le impedía sonreír, por supuesto.

—Está quedando estupendamente —dijo al notar que el arquero se le acercaba.

Wylar echó un vistazo por encima del hombro de la anciana. No entendía mucho de geografía, ni siquiera sabía leer. Tomó aire para ver si encontraba energías para iniciar una conversación relacionada con aquel mapa.

—¿Dónde estamos nosotros? —preguntó.

—Aquí —señaló Kasidra con una mano diminuta de dedos regordetes.

La piel cuarteada, morena y llena de manchas; temporales y permanentes.

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Wylar creyó encontrar el macizo montañoso en el que se hallaban, pero no entendió la disposición del resto de los elementos. ¿Estaba aquello al revés? Buscó el sello de los vientos para guiarse, pero, en su lugar, dio con un círculo extraño con cuatro flechas, cada una mirando en una dirección, que no aclaraba nada.

—¿Dónde está Ndhasis? —preguntó.

La vieja sonrió.

—¿Sabes? Hace ya tiempo que en la Universidad descubrimos otra forma más eficiente de orientarnos. Resulta que existe una energía invisible que mana de las profundidades de la tierra. Algo así como los halos que brotan de la Umbra, pero a este lado. Es una especie de campo de fuerza muy débil que se puede percibir con las herramientas adecuadas.

Señaló un artefacto redondo cuya única aguja apuntaba hacia el mismo lugar que indicaba la flecha de aquel círculo que sustituía al típico dibujo de los tres vientos.

—¿Apunta a Kalaamis, entonces?

—Casi, pero no.

Hubo unos instantes de silencio. El arquero trataba en vano de darle sentido a aquello mientras la vieja seguía dibujando. Tenía que llevar la conversación por otros derroteros si quería mantener la cordura.

—¿Y por qué un mapa? Toda la Desolación le pertenece a la Princesa.

Los sabiondos no tenéis nada que decidir aquí, tan lejos de la Factoría.

—Bueno, hay cinco ases que no opinan lo mismo.

—¿Vivos? —replicó Wylar.

Ahí estuvo rápido.

—Tal vez vivos solo cuatro —concedió la anciana con una leve sonrisa

—. Con todo, está muy discutido que la Princesa sea la dueña de su totalidad. Su poder se diluye en cuanto uno se aleja de la Torre. Tú mismo lo comprobaste cuando nos atacaron los soldados del Duque en Niño Perdido.

El arquero fue a replicar algo, pero pronto recordó que tampoco le importaba ni un poquito la política mundial. Por él podían irse todos a matarse con los Ténebres. Alzó la vista y observó aquel paraje que cada vez se le hacía más funesto. De pronto sintió un peso aplastándole los hombros. Y ya no dijo más.

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Maia terminó de lavarse y de colocarse en el pantalón el trozo de tela, muy consciente de que era el último que le quedaba. Había tenido la precaución de llevar siempre consigo apósitos de tela limpia que compraba en los pueblos. O bien eran nuevos, o bien se encargaba de lavarlos. No obstante, en el último pueblo no habían podido hacer una parada normal por culpa del incidente con Kasidra y los soldados del Duque aquel. Y en la atalaya no había nada que le sirviera para lavar la ropa. Tal vez en los alrededores, pero no en la cima de aquel peñón.

Para colmo, ese periodo venía con más sangre de la habitual. Y el vientre le dolía como si llevase dentro una bola de metal candente.

Maia estaba enfurecida, pero, sobre todo, triste. Ella, que tanto había entregado su vida a su carrera en el ejército, ahora se veía abandonada por sus superiores. Allí, tan lejos de todo. Donde nadie podía escucharla. Y quienes podían no tenían la capacidad de hacer nada por ella.

La cartógrafa era su prisionera; más que eso, su enemiga. Debía tenerla bien vigilada. Y el arquero… Su relación con Wylar era tan defectuosa como podía ser. Sabía que él no podía ser su compañero, apenas si llegaba a pasatiempo. Sin embargo, sus sentimientos decían una cosa muy contraria. Es duro cuando eres consciente de lo irracional que estás siendo.

«Cualquiera puede tener un instante de locura. Y yo estoy viviendo en la locura».

También sabía que no era el mejor momento para replantearse su vida. Ella era una mujer poderosa y positiva, que confiaba en sus propias capacidades. Valoraba el esfuerzo que había detrás de todos sus logros. No podía permitir que un mal momento arruinase todo eso.

Sin embargo, era levantar la mirada y ver aquellas paredes inhóspitas y aquellos techos inalcanzables de la atalaya y volver a hundirse en sus miserias. Últimamente, solo la gema que habían encontrado le daba algo de consuelo. Sus formas tan perfectas conseguían irradiarle paz. Era tan bonita.

«Ojalá ser esta gema. Majestuosa, imperturbable al paso del tiempo. Nada podría corromperla», se dijo sin darse cuenta de en qué momento la había sacado del zurrón y había comenzado a contemplarla.

Un viento sin nombre se colaba por entre los collados y azotaba sin piedad a quienes tuvieran la mala suerte de encontrarse por aquellos andurriales.

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Eran Maia y Kasidra, a quienes había sorprendido el vendaval muy lejos de la atalaya. En realidad, era la tercera vez que les ocurría. Pronto habían aprendido que en lo alto de la cordillera estos cambios bruscos eran de lo más común. El precio que había que pagar si querían explorar las inmediaciones. Solo les quedaba aguantar.

—¿Es este tu plan? —preguntó la anciana, que marchaba delante apoyándose con las manos. Y sin separarse de aquella aparatosa mochila.

—¿Qué te pasa ahora, vieja?

—Ponerme a pasear por estas laderas hasta que un soplo me tire montaña abajo —replicó la cartógrafa—. O a lo mejor empujarme tú misma y fingir que fue un accidente.

Por supuesto que Maia había pensado en la posibilidad de arrearle un hombrazo. De hecho, no le dolería en absoluto que esa señora impertinente y absurda terminase despeñándose. Pero, por otro lado, sabía que estaban en peligro. La guarnición de la atalaya había desaparecido en muy extrañas circunstancias. Y luego estaba esa mancha de sangre reseca. No, no podía permitirse perder a la sabionda allí arriba, donde nadie escucharía sus llamadas de auxilio. Cuantos más fueran, mejor.

—¿Es eso lo que te preocupa? —respondió la guerrera—. ¿Morir aquí arriba?

—No me importa tanto la muerte como no poder entregarle el mapa a mi preceptor en la Universidad, si te digo la verdad.

A Maia aquello le hizo gracia. O se la habría hecho si se hubiera encontrado en una mejor situación. Aquella señora y ella se parecían más de lo que habría jurado en un principio. Ambas sujetas a órdenes que no eran otra cosa que los deseos de personas que estaban por encima de ellas.

—Siempre puedes volverte a casa —replicó la guerrera.

—¿Me devolverás mi bastón?

—Ni muerta.

Siguieron avanzando. A lo lejos, la atalaya las miraba, muda y quieta, difuminándose tras las partículas que levantaba el viento.

—¡Anda! —dijo de pronto la cartógrafa señalando entre unas rocas. Como Maia no distinguía nada, echó un vistazo en la Umbra. Se

trataba de un manantial de Somnos, el halo de las celebraciones. No esperaba encontrar ninguno allí. Una fuerza tironeó de sus labios para ensancharlos y torcerlos hacia arriba.

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Kasidra sacó de la mochila un recipiente que recordaba a una calabaza y lo llenó de aquel halo.

—Creo que nos vendrá bien —dijo la cartógrafa—. Un poco de alegría de vez en cuando nunca sobra.

Maia no encontró ningún motivo para corregirla.

Tras ese alto, mantuvieron la marcha sufriendo penurias. Aún no habían investigado aquella parte de los alrededores de la torre vigía. No sabían qué esperaban encontrar. A lo mejor algún rastro de la guarnición desaparecida. O tal vez algo que les indicase qué podía haber pasado. Hasta el momento no había tenido la menor suerte.

—¡Allí! —exclamó Kasidra señalando ladera arriba.

Maia alzó la mirada. Le costó saber a qué se refería la cartógrafa. Entonces descubrió entre las paredes negras unas formas que se salían de las aristas y ángulos cerrados de la piedra de la montaña.

Parecía una puerta. Se aproximaron a ella con cuidado de no tropezar, tan rápido como pudieron. En efecto, lo era. Una mucho más grande de lo que se les había antojado en un primer momento. Estaba reforzada con partes de un metal que apenas brillaba a causa del óxido. Por dimensiones y fortificación, se podría corresponder con el portón de una fortaleza. O, tal vez, de una atalaya. Ambas mujeres se lanzaron una mirada llena de significado. Oscuro significado.

Maia se giró hacia la torre y la vio en la distancia. Desde allí era del tamaño de su dedo meñique. ¿Qué clase de fuerza podía arrastrar un objeto así de voluminoso tan lejos? ¿O tal vez lanzarlo? ¿Para qué? Si algo o alguien quiso asaltar la atalaya, le bastaba con derribar el portón, no llevárselo varias leguas de montaña más allá. No tenía ningún sentido.

—A lo mejor no es tan buena idea quedarse mucho tiempo en esa atalaya —dijo Kasidra.

Maia sabía exactamente a qué se refería la cartógrafa, solo que no quería darle la razón. Se limitó a encogerse de hombros y a acercarse un poco más al portón. Investigó un poco, lo justo para cerciorarse de que harían falta, al menos, tres personas más para transportar aquel pedazo de madera y metal. Y mucha, muchísima Furia. De pronto sintió un mal pálpito.

Se giró hacia la atalaya una vez más.

—Creo que ya hemos explorado suficiente —dijo intentando ocultar sus pésimas sensaciones.

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El silbido del viento era ensordecedor. En aquel punto de la cordillera, sus ráfagas las flagelaban desde todas las direcciones. Introducían el frío por debajo de los ropajes, aterían las partes que quedaban al descubierto, helaban el sudor. No había Furia que aliviara semejante castigo. Maia no veía llegar el momento en el que pudiera refugiarse entre los muros de la torre. Pegarse al fuego, comer algo y, tal vez, tomar algo de Somnos y olvidarse del mundo un rato. Sí, por qué no. Ya faltaba menos.

Cuando apenas quedaban unos pasos para alcanzar la abertura en la base del peñón, vieron aparecer a Wylar. Bajaba a toda prisa con el arco en una mano y la cara descompuesta.

«Mierda».

—¿Qué cojones haces aquí? —preguntó la guerrera. —Tenemos que salir de este lugar —exclamó el arquero. —¿Salir? ¿Por qué? ¿Qué ha pasado allí arriba? —Allí arriba, no —respondió Wylar—. Aquí abajo.

A la guerrera se le dibujó una interrogación en la cara. Luego se le ocurrió volverse y mirar hacia donde su compañero se dirigía. Las rocas parecían haber cobrado vida. Algo se removía de una forma leve e imprecisa. Por todas partes. Pronto aparecieron los primeros brazos. Y cabezas áridas de expresiones sin vida.

—Esfinge —dijo Wylar.

—Son Grises —dijo Kasidra.

Y ocupaban tanta extensión de terreno como ellos podían ver. Todo se había vuelto peligroso de repente. Esos cuerpos le recordaban a los abandonados. Y a aquellos seres que exterminaron en una gruta del Páramo, varios giros atrás.

—Arriba —exclamó Maia sacando el hacha.

—No, si subimos, perderemos la vía de escape —gritó Wylar. —Y si nos quedamos aquí, nos comerán. ¡Arriba!

Ambas suposiciones eran correctas. Al final se impuso el criterio de la guerrera y tomaron el túnel que ascendía por dentro del peñón. Maia se quedó la última, vigilando hacha en mano que no los alcanzaran.

Cuando llegaron arriba, sin haberse dado ningún respiro, Kasidra sacó de su mochila una esfera un tanto imperfecta. La manipuló un poco y la lanzó hacia el túnel. La bola cayó rodando y dando botes por los peldaños.

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—¿Qué es eso? —preguntó Maia con dificultad para respirar con normalidad—. ¿Qué vas a hacer?

La anciana dejó que la explosión que no tardaron en escuchar respondiera por ella. La guerrera resopló. Primero miró el humo que ascendía del túnel. Luego se quedó observando el hueco tan grande que dejaba el portón ausente.

—¿Estás loca? —exclamó Wylar—. Esa era nuestra única vía de escape. ¡No podremos escapar!

—No creo que los retenga para siempre —replicó Kasidra—. Y supongo que convenimos en que ahora necesitamos ganar algo de tiempo.

El arquero siguió sin verlo claro, pero Maia hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

«Va a estar complicado defender esto».

—Nos encontramos unos cuantos de esos de camino —dijo la guerrera

—. En una gruta en mitad del Páramo.

—No me dijisteis que encontrasteis Grises —replicó esta sorprendida. «Es que nunca habíamos visto ninguno —pensó la soldado—. Nadie

nos dijo cómo eran».

—No pareció relevante —respondió—. Eran más lentos que estos.

«Aunque uno de ellos llevaba un espadón inmenso», completó para sí.

El arquero recuperaba el aliento a la vez que la expresión de pánico. Los tres se quedaron en silencio, y eso fue más elocuente que cualquier cosa que pudiera salir de sus bocas.

—Creo que ya no os queda más remedio que devolverme mi bastón — comentó Kasidra con un tono que en absoluto se correspondía con la gravedad de la situación.

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49

La Academia, tan pobre en recursos, decoración y lujos, tan rica en rincones apartados y, según contaban, pasadizos secretos. Mirim lo había citado en el hueco sombrío que quedaba debajo de unas escaleras, justo junto al patio de los Escudos. Cualquiera que pasase por allí lo haría con prisas, nadie repararía en ellos a no ser que fuera buscándolos explícitamente.

El joven llevaba un rato esperando. Las losetas se movían a poco que él cambiase el peso de un pie al otro. El olor a humedad era tan intenso que incluso tapaba el hedor a azufre y gases que arrastraba Phasis.

Estaba nervioso. El pulso le iba acelerado y sudaba de pura anticipación. Incluso había tenido un par de amagos de saltar a la Umbra. De momento no podía traspasar el Velo a voluntad, pero en los últimos tiempos sí que se veía más capaz de controlar los saltos. Cada vez era más dueño de sí mismo en ese aspecto. Aunque, de tanto en cuanto, seguía habiendo ocasiones en las que no podía evitarlo.

Mirim llegó tarde, como acostumbraba. Lem pensaba que era una forma de dejar clara su posición dominante. Ella aparecía cuando lo creía conveniente; él esperaba.

«Eso es algo que se va a terminar», se dijo el muchacho infundiéndose ánimos.

Ella, sigilosa, se lo quedó mirando como si pudiera ver a través de la tela del hábito del muchacho. Por un momento nadie dijo nada. Podrían ser dos desconocidos que se habían encontrado allí por casualidad.

Lem mantuvo el tipo. No tenía nada que temer, al menos en principio. Pero la angustia era difícil de controlar. Acariciaba el mango de la Hoja del Destino por debajo del agamte, la mejor forma que tenía de mantener la calma. La parte negativa de esto era que lo llevaba a imaginar cómo sería rasgar el hábito de Mirim. Descubrirla. Ponerle el filo en el cuello hasta hacer que la sangre brotara.

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—¿Y bien? —preguntó ella seca.

Eso no se lo esperaba el muchacho. Lo normal era que ella llegara dando instrucciones. La única respuesta de Lem fue encogerse de hombros.

—Te dieron un mensaje para mí —insistió Mirim. «Ah, eso»—. Un mensaje muy importante, además. ¿A qué estabas esperando para transmitírmelo?

—Se me olvidó —respondió él sin evitar trabarse.

—Se te olvidó —repitió ella sin emoción—. ¿Estás jugando conmigo, Costras? ¿Dudas de que vaya a acudir a la Inquisición para denunciarte? ¿Es eso? Porque ahora mismo estoy considerando muy seriamente hacerlo.

—No lo vas a hacer —replicó Lem con una voz que podría ser más firme, pero que no estuvo del todo mal.

Mirim calló, pero él pudo notar que se debía a que la había dejado sin palabras.

—No vas a deshacerte así como así de uno de tus siervos —completó

él.

Ella soltó una carcajada.

—Idiota. ¿Tú sabes cuántos augures están en mis manos? ¿Sabes de cuántos me deshago si lo necesito? Mira lo que le pasó al estúpido de Ollë.

Ese era el nombre del último compañero de la Academia ajusticiado. Según decían, una solicitante del porvenir lo denunció, aunque ahora Mirim se estaba apuntando el tanto. Eso era algo que él no podía saber con seguridad. Por eso mismo se la jugó.

—Sé que no lo denunciaste tú —dijo con una voz que, pese a salir temblorosa, sonó bastante segura—. Hay más gente en la Academia conspirando. No eres la única ama.

Mirim tardó en contestar, y lo primero que le salió fue una de esas carcajadas secas.

—No sé qué significa eso, pero no me gusta. Estás saltándote nuestro trato. Creo que voy a tener una charla con la Inquisición.

—Te denunciaré yo también —replicó él—. No estás precisamente limpia.

—Te has vuelto muy audaz de repente, Lem. Pero, por desgracia para ti, sigues siendo muy corto de entendederas. Mis faltas no me hacen merecedora de la pena de muerte. Las tuyas, sí. Los augures no deben ver en la Umbra, ¿recuerdas?

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—¡Yo no veo en la Umbra!

Ahora sí que Mirim se carcajeó de lo lindo. Y se permitió seguir así un buen rato. Luego dio un paso hacia Lem para hablarle más de cerca.

—Pero qué idiota eres, Costras. Cómo es posible que todavía no te hayas enterado. No te creo.

«¿Enterado de qué? ¿De qué está hablando?».

Y, sin embargo, conocía la respuesta. En realidad, llevaba sabiéndolo desde hacía mucho tiempo. No podía ser de otra manera.

—Tú también ves en la Umbra —dijo el muchacho—. Todos lo hacen.

Curiosamente eso sí lo dijo de un tirón.

—Casi todos los augures pueden, según tengo entendido —completó ella—. Da igual, para el caso es lo mismo.

Luego él no era especial. Aunque eso no lo tranquilizaba en absoluto. Significaba que Uma no había sido sincera con él. Si se había callado ese detalle, ¿qué más podría haberse guardado? No siguió por ahí porque de pronto se le apareció en la cabeza la inmensa criatura que sujetaba la roca de la ciudad.

—¿Y el Arconte? —preguntó casi sin querer.

Le salió solo.

—No sé de qué me hablas —respondió Mirim—. ¿Qué Arconte? Vuelve a la conversación, Costras.

Esa vez no había ese deje de superioridad en su voz. Y era porque no sabía lo del Arconte.

«Solo yo puedo verlo. O eso o estoy volviéndome loco».

El muchacho se sintió desorientado. Nunca antes había deseado tanto salir de allí, dejar atrás ese edificio infecto para siempre.

—¿Por qué me cuentas esto? —preguntó Lem con las manos en la cabeza, apretándose el cráneo por encima del agamte—. Te puedo denunciar.

Mirim volvió a reír. Estaba disfrutando de cada instante de aquella conversación.

—No te enteras. Da igual que te acusen o no. Lo único que cuenta es que ya has sufrido un proceso y ese es el límite máximo. Estás en el punto de mira. Los inquisidores están deseando tener un motivo para echarse sobre ti porque consideran un fracaso no haberte desollado ya. Eso es lo que te convierte a ti en un siervo perfecto. Y a mí en alguien a quien no puedes amenazar.

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—Pero si te denuncio entonces tú también estarás en el punto de mira.

No te arriesgarás a eso.

—¿Una denuncia por parte de un condenado? No me hagas reír. No te escucharán. Te sacarán la piel a tiras y yo seguiré mi camino tan tranquila. De hecho, es justo lo que va a pasar.

Y dio un paso a un lado para salir de aquel hueco. Lem se lo impidió poniéndose por medio. Tenía la mente nublada por aquella tormenta de información. Cada vez que creía saber algo acababa siendo consciente de su ignorancia. De lo mucho que se equivocaba.

—¿Vas a usar la fuerza contra mí? —dijo ella desafiante al ver que no la dejaba pasar—. Atrévete.

—No —repuso él—. No he terminado aún.

—Ah, ¿no? ¿De verdad piensas que tienes algo que pueda interesarme?

El muchacho tragó saliva.

—El objetivo de esta reunión es que piensas robar un cargamento de armas —soltó Lem.

Mirim se detuvo. Eso sí que no se lo esperaba. Pero no tardó en recomponerse; era así de odiosa.

—No sé de qué estás hablando —contestó.

—Venga ya —replicó él con esfuerzo.

Ella mantuvo en apariencia el tipo, aunque bajo el agamte podría estar pasando cualquier cosa. Ahora sí que Lem la había sorprendido.

—¿Para quién trabajas? —terminó preguntando la joven. Lem se quedó boquiabierto. No encontró una respuesta para aquello. Tal vez por eso, dio pie a que ella siguiera hablando—: Primero lo de la Umbra, ahora esto. Hay alguien informándote. ¿Quién es?

—A ti eso no te importa.

—Es Uma, ¿verdad? —supuso Mirim.

—No.

—Sí, es ella. Quién si no. Es la única que está siempre a tu lado. — Soltó una nueva risotada seca y sin pizca de gracia—. Últimamente me la encuentro por todos sitios.

—¿Qué? ¿A qué te refieres?

La sonrisa que ahora salió de su hábito sí sonó más sincera.

—No me digas que no te has dado cuenta. Bueno, no contestes, ya sé que no porque eres así de cortito.

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—¡Dime de qué estás hablando!

—Uma. Ella es mi rival. Está haciéndose con el control de otros augures menores como tú.

«Augures menores».

—A mí no me controla —tartamudeó Lem.

—¡Ja! Te tiene ahí para lo que ella desea. Lo que pasa es que no te das cuenta. Estás en sus redes. De hecho, seguro que conoce tus secretos más ocultos. —«Esto no me está gustando nada»—. Te utiliza tanto o más que yo. Y se deshará de ti en cuanto tenga oportunidad.

No podía ser. Aunque tenía sentido. No, Mirim lo estaba manipulando.

Se había visto acorralada y recurría a sus malas artes. Eso era todo.

—Mientes —dijo Lem con mucho esfuerzo.

—Pobre, pobre Costras —dijo Mirim modulando la voz—. Has sido un monigote todo este tiempo y no te has dado ni cuenta.

—No.

—Y ahora te utiliza para acabar conmigo. Seguro que planea usarte como parapeto cuando se descubra lo del robo de las armas. Se librará de ti ahora que va a ser augur en el palacio del cardenal. —«Un momento. ¿Qué?»—. Ah, claro, no te lo ha dicho, por supuesto. Se lo tenía bien callado. Pues sí, Lem, ella usó sus propios contactos para hacerse con ese puesto. Se me adelantó y tal vez no lo habría hecho si tú hubieras cumplido con tu parte y me hubieras avisado.

«Pero fui yo quien decidió no contarte nada —pensó—. Ella no me dijo nada al respecto. O tal vez me metió ideas así en la cabeza. No lo sé, no tiene sentido».

—Veo que empiezas a entender la verdad —siguió diciendo Mirim—.

Ahora sí que voy a ir a denunciarte. Eres un peligro.

«No. No puede ser».

Se vio en una plaza subido a una tarima.

«Cuanto más quiero salir de aquí, más profundo me meto».

Se imaginó a Uma cambiando su actitud de repente, urdiendo planes a sus espaldas, riéndose de él. Era tan retorcido.

«Necesito salir».

Mirim ya abandonaba aquel rincón bajo la escalera.

—Puedo entregártela —dijo él. Y no hubo titubeo esa vez.

Ella se detuvo. Se giró despacio hacia él, aunque no dijo nada. Lo estaba invitando a seguir.

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—Le daré información falsa. La que tú me digas que le dé. Si eres un poco hábil, podrás usar en su contra el complot que había tramado contra ti por las armas esas.

Mirim calló. Aquello la complacía. Y la hacía pensar.

—¿Harás eso a cambio de que no te denuncie?

«Me denunciarás de todos modos».

—Quiero mi libertad —dijo Lem.

—Hecho —respondió ella, a lo mejor un poco más veloz de la cuenta.

—No me refiero a dejar de ser tu siervo —tartamudeó el muchacho—.

Quiero la vacante de augur del cardenal.

—Imposible. Yo no tengo ese poder.

—Sí lo tienes. Por eso querían informarte del rumor a ti antes que a nadie. Te vas a quitar a Uma de en medio, ¿no? Pues habla con el maestro encargado de eso, con el tutor que tengas a sueldo, lo que sea. Quiero que me lo den a mí.

De nuevo silencio tras la tela del hábito. —¿Y me entregarás a esa cucaracha de Uma?

Lem tomó aire. Mal momento para acordarse de los mejores instantes compartidos con la única persona que lo había tratado con algo de humanidad en su vida. No obstante, había sido por interés; para aprovecharse de él, para manipularlo. Al fin y al cabo, era lo que todos hacían allí.

«Y tienes que pensar en ti —se dijo. Cuando hablaba para sí, la voz nunca titubeaba—. Tienes que salir de aquí».

—Te lo juro por todos los nombres prohibidos.

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—No deberías estar aquí, Nyx —dijo Sólomon con gravedad al ver a su discípula en la sala de la Verdad. «Vaya, parece que he conseguido enfadar al viejo»—. Esto no es ningún juego, chiquilla. Podrían haberte seguido. No hemos recorrido todo este camino para mandarlo al garete en el último momento.

Pero la joven era impermeable a aquella reprimenda. Por primera vez desde que tenía recuerdos, se sentía de verdad invencible. Allí de pie, recién materializada en las sombras de un rincón. Recubierta de sangre y pedacitos de Naaga. De hecho, era la enorme cabezota cornuda de su expatrona lo que llevaba colgando de una mano como si fuera un canasto.

—Naaga —exclamó Sólomon olvidando por un momento su enfado inicial—. Veo que finalmente habéis solucionado vuestras diferencias.

«Uy, ya te digo».

Nyx salió de las tinieblas como quien se despoja de un manto negro especialmente largo. Sonreía. El capellán no compartía con ella tanta satisfacción, pero también terminó sonriendo.

—¿Contenta? —La caminante dejó que fuera la expresión de su rostro quien contestara por ella—. No sabes cuánto me alegro. —«Tú sí que no lo sabes»—. ¿Y bien? ¿No hay nada más que desees compartir conmigo?

—No puedo usar todos los halos —contestó la muchacha. Su voz salió limpia y clara.

Sólomon soltó una carcajada metálica que espantó por un momento las polillas que revoloteaban alrededor de su máscara.

—¿Acabas de convertirte en una poderosa guerrera y lo que haces es quejarte? Demonio de muchacha, ten paciencia.

El capellán siguió riendo complacido. Ahora sí que se le había pasado el enfado. De hecho, el triunfo de Nyx también lo consideraba como suyo. Eso no terminaba de agradar a la caminante. Lo veía falso. Y, pese a todo,

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se quedó con un gesto de conformidad. Porque en realidad estaba exultante de felicidad.

—¿Qué vas a hacer con el recuerdo que te has traído de tu antiguo hogar? —preguntó el capellán.

Se refería a la cabeza de Naaga. La caminante se encogió de hombros. —Sé lo que guardas ahí dentro —añadió Sólomon. «Claro, eres muy listo»—. Es una forma muy ingeniosa de transportar tu cristal personal sin sufrir su maldición. Sin embargo, no es demasiado práctico, corrígeme si

me equivoco.

«Me matas cuando te pones tan chistoso, viejo de mierda».

En efecto, la caminante había encontrado ahí la única forma de llevarse su cristal sin que le quemase ni le resultase tan sumamente pesado. Aunque, con todo, seguía notando parte de sus efectos nocivos. Solo la cercanía ya bastaba, y eso era un problema. Porque de nada le servía haberse librado de su dueña si no podía proteger aquel trozo de mineral que encarnaba su libertad. Seguía siendo una esclava a la espera de que un nuevo amo agarrase su correa.

—Hagas lo que hagas te hará daño —dijo Sólomon como si pudiera leerle la mente.

Nyx apretó los dedos que sujetaban la cabeza de Naaga. Como todavía estaba bajo los efectos de la Furia, los clavó en el cráneo como si en lugar de hueso fuera barro reseco. Estaba sudando, y no se debía a que sintiera calor, sino a la cercanía del maldito cristal.

—Tiene que haber una forma —dijo ella apretando los dientes.

Sólomon volvió a sonreír.

—Hay una: que un maestro orfebre lo pula y lo convierta en una gema. Eso no contentó a la joven. Bajó la mirada y se llevó la mano derecha al colgante que pendía de su pecho. Se quedó contemplando la piedra

preciosa donde había encerrado al Profundo; de donde nacía su poder. Tan delicada, tan única.

—En efecto —dijo el clérigo—. El cristal es la materia prima. La gema es el producto acabado.

—¿Y esta? —preguntó Nyx despacio mirando a su colgante—. ¿Contuvo la esencia de alguien?

—Puede que en algún momento —respondió el anciano—. Pero ahora solo contiene al Profundo que atrapaste.

Nyx levantó una ceja.

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—Ahora el Profundo es mi esclavo —comentó ella como para sí. —Así es —anunció el clérigo—. ¿Te causa eso algún problema?

La caminante calculaba las implicaciones de tener un ser allí encerrado y a su servicio. Precisamente ella, que anhelaba la libertad por encima de todo. Y precisamente al Profundo, que era un ser tan maravilloso que merecía vivir sin ataduras. No obstante, si aquella joya podía ayudarla a conseguir sus objetivos, aquellos inconvenientes se volvían superfluos. Revisó en su interior y no encontró ni pizca de culpa.

—¿Cómo consigo que mi cristal se convierta en una gema? —preguntó de sopetón.

—No es tan fácil —contestó Sólomon—. Como ya te he comentado, para pulir los cristales se requiere un maestro orfebre… con ciertos conocimientos especiales.

Por su tono de voz, Nyx supo que el capellán se refería a algo ilegal.

—¿Hace falta un brujo?

«Esfinge».

—No exactamente. Es cierto que algunos hechiceros se especializan en conjurar objetos, pero también hay artesanos que consiguen dominar la Transmutación. Es un largo proceso muy difícil de explicar. Y más todavía de aplicar.

Hubo unos instantes de silencio. Dejaron que el silbido de Ndhasis se colara por la rendija de la ventana y ganase protagonismo en la sala.

—Pero te repito que no debes preocuparte, muchacha. Con tus nuevas habilidades y mi guía podremos localizar a alguien adecuado para trabajar tu cristal y que seas al fin libre. —«Libre»—. ¿Te gustaría?

«Ya conoces la respuesta, gilipollas».

Ambos sabían que ese era su punto débil. Más ahora que, de una vez por todas, se había librado del yugo de la que había sido su propietaria.

—Bien, mientras llega ese momento, puedes dejar tu cristal en el santuario. Aquí estará más seguro que en ninguna otra parte.

—Antes muerta —replicó ella cáustica.

El anciano encajó aquel comentario con flema.

—Si lo escondes en un sitio cualquiera, es posible que termines muerta. O tal vez esclava de otra persona, lo que no sé si será peor.

—Encontraré a esa persona y le daré su merecido —espetó la muchacha zarandeando la cabeza de Naaga.

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—Sí, seguro que lo harás. Pero, dime, ¿qué pasará si ese alguien es consciente de tu potencial y convierte tu cristal en una gema antes que tú?

Nyx arrugó la nariz.

—¿Quién iba a hacer eso?

—No sabes la cantidad de brujos que pueblan el mundo, Nyx. Todos ellos ansiosos de más poder. Y esclavizar a una caminante que puede usar los halos como una hija del Audaz es algo demasiado apetitoso.

El capellán sabía dónde hacerle daño. La joven aguantó el golpe con entereza, pese a todo. La sonrisa, eso sí, se le había borrado del rostro hacía rato. No le había durado demasiado el regocijo que traía de su visita a Naaga.

—Está bien, no lo dejes aquí —terminó concediendo Sólomon—. Haz con él lo que quieras. Solo te digo que tengas mucho cuidado con dónde lo escondes. Con que me asegures que pones tu cristal en el lugar más inexpugnable posible, ya no quiero saber más de este asunto.

—¿Dónde puedo encontrar a un orfebre de esos? —preguntó con fastidio la joven.

—Es algo que llevará tiempo, pero te doy mi palabra de que te ayudaré a conseguirlo. Entretanto, acabemos con la misión. Ya solo nos queda una última parte.

Nyx se lo pensó un instante. En realidad, al regresar al templo su primera intención era decirle al capellán que se olvidase de ella para siempre; largarse de allí y no permitir que nadie volviera a decirle jamás lo que tenía que hacer. Sin embargo, lo del cristal era un inconveniente con el que no contaba. Algo que amenazaba su ansiada liberación. Además, la sociedad con el anciano hasta el momento venía resultando harto provechosa. ¡Y podía canalizar halos! De modo que, con algo de rabia, decidió que lo mejor sería seguir adelante con el plan del capellán. Luego ya vería.

Cruzó los brazos sobre el pecho y, de nuevo, echó una mirada de desafío a la máscara de Sólomon.

—Muy bien, Nyx, haces lo correcto. Buena chica.

«Que te arrastre la Oleada, viejo de mierda».

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IV

El palacio del cardenal

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51

No habían pasado ni dos giros de la conversación con Mirim y Lem ya estaba fuera de la Academia. Todo había pasado muy deprisa, tanto que el augur se temía que todo aquello no fuera más que un sueño. Pero no, sentía la calle muy real. Kalaamis le presionaba la tela de su hábito contra el cuerpo. Olía a gases ponzoñosos y a libertad.

Marchaba escoltado por dos acólitos. Uno y otro llevaban grabada en esas telas roñosas que eran sus uniformes la insignia del cardenal Heberio, el señor espiritual del Páramo. Una de las figuras más importantes de toda la Desolación. Su nuevo señor.

Lem no supo qué resortes activó Mirim para obrar todo aquello de una forma tan eficiente. Solo que al giro siguiente de su conversación ya se había entrevistado con un capellán enviado por el cardenal. Y que muy poco después estaba recogiendo sus escasas propiedades para marcharse.

Con Uma todo fue aún más vertiginoso. Mirim le tendió una trampa especialmente cruel. Cuando Uma creía que iba a destapar los planes de Mirim, esta hizo que la descubrieran junto con el cargamento de armas, como si ella acabase de robar todo ese metal. La encerraron de inmediato junto con los dos parias que la acompañaban. Luego bastó con un chivatazo anónimo a la Inquisición para que hallaran hasta cinco libros que hablaban de la Umbra escondidos debajo de su jergón y marcados en capítulos seleccionados que trataban de los halos y de cómo usar el poder del don.

La denuncia de herejía llegó desde varios miembros de la Academia. De Mirim, de otros dos augures que estaban bajo su influencia y del propio Lem. Era parte del trato. Eso y sacar de la biblioteca los libros mencionados. Subrayar los fragmentos que él había leído previamente. Esconderlos sin que nadie se diera cuenta.

Se la llevaron. Mientras la arrastraban, iba chillando nombres de traidores y herejes. Salió, por supuesto, el de Lem. Uma era una mujer

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inteligente, no necesitó que le explicasen que había sido él quien la había traicionado. Pero dio igual. Nadie escucha a los herejes. De sus delirios puede salir cualquier cosa; todo el mundo lo sabe.

Aunque lo que de verdad pensaba Lem era que, si en la Inquisición empezaban a escuchar los nombres que salían de la boca de los condenados, la Academia se quedaría vacía.

El porvenir, aquella cosa informe que no existía pero que ellos aseguraban conocer, le guardaba todavía una sorpresa al muchacho. De camino al que sería su nuevo hogar, pasaron por una plaza donde iba a tener lugar un ajusticiamiento. Allí, sobre la tarima, cuatro inquisidores fornidos y de brazos gruesos y peludos amarraban a una hereje a la picota.

Ella, sucia, despeinada y desesperada, lloraba, se lamentaba, cuando no chillaba directamente. En realidad, no tenía control sobre nada de lo que estaba ocurriendo allí arriba. Solo la inquietud del público impedía que se escuchase mejor la voz de la condenada.

Una vez inmovilizada, comenzaron a cortarle el cabello. A esquilarla, más bien, ya que esos cuchillos estaban hechos para tareas más gruesas. Los inquisidores seguían insensibles a los llantos y los ruegos de la condenada. Qué piedad iban a tener ellos, cuando ese era justo su cometido.

Lem se removió en el sitio. Se preguntaba por qué tardaban tanto en avanzar. No había caído en que ya no iba en la fila de augures salidos de la Academia, ya no había motivo para que le abrieran paso. Ahora, junto a aquellos dos acólitos, apenas era uno más entre la muchedumbre. Y esta se agolpaba en especial en aquel punto. Porque quería asistir al tormento, a pesar de que del cielo caía una ceniza oscura como el corazón de un Ténebre.

Sobre el escenario hizo su aparición un cuchillo curvo enorme, casi una espada. Recordaba a la Hoja del Destino, solo que estaba hecho de un metal blanco resplandeciente que iluminaba y creaba sombras por igual. El formidable filo no encontró dificultades para rajar la tela que cubría a la rea. Aquello no era un hábito de augur, sino un trapo sucio cuya única función era taparla hasta que pudieran dejarla desnuda. Pero daba lo mismo; Lem sabía que esa mujer era una de sus hermanas. Y no porque le hubiera visto alguna vez la cara, eso era imposible en la Academia, sino porque se lo decía algo en su interior.

Peor aún; su instinto le decía que aquella era Uma.

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«No, no puede ser. Es demasiado pronto para que sea su martirio».

¿O tal vez no lo era? Daba igual, para su voz interna aquella era Uma. Y él iba a presenciar qué destino le esperaba. Cuál había sido la consecuencia de su traición.

La piel de la mujer, ya de por sí oscura, estaba señalada con infinidad de heridas frescas, algunas de ellas todavía sangrantes. Lem sintió de repente vergüenza al ver su desnudez. Incomodidad, también; y repulsión. Como si se estuviese contemplando a sí mismo humillado. Quiso apartar la mirada. Y lo hizo varias veces. Solo que siempre la terminaba devolviendo a aquel estrado.

Lem estaba empezando a resonar con la vibración que salía de aquella pobre desgraciada. Se sintió morir cuando los gritos rajaron la plaza. Se le introdujeron en la cabeza y ya no volvieron a salir. Los tenía vibrando en la columna, en la médula de cada uno de sus huesos. Y con ellos chillaba él también. Solo que nadie más podía oírlo.

—Empieza lo bueno —dijo de cerca una boca llena de caries.

—Van a empezar por los brazos y luego seguirán por las piernas — comentó otra voz.

—Así durará más —celebró alguno más allá.

El joven no lo pudo aguantar más y saltó a la Umbra. Fortuitamente, como de costumbre. Por desgracia para él, eso solo consiguió empeorarlo todo. El soplo de Kalaamis era allí un pitido ensordecedor. El júbilo del público, un estruendo afilado como el cuchillo de un carnicero. Y las caras, esos horribles rostros blancos y negros, brillantes como si estuvieran lacadas, pulidas, llenas de pinchos y expresiones desquiciadas.

Lem trató de revolverse. Pero no podía dejar salir todo lo que llevaba dentro. Tenía que mantener la compostura para no llamar la atención de los dos acólitos que lo escoltaban. No convenía parecer demasiado excéntrico ante aquellos tipos.

Tomó aire y pugnó por controlar la respiración. Eso siempre funcionaba. Luego desvió la vista tanto como pudo. Y, a lo lejos, por encima de los tejados, vio asomarse al Arconte. Brillaba con su fulgor particular salido del mundo de las pesadillas. Tenía varias oncenas de sus ojos clavados en aquella plaza. Los miraba a él y al escenario. Sabía lo que estaba pasando, Lem podía sentirlo. Y, para su mayor sorpresa, desde la criatura le llegó comprensión y algo muy semejante a la calidez.

«Se me está yendo la cabeza».

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Regresó a este lado del Velo y los aullidos de la condenada, envueltos entre los vítores del público, le dieron la bienvenida. Lo siguió el sentimiento de culpa, que era más intenso conforme avanzaba el suplicio. Porque si en esa ciudad existiese algo parecido a la justicia, sería él quien estaría dando alaridos para mayor deleite de la concurrencia. Debería ser su sangre la que se derramase negra sobre las tablas de aquel escenario. Y no era así.

Sin embargo, lo que terminó de descolocarlo fue el siguiente sentimiento que lo inundó. Porque notaba alivio, después de todo. La culpa lo estaba matando, pero bajo las capas de vergüenza, en el fondo, estaba satisfecho de ser él el que se hallaba abajo entre el público y no arriba entre los verdugos. Porque le daba pánico el dolor. Y porque quería vivir. Tal vez se odiaba por que eso le hubiese costado la vida a alguien a quien había llegado a apreciar. Pero se detestaba vivo y con la piel pegada al cuerpo.

—Es impresionante todo lo que puede llegar a aguantar una hereje, ¿verdad? —dijo una voz mezquina a su lado.

—Fíjate bien, fíjate —dijo otro.

Los chillidos arreciaban. El viento los azotaba.

Y Lem no quiso mirar. Pero lo hizo.

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En condiciones normales, saltar en la Umbra podía ser como tres o cuatro veces más potente que a este lado del Velo. Ahora, alimentada con Furia, ese mismo salto podía ser nueve u once veces superior. Con Gracia, además, la caída era siempre suave, fluida, y dejaba a la caminante en disposición de seguir realizando cualquier otra combinación de movimientos. Lo mismo ocurría con sus carreras, desplazamientos y otras respuestas por parte de su cuerpo. Era asombroso. Y lo mejor de todo: no paraba de mejorar con cada giro que pasaba entrenando.

A este lado del Velo, si bien sus poderes no se habían desarrollado a tal extremo, también se incrementaban. De momento solo había tenido la oportunidad de ponerlos en práctica contra Naaga, a quien había vencido con mucha más facilidad de la que esperaba. Aquello había sido un dulce aperitivo.

Sin embargo, la frustraba no ser capaz de sacarle todo el jugo a su poder. Había halos que seguía sin ser capaz de absorber. Y de usar sus poderes mejor ni hablar. Sólomon le había dicho que llegaría el momento en el que nada se le escaparía, pero debía tener paciencia. Eso se refería, sobre todo, a la Savia, de la cual conocía toda la teoría, pero, no obstante, le era del todo ignota. Somnos, por su parte, no tenía aplicación posible. Solo causaba un efecto agradable, una curiosa sensación de modorra que, por algún motivo, desataba una risa boba. Y si se consumía en exceso, llegaba a marear de una forma muy similar al licor de larva. Era tan interesante como divertido, pero la joven desperdiciaba todos los entrenamientos en los que lo probaba. Y después de ellos, siempre terminaba postrada en la cama con resaca.

Con respecto a Esfinge, el más escurridizo de los halos, tampoco había avanzado nada. Era casi imposible de encontrar y, cuando creía ver una mancha de este, el halo insistía en retirarse cuando ella acercaba la mano. Ni recurriendo a toda su velocidad había conseguido absorber una gota. En

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teoría, y siguiendo las promesas del capellán, también llegaría el momento en que podría usarlo, algo que no veía cercano. Aunque tampoco sabía si quería adentrarse en su estudio, ya que significaría tomar las sendas de la brujería y la Transmutación. Y eso no complacía a los dioses.

Por el momento se conformaba con convertirse en una guerrera imbatible. Un rival al que más convenía evitar. Ese era el motivo por el que estaba deseando comprobar hasta dónde podían llevarla sus nuevas habilidades en combate. Si no las había probado aún —aparte de con la malograda Naaga—, se debía a que el clérigo le había pedido que mantuviese la discreción. No le convenía buscarse problemas con la guardia del Duque ahora que estaban tan cerca de conseguir su objetivo.

No obstante, ante la insistencia de Nyx, Sólomon consintió que ella se pusiera a prueba en un entrenamiento en el claustro del santuario. Ella con las manos desnudas contra cuatro acólitos armados con sus bastones. Algo que en otro tiempo habría terminado en un linchamiento asegurado.

—Tienes que limitarte solo a esquivar —dijo Sólomon—. Si alguno de ellos te toca, has perdido. No puedes golpearlos. No lo olvides.

«No lo olvides», se burló ella para sus adentros.

El capellán hizo una señal y el primer acólito se adelantó. Realizó un par de movimientos con el bastón como advirtiendo lo diestro que era, lo rápido y lo dañino que podía llegar a ser. La caminante, que acababa de surtirse de Gracia y Furia, fue a su encuentro con ambos brazos pegados al cuerpo. Aguardó la primera acometida y, al ver que con un leve paso atrás podía esquivarlo, fue consciente de lo fácil que resultaría ese ejercicio.

Completó con éxito un par de fintas más y, con solo dar un par de saltos laterales, se colocó a la espalda de su adversario. La joven le propinó una patada en el trasero sin más intención que hacerlo trastabillar, pero lo hizo con más fuerza de la cuenta y terminó con el acólito rodando por el suelo a muchos codos de distancia.

«Esto es tan sencillo que casi no tiene gracia. Casi».

—Nada de golpes —recordó el anciano a la vez que con ambas manos indicaba a otros dos que fueran a por ella.

La muchacha, esa vez sí, se puso en guardia. Tenía que controlar a dos oponentes que se afanaban por rodearla. No podía estar en ambos sitios a la vez. Sin embargo, sí que podía fintar y moverse hacia los lados, convertirse en un blanco incómodo, hacerlos cambiar continuamente de

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posición, amenazarlos, darles la sensación de que en cualquier momento podría llegar el puñetazo que les aplastase la nariz.

Hubo varios amagos antes de que llegase el primer ataque por parte de uno de sus rivales. Nyx lo esquivó con facilidad, pero para librarse del siguiente —justo después— necesitó de toda su destreza. En esos casos, la Gracia era ideal. Aumentaba sobremanera la habilidad y el equilibrio.

Entonces volvieron a rodearla y el baile comenzó de nuevo. Más ataques y más fintas. La mantenían en guardia y en movimiento, pero fallaban por mucho en su objetivo de alcanzarla. Pronto fue evidente que, de nuevo, solo la casualidad podría hacer que la rozasen. Sólomon reaccionó dando entrada a un tercer acólito. Esto obligó a la joven a correr, a utilizar la totalidad del cuadrilátero que era el patio. Ya huía más que esquivaba. Y seguía siendo inalcanzable. Su sonrisa era la prueba de quién estaba triunfando en aquel juego.

El capellán hizo otro gesto y el último de sus esbirros, aquel que ya había sido derrotado al principio, se incorporó al ejercicio. Ni así lograron tocarla. Más bien solo consiguieron estorbarse entre ellos, chocarse para comprobar que, de alguna forma inverosímil, ella ya no estaba en el lugar al que habían acudido para golpearla.

—Desármalos —le dijo de pronto el anciano.

A la caminante se le iluminó la cara. El acólito que tenía justo enfrente se lo tomó como una burla y cargó contra ella. Cuál no fue su sorpresa al ver que ella detenía con una sola mano el bastón con el que la atacaba con todas sus fuerzas; una garra tan firme como un cepo. Acto seguido, la joven dio un tirón y el clérigo, pegado al arma, salió disparado en esa misma dirección. Arrastrado por la inercia, se vio obligado a soltarse para aterrizar de la forma menos aparatosa posible muchos pasos más allá.

El siguiente atacante vio una oportunidad. Lanzó un golpe en abanico con destino a la cabeza de Nyx. Pero apenas si realizó la mitad de su recorrido, ya que fue contrarrestado por el bastón que ahora sujetaba la muchacha. Ese giro fue el movimiento más vertiginoso que cualquiera de ellos había presenciado jamás. El porrazo fue tan repentino y violento que el bastón del atacante salió despedido y fue a hacerse añicos contra una columna. La joven miraba a su rival, ahora desarmado, mostrándole todos los dientes en un gesto depredador. No fue de extrañar que el acólito no tardara en salir huyendo.

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Nyx se sentía vigorosa, plena, más viva que nunca. Había roto a sudar, pero tenía la sensación de poder seguir y seguir hasta que las nubes del cielo terminaran por desplomarse sobre sus cabezas.

Mientras, los dos acólitos restantes se miraron entre sí. Habían perdido de repente el ánimo. Así, desinflados, con las armas caídas, se dirigieron mudos hacia el capellán, esperando una señal por su parte. No supieron si este se encontraba complacido o decepcionado. Solo se limitaba a reír a mandíbula batiente. Como un demente en sus últimos momentos.

Estaban reunidos en la que habían bautizado como «sala de la percepción», aquella donde habían pasado tantas horas investigando en la Umbra. Sólomon sentado en su sillón de anciano importante, Nyx en pie, orgullosa, segura como nunca, llena de sí misma.

—Ha llegado el momento que estábamos esperando. —«Por fin»—. Ya te veo lo bastante preparada para iniciar esta misión. Escúchame bien: partirás al Foso, la capital religiosa de la Desolación.

Eso pilló desprevenida a Nyx. Ella siempre había creído que el capellán estaba confabulando contra el Duque. Pero no, sus miras estaban puestas mucho más lejos. ¿En un objetivo, tal vez, mucho mayor? La caminante descruzó los brazos y arqueó una ceja.

—Allí vive el Patriarca, luz y guía del Culto de la Palabra y señor de la Verdad. Pero tu objetivo no es él. Me temo que ni siquiera una asesina como tú podría acercarse a su fortaleza. En cambio, sí que podrás infiltrarte en el palacio de Heberio, el cardenal del Páramo. Mi superior directo.

—¿Quieres que me lo cargue? —preguntó ella casi eufórica.

Quedaban restos de Furia en su interior.

—No, tu misión es menos impía. ¿Recuerdas que te hablé de una gema especial? ¿Una distinta al resto? ¿Más grande y brillante? —«La verdad es que no». La joven se encogió de hombros—. Bueno, da lo mismo. Resulta que he recibido informaciones que llevan a pensar que está en posesión del cardenal Heberio.

—Y quieres que se la robe —dijo ella, como si en lugar de una frase hubiera soltado una cuchillada.

—Si él la tiene, sí —contestó el clérigo manteniendo la compostura—. Y aunque no sea el caso, quiero que me traigas mi cristal. —«¿Tu

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qué?»—. Heberio, como superior mío, es el guardián de mi propio cristal.

Nyx bufó con burla.

«Ah, ya entiendo».

—Es tu amo —soltó.

—Ríete lo que quieras, muchacha insolente, pero así funciona el mundo.

«Al final todos queremos lo mismo».

—Quieres ganarte tu libertad —dijo la joven.

—Es bastante más complejo que eso. Pero sí, podría considerarse así. —Y si lo consigo harás que mi cristal se convierta en una gema —dijo

ella dejando que se notase en su voz lo poco convencida que estaba.

—De hecho, ya he empezado a trabajar en ello —respondió Sólomon

—. Y como prueba de que sé de lo que hablo, te dejo este detalle: el mío no es un cristal cualquiera, sino una gema.

Eso sí que sorprendió a la caminante. No le garantizaba que fuera a conseguirle su gema de por sí, pero saber que el capellán era uno de los afortunados que habían logrado transformar su cristal personal le daba alguna garantía.

—Como es natural, en su palacio se encuentran los cristales y las gemas de todos sus sirvientes, así que para localizar el mío tendrás que ganar la capacidad de identificarlo. No me mires con esa cara, te enseñaré a hacerlo. Pon una mano en mi máscara. —La joven obedeció, no sin reparo. Aquello era muy extraño. Nunca antes había tocado aquel metal. Al hacerlo, lo notó sorprendentemente cálido—. Ahora cierra los ojos. Entra en la Umbra. Y déjate llevar.

Nada más traspasar el Velo, Nyx notó un potente tirón. Ella seguía allí, de pie en la sala de la percepción, pero había iniciado un viaje vertiginoso. Sintió los pies separarse del suelo y volar a una velocidad fuera de lo posible. Tardó nada en llegar a una ciudad muy extraña. Era un agujero que formaba un embudo perfecto. Y suspendida en el aire, se hallaba una roca enorme. Era como si se tratase del tapón de un desagüe que, por algún motivo, flotaba como si fuera una nube.

El vuelo la llevó a un palacio rodeado de construcciones pequeñas y pobres, abarrotadas. Pero el palacio en sí era un edificio magnífico. No tuvo oportunidad de averiguar mucho más de este, ya que pronto, en algún lugar en sus entrañas, se detuvo frente a un muestrario. Todo en blanco, la clara oscuridad de la Umbra. Y allí, entre otras gemas y cristales, uno

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deslumbraba y emitía una radiación imperceptible para el todo mundo menos para ella. Algo demasiado raro.

Entonces la caminante volvió a sentir el tirón que la sacaba de allí. Abrió los ojos y separó la mano del metal. La palma y los dedos le hormigueaban. Su mente estaba algo aturdida; por un momento no supo dónde se encontraba. Aunque sí sabía que no debía mostrar debilidad.

—Bien, viejo, ya lo tengo —dijo—. Pero no he visto la gema gorda.

Esa que es tan especial.

Sólomon carraspeó detrás de la máscara.

—Es que no sé cómo es. Nunca nadie la ha visto.

—Vamos, que igual ni existe.

—Sí existe, puedo sentirlo. Solo que no me es posible localizarla. Podría estar en el palacio del cardenal Heberio o…

—O tirada en mitad del Páramo, ya veo —lo interrumpió ella. El capellán no añadió más. Por primera vez desde que Nyx lo conocía, pareció haberse quedado sin recursos para continuar con la conversación —. ¿Y cómo quieres que la reconozca si ni siquiera tú sabes cómo es?

—Ah, cuando la tengas en las manos no podrás separar la vista de ella —respondió el anciano, regresado de nuevo a la vida—. Créeme que la reconocerás.

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Habían pasado varios giros y Lem no terminaba de acostumbrarse a su nueva situación. Para alguien que solo había conocido las estrecheces de la Academia, aquello era un lujo que rozaba lo obsceno. Tenía su propia habitación. Reducida y sin apenas nada en su interior salvo un catre, una mesita, una silla y un arcón, pero suya al fin y al cabo. Incluso en una pared tenía una balda donde podía colocar sus propios libros. A lo mejor había llegado el momento de superar las ganas de quemarlos todos.

Como ya no tenía compañeros con los que compartir espacio que lo despertasen de mala manera al llegar su turno, Lem había descubierto los placeres de dormir a pierna suelta. Y sin agamte ni nada que le cubriera la cara. De hecho, podía pasar el tiempo en que le permitían estar solo sin hábitos ni telas que lo tapasen.

Seguía, eso sí, obligado a cumplir con unos horarios, pero estos eran menos rigurosos. Además, Örla, la ama de llaves encargada de despertarlo, era estricta pero mucho más amable que cualquier profesor o tutor de la Academia. Lem pensaba que se debía a que lo temía y a que no quería tenerlo cerca mucho rato.

«Bueno, tanto mejor».

El interior del palacio era diáfano, una construcción recia con materiales caros y bien trabajados. Por sus pasillos no se agolpaba nadie, y eso que Lem calculaba que, entre clérigos, acólitos y sirvientes, allí vivían más de cincuenta personas. El silencio era la norma. Tal vez demasiado. Eso invitaba a no levantar la voz, a no hacer ningún ruido más que el imprescindible. Como si siempre corriesen el riesgo de despertar a una bestia en letargo.

Las comidas no eran copiosas, aunque sí de mejor calidad que las de la Academia, algo que tampoco resultaba demasiado complicado. Aquí tenía acceso frecuente a pan, y los platos invitaban a ser rebañados.

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Con respecto al trabajo, el muchacho también había experimentado una mejora notable. Antes tenía que dedicar una porción importante de cada giro a visitar a cantidades ingentes de personas de toda condición. Ahora solo leía el porvenir de los integrantes del palacio. Y, si acaso, de algún invitado de fuera, aunque esa era la excepción. Por eso mismo, y para su sorpresa, había muchas horas en las que no tenía más que hacer que pasear por el palacio. O que podía dedicarse incluso a no hacer nada, algo que acababa de descubrir con gran placer y para lo que se vio muy capacitado.

No tenía noticias del cardenal, algo que no terminaba de dejarlo tranquilo. Ya no era solo que este jamás había solicitado sus servicios, sino que no lo había llegado a ver. Ni siquiera de refilón o de lejos. Nada. Tampoco lo había requerido en sus aposentos para conocerlo o para que se lo presentaran. De hecho, él tenía prohibido subir a la planta superior, donde estaba la residencia cardenalicia. Solo acercarse a las escaleras que allí llevaban suponía enfrentarse a la mirada escrutadora de los acólitos que nunca dejaban de vigilarlas.

No sabía cómo sentirse al respecto. Por un lado, lo aliviaba no tener que enfrentarse al cardenal. Tenía algo de experiencia en el trato con capellanes, y estos siempre le habían resultado en exceso sombríos y ladinos. Con esa capacidad de ver lo que los demás ni siquiera sospechan. Se imaginaba al cardenal como una especie de capellán inmenso, alguien a quien no se le escaparía ni la más inocente de las mentirijillas. Y él guardaba una cantidad enorme de estas, así como de falsedades de gran calado. Y eso lo ponía de los nervios.

Con todo, le parecía muy extraño no tener noticias del señor del palacio. No sabía nada de él. Si entraba o salía, si recibía visitas, si algún otro miembro de la comitiva tenía algún tipo de contacto con él. Ni siquiera si era alto o bajo, grueso o delgado. Era como si no existiese. Y, con todo, su presencia resultaba palpable. Impregnaba cada cosa, cada rincón. Era lo más parecido a un fantasma que Lem se había encontrado jamás.

Haciendo balance, el augur consideraba que su situación había mejorado mucho. Eso hacía más llevadera la culpa que le iba y venía por haber traicionado a Uma. Aunque ella lo hubiera estado usando, fue la única que le ofreció algo de humanidad. A lo mejor no se merecía un final como aquel.

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Por otro lado, a Lem también le pesaba el hecho de no poder salir del palacio. Una cosa que, de momento, tampoco le fastidiaba en exceso, ya que estaba acostumbrado a no poder abandonar la Academia. Las visitas a los solicitantes del porvenir suponían sus únicas salidas y tampoco le parecían demasiado atractivas.

Y, bueno, también estaba esa otra cosa que él mismo veía fuera de lugar, ridícula. Echaba de menos a su Arconte. Quería verlo porque no sabía si se encontraba bien y eso lo tenía más inquieto de lo que le gustaría.

«Menuda estupidez».

A todo esto se le sumaba que Uma había empezado a aparecérsele en la Umbra. Eran espejismos, no era la Uma real, él lo sabía. No obstante, allí estaba, fija, observándolo sin decir nada. Y, en esos casos, era su cara, tal y como él se la imaginaba al menos. Sin agamte y sin la máscara típica que todos llevaban en el inframundo. Una cara normal que lo miraba con un gesto de derrota muy cercano a la resignación.

De cualquier forma, y con todo, era, por primera vez desde que tenía memoria, un tipo feliz.

La tormenta arreciaba y a Lem le entró un ataque de risa al reconocer a Mirim bajo el agamte empapado que tenía justo enfrente. Se había presentado en el palacio del cardenal sin avisar, usando subterfugios, como ella solía. Se encontraban en el patio al que se entraba por el portón trasero. Era una parte que daba servicio al resto del palacio. El único sitio donde Lem podía estar al aire libre.

—Me alegra que te entusiasme tanto verme —dijo ella manteniendo la pose altiva de siempre al comprobar que Lem no paraba de reír.

—¿Qué quieres? —terminó por preguntar el muchacho, encantado de que su voz saliera mucho más dispuesta que de costumbre.

Se imaginó la cara de sorpresa que su interlocutora tenía que estar poniendo en esos momentos. Sabía que le estaba causando impresión. No obstante, ella lo ocultó, maestra de las mascaradas como era.

—Tú y yo tenemos asuntos pendientes.

«Asuntos pendientes, ¿eh?».

—No lo creo. Más bien es todo lo contrario.

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—No seas corto, Costras —replicó ella, lista para el enfrentamiento—. Ya has visto de lo que somos capaces tú y yo, la efectividad con la que trabajamos. Bueno, es verdad que me encargué yo de casi todo y que tú solo tuviste que jugar bien tus cartas, pero aun así. Tú y yo formamos una sociedad indestructible.

Sus palabras se quedaron en el aire, pugnando con la tormenta para

mantenerse en el ambiente. El muchacho dejó pasar suficiente tiempo

como para que su efecto se diluyera.

—Lem —dijo—. Me llamo Lem.

—Sí, claro —respondió ella, y se quedó esperando a ver si él seguía hablando, pero no—. ¿Qué me dices, Lem?

—Solo te intereso porque estoy en una posición de poder —dijo él con una dicción casi decente.

—Claro que me interesas; el augur del palacio de un cardenal siempre tiene gran potencial. Y yo te intereso a ti. Ya has visto de lo que soy capaz.

«Precisamente de lo que eres capaz es lo que no me gusta».

—¿Y para qué quiero tus servicios si la posición ya la tengo? — preguntó.

Él mismo se respondió al imaginarse el filo de la Hoja del Destino cortando el cuello de esa piel tan tersa y fina.

—No seas ingenuo, Lem. No vas a poder arreglártelas tan bien tú solo. Con mi ayuda…

—Te haré llamar cuando te necesite —la interrumpió él mientras hacía una seña con la mano.

Mirim se volvió hacia quien se dirigía él y se encontró con un acólito que se acercaba arrastrando los pies bajo la lluvia. Ella se giró de nuevo hacia Lem.

—Te vas a arrepentir. Tengo material de sobra para echarte encima a la Inquisición.

El muchacho tragó saliva. Volvió a alegrarse por enésima vez de llevar la cara cubierta.

—¿Eso es que somos enemigos? —replicó él—. Ten cuidado con tus espaldas, entonces.

—No, no lo somos —afirmó ella entre dientes.

La joven no quiso o no pudo agregar más. Prefirió dejarlo estar mientras el acólito la empujaba hacia la calle.

—Te haré llamar cuando te necesite —repitió Lem.

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Con el acceso bloqueado, sabían que los Grises no podían llegar a la base de la atalaya. Pero esa era solo una parte de lo que necesitaban. Allí arriba el agua no era un problema, ya que solo había que recolectar la nieve y el hielo, ponerlo sobre cualquier recipiente y esperar a que el fuego lo derritiera. Lo peliagudo era la comida. Lo poco que podían llevarse a la boca llegaba reptando por entre las grietas y no era suficiente para dos guerreros y una señora. Las reservas se acabaron pronto. A lo mejor ese era el plan de los Grises, aunque no parecía que aquellas criaturas sin alma tuvieran mucha capacidad estratégica.

Esos Grises eran, a un mismo tiempo, iguales y distintos a los seres que Maia y Wylar se habían encontrado de camino. No habían tenido tiempo de fijarse bien, pero estos poseían deformidades y más brazos; tres, cuatro, cinco, la simetría no parecía una prioridad en ellos. También tenían una apariencia rocosa, como si hubieran crecido desde la base de la propia cordillera. Desde allí arriba eran indistinguibles de las piedras, sobre todo cuando se quedaban quietos, lo que constituía la mayor parte del tiempo. Y solo lanzándoles trozos de peñón o disparándoles con el arma de Kasidra —que por fin había recuperado— conseguían que reaccionaran. Entonces sí, se agitaban, aunque nunca demasiado. Como la superficie de un charco de aguas muy espesas. Fue gracias a eso que habían logrado huir.

Kasidra se había apostado en un borde del peñón; solo unos dedos más allá había una caía mortal. Tenía el lanzatruenos apoyado sobre un saliente rocoso. Dio un par de disparos y provocó la reacción de los Grises. Una vez puestos en movimiento, trató de disparar lejos, tanto como podía. Y siempre en la dirección opuesta a la cara del peñón por la que planeaban descolgarse. Tras una hora, habían llamado la atención de casi todas las criaturas que rodeaban la atalaya.

—Blanca sangre de Arconte, son miles —exclamó Wylar por encima de la mochila de Kasidra.

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—No son tantos —respondió Maia mientras terminaba de ajustarse el zurrón y de asegurarse de que la gema quedaba bien segura. La había separado de las otras que le había confiscado a Kasidra. La guardaba en su propia bolsita, bien amarrada.

Los aventureros habían agarrado lo poco salvable que encontraron en la torre, cuerda en su mayoría, y ya estaban listos para el descenso. Antes, eso sí, tuvieron que aprovisionarse de Furia y, sobre todo, de Gracia. La primera fue más o menos fácil, como era costumbre. Para la segunda tuvieron que esperar a que el viento quisiera proveerles. Habrían deseado que fuera más; la necesitarían para no despeñarse. La caída era de más de cien varas, suficiente como para romperles todos los huesos. Y eso, en el mejor de los casos.

Kasidra dio un último disparo y se puso en pie.

—En toda la espalda —comentó mientras plegaba su rama y la devolvía a la forma de bastón.

De inmediato, los tres acudieron a la otra parte de la cima del peñón. Echaron un vistazo. A simple vista, no había demasiado movimiento ahí abajo. Lo preocupante era aquel talud por donde debían descender. No iba a ser sencillo.

—Es mejor que subir —dijo la cartógrafa con una magnífica sonrisa. Nadie la acompañó. Empezaron a descolgarse. Conforme se

aproximaban al nivel del suelo, trataban de concentrarse en apaciguar sus movimientos. Era la parte más complicada, ya que el cansancio se acumulaba y aumentaba el deseo de abandonar aquella ladera tan repleta de lascas cortantes y piedras traicioneras que se desprendían con solo mirarlas mal.

Agotaron casi toda la Gracia. El principal motivo era que para ralentizar sus movimientos debían evitar que la Furia los gobernase. El uso de esta última siempre traía consigo la inquietud y la impaciencia. Dos malos enemigos cuando cualquier paso en falso puede enviarte al fondo de un abismo.

Wylar fue el primero en tocar tierra; muy a su pesar. Aquellos Grises le generaban una aversión difícil de controlar; sobre todo con su vocecilla interna chillándole. Nada más poner un pie en el suelo, las criaturas fueron alzándose desde distintos puntos de la meseta, perfectamente camuflados. A simple vista, eran varias oncenas; no todos habían caído en la treta de acudir hacia los disparos.

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«Siempre que dejen de aparecer más, es un número bastante razonable», pensó Maia todavía encaramada a la pared.

Wylar prefirió no sacar el arco; necesitaría todos sus miembros para moverse con libertad por allí. Eso sí, fue a echar mano de su cuchillo de combate, aunque Maia, al llegar también al suelo, lo detuvo. —El brillo del metal llama demasiado la atención —dijo.

Por eso tampoco había recurrido ella a su hacha, cuya cabeza era toda metal menos en los filos. El arquero se tragó un grito. Se sentía desnudo entre aquellos seres. E iba a ser peor, ya que el plan era avanzar por entre las piedras tan rápido como pudieran. Poner montaña de por medio entre ellos y la atalaya con la esperanza de que aquel batallón de Grises estuviera allí concentrado y más adelante ya no hubiera más. Una vez fuera de peligro, deberían buscar la forma más rápida de regresar al Páramo. En esa idea estaban puestas todas sus esperanzas.

«Es una locura —se dijo Wylar alarmado por su vocecilla—. Nunca debimos abandonar la atalaya».

Por esa ruta que habían elegido apenas había meseta; el peñón casi conectaba con la ladera de las montañas más cercanas. De hecho, al poco de bajar de la pared, no tardaron en comenzar de nuevo el ascenso hacia el otro lado. El único objetivo, abandonar esa meseta.

Tardaron muy poco en ser conscientes de lo rodeados que se encontraban. Y cuanto más avanzaban, más profundizaban en el territorio de los Grises, que se iban despertando a su alrededor. Cada vez más numerosos. Cada vez más cerca. Kasidra le aplastó la cabeza a uno con el borde metálico del bastón. Maia pateó a otro. Wylar se las arregló para evitar el contacto. No sabía por cuánto más podría seguir caminando sin encontrarse con ninguno de frente.

De entre los Grises empezaron a aparecer objetos que emitían una luz desgastada y triste. Como los de aquella gruta, iban armados. Solo algunos de ellos. Y las piezas eran tuberías y pedazos arrancados de otros artilugios, oxidados en su mayoría. Como ejército eran un desastre; y si fueran varios miles menos, casi no supondrían ningún peligro.

Los tres expedicionarios apretaron el paso hasta ganar la cresta de la montaña. Al otro lado se extendía el valle más abrupto y profundo que habían encontrado hasta el momento. Por allí lo normal era caer rodando hasta el fondo, pero ellos tenían que encontrar la forma de atravesarlo, mejor si era de una pieza. Por suerte, ni un Gris a la vista.

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Caía ceniza sobre los riscos. Hacía frío, más que nunca; a lo mejor porque de verdad había descendido la temperatura; a lo mejor porque sus cuerpos se habían desnaturalizado tras la conmoción de la huida.

Era el primer descanso que se habían permitido en tres horas de marcha. Wylar imponía las manos desnudas en la rodilla derecha de Maia. La guerrera había sufrido una caída bastante aparatosa, pero no había consentido detenerse hasta ese momento. El arquero no sabía si su manejo de la Savia podría curarle la herida. Tenía que intentarlo. Se sentía exhausto.

La soldado no profirió ni una sola queja durante la curación, algo que tenía no poco mérito. Wylar sabía lo doloroso que podía llegar a ser recibir la imposición de manos. Sobre todo por parte de alguien como él, cuyos conocimientos de sanación solo eran algo más que rudimentarios. Aun así, la guerrera mantuvo la compostura. Con una mano siempre sobre la bolsa donde descansaba la gema.

—Pues ya conocéis cómo se las gasta mi bastón —dijo Kasidra a sus espaldas, una vez que se había acomodado y secado el sudor con un pañuelo bordado.

Ninguno de los dos soldados le contestó. No era por fingir que no la escuchaban, sino porque en realidad no sabían qué añadir a aquello. Su arma se salía de todos los parámetros que ellos manejaban. Según los estándares de la Torre, ese bastón no podía considerarse dentro del arte de la guerra. Y eso los descolocaba.

—Tu cacharro funciona con Furia, ¿no? —preguntó Wylar.

—Y con Gracia y Savia también —respondió la señora con calma. —¿Savia? ¿Es capaz de soltar semejantes erupciones con Savia? Kasidra sonrió con esfuerzo.

—Digamos que está muy bien construido —dijo dándole unas palmaditas de orgullo y satisfacción.

—¿Qué pasa si no tienes ningún halo cerca y quieres disparar? — preguntó a Kasidra.

—El bastón tiene una cámara interna hecha con gemas donde puede cargar la esencia de algunos halos. Así, de una pasada, puedo tomar suficiente energía para dos o hasta tres disparos.

—¿Y si incluso eso se agota?

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La cartógrafa no respondió enseguida. Tal vez porque también estaba fatigada. Tal vez porque no era algo fácil de responder. En cualquier caso, volvió a ensanchar la sonrisa antes de hablar.

—Entonces igual tengo que tirar de mi propia reserva.

—Para eso querías tanta gema —soltó Maia haciendo como que no le dolía la curación.

—Ajá —contestó la señora con una sonrisa que no pareció demasiado forzada.

Se estaba haciendo la interesante y la guerrera lo odió de inmediato. Sobre todo porque habían escapado gracias a ella y a ese estúpido bastón que tanto tiempo se había pasado reclamando. Ahora estaban en deuda con la sabionda. Se detestó a sí misma y a su mala suerte.

Wylar hizo una nueva pasada con ambas manos por la rodilla de Maia. Estaba rasgada y un poco hinchada, pero podría volver a usarla, sobre todo si consumía una cantidad generosa de Furia. No eran las mejores noticias, la Furia creaba adicción y, a la larga, terminaba dañando más de lo que reparaba.

Él sudaba por el esfuerzo de la curación. Las manos le ardían. La guerrera le lanzó una mirada elocuente. Era sobre todo de orgullo, pero también de cierto agradecimiento.

—Es un rasguño —se limitó a decirle.

Wylar no lo veía tan claro.

—Más te vale, porque no pienso ir cargando contigo.

Y ambos compartieron unas risas condenadas a apagarse con velocidad.

El avance había sido más lento de lo deseable. Ahora que no tenían la presión de huir por sus vidas, se centraban más en no perderse y en evitar caídas fatales. Casi había pasado un giro desde que abandonaran la atalaya, pero no tenían la sensación de estar llegando a ningún sitio.

Mientras Wylar encendía un fuego, Kasidra sacó un nuevo cacharro de la mochila; uno que, por forma y tamaño podría confundirse con el reloj, pero en realidad era otro de sus artefactos de medición. Los soldados ya lo habían visto antes cuando la cartógrafa había estado dibujando el mapa, pero no le habían prestado la suficiente atención como para reconocerlo. Para ellos esos cachivaches estaban más cerca de la brujería que otra cosa.

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La señora lo consultó unos momentos y luego levantó la vista hacia el valle que se abría colina abajo, desde un extremo del altiplano.

—Cualquier dirección entre antiNdhasis y antiKalaamis debería sacarnos de la cordillera —dijo—. Pero es difícil mantener una ruta entre tanto pico y tanto valle.

Los soldados resoplaron. Aquella información ni resultaba novedosa ni mejoraba su situación. Empezaban a desmoralizarse. En eso tenía mucho que ver la comida que ofrecía la sierra, que era penosa en el mejor de los casos.

—Una vez en el Páramo buscaremos algún camino que nos devuelva a la civilización —siguió diciendo la cartógrafa—. Bueno, habrá que evitar Niño Perdido, eso sí. Creo que allí no nos tienen mucho aprecio a ninguno de los tres.

Maia escupió tan lejos como alcanzó su aliento. Esa fue toda su respuesta.

—¿Qué harás después? —preguntó Wylar.

—Supongo que lo mismo que vosotros: regresar a casa lo antes posible para dar parte de la Oleada.

—¿Oleada? —preguntó el arquero alarmado.

—Esto no es ninguna Oleada —replicó Maia alzando la voz. —Bueno, hay suficientes Grises como para rodear una torre vigía y,

muy presumiblemente, son los responsables de la desaparición de la guarnición. Además, han demostrado cierta organización. Nosotros, al menos, hemos escapado por los pelos. No sé, creo que tenemos suficientes indicios.

—Exageras, vieja, esto no es nada —replicó Maia—. Si llegamos a la Torre contando que nos han asustado un puñado de Grises, se reirán en nuestra cara.

Wylar no añadió nada. Por dentro, en realidad, se alegraba por no tener que permanecer un tiempo indeterminado en aquella maldita torre perdida de la mano de los Once. Todavía le quedaba regresar a casa de una pieza, lo que no sería sencillo, pero aquello ya era una mejoría en su situación.

—Sois libres de contar lo que queráis a vuestros superiores —comentó Kasidra devolviendo tranquilamente sus artilugios al interior de la mochila

—. Pero supongo que tendréis que dar alguna explicación de por qué abandonasteis la atalaya que os ordenaron custodiar. ¿Verdad?

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Nyx odiaba salir a campo abierto. Ni siquiera el reciente control de los halos había cambiado eso. Allí en medio, sin ningún lugar donde resguardarse, a la completa merced de los vientos. Con esas historias que circulaban por doquier sobre gente que simplemente desaparecía para nunca más volver.

«Bah, leyendas», se decía ella cada vez que ese pensamiento se le pasaba por la cabeza. Tuvo varias oportunidades para hacerlo durante su viaje. Y nunca logró calmarse del todo.

La caminante optó por su vieja costumbre de evitar los caminos y los viajeros. Esas caravanas de conveniencia que se formaban para hacer su trayecto más seguro. Si ya le parecían artificiales las simples amistades, aquellas nacidas de la necesidad, con una fecha de caducidad tan clara, eran especialmente despreciables. Además, no podía fiarse de nadie. Las intenciones de los demás seguían siendo un misterio para ella, así que había optado por esperarse lo peor de todos y cada uno de los seres humanos que conocía. Eso ahondaba su sensación de vacío, pero también le había ahorrado un buen puñado de dolores de cabeza.

Muchos giros después de haber partido de Niño Perdido, las señales de que se aproximaban al Foso se iban sucediendo. Desde la distancia vio que los caminos desembocaban en carreteras. Por ellas circulaban más gente y más carros tirados por parias. Ella prefirió seguirlos, pero de lejos. Los pueblos también se iban haciendo más frecuentes. Y más grandes. La tendencia era el aumento, la masificación.

Nyx arrugó la nariz y se rascó la cicatriz, aunque no le picase. Sabía que le tocaba mezclarse con multitud de desconocidos. No era que los habitantes de Niño Perdido le resultasen queridos, pero al menos los tenía bajo control. Sabía cómo eran, qué esperar de ellos. Estos forasteros representaban una incógnita. Y lo peor era que se dirigía a una gran ciudad con miles, si no oncenas de miles, de esos tipos ruines.

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«Todo muy apetecible».

Desde las afueras, al nivel del suelo, apenas había algo que ver de esa prometida gran ciudad que era el Foso. Solo destacaban sus murallas, recias, aunque no demasiado altas. Y más allá casi nada, a lo mejor la punta de alguna torre perdida, o las aparatosas velas de halos aquí y allá. Muy poco más. Como si aquella fortificación extraordinaria estuviese guardando una simple huerta.

Eso se debía a la peculiar topología de la ciudad. Sólomon se lo había advertido y ella tuvo la oportunidad de verlo cuando el capellán le mostró la gema que tendría que robar. La ciudad no recibía su nombre por casualidad. Era un agujero inmenso al que se accedía por arriba. Y para introducirte en él tenías que descender a sus profundidades. Pero antes había que franquear sus puertas.

Muchas varas antes de llegar se formaba una cola que avanzaba penosamente. La caminante sintió el impulso de desvanecerse en la Umbra y atravesar las defensas trepando y saltando. No obstante, debía olvidarse de aquello. Sólomon también le había contado que esa ciudad era donde se formaban todos los capellanes de la Palabra. Y parte de su entrenamiento era pasar incontables horas sirviendo como detectores. El Foso estaba plagado de tipos cuya única función era vigilar qué ocurría al otro lado del Velo.

«Los caminantes sois pocos, pero todos sin excepción constituís una amenaza —le había dicho el clérigo—. Nadie quiere tener uno cerca, menos en la capital religiosa de la Desolación».

«Igual no me mandaste al sitio donde mejor puedo explotar mis habilidades, viejo de mierda, así te lleven los Ténebres».

De modo que, le gustase o no, le tocaba hacerse pasar por una villana más. Esperar en los controles de acceso, dejarse ver por las miradas escrutadoras de los acólitos. Oncenas de ellos. Mejor armados y equipados que los que ella conocía. Y mucho más pendencieros, cosa que sí que le sorprendió. Para peor.

Tuvo que soportar sus órdenes aleatorias y empujones. La obligaron a bajarse la capucha y mostrar su rostro. Hacían preguntas estúpidas a voz en grito y aprovechaban para pedir limosna además de las tasas exigidas para ingresar a la ciudad. Sintió que trataban a los solicitantes como si

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fueran alimañas que solo quieren comer basura y propagar enfermedades infecciosas. Y todo por entrar en aquel agujero endemoniado cuyo hedor ya rezumaba desde fuera de las murallas.

La joven recurrió a su autocontrol. Descubrió que los ejercicios para mejorar la percepción en la Umbra también conseguían relajarla. Aunque no sabía durante cuánto.

Nada más atravesar la aduana, previo pago de una cantidad en metal, se zambulló en la auténtica realidad del Foso. Calles estrechas, abarrotadas, angustiosas. Ruido, empujones, apreturas. La peste producida por la inexistente canalización de aguas solo era aliviada, a veces, por las ráfagas de un viento gélido que la acuchillaba por cada hueco que encontraba. Si el infierno existía, a Nyx no le cabía duda de que debía de ser algo semejante.

Por eso mismo se metió en la primera pensión que encontró. Ni buscó referencias ni preguntó el precio. Solo quería una cama y un techo. Y una puerta tras la que parapetarse. Tenía la sensación de que todos aquellos ojos que se habían posado sobre ella en las últimas horas le habían estado drenando las energías. Y la habían dejado contaminada. Su organismo exigía un buen baño y una mejor siesta. Dudaba que fuera a conseguir lo primero, pero al menos debía intentarlo.

Se despertó tomando una bocanada de aire a la desesperada, como si en lugar de bajo una manta, saliese del fondo de un pantano. Había vuelto a tener uno de aquellos sueños bizarros. No lo ponía de pies; cuanto más tiempo pasaba, más confuso se volvía todo. Se recordó besando a un joven y, en la misma secuencia, también a una muchacha. No iba cubierta de pies a cabeza, sino que mostraba sus hombros y brazos completos. Su piel estaba tintada con dibujos de lo más extraños. Sintió una calidez reconfortante. Y el omnipresente Color. En sus brazos, en sus ropas y en el cielo. Mucho Color.

Al abrir los ojos sus sensaciones se revolvieron. No reconocía las formas de aquella estancia de dimensiones ridículas. Hasta que comprendió que dormía en una posada de mala muerte, no se terminó de calmar. Con todo, el corazón le latía con violencia bajo la camisa. Y el puño apretaba el pomo del cuchillo.

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Se sentó sobre el jergón, demasiado historiado, testigo de no quería saber cuántas personas haciendo qué; seguro que en servicio desde antes de que ella llegase al mundo. Con todo, más cómodo que la media. Tomó la manta y se arrebujó en ella. Olía a rayos, aunque cumplía con su función de dar calor.

La joven se mantuvo allí un rato con los ojos cerrados. Cuando por fin controló sus sensaciones, se sumergió en la Umbra. Los detectores la descubrirían si se paseaba al otro lado del Velo como caminante, pero no podrían hacer nada si ella se limitaba a proyectar su percepción como le había enseñado Sólomon.

Salió con facilidad al exterior y, una vez allí, ascendió tanto como pudo. La posada se encontraba cerca de la puerta por la que había accedido a la ciudad, por lo que estaba en uno de los puntos más altos del callejero. Se quedó por allí y dio una vuelta alrededor del Foso por la calle superior, que formaba un anillo irregular pero completo a la vera de la muralla.

Tal y como había tenido la oportunidad de comprobar desde fuera, había muy pocas construcciones que superasen en altura a las fortificaciones. Algún torreón perdido que despuntaba sobre el caserío. Y, sobre todo, las velas de los halos, que ahora podía ver mejor. Eran unas telas sujetas por postes, encaradas a los tres vientos. Algo en su fabricación, la muchacha no tenía ni idea de qué, hacía que pudieran atrapar los halos que llegaban arrastrados desde el Vacío. Cómo conseguían aprovechar esa energía era un misterio para Nyx. Ella sabía que existían las calabazas, unos recipientes que los soldados usaban para atrapar ciertos halos y asimilarlos cuando los necesitaban. Sin embargo, qué cacharros podían usar para guardarlos y cómo lo hacían para pasar la energía a los mismos quedaba en la más absoluta oscuridad para ella.

«Debería hacerme con una de esas calabazas, por cierto».

Decidió dejar aquello atrás y seguir adelante en su investigación. Sobre todo porque la roca que flotaba justo en medio del agujero capturaba toda su atención. Era un espectáculo imposible. Todo Niño Perdido cabría entero en la cima de aquel peñón flotante. Sin embargo, no era un pueblo lo que había allí arriba, sino una fortaleza amurallada repleta de torres puntiagudas y vigilantes feroces. Sin duda, el hogar de una criatura tan poderosa como lóbrega.

Al bajar la vista de aquel punto, lo siguiente que sobresalía era un edificio igual de alto que la propia roca flotante. Se alejaba por mucho de

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las proporciones del resto de la ciudad. Más alto y grueso, era como si lo hubieran añadido a la fuerza; como el capricho de última hora de un dios al que nadie le pudiera negar ningún deseo.

El resto de las edificaciones eran, a simple vista, más homogéneas. Se trataba de bloques de viviendas independientes, millares de ellos, que se agolpaban entre sí con sus formas y tamaños distintos, como dientes en una boca poco agraciada. Tenían mala pinta, cualquiera diría que estaban a un paso del derribo, y si esto no ocurría se debía a que estaban tan apiñados que se apoyaban los unos contra los otros.

Las calles discurrían entre ellos, angostas y serpenteantes, con tendencia a formar anillos y espirales. Era frecuente que se perdieran de vista bajo edificios más grandes o en túneles que atravesaban la tierra. Y luego volvían a aparecer en terrazas artificiales ganadas al vacío, donde surgían plazas que no estaban menos atestadas.

Nyx arrugó la nariz, un gesto de desagrado que había compuesto nada más llegar y que se le había quedado. Necesitó un rato para situarse. Tenía una descripción del sitio que andaba buscando, aunque esta resultó ser más vaga de lo deseable. Sabía dónde se encontraba el barrio dentro del mapa, pero, aparte de eso, de su destino solo tenía indicaciones del tipo «cerca de un torreón cuya base está atravesada por una galería».

Un buen rato después, tras haber recorrido una oncena de calles, terminó por dar con dicho torreón. Al pasar por debajo, unos pasos más adelante, dio con una fachada que transcurría recta muchas varas, algo poco usual en el Foso. Se trataba de un edificio mucho mayor que el resto del vecindario. Un palacio. La caminante encontró alrededor de la puerta principal varios de los mismos signos que decoraban el templo de Sólomon. Tampoco era nada especial, la ciudad entera estaba llena de estos. Pero fue ascender por su fachada y encontrar un detalle definitivo. La veleta que coronaba su torre más alta, metálica por completo, con esa luz negra característica en la Umbra, tenía la forma de un demonio con dos garras que parecían alas. Y apuntaba a Ndhasis.

«El símbolo del cardenal Heberio».

La joven fue a dar una vuelta de reconocimiento, pero algo insospechado le llamó la atención. No muy lejos de la veleta, sobre el tejado que quedaba justo debajo del torreón, había alguien subido. Por su indumentaria, tenía que ser uno de esos clérigos prohibidos del Culto de la Palabra que ella siempre había tenido el buen tino de evitar. Un augur.

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Estaba sentado en el punto exacto donde se dividían las dos aguas del tejado, muy quieto. Tanto que, más que una persona, parecía parte de la decoración. Miraba hacia el epicentro de la ciudad, hacia algún punto de la roca flotante.

Por algún motivo, aquello le dio mala espina a Nyx. En realidad, no supo identificar la sensación que la recorría. Desde luego, era más inquietante que los dos detectores con máscara de madera que de vez en cuando se asomaban por los balcones del palacio. Había algo siniestro en aquel augur.

Y con esa mala sensación insertada en la columna, Nyx abrió los ojos y regresó a este lado del Velo, al cuchitril que había arrendado y que tan poco cariño le despertaba. Se deshizo de la manta de cualquier forma, sin importarle que cayera al suelo. Daba lo mismo, era imposible que se ensuciara más. Bostezó y se estiró haciendo crujir con gusto varias articulaciones.

Se esforzó en recordarse por qué estaba allí. A veces se le olvidaba que para ser libre estaba hipotecando a su propia persona. Tenía un plan; si le salía bien, terminaría siendo la dueña de su propio destino. Era tan bueno que no podía ser verdad. ¿Y si no lo era? Había ganado grandes poderes, podía usar los halos, se había convertido en una guerrera temible. No tenía por qué estar en aquel antro insalubre trabajando para un clérigo en el que no confiaba. Seguro que había otra forma de conseguir su libertad.

Cogió aire con pesadez. Se llenó los pulmones. Debía tener paciencia.

Si tomaba un atajo, igual no lograría convertir su cristal en una gema.

Estaba en el buen camino, solo debía calmarse. Los resultados llegarían.

«Sigue así, Nyx, joder».

Era complicado someter su espíritu indómito. A lo mejor le vendría bien salir de allí y ponerse en movimiento.

Ya estaba levantada abriendo la contraventana del cuarto, con un pie en el alféizar.

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En el tejado del palacio, Ndhasis le soplaba travieso contra el hábito, aunque esa vez no traía precipitaciones ni un frío más cortante que el habitual. Casi podría confundirse con una brisa. De todos modos, Lem se aseguró de estar bien sujeto, porque un resbalón o un paso en falso podría mandarlo cuatro pisos más abajo.

Había tomado la costumbre de salirse al tejado durante su recién estrenado y frecuente tiempo libre. Una novedad de lo más placentera. Allí arriba sentía algo parecido a la libertad. No solo nadie lo molestaba, sino que dejaba de existir para el resto de los habitantes del palacio. El mundo se olvidaba de él, y esa era una de las experiencias más felices que recordaba.

Con la calma y la paz interior siempre llegaba la curiosidad. Ni una sola vez de las que había salido al tejado había permanecido mucho tiempo a este lado del Velo. Porque, a fuerza de practicar, ya sabía cómo entrar y salir de la Umbra a voluntad. Era cierto que seguía sufriendo saltos aleatorios y que había veces que se despertaba ya allí sin saber cuándo había entrado, pero poco a poco lo controlaba. Y le encantaba.

Era tanta su fascinación por el inframundo que le costaba no pasarse las horas investigando el interior del palacio desde el otro lado. Lo hipnotizaban sus formas, sus tonalidades y, por descontado, las caras fantasmales de aquellos con quienes se cruzaba. Pero sobre todo lo maravillaban las efímeras estructuras que aparecían de la nada. Esas columnas, esas escaleras ensortijadas, esas ventanas, puertas y pasadizos que surgían en paredes y suelos y que no se sabía hacia dónde podían llevar. Esos techos que, de cuando en cuando, cubrían la ciudad entera desde las alturas. Todo etéreo y, al mismo tiempo, pesado, a punto de derrumbarse. Era un espectáculo terrorífico al que, una vez que se acostumbró, difícilmente podía renunciar.

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Luego estaban las criaturas. Los insectos que pululaban por doquier apenas si sufrían una gran transformación al otro lado del Velo. Solo se tornaban difusos y, claro, invertían su tonalidad como todo lo demás. Los seres más interesantes eran los mayores, aquellos que aparecían husmeando por los rincones, como atareados en algo que no se podía descifrar. Y los bichos alados, tan extraños, tan sombríos, que emitían quejidos atroces y que, sin previo aviso, se marchaban volando hacia un lugar por determinar.

«¿Adónde irán? ¿De dónde vendrán?».

Una vez que se enredaba en las maravillas que le ofrecía la Umbra, el muchacho no podía evitar la llamada del Arconte. Este o bien siempre estaba buscándolo, o bien tenía la capacidad de detectar cuándo el augur atravesaba el Velo. Lem acudía a su encuentro, le era complicado no hacerlo. Y como vivía encerrado entre las paredes de aquel palacio, solía verse con él en exclusiva cuando salía a aquel trozo de tejado, el único punto desde donde veía la roca flotante.

Por improbable que pareciera, se había creado un vínculo entre ellos dos, al menos parecía algo que él tenía claro. Aunque el augur no albergaba una remota idea de qué podía significar eso. Era una conexión tan poderosa que el muchacho se preguntaba cómo era posible que nadie más que él pudiera sentir algo semejante. Por qué no había cientos o miles de personas sintiendo lo mismo que él por una criatura sobrenatural, titánica y hermosa que habitaba el corazón mismo del Foso. No se lo podía creer, era sencillamente imposible; alguien más tenía que saberlo y no lo estaba compartiendo con los demás. ¿Por qué?

«¿Acaso me estaré volviendo loco?».

Luego estaba Uma, o la joven de mirada triste y vacía que él pensaba que era ella. Se escondía de la vista, pegada a los rincones donde podía pasar más desapercibida. Haciéndose pequeña. Y sin dejar de mirarlo. De hecho, cada vez que Lem la encontraba, esta siempre lo estaba observando. El joven augur no sabía qué se le podía estar pasando por la cabeza a esa chica, ni siquiera sabía si era real. Solo experimentaba una poderosa sensación de rechazo. Y ganas de huir.

No era lo único que conseguía que Lem sintiera inquietud. En los últimos tiempos lo azotaban nuevas dudas. Nuevas viejas dudas, en realidad. Trabajando al servicio del cardenal —de quien, por cierto, seguía sin tener noticias— había ganado acceso a personas más importantes

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dentro de los engranajes de la ciudad. Si él quería, podía empezar a hacer lecturas del porvenir dirigidas a aprovecharse de la situación; a hacerse con el poder. Manipular, engañar, rodearse de gente fiel que haría cualquier cosa por tener un futuro brillante y benévolo.

Ese camino, pese a ser tentador, también venía con una carga inevitable. El anterior augur del palacio había sido ejecutado por la Inquisición. Y aunque el peligro de recibir un proceso por herejía estaba siempre presente, Lem intuía que lo que ocurrió con aquel augur fue que abusó de su poder. Estaba convencido de ello. Y era algo que frenaba sus pretensiones.

No podía olvidar que tenía a Mirim pendiente de sus movimientos. No había quedado en buenos términos con ella y, además, el puesto de augur del cardenal era más que goloso. Aunque no pudiera verla por allí, sabía que ella estaría esperando el más mínimo error para echarle las garras encima. Si acaso no provocaba ella misma ese fallo. Lem tenía que usar su posición para ganar influencia y así poder defenderse de ella.

«No lo sé, habrá que investigar esto más a fondo».

Por otro lado, estaban sus ansias de verdadera libertad. Una que pudiera disfrutar sin tantas restricciones. Sabía que muy pronto aquel palacio se le quedaría pequeño. Y no por sus ganas de conocer el mundo exterior, sino por quitarse de encima a todos esos superiores que podían hacer y deshacer su destino como deseasen. Sus condiciones habían mejorado de forma exponencial, pero aquello seguía sin ser una vida plena.

Por el momento se contentaba con explorar ese palacio. Era lo opuesto a la Academia, todo orden, amplitud y riqueza. En cualquier lugar podían encontrarse adornos y detalles, y estos siempre estaban rematados con exquisitez. Había presupuesto detrás de aquel edificio. Salvo la planta superior, Lem lo conocía por completo. Era cierto que le quedaban algunos rincones por donde aventurarse, como la sala secreta de la biblioteca — para la que no tenía llave— o las catacumbas que salían de los sótanos de las cocinas. Sin embargo, no le preocupaba. Ya tendría tiempo de inspeccionarlo todo.

El Arconte emitió un chirrido monstruoso que a él le sonó dulce. Era como una pregunta, como si quisiera saber cómo se encontraba el muchacho. Era cálido, cercano, pese a esos tentáculos y esas fauces con incontables hileras de colmillos.

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«Se preocupa por mí».

Lem sentía que había alguna fuerza oculta y malvada que obligaba al Arconte a estar ahí sin descanso. Y si lo que hacía aquella criatura era sujetar la roca donde descansaba el palacio del Patriarca, estaba claro quién era el responsable de su esclavitud.

«Los gobernantes de esta ciudad, esos son los verdaderos monstruos». Para sus adentros había empezado a llamar «el Esclavo» al Arconte. Su Arconte; su Esclavo. En el fondo no le gustaba llamarlo así, preferiría conocer su verdadero nombre, pero creía que esa palabra lo definía. Él quería acabar con esa situación. Sabía que la criatura sufría, que su naturaleza era ser libre. Lem quería darle esa libertad, aunque no tenía ni idea de cómo iba a ser capaz de conseguir algo así. En ocasiones sentía con mayor intensidad las ganas de liberar a el Esclavo que incluso las de

emanciparse él mismo. Podía parecer una locura, y quizá lo fuera.

Soltó una lágrima que le corrió por la mejilla bajo el hábito. Sentía rabia y pena, aunque también sonreía.

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El viento trotaba loco por el valle, soplando desde cualquier dirección, formando remolinos impredecibles; aquello no era una excepción, el clima en la cordillera los tenía acostumbrados a semejante castigo. Cuando por fin dieron con un paso transitable, de nuevo tuvieron que enfrentarse a un descenso escarpado hacia un valle cubierto de escarcha. Estaban perdiendo poco a poco altura, esa era la única buena noticia.

La marcha resultaba penosa. Ni siquiera la Furia conseguía insuflar algo de ánimo. Tampoco lo celebraron cuando dejaron atrás aquella empinada ladera que tanto invitaba a resbalar y dar con los huesos en el fondo. Sin energías para más, dieron por buena la primera cueva que encontraron y pararon para reponerse.

Ese fue en principio el motivo que ofreció Maia para que se detuvieran. Lo que no contaba la guerrera era con que su rodilla necesitaba parar. Había sustituido la falta de mejoría con Furia y más Furia. Si quería abandonar la sierra por su propio pie, tenía que ir pensando en bajar el ritmo. Y todo ello sin dar señales de debilidad, que para eso era la jefa de la cuadrilla.

«Qué jodido es liderar».

Un giro después, cuando reemprendieron la marcha, pusieron rumbo a un riachuelo que discurría por el surco que él mismo se había encargado de horadar en el valle, justo entre dos laderas. Les llevó más de una hora alcanzarlo, ya que el terreno se escarpaba más de lo que podía parecer en un principio y cada paso era una prueba de equilibrio y resistencia. Las aguas del arroyo eran gélidas, tanto que parecía un milagro que no estuvieran congeladas. Los expedicionarios aprovecharon para rellenar las cantimploras, tomar halos cercanos y atrapar lo que sobrase en las calabazas. Y, ya de paso, improvisar un nuevo descanso.

—Hemos dado un buen rodeo, pero creo que ya estamos en la dirección correcta —dijo Kasidra mirando las alturas que los rodeaban

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como si allí hubiera alguna pista de su posición.

Maia, por su parte, seguía vigilando el camino que habían dejado atrás. No terminaba de fiarse de los Grises apostados en la atalaya. Estaban dejando muchas pistas de su paso, no sería difícil que les siguieran el rastro. A Wylar esta idea le habría parecido ridícula de no ser porque su vocecilla le advertía sin parar de los peligros que corrían. Que esos bichos les dieran caza en mitad de la cordillera era una de las posibilidades que barajaba.

El arquero fue a decir algo para rebajar un poco la angustia que de repente sintió. Pero al ver que Kasidra estaba muy quieta mirando un punto concreto del valle, se quedó petrificado. Aquello apestaba a peligro. Fue peor cuando la cartógrafa sacó de dentro de la mochila aquel tubo extensible que llamaba «catalejos».

Wylar miró en la misma dirección. No tenía mala vista, pero no conseguía ver aquello que buscaba la anciana. Quiso pensar que no sería nada. Lo deseó de todo corazón. Entonces la vieja habló:

—Maia, tienes que ver esto.

«Mierda, que me coman los Grises. Bueno, mejor eso no. Esfinge». La guerrera se aproximó con sus andares de jefa de la tribu. Traía

gravedad en la cara. Tomó el catalejos de la arrugada mano que se lo ofrecía.

—¿Qué mierda se supone que estoy mirando? —preguntó.

Pero ya no dijo más, porque pronto dio con lo que Kasidra quería mostrarle.

—¿Qué pasa? —preguntó Wylar más alarmado de lo que le gustaría.

—Grises —contestó bajando el catalejos—. Cuatro.

Se encontraban justo en la dirección hacia la que ellos tres se dirigían. —Eso parece —dijo Kasidra—. No vienen hacia nosotros. Si esperamos lo suficiente, se apartarán de nuestra ruta. Con un poco de

suerte no tardarán en desaparecer valle abajo.

Eso calmó a Wylar. Solo por un momento. No le gustaba nada la cara que ponía Maia. Sabía lo que significaba ese gesto.

—Están en nuestra trayectoria —soltó—. Y muy cerca.

—No te creo —dijo el arquero—. No me puedo creer lo que estás pensando.

—Toma, vieja —dijo la guerrera entregándole el catalejos a la cartógrafa—. Vamos a por ellos.

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—Joder —exclamó Wylar.

Se pusieron de inmediato en marcha. El motivo oficial que dio Maia fue que no podían dejar vivos a esos bichos en los dominios de la Princesa. Y también que podrían darles alguna pista de lo que le había pasado a la guarnición de la atalaya. Pero había otro motivo más o menos oculto. Otro que flotaba en el ambiente y que ninguno de los tres se atrevía a mencionar por temor a que se materializase. La Oleada.

Marcharon aún más rápido que cuando dejaron atrás la torre vigía. En esa ocasión no había peligro de llamar la atención de nadie; el valle estaba tan yermo y deshabitado como el resto de la cordillera. Además, esos cuatro Grises tragaban millas sin descanso, casi con desesperación. Desde que los avistaran no se habían detenido ni un solo momento. Tampoco se habían preocupado de volverse y mirar ni una sola vez hacia atrás. Se limitaban a seguir una ruta más o menos transitable por el valle y, desde ahí, marchar hacia delante hasta saltar al próximo valle. Como si en lugar de peñascos cortantes allí hubiera un camino perfectamente delimitado que solo ellos podían ver.

—Es muy sospechoso —dijo Wylar.

No era la primera vez que soltaba eso.

Maia lo mandó callar de un manotazo al aire. Tampoco era la primera vez que le respondía así.

—Solo nos hemos desviado un poco —dijo ella.

—¿Un poco? Si nos estamos metiendo más en la sierra. La guerrera no se molestó en replicar. Solo seguía adelante. —Estamos a punto de perder contacto visual —dijo Kasidra llegando

desde atrás.

Resoplaba y sudaba, pero no tanto como debería para lo mucho que debía de pesarle la mochila. Estaba en plena forma, como ya había dejado más que demostrado.

Se había quedado atrás para otear con el catalejos. Lo hacía cada cierto tiempo con el fin de predecir la trayectoria de sus perseguidos y evitar así sorpresas.

—Wylar, te toca —dijo Maia.

Con eso quería decirle que ascendiera por la pendiente para ver qué había al otro lado de la cresta. El arquero soltó un bufido y, tirando de

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Furia y Gracia, comenzó a ascender. Había perdido ya la cuenta de las veces que había tenido que repetir aquella operación. Aunque, en realidad, vigilar desde la distancia era menos arriesgado que doblar una esquina sin saber qué podía esconderse en el valle siguiente. De modo que aceptaba sin poner muchas pegas.

El arquero empezaba a estar harto de aquella persecución sin sentido. Había propuesto media oncena de veces acabar con esos cuatro a saetazos o a base de proyectiles del bastón de la anciana. Y eso sabiendo mejor que ninguno que, desde tan lejos y con aquel viento tan caprichoso, no podrían lograrlo.

Siguió subiendo mientras maldecía hasta que alcanzó el farallón, una serie de rocas dentadas que descollaban por encima del borde mismo de la ladera. Desde allí las vistas del valle contiguo cortaban el aliento. No por bellas, sino por la cantidad ingente de criaturas que contenía.

«Esfinge».

En un punto hondo de la falda, justo donde la pendiente se encontraba con la siguiente montaña, había una abertura inmensa. Parecía ocasionada o bien por una erupción de enorme violencia, o por el impacto de un meteoro. Y, a la vez, no era nada de eso. Se trataba de un agujero informe, lleno de aristas y pedazos de montaña fragmentada que lo hacían todavía más irregular. De él entraban y salían Grises sin orden ni concierto. Cuántos, Wylar no sabría decirlo. Cientos, podía que miles. Todos ellos deformes y llenos de mutaciones.

Le costó recuperar el aliento y el control sobre sí mismo tras la subida y la impresión. Cuando pudo rehacerse un poco atravesó el Velo en busca de más información. Entonces lo vio. Las vio. Una serie de construcciones altas y recias, de forma piramidal. Una ciudad monolítica inmensa. Plagada de Grises que pululaban entre las estructuras. Algunos en letargo, otros caminando sin una meta clara. Muchísimos más que los asediadores de la atalaya.

Wylar sintió de súbito un vértigo atroz. La vocecilla había multiplicado sus gritos. Ya no podía hablarse de vocecilla, sino de muchas que aullaban a destiempo. No se ponían de acuerdo en el mensaje, pero estaba muy claro lo que pedían: tirar al suelo todo lo que pudiera entorpecerle lo más mínimo y salir de allí quemando tanta Furia como tuviera a su disposición. La respiración se volvió complicada para el arquero. Aquello que

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pretendía pasar por los pulmones no era aire, sino brea hirviente. Necesitó sentarse.

«La Oleada… —pensó. Y también—: Es una trampa. Esos Grises nos han tendido una trampa».

Tenía que avisar a Maia y a Kasidra, que seguían adelante en la persecución de los cuatro Grises. Si daba una voz temía poner en alerta a la horda completa, así que fue a buscar una piedra que lanzarles. Aunque no era la mejor de las ideas. Buscó en los alrededores y, para su consternación, encontró en la distancia un Gris enorme, como tres o cuatro veces más grande que el resto. Con dos cabezas. Por suerte, estaba lo bastante lejos como para haber reparado en él. Por el momento.

Esa visión lo hizo fijarse mejor en aquello que había inmediatamente junto a él. La intuición se le desató y lo puso en alerta. La vocecilla escalaba en su demencia. Estaba poco menos que rodeado de Grises. Mirase donde mirase terminaba encontrando uno. Incluso más atrás, por la misma ladera por la que habían llegado. Parapetados contra la roca. Aquello era una pesadilla.

Y también una trampa.

Resopló cada vez más nervioso. Tomó una flecha y la embocó en el cordel. De repente cayó en que el viento gélido estaba azotándolo sin compasión. Apuntó y confió en que aquello sirviera de aviso a sus compañeras sin llegar a herir a ninguna de ellas. La saeta salió disparada, lo que atrajo la atención de un Gris cercano. Uno de tamaño normal, por suerte, que surgía de debajo de una roca justo debajo de su posición. Todo deforme y lleno de calvas e imperfecciones. Al parecer, este también se había visto sorprendido al toparse con el arquero. Wylar tragó saliva. La vocecilla estaba ya totalmente abandonada a la histeria.

Y con razón, ya que aquel bicho emitió un chillido que atrajo la atención de todos y cada uno de los Grises que atestaban el valle.

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Otro giro en el Foso, otro sueño con Color. Era como si aquel lugar disparase sus fantasías más febriles. En esa ocasión, Nyx se vio en una habitación muy blanca, resplandeciente, tanto como si las paredes mismas estuvieran recubiertas de metal. Ella se encontraba de pie junto a otros cuatro hombres, más bien jóvenes. Uno de ellos se recostaba sobre una cama, justo encima de otro chico. Un enfermo. No, un moribundo. Sintió tristeza por él. Tanta como nunca antes podría haber imaginado, y aún menos procedente del padecimiento otra persona. Otro sueño siniestro.

Despertó de un salto. Los recuerdos se le fueron disolviendo ante los ojos a los pocos instantes de haber recuperado la conciencia. En nada toda su realidad volvía a ser el gris de ese cuartucho infame, sus olores, que le saturaban el fondo de la garganta, y el frío que se colaba por las numerosas rendijas. En una vida llena de despertares atroces, aquel no fue el peor. Pero casi.

Las malas sensaciones dieron paso a la impaciencia. Había dedicado un buen puñado de horas a investigar el palacio del cardenal y todavía no tenía un plan que la convenciera. El edificio era enorme y contaba con un buen número de ventanas por las que colarse. No obstante, había que contar con dos obstáculos. Primero, los detectores. Nyx había descubierto que solían ser, como mínimo, tres, y que no dejaban de cambiar de posición. Sus movimientos no parecían obedecer a ningún orden, aunque ella reconocía que aún necesitaba dedicarle aún más tiempo a la vigilancia. Sabía que debía haber algún patrón de conducta.

El siguiente obstáculo lo constituían sus verdaderos enemigos: los hijos de la diosa Olvidada, los supresores. Estos eran un tipo de guardianes especialmente temibles, ya que contaban con el poder de neutralizar el don de cualquiera. No solo eliminaban las ventajas que otorgaban los halos, sino su propio poder de caminante. Un supresor podría sacarla de la

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Umbra y traerla de vuelta al mundo. Y eso la convertiría en una presa fácil.

Lo peor de estos supresores era que, allá donde estuvieran, creaban una capa impenetrable para ella. No podía traspasarla con la mera percepción. En realidad sí que era capaz, pero perdía sensibilidad y le costaba un horror concentrarse. Por eso apenas había logrado meterse dentro del palacio un par de veces. Siempre la expulsaban casi de inmediato. Según sus cálculos, por allí pululaban, al menos, dos de esos supresores.

Tampoco había logrado identificar quiénes eran. No se parecían a los detectores, que solían portar máscaras de metal o de madera, en caso de los aprendices. Cualquiera de los muchos acólitos que había visto por allí haciendo guardia podría ser el responsable de sus constantes fracasos de percepción.

Y eso la llevó a acordarse de Sólomon. El clérigo la había transportado hasta allí a una velocidad de vértigo para mostrarle su objetivo, la gema que tenía que robar. Su gema. No sabía cómo lo había logrado con esa facilidad, con esa eficiencia. Sin duda, su poder en la Umbra estaba muy por encima del de ella. O acaso le había provocado una especie de visión que no podía ser nublada por un supresor. No lo sabía.

«Viejo de mierda».

Fuera como fuese, Nyx se vio impelida a acudir a aquel palacio en persona. Necesitaba cambiar de táctica. Se sentía atascada. De modo que abandonó la posada tratando de no hacer ruido ni llamar la atención y se sumergió en la marea humana de las calles del Foso. En sus empujones y apreturas. En esa mezcla de olores que llegaban por sorpresa, el siguiente más desagradable que el anterior.

El griterío resultaba constante. Ya nunca volvería a pensar que la plaza del mercado de Niño Perdido era un lugar bullicioso. Desde luego, los paisanos a los que estaba acostumbrada no eran tan malcarados ni parecían tan dispuestos a estafarte o a alojarte un palmo de metal entre las costillas. A ojos de la caminante, todos tenían apariencia de ser culpables de algún crimen espeluznante. Eso la hacía caminar con la cabeza tapada por la capucha y las manos cerca de las empuñaduras de sus cuchillos. Por si acaso.

Tardó mucho más de lo deseable en llegar a las inmediaciones del palacio. De camino tuvo tiempo de sufrir tres nevadas distintas que le

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cayeron encima sin que ella pudiera hacer nada por evitarlo, atascada como estaba entre la marabunta. Por suerte, no fueron intensas.

Cuando llegó a su destino lo hizo casi al límite de su aguante. Aquel baño de multitudes le drenaba las energías y tuvo que echar mano de las trazas de Furia que había ido encontrándose por la calle, que no fueron demasiadas. Por lo menos eso le infundió algo de ánimo.

El palacio hacía esquina, una de las pocas en ángulo recto que se había encontrado en la ciudad. El resto de sus paredes lindaban con algún otro de esos edificios feos y desparejados. Nyx encontró dos accesos a pie de calle. Estaba la puerta principal, adornada con símbolos y estatuas que pretendían marcar estatus e infundir respeto, pero que a ella solo le causaban aversión.

«A lo mejor es la misma sensación».

Había otro portón secundario, tanto o más grande que el primero, pero mucho menos prominente. La muchacha sabía por sus investigaciones que era el que llevaba al patio de servicio. Y poco más.

Por otro lado estaban las ventanas, que eran numerosas. La mayor parte quedaban más que accesibles para una caminante como ella. Pero estaban bien cerradas y enrejadas. Además, a esto se le sumaba el problema de que los detectores solían asomar sus máscaras por ellas de tanto en cuanto. Aquello quedaba descartado. Al igual que la puerta principal, por supuesto.

En eso estaba pensando cuando la marea humana que abarrotaba la calle la obligó a hacerse a un lado y a apretarse contra una fachada. Estuvo a punto de abrirse paso a empujones cargados de Furia, pero por suerte no lo hizo. Aquel movimiento venía provocado por la llegada de un carro tirado por un par de parias. Uno más de los muchos que iban y venían por aquel hormiguero a escala humana. Solo que este tenía una particularidad: se había detenido frente al portón secundario del palacio que ella quería asaltar.

Nyx sintió una punzada en la cicatriz que le cruzaba la cara. Abrió los ojos tanto como los párpados le permitieron. Avanzó hacia el portón a codazos, como ya había comprobado que era la costumbre en aquella ciudad infecta. Se quedó apenas a dos pasos del carro. Si saltaba a la Umbra y se encaramaba de alguna manera a las tablas de ese vehículo, podría burlar la vigilancia. Se fijó mejor. El cargamento del carro estaba cubierto por una lona. Buscó un resquicio para colarse debajo de esta, pero

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estaba bien sujeta por todas partes. Además, ese sería el primer lugar donde buscarían los detectores. Pero igual debajo del carro, sujeta a las tablas inferiores… Las ruedas eran muy grandes y separaban bien los bajos del suelo; ahí cabía ella de sobra. Todavía no habían abierto el portón.

Tenía que tomar una decisión. Tragó saliva. Alguien soltó un grito en alguna parte de la calle. Eso no era tan extraordinario, pero sí que atrajo la atención de buena parte de los presentes. Nyx se agachó. Y se volatilizó como si en lugar de una mujer fuese una nube de mosquitos.

El traqueteo de las ruedas sobre los adoquines que llevaban al patio resonaba en la Umbra como un bombardeo incesante. Estuvo varias veces tentada de taparse los oídos, pero eso hubiera supuesto soltar sus agarres y terminar en el suelo. Y hasta ahí habría llegado su intento de asaltar ese palacio. Si la descubrían, tendría que salir huyendo. Y eso haría que en adelante multiplicasen la guardia. De verdad que no había pensado muy bien aquello.

Y ahí estaba, encaramada a los bajos de la carreta, con todos los músculos de su cuerpo apretados. Ya era demasiado tarde para echarse atrás.

El carro se detuvo en un punto medio del patio. Ella apenas podía ver nada desde su posición. Solo algunos pies que caminaban prestos alrededor. Gente descargando la mercancía. Parias y sirvientes, intuyó. Entonces llegaron dos pares de pies diferentes. Por sus botas y la tranquilidad que traían, los asoció con acólitos que vendrían a revisar el cargamento. Si alguno de ellos era un supresor, no lo podía saber. Había visto que no eran detectores, ya que los capellanes calzaban unas sandalias muy características. Y si ninguno de ellos dos lo era, significaba que podría haber alguno presente en otro punto desde donde observar la escena al completo. Nyx maldijo para sus adentros.

El proceso de descarga siguió su curso, los acólitos permanecieron en el mismo sitio y los miembros de la caminante empezaban a acalambrarse. Si quería abandonar aquellos bajos, tenía que arriesgarse. Se dejó caer con cuidado. La poca Gracia que había absorbido ayudaba a la fluidez de sus movimientos. No sabía si con eso sería suficiente. Aprovechó su nueva posición desde el empedrado para vigilar en todas direcciones. Parias que

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iban y venían, algunos más alejados que se atareaban en otros asuntos, un par de acólitos más y, por fin, junto a ellos, un aprendiz de capellán.

«Un puto cara de palo».

Parecía distraído, pero eso era algo que ella no podía asegurar. La máscara podía estar apuntando en su dirección o en cualquiera de aquel patio enorme. La muchacha sabía que debía actuar con mucha calma. Tenía que evitar los movimientos bruscos. Reptó hacia el carro que quedaba oculto a la vista del capellán. No obstante, entraría en el campo de visión de uno de los acólitos. Si este tenía el don y en ese momento estaba husmeando al otro lado del Velo, la descubriría al momento. Nyx sopesó sus opciones por un instante y llegó a la conclusión de que merecía la pena arriesgarse.

La joven pensó que sería muy fácil rodear al capellán, ponerse a su espalda, aparecerse lo justo como para abrirle el gañote con un cuchillo y después volver a desvanecerse. Eso desencadenaría de inmediato el caos, lo que ella podría aprovechar para meterse en el edificio. Pero, claro, aquello era el Foso y no Niño Perdido. Ahí conocían a los caminantes. Estaban alerta de ellos. En cuanto ocurriera algo así, sospecharían que había un caminante detrás de esa muerte. Eso los pondría en guardia y ya no la dejarían trabajar a sus anchas. Tenía que mantenerse siempre en la oscuridad.

«Que nunca sepan quién les robó».

La joven tomó una profunda bocanada de aire y salió de su escondrijo. Su objetivo era subirse al carro, cosa que hizo de un salto. Se agachó de forma que tanto las tablas de este como la mercancía la tapaban del capellán y de los acólitos. Allí arriba había bloques de materia en crudo, lista para ser trabajada. Ella supo ver ahí una oportunidad. Esperó a que el último paria se fuera con su cargamento y, entonces, se materializó. Solo un momento, lo justo para agarrar un terruño de materia y llevárselo con ella al inframundo.

Se bajó del carro de vuelta al lugar de donde había salido, entre las ruedas. Ningún acólito dijo nada, por lo que supo que no estaban inspeccionando la Umbra en ese momento. Estaba teniendo suerte. Volvió a este lado del mundo para, con tanto aplomo como pudo recopilar, lanzar el trozo de materia entre las piernas de los dos acólitos. Debía hacerlo con la fuerza justa para que empezase a rodar a un par de varas de distancia. Ella se desvaneció antes de que el terruño tocase el suelo y se fuese

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deshaciendo un poco con cada impacto. Con ese ruido sordo de plasta que se ha quedado un poco dura. Fue suficiente como para llamar la atención de quien estaba cerca, pero no de todo el patio.

No esperó más y salió disparada de su escondite. Su objetivo ahora eran las columnas del lado opuesto del aprendiz de capellán. Si todo iba como ella había planeado, los acólitos estarían entretenidos preguntándose qué había sido ese ruido a sus pies. Verían el trozo de materia, se preguntarían a qué paria se le habría caído, pero no verían ninguno cerca. Luego irían hacia la carreta, se auparían a la parte de arriba solo para comprobar que allí no había nadie. Y como aquello era imposible, entonces sí, inspeccionarían la Umbra. Algo así debía pasar. Para ese momento, ella llevaría un buen rato oculta tras una columna.

La muchacha imprimió a sus piernas tanta velocidad como fue capaz. Sabía que lo conseguiría, pues no era tanta distancia y en la Umbra era rauda como un diablo. Lo que no pudo prever fue que, de repente, desde detrás de la columna a la que se dirigía surgiera una nueva figura. Su movimiento era propio de alguien que estaba a otra cosa, que pasaba por allí por pura casualidad. Otra aprendiz de capellana. Nyx supo que no se la esperaba; pudo notar bajo la máscara la impresión que le causó cuando se la encontró de frente.

Era muy tarde para frenar, y más aún para andarse con medias tintas. La caminante siguió la carrera y saltó hacia ella y, como estaba hecha de sombras, la atravesó. Esto sorprendió todavía más a esa capellana que se quedaría en aprendiz para siempre. Porque Nyx se paró en seco justo a su espalda y se giró mientras se materializaba. Tenía una mano en la empuñadura del cuchillo. En lo que tarda una mosca en aletear dos veces, la apuñaló por la nuca. La punta de cerámica vio la luz por el otro lado, seccionando tanta piel, cráneo, seso y madera como se le puso por delante.

Pronto la clériga se convirtió en un peso muerto, pero Nyx estaba preparada y la agarró con determinación. Había conseguido que su víctima no emitiera ninguna señal de alarma, no era cuestión de que el golpetazo contra el suelo avisara a los demás. Sentó el cadáver contra la columna, en el lado que no daba al patio. La caminante regresó de inmediato a las mareas de la Umbra, su único lugar seguro. Miró en todas direcciones. No había nadie, pero era algo que podía cambiar en cualquier momento.

Corrió hacia una puerta abierta. Al otro lado encontró algo semejante a un almacén. Herramientas, cajas, sacos, polvo, bichos. Tenía pinta de que

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los sirvientes lo usaban a menudo, pero si se daba maña podría ocultar el cuerpo. Y como no tenía nada mejor a la vista, allá que llevó a su víctima. Consumió un buen bocado de Furia para cargar el cadáver con velocidad. Lo dejó caer sobre unos sacos llenos de una materia poco amable al tacto. Eso no le importaba. Volvió a tirar de fuerza bruta e hizo un hueco. Dejó a la muerta en el suelo y luego la recubrió. La joven dedicó unos instantes a retocar su obra. En principio no había muchas pistas de que en algún punto de ese almacén se encontrara una aprendiz de capellana cumpliendo los primeros pasos del proceso de putrefacción. Ojalá tuviera menos prisa para ocultarla mejor.

Ojalá no hubiera dejado tantas gotas de sangre negra por el suelo.

«Mierda, me cago en mí».

La caminante volvió a deshacerse en sombras.

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Al mayordomo del palacio se le ocurrió que lo mejor era que Lem tuviese una copia de las llaves de la colección privada de la biblioteca del cardenal. La misma que se encontraba en la habitación secreta. Fue idea suya, por supuesto, en absoluto fue algo que el augur le condujese a pensar durante una sesión de lectura del porvenir. Para nada.

A Lem le maravilló lo fácil que le resultó conseguirlo. Sería tan sencillo amasar poder desde su nueva posición. Cada giro que pasaba, conforme la tortura y la ejecución de la probable Uma iban quedando atrás, la idea de convertirse en un pez gordo en la sombra se volvía más y más apetecible. Y eso que seguía teniendo muy presente a la que había sido su compañera. Sobre todo porque no dejaba de verla en el inframundo, vagando como alma en pena por entre las brumas blancas.

Aunque no sabía cómo sentirse al respecto. Ella lo había estado utilizando desde el principio. Si se acercó a él fue para manipularlo, para aumentar su propia influencia dentro de la Academia. Con todo, había sido la única que le había mostrado algo de calor en toda su vida.

«Joder, qué difícil es esto».

Pese a esos pequeños dilemas internos, su situación había mejorado tanto que se permitía soñar. Si lo pretendía, podría tener a gente poderosa bajo su control, conseguir que hicieran cosas por él, que le procurasen aquello que él requiriera. Todo con mucho cuidado y discreción, sin llamar la atención.

Llegado a ese punto, Lem siempre terminaba preguntándose lo mismo: ¿cuánto tardaría en emborracharse de poder y comenzar a actuar imprudentemente? Sabía que era algo que terminaría pasando. Estaba convencido de que fue lo que le había sucedido al augur que le precedió. No, no podía caer en esa trampa.

No obstante, hacerse un hueco en la ciudad, aunque fuera entre las sombras, podría facilitarle la vida. Quién sabía si a lo mejor podría ganarse

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la tan ansiada libertad de esa forma. No, no, mil veces no. No podía dejarse engatusar por la tentación. Tenía que haber otra forma.

Pensaba justo en eso cuando giró la llave en el cerrojo. Ante él se abrieron las puertas del conocimiento prohibido. La biblioteca privada del cardenal. Si la de acceso común ya era magnífica, allí dentro tendría que haber auténticos tesoros. Lem no esperaba menos.

Repasó con mimo los lomos de los libros. Le sorprendió la limpieza. Un lugar prohibido no debería estar tan cuidado. O acaso el mayordomo mismo entraba a menudo para mantenerlo así de impecable.

Tomó un ejemplar, uno al azar. El sendero de los monarcas, de un tal B. S. Si el autor no firmaba con su nombre completo tenía que deberse a que se trataba de un libro, como mínimo, maldito. Aquello prometía. Al sostenerlo en los brazos, Lem comprobó era mucho más pesado de lo que parecía en la estantería. Lo abrió con esfuerzo. Las líneas se apelotonaban entre sí. Cada página estaba atestada de letras, tanto que casi había más negro que blanco. No había leído ni una frase y ya le resultaba fatigoso a más no poder.

Lem no pudo evitar que se le viniera a la mente el trabajo de copista. Pasar un libro como ese entero serían miles de horas, dolores constantes de espalda y cuello, ojos secos, manchas indelebles en las manos. Recordó la Academia, su estrafalaria y enorme biblioteca. Snedrio y su infantil necesidad de protagonismo. Volvió a sentir el impulso de prenderle fuego a todo. Creía que era algo que había dejado atrás, por lo que se sorprendió al fantasear con incendios salvajes devorando libros. Estaba considerando las implicaciones en su vida de que, por casualidad, aquel lugar terminase sirviendo de festín para las llamas cuando escuchó un ruido procedente del otro lado.

Él no debería estar allí. Si alguien lo encontraba entre esas cuatro paredes, se metería en un buen jaleo. Cerró el libro que tenía en las manos y, con mucho esfuerzo, lo devolvió a su sitio. Luego se acercó a la puerta. Se asomó a la rendija con sumo cuidado. Bajo el hábito, acariciaba la empuñadura de la Hoja del Destino. No vio nada. Pero a poco que aguzaba el oído, podía escuchar un movimiento sordo. Luego, algo que se arrastraba, objetos voluminosos que se depositaban en el suelo. Desorden. Nada que él pudiera identificar desde su posición. Entonces recordó lo que había pasado con el antiguo augur y se creó un vacío en su interior. Decidió encerrarse.

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Con extremo cuidado, agarró el pomo, lo bajó y empujó la puerta. Puso todo su esmero en no hacer ruido, pero hay cosas que no están bajo el control de uno. El chasquido que emitió el cerrojo fue una de ellas. El joven augur se quedó en el sitio deseando no existir. Ni se atrevía a respirar. Era cierto que había dejado de escuchar movimiento al otro lado, pero también lo era que ahora la puerta estaba cerrada. Pasaron unos instantes de incertidumbre que tardaron en consumirse como una vela. Cuando decidió introducir las llaves en la cerradura para dejarla bloqueada, algo empujó la puerta.

Lem quiso reaccionar, aunque ya era demasiado tarde. Esa fuerza sobrepasaba con mucho su escasa resistencia, de modo que cayó al suelo de espaldas. Desde allí vio la figura que entró en la biblioteca privada del cardenal. Era lo último que esperaba encontrar.

Una muchacha desgreñada, con la mirada huidiza y agitada, que vestía un gabán que claramente no era de su talla. Una cicatriz le cruzaba la cara y le atravesaba el mismo ojo que él ya había visto antes, solo que tapado por un parche. Porque Lem ya conocía esa cara. La de una de los acompañantes del chico dulce. Y ahí estaba, recién aterrizada de sus sueños. Solo que en el mundo real y armada con un cuchillo criminal. Manchado de sangre.

«Esfinge».

No podía ser. Quién era esa persona, qué hacía allí. Por qué lo miraba de esa forma tan extraña, mitad amenazadora, mitad disociada.

—Ven aquí —dijo la asesina. Más bien, lo gruñó.

Por descontado, Lem no obedeció. Se quedó sentado en el suelo sin saber cómo poner en marcha sus músculos. Eso no hizo demasiado feliz a la asesina, que parecía haber rebasado hacía tiempo su cupo de paciencia. Se abalanzó hacia él con nervio. El augur retrocedió como pudo arrastrándose por el suelo. Antepuso un brazo, aquel que no estaba usando para esquivar a su atacante. Lo removió en el aire con la vana esperanza de quitársela de encima. Pero aquella joven no era una mosca que se pudiera espantar con aspavientos. Lo agarró con fuerza del hábito y tiró hacia arriba. Quería ponerlo en pie por las malas.

Entre que seguía resistiéndose y que dudaba de que sus piernas fuesen capaces de sostenerlo en pie, Lem se opuso. Era un peso muerto. Pero aquella asesina tenía una fuerza enorme que no correspondía a su aspecto. Por eso mismo, lo único que consiguió con un tirón fue arrebatarle el

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agamte. El muchacho se levantó un poco, pero pronto volvió a caer de culo. Sin hábito que le cubriera la cara, sí que se sentía por completo indefenso. Ya nada le daba un mínimo de protección. Lo siguiente que esperaba era una cuchillada salvaje. Había superado tantas penurias para acabar destripado de cualquier forma en el suelo de una habitación que ni siquiera era suya. Qué injusticia.

No obstante, la asesina no terminaba el trabajo. Es más, se había quedado tan paralizada como él y lo observaba con detenimiento. En la cara tenía una expresión indescifrable. Había sorpresa, incredulidad y algo bastante cercano al horror. Ambos ojos muy abiertos y los labios separados. Necesitó unos instantes para pronunciar una única palabra.

—Esfinge.

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De todo lo que Nyx podía esperar de su visita al Foso, encontrarse con aquel tipo era lo último que imaginaba. Lo había visto, como poco, un par de veces en sus sueños, aquellos especialmente raros en los que estaban en una habitación blanquísima, de un brillo que saturaba las pupilas. Ese joven era el que aparecía tumbado en una cama alta, la más limpia habida y por haber. Y se moría. Estaba tan moribundo que nunca lo había visto levantarse de ahí.

¿Qué significaba eso? Porque si una cosa tenía Nyx por segura era que los sueños no existían, que eran historietas absurdas que habitaban su propio mundo y que, por algún motivo, aparecían mientras dormías. Una vez te despertabas te deshacías de ellos y la vida seguía. Sin embargo, allí tenía a alguien perteneciente a aquel mundo. Y la observaba con una expresión extraña en la cara que la caminante, como de costumbre, no sabía interpretar.

¿Qué debía hacer con él? ¿Lo dejaba vivo? ¿Lo pasaba a cuchillo como al resto de sus compañeros? La situación era tan Esfinge que ganas de ello no le faltaban.

—Tú, ponte a cargar cuerpos —le ordenó señalándole los cadáveres que había ido escondiendo en la biblioteca y que ahora quería introducir en la habitación donde lo había encontrado.

El augur obedeció de inmediato. Se encomendó con tanto afán a su tarea que a Nyx apenas le dio tiempo a pensar qué hacer con él. Pero pronto tendría que tomar una decisión. La caminante se había infiltrado en un palacio altamente protegido dejando en el proceso un reguero de cadáveres difícil de contar. No tardarían en descubrirla.

—¿Quién eres? —le preguntó en cuanto escondieron el último cuerpo; el de un supresor.

—Lem —se limitó a contestar el augur.

«Como si eso fuera una respuesta».

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—No, cojones. ¿Quién eres? —insistió ella.

Ante aquella pregunta, el muchacho pareció estropearse. Sus ojos saltones iban de un lado a otro y la boca le temblaba bajo esa nariz alargada y ligeramente torcida.

—Lem. El augur.

Esas pocas palabras tardaron mucho más de lo normal en salir, ya que parecía que aquel chico no sabía cómo pronunciarlas sin balbucear ni trabarse.

«Sombras, qué conversación más estúpida».

Por desgracia para la caminante, el tiempo seguía jugando en su contra. Debía centrarse en su misión. Ya habría lugar para resolver aquel acertijo. Con lo que no contaba era con los torpes intentos de aquel chico por salvar el pellejo.

—Puedo ver tu porvenir —tartamudeó—. Lo estoy viendo ahora mismo. Es brillante. —Aquello sonaba de cualquier forma menos a convincente—. Dame un momento y verás con claridad…

—Negro corazón de Ténebre, cállate ya —lo interrumpió ella con fastidio—. Mierda. Esfinge. Joder.

La joven apretó el mango del cuchillo y sacudió la cabeza. Necesitaba hacer que aquello avanzara y, si se dejaba llevar por el ansia, la misión podría irse al traste. Era demasiado tarde para eso.

—El cardenal —dijo Nyx resuelta—. ¿Dónde está?

Por momentos, el tal Lem pareció atragantarse con su propia saliva, pero consiguió rehacerse y contestar algo inteligible.

—Arriba —dijo.

«Pues vamos».

Nyx lo agarró de los ropajes y tironeó de él. El augur era alto, pero no ofrecía ninguna resistencia a los miembros mejorados con Furia de la muchacha. Ella cerró la puerta de la habitación con la esperanza de que a nadie le diera por mirar allí dentro durante la próxima hora. Echó un vistazo alrededor y comprobó que no había nadie rondando por la zona. La biblioteca estaba tranquila, en un silencio como el que sigue a una petición de voluntarios para limpiar una letrina. Lástima que los rastros de sangre continuaran acumulándose allá por donde la caminante pasaba. Tenía que mejorar en ese aspecto.

La muchacha empujó a Lem hasta la puerta principal. A falta de una idea mejor, había decidido que sería su guía allí dentro. El tipo había

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aceptado, aunque la verdad es que no tenía otra opción. Se había vuelto a colocar la parte superior del hábito, esa tela blancuzca que le tapaba de pies a cabeza. Lo había hecho con ansia, como desesperado por estar a cubierto. Fue tan patético que ella le dejó. De todas formas, no sabía leer los gestos de su cara. Además, dentro del palacio todos estaban acostumbrados a verlo tapado, pasaría más desapercibido así si en algún momento las cosas se torcían de nuevo.

El edificio se disponía a partir de un patio cuadrado. Este, más reducido pero también más lujoso que el de servicio, daba luz a la galería que lo rodeaba. Las puertas de todas las estancias importantes daban ahí. Cualquier parecido con los edificios cochambrosos a los que la caminante estaba acostumbrada era casualidad.

El augur caminaba con prisa pero con sigilo. No quería que sus sandalias hicieran ruido. También se guardaba de no ser visto. Corría de escondite en escondite, desde donde vigilaba hasta hacer su siguiente avance. Todo torpe y encorvado. Resultaba casi cómico. Se detuvo en una esquina que no se atrevió a doblar.

—Ahí está la escalera que lleva arriba —dijo con mucho esfuerzo. A sus dificultades lingüísticas se le sumó el aliento entrecortado.

Nyx se aproximó. Sabía lo que le tocaba hacer. Pero antes tenía que cubrirse las espaldas. Llevó la cerámica del cuchillo a la parte del hábito de Lem donde suponía que estaría su cuello. El augur se quedó rígido de la impresión.

—Quieto —dijo—. Aunque no me veas, voy a estar aquí.

Y acto seguido se deshizo en sombras. Le encantaba hacer eso así, por las buenas. La Umbra la recibió con su baile de tonos habitual. Con su disparate cacofónico. Nada de eso le importó; ella tenía muy claro lo que iba a hacer. Se asomó con cuidado al otro lado de la esquina, muy cerca de Lem, que allí seguía, tieso como una estaca.

A unas varas de distancia había dos acólitos apostados. Llevaban lanzas, aunque las usaban más para mantener el equilibrio que para infundir algo de respeto. Se los veía muertos de aburrimiento.

«Voy a dejarlos igual, pero sin el aburrimiento».

La caminante salió corriendo hacia ellos rauda, aunque pegada a la pared tanto como pudo. Como ninguno de los dos acólitos pareció detectarla, siguió hasta colocarse en medio de ambos. Entonces sí que quisieron reaccionar. Tarde.

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Cuando Nyx se materializó, ya estaba girando sobre sí misma. Fue un torbellino de sombras que salía de la nada. De aquella nube se separaron dos brazos que portaban cuchillos letales. A uno le rajó la cara de parte a parte, al otro le hizo una nueva boca más abajo de donde se suponía que debía estar. En el cuello. Con un movimiento raudo, acudió al primero para rematarlo. Una cuchillada en el corazón bastó para que tocase el suelo ya cadáver.

La caminante echó un vistazo para comprobar que no quedaba nada de movimiento en aquellos dos desgraciados. Luego acudió a toda prisa a por Lem, quien continuaba en el punto exacto donde lo había dejado. Lo agarró del hábito de malos modos y le dio un empujón hacia la escalera. La muchacha se echó a ambos muertos a los hombros y los cargó escaleras arriba. Eso dejó sin palabras a Lem, lo que ella entendió que era algo bueno. Aprovechó un enorme jarrón que había en el descansillo y dejó caer allí dentro a uno de los acólitos. El otro lo colocó entre la vasija y la pared. De nuevo, con sangre tiznándolo todo de gotas azabaches.

No había tiempo que perder. Terminaron de ascender las escaleras y salieron a la planta superior, que resultó ser una copia del nivel del que procedían, solo que todavía más lujosa. Y más silencioso. No había ni un alma allí arriba, aunque no debían fiarse; Nyx había visto más de una vez máscaras de metal asomándose a las ventanas de esa planta. Se quedó agachada justo en el último peldaño y obligó al augur a hacer lo mismo.

—¿Y ahora? —preguntó.

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Maia y Kasidra no necesitaron más pistas para comprender que habían ido a parar a un nido de Grises. El mayor que podrían encontrar. No solo eso, sino que ahora también había Grises en su retaguardia, lugar del que procedía un Wylar que corría quemando Furia como un desesperado. Maia miró en derredor un momento en busca de una salida. No la había.

—Allí —dijo Kasidra apuntando a la pared más escarpada a la vista. Aquello era impracticable, pero la anciana estaba en lo cierto; parecía

su única oportunidad.

La guerrera devolvió la mirada hacia Wylar, que se acercaba armando un jaleo considerable. Ya daba igual, los Grises habían reparado en los tres. Se removían con impaciencia por la ladera. Peor, estaban poniéndose en movimiento. Y estos eran rápidos.

La cartógrafa descolgó el bastón de su gancho en el lateral de la mochila. Muy despacio, sin separar los ojos de las criaturas que se aproximaban. Empezó a montar —o a desmontar, según se mirase— el arma. Maia coincidió con ella y terminó de liberar el hacha de batalla. Aunque notaba que le quedaba en su organismo, buscó en los alrededores el yacimiento más cercano de Furia. Parecía haber algo valle abajo, justo antes de llegar a la pared rocosa que era su destino.

—Tenemos que irnos ya —comentó la señora con el arma lista, apuntando a los posibles blancos.

Eran demasiados. Los Grises se levantaban incluso de lugares donde antes no había nada. Maia apretó los dientes.

—Por todos los nombres prohibidos —masculló.

Y echó a correr hacia la pared.

La vocecilla interna de Wylar alcanzó un nuevo e insospechado nivel de pánico cuando vio que Maia y Kasidra salían corriendo ladera abajo.

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«Pero adónde van».

Huían por huir, esa fue la conclusión a la que llegó. Algo lógico ante la avalancha de criaturas que los asediaban, pero que no podía durar mucho. O a lo mejor se estaban dirigiendo hacia la escarpadísima ladera que había al otro lado del riachuelo que surcaba el valle.

«No puede ser, pero si van hacia una pared».

Era tan alocada la carrera del arquero que terminó tropezando. Rodó ladera abajo por un tiempo indeterminado hasta que por fin logró detenerse. Por suerte, había consumido tanta Furia que apenas notó ningún daño. Sería otra cosa cuando los efectos se le pasasen.

No quería ir a aquella pared, era un suicidio. Pero tampoco deseaba verse a solas con la riada de criaturas que no dejaban de aparecer por todas partes.

Ante la idea de reunirse con sus compañeras para no morir solo, su vocecilla entró en combustión.

«Que me arrastre la Oleada», se dijo, cosa de la que de inmediato se arrepintió.

La anciana había encajado el bastón desplegado entre la espalda y la mochila, en una posición que debía de ser cualquier cosa menos cómoda. No pareció importarle, ya que saltó hacia la pared de la montaña y comenzó a trepar con una agilidad a la que costaba acostumbrarse. Maia la siguió, no sin haberse hecho con un último sorbo de Gracia primero. Wylar, que llegó unos instantes después, las imitó, a lo mejor no tan grácil, pero sí igual de rápido y desesperado. Ascendieron sin detenerse hasta alcanzar una estrecha terraza, como once varas por encima del suelo. Desde allí se volvieron hacia lo que habían dejado atrás. Aquello era el infierno en vida.

La ladera estaba infestada de Grises. Algunos permanecían en su posición, otros les lanzaban piedras. Muchos los seguían. Los había de un tamaño inmenso, y daba la impresión de que estuvieran hechos de la misma roca de la cordillera. Todos eran monstruosos, deformes, con bulbos y calvas que parecían estar comiéndoselos vivos. Con más brazos y cabezas de las que sería lógico. Aquello era antinatural hasta para esos seres. Y cada vez eran más.

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Maia miró hacia la ascensión que tenían por delante. Las laderas agrestes y la escalada no casaban bien con las huidas desesperadas. Los tres se habían encontrado con una sección demasiado vertical que había requerido de toda su pericia. Cuando superaron ese trecho fueron conscientes de que todavía estaban a mitad de la ascensión. Se detuvieron unos instantes para ver dónde se encontraban sus perseguidores, pero en realidad lo que buscaban era recuperar algo de resuello.

El cuerpo principal de la horda quedaba aún demasiado lejos, pero a los Grises más avanzados los tenían casi encima. Estos eran de los pequeños y no parecían suponer una gran amenaza de por sí. Si no fueran tantos, claro. Urgía ponerle solución a ese problema.

—Desde aquí podría abatirlos —dijo la cartógrafa—. Nada me sería más fácil, pero supongo que voy a necesitar disparar mucho en las próximas fracciones y temo sobrecargar el bastón.

—Mis flechas tampoco son infinitas —dijo Wylar jadeando con las pupilas dilatadas por efecto de los halos que bombeaban en su organismo.

Maia no añadió más. Se limitó a seleccionar un pedrusco medio suelto, arrancarlo de su lecho, calcular un poco al borde del precipicio y soltarlo al vacío. La brutalidad con la que aquel trozo de roca se llevó por delante a un Gris que ascendía tuvo un efecto balsámico en el grupo. No solo los animó, sino que les restó cansancio. Pronto los tres agarraban peñascos más o menos robustos para dejarlos caer. Había cierto regocijo en despeñar Grises, cierta satisfacción y sabor a trabajo bien hecho.

A veces había suerte y la caída provocaba un pequeño alud que arrastraba a dos o incluso a tres de esos bichos que había más abajo. Pronto, antes de lo que esperaban, sus perseguidores más inmediatos se encontraban a una distancia a la que ya no era tan fácil acertarles. Aunque ese era el menor de sus problemas.

—Algunos se acercan por los lados —anunció Wylar.

Y tenía razón. Había como seis Grises que se habían escorado a izquierda y derecha. Lo suficiente como para quedar fuera del alcance de las rocas.

—Podemos ignorarlos por el momento —dijo Kasidra—. Si reanudamos la marcha ahora encumbraremos mucho antes de que nos alcancen.

Maia asintió.

—Para arriba, entonces —dijo la guerrera.

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El último tramo de la ascensión fue menos frenético, algo que agradecieron. Seguían sufriendo la tensión de ser perseguidos y de no saber qué sería de ellos una vez que llegasen a lo alto, pero al menos se habían sacudido de encima la sensación de estar a punto de ser cazados por una manada descomunal.

Cuando alguno de los Grises cometió el error de acercarse más de la cuenta, no dudaron en soltarle una pedrada. O dos, o las que hicieran falta para hacerlo caer. Y así, avanzando y eliminando enemigos, fue como hicieron cima. En realidad, no era la parte superior de aquella montaña, sino el punto donde se encontraban dos caras de sus laderas. Una cresta escarpada como el espinazo de un Arconte.

Asomaron las cabezas al otro lado y un nuevo valle se abrió ante sus ojos. La panorámica, como el viento, los sacudió. Allí encontraron una garganta profunda y alargada. En un punto medio, donde resultaba imposible de obviar, había un nuevo agujero que podía confundirse con una cueva o con un cráter. A su alrededor se arremolinaba una cantidad desmesurada de figuras más o menos en movimiento. No podían ser otra cosa más que Grises. Y al otro lado del Velo, apareció otra ciudad fantasmal, hecha en piedra, alta, basta, rotunda.

—Por la cólera de los Seis —se le escapó a Maia.

—Esfinge —exclamó Wylar.

—No puede ser.

—¿No habíamos pasado ya por ahí? —preguntó Wylar entre pasmado e indignado—. Esos bichos no estaban antes.

—Los edificios tampoco —comentó Kasidra consultando uno de sus artefactos. Aquel que usaba para orientarse y cuya flecha no señalaba los vientos—. Investigué en la Umbra varias veces.

—Por lo menos quedan lejos —dijo Maia.

—Pero nos cierran esa salida —añadió Kasidra.

Hacía mucho que la cartógrafa no sonreía, Wylar acababa de reparar en ello. Jamás pensó que lo echaría tanto de menos.

—Bueno, al menos ya nadie negará que la Oleada está aquí, ¿verdad? Maia bufó.

«Ahí vuelve a estar esa sonrisa», pensó Wylar.

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Como ninguna de las dos caras de aquella cresta los libraba de la invasión de los Grises, el grupo tuvo que llevar la huida más arriba todavía. Ascendieron por el mismo risco divisorio, a través de un tortuoso camino que los habría de llevar hasta un punto cercano al pico más alto. Desde allí, según las informaciones de Kasidra, catalejos en mano, tendrían la opción de pasar a otra cara de la montaña, una desconocida para ellos. Por fuerza no podía ser peor que las otras dos.

«¿Y si lo es?», se preguntaba Wylar. O era la vocecilla quien lo gritaba.

El risco era una especie de corredor irregular que los dioses habían tenido a bien emplazar allí arriba. A veces más ancho, a veces más estrecho; a veces dejaba de subir un momento para bajar unas varas, pero la tendencia era siempre hacia arriba. Y a un lado y a otro, una caída mortal de necesidad.

Wylar iba en retaguardia, no porque le apeteciera, sino porque su arco sería útil en caso de que los perseguidores se acercaran más de la cuenta. Para alivio suyo, los más próximos se habían quedado demasiado rezagados, aunque nunca se sabía con esos bichos. De una forma o de otra, se estaba permitiendo asegurar cada paso, procurando que el pie no se apoyara en la roca equivocada. Era complicado hacerlo sin recurrir a la poca Gracia que le quedaba, que prefería guardar para cuando de veras la necesitase. Hacía un rato que las piernas le temblaban, mezcla de cansancio y vértigo. Solo esperaba que no empezase a llover; rezaba en su fuero interno por ello. Él, que tanto y tan públicamente había renegado de los dioses y todos sus nombres prohibidos.

Maia se había convertido en una máquina palpitante e irradiadora de calor. La guerrera avanzaba en medio de la formación, concentrada, sin dedicar ni un ínfimo pestañeo a nada que se saliera del siguiente movimiento que tenía que realizar. Y eso incluía la rodilla, que se quejaba con cada impacto contra el suelo. E iba a más. Sabía que necesitaría de todas sus cualidades para salir de aquella situación. Ella, guerrera entrenada en el dolor y las dificultades, se sentía preparada para lo que estuviera por venir. No obstante, el inconveniente no era su mentalidad ni la confianza en sus capacidades, sino que no se fiaba de ninguno de sus

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dos compañeros. Una por ser una señora, además de sabionda. El otro, muy a su pesar, por incapaz.

«¿Por qué siempre tendré que decantarme por los guapos?», se lamentó.

Apretó los dientes. En realidad, no sabía desde cuándo llevaba haciéndolo, pues cayó en la cuenta de que sentía sobrecargadas las sienes y la mandíbula. Tampoco sabía desde cuándo llevaba la mano dentro del zurrón, manoseando la gema por encima de la bolsita donde la guardaba. Quizá desde que habían llegado a la parte más alta.

La cresta los llevó hacia una nueva pared que subía y subía sin pedir permiso a los expedicionarios. Ellos no estaban interesados en llegar tan alto, les valía con bordear un trecho como a veinte codos de su posición hasta alcanzar la parte de la ladera donde podrían caminar sin apoyarse en las manos. Por desgracia, no había forma de evitar un tramo casi vertical. Les tocaba volver a trepar, esa vez con una caída de, como poco, trescientas varas.

Kasidra repasó con la mirada a sus acompañantes. Había gravedad en el gesto, aunque, contra todo pronóstico, pronto les dedicó una corta sonrisa marca de la casa.

—Todo va a salir bien —dijo. Y un instante después, guardó el aparato que estaba consultando y se encaramó al muro.

Allí subida con esas extremidades tan cortas y la mochila sobresaliendo, parecía un escarabajo que había perdido dos patas y había olvidado si iba o venía. Maia resopló. Se volvió hacia Wylar, cuyo semblante no podía encontrarse más lejos de la tranquilidad. Quiso animarlo, pero ella tampoco derrochaba alegría. Se secó el sudor de la frente mientras miraba aquel trozo de montaña que les quedaba por delante y los desafiaba. Luego la mirada se le fue sola hacia abajo, como arrastrada por la fuerza de la gravedad. Aquello era un despeñadero.

—Los ojos en mí, ¿eh? —le dijo ella como si fuera una orden fácil de seguir—. Haz lo que yo haga.

—¿Y si te caes?

La guerrera se tomó aquello como una broma y, por supuesto, no se rio. En su lugar, buscó los mejores agarres para manos y pies y comenzó a trepar. El arquero miró hacia atrás. Deseó que los Grises se hubieran cansado de perseguirlos y les dejasen la opción de regresar. Aunque, a decir verdad, descender de vuelta aquella ruta que los había conducido

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hasta allí tampoco resultaba nada atractivo. Para colmo, los primeros demonios ya se dejaban ver en lo alto del farallón. Avanzaban incansables. Deformes. Mucho más ágiles de lo deseable.

Wylar soltó una maldición y, con la certeza de que no lo conseguiría, se dispuso a cruzar. La vocecilla volvió a multiplicarse. Por una vez no le decía que hiciera o dejara de hacer algo. Solo gritaba miles de cosas dispares. Se encomendó a los dioses, pero, sobre todo, a la Gracia y la Furia que le quedaban en el cuerpo.

Contra todo pronóstico, aquel tramo resultó mucho más sencillo de lo que parecía. Era la posibilidad de terminar en el fondo del valle lo que lo hacía difícil. Se le llenó el pecho de alivio cuando Maia le ofreció uno de sus musculosos brazos para agarrarse. Nunca le dio tanto gusto tocar esa piel lechosa llena de venas, tatuajes y cicatrices. Pasó a una estrecha cornisa donde solo cabía una persona por vez. Tierra firme en cualquier caso.

La cartógrafa había seguido adelante con el fin de asomarse a otear qué había al otro lado. La cumbre solo quedaba unas varas por encima de ellos. Además, allí se encontraban a resguardo del viento, de la mayor parte de sus rachas, al menos. De modo que los guerreros eligieron esperar las noticias de la anciana, fueran cuales fuesen.

Entretanto, los Grises seguían aproximándose por el farallón. El arquero buscó una piedra al instante. Maia le adivinó las intenciones.

—No malgastes halos —le ordenó.

El hombre se agachó a por la roca que ya había localizado.

—Si ya apenas me queda.

—Con más motivo.

Tiró la pedrada, que pasó cerca de su objetivo pero que terminó impactando contra la ladera. Chasqueó la lengua.

—¿Cómo vas tú? —le preguntó a su compañera sin dejar de vigilar en todo momento a los bichos.

«Fatal. La rodilla me va a matar».

—Mejor que tú.

—Ya —replicó él con fastidio—. ¿Aparte de eso? ¿La rodilla? Y lanzó otra piedra. Nada.

—Podría pasarme un giro entero chupando de un caño de Furia y ni así me llenaría —dijo la guerrera con una roca en la mano.

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Cerró un ojo y, tras apuntar un momento, soltó la pedrada. Le impactó en la cabeza al Gris más adelantado, el cual cayó pendiente abajo para nunca jamás regresar.

Wylar la miró con fastidio.

«La burra esta lo tiene que hacer todo bien», pensó. No obstante, lo que exteriorizó fue:

—Has usado Gracia.

—Solo la que tú me haces.

El arquero bufó.

—No tiene mérito, estaba ya muy cerca —le dijo para, a continuación, volver a lanzar.

Tampoco esa vez acertó. Maia dejó escapar una carcajada seca. Fue a soltarle una bravata, pero no llegó a hacerlo porque Kasidra requería su atención.

—Mejor vedlo con vuestros propios ojos —dijo la vieja en un tono misterioso.

Aquello en los labios de la cartógrafa, en una situación tan límite, podía ser tanto bueno como nefasto. Cuando se asomaron al otro lado se abrió ante ellos un nuevo paisaje que no supieron cómo interpretar. Incrustada en la serranía había otra garganta, más estrecha y escarpada que la anterior que acababan de dejar atrás; pero esta vez sin rastro de criaturas ni de ciudades ignotas. Aunque todavía podía haber de todo, como ya se había demostrado que podía pasar. Había recovecos de sobra para ello. Hasta ahí las noticias eran buenas. Lo malo venía cuando se descubría que no parecía haber forma de llegar hasta abajo; estaban demasiado altos y no se atisbaba ni rastro de una ruta practicable. Por eso mismo, Maia no conseguía entender por qué la vieja estaba tan contenta.

—Mira hacia allí —le replicó Kasidra señalando con uno de esos dedos sucios y regordetes.

La guerrera le hizo caso sin terminar de fiarse. Pronto entendió a qué se refería la anciana; las montañas al fondo eran significativamente más pequeñas y suaves. Y detrás de ellas, como un borrón, se entreveía el inconfundible gris del Páramo. Había tierras bajas más allá; distantes, sí, pero justo al otro lado, casi en línea recta. Si no tuviera las manos llenas de porquería, la guerrera se habría frotado los ojos para asegurarse de que nada la estaba cegando.

—¿Es ese nuestro Páramo o es el del otro lado? —preguntó Wylar.

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Kasidra soltó una carcajada que nadie más entendió ni quiso entender. Acto seguido, sacó de nuevo aquel aparato redondo de significado indescifrable para los soldados.

—Vuestra casa está por allí —respondió la señora con otra de sus sonrisas, que, al parecer, habían regresado para quedarse.

—¿Y cómo piensas que lleguemos hasta allí? —volvió a preguntar la guerrera, solo que con menos paciencia.

Kasidra se encogió de hombros, guardó el cacharro en la mochila por un lateral y se aupó para pasar el pie por encima de aquella nueva cresta. Luego hizo lo propio con el otro y comenzó el descenso.

—Hay un desfiladero más abajo —dijo la cartógrafa—. Solo hay que descender por un trecho un poco feo. Luego se vuelve más amable.

—Define «amable» —saltó Wylar como un resorte—. Bueno, no.

Mejor define «feo».

—Tranquilo, precioso mío —respondió Kasidra—. Si has llegado hasta aquí, podrás con ello.

Los tres resoplaron. Cada uno por un motivo diferente.

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Lem no tenía ni idea de por dónde ir. De hecho, era la primera vez que ponía un pie en la planta superior. Allí estaban las dependencias personales del cardenal y hasta la fecha este no había requerido sus servicios. No solo eso, sino que tenía prohibido acercarse por allí. Aquellos pocos que sí mantenían algo de contacto con el mandamás, como el mayordomo, jamás hablaban de él. Era un tema prohibido.

La situación en la que se encontraba podría considerarse, como poco, extrema. La asesina requería de él que la guiase y él lo iba a hacer aunque no supiera cómo. Qué otra opción tenía. Ella ya había demostrado lo simple que le resultaba segar una vida. Y eso no parecía lo peor, ya que aquella no era una asesina corriente, sino una caminante. La había visto desvanecerse y aparecer en la Umbra. Ninguna otra persona podía hacer eso. Lem había oído historias sobre ellos, pero no les había dado crédito. Pensaba que se trataba de leyendas, como los Ténebres o los brujos.

«O los Arcontes», se recordó a sí mismo con un escalofrío.

La muchacha le dio un empujón para que se pusiera en movimiento de una vez. La paciencia no se encontraba entre sus virtudes. Lem carraspeó y avanzó pegado a la pared, con la cabeza gacha y los hombros levantados. Trataba de acomodar los pasos para reducir el sonido de sus pisadas. Se sentía la criatura más ridícula de todo el Foso. Probablemente lo era.

Allí arriba todo resultaba muy parecido al resto del palacio. Una galería rodeaba el patio principal al que daban las distintas dependencias. Como buscaban algo importante, Lem se dijo que estaría tras una puerta vigilada. Llevaría a la asesina hasta los acólitos con la esperanza de que estos la redujesen, aunque no tenía mucha fe.

También estaba la posibilidad de pedir ayuda. Si esa caminante se preocupaba tanto por mantener el sigilo, tenía que ser porque no deseaba que la descubrieran. La lógica le decía que saldría huyendo si se daba la voz de alarma. Aunque también le decía que antes de emprender la huida

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tendría tiempo de rajarlo de arriba abajo. Y si él no sobrevivía, ese plan quedaba descartado.

Por otra parte, nada le aseguraba que ella no fuera a degollarlo de todos modos una vez la hubiera llevado hasta su objetivo. Que a lo mejor, después de todo, lo único que estuviera consiguiendo fuera retrasar lo inevitable. Y, en el proceso, también estaba traicionando a su superior. Bueno, eso último le daba lo mismo. Lo único que tenía claro era que no deseaba probar el tacto de aquellos temibles filos de cerámica.

Se deshacía en dudas y nada lo calmaba. Ni siquiera el estar acariciando la empuñadura de la Hoja del Destino. Era tan pequeña y la llevaba tan bien guardada dentro del hábito que la asesina no la había descubierto. O eso o veía tan poca cosa a Lem que había descartado desde el primer momento que este fuera a presentarle algún tipo de dificultad.

El augur dobló un par de esquinas y no descubrió nada inusual, ninguna diferencia notable ni puerta especialmente lujosa. Allí, en realidad, todas eran una obra de arte en sí mismas. Entonces, tras el tercer giro que daban al patio, por fin encontró dos acólitos haciendo guardia. El muchacho suspiraba ya de alivio cuando la asesina le dio un tirón hacia atrás y lo mandó al suelo para ponerse en su posición. Una nueva muestra de la fuerza titánica que poseía. Y eso en un cuerpo tan pequeño.

«¿Será esto una muestra de eso que llaman Furia?», se preguntó. No era la única duda que aquella joven le suscitaba. A Lem le angustiaba haberla reconocido de sus sueños. Y, lo que era aún más enigmático, en el breve instante que él estuvo a cara descubierta frente a ella, vio que la caminante compuso una expresión de asombro. Como si ella también lo hubiera reconocido a él. Y eso sí que no podía ser.

«¿Me habrá visto en sus sueños? No, no, es imposible».

Lo que lo alejaba de esa idea de los sueños compartidos era que la asesina no le había comunicado nada al respecto. Ni siquiera una mínima pregunta. Se había limitado a seguir adelante con su misión; perdonándole la vida, eso sí. Y es que apenas si habían cruzado dos o tres frases. Lo cierto era que en una situación como esa tampoco esperaba que se pusieran a charlar; no obstante, resultaba muy raro, casi desesperante, ver lo poco que ella se dirigía a él. Era como tratar con un grillo.

Mientras el augur pensaba todo eso, la caminante había tenido tiempo de deslizarse a la Umbra, lanzarse como un proyectil hacia su objetivo, regresar a este lado del Velo, perforar con violencia el diafragma del

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acólito más cercano y aprovechar el impulso para arrojar el otro cuchillo e introducirlo por la cavidad bucal del segundo vigilante, que solo pudo articular la primera sílaba de la voz de alarma. Las que sí formaron un escándalo fueron las lanzas al caer al suelo. Había llegado el momento de la verdad; cualquiera que anduviera por allí arriba saldría a ver qué pasaba. Aquella incursión estaba a punto de llegar a su fin.

En cambio, se impuso de nuevo la quietud. No había respuesta por parte de aquella casa inmensa. Lem no se lo explicaba. Maldijo para sus adentros viendo la forma tan fría que tenía su captora de sacar el cuchillo del cráneo de su víctima. Cuando terminó, se quedó mirándolo con claros signos de impaciencia. El augur se puso en pie y acudió corriendo y maldiciendo, consciente de que sus pasos podrían estar acercándole a su propia ejecución.

Ella lo invitó de muy malos modos a que abriera la puerta. Lem se apresuró a hacerle caso, porque la de ella podía ser una cara conocida para él, pero esas gotitas de sangre en las mejillas de la caminante remataban una expresión homicida difícil de ignorar. El pomo bajó y la puerta cedió. El muchacho pasó a una estancia amplia, con poco mueble pero bastante decoración en las paredes. Esculturas de demonios, sobre todo. Seguía todo desierto. La asesina lo apartó de un empujón. Cargaba los cadáveres de sus dos últimas víctimas, las cuales dejó en un rincón. Luego volvió a clavar sobre Lem la mirada irritada.

El augur entendió que el plan de sigilo de la asesina se estaba viniendo abajo. Cada vez era más difícil mantener el anonimato, lo que agotaba su tiempo. Y eso la estaba poniendo nerviosa. El augur tragó saliva y salió directo hacia la puerta que le quedaba más cerca. Allí todo estaba abierto, las estancias se comunicaban entre sí una detrás de la otra. Eran espacios muy similares en formas y dimensiones. Los primeros muebles empezaron a aparecer conforme avanzaban: sofás, vitrinas, vestidores, cómodas, sillones. Todo con un orden y una limpieza intachables.

Hasta que al fondo del todo dieron con una sala capitaneada por una cama inmensa con un todavía más inmenso dosel. En sus visitas como augur, Lem había visto cubículos donde vivían cuatro personas más pequeños que aquel colchón. La impresión dejó paso al horror, ya que la asesina le dio un toque nada amigable en el hombro. El muchacho no necesitó que le dijera nada, sabía lo que quería decir.

¿Dónde está el puto cardenal?

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Lem salió a paso vivo en la otra dirección. Iba tan rápido que no sabía si quería enmendar su error ante la caminante o si de verdad había echado a correr para escapar de ella. Sabía que se la estaba jugando, que sin resultados la piedad de aquella joven no podía durar demasiado. Por debajo del hábito empuñaba con fuerza el mango de su puñal ceremonial. Para tranquilizarse, sí, pero también tentado de usarlo como defensa. Solo esa posibilidad le aflojó los intestinos.

Pronto llegaron a la sala por la que habían accedido. Lem atravesó a toda prisa la otra puerta, que dio paso a nuevas dependencias, todas ellas, una vez más, muy parecidas entre sí. Grandes, espaciosas, bien cuadradas y proporcionadas. Más muebles, más orden y limpieza, más lujo. Pero ni rastro del cardenal. De hecho, allí parecía que no había vivido nunca nadie. Que solo los encargados del servicio entraban para mantenerlo todo así de impecable. Y nada más.

Las aletas de la nariz de la caminante se inflaron. Tenía los ojos muy abiertos y el entrecejo muy fruncido. Se apretaba una mano contra la otra. Y a él no se le ocurría ninguna respuesta que ofrecerle. Aquello tenía muy mala pinta.

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«Te voy a sacar los ojos, pedazo de hijo de la gran puta».

Nyx empujó con rabia al augur, que salió rodando y resbalando por aquel suelo tan exasperantemente limpio y pulido. Se la había jugado. La había conducido a un sitio donde no estaba su objetivo. Jamás pensó que ese mequetrefe con hábito se atrevería a tanto. Lo veía tan inofensivo.

El tiempo se le acababa. Había dejado un reguero de muerte por todo el palacio. Cualquiera medio avispado podría encontrarla siguiendo los restos de sangre que había en suelos, muebles y paredes. Hasta su propia cara estaba salpicada con gotitas negras.

Aquel augur desgraciado pagaría por ello. Sentía el calor subiéndole por el vientre e inflamándole el pecho. Nunca se había sentido tan furibunda. Mentira, sí que había estado así cuando luchó contra Naaga. Y las otras veces que había usado los halos. Sólomon la avisó de los efectos secundarios de la Furia. Era eso lo que le pasaba. Sin embargo, ahora quería dejarse llevar por esos instintos criminales.

El muchacho debió de leer la ira homicida en la cara de Nyx. El hecho de que ella se dirigiera hacia él con uno de los cuchillos bien agarrado también debió de ser una pista a considerar. Se quedó arrodillado en el suelo, mostrando las palmas de ambas manos. ¿Qué se suponía que tenía que entender ella de eso? Lo único que veía era que se estaba ofreciendo para facilitarle que le cortase el cuello.

—Creía que estaría aquí —empezó a decir él con una voz lastimera llena de altibajos y tartamudeos. «Ah, no, que pretende convencerme»—. Nunca había subido hasta esta planta. Nunca lo he visto, nunca se ha presentado. Para mí es como si no existiera.

«Eso no me sirve».

La caminante se frenó un poco, pero no del todo. Ya estaba a muy pocos pasos.

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—Hay otro sitio donde puede estar —dijo el augur más a la desesperada todavía.

—No te creo —replicó Nyx apretando los dientes.

—Tiene que estar ahí…

La joven lo agarró de las telas, justo por debajo de donde el joven debía de tener la nuez. Su instinto le decía que hiciera algo con él, que lo lanzase por una ventana, que lo pateara, que le soltase una cuchillada. En ese momento de duda, el clérigo se escurrió por entre las telas y se arrastró por el suelo, dejándola con el agamte vacío en las manos. Nyx se quedó un tanto perpleja por aquella jugada que no esperaba. Y luego colérica al volver a verle la cara. Esa que tanto le decía de los sueños. Esa persona que ella veía muriéndose, por quien había llegado a sentir tanta pena.

Pena. Ella.

—¡Joder! ¡Sangre de Arconte! ¡Coño! —maldijo la caminante al saberse incapaz de hacerle daño a ese desgraciado que la miraba desde el suelo con un gesto que hasta ella identificaba como suplicante y patético.

Nyx dio un taconazo en el suelo y una oncena de navajazos al aire. Era pura frustración. ¿Por qué no se permitía hacerle trizas? Sería tan satisfactorio. Pero estaría mal, iría en contra de todo. Así lo sentía.

Cuando pareció enfriarse un poco, volvió a centrar la atención en su rehén.

—¿Dónde es ese otro sitio? —le preguntó apuntándole con la punta de cerámica.

—Las catacumbas —contestó Lem muy torpe justo cuando procuraba hablar con celeridad.

«¿Las catacumbas? ¿En serio? ¿Por qué iba a estar el mandamás de todo este tinglado metido ahí abajo?».

—Te la estás jugando, gusano —gruñó Nyx.

El augur se cubrió con las manos. Temblaba de arriba abajo.

—Es el único lugar que no conozco del palacio.

—¿El único? —preguntó ella con un gruñido.

Había vuelto a agarrarlo por las vestiduras. Y esa vez no tenía escapatoria.

—Aparte de aquí arriba —se corrigió como pudo el muchacho—.

Además, también hay guardia en la entrada. Es el único lugar posible.

Nyx se quedó pensativa. Aquello sonaba a nueva treta; una aún más desesperada con tal de mantener la vida. La Furia en su interior le decía

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que le aplastase el cráneo ahí mismo. No obstante, esa cara la tenía grabada en la sesera. Le decía cosas más allá de las palabras, más allá de la situación. Su subconsciente había tomado una decisión por ella. Solo le quedaba aceptarla.

Ocultó un momento la cabeza dentro del gabán y allí soltó un chillido de impotencia que sonó más o menos amortiguado. Una vez que se desahogó, se volvió hacia Lem, que la miraba con la cara cubierta de todos los fluidos incoloros que su cuerpo era capaz de producir.

—De pie —le ordenó la caminante—. Y tápate la puta jeta.

Aquella misión estaba durando bastante más de lo que Nyx había calculado. Habían pasado por una cantidad de estancias, plantas y escaleras que se le antojaba excesiva. Aquello empezaba a parecerse más a una visita que a un golpe. Lo más sorprendente de todo era que nadie había dado aún la voz de alarma.

«O a lo mejor sí y estoy haciendo el ridículo dejándome entretener por el alfeñique este».

Fue pensar eso y darle automáticamente un empujón a Lem, que la guiaba delante de ella. Este trastabilló, pero logró controlarse lo justo para no caer de bruces.

Ya habían llegado a la planta baja. El camino había sido tranquilo. Aquel palacio estaba casi inhabitado y ella, a golpe de cuchillo, estaba haciendo que perdiera la poca población que albergaba. Nyx, eso sí, todavía tuvo que rajarle la garganta a un sirviente y romperle el cuello a un detector que encontraron por casualidad. Nadie logró detenerlos ni dar la voz de alarma.

«Es mi día de suerte».

De inmediato se quedó pensando en el significado de aquella expresión. No sabía por qué se usaba. Si ni siquiera sabía qué era un «día». En esas estaba su mente cuando Lem se detuvo junto a una esquina.

—Esa es la puerta de las cocinas —señaló.

—Andando —dijo ella.

Lo habían hecho tantas veces que no hacía falta anunciar lo que iba a pasar. El augur atravesó la puerta seguido por la caminante, pero esta iba a través de la Umbra. Si se encontraban con algún acólito, lo mataría. Si alguien hacía algo raro, también lo mataría. Sin embargo, las dos personas

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que había en esas cocinas siguieron con sus labores sin prestar demasiada atención a Lem.

El augur pasó por la zona de los fogones y los calderos, dejó atrás las alacenas y las puertas de la bodega y torció justo antes de llegar adonde estaban los hornos. Poco a poco, el espacio se reducía y la calidad de materiales que tanto deslumbraba en todo el edificio iba empeorando. Cuando bajaron las siguientes escaleras, aquello ya se correspondía con unos sótanos tan maltrechos como podrían ser los de un tugurio cualquiera. El olor rico de las cocinas se vio interrumpido por la penetrante humedad. Justo ahí, en una cámara subterránea, había un portón metálico custodiado por dos acólitos.

«Sombras», se dijo Nyx. Tenía el pálpito de que esa vez sí había alcanzado su objetivo.

Los acólitos no llegaron a ponerse en guardia, pero reaccionaron al ver aparecer a aquel augur que, por descontado, no debía estar ahí. Daba igual, esos dos guardianes estaban muertos, solo que no lo sabían todavía.

Uno de ellos tuvo el acierto de echar una ojeada a la Umbra por precaución. Con ello solo consiguió ver la sombra endiablada que se le aproximaba con dos filos letales. Nyx se apareció justo a su lado. Cuando lo hizo le hincó un cuchillo en el cuello y el otro en la mejilla.

El acólito que quedaba cargó contra la espalda de Nyx, lanza en ristre. Ella se giró hacia su atacante. Aprovechó el movimiento para esquivar la punta metálica. Tan fácil. Luego apartó el resto de la lanza de una patada y ya solo le quedó hundir el puñal tan hondo como pudo en el pecho de aquel desgraciado.

A esas alturas, a la caminante ya no le importaba el ruido que pudiera estar haciendo. Solo quería acabar de una vez. Se cernió sobre el último acólito y en su cinto encontró las llaves que buscaba.

Al otro lado del portón los esperaba la oscuridad más absoluta. Solo la interrumpían unos débiles haces de luz que procedían de las alturas y que apenas tocaban el suelo. Lucernarios que solo servían para confirmar la omnipresente negrura. La Umbra, por descontado, no ofrecía mayor información. Solo una capa blanca impenetrable y unos ecos que helaban el alma. Mejor a este lado.

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Era imposible determinar el tamaño de aquel lugar. Bien podía ser espacioso, aunque era imposible asegurarlo. Hedía a humedad, aunque también a sal y a algo que recordaba al óxido. —¿Tienes metal? —preguntó Nyx a Lem.

Este tardó unos instantes en contestar con un torpe movimiento de cabeza. La caminante resopló. Regresó a la entrada, introdujo los cadáveres en la estancia y aprovechó el viaje para sustraerles las armas. No destacaba la cantidad de metal que llevaban encima, pero una espada era mejor que nada.

La caminante echó una mirada a Lem. Ahí, quieto, agarrando con tristeza la lanza del guardia abatido. La joven pensó que el augur ya no le servía ni de rehén ni de guía. A lo mejor sería buena idea quitárselo de encima. En vez de ello le dio un empujón y lo envió por delante.

—Tú guía —le dijo de malos modos.

Buscaron una pared que les sirviera de referencia. Para su asombro, tardaron más de lo esperado en encontrarla. Al palparla, su tacto era gélido y húmedo. La superficie parecía quedarse adherida a la piel, como si fuese una capa de sal. Avanzaron siguiendo la piedra, que se demostró irregular. Aquella galería la habían excavado directamente en la roca.

Notaron que el camino se estrechaba hasta formar un pasadizo de dimensiones más humanas. Podían verse las paredes y el techo con el brillo del metal que portaban como antorchas. Pocos pasos después se bifurcaba. Las opciones eran la negrura o la negrura. El augur no daba ninguna pista. La caminante eligió la derecha. Por allí el túnel seguía sin fin, con alguna abertura esporádica a un lado y al otro. Tras asomarse e inspeccionar en la Umbra, ella supo que era imposible ver nada. De modo que siguieron adentrándose en el túnel.

Había un desnivel; daba la sensación de que descendían, aunque también llegaban tramos donde bien podrían estar ascendiendo. Empezaba a ser demasiado confuso. Y el olor no hacía más que intensificarse. La joven tenía el salitre instalado en las fosas nasales y el óxido en el fondo de la garganta. Se escuchaba un goteo constante y el arrullo de diminutas corrientes de agua. Hacía un frío antinatural.

Entonces el pasadizo comenzó a ensancharse de nuevo. Justo en un tramo desde donde se podían intuir restos de luces. Muy tenues, tanto que parecían hallarse en un punto de su ciego horizonte. Pero estaban más

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cerca de lo que parecía. Caminaron unas cuantas varas por un suelo irregular donde el agua formaba charquitos.

Las luces pertenecían a trozos de metal dispuestos sobre un mostrador de piedra. O eso, o estaban anclados en la roca. De cualquier modo, aquella especie de soporte quedaba a la altura del abdomen de la caminante, un poco inclinado hacia ella. Facilitando el acceso a aquello que había entre las lucecitas.

Oncenas. No. Cientos de cristales y gemas.

«Sombras».

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Wylar era el encargado del último turno de guardia. No había nada ni nadie a la vista, pero como Maia insistió y Kasidra no puso reparos, terminaron montando vigilancias. Él estaba pasando la suya lo mejor que podía, en una duermevela constante en la que ni dormía ni estaba despierto. Todavía no había conseguido reponerse de la paliza de la huida; ni por asomo. Además, padecía los estragos del consumo abusivo de Furia durante tanto tiempo. Eso se traducía en fatiga, mareos, dolores varios y, en general, unas ganas terribles de permanecer tres giros varado en una cama. Solo se curaba con descanso o con más Furia, claro, lo que generaba un círculo vicioso del que no era fácil salir. Y sobre todo cuando aún desconocía cuánto les faltaba para abandonar aquel macizo montañoso.

Para colmo, había tenido que dedicar un buen rato a sanar la rodilla de Maia. La grandullona decía que apenas le molestaba, que solo requería algo de atención por precaución. No obstante, Wylar sabía que tenía que estar haciéndola rabiar. Si no, no pediría la imposición de manos. Era consciente de lo importante que era guardar energías para salir de allí con vida. No arriesgaría ni un poco.

Todo esto se traducía en que la situación era mucho más complicada de lo que sugerían aquellas horas de descanso. Su supervivencia pendía de un hilo.

El arquero ya tenía decidido que dejaría el ejército. Regresaría a la Torre, vendería por lo que quisieran darle el arco y las flechas y, sobre todo, el broche militar, y nunca más se acercaría a un arma que no le sirviera para defenderse de algún indeseable. Estaba cansado de esa vida miserable, de arrastrarse por cualquier sitio bajo el siempre presente riesgo de morir. Y todo ¿para qué? ¿Por quién?

No, él tenía otros muchos talentos como para estar desperdiciándolos con esa banda de pirados. Eso eran, un grupo de gente peligrosa que se tenía demasiada consideración a sí misma. Un montón de chalados en

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uniforme que se autoconvencían de que mandaban sobre los demás. Unos ridículos.

Y él era joven, tenía don de gentes, carisma. Y era guapo. Podría llevar una vida mucho más cómoda. Al lado de una mujer rica, por ejemplo. Daba igual que no fuera atractiva ni divertida. Podría ser su acompañante sin que eso le resultara el más mínimo inconveniente. Todo lo contrario. Llevaría una vida acomodada y le daría a su señora lo que le pidiera, dejándose ver en público, atendiéndola, entreteniendo a las visitas y siendo cortés. Y luego, a sus espaldas, haría y desharía como deseara.

Mientras estas ideas poblaban los pensamientos del arquero, tuvo que lidiar contra las ganas de echarse un rato. Se frotó los ojos. Miró el reloj de Kasidra. La anciana se lo había prestado para medir los turnos. Aquel artefacto era un enigma para él, con sus distintas esferas y agujas. Para él los relojes solo debían tener una aguja y once números alrededor del centro, y no ese sindiós que señalaba multitud de parámetros. No se le ocurrió qué extraño motivo podría alimentar tamaña obsesión con la medición del tiempo. Era insano.

Fuera como fuese, todavía le quedaba una hora de guardia por delante. Se puso en pie, se estiró. Caminó un poco. Por aquel estrecho desfiladero en el que habían decidido detenerse tampoco tenía mucho hueco para pasear. Se sintió extraño en su propia piel, como si el cuerpo que habitaba ya no fuera el suyo. Le dolía todo. Posó una mano en la pared por miedo a marearse; no había subido y bajado tanta montaña para terminar en el fondo de un precipicio por culpa de un traspié. El viento le había descolocado un mechón y ahora se entretenía en jugar con él. Wylar lo llevó de vuelta a su sitio con calma y más torpeza de la habitual. Volvió a bostezar mientras se rehacía la coleta.

Se acordó del Somnos que Maia todavía llevaba en una de sus calabazas. No lo había soltado para hacerle hueco a otro halo más útil, como podría ser la Gracia o la Furia. No, lo tenía reservado para cuando consiguieran dejar atrás la cordillera. Era el premio que le tenía prometido. Una completa estupidez. Pero, en cierto modo, lo animaba a seguir adelante, así que podría decirse que estaba funcionando.

Hacía frío, como siempre. Ya se le había olvidado cuándo fue la última vez que se sintió resguardado. Y limpio. Resopló, tal vez demasiado fuerte. Se volvió hacia sus compañeras por si las había despertado, pero no.

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«Con la paliza que llevan encima solo un alud podría devolverlas al mundo de los despiertos».

Entonces creyó ver algo en la lejanía. En un principio no se fio de sí mismo, pues pensó que con el cansancio y el vértigo la vista le estaba jugando una mala pasada; o que se había vuelto a dormir y habitaba un mal sueño. No podía ser verdad, en realidad, nada se estaba moviendo al otro lado del cañón. No eran formas cenicientas que se desplazaban sin rumbo. No estaba viendo Grises.

«Que me lleven los Ténebres».

Se acercó a Kasidra. La señora dormía sentada, recostada en la mochila, como no podía ser de otra forma. Wylar necesitaba salir de dudas e investigar, pero no encontró la forma de hacerse con el instrumento sin despertarla. Ella abrió esos enormes ojos muy despacio al principio y por completo justo después.

—Necesito el miralejos —susurró el arquero.

La cartógrafa entendió que no se lo pediría de no ser porque algo urgente ocurría. Se incorporó con una agilidad impropia de alguien recién despertado. Y mucho menos de su edad. Abrió la mochila y extrajo el reducido tubo. Lo estiró y lo hizo crecer.

—¿Dónde? —preguntó.

Wylar le señaló hacia el otro lado. Él mismo se dio cuenta de que ya no necesitaba ningún artilugio para mostrarle aquello. Cualquier ojo sano los habría divisado.

La vieja hizo una mueca y con ello levantó innumerables arrugas en las mejillas y la frente; otras distintas de cuando reía. Indicaban preocupación y cosas peores.

—Ve despertando a Maia —dijo sin dejar de observar el horizonte.

Sin haberse restablecido del todo, reiniciaron el dañino ciclo de Furia con la primera fuente que encontraron brotando de la montaña. No les quedaba otro remedio; era el menor de sus males. No habían empezado a correr, aunque poco les faltaba. Por el momento se conformaban con seguir avanzando por el estrecho desfiladero. Las armas desenfundadas, las lenguas enfundadas.

El sendero seguía y seguía a lo largo del cañón. Este describía curvas cada vez más pronunciadas, lo que hacía que, poco a poco, fuera más

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complicado saber qué venía más adelante. La sensación de que se estaban dirigiendo a su perdición era cada vez más ineludible.

Mientras tanto, al otro lado del cañón, el número de Grises no dejaba de aumentar. Les ocurría lo mismo que a los otros que se habían encontrado antes. Muchos, la mayoría, estaban deformes, abultados, invadidos por unas costras que no sabían identificar, con más miembros de los que deberían; armados algunos. Por algún motivo seguían aletargados o, como mucho, a sus asuntos, fueran estos cuales fuesen, sin reparar en ellos tres. Los aventureros procuraban no hacer ruido, pero tampoco los separaba tanta distancia como para pasar del todo desapercibidos. Continuaron adelante y la incertidumbre siguió creciendo.

Las paredes del cañón se estrechaban. De seguir así, muy pronto sería posible pasar de un lado a otro de un buen salto cebado con Furia. Entretanto, la quebrada descendía, profundizando en la garganta.

Dentro del cañón el viento ya no se atrevía a entrar; la luz también escaseaba. La punta de la flecha que Wylar llevaba dispuesta en el cordel se hacía más y más visible, al igual que ciertas piezas del bastón de Kasidra; por no hablar de buena parte del hacha de batalla de Maia. Debían andar con más cuidado para no tropezar, pero a la vez sentían más acuciante la necesidad de correr. Se aproximaban al final del camino, podían presentirlo. Y entonces avistaron al primer Gris en su lado del cañón.

Estaba encaramado a la pared, asomado como contemplando el paisaje. Sujeto a la roca con cuatro brazos de distintos tamaños.

—Puede haber más —dijo Maia abriendo la boca lo justo para susurrar.

Había puesto en palabras el pensamiento de todos.

—Tenemos que tomar una decisión —dijo la anciana.

—¿A qué te refieres? —inquirió Wylar.

—Si seguimos adelante, podemos quedar rodeados otra vez —dijo la guerrera.

La anciana asintió.

—Pues dime qué otra opción tenemos, porque volver sobre nuestros pasos ya te digo yo que no —zanjó el arquero sin rastro de seguridad.

No le faltaba razón. Se consultaron entre sí con las miradas. Con una gravedad que oprimía los corazones. Todos habían llegado a la misma conclusión, solo que no les gustaba. Wylar sintió una desagradable presión

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a la altura de la campanilla, como si su cuerpo estuviera preparándose para vomitar una palada de cieno. Maia reanudó la marcha.

La pendiente se hacía más y más acusada. Dejaron atrás a varios Grises más que, o bien por encima, o bien desfiladero abajo, trepaban por su parte de la montaña sin un rumbo definido. Tranquilos. Sin prestarles atención. Aquello resultaba inquietante, aunque a esas alturas qué no lo era.

Pronto alcanzaron un tramo destrozado. Una cara de la garganta se había desplomado sobre la otra, dejando encajonado entre ambas paredes un bloque monolítico. Un pedazo mismo de montaña que daba lugar a un puente deforme que unía ambas caras del cañón.

Al otro lado del Velo encontraron aquellas construcciones recias, altas y fantasmagóricas que habían dejado atrás. Había una nueva ciudad allí; mucho más cerca de lo que les gustaría. Tan infestada de Grises como las otras dos. Y el camino que ellos seguían los llevaba justo allí. El paso al Páramo cruzaba necesariamente ese nido infecto.

Los tres aventureros se detuvieron, conscientes de lo muy cansados que en realidad estaban. Se habían parado por detrás del último recodo para no quedar expuestos.

—Tendremos que atravesarlo —dijo Maia.

—¿Estás loca? —exclamó Wylar, perdiendo las formas por un momento.

—No hay otra opción. El cañón se mete en las profundidades de la cordillera y no sabemos hasta dónde llega o si hay alguna salida desde allí.

—¿Y qué? —replicó el arquero—. Tampoco sabemos cómo acaba esa ruta.

—Me temo que es justo al contrario —dijo la cartógrafa pegada al catalejos—. Sabemos que por allí se llega al Páramo. No está lejos, de hecho.

—Pero hay que atravesar la ciudad esa. O lo que sea —asumió Maia con disgusto.

—Ni hablar —exclamó Wylar todo lo alto que pudo sin que llegase a ser un grito.

—Existe una alternativa —dijo Kasidra, que seguía estudiando la situación con el catalejos—. Hay una especie de sendero que bordea la ciudad. Pasaríamos muy cerca, pero no entre los edificios.

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—Sigue estando lleno de bichos —añadió Maia.

—Sigue siendo una locura —dijo Wylar.

—La otra opción es volar —comentó Kasidra—. O volver atrás, claro. Eso último lo dijo mirando de pasada al arquero. Este se encontraba en la conversación a medias. No ya solo porque ambas mujeres apenas si

tenían en cuenta nada de lo que él decía, sino porque quería tener controlados a los Grises que no dejaban de aparecer a su alrededor. Cuanto más se fijaba, más había, para mayor espanto de su vocecilla interior.

—De volvernos nada —dijo él tensando el arco y apuntando. Luego lo pensó un poco mejor y añadió—: Pero de meternos ahí menos.

—Estupendo —replicó Maia—. Mmm, déjame ver —le dijo a la cartógrafa pidiéndole el catalejos.

Kasidra se lo tendió. Era la primera vez que la guerrera accedía a usar ella misma uno de los artefactos de la anciana. Se sorprendió al comprobar lo fácil que le resultaba manejarlo. Y lo mucho que ampliaba la visión. Aquel ingenio le pareció sencillamente maravilloso, una sensación que se cuidó muy mucho de no exteriorizar.

A lo lejos localizó el camino que señalaba Kasidra. Subía por una ladera que quedaba a un lado de la ciudad. Al menos lo hacía por un buen trecho hasta que daba un giro brusco y ya no volvía a aparecer. Bien podía terminar allí mismo, llevar a otro punto de la sierra fuera de su alcance o ponerlos a las puertas del mismo Páramo.

—Hay muchos Grises —comentó mientras seguía oteando.

—Muchísimos —agregó Wylar.

—No son tantos —respondió la cartógrafa.

La guerrera torció el gesto. Repasó el desfiladero en busca de yacimientos de Furia y de Gracia. Ella tenía las reservas bien cubiertas, pero sabía que en caso de adentrarse en aquel lugar necesitarían tanta ayuda como fuera posible. Encontró, como poco, tres. Bien repartidos. El plan parecía estar tomando forma en su mente. No obstante, había algo que no terminaba de encajar.

—Parece como si ellos quisieran que tomásemos ese camino —dijo con circunspección.

—¿De qué hablas? —preguntó Wylar.

—Los otros Grises que encontramos tampoco parecían reparar en nosotros —explicó la guerrera—. Solo querían seguir adelante tan rápido

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como podían sin importarles nada más. Y nos condujeron directos a una emboscada.

—Imposible… —replicó el arquero, aunque no terminó de decirlo al recordar que, en efecto, aquello se había parecido mucho a una trampa.

Callaron, aunque en sus cabezas la discusión siguió a todo volumen.

Pasó un rato.

—Si te preguntas si es sospechoso, la respuesta es sí, lo es —dijo Kasidra—. Si piensas que es nuestra única oportunidad de salir de aquí, también estás en lo cierto.

—¿No se supone que los bichos esos son lerdos o algo así? —preguntó Wylar.

Nadie contestó, lo que fue, en cierto modo, una respuesta bastante elocuente.

Maia se relamió los labios. Luego se llevó a la boca la mano que no sujetaba el hacha con el objetivo de tener algo que morder, solo que allí ya no quedaban uñas ni padrastros ni pellejo alguno. Las tenía ya todas comidas, como acostumbraba a ocurrir cuando atravesaba momentos de estrés. Con nerviosismo se retocó la cresta, su otra obsesión recurrente. La pierna de la rodilla dañada le temblaba más de lo conveniente. Un goterón de sudor le recorrió la mejilla.

Pero la gema seguía en su sitio, tal y como comprobó al notar el bulto por encima de la tela del zurrón. Eso la tranquilizó.

—Yo digo que vayamos —terminó por decir la guerrera.

No era una orden, cosa rara en ella. En realidad, quería saber la opinión de Kasidra. Esta le sostenía la mirada. También pensativa.

—¿Qué? No, espera, un momento, esto hay que hablarlo más — protestó Wylar.

—Lo siento mucho, bonito —dijo la vieja mientras se incorporaba y se sacudía el polvo.

La guerrera entregó el catalejos y se dirigió a su compañero. La expresión de pánico del arquero no era la más adecuada para empezar lo que estaban a punto de hacer.

—Escúchame bien —le dijo Maia agarrándolo por los hombros y mirándolo a los ojos—. Vamos a pasar por ahí, ¿entendido? Va a estar jodido, vamos a sudar tinta, pero lo vamos a conseguir. Vamos a dejar atrás de una vez estas putas montañas y lo vamos a celebrar con una buena borrachera de Somnos. Luego vamos a regresar a la Torre a dar parte de la

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puta Oleada que se nos viene encima. Nos van a tratar como los putos héroes que somos. Sí, joder, eso va a pasar. Y luego nos van a hacer cruzados. Putos cruzados, Wylar. Nos van a ascender, nos van a dar metal, armas, gente a nuestro cargo; nos rebañarán el culo con la lengua con que solo abramos la boca. Eso es lo que va a ocurrir. Yo voy a estar a tu lado. No voy a dejarte atrás en ningún caso. Pero para siquiera intentar esto te necesito al máximo, ¿entiendes? Necesito que lo des todo, que estés concentrado y atento, pero también tranquilo. ¿Lo entiendes?

Pero Wylar no lo entendía. Su vocecilla no dejaba que aquel mensaje de la guerrera permease su piel. Él quería salir de allí, de acuerdo, pero tenía que haber otra forma. No podía ser atravesando aquel sendero. Eso solo lo llevaría a una muerte segura. Era una locura.

Deseaba desaparecer y llegar a la Torre, pero no para que lo ascendieran a la guardia de élite, sino para olvidarse de una vez por todas del ejército y de aquella existencia mísera. Él sabía que se merecía una vida mejor, más cómoda. Se lo merecía, lo sabía.

«Soy joven, soy guapo, soy capaz. Puedo aspirar a más».

—Dime que me vas a hacer caso —insistió Maia—. Dime que lo entiendes.

Pero Wylar no entendía.

—Di que sí, joder.

—Sí, SÍ.

Pero la respuesta seguía siendo «no».

Atravesaron el trozo de roca desprendido, una mole inmensa que en mitad del Páramo sería considerada como todo un altozano, pero que encajonada en el cañón no dejaba de ser un elemento más del paisaje. Por allí deambulaban los Grises con libertad. Fue extraño pasar entre ellos, a unos pocos pasos de distancia, sin que estos reaccionasen. Era cierto que ninguno de los tres expedicionarios realizaba movimientos bruscos, pero aquello ya no obedecía a parámetros normales.

Nada más poner un pie al otro lado, se acercaron a la nube de Gracia y se recargaron hasta extinguirla. Estaban a las puertas mismas de la ciudad. En la Umbra los observaba alta y solemne. Y abajo tenía la afluencia de un mercado callejero. Fueron conscientes de que no habían calculado del todo bien. Por muy retirados que quisieran estar de los edificios, tendrían que

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mezclarse entre los Grises durante muchas varas hasta alcanzar el sendero, más inaccesible de lo esperado.

Formaron fila de uno. Avanzaron con movimientos calculados, sin pausa, procurando encogerse lo más posible. Trataban de imitar a las criaturas, aunque era a todas luces inviable pasar desapercibido. Su único escondite eran más Grises. Era demencial.

Los seres olían a ceniza, a agua estancada y a putrefacción. Habitaban su propio mundo de pesadilla. Cada vez resultaba más complicado contener los nervios porque cada vez era más complicado no rozar a alguno de ellos. Era un milagro que no hubiera ocurrido ya.

La vocecilla interna de Wylar estaba a punto de implosionar. El arquero sudaba a chorros y había perdido por completo el control de su respiración. Maia era consciente del padecimiento de su compañero, solo que no podía estar pendiente de él. Demasiado tenía con seguir navegando aquella ciénaga monstruosa con el corazón en un puño.

Entonces ocurrió lo inevitable.

No fue que un Gris los atacase, sino que Wylar salió corriendo hacia el sendero. Esquivó a tanta criatura como encontró a su paso. Haciendo ruido, levantando una polvareda. Maia contuvo el aliento. Los Grises se detuvieron y comenzaron a torcer esos cuellos raquíticos hacia la carrera del arquero.

—Por todos los nombres prohibidos, Wylar, eres gilipollas —espetó Maia con los dientes apretados.

—Corre —le dijo Kasidra al pasar por su lado.

La cartógrafa tenía razón. Ya no había motivo para seguir guardando sigilo. Además, si alcanzaban el camino de la ladera, al menos ganarían la ventaja de la altura y habría todo un flanco por donde no podrían atacarlos.

—A la mierda —exclamó Maia sacando el hacha y echando a correr. En cierto modo, lo agradeció. No se veía sí misma muriendo mientras

trataba de pasar desapercibida. Por desgracia para ella, la rodilla protestó más de lo deseable.

Claro, aquel despliegue de velocidad atrajo la atención de los bichos que los rodeaban. Eso hizo que llegasen los primeros golpes con el bastón de Kasidra y, sobre todo, los primeros hachazos.

Wylar ya había alcanzado la ladera donde arrancaba aquel camino. Había sacado el arco y al menos había tenido la deferencia de pararse un momento para sacar de la circulación a varios Grises con sus flechazos.

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No lo hacía tanto por solidaridad hacia sus compañeras, como por el vacío que había sentido al ser consciente de que se había quedado solo. Porque por allí pasaban menos Grises, pero seguían siendo muchos.

Lo peor era cuando iban armados. O cuando lanzaban piedras. Poseían una fuerza que no se correspondía con sus cuerpos. Y, una vez que entraban en calor, eran rápidos.

Maia y Kasidra alcanzaron la posición de Wylar. No hubo tiempo para reproches, ni siquiera para miradas asesinas. Los tres salieron corriendo como grupo. La guerrera delante abriendo paso, la cartógrafa en medio disparando, el arquero detrás procurando guardar su munición. Durante unos primeros instantes aquello funcionó. Avanzaban a buen ritmo mientras la ciudad fantasmal quedaba a un lado. La idea ya no parecía tan terrible.

Entonces la tierra empezó a temblar. Desde el otro lado de la ciudad, más allá de los edificios, un pedazo de montaña comenzó a distanciarse del resto. Las rocas se agitaban y se desprendían, así como los Grises que por allí bullían. No lo podían creer, pero esa parte de la cordillera había cobrado vida y se estaba elevando hacia las alturas. No tardaron en comprender que aquella mole no era ninguna montaña.

Sino un Arconte.

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Allí abajo había un tesoro. Lem no sabía qué precio podían alcanzar los cristales, pero seguro que era elevado. A lo mejor más que el propio metal. Por no hablar de las gemas. En ese estante de roca había una cantidad muy difícil de cuantificar. Estaban ordenadas de alguna forma; pese a lo rústico del espacio, había cierta meticulosidad en la disposición de las joyas. Y eso resultaba inquietante en un espacio tan agreste.

Porque, como habían tenido la oportunidad de comprobar, el palacio tenía vitrinas y expositores de sobra para guardar todo aquello. También había lugares fortificados, incluso vigilados. Sin embargo, aquella fortuna de cristal estaba allí abajo, en un sótano infecto. No parecía tener demasiado sentido.

Lem se había quedado absorto contemplando el tesoro que guardaba aquella cámara. O gruta. Apenas reparó en lo que hacía la caminante, y no era buena idea perder de vista a la dueña de esos cuchillos que se habían cobrado ya tantas vidas. La asesina estaba inquieta. Sin duda, se había colado en el palacio del cardenal para robar y ahora tenía delante su objetivo. En cambio, caminaba de acá para allá, con la atención dividida entre los cristales y el túnel por donde ambos habían llegado. Mejor dicho, los túneles, ya que, a poco que el augur se fijó, vio, por lo menos, dos más.

El muchacho regresó al tesoro. Esos eran los cristales personales de aquellos que servían al cardenal. No podían ser otra cosa. Era poco lo que él sabía de estas piedras. Había dedicado su vida a estudiar las mil y una técnicas existentes de leer el porvenir. Más allá de eso, solo leyes y regulaciones. Era un analfabeto a muchos niveles.

Por lo que tenía entendido, esas piedras las escupían todos y cada uno de los recién llegados al mundo. En ellas se contenía algo indefinido. Algunos lo llamaban «alma», otros «esencia», no se sabía muy bien. Lo único cierto era que todos poseían un cristal, algunos una gema. Y que la existencia estaba de alguna forma ligada a esa piedra.

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«Solo quienes poseen su propia piedra son verdaderamente libres», pensó.

Esto, por supuesto, lo llevó a preguntarse cuál sería su cristal. Y, sobre todo, si quería hacerse con él y abandonar de una vez por todas aquella vida de sacrificios y servidumbre. Jamás pensó que llegaría a verse en esa tesitura.

El augur vio que, ahora sí, la caminante se acercaba a los cristales. No los miró uno a uno, sino que se limitó a quedarse en el sitio. Con los ojos cerrados. Detenida como si la hubiesen clavado al suelo. Si mostrándose inquieta ya resultaba preocupante, verla de repente allí petrificada le electrizaba los nervios. Al poco, la asesina pareció regresar en sí. Agarró una gema en concreto y la guardó en una bolsita que había sacado de un bolsillo interior de ese gabán pordiosero que le quedaba tan grande. Volvió a meterla allí. Luego, esa vez sí, fue mirando las otras gemas una por una, saltándose los cristales. Empezó a agarrar las más grandes y a introducirlas en otra bolsa distinta.

Su fijación por las gemas grandes hacía que Lem dejase de preocuparse por que ella se hiciera con su propio cristal. No deseaba ser el siervo de aquella caminante. Eso le dio que pensar. No deseaba ser siervo de nadie.

«Luego tengo que recuperar mi cristal».

El principal inconveniente era que allí había cientos de ellos; a simple vista, todos iguales. Echar una ojeada en la Umbra tampoco le sirvió de gran ayuda. De hecho, las brumas blancas eran tan contundentes que se arrepintió al instante. Recordó que estaba en lo más profundo de una gruta oscura. Haciendo la que, a lo mejor, era la actividad más ilegal que había cometido hasta el momento. Él, que se ganaba la vida inventándose el porvenir.

—¿Sabes cuál es la mía? —preguntó sin levantar mucho la voz, con poca confianza y mucha tartamudez.

La asesina dejó por un momento lo que estaba haciendo para clavarle la mirada. Era tan eficiente hiriendo con las pupilas como con los cuchillos. Incluso consiguió que Lem retrocediese un paso.

—La que te queme —respondió justo después de volver a dirigir la atención a las gemas que afanaba.

Lem se quedó un momento pensando en esas palabras; entonces recordó haber leído algo sobre eso. Uno no podía cargar con su propio

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cristal personal. Hacía daño a su dueño.

«Eso es».

Sacó una de las manos que habían estado acariciando la Hoja del Destino de dentro del hábito y acercó la palma a los cristales. Tras pasarla por al menos un par de oncenas, comenzó a sentirse estúpido. O lo estaba haciendo mal o aquello no funcionaba. Y allí había una cantidad ingente de piedras sobre las que posar la mano. No obstante, continuó.

Y lo sintió. En un principio le pareció extraño. Fue muy leve, pero solo porque iba demasiado rápido. Volvió a hacer una pasada, esta más despacio, y, entonces sí, notó el calor. Era como de llama. No podía sostener la mano allí por mucho tiempo sin achicharrarse. Se miró la palma, que seguía igual que siempre. Qué raro.

En su interior algo se descompuso. En un principio pensó que se trataba de la emoción de empezar a experimentar la libertad por primera vez. Pero pronto descubrió que sentía un genuino malestar. Era el cristal. Su cristal. Su sola cercanía ya le daba náuseas. Incluso se mareó un poco.

«Y ni siquiera he llegado a tocarlo».

De modo que allí estaba la trampa del cristal. Solo sería libre si lo poseía, pero esto acabaría con él. Qué ironía.

Lem pensó en pedirle a la caminante que lo agarrase ella. Pero lo descartó de inmediato. Ni siquiera sabía si le iba a permitir permanecer con vida ahora que había cumplido su misión. No, ni siquiera en el caso de que lo dejase salir con vida de ese sótano; aquello era darle demasiado poder. Y, después de todo, su situación no era tan mala en comparación con cómo había sido en la Academia.

«Seré paciente».

Era eso lo que se estaba diciendo cuando descubrió que la asesina estaba de nuevo detenida. Aunque esta vez de una forma más preocupante. Congelada, como si hubieran hecho una escultura de una ladrona en el preciso instante en que birlaba una gema. Aquello no era normal. Al darse cuenta de ello, al augur se le dispararon todas las alarmas.

—¿Qué…? —fue a preguntar.

Pero un raudo movimiento de la mano de ella lo interrumpió. Estaba concentrada en escuchar más allá. Lem contuvo el aliento. No se había dado cuenta, pero también se había quedado petrificado. Entonces llegó a sus oídos.

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Un siseo. Muy leve y corto en un principio; más prolongado y reconocible después. Como si hubiera ganado confianza. Al tratarse de una gruta tan oscura, aquel sonido podía proceder de cualquier sitio. No era demasiado tranquilizador.

Entonces la caminante se volvió y se quedó mirando al techo. Lem la imitó. Algo brillaba allí arriba como solo puede hacerlo el metal. Uno muy puro. De nuevo, al no conocer la altura de aquella caverna, era difícil saber si ese brillo estaba cerca o lejos. Podía ser cualquier cosa. Se acercaba lentamente, con un movimiento medido, constante, sin alteraciones. La asesina se llevó las manos a las empuñaduras de los cuchillos. Muy mala señal.

Lem tragó saliva. Aquella pieza de metal que se aproximaba tenía la forma de una máscara de capellán. Su brillo era incesante, más potente que de costumbre. Por eso permitía distinguir unas extremidades que se movían a su alrededor. Largas y recias. Con garras que le permitían asirse a la roca del techo y avanzar sin impedimentos.

Seguía acercándose, seguía haciéndose más y más grande. Se dejaba entrever el asombroso tamaño de aquella criatura. Lo que fuera. Llegados a cierto punto, el dueño de esa máscara se dejó caer al suelo. Al tocar tierra, hizo el ruido de algo muy pesado. Aunque, de alguna forma, grácil. Cuando se incorporó y se estiró cuan largo era, esa máscara alcanzó una altura de tres personas y media. Los observaba desde las alturas sin decir nada. Respirando de una forma aparatosa que hacía que todo el cuerpo respondiera al movimiento de sus pulmones. El hábito que vestía bailaba con cada espiración. Pronto el siseo dio lugar a una especie de cacareo. Lento. Aquello no sonaba a humano de ninguna forma. Y los estaba estudiando.

La siguiente vez que Lem miró a la caminante esta ya tenía las armas en las manos y aguardaba en posición de combate. Era muy muy mala señal.

Lem no era todavía consciente de que por fin había conocido al cardenal Heberio.

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Nyx no esperó a sentirse más amenazada y saltó a la Umbra. Una vez allí se desplazó a gran velocidad hacia un costado. Pero el monstruo la siguió con una precisión antinatural. Continuaba viéndola. Después de todo, un cardenal no era otra cosa que un capellán evolucionado. Aunque Nyx nunca pensó que de esa manera.

A la caminante aquello, en realidad, le daba igual. Su misión era hacerse con la gema de Sólomon, no batirse en duelo con un monstruo en su madriguera. Así que, cuando consideró que estaba lo bastante alejada del cardenal, corrió hacia el acceso. O donde ella creía que estaba, ya que con el movimiento lo había perdido de vista. No contaba con el salto que la criatura dio. Con una velocidad impensable, se interpuso entre ella y la salida, obligándola a parar. Emitió un chillido que saturaba los tímpanos y hacía que las entrañas entrasen en ebullición.

En la Umbra, aquella máscara irradiaba una negritud que estaba viva. Tenía como tentáculos que bailaban y, al mismo tiempo, atraían todo lo que había alrededor. Se lo tragaba. Nyx retrocedió un paso.

Aquello le daba mala espina. Al estar al otro lado del Velo, ella podría esquivarlo sin oposición. Hasta podría atravesarlo. Sin embargo, algo le decía que esa no era buena idea. Que ese bicho tendría unas capacidades inauditas en el inframundo. Tenía que andarse con cuidado.

La muchacha se quedó estudiando al cardenal. Buscaba algún punto débil. Si lo tenía, no sería tan fácil de encontrar. Lo que sí descubrió era que algo había empezado a moverse por debajo de la túnica de la bestia. Era como si una criatura más pequeña estuviera recorriéndola pegada a su piel. O por dentro de su piel. La caminante tuvo que fijarse bien. Entre la falta de luz y que la Umbra producía espejismos, no terminaba de fiarse.

Sin darse cuenta, había retrocedido dos pasos más. Tres cuando el monstruo volvió a rugir. En el inframundo era un chirrido infame. Nyx apretó los dientes. Se lanzó hacia un lado con la intención de esquivarlo.

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Todavía le quedaba algo de Furia y, además, tras el Velo era mucho más rápida. No podía ser tan difícil.

Pero el cardenal chilló de nuevo y eso la frenó. Ya no era porque le causase temor, sino porque había algo en aquel sonido demoniaco que la empujaba. Algo físico. La muchacha cayó al suelo y tuvo que revolverse para recuperar la verticalidad lo antes posible.

Cuando el chirrido terminó, la caminante hizo algo inesperado. Casi sin tomar impulso, imprimió toda su fuerza a las piernas para lanzarse a por el cuerpo del cardenal. Se había convertido en un proyectil humano. Cuando lo atravesase podría escapar. O a lo mejor haría como con Naaga y regresaría a este mundo justo cuando estuviese dentro de la criatura para destrozarla. Lo decidiría en un parpadeo, en menos. Como de costumbre.

No tuvo nada que decidir porque se golpeó contra el pecho del cardenal. Si no hubiera ido cargada de Furia, se habría roto el cuello por el impacto. Con todo, seguía siendo un golpe bestial que la mandó al suelo. Y esa vez no tuvo tiempo ni energías para reaccionar. El cardenal le soltó un latigazo con una de sus imponentes extremidades que la mandó por los aires hasta golpearse contra la pared. Era una forma alternativa de encontrar los límites de aquella gruta oscura.

Estaba de vuelta en esta parte del Velo. Pero eso era imposible; ella era de sombras. Nada podía tocarla cuando pertenecía a la Umbra.

«¿Entonces?».

No contaba con demasiado tiempo para la reflexión, ya que el cardenal dio un nuevo salto hacia ella. Nyx rotó sobre sí misma y brincó en el último momento hacia un lado. Luego tuvo que volver a hacerlo, ya que la garra del monstruo caía sobre ella. Para atraparla o para hacerla pedazos. Sus uñas eran hoces.

Todavía tuvo que saltar un par de veces más para salir del peligro. Una vez que ganó algo de espacio vigiló a su enemigo. Necesitaba situarse, pero la oscuridad era un inconveniente real. La joven habría perdido del todo la orientación de no ser por los únicos puntos de luz que reconocía: las placas de metal donde estaban las gemas, la punta de la lanza que sostenía el augur —arrinconado no muy lejos de estas— y la máscara del cardenal, que no dejaba de observarla y sisear. Nada más. El resto era todo negrura.

No, había una nueva fuente de luz. Se encontraba muy cercana al cardenal, a una altura que podría corresponderse con la cabeza de alguien

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de estatura normal. Y ese metal tenía la forma de otra máscara de capellán. Además, con el mismo brillo que la del cardenal. El sentido que pudiera tener eso era algo que se le escapaba a Nyx. ¿De dónde había salido ese tipo? ¿Y quién era? ¿Qué hacía allí?

La caminante atravesó el Velo con intención de encontrar alguna respuesta. Pero, nada, las mismas sombras blancas solo interrumpidas por esas dos máscaras negras que se lo tragaban todo.

De pronto, la segunda figura, la de estatura normal, emitió una suerte de onda. Una fuerza invisible que, sin embargo, Nyx sí que pudo sentir impactando contra su cuerpo. La onda expansiva la atravesó y la empujó hasta hacerla rodar varios pasos por el suelo. Y lo peor no era solo eso. Sino que la había vuelto a sacar de la Umbra. Entonces lo entendió.

«Sombras, un supresor».

Por eso podía anular sus dones. Por eso la había sacado de la Umbra antes. Fue un pensamiento fugaz, pasajero como el vuelo de una libélula. Tuvo que serlo, ya que el cardenal volvía a cargar contra ella. Ahora era más rápido y más letal. Y Nyx fuera de la Umbra era más lenta. Lo notó cuando saltó a un lado y comprobó que ya no llegaba tan lejos.

«Mierda, me está suprimiendo también la Furia».

Era verdad. Y también la peor de las noticias. Porque la posibilidad de que el cardenal la alcanzase parecía ahora más real que nunca. La caminante saltó por su vida, dio una vuelta de campana para hacer pie y volver a brincar. Cada movimiento podía ser el último. Las piernas cada vez le pesaban más, y el pecho le ardía. Las garras del monstruo resonaban con fuerza a muy pocos dedos de ella. Cada vez más cerca. No aguantaría mucho así.

De modo que se giró y, aprovechando la inercia del movimiento, lanzó un cuchillo con la mano buena. Alcanzó a la criatura en el pecho y el arma penetró hasta la empuñadura. El aullido sonó a cataclismo, a fin de los tiempos. Nyx contuvo el aliento.

Pero el cardenal se mantuvo en pie. No solo eso, sino que reanudó la carga. Ahora con mayor rabia si cabía. Era cierto que la cuchillada había reducido en gran medida la capacidad de movimiento de su brazo derecho. Pero el monstruo seguía siendo rápido.

Nyx volvió a rodar por los suelos. Otra y otra vez. Una garra se enganchó en su gabán y a ella no le quedó más remedio que dejarlo ir. Ahí se quedaba de momento su botín. Volvió a saltar y a dar una voltereta

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sobre su hombro. No sabía ya ni dónde se encontraba. Era fácil perderse en ese espacio tan negro. El sudor le chorreaba por toda la cara. La cicatriz de la cara le ardía. Los ojos le escocían.

Entonces descubrió que la otra máscara, la del tipo que había salido del cardenal, se movía muy cerca de donde ella había caído. Se estaba echando a un lado.

«Quiere evitar el combate».

Fue una oportunidad que Nyx vio clara. Se lanzó a por él y este soltó un chillido de pánico. Su voz sonó casi humana.

Pero la criatura más grande no permitiría que la caminante acabara así como así con su supresor, su otro yo o su lo que fuera. De un salto antinatural se interpuso entre la muchacha y su presa. Nyx tuvo que esquivar in extremis el golpe. El supresor no tuvo tanta suerte. Había quedado a salvo de la asesina, pero con el coste de recibir un empujón tremendo por parte de la bestia. La caída hizo que se detuviera la presión del supresor sobre ella. Nyx no se lo pensó y se desvaneció. En efecto, el don había regresado. Se impulsó con rabia hacia el monstruo; ahora sí que lo iba a atravesar. Lo reventaría desde dentro como se merecía. Pero falló.

El cardenal previó sus intenciones y pudo esquivarla a tiempo. Nyx perdió el control del salto y aterrizó como pudo varias varas más allá de su objetivo. Por suerte no se estampó contra una pared ni contra el techo. Ahora tenía la salida a mano. Pero su botín se encontraba en el gabán, abandonado en el suelo de la gruta.

«Mierda, así me lleven los Ténebres».

La caminante hizo el amago de ir a por el supresor, que había recuperado la verticalidad. No obstante, tuvo que preocuparse por el nuevo ataque de la bestia. Saltó hacia atrás sabiendo que sus dones volvían a estar inhibidos. Pudo salvar el primer golpe. El segundo le impactó en una pierna y la mandó al suelo.

Cuando trató de levantarse ya tenía al cardenal encima.

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El Arconte todavía necesitó unos momentos para enderezarse del todo; y, cuando lo hizo, casi alcanzaba las nubes. Rivalizaba con los picos más cercanos. Su rugido llegaba ronco y sísmico, se transmitía por el aire y por la propia roca que los sustentaba. Su vibración se metía dentro del cuerpo hasta hacer burbujear las entrañas.

No quedaba muy claro el número de miembros que tenía. Ni de cabezas. Iba acomodando el cuerpo conforme se estiraba cuan largo era. Lo que sí quedó patente fue el tamaño de las garras que se asomaban al final de lo que parecía un brazo titánico. Eran guadañas hechas de metal. Varas y varas de filos mortales de luz blanca. Si los aventureros necesitaban una señal para huir, era esa.

En realidad, aquello advirtió a toda la cordillera. Los Grises tampoco se salvaban del horror y comenzaron la estampida. Por muy descerebrados que pareciesen, ellos también sentían pánico por aquella criatura colosal. Eso evitó que se lanzaran sobre ellos. Pero contribuyó a que no se pudiera avanzar en absoluto, ya que esa parte de la cordillera se había convertido en un sálvese quien pueda descomunal.

Maia abría la comitiva. Seguir por aquel camino era la única oportunidad que tenían. El Páramo los esperaba a pocas leguas de allí. La guerrera se había convertido en un torbellino; lo mismo corría que se volvía una administradora irrefrenable de muerte. Todos sus enemigos sin excepción, tanto los que la atacaban como los que chocaban con ella en su huida, terminaban fuera del camino con su cuerpo seccionado de alguna manera.

La seguía Kasidra, bastón en ristre, el cual usaba lo mismo para disparar como para aplastar cráneos y dar empujones hacia el vacío. El camino se había vuelto muy escarpado conforme avanzaban, y proyectar enemigos más allá se había convertido en una opción igual de razonable que las demás. La prefería a apretar el gatillo.

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Wylar era el cierre, con una flecha siempre dispuesta para ser lanzada y unas piernas todavía más dispuestas para sacar del camino a los Grises que llegaban hasta él. La vocecilla estaba desatada. Le decía que lo soltase todo, que abandonase esa formación que avanzaba tan despacio. Que corriera por su vida.

Era muy difícil mantenerse entero con esa voz mordisqueándole de esa forma. Más todavía cuando el Arconte se puso en movimiento. Al arquero lo aterraba aquel ser, tanto que se obligaba a mirarlo cada poco para tenerlo vigilado, pero sin poder sostenerle mucho tiempo la mirada. Eso hacía que se volviera hacia atrás constantemente. Así vio que el Arconte giraba. Se retorcía en toda su inmensidad. La garra gigantesca se colocaba de una forma que le facilitaba dirigirse justo hacia donde ellos estaban.

—¡Viene a por nosotros! —gritó Wylar.

Maia y Kasidra miraron hacia atrás. Necesitaron unos instantes para comprender a lo que se refería el arquero. A simple vista, aquello era una montaña viviente y resultaba difícil discernir si iba o venía. Pero el arquero tenía razón.

—¡Vamos! —chilló la guerrera.

Era absurdo. En el momento en que ese coloso fuera a por ellos, los alcanzaría en cuatro zancadas. Eso y cosas peores, le decía la vocecilla a Wylar. El pánico se había apoderado de él.

—¡Wylar! ¡WYLAR! —exclamó Maia.

Cuando el arquero reparó en que la voz de su compañera lo llamaba, ya la había dejado atrás. Había tirado el arco y se había soltado el carcaj, la capa y el zurrón. Al infierno el broche metálico que lo distinguía como un soldado de la Princesa. Solo sostenía el cuchillo de combate, que usaba para quitarse de encima a los Grises que se le cruzaban.

Tuvo un instante de lucidez. Se preguntó qué estaba haciendo. Por qué sus compañeras iban ahora detrás de él. Pero un meteoro se estrelló a apenas dos oncenas de pasos de distancia. Era un pedazo de cordillera que el Arconte les había lanzado con una nueva extremidad. Un miembro tentacular que se le había desenroscado del tronco y que parecía tener vida propia.

El impacto fue tan brutal que los mandó al suelo. Trozos de montaña y esquirlas de roca salieron disparados en todas direcciones. Se levantó una nube de escombros mientras el trozo de piedra terminaba de rodar ladera abajo, deshaciéndose. El camino había quedado destrozado, pero entre la

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polvareda parecía que podrían sortear el cráter que se había formado y seguir adelante.

Maia, cuerpo a tierra, una vez que vio que ninguna piedra le abriría la cabeza, aprovechó la interrupción para mirar al Arconte al otro lado del Velo. En la Umbra, esa criatura era aún más colosal. Cuatro alas le salían de lo que parecía ser la espalda. Y despuntaban cinco o seis cuernos puntiagudos de una cabeza oculta. Una que no se percibía a simple vista. Sin duda, podía ser un monstruo todavía más temible.

En el cielo se desencadenaba la tormenta. O bien la traían los vientos, o bien había acudido a la llamada del Arconte. La guerrera no necesitó más señales. Se puso en pie llena de tierra y polvo y dio un tirón a las ropas de sus compañeros conforme avanzaba.

—¡Vamos! —ordenó.

Kasidra y Wylar le hicieron caso. No había tiempo que perder. Quemaron tanta Furia como sus organismos les permitieron para atravesar aquel cráter y aquella nube de tierra en suspensión. Tardaron en reencontrarse con el camino, aunque eso ya no les importaba demasiado. Ya solo quedaba encomendarse a los Once y a sus piernas.

El Arconte rugió y fue como si la cordillera misma lanzase un grito de guerra. La tierra volvió a temblar y dos rayos impactaron contra los picos más cercanos.

Wylar quiso luchar contra sus instintos, pero no pudo evitar la imprudencia de volver a mirar al coloso. Se le habían desplegado unos tubos negros e irregulares que no llegaban a ser tentáculos, aunque poco les faltaba. De la punta de estos salían disparadas llamaradas negras que se consumían en mitad del aire. Pero algunos chorros, los que iban dirigidos a la tierra, sí que llegaban a impactar contra la sierra. Caían no muy lejos, delante, detrás, en cualquier dirección. Y tenían la capacidad de derretir la propia roca.

Los músculos empezaban a fallarles. No por el cansancio, sino por aquel castigo a su cordura. El horror convertía sus miembros en trozos de carne flácidos y sin tensión; un peso muerto que cada vez ayudaba menos. Necesitaban toda su concentración para seguir adelante sin caer. En eso, la Gracia estaba siendo fundamental.

Tenían delante un recodo en el camino, un cambio de rasante que además se torcía en una curva. Prometía sacarlos de esa parte de la sierra e introducirlos en un nuevo valle. Un parapeto contra los peñascos y las

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llamaradas que el Arconte les estaba lanzando. Tal vez se trataba de un punto fronterizo con tierras menos abruptas. Casi podían oler la vastedad del Páramo.

Pero el Arconte no tenía intención de dejarlos ir. Dio un paso largo y, a continuación, se dejó caer. Como una torre a la que le habían hecho la zancadilla. Hubo un estallido terrible. Lo vieron derrumbarse rodeado del polvo, el hielo y el humo que provocaban los rayos que no dejaban de caer sobre su cuerpo. Se deshacía en partes conforme se desplomaba. Iba directo hacia ellos.

Correr hacia delante quedó descartado. En realidad, ya no había ninguna dirección segura. Se desbandaron, cada uno hacia el lado que consideró menos peligroso. Era casi como si eligieran en qué parte de la cordillera preferían morir.

Los tres saltaron en el último momento y, si bien esquivaron aquel cuerpo titánico que se les echó encima, nada pudieron hacer contra las corrientes de aire que levantó el impacto. Los vientos huracanados que se formaron parecían provocados por una explosión. Salieron despedidos junto con fragmentos de la montaña de todo tipo. El fragor duró una eternidad. De hecho, el oído de ninguno de los tres llegó ya nunca a dejar de escuchar el estruendo de aquel colapso que seguía y seguía en sus cabezas como si nunca fuera a detenerse. Como el estrépito formado por una avalancha que corre por una ladera sin fin.

Maia tosía. Aquel movimiento involuntario y descontrolado le hizo darse cuenta de que había perdido el conocimiento. Por cuánto tiempo no lo podía saber. A su alrededor todo era lechoso, como en esas ocasiones en las que la mente no está hábil y la Umbra es toda igual. Solo que no estaba en la Umbra.

Volvió a toser. Y si no lo hizo más fue porque le dolía tanto el diafragma que se obligó a parar. Le costaba demasiado respirar. Algo le caía por la cara, algún flujo corporal que no sabía si quería identificar. Se imaginó lo peor. En las alturas la tormenta seguía retumbando. Y no caía ni una gota de agua.

Le guerrera había perdido el hacha. Miró alrededor lo que le permitió el cuello, que no fue mucho. Nada, imposible. Fue entonces cuando descubrió que casi no tenía movilidad en este. De hecho, no sentía nada de

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cintura para abajo. Tenía un brazo libre, pero el resto se encontraba más o menos aplastado por pedazos de montaña. Al menos la rodilla ya no era un problema.

Hizo algo de esfuerzo por liberar el otro brazo. Estaba muy dañado, pero le obedecía. Con un poco de paciencia podría sacarlo. Y, a partir de ahí, sería más fácil salir. Aunque no sabía muy bien por qué ni para qué. Estaba confundida. En la boca tenía un cenicero.

Entonces recordó su zurrón. Más bien, el contenido de este. La gema. No la veía, no la podía localizar, le era imposible, enterrada casi por completo como estaba. Tampoco podía palparla con la mano libre, ya que, de conservar el zurrón pegado a ella, se encontraría a un costado. Sintió un vacío imposible de llenar. El aire no le llegaba a los pulmones. Volvió a toser. La miseria se había apoderado de ella.

En su desesperación descubrió que una de las piedras que le quedaban delante de la cara la estaba mirando. Y eso era imposible, porque los trozos de roca no tienen ojos. Con todo, allí había uno clavado en ella. Un ojo afilado, con una pupila que era una fina raya vertical. Entonces recordó al Arconte. Su ataque para detenerlos. La explosión, el estruendo. Esa piedra no pertenecía a la montaña, sino al propio monstruo. Era un fragmento del Arconte que había salido volando con ella. Y en ese instante la estaba vigilando.

Y, de alguna forma, celebraba su victoria.

Estaba todo oscuro. Wylar ignoraba dónde se encontraba. Ni siquiera sabía en qué posición tenía los brazos y las piernas. Fue muy doloroso descubrirlo. Se recompuso y recuperó la verticalidad con mucho cuidado. La explosión lo había lanzado a los tres vientos y, por casualidades del destino que él ni conocía ni quería conocer, había quedado parapetado tras una roca enorme. Lo que había debajo era un espacio donde, por fortuna, él podía moverse y respirar libremente. El daño en sus miembros y articulaciones, eso sí, era inevitable.

El arquero necesitó un buen rato para estirarse y valorar las heridas. Tenía varias torceduras menores, cortes sangrantes de diversa gravedad y lo que podían ser dos o tres costillas rotas. Casi indemne, dadas las circunstancias.

«Podría haberla palmado», se dijo, y se arrepintió al instante.

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Porque eso le recordó al monstruo y su ataque desesperado. ¿Dónde estaba? ¿Había muerto despedazado? ¿Y él, en qué punto de la cordillera se encontraba ahora? Necesitaba salir de aquella gruta improvisada. Aunque para ello tuvo que luchar contra el pánico que le infundía la vocecilla, que acababa de despertarse y ya chillaba a plena potencia.

Al ponerse de pie descubrió que la melena le caía de cualquier forma sobre los hombros. Fue a hacerse la coleta, pero había perdido la cinta, de modo que se hizo un nudo como mejor pudo. Los nudillos, los dedos, los codos y los hombros se quejaron con ese movimiento. Estaba muy magullado.

«Creo que también tengo un dedo roto. Bueno, unos cuantos».

Pronto encontró un hueco por el que salir. Al otro lado, había una ladera que él no situaba, hecha de material recién removido. Era complicado, ya que el polvo en el ambiente dificultaba la visión más allá de once pasos. Sobre su cabeza arreciaba una tormenta seca y malvada. No se oía nada más.

Allí solo había piedras inclinadas hacia un valle del que no veía el fondo. La quietud tras la catástrofe. Ascendió como por instinto. Su objetivo era llegar a un punto alto para situarse. Las piernas se le hundían en un suelo nada estable. Debía tener cuidado.

De camino encontró una emanación de Furia. Tomó hasta hartarse, ya que el impacto había sido tan violento que lo había vaciado. La suerte estaba de su parte, pues también dio con Savia. La suficiente como para cerrarse algunas heridas y recolocarse todo lo que estaba fuera de sitio. Ya solo le faltaba saber qué estaba pasando.

Al llegar arriba del todo notó el soplo del viento. No sabía de cuál, aunque el hedor a azufre le indicó que podría ser Kalaamis. Sea como fuere, levantaba la polvareda. Eso ayudó a mostrar un paisaje que no le sonaba de nada al arquero. Donde no había ni rastro ni de Maia ni de Kasidra. Pero, sobre todo, ni de Grises ni del Arconte.

Entonces vio el ojo. No, los ojos; abiertos de par en par en las superficies de varias piedras. De distintos tamaños y formas. Todos igual de viles.

La vocecilla chilló. Y como no tenía un cuerpo ni unos pulmones reales, no necesitó parar a tomar aliento. Siguió y siguió y siguió.

A Wylar empezaba a quebrarlo el pánico. Otra vez.

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Lem contemplaba la escena con una mezcla de pasmo y aversión. El combate, ahora sí, parecía llegar a su fin. La caminante estaba tumbada en el suelo con el cardenal encima. Si seguía viva era porque el monstruo tenía un miembro casi inutilizado y ella, de alguna manera, a la desesperada, evitaba el golpe de gracia revolviéndose como una loca. Daba patadas, soltaba cuchilladas, esquivaba los ataques. No obstante, parecía una mera cuestión de tiempo que terminase sucumbiendo.

Hasta ahí llegaba aquel secuestro en el que el augur había temido por su vida. Una vez eliminado el peligro, podría regresar a sus tareas. Era un alivio. O debería serlo, ya que en su interior no terminaba de sentirse desahogado.

«Algo no encaja».

El muchacho sintió la necesidad de verse respaldado por su superior. O por lo que fuera aquel ente, ya que a Lem no le había terminado de quedar claro. No sabía si el cardenal era el monstruo, el tipo de tamaño normal que había surgido del mismo, los dos o ninguno.

De modo que el augur se dirigió poco a poco hacia el hombre normal, el que tenía apariencia de capellán corriente. Era mejor idea que abordar a aquella bestia inmensa, sobre todo mientras hacía semejante alarde de ferocidad. Lem fue discreto y se acercó sin hacer mucho ruido. Por un lado, no quería molestar. Por otro, le aterrorizaba lo que estaba pasando. Además, aquel era en principio su superior, y le debía el máximo respeto. Aunque nadie nunca le había dicho nada sobre ello. Ni siquiera se habían presentado.

Cuando el muchacho estaba a menos de un paso del capellán, este se sobresaltó. Claramente, no se lo esperaba, por lo que retrocedió un paso o dos. Casualidad o no, en ese mismo momento la caminante cortó de cuajo una de las garras del monstruo. El berrido fue ensordecedor. Luego, ella se

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deshizo de la presa a base de patadas que obligaron a retroceder al cardenal.

El capellán volvió la mirada hacia el combate de inmediato. Parecía estar muy concentrado, pese al susto por la presencia de Lem. Entonces la bestia recuperó la iniciativa, envió a la asesina de vuelta a la tierra y le clavó esas uñas demoniacas. Una de ellas le atravesó la carne y la dejó pegada al suelo. Ahora fue ella la que chilló. Había perdido su segundo cuchillo, tirado cerca, pero inalcanzable para una guerrera herida. El combate, ahora sí, parecía llegar a su fin.

Era mucha información para Lem. El papel de ese capellán debía de estar relacionado de alguna forma con la pelea, cosa que no parecía tener demasiado sentido. En la cabeza del joven augur acababa de desencadenarse una guerra.

¿Qué pasaría después de esa refriega, una vez que la asesina fuera eliminada? Él era el augur oficial de ese palacio, por lo que no estaba haciendo nada malo. Sería fácil de explicar que lo había secuestrado y obligado a llegar hasta allí. Aunque no sabía a quién debía dirigirse, si a la bestia homicida o al capellán receloso que interponía una mano ante él para que no se le acercase más. Ninguno le había dirigido la palabra. De hecho, dudaba si el monstruo tendría siquiera la capacidad de hablar.

En realidad, en aquella cámara subterránea él era otro intruso. Nadie lo había invitado a entrar jamás y, para colmo, se había presentado allí con una ladrona que había ido dejando un reguero de cadáveres a su paso. Ni siquiera en caso de tener la opción de defenderse aquello pintaba bien para él.

¿Qué opciones había de salir con vida de aquello? ¿Qué valor tenía un augur? Lo matarían sin miramientos y lo sustituirían igual que él había ocupado el lugar de aquel otro que terminó siendo víctima de sus propios tejemanejes. En menos de un giro acudirían a la Academia para buscar a otro que hiciera su trabajo. Entonces la pérfida de Mirim tendría su oportunidad soñada de colocar en el palacio del cardenal a alguien de su cuerda a quien sí pudiera controlar. O, por qué no, ponerse a sí misma para maquinar a su gusto desde esa posición. Aprovechar el poder y la impunidad para hacerse la dueña de todo el Foso mientras que él estaría tirado en cualquier zanja sirviendo de alimento a los gusanos.

Solo pensar en esa posibilidad le acalambró los miembros.

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«El cardenal no es mi salvación. ¿Qué estoy haciendo?», se preguntó cuando ya se había puesto en movimiento. Porque decisiones como esas se toman así, sin saber que se están tomando.

Fueron dos pasos largos, no necesitó más, para acercarse a aquel capellán por la espalda y, tras sacar como una exhalación la Hoja del Destino, rebanarle el cuello desde atrás. Mientras realizaba el corte se le vino a la mente Mirim. Y, por algún motivo, el Esclavo.

Lem tuvo miedo, desde luego, pero la sensación del cristal rasgando la piel con tanta suavidad le causó un placer que lo calentó por dentro.

Aquel clérigo siniestro no pudo reaccionar a tiempo. Ya solo le quedó llevarse una mano a la herida para impedir sin éxito que su propia sangre empapase su túnica. Miró hacia Lem y este pudo percibir en el frío metal la incredulidad, el horror. Se mantuvo así unos momentos mientras se apagaba. Las fuerzas lo abandonaban y ya no podía mantener erguida la espalda. Las piernas apenas conseguían sostenerlo. El colapso era inevitable.

Al otro lado de la gruta, unas varas más allá, el monstruo sufría un proceso similar. El bicho apuntaba con su máscara hacia Lem y su secuaz como si fuera lo único que importase en el mundo. Se le había olvidado la caminante que tenía atrapada contra el suelo, pero que seguía muy viva. De un golpe, Nyx retiró la garra que la oprimía. La quebró de una patada aprovechando el ángulo en el que se apoyaba. El cardenal aulló. Ella se valió de ese momento para recuperar el cuchillo que permanecía clavado en el pectoral del monstruo y, sin vacilar, hincárselo de nuevo en mitad de la máscara. El metal no se quebró, aguantó íntegro, excepto en aquella hendidura vertical. Lo suficiente para dejar pasar más de un palmo de cerámica hacia el interior de su cráneo. Un parpadeo después, cayó de bruces para no volverse a levantar.

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El viento había regresado. Era Kalaamis, ya no quedaba duda. Se estaba llevando los últimos restos de polvo en suspensión, lo que le permitió a Wylar inspeccionar mejor desde las alturas. A lo lejos, en la Umbra, encontró la ciudad de piedra, que ya había quedado atrás. No esperaba haber recorrido tanto trecho.

Volvió a este lado del Velo en cuanto la tierra comenzó a temblar. Fue por un breve espacio de tiempo y no con demasiada potencia, aunque lo justo como para desestabilizar al arquero y hacer que las piedras más pequeñas corrieran ladera abajo. El Arconte amenazaba con recomponerse.

Wylar tenía que tomar una decisión. O buscar a alguna de sus compañeras, o reemprender la huida. Al otro lado, siguiendo la línea por donde antes discurría el camino, todavía lejos pero no inalcanzables, podían entreverse las llanuras del Páramo. Si corría, podría llegar. Tenía Furia y Gracia. Y la Savia, si bien no le había curado los huesos rotos, lo había ayudado a restablecerse del dolor.

Al mismo tiempo, era aterrador salir de allí él solo. El Arconte estaba desparramado por todas partes. Tenía ojos por doquier. Él mismo caminaba sobre sus restos. Era cuestión de tiempo que volviera a alzarse. Y luego estaban los Grises; muchos habían quedado enterrados, pero los que tenían partes fuera, pugnaban por salir de su prisión de roca y ceniza. Eso hacía que Wylar pensase en que aún había posibilidades de dar con Maia y Kasidra.

«Tiene que ser rápido».

Echó un último vistazo desde las alturas y, al no encontrar nada, decidió descender, siempre con un ojo en el camino que llevaba a la salida de la cordillera. Esquivó a algunos Grises que pululaban por allí. Desorientados, heridos, desmembrados. Y también agresivos. Tuvo que patear a uno en la cara y lanzarlo ladera abajo. A ese incidente le siguió un nuevo temblor. Más potente esa vez. El tiempo se le agotaba.

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La vocecilla interior estaba chillando. Era su estado natural. Y solo se calló cuando el arquero se encontró en el suelo algo que le resultó familiar. Era la culata del lanzatruenos de Kasidra. Intentó sacar el arma, pero estaba bien hincada, aprisionada por chinas y lascas. Wylar comenzó a quitar piedras para liberarla. Cuando lo consiguió, fue solo a medias, ya que el bastón estaba partido. ¿Encontraría a la cartógrafa debajo si seguía excavando? Prefirió no comprobarlo. Reemprendió la marcha con el trozo de lanzatruenos en la mano. Todavía tardó varias oncenas de pasos en darse cuenta de que no le servía para nada. Acabó por tirarlo.

El estado de Maia era lamentable. La encontró consciente, lo cual ya parecía un milagro en sí, con todas esas heridas tan feas. Y eso solo en las partes que quedaban al descubierto, que eran las menos. Aquello no pintaba nada bien. Algo se removió dentro del estómago del arquero al comprender lo difícil que lo tendría para salir de allí con vida.

—No me mires con esa cara y ayúdame —le soltó la guerrera nada más verlo.

Wylar le hizo caso sin rechistar. No quería ni mirarla. Necesitaba estar muy concentrado para no dejarse llevar por el pánico de la vocecilla, que le gritaba que saliera huyendo lo antes posible.

Los truenos se volvían cada vez más violentos. Así como los seísmos.

Con cada nuevo temblor, la guerrera se quejaba más.

—Date prisa —le dijo apretando los dientes.

No lo conseguiría, Wylar era muy consciente de ello. No dejó de retirar piedras. Aquellas que encontraba con un ojo escrutador las lanzaba lejos. Pronto descubrió que tendría que ignorarlas, ya que eran demasiadas. La montaña entera estaba plagada de ellas.

Entonces se les acercó un Gris. Iba desarmado, cubierto entero de ceniza. Seguramente había perdido su metal durante la hecatombe, si es que llegó a poseer alguno. El arquero se deshizo de él a pedradas. La suma de Gracia y Furia hacía de esa la mejor solución. Regresó corriendo junto a su compañera.

Maia ya tenía el otro brazo fuera. En un principio eran buenas noticias, solo en un principio. Lo tenía roto por varias partes y un hueso del antebrazo asomaba a través de un agujero en la piel.

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La guerrera apretaba los dientes. No quería mostrar debilidad ni siquiera en esa ocasión, cuando era tan patente que apenas se valía por sí misma. El arquero pensó en lo que se encontraría debajo, en el estado de su cadera y sus piernas. En si ella sería capaz de ponerse en pie. En si podría volver a andar en absoluto. ¿Malgastaba las fuerzas y el tiempo? ¿Podría estar aprovechando para huir? Un trueno retumbó cercano. La tierra pareció responderle con más temblores.

—Venga —dijo Maia. Su voz era un quejido.

Pero Wylar descubrió que eso no se lo decía a él. Se hablaba a sí misma mientras se tironeaba de las ropas con desesperación. El arquero no comprendía lo que estaba pasando.

—Vamos —siguió diciendo ella.

«¿Ha perdido la cabeza?».

Entonces liberó el zurrón de entre los escombros. Eso era lo que buscaba con tanto agobio. Por desgracia para ella, la tela se rasgó al salir y se desparramó el contenido de su interior; las gemas que guardaba rodaron ladera abajo.

—¡No! —aulló ella con una voz que parecía imposible que saliera de esos pulmones tan perjudicados.

Wylar iba a pedirle que se calmase, pero pronto descubrió qué era aquello que su compañera reclamaba con tanta insistencia. Una bolsita en concreto. Era absurdo que, en la situación en la que se encontraba, Maia estuviera tan obsesionada con aquello. Él bajó un par de zancadas y alcanzó la bolsita.

—¡Dámela! —rogó ella con una voz que no era la suya.

Escamado, el arquero abrió aquel trozo de tela. Y entonces lo comprendió. La gema enorme que habían encontrado en la atalaya, tan resplandeciente como siempre. Con esa belleza indemne a las desgracias de los pobres mortales.

—¡Wylar, dámela!

El arquero se quedó pensativo. De pronto sintió todo el cansancio de los últimos giros. Para colmo tuvo que apedrear a un nuevo Gris. Y a otro que lo seguía no demasiado lejos. Les partió la cabeza a ambos. Pero no eran los únicos. Se estaban acercando poco a poco, atraídos por los gritos de Maia. Y esta no cesaba en su empeño.

—¡Dámela, Wylar!

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—Primero tengo que sacarte —dijo él al tiempo que se volvía hacia ella y se guardaba la bolsa dentro de la camisa.

Ese gesto tan simple le aportó una repentina y breve templanza. —¡No! —aulló Maia quejumbrosa, patética como ella nunca había

sido.

—¡Sí! —contestó él reanudando la excavación.

Eso no la calmó, pero al menos hizo que se callase. El arquero dio con unas rocas enormes que no podía retirar. Debían de estar machacando a su compañera con su peso. Trató de evitarlas y quitar las piedras más pequeñas de alrededor. Con un poco de suerte, así lograría deshacerse de ellas.

—Sigue.

No lo iba a conseguir. Cada vez era más consciente de ello. Las oportunidades de salir con vida de esa cordillera empezaban a agotarse. Wylar no quería pensar. No quería tomar decisiones. Solo retirar pedruscos e ignorar los lamentos de Maia, los ojos de las piedras, los truenos y los seísmos. Acallar aquella vocecilla que parecía todo lo que ya era capaz de escuchar.

Sudaba, lloraba, sangraba, ya no lo sabía. Quería sacar a Maia de allí, era todo en lo que pensaba. Pero su compañera apenas respondía más allá de con órdenes para que se diera prisa o para que le entregara la gema. Se hallaba muy inquieta. Le costaba horrores respirar. Eso tan suyo de pretender que nada le dolía no le estaba saliendo nada bien. La tierra volvió a convulsionarse. Y un rugido salió del interior de la montaña.

—Wylar.

Tuvo que dejar lo que tenía entre manos para, otra vez, apedrear a dos nuevos Grises. Las piernas empezaban a fallarle. Se estaba mareando.

—Vamos.

Le gustaría contestarle con palabras de ánimo que la reconfortaran, que la calmaran. «Todo va a salir bien», «Lo vamos a conseguir», cosas así. Pero no podía. Si separaba por un instante la atención de lo que estaba haciendo, sabía que se perdería para siempre.

—Wylar.

Escuchaba su voz más débil. Como si se estuviera alejando. Y era raro, porque Maia gritaba su nombre. Y él no respondía.

—¡Wylar! ¡Mi gema! ¡Devuélvemela!

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El horror se había apoderado del arquero sin arco. Se dejaba llevar por su instinto más primario. Solo quería sobrevivir. No entendía por qué debía sacrificarse por una causa perdida. No tenía sentido permanecer y morir en aquella sierra maldita. Él estaba sano, tenía Furia, Gracia y Savia. Podía conseguirlo. No tenía por qué guiarse por códigos de honor que otros habían escrito.

—¡Wylar, maldito hijo de la gran puta, devuélveme mi gema! ¡Wylar!

¡Así te coman los Grises, malnacido, pedazo de mierda! ¡Mi gema, Wylar!

¡WYLAR!

Los temblores, los rugidos y los truenos taparon la voz de Maia. La lejanía hizo el resto. Wylar trepaba en busca del sendero. Una vez en él solo le quedaba correr. Era muy sencillo. Tanto como ignorar sus remordimientos.

Los Grises que se le interpusieron no lograron detenerlo. Pero los ojos eran peores. Lo juzgaban, le lanzaban maldiciones. Y se reían de él. De hecho, los temblores y los gruñidos hacía ya rato que le sonaban a carcajadas.

—¡Dejadme en paz! —exclamó varias veces como quien trata de quitarse de encima una nube de moscas.

Entonces llegó el gran terremoto. Ese que lo envió al suelo y lo arrastró hasta sacarlo del camino. Inmensos bloques de piedra cobraron vida a su alrededor. Le pasaron por encima, lo golpearon y abrieron brechas en su piel pecosa, pero no lo sepultaron. El Arconte se estaba recomponiendo. Volvía a alzarse en toda su maléfica majestuosidad. Por suerte para Wylar, lo había dejado atrás, aunque esto era relativo. Si no corría, podría alcanzarlo de nuevo. O volver a desplomarse sobre él.

Ya había sobrevivido una vez; hacerlo una segunda sería demasiada casualidad. Eso sería un milagro de los dioses y él se sentía maldito después de haber abandonado a Maia a su suerte. Y a Kasidra, aunque de ella no hubiera encontrado nada más que un trozo de bastón. Sabía que para él ya no habría piedad de los Cinco. Solo la cólera de los Seis.

El Arconte sería el arma definitiva de los dioses. Lo castigaría por su impiedad. Wylar corrió como nunca antes en su vida. Los dolores que le punzaban desde distintos puntos desaparecieron. Ya solo sentía un terror sobrenatural recorriéndolo.

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Ignoró los evidentes movimientos tectónicos que se desarrollaban a su alrededor. No quería saber nada de esa mole que debía de estar levantándose detrás de él. Solo le quedaba huir. Era lo que le ordenaba la vocecilla.

Entonces algo destrozó el suelo. Fue como una explosión. Y esa vez no procedía de su espalda, sino que se materializó delante de él. Un tentáculo. No, una especie de tubo que se agitaba. Vivo. Había atravesado la tierra y se curvaba en el aire a más de once de varas de altura. Poco a poco, apuntaba hacia el arquero.

Wylar perdió el equilibrio. Se levantó tan rápido como pudo. Lo habría hecho antes de no ser porque sentía la necesidad de vigilar a aquella cosa que lo amenazaba. En su extremo había algo que recordaba a un párpado cerrado, aunque lo que apareció allí cuando se abrió no era un ojo. Era una abertura por la que brotó un chorro de fuego negro.

El arquero lo esquivó a duras penas. Y si logró evitar que le impactase directamente, ya nada pudo hacer cuando la llama golpeó la montaña y se expandió en todas direcciones. Cuando quiso darse cuenta, estaba envuelto en ese fuego negro que lo devoraba.

Se tiró del camino buscando aire. Rodó ladera abajo. Se golpeó contra las piedras, se arrastró sobre las lascas. Se estaba destrozando a sí mismo, pero no era nada en comparación con aquel ardor, aquella corrosión. Parecía imposible librarse de esas llamas que habían hecho presa en él y no querían soltarlo.

En ese instante llegó una nueva llamarada. El tentáculo lo estaba apuntando. Lo buscaba a él. Y, aunque volvió a fallar, de nuevo le impactó el estallido. Wylar vio el mundo negro. Tuvo el acierto de levantarse y correr, asfixiado por el aire que respiraba. No quería inspirar fuego, pero había perdido por completo el control. Habría caído mucho antes de no ser por la Furia que lo alimentaba. Llegó a un repliegue pétreo que lo ocultaba. Con eso se libró de nuevos ataques.

Pero las llamas seguían ahí, aferradas a él. Haciéndolo chillar de dolor y agonía. Y, sobre sus alaridos, la risa malévola del Arconte, que disfrutaba con el espectáculo que él mismo había creado para su propio deleite.

Por instinto, se restregó en la tierra y la ceniza del suelo. Las piedras le abrasaron la piel, el dolor era casi insoportable, pero consiguió detener las llamas. Entonces asistió horrorizado a algo que no esperaba: la tela de la

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camisa se le había consumido por el fuego negro y ya no podía soportar el peso de la bolsita con la gema, que cayó y comenzó a rodar pendiente abajo.

Wylar dio un grito y salió disparado en su persecución. Necesitó recorrer un buen trecho para alcanzarla. Entonces, contra todos sus instintos, lo que le salió fue abrir la bolsa para comprobar que la gema no había sufrido ningún daño. Hasta que no la estudió con detenimiento y la vio tan inmaculada y resplandeciente como siempre, no cesó la angustia. Entretanto, su cuerpo era todo él un dolor espeluznante.

Las carcajadas del Arconte ya se elevaban por doquier. Se burlaba del arquero y de su nueva obsesión. No solo eso, sino que ahora el tentáculo volvía a apuntarlo sin nada que se le interpusiera. No tardó en rociarlo con un nuevo chorro negro y candente.

Wylar colocó ambas manos por delante, la desnuda y la que sostenía la gema.

Como si eso pudiera salvarlo.

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Nyx todavía tuvo que pelear para salir de debajo de aquel cadáver inmenso que había quedado varado encima de ella. En cuanto lo logró, notó el alivio en forma de aire expandiéndose por su interior. Iba acompañado de un cansancio que sí que era aplastante. No lo sabía con seguridad, pero creía haber gastado toda la Furia que le quedaba. Ahora se sentía vacía y exhausta.

Miró hacia el otro punto de luz, aquel donde tenía localizado al otro cardenal; su copia en miniatura. Su máscara yacía ahora tirada en el suelo. La luz del metal medio iluminaba una figura enclenque y larguirucha que se mantenía sobre sus pies casi de casualidad. El augur. La joven comprendió lo que había ocurrido. El muchacho había matado al supresor. Por eso había recuperado de repente la Furia. Por eso había logrado sacárselo de encima y clavarle el cuchillo; no había otra explicación. Eso daba lugar a otras preguntas como la forma en que había ocurrido o el porqué. Era algo que, de todos modos, no le quitaba el sueño a la caminante. Ya no era problema suyo.

Se incorporó y acudió de nuevo al cuerpo del cardenal. Lo empujó lo suficiente como para dejar a la vista el mango del puñal clavado en la cara. Lo liberó de un tirón. Y como la máscara había quedado maltrecha y fuera de lugar, también se la arrebató. En las manos de la muchacha tenía el tamaño de un escudo. Sería una prueba perfecta de lo que había ocurrido en ese sótano.

Luego volvió a mover el enorme cadáver con el pie, sin el más mínimo respeto. Su objetivo era darle la vuelta para recuperar el otro cuchillo. Cuando lo hizo, el hedor de aquella sangre ponzoñosa se volvió casi insoportable. Limpió las hojas de cerámica contra el hábito del monstruo difunto.

«Nos vemos en el infierno, bicho».

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A continuación, se dirigió hacia donde pensaba que estaba su gabán. Como era negro, no resultaba fácil encontrarlo en mitad de aquella gruta, tirado en el suelo como estaba. Ni siquiera con la ayuda de la luz de la máscara del cardenal. Al cabo de un rato terminó dando con él. Lo recuperó, lo sacudió, comprobó que las bolsas de las gemas seguían guardadas en sus respectivos bolsillos y se lo colocó encima. Se sintió dolorida pero reconfortada al instante.

Con la satisfacción del trabajo bien hecho, giró exageradamente el cuello hasta hacerlo crujir y se encaminó hacia la salida. Por eso mismo, más que sorpresa, sintió hastío al comprobar que el augur se interponía en su camino.

«Sombras, ¿y este qué mierdas quiere ahora?».

—Ayúdame —dijo.

Su voz sonaba más apurada que de costumbre. Hasta el momento había salido siempre trabada, forzada, temblorosa. Ahora, además, había algo que la hacía sonar lastimera. Una vez más, la caminante no supo identificar qué podía ser. Aunque un nuevo factor entró en juego. Olía a chamuscado. Un tímido hilillo de humo ascendía desde algún punto del joven. Nyx bajó la mirada y se encontró con que el augur sostenía un cristal envuelto de forma precaria entre los faldones de su hábito. Por cómo lo estaba achicharrando, tenía que ser el suyo propio.

—Enhorabuena —dijo Nyx sin alegría—. Ya eres libre.

Y acto seguido dio un paso al lado para esquivar al clérigo. Pero este volvió a bloquearla.

—Necesito tu ayuda —balbuceó.

«Ya, porque te quema y todo eso».

La caminante hizo un gesto con la mano para indicarle que se apartase.

Sin embargo, él no le hizo caso. Se había vuelto osado de repente.

—No tengo adónde ir —dijo con esfuerzo—. Has matado a mi señor y yo he colaborado en ello. Cuando me encuentren me encerrarán, me torturarán y luego me ejecutarán. Nada de lo que les diga podrá salvarme.

—Mala suerte —respondió ella y acto seguido empujó al augur para abrirse paso.

No obstante, este aguantó.

«Suerte que no me queda Furia, porque, si no, te estampaba contra la pared».

—Me lo debes —dijo él, y esa vez no hubo ni medio titubeo.

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—No te debo una mierda.

El chico se afianzó en su posición. Es más, aún tuvo tiempo de sacarse el hábito de encima. Nyx no supo si era para rodear el cristal con más ropa y que le ardiera menos o para volver a mostrarle la cara. El muy maldito se había dado cuenta de que ella reaccionaba a él.

—Maté al capellán —dijo—. Al pequeño, al menos. Por eso conseguiste acabar con el monstruo. Me lo debes.

Ahí estaba esa cara conocida, sacada de sus sueños más bizarros. ¿Qué significaba aquello? ¿Por qué la había ayudado? ¿Por qué no lo había estrangulado ya con sus propias manos? La joven chistó de impaciencia y de rabia. Apretó los dientes e introdujo la mano en el amasijo de telas en el que se había convertido el hábito del augur. Allí dentro estaba el cristal. En su mano no era más que una piedrecilla liviana y más bien fría. Lo extrajo y se lo mostró. El muchacho se quedó mirándolo con la cara descompuesta y rastros de sudor aquí y allá. Tragaba saliva.

Nyx tuvo el impulso de lanzar la piedra contra una pared. Así se quitaría de encima a aquel augur tan subidito. Sería tan fácil como sacarse un trozo de grillo de entre los dientes. Sin embargo, algo en su interior la frenaba.

«Sombras, cómo me estoy odiando a mí misma».

—Voy al último pueblo del Páramo —anunció.

—No me importa —replicó el augur.

«Ya».

Miró de nuevo el cristal. Una idea se le apareció de repente, sin avisar, como solo lo hacen las mejores.

—Serás mi sirviente.

—No me importa —repitió él.

A la muchacha le habría gustado sonreír menos al escuchar eso.

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V

El precio de la libertad

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Gris era el Páramo. Gris era el cielo. Como todo lo demás.

Lem nunca había caminado tanto. Ni tan rápido. Aquella asesina, Nyx era su nombre, según le había dicho después de mucho preguntarle, tenía el paso más que ligero. Además, insistía en ir campo a través, evitando los caminos y todos aquellos que los recorriesen. El muchacho estaba de acuerdo en pasar desapercibido, sobre todo porque él seguía siendo un augur huido perfectamente identificable. Pero la marcha entre peñascos, charcos, fango y ceniza apelmazada resultaba una tortura. Las rozaduras de los pies y las ampollas lo estaban martirizando. Comprendió a las malas que esas sandalias y esos pies no estaban hechos para largas caminatas.

Con todo, era feliz, y eso era mucho decir. Se trataba de una sensación que no había experimentado jamás. Porque en un principio pensaba que felicidad había sido dejar la Academia, pero muy pronto la eclipsó la ejecución de Uma. O lo que él pensó que era la ejecución de Uma.

El augur no sabía qué era eso que le pasaba en la cara, esa fuerza que le tiraba de los músculos que movían los labios y que le acalambraban las mejillas. Se sentía estúpido, iba como flotando. Era maravilloso.

Dirigió la vista atrás varias veces. No porque sintiera la más mínima pena por abandonar el Foso, la única ciudad que había conocido, sino por el Esclavo. El Arconte, su Arconte. Era cerrar los ojos y podía verlo allí plantado, soportando sin descanso el peso de aquella mole, con ese gesto de cansancio y condena que para Lem era tan cálido y cercano. Tan humano.

«No te preocupes, volveré y te liberaré», se dijo sin saber muy bien cómo lo haría para cumplir semejante promesa. Sobre todo porque su futuro era un misterio. Por el momento estaba en pie, libre, lejos de los que habían sido sus dueños. Pero su cristal seguía comprometido.

A poco que lo pensaba, el joven augur había dejado otra cuenta pendiente en el Foso. Mirim. Esa odiosa muchacha que hacía y deshacía a

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su antojo, acaparando más y más poder con cada giro que pasaba. Era por gentuza como ella por lo que el mundo podía ser un lugar tan atroz. Lem quería devolverle todo el mal que le había hecho. A él y, por extensión, también a Uma.

Y, ya de paso, también le gustaría arreglar cuentas con la Academia. Hacer que aquellos que se habían encargado de mantener la mentira del porvenir durante tanto tiempo pagaran por el mal que habían hecho. Ejecutar a tutores y maestros, quemar la biblioteca, derruir el edificio. Las posibilidades eran numerosas y atractivas.

No sabía qué lo esperaba más adelante, cómo sería aquel lugar, Niño Perdido, al que se dirigían. Se imaginaba una ciudad reducida; igual que el Foso, pero en pequeño. Habría estado bien que Nyx le hubiera dado más detalles, pero la caminante era tacaña en palabras. En cualquier caso, no podía ser un lugar tan vil y masificado.

«Nyx, qué nombre tan extraño».

En su sueño en la habitación blanca con el chico dulce, ella no recibía nombre. De hecho, tampoco llegaba a abrir la boca. Se quedaba muy quieta en el sitio, en un segundo plano. No tenía esa cicatriz, pero sí que, en su lugar, llevaba ese mismo ojo tapado. Eran coincidencias que ofrecían más incertidumbre que explicaciones y que lo volvían todo extraño y retorcido. Demasiado como para perderse en ello en busca de respuestas.

«Ya llegarán», supuso.

Lem no sabía qué iba a hacer con ella. Estaba claro que no podía enfrentarse a la caminante en un combate. Tampoco parecía buena idea acecharla por la espalda y clavarle el puñal ceremonial. Podría salir bien o terriblemente mal.

Chasqueó la lengua. En esos momentos acariciaba la Hoja del Destino, apreciando el tacto de su filo. Tan relajante. Tan excitante.

Sacudió la cabeza. Por ahora, debía dejarse llevar y, una vez más, poner su destino en manos de otros. Solo que ahora él estaba un paso más cerca de quien llevaba las riendas. Tenía espacio para planear sus siguientes movimientos. Y sería más pronto que tarde.

Por lo tanto, una vez más, tenía motivos para estar contento. Pese a las rocas, los vientos, las rozaduras, las agujetas, las moscas y los alacranes del camino. Nada podía estropearle ese momento. Sentía que se encontraba en lo más alto de su vida.

Y tenía razón.

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Wylar respiraba. Y no podía parar de correr.

Entre los soldados existía una especie de debate sobre los límites del uso de la Furia; hasta dónde era capaz de llevar a quienes la usaban. Por la Torre circulaban historias de guerreros que habían seguido luchando hasta morir desangrados. Y de otros que la consumieron sin parar durante giros hasta que el corazón, de repente, se les paró. Ese era el temor del arquero.

El arquero sin arco. Sin honor. Sin apenas piel sobre los músculos.

En realidad, el miedo a morir por abuso de Furia era un pensamiento perdido que vagaba en el fondo de su cabeza junto con recuerdos de todo tipo y pelaje. Su mente se había convertido en un manglar en el que su yo consciente no tenía nada que decir. Él no era más que un espectador que veía el Páramo y las pavesas de ceniza que caían del cielo pasar delante de sus ojos a toda velocidad. Y, mientras, quemaba Furia. Corría y quemaba Furia. En un ciclo sin fin.

Pero, a poco que lo pensó, no era la Furia lo que lo mantenía corriendo por el Páramo. Había otra cosa dentro de él, otra energía extraña que había tomado el control. Al ser consciente de ello detuvo la marcha hasta quedarse completamente quieto. No jadeaba. Ni siquiera sudaba.

Levantó ambas manos para saber qué era aquello que tironeaba de su carne. Descubrió unas manchas negras que lo ocupaban todo, como si se hubiera zambullido en un tanque de brea. No, no eran manchas, sino que ahora era ese su tono de piel.

«El fuego», recordó.

Pero no podía ser. Aquellas llamaradas malditas con las que lo había rociado el Arconte debían de haberlo matado. Y él se sentía muy vivo. Con una claridad de pensamiento como nunca antes había tenido.

Entonces recordó a Maia. Su imagen fue un latigazo que le abrasó cada partícula que componía su cuerpo. Le dolió más que el fuego negro. Agachó la cabeza.

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Le dio la vuelta a las manos y se sorprendió de no haber perdido ningún dedo. Estaban chamuscados y eran de un negro casi perfecto, pero los tenía todos. Entonces encontró algo en la palma de su mano derecha. Algo que no debería estar ahí. Reconoció el brillo de la gema, sus formas interiores, esos bordes que se hacían infinitos dentro del cristal. De alguna manera, la gema había penetrado en la carne y ahora se encontraba dentro de la mano. Solo sobresalía una parte. Contra toda lógica, no le dolía ni siquiera un poquito. De hecho, toda aquella calma y bienestar que de pronto lo invadían parecían proceder de ahí. Porque se sentía tranquilo. Solo el recuerdo de Maia, que iba y venía, lo desestabilizaba y lo hacía verter lágrimas. Era muy extraño.

Se giró y encontró a sus espaldas la cordillera. Lejana. Inofensiva. La había dejado atrás, estaba a salvo. Entonces de pronto recordó que estaba desnudo. De sus ropas ya no quedaba nada. Tampoco conservaba piel, solo aquella capa oscura que lo recubría. No obstante, sabía que el tejido se estaba regenerando a gran velocidad. Podía sentirlo.

«Nada parece tener sentido», se dijo mientras volvía a mirarse la gema de la mano. Tan bella, tan profunda. Y comprendió que eso era lo que diría Wylar, porque aquello tenía todo el sentido del mundo.

Inspiró hondo y experimentó el transcurrir del tiempo. Encontró la lógica del universo. Solo que no podía explicársela a sí mismo. Aún no.

Lo que sí supo era que Wylar debía regresar a la Torre y avisar de la Oleada. Sí, Wylar, esa persona tan cercana pero, al mismo tiempo, tan ajena a él. Era eso lo que Wylar debía hacer.

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Nyx iba aplastando terrones sin compasión, cada vez más enfurecida. Empezaba a estar harta de todo. De aquel viaje de vuelta, de aquella misión que por poco le había costado la vida, de Sólomon y sus intrigas, de ese augur enclenque que el destino había querido ponerle por compañero.

¿Compañero? No, era su esclavo. Ella poseía su cristal, podía hacer con él lo que le viniera en gana. Pero ¿qué se podía sacar de aquel tipo raquítico y encorvado que había reconocido no saber leer el porvenir y que, para colmo, tenía la más boba de las sonrisas permanentemente dibujada en la cara?

«Sombras, me recuerda a la cartógrafa aquella».

¿A qué venía tanta felicidad en Lem? No lo sabía. Y eso que ella mantenía un ritmo de marcha más bien elevado, y él no dejaba de sudar. Incluso había trastabillado varias veces. Pues ni así el augur cesaba en su felicidad. Era tan odioso.

Nyx había decidido que sus días como recadera de Sólomon habían llegado a su fin. Nada tenía tan claro como eso. Le entregaría el botín y le diría que se acabó, que emprendía su propio camino a partir de ese momento, que no tratase de impedírselo. No obstante, ella sabía que la convencería; siempre ocurría. Le hablaría del futuro, de mejorar como guerrera, como caminante, como lo que fuera. Le diría que todavía podía llegar más alto. Y ella terminaría posponiendo su decisión y haciendo lo que él dijera. Siempre era así.

«Pues esta vez no».

Lo dejaría con la palabra en la boca. Mejor aún, se sentaría en la silla de la Verdad y tomaría posesión del templo. Ella era la persona más poderosa en todo Niño Perdido. A partir de ahora se harían las cosas a su manera. Además, tenía en su poder la gema del capellán. También él era su esclavo.

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Quedaba el problema de su propio cristal. Ella no tenía los medios para convertirlo en una gema y poder cargarlo. De hecho, no sabía ni por dónde empezar para conseguir aquello. Si hasta albergaba dudas sobre si convertir el cristal en gema serviría para algo. Era un problema, pero ya se le ocurriría la solución.

—¿Falta mucho? —preguntó un sucísimo Lem viniendo muy torpemente desde atrás.

Una pregunta que no era la primera vez que hacía, para mayor hartazgo de Nyx.

«Sombras, no me puedo creer que todavía no lo haya arrastrado la Oleada».

Todo lo que poseía ese chico de endeble lo tenía de hablador. Y eso que le costaba horrores articular las palabras con corrección. Pues nada, cada pocas leguas venía a incordiarla con alguna impertinencia. Le recordaba a Jris, el bardo aquel.

«¿Qué habrá sido de la canción heroica que estaba componiendo sobre mí? Dioses, qué vergüenza de solo pensarlo».

—Cuando lleguemos lo sabrás —soltó la joven sin dignarse ni a mirarlo, a ver si así captaba de una vez que su conversación no era bienvenida.

La imagen de Niño Perdido se apareció en la mente de Nyx. Sus calles irregulares, su pobreza, su suciedad. La profunda tristeza de sus habitantes. Sólomon. No, ella no quería volver allí. De ninguna de las maneras. Ella quería ser libre, vivir en un lugar nuevo donde no fuera nadie, donde se confundiera con el resto. Empezar de cero. Ella conocía ese sitio, hasta lo había visto con sus propios ojos. Bueno, lo había visto con la proyección de su vista en la Umbra, que para el caso era lo mismo. Las ruinas del Bazar.

Ese era su destino, ese debía ser su único objetivo. Nada de someter a Sólomon. No se expondría a sus trucos ni a sus palabras edulcoradas. Además, algo le decía que el viejo podía estar preparando algo para terminar de esclavizarla. No sabía cuántos endecagóbolos había podido fabricar, ya que ella le había entregado dos gemas en total y él solo había usado una, la que ahora pendía del colgante en su pecho. ¿Y si tenía otro endecagóbolo preparado solo para capturarla a ella? ¿Era una idea demasiado descabellada? Tal vez, pero mejor ser precavida. Mejor poner tierra de por medio.

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Y esto la devolvía al punto de partida: su cristal personal. No podía cargarlo. Le pesaba, le quemaba, le hacía daño. Por muy fuerte que se hubiera vuelto, por mucha Furia que consumiera, ella no podía convertirse en la dueña de su cristal. Era su maldición.

Se llevó una mano al bolsillo interior del gabán donde guardaba las gemas que había robado. Al tacto eran suaves, casi tanto como a la vista. Tan preciosas. ¿Por qué no podría ser su piedra así de inocua? Entonces sus dedos acariciaron una superficie más áspera, igualmente fría. El cristal personal de Lem.

«Un momento —se dijo volviéndose y observando a su compañero de viaje, que, casualidad o no, había tropezado de nuevo y ahora pugnaba por ponerse de pie—. ¿Y si…?».

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Lem cada vez entendía menos. La comunicación con esa asesina nunca había sido fluida, pero ahora, cuando todavía atravesaban el Páramo hacia un destino incierto, resultaba todavía más confusa. No comprendió sus erráticas explicaciones. Parecía que le costaba metal hablar de una forma articulada. Lo único que parecía sacar en claro era que ya no iban en dirección a Niño Perdido, sino a las ruinas del Bazar. ¡Las ruinas del Bazar!

Los conocimientos de geografía de Lem le indicaban que eso supondría un desvío de cientos de leguas. Además, esa ciudad ya no era una ciudad. Estaba destruida y, por lo que todos los libros decían, también maldita. No tenía ningún sentido. Menos aún cuando ella le dijo a qué se debía ese cambio de planes: él iba a ser el portador de su cristal personal.

«¿El portador de su cristal? Sangre de Arconte».

Eso lo convertiría en una especie de guardián de aquella asesina, lo que supondría muchas posibles situaciones que implicaban que ella sacase sus cuchillos. Aquella no podía ser una buena idea.

Para colmo, cada vez que trataba de sacar una nueva respuesta, ella le devolvía un gruñido. Y encima había aumentado el ritmo de la marcha. El joven augur no sabía qué había hecho para merecer semejante castigo.

Aunque si lo pensaba por un momento, si él tenía su cristal, eso los igualaba de alguna forma. Ya no sería un mero esclavo dependiente de la voluntad de la caminante, sino alguien que también tendría cierto poder sobre ella. Nyx, lo quisiera o no, lo necesitaría. Bueno, serían codependientes el uno de la otra.

Ahora, de pronto, él pasaba a ser alguien importante. Tanto que incluso ella tendría que defenderlo si llegaba el momento. No era un mal cambio, después de todo. Lo malo era el nuevo desplazamiento.

En eso andaba pensando cuando, de pronto, al tratar de no perder el equilibrio a causa de unas piedras más inestables de la cuenta, terminó

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chocándose de narices contra la espalda de Nyx, que se había detenido. —Pero qué… —fue a protestar Lem, pero la asesina lo mandó callar. Estaba muy concentrada en un punto más adelante. Una figura

caminaba en contra de Ndhasis, sin mucha prisa, pero con determinación. Sus vestiduras se veían estrafalarias, como demasiado pegadas al cuerpo para ser reales. Al poco, Lem comprendió que aquel tipo iba desnudo, que era su piel oscurecida lo que veía. Calcinada. Un nuevo disparate en su camino. Parecía la norma desde que esa caminante entrase en su vida.

—Calla —le ordenó ella de nuevo. Como si fuera necesario.

Aquel tipo desnudo no tardó en localizarlos y, horror, dirigirse hacia ellos. Conforme se acercaba, nuevos detalles iban apareciendo. Su piel estaba sobre todo ennegrecida en brazos y piernas, e iba clareando hacia ciertas partes del tronco y la cabeza. La cara tenía una apariencia más normal. Ciertas vetas luminosas le recorrían las extremidades a lo largo, como si sus venas transportasen metal fundido en lugar de sangre. Eso terminaba de darle un aspecto inhumano.

—Esfinge —exclamó Lem, pero Nyx volvió a pedirle silencio.

Esta ya se aferraba al mango de sus cuchillos. Eran los prolegómenos de un enfrentamiento. Uno de resultado más que incierto.

Por fortuna, el extraño pareció prevenir esto y se detuvo a unas siete varas. No era alto, pero su cuerpo estilizado y postura recta lo hacían aparentar una cuarta más de la que tenía. ¿O acaso era algo más? Porque de aquel ser parecía desprenderse un aura invisible y, con todo, perceptible. Sus ojos miraban a algún punto perdido en el horizonte. La caminante y él contuvieron el aliento.

—Soy un viajero como vosotros —dijo el hombre tras tomarse unos instantes.

—Tú no sabes lo que somos nosotros —replicó Nyx con un tono muy poco amistoso.

—No pienso entrometerme en vuestro camino —dijo de nuevo él con esa voz clara y calmada.

—Tú no sabes hacia dónde vamos —replicó de nuevo la caminante. —Nyx, tal vez deberías ser un poco más cord… —fue a decirle Lem. —¡A callar!

—Os dejo seguir adelante, pues —dijo el desconocido cediendo el paso con ambas manos y haciendo una leve reverencia.

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Era tan amable que daba mala espina. Aunque no era eso lo que había generado tanta tensión en la asesina. Lem vio que esta se había quedado más tiesa que nunca, con ambos ojos clavados en aquel tipo. No en su cara o en su cuerpo; sino en la palma de su mano derecha. Allí parecía haber incrustada una gema.

A su juicio, una de enorme tamaño. Mucho mayor que las que habían podido encontrar expuestas en las catacumbas del palacio del cardenal. Y no solo eso, sino que contenía ese tono distinto al resto. Ese que no era ni gris, ni blanco ni negro. Como en sus sueños. Como en el cuerpo del Arconte.

«Ay, mi Arconte. Cómo te echo de menos».

—¿De dónde la has sacado? —preguntó Nyx rígida. Como preparada para cualquier desgracia.

El tipo se miró la mano como si comprendiera a qué se refería la muchacha. Luego llevó la vista hacia ella. Todo con una calma que cortaba la sangre.

—Estabas buscando esta gema. —No lo preguntó ni lo afirmó, lo supuso—. Pero ya no. De hecho, ahora que conoces su paradero, puedes partir en paz. Eres libre.

Nyx sacudió la cabeza. Estaba claro que esa conversación la estaba sacando de sus casillas.

—¿Nos hemos visto antes? —preguntó ella.

Eso despertó una idea en la cabeza de Lem.

—¿También has soñado con él? —preguntó trabándose.

—¿Qué? ¡No! Calla tú.

—No, pero volveremos a encontrarnos —respondió el tipo. Eso sí que terminó de punzar los nervios de ambos viajeros—. Id ahora en paz hacia vuestro destino. En las ruinas del Bazar encontraréis lo que buscáis. También lo que no buscáis. Yo seguiré adelante hasta hallar mi destino.

No hubo más conversación. Aquel ser del Páramo no volvió a abrir la boca y Lem y Nyx fueron incapaces de articular palabra de nuevo. Al poco, manteniendo siempre las distancias, todos reanudaron sus respectivas marchas.

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Aquel tipo raro, fuera quien fuese, iba directo a las garras de Sólomon. Le entregaría la gema especial que tanto tiempo llevaba buscando el capellán. Y Nyx no podía hacer nada para evitarlo.

Pensó que ya no era su responsabilidad. Ella se había desviado para llegar al escondrijo en mitad del Páramo donde había dejado guardado su cristal. Lo recuperó y rodeó Niño Perdido en dirección antiNdhasis. Justo hacia las ruinas del Bazar.

—¿Qué pasará si ese capellán consigue la gema que llevaba ese hombre pegada en la mano? —le preguntó Lem tartamudeando.

«Nada bueno», pensó Nyx.

De alguna forma sabía que eso terminaría por salpicarle. Por eso mismo, agarró la gema de Sólomon y la lanzó tan lejos como pudo. Muy pronto se perdió entre el polvo y las cenizas del Páramo. Ndhasis sopló como en agradecimiento por semejante tributo.

—¿Por qué haces eso? —preguntó Lem con esfuerzo—. Podrían darnos mucho metal por ella. Nos vendrá bien en nuestro viaje.

—Tengo muchas como esa —respondió la caminante—. El puto viejo es capaz de localizar su gema. Mejor si no la llevamos encima.

El augur no supo qué contestar. En realidad, desde que salió del palacio del cardenal no tenía mucha idea de lo que estaba pasando. Bueno, aquello era una constante en su vida.

—Es el precio de la libertad —añadió la caminante. Y, haciendo honor a su nombre, comenzó a caminar.

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Los acólitos le salieron al paso cuando se encontraba a punto de llegar a Niño Perdido. Era como si lo estuvieran buscando. Traían la instrucción de llevarlo ante el capellán local. Él no puso ningún reparo y se dejó conducir.

En su camino creyó reconocer un par de lugares que había visto no tanto atrás. Cuando se llamaba Wylar y era soldado al servicio del ejército de la Princesa. Eso no despertó en él ni tristeza ni añoranza, solo indiferencia y, quizá, algo de curiosidad. Hasta que reapareció Maia en sus pensamientos y, entonces sí, notó una enorme congoja en el plexo solar.

Entró escoltado a la sala de la Verdad por cuatro acólitos y había otros cuatro custodiando cada esquina del púlpito sobre el que descansaba la silla de la Verdad. Comprendió que el capellán no se fiaba y que se estaba protegiendo de él. No se lo tuvo en cuenta, aunque le hizo pensar si de verdad era necesario. Sintió el torrente de energía que fluía por todo su organismo desde la gema. Aquella fuerza capaz de sanarlo, de nutrirlo de vida, de proporcionarle poder como para recorrer el Páramo sin descanso; de detener el propio tiempo.

¿Podía él ser una amenaza para todas aquellas personas?

—Sé bienvenido, viajero —dijo el capellán desde lo alto de la silla. Todo en él pretendía desprender poder. Y, ciertamente, lo conseguía—. Me llamo Sólomon y soy la máxima autoridad religiosa en este pueblo. Me han comunicado que vienes de lejanas tierras. Que traes nuevas de más allá de las montañas.

«Ah, eso».

Inspiró hondo y luego comenzó a relatar, con una precisión escalofriante, lo sucedido en la atalaya, los Grises, el Arconte, y la suerte de la expedición de la que una vez formó parte Wylar, el arquero.

No obstante, captó que la atención del clérigo no estaba tanto en sus palabras como en su mano derecha, de la que, al gesticular, había mostrado

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la palma y la gema que había inserta en ella. El viejo se inclinaba hacia delante con avidez cada vez que movía la mano. Cerraba los puños sobre los brazos del asiento. Aumentaba su sudoración. También lo escuchaba tragar saliva. Y cómo el corazón se le aceleraba.

«Esto es lo que soy para él. Una garantía de poder. Es así como tiene que ser».

Cuando terminó de hablar, las sombras y el ulular del viento se hicieron los verdaderos dueños de la sala de la Verdad. El recuerdo de Maia era atroz. La podía ver, la podía sentir. Le hablaba una y otra vez. Le pedía ayuda. Le hacía el amor. Se burlaba de él.

En el exterior de su cabeza, más allá de los pensamientos del viajero, los acólitos se removían nerviosos, apenas lograban mantenerse en sus posiciones. Habían sido muchas malas noticias las que había soltado en un momento. Sólomon, en cambio, se mantuvo quieto. Calculaba su siguiente movimiento.

—Un relato sin duda terrible —dijo el capellán—. Es un milagro que hayas llegado hasta aquí.

—Debo proseguir con mi viaje —contestó el viajero—. E informar a la Princesa.

—Sin duda, sin duda. Pero primero te ofreceremos reposo y alimento.

Debes de estar agotado.

—Lo cierto es que no —respondió de inmediato, casi le cortó las palabras en la boca al anciano.

—Permite que lo dude, viajero. Además, yo mismo puedo mandar la noticia a la Princesa. Llegará antes que si te encargas tú. ¿Por qué tanto esfuerzo?

—Sois muy amable, capellán, pero he de hacerlo yo.

«Es mi deber. Debo reparar mis faltas. Aunque nada hará que Maia vuelva a la vida. Nunca jamás».

—Entiendo —dijo Sólomon al cabo de un rato—. Entonces permíteme ayudarte.

El capellán se llevó una mano a la ancha manga de su hábito y de ahí sacó un artefacto de metal que tenía forma de cubo y una burbuja en medio con una gema en su interior. El viajero no reconoció el objeto, pero dio lo mismo.

«De modo que es así como va a ocurrir».

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Sólomon se puso en pie con el artefacto en la mano. Comenzó a bajar los escalones mientras le contaba algo sobre conseguir grandes beneficios para él. También hablaba del bien común. Los acólitos se tensaron. Habían alcanzado su pico de nerviosismo.

El viajero podía ponerle fin a esto en ese instante. Así como también podía acabar con su propia existencia. Sin embargo, el deber no se lo permitía. Ni la culpa. Sintió un hormigueo en todo su cuerpo. Estaba pleno de fuerzas. Y también roto por dentro.

Agachó la cabeza cuando el capellán llegó a su altura.

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Epílogo

El buen juicio de la Princesa

Las puertas de la sala de audiencias terminaban en punta y eran altas como para dejar pasar el mástil de una bandera. Todo en el palacio de la Princesa era así, magnífico, alargado y puntiagudo. La roca con la que estaba construido era blancuzca, aunque frecuentes manchas formaban surcos oscuros y verticales en su superficie. Era recia y, a un mismo tiempo, conservaba ese aire estilizado. Por supuesto, las cristaleras abundaban en los ventanales picudos y en los rosetones. Una muestra del poderío de la Princesa. Autoproclamada dueña de la Desolación.

Dos cruzados empujaron las puertas para dejar paso a quienes esperaban en el vestíbulo. Estos entraron de forma más o menos ordenada. Había alta expectación ante el aviso de una audiencia extraordinaria. Al parecer habían llegado noticias de la frontera más allá de la cordillera y del Gran Vacío. Noticias impactantes desde dos puntos distintos.

Nadie sabía qué podía ser, aunque las murmuraciones no cesaban. Las caras de los asistentes reflejaban inquietud. Ya había habido anuncios similares antes y nunca vaticinaron nada alegre ni medianamente positivo. Al final, lo normal era terminar pagando un precio por las novedades.

Allí se reunía lo más granado de la Torre. Nobles, capitanes de la guardia, ricos comerciantes, caballeros cruzados, incluso un par de obispos con cara de metal y sus respectivos acólitos. Todos habían oído los rumores y todos habían acudido a la llamada de su señora.

La sala de recepciones, como no podía ser de otra forma, tenía una altura considerable. La base formaba una figura geométrica exacta de once lados. Los pilares que la sujetaban desde las paredes subían a lo alto hasta coronar la bóveda. Y abajo, justo en mitad del lugar donde todas las líneas se cruzaban, se encontraba la Princesa, la as de la Torre. Como era costumbre en aquella sala, de pie, esperándolos.

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El poder que la Princesa rezumaba era palpable. Resultaba complicado explicar de qué se trataba, pero había un aura especial, algo distinto que no se podía encontrar en ningún otro sitio. Y el ejemplo más claro de ello era que entre esas paredes resultaba imposible de atravesar el Velo. La Umbra estaba vedada a todos los mortales. Menos a la as, por supuesto.

Los presentes fueron tomando posiciones alrededor de la Princesa, lo bastante lejos como para mostrar veneración por su ama y señora. Todos los lados de la sala se llenaron poco a poco. Todos menos uno, aquel donde, en lugar de muro, había una abertura tapada con un telón como de teatro. Nadie sabía qué se guardaba allí detrás. O nadie quería saberlo. Por el tamaño, bien podría ser una estatua colosal. O un obelisco.

—Sed bienvenidos, hijos de la Torre —dijo la Princesa con esa voz clara, sosegada y de perfecta dicción—. Id tomando vuestros puestos.

Si existía una criatura agraciada en el mundo, esa era la Princesa. Su rostro no presentaba ni una sola imperfección, como si lo hubiera cincelado un maestro escultor durante un arrebato de éxtasis. Llevaba el cabello, sin duda larguísimo, recogido en un tocado que se mezclaba con joyas y sedas. No tenía ni un pelo fuera de lugar. Sus ropajes, los más caros y refinados de toda la Desolación, al mismo tiempo recordaban su naturaleza guerrera, acompañados con hombreras, brazaletes y un cinturón de refulgente metal. Pues ella era la comandante absoluta de todos los ejércitos. Detalle que era mejor no olvidar.

Había algo inusual en la Princesa. Un elemento que todos los que estaban acostumbrados a tratar con ella solían ignorar como mejor podían. Se trataba del conducto de carne que le salía por debajo de los faldones, que reptaba a la misma altura del suelo y recorría la sala varias varas hasta colarse por entre el telón del fondo. Era una especie de tubo gástrico, un tentáculo a medio gestar que parecía conectarla con lo que se ocultaba al otro lado.

¿Qué era? ¿Qué había tras esa enorme tela? Eran incógnitas que permanecían sin resolver. Nadie sabía nada. Nadie hacía preguntas. Aunque, más bien, lo más exacto sería decir que todos fingían no ser conscientes de aquella anomalía.

No tenía importancia, ya que cuando la Princesa hablaba, su voz, tan dulce pero, a la vez, firme, encandilaba a todos los presentes. Sus palabras eran siempre justas, sus decisiones siempre acertadas. Aquella era la mejor

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de las gobernantes que podía existir sobre la faz de la Desolación. Así había sido desde siempre.

—Gracias por acudir a mi llamada —dijo cuando los presentes terminaron de ocupar sus lugares. Estaba en pie, con la espalda muy erguida y las manos entrelazadas a la altura del vientre—. Como muchos de vosotros ya os imaginaréis, hemos recibido dos valijas. Una procedente de una de nuestras atalayas en la cordillera y otra del Gran Vacío. No quisiera alarmaros, pero las noticias que traen no parecen halagüeñas. Yo apenas he sido informada, ya que los emisarios se encuentran en un estado lamentable y han tenido que ser atendidos de inmediato. De hecho, en las últimas horas hemos perdido a uno de ellos. Por suerte, nuestros sanadores han podido salvar a los otros dos. Y ahora asisten a esta audiencia extraordinaria para contarnos lo que han visto. Hacedlos pasar.

De inmediato, los cruzados de la puerta procedieron a abrir. Todos los ojos recayeron en las cuatro figuras que hicieron su entrada en el salón. Otros dos cruzados escoltaban a un hombre y a una mujer, en medio, que caminaban mal que bien, él ayudándose de una muleta y ella cojeando ostensiblemente. Los soldados que los acompañaban también tuvieron que prestarles los brazos para que se apoyasen. Parecían que iban a derrumbarse a cada paso.

El hombre lucía un aspecto lamentable. La mitad de la cara estaba desfigurada, achicharrada, así como el cuero cabelludo correspondiente, dejando al aire algunos mechones de lo que debió de ser un cabello largo y, tal vez, cuidado. Del resto del cuerpo apenas se veía nada más, vestido con unos ropajes limpios que a todas luces le acaban de dar. Se intuía lo muy dañado que estaba por el muñón del brazo derecho, renegrido como por efecto de una explosión. Ella estaba algo mejor. O bien el sanador se había esmerado más, o bien no había sufrido tantos daños.

Un murmullo se levantó entre los asistentes. Cuando el grupo llegó ante la Princesa, los cruzados soltaron al pobre hombre. No se supo si su intención fue lanzarse al suelo para postrarse ante su señora o si fue solo el fruto de su maltrecho estado. Lo cierto fue que terminó dando con sus huesos en el pulido dibujo geométrico del suelo.

—Álzate, soldado de la guardia de la Torre —dijo la Princesa con pompa, casi teatralidad.

Al tipo le costó una vida obedecer aquella orden. Ni siquiera con la ayuda de los cruzados fue rápido. Ni grácil. Una vez en pie junto a la

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mujer, agachó la cabeza. Más que por respeto a la Princesa, por vergüenza ante sus deformidades.

—Habla —dijo la as, pero se refería a la mujer. Claramente, sería de mayor utilidad.

Ella se tomó un tiempo para ordenar sus pensamientos. No le salió muy bien.

—Algo se ha despertado en el vacío.

Se levantó un murmullo en la sala. Nada muy preocupante.

—¿Qué ha pasado? —preguntó un noble.

—Grises —respondió la guerrera con esfuerzo.

—¿Un puñado de Grises merodea por el Gran Vacío? —preguntó otro de los asistentes—. Esa no es ninguna novedad.

—La Oleada —dijo entonces el hombre. Su voz sonaba quebrada, ahogada. Como si le faltase un pulmón y no encontrase aire para sacar las palabras, lo que le dio un aire más apocalíptico—. La Oleada acaba de empezar. Viene desde las montañas.

Ahora sí, los comentarios ascendieron y se cruzaron entre sí. Pero duraron poco, ya que el gruñido procedente del otro lado del telón creció hasta hacerse más que notorio. Al escucharlo, todos callaron de inmediato.

—¿Estás seguro de ello? —preguntó la Princesa igual de calmada que al principio. Nada parecía perturbarla. Miró a la mujer esperando una respuesta.

—Mis noticias son similares, mi señora —contestó ella—. Lo que viene desde el Vacío con los vientos es infecto.

—Está bien —dijo la as en respuesta—. Esta no es la primera vez que este reino se enfrenta a esta amenaza ni será la última. La combatiremos y venceremos como en otras tantas ocasiones. —Los presentes lanzaron unos vítores, aunque no demasiado alto, todavía achantados por el gruñido anterior—. Es hora de comenzar los protocolos de defensa. Quiero a mi gabinete de guerra reunido y al Consejo Civil dispuesto par…

No era normal interrumpir a la Princesa. De hecho, podía ser una ofensa muy grave. Pero el hombre maltrecho rumiaba algo. Hablaba como para sí. Sin cesar.

—¿Qué ocurre? —preguntó la Princesa y, si esto fuera posible, en su voz se pudo notar algo parecido a la contrariedad.

—Tienen un Arconte —dijo él. Lo repitió varias veces, de hecho.

Y la guerrera lo acompañó en su delirio.

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—Los del Vacío también.

Entonces sí se desató el vocerío en la sala. Manos que se echaban a la cabeza, opiniones que decían que era imposible, que eso nunca había pasado. Aunque, de nuevo, todos se callaron ante un gruñido, esta vez casi rugido, que procedía del otro lado del telón. Las cortinas temblaron y la sala entera reverberó. Aquello sí que era inusual.

—Son muy malas noticias, sin duda —dijo la Princesa, que seguía manteniendo esa calma antinatural cuando todo a su alrededor eran vibraciones negativas—. Mandaremos a más exploradores a la cordillera y a los límites con el Gran Vacío para confirmarlo y seguiremos igualmente el protocolo de defensa. Nos pondremos en marcha con inmediatez. Y llevaos a estos desgraciados portadores de malas nuevas. Su sola existencia es Esfinge.

—Esfinge —respondieron los presentes.

—Colgadlos y terminad de quemar sus restos —dijo la Princesa—.

Esta audiencia queda clausurada.

Y mientras los asistentes terminaban de hacerse una idea de lo que acababa de pasar, los mensajeros fueron arrastrados de la presencia de la Princesa. No sabían si horrorizados por la sentencia que acababa de recibir. O agradecidos por librarse de lo que se les venía encima.

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Glosario

LOS ASES

La Princesa: Gobernante de la Torre. Regente de la Desolación.

Guardiana del Mausoleo. Protectora del Durmiente.

El Demiurgo: Gobernante de la Factoría. Científico, ingeniero. Enemigo del Culto de la Palabra. Contestatario del poder de la Princesa. ¿Es el Reo? ¿Su encarnación? ¿Su hijo?

El Patriarca: Gobernante del Foso. Cabeza del Culto de la Palabra. Conocedor de los secretos del mundo y ¿de los nombres prohibidos? Desde la muerte del Tratante es el señor de los espías.

El Tratante: Gobernante del Bazar (ahora conocido como las ruinas del Bazar). Señor de comerciantes, ladrones y espías. Muerto durante una conjura que destruyó su ciudad. Jamás se encontró su cuerpo.

La Ropavejera: Dueña de las ruinas del Bazar tras el vacío de poder que dejó el difunto Tratante. Señora de la chatarra y de los desposeídos.

EL ANILLO DEL MAUSOLEO

La Torre: capital de la Desolación. Hogar de la Princesa y de los cruzados.

El Foso: centro religioso de la Desolación. Hogar de la roca flotante, donde el Patriarca tiene su castillo.

Las Hermanas: antigua ciudad dividida en dos por un cataclismo. Ahora son las ciudades enemigas de La Casa de Sanación y El Yunque.

La Factoría: hogar del Demiurgo. Hogar de la Universidad.

Las ruinas del Bazar: antiguo Bazar, hogar del fallecido Tratante. Ocupada por la Ropavejera y su séquito de chusma. También conocida por la Tumba del Tratante.

El Mausoleo: Ciudad fortaleza en perpetua construcción. Es labor de los ases reforzar sus murallas y castillos sin cesar. Último reducto contra las invasiones. Hogar del Durmiente.

LOS SIGNOS DE LOS ONCE

El Errante: da la capacidad habitar la Umbra a los caminantes.

Extremadamente raros y perseguidos.

La Bendecida: otorga el poder de usar los halos para realizar trabajos manuales y manipular metal, materia y cristal para, a partir de ellos, crear el resto de elementos. Poseen este don uno de cada cuatro venidos al mundo.

La Susurrante: da la visión absoluta del Velo, el don de los capellanes y los detectores, muy raros.

El Audaz: incrementa las habilidades físicas de guerreros, soldados y mercenarios. Los hijos del Audaz constituyen alrededor de un 11 por ciento de la población.

El Decapitado: concede el don de usar la Savia para sanar (y para lo contrario). Sus hijos son sanadores y torturadores. Son infrecuentes.

La Olvidada: sus hijos contrarrestan los poderes de otros y absorben sus halos. Son supresores, guardaespaldas y guardianes. Son escasos.

La Aullante: otorga la capacidad de leer el porvenir de los augures. Muy raros.

El Mendigo: Gente sin poderes ni dones especiales como parias o niños.

Estos son alrededor de la mitad de la población.

La Eterna: da el don de usar los halos para trabajos creativos. Sus hijos son artistas. Son infrecuentes.

El Reo: proporciona la capacidad de conjurar y usar la Transmutación. Son hechiceros y maestros de brujería. Extremadamente raros. Están perseguidos.

La/El Ténebre: sus hijos son una aberración de los halos. Indetectables.

Pueden combinar todos los poderes, pero necesitan aprender a hacerlo.

Están condenados a muerte. Son legendarios.


JAVIER MIRÓ nació en Sevilla en 1981. Escribe fantasía, ciencia ficción y terror. Ha publicado tres novelas, Ojalá tú nunca (Insólita, 2020), La Armadura de la Luz (Minotauro, 2017) y Rebelión 20.06.19. Además de escribir, se dedica a asesorar a escritores a través de Autorquía, la agencia editorial y literaria que dirige, y comparte recursos para escritores a través de su canal de YouTube. Es también el fundador de la revista online especializada en literatura independiente Libros Prohibidos. Ahora debuta en el catálogo de Grijalbo con su obra más ambiciosa y madura: Gris era el Páramo.


FIN

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